Notas introductorias a la filosofía de la ciencia

EDUARDO GLAVICH, RICARDO IBÁÑEZ, MARÍA R. LORENZO y HÉCTOR PALMA

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1. ¿Qué es el Positivismo? Esta pregunta resulta imposible de responder tal como está planteada, en un espacio tan breve y con las características de estas Notas Introductorias. Como dice Kolakowsky, "el término positivismo posee una pluralidad de acepciones: además de una doctrina filosófica que no se reconoce ni como doctrina ni como filosofía, esta palabra designa también cierto punto de vista dentro de la teoría del derecho, cierta corriente históricamente conocida en literatura, así como una cierta posición en ciertas cuestiones teológicas"1 y agregamos nosotros, una posición en teoría social. Claro está que, a pesar de las diferencias, cada una de estas corrientes conserva una cierta orientación intelectual común con las otras que hace que todas puedan subsumirse bajo la calificación de "positivismo". Creemos pues que, si bien puede comprenderse en su totalidad la significación de esta posición sólo en la medida en que se pueda vislumbrar su compromiso con una teoría social y política (tarea que efectuaremos en futuros desarrollos) podemos, sin embargo, concentramos en el positivismo como corriente filosófica y

11 L. Kolakowsky, La filosofía positiva, Madrid. Cátedra, 19H6, p. 11.

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dentro de ella en sus aspectos epistemológicos, ya que ellos poseen cierta autonomía en cuanto objeto de análisis y estudio. 1. a. El origen histórico del Positivismo El término "positivismo", aplicado a las ciencias (y en especial a las ciencias sociales en aquel momento no constituidas como tales) fue utilizado por primera vez por Saint Simón (1760-1825), pero cobra significación histórica con Augusto Comte, discípulo de aquél, en las primeras décadas del siglo XIX. Empleaba esta palabra para designar lo "real", lo fáctico, lo observable y cuantificable, en oposición a lo metafísico, lo especulativo: "la palabra positivo (...) considerada en primer término en su acepción más antigua y más corriente (...) designa 'lo real", en oposición a lo quimérico. En este sentido conviene plenamente al nuevo espíritu filosófico, así caracterizado por su constante consagración a las investigaciones verdaderamente accesibles a nuestra inteligencia, con exclusión permanente de los impenetrables misterios de que se ocupaba, sobre todo, en su infancia".2 Con la concepción de la "filosofía positiva", Comte pretendía superar las consecuencias, a su juicio negativas, del Iluminismo y de la Revolución Francesa. Dividía la historia de la humanidad en tres estadios: era necesario alcanzar el último -el "positivo"- a través de la reconciliación por el orden y el progreso; el "orden" provenía del primer estadio, el teológico, y el progreso se originaba en la doctrina liberal de la Revolución Francesa, que correspondía al segundo estadio: el metafísico, aunque las consecuencias de la etapa metafísica eran el desorden y la anarquía. Es necesario tener en cuenta que durante el siglo XIX en Francia se originaron una serie de conflictos causados, por un lado, por los intentos restauracionistas de la nobleza, y por otro, por la organización del movimiento obrero francés y el surgimiento de las ideas socialistas. Para Augusto Comte, la organización social estaba regida por un orden que respondía a leyes naturales; existían por lo tanto

2 A. Comte. Discursos sobre el espíritu positivo, Buenos Aires, Hyspamérica.i. 1984, p. 136.

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desigualdades y subordinaciones naturales. La verdadera libertad consistía en la aceptación racional de las leyes naturales, proclamando así el peligro de la libertad de conciencia: "no hay libertad de conciencia en astronomía, en física, en química, en filosofía (...), si ocurre otra cosa en política, es porque los antiguos principios han caído y porque los nuevos aún no están formados, pero perpetuar tal estado de cosas es llevar la sociedad a la anarquía".3 El espíritu científico consistía, entonces, en la búsqueda de estas leyes naturales invariantes a través de la observación de los hechos. Los elementos centrales del "positivismo de Comte" serían entonces: a) la recurrencia a lo empírico, a lo observable, a los "hechos" como único origen legítimo y tribunal del conocimiento; b) la creencia de que en el orden social existe una legalidad "natural" que el hombre debe "descubrir" del mismo modo que lo hace el astrónomo o el físico; c) como consecuencia de lo anterior, más allá de diferencias de detalle que tienen que ver con la "idiosincrasia" del objeto de estudio, se descuenta que la metodología ha de ser la misma que la empleada por los científicos de las disciplinas naturales indiscutidamente exitosas; d) la creencia optimista en el "progreso" a través de la utilización de la razón, entendida ésta como razón científica. Estas características son las que tiene en común, como veremos, el positivismo de Comte con el neopositivismo. Existen otras consecuencias del pensamiento comteano que aquí apenas podemos señalar, pero que resultan interesantes, y por ello debemos mencionarlas. La sacralización de los hechos, de lo que "es", más la creencia de que en la sociedad existen leyes naturales cancela toda posibilidad de cambio profundo en la misma, ya que no hay diferencia entre lo que es y lo que debe ser y si la hubiera se debería a un desarrollo inacabado que se solucionaría con el tiempo y con el

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10. A. Comte,

Curso de Filosofía Prnthta. Buenos Aires. Aguilar. p. 4,

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aporte del saber científico, la sociedad deja de ser una construcción histórica de los hombres, sujeta a conflictos de intereses y, consecuentemente, a cambios. Por otro lado, el establecimiento de "desigualdades naturales" impide el reclamo de un orden distinto del vigente. Si bien es cierto que Comte apuntaba a una mejora en ciertos aspectos de la vida social, estos cambios sólo eran de detalle y en vistas a mantener este orden "natural". En lo que sigue pues, caracterizaremos las notas fundamentales del positivismo como producto de las sucesivas interpretaciones y aportes al pensamiento de cuño comteano, para, finalmente, abrevar en los análisis del denominado Círculo de Viena, posición ésta que ha contribuido decisivamente en la confrontación de un "paradigma fecundo" a la par que dominante en el campo de los estudios epistemológicos, y que ha dado en llamarse positivismo lógico, empirismo lógico o neopositivismo.

1.

b. Características generales del Positivismo

En la actividad cognoscitiva de los seres humanos es posible distinguir diversas cuestiones agrupables básicamente en dos tipos de problemas: los relacionados con el conocimiento como "proceso" y los vinculados al conocimiento como "producto". La primera clase de problemas ronda acerca de los modos y mecanismos a través de los cuales los humanos obtenemos lo que llamamos conocimiento, tanto en los aspectos psicológicos como históricos; la segunda clase de problemas, que parte de considerar el conocimiento como producto ya obtenido, agrupa cuestiones atinentes a la posibilidad de afirmar la verdad de nuestros juicios, y también, acerca de distinguir qué es posible conocer y qué no. El positivismo, como corriente epistemológica, se ocupa, fundamentalmente, del análisis del segundo tipo de problemas de acuerdo a distintas perspectivas que, si bien pueden distinguirse en su análisis, no resultan excluyentes sino más bien un conjunto de elementos que convergen en "una visión científica del mundo". Un primer elemento presenta una relación estrecha con una posición gnoseológica que tiene su raíz en el empirismo. El se-

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gundo aparece como un criterio de demarcación entre las proposiciones que pueden considerarse científicas y las que no. El último se refiere más específicamente a la concepción epistemológica del positivimo, donde presentaremos, como hemos anticipado, la postura neopositivista del Círculo de Viena. A continuación detallaremos estos elementos: aEmpirismo-Nominalismo: niega la distinción tradicional entre "esencia" y "fenómeno". Según esta distinción que, con diferentes denominaciones viene desde los primeros filósofos griegos, aquello que se presenta a nuestra percepción sensible (los fenómenos) son diferentes modos de manifestación de una realidad (la esencia) que no puede conocerse de un modo directo. Para algunos filósofos como Platón, alcanzar lo que él llamó el "mundo de las Ideas" requería un gran esfuerzo reflexivo, un proceso dialéctico muy trabajoso que sólo los filósofos podrían realizar. Para Immanuel Kant (1724-1804), en cambio, el acceso a la "cosa en sí", es imposible y sólo se puede tener conocimiento de los fenómenos, es decir, de su apariencia, en tanto son constituidos por el sujeto. El positivismo sostiene que sólo podemos registrar aquello que se manifiesta a nuestra experiencia sensible. Todas las discusiones acerca de esencias inalcanzables son, por un lado, cuestión de fe, y por otro, puro palabrerío inconsistente; son categorías metafísicas, carentes de "sentido". Una consecuencia de este criterio es lo que L. Kolakowsky llama "la regla del nominalismo". Esta regla surge de la necesidad de dar cuenta de ciertas categorías abstractas que los humanos manejamos habitualmente, como, por ejemplo, los objetos matemáticos. En efecto, según esta regla del "nominalismo" los únicos que tienen existencia en un sentido "fuerte", es decir, con un compromiso ontológico,4" son, por ejemplo, los triángulos imperfectos que vernos y tocamos (en rigor de verdad los objetos triangulares), pero

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11. Tradicionalmente la Ontología es aquella disciplina filosófica que se ocupa del análisis de la estructura última de la realidad.

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no el triángulo matemático. Queda claro que es ésta una teoría del conocimiento de tipo empirista: nuestros sentidos constituyen el único origen de los conocimientos, y nuestras abstracciones son derivadas de aquéllos, pero sólo son legítimas como expediente cognoscitivo, sin referente ontológico alguno. "En otras palabras, desde el punto de vista de la crítica nominalista, todo saber abstracto es un modo de ordenación concisa y clasificadora de los datos experimentales; no posee ninguna función cognoscitiva autónoma, en tanto que, como saber precisamente abstracto, nos daría acceso a territorios de la realidad alejados de lo empírico."5 b- Negación del valor cognoscitivo de enunciados normativos y valorativos: otro elemento característico del positivismo es el de negar todo valor cognoscitivo a los juicios de valor (éticos y estéticos) y a los enunciados normativos. Esta regla es muy clara respecto de los enunciados normativos ya que, sencillamente, enunciados que expresan órdenes o prohibiciones no afirman ni niegan nada en el sentido de ser verdaderos o falsos, por lo tanto no son ni una ni otra cosa y, por eso, no tienen valor cognoscitivo. Pero los juicios de valor, presentan una problemática un tanto más compleja, que tendrá, como veremos, consecuencias diferentes: según la regla fenomenalista, los valores no son elementos del mundo accesibles a nuestra experiencia, y por ello, tenemos "derecho a enunciar nuestros juicios de valor sobre el mundo del hombre, pero nada ni nadie nos autoriza a suponer que dependen de razones Científicas o. en general, de razones que no provengan de nuestra elección arbitraria". 6 Sin embargo, el desarrollo de la epistemología posterior al Circulo de Viena mostró, en diferentes versiones, que la ciencia no sólo no funcionaba al margen de los juicios de valor sino que está plagada de ellos, y que constituían no un subproducto indeseado e indeseable de un inalcanzado ideal de neutralidad, sino verdaderas "condiciones de posibilidad" de la emergencia misma del discurso científico.

5 12- L. Kolakowsky,
6

13- L. Kolakowsky.

op. cit. p. 19. op. cit., p. 21.

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c.- Unidad Metodológica: referido específicamente a la concepción acerca de la ciencia, el positivismo mantiene la fe en la unidad fundamental del método científico. Si bien se pueden establecer matices, se sostiene que los modos de acceso al conocimiento son los mismos para todo tipo de saber (fundados en la experiencia), y también son iguales los modos a través de los cuales la experiencia disponible en algún campo específico es elaborada por la reflexión teórica. Esto tiene varias consecuencias: 1- se reduce la razón a la ciencia. De este modo el conocimiento científico aparece no sólo como el exponente más elevado y acabado de la razón humana, sino que se constituye en la única racionalidad posible; 2- el modelo de todo saber fue durante varios siglos la física ya que "entre todas las disciplinas empíricas, (es la que) ha elaborado los más valiosos modos de descripción, y cuyas explicaciones se extienden a las propiedades y a los fenómenos más universales dentro de la naturaleza".7 Este "estigma" de la física es tan fuerte que casi ningún epistemólogo puede sustraerse a él y aunque no sean positivistas, en la casi totalidad de la literatura epistemológica de este siglo, la mayoría de los ejemplos de historia de la ciencia que utilizan en apoyo de sus tesis provienen de la física; 3- a partir de lo anterior se establece una jerarquía de las diferentes disciplinas científicas. Las diferencias cualitativas entre ellas obedecen a razones de desarrollo histórico, es decir, aquellas ciencias que no hayan alcanzado el grado de desarrollo de la física se encontrarían en un estadio inferior; 4- se ha postulado repetidas veces que todo saber es reducible en última instancia a la física. Los intentos reduccionistas son una tendencia bastante común en la historia de la ciencia, aunque en grados diversos y con dispares resultados. Como cuan

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14.

Ibidem, p. 21.

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do se habla de reduccionismo no siempre se quiere decir lo mismo, se hace necesario, entonces, hacer algunas aclaraciones. En primer lugar, podemos hablar de un reduccionismo ontológico8que consistiría en afirmar la tesis según la cual una disciplina o teoría B puede ser reducida a una disciplina o teoría A (que podemos denominar básica) porque, en el fondo, las entidades de B son estructuras cuyos componentes, relaciones, correlaciones y funcionamiento corresponden a A. Algo de esto ocurrió en la química: aún hoy se suele llamar química orgánica a aquella que trata de las sustancias que parecen, casi por definición, estar ligadas esencialmente a los fenómenos de la vida. A principios del siglo pasado, muchos químicos tenían la convicción de que no era posible la síntesis de las sustancias orgánicas y que el comportamiento de éstas no era reductible enteramente a las leyes de la química inorgánica En la actualidad, después de haber logrado, químicos y bioquímicos, la síntesis de compuestos orgánicos de muy alta complejidad, parece plausible ser reduccionista en este ámbito: todo lo que se dice acerca de la célula y su comportamiento es reducible a conceptos físico-químicos y termodinámicos. El reduccionismo ontológico es una posición muy fuerte y quien la defienda tendrá que probar que todos los fenómenos de un ámbito son explicables en otro más básico. De lo contrario deberá mostrar estrictamente en cuáles aspectos se puede hacer la reducción y en cuáles no, con lo cual la posición se debilita y dificulta. Otra forma de reduccionismo más restringida es la que podríamos llamar semántica. Aquí ya no se habla de entidades reductibles sino en los siguientes términos: el lenguaje de la disciplina B (que es la que se quiere reducir) puede ser traducido al lenguaje de la disciplina básica A. Sostener esta posición implica, además, suscribir una postura determinada en cuanto a la relación entre el lenguaje y las entidades a que éste se refiere. Sostener un

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15- Cf. G. Klimovsky, Las desventuras del conocimiento científico. Buenos Aires. AZ Editora, 1999 p. 2?5.

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reduccionismo ontológico implica el reduccionismo semántico, aunque no a la inversa. Hemos mostrado un ejemplo en el cual parece plausible la reducción. Sin embargo, ésta suele operar de modo indebido en diferentes disciplinas. Esta tendencia está directamente emparentada con la propuesta positivista de la unificación de las ciencias, o sea la reducción paulatina a ámbitos de explicación cada vez más unificados y abarcativos, situación que, lejos de significar una explicación más adecuada, se convierte en una simplificación que deja de lado las especificidades que, además de enriquecer el conocimiento, hacen del quehacer de los hombres algo cualitativamente diferente del de la legalidad de la naturaleza. Un reduccionismo generalizado apostaría a reducir la conducta humana a lo biológico, lo biológico a los procesos químicos y éstos, en última instancia, a la física. En este sentido, en las ciencias biológicas entre los años '30 y '50 del presente siglo se ha operado la unión de la teoría darviniana de la evolución, la genética de poblaciones y la genética de origen mendeliano para constituir la "teoría sintética de la evolución". Esto, más que una reducción, constituyó la unión de diversas teorías ligadas al campo biológico. Pero, en este mismo ámbito, en los años '70, los autodenominados sociobiólogos propusieron la incorporación de las ciencias sociales a este complejo ya constituido: la llamada "nueva síntesis". Esta última incorporación puede considerarse verdaderamente como un caso de reduccionismo ontológico poco justificado, ya que propone que las conductas sociales están determinadas, en un sentido no trivial, genéticamente. Más allá de estos planteos acerca de disciplinas particulares, los epistemólogos no se ponen de acuerdo acerca de la tendencia histórica general del conocimiento en este punto. Karl Popper (1902-1994), por ejemplo, sostiene que el conocimiento tiende a unificarse con el correr de los tiempos, mientras que Thomas Kuhn (1923-1996), por el contrario, opina que hay una tendencia a la especialización creciente. La pertenencia de estos autores a tradi

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ciones diferentes -aunque no tanto- quizás explique tal disparidad. Volveremos luego sobre ellos. 1. c. El Círculo de Viena (para la comprensión científica del mundo) Las características señaladas no agotan la complejidad de la postura positivista, en tanto concepción abarcativa de lo real, aunque constituyen una suerte de substrato donde se apoyarán los análisis provenientes de las reflexiones en torno a la ciencia efectuadas por los integrantes del Círculo de Viena: estas reflexiones inauguran la epistemología como disciplina, al poner el acento en la caracterización tipológica de ese saber que llamamos científico. Desde 1924, Moritz Schlick (1882-1936) quien estaba en Viena, encargado de la cátedra de "Filosofía de las ciencias inductivas", organizó grupos de debates donde intervinieron importantes matemáticos, filósofos, sociólogos y físicos. Este equipo, que se reunía con el propósito de establecer una "filosofía científica", publicó, en 1929, el Manifiesto del Círculo de Viena, donde explicitaron sus objetivos principales, que eran, básicamente, la constitución de una ciencia unificada que abarcara todos los conocimientos, con el uso a fondo del análisis lógico de los enunciados científicos. La visión del neopositivismo vienés pretende desentenderse de los problemas de la producción del saber. No se interesa por la génesis del conocimiento científico, ya que éste será un problema pata la sociología, la historia o la psicología, pero no para determinar la verdad o falsedad de una teoría científica. Se ocupa solamente de las cuestiones de justificación o validez de las hipótesis, a través de dos instancias: el control empírico de sus enunciados de primer nivel,9 y la validez lógica, o sea la corrección de la

9 Según el positivimo la ciencia es sólo un sistema lingüístico, un conjunto de proposiciones, de básicamente dos tipos distintos, a) -nivel I- las que se refieren a un individuo o un conjunto muy pequeño de ellos y a las propiedades que se observan en él -también se los suele llamar enunciados observacionales- y b) -nivel II- las que hablan de una población global (enunciados universales o generales). Una de las críticas al método inductivista advierte sobre la existencia en la ciencia de enunciados que contienen términos "teóricos", es decir términos que designan entidades no observables; a estos enunciados se los considera como de nivel III.

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estructura deductiva que vincula las hipótesis fundamentales con los enunciados empíricos. El hecho de que únicamente éstas sean las instancias decisorias de la verdad o falsedad de las teorías científicas, permitiría garantizar lo que para el positivismo es condición básica del conocimiento científico: la objetividad del saber. La objetividad del saber se apoya según estos criterios, sobre dos pilares, la autonomía y la neutralidad. La autonomía posibilitaría su comprensión y análisis pleno desde sí mismo, es decir desde el interior del propio discurso científico. Esta autonomía le confiere (y a su vez se apoya en) la segunda característica: la neutralidad, según la cual es posible concebir la ciencia como un intento de buscar la verdad de un modo independiente de los intereses humanos. Tal tesis se relaciona con la famosa -y por demás perjudicial para una comprensión holística del fenómeno científico- división de ámbitos de incumbencia del quehacer científico en diferentes contextos. Así todos los factores y elementos relacionados con la ciencia se podrían ubicar, según esta categorización, en alguno de estos tres contextos.
1- Contexto de descubrimiento: constituyen este contexto todos los aspectos

relacionados con la concepción de una teoría, ya sea el acto individual de un científico o grupo de ellos, es decir, aquellas condiciones y circunstancias subjetivas que determinan la emergencia de una teoría, como las circunstancias histórico-sociales interactuantes en el momento del descubrimiento. De acuerdo al criterio del positivismo, de estos aspectos se ocuparía la psicología, la historia o la sociología.
2- Contexto de justificación: constituido por la teoría en sí misma, por el producto

científico, es decir, el producto terminado.

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Éste debe tener una organización lógica, esto es, que el pasaje de unos enunciados a otros -derivados- debe hacerse de forma tal que, por ejemplo, no se contradigan, no constituyan círculos viciosos, etc.; las experiencias y observaciones deben estar bien pensadas o diseñadas y debidamente documentadas, ya sea porque constituyen un aval para la argumentación como por el importante hecho de que tales comprobaciones deben ser públicas, es decir, "intersubjetivas": deben poder ser revisadas o repetidas por cualquier persona idónea en el lema. Constituye, pues, el momento exclusivamente metodológico. Esta sería la instancia de la cual debe ocuparse la epistemología según el positivismo. Algunos autores agregan un tercer contexto que denominan contexto de aplicación: la ciencia tiene consecuencias eminentemente prácticas, ya sea porque la investigación "pura" es aplicable en productos tecnológicos de manera más o menos directa, como por la relación inversa, es decir que el desarrollo tecnológico demanda investigación pura. El impacto que estos productos tienen en la vida humana y sus implicancias éticas también forman parte de este contexto. Tenemos, entonces, el contexto que refiere a cómo y por qué se generan las teorías científicas, el momento que se relaciona con cómo saber si son verdaderos o falsos los conocimientos científicos -el momento metodológico-, y, finalmente, el problema de cómo y para qué se utilizan dichos conocimientos. Tal concepción del saber científico -en tanto garantía de neutralidad axiológica y objetividad fundamentadas en el artificio analítico que implica la distinción de contextos y el consecuente énfasis puesto en los procesos metodológicos que supone la justificación de teorías- comporta varias consecuencias: En primer lugar se deshistoriza la ciencia, vale decir que en principio no se tiene en cuenta su génesis, el proceso de su producción, y lo que es más importante, se desentiende del proceso histórico concreto que le dio origen. Esta descontextualización, es decir la desvinculación del saber científico de sus condiciones históricas reales de producción constituye una maniobra ideo-

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lógica neopositivista. En efecto, al desconocer el compromiso (en un sentido fuerte) con el proyecto histórico en cuyo seno surgieron tanto la ciencia moderna como la sociedad industrial, se intenta asegurar la autonomía y la neutralidad, pasando a ser su único compromiso aquél que tiene con el análisis objetivo de las teorías científicas para saber sólo sobre su verdad o falsedad. Esta vocación ineludible de estar al servicio de la objetividad, por otro lado, erige a esta concepción como modelo de la racionalidad o simplemente como "la" racionalidad. Podríamos decir así, que si hay un rasgo distintivo del neopositivismo es su carácter ampliamente reduccionista: reduce unas ciencias a otras; reduce el conocimiento humano relevante a aquél que tiene su origen en lo empírico; pretende reducir la

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17. Se puede concebir a la "ideología", simplificando un tanto las cosas, en dos sentidos: como un conjunto de ideas, es decir como un conjunto de convicciones y valoraciones a través de las cuales una comunidad social se da una representación de sí misma. En un sentido más restringido se la considera como mecanismo de justificación de determinados intereses de un grupo apelando a una supuesta "naturaleza" humana. El concepto de ideología merece una aclaración: Destuti de Tracy (1754-1836) publicó un tratado llamado Elementos d' ideología donde presentaba una nueva ciencia, la "ciencia de las Ideas", que iba a ser una ciencia positiva que "no aludirá a nada dudoso o desconocido" y que inscribiría en la perspectiva metodológica de corte empirista y científico naturalista. Para las Meologttes -como se llamó al grupo de Destuti de Tracy- el término "ideología" tenía un sentido positivo ya que, en la misma línea de la filosofía de la Ilustración, rechazaba las supersticiones eclesiásticas del Antiguo Régimen. Pero cuando Napoleón polemizó con los uk'ologucs acusándolos de filósofos sin sentido práctico, fuera del mundo y ajenos a la realidad, la ideología comenzó a ser considerada como algo negativo. Con esta nueva acepción ingresó en el vocabulario corriente de la primera mitad del siglo XIX. Es así como tanto el positivismo como el marxismo toman la ideología como "algo patológico", como un discurso defectuoso, doctrinario, dogmático, falso e irracional, que conduce a deformaciones cognoscitivas. Por ello, uno y otro intentan colocarse por encima y a parte de la ideología, como también intentaron separarse de la religión y la metafísica tradicionales. Para un tratamiento más exhaustivo del tema se puede consultar: - K. Mari, Neopositivismo e ideología, Buenos Aires, Eudeba. 1974, parte 11. - R. Gouldner. La dialéctiva de la ideología y de la tecnología. Madrid, Alianza, 1988.
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diversidad metodológica a la unidad, y por último realiza una estratégica e ideológica doble reducción: reduce la racionalidad a la ciencia, y ésta a sus aspectos puramente metodológicos (el control lógico y empírico de las teorías científicas).

Si nos atenemos a esta caracterización general de la postura del empirismo lógico podremos comprender una de sus tesis fundamentales: el "criterio verificacionista del significado", según el cual las únicas proposiciones que pueden formar parte del corpus de la ciencia son aquéllas que se pueden verificar empíricamente. Esta verificación es la que le otorga a las proposiciones sentido o significado; las otras, lisa y llanamente, carecen de él. Obviamente con este criterio estrecho las afirmaciones de la metafísica en particular y de la filosofía en general carecen de sentido para esta concepción científica del mundo. En dicho marco, la filosofía, como disciplina, queda reducida al análisis lógico del lenguaje, a un mero instrumento al servicio de la purificación de las ciencias de los defectos del lenguaje natural. Por otra parte, para el neopositivismo la ciencia tiene un desarrollo gradual y acumulativo, vale decir que se construye acumulando conocimientos sobre los ya obtenidos, previo descarte de las teorías o las parles de ellas que hubieren demostrado ser manifiestamente falsas. Así, la historia de la ciencia será la historia de los pequeños aportes que en el pasado se fueron haciendo teniendo en cuenta el estado actual de la disciplina. La relevancia de los trabajos científicos del pasado es considerada en función del mayor o menor apone respecto de la ciencia del presente sin respetar la especificidad histórica y sin tener en cuenta las peculiaridades contextúales. 1. d. Rudolf Carnap Tal vez la figura más representativa y destacada del Círculo de Viena sea Rudolf Carnap (1891-1970). Profesor en las Universidades de Viena y Praga, momentos decisivos en su derrotero intelectual, emigra (como gran parte de los integrantes del Círculo) a EE.UU, en virtud de la intolerable atmósfera política creada por el nazismo en la Europa Central, según palabras del propio

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Carnap. Allí desempeña una profusa labor como docente e investigador en distintas universidades norteamericanas y centros de formación académica. Heredero de la epistemología de cuño empirista alemana y austríaca de fines del siglo pasado y principios del presente, Carnap pretende continuar con la tradición apoyándose, como antecedente más cercano, en los análisis de Ernest Mach (1838-1916), físico y epistemólogo alemán, quien intentó basar todo conocimiento, y en especial el científico, en la experiencia más inmediata, concebida como un "haz de sensaciones". En tal sentido, basta atenerse a las regularidades con que se manifiestan dichas sensaciones para reconstruir tanto el mundo físico como psíquico. Así, esas "vivencias elementales" constituyen el núcleo firme y contundente a partir del cual puedo conocer objetivamente y, en principio, la estructura de toda la realidad. Este programa fenomenalista fue adoptado por Carnap en su obra La construcción lógica del mundos (1928), aunque, a diferencia de Mach, poseía un amplio repertorio de instrumentos lógicos y matemáticos (por influencia de Frege, Russell. Whitehead y Wittgenstein) para efectuar tal "reconstrucción". Así expresa en su Autobiografía intelectual: "(...) Me parecía que era el primero en tomar en serio la doctrina de estos filósofos. No me contenté con las afirmaciones generales que solían hacer, como 'Un cuerpo material es un complejo de sensaciones visuales, táctiles y de otro tipo', sino que traté de construir estos complejos realmente, a fin ele mostrar su estructura". La posibilidad de reconstruir la totalidad de lo real a partir de las "vivencias elementales" implicaba la existencia de proposiciones "primeras" que describieran sin ornamento alguno esas percepciones. Ahora bien, debido al carácter puramente intimista de tales experiencias no podía atribuírsele objetividad alguna. De allí que Carnap, bajo la influencia de Otto Neuraht (1882-194S) -otro conspicuo integrante del Círculo de Viena-, modificó su postura inicial, aplicando una base conceptual fisicalista como fundamento de su epistemología; al considerar que el sentido de las proposiciones depende de la posibilidad de reducirlas a contenidos que versan sobre las propiedades y el comportamiento de los cuerpos físicos.

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Esto permitía la superación del carácter introspectivo e inefable que presentaban dichas vivencias, al hacer referencia a la objetividad de entidades físicas, cuyos conceptos, al exceder el marco puramente individual, posibilitan utilizar el lenguaje como un instrumento de comunicación y por canto como una instancia intersubjetiva. Se presenta dentro de este marco de fundamentación empírica del conocimiento una dificultad, clásica en este contexto, ya que en la ciencia desempeña un papel central la matemática y no se vislumbra la forma de fundamentar sus conceptos y leyes en base a un programa fisicalista. De allí que Carnap convoque en su defensa, por un lado, a la poderosa estructura lógica desarrollada por Russell y Whitehead en Principia mathematica, al intentar demostrar que las matemáticas en su conjunto pueden reducirse a conceptos y leyes lógicas; y por otro lado, a las ideas de Wittgenstein, sobre el carácter tautológico de los enunciados de la lógica, verdaderos en función de su significado, aunque nada informen sobre el mundo. De este modo, Carnap plantea cierto "dualismo epistemológico" al aceptar los enunciados analíticos de la lógica (y por ello de la matemática) frente a los enunciados sintéticos sobre el mundo, cuya verdad se fundamente en la experiencia, y veda toda posibilidad de existencia a los enunciados sintéticos apriori tales como eran entendidos por Kant para gran parte de las ciencias; "(...) si se acepta el empirismo, no hay conocimiento que sea a priori y sintético simultáneamente". 11 Así, afirmará Carnap, la verdad o falsedad de los enunciados sintéticos dependerá de la experiencia y con ello su posible significatividad. En Los pseudoproblemas de la filosofía (1928) presenta el principio de verificabilidad, criterio epistemológico que atribuye significado y consecuentemente valor cognoscitivo a todo enunciado que refiera a una experiencia que lo haga verdadero, de manera tal que el sentido de una proposición consiste en el método de su verificación.

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18. 8. Carnap, La fttndantcitlación lógica de la física. Madrid, Hyspamérica- Ediciones Orhis, 1985, p. 1'58. "

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El rigor de tal criterio pronto reveló su insuficiencia: gran parte de los enunciados científicos no pueden ser confirmados a la luz de la experiencia relevante, y por tanto, carecerían de sentido. Es el mismo Carnap quien propone matizar el extremismo de aquel criterio sosteniendo la posibilidad de evaluar y verificar en alguna medida los enunciados científicos, no a partir de "operaciones de verificación realmente ejecutables, sino de una capacidad "técnica" de ser verificada [...) una capacidad de principio". 12 De allí que sustituye el principio mencionado por el que llama de confirmabilidad, concepto cuantitativo que implica cieno grado de probabilidad; "dadas ciertas observaciones e y una hipótesis h (por ejemplo en forma de una predicción o de un conjunto de leyes), creo que en muchos casos es posible determinar, por procedimientos mecánicos, la probabilidad lógica o cierto grado de confirmación de h sobre la base de e".13 Como hemos señalado, los propósitos de Carnap se orientan hacia la posibilidad de fundamentar sólidamente los conceptos y las leyes científicas. Ello exigirá la utilización de un lenguaje riguroso y criterios adecuados que permitan terminar con las confusiones lingüísticas y ornamentos puramente verbales que constituyen gran parte de los problemas de la filosofía tradicional. En este sentido, los análisis de Carnap intentan una depuración del lenguaje a fin de precisar sus virtudes sintácticas y semánticas, que conducirían a la "eliminación de la metafísica". Paradójicamente. el instrumento utilizado será una filosofía ocupada por reflexionar en torno de la "estructura lógica" del lenguaje, en particular el científico, convirtiéndose sus enunciados metalingüísiicos en afirmaciones analíticas sobre ese lenguaje "(...) pero entonces, ¿qué le queda a la filosofía si todas las proposiciones que afirman algo son de naturaleza empírica y pertenecen

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19- 1.. Kolakowsky, ofj. ci(.. p. 220. 20. H Carnap. La fundamentacion lógica de la física. Madrid. Hyspamérica-Edicioncs Orbls, 1985. p. 36.

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