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biblioteca básica

de historia

Dirigida por Luis Alberto Romero


Raúl Mandrini
América aborigen
De los primeros pobladores
a la invasión europea
Mandrini, Raúl José
América aborigen: De los primeros pobladores a la invasión euro-
pea.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2013.
288 p.: il.; 23x16 cm.- (Biblioteca básica de historia // dirigida por
Luis Alberto Romero)

ISBN 978-987-629-345-7

1. América. 2. Pueblos Originarios.


CDD 305.8

© 2013, Siglo Veintiuno Editores S.A.

Edición al cuidado de Yamila Sevilla y Valeria Añón

Diseño de colección: tholön kunst

Diseño de cubierta: Peter Tjebbes

Mapas: Rubén Nahuel Mandrini

ISBN 978-987-629-345-7

Impreso en Artes Gráficas Delsur // Alte. Solier 2450, Avellaneda,


en el mes de septiembre de 2013

Hecho el depósito que marca la ley 11.723


Impreso en Argentina // Made in Argentina
Índice

Presentación. El historiador y el mundo indígena 11

1. Construir la historia del mundo prehispánico 17


La cuestión de las fuentes. Cómo llamamos a nuestros actores.
El “Nuevo Mundo”: diversidad y heterogeneidad. La diversidad
geográfica. La diversidad lingüística y cultural. El problema de las
clasificaciones. Las bandas. Las tribus. Las jefaturas. Los estados
antiguos

2. América en el momento de la invasión europea:


un mundo en movimiento 31
Cazadores recolectores de las tierras frías del Norte. Cazadores
de la tundra ártica. Cazadores recolectores del bosque boreal o
“taiga”. Pescadores de salmón de la costa pacífica de Canadá.
Las tierras templadas de América del Norte. La región de los
bosques orientales. Los pueblos del occidente de América del
Norte. El área intermedia. El imperio incaico y sus periferias. Las
tierras bajas orientales de América del Sur. Pueblos de las tierras
bajas tropicales y subtropicales. Los pueblos de las llanuras y
mesetas meridionales

3. De la llegada al continente al surgimiento de las


sociedades aldeanas 63
Los primeros americanos. Los orígenes del problema. Los
primeros pobladores del continente americano. El ingreso al
continente americano. La larga marcha a través del continente.
Los preludios de un gran cambio. El final de la Edad del
Hielo. La producción de alimentos y la Revolución Neolítica.
Los agricultores americanos. Los inicios de la agricultura en
Mesoamérica. Los inicios de la producción de alimentos en los
Andes centrales. La vida de las comunidades aldeanas
8 América aborigen

4. Los inicios de un nuevo orden social


(c. 3000 a.C.-800 a.C.) 81
Mesoamérica y los Andes centrales: espacios de diversidad
y contrastes. Los hombres y su ambiente. Mesoamérica. Los
Andes centrales. Los inicios de la complejidad social en los Andes
centrales. Afianzamiento de la producción de alimentos y del
sedentarismo. Los primeros centros ceremoniales. El apogeo de
los grandes centros ceremoniales andinos. Las transformaciones
del segundo milenio a.C. Desarrollos, integraciones y estilos
regionales. Las fronteras y más allá. La vida aldeana y el
surgimiento de la desigualdad social en Mesoamérica. El
afianzamiento de la vida neolítica. Apogeo de la vida aldeana y
comienzo de la diferenciación social

5. El surgimiento de las primeras civilizaciones


(800 a.C.-300 a.C.) 109
Sociedad urbana, estado y civilización. La civilización olmeca
de La Venta en Mesoamérica. El origen de la tradición olmeca.
La Venta y las jefaturas del Formativo medio. En el portal de
nuevos tiempos. Los comienzos de la civilización en los Andes
centrales: Chavín. Qué fue Chavín. Chavín de Huántar: el templo
y sus ocupantes. La religión, la iconografía y el arte de Chavín.
La sociedad, el templo y los rituales. La expansión del estilo y la
religión de Chavín. Más allá del universo de Chavín

6. Consolidación de las sociedades urbanas


(c. 300 a.C. a 250 d.C.) 135
Los Andes centrales después de Chavín: los desarrollos
regionales. La declinación de Chavín. Las grandes tradiciones
regionales de la costa. Las sociedades al altiplano: Pucara y los
inicios de Tiwanaku. Consolidación de las grandes tradiciones
urbanas en Mesoamérica. Los olmecas de la costa del golfo:
Tres Zapotes. El estilo de Izapa en las tierras altas de Chiapas y
Guatemala. Monte Albán y el surgimiento del estado en Oaxaca.
El valle de México y el nacimiento de la tradición teotihuacana.
Los comienzos de la civilización maya de las tierras bajas

7. El desarrollo de los estados regionales (c. 250-700 d.C.) 157


Las grandes civilizaciones urbanas mesoamericanas. El apogeo
de la civilización teotihuacana en el centro de México. Los
Índice 9

mayas durante la época clásica. La cultura zapoteca clásica en


Oaxaca. El lejano Norte. El apogeo de las sociedades urbanas
en el mundo andino. Transformaciones económicas, sociales y
políticas. Arte y tecnología: la era de los maestros artesanos. Más
allá de los Andes centrales

8. Integraciones regionales y experiencias imperiales


(c. 700-1150 d.C.) 183
Los Andes centrales: las experiencias de Wari y Tiwanaku. Las
grandes integraciones regionales. El fenómeno Wari. Tiwanaku y su
área de interacciones. Las integraciones regionales meridionales. El
final de las grandes integraciones regionales andinas. El fin de las
formaciones clásicas y los inicios del Posclásico en Mesoamérica.
El colapso de las sociedades urbanas clásicas. El esplendor de la
civilización maya. El fin de los grandes centros mayas. El Epiclásico
en las tierras altas centrales. Las lejanas tierras del norte. Los
inicios del Posclásico mesoamericano: la experiencia tolteca. Los
mayas a comienzos del Posclásico

9. Interregnos: reajustes y nuevos caminos (c. 1150-1450) 213


El mundo mesoamericano. El centro de México. Los mexica y el
camino inicial hacia el imperio. La expansión mixteca en Oaxaca.
El Occidente y la formación del estado tarasco. Los mayas del
Posclásico. El lejano norte. Desarrollos regionales tardíos en los
Andes. El reino chimú. Los señores del Cuzco. Los señoríos
aymara del altiplano y los Andes meridionales. Las grandes
jefaturas del área intermedia

10. Los grandes estados imperiales: incas y mexica


(c. 1450-1530) 239
El Tawantinsuyu. Las bases materiales del estado inca. El
funcionamiento de la sociedad y el estado. Más allá de las
fronteras del Tawantinsuyu. El mosaico mesoamericano. El
imperio de la Triple Alianza. Más allá de las fronteras imperiales

Epílogo. El mundo trastocado 267

Anexo 273

Bibliografía breve 283


Presentación
El historiador y el mundo indígena

El territorio que hoy llamamos América comprende dos enor-


mes masas continentales unidas por un estrecho corredor te-
rrestre y un conjunto de islas y archipiélagos vecinos a sus
costas. Su nombre actual y su unidad geográfica se deben a
los europeos, que lo invadieron a fines del siglo XV. Fueron
también esos invasores quienes extendieron a todos sus po-
bladores el nombre de “indios” que les asignó Cristóbal Colón
en 1492, convencido de haber llegado a las Indias. En este
tiempo, ni este territorio era América ni sus pobladores eran
indios. Es la historia de esos pobladores originarios la que pre-
sentamos en este libro.

Resulta poco común que un historiador escriba un libro sobre


los aborígenes americanos, pues el estudio de tales sociedades dista de
haber sido un tema privilegiado por esa disciplina. Tal afirmación, válida
en general para toda América Latina, lo es en especial para la Argentina,
cuya historiografía académica, de raíz positivista y liberal, tomó forma
en el siglo XIX y acompañó al proceso de construcción de los estados
nacionales modernos en el continente. Conscientes o no, y pese a los
cuestionamientos realizados, los historiadores somos sus herederos y esa
herencia marcó en buena medida nuestra visión del pasado.
En efecto, por razones políticas, ideológicas, o simplemente por su
propia concepción de la historia, los historiadores ignoraron la existen-
cia de una sociedad indígena o bien recurrieron a imágenes estereo-
tipadas para dar cuenta de ella. En el mejor de los casos, sólo ciertas
sociedades, aquellas que crearon grandes “civilizaciones”, fueron toma-
das en consideración, siempre en el marco de la búsqueda de raíces de
una identidad nacional o como telón de fondo del escenario donde se
de­sarrolló la conquis­ta europea en el siglo XVI.
Con distintos matices, esta visión atraviesa aún hoy los libros de texto
en uso. La historia ameri­cana comienza con Colón –o con el desgra-
12 América aborigen

ciado viaje de Solís si nos referimos al Río de la Plata– y apenas se le


dedica algún capítulo o páginas preliminares a la presentación de un
panorama descriptivo acerca de quienes ocupaban el continente en ese
momento. Salvo raras excepciones, ese esquemático pantallazo suele
ser atemporal, plagado de errores y lugares comunes.
En la atomización del conocimiento que impuso el positivismo, el
estudio de las culturas aborígenes americanas quedó en el campo de
las nuevas disciplinas que, siguiendo la tradición estadounidense, se
reúnen bajo el nombre de Antropología. Constituidas a fines del siglo
XIX, sus contenidos, las teorías en boga y sus nombres específicos
−Antropología física (hoy hablamos de biológica), Arqueología, Et-
nografía y Etnología− variaron según los momentos y las tradiciones
nacionales. En cualquier caso, todas ellas se ocuparon de los pueblos
denominados “primitivos”, caracterización que remitía tanto a los que
precedieron a la expansión europea como a los que esa expansión
halló, en el siglo XIX, en Asia, África y Oceanía. Los pueblos ameri-
canos, referidos de manera general como “indios”, quedaron dentro
de la categoría de primitivos, a la cual se asociaron los calificativos de
“salvajes” o “bárbaros”.
Así definidos los campos, el mundo indígena quedó fuera de la his-
toria. Aquella definición que aprendimos en la escuela –la historia co-
mienza con la escritura− sirvió de justificación a los historiadores: casi
la totalidad de los pueblos americanos prehispánicos fue ágrafa y, hasta
hace muy poco tiempo, las escasas escrituras reconocibles no podían
ser leídas, o bien no eran consideradas verdaderas escrituras. Pero las
cosas cambiaron, y los historiadores (al menos algunos) también.
En este contexto, me propongo recuperar una historia ignorada y
olvidada, cuando no expresamente borrada. Mientras escribo esto no
puedo dejar de lado la imagen de fray Diego de Landa, obispo de Yu-
catán, quemando códices mayas, o el recuerdo de las peripecias de los
manuscritos de fray Bernardino de Sahagún. Uno buscaba borrar el
pasado; el otro, conservarlo. El recuerdo del pasado era peligroso, pues
el pasado común y su memoria constituían elementos centrales en la
construcción de las identidades nativas.
Recuperar ese pasado tiene aquí un doble sentido. Por un lado, im-
plica reinsertar en la historia un amplio campo del conocimiento, que
nunca debió haber sido abandonado. Por el otro lado, se trata de un
acto de justicia en tanto significa reintegrar a la historia de la humani-
dad a pueblos, sociedades y culturas. La conquista europea y los estados
que nacieron de la disgregación de los imperios coloniales marginaron
Presentación 13

y expulsaron de sus tierras a los aborígenes americanos, pero también


los expulsaron y borraron de la historia.
Claro que me propongo llevar a cabo esta tarea conforme a los re-
querimientos de la historiografía actual. En este marco, la historia de
los pueblos aborígenes americanos antes de la conquista europea cons-
tituye un capítulo relevante en la historia general de la humanidad.
Cuando los europeos conquistaron el continente, esos pueblos tenían
tras de sí una historia de muchos milenios, con logros comparables a los
del Viejo Mundo: habían comenzado a producir alimentos, se había de­
sarrollado la vida en aldeas y luego en ciudades; habían alcanzado altos
niveles de complejidad social y política, y notables de­sarrollos tecnoló-
gicos, estéticos e intelectuales. Como historiadores y como americanos
no debemos ni podemos olvidar o perder ese pasado.
Construir ese relato supone redefinir nuestra concepción de la histo-
ria y del quehacer del historiador, elaborar nuevos conceptos y teorías,
de­sarrollar distintas metodologías y utilizar otras fuentes de informa-
ción. De allí que este libro se proponga ofrecer una visión general y
unitaria del pasado aborigen prehispánico al tiempo que busca llegar al
lector no especializado, interesado en el tema. Por ese motivo, aunque
sin separarnos de la rigurosidad del conocimiento científico, hemos
evitado los tecnicismos de la jerga académica, las complejidades del len-
guaje científico y el abuso de la cita erudita.
Aunque apoyada en la información brindada por especialistas de re-
conocido prestigio, la síntesis que ofrecemos es personal y, en muchos
aspectos, la organización de los contenidos y del relato que presenta-
mos se aleja de los marcos comúnmente aceptados, así como de las pe-
riodizaciones arqueológicas convencionales, al tiempo que prioriza los
grandes procesos sociales. De allí que releguemos a un segundo lugar
la descripción del material arqueológico y documental para enfatizar el
análisis de los cambios y continuidades en la organización económica,
social, política y cultural de las sociedades involucradas.

***

La organización de este libro requiere aclaraciones. Después del primer


capítulo, destinado a plantear algunas cuestiones preliminares, ofrece-
mos un panorama general de las poblaciones del continente en el mo-
mento inicial de las exploraciones españolas, hacia 1500. Este capítulo
cuestiona algunas ideas frecuentes sobre los pueblos originarios. En
primer lugar, quedará claro que América no era un continente vacío ni
14 América aborigen

poco poblado, y que los pocos los espacios no ocupados eran aquellos
donde las condiciones ambientales eran tan extremas que hacían im-
posible la vida humana. En segundo lugar, ese análisis nos mostrará la
multiplicidad de adaptaciones creadas por las comunidades humanas,
la variedad de formas económicas, sociales y políticas, y la diversidad y
riqueza de sus manifestaciones culturales.
Dicha heterogeneidad era producto de la historia de los poblado-
res originales, una historia de cerca de veinte milenios, marcada por
profundas y complejas dinámicas. A esa historia dedicaremos ocho
capítulos (del 3 al 10) centrados en los grandes procesos sociales que
se de­sarrollaron en ambos continentes, desde el poblamiento inicial
hasta el surgimiento de las formas económicas y sociopolíticas más
complejas, expresadas en las dos grandes construcciones políticas en-
contradas por los españoles, los imperios azteca e inca. En tanto, el
epílogo se centra en el impacto de la presencia europea sobre las so-
ciedades aborígenes.
A lo largo de esa historia cambiaron los hombres y las sociedades;
también se transformó el entorno físico con el cual esas sociedades
interactuaban. Insistiremos a menudo sobre esas mutaciones, aunque
recordando siempre que las comunidades humanas no eran receptoras
pasivas de ellas, sino que actuaban sobre el medio y lo transformaban.
Además, es preciso tener en cuenta que la percepción misma de los
medios y paisajes, así como la organización del espacio, eran distintas
de las nuestras.
Lo mismo ocurría con las divisiones de ese espacio. El carácter na-
cionalista de las historiografías latinoamericanas proyectó hacia el pasa-
do (al tiempo que las convertía en atemporales) las grandes divisiones
políticas de su época. Sin embargo, no tiene sentido alguno hablar de
“México”, “Perú” o “Brasil” cuando nos referimos a realidades que se
remontan milenios atrás. Por eso, cuando utilizamos referencias a juris-
dicciones políticas y/o administrativas actuales, sólo queremos facilitar
al lector la ubicación geográfica del acontecimiento referido.
La cronología, esencial en el trabajo del historiador, suele presen-
tar también serios problemas en relación con este tema. Sólo para los
mayas del período clásico disponemos de series de fechas precisas, y
algunos datos de los momentos iniciales de la conquista permiten es-
tablecer algunas dataciones más o menos seguras para los momentos
finales de la época prehispánica. El resto de los fechados descansa so-
bre dataciones radiocarbónicas o Carbono 14, método utilizado desde
mediados del siglo XX.
Presentación 15

Los fechados obtenidos de esta manera fueron fundamentales para


la historia aborigen, que por primera vez dispuso de un marco tem-
poral general más o menos seguro. Ahora bien, en primer lugar, es
preciso tener en cuenta que no se datan hechos sino que, a través de los
restos conservados de seres vivientes, se indica el período aproximado
en que esos seres murieron. Es posible datar otros hechos u objetos por
asociación, aunque las fechas así obtenidas serán siempre indirectas y
aproximadas. Por ejemplo, una fecha reconstruida a partir de un trozo
de madera proveniente de un dintel de un templo no indica cuándo
fue construido ese templo, sino el momento en que fue cortado el árbol
del que proviene esa madera…

***

Una obra de este carácter es posible gracias al esfuerzo previo de mu-


chos investigadores de distintas disciplinas, en especial de arqueólogos,
historiadores y antropólogos; su trabajo nos ha brindado los materiales
esenciales para construir esta historia de los pueblos originarios. A to-
dos ellos (sería imposible nombrar a cada uno) expreso mi reconoci-
miento. Sin embargo, no quisiera dejar de lado algunas menciones par-
ticulares. Un reconocimiento especial a Alberto Rex González, maestro
y amigo que guió mis primeros pasos en estos temas, cuya ausencia será
difícil de llenar; a Alfredo López Austin y Carlos Navarrete, entrañables
amigos que años atrás orientaron mis primeras incursiones en el mun-
do mesoamericano; también a Luis Millones, quien con sus trabajos y
a través de largas conversaciones me introdujo en los complejos cami-
nos del mundo andino. Tampoco puedo olvidar a mis alumnos de la
Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, que
de alguna manera también participaron en la conformación de este
texto. En esa universidad dicté, durante veinticinco años, un curso de
Historia de América prehispánica; gran parte de este libro fue escrito
a partir de los materiales que utilicé en esos cursos, enriquecido con
las discusiones y comentarios realizados en las clases. Por último, agra-
dezco la confianza de Luis Alberto Romero y de Siglo XXI Editores de
Argentina al aceptar una obra aún en proyecto, y a Susana Bianchi, por
su permanente apoyo, aliento y paciencia. Este libro está dedicado a los
descendientes de los pueblos originarios, en particular al pueblo Qom,
que aún lucha por sus legítimos derechos.
1. Construir la historia
del mundo prehispánico

Escribir una historia de las sociedades prehispánicas no es


tarea fácil. Además de la enorme extensión espacial y tempo-
ral, su reconstrucción es compleja y exige un enorme esfuerzo
puesto que requiere cambiar los modos de hacer historia. Esa
dificultad se profundiza aún más debido al carácter de los tes-
timonios disponibles y a la enorme diversidad social, cultural y
lingüística de las poblaciones involucradas.

Construir una historia de las sociedades indígenas supone


una concepción diferente de la historia, dado que implica la incorpo-
ración de herramientas teóricas y metodológicas distintas, en muchos
casos provenientes de otras disciplinas, y el uso de testimonios de un
tipo diverso al que el historiador está acostumbrado. Partimos de una
concepción de la historia como historia de sociedades (historia social,
en el sentido que le dio Eric Hobsbawm) consideradas como realidades
totales y complejas. Pensamos en una historia global que incluye la to-
talidad del pasado humano: no hay, por lo tanto, sociedades sin cambio
o sin historia.

La cuestión de las fuentes

El acceso a esa historia presenta problemas iniciales específicos. Los


historiadores, acostumbrados a trabajar con documentos escritos, se
encuentran casi en total orfandad, pues la América prehispánica, con
excepción de los mayas y zapotecas el período clásico, no desarrolló
un verdadero sistema de escritura, esto es, capaz de registrar de modo
cabal el lenguaje hablado. Para acceder a ese pasado debemos recurrir
a los restos materiales –objetos, utensilios, herramientas, edificios, tum-
bas, desechos de la vida cotidiana– que la arqueología ha recuperado.
Claro que estos testimonios nos informan acerca de numerosos aspec-
18 América aborigen

tos de la vida de esas comunidades, pero también dejan otros en total


oscuridad. Esto es así porque varios aspectos de la vida social no dejan
testimonios materiales y sólo pueden inferirse a partir de otros restos;
además, el registro arqueológico es incompleto, muchos materiales se
han perdido o han sido destruidos por la acción del tiempo, de factores
naturales o por obra del hombre. Por último, el análisis y la interpreta-
ción de los restos conservados presentan una extrema dificultad.
Los documentos escritos prehispánicos son, como señalamos, muy
escasos. Su lectura e interpretación ofrecen numerosas dificultades, y la
información obtenida sólo permite atisbar una ínfima parte de la reali-
dad social. Los textos mayas, sin duda los más importantes, se refieren
a los grandes señores, a sus vidas y sus hechos; se trata de biografías e
historias dinásticas destinadas ante todo a legitimar el poder de esos
señores. El resto de los documentos escritos disponibles fue producido
por los europeos y, algunos, por mestizos y miembros de la nobleza in-
dígena. En el mejor de los casos, datan de las primeras décadas del pe-
ríodo colonial, aunque a veces recogen tradiciones más antiguas. Esos
testimonios (relatos y crónicas de exploradores y conquistadores, na-
rraciones de viajeros, ensayos y estudios de funcionarios y misioneros,
documentación administrativa, judicial y religiosa) iluminan en parte la
vida de esas sociedades en los momentos previos a la invasión europea;
no obstante, apenas constituyen un momento fugaz en una historia de
milenios y su uso presenta serias dificultades al historiador.
Ocurre que esos documentos fueron producidos en condiciones his-
tóricas particulares. El descubrimiento de América planteó a los euro-
peos interrogantes sobre el mundo desconocido que se presentaba ante
ellos y, en especial, acerca de sus habitantes, cuyas costumbres y formas
de vida (tan distintas a las europeas) descubridores y conquistadores
comenzaron a observar con asombro. También observaron las profun-
das diferencias: vastos imperios, mexica e incas, convivían con tribus
que practicaban una agricultura rudimentaria y con pequeñas bandas
móviles de cazadores recolectores.
Ese mundo variado y contradictorio provocó reacciones disímiles: de
la contemplación y el asombro inicial se pasó, unas veces, a la admira-
ción y el encandilamiento ingenuos; otras, a la indignada protesta, la
condena y la repulsión ante costumbres extrañas, algunas aberrantes
para la perspectiva cristiana. Ambas reacciones tuvieron lugar ante un
mundo al que no había posibilidad ni intención de comprender. Tam-
poco hubo tiempo suficiente, ya que ese universo pronto fue desarticu-
lado y destruido.
Construir la historia del mundo prehispánico 19

De todos modos, y aun sin proponérselo, quienes destruyeron ese


mundo fueron los mismos que, en innumerables textos, también con-
tribuyeron a su conocimiento. Sin embargo, esos testimonios no son
fáciles de usar, debido tanto a problemas de conservación, escritura y
lengua como de interpretación. Viajeros, conquistadores, funcionarios
y misioneros transcribieron sus impresiones, en las cuales la visión del
“otro” se encuentra atravesada por prejuicios, ambiciones, intereses, te-
mores e incomprensión. Además, buena parte de esa información era
obtenida mediante intérpretes, informantes nativos que respondían a
otros intereses. Se despliegan así, ante el historiador, múltiples lentes,
de diferentes formas y colores, que median su acceso al pasado, defor-
mando las imágenes una y otra vez hasta volverlas, a veces, inasibles.
El choque cultural fue profundo; de allí que resulte tan difícil sepa-
rar lo real de lo imaginario, la verdad de la fantasía en los relatos. Las
exageraciones (en las distancias, el tamaño de las cosas, el número de
indios) son frecuentes y pueden conducir a serios errores: a menudo
eran interesadas y servían para realzar méritos y disimular faltas; otras
veces resultaban del temor y el asombro ante lo desconocido. Tampoco
era fácil expresar en términos comprensibles para el público europeo al
que iban destinados esos escritos objetos y realidades para las cuales no
existían palabras ni conceptos adecuados en lengua castellana. Así, por
ejemplo, para describir un guanaco, Antonio Pigafetta, cronista de la
expedición de Hernando de Magallanes, formuló la siguiente (y asom-
brosa) descripción: “Este animal tiene cabeza y orejas de mula, cuerpo
de camello, patas de ciervo y cola de caballo; relincha como este último”.

Cómo llamamos a nuestros actores

Es de uso común denominar “indios” a los pueblos que ocupaban el con-


tinente americano cuando Cristóbal Colón arribó a sus playas en 1492.
Fue el propio almirante quien lo usó por primera vez, convencido de
haber arribado a la India, meta esperada de su travesía atlántica. Algunos
años después los españoles sabían ya que esas tierras no eran la India,
pero el nombre se mantuvo y se extendió a sus descendientes. Durante
mucho tiempo, las nuevas tierras fueron llamadas “Indias Occidentales”.
Con distintos argumentos, desde hace algunos años el término “in-
dio” es duramente cuestionado. En los Estados Unidos se utiliza el de
“Native Americans”. En los países de habla hispana se prefirió “aborí-
genes”, “indígenas” u “originarios”, que tienen un significado similar, e
20 América aborigen

incluso son aceptados por los propios descendientes. En cualquier caso,


no es posible afirmar que tales denominaciones sean más legítimas que
la de “indio”, rechazada por las connotaciones peyorativas y degradan-
tes que adquirió con el tiempo, pues se lo asimiló a “salvaje” o “bárba-
ro”. De allí que, aclaraciones mediante, evitemos su uso en este libro.
Claro que el que haya sido acuñado por los conquistadores tampoco
es motivo de absoluto rechazo: al fin y al cabo, los otros términos son
también europeos. Sin embargo, las mayores objeciones se vinculan con
las implicancias de tal terminología, ya que supone cierta unidad de las
poblaciones americanas que no existió en la realidad, lo que podría
tener serias consecuencias metodológicas. De hecho, las poblaciones
americanas se caracterizaban por su diversidad lingüística y cultural,
que no pasó inadvertida para los europeos.
Por ese motivo, no existe en las lenguas indígenas americanas un tér-
mino equivalente; la identidad del nativo se encontraba dentro de los
límites del grupo étnico al que se adscribía y las relaciones entre estos
grupos eran a menudo conflictivas. Por tanto, no debe extrañar que mu-
chos se aliaran a los conquistadores para enfrentar a sus tradicionales ri-
vales étnicos. El concepto de “indio” (o sus sustitutos) como revelador de
una unidad de las poblaciones americanas es producto de la conquista;
no se trata de una categoría cultural, racial o étnica, sino social. El indio
era, por definición, el sometido. Durante la conquista, esta condición de
conquistados confirió cierta unidad a poblaciones étnicamente diferen-
tes y permitió formular una identidad común frente al conquistador. La
representación española de la sociedad colonial como la yuxtaposición
de dos “repúblicas” separadas de manera tajante (poco importa que la
realidad fuera más compleja) reforzó y legitimó esta identidad.
De allí que en este libro se utilicen dichos términos despojándolos
de todo contenido étnico. Esta postura se complementa con un abierto
rechazo hacia ciertas formas de “indigenismo romántico”, bastante a la
moda entre ciertos grupos, que supone la existencia de una esencia o
espíritu puros que subyacen a la diversidad exterior y perduran a través
del tiempo.

El “Nuevo Mundo”: diversidad y heterogeneidad

El mundo americano prehispánico tiene un valor inigualable para los


científicos sociales interesados en la problemática de las diferencias
culturales. Cuando los europeos arribaron a las playas americanas del
Construir la historia del mundo prehispánico 21

continente, este ofrecía una extraordinaria variedad natural y cultural.


Por un lado, la multiplicidad de paisajes, climas y suelos se correspon-
día con la diversidad de comunidades de animales y plantas, por otro,
la pluralidad de comunidades humanas se expresaba en la diversidad
cultural, social y lingüística.

La diversidad geográfica
Profundos contrastes geográficos caracterizan al continente america-
no. Enorme isla continental que se extiende del Ártico al Antártico,
las aguas de las dos mayores masas oceánicas, el Pacífico y el Atlántico,
bañan sus costas occidentales y orientales; el Ecuador la corta en dos
partes formando grandes franjas climáticas comparables, aunque inver-
tidas, que se extienden hacia el norte y el sur.
De oeste a este el perfil del continente es asimétrico. Al oeste, pa-
ralelo al Pacífico, un enorme sistema cordillerano lo atraviesa desde
Alaska hasta Tierra del Fuego. Geológicamente joven, su estructura es
compleja: coexisten allí elevados cordones montañosos, grandes volca-
nes, valles profundos, altas mesetas y planicies, y las mayores alturas
del continente. En América del Norte, ese sistema es conocido con el
nombre general de Rocallosas; en América del Sur, como Andes. La
angosta franja de tierras de América Central, que articula ambas masas
continentales, está cubierta de montañas. Sobre el litoral del Pacífico
las llanuras son muy estrechas, a veces inexistentes, y las montañas lle-
gan casi hasta la costa misma.
Al oriente de esos grandes sistemas se extienden inmensas llanuras
formadas por extensas cuencas fluviales, como la del Mississippi en el
norte y las del Orinoco, el Amazonas y el Plata en el sur; cerca del litoral
atlántico emergen algunos macizos y cordilleras, menos elevados y geo-
lógicamente antiguos, con formas suaves y redondeadas producto de la
prolongada erosión. En los extremos del continente, dos antiguos ma-
cizos forman extensas planicies, el escudo canádico y la meseta patagó-
nica. Algunos afloramientos rocosos antiguos rompen la uniformidad
de llanuras y planicies, como los sistemas serranos del sur bonaerense
o de la pampa central.
Esos relieves inciden en la dirección de los vientos y la distribución de
las precipitaciones. Las lluvias, abundantes en el Atlántico, disminuyen de
este a oeste hasta encontrarse con las altas cordilleras; en cambio sobre
el Pacífico son excepcionales, salvo en la zona ecuatorial y los extremos
norte y sur. La combinación de estos elementos (relieve, latitud, condi-
ciones climáticas) dio lugar a la formación de una variedad de paisajes,
22 América aborigen

cada uno con sus recursos característicos, que abarcan desde la estepa
polar al bosque tropical, de las extensas praderas templadas a las sabanas
tropicales, de las mesetas desérticas a los fértiles valles montañosos.
Tal diversidad de ambientes incidió en la diversidad cultural, aunque
no en el sentido del determinismo geográfico tradicional. Ante cada am-
biente, las comunidades humanas encontraron obstáculos y posibilidades
y, para sobrevivir y reproducirse, desarrollaron estrategias y tecnologías
específicas, al tiempo que elaboraron múltiples dispositivos culturales y
sociales. Así, desde muy temprano, cada comunidad interactuó con su
ambiente, lo modificó y recreó para aprovechar mejor sus recursos. En
el siglo XV, cuando arribaron los europeos al continente, el paisaje de
algunas regiones, como los Andes centrales y Mesoamérica, había sido
profundamente transformado por comunidades que habían diseñado
complejas estrategias económicas, sociales y políticas para su uso.

La diversidad lingüística y cultural


La cantidad de familias lingüísticas, lenguas individuales y variantes dia-
lectales que se hablaban en el continente es notable. Los especialistas
difieren en la cifra exacta de lenguas habladas y en el lugar de cada una
de ellas en las clasificaciones lingüísticas, pero coinciden en que, en el
momento de la invasión europea, el número de lenguas o idiomas ha-
blados (sin considerar variantes dialectales) habría rondado los dos mil.
El mapa lingüístico del continente presentaba entonces el aspecto de
un abigarrado mosaico donde muchos pueblos con diferentes lenguas
podían convivir en espacios a veces reducidos, compartiendo incluso
una misma cultura. Es probable que esta característica fuese resultado
de los intensos movimientos de pueblos y de las frecuentes migraciones
que tuvieron lugar a lo largo de toda la historia prehispánica.
La diversidad lingüística no impidió, sin embargo, relaciones e inter-
cambios entre comunidades que hablaban lenguas ininteligibles entre
sí, las cuales encontraron mecanismos para comunicarse: sin ellos, el
prolongado funcionamiento de extensas redes de intercambio no ha-
bría sido posible. La habilidad lingüística de los pueblos americanos es
destacable; esto se observó en especial luego de la invasión europea:
muy pronto numerosos indígenas aprendieron a hablar con fluidez el
castellano y actuaron como intérpretes y traductores de los conquista-
dores; en las escuelas misionales franciscanas de Mesoamérica, jóvenes
de la nobleza indígena utilizaron la lengua castellana para elaborar cró-
nicas o historias locales, e incorporaron el alfabeto latino para escribir
sus propias lenguas.
Construir la historia del mundo prehispánico 23

No fue menor la pluralidad cultural de los pueblos americanos. Ha-


cia 1500, coexistían en el continente distintas economías (desde las for-
mas más simples de caza y recolección hasta las más complejas prácticas
agrícolas) y diferentes formas de sociedad (desde las organizaciones
de bandas hasta “estados” e “imperios”). A ello es preciso agregar la
multiplicidad de costumbres y prácticas sociales, de creencias y prácti-
cas religiosas, de habilidades tecnológicas, de expresiones simbólicas y
estéticas. En este marco, cada grupo configuraba su propia identidad,
es decir, la forma en que se reconocía a sí mismo y era reconocido por
los otros, la cual se transformaba con el tiempo, conforme variaban las
situaciones históricas. Por tanto, es claro que no existía en la América
prehispánica nada que pudiera expresar la idea de unidad entre las
poblaciones originarias del continente.

El problema de las clasificaciones


Aunque la pluralidad del mundo prehispánico atrae a los estudiosos
interesados en la problemática de las diferencias sociales y culturales,
también puede convertirse en un obstáculo para la investigación. Al
igual que los estudiosos de las ciencias naturales, enfrentados a la multi-
plicidad de formas vivas, los científicos sociales necesitan agrupar a esas
poblaciones o sociedades de acuerdo con ciertas características crucia-
les, definidas a partir de criterios establecidos previamente. Obtienen
así “tipos” o “taxones” que agrupan a distintas sociedades con rasgos
semejantes y permiten organizar la información empírica, realizar com-
paraciones más amplias y formular hipótesis generales.
Sin embargo, no debe olvidarse que tales tipos o taxones no constitu-
yen realidades sociales en sí mismas, sino que son construcciones ana-
líticas de los investigadores. Se trata de herramientas o instrumentos
teóricos útiles para clasificar (operación fundamental en el campo de
la ciencia), pero las sociedades así caracterizadas no pierden su indivi-
dualidad ni sus rasgos propios. Más allá de las operaciones intelectuales
necesarias para explicar los procesos históricos, el objeto final de los
historiadores son realidades sociales concretas, ubicadas en un tiempo
y espacio determinados.
Desde la segunda mitad del siglo XIX, con la conformación de las
ciencias modernas (entre ellas la Historia y la Antropología), las cla-
sificaciones adquirieron enorme importancia, en especial respecto de
aquellas sociedades que no pertenecían al ámbito del mundo europeo
occidental contemporáneo, ya fueran las denominadas “prehistóricas”,
las sociedades “primitivas” (que aún habitaban lugares remotos de Asia,
24 América aborigen

África y Oceanía), o las que habían ocupado el continente americano


antes del arribo de los europeos.
Existieron distintas clasificaciones, y los criterios que las sostenían se
fueron modificando. Las más conocidas, formuladas por los arqueó-
logos, apelaron ante todo a criterios visibles en los restos materiales,
como la tecnología (piedra tallada, piedra pulida, metales), las prácti-
cas económicas (que definían grupos recolectores, cazadores, cultiva-
dores, agricultores) y los modos de movilidad y asentamiento (según
los cuales se las caracterizaba como nómadas, seminómadas, sedenta-
rios aldeanos, sedentarios urbanos). Además, algunos de estos criterios
comenzaron a asociarse: la piedra tallada con la caza-recolección y el
nomadismo; la piedra pulida con la presencia de cultivos; el sedentaris-
mo aldeano con técnicas como la cerámica y el tejido; los metales con
la agricultura desarrollada y la vida urbana. En tanto, los evolucionistas
decimonónicos crearon un modelo que suponía tres grandes estadios o
momentos (salvajismo, barbarie y civilización) en el proceso evolutivo
por el que habrían pasado todas las sociedades.
Tal esquema incorporaba los criterios tecnológicos vinculándolos
con las formas de matrimonio, parentesco, gobierno y religión. Sin em-
bargo, tales asociaciones y las clasificaciones derivadas de ellas, elabo-
radas en principio para el continente europeo, demostraron su inefica-
cia cuando, ante la acumulación de información proveniente de otros
continentes, se intentó aplicarlas a otras sociedades. Esto ocurrió en
los estudios acerca del continente americano, verdadero muestrario de
excepciones respecto de las rígidas clasificaciones tradicionales.
Además, al extenderse, los términos que denominaban a los distin-
tos estadios evolutivos fueron adquiriendo connotaciones valorativas:
de ese modo, “civilización” se convirtió en sinónimo de una sociedad
avanzada, culta y sofisticada –cuyo modelo por excelencia era la socie-
dad europea occidental de esa época− en tanto los otros dos, “salvajis-
mo” y “barbarie”, con una fuente carga peyorativa, se aplicaban a todas
aquellas sociedades, también llamadas “primitivas”, que no habían al-
canzado tales logros. Las dos últimas cayeron hace tiempo en desuso
(al menos en el campo de la Antropología), pero la otra sigue siendo
empleada, aunque con un sentido más específico. Se refiere a socieda-
des con un mayor grado de complejidad, cuyos rasgos básicos consisten
en la presencia de ciudades, una marcada división social del trabajo,
desigualdad social y una organización política centralizada con una
ideología, esencialmente religiosa, que justifica el poder y las diferen-
cias sociales. Se corresponde, en el esquema que daremos luego, con las
Construir la historia del mundo prehispánico 25

jefaturas avanzadas y los estados antiguos. En ese sentido usaremos el


término, sobre todo en aquellos casos en que no resulta claro si se trata
de una u otra forma política. En cambio, cuando hagamos referencia al
significado valorativo tradicional, aparecerá encomillado.
Hacia mediados del siglo XX, los antropólogos vinculados al neoevo-
lucionismo estadounidense plantearon la existencia de diferentes líneas
evolutivas, esto es, de una evolución multilineal, a diferencia de la uni-
lineal, que postulaban los antiguos evolucionistas. Con esta idea como
base, comenzaron a analizar la evolución particular de las sociedades
originarias americanas, elaborando sus propios esquemas clasificatorios.
El esquema más completo y exitoso fue desarrollado por el antro-
pólogo estadounidense Elman Service, quien, a partir de información
etnográfica, reconoció en la América indígena cuatro tipos de socieda-
des (bandas, tribus, jefaturas y estados antiguos) que, al mismo tiem-
po, marcaban la evolución sociocultural del continente. Para Service,
la evolución de las sociedades estaba relacionada con el aumento de la
población. El crecimiento del número de personas y grupos dentro de
una sociedad demandaba formas cada vez más complejas de integra-
ción social y cultural. Los tipos reconocidos por Service constituyen,
pues, cuatro formas distintas de integración sociocultural, ordenadas
según su complejidad.
El esquema de Service fue adoptado y aplicado por numerosos inves-
tigadores; aunque con algunas adiciones, y con frecuencia desprendido
de sus implicancias evolutivas, todavía se lo utiliza y constituye una base
útil para una clasificación de las sociedades aborígenes americanas, ta-
rea que de todos modos no resulta nada sencilla.
Realizado a partir de información etnográfica, este esquema presen-
ta sus primeros problemas cuando consideramos a sociedades que sólo
conocemos por documentación arqueológica (restos materiales), pues
este tipo de circunstancias no siempre da acabada cuenta de los aspec-
tos sociales y políticos que ocupan un lugar central en la clasificación.
En estos casos, el investigador debe determinar cuáles son los rasgos
críticos del material arqueológico, rasgos que mostrarían, con un mar-
gen aceptable de seguridad, la presencia de una banda, una tribu, una
jefatura o un estado. No obstante, como el registro arqueológico nunca
es completo –incluso puede ser muy limitado–, es probable que esos
rasgos críticos sólo puedan documentarse de manera parcial.
En efecto, no es difícil distinguir, en términos arqueológicos, entre
un campamento de cazadores y una ciudad o centro urbano, y recono-
cer en ellos la presencia de una banda y un estado, respectivamente.
26 América aborigen

Otras veces, en cambio, resulta difícil saber si un asentamiento de


grandes dimensiones era una aldea muy grande o una pequeña ciu-
dad y, por lo tanto, decidir si sus ocupantes constituían una jefatura o
un estado incipiente. No debemos olvidar que las sociedades cambian
de modo permanente y que esos cambios, pequeños y casi impercep-
tibles, dejan pocos rastros en el registro arqueológico y sólo pueden
apreciarse en el largo plazo. Las bandas no se transforman de un día
al otro en tribus; una jefatura no desaparece de repente para dar lu-
gar a un estado.
Como señalamos, las categorías de banda, tribu, jefatura o estado son
tipos o taxones clasificatorios y no refieren a una realidad social particu-
lar. A pesar de ello, las clasificaciones continúan siendo útiles para los
investigadores. Cómo se definen tales tipos o taxones o, dicho de otro
modo, qué significan los conceptos de banda, tribu, jefatura o estado es
lo que explicaremos a continuación.

Las bandas
Se trata de sociedades pequeñas, compuestas por varias familias vincu-
ladas por el parentesco, cuyo número de miembros, que varía según
los recursos disponibles, rara vez excede algunas decenas. Los matri-
monios se acuerdan entre miembros de distintas bandas (exogamia) y
la nueva pareja suele residir con la banda del varón (virilocalidad). Por
lo general están integradas por varones casados, sus mujeres foráneas
y los hijos solteros. El parentesco, que articula el funcionamiento y la
integración de la banda, regula el lugar de cada individuo, sus derechos
y sus obligaciones.
Cada banda controla un territorio definido, por el que se desplaza
para obtener distintos recursos, en general siguiendo un ritmo esta-
cional anual. En ciertas épocas pueden compartir espacios con otras
bandas, donde obtienen algunos recursos en conjunto. Además, estos
encuentros se utilizan para intercambiar bienes y, en especial, para
acordar intercambios matrimoniales, donde cada banda entrega y reci-
be mujeres, y que contribuyen a establecer alianzas.
Su economía se sostiene en la obtención directa de recursos de la natu-
raleza a través de la caza, la recolección y la pesca, aunque la importancia y
los modos en que se llevan adelante estas prácticas varían según las condi-
ciones particulares del territorio. La producción artesanal, de carácter do-
méstico, se reduce a bienes de fácil transporte (herramientas, artefactos
y utensilios necesarios) y adornos personales. No hay comercio, y los in-
tercambios, regidos por el parentesco, se ajustan a reglas de reciprocidad.
Construir la historia del mundo prehispánico 27

Esas mismas condiciones regulan la amplitud y el ritmo de movilidad


(nomadismo). En situaciones especiales, cuando existen abundantes
recursos estables en un espacio reducido, las bandas pueden residir de
modo más o menos permanente en un mismo lugar. Internamente, no
presentan más diferencias sociales que las derivadas del sexo y la edad,
criterios que también regulan la división del trabajo. No hay líderes o je-
fes formales y, aunque surjan individuos prestigiosos por sus habilidades
personales (un cazador valeroso, un rastreador hábil o un shamán reco-
nocido), sólo los ancianos, cabezas de las distintas familias, mantienen
cierta autoridad para resolver conflictos internos o tomar decisiones co-
lectivas, como el traslado del campamento o la venganza de una ofensa.

Las tribus
El número de miembros de las tribus, muy variable, depende de cir-
cunstancias particulares y, aunque mayor que el de las bandas, rara vez
excede unos pocos miles de personas. Se trata de sociedades multico-
munitarias, esto es, formadas por distintas comunidades o unidades
sociales de base. Estas unidades se expresan en la presencia de cierta
cantidad de asentamientos, aldeas o caseríos, no mucho mayores que
los de las bandas aunque suelen ser más estables, y son raros los casos
en que toda la población se concentra en una sola aldea.
El problema básico es la integración de esas comunidades en la uni-
dad mayor que es la tribu, proceso en el cual el parentesco juega un pa-
pel central. Si, como en las bandas, cada comunidad forma un grupo de
de parentesco real, este se extiende al conjunto de la tribu por medio
de un sistema ampliado, que se expresa en una genealogía que conecta
a los diferentes grupos o linajes mediante el reconocimiento de un le-
jano ancestro común. Como descendientes de ese ancestro, los linajes
o comunidades son, en principio, iguales. La solidaridad entre los lina-
jes es reforzada por otras instituciones voluntarias, como asociaciones
guerreras, fraternidades religiosas o grupos de edad, que atraviesan de
manera horizontal a las comunidades locales.
Su organización interna también es muy variable. Los jefes de los li-
najes, y a veces también las distintas asociaciones tienen gran peso en la
vida social y política, aunque quienes ejercen ciertas funciones tribales
carecen, en general, de una base económica suficiente y dependen de
su prestigio y habilidades. En algunos casos puede constituirse cierta
jerarquía de jefes tribales, e incluso alguna aldea puede llegar a funcio-
nar como “capital”. Sin embargo, más allá de esto, no se observan roles
ni diferencias sociales hereditarias.
28 América aborigen

La economía tribal suele asociarse a prácticas hortícolas o agricultura


simple, aunque en realidad puede abarcar un espectro amplio de activi-
dades. La reciprocidad rige los intercambios cotidianos, si bien surgen
formas más complejas, como la redistribución, que permiten a cada
comunidad acceder a recursos que no encuentra en sus tierras, pero
que existen en las de otra.

Las jefaturas
Las jefaturas (chiefdoms, en inglés) o señoríos eran entidades políticas
regionales que aglutinaban a múltiples comunidades bajo la autoridad
permanente de un jefe. A diferencia de los tipos anteriores, las jefaturas,
que podían alcanzar una población de algunos miles de personas (inclu-
so, a veces, decenas de miles), mostraban algún tipo de jerarquización
social, expresada por la posición o rango elevados que ocupaban ciertos
linajes y comunidades. El parentesco era crucial en la articulación de
esas sociedades: la superioridad de ciertos individuos y linajes, así como
las diferencias que emanaban de ella, estaban justificadas por la mayor o
menor proximidad genealógica al jefe, cuyo linaje ocupaba el lugar más
alto en el sistema de parentesco, y por ende, en la jerarquía social.
La estructura genealógica de cada jefatura, con su organización je-
rárquica de los linajes, derivó de condiciones históricas particulares,
como antigüedad, ubicación, riqueza o prestigio. La superioridad del
linaje del jefe provenía de su mayor cercanía genealógica respecto del
fundador mítico, en especial a partir del principio de primogenitura.
Así, el jefe ocupaba un lugar central en todos los aspectos de la vida
social, y su figura estaba rodeada de complejos rituales y ceremonias.
Se reconocen al menos dos niveles en el ejercicio de la autoridad: los
jefes de las comunidades locales y, por encima de estos, el jefe superior.
El poder de este último dependía, sin duda, de la importancia de su
linaje, pero también de su control sobre la producción y el intercambio
de bienes, de sus capacidades y habilidades personales (incluidas las
referidas a la guerra) y de una ideología útil para legitimar e institucio-
nalizar las desigualdades que se manifestaban en el seno de la sociedad.
También dependía de la fuerza guerrera (su séquito o seguidores) para
defender los recursos de las comunidades bajo su mando. Hacia 1492,
las jefaturas instaladas en distintas regiones del continente mostraban
múltiples formas; sus dimensiones, actividades económicas, patrón de
asentamiento y poderes y atributos de los jefes dependían de circuns-
tancias históricas particulares.
Construir la historia del mundo prehispánico 29

Los estados antiguos


Los estados constituyeron la forma sociopolítica más avanzada alcanza-
da en el mundo americano prehispánico. Más extensos y con más po-
blación, los estados antiguos conservaban algunos rasgos de las jefaturas
(rango, reglas suntuarias, distancia entre las comunidades, papel del lí-
der), aunque con diferencias cualitativas significativas. Organizaciones
políticas altamente centralizadas, la articulación de las comunidades
que las integran no se expresa en extensos de sistemas de parentesco,
aunque tales sistemas jueguen un papel central dentro de los distintos
estamentos de la sociedad, sino que se asocia al territorio común en que
viven. En ese territorio pueden coexistir distintos centros (desde gran-
des ciudades hasta aldeas) organizados en forma jerárquica, a menudo
con funciones especializadas. Uno de ellos actúa como capital; allí sue-
len residir el rey o señor, su séquito o corte, y los altos funcionarios.
El rey, su linaje o los dioses a los que representa aparecen en última
instancia como los propietarios de ese territorio; en tanto, las demás
comunidades pierden su carácter de propietarias y, aunque a veces con-
servan algunos derechos, en la práctica se convierten en usufructuarias
de esas tierras. La sociedad se divide en clases o estamentos claramente
diferenciados, lo cual se expresa a través del acceso a determinados
bienes suntuarios. El estado, expresión abstracta de esa unidad mayor,
visible en la figura del rey o señor, se separa del resto de las comunida-
des, que deben contribuir, por medio de su trabajo o de tributos, a su
sostenimiento y al de la elite gobernante. La apropiación de esos exce-
dentes constituye la base material del poder del señor y del estamento
gobernante.
Intermediario o representante único de las divinidades, a veces ado-
rado como una divinidad, el señor ejerce un poder total asociado a la
religión: encabeza la organización religiosa, encarnada en una jerarquía
de sacerdotes, y dirige la administración del estado a través de una buro-
cracia o jerarquía de funcionarios, reclutados en ambos casos dentro de
la elite, cuya posición depende, en principio, de la voluntad del señor.
También dirige la vida económica: regula el acceso a las tierras, organiza
las actividades productivas, establece y recauda los tributos, redistribuye
bienes y controla los intercambios a distancia, en especial de bienes con
alto valor simbólico. En suma, el rey controla todos los resortes que ase-
guran la reproducción material y simbólica de la vida social y política.
Asimismo, ciertos desarrollos culturales como el calendario, los sistemas
de cómputo y registro, y los complejos sistemas teológicos expresados en
mitos y rituales permiten, legitiman y facilitan tales controles.
2. América en el momento
de la invasión europea:
un mundo en movimiento

A fines del siglo XV, cuando Cristóbal Colón exploraba las cos-
tas americanas, numerosos pueblos vivían en el continente y
ocupaban la mayoría de los ambientes habitables. Esas pobla-
ciones, presentes allí desde muchos milenios atrás, hablaban
numerosas lenguas y tenían profundas diferencias sociocul-
turales, resultado de las diversas geografías, las respuestas y
estrategias que cada pueblo había elaborado y los complejos
procesos históricos que habían vivido. También se traslada-
ban, migrando en busca de mejores oportunidades a regiones
lejanas o desplazándose en pequeños grupos para comerciar,
buscar materias primas escasas, guerrear o participar en proce-
siones y ceremonias.

Hacia 1492, bandas, tribus, jefaturas y estados antiguos coexis-


tían en el espacio americano. Las bandas, presentes desde el comienzo
del poblamiento, conservaban sus rasgos básicos, aunque habían cam-
biado para adaptarse a distintas condiciones. Tribus, jefaturas y estados,
en cambio, resultaron de la historia de esas sociedades en el continen-
te, historia que comenzó con los primeros pobladores y culminó con las
grandes construcciones políticas del siglo XV, los estados azteca e inca,
en Mesoamérica y los Andes centrales respectivamente, donde coexis-
tían con jefaturas y estados menores.
El panorama era más variado en otras regiones. Las bandas ocu-
paban extensos espacios: todo el tercio septentrional de América del
Norte, gran parte del occidente de los actuales Estados Unidos y norte
de México, las llanuras y planicies del tercio meridional de América
del Sur, y las zonas interiores de las grandes cuencas fluviales tropica-
les. En algunas regiones coexistían con poblaciones de agricultores.
Las tribus ocupaban las zonas boscosas del sudeste y algunas partes
del sudoeste de los actuales Estados Unidos y el noroeste de México,
así como las tierras bajas tropicales de América del Sur y parte de los
32 América aborigen

Andes meridionales, y convivían con bandas y sociedades de jefatura.


Estas últimas se encontraban al sudeste de los Estados Unidos, algu-
nos puntos de las costa pacífica del Canadá, la mayor parte de Amé-
rica Central y los Andes Septentrionales (actuales Colombia y norte
de Ecuador), las grandes islas del Caribe, las tierras bajas cercanas a
la desembocadura de los ríos Orinoco y del Amazonas, y partes de los
Andes meridionales.

Cazadores recolectores de las tierras frías del Norte


Las tierras frías septentrionales, que cubren casi un tercio de América
del Norte, corresponden a la tundra ártica y al bosque boreal o taiga.
La primera, extendida a lo largo del borde septentrional del continen-
te, carece prácticamente de árboles, sus inviernos llegan a durar nueve
meses y las temperaturas pueden bajar hasta 70 grados bajo cero. Re-
cibe pocas precipitaciones, pero como el subsuelo permanece siempre
congelado, el agua superficial no penetra y forma gran cantidad de
riachuelos y lagos. Sus escasos pastos alimentan manadas de caribúes,
recurso fundamental para los cazadores.
Al sur de la tundra se encuentra el bosque boreal o taiga, amplia fran-
ja que se extiende por el interior canadiense, con recursos alimenticios
pobres y una población escasa y dispersa. Su clima, muy frío, presenta
variaciones estacionales aun más amplias que en el Ártico, y la nieve se
acumula más regularmente, pues su cubierta boscosa limita la acción
de los vientos y las radiaciones solares. Ese bosque ofrecía protección a
plantas, animales y al hombre.
En el oeste, la angosta franja costera del Pacífico en el actual Canadá,
lluviosa y encerrada entre el mar y las montañas, contaba con los ricos
recursos ictícolas del océano y de los torrentosos ríos que bajaban de
las montañas, cuyas laderas boscosas brindaban abundantes maderas.

Cazadores de la tundra ártica


Conocidos con los nombres genéricos de “esquimales” o “inuit”, esos
cazadores desarrollaron un modo de vida especializado, ajustado al frío
extremo y la poca variedad de recursos de la región. Distribuidos entre
Alaska y Groenlandia, hablaban dialectos de la misma lengua, inupiak,
y por su modo de vida se relacionaban con los pueblos del norte de la
estepa siberiana, el antiguo hogar de sus ancestros. El territorio inuit
comprendía dos ámbitos diferentes: la tundra y el mar que bañaba sus
costas. Los inuit debieron adaptarse a ambos.
América en el momento de la invasión europea 33

El país de los esquimales


Largos inviernos con días que son casi noches y temperaturas muy bajas
caracterizan el extenso y monótono territorio esquimal. En los veranos,
cortos y un poco menos fríos, casi no existe la noche: el sol tibio está
siempre sobre el horizonte y las sombras se alargan sobre el frío suelo. Su
calor no llega a descongelar el subsuelo, por lo que el agua del deshielo
de la superficie no penetra en la tierra y forma riachuelos y lagos en la su-
perficie. Los inuit se movían en la tundra y en el mar que baña sus costas,
que durante buena parte del año continúan uno al otro, cubiertos por el
hielo. Estas condiciones explican muchos aspectos de su tecnología y su
modo de vida. El grabado, de mediados del siglo XIX, muestra una aldea
inuit con las tradicionales viviendas construidas con bloques de hielo
(igloo), una canoa, trineos, los perros usados para tirarlos y las gruesas
vestimentas de piel.

Aldea inuit próxima a bahía Frobisher, en la isla de Baffin (grabado), en


Charles Francis Hall, Arctic Researches and Life among the Esquimaux,
Nueva York, Harper & Brothers, 1865.

En tierra, estos pobladores debían conocer en detalle los hábitos de


los animales que cazaban. Con respecto a la helada superficie del mar,
en cambio, debían entender tanto el comportamiento de los animales
como el del hielo mismo: una masa helada se movía, a veces con rapi-
dez y violencia; otras, de modo imperceptible, según las temperaturas,
34 América aborigen

los vientos y las corrientes marinas. No obstante, los recursos de mar


eran demasiado ricos para ignorarlos: osos polares (peligrosos pero de
gran valor), pequeños invertebrados, peces, mamíferos y, en primavera
y verano, aves.
De ese ambiente tan particular obtenían los recursos para alimen-
tarse y protegerse. Las herramientas de caza, como los arpones, eran
confeccionadas con hueso. Pieles y cueros servían para hacer mantos
y prendas de vestir; con césped, bloques de hielo, huesos de grandes
animales y trozos de madera recogidos en el mar o los ríos construían
sólidas viviendas con guardapuertas, y se alumbraban y calentaban con
lámparas de aceite. En el verano se movilizaban usando tiendas portá-
tiles de piel y embarcaciones del mismo material; en invierno, en cam-
bio, recurrían a trineos tirados por perros y a paletas para nieve.
La pertenencia del individuo a una banda era laxa y el territorio de
cada grupo estaba poco determinado debido a la baja disponibilidad de
recursos, su cambiante distribución y las amplias migraciones estacio-
nales de los animales, lo que obligaba a una amplia movilidad. De allí
que los desplazamientos de los hombres fueran frecuentes y erráticos.

Cazadores recolectores del bosque boreal o “taiga”


Hacia el siglo XVI, las bandas de cazadores recolectores que vivían en
la taiga hablaban lenguas de dos familias distintas: los del oeste de la
Bahía de Hudson utilizaban lenguas atapascanas, en tanto las del este
empleaban lenguas algonquinas. Su modo de vida se adaptaba a las
condiciones especiales del bosque boreal. Los chipppewa u ojibwa, que
hablaban una lengua algonquina y vivían al norte de los grandes lagos,
ejemplifican este modo de vida.
Su tecnología, equiparable a la de sus vecinos del Norte, incorporó
recursos locales, como la corteza y la madera que abundaban en el bos-
que, y las pieles y cueros de los animales cazados. Viviendas y utensilios
se acomodaban al clima: en invierno, vivían en sólidas chozas de leños
y troncos, usaban trineos tirados por perros y fabricaban calzado para
la nieve; en verano, tiempo de movilizarse, empleaban corteza de los
árboles para fabricar viviendas livianas y fáciles de transportar, canoas
en las que se desplazaban por los ríos y vestidos ajustados al cuerpo. Las
herramientas eran, en general, de piedra tallada y afilada.
La caza terrestre era su principal fuente de alimentos. El bosque per-
mitía también recolectar algunos vegetales y los ríos hacían posible la
pesca. En invierno se reunían en grupos mayores con poca movilidad
a causa de la nieve y el intenso frío. En verano, en cambio, se dividían
América en el momento de la invasión europea 35

en unidades familiares para cazar, recolectar y pescar por separado, y


algunas bandas, dirigidas por jefes cazadores, se reunían para seguir al
reno en su migración anual hacia la tundra.
En invierno, el movimiento estacional de las bandas y su organiza-
ción flexible les permitía, cuando se reunían, compartir información
sobre el entorno y establecer vínculos mediante el intercambio de mu-
jeres. Estos mecanismos, y el hecho de utilizar dialectos inteligibles de
la misma lengua, hacían posible el establecimiento de extensas redes de
comunicación e intercambio, tanto entre las mismas bandas como con
los pueblos de la estepa siberiana; en el este existieron, incluso, contac-
tos ocasionales con navegantes vikingos.

Pescadores de salmón de la costa pacífica de Canadá


En la angosta franja costera del Pacífico se desarrolló un modo de vida
adaptado a las condiciones locales, en particular al mar. Los recursos
alimenticios básicos provenían de la pesca, sobre todo del salmón,
cuyo ciclo de vida condicionaba los movimientos de los pescadores. La
madera de los bosques cercanos, principal materia prima, servía para
construir casas, enormes canoas para trasladarse y pescar, grandes em-
blemas heráldicos tallados –tótem o postes totémicos–, máscaras y una
variedad de utensilios domésticos. Las herramientas básicas se realiza-
ban en piedra afilada y pulimentada.
La vida social de estos pescadores –haidas, kwakiutl y nootkas están en-
tre los más conocidos– era más compleja que la de los cazadores de la
tundra y la taiga. La abundancia de grandes peces y una adecuada orga-
nización de la actividad pesquera permitían recoger y almacenar gran
cantidad de alimento. Ese recurso, estable y abundante, hizo posible la
vida sedentaria en aldeas permanentes y el desarrollo de un sistema de
rangos. Cada linaje residía en una gran casa comunal de madera y va-
rios linajes podían asociarse para residir en una aldea única, dentro de
la cual existía un ordenamiento jerárquico de esos linajes y, por ende,
de sus jefes.
Aunque sólo vivían en ellas unos pocos centenares de individuos,
cada aldea conformaba una jefatura, cuyo jefe, cabeza del linaje princi-
pal, era considerado dueño de las casas y lugares de pesca, y era quien
celebraba los principales rituales. El más conocido y estudiado, deno-
minado “pótlach”, consistía en un gran festín en el cual se regalaba, des-
truía, quemaba o consumía una enorme cantidad de bienes. Cuanto
mayor era la cantidad de bienes, mayor era el prestigio y la autoridad
del jefe que ofrecía el festín. Este consumo suntuario debe haber servi-
36 América aborigen

do para mantener al máximo la intensidad de la obtención de bienes,


y prevenir así eventuales cambios en la disponibilidad de los recursos.

Las tierras templadas de América del Norte

La región de los bosques orientales


Atravesada en el este por los montes Apalaches, ocupa casi toda la
mitad oriental de los actuales Estados Unidos. Los bosques que la cu-
bren, más cerrados en el este, se vuelven más ralos hacia el oeste, al-
ternando con espacios abiertos cubiertos de hierbas. El clima es muy
frío en el norte y más templado hacia el sur; en el oeste, más lejos del
mar, la amplitud térmica es mucho mayor. Esas diferencias incidieron
en la vida de sus pobladores pero no obstaculizaron los contactos en-
tre las distintas comunidades, que establecieron estrechas relaciones
entre sí. Hacia 1500, en la región se hablaban numerosas lenguas per-
tenecientes a distintas familias: algonquina, como la de los mohicanos;
iroqués, hablada por los ancestros de los cherokees; sioux, como la de los
creek y los choctaw.
Todas esas comunidades combinaban, en diferente grado, prácticas
agrícolas, caza, pesca y recolección. Para la agricultura se aprovechaban
las lluvias y se utilizaba el sistema de roza, o tala y quema, adecuado para
las zonas boscosas, que consistía en el desmonte de parcelas boscosas,
la quema de troncos, ramas y malezas, cuyas cenizas servían como fer-
tilizantes, y la siembra de las semillas en pequeños pozos. La parcela
se cultivaba durante algunos años; cuando bajaba su rendimiento, era
abandonada para que el bosque se regenerara y se abría otra nueva. Se
cultivaban maíz, frijoles y calabazas, además de otras plantas locales.
El bosque era una importante fuente de recursos: se cazaban alces,
osos, linces y pumas, que brindaban carne y pieles, y se recolectaban
bayas, uvas silvestres y frutos secos como nueces, castañas y bellotas. En
la costa atlántica se recogían almejas y ostras, y se capturaban langostas
y peces. Al oeste, donde la llanura herbácea desplaza paulatinamente al
bosque, las comunidades se dividían a comienzos del verano, terminada
la siembra, para la caza del búfalo, y regresaban a sus poblados para la
cosecha, a comienzos del otoño.
A pesar de las diferencias en tamaño y grado de concentración de
los poblados, en la región predominaba una organización de tipo tribal
aunque, en algunas partes, como la cuenca del río Ohio y la cuenca
media del Mississippi, hay indicios de alta concentración de población
América en el momento de la invasión europea 37

en aldeas situadas en torno a centros con funciones ceremoniales, prin-


cipalmente funerarias. Allí se levantaban construcciones públicas (tú-
mulos, grandes plataformas) que revelan rituales colectivos y complejos
mecanismos de articulación. En ocasiones, varios centros cercanos esta-
ban conectados por terraplenes de tierra que deben haber sido utiliza-
dos para realizar procesiones.

La tradición Mississippi: Cahokia


La tradición cultural Mississippi, cuyo inicio se remonta unos mil años
atrás, se caracterizó por grandes asentamientos con construcciones
públicas, como túmulos y grandes plataformas piramidales. Esos cen-
tros vivieron su momento de apogeo unos dos o tres siglos antes de la
llegada de los europeos, aunque algunos, como Grand Village, seguían
funcionando en el siglo XVI. El más importante de tales centros fue, sin
duda, Cahokia, en Illinois, al oeste del río Mississippi y muy cerca de
Saint Louis, la capital de Missouri. La ilustración muestra la reconstruc-
ción del área ceremonial de Cahokia, con sus montículos y la empali-
zada que lo rodea. Cahokia fue abandonado pocas décadas antes de
la llegada de los españoles, aunque la tradición Mississippi perduró por
más tiempo.

Ilustración: revista National Geographic.

En esa última etapa se expandió, junto a los túmulos y al montículo-


templo, un sistema religioso llamado “culto meridional de la muerte”,
reconocible por un conjunto de símbolos que incluía un ojo llorón o
alado, cruces, círculos solares, flechas bilobuladas, manos humanas con
ojos o cruces en la palma, huesos largos y hombres danzando, ricamen-
te ataviados. También se representaban animales como águilas, felinos
38 América aborigen

y serpientes emplumadas, y una figura de hombre-pájaro. Estaban reali-


zados sobre distintos objetos, como adornos de concha y cobre y piezas
cerámicas, depositados en las tumbas de los señores junto a bastones de
mando, hachas y cuchillos de pedernal cuidadosamente tallados, insig-
nias o símbolos de estatus y autoridad.
La cultura Mississippi presenció el desarrollo de marcadas desigual-
dades sociales, que se inscribieron en los ajuares funerarios y en el
surgimiento de sociedades de jefatura. Es difícil pensar que una orga-
nización tribal pudiera encarar construcciones de tales dimensiones:
en Cahokia, por ejemplo, el Montículo Monk, una enorme plataforma
para templo, tenía unos 30 metros de altura y su base cubría unas 6
hectáreas.

Los pueblos del occidente de América del Norte


Al oeste del Mississippi, a la altura del meridiano 98, se inicia otra re-
gión que se extiende hasta la costa del Pacífico, cubriendo el occidente
de los Estados Unidos y gran parte del norte de México. Esta enorme
masa territorial se diferencia de la anterior, ante todo, por la dureza de
su clima (más árido y seco a medida que se avanza hacia el oeste), la
transparencia de sus cielos, la creciente amplitud térmica y la presencia
de un enorme macizo montañoso, las Rocallosas, que corre de noroeste
a sudeste. Dominan los desiertos y las mesetas (mesas o cuencas), con
paisajes lunares donde emergen grandes bloques aislados de piedra de
extrañas siluetas, cerros aislados de empinadas laderas y cumbres pla-
nas, y cordones de grandes montañas, algunas con nieves permanentes,
que rompen la monotonía del paisaje. En otras partes, largos cañones,
angostos y profundos, como el del río Colorado, o los de Chelly y Chaco,
cortan las mesetas marcando el recorrido de los ríos que los abrieron.
En las Rocallosas nacen los ríos que atraviesan las planicies herbáceas
que se extienden entre las montañas y la llanura baja del Mississippi,
para volcar sus aguas en este río, como el Missouri y sus afluentes, Whi-
te, el Arkansas y Red; otros, como el río Grande, llevan sus aguas al
golfo de México a través de una amplia llanura costera. La angosta costa
del Pacífico, en cambio, es seca y con escasas precipitaciones por efecto
de la corriente oceánica fría de California, que corre a lo largo de la
costa occidental.
La vida humana trascurrió fundamentalmente en los valles de los gran-
des ríos, las amplias y áridas mesetas y los desiertos, como el sonorense,
donde se destacan las siluetas de mezquites y saguayos, o cactus de órga-
no. Mesetas y desiertos parecen inhabitables a quien no los conoce, pero
América en el momento de la invasión europea 39

los pobladores nativos supieron obtener de ellos los recursos para sobre-
vivir y prosperar. Si consideramos el ambiente natural, los paisajes y las
formas de vida de sus pobladores, se distinguen tres grandes subregiones:
las grandes planicies, la Gran Cuenca y el sudoeste. No obstante, entre
ellas existen cualidades comunes: los hombres migraban con frecuencia
de una a otra y sus pobladores mantenían activos contactos.

Agricultores de las grandes planicies


Al oriente de las Rocallosas se extendían las grandes planicies. Sus po-
bladores aborígenes se convirtieron, por obra de novelas, cine y televi-
sión, en el prototipo del indio americano: erguidos sobre sus caballos,
con tocados de plumas, y provistos de arcos y flechas, hachas y rifles,
corrían tras las manadas de bisontes o atacaban caravanas de colonos,
a quienes horrorizaban cuando arrancaban las cabelleras de sus ene-
migos, para volver luego a sus campamentos de tiendas portátiles de
forma cónica, los tipis.
Esta imagen, sin embargo, no corresponde a los aborígenes de fines
del siglo XV: no había entonces rifles ni caballos, los ancestros de los
tradicionales “pieles rojas” vivían lejos, en los bosques orientales, y los
pobladores locales eran agricultores que desde hacía siglos trabajaban
la tierra y vivían en aldeas estables junto a los ríos. Los más conocidos
(mandanes, hidatsas, kiowas y pawnees) eran horticultores aldeanos que
compartían un mismo modo de vida, aunque hablaban lenguas de las
familias sioux, caddo y tanoa.
Esas planicies fueron escenario de amplios movimientos de pueblos
que se desplazaban hacia el oeste y el sur por razones demográficas,
económicas y/o sociales, desde los bosques orientales o desde el actual
territorio canadiense respectivamente. Quizá, la población había creci-
do mucho en su tierra de origen, o bien los recursos se habían reduci-
do, obligándolos a desplazarse hacia lugares más productivos; tal vez,
alguna comunidad vecina había aumentado su poderío y amenazaba su
autonomía, lo cual los forzó a buscar territorios más seguros.
Mandanes, hidatsas y pawnees habían llegado desde el este: los dos
primeros vivían en la cuenca superior del Missouri; los últimos, en la
cuenca del río Platte. Los kiowas, en cambio, venían de las praderas del
norte y se establecieron al sur del río Arkansas. También del norte vi-
nieron, algún tiempo después, otros grupos de cazadores recolectores,
como los na-dene, más tarde conocidos como apaches; en el siglo XVII
arribaron los comanches, de lengua numic. La vida en las praderas
40 América aborigen

distaba de ser pacífica, ya que las redes de intercambio y reciprocidad


entre comunidades no impedían las hostilidades. La llegada de nuevos
pueblos creaba conflictos por el control de tierras y recursos. La ob-
tención de un importante botín era siempre atractiva y, además, en la
guerra los vencedores podían alcanzar gloria y distinción al demostrar
su valentía.
Hacia fines del siglo XV, la economía de esos pueblos dependía
tanto de la caza como de los cultivos. Todos cazaban, en especial el
bisonte, pero también animales más pequeños. El valioso bisonte pro-
porcionaba abundante carne, y sus pieles servían como abrigo en los
helados inviernos. Claro que cazar un bisonte a pie, con lanza o arco
y flecha, era difícil y demandaba conocimientos, destreza, fuerza y
organización grupal. La caza reforzaba la solidaridad y la cooperación
grupal, y entrenaba a los futuros guerreros, aunque sus resultados fue-
sen aleatorios.
La subsistencia cotidiana dependía, en realidad, de los cultivos, la
caza de pequeños animales, y la recolección de frutos y vegetales silves-
tres. Realizado por mujeres y niños, el cultivo se practicaba a lo largo de
los ríos, aprovechando la humedad aportada por las aguas en tiempo
de crecida. Desarrollaron varios tipos de maíz, porotos o frijoles y cala-
bazas que, consumidos en conjunto, proveían aminoácidos fundamen-
tales para la vida. El maíz tenía, además, valor religioso y ritual; algunos
grupos cultivaban tabaco, destinado también a actividades rituales y
ceremoniales.

Las aldeas de los mandanes


Hacía 1492, los mandanes vivían en grandes aldeas, con numero-
sas casas redondas –a veces más de un centenar– ubicadas muy
juntas unas a las otras y ordenadas alrededor de una plaza donde se
realizaban juegos y ceremonias. Empalizadas de troncos les permi-
tían protegerse mejor de los ataques de otros grupos que quisieran
apoderarse de los alimentos que almacenaban de un año a otro. Las
casas, construidas por las mujeres, llegaban a los 12 metros de diá-
metro y alojaban a varias familias, brindando eficaz protección contra
otros humanos, el frío del invierno, el calor del verano, y el viento de
las planicies. Esta tradición constructiva se mantuvo hasta el siglo
XIX, como lo muestran las pinturas de Geoge Catlin, quien visitó la
región hacia 1832.
América en el momento de la invasión europea 41

George Catlin, Letters and Notes on the North American Indians, editado
por MacDonald Mooney, Nueva York, Gramercy Books, 1975, p. 140.

En líneas generales, conformaban típicas sociedades tribales. Cada


aldea constituía una unidad independiente, más allá de los vínculos
lingüísticos, culturales y/o de intercambio con las otras. El parentesco
era el principio organizador de la sociedad, y las familias y linajes se
agrupaban en clanes. Cada clan velaba por los suyos, incluidos niños y
ancianos, y mantenía un culto sagrado con objetos a los que adscribían
poderes mágicos. Asociaciones masculinas, en especial de guerreros,
atravesaban a la sociedad y contribuían a fortalecer los lazos entre lina-
jes y clanes. No hay indicios de desigualdades sociales hereditarias. Las
diferencias se relacionaban con el sexo y la edad, o tenían que ver con
el prestigio y las cualidades personales de cada individuo: un cazador
diestro, un hábil rastreador, un guerrero valeroso, un shamán eficaz o
un anciano sabio deben haber gozado de consideración especial. Sin
embargo, esa autoridad no se transmitía a sus descendientes, y se limi-
taba a algunos momentos y situaciones particulares.

Cazadores recolectores de la Gran Cuenca


La Gran Cuenca, en cambio, era una meseta extensa, alta y seca, cerra-
da al oeste por las Rocallosas y al sur por el profundo cañón del río Co-
lorado. A pesar de la escasez de agua, animales y vegetales, los pueblos
42 América aborigen

que allí vivían (shoshones, utes y paiutes, divididos en comunidades loca-


les dispersas, apenas vinculadas por el lenguaje y algunas costumbres)
lograron desarrollar los conocimientos y habilidades para sobrevivir, de
modo trabajoso y austero, en ese ambiente hostil. Sostuvieron incluso
intercambios con regiones vecinas, que les permitían acceder a obsidia-
na, conchas del Pacífico, productos agrícolas y pieles de bisonte de las
praderas.
Con diferencias, todos compartían un modo de vida cazador recolec-
tor en el marco del cual la dispersión de los recursos los obligaba a mo-
vilizarse de manera constante, al ritmo de las estaciones, para obtener-
los. Conocer el terreno y lo que cada lugar brindaba era esencial para
sobrevivir. Entre la primavera y el otoño la recolección era fundamen-
tal: las mujeres buscaban hojas y brotes, bayas y frutos, semillas, nueces
y piñones para la alimentación, plantas de uso medicinal y juncos para
elaborar bolsas, canastos y otros utensilios. En años de abundancia, los
piñones se almacenaban como reserva para el duro invierno.
En tanto, los hombres cazaban. Roedores, marmotas y ardillas, con
sobrepeso por la inactividad invernal, eran presas fáciles en la prima-
vera, así como los pájaros, algunos de gran porte como el urogallo,
que estaba en época de apareamiento. En otoño, la caza de antílo-
pes era el centro de la actividad masculina; a veces, algunos grupos
cazaban un bisonte. También era importante la captura de conejos,
cuyas pieles usaban para confeccionar ropas y mantas. La dureza del
entorno y la escasez de recursos obligaban a buscar otros recursos
complementarios. Ríos y lagos ofrecían peces, reptiles, aves acuáticas
y sus huevos. En el desierto, además de aves, abundaban los batracios,
serpientes, iguanas e insectos (hormigas, grillos, cigarras y saltamon-
tes) que brindaban un suplemento de proteínas crucial en tiempos
de carestía.
Enfrentados a frecuentes traslados, sus utensilios, alojamientos y ri-
tuales religiosos eran menos elaborados que en otras partes. Con los
recursos disponibles (cueros, pieles, huesos, tendones, maderas, juncos
y totora) elaboraban lo necesario para sobrevivir: la vida nómada alen-
taba viviendas temporarias y un utillaje de fácil transporte; la piel de
antílope, hábilmente trabajada por las mujeres, era fundamental para
confeccionar vestimentas; cueros de alce y búfalo servían para levantar
tiendas o tipis; sauces y arbustos proveían abrigo en cualquier circuns-
tancia; mimbres y totora se convertían en canastas, cunas y trampas;
madera, cueros y pieles eran utilizados para confeccionar zapatos para
nieve, necesarios para viajar durante el invierno.
América en el momento de la invasión europea 43

En este contexto, los paiutes del valle del río Owens fueron una ex-
cepción. Aprovechaban el agua del río para irrigar (mediante peque-
ñas represas, pozos y canales) sus áridas tierras. Inundaban los prados
cercanos, lo cual favorecía el crecimiento de las plantas silvestres y una
recolección más rendidora que, aunque no los libraba del nomadismo,
permitía una residencia más prolongada en el lugar y la construcción
de viviendas más sólidas.

Los pueblos del sudoeste estadounidense y el noroeste mexicano


El sudoeste incluye los actuales territorios de Arizona, oeste de Nuevo
México y sur de California aunque, histórica y geográficamente, la re-
gión se prolonga hacia el sur por el norte de México, formando una
unidad que supera los límites políticos actuales. El ambiente, avaro en
recursos, obligó a los hombres a desarrollar estrategias y dispositivos
culturales para sobrevivir. La aridez extrema domina la mayor parte de
la región, donde la falta de agua impide el cultivo, aunque en algunas
partes lluvias o ríos permanentes forman oasis donde la agricultura es
posible.
Hacia 1500 vivían allí diversos grupos humanos: algunos tenían larga
tradición agrícola y de vida en aldeas; otros, en las áreas más áridas,
mantenían un fuerte énfasis en la caza y la recolección. Varios de es-
tos últimos eran recién llegados y provenían de las grandes planicies.
Las profundas diferencias culturales y lingüísticas entre las poblaciones
de la región eran producto tanto de la diversidad ambiental como de
los continuos movimientos de población, aunque lenguas y cultura no
siempre coincidían: entre los pueblo o anasazi, con la misma tradición
cultural, hablaban nueve lenguas distintas; los grupos de lengua yuma
tenían profundas diferencias culturales, y lo mismo ocurría entre pimas
y pápagos, ambos de lengua o’odham.
Los núcleos agrícolas se localizaban en los oasis con agua suficiente
para el cultivo. La meseta del Colorado, en el noreste de Arizona y no-
roeste de Nuevo México, y el valle medio del río Grande eran el hogar
de los anasazi; la cuenca del río Gila y sus principales afluentes, en el
sudoeste de Arizona, alojaba a los pima, o akimel o’odham; el valle infe-
rior del río Colorado y la meseta vecina, en el sur de California, estaba
ocupado por yumas o quechanos; los valles y piedemontes de la Sierra
Madre occidental, en Sonora y el oeste de Chihuahua, en México, eran
el hábitat de yaquis, mayos y rarámuri o tarahumaras.
El mayor desarrollo agrícola lo alcanzaron los anasazi o pueblo, nom-
bre dado por los españoles pues vivían en grandes aldeas permanentes,
44 América aborigen

a diferencia de sus vecinos nómadas de las planicies y el desierto. Los


anasazi alternaban el cultivo con la caza y la recolección en las áreas
desérticas vecinas, así como la cría de pavos, destinados a fines rituales.
Enfrentada esa agricultura a condiciones adversas, adquirieron los co-
nocimientos necesarios y las técnicas para vencer las dificultades. Por
medio del riego lograban abundantes cosechas de maíz, porotos, cala-
bazas, algodón y tabaco. Además, fabricaban finas y bellas cerámicas, y
tejían delicadas mantas y prendas de vestir de algodón, productos que,
con los granos, constituían la base de las relaciones que mantenían con
los cazadores recolectores de la región, quienes traían desde las estepas
y praderas las apreciadas pieles de bisonte.
No obstante, junto con el conocimiento, las técnicas y el trabajo
duro, para obtener el éxito agrícola era necesario cumplir con los ritua-
les apropiados. Los anasazi crearon un rico y complejo ceremonial que
se extendía a lo largo de todo el año y, puesto que la agricultura era el
eje de la vida económica, la mayor parte de ese ritual se vinculaba con
ruegos y plegarias por lluvias y buenas cosechas. Además de asegurar la
vida de la comunidad, esas ceremonias y rituales colectivos aportaban
las bases para el orden social y para la integración del individuo.

Los poblados anasazi


Los anasazi vivían en grandes asentamientos –¿aldeas grandes o pe-
queñas ciudades?– fundamentalmente construidos con adobe que, en
muchos casos, ocupaban desde hacía tiempo. Su ubicación y su propia
estructura ponen de manifiesto el clima de conflictos que se vivía, pues
en general se elegían sitios altos de difícil acceso −como en Ácoma−, que
permitieran ver desde lejos la presencia de intrusos o tuvieran ventajas
defensivas frente a posibles ataques.
Cada asentamiento estaba constituido por grandes edificios de varios
pisos escalonados, integrados por viviendas compactas a modo de
apartamentos, a las que se accedía por los techos mediante escaleras
móviles de madera que podían ser retiradas en caso de peligro. Edificios
y apartamentos, adyacentes unos a otros, permitían en momentos de
clima severo o ataques enemigos pasar de una unidad a otra sin salir
fuera. Otro elemento fundamental eran las kivas, construcciones circu-
lares subterráneas destinadas a actividades rituales y ceremoniales, y a
reuniones de hombres. La foto muestra el aspecto actual de Taos, pueblo
que fue reconstruido.
América en el momento de la invasión europea 45

Franklin Folsom y Mary E. Folsom, Ancient Treasures of the Southwest,


Albuquerque, University of New México Press, 1994, p. 103.

Sin unidad política y con estructuras laxas de gobierno, lograron una


fuerte integración social mediante la participación colectiva en cere-
monias y rituales, y el funcionamiento de asociaciones de hombres, es-
pecie de cofradías, orientadas a organizar tales rituales, que tenían su
centro de reunión en las kivas. A pesar de sus vínculos culturales, con
frecuencia las relaciones entre las comunidades fueron conflictivas y
cada una defendió con firmeza su autonomía, a la cual debe haber con-
tribuido la diversidad lingüística.
En la cuenca del río Gila, zona de lluvias escasas, los pimas, o akimel
o’odham producían algodón, maíz, porotos y otros cultivos utilizando
el agua de los ríos para regar las áridas tierras cercanas mediante ca-
nales. Completaban la dieta por medio de la recolección de plantas
silvestres y, en menor medida, de la caza. Intercambiaban productos
alimenticios con los cazadores recolectores pápagos, con ventajas para
ambos. Vivían en aldeas dispersas, llamadas “rancherías” por los espa-
ñoles, formadas de casas redondas de ramas y barro que compartían
una enramada central y un área de cocina.
En el oeste de Arizona y el este de California, región muy árida don-
de sólo se encontraba agua en unos pocos ríos permanentes, vivían
distintas comunidades de lengua yuma. Los yumas ribereños (moha-
ves, quechanos, cocopas y maricopas), en torno al curso inferior del
río Colorado y el valle medio del Gila, aprovechaban las inundaciones
provocadas por las crecidas para practicar una agricultura de humedal
en las planicies aluviales. Además de cultivar maíz, porotos y calabazas,
46 América aborigen

pescaban en los ríos y cazaban en las planicies cercanas, en tanto las


mujeres recolectaban las vainas del mesquite. Esa dieta, no demasiado
variada, les permitía cubrir sus necesidades alimenticias y disponer de
algún tiempo libre.
En el noroeste de México, sobre la costa del golfo de California, en
los valles de la Sierra Madre Occidental y en el desierto vecino, vivían
yaquis, mayos y tarahumaras (llamados así por los españoles) que ha-
blaban lenguas de la familia uto-azteca. Yaquis y mayos cultivaban maíz,
porotos y calabazas en las tierras vecinas a los ríos, aprovechando la hu-
medad aportada por las crecidas; los tarahumaras se beneficiaban con
las lluvias del verano. En las aguas del golfo, yaquis y mayos recogían
mariscos y capturaban róbalos cerca de la costa; hacia el interior, sagua-
yos, mezquites y otros vegetales del desierto brindaban frutos, granos y
semillas.
En las áreas más áridas, de altas mesetas y desiertos, donde la falta
de agua limitaba o impedía el cultivo, la vida humana dependía de los
escasos recursos silvestres, vegetales y animales, y requería habilidades
y conocimientos específicos. Allí se mantuvo el antiguo modo de vida
cazador recolector. Los yumas del noroeste de Arizona, al sur del Gran
Cañón, obtenían la mayor parte de su subsistencia de la caza y la reco-
lección, se movían sobre amplias superficies al ritmo de la maduración
de las plantas, vivían en asentamientos dispersos con viviendas preca-
rias, su organización política era laxa y en su cultura material se desta-
caban la cestería y la cerámica.
Los pápagos o tohono o’odham adaptaron su vida a las duras condi-
ciones del desierto sonorense (en el sur de Arizona y Nuevo México)
donde las fuentes de agua eran escasas. La recolección de cactus y de
otras plantas del entorno, como los altos saguayos, era la actividad prin-
cipal. También cazaban una variedad de pájaros y animales, incluidos
borregos salvajes, venados, jabalíes, pavos salvajes, codornices, gansos y
conejos. Al igual que los yumas, mantenían activos intercambios con los
agricultores vecinos.
Más al sur, ya en territorio mexicano, el desierto sonorense se ex-
tiende sobre un vasto altiplano encerrado entre los cordones oriental y
occidental de la Sierra Madre. Los numerosos aunque poco conocidos
grupos que allí vivieron, pequeños y con alta movilidad, fueron llama-
dos chichimecas por los pueblos del centro de México. Las principales
diferencias entre ellos derivaban de la diversidad ambiental y de los
recursos disponibles. Se vieron obligados a explotar un amplio espectro
de recursos con énfasis, en cada caso, en alguna actividad particular: la
América en el momento de la invasión europea 47

recolección de vegetales silvestres era la más importante, pero también


cazaban, sobre todo animales pequeños, y cuando era posible pesca-
ban en lagunas de agua dulce y cultivaban. Además, participaban en
extensas redes de intercambio con los agricultores de las sierras y las
complejas sociedades de Mesoamérica. Diestros con el arco y las fle-
chas, adquirieron fama como cazadores y guerreros; en sus incursiones
y asaltos empleaban flechas envenenadas, y se hicieron famosos por su
crueldad con los vencidos.
En la árida costa del golfo de California, en Sonora, los seri no cultiva-
ban, sino que obtenían del mar la mayor parte de sus escasos alimentos,
como tortugas marinas, mariscos y peces, usando pequeñas canoas para
un solo hombre. El agua también era escasa, salvo durante las intensas
pero breves lluvias del verano. El hambre y la sed marcaban la vida coti-
diana de los seris. Más al norte, los pueblos costeros del centro y sur de
California supieron aprovechar los recursos excepcionales del Pacífico,
alcanzando una alta densidad de población. Esta prosperidad, base de
intensos intercambios y del surgimiento de algunas diferencias sociales
basadas en la riqueza, se centraba en la recolección de bellotas, y en
la captura de peces y mamíferos marinos en el litoral, recursos ambos
abundantes y estables. De las bellotas obtenían harina, con la cual se
hacían panes y potajes. En el mar pescaban en botes de madera; en
ríos y lagos usaban balsas de juncos. Esas actividades implicaban gran
movilidad y sólo en invierno se formaban grupos más numerosos, que
se reunían en aldeas.
En esta misma época, algunos migrantes del norte, los na-denee, lla-
mados “apaches” por los hopi, que hablaban lenguas atapascanas y pro-
venían del noroeste de Canadá, comenzaban a tomar contacto con los
pueblos del sudoeste. El contacto con los anasazi influyó poco en su
economía y, excepto los navajos, o dineh como se llaman a sí mismos,
mantuvieron el énfasis en la caza y la recolección. Hacia 1500, como
resultado de la adaptación a los distintos ambientes, los grupos habían
comenzado a diferenciarse.
Algunos, que continuaron viviendo en las planicies, conservaron su
modo de vida nómada, con énfasis en la caza de bisontes y antílopes,
y mantuvieron sus contactos con los poblados anasazi del río Grande,
donde intercambiaban las pieles de los bisontes. En cambio, los apaches
occidentales, establecidos en sectores montañosos cerca del Mogollón,
acentuaron la recolección de bayas, bellotas, piñones y semillas, que
combinaban con la caza de animales pequeños y con algunos cultivos.
Los chiricahuas, en el desierto sonorense sobre el actual límite entre
48 América aborigen

México y los Estados Unidos, desarrollaron un modo vida seminómada


de caza y recolección con alta movilidad; no desdeñaron ocasionales
prácticas hortícolas, y solían atacar y saquear poblados cercanos.
Los navajos fueron un caso particular. Instalados hacia 1500 en la
planicie árida del noreste de Arizona y noroeste de Nuevo México, ini-
ciaron profundos cambios en su modo de vida para acomodarse a su
nuevo hogar. Mantuvieron su lengua, pero modificaron sus tradiciones
para legitimar su derecho sobre las tierras que ocupaban, adoptando
rasgos y habilidades de sus vecinos anasazi. Convertidos en agricultores
exitosos, el maíz pasó a simbolizar el crecimiento y vitalidad de este
pueblo. Aprendieron a tejer el algodón, elaborar cerámica y trazar en
el suelo pinturas con arenas coloreadas, prácticas que integraron a su
vida como expresiones propias de su cultura. Más tarde, aprendieron
de los españoles la metalurgia y la cría de ovinos, que ocuparon un lu-
gar central en su economía y cuya lana enriqueció su producción textil.

El complejo mundo mesoamericano


En el extremo sur del sistema montañoso de las Rocallosas, Mesoamé-
rica abarcaba gran parte de México, todo Guatemala y Belice, y parte
de Honduras y El Salvador. Paisaje imponente dominado por elevadas
mesetas y grandes volcanes nevados, fue escenario de un rico proceso
histórico, como resultado del cual el panorama económico, social y po-
lítico de la región era, hacia 1500, extremadamente complejo. Aunque
sus pobladores compartían una tradición cultural común, constituía
un heterogéneo mosaico donde se hablaba un abigarrado conjunto de
lenguas pertenecientes a distintas familias y donde convivían diferentes
tradiciones culturales regionales con fuerte identidad, algunas de ellas,
como los mayas, zapotecas y mixtecas, de gran antigüedad.

Tenochtitlan, la Venecia americana


Llegados al valle de México, tras los primeros encuentros con los envia-
dos de Moctezuma, Cortés y sus hombres avanzaron hacia Tenochti-
tlan, verdadera Venecia americana por cuyos canales circulan numero-
sas canoas. Lo hacen por la calzada de Iztapalapa, en el sur del centro
del valle.
“…entré por una calzada –señala Cortés− que va por medio de esta dicha
laguna de dos leguas, hasta llegar a la gran ciudad de Temixtitlán [Teno-
chtitlan], que está fundada en medio de la dicha laguna […] antes de lle-
América en el momento de la invasión europea 49

gar al cuerpo de la ciudad de Temixtitlán, a la entrada de otra calzada que


viene a dar de la Tierra Firme a esta otra, está un muy fuerte baluarte con
dos torres […], y no tiene más que dos puertas, una por donde entran y
otra por donde salen […]. Y junto a la ciudad está un puente de madera
[…] y por allí está abierta la calzada, porque tenga lugar el agua de entrar
y salir […] y también por fortaleza de la ciudad, porque quitan y ponen
unas vigas muy largas y anchas, de las que dicho puente está hecho…
”Pasado este puente, nos salió a recibir aquel señor Muteczuma
[Moctezuma]…”
La ilustración, incluida en la obra de Fray Diego Durán, muestra ese en-
cuentro entre Cortés y Moctezuma.

Texto: Hernán Cortés, Cartas de la Conquista de México, 5ª ed., Madrid,


Espasa-Calpe, 1970, pp. 55-56; ilustración: Fray Diego Durán, Historia de
las Indias de la Nueva España e islas de la Tierra Firme…, t. II, México,
Porrúa, 1967, lám. 58.

La situación social y política también era compleja. En ese momento


la base del sistema social y político mesoamericano eran los altepeme,
reinos o ciudades-estado. Se trataba de comunidades independientes,
con sus leyes y límites, con una ciudad central residencia de los “dioses”
y de la elite, tierras de cultivo que la rodeaban, una marcada estratifica-
ción social y un rey o tlatoani que la gobernaba. Aunque había amplias
diferencias en tamaño de población y superficie, así como en rique-
za, recursos y grado de autonomía política y económica, la estructura
de todas ellas era semejante. La mayoría integraba alianzas o confe-
deraciones, o dependía de otros más ricos o poderosos. Las guerras y
conflictos, habituales, no impedían profundas interrelaciones. Flujos
comerciales, redes parentales entre elites y alianzas políticas formaban
50 América aborigen

una intrincada trama, motivo por el cual los acontecimientos locales


impactaban de diversas maneras sobre el conjunto.
También existía una marcada jerarquización económica y política.
Cuatro zonas constituían verdaderas áreas nucleares: el valle de Mé-
xico en el centro, la cuenca de Pátzcuaro en el occidente de México,
el valle de Oaxaca y la Mixteca alta, y algunos núcleos del territorio
maya. Otras regiones actuaban como áreas intermedias o periferias de
esos núcleos a los cuales se vinculaban por el comercio, la provisión
de recursos clave o la dependencia política. Algunos centros urbanos
como Tenochtitlan-Tlatelolco, Tzintzuntzan, Zaachila, Mayapan, Ixi-
mché, Aztatlan, Meztitlan, Pánuco, Tlaxcala y Xicalanco, entre otros,
actuaban como verdaderos nudos del sistema. Se destacaban dos gran-
des construcciones políticas enfrentadas, que controlaban amplios
territorios: el imperio azteca, la más extensa creada en la región a
lo largo de su historia, y el imperio tarasco, en el occidente de Mé-
xico. También surgieron en otras regiones nucleares organizaciones
de tipo imperial, aunque más chicas y mucho menos poderosas. (A
la situación de Mesoamérica en esta época nos referiremos con más
detalle en el capítulo 10.)

El área intermedia
Hacia 1500, las tierras altas y las llanuras costeras de Ecuador y Colom-
bia y la mayor parte de América Central formaban el área llamada “in-
termedia” debido a su posición, pues lindaba al norte con Mesoamérica
y al sur con los Andes centrales, áreas con las cuales mantuvo contactos
de mutua influencia desde época antigua. El paisaje presenta, sobre
todo en Colombia y Ecuador, una alta complejidad micro-geográfica,
y se escalona en espacios relativamente cercanos, punas o planicies
herbáceas de altura, altos valles andinos e importantes extensiones de
tierras bajas tropicales, tanto sobre el Pacífico como en las pendientes
orientales de los sistemas montañosos. El clima, que por su latitud debe-
ría ser cálido, en cambio es moderado debido a la altura, y oscila entre
las tórridas tierras bajas y los climas más templados y frescos de las tie-
rras altas. Las lluvias son abundantes en toda la región; casi no existen
zonas secas o áridas.
América en el momento de la invasión europea 51

Los muiscas y la leyenda de El Dorado


Los jefes muiscas ocuparon un lugar importante en ritos y ceremonias, y
esa asociación con las divinidades constituía el fundamento de su poder.
El ritual más importante, conocido como “El Dorado”, se realizaba en el
lago Guatavita e impresionó a los españoles, dando lugar a una leyenda
muy extendida en la América colonial. El ritual era una reafirmación del
derecho a ejercer el poder: al son de la música y mientras los incensa-
rios ahumaban el aire, el jefe, con adornos de oro y plumas, ofrendaba
junto a sus sacerdotes y auxiliares objetos de oro y esmeraldas que eran
arrojados a las aguas del lago desde una balsa. En un momento de la
ceremonia, el jefe mismo era empolvado con polvo de oro –literalmente,
era dorado− para luego sumergirse y lavarse en las aguas del lago.
El oro fue fundamental en la elaboración de adornos y joyas usadas por
los jefes en ceremonias y rituales para expresar el caracter religioso de
su poder. El pendiente de oro de la ilustración, proveniente de la cultura
tairona, en la sierra de Santa Marta (Colombia), muestra a un sacerdote
con tocado de aves, máscara y bastón ceremonial.

Richard Townsend (ed.), La antigua América. El arte de los parajes


sagrados, Chicago, The Art Institute of Chicago-Grupo Azabache, 1993,
p. 254.
52 América aborigen

El área tiene una larga y rica historia: la presencia de comunidades


agrícolas sedentarias se remonta, al menos, a comienzos del tercer
milenio antes de Cristo y, poco después del comienzo de nuestra era,
se observa cierto grado de complejidad social y política que con el
tiempo condujo a sociedades de jefatura. Hacia fines del siglo XV las
comunidades locales habían desarrollado una gran variedad de adap-
taciones ecológicas, con marcada fragmentación política y múltiples
estilos culturales regionales, aunque con una relativa homogeneidad
lingüística, pues predominan las lenguas chibchas y paezas, agrupadas
en la familia macro-chibcha.
Cuando llegaron los europeos, el extremo sur (actual Ecuador) for-
maba parte del imperio incaico que, tras una dura y larga resistencia,
había dominado la zona e impuesto patrones culturales propios que
alteraron la organización local tradicional. En el resto de la región, más
allá de diferencias estilísticas y adaptativas, la gran mayoría de las uni-
dades sociopolíticas todavía eran sociedades de jefatura, con los rasgos
básicos de este tipo de organización (véase el capítulo anterior).
Características de la región fueron las jefaturas de los chibchas o
muiscas en el altiplano cundiboyacense, que llegaron a integrar dos
grandes confederaciones, así como la de los taironas, en la Sierra Ne-
vada de Santa Marta, considerada por algunos estudiosos un estado in-
cipiente debido a su densidad de población y a la presencia de centros
como Buritaca 200 o Ciudad Perdida, probablemente una verdadera
ciudad, construida sobre el filo de un cerro, con marcada estratifica-
ción social y un complejo sistema vial.
Estos señoríos basaban su economía en una desarrollada agricul-
tura, centrada en el maíz, la papa y la mandioca, en la cual variaban
los sistemas de cultivo según las características regionales: agricultura
de roza o tala y quema, cultivo en andenes, riego en pequeña escala.
También compartían numerosos rasgos tecnológicos, como la pre-
sencia de arquitectura monumental para residencias de elite, tumbas
y templos, y el notable desarrollo de la tejeduría, tanto en algodón
como en lana, la cerámica y, sobre todo, el trabajo del metal (oro,
plata, cobre o aleaciones como la tumbaga), cuyos productos tenían
uso ritual o eran objetos de prestigio para la elite. Las variaciones
ambientales generaron fuerte interdependencia entre las sociedades
que controlaban diferentes recursos, y fortalecieron los intercambios
de tipo comercial.
América en el momento de la invasión europea 53

El imperio incaico y sus periferias


Hacia fines del siglo XV, extendido sobre los territorios andinos de
los actuales estados de Ecuador, Perú y Bolivia, norte y centro de Chi-
le y noroeste de la Argentina, se encontraba la mayor y más pode-
rosa organización imperial del mundo prehispánico. Desde Cuzco,
su capital, situada en el valle del mismo nombre en las tierras altas
andinas, cerca de la cuenca del Urubamba, los incas construyeron en
poco tiempo un vasto imperio que asombró a los conquistadores es-
pañoles por su extensión, pero más aún por su compleja organización
político-administrativa y las fabulosas riquezas que sus señores habían
logrado reunir.
Las conquistas les permitieron a los incas movilizar contingentes de
mano de obra en una dimensión nunca antes lograda. Dispusieron
así de la energía humana necesaria para emprender grandes proyec-
tos constructivos. Uno de ellos fue expandir la agricultura en la región
serrana, especialmente el cultivo del maíz, que requería importantes
obras de infraestructura. Otro fue un magnífico sistema de caminos,
denominado “capacñam”, que unía las distintas regiones del imperio
y permitía el rápido desplazamiento de mensajeros y tropas. También
construyeron ingentes depósitos provinciales donde se acumulaban
los excedentes destinados a sostener los ejércitos y la administración
regional.
La agricultura, en especial el maíz, fue la base de la economía incai-
ca, aunque la mayoría de la población se alimentaba de tubérculos y
chuñu. Otros recursos fundamentales para el estado fueron los rebaños
de auquénidos (llamas y alpacas), el guano y los metales preciosos. Ta-
les recursos (maíz, auquénidos, guano y metales) eran tan esenciales
que el estado estableció sobre ellos un estrecho control.
La obtención de dichos recursos fue un importante acicate para las
conquistas. Así ocurrió, por ejemplo, con las ricas tierras de cultivo de
algunos valles del oriente andino como el de Cochabamba, los grandes
rebaños de llamas y alpacas de los señores collas y lupacas del altiplano,
o la presencia de metales y de una población con larga experiencia en
metalurgia en el noroeste argentino y el norte de Chile. Estas conquis-
tas expandieron la red caminera e impusieron formas incaicas de ex-
plotación del trabajo, organización administrativa y modelos culturales,
así como la lengua del imperio, el quechua.
En el capítulo 10 veremos con más detalle el funcionamiento de este
imperio que, en el momento de la invasión europea, sufría transforma-
ciones, pues las comunidades locales se veían afectadas por la pérdida
54 América aborigen

de las tierras más productivas, cuyo usufructo había pasado a la elite


incaica. Las exigencias de trabajo, cada vez más pesadas, reducían la
mano de obra disponible para las labores comunitarias, al tiempo que
aumentaba el número de individuos separados de sus comunidades y
alejados de su tierra de origen.
En ese contexto, no faltaron las resistencias y levantamientos, repri-
midos con violencia, ni los conflictos entre los linajes reales cuzqueños
que culminaron en una verdadera guerra por la sucesión entre Huás-
car y Atahualpa. Este conflicto derivaba del funcionamiento de la elite
cuzqueña, pues las tierras obtenidas por cada inca pasaban a su linaje o
panaca, encargado de mantener el culto a la momia real; por ese motivo,
el heredero debía conquistar nuevas tierras para dotar a su propio linaje.
Cuando Huáscar llegó al poder, los dominios incaicos habían alcan-
zado sus límites ecológicos; algunos intentos de conquista fuera de allí
fracasaron y, además, las grandes distancias a las que debían despla-
zarse los ejércitos conspiraban contra la unidad del imperio. Cuando
Huáscar buscó limitar los privilegios de las panacas, el conflicto estalló
con virulencia. Los linajes rebeldes apoyaron a Atahualpa, jefe de los
ejércitos que se encontraban en el extremo norte del imperio (actual
Ecuador), quien finalmente venció a su rival, lo capturó y ordenó su
ejecución. Los ecos del conflicto aún persistían cuando Pizarro y Alma-
gro desembarcaron en la costa norte del actual Perú.
En ese momento, también las fronteras del imperio eran escenario
de continuos enfrentamientos. En el norte, las pequeñas jefaturas del
actual territorio ecuatoriano habían opuesto tenaz resistencia; para so-
meterlas, el estado movilizó enormes recursos y contingentes humanos,
incluidas algunas poblaciones sometidas, de probada fidelidad al Inca,
que fueron desplazadas y asentadas como colonos-soldados en ese te-
rritorio. Más al norte, los señoríos de la actual Colombia, entre los que
se destacaban los de los muiscas, unían a su capacidad de resistencia un
medio ambiente diverso y desconocido para los incas.

Atahualpa en Cajamarca
Al caer la tarde del 15 de noviembre de 1532, Atahualpa, supremo señor
del Tawantinsuyu, avanzaba con una multitudinaria comitiva hacia Caja-
marca donde lo esperaban extraños desconocidos. Su jefe era Francisco
Pizarro, a quien, durante la marcha, habían visitado altos dignatarios del
imperio. El Inca llegó llevado en sus andas y sentado en su tiana, asiento
América en el momento de la invasión europea 55

bajo de madera emblema de poder. La numerosa comitiva, sus coloridos


vestuarios y ricos tocados y adornos asombraron a los visitantes.
“…la delantera de la gente –relata Xerez, secretario de Pizarro− comenzó
a entrar en la plaza; venía delante un escuadrón de indios vestidos de una
librea de colores a manera de escaques; estos venían quitando las pajas
del suelo y barriendo el polvo. Tras estos venían otras tres escuadras
vestidos de otra manera, todos cantando y bailando. Luego venía mucha
gente con armaduras, patenas y coronas de oro y plata; entre estos venía
Atabaliba [Atahualpa] en una litera aforrada de pluma de papagayos de
muchos colores, guarnecida de chapas de oro y plata.”
Guaman Poma dibuja en su obra el encuentro entre Atahualpa y Pizarro.

Texto: Francisco de Xerez, Verdadera relación de la conquista del


Perú, Madrid, Historia 16, 1985, pp. 110-111; ilustración: Guaman
Poma de Ayala, El primer Nueva Corónica y buen Gobierno, t. II,
edición de John V. Murra y Rolena Adorno, México, Siglo XXI, 1980,
lám. 382, p. 355.

La extensa frontera oriental marcaba el paso de la región andina a las


tierras bajas de la cuenca amazónica. En ese territorio, el clima cálido,
las abundantes lluvias y la cerrada vegetación selvática se convirtieron
en obstáculos casi insalvables para los ejércitos andinos, acostumbrados
a otros ambientes. Vivían allí poblaciones belicosas que se desplazaban
56 América aborigen

con rapidez a lo largo de los ríos y llegaban hasta los contrafuertes an-
dinos para realizar rápidos y violentos ataques contra los asentamientos
fronterizos. Los más violentos, de lengua tupí-guaraní, eran los guerre-
ros ava, a quienes los incas llamaron despectivamente “chiriguanos”,
como veremos luego.
Por último, en el sur, en la región central de Chile, los incas encon-
traron dura oposición en las poblaciones locales, los reche (“la gente
verdadera” o “los verdaderos hombres”) o araucanos, que detuvieron el
avance incaico en el río Maule. La resistencia de los reche se vio favore-
cida por las características de su territorio húmedo y boscoso, extraño
para los incas, así como por sus asentamientos dispersos, su gran movi-
lidad, su organización social laxa, en que los linajes jugaban un papel
central, y la ausencia de un mando político estable y centralizado.

Las tierras bajas orientales de América del Sur

Las tierras bajas de América del Sur, al oriente de los Andes, ocupan
más de dos tercios de su superficie y se extienden desde las costas del
Caribe hasta Tierra del Fuego. Cruzada por la mayoría de las franjas
climáticas, predominan en ellas las extensas llanuras formadas por
cuencas fluviales como las del Orinoco, el Amazonas y el Plata; al sur se
encuentra la vasta meseta patagónica.

Pueblos de las tierras bajas tropicales y subtropicales


En las tierras bajas tropicales y subtropicales el clima es cálido; se al-
ternan zonas de altas precipitaciones y áreas secas, selvas tropicales y
sabanas. Los grandes ríos y sus afluentes forman una enorme red por
medio de la cual se comunicaban y movilizaban las poblaciones origi-
narias. Aunque fue de poblamiento temprano, poco se conoce sobre su
historia, pues la humedad y la selva perjudican la conservación de los
materiales, lo cual dificulta sobremanera el trabajo de los arqueólogos.
Hacia 1492, sus habitantes, diseminados a lo largo de selvas, bosques y
estepas, eran heterogéneos y se desplazaban con frecuencia por el te-
rritorio y hacia las tierras vecinas. Se reconocen, al menos, dos grandes
adaptaciones económicas: los agricultores, asociados a los grandes ríos
y al bosque tropical, y los cazadores recolectores, que vivían principal-
mente en las estepas interiores. Algunos cazadores recolectores, sin em-
bargo, habían comenzado a incorporar ocasionales prácticas hortícolas
a sus actividades.
América en el momento de la invasión europea 57

Agricultores del bosque tropical


La vida de los agricultores tropicales muestra una notable orienta-
ción ribereña: asentados en zonas forestales, vivieron y obtuvieron sus
principales medios de vida de los ríos más importantes, que además
utilizaban para comunicarse, migrar, guerrear y comerciar. Canoas y
piraguas fueron, por esos motivos, un instrumento fundamental para
su existencia. Su subsistencia, basada en el cultivo extensivo en las
planicies aluviales, utilizaba el sistema de roza o tala y quema. En sus
variedades amarga y dulce, la mandioca era el producto principal,
aunque también cultivaban maíz, papas dulces o batatas, maní, cala-
bazas, algodón y tabaco. La pesca en los ríos y en el litoral atlántico
era una fuente abundante y estable de proteínas; la recolección y la
caza completaban sus recursos. Algunos grupos disponían también de
perros y patos domésticos.
Vivían en grandes casas levantadas con materiales perecederos, don-
de residían grupos ligados por un linaje común. Esas casas formaban
poblados establecidos junto a los ríos, dotados de empalizadas. La es-
tructura social era laxa; sus vínculos no superaban las afinidades cultu-
rales y lingüísticas. En su mayoría estaban organizados en tribus, aun-
que en algunas partes (el oriente boliviano, el curso medio e inferior
del Amazonas, la costa venezolana y las Grandes Antillas) existían ya
algunas sociedades de jefatura.
Tupinambáes, guaraníes, avas o chiriguanos y shuaras fueron típicos
agricultores del bosque tropical. Guaraníes y avas, emparentados con
los primeros, hablaban una lengua del grupo tupí-guaraní y partici-
paban de un amplio desplazamiento de pueblos desde su tierra origi-
nal, en el este del actual Brasil, al sur del Amazonas. Los guaraníes se
asentaron junto a los ríos Paraná y Paraguay, e incluso alcanzaron las
orillas del río de la Plata; sus parientes ava avanzaron hacia el oeste y
llegaron hasta los contrafuertes andinos, donde atacaron la frontera
del imperio incaico. Esas migraciones, impulsadas por creencias en
una tierra mejor de abundancia y paz (la llamada “tierra sin mal” que
anunciaban las profecías) eran sin duda respuestas a problemas de-
mográficos y económicos en su hogar original. Los shuaras, o jívaros,
en el oriente de Ecuador, famosos por cortar y reducir las cabezas de
sus enemigos para usarlas como trofeos, fueron sofisticados agriculto-
res y eficientes cazadores.
58 América aborigen

Los tupinambáes
Los tupinambáes, literalmente “los más antiguos”, constituían un conjunto
disperso de más de un centenar de aldeas cercanas a la costa atlántica
del actual Brasil. Aunque con estrechos lazos culturales y lingüísticos,
esas aldeas eran independientes y a menudo estaban en guerra unas con
otras. Periódicamente migraban buscando nuevas tierras pues el cultivo
de roza, su principal actividad económica, agotaba los suelos luego de
algunos años.
Las aldeas, como lo muestra el grabado, estaban formadas por grandes
casas rectangulares, regularmente entre cuatro y ocho, construidas con
materiales perecibles −maderas, ramas y paja− ubicadas en torno a una
gran plaza rectangular. Cada casa alojaba a un patrilinaje de hasta treinta
familias nucleares, cada una con su propio compartimento y fogón en el
interior. Como otros agricultores tropicales, fabricaban cerámicas y utiliza-
ban profusamente la madera.

Ilustración: Hans Staden (c. 1525-1579), Warhaftige Historia und besch-


reibung eyner Landtschafft der Wilden Nacketen… [Verdadera historia y
descripción de un país de salvajes desnudos, feroces y caníbales, situado
en el Nuevo Mundo, América…] (1557); reproducido en Josephy, Alvin M.
(jr.) (ed.), America in 1492. The World of the Indian Peoples before the
Arrival of Columbus, Nueva York, Vintage Books, 1991, p. 177 (por error,
el autor lo atribuye a Johann von Staden).
América en el momento de la invasión europea 59

Cazadores recolectores de las sabanas tropicales y el Chaco


Otros pueblos conservaron su antiguo modo de vida cazador recolec-
tor. Organizados en bandas, vivían principalmente en estepas y zonas
escarpadas cercanas a los cursos superiores de los ríos. Lejos de los
grandes ríos, a los que llegaban de manera ocasional, los alimentos
eran en general escasos y su economía se orientaba al aprovechamiento
del mayor número de recursos disponibles, con gran dependencia de
plantas y animales. Su movilidad se ajustaba a la distribución estacional
de esos recursos: agrupados en macro bandas, permanecían durante un
tiempo cerca de los cursos de agua y luego se dispersaban en pequeñas
bandas para recolectar y cazar por los pastizales del interior.
Muchos pueblos del Gran Chaco (norte de Argentina, oeste de Para-
guay, oriente de Bolivia) compartían este modo de vida, como aquellos
que hablaban lenguas de la familia guaycurú, es decir mbayaes, paya-
guaes, tobas o qom, abipones, mocovíes y pilagaes. El paisaje del Gran Chaco
es duro y amenazante; la llanura, árida; las lagunas y pantanos, forma-
dos por los desbordes de los ríos (Bermejo, Pilcomayo), alternan con
el monte cerrado; domina el clima subtropical con estación seca, y el
verano es la estación lluviosa.
Guaraníes y chiriguanos percibían al Chaco como un lugar prohibi-
do y despreciaban a sus pobladores; sin embargo, para los guaycurúes
era una tierra de abundancia, con más variedad de alimentos silvestres
vegetales que el bosque tropical. Las semillas de la algarroba, secas y
molidas, podían consumirse todo el año; fermentadas, se transforma-
ban en chicha, una bebida esencial en ceremonias y rituales. En los
pantanos y junto a los grandes ríos existían numerosas variedades de
palmeras con cogollos comestibles. Algarrobas y palmeras proveían ma-
terias primas para fabricar utensilios necesarios para la vida cotidiana.
La región era apta para la caza y, durante la temporada estival, los ríos
se colmaban de peces.
La recolección de vegetales regulaba todos los aspectos de la vida,
pues obligaba a los pueblos a migrar en un ciclo anual que marcaba
el ritmo de las actividades. La recolección de la algarroba reunía a las
bandas en lugares fijos, donde se renovaban vínculos parentales, se
acordaban matrimonios, se celebraban fiestas, bodas y grandes rituales
colectivos. En la temporada de pesca, esos pueblos dejaban sus territo-
rios y se dirigían apresuradamente hacia los ríos Bermejo, Pilcomayo y
Paraguay.
Desde temprano el espacio chaqueño presenció desplazamientos
de población. Siglos antes que los ava, lo hicieron otros horticultores
60 América aborigen

amazónicos, quizá de lengua arawak, como los chané, luego sometidos


por los ava. Estos movimientos obligaron a desplazarse a quienes no
pudieron resistir o no aceptaron someterse, acentuando la movilidad
habitual. El territorio chaqueño sirvió, además, como conexión entre
las tierras andinas y las tierras bajas del litoral.
En contacto con pueblos cultivadores, algunos cazadores recolecto-
res incorporaron prácticas agrícolas a su modo de vida. Hacia 1500,
varias de estas comunidades ocupaban enclaves más o menos reducidos
y convivían con los agricultores tropicales. También es posible que algu-
nos migrantes tupí-guaraníes abandonaran parcialmente sus prácticas
agrícolas al instalarse en regiones con condiciones adversas e intensifi-
caran la caza y la recolección, como habría ocurrido con los sirionos o
mbia (“el pueblo”), en el oriente de la actual Bolivia.

Cazadores recolectores y horticultores de la Mesopotamia


Junto a los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay (la llamada Mesopotamia),
grupos de cazadores recolectores del interior, que al acercarse a los
grandes ríos incorporaron la pesca y adoptaron el uso de canoas, con-
vivían con algunas tribus de horticultores amazónicos. Entre ellos se
encontraban los caigang, ubicados en Misiones, el interior correntino y
el sur de Brasil; los charrúas, establecidos en la costa oriental del Río de
la Plata, en el actual Uruguay; y los querandíes, que se extendían desde
el centro-sur santafesino y el norte bonaerense hasta las primeras serra-
nías cordobesas. Entre los horticultores estaban los chaná-timbúes en el
Paraná inferior y los recién llegados guaraníes, quienes, presentes en el
norte de la Mesopotamia desde el siglo IX, a comienzos del siglo XVI
se habían asentado en el Uruguay medio, el Paraná inferior y el delta.
Ellos introdujeron prácticas hortícolas y la fabricación de cerámica en-
tre algunos antiguos cazadores recolectores cercanos a los grandes ríos,
principalmente en el Paraná medio y el delta de este río.
Los grandes ríos de la Mesopotamia constituyeron activas vías por
donde circulaban personas, bienes y conocimientos. Hacia 1500, con-
vivían en este territorio densamente poblado numerosas entidades, a
veces en forma pacífica y en ocasiones involucradas en guerras y con-
flictos. Estos pueblos mantenían contactos con poblaciones ajenas a la
región, como las que vivían en las selvas y bosques del sur brasileño, las
extensas llanuras situadas al occidente, las sierras pampeanas e, incluso,
las tierras altas del actual noroeste argentino.
América en el momento de la invasión europea 61

Los pueblos de las llanuras y mesetas meridionales


En las extensas llanuras y planicies que ocupan el extremo meridional
de América del Sur, entre la cordillera andina y el Atlántico, vivían, des-
de varios milenios antes, bandas de cazadores recolectores que habían
adaptado su modo de vida y su cultura a las particulares condiciones
del espacio.

Cazadores recolectores de las llanuras


Hacia 1500, la llanura pampeana estaba ocupada por bandas de cazado-
res recolectores cuyo modo de vida se había transformado a lo largo del
tiempo, a los cuales los europeos llamaron “pampas”. La caza, actividad
fundamental, se había diversificado para aprovechar los recursos de los
distintos ámbitos; en tanto, la recolección de vegetales tuvo especial
importancia en algunas zonas, como en el monte pampeano. Además,
se recogían moluscos terrestres o de agua dulce, y se pescaba en ríos y
lagunas, sobre todo entre grupos cercanos a los grandes cursos de agua,
como los querandíes. Finalmente, en la costa atlántica bonaerense po-
dían capturarse lobos marinos.
La flexibilidad de este modelo les permitió vivir en distintos medios y
hacer frente a los cambios ambientales. Organizados en pequeñas ban-
das, se desplazaban a pie y acampaban junto a lagunas y cursos de agua,
siguiendo itinerarios determinados por la distribución de los recursos,
tanto alimenticios como materias primas. Numerosos bienes, materias
primas escasas u objetos de alto valor simbólico, a veces provenientes de
lugares muy alejados, circulaban por el territorio pasando de grupo en
grupo. Esos contactos se extendían hasta las tierras situadas al oeste de
los Andes, las sierras centrales, el noroeste argentino y el Chaco.

Cazadores patagónicos y pescadores recolectores fueguinos


Al sur del río Negro, en la vasta meseta patagónica, vivían cazadores
recolectores conocidos más tarde con los nombres genéricos de pata-
gones o tehuelches. Aunque compartían los rasgos básicos de su modo
de vida, hablaban diferentes dialectos, reconocían los territorios pro-
pios de cada grupo y presentaban diferencias en sus expresiones sim-
bólicas, como pinturas rupestres, tabletas grabadas, pinturas realizadas
en los mantos de piel o quillangos, y pinturas corporales. Las variables
dialectales permiten afirmar la existencia de dos grandes grupos, con
diferencias internas: los tehuelches del norte, o guénaken (más tarde,
también se llamaron a sí mismos “pampas”), al norte del río Chubut y,
al sur de ese río, los tehuelches meridionales o chonecas, a quienes los
62 América aborigen

primeros visitantes europeos denominaron “patagones”. Las manifesta-


ciones simbólicas expresaban la identidad étnica.
Las grandes distancias y los áridos espacios interiores obligaron a sus
pobladores a concentrarse en los valles de los ríos patagónicos y en
algunas partes de la costa, donde la presencia de agua hacía posible la
vida. Los del norte fueron fundamentalmente cazadores terrestres, en
tanto los del sur combinaron la caza con la pesca y la recolección de
mariscos en la costa atlántica. El guanaco y el ñandú fueron fundamen-
tales; también se capturaban otros animales menores, como el zorrino,
buscado por su piel. La densidad de población, en general muy baja,
así como la alta movilidad estaban determinadas por la distribución de
los recursos, los ciclos estacionales y el movimiento de los animales. En
algunos lugares protegidos, como el valle del río Chubut, se produjo
una importante concentración de población; las ofrendas funerarias
halladas sugieren diferencias de jerarquía entre los allí sepultados.
Más allá del Estrecho de Magallanes, en el interior de Tierra del Fue-
go, los onas (selk’nam), emparentados con los chonecas, desarrollaron
formas culturales similares. En cambio, en las islas y canales vecinos,
los yámanas (yahgashaga) y los alacalufes (kawésqar) representaban un
modo de vida especializado, adaptado a un medio marino frío y riguro-
so. También denominados “canoeros”, ajustaron su vida a los recursos
del mar (recolección de moluscos, pesca con línea, caza de lobos ma-
rinos, nutrias y aves), continuando, aunque con variaciones, un modo
de vida que se remontaba varios milenios atrás. Sin embargo, no desde-
ñaban los recursos terrestres, animales y vegetales, que podían obtener
en las costas.
Las grandes canoas sobre las que virtualmente vivían, hechas con cor-
tezas de árboles, y el uso del arpón fueron los elementos más significati-
vos de su cultura. En cada canoa, donde se trasladaba toda una familia,
ardía siempre un pequeño fuego sobre una base de tierra y piedras.
Con las pieles de lobos marinos confeccionaban grandes mantos, guan-
tes y polainas para protegerse del intenso frío de la región.
3. De la llegada al continente al surgimiento
de las sociedades aldeanas

Hace veinte mil años, en plena época glacial, pequeños grupos


de cazadores que marchaban hacia el Este, siguiendo el mo-
vimiento de los animales de caza, atravesaron, sin advertirlo,
las tierras de Beringia, entonces un extenso puente terrestre
que unía el extremo nororiental de Asia con América. Muchos
milenios después, los descendientes de esos antiguos cazado-
res habían alcanzado el extremo meridional del continente y,
en algunas zonas, habían transformado de manera radical su
antiguo modo de vida: esos cazadores recolectores se estaban
convirtiendo en agricultores aldeanos.

Los viajes de Cristóbal Colón, a fines del siglo XV, y las prime-
ras exploraciones castellanas durante los años posteriores tuvieron un
profundo impacto en las mentes europeas: el universo se amplió más
allá de donde la imaginación medieval podía haber supuesto y, a me-
dida que las nuevas tierras eran conocidas, los europeos tomaron con-
ciencia de que se hallaban ante un mundo nuevo (para ellos). Numero-
sos interrogantes se plantearon entonces. Los mayores y más acuciantes
se referían a los habitantes de esas nuevas tierras. ¿Quiénes eran esos
seres que tanto se asemejaban a hombres y, sin embargo, tenían len-
guas, costumbres y modos de vida tan distintos a los de Europa? ¿Eran
realmente humanos? Si lo eran, ¿qué hacían en ese mundo aislado y
lejano? ¿Cómo y cuándo habían llegado allí?

Los primeros americanos

El problema del origen del hombre americano, aún hoy motivo de aca-
lorados debates, quedaba así planteado. Con el tiempo, participaron
en las discusiones teólogos, juristas, filósofos, científicos o simples cu-
riosos, y a menudo se entremezclaron la religión, la ciencia y la fanta-
64 América aborigen

sía. Fenicios, hebreos, egipcios, chinos e incluso extraterrestres fueron


concebidos como ancestros de los americanos; no faltaron quienes los
consideraran el resultado de una evolución independiente o, incluso,
antecesores de toda la humanidad.

Los orígenes del problema


Hasta el siglo XIX, el pensamiento europeo, dominado por las ideas
bíblicas, sólo consideraba verdaderos hombres a los descendientes de
Noé y su prole, quienes luego del diluvio habían poblado la Tierra y
dado origen a las naciones conocidas. Los otros, como las poblaciones
negras del África, no eran considerados humanos, sino que formaban
parte del amplio mundo animal o, al menos, se hallaban cerca de él.
Inspirados en los textos bíblicos, los tempranos escritos sobre el origen
de las poblaciones americanas establecieron algunas cuestiones básicas.
Carentes de base empírica, estas explicaciones se apoyaban en el tex-
to bíblico y postulaban un origen único para toda la humanidad. De allí
que, al aceptar que los pobladores del nuevo continente eran verdade-
ros hombres, postularan que habían llegado desde el Viejo Mundo en
una época no muy lejana (la cronología bíblica establecía la creación
del hombre entre 5000 y 6000 años atrás) e intentaban vincularlos con
otros pueblos del Viejo Mundo a partir de semejanzas biomorfológicas,
culturales o lingüísticas.
La búsqueda de explicaciones científicas, que recién se inició en la
segunda mitad del siglo XIX, fue alentada por el auge de las ciencias
naturales y las doctrinas evolucionistas que sometieron las formulacio-
nes anteriores a una profunda crítica. El género Homo fue considerado
el producto de una larga evolución y no una creación divina; en algún
caso, como el de Florentino Ameghino, se propuso la evolución inde-
pendiente del hombre en el Nuevo Mundo. Algunas de estas nuevas
posturas fueron revisadas a comienzos del siglo XX, cuando se reto-
maron supuestos anteriores con el objetivo de explicar el poblamiento
del continente a partir de datos arqueológicos y paleontológicos más
sólidos. Pese a ello, hasta mediados de ese siglo las discusiones conti-
nuaban siendo, en buena medida, especulativas.
En las últimas décadas, todas estas preguntas fueron revisadas. Las
investigaciones se de­sarrollaron de manera notable: se hicieron nue-
vos hallazgos y creció el número de sitios conocidos; se refinaron las
técnicas de investigación; se alcanzaron nuevos métodos de datación
absoluta como el Carbono 14, y sofisticadas metodologías de trabajo;
se formularon y reformularon hipótesis y teorías. Algunas preguntas
De la llegada al continente al surgimiento de las sociedades aldeanas 65

encontraron respuesta, otras fueron descartadas y nuevos interrogantes


esperan ser resueltos. En virtud de ello es que podemos hoy trazar, con
cierta seguridad, las líneas generales de ese largo proceso.

Monte Verde y la antigüedad del poblamiento de América


Durante mucho tiempo, la arqueología estadounidense negó la validez
de los hallazgos realizados en sitios anteriores a unos 12 000 años atrás,
en especial en América del Sur, cuestionando con severidad los trabajos
realizados. El primer sitio reconocido formalmente, en 1997, fue Monte
Verde, en el litoral chileno, cuando el lugar fue visitado por especialistas
entre los que se encontraban algunos de los investigadores más escép-
ticos. En un acto paternalista, los visitantes dieron su aprobación a los
trabajos realizados.
Estos, dirigidos por el arqueólogo estadounidense Thomas Dillehay,
implicaron minuciosas excavaciones y largos períodos de trabajo de
campo (foto). Los resultados, expuestos en dos gruesos volúmenes
publicados en 1989 y 1997, abrieron enormes posibilidades a las
investigaciones sobre el poblamiento temprano de América: condujeron
a reconsiderar las ideas sobre la antigüedad del arribo del hombre al
continente, que podía remontarse algunos milenios hacia atrás; y abrie-
ron el camino para revisar la situación de otros sitios que reclamaban
similar antigüedad evitando en el futuro descartar a priori todo hallazgo
que la reclamara.

Tom D. Dillehay, Monte Verde. Un asentamiento humano del pleistoceno


tardío en el sur de Chile, Santiago de Chile, LOM, 2004, fig. 7, p. 59.
66 América aborigen

Los primeros pobladores del continente americano


Como nosotros, los primeros americanos pertenecían biológicamente
a la especie Homo sapiens, que completó la ocupación de la ecúmene
iniciada por sus remotos ancestros, Homo ergaster y Homo erectus, quienes
un millón de años antes habían abandonado su hábitat africano. La ex-
pansión del hombre por el planeta fue un proceso largo y complejo: du-
rante milenios, pequeños grupos se desplazaron lentamente ocupando
todas aquellas regiones donde la vida humana era posible. Avanzaron
así por distintas zonas de África, por el centro y sur de Europa y hacia el
este por Asia, alcanzando las estepas centrales, la India, las llanuras de
China y el extremo de Indonesia.
Esta temprana expansión respondió al crecimiento demográfico de
esas poblaciones y a la necesidad de nuevos y más amplios territorios
de recolección y caza. Más allá de eso, lo que les permitió romper la
cadena que los ataba a su “nicho ecológico” original y adaptarse a otros,
distintos y variados (de bosques y sabanas tropicales a praderas tem-
pladas y estepas frías) fueron sus logros tecnológicos y culturales, sus
nuevas pautas de subsistencia y sus prácticas de vida social. El control
del fuego resultó, en este sentido, fundamental para sobrevivir en las
zonas más frías.
La adaptación a nuevos espacios requirió instrumentos adecuados
a los recursos disponibles y nuevas formas organizativas. Las pautas de
subsistencia africanas, donde la recolección de vegetales silvestres ocu-
paba un lugar central, junto con la captura de pequeños animales, eran
poco útiles en los territorios más fríos del continente europeo. Escasea-
ban allí los recursos vegetales, aunque había grandes herbívoros que
podían ser cazados; sin embargo, una economía basada en la caza de
esos herbívoros requería formas de organización y cooperación social
innecesarias, en cambio, para la recolección.
La posesión de tecnologías y habilidades más complejas le permitió
al Homo sapiens alcanzar las regiones extremas del mundo euroasiático,
atravesar el estrecho de Bering (entonces libre de aguas puesto que el
nivel del mar había descendido debido a las glaciaciones) y comenzar
la ocupación de las tierras americanas. Este proceso culminó algunos
milenios más tarde, cuando alcanzaron el extremo meridional. La ocu-
pación del continente americano y de áreas insulares en el confín occi-
dental del océano Pacífico (islas de la Sonda, Australia y Nueva Guinea,
que entonces formaban un solo continente) fueron los últimos grandes
momentos de la expansión del género humano por el mundo.
De la llegada al continente al surgimiento de las sociedades aldeanas 67

El ingreso al continente americano


Los primeros pobladores llegaron del continente desde el extremo
oriental de Siberia, atravesando el estrecho de Bering durante el último
avance glaciar del Pleistoceno. El clima en todo el mundo era mucho
más frío y húmedo que el actual, y la gran cantidad de agua retenida en
los hielos continentales hizo descender el nivel de los mares alrededor
de 130 metros. Como consecuencia, durante largos períodos una plani-
cie libre de glaciares (de 500 kilómetros en sentido Este-Oeste y 2000 de
Norte a Sur) unía Alaska con Siberia oriental, formando un verdadero
puente terrestre entre ambos continentes.
Según los geólogos, ese puente alcanzó su máxima extensión hace
50 000 años y, hace unos 20 000, tenía todavía una superficie de un millón
de kilómetros cuadrados. Conocido como Beringia, se presentaba como
una tundra cubierta de musgos, líquenes y juncos, donde vivía una rica
fauna de mamuts, caballos, bisontes y caribúes, entre otros, que facilitaba
la subsistencia de los cazadores recolectores, quienes se movían siguiendo
las migraciones de los animales. Según los datos actuales, puede ubicarse
el comienzo de esa entrada entre 18 000 y 20 000 años atrás, aunque es
posible que futuras investigaciones modifiquen tales estimaciones.
Se han propuesto, también, otras vías de entrada de grupos humanos
al continente. Por una parte, se habló de migraciones por el Pacífico e
incluso se supuso un movimiento de gente desde Australia, cruzando
parte de la Antártida. No obstante, los testimonios arqueológicos de
tales migraciones son débiles o inexistentes. Por otro lado, a partir de
similitudes entre algunos instrumentos del noreste de América y de la
industria solutrense europea, de­saparecida hace unos 19 000 años, an-
tropólogos estadounidenses plantearon, sin descartar la vía de Bering,
la posibilidad de que grupos humanos de Europa suroccidental hayan
atravesado el Atlántico siguiendo el borde sur de la gran masa glaciar
que cubría los territorios septentrionales de ambos continentes. Argu-
mentan que los cazadores solutrenses estaban bien equipados para en-
frentar las bajísimas temperaturas de esas latitudes. No obstante, faltan
aún pruebas sólidas que avalen esta hipótesis.

La larga marcha a través del continente


El desplazamiento de esos cazadores hacia el Sur se realizó por varias
vías. Desde Bering, siguiendo el corredor terrestre que, al este de las
Rocallosas, separaba los glaciares cordilleranos del casquete helado que
cubría la mayor parte del actual Canadá, alcanzaron las estepas herbá-
ceas del centro de América del Norte, donde el clima era más benigno
68 América aborigen

y abundaban los grandes herbívoros. Ese corredor, que unía el interior


de Alaska con las estepas centrales, estuvo libre de hielos cuando las
condiciones eran menos frías; sin embargo, recorrerlo no era sencillo
y sólo pudo hacerse en algunos momentos puntuales. Por este motivo,
otros investigadores propusieron como alternativa la costa del Pacífico
de América del Norte que, al parecer, estuvo libre de hielos. Allí, de-
bido al retiro de las aguas, es posible que se haya formado una franja
costera transitable para esos cazadores que, además, podían aprovechar
recursos marinos. No obstante, a fines del Pleistoceno las aguas volvie-
ron a cubrir esas tierras, y ocultaron así los restos que esas poblaciones
habrían dejado a su paso.
Mientras algunos grupos se expandían por las estepas y praderas de
América del Norte, otros siguieron camino hacia el Sur recorriendo
América Central hasta alcanzar el territorio sudamericano, y dejaron
huellas de ese paso temprano en el actual territorio mexicano. Ya en
América del Sur, los grupos se dividieron: unos siguieron hacia el Sur
por el corredor andino; los testimonios de su marcha aparecen en sitios
arqueológicos de Colombia, Perú y Chile. Otros, en cambio, se despla-
zaron hacia el Este y el Sur, moviéndose por las costas colombianas y
venezolanas del Caribe hasta alcanzar las actuales Guayanas y las tierras
nororientales de Brasil, donde su paso quedó testimoniado en abrigos
rocosos de la región, como Pedra Furada. Las condiciones ambientales
de este territorio, distintas de las actuales, favorecían el movimiento de
pequeñas comunidades pues el clima era menos caluroso y húmedo,
las selvas se habían reducido en superficie, y su lugar era ocupado por
praderas y sabanas abiertas. Este camino habrían seguido los grupos
que alcanzaron el extremo sur del continente, pues los que avanzaban
por la zona andina deben haber sido detenidos por los glaciales que
cubrían los Andes patagónicos.
Los restos conservados ponen de manifiesto que esos primeros ame-
ricanos tenían un profundo conocimiento de las condiciones de los
medioambientes en que vivían, poseían tecnologías adecuadas para
obtener y utilizar los recursos allí disponibles, habían de­sarrollado es-
trategias de subsistencia complejas que incluían amplios circuitos de
movilidad estacional en territorios extensos para aprovechar distintos
nichos ecológicos, y disponían de medios de expresión simbólica, como
lo muestran manifestaciones plásticas, pinturas rupestres y petroglifos,
entre otras. En espacios extensos, como el territorio patagónico-fuegui-
no, se observan desde temprano diferencias locales en la producción de
instrumentos, el uso de los recursos y el arte rupestre, aunque también
De la llegada al continente al surgimiento de las sociedades aldeanas 69

semejanzas, relacionadas con la existencia de contactos y la circulación


de información entre distintas comunidades del extenso territorio.
Esas poblaciones, anatómicamente modernas pues pertenecen a la
especie Homo sapiens sapiens, acumularon a lo largo de milenios una
considerable experiencia y enormes conocimientos como resultado de
su vida en diversos paisajes, climas y situaciones. Además, adquirieron
una notable habilidad tecnológica para adaptarse a condiciones natu-
rales cambiantes y diversas. De otro modo, no habrían sobrevivido. Por
eso, cuando llegaron al extremo sur del continente americano, esos
primeros pobladores no tenían ya nada de “primitivos”, como tantas
veces se los considera. Tampoco lo eran al entrar en América.
En cuanto a la estructura social, estaban organizados en pequeños
grupos igualitarios de entre veinticinco y cincuenta individuos, empa-
rentados entre sí y sin otras diferencias que las determinadas por el
sexo y edad. Esos grupos o bandas gozaban de relativa autonomía y no
reconocían autoridad superior. Explotaban el medio natural utilizando
herramientas de piedra, hueso y madera, y su alimento provenía de la
recolección de plantas y de la caza de animales terrestres y acuáticos,
incluida la captura de peces y mariscos. La caza de algunos de los gran-
des mamíferos del Pleistoceno, como el mamut y el mastodonte, era
una empresa difícil y peligrosa, por lo que muchos estudiosos suponen
que, en estos casos, era posible que aprovecharan restos de animales
muertos por causas naturales o por la acción de otros depredadores,
actividad a la que se denomina “carroñeo”.
En esas condiciones, la ocupación humana del continente fue una
experiencia larga, complicada y no siempre exitosa: el asentamiento en
un territorio nuevo requirió el esfuerzo de muchas generaciones desde
el momento en que los primeros individuos entraron en él. Esa entrada
no siempre era intencional ni suponía largos desplazamientos: a veces,
simplemente, la disminución de las presas posibles o el aumento del
número de individuos de la banda impulsaban a algunos cazadores a
alejarse tras las presas o a buscar nuevos territorios de caza. La explo-
ración había comenzado; si era exitosa, otros individuos seguirían el
camino hasta que algunos se instalaran en las nuevas tierras.
En síntesis, cruzar América de un extremo al otro constituyó para
esos cazadores recolectores un viaje prolongado y arduo. Sus ancestros
ya habían atravesado Siberia antes de cruzar Beringia, lo que les de-
mandó crear formas apropiadas de vivienda y vestimenta para soportar
el frío. Sus descendientes, que se adaptaron con éxito a las condiciones
de vida de las llanuras de América del Norte, tuvieron que aprender a
70 América aborigen

subsistir en las selvas centroamericanas, los altiplanos andinos, las pra-


deras templadas y las estepas frías del Sur. Esa experiencia, acumulada y
transmitida de generación en generación, era su mayor capital cuando
alcanzaron el extremo sur del continente.
Para esa época, es decir, entre 14 000 y 9000 años atrás (c. 12 000 y
7000 a.C.), florecían en el continente grandes culturas cazadoras que en
muchos aspectos recuerdan a las del Paleolítico superior europeo, en es-
pecial debido a sus puntas de proyectil cuidadosamente talladas. Las más
conocidas, como las de Clovis y Folsom, provienen de América del Nor-
te, aunque se las encuentra en todo el continente. Entonces, una serie
de cambios medioambientales producidos por el fin de las glaciaciones
transformó profundamente la vida de esas primeras comunidades.

Los preludios de un gran cambio

A pesar de los avances logrados por el hombre, a comienzos del Holo-


ceno, entre 10 000 y 8000 años atrás (c. 8000 a 6000 a.C.), las formas bá-
sicas de subsistencia seguían siendo, en esencia, las mismas que en los
comienzos. Todos los grupos practicaban alguna forma de caza, reco-
lección y pesca, aunque la importancia de una u otra actividad variaba
según los recursos que el medio les brindaba, y se habían de­sarrollado
tecnologías adecuadas para explotarlos de modo cada vez más inten-
so y efectivo. Las condiciones en que se practicaban esas actividades
habían cambiado en numerosas ocasiones: la alternancia de períodos
fríos y cálidos con el consecuente avance y retroceso de los hielos, o de
temporadas más secas y épocas de alta humedad incidían en la flora y
en la fauna y, en consecuencia, en los medios de supervivencia de los
cazadores recolectores. El éxito en la obtención de alimentos dependía
de sus habilidades, de sus conocimientos sobre el medio, de la eficacia
de sus técnicas, armas y utensilios, y de su ductilidad para acomodarse
a situaciones imprevistas.

El final de la Edad del Hielo


El fin de las glaciaciones fue un proceso largo y complejo que se pro-
longó a lo largo de cuatro milenios. Durante ese tiempo y con algunas
fluctuaciones, el clima se volvió cada vez más cálido, y también más seco
en algunas regiones. Salvo en los extremos sur y norte del continente,
o en las más altas montañas, los grandes glaciares se redujeron en su-
perficie hasta de­saparecer; ese deshielo causó el ascenso del nivel de
De la llegada al continente al surgimiento de las sociedades aldeanas 71

las aguas de los océanos. Muchas tierras fueron cubiertas por las aguas,
otras quedaron separadas de los continentes, las direcciones de los vien-
tos cambiaron, las franjas climáticas se desplazaron y se acentuaron los
contrastes entre regiones. Los cambios ambientales modificaron los
recursos de caza: los grandes herbívoros se fueron extinguiendo (tam-
bién incidió la sobre explotación de algunas especies) y otros animales
cambiaron de hábitat. 
Las comunidades humanas tuvieron entonces que reacomodar sus
actividades económicas y diversificar e intensificar el uso de los recur-
sos disponibles, de­sarrollando nuevas tecnologías y modificando su mo-
vilidad. Reducidas sus posibilidades, esos cazadores especializados del
Pleistoceno comenzaron a atrapar una mayor variedad de animales de
menor porte y ampliaron la recolección de vegetales. En las áreas más
secas, como la Gran Cuenca en América del Norte o el centro y norte
de la actual Argentina, por ejemplo, donde las grandes piezas de caza se
volvieron escasas, adquirió importancia la recolección de semillas. En
cambio, otras poblaciones, como las que vivían cerca del litoral maríti-
mo, intensificaron la pesca, la recolección de mariscos y moluscos, y la
caza de mamíferos marinos, que complementaron con recursos terres-
tres, como sucedió en parte de la costa del Pacífico.
En síntesis, como había ocurrido en el continente euroasiático, las
economías cazadoras especializadas, esto es, basadas en la caza intensiva
de un número reducido de especies de alto rendimiento, dieron paso a
economías de amplio espectro, que desplegaban múltiples actividades
y explotaban un conjunto variado de recursos animales y vegetales. En
este contexto, algunas comunidades comenzaron a experimentar con
la domesticación de ciertas plantas y, en los Andes centrales y centro-
meridionales, de varios animales. Sin embargo, durante mucho tiempo
plantas y animales domésticos sólo constituyeron el complemento de
una economía que dependía de la caza y la recolección.

La producción de alimentos y la Revolución Neolítica


La domesticación de plantas y animales fue uno de los grandes avances
en la historia humana, pues transformó las estrategias de subsistencia
y sentó las bases para el surgimiento de un nuevo tipo de sociedad. En
efecto, algunas comunidades comenzaron a producir sus recursos, o
al menos una parte de ellos: en contacto permanente con animales y
vegetales silvestres de su entorno, aprendieron que las plantas podían
ser cultivadas y los animales mantenidos en cautiverio para sacrificarlos
cuando fuera necesario, y que podían seleccionar las variedades más
72 América aborigen

adecuadas para favorecer su reproducción. De ese modo, comenzaron


a intervenir en el proceso de selección natural generando cambios ge-
néticos que, con el tiempo, dieron lugar a nuevas variedades y especies,
que hoy denominamos “domésticas”.
La producción de alimentos implicó el paso de una economía de apro-
piación, basada en la caza y la recolección, a otra que se sustentaba en la
producción. Esta nueva economía constituyó la base de la llamada “Re-
volución Neolítica”, expresión impuesta por Vere Gordon Childe en la
década de 1930. Este proceso, lento y gradual, se extendió a lo largo de
varios milenios resultó de la acumulación de pequeñas transformaciones,
pero no significó el reemplazo rápido de una economía por la otra.
Sus efectos, en cambio, fueron revolucionarios: mayor estabilidad en
la provisión de alimentos, posibilidad de un excedente acumulable, au-
mento de la población, asentamiento en aldeas permanentes, división
del trabajo, especialización económica, mayor complejidad social, dispo-
nibilidad de tiempo libre que permitía de­sarrollar tecnologías más com-
plejas… Es en este sentido que Childe usaba el término “revolución”.
La producción de alimentos se inició hacia la misma época, es decir
en los primeros milenios del período postglacial, y de modo indepen-
diente en varias regiones del mundo. El proceso más antiguo y conoci-
do tuvo lugar en el sudoeste asiático y el Mediterráneo oriental. Otros
centros tempranos fueron las planicies vecinas a los grandes valles flu-
viales de China y las tierras cálidas del sudeste asiático. En el continente
americano se de­sarrolló de modo independiente en algunas zonas del
actual territorio mexicano y en los Andes centrales, donde el proceso
parece haberse puesto en marcha entre 7000 y 5000 a.C., así como en
las selvas cálidas situadas al oriente de la cordillera andina. Pese a su
contemporaneidad y a algunos rasgos comunes, tuvo rasgos particula-
res en cada una de esas regiones e incluso, como veremos, entre distin-
tas zonas de una misma región.

Los agricultores americanos

El origen de la agricultura americana generó apasionados debates en-


tre los estudiosos del tema. Algunos, desde posiciones difusionistas,
sostenían que la agricultura había sido importada del Viejo Mundo:
originaria del Asia sur occidental, se habría extendido hasta el extre-
mo oriental de Asia y la Polinesia para alcanzar las costas americanas a
partir del tercer milenio antes de Cristo, desde donde se habría expan-
De la llegada al continente al surgimiento de las sociedades aldeanas 73

dido al resto del continente. Para otros, era el resultado de un proceso


indepen­diente, sin conexión con el mundo euroasiático, aunque relati-
vamente reciente. Sin el apoyo de sólidas investigaciones arqueológicas,
ambas posiciones eran especulativas.

Los núcleos iniciales de producción de alimentos en América


Varios sitios arqueológicos localizados y trabajados en las últimas déca-
das en Mesoamérica y en los Andes centrales atestiguan los inicios de
la producción de alimentos en el continente americano. Las cuidadosas
investigaciones realizadas mostraron que las primeras experiencias con
cultivos se remontan, quizás, a antes de 7000 a.C., es decir, son casi
contemporáneas de los primeros restos de Viejo Mundo.

En el actual territorio mexicano ese inicio está documentado en sitios como


el valle árido de Tehuacan en Puebla, la sierra de Tamaulipas al nordeste de
México y el valle de Oaxaca. En el actual Perú, los inicios del cultivo
aparecen en la Cueva Guitarrero (al norte del Callejón de Huaylas) y en
abrigos y cuevas de la región de Ayacucho donde, al igual que en la puna
74 América aborigen

de Junín, más al sur (Telarmachay), están documentados los primeros


pasos de la domesticación de camélidos, rasgo característico de los Andes
centrales. Es problable que otro núcleo independiente se de­sarrollara en las
selvas cálidas situadas al oriente de la cordillera andina.

Los descubrimientos realizados en las últimas décadas respaldan la se-


gunda tesis, aunque remontan sus inicios más atrás en el tiempo. Los
hallazgos arqueológicos en los actuales territorios de México y Perú
mostraron que las primeras experiencias con cultivos son casi contem-
poráneas de los primeros restos del Viejo Mundo. No habría habido,
pues, tiempo suficiente para largos procesos de difusión.

Los inicios de la agricultura en Mesoamérica


En el continente americano esos primeros testimonios de plantas cul-
tivadas aparecen en el contexto de los cambios que se producían a co-
mienzos de la era postglacial. En efecto, entre hace 7000 y 5000 a.C., los
pobladores del valle mesoamericano de Tehuacan subsistían a partir de
la recolección de vegetales silvestres, aunque habían comenzado a do-
mesticar al menos tres plantas: un tipo de calabaza, chile (ají) y aguaca-
te (palta). En Tamaulipas, los pobladores contemporáneos vivían tam-
bién de la recolección de plantas silvestres, aunque cultivaban al menos
dos tipos distintos de calabaza. En Oaxaca, los ocupantes de la cueva
Guilá Naquitz dejaron, entre otros muchos restos vegetales, pequeños
frijoles negros y cáscaras, polen y semillas de calabaza, fechados hacia
7400 a.C. Estos frijoles podrían ser silvestres, pero las calabazas marcan
el comienzo del cultivo en ese valle.
A partir de 5000 a.C., el inventario de las plantas cultivadas se incre-
mentó y creció su participación en la dieta. Los pobladores del valle de
Tehuacan incorporaron otros cultivos, entre ellos el maíz, que llegó a
ser el principal componente de la dieta mesoamericana y, a fines de
esta fase, alrededor de 3500 a.C., ya disponían de varios tipos de cala-
bazas, ajíes, frijoles, amaranto, aguacates y zapotes. En la misma época,
en Tamaulipas existían ya varios cultivos: faltaba el maíz, introducido
muy tarde, pero había calabazas, chile, frijoles y amaranto. Hallazgos
aislados en otros sitios refuerzan este modelo general.
Un milenio y medio después, hacia 2000  a.C., el cultivo constituía
ya, en buena parte de Mesoamérica, la base de la alimentación; ade-
más, se afirmaba la tendencia al sedentarismo, se había introducido
la cerámica y se cultivaba el algodón. En síntesis, más allá de variantes
locales o diferencias cronológicas, el proceso general muestra que, tras
De la llegada al continente al surgimiento de las sociedades aldeanas 75

un largo período de aprovechamiento de los ancestros silvestres del


maíz, el frijol, la calabaza y otros vegetales, los cazadores recolectores
del Tehuacan, Tamaulipas y Oaxaca, por nombrar sólo algunos, empe-
zaron a cultivarlos, manteniendo patrones de alta movilidad. Al princi-
pio, se trataba del complemento de una dieta basada en la recolección
de vegetales y, en menor medida, de la caza. Luego, el cultivo ocupó un
lugar cada vez más importante y se acentuó la tendencia a establecer
asentamientos estables. En ese contexto, la agricultura ya era capaz de
propiciar una activa vida en aldeas.

Los inicios de la producción de alimentos en los Andes centrales


En el actual Perú, los hallazgos realizados en la Cueva Guitarrero (en un
pequeño valle al norte del Callejón de Huaylas) y en algunos abrigos y
cuevas de la región de Ayacucho muestran que, hacia 7000 a.C. y quizás
antes, sus ocupantes ya cultivaban. En la primera se obtenían porotos y
ají hacia 6500 a.C., aunque es posible que los cultivos existieran desde
al menos 8000 a.C. Además, los ancestros silvestres de estas especies son
nativos de las cálidas y húmedas laderas boscosas orientales, de donde
deben haber sido traídos a la sierra.
En Ayacucho, los primeros testimonios de cultivo, algo más tardíos,
provienen de la cueva Pickimachay, donde se hallaron, junto a huesos
de animales y abundantes semillas silvestres, cáscaras de calabaza, se-
millas de quínoa domesticada y zapallo común. Al parecer, también
se dieron entonces los primeros pasos hacia la domesticación del cuy
o conejito de Indias. Hacia 3000 a.C., los pobladores de Ayacucho ya
cultivaban algo de maíz, papas, calabazas, frijol común, lúcuma, quínoa
y probablemente coca. Además, utilizaban plantas silvestres y comían
carne de cuy, ciervos y camélidos americanos.
Es probable que algunos de esos camélidos estuvieran ya en proceso
de domesticación, un rasgo que diferencia a la región andina de Mesoa-
mérica. Las investigaciones realizadas en abrigos rocosos en la alta puna
en torno a Junín, como Telarmachay, indican que, hacia 4000 a.C, lla-
mas y quizás alpacas eran mantenidas en recintos o corrales.

Telarmachay y la domesticación animal en los Andes


En Telarmachay, abrigo rocoso en la puna de Junín, a 4500 metros de
altitud, los cazadores que, entre hace 7000 y 7000 años, visitaron esta-
cionalmente el lugar dejaron gran cantidad de restos óseos. Al comienzo
76 América aborigen

los camélidos salvajes representaban casi el 65% de la caza, pero esa


proporción ascendió y, hacia 2500 a.C., constituía casi un 90% entre
ejemplares salvajes y domésticos. Los restos exhiben una especialización
en la caza de camélidos, más gregarios y con movilidad más regular, há-
bitos que facilitaban su captura y caza. Además, controlando la cantidad
de piezas cazadas y protegiendo a hembras preñadas y animales jóvenes,
los cazadores se aseguraban una fuente regular de alimentos.
Luego, abruptamente, aumentan los restos de individuos muy jóvenes e
incluso fetos, tal vez porque, capturados y mantenidos en corrales, los
camélidos más jóvenes eran los más afectados por el hacinamiento y la
falta de higiene. Por último, el hallazgo de restos de alpaca y llama,
especies domésticas, que datan de 4000 a.C. aproximadamente, señala
que el proceso de domesticación se había completado casi en su
totalidad.

Hasta entonces, los pobladores que habitaban las altas planicies (a ve-
ces a más de 4000 metros de altura) todavía eran esencialmente caza-
dores pues, salvo algunos tubércu­los, escaseaban los recursos vegetales
comestibles. Allí, la vida humana había dependido de la caza de mamí-
feros salvajes como vicuñas, guanacos y tarucas o ciervos andinos. Tras
varios milenios de convivencia con esa fauna local, los tempranos caza-
dores avanzaron en la domesticación de unas pocas especies, como el
cuy y camélidos del género Lama, llama y vicuña, por lo que finalmente
se convirtieron en pastores. Asimismo, es posible que las tierras altas
meridionales hayan sido también un núcleo independiente de domes-
ticación de esos animales pues, en la vertiente occidental de la Puna,
en el curso medio del río Loa y en sitios ubicados al norte de San Pedro
de Atacama, existen indicios de prácticas de pastoreo y domesticación,
que se ubican entre 5000 y 3000 a.C.
En los valles costeros del Perú, en cambio, las primeras experien-
cias hortícolas tuvieron lugar más tarde que en la sierra, quizá desde
los inicios del cuarto milenio  antes de Cristo, y en un contexto de
comunidades centradas en el aprovechamiento de los recursos del
mar. Aldeas de pescadores y recolectores de productos marinos apro-
vechaban las tierras cercanas a los ríos (y la humedad dejada por las
crecidas) para cultivar vegetales que reforzaban la dieta. No obstante,
fueron los productos del mar (peces, moluscos y mariscos, aves y ma-
míferos marinos) los cuales, al brindar una provisión segura, abun-
dante y estable de alimentos, hicieron posible la temprana sedentari-
zación de estas comunidades.
De la llegada al continente al surgimiento de las sociedades aldeanas 77

Este modo de vida se vuelve evidente en un conjunto de aldeas coste-


ras, cuya vida se remonta, en algunos casos, hasta alrededor de 5000 a.C.
Las más conocidas son Paloma y Chilca, en el valle de Chilca, en la costa
central del actual Perú. El crecimiento del cultivo que se verificó en
la costa a partir de 3000 a.C. se vinculó con la expansión del algodón,
destinado principalmente a fabricar cordeles y redes que permitieron
intensificar la pesca. Igual función cumplió la del cultivo de la calabaza
vinatera o mate (Lagenaria vulgaris) que, una vez seca, era empleada
como flotador o boya.

La aldea de pescadores de Paloma


En el valle de Chilca, la aldea de pescadores de Paloma llegó a cubrir
una superficie de 15 hectáreas. Ocupado desde c. 5000 a.C. como
campamento transitorio, devino pronto en asentamiento sedentario y se
mantuvo durante casi cuatro milenios. El mar fue su principal fuente de
alimentos. Pequeños pescados, como anchoas y sardinas, ocupaban un
lugar central en la dieta y para obtenerlos elaboraban de redes, líneas, pe-
sas, canastas y anzuelos. En las lomas recolectaban vegetales –algunos
eran usados como combustible–, cazaban pequeños animales y recogían
caracoles de tierra. Más tarde, llegaron a practicar algunos cultivos, como
porotos y dos tipos de calabazas, uno de los cuales, la calabaza vinatera,
servía para hacer flotadores para las redes de pesca.

Las viviendas de la aldea –llegó a tener unas 100– eran simples, redondas
y en forma de cúpula, construidas con haces de juntos sujetos a un mar-
co de cañas o varas curvadas que se unían en la parte superior, a veces
78 América aborigen

suplementado con costillas de ballena. Esas casas servían como habita-


ción y también como lugares de entierro para los miembros de la familia.

Ilustración: Danièle Lavallée, The First South Americans. The Peopling of a


Continent from the Earliest Evidenceo High Culture, Salt Lake City, The
University of Utah Press, 2000, fig. 18, 2, p. 128.

En síntesis, aunque con características propias, al igual que en el Viejo


Mundo algunas regiones americanas vivieron un intenso período de
experimentación agrícola que se prolongó a lo largo de tres o cuatro
milenios. Durante ese tiempo, se incrementó el número de cultivos,
aumentó su incidencia en la dieta, se lograron las primeras especies hí-
bridas y, en las tierras andinas centro-meridionales, se afirmó la domes-
ticación de las llamas. Sin embargo, hacia 3000 a.C., la agricultura aún
era una actividad secundaria y, quizá con excepción de la costa peruana
(donde los recursos marinos eran abundantes y estables), todos esos
grupos practicaban alguna forma de nomadismo estacional.
La época anterior a 3000 a.C. parece haber sido un verdadero perío-
do de transición en la evolución que conduce de las bandas de caza-
dores-recolectores a las comunidades aldeanas neolíticas. La cerámica,
asociada al neolítico, estuvo ausente durante casi toda esa época, aun-
que es probable que ya se la fabricara en las tierras bajas de la vertiente
oriental de los Andes. Los primeros testimonios datan recién de la se-
gunda mitad del cuarto milenio antes de Cristo en Valdivia, Ecuador y
en la costa colombiana del Caribe.

La vida de las comunidades aldeanas


Como resultado de esos procesos, hacia comienzos del tercer mile-
nio antes de Cristo vivían en distintos medioambientes de Mesoamérica
y los Andes centrales comunidades que basaban su subsistencia en la
producción de alimentos. Unas eran ya sedentarias; otras estaban en ca-
mino de serlo. Ocupaban aldeas o caseríos permanentes o semiperma-
nentes y, aunque a veces debían migrar debido a sequías o agotamiento
de las tierras, por ejemplo, permanecían la mayor parte del año en un
mismo lugar. Una excepción eran las comunidades de la costa peruana
y el norte de Chile que desde tiempo atrás vivían en aldeas permanen-
tes, aunque su economía se basaba en los productos del mar.
Más numerosas que las bandas de cazadores recolectores, esas comu-
nidades agrícolas rara vez pasaban de unos pocos miles de personas; no
había diferencias sociales significativas, salvo las vinculadas al prestigio
De la llegada al continente al surgimiento de las sociedades aldeanas 79

personal, y carecían de organización política centralizada. Las relacio-


nes de parentesco, fundamentales en su organización social, definían el
lugar del individuo respecto a los demás miembros del grupo, así como
sus obligaciones y derechos. Los lazos derivados de matrimonios entre
miembros de distintos linajes y comunidades regulaban relaciones, le-
gitimaban víncu­los y alianzas, facilitaban la circulación de personas y
hacían posible el funcionamiento de redes de intercambio que vincula-
ban distintas regiones.
Aunque todas compartían un modo general de vida, existían impor-
tantes diferencias. Los asentamientos agrícolas, a diferencia de los ca-
zadores, tendieron a radicarse en ambientes específicos donde tenían
sus viviendas y sus tierras de cultivo, usando los alrededores para cazar y
recolectar. Se vieron así compelidos a adaptarse a un medio particular,
con características y recursos específicos, lo cual generó diferencias en-
tre los habitantes de los distintos ambientes. Junto a los rasgos del me-
dio, la facilidad de comunicaciones y el acceso a redes de intercambio
jugaron un papel central en tal diferenciación. De esas circunstancias
dependió la centralidad de cada actividad económica, el carácter de
las prácticas agrícolas y del uso del suelo, el modo de asentamiento y el
grado de autonomía económica.
El de­sarrollo de ciertas técnicas (algunas, ya conocidas, fueron perfec-
cionadas, y surgieron otras nuevas) cambió la vida de esos aldeanos. Se
fabricaron entonces bienes de mejor calidad a partir tanto de materias
primas locales como importadas. Tales piezas eran utilizadas para uso
doméstico o para actividades rituales y ceremoniales. Así, se extendió el
pulimento de los artefactos de piedra, se de­sarrolló la alfarería, se mejora-
ron la cestería y el hilado, el trabajo de la madera y el hueso, y los textiles.
En ambas regiones, la diversidad medioambiental brindaba gran va-
riedad de recursos, pero, debido a su de­sigual distribución, era difícil
para las comunidades sobrevivir sólo con los bienes obtenidos de su
propio hábitat, por lo que fue necesario buscar en otras partes pro-
ductos imprescindibles o proveerse de ellos mediante intercambios. El
incremento de la población, el creciente sedentarismo y la adaptación
a medios ecológicos específicos acentuaron esta necesidad, y se inten-
sificó la circulación de productos. Esta extensión de las redes de in-
tercambio generó una intensa dinámica cultural, pues con los bienes
circulaban ideas, técnicas, creencias y prácticas sociales.
El conocimiento (aunque incompleto e indirecto) de las creencias e
ideas de esos aldeanos debe inferirse de sus expresiones materiales y de
los testimonios de sus actividades rituales y ceremoniales: los entierros
80 América aborigen

de los muertos, los objetos usados en tales prácticas, las características


de los lugares en que se realizaron. En un mundo social dominado por
las relaciones familiares y los lazos derivados del parentesco, los rituales
y ceremonias tenían lugar, ante todo, en el ámbito doméstico. Así ocu-
rría con las prácticas vinculadas al mundo de los muertos, expresadas
en tumbas e inhumaciones. El cuidado en el tratamiento de los muertos
se relacionaba con el culto de los ancestros o antepasados, práctica an-
tigua y muy difundida, vinculada a la vez con la importancia del paren-
tesco como articulador de la vida de las comunidades, y garante de su
unidad y continuidad.
4. Los inicios de un nuevo orden social
(c. 3000 a.C.-800 a.C.)

Desde el año 3000 a.C. aproximadamente, el avance de la pro-


ducción de alimentos, el aumento sostenido de la población
y el afianzamiento de las aldeas impulsaron el surgimiento de
una nueva forma de vida denominada “neolítica” en los Andes
centrales y en Mesoamérica. Los hombres afirmaron sus co-
nocimientos y el control sobre el medio ambiente, generaron
nuevas relaciones de producción y consolidaron formas más
complejas de vida social y cultural. En ese largo proceso se
desarrolló la especialización económica y emergió la desigual-
dad social.

En este período, de manera paulatina y con diferencias lo-


cales y regionales, la producción de alimentos y la vida aldeana se afir-
maron en los Andes centrales y en Mesoamérica. Ambas regiones (en
adelante escenario principal de nuestra historia) se definieron como
grandes áreas culturales, esto es, vastos espacios donde una población
alcanzó formas específicas de vincularse con el ambiente, de asentarse
y utilizar los recursos, de relacionarse entre sí y con otras poblaciones,
de ver, percibir y representar la naturaleza, el mundo de lo sagrado y la
vida social y política.
Las características geográficas y medioambientales de cada región
ayudan a explicar algunas cuestiones centrales de sus historias. No obs-
tante, aunque ese medio ambiente ofrecía posibilidades y obstáculos,
los hombres no eran sujetos pasivos; aprovechar sus recursos o superar
esos obstáculos implicaba actuar sobre él y para eso era necesario cono-
cerlo, alcanzar tecnologías adecuadas y formas de organización eficien-
tes. Así, la relación de los hombres con su entorno puede caracterizarse
como dialéctica.
82 América aborigen

Mesoamérica y los Andes centrales:


espacios de diversidad y contrastes

Mesoamérica y los Andes centrales fueron los escenarios de un rico


proceso histórico que condujo a la conformación de formas comple-
jas de organización económica, social y política, al avance del conoci-
miento y a la elaboración de sofisticados sistemas simbólicos. La pri-
mera, que abarcaba gran parte de los actuales México, la totalidad
de Guatemala y Belice, y parte de Honduras y El Salvador, ofrecía
paisajes imponentes dominados por elevadas mesetas y grandes vol-
canes nevados, donde terremotos y cataclismos volcánicos eran algo
cotidiano. La segunda, los Andes centrales, constituía una larga franja
paralela al Pacífico que cubría la porción de la cordillera andina del
extremo sur de Ecuador, Perú y Bolivia. Región de profundos contras-
tes ambientales, presentaba un verdadero mosaico de bosques, este-
pas, selvas, arenales, lagos con rica fauna, lagos de sal muertos, valles,
grandes ríos e inmensas cordilleras, cuya combinación confería a cada
parte su peculiar identidad.

Los hombres y su ambiente


La vida no fue fácil en estas regiones. La mayor parte eran montañas y
altas planicies donde las tierras cultivables escaseaban, se extendían de
modo desigual y estaban expuestas al deslave y la erosión. Las altas mon-
tañas detenían las nubes cargadas de humedad y provocaban la desi-
gual distribución de las lluvias: el agua, exigua en muchas partes, era
excesiva en otras, por ende, las inundaciones resultaban tan peligrosas
como las sequías. Cada porción de tierra apta debía ser trabajada con
esmero; debido a ello, la agricultura se desarrolló a través de complejos
mecanismos tecnológicos y sociales para aprovechar la mayor cantidad
de especies, aumentar su rendimiento a través de la hibridación, crear
tierra cultivable mediante terrazas o andenes, campos elevados y ca-
mellones, controlar el agua a través del riego, y regular y organizar el
trabajo colectivo para el cultivo y la ejecución de estas obras.
El agua era primordial: un arroyo o un pozo constituían la diferencia
entre la abundancia y el hambre; las fuentes de agua, codiciadas por
quienes no las tenían, eran ferozmente defendidas por sus poseedores.
En las tierras altas, las corrientes de agua dependían del deshielo de
las montañas cercanas, y las escasas lluvias, reducidas al verano (entre
mayo y octubre en Mesoamérica; entre noviembre y abril en los Andes),
sólo permitían una cosecha anual. El riego, aun a pequeña escala, re-
Los inicios de un nuevo orden social 83

sultaba fundamental y, aunque la configuración del terreno y la falta de


grandes ríos permanentes limitaron el desarrollo de ingentes sistemas
hidráulicos, pequeños diques y canales se extendieron por doquier, lo
cual permitió que se obtuviera más de una cosecha anual. Sistemas más
grandes sólo fueron posibles cuando surgieron estados capaces de dis-
poner, controlar y organizar grandes contingentes de mano de obra.
En cambio, en las tierras bajas orientales, es decir, la extensa llanura
costera del golfo de México y el piedemonte andino cercano a la cuen-
ca amazónica, la existencia de grandes ríos y las abundantes lluvias vol-
vían innecesaria la irrigación: el problema aquí era el exceso de agua,
no su carencia.
Ambos territorios mostraban fuertes contrastes y múltiples paisajes
que delineaban un complejo mosaico. Leves cambios en el clima, los
suelos o los accidentes del relieve determinaban la formación de distin-
tos ambientes y nichos ecológicos, a veces en un mismo valle. Esa varie-
dad contribuyó a la cohesión social: ninguno, salvo quizás en algunas
zonas de la costa peruana, podía ser autosuficiente, y los intercambios
fueron esenciales desde los comienzos de la vida aldeana, a partir de lo
cual se formaron vastas redes de circulación que ya funcionaban en el
segundo milenio antes de Cristo. Por ellas circularon hombres, produc-
tos e ideas; de hecho, la unidad cultural de ambas áreas se forjó a partir
de esa temprana integración.
En ambas regiones, las tierras altas fueron el eje organizador del te-
rritorio. Allí estaban los principales bolsones de población y, excepto
algunos centros costeros en Perú y las ciudades mayas de las tierra bajas
de Mesoamérica, en ellas estuvieron también los grandes centros de la
vida social y política: Cuicuilco, Teotihuacan, Xochicalco, Tula, Cholu-
la, Tenochtitlan, Monte Albán, Mitla y Kaminaljuyú en Mesoamérica;
Chavín de Huántar, Pucara, Tiwanaku, Wari y Cuzco en los Andes.

Mesoamérica
Tres altas mesetas articulaban las distintas partes de la región. La pri-
mera, la meseta central, fue la de mayor relevancia económica y polí-
tica. Su imagen recuerda las pirámides que construían sus pobladores:
una alta plataforma por encima de los 2100 metros de altura, que
incluía las cuencas de Toluca, México y Puebla, descendía en escalo-
nes y se prolongaba hacia el norte en una inmensa planicie árida. La
cuenca de México, corazón de este bloque central, estaba ocupada
por un gran sistema lacustre que, junto con las tierras vecinas, susten-
taba a una numerosa población. Alrededor, en una menor altitud, la
84 América aborigen

fértil llanura del Bajío, las montañas de Michoacán con sus laderas
cubiertas de pinos, sus lagos y lagunas, las tierras más húmedas y cáli-
das de Jalapa y Orizaba, y las más calientes de Morelos formaban los
escalones que conducían a la franja costera del golfo de México y a la
costa del Pacífico.
Al sur de las cuencas de los ríos Balsas y Papaloapan se encontraba la
meseta del sur de México, en la actual Oaxaca. Con un espacio domi-
nado por montañas áridas y suelos polvorientos que recuerdan paisajes
lunares, sólo el valle de Oaxaca disponía de tierra suficiente para una
agricultura intensiva y para el desarrollo de aglomeraciones urbanas.
Monte Albán, en el centro del valle, fue el núcleo político y cultural de
la región, y uno de los más grandes del mundo prehispánico.
Más allá del istmo de Tehuantepec se encontraban las tierras altas
meridionales. Allí se elevaban las montañas que, con sus laderas cu-
biertas de pinos y sus temperaturas más frescas, atravesaban Chiapas y
Guatemala, encerrando valles regados por arroyos, ríos y abundantes
lluvias invernales, donde nacían algunos grandes ríos como el Motagua
y el Usumacinta, que llevaban sus aguas al Atlántico.
Distintas eran las llanuras costeras. La del golfo, ancha y lluviosa, era
atravesada por ríos lentos y caudalosos, que inundaban las tierras for-
mando pantanos y manglares. La del Pacífico, angosta y seca, estaba
cruzada por ríos torrenciales que provenían de las montañas vecinas.
En el sudeste, las tierras bajas formaron la Península de Yucatán. Su
clima es seco en el noroeste, pero las lluvias aumentan cuando se avan-
za hacia el sudeste; la vegetación de matorral cede el lugar al bosque
tropical húmedo. Hacia el sur, una franja de selva cálida, lluviosa y pan-
tanosa se prolonga hasta las estribaciones de las montañas de Chiapas
y Guatemala.

Los Andes centrales


De noreste a sudeste se extienden tres subregiones paralelas, a modo de
franjas: la costa, angosta faja desértica junto al Pacífico; la sierra o cor-
dillera (los Andes propiamente dichos), por último, al este, la selva o
montaña, húmeda y cálida, ligada a la cuenca amazónica. La sierra, ver-
dadero eje del mundo andino, es un complejo conjunto de montañas,
mesetas, cordones montañosos discontinuos y altos picos nevados. En
ella nacen numerosos ríos: los que llevan sus aguas al Pacífico labraron
su ladera occidental; los que bajan hacia el llano amazónico, más gran-
des y caudalosos (Marañón, Huallaga, Urubamba y Mantaro) abrieron
largos y profundos valles en su vertiente oriental.
Los inicios de un nuevo orden social 85

Una extensa planicie o puna, de clima frío y paisajes abiertos, ocu-


pa las partes más altas de la sierra, elevándose en el sur a más de
4000 metros. Diferencias de humedad y de vegetación caracterizan a
la puna húmeda, al norte, de la puna seca y de la puna árida, al sur,
casi un verdadero desierto. En la parte alta de los valles andinos (la
qeshwa) templados y con lluvias concentradas entre noviembre y abril,
se encuentran las tierras más fértiles y mejor regadas de la sierra. Por
debajo, se extienden las yungas, las tierras calientes, secas al oeste y
húmedas al este.
Al oriente del macizo andino, las tierras bajas son cálidas y húme-
das, y con una vegetación boscosa y selvática que culmina en el llano
amazónico. Al oeste, en cambio, predominan ambientes áridos y secos
que encuentran su límite en la costa del Pacífico, que presenta ciertas
particularidades: ubicada en la franja tropical, la cercanía del mar y la
acción de la corriente fría de Humboldt moderan las temperaturas. Por
eso, la humedad se condensa sobre el mar, donde llueve, y los vientos
llegan secos al continente. Esa corriente hacía aflorar aguas ricas en
nutrientes minerales que sostenían una abundante y variada fauna ma-
rina. En la costa, templada y desértica, la escasa humedad no alcanza a
condensar en lluvias y, en invierno, las nubes se asientan en las partes
altas, denominadas “lomas”, y transmiten humedad al suelo formando
manchones verdes, que eran aprovechados por animales y hombres.
Los ríos que la cruzan forman angostos valles, verdaderos oasis en el
desierto costero, que permitían el acceso a las tierras altas. Los despla-
zamientos eran transversales y los ríos favorecieron, al este y al oeste, los
contactos entre la costa, la sierra y la selva, cuyos recursos complemen-
tarios eran vitales para los grupos humanos. Al mismo tiempo, como
los componentes del medio se ordenaban de modo vertical, la altitud
determinaba sus rasgos principales.

Los inicios de la complejidad social en los Andes centrales

Los habitantes de los Andes centrales necesitaron varios milenios para


familiarizarse con su medioambiente, manejar distintos espacios y apro-
vechar de modo eficiente sus recursos. Hacia 3000  a.C. comenzaron
a definirse en la región dos amplios modelos económicos. El prime-
ro predominó en la costa, donde la rica fauna oceánica, compuesta
por mariscos y peces, aves y mamíferos marinos, permitió un temprano
sedentarismo; establecidas cerca de la desembocadura de los ríos, las
86 América aborigen

comunidades obtenían allí agua dulce y tenían acceso a las lomas, don-
de cazaban y recolectaban. En valles serranos y punas, en cambio, el
cultivo a temporal de especies adaptadas a la altura y el frío se combinó
con la cría y pastoreo de camélidos domésticos; en las partes más altas,
persistió la caza especializada de camélidos salvajes. Al mismo tiempo,
se desarrollaron algunos mecanismos de intercambio entre poblacio-
nes de ambas macrorregiones.
Entre c. 3000 y 800 a.C., etapa que suele dividirse en dos períodos,
Precerámico y Cerámico Inicial, varios procesos cambiaron la vida de
los pobladores de la región: se expandió la economía, aumentó la po-
blación, se desarrollaron nuevas tecnologías, se erigieron construccio-
nes monumentales, y se manifestó una mayor complejidad social.

Afianzamiento de la producción de alimentos y del sedentarismo


Hacia 3000  a.C., buena parte de estas poblaciones vivía en pequeñas
aldeas semipermanentes que, pese a algunos contactos e intercambios
interregionales, dependían de los recursos locales.
En la costa del centro y norte del actual Perú, esas aldeas se encon-
traban junto al mar, cerca de la desembocadura de los ríos y de bahías
protegidas que facilitan el acceso a los recursos marinos. Además, se
practicaban algunos cultivos junto a los ríos, como calabazas, lúcuma,
porotos comunes, habas, paltas, ají y en especial algodón (que se expan-
dió en esa época), a lo que se sumaban calabazas vinateras, o mates, usa-
das para confeccionar redes de pesca y flotadores, es decir, para inten-
sificar la pesca. Los artefactos comunes incluían bolsas y cestas tejidas
con fibras vegetales trenzadas, recipientes hechos con mate y anzuelos
confeccionados con valvas o conchas de algunos mariscos. La pequeña
aldea de Huaca Prieta, cerca de la desembocadura del río Chicama,
ejemplifica este modo de vida.
En las tierras altas se conservaba el estilo de vida basado en la caza y
la recolección. Las diferencias entre los grupos dependían de las carac-
terísticas del entorno y de las estrategias adoptadas por los cazadores
quienes, en algunas áreas, se volcaron a la caza del ciervo andino, en
tanto en otras, como las altas punas, invirtieron su energía en los ca-
mélidos. Pronto se produjeron cambios profundos: algunos cazadores,
en contacto desde tiempo atrás con esos animales, manejaban técnicas
selectivas de caza y de matanza de hembras y animales jóvenes para evi-
tar afectar la reproducción y conservación de los rebaños. Pudieron así
establecer campamentos más estables y, con su conocimiento del com-
portamiento de los animales, controlar los rebaños de alpacas y llamas,
Los inicios de un nuevo orden social 87

y completar su domesticación. Los camélidos domésticos eran usados


como alimento, animales de carga y proveedores de lana.
Otros grupos, en cambio, pasaron a depender cada vez más de las
plantas cultivadas, en especial en los altos valles fluviales, donde el énfa-
sis en la caza y la recolección dio paso a una creciente dependencia de
los recursos domesticados, incluidos los vegetales, y a un mayor seden-
tarismo. El repertorio temprano de plantas domesticadas se incremen-
tó: pronto incluyó porotos, calabazas, oca, lúcuma, quínoa, tomates, ají,
papas, achira, coca y, tal vez, maíz. También hay evidencia de cultivo
del algodón, proveniente de ambientes más bajos, cálidos y húmedos.

Los primeros centros ceremoniales


A comienzos del tercer milenio antes de Cristo, la aparición de las pri-
meras manifestaciones de arquitectura pública monumental marcó el
comienzo de profundos cambios en la organización social y el modo de
vida de las poblaciones costeras. Con el tiempo, dichas manifestacio-
nes se extendieron por la costa, donde grandes plataformas asociadas a
plazas aparecen en los valles de Huaura, Supé, Pativilca y Fortaleza (el
llamado Norte Chico), y luego por la región serrana.
Los testimonios más antiguos se encuentran en Áspero, cerca de la
costa, sobre la margen derecha del río Supe, ocupado durante casi un
milenio. Grandes y pequeños montículos y plataformas piramidales, en-
tre las que se destacan las llamadas Huaca de los Sacrificios y Huaca de
los Ídolos, componían el sitio. Esta última debe su nombre al hallazgo,
en la cima, de pequeñas figurillas de arcilla cruda, en su mayor parte fe-
meninas y algunas preñadas, que pueden estar señalando la existencia
de rituales de fertilidad o de prácticas shamánicas de curación.

Las pirámides de Áspero


Las construcciones monumentales de Áspero se remontan a fines del
cuarto milenio antes de Cristo y fueron construidas sobre suaves colinas
frente a una planicie, antiguamente una bahía donde ingresaba el océano.
Las pirámides de Áspero, entre las que se destacaba la Huaca de los Ído-
los, se ajustaban a un modelo propio de su tiempo y su cultura: formadas
por plataformas superpuestas, una escalera central en la fachada comuni-
caba con el espacio público exterior, en este caso una plaza circular;
en la cima, había un espacio privado con varios recintos pequeños. Los
investigadores las consideran estructuras públicas pues, de mayor tama-
88 América aborigen

ño que otras construcciones, se usaron bolsas de red con piedras y tierra


(shicras) para rellenar las plataformas. Además, presentan decoración
(frisos, pintura mural o nichos), faltan residuos domésticos, y el acceso a
los recintos de la cima era restringido. La ilustración muestra una maqueta
computarizada de esa huaca.

Adaptado de <www.arqueologiadelperu.com.ar/aspero.htm>.

Poco después, hacia 2900 a.C., apareció Caral, también en el valle del


río Supe, aunque a unos 20 kilómetros de la costa. Tres siglos más tarde
conformaba un imponente conjunto de estructuras ceremoniales, don-
de se destacaban cinco grandes plataformas piramidales y dos plazas hun-
didas circulares, además de conjuntos residenciales formados por casas
con habitaciones interconectadas entre sí (alguna de las cuales sirvieron
como talleres), con muros angostos de cañas entrelazadas recubiertas
con barro. Entonces en el valle de Supe, además de Áspero, existían ocho
grandes sitios con arquitectura monumental, que mantenían contactos,
compartían prácticas religiosas y formas de organización.

La Pirámide Mayor de Caral


Estructura piramidal escalonada de 150 por 160 metros de base y 28 de
altura, tiene una plaza circular adosada a su fachada. Una larga escalera
une la plaza circular con la pirámide y permite alcanzar la cima, donde
se encuentran varios recintos. El atrio, que permite el acceso al recinto
principal, ubicado en la parte más alta, muestra en sus paredes pequeños
nichos. El recinto del altar del fuego sagrado, que aparece en otras pirá-
mides, era una habitación pequeña; allí, en un pozo abierto en el suelo,
se incineraban pequeñas ofrendas: semillas y otros vegetales, valvas de
Los inicios de un nuevo orden social 89

moluscos marinos y telas de algodón. Pocos participaban en esos ritua-


les; en la plaza, en cambio, debe haberse congregado un considerable
número de personas. En estas reuniones, la música constituyó un impor-
tante medio de expresión; se hallaron flautas decoradas con diseños de
monos, serpientes y cóndores. La ilustración muestra la plaza circular y, al
fondo, la pirámide con su escalera.

Fotografía publicada en La Nación, sábado 5 de marzo de 2011 [sección


Opinión, p. 33].

Las dimensiones y complejidad de Caral generaron debates sobre su


organización social y política. Caral era, sin duda, una sociedad más
compleja y con alguna centralización en la toma de decisiones, pues
de otro modo la construcción de tales estructuras habría sido difícil.
Algunos la consideran una sociedad plenamente urbana, con una or-
ganización estatal, aunque esto parece exagerado pues los hallazgos
no evidencian una profunda especialización económica, ni divisiones
sociales bien reconocidas, ni una organización política coercitiva. Para
otros, el carácter religioso de sus monumentos señalaría que algunos
individuos, quizá jefes de linajes apoyados en creencias religiosas, ha-
bían adquirido prestigio y podían tomar decisiones centralizadas.
Hacia mediados del milenio, a diferencia del resto de la región andi-
na, se hallaban en el Norte Chico más de 25 grandes centros localiza-
dos en el interior de los valles, lejos de la costa, todos con arquitectura
monumental, aunque la cerámica estaba aún ausente. Más tarde, antes
de finalizar el milenio, aparecieron algunos centros con arquitectura
monumental fuera de esa región, tanto en la costa como en las tierras
90 América aborigen

altas. Dos de ellos fueron emblemáticos del fin del milenio: El Paraíso,
en el valle del río Chillón, cerca de Lima, y Kotosh, en la sierra, cerca
de las nacientes del río Huallaga.
El Paraíso fue uno de los más grandes. En su construcción, comen-
zada hacia 2000 a.C., se emplearon cien mil toneladas de piedra can-
teada; fue reconstruido y modificado en varias ocasiones. Ocupado
durante siglos, su población debe haber sido numerosa, dado el gran
tamaño de los basurales encontrados. La alimentación provenía princi-
palmente del mar (en particular, peces pequeños), aunque también se
cultivaba y recolectaba en las riberas del río; en la planicie vecina crecía
el algodón, usado para hacer redes y líneas para pescar, y para confec-
cionar tejidos simples.

La unidad I de El Paraíso
Es el edificio más conocido de este sitio, uno de los mayores de la época.
Está situado al sur de una extensa plaza flanqueada, al este y el oeste,
por dos largos montículos. Se trata de una plataforma pequeña, de cuatro
niveles, excavada y restaurada hace ya tiempo. El acceso a los cuartos
de su cima se realizaba por dos escaleras. La más larga conducía a una
cámara pintada de rojo, con un espacio rectangular hundido en su centro
y cuatro pozos circulares en cada esquina. Estos pozos estaban llenos
con carbón y todo el piso del patio rectangular había sido quemado. Esta
cámara debió estar dedicada a rituales del fuego sagrado, que incluían
la quema de ofrendas. Por sus pequeñas dimensiones, el acceso a esos
rituales debió estar reservado a pocas personas. La ilustración muestra
una vista del piso de la cámara roja, con su patio hundido y sus fogones
circulares.

Ilustración: <www.arqueologiadelperu.com.ar/paraiso.htm>.
Los inicios de un nuevo orden social 91

En El Paraíso aparece el modelo de estructuras formadas por tres pla-


taformas dispuestas en U, de gran importancia más tarde. Constaban
de un montículo principal, con la cima aplanada, que formaba la base
de la U, y otros dos, alargados, dispuestos a modo de alas o brazos
laterales. Esas plataformas encerraban, por tres de sus lados, un gran
patio o plaza rectangular. El edificio más conocido es la Unidad I, que
presentaba una planta compleja, con cuartos ordenados alrededor de
una habitación central donde es posible que se hayan celebrado ritua-
les que incluían la quema de ofrendas. La Unidad I cerraba por el sur
una gran plaza de 7 hectáreas, flanqueada, al este y el oeste, por dos
largos montículos que, a juzgar por las ruinas de conjuntos de peque-
ñas habitaciones rectangulares conservadas en sus cimas, tuvieron uso
doméstico.
Kotosh, de larga historia, es en cambio un característico sitio serra-
no, donde faltaban las grandes plazas y patios capaces de acoger gran
número de gente durante las ceremonias públicas. Se supone que estas
se realizaron en pequeñas cámaras o cuartos con fogones en el centro.
Durante la fase Mito, iniciada hacia 2400 a.C., se levantó la construc-
ción principal, un gran montículo formado por la acumulación de los
restos de sucesivas reconstrucciones, una sobre otra, práctica común
en las tierras altas. Su núcleo lo formaban tres templos superpuestos:
el mejor conservado, el de las Manos Cruzadas, era, junto a otras cons-
trucciones, un verdadero conjunto ceremonial. Su construcción debe
haber demandado una considerable fuerza de trabajo que se reclutaría
en asentamientos próximos. Por clima y geografía, esa zona era favora-
ble para la agricultura, el pastoreo y los asentamientos humanos. Los
arqueólogos identificaron restos de numerosas aldeas que probable-
mente hayan proporcionado los trabajadores necesarios.

El Templo de las Manos Cruzadas de Kotosh


Construcción cuadrangular, de más de 9 metros de lado, sus muros, de
unos 3 metros de altura, estaban revocados con una fina capa de barro
color blanco-crema y ornados con nichos y hornacinas trapezoidales a
modo de puertas ciegas. Tenía una sola entrada y, en el centro, había so-
bre el piso un fogón con un ducto de ventilación subterráneo conectado
con el exterior. Su nombre se debe a dos esculturas modeladas en barro
crudo, que representaban manos cruzadas en X, ubicadas en la pared
opuesta a la entrada, como se observa en la ilustración. En los rituales
92 América aborigen

celebrados en ese reducido espacio, se quemaban en el fogón ofrendas


–ajíes, conchas, huesos, plumas y astas de ciervo, entre otros– cuyos
restos carbonizados quedaron en el lugar. Otros dos templos similares
funcionaron al mismo tiempo, formando un conjunto cuyos rituales deben
haber estado relacionados.

Richard L. Burger, Chavin and the origins of Andean Civilization, Londres,


Thames & Hudson, 1995, pp. 46 y 48.

El apogeo de los grandes centros ceremoniales andinos

Estos procesos se profundizaron y extendieron durante el segundo


milenio antes de Cristo, en particular en los valles costeros. Entonces,
se construyeron algunos de los centros ceremoniales más grandes del
antiguo Perú, cuyo número superó ampliamente a los erigidos en el
período anterior.

Las transformaciones del segundo milenio antes de Cristo


Fue ésta una época de notable avance tecnológico. La cerámica, pre-
sente en los Andes peruanos desde comienzos del milenio (aunque ya
lo estaba en los Andes septentrionales desde al menos fines del cuarto
milenio  antes de Cristo), se expandió con rapidez. El tejido mejoró
considerablemente debido a la adopción del telar de lizos (esa vara o
cordel grueso que separaba los hilos de la urdimbre para que los de
la trama pasaran con facilidad a través de ellos), y el incremento de la
producción de algodón debido al riego. Cerámica y textiles, a los que
se agregó un poco más tarde la metalurgia, fueron las tecnologías más
Los inicios de un nuevo orden social 93

complejas desarrolladas por las sociedades andinas y figuran entre las


mejores manifestaciones simbólicas y estéticas de la región.
La expansión de la agricultura de regadío acentuó la tendencia a
establecer los grandes centros en el interior de los valles, cerca de
las tierras de cultivo, donde era posible controlar las tomas de agua
que alimentaban los canales. Los asentamientos costeros se reduje-
ron; al parecer, muchos dependían o eran satélites de los centros del
interior. De todos modos, para la dieta humana se obtenía del mar
la provisión de proteínas, aunque se acentuó el papel de las plan-
tas domesticadas, cuya producción creció debido al uso del riego. En
consecuencia, la población aumentó en cantidad y densidad, lo cual
permitió disponer de más fuerza de trabajo para extender sistemas de
riego y llevar a cabo grandes proyectos constructivos. A ello contribu-
yó la amplia adopción de la alfarería, pues los recipientes de cerámica
permitían cocinar los alimentos en agua y recuperar nutrientes en el
caldo remanente.
En los valles de la costa norte y central surgieron grandes centros
bien planeados, articulados en grandes complejos que, según algunas
investigaciones, pueden ser concebidos ya como verdaderas ciudades,
aunque la mayor parte de la población continuara viviendo en chozas
o pequeñas aldeas cerca de los cultivos o los canales. Otros estudiosos
sostienen que no puede hablarse todavía de urbanismo, pues no hay
evidencias ciertas de la existencia de la especialización suficiente ni de
la necesaria diferenciación social y arquitectónica. De todos modos, las
bases de las ciudades andinas estaban presentes, y el hallazgo de tumbas
con ofrendas especiales y residencias en la cima de montículos ceremo-
niales sugiere que algunos individuos gozaban de un estatus especial.
Los desarrollos mejor conocidos tuvieron lugar en los valles de Mo-
che, Casma y Rímac. En los dos primeros, emergieron unidades socio-
políticas con una fuerte centralización, marcada diferenciación social y
construcciones que requirieron a las comunidades subordinadas gran
inversión de trabajo cooperativo; el último, en cambio, tuvo una orga-
nización más laxa, donde las construcciones monumentales resultaron
de pequeñas fases de construcción concatenadas, con renovaciones y
ampliaciones periódicas.

Desarrollos, integraciones y estilos regionales


Los centros de los principales valles compartían rasgos comunes como
tecnologías, ideología, ceremonialismo, y mantenían amplios contactos
entre sí, aunque tuvieron un funcionamiento independiente. A nivel
94 América aborigen

regional es posible distinguir estilos cerámicos diferenciados, elemen-


tos característicos en la planificación de los centros y al menos tres pa-
trones estilísticos regionales, en especial en la arquitectura pública.

Las ideas religiosas de Cupisnique


La religión de los pobladores de Cupisnique se expresó en una iconogra-
fía que incluía cabezas-trofeo humanas, el cactus alucinógeno conocido
como San Pedrito, la tríada felino-pájaro-reptil, peces, y conchas Strom-
bus y Spondylus, elementos asociados a cultos al agua y la fertilidad.
Los principios religiosos básicos se expresaban especialmente en su
cerámica, caracterizada por vasos negros o grises, modelados e incisos
y con cuello en forma de estribo como se observa en las ilustraciones. La
representación de jaguares en medio de cactus San Pedrito (izquierda) se
asociaba a viejas prácticas shamánicas, en las cuales era fundamental el
uso de alucinógenos. Los oficiantes consumían una bebida fermentada
hecha con los San Pedrito y en sus visiones se transformaban en álter
egos sobrenaturales, como jaguares, de donde surge la idea dualista de
un hombre/ jaguar, como se observa en la representación de la pieza de
la derecha.

Richard L. Burger, Chavin and the origins of Andean Civilization, Londres,


Thames & Hudson, 1995, p. 96.
Los inicios de un nuevo orden social 95

En los valles de la costa central, la arquitectura pública se caracterizó


por la distribución de las grandes plataformas en la forma de U. Varios
montículos centrales presentaban elaborados frisos modelados en ar-
cilla. El más antiguo de esta etapa es La Florida, en el valle del Rímac,
cuya construcción se inició hacia 1800 a.C. De él provienen las cerámi-
cas más antiguas conocidas en la costa central, y la presencia de basu-
rales domésticos y montículos más pequeños sugiere una pequeña po-
blación residente. Garagay, en el mismo valle, exhibía impresionantes
frisos policromos modelados en barro. En el valle de Lurín, pequeñas
piezas realizadas con hojas de cobre martillado halladas en Mina Perdi-
da y fechadas hacia el año 1000 a.C. marcan el inicio de la metalurgia
en la región.
El estilo llamado “cupisnique” es característico de la costa norte del
actual Perú. En principio designó un elaborado estilo cerámico exten-
dido entre los valles de Virú y Lambayeque, caracterizado por vasos
negros o grises, modelados e incisos, y con cuello en forma de estribo.
Con el avance del conocimiento, su uso se extendió a manifestaciones
arquitectónicas caracterizadas por plataformas bajas, con patios rectan-
gulares delante, escaleras incrustadas, cimas coronadas por columnas,
y esculturas de adobe pintado y brazos laterales bajos que forman la
mencionada planta en U.
La Huaca de los Reyes, en el complejo de Caballo Muerto del valle de
Moche, es un buen ejemplo de este estilo. Remodelada varias veces, lla-
man la atención los magníficos frisos que adornaban su fachada princi-
pal. Posee una planta en U, con una plataforma central de 6 metros de
alto y alas laterales que enmarcan un espacioso patio, también central.
No se halló cerca arquitectura doméstica, por lo que es probable que la
población habitara las laderas de los cerros, al oeste del sitio.

La Huaca de los Reyes en el valle de Moche


La cúspide del montículo principal de la Huaca de los Reyes, en el valle
de Moche, estaba ocupada por columnatas, patios rectangulares semi-
hundidos, torres y cuartos rectangulares con múltiples entradas hechos
con piedra y mortero de barro. Cerca de la fachada principal, cuatro
enormes cabezas de adobe modeladas en relieve de más de dos metros
de alto –una de ellas se muestra en la ilustración− retrataban criaturas
con aspecto de felino, y colmillos y caninos entrelazados que parecen
gruñir. Patios y plazas decrecen en tamaño a medida que se avanza hacia
96 América aborigen

el corazón del montículo, poniendo en evidencia las restricciones cada


vez más estrictas en el acceso. La mayoría de los visitantes sólo debe
haber tenido acceso a la plaza más grande, desde donde se observa-
ban las cabezas colosales, tal vez imágenes de divinidades creadoras.
Los que accedían a los lugares más íntimos podían contemplar figuras
antropomórficas que quizá representaban deidades especiales o héroes
culturales.

Richard L. Burger, Chavin and the origins of Andean Civilization, Londres,


Thames & Hudson, 1995, p. 92.

Sin embargo, los mejores ejemplos de arquitectura monumental, de-


bido a su cantidad y dimensiones, y a la calidad de construcción, se
encuentran en el valle de Casma, en la costa nordcentral. A mediados
del segundo milenio antes de Cristo, se levantaban allí cinco grandes
centros con plantas en forma de U. El valle habría constituido una gran
unidad política o cultural conocida con el nombre de uno de los sitios,
Moxeque, el cual estaba integrado por dos grandes complejos arquitec-
tónicos, estratégicamente ubicados, que controlaban el sistema fluvial
del Casma: Pampa de las Llamas-Moxeque y Sechín Alto.
Esos sitios compartían rasgos que definen la tercera tradición arqui-
tectónica costera: planificados a partir de plataformas escalonadas rec-
tangulares, con patios y plazas circulares hundidas delante, se alinea-
ban en un eje central establecido por el montículo principal. Además
había hileras de estructuras administrativas medianas, donde se erigía
una unidad arquitectónica modular específica; las paredes de las terra-
zas se hallaban adornadas con frisos modelados en barro o adobe. La
Los inicios de un nuevo orden social 97

distribución de las estructuras internas y el tipo de restos encontrados


indican que cumplían funciones distintas, aunque complementarias: es-
tructuras de almacenamiento, templo, palacio y centro administrativo.

Las lozas de piedra grabada de Cerro Sechín


Cerro Sechín, el sitio más pequeño de Moxeque, constaba de una
plataforma de tres niveles con edificios a ambos lados. Se destaca
especialmente el friso que reviste su base, que se muestra en la ilustra-
ción, formado por más de 400 lozas de granito grabadas en bajorrelieve.
Fechado hacia 1500 a.C., muestra una macabra procesión de guerreros
que celebran victoriosos y a sus víctimas, representadas como un con-
fuso conjunto de partes de cuerpos humanos desarticulados: cabezas,
brazos, piernas y entrañas. Esa fachada, uno de los más antiguos ejem-
plos de escultura en piedra en los Andes, podría conmemorar una batalla
mítica o bien un evento histórico.

Michael E. Mosely, The Incas and their Ancestors. The Archaeology


of Peru, Londres, Thames & Hudson, 2001, figs. 57-58,
pp. 132-133.

La construcción de esos complejos revela un plan que, durante casi me-


dio milenio, pasó por varias generaciones de gobernantes, cuya autori-
dad incluía el despliegue de fuertes poderes coercitivos, a juzgar por la
magnitud de las construcciones. La organización funcional de los sitios
evidencia la complejidad de Moxeque: a los grandes sitios monticulares
se sumaban asentamientos rurales en el valle, así como establecimientos
costeros que constituían un sistema interdependiente, jerarquizados y
98 América aborigen

con funciones diferentes y complementarias. En ese marco, Sechín Alto,


que debe haber funcionado como capital, ocupaba el nivel superior, en
tanto pequeños asentamientos productivos se hallaban en el más bajo.
En Moxeque se desarrolló también un lenguaje simbólico que confe-
ría unidad al sistema, fundamentaba su funcionamiento político y se ex-
presaba en la arquitectura, con unidades modulares en contextos aso-
ciados con la autoridad, y en las manifestaciones estéticas, como frisos y
grabados, que muestran la relación especial de los gobernantes con las
divinidades. A partir de estos rasgos, ciertas investigaciones conciben a
Moxeque como una organización de tipo estatal, al menos incipiente.
En las tierras altas norteñas y norcentrales, donde continuó la tradi-
ción ceremonial del tercer milenio, los centros no eran tan impresio-
nantes como los de la costa, ni concentraban una población tan signi-
ficativa. Al norte, la cuenca de Cajamarca consolidó fuertes lazos con
Cupisnique y las sociedades de las tierras bajas del este. La mayoría de
sus pobladores vivía en aldeas dispersas y su subsistencia dependía de la
agricultura a temporal y, en las partes más altas, de la caza. Se reunían
periódicamente para celebrar sus rituales en centros de carácter cere-
monial, como Kuntur Wasi y Layzón, de los que llegó a haber unos diez
en el valle durante este período.
En la sierra central, La Galgada y Kotosh continuaron siendo centros
importantes y se remodelaron las cimas de las plataformas más gran-
des, donde se abrieron elaboradas tumbas con ricos ajuares. En varios
sitios, incluido Kotosh, las cerámicas muestran una fuerte influencia de
la selva tropical y, como en Cajamarca, revelan intensos contactos con
esa región. A diferencia de los grandes centros costeros, que aparecen
más encerrados en sus valles, experimentando con los recursos de su
ambiente, los núcleos de las tierras altas eran más abiertos. En el medio
serrano la autosuficiencia de las comunidades era más difícil que en la
costa y obligaba a sus habitantes a obtener productos necesarios en lu-
gares alejados. Tal vez debido a ello varios de los centros ceremoniales
serranos estaban ubicados a lo largo de corredores que facilitaban la
movilidad y el tráfico de bienes.
Más al sur, la situación cambia. No se encuentran restos de arqui-
tectura monumental ni concentraciones importantes de población; la
economía de los pobladores de la región se basaba en el pastoreo de
camélidos domésticos en los pastizales de la puna y en el cultivo a tem-
poral de tubérculos de altura. Aquí, la movilidad era mayor: los despla-
zamientos se ajustaban a un ritmo estacional y los asentamientos eran
más pequeños y móviles.
Los inicios de un nuevo orden social 99

Las fronteras y más allá


Al norte y al sur, dos extensas áreas actuaban como fronteras: en ellas,
la integración regional era débil, y faltaban los grandes centros de po-
blación y las construcciones monumentales. En el norte, esa frontera
coincidía con el desierto de Sechura, extensa planicie costera cuya ex-
trema aridez impedía el desarrollo de la agricultura tradicional. Al sur,
el valle de Lurín es el último con grandes centros ceremoniales; más
allá, no hay indicios de la existencia de grandes centros de población
con arquitectura monumental.

La frontera septentrional y el litoral meridional ecuatoriano


Sobre la costa de la península de Sechura sólo vivían algunas comuni-
dades de pescadores; más al norte, los valles de Chira, Piura y Tumbes,
con agua permanente, permitían la vida de pequeñas aldeas que dispo-
nían tanto de productos marítimos como agrícolas. Esos valles deben
haber constituido rutas atractivas para los productos que circulaban
entre la costa, las tierras altas y la tierras bajas orientales; los hallazgos
de valvas de moluscos y cerámicas ponen de manifiesto la intensidad
de esos intercambios, que incluían la cuenca de Cajamarca, el valle de
Chira y sitios orientales cerca del río Marañón.
Más al norte, las tierras bajas del sur ecuatoriano estaban densamente
pobladas por agricultores sedentarios, con fuerte orientación ribereña
e importante consumo de recursos marinos. Los ríos costeros, alimen-
tados por las abundantes lluvias, permitían el transporte por agua y
las prácticas agrícolas en las planicies inundadas. Definidas a partir de
la cerámica, dos culturas caracterizan esta época: Valdivia Tardía (c.
2000-1500 a.C.), cuyas primeras fases se remontan a los comienzos de
la vida aldeana en la región (al menos un milenio antes) y Machalilla
(c. 1500-800 a.C.).
En el valle de Chanduy, los poblados, formados en general por grupos
de chozas, se situaban en las mejores tierras agrícolas ribereñas, tenían
menos de media hectárea de superficie y carecían de arquitectura pú-
blica. Sin embargo, hacia el final de Valdivia, dos centros presentaban
ya fuerte carácter ceremonial: Real Alto y Centinela. Real Alto, el más
conocido, ocupaba unas dos hectáreas y estaba formado por hileras de
casas ovales que bordeaban una plaza rectangular, abierta y con dos mon-
tículos con edificios de uso ritual, uno de ellos con entierros y tumbas.
Si Real Alto compartía con los centros costeros del sur el concepto
de un espacio público para realizar rituales comunitarios y la prácti-
100 América aborigen

ca de reconstruir periódicamente las estructuras ceremoniales, había


también diferencias en las prácticas funerarias, en el rol de autoridad
adscripto a algunos hombres allí enterrados y en la vida ceremonial.
De todos modos, entre ambas zonas existieron frecuentes contactos e
intercambios en los que tuvo importancia la navegación costera. La ad-
quisición de conchas de moluscos de agua caliente –Spondylus princeps y
Strombus– por grupos de la actual costa peruana y elementos comunes
en las cerámicas fueron un resultado de esos lazos. Algunos rasgos com-
partidos por pueblos del occidente de Mesoamérica sugieren la exis-
tencia de un tráfico marítimo que vinculaba ambas regiones a lo largo
del Pacífico.

La frontera meridional
La actual costa sur peruana, menos poblada y con sistemas regionales
menos integrados, constituía también una frontera cuyo modo de vida
está representado en sitios de los valles de Ica y Acari. El poblado de Ha-
cha, en el valle de Acari, estaba formado por pequeños edificios rectan-
gulares de adobe, en su mayoría viviendas. Una modesta construcción
con varias habitaciones fue quizás un santuario dedicado a asegurar el
éxito en la caza, a juzgar por las figuras de camélidos pintadas en las
paredes de uno de los cuartos. El cultivo, concentrado en la cercana
planicie de inundación, era realizado por medio de hoces con hojas de
piedra y, aunque se consumían moluscos y peces, la caza era la fuente
principal de proteína animal, como lo indican las numerosas puntas
halladas.
Para la misma época, en la tierras del altiplano vecinas al lago Titicaca,
beneficiadas por la mejora de las condiciones ambientales como el clima
algo más húmedo y templado, y el ascenso del nivel del lago, se asentaron
pequeñas comunidades aldeanas que combinaban el pastoreo de llamas
y alpacas con la caza de camélidos salvajes, la pesca, la recolección vegetal
y el cultivo de algunos tubérculos y granos de altura (papas y quínoa).
Lentamente, la población creció, se extendió el uso de la cerámica y apa-
recieron las primeras construcciones comunitarias.
Hacia el año 1000 a.C., comenzó a construirse en Chiripa una pla-
taforma en cuya cima se abrieron tumbas y un patio hundido rodeado
de construcciones rectangulares. En las aldeas más grandes, se erigie-
ron estructuras comunitarias en forma de pequeños recintos hundidos,
abiertos a nivel del suelo, que miraban hacia los picos montañosos más
altos, considerados y adorados como el origen de las aguas. Es probable
Los inicios de un nuevo orden social 101

que en esa misma época se construyeran, al norte del lago, algunos


campos elevados para el cultivo, técnica que tuvo gran importancia lue-
go, durante Tiwanaku.

La vida aldeana y el surgimiento de la desigualdad social


en Mesoamérica

Hacia el año 3000 a.C., los grupos aldeanos mesoamericanos disponían


de especies híbridas de maíz, cuyo cultivo ocupó pronto un lugar fun-
damental en la economía, por lo que los asentamientos se tornaron
cada vez más estables. Sin embargo, la caza y la recolección aún ocupa-
ban un lugar importante y, con frecuencia, las aldeas o parte de sus ha-
bitantes se desplazaban de manera estacional y vivían en campamentos
móviles. Un milenio y medio después la vida sedentaria en aldeas, basa-
da principalmente en el cultivo, se había impuesto en buena parte de la
región. Junto con la expansión de la agricultura, aumentó la población
y el número de asentamientos, se perfeccionó la tecnología, adquirie-
ron mayor importancia los contactos interregionales y se manifestaron
algunos indicios de distinciones sociales. El crecimiento desigual entre
aldeas de una misma región y la presencia de construcciones públicas
en las más grandes implicó también una jerarquización entre ellas.

El afianzamiento de la vida neolítica


En 3000 a.C. los pobladores de valle de Tehuacan disponían de un im-
portante inventario de plantas cultivadas: frijoles, calabazas, amaranto,
zapotes, aguacates o paltas y chile, a las que se agregaron otras, como el
maíz, sin duda la más importante. En los siglos siguientes nuevas hibri-
daciones de los cultivos mejoraron; además, ya se cultivaba el algodón.
Pese a ese avance, las plantas cultivadas, que al comienzo del período
proveían un 20% de la dieta, al final de este aportaban sólo el 35%; el
resto provenía de la caza y la recolección. En este marco, los asenta-
mientos se volvieron cada vez más estables y, aunque seguían ocupando
cuevas, se las acondicionaba para una permanencia más extensa. Los
instrumentos de uso cotidiano cambiaron poco, aunque la fabricación
de platos y vasijas de piedra parece indicar que los alimentos se cocina-
ban en ollas sobre el fuego. En los últimos momentos se fabricaban ya
vasijas de arcilla siguiendo los modelos de las de piedra, y la vida aldea-
na, a partir de una agricultura capaz de sostener las necesidades básicas,
estaba plenamente asentada.
102 América aborigen

La vida sedentaria en aldeas se desarrolló también en otras regiones,


aunque su base económica era distinta. Antes de 4500 a.C. en Tlapaco-
ya, al sur de la cuenca de México, existía un asentamiento casi perma-
nente de cazadores recolectores que podían acceder, sin movilizarse
demasiado, a variados recursos en nichos ecológicos cercanos. Tras un
largo abandono, hacia 3000 a.C. el sitio fue ocupado nuevamente: otros
pobladores establecieron allí una aldea permanente y obtenían su sub-
sistencia de cultivos como el amaranto, el ají, las calabazas, el cayote,
un maíz pequeño, y del uso intenso de recursos silvestres del lago y los
bosques vecinos. El clima de la cuenca, entonces más húmedo y cálido
que el actual, contrastaba con la aridez de Tehuacan y Tamaulipas.
En las costas del Pacífico y del golfo de México, algunos grandes con-
chales (como se denomina a la acumulación de valvas de mariscos du-
rante larguísimos períodos) muestran la importancia de los recursos
marinos en la vida de la época. En Zanja y Puerto Márquez, junto a
lagunas en la costa el Pacífico, se hallaron pisos de arcilla de viviendas
fechados hacia 2900  a.C.; los restos de los conchales vecinos indican
que sus pobladores vivían en pequeñas aldeas permanentes o semiper-
manentes, y se sostenían básicamente con los productos del mar. En
Puerto Márquez aparecieron, hacia 2400 a.C., las cerámicas más tem-
pranas conocidas en la región.

Apogeo de la vida aldeana y comienzo de la diferenciación social


Hacia 1500 a.C., o tal vez incluso antes, numerosas comunidades aldea-
nas estaban asentadas en Mesoamérica, tanto en las tierras altas como
en las tierras bajas y cálidas de las costas. El éxito agrícola había permi-
tido el aumento de la población y la sedentarización definitiva de esas
comunidades, que consolidaron su presencia en los siglos posteriores.
Ellas constituyeron el núcleo económico y social fundamental del desa-
rrollo histórico de la región y fueron la base sobre la que se construye-
ron las grandes civilizaciones urbanas.
Cuatro rasgos básicos caracterizaron su vida: la subsistencia a partir
de una agricultura basada en el cultivo de maíz, frijoles, chile y calaba-
zas, capaz de sostener la vida colectiva durante todo el año, aunque sin
desplazar actividades como la caza y la recolección; el asentamiento en
pequeñas aldeas permanentes; la generalización de algunas tecnologías,
como la cerámica, los textiles y la cestería; y el funcionamiento de am-
plios circuitos de intercambio que permitían el acceso a bienes de luga-
res lejanos. No obstante, aunque compartían un modo de vida similar, en
ese mundo aldeano son reconocibles distintas adaptaciones regionales.
Los inicios de un nuevo orden social 103

En el registro arqueológico, estas sociedades aldeanas aparecen re-


presentadas por un conjunto de fases localizadas en distintos lugares
de Mesoamérica, como el valle de Tehuacan, Oaxaca, la cuenca de Mé-
xico, Chiapas, las tierras altas de Guatemala, la costa pacífica, el norte
de Veracruz, Tamaulipas, la costa del golfo de México y las tierras bajas
mayas. Estas fases corresponden al período tradicionalmente denomi-
nado Preclásico o Formativo inferior, que cubre la segunda mitad del
segundo milenio antes de Cristo.
En el contexto de este mundo aldeano aparecieron indicios tempra-
nos del surgimiento de un nuevo tipo de sociedad basada en relaciones
de creciente desigualdad. Comenzaron entonces a volverse visibles di-
ferencias entre individuos y linajes de una misma comunidad, así como
un crecimiento desigual de las aldeas que llevó a las mayores a ejercer
cierto control sobre las otras. En esas aldeas mayores se destacan algu-
nas construcciones, tal vez con funciones públicas, que pueden haber
tenido fines ceremoniales, o bien habrían sido utilizadas como lugares
de reunión o residencias de jefes y linajes destacados.
Así, por ejemplo, los ajuares funerarios de algunas tumbas de Oa-
xaca parecen indicar la existencia de algunos individuos o linajes que
gozaban de prestigio, aunque nada conduce a pensar que se trataba
de desigualdades heredadas. En otras zonas, la presencia de aldeas nu-
cleadas en torno a una aldea central con estructuras está documentada
en fechas tempranas. En Paso de la Amada, en el sur de Chiapas, poco
después de 1400 a.C. se estaban desarrollando procesos incipientes de
diferenciación en sociedades aldeanas; esa aldea divergía de otras cer-
canas pues presentaba construcciones que parecen haber tenido uso
público, y sus ocupantes mantenían intercambios con los pobladores de
la costa del golfo de México.

El Montículo 6 de Paso de la Amada


El Montículo 6 de una aldea en Paso de la Amada, sobre el litoral pacífico
de Chiapas, contenía varias estructuras, construidas una sobre la otra,
fechadas entre 1400 y 1100 a.C. La cuarta planta, de 21 por 11 metros,
descansaba sobre una plataforma de barro de 75 cm de alto. Abierta en
los lados longitudinales, cada entrada estaba flanqueada por un pórtico
con una escalinata de tierra. Dentro, en los extremos opuestos, había dos
fogones. Las ilustraciones muestran una foto aérea del basamento y una
reconstrucción del edificio.
104 América aborigen

¿Fue un lugar de culto, la residencia de un linaje destacado, un lugar de


reunión o de ceremonias en que participaban los jefes de linajes locales?
No lo sabemos: sus continuas reconstrucciones, su ubicación en el mon-
tículo más alto, las ofrendas de dedicación y el trabajo requerido en su
construcción, que superaba al de una familia, sugieren que era un edifico
público.

John E. Clark, “Antecedentes de la cultura olmeca”, en John E. Clark


(coord.), Los olmecas en Mesoamérica, México-Madrid, El Equilibrista-
Turner Libros [c. 1994], pp. 34 y 36.

Empero, los indicios de diferencias sociales no siempre indican des-


igualdad. Aun en las sociedades más simples existen diferencias, como
las que surgen del sexo y la edad, o las que se derivan de habilidades o
cualidades especiales que otorgan reconocimiento y prestigio, el cual
puede expresarse, por ejemplo, en la posesión de algún artículo valioso
o de una casa más grande. Para los antropólogos, la real desigualdad
Los inicios de un nuevo orden social 105

social aparece cuando esas diferencias se vuelven hereditarias, es decir,


no adquiridas.
Procesos similares tenían lugar en otras regiones. En la costa del gol-
fo de México, a mediados del milenio, surgieron incipientes jefaturas,
pues existen indicios de diferencias en el desarrollo de las aldeas. El
proceso culminó hacia 1250 a.C., cuando se inició la fase San Lorenzo
en el sitio San Lorenzo Tenochtitlan, en Veracruz. Por sus dimensio-
nes, y debido a la cantidad y calidad de sus monumentos, San Loren-
zo era un centro enorme y, a juzgar por el carácter de monumentos y
representaciones, sus funciones eran esencialmente ceremoniales. Allí
debe haber vivido una elite bien diferenciada y, aunque sin duda la vida
de los campesinos que sostenían con su trabajo y su producción a San
Lorenzo no cambió demasiado con respecto a las etapas anteriores o a
otras partes de la región, la presencia del gran centro ceremonial indica
que sucedían otros acontecimientos de relevancia.
Sabemos que esa elite mantenía relaciones e intercambios con las de
otras regiones de Mesoamérica, en particular de productos escasos y de
gran valor. El uso de materias primas finas como el asta, el hueso, las
plumas, las conchas, el algodón y el hule para confeccionar múltiples ob-
jetos supone cierta especialización artesanal, al menos parcial, y el uso de
herramientas específicas. La falta de piedra en la región obligó a llevar de
otras partes la serpentina usada para hacer hachas y la obsidiana con que
fabricaban navajas y puntas. El traslado de los grandes bloques de basalto
empleados en las esculturas monumentales, de varias toneladas, desde
canteras situadas a más de 70 kilómetros debe haber resultado difícil; en
general se realizó en balsas, aprovechando los ríos de la zona.
La arqueología pone de manifiesto una estructura sociopolítica com-
pleja y la profundización de procesos de diferenciación social: los re-
cursos básicos y la mano de obra deben haber sido aportados por las
pequeñas comunidades, lo que da cuenta de una economía capaz de
producir excedentes, pero es probable que la elite o grupo dirigente
(sacerdotes o especialistas religiosos) ostentara la autoridad o el pres-
tigio necesarios para exigir a los campesinos algún tipo de tributo y
prestaciones en trabajo. Las obras realizadas suponen gran cantidad
de recursos y una centralización en la toma de decisiones que debió
emerger de sus funciones de planificación de las tareas agrícolas, así
como del manejo del tiempo y de su particular relación con el mundo
de lo sagrado. La calidad técnica e iconográfica de algunos objetos no
deja dudas sobre la presencia de especialistas de tiempo completo al
servicio de la elite.
106 América aborigen

San Lorenzo Tenochtitlan


Construido sobre una gran plataforma de 45 metros de altura y unas
50 hectáreas de superficie, San Lorenzo no era una sociedad aldea-
na. Las construcciones públicas –grandes plazas encerradas por
montículos– alcanzaron enormes dimensiones y expresaban un estilo
con claros rasgos olmecas cuyo mayor desarrollo y expansión se dio
durante el primer milenio antes de Cristo. Enormes cabezas humanas
masculinas con rasgos diferenciados, que retrataban a los gobernan-
tes, y grandes tronos −los llamados “altares”− tallados sobre enormes
bloques de piedra fueron las expresiones más impactantes de ese
estilo. La ilustración muestra la Cabeza 8, de 2,20 metros de altura. El
personaje lleva un bello y sencillo casco.

Ann Cyphers Guillen, “San Lorenzo Tenochtitlan”, en John E. Clark


(coord.), Los olmecas en Mesoamérica, México-Madrid, El Equilibrista-
Turner Libros [c. 1994], p. 56.

También aparecen los elementos fundamentales de la iconografía


olmeca, vinculada al campo de lo religioso: la representación de una
deidad jaguar, quizá un antiguo animal totémico, ocupaba un lugar
central; de ella derivaron otras representaciones, como una serpiente-
jaguar y un enano-jaguar. El pensamiento religioso mesoamericano
asociaba la figura del jaguar con la tierra, la lluvia y la agricultura, esen-
ciales para la supervivencia. El felino o partes de él (garras, manchas,
Los inicios de un nuevo orden social 107

colmillos) están representados en gran variedad de objetos e instru-


mentos de piedra, hueso y cerámica.
Hacia el año 900 a.C., San Lorenzo Tenochtitlan fue abandonado y
sus principales monumentos destruidos, al parecer por sus mismos ha-
bitantes. Aunque no sabemos que ocurrió, la tradición cultural iniciada
en San Lorenzo tuvo continuidad y se generalizó luego en el sitio de La
Venta, como veremos en el próximo capítulo.
Si bien la presencia en San Lorenzo de grandes montículos y de enor-
mes esculturas en piedra contrasta con el marco general de Mesoamé-
rica, procesos similares estaban produciéndose en otras zonas, donde
la aparición temprana de rasgos característicos del estilo olmeca revela
la existencia de una amplia red de contactos e intercambios entre las
comunidades. En ese contexto, los pobladores de San Lorenzo fueron
capaces de absorber elementos de otras zonas y de su misma región,
y elaboraron una integración y una síntesis exitosa, que expresaba y
reforzaba los procesos sociales en marcha. Esa situación favoreció la
circulación de las nuevas ideas y creencias, y su aceptación por parte de
las elites de otras regiones.
En efecto, estos procesos tuvieron carácter generalizado, es decir, se
produjeron de manera simultánea en distintas partes de Mesoamérica. A
fines del primer milenio antes de Cristo, aparecen en San José Mogote,
el asentamiento más grande del valle de Oaxaca, y en otros sitios de la
zona indicios del surgimiento de jerarquías sociales: divergencias en las
viviendas y entierros, acceso diferencial a los bienes de prestigio elabora-
dos con materiales valiosos tanto locales como importados. En el valle de
México, Tlatilco, establecida hacia 1200 a.C. al oeste del gran lago, llegó
a ser una gran aldea que cubría unas 65 hectáreas. Allí, las tumbas exca-
vadas y las numerosas y características figurillas de arcillas recuperadas
señalan la presencia de diferenciaciones sociales, y muestran influencias
y contactos con sus contemporáneos de San Lorenzo.
Excavaciones recientes en el centro maya de Seibal muestran la cons-
trucción de plataformas ceremoniales hacia el año 1000 a.C., esto es,
contemporáneas del final de San Lorenzo. Seibal estaba ubicado junto
al río La Pasión, en la cuenca del Usumacinta, una importante vía de
circulación, y el hallazgo sugiere que esa sociedad había alcanzado ya
cierto grado de complejidad social y que ese proceso era parte de un
conjunto de cambios generalizados que se manifestaban en distintas
áreas de Mesoamérica.
En síntesis, las relaciones sociales y políticas que caracterizaron el de-
sarrollo posterior de las civilizaciones mesoamericanas estaban presen-
108 América aborigen

tes al iniciarse la tradición olmeca, a fines del segundo milenio antes de


Cristo. En el mundo olmeca este proceso se profundizó rápidamente
y se generalizó durante el apogeo de La Venta, en el actual estado de
Veracruz, entre 800 y 400 a.C.
5. El surgimiento de las primeras
civilizaciones (800 a.C.-300 a.C.)

Los logros alcanzados por las sociedades de Mesoamérica y los


Andes centrales en el período anterior se afianzaron, y en am-
bas áreas se desarrollaron las primeras grandes civilizaciones: La
Venta y Chavín, respectivamente. La construcción de estructuras
monumentales y la presencia de formas cada vez más comple-
jas de representación simbólica e ideológica fueron la expresión
material del nuevo orden social que, gestado en la etapa anterior,
emergió con plenitud en el primer milenio antes de Cristo.

Las primeras civilizaciones americanas alcanzaron su culmina-


ción en la primera mitad del primer milenio antes de Cristo en la costa
del golfo de México, en Mesoamérica y en la sierra norte del actual Perú,
en los Andes centrales. Conocidas por los nombres de La Venta y Cha-
vín, respectivamente, su estudio generó hondas polémicas, de allí que co-
mencemos este capítulo aclarando algunos conceptos que utilizaremos.

Sociedad urbana, estado y civilización

El centro de las nuevas transformaciones fue la ciudad, nuevo tipo de


asentamiento donde se desarrollaron formas de vida y sociedad urba-
nas, muy diferentes de las que caracterizaron a las aldeas. Historiado-
res, arqueólogos, sociólogos y geógrafos han discutido el alcance y sig-
nificado de términos como “ciudad” y “urbano”. En la actualidad, la
ciudad es concebida como un conglomerado humano que concentra
actividades económicas, políticas, administrativas, sociales y culturales;
para diferenciarlas de otros centros de población se usan en general cri-
terios cuantitativos: número de habitantes y densidad de población, por
ejemplo. No obstante, antes de la era industrial la situación era distinta.
Las ciudades antiguas tuvieron siempre una población relativamente
importante pero, aunque algunas presentaban grandes aglomeraciones
110 América aborigen

humanas, como Babilonia, Alejandría, Roma, Constantinopla, Teoti-


huacan, Tenochtitlan, Tiwanaku o Cuzco, en su mayoría se trataba de
centros pequeños, a veces no más grandes que una aldea. Por ende,
el tamaño no era lo más importante para caracterizarlas como tales. En
cambio, desde el principio las ciudades se diferenciaron de las aldeas por
sus funciones y estructura interna.
La ciudad antigua era, ante todo, un centro de especialistas (gober-
nantes, sacerdotes, guerreros, artesanos de tiempo completo y comer-
ciantes vinculados al tráfico de largas distancias) dedicados a cuestiones
políticas, religiosas, militares y económicas. Las primeras ciudades, que
surgieron en el suroeste de la Mesopotamia asiática hace más de cinco
mil años, resultaron de la unión de poblados que se aglomeraron en
torno de un centro con talleres, depósitos y graneros, templos y pala-
cios. Los restos de esos edificios permiten a los arqueólogos reconocer
la presencia de una antigua ciudad.
La aparición de las ciudades supuso una profunda división del tra-
bajo social: allí vivían, en su mayoría, especialistas, consagrados por
entero a una actividad, así como también servidores de esos especia-
listas, que atendían tanto al cuidado y mantenimiento de sus amos
como de la ciudad y sus edificios. Esta división interna supone otra
más profunda, que separaba a la ciudad y a sus habitantes del entorno
rural que la rodeaba, donde vivía una población campesina dedicada
fundamentalmente a la producción de alimentos. El avance de la agri-
cultura permitió una producción cada vez mayor, capaz de generar
excedentes (esto es, más de lo necesario para subsistir) de los que la
ciudad se apropiaba y vivía. Sin ese excedente y su acumulación, que
liberó a una parte de la población del trabajo agrícola, la revolución
urbana (como denominó V. Gordon Childe a este proceso) habría
sido imposible.
Como contraparte, la ciudad desempeñaba otras funciones. Coordi-
naba y dirigía las actividades económicas, concentraba los intercambios
a larga distancia y encaraba la construcción de obras comunes de in-
fraestructura, como canales de riego o desecación de áreas pantanosas,
esenciales para el éxito agrícola. También asumía y organizaba la de-
fensa del territorio frente a poblaciones que ansiaban ocupar sus tie-
rras, y proveía bienes suntuarios de alto valor material y simbólico, en
particular a la elite que residía en ella, pues casi todo lo que requería el
campesino se producía en el ámbito doméstico.
Asimismo, en la ciudad se concentraban los conocimientos más com-
plejos, fundamentales para el éxito agrícola; nos referimos a saberes
El surgimiento de las primeras civilizaciones 111

como la observación de los astros, que permitía predecir el tiempo y


manejar el calendario. Allí residían los dioses con sus templos y servi-
dores, se les rendía culto y se celebraban rituales de los que también
dependía, en última instancia, el éxito agrícola y el alimento. Jefes y
sacerdotes ocuparon pronto un lugar privilegiado como intermedia-
rios entre hombres y dioses, pues eran depositarios del conocimiento
y dominaban los secretos de los rituales. Ese vínculo con la divinidad
les otorgó una cualidad sagrada y algunos llegaron a ser considerados
dioses vivientes, como en Egipto.
Al mismo tiempo, la distribución de los excedentes entre los grupos
urbanos se volvió desigual: algunos pudieron concentrar más excedentes
o controlar mejores tierras, adquiriendo de ese modo riqueza y poder.
La riqueza, factor de diferenciación social cada vez más marcado, llevó
a la división de la sociedad en clases: por un lado, la de aquellos que
producían de manera directa y por otro, la de quienes controlaban y se
apropiaban de los excedentes sin participar directamente en el proceso
de producción. Las riquezas acumuladas y exhibidas en templos, palacios
y tumbas de los gobernantes ponen en evidencia esa fortuna y poder.
Con sus especialistas, templos y palacios, dioses y jefes, la ciudad se
convirtió en la representante de una unidad superior, que aglutinaba,
se superponía y dominaba a las comunidades campesinas reales. Apare-
ció así la idea del “estado” como representante de esa unidad superior
encarnada en dioses y gobernantes, superpuesta a los grupos individua-
les que la constituían, y propietaria, en última instancia, de las tierras.
Junto a esos gobernantes se formó, en algunos estados, una burocra-
cia de funcionarios y empleados para hacer cumplir las órdenes de los
gobernantes, recaudar los tributos de que vivía el estado, controlar la
prestación de los servicios y tareas que los campesinos debían al pala-
cio o al templo así como la ejecución de las obras públicas, y vigilar el
orden. Las necesidades de estos incipientes procesos administrativos
impulsaron el desarrollo de sistemas de cómputo y registro cada vez
más exactos, que, como la escritura (el más significativo), se remontan
en el sudoeste asiático a unos 5000 años.
En síntesis, el nacimiento de las ciudades y de la vida urbana, la es-
pecialización y jerarquización social, una división del trabajo cada vez
más acentuada, el surgimiento del estado y de profundos avances en el
conocimiento marcaron la transición a ese tipo de sociedad que suele
llamarse “civilización”. Este proceso, lento y complejo, se manifestó en
varias partes del mundo: el sudoeste asiático, el Egeo, el valle del Indo,
las llanuras centrales de China, Mesoamérica y los Andes centrales.
112 América aborigen

La civilización olmeca de La Venta en Mesoamérica

Considerada durante mucho tiempo el punto de partida de todo el de-


sarrollo cultural mesoamericano prehispánico, la civilización conocida
con el nombre general de “olmeca” se desarrolló en la planicie costera
del golfo de México, en los actuales estados de Veracruz y Tabasco,
desde fines del segundo milenio antes de Cristo hasta finales del mi-
lenio siguiente, durante el período tradicionalmente conocido como
Preclásico o Formativo.
Su estudio requiere aclarar algunas cuestiones que, como el proble-
ma del nombre, pueden resultar confusas. Esa denominación, olmeca-
huixtotin, que significa “habitantes del país del caucho, que viven jun-
to al agua salada”, fue asignada por los aztecas a quienes vivían en la
zona en el siglo XV. Luego fue adoptada por los europeos, quienes,
con el tiempo, la aplicaron a todos los restos arqueológicos del área,
atribuyéndolos a esas poblaciones tardías. Sin embargo, los fechados
radiocarbónicos mostraron que varios de esos restos eran mucho más
antiguos y pertenecían a otras poblaciones. No obstante, ya entonces el
término “olmeca” se había popularizado y, aunque no fuera adecuado
atribuirlo a esas tempranas poblaciones, su uso continuó.

La Venta, corazón del esplendor olmeca


Las ruinas de La Venta, en la costa de Tabasco, son decepcionantes:
sólo un gran montículo piramidal de tierra, más o menos cónico, es visible
en medio de la vegetación tropical. Situado en una zona de explotación
petrolera (parte del sitio fue usada para construir una refinería y una pista
de aterrizaje), sus grandes monumentos fueron trasladados a Villarrica,
capital de Tabasco, para protegerlos de la contaminación.
Varias plazas forman su núcleo. La principal, complejo C (ilustración),
estaba cerrada al este y al oeste por dos largas plataformas, y al sur por
un gran montículo (pirámide C, en la foto) de más de 30 metros de altura.
Al norte, otra plaza rectangular (complejo A), estaba rodeada por edificios
y una valla de columnas de basalto de 2 metros de alto: bajo sus pisos
de arcillas rosas, moradas y rojas, se encontraron objetos de serpentina
y jade, y un pavimento de mosaico que representa mascarones geomé-
tricos. Más al norte, en una tumba con paredes y techos formados por
pilares de basalto, yacían los restos de dos jóvenes.
El surgimiento de las primeras civilizaciones 113

ide C
Pirám
Complejo A

jo C
mple
Co

Michael D. Coe, Mexico, Londres, Thames & Hudson, 1984, p. 72, y Ol-
mecas, Special edition, México DF, Arqueología mexicana, s.f., p. 45.

Además, el término “olmeca” pasó a designar a la cultura arqueológica


representada en los sitios del área nuclear olmeca (la costa de Veracruz-
Tabasco), así como al sistema de representaciones y al estilo artístico
que caracterizó a esta civilización y que se extendió a la mayor parte de
Mesoamérica. Por eso, los arqueólogos prefieren términos referidos a
sitios y fases, como San Lorenzo, La Venta, Tres Zapotes, para designar
a la cultura arqueológica, reservando “olmeca” para el estilo artístico y
el sistema de representaciones.

El origen de la tradición olmeca


Durante mucho tiempo, la cultura olmeca se asoció a su centro más
importante y conocido, La Venta, en el noroeste de Tabasco, que flore-
ció entre 800 y 400 a.C., aunque su ocupación fue más larga. La Venta
era un gran centro ceremonial planificado, formado por un conjunto
de plataformas y montículos, que controlaba numerosas comunidades
campesinas locales. Allí se desarrolló un estilo artístico inconfundible,
con sus grandes esculturas de piedra, finas estatuillas de jade y la ob-
sesiva representación del jaguar. Ese arte y la construcción del centro
ceremonial exhiben una marcada especialización artesanal, profundas
diferencias sociales y un fuerte control social y político por parte de la
elite dirigente.
Pero La Venta no fue el primero ni el único centro identificado con
esa tradición cultural, cuyos orígenes se remontan muy atrás en el tiem-
114 América aborigen

po. Como vimos, desde mediados del milenio anterior comenzaron a


manifestarse en la costa del golfo y otros sitios de Mesoamérica proce-
sos de diferenciación y jerarquización social que culminaron en la fase
San Lorenzo. El surgimiento del mundo olmeca no fue un hecho único
y sorpresivo: no existió un “milagro olmeca”, como postulaban ciertas
teorías, sino la emergencia de un nuevo orden social producto de un
largo proceso que se desplegó en distintas partes de Mesoamérica.
En la actualidad, los arqueólogos tienden a identificar lo olmeca con
un estilo artístico, y una iconografía y simbología que expresaban una
ideología específica así como nuevas relaciones sociales. En su formu-
lación intervinieron elementos preexistentes y se desarrollaron otros
novedosos: el fenómeno olmeca, el estilo que lo expresa y las relaciones
sociales que lo sustentan no fueron una creación espontánea, sino el
resultado final de los procesos operados en el seno de las comunidades
aldeanas. El carácter generalizado de estos procesos sociales explica el
éxito del estilo olmeca, pronto aceptado en otras partes de Mesoaméri-
ca porque contribuía a reforzar las nuevas relaciones sociales generadas
por la revolución urbana.

La Venta y las jefaturas del Formativo medio


Al Formativo medio corresponden el florecimiento del gran sitio de La
Venta y la madurez del estilo olmeca. Su presencia se generalizó en esa
etapa y, en distintas regiones, surgieron jefaturas cuyas elites incorpo-
raron representaciones y símbolos olmecas como modo de expresar su
posición social y sus diferencias con el resto de la población, mayorita-
riamente campesina.

El sitio de La Venta
La Venta, un importante centro ceremonial claramente planificado,
fue construido sobre una isla o porción de tierra no inundable de unos
2,5 kilómetros cuadrados de superficie, situada en una zona de panta-
nos y manglares. Esa superficie era demasiado pequeña para mantener
a una población numerosa: si, como se calcula, se necesitaron más de
un millón de horas de trabajo para construir los monumentos del sitio,
es preciso asumir que sus dirigentes controlaron los recursos y la fuerza
de trabajo de una zona más amplia, seguramente la que abarcaba las
tierras agrícolas situadas entre los ríos Coatzacoalcos y Tonalá.
El núcleo del centro ceremonial lo forma un conjunto de estructu-
ras, ordenado sobre un eje determinado por el norte magnético, que
El surgimiento de las primeras civilizaciones 115

coincide con la parte más alta de la isla, entre las que se destaca, en
medio de vegetación tropical, una gran pirámide de planta radial con
las esquinas remitidas que remeda un volcán. Las dimensiones de La
Venta, la complejidad de sus edificios y monumentos, su planificación,
el alto nivel arquitectónico y artístico, y su perfección técnica revelan la
profundización de los procesos operados en el período anterior.
A juzgar por el carácter ritual y religioso de los monumentos y repre-
sentaciones, La Venta era esencialmente un centro ceremonial, y sus
ocupantes constituían una minoría de especialistas entre los que se des-
tacaban algunos señores, a quienes solemos llamar “sacerdotes”, cuya
autoridad descansaba en su papel de mediadores entre los hombres y
las divinidades. Estos señores aparecen representados en los grandes
monumentos (enormes cabezas, estelas y los llamados “altares”), a tra-
vés de los cuales mostraban su prestigio y poder. Ejecutores de un ritual
formalizado e intérpretes de un complejo sistema de creencias y valores
religiosos, hicieron de la religión el aspecto integrador y dominante de
sus comunidades.
Sin embargo, a diferencia de lo que se pensó durante mucho tiem-
po, La Venta no fue sólo un centro ceremonial aislado. Su reducida
superficie no podría haber brindado la mano de obra y los recursos
necesarios para la construcción de los monumentos, su mantenimiento
y el de la elite que lo dirigía. Por ende, debe haber controlado los te-
rritorios circundantes, surcados por ríos y canales, donde vivía una im-
portante población campesina. Su producción agrícola y su fuerza de
trabajo hicieron posible la construcción y el mantenimiento del centro,
reconstruido a lo largo de sus cuatro siglos de apogeo, y mantuvieron
al grupo de especialistas que allí vivía, esto es, la elite sacerdotal que
regía sus destinos y los artesanos especializados que produjeron las más
bellas obras del arte olmeca. No conocemos las formas específicas en
que esas comunidades contribuían a sostener al centro ceremonial y su
elite, pero es posible que sobre ellas recayera una serie de tributos y o
trabajos. El prestigio de esa elite, sus funciones de planificación y la po-
tencia de las creencias religiosas deben haber incidido en la aceptación
de esas demandas por parte de las comunidades.
En La Venta se encontraron materiales importados de otras regiones,
en especial minerales para fabricar objetos de uso ritual (ofrendas voti-
vas o funerarias) o de prestigio. Su presencia supone una organización
que incluía especialistas en las actividades de obtención y transporte de
las materias primas, y en la elaboración de los productos. El acceso a los
bienes valiosos, de manera especial los foráneos, era una de las formas
116 América aborigen

de expresar prestigio por parte de la autoridad, en virtud de lo cual


cabe pensar que tales actividades eran controladas por la misma elite.

Los señores de La Venta y los fundamentos del poder


La imagen que adorna el Altar 4 (foto), seguramente un trono, refiere al
surgimiento de un héroe o señor ancestral de la cueva-tierra primordial.
En el pensamiento mesoamericano, las cuevas eran la conexión con
el inframundo, con el mundo de las divinidades. Los elementos felinos
esculpidos que rodean la entrada de la cueva (ojos, hocico, colmillos) la
convierten en la boca de un jaguar, animal vinculado a la tierra, el agua y
la fertilidad. La figura sentada, héroe ancestral y gobernante, emerge de
la cueva/boca constituyéndose en intermediario entre el mundo humano
y el divino, posición que legitima su autoridad. Esta idea del señor como
intermediario aparece en otras representaciones, como en un grabado
en roca de Chalcatzingo: el señor está sentado en una cueva de la que
emergen volutas de vapor; estas se condensan en nubes que descar-
gan lluvias sobre plantas de maíz, vinculando al señor con el agua y la
fertilidad.

Richard A. Diehl, The Olmecs. American’s First Civilization, Londres, Thames


& Hudson, 2005, pp. 110 y 177.

La expansión del estilo olmeca


El estilo olmeca extendió en esta época su presencia a numerosos sitios
mesoamericanos. El carácter de esta impronta provocó largas contro-
versias entre los estudiosos: se habló de difusión cultural, de comercio
y proselitismo religioso, e incluso de guerras y conquistas que habrían
llevado a la formación de un imperio olmeca. Tales interpretaciones
El surgimiento de las primeras civilizaciones 117

son muy difíciles de documentar y, además, es factible que la larga rela-


ción de los pueblos de la costa del golfo con poblaciones de otras regio-
nes haya variado según las zonas y los momentos. Existieron, sin duda,
conflictos y guerras, como parecen indicarlo algunos relieves de Chal-
catzingo, en el estado de Morelos; el comercio debe haber jugado un
papel relevante, pues el desarrollo de vastos circuitos de intercambio,
algunos de gran antigüedad, facilitó la difusión de elementos estilísti-
cos. Además, es probable que la necesidad de controlar algunas fuentes
de materias primas haya estimulado el asentamiento de colonias en zo-
nas críticas, como habría ocurrido en Tlatilco.

Los olmecas y la guerra: los relieves de Chalcatzingo


Situado estratégicamene en las tierras “calientes” de Morelos,
Chalcatzingo estaba construido al pie de un promontorio rocoso que se
desatacaba en el valle (foto). Notable por su gran recinto cívico ceremonial
y su arte monumental en piedra, su importancia se asentó tanto en el
control de rutas de intercambio entre las tierras altas y bajas como en su
potencial agrícola, en especial el algodón.
Los bellos relieves realizados sobre las paredes del promontorio rocoso,
de claro estilo olmeca, muestran, entre otras, escenas guerreras (ilustra-
ción), que señalan que la guerra y los conflictos estuvieron presentes en
las complejas relaciones entre las distintas jefaturas de la época.

Richard A. Diehl, The Olmecs. American’s First Civilization, Londres, Thames


& Hudson, 2005, p. 178.
118 América aborigen

Sin embargo, más allá de esos factores, el notable éxito del estilo olme-
ca residió en su amplia aceptación por parte de las elites de las regiones
involucradas en los procesos sociales de esa época. Durante la primera
mitad del primer milenio antes de Cristo, e incluso antes, emergieron
en varias áreas otras jefaturas, vinculadas entre sí y con los pueblos de
la costa del golfo de México por amplios contactos e interacciones, fun-
damentales para la expansión del estilo iconográfico olmeca sobre un
vasto espacio que se extendía desde la actual república de El Salvador
hasta el valle de México.
Las elites de esas jefaturas, algunas poderosas, utilizaban un sistema
común de emblemas y símbolos religiosos para proclamar su posición y
poder, y se relacionaban tanto a través de esas redes comerciales como
de las visitas que los señores o sus emisarios realizaban a otros centros.
Los olmecas de La Venta, en la costa del golfo de México, no eran sino
una de esas jefaturas, sin duda la más compleja y poderosa de su tiem-
po, donde se realizó la síntesis más coherente de esos emblemas y sím-
bolos, tomados de diferentes regiones.

Más allá de la costa del golfo


Fuera de la costa del golfo, dos jefaturas han sido estudiadas con ma-
yor profundidad: la de Chalcatzingo, en el actual estado mexicano de
Morelos, y la de San José Mogote, en el valle de Oaxaca. Al igual que
en otras partes, en ambas zonas tuvieron lugar cambios importantes,
evidentes en el crecimiento de las aldeas, el desarrollo de la especiali-
zación artesanal, la construcción de estructuras de uso público, el in-
cremento de los intercambios a larga distancia y la emergencia de la
estratificación social.
Chalcatzingo era un sitio estratégico en las tierras “calientes” de Mo-
relos (favorables por su clima para el cultivo de algodón), notable por
su gran recinto cívico ceremonial y su arte monumental en piedra de
estilo olmeca. Las excavaciones realizadas sugieren que en esta época
era gobernada por un jefe o señor que mantenía estrechas relaciones
con los olmecas de la costa y con otras jefaturas de las tierras altas. Estos
vínculos incluían un activo intercambio de bienes materiales, de creen-
cias, rituales y sistemas de representación e incluso alianzas matrimo-
niales. Las diferencias observadas en las tumbas denotan la existencia
de niveles significativos de diferenciación social.
En el valle de Oaxaca, quizá la región mejor estudiada, se produjeron
cambios significativos entre 1100 y 700  a.C. Al comienzo, aunque la
El surgimiento de las primeras civilizaciones 119

población era muy reducida, las diferencias en el tamaño y calidad de


las viviendas, en el acceso a bienes suntuarios, y en las tumbas y ajua-
res funerarios sugieren que algunos habitantes del valle gozaban de
cierto prestigio y riqueza. Luego, las comunidades crecieron, aunque
de modo desigual: la más grande, San José Mogote, llegó a tener unos
1000 habitantes, casi diez veces más que las que le seguían, y muestra
indicios de mayor especialización artesanal y profusos intercambios a
larga distancia.
En los dos siglos siguientes, otras comunidades crecieron en pobla-
ción y se transformaron, junto a San José Mogote, en centros regiona-
les que controlaban otros asentamientos menores. Esos centros y sus
comunidades dependientes estaban separados por zonas despobladas,
inseguras debido a la competencia entre ellos. Dichos centros poseían
una arquitectura pública (es decir, plataformas que servían de basa-
mento a templos) y los miembros de sus elites accedían a bienes valio-
sos de regiones lejanas, vivían en casas más grandes y eran enterrados
en tumbas más elaboradas ubicadas bajo los patios de las residencias.
A fines del período, una plataforma de San José fue quemada intencio-
nalmente y reconstruida luego como base de una elaborada residencia.
La elección del sitio, con prestigio por su anterior uso ritual, sugiere el
creciente poder de sus ocupantes.
Hacia mediados del milenio la competencia entre esas unidades
políticas se intensificó. Monte Albán, construida en la cima modifi-
cada de un conjunto de cerros en el centro de los tres ramales que
forman el valle de Oaxaca, ganó la competencia y, hacia 500  a.C.,
estableció su control sobre todo el valle. Emplazada en un espacio
estratégico, la flamante ciudad concentró gran parte de la población
del valle, y en los dos siglos posteriores se convirtió en la capital de
un poderoso estado conquistador. El proceso no fue fácil y los mo-
numentos de piedra, como las lápidas grabadas de la Galería de los
Danzantes, indican que recurrió a la fuerza para subyugar a otras
entidades políticas, tanto vecinas como distantes. La construcción de
muros de fortificación en torno al sitio es otro indicio del estado de
conflicto reinante.
Aunque sin duda Monte Albán usó la fuerza para alcanzar su posi-
ción, algunos autores sostienen que la ciudad pudo haber surgido de
un acuerdo entre las principales jefaturas beligerantes para acabar con
el conflicto. Para ello, instalaron una nueva capital en un lugar central
del valle, poco adecuado para establecer una población pero estratégi-
camente ubicado. A partir de esa decisión se habrían incorporado otras
120 América aborigen

pequeñas unidades políticas, ya fuera de manera voluntaria o mediante


el uso de la fuerza.

Los danzantes de Monte Albán


Más de 300 esculturas grabadas sobre lápidas de piedra, llamadas
“danzantes”, formaban el frente de una plataforma, la Galería de los
Danzantes, en el sudoeste de la plaza principal de Monte Albán, en
Oaxaca, sobre el cerro más elevado del sitio. El dibujo muestra la
reconstrucción de una parte de esa galería. Cada lápida celebra la
victoria sobre un enemigo: un glifo señala el nombre del vencido, al que
se muestra humillado, sin vestimentas ni adornos, la mayor parte de
las veces muerto, con sus ojos cerrados y su cuerpo mutilado. Esas
esculturas, que se remontan a la fase más temprana de Monte Albán,
exhiben el estado de conflicto de la época, y constituyen verdaderos
memoriales de guerra que recuerdan a las representaciones de Cerro
Sechín, en Perú.

Adaptado de Jeremy A. Sabloff, The Cities of Ancient Mexico. Recons-


tructing a Lost World, Londres, Thames & Hudson, 1989, p. 53.

Las tierras bajas mayas


Los testimonios de las primeras ocupaciones en las tierras bajas ma-
yas son escasos y difíciles de interpretar. Aunque las prácticas hortí-
El surgimiento de las primeras civilizaciones 121

colas son más antiguas, la presencia de aldeas agrícolas, como Cuello


en territorio de Belice, recién se halla bien documentada a partir de
los últimos siglos del segundo milenio antes de Cristo, Cuello estaba
ocupada por cultivadores de maíz que vivían en casas de material ve-
getal perecedero. Sin embargo, en algunos centros, como Seibal y el
propio Cuello, se construyeron plataformas ceremoniales.
La población creció con rapidez y se expandió siguiendo los cursos
de los grandes ríos; más tarde, se internó en las regiones selváticas.
Numerosos sitios emergieron en el Petén, la península de Yucatán y
Belice: se trataba, en líneas generales, de aldeas ocupadas por comu-
nidades agrarias igualitarias, pues faltan indicios de diferencias socia-
les más profundas. Dichos emplazamientos compartían una tradición
cerámica común, denominada “Mamón” (c. 700 y 400 a.C.), señal de
contactos amplios y permanentes a través de la región.
En este contexto aldeano se construyó en Nakbé, en el norte del Pe-
tén, una gran estructura ceremonial que testimonia una mayor comple-
jidad social en el área. Fechada entre 600 y 400 a.C., la estructura esta-
ba formada por tres templos erigidos sobre una gran plataforma. Las
comunidades de las tierras bajas mayas no parecen haber participado
en la red de interacciones que unía a las jefaturas de la costa del golfo,
Oaxaca y México central, pues se recuperaron muy pocos artefactos de
estilo olmeca.

En el portal de nuevos tiempos


Los siglos siguientes fueron cruciales para el desarrollo de la civiliza-
ción mesoamericana: los rasgos culturales básicos se conservaron en
amplias zonas, pero una serie de acontecimientos transformó la situa-
ción de la región. Algunas áreas perdieron preminencia; en otras se
definieron tradiciones culturales específicas, claramente reconocibles.
Intercambios e interacciones se volvieron más intensos, lo cual favore-
ció el desarrollo de una visión compartida del mundo social y natural, y
una peculiar concepción del orden divino.
En ese contexto hunden sus raíces las grandes civilizaciones clásicas:
hacia fines del primer milenio antes de Cristo, Teotihuacan en el valle
de México, Tikal y Mirador en las tierras bajas mayas, y Monte Albán en
Oaxaca, entre otros, constituían enormes centros urbanos planificados,
con varios miles de habitantes, una imponente arquitectura monumen-
tal, marcada estratificación social, elites poderosas, sofisticados estilos
artísticos, bien definidos, y desarrollos como el calendario y la escritura.
Además, dominaban extensos territorios que incluían numerosos cen-
122 América aborigen

tros menores y aldeas, y controlaban vastas redes de intercambio. De he-


cho, Monte Albán había alcanzado ya el nivel de organización estatal.

Los comienzos de la civilización en los Andes centrales: Chavín

Aunque el inicio de la tradición cultural andina se remonta a la consoli-


dación del neolítico, cuando los hombres dominaron el cultivo y la do-
mesticación de animales, y desarrollaron un modo peculiar de relación
con la naturaleza y de apropiación de sus recursos, Chavín suele ser
considerada la primera gran civilización andina, cuyo estilo e influen-
cias se expandieron por buena parte del territorio.
Chavín de Huántar, en un fértil valle de la sierra septentrional perua-
na, junto a un afluente del alto Marañón, fue un gran centro ceremo-
nial: con sus basamentos rectangulares de piedra, sus extensas plazas,
sus patios hundidos y sus esculturas en piedra, se convirtió en el eje
del primer desarrollo claramente urbano en los Andes centrales. Sus
dirigentes (sacerdotes) recogieron y asimilaron elementos de los de-
sarrollos culturales anteriores, tanto en la sierra y la costa como del
oriente amazónico, a partir de los cuales crearon una cultura original
que influyó en gran parte de la región. En Chavín se elaboró un estilo
artístico propio que se expresó en especial en la escultura en piedra y la
cerámica. La representación de felinos y otros animales rapaces ocupó
un lugar central.

Chavín de Huántar y su entorno


Construida en un fértil valle, a más de 3000 metros de altura, Chavín
encontró en la región los recursos básicos que sostenían su exis-
tencia. Las tierras más cercanas al centro no albergaban a más de
2000 o 3000 personas, pero mucha más gente debe haber vivido en
pequeñas aldeas o caseríos en las tierras más bajas del valle, y en
lugares cercanos a los pastizales de altura de la puna.
Esa posición les permitió a sus pobladores integrar, en un espacio
reducido, los productos del pastoreo de llamas en pastizales altos,
de la agricultura a temporal, especialmente de tubérculos, en las
laderas, y alguna agricultura de riego, seguramente maíz, en la parte
baja del valle. En la foto, se observan las ruinas del sitio.
El surgimiento de las primeras civilizaciones 123

Richard L. Burger, Chavin and the Origins of Andean Civilization, Londres,


Thames & Hudson, 1995, p. 10.

Qué fue Chavín


Como la cultura olmeca, la de Chavín plantea interrogantes y pro-
blemas aún no resueltos. Los arqueólogos coinciden en destacar su
complejidad y riqueza, y sostienen que en ella terminaron de definir-
se muchos rasgos característicos de la tradición cultural andina. En
Chavín se consolidó una sociedad estratificada, con marcada división
del trabajo; emergió un poder centralizado con fuertes rasgos teocrá-
ticos, quizás un estado incipiente, y se desarrolló un estilo artístico di-
ferenciado y una compleja iconografía, que inscribían una ideología
de carácter religioso.
124 América aborigen

El nombre y los orígenes de Chavín


El término “Chavín” refiere, ante todo, a la cultura arqueológica repre-
sentada por los materiales encontrados en Chavín de Huántar y, por
extensión, al estilo artístico presente en esos materiales arqueológicos y
a la ideología que esta denotaba. Los rasgos más claros aparecen en ese
sitio y, con variaciones, en otras regiones de los Andes centrales. La pre-
sencia de tales rasgos define, además, un horizonte cultural, también
llamado Chavín u Horizonte Temprano, datado entre c. 900 y 200 a.C.,
que se expresaba en un conjunto de culturas regionales contemporá-
neas, algunas sin influencia de Chavín. Para algunas investigaciones,
fue también un “imperio” o extensa unidad política; sin embargo, esta
idea, hoy cuestionada, considera decisivo al factor religioso tanto en
relación con la expansión como con la creación de una unidad política
que controlaba gran parte de la región.
Otros investigadores concibieron la emergencia de Chavín como un
fenómeno aislado y repentino en el desarrollo andino. Algunos arqueó-
logos buscaron su origen en la región, en las selvas orientales o los valles
costeros; la mayoría, respaldada por el peso de las teorías difusionistas,
miró hacia otras regiones, pues aparentes semejanzas parecían vincular
a Chavín con Mesoamérica, en particular con los olmecas e incluso con
el lejano oriente asiático, la China de los Chou...
La investigación arqueológica posterior demostró que Chavín era un
producto típicamente andino: su cerámica más antigua, emparentada
con cerámicas anteriores, prueba que su población era local, que se vin-
culaba con otros antiguos centros serranos, como Kotosh, que poseía
una larga historia y que recibió, desde sus comienzos, influencias de
otras regiones, como la costa y las tierras bajas orientales.

Chavín, centro de integración regional


Chavín se encontraba en la zona del alto Marañón, donde las relacio-
nes y contactos se llevaban a cabo con relativa facilidad. Esta zona es
considerada por los especialistas como un área de integración donde
confluían redes de intercambio que la vinculaban a la costa, a otras
partes de la sierra y a la selva. Este hecho fue fundamental: el valle del
Marañón le brindaba acceso a los productos de las tierras cálidas orien-
tales, las yungas húmedas y la selva, en tanto el Callejón de Huaylas y
el río Santa la conectaban, por el oeste, con los valles costeros. Tales
contactos, y los intercambios que implicaban, intensos ya en el perío-
do previo, permitieron a Chavín recibir, asimilar e integrar elementos
El surgimiento de las primeras civilizaciones 125

provenientes de esas regiones. Su originalidad residió, en realidad, en


la síntesis coherente que su elite hizo de ellos.

Chavín de Huántar: el templo y sus ocupantes


El gran templo de Chavín de Huántar, la estructura más grande e im-
portante, creció como resultado de un proceso de agregados y reno-
vaciones. Considerando las características arquitectónicas, los rasgos
estilísticos de la cerámica y de las esculturas en piedra, y los fechados
radiocarbónicos, los arqueólogos distinguen en la historia del sitio va-
rias fases, que se agrupan en dos grandes momentos.
El primero, llamado Urabarriu, se inició hacia 1000 a.C. y se prolon-
gó durante cinco siglos. En ese lapso se construyó el Templo Viejo, que
reproducía la estructura básica de las plataformas en U. En las galerías
y cámaras se encontraron múltiples objetos, como lajas con figuras in-
cisas y pintadas, y finas cerámicas. Sobre el eje de la plataforma central,
en el cruce de dos galerías del nivel inferior, se colocó una impresio-
nante estela cuya base descansaba en el piso y su parte superior penetra-
ba en el techo. Conocida con el nombre de Lanzón, porque recuerda
la forma de una lanza, la figura grabada sobre dos de sus tres caras (en
parte humana y en parte felino) representaría a la divinidad suprema
de Chavín que, además, puede haber sido también un oráculo.

El Templo Viejo de Chavín


El Templo Viejo de Chavín reproducía la estructura básica de las plata-
formas en U: tres de ellas (central y laterales) se unían formando un solo
edificio que encerraba, en el centro, un patio circular hundido, revestido
por lozas de piedra esculpidas con figuras míticas en posición de marcha,
y jaguares. Su aspecto era macizo pues las plataformas estaban rellenas
de cascotes y tierra, y revestidas con muros exteriores de piedra de unos
diez metros de altura.
Sin embargo, en el interior había canales por donde circulaba agua, ga-
lerías y pequeñas cámaras con ductos de ventilación que las mantenían
frescas. Galerías y cámaras, construidas a distintos niveles y conectadas
con escaleras, formaban un laberinto y servían para almacenar bienes
y, tal vez, alojar personas vinculadas al templo. Cabezas de animales y
humanas talladas en piedra, con rasgos retorcidos y gruesos colmillos,
estaban empotradas con una espiga en los muros exteriores, dando al
edificio un aspecto aterrador.
126 América aborigen

Richard L. Burger, Chavin and the Origins of Andean Civilization, Londres,


Thames & Hudson, 1995, p. 133, y Adriana von Hagen y Craig Morris,
The Cities of the Ancient Andes, Londres, Thames & Hudson, 1998,
p. 64.

Chavín era entonces un centro regional similar a otros que funciona-


ban en la sierra y la costa; algunos, como los del valle de Casma, lo supe-
raban incluso en cantidad, tamaño y calidad de las estructuras públicas.
El área residencial de Chavín no alojaba más de un millar y medio de
personas, dedicadas principalmente al cultivo y al mantenimiento del
templo, que vivían en pequeñas casas rectangulares, bastante toscas,
extendidas a lo largo del río Huachecsa, profundo y torrentoso, sobre
el que se construyó un puente de piedra.
El segundo momento (las fases Chakinani y Janabarriu) se exten-
dió entre 500 y 200 a.C. y fue su época de apogeo. Entonces, comen-
zó una gran ampliación y remodelación que culminó en el llamado
“Templo Nuevo”: el brazo derecho del antiguo edificio se transformó
en una enorme estructura maciza, con un gran portal monolítico en
piedra blanca y negra, integrada a nuevos patios hundidos de gran ta-
maño y forma rectangular; en su cima se construyeron dos edificios
cuadrangulares.
Chavín tenía ya una elite permanente y bien definida, asociada a la
actividad del templo, cuya ampliación y renovación pone de manifiesto
el aumento de su riqueza y poder. Es probable que dicha elite se haya
beneficiado con el incremento de los intercambios, y con los tributos y
prestaciones en trabajo de la población local. La calidad de los objetos,
en particular de las cerámicas y esculturas en piedra, lleva a suponer la
existencia de artesanos especializados, de tiempo parcial o completo,
cuyos productos alimentaban los intercambios. Para entonces, la pobla-
ción había crecido hasta casi duplicar el número de residentes; así, el
El surgimiento de las primeras civilizaciones 127

área residencial se desplazó hacia el norte, al otro lado del Huachecsa,


y se expandió hacia el sur, sobre el curso del río Mosna. Las diferencias
entre esa elite y el resto de los pobladores se ponían de manifiesto en
las viviendas y la dieta. La primera vivía en casas de piedra donde se ha-
llan objetos valiosos y productos foráneos, y se alimentaba con la tierna
carne de llamas jóvenes. El resto de la población residía en casas de
adobe, más pequeñas y toscas, se alimentaba con la carne dura de ani-
males viejos, y producía en el ámbito doméstico casi todo lo necesario
para su vida, como vestidos, utensilios y herramientas. La cerámica de
Chavín era objeto de intercambios a larga distancia, al mismo tiempo
que objetos de tierras lejanas llegaban al centro, y su estilo artístico e
iconografía aparecía en una vasta zona de los Andes centrales.

La religión, la iconografía y el arte de Chavín


Favorecida por su especial ubicación, la elite de Chavín pudo integrar
elementos de la costa y de la selva a un contexto económico y social se-
rrano. La fusión de esos elementos, cuyo significado simbólico más pro-
fundo se nos escapa, fue más que una simple suma. El resultado fue un
estilo, una iconografía y una ideología consistentes que expresaban los
cambios sociales y políticos en los Andes, de allí su éxito y aceptación
por parte de otras comunidades andinas. Ideas religiosas, iconografía y
el estilo artístico de Chavín aparecieron en la etapa temprana y conti-
nuaron en la siguiente, con agregados y reelaboraciones.

El Lanzón y la religión de Chavín


El “Lanzón”, monolito de piedra de unos 4,5 metros de alto enclavado en
el corazón del Templo Viejo, expresa principios de la religión y la ideología
de Chavín. Ubicado en el centro de una cámara subterránea cruciforme,
orientado hacia el este y sobre el eje del templo, fue colocado antes de
su construcción pues sus extremos se hunden en el suelo y el techo de
la cámara, como se ve en la ilustración. Exhibe una idea de centralidad,
tanto en el mundo terreno (centro de la galería en cruz, en referencia a
los puntos cardinales) como entre el cielo y el inframundo (extremos que
se hunden en el techo y en el piso). La figura misma refuerza el mensaje:
antropomorfa, con grandes colmillos, su brazo derecho, elevado, muestra
la palma; el izquierdo, dirigido hacia el piso, ofrece el dorso. La pose ex-
presa la función de la deidad como mediadora entre opuestos y principio
de equilibrio y orden, ideas centrales en la religión andina.
128 América aborigen

Richard L. Burger, Chavin and the Origins of Andean Civilization, Londres,


Thames & Hudson, 1995, pp. 136 y 149.

La iconografía de Chavín
En esa iconografía, buen ejemplo de la integración, se destacan los ele-
mentos relacionados con las tierras bajas del oriente, la “montaña”, con
la cual los contactos eran sencillos. Algunos animales de claro origen
selvático, carnívoros y rapaces, jugaron un papel central en las represen-
taciones artístico-religiosas. Sus principales figuras eran saurios o caima-
nes, águilas y, sobre todo, jaguares: animales dominantes vinculados al
agua, el aire y la tierra, respectivamente. Sus figuras, muy estilizadas, o las
representaciones de partes de ellos, como uñas, garras y colmillos, tuvie-
ron fuerte presencia en las esculturas y en múltiples objetos pequeños en
piedra, cerámica, hueso y concha. También son dominantes en algunas
grandes piezas, verdaderas obras maestras por la calidad de su ejecución
y la complejidad iconográfica de las representaciones, como el mencio-
nado Lanzón, el Obelisco Tello, la estela Raimondi, o las lajas talladas
que rodeaban el patio circular hundido del Templo Viejo.
Pero también existen representaciones de elementos marinos, entre
los cuales se destaca el Spondilus, un bivalvo de aguas calientes denomi-
nado “mullu” en quechua, y el caracol Strombus, usado para fabricar una
especie de trompeta de sonido grave y áspero. Ambos estaban ligados a ri-
tuales vinculados con el agua. Al parecer, los movimientos de estos molus-
cos hacia el sur o el norte marcaban el ritmo cálido-frío de las corrientes
marinas, lo cual permitía predecir con alguna anticipación el fenómeno
El surgimiento de las primeras civilizaciones 129

que hoy conocemos como “el Niño”. Por eso, el pronóstico del tiempo
y el conocimiento del calendario estuvieron estrechamente asociados al
desarrollo de los centros ceremoniales y a la consolidación de sus elites.

Desarrollo de la escultura en piedra


La gran escultura en piedra (en bloques tallados en relieve o en bulto)
se hallaba integrada a la arquitectura monumental. Constituyó el modo
de expresión esencial, si no el más importante, en Chavín de Huántar,
de donde provienen acaso todas las piezas conocidas. La escultura tenía
claros antecedentes, en especial en la costa, donde la decoración de las
paredes incluía el modelado de grandes figuras en barro o estuco. Más
cercanas a Chavín son las esculturas del muro exterior de Cerro Sechín,
en Casma.

La sociedad, el templo y los rituales


El templo de Chavín era parte esencial de ese complejo religioso e
iconográfico, y en esa época debe haber presentado un aspecto im-
presionante y aterrador, tanto por sus dimensiones como debido a las
imágenes a él asociadas, por ejemplo las cabezas-clavas empotradas que
emergían de los muros externos. El templo mismo era una tradición
inventada, impuesta, cosmopolita y ajena al medio serrano. Ese engen-
dro, poco adecuado al terreno, representaba un serio desafío tecnológi-
co: su construcción y mantenimiento requirieron amplias nivelaciones
del suelo y fue preciso resolver problemas ocasionados por las intensas
lluvias del verano, las corrientes de agua que esas lluvias provocaban y
las inundaciones causadas por los ríos cercanos, que obligaron a cons-
truir defensas, empedrados, sistemas de ventilación y drenaje. Tales
obras demandaron abundantes recursos y mano de obra.
El templo y la iconografía a él asociada cumplieron al menos dos fun-
ciones. Por un lado, el templo era el instrumento que permitía a los sa-
cerdotes enfocar, dirigir y controlar los poderes sobrenaturales. Arte y
arquitectura simbolizaban las relaciones entre los hombres, la naturaleza
y el cosmos, y desde temprano aparecieron en ellos ideas centrales del
pensamiento andino: el carácter aterrador de las divinidades asociadas a
animales rapaces; el dualismo, esto es, la idea de un mundo que se expre-
sa en términos de opuestos y complementarios; la centralidad del templo
y sus divinidades; la función de la deidad, y por ende de sus representan-
tes, como mediadores entre esos opuestos y como garantes de equilibrio
y orden. Estas ideas, visibles en la disposición misma del templo, como los
130 América aborigen

edificios paralelos en la cima del Templo Nuevo, los pórticos y escaleras


en piedra negra y blanca, así como en las esculturas (cabezas empotradas,
grandes estelas, lajas del patio hundido circular), reafirman la función
del centro y de su elite en tanto mediadores entre la tierra y los poderes
del cielo y el inframundo, esto es, los dioses y la naturaleza.
Por otra parte, el templo era el escenario donde se efectuaban los ri-
tuales que aseguraban el éxito agrícola, y por lo tanto la vida y la super-
vivencia de las comunidades. Su masa arquitectónica, las cabezas clavas,
las luces y el humo de las antorchas y hogueras, las procesiones de sacer-
dotes ataviados con complejos tocados (representados en la esculturas
del patio circular), sus contorsiones por el efecto de los alucinógenos,
el sonido disonante de las cornetas de Strombus, el ruido (especie de
trueno constante) provocado por el agua que corría por las galerías
subterráneas y que parecía salir de las entrañas de la tierra constituían
el escenario de un ritual que, al justificar el papel de esa elite, reforzaba
el orden social jerárquico que estaba emergiendo en los Andes.

La expansión del estilo y la religión de Chavín


Dicha expansión, cualesquiera fueran los modos en que se realizó, fue
facilitada por el colapso, hacia 700 a.C., de los viejos centros costeros. En
algunos casos tuvo lugar de manera abrupta: Las Haldas, en el valle de
Casma, por ejemplo, fue destruida mientras se estaba terminando una
nueva escalinata; sobre sus ruinas se instalaron intrusos que ubicaron sus
viviendas y dejaron basurales en las cimas de los anteriores edificios sagra-
dos. Para la misma época, se encontraron evidencias en la costa norte de
grandes inundaciones, quizá provocadas por el fenómeno El Niño, y del
deterioro ecológico que afectó la zona por mucho tiempo.
En esas condiciones, el estilo de Chavín, y las ideas, creencias y prácti-
cas cultuales asociadas comenzaron a expandirse. Los desastres natura-
les desacreditaron a los santuarios locales y a sus dirigentes, de quienes
los campesinos habían dependido para alejar las catástrofes y garantizar
el éxito agrícola. Una nueva religión debe haber sido atractiva en tales
circunstancias, pues renovaba la confianza en las divinidades y rituales,
y enfatizaba el poder de los señores en tanto mediadores y ejecutores
de esos rituales.
La iconografía de Chavín, cuya definición más precisa se encuentra
en los magníficos trabajos en piedra realizados en ese centro, encuen-
tra fuera de esa zona otros medios de expresión, en especial cerámicas
y textiles, que contribuyen a explicar la extensión de su influencia. Un
caso particular tuvo lugar en el área de la península de Paracas, en la
El surgimiento de las primeras civilizaciones 131

costa sur del actual Perú. Allí, aldeas de pescadores instaladas sobre la
costa desértica habían desarrollado, hacia 450 a.C., prácticas funerarias
particulares: las tumbas familiares, excavadas en forma de botella (ca-
vernas), no mostraban indicios de diferencias sociales significativas ni
incidencia del estilo de Chavín. Un siglo después aparecen nuevas prác-
ticas funerarias, indicios de diferenciación e influencias, que marcan
una nueva etapa en el desarrollo cultural de Paracas, zona que en los
siglos siguientes tuvo su mayor apogeo y sobrevivió a la caída de Chavín,
como veremos en el próximo capítulo.
En síntesis, los centros vinculados a Chavín, con sus macizas estruc-
turas y la adopción de creencias religiosas, iconografía y estilo artístico
comunes, eran producto de sociedades complejas, con un sistema de
estratificación social definido, elites poderosas e intrincados intercam-
bios. Numerosos elementos de Chavín pueden ser rastreados hasta los
tiempos precerámicos, pero, en otros aspectos, su herencia a la cultura
andina posterior fue novedosa, como ocurrió con el rol de los textiles
como forma elevada de arte, o con la producción de finos objetos de
oro y plata, con alto valor simbólico. Además, varios motivos de su ico-
nografía reaparecieron más tarde en las cerámicas mochicas y en escul-
turas en piedra, textiles y cerámicas de Tiwanaku y Wari; un ejemplo
representativo es el de la figura del dios de los Báculos, que ocupaba el
lugar central en la Puerta del Sol en Tiwanaku.

Más allá del universo de Chavín


En otras zonas, las influencias de Chavín y los contactos con ese centro
fueron casi inexistentes. En las tierras altas centrales y meridionales,
incluido el actual altiplano boliviano, la población se expandió y se es-
tablecieron nuevos asentamientos, en especial aldeas y poblados agrí-
colas. En el valle de Cuzco, por ejemplo, los portadores de la cultura
Chanapata constituían una próspera sociedad aldeana, relativamente
autosuficiente, que practicaba cultivos de altura, pastoreo de caméli-
dos, llamas y alpacas, y tenía contactos con grupos del valle del Apuri-
mac y del Titicaca.
En torno al Titicaca, a más de 3800 metros de altura, se desarrolló un
proceso independiente de transformaciones sociales. Desde comienzos
del milenio, las aldeas situadas al norte y nordeste del lago Poopó, cono-
cidas como complejo Wankarani, distintas en dimensiones y cantidad
de pobladores, compartían un modo de vida. Su economía, típica del
altiplano, combinaba una agricultura de subsistencia, principalmente
papa y quínoa, con el pastoreo de camélidos. Algunas aldeas estaban
132 América aborigen

situadas en valles andinos cercanos, más templados y a menor altitud,


lo que permitía explotar recursos como la madera y el maíz, difíciles de
obtener en la alta planicie.
Esta expansión hacia otros nichos ecológicos favoreció vínculos e in-
tercambios que condujeron a la formación de una red de comunidades
interconectadas. Caravanas de llamas que se movían de un núcleo aldea-
no a otro constituían el principal medio de esas comunicaciones. Esas
caravanas llegaban incluso hasta la costa del Pacífico, en el actual norte de
Chile, para intercambiar valiosas materias primas y productos terminados.
Esas poblaciones compartían su cultura material (cerámicas mono-
cromas y herramientas de basalto, como hoces para la agricultura) y
la producción de esfinges de piedra en forma de cabeza de llama. Las
aldeas, formadas por casas circulares de adobe con techos de paja, es-
taban rodeadas por un muro de adobe. Esas casas alojaban familias nu-
cleares o extensas, en tanto la aldea representaba un grupo de linajes,
quizá similar al ayllu de épocas posteriores. El parentesco era funda-
mental en la definición de los roles sociales, y de los derechos y obliga-
ciones de cada individuo; dada la importancia de familias y linajes, las
actividades rituales, vinculadas principalmente a la fertilidad y repro-
ducción de tierras y rebaños, y el culto a los antepasados tenían lugar
en el ámbito doméstico.
Al norte de la región Wankarani, en torno a la cuenca del Titicaca,
se habían desarrollado distintos centros vinculados entre sí. El cultivo
de tubérculos y quínoa cerca del lago cobró importancia y condujo al
desarrollo de sistemas para almacenar agua en la época de lluvias, el
verano, como reserva para los meses secos. El pastoreo de camélidos en
las tierras altas cercanas y los ricos recursos lacustres constituían otras
fuentes de recursos. Estas comunidades compartían tipos cerámicos y
estilo arquitectónico, y elaboraron una tradición artística y religiosa,
llamada “Yaya-Mama”, sin relación visible con Chavín.

La tradición Yaya-Mama y la estela de Taraco


La tradición Yaya-Mama se originó hace unos tres mil años. No es fácil
interpretar sus imágenes, aunque pueden hacerse conjeturas a partir de
tradiciones posteriores. Sus rasgos característicos, principios social y
biológico de dualidad y la complementariedad de los sexos se observan
en los grabados de las cuatro caras en una estela encontrada en Taraco,
Perú (ilustración).
El surgimiento de las primeras civilizaciones 133

El principio de dualidad aparece en las imágenes humanas simétricas,


hombre y mujer, en lados opuestos (B y D) y en las plantas a sus pies, así
como en las serpientes bicéfalas enfrentadas en los laterales (A y C). El
par hombre-mujer expresa también la complementariedad sexual; talladas
en el mismo bloque, esas imágenes están unidas por un cinturón que
rodea la escultura. Dualidad y complementariedad, extendidos a plantas
y animales, organizan tanto el mundo social como el natural. La presencia
de serpientes refleja interés por el agua, pues estas criaturas recuerdan a
un río que fluye y al poder fertilizante del agua.

Margaret Young-Sánchez (ed.), Tiwanaku. Ancestors of the Inca, Lincoln y


Londres, Denver Art Museum-University of Nebraska Press, 2004, fig. 3.2,
p. 72.

En este contexto, en la cuenca del Titicaca tuvieron lugar cambios so-


ciales fundamentales. Hacia 600  a.C. en Chiripa, al sur del lago, co-
menzaron a erigirse construcciones públicas ceremoniales, índice del
desarrollo de una sociedad más compleja: los edificios, con pisos colo-
reados de arcilla roja y amarilla, se levantaban sobre plataformas bajas
que rodeaban un gran patio hundido, cuyas paredes fueron revestidas
con lajas de piedra grabadas. En su interior había estelas de arenisca
decoradas con motivos de serpientes, animales y seres humanos.
Estas construcciones demandaron una fuerza de trabajo comunita-
ria mancomunada, y la participación de algunos especialistas, al menos
para cortar y esculpir las piedras. Constituyen la primera evidencia, en
la cuenca del Titicaca, de la expresión monumental y pública de con-
ceptos ideológicos y religiosos, pues las lajas y estelas esculpidas estaban
desplegadas a la vista de toda la población. Su estilo se inscribe en la
tradición Yaya-Mama que aparece en numerosas esculturas distribuidas
en esa zona, lo cual sugiere intensas comunicaciones entre las comuni-
dades que allí vivieron durante el primer milenio antes de Cristo.
6. Consolidación de las sociedades urbanas
(c. 300 a.C. a 250 d.C.)

A partir del siglo III a.C. la fuerza homogeneizadora de Chavín y


La Venta comenzó a declinar, y las sociedades de Mesoamérica
y de los Andes centrales emprendieron otros caminos a partir
de la herencia recibida. En ambas áreas se fortalecieron tradi-
ciones culturales fuertemente regionalizadas, que expresaban
esas identidades mediante estilos artísticos bien definidos. Ese
proceso culminó en el surgimiento de las grandes sociedades
urbanas del período Clásico.

Durante los últimos siglos del primer milenio antes de Cristo y


los primeros del siguiente, Mesoamérica y los Andes centrales fueron tes-
tigos de un proceso de marcada regionalización cultural y sociopolítica.
Los contactos e intercambios continuaron, aunque en ambas regiones
las sociedades se concentraron sobre sí mismas, profundizaron el cono-
cimiento de su ambiente y sus recursos, y desarrollaron tecnologías y me-
canismos sociales para explotarlos. Aunque se conservó la forma de vida
comunal aldeana, la vida urbana se afianzó, la estratificación y el con-
trol social se consolidaron, la centralización de las decisiones políticas se
fortaleció y se definieron estilos artísticos regionales. Algunas sociedades
alcanzaron ya una organización estatal; otras estaban en camino a hacer-
lo. En la periodización tradicional, esta época corresponde al Preclásico
o Formativo tardío en Mesoamérica, y al fin del Horizonte temprano y
comienzos del Intermedio temprano en los Andes.

Los Andes centrales después de Chavín:


los desarrollos regionales

El apogeo de Chavín de Huántar y de su estilo duró poco. Durante el


siglo III a.C. se manifestaron signos de declinación: se frenó su expan-
sión, las prácticas cultuales languidecieron, la construcción de edificios
136 América aborigen

monumentales se detuvo de manera abrupta y algunos centros fueron


abandonados para siempre. En la costa y en la sierra, la construcción de
fortalezas sobre cimas de cerros evidencia cierta inestabilidad, que debe
haber afectado el funcionamiento de las redes de intercambio a larga
distancia y la percepción de tributos en los que se sostenía el poder de
las elites.

La declinación de Chavín
En ese contexto, el gran templo de Chavín subsistió algún tiempo más,
hasta que fue abandonado hacia 200 a.C. Poco después, grupos de me-
rodeadores se establecieron entre sus ruinas, ocuparon la plaza circular
hundida y emplearon las lajas esculpidas de sus paredes para construir
casas. Los nuevos pobladores usaban una cerámica distinta, llamada
Huaraz y vinculada a la del cercano Callejón de Huaylas, que pronto re-
emplazó a la de Chavín. Sus piezas, como las de otras cerámicas locales
de la época, estaban decoradas con diseños geométricos de color blan-
co pintados sobre un fondo rojo, que dieron su nombre a este estilo,
“blanco sobre rojo”. La situación era similar en otros sitios, donde, aun-
que se conservaron rasgos artísticos y arquitectónicos que recuerdan a
Chavín, los antiguos templos fueron abandonados, las poblaciones se
aglutinaron en torno a cerros fortificados, y cerámicas locales reempla-
zaron a las vinculadas a ese centro.
La declinación de Chavín, su estilo y su culto marcaron el final del
Horizonte Temprano. Un profundo reordenamiento en el funciona-
miento de las sociedades andinas abrió el camino para un marcado
regionalismo y el florecimiento de culturas caracterizadas por estilos
diferenciados en sus técnicas e iconografía, que se expresaron en la
cerámica, los textiles, la escultura en piedra y la metalurgia. Para nume-
rosos arqueólogos, esta fuerte regionalización exhibe la presencia de
reinos o entidades políticas que controlaban zonas del territorio y que
manifestaban su identidad.
Algún tiempo después, a comienzos del primer milenio de nuestra
era, esos desarrollos culminaron en algunas brillantes civilizaciones re-
gionales, como la Mochica, en los valles de la costa norte, y la Nazca en
la costa sur, sin duda las dos sociedades preincaicas más renombradas
del Perú. Los mochicas fueron famosos por la notable habilidad técni-
ca y la calidad estética de sus artesanos, en particular en metalurgia y
alfarería. Los nazcas, extraordinarios alfareros y tejedores, produjeron
grandes mantos que figuran entre las obras más destacadas del arte
americano. También hubo importantes asentamientos en valles, como
Consolidación de las sociedades urbanas 137

el de Rímac, en la costa central, y los de Cañete y Chincha en la sur-


central, en tanto en las tierras altas meridionales Pucara y Tiwanaku
comenzaban a emerger como centros urbanos.

Las grandes tradiciones regionales de la costa

Esa regionalización se expresó en un conjunto de culturas con rasgos


particulares bien definidos, que se organizaron en unidades políticas
con límites precisos (es probable que las principales hayan tenido ya
una organización estatal) y con frecuentes conflictos entre ellas.

La culturas de la costa norte peruana: Salinar y Gallinazo


La cultura Mochica prosperó en los primeros siglos de nuestra era; en
muchos sentidos, era continuación de las culturas Salinar y Gallinazo,
que se habían desarrollado en la costa norte peruana en los siglos ante-
riores, cuando se construyeron extensas redes de irrigación y surgieron
centros, como los de Gallinazo, que prefiguraban a los que serían cons-
truidos por los mochicas pocos siglos después.
Los asentamientos Salinar (c. 450 a 200 a.C.) se extendieron, de norte
sur, entre los valles de Lambayeque y Nepeña. En Moche y Virú, dichos
asentamientos (aldeas o núcleos fortificados en la cima de algunos ce-
rros) se establecieron en el alto valle, cerca de las gargantas por las que
los ríos descienden, posición que les permitía controlar las tomas de agua
para regar la porción media e inferior del valle. Su ubicación en puntos
con gran valor defensivo indica un estado de conflicto con grupos rivales
vecinos. Cerro Arena, en el valle del Moche, era el sitio Salinar más gran-
de: aunque no se han reconocido estructuras ceremoniales, incluía unas
dos mil construcciones de granito canteado, desde rústicas viviendas de
un solo cuarto hasta elaborados edificios con una veintena de salas.
Los portadores de la cultura Gallinazo, en cambio, se establecieron
en la parte media de los valles. Esa cultura, eclipsada pronto por los
mochicas en los valles cercanos a Trujillo, persistió durante mucho
tiempo más al norte, en Lambayeque. Los mejores testimonios pro-
vienen del valle de Virú, que en el primer siglo después de Cristo
reemplazó a Salinar. Construyeron amplias plataformas empleando
ladrillos de adobe: en algunos de sus sitios, como el Grupo Gallina-
zo, grandes montículos de adobe rodeados por numerosos cuartos
anunciaban ya los centros cívico-ceremoniales mochicas posteriores.
138 América aborigen

En Cerro Orejas, el mayor asentamiento Gallinazo, ubicado en el valle


del Moche, se utilizó piedra para levantar viviendas, pero los montí-
culos ceremoniales eran de adobe. Fue la gente de Gallinazo la que
llevó a su máxima extensión el canal de irrigación que corría sobre el
lado sur del mismo valle.

Los pueblos de la costa central: la cultura Lima


La costa central, que comprende los valles de Chancay, Chillón, Rímac
y Lurín, vivió en esos siglos una situación particular. La zona, que había
tenido destacados centros ceremoniales, con alta complejidad social y
marcada centralización de las decisiones políticas, sufrió considerables
cambios a partir del siglo III a.C. Las partes marginales quedaron des-
habitadas, en tanto las poblaciones ubicadas a orillas de los principales
ríos se fragmentaron y retornaron a condiciones de vida aldeana. La
presencia en varios sitios de esos valles de un estilo cerámico común,
llamado Miramar, muestra que se mantenían las relaciones entre ellos
y, aunque se levantaron algunas pequeñas pirámides, son sólo un páli-
do recuerdo de las gigantescas construcciones anteriores.
Recién alrededor de 200 d.C. apareció en esos valles una cultura re-
gional llamada “Lima”. Tenía su núcleo en los de Rímac y Lurín, y se
extendió luego a los valles vecinos. La cultura Lima parece volver a las
viejas tradiciones: se construyeron algunos grandes conjuntos ceremo-
niales, como Maranga en el valle del Rímac, y Pachacámac, cerca de la
boca del río Lurín, que tuvo singular importancia religiosa y que prolon-
gó su actividad hasta la invasión europea en el siglo XVI. Maranga, donde
hoy se encuentra la ciudad de Lima, floreció a partir de 200 d.C. Fue el
centro ceremonial y poblacional más importante de la cultura Lima (al-
canzó una superficie de 150 hectáreas) y estaba compuesto por grandes
plataformas monumentales (llegaron a doce en su momento de mayor
expansión) entre las que se destacaba la Huaca San Marcos, de unos 300
por 120 metros de base y unos 30 metros de alto. Los grandes recintos
que la rodeaban pueden haber sido residencias de la elite local.

Las sociedades de la costa sur: Paracas y los inicios de Nazca


El gran esplendor de la cultura Paracas se produjo al final de su fase
tardía o Topará (la antigua Paracas Necrópolis), entre fines del primer
milenio antes de Cristo y comienzos del siguiente. En la península de
Paracas, de donde toma su nombre, el arqueólogo peruano Jorge Tello
Consolidación de las sociedades urbanas 139

descubrió en la década de 1920 los sitios arqueológicos (cementerios y


sitios de habitación) que permitieron su identificación, entre ellos el
gran cementerio de Wari Kayan. La cultura Paracas se extendió tam-
bién por los valles meridionales de Chincha, Pisco, Ica y Nazca.

Los mantos de las necrópolis de Paracas


En Wari Kayan, Jorge Tello recuperó más de 400 fardos funerarios colo-
cados en cuartos subterráneos (necrópolis). Los cuerpos, momificados
por la sequedad del clima, estaban envueltos con muchos textiles (en al-
gunos más de sesenta), que incluían grandes mantos o mortajas que, por
su confección y decoración, muestran la habilidad de los tejedores. Los
fardos contenían, además, turbantes, túnicas, mantones, vinchas, cintos
y otras prendas, así como comida, adornos, armas, animales disecados y
cerámicas.
De brillantes colores, tenían bordadas figuras mitológicas, pequeñas pero
muy detalladas, confeccionadas con finas fibras de lana de camélidos de
las tierras altas, seguramente alpaca, mediante punto cruzado con aguja
e hilo. Además de su uso como ropas, los textiles andinos eran funda-
mentales en los rituales sociales, políticos, funerarios y religiosos. Gran
parte de los que sobrevivieron vienen del desierto costero, donde el clima
árido contribuyó a su preservación.

Richard F. Townsend (ed.), La antigua América. El arte de los parajes


sagrados, Chicago, The Art Institute of Chicago-Grupo Azabache, 1993,
p. 281.
140 América aborigen

Para esa época, los modelos estéticos de Chavín ejercían aún fuerte
influencia en la región, pero las formas de organización sociopolítica
eran diferentes. No aparecen las características estructuras arquitectó-
nicas piramidales ni hay restos de grandes construcciones que indiquen
la presencia de trabajo organizado a gran escala. Sin embargo, algunos
sitios testimonian diferencias sociales. En Wari Kayan, algunas tumbas
muestran indicadores de distinciones sociales pues los numerosos tex-
tiles que envolvían los cuerpos eran más elaborados y presentaban mo-
tivos vinculados con el arte de Chavín, lo cual exhibe el alto estatus del
personaje enterrado.
Al parecer, los allí enterrados no habrían vivido en la península mis-
ma, cuya aridez dificulta la supervivencia de grupos humanos de cierta
importancia. Además, los escasos restos residenciales encontrados cerca
del cementerio no se corresponden con la cantidad de individuos ente-
rrados, que deben haber sido miembros de la elite, dada la riqueza de
sus ajuares. Para aprovisionarse, es probable que la pequeña población
residente dependiera del cercano valle de Pisco y de los asentamientos
pesqueros de la costa, que aprovechaban los ricos y casi inagotables
recursos del mar. Algunos arqueólogos sugieren que quienes habita-
ban los valles cercanos debían considerar a la península de Paracas un
espacio sagrado, donde enterraban a sus señores. La producción de los
textiles y cerámicas de estilo Paracas se extendió a otros valles, más allá
de la península, donde poco después surgieron aldeas más extensas y
algunos asentamientos con estructuras ceremoniales, como Santa Rosa
en el valle de Chincha, que posee una gran pirámide de casi 25 metros
de alto.
La cultura Nazca, la más conocida, surgió a fines del primer siglo de
nuestra era y tuvo su núcleo central en la cuenca del Río Grande de
Nazca, irrigada por más de una decena de ríos, y el cercano valle de Ica.
Fue definida como tal a partir un estilo cerámico inconfundible, cuyos
principales motivos iconográficos aparecen también en textiles y en los
enormes geoglifos que le dieron fama. La zona había formado parte de
ámbito de Paracas y el estilo nazca, aunque con diferencias, recoge una
fuerte herencia de esa cultura. La relación entre ambas aún es objeto de
debate. La cultura Paracas no fue homogénea en sus manifestaciones
regionales ni a lo largo del tiempo, por lo que se supone que, a partir
de las manifestaciones locales de Paracas, los valles del sur iniciaron un
desarrollo independiente que culminó en Nazca, en tanto los del norte,
como Pisco, mantuvieron durante más tiempo la tradición Paracas. En
los siglos siguientes, la cultura Nazca se convirtió en una de las culturas
Consolidación de las sociedades urbanas 141

paradigmáticas del mundo andino del primer milenio de nuestra era,


como veremos luego.

Las sociedades al altiplano: Pucara y los inicios de Tiwanaku


La tradición Yaya-Mama, compartida por las poblaciones que vivían en
torno a la cuenca del Titicaca, fue la base de algunos estilos que emer-
gieron después de 400 a.C., como Pucara y Tiwanaku, al norte y al sur
del lago respectivamente. Pucara (c. 200 a.C. y 200 d.C.), a unos 75 kiló-
metros al noroeste del Titicaca, fue un centro de enorme poder religio-
so y secular, que cubría una superficie de varios kilómetros cuadrados.
Sobre la ladera de un imponente cerro se destacaban áreas residencia-
les destinadas a la elite, y un conjunto central, en la parte más alta, con
funciones políticas y religiosas. Al pie del cerro se hallaba una amplia
zona residencial, que, a juzgar por la cantidad de cerámica y restos de
pequeñas viviendas encontrados, debe haber alojado a una población
de dimensiones urbanas.
El estilo Pucara se expresó, ante todo, en la cerámica y la escultu-
ra en piedra. Su cerámica característica exhibe un estilo complejo, de
gran belleza en su decoración. Sus escultores crearon obras en relieve
plano y en bulto: en las primeras, se utilizó la incisión y el grabado para
representar felinos, serpientes, saurios, peces y seres humanos en bajo-
rrelieve, sobre lajas y estelas; las segundas enfatizaron la representación
de seres humanos, a menudo acompañados por cabezas-trofeo, motivo
que también tuvo importancia en la decoración textil.

El complejo central de Pucara


Las contrucciones principales del sitio se extienden sobre la ladera
aterrazada de un enorme cerro. Elegantes viviendas de elite, finamente
construidas, ocupaban las terrazas más bajas. En el centro, una escalera
permitía el acceso a la cima, grande y espaciosa, revestida con cantos
rodados y lajas de piedra. Sobre ella se encontraba un amplio patio hun-
dido rectangular, con paredes de piedra, cerrado sobre tres de sus lados
por estructuras separadas entre sí; sus cimientos, hechos con bloques
de piedra labrados, sostenían superestructuras de adobe formadas por
patios internos flanqueados por cuartos más pequeños. El conjunto, del
cual se muestra una vista aérea, debe haber servido como sede del poder
administrativo y religioso de Pucara.
142 América aborigen

Michael E. Mosely, The Incas and their Ancestors. The Archaeology of


Peru, Nueva York, Thames & Hudson, 2001, il. 42.

Poco se sabe acerca de su organización política. Es posible que la fun-


ción principal de sus señores consistiera en asegurar la producción
agrícola, sometida a fuertes límites ambientales, pues las lluvias y las
aguas del deshielo de los glaciares de alta montaña se reducían a los
meses del verano. La construcción de camellones o campos elevados, y
de cochas (grandes estanques vinculados por canales y pozos) era esen-
cial para conservar esas aguas durante más tiempo, a fin de mantener
la humedad necesaria en las tierras el cultivo. Pucara dominaba un en-
torno rural habitado por comunidades de agricultores, pastores y pes-
cadores especializados, pero algunas de sus manifestaciones artísticas,
en especial la escultura, los tapices tejidos y las cerámicas, aparecen
más lejos, en sitios de la costa del Pacífico como el valle de Moquegua,
Azapa, y del departamento peruano de Cuzco. Estos restos dispersos
sugieren interacciones económicas para obtener productos escasos o
inexistentes en el altiplano.

La cerámica Pucara
La cerámica Pucara destinada al uso de la elite o a prácticas rituales, muy
elaborada y con un estilo técnicamente sofisticado y audaz, desarrolló
temas y motivos que, más tarde, fueron emblemáticos de Tiwanaku.
Las formas predominantes eran similares: cuencos abiertos de fondo
plano, jarras globulares y keros, vasos altos para libaciones rituales con
Consolidación de las sociedades urbanas 143

los bordes superiores abiertos hacia afuera. Los bordes de las figuras,
que combinaban motivos estilizados y realistas, estaban remarcados
por líneas incisas que también delimitaban áreas de color. Pintadas en
rojo, amarillo y negro, la cocción posterior les daba tonos armoniosos.
Con frecuencia, se modelaban sobre las vasijas cabezas humanas y de
felinos en relieve, con diseños pintados e incisos. También se fabricaron
trompetas de cerámica deliciosamente decoradas para tocar música y
cabezas humanas modeladas en detalle. La ilustración muestra una jarra
que combina pintura, incisión y modelado en la decoración.

Margaret Young-Sánchez (ed.), Tiwanaku. Ancestors of the Inca, Lincoln


y Londres, Denver Art Museum-University of Nebraska Press, 2004,
fig. 3.13, p. 83.

Numerosos estudiosos sugieren que, dados los estrechos parecidos es-


tilísticos, es posible que Pucara tuviera colonias satélites sobre la costa
norte chilena, anticipándose así al esquema colonizador de Tiwanaku.
Otros en cambio consideran que, dado que esos materiales provienen
de ricos montículos funerarios, pueden haber sido los curacas de la cos-
ta, quienes compartían una ideología común, los impulsores de esos in-
tercambios, a fin de obtener textiles, ropas y otros emblemas de estatus.
En esa misma época, en el sur de la cuenca del Titicaca comenzó el
desarrollo de Tiwanaku. En efecto, aunque el apogeo y la gran expan-
sión que lo hicieron famoso tuvieron lugar más tarde, las dos primeras
fases de ocupación del sitio, entre 400 a.C. y 100 d.C., contemporáneas
de Pucara, parecen representar un camino de desarrollo independien-
144 América aborigen

te. Los estilos artísticos de ambos centros comparten rasgos, aunque


ello puede deberse a que ambos derivan de la tradición Yaya-Mama.

Consolidación de las grandes tradiciones urbanas


en Mesoamérica

Fue esta una época crucial en el desarrollo de la civilización mesoame-


ricana. En esta etapa, conocida como Formativo o Preclásico Tardío, se
conservaron en amplias zonas los rasgos básicos del desarrollo cultural
anterior, aunque un conjunto de procesos transformó la situación de la
región. Algunas áreas, como la costa del golfo, perdieron preeminen-
cia; en otras, comenzaron a definirse tradiciones culturales específicas
claramente reconocibles, y pronto se perfilaron como centros de desa-
rrollos políticos y culturales, que culminaron en las grandes culturas
urbanas del período siguiente. Así ocurrió en la meseta central con
la cultura teotihuacana, en Oaxaca con la zapoteca y en las tierras del
Petén y Yucatán con la de los mayas. Más allá de las diferencias, todas
ellas compartían una visión del mundo social y natural, y una peculiar
concepción del orden divino; los intercambios e interacciones se inten-
sificaron, lo cual favoreció la persistencia de rasgos sociales y culturales
comunes.

Los olmecas de la costa del golfo: Tres Zapotes


Tras el virtual abandono de La Venta, hacia 400 a.C., los antiguos cen-
tros de la costa del golfo se redujeron, y la vida ceremonial y política
posterior se desarrolló en centros más pequeños y menos complejos,
como Tres Zapotes, situado en el área nuclear olmeca, que dio nombre
a esta fase. De él provienen los mejores materiales de esta época: este-
las y monumentos de piedra, con decoración cargada y barroca, testi-
monian que la vida ritual y ceremonial no se interrumpió, aunque las
construcciones se redujeron en cantidad y tamaño. Algunas produccio-
nes artísticas muestran que la vitalidad de esas sociedades no se había
interrumpido: una estela de Tres Zapotes, llamada Estela C, contiene la
fecha más antigua conocida en la región, 31 a.C., registrada en el siste-
ma calendárico de Cuenta Larga, perfeccionado luego por los mayas.
También se usaba ya la escritura, como lo atestigua la estela de La Mo-
jarra; es probable que esos desarrollos se iniciaran en la etapa anterior,
aunque no disponemos de testimonios directos.
Consolidación de las sociedades urbanas 145

La Estela C de Tres Zapotes


La Estela C (en la ilustración), encontrada en Tres Zapotes, en el área
nuclear olmeda, registra la fecha más antigua conocida en esa región:
registrada con numerales que usan el sistema de punto y barra, de base
vigesimal, refiere al día (7).16.6.16.18 del calendario de Cuenta Larga,
perfeccionado luego por los mayas. En nuestro calendario, corresponde
al 3 de septiembre del año 32 a.C. La fecha es apenas posterior a otras
halladas fuera del área nuclear, como la Estela 2 de Chiapa del Corzo, de
36 a.C., que emplea el mismo sistema. Pese a ello, muchos arqueólogos
suponen que, aunque no se conserven registros, este complejo sistema
calendárico debe haberse desarrollado antes, en pleno esplendor olmeca.

Michael D. Coe, Mexico, Londres, Thames & Hudson, 1984, p. 77.

El estilo de Izapa en las tierras altas de Chiapas y Guatemala


Fuera del área nuclear, la influencia olmeca se mantuvo en algunas
regiones, como las tierras altas de Chiapas y Guatemala, donde florecie-
ron importantes jefaturas que compartían un estilo con una iconografía
particular derivada del olmeca, conocido como Izapa, que se manifiesta
en numerosos monumentos. El sitio que le da nombre, Izapa, en el es-
146 América aborigen

tado mexicano de Chiapas, se compone de unos ochenta montículos de


tierra revestidos con guijarros de río; el lugar había sido ocupado con
anterioridad, aunque los montículos y las estelas esculpidas correspon-
den a esta época.

Los calendarios mesoamericanos


El registro del tiempo, fundamental en el pensamiento religioso meso-
americano, utilizaba dos sistemas o calendarios diferentes: el ritual o
sagrado y el solar. El primero, de 260 días, era usado con fines religiosos
y adivinatorios y combinaba trece numerales (1 a 13) con veinte nombres
de días (13 x 20 = 260). El otro, que correspondía al año solar, estaba
formado por 18 meses de 20 días más cinco días adicionales (18 x 20 +
5 = 365 días).
Así, cada día era designado por referencia a esos dos calendarios, por
ejemplo [13 Imix, 15 Zax] o [1 Ik, 0 Pop]. La combinación de ambos creó
la Rueda Calendárica, que duraba 52 años, pues el nombre de un día
sólo se repetía cada 52 años. A fines del milenio, seguramente en el área
olmeca, se había desarrollado un calendario distinto, llamado Cuenta
Larga, que alcanzó su plenitud entre los mayas de la época clásica.

Adaptado de John S. Henderson, The World of the Ancient Maya, Ithaca,


Cornell University, 1981, p. 79.
Consolidación de las sociedades urbanas 147

En otros sitios vinculados a Izapa aparecieron inscripciones calendá-


ricas tempranas (la Estela 2 de Chiapa del Corzo), así como el uso de
grandes bloques de piedra en las construcciones, tumbas con indicios
de una marcada diferenciación social, y objetos y cerámicas de regio-
nes lejanas que señalan la existencia de vastas redes de intercambio.
Las grandes estelas esculpidas, características de este estilo, mostraban
escenas en bajorrelieve sobre temas religiosos y profanos: las represen-
taciones bidimensionales se destacan por sus detalles, en especial en
relación con vestidos y adornos.
Kaminaljuyú, en las tierras altas mayas, donde hoy se encuentra la ciu-
dad de Guatemala, fue el gran rival de Izapa: con más de 200 montícu-
los, debe haber alojado a una población cercana a las 50 000 personas,
cifra enorme para la época. Kaminaljuyú era un centro ceremonial pla-
nificado, con plazas y plataformas, y una cantidad de pequeños caseríos
en lugares cercanos de gran potencial agrícola. El material arqueológi-
co, en particular las tumbas del centro ceremonial, pone de manifiesto
una marcada diferenciación social, así como la riqueza y poder de sus
gobernantes. En las esculturas es visible la influencia del estilo de Izapa.

Monte Albán y el surgimiento del estado en Oaxaca


Hacia 200 a.C. se inició la fase II, crucial en el desarrollo del valle y de
la ciudad. La población y la cantidad de sitios del valle se redujeron,
pero los asentamientos, aunque menores en número, eran ahora más
grandes y nucleados, y se organizaban en una clara jerarquía de cuatro
niveles. El primero, representado por Monte Albán, era la capital, de
indiscutible primacía; le seguían centros administrativos de segundo y
tercer nivel; en la base del sistema, un conjunto de aldeas agrupaba a
la población campesina. Los centros de los tres primeros niveles tenían
estructuras públicas con funciones diferenciadas, aunque la cantidad,
dimensiones y calidad de las construcciones, que en Monte Albán se
caracterizaban por su monumentalidad, dependían de la importancia
de cada centro. Esta jerarquía de asentamientos indica para muchos
arqueólogos la presencia de una temprana organización estatal.
Monte Albán, con más de 14  000 habitantes y más de un kilóme-
tro cuadrado de superficie, marcada nucleación y una fuerte actividad
constructiva, era una gran ciudad. Sobre la cima del cerro mayor, apla-
nada y pavimentada, tomó su forma definitiva la plaza principal; los
edificios allí erigidos concentraron las funciones públicas. La presencia
sobre la misma cima de un verdadero palacio en la plataforma norte,
de palacios menores y residencias de elite construidos en piedra y mam-
148 América aborigen

postería marca una clara diferencia con el resto de la población, que


ocupaba viviendas sencillas.

La gran plaza de Monte Albán y las lápidas de conquista


En su fase II, Monte Albán presenció una importante actividad construc-
tiva. Se aplanó la cima del cerro, se definió la traza de la gran plaza, se
pavimentó el piso y se construyeron alrededor muchas estructuras: las
llamadas G, H e I (basamentos que sostenían templos), el Edificio J, el
Montículo X (estructura típica de un templo zapoteco) y la Plataforma
norte, que sirvió de base a un gran palacio (plano). Palacios menores,
residencias de elite y viviendas menos elaboradas testimonian una nume-
rosa población y profundas diferencias jerárquicas.

El Edificio J, de forma irregular, fue tal vez un observatorio astronó-


mico pues rompe la orientación general del sitio. En su fachada, más
de cuarenta lápidas con relieves parecen referirse a ciudades y
pueblos conquistados representados por un glifo. Verdaderos
memoriales de guerra, esas lápidas (dibujo) nos hablan de una
época muy conflictiva.
Consolidación de las sociedades urbanas 149

La construcción indica que los gobernantes de Monte Albán dispo-


nían de considerables recursos y mano de obra, algo que sólo un con-
trol político centralizado del valle podía asegurar. La ciudad habría
funcionado como un centro de toma de decisiones, con funciones
políticas y militares; aunque, a diferencia de San José Mogote, no pa-
rece haber desempeñado un papel económico fundamental, pues fal-
tan estructuras que denoten especialización artesanal, actividad que
se habría realizado en otros centros del valle. Monte Albán era ya
la cabeza de un poderoso y expansivo estado zapoteco, que alcanzó
su apogeo a partir de mediados del siglo III  d.C., cuando se inició
la fase III. Para entonces, la ciudad debe haber superado los 20 000
habitantes.

El valle de México y el nacimiento de la tradición teotihuacana


Desde mediados del primer milenio antes de Cristo en el valle de Mé-
xico se consolidó la vida aldeana y creció la población que, atraída por
la existencia de buenas tierras de cultivo, se concentraba en el sur y
sudoeste de la cuenca. Allí, aparecieron pronto algunos centros impor-
tantes con estructuras públicas (basamentos piramidales) como Cerro
del Tapalcate, Tlapacoya y, sobre todo, Cuicuilco, cuyo desarrollo se
inició hacia 450 a.C. Un siglo y medio después, Cuicuilco era un des-
tacado núcleo urbano con unos 10  000 habitantes, grandes sistemas
de regadío y numerosas construcciones de tipo ceremonial, como su
famosa pirámide circular.
Estos procesos culminaron hacia 200 a.C., cuando apareció un nuevo
centro, Teotihuacan, en un rico valle agrícola en el nordeste de la cuen-
ca, cuyas dimensiones y población crecieron con rapidez. Numerosos
factores explican el atractivo de ese valle y su notable desarrollo: alto
potencial para la agricultura de regadío, cercanía de yacimientos de ob-
sidiana, fácil acceso a los recursos lacustres, ubicación sobre una de las
rutas que conectaban el valle de México con la costa del golfo, lo cual
aseguraba la comunicación con ambas zonas. Además, el lugar donde
se estableció Teotihuacan tenía cierta significación religiosa pues, deba-
jo de la Pirámide del Sol, el monumento más grande, se encontró una
cueva con ofrendas. Esa cueva (recordemos que, en el pensamiento
mesoamericano, las cuevas representaban las entradas al inframundo)
puede haber determinado el lugar del asentamiento, cuya importancia
fue subrayada luego con la construcción de la pirámide.
150 América aborigen

La pirámide circular de Cuicuilco


La estructura más importante de Cuicuilco, y la más conocida, es una
pirámide de planta circular, única en Mesoamérica, de unos 20 metros
de altura y 120 de circunferencia, formada por cuatro cuerpos tronco-
cónicos superpuestos, como se observa en el dibujo. Una escalera por
un lado y una rampa del otro permitían el acceso al nivel superior. Al
igual que la ciudad, la pirámide sufrió las consecuencias de la erupción
del volcán Xitle hacia el año 200 a.C., quedando toda la zona convertida
en un enorme campo de lava. De la pirámide sólo quedó descubierto su
extremo superior; sus ruinas pueden apreciarse en el sur de la ciudad de
México, en la zona conocida como Pedregal de San Ángel.

Jeremy A Sabloff, The Cities of Ancient Mexico. Reconstructing a Lost


World, Londres, Thames & Hudson, 1989, p. 63.

Teotihuacan llegó a ser una gran ciudad; su influencia se extendió por


la mayor parte de Mesoamérica. En sus primeros dos siglos de vida, au-
mentó de modo considerable la población, y un número destacable de
aldeas se concentró en el lugar de la futura ciudad. El nuevo poblado
creció hasta alcanzar una superficie de unos 6 kilómetros cuadrados
y una población cercana a los 10 000 habitantes; tenía ya talleres que
elaboraban cuchillos y puntas de obsidiana gris, viviendas colectivas de
varios cuartos pequeños, que habrían sido ocupadas por linajes o gru-
pos de parientes, y algunos edificios públicos, construidos con piedra,
que presentaban patios cuadrados con templos en tres de sus lados.
Ya durante los dos primeros siglos de nuestra era, la ciudad alcanzó los
20 kilómetros cuadrados de superficie y tenía unos 30 000 habitantes.
Este enorme crecimiento fue favorecido por el colapso de los centros me-
ridionales, luego de que una erupción del volcán Xitle cubriera con un
Consolidación de las sociedades urbanas 151

manto de lava asentamientos urbanos, tierras de cultivo y canales. Buena


parte de la población afectada, con larga tradición de vida urbana, debe
haberse desplazado hacia el norte en busca de nuevas tierras, y se asentó
en el valle de Teotihuacan. Los talleres de obsidiana, que aumentaron en
cantidad, revelan una fuerte tendencia a la especialización, y la ciudad
comenzó a recibir también la obsidiana verde del Cerro de las Navajas
(manufacturada en la ciudad) y cerámicas finas de sitios cercanos. Teo-
tihuacan se convirtió en un significativo centro de acopio de productos
valiosos y las rutas de comercio se expandieron por Mesoamérica.
El crecimiento de la población y de la actividad urbana impulsó el in-
cremento de la agricultura, con prácticas de cultivo intensivo, y provocó
profundos cambios sociales y políticos: hacia 200 d.C., Teotihuacan era
una sociedad plenamente urbana y poseía una organización estatal. En
ese tiempo se construyeron los imponentes monumentos que aún hoy
distinguen al sitio: dos grandes pirámides, la calzada central, el enorme
recinto llamado La Ciudadela y el primer templo dedicado a Tlátoc-
Quetzalcóatl, de magnífica decoración.

Los comienzos de la civilización maya de las tierras bajas


La civilización maya de las tierras bajas se desarrolló en la zona llu-
viosa, cálida y selvática de Guatemala, conocida como Petén, y en los
territorios vecinos de México (Chiapas, Tabasco, Campeche, Yucatán
y Quintana Roo), Belice, Honduras y El Salvador. Pueblos de lengua
maya habitaron también las tierras altas de Chiapas y Guatemala, aun-
que su civilización tuvo algunos rasgos diferentes y sus orígenes se vin-
culan más con la tradición de Izapa. La civilización maya de las tierras
bajas alcanzó su apogeo en el período Clásico, entre los años 300 y 900
de nuestra era, aproximadamente. Nuestro conocimiento del mundo
maya se ha incrementado de manera notable en los últimos años de-
bido a los progresos de la investigación arqueológica y al avance en el
desciframiento de la escritura jerogífica que crearon, única escritura
plena en la América prehispánica.
En ese desarrollo fue clave la etapa final del Formativo, entre 400 a.C.
y 250 d.C., cuando las comunidades mayas, que habían sido pequeñas
aldeas sin apreciables diferencias sociales, crecieron hasta convertirse
en centros de magnitud. La población aumentó con rapidez, se profun-
dizaron las diferencias sociales, se desarrollaron elaboradas prácticas
funerarias y complejas actividades rituales, se construyeron enormes
estructuras ceremoniales y cristalizó un sofisticado estilo artístico, cla-
ramente reconocible. La escritura jeroglífica y la erección periódica de
152 América aborigen

estelas fechadas por el sistema de cuenta larga, rasgos sobresalientes de


la época clásica, no aparecen todavía, aunque escritura y calendario se
encontraban ya en uso en otras regiones.

Las grandes estructuras ceremoniales de El Mirador


El complejo llamado El Tigre, que puede observarse en la ilustración,
era el mayor de los conjuntos monumentarios del sitio de El Mirador,
en Guatemala, construido durante el Preclásico tardío. A la izquierda,
indicada con una flecha, se ubica la estructura 34, que muestra una
disposición tríadica de sus templos, al igual que en la estructura piramidal
central. Este modelo, característico de las estructuras mayas tempranas,
integraba una plataforma de base, con una escalera central incrustada
en su frente y tres templos en su superficie, uno mayor en el fondo y dos
laterales más pequeños, orientados hacia el espacio central.

Robert F. Sharer, The Ancient Maya, Stanford, Stanford Universiy Press,


1994, p. 114.

El registro arqueológico brinda algunas claves para entender ese proce-


so. Presionados por el aumento de la población, los mayas comenzaron
a experimentar con formas más intensivas de agricultura, excavaron ca-
nales de irrigación y recuperaron tierras inundables mediante la cons-
trucción de campos elevados. Este incremento de la producción agríco-
la alentó a su vez un crecimiento aún mayor de la población; al mismo
tiempo, la ejecución de esos proyectos agrícolas impulsó un control
más centralizado de la fuerza de trabajo. Algunos centros, como El Mi-
Consolidación de las sociedades urbanas 153

rador, Tikal, Uaxactún, Lamanai y Cerros, entre otros, encararon am-


biciosos proyectos de construcción de estructuras cívico-ceremoniales.
El Mirador, en la actual Guatemala, fue el más imponente de la época;
allí se erigió la estructura más extensa conocida en el área maya, el
complejo El Tigre.
Varias de esas estructuras presentaban una decoración peculiar: una
vez revocados, sus frentes fueron decorados con grandes mascarones mo-
delados en estuco y pintados. Algunos de ellos se conservaron y aún pue-
den apreciarse, por ejemplo, en Uaxactún, El Mirador, Tikal y Cerros, ya
que las sucesivas reconstrucciones de esas pirámides cubrieron los edifi-
cios más antiguos, lo cual contribuyó a su preservación. El desarrollo de
estos grandes centros de población debe haber generado competencia
(e incluso, quizá, conflictos armados) entre los poderosos señores mayas,
que intentaban dominar territorios cada vez más extensos para controlar
a sus pobladores (proveedores de servicios y tributo), recursos y rutas
comerciales, fundamentales para el crecimiento de los centros.
En efecto, quienes disponían de materias primas vitales, o se habían
especializado en el procesamiento y exportación de productos hechos a
base de esos materiales, ocuparon un lugar relevante. Kaminaljuyú, en
las tierras altas, controlaba la obsidiana y el jade; Colha y Komchén, en
las tierras bajas, aprovecharon su control sobre recursos locales, como
el sílice y la sal, respectivamente. Otros centros, junto a grandes vías de
comunicación como los ríos, se volcaron al transporte, intercambio y
redistribución de productos. Nakbé, en un lugar clave para controlar
las vías de comunicación en el Petén, mantuvo su preeminencia hasta
que fue desplazado por El Mirador; Cerros, centro pequeño sobre el li-
toral de la Bahía de Chetumal, controlaba el transbordo y la circulación
de productos hacia el interior; en la zona meridional, Abaj Takalik, El
Baúl y Chalchuapa debían su desarrollo a su posición a lo largo de rutas
comerciales.

Los mascarones del templo de Cerros


El complejo simbolismo del conjunto pirámide-templo y su decoración,
especialmente los mascarones, se vinculaba con la consolidación del
poder político en las manos de la elite maya y su control sobre los rituales
religiosos y los sistemas de creencias en que fundaba su poder. La figura
muestra los mascarones que decoran la mitad oriental de las dos plata-
formas del frente del templo de Cerros, en Belice.
154 América aborigen

Los mascarones incluyen las representaciones de la estrella matutina


(arriba) y del Sol naciente (abajo). Las del lado opuesto, simétricas, se
referían a la estrella vespertina y el Sol poniente. Las máscaras pueden in-
terpretarse como intentos de los gobernantes mayas de identificarse con
el cielo y con deidades y poderes sobrenaturales; testimonian el creciente
lazo entre poder político y religión a medida que los gobernantes mesoa-
mericanos tomaban el control sobre los rituales religiosos y los sistemas
de creencias.

Jeremy A. Sabloff, The Cities of Ancient Mexico. Reconstructing a Lost


World, Londres, Thames & Hudson, 1989, p. 75.

Los mayas desarrollaron asimismo un complejo sistema de creencias,


símbolos y representaciones destinadas a consagrar el nuevo orden
social emergente, las primeras instituciones políticas estables y, funda-
mentalmente, el papel que cumplían los grandes señores que regían
la vida de sus ciudades. En las tierras altas del sur, esos gobernantes
hereditarios y sus hazañas fueron conmemorados en imponentes mo-
numentos, esculpidos con escenas acompañadas de fechas calendá-
ricas y textos jeroglíficos. En las tierras bajas, en cambio, el poder
de esos primeros gobernantes fue conmemorado en la arquitectura:
las pirámides, decoradas con los símbolos del orden cosmológico, se
convirtieron en escenarios para elaborados rituales en los que el se-
ñor jugaba un papel central. Ambas tradiciones se fundieron con el
Consolidación de las sociedades urbanas 155

surgimiento de los grandes estados clásicos en Tikal y en otros lugares


de las tierras bajas.
A fines del Formativo, disturbios y cambios alteraron este panora-
ma económico y político; algunos antiguos centros decayeron o fueron
abandonados, y otros, nuevos, comenzaron a afirmarse. Las causas fue-
ron diversas. En las tierras altas, al parecer, la catastrófica erupción del
volcán Ilupango provocó súbitos movimientos de población y el despla-
zamiento de las rutas comerciales. Estos acontecimientos repercutieron
en las tierras bajas, donde el desplazamiento de los circuitos de inter-
cambio y los movimientos de población provocaron crecimiento en al-
gunas regiones y decadencia en otras. Sin embargo, los procesos inter-
nos de las tierras bajas (el surgimiento temprano de Nakbé y, luego, del
magnífico centro de El Mirador) indican que la evolución social y po-
lítica ya estaba transformando el paisaje y conduciendo al dominio de
las tierras bajas por parte de una serie de entidades políticas poderosas.
7. El desarrollo de los estados regionales
(c. 250-700 d.C.)

A partir del siglo III d.C., en Mesoamérica y en los Andes cen-


trales las sociedades urbanas alcanzaron su mayor compleji-
dad. Se organizaron en estados fuertemente regionalizados, la
economía se expandió, las diferencias y desigualdades sociales
se profundizaron y las elites urbanas incrementaron su poder
al vincularlo con el mundo de las divinidades. Se desarrollaron
las artesanías, en especial la producción de artículos suntuarios
para las elites, el ritual y las artes, y el conocimiento alcanzó sus
logros más notables.

Las sociedades urbanas vivieron su momento de esplendor


artístico e intelectual entre los siglos III y VIII de nuestra era. Ese es-
plendor se expresó en un conjunto de grandes culturas regionales,
como la teotihuacana, la zapoteca y la maya en Mesoamérica, y la mo-
chica, la nazca y las de Wari y Tiwanaku en los Andes centrales. En algu-
nas zonas vecinas como el actual norte de México y sudoeste de los Esta-
dos Unidos, los Andes septentrionales y el noroeste de la Argentina, se
consolidaron sociedades aldeanas y se manifestaron claros indicios de
diferenciación social.

Las grandes civilizaciones urbanas mesoamericanas

Hacia el comienzo de 250 d.C., es decir en el inicio del período Clá-


sico, complejas civilizaciones regionales, bien diferenciadas entre sí y
conectadas por una extensa red de intercambios, se encontraban es-
tablecidas en Mesoamérica. Aunque abrevaban en una larga tradición
común, habían desarrollado estilos propios que permiten reconocerlas
con claridad. Teotihuacan era entonces el mayor y más destacado cen-
tro urbano de la región.
158 América aborigen

El apogeo de la civilización teotihuacana en el centro de México


Al iniciarse el período, Teotihuacan era ya una imponente ciudad; al-
canzó su mayor extensión durante las fases siguientes, denominadas
Tlamimilolpa y Xolalpan, entre los siglos III y VII. Hacia 500 d.C., cuan-
do reunió bajo su mando a la mayor parte del valle de México, consti-
tuía una de las ciudades más grandes del mundo, con una población
superior a los 100 000 habitantes y una traza urbana cuidadosamente
planeada. Su crecimiento respondió a una política destinada a concen-
trar a la mayor parte de la población de la cuenca.

El núcleo ceremonial de Teotihuacan

La ciudad estaba organizada a partir de dos ejes que se cruzaban y la


dividían en cuatro partes. Uno, de norte a sur, coincidía con la Calzada de
los Muertos (A, en el plano), amplia avenida de casi 2 kilómetros de ancho;
el otro, de este a oeste, coincidía con el río San Juan (B) que, canalizado,
cruzaba la ciudad. A ambos lados de la Calzada se encontraban los princi-
pales templos y palacios. Dos enormes pirámides dominaban el conjunto:
la de la Luna (C), de 46 metros de alto, y la del Sol (D), que alcanzaba los
65 metros. Pero Teotihuacan no era sólo centro religioso. En el sur, un gran
recinto amurallado, La Ciudadela (E), de 400 metros de lado y con distintas
construcciones en su interior, como la pirámide de Quetzalcóatl (F), habría
sido un centro administrativo. Enfrente, un vasto espacio abierto puede ha-
El desarrollo de los estados regionales 159

ber sido un mercado o un centro de redistribución (G). Cerca de la calzada


había palacios o residencias de la elite y, más allá, en un intrincado conjunto
de edificios, residía y trabajaba el resto de la población.

Michael D. Coe, Mexico, Londres, Thames & Hudson, 1984, p. 90.

El desarrollo del centro urbano


Pese al carácter de sus principales monumentos, Teotihuacan no era
sólo un centro religioso. Hacia el sur, al este de la Calzada de los Muer-
tos, un impresionante recinto amurallado denominado La Ciudadela
parece haber servido como sede administrativa. Frente a ella, se en-
160 América aborigen

cuentra un vasto espacio abierto que pudo haber sido un gran mercado
o un enorme centro de redistribución. Otros edificios cercanos a la
calzada habrían sido palacios o residencias de la elite y basamentos de
templos. La construcción era de mampostería hecha con rocas volcá-
nicas, unidas por mortero, con techos planos de madera. Las paredes
estaban revocadas, enyesadas y, en los edificios destinados a la elite, de-
coradas con magníficos murales policromos (una de las más destacadas
expresiones del arte teotihuacano).
En su mayoría, las antiguas residencias privadas fueron agrupadas
y se convirtieron en apartamentos integrados dentro de grandes con-
juntos residenciales. Algunos, como Xolalpan, estaban destinados a la
elite; otros, como Tlamimilolpa, eran ocupados por familias de estratos
más bajos. Cada conjunto (se identificaron cerca de 2000, aunque po-
cos fueron excavados) estaba rodeado por muros de unos 3 metros de
alto y disponía de un sistema de drenaje subterráneo realizado antes
de su construcción. Cada apartamento tenía su cocina y sus cuartos,
y se abría a un patio interior compartido, donde solía haber un altar
destinado a cultos domésticos. En algunos de estos conjuntos también
existían talleres.

La expansión teotihuacana en Mesoamérica


Hacia el año 500, las influencias de Teotihuacan se extendían por Meso-
américa. Son evidentes en los sitios cercanos al centro de México como
Cholula y Xochicalco, en los valles de Puebla y Morelos respectivamen-
te, en Oaxaca (Monte Albán), en las tierras mayas (Kaminaljuyú, Tikal
y Copán), en la costa del golfo de México (El Tajín) y en sitios de los
actuales estados de Guerrero y Sinaloa. En ellos, la presencia de objetos
teotihuacanos, especialmente cerámica y piezas de obsidiana, testimo-
nia amplios intercambios comerciales. Teotihuacan misma presentaba
barrios destinados a residentes extranjeros como el de los oaxaqueños,
en su mayoría artesanos y comerciantes. La imagen de Tláloc, quizá la
principal divinidad teotihuacana, es omnipresente en las representacio-
nes plásticas, y la unidad talud-tablero ocupó un lugar destacado en su
arquitectura. Ambos rasgos, junto a las cerámicas y piezas de obsidiana,
son indicadores clave de la influencia de Teotihuacan. En Monte Albán
y Tikal, incluso, se encuentran representados personajes o emisarios
teotihuacanos que visitaban esas ciudades.
El desarrollo de los estados regionales 161

La influencia teotihuacana en Tikal


La influencia teotihuacana en Tikal fue intensa entre fines del siglo IV y
la primera mitad del siglo V, durante los gobiernos de Yax Ain I, Primer
cocodrilo, y su hijo Siyah Chan K’awil, Cielo Tormentoso. La estela 31
muestra en sus caras laterales a Yax Ain I vestido como guerrero con atri-
butos teotihuacanos: el escudo cuadrado flexible con la imagen de Tláloc,
el lanzadardos, la larga cola, el tocado. Yax Ain I, quizás un extranjero
originario de las tierras altas, no pertenecía al linaje real y habría llegado
al poder por matrimonio. Otro testimonio de esa presencia teotihuaca-
na aparece en la decoración de un vaso de cerámica algo anterior, que
muestra la llegada a Tikal de una comitiva teotihuacana con regalos
precedida por cuatro guerreros. Rasgos físicos, vestuario y diseño de los
templos distinguen a los mayas (derecha) de los teotihuacanos (izquierda).

Linda Schele y David Freidel, A Forest of Kings. The Untold Story of the
Ancient Maya, Nueva York, Quill-William Morrow, 1990, pp. 161 y
162-163.
162 América aborigen

Ignoramos el carácter exacto de esas relaciones e influencias. En algu-


nos casos, como en Kaminaljuyú, deben haber sido más que simples in-
tercambios, y se cree que allí existía una colonia teotihuacana. Yax Ain I
o Primer Cocodrilo, señor de Tikal, es representado como guerrero
con atributos teotihuacanos en su vestuario, lo cual sugiere algún tipo
de presencia política o militar. Aunque sin alcanzar el carácter del mili-
tarismo posterior, la guerra jugó un papel importante en Teotihuacan;
en algunos casos, su expansión debe haberse sustentado en el uso de
la fuerza, como parece indicarlo el hallazgo de cuerpos de prisioneros
sacrificados enterrados en la Pirámide de Quetzalcóatl.

Sociedad y política en la Teotihuacan clásica


Las dimensiones de Teotihuacan, la cantidad y densidad de su pobla-
ción, la riqueza y variedad de sus construcciones, su clara planificación
urbana y la especialización de su economía (por ejemplo, en el trabajo
de la obsidiana) ponen en evidencia la complejidad de su organización
social y política, y la existencia de un gobierno y una administración
eficaces, capaces de mantener esa posición durante varios siglos.
Los señores teotihuacanos fortalecieron su poder mediante el con-
trol de un amplio sistema de redistribución que les permitía concentrar
recursos y productos de diferentes nichos ecológicos para luego distri-
buirlos, así como gracias al prestigio derivado de su especial relación
con las divinidades. La figura del sacerdote, presente en las representa-
ciones plásticas, habría sido central en la sociedad teotihuacana, aun-
que, con el tiempo, sectores laicos (funcionarios y guerreros) adquirie-
ron paulatina relevancia.
En la formación de esa organización sociopolítica deben haber juga-
do un papel central los linajes y sus jefes. Estos últimos, que al princi-
pio habrían funcionado como un consejo o cuerpo colectivo, ocuparon
luego un rol fundamental en la aparición de un poder centralizado que
ellos mismos controlaban, a partir de lo cual pronto se convirtieron
en una elite privilegiada. El territorio reemplazó a los antiguos linajes
como base de una organización política que se extendió al conjunto de
la población y, aunque esos linajes mantuvieron un papel destacado en
la organización social, sus divinidades protectoras fueron subordinadas
a los dioses o divinidades protectores de toda la ciudad.
Los trabajos arqueológicos en un palacio al norte de la pirámide del
Sol brindan evidencias que refuerzan la idea de que el gobierno de Teoti-
huacan era compartido al menos por cuatro gobernantes, representantes
El desarrollo de los estados regionales 163

de los linajes de cada uno de los cuatro barrios o partes en que se dividía
la ciudad. Ese palacio no parece haber sido la residencia de un gobernan-
te o señor, sino un centro administrativo donde los gobernantes, que se
alojaban en palacios situados en los barrios, se reunían para cumplir sus
funciones. Se trataría de una estructura de gobierno distinta de la de los
estados mayas, donde, como veremos, existía un linaje dominante, cuyo
jefe ocupaba el centro indiscutido de la vida política.
Las expresiones del arte teotihuacano (arquitectura, escultura y re-
lieve, decoración de la cerámica y pintura mural) revelan un notable
avance técnico y ponen en escena un complejo mundo de creencias
y representaciones simbólicas vinculadas, principalmente, al mundo
de la naturaleza, el agua, la fertilidad y la agricultura, pero también al
mundo subterráneo, de las fuerzas divinas. Las figuras de dos divinida-
des, Tláloc y Quetzalcóatl, de gran importancia en el panteón mesoa-
mericano, emergen con fuerza en esa época.

El fin de Teotihuacan
Desde mediados del siglo VII la influencia de Teotihuacan se retrajo y
algunas áreas escaparon a su control. El sistema teotihuacano, centra-
lizado en el templo (tal vez, en la etapa más reciente, en el palacio) y
sustentado en el control de un complejo sistema de intercambios, em-
pezó a dar señales de una crisis que, un siglo después, culminó con el
colapso total de la sociedad teotihuacana. De su grandeza permaneció
el recuerdo: el pensamiento náhuatl posterior ubicaba en Teotihuacan
el lugar donde los dioses se reunieron para crear nuestro mundo. Las
causas de este colapso motivaron acalorados debates y discusiones; sin
embargo, más allá de su especificidad, la crisis teotihuacana debe en-
tenderse en el contexto de la caída general de las sociedades del perío-
do clásico, complejo fenómeno al que aludiremos más adelante.

Los mayas durante la época clásica


Hacia el siglo III d.C., como resultado de los cambios de la etapa ante-
rior, en la zona maya estaban dadas las condiciones para los destacados
logros del período siguiente, que se extendió hasta el siglo IX. Grandes
centros de población con monumentales estructuras públicas se distri-
buyeron en toda la región: en ellos, poderosos señores eran capaces
de canalizar una enorme cantidad de energía humana hacia obras de
infraestructura agrícola y, en especial, hacia la construcción de vastos
complejos ceremoniales para exaltar a las divinidades de las que emana-
164 América aborigen

ba su poder. Magníficos logros intelectuales como la escritura, la nume-


ración y el calendario alcanzaron su mayor nivel; un sofisticado estilo
artístico y una compleja iconografía servían para mostrar el poder de
los dioses y de los señores y templos, intermediarios privilegiados entre
lo divino y lo humano.

Los mayas y su historia


El calendario maya, conocido desde comienzos del siglo XX, y las nu-
merosas inscripciones descifradas en las últimas décadas permiten re-
construir numerosos aspectos de la historia de los mayas, aunque esas
inscripciones exhiben sólo la vida del estamento más alto de la sociedad
maya, los grandes señores. Para otros aspectos de la vida cotidiana de-
pendemos del material arqueológico.
Los estudiosos reconocen dos grandes momentos en la historia maya
clásica: el temprano, entre 300 y 600, y el tardío, entre 600 y 900. El pri-
mero se asocia, en gran medida, a la gran ciudad de Tikal, en el Petén
guatemalteco. Un hiato de varias décadas, a fines del siglo VI, marca la
división entre ambos períodos. En ese lapso se redujo el ritmo de las
construcciones monumentales y la erección de monumentos de pie-
dra, en especial de grandes estelas con inscripciones y fechas. La época
Clásica tardía marca el inicio de un era de renovado vigor cultural, así
como la magnificencia de los grandes centros: además de Tikal, me-
recen citarse Palenque, en las selváticas estribaciones orientales de las
montañas de Chiapas, Copán, establecido en el valle del Motagua, en la
actual Honduras, y Dzibilchaltún, en el norte de Yucatán.

Tikal y el esplendor del clásico temprano


Tikal es el centro maya conocido más extenso: su principal área residen-
cial, con unas 3000 estructuras, cubría unos 23 kilómetros cuadrados;
en su momento de mayor auge, durante el Clásico tardío, la habitaban
unas 50 000 personas. Las numerosas estelas e inscripciones encontradas
permitieron a los epigrafistas reconstruir su historia política y dinástica
con cierto detalle. De allí que pueda afirmarse que una dinastía gobernó
la ciudad durante toda la ocupación del sitio; de hecho, conocemos los
nombres de varios de los gobernantes, así como detalles de sus vidas.
Tikal, un centro regional importante en el formativo tardío, se con-
virtió en el estado dominante en las tierras bajas centrales durante el
Clásico temprano, tras derrotar a su mayor rival, Uaxactún, a fines del
El desarrollo de los estados regionales 165

reinado de Garra de Jaguar I, quien gobernó Tikal entre 320 y 378. Esta
guerra es mencionada en inscripciones provenientes de ambas ciuda-
des. Tikal prosperó y creció: controlaba rutas comerciales, tenía gran
influencia sobre sus vecinos y mantenía sustanciales relaciones con
Teotihuacan. Entre fines del siglo IV y la primera mitad del V, los
gobernantes mayas, que llevaban el título de ahau, adoptaron parte
de la imaginería teotihuacana, quizá para reforzar su prestigio, y la
cerámica y otros artefactos de estilo teotihuacano se volvieron popu-
lares en el sitio.
Un fuerte sostén del poder de Tikal era el control del comercio a
través de los sistemas fluviales San Pedro-Usumacinta y Mopán, que dre-
nan en el golfo de México y el Caribe respectivamente. Ello permitía ar-
ticular el tráfico entre ambas regiones; algunas conquistas, como la de
Río Azul, se vinculaban con ese objetivo. Esta posición, y sus relaciones
con Teotihuacan y con Kaminaljuyú en las tierras altas, la convirtieron
en un gran centro redistribuidor, tanto entre distintas zonas de las tie-
rras bajas centrales como entre éstas y las tierras altas del sur.
Situada sobre una serie de colinas bajas de las cuales se obtenía pe-
dernal, esencial para la confección de herramientas, al Este y al Oes-
te Tikal contaba con dos amplias zonas pantanosas temporarias, quizá
antiguos lagos de poca profundidad, que se conectaban a los sistemas
fluviales mencionados. Estas zonas pantanosas, que facilitaban la defen-
sa del sitio y reforzaban su posición estratégica, se convirtieron en una
destacada fuente de recursos agrícolas cuando algunas partes fueron
utilizadas para construir campos elevados. Importantes obras hidráu-
licas permitieron además utilizar algunas de esas zonas como grandes
reservorios de agua que abastecían a los principales templos y palacios.
Además, Tikal era un centro religioso de relevancia en las tierras bajas,
lo que le brindó un prestigio que no perdió siquiera cuando su fuerza
política comenzó a menguar.
El hiato del Clásico afectó a Tikal. Esta crisis puede haber estado vin-
culada con la retracción del poder teotihuacano, que habría privado a
los señores de Tikal de un importante apoyo político y económico. La
situación se agravó a mediados del siglo VI, cuando los señores de Cara-
col, un belicoso vecino, vencieron a los de Tikal. Sin embargo, ese pre-
dominio duró poco y Tikal emergió otra vez como un poderoso centro.
Aunque existían otros importantes centros mayas, ninguno competía
con Tikal en tamaño, cantidad, calidad y magnificencia de las cons-
trucciones monumentales, o en la belleza de sus esculturas. Copán y
Palenque, que alcanzaron su esplendor en la época tardía, existían en
166 América aborigen

el período temprano, aunque sin la relevancia posterior. Según las ins-


cripciones, la dinastía gobernante en Palenque se inició en 431, aunque
su apogeo se produjo durante el siglo VII. Copán, el sudeste del área
maya, estaba ocupada ya en el Preclásico y era un importante centro re-
gional en el Clásico temprano. Su dinastía gobernante fue fundada en
246, por un señor llamado Yax-Kuk-Mo’ (“Guacamayo Quetzal Azul”),
de quien se postulaban descendientes los gobernantes posteriores.
En cualquier caso, su momento de esplendor llegaría más tarde. Dzi-
bilchaltún, el principal centro maya en el norte de Yucatán, ocupado
desde al Preclásico, se convirtió en un verdadero centro urbano en el
Clásico, cuando alcanzó una gran extensión y una densa población.
Continuó activo hasta la llegada de los españoles.

Sociedad, política y cultura maya


A pesar de los avatares de su larga historia, sus guerras y conflictos, y
su fragmentación política, los mayas compartieron el modo de vida,
las formas de organización social y política, su lengua, creencias, sím-
bolos y valores, y manifestaciones artísticas e intelectuales. Las intensas
relaciones entre las distintas ciudades contribuyeron a esa amplia ho-
mogeneidad cultural. En ese sentido, muchas veces se ha comparado al
mundo maya con el de los griegos.
La agricultura fue la base de la economía y, aunque el sistema de
roza (talar y quemar pedazos de selva para abrir claros para cultivar,
aprovechando las cenizas como abono) fue el más extendido, desde fi-
nes del Preclásico los mayas desarrollaron sistemas complejos de cultivo
intensivo mediante riego, a los que le sumaron andenes en las pendien-
tes y campos elevados en las zonas inundables. También practicaron la
recolección intensiva de recursos de la selva, como la nuez del “palo
ramón”, rica en calorías, la caza y la pesca. Sin embargo, numerosas
materias primas debían ser importadas de las tierras altas, en especial
piedras duras como la obsidiana.
Los logros más característicos de la civilización maya atañen a la di-
mensión estética y al conocimiento. En la arquitectura se desarrolló un
estilo inconfundible que se expresa en las plataformas, patios, pirámides,
templos y palacios que formaban el centro ceremonial de sus ciudades,
donde el uso de la falsa bóveda confería un carácter peculiar a los edifi-
cios. La escultura, en gran medida subordinada a la arquitectura, se ma-
nifestó en las grandes estelas conmemorativas, y en los dinteles y escaleras
esculpidos. La pintura, de la que se ha conservado poco, alcanzó un alto
El desarrollo de los estados regionales 167

grado de perfección, a juzgar por los mura­les descubiertos en Bonam-


pak, por ejemplo. No menos importante fueron la cerámica y las piezas
trabajadas en hueso, piedra o madera, bellamente talladas.

Cómo escribían los mayas


Una palabra podía escribirse con signos o glifos que representaban soni-
dos de sílabas individuales (fonéticos), o bien toda una palabra (logógra-
fos). La palabra maya balam (jaguar) podía escribirse dibujando la cabeza
de un felino (logógrafo) o con signos silábicos. Cuando la lectura podía
ser confusa (podía referirse a distintos tipos de felinos) se agregaban
signos fonéticos que ayudaban a la pronunciación, o determinativos se-
mánticos que indicaban el sentido general de la palabra, esto es, animal,
accidente geográfico, ciudad (ilustración), etc.

El sistema era muy complejo, pero la escritura no era utilizada para la


comunicación masiva: se refería a las cuestiones de una pequeña minoría,
los dioses y a sus representantes en este mundo. Su carácter sacro le
permitía capturar el orden del cosmos, informar la historia, dar forma al
ritual, transformar lo profano y cotidiano en sobrenatural. Su manejo era
secreto de especialistas, que obtenían de ello un gran prestigio.

En el campo del conocimiento, los mayas de la época clásica llevaron a


su punto más alto algunos logros anteriores. Así, desarrollaron un com-
plejo sistema de escritura jeroglífica que combinaba glifos fonéticos y
logográficos, único en la América prehispánica. Esa escritura, rica y ex-
presiva, fue descifrada recién en la segunda mitad del siglo XX gracias
a los trabajos pioneros de Heinrich Berlin y Tatiana Proskouriakoff,
quienes establecieron el carácter histórico de los textos, y de Yuri Kno-
rosov, que fijó el carácter fonético de signos. Los mayas nos legaron nu-
merosos textos que fueron pintados, tallados o grabados sobre estelas,
paredes, dinteles, jambas, altares, escaleras, esculturas y pequeños ob-
168 América aborigen

jetos de uso cotidiano hechos de distintos materiales (piedra calcárea,


jade, cerámica, valvas, hueso). Pero los textos más característicos se rea-
lizaban en los códices, especie de libros en forma de acordeón, con sus
hojas hechas de corteza machacada y con la superficie cubierta con una
capa muy delgada de yeso sobre la que se pintaban los glifos.

El sistema maya de numeración y el calendario


El calendario maya se basó en un avanzado sistema numeral. Para escri-
bir los números empleaban tres signos: un punto con valor de una unidad
simple, una barra con valor de cinco y un signo especial para el cero. El
sistema era vigesimal, es decir, que las unidades variaban de veinte en
veinte, y posicional: un punto en el nivel más bajo valía 1 unidad, en el
segundo nivel valía 20, en el tercero 400, y así sucesivamente.
El calendario empleado, Cuenta Larga, contaba los días en forma suce-
siva desde un momento determinado, y pudo relacionarse con fechas de
la era cristiana. Se iniciaba en 3114 a.C., fecha sin duda legendaria, y su
base era un año (tun) de 360 días divididos en 18 meses (uinal) de 20 días
(kin). Los años se agrupaban en unidades mayores: el katun, de 20 años
(7200 días), y el baktun, de 20 katunes (44 000 días). Las fechas graba-
das en las estelas, como la 29 de Tikal (ilustración), contenían cinco cifras
que indicaban los días transcurridos desde el inicio de la cuenta.

Linda Schele y David Freidel, A Forest of Kings. The Untold Story of the
Anciente Maya, Nueva York, Quill/William Morrow, 1990, p. 141.
El desarrollo de los estados regionales 169

Alcanzaron también avanzados conocimientos astronómicos, dispusie-


ron de un calendario sumamente preciso, y desarrollaron un sistema
de numeración posicional, como el arábigo, pero de base vigesimal, es
decir, que el nivel de las unidades variaba de veinte en veinte e incluía
el cero. Este sistema numeral permitía a los sabios mayas escribir cual-
quier número, empleando para ello dos signos, un punto, con valor
de una unidad, y una raya, con valor de cinco unidades, además de un
glifo para el cero. Calendario y manejo del tiempo estaban ligados a un
complejo universo de creencias religiosas, cuyo mensaje, de un simbo-
lismo cuyo significado preciso ignoramos, impregnó todas las manifes-
taciones de la vida.
Esas creencias sostenían el poder de los señores que regían las ciuda-
des, cuyas figuras se encuentran grabadas en las estelas, acompañadas
por textos jeroglíficos que narran sus vidas y hazañas. Intermediarios
entre los hombres y los dioses, su contacto privilegiado con ellos les
confería un carácter sagrado: la vida y la prosperidad de las ciudades
dependían de ellos. En torno a los señores y sus familias, a menudo
enlazadas por medio de matrimonios, sacerdotes, guerreros y funciona-
rios formaban el gobierno de las grandes ciudades, en tanto funciona-
rios y sacerdotes menores gobernaban ciudades más pequeñas, aldeas y
villas, o practicaban los rituales en los templos locales.
Luego, se encontraban los artesanos especializados, dedicados a
producir objetos de lujo para la elite o el comercio a distancia, y por
supuesto los comerciantes, que también dependían de los señores.
La base de esa pirámide social la formaban los campesinos, cuyo tra-
bajo sostenía a la elite, y permitía la construcción y mantenimiento
de los centros ceremoniales de las ciudades. Los asentamientos, que
exhiben esa compleja estructura de la sociedad maya, formaban una
verdadera jerarquía, desde las grandes ciudades hasta las pequeñas
aldeas.
Los mayas nunca alcanzaron una unidad política ni formaron un “im-
perio”, aunque tampoco estaban fragmentados en pequeños estados
autónomos y aislados. Su vida política fue más dinámica, y cambió con
el tiempo y las circunstancias: momentos caracterizados por la forma-
ción de grandes unidades regionales alternaron con épocas de mayor
atomización del poder. Tikal, por ejemplo, en el Clásico temprano,
conformaba una gran unidad que extendió su control sobre muchos
centros del Petén y de las zonas vecinas. En cambio, en épocas tardías,
el mundo maya se caracterizó por su gran fragmentación.
170 América aborigen

La cultura zapoteca clásica en Oaxaca


Monte Albán alcanzó su apogeo entre 300 y 700 (fase III), cuando cris-
talizó la tradición cultural zapoteca. La cultura de esta época es recono-
cida como zapoteca por su semejanza con la de los zapotecos del siglo
XVI quienes, junto a los mixtecos, eran los dos principales grupos lin-
güísticos y culturales del territorio oaxaqueño. Durante esta fase, dividi-
da en dos momentos, A y B, se estableció en Oaxaca un estado zapoteco
unitario, y Monte Albán, su capital, alcanzó su mayor expansión.
Hacia el año 300 aparecieron allí fuertes influencias teotihuacanas,
que se mantuvieron durante dos siglos (fase IIIA) y pueden apreciarse
en la cerámica, la escultura, la pintura mural ceremonial y la arquitectu-
ra, donde el talud-tablero ocupó un lugar importante. En su mayor par-
te, los edificios se hallaban recubiertos con estuco, y pintados. Es proba-
ble que los elementos teotihuacanos hayan sido adoptados con rapidez
por la elite zapoteca debido a su gran prestigio. Intercambios comercia-
les y alianzas políticas y matrimoniales fortalecieron las relaciones entre
las elites de ambas ciudades. Las representaciones en los monumentos
sugieren encuentros con extranjeros (¿diplomáticos quizá?) reconoci-
bles como teotihuacanos por sus vestidos; al mismo tiempo, funcionaba
en Teotihuacan un barrio ocupado por gente de Oaxaca.
Aunque los vínculos con Teotihuacan reforzaron el poder de Mon-
te Albán en el valle de Oaxaca y los territorios inmediatos, también
complicaron su situación fuera de allí, seguramente debido a la in-
tensa competencia teotihuacana: su ritmo de su expansión decreció
(visible en la disminución de la cantidad de estelas de conquista), se
perdieron territorios ganados, algunas guarniciones fueron abando-
nadas y, en ciertas zonas, se redujo la influencia oaxaqueña sobre las
cerámicas locales. Los zapotecos trataron de enfrentar la competencia
teotihuacana y asegurar su posición en el valle por medio de una serie
reformas administrativas, con la creación de nuevos centros, como
Jalieza, y mediante la puesta en producción de nuevas áreas de cultivo
para compensar la pérdida de tributarios y el empobrecimiento del
suelo en otras partes del valle. La extendida impronta de la capital
sobre los centros regionales sugiere una fuerte integración del estado
zapoteco.
La influencia teotihuacana cesó poco después de 500 d.C., cuando su
poderío comenzó a menguar. Se inició entonces el momento de apo-
geo de Monte Albán, que se prolongó a lo largo de dos siglos (fase
IIIB). La ocupación humana se extendió a las cimas y laderas de los
cerros cercanos, se encararon ambiciosos proyectos constructivos y el
El desarrollo de los estados regionales 171

estado zapoteco alcanzó su mayor centralización político-administrati-


va. El control centralizado se extendió también a la economía del valle:
por ejemplo, la producción de cerámica, estandarizada y en general de
inferior calidad que la de la época anterior, se concentró en los centros
administrativos.

Monte Albán en su momento de apogeo


Ocupada por más de 25 000 personas, Monte Albán alcanzó, entre los
años 500 y 700, su mayor extensión. Importantes obras dieron al sitio el
aspecto que aún se observa en sus ruinas. Se ocuparon las cimas y las
laderas de los cerros cercanos, y se completaron las estructuras monu-
mentales que rodeaban a la gran plaza central.

El acceso a esa plaza, virtualmente cerrada por templos, palacios y un


juego de pelota, se redujo a tres estrechos pasajes fáciles de custodiar,
de modo que sólo un grupo restringido (sin duda miembros de la elite)
podía ingresar durante las grandes celebraciones, resaltando así sus
diferencias con el resto de la población.

La cultura zapoteca definió sus rasgos distintivos, el complejo de calen-


dario-escritura alcanzó su plenitud y su elite se consolidó como la depo-
sitaria del saber. Las influencias externas en la capital se extinguieron y
su elite parece haberse encerrado en sí misma. Aunque la ciudad siguió
ocupada y su cultura continuó la tradición zapoteca después del año
700, la población se redujo de modo considerable. La construcción de
172 América aborigen

fortificaciones pone en evidencia un aumento de la inseguridad y de


amenazas internas y externas. Monte Albán se convirtió en uno más
de los numerosos grandes centros del valle en creciente competencia
entre sí.

La cerámica zapoteca clásica


La cultura zapoteca clásica terminó de definir sus rasgos distintivos
durante la fase IIIB. Su producción, estandarizada por el uso de moldes
y fuertemente controlada por el estado, se concentró en los grandes
centros administrativos y, por primera vez, se encuentran incluso indicios
de producción cerámica en la misma Monte Albán. La decoración de esa
cerámica, grabada y modelada, se caracteriza por un fuerte barroquismo
que encontró su más clara expresión en las grandes urnas funerarias,
como puede observarse en la ilustración, donde aparece representado el
joven dios del maíz, reconocible por las mazorcas que adornan su falda.

María Longhena, México Antiguo, Barcelona, Folio, 2005, p. 116.

El lejano Norte
Al norte del bloque central mesoamericano comienzan las inmensas
tierras áridas, la estepa sonorense, que se prolongan hasta Arizona y
Nuevo México, en los actuales Estados Unidos. La línea que las sepa-
El desarrollo de los estados regionales 173

raba de las áreas agrícolas de Mesoamérica describía una curva cuyos


extremos apuntaban al norte, siguiendo los faldeos de las sierras Madre
Oriental y Occidental que la bordeaban. Esa línea fluctuó en el tiempo:
se desplazaba al norte en épocas húmedas y se retraía en tiempos de
sequía, marcando el movimiento de la agricultura, los agricultores y la
civilización mesoamericana. En esa móvil franja agrícola norteña flore-
cieron, en el primer milenio de nuestra era, culturas cuyos portadores
eran agricultores emigrados del sur, con larga experiencia de vida se-
dentaria y conocimiento de las tecnologías del mundo mesoamericano.
Entre estas culturas se destacó la de Chalchihuites, sobre la vertien-
te oriental de la Sierra Madre Occidental, mirando hacia la planicie
central. Expuestos a la hostilidad de los nómades de la planicie, esos
agricultores no deben haber sido bien recibidos por la población local,
y se vieron forzados a establecerse en lugares protegidos, rodeando sus
ciudades con fortificaciones y murallas. La guerra impregnó todos los
aspectos de su vida y su cultura pues, al parecer, también existieron
conflictos por tierras y aguas entre los mismos núcleos agrícolas.
Más al norte, en el actual Sudoeste de los Estados Unidos, el desier-
to sonorense termina en las montañas del Mogollón, en el centro de
Arizona y Nuevo México. Al ascender por sus laderas, las precipita-
ciones aumentan y se levanta el bosque de coníferas. Más allá de las
montañas, dominan el paisaje altas planicies y mesetas áridas, con pro-
fundos cañones atravesados por ríos. Hacia el año 1000, numerosas
comunidades de esta región vivían en poblados más estables, depen-
dían en mayor medida de las plantas cultivadas, que hasta entonces
ocupaban un lugar secundario, y habían mejorado sus técnicas, como
la alfarería. Desde mediados del milenio, algunos cambios aceleraron
el proceso, y la vida aldeana, cada vez más dependiente de la agricul-
tura, se expandió a buena parte del Sudoeste. El cultivo de frijoles o
porotos se sumó al de maíz y calabaza: juntos constituían una fuente
de proteínas completa que permitió reducir la dependencia respecto
de la caza y la recolección.
El problema de la alimentación era crítico debido a las duras condi-
ciones de la región. La expansión de la cerámica mejoró el almacena-
miento de los alimentos y permitió la cocción mediante el hervido, que
conservaba en el agua muchos nutrientes. Desde temprano, se constru-
yeron pozos para conservar alimentos secos como semillas y se mejora-
ron los instrumentos para moler vegetales. La producción de puntas de
proyectil más pequeñas puede vincularse con la introducción del arco y
la flecha, más eficientes para cazar animales pequeños.
174 América aborigen

Estos cambios se relacionaron con el aumento de la población y el


surgimiento de incipientes diferencias sociales. En algunas aldeas, los
pozos de almacenamiento se agrupaban en espacios externos, alejados
de las viviendas, lo cual sugiere la propiedad comunal de los alimentos,
con reglas definidas para compartirlos. En otras, en cambio, gran parte
de los depósitos se encuentra dentro o asociada a viviendas más gran-
des, lo que indica que deben haber sido propiedad de familias, que ya
acumulaban riqueza. En esas aldeas se construyeron también edificios
comunales, que se destacan por su tamaño o forma, donde se habrían
realizado rituales religiosos o sociales. El aumento de estas construccio-
nes exhibe la creciente importancia de rituales y ceremonias destinados
tanto a dirigir como a aplacar a las fuerzas y espíritus que controlaban
la naturaleza. Esos rituales servían para crear un sentido de comunidad
en la aldea, reforzar lazos de cooperación y atenuar conflictos.
Entre los años 600 y 700, comenzaron a definirse tradiciones regio-
nales en la producción cerámica, conocidas como hohokam, mogollón y
anasazi. Esos nombres fueron aplicados también a los grupos humanos
que residían en el norte, el centro y el sur de la región, donde esas tra-
diciones fueron características y que tuvieron su mayor desarrollo en la
etapa siguiente.

El apogeo de las sociedades urbanas en el mundo andino

A comienzos del primer milenio de nuestra era surgieron en los Andes


centrales y meridionales culturas regionales que se consolidaron en los
siglos siguientes. Esta época, contemporánea del período Clásico en
Mesoamérica, corresponde a la segunda parte del período Intermedio
temprano y comienzos de Horizonte medio (en la periodización ar-
queológica de uso extendido).

Transformaciones económicas, sociales y políticas


Pese a la marcada regionalización, se trata de una época de profundas
transformaciones en toda la región, que incidieron en todos los aspec-
tos de la vida social.

Crecimiento de la población, expansión agrícola y guerras


Los Andes centrales y centro meridionales habrían alcanzado su más
alto nivel de población en tiempos prehispánicos, especialmente en los
El desarrollo de los estados regionales 175

valles costeros. Dicho crecimiento demográfico era consecuencia del


éxito de la agricultura andina, que había experimentado una notoria
expansión, testimoniada por los grandes sistemas de riego que se cons-
truyeron en los valles costeros, o en los sistemas de andenes de cultivo
en los valles de la sierra. También es probable que haya estado vincu-
lada con el aumento de la población, así como con la necesidad de
obtener más tierras para ubicar y alimentar a la gente.
Esta necesidad se relaciona asimismo con la generalización de las
guerras interregionales. La arqueología documenta el aumento de las
fortalezas y sitios fortificados, de la cantidad de armas y de los cadáveres
con signos de muerte violenta. Se incrementaron también las represen-
taciones vinculadas con la guerra y las cabezas-trofeo (esto es, cabezas
de enemigos muertos usadas como trofeo). A diferencia de los conflic-
tos anteriores, se trataría ahora de verdaderas guerras de conquista.

Desarrollo del urbanismo en los Andes


Empero, el rasgo más significativo de la época fue el notable desarro-
llo del urbanismo y la tendencia hacia los grandes asentamientos. Tres
grandes centros se destacaron en las tierras altas del sur: Pucara y Tiwa-
naku, en la cuenca del lago Titicaca, y Wari, en el alto valle del río Man-
taro. Cada ciudad comprendía, básicamente, un núcleo monumental,
con edificios públicos, grandes plazas y vastas áreas residenciales; cada
una controlaba aldeas y poblados que dependían de ella económica y
políticamente.
En los valles costeros del sur también emergieron ciudades de este
tipo, aunque más pequeñas, entre las que se destacan Cahuachi, en el
valle de Nazca, y Tambo Viejo, en el de Acari. En los del Norte, en cam-
bio, se conservó el viejo patrón de poblamiento que presentaba, por un
lado, grandes centros ceremoniales y, por otro, una población dispersa
en aldeas y caseríos en los bordes de las tierras de cultivo. Grandes pi-
rámides y plataformas de adobe, de elegante factura y a menudo ador-
nadas con pinturas murales, fueron realizadas en el área. Los centros
más famosos fueron Maranga, en el valle del Rímac, cerca de la actual
ciudad de Lima, y el Moche, en el valle de ese nombre, con sus pirámi-
des del Sol y de la Luna. Este patrón parece responder mejor a las ca-
racterísticas del terreno y al aprovechamiento de las tierras para cultivo
que el de grandes ciudades nucleadas.
176 América aborigen

Los señores andinos


La arqueología suele ser parca al referirse a aspectos específicos del sis-
tema social y político. Sin embargo, hacia fines de esta época, la riqueza
de los ajuares funerarios depositados en algunas tumbas muestra que
las diferencias sociales se habían profundizado y que el poder de los se-
ñores se había fortalecido. Las representaciones cerámicas transmiten
la misma impresión, en particular las mochicas, que exhiben de modo
diferente a los distintos estamentos de la sociedad. Al prestigio de sus
linajes y al poder que les otorgaba su relación con el mundo divino,
esos señores sumaron el peso de su papel como jefes de guerra. El éxito
guerrero incrementaba su poder y el manejo de un cuantioso botín les
brindaba la riqueza necesaria para exaltar su prestigio y el de su linaje.

Arte y tecnología: la era de los maestros artesanos


Esta época se destacó además por el extraordinario desarrollo del arte
y la tecnología, en especial en la costa. Mochicas y nazcas (aunque no
sólo ellos) fueron grandes artistas y artesanos, famosos por sus obras.
Los mochicas se destacaron por sus magníficas cerámicas. Los vasos,
donde predominaban las formas globulares o subglobulares con un asa
peculiar, en forma de estribo, se diferencian por las escenas pintadas
sobre su superficie, en general en rojo oscuro sobre un fondo color cre-
ma y, a veces, por figuras y objetos modelados. La metalurgia constituyó
otro de los grandes desarrollos mochicas, mediante la cual lograron
piezas de excepcional belleza, como las recuperadas en las tumbas de
la Huaca Rajada, cerca del pueblo de Sipán, en el valle de Lambaye-
que. En su confección empleaban el oro, la plata y el cobre, y distintas
aleaciones de estos metales, utilizaban asimismo moldes y conocían la
técnica de fundición simple.

La cerámica mochica
La cerámica mochica se caracteriza por el uso de asas en forma de
estribo y por su decoración, que, mediante dibujos realizados con trazos
simples y esquemáticos y escenas modeladas, representa todos los as-
pectos de la vida cotidiana y del mundo social y natural de los mochicas.
Hombres, plantas, animales y objetos fueron inscriptos, a veces con un
gran realismo; en otras ocasiones, figuras fantásticas, mezcla de animales
y hombres, objetos o animales humanizados, se reunían en imaginativas
escenas, como por ejemplo una guerra de objetos humanizados. Los
El desarrollo de los estados regionales 177

llamados vasos-retrato, piezas cuyos frentes representan rostros huma-


nos modelados con excepcional realismo, adquirieron particular fama. En
cada uno de ellos, los rasgos de las caras, sus gestos y expresiones son
únicos.

Michael E. Mosely, The Incas and their Ancestors. The Archaeology of


Peru, Nueva York, Thames & Hudson, 2001, il. 57 y 59.

En los valles del sur, los nazcas fueron también hábiles ceramistas, pero
las piezas que produjeron, entre las que predominan formas globulares
con asas en forma de puente, vasos altos y cuencos de paredes diver-
gentes, se caracterizan por la policromía de sus figuras, que muestran
el uso de hasta seis o siete colores en una misma pieza, y por el carácter
simbólico de sus representaciones, deidades y seres mitológicos, con
fuerte presencia de elementos felínicos. No obstante, los nazcas fue-
ron, sobre todo, magníficos tejedores. Los grandes mantos conservados
muestran un amplio colorido, una imaginativa mixtura de figuras y di-
178 América aborigen

seños similares a los de la cerámica, y una combinación de distintos ma-


teriales, como algodón, lana, pelo, junto con decoraciones en conchas,
plumas o piezas de metal.

Las líneas de la pampa de Nazca


La manifestación más extraña del mundo nazca fueron las enormes figu-
ras aún hoy visibles sobre la extensa e inhóspita meseta llamada pampa
de Nazca, que se extiende entre los valles de los ríos Ingenio y Nazca.
Siluetas realistas y estilizadas de plantas y animales alternan con largas
líneas rectas dispersas en todas direcciones y con figuras similares a las
de algunos seres mitológicos representados en cerámicas y tejidos. Su
presencia motivó largos debates sobre cómo fueron realizadas las silue-
tas y su significado.
Pese a propuestas delirantes que las vinculan con la presencia de
extraterrestres en la región, no hay duda de que tales figuras y líneas
fueron realizadas por los antiguos habitantes de la zona, los mismos que
produjeron magníficas cerámicas y bellos tejidos, puesto que manifiestan
sus creencias e ideas, y cumplieron un papel fundamental en sus rituales.
Las largas líneas sirvieron, al parecer, para realizar procesiones (aún se las
usa) marcando la unión entre lugares sagrados. Las ilustraciones mues-
tran geoglifos de la pampa de Nazca: una orca, un mono y un pájaro.

Michael E. Mosely, The Incas and their Ancestors. The Archaeology of


Peru, Nueva York, Thames & Hudson, 2001, pp. 200-201.
El desarrollo de los estados regionales 179

En síntesis, hacia fines del período de los desarrollos regionales tem-


pranos, la población de los Andes centrales se había incrementado
hasta superar quizá los cuatro millones de personas (se calculan unas
cincuenta mil a comienzos del segundo milenio antes de Cristo), que
gozaban de los beneficios de una agricultura intensiva, con destaca-
dos sistemas de riego y andenes o terrazas de cultivo. También se ha-
bían erigido verdaderas ciudades, probablemente capitales de reinos
o estados regionales, que se caracterizaban por estilos artísticos bien
definidos y que habían perfeccionado la explotación de los recursos
locales. Estas unidades políticas entraron pronto en competencia por
tierras y recursos alimenticios, de allí que las guerras y conquistas se
generalizaran en la región. Sus líderes incrementaron su poder con
esos enfrentamientos: se estaba preparado el clima para el desarrollo
de nuevas formas políticas.

Más allá de los Andes centrales


En este contexto, el modo de vida aldeano se afirmaba al norte y al sur
de los Andes centrales. La población, la agricultura y el surgimiento
inicial de desigualdades sociales se expandieron, en tanto se fortalecían
los contactos e intercambios interregionales.

Las sociedades de los Andes septentrionales


En los Andes del Norte, en el oeste de la actual Colombia y norte de
Ecuador, vivían, desde el cuarto milenio antes de Cristo, agricultores
aldeanos que producían cerámica y mantenían relaciones con pueblos
amazónicos. Estas sociedades aldeanas se desarrollaron de forma pau-
latina y, a fines del primer milenio antes de Cristo, habían constituido
algunas jefaturas. En la misma época, en las tierras altas de Colombia,
cerca de las nacientes del río Magdalena, se encontraba ya en desarro-
llo la cultura San Agustín, que se destacó por sus grandes esculturas en
piedra, asociadas a construcciones funerarias, que representaban seres
humanos, animales y criaturas sobrenaturales. El crecimiento de la po-
blación y de las aldeas era consecuencia del éxito agrícola; las tumbas
y representaciones escultóricas sugieren desigualdades sociales y una
marcada diferenciación.
El apogeo de San Agustín se inició hacia el año 100 d.C. y se prolongó
durante más de un milenio. La población creció, aumentó el número
de aldeas, se erigieron grandes terraplenes y montículos de tierra, se
produjeron nuevas formas de cerámica, se tallaron las grandes estatuas
180 América aborigen

en piedra y se dispuso de objetos de oro martillado y fundido. Estas


innovaciones fueron consecuencia de cambios internos, como el incre-
mento demográfico y una mayor diferenciación social, y de los vínculos
más estrechos con otras poblaciones. Es probable que los ornamentos
de metal provinieran de regiones vecinas, pues la metalurgia era poco
común en la zona.

Esculturas y prácticas funerarias en San Agustín


Los sepulcros más notables de San Agustín eran túmulos formados por
una o más cámaras, revestidas con lajas de piedra y cubiertas por un
montículo de tierra; algunos tenían sarcófagos de piedra, paredes interio-
res con diseños pintados y grandes estatuas de las que se conocen más
de 300, algunas de más de 4 metros de alto (ilustración). Esas estatuas,
asociadas a los ritos mortuorios, servían para tapar sarcófagos, señalar el
lugar de los entierros o cuidar la entrada de los sepulcros.

La mayoría representa seres sobrenaturales (dioses, personajes míticos o


muertos deificados) reconocibles por sus bocas con colmillos de felino.
Otras, muestran seres humanos, como danzantes y guerreros, y anima-
les, como batracios, reptiles y pájaros. Las prácticas funerarias incluían
ritos shamánicos vinculados a los felinos, cultos a los ancestros deifica-
dos y uso de alucinógenos, como masticación de coca, para alcanzar
estados de trance.
El desarrollo de los estados regionales 181

Un proceso similar estaba teniendo lugar en el vecino valle del Cauca y las
cordilleras adyacentes, donde la metalurgia tuvo un notable desarrollo.
La cultura local, llamada Quimbaya, producía bellísimos trabajos en oro,
como las características botellas o petacas antropomorfas, denominadas
“poporos”, recipientes sin modelar y objetos como cascos, pendientes,
cuentas y otros adornos, realizados con una aleación de oro y cobre deno-
minada “tumbaga”. Adornos pequeños y grandes recipientes se elabora-
ron con la técnica de la fundición a la cera perdida; otros, como cascos y
coronas, fueron hechos por medio del martillado y repujado. Esas piezas
integraban el ajuar que acompañaba a los personajes importantes ente-
rrados en las tumbas, donde también se colocaban urnas y vasijas de ce-
rámica. La influencia quimbaya fue honda y perduró durante centurias.

La metalurgia de los quimbaya


La cultura denominada quimbaya se destacó ante todo por sus bellísimos
trabajos en oro. Dentro de su producción sobresalen unas características
botellas o petacas llamadas localmente poporos, como los que se obser-
van en las ilustraciones.

Estas piezas, que podían alcanzar unos 35 cm de altura, deben haber


servido para almacenar cal destinada a la masticación de coca,
actividad ritual fundamental en la que también se empleaban palillos
para extraer la cal de la petaca y vasijas de cerámica para guardar las
hojas.
182 América aborigen

Los pueblos de los Andes meridionales


Al sur del lago Titicaca, la domesticación de vegetales y animales, que
había comenzado unos dos mil años antes, ocupaba un lugar marginal,
complementario respecto de la caza y la recolección. Con el tiempo, el
cultivo y el pastoreo se extendieron por la región y adquirieron mayor
importancia, puesto que permitían disponer de más alimentos.
La población aumentó y se estableció en aldeas más estables. Avanzado
el primer milenio antes de Cristo, vivían en distintas partes de la región
(zonas aptas de la Puna, quebradas y valles altos, sierras cálidas y húme-
das de Oriente) numerosas comunidades que basaban su subsistencia en
la agricultura y el pastoreo, y llevaban una vida sedentaria en caseríos o al-
deas permanentes. La mejora de las tecnologías conocidas, como el puli-
do de la piedra, la alfarería, la cestería, el trabajo de la madera y el hueso,
la tejeduría, les permitió alcanzar bienes de mejor calidad con materias
primas locales e importadas. La metalurgia, que suponía conocimientos
y habilidades especiales, se introdujo en esa época; sus productos estaban
destinados principalmente a actividades rituales y ceremoniales.
La desigual distribución de los recursos obligó a buscar en otras par-
tes productos imprescindibles o a obtenerlos a través del intercambio.
El crecimiento de la población y el sedentarismo, y la adaptación a me-
dios ecológicos más específicos acentuaron tal necesidad, de allí que se
intensificara la circulación de productos en un área extensa, desde las
tierras orientales que limitaban con el Chaco hasta el litoral del Pací-
fico. El crecimiento de las redes de intercambio, en el cual las recuas
de llamas jugaron un papel fundamental, generó una intensa dinámica
cultural, pues junto a productos y objetos circulaban ideas, técnicas,
creencias y prácticas sociales.
A comienzos de nuestra era, aparecen en algunas de esas comunida-
des indicios de una creciente complejidad y desigualdad social: dife-
rencias en viviendas y ajuares funerarios, mayor producción de bienes
de valor simbólico, construcción de estructuras dedicadas a actividades
públicas ceremoniales, indicios de sacrificios humanos, culto de cabe-
zas-trofeo y uso ritual de alucinógenos. Así, entre los siglos III y V, los
sitios Alamito del actual Noroeste argentino incluían montículos, plata-
formas y recintos en lo que se recuperaron restos humanos mutilados y
cráneos separados del cuerpo, representaciones de felinos, uso de alu-
cinógenos… Por primera vez aparece el complejo “felino-alucinógenos-
cabeza trofeo”, de gran desarrollo posterior, con las primeras integra-
ciones regionales y la consolidación de las desigualdades sociales.
8. Integraciones regionales
y experiencias imperiales
(c. 700-1150 d.C.)

Hacia el año 700, grandes formaciones políticas y culturales


regionales se habían consolidado en los Andes centrales y en
Mesoamérica. Algunas de ellas extendieron entonces su con-
trol sobre otras formaciones y dieron lugar a las primeras ex-
periencias de tipo imperial, como ocurrió en Wari y Tiwanaku,
en la etapa asociada al Horizonte medio, y en Tula, en las tie-
rras altas de Mesoamérica, durante el Clásico tardío o Epiclá-
sico y Posclásico temprano. En tanto, en las zonas periféricas
de ambas regiones se consolidó la vida aldeana, emergieron
desigualdades sociales y se formaron integraciones de carác-
ter interregional.

La expansión de algunas grandes formaciones urbanas dio


lugar, en Mesoamérica y los Andes centrales, a las primeras experien-
cias de carácter imperial. Así ocurrió con Wari y Tiwanaku en los Andes,
donde esta etapa se asoció con el llamado Horizonte medio y, algo más
tarde, con Tula en las tierras altas de Mesoamérica, que se ubica con el
Clásico tardío o Epiclásico y Postclásico temprano.

Los Andes centrales: las experiencias de Wari y Tiwanaku

Hacia el año 600, la población de los Andes centrales superaba los cua-
tro millones de habitantes, la producción agrícola había experimenta-
do una fuerte expansión y se habían consolidado verdaderas ciudades,
probablemente capitales de reinos o estados regionales, que se enfren-
taban entre sí por tierras y recursos alimenticios. Las guerras se genera-
lizaron, lo cual condujo al aumento del poder de los señores. Entonces,
vieron la luz los primeros intentos de constituir organizaciones políticas
de tipo imperial, capaces de controlar extensos territorios. Dos grandes
ciudades de las tierras altas meridionales, Wari y Tiwanaku, fueron cen-
184 América aborigen

tro de esta nueva experiencia, visible, en el registro arqueológico, en la


amplia y rápida expansión de sus estilos artísticos.

Las grandes integraciones regionales


Las áreas de control e influencia de Wari y Tiwanaku no parecen ha-
berse superpuesto. El límite entre ambas se encontraba cerca de Puno,
en el norte de la actual Bolivia: Wari se expandió hacia el Norte, por la
mayoría del actual territorio peruano, aunque descubrimientos recien-
tes muestran también un fuerte avance hacia las selvas orientales en la
región de Vilcanota, al oriente de Cuzco. Tiwanaku, en cambio, exten-
dió su influencia por la cuenca del Titicaca, las tierras altas situadas más
al sur, la costa meridional, al menos hasta el río Loa en el desierto de
Atacama, y quizás el extremo noroeste de la actual Argentina.

La tumba del señor de Wari en Vilcabamba


La civilización Wari, que floreció en el centro de los Andes entre los
siglos VII y IX de nuestra era, se expandió hasta los actuales departa-
mentos peruanos de Lambayeque por el norte y Arequipa por el sur. Un
hallazgo dado a conocer en febrero de 2011 muestra, contra lo que se
pensaba, que la influencia wari se extendió hasta la vertiente oriental de
los Andes.

En Vilcabamba, departamento de Cuzco, se encontró un complejo


funerario cuya tumba principal perteneció a un alto funcionario del imperio
de Wari a juzgar por el material arqueológico. Se hallaron allí un pectoral
(ilustración) y una máscara de plata, 223 cuentas del mismo metal,
17 piezas de oro y más de 100 piezas de cerámica. La riqueza del ajuar,
comparable con la del señor de Sipán, revela la jerarquía del personaje
sepultado.
Integraciones regionales y experiencias imperiales 185

Sus estilos, en especial la iconografía, se encuentran en buena parte


del área andina central y centro-meridional, y aún fuera de ella, en
particular hacia el sur, pues ambas sociedades compartían elementos
figurativos, algunos originados en Tiwanaku. Los motivos más carac-
terísticos están presentes en la Puerta del Sol y se reconocen en la de-
coración de la metalurgia, la cerámica y los textiles, y en la escultura
en piedra.
Poco sabemos sobre los medios y motivos de esta expansión. ¿Se trató
de simple difusión, de comercio, proselitismo religioso, movimientos
de población, o fue resultado de conquistas militares? Es probable que
se hayan combinado distintos factores según las circunstancias; además,
considerando la importancia de la guerra en el período anterior, las
conquistas territoriales deben haber desempeñado un papel funda-
mental. Por eso es posible hablar realmente de “imperio”, en particular
en el caso de Wari.
No obstante, la arqueología es parca acerca de estas cuestiones. El
lugar destacado de los objetos vinculados con la guerra y la forma en
que éstos y los elementos del estilo central aparecen en las demás zonas
sugieren que se trató de una irrupción veloz. Como ocurrió luego con
la expansión incaica, los elementos del estilo central se presentan en
núcleos aislados, vinculados en general a las elites, en tanto los estilos
locales subsisten de forma marginal, aunque incorporan elementos de
los conquistadores.
La arqueología tampoco aporta precisiones sobre la extensión real
de esos imperios, su grado de control sobre los territorios dominados,
o el carácter y las formas de su organización política, aunque segura-
mente las elites dirigentes emplearon distintas estrategias y políticas. La
heterogeneidad geográfica y humana que caracterizaba a cada una de
estas extensas unidades sociopolíticas, en particular a Tiwanaku, debe
haber requerido una política flexible, que combinara coacción, conflic-
to abierto y uso de la fuerza con negociación y persuasión.
A partir de las características de las áreas controladas, la forma de
los asentamientos y la distribución del material arqueológico, algunos
investigadores sostienen que Wari y Tiwanaku representaron dos tipos
distintos de expansión y organización. Wari habría sido un imperio
conquistador, que buscaba establecer su control político sobre otras
regiones o reinos a fin de apropiarse de sus excedentes, fundamental-
mente mediante la explotación de la fuerza de trabajo local. Tiwanaku,
en cambio, sería el prototipo de estado colonizador, es decir, una vasta
organización orientada a ocupar tierras y a establecer en ellas colonos,
186 América aborigen

a fin de explotar recursos distribuidos en distintos pisos ecológicos fue-


ra del altiplano. Este modelo tendió a asegurar la obtención de bienes
fundamentales provenientes de tierras lejanas, reemplazando el anti-
guo tráfico caravanero por el control de las fuentes de recursos y de su
circulación en un espacio más vasto, cuyo centro era el núcleo altiplá-
nico. Siglos después, los incas heredaron y combinaron ambas prácticas
expansionistas.

El fenómeno Wari
Wari representó un desarrollo más complejo de la vida urbana en los
Andes centrales. El urbanismo, significativo en los siglos anteriores, era
limitado, y la expansión de Wari encontró en las regiones conquistadas
desarrollos sociales desiguales: en los valles costeros, por ejemplo, exis-
tían algunas poderosas formaciones regionales de carácter urbano; en
los valles serranos meridionales, en cambio, predominaban formacio-
nes tribales aldeanas y, quizás, algunas jefaturas.
Sobre esta realidad disímil, Wari extendió del patrón de vida urbano
e integró los desarrollos urbanos anteriores en un gran estado territo-
rial. De ese modo, Wari puso en marcha un proyecto político destinado
a favorecer la reproducción de la vida urbana y de las elites allí domi-
nantes, subordinando los desarrollos rurales autónomos a las necesida-
des de los núcleos urbanos, estimulando la producción de excedentes y
canalizándolos hacia las ciudades. En las zonas agrícolas ricas, como los
valles costeros, las ciudades crecieron con rapidez y se convirtieron en
núcleos de un vasto sistema de intercambios.
Este proyecto político implicó mecanismos para dominar a las comu-
nidades rurales y asegurar el flujo de recursos, fundamentalmente ali-
mentos, hacia los centros urbanos. Wari reclamaba a las comunidades
el aporte de trabajadores para labrar tierras especialmente designadas,
cuyos productos constituían la base de las rentas estatales. El estado,
por su parte, aportaba las semillas y la alimentación de los trabajadores,
tal como lo exigían las antiguas reglas de reciprocidad que regían las
relaciones entre los miembros de las comunidades.
La influencia de Wari se detecta en la iconografía y en el peculiar es-
tilo arquitectónico de sus centros regionales, que deben haber servido
como capitales o centros administrativos provinciales, donde residían
los representantes del poder imperial (gobernadores, funcionarios y
administradores, soldados) responsables de controlar a la población lo-
cal, ejecutar las órdenes que llegaban desde la capital imperial y asegu-
rar el flujo de excedentes hacia el centro del imperio. Por su estructu-
Integraciones regionales y experiencias imperiales 187

ra, pueden haber sido predecesores de los posteriores centros incaicos,


como Huanuco Pampa.
Esos grandes centros regionales (con Viracochapampa, Pikillaqta y
Jincamocco como los más conocidos) cumplieron un papel fundamen-
tal en el almacenamiento y circulación de bienes, diferenciándose de
centros ceremoniales y ciudades. Faltan en ellos las viviendas familiares
y los grandes edificios ceremoniales, en tanto son visibles áreas con pe-
queños cuartos rectangulares, que deben haber servido para alojar a
jefes, burócratas y especialistas, y edificios destinados a barracas, depó-
sitos y cocinas comunitarias en las cuales se preparaban los alimentos
para los residentes y para los trabajadores locales afectados a distintas
tareas.

Tiwanaku y su área de interacciones


La expansión de Tiwanaku impulsó una fuerte integración económica
que excedió los límites del territorio formalmente controlado. Así, por
un lado, impulsó la producción agrícola y de bienes suntuarios confor-
me a las necesidades de la elite dirigente; por el otro, alentó un mayor
desarrollo de los circuitos de intercambio. La expansión del consumo
de coca, originaria de las yungas o tierras cálidas del actual oriente boli-
viano, debe haber estado relacionada con ese desarrollo que, en el nor-
te del actual noroeste argentino, vinculó los viejos circuitos caravaneros
este-oeste con otros que se conectaban con el altiplano.
El aumento de la producción agrícola fue prioritario para la elite de
Tiwanaku, que debía atender a sus crecientes necesidades y asegurar la
alimentación del conjunto de la población de la ciudad y de los centros
vecinos de la cuenca del Titicaca. Tiwanaku era una verdadera ciudad,
con una población residente de algunas decenas de miles de personas.
Su núcleo ceremonial, donde se encontraban los monumentos más im-
portantes y residía el segmento más elevado de la elite, era sólo una
parte del sitio; alrededor, y separada por un foso seco que demarcaba
sus límites, se extendían, en un diámetro de entre 8 y 10 kilómetros, las
áreas residenciales.

El centro ceremonial de Tiwanaku


El núcleo ceremonial de Tiwanaku estaba separado por un foso seco de
las áreas residenciales que se extendían en un diámetro de entre ocho y
diez kilómetros. En él, la pirámide de Akapana domina el sitio: imponente
188 América aborigen

estructura piramidal con la cima plana a la que se accedía por el oeste,


estaba formada por siete terrazas escalonadas, alcanzaba los 18 metros
de altura y su base tenía más 200 metros de lado. Al norte, el Kalasasaya
era un enorme recinto rectangular de unas dos hectáreas construido
sobre una amplia terraza; en su interior había un gran patio hundido; un
grueso muro de piedra con columnas monolíticas esculpidas lo rodeaba.

   

Allí se hallaron importantes esculturas, como el monolito Ponce y la Puerta


del Sol (ilustración). Frente a su entrada había un pequeño templo
hundido cuadrangular. Al oeste del Akapana y el Kalasasaya se encon-
traron restos de residencia o palacios destinados a la elite, como el
Kerikala y el complejo Putuni.

Para atender esas necesidades, se encararon vastos proyectos agrícolas


en el sur de la cuenca del Titicaca, en especial la construcción de vastas
áreas de campos elevados, controladas desde centros administrativos
locales y destinadas a producir tubérculos, el alimento básico de la po-
blación, pues la altura y el clima del altiplano impedían la expansión
de cultivos que reclamaban mayor calor y humedad, como el maíz y la
coca, valorados en los Andes debido, entre otras cosas, a las dificultades
que presentaba su producción.
No es entonces extraño que Tiwanaku se expandiera hacia territorios
específicos, especialmente en las yungas, tanto las húmedas del oriente
como las áridas del occidente, donde era posible obtener maíz, coca y
algodón, entre otros productos. La fuerte influencia de Tiwanaku sobre
Integraciones regionales y experiencias imperiales 189

algunos valles de las yungas (Cochabamba, en el oriente; Moquegua, en


la costa sur peruana; Azapa, en la región de Arica en Chile) estaba vin-
culada con los grandes proyectos de colonización agrícola encarados
por los dirigentes del altiplano.

Camellones en el Titicaca
La formación de importantes núcleos de población en la elevada y fría
cuenca del Titicaca –uno de los “techos del mundo”− demandó el desarro-
llo de formas de agricultura intensiva, principalmente para cultivo de papas,
base de la alimentación altoandina. La construcción de campos elevados o
camellones, aún hoy usados por los campesinos bolivianos, fue la respues-
ta a esa necesidad: establecidos en las cercanías de Tiwanaku, en zonas
anegadizas vecinas al lago o al río Desaguadero, aprovechaban la crecida
de las aguas producida por el deshielo o las lluvias de verano y presenta-
ban el aspecto de pequeñas “islas” separadas por canales (ilustración).

El agua mojaba la tierra por filtración, asegurando una humedad perma-


nente y estable y una altísima productividad. Ese cultivo intensivo de
tubérculos y granos de altura (quínoa) y el pastoreo de camélidos
constituyeron la base material que permitió la supervivencia de una
numerosa población en torno al Titicaca y el desarrollo de una rica vida
urbana.

En su expansión, Tiwanaku se encontró ante un confuso mosaico de


paisajes físicos y sociales que le impidió a su elite establecer una estrate-
190 América aborigen

gia uniforme de administración: las yungas húmedas, al este del núcleo


altiplánico, contrastaban con las áridas situadas al oeste; las tierras del
altiplano, en torno al Titicaca, eran más fértiles y aptas para la agricultu-
ra intensiva que las de la franja más alta y seca del sur, donde dominaba
el pastoreo de llamas y alpacas. Cada una difería de las otras tanto en
los recursos naturales disponibles, como en el tamaño y organización
de habitantes.
En las yungas orientales, Tiwanaku se enfrentó con pueblos agrícolas
que practicaban el cultivo de tala y quema (la ya mencionada roza)
en las laderas montañosas, en tanto en las márgenes desoladas del río
Desaguadero, que descarga sus aguas en el lago Poopó, los mercaderes
de Tiwanaku encontraban pequeños núcleos de urus que pescaban y
recolectaban en las riberas del río y del lago. En el oeste, en las yungas
secas, se hallaban poblaciones establecidas en aldeas grandes densa-
mente ocupadas, que desde hacía siglos traficaban con los caravaneros
de las tierras altas.
En cambio, en la misma cuenca, Tiwanaku, que compartía lazos cultu-
rales con los grupos vecinos, era el ejemplo más brillante de una civiliza-
ción urbana cuyas raíces se remontaban a Wankarani, Chiripa y Pucara,
y que sólo difería de las demás en escala e influencia cultural. Las pobla-
ciones que vivían hacia el sur, sin experiencia urbana, se beneficiaron del
contacto con los mercaderes y colonos procedentes de la zona lacustre;
asimismo, pueblos que nunca vieron las brillantes ciudades del Titicaca
participaron, a la distancia, de esa gran civilización urbana.

Las integraciones regionales meridionales


En los Andes meridionales, en el actual noroeste argentino y las tierras
vecinas de Chile, se vivieron también procesos de integración regio-
nal. Hacia mediados del milenio, distintos factores se articularon para
generar un nuevo tipo de sociedad: el crecimiento de la producción
agraria, los avances tecnológicos, el aumento demográfico, los asenta-
mientos más densos, la profundización de las diferencias sociales, la
emergencia de liderazgos políticos, el incremento en la producción de
bienes de prestigio y el desarrollo del monumentalismo en los centros
ceremoniales. Al mismo tiempo, se perfilaron amplias áreas de interac-
ción económica, social e ideológica entre comunidades que controla-
ban diferentes recursos, y se acentuó la circulación de bienes utilitarios
y simbólicos.
Alrededor el año 700, se conformaron en la región dos grandes
áreas de interacción. Una, al sur, conocida con el nombre de Aguada,
Integraciones regionales y experiencias imperiales 191

tuvo su centro en los valles centrales de Catamarca y articuló una esfe-


ra de interacciones que se extendía desde la llanura chaqueña hasta la
Puna y el norte chileno, vinculando a distintas jefaturas que compar-
tían una iconografía y un sistema simbólico particular. La segunda,
más al norte, tuvo su centro en Yavi e Isla, en la Puna y la quebrada
de Humahuaca respectivamente, con ramificaciones que se extendían
a las áreas aledañas de la Puna, las selvas orientales, el altiplano boli-
viano, y el valle del río Loa y los oasis de Atacama en territorio chile-
no. De manera directa o a través de otros pueblos, la región recibió
influencias de Tiwanaku y mantuvo algunos contactos directos con
poblaciones del Titicaca.

El final de las grandes integraciones regionales andinas


Hacia fines del milenio, Wari y Tiwanaku vivieron momentos de crisis.
Wari y sus centros provinciales fueron abandonados durante el siglo
IX y el imperio se desintegró con rapidez. En los territorios que lo ha-
bían integrado resurgieron viejos estilos locales. Tiwanaku, que había
alcanzado su apogeo entre los años 600 y 800, persistió algo más, pero,
tras una etapa de decadencia que se inició en el siglo X, también se
desintegró. Las causas de este colapso fueron muy discutidas entre los
especialistas; para explicarlo se tienen en cuenta factores climáticos,
económicos, sociales y políticos. Entre ellos es posible puntualizar un
prolongado período de sequía en las tierras altas, que habría producido
una reducción drástica en la producción de alimentos, particularmente
agrícolas, que a su vez afectó al conjunto de la población y debilitó la
situación política de las elites que controlaban esos estados. En tanto,
gracias a sus elaborados sistemas agrícolas, Tiwanaku habría podido re-
sistir un tiempo más los efectos de la crisis.
En los antiguos territorios de Wari y Tiwanaku se inició un período
de desarrollos regionales desiguales. En varias zonas, las ciudades y la
vida urbana parecen haber desaparecido, aunque las comunicaciones
y los intercambios entre las diferentes regiones se sostuvieron. En ese
mundo fragmentado se manifestaron marcados contrastes regionales.
La vida urbana, enriquecida por la tradición política de Wari, continuó
en los valles costeros, menos afectados por la crisis, donde aparecie-
ron nuevos proyectos integradores a nivel regional. En las tierras altas,
en cambio, las limitaciones de la producción agrícola y la falta de un
proyecto integrador condujeron a un crecimiento urbano limitado y
efímero: en algunas zonas se retornó a formas de vida aldeana, con
reproducción simple de la agricultura, fuerte peso del pastoreo y asen-
192 América aborigen

tamientos concentrados y claramente defensivos, en lugares de difícil


acceso y dotados de muros y fosos que los convertían en aldeas fortifi-
cadas antes que en ciudades. La falta de un poder político integrador
generó violencia e inestabilidad política.
Al sur del Titicaca, la desaparición de Tiwanaku tuvo profundas re-
percusiones y, aunque los intercambios no se extinguieron, las enti-
dades sociopolíticas sufrieron el cambio de manera directa. Se inició
entonces una época de inestabilidad, competencias y desequilibrios,
con marcada tendencia a la concentración de la población en gran-
des centros y una proliferación de instalaciones defensivas, estratégicas
o de carácter abiertamente militar, conocidas como “pucara”, término
quechua cuyo significado literal es fortaleza.

El fin de las formaciones clásicas


y los inicios del Posclásico en Mesoamérica

Hacia el año 650, comenzó en Mesoamérica una época de caos y tur-


bulencias. Intensos movimientos de población generaron serios con-
flictos y, aunque numerosos elementos de las antiguas civilizaciones
perduraron, las formas de vida se transformaron y surgieron nuevos
símbolos e ideas religiosas. El ritmo de esas transformaciones varió en
cada región: mientras las ciudades mayas alcanzaban su más alto es-
plendor, en los siglos VII y IX, Teotihuacan entró en decadencia hacia
650; un siglo más tarde, sus grandes monumentos fueron quemados o
destruidos. Aunque la cultura teotihuacana sobrevivió algún tiempo,
la ciudad perdió su hegemonía y fue abandonada por una gran parte
de su población. Poco después, la crisis alcanzó a Monte Albán que,
aunque logró sobrevivir, cedió gran parte de su poderío a otros cen-
tros del valle.

El colapso de las sociedades urbanas clásicas


Los estudiosos debatieron con pasión los motivos del colapso de las
sociedades urbanas mesoamericanas, en especial en el mundo maya y
en Teotihuacan. Se discutió si el abandono fue consecuencia de pro-
blemas internos (luchas entre facciones de la elite, sublevaciones cam-
pesinas), si resultó de invasiones externas, en especial desde las tierras
del norte, o si estuvo vinculado con guerras entre los distintos estados.
También se apeló a fenómenos de largo plazo, como catástrofes natura-
les y ecológicas, es decir, terremotos, agotamientos de los suelos por la
Integraciones regionales y experiencias imperiales 193

sobreexplotación y largos ciclos de sequía. Sin embargo, las respuestas


dadas están lejos de ser satisfactorias y todavía resulta imposible recons-
truir la secuencia completa de los hechos.
El proceso fue, sin duda, más complejo de lo que se creía: es proba-
ble que haya sido resultado de la convergencia de múltiples factores. En
este marco, se presume que, en su dimensión económica, esas grandes
construcciones políticas eran “gigantes con pies de barro”. Esa debi-
lidad derivaba de una falta de progresos tecnológicos (la agricultura
había cambiado muy poco en siglos) que permitieran, entre otras co-
sas, la puesta en explotación de nuevas tierras, en tanto la carencia de
medios adecuados obligaba a trasladar los bultos sobre los hombros, lo
cual volvía difícil y costoso el transporte de productos de lugares lejanos
ante la pérdida de fertilidad de las tierras. Por eso, los intercambios se
limitaban en general a objetos suntuarios o materias primas de poco
peso y volumen, y de gran valor.
Esta situación fue grave para los grandes centros urbanos, que reque-
rían enormes cantidades de alimentos y otros productos básicos para
su abastecimiento. La imposibilidad de satisfacerlo generaba tensiones
sociales, debilitaba al sistema y lo exponía a presiones externas, acen-
tuando el desequilibrio entre las demandas urbanas y la capacidad pro-
ductiva de las tierras vecinas. Entonces, se volvió necesario controlar
tierras cada vez más lejanas y, por lo tanto, más difíciles de manejar, lo
que facilitaba las resistencias y rebeliones. Además, esas tierras periféri-
cas eran las más expuestas frente a los grupos merodeadores en las fron-
teras, un factor constante en Mesoamérica, como lo indica la intrusión
de cerámicas extrañas y más toscas.
Los especialistas propusieron incluso la existencia de levantamientos
y rebeliones de campesinos, hipótesis que es preciso evaluar con pre-
caución para evitar trasladar al pasado ideas y categorías del mundo oc-
cidental contemporáneo. Es difícil concebir la existencia de movimien-
tos de este tipo en sociedades donde el desafío a las jerarquías sociales
establecidas habría constituido una provocación a los mismos dioses, ya
que, en el mundo mesoamericano, las distinciones sociales y el poder
se asentaban en la relación privilegiada que señores y elites mantenían
con las divinidades. En verdad, las tensiones incidían sobre ellos de
otra forma, y se ponían de manifiesto en la pérdida de confianza en la
eficiencia del sistema o el abandono de las tierras, por ejemplo. En cam-
bio, es más probable que fueran los conflictos entre grupos de la elite o
entre elites de distintos centros, que competían por la distribución de
los excedentes, los que adquirieran más virulencia.
194 América aborigen

En síntesis, estancamiento del sistema económico (en especial la


agricultura), tensiones sociales y políticas, desequilibrios regionales y,
por lo tanto, una respuesta débil frente a amenazas externas parecen
haber constituido factores integrados, no excluyentes, que permiten
una comprensión del colapso general. También tuvieron fuerte peso
los factores ideológicos que explicarían porqué las grandes ciudades,
una vez abandonadas, no volvían a ser ocupadas (un caso excepcional
lo constituye Cholula, en el valle de Puebla). En Mesoamérica, la ciu-
dad era un espacio sagrado pues allí residían los dioses, cuya acción se
evaluaba en función de una supuesta eficacia: cuando había problemas
o males era porque los dioses habían abandonado a los fieles y a la ciu-
dad, que perdía su carácter sagrado y era despojada de su magia. De allí
el abandono e incluso la destrucción sistemática de los monumentos, y
la búsqueda de un nuevo lugar sagrado.

El esplendor de la civilización maya


Superado del hiato del Clásico, la vieja civilización maya resurgió con
ímpetu y se expresó con esplendor durante el llamado Clásico tardío,
que se extendió hasta fines del siglo IX. En las selvas del Petén y las
tierras bajas vecinas brillaron numerosos centros; aunque algunos eran
más pequeños, otros alcanzaron enormes dimensiones, como Tikal, Pa-
lenque y Copán, por nombrar unos pocos.

El renacimiento de Tikal
Hacia fines de los años 600, Tikal emergió una vez más como un pode-
roso centro. En 682, un nuevo gobernante, Ah Cacaw dio comienzo a
un ambicioso programa de construcciones. Durante su gobierno y el de
sus dos sucesores, se erigió la mayor parte de los edificios hoy visibles en
el sitio; por medio de la articulación de alianzas matrimoniales y fuerza
militar, sus gobernantes conformaron otra vez un poder expansionista.
Miembros masculinos de la dinastía gobernante en Tikal fueron insta-
lados como jefes en algunas de las ciudades sometidas, mientras que
mujeres de esa misma familia real eran casadas con miembros de las
dinastías gobernantes en otros centros, para cimentar alianzas políticas
y militares. También se emprendieron guerras contra otras ciudades,
como Naranjo y Calakmul, antigua rival. Finalmente, hacia mediados
del siglo IX, Tikal inició un nuevo período de declinación, del cual ya
no se recobró. El último monumento fechado en la ciudad data del
año 869.
Integraciones regionales y experiencias imperiales 195

El apogeo de Tikal
Tras reponerse de la crisis del largo hiato que siguió al fin del Clásico tem-
prano, Tikal resurgió a fines del siglo VI y se convirtió, durante la centuria
siguiente, en el estado maya más importante de la región de El Petén. Fue
entonces cuando sus señores desarrollaron una intensa actividad cons-
tructiva que le dio el esplendor que, aún hoy, se evidencia en las ruinas
vacías, cubiertas en gran parte por la selva.

El núcleo central, con sus plazas, pirámides templos y palacios es la


mejor expresión de ese explendor, como muestra la reconstrucción
artística de los principales monumentos.

Palenque, la ciudad de las inscripciones


Aunque no tan grande como Tikal, Palenque ocupó un prominente
lugar político y religioso durante el Clásico tardío. Situado en un impo-
nente entorno natural, sobre las selváticas estribaciones orientales de
las montañas de Chiapas, miraba hacia la planicie costera del golfo de
México que se extendía a sus pies. La mayor parte de las construcciones
se erigió durante los notables reinados de Pacal o “escudo solar” (615-
683), y su hijo mayor, Chan-Bahlum o “serpiente-jaguar” (684-702).
196 América aborigen

El Templo de las Inscripciones en Palenque


El Templo de las Inscripciones es el monumento funerario de Pacal.
Desde la cima, una empinada y estrecha escalera interior daba acceso
a la cámara funeraria, en el corazón de la pirámide. Dentro, un pesado
sarcófago de piedra (por su tamaño, debe haber sido colocado antes
de construir la pirámide) contenía el cuerpo del rey. La tapa representa
el viaje de Pacal al inframundo y su imagen, por su posición y adornos,
dio lugar a fantasiosas explicaciones. Las caras exteriores muestran a los
ancestros de Pacal con sus nombres, tema al cual también se refiere una
larga inscripción en la cámara que corona la cima.
En los últimos años se hallaron otras dos tumbas: una, en una pirámide
vecina, pertenecía a una mujer, la Reina Roja, quizá una de las reinas
mencionadas. La otra, sin sarcófago y mucho más antigua pudo haber
pertenecido a alguno de los primeros ahau. La ilustración muestra, en
primer plano, el Palacio y, detrás, el Templo de las Inscripciones y dos
pirámides pequeñas a la derecha.

David Stuart y George Stuart, Palenque. Eternal City of the Maya,


Londres, Thames & Hudson, 2008, p. 25.

Palenque se distingue de otros centros mayas por su estilo arquitectó-


nico único y sus hermosas esculturas en bajorrelieve, tanto en piedra
como en estuco, que incluyen algunos de los textos mayas más extensos
Integraciones regionales y experiencias imperiales 197

conocidos. Muchos de ellos, destinados a legitimar la posición de los


señores de Palenque, registran detalladas genealogías familiares, que
permiten hoy reconstruir la historia dinástica de la ciudad. Sabemos
que dos mujeres (Zac Kuk, madre de Pacal, y su bisabuela, Kanal-Ikal)
gobernaron Palenque, lo que creó problemas de legitimidad a sus des-
cendientes, pues los herederos, aunque con derecho al trono, eran ads-
criptos al linaje del padre, que no era un linaje real. Por eso, las largas
inscripciones de Pacal buscaban, ante todo, legitimar su posición y su
derecho a gobernar.
Los arquitectos de Palenque introdujeron innovaciones que permi-
tieron construir cuartos con paredes más delgadas, mayor espacio inte-
rior, más luz y mejor ventilación que las pequeñas y oscuras habitacio-
nes de otros sitios. Los artistas pudieron entonces incorporar paneles
de piedra esculpidos a las paredes interiores de los templos: a diferen-
cia de otros centros clásicos, no se erigieron en Palenque monumentos
de piedra o estelas independientes, pues el trabajo de los artistas se
exponía en las paredes interiores, como ocurre en los templos del Gru-
po de la Cruz.
Los descendientes de Pacal y Chan-Bahlum gobernaron Palenque
hasta fines del siglo VIII, cuando algunas ciudades sometidas se libe-
raron, mostrando que Palenque perdía poder sobre centros que anta-
ño dominaba. Las fuerzas que condujeron al colapso maya golpearon
temprano a Palenque: el último monumento fechado data del año 799.

Copán
En la actual Honduras, en el sudeste del área maya, Copán se convirtió
en una ciudad importante en el Clásico temprano, aunque la mayoría
de los edificios hoy visibles fue construida durante el Clásico tardío.
Situada en un valle a unos 650 metros sobre el nivel del mar, Copán
fue uno de los pocos centros mayas clásicos fuera de la región de las
tierras altas. Sometido a intensas investigaciones arqueológicas en los
años recientes, los epigrafistas lograron importantes avances en el des-
ciframiento de sus numerosos textos jeroglíficos.
Como en Palenque y Tikal, conocemos las identidades de los gober-
nantes que la llevaron a su grandeza. Durante la mayor parte del siglo
VII, la ciudad fue regida por Smoke-Imix-God K, contemporáneo de Pa-
cal en Palenque y de Ah Cacaw en Tikal, quien extendió el territorio de
Copán colocando bajo su órbita a la vecina Quiriguá y a otros centros.
Su hijo y sucesor, 18 Conejo (695-738), fue responsable de la mayor par-
198 América aborigen

te de las transformaciones que dieron al centro ceremonial de Copán


el aspecto con que hoy lo conocemos. Bajo su gobierno, se erigieron las
estelas de la Gran Plaza, de alta calidad artística y esculpidas en bulto,
rasgo inusual en el arte maya.
La captura y el sacrificio de 18 Conejo a manos del ahau de la antes
sometida Quiriguá puso fin a sus empresas constructivas. El poder de la
dinastía de Copán disminuyó, hasta que fue reestablecido por su hijo y
sucesor. Aunque durante esos años no se erigieron estructuras ni este-
las, los avatares políticos no parecen haber cambiado demasiado la vida
cotidiana de la mayoría de los residentes de la ciudad.
Yax-Pac, que llegó al poder en 763, inició un ambicioso programa de
construcciones, aunque gobernaba en una época de crisis: la sobrepo-
blación presionaba sobre los recursos del valle y la familia gobernante
debía competir por el poder con las familias nobles. Cuando murió,
hacia 820, la dinastía se acercaba al colapso; de ese año data el último
monumento erigido en el sitio. A pesar de que el centro de la ciudad
y las áreas suburbanas continuaron ocupadas durante un siglo más, el
control político centralizado y las actividades que había engendrado
llegaron a su fin.

El fin de los grandes centros mayas


El paulatino abandono de los centros desde comienzos del siglo IX,
en especial en la región central, indica que la gran crisis que afectaba
a Mesoamérica había alcanzado la región. De hecho, se detuvo la cons-
trucción de grandes edificios monumentales y se abandonó la práctica
de erigir estelas fechadas. La construcción de sistemas defensivos en
algunos sitios y el traslado de otros a zonas más protegidas ponen de
manifiesto una situación de inseguridad y, quizá, la presencia de nuevas
poblaciones.
Siguieron tiempos confusos y agitados. En algunas ciudades aban-
donadas, viviendas precarias se levantaron entre los antiguos edificios,
pronto invadidos y cubiertos por la selva. Aunque numerosas comu-
nidades continuaban habitando la región, los grandes centros no se
recuperaron; los nuevos núcleos de poder se hallaban más al norte,
en la península de Yucatán. Los desplazamientos de población fueron
intensos, tanto de grupos locales como de inmigrantes provenientes de
otras regiones, por ejemplo la costa del golfo de Campeche y las tierras
altas centrales, con las que los mayas mantenían relaciones desde hacía
tiempo.
Integraciones regionales y experiencias imperiales 199

El Epiclásico en las tierras altas centrales


Durante los dos siglos posteriores al colapso de Teotihuacan (c. 750-
950), período también llamado Epiclásico, se mantuvieron algunas
de las tradiciones clásicas. Contemporáneo del Clásico tardío maya, el
Epiclásico presenció un desplazamiento de los centros de poder y la
aparición de dinámicas novedosas, como una amplia movilidad social,
la reorganización de los asentamientos, nuevas esferas de interacción
cultural, la inestabilidad política y la revisión de ideas religiosas.

Los grandes centros del Epiclásico


Más allá de la cuenca de México misma, emergieron con fuerza nuevos
centros como Xochicalco, Cacaxtla, Teotenango, El Tajín y Tula, que
conservaron la tradición teotihuacana, pero incorporando elementos in-
novadores, algunos de ellos vinculados al asentamiento en la región de
grupos provenientes de la periferia septentrional o de las tierras bajas.
El centro más importante y representativo fue Xochicalco, en More-
los, al sur de la actual ciudad de México. Durante su apogeo, entre los
siglos VIII y IX, cubría una superficie de unos 4 kilómetros cuadrados y
se extendía sobre las cumbres y laderas de un conjunto de cerros prote-
gido por murallas y fosos.
En Xochicalco, punto clave para el control de rutas de intercambio,
confluyeron múltiples influencias culturales: el talud-tablero teotihua-
cano convivía con elementos zapotecas de Monte Albán y rasgos icono-
gráficos mayas que recuerdan las figuras de Copán. Se hallaron tam-
bién elementos nuevos como el diseño de los juegos de pelota, ciertos
tipos de cornisa en las pirámides, y representaciones religiosas. En tres
estelas fechadas hacia el año 700, la divinidad dominante era Tláloc,
dios central en la religión de Teotihuacan, pero Quetzalcóatl, también
una divinidad teotihuacana, no fue representado como Serpiente Em-
plumada, sino con forma humana y la vestimenta de la Estrella matuti-
na, asociada a la guerra, imagen que se generalizó más tarde.

Xochicalco: una ciudad sobre cerros


Xochicalco, en el valle de Morelos, se adaptó a la topografía de terreno
en que se construyó: los edificios ceremoniales coronaban las cimas más
altas; las zonas residenciales y los campos de cultivo, en cambio, des-
cendían por las laderas, que fueron aterrazadas para esos fines. También
200 América aborigen

las fortificaciones se adaptaron a la topografía. Las pendientes y acantila-


dos, así como los muros de las terrazas donde estaban viviendas y áreas
de cultivo, fueron aprovechados para la defensa, complementadas por un
sistema de murallas, fosos y bastiones. La topografía irregular y las terra-
zas y fortificaciones dividían verticalmente a la ciudad en compartimentos
a los que se accedía por un complejo sistema de rampas y calzadas. Una
antigua foto aérea muestra el aspecto general del sitio.

Michael D. Coe, Mexico, Londres, Thames & Hudson, 1984, p. 106.

Teotenango, cerca de la actual Toluca, y Cacaxtla, en el valle poblano,


fueron también construidas sobre cerros fortificados y parecen haber
estado ocupadas hasta la invasión europea. Cacaxtla, fundada hacia el
año 600 por un grupo de lengua náhuatl, tenía impresionantes defen-
sas, palacios y templos ocupaban la cumbre del cerro, seguían hacia
abajo las terrazas para las habitaciones del pueblo común y, luego, las
tierras de cultivo.
El Tajín, en las estribaciones serranas, sobre la franja costera de Vera-
cruz, fue un enorme centro construido en una región cálida y selvática
con productos muy apreciados por los pobladores de las tierras altas,
como vainilla, algodón, coloridas plumas de pájaros exóticos y pieles
de animales feroces. El sitio, ocupado quizá desde el siglo II, floreció
entre 600 y 900 aproximadamente, y fue abandonado hacia 1200, tras
un siglo de decadencia. Su rápido desarrollo coincidió con la desapari-
ción del control teotihuacano sobre el comercio de la costa del golfo.
Integraciones regionales y experiencias imperiales 201

El Tajín, muy ligado a Teotihuacan en sus inicios, heredó el control de


la distribución de obsidiana en la costa, actividad que parece haber sido
la base de su riqueza.

Cacaxtla y sus murales


Como Xochicalco, Cacaxtla se extendía sobre un cerro en medio del valle
poblano, desde donde era posible controlar los movimientos en la región.
Sus palacios y templos ocupaban la cumbre del cerro y seguían, hacia
abajo sobre las laderas, las terrazas para las habitaciones del pueblo co-
mún y, luego, las tierras de cultivo. El Gran Basamento constituía el centro
neurálgico del sitio. Se trata de gran plataforma piramidal, de unos 200
por 110 metros, que alcanzaba los 25 metros de altura. Su fama derivó
de sus magníficas pinturas murales, como el gran Mural de la Batalla (la
ilustración muestra un fragmento), en las que se fundían la tradición maya
(sobre todo en la representación de las figuras humanas) con la del centro
de México.

Ángel García Cook y Beatriz Merino Carrión (comps.), Antología de


Cacaxtla, vol. 1, Méxic, INAH, 1995, p. 381.

En su momento de apogeo, la ciudad tenía una extensión de unos 5


kilómetros cuadrados (quizá más, pues muchas estructuras están aún
cubiertas por la selva) y una población de más de 20 000 habitantes.
Las representaciones conservadas, en las cuales el juego de pelota y el
202 América aborigen

sacrificio humano tienen un importante papel, sugieren que El Tajín


fue un centro militarista. Los relieves del Edificio de las Columnas, que
ilustran momentos de la vida del más importante de sus señores, 13
Conejo, lo presentan como gran jugador de pelota, victorioso, que trata
con crueldad a vencidos; otras escenas, vinculadas a juegos de pelota,
muestran sacrificios humanos por decapitación.

El Tajín y la Pirámide de los Nichos


Dividida en cinco barrios, la traza de El Tajín se adaptó a las irregu-
laridades del terreno y sus constructores recurrieron a un complejo
sistema de drenajes, canales subterráneos y tanques de almacena-
miento para enfrentar las consecuencias de las torrenciales lluvias de
la región.

El sitio abarcaba un núcleo central, plano y bajo, y zonas elevadas al


norte, este y oeste. En el núcleo central se destaca la “pirámide de los
nichos”, un bello edificio (ilustración) con 365 nichos distribuidos en sus
cuatro caras y una elaborada escalinata flanqueada por alfardas. Hay en
el lugar numerosos juegos de pelota, tres de ellos decorados con magnífi-
cos paneles de piedra tallados en relieve, donde aparecen seres huma-
nos, divinidades, y escenas relacionadas con el juego de pelota, incluido
el sacrificio de un vencido.
Integraciones regionales y experiencias imperiales 203

El Tajín, juego de pelota.

Por último, en el valle de Oaxaca, el Epiclásico se corresponde con la


fase IV de Monte Albán que se inició hacia el año 700: el centro de la
ciudad permaneció ocupado y su cultura siguió la tradición zapoteca,
pero la población se redujo considerablemente. La sobreexplotación
de las tierras de cultivo puede haber sido un factor de peso en esa
crisis, que se sumó al aumento de la inseguridad y los conflictos, que
las fortificaciones y construcciones defensivas ponen de manifiesto.
La desaparición de la amenaza teotihuacana debe haber privado a
Monte Albán de su función como garante de la seguridad regional;
pronto, la ciudad se convirtió en uno de los varios grandes centros en
creciente competencia con otras poblaciones del valle y con regiones
vecinas.

Las lejanas tierras del norte


La expansión de los agricultores mesoamericanos hacia el norte alentó,
entre las poblaciones locales, el comercio a distancia de bienes valiosos,
tanto con Mesoamérica misma como con el sudoeste de los actuales
Estados Unidos. Ese comercio favoreció a las elites de algunos centros,
como El Chapín, Pedregoso y Alta Vista, en el ámbito de la cultura
chalchihuites, que se consolidaron a partir del siglo VI con los bene-
ficios obtenidos de los tributos agrícolas, el control del comercio y la
producción de bienes para la exportación. Parte de la mano de obra
aldeana, antes dedicada a la agricultura, se aplicó entonces a la minería
y a construcciones monumentales, obras de defensa, calzadas y andenes
de cultivo. La minería proporcionó ingentes beneficios a las elites, que
controlaban la extracción, manufactura y distribución del mineral, en
204 América aborigen

especial la hematita y la turquesa, con el cual se elaboraban bienes sun-


tuarios muy apreciados por las elites mesoamericanas.
La cultura chalchihuites, vinculada al mundo teotihuacano y a
otros centros de Mesoamérica, comenzó a decaer hacia el siglo IX.
Algunos centros fueron abandonados, quizá como una consecuencia
tardía de la caída definitiva de Teotihuacan y del inicio de un largo
ciclo de clima seco que hizo retroceder el límite septentrional de las
tierras de cultivo. Es posible que algunos grupos desplazados hayan
participado en migraciones posteriores, que afectaron la región cen-
tral de Mesoamérica. Elementos característicos de la tradición tolte-
ca posterior estaban presentes mucho antes en Chalchihuites, como
objetos de cobre y turquesa, los tzompantli (cráneos de prisioneros
decapitados expuestos en armazones de madera), las grandes salas
con columnas hipóstilas y un tipo particular de escultura predecesora
de los chacmool.
Más al norte, se vivía una época de rápidos cambios. La población
experimentó un fuerte crecimiento, se ocuparon espacios deshabita-
dos y, aunque la mayoría de esa población vivía en pequeñas aldeas,
algunos centros, como Snaketown en el sur de Arizona y Chaco Canyon
en el norte de Nuevo México, habían crecido, contaban con gran nú-
mero de viviendas y poseían una importante arquitectura pública. Sin
embargo, hacia el siglo XII, numerosos centros de la región quedaron
despoblados.
Diferencias en el material arqueológico permitieron a los investiga-
dores reconocer tres grandes tradiciones culturales, cuyo comienzo
data de fines del período anterior. La población hohokam, casi con cer-
teza ancestros de los o’odham o pimas, habitó los desiertos del sur de
Arizona y el extremo norte de México. Los mogollones, al norte y el
este de aquellos, vivieron en las montañas boscosas del Mogollón y en la
planicie cercana. Los anasazis tenían sus asentamientos en las planicies
que ocupaban el área donde se unen Arizona, Nuevo México, Utah y
Colorado. Anasazis y mogollones habrían sido antepasados de los pos-
teriores grupos pueblo.
Todos ellos compartían un modo de vida similar: practicaban la
agricultura (maíz, porotos y calabazas eran los cultivos típicos) y es
probable que los mogollones tuvieran pavos domesticados. A dife-
rencia de estos últimos, los hohokam construyeron extensas redes
de canales de riego, en tanto los anasazis aprovecharon la humedad
aportada por las crecidas de los ríos. Todos explotaban recursos silves-
tres: cazaban, entre otros, conejos y ciervos, y recolectaban semillas de
Integraciones regionales y experiencias imperiales 205

mezquite, frutos del saguayo, y piñones, nueces y bayas en los bosques


de las montañas.
El aumento de la producción agrícola y la necesidad de procesar ma-
yor cantidad de producto se relacionan con mejoras en los sistemas
de almacenamiento, como pozos subterráneos y vasijas de cerámica, y
en el instrumental (morteros y herramientas de piedra). La cerámica,
diferente en cada tradición, era usada en la vida cotidiana, los rituales
y las ceremonias. Las piezas ceremoniales, más elaboradas, estaban de-
coradas con diseños geométricos y/o representaciones de formas vivas
pintadas en negro. En algunas zonas se destacó la elaboración de cestas
y canastas de mimbre.
Estos pueblos mantenían relaciones con los mesoamericanos, aunque
no es posible aún definir con precisión su carácter. Las influencias del
centro de México en la región son innegables: la presencia de juegos
de pelota, como en Snaketown, pelotas de caucho, cascabeles de cobre
fundido, restos de guacamayos, valorados por sus plumas multicolores,
y espejos de pirita atestiguan esos intercambios. El hallazgo en sitios de
sudoeste de cuentas de turquesa y desechos de su manufactura pone de
manifiesto una producción para el intercambio, pues la turquesa era
muy apreciada en Mesoamérica.

Los inicios del Posclásico mesoamericano:


la experiencia tolteca
Entre 950 y 1150 aproximadamente se produjo la expansión y apogeo
de Tula, situada en el límite norte del valle de México, que se convirtió
en el eje político de la cuenca. Desde allí, los toltecas (nombre dado a
sus pobladores y a su cultura) impusieron un estilo propio marcado por
el militarismo. La guerra, presente en Mesoamérica desde sus inicios,
ocupó un lugar central en la vida social y política, e impregnó las ma-
nifestaciones estéticas y las creencias religiosas. La influencia de Tula y
de su estilo se extendió más allá del valle de México hasta alcanzar la
península de Yucatán. Su caída, y la crisis demográfica, agrícola y políti-
ca que afectó a toda la cuenca de México señalaron el fin de esta etapa.

La hegemonía de Tula en la meseta central


Ubicada en una región aparentemente pobre, Tula poseía sin embargo
ciertos recursos valiosos. Las tierras cercanas al río Tula, cuyo caudal per-
manente podía alimentar sistemas de regadío, eran aptas para el cultivo
de maíz, frijoles y amaranto, además de maguey (usado para preparar
206 América aborigen

pulque, una bebida embriagante) y, en algunas partes, algodón. En las


tierras más altas no escaseaban animales silvestres, cuya caza brindaba
proteínas para la alimentación. Abundaba la piedra caliza, esencial en las
construcciones; también existían ricos depósitos de obsidiana.
Tula ocupaba un lugar importante en las rutas de intercambio con
la costa del golfo y las fértiles tierras del Bajío, al noroeste, de donde
habría llegado una parte de sus fundadores. Más tarde, las relaciones se
orientaron hacia el valle de México y la Huaxteca, en la costa del golfo.
Las tradiciones tardías se refieren a dos estratos de población inicial de
Tula: uno, originario del noroeste, es identificado como chichimeca,
aunque es probable que fueran agricultores norteños vinculados a la
cultura chalchihuites; el otro, del sudeste, los nonoalcas, de refinada
cultura, habría venido desde la región de Nonoalco, en el actual Ta-
basco. También se habrían asentado allí algunos linajes del valle de
México, quizá descendientes de los antiguos teotihuacanos.

Tula o Tollan, entre el mito y la historia


Tula o Tollan (o “lugar de juncos”, recurso abundante en los bajos del río
Tula), en la árida periferia norte del valle de México, fue conocida más
tarde como Teotlalpan, o “lugar de dioses”. Capital del primer gran estado
postclásico de México, esta Tula histórica tiene poco que ver con la
imagen mítica delineada sobre la memoria de Teotihuacan, a la cual se la
asoció por mucho tiempo. Pese a su importancia e influencia, no tuvo las
dimensiones ni la magnificencia que le atribuyó la tradición, aunque fue
una gran metrópoli en su momento de apogeo.
Integraciones regionales y experiencias imperiales 207

El núcleo de la ciudad estaba formado por una gran plaza con un altar en
el centro, el templo del Sol sobre el lado este, la pirámide C en el ángulo
noreste de la plaza, la Gran Columnata y el Palacio Quemado (ilustración)
en el lado norte. Sobre la plataforma superior de la Pirámide C, gigantes-
cas estatuas de basalto, que representaban guerreros, y pilastras
circulares sostenían el techo. Dos grandes juegos de pelota completaban
el conjunto.

El origen de la cultura tolteca, compleja y con elementos de distinta


procedencia, generó debates entre los especialistas, en particular de-
bido al problema que plantea Chichén Itzá, en el norte de Yucatán,
cuyas similitudes con Tula las convierten en virtuales ciudades gemelas.
¿Chichén fue fundada por los toltecas? ¿Provenían de Chichén los fun-
dadores de Tula? ¿Venían todos de una misma región en algún punto
medio como Nonoalco? No lo sabemos con certeza, aunque el proceso
debe haber sido complejo.
Aunque sin la magnitud de Teotihuacan, en su momento de apogeo
Tula fue una gran metrópoli. Sus señores controlaban amplias regiones
y su influencia cultural se extendió a un área aún mayor. Los toltecas,
que como los mexica hablaban una lengua del grupo náhuatl, conso-
lidaron un sistema de redes comerciales que se extendía desde Costa
Rica hasta el actual sudoeste de los Estados Unidos. Fue tal su prestigio
y fama que el término “tolteca” se convirtió en sinónimo de hombre
civilizado, esto es, culto, refinado, conocedor de la agricultura y el tra-
208 América aborigen

bajo artesanal, contrapuesto al de “chichimeca”, que nombraba a los


bárbaros del norte, nómades que vivían de la caza y la recolección, y
vestían con pieles.
Sin embargo, la existencia de un imperio tolteca, sostenida por al-
gunos estudiosos, debe relativizarse. Sin duda, Tula ejerció un control
estricto sobre el valle de México y algunas zonas vecinas, extendiéndose
hacia el sur por el valle de Morelos y, al este, hasta Tulancingo. En cam-
bio, pese a las intensas relaciones comerciales, no parece haber contro-
lado la costa del golfo ni el valle de Puebla. En las regiones conquista-
das y en las ciudades que fundaron, los toltecas establecieron dinastías
propias o se emparentaron con señores locales. Fue tal su prestigio que,
aún después de desaparecida Tula, sus sucesores, incluso algunos de
dudoso origen, seguían proclamando su ascendencia tolteca para legi-
timar su derecho al gobierno.
En este marco, un creciente militarismo impregnó todos los aspec-
tos de la vida social. Los guerreros, organizados en órdenes identi-
ficadas con el jaguar, el águila y el perro, tuvieron un prominente
papel social y político, a tal punto que, según la tradición, Topiltzin
Quetzalcóatl, el mítico fundador del primer linaje real, se vio for-
zado a abandonar la ciudad tras un largo conflicto con las órdenes
guerreras.
Arte y religión eran expresiones de ese militarismo. Imágenes de
guerreros coronados por un alto penacho, con el atlátl y dardos en sus
manos, la almohadilla que les protege el brazo izquierdo y el pequeño
escudo sobre la espalda impregnaban el arte y la arquitectura. Las figu-
ras de animales rapaces como águilas y jaguares, a menudo devorando
corazones humanos, eran omnipresentes. Estas representaciones, así
como los tzompantli y algunos nuevos dioses nahuas, como Xipe Tótec,
Mictlantecuhtli (el dios de la muerte) y Tezcatlipoca se vinculan con la
práctica de sacrificios humanos. La atención prestada a la guerra y al
sacrificio se extendió a otros pueblos mesoamericanos influidos por los
toltecas, como los mexica.

Los mayas a comienzos del Posclásico


Tras la caída de los grandes centros clásicos, la actividad política y cul-
tural se desplegó con mayor intensidad al norte de Yucatán, cuyos po-
bladores se reconocían por un estilo local llamado Puuc, heredero de
las manifestaciones clásicas. Su mejor expresión se aprecia en Uxmal,
cerca de la actual Mérida, donde se destacan dos magníficas pirámides-
templo (la Gran Pirámide y la del Adivino), el Palacio del Gobernador
Integraciones regionales y experiencias imperiales 209

y el Cuadrángulo de las Monjas. Su influencia en el norte de Yucatán se


mantuvo casi hasta el año 1000, cuando aparecieron influencias tolteca,
sin dudas debido a la presencia de nuevos pobladores.
Las leyendas mayas tardías recuerdan que, en 987, Kukulkán (a quien
se asocia con Topilzin-Quetzalcóatl, que poco antes habría abandona-
do Tula) conquistó la región, ocupada por una población Puuc, y se
estableció en la que luego sería Chichén Itzá. Claro que estas historias
legendarias son confusas y oscuras, y resulta difícil identificar hechos,
pueblos o personajes efectivos. Al parecer, los recién llegados forma-
ban un grupo con integrantes de distinto origen, por lo que no resulta
clara su pertenencia a algún grupo étnico particular. Eran extraños a
la región, se creía que provenían de un país sin duda mítico, al que
llamaban Zuyuá, y al parecer mantenían fuertes vínculos culturales con
el mundo tolteca.

Chichén Itzá

El crecimiento de Chichén Itzá fue resultado de un complejo proceso:


la antigua población Puuc fue dominada por recién llegados (los zuyua-
nos) cuyo origen es impreciso, pero que muestran fuertes vínculos con
los toltecas. Más tarde se agregaron grupos itzáes, a los cuales parece
referirse un mural del Templo de los Guerreros de Chichén (ilustración
superior).
210 América aborigen

La fuerte impronta tolteca de las construcciones que engrandecieron la


ciudad la convierten en una ciudad casi gemela a Tula. Una gran plaza
ocupa el lugar central; en ella se levantan una pirámide (El Castillo) y un
gran tzompantli, en el extremo noroeste se encuentra un enorme juego de
pelota y, sobre el lado este, plataformas con templos, como el de los
Guerreros, sobre cuya escalera hay un magnífico chac-mool (ilustración),
y vestíbulos con largas columnas.

Estos recién llegados vencieron a la población autóctona y controlaron


la región. Algunas representaciones, como pinturas murales y un dis-
co de oro repujado, por ejemplo, los muestran como guerreros, con
el típico atuendo tolteca, luchado con soldados mayas, reconocibles
también por sus trajes, tocados y aspecto físico. Una segunda oleada,
compuesta por los itzáes, llegó tiempo después y se integró a la ciudad,
tal vez compartiendo el poder con los primeros. Fue entonces cuando
la ciudad tomó el nombre de Chichén Itzá. Importantes obras la trans-
formaron en una gran urbe. Tales construcciones deben haber sido
planeadas por alguien que conocía bien Tula: El Templo de los Gue-
rreros, aunque más grande, es casi idéntico a la Pirámide B de Tula, y
lo mismo ocurre con otros edificios.
Las relaciones con la población local mejoraron con el tiempo y
dieron lugar a un proceso de hibridación: la arquitectura tolteca in-
corporó elementos de la tradición Puuc; nobles mayas con vestimentas
tradicionales y guerreros toltecas aparecen juntos en murales y relieves;
el panteón tolteca incorporó viejas divinidades mayas. El poderío de
Chichén se prolongó hasta comienzos del siglo XIII, algunas décadas
Integraciones regionales y experiencias imperiales 211

más que la misma Tula, cuando fue abandonada, seguramente debido


a conflictos internos. Los itzáes migraron entonces hacia el sur y el po-
der pasó a Mayapán, donde algún tiempo antes se habían establecido
otros grupos, probablemente del mismo origen.
9. Interregnos: reajustes y nuevos caminos
(c. 1150-1450)

La caída de Wari y Tiwanaku en los Andes centrales y de Tula en


Mesoamérica abrió camino a profundos cambios sociales y po-
líticos. Se profundizaron algunos procesos de la época anterior,
como el militarismo, aunque en general desaparecieron las gran-
des formaciones políticas. En algunas zonas, como en los An-
des meridionales, las condiciones de vida parecen haber vuelto a
etapas anteriores. En ese contexto, se afirmaron dos sociedades
que jugaron luego un papel central: los mexica y los incas.

Una vez más, la desintegración de las grandes unidades polí-


ticas condujo, ahora a comienzos del segundo milenio de nuestra era, a
una profunda regionalización que estuvo acompañada por incremento
de la violencia, inestabilidad política, retroceso en las condiciones de
vida y desplazamiento de poblaciones. La situación se recompuso len-
tamente. Aunque las nuevas sociedades recuperaron antiguas tradicio-
nes, también sufrieron profundos cambios. En ese contexto emergie-
ron, en las primeras décadas del siglo XV, las construcciones políticas
más extensas y complejas del mundo prehispánico.

El mundo mesoamericano

La desintegración del sistema tolteca abrió camino a amplios movi-


mientos de población y a un reordenamiento del panorama étnico. Las
relaciones entre las unidades políticas cambiaron y se transformó el
modo de vida de los pueblos mesoamericanos. Pese a la fragmentación
política, el aumento de los conflictos y el militarismo, el comercio cre-
ció y la circulación de bienes y personas se intensificó, tanto a escala
regional como interregional. Al mismo tiempo, se difundieron por toda
Mesoamérica ideas, creencias, prácticas y símbolos vinculados con ese
militarismo que impregnaba la vida social.
214 América aborigen

El centro de México
A la caída de Tula le siguió una crisis general (demográfica, agrícola
y política) que afectó al valle de México y se prolongó durante casi un
siglo. En sus comienzos, esta crisis estuvo relacionada con un cambio
climático general (con disminución de precipitaciones y mayor seque-
dad) que repercutió sobre la producción agrícola regional y redujo las
posibilidades de supervivencia de los habitantes. Gran parte del valle de
México quedó casi despoblada, muchas tierras de cultivo fueron aban-
donadas, y numerosos pobladores se vieron forzados a emigrar a otras
zonas, como sugieren la arqueología y las tradiciones locales. Poco des-
pués, a fines del siglo XII, nuevos grupos humanos comenzaron a llegar
al valle y se asentaron allí.
En el siglo siguiente se manifestaron indicios de recuperación. Lenta-
mente, la producción agrícola se reactivó, algunas tierras fueron reocupa-
das y se fundaron pequeños centros, muchos de ellos multiétnicos, don-
de convivían grupos o linajes de distinto origen. Pronto se manifestaron
también los signos del surgimiento de un nuevo orden social y político.

Las nuevas poblaciones y el reordenamiento territorial del valle


Pueblos del norte y el oeste, que se movían con rapidez, irrumpieron en
las tierras altas centrales: linajes toltecas que habían abandonado Tula;
agricultores de la periferia norte que emigraban hacia el sur debido a las
prolongadas sequías; cazadores-recolectores de las regiones semidesérti-
cas, los llamados “chichimecas”, que avanzaban siguiendo a los agriculto-
res norteños e instalándose en las tierras abandonadas por estos.
Estos migrantes ocuparon tierras y se asentaron en ellas. Sus relacio-
nes con la antigua población, reducida debido a la crisis, variaron según
lugares y situaciones particulares. En algunas partes, los nuevos pobla-
dores se establecieron casi sin conflicto, pues las áreas abandonadas
eran numerosas. En otras zonas, en cambio, sometieron a los poblado-
res locales, quienes algunas veces se desplazaron a otras regiones. Por
último, en no pocos sitios ambos grupos convivieron e incluso llegaron
a fusionarse.
Así, se fundaron en el valle de México decenas de pequeños cen-
tros urbanos y se colonizaron tierras aptas para el cultivo. El modelo de
asentamiento cambió de forma radical: antes, sólo dos o tres grandes
centros regionales habían estado activos al mismo tiempo, primero Cui-
cuilco y Teotihuacan, en especial el segundo, en el mismo valle; luego
Xochicalco, en el vecino valle de Morelos, y El Tajín en las estribacio-
Interregnos: reajustes y nuevos caminos 215

nes orientales; por último, Cholula, en el valle de Puebla, y Tula, en la


periferia norte. Fuera de ellos, los centros intermedios eran escasos y la
población rural vivía dispersa en pequeñas aldeas o en asentamientos
familiares aislados. No obstante, hacia fines del siglo XIII se habían for-
mado en la región unas cincuenta unidades políticas, minúsculas, cuyos
territorios no pasaban de 100 o 150 kilómetros cuadrados de superficie.
Algunas pocas se fundaron después, en la primera mitad del siglo XIV,
como Tenochtitlan y Tlatelolco.

El surgimiento de un nuevo orden social y político


En ese contexto se echaron las bases de un nuevo sistema social y polí-
tico que perduró hasta la invasión europea en el siglo XVI. A pesar de
su pequeño tamaño, esas nuevas comunidades políticas, que los pue-
blos nahuas llamaron “altepetl” (altepeme, en plural), se autogobernaban,
eran relativamente autónomas, tenían fronteras reconocidas y poseían
su centro político-religioso propio.
El nuevo orden político estimuló e intensificó el crecimiento demo-
gráfico y económico del mundo rural. Ninguna de las nuevas ciudades,
salvo Tenochtitlan en el momento de la invasión europea, alcanzaba
las dimensiones de Teotihuacan: pequeñas en su mayoría, sin embar-
go eran mucho más numerosas y, a diferencia de la época anterior,
los asentamientos agrícolas eran más grandes y tenían una población
mayor. El crecimiento demográfico coincidió con una amplia intensifi-
cación agrícola a través de la construcción de vastos sistemas de irriga-
ción, la recuperación de pantanos para construir chinampas y el aterra-
zado extensivo de laderas y zonas altas del piedemonte.

Las relaciones entre los altepeme:


fragmentación e interdependencia
Los antiguos estados controlaban extensas regiones, distintos ecosiste-
mas y variados recursos. Los territorios de los altepeme, en cambio,
eran reducidos, poseían recursos limitados y poco variados, que vol-
vían imposible la autosuficiencia en la obtención de materiales y bienes
como obsidiana, sal, piedras de construcción, leña y algunos productos
agrícolas. La situación estimuló el desarrollo de los intercambios y los
mercados o tianguis, que ocuparon un lugar fundamental en la vida de
los poblados del valle. Las cortas distancias facilitaban esos intercam-
bios, que generaron una profunda interdependencia entre los centros,
216 América aborigen

los cuales, más allá de su autonomía, se veían afectados por lo que ocu-
rría en otros lugares.
La extrema fragmentación política estaba vinculada con una serie de
acontecimientos que se combinaron en la historia de la región. Cuando
las nuevas poblaciones llegaron al valle encontraron tierras vacías don-
de instalarse: toltecas y agricultores norteños y del oeste se asentaron en
el oeste y en las ricas tierras del sur; los chichimecas nómades tendieron
a hacerlo en el este y el norte; sólo en el sudeste parece haber existido
alguna resistencia por parte de los anteriores pobladores. Unos siglos
después, las fuentes coloniales registran los movimientos de esos gru-
pos que ocuparon las áreas disponibles, construyeron centros urbanos
y comenzaron a cultivar las tierras vecinas.
En un principio el proceso no generó serios conflictos, pues la dis-
ponibilidad de tierras era grande, los grupos eran pequeños (incluso
cuando se juntaban varias bandas, étnicamente distintas, para formar
un estado) y los territorios reclamados por cada altepetl eran reduci-
dos. Pasó bastante tiempo hasta que algunos grupos se vieran forzados
a dispersarse o bien a establecerse como subordinados en tierras ya ocu-
padas; incluso los mexica, que arribaron más tarde, encontraron tierras
para establecerse, aunque marginales.
Por ese motivo, las primeras guerras destinas a conquistar tierras y
controlar a otros altepeme tuvieron lugar recién a mediados del siglo
XIV, dos siglos después de la caída de Tula, tiempo necesario para la re-
cuperación demográfica y económica de la zona. Por entonces se con-
solidaron nuevas y más complejas formas de organización. Cuando esas
guerras comenzaron, estaban dadas las bases materiales e ideológicas
para la perpetuación de los altepeme como unidades semiautónomas.

El orden político y social de los altepeme


La base de los altepeme, que en el siglo XIII diferían en sus configu-
raciones, fue la formación de grupos dinásticos hereditarios. En el si-
glo XV, la mayoría era gobernada por linajes aristocráticos que pro-
clamaban un origen tolteca, real o ficticio. Su organización política se
asentaba en principios similares que provenían de la tradición tolteca y
fueron conservados casi intactos en los altepeme gobernados por dinas-
tías de ese origen, como Culhuacan. Más tarde, fueron adoptados, con
algunos cambios, por dinastías de origen diverso.
Conforme a esos principios, sólo los descendientes de dinastías de
reconocido origen real estaban calificados para el oficio de tlatoani, lite-
Interregnos: reajustes y nuevos caminos 217

ralmente “el que habla”, y los cargos de mayor rango. La autoridad del
tlatoani (en plural, tlatoque) reconocía un origen divino por lo que se
entendía que él “hablaba” o “daba órdenes” y castigaba desobediencias
en nombre del dios. Estos individuos y sus linajes constituían el estrato
más alto de la sociedad, los pipiltin (en singular, pilli), y su derecho a
gobernar, hereditario, se legitimaba en el origen y la ascendencia. En
Culhuacan, tal legitimidad estaba garantizada, pues su dinastía era, al
parecer, la única que realmente descendía de la antigua realeza tolteca,
al igual que en otros pocos estados.

Xólotl y los chichimecas


Entre los pueblos que se asentaron en el valle de México después de la caí-
da de Tula se encontraban los denominados “chichimecas”, que provenían
del norte y que son presentados como cazadores nómades que utilizaban
arcos y flechas, vivían en cuevas y se vestían con pieles, como los muestra
el Mapa Quinatzin (ilustración). Crónicas posteriores relatan la migración
del grupo, las hazañas de sus gobernantes y la constitución del altepetl de
Texcoco, considerado capital política y cultural del altiplano.
En esos primeros tiempos se destacó Xólotl, que con el tiempo adquirió
carácter legendario. Fue, según la tradición, un jefe de guerra que unió y
acaudilló a distintos linajes chichimecas y los guió con éxito en la entra-
da al valle, estableciéndose en Tenayuca. Tras las conquistas, repartió
tierras y puso como jefes en distintos lugares a seguidores y familiares.
Pronto, los chichimecas comenzaron a cambiar: adoptaron la agricultura,
se establecieron en ciudades, incorporaron costumbres locales y tomaron
como esposas a mujeres de la elite local.

Ilustración: Dibujo realizado a partir del Mapa Quinatzin (lámina 1,


fragmento), en Nigel Davis, Los antiguos reinos de México, México,
Fondo de Cultura Económica, 1988, p. 155.
218 América aborigen

Sin embargo, junto a ellos se hallaban poderosos jefes llegados del nor-
te, sin conexión genealógica con los toltecas, cuyo poder se sustenta-
ba en el derecho de conquista, como el gran conquistador chichimeca
Xolótl Tecuanitzin en Texcoco. Para legitimar su situación, estos jefes
requirieron (probablemente por la fuerza) esposas de sangre tolteca,
futuras madres de una generación de pipiltin que formaría un esta-
mento gobernante legitimado, separado del resto de la población en
virtud de su origen noble. También incorporaron tradiciones y prácti-
cas, incluidas reglas de etiqueta, originarias de Tula. La aceptación de
nuevas instituciones sociales y políticas, vinculadas a la adopción de la
vida agrícola y sedentaria, implicó el reconocimiento de la ideología
religiosa tolteca, al menos de aquellos aspectos que sustentaban los de-
rechos de la realeza y la elite.
La complementariedad e interdependencia manifiestas en el sistema
económico tuvieron su correlato político. El desarrollo de los altepeme
y la creciente competencia por tierras y recursos impulsaron conflictos
armados. Dado que los pequeños estados no podían imponerse solos,
se fue formando un complejo y cambiante sistema de alianzas en el
cual los matrimonios entre miembros de linajes gobernantes jugaron
un papel central. El resultado fue la formación de una intrincada red
de parentescos que vinculaba a las elites de los distintos altepeme y so-
bre la cual se estructuraron las relaciones entre los estados.
En este contexto surgieron los clanes mexica. Aunque su historia se
moldeó sobre esos patrones, se vieron favorecidos por la suerte y, tras el
triunfo que junto a Texcoco y Tlacopan obtuvieron sobre Azcapotzalco
y sus aliados, los mexica surgieron como potencia dominante en el valle
de México, que tomó de ellos su nombre.

Los mexica y el camino inicial hacia el imperio


Los mexica o aztecas, como también se los conoce, llegaron tarde al
valle y, tras vagar por él y servir a otras ciudades como Culhuacan, se
asentaron en los islotes pantanosos del sudoeste del lago Texcoco. Allí
fundaron Tenochtitlan, probablemente en la primera mitad del siglo
XIV. Unas décadas después, proclamaron rey a Acamapichtli, quien se-
gún la tradición descendía por su madre de los toltecas de Culhuacan,
lo que legitimaba su derecho al poder. Pocas décadas más tarde, en
1428, dirigidos por Itzcóatl y unidos a los estados de Texcoco y Tlaco-
pan, los mexica formaron la llamada Triple Alianza (conocida como
“excan tlatoloyan”) y lograron derrotar a los tepanecas de Azcapotzalco,
entonces el estado más fuerte del valle. Con Itzcóatl comenzó la gran
Interregnos: reajustes y nuevos caminos 219

expansión mexica y la formación del poderoso imperio que los españo-


les encontraron cuando invadieron la región.

Las tradiciones mexica de los orígenes


Los aztecas dejaron relatos sobre sus orígenes y su historia; conocemos
incluso los modos en que se conservaba y transmitía esa tradición histó-
rica que, en muchos casos, fue puesta por escrito después de la conquis-
ta europea. El problema del historiador radica en determinar su valor
para la reconstrucción de la antigua historia mexica.

La memoria histórica de los mexica


La mayor parte de la información conservada sobre los momentos
iniciales de la historia mexica es, formalmente, de carácter histórico.
Conocemos incluso los modos de transmisión y conservación de esa
tradición. Fernando de Alva, Ixtlilxóchitl (¿1568?–1648), señala en una de
sus relaciones:
“Me aproveché de las pinturas y caracteres que son con que están
escritas y memorizadas sus historias, por haberse pintado al tiempo y
cuando sucedieron las cosas acaecidas, y de los cantos con que las
observaban, autores muy graves en su modo de ciencia y facultad,
pues fueron los mismos reyes y la gente más ilustre y entendida, que
siempre observaron y adquirieron la verdad [...] tenían para cada
género sus escritores, unos que trataban de los anales poniendo por
su orden las cosas que acaecían [...]. Otros tenían a su cargo las
genealogías y descendencia de los reyes y señores y personas de
linaje, asentando por cuenta y razón los que nacían y borraban los que
morían, con la misma cuenta. Unos tenían cuidado de las pinturas de
los términos, límites y mojoneras de las ciudades, provincias, pueblos y
lugares, y de las suertes y repartimiento de las tierras, cuyas eran y a
quién pertenecían”.

¿Qué nos cuentan esas tradiciones, conservadas en la forma de mitos?


Aunque existen diferencias entre los relatos, la versión más recurren-
te remonta el origen de los aztecas a un lugar mítico, llamado Aztlan
(literalmente “el país blanco”), al que los textos se refieren en forma
vaga y nebulosa; los mismos aztecas no tenían idea clara sobre su loca-
lización y lo describían, en general, como una isla en medio de un lago
220 América aborigen

recorrido por pescadores y cazadores de aves lacustres, y rodeado por


carrizales y chinampas.
Esa descripción concuerda con el lugar donde se hallaba Tenochti-
tlan, una isla en el lago de Texcoco. Aztlan aparece así como una du-
plicación de Tenochtitlan y todo el relato muestra una justificación del
derecho de los mexica a ocupar el lugar de su asentamiento histórico.
En el pensamiento cíclico de los nahuas, Tenochtitlan no era sino la
patria de origen; en la reunión de ambos sitios se abría y cerraba un
ciclo de la historia azteca. Su eje era la larga migración que los había
llevado, guiados por su dios tribal Huitzilopochtli, desde su patria le-
gendaria hasta su asentamiento histórico. La historia mexica temprana
era, en esencia, la historia de una migración cuyas etapas anteriores al
establecimiento en el valle son míticas.
A esa migración, y a las peripecias vividas luego de su asentamiento,
se asocian episodios que varían según las fuentes. Discutir la historici-
dad de esos hechos es inútil: algunos podrían tener una base empíri-
ca; otros son claramente mitos. No obstante, en conjunto tenían una
función ideológica clara: en ellos, los mexica explicaban y justificaban
su derecho sobre la tierra y la misión que habrían de cumplir por en-
cargo de Huitzilopochtli. Esta misión, es decir, la conservación misma
del universo, legitimaba el papel de las instituciones, de la guerra y del
sacrificio humano, como ocurre con el mito de Coyolxauhqui. Para los
nahuas, como para otros pueblos, la historia se construía desde el pre-
sente: por eso, según recuerdan las fuentes, luego de su triunfo sobre
Azcapotzalco, Itzcóatl ordenó destruir los viejos textos y redactar una
nueva historia acorde con el lugar que los mexica habrían de ocupar
luego de su triunfo.

Coyolxauhqui y el nacimiento de Huitzilopochtli


Mitos y leyendas servían a los mexica para explicar y justificar derechos y
poderes, prácticas sociales e instituciones políticas. La historia del nacimien-
to de Huitzilopochtli, narrada por los informantes de Sahagún, explicaba el
origen y sentido de la guerra y sacrificio: en la sierra de Coatépec vivía
Coatlicue, madre de unos varones y de una mujer llamada Coyolxauhqui,
quien quedó preñada de modo misterioso por una pelotilla de plumas blan-
cas, el símbolo de los guerreros. Avergonzados, Coyolxauhqui y sus herma-
nos planearon matarla pero, cuando se disponían a hacerlo, Huitzilopochtli
nació del vientre materno, vestido de guerrero para defender a su madre.
Interregnos: reajustes y nuevos caminos 221

En el combate Coyolxauhqui murió despedazada y su cuerpo rodó por la


sierra; la mayor parte de sus hermanos murió y el resto fue expulsado de
Coatépec. Un enorme disco de piedra que representa a Coyolxauhqui fue
hallado en el Templo Mayor, al pie del templo de Huitzilopochtli, donde
se realizaban los sacrificios: sin corazón (como hizo el dios en Coatépec)
el cuerpo del sacrificado era arrojado por la escalinata y caía sobre la
figura de la diosa, que aparece desmembrada y ataviada con los símbolos
guerreros: pelotilla de plumas, cráneo atado a la cintura, protectores con
forma de cabezas de felinos en codos y rodillas, serpientes anudadas en
brazos y piernas.

Eduardo Matos, Felipe Erhrenberg y otros, Coyolxauhqui, México,


Secretaría de Educación Pública, 1980, figura 1, p. 42.

La expansión mixteca en Oaxaca


Tras el abandono de Monte Albán hacia del año 900, la situación
del valle de Oaxaca se volvió inestable: mientras los centros del va-
lle competían entre sí, nuevos pobladores se movilizaban desde las
regiones vecinas. Los más importantes, los mixtecos, originarios de
las montañas del oeste, la Mixteca alta, habían estado en contacto
desde mucho antes con los zapotecas del valle, aunque su lengua era
diferente.
Los señoríos mixtecos, en sus comienzos independientes y autosufi-
cientes, controlaban territorios reducidos que se extendían de modo
discontinuo por distintos nichos ecológicos para permitir el acceso a
222 América aborigen

recursos diversos y complementarios. Con el tiempo la población au-


mentó y la necesidad de más alimentos generó conflictos: sus capitales
se establecieron sobre cerros o estaban protegidas por fortalezas, y los
códices mixtecos muestran escenas de combates y sacrificios humanos.
A veces, esos señoríos formaban confederaciones temporarias; no fal-
taron intentos efímeros de construir un estado unificado, como el que
encaró 8 Venado Garra de Jaguar en el siglo XI.

8 Venado Garra de Jaguar, señor de Tututepec y Tilantongo


Las antiguas narraciones mixtecas, recogidas en distintos códices (Codex
Zouche-Nuttall, Bodley 2858, entre otros), atribuyen un rol fundamental a
8 Venado, quien vivió en la primera mitad del siglo XI. Nacido en Tilanton-
go, en el seno de un prestigioso linaje mixteco, se estableció muy joven
en Tututepec, jefatura dependiente de Tilantongo, desde donde inició su
política expansiva. Exitosas campañas le permitieron extender su control
a casi toda la Mixteca, obligando a los señores locales a reconocer su
autoridad y a pagar tributo. Sin embargo, su construcción política no lo
sobrevivió; derrotado en batalla, fue sacrificado en Cuilapan. El Codex
Zouche-Nuttall lo muestra capturando a 4 Viento Serpiente de Fuego, a
quien sujeta por la cabellera.

Joseph W. Withecotton, Los zapotecos. Príncipes, sacerdotes y campesi-


nos, México, FCE, 1985, p. 110.
Interregnos: reajustes y nuevos caminos 223

La población mixteca estaba fuertemente estratificada: a la cabeza se


hallaba el rey, su familia y los principales, especie de nobleza que de-
cidía los destinos del señorío; le seguían los hombre libres o “comune-
ros”, dedicados fundamentalmente a actividades productivas agrícolas
y artesanales, y a la guerra; había también dos grupos subordinados,
especie de siervos y esclavos (aunque estos términos europeos no dan
cabal cuenta de su situación) dedicados a las tareas más pesadas, sin
acceso a la tierra, y privados, total o parcialmente, de libertad.
A comienzos del segundo milenio, libres del control de Monte Albán,
los señores mixtecos se expandieron por la región mediante guerras o
matrimonios estratégicos con miembros de otros linajes gobernantes.
Con el tiempo controlaron las zonas montañosas y comenzaron a in-
cursionar en el valle donde, hacia el siglo XIV, se habían establecido
en algunos centros. El material arqueológico exhibe esa fusión de ele-
mentos culturales y estilísticos mixteca y zapoteca, pero se discute si los
elementos mixtecos son el resultado de un flujo de población nueva o
bien de los contactos entre ambas poblaciones. Como fuera, la presen-
cia de elementos mixtecos se destaca en antiguas ciudades zapotecas
como Mitla, Zaachila y la misma Monte Albán, sobre cuyas ruinas se
instalaron grupos mixtecos que reabrieron viejas tumbas (la Tumba 7,
donde se halló un magnífico conjunto de piezas de oro producidas por
orfebres mixtecos, es un buen ejemplo) y las utilizaron para enterrar a
sus propios muertos.
Mitla, en el oriente del valle, es la ciudad mejor conocida. Pobla-
da desde fines del Preclásico, alcanzó su apogeo durante el Posclási-
co tardío, cuando se construyeron los complejos arquitectónicos más
destacables y bellos: sus fachadas estaban revestidas con mosaicos de
intrincados diseños y murales.
Los artesanos mixtecos dominaban diferentes materiales y técnicas;
el arte lapidario, las cerámicas pintadas y, en particular, la orfebrería
tuvieron especial desarrollo. En la orfebrería se utilizó, entre otras, la
técnica de la cera perdida, aplicada al oro y la plata. También son fa-
mosos sus códices, textos pintados con vivos colores sobre tiras largas
de corteza o piel plegadas, a modo de libro, que narran las proezas de
los grandes señores, como el mencionado 8 Venado. El carácter de las
relaciones entre los mixtecos y la antigua población del valle es poco
conocido, aunque es probable que su convivencia no fuera fácil, y no
deben haber faltado conflictos. Sin embargo, la presencia de los ejér-
citos mexica en Oaxaca debe haber obligado a ambas poblaciones a
buscar acuerdos para enfrentar esa nueva amenaza.
224 América aborigen

El Occidente y la formación del estado tarasco


En el occidente del actual México, hasta entonces políticamente frag-
mentado, surgió durante la segunda mitad del Posclásico el estado ta-
rasco, que a fines del siglo XV controlaba un vasto territorio, en su
mayor parte en el actual estado mexicano de Michoacán. Área de gran
diversidad ecológica y variados recursos, en particular en torno al lago
de Pátzcuaro, ésta se convirtió en el centro político de la historia tarasca.
La región tenía una agitada historia. La población local era hetero-
génea, y a las diferencias culturales y lingüísticas se sumaba la falta de
unidad política y los permanentes conflictos entre las pequeñas jefa-
turas que se disputaban el poder. Hacia el siglo XIII, nuevos grupos,
que se reconocían como chichimecas, entraron en la región desde el
norte. Entre ellos se destacaron los clanes uacúsechas, que pronto incor-
poraron el cultivo y se sedentarizaron. Agresivos y diestros en la gue-
rra, comenzaron a participar en la política regional e incrementaron
su poder.
El primer intento de unidad estuvo relacionado con la fundación
de la ciudad de Pátzcuaro, dedicada a su dios patrono Curicaueri, al
sur del lago, en un lugar que, según la tradición, les fue revelado por
los mismos dioses. El control de Pátzcuaro, que pronto adquirió gran
prestigio como centro religioso, provocó arduas disputas entre los li-
najes uacúsechas. Tiempo después, Tariácuri, un jefe heroico, llevó
a cabo un segundo intento de unidad. Apoyado por su hijo y dos so-
brinos, unió a los uacúsechas y a otros grupos locales, y comenzó una
serie de guerras y conquistas que se prolongaron unos veinte años.
Dominado el lago y su periferia, los aliados, conocidos como purépe-
chas o tarascos, conquistaron otras regiones más alejadas; Tariácuri
pudo entonces obtener tributos y controlar valiosos recursos: sal, co-
bre, oro, plata, cinabrio y productos tropicales. Tras su muerte, hacia
1450, se establecieron tres capitales donde se instalaron como irecha
(semejante al tlatoani), los colaboradores de Tariácuri quienes, jun-
tos, gobernaron los territorios conquistados. La cercanía de las tres
capitales facilitó la centralización del poder.
Esa alianza recuerda a la Triple Alianza del valle de México pero, a
diferencia de aquella, la coalición purépecha ejerció un fuerte control
sobre los territorios conquistados y sus gobernantes intervinieron en la
política local, poniendo al frente de las regiones sometidas a los jefes
vencedores. Si la anexión se producía sin resistencia, los señores locales
conservaban su posición sumándose al aparato burocrático tarasco. En
las fronteras más conflictivas, al este y el sur, algunos pequeños reinos
Interregnos: reajustes y nuevos caminos 225

fueron incorporados como aliados, reemplazando el pago de tributos


por cargas militares. Más tarde, el imperio fue dividido en cuatro gran-
des provincias gobernadas por cuatro señores del más alto rango, que
dependían del poder central. Hacia la década de 1470, en el estado
tarasco tuvo lugar un nuevo avance en la centralización política.

Los mayas del Posclásico


La hegemonía de Chichén Itzá llegó a su fin a comienzos del siglo XIII,
tras algunas décadas de inestabilidad. Según relatos tardíos, Hunan
Ceel, miembro del linaje Cocom, quien se proclamó elegido divino
para gobernar el reino, encabezó un movimiento de carácter mesiáni-
co que puso fin a la dinastía gobernante y trasladó la capital a la ciudad
de Mayapán.

La hegemonía de Mayapán en el norte del área maya


Para vencer la resistencia de algunas ciudades, el nuevo gobernante
se vio obligado a buscar la ayuda de mercenarios chontales, con cuyo
apoyo pudo finalmente dominar la situación. Asimismo, para controlar
de cerca a los linajes gobernantes, evitar levantamientos y asegurar la
percepción de tributos, forzó a los señores principales de las ciudades
conquistadas a residir en Mayapán.
Se produjo entonces un notable incremento del comercio, alentado
desde el gobierno mismo. El movimiento de productos, en especial de
sal, algodón, ropas, cacao, miel, copal, jade, plumas, obsidiana y cobre,
se realizaba por mar, con embarcaciones que, siguiendo las costas de
Yucatán, conectaban a Xicalango, en el oeste (adonde llegaban rutas
de comercio desde el centro de México y el Pacífico) con los puertos
del golfo de Honduras en el este. Esa ruta estimuló el crecimiento de
centros costeros como Tulum, Xelhá e Ichbaatun, y enriqueció a sus
gobernantes.
Con Mayapán cambió la planificación de las ciudades posclásicas
pues, a diferencia del antiguo modelo de casas dispersas alrededor de
un gran centro ceremonial, los principales edificios (palacios de los
linajes nobles, centros administrativos y templos) se hallaban concen-
trados y rodeados por una poderosa muralla fuera de la cual se encon-
traban las viviendas de los grupos tributarios, en su mayoría campesinos
y artesanos.
Mayapán entró en crisis en el siglo XIV, cuando elites de otras ciuda-
des le disputaron el poder. Hacia 1460, su dinastía fue aniquilada, los
226 América aborigen

linajes sometidos recuperaron su autonomía y toda la región vivió un


profundo proceso de fragmentación política. Se formaron cerca de una
veintena de jefaturas independientes, algunas diminutas, que sobrevi-
vieron hasta la llegada de los españoles en 1528. Durante esos años,
primó un permanente estado de conflicto, en especial para defender
el acceso a las rutas comerciales que los mercaderes mantenían fun-
cionando, sin que ninguno tuviera la fuerza necesaria para imponerse
sobre el resto.

El Posclásico tardío en el centro y sur del área maya


Tras el triunfo de Mayapán, los linajes itzáes que abandonaron Chi-
chén emprendieron una larga migración hacia el sur. Abriéndose paso
en la selva tropical, alcanzaron la región del Petén, en el centro de
área maya, donde fundaron un estado independiente en torno al lago
Petén Itzá, en cuyo centro establecieron su capital, Tayasal, sobre una
isla. Defendidos por la intricada selva, sobrevivieron casi aislados hasta
finales del siglo XVII, cuando las fuerzas españolas iniciaron, en 1697,
la conquista de esa región.
Los importantes movimientos de pueblos producidos desde fines del
milenio anterior alcanzaron también las tierras altas del sur. Entre los
siglos X y XI, linajes procedentes de Xicalanco, en la costa del golfo de
México, penetraron en las montañas de Chiapas y Guatemala. Influi-
dos por las tradiciones toltecas de sus antepasados, se establecieron en
pequeños asentamientos situados sobre las cimas de los cerros y prote-
gidos por muros, fosos y acantilados, seguramente para defenderse de
las hostilidades de la población local. Con el tiempo, el linaje de los
quichés inició una expansión militar, aliado con los cakchiqueles, otro
linaje del mismo origen. Hacia mediados del siglo XV, controlaban un
amplio territorio. Sin embargo, en medio de una realidad social y po-
lítica cambiante, los cakchiqueles se independizaron y se instalaron en
torno al lago Atitlán, estableciendo su capital en Iximché.

El lejano norte
En el norte del actual territorio mexicano se desarrolló durante este pe-
ríodo un impresionante asentamiento, Paquimé o Casas Grandes, que
floreció entre 1300 y 1450, cuando se constituyó en un gran centro de
intercambios. En efecto, el hallazgo de una enorme cantidad de conchas
del golfo de California, cerámicas y espejos de pirita de Mesoamérica,
turquesas de Nuevo México y restos de guacamayos o loros de sitios le-
Interregnos: reajustes y nuevos caminos 227

janos, aunque criados en el lugar, muestran a Paquimé como un gran


centro de intercambio, ubicado sobre una ruta de unos 5500 kilómetros
de extensión que conectaba el Cañón del Chaco, en Nuevo México, con
el altiplano central de México. La presencia de escorias de cobre testimo-
nia la existencia de hornos de fundición cuyos productos deben haberse
volcado a ese circuito de intercambios, al menos en parte.

El gran centro de Paquimé o Casas Grandes


En la planicie occidental de Chihuahua, junto al río Casas Grandes, se
levantaba Paquimé o Casas Grandes, asentamiento impresionante, cuyas
vastas dimensiones se aprecian en la foto. Su núcleo era un enorme
complejo habitacional de cuatro pisos (podía alojar a muchas familias),
con sólidas paredes de adobe recubiertas por una capa de cal para
aislarlo de los fríos y calores extremos de la región. Enormes depósitos de
agua, redes de distribución de agua potable, fogones y graneros hacían
más confortable la vida de sus ocupantes. Las actividades públicas se
desarrollaban en edificios ceremoniales cercanos, como el Montículo de la
Cruz y las dos canchas de juego de pelota, rasgo que vincula a Paquimé
con Mesoamérica. El hallazgo de tumbas elaboradas sugiere la existencia
de una elite poderosa que controlaba los intercambios.

Stephen Plog, Ancient Peoples of the American Southwest, Londres,


Thames & Hudson, 1997, p. 173.
228 América aborigen

Como otros centros mogollones, Paquimé también declinó antes de


la llegada de los españoles. No existen certezas acerca de las causas,
aunque es posible que incidiera la creciente sequedad del clima, que
habría provocado la migración de numerosos pobladores hacia regio-
nes vecinas del norte o el sureste. Sin embargo, la mayoría debe haber
permanecido en el lugar: tarahumaras, ópatas y cahitas de épocas pos-
teriores podrían ser sus descendientes.
Una situación similar tenía lugar al oeste y al norte, en el área
Hohokam, donde los grandes centros clásicos que florecían desde co-
mienzos del milenio, como Snaketown, entraron en crisis y desaparecie-
ron hacia 1450. También las sociedades del área anasazi se contrajeron
a partir de 1300, los grandes sitios fueron paulatinamente abandonados
y, en algunas partes, se retomó una economía basada en la caza y la re-
colección. Cambios climáticos profundos, enfermedades, invasiones de
nómades, como los pueblos atapascanos en el norte, y guerras internas
fueron considerados posibles causas de esa desaparición; aunque en
realidad desconocemos los motivos exactos. De hecho, los años poste-
riores, hasta la llegada de los españoles, aún son un verdadero misterio
que dilucidar.

Desarrollos regionales tardíos en los Andes

En el período inmediatamente posterior a la desaparición de Tiwanaku


y Wari se manifestaron marcados contrastes regionales que adquirieron
mayor visibilidad a partir de los siglos XI o XII. En la costa norte, el de-
sarrollo urbano culminó con la formación de grandes estados que se al-
ternaron en el poder, como Batán Grande, en el valle de Lambayeque,
y el reino Chimú con capital en Chan-Chan, en el valle del Moche. En
la costa sur, en cambio, la alternancia de poder tuvo lugar entre peque-
ñas jefaturas o reinos locales, como los asociados a la cultura Ica. En la
sierra y en las tierras altas, por el contrario, predominaron formaciones
locales de carácter aldeano, con algunas excepciones como los señoríos
aymara de la cuenca del Titicaca y los curacazgos del valle del Cuzco,
uno de los cuales, el de los inka o incas, etnia de lengua quechua, sería
luego el articulador de un nuevo proyecto pan-andino.

El reino chimú
El gran centro de Chan-Chan, construido junto a la costa del Pacífico,
fue en un principio la capital de un estado local que controlaba el valle
Interregnos: reajustes y nuevos caminos 229

del Moche. Con el tiempo, se convirtió en el centro político de un po-


deroso estado conquistador, que se extendió desde el valle de Casma
en el sur hasta el de Tumbes en el norte. El material arqueológico, en
particular la cerámica, muestra que los chimúes eran herederos de la
tradición mochica, aunque enriquecida con aportes de Wari, que había
controlado durante un tiempo la región.
La cronología chimú aún resulta problemática; sólo es posible trazar
las líneas más generales de su historia. Las primeras construcciones im-
portantes de Chan-Chan se remontan al año 900; la cultura chimú se
consolidó durante los dos siglos siguientes. En ese período, sus influen-
cias se extendieron a los valles vecinos de Virú y Chicana, aunque los
principales avances se extendieron hacia las tierras altas, seguramente
para controlar los cursos superiores de los ríos que formaban los valles
costeros, de los que dependían los sistema de irrigación. El control de
esos cursos superiores habría sido el factor que le permitió a Wari do-
minar las poblaciones costeras.
La gran expansión chimú llegó más tarde, en el siglo XII. Las prime-
ras conquistas se dirigieron hacia el valle de Jequetepeque, al norte,
donde dos grandes centros, Pacatnamú y Farfán, cayeron bajo poder
chimú. Al mismo tiempo, se acentuó la penetración hacia el interior,
destinada a asegurar también el acceso a las tierras altas. Entre las últi-
mas décadas del siglo XIV y comienzos del XV, una segunda etapa de
expansión condujo a la conquista del valle de Casma, donde el centro
de poder de los chimúes se estableció en Cerro Manchán. De allí, la
influencia chimú se extendió hacia el sur, cerca de Lima, aunque el
control sobre estos territorios fue más laxo. Hacia el norte, se alcanzó
el valle de Lambayeque, donde encontraron resistencia en el reino de
Sicán o Batán Grande, también heredero de la tradición mochica. Dos
centros regionales, Chotuna y Batán Grande, constituyeron los núcleos
fundamentales del dominio chimú en el rico valle de Lambayeque; tam-
bién es probable que se alcanzaran los valles norteños de Tumbes y
Piura, más allá del desierto de Sechura.
Los textos coloniales atribuían el origen de la dinastía chimú a un
personaje legendario llegado por mar en una balsa o barca de juncos,
llamado Tacaynamo o Taycanamo. El relato presenta semejanzas con
el de otro personaje legendario, Naylamp o Ñamlap, fundador de la
dinastía de Lambayeque. Fueron los descendientes de Tacaynamo
quienes expandieron el imperio; el último de ellos, Minchaçaman, que
había realizado las conquistas más lejanas en el norte, fue vencido y
capturado por los incas.
230 América aborigen

El gran centro de Chan-Chan, que albergó unas 30 000 personas en


su momento de mayor extensión, estaba situado en una planicie llana,
de espaldas al mar, y defendido sólo en su lado norte por un muro. Sin
embargo, la mayoría de la población vivía en caseríos o aldeas fuera de
la ciudad. El enclave de Chan-Chan, hoy desértico, presentaba en esa
época un aspecto distinto, pues un elaborado sistema de riego había
convertido a las tierras cercanas en un área agrícola altamente produc-
tiva, capaz de proporcionar el alimento necesario para la numerosa
mano de obra empleada en las grandes construcciones que dirigían los
gobernantes chimúes.
Dentro de la ciudad, construida con adobe, se distinguen distintos ti-
pos de unidades arquitectónicas, con una jerarquía clara. Las primeras
y más importantes, llamadas “ciudadelas”, fueron residencia de reyes o
señores. Cada ciudadela pertenecía a un rey y, a su muerte, pasaba a su
linaje, por lo que el nuevo señor debía construir una nueva residencia.
En un segundo nivel se encontraban estructuras intermedias (unas 35,
también amuralladas y similares a las anteriores, aunque más pequeñas
y sin plataformas funerarias), destinadas a alojar a nobles o altos fun-
cionarios de la administración. Un tercer nivel estaba constituido por
plataformas ceremoniales, con seguridad vinculadas al culto y al sacer-
docio; finalmente, se encontraban las viviendas de los sectores urbanos
más bajos (artesanos, mercaderes, servidores), formadas por recintos
pequeños, aglutinados y menos elaborados.

Las “ciudadelas” de Chan-Chan


Las ciudadelas, enormes recintos amurallados construidos con adobe y
con una sola entrada, muy protegida, eran los edificios más importantes
de la ciudad. Sus numerosos patios y salas, abiertos y sin techar, ha-
brían sido espacios para almacenamiento y estructuras administrativas
que sugieren la existencia de cierta burocracia gubernamental. Había
también salas y cuartos techados, pozos para agua y grandes platafor-
mas funerarias con tumbas para los cuerpos de los reyes. Los muros,
enlucidos con estuco, estaban cuidadosamente decorados con frisos
modelados.
La cámara central de la Huaca de las Avispas, en la ciudadela Laberin-
to, contenía el cadáver de un hombre acompañado por los cuerpos de
más de trescientas mujeres jóvenes. Es el testimonio de la práctica del
suttee, común en muchos estados antiguos, que consiste en enterrar a
Interregnos: reajustes y nuevos caminos 231

esposas y servidores para que acompañen al señor en el mundo de los


muertos, demostrando así su riqueza y poder. La foto muestra una vista
aérea de Chan-Chan desde el sudoeste; se distinguen claramente varias
ciudadelas.

Adriana von Hagen y Graig Morris, The Cities of Ancient Andes, Londres,
Thames & Hudson, 1998, p. 146.

Esta jerarquía edilicia da cuenta de una sociedad estratificada, con cla-


ses o estamentos bien diferenciados, a cuya cabeza se encontraban el se-
ñor, su familia y los cuadros más altos de la administración y la religión.
Ellos dirigían un estado fuerte y centralizado, capaz de sostener y llevar
adelante grandes proyectos constructivos e hidráulicos, intercambios
a larga distancia, empresas militares, así como la producción de las ar-
tesanías especializadas. Entre estas últimas se destacaba la alfarería, de
tradición mochica, aplicada a vasos negros, con decoración grabada y
producidos en serie, por medio de moldes. También eran importantes
los textiles y la metalurgia, de la que se conserva una enorme cantidad
de piezas, de singular belleza.
Poco conocemos acerca del funcionamiento social y político. La su-
cesión real era hereditaria entre hijos y hermanos; el ce-quic (literal-
mente “gran señor”) y la nobleza ocupaban la cúspide de la pirámide
social y ejercían el poder político. Debajo de ellos se encontraban los
232 América aborigen

cortesanos, campesinos liberados del trabajo manual para dedicarse al


servicio del señor y de los nobles. En la base, los vasallos y los servido-
res domésticos cargaban con el peso de las actividades productivas. No
existía movilidad social, pues cada individuo pertenecía por nacimiento
a un estamento determinado.
En la segunda mitad del siglo XV, la zona fue atacada por los señores
cuzqueños, que avanzaban rápidamente por las tierras altas; hacia 1470,
el reino chimú fue conquistado y su territorio formalmente incorpora-
do al Tawantinsuyu.

La arquitectura chimú: sofisticación y elegancia


La arquitectura chimú se caracterizó por su sofisticación: las paredes
interiores y los muros externos de los recintos y estaban hechos con
ladrillos de adobe estucados en origen y decorados con nichos y frisos
en bajorrelieve. Los motivos se vinculaban, principalmente, con el mundo
marino: peces, pájaros, seres míticos antropozoomorfos. Había también
delicados motivos geométricos, mucho de ellos parecidos a arabescos.
Como en otras sociedades andinas, estos motivos se vinculan a la icono-
grafía presente en otras manifestaciones, principalmente los textiles. Las
ilustraciones muestran la Huaca Dragón, cerca de Chan-Chan, con parte
de su decoración restaurada, y el detalle de un friso de Chan-Chan, con
el motivo de un pez.

María Longhena y Walter Alba, Perú Antiguo, Barcelona, Folio, 2005,


p. 180.
Interregnos: reajustes y nuevos caminos 233

Michael E. Mosely, The Incas and their Ancestors. The Archaeology of


Peru, Londres, Thames & Hudson, 2001, figs. 57-58.

Los señores del Cuzco


En los valles de la sierra meridional peruana, el período posterior a la
caída de Wari se caracterizó por desarrollos que no excedían los mar-
cos locales y, aunque algunos centros habrían conservado una orga-
nización urbana, predominaban las aldeanas. En los valles de Cuzco,
Lucre y Urubamba, los poblados eran pequeños, con casas redondea-
das y aglutinadas que, en muchas partes, se situaban en lugares de fácil
defensa, correlato de una época de conflictos. En el valle de Cuzco y
las áreas cercanas, ese primer desarrollo posterior a Wari se caracterizó
por una cerámica particular, modesta y con variaciones locales, que
los arqueólogos llaman “killke”, datada, con métodos radiocarbónicos,
entre 1000 y 1400 aproximadamente.
El patrón urbano, muy diferente del de Wari, se asemejaba a los an-
tiguos centros ceremoniales. La situación era consistente con el fuerte
vuelco de la economía a la producción rural, las restricciones de la cir-
culación de gente y tributos, y un desarrollo manufacturero escaso, ba-
sado en la producción doméstica. El Cuzco primitivo (aunque algunos
estudiosos consideran que era ya sede de un pequeño señorío) era la
residencia del linaje o panaca gobernante y de algunos funcionarios o
camayoc. Sus residencias eran tan importantes como los templos, lo que
sugiere que la vida giraba fundamentalmente en torno a los jefes étnicos
(curaca), pronto divinizados, y no a los sacerdotes. Esa elite dominaba a la
población rural vecina, que vivía en caseríos dispersos o pequeñas aldeas.
Las leyendas conocidas acerca del origen de los fundadores del linaje
real inca apuntan en la misma dirección. Esos héroes fundadores, como
234 América aborigen

los hermanos Ayar, habían llegado al Cuzco desde afuera, provenientes


del altiplano, de la región del lago Titicaca, y parecen haber estado vin-
culados con un antiguo santuario solar de la isla de Copacabana. Tales
leyendas legitimaban a los señores cuzqueños: les otorgaban un origen
mágico-religioso, los inscribían como descendientes e hijos del Sol o
Wiracocha; de hecho, la iconografía y las leyendas los ligaban tanto a
Wari como a Tiwanaku, sociedades de las que los incas tomaron luego
numerosas ideas, prácticas e instituciones.
Con el tiempo, esos señores adoptaron distintivos étnicos particu-
lares: grandes orejeras, similares a las usadas por señores chimúes,
y un tocado particular, el llauto. Tales distintivos (tocados, gorros y
vestidos son hasta hoy marcadores étnicos entre las poblaciones an-
dinas) les permitían diferenciarse de otros grupos del valle, aunque
su lengua (el quechua), costumbres y organización familiar fueran
semejantes.
Lo poco que puede inferirse sobre la temprana historia del Cuzco
es la existencia de una confederación de grupos gobernados por jefes
guerreros o sinchi, empeñados en largos conflictos armados con gru-
pos cercanos, derivados a su vez de disputas por tierras o fuentes de
agua. Durante esos conflictos, los grupos más próximos se aglutinaron y
unieron fuerzas frente a otros. Los primeros soberanos que recuerda la
tradición, antes del reinado del mitológico Wiracocha, son de carácter
legendario.
El verdadero comienzo del Tawantinsuyu (literalmente, “los cuatro
suyu” o partes, como se denominaba al Imperio) se asocia a un rey he-
roico, Inca Yupanqui Pachacuti, y a la memorable guerra que libró con-
tra los chanca, población que ocupaba el antiguo territorio de Wari,
considerada bárbara por los incas. La guerra contra los chancas tiene
ribetes mitológicos destinados a glorificar a Pachacuti, quien surgió
como salvador de los linajes cuzqueños cuando los chanca sitiaron Cuz-
co, abandonado por Wiracocha, padre del héroe. Pachacuti permane-
ció en la ciudad y organizó su defensa.
El propio Wiracocha, divinidad suprema del panteón incaico, tomó
parte en el conflicto haciendo surgir ejércitos que combatieron contra
los invasores; algunas versiones narran que hasta las piedras del camino
fueron convertidas en guerreros que engrosaron el ejército de Pacha-
cuti. El triunfo militar legitimó su poder, lo convirtió en civilizador al
vencer a los bárbaros chanca y estableció su derecho a expropiar a los
vencidos. El Cuzco se transformó en cabeza de un estado conquistador.
Aunque ignoramos la cronología exacta del proceso, esa transforma-
Interregnos: reajustes y nuevos caminos 235

ción debe haber ocurrido hacia 1430, es decir, alrededor de un siglo


antes de la llegada de los españoles a la región.

Los señoríos aymara del altiplano y los Andes meridionales


Las poblaciones del altiplano, particularmente las ubicadas en la cuen-
ca del Titicaca, conformaron una serie de pequeñas jefaturas, llamadas
luego por los españoles “reinos” o “señoríos”, herederas de la tradición
de Tiwanaku. Sus pobladores, denominados genéricamente “collas”
por los incas, estaban vinculados entre sí y hablaban principalmente la
lengua aymara. Aunque la arqueología brinda escasos datos acerca de
estas jefaturas, las fuentes europeas del siglo XVI conservaron informa-
ción sobre ellas. Dos de esas jefaturas aymaras, ubicadas al oeste del Ti-
ticaca, adquirieron importancia; al parecer, entre sus señores existieron
rivalidades, que en ocasiones condujeron a violentos conflictos.
Una jefatura era el reino colla, al noroeste del gran lago, cuya capital
debe haber sido Hatuncolla, cerca de la laguna Umayo, a la cual se
asocia el complejo funerario de chullpas de Sillustani, ubicado a corta
distancia. La otra era el señorío de los lupaka, poderosa organización
política aymara en el suroeste del Titicaca, cuya capital o centro político
debe haber sido Chucuito. Conforme el principio dual que sustentaba
el mundo andino, esta jefatura estaba regida por dos ricos y poderosos
señores de los linajes Cari y Cusi. Su riqueza se basaba en los enormes
rebaños de camélidos (llamas y alpacas) que mantenían en los pastizales
de la puna. Su impresionante cantidad fue un atractivo para los señores
incas; más tarde también asombró a los conquistadores españoles.

Las chullpas de Sillustani


Este complejo funerario de chullpas en el noroeste de la cuenca del
Titicaca, sobre una terraza que mira al lago Umayo, se asocia al reino
colla, cuya capital fue, al parecer, Hatuncolla, situada en las cercanías.
Se descata, por su buen estado de conservación, la chullpa Lagarto (en
la foto), que alcanza 12 metros de altura, llamada así por la figura de un
lagarto tallada sobre su pared. Las chullpas, destinadas a miembros de
linajes destacados, se encuentran en casi todo el altiplano y se construye-
ron durante el período Intermedio tardío. Sus características varían según
el período y el lugar: las del norte, casi siempre circulares, están hechas
de piedra; las del sur, en cambio, de adobe, suelen ser de forma rectan-
gular. Algunas carecen de ornamentación, en tanto otras poseen figuras
236 América aborigen

talladas. Los cadáveres se colocaban en posición fetal, con un variado


ajuar funerario.

Siguiendo la tradición de Tiwanaku, los señores de Chucuito habían


establecido colonias en otros pisos ecológicos, algunas a gran distan-
cia del altiplano, su área nuclear, tanto hacia la costa (Arica, Sama y
Moquegua) como en los valles y montañas orientales. En los primeros
se cultivaba algodón y maíz, se explotaban recursos marinos y se reco-
lectaba guano; en los segundos se obtenía coca, madera y productos
de la selva. Se trataba de productos esenciales y valiosos, escasos en el
altiplano.
Esas jefaturas fueron sometidas por los incas a mediados del siglo
XV, durante el gobierno de Pachacuti Inca, aunque la tradición re-
cuerda un intento más antiguo atribuido a Wiracocha, que fracasó
debido a la resistencia del reino colla. Empero, los collas lograron
mantener su identidad y la conservaron incluso bajo la dominación
española.
A comienzos del siglo XIII, el actual noroeste argentino y los terri-
torios vecinos de Chile eran testigos de un fuerte aumento de la po-
blación y del surgimiento de sociedades más grandes y complejas que
las anteriores, cuya organización política, relativamente centralizada,
se localizaba en los pucaras, mientras en el resto del territorio se dis-
tribuían poblados dependientes y asentamientos rurales o chacras,
donde residían los campesinos. Ubicados sobre cerros, con frecuencia
rodeados por muros defensivos, los pucaras podían vigilar y controlar
los territorios vecinos, y algunos llegaron a ser grandes conglomerados
Interregnos: reajustes y nuevos caminos 237

humanos. También se emprendió la construcción de extensas terrazas


y obras de regadío.
El término “pucara” tenía implicancias políticas y simbólicas, pues en
él residían los jefes que organizaban la defensa o encaraban empresas
militares; dirigían las actividades agrarias, la producción artesanal es-
pecializada y los intercambios a larga distancia, y eran responsables de
los rituales que aseguraban el éxito y la prosperidad de la comunidad.
Varios pucaras contaban con espacios y edificios de uso público comu-
nitario, en especial destinados a actividades ceremoniales y rituales me-
diante las cuales se buscaba reproducir el sistema político y simbólico
que aseguraba la continuidad del orden social.
En las chacras se desarrollaban las actividades productivas esenciales,
el cultivo de las tierras y la cría de llamas y alpacas; allí residían los pro-
ductores agrícolas, cuyo trabajo sostenía la existencia de toda la comu-
nidad. También se reactivaron los antiguos circuitos caravaneros que
conectaban el monte chaqueño con el litoral del Pacífico y se alentó la
producción de artesanías especializadas como la cerámica, el tejido y
la metalurgia. En síntesis, el pucara (centro social, político y religioso)
y las chacras (instalaciones productivas básicamente agro-pastoriles)
constituían una unidad indisoluble.

Las grandes jefaturas del área intermedia


En el área intermedia, que abarca los Andes septentrionales (actual Co-
lombia) y las tierras de América Central, se profundizó la diversidad
adaptativa y la extrema fragmentación política, en general en nume-
rosas pequeñas jefaturas. Esas jefaturas basaban su subsistencia en una
agricultura centrada en el maíz, al que se agregaron la papa en las tie-
rras más altas, y la mandioca en las tierras bajas tropicales. Los sistemas
de cultivo variaban según la región: en las tierras bajas húmedas y selvá-
ticas predominaba la agricultura de roza; en las tierras altas se constru-
yeron andenes de cultivo; en las zonas menos húmedas se recurrió al
riego en pequeña escala. En cuanto a la estructura social, se reconocen
al menos tres estamentos bien diferenciados: los señores o nobles, los
artesanos especializados, incluidos los comerciantes, y el pueblo llano,
en su mayor parte campesinos.
Pese a sus diferencias, esas jefaturas compartían algunos rasgos tec-
nológicos: arquitectura monumental en barro y en piedra presente en
la construcción de residencias para la elite, templos y tumbas; notable
desarrollo de la metalurgia, que usaba oro, plata y cobre, o aleaciones
de estos metales para elaborar objetos de uso ritual o adornos y bienes
238 América aborigen

de prestigio para la elite. Las herramientas e instrumentos utilitarios se


realizaban, en cambio, con piedra tallada y pulida; la producción textil
y alfarera se generalizó y sus productos alcanzaron gran calidad, tanto
técnica como decorativa. Entre los múltiples objetos elaborados con
estas técnicas, se diferenciaban con claridad aquellos destinados a los
señores y la elite de los producidos para uso de la gente común.
La más compleja de estas culturas fue la de los muiscas o chibchas,
que ocupaba la sabana de Bogotá y las tierras altas adyacentes, al orien-
te del río Magdalena. Hablaban una lengua de la familia macro-chibcha
y estaban organizados en dos jefaturas principales: la del Sipa, que con-
trolaba la sabana propiamente dicha, y la del Zaque, más al norte, en
torno a la actual ciudad de Tunja. Entre ambas había algunas pequeñas
jefaturas independientes, con frecuencia enfrentadas entre ellas. Con
el tiempo, las dos grandes jefaturas muiscas se expandieron y consoli-
daron, a expensas de otras más pequeñas. Hacia 1500, la cultura muisca
se destacaba en la región.
10. Los grandes estados imperiales:
incas y mexica (c. 1450-1530)

Las décadas previas a la invasión europea fueron escenario


de la formación de dos extensas unidades políticas imperiales:
una, la inca, se extendió por los Andes centrales y meridionales;
la otra, mexica o azteca, dominó más de la mitad del territorio
mesoamericano. Recogiendo tradiciones y experiencias ante-
riores, ambas sometieron a un abigarrado mosaico de poblacio-
nes cultural, política y lingüísticamente diferentes, exigiéndoles
tributos y distintas prestaciones o servicios. Sin embargo, estos
imperios fueron muy distintos entre sí.

Los imperios creados por incas y aztecas tuvieron caracterís-


ticas diversas. El primero reunía los rasgos de un verdadero imperio
antiguo: fuerte integración política apoyada en la presencia militar, só-
lida organización administrativa, y extensas redes de caminos y comu-
nicaciones que permitían controlar a los pueblos dominados, explotar
recursos estratégicos y extraer excedentes. En cambio, el azteca tenía
carácter laxo y poco orgánico, donde la presencia del dominador esta-
ba atemperada y su influencia cultural era leve.
Por eso, algunos estudiosos afirman que los mexica no constituyeron,
en sentido estricto, un imperio: carecieron de ejércitos permanentes,
ejercieron el poder de modo indirecto a través de las elites conquis-
tadas en lugar de enviar gobernadores a las provincias, no construye-
ron una infraestructura de caminos, ciudades o depósitos y, salvo en las
fronteras peligrosas, las guarniciones militares fueron pocas y estaban
alejadas unas de otras.
Otros investigadores ven el tema desde una perspectiva más am-
plia y distinguen dos tipos básicos de imperio. Uno, de tipo territorial
o directo (como el persa, romano o inca), se caracteriza por poseer
grandes dominios territoriales con ejércitos permanentes, ostentar el
control directo de las provincias, elaborar programas de construcción
e intentar incorporar a los pueblos sometidos a la cultura del poder
240 América aborigen

dominante, especialmente mediante el uso de una lengua común. El


otro, de carácter hegemónico o indirecto, tiende a dejar el manejo de
las cuestiones internas en manos de los jefes sometidos, cuya adhesión
se obtiene combinando fuerza y persuasión, y no intenta cambiar usos
y tradiciones locales en tanto se cumplan las exigencias tributarias
impuestas.
El imperio incaico o Tawantinsuyu y el de los aztecas parecen buenos
ejemplos de ambos tipos de organización. Sin embargo, más allá de
estas definiciones generales, es preciso tener en cuenta que todos los
imperios combinaron estrategias de tipo territorial y hegemónico, en
distintos momentos de su historia o en la conquista de diferentes re-
giones. Los señores mexica no carecieron de planes para la expansión
y administración imperial; los cuzqueños, por su parte, recurrieron a
veces a la persuasión antes de llegar a la guerra y, en ocasiones, dejaron
en manos de curacas leales el manejo de la política local.

El Tawantinsuyu

Herederos de la tradición de Wari y Tiwanaku, y mediante una hábil


política que combinó guerras, presiones, amenazas y alianzas, los seño-
res cuzqueños construyeron en poco tiempo un extenso imperio que,
a comienzos del siglo XVI, se extendía a lo largo del espacio andino,
desde el sur de la actual Colombia hasta el centro de Chile.

Las bases materiales del estado inca


Sucesivas conquistas les permitieron a los incas controlar vastos terri-
torios y movilizar enormes contingentes de mano de obra en una di-
mensión nunca antes lograda. Dispusieron así de la energía humana
necesaria para emprender proyectos constructivos y expandir la agri-
cultura en la región serrana, especialmente maíz, un bien prestigioso,
cuyo cultivo en la sierra requería importantes obras de infraestructura,
como andenes o terrazas y extensos sistema de riego.
Esa disponibilidad de mano de obra les permitió también construir
un magnífico sistema de caminos, el capacñam (muchas de cuyas partes
aún pueden verse e incluso son utilizadas en la actualidad por poblado-
res locales), que unía distintas regiones del imperio y permitía el rápido
desplazamiento de mensajeros y tropas. Puentes de piedra (algunos de
los cuales se conservan) y puentes colgantes permitían sortear los ríos
caudalosos, y un sistema de paradores o posadas, los tambos, estratégi-
Los grandes estados imperiales: incas y mexica 241

camente distribuidos, permitía albergar y aprovisionar a los viajeros.


También se construyeron grandes depósitos provinciales, como en
Huánuco Pampa, con el objetivo de acumular los excedentes de pro-
ducción, principalmente alimentos y tejidos, que servían para sostener
los ejércitos y la administración regional.

Los depósitos del Inca


Los grandes depósitos o collcas jugaron un papel central en la economía
y el manejo político del estado. Las reservas y excedentes allí acumu-
lados permitían el funcionamiento de las administraciones provinciales,
el sostenimiento de los ejércitos y comisiones enviadas por el Inca y el
mantenimiento de los sistemas de reciprocidad en que se apoyaba el
sistema político y tributario. Eran administrados por un funcionario, el
suyuyoc, elegido entre las personas más respetables de cada provincia,
quien debía llevar cuenta de las existencias y de lo que entraba y salía de
los depósitos a su cargo. El dibujo de Guaman Poma muestra esos alma-
cenes y, a la derecha, se observa al suyuyoc, con el quipu en sus manos,
rindiendo cuentas a Tupa Inca Yupanqui del estado de las collcas.

Guaman Poma de Ayala, El primer Nueva Corónica y buen Gobierno, vol.


1, México, Siglo XXI, 1980, p. 309.
242 América aborigen

Como en todas las sociedades andinas, la economía del imperio estaba


basada en dos actividades esenciales practicadas desde hacía milenios:
la agricultura y, en las tierras altas, la cría de camélidos, en especial
llamas. En la costa, además del cultivo en los valles, eran fundamenta-
les los recursos del mar: pesca, recolección de mariscos, caza de aves y
mamíferos.
En las tierras altas, la agricultura –en general practicada a temporal,
esto es, aprovechando las lluvias del verano− se centraba en el cultivo
de tubérculos adaptados a la altura y resistentes a las heladas, como la
papa, el ulluco y la oca, y de un grano, la quínoa, de alto valor protei-
co. La papa, de la que se conocen varios cientos de variedades, era el
cultivo más importante. También fue fundamental la domesticación de
llamas y alpacas, y del cuy. La llama, usada como medio de transpor-
te, también proveía lana; su excremento servía como combustible y,
eventualmente, como abono, y su carne era una fuente adicional de
proteínas. El clima favorecía la conservación y almacenamiento de es-
tos productos: el frío, la sequedad y la sal permitían conservar la carne
(charqui), en tanto las heladas permitían someter las papas a un proceso
de desecación que las convertía en chuñu.
Esa posibilidad de disponer de alimentos todo el año permitió una
alta concentración de población en los valles altos y en las partes más
bajas y protegidas del altiplano, donde se practicaba el cultivo al tiempo
que se hallaban cerca de los pastos necesarios para alimentar los reba-
ños. En algunas zonas, como por ejemplo en torno al Titicaca, a más de
3800 metros de altura, o en el rico valle del Vilcanota-Urubamba, base
de la riqueza del Cuzco, se formaron verdaderos bolsones de población.
El maíz tenía una importancia especial. Estimado por su valor ali-
menticio y su facilidad de conservación, su cultivo en la región serrana
presentaba dificultades pues requería un clima húmedo y cálido, y re-
sistía poco las heladas. Con grandes cuidados, era posible cultivarlo en
pequeñas cantidades en algunos lugares. Por eso, antes de los incas,
se lo empleaba especialmente para producir chicha, bebida elaborada
mediante la masticación de los granos y su fermentación en agua, que
se utilizada en ceremonias y rituales religiosos y sociales.
Con los incas, el cultivo del maíz se convirtió en un asunto de estado.
Se emprendió e impulsó la realización de obras para asegurar el éxito
de la agricultura serrana del maíz, para lo cual se extendieron los sis-
temas de regadío, se construyeron andenes de cultivo y se generalizó
el uso de abono hasta alcanzar dimensiones nunca antes vistas. Interés
y necesidad, sumados a las dificultades para su cultivo, generaron una
Los grandes estados imperiales: incas y mexica 243

elevada ansiedad que tuvo su correlato en los complejos rituales y ela-


boradas ceremonias que rodeaban todas las etapas de su cultivo, así
como del agua, fundamental para su producción. El mismo Inca parti-
cipaba y dirigía los principales rituales.

Riego y andenes en el imperio inca


244 América aborigen

Una ambiciosa meta de los incas fue extender la agricultura del maíz,
especialmente en las tierras altas. Allí, las tierras aptas para su cultivo eran
pocas y fue necesario emprender grandes obras: había que ganar
espacio aterrazando las empinadas laderas de los valles y asegurar la
adecuada provisión de agua mediante complejos de regadío, como
ocurrió en el valle del Urubamba (ilustración), entre otros lugares. El Inca
Garcilaso de la Vega describe con admiración esas obras, que conoció
durante su infancia en el Cuzco, su tierra natal. Cuando el Inca conquista-
ba un territorio, “mandaba –nos dice− que se aumentasen las tierras de
labor, que se entiende las que llevaban maíz, para lo cual mandaba traer
los ingenieros de acequias, que los hubo famosísimos, como lo muestran
hoy sus obras, así las que se han destruido, cuyos rastros se ven todavía,
como las que viven. Los maestros sacaban las acequias necesarias,
conforme a las tierras que había de provecho, porque es de saber que
por la mayor parte toda aquella tierra es pobre de tierras de pan, y por
esto procuraban aumentarlas todo lo que les era posible [...]. En los
cerros y laderas que eran de buena tierra hacían andenes para allanarlas,
como hoy se ven en el Cozco y en todo Perú”.

Otros recursos valiosos atrajeron la atención de los señores cuzqueños,


que estimularon su obtención y producción, e intentaron asegurar su
control por parte del estado; por ejemplo, los rebaños de llamas y alpa-
cas, valiosas estas últimas debido a la calidad de su lana, empleada para
hacer los finos tejidos, cumpi, con que se confeccionaban las prendas
del soberano. A ello se sumaron los metales preciosos, oro y plata, con
que se fabricaban piezas de alto valor simbólico que sólo podía usar
el Inca o aquellos señores a quienes se las regalase y, por supuesto, el
guano. Sobre ellos (es decir, tierras, ganados, metales, guano) el Inca
proclamaba su derecho exclusivo en su calidad de hijo del Sol y se ase-
guraba, al menos en principio, su monopolio.

Los textiles en el imperio incaico


Además de sus funciones como abrigo, esencial en las frías tierras altas
de los Andes, los tejidos desempeñaron en el mundo andino, y particular-
mente entre los incas, un papel esencial en la reproducción del sistema
social y político. En efecto, los tejidos finos, cumpi, realizados con lana
de alpaca por mujeres consagradas a esa actividad, las acllas, eran
esenciales, junto con la chica de maíz y adornos y joyas de oro y plata,
Los grandes estados imperiales: incas y mexica 245

en los rituales religiosos, los actos de sociabilidad y el establecimiento de


relaciones políticas. Los tejidos eran parte de los regalos que el Inca hacía
a funcionarios, jefes del ejércitos, curacas subordinados o jefes de grupos
étnicos con los que se relacionaba, pues su aceptación establecía lazos
de subordinación de quien lo recibía hacia quien lo entregaba. La imagen
de Guaman Poma muestra una tejedora con su telar de cintura, caracte-
rístico del mundo andino.

Guaman Poma de Ayala, El primer Nueva Corónica y buen Gobierno,


vol. 1, México, Siglo XXI, 1980, p. 191.

El funcionamiento de la sociedad y el estado


Las conquistas territoriales, el control de una numerosa población y
el monopolio sobre los recursos básicos fueron las bases del Tawantin-
suyu, y permitieron que la élite se apropiara de los excedentes, redis-
tribuidos a su vez conforme a criterios fijados desde el Cuzco. Dichos
excedentes eran resultado del trabajo o de prestaciones que las comu-
nidades integradas al imperio debían a sus señores, templos y dioses.
Se trataba de una antigua tradición andina, que los incas supieron
aprovechar al tiempo que le confirieron una nueva dimensión. En las
comunidades andinas, denominadas “ayllu”, cuyos integrantes se reco-
nocían unidos por lazos de parentesco, la propiedad de la tierra era
colectiva y el trabajo, regido por el principio de reciprocidad, se rea-
lizaba en común. Ese trabajo comunitario incluía, además de las tie-
rras asignadas a cada unidad doméstica, otras, otorgadas al templo o
246 América aborigen

las divinidades locales (las huacas), a los señores étnicos (los curacas),
al sostenimiento de las viudas, huérfanos, ancianos o incapacitados, o
para crear reservas para épocas difíciles. Estas tareas, llevadas a cabo
por grupos o turnos (en un procedimiento denominado “mita”), supo-
nían la reciprocidad, ya que la intervención de las divinidades era esen-
cial para el éxito agrícola, y los curacas representaban a la comunidad y
organizaban el trabajo colectivo.
En tanto conquistadores e hijos del Sol, los incas se proclamaban pro-
pietarios eminentes de las tierras, los rebaños y los recursos mineros.
De este modo, las comunidades, antaño dueñas de sus tierras, se con-
vertían, por un acto de generosidad del Inca conquistador, en usufruc-
tuarias de estas y de sus recursos. Como prestación recíproca, el Inca
les exigía realizar por turnos distintos trabajos o mitas, que incluían,
entre otras actividades, trabajar las tierras y cuidar los rebaños asigna-
dos al Inca, a los linajes cuzqueños, a los grandes señores étnicos, a las
divinidades y los templos; esquilar, hilar y tejer; trabajar en las grandes
obras públicas (obras de riego, andenes, caminos, depósitos, tambos),
contribuir a su conservación y mantenimiento, y participar en el ejérci-
to. Como beneficiario y siguiendo la tradición andina, el Inca aportaba
las materias primas necesarias y proveía alimentos durante los días del
servicio.
Los productos así obtenidos eran concentrados, almacenados y lue-
go redistribuidos según criterios fijados por el estado. Servían para
mantener al Inca, a los linajes nobles cuzqueños, al ejército, los fun-
cionarios y la administración, a los templos y el culto, o para asegu-
rar el funcionamiento del sistema de reciprocidad, por ejemplo, para
alimentar a los trabajadores durante las mitas. El funcionamiento de
este mecanismo de redistribución requería una gran infraestructura
de caminos, depósitos, funcionarios que supervisaran el sistema y lle-
varan el registro de lo que se producía y usaba, etc., que los incas crea-
ron recogiendo y ampliando tradiciones andinas que se remontaban
a Wari, al menos.
Desde mucho tiempo antes, por lo menos desde la época de Tiwa-
naku, la variabilidad ecológica del mundo andino, fundamentalmente
en altura, y la tendencia de las comunidades andinas a la autosuficien-
cia las habían llevado a tratar de disponer de tierras en distintos pisos
ecológicos (por ejemplo, valles cálidos más bajos, costa, los valles serra-
nos y punas), para así tener acceso a una variedad de productos. Las tie-
rras de cada ayllu y de cada grupo étnico semejaban verdaderos archi-
piélagos extendidos por diferentes paisajes. Colonos provenientes del
Los grandes estados imperiales: incas y mexica 247

núcleo central, los mitmaq, se asentaban en esos islotes para asegurar la


producción de los recursos necesarios, aunque mantenían sus viviendas
y familias en el núcleo central. Este modelo de funcionamiento, deno-
minado “control vertical de un máximo de pisos ecológicos”, continuó
funcionando después de la conquista española.
Los incas apelaron también a esta tradición andina para desplazar
grandes grupos a regiones lejanas del imperio. A veces, por motivos
económicos, para explotar recursos importantes, aunque de manera
progresiva fueron ganando espacio motivaciones políticas, como la ne-
cesidad de asegurar territorios de frontera, controlar poblaciones re-
beldes, desarticular a grupos étnicos reacios a someterse. Estos mitmaq,
desplazados en ocasiones a sitios muy lejanos, donde el Inca les otorga-
ba tierras para establecerse, conservaban sus derechos; sin embargo, en
tanto no retornaban a su núcleo original, en la práctica los lazos con su
comunidad se rompían.
En el mundo andino, la vinculación del individuo con su comunidad
y grupo de parentesco era esencial para la vida, pues era a los parientes
a quienes se podía recurrir por apoyo y ayuda; de hecho, en lengua que-
chua la palabra waqcha significa a la vez “huérfano” y “pobre”. No podía
ser de otra manera en un mundo donde las relaciones estaban regidas
por el parentesco, que regulaba las obligaciones y derechos de cada
uno: individuos dentro de la familia, familias en el ayllu, ayllus dentro
de los grandes grupos étnicos. En tanto miembro de una familia, el
campesino (hatun runa) contribuía con su trabajo al funcionamiento
de la comunidad o respondía por las obligaciones de esta con el grupo
étnico o el estado, pero, al mismo tiempo, se aseguraba sus derechos
como miembro de la comunidad y de una familia: acceso a tierras y a
los beneficios de la reciprocidad.
El principio de reciprocidad se aplicaba también a las relaciones en-
tre los grandes señores étnicos y el Inca. Cuando una región era incor-
porada al Imperio, ya fuera por acuerdo o por conquista, el Inca acos-
tumbraba colmar de regalos (tejidos, joyas, mujeres, chicha, alimentos
apreciados) a los señores locales, excepto a los más rebeldes, quienes,
en cambio, eran ejecutados. La entrega de tales obsequios se repetía en
forma periódica; como contraparte, esos señores quedaban obligados
a servir al Inca, convirtiéndose en figuras de doble cara: por un lado,
representaban a la comunidad o al grupo étnico, por otro, eran de he-
cho agentes responsables del cumplimiento de las obligaciones o mitas
requeridas por el estado.
248 América aborigen

Los santuarios incaicos de altura


Situados en las cumbres más altas de los Andes, algunos a más de 5000
metros de altura, son característicos de la presencia incaica. Allí se sacri-
ficaron jóvenes de ambos sexos, cuyos cuerpos, momificados por el frío
y la sequedad del ambiente, estaban acompañados por ricas ofrendas,
como figurillas de oro, plata o concha recortada, tejidos y plumas. En
las fotos se observan la momia de una niña y una pequeña estatuilla de
metal con vestidos y adornos provenientes del volcán Lullayllaco, que se
conservan en el Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta, en la
Argentina.
Esos santuarios estaban dedicados al culto a las montañas, considera-
das tanto lugar de origen de los antepasados como del agua, vital para
la existencia, pues sus glaciares eran las principales fuentes de los ríos.
Los incas les dieron gran importancia y relacionaron con ellos a lnti, la
divinidad solar, y a Quilla, la luna. En las tierras meridionales del impe-
rio se destacan los santuarios construidos en los volcanes Socompa,
Llullayllaco y Copiapó, los nevados de Acay y Chañí y los cerros del Toro,
Mercedario, Aconcagua y El Plomo.

Fotografías facilitadas por Gabriela Recagno Browning, directora del


Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta.
Los grandes estados imperiales: incas y mexica 249

Sin embargo, existían individuos que se hallaban fuera de tales vínculos


y, por lo tanto, fuera de la comunidad. Eran los yanas o yanakuna, cuya
situación dependía del señor al que servían. Con el imperio, el número
de yanas creció, pues estos servidores obedecían directamente el Inca,
los señores o los templos, que no tenían hacia ellos las obligaciones
mutuas y los límites de la reciprocidad. Similar era la situación de las
acllas, mujeres separadas de sus comunidades y agrupadas en recintos
especiales. Algunas podían ser elegidas como concubinas del Inca o en-
tregadas a los señores; otras servían al soberano y se ocupaban de su ali-
mentación e higiene; la mayoría se dedicaba a la tejeduría, en especial
de telas finas, o a la producción de chicha. Los acllahuasi o residencia
de las acllas (los españoles las llamaron “conventos”, y a sus ocupantes
“monjas”) funcionaban como verdaderos obrajes.
La llegada de los invasores castellanos y la captura de Atahualpa
en Cajamarca en noviembre de 1532 pusieron fin al Imperio. La con-
quista fue rápida; el estado incaico resultó descabezado. Aunque la
resistencia inca continuó algunas décadas en los valles orientales, la
suerte estaba echada: los pueblos andinos, incluso aquellos que, por
su resistencia a los incas, como los huanca, habían ayudado a los con-
quistadores, se convirtieron en sometidos del nuevo imperio colonial
español.

Más allá de las fronteras del Tawantinsuyu


A comienzos del siglo XVI, los ejércitos incaicos emprendieron la con-
quista del sur de la llamada Área Intermedia, actual Ecuador, carac-
terizada desde hacía algunos siglos por una marcada fragmentación
política y una variedad de estilos culturales regionales. Con diferencias
en tamaño y complejidad, las unidades sociopolíticas de la zona consti-
tuían sociedades de jefatura independientes, a veces en conflicto, aun-
que vinculadas en muchos casos por alianzas e intercambios.
Como había ocurrido en los Andes centrales, la diversidad ecológi-
ca creó una interdependencia entre las comunidades que controlaban
recursos esenciales en los distintos pisos ecológicos. Los intercambios,
frecuentes y regulares, habían favorecido la formación de un grupo es-
pecial de comerciantes, los mandalás, que remiten a los pochtecas mexi-
ca. La conquista incaica impuso otras prácticas y costumbres, y alteró
numerosos aspectos de la organización tradicional. La imposición de su
modelo de control vertical aseguró a los incas el dominio directo de la
circulación mercantil, desplazó a los mandalás y reemplazó el intercam-
bio comercial por la redistribución estatal.
250 América aborigen

Más al norte, en el actual territorio andino de Colombia y en tierras


de América Central, continuó la extrema fragmentación política en nu-
merosas jefaturas y la diversidad adaptativa a que hicimos referencia en
el capítulo anterior. Se destacaba la cultura de los muiscas o chibchas,
sin duda la sociedad más compleja de toda la región, que ocupaba la
sabana de Bogotá y las tierras altas adyacentes.
En este contexto, predominaba un modelo de asentamiento dis-
perso, polarizado entre las pequeñas aldeas, formadas por casas re-
dondas techadas con ramas (uta), donde residía la mayor parte de la
población, y las moradas de los jefes. Estas últimas, a veces de grandes
dimensiones, solían estar defendidas por empalizadas y tenían áreas
destinadas a vivienda, y edificios especiales como templos y depósitos.
Allí vivían también parientes y aliados cercanos al jefe, que formaban
su séquito. Las comunidades aldeanas se ubican en tierras con acceso
a medioambientes diversos: bosques, zonas pantanosas, tierras dre-
nadas y, en algunos casos, zonas cálidas en las tierras bajas. Podían
así disponer de variados recursos: obtener combustibles y materiales
de construcción, cazar, recolectar y realizar cultivos adaptados a dis-
tintos climas. Este uso de múltiples zonas ambientales explica la ten-
dencia a un asentamiento disperso y la ausencia de grandes centros
nucleados.
El sistema político y social muisca se ajustaba al modelo de jefatura:
descansaba sobre la organización jerárquica de los linajes, un sistema
de rangos entre los jefes y la tendencia a la heredar tales rangos. Los
atributos personales tenían enorme relevancia en la influencia de los
jefes principales sobre sus subordinados. En la cúspide de la jerarquía
social y política se encontraban el Sipa y el Zaque, y aquellos otros jefes
que aspiraban a una posición similar.
La estructura de la sociedad era relativamente simple. Los linajes
más prestigiosos, de los cuales provenían jefes y sacerdotes, constituían
el estamento más alto; por debajo se encontraban cultivadores, artesa-
nos y comerciantes, llamados luego “comunes” o “comuneros” por los
españoles. En la base se hallaban los esclavos, destinados al sacrificio
durante los principales rituales o a la construcción de las residencias
de los jefes.
Cuando llegaron los españoles, la situación política era fluida: el Sipa
intentaba fortalecer sus alianzas y extender su control territorial a ex-
pensas del Zaque; el jefe de Samancá, una jefatura pequeña, expandía
su poder a expensas de sus vecinos y buscaba convertirse en un tercer
jefe importante. Tales políticas expansivas respondían a la necesidad
Los grandes estados imperiales: incas y mexica 251

de sumar tierras para sostener a una población creciente y al deseo de


controlar zonas con recursos y rutas comerciales.
En el sur, en la región central de Chile, los incas encontraron una
dura oposición en las poblaciones locales, los reche, establecidos en las
tierras húmedas y boscosas del valle central, densamente poblado de-
bido a sus favorables condiciones. Dicho valle se caracterizaba por un
paisaje boscoso, suelos fértiles, intensas lluvias, importantes cuencas la-
custres y ríos que nacían en las montañas de la cordillera andina para
terminar en el Pacífico.
Descendientes de antiguos pueblos agro-alfareros, los reches habían
incorporado a su cultura elementos andinos y otros, provenientes de
las llanuras orientales. No constituían una unidad sociopolítica aun-
que tenían una lengua común con variantes dialectales y compartían
rasgos culturales básicos. Explotaban diversos recursos: horticultura
de roza en zonas abiertas o en claros despejados del bosque (funda-
mentalmente papa, algo de maíz, quínoa y cucurbitáceas), pesca y
recolección de mariscos y moluscos en el litoral marítimo; captura
de aves en lagunas y lagos; recolección de frutos y semillas; caza de
guanacos, pudús y huemules; cría de animales domesticados, como pe-
rros, una variedad local de gallinas y chilihueques, camélidos locales
distintos de la llama y la alpaca.
Vivían en casas aisladas o en pequeñas aldeas, con una importante
movilidad impuesta por la economía y la distribución de los recursos.
Sin diferencias jerárquicas, más allá de las derivadas del prestigio per-
sonal, ni profundas diferencias económicas, el parentesco determinaba
los derechos y obligaciones del individuo. La familia ampliada (esposa
o esposas, hijas solteras, hijos solteros y casados con sus esposas e hijos)
desempeñaba un papel central. La división del trabajo tenía en cuenta
el sexo y la edad, y al parecer no llevaban a cabo actividades productivas
especializadas.
Sin estructuras políticas estables, los jefes de familia y de linaje re-
gulaban los asuntos comunes. El prestigio de esos jefes o ulmenes se ci-
mentaba en su valor en la guerra, su habilidad oratoria en las asambleas
colectivas, la cantidad de esposas (dado que el matrimonio regulaba
las relaciones entre familias y consolidaba alianzas) y los bienes acumu-
lados, cuya distribución demostraba su generosidad y permitía ganar
adhesiones, lealtades y renombre. En épocas de guerra podían surgir
jefes dotados temporalmente de algunos poderes, los toquis, reconoci-
dos por su destreza o valentía, cuya función era organizar y dirigir a los
guerreros en los combates.
252 América aborigen

El mosaico mesoamericano

A comienzos del siglo XVI el mundo mesoamericano era social, polí-


tica y culturalmente complejo: aunque compartía una tradición cultu-
ral que se remontaba al menos al segundo milenio antes de Cristo, la
región era un heterogéneo mosaico de lenguas, tradiciones culturales
con fuerte identidad y sociedades con distintos niveles de organización.
Numerosas unidades políticas convivían allí: grandes y pequeños esta-
dos, jefaturas e incluso, en los márgenes, sociedades aldeanas. Pese a
las diferencias en riqueza, recursos y grado de autonomía, esos estados
o altepeme estaban organizados a partir de principios semejantes, casi
ninguno era totalmente autónomo y, aunque guerras y conflictos eran
habituales, los vínculos entre ellos eran tan extensos y estrechos que los
acontecimientos locales impactaban sobre el conjunto.
Existía también una marcada jerarquización regional: unas pocas
áreas, aquellas con más recursos, población y desarrollos políticos, so-
ciales y culturales más complejos, se reconocían como nucleares; otras
se definían como áreas intermedias o como periferias de esos núcleos,
a los que se vinculaban por lazos económicos o dependencia política.
Se destacaban dos grandes construcciones políticas enfrentadas: el im-
perio azteca, la más extensa, y el tarasco, en el occidente de México.

El imperio de la Triple Alianza


Con Itzcóatl, en 1428 los mexica iniciaron una expansión que los llevó a
convertirse en el estado más poderoso de Mesoamérica. La Triple Alian-
za fue el instrumento político militar de esa expansión: inicialmente, los
tres estados que la formaron eran equivalentes, aunque pronto el poder
de Tenochtitlan creció, a expensas de Texcoco y Tlacopan. Cuando Her-
nán Cortés llegó a las costas de México, Tenochtitlan era la capital impe-
rial dominante y dirigía las campañas militares, la administración y la per-
cepción de los enormes tributos que entregaban los pueblos sometidos.

Las etapas de la expansión y la formación del imperio


Tras vencer a Azcapotzalco, los aliados de la Triple Alianza iniciaron una
activa política de conquistas, avanzando sobre las tierras de otros pequeños
estados, en especial sobre la rica zona de chinampas, verdaderas platafor-
mas flotantes cubiertas con tierra de cultivo, que se extendía por el sur del
sistema lacustre, y cuyo control se completó tras vencer a Chalco. El estado
mexica dispuso así de tierras que redistribuyó entre los nobles como pro-
piedades patrimoniales, profundizando la estratificación social existente;
Los grandes estados imperiales: incas y mexica 253

la vieja nobleza de sangre, los pipiltin, creada por Acamapichtli, recibió


tierras que reforzaron su poder y acentuaron sus diferencias con la masa
de los miembros de los calpulli (unidad social y política que conservaba
elementos de los antiguos clanes, con sus propias tierras y organiza­ción in-
terna, a la que se perte­necía por parentesco), denominados “macehualtin”.

Tenochtitlan y su entorno

En tanto, las conquistas más allá de la Cuenca habían comenzado. A fines


de su gobierno, Itzcóatl había organizado avances en los vecinos valles
de Morelos y Guerrero; su sucesor, Moctezuma I (1440-1468), realizó
algunas conquistas en Oaxaca y el norte de Veracruz. A diferencia de las
conquistas iniciales, orientadas a dominar las tierras de cultivo más ricas,
las nuevas empresas buscaban expandir el comercio y obtener tributos,
en especial bienes valiosos que faltaban en la meseta central.
Axayácatl (1468-1481) comenzó a organizar una administración im-
perial y consolidó las conquistas: controló a Tlatelolco, ciudad gemela
de Tenochtitlan, famosa por su gran mercado, y conquistó el fértil valle
de Toluca, que se convirtió en un valioso territorio interpuesto entre
los dominios de la Alianza y el imperio tarasco. Sin embargo, al invadir
254 América aborigen

a este último sus ejércitos fueron derrotados; de hecho, los tarascos


conservaron su independencia hasta la invasión española.

Las chinampas de la cuenca de México


Las chinampas (del náhuatl chinamitl, seto o cerca de cañas), usadas
fundamentalmente en la cuenca de México, en lagos poco profundos de
aguas no contaminadas, permitieron crear tierras de alta productividad
agrícola en un territorio semiárido. “La chinampa –escribía George
Vaillant− era, en realidad, una pequeña isla artificial hecha acumulando
lodo de los bordes pantanosos del lago, sosteniéndolo primero por un
revestimiento de juncos y después por árboles cuyas raíces unían fuerte-
mente la tierra. El agua corría entre los estrechos fosos, convirtiéndolos
en canales. Siempre se agregaba lodo fresco antes de las siembras, de
tal manera que la fertilidad de la tierra se renovaba constantemente.” De-
sarrolladas por los toltecas, alcanzaron su máxima expansión hacia 1600,
principalmente en el lago Xochimilco, al sur de la cuenca, permitiendo
sustentar una población muy densa. Siguieron abasteciendo de frutas y
hortalizas a la ciudad de México hasta mediados del siglo XX. La fotogra-
fía las muestra hacia 1905.

Elizabeth M. Brumfiel y Gary M. Feimann, The Aztecs World, Nueva York,


Abrams-The Field Museum of Chicago, 2008, p. 32.

Un nuevo ciclo de guerras se desarrolló bajo los gobiernos de Ahuítzotl


(1486-1502) y Moctezuma II (1502-1520), su sucesor. Aunque fracasó el
intento de dominar a Tlaxcala, que mantuvo su independencia, conso-
Los grandes estados imperiales: incas y mexica 255

lidó el poder mexica sobre Oaxaca, Puebla y Veracruz. Los dominios de


la Alianza se extendieron así hasta las costas del océano Pacífico, desde
donde fluía hacia Tenochtitlan gran cantidad de bienes de lujo, como
plumas de quetzal, cacao y jade, entre otros. Distintas reformas fortale-
cieron el poderío de la nobleza y aumentaron sus privilegios, limitando
las posibilidades de movilidad social para los macehualtin.
El imperio había superado las dimensiones alcanzadas por cualquier
unidad política anterior, pese a que varios territorios quedaban aún fuera
de su control: algunos estados, como Tlaxcala, Huexotzinco, Meztitlan
y Yopitzinco, fueron capaces de detener la embestida y mantener su in-
dependencia, pese a la permanente amenaza mexica; otros, como los
tarascos, derrotaron a los ejércitos aliados y se convirtieron en un peligro
latente para la frontera del imperio. Los mexica tampoco penetraron en
las tierras mayas del sudeste de Mesoamérica.

La organización imperial y las estrategias


de conquista y dominación
Esas exitosas conquistas pusieron en manos de los aliados extensos y
heterogéneos territorios. En el momento de la invasión europea, ese
vasto conglomerado incluía algunos centenares de unidades políticas
menores, esencialmente jefaturas y altepeme, donde existían variados
grupos étnicos y grandes culturas regionales con raíces muy antiguas.
Sobre esas divisiones políticas, étnicas y culturales, los gobernantes de
la Alianza impusieron una división administrativa que llegó a compren-
der cincuenta y cinco provincias, treinta y dos de las cuales tenían carác-
ter tributario. Las otras respondían a necesidades estratégicas: creadas
en las fronteras más peligrosas para el imperio, tomaron la forma de
“estados clientes” que, aunque libres del tributo normal, debían cargar
el peso de proteger al imperio sosteniendo el aparato defensivo local.
La organización imperial se apoyaba en unos pocos y simples principios
que habían estado en práctica entre los pequeños altepeme de la cuenca
en siglos anteriores: la presencia militar, la imposición de tributos a los
vencidos y el ejercicio de un gobierno indirecto que dejaba en manos de
la nobleza local, en tanto aceptara la supremacía del vencedor, el manejo
de los asuntos internos. Con ajustes y cambios, estas prácticas permitieron
a los tlatoque de la Alianza construir su imperio y extender sus dominios.
Tras la conquista de los pequeños estados del valle de México, las pri-
meras reformas políticas, que buscaban fortalecer ese control y prevenir
futuras rebeliones, rompieron algunas normas tradicionales y marcaron
256 América aborigen

el comienzo de un mayor nivel de control e integración económica y


social. Por un lado, se removió de sus cargos a los tlatoque de dudosa leal-
tad, por otro, se crearon las primeras provincias sin respetar los límites
de los anteriores estados. De este modo, los recaudadores imperiales (cal-
pixque) recogían el tributo sin intervención de los gobernantes locales:
éstos, que trataban con los tlatoque de la Alianza como aliados y colegas,
perdían el manejo de los pesados tributos impuestos a los macehualtin.
La conquista de Chalco puso fin a la guerra endémica entre los al-
tepeme del valle de México, favoreció el florecimiento de los mercados
e impulsó una fuerte integración política y social en todo el valle. Al
mismo tiempo, la expansión fuera del valle y de las tierras altas centra-
les produjo un gran flujo de riquezas bajo las formas de botín, tributo y
bienes de comercio, que benefició en distinto grado al conjunto de las
elites locales. Los gobernantes imperiales estrecharon sus lazos con esas
elites compartiendo algo de esa riqueza, bajo la forma de regalos que
les hacían en frecuentes y suntuosas reuniones y ceremonias. El aumen-
to de las alianzas matrimoniales entre los linajes nobles fortaleció los
lazos regionales pues, con ellas, los gobernantes aztecas se aseguraron
el control de otros altepeme, donde los pipiltin mexica, casados con
mujeres de la nobleza local, o sus hijos obtuvieron pronto el cargo de
tlatoani. En el momento de la invasión europea esa elite gobernante
formaba una compleja e intrincada red de parientes.
Más allá de la cuenca, en cambio, las conquistas fueron motivadas por
intereses económicos, pues se buscaba obtener un aprovisionamiento
regular de bienes y riquezas de difícil acceso en las tierras altas centra-
les. El creciente número de macehualtin en Tenochtitlan y el resto de
las capitales imperiales demandaba mayor cantidad de alimentos, ropas
y otros bienes; los nobles (altos funcionarios, guerreros y sacerdotes)
requerían bienes de lujo que expresaran su posición privilegiada y les
permitieran mantener su estilo de vida social.
Para obtenerlos, los señores mexica y sus aliados desarrollaron dos es-
trategias fundamentales. La primera, de orden económico, se apoyaba
en el establecimiento de un sistema de pagos regulares de tributos. Las
provincias tributarias fueron clave en esta estrategia, pues el imperio les
asignaba el monto del tributo anual que debían entregar en Tenochtitlan;
la responsabilidad por su recolección y envío correspondía a los cal-
pixques. El total de los tributos recibidos era impresionante e incluía
textiles (el rubro más destacado), implementos militares, joyas, metales
preciosos y piedras finas, alimentos, productos animales y materiales de
construcción, entre otros.
Los grandes estados imperiales: incas y mexica 257

El tributo de Coayxtlahuacan
El Códice Mendoza, un manuscrito pictográfico, seguramente la copia de
un documento prehispánico al cual se agregaron aclaraciones en caste-
llano, permite estimar el monto anual del tributo recibido por los aztecas.
El folio 43 (reverso), en la ilustración, refiere a la provincia de Coayxtlahua-
can, Oaxaca, de lengua mixteca. El glifo de Coayxtlahuacan, cabecera
de la provincia, está pintado arriba, a la izquierda. Debajo, en vertical, son
nombradas las otras ciudades de la provincia.
A la derecha se detalla la cantidad y tipo de productos entregados: los
glifos señalan productos; encima, se indica la cantidad (una pluma = 400;
una bandera flameando = 20). Los cinco glifos superiores representan
mantos y textiles; la pluma sobre cada uno señala que suman dos mil.
Debajo, dos trajes militares con plumas y sus escudos, dos tiras de cuen-
tas de jade, dos fardos de 400 plumas de quetzal cada uno, 40 bolsas de
cochinilla (pigmento para teñir telas), 20 cuencos de calabaza con polvo
de oro y una diadema real de plumas.

Michael E. Smith, The Aztecs, Oxford y Cambridge, Blackwell, 1996,


p. 179.
258 América aborigen

Producción e intercambios en Morelos


Desde hace algunos años, los arqueólogos se interesan por los centros
provinciales y las viviendas más que en los edificios monumentales. En
la región cálida de Morelos, productora de algodón, tres sitios recibieron
especial atención: Capilco, una pequeña aldea; Cuexcomate, pueblo rural
de unos 800 habitantes, con una pirámide y un humilde palacio; y Yaute-
pec, importante capital regional, con arquitectura monumental y varios
miles de pobladores.

Michael E. Smith, The Aztecs, Oxford y Cambridge, Blackwell, 1996, p. 131.

Los numerosos artefactos para hilar y tejer hallados muestran la


importancia de los textiles de algodón, que constituían la mayor parte
del tributo de la provincia. En los tres centros se encontraron numero-
sos objetos foráneos, como las cerámicas del centro de México
(ilustración), jade y hojas de obsidiana de la misma región y bronces del
occidente. Esos hallazgos indican el funcionamiento de tianguis locales
donde tanto pilli como macehualtin podían obtenerlos, aunque en
diferentes cantidades.

La otra estrategia de la política imperial consistió en estimular los inter-


cambios locales e interregionales. Buena parte de los productos inclui-
dos en el tributo no eran producidos en el ámbito local, lo que forzaba
a los pueblos provincianos a comprometerse en actividades mercantiles
a larga distancia para obtenerlos. El gobierno imperial alentó y promo-
Los grandes estados imperiales: incas y mexica 259

vió estos intercambios, protegiendo las rutas de comercio y las ciudades


donde se realizaban las transacciones. Tenía incluso sus propios mer-
caderes, los pochteca, que operaban en zonas lejanas, no controladas
políticamente, movilizando bienes del estado, de los nobles o propios
para obtener productos valiosos. Esta expansión comercial alcanzó a
pequeñas ciudades e incluso a aldeas, donde bienes y productos de
otras regiones podían obtenerse en los tianguis locales. En síntesis, el
imperio implementó una estrategia económica cuyos principales bene-
ficiarios fueron los tlatoque de las ciudades de la Alianza y sus noblezas,
pero también las ciudades-estado del valle de México, sus señores y, en
menor medida, el resto de la población de la cuenca, cuyo crecimiento
se vio favorecido por la paz allí reinante.

Tenochtitlan
A comienzos del siglo XVI, Tenochtitlan, imponente ciudad con varias
decenas de miles de habitantes, era el corazón indiscutido del vasto impe-
rio aunque, pese a su tamaño, riquezas y poder, en sus modos de organi-
zación difería poco de otras unidades políticas de la región. Si bien cada
una conservaba cierta autonomía en el manejo de sus asuntos internos,
tenía su propia historia y mantenía sus tradiciones locales, todas compar-
tían rasgos básicos: una jerarquía social compleja, sistemas de sujeción y
dominación política que incluían obligaciones tributarias y/o laborales,
conflictos y alianzas cambiantes que con frecuencia acababan en guerras
abiertas, una economía variada, basada en la agricultura, pero con una
diversidad de especializaciones, extensas redes de intercambios, una reli-
gión que compartía algunas deidades principales, e impactantes rituales
que legitimaban tanto el gobierno como la guerra.
Los éxitos militares propiciaron que fluyeran hacia Tenochtitlan,
desde todas partes de Mesoamérica, los más variados y ricos productos:
su mercado, como el de Tlatelolco, presentaba un aspecto colorido y
agitado que atrajo la atención de los primeros conquistadores españo-
les. Claro que la economía de Tenochtitlan no descansaba sólo en el
tributo de las provincias lejanas. En el lago vecino, imponentes obras
hidráulicas permitieron ampliar las tierras de cultivo mediante la cons-
trucción de chinampas, cuyos productos, llevados en canoas, abastecían
a la ciudad.
La supervivencia de Tenochtitlan dependía tanto de la agricultura
como del tributo. El Templo Mayor de la ciudad, centro cósmico del
mundo mexica, estaba dedicado a dos divinidades primordiales en el
mundo azteca: Tláloc y Huitzilopochtli. Del primero, vinculado al agua
260 América aborigen

y la fertilidad, dependía el éxito de la agricultura; del segundo, divi-


nidad tribal y señor de la guerra, dependía el triunfo militar y la ob-
tención de botín y tributos. Tláloc, cuyo origen se remonta, al menos,
a Teotihuacan, vinculaba a los aztecas con la antigua tradición de los
pueblos agrícolas del valle; Huitzilopochtli se convirtió en símbolo de
su identidad tribal.

El Templo Mayor de Tenochtitlan


El llamado “Templo mayor” era el edificio más grande de un imponente
recinto ceremonial amurallado de forma cuadrangular que encerraba un
conjunto de basamentos piramidales, templos y edificios ceremoniales
cuya reconstrucción puede observarse en la maqueta que muestra la
ilustración. Capital política y religiosa del imperio, el recinto estaba situado
casi en el centro de la isla donde se levantaba Tenochtitlan, y constituía
para los mexica un verdadero “ombligo del mundo”. Hacia él confluían
las cuatro grandes calzadas que, extendiéndose hacia los cuatro puntos
cardinales, unían la isla con la tierra firme del valle. El Templo mayor era,
en realidad, un gran basamento con dos escalinatas y dos templos en su
cima, dedicados a Tláloc y Huitzilopochtli. Allí tenían lugar los rituales y
sacrificios más importantes, de cuya realización dependía la vida misma
del universo.

Elizabeth M. Brumfiel y Gary M. Feimann, The Aztecs World, Nueva York,


Abrams-The Field Museum of Chicago, 2008, p. 74.

También llegaban a Tenochtitlan numerosos prisioneros, que eran sa-


crificados a los dioses en los templos de la ciudad. La cultura azteca
giró en torno a la religión, que impregnó todas sus manifestaciones y
Los grandes estados imperiales: incas y mexica 261

fundamentaba la autoridad que ejercía su soberano, el huey tlatoani o


“gran señor”. La organización política, verdadera teocracia militar, im-
ponía un régimen de terror en las poblaciones sometidas. La religión,
con sus ritos cruentos en los que el sacrificio humano jugaba un papel
descollante, estimuló las guerras y las conquistas, transformándolas en
una necesidad de la que dependía la vida misma de la comunidad: los
sacrificios constituían el alimento y la fuente de vida de los dioses, de
los cuales pendía la existencia del universo. Por eso, sólo el guerrero
capturado en batalla era digno de ser sacrificado. Con variantes, la tra-
dición mesoamericana pensaba el pasado como una serie ciclos de crea-
ciones y destrucciones, o “soles”, en cada uno de los cuales, presidido
por una divinidad distinta, vivió una humanidad diferente. El último
Sol, aquel del tiempo presente, había nacido del autosacrificio de los
dioses en el sitio mítico de Teotihuacan.
En Tenochtitlan, la persistencia del calpulli parece haber llevado ins-
criptas las huellas de la organización tribal de los aztecas en la época de
su llegada al valle de México. La expansión había alterado el funciona-
miento de los calpulli, generando diferencias cada vez más profundas
dentro de la sociedad y borrando la relativa igualdad que caracterizaba
a las antiguas comunidades. La formación de una nobleza de sangre
y, luego, la adquisición de gran cantidad de tierras y de mayores privi-
legios sociales y políticos quebraron la antigua organización, aunque
se conservaron algunos rasgos formales. El calpulli funcionó entonces
como una unidad administrativa; aunque conservaba sus tierras, su
cantidad era minúscula comparada con las que obtuvieron los pilli y,
si bien los cargos más altos (tlatoani, calpulleque) eran seleccionados
por los jefes de los linajes, el elegido provenía siempre del linaje más
importante y poderoso.
Fuera de la gran ciudad, los restos de las antiguas comunidades fue-
ron borrados por las sucesivas conquistas. La base del poder de los pilli
era el tecalli, la gran casa señorial que, con sus tierras y sus campesinos
(macehualtin y mayeque) constituía la unidad económica y social fun-
damental. El número de mayeque fue creciendo a expensas de los ma-
cehualtin, pues con las conquistas numerosos macehualtin perdieron
su condición de comuneros u hombres libres y quedaron adscriptos,
como mayeque, a las tierras que habían pasado a los conquistadores.
De allí que los conquistadores europeos los asimilaran a la categoría
feudal de siervos.
262 América aborigen

Más allá de las fronteras imperiales


Numerosas regiones, algunas pequeñas y otras extensas, quedaron fue-
ra del control imperial, aunque, directa o indirectamente, el imperio
mantuviera con ellas relaciones de comercio e intercambio. El estado
tarasco, los señoríos mixtecos de Oaxaca y las tierras mayas fueron sin
duda las más extensas e importantes, pero también puede contarse en
este conjunto a territorios más pequeños, algunos de ellos verdaderos
enclaves encerrados por los dominios de la Alianza.
El apogeo del estado tarasco
Las guerras de conquista que los tarascos y sus aliados emprendieron
durante la primera mitad del siglo XV los enfrentaron con las fuerzas
de la Triple Alianza, también en expansión. Se produjeron entre ellos
batallas sangrientas y, aunque ninguno de los contendientes logró éxi-
tos definitivos, los tarascos fueron capaces de detener el avance mexica,
conservando así sus fronteras. Con menos recursos humanos, tenían a
su favor el uso abundante de cobre en los armamentos y su mayor cen-
tralización política.

El centro ceremonial de Tzintzuntzan


Los grandes estados imperiales: incas y mexica 263

Tzintzuntzan, centro político y religioso del imperio tarasco, tenía unos 30 000
habitantes y cubría una extensión de unos 7 kilómetros cuadrados. Mirando
hacia el lago de Pátzcuaro, y ubicado sobre un gran promontorio natural, se
levantó el principal centro ceremonial tarasco, que se observa en la ilustra-
ción: una enorme plataforma de 440 metros de largo por 260 de ancho
servía de base a cinco yácatas (basamentos que combinaban un cono y una
pirámide truncados) colocados en fila, sobre cada uno de los cuales se
levantaba una capilla. Estos cinco templos estaban dedicados a Curicaueri y
a sus cuatro hermanos, cada uno asociado a un color (amarillo, blanco,
negro y rojo), que sostenían el cielo en los cuatro extremos del mundo. La
asociación de divinidades a los puntos cardinales y a ciertos colores fue muy
común en la religión mesoamericana.

Ese proceso de centralización política se consolidó hacia 1480, cuando


el señor irecha de Tzintzuntzan se impuso a los gobernantes de las otras
ciudades, puso fin al gobierno conjunto de las tres capitales, asumió el
título de cazonci o “señor único y supremo”, y trasladó la imagen del dios
Curicaueri a Tzintzuntzan, convertida así en el centro político y religioso
del nuevo estado tarasco, que gobernaba a una población cultural y lin-
güísticamente heterogénea, cercana quizás al millón de habitantes.
El sistema de posesión de la tierra se reorganizó. Curicaueri, su dios,
fue proclamado dueño y señor de todas las tierras, y sus representantes
se arrogaron el derecho de disponer de ellas. Aunque los labradores
conservaban parte de sus sementeras, como contraparte debían pa-
gar tributos y realizar prestaciones en trabajo, laborando el resto de
las tierras en beneficio de los templos, los gobernantes y los militares
distinguidos. La disponibilidad de tierras, tributos y mano de obra con-
tribuyó al crecimiento del estado, sus dirigentes y las familias de la elite.

Zapotecos y mixtecos en Oaxaca


En el actual estado de Oaxaca, otra verdadera zona nuclear, la situación
contrastaba con el centro y el occidente de México, pues no existía
aquí un estado imperial dominante como el azteca o el tarasco. Una
cincuentena de pequeños reinos o altepeme, concentrados en las tie-
rras altas de la Mixteca y el valle de Oaxaca, controlaba el territorio: los
límites territoriales de esos reinos y sus alianzas políticas cambiaban de
manera constante. Más allá, en las tierras bajas orientales, la costa del
Pacífico y el istmo de Tehuantepec, junto a enclaves mixtecos y zapote-
cos, existían pueblos que hablaban lenguas distintas.
264 América aborigen

En la Mixteca alta tenía gran prestigio el linaje que gobernaba Tilon-


tongo, al que había pertenecido 8 Venado Garra de Jaguar, a quien los
gobernantes de otros estados remontaban su genealogía, como ocurría
en el valle de México con el linaje de Tula. Al proclamar su descendencia
de un linaje real común, los señores mixtecos lograban una base de uni-
dad, reforzada por matrimonios entre miembros de las familias gober-
nantes. Empero, tales lazos no impedían conflictos y guerras entre ellos.
Zaachila, en el valle, era el estado más poderoso. Sus gobernantes
recibían tributos de diversas ciudades-estado y ejercían su autoridad
sobre ellas; en algunos casos nombraban autoridades regionales para
gobernar las poblaciones locales. Su posición parece haberse basado
más en su prestigio cultural que en la fuerza militar, pues Zaachila era
considerada heredera del estado zapoteco de Monte Albán. Pese a su
prestigio y a los numerosos matrimonios interdinásticos, no consiguió
unir a los estados del valle ni impedir las guerras.
En este marco, la situación era confusa. Algunos estados mixtecos de
las tierras altas dominaron a pueblos zapotecos del valle. Miembros del
linaje mixteco de Yanhuitlán lograron ejercer cierto control sobre Zaa-
chila a través de matrimonios dinásticos, pero otros estados zapotecos
fueron conquistados y gobernados por mixtecas de las montañosas tie-
rras altas. El material arqueológico da cuenta de esa fusión de elemen-
tos de ambas sociedades, que muy pronto produjo una síntesis creativa
de sus culturas.
La zona oaxaqueña mantuvo activas relaciones con estados de otras
zonas nucleares, en especial con México central, a partir de la presencia
azteca en la región. Los ejércitos mexica conquistaron estados mixtecos
y zapotecos, los organizaron en dos provincias tributarias, establecieron
en el valle una guarnición (Guaxacac, de donde proviene el nombre
“Oaxaca”), alentaron matrimonios interdinásticos con linajes locales,
impusieron el náhuatl como lengua franca para las clases gobernantes
e incentivaron el comercio y los intercambios a larga distancia. Pese a
todas esas medidas, el control azteca sobre la zona fue débil, y las rebe-
liones contra su dominación se extendieron pronto.

El país maya
El territorio maya conformó otra zona nuclear centrada en Yucatán y
el actual territorio guatemalteco. Hacia 1500, ocupada por pueblos de
lengua y cultura mayas, la zona comprendía numerosos estados o rei-
nos, algunos de los cuales habían formado minúsculos imperios. Dividi-
Los grandes estados imperiales: incas y mexica 265

da políticamente, ejercía una poderosa influencia sobre las áreas veci-


nas. Las tierras bajas como Yucatán y el Petén se distinguían claramente
de las tierras altas de Chiapas y Guatemala y, aunque los lazos formales
entre los principales estados de ambas zonas eran relativamente débi-
les, se produjeron significativos intercambios económicos.
La situación política regional no había variado de forma sustancial. Si
en la zona central, protegido y aislado por la selva tropical, sobrevivía el
estado creado por los itzáes en torno al lago Petén Itzá, en las tierras al-
tas del sur y en el norte de Yucatán la situación era distinta. Tras la caída
de la dinastía Cocom de Mayapán en el norte, y la fragmentación, poco
después, del reino de Utatlán en el sur, ambas regiones vivieron una
etapa de división política, intensos conflictos, estado de guerra interna
y fuerte inestabilidad, que se extendió hasta la llegada de los europeos.
Pequeños reinos y señoríos enfrentados entre sí surgieron en ambas
regiones. En el sur, unos pocos lograron someter, mediante la guerra,
el comercio y la diplomacia, a otros más débiles, formando pequeñas y a
menudo efímeras organizaciones imperiales. La mayoría de las interac-
ciones entre esos estados y las jefaturas mayas de otras regiones fue de
carácter mercantil, en especial el comercio a larga distancia realizado
por mercaderes especializados, que se desplazaban, principalmente, a
lo largo de los grandes ríos y por mar, bordeando las costas de Yucatán
entre Xicalango, sobre el golfo de México, y el golfo de Honduras. Jade,
obsidiana, piedras de molienda, metales y plumas de quetzal de las tie-
rras altas eran intercambiados por textiles, cerámica, esclavos, miel y
cacao de las tierras bajas. La densa selva del Petén, serio obstáculo en las
relaciones entre tierras altas y bajas, impulsó ese desarrollo de las rutas
fluviales y de la navegación costera.
Los distintos estados mayas también comerciaban intensamente con
las áreas nucleares de Oaxaca y México central, en especial por medio
de mercaderes foráneos, como los pochteca mexica. Los principales
intercambios tenían lugar en las costas de Guatemala y de Tabasco. El
control de rutas y de recursos valiosos generó conflictos, como los que
enfrentaron a aztecas y quichés por el control sobre el Soconusco, des-
tacada zona de producción de cacao.

La periferia norte de Mesoamérica: los chichimecas


Al sur de Nuevo México y Arizona, en la porción mexicana del extre-
madamente árido desierto sonorense, vivieron numerosos grupos, en
general pequeños y con alta movilidad, a quienes los pueblos del centro
266 América aborigen

de México llamaron “chichimecas”, nombre adoptado también en la


documentación colonial. Sin embargo, estas fuentes son confusas y, en
realidad, conocemos poco sobre ellos.
Las principales diferencias entre las distintas bandas chichimecas
derivaron de la diversidad ambiental y la pobreza de su entorno. Sus
economías se orientaron a explotar un amplio espectro de recursos. La
recolección de vegetales silvestres como nopal, mezquite, agave, yuca y
algunos tubérculos ocupaba un lugar central. Todos cazaban cuando
podían, pero sólo para algunos la caza tuvo importancia y, aunque a
veces atrapaban venados, capturaban en especial animales pequeños
como liebres y conejos, pájaros, batracios, moluscos terrestres e insec-
tos. Unos pocos pescaban en las lagunas de agua dulce de su territorio
y otros cultivaban de manera ocasional.
No obstante, todos participaban en extensas redes de intercambio
con los agricultores de las sierras vecinas, cuyos poblados a veces tam-
bién saqueaban, y con las complejas sociedades de Mesoamérica adon-
de llevaban pieles, turquesas (algunas traídas desde Nuevo México) y
peyote, un hongo alucinógeno usado en los rituales. Volvían a sus tie-
rras con granos, cerámicas, textiles, metales y adornos que, a su vez,
intercambiaban con otros pueblos. Famosos como cazadores y guerre-
ros, actividades prestigiosas propias de los hombres, empleaban flechas
envenenadas en sus incursiones, ataques y asaltos. Eran temidos por su
crueldad, puesto que evisceraban a los cautivos y exhibían como trofeo
calotas humanas, que utilizaban como recipientes para beber. En esas
ocasiones las bandas, pequeñas y dispersas, formaban amplias confede-
raciones con un mando único.
Epílogo
El mundo trastocado

En 1492, un navegante genovés al servicio de la corona de Cas-


tilla, Cristóbal Colón, desembarcó en una pequeña isla de las
Bahamas, a la que bautizó San Salvador, y recorrió las costas
de las islas cercanas. En los años siguientes, otros viajes am-
pliaron el área conocida: además de las islas se exploró parte
de las costas de la entonces llamada Tierra Firme, en el norte de
América del Sur. El proceso se aceleró. En las primeras décadas
del siglo XVI, los invasores (cada vez más numerosos debido
a la llegada de nuevos contingentes) avanzaron sin que nada
pareciera ser capaz de detenerlos.

Primero, exploraron las costas, ocuparon numerosas islas y


establecieron en ellas ciudades y pueblos. Luego, desembarcaron en el
continente y se adentraron en él. El poderoso imperio de los mexica, in-
capaz de contenerlos, fue doblegado: el magnífico Moctezuma fue cap-
turado y ejecutado, y Tenochtitlan, la ciudad más grande del continente,
esa Venecia americana que había maravillado al soldado de las huestes
de Cortés, Bernal Díaz del Castillo, fue saqueada y arrasada en 1521. Para
entonces, los invasores habían atravesado el continente por el actual te-
rritorio centroamericano y alcanzado las costas del océano Pacífico, al
que llamaron Mar del Sur, en 1513; en tanto, entre 1519 y 1522, otras
expediciones exploraban las costas orientales de América del Sur hasta el
extremo sur del continente y, cruzando el hoy llamado estrecho de Ma-
gallanes, continuaban su viaje hacia el oeste y daban la vuelta al mundo.
En los años siguientes a la caída de Tenochtitlan, el avance continuó.
En la década de 1530, los invasores alcanzaron las tierras del imperio
incaico, más poderoso y extenso aún que el mexica. Vencieron y eje-
cutaron a su soberano, Atahualpa, y conquistaron Cuzco, la orgullosa
capital imperial. Aunque algunos incas resistieron durante varias déca-
das en las selvas de oriente, el corazón del imperio estaba perdido para
siempre. Desde este nuevo dominio, al que llamaron Perú, los conquis-
268 América aborigen

tadores se expandieron en todas direcciones, siguiendo los caminos an-


tes recorridos por los ejércitos incaicos.
Crueles con los vencidos, les quitaban sus mejores tierras, los obli-
gaban a trabajar mucho más duramente que en los tiempos del Inca,
prohibían sus costumbres y creencias, los obligaban a comprar sus pro-
ductos y los castigaban si no cumplían. Esos conquistadores también
se enfrentaban con saña entre ellos y no eran menos crueles con sus
propios congéneres derrotados.
Más al sur aún, otros invasores habían penetrado en el continente por
el oriente, a través del ancho río que con el tiempo tomó el nombre de
Río de la Plata, debido a que estaban convencidos de que los conduciría
a las minas de las que, según se decía, se extraía ese metal. Avanzaron
siguiendo los afluentes hasta alcanzar los límites del Perú y fundaron
nuevas ciudades. También aquí aquellos nativos que no habían logrado
escapar a los montes o a las extensas llanuras fueron obligados a servir a
los conquistadores y a adoptar sus creencias y costumbres.
Hacia 1600, los nuevos señores controlaban extensos territorios: des-
de Nuevo México, donde habían comenzado a penetrar unos pocos
años antes, hasta Chile y el Río de la Plata. Sin embargo, el avance de es-
tos extranjeros había perdido fuerza y la expansión parecía haberse de-
tenido. Distintas situaciones explican esta nueva coyuntura: en algunos
casos, las tierras por conquistar no exhibían riquezas que las volvieran
atractivas, o bien eran inhóspitas, o pobres. A eso se sumaban climas du-
ros y adversos, como en las latitudes más extremas o en las selvas tropi-
cales, o húmedos y tórridos; de allí que la conquista de estos territorios
resultara demasiado difícil y costosa, en particular donde la resistencia
de los nativos era tenaz, como ocurrió en el sur del actual Chile.
Para entonces, otros extranjeros, semejantes a los primeros invaso-
res aunque sus lenguas sonaran distintas, llegaban al continente. Desde
1500, emisarios del rey de Portugal habían visitado y explorado el litoral
atlántico del actual Brasil; más tarde establecieron algunos asentamien-
tos y poblados en sus costas. En cambio, en América del Norte, en el
litoral norte del Caribe y las costas de la península de La Florida, el
poder de los monarcas castellanos malogró los intentos de otras nacio-
nes (ingleses, franceses y holandeses) por asentarse en, o cerca de sus
dominios.
Frustrados, esos invasores se dirigieron aún más al norte. A lo largo
del siglo XVI, ingleses y holandeses exploraron el litoral atlántico de los
actuales Estados Unidos, aunque fracasaron al intentar establecerse allí.
Los franceses avanzaron todavía más, hacia el estuario del río San Lo-
Epílogo: El mundo trastocado 269

renzo, en el actual Canadá. Sin embargo, sus intentos colonizadores no


tuvieron éxito: sólo lograron establecer algunos pequeños asentamientos
pesqueros en la isla de Terranova. En estas regiones extremas, las largas
distancias, la dureza del clima y los escasos recursos, junto a la resistencia
indígena, fueron obstáculos difíciles de salvar. Recién en el siglo siguien-
te, Francia e Inglaterra lograron asentarse: los ingleses establecieron sus
primeras colonias en el litoral atlántico; los franceses se afirmaron en la
región de los Grandes Lagos, tomaron contacto con las poblaciones nati-
vas locales y las involucraron en el lucrativo comercio de pieles.
A pesar del notable avance, hacia el año 1600 regiones aun más vastas
que las conquistadas permanecían fuera del control de los europeos: la
mayor parte de América del Norte, excepto México y Nuevo México; las
extensas llanuras sudamericanas regadas por las cuencas del Orinoco,
el Amazonas y el Plata; las vastas pampas meridionales y toda la meseta
patagónica. Sin embargo, la población originaria americana, tanto las
naciones sometidas como las que continuaban viviendo en los territo-
rios no conquistados, sufrieron de forma directa o indirecta el impacto
de la conquista. Esto las llevó a transformarse, ya fuera para resistir me-
jor, o para adaptarse y negociar.
Las poblaciones originarias no aceptaron sin resistencia la imposi-
ción del dominio colonial a lo largo del siglo XVI. Las acciones iniciales
de varias comunidades fueron firmes y efectivas: muchos españoles per-
dieron la vida y numerosas ciudades debieron ser abandonadas a causa
de los ataques indígenas. Resistieron con particular fuerza en las fron-
teras que la conquista determinaba y, en algún caso, lograron incluso
detener ese avance. Para ello, modificaron sus formas de combate, me-
joraron su armamento y desarrollaron nuevas estrategias. A menudo lo
hicieron copiando y adaptando las tácticas de los españoles.
En tanto, en el norte de Nueva España y frente a la expansión de los
españoles, atraídos por las ricas minas de plata como las de Zacatecas, la
resistencia chichimeca desencadenó verdaderas guerras. Por otro lado,
en las selvas orientales del Perú, los descendientes de los linajes cuzque-
ños habían establecido un reino, llamado “neoinca”, que permaneció
independiente durante algunas décadas. Más al sur, avas, juríes y lules
asolaban la frontera oriental del Alto Perú y el Tucumán. Del otro lado
del chaco, pueblos de habla guaycurú atacaban los establecimientos del
Paraguay, llegando casi hasta la misma Asunción. En el sur del reino de
Chile, el alzamiento victorioso de los reches o araucanos obligó a los es-
pañoles a abandonar ciudades y retroceder hasta el río Bío Bío, donde
quedó fijada la frontera.
270 América aborigen

Tampoco faltaron resistencias en los territorios conquistados, desde


el cruento alzamiento del pueblo de Ácoma en Nuevo México, hasta
los duros levantamientos de Juan Calchaquí y, luego, de Viltipoco en
el Tucumán, donde el valle Calchaquí recién pudo ser sometido a me-
diados del siglo XVII. A ello se sumó la resistencia de los guaraníes en
Paraguay o el movimiento conocido como taki ongoy, que se inició en
Huamanga, Perú, hacia 1560, y fue reprimido con singular dureza.
En otras regiones, frustradas las resistencias iniciales, las comunida-
des comenzaron a adaptarse al nuevo orden para sobrevivir. Negocia-
ron, adoptaron algunos bienes y prácticas, aprovecharon en su benefi-
cio todas las rendijas, fisuras y vericuetos del sistema colonial. Apren-
dieron también a conservar en secreto sus tradiciones y creencias, y a
practicar a escondidas sus rituales. El éxito de estas tácticas les permitió
sobrevivir, en las peores condiciones, durante cerca de medio milenio.

***

Desde el siglo XVI, los pensadores europeos (juristas, filósofos, teólo-


gos, cronistas e historiadores, geógrafos y cosmógrafos, entre otros)
fueron conscientes de la importancia del descubrimiento de las tierras
americanas y de las posteriores conquistas territoriales que, un siglo
después de las primeras exploraciones colombinas, habían puesto bajo
el poder de la monarquía castellana una parte importante del conti-
nente; esos pensadores eran también conscientes del impacto que el
descubrimiento de ese nuevo mundo tenía, y tendría.
En efecto, el mundo se había ampliado mucho más allá de lo que
el pensamiento medieval pudo haber imaginado; ante ellos desfilaban
nuevas tierras y geografías, animales y plantas desconocidos, hombres
y sociedades tan distintas que incluso se llegaba a dudar de su humani-
dad. Hace apenas un par de décadas, la celebración de los quinientos
años del viaje de Colón fue una ocasión propicia para que los historia-
dores revisaran y cuestionaran los efectos del proceso iniciado en 1492.
En este marco, más allá de algunas condenas globales a los comporta-
mientos de los conquistadores hacia las poblaciones nativas, los estu-
diosos han dedicado un esfuerzo mucho menor a medir y analizar el
impacto y los efectos que la presencia europea tuvo sobre los antiguos
pobladores del continente. De hecho, incluso en las críticas más duras
los protagonistas eran los europeos.
A menudo se olvida que, para los pueblos originarios, esos invasores
representaban también un mundo y un modo de vida totalmente dis-
Epílogo: El mundo trastocado 271

tinto, no imaginado. Esos hombres aparecieron por el oriente, desde el


mar, espacio donde las tradiciones de los pueblos originarios inscribían
las moradas de sus dioses. Por ejemplo, hacia allí se había dirigido el
mítico Quetzalcóatl, señor de Tula, expulsado de su ciudad, señor y
divinidad, asociado a la estrella matutina que aparece en el oriente con
la primera luz del alba…
En curiosas embarcaciones impulsadas por los vientos, esos extran-
jeros habían atravesado el mar. Su aspecto físico (barbudos y de piel
clara) y sus vestimentas eran extraños; empleaban armas temibles, que
producían gran estruendo y eran capaces de matar a la distancia; sus
costumbres y creencias en todo diferían. También su lengua era diver-
sa, aunque no les costó mucho aprenderla. Traían animales desconoci-
dos, algunos de los cuales eran usados en la guerra, como los caballos y
los mastines; en los combates, esos invasores no respetaban las mismas
reglas ni acataban los rituales ancestrales establecidos por los dioses.
Pronto trajeron con ellos a otros seres, cuya piel contrastaba con la de
sus amos, pues era negra, como la de la divinidad mexica Tezcatlipoca,
el terrible dios guerrero. Los hacían trabajar para ellos y los trataban
incluso peor que a los indígenas. Los invasores obligaban a los nati-
vos a servirlos, abusaban de sus mujeres, buscaban desesperadamente
metales preciosos como el oro y la plata, y eran capaces de matar (y de
matarse entre sí) para obtenerlo. Imponían por la fuerza sus costum-
bres y creencias, y no dudaban en aplicar duros castigos a quienes se
resistieran. De hecho, varias de esas costumbres ajenas socavaban los
cimientos mismos del orden social indígena.
En las zonas conquistadas, los pueblos originarios pronto vieron su
mundo destruido y desarticulado. Una ingente parte de la población
pereció; los que lograron sobrevivir sufrieron la transformación de su
universo material, social y espiritual. En efecto, la guerra y el saqueo, la
explotación a través del trabajo forzado, la pérdida de las mejores tie-
rras y la difusión de enfermedades hasta entonces desconocidas (como
la viruela, la sífilis y la gripe) provocaron un colapso demográfico que
destruyó, además, las bases materiales y las estructuras sociopolíticas
nativas. La introducción de una economía monetaria contribuyó a di-
solver antiguas prácticas económicas y a socavar los lazos comunitarios;
por último, la imposición del cristianismo, al cambiar antiguas costum-
bres y creencias, contribuyó a la desintegración cultural.
En los territorios que resistieron, los pueblos aborígenes mantuvie-
ron su independencia y, durante un tiempo, resguardaron sus ances-
trales costumbres y su identidad étnica. Guerreando o negociando, sus
272 América aborigen

jefes tuvieron un papel activo en las políticas fronterizas e incluso, en


algunos momentos y lugares, hicieron fracasar políticas adoptadas por
el gobierno colonial que los perjudicaban o consiguieron torcer a su
favor decisiones de funcionarios locales.
No obstante, la cercanía de esos extranjeros no dejó de afectarlos.
Primero la guerra, luego las relaciones informales y más tarde el co-
mercio impactaron, de manera directa, en sus modos de vida. Se vieron
forzados a modificar sus costumbres e incluso adoptaron prácticas de
sus enemigos para enfrentarlos en combate. Productos, técnicas, activi-
dades económicas y prácticas sociales fueron, con el tiempo, incorpo-
rados y adaptados a su propio modo de vida. Algunos pueblos llegaron
a transformar su propia identidad étnica para acomodarla a esa nueva
situación.
También se produjo un mestizaje biológico. Por distintos motivos, al-
gunos extranjeros que huían de su propio mundo se refugiaron en tie-
rra indígenas; otros, capturados durante las guerras, vivieron allí como
cautivos. Muchos se acomodaron a la vida aborigen, tomaron mujeres
y formaron familias. En síntesis, el mundo indígena se convirtió, bioló-
gica y culturalmente, en un mundo mestizo que mutaba con rapidez.
Esta capacidad para resistir y transformarse les permitió conservar su
independencia, que muchos lograron mantener hasta bien avanzado el
siglo XIX y comienzos del XX, cuando los nuevos estados nacionales,
fruto del proceso revolucionario, encararon políticas destinadas a la
ocupación definitiva de sus territorios y a su sometimiento al nuevo
orden.
La invasión europea en el siglo XVI marcó un cambio fundamental
que trastocó el mundo aborigen. Nada fue igual desde entonces para
los pobladores originarios del continente. Aunque a lo largo de esta eta-
pa histórica algunos pueblos fueron virtualmente exterminados y otros
desaparecieron como naciones, varios, no menos numerosos, lograron
sobrevivir. En las últimas décadas del siglo XX, y al calor de otras ideas,
su presencia, sus luchas y sus reclamos se volvieron cada vez más visibles.
Numerosas reivindicaciones tuvieron respuestas favorables, aunque
también son muchas las aún pendientes. Conocer y valorar su pasado
no es una de las menores.
Anexo
Anexo 275

Los pueblos aborígenes de América del Norte hacia 1500


276 América aborigen

Los pueblos aborígenes de América del Sur hacia 1500


Anexo 277

Mesoamérica. Del inicio de la complejidad social a las sociedades urbanas


278 América aborigen

Andes centrales y meridionales. Del inicio de la complejidad social a


las sociedades ubanas
Anexo 279

Mesoamérica. Apogeo y crisis de las grandes sociedades urbanas


280 América aborigen

Andes centrales y centro-meridionales. Apogeo y crisis de las


grandes sociedades urbanas
Anexo 281

Mesomérica. Experiencias imperiales


282 América aborigen
Bibliografía breve

Obras generales
No es fácil presentar una bibliografía destinada a sugerir al lector interesado
textos que le permitan ampliar y profundizar sus conocimientos. La pro-
ducción científica –histórica y arqueológica– es enorme, y su enumeración
superaría los límites de este libro. Sin embargo, se trata fundamentalmente
de artículos altamente especializados en libros colectivos y revistas cientí-
ficas, publicados en su mayor parte en el exterior y en lengua inglesa. Sólo
una pequeña parte de esa producción resulta accesible a alguien ajeno a los
ámbitos académicos y científicos. En ese contexto, son escasas las obras
de síntesis y algunas se encuentran desactualizadas. Recién en el plano
regional podemos encontrar algunas buenas obras de síntesis o estudios
sobre sociedades o períodos particulares, entre las cuales será imprescindi-
ble mencionar algunas en inglés.
Una obra general indispensable como referencia es The Cambridge History
of the Native Peoples of the Americas, publicada en tres volúmenes, dedica-
dos a América del Norte, Mesoamérica y América del Sur, editados, respec-
tivamente, por Bruce G. Trigger y Wilcomb E. Washbum, R. E. W. Adams
y Murdo MacLeod, y Frank Salomon y Stuart B. Schwartz. Cada volumen
se divide en dos tomos, el primero de los cuales está dedicado a la época
prehispánica. La obra reúne artículos de reconocidos especialistas.
Además, como textos generales para la totalidad del período pueden men-
cionarse aquí:
Adams, Richard E. W., Antiguas civilizaciones del Nuevo Mundo, Barcelona,
Crítica, 2004 [1997], una válida síntesis centrada en las altas culturas
americanas.
Bethell, Leslie (ed.), Historia de América Latina, vol. I, América Latina colo-
nial: la América precolombina y la conquista, Barcelona, Crítica, 1990
[ed. orig.: The Cambridge History of Latin América, vol. I, Colonial Latin
América, Cambridge, Cambridge University Press, 1984], con buenas
contribuciones aunque envejecida por el paso del tiempo.
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Signs, and Pictographies in Pre-Columbian America, Washington, DC,
Dumbarton Oaks, 2011.
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World, Washington, DC, Dumbarton Oaks, 2008.
Fiedel, Stuart J., Prehistoria de América, Barcelona, Crítica, 1996 [orig.
1992], obra con fuerte énfasis en las etapas más tempranas y en Amé-
rica del Norte, algo desactualizada en su enfoque.
Josephy Jr., Alvin M. (ed.), America in 1492. The World of the Indian Peoples
before the Arrival of Columbus, Nueva York, Vintage Books, 1991.
Rojas Rabiela, Teresa y John V. Murra (dirs.), Historia general de América
Latina, vol. I, Las sociedades originarias, París, Trotta-Unesco, 1999,
obra colectiva con el aporte de especialistas, algunos muy reconocidos,
aunque con desniveles.
Townsend, Richard E. (ed.), La antigua América. El arte de los parajes sa-
grados, México, The Art Group of Chicago-Grupo Azabache, 1993.

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Abrams-The Field Museum of Chicago, 2008.
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