Libro de la obra: “PESTAÑAS COMO AGUJAS”

de Luz Pearson

PESTAÑAS COMO AGUJAS

de Luz Pearson

Personajes: Petunia y Antonio Lugar: Espacio vacío con una silla. Petunia y Antonio corren, jugando a agarrarse. Luego bailan, se seducen y se encuentran: Petunia lo espera a Antonio sentada en la silla, él aparece. Petunia- ¿Qué soñaste anoche? ¿Te acordás? Antonio se coloca detrás de ella y empieza a acariciarle el pelo excitado. Petunia- De a ratos te reías, muy fuerte… en un momento pensé que me hablabas, decías: “alu pe tu né tu bu, tenés” … pero no, no era para mí ¿con quién hablabas? Dale decime… Me quedé mirándote un largo rato, me tentaba tocarte las cejas pero no te quise despertar. Tu risa rompía la quietud de la noche, interrumpía el ritmo monótono de la heladera que es casi parecido al silencio. Me quedé hipnotizada mirándote: como cuando era chica que me pasaba horas espiando la tela de araña de mi ventana…la araña esperaba con eterna paciencia que cayera algún insecto…Me pasó lo mismo que la primera vez que salimos: te miraba con ganas de meterme adentro tuyo para conocerte, me gustó sentir de nuevo eso… ¡qué ridícula! Me acuerdo que lo primero que te conté esa vez fue un sueño, había soñado que me salía nieve por la boca… debiste pensar que era una loca mística o algo así, no? En realidad creo que casi ni me escuchabas, vos también me mirabas callado y eso me puso nerviosa ¿Qué pensabas? Creo que me mirabas la boca, tal vez te imaginabas el frío de la nieve saliendo entre mis labios… No, no: eran mis labios pintados de rojo oscuro, eso te gustaba. Hace tiempo que no tengo sueños como esos… casi ni sueño. Creo que el último sueño que tuve fue en blanco y negro, como una tele vieja… Anoche te reías tan feliz que me dio tristeza: era como si yo no estuviera. Hace mucho que no sueño… Antonio engancha sus dedos en el pelo de Petunia, o los pelos de Petunia lo atrapan como redes. Ahora ella se excita, suspende su relato y se dispone a la acción: poseerlo. Intentan darse besos pero algo se los impide. Se atraen como imanes y ese mismo impulso los rechaza. Se miran y corren a encontrarse pero sin tocarse, tiemblan de emoción contenida que los separa de repente como si se soltara un elástico.

Finalmente, se detienen y se acercan despacio hasta encontrarse en un largo beso. Ella ríe feliz y se sienta en la silla invitándolo. Intentan sentarse juntos pero caen varias veces. La situación se va acelerando y entorpeciendo cada vez más hasta tornarse imposible. Antonio queda a upa de Petunia, agotado. Ella le pregunta: Petunia- ¿Me dijiste feliz cumpleaños? ¿Me dijiste? ¿Me dijiste feliz cumpleaños? Antonio- No te amo más. Las manos de Petunia caen como palas pesadas y él –soltado por quien lo contenía- se desploma entre sus piernas. Como un resorte se pone de pie, alejándose de ella. Petunia queda en la silla, él parado a un lado, guardando una prudencial distancia. Le teme. Se miran. Se toman las cabezas en simultáneo (sin saberlo, siguen teniendo un ritmo similar). Ella camina hacia él, al cercarse cae desvanecida a sus pies. El se apura a ver qué le sucede y, al acercarse, ella se levanta de repente. Impresionados por de verse cara a cara caen al mismo tiempo. Ambos se espían desde el suelo, levantando apenas sus cabezas. Tratando de no ser descubierto por ella, Antonio mira hacia la puerta, calculando la distancia que lo separa de su libertad. Cuando se ve a salvo de la mirada de Petunia, se levanta en puntas de pie y escapa en dirección a la puerta. Ella continúa en el piso, indiferente. Antonio- Adios Petunia, me voy. (no hay respuesta) Petunia, me estoy yendo... No es por la vibración del vidrio de la ventana: los colectivos, el hollín. No es por cómo te agachás para ver si están listos los “huevos kimbos”. No es porque no sepa qué pensás cuando mirás lejos. No es por mi temor al fuego, a las velas, a las llamas. No es porque me duelan tus silencios, ni tus palabras. No es porque necesite tener un árbol, un farol y un perro. No es por eso. El hombre se va Petunia… y soy yo, me voy. ¿Petunia? ¿Petuti? Impresionado por su falta de respuesta, Antonio toca el cuerpo de Petunia con la punta de su pie: nada. Se acerca más, presintiendo lo peor. Antonio- Ay! La maté. Maté el amor que había entre nosotros, maté mi amor, la maté a ella. Quebré tu confianza, traicioné tu ternura, rompí tu corazón: ¡soy un asesino!

Perdón: siempre faltaron en mí las caricias necesarias para cobijarte; lo que para mí era cómoda calma para vos fue vacío; pesa sobre mis hombros el paso del tiempo al que te condené, sin sentido, sin futuro. No eran mis tormentas ocasionadas por tus climas, sino mis propios temporales de dolor. Hubiera querido protegerte, ¿acaso era posible resolver este dilema: quería estar con vos pero sin mí? ¿Hubiese sido posible eso? Tengo guardados todos tus gestos, cada una de tus manías: tendré siempre devoción por tu imagen. Petunia, ¿me oís? Petunia de mis prados, ¿alcanzan mis palabras a tocar el paraíso de tu silencio? Fallé a mis promesas, falté a tu honor. Perdón amor, perdón vida mía. Tomando el brazo de él como una liana, Petunia se levanta, una muerta que cobra vida. Petunia- Socorro, socorro…¡estoy sola! ¿Deberé comer un durazno? Petunia se mueve, animada por una fuerza que Antonio desconoce. Petunia- He perdido mi vista, el gusto, el olfato... ¿Cómo tendré que volver a usarlos para acercarme a ti? A ti…a ti…a ti…¡Ya sé! ¿Me hago la raya al medio? / ¡Ya sé! ¿Subo el ruedo de mis polleras? / ¡Ya sé! ¿No leo más novelas rusas? / ¡Ya sé! ¿Destejo el sweater que te hice? Antonio no se conmueve con ninguna de las opciones y se acerca decidido a la puerta. Ella lo sigue, colgándose de su cuerpo. El la rechaza. En la pelea quedan enfrentados, como si fueran a darse un beso. Petunia- ¿Pinto las uñas de mis pies de turquesa? En vez de darle un beso, Antonio le corre la cara. Petunia se aleja, empezando a lagrimear. Antonio- ¡Petunia! Petunia- ¿Qué? Antonio- ¿Qué? Petunia- ¡Sí! Antonio- No Petunia, no. Petunia llora.

Antonio- Hubieras llorado hace 20 minutos. Hace más de 20 minutos me hubiese importado. Petunia- Yo lloro cuando quiero. Yo nací llorando. Lloro acá y lloro en las plazas sin sol cuando las hamacas se balancean solas con el viento, lloro cuando no anda un semáforo y siento que podría morir si cruzo mal, lloro leyendo obituarios de desconocidos…lloro porque siento que podría conocerlos… lloro por los que quedan vivos, lloro cuando me sacan sangre: “es mía”, lloro frente a las iglesias que no entro, lloro en las salas de espera… lloro de tanto esperar, lloro cuando pido la hora por teléfono, lloro bajo la sombra de árboles secos: me dan sombra igual, lloro en el baño con mi cajita de música fucsia, lloro en la última fila del cine y en la del medio, lloro en todos los finales de libros, lloro cuando no estás y acomodo tus zapatos, lloro cuando entra la luna sobre nuestra cama y nos fuimos a dormir peleados, lloro porque le tengo miedo al agua y no sé hacer la vertical, lloro en taxis detrás de mis anteojos negros, lloro cuando no encuentro las llaves y lloro cuando aparecen, lloro cuando pierdo los negativos de fotos que no puedo volver a sacar, lloro y me gusta mirarme la cara en el espejo llorando porque nadie me ve llorar. Yo lloro bailando árabe… Seducido, Antonio vuelve sobre sus pasos. Antonio- ¿Bailás árabe? Petunia- (llorando) Hace un año y medio. Antonio- ¿Qué días? Petunia- (llorando) Martes, jueves y martes. Antonio- ¿Bailarías para mí? Antonio se acomoda en la silla para disfrutar del show. Ella le baila llorando. Antonio- ¿Por qué no me voy? (Petunia comienza a bailar árabe frenéticamente dándole la espalda, él la mira y sigue) Levantate y andate. Me ordeno irme. Tomo una decisión y la ejecuto: nada puede hacerme cambiar de opinión ¡Me voy! Todos me ven irme. Dejo mi pasado atrás. Es fácil. Tan sencillo como cambiarse de ropa o comprar zapatos nuevos. Nada me retiene. Nadie puede alcanzarme. Mi percepción, mi deseo y mi realidad comienzan tras esa puerta. Petunia corre a buscar un reloj, echa a Antonio de la silla y se sienta.

Petunia- ¿Desde cuándo no me amás más? Tenés 3 minutos para explicármelo. Antonio- 3 minutos no es suficiente tiempo. Petunia- 2 minutos 58, 57, 56… Antonio- ¡No seas precipitada! Es que me es imposible explicarte con precisión lo sucedido en tan poco tiempo. Petunia- 47, 46, 45… Antonio- Es necesaria 1 hora, al menos 1 hora 20 para alcanzar a cubrir rigurosamente todos los aspectos que incluyó este complejo proceso. Petunia- ¿Desde cuándo? Antonio- Con el suficiente tiempo, un par de horas, podría detallarte concisa, breve y específicamente cómo ocurrió… Petunia lo mira desencajada. Antonio- No me siento bien. Es en el pecho, un agudo dolor similar a un cuchillo. Yo no estoy bien. Furiosa Petunia le lanza el reloj a la cara, se levanta de la silla y la toma en el aire como un arma amenazante. Petunia- ¿Desde cuándo? Antonio- ¡Pará! ¡Pará! ¡¡¡Me es imposible explicar en estas condiciones!!! Petunia- ¡Hablá! ¿Desde cuándo? Petunia coloca la silla sobre él, se sienta y lo agarra de la ropa, sacudiéndolo. Petunia- ¿Desde cuándo?…… Antonio gira y gira debajo de su tutela, hasta que ve a Petunia sentada petrificada, con la mirada perdida en el vacío. Todavía atrapado debajo de la silla levanta el pecho y explica: Antonio- Hace 20 minutos dejé de amarte pero me tomé un tiempo prudencial para sopesar mis sentimientos y así poder estar seguro de ellos. Una vez transcurrido este lapso expresé la fatalidad de mi sensación con un “no te amo más” –insisto- no sin antes haberme tomado el recaudo del tiempo.

Entonces se podría decir que tardé 20 minutos en decirte “no te amo más”, pero si contamos a partir del momento en que te lo hube dicho tenemos casi como unos (se fija en el reloj) 17 o quizás 18 minutos sin amor, es decir, sin amarte. Cuando termina, comprueba que ella sigue sentada muy quieta y escapa en cuatro patas hacia la puerta. Petunia lo congela con la mirada. Petunia- Sí, sí, sí…no me amás. No me quisiste nunca. Antonio- Sí, Petunia. Petunia- (lo interrumpe) Nunca. Antonio- Sí, Petunia. Petunia- Jamás. Antonio- Sí, Petunia. Petunia- No. Antonio- ¡Sí! ¡Te amé! (pausa) Te amé temprano, tarde, apurado y despacio. Te amé de madrugada. Petunia- No te creo. Antonio- Amé cada una de tus pestañas, las conté como segundos: tenés 153 hermosas pestañas filosas como agujas del tiempo. Te amé Petunia, Petutita, Penuti y Penita. Amé tus tobillos más que mis anotaciones. Amé tus movimientos de relojería: muslo-rodilla-pantorrilla-pie-pie-pie-pie. Petunia- No te creo. Antonio- Amé la manera en que tus ojos me seguían girasoles hambrientos del sol que les da vida. Petunia- No. Antonio- Amé andar por tu espalda de caminata lunar. Petunia- Mentira. Antonio- Jamás faltó en mí el deleite por esos hombros gusanos de seda…Y tus orejas: perdí la razón en el infinito eco de esos dos caracoles reposando... Y te amé los domingos: mirá que hay que amar los domingos.

Petunia busca la silla y se sienta, dándole la espalda. Irritado por su necedad, Antonio se dispone a explicarle. Dibuja en el aire una recta, como si estuviera escribiendo sobre un pizarrón. Antonio- Tenemos una recta. Como toda recta, esta tiene un principio (se señala a sí mismo) y un fin (la señala a Petunia, sentada en la silla de espaldas)… Antonio se acerca a Petunia y sigue su discurso, detallando lo que dice sobre la espalda de ella. Antonio- …Petunia y Antonio se conocen. El amor crece entre ellos y comparten gran parte de esta línea juntos. Es impresionante como dos puntos diferentes pueden convivir en una misma línea por tanto tiempo... Petunia- Dos años. Antonio- Dos años… Petunia lo hecha de su lado, él se retira, acariciándole la cabeza de manera brusca. Antonio - …De todos modos, esta unidad tiempo espacial, no es eterna. La línea que une estos dos puntos tarde o temprano toma distintos rumbos. En este caso, la bifurcación ocurrió en el minuto en que te dije: “No te amo más”. Si bien antes de esta división, el amor de este punto por este otro ya registraba titubeos (quiero decir, yo noté algo extraño y me dije: qué es esto, algo me pasa, necesito tomarme un tiempo para saber si la pasión que sospecho se está yendo, realmente me está abandonando). Y ahora que lo pienso descubro algo maravilloso: sucedió con nuestro amor lo mismo que con las estrellas. Nosotros creemos ver la luz que de ellas emana cuando en realidad sólo vemos sus destellos que viajan a través del tiempo, exhibiendo una vida que ya no es tal dado que estas estrellas han desaparecido hace milenios… Petunia se levanta y sale, volviendo con una valija con ropa. Lo empieza a vestir, él se deja. Antonio- …Entendé mi estupefacción: yo creí sentir la muerte de mi amor antes del momento en que te lo expresé, y estaba en lo cierto: mi amor por vos había muerto hace 20 minutos, sólo quedaban sus póstumos rayos de luz que seguían iluminando para mí tu cuerpo. Curioso: mi amor murió y yo tardé 20 minutos en saberlo.

Petunia termina de vestirlo, le da la valija y él al verse listo para el trámite lo ejecuta: se va. Antonio- ¡Me voy! Antonio vuelve sobre sus pasos y vuelve a suceder la misma escena: Petunia le da de manera brusca la valija. Antonio- ¡Me voy! El vuelve sobre sus pasos por tercera vez, ella le entrega de modo drástico la valija. Antonio- ¡Me voy! Antonio se va dirijiéndose a la ventana de la que se tira quedando colgado. Petunia se cambia de ropa eligiendo un vestido y un peinado de bella mujer fatal. Una vez lista, se sienta en la silla, de espaldas a la ventana. Pausa. Antonio (desde la ventana)- ¿Vos a mi no me querés más? Petunia no contesta. Antonio se incorpora y se acerca a Petunia. Antonio- ¿Vos a mi no me querés más? Petunia se mete una pelota de pin pon en la boca y se la lanza. Y así, empieza a lanzar escupidas como desde un cañón. Antonio recibe las balas con la dignidad del que se sabe culpable, pero al tiempo contesta los tiros y se desata una batalla de pelotitas. En medio del furor, uno de los tiros de Petunia es interceptado por Antonio que se mete esa pelotita en la boca listo para devolverle un golpe mortal. Petunia- Ya no va haber cartas en el buzón, ni uvas en la parra, ni diamantes en la mina…Vas a olvidar el nombre de mis primos, las calles del barrio donde vivimos juntos. Puedo oler el olvido en tu mirada, me mirás como a un leve recuerdo, pronto voy a ser menos que una sombra, una suave picazón de antes de dormirse: te vas a rascar y listo… Antonio- ¡¡¡Basta!!! ¡¡¡Basta!!! ¡¡¡Te callás!!! ¡¡¡Cerrá esa boca!!! Apagá esos suspiros, tu respiración, los roces de tu piel, el murmullo sin fin de toda esa sangre recorriéndote. Es como un viento monótono empujando: él sólo quiere dormir, vivir una larga pausa. Pasan las horas y los días, él no siente

nada, no puede sentir nada más que el zumbido constantemente diciendo, pidiendo… cosas que no puede cumplir, que no entiende, que no sabe hacer. No tiene frío ni calor, todo es ese ruido como gota de agua cayendo adentro suyo: paf, paf, paf, paf… No sabe cómo salir, qué hacer para contenerla. Sólo puede irse, tiene que escapar, agarrar lo poco que le queda y llevárselo lejos, para volver a sentir, para encontrar un poco de calma y poder descansar…hasta que el viento pase, hasta que todo pase... Antonio se desploma. Antonio- …Perdí tu regalo de cumpleaños. Petunia lo llama para que él se siente sobre su falda. El va hacia ella, Petunia lo acuna, adormeciéndolo. Petunia (murmura)- Sh, sh, sh… Vas a ser el hombre que querés ser, vas a caminar erguido, bien alto, y tus pasos seguros van a oírse a la distancia. Tu nuca va a resaltar siempre entre la multitud, la originalidad de tu pensamiento va a ser comprendida y no vas a estar solo nunca, aunque sientas que lo estás. Tu necesidad de refugio va a encontrar su destino, vas a recorrer muchos caminos llegando puntual y sin demoras a dónde sea que quieras ir: no va a haber semáforo, barrera ni tráfico que te detenga. Detenerse es muy malo, detenerse está mal. Yo sé. Cuando él la dejó de amar ella lo siguió queriendo….como 30 minutos te seguí queriendo, 30 minutos en los que ella todavía sentía el ritmo del corazón de él y sufría previendo que algún día en este planeta esos latidos dejarían de sonar. Quiero que me los devuelvas, mi tiempo se detuvo: está quieto esperando esos 30 minutos que le faltan para volver a empezar. Antonio (como despertando)- ¿Qué hora es? Petunia (se fija)- Las 10. Antonio- Pasaron 40 minutos. Petunia- No, pasaron apenas 10… Antonio se levanta del regazo de Petunia. Petunia- … hace unos pocos minutos entendí. Recién acaban de pasar tus 40 minutos sin quererme menos mis escasos 10: necesito que me des esos 30 minutos de diferencia en los que te seguí queriendo sin que me ames. ¿Dónde los tenés? Son

mis minutos, no es “nuestros”, no es más “nosotros”. Son míos, no voy a dejar que te los lleves. Antonio- No los tengo. Petunia- Buscá. Antonio revisa sus bolsillos y niega con la cabeza. Petunia- Fijate bien, yo te los di. Eran 30 minutos en locomotora, de un amor inconmensurable, profundo como el océano, imposible de perder tanto caudal de amor, tantos deseos, tanta fuerza, tantas ganas de cuidarte, de seguirte, de esperarte… te los di envueltos en mis brazos, con una cinta de trenza, tamaña ofrenda no puede desaparecer. Revisá la valija. Antonio revisa la valija. Petunia- Necesito mis 30 minutos, ¿para qué vas a llevarte lo que no querés? No lo soporto…Yo te soñé, te pensé, te tapé cuando hacía frío… Imaginé que yo iba a ser la última que querrías, no soporto terminar, aborrezco los finales. Antonio- Acá no están. Petunia- ¿Es que los perdiste? Pero si vos contabas cada semana que llevábamos juntos, cada día, cada minuto... si hasta festejamos los 600 mil billones de segundos juntos en vez del aniversario. Antonio- Dijiste que te gustaba, que contar los segundos te daba la sensación que pasábamos más tiempo juntos. Petunia- Dijiste que me amabas… Antonio saca de la valija una caja pequeña. Antonio- Los tengo, Petunia, los tengo. Tengo tus 30 minutos de amor, que son mucho más que 30… No te los voy a dar... Me llevo 3 minutos de tus huellas de pies mojados cuando salías de la ducha con mi remera blanca que te quedaba grande…., 2 minutos de verte de espaldas esperando tu colectivo en la parada…. como 7 minutos 30 de tu boca diciendo cosas que yo no escuchaba porque sólo me importaban tus labios rojos, me llevo 4 minutos de tu cara aplastada sobre mi pecho… mil doscientos segundos de tus manos tejiendo infinitas formas en el aire al hablar…12 minutos de tus piernas cruzadas hamacándose inquietas…Me

llevo 1 minuto y medio de cuando te levantabas y mirabas para abajo: tu cuerpo estaba dormido, tus ojos despiertos. Antonio guarda la caja en la valija y se va. Ella se queda sentada. Petunia- No te estás yendo. Fin.

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