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Prólogo La Crónica en Colombia: Medio Siglo de Oro La denominación de crónica se origina en el vocablo latino chronîcus, que significa aquello “que sigue el orden del tiempo”, pues en los antiguos tratados de Retórica se suponía que el propósito de esta forma de escritura consistía en el registro de la sucesión temporal de los hechos. Y durante siglos, en efecto, viajeros e historiadores registraron los acontecimientos en un género de escritura que conservó el nombre de crónica, a pesar de la gran variedad estilística, porque predominaba la narración lineal en el tiempo. En el periodismo moderno se ha mantenido el nombre de crónica —aunque sin la exigencia cronológica—, para referirse a formas de escritura que van desde el artículo de opinión a la columna personal. Al evolucionar, el género perdió su raíz para adquirir múltiples expresiones. En Colombia, la crónica declaró su independencia formal y temática desde comienzos de siglo. Como podrá apreciarse en las 124 crónicas de 40 autores compilados, el cronista colombiano, aunque no abandonó la referencia al suceso de actualidad, se ocupó también, inmotivamente, de temas intemporales y de interés universal. Cuando el cronista cuenta con su columna personal, la crónica se convierte en una especie de cuaderno de bitácora, que le permite tomar el pulso a la actualidad en medio del tráfago de la información, para expresarla desde su punto de vista independiente y original, con una actitud comprometida ante la sociedad. Pero además la crónica, en su estructura de columna, se convierte en un espacio autobiográfico, donde el autor narra los pequeños o grandes eventos que lo conmueven, la situación cómica o dramática que puede compartir con el lector. Con una filosofía de andar por casa opina sobre los temas más diversos de la vida cotidiana y de la condición humana, y se enfrenta a esta escritura gozando de todas las licencias creativas, con el único afán de cautivar a los lectores y de refrendar un pacto de fidelidad. La crónica, territorio sin fronteras, se convierte así en uno de los géneros de experimentación más fascinantes que existen en el periodismo literario para explorar lo personal y lo universal; para escribir la historia con mayúsculas y la historia con minúsculas. Producir artículos es como producir literatura todos los días, y así lo entendió el gran maestro de la crónica Luis Tejada. En una entrevista que le concedió al Curioso Impertinente —Diego Mejía—1, a propósito de la aparición del “Libro de crónicas” (1924), Tejada expresó: “Para mí cada crónica debería ser un libro. La crónica que escribo cada día la concibo primero como tema para un libro entero. Empiezo entonces el proceso de eliminación y de selección hasta que llego a la media columna o menos, que es lo que escribo a diario en el periódico. Pero en cada crónica hay materia para un libro. Si todos ellos pudieran escribirse!”. Además, confesó que con la publicación de ese libro sólo quería ganar lo suficiente para quedarse en casa siquiera dos meses acostado, fumando pipa y conversando con su mujer. Por su parte, Armando Solano, colega de Tejada, dejó este revelador testimonio sobre su oficio de cronista en el prólogo del Glosario sencillo (1925): “No me gusta oírme llamar cronista cuando alguien alude al Glosario sencillo. Sé perfectamente que no todos poseen la noción santafereña del cronista, es decir, la de un muchacho sucio y flaco, con las botas agujereadas que copia en las esquinas carteles fúnebres [...] Me parece que el ideal del cronista debería ser divertir un instante al lector sin hacerlo pensar. Claro es que me equivoco. Y mi ambición es obligar a los lectores a meditar, aunque brevemente. No siempre en los grandes problemas mundiales, ni siquiera en los temas que inquietan al hombre como tal, sino en el detalle fugaz que evoco[...] Bordar con paciencia y con cierta pulcritud consideraciones algo profundas, al margen de sucesos triviales, tal es mi aspiración. Si la hubiera conseguido, no escribiría”. El maestro Carrasquilla definió en pocas y lúcidas líneas el carácter de la crónica en la primera entrega de la serie Discos cortos, publicada en el semanario “El Bateo” de Medellín, en noviembre de 1922: “Esta literatura de periodismo que llaman crónica, sin serlo, no es tan fácil de farfullar como parece. Prescriben los maestros en el arte que el tal escrito ha de ser corto al par que animado y decidor, prescriben que no ahonde en el asunto; que no se meta demasiado en gravedades ideológicas; que al concepto e idea no se le dé solemnidad; que la forma sea elegante sin floreros y llana sin ramplonerías; que todo esté a los alcances del iletrado y al gusto del entendido. Pretenden en suma, que ello resulte algo así como un juguete sin mecánica compleja, cual joya que no sea abalorio ni pedrería. Total: una gentileza entre veras y chanzas. “En verdad que estos preceptos son harto hermosos. Bastara su hermosura el prescribir, por su espíritu, la pedantería hórrida, la erudición pesetera y las retóricas de escuela; bastara el proclamar, como proclama, la espontaneidad y sencillez, factores eficaces del arte. Sólo que el ajustarse a esta norma de verdadera selección apenas si le es dado a uno que otro mortal. En efecto, hacer en pocas líneas algo significativo y alto; elaborar como en el aire por las solas inspiraciones del buen gusto y de la discreción es labor para ingenios peregrinos[...]”. Años después, Alvaro Cepeda Samudio, propuso esta definición metafórica del cronista dedicado a la columna: “Un columnista es, en primer término, un animal que, como las focas del circo, tiene que salir diariamente al redondel a hacer su número. Pero, a diferencia de las focas que siempre hacen las mismas payasadas, el columnista tiene que hacerlas cada día diferentes”. Y así los grandes cronistas reunidos en esta antología reflexionan sobre su propio oficio y dan claves para definir e interpretar la naturaleza de este género caprichoso y resbaladizo, que para no caer en clasificaciones mezquinas con el periodismo o con la literatura, se puede considerar sencillamente como una expresión del periodismo literario o de la literatura periodística. Conviene aclarar que esta acepción de crónica —entendida como un artículo que combina los estilos narrativo y ensayís-tico—, difiere de la crónica informativa, propia de los géneros periodísticos, según la clasificación norteamericana dominante en nuestro medio. Aunque pueden compartir algunos procedimientos y recursos narrativos, como el recuento cronológico de los hechos, el punto de vista subjetivo, el enfoque original y la libertad expresiva, la crónica informativa se justifica por la actualidad, mientras la crónica que nos ocupa puede desentenderse de lo temporal. El género de la crónica, concebido como un acto de diaria o de frecuente inspiración, que suele alojarse en el espacio reservado de la columna personal de algún medio impreso, que refleja la personalidad del escritor y su peculiar manera de ver y expresar el mundo, ha orientado la selección de estas piezas. En últimas, el cronista compone una obra coherente que transmite el pensamiento con sus mudanzas y contradicciones, y un estilo también vivo y de fino acabado, que con el paso del tiempo conserva su frescura. En este sentido nos atrevemos a hablar de la crónica clásica y presentamos una selección ajustada a estos rasgos. Según estos criterios, consideramos que el cronista, el articulista y el columnista responden al misterio de la Santísima Trinidad: son una sola persona. Una época dorada: 1910-1960 Con este libro se quiere rendir un homenaje a los grandes cronistas de la prensa colombiana que durante más de medio siglo —entre 1910 y 1960— guiaron y deleitaron a la opinión en los principales periódicos nacionales y de provincia. Este período histórico abarca el surgimiento y la evolución del género de la crónica hasta alcanzar sus cumbres expresivas con propuestas temáticas y estilísticas que no han sido superadas en las últimas décadas, cuando el género ha perdido vigor y presencia en nuestra prensa. Porque en general el periodismo colombiano, que en esa época dorada fue la envidia de Hispanoamérica, dejó de ser „un cajoncito de la literatura”, como lo lamentó en una ocasión Daniel Samper Pizano. Y aunque en los últimos 25 años no han faltado excelentes y perseverantes cronistas, como Daniel Samper y Antonio Caballero, que heredaron la vocación, conviene tomar distancia con los contemporáneos, sobre todo porque no se ha terminado de descubrir la tradición que los formó y porque sus obras todavía están en proceso. A partir de la exhumación de estos textos, casi todos inéditos y olvidados en hemerotecas y archivos de prensa, se puede comprobar la riqueza de este patrimonio cultural, clave de nuestra historia y de nuestros imaginarios colectivos. En cuanto a la selección, prima el criterio de lo inédito. De los numerosos autores cuya obra periodística no ha sido jamás recogida, o desde principios de siglo no ha sido reeditada y, por tanto, resulta igualmente desconocida para las nuevas generaciones, se presentan muestras reveladoras. En el caso de los escritores más publicados, se trató de buscar algún material inédito. Aún de los muy estudiados Luis Tejada y Tomás Carrasquilla se rescataron crónicas no recogidas en sus obras completas (“El talento de morir a tiempo” y “Reflexiones de un cronista recién casado”, de Tejada, y “Alimento”, de Carrasquilla). La intención es presentar el estilo de crónica más característico de cada autor y ubicar su fecha de publicación; pero en los casos en que no fue posible acceder al original, se cita la antología de la que se tomó el texto. Justamente la gran limitación sorteada para armar este libro fue el escaso rigor de gran parte de las antologías de cronistas publicadas en Colombia, porque no cuentan ni con el beneficio de un prólogo esclarecedor ni con las respectivas fechas que den pistas al futuro investigador. Y a esto se suma la escasez de datos biográficos sobre varios escritores reunidos. Por ello, esta propuesta editorial en la que se acompañan las crónicas con los perfiles de sus autores, pretende llenar un vacío y despertar el interés por tantas figuras del periodismo nacional casi olvidadas. Prosas de tono ameno y poético En esta antología se ha procurado retomar el espíritu de la crónica cultivada por Luis Tejada, con una prosa al mismo tiempo ligera, profunda y chispeante, capaz de captar lo efímero y lo perdurable en la naturaleza de los seres, los hechos y las cosas. El tono humorístico en todos sus registros, desde la leve ironía hasta la sátira más cruda, pasando por el humor llano y silvestre de los costumbristas es el recurso estilístico que ensambla esta miscelánea de textos. Una mirada festiva de la vida que va aparejada con la intención poética del escritor. La condición de humoristas que caracterizaba a la mayoría de los maestros de la crónica traduce una actitud filosófica ante la vida, una peculiar visión que se expresa en la fugaz prosa periodística. Armando Solano intuyó ese estado del alma al retratar a su contemporáneo Clímaco Soto Borda: “Los humoristas, maestros de lo cómico, son los auténticos filósofos y los seres más tristes y escépticos. Con una visión penetrante para ver la miseria y mezquindad de las cosas, la vanidad de las pompas y la mentira de las convenciones, son profetas de la verdad y de la desolación...”2. En la columna titulada “Un hombre serio”, Germán Arciniegas desecha la solicitud de un amigo de que lo tome en serio, “porque los hombres serios me dan risa [...] Sobre este punto, declaro que me considero una persona infeliz. Las mayores amarguras de mi vida las he pasado por tratar de contener la risa cada vez que me he visto delante de una de esas personas que toman la academia en el rostro y con un aire muy doctoral sientan cátedra”. Sin duda esta risa contenida ha sido la fuente de la eterna juventud del casi centenario maestro. Por su parte Julio Camba, el gran humorista español, explicaba el proceso digestivo del escritor según sus humores: “Así como el diabético convierte en azúcar todo lo que ingiere; el hepático lo transforma en bilis, y el escritor lo reduce a literatura, ya biliosa o ya azucarada”. No hay que olvidar que detrás de la columna aparentemente más inofensiva se puede ocultar un francotirador sin hígados. También tenían en común estos escritores su condición de humanistas, de intelectuales sensibles a todos los fenómenos estéticos y políticos. En su mayoría eran hombres de vasta y exquisita cultura, cuyo dominio de los idiomas les servía igual para traducir los cables internacionales que para traducir grandes obras de la literatura. Algunos no asistieron jamás a la escuela, como Joaquín Quijano Mantilla, que leía a Esquilo en griego antiguo a principios de siglo. O Lleras Camargo, que sin ningún título profesional alcanzó dos veces la presidencia. Y desde luego, no conocieron más academia de periodismo que la de las calles y las salas de redacción, en donde se iniciaban casi adolescentes en los oficios más humildes hasta alcanzar las jefaturas y el honroso título de cronistas. Muchos oficiaban de poetas; de ahí el aliento poético que subyace en estas breves piezas, y que también tratamos de rescatar en su estado más puro, cuando ya los cronistas le habían torcido el cuello al lirismo. Otros eran filósofos sin pretenderlo; dejaban caer sus tesis sobre lo divino y lo humano, sin ánimo de pontificar, con la certeza de que esas palabras profundas terminarían en las profundidades del cesto de la basura. Aquí se han reunido cronistas que tenían ese algo tan difícil de definir que para la retórica clásica era el Ethos (el talante o el carácter) y que aquí prefiero llamar el duende, porque un buen cronista debe tenerlo para escribir como haciendo pilatunas, dándole codazos al lector en las costillas. En esta selección, y por principios de eufonía, se han busca-do afinidades de ritmo para lograr cierta armonía; como en los buenos coros hay un tono humorístico, que permite la lectura acom-pasada de los textos con sabor castizo. Se han privilegiado las cró-nicas con arranques y finales logrados, y en general, las que reúnen todas las condiciones dramáticas del buen texto literario —tensión, giros inesperados, clímax— que invita a ser leído en voz alta. Con respecto a la extensión, ha sido difícil encontrar una medida común, porque si bien el modelo de crónica responde a la brevedad del estilo elíptico, cuando no está circunscrita al espacio limitado de una columna, se suele extender caprichosamente. De cualquier manera, es de admirar la capacidad de los cronistas para comprimir un paisaje, la catedral de pueblo, un discurso parlamentario o un episodio callejero en una superficie literaria de cincuenta o cien centímetros cuadrados; o de discurrir sobre los más metafísicos, escatológicos o terrenales asuntos en un espacio tan reducido. Valga mencionar el proceso de descomposición de una pierna que narra con crudo hiperrealismo Próspero Morales Pradilla. La mutiplicidad de la crónica Dada la plasticidad del género, la estructura de la crónica goza de múltiples posibilidades — según la forma o el tema—, tantas como las que ilustran este libro: La clásica crónica-glosa, para comentar un hecho sea o no de actualidad. La crónica-relato, que narra una historia de ficción o con referentes en la realidad, y en la que se puede encontrar el relato puro o con impresiones del autor. La crónica-semblanza o retrato, que perfila un personaje vivo o muerto con un suculento anecdotario (muy común como nota necrológica o tarjeta de despedida). La crónica-drama, que recrea una situación cómica o tragicómica con varios actos. La crónica-folletín, que se presenta como serie de lances y aventuras. La crónica-parodia, que a partir del relato en clave literaria y en tono guasón denuncia una situación real. La crónica-crítica, que convierte los productos de la creación en el pretexto ideal para definir unos valores estéticos y recrear la experiencia sensible. La crónica especializada, con sus modalidades más comunes: política, parlamentaria, judicial, social y deportiva. La crónica autobiográfica, en la que el cronista narra fragmentos de su vida y declara su credo personal, o se vuelve personaje dramático de la historia. La crónica-comprimido, o en forma aforística, epigramática o de greguería. La crónica en verso, generalmente en verso cómico, para denunciar situaciones paradójicas. La crónica-epístola, o carta abierta y en tono íntimo en la que el cronista comparte con el lector sus reflexiones y experiencias personales (también propia del consultorio sentimental). Y la crónicadiccionario, una especie de juguete filológi-co para definir las palabras con una lógica diferente a la de los diccionarios y generalmente con intención satírica. Y así como Tejada escribía cada crónica como si fuera un libro, las novelas y cuentos de varios autores aquí reunidos —Alvaro Cepeda Samudio, Gabriel García Márquez, Héctor Rojas Herazo, Eduardo Caballero Calderón, Próspero Morales Pradilla, entre otros— alojan personajes y situaciones ya narradas en sus columnas. Lo que demuestra que no hay aduanas entre estos géneros fronterizos. Un laboratorio para el estilo Todos y cada uno de los cuarenta cronistas que conforman esta antología parecían convencidos del aporte que podía hacer el periodismo moderno para aligerar la pesadez del comentario de opinión decimonónico. Por ello, desde que en los periódicos se abrieron secciones especializadas de crónica, se advirtieron las posibilidades del género para experimentar con nuevas fórmulas estilísticas. Con la crónica, pues, entró la modernidad literaria a la prensa colombiana. Si algo caracterizó a la primera generación de cronistas fue la calidad de la prosa, vertida en tono serio o jocoso, y la ruptura con el estilo panfletario, grandilocuente y lírico que se estilaba. A propósito del estilo, Enrique Santos Montejo —Calibán— estaba de acuerdo con el vasco Pío Baroja en no rendirle un culto exagerado al estilo. Este cronista, que sostuvo ininterrumpidamente su Danza de las Horas durante cuarenta años —desde 1932 hasta la víspera de morir en 1971—, criticaba el estilo “relamido y perfumado” en artículos de combate diario, según él, invención ridícula de ciertos colaboradores jóvenes y hasta viejos de la prensa colombiana: “Durante quince días estos estetas pulen y repulen su artículo, lo retuercen, lo alambican y lo entregan a la circulación tan peripuesto y elegante como un dandy de provincia”. A Emilia Pardo Umaña tampoco la desvelaba ser una buena escritora; sólo se preocupó por dar rienda suelta a su sensibilidad creativa y a defender con terquedad lo que quería. Tomás Rueda Vargas en una oportunidad le dijo a Emilia: “Usted nunca podrá mejorar su estilo, porque no se puede mejorar lo que no se tiene”. Esta opinión ni asombró ni disgustó a la temida periodista; por el contrario, respondió mansamente en una de sus columnas: “Yo sí, de verdad me uno al triste pero zumbón grupo de los que no sabemos escribir”. Otros en cambio fueron estilistas consumados. Gazaperos y filólogos con silla en la Academia de la Lengua, aunque hubo quien, como Jaime Barra Parra, rechazara el honor por miedo a morir de inanición creativa. Todos ellos apreciaron lo que Ortega y Gasset llamó “calidad de página” y dejaron un valioso legado en las humildes y efímeras páginas de la prensa gracias a su elevada y purista conciencia del lenguaje. Entre los diaristas más legibles e impecables se destacaron Alberto Lleras Camargo, Germán Arciniegas y, por supuesto, el Premio Nobel Gabriel García Márquez. Sobre la literatura periodística que nació con la crónica dijo Ulises (Eduardo Zalamea Borda) que era fácilmente identificable “por sus frases desnudas, pegadas a la piel de los hechos, sin grandes periodos empingorotados, sino con locuciones sencillas, nerviosas e inmediatas”. Y un cronista contemporáneo como Daniel Samper, discípulo de Klim (Lucas Caballero Calderón), advierte que una buena o mala crónica se distingue por la reportería. Para él, la decisión fundamental está en seleccionar los materiales “hembra” y los materiales “macho”. Los primeros se dejan acariciar y vestir, permiten un aporte estético; los segundos no toleran licencias creativas, exigen un tratamiento escueto y objetivo. En definitiva, hay que ver la crónica como un taller de gran utilidad que enseña el arte de la brevedad, la perspectiva, el enfoque y el tono. La importancia de los temas minúsculos Así como la literatura gira en la órbita de temas universales e imperecederos, la crónica también se vale de motivos comunes e incluso anodinos, que desafían la originalidad del autor. Los maestros de la crónica se regodearon y dejaron su huella personal en temas tan reiterativos como: diciembre o las navidades, la pereza, el traje y demás adminículos (el sombrero, el paraguas, la corbata, el largo de la falda), el matrimonio, el transporte público, la comida, el licor y la ley seca, los animales, el paisaje, el pavor al dentista o al avión, los suicidas del Salto del Tequendama, el absurdo de las leyes y la misma falta de tema... Hasta el tropical aguacate inspiró sus respectivas glosas a José Gers, Klim, Germán Arciniegas y Adel López Gómez. Y el evanescente humo del tabaco fue materia de divagación para don Tomás Carrasquilla y Luis Tejada. En esta antología se recoge una primera oda a las medias de seda de Tic Tac, y la segunda versión que años después hizo Rafael Arango Villegas del delicado tema. Las vicisitudes del amor no podían faltar en estas crónicas. Primero Tejada escribió que “el amor es como un dolor de muelas” y luego García Márquez lo comparó con “una enfermedad del hígado tan contagiosa como el suicidio”. Ha sido recurso frecuente entre los cronistas de todas las épocas buscar tema en los cables y los teletipos de agencia para combatir el síndrome de la mente en blanco. Desde principios de siglo los cronistas tomaban en préstamo las noticias más insólitas para salir del apuro, y éste terminó por convertirse en un recurso nada despreciable, incluso para escritores de imaginación desbordante como el joven García Márquez, que resolvía muchas de sus Jirafas con las noticias más insólitas de las agencias internacionales, como la fantástica pieza de “La sirena escamada” que reproducimos aquí. Y la falta de tema, paradójicamente, ha inspirado numerosísimas columnas; de la misma angustia los cronistas drenan finalmente su columna. Excepto Armando Solano, que en un Glosario sencillo manifiesta su extrañeza por la falta de tema que padecen sus colegas. Según él, la escasez de cuestiones exteriores y objetivas, “será suplida ventajosamente por el asunto íntimo, personal, por la subjetividad palpitante que suele interesar a los lectores de modo prodigioso. Y aquí sí que se amplía, en horizontes inabarcables, el terreno de lo accesible para los que tengan la obligación o el gusto de escribir cotidianamente” 3. En cuanto a los temas mayúsculos de política nacional e internacional, son abordados por los cronistas desde el punto de vista más doméstico y comprensible para los lectores comunes y molientes. Y sus apreciaciones no pierden vigencia porque mutatis mutandis la historia se repite, en especial con la clase política, que siempre comete las mismas picardías. Se podría decir pues que hay dos vertientes temáticas de la crónica: una que corresponde a los asuntos de la esfera cotidiana e íntima, y otra a los asuntos de la esfera pública y social, generalmente coyunturales. Los maestros antes y después de Tejada En un intento por reconstruir la tradición de la crónica en Colombia desde principios de siglo, con todos los riesgos que implica esta azarosa tarea, se podría afirmar que hubo varios magisterios a comienzos del siglo: El del antioqueño Julio Vives Guerra, que se hizo famoso con su columna de humor Volanderas y tal. El del valluno Carlos Villafañe, Tic Tac, cronista de humor estrella de varias publicaciones nacionales. El de Clímaco Soto Borda, que inauguró la crónica de sabor santafereño, con los rasgos del género moderno. El del boyacense Armando Solano, que comenzó a publicar sus glosas diarias en 1912 y sostuvo durante años el Glosario Sencillo. Y el del antioqueño Luis Tejada, que aparece como una revelación a principios del veinte. En esta primera “cuadrilla” de maestros famosos de principios de siglo es preciso incluir a don Tomás Carrasquilla, no tanto por la serie de crónicas que publicó en El Espectador a partir de 1914 —que en su mayoría corresponden al género de ensayo—, sino por otros textos como los denominados “Discos cortos”, que sintetizan los rasgos de la nueva crónica. Además, no hay duda de que Carrasquilla revitalizó a comienzos de siglo el estilo costumbrista, que con tanta vivacidad manejaron los cronistas paisas. Y no sólo sus coterráneos, porque como dijo Alberto Lleras en una ocasión, cuando queramos aprender cómo se hablaba en Bogotá en 1850 o en 1900 o en 1920, tendremos que buscar en los diálogos de Carrasquilla. No vamos a entrar aquí en odiosas consideraciones acerca de quién vale más entre los iniciadores de la crónica periodística en Colombia. No sería justo, porque mientras Luis Tejada ha sido afortunadamente objeto de numerosos estudios y reediciones, los otros cronistas siguen olvidados. Algunos estudiosos de los años veinte consideraban que Tejada valía más que Soto Borda (Casimiro de la Barra) y Carlos Villafañe (Tic Tac), porque mientras éstos últimos buscaban el solaz del público en el retruécano y en el humorismo de la letra, Tejada lo hallaba en el humorismo de las ideas. Igual podría decirse de Solano, que escribía sus glosas sin trucos, aunando humor y poesía. Pero habría que realizar estudios comparativos de las obras de quienes inauguraron esta tradición para poder emitir juicios objetivos. Luis Tejada y Armando Solano compartieron las páginas de El Espectador con sus populares crónicas Gotas de tinta y Glosario sencillo, hacia 1920. Aunque la historia no haya sido tan generosa con Solano, él y Tejada hicieron un dúo incomparable en la página de opinión de El Espectador; ambos construyeron una poética de los objetos que dimensionó el valor de las pequeñas cosas. Pero sin duda fue Tejada quien, por intuición, desarrolló la técnica más asombrosa de la crónica. Hernando Téllez describía así las armas de dotación de Tejada: “Ligereza de remos para navegar en el mar de lo cotidiano y hacer avanzar sobre esa inestable superficie, sin que zozobrara, el pequeño barco de papel y de palabras de su comentario; concisión, presteza y agilidad, humor e ironía”. Compañero de Tejada fue José Vicente Combariza (José Mar), que antes de especializarse en la crónica política escribió sus prosas desenfadadas y meditabundas. En la década del veinte también se destacó Joaquín Quijano Mantilla, con sus Andanzas de un desocupado de El Tiempo, a quien jóvenes como Calibán reconocían su magisterio en la crónica y El Doctor Mirabel (Alberto Sánchez de Iriarte), que le dio un toque novedoso al lenguaje periodístico de la época con sus crónicas de la revista Cromos. A mediados de los veinte podemos ubicar al santandereano Jaime Barrera Parra, que puede considerarse un renovador de la crónica periodística por los timbres vanguardistas que imprimió en su prosa, con un audaz manejo de las imágenes. Muerto Tejada y ausente Solano, reiniciaron la tradición de crónica breve Alberto Lleras (Allius) y Germán Arciniegas en El Tiempo. Más adelante se destacaron Hernando Téllez, Clemente Manuel Zabala, Gabriel García Márquez, Héctor Rojas Herazo, Próspero Morales Pradilla, entre los cuarenta que reúne esta antología, hasta llegar a Gonzalo Arango en los años sesenta. Se nos quedan fuera de esta antología diaristas como Tomás Vargas Osorio, Andrés Samper Gnecco, Luis Vidales, Max Grillo, Emilio Jaramillo, Raúl Andrade, Uriel Ospina, Alberto Angel Montoya, Juan Roca Lemus, Luis Eduardo Nieto Caballero (Lenc), Eduardo Guzmán Esponda, Juan Lozano y Lozano, Horacio Franco, Julio Abril, Camilo Pardo Umaña, José Umaña Bernal, Pedro Gómez Valderrama, Jorge Zalamea, entre tantos que merecerían otro libro... De todas formas, los que no se han incluido es porque no se dedicaron con mayor asiduidad a la crónica, y porque seguramente su talento se revela mejor en géneros como el ensayo o el artículo de análisis. Por otro lado, y sin desconocer que representan una vigorosa tradición, se han quedado por fuera varios cronistas de la costa Caribe, por la dificultad de acceder a las colecciones y archivos. Saldar deudas En este intento por reconstruir la tradición de la crónica habría que hacer algunas consideraciones sobre la literatura periodística que ha sido editada en nuestro país. Germán Arciniegas, con su Biblioteca de Cultura Colombiana (130 títulos) dio un primer impulso a la crónica con la publicación de algunos títulos a mediados de los años veinte. Daniel Samper Ortega también apoyó la difusión de la prosa periodística desde la famosa colección que lleva su nombre, e incluso dedicó un volumen a los más destacados cronistas con una selección de artículos en la que figuraban más de 30 periodistas (1936). En el mismo año se publicó otro tomo antológico, “El libro de los cronistas”, de Darío Achury Valenzuela, con una selección muy acertada de 15 autores que mantiene su vigencia. En el prólogo, Achury Valenzuela habla de los nuevos cronistas que dejaron atrás a los satíricos y a los bordadores de costumbres, a los cursis y a los panfletarios. Según él, los nuevos manejaban una prosa ligera y breve, con humor y elegancia. Entonces era “chic” que usaran también anglicismos, galicismos y neologismos, todo importado para darle un toque más cosmopolita a la escritura; pero pronto pasaron las modas y la crónica se despojó de aderezos y frivolidades siguiendo el ejemplo de Tejada y Solano. Y en el tránsito del género, la variedad del humor costumbrista conquistó a los lectores. La Editorial Bedout, de Medellín, con la mejor voluntad cometió imperdonables pecados de omisión: en 1962 editó la Antología del humor colombiano - Verso y prosa, un producto editorial que conmueve por la ausencia de prólogo, de biografías y hasta de editor. Por último hay que reconocer el esfuerzo realizado por Colcultura, principalmente en los años setenta, para divulgar la literatura periodística de clásicos y contemporáneos. La Antología de crónicas “La patria y los días” (1971), editada en dos pequeños volúmenes, fue el último intento de aproximación a esta tradición periodística. El acento cervantino y otras influencias Al recuperar la tradición del articulismo colombiano, se tropieza el lector en las mismas páginas con los grandes maestros españoles que heredaron a Fígaro (Mariano José de Larra): Leopoldo Alas, Clarín, José Martínez Ruiz, Azorín, Ramón Gómez de la Serna, Julio Camba, Wenceslao Fernández Flórez y Ortega y Gasset. Resuenan en nuestra literatura periodística de principios y mediados de siglo los ecos cervantinos, y se saborea lo mejor de la prosa castellana, porque la mayoría de nuestros cronistas se amamantó con los clásicos españoles Pérez Galdós, Pío Baroja, Valle Inclán, Unamuno y Pereda. Y, por supuesto, eran lectores devotos de la literatura del Siglo de Oro y recitaban a Quevedo y al Arcipreste de Hita en momentos de exaltación. También se percibe la influencia francesa, que a su vez contagiaba a los ibéricos. Quizá el autor más citado sea Anatole France, que influyó enormemente en la obra de Armando Solano y de Luis Tejada. El espíritu de France se percibe en la capacidad de producir una sonrisa que nace del esceptismo, y de penetrar muy hondo en el secreto de las cosas. Lo único que Luis Tejada no le perdonó a France fue que se hubiera casado y se hubiera vuelto socialista, según él, dos condiciones para perder el sentido del humor (de las que el propio Tejada tampoco se libró). Otros cronistas se zambulleron en las fuentes de los escritores ingleses, norteamericanos y del incipiente boom latinoamericano (en especial los escritores costeños). Algunos como Eduardo Zalamea Borda, Alfonso Fuenmayor, Clemente Manuel Zabala, Hernando Téllez, importaban nuevos autores, los traducían y producían el feliz contagio entre sus contertulios y colegas. Los ingleses Oscar Wilde, Mark Twain y Bernard Shaw, maestros de la paradoja, también figuraban entre los afectos comunes, lo que es comprensible según las anteriores consideraciones sobre el tono. Pero, en general, y como nota característica del humor fino que recorre todas las páginas de esta antología, está la identificación de nuestros cronistas con los enciclopedistas Voltaire y Montaigne, maestros del ensayo de gran calado. Sin duda la influencia más marcada en el estilo de crónica que inauguraron Armando Solano y Luis Tejada es la de Azorín. Ese periodo nervioso, rápido y breve, esa agudeza en las descripciones y ese enfoque insospechado de los temas ligeros y complejos son rasgos peculiares de Azorín. Prosa eléctrica, de ideas como fogonazos que dejan viendo estrellas al lector. En un artículo sobre Azorín4, Alberto Lleras dice que para pueblos como el nuestro que se educaron oyendo sermones, homilías amenazantes y discursos parlamentarios inocuos, Azorín tuvo que ser una novedad, y dio la mejor lección de sobriedad. Además, tenía ese espíritu escéptico e inconforme de la Generación del 98, que animó a nuestros escritores que soñaban con la revolución. “Azorín escogió el periodismo para su pequeña, infatigable cátedra de humildad y perseverancia. Cuarenta o más volúmenes pueden haber recogido la mitad de lo que escribió en toda clase de periódicos...”. Y como un homenaje a José Martínez Ruiz —Azorín— se incluye una “Tarjeta de visita”, de Héctor Rojas Herazo, soberbia demostración de gratitud al maestro español. Perfiles y anécdotas En este volumen se trazan las siluetas de los cronistas elegidos, con datos alusivos a su trayectoria periodística y con opiniones de sus amigos que ayudan a comprender mejor la visión del mundo y el estilo del personaje. Son pequeñas memorias construidas en gran parte con testimonios de unos y de otros, prueba de la generosa camaradería que existía entre esos colegas de la pluma y de la Remington. Curiosamente, en casi todos los cronistas seleccionados secreta la glándula política; excepto doña Sofía Ospina de Navarro y Emilia pardo Umaña, todos son liberales —por mentalidad y militancia— hasta los tuétanos. No falta en esta lista el doblemente presidente Alberto Lleras Camargo, entusiasta fundador de periódicos y periodista de vocación, que pasará a la historia, además, por su brillante estilo. No faltan los que militaron con el socialismo o el liberalismo más radical como Luis Tejada, Lino Gil Jaramillo, José Mar y Clemente Manuel Zabala (los dos últimos siguieron a Jorge Eliécer Gaitán en sus correrías). Y Joaquín Quijano Man-tilla, quien luchó en las filas revolucionarias durante la Guerra de los Mil Días, y luego narró sus batallas en amenas crónicas. Casi todos pertenecieron a las generaciones del Centenario y de los Nuevos. Representaron una cultura humanista, con gran rigor intelectual, curiosidad por el mundo circundante, compromiso político y sensibilidad estética. Como hombres del Renacimiento se sumergían en las corrientes del saber y escribían sobre innumerables temas de interés; eran la clase ilustrada de un país que apenas salía de su aislamiento cultural. A través de sus escritos es posible conocer la sensibilidad de distintas épocas y comprender mejor el presente. Además, se alcanza a apreciar la riqueza cultural que ofrecen las distintas regiones del país retratadas por sus cronistas más devotos, sin caer en provincianismos, porque si bien cantaban emocionados a su terruño, tenían un sentido universal de la literatura y del periodismo y una asombrosa habilidad para trazar el contexto y establecer analogías entre los hechos locales e internacionales. Muchos se hicieron famosos con sus seudónimos. Los hubo que tenían tantos seudónimos como José Velásquez García: Julio Vives Guerra, Fray Cepillo, Luis de Obando, Juan Ruiz, Conde de Casanegra, K. Odak, Andrés Votino. Ximénez (José Joaquín Jiménez) hizo célebre su seudónimo de Rodrigo de Arce, el poeta peripatético de los suicidas del Salto de Tequendama; y son inolvidables los de Fray-Lejón, Calibán, Dr. Mirabel, Klim, Tic Tac, José Gers, Mario Ibero... Especialmente los de la generación del Centenario daban su reino por un seudónimo y les dejaron a los investigadores del futuro la difícil tarea de desenmascararlos. Las cronistas Escasearon las mujeres cronistas en el período que abarca este estudio, cuando las mujeres eran vistas como bichos raros en las redacciones, lo que es apenas obvio teniendo en cuenta el machismo reinante en el país, y que se percibe sobre todo en los temas de las crónicas de humor, con caricaturas y estereotipos sobre el papel de la mujer y sobre el matrimonio, que hoy provocarían estallidos de indignación. Por ejemplo, el tema del voto femenino recalentó las mentes emasculadas de los escritores, para quienes las sufragistas pertenecían a una especie de espantapájaros con medias de algodón y anteojos y, para rematar, ¡solteronas! Muchos de los cronistas de humor se empeñaban en caricaturizar a las mujeres como seres delicados con cerebro plano y un gusto desmedido por las frivolidades. Ni siquiera las pocas mujeres que escribían abanderaban la causa feminista. Se dieron casos extremos, como el de Emilia Pardo Umaña, quien con los años se fue volviendo conservadora ultramontana, pese a haber sido la primera periodista en Colombia que entró a las redacciones fumando, hablando a gritos y pisando fuerte. En 1953, un año antes de su muerte, se ventiló un debate en las páginas del suplemento literario de El Tiempo sobre el voto femenino. Curiosamente, entre las mujeres descontentas con los nuevos derechos figuró Emilia, que tituló su protesta, “No más derechos innecesarios” (1953), en la que esta soltera impenitente sólo admitía la igualdad de las mujeres en los países civilizados, no en el suyo, y se preguntaba para qué querían responsabilidades en la cosa pública si ya tenían la gran responsabilidad de ser madres. En cuanto a Doña Sofía Ospina de Navarro, sentó su limitado y humilde credo de cronista en uno de sus “cortos y sencillos parrafitos”, como los llamaba ella, que utilizaba para complementar las lecciones de cocina. A propósito de la falta de tema, reconoce que a las colaboradoras femeninas les quedaba más difícil que a los masculinos, porque debían desechar muchos temas que les rondaban en la cabeza como si fueran malos pensamientos. Así expresaba estos apuros: “A los hombres les resulta muy fácil llenar una columna diaria, pues, aun los no científicos o intelectuales distinguidos, encuentran material: en un párrafo hablan de los cambios de la Iglesia y las encíclicas papales... en otro insultan a cualquier político que no sea harina de su propio costal... en el de más allá acomodan algo de sociedad o de arte, con sus ribetes de sexualidad... y todavía les queda derecho a criticar premios literarios, a intervenir a control remoto en los actos del Gobierno y hasta a aliñar sus escritos con palabras de doble faz. No ocurre lo mismo a quienes portamos el comprometedor diploma de damas pudorosas [...] Tenemos que salir del paso con apuntes costumbristas, o dar consejitos caseros, que no acreditan intelectualmente, pero tampoco proporcionan molestias a nadie”4. Por el contrario, la novelista antioqueña Rocío Vélez de Piedrahíta, que comenzó a publicar sus crónicas en los años cincuenta en El Espectador, no se vio constreñida en materia de temas. Sus crónicas de delicioso estilo costumbrista giraron en torno a multitud de asuntos sagrados y profanos, a los que aplicaba la lógica implacable del ama de casa. Mantuvo estas colaboraciones (recogidas en dos volúmenes titulados “Aquí entre nos”), hasta principios de los setenta. Y cuarenta años después de sus primeras crónicas, mantiene una columna quincenal en El Espectador sobre la realidad nacional, pura y dura. El pacto con los lectores La crónica en Colombia tuvo su época dorada en esa primera mitad del siglo, cuando el público pedía a sus cronistas el comentario ligero, agudo y ameno que lo hiciera meditar por un momento sobre los vertiginosos cambios que se estaban produciendo en la sociedad; de ahí que estos cronistas fueran ávidamente leídos y se quedaran en la memoria de los lectores de varias generaciones. La genialidad de estos escritores de prensa radicaba en su capacidad para comentar desde los más inesperados puntos de vista, temas del diario acontecer o lo que se les pasara por el magín, con colaboraciones asiduas y simultáneas en distintos periódicos y revistas. Desde entonces no se ha repetido este fenómeno de la crónica con tantos y calificados prosistas. Enrique Santos Montejo, Calibán, periodista de rompe y rasga que sostuvo durante más de cuarenta años en El Tiempo su popular Danza de las horas, dejó escrito el credo de su sacerdocio en la columna titulada “Bendita impopularidad”: “Yo no tengo esta sección para estimular ningún movimiento pasional, ni hacer papel de demagogo ni inclinarme ante ninguna manifestación de violencia, sino para censurar todo aquello que afecte el bienestar común; para condenar toda manifestación de incultura y todo brote de barbarie, para luchar contra la iniquidad; contra la intolerancia; contra la exageración; contra los extremos. Naturalmente esto me trae la impopularidad entre los intolerantes, los extremistas, los bárbaros, los agitadores de todos los pelajes, los izquierdistas y los derechistas. Bendita impopularidad” 5. Calibán recibía, como el Divino Niño expuesto, romerías de gente que iban a solicitar sus favores, y él sacaba tiempo para responderles personalmente o por carta. Logró crear una especie de campo magnético con su columna, que atraía a los lectores, y renovaba día a día ese pacto de fe y de credibilidad en el orientador público. Ese pacto de complicidad que se firma entre el cronista y el lector se ratifica en cada entrega, y ambos terminan por compartir valores, creencias, gustos, intereses y hasta odios y malestares. Claro está que, por tratarse de un género fugaz, a menudo se lee y se olvida, y contra esa fragilidad de la memoria no hay celebridad que pueda luchar. Joaquín Quijano Mantilla, con su sencillez inveterada, recuerda que una vez estaba en el café Windsor cuando un individuo emocionado le echó los brazos al cuello y lo felicitó por su crónica. —¿Cuál?, le preguntó él. Y el otro respondió: “No recuerdo, pero era muy graciosa”. Vocaciones extraviadas y penas pecuniarias Como puede comprobarse por la trayectoria de los cronistas, casi todos tuvieron que compaginar la literatura con el periodismo— y la mayoría de las veces con otras profesiones liberales, incluso con oficios burocráticos, porque el periodismo entonces no era un trabajo que permitiera una digna subsistencia. En los diarios y revistas encontraron refugio muchos escritores que se habrían destacado en otros ámbitos de la cultura; y también muchos grandes novelistas se extraviaron en los pasillos de la política, sin que se hicieran señalamientos moralistas sobre la perversión de los oficios. En un país iletrado como era el nuestro hasta hace pocas décadas, las gentes adquirían su cultura general en la prensa y los intelectuales diaristas la brindaban con verdadera pasión y generosidad. Así que gracias a los medios periodísticos, esas promesas de la literatura pudieron vivir y hasta alcanzaron su momento de gloria. Si a estas condiciones socioculturales se suma el incipiente desarrollo de la industria editorial, tenemos un terreno propicio para el cultivo de la literatura periodística, y para el fortalecimiento de una tradición vigorosa, que todavía no hemos terminado de descubrir, y que ya prácticamente se extinguió en nuestra prensa escrita. Aquellos periodistas eran unos románticos, que no buscaban riquezas sino ejercer libremente el oficio de escribir. Algunos tuvieron una actividad febril, con la vida repartida entre las sesiones del Congreso, la burocracia, la diplomacia, los diarios, los cafés y la familia. Muchos de ellos moldearon su verbo en el parlamento, al fuego vivo de las pasiones políticas, para luego enfriarlo en los linotipos del diario. Los que disfrutaban de mayores privilegios, se dieron el lujo de viajar con valija diplomática y conocer diversos países, enriqueciendo su mirada del mundo y sus referencias culturales. Otros tan sólo alcanzaron a viajar a lomo de burro, como Arango Villegas y Luis Tejada, quienes repitieron el famoso camino que narra Fernando González en “Viaje a pie”. Y muchos de ellos, como el hidalgo Julio Vives Guerra, murieron sin un céntimo, escribiendo la última crónica para pagar el recibo de la luz o el entierro de un hijo. Algunos se apañaron como funcionarios públicos. Carlos Villafañe era más conocido en Cali como “Don Carlos, el juez de rentas”, que como el gran cronista Tic Tac; Eduardo Zalamea Borda —Ulises— fue oficial de las Salinas en la Guajira, experiencia que le sirvió para escribir “Cuatro años a bordo de mí mismo”; Carrasquilla fue secretario del juzgado del circuito de Santo Domingo y juez municipal. Hasta el muy anárquico Klim, en su mocedad, fungió de empleado público y en su desastroso paso por esas oficinas se aficionó a los crucigramas y pergeñó la serie sobre la vida de Fonsecón, un empleado gris de la burocracia, publicada en el semanario “Sábado”. Ximénez fue Intendente del Amazonas y como visitador nacional de la Dirección de Prisiones recorrió todo el país. Y Libardo Parra Toro —Tartarín Moreyra—sostuvo su bohemia con oficios oficinescos de secretario de juzgados y notarias, y desempeñó el extravagante cargo de detective del Municipio de Medellín, experiencia que le proporcionó un sartal de anécdotas. Seguro que todos ellos, para sus adentros, hicieron la rebelión del insignificante Bartleby, de H. Melville, empleado gris que comenzó a responder a todos los requerimientos, “Preferiría no hacerlo”, hasta abandonarse a su suerte sin mover un dedo. Pero la crónica no era siquiera una actividad alimentaria. Gonzalo Arango, cuyos artículos eran tan cotizados que aumentaban las ventas de los periódicos, muchas veces no tenía dinero para comprar los periódicos en donde escribía. Cuenta Adel López Gómez que cuando Porfirio Barba-Jacob regresó de Centroamérica y comenzó a trabajar en El Espectador, a fines de 1928, don Gabriel Cano le encargó escribir un trabajo sobre un ilustre general mexicano fallecido, y le prometió cinco pesos. Casualmente, de El Tiempo le pidieron el mismo artículo, pero le ofrecieron el doble. “El poeta se decidió a escribir sus dos artículos y a ganar cuanto antes sus quince pesos. Tomó asiento frente a la vieja Remington, pidió un „tinto‟ al mandadero, encendió su cigarrillo, lo introdujo en su larga boquilla de carey y... no se le ocurrió nada. Entonces abandonó el asiento, comenzó a pasearse caviloso, a lo largo del cuarto, se quitó el saco y lo colocó en el respaldo de la silla, dio fuego a un nuevo pitillo y... tampoco se le ocurrió nada”. Finalmente reconoció que no le salía nada, porque se le confundían las ideas del artículo de diez con las ideas del artículo de cinco...! 6”. Otros más audaces o porfiados —con esa vena de comerciantes fracasados, heredada seguramente del poeta Silva—, se dedicaron a los negocios con mejor o peor suerte. Jaime Barrera Parra, por ejemplo, a su regreso de Europa instaló una fábrica de jabones en su casa, y cuenta en una de sus crónicas cómo dosificaba la lejía mientras leía a Anatole France. Muy pocos vivieron de la renta, como Klim, que se fue comiendo su parte de la hacienda de Tipacoque; o como Arango Villegas, que resistió con estoico sentido del humor varias quiebras de sus fincas cafe-teras. Gonzalo Arango vivió de la nada, mejor dicho, del cuento del nihilismo criollo y de sus abundantes historias periodísticas. Claro que también hubo afortunados, como el aristocrático Fray-Lejón, que sostuvo sus gustos exquisitos a punta de versos cómicos. El cronista de El Tiempo se ganaba cincuenta centavos a comienzos del 30 por su célebre columna Buenos días, y con semítico sentido pragmático decidió crear la columna Hace 25 años para ganarse el peso. Y uno de los cronistas más exitosos fue el veterano Joaquín Quijano Mantilla, que se ingenió una estrategia de mercadeo para vender sus libros. A principios de los años veinte publicó unos cinco libros de crónicas editados en Cromos, que a razón de $1.20 y por una modesta edición de mil o dos mil ejemplares, le habrán dado lo suficiente para renovar su estampa de hidalgo castellano. Sin gastar un peso de su pecunio, recorría toda la República, inventando situaciones picarescas para sobrevivir; luego publicaba sus “Andanzas” en la prensa y anualmente las recogía en un tomo, con un gran sentido del negocio editorial. Sin embargo, nunca pudo hacerse rico para poner su fortuna a disposición de un “ideal comunista”, como era su sueño de revolucionario. Lo normal —antaño y hogaño— ha sido la infrarremuneración del periodista. Al respecto, el reportero Alejandro Vallejo expuso una interesante tesis sobre la generación de la pobreza a la cual perteneció. Según él, “Con dinero, no habría tenido el país esa generación de escritores que empezó con Luis Tejada, con León de Greiff, con Lleras y Zalamea, con José Mar y Luis Vidales, con Eduardo Caballero y Eduardo Zalamea, todos unidos por la hermandad de la laboriosa pobreza”. Eran los Nuevos, franciscanos lujuriosos de la pluma 7. Por todo lo anterior, en su crónica “Los periodistas y las vitaminas”, Klim da esta lapidaria definición: “El periodista es un hombre que tiene que trasnochar todas las noches para poder comer todos los días”. Noches de bohemia Hablar de periodistas bohemios en los años dorados que estamos retratando es un pleonasmo. Casi todos buscaban en los cafés el líquido carburante para encender su imaginación creadora y así lo confirman, en multitud de crónicas, las constantes alusiones a esas noches de ebriedad y de inspiración. Abundan las remembranzas de los cafés de la capital como el Windsor, a donde religiosamente acudían los Nuevos; el Asturias, La Gata Golosa, el Café Victoria, El Automático... Y en el café de La Gran Vía salió con su tiro más macabro el caricaturista Rendón. Los bardos de la Gruta Simbólica se reunían en una casucha suburbana de Bogotá, donde remojaban sus versificadoras lenguas con chicha, mientras jugaban cartas, organizaban concursos florales privados y festivales exóticos. En ese báquico ambiente reinaba Clímaco Soto Borda, merecedor del gran título de bohemio, además de sus títulos nobiliarios. Este poeta y cronista protagonizó uno de los más sonados episodios de su época, cuando fue acusado del rapto por una noche de una jovencita de alta sociedad. El conocido Casimiro de la Barra no sólo se declaró inocente, sino víctima de la joven que intentó plagiarlo a él aprovechando su estado etílico. Pasó quince días en la cárcel, aciagos, porque la policía impidió que sus amigos le llevaran alcohol. En ese “delirium tremens” escribió esta inolvidable décima sobre el proceso: “Sólo pienso en lo sabroso que es el cuerpo del delito”. Los Panidas, entre ellos el príncipe de la bohemia, Tartarín Moreyra, se regodeaban con café en las mañanas y anisado en las noches, para robustecer de paso las rentas departamentales de Antioquia... Los famosos Trece Panidas armaban la tertulia literaria en el café El Globo, al lado de las oficinas de El Espectador de Medellín, y allí, entre partidas de ajedrez interminables, definían los temas de la revista y maquinaban sus extravagancias. Y los del Grupo de Barranquilla, con su guía literario, Ramón Vinyes —el sabio catalán— se reunían especialmente en La Cueva, una antigua tienda de barrio. En un artículo titulado “Nuestra bohemia ha sido crápula” (1925), Alberto Lleras Camargo añora las auténticas tertulias literarias de los cafés estilo parisino y lamenta que en Bogotá no hubiera surgido una memorable tradición de tertulianos. Llega a afirmar que una de las causas de la mediocridad intelectual se debía a esa falta de comunión espiritual de café y de camaradería, y concluye que a la bohemia bogotana le faltó elegancia: “Nuestra bohemia ha sido plebeya, ruda, brutal. Ha sido crápula. No ha habido inteligencia ni ingenio en ella, salvo en dos o tres ocasiones. “La Gruta Simbólica”, que pasó por ser un aquelarre sádico, no fue más que una tendencia a establecer un Montmartre entre nosotros...” En esta andanada nostálgica, subraya el feroz contraste entre los dos tipos de bohemia bogotana y parisién: “[...] Entre nosotros no hay ese ambiente. Las juergas son brutales, acaban siempre en golpes, no se dice una sola frase ática en toda una noche, y generalmente se amanece entre una doble fila de policías. Nuestros borrachos siempre disienten con los policías. Los literatos son desdeñados por los hombres de los cafés. Se sonríen de las alas de los sombreros inverosímiles, se ríen de sus manos finas, de sus debilidades físicas. Y el animador del café, no existe, porque no anima a nadie. Los dueños de los cafés son burgueses austeros, que no permiten un escándalo rimado. Un discurso en que se incite a todos los hombres a cometer una bella locura, en que se explique que una nueva teoría estética, sufre un gran fracaso. Somos hostiles, aislantes” 8. Sin embargo, en una crónica que aquí se reproduce, “Los cafés que murieron el 9 de abril”, Hernando Téllez reconstruye esa tradición romántica de los cafés de Bogotá: “El 9 de abril de 1948, que cambió tantas cosas en la historia, sepultó también la etapa romántica y nostálgica de medio siglo de los cafés bogotanos tradicionales, con sus amables y cultas tertulias, trascendentales e intrascendentes, intelectuales y bohemias. Con el Café Asturias murió medio siglo del clásico café bogotano que se añora como perdido y ya jamás recuperable”. Tránsito de las hemerotecas a la bibliotecas Este puñado de crónicas, una muestra de lo que puede hallarse en pacientes búsquedas de las colecciones de periódicos, pretende convencer al lector de la necesidad de rescatar urgentemente todas estas figuras del periodismo colombiano, antes de que el comején y las polillas arruinen los pocos materiales que se conservan. La publicación de nuevas antologías y biografías de periodistas permitiría el feliz tránsito de estas páginas amarillentas, de las hemerotecas a las bibliotecas, como aspiraba Alfonso Fuenmayor. Lo cierto es que por estas crónicas se filtró la sensibilidad de distintas generaciones; siguiendo sus trazos es posible estudiar la tan en boga Historia de las Mentalidades. Cuando se escriba la historia de la literatura colombiana se tendrá que dar gran importancia al periodismo literario, porque documenta vivamente sobre las corrientes de opinión pública que produjeron los pequeños y grandes eventos y los cambios generacionales de costumbres, valores y comportamientos de nuestra sociedad. El antioqueño Emiro Kastos (Juan de Dios Restrepo) dijo que “las hojas periódicas son la tumba del pensamiento”, pero nada más entretenido que visitar este camposanto y sostener un estimulante diálogo con sus autores q.e.p.d. Se invita, pues, al lector a deleitarse con estos textos que, como las caricias furtivas, dejan vivo el deseo del siguiente encuentro. Aunque la mayoría de los autores ya están muertos, hay sobrevivientes que siguen en la faena de la escritura periodística, como Germán Arciniegas, Héctor Rojas Herazo, García Márquez, Antonio Panesso Robledo y Rocío Vélez de Piedrahíta. Eduardo Caballero Calderón (Swan) sentía ante los prólogos el fastidio de quien tiene que saltar una tapia para llegar al huerto. Pido excusas por la incomodidad, no sin antes agradecer a las personas que colaboraron en la realización de esta antología: el personal de la Sala de Prensa de la Universidad de Antioquia, los responsables de la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto — en especial Miguel Escobar, un gran editor de la prensa literaria; a los auxiliares que me han colaborado con el proyecto, sobre todo a Doris Elena Alzate, que también terminó enamorada de estos maestros, y a la facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia, que me ha permitido desarrollar esta investigación. ~ MARYLUZ VALLEJO MEJÍA Clímaco Soto Borda (Casimiro de La Barra) genial poeta y cronista nació en Bogotá en 1870 y murió de pulmonía en 1919. Luis María Mora9 lo describe como un hombre atractivo y mimado por la vida, de hábitos desordenados y pasiones intensas, que derrochó la vida en la bohemia y en la lectura de los clásicos y modernos y mantuvo siempre los bolsillos llenos de crónicas y versos. Amigo de José Asunción Silva, representó a la raza de poetas criollos arrastrados por la leyenda de los poetas malditos europeos. Reveló sus excelentes cualidades como cronista en el semanario La Barra, que fundó a principios de siglo con el también poeta Carlos Villafañe (Tic Tac). Escribió en El Rayo X, El Carnaval, Oriente, El Sol y otros periódicos de humor y sátira, donde inauguró un estilo ágil y ameno de hacer periodismo que rompía con las formas centenaristas panfletarias y floridas que se estilaban. “Sin exageración puede decirse que Soto Borda es el padre verdadero de la crónica periodística con la cual ha tenido hasta aquí muy pocos felices imitadores”, afirmó Luis María Ansón. Su estilo ágil y mordaz se potencia con las asociaciones de sentido más disparatadas, los diálogos, la caracterización de los personajes, la mezcla de referencias cultas y populares y el tono guasón. Según Jorge Bayona Posada10, Clímaco Soto era un “saleroso calembourista”, ensayista, narrador y dramaturgo. Manejaba con gracia el chiste, la nota cómica y el epigrama. “Todos aquellos que querían que un dichoso epigrama circulara de boca en boca con la rapidez del relámpago, se lo acomodaban a Soto Borda y su efecto era mágico”. Se inició como escritor en su juventud y se hizo popular por su fino ingenio y poder de observación como lo demostró con los perfiles de congresistas y ministros que recopiló en el volumen titulado Siluetas parlamentarias; un estilo de hacer crónica a la sazón desconocido para los bogotanos, con una prosa rica en términos coloquiales, con sorprendentes y atrevidas imágenes y diálogos chispeantes. Sus artículos y cuentos se recogieron en “Polvo y ceniza”, y también dejó una novela, “Diana Cazadora” (1917), sobre la vida bogotana de principios de siglo. Firmaba sus colaboraciones periodísticas con el seudónimo de Casimiro de la Barra. Sus mejores crónicas las publicó en la sección “Cronistas propios”, de El Espectador, hacia 1915. Perteneció al movimiento literario La Gruta Simbólica, muy afín a su espíritu bohemio y romántico, y firmaba sus epigramas, de sabor ligero y jovial, con el seudónimo de Cástor. Armando Solano retrató así a este genuino representante del humor santafereño: “Como todos esos vates risueños y sombríos, como todos los humoristas, Soto Borda fue un perenne atormentado [...]. Soto Borda muere joven, y sin embargo, agotado, exhausto, combustionado por esa llama interior que para el público se traducía en salados gracejos, en inmortales epigramas, en chispazos fulgurantes, que en su alma escéptica no eran sino pretextos para desahogar su rencor con la vida mediocre, su justa cólera contra la tontería triunfante y contra la necedad coronada... Fue un Paul Verlaine sin perversidades, sin exotismos ni blasfemias... Hidalgo de abolengo, gran señor que despilfarró sus tesoros espléndidos”11. En su autorretrato se definió así: “Este soy. Un pobre diablo/ que a tragos pasa la vida/ en verso y prosa, perdida/ en el juego del vocablo”. CASCABELES “Con el viento no se oye” Este (Ecos de la Montaña) Erase un niño, rubio como una espiga; y érase un indiecito, negro como el carbón. El primero primoroso como los ricos. El otro, el indiecito, no menos primoroso, por más desarrapado que estuviera. Era una entente cordiale y un caso práctico de etnología comparada. El uno de un ancestralismo azul de leche y miel, y el indio con el fierro candente de sangre y exterminios eternos. El efebo rubio era de los privilegiados que empiezan en piñatas de juguetes, de bombones, y que acaban ¡misterio! por darse la gran bomba y hacernos a todos juguetes de sus sugerencias, de sus ministerios, de sus legaciones. No hablemos de política. El pobrecito indio era de aquellos tunjos que empiezan por tunjos y acaban de ministros, “era un pobre vencido, camarada y hermano de los que hacen la marcha fatigados los pies”... uno de aquellos a quienes nuestros multimillonarios en papel deprimido, nuestros burgueses recién trepados a la alfombra, la reseda y la seda, y nuestra aristocracia de nuevo cuño y de troquel investigable, suelen llamar con cierta gracia despectiva los chinos de la calle!... Pues yo pasaba ayer por la calle de los chinos sin sentirme en Pekín ni en Panamá. Escenario y película. Mis dos chicos eran las dos razas que chocan. Un efebillo de cabellos de tamo, ojos de vidrio, orejas de abanico y manos tibias de abadesa. Un producto químico de la femenil raza blanca. Enclenque, anémico y dispéptico ya. Un hijo legítimo del medio. Alma de almíbar. Cuerpecito envuelto en holandas, lleno de té, de galletas transparentes, de lamedores y de frutas cristalizadas. Era el hijo único del matrimonio joven, casi sin hijos, que tiene en esa calle su palacio deslumbrador, moderno, que da los martes un recibo, los jueves un five o’clock y el domingo se arrastra perezosamente en su automóvil hasta su avant scene del Colón. Es un chico que acabará en champion de todos los sports, con las narices aplastadas y liquidado por el poker. Un degeneradito encantador. El otro, el camarada, era un indio fatuto, rechoncho, verde, con las narices como una silla chocontana, las orejas como totumas timanejas y la jeta como una enjalma. Un ejemplar elocuentísimo, digno descendiente del Padre Nemequene, y que si no era precisamente un Borbón, un Hohens o Ilern, un Orleans ni un Saboyá, si no nos descubren, pudo haber resultado todo un príncipe de Teusquillo, un Tilmaquín muisca, y hasta un Zaque de Runta. Hoy de Runta no saca nada, vive en un zaque de aguardiente anetolizado y es, el hijo de la carbonera de la esquina. Cinco siglos de diferencia. Un pequeño marqués de Bradomín y un guajiro en salmuera. Oiga, la de los cabellos castaños y los ojos de mar, aguarda tras de los visillos de Bruselas del balcón, a su esposo, el banquero joven que acaba de reventarlo todo con sus triques —en inglés trusts— de los consumos y de la carne humana hecha chorizos. Y suspira por su pobre París... La niña Punucena, en los bajos, la carbonera alegre, da de palos a un burro viejo, tenorio todavía, cargado de años y de merecimientos que sin descargar el carbón, entre otras burradas está haciendo de las suyas en la cuadra. Y he aquí el caso extraño y mundial. Los chicos, blanco y negro, los dos geniezuelos, practican al sol un experimento extraordinario, nunca visto ni oído. Cada cual lleva un tarro, un catufito de lata, unidos por una cuerda de pita o de cabuya, (Bavaria no es) y tendida la línea cablegráfica a la enorme distancia de una vara. Atención. Los sabios van a trabajar, a funcionar. Se hace una muchedumbre alrededor, y los comentarios comienzan. Los extraños personajes son a cada momento más interesantes. Pueden ser Edison o Marconi, Zeppelin o Bleriot, Ravachol o Turpin. El alguacil de turno, Holmes Fetecua, todo remolón, piensa para su bolillo que esos tienen que ser los anarquistas. Llevan unos aparatos por debajo de cuerda... Alerta! A salto de mata apuntaremos los comentarios callejeros: —Ese catire de tarro, lo conozco, puh!... es un moscovita alaciaco. Es un muchacho Cárpato. Iván Cárpato, de la línea de los Carpatoviches, que figuran ahora. —El negrito, el del catufo, es el chato. Dárdanelo y de doña Gallipoli. Es tremendo. Lo conocí en Serallo con unas turcas... señor! Un cadete de caballería pasa encabritado y da el brinco sobre la cabuya. Un empleado que está en el aire retrocede con espanto. —Estas son bombas, dice, y me pueden bombear. Yo me voy. Y uno de nuestros grandes sabios, electricistas de a pie, cogiendo el hilo de la cosa, sobando la pita del aparato, dice ante el atónito concurso: —Este es el telégrafo sin hilos. Los niños inventores no se dan por notificados. Siguen tranquilos su ensayo científico a la distancia de una vara. —Cogé el catufo, dice el niño rubio, y plantátelo en una oreja. —¿Así? Contesta el indio. —Eso es. Ahora tapate l‟otra oreja y oíme. —Bueno, dice el negro. Hablame paso, muy paso... El niño rubio balbucea unas palabras cabalísticas, misteriosas. Estupefacción grande, expectativa general. Entonces viene el desencanto público. El indio ha soltado la bocina y dice con hondo desconsuelo: —¡No se oye nada!... ¡pero nada! *** Anatole France en su mágico Libre de mon amie, cree que las observaciones de los niños son sapientes, por lo desinteresadas y espontáneas. ¿Esos dos niños, con sus catufos, no son algo así como muchas veces la prensa clamadora y los gobiernos sordos? Tanto escribir, luchar tanto por el pueblo, desgañitarse, fatigar las plumas, y el Gobierno contesta como lo haría Voltaire: ¡Aquí no se oye nada! ¿Qué será eso? El Espectador, 14 de mayo de 1915. POR ESAS CALLES El Código Penal, decía el doctor Murillo Toro, es un perro que no muerde sino a los de ruana. Pero sea por eso, o porque vaya mucha gente de frac que se le ve la ruana, se respeta más ese Código de lo que se respetan otros. El Código de Policía, por ejemplo, es un infeliz a quien trata todo el mundo a patadas. Pero aquí no está todo el mal: ya sabemos que el hombre es rebelde, que el buey muje y el perro es fiel, pero la perra no. Lo malo está en que las autoridades no hacen respetar, ni por pienso, las disposiciones policiales. Esos artículos, siempre que no sean los agresivos artículos que extraen los impuestos adheridos a la mandíbula, siempre que no hieran y den de golpes, se quedan escritos, acurrucados en los libros y acaban con aquello de Hamlet: palabras... palabras... palabras... —¿Y qué? ¿Y todo esto a qué viene?— Señor... Sobran botones para muestra. Pero va un solo tema. Desenrosquémoslo. Nuestros primeros padres americanos —chapetones, criollos o lo que quieran—, aunque Lope de Vega, el Fénix de los ingenios, predijo algo, no se imaginaron, no se soñaron ni en pesadilla, cuando tiraban sus cordeles para trazar estas calles santafereñas, que un día lejano, el progreso, orgulloso y graznante, vendría a esponjarse y a abrir las alas como un pisco que marcha! No soñaron ellos, nuestros tataradueños, tan ufanos con su litera, tan campantes con la carroza del Virrey, que tuvo que ser como un carro mortuorio que conducía la libertad, no pensaron en que algún día habría de venir la locomoción crepitante y violenta gritando como gritan los niños en sus juegos: campo y anchura que ahí va la hermosura. Jamás! No soñaron con el tranvía de mulas, pobres pero honradas. En el altivo, aplastante y despampanante tranvía eléctrico, que no respeta ni a su madre la carrilera, que grita como un desaforado y que tiene tanto de ancho como de largo. En el volador cupé, con su tronco fogoso que se encabrita en cada esquina. En el landó episcopal y grave, con sus personajes dentro y la pareja piafadora que se bebe los vientos. En el destartalado bialocho cargado de estudiantes, que va como un ratón por esos asfaltados. En la victoria que conduce a un político en derrota. En la carreta, con la valet de pied con su colosal porse y que como una flecha, lleva dos pájaros al nido. En la tartana o la manuela, con su postillón “ebrio de un vino luminoso”, en el coche presidencial que va y viene con al vaivén de la política. Ellos, que andaban a paso de tortuga, no pudieron, en fin soñarse jamás ese animal ruedípero que llamamos el automóvil. El auto, esa fiera de rompe y rasga que no tiene cuentas con nadie, sino con el que lo queda debiendo, con su olorcillo gasolinesco, de alquilar narices, con sus apretujados viajeros, con su chofer que desparpaja y que atropella como un cobrador de empréstitos, con sus llantos que causan llanto silencioso, con su feroz trompa y con su trompete estridente, esa tromba que así salva inverosímiles distancias, como no salva a nadie en sus inverosímiles catástrofes. Nuestros conquistadores vinieron de Centauros, de aquí su triunfo, por el terror del indio, mas no soñaron esos hombres con el trotón normando, carne de cadetes y spormen, que anda como un quebrado, saltando matones y sacudiendo a su agarradísimo jinete como si le hubieran recetado algún masaje auricular o a paso de Pedrera. Nada de esto soñaron los que adelantaban nuestra Santafé religiosa, y demarcaban esas calles y esos callejones tortuosos, apretados, sombríos y tenebrosos como cantados por Zorrilla. Tenían estrechez de miras y de calles. Nuestros centros nerviosos son puros varienetos, como escapador de la ciudad ciega de Granada. Nuestra tan espantable calle real, por ejemplo, no tiene de real ni los tres cuartillos. Un atorón en Arrancaplumas, el rendez vous de lo flamante, lo amante, lo noticioso, lo contentivo administrativo, donde se barajan el chiste con lo serio, la bohemia rica con el pobre dólar, donde la hermosura se sonroja ante los del corrillo y la pindonja ríe sin vergüenza con el piropo del truhán, un atascamiento en semejante esquina, es la muerte. Imaginaos. Un tranvía de mulas descarrilado, tres detrás atascados; dos eléctricos, uno que va y otro que viene. Un coche parado, dos autos en un grito... un trasteo, una silla de mano con su respectivo viejo barbudo; el carro-eminencia de la energía eléctrica; un acreedor a la bayoneta, otro en lontananza; un cura a quien hay que darle la acera, por aquello del concordato, una gran dama e hijas idem idem... el doctor Pacheco; el General Tarascón. Otro acreedor fuerte del sexo débil; dos pereques de horca y cuchillo, y por último, señor mío Jesucristo!... la novia! el horror de la novia! Va con suegra, y todo una vieja madre. ... En fin, que por la estrechez de nuestras pobres calles, de ribete llenas de postes y de obstáculos, de asfaltados que más bien parecen emboladas de a peso, cuando se aglomera la gente, como en Semana Santa, vamos como sardinas atomatadas, amontonados a millares, sudando a chuzos, dándonos de codazos, echando piches y sin saber en ese cul de sac... tal como iremos los miles de candidatos minoristas que no vamos a caber ni en el Congreso ni siquiera en la nona. Con los que hemos lanzado basta y esos deben salir. Todas esas divagaciones, valga la verdad, ni conducen a nada ni le importan a usted un comino. Pero no. Para mí conducen a refrescar a los lectores un caso doloroso, trágico, que mana lágrimas y que pide misericordia. De Santa Bárbara a Las Cruces la vía es tortuosa como un tahur, estrecha como el cerebro de un ministro. En uno de estos días Santos, y tan Santos, una madre amantísima, en una tienda de esa calle, flagelaba, daba como una bestia los cinco mil y más azotes a su hija, ternezuela niña de ocho años. Un instante la pobre rapaza se zafa de los crueles, inicuos, inmisericordes latigazos de la flageladora, y perseguida a golpes huye ciega y llena de espanto. Y es fatalmente ese el momento preciso y pavoroso, el momento que crispa, en que un desatentado eléctrico atraviesa como un relámpago. La niña, cogida entre un monstruo de carne y hueso y un monstruo de acero, es hecha trizas, despedazada entre los rieles. Omito comentarios acerca de esa madre, infeliz presa de su ferocidad y su cultura, para pensar en esa adolescente muerta, víctima de las dulces caricias maternales y del dulce y cauteloso correr de los eléctricos. Correr, dije. El tiempo también corre y esta pluma ya va corriendo mucho. Hasta luego, señores. El Espectador, 13 de abril de 1915. José Velásquez García (Julio Vives Guerra) Nació en Santa Fe de Antioquia en 1874 y murió en Bogotá en 1950. En 1895 comenzó su carrera de periodista con los periódicos El Dúo de Medellín y la famosa revista La Bohemia Alegre. Además de versos a granel, publicó crónicas de inigualable ingenio en los periódicos El Aviso, el Ciriri, Semana Cómica, El Medellín, El Diario, El Bateo y El Sol. En este último diario se hizo popular con su columna Volanderas y tal13, en la que experimenta con distintas modalidades de crónica, pasando por el monólogo y el drama en varios actos, para ilustrar mejor la escena antioqueña con sus variopintos personajes. Su mayor placer era “sacarle jugo hasta a un papayo seco”, como solía decir. En 1915 se radicó en Bogotá donde colaboró con numerosas publicaciones: las revistas Cromos y El Gráfico, Gaceta Republicana, El Repertorio Ilustrado, Semana Cómica, Fantoches y Bogotá cómico, y los periódicos El Tiempo y El Espectador. En este último diario sostuvo una columna sobre corrección de lenguaje, bajo el seudónimo de Luis de Obando, que le mereció reconocimientos como filólogo, e incluso recibió una oferta para ingresar a la Academia de la Lengua, honor que rechazó con estas palabras: “No pretendo perder el derecho de incurrir en gazapos”. Durante su larga carrera publicó más de 50 mil artículos en prosa y verso. Nunca utilizó su verdadero nombre, José Velásquez García, pues no le parecía sonoro. En algunas ocasiones se firmaba como el Conde de Casanegra, título que pertenecía a un antepasado. Su tema preferido fue la colonial Santa Fe de Antioquia, a la que dedicó muchas de las crónicas que sostuvo en su columna de El Tiempo, El Anecdotario, y en el libro Gestas de mi ciudad, publicado en 1963. Bailaba al son que le tocaran, por eso podía escribir en verso libre y en verso bien medido, en prosa solemne, sentimental, satírica o lo que hiciera falta, pero siempre con el culto sarcasmo y la fina ironía, con chistes, retruécanos, anécdotas e hipérboles que hacían desternillar a sus lectores. Era amigo de los neologismos y hasta de los arcaísmos desempolvados. Entre los libros que el escritor quería publicar en vida estaba El anecdotario colombiano, con la recopilación de las columnas publicadas en El Espectador, El Tiempo y Cromos. El escritor tuvo que ganarse la vida como contador y dejó de escribir por enfermedad. A los 75 años vivía de una modesta pensión como empleado jubilado. En un homenaje que le rindió por sus 75 años, Jaime Buitrago lamentaba que Luis Vives Guerra 13, por culpa de su enfermedad, no pudiera salir a recorrer las calles de la capital luciendo su famosa capa española estilo Emilio Carrere, su chambergo clásico, sus mostachos y perilla de profesor, su corbata de lazo, como un castellano escapado de un cuadro de Goya. LA PROTECCION A LA INDUSTRIA General Benjamín Herrera, cuya silueta se agranda sobre el frontón de la historia colombiana al compás del galopar del tiempo, entre sus múltiples cualidades tenía la de ser hombre de honradez que lindaba con la exageración. Como jefe de uno de los ejércitos liberales que obraban en Santander durante la última guerra civil, había prohibido, bajo severísimas penas, que los soldados tomaran gallinas y otros volátiles contra la voluntad de los dueños respectivos, según lo prohibe también el séptimo mandamiento desde los buenos tiempos bíblicos. El Pero ya se sabe que los hijos de Marte y de Belona en estos achaques del toma y daca, se echan por debajo de la pata las órdenes de los jefes, la Biblia, el Talmud, los Vedas y todos los libros que en el mundo han sido, porque están acostumbrados a vivir sobre el país y a considerar como propios los bienes ajenos, singularmente si esos bienes son gallinas, porque no sé qué demonio de atracción ejercen esos caracteres volátiles sobre las extremidades superiores de quienes a la guerra se dedican. Después de la batalla de Bucaramanga, hallábase en Piedecuesta el General Herrera con su ejército, y parece que aquellas regiones no eran precisamente una Jauja para los revolucionarios, ni corrían por las veredas y los senderos arroyos de leche y miel y así los soldados sentían nostalgia de víveres, añoranzas de licores, saudades de todo artículo comestible y bebestible. Entre los que sentían desconsuelo en el estómago y notaban telarañas en la bóveda palatina, hallábase una ordenanza del General Herrera, de apellido Torres. El bueno de Torres, mozo decidor y bastante leído, tenía no hurtada fama de ser un comilón ante quien Gargantúa se hubiera ruborizado y a quien le hubieran dado el campeonato los glotones pretendientes de la reina de Itaca, y padecía una famelitis digna de un naúfrago de la medusa. No era Torres precisamente un gourmet, sino un goumand, no era un gastrónomo sino un glotón, pues con el mismo frenesí les arrimaba el diente a una pechuga de faisán y a una libra de panela. De panela se trata. Ello es que Torres estaba un día sentado al pie de la casa en donde el General Herrera tenía su alojamiento, lanzando unos bostezos que hubieran puesto en barrena un trimotor, cuando acertó a pasar por su lado un arriero que conducía una mula cargada de panela. El hambre de Torres, en ideal maridaje con la costumbre de considerar como propios los bienes ajenos, lo impulsó a detener al arriero y, sin fórmula de juicio, le hizo descargar las panelas. Sentóse sobre uno de los bultos y empezó a sacar panela del otro bulto y a engullir el dulcísimo artículo, como si hubiera venido al mundo sólo para ello. Muy cogitabundo el arriero entró al alojamiento del General Herrera y le puso la queja del desmán padecido. El ilustre jefe asomóse a uno de los miradores de la casa y le gritó al ordenanza que tan guapamente se refocilaba: —¡Torres, Torres, venga acá! El hombre oyó la orden y así hizo caso de ella como de las nubes de antaño; siguió manducando bocados como el puño. El General Herrera, que era bastante impulsivo según todo el mundo sabe, sacó su revólver y le hizo un tiro al impertérrito ordenanza, procurando no herirlo, claro está. El sombrero de Torres cayó al suelo, pero el muy glotón, sin dejar su dentrífica tarea, continuó dándoles regodeo a las mandíbulas, después de recoger el sombrero. Otro tiro, que se clavó en uno de los bultos de panela. El comilón continuó moviendo el sistema molar sin dársele una higa. La trompeta del juicio final lo hubiera dejado tan fresco como un amanecer en el Páramo del Almorzadero. Viendo aquella serenidad cínica, el General Herrera no pudo menos que reír y, procurando enseriarse, le gritó a su ordenanza: —Torres, Ud. sabe que le tengo prohibido a mis soldados robar! —Sí mi General —contestó Torres encuadrándose militarmente y sin dejar de comer—, pero ud. nos prohibió robar gallinas, y esto es panela. —¡Lo mismo da! —No da lo mismo —repuso Torres que, por lo visto, era casuista y amigo de los distingos—. No da lo mismo porque las gallinas son volátiles, las panelas son un producto de la industria nacional, y uno de los cánones del liberalismo es proteger la industria nacional! El Heraldo de Cartagena, 29 de enero de1936. COLUMNA VOLANDERAS Monólogo arreglado a la escena antioqueña [Una tienda casi vacía. Sentados sobre el mostrador cinco o seis señores gordos, que fuman cigarros y cafuches. De pie, junto a un escritorio, otro señor —ya no gordo sino de regulares carnes— perora]. —Señores: El señor Fulano los ha convocado a ustedes, por mi digno conducto, a esta reunión, con el plausible fin de ofrecerles un arreglo amistoso y... conveniente... y darles cuenta del estado un poco... eso es... un poco... pues... un poco apretado de sus negocios. (El orador, algo tinterillo él, resuella grueso, después de este tour de force oratorio. Se conoce que le cuesta trabajo calificar de modo preciso el estado de los negocios del cliente). —Señores: El Sr. Fulano es un hombre honradísimo, como lo prueba convocándolos franca y categóricamente a este acto, do va a decidirse de su suerte. Es inteligente y buen administrador de los negocios... —De los de él, —interrumpe uno de los acreedores más vulnerados. [El orador lo mira, con cierta conmiseración. Piensa que de alguna manera ha de cobrar el otro aunque sea en interrupciones]. —Señores: Haciendo caso omiso de la discreta interrupción del honorable caballero que me ha precedido en el uso de la palabra, les repito a ustedes que mi cliente es un buen administrador, como tendremos ocasión de verlo al examinar el activo y el pasivo. ¿Y a qué se debe, Señores, el trance apurado en que se encuentra? ¿A qué se debe...? — Se debe a que no puede pagar— vuelve a interrumpir el señor de antes, chupando desesperadamente una calilla, comparable al concursado por lo poco que se le saca. [El orador cree del caso sonreírse, como abono a la cuenta de su cliente, y sigue] —Señores: Séame permitido contestar que se debe a la impaciencia de algunos de los acreedores, quienes, no sólo le abrieron crédito, sino que pretenden que se les pague. ¡Cruel inconsecuencia! El estado de los negocios del Sr. Fulano es a primera vista poco lisonjero; pero, Señores, en el fondo es bastante satisfactorio, si tenemos en cuenta el porvenir. ¡Ah! ¡el porvenir... Grato señuelo tras el cual va la juventud insensata, tal así como esos arroyuelos que, por entre guijas y yerbecillas silvestres, corren al abismo do se despeñan... [El orador, en un rapto de inspiración, cree que el tintero es un vaso de agua y se lo vierte íntegro en la boca. Una mancha negra se le extiende por el pecho. Los acreedores sonríen. En algo se han de cobrar, aunque sea en sonrisas). —Señores: ¡Ah! ¡El porvenir! ¡Ciego está quien no lo vea abrillantado con mil matices verdes, símbolo de la esperanza bancaria y comercial! —Con verduras no nos paga— vuelve a interrumpir el señor de la calilla resistidora, quien, por lo visto, lleva la voz bufo-cantante de la reunión. El orador continúa impertérrito]. —Señores: Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen, como dice la Escritura... —La escritura lo que dice es que ha debido pagarnos desde hace un año— interrumpe de nuevo el señor de la calilla, jugando del vocablo. El orador se dirige a él para explicarle. —Señores: Referíme a la Sagrada Escritura, do corre la luminosa frase que heme permitido citar, y si el respetabilísimo caballero que hame interrumpido... —Pues yo heme referido a la escritura donde consta que me deben mi plata, y creo que el Sr. abogado hame entendido— contesta el señor de la colilla. —Señores: Noto con placer que el respetable caballero que hame precedido en el uso de la palabra, tiene un espíritu asaz regocijado y dado a la gorja. Pero estos son asuntos para tratar en el seno de la confianza, do se expande el ánimo. Lo que aquí nos trae es algo serio, y sigo. ¿Qué es un momento de apuro en la vida de un comerciante? “Basta dirigir una mirada al firmamento” para persuadirse, Señores, de que hay nubecillas fugaces tras las cuales se ocultan momentáneamente las estrellas. Vamos a dirigir, Señores, una leve mirada al activo y al pasivo de mi cliente. El activo se compone de los estantes, tres tarros de petróleo, cinco latas de sardinas... —Sí, se le ve que paró los tarros y que está en la lata— interrumpe el señor de la calilla, entre las carcajadas de los otros acreedores. (El orador aguarda dignamente a que pase el chubasco, y luego sigue). —Señores: Decía, cuando tuve el honor de ser interrumpido con un rasgo de ingenio de mi honorable colega: el activo s e compone de lo ya expresado, ítem más una pieza de mecha amarilla de la que usan nuestros rústicos labriegos para lo llamado vulgarmente yesquero o mechero, o sea recado de sacar candela, citado tan poéticamente por el dulce bardo Gutiérrez González cuando dijo: La cometa enredada en el papayo con el recado de sacar candela, y era la cocinera una muchacha sucia la piel y el cuerpo entumecido —A nosotros no nos venga con versitos, y díganos si hay plata para pagarnos— interrumpe de nuevo el señor de siempre, a quien se le atragantan las consonantes. —Señores: Fuera de los artículos que tengo el honor de haberles enumerado, no hay nada que represente valor comercial, excepción hecha de una dentadura postiza que mi cliente, por un olvido muy disculpable, dejó olvidada; dentadura, por otra parte, en buen uso todavía, y que con una pequeña reforma.... —Con esa dentadura nos comió medio lado —interrumpe otra vez el de la calilla. —Señores: Para terminar, les informo a ustedes que el activo asciende a tres pesos ochenta centavos oro, y el pasivo a treinta mil pesos redondos, con un pico... —No alcanza ni para pagarle a usted el pico, porque ese discurso... —ruge el señor de la calilla. (El orador cree del caso sonreír). —Señores: Creo que si se fuera a un prorrateo, éste no daría resultados completamente satisfactorios, ya que el activo es un poco inferior al pasivo. Por consiguiente, les propongo a Uds., en nombre del Sr. Fulano, que lo aguarden para el pago, prometiendo dedicar a él la mitad de la rifa de los cigarrillos Betancures y la mitad de la casa que rifará la Realidad Antioqueña, en las cuales tienen sendas boletas. Los acreedores, muy conmovidos por este rasgo de generosidad, se disuelven, no sin que el señor de la calilla lance la última flecha: —Este discurso me cuesta cinco mil pesos oro. Si hubiera sabido me hubiera ido para España a oír a Maura... El Sol, Medellín, 22 de octubre de 1913. VEGETARIANOS DE CAMAMA Lo del vegetarianismo me parece una filfa, una guasa, una tomadura de pelo. No hagan ustedes caso de los apóstoles del vegetarianismo, o como se llame el hecho de alimentarse uno con yerba y cogollo, que es, en suma, la teoría vegetariana. Esos propagandistas llegan al comedor de un hotel y piden vegetales á grito pelado, no se los comen, sino que á furto, se los echan al bolsillo, y luégo van á sus casas y se ponen redondos como cuarteleros, a fuerza de bisteques. Todas estas sapientísimas reflexiones me las sugiere la lectura de este suelto, que copio de una revista madrileña: “Para conmemorar el sexto aniversario de su fundación, celebró un banquete la Sociedad Vegetariana Española. Sólo se comieron vegetales. Hubo elocuentes brindis”. Hasta aquí, lindo aquello; pero como el vino viene de las uvas, y las uvas, estén ó no verdes, son vegetales, el alzón que los socios se arrimarían debió de ser digno de Alejandro Magno, quien, aunque no vegetarianizó, se amarraba cada magna que temblaba Macedonia. Para cuando funden aquí una sociedad vegetariana, ya me imagino el menú del primer banquete: Sopa de plátanos - Caldo de yucas - Arracachas en sopa - Caldo de papas - Plátanos en caldo - Sopa de yucas - Caldo de arracacha- Sopa de papas etc. etc. Así, variadito, para que los socios no se aburran, y el que se aburra es por desigente. No se tocará piano, porque las teclas son de marfil, y el marfil es animal, sin perjuicio de que pueda serlo el pianista. Todo con mucha escrupulosidad, porque, ó es uno vegetariano ó no lo es. ¡Los discursos! Aquello será de alquilar balcones: “Señores —dirá el Presidente cuanto vegetariano, —nos hemos reunido como los granos de una mazorca, en torno de esta mesa de pintado fino, para comernos sobre limpio mantel de algodón, este suculento banquete preparado por una cocinera que, magüer animal, por lo flaca puede asimilarse á una caña mecida por el viento. ¡Ah, queridos cuanto vegetarianos colegas! Ved aquí la papa, cuyo redondo vientre semeja uno de esos astros que en las noches alumbran los cereales; contemplad esos plátanos, que, como el caudoso huésped de Halley, son cometas del cielo vegetariano; admirad esas yucas, pituita castísima de las gripas de Ceres; extasiáos ante ese arroz, vía láctea de la frugalidad!... ¿Y qué es vegetariano, señores? ¡Ah! Un hombre que, después de maduras papayas, digo, de maduras reflexiones, torna á la senda florecida en donde el verde de la yerba, el amarillo del plátano y el morado de la arracacha, forman como los colores de la bandera vegetariana, y... y...”. Aquí el orador se le atraviesa en el gargüero un palo de yuca, y tose en medio de repetidos aplausos. ¿Los vegetarianos? ¡Bah! Por ahí anda don Ciriaco, un Tolstoy del vegetarianismo, quien siempre que me ve, me da la gran lata catequizándome. El otro día tópeme con él, de manos á boca, sin que pudiera yo sacarle dos lances y salir por los pies. —¿Qué hay? Me gritó. ¿Siempre carnívoro? —Se hace lo que se puede, contéstele. —Hombre, deje la carne. —Más bien dejo el demonio. —Nó. Le digo que deje de alimentarse de carne. No hay como el método vegetariano. Vea cómo estoy yo. Efectivamente, don Ciriaco usa unas sotabarbas nerónicas. Le pregunté: —¿Comerá usted chicharrones, mantequilla, huevos, pescados; beberá leche, en reemplazo de la carne? —Nada. Vegetales y sólo vegetales, como decía no recuerdo si Balaán o Hamlet. —Debió ser la burra, que fue vegetariana por parte de madre...¿De modo que usted se hubiera muerto de hambre, siendo Noé? —No, eh. —Porque me supongo que habría vegetales en el Arca. Sí, ya había yerba para los animales vegetarianos. Don Ciriaco me lanzó una mirada tan olímpica, como desde la cumbre de un saco de maíz, y se alejó, cuan vegetariano es. Anoche le vi al llegar al Hotel América. —Sírvame una comida, gritó, en la cual no entra ningún animal. —Don Ciriaco, le dijo el mozo humildemente, es que tengo que servirla yo. —Por supuesto, y andando. —Es que como usted dice que no entre ningún animal... Traé la comida vegetariana, pronto. El mozo, que no ha oído en jamás de los jamases esa palabreja, sirvió la comida de costumbre. Don Ciriaco se hizo el distraído, y chuletas van, morcillas viene, gallinas corren y pollos vuelan. —¿Y eso es vegetarianismo? Le pregunté á D. Ciriaco, entrando de repente. Me miró, se puso rojo de la tupa, tosió, empuñó un galápago de gallina y respondió con voz unciosa: —Fue que... fue que...¿Pero no se acuerda que estamos en cuaresma? Hoy es viernes y... —¿Y qué? —Pues que ustedes ayunan con carne, y nosotros los vegetarianos ayunamos los vegetales. Aquello era tan lógico, que me dejó perfectamente edificado. Fíense ustedes de los vegetarianos. A lo mejor son capaces de comerse una oreja. Tomado de Volanderas y Tal, 1911 Carlos Villafañe (Tic Tac) Nació en Roldanillo, Valle el 5 de abril de 1881, y murió en 1959. Autor de inolvidables crónicas humorísticas, con el seudónimo de Tic-Tac publicó su columna Crónicas bogotanas en numerosos periódicos, y se considera el primer cronista del Centenario, generación que los produjo excelentes. De humor crítico y filudo, hábil en los malabares del lenguaje, hacia los años veinte fue uno de los cronistas estrella de la revista Cromos de Bogotá, y luego fijó sus reales en El Tiempo. Según Miguel Camacho Perea14, “se especializó en la crónica ligera, brillante en sus apreciaciones, sagaz en sus insinuaciones y en la interpretación de los hechos; de sutil humor en el delineamiento caricaturesco de personalidades. Así se convirtió en uno de los periodistas más admirados de principios de este siglo”. Incluso, guardando las distancias, puede compararse con ese gran cronista de humor que fue el español Julio Camba. En las tertulias bogotanas, sobre todo la de la Gruta Simbólica, derrochó su ingenio y habilidad para el repentismo con retruécanos, calambures y chistes finos. Su faceta de poeta siempre opacó la de periodista, como se infiere de su producción editorial, casi toda dedicada a la poesía, y también se conoció como cronista taurino. De su obra periodistica se han publicado cuatro títulos: Pathé Journal, De sol a sol, Memorias de un desmemoriado y Tic-Tac, pero sólo este último fue reeditado. Otras publicaciones que contaron con su ingenio fueron El Nuevo Tiempo y La Barra —que fundó con Clímaco Soto Borda—, y donde se firmaba con el seudónimo de Juan Gil. Fue secretario del presidente Marco Fidel Suárez, cónsul durante varios años en Barcelona. Vivió y murió en Cali, y los últimos años de su vida los pasó en el Hotel Alférez Real, donde era visitado por personalidades y políticos de los dos bandos tradicionales que disfrutaban de su conversación. Tic-Tac es una especie de antecesor de Klim, por su ágil sentido del humor; pero también un León de Greiff del periodismo, por sus malabares lingüísticos. En sus escritos hay una denuncia constante de las anormalidades e inmoralidades del poder, realizada con agudeza y humor. Su estilo, de frase corta y zigzageante, de párrafos brevísimos, de greguerías, está lleno de recursos, con una increíble capacidad para enlazar imágenes con fluidez e imaginación desbordada; incluso, para acuñar neologismos de sonoridades ultraístas. La política y el feminismo son dos de los temas que más inspiraron al “cronista gentil” de Cromos. (Le encantaba hablar del mujerío y sus veleidades). Alternaba la crónica y la poesía con las rutinas de funcionario público; por ello era más conocido en Cali como “Don Carlos, el juez de rentas”, que como Tic-Tac. UN POBRE CHORRO Cada vez que un individuo desaparece “de una manera misteriosa” empezamos a complicar en la danza a nuestro querido “monumento hidráulico” el Salto del Tequendama. No vale que el retumbante chorro sea nuestra octava maravilla, cantada por poetas y poetisas en endecasílabos solemnes y en estancias apocalípticas, para que nos guardemos de irrespetarlo y calumniarlo. Antaño la pluma y la mente, el magín y los nervios de los espectadores líricos —prosistas o versistas— asignaban al Salto una función inspiradora de pensamientos, símiles, metáforas y paradojas de alto voltaje y de innumerables kilowatios. El Salto era nuestra octava maravilla. (La novena, es la Compañía de Energía Eléctrica que puede electrocutar a la “horrísona” cascada en cuanto le venga en antojo). El Salto era una cosa grandiosa, kolosal, inaudita e inauvista. Inspiraba versos, discursos, improvisaciones. Con su eterno rimbombo, con su caída arcangélica y su satánico despeño exaltaba idilios amorosos, giras sentimentales y convites donjuanescos al aire libre y al aire puro. Era algo como un Padre Eterno de nuestra geografía y de nuestra hidrografía; la joya de América, la voz más estentórea de los silencios de los Andes. Era un monumento de literatura en bloque, de poesía en bruto, (vulgo, “materia prima”). Pero los tiempos han cambiado y a la poesía y a la emoción verbalista han sucedido la ciencia y la industria, la alta tensión y la electrodinámica. Y el Salto se ha “bestializado”, su majestad el Salto ha perdido su prístina grandeza y su tradicional “hegemonía”. Y hoy tan sólo inspira cálculos científicos en la mente de los ingenieros electricistas y de los mecánicos ibídem. Hoy es únicamente “una caída de doce mil caballos”. Una cosa bestial. Una estupidez, una fatalidad dinámica al servicio de la ingeniería hidrofulminante. El Salto —nuestro Salto, nuestro solemne “Tequendama”— ha degenerado. Hoy no es más que una “caída”, menos importante, menos novelesca que la de una mujer o que la de un Ministro. La caída de una mujer es más inquietante. La segunda, porque la primera es común y corriente, obedece a una ley física: la de la caída de los cuerpos... elegantes. Un cuerpo elegante, “juncal” es, casi siempre, el cuerpo del delito. Y el delito es el de la seducción, injustamente achacado al hombre, porque no hay hombres “seductores” y sí hay, en cambio, mujeres “seductoras” que son las que “tienen la culpa” de lo sucedido y de lo que pueda seguir sucediendo. Y para colmo de “caídas”, hace ya algún tiempo que un compatriota resolvió hacer del “Tequendama” algo así como un “Matadero público” para señoras y caballeros. Hubo un valiente que dio el vuelco —el salto mortal— y desde ese día empezó la serie. El mal ejemplo cunde y el prurito de imitación cunde mucho más. Desde entonces quedó “El Salto” convertido en un “paracaídas”, en el mejor aparato para suprimirse y liquidar cuentas alegres y tristes con el mundo de los vivos y de los más vivos. El suicidio hidráulico en la caída tequendámica evita detalles y contingencias que “el occiso” considera “molestos” desde que empieza a imaginar la tragedia. La eliminación es absoluta y no incomoda ni causa gastos a la familia, a la autoridad o a la asistencia cristiana. La autopsia, la novelería transeúnte, el folletín periodístico con las “fotos” respectivas y “el levantamiento del cadáver” —como si un cadáver fuera “hombre” para un “levantamiento”— todo eso, que no es poco, queda derogado con el “arrojo” en el horrendo precipicio. Dejarse caer, seguir la corriente, deslizarse, ir al fondo de la cuestión y... buenas noches. Cuéntanse raras historias del antiguo e imponente Salto del Tequendama. Más de un presunto suicida llegóse a la margen del agua despeñada; midió a ojos vistas la hondura pavorosa, el resonante abismo; puso el oído al magno tambor de la montaña, captó el redoble milenario y... alejóse del monstruo en pavórico retroceso y con más miedo al abismo que a la muerte. Después, en un paraje cualquiera, aledaño al camino, rompióse la masa ence-fálica o la víscera cardiaca con el balín de una detonación Smith & Wesson. Es instintiva en el alma humana la fobia a los abismos. El voladero a plomo, la hondonada silenciosa, el cauce profundo por donde el río discurre hacia la muerte; los puentes fluviales que cruzan los torrentes y se sustentan sobre las rocas marginales; los puentes ferroviarios de pasos marcados por los polines de la vía, todo eso nos sobrecoge y nos conturba con sugestiones abismáticas. Un aljibe es ojo diabólico que nos desvanece y aprisiona en los reflejos de su linfa profunda. Todo lo que baja de nuestro nivel nos da una sensación de hundimiento y disolución en la nada. Toda tierra removida huele a sepultura; el humo del incienso huele a elación mística, a supervivencia en lo infinito y a prolongación en la Eternidad. La oración es un mensaje radiofónico que lanzamos al silencio de lo impenetrable. Con la oración, respira el alma y suspira el corazón, elevándose y extendiéndose hasta más allá del misterio. Toda pena, toda inquietud, toda angustia se adulzuran de ilusión y se doran de esperanza con sólo que el alma suspire el más lindo y divino verso que han escuchado las centurias y los milenios: “Padre Nuestro que estás en los Cielos...!”. Decíamos hace un momento que la literatura ha hecho daño al Tequendama. Antaño era una entidad respetable, olímpica, que internaba en nuestros tímpanos todo su marcial redoble y su milenario tableteo. Nadie se atrevía a irrespetarlo ni mucho menos a lanzarse en su caída, y más que una maravilla geográfica era un monumento de literatura rimbombante. Pero los versos y las prosas y los interrogantes y las admiraciones y los puntos suspensivos lo inflaron, lo desvanecieron —como a las mujeres— y luego entró en decadencia y los “desengañados de la vida”, los despechados del amor propio y del ajeno, le perdieron el respeto y por encima de él y en sus “barbas” se botan cada rato hacia la nada. Nuestra ilustre maravilla es hoy un mísero desnucadero, o, como ya se dijo: un matadero público, con útiles y se guarda absoluta reserva. Es necesario aislar el Salto, cercarlo y entregar las llaves contraloras a una sociedad protectora de suicidas. Hay que decretar un impuesto prohibitivo sobre el suicidio, un impuesto ad valorem o quitar de ahí el peligroso monumento. Una potencia extranjera podría comprar esa caída con todos sus caballos y venderla por amperios y kilowatios en países “más” necesitados de caídas que el nuestro. Aquí, ya nos basta y nos sobra con la caída de dos ministros “empujadores”. Hay que legislar sobre este delicado asunto. No es posible que el Salto continúe siendo cómplice, auxiliador y encubridor del novelesco delito de suicidio personal e intrasmisible. Además, el Salto mismo es un mal ejemplo objetivo y permanente, un loco que delinque noche y día, con gran escándalo y delante de Dios y de los hombres. El Salto no es más que un “suicida” estruendoso y espectacular que hace diez mil años se está suicidando y que no acaba ni acabará nunca de suicidarse personalmente, a mansalva y sobre seguro contra incendio. Es un desequilibrado, un pobre soñador de imposibles que está “cayendo” hace marras y “aun todavía” no acaba de “caer”. Algo así como un Ministro del actual Gabinete Ejecutivo. Revista Cromos, 28 de marzo de 1925. MEDIAS FEMENINAS “AL CARBON” de Estados Unidos de donde nos “viene” el acontecimiento. Y es la casa Dupont de Nemour la que presenta la estupendísima innovación. La innovación consiste en que los laboratorios Dupont han empezado a manufacturar medias femeninas con polvo de carbón de piedra. La casa Dupont —ya se sabe— es la misma que inventó la pólvora y la misma que le ha extraído varios derivados de inagotable consumo universal. Los Dupont son los reyes de la pólvora y los emperadores de los explosivos. La pólvora mojada, la pólvora en gallinazo y la pólvora de las fiestas de pueblo, todas son productos de la casa Dupont de Nemour. Ahora viene la misma casa y anuncia que ha descubierto una nueva mina, superior quizá a la de los productos exclusivos; la mina, esa de medias para señora, fabricadas con carbón de piedra molido. Es Las medias femeninas tejidas en sedas vegetales han sido y siguen siendo una de las minas más ricas y de mayor consumo conocidas hasta hoy. Para las mujeres de todo el planeta este de las medias es un artículo de primerísima necesidad. La media es el complemento indefectible de la pantorrilla. Y la pantorrilla, desde que llegaron las faldas altas, es una de las mayores propagandas de la “respectiva” propietaria. Una pantorrilla mujeresca, estéticamente torneada, es una verdadera atracción, una obra de arte digna de la admiración callejera. Sus líneas bien pueden superar a la línea Maginot y a la contraparte, o sea la línea Siegfried. En dos palabrejas: por lo general, la pantorrilla, un poco velada por la sutilísima gasa de las medias, es un renglón magno en el conjunto de un “sex-appeal” de alto coturno. Una mujer, en materias de indumento, se resigna a todo menos a presentarse en público con medias que puedan dar lugar a la crítica de una de sus congéneres. Y digo así porque los hombres detallan muy poco a la hora de admirar el cuerpo de una dama elegante. El culto a la media es la base de la moderna estética femenina. Y así como una camisa en mal estado puede, en muchos casos, salvar el honor de una mujer, así también, una media deshilachada o arrugada puede decidir de la suerte de otra mujer. De las medias puede decirse que son el “desiderátum” de la mujer que ha llegado a destacarse por su corrección vestimentaria. Sólo el punto de vista económico es el que ensombrece un poco este eterno problema de las pantorrillas y de su indispensable aditamento. Hace pocas noches, el cronista comentaba esto de las medias con una dama de larga travesía y de fina experiencia en el mundo de la moda. —Yo —decía la ilustre dama— gasto un par de medias al día. Y no puede ser menos porque no duran más. Cuanto más finas más presto quedan inservibles. Y un par de medias, regulares apenas, cuesta dos pesos. De manera que yo invierto sesenta pesos mensuales en medias. Pero, oiga, que no lo vaya a saber mi marido... La media de la casa Dupont, hecha de carbón de piedra, será puesta en circulación próximamente y, sin duda, determinará una revolución en el mundo femenino. Iguales a las de hilos vegetales, si no mejores, cada par costará, aquí, 25 centavos de moneda colombiana. Y en esto de la calidad y del precio es donde radica todo el meollo del acontecimiento. Ya tienen, pues, las mujeres una innovación que viene a resolverles uno de sus más graves problemas: el del “vestuario” para las pantorrillas, a precios inverosímiles. Es un gran suceso para las clases adineradas y, especialmente, para las clases “medias”. El Tiempo, 17 de noviembre de 1939. LA INTERRUPCION DEL DESORDEN Entre otras cosas yo soy un desordenado. O, por lo menos, eso que llaman “desordenado”. Esto no hay para qué discutirlo. Ni vale la pena. Pueda que en el mundo tenga yo algunos colegas igualmente desordenados. Pero mi desorden, para mí, es el orden. Es el pequeño mundo desordenado que yo, a lo largo de mis años, he ido “ordenando” según mi leal saber y entender. Y quien dice desorden dice indolencia. Y esta es, en síntesis, la clave de la situación: incapacidad orgánica para ordenar las cosas de mi resorte. En una palabra: mala administración en todos los sectores de mi desencuadernada existencia. Horror al método. Fobia de lo sistemático. Odio a la simetría. Revolución permanente. El caos. En el mundo de mis papeles la anarquía domina y manda la parada. Cartas. Telegramas. Versos inconclusos. Crónicas en primer debate. Billetes de loterías, causa de pobreza y desengaño. Recortes de prensa. Lápices. Cauchos. Y... todavía más papeles. Papeles de envolver. Papeles de leer. De escribir. Y hasta de fumar. Y hasta papeles de Estado y papeles de Descrédito Público. Pero ... ¡ay!, esta mañana amaneció la camarera con el sentido del orden pronunciado. Se le hinchó el cumplimiento del deber y la ha tomado con la mesa de mi papelería y demás útiles e inútiles de escritorio. Resolución número uno: ordenación general. Y en mi ausencia, después de “hacer la cama”, asear el lavabo, barrer y tal, ha procedido a poner en orden el desorden fundamental de mi mesa, o sea a organizar la desorganización que me caracteriza. Y, desde luego, lo que ha hecho es introducir en mi desgobierno el caos y las tinieblas, dado que mi desgobierno es mi gobierno, mi régimen legal y constitucional. Sólo yo entiendo mi régimen; mi desorden es mi orden. Mi desorganización es mi organización y toda mi ordenación, todo arreglo de manos extrañas, me invierte la pirámide y afecta mi mundo. Es decir: que si la camarera pone mi mundo al derecho, auto-máticamente me lo pone al contrario, o sea “el mundo al revés”. Y aunque el asunto es claro por más revés que parezca, conviene subrayarlo al margen: mi desorden es mi orden, y si alguien me lo ordena comete conmigo una grave “desorganización”. Sólo yo, autor y poblador de mi mundo, lo puedo entender y gobernar. Y si la camarera me aplica “el control de cambios”, me deja en el caos. Me utiliza. Me decreta el “paro general”. Porque ella —la camarera— organiza y después resulta obra de romanos volver a organizar la desorganización anterior. Desorganizar una organización de manos de mujer no es una filfa; es todo una faena que requiere un plan previo. Ya sabemos que, en punto a desorganización, la mejor es maestra graduada. Queremos decir que en cuanto la mujer organiza el desorden del hombre lo arroja a las tinieblas interiores. Y a las otras. Anoche he tenido que buscar entre el caos de mis papeles uno que me importaba “recuperar”. Sabía dónde, más o menos, estaba y traté de “localizarlo” en su sitio “anterior”. Trabajo perdido. Labor infructuosa. La camarera había introducido el orden en la mesa de mi papelería y, desde luego, había consumado mi desorientación. El único papel importante —papel de Bolsa— que yo tenía en mi archivo «inorgánico» se ha traspapelado en el arreglo perpetrado por la camarera. Se trataba de un recibo por 15 duros a cobrar por servicios de prensa. Aún permanece ignorado. Y como se trata de un problema económico, estoy planeando el único sistema para dar con el dicho y dichoso documento: desordenar metódicamente con el orden consumado por la camarera y volver a la anterior desorganización de mi papelería. Sólo así podré orientarme para emprender la búsqueda de los duros papel... de oficio. He aquí entre muchas otras, una consecuencia de la cuidadosa organización de un desorden. El Tiempo, 30 de enero de 1936 EL PAIS UNICO Indiscutiblemente: este es el país de lo hiperbólico y de lo desmigante. Somos un país vicevérsico, paradójico y estupefaciente. Pero más que todo eso y que todo aquello, somos un país «colectivista», gregario y de una enorme inclinación al juntismo, al misionismo y al comisionismo. En las oficinas de la Misión Kemerer vimos una vez, un «gráfico» muy interesante, con el detalle y la lista de las juntas oficiales administrativas que «pululaban», y aún pululan al derecho y al revés de los andamiajes gubernamentales. Eran 28 juntas, con atribuciones de todos los órdenes: orden jónico, orden dórico, orden greco-romano, orden gótico y orden público. Al pie del dicho «gráfico», había este interrogante: ¿Where is the governement? (¿Dónde está el gobierno?) (sic). Y va la bola y oído a la caja. Y ojo al Cristo que es el de Limpias. El Congreso es la Junta máxima con dietas y viáticos y atribuciones para todo, basta para “funcionar” diez años en cada bienio constitucional. El Consejo de Ministros es otra Junta de mucha importancia, sin ser una institución de Derecho Público. Y siguen luego muchas, muchísimas Juntas. Juntas preparatorias; Juntas directivas; Juntas políticas; Juntas de fábrica; Juntas de censura para teatro; Juntas administradoras; Juntas organizadoras y Juntas desorganizadoras (éstas son las más eficientes, las que mejor cumplen su misión histórica); Juntas de Hacienda; Juntas de señoras para obras pías y obras pías para señoras juntas... de Apulo. La “práctica” de las Juntas debiera elevarse a la categoría de cosa jurídica. Son muy “recursivas”, sobre todo, para “repartir” responsabilidades. Las Juntas que se remuneran por la derecha, son exquisitas: una libra por barba en cada sesión. En nuestro ajetreo burocrático los aspirantes se valen de los impelentes para “ver de conseguir” ser miembros de Juntas “manque” ad honorem. Algo se pesca, siquiera sean entradas gratis a los espectáculos “censurados”. Y pasando a eso de las Comisiones, las tenemos todas. Comisiones Asesoras, Legislativas, Investigadoras, del Presupuesto, Comisiones por dentro, Comisiones del 10 y 20 por 100, comisiones módicas y comisiones a Muzo, a Zipaquirá, a los pantanos de Fúquene, etcétera. Todo miembro de Junta, con o sin sueldo, es un interesado influyente o un influenciado interesante. Su posición le permite “mangonear”, “intrigar”, “brujulear”, “chismear” y coger de cola, para sí o para “los suyos” la primera chanfaina que se presente en “la ontananza”. De ahí que hasta las juntas ad honorem tengan tanto pedido entre nosotros. Todo Presidente de Junta está llamado a “grandes destinos”. Y si lo hacen Presidente de la República, puede darse el lujo de decir enfáticamente: “Esto no me cae de nuevo. Hace diez años fui Presidente... de una Junta de censura”. II LOS HOMBRES DE LA DICHA ¡Hombres felices! Así debemos llamar a los hombres que en los Congresos o en las Asambleas, hacen colectivamente y a golpes seguidos de pupitre, lo que no se atreverían a hacer individualmente. La Asamblea de Cundinamarca nos acaba de dar un “por ejemplo”; la primera ordenanza que expide es una “por la cual se aumentan las dietas” los mismos Diputados. Y ni siquiera es un aumento proporcional. Es una doblada, un doblete o un paso doble. De $6 que ganaban se han adjudicado 6 pesos más para completar los doce. Y doce dólares diarios casi son unas dietas de Representante o un pequeño dividendo diario en negocios de los de don Pedro Olarte. La ordenanza “respectiva” fue la número uno de la actual temporada. Una cosa urgente, una providencia “cuanto lo primero” y “cuanto antes” para devengar desde el principio. Inútil apuntar que la ordenanza no tuvo un solo voto en contra, por aquello de que nadie puede votar o declarar contra sí mismo. Nadie se suicida dietéticamente, que quiere decir “fiscalmente”. Los viáticos son más sagrados que el Viático y todo auxilio en plata es más apetecido que todo auxilio espiritual y en artículo mortis. Los Diputados les han ganado a los del Congreso. Estos se votaron un aumento, pero lo “transfirieron” para la próxima Legislatura. Los Diputados se decretaron su doblete para tan pronto como inmediatamente y tan inmediatamente como “sobre el humo” y como ipso facto y como “al rompe”. La ordenanza dispone que el valor del aumento se tome del impuesto sobre la chicha. Oigase bien: ¡se tome! De manera que la Asamblea nos obliga a beber más chicha que la acostumbrada para “sufragar” la suma que se han decretado los Legisladores “de aumento” de Cundinamarca. Y esto es una de tantas inmoralidades como se ven en las relaciones tirantes del Estado con el individuo. En este caso, verbi gracia, los honorables benefactores de Cundinamarca, se automejoran en plata “por motivo a que” la vida cada día es más cara y los Diputados tienen que vivir, no ya bien, sino mucho mejor. La Asamblea se come lo que el pueblo se bebe. Es una pequeña diferencia, un ligero cambio de líquido por sólido, de chicha y guarapo por whisky y por champaña ultravioleta. Mogolla por pan francés fino. Y si la partida se agota, pues entonces vendrá un impuesto sobre otros líquidos, muy buenos también y muy eficaces: el sulfato de soda, en agua tibia, o el permanganato de “Zendejas” que es el brebaje más eficaz para eliminar al paciente sin hacerle daño a la enfermedad. Podrían también los señores Diputados, en caso necesario, decretar un impuesto sobre todo “producto líquido” y sobre el líquido céfalo raquídeo de cada contribuyente o contribuyenta. El aumento es justo y justo es también que “el electorado” después de luchar en los comicios por sus candidatos, siga luchando día y noche, por aumentarles el comicio a los grandes y pequeños arquitectos del bienestar y progreso cundinamarqueses. Revista Cromos, 14 de marzo de 1925. Tomás Carrasquilla El “padre padrone” de la novela en Antioquia nació en Santo Domingo en 1858 y murió en Medellín en 1940. Con su primera novela “Frutos de mi tierra” realizó el fresco más vivo de Medellín de finales de siglo e inauguró una tradición costumbrista de resonancia universal. Sus obras completas también abarcan el cuento, la crónica y el ensayo literario. En este último género escribió piezas maestras como las “Homilías” —publicadas en la revista Sábado— en las que atacaba con pasión el Modernismo y las influencias foráneas y defendía su credo artístico basado en el criollismo literario. A partir de 1914 colaboró en El Espectador de Medellín donde publicó gran parte de sus artículos y crónicas (se destacan títulos como “Gris”, “Soberanía”, “Humo”, “El buen cine” y “Escobas”). Publicó en Sábado, El casino literario, El Montañés y Alpha. Algunas de estas colaboraciones las firmó con el seudónimo de Carlos Malaquita. Carrasquilla se considera el gran clásico de la prosa costumbrista, con un estilo que se nutre de las fuentes del castellano clásico y del habla regional, y de los recursos del arte dramático. Su talento inigualable para retratar caracteres reales, emplear los diálogos en sus registros más coloquiales, recrear cuadros de costumbres, producir situaciones cómicas basadas en la caricatura, utilizar los giros del lenguaje más inéditos y expresivos y manejar la ironía con las imprescindibles dosis de piedad, lo convirtieron en el escritor más cercano al alma popular. En esta antología se incluye su pequeña serie de Discos cortos, representativa de la crónica en su estado más puro, aunque este género no haya sido el más frecuentado por el maestro, y la crónica Alimento, que no había sido recogida. DISCOS CORTOS II Lo que llaman la “Ley Seca”, a estilo y texto yanquis, está en la mente de varios legisladores y en el corazón de muchos colombianos. Ignoramos si saldrá temprano o tarde o si no saldrá esta ley prohibitiva; vista de un lado, parece un prodigio de redención; vista de otro, bien puede parecer una solemne necedad. Prodigio, si por ella se dejan los alcoholes y se acaban los beodos; necedad, si por ella se entregan a otras bebidas que les envenenen y les enloquezcan más que el aguardiente de caña y la chicha de lo mismo. Es para dudar de lo primero, es para temer de lo segundo. Veámoslo. El tal linaje humano parece necesitar de algo que lo intoxique, bien por que se lo exija el organismo, bien por buscar en la embriaguez olvido de pesares o mirajes de ilusión. ¿Quién se escapa de la Quimera? Todos los pueblos, bárbaros o avanzados, han perseguido, en todo tiempo y lugar, los “paraísos artificiales”. Para vivir en borrachera no ha menester de tanto la descendencia de Adán y Eva; le basta sus concupiscencias, sus fanatismos, sus vanidades, la misma lucha por el pan. Todo esto trastorna la razón como la bebida tremebunda. Ya conocemos muchos delirios en gentes que no la catan. Qué con la ley se evitan crímenes de sangre y otras bestialidades? Cierto, ciertísimo. Desde que no vengan otros licores. Y esto de matar parece muy humano y muy a sangre fría. Dígalo si nó la historia: los partidos y las naciones se asesinan sin tomarse un jarabe tan siquiera. Sólo que el delito está en el número: si la matanza es entre pocos hay presidio y horca; si entre millones hay apoteósis para los que matan más. La Ley Seca sería la glorificación del mate, del rubicón y de la copa: a sus lícitas delicias agregaría el encanto de lo prohibido. Sería un perpetuo domingo de elecciones. Por desgracia no gozaremos de tanta dicha las huestes denodadas del alcohol: la Ley Seca, aunque rija oficial y aparentemente, en cualquier parte, es un imposible físico y moral. Para establecerla habría que tumbar instituciones, leyes sobre tributos, sobre industrias, sobre comercio; habría que acabar con la química, con el reino vegetal y con el agua del cielo; habría que inventar una humanidad sin sed y sin Quimera. El Bateo, Medellín, 17 noviembre de 1922. DISCOS CORTOS III Te calumniaron, pereza amiga, cuando se inventó aquello de que eres la madre de todos los vicios; te calumniaron cuando se dijo que sólo existes para el “buen obrar”. Esto es como limitar el firmamento. Todo lo abarca tu poder; el bien y el mal, lo indiferente y lo superfluo, todo... Por tí no cae el cristiano en pecados muy horrendos: para pecar hay que moverse, hay que agitarse, hay que pensar y tramar y escogitar, y tú no dejas a quien domina ni siquiera el laboreo del pensar. El pensamiento es tu mejor dominio. Y los pocos que se toman el trabajo de pensar riñen contigo apocalípticas batallas. Más tú, al fin y al cabo, triunfas en todo el frente, oh! dulce madre de la quietud y del reposo. La joven paz que el mundo goza a tí se debe, bienhechora callada del linaje humano. Los que llaman pecados de omisión que a tí se achacan, serán sombras, nada más que sombras, de los pecados de acción que tú evitas con el mágico beleño que insuflas al mortal. Por negra que sea la intención nada logra si tú te opones. Qué de crímenes nefandos habrás impedido tú en este mundo traicionero! Tú conduces al asiático a las delicias del nirvana; tú hiciste de los padres del yermo legión dilecta de bienaventurados; tú haces de la espelunca del eremita solitario, pórtico glorioso del Empíreo. Oh pereza! Míra cómo se matan por esa Europa, endemoniada por la sangre de la guerra. Haz por imperar en esos reinos destrozados, a ver si con tus filtros soporosos se calman y se aplacan esas fieras y cesan en su cruenta diligencia; y déjanos aquí para siempre, en esta apatía acariciante de los trópicos. El Bateo, Medellín, 20 de noviembre de 1922. DISCOS CORTOS V El rico avariento de la parábola no se me hace lo bastante. ¿Estará mal traducido el epíteto? Debería llamarse el rico incaritativo. Un señorón que reventaba lino finísimo y púrpura de Tiro, que a diario convidaba a otros ricos a comilonas de regodeo, no me parece ningún roñoso. Quiero referirme a ciertos señores de nuestras parroquias montañeras y aun de esta Villa de la Candelaria, muy noble y muy leal; a ciertos prójimos algo más acendrados, que el tío Grandet de Balzac y que la tía Angélica de Dumas. El primo Cambas es personaje completamente histórico, aunque parezca fabuloso. Desde niño consiguió platica y sus padres le dejaron sumas gordas. Vendió todos sus bienes y se recogió con sus dineros a un cuartucho infeliz. No se casó ni tuvo hijos, ni gato, ni perro, ni gallina, porque todo animal come y hace daños. No movía su capital en negocio alguno por temor de que le robasen; no pudo ser ni aún usurero. Engañaba el hambre con cualquier bazofia, tasada a estilo homeopático, que él mismo se preparaba con astillas que recogía por ahí; se tapaba el cuerpo con mugres y zurcidos que lavaba rara vez, dormía sobre una estera, sin sábanas ni cobija; no hablaba, porque le parecía que el verbo se le iba a acabar, no tenía amigos porque algo podrían quitarle; no escupía porque la saliva le hace falta al cristiano; no se bañaba, porque la cáscara guarda el palo; no se sonaba demasiado, porque la moquilla también tiene su oficio. Partía del principio de que todo lo que el cuerpo pueda guardar, dentro del arca, eso tendrá de más; y de menos todo lo que derrocha. Su plata la legó a la tierra para que nadie fuera a pecar con bienes que ningún trabajo le habían costado. Pués cátame que la avaricia es la madre de todas las virtudes. El Bateo, Medellín, 27 de noviembre de 1922. ALIMENTO Sancho, dándose el magno atracón en las bodas consabidas, será el representante categórico de la humana especie. Y tanto! Este injerto de ángel y de fiera, de nube y de pantano, que anda tan campante en sus dos patas, no es, en resumen, más que una máquina que come. En el estómago está el busilis de su vida y el secreto de sus grandezas. El sustento fue siempre regalo de los dioses; el sustento produjo genitores y púgiles cerebrales y héroes. A estómago que canta cabeza que se pierde. El hambre conduce al nirvana, pero nunca al combate; y, pues al cielo se va por muchas vías, nos cumple, por fuero de conciencia religiosa, evitar el atajo del ayuno e irnos por la carretera de la buena mesa. Comer, en fin, es una gloria o, al menos, una mesa de la gloria. Tan enormes cuanto flamantes filosofías se nos ocurren al ver cómo toda esta ilustre cachaquería bogotana se entrega a las delicias de las nutriciones. Es de verles a tarde y a mañana, de día, de noche, a toda hora de Dios, invadir las cantinas y los cafés, los restaurantes y ventorros. Cualquiera podría suponerse, sin exceso de suspicacia, lo que son gentes tomatragos. Lo que menos!: son gentes comecosas. Y puesto que los agiotistas en comestibles saben que Bogotá se alimenta, se ven y se desean para exponer en sus mostradores y vitrinas cuanto pueda apetecer al paladar sincrético del mozo y el exclusivista del anciano. Y se salen con su propósito. Por esos mundos del buen comer se confunden y se barajan, en arlequinesco cosmopolitismo, la cocina italiana y la francesa, la británica y la española, con todas las conservas y selecciones de la gastronomía extranjera, que, ya en gentiles latas, ya en radiantes vidrios, nos importa Mercurio hasta estas alturas de Bochica. Mas no temas ¡oh infanzona tradición santafereña! Lo moderno y lo esnobístico mal pueden ahogarte en el Leteo. Si recelas por otros ramos, por el culinario ten confianza. A los descendientes de Jiménez de Quesada, aún les reclama su blasonado estómago las grosuras y excelencias de tus yantares de otros tiempos. Mira si no: por estos aparadores fashionables, por estos trincheros modernistas campean, que es una gloria de Dios mismo, el tamal clásico y la insigne empanada, el ave tinta en azafrán a pringues de tomate, el cerdo en adobos oleosos, las longanizas que añoran por su extremeña patria; todas las filigranas monjiles del azúcar y del trigo, del maíz y del huevo, de la mantequilla y del queso, de la canela y de la nuez, sin que falte nunca la almojábana ingenua, delicia de nuestras abuelas . Aún se paladea, con regodeo de frailes catadores, la mistela chapetona, alquitrada como antaño, con las yerbas olorosas de la sierra, con claveles y malvaviscos de la papa. Su merced, el chocolate, si no añejo ni viajado ni suspenso de las vigas, como en sus días gloriosos, aún canta la antífona del molinillo y se eriza en sus espumas y da prestigio a la moderna jícara; aún la cerca el lujo de los hornos se hila en su onda hirviente las solideces de Estera y se diluye las densidades de Boitá. Santafé vive y en los paladares se apacienta y en los estómagos se dilata. Mas no es en estos lugares a la moda donde tu reino se condensa, ¡oh! ciudad de los cuatro siglos y de las regias golosinas! Mira: allá en la Avenida 13, no lejos de tu templo capuchino, aledaña a una estación intrusa, han levantado unas gentes altruistas una fábrica ingente, para que coman las criaturas. Los Nueve Estados le llamaron. No lleva aviso ni signo que la indique: grabada está en el vientre de Colombia, con caracteres de dicha. Hasta la Avenida trascienden sus efluvios. No alcanzan a adulterarlos ni el polvo pesebreresco de esos suelos, trasegados día y noche por reatas de bestias y de hombres; no alcanzan, ni el olor acre de ese ambiente, ni los remolinos de microbios, ni el fermento de la plebe aglomerada. La emanación de las fritanzas, los hálitos de los cocidos y esa fragancia sin segundo de la chicha ya tomada, se destacan claros, nítidos, precisos, de aquel corear de los perfumes, como el terceto elocuente del reclame. Hasta dantesto será ese terceto! Quien pasa por ahí, al cacerón se cuela; que todo abismo atrae y por olfato levanta todo. Aquello es un mercado, una feria de verbena, un enjambre alborotado del avispero humano. Y el perfume se hace más intenso y más vertiginoso el enredar de tanta avispa, y cuajos y corazones se regocijan en la abundancia y en el Señor que hizo la tierra. ¡Qué película! Aquí y allá cantinejas, aquí y allá tenderetes, cocinas en donde quepan, y el santo comistrajo hinchendo el ámbito como el soplo de un dios generoso. Setenta y tantas maritornes fuera de pinches mandaderos, desempeñan el maremágnum de aquellos fogones babilónicos. Las patatas, orgullo de esta tierra, se mondan por toneladas, y las mondadoras, sentadas a la oriental, afanan su tarea con una impavidez de autómatas. Borbotan, en tanto, las cuadrigas de calderos, vapor lanzan las filas de peroles, crepitan las ringleras de cazuelas. Las sartenes inestables y las cacerolas rápidas se posan de fuego en fuego, soportando las milagrosas transformaciones del hermano huevo y los refinamientos del señor bistec, traducido al patiuá de la Sabana. Las vajillas errabundas y los portacomidas trashumantes tintinean, de aquí para allá, de allá para acá, en el campanear solemne de algún rito homérico. Los trinchos cortan, baten los molinillos, los cucharones chorrean, el incienso se difunde, y la vida canta y canta la chicha y canta el aguardiente. Lenguas estropajosas por los brebajes indígenas, musitan, junto a una cabeza amodorrada, la querella de unos celos tormentosos o el reclamo de un amor efímero. Las indias, con sus sombreretes descalabrados, su falda astrosa, suelta la mantilla y embolada la alpargata, discurren por doquiera, entre el ensueño y la vigilia. Unas van horas, las más llevan su hombre, las menos un crío en el regazo, y algunos van con sus chiquitines harapientos, cual si fuesen cluecas espantadas por el milano, mientras que otras, posesas de un espíritu elocuente, monologan y gesticulan lacrimosas, dando las profecías de la chicha. Muchachas acicaladas, de ojos rasgados y cabellos esponjosos, con caritas como durazno que madura el sol de tierra fría; de estas que quiebran la voz y la modulan con las cadencias de este hablar bogotano, asisten a los cachacos de comedor en comedor y les oyen sus requiebros con ese aire entre risueño y zahareño, que sólo dan la espuela y la avería. Como allí no se estila la carta, las chicas echan la retahila. Y oyeras la música y vieras los mohines! Desde luego que los elegantes, que allí concurren cotidianamente, no van a entreverar sus majezas en esta hampa de ruana y del jipa nada más que por probar papas pringadas, o el ajiaco y el cachuco populares, realzados por ají hórrido. Con seguridad que van en busca del Caldo peligroso, un caldo único, privilegio exclusivo de tan lustre establecimiento; un bebedizo de faunos y silvanos, digno de aquel sátrapa israelita, que a los sanos malea, da el gran pasaporte a los enfermos y a los muertos resucita. En este licor abracadabrante y embrujado entran unos que otros ingredientes. Figúrate el alimentico! En él, la sustancia y los tuétanos de más de un novillo, tal vez de algún sultán de hato; el meollo de varios cerdos; las mansedumbres enternecedoras de diversos corderillos; y las enjundias encalabrinantes de un centenar de gallinas. ¡Cuidado, pues, con el caldo! El Espectador, 18 de febrero de 1915. Alberto Sánchez de Iriarte ( El Doctor Mirabel) Alberto Sánchez de Iriarte, bogotano de pura cepa nacido en 1886, fue más conocido como Doctor Mirabel y Fantasio. Literato, historiador y redactor de publicaciones como Cromos, El Tiempo, El Espectador, Mundo al Día, la Revista Contemporánea, entre otras. Desde 1910 y hasta 1915 dirigió la decana de las revistas gráficas en Colombia, El Gráfico. Humorista reconocido en el país desde principios de siglo, fue uno de los colaboradores estrella de la revista Cromos en los años veinte. El doctor Mirabel escribía con gracia y picardía sobre los temas más variopintos, y podría considerarse uno de los iniciadores de la crónica en nuestra tradición periodística, por su fina percepción de las cosas anodinas y cotidianas, y por su prosa ágil y modernista. Alternaba la crónica social sobre las viejas y nuevas costumbres santafereñas, con la crónica histórica, la literaria y la de actualidad internacional. Y solía emplear estructuras narrativas muy variadas, tipo folletín, con diálogos y reconstrucción de escenas, como en la crónica titulada “De charla con un difunto”, en la que una calavera deseosa de palique le cuenta al escritor las desgracias que le quitaron la vida. Su obra no ha sido compilada y su nombre, extrañamente, no figura en las antologías de escritores colombianos. PRESENTADOS Y PRESENTADORES Hay prójimos que se pirran porque los presenten. Muchas veces, pasada una ocasión, he visto la cara de sentimiento, y he oído la voz que reclamaba: ¡Hombre! ¿por qué no me lo presentaste? Así proceden algunos que, no obstante su mucha debilidad por las presentaciones, tienen cierta dosis de prudencia. En cambio, hay otros que no se andan por las ramas, le dicen a uno con toda frescura: ¡Hola, preséntame al señor! y se van quitando el sombrero y ofreciéndole al otro los servicios. No hablemos de los que le trabajan a un individuo para que se encuentre de casualidad con otro y se produzca el choque; ni de los que súbitamente caen al despacho o a la casa del escogido y se le presentan así, con premeditación y alevosía; ni de los que atajan en la calle para ponerse a órdenes. Esos ya son casos desesperados. Nada que remuerda tanto como haber incurrido, por falta de malicia, en la presentación de una persona que había de resultar insoportable a otra. Nada que apene tanto como el que esta otra se encuentre con uno y, por ejemplo, le diga: Viejo... me mató usted con la presentacioncita aquella... ¡Tres horas mortales al día siguiente y dos ayer me ha tenido ese hombre bajo la jurisdicción infinita de su pereque! A un agraviado así no hay en lo humano disculpa que darle ni perdón bastante grande que pedirle. Pero en estos asuntos el tipo más perjudicial no es el que atornilla gestionando su presentación y que llegado el momento nos tira del saco: para ese basta cuanto lo primero evitar, evitar mucho sus preliminares, y si fatalmente llega la hora de peligro, hacerse el inglés y no presentarlo ni muerto. Tampoco es de inevitable perjuicio quien, atajando al paso o cayendo al domicilio, hace su presentación a quemarropa, improvisa, breve y sumaria; contra él podrían inventarse varias cosas, inclusive un botón para llevar en la solapa con este aviso: ¡Caballero, no se me presente! La verdadera calamidad es el personaje presentador. Hay algunos que, según parece, los echó Dios para hacer presentaciones. Tal cual he conocido que era presentador por temperamento, por idiosincrasia. De uno me acuerdo cuya vocación rayaba a tal altura, que le hacía presentar conocidos de tren en tren, o en misa, o por teléfono, y que en cierta velada científica, durante lo más elevado de un discurso, llevó su atrevimiento hasta rebullir a dos oyentes que se habían dormido, para tener el gusto de presentarlos. El presentador de esta índole cree cumplir una alta misión sobre el planeta: la de estrechar más y más (con perdón sea de la diplomacia) los lazos que felizmente unen a la humanidad; pero no adivina que el novecientos noventa y nueve por mil de sus desatinadas presentaciones originan fastidios, desabrimientos, reconcomios, tiranteces y hasta desenlaces fatales. ¿Cómo librarse de un presentador y de sus consecuencias? Para esto no hay olfato, no hay psicología que valgan. El presentador profesional carece de signos por donde conocerlo; nada en él denota su espantosa facultad, y es raro, muy raro que llegue a tener fama, pues quienes le deban maleficios se callan como tumbas para que otros caigan y para gozar de lejitos con la desgracia ajena. Bajo ese monstruo, cualquier mortal puede caer hasta tres veces: la primera, por noviciado; la segunda, por encuentro; la tercera, por fuerza mayor, y todas tres por desgracia. Caer es lo fácil, porque —repito— el presentador carece de señales que lo acrediten y, cuando uno menos piensa, el golpe avisa dado con la sacramental exclamación: ¡Cómo! ¿ustedes no se conocen?... ¡vaya! pues tengo mucho gusto... etc. Y excepto en la una por mil que le resulta de chiripa, en las demás presentaciones que comete nuestro campeón, es como si casara mal a sus víctimas: o soportarán pacienzuda y vitaliciamente la cruz de su presentación, o se abrirán para sécula sin fin. Quienes hubieran podido amigar en firme si se hubieran conocido más tarde, llegan hasta a romperse la crisma gracias a una presentación inconveniente. Conocí dos muchachas número uno, que se estimaban de lejos, que simpatizaban en regla y tenían curiosidad; pero un presentador las cogió pichonas y con media palabra las hizo amigas irreconciliables. Persona que pronto morirá de un cáncer en el hígado me contaba: se lo debo a cuatro presentaciones: la de un político, que me leía sus artículos doctrinarios; la de un tresillero, que me refería todos los lances de malillas, triunfos y matadores; la de un agente de seguros, que me atormentó dos años; y la de un sablista disimulado a quien presté la firma y me costó un... ¡Ojo, mucho ojo con los presentadores! De mi persona como víctima, yo cuento este caso, verdadero casus blli: Viniendo con uno de esos amigos a quienes por inmediato recurso llamamos ala, se desprendió el aguacerón del siglo y corriendo tuvimos que entrarnos a un zaguán. Acababa de colarse allí también un señor, barbudo él, de cara tigruna y de cubilete. Mi amigo lo saludó, le preguntó brevemente por la familia y ¡zas! me lo presentó. Medio minuto después, manifestando que aprovecharía su arribo casual para discutir negocios con el dueño de esa casa, nos dijo: “bueno, los dejo muy bien acompañados”; llamó y se entró. Arreciaba el aguacero muchísimo. ¿Qué hacer enjaulado allí con ese tío tigre? Yo le conversé algo y me concedió unos gruñidos aterradores; le conversé algo más, y se limitó a contestarme con unas miradas de muerte, sepultura y epitafio. El aguacero se convirtió en diluvio y era un Amazonas la calle —“¡Pero qué modito de llover! ¿no?” dije al ogro. —“Si no le gusta” me respondió furibundo; y sin dejar de fulminarme con los ojos, se buscó resueltamente por todos los bolsillos como en solicitud de un arma. Yo, metiendo por imitación mi mano en el de la pistola, que no acostumbro, pensé: ha llegado el momento de tirarme al agua de morir. Entonces la fiera sacó... un periódico y se puso a leer. Cuando lo hubo leído y repasado, se remangó los pantalones, toldó su cubilete con el papel, y despreciándome altamente, salió por la calle arriba; yo lo miré ir hecho una sopa y buscar el amparo de otro zaguán. Los presentadores a que aludo son una variedad, una especialidad del tipo que llamamos metepatista. Los que no carecen de conciencia, carecen de entrañas. Para ellos toda persona es presentable a toda persona. En un momento y con la mayor frescura le presentan a uno el individuo que honorablemente lo robó, el pariente a quien por conflictos de familia no trata, la individua que no le conviene, o el moscón a quien había vivido haciéndole gambetas. El loco Arias, de feliz memoria, opinó cierta vez que las presentaciones debían ser “únicamente bilaterales”, y agregó que era “pecado mortal contra la simetría” el de presentar a personas que no tuvieran “lados iguales y paralelos”. Tal opinión fue reída por quienes la oyeron; quizá les pareció un disparate. Yo creo que el célebre loco demostraba en ella su cordura y el ingenio que siempre tuvo para expresar sus ideas. Revista Cromos, 10 Junio de 1916. SE ACABO EL CUBILETE Cinco y media de la tarde. Fresca la temperatura. Concu-rridísima la calle real. Entre el gentío que va y viene, un grupo hasta de ocho señores ha llamado la atención... Hay transeúntes que paran momentáneamente a mirarlos con cierta sonrisilla como de burlona curiosidad. ¿Es que a tales individuos, pongamos por ocurrencia, se les olvidó salir con sombrero? No: es precisamente lo contrario. A este propósito, alguien me ha dicho: —Vea usted cómo cambian las épocas. De aquí al mitin chirigotero apenas hay un paso. Y todo porque se ve reunidos a ocho cubiletes. En verdad, poco ha faltado para que una manifestación del género bromístico perturbara la monotonía lugareña, como la perturbó en Londres un tumulto de opuesta clase cuando el sombrerero Hetherington se presentó en la vía pública estrenando el sombrero de alta copa que acababa de inventar. Así es de raro el cubilete hoy día en ésta que bien pudo haberse llamado la ciudad de los cubiletes. Acaso en otra ninguna como en Bogotá llegó a ser tan acogido, tan cultivado, tan endémico, tan importante, aquel aparato de llevar sobre la cabeza, que según los tiempos, modas y lugares, fue llamado bimba, tubo, chimenea, castora, pumpá, canariera, ocho-reflejos, cubilete (cúbilo en argot bogotano) y chistera, que es el más curioso de sus nombres. En más de un siglo, no hay con respecto a la elegancia masculina una prenda tan paradójica. El cubilete, bajo cualquiera de sus mil apariencias y hechuras, fue tenido siempre como un chisme a la vez que muy antiestético, muy elegante. Si uno lo ve suelto, en percha o vitrina, concluye que ese disparate acartonado y relumbroso no admite justificación sino para adornar cabezas de negro (y es de recordarse que a los negros, en las Antillas principalmente, les encanta llevarlo). Si uno lo ve después en horas de fiesta social, comprende que ese absurdo ha sido lógicamente indispensable para dar a las cabezas de blanco mucha de su prestancia. En la iconografía del cubilete hay algunos ejemplares que por su altura dan vértigo, y otros que admiran por su fealdad horripilante, como cuando vemos a una sabandija muy rara, y otros que mueven a reír con risas diversas. Todo ese historial representa una suma enorme de ridiculez y de vanidosa importancia. Nuestros cubiletes en su primera época fueron muy contados, y a juzgar sobre dibujos como el que caricatureó a los santafereños Arrublas, debieron de producir una fisga tremenda. ¿Se podía tolerar esa invención extravagante? Lo cierto es que ella se aclimató en seguida, y que hizo después carrera transformándose de acuerdo con menudas fantasías de la moda; ese hostilizado chapeo conquistó rápidamente las posiciones de aceptable, de natural, de distinguido, de necesario y de imprescindible. Se puede afirmar sin exageración que hace quince años en esta villa, entonces de ciento veinte mil vecinos, había sus cuarenta mil sombreros de copa y lustre que, al repicarse las campanas un poco más de lo habitual, iban saliendo, saliendo a la calle... Un habitante que se estimara, no podía dominguear sin cubilete; no podía concurrir al drama, ni enterrar a los muertos, ni oír la retreta, ni pasarle a su novia, ni, en una palabra, vivir sin cubilete. En un lugar en donde nadie quería ser menos que nadie, resultaba imposible que un solo círculo de personas monopolizara el encubiletamiento. Si un senador, un ministro, un clubman, un capitalista usaban cubilete, bien podía tenerlo cualquier otro ciudadano para darse algún desquite y en determinadas ocasiones, a falta de ser, parecer. Así se buscaba, en cuanto fuera posible la nivelación de figuras y de valores. Tuvo el cubilete sus tiempos felices, y era como un talismán que derretía corazones femeninos, o apartaba las bayonetas, o abría puertas dificultosas. A veces, ante un cordón agresivo de soldados, cualquier chusco de la multitud ordenaba: “dejen pasar a ese cubilete, que es representante”, y la guardia le abría campo al tendero de la esquina sin entrar en averiguaciones. Las palabras “ahí te busca un señor” carecían de sentido; pero ante las palabras “ahí te busca un señor de cubilete”, había que abrir la puerta, por sí o por no. Para muchos personajes de la política, el cubilete fue un seguro, un flotador, y a cambio de que lo llevaran sobre sus cabezas con la debida elegancia y parsimonia, él nunca los dejó naufragar. El pachequismo de alto bordo le debe una suma incalculable de favores. ¡Cuántas veces un personaje se desequilibró, se dañó, zozobró y... su cubilete impuso respeto! Ya en otras esferas, aunque el cubilete hizo relativamente felices a millares de individuos, no hay datos fehacientes para decir que salvara o hiciera famoso a ninguno. Más bien lo contrario; hubo tipos muy populares que sin quererlo afamaron sus cubiletes como Gonzalón, el loco Arias y don Vicente Montero, todos tres de grata memoria. El cubiletismo había, por lo menos exteriormente, igualado ya todas las cabezas. En la villa ilustre y gris, el veinte de julio, el jueves santo por ejemplo, hacían creer en un juicio final de la sombrerería felpuda, en un Josafat de los cubiletes. Aquello era risible, bizarro y también fúnebre. Así llegada la fiebre de igualdad a su mayor extremo, una decadencia principió a marcarse. De abajo para arriba la población hastiada fue postergando y archivando el sombrero de pelo días tras día. Durante la guerra universal, y esto en muy calificadas ocasiones, ya no se lo ponían sino gentes de tono, desde el primer magistrado hasta el último filipichín. Llegó la paz. Cuando fueron a reunirse los negociadores en Versalles, el público elegante de allá imaginó que se presentarían luciendo unas chisteras muy novedosas, muy flamantes, muy para la solemnidad de aquel histórico momento. El público smart set de aquí, se hallaba pendiente del cable por saber en qué forma se presentarían así el Tratado como los cubiletes. Y sucedió una cosa imprevista: que aquellos negociadores acordaron ir de sombrero flexible para significarle al mundo que por artes de flexibilidad allí se arreglaría todo. No se arregló, no suscribieron paz alguna, pero firmaron la defunción del cubilete que aquí se ha tomado al pie de la letra y que ha sido para nosotros ventajosa. Hoy le tenemos asimilado casi a reliquia. Ya no se le lleva sino a ceremonias que han de tener mal resultado, como los matrimonios y las aperturas de Congreso. Murió el cubilete. Bien podría la población celebrar sus funerales con algo nunca visto. Murió, pero ya se entiende que no desaparecerá en absoluto. Hay que reservar algunas muestras para el museo de indumentaria y otras para que concurra de año en año una veintena de señores a la Catedral y dé gracias al Todopoderoso por haber permitido una vez más que pongan cubilete sobre sus cabezas privilegiadas. Revista Cromos, 5 de mayo de 1923. Armando Solano Nació en Paipa (Boyacá) en 1887 y murió en 1953. Periodista liberal de muchos quilates, fundador de la Revista Nueva (1906), con Guillermo Manrique Terán, y del famoso semanario Sábado, junto a Plinio Mendoza Neira (1939). En 1913 fundó La Patria, que sostuvo cuatro años, y en adelante siguió como colaborador de El Tiempo y El Espectador, Cromos y Universidad. Aunque ejerció la burocracia, su verdadera vocación era el periodismo. Solano daba testimonio de la actividad parlamentaria con un estilo socarrón e irónico, y denunciaba con verbo incisivo la esterilidad del Congreso, aunque en las ruidosas sesiones permanecía silencioso como un indio. En el prólogo de su libro de Prosas, se lee que el estilo de Solano como diarista sólo puede compararse con el de Luis Cano, por su poder de síntesis, la claridad y sencillez del lenguaje. Además, siempre asumió una posición política clara y comprometida, en especial con la izquierda, que le valió no pocos disgustos, porque, aunque pertenecía a la generación del Centenario, su espíritu era de avanzada y no tenía reparos en aceptar las nuevas doctrinas del Socialismo. Comenzó a publicar en periódicos y con disciplina diaria desde 1912. A partir de 1918, y durante siete años, sostuvo la columna Glosario Sencillo 15 en El Espectador, donde compartía página con su hermano espiritual Luis Tejada. Retomó esta columna en 1934, en El Tiempo, con el mismo seudónimo famoso de Maitre Renard. Según Eduardo Caballero Calderón, en el estilo de Armando Solano había otro elemento distinto del humor y la gracia que repicaban en sus glosas: “Ese algo más que había en su estilo era un soplo de poesía elemental, natural, ligera pero persistente en la memoria de los sentidos, como el olor de la tierra mojada después de la lluvia, o de la hierba recién cortada y dorada por un sol mañanero[...]”. Tan apegado era a su terruño boyacense que Jaime Barrera Parra dijo una vez que Armando Solano sorbía tierra por los talones. Y una eterna melancolía por la raza indígena de la que se sentía orgulloso. Aunque la mayoría de su obra está dispersa, Colcultura reunió parte de sus artículos en un libro titulado Glosas y ensayos (1981). Glosario sencillo LA ESCUELA DE MACSWINEY16 Maitre Renard Hombres que tienen de la vida el concepto epicúreo y sano que yo quisiera ver generalizado sobre la tierra, abrieron en Medellín un concurso de cocina, con el fin de premiar y estimular la confección de manjares nutritivos y sabrosos. El concurso fue declarado desierto, según lo comunicó ayer el telégrafo con su cruel laconismo. Habrá gentes incapaces de profundizar en el significado de los hechos, que miren esta noticia con perfecta indiferencia. Pero respetando su manera de pensar, o de no pensar, me atrevo a sostener que el fracaso del concurso culinario es un signo tétrico, un síntoma alarmante, algo que sí puede indicar, mejor que ciertas vanas apariencias, una franca degeneración de la raza. Un pueblo que no les atribuye a los placeres de la mesa todo el valor que tienen, no será pueblo que deje huella durable en la historia. El hombre vigoroso, que sabe vivir, es alegre y audaz, necesita alimentarse, no sólo con abundancia sino con pulcritud y delicia. Sin eso, toda tonicidad nerviosa se pierde, y con ella piérdense también el buen humor, el ánimo, el amor al trabajo, hasta la misma voluntad. Y de las multitudes podéis juzgar en lo moral por su género de alimentación. Hambreadas o sometidas a un régimen de escasez en el cual no entren sino elementos ingratos, sin jugo ni sabor, serán ariscas y agresivas. A falta de otras cosas para rumiar, rumiarán sus odios y sus venganzas; y en los rostros llenos y sonrosados, donde estalla triunfante la salud, no desearán ver la faz de sus hermanos, sino la de crueles adversarios que les arrebatan el pan a que también ellas tienen derecho. Al contrario, una multitud satisfecha cuyas viandas sean selectas y a las que no lleve la miseria a una inhumana parvedad; una multitud que recree a menudo la vista en fuentes ricas y aromáticas, y guste frecuentemente las excelencias del condimento fino, dará la más dócil arcilla para los experimentos de la sociología, y verá florecer en su seno las apacibles y suntuosas artes de la paz. ¿Empezáis ya a lamentar conmigo la inexistencia o la quiebra de la culinaria nacional? Yo a ratos pienso, por ese deseo natural de consolarnos engañándonos si es preciso, que los diversos productos del maíz, tales como peto, mazamorra, arepa, debieron ser declarados fuera de concurso por el jurado calificador. Solamente así, por la ausencia de esos potentes platos, en cuya preparación cada cocinera de la montaña conseguiría acaparar desde la medalla de oro hasta la mención honorífica, se explica el desastre que comento con emoción. Pero es de aplaudirse la tentativa revolucionaria del jurado, que probablemente quiso llevar a Antioquia, para luego generalizarla en el país, una repostería nueva, en donde figuren tendencias y gustos que no tuvieron los antepasados. La melancólica conclusión de este certamen, ha de confirmarnos en la tesis de que somos y seguiremos siendo una raza triste y deprimida. ¿Hay sobre el planeta una gente que se divierta menos que nosotros? No la hay. Es que poco a poco y de renunciación en renunciación, hemos llegado a ser verdaderamente fúnebres. Con nuestro andar pausado —me refiero principalmente a la altiplanicie— los vestidos oscuros, la voz baja, la mirada cautelosa, producimos en el extranjero la impresión de tener todos los días por lo menos un muerto en la casa. Y tenemos, en efecto, siete muertos en cada domicilio. Son aquellos gallardos y sonoros pecados capitales que una moral de tedio y de mutilación, una moral de siervos, mantiene a medio sepultar en nuestras conciencias pavorizadas. Uno de ellos es la gula. Vicio opulento y elegante, magnífico vicio de dioses y de conquistadores, en cuyos festines florece la espiritualidad y los corazones rebosan de expansión y de ternura. Tenía, como los otros, que andar proscrito de nuestra magra existencia, de nuestro insípido hastío, de esta parca nutrición, en la que todo saludable exceso nos parece digno de penas eternas, y en la que acabaremos por soltar lágrimas sobre el flaco puchero para economizar la sal, que proporciona un cierto sabor, acaso no suficientemente ascético. El Espectador, 28 de octubre de 1920. LA PEREZA Nada habría más propicio que una de estas mañanas húmedas y opacas, para rezar las letanías de la pereza. Yo daría mucho de lo que no tengo, por llegar a ser el cantor de la virtud nacional, que es la pereza. Yo la llamaría en el elogio que de ella hiciera, con muchos de los dictados que se aplican a la madre de la cristiandad: janua coeli, turris eburnea, consolatris aflictorum, y otros que le caen mejor a la pereza, madre del ensueño, genitora de los pensamientos profundos, en cuyo seno se acendran las resoluciones heroicas, las aspiraciones geniales, las obras artísticas y todas las cosas que merecen algún respeto. En el fondo debe haber ciertas analogías entre los dos temas que así han suscitado imágenes semejantes. La religión de nuestros padres está inspirada en la quietud, en la renunciación, en la humildad y en la paciencia. Y tales son los componentes indispensables de una sólida pereza, profesada con firme convicción. El ideal supremo del creyente y su recompensa máxima, el paraíso, no es otra cosa que el Nirvana con un poquito de música. Para nosotros, país católico, que tendríamos a mucha honra llegar a ser admitidos como Estado pontificio, y que nos alimentaríamos con besarle los pies al Santo Padre, la pereza es, después de Dios, nuestro más viejo regocijo. La ociosidad nos deleita hasta un grado inverosímil para una virtud pasiva, y parece que pensamos con el humorista inglés que “no cabe disfrutar por completo de la ociosidad sino cuando tiene uno muchísimo que hacer”. La verdad es que si la pereza fuera un vicio, no hay otro más delicioso, ni más propio del ser racional, ni tampoco más favorable a la elaboración intelectual. En el ruido y en el movimiento continuos, en medio de la actividad y de las agitaciones físicas, musculares, solamente florecen sentimientos banales, ideas de una trivialidad atroz. Quien no sea perezoso, no adquirirá la costumbre de pensar. Porque la pereza confiere innegables superioridades, es tan combatida, con lugares comunes, y con frases vacías, por los espíritus superficiales. Tomado de Glosario Sencillo, 1925. LAS TESTIGOS Es realmente extraordinaria la diferencia de psicología que debe existir entre los dos sexos, para que sea posible una distancia tan marcada en las actitudes y los procedimientos de hombres y mujeres cuando actúan en circunstancias excepcionalmente delicadas. Observando, por ejemplo, lo que sucede con los testigos que se han presentado a declarar en el proceso contra los asesinos del general Uribe, ha podido verse cómo, al paso que los hombres vacilan, se ofuscan, se contradicen y a menudo enmudecen y se pierden en el laberinto de sus recuerdos o de sus fábulas, las mujeres tienen una agilidad, una audacia, una inventiva y una serenidad imponderables. Ante las preguntas intencionadas, ante los lazos que se les tiende, se recogen veloces, replican, comentan, aclaran, improvisan, dislocan los términos, involucran los sucesos; los desenvuelven indefinidamente, desconciertan al adversario, y se levantan victoriosas sobre la torpeza masculina. Es todo un mundo encantado y fértil la imaginación de estos testigos hembras, que poseen además el secreto de las reticencias envenenadas, de las sugestiones sonrientes y perversas, en igual grado que el don de las miradas desafiantes y de las afirmaciones perentorias. Yo he visto a uno de estos seres temibles lanzar al abogado que la interrogaba los dos rayos homicidas de sus ojos, que fulguraban sombríamente bajo el incendio de su cabellera roja. Yo he visto a esas testigos, impávidas, tranquilas, desdeñosas, irónicas, en medio de la tempestad de las pasiones incandescentes y del atronador vocerío de mil varones enloquecidos. Y he contemplado con asombro su gesto de seguridad y entereza, allí mismo en los estrados que vieron temblar de miedo, de angustia o de cólera a todos los hombres llamados por la justicia. ¿Cuál será el resorte misterioso que anima a estas débiles criaturas? ¿Es su amor a la verdad? ¿Es su mayor capacidad para la mentira? ¿Es simplemente una energía nerviosa superior a la que los hombre poseen? Enigma, misterio. Pero viendo lo que aquí pasa, uno se siente inclinado a darles la razón a los poetas románticos que murieron sin haber podido creer en los juramentos de sus idólatras. Sabido es también que las mujeres oponen al dolor físico una resistencia de que jamás dispuso el sexo fuerte. Y si a tal virtud se agrega esta superioridad en los conflictos morales y esta maravillosa flexibilidad intelectual, tendremos en nuestras dulces enemigas algo imposible de resistir. Será bien difícil para los amantes que han visto trabajar como testigo a una mujer, conservar la orgullosa certeza de la ternura de sus amadas. ¡Cuánto repliegue, cuánta penumbra se esconde dentro de esas cabecitas frívolas; cuánta intención ambigua se retuerce bajo la primorosa arquitectura de un peinado a la última moda! Tomado de Glosario Sencillo, 1925. UNA ESTATUA Para la erección del monumento que ha de perpetuar, entre sus compatriotas, el gesto atormentado del Padre de la Regeneración, están contribuyendo con su modesto óbolo algunas criadas domésticas. Así consta en la lista de donantes publicada hace pocos días. ¿Qué razones moverán a nuestras maritornes a depositar sus billetes arrugados y olorosos a cebolla, en la caja del homenaje que se tributará al poeta escéptico y sensual, al político tortuoso, y al autor involuntario de una inmensa y dilatada catástrofe nacional? No acertamos a explicárnosla. Porque, francamente, deben ser muy pocas las que han leído el ¿Qué sais je? Y menos todavía las que lo han comprendido. En cuanto a la Crítica Social o la Reforma Administrativa, es lícito pensar también que no deben haber caído bajo sus ojos, sino en páginas sueltas. Las virtudes domésticas de nuestros grandes hombres no suelen fascinar a las criadas, que en materia de servidores públicos conocen solamente a los que cumplen su misión en reducida escala y en las calles de la ciudad. Tampoco existe, pues, ese motivo. Las concepciones económicas del señor Núñez, que tuvieron la indiscutible ventaja de fomentar y acrecer algunas fortunas particulares, en nada cambiaron la situación de las sirvientas, porque sea en oro, sea en papel, siempre tienen que rendirle a la señora estricta cuenta de las menudas compras diarias. Verdad es que el doctor Núñez, restauró oficialmente el brillo y el prestigio de la religión. Pero, en primer lugar, parece que las sirvientas no dejaron de confesarse ni de ir a misa en los más duros tiempos de impiedad; y en segundo lugar, no es probable que vivan ya muchas de esas desdichadas mujeres a quienes les tocó servirles a los constituyentes de 1863. Hoy existe una robusta cofradía de sirvientas católicas, que contribuye para el sostenimiento de la buena prensa y para la evangelización de nuestros hermanos que gimen aún en las tinieblas de la idolatría. Pero esa comunidad no ha decretado públicamente auxilio alguno para la estatua del solitario del Cabrero. No queda en pie sino una hipótesis aceptable: la de que fervorosos amigos del actual régimen político, necesitados de que su adhesión sea insospechable, obligan a las cocineras a suscribir cuotas, suministradas por ellos, para el monumento que simbolice la gratitud regeneradora. Y esta ligera superchería nada tendría de criticable, si el valor de la contribución no les fuera desconectado luego a las sirvientas, al fin de mes, de su reducido salario. Tomado de Glosario Sencillo, 1925. Luis Tejada Este periodista antioqueño (1898-1924) es considerado el padre de la crónica en Colombia. Algún colega lo llamó “El Azorín redivivo”, y el catalán Ramón Vinyes lo bautizó “El príncipe de los cronistas”. En abril de 1920 irrumpió en la página editorial de El Espectador de Medellín con una columna titulada Gotas de tinta, en forma de comprimidos que expresaban la dualidad de su espíritu desencantado y jocoso. Luego comenzó a publicar la columna Mesa de Redacción y a ocupar la sección de Cronistas propios del mismo diario. Tejada mantenía en sus crónicas un delicado equilibrio entre la narración y el comentario, la descripción y el juicio. Con claridad, riqueza de matices y poder de penetración, escribió sobre todo lo que giraba en su órbita, desentrañando el alma de las cosas, las personas, los instantes y los sucesos. Prefería los motivos pequeños: el sombrero, la corbata, la butaca o las ceremonias domésticas, que le inspiraron sencillos y sesudos razonamientos prácticos. Pero también se ocupó de temas complejos de la vida política, fiel a su temprano credo revolucionario. Atacó los privilegios de clase y el inmovilismo de las instituciones patrias; en esa línea sus crónicas rompían lanzas y denunciaban las corrupciones e injusticias sociales. Hacía referencia a la explotación de los obreros, a la inoperancia del Congreso de la República, a la política imperialista de los Estados Unidos, a las oligarquías aliadas con el poder. Sus escritos fueron recogidos en Mesa de redacción y Gotas de tinta, y han sido reeditados en varias ocasiones17. La mayoría de su obra la publicó en El Espectador; pero también colaboró en El Gráfico, Cromos, El Correo Liberal, Sábado, Universidad y El Sol de Medellín, y tuvo una breve experiencia periodística en el Rigoletto y La Nación de Barranquilla. Hernando Téllez, al reseñar el Libro de Crónicas de Tejada dijo: “Luis Tejada fue un prestigioso columnista de periódicos y como tal tuvo, seguramente, más lectores en un día que Platón en un año. Claro está que Platón, por razones conocidas, no escribió en los periódicos. A los 27 años dejó de escribir para periódicos y dejó de vivir”. Pero Tejada sobrevivió, y sigue vigente, porque supo mezclar la actualidad con lo intemporal En un bello homenaje que le rindió, José Gers afirma que este “filósofo de lo pequeño”, escribió sus mejores crónicas en el lecho o en una muelle butaca, porque su pereza era algo connatural, y no soltaba la categórica pipa de la boca. “No andaba colgado de las vanidades y reposó en la almohada de una deliciosa independencia. Tejada era un poeta del goce adorado de lo pequeño en su sentido literal” 18. EL TALENTO DE MORIR A TIEMPO El cable nos vuelve a traer noticia de Gabriel D‟Annunzio. Parece que aquel proyectado viaje a Tokio en aeroplano, de que se había hablado antes, no se llevó a efecto: el mágico señor de Fiume, resolvió más bien proseguir sus aventuras bélicas. Y ahora tenemos con que le ha declarado la guerra a Italia. Es una empresa fantástica, digna de la imaginación loca del poeta, pero ¿no creéis que de puro sublimes estas cosas de Gabriel D‟Annunzio se están haciendo ya un poco ridículas? La “pose” heroica se ha prolongado demasiado y no sabe uno qué pensar de esa obstinación absurda en querer convertirse a todo trance en el redentor de un pueblo que ya está redimido. Yo tuve la esperanza de que D‟Annunzio muriera en el apogeo de la guerra, estrellándose con su máquina contra una trinchera austríaca. Hubiera sido una muerte bella y digna de él, hubiera desaparecido como un héroe auténtico, cuando precisamente era el tiempo de desaparecer. Ahora ya es demasiado tarde, y aunque cayera como un valeroso soldado, bajo los escombros de su ciudad, no tendría la misma aureola gloriosa, y su actitud revestiría un carácter fanfarrón de dudosa sinceridad. Es que el momento de heroísmo ha pasado ya; cuando la guerra adquirió su violencia máxima, todo heroísmo se justificaba, porque aparecía metido dentro del ambiente general y armonizaba con el espíritu convulso y estupefacto del mundo; toda aventura, por inverosímil o extravagante que fuera, asumía una proporción lógica dentro del movimiento estupendo y anormal de los sucesos; hoy, a causa de la abundancia de héroes y de hazañas heroicas, la capacidad para admirar esas cosas se ha agotado en los hombres, sobre todo en los hombres discretos. ¿Más héroes? Pero, si los hay de todas clases, si el heroísmo dejó de ser una actitud excepcional y se hizo accesible a todo el mundo! Hay mujeres heroicas, niños heroicos, sacerdotes heroicos, reyes heroicos. En lo sucesivo, el heroísmo será una cosa de mal gusto, y hasta es posible que, como contraste natural, se cree la admiración de la sinvergüenzada, actitud rara y difícil que ya muy pocos son capaces de llevar a cabo. D‟Annunzio no ha tenido el tino delicado de volver a su vida civil con naturalidad ciudadana, ya que sólo logró perder un ojo en la guerra, y, por desgracia para su gloria póstuma, no alcanzó a morir en el momento necesario. Temo que vaya a sobrevivir a su época, que no sea capaz de adaptarse a la hora actual y a la hora que viene; quizá su mentalidad se ha quedado retrasada para siempre, se ha quedado fija en una posición determinada, en un momento preciso en que el poeta y el hombre se ajustaron exactamente al ambiente. Me refiero al momento de la guerra. D‟Annunzio, para mí, fue el poeta de la guerra, el verbo, la fuerza espiritual que se requería entonces; su elocuencia brillante y apasionada, armonizaba perfectamente con el trepidar de los cañones y con la agitación impetuosa de las almas. Pero D‟Annunzio no ha sido ni el poeta, ni el hombre de la postguerra; no ha sabido insinuar los ademanes ni pronunciar la palabra que piden con urgencia el hoy y el mañana. Ha decidido más bien prolongar su aspecto caudillesco y guerrero, en medio de una época que puede ser revolucionaria, pero que no sería precisa al menos. En el mundo discreto, D‟Annunzio pasará al principio, como un anacronismo extravagante; se le olvidará después; morirá al fin, un poco oscuro y pasado de moda. El, el de la célebre receta, no supo tampoco morir a tiempo. Ah! todos los hombres famosos deberían tener también el talento de morir a tiempo! El Espectador, 18 de diciembre de 1920. EL ESPIRITU PERVERSO DE LAS COSAS PEQUEÑAS Eduardo Castillo me hacía notar el otro día cómo todas esas cosas pequeñas que nos rodean o que viven siempre con nosotros asimiladas a objetos de uso personal, poseen una leve alma perversa, una minúscula alma hostil, juguetona y maliciosa que se complace en atormentarnos, en probar continuamente el temple de nuestra paciencia y la cantidad de resignación santa que Dios haya logrado poner en nuestros corazones. Hay días, por ejemplo, en que el botón del cuello resuelve rebelarse contra su cotidiano destino; se encabrita y salta o se escurre ágil entre los dedos u opone simplemente una resistencia pasiva pero firme y prolongada; cuando al fin, jadeantes, logramos acomodarlo en su sitio, entonces él nos pellizca la piel con maligna, con aguda ferocidad, como pudiera hacerlo una mujer furiosa. Hay días en que la caja de fósforos se nos pierde en los bolsillos; en vano registramos con minuciosidad por todas partes, hundiendo los dedos hasta en esos secretos rincones llenos de hilazas y de harinas que hay siempre en los tajes viejos, a donde van a refugiarse a menudo los lápices y las monedas; en vano vaciamos sobre la mesa los papeles y los pañuelos; en vano nos levantamos confusos palpándonos con cuidado para localizar en algún punto el pequeño rectángulo de cartón. ¿En qué misterioso escondrijo se ha metido, pues? Ese es un problema que yo no he podido resolver jamás; pero es lo cierto que por la tarde o al otro día, cuando descuidadamente introducimos la mano en un bolsillo cualquiera, la caja aparece allí, tranquila y risueña, como con perfecta conciencia de haberse burlado de nosotros. ¿Y qué se hacen las pantuflas que, al acostarnos dejamos paralelas y apacibles al pie mismo de la cama, y que luego, al buscarlas en la oscuridad, no las encontramos por ningún lado? ¿Y por qué cuando tenemos diez llaves en el llavero, la que ha de abrir llega siempre la última, o se escurre sigilosamente entre las manos hasta que demos cinco o seis vueltas a todo el llavero? ¿Y por qué cuando ya pensábamos que el lápiz nos lo habían robado y perdido para siempre, lo encontramos picarescamente escondido detrás de la oreja? Sin duda todas esas cosas tan vivas, movibles y sonrientes que revolotean constantemente en torno nuestro, poseen un espíritu propio, malévolo, histriónico, burlón, que nos hace la guerra, que nos es perennemente hostil. Hay veces en que el sombrero mismo nos insinúa gestos atroces y los botines nos sacan la lengua y el bastón se nos enreda premeditadamente en las piernas para hacernos caer; hay días en que al ponernos el saco no logramos encontrar de ninguna manera la manga correspondiente, o abotonamos cuatro veces seguidas el chaleco con los botones que no son. ¿Qué dios irónico y vengativo habrá insuflado en los objetos familiares, que debían ser buenos y adictos, ese principio de maldad, esa anímula sutil y guasona que tanto nos hace rabiar? Ese dios desocupado, y perillán, merece nuestro odio eterno. El Espectador, 20 de junio de 1922. EL AMOR ES COMO UN DOLOR DE MUELAS amor es una enfermedad del hígado tan contagiosa como el suicidio, que es una de sus complicaciones mortales. Sin embargo, ambas han sido convenientemente dignificadas, elevadas a una categoría sentimental, acaso por la imposibilidad de la ciencia para elaborar una terapéutica apropiada. La languidez, la suspirante actitud de las doncellas medievales que derramaban su palidez por una ventana con la misma seriedad con que una lavandera derrama un balde de agua, no era sino el resultado lógico de una alimentación pasada de proteínas. Pero lo más peligroso de la enfermedad amorosa es lo que ella tiene de teatral. No sólo en su esencia, sino en sus elementos accidentales. Tan pronto como se presentan los primeros síntomas, el paciente se vuelve impaciente, elabora argumentos, monta su aparataje escenográfico con el más complicado sistema de bambalinas suspirantes, de consuetas literarios, de telones decorados a brochazos de lírica timidez; y empapela las paredes de su pensamiento con cartelones aparatosos que anuncian una conmovedora obra ceñida a los cánones de un auténtico dramatismo de escuela, para después, a la hora de la función, salir con una pantomima. De allí que las más grandes obras de literatura universal, no tengan otro fin que encontrar la vulnerabilidad hepática del lector. Con el amor, como con toda enfermedad contagiosa, sucede que quien la contrae tiene indefectiblemente a quien cargarle la culpa. Aunque después venga el período del aislamiento, de la cuarentena sentimental, en que los dos enfermos, después de innumerables rodeos, logran encontrarse en el sitio espiritual donde su identificación sintomática comienza a acentuarse y su enfermedad a volverse crónica. El Es el período emocional en que el paciente puede ser desahuciado con la epístola de San Pablo. El hígado se anquilosa, la mujer palidece, el hombre pierde el apetito y se convierte en idiota o en filósofo. No le queda entonces otro recurso que especular sobre la metafísica del olvido, que unos —demasiado precipitados— resuelven con el suicidio, y otros con una papeleta de ruibarbo antes del desayuno. Revista Semanal Ilustrada Sábado, 2 de marzo de 1929. EL HUMO Para vergüenza y confusión de algunos amigos míos, que sin razón o con razón han resuelto dejar de fumar, voy a escribir este pequeño elogio del tabaco ¡Ojalá que mis palabras los aparten del peligroso camino del ascetismo, que haría de ellos al fin esa cosa monstruosa y horripilante que llaman hombre ejemplar! Hay que desconfiar siempre un poco de toda persona que no fuma. Qué otros tremendos vicios tendrá! Porque el tabaco es una delgada canal por donde salen y se dispersan en el infinito nuestros instintos perversos. Fumando se torna el alma levemente cándida y azul como el humo ligero. ¿Andáis buscando por todas partes con vuestra linterna al hombre bueno y feliz? Yo sé dónde lo encontraréis. Es aquél que está sentado en su habitación, frente a la ventana, al atardecer. Tiene la cabeza echada sobre el respaldo del ancho sillón frailuno. Las piernas estiradas y colocadas sobre un parapeto eminente. Mira caer la lluvia al través de los cristales pálidos. Fuma. De su boca, como de un pebetero hierático, asciende el humo en leves volutas, recto, grave, silencioso, adhiriéndose a las estrías del cielo raso, buscando los menudos promontorios de la madera para rodearlos, hundiéndose en los huequecillos y quedándose un instante prendido a los clavos solitarios, para difundirse al fin en la penumbra de los rincones. Ah, os prometo que ese es el hombre bueno y feliz! Sus pensamientos serán puros y elevados, y su alma se habrá abandonado al influjo de aquella columna inefable que surge de su pecho en ondas tenues y aladas. Dios lo ve porque su humo sigue hacia lo alto, como en el holocausto de Abel. El tabaco, tiene una santidad callada y emocionante. Es místico. Su alma será purificada por el fuego. La brasa encendida y misteriosa consumirá su carne y limpiará su espíritu. Ay! esas filas de largos y ascéticos cigarros que veis encerrados en sus cajas herméticas, son monjes severos que van a su Tebaida! La hoja humilde, encierra, sin embargo, la esencia de las transformaciones supremas que elevan y dignifican la materia; se convertirá en ceniza blanca, símbolo de la muerte y de la evolución de la naturaleza hacia fines inconocibles, y se convertirá en humo azul, símbolo del espíritu alado, que tiende hacia el espacio sin límites. El tabaco es cordial, fraternal, sencillo. En las penosas horas de trabajo nocturno, nos acompaña y nos conforta, porque posee una pequeña vida que Dios no concedió a las otras cosas inertes que nos rodean: los retratos mudos de los abuelos, las sillas tiesas sobre sus patas, los libros enfilados en el estante, el lecho solitario y blanco que descansa en una esquina. Nada se mueve, nada habla. Sólo el cigarro, colocado con la ceniza hacia arriba sobre el tintero, despide ligeras espirales móviles, inquietas, que nos hacen guiños minúsculos. Sabemos que algo palpita ahí, que una diminuta alma encendida se consume junto a nosotros y pasará. Pero esos retratos no pasan nunca y esas sillas estarán siempre ahí! Este medio cigarro que nace y muere, y es efímero, está más cerca de nosotros que todo aquello eterno. Es un resumen infinito de nuestra vida. Por eso nos consuela y nos acompaña. No fuméis amigos míos. Pero, ¡oh! cuán angustiosa y demasiado sola será vuestra soledad. El Espectador, Medellín, 1o abril de 1914. REFLEXIONES DE UN CRONISTA RECIEN CASADO Mi querido Pérez Sarmiento: Con cierta discreta indiscreción me pides para tu revista algunas reflexiones matrimoniales, ya que yo he cometido la sublime calaverada de casarme sin saberse cuándo ni cómo. Un paisano, muy aficionado a los chistes simples, decía que el matrimonio es un negocio en que el hombre pone el capital y la mujer los gastos. Tal vez haya algo de verdad en ello, pero en este caso, el matrimonio sería el único mal negocio en que sale ganando el perdidoso; porque se gana una mujer, esa cosa extraña y magnífica que es una mujer, ese delicioso animalillo de ojos fulgurantes, ese pequeño ser magnético que ves por la calle cubierto de pieles, tan mimoso y tan poderoso, tan delicado y tan fuerte, tan flexible y tan heroico. Además, tener una mujer pobre, garantizada para toda la vida, es el único lujo que se puede dar un muchacho pobre; porque los otros sports, aún cuando no cuesten mucho por sí mismos, sí requieren una decoración imponente; si te dedicaras, por ejemplo, al automovilismo o a la equitación, lo menos que tendrías que hacer sería afeitarte todos los días para que te diferencien hasta cierto punto de tu chofer o de tu jockey; dentro del matrimonio, en cambio, puedes vivir todo lo modestamente que quieras, porque tu mujer, si te ama, será capaz de acomodarse contigo en el ventilado palomar de un cuarto piso, y pasar, sin embargo, muy feliz. Amigo mío: la mujer es al mismo tiempo lo más decididamente lindo y lo más relativamente barato que Dios ha puesto en el mundo. En esto del amor, el matrimonio y la pobreza, hay una inefable paradoja que yo no he logrado comprender jamás, pero que resulta cierta: y es que dos personas pobres juntas son menos pobres que una persona pobre sola; la fórmula huele a enunciado de teorema; sólo que es también tan absurda y tan misteriosa, como todas las fórmulas exactas; yo no he podido explicarme nunca por qué menos por menos da más, en el álgebra de los números y en el álgebra del amor. Lo que sí aconsejaría yo a mis amigos que deseen casarse, es que no lo piensen mucho ni lo preparen demasiado; eso debe hacerse de una manera súbita y relampagueante, como cuando se va a tomar una ducha fría. A mí me preguntan a menudo: bueno, ¿y cómo fue eso? Y yo contesto que fue un accidente de viaje, porque yo iba muy tranquilo para Manizales, pero, de pronto, me casé en Pereira; y ¡claro! me tuve que devolver. Al fin y al cabo, el amor es una enfermedad del corazón, y lo más natural es que uno se case de repente. Y ahora, después del suceso, no he dejado de pensar un poco en las palabras de Sócrates, aquel viejo socarrón que hacía chistes trascendentales: «si me caso, me arrepiento, y si no me caso, también me arrepiento». Pero, viéndolo bien, ¿no será mejor arrepentirse uno de casarse que de no casarse? Porque lo único terrible e imperdonable que debe haber en el universo será el arrepentimiento de algo que no se ha hecho. Tu amigo afectísimo. Luis Tejada. El Espectador,7 de octubre de 1922 José Vicente Combariza (José Mar) en Santa Rosa de Viterbo en 1900, y también padeció la melancolía de la raza indígena de su coterráneo Armando Solano. A partir de 1918 se vinculó a El Espectador donde diariamente escribía finísimas crónicas y editoriales. En este último género alcanzó tal identificación de estilo con don Luis Cano, que los lectores no los distinguían: ambos eran sinuosos, sutiles, cáusticos; extraordinarios escritores políticos. En 1921 fundó con su amigo Luis Tejada el periódico El Sol, de vida fugaz, para difundir las ideas socialistas. También trasegó en la vida pública como congresista y diputado. Según Juan Lozano y Lozano, José Mar fue el autor casi exclusivo de la política de los periódicos liberales de Bogotá durante cerca de veinte años, y en esas miles de notas políticas filtró su pensamiento de izquierda: “Jorge Eliécer Gaitán en la tribuna y José Mar en la prensa son los verdaderos responsables de las tendencias revolucionarias en el país”. Mar fue un expositor fluido del marxismo y un gran defensor de la reforma constitucional de 1936. Alberto Lleras dice que nadie ha escrito en Colombia páginas políticas tan perfectas: “Su poder de síntesis, tremenda violencia de conceptos, dominada por una sobria rigidez y exactitud del estilo, lo hicieron el más temible, el más temido, tal vez el más odiado de los escritores públicos colombianos en los días de la oposición liberal” 19. A propósito de la publicación del primer tomo de la “Obra política” de José Mar 20, Ramiro de La Espriella escribió que la prosa política de Mar se iguala en ingenio y lucidez a la de Azorín y a la de Ortega y Gasset. En ella “la donosura del lenguaje va unida siempre a una sonreída ironía, una suerte de silencioso escepticismo que aflora punzante...” 21. En 1994 se publicó la antología de su “Obra literaria”, de donde tomamos las crónicas de esta selección. En el suplemento literario de El Tiempo (agosto 29/54) Ciro Mendía publicó este epitafio dedicado a José Mar, que murió en 1967: “Este siervo del bien, que no fue siervo de nada era un escéptico de redondo: en vez de carne prefirió ser cuervo, cuervo sin NUNCA MÁS mondo y lirondo. Era de porte asaz bolivariano, mucho más volteriano que mundano y era su stylus fino y peligroso. Murió de reumatismo y socialismo, una noche de perros en que él mismo su busto apedreaba en Sogamoso. Nació EL ESPIRITU HURAÑO DE LA CASA los periódicos de la mañana que la inundación de ayer descubrió a los ojos de las gentes callejeras todas esas cosas dulces que hay en la casa del hombre municipal, del buen hombre que tiene su hogar, su sabroso hueco donde puede calzar las pantuflas y sumirse en un silencio cariñoso. Una cara descubierta, ofrecida como un vientre abierto a la mirada de los extraños, da la idea de una horrible profanación. No es posible concebir las innumerables y modestas cosas que constituyen la amada fisonomía Dicen de la casa fuera de su sitio habitual. Es en un rincón insustituible donde la respetable cómoda revela toda su personalidad de señora ordenada que les teme a los ladrones. La cama acogedora no tiene para nosotros su alma materna sino en el sitio de penumbra que un día, cuando hicimos el trasteo turbados como unos emigrados, le escogimos con el mismo cuidado que ponemos al elegir en la visita el lugar para la silla de nuestra madre vieja y enferma. Si una mañana para mejor hacer el aseo del comedor la gruñona sirvienta saca al patio los asientos y la mesa desnuda del mantel, tenemos la impresión de un acto injusto y nos parece, mirando a través de los vidrios, por encima de las soperas rechonchas, que ese alegre cuartico, el más frágil y ruidoso de la casa, no es el mismo donde todos los días tomamos el caliente desayuno y pensamos en nuestras graves cosas de nosotros. Yo tengo del hogar una noción antisocial, egoísta y feudalista. Me encierro en él con lo que es mío, entrañablemente mío, lleno de un inefable sentimiento de clausura y de soledad, y me siento profundamente libre dentro de esa pequeña prisión, única cosa tranquila sobre esta loca bola del mundo. Cuando cierro tras de mí el portón y pierdo la odiosa visión de la calle con sus ruidos y sus gentes, me parece que he roto heroicamente todas mis relaciones gregarias y recuperado una dignidad apacible y triunfante. Y si un visitante viola mi aislamiento, sus “buenos días” me dan la impresión de un grito de guerra que yo recojo en lo profundo de mi ser y devuelvo con mis ojos huraños, con mi grávido silencio, fuente de emoción en la suave soledad, coraza magnífica ante el enemigo. Dentro de la casa el enemigo es el hombre extraño que llega de la calle, con su criterio ciudadano, su grasa social, su terca cortesía y se sienta en nuestras sillas familiares, contempla los retratos de los nuestros y mira nuestras flores que ha cuidado, con sus manos blancas, nuestra amada mujer. Sé que la hospitalidad fue una virtud de gran eficacia en otros tiempos, cuando no había nacido la industria de los hoteleros; pero pienso que hoy no tiene razón de ser, y que sólo a base de una buena hospitalidad al visitante se puede sentir lo que es la casa, vivir el hogar, saborear este ambiente grato de las cosas que uno, y sólo uno, ve en las horas domésticas, cuando nos desprendemos de la garra pública. Un hombre hospitalario es probablemente un héroe sublime, o un estúpido que no entiende el maravilloso don de la soledad, o un depravado que ha perdido la aptitud para la libertad. No, no es bueno ni humano ceder, ofrecer, prostituir en el comportamiento este rincón del mundo donde uno ama y descansa, este pequeño cofre lleno de cosas queridas cuyo oculto sentido ningún extraño puede comprender. Guardemos nuestro refugio caliente y cerrémoslo al mundo grosero, porque en él somos amados y solitarios. El Espectador, 25 de abril de 1925. Tomado de La obra literaria de José Mar, 1994. PSICOLOGIA DE LA DICHA Para la edición de Año nuevo abrió alguno de los muchachos que trabajan en el periódico una encuesta sobre la felicidad. ¿Cómo le fue a usted en el año?, era la pregunta excesivamente superflua hecha por el encuestador. Claro que al interrogado le había ido bien, lamentablemente bien, y no tenía ningún interés en aparecer menos dichoso que los demás. Cuando yo me convencí de que realmente un individuo que no vivía en mi casa deseaba saber la cantidad de felicidad o de desventura acendrada en mi corazón durante el año, consideré que se trataba algo así como una violación de domicilio y me fui por las calles estridentes en busca de un amigo íntimo, filósofo humorista, con quien, muchas veces había conversado acerca de la felicidad en abstracto, no de la felicidad mía, o de la de él, o de la del tabernero. A mi amigo también le asombró lo maravilloso, lo inaudito y extraordinario de mi situación: alguien tenía la intención de informar al público —oigan ustedes, al público— no propiamente sobre mi vida durante los doce meses anteriores, sino sobre el estado sentimental que el paso sucesivo de 365 días había creado en mi escondida y huraña alma de hombre. Con los codos sobre la mesa del café, mirándonos el uno al otro como unos perfectos místicos, creo que ambos tratábamos de encontrar una explicación a la pregunta y de hallar una respuesta que ni directa ni indirectamente encarnara una contestación. Respóndele, exclamó mi amigo, que eso no le importa a él. La felicidad, continuó, está en una glándula divina que desplaza una energía interior, invisible, incoercible e imponderable, como el radio. Nos podemos servir de ella para no pegarnos un tiro en el cráneo, pero no la podemos explicar en fórmulas concretas y presentársela al público para que la admire o la apetezca; y en caso de que nos fuera posible hacerlo, nadie tiene el derecho para exigirnos esa repugnante exhibición. ¿Cómo podría presentarse usted a una persona digna y decirle tranquilamente: hágame el favor de informarme, caballero, señora o señorita, cómo le ha funcionado el hígado durante el año, sírvase usted mostrármelo, que deseo noticiar al público acerca de esto? Yo tengo bien mi felicidad, durante el año no ha sufrido ninguna congestión, ni se ha atrofiado por causa de inactividad. Usted conserva, en buen estado su dentadura, no le han sacado ninguna muela en estos doce meses pasados. Pero ¿qué le interesa eso a la opinión pública, y sobre todo, hay alguna ley que le dé a alguien el derecho de preguntarme a mí cómo ha venido funcionando mi felicidad, o a usted cómo han estado sus dientes? ¡Ah!, pero si usted, amigo mío, va a contestar que eso no le importa a nadie y mucho menos a la colectividad social, las gentes creerán y dirán que usted no ha sido feliz. En cierto modo se da así una respuesta y la felicidad de uno, por mejor que haya estado durante el año, no será aceptada por el público. Usted quedará como un enfermo de la felicidad, es decir, como un desgraciado. Entonces los hombres le harán víctima de su compasión ¿y no sabemos acaso lo que la compasión del prójimo significa para nuestra felicidad, que es angelicalmente orgullosa? No, amigo, no conteste usted nada. La felicidad no se puede publicar justamente porque todos la publican y nadie sabe quiénes están o quiénes no están enfermos de desgracia. Cuídese de ese señor que ande preguntando por la felicidad de los hombres. No deje descubrir la suya, guárdela como una bella cosa robada, téngala en su casa dulce, en su alma recóndita e invulnerable. Ese señor puede ser un detective. Cómase usted su felicidad, como hacen los ladrones de esmeraldas. Usted la abrigará y la purificará con su sangre. El día que no la vea nadie, usted será más feliz. El Espectador, 5 de enero de 1925. Joaquín Quijano Mantilla Nació en Piedecuesta, Santander, en 1875 y murió en 1949. Luchó en la Guerra de los Mil Días en el bando revolucionario, hazaña que le proporcionó suficiente “munición” para sus crónicas, pues en calidad de guerrillero fue capturado y enviado al destierro. Novedoso cronista popular, con una quijotesca capacidad para verse envuelto en aventuras y lances de folletín en cuantos lugares visitó. Tan desmesuradas eran sus historias, que cobró fama de mentiroso, por ello tituló “Sartal de mentiras” uno de sus libros de crónicas publicado en 1924, en el que aclaró: “...en realidad nada hay más verídico y sincero que mis crónicas. Casi todas ellas son auténticos trozos de mi vida [...]. Pero no hay nada más difícil de creer como la propia vida!”. Desde antes de los veinte comenzó a escribir en Lecturas Dominicales de El Tiempo —de cuya tertulia era el principal animador—, en la revista Cromos y en otros periódicos de Bo-gotá, y en ocasiones usó el seudónimo de Juan Balaguero. Hacia 1920, con 45 años, era uno de los cronistas más leidos de la pren-sa nacional. La razón, según Eduardo Castillo, era: “su filosofía del vivir, ladina y socarrona a ratos, pero siempre comprensiva —como podría serlo la de un viejo confesor habituado a bucear en las almas, posee una suave virtud tonificante” 22. Calibán le dedicó en 1919 una nota que decía: “Nadie como él posee el arte de escribir cosas profundas, sutiles, sencillas, envueltas en una forma encantadora y amena, sin pretender ser profesional de la literatura”. Una crónica como “Los grillos”, que aquí se reproduce, revela su capacidad de observación y de fineza. Esa ternura también la expresa al evocar seres simples y primitivos; tipos campesinos que retrata con la fuerza del realismo. Tenía una íntima comunicación con el pueblo y un espíritu revolucionario que lo llevaba a escribir lo que él llamaba “crónicas comunistas”, para alentar la repartición de la tierra. Dejó inconcluso un libro sobre la entonces inminente revolución proletaria en Colombia. Quijano Mantilla, quien decía que su prosa era parroquial porque nadie le había enseñado a escribir, dejó este sencillo testimonio en el prólogo del libro “Cuentos y enredos” (1922): “Mi vida no ha tenido más campo de observación que los rastrojos, las cárceles, los arrabales de las ciudades y las bárbaras vendetas de las gentes de alma atravesada”. “Sartal de mentiras” es el libro que recoge sus crónicas más deliciosas. Sobre este volumen escribió Tomás Rueda Vargas: “Su segundo libro de crónicas pulcramente editado en las prensas de Cromos ha sido un éxito, y es que el escritor santandereano no es un cronista de tres al cuarto; es un escritor en toda la extensión de la palabra, que siente sus temas y que si les da la ligera forma de crónicas es para hacer llegar su pensamiento más fácilmente a las gentes en una época frívola y atareada como pocas; que si llama mentiras a sus verdades es porque sabe honda y dolorosamente que la humanidad de hoy (quizá la de siempre) bebe con más gusto el agua si se le hace creer previamente que es alcohol impotable...” 23. Otros libros publicados: “Cuentos y enredos” (1922), “Al sol de agosto” (1923) y “Andanzas de un desocupado”. EN LAS GARRAS DEL MAL no había querido hablar de la anemia tropical, porque tengo fama de mentiroso y trapalero entre algunos conocidos de esos que suelen darle a uno palmaditas en el hombro y decirle que lo quieren bien, y porque pensaba que toda la tinta que gastara en llamar la atención pública hacia la necesidad de librar al país de esa inmensa dolencia, no tendría ningún resultado y sí podría entrañar perjuicios para algún tercero. Porque es común, entre nosotros, llamar la atención Yo pública hacia determinadas necesidades para luego sacar a la luz un buen contrato que dé pingües rendimientos. Por fortuna el asunto de la anemia tropical no ha sido hasta hoy campo apropiado para la especulación de los contratistas, pero tal vez por eso el interés tiende a decaer, y aún cuando hay espíritus optimistas que confían en sus esfuerzos, y en la ayuda de lo desconocido, el mal es tan grande, que solamente un esfuerzo nacional podrá remediarlo. Antier, cuando pasaba aún tambaleante por las calles de Bogotá, después de hacerme la primera cura, un cafetero rico y colorado, me preguntó con aire dogmático: —¿Por qué está usted tan flaco y amarillo? —Porque tengo anemia tropical, le respondí. —No, hombre, me contestó, echándome en la cara el humo de su habano legítimo; la anemia es un mito y solamente les puede dar a los que andan descalzos. Yo, que llevaba en la cartera el análisis, saqué el papel y se lo puse a la vista, leyéndole en voz alta: “Señor Quijano Mantilla. H. Uncinarias-II-2. H. Tricocéfalos -II-2. -Ascaridé-II-1. junio 2 de 1920. Doctor Manuel Antonio Rueda Vargas (una preparación)”. Y como nada me pudo argumentar, me dijo apretándome la mano para despedirse: —Eso se cura con un timol. No olvide cambiarse diariamente el calzado, usar guantes y tomar el agua filtrada y hervida. Si no hubiera sido por la premura del tiempo, yo le hubiera dicho también muchas otras medidas preventivas que he leído en los libros, para no contraer la enfermedad. Pero en la práctica parece muy difícil el triunfo. ¿Qué pueden las medicinas suministradas en la forma que se usa actualmente? Yo creo que nada. El enfermo toma el timol o el quenopodio, una o dos veces; luego vuelve al cafetal con los pies descalzos, se mete a los pantanos en tiempos de invierno, anda por las plataneras, bebe agua sin filtrar, transita obligatoriamente por las veredas por donde el sol no ejerce ninguna influencia bienhechora, anda por sobre los polines de las vías férreas infectadas por los pasajeros que se sirven de los retretes de los carros. Los que toman el agua llovida ignoran que los gallinazos dejan sobre las casas los parásitos que llevan en las patas; los que toman el agua de los manantiales, dejan lavar en ellas las ropas de los niños anémicos. Los cabos de las herramientas no se desinfectan, las cuadrillas de peones ambulantes de los trenes y de los caminos, no hacen uso de ninguna medida preventiva para no infectar los lugares por donde pasan, y por sobre todo, la mayoría de los obreros carece de ropas de repuesto. Yo quisiera que los que se preocupan de nuestra regeneración material, bajaran a la vida de nuestro pueblo y compartieran con él sus necesidades. Hay hombres que solamente descansan los domingos, que no fuman, no beben, no juegan, y sin embargo no pueden tener un par de pantalones de repuesto. Cuando se les rompen los que tienen, se ven obligados a sacar a interés dos o más pesos, pagando hasta el 20 por 100 para comprar unos nuevos. Hacen lo mismo para reponer la camisa y el sombrero, y cada seis años se aventuran a comprar una ruana. La esposa y los hijos para poder vestirse, deben ayudar al dueño de la casa jornaleando. A los niños se les pone el azadón cuando sus manos están todavía torpes para bailar el trompo; las niñas van a los cafetales llevando en sus talegas de recolección las muñecas de trapo, y las madres, después de hacer un caldo de agua, cebolla y sal, van también al trabajo dejando en el chinchorro al pequeñuelo en compañía del perro sarnoso que dormita en la puerta del rancho soñando con un hueso pelado. Y a estas gentes se les da el timol y se les aconseja andar con botines, tomar agua filtrada y leche de vaca por único alimento durante el día de su medicación. Como si conseguir una botella de leche en estos climas no fuera tan difícil como la solución del problema de La Quiebra en el Ferrocarril de Antioquia. Ayer, no más, un hacendado me decía: —Yo no puedo darles la leche a mis arrendatarios, porque las vacas que tengo apenas dan para el café de mi familia. Y en otras partes, se viaja hasta una legua en busca de una botella de leche, si no es que se desiste de ordeñar las vacas al verles los ojos de súplica que ponen mostrándole a uno el ternero lleno de nuches, y más triste que los muchachos de los ranchos. Yo tengo una comadre, a quien le conseguí durante seis meses una botella de leche diaria, para dársela a mi ahijada que es una especie de momia. En ese tiempo se convirtió en una criatura llena de vida, al paso que sus hermanos pasaban la vida aletargados en el alar de la casa, y no abrían los ojos sino para mirar el curso del sol o para ver si los transeúntes les tiraban un pedazo de pan. Y así, en su generalidad, a los niños de estas regiones no se les oye nunca una carcajada sonora, ni se les ve jugar, ni se les puede sorprender en el semblante un solo deseo de juventud. Los alimentos ordinarios se componen de guarapo, pedazos de plátano colino, cuatro fríjoles colorados, y de cuando en cuando un pedazo de carne de ganado muerto de ranilla o de carbón sintomático. Y armados de esa manera, se les dice que deben combatir la anemia tropical. Yo he visto verdaderos atletas caer bajo la continua succión de esos animales invisibles. Llegan de sus tierras boyacenses llenos de vida, se internan en los cafetales o se colocan en las vías férreas y al poco tiempo se les ve decaer hasta quedar convertidos en espectros buchones que semejan renacuajos en dos patas. Toman el timol y reviven milagrosamente, pero como nadie los obliga a cuidarse ni a repetir la dosis, al poco tiempo contraen nuevamente la enfermedad y sucumben sin esperanza. Hace un tiempo vi caer a Teófilo Martínez, un hombre de una fortaleza inquebrantable. Todo en él era destinado para la lucha. Espíritu arisco, en los trabajos estaba siempre aparte y hacía más que los otros peones. Nadie como él para arrojar la bola en los juegos del día domingo, nadie que le diera a la mujer palizas más bien dadas. Cargaba los muletos sin ayuda, araba sin gañán y manejaba una almadana con tanto desembarazo como un martillo. Y Teófilo cayó herido por la anemia tropical. Hijo del barbecho, luchó contra la astenia con entereza, y en sus últimos días, en la huerta de su estancia, yo le veía enarbolar en alto el azadón y tratar de no dejarse conocer cuando las comadres de la vecindad murmuraban su flacura, y meneando la cabeza le decían como para no confesar claramente sus temores: —¡Pero como está de traspasao! De esa manera sucumben a diario los mejores y más fuertes de nuestros labriegos. —¿Y qué quiere usted que se haga?, me dice un amigo. —Pues hospitalizar a los que se estén medicinando, respondo; enseñarles a vivir con higiene, construyendo granjas modelos, que puedan ser a la vez campos de experimentación para las escuelas agronómicas, y crear una renta para combatir la uncinariasis, que tenga como base la exportación del café, aún cuando yo tenga que dar también se mi cosecha. De lo contrario, no se salvarán sino los que puedan usar 20 pares de botines, otros tantos guantes y que no vean como la aparición de un cometa la llegada de un vaso de leche a su casa. Los demás tendrán una alegría pasajera después del timol o el quenopodio, y desilusionados como tantos, irán al hospital de carne de ensayo o caerán en el surco de su labranza como Teófilo Martínez, para ir a la presencia de Dios sin calzones y descalzos. Día de mi primera salida después de la toma de quenopodio y de los dos frascos de aceite de ricino, de 1920. El Espectador, 26 de junio de 1920. LAS VIEJAS DE RENDON Visitando al artista Rendón he visto en su estudio la figura de dos viejas de Rionegro de Antioquia, de las que esperan en vano comprador para sus arepas en los tendales de la plaza pública. Siempre había extrañado que nuestros pintores pasasen de largo ante esos cuadros que son como el lento atardecer de la existencia. Las viejas de Rendón tienen una tristeza resignada; en ellas puso el genial humorista montañés todo el pesar de su alma tranquila y honda, toda la poesía del incienso y de las agonías. Acurrucadas ante un miserable tendal de comestibles, las viejas esperan con la cabeza baja, suponiéndose resguardadas de la intemperie por la sombra de un paraguas recargado contra el suelo. Las cuatro rodillas como cuatro estacones, los ojos inmóviles, las manos sin expresión. Quien las vea, pasará de largo, y ellas, resignadas y tristes, irán suspirando a medida que los rayos del sol les vayan dando en la cara. Por la tarde, entre el bullicio de las gentes, levantan su mercancía, y sin mirar a ningún lado, volverán a la vivienda, a sentarse de nuevo a pensar. Son como las sacerdotisas de una divinidad fracasada. En todo lo que emprenden, hay desde luego las probabilidades del insuceso, y ellas se agitan irresolutas, ante la completa inmovilidad que les da la idea del sopor de la muerte, y que hace asomar a nuestros labios una protesta contra la dura ley del trabajo, cuando el cuerpo decae, y el alma parece prendida contra su voluntad a esos escombros que agonizan. Porque el trabajo de las viejas nunca se tiene en cuenta ni se agradece, aun cuando jamás se les vea descansar. Conozco cinco viejas que viven siempre ocupadas, que a todo mundo le desean ventura, que bendicen a los niños y les obsequian a los desgraciados lo que ellas habían de comerse, y nunca he oído decir que sean buenas ni en las donaciones que se hacen con motivo de ciertas festividades les han merecido para hacerlas dignas de una simple merced. Y sin embargo, las viejas son las que en las horas capitales de nuestra vida están al lado nuestro, las que no se avergüenzan de nuestros fracasos, ni huyen de nosotros cuando las enfermedades incurables nos hieren, las que lavan nuestros cadáveres con beatitud, ungen nuestros cuerpos con sus manos temblorosas, y ponen un beso de amor en nuestras carnes martirizadas por los dolores: ¡son nuestras madres! El Espectador, 29 de abril de 1920. LOS GRILLOS Sobre los grillos como sobre las serpientes, están los prejuicios hacinados. Se les tiene como perjudiciales para las sementeras, y es común oír a los labriegos al hacer las cuentas de la cosecha: —Si no hubiera sido por los grillos... También tienen fama de ser destrozones por naturaleza, y si un campesino deja en el suelo su ruana, cualquier rotico o desgarradura que le vea, se lo achaca a los grillos. Cuando una persona come con voracidad o se alza con lo que no le pertenece, las gentes del campo dicen de ella: —Tiene muela de grillo. Las pulgas y los grillos son los enemigos capitales de las mujeres y nadie podrá dar un comino por la vida de un grillo, cuando una mujer, después de acostarse, prende un fósforo, coge en una mano un zapato y en la otra una vela. En ese instante el animal necesita desplegar toda su estrategia, toda la marrullería de que supo dotarlo la madre naturaleza. Acurrucado en un rincón, observa con sus ojillos picarones y risueños, hasta que ya cansada su perseguidora, se sienta en la cama, principia a bostezar, se hace una cruz y sacudiendo la punta de las frazadas se dispone a dormir. Entonces el grillo da un chillido y salta al otro extremo de la alcoba. La mujer, impaciente, vuelve a calzarse, toma la vela, y como si fuese a sorprender una cuita de amor, se acerca en puntillas para volver a sentarse malhumorada, maquinando los más atroces martirios para el pobre animal que vino a turbar su sueño tranquilo. Hasta las niguas gozan de cierta simpatía entre los seres racionales, y yo les he oído decir a mujeres de pies adorables: —¡Qué rico es tener una nigua! Y otras dicen con cierta coquetería: —Yo soy muy sabrosa para las niguas. Pero nunca se les oye una palabra de conmiseración para los grillos. Sin embargo, los niños los tratan con cariño, tal vez porque los grillos gritan como ellos y son juguetones e inofensivos. He visto en una cajita de cartón una familia de grillos, y jamás les oí gritar; apenas, de cuando en cuando cantaban con una vocecita agradable como para darle gracias a la niña que los protegía. Los grillos tienen un idioma completo para entenderse con sus semejantes y su chillido ostentóreo es a la vez su única defensa. Sus enemigos mortales son las arañas. Muchas noches los he visto entrar en mi aposento, en busca de refugio. Adelante el grillo, y poco después, la grilla con todos los grillitos. Buscan lo más muelle que encuentran, y allí forman su cama para estar protegidos por la luz contra los animales que los persiguen. Entonces es cuando dicen las gentes que los grillos destrozan las ropas por solo picardía. Ordinariamente, los grillos viven debajo de las piedras en los cimientos de las paredes y en los barbechos. Los arrieros los tienen como remedio para ciertas enfermedades de las bestias, y con frecuencia les arrancan las patas para dárselas en bebedizos misteriosos. Es para lo único que los consideran utilizables. Yo he presenciado las angustias de un grillo despatado. Como su única defensa está en los saltos, después de mutilado se arrastró por el sendero con el espanto en los ojillos y la más triste actitud, hasta que un pollo lo atrapó. Todos los animales han tenido quien cante su vida, o quien les prodigue consideraciones pero los grillos solamente han llevado a cuestas la antipatía de las gentes por haberlos dotado el Creador con la estridencia de su violín unicorde. Y sin embargo, por ellos tienen los montes, los rastrojos y los llanos de las tierras cálidas, esa perenne sinfonía que no deja penetrar los corazones del dolor del silencio; por ellos, el eco de nuestros pasos no nos acobarda en las noches oscuras, cuando a tientas por los senderos, vamos como abstraídos en el chillido de los grillos que todo lo domina, y que es como una consoladora letanía entonada a los genios de la noche. Calumniados y aborrecidos, dan sin egoísmo lo que tienen, y cantan por cumplir su misión biológica sin aspirar al agradecimiento, porque saben que si enmudecen, las selvas, los rastrojos y los llanos se tornarían en inmensos cementerios, donde solamente podrían escucharse los pasos de los hombres heridos por el silencio de la naturaleza, que es acaso el más cruel de los silencios! Originalmente publicado en El Tiempo, reproducido en El Espectador, 30 de marzo de 1920. Ricardo Uribe Escobar este escritor antioqueño que nació en 1892 y murió en 1968 dice su antologista, Livardo Ospina, que fue mejor escritor que Luis Tejada en el género de crónica ligera y picante: “Uribe Escobar fue un maestro; para mí, el primero entre los de su tiempo y difícilmente superado después. Más ilustrado que su contemporáneo Tejada, y mejor escritor, siendo Tejada muy bueno”. Según Adel López Gómez (Ellos eran así), Ricardo Uribe Escobar, “era un joven abogado de gran porvenir, elegante, rico, mujeriego y neura”. Uribe Escobar escribió en El Heraldo de Antioquia en los años veinte, pero su colaboración más recordada fue la que sostuvo en El Correo Liberal. También escribió en el diario, de su hermano Eduardo. Livardo Ospina recogió las crónicas de Uribe Escobar publicadas entre 1921 y 1923 bajo el título de “Mi Almanaque”, y firmadas con el seudónimo de Alfonso Ballesteros, con el que Uribe Escobar fingía ser el más viejo de los escritores del pueblo, aunque no llegaba a los 40 años (pero él impostaba la voz como un sesentón y confundía las fechas). En realidad se quedó solterón empedernido y compartió su muelle vida con una sobrina, a menudo citada en sus crónicas. El Correo Liberal apareció en 1915 y Uribe Escobar fue uno de sus directores en 1921; el más joven, con sólo 29 años. En 1924 se retiró de la dirección de El Correo, después de haberle dado estatus intelectual y de ser reconocido como el más brillante de los periodistas de su época. En los artículos de Uribe Escobar se nota la influencia de Carrasquilla, quien llamaba afectuosamente a su pupilo, “lumbrera”. Siempre remata su crónica con algún cuento, anécdota o chascarrillo de sabor local. Sus blancos favoritos eran los conservadores, los curas y los judíos, a quienes denunciaba sin pelos en la lengua y con un permanente tono zumbón. Sus crónicas están llenas de recursos expresivos, de diálogos, de coloquialismos y de verdades como las catedrales que retrata. Son especialmente memorables sus arremetidas sin piedad contra los presidentes Marco Fidel Suárez y el General Pedro Nel Ospina. Si se dice que Rendón hizo trastabillar cuatro regímenes conservadores con sus caricaturas, Uribe Escobar les dio la estocada con sus crónicas salerosas. El Almanaque de don Alfonso Ballesteros fue la columna más leída de la prensa local entre 1921 y 1923, y se recopiló en 1983. LLAMARADAS Y HUMORADAS Sobre Todas las cosas de este mundo tienen dos caras: la que provoca el llanto o la aflicción, y la que nos hace reír y aun alegrarnos en ciertas ocasiones. Claro que a veces la intensidad trágica del acontecimiento hace posible sacarle el jugo cómico, cual sucede en presencia de un agonizante a quien no podemos celebrarle los divertidos y graciosos gestos que hace. Es curioso que con ser tan viejo el espectáculo de la muerte, no le hayamos cogido confianza y no nos atrevamos a divertirnos a su costa, como ocurre, por ejemplo, cuando algún prójimo pierde el equilibrio y se da algún nalgazo o enseña partes interesantes y sonrosadas... cuando es prójimo la víctima de las cáscaras de plátano o de los alisamientos traicioneros. No es que yo vaya a buscarle risa al siniestro espantoso del último sábado, pero ni yo ni el alacrán podemos con el genio y por eso tengo que anotar los comentarios cómicos que provocó el incendio. Cuénteme mi sobrina que casi todas las mujeres de la Villa acudieron al teatro del acontecimiento —como decíamos ahora tiempos— en trajes no modestos ni vestidores como quisieran los miembros de la honorable Junta de Censura. Dizque había muchas enseñando, por debajo de los abrigos, los ribetes y encajes de las camisas de dormir y tan transparentes que, a la luz del incendio, representaban espectáculos de cine que lo dejaban a uno frío, a pesar del calorazo que despedían los edificios que el fuego devastaba. Lucían otras las piernas desnuditas, porque en la precipitación olvidaron las medias, y no faltaban quienes enseñaran, bajo las gorras, trencillas apretadas y marrones multicolores. Me dice también mi sobrina que una gentilísima dama se vio de pronto como parada sobre un pedestal de blanca espuma, que algunos maliciosos tomaron por un montoncillo de ropa blanca, escurrida traicioneramente hasta los pies calzados con dos botas distintas. Es seguro que muchas encontrarían novio y otras lo perderían, por la desilusión consiguiente al desarreglo. Otro caso curioso fue el de una mujercita del pueblo que decía a su vecina: —¡Qué le parece, qué gente tan mala! No permiten pañar nada y más bien dejan que todo se vuelva chicharrones. Mi muchacho corrió a ver qué cogía, pero esos lambones policías, apenitas lo vieron pañando unos papeles, le echaron mano y se lo alzaron. ¿No es admirable esta idea simplista del pueblo, muy natural y lógica? Así dizque lo comprendió don Ismael Correa, quien les dijo a los policías y particulares que trataban de ponerle a salvo los licores de la droguería: — Bébanse eso, muchachos, antes que se queme... Me cuentan, además, que cuando el fuego paseaba sus lenguas rojas y devoradoras por todo el frente de la manzana trágica, uno de estos judíos del marco —descuadrado ahora— de la plaza, ofrecía en alta voz acciones de la Cía. Colombiana de Seguros a tres pesos, y dicen que alguno ofreció pagarle a dos noventa y cinco, para no perder tiempo. Me gustó mucho también haber visto el domingo por la mañana a un curita que se paseaba frente a las ruinas, cantando suavemente aquel bambuco de Julio Flores: Oye, bajo las ruinas de mis pasiones. Quien sabe qué lúgubre asociación de ideas despertaba en la mente del lírico levita el espectáculo de aquellas humeantes ruinas. N. de. E. Crónica motivada por el incendio que arrasó el centro de Medellín. Octubre 31 de 1921. Tomado del Almanaque de don Alfonso Ballesteros, Medellín, 1983. UN SALTO MORTAL He leído, en El Correo que un caballero bogotano se arrojó al salto del Tequendama, que es como decir se lanzó al abismo horrible de la muerte. Es indudable el más bello modo de salir de Colombia para siempre: un suicidio poético, épico, heroico, y acuático. Quitarse la vida es cosa reprochable y pecadora, pero es tan feo dejarse morir en una cama, entre el mal olor de los medicamentos, rodeado de los curiosos del barrio, de los criados y de la parentela, todos con los ojos clavados en la cara del agonizante, viendo los ridículos gestos que uno hace para soltar el alma, con una mosca rebelde en la punta de la nariz, conque dizque lo ayudan a uno a bien morir, y pensando en el hoyo negro, frío y estrecho, en los latines de Leonel y Quintín, en los rezos del padre Henao y en el negro Sapirrias, con sombrero de copa y fumando tabaco, llevándolo a uno a los brincos, en su coche ridículo, al cementerio. Yo quisiera poder ejecutar mi salto mortal en el mismo salto del Tequendama, tranquilamente, sin avisarle a nadie y dejando una tarjeta de despedida para la Patagonia. De este modo me evitaría todos los inconvenientes apuntados, le ahorraría a mi sobrina el fastidio de las visitas de pésame y los gastos de entierro, no se verían obligados los periodistas a hacerme el suelto necrológico de cliché, ni les daría ocasión a mis amigos de recordar mis faltas y debilidades. Pero ahora recuerdo que no sé nadar... 1921, 7 de junio. Tomado del Almanaque de don Alfonso Ballesteros, Medellín, 1983. OTRA VEZ EL TRANVIA No me explico por qué motivos —viejo desconfiado— me dejé llevar del entusiasmo en la otra semana al hablar del tranvía. Me parece que por allá en abril o junio había dicho yo sin recato mis sentimientos de viejo práctico, a propósito de la llegada de los rieles al Parque de Berrío. Después el otro día, cuando estrené mis posaderas en uno de los caracoles eléctricos, me enculequé completamente y quise convertir en aeroplano el tranvía, es decir, ponerlo por las nubes, deslumbrado con la bonitura de los vagones y con algún contacto esférico femenino que me tocó en suerte esa ocasión y del que no había querido acusarme, porque no está bien que las personas serias hablemos de esas cosas. Pues ayer tarde volví a hacer la gracia. Había subido yo a Buenos Aires a dar un paseo y se me antojó bajar arrastrado. Esperé la máquina en una esquina por más de media hora. Llegó al fin, alcé la mano izquierda, para que lo pararan, me acerqué y de pronto me vi empujando y estrujando y tirado sobre uno de los asientos, porque cuando yo trataba de subir, diez o doce muchachos y cuatro o cinco hombrones se precipitaron a la portezuela, y sin pagar siquiera, casi por sobre mi cadáver, se metieron al carro, sin que el conductor hubiera tenido tiempo de cobrar, ni de imponer el orden, ni de hacer sus devoluciones en la máquina registradora. Ya colmados los ánimos, tomó camino el aparato; pero a las dos cuadras se detuvo porque dizque el colega que subía tenía que cambiar primero, no sé dónde. Cansados de aguardar, a los cincuenta minutos nos bajamos todos los pasajeros y nos vinimos en el caballito del Señor, que es el único que no se resiste, ni hace cambios, ni pone función. Cuando el Ferrocarril de Amagá hacía sus primeras salidas, venía por la carrilera una mañana, tropezando con los polines, una pobre vieja con un racimo de plátanos a la cabeza. Uno de los pasajeros, compadecido, en una de las frecuentes paradas que hacían antes los trenes de esa línea, le dijo a la viejecita: —Súbase, mi señora, que yo le pago el tiquete. —Dios se lo pague, mi amo, pero es que voy de afán— le contestó la vieja. Diciembre 7 de 1921. Tomado del Almanaque de don Alfonso Ballesteros, 1983. Libardo Parra Toro (Tartarín Moreira y Dr. Barrabás) Libardo Parra nació en Valparaíso, Antioquia, en 1898, y murió en 1954. Más conocido como Tartarín Moreira y Doctor Barrabás, a partir de 1915 publicó sus Latas del día, en verso, en El Correo Liberal. Colaboró principalmente con crónicas y poemas humorísticos, de acentos muy urbanos, en Sábado, Raza, El Bateo, El Diario, El Correo de Colombia y El Heraldo de Antioquia. El personaje de melancólica mirada y sombrero de medio lado, adoptó el seudónimo que lo haría famoso de la novela de Daudet, “Tartarín de Tarascón”. Fue uno de los integrantes más jóvenes del grupo los Panidas, o “los alborotadores”, como también los llamaban por las juergas que armaban en el café El Globo o en el Jordán. Después de mucho deambular en la bohemia y de ganarse la vida como detective, secretario, escribiente en notarías y juzgados, terminó en la miseria. Sin embargo, sus amigos cultivaron la leyenda de Tartarín, el artista que fue fiel a un ideal romántico de la vida. “Crónicas de Tartarín” es el libro que recoge sus mejores textos. A propósito de este libro, Lucio Selgas dedica una nota editorial en El Diario de Medellín a Tartarín, y lo retrata como una persona muy colérica —tan rabioso como una pitorá—, que por ello eligió el seudónimo digno de su temperamento: Barrabás. “Pero el tal Barrabás sabe reír a mandíbula batiente y de allí esas crónicas suyas ágiles y traviesas leídas por el gran público. Libardo es el tipo de guasón genuino. Dice las barbaridades más grandes con una frescura de agua de tinaja y luego se pone serio como un valencista despechado. Ahora ha sacado a relucir todo su buen humor en un libro de crónicas que está siendo éxito de librerías” 24. “Aquí entre nos” es el título de la selección de sus crónicas periodísticas, publicado en 1932. “Cancionero, verso y prosa”, es el último volumen que se publicó de la obra de Tartarín (1985). Y queda una joya por reeditar: “Las crónicas del Dr. Barrabás y Kitadolor” (Medellín, 1930). ESTOS BLANCOS Todavía, sí señor, todavía hay un gran número de personas a quienes les gusta desempacar un tercio de pergaminos rugosos para estregárselos en la cara a quien se atreva a dudar de su abolengo inmaculado. Todavía hay quienes se crean entroncados con antiguos virreyes y nobles dinastías. ¡Qué les parece, hablar de buena familia en este tiempo de los matrimonios hechos sobre medidas, de los grandes saltos de muchachas por encima de los tejados; en este tiempo en que el factor principal para la adquisición de una mujer es una pianola y cuatro rastrillones de un bucéfalo colimocho al frente de una ventana! Es de notarse que las más inclinadas a estas distinciones ridículas son las señoritas. A más de veinte les he oído pronunciar una palabreja que debe escribirse en italiano, porque suena mañé. No hace muchos días, una con quien tuve el gusto de volear las zancas en la Fiesta de las Flores en un raitán, me decía, haciendo un mimo de contemplación extra: “nosotras somos muy pobres, pero de muy buena familia...”. —¿De veras?— le respondí. Pues qué le parece que no lo sabía. Y era imposible adivinarlo, pues la prójima esa tenía perfil de calabazo, con una pelambre ensortijada que parecía una totumada de frutas de yerbamora, y piloteaba un par de patas como las de don Eliseo Velásquez. Hay muchas que sabiendo que son un chapurreado de zambo con mulato, le sueltan a uno tamaña catilinaria para demostrar su origen limpio de toda mancha. —Nosotros venimos de los Casafuses y de los Benjumeas, españoles que fijaron su residencia por los lados de Angelópolis. Esos Casafuses y Benjumeas eran nietos de los Aguirres de Pavaraudocito, y los Aguirres eran primos dobles de Amar y Borbón... Esas cuentas me las hizo una vez un tipo con cara de senegalés y hocico marca Mongolia, mientras yo le observaba una churumbela de trompa, con unos labios que parecían dos rodillas y un pelo acurrucadito, que para tomárselo hubiera sido menester recurrir a unas tenazas de punta microscópica... A una primita mía también se le metió que era la mar de blanca, pareciéndole testimonio suficiente un lindo cabello rubio, una boquita donde a duras penas cabía un beso y una piel satinada y blanca. —¿Por qué no fuiste al paseo, rubita? —¡Gas!... con esas zambas... ¡Ah pereza! —¿Y es que tú estás creyendo que eres parienta de Byron? —Pues más bien siempre. Eso me dijo y salió haciendo un gesto encantador, que era como la llamada a un beso, mientras yo me puse a pensar en ma Pedro, un viejecito roñoso tío de mi prima, yerbatero y pariente muy cercano de los Bedoyas de Andágueda, unos mulatos con cuatro cuadras de espalda, tres metros de jeta y más brutos que Arana Torrol. Aquí hay muchas que acostumbran juzgarse por el buen plantaje, por su buena cara y por tener la piel desteñida, eso que se creen y ahí me las tiene usted diciéndole negro a todo hijo de vecino y desdeñando infinidad de pretendientes, sin saber que hay mucho curioso que enterado de su procedencia, suelta cada chiste a su costa, emparentándolas con mestizos analfabetas que heredaron un apellido sonoro y sangre de veinticuatro razas negras distintas. No quieren comprender que tienen apellidos heredados de gentes a quienes sirvieron, doblando la rodilla sus remotos bisabuelos. Ni quieren comprender tampoco que el poquito de sangre buena que tienen, procede de una recua de bandoleros que se zamparon a estos tierreros a cometer barbaridades con las indias, sus bisabuelas, y de individuos como el perro Vasco Núñez, caricortado y malapaga, quien se tuvo que meter entre un barril, para librarse de las culebras que lo acechaban en Santodomingo. Nada de eso quieren comprender. Y tanto es así, que un domingo en la retreta me preguntó una chica, bastante pinchada, si el joven que en ese instante pasaba mirándola sería mañé. —Explíqueme qué quiere usted preguntarme —le dije. —Simplemente que si es de buena familia. Pues no puedo decirle nada. El único dato que puedo suministrarle es el de sus apellidos, que son los siguientes: Y con la más mala intención de que fui capaz, le solté los cuatro primeros, que eran los de la interrogante, precisamente. —¡Ah! Pero entonces es de muy buena familia, remachó. —No sé —le dije. Aun cuando no son testimonio de ello esos ademanes de indio aburrido que se gasta, ni ese pelo churrumbo, ni esa boca de hotentote, ni ese achatado perfil de negro zulú, ni esas manazas de yumeka bodeguero... Eso le dije, por no contestar con la frase aquella tan de uso entre muchachas de escuela: ¡Cómo ño, moñengo! El Bateo, 12 de junio de 1926 “Crónicas de Moreyra” NO LLUEVE Es cuestión resuelta que no llueve. No quiere llover. “No hay agua”, parecen haber contestado los dioses atmosféricos al plañir unísono y cristiano de la feligresía que ahora suda y se congestiona, se baña y resopla por el calor sofocante. “No hay agua y hemos suspendido toda clase de lluvias y ventarrones”, han dicho, y es cosa sabida que a sentencia de garitero... apelación a la quinta eme. Y necesitamos mucha agua: agua para ponerle diques a esta polvareda de las calles y de las carreteras, en donde las olas del polvo nos envuelven, nos ahogan, nos hacen invisibles y nos hacen tragar por las narices la caspa eterna de la tierra cabezuda y caliente, tan aporreada por los pies de tantas bestias y por las patas de tantos hombres. Agua para bañarnos, agua para hacer fecundas las cosechas y para quitarnos de encima este velo de humo y de polvo que está sobre nosotros, haciéndonos aún más dura la brega diaria. Suda en su bufete el señor de la gran barriga, desesperadamente. Por las lindes de las orejas le chorrea el sudor por goterones del tamaño de una albóndiga; la frente está empapada, el asiento se le pega al mapamundi; la franela está agarrada al cuero y el genio lo tiene de mil demonios, más caliente aún que el mediodía crepitante. Suda el dependiente, suda la dactilógrafa, suda el contador. En la calle pasa la vieja empapada, venteándose con el labio inferior hacia arriba. Pasa la muchacha, sacudiéndose como gallina en subterráneo, y vamos todos presa de una angustia y repitiéndonos siempre la eterna letanía: ¡Qué calor! Agua piden del río los viajeros que están espantando zancudos y viéndoles los hígados a los caimanes que, con las fauces abiertas, también piden agua. Agua quieren los tenderos para que el río suba y les traiga la mercancía que se pidió hace nueve meses; agua reclaman los montes que ya no cabecean al soplo de ninguna ventolera; agua quieren los plantíos y todo cuanto en su faz avienta al aire esta tierra inhabilitada para el pródigo fruto. Pero el cielo dice que no hay agua, y nosotros debemos seguir sudando amablemente, conformes y resignados. En la calle, pasa un auto y nos envuelve en polvo y basuras, cambiando el color de nuestros zapatos, inyectándonos por las narices la cimiente del catarro y la neumonía. Pasa un camión y cubre toda la calle, hace sacar todos los pañuelos, toser a más de un viejo reumático y estornudar a la mayor parte de los transeúntes. No nos vemos. Nos topetamos, los ojos se nos irritan, seguimos sudando y apenas, como una triste misericordia, un leve viento nos acaricia la faz aguada, al mismo tiempo que le levanta las faldas a una señora y nos echa un polvero encima. Por lo de la levantada de las faldas no hay inconveniente, pero es intolerable lo del polvo, lo de esa polvareda que a toda hora nos estropea. El caso es que si a un sujeto narigón le examinan los pulmones, es seguro que le encuentran monedas de cinco, cargaderas viejas, varillas de corsés y todo cuanto desperdicio rueda por estas calles. En la cama, de noche, el cliente bufa como buey azotado, se revuelve entre las sábanas, convierte la frazada en un abanico, levanta las patas, se pone boca arriba, y empapando la almohada y anegando el colchón, despierta todo húmedo, después de un sueño obsequiado por el calor atosigante y no por el fenómeno natural del organismo y de la noche. Las señoras, casi seguro, se soplarán todas con la camisa dormidora, ventilándose de tal forma que las formas se refresquen, haciendo caso omiso de la cobija caliente y del marido que a su lado estará en las mismas, volviendo un abanico la suave piyama, atacado por refrescarse y a cuatro metros de su consorte que, por su vecindad y naturaleza, le aumentará el calor a cuarenta grados. El calor ha puesto grandes comodidades en las mujeres, sin dárnoslas a nosotros. Ya en la calle van desprovistas de todo elemento interior, sueltas, frescas, la blanca o morena piel al aire, sin que haya combinación de ninguna clase y con la combinación tan diáfana y traslúcida como la falda leve. Vaya a hacer lo mismo un hombre y salga en pantaloncillos traslúcidos, a ver si no lo para un policía en la primera esquina. Quítese saco y camisa exterior y salga mostrando la pechuga, a ver si no le atarrajan 48 horas, por inmoral. Y esa sería la única manera de refrescarse, sabiendo que Albania queda en una altiplanicie donde los vientos refrescan, hay aire y hay pulgas que pican como escorpiones. Por eso necesitamos mucha agua, agua a dos manos, a chorros, por descargas, agua a destape. Pero los dioses atmosféricos no quieren escuchar nuestras quejas, no quieren hacer caso a las demandas y rogativas, no se conduelen de nuestras largas noches y de nuestros días de calor y de polvo. Nada. Y a sentencia de garitero... apelación a los infiernos, si bien estamos por creer que en los propios infiernos estamos, asigún (sic) estamos chirriando, víctimas de esta hoguera entre la cual corcoveamos como demonios en rijo. El Bateo, Medellín, 29 de marzo de 1926. LOS INCASABLES Es tropa. Es escuadrón. Es casi una plaga en esta tierra el número de los tipos incasables, de los solterones que ya empiezan a desinflarse por los cachetes y a quienes se les ven venir los años por boca y nariz. ¡Y las mujeres que se dan cada tropezón por cada uno de estos abuelos fracasados! Y ellos como si nada. Porque ahora están las mujeres que se agarran de la primer pretina que se les ponga a tiro, como el náufrago a la primer tabla de barril que pase sobre una ola. Van y vienen lanzando unas miradas inéditas, unas miradas de tatabra convaleciente, como pidiendo socorro, en un grito que se deshace en la angustia de sus ojos, de esos ojos medio cenizos que ya empiezan a sitiar profundas arrugas en donde el polvo se mete por trimestres vencidos. Y ellos, como si nada. Vejestorios, que aún sueñan con paseítos, a la luz de la luna, miraditas al sesgo, sesión se patines y five tee o‟clocks, resistiéndose al empuje de los almanaques, a la manera de esas mulas sardas que no quieren pasar de la puerta en donde se les picó caña durante veinte meses. Cuarentones pasteurizados que no han pensado nunca en el devenir tristísimo de la soledad absoluta, en el crepúsculo de la vida... (¡Upa!). Pero cada uno hace de sí lo que le da la gana, y ellos están en su derecho de envejecer, de sentir que se les aflojan las rodillas, de que al levantarse dan un pujido y al mirarse al espejo parecen cepillos viejos con pelos diseminados alrededor de los mofletes escurridos. Están en su derecho y bien pueden esperar los sesenta sin haber incurrido en la debilidad de estrenar botines y “chimenea” para ir de brazo al tramojo femenino ante un sacerdote que los descabelle con la fatal epístola. Y puede que hasta tengan un poquito de razón. ¡Pero que no patinen! A esa edad cualquier movimiento fuerte es peligroso, y yo he visto en el Rialto a más de cuatro ancianos (vulgo solterones) bregando por adquirir elegancia, sacando a flote un malgatrio más flojo que una enjalma vieja, exponiéndose en cualquier caída a un par de coronas y un tejemaneje en la Agencia Mondragón. En el Rialto los he visto haciendo nucas a las muchachas de catorce, dando la impresión de un abuelito complaciente que sale a rodar con la nieta, y los he visto en sus casas (por docenas) repatingados en los butacones elegantes, adormecidos como esos perros viejos apestados de chanda, con un mechón de canas sobre la frente rugosa. Les parece que esos “cuarenta y nueve tan bien conservados” les van a durar toda la vida, y que a los ochenta todavía hay por allí una vieja que quiera cargar con ellos. Y se equivocan. A ninguna mujer le gusta un marido todo desbaratado, lleno de pestes, con la nuca plegada y las narices chorriadas a toda hora. Un marido que se está quejando de reumatismo y que confunde un arrebol con una nube para echarle mano al paraguas; un marido que no más se duerme abre tamaña boca y empieza a emitir unos ronquidos de marrana madre. Que no se estén creyendo. Está bien que no se casen. Bastarían dos circunstancias para no resolverse al negocio. Las Empresas Públicas Municipales y la sirvienta. Eso es suficiente para hacer fruncir a cualquiera, para hacerlo “mamar” si acaso está comprometido. Y todo esto sin contar la traílla de chismosos que siguen la vida ajena, con el exclusivo objeto de lanzar al mercado de los malévolos la última invención de sus mentes pervertidas. No se había visto gente más “marrana”, más insolente y más estúpida para hacer chismes que la de esta tierra de las múltiples congregaciones pías. Y los solterones son los más veteranos del chisme. Pero el día se les llegará de la soledad absoluta, para desquite de nosotros los perfectamente casados. El día de levantarse arrastrando las tiras de los calzoncillos, tosiendo y frunciéndose por detrás a cada pujido, tocando una rapsodia con las alpargatas con acompañamiento de estornudos secos traqueteantes, de esos que acaban en un prolongado y ronco quejido. El día de encontrarse con la camisa sin botones, unas medias con la punta como de carey, el sombrero lleno de polvo y la cobija oliendo a revolcada de mico. Porque ya es sabido que no hay solterón maduro que se preocupe del aseo, no por falta de dinero, que a veces son hasta ricos, sino por falta de una mujer. Hay que ver las lidias para sacarse una nigua de un jarrete, con las barrigazas de hipopótamo que se manejan algunos. Y hay que verlos por la mañana, quejándose de gota, con las dos patas delanteras como las de un elefante, sin una compañera que les ayude a lidiarse las novedades. En fin. Si con este careo no entran, que pierdan la esperanza esas otras candidatas a dormir eternamente solas, y hasta algunas mocosillas que irían de buen agrado al pie de la vicaría con uno de estos “quedados”, tan sólo por el gusto de seguir la corriente. La corriente de casarse con cualquiera, pero que sea asunto de “ya”. Porque eso tienen las ganas de casarse. Que les da a todas y a toda hora, y el pequeño arquero que adorna los tocadores manda sus flechas hacia los cuatro puntos cardinales. El Bateo, 23 de mayo de 1928. Jaime Barrera Parra Nació en San Gil, Santander, en 1890 y murió sepultado bajo el techo del Teatro Alcázar de Medellín, en 1935. Comenzó su carrera periodística en el diario La Nación, de Barranquilla y en 1928 se vinculó a El Tiempo donde se consagró con la columna Notas de Week-end. También fue el primer director de Lecturas Dominicales del diario capitalino y escribió con frecuencia las Notas del día, comprimidos con verdades como puños que hicieron escuela en la literatura periodística. Jaime Barrera puede considerarse un renovador de la crónica periodística en Colombia, después de Luis Tejada. Introdujo en la literatura nacional el desenfreno de la metáfora y un sentido moderno del adjetivo. Algunos estudiosos afirman que con Barrera Parra se inició la generación literaria de 1930, porque pese a pertenecer al grupo del Centenario, innovó el lenguaje periodístico con formas de expresión poéticas inimitables, como bien lo señala Lino Gil Jaramillo en la semblanza recogida en este libro. Un año antes de morir trágicamente, el famoso escritor santandereano estuvo en Antioquia como corresponsal y registró con agudeza los sentimientos, costumbres, temperamento y paisajes antioqueños. Pero, sobre todo, expresó su asombro por la pujante ciudad industrial que desató su verbo vanguardista. Su audaz lenguaje imprimía un timbre sonoro a los temas menos poéticos, como eran las fábricas y las industrias antioqueñas. Gracias a estas crónicas se ganó el título de “El Redescubridor de Antioquia”. Uno de sus artículos más recordados es sin duda el que dedicó a Ricardo Rendón en su muerte: “Ricardo murió de un acceso de lógica. La mano firme, labrada por una fiebre de veinte años empuñó la pistola con la pericia con que esgrimiera el lápiz. El, el genio satírico más vigoroso de media América, se defendió a pistoletazos contra la vida, temeroso de morir en caricatura”. A su muerte, sus amigos recordaron al periodista de figura alta y desgarbada, con el infaltable habano rubio en los filosóficos labios, que en su cubículo de la sala de redacción montaba guardia todos los días a la vida colombiana. Entre sus libros de crónicas periodísticas se cuentan Notas del Week-End (1933), Panorama antioqueño (1936) y Prosas (1969). UN GRAN “DESCOMPLICADERO”: MEDELLIN Para hacer la monografía del pueblo antioqueño no se necesita ser el conde Keyserling, porque todas las cosas están de bulto: la naturaleza, que es efusiva; las costumbres, sueltas y claras; la política, fuerte y parlante. Uno de los hechos que basamentan la vida de estas comarcas es el amor instintivo al suelo, a “lo que da la tierra”. Un capítulo de ese libro imaginario que yo escribiera sobre todas estas sinfonías de almas y paisajes, tendría que llamarse “Olán, aguardiente, café y fríjoles”. Dentro de esta factura hay algo más que cuatro productos: hay una situación social y es lo que se pudiera llamar el terrigenismo antioqueño. La alimentación es ancha y es sápida. Ha colaborado responsablemente en la construcción de una raza que precisamente tiene sabor y tiene anchura. La culinaria antioqueña es categórica y deleitosa. El maíz, aparentemente monótono, tiene una diversidad de expresión por otros pueblos desconocida. En los bares corrientes, donde se consumen los licores más finos, el antioqueño de la calle — “the man in the street”— sorbe café y bebe aguardiente. Aquella “posición social” que alguien pedía para el anisado, se la dieron los antioqueños. No se trata de abaratar el aperitivo o el alcoholismo, sino de consumir a todo trance lo espontáneo y lo natural, lo que representa el hecho económico. Desde los tiempos más campechanos, hasta estos otros más esbeltos del “Country Club”, el anís ha presidido fiestas y enredos, veladas y pendencias. En las montañas azules humeaban los alambiques del contrabando llenando de alegría corazones y bolsas. Hoy la Renta, que es una de las más ricas y guarnecidas de la República, da un licor nacional que tiene fragancia y lumbre. Se le toma con naturalidad y con orgullo, sin ponerle nombres burlescos. En las casas más chicas, amuebladas con amor y con despilfarro, provistas de bodegas suntuosas, se le ofrece al huésped una copa de anisado o de ron, porque es lo más castizo. La bebieron los fundadores del patriarcado, los que le dieron a la población antioqueña glorias y cañones, blasones y bisnietos; la tomaron los bohemios y los poetas, los revolucionarios y los políticos. Hoy, después de años y de lustros, después de que las costumbres han tomado un corte más fino, conserva el aguardiente de Antioquia, fabricado con pulcritud y sin avaricia, su renombre, su “posición social” y su aroma fino. Olanes, muselinas, telas claras y frescas incendian las casas. Las llevan las mujeres frescas y claras, estas mujeres de ojos árabes que son el poema de Antioquia. Las mismas mujeres asombrosas portan las más finas toilettes y las más espléndidas joyas, con una distinción integérrima, lo mismo en la calle que en los salones, pero en el interior predomina la sencillez más estricta. Esta sencillez es el mayor encanto de la vida antioqueña, es lo que les da a los hogares su tono y su atmósfera. Los niños juegan son sapiencia, con una alegría matinal. Todo es claro y fluido: la luz que se pone a saltar en los corredores y hace reverberar jardines y lozas; la conversación, deliberadamente “sin importancia”. Medellín, que es un centro de cultura intelectual desde viejas épocas, siempre equipado por espíritus de la mayor complejidad y altitud, conversa dentro del “desabillé” verbal más gracioso. Esa propensión a lo espontáneo y a lo fácil, que parece ser una de las características de la raza, es lo que ha formado la literatura antio-queña, que es, sin duda, dentro del gran tablero nacional, la más sustanciosa. Un pueblo de epigramáticos habituales no puede pro-ducir estos relatores de la montaña, de la mina, de la venta, que tiene Antioquia. Al margen del fenómeno general, desde los ángulos de lo personal y de lo súbito, se encuentra el observador con los más complicados espíritus de mujer, con los diálogos de sofá más arduos. Pero lo que domina la conversación es la frase rápida y el comentario a rienda suelta. Antioquia es lo que se pudiera llamar un “descomplicadero” nacional, una gran piscina para los atormentados, para los enfermos de taquicardias intelectuales, para los intoxicados del libro y de la vida. Una antioqueña es un mecanismo de animación tan esdrújulo, que frente a él no hay Leopardis ni Werthers que no se rindan. Alegría de vivir. Gana de vivir. Impulso y temperatura. Todos estos componentes, diluidos dentro de una dosis perfecta, sensibles al turista que llega por estos valles, producen una sensación física de descanso. Universitario capitalino que andas literalmente deshecho de trescientas psicopatías, roído por unas amarguras traducidas del inglés, del francés y del italiano, víctima de un universo que no conoces, vente a mi balcón del Hotel Europa. Todo esto que ves: los árboles, el agua, las mujeres y el cielo, se han hecho para reedificarte. Si la neurastenia de Medellín se cura en Arranca-plumas, la fatiga de Bogotá se disuelve en la “Quebrada-arriba”. El Tiempo, 2 de marzo de 1934. EL QUINDIO HA MUERTO La inauguración de la línea directa Bogotá-Cali representa para la aviación nacional una de sus más cumplidas victorias. Si desde el punto de vista material implica la posibilidad del viaje de ida y vuelta entre la capital vallecaucana y el altiplano dentro del lapso de cuatro horas, significa, desde el ángulo óptimo la burla de la máquina a las más arriscadas montañas de la república. “El Quindío ha muerto”, declaraba ayer uno de los periodistas que viajaron a bordo del trimotor “Cali” cuando la máquina orgullosa, después de haber salvado los abismos más espantables del Tolima y de Caldas, proyectaba su sombra de pájaro apocalíptico sobre las llanuras tolimenses, y momentos después sobre la Sabana de Bogotá, sociable y amorosa para la rueda. El Quindío era el rodadero nacional por antonomasia. Con él se nombraba la epilepsia geológica y topográfica que hizo de este país un siervo de la vertical, obligándolo a vivir dentro de embudos sucesivos. El Quindío era la vorágine sobre la cual robustecieron las piernas a una raza de conquistadores y labradores, en un cuadro de proporciones épicas. Y es precisamente desde la ventanilla del trimotor como se puede admirar en toda su luz y su geometría lo que fue la colonización sobre los abismos. Las ciudades que allí florecieron al paso de las hachas imperativas son un grito, de afirmación, que no puede destruir la ironía más enciclopédica. De regreso a Cali, volando entre la niebla sobre la llanura vallecaucana, toda temblorosa de sus pastos y de sus aguas, de sus garzas y de sus reses, de su luz que repiquetea sobre las pupilas, descendimos al aeródromo de Cartago, sabedores de que allí terminaba el viaje risueño para arruinarnos la aventura. Allí comenzaba el Espanto porque iba a comenzar el Quindío. Se quedó atrás el Cauca y el río de la Vieja. De pronto brilló Calarcá, que era el camino de la muerte. Se estiraba la cinta de la carretera a Ibagué con un serpenteo malicioso y las ciudades y las aldeas, los paseríos y los burgos. Se sentía el frío de la altura. Alguien se puso muy nervioso e hizo reflexiones inofensivas sobre los avances de la aviación, sobre la seguridad en la ruta aérea. Todos conversábamos casi a gritos como para acrecentar la velocidad y espantar las nubes. Viajábamos sobre un adefesio de colinas y ranuras que sólo hacían amables las casitas y los sembrados. Abajo, a cuatro mil metros o algo más, la vida era amable. Era la vida lógica de los hombres con su rancho, con su mujer, con el corral donde pastan, lentas, las vacas. El aire es el camino de los cóndores. Y estos cóndores de acero y de aluminio, con su corazón y su entraña de gasolina, aumentan la taquicardia de la vida contemporánea, acorrada, bajo la velocidad como bajo un látigo. Vimos a San Miguel de Perdomo, tierra amable para quienes la atraviesan en automóvil, a pie o en borrico. Ya sospechábamos la cercanía de Ibagué, que era un hipotético campo de aterrizaje. Fulgió el Combeima con reflejos de estaño líquido. Comentamos, procurando divertirnos con la retórica, el poema de la revolución tolimense salido de la inspiración de Darío Samper, que conoce el vino del Gualanday, el caney, los llanos y los palmares. Fue entonces cuando estalló el júbilo del viajero y el diagnóstico refrescante. El Quindío “había muerto”. Había muerto como un instrumento de pánico. Pero vivía con su jeta abierta, con su formidable jeta botánica, con su feracidad espantable, con su alma perpendicular, amasada bajo las pezuñas de los bueyes. Y vimos llenos de claridad infantil al río Magdalena. El trimotor se tragaba espacios. Isócronos y firmes, sus motores ronroneaban el imperial orgullo de su dominio. Bajo ellos, ya se despeñaba Cundinamarca, con su ferrocarril a Girardot, con su carretera de Salgar, con su hotel Apulo. Una alegría geográfica se apoderó de todos nosotros. A la derecha y a la izquierda surgían las poblaciones que conocíamos: Sasaima y la Mesa, Agua de Dios y San Juan del Río Seco. Pero todo ese plano inclinado que dulce parecía comparado con los murallones del Cauca, con las barrabasadas geométricas del Quindío. Y nos dedicamos a charlar, masticando “chiclets”, que son una estrategia del aeronauta. La goma de mascar evita el mareo y le da a quien la masca cierta sensación de inocencia. La inocencia es un argumento jurídico contra los accidentes aéreos. Y toda esa horizontal verde e imperturbable que ya nos acariciaba los ojos era la Sabana de Bogotá, que es la traducción al francés del Valle del Cauca. El Valle es patético. La sabana es rigurosamente flemática. Pero el uno y la otra son el descanso de las alturas. Brillan las palmas y los eucaliptos dentro de la hermandad más perfecta. Llegamos a Techo. Hundimos los talones en tierra firme. Alguien sacó un reloj e hizo esta advertencia: “Del Guabito a Techo, dos horas y cinco minutos”. Es así como se enuncia el poema. Lo demás es pura aeronáutica. Para qué describir el paisaje aéreo? Ese paisaje es muy voluble. Se viaja por entre algodón o se viaja por entre añil. Desde la altura se ama la tierra, la tierra que es la patria de la hormiga, del perro y del hombre, del helecho y de la enredadera. Y se entiende la concepción arrevesada de la pintura, y la originalidad furiosa del Cosmos. Las inundaciones del Cauca dejaron aguas muertas que relampagueaban con relámpagos de amatista, de zinc de antimonio. Toda esa variedad química la atrapaba el ojo desde el avión y no se puede ver de otra manera. La importancia social y económica que tiene la ruta aérea Bogotá-Cali debe ser tratada en distinto modo, lejos del carrusel metafórico. Desde esta página desmayada, puro esquema cromático e imperfecto de un viaje feliz que inició uno de los más interesantes servicios de la aeronavegación en Colombia, presentamos nuestros más profundos y sinceros agradecimientos a las altas dignidades de la “Scadta” y a todo el personal que nos facilitó la perfecta realización de la correría [...] (restan dos párrafos de agradecimientos...). El Tiempo, 21 de octubre 1934. UNA PEQUEÑA INVENTIVA AL CHALECO El mayor argumento que puede esgrimirse contra el turmequé, nos decía ayer un distinguido sportman, es que habitualmente hay que jugarlo en mangas de chaleco. Como no alcanzáramos a entender la fuerza de la argumentación, nuestro amigo nos hizo una pequeña homilía. El chaleco, dijo, es una prenda de vestir rigurosamente íntima. En rigor de verdad es subsidiaria de la americana. En tal virtud un hombre en mangas de chaleco es una caricatura de hombre. Da la impresión de un híbrido, de una pobre bestia inclasificable, evadida de una fauna desconocida. Un hombre desnudo da la impresión de una fuerza bruta, como la de un volcán. El ministro que va de levita a inaugurar el busto del héroe arrastra consigo la dignidad de una civilización que ha hecho de la sastrería su mayor aliada. El sastre es un creador de riqueza porque valoriza la anatomía humana socializando el “eterno esqueleto” de que hablaba Barbusse. La camisa es púdica, el delantal y la blusa son dramáticos e ilustran el ambiente de las revoluciones. El sweater es mórbido y da la sensación de una cultura friolenta, pero en los campos de foot ball se redime de esa aureola y le da al jugador una virilidad complementaria. Pero el chaleco... El chaleco solo, impúdicamente exhibido sobre la camisa, es el símbolo completo de la barbarie. En la época de Théophile Gautier se pusieron de moda unos chalecos estridentes. El terciopelo vino así a cubrir el vientre de los poetas. Parecían uno de esos gusanos decorativos que ilustran la Enciclopedia Espasa. Al escampar el chaparrón romántico, todos esos corseletes cromáticos perdieron su fuerza. Andan por ahí en el bridc-a-abrac de los museos. A pesar de carecer de brazos, son organismos esencialmente declamatorios... Entre nosotros las mangas de chaleco pudieran representar a cabalidad toda la fisonomía pintoresca de nuestro “cachaco de pueblo”. Mientras el turmequé no recurra al sastre para la confección de un vestido propio, o bien, prescinda del chaleco con perfecto desdén por el pneumococo, el juego nacional será un espectáculo ridículo. Sus equipos darán una impresión de náufragos. Habría otras apropiaciones metafóricas que hacer sobre la materia. En la política, en la literatura y en el arte existen también las mangas de chaleco. Se llaman Sótero Peñuela, Enrique Wenceslao Fernández, dos o tres pintamonas de cuyo nombre no quiero acordarme. Y terminó así nuestro amigo, el sportman: “Manco, jocoso, inacabado, medio profiláctico y servicial, camarada de los catarros, amigo de los fósforos y de las monedas de níquel, carente de toda dignidad, el chaleco es un organismo bufón que exige la noble protección de las solapas”. Tomado de Notas del Week-End, 1933. Germán Arciniegas Maestro de generaciones de escritores de prensa que nació con el siglo y sigue escribiendo su columna semanal en El Tiempo. Fundador de la revista Universidad (1920), de la Revista de las Indias (1936), e impulsador de numerosas empresas de divulgación cultural, como su Biblioteca de Cultura Colombiana, con 130 títulos. En 1918 publicó su primer artículo en El Tiempo y en pocos años se convirtió en jefe de redacción y director del diario. Fue el más entusiasta animador de la generación de los Nuevos, que se quería sorber el mundo. Y ha sido uno de los escritores más legibles y prolíficos de nuestra prensa, con más de 10 mil artículos y de 50 obras publicadas. En el libro “Diario de un peatón”, Arciniegas recogió cerca de 60 notas publicadas en la sección Cosas del día de El Tiempo —entre 1935 y 1936—, una antología de pequeñas obras maestras, entre ellas, “Historia de un estornudo”, “Estampa inglesa”, “El caballero del aguacate en la mano” y las que se incluyen en este volumen. A propósito de “Diario de un peatón”, Luis Eduardo Nieto Caballero (Lenc) destaca a Germán Arciniegas como el primer humorista de Colombia por su aguda observación, rápida descripción y poder de síntesis: “Cada frase es un comprimido, un resorte enroscado, lleno de fuerza, de sugerencias [...] Este es un libro con fósforo de zinc. Va directamente al cerebro, lo despeja, lo robustece, lo prepara para lucubraciones propias [...] es un cascabel lindamente sonoro por lo bien escrito, es para niños. Para esos niños que llamamos filósofos”25. En la primera época de la revista Cromos (1916) Germán Arciniegas sostuvo la columna Anécdota, en la que alternaba dos o tres temas tratados con su estilo culto y elevado. En los años cuarenta fue constante colaborador de El Tiempo, donde también pasaba de los temas serios sobre política a los más ligeros tocados por la gracia de su humor, y no ha dejado jamás de escribir sus crónicas, adobadas con anécdotas históricas, memorias personales y reflexiones de viejo soñador y amante de la democracia. Como Proust, siempre anda en busca del tiempo perdido, de las cosas perdidas, para insuflarles nueva vida. ESTA PARA LA FIRMA Cuando recibo una carta, invariablemente pienso en contestarla. Pero no es que lo piense así no más. Yo medito la respuesta hasta en sus detalles más íntimos. Peso cada palabra para resolver, por ejemplo, cuál ha de ser el tratamiento más adecuado: si digo muy señor mío, o querido amigo, o, sencillamente, Roberto. Esto último me agrada. Luego escojo los temas que puedan interesar a mi corresponsal, mido los párrafos, firmó unas veces G. Arciniegas, otras Germán Arciniegas, o si no, G. Esta G simplísima me parece un bello toque de amistad. En fin, que hago una carta perfecta... pero una carta que jamás escribo. Cuando llego a mi escritorio, inconscientemente vuelvo un bodoque el papel que voy a contestar y lo arrojo al cesto. Una semana después tengo tan presentes los detalles de mi respuesta, que dudo entre si la escribí o no la escribí, inclinándome al primero entre estos dos términos de la duda. He aquí por qué mi peor enemigo es mi propia imaginación. Por eso soy tan inútil e ineficaz. Pienso una cosa, la redondeo, la acaricio, la pulo, y luego, como si ya estuviera hecha. Yo hago la parte más larga y difícil del camino. Pero dar el último paso, convertir tanta idea excelente en un hecho sencillo, es un anhelo que jamás se me cumple. Vive en el aire. En el infierno de una imaginación que no se aplica, como dirían los prácticos. Lo grave es no ser yo, en esta república virginal, la excepción sino la regla. Todos los colombianos vivimos en el aire. Alelados, casi idiotizados de idear tanto y realizar tan poco. Si cada año, en vez de reseñar los libros que se han publicado, reseñáramos los que no se han escrito, tendría este país una de las bibliografías más copiosas del mundo. Es infinito el número de mis compatriotas que tiene que levantarse a las siete de la mañana. Ellos arreglan su despertador para las seis y media, suena la campana, dan un saltito de sobresalto, se frotan los ojos, tiran las cobijas, se sientan al borde de la cama, lo piensan breves instantes, abren la llave del agua, humedecen la brocha, oprimen el tubo de la crema, se enjabonan el rostro, se rasuran, se lavan, se peinan, apresuradamente se echan encima las ropas, toman el desayuno a soplo y sorbo, vuelven al espejo, perfeccionan el nudo de la corbata, se tiran a la calle, pasa una hora, pasan dos horas, y no han salido de entre la cama. Esto es lo que se llama una pesadilla. Son las nueve. Y el colombiano que se levantó y luchó y se desesperó por ser cumplido mentalmente, en realidad sólo viene a dejar el lecho cuando ya el tren está a cuarenta kilómetros de la ciudad. Consuélense mis conciudadanos pensando en que a Bécquer le ocurría lo propio. Este poeta turulato escribió alguna vez: “Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido. Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales. Mi memoria clasifica, revueltos, nombre y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con días y mujeres que no han existido sino en mi mente”. Digamos, pues, que no somos imaginativos sino becquerianos, con lo cual mejoraremos de escuela, y digamos que toda Colombia es becqueriana o turulata. Porque ¿habrá nada más becqueriano que un Gobierno en Colombia? ¿Ha sufrido usted, lector mío, lo que en buen romance aquí llamamos está para la firma? ¿Recuerdan ustedes lo que le pasó a mi amigo Jaime Barrera? Jaime se fue para Génova, y no se fue. Fue nombrado Cónsul, y no lo nombraron. El Ministro resolvió designarlo para el cargo, fijó el sueldo, señaló los viáticos, pero no resolvió, ni fijó, ni señaló nada. El decreto estaba, pero estaba para la firma. Y así pasaron, como en la fábula, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete semanas. Hasta que un teatro se desplomó sobre Jaime, y Jaime murió estando ya para la firma. Y todo en Colombia está para la firma. Hecho, resuelto y convenido. Y nada. Que al menos, la república idealmente es perfecta. Es la república ideal. Este es un título que nadie nos arrebatará. Lo demás, que lo firme el diablo, que lo hagan los prácticos. Hay que valorizar el trabajo intelectual. Ahí está Bécquer. El Tiempo, 28 de febrero de 1936. HISTORIA DE UN ESTORNUDO Como de costumbre, bajé a la oficina del director. Fui a pedirle órdenes. Me coloqué delante de su escritorio y adopté mi actitud de todos los días: un cincuenta por ciento circunspecto, un cincuenta por ciento regocijado. —Buenos días, doctor. ¿Tiene material? —No... No he visto nada. ¿Usted qué tiene? El cruzó la pierna izquierda, trenzó las manos sobre la nuca, hizo girar suavemente la silla y, echándose de espaldas hacia atrás, se quedó mirándome. ¿Qué tenía yo? He debido decirle: un estornudo. Aquello hubiera sido imbécil, pero era exacto. Yo no tenía sino un estornudo en perspectiva. Me hacía cosquillas bailándome en los pelos de la nariz. Metí rápidamente la mano en el bolsillo del pantalón y apreté el pañuelo. Aquello debería ser obra de un instante, pero ¡nada! El estornudo estaba ahí, pero no se resolvía. El director me miraba. El no comprendió. Bajó las manos a los brazos de la silla, tomó luego un lápiz, se inclinó sobre el escritorio y trazó, distraído, posiblemente fastidiado, unas palabras. Yo estaba confundido. Dije dos o tres frases y salí atortolado. Tomé las escaleras que conducen al tercer piso, llegué al vestíbulo y no entré a mi oficina. Había que terminar con «aquello». Yo lo sentía vivo. Ahí estaba. Me seguía haciendo cosquillas adentro de la nariz, pero ¡nada! Empecé a pasearme por el vestíbulo. Caminaba con la cabeza inclinada, lo mismo que hacen los sabios cuando tienen algo grande en el magín. El equívoco era perfecto, porque yo tengo una cabeza en forma de huevo, y así son muchas cabezas de gente que piensa. ¡Qué diablos! Lo único que yo tenía en el fondo de mi conciencia era un estornudo. Si alguien me hubiera visto, hubiera dicho: Es un filósofo. Así es la vida: cualquiera confunde la filosofía con un catarro. Yo respiraba fuerte. Absorbía aire con violencia, pensando: si le doy una ayuda se resuelve. El airecillo del vestíbulo entraba a la nariz, revoloteaba, pero no coincidía. No daba en el punto. ¿No habéis observado cómo, en los estornudos, todo consiste en dar con el punto? Lo mismo que en filosofía, lo mismo que en política. Pero el airecillo entra mal, se va por donde no es, no se deja conducir. De pronto, como que parecía que ya. Yo sacaba el pañuelo, hacía los movimientos previos a la descarga, pero ¡nada! Todo era para mí inexplicable. Sentí varias veces un frío como de mentol que creí fuese un aviso, y no lo fue. Contuve la respiración, y nada. Resolví olvidarme de todo. Entré a mi oficina. Pensé: «Ya se fue, ya se irá, si no se ha ido». Me indigné al recordar el aire o de sabiduría o de idiotismo con que me estaba paseando. Por qué será, me decía, que... —Schásss! ¡Qué pena, Dios mío! Dispénseme usted, lector. Fue algo repentino. Yo ya estaba escribiendo, tranquilo, resuelto. ¡Quién iba a esperarlo! ¡Quién jamás a contenerlo! Así le debió pasar a Arquímedes cuando encontró el tornillo que le faltaba. Así a Newton con la manzana. Etcétera. Tomado de Diario de un peatón. 1936. Columna Glosario Nacional DE OXFORD AL PAIS DE LOS TICUNAS Para el ingenuo turista suramericano que trata de averiguar en qué consiste la civilización, Inglaterra ofrece los espectáculos más inesperados. Yo no quise andarme por las ramas, como hubiera sido lo más propio de un hombre salvaje nacido en la selva de los Andes, sino que me fui directamente a Oxford. Oxford —cosa es ésta que no ignora ninguno de mis cultivados lectores— es la quinta esencia de la cultura británica. Toda la filosofía, toda la producción intelectual de la isla arranca de la vieja ciudad de piedra y de ladrillos, en cuyas aulas se dialoga en latín con tanta soltura como en los días en que Tomás Moro y Erasmo de Rotterdam se reían de los frailes macarrónicos. Sí: ciencia o arte que no hayan nacido de Oxford, han tenido que seguir en Cambridge. Yo me fui para Oxford el primer día. ¿Y qué vi en Oxford? Jóvenes en traje de baño, enfilados en una canoa semejante al espinazo de un pescado, que consumían las horas, los días, las semanas y los meses ensayando un golpe de remo que fuera elegante, exacto, rotundo y eficaz. Sorprendido por la visión de Oxford, y maravillado de que el boga pudiera ser símbolo de una cultura, pasé luego a Cambridge y, ¿qué vi? Sobre las aguas del Cam, diáfanas como un espejo, los estudiantes o eran bogas o eran tripulantes. Yo sé que estos normandos llevan en la sangre la leyenda de los vikingos. ¿Durante cuánto tiempo, por allá del año mil hacia este lado, no se vio el toro de Europa picado hasta derramar sangre de sus lomos por las puyas y banderillazos de los terribles nautas que echaban a correr sus botes filudos entre caballos de espuma? Aquí en América tuvimos nosotros una tribu semejante: la de los caribes, a quienes llamamos nuestros normandos, y cuyas hazañas suelen ser un material de enseñanza incomparable cuando tratamos de infundirles pavor, con cuentos miedosos, a los niños. Pero esta cuestión es sociológica, y no conviene que mi crónica se eche a perder por un atajo semejante. Lo único que debo anotar es el gusto y la sorpresa que me dio ver a los de Cambridge haciendo los mismos ejercicios que se practicaban en Oxford. El capataz, en la proa, iba gritando las voces de ánimo que producían la descarga eléctrica de los remos, y los jóvenes de la Universidad se encogían y se estiraban como muñecos de caucho, clavaban el remo, mordían con fuerza en el agua, hacían volar la barca, y repetían esta operación no sé cuántas veces por minuto, sin levantar una gota de agua inútil y sin producir la falta de ritmo más insignificante que pudiera afear el conjunto. Que el buen boga es la flor y nata de la cultura universitaria británica, lo está diciendo a gritos el desplazamiento humano que se verifica en la isla cuando se sabe que Oxford y Cambridge van a correr sus bogas mejores. No hay rico ni pobre, hombre ni mujer, que no acuda ese día a las márgenes del Támesis, cada cual con la divisa de su partido, para mirar algo así como la grandeza de Inglaterra tendida sobe los cristales del río. Detrás de las dos canoas, van los lores y los príncipes en sus yates, pegados materialmente a la máscara de sus catalejos. Los aviones se agolpan a la ventana o balcón de los vientos para seguir el juego de lo que nosotros, por falta de precisión técnica, llamaríamos canaletes. Lo único que puede conmover tanto como este espectáculo a los ingleses son las carreras de caballos. Entre los bogas de Oxford y los caballos del Derby tiene que repartirse toda la pasión el pueblo inglés. Pero como lo que ahora me preocupa es la cuestión universitaria, me siento obligado a dejar de paso los caballos. La casualidad quiso que por maravilloso azar viniese a conocer luego otro pueblo o nación tan imbuido como el inglés en la cultura del boga: es el pueblo o nación de los Ticunas. Viven los Ticunas en el fondo más profundo de la selva amazónica, y sobre las riberas del gran río. Su contacto con la gente hostil o forastera —en el estricto sentido griego de este concepto— ha sido casi ninguno. En el siglo XVI debieron ver de paso las naves de un capitán Orellana. Luego quizá llegaron hasta ellos los jesuitas, cincuenta o cien años después. A los caucheros del siglo pasado y del XX no debieron verlos, como lo demuestra el hecho de que hayan conservado la vida. Ahora, suelen codearse de cuando en cuando con los capuchinos trashumantes o con los “civilizados” de Leticia, de Ramón Castilla o de Benjamín Constant —porque los pueblos del Amazonas son tan personales que suelen nombrarse así, como personas de carne y hueso—. Al contacto espiritual con estos civilizados no pueden llegar los ticunas ni por el puente de dos palabras porque ni los ticunas saben castellano ni portugués ni se ha hecho hasta hoy el primer diccionario ticuna, para gente ibérica, a no ser que lo tenga entre sus papeles mi querido amigo fray Lucas de Batet. Es, pues, extraordinaria la intuición de los ticunas al haber previsto las más altas formas de la cultura, consagrando sus energías y su vida a perfeccionarse en el manejo de la canoa. Solía yo ver por las tardes a lo más distinguido de los ticunas deslizándose en barcas de muchos metros de largas, vaciadas en un sólo tronco, a lo largo de las riberas del Amazonas. Su traje en sí no es desnudo, me recordaba al que usan los estudiantes de Oxford, con la ventaja para los ticunas de haber progresado tanto en materia de pedagogía que la coeducación es entre ellos cosa vieja, como lo demuestra la circunstancia de que las niñas más graciosas mueven el canalete con la misma perfección, arte y eficacia que los varones. Y declaro que en el Támesis no vi elegancia igual a la de estos indios, en donde es un primor todo: desde la forma del remo hasta las últimas de las maniobras realizadas para manejarlo. En toda la selva no creo que se encuentre una hoja tan bien dibujada que la hoja en que remata la vena de un canalete. Tiene la forma y simetría de los corazones que dibujan los pintores decorativos, y su mayor diámetro puede ser de cua-renta centímetros. Pero, dentro de esta simplicidad, ¡qué ritmo, qué proporción y qué cadencia de líneas! Apenas en una mujer puede imaginarse algo parecido. Y, como en el caso de la mujer, ¡qué eficacia! Porque ese canalete que en las manos de un ticuna da aletazos eléctricos de pez, impulsa con ímpetu de motor a la canoa y la guía, la endereza, la timonea como no pueden hacerlo, ni podrían hacerlo, con sus largos remos, los estudiantes de Oxford. El hombre, la canoa y el canalete forman un solo cuerpo vivo, que se mueve en las aguas con una sabiduría indiscutible. El ticuna se interna así en los lagos, solo, con la pupila en acecho y unos cuantos arpones en el fondo de la canoa. Los lagos son entradas que hace el Amazonas en la selva: allí el agua se duerme entre el puño de los árboles, y el silencio se alarga bajo el ojo de la soledad. De cuando en cuando se ve la cabeza de un caimán, tan grande a la distancia como la de un perro. En el fondo del lago se revuelven los caimanes, numerosos como las raíces de los árboles de la selva. Cuando la canoa hace agua, el ticuna la achica imprimiéndole cierto movimiento de vaivén lo suficientemente calculado como para que sin voltearse la barca alcance a arrojar el agua. Cuando es necesario, el ticuna hace pie en el fondo del lago, midiendo antes con un arpón el peligro de los caimanes. El margen de riesgos es siempre grande, pero lo supera la pericia de los salvajes. Y así vive el ticuna todas las lunas de su vida: haciendo de su cuerpo y de su canoa un solo cuerpo; y de ser un buen boga la más alta aspiración, el deber imperioso de su vida. Es un oxfordman en el más riguroso sentido de la palabra. El Tiempo, 31 de octubre de 1934. LOS HUMORISTAS En literatura hay una escuela literaria que tiene nombre de enfermedad: es la escuela de los humoristas. El humorista se produce en los países nórdicos, y hacia el Ecuador, por debajo del Trópico de Cáncer. Nosotros somos tan grandes humoristas como los ingleses, o como los escandinavos. La única diferencia es que mientras en el norte hay buen humor, aquí, por debajo del Trópico de Cáncer, hay mal humor. En Inglaterra se da el chiste flojo, es decir: el chiste sin consecuencias. Aquí tenemos el chiste pesado, que consiste en ponerle una cáscara de plátano a la anciana que va a pasar. Todo es asunto de humor. Los cronistas españoles que vinieron a América en el siglo XVI atribuían al humor que se desprendía de los cuerpos en el trópico todas las enfermedades con que entonces tuvo la oportunidad de sorprenderse la medicina occidental. El buen humor cae como si dijéramos del polo hasta un pueblo llamado Munich, en donde la gente es simplísima. En un café de Munich hay cuatro múnicos tomando cerveza. Una mosca revolotea de calva, y todos ríen. Finalmente, cae en el espumoso jarro de uno de los tetralogantes, y una hay una explosión de alegría. El múnico procede al salvamento de la mosca, se toma la cerveza y exclama: “Ya hice mi tarde”. Los tres compañeros exclaman a coro: “Ya!”. Para un humor como el nuestro, esto es risa boda. Hace falta virilidad. No hay pasión. No hay acción. Aquí el humor, nuestra alegría, se resuelve tirando el vaso contra el suelo. O dando un golpe sobre la mesa. Nuestros borrachos no sueltan la risa inofensiva, sino que empuñan el guayacán. En materia de moscas, recuerdo el caso de un excelente sujeto que una noche se metió entre la cama a leer la historia de Gargantúa. Una polilla empezó a revolotear en la alcoba. De pronto golpeaba en la frente del lector, y seguía su torpe carrera. El lector hacía los más audaces esfuerzos por atraparla. La lucha era desigual y el cazador embravecía. La ira le fue pintando el rostro. Cuando logró echarle mano al avechucho, tal era su furor que se lo echó a la boca y se lo tragó. Supongo que esto estimularía aún más su humor. Los periódicos humoristas de Santa Fe son espejo de este humor nuestro tan activo, tan punzante y varonil. Con cada chiste se le raja la cabeza a un vecino. Las crónicas son bizarras. Don Ricardo Silva, claro ejemplo de ingenios bogotanos, se encierra en su casa un domingo. Golpean a la puerta, abre: es una india que ofrece “tierra para las matas”. Don Ricardo no compra tierra y torna a su cuarto malhumorado. Golpean de nuevo: que si tiene ceniza. Don Ricardo no tiene ceniza, y enfurece. Otra vez golpean: que si ahí vive la señora Mercedes. La señora Mercedes no vive en casa de don Ricardo. Don Ricardo tira la puerta contra las narices del importuno. Golpean por cuarta vez: que un plato de sopas para un mendigo. Don Ricardo materialmente cruje. Este es el humorismo nacional. El mal humor de don Ricardo. El hígado... Y un mal humor que se estimula. Aquí no tocan a la puerta: la golpean. Pide usted un número de teléfono: le dan otro. Y el bogotano tiene la bella actitud del hombre que reacciona. No es como esos boquirrubios de porcelana del norte, huecos y bobos. Si un múnico pide comunicación con la casa de Laureano Gómez y le ponen al hilo con la de José Ignacio Andrade, el múnico ríe y exclama: Qué coincidencia! El bogotano, el gótico del Trópico de Cáncer, se crispa y arde. Y así en la literatura. Lea usted El Siglo de hoy, La Defensa de mañana, La Patria de todos los días. Ahí encontrará usted, lector, todo el humor nacional. El de los Villegas, los Gómez, los Jordanes. Qué meneo de piedras. Qué batacazos. Qué alegre jolgorio de Gargantúas. Ese sí es humorismo. Y humorismo del malo, que es lo bueno. El Tiempo, 9 de enero de 1936. Rafael Arango Villegas el manizalita Rafael Arango Villegas (1889-1952) encontramos la chispa del llamado “clásico maicero”, que con hábil manejo del absurdo, la exageración y el equívoco conquistó a sus lectores en la prensa local y nacional durante más de 30 años. Según su biógrafo, Adel López Gómez, “Arango Villegas es el cronista feliz de lo cotidiano y lo raizal que él mira e interpreta bajo la lente de un caricaturista” 26. Sus crónicas se destacan por la vivacidad del estilo, el relieve de sus personajes y la perfecta estructura de los relatos de veta costumbrista, que construía a partir de exageraciones y comparaciones empleando un tono mordaz y un lenguaje rico en casticismos y regionalismos. Las crónicas más celebradas las publicó a mediados del siglo en la revista Gloria, de Fabricato, y podrían inscribirse en la categoría de crónicas-relato, por la solvencia de las historias y la vivacidad de sus personajes. La titulada “Cómo narraba la historia sagrada el maestro Feliciano Ríos”, es una pieza clásica incluida en varias antologías del humor; “Los primeros calzoncillos”, “Fregao de ángel”, “Las medias de hulla”, por citar algunas incluidas en este volumen. Entre sus libros de crónicas se cuentan Sal de Inglaterra, Astillas del corazón, Bobadas mías, todos ellos con su marca inconfundible de humorista. Su única novela, Asistencia y camas (1934), mereció las bendiciones del maestro Carrasquilla, cómplice de esa picaresca paisa. LAS MEDIAS DE HULLA Tic-Tac sobre el maravilloso invento de las medias de hulla, hecho por la benemérita Compañía Dupont, fabricante de la dinamita de su mismo nombre. Que Dios bendiga a esa compañía, le aumente su dinamita, y le conserve su “mamita” por toda la eternidad, son los votos muy sinceros de este oscuro servidor de ustedes, a quien los “puntos” de las medias tienen a punto de volverse loco. Esto, es ¡claro!, no lo entienden los solteros. Esto no pueden sentirlo sino aquellos abnegados servidores del censo y la patria, a quienes el Código Civil designa con el luctuoso nombre de “casados”. Hay que haberse arrodillado en las gradas de un presbiterio a desafiar, impasible, los disparos de la Epístola de San Pablo, para poder saber lo que acontece en un hogar cristiano cuando “se va un punto”. Y hay que saber hasta dónde es fuerte e irresistible la tendencia a “irse”, el incontenible afán migratorio que impele a esos “puntos” a abandonar las tibias regiones donde habitan, para ir a sepultarse en la cavidad de un zapato, al amparo del calcañal. Un “punto”, sobre todo si es “un punto de honor”, inicia siempre su marcha desde la mitad del muslo, en la parte alta de la media, precisamente en el “punto” donde ésta confina y parte límites con la otra “prenda”... “¡Adiós prenda cara!”, exclama de pronto el “punto”, y emprende su veloz carrera hacia el refugio del empinado talón. La dama portadora de las medias, que siente “lo que le va pierna abajo”, se frunce, se estremece, y, a su vez, exclama: “Se me fue un punto!” Alza presurosa su indumento y, con el dedo húmedo con saliva, empieza a perseguir al “punto”, para hacerle toques. Lo alcanza en la rodilla y le hace la primera aplicación. Pero cuando va a hacerle la segunda, ya el “punto” ha doblado la leve colina del tobillo y se ha hundido en el zapato. A veces son dos o más los “puntos” que convirtiendo en pista la rosada pantorrilla, se echan a apostar carreras, como en un hipódromo. Desde ese momento ya no hay calma en el hogar, porque la dama sigue todo el día lamentando el “punto” y mostrando a los familiares, afligidos, la ruta que en la fuga siguió el prófugo en su veloz carrera. Pero hagamos punto aparte y consideremos siquiera por breves instantes, la infinita alegría En Ya está plenamente confirmada la estupenda noticia dada por que debe haber experimentado la sufrida familia de los gusanos de seda al saber tan estupenda y aliviadora noticia. Porque la verdad es que la vida de esos desgraciados animales era sumamente dura y sumamente triste. Eso de vivir toda una vida, desde la cuna hasta el sepulcro, no más que comiendo hojas de morera y asentando después con sal de Glauber, todo para engalanarle las piernas a una dama, sin ver las piernas siquiera! Porque si el pobre gusano tuviera el consuelo de “trabajar sobre medidas” la faena tendría su lenitivo. Ahora esos desdichados van a poder dormir su noche completa, pues es bien sabido que cuando la seda subía de precio les daban alimentos indigestos para hacerlos “levantar a media noche a trabajar en las medias...”. Y volviendo a los “puntos”, yo no me hago muchas ilusiones con las nuevas medias. Porque si esos “puntos” huían cuando eran de seda, hay que pensar lo que van a “huir” ahora, cuando son de “hulla”. Pero la compañía Du Pont no solamente fabrica medias de hulla, sino también otras piezas para el indumento femenino. La señorita Dorotea Mc Bride, a quien en Nueva York llaman “La princesa de las materias plásticas” (la seda animal también es “plástica”), usa en su vestido quince piezas fabricadas a base de hulla. No entro en el detalle de esas piezas, porque casi todas son “piezas de artillería pesada”. Baste decir que el “sostén”, a quien alguien comparó con Dios, porque, como El “levanta a los caídos y abate a los orgullosos” es también de carbón. Todas estas cosas me parecen bien, excepto una, que encuentro un poco peligrosa: la extraordinaria facilidad de combustión que ahora va a ofrecer el cuerpo de las señoras con esas piezas de hulla. Pero dice el Eclesiastés, “quien ame el peligro, que perezca en él”... Revista Gloria, Fabricato, julio/agosto de 1952. VEN A NUESTRAS ALMAS Se acerca la Navidad. Empiezan a verse en las vitrinas máscaras, juguetes, serpentinas... A mí esta fiesta me entusiasma, por la dulce poesía que ella encierra. Pero, a la vez le tengo una cierta repulsión. Es que ya me siento untado de cerdo hasta más arriba de las orejas, y muy enmelotado con ese empalagoso almíbar, en el cual flotan unos buñuelitos que parecen huevos de gallina “impuestos”, es decir, no puestos. Sobre todo el cerdo. Yo siempre había pensado —hasta antes de comer el cerdo navideño—, que el caso aquél de la ballena y de Jonás, que tanto llamó la atención a las buenas gentes del Antiguo Testamento, tenía algo de truco. Porque tragarse una ballena a un cristiano, y arrojarlo enterito a los tres días, me parecía algo perfectamente fantástico. Pues, no señores: eso no solamente es verosímil, sino muy sencillo de ejecutar: yo me como un cerdo en cada nochebuena, y a los tres días lo arrojo enterito, sin que se le perturben siquiera las “facultades mentales”. Claro que en los tres días que el familiar paqui-dermo permanece en mis entrañas me estropea las vísceras, especialmente el hígado, el cual me hurga con la “argolla” hasta producirme unos derrames biliosos que me ponen al propio borde de la tumba. Pero, aparte del cerdo y su fatal “argolla”, hay también otra circunstancia que me hace un poco ingrata la mentada fiesta. Es que siempre me ha ido sumamente mal en el intercambio de regalos, cuando actúo como Niño Dios. De malas que es uno... “Traigo” yo, por ejemplo, un reloj de pulsera, de ochenta o cien pesos, adquirido con hartos sacrificios y con hartos plazos, y al día siguiente me amanece debajo de la almohada un par de medias “Pepalfa”, o una cajetilla de cigarrillos “Pierrot”... Cuando yo estaba chiquito las cosas eran todavía peores. Como no tenía zapatos, conseguía con la sirvienta una alpargata prestada y la colocaba debajo de la cama, vuelta hacia arriba. Al día siguiente madrugaba a introducir la manito dentro de la capellada, en busca del regalo, y “tiro por tiro” me picaba un alacrán... Solamente un día me trajo el Niño un “volador”, y ni siquiera me lo dejaron encender, dizque porque eso quemaba sumamente feo. ¿Juguetes? No los conocí sino pintados. Y como me gustaba mucho jugar, y como no tenía juguetes, y como siempre andaba en camisita, y la camisita la portaba “en pelo”, pues me sentaba a jugar... y me distraía muchísimo en el juego, pero... me daban en la mano unas palmadas atroces!... Una injusticia muy grande, porque si a uno, que es un niño pobre, no le regalan una escopetica... Pero no hablemos más de tristezas, y pasemos a otra cosa. Ya las grandes casas comerciales, y hasta los tenderos, y las vivanderas, y cuanto bicho viviente tiene siete pares de alpargatas y tres o cuatro carrieles colgados en una estantería, empiezan a regalar almanaques para el año de 1940. Yo ruego muy encarecidamente a todas esas gentes que, por caridad, no me vayan a regalar almanaque para el año de 1940. Detesto los almanaques de la manera más cordial. Es que desde que cojo en la mano esos benditos papeles experimento la más terrible impresión: me parece que la vida es un mayal, el almanaque la pista circular de un gran trapiche de tracción animal, y yo la pobre yegua a quien toca dar impulso a ese mayal. Y es que eso de que le tasen a uno la vida anticipadamente, y se la ajusten dentro de unas fechas, es algo abrumador. Usted —le dice a uno el desgraciado que calculó el almanaque—, se tiene que confesar en tal fecha, porque ese día cae la Semana Santa; tal otro día tiene que ponerse a recitar el himno a la bandera, porque es 20 de julio; ese otro día no puede usted comer carne, porque cae la vigilia de los Apóstoles Pedro y Pablo; y, por último, ese 12 de octubre que está ahí señalado con tinta roja, tiene usted que quedarse en cama, bien “cubierto” con las mantas, para que Colón lo “descubra”... Es atroz! Verdad que es una desgracia que le jalonen a uno la vida en esta forma, y se la llenen de estacas, como el trazado de una carretera...? Felices nuestros abuelos, los chibchas, los caribes, los quimbayas, que no tenían que someter su vida al caprichoso cartabón de San Gregorio, autor de ese desgraciado calendario que nos está angustiando la vida, y que medían por lunas los fastos de su raza. El Tiempo, 30 de noviembre de 1939. LOS PRIMEROS CALZONCILLOS De las efímeras alegrías que con mano avara han deparado a mi alma estas pobres cosas de la tierra, ninguna se grabó en mi mente con trazos indelebles como el recuerdo de aquella noche lejana en que me estrené los primeros calzoncillos... Mucho tiempo, mucho tiempo, atormenté a mi pobre madre con la constante súplica: mamacita, que me hagas unos calzoncillos... —Pero si los calzoncillos son para los hombres grandes, y usted es todavía un chiquillo. Cuando crezca más se los hago. Todavía no es tiempo... Y no la sacaba de allí. Entre tanto la idea perturbaba mi mente en todos los momentos, en la vigilia y en el sueño, en la agitación y en el reposo. La varonil prenda cifraba todos mis años, mis ambiciones todas. Cuando fuera un hombre... ¿Pero cuándo iba a serlo si no tenía calzoncillos y si sólo éstos imprimían a los hombres la condición de tales? Las mujeres eran mujeres porque no tenían calzoncillos. Y ningún ser humano, por grande que estuviese, podría ser hombre si no tenía calzoncillos. Era una solemne impostura lo que mi madre me decía todas las noches, al darme la bendición: “acuéstese bien juicioso para que amanezca bien grande”. ¿Cómo iba a amanecer grande, si no tenía calzoncillos? Y la idea me seguía taladrando cada vez con más fuerza. Cuando tuviera calzoncillos sería grande y podría tener novia y requerir de amores a las bulliciosas colegialas que ante mis requiebros amorosos reían entre burlas de torturante ironía. Entonces, cuando ante mis desenfrenantes galanteos estallasen en hirientes burlas, podría mostrarles los calzoncillos y decirles con altivo gesto: soy un hombre; mirad estos calzoncillos que me acreditan de tal. Podría también demorarme en la calle hasta después del Angelus, y campear altivo y desafiante por entre los odiados policías cuando me sorprendiese la noche escuchando los acordes de la banda de música o recorriendo los suburbios del poblado tras del oso bailarín de algún gitano. Y hasta podría fugarme del hogar materno e irme por el mundo en busca de aventuras cuando sintiese el primer afán migratorio en las profundidades del alma... Para un hombre con calzoncillos no existía ningún deseo imposible. El mundo todo se rendía ante esa prenda con la sumisión de un esclavo. Y redoblaba mis exigencias, cada vez con más fuerza: —mamacita, ahora sí estoy grande. Hoy, cuando el peluquero me estaba motilando, me dijo que ya tenía barba y me afeitó las mejillas. Fíjese como estoy de afeitado. —Pues sería raspándole la mugre, porque como ya no se lava... —No señora; no era eso, porque me fijé en la barbera y le quedaron pelos... Pasaron todavía muchos días sin que ella atendiese a mis ruegos. Su respuesta era invariablemente la misma: —Usted está todavía muy chiquito. Cuando crezca más se los hago. — Pero si no tengo calzoncillos, ¿cómo podré ser grande? Hágamelos y verá cómo me vuelvo grande. Todas mis debilidades, todas mis cobardías, tenían su origen en la falta de la anhelada prenda. Si alguna condiscípula hacía burla de mí y hasta llegaba a las vías de hecho y me zarandeaba de lo lindo, yo no podía defenderme e imponer mi sexo a la audaz contendora, porque no tenía calzoncillos. Los tuviera y otro gallo le cantara a la atrevida mozuela. Espera que me hagan los calzoncillos, y nos veremos las caras, decía en retirada a la mocosa, enarbolando los puños. Pero un día le fue imposible a mi madre resistir por más tiempo. La suerte me deparó un argumento definitivo, incontrovertible, heroico: ¡Llegaron por la primera vez a Manizales los almanaques de Bristol! Los regalaban en la botica a quien comprase unos celis, un parche poroso o un centavo de quinina. Como en mi casa no había por el momento enfermo, puse a prueba todas mis argucias hasta que alcancé un ejemplar. Estaba dedicado por entero a hacer la apología del jabón de Ross. En la última página se abría una interesante apuesta: “¿Cuál es el jabón —se preguntaba a los niños—, que ustedes deben exigir a sus mamás para el aseo diario? A quien envíe la respuesta en el cupón adjunto se le mandará, libre de porte y gastos, un excelente regalo”. En seguida envié la mía: “Yo exijo siempre a mi madre que me bañe con jabón de Ross”. A los tres meses cumplidos durante los cuales fui diariamente al correo, llegó el regalo ofrecido. Era un bello encabador de plata, con enchapados de oro. Con ser muy bello, no me interesó gran cosa. Había en el envío algo que llamaba infinitamente más mi atención, en el sobre del paquetico se leía muy claro, en letras muy grandes, como para que lo viesen todos: “Señor DON RAFAEL ARANGO VILLEGAS, Manizales, Colombia, S.A.” ¡No necesitaba más! ¡Tragándome los vientos me encaminé a la casa. ¡Mamacita!, exclamé ahogándome: hágame ahora mismo los calzoncillos, porque ya soy grande. Mire la prueba. Y le alargué el sobre, temblando de emoción. —¿Y qué? — Pues lea; hágame el favor de leer. —Sí ya leí pero es que no veo el motivo que usted tenga para decir que ya es grande. —Que, ¿no ve el motivo? ¿Y eso no es nada? De manera que usted cree que esos señores, que saben tanto, le van a decir “¿Señor DON RAFAEL ARANGO” a un muchacho chiquito? ¿O es que usted quiere saber más que esos señores que hacen los almanaques y que son tan sabios? Sonrió mi madre y apenas se atrevió a negar mi aserto con un ligero mohín. Mi triunfo fue resonante, inmenso. Decididamente el argumento era heroico, invulnerable, Aquiles. ¡Lo decían los sabios!... Y colmé mis anhelos. Al otro día a las cinco de la tarde (ese día anticipé la acostada) andaba por los corredores de la casa en calzoncillos, mostrando a todo el mundo la valiente prenda. Los mostré a la cocinera y me asomé al balcón. La alegría me embargaba, me inundaba el gozo. Con mucho trabajo logró mi madre reducirme al lecho ya muy entrada la noche. De mal grado me tendí en él, pero rotundamente rechacé la manta con que quería cubrirme. Imposible conciliar el sueño. Daba vueltas en la cama y levantaba al aire las piernas para mirarme de la cintura a las corvas. ¡Qué elegancia, qué distinción, qué machía! Algo me mortificaba que a la procera prenda le corriese por toda la pretina un letrero que decía: “Gold Metal”. Ya me harían otros que no tuvieran semejante inri. En la sala de la casa, contigua al dormitorio, se oía grande animación. Estaban de visita varios amigos de la casa, las niñas del frente, la señora del alcalde, la mujer del juez. Lo que valía en el pueblo. Se hablaba de todo y se hacían comentarios sobre pequeños incidentes de la vida aldeana. Sobre los calzoncillos ni una palabra siquiera. Yo aguzaba el oído y aguardaba con impaciencia que mi madre comunicara a la selecta concurrencia mi feliz acceso a la categoría de hombre. Lo haría, seguramente. ¿Cómo no había de hacerlo, si en esos días no había ocurrido en el pueblo suceso más importante? Pero pasaba el tiempo y ella nada decía. Aquello era inaudito, criminal, infame. Porque era absolutamente necesario que todas esas gentes se enterasen aquella misma noche, a fin de que dejasen de considerarme como a un chiquillo. Pero finalizaba la visita, y ella nada había dicho. ¡Qué malas! Crecía mi angustia. Sentí que alguien se levantaba para despedirse, y ya no pude contenerme más. ¡Se iban a ir sin enterarse de que tenía calzoncillos!... ¡Salté del lecho, anduve presurosamente, e irrumpí en la sala...! No puedo pintar el indescriptible revuelo que mi presencia produjo. De un lado los visitantes celebraban mi hazaña y aplaudían mi gesto. De otro lado se me censuraba, en forma ruda, anonadadora, mortal. Mis hermanas querían fulminarme, y mi madre me increpaba, amenazando con los cerrados puños: —¡Irrespetuoso!, ¡desvergonzado!, ¡mal educado!, ¡grosero! Eso, y todo lo más que hubieras querido, ¡pobre madre mía! Pero era absolutamente indispensable que esas gentes, infatuadas porque eran grandes, viesen mis calzoncillos y constatasen mi hombría... Revista Gloria, de Fabricato. No. 11. Enero/febrero de 1948. Alberto Lleras Camargo El Tiempo y dirigió este periódico en ausencia de Eduardo Santos. Toda su obra de escritor y de estadista (dos veces Presidente de la República, y Secretario General de la OEA) está contenida en sus artículos de prensa. Fundó y dirigió varias publicaciones, entre ellas el diario El Liberal, La Tarde y las revistas Semana y Visión. Y a su lado, en contertulias de bares y salas de redacción, se formó una de las más brillantes generaciones de periodistas. A los 15 años, bajo el seudónimo de Allius, escribía como los dioses. Empezó a colaborar en La República con notas sobre temas literarios en las que trataba de imitar a Azorín, y mantuvo el célebre seudónimo en El Tiempo, cuya jefatura de redacción asumió a los 21 años. En esa primera juventud cayó bajo la influencia de Ortega y Gasset, que le contagió la prosa elegante, rica en imágenes visuales. Aunque Lleras eludía los trucos y tics literarios, le gustaban las alegorías, personificaciones y diálogos. Empleaba la segunda persona del plural, propia del castellano peninsular, con soltura ibérica, así como las expresiones más castizas. Sin haber hecho bachillerato ni cursado estudios universitarios, tenía perfil de ensayista montaigniano. Se las ingeniaba para ilustrar los temas más áridos de la política o la economía, oxigenándolos con sus novedosas formas expresivas, su tono irónico y su insobornable sentido crítico. Con razón ha sido considerado el periodista liberal con mejor prosa que ha tenido Colombia. Al terminar su segundo periodo presidencial, Lleras se retiró de la política y se dedicó sólo a las columnas periodísticas. Su legado fueron publicaciones tan importantes en nuestra tradición como la revista Semana y el diario El Liberal. Existen varias ediciones de sus obras completas, entre ellas dos volúmenes titulados Alberto Lleras Periodista, de la Universidad de Antioquia (1992). EL AVIVATO colombianos emplean —e inventaron— un término para calificar una forma de la picardía que escapó a los escritores españoles del Siglo de Oro. No es el vividor, definido en el diccionario como el que vive a expensas de los demás buscando por malos medios lo que necesita o le conviene. Ni el pícaro, personaje “bajo, ruin, doloso, falto de honra y vergüenza”. Ni el “tipo de persona descarada, traviesa, bufona, y de mal vivir”. En la escala moral su definición es menos peyorativa. Es un tío que resuelve todos sus problemas e invita a los demás a resolverlos por medios que están apenas al borde de la ley, y en ocasiones por debajo de la ley penal, pero en un sitio que no es fácil de descubrir. Y es, esencialmente, quien ha inventado todo género de trucos para burlarse del Estado, de todas sus reglamentaciones, de sus complejísimos formulismos. Vive por encima de sus propios medios, gracias a que ha descubierto una serie de seudosistemas para lograrlo. Y es un tipo muy especial, alegre, empujador que dice de tú a todo el mundo, dicharachero y convincente. Aquí se le ha llamado “avivato”, y aunque nadie lo ha definido, es notorio que la sociedad en la cual se mueve como el pez en el agua no lo considera un bellaco, abiertamente, sino un vivo muy especial, que no parece hacerle mal a nadie, por cuanto su víctima principal es el moderno Estado de derecho y el régimen de leyes en que ya nadie sabe exactamente qué es lo que hay que hacer y lo que no debe hacerse. Es, también, el príncipe del soborno y los pequeños y aun los grandes funcionarios lo miran con una sonrisa condescendiente. El avivato, claro está, corrompe una sociedad con una rapidez perniciosa, porque nadie cree que esté haciendo Nació en Bogotá, en 1907 y falleció en 1990, a los 83 años. En 1929 entró a Los gran daño, sino saltándose barreras que todos los demás ciudadanos consideran hostiles a su comodidad y completamente caprichosas. Sin darnos casi cuenta, el antiguo país de gente puritana, severa, hipocritona, pero respetable, ha sido sustituido por esta chisgarabís que se mueve como una lanzadera por entre las dificultades que paralizan a la gente, ante la ventanilla, conducto informal y estrecho para sus relaciones cada día más extensas con el Estado. El avivato puede sacar una licencia más aprisa que nadie, manejar toda la red de dificultades que van de la cuna al sepulcro para hacer cualquier cosa, para la vacuna, para la expulsión de un arrendatario, para pagar y recibir el comprobante de los impuestos, etc., etc. Se presentará con la plena prueba de su hazaña y una amplia sonrisa que quiere decir: “Usted no sabe cómo hacer las cosas, déjemelo a mí”. Pero, además, es sabido que el avivato se mueve por todos esos canales, fluidos para él, hasta que de pronto aparece rico o funcionario, sin saber cómo. El sabe cómo. La cosa es no tomar las leyes muy en serio. No es, pues, como el tinterillo, que como aprendiz de Abogado lo primero que pretende es que su cliente se admire de la complejidad de la ley y se atemorice con su peso presunto. No. El avivato se resbala, como una anguila por entre la maraña judicial y la reglamentación constante del Estado, hasta que da con el sitio por donde puede pasarse. No es extraño, pues, que el avivato acabe por ser uno de los grandes sobornadores, cuando descubre que hay puertas que se abren con unos billetes, bien y oportunamente entregados. El avivato es un fresco, pero profesional, y que va hasta los extremos de la frescura, a donde nadie se atrevería, solo a punta de desprecio, por la especie humana. El no tiene mucha filosofía y no cree en nadie ni en nada, sino en su sistema empírico de ir probando todos los accesos, todas las troneras, todos los huecos que para el hombre honorable están sellados, para siempre. No porque se rechace a los hombres honrados, sino “porque no saben hacer las cosas”. Eso es lo que dice el avivato. La sociedad, acosada por el Estado y la burocracia indolente y cruel, se ha ido habituando a que el avivato es un resorte indispensable, y ya no se ven colas y filas de gentes pacientes y serias, sino acumulaciones de avivatos que se van saltando todos los turnos, con un guiño al que los vigila, con una sonrisa a la señorita asediada que no se interesa por esa humanidad estropeada y vencida desde el principio, cuando le llega el primer aviso de algo que tiene que procesar ante la ventanilla del Estado. No todos son casos de ventanilla, y el avivato ha ido descubriendo otras vías subterráneas y pasa por la infranqueable barrera y comienza a manejar las cosas desde adentro. Entonces es invencible. Aun los hoscos esmeralderos y mafiosos requieren sus servicios y él se hace cargo de ciertas sutilezas que no se resuelven a tiros. El avivato es uno de los resortes más notables de la mafia, y pasa inadvertido en esta función. Pero está permeando toda la estructura social, como los pícaros la literatura del siglo XVI. Su estructura moral no es muy diferente, pero su apariencia es inofensiva. Su prosperidad, por otra parte, es notable. Es un apasionado de la sociedad de consumo, y el primero que obtiene todo lo que ella produce, de manos de los contrabandistas, por donde quiera que las cosas resulten más baratas. Generalmente comienza como recadero de alguna oficina, y allí aprende su oficio y la cantidad de ley que necesita para su menester impenitente. Y tiene millares de discípulos. Hasta que en todas partes hay un avivato y una avivata. La construcción de un túnel para penetrar al corazón mismo de los depósitos del armamento o de los tesoros de un banco sería su culminación última. No siempre el avivato se mete en esas empresas, pero las admira, se detiene justamente donde la ley penal no puede menos de morder, y sigue adelante. Que nos estemos convirtiendo en una sociedad de avivatos es uno de los castigos más grandes que han caído sobre Colombia, y si nuestra mala fama pasa volando las fronteras es porque no hay extranjero que no haya tenido que ver con los avivatos. Los debe haber, de seguro, en otras civilizaciones. Pero entre nosotros son una inmensa, populosa institución que, curiosamente no parece molestar a nadie. ¡País de avivatos! La gente común y corriente cree que ese no es más que un oficio como el que figura en las leyes americanas: el expediter, que tiene oficina en los ministerios. El que arregla todo y perfora el muro de la burocracia, aun de la propia, un avivato titulado. El Tiempo, 14 de febrero de 1979. (Tomado de “El periodista Alberto Lleras”, Antología, Volumen 1, U. de A. y BPP, 1992). LA SECTA TERRIBLE En cuidadoso y lacrado sobre recibo un folleto pequeño, tamaño de catecismo, con pasta azul —demasiado azul— y este título: Pastoral del Exmo. y Rmo. Sr. Dr. Miguel Angel Builes, dignísimo obispo de Santa Rosa de Osos sobre el liberalismo. 1931. La pastoral ha sido leída en toda la diócesis de la cual es humilde oveja el general Pedro José Berrío, en abril de este año, como prevención para unas elecciones. Si hablamos ahora de ella, es porque Santa Rosa de Osos está al día —oh injusticias— pues el general Berrío la ha tomado de sede episcopal en sede pontifical del conservatismo. Queremos hacer notar a nuestros lectores que el ambiente de Santa Rosa de Osos, donde seguramente la oveja devota tendrá largas conversaciones con el pastor, no es propiamente tranquilizador para quienes esperan que por Navidad llegue el general Berrío respirando pascualmente amor por todos los partidos y tolerancia benévola por los yerros de sus adversarios. El obispo Builes advierte en este folleto azul los pecados que se cometen por votar con la demagogia liberal. Se extraña que los mismos domésticos, son sus palabras, abran al enemigo el camino para subir al poder. Y luego cuenta por qué es “el enemigo”. En trágica procesión herética desfilan López, Obando, Mosquera, Murillo, todas las administraciones radicales, y se ven caer sobre las cabezas de los varones de guerra y paz las excomuniones y anatemas de los pontífices. Después de esa procesión, el obispo agrega que nada se ha modificado en la secta terrible a que pertenecemos, sin saber que pecamos voluntariamente al errar y persistir en el error. Y concluye afirmando que sucede muy a menudo que “el ansia de lucro lleva a muchos hasta coaligarse con los enemigos de la Iglesia con tal de alcanzar sus fines”. Exactamente el mismo concepto que profesa con devoción y energía su oveja más distinguida, el general Berrío respecto a la cooperación conservadora en el ejecutivo. ¡Nosotros vemos discurrir al prelado y al jefe conservador, a la sombra, en las dulces siestas de Santa Rosa de Osos! Cómo se congestionarán las manos donde fulgura la amatista, y cómo se colorearán las mejillas, bermejas de por sí, del general. Aquello será un largo coloquio de iras, el uno, a nombre de una diócesis conservadora, el otro a nombre de una arquidiócesis laica, y ambos ante el temor de que la grey inerme reaccione, para cooperar con el enemigo. El general ha ido a Santa Rosa, no a negocios de vil trato, sino a comercio de ideas, y a buscar confortamiento. Así los místicos solían encontrarse en alguna villa, o en su desierto los cenobitas, para darse valor o aconsejarse. El general Berrío, que vino entero y alarmado a la Cámara, a lo último sentía flaquear el corazón ante tanta debilidad humana. Allí, la sede le devolverá su energía. Por Navidad entrará a Bogotá con una rudeza campesina y una fe de leñador, alimentada con el recuerdo agreste de las prédicas diocesanas. Y habrá dado más soltura a la mano que excomulga, ya autorizado por la silla de Santa Rosa de Osos. Entre tanto, en España, donde suceden por ahora cosas horribles, como aquí en el 60, el Nuncio ensaya su mejor sonrisa para entrevista al señor Azaña, que ha dicho cosas reprobables y ha consumado herejías liberales. Roma tiene un gesto de reprobación escéptica para el Cardenal de Toledo, a quien considera florentinamente, un intempestivo. Todo se orienta hacia la paz de los espíritus. Los sacerdotes que ocupan bancas en las cortes constituyentes, son menos feroces que los mismos clericales de la minoría vasca -navarra. ¿Por qué? La Iglesia sabe que cuando se cierra una puerta, se abre otra, en la Tierra. Y ya en Roma hay conocimiento seguramente de que bajo el cielo de Santa Rosa de Osos el pacto antiliberal se ha hecho carne. El general Berrío bajará de su montaña hacia el país, y como la doncella de Orleans, emprenderá la reconquista. Pero la Iglesia esta vez procederá con más prudencia, y ojalá que nadie vea chamuscarse un pelo del general Berrío por haber sido más católico que su pastor, el ilustrísimo señor Builes. El Tiempo, 4 de diciembre de 1931. Tomado de Antología El periodista Alberto Lleras, V. 1. Universidad de Antioquia, 1994. RAZONES PARA SILBAR “EL CIRCO” Señor Carlos Chaplin: En el alba de hoy he encontrado un cartel de un metro veinte de alto por setenta centímetros de ancho, agujereado, lleno de chirlos, y al cual manos indignadas habían ido despellejando a tiras. Como llovía —una de esas albas de arrabal que caen por sorpresa sobre el centro de las ciudades— el cartel se había desteñido. Con todo pude reconocer que había un hombrecillo de hongo, varita flexible, zapatos torcidos —como si cada uno quisiera ir por distinta ruta—, y logré identificarlo a usted, señor Chaplin. Después supe que la multitud había operado aquella injuria iconográfica. Y le confieso a usted que no he sentido indignación. Pero esta carta tiene por objeto explicarle por qué “El Circo” tuvo en Bogotá un epílogo que la crítica amaestrada de otros países, donde la sensibilidad ha llegado a la estandarización, pudiera torcer en contra nuestra. Sepa usted que ayer era dos de noviembre. Es un día que nosotros solemos consagrar a los muertos y que tradicionalmente había contado con un decorado de lluvia. El último dos de noviembre no ha llovido. Por el contrario. La tarde estuvo excelente. Algún amigo ha podido informarme que la mañana fue de buen sol, digna de un sábado cualquiera. Pero no es eso solo. Nosotros en nuestra ciudad no tenemos solidaridad intelectual con el resto del mundo, cosa que nos hace desenfadados, nerviosos, y sin responsabilidades históricas. Si “El Circo” se recibe con una tempestad de silbidos —demostración universal de desaprobación— en París o en Nueva York, su reputación sufrirá, señor Chaplin, y no hay ningún ciudadano que se atreva a tomar esa medida de protesta sin pensar sus consecuencias extraordinarias. En cambio, nosotros podemos silbarlo, y a usted no le pasa nada. Sin contar con que usted no lo sabrá nunca. Nuestra protesta tiene cierto carácter clandestino a los ojos del mundo, que le hace deliciosa. Si yo hubiera estado anoche en el teatro donde se suscitó este accidente, hubiera comenzado a silbar antes de que concluyera “El Circo” y no como lo hizo el resto del público, cargando la responsabilidad a otra película absolutamente inocente. Y lo hubiera silbado por las razones que impulsaron a manos anónimas a romper el afiche en que estaba usted con los ya mencionados artículos de su personal indumentaria. Porque usted en “El Circo” ha colocado a su humorismo — perdón, señor Sigmundo Freud, pero quiero equivocarme— una dosis de filosofía oscura, sexual, dolorosa, que me estafa a medida que va corriendo la cinta. Porque usted me ha dado la clave en esta misma película mencionada, de lo que es su obra, después de que descubrió, gracias a la infidelidad de sus amigos, como Frank, que usted era un personaje excepcional. Hoy he visto en un cine de familia una de sus películas de antes. ¿Se acuerda? Cuando iba „por las calles tropezando, perseguido por ese eterno policía implacable, y su alma de golfo se daba golpes contra todas las cosas, como si usted viera el mundo al través de unas antiparras de aumento. Cuando le perseguía un eterno matón de hongo, en las vías intranquilas de los suburbios, en una ciudad como esta, como aquella, como la otra. Cuando hacía danzar los panes, en “La Quimera del Oro”. Cuando usted... Bueno. Cuando usted era un hombre como todos. A medida que ha ido creciendo, es usted menos hombre, y se transforma en filósofo. Le hubiera silbado, porque usted cree que en todas partes del mundo debe aplaudírsele. Y yo vivo en una ciudad que se permite disentir de todo el mundo. Porque en todo lo que he leído sobre usted he sacado la consecuencia de que es un ser de excepción, y oiga bien, señor Chaplin, en Bogotá cada hombre lleva debajo de la piel una animulada tropezada, equivocada, que da tumbos, que se llena de miedo ante los matones, y que, sin embargo, los vence; que siente cariño por todo lo maltrecho perseguido y mal herido que va encontrando; que no sabe nunca que sus actos provocan la risa del vecino, mucho más que los gestos automáticos de Carlos Chaplin en un telón de cine. Y porque todos en esta ciudad somos como usted, si señor, unos golfos de buen corazón, de movimientos vagos, sin derrota definida, y cuando vamos por una calle, nunca sabemos si es por una razón de dirección inteligente, o porque nos ha echado por ella. Está bien que el mundo entero aplauda a Carlos Chaplin, porque siente íntimamente que es un extranjero en su sensibilidad, y un extranjero aturdido y errado. Pero en esta ciudad, muy señor mío, si no nos atrevemos a patearle a usted en el desarrollo mismo de su cinta, lo haremos siempre, ya sea un poco tarde, aunque caiga la ira sobre objetos que no la han provocado. Como anoche. Y por eso esta mañana, señor Chaplin, yo arranqué un pedacito de cartel, y haciéndolo una bolita pequeña, le di un puntapié, calcado de su ultimo gesto de “El Circo”. Y cuando cuente usted este episodio, agregue que Carlitos Chaplin ha sido silbado. En un teatro donde había, para verlo, reunidos 1.200 Chaplin de carne y hueso, llenos de rencor contra la gloria excepcional de un hombre que lo ha robado para andar por ahí, en los telones, copiando cada una de sus anécdotas cotidianas. Hasta otra vez, señor Chaplin. El Tiempo, 4 de noviembre de 1927 (Tomado de la Antología El periodista Alberto Lleras, Volumen 1, 1992, Universidad de Antioquia y Biblioteca Pública Piloto). Enrique Santos Montejo (Calibán) Nació en Bogotá, al tiempo que la primera Constitución de Núñez, y murió en 1971. Su insustituible Danza de las horas, publicada en El Tiempo desde 1932 y durante más de cuarenta años, casi sin interrupciones, fue un clásico del periodismo nacional. Se puede afirmar incluso que Calibán institucionalizó el género de la columna en Colombia: si se calcula un promedio de 300 danzas por año, multiplicado por 1.200 palabras por artículo, da una producción exorbitante digna de ser investigada. Su época más ardiente de mosquetero de la palabra fue la de juventud: de 1911 hasta 1916, mientras dirigió el diario La Linterna, en Tunja. Ambos, la hoja y el periodista, fueron excomulgados por el clero boyacense. Calibán, —seudónimo que corresponde a un personaje de “La Tempestad”, de Shakespeare—, ha sido el más polémico columnista de la prensa colombiana. Tuvo miles de ávidos lectores porque se expresaba de forma descarnada y objetiva. Unos lo leían para dejarse orientar, o por deleite; otros para rabiar, pero no dejaba a nadie indiferente. Nunca pretendió rendirle culto al estilo; escribía sin arandelas, de forma clara, incisiva, como hablaba; con un ritmo acelerado y una sintaxis descoyuntada. La economía de palabras llevada al máximo lo aproxima a la técnica telegráfica. Su magia estaba en la capacidad de comprimir en cuatro líneas una teoría política, un libro o una película. Lector empedernido de prensa nacional y extranjera y de la literatura de todos los tiempos, se encerraba en su casa a disfrutar de su magnífica biblioteca; vestía como un lord inglés en Picadilly y cultivaba rosas en su jardín. En una semblanza que hizo de Calibán en 1946 para su nueva revista Semana, Alberto Lleras escribe: “La Danza de las Horas representa en el tiempo lo que en el tiempo representa el barómetro. Nadie ha reflejado mejor que Calibán en su columna los cambios atmosféricos de la política, de la economía, de las ideas, de las tesis, de la opinión sobre los hombres y las cosas, sobre las costumbres, sobre la moral, sobre los libros, sobre las ciencias, las artes, el amor, el deporte, las mujeres, los dictadores, los presidentes. Tiene fama de contradictorio, una sólida, muy firme fama de inestabilidad en sus juicios, pero es esa precisamente la clave de su dilatado prestigio en todas las capas de la opinión pública”. Además de las famosas Danzas, escribió Croniquillas de aquí y de allá, columna que publicó esporádicamente, en los años cincuenta, en el suplemento literario de El Tiempo. El las consideraba “charlas deshilvanadas, que son como tiras arrancadas a la piel de mi vida”. En ellas están cifradas sin duda sus memorias. Católico, apostólico, romano, hablaba hasta de los ejercicios espirituales y no se privaba del sermón y del tono moralista si él venía a cuento. Realista y objetivo, igualmente desencantado del capitalismo y del socialismo, amaba por encima de todo a su patria, pero ese patriotismo no le impedía ver y denunciar las irregularidades del Congreso y todo lo que afectara el bienestar común. Con motivo de los 25 años de su muerte, el Círculo de Lectores publicará el libro “Calibán y la prensa de opinión”, de Luis Carlos Adames. DANZA DE LAS HORAS El prólogo-libro que Jean Paul Sartre escribió para la ya famosa autobiografía de Jean Genet, el autor demoniaco que narra sus experiencias de ladrón, asesino, estafador, pederasta, etc., ha provocado una ofensiva general contra el existencialismo, o “excrementicialismo”, como lo llama Mauriac. Por lo demás, la moda del Existencialismo está pasando rápidamente. Sobre todo desde que se convirtió en uno de los negocios más productivos de París. Guy Breton nos cuenta cómo los existencialistas, que tienen sus cuartel general en el barrio de SaintGermain des Pres, forman hoy una de las mejores atracciones para el inocente turista extranjero. Ya los guías no llevan a los metecos a la “tournée des grands ducs”, o sea la visita a los lugares del placer. Ahora les muestran a la tropa de muchachos y muchachas que convirtieron el tranquilo y aristocrático barrio en un circo. Con razón se ha dicho que el Existencialismo es la empresa comercial mejor lanzada, después del circo Barnum. Los existencialistas visten la camisa de cuadros, que les fue impuesta por Sartre. Inmediatamente surgió la industria de las camisas a cuadros, que goza hoy de gran prosperidad. Se reúnen los chicos en sótanos, cubiertos de telarañas; pero como las arañas no trabajan con la rapidez necesaria, ha surgido otra industria: la de cría de arañas con que los avisados comerciantes decoran los sótanos. El uniforme de los existenciales se completa con mugre y grasa. De modo que los únicos establecimientos que no se han beneficiado son los balnearios y las peluquerías. El existencialista que se respete debe usar caspa, uñas negras, cabellera no tocada por el peine ni la tijera y barbas de un mes, por lo menos. La inventiva de los explotadores es infinita. En los sótanos hay sosías de las grandes figuras literarias. De esta manera cuando el turista llega al sótano, ya embriagado de admiración, el guía le muestra en una mesa a André Gide, en otra a Jean Cocteau, en la de más allá a Sartre. Todos sujetos más o menos parecidos a los originales, pero que bastan para engañar al turista. Este pregunta tímidamente si podrá obtener autógrafos de estos ilustres personajes. Que naturalmente los conceden, mediante una generosa propina al guía. Pero los existencialistas exageran. Con la presentación de un espectáculo demasiado perfecto, los turistas comienzan a desconfiar y a cansarse. “Saint Germain and Co” es una empresa destinada a desaparecer en breve. El Tiempo, 7 de octubre de 1950. BAJO EL NARANJO EN FLOR La sombra del naranjo en flor no es, Barrera Parra Dear, propicia a la acción; pero puede ser algo mejor: el pretexto para que los galeotes modernos-gobernantes, periodistas, capitanes de las finanzas que creen dirigir los destinos de la humanidad, se suelten de la noria en torno de la cual dan vueltas sin cesar, en continuo movimiento infecundo, ignorantes de que pisan perpetuamente el mismo terreno, obsesionados en la persecución de un fin siempre cercano e inalcanzable siempre. La institución de los ejercicios espirituales es una de las más sabias prácticas de la Iglesia católica. Los fieles, alejados del mundanal ruido, reflexionan sobre lo efímero y amargo de esta vida terrenal y lo dulce y eterno de la otra. De los ejercicios salen muchos propósitos de enmiendas, y a veces enmiendas efectivas. El reposo para el hombre de acción o el intelectual no puede ser simplemente el pretexto para dormir más o comer mejor, sino la oportunidad de la meditación, que no se les presenta nunca en las horas de trabajo, o del descanso afiebrado e intermitente que las separa. ¿Crees que tú y yo, en nuestro ínfimo escenario, o todos los que en este planeta tan vasto y diminuto a la vez, escriben, peroran, legislan, decretan, transforman, construyen, destruyen, guerrean; todos los que ocupan un puesto dirigente, piensan lo que están haciendo o lo que van a hacer? No. La civilización moderna es improvisación en la acción. En medio siglo el hombre inventó e improvisó las cosas más estupendas, maravillosas y extraordinarias y consiguió por medio de la ciencia, lo que ninguna Lámpara de Aladino hiciera en la antigüedad. Todo es hoy vertiginoso e impersonal. Y todo marcha bien mientras el hombre desorientado no sabe qué hacer. La máquina sigue dando vueltas, pero no ya en sentido armónico, sino cada rueda a su antojo, y nadie sabe si se va a estrellar, si se va a detener o si de pronto volverá a funcionar normalmente. Somos como el aprendiz de motociclista de Mark Twain, que subió sobre una máquina, le apretó un botón, y luego no supo como detenerla. La motocicleta corría y corría por valles y montañas, aplastando niños, perros, gallinas, y el desventurado motociclista, agarrado con todas sus fuerzas al manubrio, ignoraba como iba a acabar aquella carrera fantástica. No pensaba, no oía, no veía nada. Su única preocupación era no caerse. En el momento en que la gasolina se agotó, la motocicleta se detuvo y el aprendiz, como un bólido fue a dar de cabeza en un charco, y no se hizo daño. Se estrellara contra un árbol y allí terminaran la aventura y la vida del inexperto chofer. Cuando la terrible máquina que nos lleva hoy a todos, sin saber a dónde ni cómo, se detenga, ¿seremos tan afortunados como el personaje de Twain, o nos estrellaremos sin remedio? Bajo el naranjo en flor he podido satisfacer una curiosidad para la cual en nuestras oficinascamarotes no hay tiempo suficiente: leer detenidamente periódicos y revistas de los principales países, compararlos, y buscar en ellos alguna luz dentro de la oscuridad presente. Tengo aquí “ The New York Times”, “The Chicago Tribune”, “Le Temps”, “Le Matin”, “Luz”, de Madrid; “The Manchester Guardian”, “El Mercurio”; de Santiago; “Le Mois” y “The Revue of Revues”, que son un resumen mensual de todas las actividades humanas. Y te aseguro, mi buen Jaime, que no hay lectura más desoladora y desconcertante que esta. Ni uno solo de estos grandes órganos de la opinión cree que esto va bien o en vísperas de mejorar. Por el contrario, todos aseveran que esto va de mal en peor. Lo que nadie sabe es por qué ni cómo. Porque si en Londres opinan que las causas del mal son éstas, en París afirman que son precisamente las contrarias. Los remedios se anulan los unos a los otros y las soluciones contradictorias no pueden operar. Los armamentos y la política guerrera, son una de las causas principales de la inquietud mundial. Pues bien: en las conferencias sobre el desarme se llegó a una conclusión genial: las armas no son un peligro sino en relación con el que las usa. Es decir, los bogotanos podemos estar armados hasta los dientes y no pasará nada. En cambio los santandereanos, con palillos, harían una hecatombe. Después de esta declaración las potencias marítimas propusieron que las terrestres se desarmaran, y éstas que las grandes flotas se redujeran a la nada. Y así todos los problemas. Los capitalistas no quieren que el fisco ayude a los sin trabajo, porque esta es plata perdida. Los obreros protestan de que el Estado se dedique a sostener las grandes empresas, incapaces de darles trabajo. Los agricultores piden que se cierre la frontera a los productos de fuera y quieren que las de los demás países se las abran. Los industriales aspiran al mismo absurdo. Naturalmente todo eso produce caos, confusión de que puede darse cuenta fácilmente el que tenga ocasión de examinar en la prensa mundial el panorama de la situación. Yo propongo como base para una reconstrucción general un mes de reposo bajo los naranjos en flor; un mes de suspensión de todas las actividades, las discusiones y las conferencias con las cuales se trata en vano de arreglar la crisis, cada día más grave. La máquina abandonada a sí misma durante 30 días, no marchará más mal que ahora cuando 100 choferes tratan de dirigirla por 100 caminos diferentes. Con esta tregua absoluta podría suceder una de dos cosas: o que los problemas se resolvieran por sí solos, mediante la fórmula bien conocida entre nosotros, o que los hombres recuperaran la razón y encontraran en el reposo lo que es imposible de hallar en la Torre de Babel. Pensarás que el perfume de los azahares me ha embriagado. Sobre todo combinado con el acre olor de la tinta de imprenta que sale de todos estos diarios venidos de las cuatro partes del mundo y portadores de la misma simiente de locura. Y por hoy mi querido Barrera Parra, basta de filosofías. El Tiempo, 26 de julio de 1932. ESPECTACULO PARA UNA VEZ La muerte sigue siendo el espectáculo supremo. Nada hay que atraiga tanto al hombre como el suplicio de un semejante. Los autos de fe agrupaban en España inmensas multitudes que contemplaban con ávida curiosidad cómo se achicharraban las víctimas en las hogueras. La guillotina ha tenido siempre un grande éxito. La hoy Plaza de la Concordia, alegrada por la más bellas fuentes, y centro de la vida parisiense, se vio colmada de pueblo ululante, cada vez que se le mostraba la cabeza del que antes era su ídolo y luego su víctima aborrecida. Gorgouloff fue ejecutado ante un público tan feroz, tan impiadoso como el de las épocas en que se descuartizaba a los criminales. Yo también presencié una ejecución capital. Como excusa sólo puedo alegar que era casi un niño. En compañía de medio Bogotá, acudí a Barrocolorado y asistí al fusilamiento de Juan Ortiz y sus compañeros. Desde muy temprano tomé asiento en compañía de gamines, chicas de la vida alegre y otras gentes maleantes, sobre unas tapias frente al lugar en donde estaban los banquillos. Vi llegar a los cuatro sin ventura, precedidos de los cuatro cajones que debían recibir sus cadáveres. Vi su palidez de cera, sus movimientos de autómata; vi cómo Juan Ortiz pidió agua y bebió en la totuma lentamente con la desesperación de quien realiza el postrer acto humano; vi cómo sus cuerpos, llenos de vida, temblaban ante la muerte inevitable; oí el estruendo de la primera descarga y no supe más, porque me caí de la tapia sin sentido. Lo recobré en una tienda vecina, en donde unas mujeres compasivas me dieron chicha con aguardiente, después de exclamar: “Pobrecito, debe ser pariente de alguno de los fusilados”... Muchos años han pasado y todavía conservo la visión horripilante. Y como si fuera ayer, veo la faz lívida de Juan Ortiz, sus ojos agrandados por el terror y su manos agarradas a la totuma, bebiendo un trago de agua que él hubiera querido fuera eterno. Ninguna consideración sería capaz de hacerme presenciar otra ejecución. Es un espectáculo que sólo debe verse una vez en la vida. (Septiembre 15, 1932). Tomado de La Danza de las Horas, Colcultura, 1972. DEL ESTILO Estoy de acuerdo con Pío Baroja en no rendirle al “estilo” un culto exagerado. El estilo no es, según él, sino pretexto para no decir nada. Y el estilo relamido y perfumado en artículos de combate diario, es invención ridícula de ciertos colaboradores jóvenes, semijóvenes y ancianos de la prensa colombiana. La química del estilo está reservada en otras latitudes a las revistas de carácter literario. Durante quince días, estos estetas pulen y repulen su artículo, lo retuercen, lo alambican y lo entregan a la circulación tan peripuesto y elegante como un dandy de provincia. Cuenta Turgeneff en sus memorias que una vez recibió la visita de Flaubert, en momento en que redactaba una carta de recomendación para un ruso amigo suyo, y como hubiera puesto ya el verbo “encarecer” le pidió al ilustre novelista un sinónimo. Flaubert tomó la carta, meditó largo rato; luego pasó a una estancia y duró allí encerrado una hora. Turgeneff, alarmado, entró a ver qué pasaba y halló a Flaubert cubierto de sudor, con la pluma en la mano. Trataba de buscar un sinónimo armonioso y no lo hallaba. “Es imposible, dijo, en tan corto tiempo encontrar la palabra precisa. Mañana volveré”. Y se fue llevándose la carta. “Qué imbécil”, fue la conclusión de Turgeneff. Flaubert fue quizá un imbécil. Pero un imbécil de genio, que hizo una que otra obra perfecta y absolutamente imposible de leer hoy. Cada libro representó para él un esfuerzo heroico. Largas vigilias a caza de adjetivos nobles. Escribía una página diez y veinte veces. Con ello conseguía redactar cincuenta líneas sin repetir ni un adjetivo ni un sustantivo ni un verbo. Balzac fue muchísimo menos correcto que Flaubert. La obra de Balzac es inmortal. Flaubert ha entrado ya en el olvido. Y si esto le pasa a un puro artista, ¿qué diremos de nuestros escritorcitos, sin base ninguna ni otro mérito que el ocio permanente que les permite realizar, con el mismo trabajo de Flaubert, pero sin la menor chispa de genio ni de buen éxito, una labor de ebanistería en sus escritos? ¿Qué se le puede y se le debe exigir a un diarista? Claridad y lógica. Dentro de estas condiciones, no es posible reparar en galicismos de más o menos, en cacofonías, que escapan a una corrección siempre rápida, y en uno que otro gazapo. Hacer orfebrería en la máquina de escribir y en artículos a los cuales no hay tiempo nunca de darles segunda lectura, es vana pretensión. No es deseable tampoco. Un diario tallado por orfebres sería una de las más insoportables y soporíferas lecturas que pudiera ofrecérsele al público. Diciembre 15 de 1932. Tomado de La Danza de las Horas, Colcultura, 1972. Federico Rivas Aldana (Fray-Lejón) Este periodista y poeta, que vertió la opinión en verso rimado y jocoso, nació en Bogotá el primer día de este siglo y hasta su muerte, en 1982, fue considerado uno de los pocos sobrevivientes de la Bogotá “cachaca” y apacible de antaño. Sus ingeniosos crucigramas y columnas de humor identificaron toda una época del periodismo colombiano. A los diez años ya escribía versos y asistía a las sesiones de la Gruta Simbólica. A los once años empezó a trabajar como vendedor en la revista Bogotá Cómico, de la que pronto llegó a ser jefe de redacción. Dirigió la revista Crítica (1929) y colaboró en La República, de Felipe Lleras Camargo. Y fundó la revista Fantoches para darse el lujo de publicar sus propios versos; una publicación política tan mordaz, que en 1926 Fray-Lejón fue llevado a juicio por sus ataques al gobierno, y se convirtió en adalid de la lucha en Colombia por la libertad de prensa. En 1931 ingresó a la redacción de El Tiempo, en cuya nómina permaneció hasta su muerte. Sus famosas columnas Buenos Días, en estilo versificado, donde le sacaba punta al suceso más pedestre, y la humorística Hace 25 años, lo convirtieron en uno de los cronistas más leidos en Colombia entre 1930 y 1960. Los lectores terminaron por acostumbrarse a su eterna aversión por los conservadores, los costeños y todos los parias sin noble cuna bogotana, así como a su visión urticante de la capital colombiana, de la que le preocupaba tanta “basura callejera y humana” acumulada en su crecimiento. En Hace 25 años, la otra columna que creó para elevar sus emolumentos y hacerle competencia a cronistas como Jaime Barrera Parra, relataba los hechos de cinco lustros atrás, “verídicamente, pero con el aderezo cáustico natural”. Sus rimas de Buenos días eran un desayuno con perdigones especialmente preparado para los personajes de la vida pública y para los de la cofradía de El Siglo. A Gaitán le dedica estos versos: “Yo quisiera que Gaitán/ dijera quiénes hoy día/ componen la oligarquía/ que ataca con tanto afán... Todo mundo es oligarca/ todo el mundo, menos él”. De humor irreverente, era punzante y atrevido en sus críticas, aunque también podía escribir prosa en registro reflexivo y poético, como lo demuestra la crónica “Por qué se mató el caricaturista”, sobre Rendón. Al igual que el caricaturista, Fray-Lejón también propinó en prosa y en verso arremetidas que hicieron estremecer la hegemonía conservadora. También mantuvo la columna “Gazapera”, que fue el origen en 1944 de sus célebres crucigramas, y durante muchos años fue el encargado del archivo del periódico El Tiempo. Su obra no ha sido recogida. ¿POR QUE SE MATO EL CARICATURISTA? Desde mayo de 1896 las gentes se dedicaron a desmenuzar las posibles causas de la muerte de Silva, y la atribuían a fracasos comerciales, la incomprensión de sus obras y hasta se hizo una innoble interpretación del “Nocturno” para insinuar un oscuro amor en la claridad de su vida. Y desde la fría mañana de aquel trágico miércoles 28 de octubre de 1931, las gentes se especializaron, en periódicos y cafés, durante horas, años y lustros en desmontar pieza por pieza la vida y muerte de Rendón, para tratar de explicarse su intempestiva salida de la fiesta en que parecía tan alegre y divertido. Y cada cual se cree el descubridor de la verdad, o el depositario único del tremendo secreto. Hablan de enfermedades misteriosas, desmentidas por sus médicos, sus íntimos y la misma autopsia. De tragedias sentimentales, cuando él solamente tenía amoríos de cabotaje sin enclaje en puerto firme. Y las gentes que jamás fueron adentradas en la casa de su corazón, ni con él convivieron sino sólo en el regocijo bullicioso de las mesas, supieron que Rendón se hallaba en angustiosas dificultades económicas. Cuando al genial artista, de 37 años, soltero, en pleno goce de concepción, pagaban cuarenta pesos por caricatura, fuera publicada o no. Y éste “no” se producía sólo alguna vez al año cuando él quería saltarse a la torera ciertos respetos religiosos o personales, lo cual, como es de diáfana comprensión, no es posible en un periódico. Hace cinco lustros, cuando la vida era infinitamente más fácil y barata, cuando no habían pasado por nosotros una guerra internacional, otra mundial, otra civil unilateral, ni los tremendos impuestos, cuando el Presidente de la República, Olaya Herrera, ganaba mil quinientos pesos mensuales y los congresistas quinientos, un artista soltero, sin complicada vida social, no podía estar en mala situación con mil doscientos pesos al mes. Además, diarios poderosos como El Espectador y Mundo al Día, lo buscaban y tuvo una seria propuesta de ir a trabajar a los Estados Unidos por dos mil pesos mensuales, con dólar a la par como era en nuestros tiempos: —No, no acepto, dijo rotundamente el Maestro. Aquí me gano mil pesos y pago con gusto los otros mil, con tal no vivir en Nueva York. Todo es inexplicable en la muerte de Rendón, hasta llevarlo a cabo en “La Gran Vía”, que desde 1893 hasta hace unos años fue sitio de reunión de intelectuales, pero a donde sólo por casualidad el artista se acercaba. Otros eran sus sitios favoritos, en los centenares de cafés y restaurantes alegres y cordiales que de día y noche estaban abiertos, y en donde se reunían gentes de ideas, tras de un bien servido y listo espirituoso licor o una charla espiritual. La ciudad entonces era una ciudad, y no, como hoy, una casa de inquilinato, y las charlas se alargaban hasta el amanecer cuando las gentes se dispersaban a pie a sus casas hasta los barrios más lejanos, sin que nadie turbara la fiesta, pues tenían la protección de nuestra cultura y de la policía que guardaban las calles. No había entonces que acorazarse en apartamentos, griles y hoteles para las fiestas, sino que todo se hacía bajo las miradas del cielo y había un grato calor de vida en las heladas calles bogotanas. Dentro de ese ambiente nocturno fácil, alegre, amplio e intelectual se desarrollaba la vida de Rendón. No fue hombre de abundantes anécdotas; pero sí, un conversador muy ameno y chispeante, y mejor en la charla dual y paseada, que en la alborotada mesa del café. Muchas mañanas platicábamos durante el tradicional paseo por el Camellón de las Nieves hasta el Parque de la Independencia, y su ingenio brillaba más libre y espantoso, y extendía mejor al sol su espíritu. Por cierto que en un tiempo nos despedimos al llegar al Bosque. El entraba a buscar una idea para su caricatura y yo tenía que correr a esa hora a mi redacción de Fantoches. Pero él iba a verse en el parque con una linda morena y, a mí una morena encantadora me prohibía entrar allí por que la regañaban si me veían, y nos encontrábamos mejor por la tarde en otras partes. En una exposición póstuma de Rendón vi unos bocetos de su novia que era la misma mía. Y luego se casó con un compositor musical. Entre pocos amigos y en las primeras copas de su espíritu brillaba, pero luego se iba encogiendo y silenciando y apenas tenía una alegre intervención, o una risa de una sola nota. No era timidez ni que tuviera un espíritu introvertido, como sus póstumos amigos han resuelto. Se divertía mejor con las ajenas discusiones; gustaba más de rumiar los conceptos y meter baza sólo en temas favoritos como la política o el arte. Dentro de ese escenario de la ciudad Rendón era alegremente acogido en las redacciones, buscado con alborozo en los cafés, querido por los cocheros y los clubmen, tuteado por los altos políticos o los emboladores o las patilisas y admirado por todos. Y siempre era bien llegado a todas partes por su cordialidad, simpatía y alma jovial y franca. Pero a nadie habló jamás de sus tragedias ni de su fatal resolución. Ni si quiera a sus innumerables amigos póstumos. Y poco antes de su muerte se lanzaron dos bien impresos tomos con muchas de sus caricaturas que valían apenas cuatro pesos. Y muy pocos ejemplares se vendieron en su vida, y pocos después de su muerte. Centenares de esos tomos fueron reducidos a cenizas en el incendio de El Tiempo. Nadie los había querido comprar y eso que se habían puesto a precio de quema. En bien diferentes estilos pero con altura semejantes y casi al mismo tiempo, Rendón y Pepe Gómez, Lápiz, fundaron la caricatura en Colombia y la sacaron de lo usado hasta entonces que eran las cabezotas sobre cuerpos enanos. Lápiz tenía una gran agilidad y variedad de estilos que lo habilitaban mejor para la ilustración de revistas humorísticas. Que hubieran sido a la larga monótonas con un solo estilo, como el de Rendón. Este en el diario era mucho más brillante, de más buido ingenio personal. La perfección del dibujo, la interpretación del momento, la síntesis afortunada de una situación política, la leyenda centelleante y exacta hicieron de Rendón el máximo artista. Que estaba tocado de la admiración de todo el país. Hombre pálido, sonriente, acogedor, de traje y corbatín y chambergo siempre negros, en él veía el país a uno de sus más diestros, valientes y certeros defensores contra los regímenes duros, contra las camarillas, y las podredumbres políticas. Su pluma se hundía reciamente en las lacras y era un hierro candente que marcaba a los altos delincuentes. Cordial y sereno, sólo perdía la compostura cuando alguien quería pisarle sus terrenos con el cambio de una leyenda o una caricatura, o cuando le recordaban sus sonetos de Medellín, de donde vino rozagante en 1916, según una autocaricatura con rizo de cabello. Y en Bogotá se estilizó hasta llegar a su otra autocaricatura de 1928. Incontables son los ciudadanos que desconocen hoy parcial o totalmente a Rendón. Los viejos juzgamos que los jóvenes vivieron también todo lo nuestro. Y entonces hay que referirles que Ricardo Rendón, el caricaturista excepcional que al morir tenía 37 años, nacido en Rionegro, se trasladó años más tarde a Medellín en donde estudió en las escuelas de Bellas Artes. En “Avanti”, publicó sus primeros dibujos que él mismo grababa en metal. Colaboró en la revista “Colombia”, y fue el principal sostén de “Panida”, órgano de un memorable grupo de intelectuales medellinistas. “Los Panidas éramos trece”, como cantaba León de Greiff. Muchos de los Panidas empezaron a llegar a Bogotá al rededor del año 15. También hizo allí una serie de tarjetas con caricaturas de personajes en forma de animales, pues, “todo político se parece a algún animal”, según decía. Su primer dibujo aquí lo publicó Cromos. Era un “cartón” sobre el Kaiser. En El Gráfico publicó dibujos personales, por fin en 1921, cuando Villegas Restrepo fundó La República, con un capitalón de doscientos mil pesos de esa época y que iba a barrer con todos los demás colegas, Rendón se inició en la caricatura diaria. Sus “monos” de entonces eran de trazos inseguros, llanos de letreros, largas leyendas, pero poco a poco se va afirmando la línea, se vigoriza, se desbroza y la composición, enredada a veces, se estiliza y perfecciona. Pasó a El Espectador, en donde combatió reciamente al General Ospina, y luego volvió a sus dibujos comerciales, entre los cuales se recuerdan aún la cabeza del cigarrillo “Pielroja” y los anuncios del Zacol. Y su deseo era fundar un semanario humorístico: “Michín”. Esta idea tuvo su más seria perspectiva en el año 25 bajo los nobles auspicios del gran acuarelista José Restrepo Rivera, que por entonces era el Gerente de la Naviera Colombiana, con mil pesos de sueldo. Nos reunió varias veces en su casa de la Capuchina para sentar las bases de ese gran semanario —muerto ya, “La Semana Cómica”— a Rendón y Pepe Gómez que eran los dibujantes y a mí como jefe de Redacción. Hasta la media hora se discutían los planes, pero en cuando el Whisky y el jerez empezaban a cumplir, la charla se enrumbaba por otros puntos, y se dejaban los planes para otra noche. Al salir de la sexta sesión, dimos por terminado el proyecto y el bar de Restrepo Rivera, que iba a ser empresario y director, y Rendón volvió a su elevada habitación del Metropolitano, en la Primera Calle Real, a sus dibujos comerciales y sus esporádicas ilustraciones en los diarios y revistas. En marzo de 1928 empezó su colaboración en El Tiempo. El dibujo de Rendón no era universalista, sino especialmente político, y dentro de su obra son pocos los dibujos sociales y menos los internacionales, como puede observarse desde los primeros de “Avanti” hasta los últimos de El Tiempo. Se apartan, como es claro, sus maravillosas acuarelas, y sus magistrales portadas para “Universidad”, de Germán Arciniegas. La línea firme, recta, limpia de las caricaturas de Rendón coincide exactamente con la de su vida particular y su pensamiento artístico y político, siempre de claros, seguros y severos trazos. Hay jóvenes o extranjeros que al cabo de 25 años ignoran no sólo a Rendón sino las circunstancias de su muerte. En absoluta sobriedad se acostó el día anterior a las once de la noche, pues al día siguiente, a las cinco de la tarde, tenía una cita con don Fabio Restrepo a fin de que fuera al campo a descansar unos días. A las nueve de la mañana se levantó, se despidió, como siempre jovial y tranquilo, de su madre, y salió de su casa en la calle 18. Poco antes de las diez entró a la “La Gran Vía”, en donde charló brevemente con el gran viejo que era don Manuel Murillo, que tanto lustre dio al establecimiento. Pidió una Bavaria al más lejano reservado y sin quitarse siquiera el sobretodo permaneció en silencio allí casi una hora. De pronto se sintió un ruido no muy fuerte y al acudir el camarero halló a Rendón caído con una bala en la cabeza. Se había disparado con una pistola colt, calibre 22, y estaba inconsciente. En un charlol de Bavaria había escrito: “Suplico a mis amigos que no me lleven a casa”. Trasladado a la clínica de Peña, fue operado, aunque sin ninguna esperanza y a las 6 de la tarde falleció en medio de la consternación de toda la ciudad que se agolpaba en los alrededores de la clínica. Al día siguiente fueron sus funerales, a los cuales concurrió toda la ciudad. Las cámaras levantaron sus sesiones en señal de duelo. El gobierno, las gobernaciones y todos los municipios aprobaron mociones de dolor, para expresar el que embargaba a todo el país. Hoy hace 25 años se mató Rendón. Psiquiatras que lo trataron, o no; compañeros que lo vivieron en sombríos días y alegres noches, amigos póstumos que surgieron al punto, todos dan las más aventuradas y desventuradas versiones y explicaciones. Y ninguna, lógica, ni justa, ni natural. El hecho es que el magistral artista, el genial caricaturista quizá se sintió cansado de la fiesta y sin despedirse para no turbarla, cogió prudentemente su sombrero y se fue. Lecturas Dominicales de El Tiempo, 28 de octubre de 1956. BUENOS DIAS Siempre en todo periódico el reportero que entra e imagina una cosa muy ágil y muy nueva, al director propone hacer alguna encuesta sobre el asunto grave que esté sobre la mesa. Ir preguntando a todos en cafés y plazuelas su opinión sobre el punto que el reportero quiera. Si el director es una persona tonta y mema, que está haciendo su viaje de bodas con la prensa, se cree que eso es sin duda una cosa moderna y al cronista le aplaude la original idea que hará que ese periódico mucho mejor se venda, ya que a tantas personas fácilmente interesa. Pero si uno tal cosa, a Calibán le lleva, él, que no traga trucos y sabe mañas viejas, no lo baja de idiota neto la noche entera, las cuartillas airado se las tira a la cesta, el Gato se enfurece y ruge García Peña, pues saben que esas cosas de las preguntas necias tan sólo uno las hace cuando no tiene tema y ansía llenar cuartillas de una fácil manera y de modos muy cómodos sin trabajar apenas, a costa de una gentes que a nadie le interesan. En vez de estudiar una fina crónica amena que pide estudio, ingenio, tiempo e inteligencia, el reportero coge agentes, cocineras, estudiantes, empleados y modistas modestas todo el elenco anónimo y cuanto de sorpresa le digan, sonreído, todo feliz lo lleva como su mayor gracia, a un director de prensa. Quizá si ese sujeto fuera a hacer una encuesta en una forma unánime las gentes le dijeran que el periódico baja muchas veces de venta por esa tontería de las preguntas necias El Tiempo, 15 de diciembre de 1939. A NADIE SE DEBE LLEVAR ALZADO Todo miembro del honorable sindicato de ebrios, bohemios y similares (los similares son los congresistas que un día consiguen colocar su preparadísimo discurso) debe erguirse, ponerse en pie y mantenerse firme. Aunque si hace tal gracia ya no es un ebrio diplomado, sino un estudiante que aún no ha dado todos los cursos. Un recluta de ese noble ejército que trabaja día y noche por elevar las rentas. El señor alcalde dispone que la policía encalaboce a toda persona que transite embriagada. Y eso no sólo va contra nosotros, sino contra la ética, aunque la ética, como su nombre lo indica, no pueda beber. Hay que ver que el hombre bebe para que se pueda pagar la policía y que ésta misma es la encargada de que él no pueda cumplir con su “beber” como pidió Nelson en Trafalgar, según otro asesinable equívoco de Antolín. Y si no es de los ebrios y los criminales, ¿de qué vive la Policía? El gobierno tiene fábricas de licores que naturalmente no son para poner fomentos ni calentar reverberos. Los rones que hacen no son para que se les pase el trago por debajo del corset y se le pase el dolor a una vieja que debutó en atún. O a un chiquillo que dejó la alimentación meramente animal. El animal es la suegra de la futura esposa del niño. Estas cosas —los licores, no los niños— las fabrica el gobierno con el plausible objeto de que el conciudadano las beba en las cantinas, y cuando el conciudadano las bebe en las cantinas y sale a la calle, porque alguno tiene que salir aunque sea a pagar el impuesto sobre la renta, la autoridad lo castiga. Y ni siquiera le admite como pago de la multa, la plata que uno le dejó al estado. (Aquí se podría hacer un chiste sobre el estado... de embriaguez, pero creo que ya lo echará mañana Emilio Murillo). El Estado reconoce todo. ¿Que hace cuarenta años unos chatos se rebelaron contra el gobierno legítimo, y que al que se chorriaba más mulas lo hacían general? Cuatro, cinco mil pesos. Que otro del bando contrario se entraba a un rancho y lo sacaban corriendo? Grado de capitán y militar de carrera. ¿Qué otro chato duró veinte años durmiendo sobre un escritorio? Una pensión. Y que un alzado gasta su salud, su tiempo, su dinero y su crédito durante seis lustros en una trastienda por ver cómo se sostiene la república y deja de sostener a la familia? Lo llevan a la cárcel apenas lo declaran jubilado. Y lo llevan es precisamente cuando está alzado que es cuando principia a gastar. Y es una injusticia. El ebrio aparte de que es un pisco que levanta al fisco, según funesto calembour de Laureano, alegra la ciudad. Le da colorido. Es el que hace mover los taxis, los cafés, las tienduchas, los diarios. Lo único malo de los bohemios es que a veces hacen versos y echan discursos. Y que de golpe se saltan al libro o al congreso a echarlos cuando apenas eran soportables en una cantina. ¿Y qué quiere don Germán? ¿Una capital de trescientos mil sampermadrides y saninescanos? ¿Y que los borrachos no griten? ¿Es que cree Zea que acaso el único que tiene derecho a tomar trago es el mudo de Francisco? Uno de los dos tiene la palabra. Tal vez don Germán quiere evitar los delitos por el abuso del alcohol. Aunque el centenarista decía que el abuso del alcohol consiste en emplearlo en cosas que no son para emborracharse. Pero don Germán no ha caído en que los delitos no se cometen en las calles sino en las cantinas. Y entonces habría que detenerlos más bien adentro. ¿Poner policiales por cuenta del bar? Y ¿cuándo sabe el agente si uno va a desenfundar un soneto, una confidencia, o un revólver? O como ha sucedido tantas veces, cuándo sabe a qué horas debe llevarse a sí mismo? Y la tragedia será para el cliente pues le cobran 30 de güisqui, 10 de soda, quince de cigarrillos y cincuenta centavos de agente. Y cómo sabe el sereno —como decíamos con Germán cuando éramos centenaristas— ¿si uno va ebrio? ¿O si su embriaguez es de “pelas” de papá Fidel, o de vida o amor o poesía, según el coctel de Nervo? Va un empleado haciendo un sábado todas las “eses” que olvidó en la oficina a tomar un taxi para la casa, a dormir su “pergamina” y el señor agente lo lleva a que más bien se la lidie el inspector. Salen dos chicos hablando a voz de cuello y gritando bestialidades, y resulta que no son ebrios. Son unos estadistas de la Cigarra, señor agente. Va uno del brazo con un señor que le dice “idiota” a cada instante y no es alzada, ni molestia. Es que sale del periódico con Calibán. ¿O va uno de brazo de un chico que trastabilla, el sombrero en la mano y los ojos en la nuca, y con una muchacha que vocifera y manotea? Tampoco hay ebriedad. Caballero Calderón que volvió y quiso dar un paseo con Emilia y un servidor. Y doce o veinticuatro horas de cárcel, y sin siquiera en la policía un trago acogedor ni un piquete al día siguiente para espantar el guayabo. Y en cambio va uno con un señor que habla muy paso y golpea centenarísticamente el bastón, y otro que apenas se sonríe y somos el caballero Antolín y K.—Milo que vamos ebrios. De esos ebrios que hay que conducir. Mientras al agente no se le dote de un jumómetro el decreto no sirve. Jamás el policía podrá saber si el que corre o grita, sin sombrero y alocado es un borracho escandaloso, o es Riverita que eufóricamente corre tras una chiva. Y a lo mejor lo deja pasar a uno que lleva una juma de noventa y ocho puntos, como para que estalle el paro general, pero toda enmochilada dentro del sobre todo; y agarra al muy ilustre y muy respetable señor conde de Cuchicute que va a acostarse a su casa hecho un Ignacito Escallón. ¿Que el borracho les pone pereque a los empleados juiciosos? Pues que los empleados juiciosos no cobren los sueldos del erario que sostiene el ebrio. O que siquiera se vayan a sus oficinas o sus casas para que los ebrios tengan campo libre en donde trabajar para sostenerlos. ¿Por qué se quejan de las malas notas que uno da, si uno nada dice contra las que ellos escriben? Y así, pues, al leer el decreto del alcalde, decreto irrespetuoso que atenta contra el gremio, todo alzado hoy se pone de pie, y se va de cabeza. El Tiempo, 11 de julio de 1939. José Joaquín Jiménez (Ximénez) El bogotano José Vicente Jiménez (1915) fue uno de los cronistas estrella de El Tiempo desde 1933 hasta su muerte en 1946 —cuando contaba sólo 29 años— víctima de una pulmonía que contrajo en ejercicio de sus funciones como cronista judicial, una noche de ronda de suicidas en el Salto del Tequendama. Aunque lo más reconocido de su producción periodística son las crónicas y reportajes, se desenvolvió con éxito en los géneros del comentario serio y jocoso. No obstante, solía definirse como “un cronista, un reportero vil, un escritorzuelo estúpido e ingenuo”. Desde 1938 comenzó a colaborar en El Tiempo con editoriales, comentarios y la columna Babel del día, que sobresalía por su calidad de prosa. En ese diario también nació su alter ego, Rodrigo de Arce, seudónimo con el que firmaba baladas y poemas de despecho que metía en el bolsillo de los suicidas para darle un toque más trágico y folletinesco a la historia. Rodrigo de Arce era un vate hiperestésico y pintoresco, que escribía versos disparatados en clave de humor para los públicos populares, y con el tiempo se volvió una leyenda. Cuenta Germán Arciniegas que una vez en Buenos Aires le preguntaron por ese poeta misterioso que incitaba al suicidio con la sola lectura de sus versos. Mientras en los comentarios de Babel del día Ximénez se tornaba demasiado lírico y meditabundo, en sus columnas de humor sorprendía por la versatilidad narrativa. En el semanario Sábado de Bogotá publicó varias secciones cómicas como el Diccionario, Las baladas de don Rodrigo de Arce, las parodias de don Luis Sobando (en antihomenaje al gramático Luis de Obando), encuestas disparatadas y recetas de cocina ídem. En El Espectador sostuvo la popular sección Buenas tardes, en verso. También colaboró como cronista en El Espectador y las revistas Cromos y Pan. La Biblioteca Popular de Cultura Colombiana publicó un tomo de Crónicas de Ximénez, que en realidad corresponden al género del reportaje. Y está próxima a salir una selección de sus reportajes en Planeta. RELATO DE UN JUICIO PUBLICO EN BOGOTA sortearon jurado para la causa pública que, por el delito de homicidio, se adelantaba contra un campesino de Guayabal, en un juzgado superior. La primera notificación se me hizo a más de dos meses. Un agente de policía me convidó a firmar un papelito y me entregó un mamotreto. Se trataba de aquello que en términos judiciales, se llama “el sumario”. Lo leí con atención y detenimiento. El asunto era simple y sencillo. En alguna vereda del pueblo vivía una mujer adinerada, madre de un hijo y una hija. Falleció la mujer y dejó unos terrenos, con árboles y siembra. La hija había contraído matrimonio con un honrado labriego. Eran dos los herederos universales de la dama difunta: el hijo y la hija, y por concomitancia, el esposo de ella. Llegaron a un discreto acuerdo. Repartieron las tierras y alzaron sus ranchos. La vida siguió su curso pacífico. El matrimonio fructificó; tres hijos con paludismo y parásitos intestinales. Vivas Buitrago, que tal es el nombre del esposo de la hija de la dama (esto ya se está poniendo complicado, como lo podréis observar), alzó su casa en el predio que le había tocado en suerte. En tal predio había palos y árboles diversos. Vivas Buitrago resolvió hacer leña. *** Le leña daba humo. Y el humo, despertó la envidia latente en el corazón de Alfonso, el cuñado de Vivas. Riñeron los dos: Que el uno era el dueño de los palos. Que no: que era el otro. Finalmente, fueron a donde el juez municipal, a instancias de Vivas. Se dirimió la querella. El juez Me advirtió que el asunto sólo se podría enmendar, mediante un juicio legal de sucesión. Entre tanto, nadie tocará los palos: ninguno hiciera leña, para evitar hechos fatales. *** Mas, con antelación a tan sabio consejo, Vivas Buitrago había tumbado unos palos. Y precisamente, de regreso a su casa, el día de la demanda, resolvió llevar los palos tumbados, del campo a la vivienda. Alonso, el cuñado, se presentó intempestivamente en casa de Vivas Buitrago. Lo insultó, lanzó una piedra contra uno de los hijos del matrimonio. Le dio de palos a su hermana, esposa de Vivas, y por último, arremetió contra éste. Alonso tenía 25 años. Vivas 33. Alonso era fornido y corpulento: Vivas raquítico y enclenque. Trabados en lucha, Vivas cayó a tierra. Alonso le tomó la garganta con el sano propósito de estrangularlo. Vivas sacó de sus bolsillos una navaja e hirió donde pudo. La herida quedó localizada en la caja torácica. A consecuencia de ella, Alonso falleció, treinta y tres días después, en el Hospital de San Juan de Dios de esta ciudad de Bogotá, fundada por don Gonzalo Ximénez, el soberbio. *** Se inició la sumaria. El hecho ocurrió en una fracción del municipio de Guayabal, el miércoles de ceniza del año de 1940. Vivas fue traído a Bogotá. Repartido el negocio, correspondió su estudio al juzgado superior. El juez lo llamó a juicio y propuso este cuestionario: ¿Es cierto que Alonso murió a causa de la herida que le hiciera Vivas? Respondió el jurado afirmativamente. ¿Es cierto que Vivas hirió con intención de dar muerte? No: fue la respuesta del jurado. ¿Es cierto que el hecho acaeció en riña provocada y en momentos en que Vivas estaba iracundo? Sí, respondió el jurado. *** El juez consideró que el veredicto era injusto. Pues, según su criterio, Vivas había herido con intención de dar muerte, desde el punto que hirió en el pecho, parte un tanto sagrada del cuerpo humano. La sentencia del juez fue confirmada por el tribunal, aceptando la misma tesis. Se hizo necesario, pues, provocar un nuevo jurado. Habían cursado dos años, desde el día de los acontecimientos. *** Este nuevo juicio público, en el cual intervine como jurado, fue muy interesante. La fecha fue pospuesta una y otra vez, con la pérdida de más de dos meses en perjuicio del procesado. Por fin, ayer se hizo la audiencia. Eramos cinco los ciudadanos encargados de fallar sobre tamaña ocurrencia. Nos leyó el juez unos artículos del código y tomamos asiento en unas sillas; dándoles las espaldas al estrado del juez y mirando, al frente, al sindicado, a quien custodiaban dos guardianes somnolientos. Leyó el secretario el auto de proceder, la sentencia del juez y la confirmación del tribunal superior. Le correspondió el uso de la palabra al señor fiscal, joven jurisconsulto, entre cuyos méritos se puede contar el de desconocer, por completo, el negocio que tramitaba. Sostuvo, con ardua elocuencia, la tesis del tribunal. Esto es: Vivas Buitrago hirió a su cuñado con la intención de darle muerte. ¿Cómo probarlo? ¡Pues con estupenda sencillez! ¿Dónde hirió Vivas Buitrago? En el pecho de Alonso. Ergo... si no hubiese querido dar muerte, lo hiriera en los brazos, en una mano, en la cara (aún en la cara) o en un pie: nuncamente (sic) en el pecho. Citó declaraciones para sustentar sus acertos. Y resultó que las declaraciones citadas decían todo lo contrario. Dos horas habló el señor fiscal. Entre tanto el sindicado (un pobre campesino anémico), permaneció entre sus dos guardianes. Había vestido un terno azul, de manta. Tenía las pupilas húmedas. El juez al comenzar la audiencia, lo invitó a que relatara los hechos. Vivas lo hizo con una voz trémula, de una manera ingenuamente patética. Todo: sus ademanes, el tono de su voz, el brillo de la mirada, el trabajoso acesar (sic) de la respiración, eran indicio de una emoción violenta. Ese hombre no había querido dar muerte. Se trabó en riña con una persona amiga, por una estupidez de avaricia. Se sintió agotado y quiso defenderse. Ocurrió algo fatal. *** El agente del ministerio público (señor fiscal), desechó la advertencia que hiciera el defensor de Vivas, sobre la corpulencia de Alonso (a quien debe conocerse como el occiso, y su juventud y vigor, muy superiores a los del victimario, con la lectura del acta de la autopsia hecha en el cadáver de Alonso. —¿Cuándo se hizo la autopsia? —Un mes después de ocurridos los hechos que se juzgan. Así, el señor fiscal, quería que se tomara como evidencia de juicio el estado del cuerpo de un hombre muerto, después de haber padecido la enfermedad (pleuresía), por espacio de un mes. Desde luego, hasta el mismísimo Tarzán, tan popular en estos tiempos, sería un andrajo fisiológico, si se le mantuviera a tratamiento de pleuresía por el curso de un mes. *** El defensor poca cosa hubo de hacer. Relató los hechos. Citó las circunstancias y peculiaridades de la vida campesina. Y solicitó a los jurados que negaran la tesis del tribunal y del juzgado superiores, sobre la voluntad de Vivas de dar muerte a su cuñado Alonso, cuando lo hirió en riña. El cuestionario que nos propusieron era, además, muy curioso: “¿Es cierto que Alonso murió a causa de la herida que le hizo Vivas?”. “¿Tuvo voluntad Vivas de matar a Alonso en el momento de herirlo?”. “¿Hirió en momentos en que era presa de la ira provocada por agresiones de Alonso?”. “¿Hirió en riña provocada por Alonso?”. A la primera cuestión, todos contestamos afirmativamente; aunque la cosa era dudosa, pues la herida también ha podido sanar, si se hubiera sometido Alonso a un tratamiento médico adecuado. Alonso falleció sólo después de los treinta días de ser herido. A la segunda contestamos cuatro (hubo un voto “cismático”), que Vivas no había tenido intención de matar, desechando la sabia afirmación del tribunal de que, un hombre trabado en riña, si no tiene intención de matar, debe escoger, para herir, un pie, o cualquier brazo, y no la caja torácica. A la tercera pregunta respondimos afirmativamente. Pues nadie riñe sin ira. Sería monstruoso que hubiera quien riñera a las carcajadas. El juez había advertido, que las dos últimas cuestiones, se referían a dos situaciones jurídicas diferentes: la ira y la riña no se aparejaban en el criterio del señor juez. Allá él. Vivas resultó absuelto totalmente por cuatro votos en una de las cuestiones y cinco en las restantes. El máximum de pena que le podría corresponder, si el juez obrara con la más rotunda severidad, serían treinta y dos meses. De este término, habría que descontar rebajas a las cuales el proceso tiene derecho. Resulta pues, que este infeliz campesino, ha sido mantenido preso contra toda justicia; que su causa se juzgó sin llegar al fondo del negocio; que se acogió una tesis absurda, incalificable. Tesis luego confirmada por el tribunal, cual es esa de pretender que un individuo escoja, en riña, el sitio en donde deba herir. Y que por último, se le absuelva, después de 32 meses de prisión inicua. *** ¿Qué sucede con el poder judicial? Esta pregunta viene a los labios y a la mente de todos aquellos que tengan que ver algo con estos fatídicos y fastidiosos negocios. ¿Hay negligencia? Sí: y mucha. Los funcionarios del poder judicial se mecanizan; para ellos no existen hombres, sino casos. Y esta es una pésima manera de juzgar. El señor fiscal por ejemplo, no había leído el expediente del negocio que trató; y, sin embargo, sostuvo tesis que iban contra el acusado; y para mantenerlas y sustentarlas, ante cinco jurados relativamente conscientes y cuerdos, citó declaraciones que, precisamente, afirmaban todo lo contrario de lo que decía el señor fiscal. *** Si hay una necesidad imperiosa, de resolución inaplazable para mantener la dignidad ciudadana de los colombianos, es esta de la reforma judicial. Los jueces están agobiados de negocios. En los más de los casos, escribientes sin criterio jurídico, sustancian los sumarios y dictan autos, que luego firma el juez. Sólo cuando se trata de un negocio sonado, los fiscales se toman el trabajo de leer el expediente. A estos pobres seres a quienes la vida doblega, a estos pobres campesinos como Vivas Buitrago, se les trata como a fichas; no como a hombres. El corazón del juez, del fiscal, se mecaniza. Pierden, o por lo menos así lo parece, el calor humano; la facultad cristiana de la caridad, de la solidaridad. El agente del ministerio público cree que su única obligación es hacer condenar, ignorante, quizás, de que su obligación es, precisamente, hacer que brille la justicia. Los trámites son largos. El papeleo, monstruoso. Un jurado cualquiera puede hacer demorar por uno o dos meses, el veredicto en una causa. No hay hombre, sino casos. La letra jurídica se aplica con una fidelidad contraproducente. *** Yo miraba ayer, en momentos en que se leía el veredicto, a la faz de Vivas Buitrago. El pobre hombre, apenas podía contener el llanto, cuyo cauce abriera una emoción elemental. Pero este es un caso aislado, aunque ejemplar. ¿Cuántos Vivas Buitragos soportarán en Colombia (pensaba yo) la pesadumbre de los trámites, de la desorganización, de la indiferencia de la justicia oficial? El Tiempo, 7 de octubre de 1942. LA FLAUTA Y LA ENVIDIA Las calles del barrio tienen en las tardes un buen sol que las atisba desde el claro cielo y les da su beneficio, humildemente sin la petulancia de los astros mayores. En la tarde, cuando el crepúsculo rudimentario pone pespuntes de sombras sobre los caballetes de las casas, y adorna de colores alegres la desazón de las últimas horas de un día molondro y cotidiano como todos los días, juega en el aire una música plañidera y extraña, que un viejo, bohemio y filósofo, arranca de un flautín de hoja de lata, de cuyos cinco agujeros minúsculos se escapa la inquietud del tísico viento que canta. Este hombre de la flauta tiene unas barbas que le ponen sobre el pecho una blanca vegetación decepcionada. Es alto; ancho de hombros; de grandes ojos amodorrados; de amplia frente. Viste pobres ropas remendadas. Usa un bastón de peregrino y lleva un morral de lona, alcancía de su miseria y despensa de su hambre. No se le conoce oficio. Va por las callejas del barrio, seguido por un bullicioso grupo de chiquillos, se sienta en los umbrales. Del morral saca pan y se alimenta. Se arregla sus ropas viejas y rotas. Y luego, suena su flauta, pausadamente sin prisa y produce melodías extrañas. Armoniosas voces, música de cábala y fatalidad. Yo me he acercado al hombre de la flauta. Le he preguntado cosas de su vida. He tratado de descifrar este jeroglífico ambulante, sin ningún buen éxito. Porque, si urbanamente contesta mis preguntas, el hombre de la flauta lo hace con palabras muy sabidas y rebuscadas y cuando ya la confidencia piensa escaparse de su boca, a la boca se lleva el aparato de latón, y le sopla las entrañas y lo hace gemir, lo hace llorar, lo obliga a reír alborozado y este lenguaje es de comprensión muy difícil, casi imposible. En todo caso, la estampa del único filósofo, decora a perfección el ambiente de mi barrio. He pensado que seguramente esté irremisiblemente perdido entre sí mismo, y trate de hallarse, y se llame con la voz angustiada de su música. He pensado que es un loco, un maniático o un incomprendido. En realidad, no es más que un hombre que toca la flauta. Un hombre que yo envidio con pérfida envidia, porque siempre que lo veo, recuerdo el cuento del faquir flautista que dormía a las culebras. Y es tal la emoción que el recuerdo y la contemplación me producen, que últimamente huyo del hombre, porque sé muy bien, que una tarde de éstas, yo no me podré contener y he de robarle su flauta. Para qué? Sencillamente para ensayar el método del faquir, que según la tradición siempre dio maravillosos resultados. El Tiempo, 7 de febrero de 1936. DICCIONARIO DE SABADO IMPIOS. Pollos que no pían. Débese ello a ciertas maleaduras que sufren cuando no son animales, sino huevos. Ejemplo: “Ay, aquestos gallos míos se vuelan de mis corrales. Semejantes animales con plumas, y tan impíos! Salomón Gallo”. TALENTO. Lo que no anda o está funcionando lentamente. PANDO. Clase de pan musical, muy usado por los antiguos asirios. La fécula se adobaba con algunas substancias misteriosas, que producían la nota do. FECULA. Fe que no sirve para nada. OBISPO. Macho de avispa. ATRIO. Modo, manera, método de cantar, producir, hablar o actuar tres personas. Ejemplo: “Don Luis de Socabarrás ganó la justa de Satrio; él valía por dos, o más! Diole victorias el atrio. Juen de Tibillete”. CONVIDADO. Voquible formado de con, vid y dado. Era esta una fiesta en que, luego de gustar manjares, se libaba el vino y se jugaban dados. Convidados fueron todos los banquetes de Nabucodonosor; como también los de Baltasar. MANDAMIENTO. Del inglés man; del castellano da; del español miento; inflexión de mentir. Hombre que da mentiras. ALABAR. De ala interjección convidadora y bar, nombre de los expendios de licores. Quiere decir, hijo, vamos a tomarnos un trago. Ejemplo: “Mi compadre Luis Matute cuando sale del lugar, diez mil pecados embute y luego, torna a alabar. Michea Hunprhinus” OBESO. Alternativa de besar. MANTECO. Del inglés man, hombre, y de Teca, población mexicana. Ciudadano mexicano oriundo de Teca. MANDABA. Nombre de un dios egipcio, compuesto de man, hombre en inglés y daba, inflexión de dar. Era el dios que daba hombres para las batallas. A él eran muy devotos los faraones que construyeron las pirámides. SALUD. De sal, cloruro de sodio y ud. contracción de usted. Invitación a que usted coma sal. Ejemplo: “A las vacas de mi aprisco las llevaré hacia el Talmud... Imítelas usted, pisco, engorde y coma salud! Guzmán de Alfandoque” CACIQUES. Cosa que casi es, pero con mala ortografía. IDOLOS. Término marino usado por los cartógrafos de la Edad Media, que antecedieron a los grandes descubrimientos. Los cuales pintaban en sus cartas olas y olos, y les agregaban, para ahorrarse el trabajo, la partícula latina id. (ibídem). CONSUELO. Lo que tiene suelo y puede dar afincamiento. COSTIPA. Cos que dan las tipas, o mejor dicho, las indias de cierta curiosa tribu del Caquetá. Son muy ladinas. Ejemplo: “El noble Zaquenzazipa se enamoró de Blangaza mas perdió toda la masa pues la dama era costipa. Juan de Catalanos”. AMENAZAS. Asas de donde se colgaban los amantes en los templos antiguos. MUCURA. Vaca curandera usada por los indios Matipanchotes, que, como es sabido, eran grandes pastores. Al mu de la vaca, curaban los gusanos de las reses. REBAÑOS. Cosas que tienen dos o más baños. APOSTOLES. Tipos que apuestan entre sí. El pueblo, para castigarlos, los ha esdrujulizado. RINCON. Cosa que tiene rin. Rueda de automóvil. Ejemplo: “Tiene Roberto un camión de modelo interesante; no marcha nunca adelante y se para en el rincón. Jesús Ford” TONELADAS. Toneles que usaban las hadas para guardar las aguas con las cuales se aseaban y bañaban. PIRAMIDE. Medida de pira. NOVEDAD. El hombre que no ve las dades. Las dades son cinco, a saber: adad, edad, idad, odad y udad. Iguales a las letras vocales de nuestro alfabeto. CALCULO. Cal que se coloca en parte vergonzosa. CALCULAR. Untar la cal en la misma parte. CALMOSA. La cal recién nacida o moza aún. Ejemplo: “Veredes don Juan, veredes que la chica de Hinojosa tiene rudas las paredes aunque parezca calmosa. Pedro de Zigüenza” VERDAD. Quien ve la dad; lo cual es mucho ver. SALCHICHA. Chicha con sal. La tomaban los indios parapujodecontes. MANCEBO. Del inglés man, (hombre) y de sebo, grasa. Hombres que eran de pura grasa. Ejemplo: “Mandó el teniente Pedraza darle garrote al tunebo; mas no se topó la traza, pues era puro mancebo. Diego de Higuerilla”. PARPADOS. Par de pados muy usados, que se les adjudican a dos personas. MARCHITADO. Mar a quien los dioses hicieron silenciar. La biblia nos habla del mar muerto. SEDIENTA. Invitación que los dientes les hacen a las muelas. Entre las piezas de la boca también hay sus temblorcitos. Ejemplo: “De modo fenomenal el colmillo toma afrenta de la siniestra cordal que no quiso ser sedienta. Luis Mamaviejos”. PARTICULAR. Parte que queda en la espalda, un tanto abajo de la cintura. SERAFIN. Angel final. PANTALON. Pan que se comía por los talones. Ejemplo: “Era Manuela María dama de gran corazón pues tan sólo pantalón daba su panadería Lope del Trigo”. MISERIAS. Las cosas serias de uno mismo. LASCERIAS. Las cosas serias de los demás. Sábado. 12 de agosto de 1944. Columna Babel del Día. CUENTO DE ESPIAS las diez de últimas, se rectifica la aparatosa información que tuvo que tener origen autorizado, acerca de una tremenda organización de espionaje nazi en Medellín. A raíz del aviso hecho por el señor Hoover, jefe de los G. Men, sobre la presunción de que dos famosos espías del Eje anduvieron por esta amable patria con chirimoyidad, los corresponsales de la prensa urdieron un relato maravilloso y fantástico. Alemanes, japoneses, italianos y no pocos colombianos pertenecían a la red más peligrosa de espionaje que hubiese funcionado en Suramérica; los A servidores de las agencias noticiosas transmitieron la información a todo el mundo. De pronto, Colombia se convirtió en un lindo foco de actividades antidemocráticas. Desde luego esta suerte de notoriedad es perjudicial, nociva y contraproducente. La prensa extranjera, cito el caso concreto de la prensa norteamericana, acostumbra ocuparse de nosotros dando las noticias más morrocotudas. Indios que asaetean a los blancos; horribles epidemias de suicidios; crímenes atroces; desfalcos, sucesos extravagantes, son los platos que con mayor frecuencia suelen servirse a la avidez de los lectores. En Chicago, en una fiesta a la cual asistían un selectísimo grupo de rubias damas y esforzados hombres de negocios, yo, aguijoneado por los aperitivos, relaté cómo me había salvado de perecer bajo los apachurrantes golpes de macana del cacique Quesada, en las inmediaciones de Bogotá. Aquellas deliciosas chicas rubias y esos inteligentes varones de empresa se tragaron la píldora, como la cosa más natural. Hubo quienes le agregaron a mi pequeño relato circunstancias enternecedoras. ¿Colombia? ¡Oh, sí, Colombia! ¡Tierra de indios bravos! Debe ser muy interesante la vida por allá... Y las damas me miraban, como queriendo descubrir en mi cara de idiota las facciones de un indio feroz. Es el nuestro el país que menos propaganda se hace. La propaganda es hoy uno de los instrumentos más importantes de toda actividad. Desconocidos, pues, o tergiversando, cuando menos, nuestra verdadera realidad, si llovemos sobre mojado apareciendo como foco peligrosísimo de actividades antidemo-cráticas, menguados estamos. El escándalo de los espías debió ser desmentido a su hora, por las autoridades competentes. El Tiempo, 3 de febrero de 1945. Alfonso Fuenmayor Más conocido en Barranquilla como el maestro Fuenmayor, nació en 1917 y heredó de su padre José Félix Fuenmayor la pasión por la literatura. Estudió en Bogotá Filosofía y Letras y fue desde profesor universitario hasta senador y representante de la ONU. Comenzó su carrera periodística a finales de los treinta como reportero, cronista de las revistas Cromos, Estampa y Semana, además de dirigir estas dos últimas por varios años. En Barranquilla dirigió el semanario Crónica (1950), que fundó con García Márquez, Cepeda Samudio, Germán Vargas y Ramón Vinyes (el sabio catalán). Fue un lector voraz, conocedor profundo de los clásicos griegos y latinos, y un descubridor de autores, especialmente norteamericanos y del boom latinoamericano, cuando no eran famosos. Alfonso Fuenmayor fue el maestro de la generación del Grupo de Barranquilla; el más culto del grupo, con una sabiduría que procuraba ocultar. A él le tocó recibir en El Heraldo a Gabriel García Márquez, que venía recomendado por Clemente Manuel Zabala de El Universal de Cartagena, y desde el primer momento intuyó su talento. En El Heraldo se encargó de los editoriales durante 26 años, y publicó la columna Aire del día. Otras columnas fueron Ni más acá ni más allá y El carrusel de todos los días . Pero sin duda donde desplegó sus mejores recursos de cronista fue en la revista bogotana Estampa, a partir de 1939, donde publicó la columna Tipos y cosas de la ciudad. En esas crónicas revela su maestría para la descripción de personajes, situaciones y ambientes, y el manejo del diálogo sin perder el punto de vista personal. Murió en 1994. Cosas y tipos de la ciudad VIDA Y AMBICIONES DE LOS EMBOLADORES en el cruce de la Avenida Jiménez de Quesada con carrera quinta, una casa con pretensiones de lo que hoy llaman “edificio”, una casona antigua conocida ubicuamente con el sonoro mote de “Cinerama”. El frente por la carrera es casi señorial. Exhibe cándidamente un mármol conmemorativo, cuya desvanecida combinación alfabética reza: “El área en que está edificado este local fue donado por el señor José Marcelino Hurtado.” Por el lado de la Avenida, muestra un solar escueto, destartalado. En un patio en el que el sol cuando sale hace una fiesta al deslizarse sobre los residuos de las frutas de la estación, varios gamines entretienen sus ocios en juegos sencillos e infantiles. Arriba se ven toscas columnas de madera y alcobas con pasadizos iguales a los amorosamente propicios corredores de hoteles. Un radio esparce profusamente las melodías de moda y mezcla, a ratos la oratoria afectada de los speakers locales. Entenebrece esta morada el suave discurrir de un sacerdote, que amonesta a los habitantes de la casa diciéndoles: “Hijos míos, Dios es muy bueno. Si no lo fuera, ¿acaso habría creado los zapatos, el barro y el betún?”. Es el Cinerama el sitio donde viven los limpiabotas. Con un mínimun de costo viven aquí los solteros únicamente. Los otros, en cualquier sitio. Con el alba salen los emboladores de sus yacijas y escondrijos, en donde han pasado la noche. Con las manos aún sucias del betún de la faena anterior se restriegan los ojos legañosos y adormecidos. Ignorantes de los servicios higiénicos del agua, con los pantalones a medio ajustar se tiran a la mitad de la calle, como debieron hacerlo los aterrados habitantes de Roma, cuando Nerón tuvo la idea de decir sus poemas frente al incendio de la Ciudad Eterna. Al igual de las bolas de billar tienen los emboladores una dirección premeditada. Van a los predios de su Hay jurisdicción, a los lugares de su parroquia, en donde se les conoce lo mismo que sus cajas, sus chistes, sus vestidos que no aciertan a tener un color definido y cuyo saco no es precisamente del color del chaleco. Con las gorras ladeadas, usadas a la manera de los apaches parisienses que figuran en las películas y el piano, en una mano, en cuyo estrecho vientre se rozan mil vendas curtidas con la policromía de las cajas de betún y con uno que otro libro de Vargas Vila, de carácter detonante y un cancionero que aún tiene vigencia en las estaciones de radio locales, van a enfrentarse con zapatos empolvados y llenos de barro. También va dentro, junto con ese sencillo instrumental, una naranja sonriente y amarilla de jugosa pulpa, en donde están sembrados, como estrellas, unas sencillas menudas, que parecen diminutos ojos humanos y que la inteligencia del empresario ha partido en dos. Llegados a la séptima cada uno toma una dirección. Esta depende de la categoría del embolador. Los de la más alta, los que se hayan en la cúspide de la profesión, los que son el modelo de los que comienzan, tienen su parroquia, su radio de acción, en donde son señores de todos los zapatos sucios, se dirigen a determinado café, cuyo nombre luce como un letrero heroico en la gorra... Ahí nadie más sino ellos pueden lustrar zapatos. Pobre del embolador furtivo que invada la zona, cuya higiene zapatil está encomendada a un embolador que se distingue de los demás por cierta gravedad que proporcionan los negocios complicados. Es difícil atender la inmensa clientela de un café y por eso se dan el lujo de lustrar los zapatos más de prisa que los demás. Les sigue en este escalafón que no consta de ningún código, pero que es inexorablemente real como una ley de la naturaleza, los emboladores de la Plaza de Bolívar y los de San Francisco que tienen un lugar preeminente dentro del gremio. Extienden con cuidados rituales, un pedazo de alfombra, sobre el que se sientan, serios, faquirescos. (Hoy el municipio los ha dotado con más bancas de metal). Cuando la clientela escasea —también tienen estos señores del betún y del cepillo sus horas negras— se teje una charla salpicada de humor y de palabras gruesas. Los que tienen un sentido más comercial del asunto, compran los periódicos del día y tienen las revistas de la semana. Generalmente poseen un perro de la peor de las razas, al que adoran extrañamente. Este perro se pasa el día echado y a veces, da paseítos, sin fatigarse, como si obedeciera a una receta del veterinario. Cuando son las doce del día, crece la afluencia de los que quieren una repisada del betún para sus zapatos. Es la hora más activa. Se les ve “concretados en el acto”, doblados sobre los pies del cliente y golpeando, intermitentes, con el cepillo la caja. El embolador está compenetrado con los zapatos. Los emboladores de las oficinas tienen a flor de labio la palabra “doctor”, que resuena como una letanía. Revista Estampa, 22 de julio de 1939. Tipos y Cosas de la Ciudad. EL PATO Pato, “Ave palmípeda, con el pico más ancho en la punta (ancho, anchísimo casi todo es un solo pico) que en la base, y en esta más ancho que alto; y el cuello y los tarsos cortos por lo que anda con dificultad (casi que no anda: frecuentemente está sentado). Se encuentra en abundancia (ciertamente abunda mucho) en estado salvaje (hoy está por completo domesticado); su carne es inferior a la gallina (a este respecto no hay duda). Se encuentra en los lagos... (y en todas partes). Diccionario Enciclopédico Hispanoamericano. Pero además del de la clasificación científica, fuera del pato que considera la zoología, que todos conocemos por el andar trabajoso que puebla el solar de las casas, hay uno que hunde sus raíces en la especie humana y que en otras partes llaman en voz de germanía “pavo” y “gorrero”. En todos los lugares tiene la acepción peyorativa y deprimente de parásito. Es el individuo que, aparentemente ignorante de todo y sin que lo garantice ninguna invitación previa, asiste a las fiestas con aire distraído, en son de visita. Es un convidado fortuito, de emergencia, inesperado, último. Como en la zoología, hay mil variaciones de patos. Los hay de las furtivas cantinas de arrabal, en donde el puñal acecha con escondida insistencia, los hay de los cafés de mala muerte en donde frecuenta el hampa y los remendados, los hay de los cafés más o menos buenos en donde hay limpiabotas y una tranquilidad convencional, los hay de bailes modestos que viven al compás de un radio y cock tails detestables, los hay de bailes pomposos que las tinieblas de los trajes de etiqueta no logran hacer lúgubre, los que han volado más alto son los que rondan las legaciones. Los “patos” forman una cofradía romántica y dispersa. Nunca andan juntos, pero se defienden, saludan y ayudan. Cuando un pato tiene tres perspectivas regala dos. El “pato” ha llegado a ser un elemento indispensable en los alegres jolgorios y puede decirse que una juerga sin ellos es una juerga deslucida. Hay cálculos exactos que dicen que una mesa de tres anfitriones no tolera sino dos patos y una de cinco sólo resiste la presentación de tres. El “pato” existe porque hay anfitriones y hay anfitriones porque hay “patos”. Hay también “semipatos” que es una variación. Es el que tiene una suma que hace cabriolas alrededor del peso. Cuando entra a un café —los cafés son sus campos favoritos de acción— y ve anfitriones de recurso, va directamente a la mesa a la que están sentados. Saluda con un saludo general y dice a la mesera en voz alta cuidando que todo el mundo oiga: “sirva lo mismo”, y paga rumbosamente, en seguida. El dinero está “sembrado” y no volverá a pagar un centavo, entre otras razones porque no tiene más. A los pocos minutos vendrá la cosecha, casi siempre abundante. Si se juega cacho o billar el “semipato” tendrá la prudencia y el tacto de ignorar esa clase de juegos. A la hora de pagar la cuenta se hará el dormido o el borracho o busca un momento de turbación para irse. Cuando un pato está desocupado entra en los cafés y mira detenidamente a todas las mesas para ver cuál es propicia a su instalación. No es exigente y podría serlo ya que hay mesas que necesitan patos como los huevos sal. Si en una mesa hay amigos que no lo han visto pasará varias veces delante de ellos. Cuando logre que lo vean y saluden todo está conseguido. Se acerca. Abraza a todos y, como hay detalles que no se le escapan al “pato” —todo pato que lo sea habrá de ser buen observador— adivinará por ellos, cuál es el de fondo y lo interesará hablándole, por ejemplo, de una muchacha prodigiosamente bella que con interés no desnudo de amorosa simpatía preguntó por él en cualquier lugar del planeta. La inmensa pasión que él, sin duda, despertó en la incógnita —cuyo nombre y figura trata inútilmente de adivinar— traerá como consecuencia que el portador de tan halagüeña noticia se sentará en una silla. También, si el “pato” lo considera infalible comenzará por elogiarle el vestido al anfitrión —si tiene debilidad por esa clase de zalamerías— en términos elocuentes y efectivos, hasta que la fortaleza se rinda. Ya está instalado. Nada, ni un incendio, lo moverá de ahí. Se ha convertido inopinadamente en una lapa. El “pato” es el último en beber y siempre deja en el vaso un remanente discreto de cerveza, de dos o tres dedos, cuando los otros han desocupado sus vasos. Todo “pato” tiene funciones que cumplir. Ineludiblemente hará la charla, a veces, a costo de su integridad moral; reclamará hasta la ira y la amenaza al sirviente que se atreva a echar “clavija” a la cuenta; recogerá los pañuelos que se caigan; hablará bien de cada uno de los anfitriones cuando ellos se ausenten momentáneamente de la mesa, cuidando que al volver éstos logren oír, casi al descuido, la parte final y elogiosa del discurso. En los momentos desfallecidos de la tertulia alargará con seguridad y sacrificio la mano con una cajetilla vacilante de cigarrillos arrugados, con una expresión distraída en la cara. Siempre estará pendiente del momento de encender los cigarrillos para precipitarse con los fósforos, una caja de tres centavos. Nunca tendrá opinión opuesta a la de los anfitriones. Son fieles a esta máxima: “al anfitrión no se le contradice ni veinticuatro horas después, ya que a veces se le ocurre „desenguayabar‟”. El “pato” es un mártir de la profesión. En el caso frecuente de que el dinero se agote, esperará resignadamente, sin protestar, —esto entra dentro de sus funciones— la vuelta del anfitrión que salió en busca de dinero. El “pato” se ingeniará para que desaparezcan las botellas vacías —la contabilidad de la mesera— para que el monto de la cuenta disminuya. Esta es su contribución. En el caso desgraciado de que por algún acontecimiento más o menos funesto haya que ir a la policía, el “pato” llevará la palabra y defenderá la causa de los anfitriones con no esperado desenfado y elocuencia. En caso de pelea, será el primero en tirarse al ruedo. Esto lo recordará hasta la necedad muchas veces ante la tertulia. El “si no es por mí” repicará como una campana ebria de alegría. En reuniones posteriores hará frecuentes alusiones al mismo asunto. A ratos dirá intermitentemente: “cuidado te quemas”, “cuidado te mojas, que la mesa tiene cerveza”. Cuando ya cansada de alegría se ha fugado y leve, como de espuma va llegando la madrugada, ángeles vestidos de un color imposible van recogiendo las estrellas trasnochadas, los luceros que incendiaron esa noche una fiebre de deseos. Es el lento florecer del mundo. Pintores mañaneros tienen el cielo. La juerga se disemina por mil caminos ignorados y curvos. El “pato” como una “nursery” maternal y cuidadosa llevará a los más averiados compañeros a sus casas. Entablará diálogos o monólogos con palabras llenas de dulzura con aquellos que se quieran acostar en la bondad horizontal de los andenes. Gemelo del panadero tocará testarudamente los sordos portones. Después queda solo, sigue meditabundo y filósofo. Es un hombre de medio vicio o de vicio y medio. Revista Estampa, 20 de enero de 1940. Estampas Bogotanas. VICISITUDES DEL TRASTEO El asunto del trasteo, tan antiguo como universal, tan común como enojoso, puede decirse que hoy más que nunca, se encuentra organizado y bate récords de velocidad. Hay empresas que viven de los que se mudan y que mantienen propaganda muy pintoresca. En la mudanza existe un escalafón cuyo punto de partida es el estudiante que se las arregla con un maletín antiguo de lona en el que se juntan los calcetines remendados con las tibias cartas de la novia enamorada con una entrada a cine cuyo valor surgió en una excursión del terno dominguero por las peñas tenebrosas y con un libro raído, que ha perdido el color, que ha pasado, como una moneda, por muchas manos y dueños, que en fin, ha hecho pasar y rajar gente. Si el estudiante es de más recursos alquila una zorra en la Plaza de Mercado o en San Victorino, y, después de un regateo canino en el que se muerden los tobillos el hambre del zorrero y la pobreza del estudiante, se establecen un diálogo medio rabioso y humorístico. El estudiante promete 20 centavos y remata así el contrato: “Apenas es un baúl pequeño. No queda sino a dos pasos. La casa no tiene altos”. Negocio cerrado. El trasteo es un lugar común. Es casi una ceremonia, con ritos convencionales y palabras de cajón. Es un drama que se representa en escenarios gemelos de desorden. Las familias pudientes alquilan una caravana de camiones. El empleado alcanzado y puntual solamente uno. En la noche que precede al trasteo, el ama de casa tiene un sueño que es una pesadilla. Entre más fiel sea está más confusa. Ve, sobre el radio comprado a plazos y cuidado por todos, una escoba mugrienta. La madre amorosa lanza un grito al soñar que su hijo el pequeño, el entremetido y preguntón, se encuentra aplastado bajo un escaparate que perdió el equilibrio. “Mucho cuidado, que, tiene vidrio” advierte la señora al mozo del cordel al entregarle con suavidad protectora, un bulto en el que va, quejándose, el retrato bigotudo —unos bigotes que parecen un par de pinceles o un corbatín—, acartonado y regañón del abuelo que para retratarse, hace cincuenta años, tuvo necesidad de tragarse varios bastones con mango y contera. La casa se anima como un manicomio de cuerdos. Van y vienen. Y al perro, que está echado y pensativo en un rincón, pues le duele por cuestiones de índole amorosa abandonar el barrio, le han pisado varias veces la cola. “Mucho cuidado que se desafina”, agrega la señora, en kimona, desde el umbral de la alcoba señalando el piano para que traten en buena forma el armónico mueble. “Ese piano, ahí donde usted lo ve —y repite la historia que ha contado a todas sus amigas— tocó María del Carmen, que era hija de Andrés, esposo de Manuelita, que es cuñada de un sobrino de José, ahijado de un primo segundo de Olaya Herrera. Es el piano, con los espejos, el aparato al que la dueña de la casa le ha puesto siempre más cariño. Las mujeres tanto quieren el espejo que lo llevan hasta en la calle, a pesar de su carácter estrictamente doméstico. De pronto un ratón acosado por la algarabía arriesga la vida al atravesar casi en avión, la sala. Las niñas —que en eso de acuerdo con las demás del globo— creen que es su deber perforar con grito tembloroso y agudo la bulla ambiente y asustan más al ratón que huye pavorido hacia algún hueco salvador y cómplice que, lo mismo que en las películas, está preparado de antemano. El instante cruel se entretiene matando cucarachas —hasta entonces escondidas— que inician su pardo discurrir desde un rincón, rigurosamente en fila, desde la cucaracha abuela, hasta la jovenzuela empolvada y casadera. La sirvienta, reclinada discretamente en la policromía de su uniforme, da una nueva cita al policía o piensa reemplazarlo por otro. Ya en la nueva casa —una casa tocada por el misterio— en la que nadie, excepto el chicuelo, puede dormir la primera noche, se inicia otra algazara que se parece mucho a la anterior para adivinar en dónde están empacados los cubiertos y manteles, y no encontrarse con un par de zapatos viejos o para ver, después de una grave discusión, cuál es el lugar apropiado para colocar los espejos, según las exigencias de la nueva residencia. Ahora descubren que los escaparates tienen espaldas; las cómodas pecho para descansar alguna postura difícil, fuera del programa; que los baúles pueden habilitarse de sillas, que fue una bestialidad haber comprado la mesa tan ancha que no cabe por la puerta del comedor; que es una calamidad que la casa no tenga antena para el radio, porque de esa hora —cualquiera— las niñas no pueden oír los consejos de belleza que dicta, fugitiva y remilgona, la más fea de las profesoras desde un micrófono ignorado y descrestador puesto en una embrujada estación local. Después la vida se organiza y vuelve a la rutina que durará hasta la nueva mudanza, para tornar más tarde. El recuerdo de la otra casa se vuelve más turbio y, perezoso. Allí se realizó una vida. Está sola de gente, propicia para fantasmas. Queda como las mujeres gordas que toman específicos para adelgazar. Revista Estampa, 13 de mayo de 1939. Emilia Pardo Umaña Nació en Bogotá en 1907 y murió en 1961. Se destacó en los treinta por su estilo insólito para una mujer de la época, con su tono zumbón y su audacia en el enfoque de los temas. Emilia llegó de las salas de brigde y de los “coctail-parties” a las desvencijadas salas de redacción, pisando fuerte, gritando y fumando como cualquier varón. “En 1934, en la página social de El Espectador, comenzó a salir sin firma una columna despierta, confianzuda y picante que trataba a todos de tigo y migo, sin mucha consideración”, dice Camándula en la recopilación La letra con sangre entra (1984). Durante nueve años sostuvo su columna diaria, que firmaba Emilia, en la que pasaba de la burla a la crítica más feroz, con o sin argumentos. Pero sin duda la columna más exitosa era Ki-ki, la doctora en amor, de la que se presenta una muestra en esta selección. De El Espectador salió peleada para El Siglo, y luego escribió El Tiempo, la revista Sucesos y el semanario Sábado. Curiosamente, siendo conservadora hasta la médula, según su confesión, escribió cómodamente en la prensa liberal. Desde una concepción de avanzada, Emilia nunca se vio en la disyuntiva de si poetizar o politizar la realidad. Su compromiso era únicamente con sus ideas. En general se ocupaba con gracia y naturalidad de temas cotidianos que afectaban los bolsillos, los nervios y el corazón, con su implacable sentido común. Cualquier detalle de la vida diaria podía ser magnificado o trivializado en sus columnas. Era una cronista vigorosa que narraba con toda sencillez, buscando un tono casi confidente con el lector, informal y subjetivo. En el retrato de “Emilia”, publicado en Sábado27, Ernesto Hoffman Liévano escribe: “Emilia es para El Espectador lo mismo que, según Juan Lozano, Laureano Gómez es para Colombia: un mal necesario. Porque esta cronista sostiene un número de lectores para su periódico que no ha conseguido ni don Luis Cano con sus editoriales, Ulises con sus comentarios y pronósticos internacionales, el mono Salgar con sus reportajes, y Próspero con su Mirador. A Emilia se la lee, pese a cuanto se diga, y por sus opiniones se guían las gentes, y con sus argumentos se discute y con sus errores y aciertos se yerra [...]. Hablar de medicina, de toros, de teatro, de música es para Emilia como hacer palotes. En sus dos columnas se lanza al ristre todos los días contra alguien o algo. Nunca le importó meter la pata”, anota Hoffman. De Emilia Pardo queda su única novela: “Un muerto en la legación” (1951). Y como su muerte en 1954 coincidió con los duros episodios de censura del régimen militar, escasearon las notas necrológicas. La historia apenas le reconoce haber sido la primera periodista en Colombia. LOS INMIGRANTES que no necesitamos inmigrantes es una tontería de las grandes, pero decir que necesitamos la inmigración que nos llega es una imbecilidad. Una de aquellas imbecilidades que no tienen perdón de Dios. Este país nuestro cultiva morbosamente la falta de buen sentido; heme informado de que están trayendo papa holandesa en preciosos empaques, cosa indudable, porque el holandés tiene el sentido de lo armonioso y bello, y de que piensan traer semilla de papa americana. No es por criticar, pero quienes tan bonita idea han tenido para bajar el precio de la papa merecerían ser condenados a la hoguera. Lo mejor que tiene Colombia, salvo, naturalmente, la ciudad de Cartagena y el Museo del Oro del Banco de la República, que no son comibles, es la papa. La mejor del mundo. Pero, ¿no se sabe cultivar? ¡Puede ser, pero no traigan papa! Traigan familias de Decir inmigrantes italianos, que son expertísimos y que sería la inmigración ideal. El italiano por familias, no el aventurero, que de cualquier parte del mundo que sea, es una pésima inmigración. El italiano de los alrededores de Siena, de Asís, de Padua, de cualquier región de Italia, vive pobremente y labora mucho. Es inteligente y tiene ese fino sentido del arte que nunca podrá dejar; las familias son acogedoras y la raza es linda. Nosotros no podemos continuar buscando dizque para traer nueva sangre, a la gente más fea del mundo. No podemos, porque el colombiano, que es inteligente, que tiene un extraordinario sentido de adaptación, que estudia los medios y logra hacerse a ellos, gracias a esa invaluable herencia indígena que nos dejaron los chibchas, tiene en su contra que es horrible. Chiquitín, morenucho, no de músculos cortos sino de músculos de ibia, horrible. O traigan vascos, pero vascos, también excelentes trabajadores y leales y sobrios. O polacos de Polonia, poloneses, que no son esas gentes que aquí llamamos, sin saber lo que decimos, “los polacos”. Nos hacen falta buenos amoladores, buenos artesanos, buenos agricultores. Pero nos sobra lo que llega: yo vine en un barco de inmigrantes y casi lloré de desesperación. Todo lo que no es de ninguna parte del mundo, mezclas de judíos, porque no son siquiera judíos puros, pero sí el italiano-judío, el seudo-alemán, seudo-francés-judío, el árabe sin patria, que no es francés, ni español, ni árabe esa gente sucia, descuidada, abusiva, eso es lo que viene a Colombia. No aprenderán nunca ni el idioma; vienen a explotar trabajando mucho, ahorrándolo todo, odiándonos de antemano, sin un escrúpulo, sin una ambición para dejarnos algo. Ganar, de cualquier modo, e irse. Y cada barco deja cien, doscientos seres de éstos. ¿Cómo lograron las visas? Porque Colombia, que para la inmigración es la nación más cerrada del mundo —quizá también la que más inmigración necesita— no sigue el menor plan para seleccionar su inmigración. Excepto la inmigración española excelente que, por casualidad y en número muy reducido, nos llegó entre el año 37 y el año 40, aquí llega siempre lo peor del mundo. Lo bueno se queda en La Guajira, en Curazao, en Aruba, o sigue al Ecuador, Perú, Bolivia, Chile. Y en Buenaventura, ya con su gesto de desdén, altaneros, sin hablar una palabra de castellano, sin pensar aprenderlo, con sus listos ojos codiciosos, se quedan unos inmigrantes que ya... ¡ya! No: o que nos traigan una buena inmigración de Italia, de Yugoeslavia, del país vasco, ¡o que nos dejen solos! El Tiempo, 12 de octubre de 1950. “L‟AUTORIDA” cuerpo de policía, de tiempos inmemoriales hasta nuestros días, ha sido el más característico reflejo de la vanidad, fatua, pedante y carente del sentido de las responsabilidades; no encuentro una comparación adecuada si no es en los conocidos y poco apreciados “cachacos de pueblo”. Un buen día, cuando Bogotá debía tener dos o tres mil habitantes, el señor alcalde contrató tres o cuatro individuos, les puso un uniforme, que en aquellas épocas, duraba todos los años que viviera su dueño; les dio un bolillo y quedaron convertidos en los representantes de lo que dominaron nuestras “criadas”, con los pequeños ojos en forma de ranura de alcancía, deslumbrados, y las bocas sensuales abiertas, dejando ver los maravillosos dientes sin una carie: “L‟ autoridá”. Nuestros hombres se hincharon, como las cigarras en tierra caliente, y pasearon sus satisfechas humanidades por calles y plazas, conduciendo a la central a todo el que, en su opinión, había Nuestro cometido una falta. Siempre eran candidatos de preferencia para llenar la cárcel, el hijo del compadre odiado, de la tendera de la esquina, etc. A medida que las necesidades lo exigieron, el organismo policivo creció, llegó a tener uniformes correctos, se ocuparon de él los poderes dirigentes, trataron de inculcarle nociones del deber, etc. De todo esto hace muy poco tiempo; tal vez únicamente de diez años para esta parte se ha comprendido con enorme esfuerzo la labor necesaria de civilizar al policía, a fin de que se entere de la gran misión social a que está destinado, y que no es la de enamorar maritornes, más o menos tiernas, según los años y kilos que lleven a cuestas. Sin embargo, no ha sido posible desterrar completamente de este cuerpo la costumbre de abusar de la autoridad de que se hallan investidos y que, por lo general, aun cuando hoy día en proporción afortunadamente mínima, les queda grande. Pero, uno de los más notables defectos de nuestra policía en general es su carencia total de sentido común. En cuanto ignoran algo, desconcertados, asustados y temerosos de no estar a la altura del uniforme nuevo y del boliche recién torneado, optan por las medidas bruscas, dándose cuenta de que si logran que la víctima “les falte al respeto”, ya de hecho quedan en buen pie. En esta forma, lectores, fue como logró llevarme a mí uno ante los jueces, dizque “por desobediencia y desacato a „l‟autoridá‟”, y ponía la queja con aire pedante, sufriendo creo que la más terrible desilusión cuando el juez no estimó mi falta suficiente para hundirme por tres o cuatro años en un calabozo. Este fue el curioso caso de ayer: una muchacha, con su bella silueta gentil, su sombrerito de última moda, quien parecía la cachucha de un jockey, sus labios rojos, finamente retocados por el lápiz; sus orejas color violeta y sus medias transparentes, pérfido invento de los modistos, ya que hacen la pierna aún más suave y sugestiva que al natural, tuvo el capricho, simpático y alegre, digno de todas las alabanzas, porque fue despreocupado y original, de hacerse lustrar sus lindos zapatitos de glasé en la plaza de Las Nieves, viendo el correr rechinante de los tranvías, y el lento desfilar de los hombre indolentes y admirativos. El señor agente se desconcertó; ¿tal cosa estaría permitida? ¿y si lo estaba por qué no lo había hecho ninguna antes? Reflexionó y lentamente, en su cerebro plano, obraron las influencias mentales que heredó con la sangre de sus antecesores. “Todo lo nuevo es malo”, se dijo; y la solución brilló en su fisionomía clásica, achatada hacia las narices y levantada hacia los pómulos. Enérgico, se vino sobre nuestra alegre damisela y le intimó prisión. Estamos, pues, es esta capital de una república que, en cuestiones políticas deja “regados” a Marx y demás apóstoles, que se ríe de Romeo y de Julieta, en el campo sentimental y sabe de modas, perfumes y toiletes, como un Word, o un Patou: capital en la que un policía se siente amo y dueño de la moral, en pleno año de 1936 y decreta que una mujer que se “embola” debe ir a la cárcel. ¿Por qué? Supongo que alguien habrá que dicte al respecto una providencia y ponga coto a las iniciativas de estos respetables funcionarios públicos. Marzo 7 de 1936. Consultorio Sentimental. CONTESTA KI-KI. DOCTORA EN AMOR treinta años. Estoy enamorado de una muchacha de catorce, pero aunque ella me quiere, en la casa se oponen por la diferencia de edades. Aun cuando soy suficientemente rico, quiero tanto a esta niña, que le he dicho que puedo esperarla dos años para que nos casemos. Al padre como que no le suena la cosa, y le ha prohibido toda clase de correspondencia conmigo. La madre me quiere mucho, pero uno de los hermanos me amenaza con matarme si insisto en mi cortejo. ¿Qué hago? Tengo Desesperanzado Insista decididamente, a ver si lo matan. En este país nunca se cumplen la amenazas; podría ser que ésta resultara, y Wilde dice que ninguna experiencia es despreciable. Ahora, ésta mucho menos. Insista. No sé por qué me imagino que su futuro ex cuñado es hombre de armas tomar. Contesto a Enamorada Usted escribe demasiado largo, y eso está mal, por lo menos en lo que a mí respecta. Probablemente usted exagera los dos amores: el suyo y el de él. Simpatizan únicamente, al menos hasta ahora. Posiblemente ambos crean estar enamorados, pero la cosa no pasa de ahí. Creo que debiera invitarlo muy sencillamente a tomar el té un día, pero con otros amigos y amigas, para que él no pueda suponer un interés excesivo que la perjudicaría. Esté con todos, y también con él, muy amable, agradable, animada, pero para ninguno tenga una diferencia especial. Convendría que averiguara, si las cosas siguen adelantando, algo, y ojalá mucho, sobre él. Los extranjeros, cuando no son excelentes, son lo peor en que puede armarse una mujer. No hago consultas ni respuestas particulares, pero según anden sus asuntos, puede escribirme cuantas veces usted quiera. Con una corta introducción, para que la reconozca, y dejando de lado muchos detalles que nada valen, como aquello de que la creen coqueta, que su genio fue antaño alegre y juguetón, que hoy es pensativo y romántico, etc. *** Hace ya muchos años me casé por amor, es decir, sin un centavo ella y sin un centavo yo. Afortunadamente, mi buena salud y vocación para el hogar me han dado el título de esposo modelo, aunque sufriendo en silencio las amarguras de la pobreza. Mi mujer es extraordinariamente buena. Señora en todo sentido, pero ahora, después de 15 años de tranquilidad matrimonial, cuando la educación para seis mujercitas pone en jaque el presupuesto de mi sueldo, se ha rebelado contra la pobreza, sin prestar oídos a mis reflexiones de optimista, de tal manera que ha logrado asustarme; he comprendido los peligros de la miseria, y lo peor de todo, mi incapacidad absoluta para producir más o proponerme ahorrar. Soy empleado de nacimiento y con 50 años de edad. ¿Qué debo hacer? Resignarme a escuchar un eterno sermón de amargas verdades irremediables sobre lo que he debido hacer: no casarme sin tener casa propia, economizar en la juventud, etc. ¡Imposible! Mi sistema nervioso no lo permitiría. Si continúo así, tengo la seguridad de suicidarme a la hora menos pensada. ¿Aceptar la discusión e intentar convencerla con argumentos en contra? He agotado todos los medios imaginables de convencimiento, los argumentos afluyen a su imaginación de tal manera, habla doscientas cincuenta mil veces más que yo, y para evitar una molestia definitiva he tenido que enfurecerme y dejarla hablando sola; así es que tanto ella como yo vivimos en una azarosa expectativa. Ella probablemente esperando que yo haga algo raro, y yo temiendo interrumpir el silencio. Esa presión nerviosa nos tiene a ambos malhumorados y locos. ¿Qué debo hacer? Un calentano También es que las mujeres son de una necedad incorregible! Se pasan su vida de solteras poniendo trampas, urdiendo ardides, haciendo planes y desarrollándolos, para lograr que el novio se case con ellas. No lo esperan a que acabe de estudiar, no lo dejan pensar, lo subyugan, lo convencen y después resultan con que ellos se casaron y ellas dizque no sabían lo que hacían, cuando no pensaban en otra cosa. Claro que su mujer habla doscientas cincuenta mil veces más que usted. ¡La más callada sobre la tierra habla quinientas mil veces más que sesenta oradores demagógicos reunidos! Pero el matrimonio hay que llevarlo a dos, con todas sus complicaciones, que son, por cierto, muy fáciles de prever hasta para el más lego. ¿Qué hacer? No le veo salida. No la convencerá usted ni la convencerá nadie. Cuando a las mujeres les da por creer que es fácil hacer plata, nadie les saca esa idea de la cabeza. Envíele un hombre respetable, viejo, sabio, ojalá un sacerdote o un tío, para que le diga que usted se casó siendo un hombre pobre, y que como tal ha cumplido plenamente hasta donde ha podido. Que si ella no podía vivir así, y necesitaba mejores condiciones, ha debido casarse ella con un rico. Que piense en sus niñitas y trate de hacerle a usted la vida fácil. No dará ningún resultado, pero ensaye. A la próxima discusión, ciérrela definitivamente, diciendo que puesto que usted no puede hacer más, dejará la casa y en paz. Y tal vez éste podría ser el momento de practicar la sabia máxima de Balzac: “El poder no consiste en pegar siempre o con frecuencia, sino en pegar oportunamente”. El Espectador, 7 de enero de 1938. Eduardo Caballero Calderón (Swan) Nació en Bogotá en 1910 y murió en 1993. Padre de Luis y Antonio Caballero, y hermano de Klim. Explosivo a la hora de escribir sobre la realidad del país como intelectual anticonformista. Se reconoce su talento como humorista sagaz que a partir de la paradoja le quitaba hierro a los episodios más dramáticos. Dominaba un estilo sobrio, cuidadoso y original que encajaba en cualquier tema. Con su prosa se deleitaron muchas generaciones, pues dedicó 46 años de su vida al ejercicio periodístico y fue un infatigable cronista y ensayista de los grandes medios. A los 16 años publicó el primer artículo en el suplemento literario de El Espectador. En 1938 comenzó a firmar con el seudónimo de Swan, tomado de la obra de Proust y se popularizó desde entonces con esa ágil columna que sostuvo durante 39 años, hasta 1977. También colaboró en El Tiempo —en 1942 dirigió el suplemento literario—, en La Razón y en La Revista de Las In-dias. En 1944 fue nombrado Académico de Número de la Lengua, con sólo 34 años. Prolífico escritor, publicó 36 títulos, entre ellos las novelas “El Cristo de espaldas”, “El diario de Tipacoque”, “Siervo sin tierra”, y en 1966 se ganó el Nadal con “El buen salvaje”. Inició su columna “El tiempo perdido”, en el suplemento literario de El Tiempo (mayo 6/1951), con esta presentación: “Quisiera emprender, en este rincón perdido del suplemento literario, un donoso y grande escrutinio de las obras de la literatura colombiana, de aquellas que han logrado sobreaguar del olvido y de las otras que, ya olvidadas, merecen sin embargo que alguien las desentierre y las señale a la lectura de los contemporáneos”. Desde esta columna mantuvo una severa vigilancia sobre la literatura colombiana, el oficio de la crítica y la industria editorial, temas en los que ejerció un magisterio tan valioso como el de sus contemporáneos Hernando Téllez y Próspero Morales Pradilla. Swan también impulsó la radio cultural desde la emisora HJCK hacia 1950, donde se propuso con una programación musical y literaria “quitarle las alpargatas a la radio colombiana”. LOS MOTIVOS DEL LOBO Como una nota al margen de la curiosa polémica trabada entre la poetisa María Mercedes Carranza y el periodista Daniel Samper Pizano sobre el contenido social, económico y sociológico del “lobo”, me parece oportuno hacer ciertas aclaraciones. Para empezar, la lobería, o sea la condición social del lobo, poco o nada tiene que ver con su circunstancia económica. La falta de medios no es inherente a la condición del lobo. El nuevo rico está mucho más cerca de serlo que quien, con una gran fortuna por detrás, de la noche a la mañana o pausadamente perdió o malbarató sus haberes sin que por ello se quedara sin el aprecio y la amistad de amigos y familiares. En cambio el nuevo rico que empobrece de pronto, o el lobo rico que deja de ser rico y se conserva lobo, automáticamente pierde prestigio y autoridad ante la corte de lobeznos que antes los imitaban o los perseguían. El lobo, decían los antiguos —gentes anteriores a la era del transistor en la oreja, la discoteca elegante, la Coca-cola, la droga, los jeans y demás embelecos—: el lobo a secas, o mejor, la lobería, es un estado del alma. De lo anterior se deduce que tampoco el disfrute de un nombre conocido de tiempo atrás, y el goce de viejas coyunturas sociales en un medio superior, impide ser o convertirse en lobo. Con mucha razón trae Samper esta observación del crítico Antonio Montaña: “Prueba de ello es que hasta en las mejores familias hay lobos”. En cambio el provinciano en cuanto tal, a quien no le importa ocultar su procedencia para presumir de urbano y de ciudadano; el campesino, el artesano, el obrero, por ser auténticos y espontáneos, dueños de una personalidad propia y no prestada, nunca son lobos. Lo inauténtico, lo forzado, lo imitado, todo aquello que indica una inestabilidad psicológica más que social, es propio, pues, de toda lobería. El lobo desearía ser distinto de como naturalmente es. Cree que para levantarse a la estabilidad psicológica y social de sus prestigiosos modelos, basta remedar sus costumbres imitar sus maneras, copiar su vestimenta, etc. Está persuadido de que el hábito sí hace al monje, contra lo que reza el adagio. Tan universal es el fenómeno que en el París de Marcel Proust, la sofisticada y burguesa Madame Verdurín, ya que en la jamonería de la madurez y en virtud de un segundo matrimonio brillante, acabó convertida en princesa de Guermantes, sin dejar por ello de ser loba para sus nuevas y aristocráticas relaciones. En la vida real, para el príncipe de Polignac eran lobos de atar y de aullar los descendientes coronados de los Mariscales de Napoleón. En la Argentina se llama guarango — la noche se aplebeya y se transmuta en ge— al tipo que le llamamos lobo en Colombia. En el Perú se le dice guachafo, con la hache degradada en ge. En Chile lo bautizan de siútico y en España de cursi. La indiferenciación social produce, claro está, una inestabilidad psicológica, un sentimiento de inseguridad que tampoco tiene que ver, óigase bien, con la procedencia o la fortuna de la persona. Hasta a los llamados jet set, ya nacionales o internacionales, las orejas del lobo asoman tras los cristales del Dodge-Demon de color curuba, y sus colmillos —enchaquetados o de prótesis— relucen en la penumbra del Unicornio de Bogotá, lo mismo que en el Moroco de Nueva York. En materia, pues, de habas y de lobos, lo cierto es que en todo el mundo y en todos los estratos sociales germinan lobos y se cuecen habas. El Tiempo, 8 de junio de 1974. DIATRIBA DE LA CORTESIA No se trata en este comentario de la semana de la cortesía. Se trata, simplemente, de la cortesía, de lo que las señoras llaman la buena crianza y el señor Carreño —uno de los hombres menos urbanos que ha conocido la urbe— llamaba la urbanidad. La cortesía consiste en cederles el puesto a las señoras en los tranvías, en darles la acera en la calle, en tolerar que rompan las filas ordenadas que se forman a la entrada de los cines para comprar boletas, en hacerles o dejarles hacer visitas en las calles, en permitirles llevar críos a la iglesia, en tolerarles sombreros de tres pisos en las salas de cine, en interrumpir el tránsito durante media hora mientras se espera que la niña del automóvil le cuente a su amiga peatona, en el sitio menos adecuado, sus tribulaciones amorosas. La cortesía, como se ve por su simple definición, es el desastre, el desbarajuste, el caos urbano. Gracias a la cortesía, los señores andan haciendo quites por la calle a las señoras, dificultando la marcha de los transeúntes menos relacionados. Por ella las salidas y entradas de cine se convierten en remolinos de tortura. Sólo a ella puede imputarse esa demora espantosa que sufren los tranvías en las esquinas, donde una señora que se baja resuelve contarle, a último momento, toda una historia a la amiga que viajaba con ella. Si la cortesía no existiera, los transeúntes andarían por su derecha, sin bajarse a la calle cuando pasa la prima hermana de la amiga del primo del novio de una parienta que toca el tiple. De la cortesía nace esa calamidad urbana que consiste en que ningún teatro abra sus puertas a la hora anunciada, ninguna fiesta comience cuando lo quiere el desventurado que se aviene a darla y ninguna conversación telefónica dure menos de media hora. Si se suprimiese radicalmente la cortesía, si se corta de cuajo la urbanidad, la ciudad sentiría un alivio. Todo el mundo iría para donde va, sin detenerse ni estorbar el paso a los demás. Las señoras no se creerían en la obligación de recorrer toda la parentela viva y difunta de su vecina del tranvía, en el momento en que resuelven bajarse. Los señores no esperarían más de dos minutos, en las puertas de los cafés, al amigo que puso una cita para no cumplirla. Los borrachos prescindirían de la fastidiosa ceremonia de hacerle tomar a usted un trago en ayunas, o acabando de comer dulce de moras, y ya no se creerían en la obligación de conversar con su novia, cuando la lleva usted a un cine. En fin: que sin la amabilidad ni la cortesía la ciudad sería casi deliciosa. Piense el lector lo que sucedería en Nueva York, o en Londres, o en París —donde las calles centrales son por lo menos anchas— si a los ciudadanos les diera por practicar la urbanidad de Carreño, por ser amables, por ser atentos, por ser corteses. Nueva York se aplastaría en media hora. Los subterráneos se atascarían. Los trenes elevados provocarían una hecatombe. El tránsito arrojaría millones de víctimas corteses, y, a la vuelta de veinticuatro horas, los grandes rascacielos, sobrecargados del peso de las señoras que se harían la visita en los elevadores, se aplastarían sobre el asfalto. Para destruir a la humanidad, una de las cosas más eficaces no es la guerra química: es la cortesía. Y eso —que no lo soñó Wells— nos está sucediendo a nosotros. El señor Carreño nos está matando. El Tiempo, 19 de enero de 1939. EL ORO NEGRO Vuelve otra vez, y ahora de verdad, el oro negro! El otro, el de color biliosa, yace sepultado desde hace muchos años en las pesadas cajas de caudales. Su brillo, como sabéis, mata el espíritu del que lo mira. Por él los hombres matan y se matan; por él hacen la guerra; conquistan por él mundos y ciudades y no vacilan en consumir la juventud y el alma en los socavones de las minas que se ciernen a grande altura, en las montañas del Perú, o que se consumen en las tierras ardientes del Chocó y del Brasil. El otro canta en el follaje de los grandes árboles, en las selvas espesas del Amazonas. Todo el misterio de los árboles chorrea en ese licor blanco y espeso que va llenando los zurrones de los siringueros. Los árboles se desangran, y los hombres, consumidos en el pantano y con los tobillos devorados por los mosquitos, van almacenando esa miel silvestre, ese oro líquido que después, en las refinerías, se convierte en caucho. Las enormes bolas de jebe y de siringa se echan a rodar aguas abajo, por los caños que desaguan la selva. Para redondearlas se construyen empresas millonarias. Para ordeñar los árboles surgen poblaciones enteras. Para refinar el caucho crecen como una especie de hongos gigantescos las chimeneas. Los hombres no pueden pasarse sin el caucho. Pueden hasta prescindir del oro, al que mantienen encerrado en bóvedas y bancos, donde nadie tenga la tentación de llevárselo; pero sin el caucho no podrían rodar sus automóviles, ni los niños podrían jugar con bombas de colores, ni los motores podrían funcionar porque les faltaría allá adentro, de la entraña metálica, una delgada tripita de caucho. Selvas húmedas y calientes, donde jamás penetra el sol, se convierten de la noche a la mañana en jardines; playones desolados que agonizan de sed en las sequías, se vuelven malecones; espesuras donde anidan fieras se despejan, se abren a la luz, se enjutan, se convierten en opulentas ciudades. Lo que ayer fue un erial, hoy es Manaos; lo que a comienzos del siglo pasado no era sino un desbordamiento vegetal y un lujurioso reino de los árboles, hoy es Belem del Pará, en la boca del Amazonas. El caucho lleva al hombre a la selva... y cuando el caucho pierde su valor en los mercados, se venga asesinándolo, asfixiando sus ciudades, despoblando sus puertos, devorando sus fábricas. Manaos nació, murió y ha vuelto a nacer de esa manera. Las factorías de Arana, en las riberas del Putumayo, nacieron y murieron por el caucho. Aquellos vapores de todas las banderas del mundo que una vez remontaron las aguas del río de Orellana; aquel tránsito de planchones y barcos de rueda por los gigantescos afluentes; aquella multitud que descuajó montañas en el Caquetá y llenó de cantos y lamentos la noche atónita de la selva, rayada por la espuela de fuego de tempestades lejanas; la riqueza, la fiebre del trabajo, la conquista del árbol, todo tuvo su origen en los siringales. Y otra vez, ¿no lo escucháis?, se oye el grito de los llaneros que llegan diciendo: El caucho! El caucho! Y por las improvisadas carreteras que mañana serán calzadas en los llanos de San Martín, hasta los confines del Guaviare y del Napo, ya se precipitan los hombres con el machete al cinto y la quinina en la bolsa... ¡Dejadlos ir... Ayudadlos! Empujadlos a la maravillosa aventura seguidlos, que detrás de ellos está el porvenir de tres cuartas partes de la patria... ¡Ay! amigos. Yo conozco la selva y adoro sus ríos, sus gigantescos reptiles, sus corpulentos árboles, sus noches maravillosas pobladas de misterio y de personajes vegetales que gesticulan en la vorágine de la fiebre... ¡Si yo pudiera, si yo pudiera me largaría tras ellos! El Tiempo, 29 de diciembre de 1942. REGRESO A LA SENCILLEZ Nada hay más extraordinario en el mundo que la sencillez, que pudiera definirse como una identidad de los seres y de las cosas con su apariencia. Ser sencillo, en un hombre, es ser él mismo. De ahí que no haya tampoco en el mundo nada más extraordinario que un hombre que no se empeña en aparentar más de lo que es y en mostrarse distinto de lo que él inexorablemente es para sí mismo. El señor de Montaigne fue de esa manera, y por eso dejó en sus Ensayos uno de los atisbos más geniales que se hayan hecho en el mundo sobre la naturaleza humana. Kempis, por eso mismo, tocó la raíz más dolorosa de la vida, donde ésta se nutre de los jugos de la muerte. También por eso Pascal, que procuró pensar con sencillez, tal como se debe pensar, dejó al desnudo un pedazo palpitante del cerebro humano. Sin esa sencillez, que pone al hombre de acuerdo consigo mismo, no se concebiría que un escritor como Dostoievski llegara a una tan perfecta identidad entre su alma y la del pueblo ruso. Porque en el fondo de cada hombre, donde cesan las apariencias que constituyen casi la totalidad de las diferencias entre un hombre y otro, se encuentra siempre el pueblo, la tierra, la humanidad, en fin. Como el valor de un escritor y su permanencia en el corazón de los demás no se miden sino por lo que él representa de verdadero y de vital, resulta que el ideal filosófico, literario y artístico es la suprema sencillez. Se me dirá que los espíritus originales y exóticos, divorciados del alma de su pueblo, como Wilde, alcanzan también la inmortalidad en la memoria de los hombres. Pero eso no es así. Queda y perdurará el hombre de Shakespeare, el ser que es juguete de sus pasiones, en tanto que las paradojas wildeanas dan volteretas en el aire y sus lores alambicados e irreales se descoyuntan como títeres cuando se les quiere confrontar con la realidad. Quise hacer el elogio de la sencillez, pero ésta es en el fondo tan difícil, que temo haber alambicado mi propósito. Y quería hablar de la sencillez para proponerla como un ideal, como un fin, a mis compañeros en las artes y las letras. Me atrevería a decir que casi todos nosotros pasaremos sin dejar huella duradera en nuestro propio pueblo. Por querer ser como otros fueron o son, por querer aparentar una realidad que no es la nuestra, presumo que para el pueblo y para su oculta y fuerte raíz humana, no representamos nada. Por ser ampulosos, por ser exóticos, por ser lo que no somos, el pueblo no nos reconoce. Nos hemos olvidado de él, cuando es él precisamente el que pudiera dar un contenido vital a nuestras obras. Nosotros solos, aun cuando tuviéramos el talento de Wilde, al cabo no valdríamos gran cosa. Y preciso es confesar con sencillez que Wilde tuvo un poco más de talento que nosotros. El Tiempo, 6 de noviembre de 1942. Fidel Torres González (Mario Ibero) Más conocido como Mario Ibero, comenzó sus andanzas en Zipaquirá, en 1898. Poeta, político y periodista, trabajó en El Espectador entre 1923 y 1927, y luego en El Tiempo entre 1927 y 1929. Sus crónicas de El Tiempo sobre el revolcón político de 1930 fueron recogidas en el tomo “Andanzas de Mario Ibero”. Con este seudónimo también publicó populares series de prototipos colombianos y de bandidos famosos en el semanario Sábado, en los años cuarenta. Alternó el periodismo con la vida de funcionario público y ocupó cargos como el de concejal de Zipaquirá, inspector general de la policía y representante a la Cámara. EL PAISA En el hablao, en el caminao, en la facha se le conoce a leguas. Cuando está cerca, se le lee en los ojos antes de que despegue los labios... Producto superior estrafalario, exponente el más “pateperro” y rebuscador de toda una raza, no digo que planta su tienda, sino que tiende su ruana o da rienda suelta a su labia en cualquier parte del mundo donde haya con quién hablar en cualquier idioma o dialecto, en último caso, en letras de mano... Tipo popularísimo único, sienta sus reales donde haya modos de hacer un “desenvolate” relámpago de poner a bailar las “muelas de Santa Polonia”, de beberse un aguardientico cada... minuto, de rasgar un tiple, de cantar un bambuco, de contar un cuento... verde, de hacer gala de una exageración o de gritar apenas pasa por cerca de un policía: —¡Eh, Ave María Purísima, viva el gran partido liberal!... También donde haya facilidad de fijar este cartel, o uno similar: “Se compran güesos de gallinazos jóvenes, se arreglan monóculos, se cambean estribos de cobre por planchas de bapor, se domestican micos, se laban perros a domisilio y se REGALAN por 50 centavos polvos para enamorar a las más resistidoras! Ausoluta res herba!”. Lo anterior es una de las carnadas que emplea para “pescar marranos” en seco y para confirmar su universal fama de buscalavida, EL PAISA, antioqueño! “El paisa” ejecuta todos los oficios y ejerce todas las profesiones lícitas e ilícitas habidas y por haber, y nunca, por ningún motivo, echa pie atrás ante ninguna dificultad. ¡Es capaz de llevar a cabo una operación de alta cirugía a dedo limpio o enseñarle japonés a una lora... vieja! A nada que le propongan dice que no. Si está varado y lee en un diario que se necesita un técnico en fabricación de telas de seda, se presenta como el as sobre la materia, y hasta agrega: — Vea, pues hermano...¡Y si le escasean los gusanos de seda, no se afane por tan poco, que también le jalo ... a eso! Y con seguridad si se lo propone o se lo proponen, al rato estará produciendo, ¡quién sabe con qué parte del cuerpo, pero en todo caso produciendo seda, seda vegetal, o animal o química, y... legítima! “El paisa” nació para “hacer plata” sin hacer nada o haciendo las cosas más raras del mundo. ¡Qué imaginación, qué audacia, qué chispa, qué frescura la que se carga el más típico de los colombianos, el más excepcional de los suramericanos, el más marrullero de los antioqueños! “El paisa” es un producto exclusivo de Antioquia, la que tiene por capital departamental a Medellín, y, para despistar, por capital nacional a Bogotá, y por capital continental o mundial, la ciudad del pueblo, la aldea o el ventorro donde cualquier pareja de “paisas” se haya asociado para explotar un observatorio astronómico portátil, o para adivinar la suerte bajo la razón social de “Abdul y Alí Baba, fakires orientales”... Mientras el antioqueño, propiamente dicho, llega a ser presidente de la república, o gerente, o dueño de “medio Bogotá”, digamos, y primate en el comercio, en la industria, en la banca, “el paisa”, indefectiblemente, llega a ser el más “perro”, el más ladino, el más entrador de los antioqueños que pueblan el mundo! Su máxima aspiración en la vida es no tener que trabajar... en nada fijo. Jamás pide limosna. Sus armas predilectas son la barbera y la labia. La segunda le sirve de llave, de ganzúa, de escalera, de palanca, de ascensor y de comida, de bebida, de posada y de potrero...Con la barbera se defiende, ataca, amenaza se abre campo y, si se le ocurre, abre un salón de peluquería y hasta un salón de belleza, a la vuelta de cualquier esquina, o en despoblado...“El paisa” todo lo vende, lo cambalachea todo, lo juega todo, todo lo “quema”, menos la navaja de barba. Y recorre todos los caminos del mundo cantando, “descrestando”, envolatando a media humanidad y echándose al hombro a la otra media a punta de exageraciones, de dichos y de cachos... ¡También acompaña todos los sepelios...antioqueños! Siempre anda limpio, pues lo que coge se lo bebe en aguardiente, o lo juega a los dados, o lo invierte en un negocio...ambulante. Nunca se acuesta sin haber comido...“de gorra”, y casi siempre está “amanecido”. Alegre, vivaz, “perdido”, avispado, azaroso, locuaz, “tigre gallinero” para las mujeres, una “lanza” para atrapar el centavo, la “mar de fiera”, para los tratos, les vemos vendiendo específicos contra todas las enfermedades, contra las mordeduras todas, sobre una mesa desvencijada en las plazas de mercado, o inventando jugarretas de toda laya para desplumar a los encantos y los más listos durante las ferias pueblerinas, o armando gresca en todas partes, o recitando en las trastiendas, o sableando a los paisanos o a los ...zoquetes, o echando piropos a diestra y siniestra, o vendiendo “micas” a domicilio... ¡En todo caso, siempre está en actividad! Como los antioqueños son tan unidos y en ninguna parte del mundo falta, uno “establecido”, cuando un “paisa” llega al Polo Norte, o a la Cochinchina, o a Faca, lo primero que hace es averiguar dónde vive el antioqueño, y segundos después comienza a actuar: —¡Eh, Ave María!...Pero ah, lindo que te está ventiando por aquí, no?... No me digás, hermano...Pero qué bien surtidito tenés el chuzo!...—Se hace lo que se puede...—El corazón sí me decía de Medeyín qu‟este era mi patio Hijuel diablo pa güeno!... —Y vos quién sos?— ¿Pero no ti acordás, hombre?... Pues Muñoz Jaramiyo, de los nacidos en el marco e la plaza de Berrío, primo del dotor Jaramiyo, el mejor médico que ha dao Antioquia, pa que sepás!¿Ti acordás? Pues el sobrino de Esteban, de mi tío Esteban, el que le jala hasta dormido hasta las finanzas!... —Cómo no hombre, si yo también soy Jaramiyo, por parte de madre... Hasta parientes seremos con vos...Bueno, ¿y a qué vinítes para aquí?... —A buscar trabajo, hermano... Si querés t‟echo la historia...Pero pa qué vamos a perder el tiempo si ya sabés que somos de los mismos, mijo...Y en esa forma “el paisa” queda instalado en el pueblo, y después de “hacer plata” al amparo de su “pariente”, coge camino de la noche a la mañana en busca de otro miembro de su parentela del marco de la plaza de Berrío... En materia de exageraciones, son incomparables. Capítulos y capítulos podrían escribirse al respecto. Anotaré a vuela-máquina unos pocas, cogidas al vuelo:Como en Antioquia no se desperdicia nada y allá existe el culto de las flores, los “vasos de noche” una vez son dados de baja por su manifiesta inutilidad debido a que se perforan con los...años, son empleados para sembrar geranios, los que se sacan a lucir en los balcones o corredores, de las casas campesinas. “El paisa”, para exaltar de paso esta antioqueñísima costumbre popular, dice, al hablar, por ejemplo, del General Ospina: —¡Era más antioqueño que un geranio sembrao en una vaciniya! Para denotar que un hombre es demasiado amigo de ganar dinero, agrega: —Este es capaz de morirse, pa poder alquilar la casa... Para ponderar lo difícil de una empresa colombiana: —Es más fácil sacar una “guaca” en el aire!... Para expresar lo arruinado que está el comerciante fulano: —¡Conozca!... ¡Está más quebrao que una carga de canela!... Cuando la vida en un pueblo es muy “jarta”?: —Allá se aburre uno hasta besando a la novia... Para describir al que le saca “música” a todo: —¡Este es capaz de sacarle capul a una calavera!... Para “retratar” lo ladrón que es cualquiera: —¡Este carga secante pa podése robar hasta las manchas de tinta!... Cuando alguien tiene una “lora” en una pierna y quiere encarecerle que se cuide mucho, se lo dice así: —¡Esta es de las tragonas!...¡Es pior que la llaga de Merejo, que se comía hasta las patas... de la cama! En cuanto a cuentos, “el paisa” es inagotable. Va éste, que podría titularse “en vía dos mandaos”: Una vez un “paisa” dizque inventó un tónico para rejuvenecer y se fue a pueblearlo y a escampar matrimonio, de paso... La mujer era muy celosa y un día le cayó sin avisarle a Armenia, donde a la sazón “el paisa” tonificaba a la gente... Estaba en plena perorata de propaganda con la recién llegada costilla al lado, cuando para mal de sus pecados llegó una bella muchacha con un primoroso chiquillo en brazos y apenas lo vio le tendió los brazos (uno, porque de haber sido ambos, cómo habría sido el “costalazo del mocoso!...), a tiempo que exclamó: —Oye mijo, qués la cosa que no venís a darme tu abrazo!... Oír la otra, la anterior frase comprometedora y “prender” al descarao ése, fue cosa de ya! Sin embargo, éste no sólo desconcertó, sino que aprovechó la oportunidad para hacerle propaganda a su brevaje! En efecto, muy campante se disculpó en público de la siguiente manera, dirigiéndose a su cara mitad: —Pero qué te tás creyendo, “mi reina”!... Vení te doy un beso, pa que no siás mal pensada... Ave María, si ella es mi mamá... Fue que se tomó un frasco de mi tónico, y ái la tenés en sus quince!... — Y el alepruz ése, quién es?...—interrogó la “reina” refiriéndose al niño— ¿Vaya pues... Ese?... Pues ese... adivinalo vos, que sos tan sabida!... Hijuel diablo, ese es...mi padre, que se “jartó” dos frascos!... En materia de disculpas “el paisa” se agarra de una zarza ardiendo: En una ocasión llegó un “paisa” a pedir posada en una casa situada a la orilla de un camino y donde no había sino una alcoba y un zarzo, al cual se subía por una escalera muy empinada, casa donde habitaba con su bravísimo padre, una bella muchacha por la que el paisa echaba la baba... El viejo con precaución elemental hizo acostar a su hija en el zarzo, el tendió su cama al pie de la escalera, y al “paisa” lo acostó en la alcoba... Por ahí a la madrugada el viejo sintió un ruido bastante sospechoso en la parte alta de la escalera, encendió rápidamente un fósforo, vio al “paisa” que ya se iba a colar al zarzo, y le metió un berrido: —¿Qué hacés allá trepao, so maldito? Y “el paisa” le contestó en son de disculpa y r e s t r e g á n d o s e l o s o j o s c o m o s i e s t u v i e r a m e d i o d o r m i d o : — ¡ N a d a, papacito...jué que rodé...escaleras arriba!... Una vez un hacendado vallecaucano quiso “dárselas” delante de un “paisa”, y al efecto le aseguró que la fertilidad de su tierra era tal, que se sembraba, por ejemplo, una lechuga en cualquier parte, y a los tres días el ganado podía escampar sol debajo de las hojas... —Eso no es nada— respondió “el paisa” en mi finca la tierra es tan fértil, que por la mañana se siembra una mata de lino, y ya por la tarde se cogen las docenas de...calzoncillos hilvanados y con botones!... “El paisa” es el tipo que revira con mayor rapidez y eficacia: Uno de los numerosísimos sobrinos de don Fabio Restrepo, es de temperamento más “paisa” que el diablo. ¿Camilo?... ¿Lope?.... Mario?... ¿Uno de los otros 87?... ¡Entre el diablo y escoja! Lo cierto es que uno de éstos estaba empinando el codo (¡cómo no, que ahoritica lo identifican!...) con un glaxo medio agresivo y cobardón y quien al fin se animó a lo que los antioqueños llaman “arriársela” pero en tono menor: —Ala, mi chico querido. La acústica de “nuestra” Catedral es tan fantástica, que si yo entro y digo en voz alta: tu mamá!, a la media hora todavía el eco está repitiendo: mamá, mamá!...— Eh, hombre, no siás...(censurado el ajo...) ¡Pa acústica, la de la Catedral de Manizales! Allá te parás en la puerta, te quitás el sombrero, repetís lo que ya dijiste, y al momento el eco te responde, por si acaso: ¡LA TUYA!... Que “el paisa” no descuida ocasión de hacer o, al menos, de proponer un negocio bueno... para él, queda demostrado con patente: Una vez un “paisa” se había quedado rendido de cansancio, de hambre y de frío en un páramo por demás desolado y ya comenzaba a sentir con la innecesaria carraqueadera los primeros síntomas de la mortal congelación, cuando acertó pasar por ahí un señor, caballero en una mula santandereana de setecientos pesos. Compadecido éste del pobre y entelerido “paisa”, lo subió en ancas de su cabalgadura, le dio varios tragos de aguardiente de contrabando (que es el mejor), lo puso a fumar, le anfitrionó una pierna de gallina y hasta le pasó su bufanda para que no se fuera a resfriar... Había caminado como dos kilómetros e iba el señor haciendo el gasto de la charla cuando “el paisa” lo interrumpió y, como la cosa más natural del mundo, le dijo: —Bueno hermano...Y hablando de nuestro negocio, dígame: ¿Cuánto voy ganando yo aquí trepao?... Y va una anécdota histórica y que demuestra hasta dónde “el paisa” es de confianzudo y “fresco”: En una ocasión llegó Jorge Gartner, que a la sazón era Ministro de Gobierno de la administración Santos, a visitar una guarnición de policía de Manizales. Estaba de centinela del cuartel un clásico “paisa”, quien aprovechando que no había por ahí un superior se había sentado con el fusil entre las piernas a tomar...el sol. Verlo el ministro en semejante posición y llamarlo al orden airadamente fue cuestión de segundos. “El paisa” sin desconectarse le dijo: —Déje la bulla, hombre!...y usted quién es?— Yo soy el Ministro de Gobierno, y usted debe hacerme los honores de reglamento! Levántese y cuádrese! Y entonces “el paisa” sin cambiar de posición ni dársele nada, le contestó: —¿Ministro de Gobierno?...¿Buen puesto el del amigo, noo?... Finalmente, “el paisa” no puede convenir con que en cualqueir parte del mundo haya algo mejor o más alto que en su tierra... de nacimiento...Un grupo tomó a su servicio por pocas horas a un “paisa”, y aprovechó la oportunidad para hacerle propaganda a los “rascacielos” de Nueva York. Después de que le aseguró que había uno tan alto que para llegar al último piso se gastaban tres horas en ascensor ultrarrápido, “el paisa” le hizo creer que eso era nada, pues: —En mi tierra hay un edificio tan alto, que una vez se conocieron en el último piso un antioqueño y una gringa, se enamoraron al momento, se casaron al momento, y al momento resolvieron tirarse de cabeza y cuando llegaron abajo...!Ya tenían un par de mellizos!... Sábado, Bogotá 20 de noviembre de1943. Clemente Manuel Zabala Nació en San Jacinto (Bolívar) en 1921 y murió en 1963. En Bogotá estudió varios años de Derecho, pero lo abandonó por el periodismo. Se inició al lado de Enrique Olaya Herrera en El Diario Nacional, y luego en La Nación de Barranquilla, en donde tuvo como compañero de redacción a Jaime Barrera Parra. También colaboró en la revista Sábado, de Plinio Mendoza Neira. Clemente Manuel Zabala fue el primer maestro de García Márquez, el que a punta de lápiz rojo pulió su estilo y lo obligó a torcerle el cuello al cisne hasta convertirlo en un gran periodista. Coincidencialmente, se publicaron dos libros en 1996 de Jorge García Usta 30 y Gustavo Arango31 sobre este cronista costeño, que llegó a El Universal de Cartagena en la última etapa de su vida, después de haberse dedicado de lleno a la vida política y cultural. Y desde este periódico de provincia renovó las posibilidades de géneros periodísticos de opinión como el editorial y la columna, experimentación de la que se nutrieron sus alumnos más aventajados: Gabriel García Márquez y Héctor Rojas Herazo. Este último definía así a su maestro: “un hombre lámpara: ilumina en silencio”. Zabala fue un hombre introvertido, solitario, liberal de izquierda —que acompañó a Gaitán en sus andanzas—, cultivador de todas las artes, austero y buen amigo, que pasará a la historia como el maestro de García Márquez, pero cuya obra periodística tiene calidades excepcionales. Rompió con el tratamiento convencional del comentario y le introdujo recursos de la crónica y el reportaje, al estilo de un Luis Tejada. Sus experiencias van desde el comentario político y humorístico, hasta las notas sobre temas artísticos, deportivos, literarios y, en especial, el comentario basado en el cable. Zabala, que también fue secretario del general Benjamín Herrera y delegado a congresos obreros, mantuvo desde sus columnas una feroz oposición al régimen conservador , y su prosa política, en opinión de García Usta, es una de las más exquisitas, inteligentes y combativas en la tradición del periodismo costeño. “Zabala abre, para la prosa política, un nuevo camino en la Costa: sin abandonar su posición doctrinaria, no hace la nota un panfleto primitivo, le confiere una especie de tensión dramática al comentario mediante el uso de la ironía, del humor, de las comparaciones, las asociaciones y un especial sentido del cierre de la obra. Para esos remates geniales su espíritu travieso se nutre de las greguerías del español Ramón Gómez de la Serna”, señala García Usta. Como periodista cultural ejerció una labor importante en la crítica plástica, y también como animador de empresas periodísticas. En Barranquilla fundó con José Félix Fuenmayor la revista Mundial y el suplemento literario del diario La Nación. Además, dominaba varios idiomas, lo que le permitía enriquecer su exquisita cultura. EL ARTE AL SERVICIO DE UN TEMPERAMENTO nuestro medio —tal vez por falta de una auténtica tradición cultural— no se ha alinderado cabalmente el concepto, lo que en realidad tiene de recóndito significado, la palabra artista. Muchos, los más, consideran al artista —hombre reclamado por los más complejos y encontrados problemas estéticos— como un simple “dilettanti”. Uno más, en el montón, que tiene ideas, cosa gaseosa, lejana, vaga, que es el universo de los seres que esperan —con misteriosa paciencia— ser incorporados a la perennidad de la obra de arte. Pero el concepto puro, exacto, En real, sobre la dolorosa parábola existencial de un artista queda siempre en la sombra, en la nebulosa del desconocimiento. Es eso, precisamente, lo que ocurre entre nosotros con Héctor Rojas Herazo. Rojas Herazo es un pintor que es, en su fondo, otra vigorosa manera de ser poeta. Un poeta que sufre, que vive, que agoniza, en torno a la forma, a la dimensión, a la línea. Su existencia ha sido un llameante peregrinaje por los más vitales, por los más inquietantes derroteros de la cultura. Entiende su arte y trata de transmitirlo con toda la profunda dignidad estética que le permite su vigilante y desazonada inteligencia. De allí ese afán inquisitivo, esa buida curiosidad, esa tenacidad inmutable para hacerse a sí mismo un reclamo de todas las horas en el apostolado de su profesión. No se ha contentado, exclusivamente, con poseer esa pericia técnica en su pintura, en dominar la línea, en someter el color a normas personales y definitivas. No se ha contentado, en suma, con dominar, plenamente, el taller, la pericia manual de su arte. Rojas Herazo ha ambicionado y ha logrado mucho más. Actualmente —por lo bien equipado de su inteligencia— es una de las cifras más lujosas con que cuenta la nueva juventud colombiana. Su pintura es un comprobante apretado, cabal, directo, de lo que puede un arte al servicio de un temperamento. Rojas Herazo es todo un drama intelectual en nuestro medio. Se encuentra, por así decirlo, en el mediodía de sus facultades técnicas. Ahora, precisamente ahora, es cuando esta juventud puede ser aprovechada en servicio del arte nacional. Tiene una de esas raras personalidades llamadas a conquistar, a influir, a perdurar. Es una mentalidad esencialmente creadora. Su pintura está informada por tesoneras disciplinas, por desfallecientes vigilias. Su temática pictórica, más que un hecho insular, es el producto de múltiples tendencias —la del poeta, la del escritor, la del contemplativo en suma— que considera el mural o el lienzo como el vehículo más directo y eficaz de transmisión. Esto implica que su pintura, sus temas mejor dicho, sea preciso enfocarlos con pupila más amplia, con más ambiciosa comprensión. Es una pintura cruda, elemental, rotunda. En ella se conjugan conceptos y visiones atesorados en su viaje por otras regiones aparentemente ajenas al ejercicio plástico. Pero en esto, exactamente, está su hazaña portentosa. Muchos de los que lo conocen se preguntan: ¿Por qué no se realiza como poeta, o como expositor, o como escritor? Pero estos olvidan que todo eso, todo ese esplendente cúmulo de facultades, se han precisado para armonizar, estructurar, definir, en síntesis, esa órbita violenta —cruzada de ráfagas misteriosas— que es la pintura de Héctor Rojas Herazo. Es poeta en la medida en que vibra, se difunde y se integra en el ambiente y en los seres que lo rodean. Es escritor en la medida en que ordena y especula con sus sensaciones. Es expositor en la medida en que sabe comunicar a su conversación una embriagante sabiduría plástica. Pero todo ello se define, toma cuerpo, se convierte en un hecho funcional y completo, cuando queda aprisionado en los linderos de un mural o de un lienzo. El Universal, 13 de enero de 1949. Tomado de “Un Ramo de Nomeolvides, García Márquez en El Universal”, Gustavo Arango, 1995. PERENNIDAD DE VALENCIA La poesía junta del maestro En lujosa edición antológica la editorial Aguilar ha reunido la totalidad de la obra lírica de Guillermo Valencia. Desde la majestuosa andadura parnasiana del período de “Ritos” hasta la suspirante elegía de “Hay un instante de cre-púsculo” —pasando por el exótico soplo orientalista de “Catay”— la voz del insigne payanés nos llega —reposada por la perspectiva histórica— a ocupar el sitio intemporal de la admiración y el unánime reconocimiento. Sanín Cano prologa —de nuevo— la obra de Valencia. Nadie más que el avisado humanista para adentrarse, con firme pulso y severa dignidad crítica, en ese universo complejo, opulento y estremecido que es la poesía valenciana. El maestro antioqueño niega de raíz —en cláusulas de rigor estilístico y apreciativo— la adjetivación, emergida en un instante de premurosa crítica piedracielista, encaminada a hacer aparecer al autor de la “Meditación de Goethe” como el frígido y lejano habitante de un país esteticista. Valencia, sostiene Sanín Cano, fue un gran poeta en la medida en que supo imprimir a su voz un dominio y un tono acordes con la criatura humana. Más allá de la rigurosa muralla de símbolos de la poesía de Valencia, más allá del exótico follaje de sus apólogos, más allá de la angustiosa vocación metafísica de sus preguntas, el hombre —el hombre de carne y hueso— se encara con sus eternos y desgarradores enigmas. Por esa poesía —aparentemente helada— sopla la cálida palabra de una garganta que ha recorrido todos los itinerarios del hambre y de la sed interiores. Es la palabra de un viajero que ha asomado su pupila a todas las cisternas del corazón. Y lo ha hecho con quietud, con reposo, con disciplinado estremecimiento. Que es ésta —en el fondo— la auténtica tragedia intelectual de un artista. Valery decía que, el verdadero esteta, tenía el deber de emocionar sin emocionarse. Valencia cumplió, a cabalidad, esta delicada y peligrosa función de los sentidos. Aprovechó, para ello, los exquisitos instrumentos que dos escuelas, tan opuestas y, sin embargo tan sutilmente trabadas en su fondo, le ofrecían: el parnasianismo y el simbolismo. Tomó de la una, la potestad rítmica, la triunfal opulencia, el bloque escultórico de los grandes adjetivos. De la otra, el asombro frente al misterio, la suspirante capacidad para andar por el límite de la vigilia y el sueño, el ademán para asomarse a regiones donde sufre la imaginación un vértigo de locura y ensueño. Pero esta aventura —doblemente difícil— pudo únicamente operarse en nuestro medio, en el espíritu de Guillermo Valencia. Valencia fue, por todo esto, por la multitud de facetas excelsas y ejemplares que ofrece su vida; por su rica personalidad en terrenos que eran, aparentemente, ajenos; por su afán de lograr, en un mundo fatigado por el triunfo del mecanismo, una mente universal, la más rica y definitiva figura de nuestras letras. Y una de las más altas y perdurables voces líricas de la raza. La editorial Aguilar no ha hecho otra cosa, al recopilar la obra del gran payanés en un libro príncipe, que darle, a esa obra y esa personalidad, las vestiduras que merece en la inmarchitable fiesta de la cultura. El Universal de Cartagena, 14 de enero de 1949. INTERLINEAS la reedición de «Cuatro años a bordo de mí mismo» que acaba de hacer Eduardo Zalamea y el explicable éxito de venta alcanzado por aquella obra, se plantea un nuevo interrogante a la crítica colombiana: ¿tenemos en realidad una novela auténticamente nacional? ¿Obedece la técnica empleada y el desarrollo de la trama, a una realidad social, a un estado de alma, genuinamente colombianos? O, por el contrario, ¿hemos logrado, en nuestros dos o tres novelistas representativos, una maestría en el pastiche que nos hace injertar temas foráneos en un paisaje localista? En reportaje concedido a un prestigioso diario azteca afirmaba Steinbeck que la novela, para Con lograr su sincera finalidad, precisaba obedecer a hechos geográfica y humanamente reales. El autor de «Viñas de la ira» se colocaba así abiertamente, de parte de los grandes maestros de la novelística europea y norteamericana empeñados en llevar al vasto universo de sus obras la verdad circundante. Pero esto es explicable y hasta necesario en países que, como Inglaterra, Estados Unidos y Francia, por nombrar los más representativos, se encuentran en la plenitud de su poderío económico y espiritual. Allí forzosamente, tienen que presentarse, con caracteres más crudos y definidos, los conflictos del hombre como entidad universal. Esto explica el avance de la novela social en los Estados Unidos e Inglaterra, que ya nos han entregado obras de la altura y dimensión de «Mr. Babitt» y «Ulises», respectivamente. Un hombre como el europeo, víctima del tremendo desconcierto implícito en las dos contiendas, una de las cuales amenaza aún con sus rescoldos la marcha de la civilización, es lógico que produzca una novela erizada por la incertidumbre y batida por el aquilón de todos los «ismos». Tal, «Ulises» y «La Montaña Mágica». En especial la primera, donde Joyce hace alarde de un verdadero mosaico estilístico que desconcierta desde el primer instante, como el dédalo de la tragedia mística. Igual experiencia, por lo sincera y caudalosa, nos ofrece la novela norteamericana. Los Estados Unidos, por su rápido agigantamiento y por el papel que le ha tocado asumir en esta grave hora de la cultura, ofrece un conglomerado social de perfiles totalmente delineados que dan oportunidad a sus autores para llevarlos, con seguridad y firmeza, al ámbito de la novela. Todo esto, unido al avance representado por la depuración y aprovechamiento del monólogo, permite la realización de temperamentos, lugares y situaciones, sinceramente ajustados a una realidad localista. Esto es: Se ha logrado universalizar la novela por ambiente genuinamente localista. ¿Ocurre igual cosa en la novela colombiana? ¿Tenemos un perfil nacionalista que nos permita imprimirle color y sabor autóctonos a una trama? O ¿hemos hecho, por el contrario, el viaje a la inversa: hemos querido situar al hombre, con ambición universal, en un etéreo lugar que no le permite afianzar sus plantas en la tierra? Es harto sabido que el paisaje no cuenta. Que la novela contemporánea se caracteriza por un bucear afanoso en el mecanismo del hombre. Que los conflictos no tienen latitud ni tiempo. Pero no es menos real que el autor, el hombre que va a desentrañar al hombre con el estilete del novelista, tiene que aprovechar las circunstancias, que crean por ende factores espirituales y físicos, para hacer que las situaciones y estados de alma no imaginativa. La novela ha alcanzado su puesto de tesis en el mundo contemporáneo. No podemos ser menos que ella porque quedamos rezagados. Ni pretender superarla porque sería incurrir en una deformación del género. Tales las sugerencias que nos ofrece la renovada actualidad de «Cuatro Años a bordo de mí mismo». El Universal, mayo 25 de 1948. Alvaro Cepeda Samudio en Barranquilla en 1926 y murió en Nueva York en 1972. Periodista, cuentista y novelista, dirigió los periódicos El Nacional y diario El Caribe, y colaboró en El Tiempo y El Heraldo. Cuando comenzó a los 18 años era el columnista que se “tiraba de la moto”, por sus comentarios demasiado apasionados y algunas veces inmaduros. Las columnas de su primera época en El Nacional de Barranquilla, tituladas Al margen de la ruta, llamaban la atención por la personalidad avasalladora del escritor, más que por su calidad formal. Uno de sus más dedicados estudiosos, Jacques Gilard, destaca el valor testimonial que tiene la obra periodística del joven Cepeda, en la que se refleja el punto de vista de una generación enfrentada a grandes cambios a finales de los cuarenta, con el estallido del 9 de abril. Gilard también afirma que Cepeda, más que reportero era comentarista: su producción periodística surge de esa necesidad de opinar. Sin embargo, la vehemencia de sus ideas lo llevó a menudo a dar juicios precipitados, a caer en contradicciones y a descuidar el estilo. Como explica Gilard, en estas primeras columnas “está la pretensión del joven barranquillero que, sin haber viajado, con una formación y una información aun incompletas, dictamina sobre lo habido y por haber [...]. Sin embargo, esa debilidad deja de ser tal cuando, como en el caso de Cepeda, hay una curiosidad abierta hacia lo otro, una capacidad para acoger y asimilar nuevos valores sin renunciar a los propios”32. Aunque solía tratar temas intrascendentes con intención humorística, también se ocupó en tono airado de la política y la censura. Como intelectual se interesaba por la literatura, el arte y, sobre todo, por el cine, esa gran afición que lo llevó a convertirse en realizador. También sostuvo la columna Brújula de la cultura, en El Heraldo de Barranquilla, referencia obligada del periodismo cultural. La mayor parte de sus comentarios se nutrían de la prensa y de los cables sobre asuntos locales, nacionales y extranjeros. Pero su fuerte eran los comentarios humorísticos, a tono con su espíritu demoledor, polemista y rebelde, con dominio de la parodia y el sarcasmo. Escribió “columnas-relato” —como calificó Daniel Samper este tipo de crónicas que prefiguran sus historias de ficción— al estilo de “El hombre de los brazos largos” que aquí se incluye. Dirigió durante varios años y hasta su muerte el suplemento cultural del diario El Caribe. Daniel Samper Pizano realizó una antología con cuentos, poemas, reportajes, entrevistas, columnas y notas editoriales de Cepeda Samudio, publicada por Colcultura en 1977. EL HOMBRE DE LOS BRAZOS LARGOS Nació Este hombre había nacido con los brazos demasiado largos. Le bajaban de los hombros dos interminables racimos de venas y de músculos hasta las mismas rodillas. Eran un par de brazos que daban la impresión de que su dueño podría alcanzar con ellos todo lo que se propusiera. Y esta impresión perduraba en el ánimo de todos cuantos lo conocían. El puede llegar donde quiera, decían todos. Porque no otra cosa puede decirse de alguien que posee un par de brazos tan largos, que convenzan a todo el mundo de que con esos brazos cualquier cosa se puede alcanzar. Desde cuando estaba en el colegio, con su par de brazos sobresaliendo de su pupitre, su largura le ganó fama de inteligente, ya que los maestros decían que un muchacho con unos brazos tan largos tenía que tener largo también su entendimiento. Y se distinguió como colegial, pues a él se le daban todas las oportunidades y los trabajos de mayor responsabilidad porque sus largos brazos eran la mejor garantía. Y cuando salió del colegio ya había aprendido a balancear como un par de remos descomunales los brazos a los lados del cuerpo delgado y angosto. Caminaba lentamente, hincando en el aire sus brazos, tal como si se moviera en razón de ellos, como si fueran los brazos extremadamente largos los que le servían para caminar, haciendo caso omiso de sus piernas. Para esta época las gentes se estaban a la expectativa para ver cómo lograba fácilmente con sus brazos larguísimos lo que para los otros hombres se presentaba imposible. Pero se quedaron sin saberlo, pues el hombre de los brazos largos no supo qué hacer en el pueblo y se fue a la ciudad. Y cuando lo vieron salir con la pequeña maleta colgando al final de sus brazos, el cuerpo levemente inclinado hacia el lado opuesto, de tal manera que parecía que el otro brazo iba arrastrándose por la carretera, en todos quedó la impresión de que allá en la ciudad sí conseguiría todo cuanto se propusiera, pues cuando se tienen un par de brazos tan largos la vida es fácil. Pero en la ciudad tampoco hizo nada. Las gentes miraban con asombro cómo se movían en el aire sus dos largos brazos, exactamente como un par de remos descomunales, y pensaban lo mismo que los vecinos del pueblo: con ese par de brazos se puede alcanzar todo lo que uno quiera. Sin embargo, él paseó sus largos brazos por toda la ciudad buscando qué hacer, y no encontró nada. Hasta que un día, después de mucho tiempo de buscar inútilmente una significación para su vida, lo encontraron colgando del techo de su cuartucho miserable. Se había ahorcado con una sábana arrollada y mugrienta. Y sus brazos flotaban en el aire igual que dos reos descomunales perdidos en el océano. Y las gentes no se lo explicaban. Pero la razón por la que no pudo alcanzar nada con un par de brazos tan largos era que él no sabía que sus brazos fueran más largos que los de la gente que pasaba a su lado. Cuando lo descubrió era muy tarde, y lo descubrió al notar que no necesitó subirse en una silla para anudar la sábana arrollada a una larga viga: con sólo estirar los brazos alcanzó el techo. Pero esto sucedió demasiado tarde. Tomado de la Antología, Instituto Colombiano de Cultura,1977. JOSE FELIX FUENMAYOR Frente a don José Félix siempre tuve la sensación de que era más joven que yo. Más joven que todos nosotros: que García Márquez, que Alejandro Obregón, que Germán Vargas, que Juanbecito Fernández, que Quique Scopell, y más joven que su propio hijo Alfonso Fuenmayor. Al principio fastidiaba un poco el salir a las cuatro y media del Colegio Americano, bajar hasta la Calle San Blas, tirar los textos de literatura sobre una mesa del Café Colombia, ver llegar a don José Félix con su papelera negra y su sombrero blando y descubrir, otra vez asombrado, otra vez desconcertado, que el viejo sabía más que yo, que era más liberal que yo, que sus ideas iban mucho más lejos que las mías y, sobre todo, que resultaba siempre más joven que yo. Un día me regaló la colección de su periódico El Liberal, que dirigió en Barranquilla por el año 1900. Y lo que encontré allí ya no me sorprendió: El Liberal era, cincuenta años después, más moderno, más periodístico y más liberal que todo lo que se hacía en Colombia. Hoy he vuelto a hojear el tomo inmenso, gordo y marrón de la colección de El Liberal y sigo pensando lo mismo. Don José Félix fue, antes que nada, un periodista. Un gran periodista. Y de allí salió el escritor, el gran escritor; de ser periodista, de la avidez constante por escarbar y descubrir lo que hay detrás del hecho diario, del constante contacto con esta cosa tan grandiosa y tonta que es el hombre viviendo su diaria vida; de ser periodista, totalmente periodista, le vino a don José Félix su gran capacidad de ser joven, que es lo mismo que entenderlo todo. Una vez se lo dije: le espeté mi teoría sobre que para poder hacer algo bien, ya sea escribir un libro, plantar un árbol o tener un hijo, hay que ser primero un buen periodista. Se rió, con esa risa alegre y callada suya, y volviéndose no sé a quién, dijo: “Alvaro —porque nunca me quitó la tilde de la a— cree que yo soy periodista y no sabe que yo lo que soy es un viejo socarrón”. Socarrón y periodista, digo yo. 1966. Tomado de Antología, Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá, 1977. NOTA AL SEÑOR CENSOR Estimado señor Censor: Usted, con toda seguridad, sabe qué cosa es un “columnista”, y hasta es posible que usted mismo tenga su columnista preferido y alterne con los áridos textos de balística y de estrategia militar, una que otra nota ágil y precisa de las que brindan los periódicos. Pero usted, y millones como usted, alejados desmesuradamente de las labores periodísticas, al terminar la lectura de la nota hacen un pequeño gesto afirmativo con la cabeza, que indica que están de acuerdo con las ideas expresadas en ella y hasta llegan a comentar interiormente: este Juan Pérez escribe bien. Y esto es todo, no le dan mayor importancia al asunto porque están convencidos que para el Juan Pérez el escribir una nota es tan fácil como, pongamos por ejemplo, pronunciar un discurso para un grecolatino caldense. Usted mismo, que es un militar, habrá pensado muchas veces que para su columnista favorito, hacer una nota es tan fácil como hacer seis “dianas” en seis segundos y a una distancia de cincuenta metros. Pero la realidad es muy otra. Y usted, estimado Censor, me va a permitir que le explique qué cosa es un columnista en el ambiente del periodismo. Un columnista es, en primer término, un animal que, como las focas del circo, tiene que salir diariamente al redondel a hacer su número. Pero, a diferencia de las focas, que siempre hacen las mismas payasadas, el columnista tiene que hacerlas cada día diferentes. Es en esta diaria renovación del repertorio en la única cosa en que los columnistas se diferencian de las focas. Por lo demás tienen mucho en común, pues así como aquellas, al terminar su número, se aplauden a sí mismas con las aletas, los columnistas al terminar una nota exclaman invariablemente: ¡cómo soy de inteligente! Justo es reconocer que tanto los columnistas como las focas, tienen razón. La dificultad del cambio diario del repertorio estriba en la pequeña circunstancia de que diariamente no suceden cosas que impresionen la sensibilidad del columnista. En otras palabras: que todos los días no hay “temas”. Y el “tema” es para el columnista, como el uniforme para el militar, es decir, lo que le permite desenvolverse con éxito en su trabajo. En el columnista el “tema” es cosa de vida o muerte; por esto, mi estimado señor Censor, yo no puedo menos que expresarle a usted mi más cálido agradecimiento, pues debido a la irregular situación que atraviesa el país, no han llegado a la redacción los cables de las agencias de información, que es de donde generalmente sacamos nuestros “temas” los columnistas. Expresándole una vez más mis agradecimientos. Suyo. Tomado de Antología. Alvaro Cepeda Samudio. Instituto Colombiano de Cultura. 1977 Gabriel García Márquez este escritor que nació en Aracataca en 1928 y que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982 ya está casi todo dicho. Pero su faceta de periodista puede ser la menos conocida por las nuevas generaciones. Como el Nobel confiesa, comenzó su faena periodística al revés: primero escribió notas editoriales, columnas y críticas y terminó con el reportaje. Sus primeras columnas aparecieron en El Universal de Cartagena en 1949. Pero la más famosa fue La Jirafa, que se publicó entre enero de 1950 y diciembre de 1952 en El Heraldo de Barranquilla, y que tuvo gran éxito por su corte humorístico. Las obsesiones o demonios que preocupaban entonces a García Márquez eran la ciudad, la costa, la música, Europa, Estados Unidos, la Guerra Fría y las tiras cómicas. Era el tipo de columna “cajón de sastre”, que además de mantenerle el brazo caliente con la disciplina diaria, le traía quebraderos de cabeza por la búsqueda de temas. Casi siempre salía de apuros retomando los cables internacionales o las noticias locales y convertía la falta misma de tema en pretexto para una columna. Esa facilidad para transformar las noticias en relato, lo llevó a utilizar de forma recurrente la estructura del cuento clásico, con elementos de suspenso y sorpresa. En su serie de Jirafas emplea diversos registros: irónico, serio, mamagallista, poético; y sorprende su capacidad para tratar temas baladíes y tópicos siempre desde un punto de vista original. Veía la misión del columnista como la de buscar el lado ingenioso de la realidad, y por ello recurría a la documentación y al lenguaje figurado. Pero es en los artículos dominicales, que publicó simultáneamente entre 1980 y 1984 en varios periódicos de habla hispana —entre ellos El Espectador—, donde alcanza su plena madurez como columnista. Estos artículos periodísticos se publicaron con el título Notas de prensa, 19801984, primero en España y luego en Colombia (1995). Columna La Jirafa LA SIRENA ESCAMADA Sobre La sirena era una criatura que tenía de mujer lo menos útil y de pez lo menos aprovechable. En vista de lo cual, no hubo otra alternativa que dejársela a los poetas, las únicas personas capaces de sacarle algún partido a un ser que no ofrecía ningunas perspectivas ni como esposa amantísima ni como complemento del almuerzo. Una sirena, por su lado humano y desprovista de la fronda retórica, no sería sino una buena señora en una silla de ruedas. Se le vería salir al parque, en las tardes de diciembre, a tomar el sol, después de una larga temporada de vacaciones en la alberca del patio. Miraría con tristeza a los niños en sus triciclos o en sus patines y apenas con un resentido sentimiento de superioridad a las damas que, en un banco, estuvieran remendando las medias. La sirena sería una solterona inválida, a quien el estado debería compensar con una pensión mensual la desgracia de ser mujer hasta donde no vale la pena y de ser pez desde donde serlo empieza a ser un serio inconveniente. A los dieciséis años, se le vería pasar en su silla de ruedas, cubierta de la cintura para abajo con un edredón a cuadros, y se diría: “¡Qué lástima, ser inválida con esa cara!”. Y al fin y al cabo, castigada por su femineidad cerebral, se le vería morir de desesperación e impotencia frente a una zapatería. Si se considerara por el lado contrario, como pez, la sirena sería completamente inoperante. Sería lo suficientemente inteligente como para no morder el anzuelo y lo suficientemente torpe como para sentarse a cantarle a los navegantes, sin tener en realidad nada efectivo que ofrecerles. Con semejante inutilidad, lo más prudente que habían podido hacer era lo que hicieron: desaparecer. Ahora se informa, en un cable fechado en Viena, que por aquellos lados nació una criatura que al menos en su conformación anatómica era una sirena. Cabeza, brazos y pecho de mujer y cola de pez. Claro que no respiró un solo segundo el aire de los mortales, sino que se vino prudentemente muerta desde su oscuro período pre-natal. Pero de todos modos, cumplió a cabalidad con todos los requisitos que en los tiempos modernos debe llenar una sirena que se respeta: tener medio cuerpo de mujer, medio de pez y estar muerta. Lo demás lo harán los poetas. Y después de todo, por muy mal que lo hagan no tendría nada de extraño que lo hicieran mejor que ciertos columnistas de periódico que una tarde cualquiera se sientan a escribir sobre las sirenas, y no logran hacer ni siquiera una nota mediocre. El Heraldo, 31 de octubre de 1950 (Tomado de Textos costeños, V.2, 1983). EL HOMBRECILLO DE LA AVENA El primer método que encuentra un niño para penetrar al mundo de los idiomas es sin duda la lata de avena “Quaker Oats”. Cuando ya en las escuelas le han sido entregadas las primeras herramientas para entrar en posesión de los secretos de la lectura y la escritura, empieza a encontrar, junto al refresco diario, no sólo el motivo más a su alcance para ejercitarse en los nuevos conocimientos, sino también para penetrar a otros más complicados, pero con los cuales el primero guarda una estrecha relación. A un lado de la lata de avena, hay seis u ocho cuadritos, cada uno de los cuales interesa de manera directa a seis u ocho grupos distintos de personas en diversos lugares del mundo. Un cuadrito en español, debajo del cual puede leerse “Spanish” —como para que no haya motivo de equivocación— en el cual se explica cuántas cucharaditas de avena deben emplearse para cada dosis, a qué temperatura debe estar el agua, cuánto tiempo debe hervir y cuál es la receta para que la avena se convierta en refresco, en sopa o en hojuelas. Pero eso tiene un interés especial en la cocina. Al niño le interesa algo más importante: saber cómo se dice cada una de las palabras en los idiomas que allí figuran, sin preocuparse siquiera por saber en qué lugar del mundo hay una mujer meneando su refresco de acuerdo con las instrucciones árabes, chinas o malayas. Pero no termina allí el interés de la lata de avena. Su rótulo a tres o cuatro colores es, asimismo, el primer motivo de angustia que se recuerde. Aldous Huxley no lo pasó por alto y lo elevó a la categoría de ejemplo filosófico en una de sus novelas. Kafka, si su vida de miseria le hubiera dado alguna vez oportunidad de observarlo detenidamente, seguramente lo habría explotado mejor que nadie. Es el hombrecito de la avena, el que tiene en la diestra —como una pieza de baraja— una etiqueta donde hay un hombrecito de la avena que a su vez tiene en la mano una etiqueta donde hay otro hombrecito de la avena que, también él, tiene en la diestra una etiqueta donde, ya invisible, parece observarse un quinto hombrecito que a su vez... Si el dibujante hubiera sido uno de aquellos virtuosos miniaturistas que se quedaban ciegos después de haber grabado un Padrenuestro en la cabeza de un alfiler, habría tenido en la realización de esta etiqueta un motivo para eternizarse. Pero su incapacidad física para seguir dibujando indefinidamente infinitos hombrecitos de la avena, lo obligó a hacer algo peor: a dejar el trabajo en el tercer hombrecito, ya casi invisible. Y es como si al final de una angustiosa progresión geométrica hubiera puesto, para salir del paso: etcétera, etcétera. Y eso fue lo grave, porque cuando los niños descubren el etcétera y comprenden el secreto de la etiqueta tremenda, se sienten indudablemente al borde de la locura. Si esto no fuera arriesgado, no resultaría extraño afirmar que muchos de los trastornos que hoy sufre el mundo, las guerras, los desacuerdos internacionales y el existencialismo, son el producto de una humanidad que aprendió a hacer desesperados ejercicios mentales en ese abismal ejercicio del hombrecito de la avena. Tomado de Textos costeños (V.1), El Heraldo, agosto de 1950. Columna La Jirafa. FASTIDIO DEL DOMINGO Se me pregunta por qué la jirafa no merodea los lunes y respondo con toda la formalidad exigida por el Padre Astete: “La Jirafa no merodea los lunes porque tendría que ser escrita en la tarde del domingo, lo cual es substancialmente imposible”. Nada se parece tanto a una tarde de domingo como una señora sentada. Pero no una esbelta y aclimatada señora propietaria de una corpulencia de condiciones decorativas, sino una de esas señoras rabiosamente antisindicalistas, con ciento cincuenta kilos de peso y dos metros de ancho, que se sienta a hacer la digestión después de un almuerzo espectacular. Así sentadas, esas reverendas damas empiezan a bostezar, a tratar de dormirse sin quererlo, a disfrutar del fastidioso placer de coquetear con el sueño sin darle tregua a la vigilia. Ese espectáculo —dos minutos después de iniciado— será suficiente para convencer al más incrédulo de los espectadores de que nada hay tan contagioso como la modorra, practicada dignamente por una dama de las dimensiones expuestas, y que —por las mismas razones— nada se parece tanto a una tarde de domingo en la ciudad como una señora sentada. Es posible que un miércoles o un viernes alguien se encuentre, de repente, con que ha perdido la imaginación para distraerse. Pero es casi seguro que en esa ocasión un buen libro o un mal cine pueden descubrir el secreto paraíso de la distracción codiciada. Los domingos no. Los domingos —y si lo son tan dominicalmente dignos como el que acaba de pasar— cualquier libro es mediocre y cualquier cine, así dure seis horas el espectáculo, no será nunca lo suficientemente completo como para solucionar el problema del fastidio. El domingo, ya en las horas de la tarde, el caballero más refinado empieza a perder su barniz de civilización, se vuelve analfabeto, insociable y casi completamente antropófago, porque son las seis horas de la catástrofe semanal destinadas a conmemorar los días bárbaros de la edad de piedra. Sólo un esfuerzo de voluntad nos impide entonces salir a la calle vestidos con la desabrigada piyama de la madre naturaleza y repartiendo garrotazos a diestra y siniestra, que debió ser la forma en que los trogloditas celebraron sus fiestas patrióticas. De allí que el domingo sea, vertebralmente, un día equivocado, inútil, que debió pasarse de contrabando cuando los astrónomos tomaron las medidas de El Tiempo humanamente soportable. Por eso no acostumbro escribir los domingos. Porque entiendo que la semana es un vestido que le queda demasiado grande a todos los hombres. El número justo es de seis días y hasta de seis días y medio si se prefiere la ropa holgada en un clima como el nuestro. Pero por mucho que se ajusten las costumbres, por mucho que se le borden arandelas y se le inventen bordes plegadizos al ancho vestido de la semana, siempre la tarde del domingo le sobrará al hombre de la ciudad y le quedará arrastrando como una cola fastidiosa y absurda. El Heraldo, febrero de 1950. Tomado de Textos costeños, V. 1, Oveja Negra, 1981. Columna La Jirafa. NUS, EL DEL ESCARBADIENTES Una madrugada empezó a oírse en el pueblo, por encima del desorden de las ranas, por encima de los grillos y de los gatos; por encima de los gallos y de las ratas y de los ronquidos de los hombres, empezó a oírse el ronquido de un escarbadientes. Entonces una mujer despertó, se volvió hacia el lado de la pared, hacia donde estaba su marido, y le dijo: “Vino Nus”. Y el hombre dijo: “Hace rato lo sabía. Desde cuando empezó a sonar el escarbadientes”. Y la otra mañana, cuando los muchachos corrieron por las calles del pueblo, hacia la última casa, vieron al hombre sentado en el patio, con un pantalón de dril y un saco de piyama verde, limpiándose las junturas de los dientes con la misma sonoridad y la misma energía con que lo hacía antes de abandonar el pueblo. Al atardecer salió a la calle. Salió como había salido siempre, caminando despacio, sin mirar hacia ningún lado, pero ahora con un vestido diferente. Tenía una camisa blanca, sostenidas las mangas con un par de ligas, y un pisacorbatas dorado en forma de pavo real. Los muchachos lo siguieron a lo largo de las primeras cuadras, pero después dijeron: “¡Qué! Es el mismo Nus de siempre” y retornaron a sus juegos. Pero después de que el hombre hubo hecho cinco o seis visitas, ya al anochecer, en cinco o seis casas quince a veinte mujeres les dijeron a otras veinte o veinticinco: “Definitivamente, Nus sigue siendo el mejor caballero del pueblo”. Y por la noche, mientras las mujeres sondeaban hasta lo más hondo el sentido de sus palabras, volvieron a oír, por encima de todos los animales de la región, el ruido del escarbadientes. Y así estuvieron las cosas hasta cuando Nus salió a la calle con un ramo de rosas artificiales. Alguien le preguntó qué hacía con ellas, y Nus respondió, de la manera más natural: “Es mi negocio”. Y las cosas cambiaron, porque los hombres no pudieron admitir que un hombre como ellos anduviera por la calle vendiendo un ramo de rosas artificiales y las mujeres, que todas se dedicaban al mismo negocio, se ofuscaron frente a la amenaza de una competencia. Pero Nus siguió haciendo flores —flores de papel, de seda, de fibras vegetales— hasta cuando sucedió lo que ya se veía venir, irremediablemente. Sucedió que en la puerta de la casa de Nus amaneció un letrero que decía: “Nus, fabricante de flores”. Y lo malo fue que no era Nus quien había puesto el letrero. Las mujeres dijeron que fueron los hombres y los hombres, confundidos, dijeron que habían sido las mujeres. Nus no dijo nada a nadie. Ni siquiera parecía que hubiera visto el letrero. Pero esa noche, cuando todos en el pueblo se habían acostado, volvió a oírse el ruido del escarbadientes. Primero se oyó en un extremo de la calle, en la casa de Nus, como siempre, pero después el ruido se fue agrandando, se fue acercando, se fue desplazando hasta cuando todos los durmientes despertaron, abrieron los ojos en la oscuridad, y dijeron con la voz ahogada: “Nus está caminando por el pueblo”. Y en todas las casas oyeron pasar, como el fantasma de un ruido muerto hacía mucho tiempo, el obstinado ruido del escarbadientes. En todas las casas lo oyeron pasar, pero nadie pudo decir en qué casa se detuvo. Y fue entonces cuando el pueblo empezó a aniquilarse, habitado por hombres y mujeres extraños que no podían dormir porque, tan pronto como cerraban los ojos, empezaban a soñar que la casa se les estaba llenando de ranas. El Heraldo, julio de 1950 (Tomado de Textos costeños, V.1, 1983). Héctor Rojas Herazo Escritor, pintor y periodista, nació en 1921 en Tolú, pueblo de infancia cuyos lugares, gentes y costumbres retrató en numerosas crónicas de vibrante atmósfera. Inició su andadura periodística en El Universal de Cartagena en 1948 —en los buenos tiempos de García Márquez, Gustavo Ibarra Merlano y Clemente Manuel Zabala— y allí sostuvo durante dos años la columna Telón de fondo, en la que hablaba con pasión y conocimiento sobre literatura y sobre las diversas corrientes de la cultura contemporánea. En ese periódico inició una novedosa carrera periodística, que abrió caminos en el periodismo literario de la costa Caribe, porque, según el estudioso Jacques Gilard, su periodismo era “más avanzado que en el interior del país”. Entre 1950 y 1955 publicó sus artículos en Diario de Colombia, de Bogotá, y fue uno de los colaboradores destacados de Lecturas Dominicales de El Tiempo, a mediados de los cincuenta, cuando lo dirigía Eduardo Mendoza Varela. Las columnas publicadas en esta última época son una muestra de su talento poético y de su experimentación formal en la exploración del alma caribeña. Su novela “Respirando el verano”, y “Cien años de soledad”, de García Márquez, contribuyeron a renovar la novela latinoamericana. En 1967 ganó el Concurso Nacional de Novela Esso con su obra “En noviembre llega el arzobispo”; además ha publicado “Celia se pudre”, “Señales y Garabatos de un Habitante”, y varios volúmenes de poesía, género en el que también ha sido un vanguardista. Pese a su “gigantesca estatura”, no ha sido un escritor suficientemente reconocido, quizá porque se ha marginado de los círculos comerciales y oficiales, de los que siempre ha sido un crítico pertinaz e insobornable. Sus amigos lo aprecian como un conversador anecdótico y cautivador, talentos que enriquecen sus crónicas. Ese hombrón, que con su profunda voz transmitía imaginarios partidos de béisbol en su estilo mamagallístico, o daba recitales poéticos, sigue inmerso en su multifacética producción. Gonzalo Arango lo retrató así: “Héctor Rojas Herazo es, a simple vista, un campeón de lucha libre; un talador de bosques; un rufián; un levantador de pesas; un bulldozer que camina; un marino mercante; un arenero de Tolú; un prometeo desencadenado; un profeta del trópico; qué sé yo...un hombre de duros oficios [...] Pero si Ud. va al fondo, descubrirá que su piel esconde el alma de un poeta puro”33. Con gran sentido del humor, Rojas Herazo publicó en 1968 un autorretrato con agudezas como ésta: “Quien le ve su andar de pesista de circo o luchador que se dirige a un gumiiasu, no sabe que toda su fisiología no pasa de ser un mueble (...) Tuvo la voz gruesa y afirmativa de los animales que viven atemorizados. Temor a todo: a cortarse cuando se afeita” a engordar más de la cuenta; a tener que dormir alguna noche en una casa sola; al solo hecho de estar vivo; a ser arrollado por un automóvil, por la espalda, cuando va caminando por una acera. Sabemos también que, para él, un viaje en avión es mucho más catastrófico que un juicio final”. ESE PUEBLO DE LOS TAMBORES El pueblo de nuestra costa atlántica es un pueblo hechizado. Nuestro campesino vive, ama, siembra, llora en el velorio o baila en la cumbiamba empujado por un hálito misterioso. Es un hombre rodeado de transmundo por todas partes. Cuando llega la fiesta de San Bartolo, por ejemplo, se pone —muy serio, muy reconcentrado, muy minucioso— a fabricar crucecitas de paja para colgárselas a los niños en el pecho. El campesino no quiere que el diablo —el diablo con cuernos de alcanfor y patas de azufre, el diablo que echa fuego por los ojos y por la boca y le mete el rabo a sus víctimas por las narices— se lleve a sus hijitos para el monte. Por eso riega, también, agua bendita detrás de los escaparates y los baúles. Para ahuyentar al enano cabezón que hurga el sexo de las doncellas con dedos de cristal y les mete palabras grandes y duras a los oídos de los infantes cuando duermen. Nuestro campesino ha hecho de todo esto una poética y aplastante realidad. Muchos de ellos han visto, en el centro de la noche, al espíritu Lara. Lo han visto escribiendo sobre el agua, vocablos de fuego, el nombre de una mujer encinta para hacerla malparir y torcerle, con el alambre del vómito, las muelas y las tripas. Y hay viejos que nos hablan del brazo palpitante que quedó entre sus manos cuando tajaron, con un limpio círculo de su machete, el ala de una bruja convertida en gallina. Estas brujas las conocen todos. No es un secreto para nadie su sabiduría en la preparación de unturas y brebajes. Tienen algo de seres vegetales estas ancianas. Lentamente, a la vista del pueblo, se van secando, se van pudriendo, se van poniendo chiquiticas y amarillas, hasta que se quedan inútiles sobre una cama de viento como si fueran raíces. Nuestro campesino cree en todo esto porque lo ama, porque lo necesita, porque sin todo esto se quedaría solo, vacío e inútil. Es más: porque, sin ese cúmulo de creencias, no podría hacerle frente al implacable empuje de la fatalidad y de los elementos. Sin el hechizo no resistiría la mala siembra, niel luto sobre la familia, ni las gusaneras que hacen caer a pedazos la carne de los ganados. Por eso en nuestros pueblos todavía existen brujos. Brujos de carne y hueso que tienen nombres de apóstoles y tiznan el padrenuestro y el avemaría con el carbón de la cábala. Es toda una cosmología primaria, un empirismo ritual, donde los santos tienen mochilas preñadas de semillas; donde los arcángeles usan rulas y fuman tabaco revuelto; donde la madre de Dios se sienta en las sementeras a jugar con el ciento, con las hojas y con la lluvia. Este es nuestro pueblo. Un pueblo hechizado que ha buscado el tambor, la gaita, las guachas, el acordeón y el carángano, para darle nombre propio a un universo de polvo, de clorofila y de azufre. De allí ese extraño sedimento alegíaco que nutre el hípido de nuestras coplas. De allí esa nostalgia, ese acento de miedo y hermosura, que podemos apreciar en todo nuestro folklore. Quien crea que la música de nuestra costa caribe está solamente hecha para la epilepsia corporal o para la simple alegría de los sentidos, está totalmente equivocado. Para su cabal comprensión —para saber lo que bulle en el interior de un mapalé, de un merengue o de un fandango— es preciso emplearse, muy a fondo, en una militancia del corazón y de la inteligencia. Se necesita saber desentrañar lo que hay en aquellas mulatas, grandes y macizas, que cumplen, sobre el cáliz de los pilones, un rito agrario, se necesita conocer el color que tienen las aguas de un estanque cuando el mohán —con voz de niño adulto, del niño que tiene miles de años en su pelambre de musgo y de lodo— nos llama dulcemente con nuestro nombre de pila; se necesita haber visto un patio, simplemente un patio bajo el sol o la luna, cuando el mar es un bramido, grande y amargo, sobre la memoria del tiempo. Todo eso se encierra en esos instrumentos toscos, humildes, construidos con los elementos de una comarca misteriosa. La gaita es el agua, el tambor es la tierra, en las guachas y las raspaderas está ese viento, cálido y tenso, que aprieta, como una arcilla tostada a fuego lento, las facciones de nuestros labriegos. Cuando uno escucha una gaita parece que el agua estuviera sollozando. Es una fuerza líquida, otra sangre la que navega por la nuestra. Sangre de toro, de yerba, de pegujal y de azucena. Y el tambor es un gran corazón, una gran mano que nos pega en el puro centro de las vísceras. Que nos recuerda quiénes somos, dónde estamos, de qué barro, exactamente, están amasadas nuestras costillas y nuestra epidermis. En todo esto hay tristeza, trabazón de conceptos, senequismo elemental, precisión ante la vida y la muerte. Detrás de todo esto hay abuelos y retratos y techumbres de paja que apenumbraron nuestro asombro primero. Detrás de todo esto hay espuelas de gallos y trajecitos almidonados y muchachas de quince años meciéndose en los corredores. Y está el pueblo. Ese pueblo costeño que se disfraza de alegría pero que, por dentro, tiene caballos desbocados, plegarias de cuero, crucecitas de paja para que el diablo no se lleve a los niños. Por eso el hechizo es el clima natural de esa porción de la geografía colombiana. Por eso el grupo de hombres y mujeres que Manuel y Delia Zapata Olivella acaban de traer a Bogotá tiene importancia. Una importancia recóndita. Cuando Delia y Manuel ambulaban por pueblos y veredas y se ponían a escuchar a una viejita cantando canciones olvidadas, sabían muy bien lo que estaban haciendo. Delia misma ha buscado las telas y ha cortado y cosido los trajes con que han de presentarse estos hombres de nuestra tierra. Delia consiguió el barro para fabricar múcuras y el bejuco para trenzar los catabres y ella misma midió los compases y balanceó los volúmenes de esta coreografía alucinante y se puso a danzar —en el centro de todos ellos— hasta que el baile de los cabildantes y del gallinazo y los cartones de la vida del mar quedaron terminados. Por eso tienen todo el derecho a ser nuestros intérpretes. Por eso han podido reunir un poco de gente y un poco de instrumentos musicales y traerlos a Bogotá para que aquí se sepa, de verdad verdad, cómo es el mundo colombiano que vive asomado al océano. Aquí los tenemos ahora. Los hermanos Zapata Olivella y el trozo de pueblo y geografía que han traído consigo nos dirán el resto. El Tiempo, Suplemento Literario, 22 de agosto de 1954. TARJETA SOBRE AZORIN Con las cejas un poco levantadas por el hastío en que lo dejaba semejante barullo, Azorín hacía su trabajo. Era un ciudadano como otro cualquiera, un ciudadano a quien le gustaba desayunar, almorzar y cenar bien y a tiempo, y se afeitaba pulcramente, que pagaba sus cuentas. “Tenga juicio y aprenda a estarse quieto, no grite nunca”, es la consigna de Azorín. Nada de aspavientos en esto de sentir y ver. Cuestión de tiempo, de paciencia y de tiempo. Tenía el silencio, la minuciosidad y la parsimonia, pero también la confianza en su trabajo, de un miniaturista japonés. A Azorín le tocó, como saludable contrapunto, una generación de Do mayor. Por un lado el vozarrón de Unamuno, por el otro (solo las “sonatas” fueron escritas para clavicordio) la petulancia orquestal de Valle Inclán Maeztu que en el centro golpeaba duro en el pupitre (¡niños, niños, nada de recreo; eso era de aprenderse la lección!) cuando, a marchas forzadas y comandando dos generaciones de repuesto, llega Ortega. El gran publicista lo saca garante, más que su totemismo cogiativo, su limpia, su depurada gracia española lo que, muy a su pesar, tenía de azorinesco. El resto eran unos señores tremendos cejijuntos. Y cada uno de ellos, a su manera, vivió convencido de que tenía a España arrodillada, con unas orejas de burro colocadas por escarmiento en la cabeza, en un rincón de su aula de pedagogo. Se lamentaron de Unamuno, que acostumbraba a meterse huesos adentro en busca de sus fantasmas egolátricos y de unas virtudes nacionales que ya habían cumplido su oficio —que la pobre España, asustada por tanta alharaca, se acurrucó muchos lustros en la creencia de que era una niña culpable—. A Baroja lo salvaron su soledad y su tozudez de labriego. “De puro vasco y de puro bruto” como tan desen-fadadamente decía de sí mismo en sus memorias, con el único fin, eso se ve muy claro, de bajarle los humos al estentóreo rector de Salamanca. Mientras tanto, con las cejas un poco levantadas por el hastío en que lo dejaba semejante barullo, Azorín hacía su trabajo. Era un ciudadano como otro cualquiera. Un ciudadano a quien le gustaba desayunar, almorzar y cenar bien y a tiempo, que se afeitaba pulcramente, que pagaba sus cuentas. Un buen parroquiano. Estuvo gordo el hombre en sus años de mocedad y madurez. Después le dio por las frutas, ¿ven ustedes? Alcanzó como premio una vejez delgada y transparente, una vejez apacible, sin artritis ni dolores en la vejiga. Era el único serio. Y lo que pasaba era que Azorín iba por el otro lado, exactamente por el otro lado. Su secreto, era el aplomo, los nervios en su sitio, el tono bajo. Nada de englotonamientos, ¿para qué ? Sabrá, como muy pocos en su oficio, que el escritor y su lector terminan por encontrarse a solas en una página. Y cuando esto ocurre ya no valen trucos. Su labor, pues, se redujo a comunicar —en la forma más diestra, honesta y rigurosa que le fue posible— lo que veía y sentía. Ya nos ha dado su fórmula. Es, ni más ni menos, la de un buen jornalero. “Cuando escribas —nos recomienda— pon una cosa después de la otra”. Oigase bien, como quien dice: si las echas de bulto, si las derramas y mezclas al azar o si las metes unas en otras, o te las das de muy sabido, te dañas el asunto. Y tal y como lo recomendaba lo hacía. El idioma no estaba acostumbrado a esta impecable humildad. Buen caminador Azorín. Otra de sus claves. Y esto de caminar, de saber caminar, se entiende, tiene sus bemoles. Un arte aparentemente menor, es cierto, pero que se rige por leyes sutiles y complejísimas. Consiste sobre todo, vean la nadería, en paladear lo que se recorre. Ya esto, de contra, implica un juego doble: aprontamente en la morosidad. Los sentidos deben mantenerse ágiles, coordinados y atentos como galgos de caza. Se requiere, además, una ternura silenciosa, funcional, de la misma jerarquía de la compasión, para desentrañar la fidelidad a esos códigos memoriosos en que se desenvuelven conversaciones familiares; para ver la luz propia, el contorno y la energía de cada objeto; para desmontar y luego sumar armoniosamente cada fragmento de la totalidad. Todo esto conduce a quien lo ejecuta a descubrir la sutura —que de hecho es historia palpitante, tradición y carácter—entre el lugar, los utensilios y el habitante. Se está de cacería repetimos y a todo momento el dedo debe estar en el disparador. Entonces el agua, cuando atraviesa una prosa, fluye, sabe y oficia como agua. Igual con los ganados y con las mieses. Prueben a oler una parvada de trigo en un relato de Azorín y conocerán de nuevo —en Tolstoi o en Thoreau— la delicia de respirar la libertad, el perfumado equilibrio, la intensidad apasionada que atesora la atmósfera de un día estival. Exactamente lo contrario de lo que ocurre con Gabriel Miró, para remitirnos a un coterráneo que se enfrentó a sus mismos problemas. El alicantino veía un campo y en seguida (no sabemos qué le picaba al buen señor en la cabeza) se dedicaba a calumniarlo con la mejor buena fe, aplicaba toda clase de galantes necedades a apesadumbrarlo. El resultado son esos cortijos, como las malas cortesanas, de albayalde y carmín. El pincel de Azorín es fino. Mojado con los tintes precisos. Su línea es neta, segura. Su línea de un maestro. Tenía el don, otro de los frutos de su paciencia, de apretar lo sugerente. Una barda aquí, un sendero allá, unas techumbres de ópalo sobre un bloque que encalado en el centro y ya tenemos un pueblo. Adentro, encontraremos a los eternos personajes. Pero Azorín los conversa, los vive, los manosea, los acompaña. Miren lo cazurro. Se les va, por los entresijos, a ellos y a su contorno. Y en el mueble polvoriento, desfondado —con su tacto y finura de siempre, sin perder la compostura— no insinúa la muerte, y en la calma de una abuela que canturrea una nana, al rescoldo de su fláccido pecho, nos muestra las brasas de una venganza y en la sonrisa de la zagala, frente al pelotón lleno de uvas, el tiempo sutil, de la melancolía de amores, el enigma de una comarca. Después, mientras se solaza con frituras y colaciones, a darle otra vez al asunto. A taladrar almas, a buscar la madeja en el laberinto. Pocos han caído en la cuenta de que Azorín es uno de los mejores novelistas de España. Sólo que él no trabaja de corrido. Nos deja muñones, cejas, mejillas, torsos de personajes. Eructos y ruidos en el pecho y el alma, suspiros. Alumbra la realidad. Mire usted que ese arcón junto al tinajero y esos retratos colgados ahí no más, a la derecha del armario, a pocos pasos de la puerta. Pues sí señor. Dentro de ellos, como un quieto pero rumoroso testimonio, están apetitos de mujeres en lechos bañados por la luna, orgullos de varón, pasiones sombrías, consejas. El crimen puede galopar en la noche, el duende sale, los jazmines están a punto de aromar una infidencia. Pero, eso sí, cuando la cosa se va a poner trágica, trágica de verdad, Azorín hace el esguince. Nos ama, ama el empalme y el equilibrio de la vida. Vuelve otra vez a su fórmula: nada de aspavientos, mis hijos tranquilos, a tener juicio. Y sigue hablándonos de tiestos con rosas, de hidalgos resecos, de caballos y mulas piafando, al amanecer entre un perfume de naranjos. Pero lo que nos gusta sobremanera de Azorín, lo que explica que lo consideremos un gran novelista, es lo que tiene de listo, de entremetido, de buen pícaro. No puede ver una ranura, porque la vuelve brecha. Si le dan un dedo se coge toda la mano y, de encime, se carga con el santo y la limosna. En esa forma pudo meter en cintura, en la cintura de su estilo, muchos pueblos que ya no pertenecen a España solamente. Así, al desgaire, con su apacible rostro de notario (el del período cincuentón, el mejor y más productivo) se las sabía todas. Solo que la cuestión iba para su coleto y para el coleto de sus lectores. Claro, de todo esto, de tan rico y bien ejercitado vagabundaje, nos ha quedado la prosa más cuajada y substanciosa, la que destila mejores juegos, del lagor de los noventa y ocho. Azorín es el último de los clásicos españoles. Lecturas Dominicales de El Tiempo, 12 de marzo de 1967. CARNET DE UN ESCRITOR Quién soy. Soy un híbrido de furia, ignorancia, cobardía, esperanza, inconsecuencia, ternura y desesperación. Un hombre totalmente normal, como puede verse. Escribo o pinto para ejercitar una incoercible y casi siempre fracasada necesidad de comunicarme con los otros. Estoy convencido de que algo terrible —hacer política o meterme a actor o libretista o intentar la fundación de una empresa relacionada con la explotación del turismo o fundar una secta religiosa, basada en conseguir nuestra purificación a través del delito— me ocurriría si no lo hiciera. Mis influencias. He sido influido por las cosas más aparentemente —sólo aparentemente— heterogéneas: los magazines y los ejercicios yoga; los novelistas ingleses y las tarjetas pornográficas; el Reader Digest y los camajanes del Arsenal de Cartagena; el cine (más que todo el cine rojo) y la Biblia; Quevedo y los sermones del Viernes Santo; los periódicos y las revistas de modas como «Vanidades»; los burdeles con traganíqueles y los novenarios de difuntos. Por ello mismo estoy convencido de que toda experiencia en un hombre —sea ella moral, estética, política o amorosa— es fundamental y única, y está ligada a su totalidad existencial. Por qué escribo. Escribo novelas porque es una larga tarea en la cual necesitamos emplear a fondo nuestra lucidez, nuestra eficacia testimonial y nuestra compasión. Sea buena o mala, toda novela es un intento de justificar, más allá de cualquier horror o cualquier equivocación, la inocencia del hombre. Por eso la novela y el cine, la pintura y la arquitectura urbanística, son los últimos refugios funcionales que le quedan a la poesía. La vida sobre todo. Considero que toda vida humana es excelsa por lo misteriosa y cerrada en sí misma y que ningún ideal, ni ningún objetivo, pueden justificar un cadáver. Mis terrores. Profeso un terror, estrictamente animal, por los viajes aéreos, por las visitas de pésame, por las ventanas sobre abismos y por lo desvergonzadamente inermes que estamos frente al cáncer. Pero el mayor de mis terrores es dormir en una casa sola. Complejos de culpa. Me siento culpable, abstracta pero ferozmente culpable, de muchas cosas que no he cometido. Esto, como es apenas lógico, me ha conducido muchas veces a la orilla del mesianismo. Pero no soy peligroso. Lecturas al día. Para mantenerme humanamente aceptable, para seguir en circulación, leo cada mañana un buen trozo de hipocresía con fines proselitistas: un mensaje político, un reportaje literario o una amonestación episcopal. Depende de mi estado de ánimo. Todo esto me hace pensar a ratos, no siempre afortunadamente, que vivir es un juego siniestro. Leo también, con más interés del que yo mismo pueda presumir, las recetas médicas sobre la erradicación definitiva de los callos o el cuidado de las hemorroides durante los resfríos o las recomendaciones dietéticas para conservar el vigor de la próstata ya bien adentrada la senectud. Mis fracasos. Confieso que me he cansado —por sucesivos fracasos— de intentar cualquier conocimiento por correspondencia o de ejercitarme en alguna actividad comercial o dolosa. Para esto soy implacablemente inepto. Lo que más envidio. Todas las noches, en alguna forma ominosa que me es imposible precisar, sueño con mis propios apetitos. Siento envidia, verdadera envidia, por todas aquellas personas que creen en el triunfo del optimismo, en la curación por la voluntad, y en el paraíso atlético del profesor Contreras. Por eso experimento una especie de orgullo al revés cuando, en periódicos o revistas, leo títulos como éstos: «Método práctico para aprender a través de la gimnasia, a amar a nuestros compañeros de oficina». «He alcanzado la felicidad con mi tumor abdominal» : «De cómo el abandono del alcohol me convirtió en un próspero hotelero». Todo esto, repito, me entusiasma, me remueve sinceros pero pasajeros ímpetus teosóficos y termina por producirme envidia. Lo que más detesto. Detesto a los hombres ocupados y las conversaciones apresuradas; el café sintético, el toreo bufo, los objetos plásticos, las conferencias y las películas cómicas. La falsedad, en suma, convertida en profesión o en objeto. Lo que respeto. Dos cosas me producen un respeto escalofriante: una mujer encinta jugando ajedrez, y la agonía de un elefante envenenado. Las cosas que más amo. Un pedazo de papel arrastrado por el viento en las graderías de un estadio vacío... El dinero bien ganado... La serenidad de una cometa en una tarde de agosto, sobre el mar... Una mujer madura, en silencio, sentada en un mecedor bajo unos árboles de naranjo. Un convaleciente mirando el mediodía en la plaza de un pueblo... Un amigo aproximándose a mi casa, en mi búsqueda, a la hora del crepúsculo... Las páginas que el uso ha vuelto amarillas en un libro entrañable... Mirar mi rostro en los ojos de una mujer desnuda que, desde hace mucho, sabe de qué color tengo los míos... La hermosura (y el familiar enigma) de las conversaciones corrientes... Escuchar el susurro del viento entre los árboles de un patio... Mi deporte favorito. Cruzar los brazos bajo la cabeza y, gozosamente relajado sobre la cama, ponerme a descifrar los jeroglíficos que la humedad y el polvo han trazado en el cielo raso de mi cuarto. Mis mejores libros. «Las veladas de la quinta», «Sandokán», «Las mil y una noches», «La guerra y la paz», «Del tiempo y del río», «Entreacto», y «El Villorrio». Las mejores películas. Las cinco películas que verdaderamente me han hecho creer en el cine : «En pos del oro», «Humberto D», «Las fresas salvajes», «Rashomon», y «La aventura». El cuadro más bello. El cuadro viviente más puro que he contemplado: un caballo jineteado por un niño, al atardecer, saliendo de las olas. Sobre ambos ardía un lucero temprano. Un deseo. Mi único, mi más pueril deseo: no morir nunca. Revista Cromos, No. 2552, Bogotá, agosto 29 de 1966. Tomado del libro Visitas al patio de Celia. Crítica a la obra de Héctor Rojas Herazo. Compilación de Jorge García Usta, Medellín, 1994. TELON DE FONDO La iglesia de este pueblo es sencilla como un vocablo familiar. Una espadaña. Dos campanas. Un cuerpo macizo y rectangular. Seis columnas. Un altar. Cuatro nichos. Las imágenes son hermosas y entrañables en su simple escultura. Muchas de ellas han acompañado, desde su nacimiento, la historia de este pueblo. Pero entre todas hay una, en especial, que me ha atraído y llenado de fervor desde niño. Es la del patrono de la villa: Santiago. Imagen que pide a gritos el ámbito de un mural. Es más pintura que escultura. Más calor que volumen. El santo aparece cabalgando un caballito, blanco y hermoso como los potros de los carruseles. La cabeza y los cascos excesivamente pequeños para su tamaño. Aquélla es briosa, altiva, enjoyada con dos bolitas de cristal a manera de ojos. Los cascos, al igual de la cola, son de un negro denso y alquitranado. Las patas delanteras encogidas para un salto detenido hacia hipotéticos abismos. Santiago lo cabalga con la tiesura de las estatuas que ignoran el movimiento. El imaginero lo concibió terrible, devastador, inexorable. Pero de sus manos, en cambio, salió un adorable caballero que emana dulzura desde sus ojos asombrados. Dos colores priman en todo él: azul y rojo. La barba es un brochazo uniforme sobre el rostro pálido, virgen de arrugas como el de un infante. La mano derecha sostiene, en alto, una espada de madera. La izquierda retiene las bridas que justifican el recogimiento de su corcel. Un casco de cartón, solícito trabajo de una ferviente e ignorada devota, le da un aire de niño disfrazado en trance de jugar a los soldaditos. El casco está coronado por flamígero penacho coloreado con anilina. En torno suyo los cirios y los lampadarios derriten su lumbre votiva llenándolo de claridad y silencio. Difícilmente puede encontrarse una imagen que llene, tan contrariamente, su cometido. Y es que este Santiago fue concebido y realizado por un poeta. Por un poeta que pintaba sobre yeso. Debió ser un imaginero que heredó, sin saberlo, la beatitud de los viejos maestros. Este santo se escapó un día cualquiera, por las manos de su escultor, de uno de aquellos retablos que traspasara de claridad el pincel de Federico de Pantoja el Menor. Aquel que decorara, para deleite religioso de don Alfonso el sabio, la capilla que el monarca erigiera en la entonces incipiente Santiago de Compostela. El guerrero cristiano —caballero en su corcel de yeso— atravesó el mar para venir, nutrido de infantiles arrestos, a amenazar a los sarracenos agrarios que pueblan la sacristía de esta iglesia aldeana. Que no otros se encuentran por estos contornos. Allí está el santo, con su espadita de madera y sus ojos hermosos, en su sagrado belicismo. Esperando, tal vez, que un día cualquiera se levanten los niños de este pueblo, echen al aire la inofensiva voz de sus clarines de cartón y, como en un poema de García Lorca, lo nombren general en una guerra de mentirijillas contra el sultán de la media luna y alfange plateado que vive en el recodo de un cuento. Santiago de Tolú, 2 de junio. El Universal, 3 de junio de 1948. Antonio Panesso Robledo decía Klim, “Antoñitos como Antoñito Panesso sólo hay uno; cuando las enciclopedias lo ven, se les ruborizan todas las páginas, avergonzadas de su ignorancia”. Antioqueño, nacido en Sonsón en 1918, terminó Profesorado y Filosofía en la Universidad de Antioquia. Luego se especializó en las universidades de Cambridge y Nothinghan en literatura germánica. Su carrera periodística comenzó en 1949 en El Correo de Medellín, a donde llegó como jefe de redacción y luego se convirtió en director. Hasta entonces escribía comentarios ligeros en La Defensa, con el seudónimo de El caballero de la tenaza. A partir de 1949 comenzó a publicar la columna Pangloss y el lector, en la que respondía preguntas curiosas de los lectores. En la columna Gazapera, resolvía las preguntas de los lectores y se dedicaba a la caza inclemente de gazapos, con sus sabios y satíricos comentarios, como años después haría Argos, tomando prestado el mismo nombre de esta columna. Esa etapa de juventud fue muy prolífica, porque Panesso llenaba las páginas de opinión con editoriales y comentarios. En 1951 empezó sus colaboraciones en el suplemento literario de El Tiempo donde desarrolló más ampliamente su faceta de crítico literario. A partir de los sesenta mantuvo colaboraciones de crítica literaria en la revista de la Universidad de Antioquia. También hizo parte del equipo de “Los catedráticos informan”, programa radial que se transmitió por la Voz de Antioquia durante veinte años. Panesso Robledo fue subdirector de El Tiempo y colaborador de revistas nacionales y extranjeras como Revista de las Indias y The Economist, y tuvo experiencia como corresponsal de guerra en el Medio Oriente, tema que siempre lo ha apasionado. Desde comienzos de los años sesenta este periodista antioqueño está escribiendo en El Espectador, y mantiene las columnas Temas de nuestro tiempo —diariamente— y Lunes lunático. En 1979 publicó “Torre de marfil”, una selección de sus artículos periodísticos. Su estilo elegante —con una fina ironía muy cercana a los escritores ingleses Shaw y Chesterton—, lo convierte en uno de los clásicos del columnismo en nuestro país con más de cuarenta años de ejercicio, independientemente de las polémicas que despierta como analista político. ALICIA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS Alicia El Gato Mambrú El Zorro Plateado El Conejo Blanco El Búho, de grandes y hundidos ojos. Dramatis personae La Alegre Cabra El Ratón Escurridizo La Tortuga Paciente El Pingüino de impecable frac El Solemne Elefante Como Alicia era una linda niña de pelo rubio, como el trigo maduro, ojos azules como el mar y rojos labios de esos que le pintan a las muñecas. Por eso, sus colores preferidos eran amarillo, azul y rojo. Adoraba las muñecas, los helados de fresa y a su tía Lola, que por haber sido casada en su juventud, había escapado del genio gruñón. Alicia vivía feliz con su tía Lola. Pero una vez, sin estar soñando, se sintió de repente lejos de todo el paisaje familiar. Sin poderlo explicar la niña —que era precozmente inteligente— una vez que salió al campo a dar su habitual paseo matinal, con el Gatito Mambrú y su Conejo Blanco, se halló ante la entrada de una gran cueva. Alicia, con esa irresponsabilidad de los niños cuando no están con la tía, se adentró por esos vericuetos desconocidos cuando menos lo pensó, empezó a caer, a caer vertiginosamente. Pero notaba extrañada que no se le despeinaban los rubios bucles ni sentía el menor miedo, como suelen tenerlo todos los niños por cosas menos terribles. Después de un tiempo, que no pudo calcular, Alicia tocó el fondo. Y se halló en un país extraño y lejano, a pesar de que estaba a menos de un kilómetro de su propia casa, pero hacia abajo. Allí todo era como en el país de arriba, aparentemente. Pero pronto empezó a notar cosas curiosas. Su lindo Conejo Blanco era negro como el azabache, el amarillo de sus cabellos se había tornado de un color violáceo, muy hermoso pensaba Alicia, pero no para tenerlo en la cabeza. En el espejo de una fuente se vio sus ojos, antes azules y ahora de un castaño oscuro, casi negro. Lo único igual era el color de sus labios, un vivísimo rojo que se destacaba más ahora en el fondo mate de su piel. Alicia continuó avanzando a lo largo de un pasadizo interminable. De repente, una luz azulosa le indicó que llegaba a campo abierto. Se levantaba un confuso murmullo de voces. Parecía que se llevaba a cabo una asamblea general de los habitantes del País de las Maravillas. Por una hendidura del muro observaba Alicia lo que pasaba. Su sorpresa fue enorme cuando vio en medio de la asamblea un personaje familiar: su propio gatito, ahora de un tamaño descomunal y con unos bigotazos que había mantenido ocultos antes, pensó Alicia, bajo una capa de leche que le quedaba siempre después del desayuno. Mambrú hablaba con autoridad, mientras todos los otros escuchaban. En el centro había un personaje muy pintoresco, que Alicia recordaba haber visto muchas veces, sin acertar a recordar exactamente. Después de muchas cavilaciones lo recordó. Había visto su cara quileña —a pesar de no ser águila, ni siquiera ave— en su libro de fábulas: era el Zorro. Claros mechones de pelo alrededor de las orejas y en el lomo le habían ganado el remoquete de “Plateado”, que ostentaba ahora con grande aplauso de las zorras y aún de otros zorros no plateados. Entre los miembros de la silenciosa asamblea figuraban el Conejo Blanco —su propio conejito blanco, que de repente se ponía negro— el Búho de grandes y hundidos ojos, la alegre Cabra, el Ratón escurridizo, la Tortuga paciente, el Pingüino con su impecable frac, y el solemne Elefante, que se veía a la vez cómico y respetable en medio de esa reunión de animales más pequeños que Alicia. El Búho, que se mantenía un poco alejado del grupo, fue acercándose mañosamente a Alicia y le preguntó en voz baja: “Qué haces tú aquí, niña de cabellos violeta?”. Alicia, en su sorpresa, no hallaba palabras para contestarle a un Búho, pues aparte de que era la primera vez que hablaba con un individuo semejante, estaba demasiado sorprendida y temerosa para poder coordinar sus ideas. Entonces el Búho, de grandes y hundidos ojos, le explicó: “El que manda aquí no es, como crees tú, El Gato Mambrú, sino el Zorro Plateado. Porque a ese lo eligieron en una reunión a la que no asistieron la mayoría de los otros animales. Sin embargo, el Zorro no hace sino lo que le dice Mambrú”. “Por qué”? Preguntó Alicia. “Porque —replicó el Búho— el Gato Mambrú será el futuro jefe, y el Elefante dice que no acepta que un infeliz felino lo vaya a mandar a él, que le lleva más de una tonelada en peso solamente, sin contar el marfil de los colmillos”. “Y entonces —dijo Alicia ingenuamente—- qué harán el Gato Mambrú y el Zorro Plateado?”. “Lo que vez —dijo el Búho—. El Zorro Plateado le puso en la trompa ese bozal, para que no pueda decir nada”. “Y qué hacen —preguntó Alicia— los otros animales?”. “Eso, querida niña —contestó el Búho— es otra historia”. Y esa es la historia del Búho que aparece en el capítulo II. El Correo. Viernes 11 de noviembre de 1949. ALICIA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS CAPITULO XI De allí a poco, hubo una reunión secreta del Gato, el Zorro, el Conejo, el Ratón Escurridizo y la Tortuga, que fue llamada por protocolo y por obedecer a los viejos infolios —ya caídos un poco en desuso— que por seguir sus sabios consejos. Se trataba de resolver un cúmulo de problemas que se habían presentado con motivo del aherrojamiento del Elefante, cuya suerte le había atraído la simpatía y apoyo de respetables animales. Entre ellos se contaba, como lo hemos relatado, la misma Tortuga. Empezó a hablar el Zorro, y dijo: —“Aquí entre nosotros, es necesario que encaremos resueltamente la realidad. Todos sabemos que el Elefante no puede quedarse amarrado a un roble indefinidamente. No solamente porque repugnaría a la Sociedad Protectora de Animales, a la cual debemos un infinito acatamiento —no olvidemos, señores, que su distintivo es la Cruz Azul— sino también, y sobre todo, por una posible rebelión del Elefante, que se mantiene en esa aparente sumisión por respeto al Conejo, que le ha aconsejado prudencia. Hay que reconocer, en efecto —y es mejor que no nos hagamos ilusiones— que el feroz paquidermo es muy capaz de romper lazos y ataduras con un solo golpe de su trompa. Y si eso llega a ocurrir, —concluyó el Zorro, acongojado— apaguemos y vámonos...”. Tomó entonces la palabra el Conejo Blanco, a quien todos prestaron inmediata atención, incluyendo al Gato, porque era animal de pocas palabras, de honradez reconocida por todos, y particularmente por su poderío. Y dijo el Conejo: —“Esta vez ha hablado el señor Zorro con toda la verdad, después de varios meses de haber abandonado tan laudable costumbre...”. El Gato, al oír esto, tosió incómodamente, y cambió de sentado. El Conejo prosiguió imperturbable: “... La verdad es que yo no tengo la menor intención de seguir contemplando impasible los desmanes de los ratones. Las amenazas del señor Mambrú, que dicho sea de paso, no tienen por qué aterrarme, y los ultrajes inferidos diariamente a mi amigo el Elefante. Si no lo he defendido abiertamente se debe —y ustedes lo saben muy bien— a que reconozco al Zorro como mi jefe supremo, a quien debo obediencia. Pero de eso, a seguir sirviendo de cómplice a las maquinaciones del señor Gato, hay una distancia como de aquí a Zipango...”. La desazón era visible en todos los rostros, exceptuando el de la Tortuga, que se había metido desde el principio debajo de su caparazón —otra caparazón de material plástico que había tenido que comprar, después de que le habían arrebatado la suya a la fuerza—. Al terminar el Conejo sus palabras, la Tortuga sacó la cabeza, se caló las antiparras en la colina de la nariz, y empezó a leer un papel amarillento que decía: “CONSTITUCION DEL PAIS DE LAS MARAVILLAS” Oír esto y armarse una barahúnda de abuela y señora mía fue todo uno. El Gato se lanzó como un tigre al través de la mesa, y arrebató —como era su costumbre— los papeles de la mano de la Tortuga. El Ratón Escurridizo siguió detrás del Gato y le puso una zancadilla al paciente Quelonio —como la llamaba Alicia, no se sabe por qué razones—. El Conejo miraba la trifulca con la ira reflejada en sus bigotes, al tiempo que el Zorro se metía apresuradamente debajo de la mesa. Con el ruido de las sillas y las mesas al caer acudieron multitud de animales a inquirir lo que sucedía en el salón amarillo, con rayitas azules, donde acababa de desarrollarse la escena. Entre ellos estaba el Búho, que fue arrojado violentamente con un empujón del Escurridizo. El Gato se acercó al Zorro y le musitó rápidamente unas palabras en la felpuda oreja. El dueño de ella —de la oreja, pues el autor no quiere repetir con frecuencia el nombre de la vulpeja— pálido y tembloroso, se acercó a la ventana, y se dirigió al tumulto de animales con estas razones: —“El pequeño desorden que acaba de registrarse se debe únicamente a la Tortuga, que cometió la imperdonable imprudencia de leer ante nosotros un libro subversivo, que hace días está terminantemente prohibido en el País de las Maravillas. Por lo demás, hay una completa calma”. Y todos los ratones se retiraron a sus casas, a ponderar la sabiduría del Zorro. El Correo. Miércoles 23 de noviembre de 1949. N. del E. Con esta serie en clave de parodia Antonio Panesso Robledo burló la censura del régimen desde el espacio editorial. Los personajes principales, el Zorro y el Gato Mambrú representan al presidente Mariano Ospina Pérez y al jefe de partido, Laureano Gómez; el Conejo, al diplomático Alberto Lleras Camargo. La fábula retrata las circunstancias políticas del momento, luego de que el Presidente ordenara la clausura del Congreso, e implantara el Estado de Sitio y la censura de prensa. SOFÍA OSPINA DE NAVARRO Nació en Medellín en 1893 y murió en 1974. Nieta de Mariano Ospina Rodríguez, sobrina del general Pedro Nel Ospina y hermana de Mariano Ospina Pérez, desplegó los genes del poder en sus dominios domésticos y sociales, y si hubiera podido entrar en la liza política, habría arrastrado miles de electores con su sazón culinaria, la gracia de su estilo literario y su cautivadora personalidad. Aunque en esa época las mujeres no terminaban ni el bachillerato, ella tuvo el privilegio de contar con una ilustre maestra particular: María Rojas Tejada. Desde muy joven se dedicó a escribir cuentos, crónicas y a investigar en la cocina, y fue cofundadora de la revista femenina Letras y Encajes (1926). Esta escritora heredera de Carrasquilla y Efe Gómez, colaboró en los principales diarios del país con su estilo claro, directo y corto. Sostuvo la columna Chismes, en El Colombiano, en la cual describía con detalle las costumbres y personajes de la ciudad. Pero su colaboración más famosa fue la columna Hogar, entre costumbrista y gastronómica que publicaba semanalmente en El Espectador. Doña Sofía se ganó un sitio de humor en las letras y en las cocinas de los colombianos porque su truco estaba en mezclarle a las suculentas recetas unas gotas de sentido común, humor y anécdotas sobre asuntos de la vida cotidiana. Antioqueña devota de las tradiciones, pasó por la vida “alegre como un vaso de moscatel”, como la definió el Tuerto López. Sin posar de feminista liberada, conquistó territorios vedados a las mujeres, como el del periodismo que ejerció hasta sus últimos años, paradójicamente, en la prensa liberal. En el libro “Crónicas” (1983) sus hijos se tomaron el trabajo de recopilar esos “cortos y sencillos parrafitos”, como los llamaba ella. Su primer libro publicado, “Cuentos y crónicas” (1926), pide a gritos una segunda edición. En el prólogo don Tomás Carrasquilla exalta sus dotes literarias para el cuento y le dice: “Usted, mi señora doña Sofía, es la llamada a escribir novelas sobre estos hogares de Medellín, que tienen tantos matices, tanto noble e interesante[...]”. También publicó doña Sofía “Don de gentes”, “La abuela cuenta”, “La cartilla del hogar” y su famoso libro de cocina “La buena mesa”, con el que salvó unos cuantos matrimonios gracias a sus fórmulas mágicas. ELLAS COMENTAN Cuando en una reunión femenina se pone en discusión algún tema que interese al conjunto (que desde luego no habrá de ser de la pesca, la caza o los negocios) es cosa que entretiene, al escuchar los encontrados comentarios. Si, por ejemplo, a cualquiera de las asistentes se le ocurre contar que un viudo conocido está por volver a casarse, no alcanzan los oídos para captar tan diversas opiniones: —¡Antes se había demorado mucho! Ya los hombres no esperan a que la mujer cierre el ojo, para salir a buscar reemplazo. —Es que no son capaces de vivir sin contar con su boba, que les bregue el “guayabo” de los tragos, y les siga a todos los caprichos—. Eso es cierto. Y ni les da pena de que la gente vea lo pronto que se olvidan de esas buenas señoras. Es que son tan ingratos! El gremio de los viudos queda por el suelo, y la crítica al proyecto de que se habla parece definitiva. Pero, de pronto, interviene la indulgente, que no podía faltar, y declara que no encuentra deslealtad ni ingratitud en el viudo del nuevo matrimonio; sino más bien un homenaje a la memoria de la que lo hizo tan feliz que lo dejó con ánimos de meterse en otra hondura… A esta se unen otras defensoras, y el diálogo se va animando por momentos. —Tienes razón. Si busca las cadenas después de que la voluntad de Dios lo dio de baja, es porque no lo maltrataron mucho. No faltan las sonrisas burlonas y los cuchicheos, ante las juiciosas declaraciones de las últimas. Hay quien comente que una de las que piensan así es por ser también viuda y estarse curando en salud, por si se le presenta la ocasión de otro enlace. Pero, como apoyo a lo dicho, se deja oír naturalmente, la voz de la sentimental, que analiza con acento tristón la situación de un viudo cuando queda rodeado de muchachitos, ansiosos de cuidados y de mimos que, él no puede prodigarles. El Tiempo, 17 de julio de 1965. LA LINEA mundo femenino está de plácemes con la llegada al comercio de un famoso producto adelgazador que dizque obra verdaderos prodigios. Es un polvo con sabroso sabor a vainilla y otras esencias —propias para atraer a las señoras golosas— que disuelto en agua y tomado tres veces al día, aparta de la mente de los gordos la imagen de un pollo frito... una esponjosa tortilla... un bistec con tocineta... una crema de ostras o cualquiera otra tentación de las que los hacen caer tan frecuentemente. Nutriéndolos además con sus vitaminas y dejándolos perfectamente satisfechos. Todo esto puede ser muy cierto. Pero también debe serlo que la tal “colada” lleve consigo la melancolía al espíritu de quien la toma. Ella ha sido la compañera inseparable de todo régimen alimenticio, porque el hecho de acercarse a la mesa para no comer, o comer con desagrado es para cualquiera motivo de sufrimiento moral. Hace muchos años se puso también de moda una dieta milagrosa, a la cual me referí en el siguiente comentario que vuelve a ser de actualidad. “La palabra línea sugiere rectitud, impone sacrificio y es respetable: Línea de conducta... línea de combate... línea de fuego... Pero llega a su significado máximo cuando se dice línea femenina...”. En honor a la línea corporal muchas mujeres no solamente sacrifican todo deleite gastronómico, sino que llegan hasta el heroísmo. Cuando la aguja de la balanza pasa del límite exigido por las reglas de la estética, la señora que se pesa exhala un triste suspiro y oculta muy bien en la secreta de su billetera el desdoroso comprobante... Tomando la resolución de empezar en propia hora el tratamiento cumbre conocido con el nombre de “régimen de la manzana”. Esta dieta, efectiva sin duda, es un programa de hambre más o menos así: Desayuno: una taza de café tinto sin azúcar y una manzana. Almuerzo: cuatro hojas de lechuga, un huevo cocido y una manzana. (Les faltó el canario...) Comida: una taza de caldo desgrasado, una tostada de pan, legumbres cocidas y una manzana. Todo marcha a las mil maravillas. La señora se siente más ágil, se deleita ante el espejo observando los sorprendentes resultados y tiene que buscar costurera para que les varíe las medidas a los trajes... Pero el régimen sigue y en la tercera semana sufre algunas variaciones de consideración: Desayuno: jugo de naranja, una tajada de queso, riña con el marido... y una manzana. Almuerzo: jamón magro, “echada” del servicio.. medio tomate y una manzana. Comida: un vaso de leche descremada, un huevo escalfado, zanahoria cruda, “pataleta”... llanto y una manzana. El Si el carácter no sufriera menoscabo con el régimen, todas las mujeres jóvenes y viejas, haríamos algo por contribuir a la belleza de la raza, luciendo por las calles siluetas impecables. Pero ocurre que a muchas, el hambre nos reduce el espíritu a la más mínima expresión: se nos olvida charlar y sonreír... las ideas abandonan su morada... los presentimientos siniestros nos asedian... y el sueño se niega a visitarnos sin la compañía de las drogas sedantes. No hay más remedio pues, que aceptar con resignación esa carga (que por fortuna pesa más al público que a quien la lleva a cuestas) con la seguridad de que ella, por desgracia, será eterna. Pues para colmo de males, Dios Nuestro Señor nos quitó toda esperanza de mejorar siquiera en la otra vida; al notificarnos —por boca de sus profetas— que el día del gran juicio resucitaremos con los mismos cuerpos que tuvimos en la tierra... ¡Qué lástima! Ni aún en el cielo podremos usar “suéter” y prescindir de la estorbosa fajita... Tomado de Crónicas, 1984. EL ARTE DE CONVERSAR En las reuniones sociales del día muy pocas veces se disfruta el placer espiritual de escuchar al buen conversador. Con frecuencia encontramos en ellas personas que teniendo capacidad y temas para sostener una amena charla, optan por oír lo que dicen los demás; como si para ellas constituyera un gran esfuerzo el tener que abrir la boca... Y dejan el campo a otras, para quienes la dificultad parece consistir en saber cerrarla a tiempo... Para ser un buen conversador no se requiere deslumbrar a los oyentes con bellas frases, ni hacer gala de erudición. Eso se deja para el conferenciante, que cuenta con su clientela especial... Tampoco lo es el chistoso crónico, que corre el peligro de ofender con sus gracejos, no siempre mesurados y prudentes. Yo creo que un buen conversador puede llamarse aquel que sabe manejar la batuta en la tertulia, sin dejar decaer a los que en ella actúan como lo hace el director de orquesta con los músicos del concierto... El que acepta las interrupciones y las aliña con su ingenio o su gracia... El que habla poco de sí mismo... Y del prójimo, solamente cuando se llegue el caso de contar de él alguna anécdota sustanciosa. Y, ahora que hablamos de anécdotas, reconozcamos que siempre han sido ellas la sal de la conversación. Nada hay tan interesante como conocer la personalidad de las gentes a través de los hechos de su vida. Y el tema es inagotable, porque la humanidad es una mina que jamás acabaremos de explotar. Por ejemplo, a don Pepe Sierra —el acaudalado antioqueño que no dejó al morir sólo millones, sino también sabias reglas para llegar a conseguirlos— nos lo pinta de cuerpo entero la anécdota de la vaca: —Don José María —le dijo alguna vez el encargado de una de sus haciendas— se acaba de rodar por el precipicio una de las vacas y la encontraron muerta en la cañada... Pues no hay más remedio que enterrarla, mi amigo. —¿Enterrarla, don Pepe...? La vaca estaba sana... y los peones me piden que les deje aprovechar la carne... —No importa... Que la entierren ligerito. No quiero que se me sigan rodando las demás. Tomado de Crónicas, Medellín, 1983. LAS CARTERAS La cartera es para la mujer el adminículo más indispensable. Siempre la tiene cerca porque sabe que en ella encontrará cuanto pueda interesarle; la billetera —si no con mucho dinero, por lo menos con el pase de chofer y los retratos de las personas amadas— el rosario compañero inseparable... la polverita y su amigo el colorete... los cigarrillos y el encendedor... el estuche de los lentes... las llaves del automóvil... los “mejorales” y el pañuelito... Pero además debe caber en ella la libreta de apuntes... el botón que se le desprendió al vestido... las semillas de plantas obsequiadas por la amiga... y la receta de cocina pescada en el último costurero... parece, pues, que la hubiera construido doña Urraca... También el hombre lleva consigo en el bolsillo interior de su chaqueta una cartera delgada y fina, que es motivo de preocupación para él especialmente cuando se trata de desfiles y tumultos. Por eso lo vemos, con la mano sobre el pecho, tratando de defenderla... lo que no siempre logra conseguir... Del contenido de la cartera masculina sólo puede saberse algo verdaderamente cierto en caso de muerte o accidente, dada la resistencia con que esquiva la investigación, que pretendan hacer en ella unas manos de mujer. Lo que hace pensar en la existencia de retratos y papeluchos delatores... Hay otra cartera —la ministerial— que no se compra en almacenes, sino que se gana con notas, como los premios del colegio, y que es la más apreciada de todas... Esta lleva en su seno muchas cosas interesantes, como los proyectos irrealizables... las promesas incumplibles... y los discursos “nonatos”... Los ministros son prácticos y viven prevenidos; como lo prueban las cuartillas encontradas a algunos de ellos entre sus papeles íntimos, cuyo rótulo decía: “Discurso que improvisaré el día 25 en la inauguración...” Y aún existe un último estilo de cartera. La de uso más molesto, por sus exageradas proporciones, y es la cartera del comerciante... El vende y vende... y por lo tanto, gana y gana... Pero todo el producto entra a la cartera... cuyo peso va haciéndose tan abrumador que lo obliga a tomar vitaminas y pastillas calmantes, por sentirse nervioso y extenuado... Tomado de Crónicas, Medellín, 1983. Hernando Téllez lúcido intelectual y exquisito prosista nació en Bogotá en 1908 y murió en 1966. Comenzó muy joven como cronista judicial en El Tiempo y hacia 1929 inició su columna Espejo de los días. Fue comentarista de planta de El Liberal, donde escribió las columnas de la sección Hoy y realizó una campaña política sarcástica y apasionada en favor de Alberto Lleras, pues trasegaba de la literatura al periodismo y a la política. Escribió unas anotaciones fugaces con el título de Márgenes, que inició en la revista Semana y continuó en Mito. En esas columnas sobresalió como crítico literario, una de sus facetas más apasionantes, porque jerarquizó y calibró las letras nacionales (fue el primero en escribir en Colombia sobre Gabriel García Márquez, Alvaro Cepeda Samudio y Alvaro Mutis). A finales de los años cuarenta Téllez era considerado por la crítica como el más completo de los escritores colombianos. Sanín Cano decía que su estilo era “una cosa ejemplar. Llega por momentos a las fronteras de la perfección, con una gracia, con una limpidez y una desenvoltura casi inverosímiles”34. Téllez tenía un alto perfil en el medio literario. Era el más respetado de los escritores— periodistas. Se alababa sobre todo su estilo castizo, justeza idiomática, gracia verbal. Téllez no sólo fue reconocido como uno de los más brillantes periodistas del país, sino que se convirtió en un caso literario excepcional. Otto Morales Benítez señala que de la generación de los Nuevos, Hernando Téllez fue uno de los más entregados a la literatura, “que ha tenido la inteligencia de no disputarle a nadie una silla ministerial o una vacante en las cámaras”. Su prosa era fresca y dúctil, fina y clásica, y sus juicios de un perdurable valor, como lo demuestra la antología de sus escritos sobre literatura, titulada Nadar contra la corriente (1996). Existen numerosos títulos de Téllez, entre ellos la Selección de prosas y Textos no recogidos en libro (Colcultura, dos tomos, 1979). MARCHA NUPCIAL noticia es excelente. Se va usted a casar a los veintitrés años. Una edad perfecta, pero difícil como la de los cuarenta y cinco de toda mujer, desde luego por razones bien diferentes de las que van implícitas en el problema de su juventud. Los veintitrés años representan el esplendor juvenil sin la agresiva indeterminación de los diez y ocho y sin ese melancólico preludio de la conformidad y la madurez que extiende su sombra a los treinta. Pero no se alarme: hay una segunda y si acaso una tercera juventud. El espectáculo de esta última me ha producido siempre un insoportable malestar. Usted, seguramente lo ha observado. Lo ofrecen esas mujeres de cincuenta, de sesenta años, cuyo propósito de perduración en la belleza y en la coquetería juveniles es una angustiosa demanda para que el tiempo se detenga, para que no pase, raudo con su carga de ceniza, sobre sus cabezas y sus corazones. El dramático descase entre lo que son y entre lo que aparentan, crea fatalmente para tales vidas un falso estatuto de la conducta. Por ello hay mujeres de medio siglo en quienes se pueriliza la noción de moda, de los afeites, del gesto, de la conversación, de la actitud ante la vida. De sus ojos, trabajados por el tiempo, brota pronto, una desesperada luz, algo así como el postrero resplandor de las señales eléctricas que de noche, y desde la última curva del camino, vemos tertulias en la lejana estación de partida. Con frecuencia, esas mujeres aparecen trenzadas en una lucha por conservar, a su vera, un amor de veinte años en la persona de alguno de esos jóvenes atletas que son un dechado de malicia deportiva y de ingenuidad sentimental. En las reuniones mundanas se las ve luchando tácitamente, en un cuerpo invisible, con las alegres legiones de muchachas, para que el mundo no Este La las olvide ni las desdeñe, para que no concluya la fiesta sin que alguien deje caer piadosamente en la cuenca de sus oídos, la gota de miel de una palabra gentil, de un vocablo turbador, de un exquisito irrespeto, de una secreta fórmula que tenga el mérito de la clandestinidad y de la audacia. ¿No es todo esto doloroso? No crea, pues, en la tercera juventud de los hombres ni en la de las mujeres. Es un cruel engaño. Y hablemos pues, de su amor. Usted dice en su carta: “Ha llegado la hora de casarme. Si espero un poco más, puede ser peligroso, puedo quedarme soltera. Además, mi novio es perfecto. Buena familia, buena posición, buena herencia, buen porvenir. Y bien parecido. Un atleta. Primer premio en las últimas competencias de salto; subcampeón de golf; sin sombrerista, una pareja de baile incomparable; corbatas claras, de pintas alegres y escandalosas; zapatos de gamuza con suela de caucho que dan a su paso agilidad y la cautela de un felino; habla inglés como un newyorkino, dice „okey‟ a cada rato y concluye todas sus frases con un „ves‟? que me sume en las más deliciosas cavilaciones; „formidable‟ es una palabra que le sirve para todo —„estás formidable, me parece formidable, un plan formidable‟ etc., etc.— y la promoción con énfasis fascinador; ojos oscuros y grandes, pelo liso; en pantalones de baño, una gloria; vestido, un éxito al timón, en el automóvil, una irresistible invitación a la fuga...Sé que algunas amigas mías se mueven literalmente por él. Pero él me ha escogido a mí. ¿No debo, pues, considerarme dichosa?...La fiesta será espléndida: azucenas de Quito, Mendelssohn, Chopin y un poco de música sagrada, porque es inevitable en la iglesia; ¡en casa, dos orquestas...”. Gracias por su precisión. Pero faltan muchas cosas sobre él y sobre usted misma. Yo podría deducir, de acuerdo con los datos que me suministra, la talla de su campeón y el número de cuello de su camisa. Pero eso carece de importancia en cuanto su demanda final. “¿No debo considerarme dichosa?”, escribe usted. Y yo no puedo responderle. Un mozo de golf, un título de campeón, una alegre corbata, un perfil de la belleza masculina una especial modulación del idioma inglés, son bases demasiado precarias para establecer sobre ellas el diagnóstico de la felicidad. ¿Le han servido a usted eficazmente para sustentar su amor? No estoy diciéndole una broma. El amor obtiene las más extrañas e insólitas justificaciones. Pero es peligroso fundamentalmente en algo que por su calidad intrínseca resulta eminentemente efímero. Es claro que a los veintitrés años se pueda suponer, todavía la inmutabilidad de cierta imagen y ciertas condiciones adjetivas y subjetivas de ser amado. Usted parece seducida principalmente por la imagen y la noción del “campeón”, del joven bello, simple y victorioso. Está bien. ¿Pero le será muy arduo suponer o aceptar, desde ahora, que contra esa imagen y esa noción conspirará con éxito, la agónica fluencia de la vida? Yo creo que usted no se resigna aún a aceptar como cierto misterio de la persona humana, sus transmutaciones inevitables. No hablo de la desintegración del amor. Me refiero a algo más sutil como es el alternativo juego de las reacciones, el cambio de los estímulos en toda pasión y en toda vida humana. Usted sabe hoy que ama por lo que ama. Pero cuando esos motivos, esas razones hayan perdido toda eficacia estimulante, ¿se quedará con el alma vacía? Sí, ya veo su gesto de protesta y de burla. “La vida traerá otros estímulos, otros motivos, otras razones para el amor”. Así es. Pero no vaya a incurrir en la cándida idea de que crearlos o descubrirlos a tiempo es una fácil tarea. En ello consiste, precisamente el arte de saber amar. Es un arte sin fórmulas fijas, que busca en lo inestable, lo permanente, en lo cambiante, lo duradero, en el misterio, la claridad. Una tarea milagrosa. Pero no se asombre. Muchos hombres, innumerables mujeres la han realizado casi sin darse cuenta. Y muchos y muchas, desde luego han fracasado; usted no será de estas últimas. Propóngase, en serio, como una tarea, no serlo. Y para comenzar, abandone la idea del campeón y cámbiela, simplemente por la del hombre. Es más complicada, pero es más auténtica. Una idea de un hombre con su código personal de señales, con su repertorio de cavilaciones y debilidades, con su sistema de imprevistas reacciones, con su alternativo juego de heroísmo y generosidad, con su miseria y su grandeza. Así se hallará más próxima a la verdad y más distante de la duda y de la desilusión. El inventario de cualidades que usted hace con su carta, merece ser complementado. Describa “en profundidad” a ese portento masculino del mazo de golf y de las alígeras piernas. Descienda hasta las aguas profundas del sentimiento, en una valerosa exploración. La imagen de su amor, que allí verá reflejada, probablemente será más verídica que esta seductora estampa de magazín estadinense que su imaginación y sus manos han trazado sobre el papel... Reciba el testimonio, etc., etc...”. La respuesta decía, en lo esencial y más benévolo: “...ustedes los literatos, son insoportables. Y si no estuviera tan bien educada, le diría que son monstruosos. Todo lo complican. Presumen como Lázaro, haber estado ya del otro lado del misterio. ¡Qué vanidad! De las cosas más sencillas hacen un problema terrible. Compadezco a su mujer y a todas las mujeres de los literatos. Eso de vivir con un „genio‟ en la alcoba debe ser terriblemente aburrido...¡Unos ojos que no escrutan el cuerpo sino que palpan el „misterio‟ como usted dice cómicamente, qué horror! Jamás le hubiera escrito si hubiera adivinado (no puedo evitar la repetición del verbo y no me importa) que en lugar de felicitarme iba a decirme todas esas frases entre solemnes y burlonas que hay en su carta. Pero no crea que estoy amedrentada. Usted, como todos los escritores que se envanecen de conocer el alma humana y, lo que es más inaudito, el corazón de las mujeres, se empeñan en mostrar que el amor es un conflicto terrible y un insoportable suplicio. No hay tal. El amor es mucho más simple y más fácil que todo eso. Ustedes consideran como una catástrofe que el amor sea efímero o que muera. Y no pueden entender que Cuidado con el amor es la pedante consigna que ustedes dan a sus libros en sus artículos en todas partes, para tener miedo. De mí sé decir que no le temo al amor y que parece insoportable toda esa literatura que como la de su carta, nos quita el sabor de la vida para darnos el de la muerte. No, querido amigo. Demasiada amargura hay distribuida por el mundo como para agregar a ella la contribución de nuestro propio amor. ¿Por qué no se nos deja existir simplemente vitalmente, sin envenenarnos el alma con vanas filosofías? ¿Cree usted que yo debo en lugar de amar, ponerme a investigar las causas de mi amor, como quien investiga un crimen? Qué tarea más sórdida y estéril. Yo no estoy escribiendo una novela, en donde esa clase de investigaciones se permiten, sino haciendo mi propia vida con los materiales que la vida ofrece. Permítame, pues, amar a mi „campeón‟, como usted dice sin razonar demasiado. Me asomaré al „misterio‟ o al abismo, después del matrimonio, si es el caso. Por ahora soy feliz...” Y la posdata. “P.S. Si no le da mucha vergüenza haberme escrito lo que me ha escrito, venga a la fiesta de mi matrimonio. Habrá mujeres de „tercera juventud‟. Se divertirá observándolas. Y conocerá a mi marido. Es „formidable‟. No ha leído nada de usted. Ni siquiera su detestable carta. Se la mostré y a los primeros renglones se aburrió. Me dijo: „debe ser muy interesante, pero yo no entiendo esas cosas‟ Y reanudó la lectura de „Sporting News‟, un semanario de Saint Louis, Missouri, que tiene el poder de aislarlo completamente de este bajo mundo y transportarlo al reino feliz del bate y las botas. ¿No es ello abominable?”. El Tiempo, 16 de octubre de 1949. CONSIDERACIONES SOBRE LO CURSI Gustos literarios La dama, muy enojada, pero muy bella a pesar del enojo, declaró su indignación cuando alguien dijo en la tertulia donde se hallaba, que la novela de Félix B. Caignet, El derecho de nacer, era, ciertamente, un monumento de cursilería. — ¿De manera —dijo con los labios temblorosos— que todos los que oímos embelesados la radiodifusión de esa novela, somos cursis? Se produjo un silencio muy difícil. Una respuesta afirmativa resultaba poco galante. Y, bien observada la dama, además de su victoriosa belleza, no tenía sobre sí nada que delatara sus íntimas y secretas conexiones con la cursilería. El traje era sobrio y elegante y los ademanes sencillos y desenvueltos. Una ligera exageración en el trazo oblicuo de las cejas, buscaba darle al rostro una reminiscencia mongólica levemente inquietante, y por ahí, como perdido en el oleaje del pecho, zozobraba un prendedor que no era una joya sino una imitación de joya, demasiado esplendorosa para ser verdadera. Salvo esa forzosa concesión económica a la producción en serie, una línea general de elegancia y de buen tono rodeaba a la dama. Además, su conversación no era completamente descabellada. Decía, claro está, una inacabable serie de futilidades, pero las decía con tanta convicción, con tanto desgaste de energía vital, que tomaban súbitamente una coloración artificial pero encantadora de verdades. Algo, tal vez mucho, de la gracia animal, por completo biológica, de su calidad de hembra bella, trascendía a sus palabras. Si no se hubiera suscitado un tema de conversación tan peligroso como el de la novela de Caignet, probablemente esta mujer colombiana no habría sido contradicha en sus opiniones. Era un gusto verla y oírla decir deliciosas tonterías. Pero su apasionado fervor sentimental e intelectual por Caignet sobrepasaba la medida de sus seducciones. Y podía tomarse en realidad como un abuso de poder. Sobreponiéndose a esa natural coacción del sex-appeal sobre las facultades críticas, un escritor que se encontraba en la reunión tomó sobre sí la temeraria empresa de hacer para la dama una especie de sermón sobre lo cursi. El éxito de Caignet en Colombia, dijo, se explica precisamente porque el gusto literario promedial del país se encuentra exactamente en el nivel de la cursilería. Esto no es una ofensa ni para el país ni para Caignet. Los hechos no son ofensivos. La cursilería literaria no es una arbitrariedad sino una consecuencia lógica del medio social que la ha hecho posible. Culpar a una sociedad porque en un gran número de sus manifestaciones sea cursi, es tan absurdo como inculparla porque en el desarrollo de su producción conserve ciertas formas feudales a tiempo que otras sociedades han superado ya satisfactoriamente esa etapa histórica. La cursilería es un signo social, no un capricho de las gentes. En ciertos países europeos, Francia, por ejemplo, es difícil no digo ser literariamente cursi, sino serlo con éxito. Puede haber muchos o pocos escritores cursis, como los de la “Novela Rosa”, pero perecen en medio del desprecio colectivo porque el nivel cultural de la sociedad ha sobrepasado ya el grado histórico de la cursilería. Las aguas de la cultura media superan esa marca. En Colombia, no todavía. El caso de Caignet que es un caso de perfecta sincronización entre la cursilería literaria y la cursilería social, exaspera terriblemente a ciertas selectas inteligencias. Eduardo Caballero Calderón, verbigracia, estuvo a punto de realizar una nueva cruzada para rescatar el Sagrado Cuerpo del Arte, profanado, según él, por el escritor cubano. En su apostólico empeño, fue ignominiosa, pero merecidamente batido. Olvidó algo muy importante: que la sucesión de las etapas culturales es lenta y parsimoniosa y que si había algo socialmente explicable y normal era el éxito de la novela de Caignet, precisamente porque representaba algo así como la sublimación literaria de una sentimentalidad y de un gusto intelectual promedios, irresistiblemente cursi. En otras palabras: Caballero olvidaba el medio, la atmósfera social en la cual caía, como maná, el mensaje de Caignet. Desde su personal punto de vista, Caballero tenía razón. Era el punto de vista de un miembro de las élites que partía del engañoso supuesto de que toda la sociedad se parecía a él mismo o de que, cuando menos, no se parecía demasiado al señor Caignet. Los resultados de su frustrada campaña tal vez lo hayan desengañado, ahora sí, respecto de las valoraciones del gusto medio, tomadas idealmente por lo alto. Resulta, pues, que lo cursi tiene su natural imperio cuando una burguesía en ascenso económico no ha conseguido crearse todavía o no dispone, por herencia histórica, de una auténtica y sólida tradición cultural. Es la cursilería del nuevo rico que anhela demostrar su nueva condición por medio de un refinamiento postizo y es también la del pobre que anhela disimular su verdadera condición por medio de expedientes en que lo trágico y lo cómico se entremezclan denunciadoramente. Es la dignidad teatral de un vendedor que lleva, sin embargo, los zapatos rotos. Y el desafiante exhibicionismo del nuevo rentista que se llena de automóviles de último modelo. Y la coquetería de una niña que presume de mujer. Y la de una mujer que presume de niña. La cursilería puede estar implícita en el traje, en los ademanes, en la conversación, en el concepto de la vida, en la idea de lo que uno es y no es. Hay cursilería en el amor, en la amistad, en la política. Se puede ser cursi por solemnidad o actuando conforme a la creencia de que el amaneramiento es el colmo de la estilización. Una mujer liviana cae en la cursilería cuando representa el papel de la honesta agresiva, de la esposa sin tacha o de la matrona irreductible. Una colegiala puede convertir su candor en pura cursilería, si lo extrema, o su impudor si lo disfraza de candidez. Es por ello por lo que la cursilería puede expresarse de la misma manera en el éxito de Caignet y en la tendencia irrefrenable de la alta o pequeña burguesía para no dejar en discreta penumbra ningún acto privado que pueda denunciar, ante el público, la solidez económica de su situación o lo que esa misma burguesía reputa como signo de aristocracia, de supuesto refinamiento y de máxima distinción. Por eso las páginas de vida social de los diarios colombianos son prodigiosamente cursis, no porque así lo deseen sus redactores, sino porque el ambiente social así lo exige. Hay un esnobismo de la cursilería, como hay un esnobismo del buen gusto. Colombia se halla en la primera etapa. Y de esta suerte, la literatura de un escritor como Caignet encuentra eco popular muy extenso. Pero usted querrá saber en qué consiste la cursilería literaria, y por extensión toda la cursilería. Es un problema de calidad en las formas, en el estilo. No la ausencia de estilo. La ausencia de estilo es —¿Cómo le diría a usted?— la barbarie no exenta de cierta fuerza y de cierta áspera seducción. Hay ciertos lenguajes literarios enteramente bárbaros, llenos de poderoso atractivo. Y ciertas formas de vida, primigenias, no exentas de seducción. El estilo es un principio de adecuación, de convenio, un compromiso respecto de las normas. Lo cursi en el estilo literario aparece cuando el escritor resulta incapaz de hacer una aleación honorable de los materiales con que trabaja. Cuando hace el oficio de joyero falso y a su producto quiere dar sin embargo la apariencia de lo verdadero y de lo fino. Esta distinción entre el cobre de lo cursi y el oro de lo verdadero, requiere, socialmente hablando, la experiencia cultural y civilizada de que se habló antes. Los países jóvenes están, en lo general, justificados históricamente para caer en el truco del falso joyero. Para tomar el cobre por el oro y pagarlo, muchas veces, a precio de oro. Sobre todo en el dominio de las formas artísticas: poesía, teatro, novela, música, escultura, pintura, cine, etc. Ahora bien: lo cursi, como tal, es un rico filón y un tema de primer orden para la creación estética. Para la sátira humorística es impagable. Usted habrá leído las preciosas imitaciones que del estilo de Caignet ha hecho en su columna de El Tiempo el humorista Klim. Le ha bastado con ubicar en otro plano intelectual el estilo del escritor cubano. Esa simple transposición ha sido suficiente para desajustar todo el proceso y dejar en ruinas el edificio de Caignet. O dicho de otra manera: el ácido del humor de Klim actúa como agente catálico: el cobre de la cursilería literaria queda esplendorosamente aislado y al descubierto. Klim no podría hacer lo mismo con el estilo de Flaubert. Podría, si quisiera imitarlo. Como se puede imitar a Cervantes. Pero en ninguno de estos dos casos el resultado sería el de dejar en cueros a la cursilería porque ella es inexistente en esos dos estilos ejemplares. La cursilería requiere, pues, como condición previa, que haya básicamente una falsificación de los valores estéticos, es decir, una falsa apariencia de calidad para ellos mismos. Y que, por consiguiente, una inspección crítica más o menos diestra deje en evidencia la superchería. Klim la ha descubierto por el lado del humor que es el lado más agudo y más apto a la demostración de toda falsa moneda literaria. Nada más serio, más sentimental, más patético, más solemne que la novela de Caignet, dice usted y dicen muchas gentes. Pero haga la prueba de leer esa novela en la versión de Klim que no difiere estilísticamente del original sino por la maliciosa reiteración de los tópicos claves del escritor cubano. Entonces comprenderá usted por dónde brota el manantial de la cursilería. Caignet es un humorista que se ignora. Ha levantado un monumento literario a la cursilería, en serio, cuando hubiera podido hacerlo en broma. Klim se ha encargado de ese estupendo trabajo revelador, para divertirse él y divertir a miles de lectores colombianos entre los cuales habrá muchos que sin ese antídoto, en lugar de reír hubieran seguido llorando con las desventuras de Albertico Limonta, no porque esa clase de desventuras no sean dignas de cristiana compasión, sino porque el compuesto literario que de ellas hizo Caignet merecía el terrible honor y la prueba cruel a que las ha sometido Klim. La cursilería en la vida, como expresión, como actitud de ella misma, no difiere mayor cosa de la cursilería literaria. Una y otra obedecen a las mismas leyes del desarrollo social. Desde luego, la primera es anterior a la segunda. Y ésta, como ya se dijo, es una consecuencia. Caignet no tiene la culpa. Y los admiradores de Caignet tampoco la tienen. Usted queda absuelta. En este punto del sermón del escritor, la dama parecía un poco perpleja. —Pero no me negará usted —afirmó como para no darse por vencida— que Caignet escribe muy lindo. El autor del sermón comprendió que había perdido lamentablemente su tiempo. El Tiempo, 5 de agosto de 1951. LOS CAFES QUE MURIERON EL 9 DE ABRIL En la crónica del siglo pasado y anteriores es poco lo que se habla y menos lo que se destaca acerca de la vida de los cafés bogotanos y más bien se habla de las tertulias aristocráticas y hogareñas donde se discutían y comentaban los sucesos de la época. Casi podría decirse que la corta tradición del clásico café bogotano correspondía a la primera mitad de nuestro siglo. El ambiente político y el estado casi permanente de guerra civil impedía la reunión pública, la tertulia de café, que por ancestro y costumbre, tenía como temas de conversación y de discusión la política local y la literatura social europea, que no podían comentarse abiertamente porque cada gobierno de turno las prescribía del debate, en guarda del orden público, fácilmente alterable por la acerbidad de los interlocutores. En la agonía de la última guerra civil, en la alborada del siglo veinte, nace a la vida el café bogotano, tal como lo conocimos y recordamos. El cachaco bogotano reemplazó al filipichín santafereño y la “Gruta Simbólica” fue el puente de transición entre la tertulia clandestina y el café de tertulia. Pero el café bogotano no alcanzó la altura intelectual ni el ambiente de las tertulias del Café de Levante, de Pombo y de Fornos, matricenses. Sin embargo, los bogotanos de principios de siglo buscaron la reunión diaria en los cafés de la época, de los cuales se considera hito “Las Botellas de Oro”, que existió en el atrio de la Catedral, hacia la esquina de la calle diez, donde hoy se levanta el Palacio Cardenalicio en la Plaza Bolívar. Allí concurrían los bogotanos parlanchines, los hacendados sabaneros, los políticos beligerantes, a escanciar sus vinos aperitivos, a degustar los coñacs de la época y a “arreglar el país”, como continúa haciéndose en los escasos cafés actuales. Bogotá principiaba en Las Cruces y terminaba en San Diego. Así mismo, los cafés de comienzos de siglo existían entre la calle segunda, donde estaba situada “La Rueda de Ferris” y la calle 26, en la esquina suroriental de la carrera séptima, al lado del Parque de la Independencia, donde quedaba “La Bodega de San Diego”, café, tertulia, restaurante, donde se dieron cita los conjurados del 10 de febrero de 1909 que intentaron el asesinato del presidente, general Rafael Reyes. La carrera séptima, principalmente en la tradicional Calle Real, entre las calles once y quince, fue la sede de los cafés bogotanos que hoy se recuerdan como tradición y ambiente, político, intelectual y bohemio. Los hubo también que actuaban como centro de estudiantes de provincia, que acudían a ellos a calmar el frío con un pocillo de tinto caliente que acompañaba la lectura de textos y ejercicios de tareas. El Café Windsor fue célebre y popular hasta la década de los “treinta”. Estuvo situado en la esquina de la calle 13, con la carrera séptima, en los bajos del Hotel Franklin, donde murió el General Benjamín Herrera. Allí se reunían principalmente los políticos y al mediodía hasta había música para amenizar la tertulia, piano y violín, generalmente, que ejecutaban temas populares del momento. En la calle catorce, pocos pasos arriba de la misma carrera séptima, el Café Riviere concentraba a las horas del mediodía una concurrida tertulia de comerciantes, políticos e intelectuales, a saborear sus deliciosas empanadas humedecidas con sifón y cerveza y a tomar los aperitivos vespertinos, brandy, porque el whisky todavía no había “colonizado a Bogotá”, y algunos a matar el frío con puros anisados de fabricación ya nacional. Los cafés bogotanos, por coincidencia, fueron concentrándose en las cercanías del Puente de San Francisco. El centro vital de Bogotá moraba entre la Plaza de Bolívar y el río San Francisco que canalizado y cubierto, se convirtió en la actual Avenida Jiménez de Quesada, La “zona cafetera” se abrió desde los “veinte” hasta el 9 de abril de 1948, en la cuadra de la carrera séptima, entre calles 14 y 15. Allí nacieron, crecieron, vivieron y murieron el Café Inglés, célebre tertulia política e intelectual por muchos años. El Colombia, el Molino y el Gato Negro. Reunión de escritores, políticos, intelectuales y bohemios, conocidos entre sí pero respetuosos también entre sí, sin mezclarse en sus tertulias, en un Bogotá que defendía su ambiente colonial, santafereño y señorial e intelectual, de la embestida arrolladora de la metrópoli. Mas allá del Parque Santander, que por entonces sí era parque, hacia el norte, sobre el Camellón de las Nieves, solamente se atrevieron a existir tres o cuatro cafés de tradición y nostalgia. La Gran Vía, a mitad de la cuadra entre las calles 17 y 18, en el costado oriental, que vio discurrir la cultura y la bohemia en clásica tertulia a la cual concurrían, entre muchos, el maestro León de Greiff, Eduardo Castillo, César Uribe Piedrahíta, los Zalameas, Felipe Lleras, Emilio Murillo, Federico Rivas Aldana —“Fray Lejón—”, el “chato” Murillo, su propietario y admirador, y donde se despidió de la vida, rubricando su adiós con un disparo, Ricardo Rendón. Camino de San Diego, en la esquina occidental de la calle 22 existió desde principios del siglo “el Boulevard”, café restaurante que también tuvo su tertulia característica por muchos años y en el mismo sector, recordado con nostalgia y más cercano en el tiempo, el célebre “Martignon” centro de escritores y periodistas de los “treinta”. El café de la Paz quedaba en la calle doce, unos pasos al oriente de la Calle Real. Punto de reunión de empresarios y políticos fue por mucho tiempo tertulia amable, que contrastaba con los cafés Roma y Niza, más frecuentados por los estudiantes provincianos de la época, ambos sobre la carrera séptima entre las calles 11 y 14, a donde llegaban a “bogotanizarse” gentes emprendedoras del occidente, principalmente de Antioquia y Caldas. El Café de la Paz, después del 9 de abril se trasladó a la calle 19 con la carrera séptima, al lado de la librería que tenían Eduardo Caballero Calderón y el “doctor Merulitas”, de gratísima evocación. El 10 de mayo de 1957, desde el balcón del Café de la Paz, Juan Lozano y Lozano saludó esa mañana el renacimiento de las instituciones democráticas. Pocos meses después el Café de la Paz murió y fue enterrado por la Avenida Ciudad de Lima. El Café Asturias fue sin duda la última tertulia de los escritores poetas y literatos que marcó una etapa intelectual inolvidable, que hacía puente con “La Cigarra”, tertulia sin café, cigarrería animada por Santiago Páez y punto de reunión de políticos, expresidentes, ministros, congresistas, en la esquina de la calle 14 con la carrera séptima, con su costado suroccidental donde hoy existe un conocido almacén de departamentos. El Asturias, pocos pasos arriba de la carrera séptima, más al oriente de la que fuera casa de El Tiempo, vio descubrir al “todo Bogotá” intelectual de la década de los “cuarenta”. Allí se conoció la nueva generación que alternaba con la anterior a la cual pertenecen valores tan consagrados como Alberto Angel Montoua, José Umaña Bernal, Aurelio Arturo, Eduardo Carranza, Néstor Duque, Paulo E. Forero, Eduardo y Jorge Zalamea, Ignacio Gómez Jaramillo, León de Greiff, Fray Lejón, Luis Vidales, Jaime Ibáñez, Alvaro Mutis, Guillermo Camacho Montoya, Víctor Aragón, Jorge Gaitán Durán, Juan Roca Lemus “Rubayata”, Alejandro Vallejo y una veintena más de nombres gratos e inolvidables. El 9 de abril de 1948, que cambió tantas cosas en la historia, sepultó también la etapa romántica y nostálgica de medio siglo de los cafés bogotanos tradicionales, con sus amables y cultas tertulias, trascendentales e intrascendentes, intelectuales y bohemias. Con el “Café Asturias” murió medio siglo del clásico café bogotano que se añora como perdido y ya jamás recuperable. Porque la transición de la época, la deshumanización de la metrópoli, el desplazamiento ciudadano hacia grandes distancias, la inadaptación, la violencia, la incomunicación, frutos de la civilización y de cambio social, hacen imposible el renacer del café y de sus tertulias, con su concepto prístino. Sin fecha. Reproducido en Lecturas Dominicales de El Tiempo, junio 13 de 1976. Adel López Gómez en Armenia en 1900 y murió en Manizales en 1989. Ha sido quizá uno de los cuentistas colombianos más prolíficos y populares en este siglo; sus cuentos salían publicados en El Tiempo, El Espectador y los mejores semanarios del país. Durante cuarenta años se dedicó a los géneros del relato breve y el radio teatro y publicó 12 libros. En “Ellos eran así...” recoge un anecdotario de la literatura y de la vida, y retrata a los personajes literarios que hicieron parte de su círculo de afectos. Sobresale su prosa descomplicada y fluida, salpicada de anécdotas y de vivas impresiones. En 1921 hizo un viaje a pie, de Armenia a Bogotá, en compañía de Luis Tejada y buscando un empleo que no encontró. Entre 1923 y 1927 se radicó en Medellín y formó parte de las redacciones de la Revista Colombia, El Espectador y El Correo Liberal; además, integró el grupo de la revista Cyrano. En 1929 se fue para Bogotá donde se vinculó a la redacción de El Espectador e inició su columna de crónicas “La hora al viento”. Desde entonces colaboró regularmente en Cromos, El Gráfico, Lecturas Dominicales de El Tiempo y Universidad. En 1940 inició la columna “Claraboya” en el diario La Patria, de Manizales (en 1950 fue editado el libro “Claraboya”, una recopilación de 80 crónicas). En 1947 comenzó a publicar en El Colombiano la columna “Tinta perdida”, que firmaba como Alberto Dumas. En 1951 inició en El Tiempo la serie de “Anécdotas de escritores”, de la que elegimos un par para esta antología, que ponen en evidencia la capacidad de retratista de López Gómez, atento a las expresiones y gestos más reveladores del carácter de su personaje. La Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto es depositaria del archivo personal de Adel López Gómez, que contiene cerca de cuatro mil crónicas periodísticas publicadas entre 1928 y 1989, además de todos sus materiales periodísticos y literarios. Anécdotas de Escritores. TOMAS CARRASQUILLA DRAMATURGO éxito sorprendente alcanzado a fines de 1923 por la comedia, de costumbres titulada “Adiós Lucía” de Salvador Mesa Nicholls, tuvo en el Medellín literario de aquel tranquilo año una consecuencia muy explicable: la mayor parte de los escritores —grandes y pequeños— se sintieron llamados a grandes destinos en el género teatral. La obra de Salvador había sido representada tres o cuatro veces en el Teatro Bolívar por un grupo escénico que integraban gentes de alta sociedad, entre las cuales recuerdo a Amalia Vélez, Inés Greiffestein, Alberto Jaramillo Sánchez y José Luis Restrepo Jaramillo. Las localidades se agotaban todos los días y las canastas de flores estaban al día —mejor dicho a la noche— cada vez en el pequeño teatro candelario. Con tan halagadores antecedentes no tiene nada de raro que una especie de escarlatina teatral les aflorara a todos. José Luis Restrepo escribió su comedia “La Llama”, cuya posterior representación tuvo muy buen suceso; Alejandro Vásquez, droguista siempre y escritor a ratos perdidos, produjo también una buena obra cuyo título se me escapa; Ciro Mendía hizo dos pequeñas obras llenas de gracia que repletaron el teatro. Pero el mayor éxito de toda la temporada resultó la escenificación que Efe Gómez hizo del más conocido y admirado de sus cuentos: “ Guayabo Negro”. Como resultado monetario de todo aquello, la Sociedad de Mejoras Públicas, auspiciadora de las representaciones, logró embolsarse en pocos días unos cuantos miles de pesos. A tal punto llegó el interés por la literatura teatral, que el maestro Tomás Carrasquilla, a Nació El quien todo el mundo considera muy al margen de tan fervorosos entusiasmos, cayó también, por primera vez en su vida, en la tentación de “benaventear un poquito” según su propia y gráfica expresión. Claro que lo hizo muy discretamente y sólo unos pocos de sus amigos más cercanos llegamos a enterarnos de que el viejo se dedicaba en mucha reserva a la confección de una comedia. Pero cuando la cosa se supo —que al fin tenía que saberse— una gran expectativa comenzó a hacerse al margen de lo que se suponía intensísimo trabajo del veterano costumbrista. Decíase que la obra era una sátira estupenda sobre las costumbres ciudadanas, o bien que se ocupaba de poner en solfa la propia epidemia teatral que la había motivado. Mas como la tal obra no llegara a aparecer ni nadie conociera un renglón de ella, alguno de los contertulios vespertinos de “La Bastilla” se decidió a interrogar al autor de la Marquesa de Yolombó. —¿Qué hubo al fin de tu comedia, maestro? Don Tomás Carrasquilla miró al interlocutor con sus ojillos penetrantes y burlones, sonrió con su boca desdentada y dijo: —Pues, chico, eso del teatro es cosa fregada. A mí, francamente el asunto me salió mal. Figúrate que pensé muy bien mi asunto y me puse a trabajar en él. Eran cinco personajes, muy buenos, muy avispados, muy paisas y tal. Empecé a escribir. Hice como diez o doce escenas... Y cuando iba terminando el primer acto, me dejé de carajadas porque vi que eso no servía. —¿Pero qué fue lo que pasó, don Tomás? —¿Qué? Pues que los cinco personajes de la comedia eran iguales a mí. Mejor dicho me resultaron cinco Tomases Carrasquillas. El Tiempo, 20 de agosto 1950. LA JOVENCITA Cuando terminé de bajar los ocho tramos de escalera desde mi cuarto de hotel (el ascensor estaba inservible), la jovencita estaba sentada en el banquito de madera que utiliza el portero cuando las sillas de hule del recibo están copadas. Era apenas una adolescente de pecho plano, con su vestidito de organdí. Con sus zapatos charolados y sus calcetines blancos de algodón. Con su pelito liso y huidizo, ni castaño ni rubio. Con sus manos delgadas que había dejado inertes y separadas sobre los muslos y que eludió luego con mal disimulado disimulo. Interceptando la salida estaba la madre: cuarenta y ocho kilos de apergaminada estatura; ocho lustros o nueve de baqueteado existir; veintidós años de ejercicio magisterial; un marido vago qué mantener y resistir; nueve hijos en serie de zampoña. Y en la primera caña del camarillo esta criatura desvaída del trajecito de organdí. Los catorce años pálidos de la mozuela sonrieron difícilmente por medio de los labios, con una sonrisa pálida como ellos. La mano derecha se puso un momento en evidencia para elevar sobre la frente una guedeja desmayada. Y la frente, entonces, demasiado desnuda para atreverse, se humilló un poco, al par que los ojos, mientras la mamá nerviosa contaba la historia. La trivial y adocenada historia de una expulsión. La hija, esta desdibujada adolescente que estaba allí sentada, en el banquito del portero, había sido expulsada del colegio por la monjita de su clase. ¿Cómo podía ser aquello? Qué haría ella ahora, madre de cinco hijos en edad escolar y otros cuatro a la buena de Dios, con padre holgazán, rancho ardiente, licencia inminente y primogénita expulsada? Y aquella criatura sin llama ni claridad... Aquella criatura del pecho plano y las huidizas manos. Aquella hijuela de anemia que apenas sí ocupaba la cuarta parte del espacio en el banco del portero. Aquella personilla de catorce años que sólo parecían una docena... —Pero bueno, señora: ¿y qué quiere usted que yo haga? —Que me ayude, por favor, para que me la reciban de nuevo. Qué haré con ella si me la dejan en la calle. Estamos en marzo y ya no puedo llevarla a un colegio de seglares... —Pero ¿quién soy yo, señora, para ordenarle a la monja que no haga efectiva la expulsión? —Usted es el que manda en todo. Es cuestión de una orden solamente. —No crea, señora, no crea... Eso tiene sus bemoles. —Pero si usted dice, si usted manda una tarjetica, si usted echa una telefoneada siquiera... —Pero en fin de cuentas...¿cuál fue el motivo que tuvieron para echar a su hija? Al fin y al cabo la monjita debió tener una razón suficiente... La madre doblada de maestra, redoblada de frustraciones, dijo amargamente, con orgullo retintín: —Claro que tuvo motivo —¿Cuál fue, mi señora? —Esto Y puso en mi mano un pequeñito libro de versos, un viejo poemario con el pie de imprenta de un editor español. —¿Qué es eso, mi señora? Al pronto ella no supo. Pero eran las rimas de Gustavo Adolfo Domínguez Bécquer... Miré a la jovencita y me encontré con su sonrisa. Una sonrisa dulce, ensoñadora y clara que —torpe de mí— no había visto hasta ese instante... El Colombiano, 5 de abril de 1962. Columna Claraboya. DIVAGACION INDUMENTAL Todo en la vida ha sido siempre, más o menos, asunto de traje y al traje se han concedido las funciones simbólicas más trascendentales. El hombre que se va a casar viste un traje negro, severo, de larga levita fúnebre, sobre cuya solapa cree oportuno exhibir el detalle hondamente conmovedor de los azahares, sugestión en cera cándida sobre cosas que no deben sugerirse. El pantalón a rayas, los zapatos relucientes, la camisa tiránica, el alto sombrero, prenda de lores venida a menos, todo se aúna para dar un sentido inquietante que el hombre procura contrarrestar con una sonrisa indefensa de individuo a quien su traje —y con él toda la tragedia de las ceremonias— domina imponiéndole una personalidad nueva y extraña que nada tiene que ver con el hombre que consiguió una novia y alimentó un amor y amobló una casita en un barrio agradable para llevarse consigo a la novia y al amor. Una especie de impulso subconsciente ha hecho que la humanidad exprese en su indumentaria lo que no ha acertado a expresar en su literatura, en su filosofía ni en sus costumbres sociales: el verdadero sentido de los actos humanos. El hombre se viste de la misma manera para batirse en duelo, para contraer matrimonio, para asistir a las ceremonias fúnebres o para acusar a los reos desde los estrados judiciales. Y cuando alguna de estas situaciones llega a entrañar un estado permanente, el hombre pone en el tono de su vestido el matiz cambiante de su espíritu. Yo he aprendido a desconfiar de los individuos que después de su matrimonio vuelven a usar, para andar por las calles, sus pantalones de fantasía y sus zapatos de charol. Esos señores van diciendo a los transeúntes el zafarrancho doméstico con una indiscreción escandalosa. Constituye su pergeño un asalto a vuestro corazón compasivo, y os dan la impresión de que el amigo vuelve a casarse, sin chistera ni camisa dura, en esta mañana trascendental de disgusto y amargura. Otro día ensayaré a escribir el elogio de los trajes livianos que se exhiben en las vitrinas para las temporadas de veraneo; el de las corbatas donjuanescas que gradúan a nuestra intensidad amatoria con una sutil perspicacia; el de las camisas de lino y los sombreros de paja, que pasean por las estaciones de tierra caliente, cerca a la nota de color de una sombrilla, artefacto delicioso éste, más discreto que los guantes y menos romántico que el pañuelo. El Correo, 28 de junio de 1944. “Serie Anécdotas de Escritores”. GABRIEL CANO, HEROE DE TIERRA FIRME teoría de que “el hombre es un animal terrestre” no constituye, en realidad, patrimonio exclusivo de algunos. El auge tomado en los últimos años por la aviación, no ha modificado más que en mínima parte la opinión de las gentes a ese respecto. La frase sigue teniendo actualidad porque el cielo continúe poblándose de aviones y embriagándose de velocidades. El hombre seguirá estando más tranquilo al sentar los talones sobre la tierra firme y segura que remontándose a las alturas para correr la aventura rauda de las nubes. Y si esto es ahora, así, cuando más lo sería hace años, cuando los motores aéreos de la Scadta empezaron hacia 1920 a turbar la calma de nuestros provincianos cielos, en un tiempo en que volar era, no sólo hazaña de magnates sino proeza de bien bragados varones. Antes que de procurarse clientela para cubrir sus rutas, nuestra única empresa aérea de entonces —con sede en Barranquilla— hubo de poner su preocupación máxima en convencer a los colombianos de que aquello no era cosa del Diablo. Y consecuente con tales propósitos hubo de recurrir a los buenos oficios de la prensa. En tres o cuatro capitales del departamento se hicieron vuelos. El más flamante y moderno de los aviones colombo-alemanes habría de llevar a bordo a los directores de los diarios candelarios, que entonces lo eran El Espectador, El Colombiano y El Correo Liberal. De acuerdo con las informaciones que al respecto tengo, en aquella extraordinaria aventura tomaron parte, entre otras personas, los diaristas José María Yepes, Jesús Tobón Quintero, Ricardo Uribe Escobar y Gabriel Cano, director este último de El Espectador medellinense. Ya, desde aquel remoto tiempo, Gabriel Cano tenía verdadera fobia por los aparatos volantes, y fue muy contra su íntima y expresa voluntad que subió a la cabina después de haber ingerido en Guayaquil un par de aguardientes dobles. El avión despegó en el campo de Guayabal, y por espacio de media hora estuvo evolucionando sobre la expectante Villa, por sobre el asombro mudo de sus sesenta mil habitantes. Gabriel Cano, por su parte, resistía el miedo con la mayor dignidad posible. No quería ver nada, no quería saber más que del instante de aterrizar. Estaba allí muy pegado. A su asiento cuidadoso de su prudente inmovilidad. Cuando por fin el aparato volvió a tierra sobre el entonces apenas improvisado campo, en cuanto se abrió la portezuela y antes de que fuera colocada la escala para descender, el joven director de El Espectador saltó a tierra, y sin fórmulas, se echó de bruces sobre la esquilada grama. Había extendido los brazos para mejor sentir el amado contacto de la tierra, y hundido el rostro en la hierba, besaba las aterciopeladas y pequeñas hojas, con verdadero frenesí. Y cuando los La compañeros entre conmovidos y regocijados vinieron a levantarlo, Gabriel Cano tuvo un último impulso de resistencia y respiró con asordinada vehemencia: —Déjenme...déjenme todavía un momento. He vuelto a la tierra y estoy tomando de nuevo posesión de ella para no abandonarla jamás. Si el ilustre periodista ha cumplido su promesa a lo largo de tántos años, es cosa que no está en capacidad de afirmar su ocasional anecdotista. El Tiempo, 27 de agosto de 1950. José Gerardo Ramírez Serna (José Gers) Escritor caldense, de la cuadra de los cronistas de humor, nació en Aranzazu en 1914 y murió en Cali en 1986. Escribió crónicas y reportajes en La Patria de Manizales, Relator y El País, de Cali, El Espectador y Sábado, de Bogotá. Cuando se publicó el libro Croniquillas (1946), Gers había escrito más de 3 mil crónicas para distintos medios del país, y para el libro se seleccionaron las publicadas entre 1942 y 1945 en el diario Relator. También se publicó el libro Crónicas y reportajes (1983). Su amigo Tic Tac escribió en el prólogo de Croniquillas: “José Gers ha trabado, desde la prensa diaria, cordial amistad con su público. De esta amistad podríamos dar testimonio ático enseñando la innumerable serie de cartas con que una amplia masa de lectores quiere actuar en la prensa, a la sombra de este zurcidor de actualidades [... “José Gers tiene ya un capital de sólida estructura y ha conquistado el derecho a tutearse con el público”. Y Julio Vives Guerra dijo que Gers escribía muy ameno, sin complicaciones, “sin protagonizarse y sin protagonizamientos”. Una de sus especialidades era la crónica-semblanza, que cultivaba con su talante generoso. Sus crónicas se caracterizan por un estilo directo, coloquial y punzante. EL AGUACATE Para que un hombre cualquiera demuestre a las gentes —sin palabras— la perfección de su hogar, le basta llevar un aguacate en la mano. Es el argumento definitivo y contundente. Esa fruta, en forma de pera grande, de pulpa “blanda, amarilla, mantecosa y tierna”, simboliza virtudes armoniosas, temperamento dulce a la ternura, afición por la casa, la esposa y los ruidosos chiquillos. Cuando un ciudadano va por la calle llevando en alto un terso aguacate, parece que lo bañara una íntima satisfacción, un deseo de agradar a todo el mundo, una disposición placentera de saludar con parvas genuflexiones a las gentes y decirles palabras amables. Jamás un caballero de mal genio, con el espíritu cuajado de problemas, que guarde en el corazón una nidada de odios, puede hacer lo mismo. Para merecer las bendiciones que emanan de un aguacate de apretados deleites, se necesita tener bruñida y tranquila la superficie del alma, que no esté rayada por el encono o el desamor al destino y a sus contingencias. Talante alegre, blando curso de las pasiones, buena vecindad con las penas y con los trabajos, devoción por el deber, son los requisitos esenciales para hacerse digno de la camaradería de un aguacate. ¿Ustedes no han pensado, cuando se encuentran con un semejante por la calle, que lleva en la mano un ejemplar apetitoso de esta fruta, que ese personaje posee un hogar perfectamente feliz? Debe llegar a la casa con el rostro barnizado en ráfagas de dicha. Se debe sentar a la mesa con unción doméstica de patriarca, convocar a toda la familia y luego empezar a rebanar la fruta que ha traído como practicando un rito sagrado. ¡Ah! será regocijo de los ojos y acariciante espuela del apetito el pudor amarillo del aguacate, partido en cuatro cascos, con su amargo corazón descubierto, en el centro de la mesa, sobre la pureza del mantel. El paladar se anega en saliva y los intestinos bailan un bambuco de felicidad. Desconfiad de los hombres casados a quienes no veáis por la calle con su respectivo aguacate, a las doce del día. No saben lo que es el júbilo de vivir. Los pobres ignoran el amor a las virtudes clásicas. Carecen de un refugio con techo tembloroso de ventura. Un hombre sin aguacate odia la sociedad y sus instituciones, es capaz de robar y de matar. Esa fruta milagrosa es la única que les pone cauces sedosos y sabrosos a los odios y a las decepciones humanas. Tomado de Croniquillas de José Gers, 1946. MEMORIAL DE LOS PERROS DE CUATRO PATAS Varios millares de canes se han dirigido al Cabildo en los siguientes términos: “Los suscritos, perros de cuatro patas, vecinos de esta ciudad, exponemos a usted, señor Presidente y por su distinguido conducto a los honorables concejales, lo siguiente: Nos hemos informado de que en esa corporación cursa actualmente un proyecto de acuerdo por medio del cual se reglamenta la matrícula y vacunación de perros. Los colegas nuestros que vengan del exterior, de acuerdo con esa medida, deberán llegar provistos de certificado consular de estar vacunados. Los que deambulan por las calles serán sacrificados inexorablemente si no tienen matrícula de sanidad. Se trata, en resumen, de perseguirnos hasta eliminarnos. Se nos alcanza que ese es el propósito, porque no entendemos para qué vamos a necesitar certificado de sanidad nosotros, si no vamos a trabajar como meseros o cocineros en ninguna parte. Quieren hacernos la vida más invivible de los que es para nuestra raza. Diariamente nos aplastan en la calle con los vehículos. Los perricidios que en Cali comenten diariamente los choferes, es algo que clama venganza al cielo por la cobardía y la crueldad con que los hacen. A nuestras hembras, casi en su totalidad, las sacrifican al nacer, y es así como hay grande escasez de esposas entre nosotros. Las pocas que quedan con vida tienen que dedicarse a la vida pública. Por la injusticia humana, no hay fidelidad conyugal entre nosotros. Los honorables concejales deben haber visto recientemente la tierna película: “La Cadena Invisible”, en donde la ilustre perra “Lassie” realiza tales proezas de abnegación por su amo, que arranca suspiros hasta de los pechos más duros. Axel Munthe, en su famosa “Historia de San Michele”, escribió páginas hermosas sobre nosotros. San Francisco de Asís, nos llamó hermanos. Poetas, escritores, novelistas famosos han exaltado nuestra lealtad, nuestra gratitud, el amor inmenso que tenemos al hombre. A pesar de esto, la mayoría de los humanos nos pagan con hierro, con veneno, con hambre. ¿Cuándo será comprendida unánimemente nuestra nobleza? Somos los guardianes de los hogares, los miembros de familia más pacientes y silenciosos, los únicos que jamás pagamos con traición. El hombre tiene enemigos terribles entre sus semejantes y entre los animales, pero a ninguno persigue como a nosotros, que somos sus amigos más sinceros, más heroicos y permanentes. Roman Rolland habla de una amistad perfectísima en su obra “Juan Cristóbal”. Entre los hijos de Adán no se ha practicado nunca una amistad perfecta. Los perros somos los únicos que hemos entendido a la perfección las ideas de Rolland porque somos los modelos inigualables de la amistad. Sin embargo, ¿por qué nuestro amigo el hombre anda siempre estropeándonos el espinzo con las ruedas de los vehículos, echando a perder nuestra vida con el veneno, dándonos golpes cuando hambreados buscamos piltrafas sobrantes en los tibungos de la basura? ¿Es esto justo? Por qué, señores concejales vais a aprobar una nueva medida, para hacernos examinar, unos de los veterinarios, y a otros les decretáis la muerte a bala o a cianuro, porque no tienen un amo que los haga examinar? Verdaderamente, vosotros los humanos sois monstruos. Pedimos justicia, pedimos reciprocidad en nuestro amor a los hombres, solicitamos las consideraciones a que tenemos derecho como las bestias más tiernas y dulces que puso Dios en la tierra. Dejadnos por lo menos con vida y haced que las perritas no sean matadas al nacer, porque entre nosotros hay muchos con vocación matrimonial. Eso es todo, señores concejales”. (Firman más de dos mil perros). A lo anterior, nosotros nos unimos con toda la simpatía de que somos capaces. Tomado de Croniquillas de José Gers, Cali 1946. SE “SUICIDO” UNA CASA De un momento a otro una vieja casa de dos pisos se derrumbó con estrépito sobre la calle. Las gentes se apretujaron alrededor de las ruinas y empezaron a hacer comentarios en voz alta. Los bomberos se presentaron posteriormente y con gruesos chorros de agua remataron la obra destructora. Paredones que aún habían quedado en pie se vinieron en grandes bloques contra los postes y produjeron impresionantes vibraciones en las líneas de energía eléctrica. Una residencia que de pronto se viene a tierra es como un suicidio sensacional. Todo el mundo acude a contemplar el cadáver. Por qué esa conmoción pública? Porque las casas están como entretejidas al curso de nuestras vidas. En ellas nacemos y morimos. Allí va quedando el espíritu de sus habitantes. Tienen una elocuencia cargada de sugestiones en sus muros pasadizos, vigas y rincones. Hay unas que nos hacen temblar de emoción, porque en ellas nacieron o vivieron grandes hombres o allí cerraron los ojos a la vida. Los hijos defienden la vetusta casa de los ascendientes por la tradición hogareña que emana de la alcoba nupcial, del comedor, del costurero, del salón central donde se reunía la familia. Es innegable que las casas tienen mucha personalidad. La grande de la hacienda, rumorosa a faenas de trabajo y ordeño, colmada de frutos y toda ella olorosa a tierra removida. La fresca y sencilla que se asoma a los caminos con su alegría de flores silvestres, que son como el sedante estético del viajero. Esos caserones que se quedan por allí abandonados, abrazados por las plantas trepadoras, impasibles de historia y leyendas. Todas albergan mucha historia en la cual no piensan los hombres. Uno experimenta, al entrar a ellas, un rumor de voces lejanas que viene del pasado y que continúa viviendo en ellas, sin que el tiempo pueda dispersarlo. No se habla de casas malditas donde habitaron gentes perversas? No se habla de otras santificadas por una vida gloriosa? ¿Podrán las casas pecar y mancharse y tener conciencia como los humanos? En todo caso, la que ayer se tiró de bruces a la vía, lo hizo en forma “voluntaria”. Se suicidó, sencillamente. Quiso desaparecer de la calle, porque ya había prestado sus servicios. Por los ojos de las ventanas se asomaba a la plaza y veía el progreso de Cali y observaba que a su alrededor se iban alzando pretenciosos edificios de cemento que se burlaban de su anacrónica vestidura de tierra apisonada, de su tejado chato y calcinado, de sus puertas vetustas. Todas esas casas modernas sin tejado, de sobrias líneas, se burlaban en la mañana de la casa vieja que apenas tenía en su senectud música de alfabeto, porque allí funcionaba una escuela. Y como para decirles a los educadores actuales que las escuelas no deben funcionar en edificaciones abuelescas, optó por arrojarse a la calle, a las dos de la tarde de un domingo candente, cuando no había ser viviente en su seno y cuando la habían dejado pensando en su misión terminada. Esa casa “se suicidó”, porque tenía el orgullo suficiente para no sobrevivir al progreso. Tomado de Croniquillas de José Gers, Cali, 1946. FRAZADAS La Contraloría General de la República informa en un boletín de prensa, que en los últimos cinco años se introdujeron a Colombia frazadas por un valor de cinco millones de pesos. Para algunos pesimistas la importación mencionada es un gasto inútil y excesivo, pues el país produce este artículo de calidad excelente. A nosotros, por el contrario, nos satisface ampliamente la traída abundante de mantas extranjeras. Es necesario darse cuenta de que ellas han hecho más por la dicha humana que los automóviles, los perfumes, los radios y demás objetos que llegan de ultramar. En ciudades como Cali y Barranquilla, por ejemplo, en todas las situadas en climas cálidos, no se puede comprender muy bien el significado de una buena manta de lana, gruesa, espesa, ancha, extraordinaria; los íntimos deleites que guarda; el número de pensamientos que sugiere, los blandos sueños que proporciona, el regalo que constituye para la carne y las incitaciones que lleva hasta el espíritu. Los habitantes de tierras frías conocen exactamente hasta dónde llega la importancia de la cobija. Saben del paraíso de las mañanas lluviosas en el lecho, mientras el frío cortante no permite sacar la nariz a la intemperie, cuando las ideas se hacen lentas, irrealizables, divinas. Es muy seguro que si los hombres tuvieran la suficiente independencia para permanecer buena parte de la mañana acostados, semidormidos, en el seno maternal de un colchón resortado, pensando al capricho de la imaginación, el mundo andaría mejor. Nadie se levantaría a hacerle males de ninguna clase al prójimo. Ya pasada la guerra, los gobiernos dispondrán que los hombres permanezcan en la cama por lo menos hasta mediodía, en tiempo de invierno y cada cual se verá obligado a llevar al hogar las frazadas mejores, según las posibilidades de su peculio. En esta forma el odio se desterrará de este planeta. Un hombre bien dormido, después de haber cultivado su pereza, después de haber pasado agradablemente estirado en el lecho hasta bien entrado el día, no va a levantarse a organizar ninguna manifestación, ni menos una pedrea, ni a escribir un líbelo contra sus semejantes, ni a pronunciar un discurso incendiario, ni a asistir a reuniones de carácter anárquico, ni a leer nada pesado, odioso. Debemos alarmarnos sí, cuando merme la introducción de cobijas al país, porque entonces los colombianos ya no permanecerán acostados bastante tiempo, y por lo mismo, empezarán a hacerse malos y peligrosos. Bendigamos las mantas pastusas, las americanas, las inglesas y las antioqueñas, pues sólo debajo de ellas el hombre comprende la inutilidad de todo y presiente un lugar distinto donde los hombres estaremos exclusivamente medio dormidos y medio despiertos, mientras vemos caer la lluvia afuera y sentimos que la bondad nos gotea en el alma como un filtro de aromas. Tomado de Croniquillas de José Gers, Cali 1946. Lino Gil Jaramillo y crítico literario, que nació en Pereira, en 1908, y murió en 1976, en Cali. Joaquín Quijano Mantilla lo vinculó a El Espectador en 1927, donde ejerció primero como reportero y luego como crítico literario; y trabó amistad con el jefe de redacción, Porfirio Barba Jacob, a quien dedicó el libro “El hombre y su máscara”, anecdotario del poeta de Santa Rosa de Osos que estimuló su vocación literaria. Desde 1960 hasta su muerte mantuvo una columna permanente en este diario, sobre el que escribió un libro titulado “Tripulantes de un barco de papel”. En los años cuarenta se desempeñó como editorialista del periódico La Prensa, de Barranquilla, y en los sesenta del diario caleño, Relator. Fue un cronista ameno y lírico, muy amante de las imágenes. Su fuerte fue la crónica a manera de retrato, como lo testimonian algunos de sus libros en los que rindió homenaje a sus compañeros de generación: “Escrito en la arena”, “El libro de los cronistas”, “Unos y otros”. Hombre de vasta cultura literaria, escribió memorables perfiles sobre Tomás Carrasquilla, Luis Tejada y Jaime Barrera Parra. También fue un enamorado de la poesía, en especial de la de León de Greiff y de Barba Jacob. Otto Morales Benítez escribió sobre él: “Como todo escritor colombiano que se respete, Lino Gil Jaramillo ha hecho su carrera ceñido al periodismo. Desde reportero hasta editor en diferentes medios, siempre con la necesidad de estar buceando en lo contemporáneo”. JAIME BARRERA PARRA A Carlos Posada Gaviria Periodista Jaime Barrera Parra, cuya muerte trágica al desplomarse el Teatro “Alcázar” de Medellín en 1935 nunca le hemos perdonado al absurdo destino, ha sido el cronista colombiano más ágil y ameno de los últimos tiempos. No fue uno de esos “deracinés” que, llevados a la deriva por la corriente de la vida, ingresan en el periodismo a falta de algo peor que hacer. Tampoco fue un improvisado. Cuando llegó al oficio traía un acervo de lecturas y de viajes, de experiencias vitales y observaciones directas que le permitían ver los hombres y las cosas de una manera personal, desacostumbrada, original. Antes de él no habíamos tenido cronistas. Hacemos caso aparte de Luis Tejada, cuyas páginas de pequeño filósofo se resuelven no como crónicas sino como ensayos sintéticos de penetrante sagacidad. El autor de las “Notas del Week End” fue un cronista en el sentido más moderno de este vocablo que hasta entonces había venido sirviendo para encubrir relatos sentimentales, torpes anécdotas de políticos o simples chistes santafereños. Tenía una pupila de precisión que le permitía captar los mejores rasgos de los hombres y de las cosas, los más vivos y agudos, para escribir sus páginas que son verdaderos cartones impresionistas por su brillante colorido, por sus hábiles juegos de luces y sombras. Leyéndolo nos ponemos frente a un escritor visual cuyas páginas dan siempre una impresión de color y a veces de abigarramiento, como esos cuadros de ciertos pintores modernos que a primera vista desconciertan al espectador. No es que en el estilo de Barrera Parra se advierta el afán de buscar efectos fáciles sino que su visión de las cosas es tan rápida que sólo aparecen a veces los rasgos más sobresalientes por la plástica o el colorido. Sus mejores comentarios habían podido ser escritos desde un avión de turismo intercontinental. Desde las primeras páginas publicadas por Barrera Parra en los periódicos de Bogotá, nos dimos cuenta de que ese hombre silencioso con aspecto de “caimán parado”, como decía su amigo Emilio Murillo, había estado en Europa, se había paseado por los bulevares de París y por las Ramblas de Barcelona, conocía a vuelo de pájaro la literatura contemporánea desde Bernard Shaw hasta Anatole France y desde Camus hasta Langston Hughes, era familiar a todas las fórmulas de cockteles y a todas las maneras de aburrirse, e iba a empezar a darle al público colombiano sus impresiones personales sobre el mare mágnum contemporáneo de la política, la literatura y los convencionalismos sociales. Y así fue como semana a semana empezamos a leer las cosas más deliciosas y aparentemente absurdas que nadie hubiera imaginado, en un estilo que chorreaba novedad por todos sus poros. De Armando Solano, el gran escritor desvelado por el destino de su pueblo y de su comarca boyacense, dijo que “sorbe tierra por los talones”. De su suegro Emilio Mutis aseguraba que, “para no hacer ruido, atravesó por la vida en pantuflas” y que “les puso tacones de caucho a los zapatos, a los conceptos y las emociones”. Sostenía que el crepúsculo era un “fraude de la óptica, simple tinterillaje de la luz”. De la muerte de Rendón dijo: “Ricardo murió de un acceso de lógica. La mano firme, labrada por una fiebre de veinte años, empuñó la pistola con la pericia con que esgrimiera el lápiz. El, el genio satírico más vigoroso de media América, se defendió a pistolazos contra la vida, temeroso de morir en caricatura”. Y después: “No es la hora de trazar el balance artístico en la milagrosa carrera de Ricardo Rendón. Su obra está viva y móvil. Muerde como una aldaba”. Y de sí mismo decía: “Yo debería tener un hermoso pelo largo, heredado de mis abuelos, aquellos Barreras de Mogotes que lograron darle a la manufactura de la guayaba una intención artística. En cada caja de jalea pervive el paisaje de la vega mogotana. (Hay unos potreros azules, lamidos por el agua del Mogoticos. Al caer la tarde, como en los cuadros de Millet, la campana apedrea la paz lugareña). En el cementerio duermen los fundadores. Unos se dejaron morir por la viruela de 1860, otros por el heroísmo en las guerras civiles, otros ¡ay!, por el anisado... Dentro de mi alma trisca el aroma del anís verde”. “Tengo el sentido de la voracidad. El amor, los libros, la política, sólo me impresionan como la expresión habitual del desafuero. Un mordisco, un poema, un manifiesto son, después de todo la misma cosa. El „birth control‟ y la peluquería son el asalto de la civilización al hombre salvaje. El día en que la vida pierda su temblor animal y el guante aprisione como un cepo la mano sonora se habrá perdido la epopeya”. Barrera Parra era un escritor de velocidades que se amoldaba a su época, como sabía Flaubert amoldarse al ritmo de la suya cuando empleaba una sesión de diez horas para producir una cuartilla que luego modificaba indefinidamente hasta transformarla por completo. En aquellos tiempos se escribía a la luz macilenta de un mechón aceitoso y con unas plumas gigantescas de ganso que tornaban lenta la gestación de las ideas. Pero en este siglo de contrachoques mecánicos y nerviosos, las páginas saltan asustadas de la “Remington” como pájaros locos, y el estilógrafo no sirve sino para firmar cuentas. “Mi única arma de combate —escribió Jaime alguna vez— ha sido la máquina de escribir. Con ella me defiendo de los temas, muchas veces asesinándolos”. Jaime Barrera Parra fue el escritor más joven de su tiempo. Al hablar de su juventud no nos ceñimos a la apreciación arbitraria de los almanaques, naturalmente, sino a la temperatura del estilo, retozante de novedad y movimiento en las manos del glosador santandereano. Escritores más mozos que él tejían una prosa tarda y cansada como una diligencia de la Francia de Dumas y de Balzac. Jaime fue el más joven de los escritores de su época, no por la distancia a que se hallara de su partida de bautismo sino por los elementos de que fabricaba sus cockteles sabatinos. Es decir, por los elementos que incorporaba en sus crónicas y por la forma en que los disponía gramaticalmente. Por lo demás, recuérdese que los escritores llamados nuevos a la sazón en las letras francesas, eran individuos como Jean Giraudoux, Paul Morand, Cocteau y otros mayores de los cuarenta o muy cercanos a esa cifra. El autor de los glosarios del Week End introdujo en sus páginas los elementos de que está integrado el mundo moderno. Y en tanto que muchos de sus colegas de oficio hablaban de cítaras griegas, de viñedos latinos o de galeras fugitivas por los mares de Ulyses, él incorporaba en sus párrafos el avión y el roadster, la relatividad y el cine parlante, los gángsters y la música negra, porque los hombres de este siglo no se embriagan ya con sones de arpas y melodías de ruecas ni con uvas de Noé sinó con el whisky que burla las restricciones de Volstead y su jauría o con nuestro aguardiente agresivo que fermenta la tragedia. En su “camarote” de Bogotá y en los últimos días desde Medellín, Barrera Parra radiografiaba las peripecias políticas o literarias que se ponían al alcance de su máquina voraz. Su “Remington” era un laboratorio de ácidos decisivos. Recordando la frase de Barbusse: “En la vida unos se suicidan con veneno, otros con un cuchillo, otros con minutos y segundos”, quizás soñó morir detrás de la trinchera de su máquina de escribir. Pero el destino canalla se lo llevó en una voltereta de tragedia. Desde otros planos comentará ahora las proezas y barrabasadas de la tierra en hojas que quizá arroje al espacio como las de aquella conferencia que Ramón Gómez de la Serna dictó en París montado sobre un elefante. Revista Pan, febrero 19 de 1938. Eduardo Zalamea Borda (Ulises) Se dice que Ulises nació con la pluma en la mano en Bogotá (1907) y murió en 1963. Con sus columnas Fin de semana y La ciudad y el mundo (años cuarenta y cincuenta) de El Espectador, el periodista bogotano se convirtió en el guía cultural de los lectores. Primero con el seudónimo de Bloom y luego como Ulises, fue el asesor de cabecera del suplemento Magazín Dominical de El Espectador gracias a su vasto conocimiento de la literatura, en especial de la anglosajona, su pasión por los clásicos y los contemporáneos de otras latitudes, su sentido crítico y deliciosa prosa. En sus columnas hablaba de arte, literatura, cine y hasta de moda, a tono con los gustos más contemporáneos. Dedicó muchas de ellas a personajes de la cultura como Paul Claudel, Picasso, Jean Cocteau, Rodin, Somerset Maugham, Alberto Moravia, Ernest Hemingway, Eduardo Caballero Calderón... Además de columnista, literato y crítico sin pretensiones, discreto y ponderado, con un humor casi inglés, Ulises era el subdirector del periódico; escribía la columna diaria La ciudad y el mundo, sobre temas de actualidad. En Lecturas Dominicales de El Tiempo publicó hacia mediados del cincuenta la columna Pausa del domingo, que versaba, generalmente, sobre asuntos literarios. Su caso demuestra la perfecta sintonía del periodismo con la literatura, porque pasaba de hacer los comentarios de rigor sobre los conflictos sociales del país o las guerras internacionales a hablar de un partido de fútbol, una exposición de arte o un libro extranjero. Incluso su famosa novela “Cuatro años a bordo de mí mismo” (1930) —escrita en una temporada que pasó en La Guajira bajo la influencia de Joyce—, se publicó inicialmente como folletín en el vespertino La Tarde, de Alberto Lleras. Pero, más que por esta obra maestra, periodistas como don Roberto García-Peña, lo valoraban especialmente “por su hermosa lección cotidiana de columnista, atento a la ocurrencia universal, valiente luchador de las mejores causas democráticas, intérprete sagaz de los hechos, consciente evaluador de las circunstancias...”. Su prosa era natural y sencilla, sin falsas erudiciones y teñida de humor. Dejó su famosa novela “Cuarta batería”, que nunca publicó en libro sino en entregas periodísticas en la revista Pan. Sus crónicas no han sido recopiladas. COLUMNA FIN DE SEMANA —Como vas a hacer ese viaje, dijo ella, tendrás que comprarte un sombrero. Aquella misma tarde fueron a la gran tienda y en el departamento de sombrererías él comenzó a buscar el mismo sombrero negro de siempre, aquel sombrero que completaba su personalidad con sus alas tristonas que ocultaban en parte el brillo huidizo de sus ojos. —Tiene que ser un sombrero claro —ordenó ella—, un sombrero gris, de viaje. —Nunca me he puesto un sombrero gris —dijo él, insinuando tímidamente una disculpa. —Pues, alguna vez ha de ser la primera —repuso ella y tomó el primer sombrero gris que había sobre el mostrador y le obligó a probárselo. El se descubrió inmediatamente otra personalidad: era extraño, pero se sentía a la vez mucho más joven y tan viejo como nunca. La sombra grisácea del sombrero le cambiaba el color del rostro por un matiz pajizo, óseo, de calavera, era un color verdaderamente calavérico. La forma del sombrero era juvenil, para un muchacho que se va a cumplir la primera cita con la novia. En su alma soplaron aquellas brisas primaverales de los amores de otros tiempos, pero no encontraron una corola a la cual robar sus aromas. Se llevó consigo el sombrero gris. El sombrero esperó en el ropero que llegara el día del viaje. Su dueño retardaba el momento de la partida, pero finalmente llegó el día, se lo puso y se fue a mirar al primer espejo: sí, era un hombre diferente, como si le hubieran cambiado no el sombrero sino la cabeza. Parecía que llevase encima un pájaro gris, un funesto pájaro de mal agüero y que todo el mundo había de mirarlo preguntándose de dónde había salido ese sombrero. Al lado del amigo con quien viajaba salieron a la gran carretera: casi nadie llevaba sombrero: todos lucían cráneos más o menos bien cubiertos de cabellos sanos y lustrosos o decaídos y escasos cabellos; todo mundo había dejado en la casa su sombrero, no había en la carretera más sombrero que el sombrero gris, como un pájaro agorero, como el cuervo de Poe sobre el busto de Fidias, afirmando sus garras en el cráneo de su dueño. Trató de olvidarse del sombrero y lo olvidó por un instante y en ese mismo instante una racha de viento lo arrastró y lo llevó directamente debajo de las ruedas del coche que lo seguía. Este siguió su marcha después de pasar sobre el sombrero, que quedó más gris que nunca. Pero eso no fue lo extraño, sino que al pasar el vehículo sobre el sombrero se escuchó, podía jurarlo, un singular y desagradable crujido de huesos que se rompían. El sombrero no podía haber estado vacío aunque no lo llevara él en la cabeza; aunque estaba en el suelo, el sombrero tenía algo dentro. El viaje continuó sin más contratiempos, el sombrero fue al fondo de la maleta y su dueño lució en lo sucesivo su cráneo desguarnecido. Al regresar a casa, lo puso en manos de ella que lo guardó en un cajón. Pasaron largos meses y un día, sin que se supiera cómo, el sombrero gris reapareció pendiente del ropero, nuevecito, luciente, como si no hubiera pasado nada. Ella lo había hecho limpiar y le había dicho: —Ya está tu sombrero como nuevo, y él lo miraba como miraría el ahorcado la cuerda de que lo han de colgar. Magazín Dominical de El Espectador, 22 de septiembre de 1963. N. del E. Esta fue la última columna Fin de semana que escribió Eduardo Zalamea Borda antes de morir. COLUMNA FIN DE SEMANA la literatura española, en la literatura rusa, en la literatura francesa, hay el momento pausado, el momento gratamente tedioso, el momento romántico de la retreta. A pesar de ello, el diccionario no recoge esta voz en la acepción de concierto popular, nacido sin duda de la retreta militar, del toque de corneta que se daba para avisar a la tropa que debía recogerse en el cuartel. Esto demuestra que los diccionarios están muy atrasados no sólo respecto de la vida, lo que ya sabíamos, sino también respecto de la literatura, lo que parece, aunque en el fondo no lo sea, más sorprendente. En las novelas españolas del siglo pasado y de los primeros lustros del presente, como en sus contemporáneas rusas y francesas, los personajes pasan un momento por el parque en donde la banda municipal toca los mismos valses, las mismas oberturas, las mismas selecciones musicales, que se dirían desde el principio de los siglos —desde el hervor de los primeros truenos— señaladas para que las interpretaran los perezosos músicos vestidos de verde o de azul o de rojo —según el caso, el país, la latitud, la temperatura— ante la estupefacción de las criadas, el pasmo de los En reclutas y el tedio despectivo de las señoritas pálidas, de las “señoritas cloróticas” que llenan las páginas de esa novelas que leemos o releemos buscando ávidamente, como un perro un hueso escondido, un rastro de la infancia, un vestigio de la adolescencia de los días en que íbamos a la retreta. En Bogotá la retreta no ha muerto. Fue ese el gratísimo descubrimiento que hice el domingo pasado, por casualidad, sin necesidad de ningún previo proceso arqueológico. Ahí estaba, en mitad de la ciudad, como un oasis de provincia, como un pozo de pretérito, llenando de vibraciones remotas en el tiempo, el palpitante corazón del domingo. Los cronistas han contado lo que fue la retreta del Parque de la Independencia en Bogotá — retretas había antes, también, regularmente, en la Plaza de Bolívar y en la de San Agustín, cuando allí se daban cita las damas más elegantes a quienes los periódicos describían con la más deliciosa cursilería, como “las bellas flores del pensil bogotano”, frase capaz de llenar ella sola todas las “postales” del mundo, formada con palomas y corazones y yendo del labio femenino, “rojo como la grana”, al labio varonil, encendido de amor... Ahora no es lo mismo. Pero había mucha, mucha gente el domingo y muchas, muchas muchachas guapas, que esperaban el novio o el almuerzo —el novio no es al fin y al cabo sino una larga sucesión de almuerzos en perspectiva— saboreando lentamente su “paleta”, cuyo yelo (sic) no resistía el calor de sus bocas. Muchachas y galanes — unos galanes muy deportivos y unos galanes no tan deportivos aunque más galanes pero que ya no se atrevían a serlo— escuchaban devotamente a la banda nacional que interpretaba —como siempre, como desde la primera retreta del mundo— el “Vals de las violetas”, de Waltdeutfel; una selección de “Las Walkirias”, de Wagner, y algo más del repertorio de todas las bandas de todos los países. Escuchaban en silencio y cambiando miraditas y paseándose y cuchicheándose, como en todas las novelas rusas, como en todas las novelas españolas, como en todas las novelas francesas del siglo pasado y primeros lustros del presente. Y como —también, ¡claro está!— en las novelas de Eca de Queiroz, como en las novelas portuguesas en que hay seducciones y complicados adulterios y muchachitas engañadas y toda clase de libertinajes... Cuando terminó la retreta, pareció que se apagaba un proyector enfocado sobre los tiempos idos y sobre las páginas de muchas novelas por las cuales se paseaban las muchachas en espera de sus galanes, al compás de un vals dulce y triste, con esa dulce tristeza que ya no sabemos sentir. El Magazín Dominical de El Espectador, 13 de febrero de 1955. COLUMNA FIN DE SEMANA revista he visto un reciente retrato de Greta Garbo. Algo queda de la encantadora sonrisa que subyugó a tantos públicos con su brillo de tejidos y de cales que humedecía el anhelo antes del beso y éste una vez aquél renovado por el labial, labi-lingual, labi-denti-lingual contacto. Algo queda, pero poco. ¿Recordáis, lectores, la traducción de Valencia? “Trocaron en cenizas la muerte y los dolores...”. Aquellos “dulces ojos”, aquellas pupilas que ardieron en las amorosas contiendas —no importa cuán ficticias— de la pantalla, se han hundido en las órbitas aunque todavía parecen cruzarlas las invisibles gaviotas del ensueño. Sólo la nariz, cuyas aletas palpitaron tantas veces como velas al viento del deseo y del propio ritmo vital por él apresurado, se mantiene intacta, en la majestad de su línea, como al bauprés de la nave facial. La frente —al menos nos la muestra el retrato— está limpia de arrugas. La cabellera, ligeramente desgreñada, da un toque bohemio al En una conjunto. Luce un “sweater” alto, que la cubre hasta el cuello y que —¡felizmente!— no permite apreciar los estragos causados por el tiempo en su cuerpo, que son, en general, los más notorios, porque se diría que Cronos con su guadaña echara por tierra dulces curvas para sustituirlas por informes volúmenes y donde surgía la gracia de una línea esbelta coloca la arista angulosa. Demoledor de belleza, enemigo de las mujeres, adversario del amor, servidor de la castidad y perseguidor de la lujuria, no hace excepciones con nadie, ¡el grandísimo igualitario...! Por eso no se detuvo a las puertas de la casa de Greta y ahí nos la presenta, en esa edad incierta en que comienza a decirse de las mujeres que ya no son bellas, pero que tienen personalidad. Gran consuelo para algunos de sus admiradores, pero seguramente triste comprobación para todas ellas, sin excepción, de que nada hay que pueda compararse a la frescura juvenil, que hace soportable hasta la falta total de personalidad. Sin embargo, Greta debe de conservar mucho de su antiguo atractivo —ese atractivo que se mantiene vivo en su compatriota, en Ingrid Bergman, pero que también la abandonará a su debido tiempo, como lo hizo ella con su primer marido en momento que creyó oportuno— porque en la revista que publica el retrato, Truman Capote, el joven y admirable novelista norteamericano, dice lo siguiente: Me detuve en casa de un amigo donde la misma tarde había estado Greta Garbo tomando el té. En cuanto entré a un cuarto y me dirigía hacia un sillón especial y confortablemente arreglado con almohadas, mi amigo, tipo muy normal, se precipitó a preguntarme si no me sería lo mismo ocupar otro asiento. “¿Ves? —dijo solemnemente—. Ella se sentó ahí: y esa huella en el cojincito rojo es la de su mano en reposo; me gustaría guardarla un poco más de tiempo”. Lo entendía perfectamente. Greta ha conocido la fama y probablemente el amor, aunque ha sabido reservar su vida íntima de tal modo que no la alcance la curiosidad de los mortales. Pero de seguro se habrá enterado con singularísima complacencia de este delicado y poético homenaje... Habrá halagado profundamente su femineidad el saber que el breve y perfumado hueco que dejó su mano en un cojín, tiene para un admirador suyo especial valor y que quisiera conservarlo unas cuantas horas más. A pesar de que su sonrisa no es tan fresca ni tan brillantes sus ojos como antaño, Greta no ha envejecido. Una mujer capaz de suscitar el sentimiento que tal deseo sugiere, posee algo que si no es la juventud y el encanto reunidos, mucho se parece a tan feliz como insustituible combinación. El Magazín Dominical de El Espectador, 31 de julio de 1955. Próspero Morales Pradilla Nació en Tunja en 1920 y murió en Bogotá en 1990. Periodista y escritor, colaborador de El Tiempo, El Espectador, Estampa y El Nacional de Caracas. Alternó la literatura, el periodismo y la diplomacia. Hacia 1943, cuando estaba vinculado a El Espectador, frecuentaba el café Victoria de Bogotá, donde solían reunirse los reporteros dedicados a la bohemia romántica, y allí nació “Perucho” (1945), su primera novela. En Cuba publicó “La Colombia que yo conozco”, y al regreso de su periplo diplomático se vinculó a El Tiempo. En 1950 publicó la segunda novela “Más acá” y la selección de cuentos “Cianuro y otras bebidas”. Una de sus últimas novelas, “Los pecados de Inés de Hinojosa”, fue adaptada como serie de televisión con gran éxito. A partir de los años cincuenta publicó dos columnas en El Tiempo: El mirador de Próspero en la sección Cosas del día, y Compás de espera, en el suplemento literario, especializada en el mundo literario. El mirador de Próspero era una columna breve, ligera y exquisitamente escrita, en la que filosofaba sobre asuntos temporales e intemporales, urbanos y culturales. Morales Pradilla también fue especialista en el tema de la inmigración y durante muchos años se dedicó a persuadir a profesionales europeos de las ventajas de vivir en Colombia, oficio que lo mantenía cercano a la ficción. Su hijo, Antonio Morales Riveira, heredó la vena de narrador y ha publicado varios libros de cuentos y crónicas, entre ellos, “El último macho”, que escribió con su padre. Cuando Antonio Morales le preguntó en una entrevista sobre la influencia del periodismo en su formación literaria, Morales Pradilla respondió que el periodismo fue “una necesidad vital de juventud, porque me interesaba la humanidad, en grande y en pequeño, es decir, los hechos internacionales y la minucia del hombre”. A los 18 años cuando comenzó a trabajar como reportero en El Espectador, el jefe de redacción, Alberto Galindo, le reprochaba sus desvíos hacia la literatura, porque le buscaba el lado humano y mágico a todo. “Naturalmente, estos resabios condenables en la reportería, me permitieron llegar a la pomposa condición de columnista. Y digo pomposa, porque en aquel tiempo los columnistas debían tener estilo propio, vale decir, condición literaria. En El Espectador compartía el columnismo con José Mar, Eduardo Zalamea Borda (Ulises), Emilia Pardo Umaña, Lucas Caballero Calderón y, desde luego, don Luis Cano. Era bueno ser columnista, tener El mirador de Próspero a los veinte años de edad” 35. EL PROCESO DE LA PIERNA Después de la impresión sufrida ayer tarde resolví escribir el relato de mi última batalla. Claro que lo de ayer fue consecuencia de todo lo anterior. Pero, a pesar de su simplicidad, es lo más duro de mi vida. Alguna vez caí al agua desde la borda de un barco. Yo no sabía nadar. Además le temía a los tiburones al ver las aletas que cortan las olas como cuchillos naturales, siempre me corría el frío interior de los nervios y pensaba: “Antes de que un tiburón me cercene, habré muerto de susto”. Aquella noche de mi caída al mar no llegaron los tiburones. Fui rescatado con una desgarradura en el mismo sitio de la pierna donde ayer apareció el signo. Siendo joven sufrí otra impresión que recomiendo: cabalgaba por una “mata de monte” en la llanura cuando avisté un cachicamo. La carne de cachicamo bien asada, es manjar apetecible desde el Arauca hasta el Meta. Me propuse cazarlo. El animalejo entró a una cueva estrecha. Yo metí la mano en la cueva y tuve la sensación de haber agarrado la cola del cachicamo. Con fuerza extraje lo que tenía asido entre los dedos de la diestra y al sacar la mano de la cueva advertí que mi pieza no era el cachicamo, sino una “cascabel” aprisionada cerca de la cabeza. La electricidad brotó de mis orejas y se arremolinó en las rodillas, mientras arrojaba lejos de mí la venenosa presa. No sabía entonces que cachicamos y cascabeles suelen ser buenos amigos. En otra ocasión, me faltaban diez metros para llegar a una esquina cuando de las sombras nocturnas salió un hombre y me dijo: “Deténgase, en la esquina hay dos asesinos que lo van a matar, yo debía ser el tercero, confíe en mí”. Me devolví en compañía del tercer asesino, sintiendo la espalda descubierta, desnuda, llena de huequecillos como las paredes de los viejos fusilamientos. Sin embargo, aquellas impresiones tuvieron dos ventajas anímicas con respecto a la de ayer —la reflexión vino después de conjurado el peligro y ninguna logró comprometer mi propio provenir—. En cambio, esta cosa sucia y definitiva no me deja rincón del cuerpo, ni del espíritu, ajeno al terrible proceso. El asunto, claro está, viene de atrás. Simplemente, la pierna izquierda comenzó a hincharse desde hace dos meses. Al principio fue una hinchazón cualquiera, parecida a la de los golpes, parecida a la de la noche en que caí al mar. Entonces, me aplicaron sapos sobre la herida para evitar una erisipela. Ahora, me ponen inyecciones. Estas son más cómodas que los sapos, porque no ofrecen el repugnante espectáculo de la masa verdinegra inflándose bajo grasa. Pero los sapos me curaron, dejando apenas una cicatriz seca sobre la epidermis, mientras las inyecciones no han impedido que continúe el proceso de la pierna. La hinchazón siguió creciendo hasta que el cuero no resistió el empuje interno y, como cualquier saco de miel, comenzó a agrietarse primero y, luego, se desgarró. Al desgarrarse, brotó un líquido sanguinolento espeso como la miel de panela, pero con un olor distinto. El olor de la miel, almacenada junto a las fábricas de licores, es, al mismo tiempo, denso y excitante. Por el contrario este fermento sólo olía a farmacia descuidada, a mezcla de humores, bálsamos, “mercurio- cromo” y polvos de talco. Cinco o nueve días después que comenzara a fluir el líquido, se formó, en los bordes de la herida, una costra gruesa y roja, conservándose hacia el centro de aquella muralla natural la masa pálida, pulposa y siempre húmeda a pesar de los polvos de talco. Como precaución higiénica me bañan la pierna, le ponen desinfectantes y colocan sobre el escenario de mi drama un telón de gasa sostenido con cruces de esparadrapo. La enfermera dice palabras absurdas: “¡Ya quedó limpiecito, mañana amanecerá mejor!”. Pero al día siguiente, cuando sube el telón de la gasa, la escena es horrible: siempre crece la zona afectada, la siento crecer durante la noche, y la herida ha cambiado de forma. Unas veces está redonda como las islas de los textos de geografía, después, se parece al mapa de Francia y la nueva curación es un pequeño pulpo con los tentáculos apuntando a la rodilla. Desde hace un mes, la cosa es enorme. Ya hay un sitio donde los dos frentes, las dos avanzadas de la herida, han hecho contacto por detrás. Mejor dicho los extremos de la izquierda y de la derecha se han unido en la pantorrilla. Recuerdo exactamente el día de este suceso: estaba amaneciendo... Dicen que son hermosos los amaneceres del trópico. Yo mismo he visto algunos extraordinarios: en Los Llanos la luz llega antes que el sol y se despiertan, casi simultáneamente, millones de animales. Huele a madriguera, a nido y a piedra del río, que es algo muy distinto al olor de las alcobas. En el Caribe, las olas se desperezan sobre la playa y, puede uno pensar cómo duermen los peces y hasta dónde llega la luz en su combate contra el fondo del mar. Pero cuando las avanzadas de mi herida, hicieron contacto al amanecer fue lluvioso. Había llovido durante la madrugada y veía los vidrios mojados de la ventana recibiendo gotas incapaces de sostenerse sobre la lisa superficie. Parece que la ley de gravedad también perjudica las gotas de agua, que caen a la tierra para convertirse en lodazales. Mi alcoba, las tejas, el patio, la calle, los árboles, estaban comprometidos en la sinfonía del aguacero, que es monocorde pero tiene tres movimientos: adagio, vivace y moderato. Años atrás me gustaba oír la Inconclusa de Schubert cuando llovía. Era buen espectáculo ver las gotas que golpeaban el pavimento frente a la luz de las bombillas eléctricas, mientras la Inconclusa giraba en el disco. Pero desde hace dos meses olvidé la música, los libros y otras menudencias de mí mismo. Ni siquiera me interesan los periódicos. Veo sus títulos y me digo: “Bah... Payasadas... Nadie sabe la noticia más importante del mundo: que la costra está avanzando en todas las direcciones”. No he tenido grandes esperanzas. Los médicos confían en la ciencia, pero yo desconfío de la herida. Se ha vuelto demasiado grande y demasiado sucia para poder respetar a los médicos. Me inyectan cuatro veces al día y la enfermera ha resuelto hacer tres curaciones. Al principio, cuando brotó el líquido, sólo me hacía una curación cada dos días, después una diaria... Ahora, necesita repetirlas tres veces durante veinticuatro horas. Llega con su sonrisa de enfermera y me dice: “Qué buen aspecto tiene hoy este viejo pesimista...”. Me sonrío. Pero no me sonrío como las enfermeras, sino como los presidiarios: Con ira, con escepticismo, con ganas de golpear las paredes. Utiliza pinzas para levantar la gasa. Extrae unas hilachas amarillas y duras. Algunas veces se quedan incrustados varios hilos bajo la última costra. Esto sucede, casi siempre, en la curación de las siete de la mañana. Pacientemente la enfermera mira esos hilos y pregunta: “¿Le duele?”. A mí ya no me duele nada, porque de tanto estar en la misma posición se me ha pelado el trasero y cuando el trasero se pela ya no duele nada. Ella agrega: “Es muy valiente, porque esto debe doler... Si tuviera más ánimos, pasaría pronto”. Pero ella dice barbaridades porque no tiene costras en las piernas, ni se le ha pelado el trasero, ni siente que la hinchazón sube hasta el estómago, ni le interesa la noticia más importante del mundo... Ella es una mujer con su cuerpo completo y con la libido ocupando las caminos interiores que yo tengo destinados al proceso de la pierna. Así es muy fácil soltar barbaridades y salir de mi alcoba como salen todos los seres vivos: caminando. Ella puede acostarse, bailar, usar el inodoro, hacer lo que le venga en gana... A pesar del proceso, del relajamiento sistemático de las esperanzas sólo ayer, perdí el último consuelo. Claro que cada día el horizonte se me cerraba: cuando de la simple hinchazón pasé al destrozo de los tejidos, comenzó el pesimismo, el día en que se unieron los extremos de la herida, comprobé la estupidez de la ciencia; viendo abultado el estómago, preferí pensar en los venenos. Pero algo quedaba...Tal vez la centésima inyección, quizá la naturaleza, acaso otros sapos... Sólo ayer, ayer a las cuatro y veintitrés minutos de la tarde, durante la tercera curación del día, me convencí de la derrota. El médico estaba presente y la enfermera desempeñaba su trabajo con seriedad de monaguillo. Despegó la gasa. Sentí un dolor cosquilloso, como el de todas las curaciones que me hacían. Ese dolor me obligaba a contraer la pierna y, claro está los huesos del trasero se convertían en alfileres sobre el cuero pelado. Hacía un poco de calor. Siempre a la hora de las curaciones subía la temperatura. Pero no se trataba del calor abierto, alegre y transitorio, que corre a las axilas, pasa por la espalda y baja a la cintura. Era un calor interno de animal herido o de fiebre sin termómetro. La enfermera soltó el chorro de agua mezclada con desinfectante. Aquello caía a un balde. Luego, se dedicó a secarme con motas de algodón. Las motas, untadas de algo viscoso iban a un cesto. De pronto, la enfermera buscó los ojos del médico, disimuló el índice derecho bajo el algodón y, señalando mi pierna, le dijo: “Mire, doctor... un gusano...”. ¿Algún bribón maldito ha sentido frío? ¿Alguien sabe cómo es el frío? Pintan postales con nieve, con nieve de torta llena de arbolitos. Arbolitos del nuevo rococó. Y unos próceres conquistan el Everest. Pero nadie sabe cómo es el frío. Los pintores no llegan al frío. Tampoco llegan los músicos. Los más desolados poetas son tibios. Hay que inventar una dimensión para el frío. No es asunto de hielo. Eso está en las neveras y en la boca de los niños que comen barquillos. Es el frío verdadero con su fuerza desintegradora. Nadie conoce la fuerza del frío. Los sabios buscan el calor, que apenas sirve para quemar veinte o treinta millones de hombres. El frío es una frase como aquella lanzada sobre el propio pellejo: “Mire doctor... un gusano...”. Era un gusano blanco, pequeñito como nunca había visto otro igual, que andaba sobre el borde derecho de la costra. Bajo la costra debía haber muchos más, debía haber batallones, brigadas, ejércitos de gusanos blancos. Esa cosa que yo sentía avanzar en todas las direcciones no era líquido, eran gusanos blancos. Yo estaba lleno de gusanos blancos. Tal vez en la lengua tenía gusanos blancos, y en el trasero, y en el estómago, y en los intestinos, por dentro y por fuera. Los gusanos habían llegado antes que yo los conociera, para que yo me acostumbrara a su compañía, para entregarme el pasaporte... ¡Ya era dueño del pasaporte! Mis gusanos y yo iniciábamos el viaje... El Tiempo, Lecturas Dominicales, 24 de julio de 1955. Columna El Mirador de Próspero. CUESTION DE CITAS asunto de las citas no sólo preocupa a los galanes y a los hombres de negocios, sino también a los escritores. Pero estos últimos, menos concretos que los primeros, apenas citan palabras, método ajeno a las emociones propias de tan humana inclinación. Entre los citadores hay diversas categorías, desde el sobrio conocedor del idioma hasta el empalagoso cosechero de comillas, cuyos escritos parecen simples escritos de copista desordenado. A pesar de esas categorías, nítidamente establecidas, existe un común denominador indispensable en toda cita literaria: la petulante sabiduría del que escribe frente al proletariado de los libros. Con raras excepciones, el autor siempre es veterano de la letra impresa. Todo el deleite de la cita consiste en presentarla como viejo expediente, ya manoseado por las experiencias personales. Gracias a esta habilidad, el citador conquista posición todopoderosa ante la tropa de comillas subalternas. Si algún compatriota desea verificar tal aserto, le bastaría releer las páginas del día anterior. He hecho el experimento, con base en lecturas profesionalmente obligatorias y estéticamente indeseables, de donde se desprende el artificioso marco de citas. La mayoría de los escritores similares apela al sistema de afirmar: “Repasando al viejo Homero...”, o “dispuesto otra vez, a saborear el mensaje poético de Baudelaire”; o “hacía muchos años que no releía al inefable Goethe”; o “volviendo a la época juvenil, anoche tomé entre mis manos las profundas lecciones de Kant”... Sin embargo, la cita, ofrenda al desgaire, aún podría tener cierta importancia. Entonces, optan por disminuirla al conjuro de las explicaciones defensivas como las siguientes: “Sometidos a la aspereza del insomnio, fue necesario repasar la Metafísica del Estagirita...”; “Durante nuestros ratos de ocio, retornamos ayer a las páginas de Shakespeare...”, “Enfrentados a la molicie sabatina, tomamos nuevamente el consejo de Bacon...”. Total: La mayoría de las citas obedecen al “repaso”, a la “repetición”, a los “ratos de ocio” y a “las horas de insomnio”. Casi ninguna arranca, humilde y sincera, del primer contacto con el libro citado. Hay cierto “respeto literario” en disfrazar las fuentes primigenias de un escrito, para “autorretratarse” como prócer de la cultura. A la inversa de las damas, se quitan años para defender su lozanía, los citadores agregan años para defender su erudición. En unas y otras pontifica el pícaro diablillo de la vanidad. Tal vez no sea peligroso, ni siquiera ofensivo, este pueril hábito de quienes bostezan más arriba de la boca. Cada cual puede vestirse, inclusive literariamente, con los trapos y tropos que El tenga a la mano. Pero si no hubiera tantos “repasos”, muchas personas alcanzarían a leer el cinco o diez por ciento de la gigantesca bibliografía universal que es bastante. El Tiempo, 20 de marzo 1953, p. 5. Columna El Mirador de Próspero. IMPORTACION DE AUREOLAS A pesar de que el teatro no interesa a la mayoría de los colombianos como profesión ni como espectáculo, existe en el país una considerable cantidad de comediantes. Casi podría afirmarse sin temor a exageraciones, que Colombia no trabaja, ni piensa, ni juega. Colombia, simplemente protagoniza comedias. La comedia económica, la comedia política, la comedia social, la comedia bárbara. En la escena intervienen varios millones de compatriotas, desde el modesto obrero que “hace papel” de técnico hasta el abigarrado conductor cuyas frases obedecen al consueta. La principal preocupación es la de representar, con desparpajo, una serie de actitudes —tal vez a ello se deba la trascendencia colombiana de la palabra “gesto”— ajenas a la intimidad de cada individuo, pero muy efectivas en el campo de las apariencias. Pocas personas aman su propia actividad y casi todas prefieren sentirse de tránsito en el oficio ejercido hoy. Los poetas buscan la manera de ingresar al comercio, los comerciantes anhelan ser escritores, los obreros dedicados a la albañilería persiguen la independencia de los electricistas, los electricistas se inclinan a favor de la carpintería, los carpinteros piensan consagrarse a la agricultura, los agricultores desean comprar industrias urbanas, los industriales quieren pontificar como estadistas, los estadistas se enamoran de la política, los políticos intentan revolucionar la filosofía, los pensadores prefieren pronunciar discursos. Naturalmente, nadie va a las raíces de la profesión, de su actitud vital, para darle la fuerza a la marcha racional del país, sino que “guardan las apariencias”, representan la comedia y el conglomerado colombiano navega a la deriva de las improvisaciones. Síntoma objetivo de esta realidad teatral son los títulos endilgados al compatriota que descuella en cualquier plano de la vida colectiva. Nunca la profundidad de sus estudios, la categoría de su arte o la pericia de sus dotes personales alcanzan para singularizarlo fuera de la comedia. Apenas logra que se le reconozca un nombre en razón del noble extranjero al cual se ha acogido. Por eso abundan los títulos grotescos: “El Pedernera criollo”, el “Beethoven colombiano”, el “Sartre nacional”, los “chavalillos de la Sabana”, “La Conchita Cintrón del Cauca”, el “Cantinflas costeño”, el “Neruda de la Generación” y hasta “Los Panchos bogotanos”. No hay, en este país, un Rodríguez auténtico, ni un Pérez capaz de decir, con acento propio, sin importación de aureola: “Yo soy Pérez, nada más ni nada menos que Pérez”. Con tan notoria vocación escénica es lamentable la ausencia de teatro, a menos de que esperen la aparición del “Shakespeare colombiano” y de su complemento: el “Lawrence Olivier nacional”. Mirador de Próspero, El Tiempo, 16 de junio, 1951. Eduardo Mendoza Varela en Guateque (Boyacá) en 1919 y murió en 1986. Fue prosista, crítico de arte, académico, diplomático y poeta. Dirigió Lecturas Dominicales de El Tiempo durante 18 años y sostuvo en el mismo periódico la columna Cruz y raya, de estilo terso y clásico, que fue recopilada en un breve tomo por Colcultura (1973). También mantuvo en El Espectador la columna Primer Plano, en la que tocaba aspectos relacionados con el arte y la literatura. Según el ensayista Fernando Garavito, que recupera su trayectoria en un ensayo con motivo de los diez años de su muerte 36, las notas de prensa de Eduardo Mendoza Varela, “efímeras y esenciales, son un pequeño prodigio arquitectónico que él construye a partir de la primera sorprendente frase que no se olvida: “Parece que Virginia Woolf fue una mujer insoportable”. “Hace sesenta o más años Marcel Proust estuvo a punto de convertirse en el prototipo de la cursilería”[...]. “Frases que invitan, que concitan. O frases que son el comienzo de las novelas que jamás escribió”. Resalta Garavito la sabiduría de lo clásico de Mendoza Varela, que le permitió “aprovechar la actualidad como imprescindible ruido de fondo”. Como crítico literario intuitivo supo reconocer los nuevos valores literarios de Colombia, y fue el primero en darle un espacio generoso al Nadaísmo y a los poetas de la “Generación sin nombre” en las páginas del suplemento de El Tiempo. “Indagar, innovar, romper, ser generoso, abrir caminos. Ese fue el verdadero oficio de Eduardo Mendoza, en lo eterno y en lo efímero”, según Garavito. Columna Cruz y Raya. LITERATURA Y MINGITORIOS Nació Los mingitorios públicos, —en parques, cafeterías, calles teatros— son por lo común, un estupendo documento erótico y pornográfico. Lo mismo en Bogotá, que en Londres o en El Cairo. Un porcentaje de gentes, que sobrepasa cualquier cálculo, turistas o nativos, escriben y dibujan sus impulsos en las paredes públicas “reservadas”. Y perdón por la paradoja. Escriben y dibujan obscenidades. Los mingitorios son, por lo mismo, una suerte de confesionario gráfico. Confesionario freudiano, naturalmente. Y hasta lugar de citas que se conciertan con ciertas frases claves. Hace algunos años, en uno de los habituales descubrimientos arqueológicos que se suceden a diario en Italia, apareció una antigua villa romana con la parte inferior de los muros cubiertos aún de reboque. Sobre ese pañete se veían algunas palabras latinas que parecían una obscenidad o un insulto. Se trataba de una agresión , frondia, desde luego, contra los propietarios de la villa, escrita por alguien de la servidumbre o por algún esclavo que quiso exteriorizar su odio personal hacia sus compañeros. El hecho no es raro. Recuerdo haber visto alguna vez cierta leyenda que un arqueólogo me descifró amablemente. En efecto, la historia se repite. Los edificios antiguos que se han conservado durante siglos, bajo la tierra, son archivos. Los historiadores y los lingüistas tienen en ellos —en sus muros llenos de inscripciones y porquerías— una fuente formidable para el conocimiento de las gentes que nos precedieron. Son frases, diseños, palabras grabadas sobre los estucos, casi siempre en lengua “vulgar” o dialectal. “Caius Sestius es un m...”. “Mario el escita, se vense a Claudio por un sextercio”. Y así por el estilo. Todo ello, acompañado de dibujos descarados. Un anticipo de los muros del siglo XX. O de las revistas suecas y americanas, 1972. Los hombres, en efecto, siempre han tenido la natural tendencia a escribir o diseñar cualquier cosa en toda superficie lisa que se muestre y en su camino, sobre todo si se trata de un lugar privado o clandestino. Y esto es válido, naturalmente, aún para la prehistoria. El culto de la palabra grabada en lugares públicos, en la era de las civilizaciones clásicas — Egipto, Grecia, Roma—, fue sancionado oficialmente. Cuando se producía, por ejemplo, una revolución política o surgía una nueva clase dirigente, todo lo que atañía a los gobernantes caídos era cuidadosamente cancelado de las inscripciones. No es extraño ver sobre los muros de las mazmorras, de los castillos y edificios medievales, frases, nombres, alusiones groseras, de los soldados, de los prisioneros o de los simples visitantes. En nuestro tiempo, esa costumbre no ha variado. Se han adoptado nuevas tendencias. Aquella de dejar, por ejemplo, el propio nombre, acompañado por una frase-recuerdo, en los lugares turísticos. Como esos sitios son, por lo común, museos, edificios históricos y monumentos, se ha determinado una forma moderna del vandalismo. Estatuas antiguas, frescos medievales, cuadros y paredes de iglesia, son a menudo cubiertos de nombres, fechas, promesas de amor, insultos, escritos con lápiz o grabados con una cuchilla. En Pompeya, y en su vecina Herculano, sobre los muros de los lupanares, se ven aún nombres que proclaman la popularidad de alguna muchacha. O, lo que es peor, la lista infamante de los clientes que se escapaban sin pagar. Dentro de algunos años, los arqueólogos se preguntarán qué quería decir eso de “Yankee, go home”, lema acompañado de unas cuantas vulgaridades, que se mira en los mingitorios públicos o sobre los muros de algún edificio de gobierno. Lecturas Dominicales de El Tiempo, 14 de mayo de 1972. INDUMENTARIAS EXCESIVAS indumentarias excesivas, las barbas y los cabellos enmarañados de algunos artistas comienzan a dejar impasibles a las gentes. Ciertamente el público de aquí y de allá, empieza a aburrirse con las sastrerías y el maquillaje extraliterarios de algunos poetas que necesitan adobar la literatura, si así puede decirse, con las peculiaridades del vestuario. Hace algún tiempo, el señor Salvador Dalí, que es un maestro de las extravagancias ultrapictóricas, hizo una exposición retrospectiva en Roma, la cual incluía justamente sus ilustraciones para “La Divina Comedia”. En aquella oportunidad, desde el hotel en que se hospedaba el pintor, hasta la sala de exposición en el Palacio Rospingliosi, cuatro ujieres portaron en hombros, una suerte de procesión por las calles de Roma, un inmenso dado. Cuando los invitados a la exposición se encontraban reunidos, el dado hizo su aparición en los salones. Y de él, como rompe la cáscara el futuro pichón, salía el señor Salvador Dalí con sus bigotes almidonados. Hubo, como es obvio, admiración, estupor y risa entre los concurrentes. Dalí, con su vestido violeta y su vara con empuñadura de plata —una suerte de cardenal del Renacimiento— empezó a recorrer el salón a grandes pasos, por entre el público asombrado, deteniéndose de rato en rato, frente a los cuadros o a un dibujo, para explicar a voz en cuello la intención de su pintura. Como se ve, sus paisanos Goya o Velásquez, nunca hicieron semejante hazaña. Y, si eventualmente sus nombres han llegado hasta nosotros, ha sido en gracia a la pintura escueta, a una pintura por la pintura, que desdeñó todo ademán excesivo y toda aventura extrapictórica. En cierta casa de Port Lligart, Dalí tiene, sobre la Costa Brava, su santuario. En conexión con las agencias turísticas, el pintor hace su aparición espectacular para los viajeros, de los autobuses que llegan al mar con sus banderines de colores. En efecto, el cicerone incluye en su programa la visita —exterior apenas— a la residencia del Maestro. Hábilmente instruídos turistas que comienzan a aplaudir y a gritar frenéticamente para que salga el pintor. Desde allí, por unos instantes sabiamente medidos, saluda a los turistas agitando las manos con cierta condescendencia Las pontificial, para desaparecer después tras las cortinas del salón. Los turistas aplauden y regresan a Barcelona. La comedia, enteramente gratuita, ha terminado. Se me ocurre contar todo esto, no por el señor Dalí y su pintura sino por esta epidemia de las indumentarias de que he hablado más arriba, por esta fiebre en el atuendo y los ademanes, que aqueja a algunas gentes que por sí o por no, se apellidan artistas. Por estas calles andan sueltos algunas veces, pintores o poetas, artífices de qué sé yo, que viven del peinado en cerquillo, de las anchas camisas de lana, de la falta de baño. En un tiempo, cuando el romanticismo —retardado también como todo lo que llega por nuestras aduanas— hacía estragos en los poetas del año diez, se llevaban melena y uñas largas, chambergo y capas sonoras. Después, la poesía y todo el arte, quisieron librarse de fanfarronerías. Y ponerse a tono con la técnica y el mundo nuevo. Ciertamente, aquel parentesco de poesía, de caballete, de violín y demás, con artificios de pelo y capa, murieron en el siglo, con la torre Eiffel eran contemporáneos. Y decía que cuando nacieron, no los entendían ni los apreciaban en lo justo, los “sentimenteros” de aquel entonces. Parecían, es claro, demasiado precisos. Poco a poco se fueron llenando con la música de las esferas, vibraron estelarmente por los huesos de la armazón, e inventaron la telegrafía sin hilos, la antena, los versos nuevos, la simplicidad y los baños diarios. Pero eso no duró mucho. La posguerra nos trajo nuevos desvíos que también han llegado, tardíamente, hasta nosotros. Barbas y cabellos enmarañados, desgano por la vida, y otro montón de prejuicios que a pesar de todo, resultan poco literarios. El Tiempo, 2 de julio de 1965. Columna Cruz y Raya. PENELOPE EN MAXIFALDA Y ULISES CONGELADO moda es un fenómeno inmisericordemente atado al espacio y al tiempo. Esas dos condiciones encierran y definen sus obvias limitaciones y hasta sus repeticiones, que para emplear un epíteto también de ahora, comienzan a ser frondias. Destinada al olvido, a una permanente y fugaz carcoma, su ámbito natural es lo superfluo aunque, en el fondo, mantenga un poder inexplicable que surte de su misma banalidad. Conozco personas —y, aún, muchachas, cosa rara— que muestran cierto desdén por la moda. Sin embargo, se sienten atadas a los ademanes del momento y a las revistas femeninas que son el registro de esas fluctuaciones del abollanado de las mangas o de la altura de las faldas. La moda, hasta hace pocos años, fue un imperio, una dictadura inapelable, que expedía sus decretos en Nueva York, en París o en Londres. Ahora, no. Ese poder de tan rígidos paradigmas, comienza a desmoronarse como toda dictadura. Puede aseverarse que el número de mujeres atentas a esos mandatos, son ahora una minoría insignificante. Basta andar por nuestras calles, detenerse en el material gráfico de las revistas y publicaciones europeas, latinoamericanas o gringas. Impera y domina, el pantalón y la minifalda. La horrible y envejecedora “midi”, la lleva una que otra muchacha, que desentona por su desgarbo y aún por su docilidad ante el yugo de los modistos. La “maxi” —como “maxi abrigo”— no pasa de ser una prenda eventual para la noche y para las épocas frías, defensa transitoria de las pantorrillas y los muslos que la super minifalda deja libres. El convencionalismo de la moda, se ha ido al traste. “Vístete como quieras” es el lema resultante de los esfuerzos que los modistos vienen haciendo para imponer por obvias razones económicas, sus deplorables inventos a esta hora. Las razones que han llevado a esa rebelión de las mujeres, es bien sencilla. Las grandes casas de moda cayeron inopinadamente en un error difícil de subsanar. Han querido imponer una “línea” claramente contraria al espíritu de nuestro tiempo. La “midi” o la “maxi” son la negación de las conquistas de nuestros días. Y, por lo mismo, representan la incomodidad frente a esas conquistas. A pesar de los modistos y su La terquedad, las mujeres en “midi”, por lo común “hacen el oso” como suele decirse. Y abdican de sus atractivos. Se tornan feas y prematuramente envejecidas. Lo cual no favorece, ni mucho menos, a ninguna representante del bello sexo. La moda que trata de imponerse por los negociantes de París o de Roma, es la antítesis de ciertos símbolos de nuestro tiempo: del socialismo, de la liberación sexual, de las conquistas interplanetarias, del arte nuevo y del rock. Hay una inobjetable contradicción en esos términos, que los modistos no supieron oportunamente. De ahí, el estruendo de su fracaso. Y la rienda suelta que ellos mismos han dado, para que todo el mundo se vista como le venga en gana. *** Hace pocos días —por falta de algo mejor— me aventuré al cinematográfico para ver la versión italiana de “Ulises” con dos bellas y deplorables estrellas: Silvana Mangano y Rossana Podestá. No son pocas las gentes que en esta hora del mundo literario hablan de Homero porque lo han leído en las “tiras gráficas” de algún diario o en las versiones casi siempre estúpidas de algún filme. Como acontece con Shakespeare y con tantos otros clásicos, de quienes echan mano directores y productores. El descuido de los clásicos es una lacra. Y, sin embargo, hay que convencerse de su vigencia. La nueva música —la selecta y la otra— vuelve a los vie-jos maestros. Juan Sebastián Bach es uno de los músicos más dis-putados por las nuevas gentes. Las “baladas” y el “rock” —cues-tión, sobre todo, del ritmo— están incluidos y no pocas veces inspiradas en el maestro de Santo Tomás de Leipzig. El peor de los presagios es este que, entre algunas gentes, comienza a formar corrillos para hablar mal de los clásicos. Es sintomático de un virus, de una equivocada posición para ganar escalones sin levantar las piernas. Hay gentes que piensan que muchos escritores contemporáneos, aún los más revolucionarios, no disponen de una formación clásica, ni han leído La Ilíada o los buenos consejos de Pascal. Nos gusta roer en la corteza, imitar los nuevos inventos, sin dejar el ladrillo que debe sostener el edificio y que se llama clasicismo. Para conocer a Ulises y vivir su vida, no bastan una película o una historieta. Pero ni siquiera acercarme a un clásico contemporáneo como Joyce. No había podido construir lo mismo el suyo si no hubiera manoseado —y en su lengua original— al Odiseo marrullero y dichoso, hombre modernísimo siempre, que nos pintan los griegos. Recurrir a los clásicos, solicitar su apoyo no es atiborrarse de latines. Ni hacer citas pedantes, sino deducir ciertos principios además del raro placer que proporciona su lectura, tan actuales como los percances que cada día nos suceden del viaje, en la esquina o en el trabajo. No hay, por lo mismo, lugar a escogencias entre tomarse un Tom Collins en el grill o leer a Virgilio mientras se saborea un whisky. Todo depende del modo como nos tomemos el trago. Y también de la manera como escuchamos la voz revolucionaria del poeta de los campos. Hay una anécdota de Marcelino Menéndez Pelayo —un crítico que ahora nos interesa más como historiador de la literatura que como crítico— muy diciente. Tenía ocho o nueve años cuando, cierta noche advirtiendo su padre que el muchacho no apagaba la luz, le llamó desde su cuarto: —“Duérmete. ¿Qué estás haciendo?”—. Pero el niño no respondió a esta primera demanda. Pasaron algunos minutos y la luz permanecía encendida. —“¿Qué haces? Duérmete ya”—. “Estoy rezando —contestó el muchacho gravemente— por la salvación del alma de los clásicos grecolatinos. Lecturas Dominicales, 3 de enero de 1971. Rocío Vélez de Piedrahíta antioqueña, que llegó por azar a la crónica periodística. Su primera crónica, relacionada con su primer año de matrimonio, fue publicada en El Colombiano a principios de los cincuenta. Su autora pidió expresamente que le publicaran en otra página que no fuera la femenina, porque eso era “segregación sexual”, y salió en páginas de opinión, pero con una letra diminuta y sin ilustraciones; sin embargo, tuvo acogida inmediata. Luego fue invitada a colaborar en el Magazín Literario de El Espectador, donde publicó con cierta regularidad —durante cerca de veinte años— crónicas relacionadas con temas de la vida doméstica, nacional e internacional, que ilustraba el caricaturista Pepón. Esas piezas fueron recopiladas en dos volúmenes titulados Entre nos (1955 y 1972). En ellos se encuentran crónicas tan amenas como “El ideal de la vida cara”, “La torre de babel”, “La clase de literatura” y muchas otras donde narra sus peripecias de ama de casa tratando de acomodarse a la lógica de la sociedad contemporánea y de las nuevas generaciones. En otro tipo de crónicas — como la que se reproduce sobre la vuelta ciclística—, Rocío Vélez de Piedrahíta desarma con su sentido del humor el andamiaje de los ritos y tradiciones de la sociedad colombiana; y pone en solfa los asuntos serios de la política, como cuando habla sobre el Frente Nacional, el abstencionismo y describe las sesiones del Congreso. En los últimos años la escritora ha abandonado ese tipo de crónica costumbrista, para dedicarse a opinar sobre la realidad del país, como lo hizo en el periódico El Mundo, de Medellín, y actualmente en su Columna móvil, de El Espectador. La escritora afirma que su crónica más ambiciosa es Diálogo de la Paz, “porque es el recuento exacto de unos hechos que yo presencié (....) y la crónica está basada en la realidad, no es inventada ni es opinión, aunque uno siempre opina. Pero en realidad la crónica se refiere a algo que está sucediendo, es el relato del suceso”. Rocío Vélez de Piedrahíta perteneció al grupo literario “La Tertulia”, de Medellín, con María Helena Uribe de Estrada, René Uribe Ferrer y Manuel Mejía Vallejo. Entre sus distinciones está la de haber obtenido un segundo puesto en el premio Nadal, con la novela “Terrateniente” (1968), convirtiéndose en la primera finalista latinoamericana del premio español. LOS QUE VAN A MORIR TE SALUDAN “Relato de la V Vuelta a Colombia especialmente escrito para las personas que nunca han montado en bicicleta”. La vuelta a Colombia es, teóricamente, una competencia para ciclistas, que deben recorrer las carreteras colombianas en etapas de cien a doscientos kilómetros, hasta volver al punto de partida, y al ganador se le adjudica un premio. La realidad es muy diferente, mucho más compleja y apasionante, como ahora veremos: Primero que todo expliquemos qué es una “carretera colombiana”, para no incurrir en el mismo error de Felipe Liñán, un azteca que al terminar la primera etapa cayó casi muerto. Aquí llamamos carretera una trocha que se abre muy lentamente para unir dos pueblos vecinos. Si es en terreno plano, se güincha una faja de seis metros de ancho y queda lista la vía. Si es una montaña, se le hace a la misma un corte zigzagueante, dejando eso sí a un lado el precipicio por donde ruedan constantemente los vehículos en añicos, y por el otro un barranco de tierra floja que se derrumba periódicamente, obstruyendo la vía y causando grandes desastres. Como Novelista Colombia es un país muy pobre y con muchísimos gastos de sostenimiento de burocracia, generalmente no sobra dinero para un procedimiento que se llama “asfaltado”. Algunos trayectos, sin embargo, han sufrido este proceso, que explicado en forma culinaria es más o menos así: se pican grandes cantidades de piedra y se extiende una capa a todo lo largo y ancho del camino y se deja reposar por varios meses. Luego se machaca finamente con una aplanadora, se espolvorea con un cernidito pegajoso, negro, grumoso, y se cubre con una capa lo más delgada posible de hilitos de asfalto. Con esto queda lista una autopista. Desgraciadamente, por sobre esa delicada superficie circulan constantemente buses, camiones y carros que en pocos días se llevan en las ruedas el asfalto y el camino queda lleno de huecos y zanjas más o menos profundas. Nunca falta un funcionario perjudicado con estos daños y entonces da orden a la peonada que la arreglen. Los peones, que van retozando y bostezando alrededor de una aplanadora, llenan los desperfectos con más cascajo, arena y brea y forman promontorios donde antes había hoyos. Con el calor, la poca brea que hay se derrite y se va arrinconando a los lados del camino en rizados montoncitos, con lo cual queda definitivamente lista la carretera. Como los colombianos no conocen a Colombia, hay que empezar por hacer unos mapas explicativos del recorrido, las etapas y los obstáculos. Y así es como zapateros, emboladores, campesinos, industriales, comerciantes, doctores, colegialas y vendedoras van descubriendo asombrados que existen Aipé, Guachacal, Gualanday, Chicoral, Buesaco, La Unión. Que para llegar a Bogotá y a Pasto hay que subir; que el Valle es plano; allí hay un río, más allá una cordillera, aquí está la selva y al sur limitamos con otro país llamado Ecuador. No hay escuela, pénsum, ni profesor que haya hecho conocer a un estudiante la décima de lo que la Vuelta a Colombia enseña a toda la Nación en veinte días. Es un curso gratis, alegre, sano, que llega a todos los rincones de la Patria. Ahora hablemos de los ruteros. Los departamentos, que hasta hoy se han visto representados por ancianos diplomáticos, jóvenes alocados, políticos audaces, hombres sin escrúpulos unas veces, otras sin méritos, se ven de repente representados por hombres jóvenes, sanos, fuertes, honestos, que viven de su trabajo y que sin artimañas de ninguna clase se convierten de la noche a la mañana en los ídolos de sus respectivas poblaciones. En un principio cuesta dificultad al espectador saber cuántos son los concursantes, pues la enumeración es bastante confusa: Ramón Hoyos, el Conde de Marinilla, el Campeonazo, el Escarabajo de la Montaña y el Marqués de Hoyos, son un solo corredor... Unos van sueltos, otros en equipo. Antioquia los manda numerados como vitaminas: equipos A, B, C. Y así revueltos escarabajos, vacas, pantallas, franceses y mexicanos, se lanzan por las trochas colombianas agarrados de cincuenta centímetros de manubrio, tal y como los españoles se lanzaban en carabelas por el Atlántico a buscar “Eldorado”. No hay duda de que la sangre tira... Pero no son ellos solos los que dan la vuelta. En cuanto se da la señal de partida, doce millones de personas empiezan a dar tumbos por el territorio patrio. Unos en bicicleta y se llaman ruteros; otros a pie tratando de meterle a un ciclista un pedazo de panela en la boca sin perturbar con esa maniobra su carrera, y se llaman alimentadores; otros en avión y se llaman reporteros; otros por radio y se llaman cronistas deportivos; otros con radiecitos en las oficinas, en la cama, en el bolsillo, y se llaman patrocinadores, y el resto por los periódicos, las conjeturas, los radios y se llaman “la afición”. En almacenes, tiendas, calles, cocinas, salas, hospitales y garajes no se oyen sino las voces atropelladas de los locutores felicitándose mutuamente por lo bien que están transmitiendo la etapa y dando uno que otro detalle sobre la misma, detalle que repiten veinte o treinta veces, hasta que todo el mundo lo aprende de memoria y al pie de la letra. Se pasan la voz y el micrófono de un puesto de observación a otro y los radioescuchas cambian nerviosamente de estación y de volumen casi constantemente. Entre una etapa y otra hay una pausa, para que los ruteros descansen y la gente pueda deliberar, comentar los sucesos y prepararse a seguir. Una vez me asombré de ver en un periódico este titular: “Yugoslavia derrotó al Japón”. Como yo no sabía que tuvieran ninguna molestia pendiente, y como no me explicaba dónde quedaba el campo de batalla de estos dos enemigos, me dispuse con gran interés a leer los detalles de semejante disputa: se trataba de dos equipos de fútbol. Lo mismo pasa con las noticias de la Vuelta a Colombia. Es corriente leer que “el Escarabajo de la Montaña va embalado con la Vaca de México,” o que “Pantalla cubrió a Sanforizado” o que “un marqués va chupándole rueda al Sastre de Envigado”. Por chupar rueda se entiende que un corredor se coloca detrás de otro y no lo suelta ni un minuto, le quita el aire que respira, el impulso que lleva, la tranquilidad y el sosiego, hasta que el de adelante, efectivamente como chupado por un murciélago, o cae exánime o deja pasar al de atrás. Los caminos patrios están llenos de sorpresas: ríos sin puentes, arenales pegajosos, pantaneros, piedra suelta, rectas enervantes, subidas agotadoras, bajadas que dan vértigo, precipicios, palos estacas, zanjas, trenes en la vía, culebras, tigres, leones... Miguel Sevillano, un simpático pampero acostumbrado a mejores caminos, cayó rendido después de la primera etapa; en cambio Ramón Hoyos, que como su nombre lo indica está acostumbrado a los hoyos de por acá, cogió tanto impulso es una bajada nariñense que se pasó del lindero colombiano e irrumpió como un bólido en el Ecuador: allá lo siguieron los demás. Los reporteros aseguraron que “Hoyos se tragó la subida al Alto de Puracé”; que “el pantano se tragó a Rafael Teja”; que “Pintado cazó a 10.000”, y que “Pantalla entró en la galería de los vencedores pedaleando entre las quebradas del trayecto Neiva, Natagaima”. Se anuncia en una ciudad que los ciclistas llegarán esta tarde a las 4:00 p.m. Desde las tres de la tarde todas las oficinas se cierran, todos los negocios se interrumpen y las gentes se aglomeran en las calles, encabezadas por el gobernador, el alcalde y la reina de la belleza. La ciudad vive horas intensas de desorden y entusiasmo y pasa una noche inolvidable. Cuando al día siguiente se van a todo correr los ciclistas, se cree que la fiesta terminó y que ahora va a renacer la calma. De ninguna manera. La dosis de entusiasmo fue demasiado grande para la gente menuda, y ese mismo día empiezan a entrenarse para la próxima Vuelta a Colombia, todos los muchachitos de las boticas, las floristerías, las carnicerías y los graneros. Cruzan como cohetes por las esquinas más congestionadas y por las vías prohibidas en una bicicleta de segunda mano, con un retrato de su ídolo en la cachucha y en la canastica de la cicla una libra de carne o un tubito de pasta de dientes. Y así fueron dando la Vuelta a Colombia hasta llegar a Melgar. De allí sí que salieron con empuje, viendo tan cerca la meta, tan mejorada la carretera, tan fresquecita la Sabana, tan acogedora la capital. Mientras se acercaban a ésta, sus habitantes se trasladaron en masa a recibirlos con esta idea fija: ahora verán lo que es bueno. Aquí los acabamos. En Roma el pueblo perdonaba la vida a los vencidos cuando habían peleado con valor: en la Atenas Suramericana rematan al vencedor... Los ruteros que pudieron soportar el sol, la lluvia, el pantano, la arena y ese otro sin fin de elementos que la naturaleza pródiga brindó a Colombia, se vieron casi vencidos por la arremetida bogotana. A raíz de tan lamentables sucesos, la afición de todo el país ha pedido con insistencia que se suprima a Bogotá de la próxima vuelta. Esto sería un lamentable error. En lugar de suprimir esta etapa debe dársele realce y posición, adjudicando un trofeo especial llamado “Gran Premio Entrada a Bogotá”. Esta etapa, naturalmente, se correrá con casco y coraza y antes de salir los corredores deben hacer testamento y despedirse del señor Presidente como los romanos del emperador: “Los que van a morir te saludan”. A continuación me voy a permitir recordar algunos sucesos históricos relacionados con la vida de la capital de la república, que hacen imperioso que continúe siendo la etapa final de las carreras en bicicleta. Don Gonzalo Jiménez de Quesada tenía noticia, entre otras cosas, de que en algún lugar de las Indias había habido un cacique que acostumbraba cubrir su cuerpo con oro, y que luego se bañaba en una laguna, en la cual naturalmente, se acumulaba el precioso metal, y tomó la resolución firme y decidida de que nadie sino él encontraría “Eldorado”, pues así dio en llamarse aquel fabuloso lugar. Cómo a un hombre que va buscando semejante cosa se le ocurre treparse a una meseta, en donde es absolutamente imposible bañarse al aire libre sin caer instantáneamente muerto de una pulmonía, mucho más si como dice la leyenda, “el cacique se bañaba al atardecer”, es algo que ningún historiador nos ha podido explicar todavía. Tal vez el pobre don Gonzalo perdió el tiempo y no encontró nada por buscar en lugares tan absurdos... Pero lo cierto fue que fundó a Bogotá, y como era todo un caballero dejó en la ciudad y en sus habitantes un sentimiento de respeto por todo lo que fuera noble y caballeresco. Los bogotanos, por no hacer quedar mal a tan digno señor, resolvieron quedarse a vivir allá y crear una ciudad famosa por sus buenos modales, su elegancia y su corrección. La buena voluntad no les faltó, pero se presentó un enemigo inesperado y terrible: el frío. El mismo frío que detiene a las puertas de Moscú y mata lentamente a todos los ejércitos que tratan de llegar a ella. Los gentiles moradores de la meseta se cubrieron con mantas primero, luego con sacos y abrigos. Se enguantaron las manos amoratadas, se hundieron el sombrero, se pusieron bufanda, anteojos, bigote, todo lo que encontraron a la mano. El frío seguía igual. Es un frío que los provincianos no podemos comprender, porque no nacimos en él y no lo tenemos en la sangre, pero sí que lo conocía Asunción Silva cuando dijo: “Era el frío de la muerte, era el frío de la nada...”, y el frío lo acosó tanto que enervado, yerto, tiritando, el gran poeta se suicidó. Yo no sé si con aquella medida logró entrar en calor, pero lo cierto es que sus coterráneos decidieron seguir su ejemplo y no teniendo ni el valor ni la locura para suicidarse, arremetieron contra los demás. Cuando yo leo en los periódicos que en Bogotá paramó o que hay una ola de frío, ya sé lo que va a ocurrir: prenden hogueras enormes en los edificios que darán mejor llama, y así han incendiado, por turnos, los edificios de la prensa de todos los partidos, en orden y sistemáticamente. El nueve de abril se mataron los unos a los otros, se dieron un baño en sangre tibiecita y encendieron tales hogueras que hubo una ola de calor por todo el país. Lo mismo atacan a un boxeador indefenso y a media noche (1), a un Presidente bien guarnecido en su palacio (2), o a un estudiante retozón en la calle y a pleno día (3); donde los coge el frío arremeten. De todo esto se deduce que para que haya paz y tranquilidad en la República es necesario mantener calientes a los bogotanos. Si se sigue el plan arriba propuesto, cada año los de la capital pueden salir con el entusiasmo que demostraron recientemente, y armados de lazos, piedras, botellas, etc., atacar a los ciclistas sin hacerles daño alguno, pues como queda dicho, estos tienen derecho a usar armadura. Con esta medida creo que todos quedaríamos satisfechos, inclusive los corredores, ya que esta brutal etapa final será la más dura prueba y la ambición de todos. Ramón Hoyos nos aparece a través de lo que la prensa ha dicho de él, inclusive en el artículo burlón que le dedicó “Semana”, como un muchacho honrado, serio, trabajador, que ambiciona instruirse, sin vicios ni taras. Pero lo que lo convirtió en el ídolo del pueblo, y lo que motivó el recibimiento extraordinario que le brindaron las provincias, no fueron esas cualidades, ni su velocidad en plano, ni el premio por trepar montañas, ni la organización de su equipo, ni su figura sencilla y simpática, sino su inexplicable y monumental supervivencia a la entrada a Bogotá. Tomado del libro Entre Nos. 1955. Alfonso Bonilla Aragón (Bonar) Caleño, nació en 1917 y murió en 1979. Con formación de abogado, desempeñó varios cargos políticos en su departamento y en su madurez se dedicó a la vida diplomática. Simultáneamente ejerció el periodismo y escribió columnas en las que supo interpretar de manera directa y certera el sentir común de los lectores. Colaboró en El Tiempo, Relator, Occidente, El País y El Pueblo. Se hizo popular por su columna Bitácora, en la que predominaban sus estupendos retratos de personalidades de la vida política y social. Héctor Moreno, en su artículo “Atisbos a la obra de Alfonso Bonilla Bonar” 37, recuerda: “Su pasión por las corridas de toros, por la fresca geometría de los estadios, por la penumbra citadina de los tangos, por los coloridos universos de las galerías de arte, fue signo de lo báquico y lo apolíneo que Bonar redujo a términos de sobriedad verbal, para asimilar y descifrar mejor, en su cuaderno de bitácora, el rico e inagotable sentido del mundo”. Por su afán de renovar el lenguaje se puede decir que Bonilla Aragón perteneció a la generación de los Nuevos. Sus ensayos, especialmente los de arte y literatura, sorbieron en las fuentes de Montaigne y Valery; además, mantuvo una estrecha comunidad estética y afectiva con Eduardo Zalamea Borda (Ulises). Fue un ilustrado cronista de la provincia colombiana desde donde también ejerció como contradictor del sistema y defensor de sus libertades. Debido a la censura renunció al periódico Relator en 1960 y ese espíritu rebelde lo llevó a trasegar por diversos medios. Con su nombre bautizaron el aeropuerto de Santiago de Cali y un desaparecido premio periodístico. Fue un liberal por filosofía y un cruzado de la democracia. Sólo se ha publicado el libro antológico El notario de mi pueblo (Colcultura, 1981). Su sobrina Maria Elvira Bonilla heredó su vena periodística y literaria. Columna Birlibirloque. DON JORGE ZALAMEA medir la significación de Jorge Zalamea como creador artístico, bastará recordar que “El Gran Burundún Burundá Ha Muerto” forma con “María” y “Cien Años de Soledad” el aporte de Colombia a la literatura supra-nacional en todos los tiempos. Sólo esos tres libros encontraron un idioma común para todos los hombres. Sin embargo, no es la obra literaria lo que cabe recordar de Zalamea en el día de hoy. Otras oportunidades habrá para regodearse con su estilo, nutrido en clásicos territorios, pero injerto después en la gran literatura contemporánea. No hubo en nuestras letras un escritor que como él dominara tan magistralmente los instrumentos verbales. El “Burundún”, que es libelo y protesta, denuncia y agravio, está escrito en la mejor prosa barroca que en el idioma se haya dado desde los tiempos de Calderón. Eran tantas la cultura e inspiración que acudían a su pluma, como para hacer de la abundancia verbal no sólo característica de su menester literario sino a veces virtud excesiva. Pero lo que debemos destacar hoy cuando la muerte esculpe con sus dedos silenciosos su perfil definitivo es su actitud de rebelde constante. Rebelde cuando insurge, mediados los años veintes, con “El Regreso de Eva”, una pieza de teatro donde la “líbido” y el “inconsciente” trataron de turbar la paz de una literatura alimentada con las últimas raíces latinas y macerada en Para los llantos convencionales de los náufragos del Romanticismo. Rebelde cuando en España se suma a los grupos de la “Residencia de Estudiantes”, de donde habrán de salir Lorca y Alberti para la poesía, Luis Buñuel para el cine, y para la pintura la gran frustración clownesca de Salvador Dalí. Rebelde cuando, de regreso a Colombia, toma en serio la “Revolución en Marcha” de Alfonso López, trata de establecer una verdadera reforma educativa y se acerca a la dolorosa realidad de Nariño con una serie de soluciones que aún están esperando ejecutar. Rebelde en su lucha desigual y extremada entre 1946 y 1948 cuando se jugó la vida todos los días, el sí auténtico guerrillero citadino, y hubo de tomar el camino del exilio tan pronto se apagaron, con los incendios del 9 de abril, sus esperanzas revolucionarias. Rebelde en su lucha por la paz, en la que él creyó con corazón intrépido, hasta que lo llamaron a la realidad los genocidios de Hungría y Checoeslovaquia (sic). Rebelde cuando protestó contra la humillación de Praga que debió significar para él la frustración de una lucha de cinco lustros. Rebelde cuando se resistió a seguir viviendo a pesar de poseer todo cuanto dicen que hace a la vida digna de ser vivida. Rebelde con causa, eso fue Jorge Zalamea. De allí dimanaban su soberbia, su orgullo satánico, su insolencia desafiante. Porque estuvo contra todo y contra todos, fue un inconforme esencial que anduvo solo, como el otro, por las calles de su ciudad, con la maldición y el anatema en los labios, sin diálogo posible. No quiso al hombre como ser aislado, ni aun, en el fondo, a sí mismo, no obstante ejercer de ególatra. Pero amó visceralmente, agónicamente al pueblo. Todas sus luchas estuvieron encaminadas hacia la redención. Equivocado o acertado, su norte político fue siempre el pueblo. La masa de miserables, de humillados y ofendidos, que convocó en las escalinatas que se hunden en las aguas leonadas del río de los misterios. Jorge Zalamea ha muerto, y yo no me atrevo a pedir paz para él. No me lo perdonaría. Mayo 12 de 1969. Columna Bitácora. COMISTRAJES Y MECATOS Heladio Muñoz el gran arquitecto, ha lanzado la idea de celebrar dentro de la Feria de Cali un festival de comida criolla, que muestre a propios y extraños la variedad y bondad de las mantenencias vernáculas. La idea es tan oportuna como plausible que la imagino aceptada en el acto. Oportuna porque busca salvar una tradición de buen gusto culinario, al borde de la pérdida definitiva. Y plausible, no sólo por eso, sino porque si hemos buscado que nuestra feria sea colombiana, y más que eso, vallecaucana, y más aún, caleña nada tan adecuado para darle olor, color y sabor terrígeno que ese festival que nos llevará a admirar los frutos de nuestros campos prodigiosos. Somos los caleños un conglomerado diferente desde hace muchos siglos. Aunque unidos al Cauca Grande en unidad administrativa, constituímos racial y emocionalmente una parte sui generis de ese todo poderoso. Ni aún en la época en que España había hecho de Popayán uno de los soportes del gran eje de gobierno que se asentaba en Caracas y en Buenos Aires, dejaron nuestras gentes de opinar con su cabeza y querer con su corazón. No hubo ciudad más autónoma y levantisca que esta calentana y enrevesada Santiago de Cali. Sin embargo, y por caso curioso, nunca tuvimos los símbolos que representan habitualmente una comarca. Nuestro escudo es un adefesio inventado por un dibujante de heráldica que había oído cantar el gallo y no sabía dónde. No tenemos un himno que haya merecido la aceptación popular, que es el supremo jurado en esas cuestiones, canción típica. Por último, la bandera de Cali resucitada con ocasión de un Congreso Eucarístico es, con todo los perdones, más nuestra barbería o pendón de caseta verbenera, que enseña de una “muy noble y muy leal ciudad”. En cambio, puede afirmarse sin jactancia que no existe otra región de Colombia donde el gusto por la buena mesa, honrada con los guisos y frutos de la tierra, haya producido la variedad de viandas y golosinas de que disfrutaban nuestros abuelos. Toda la riqueza de la agricultura tropical se volcaba sobre los hogares de Cali Viejo para hacer de la comida un placer y no, como ahora, una simple ingurgitación de vitaminas. Yo pertenezco a la última generación de caleños que gustó y regustó esos milagros. Mi infancia está llena de aromas de frutas, de olores de fritanga, de tufos de místicos condimentos. Después vino el horno eléctrico, la olla a presión y las cocinas con aspecto de quirófano. En otras palabras, nos civilizamos. Y como entre nosotros civilizarse es renegar de lo propio, dejamos nuestros platos incomparables porque no eran de buen tono. Y aprendimos, no la gran cocina europea, sino a alimentarnos con platos en serie, elaborados sobre las reglas de una culinaria hecha en función de las calorías los minutos que se “pierden” en el acto de comer. Hoy el pan se hace en hornos que parecen calderas de trasatlántico. ¿Cómo podría compararse con aquellos panecillos tiernos y sápidos, aliñados para el paladar y el olfato que elaboraba en rito casi litúrgico, “Misá Esther”? El día en que imaginaron en Club San Fernando una “máquina” para fabricar empanadas, pensé que los restos venerables de las Rodríguez se estarían estremeciendo ante el sacrilegio. Y ese pandeyuca de hoy, con sabor a bicarbonato, ¿será por ventura primo hermano del que amasaban con manos de ángeles las Zorrillas? Y algunos de los artículos de la pastelería en serie de hogaño, podría aspirar a competir con las colaciones de “Misá Angelita” vendidas en paños cuasieucarísticos por Uldarica y ¿qué decir de doña Ana Joaquina Escobar y su antología de frutas rellenas, colaciones, y alfeñiques? Y el “mecato” de las Caicedos y los bizcochuelos y los “comistrajes” de las López, no valían por un tratado de perfección. ¿Y cuál dulce más moderno, más fino y sutil que las caspiroletas que “patentó” Belarmina y cuyo secreto heredó Joaquina Sierra? Y, ah mal año para las “Colombianas” del doctor Caicedo, aquel en que resucitaran los confites batidos, las melcochas y las grajeas de “Misá Amalia”. ¿Y cuándo se casó mejor una doncella que nuestra leche cuando se unía a las acemas que fabricaba en sus hornos misteriosos mi tía Eudoxia y Benilda Romero? ¿Y qué decir de los refrescos? Que vengan todas las colas y gaseosas, arrodilladas y reverentes, a rendir vasallaje ante la bebida de mi tierra vieja. Ante la chicha dulce con hojas de naranjo, el champú de lulo, el masato burbujeante y el “Agua fresca en limpios vasos por Secundina Collazos”. Qué gran homenaje estamos debiendo nosotros, los nietos descastados, a las lejanas abuelas que habían hecho del yantar una de las bellas artes, en esos tiempos en que la mesa era el lugar de la cita de la familia. Y no el cadalso donde se mata al hombre. Cuando el mejor regalo para Navidad, Pascua o San Juan era enviar al clan vecino una bandeja repleta de dulce desamargado, hojaldres, encurtido de ciruelas, queso de coco y torta de pastores. Admirables mujeres esas que se “metían” a la cocina a dirigir la gran orquesta de ollas y sartenes, porque sabían que el mejor presente para el marido, el hijo, el prometido, el hermano, era un plato adobado por sus dedos de reina. El lector que me haya acompañado hasta aquí sin indigestión se preguntará si he olvidado el sancocho y los tamales. No en mis días. Que sería como olvidar la tierra donde nací y donde he de reposar. Los dejé para lo último, para ver si por ir de zagueros no los olvidaban sus paisanos. Porque, y valga la verdad “eso” que ahora se hace con el mismo nombre no pasa de ser un recuerdo o caricatura. Hace algunos años hube de librar una batalla descomunal para que no se obligara a envolver los tamales en papel celofán, en vez de generosas hojas de biao o bijao, como se dice ahora. Pero casi que estoy arrepentido de mi salida. Porque lo que se cuece ahora con ese nombre es una masa chirle en la que naufragan unas cuantas papas y alguna vaga y lejana reminiscencia de carne. Las razones económicas impusieron la transformación de aquellos suculentos tamales “inventados” en Cartago, maravillosa aleación de tres carnes, pasas y alverjillas, en los que lo “suave como la punta de la oreja”, hacía de tierna guarnición. ¿Y el sancocho? Que no me hagan recordar el de mi infancia, que sería tánto como hablar de un muerto querido. Tiempos en que prepararlo era casi una función secreta que se confiaba a la mujer más experimentada de la casa. Y en que todo obedecía a rígidas exigencias: la olla que tenía que ser de barro: el plátano que sólo servía de determinada edad, días contados, la leña, de burilico y nada más, por el tiempo de combustión y el perfume del humo. En estos días alguna amiga que se doctoró en culinaria nos invitó a gustar un sancocho preparado por sus manos. Cuando llegamos, y como muestra especial de deferencia, nos hizo pasar a conocer la cocina, electrificada como laboratorio atómico. Y cuál sería mi espanto al ver que el sancocho lo estaba cocinando en una olla pitadora! A los cinco minutos me despedí pretextando un dolor en el hipocondrio temeroso de hacerme cómplice de un sacrilegio. Adelante Heladio con el festival gastronómico. Vamos a buscar las cocineras que aún saben de lo bueno. Y vamos a enseñar a comer a todos estos hibridados que creen que el “chicken” ¡sabe mejor que el pollo! S.F. Reproducido en El Semanario, revista de El Pueblo. 16 de diciembre, 1979. ANDRES CAICEDO ESTELA Debió de ser hacia fines de la década de 1960 cuando se presentó a mi oficina un adolescente, casi un niño, con el propósito de darme a conocer unos cuentos de su invención. Tenía la mirada anhelante de los que empiezan a ver, maravillados y absortos, y, por qué no escribirlo, espantados, del Gran Teatro del Mundo. La blancura de la piel denunciaba que, a pesar de su edad, no tenía tratos con la útil frivolidad del deporte. Las manos, largas y afiladas, temblaban al sostener los originales. Un ligero ceceo (sic) hubiera permitido pronosticar no sólo la timidez, que es como el común denominador de todos cuantos temen a la vida porque entienden sus tenebrosas magnitudes, sino notoria discordancia entre lo mucho pensado y lo poco querido expresar. Así fue Proust, así es Jorge Luis Borges. Hablamos durante un rato. Tornamos después a vernos dos o tres veces. Lo que entonces escribía dejaba una extraña sensación: en la forma, se trataba de los ensayos, vacilantes a veces, de un principiante. Pero en el fondo, se adentraba en personajes y situaciones con tal madurez, que se hubiera pensado que un hombre agobiado por dolorosas experiencias hubiera dictado esos apretados renglones a un joven, para que los tradujera a lenguaje casi pueril. Me atreví, en la primera conversación, a insinuarle algunas lecturas. Pero me di cuenta que a los 16 años conocía, desordenadamente pero con cierta clarividencia, el fragoroso paisaje de la creación literaria. Ningún joven me dejó nunca, como él la impresión de aquello que Silvio Villegas observó en Gilberto Garrido: “El cortocircuito del genio”. Estoy, me dije, ante un futuro gran escritor sin fronteras. No volví a verlo. Muy de vez en cuando leía cosas suyas desperdigadas en magazines literarios, de aquellos que suelen editar novelistas y poetas en agraz, pero dueños ya de toda la posible e imposible sabiduría... Tal vez le pareció trillado en demasía el camino de la ficción literaria. Sin embargo, entiendo que dejó un libro que maravilla ahora a muchos de los que se negaron a creer en sus inverosímiles talentos. Pero el hecho es que quiso buscar otro medio de expresión más acorde con la tempestad que ya se arremolinaba bramante en su cabeza, en esa su testa de joven Alcibíades, coronada, gracias a la herencia maternal, con una frente hermosísima. Y se lanzó a convertir profesión lo que sólo había sido afición: el cine. En pocos meses, multiplicados hasta el infinito por la sed de aprender en interminables vigilias, supo más del fantasmagórico y tramposo mundo de celuloide, que quienes se creen herederos de Passolini o de Bergman, por haber conseguido una beca socialista. De aquellas que permiten asomarse durante un año a los introducidos estudios de Polonia o Checoslovaquia, y tornar al país a revendernos la miseria del pueblo, como mercachifles de sensibilidad social, en “cortos” que, por lo general, no tienen de bueno sino ser precisamente eso: “cortos”. Pero Andrés tampoco cupo en la cinematografía. Su espíritu, como ciertos extraños gases que se salen de las ordenanzas de la química, y de sus leyes, no tenía continente. Se evadía de todo. A los veinte años ya parecía fatigado como quien está de regreso de todas las cosas. Se hizo hombre de izquierda porque quería ser leal a sí mismo y a su generación. De haber nacido en tiempos finiseculares hubiera sido anarquista. Pero sus horas eran dialécticas. Mas esa cárcel también lo condenó a pan y agua. Era demasiado puro para caber en el tramoyismo de la militancia. Imagino los días finales. Su silenciosa desesperación enfrentado a un mundo de injusticias. Su protesta contra sí mismo por no lograr expresarse adecuadamente. La angustia que se nutría de su enfermiza sensibilidad. Rimbaud pudo huir de París y se convirtió en áspero traficante africano. Andrés sabía, seguramente, que estaba predestinado para ser el que siempre huye de sus circunstancias. Estaba obligado a vivir su época, él que nació para ser un hombre intemporal. Pero ya lo había escrito un ruso cuya obra seguramente conocía de memoria, en una sentencia que se ha convertido en honesto lugar común y perdido su relieve como las monedas de mucho uso: “El amor, como las lágrimas, aspira a ser recíproco. Cuando gime el alma de un gran pueblo, todo en él está conturbado, y las almas generosas van al sacrificio”. El “gran pueblo” de Andrés era el mundo, era la humanidad. Que no se busque otra explicación a su drama. Desde estas lejanías, me inclino, absorto. Y compruebo que las posibilidades infinitas se suelen resolver en laceraciones más infinitas aún. Pues el dolor de todos los hombres no puede caber en el corazón de uno solo. Escrita en Buenos Aires, verano de 1977. Reproducida en El Pueblo, 16 de diciembre de 1979. Alfonso Castillo Gómez (El Coctelero) Nació en Bogotá en 1910 y murió en 1982. Más conocido como El Coctelero, por la columna del mismo nombre que sostuvo durante 34 años en El Espectador, además de la columna de comprimidos Alka Notas. Como Klim, fue uno de los cronistas de humor más leídos de Colombia, y se caracterizó por retratar los usos y costumbres de la atribulada clase media colombiana. También empleaba el seudónimo de Zig-zag en las páginas editoriales del diario de los Cano. Sus columnas están recopiladas en varios títulos: “Coctelera” (1966); “Alkanotas” (1971), “La Locombia de Leovigildo” (1977). Cuando murió estaba preparando el “Diccionario zurdo”, con definiciones disparatadas que también publicaba en una columna de El Espectador. Con su original sentido del humor y haciendo uso del lenguaje folclórico nacional, retrató en sus crónicas a la esperpéntica sociedad colombiana, con sus vicios y grandezas. ALKA-NOTAS Dentista es un individuo a quien le encanta coleccionar revistas viejas, mientras le extrae la dentadura a los demás, para poder darle ocupación a la suya. La anterior descripción, desde luego, es notoriamente be-névola, entre otras razones porque si hay un gremio cuyas iras no deseamos conquistarnos, es ese de los odontólogos, entre los cuales contamos por cierto con buenos amigos. Pero no puede uno menos de reconocer que las amenazas de purgatorio y otras sanciones ultraterrenas están de sobra mientras en nuestro mundo funcionen los consultorios odontológicos, a los que todo ser racional —con exclusión del elemento femenino, que tampoco teme al avión— profesa pavor pero muy justificado. Al tiempo que un cirujano que ha macerado nuestras delicadas carnes con dolorosísimos pinchazos, o extraído y tirado a un balde nuestros más valiosos órganos internos, no nos deja en el ánimo rastro alguno de rencor, el dentista, muy al revés y por algún fenómeno sicológico que desconocemos, graba en el alma de su víctima una imborrable sed de venganza. Así, cuando con él tropezamos en cualquier sitio, le miramos de soslayo mientras maquinamos mentalmente las más brutales retaliaciones. Le vemos, por ejemplo, comportándose con irritante desenfado en una fiesta social y no podemos menos de representárnoslo como un matón victorioso y en plan de celebrar las torturas infligidas ese día a quién sabe cuántos infelices. Pero ocurre ahora que debemos darnos por bien servidos. Es decir, quienes disfrutamos del privilegio de vivir en esta época y hacer uso de los servicios odontológicos modernos. Porque leyendo unas crónicas antiguas deducimos que en otras etapas de la humanidad había que ser santo o héroe de guerra china para ponerse en manos de un practicante de terapéutica dental. Así, verbigracia, para una pulpectomanía a la antigua se usaba un estilete muy fino de acero recocido delicadamente, de extremidad un poco aplastada y forma semejante a la del dardo de una flecha. Cuando el diente estaba cariado y la cavidad de la pulpa al descubierto, se introducía el estilete hasta el extremo de la raíz; en seguida se le hacían dar dos o tres movimientos de la rotación y retirándolo después de un golpe se conseguía a veces sacar simultáneamente el cordón dentario. (El cordón dentario, amigos, y cuanto el desgraciado paciente tuviese entre la boca y el estómago). Ciertamente, al lado de semejantes tratamientos, la fresa de hoy horodándonos un nervio al descubierto resulta una caricia de la noviecita. El Espectador, jueves 7 de julio de 1960. A la mañana siguiente... EL ETERNO GUAYABO Hace unos dos meses, el director de Magazín Dominical nos envió con carácter urgente un artículo aparecido en “The American Weekly” y bajo el título de “The Morning After” y el subtítulo, obviamente importantísimo para muchos caballeros de: “Lo que usted puede y no puede hacer con un guayabo”. El autor es un señor Richard Gehman, quien a juzgar por sus conceptos, ha manoseado el tópico tanto, por lo menos como Burton el jamonero de Liz Taylor. (Antes de proseguir, permítasenos hacer la célebre pausa que refresca, pues se trata de formular una indispensable advertencia. El aludido escrito no nos lo remitieron a modo de amistoso servicio a atención personal, sino para verterlo del inglés al hermoso idioma cervantino. Quizá de paso, también porque el director de este semanario se encuentra interesado en el tema, ya que no hay día en que no nos llame telefónicamente para reclamar la útil obra. Esto es, cuando sus llamadas “caen”, ¡cosa harto difícil de lograr en Bogotá! Después de repasar a la ligera el artículo, concluímos que no era el caso de traducirlo literalmente por motivo a que el señor Gehman sólo alude en él al hangover originado en las tradicionales celebraciones del primero de mayo, y resulta que conforme a opiniones de tratadistas en la materia a quienes optamos por consultar antes de entrar a este trabajo, hay guayabos muchísimo más agudos y sostenidos, como los que siguen a las festividades navideñas, a la boda de una hija única, a la Semana Santa y a la salida de un tío de la cárcel. Sólo el Creador, en su sabiduría infinita y únicamente comparable a la del General De Gaulle, debe estar al corriente de por qué el susodicho señor Gehman ha tomado como punto de referencia y comparación el segundo día de mayo. Lo único que se nos ocurre pensar es que se trata de un mártir laboral, que aprovecha el ocio forzoso del Día del Trabajo para autopromoverse una juerga de bandera durante la cual, de ello no nos quepa la más minúscula duda, desbarra contra su gerente, tildando de “that bastard” y otros calificativos con los cuales los gringos suelen aludir a quienes les hacen poca gracia. Sea como fuere, de ahora en adelante nosotros, y tal vez muchos de ustedes lectores también, no dejaremos de dedicarle cada 2 de mayo, un tierno recuerdo a Gehman, sobretodo si es casado y de contera trabaja en contabilidad. El grande humorista Robert Benchley declaró una vez que, si se exceptúa la muerte, no resta ninguna otra cura para el guayabo. Prueba ésta de que él pertenecía al desdichado grupo de individuos que a “la mañana siguiente a la anterior”, no pueden precisar si lo que les piden el cuerpo y el alma es un trozo de carne con picante, un kilo de helado, un confesor, una actriz italiana o media docenas de vasos de ginebra. Pero, claro, en este terreno, como en todo hay dosificaciones. Y así lo reconoce el propio Gehman cuando advierte que a las diferentes personas las afectan distintos tipos de malestar corporal y espiritual. Algunos individuos apenas logran permanecer acostándose en silencio y odiándose a sí mismos. Otros se incorporan y proceden a entregarse a frenéticas actividades, como si con la acción pudieran —¡Cándidos!— ahuyentar el mal. Los de más allá experimentan una invencible necesidad de pelos de la misma perra, lo cual si hemos de atenernos a la autorizada creencia de Gehman, aceptada aunque no practicada por ciertos parroquianos habituales de “El Automático”, es excesivamente peligroso, ya que una copa a menudo conduce a la siguiente, esta a una tercera, de allí a la cuarta y finalmente a una turca que a su vez proporciona un guayabo nuevo, solo que de peores características que el anterior, si cabe. Y por último están aquellos a quienes el guayabo los induce a tomar las más extravagantes resoluciones. “Jamás en mi vida, volveré a probar el maldito trago”. “Te juro, mija, que la de anoche sí fue la última”. “De ahora en adelante me limitaré, en los cocteles a tres tragos máximo, y en seguida a casita”. “He sido un completo irresponsable, pero ya verán, ya verán...”. Todas estas formas de afrontar los guayabos, y todas esas declaraciones, son majaderías. Raro es el hombre o la mujer que, habiendo padecido un guayabo, nunca cae en otro, asumiendo que no deja la bebida en seco. Existen dos explicaciones de lo que es un guayabo, según Gehman. La primera algo que le sucede a uno cuando ingiere demasiado alcohol. La segunda, más completa: el alcohol es un alimento, pero a diferencia de los otros no contiene minerales, vitaminas ni proteínas, y no se digiere antes de colarse a la corriente sanguínea. Antes de entrar allí, sin embargo, el organismo resuelve todo lo que debe hacer, con sus componentes. Nos deshacemos de quizás un 20% mediante eliminación y exhalación; y la oxidización dispone el resto. Desafortunadamente para todo el mundo, este proceso oxidizativo comienza en el hígado, órgano que, como el doctor Lauro, parece posar una mentalidad muy propia y muy terca. El hígado —todos los hígados— no es capaz de despachar más de una onza de alcohol, en licor, en una sola hora. Si usted, amigo que nos lee, puede controlar su bebida a una onza de vodka, ginebra o whisky por cada sesenta minutos, tendrá luz verde para beber toda la noche sin amanecer al otro día hecho un infeliz. ¿Quién, por lo demás, logra realizar semejante hazaña, especialmente en la capital colombiana, donde hasta la más encopetada señorona se acomoda en una hora suficiente de licor como para hundir una batea? Pero el hígado no es el único ofensor. El alcohol irrita, al igual que el cobro de impuestos, y suscita toda suerte de conmociones en el estómago, los intestinos y las entrañas mismas, para no ocuparnos por ahora de las que origina en el santo seno hogareño. Y por ser un alimento, expele en el estómago jugos digestivos, los cuales, no teniendo nada más que hacer, se ponen a causar una novedad llamada gastritis, que lo hace sentir a uno como una mezcladora de concreto o lo mismo que si se hubiera tragado un par de emboladores. Como si todo lo anterior fuese lo suficientemente horrendo, y por lo tanto capaz de alejar de la copa hasta un marinero en vacaciones, veamos ahora el aspecto realmente aterrados. El alcohol reemplaza parte del oxígeno en la corriente circulatoria. La zona del cerebro que contiene el sistema nervioso central, vive sanamente hambrienta de oxígeno y no consigue funcionar normalmente sin este elemento vital. En realidad, la corteza obra como un borrachito, causando bamboleo, torpeza en el hablar, incapacidad de sostener objetos en el marco, como el cigarrillo o el esferógrafo, y otros síntomas de chabacanería generalmente mal mirados por las señoras y los ejecutivos de empresas. El alcohol también da lugar a una desviación del agua en el cuerpo, aunque los hombres de ciencia aún no han podido establecer el por qué de semejante fenómeno. Las células pierden parte de su normal complemento de agua, y de ahí que los pobres enguayabados experimenten una sed equiparable a la que afecta comúnmente a las vacas de la Guajira. El aflojamiento de los procesos digestivos y la ausencia de apetito son los factores que eventualmente dan paso a las enfermedades de las que fallecen los alcohólicos. El alcohol no cansa, de por sí, la desnutrición que a su turno acarrea, la famosa cirrosis del hígado, perturbaciones renales, neuritis y otras afecciones relacionadas con el alcoholismo. La persona que bebe y come regularmente no será presa de estos desórdenes, según sostienen los médicos. Pero ocurre que la mayoría de los adictos al copetín se encolerizan con quien ose brindarles un plato de comida y casi invariablemente acaban por nombrarle la madre y largarse para otro sitio. Casi no hay hombre que haya sufrido los rigores de un guayabo, que no afirme tener alguna fórmula mágica para erradicarlo. Sólo que en gran parte tales fórmulas se basan en determinados menjurjes con cimiento alcohólico. El “Bloody Mary”, o unas cuantas ostras con ginebra y limón, o el gin-fizz con salsa picante, o cualquiera otra preparación mañanera, puede que pongan a andar de nuevo los jugos digestivos, pero de allí no pasan. ¡Ah!, dirá el lector ingenuo, pero en cambio si hay preventivos, como la costumbre de tomar un poco de leche o comer mantequilla antes de entregarse a la guasanga etílica. Pues no. Todo lo que logra cualquier sustancia grasienta en el estómago es demorar la absorción de alcohol en la sangre; pero es una breve dilación y el alcohol usualmente sale victorioso. La aspirina y otros compuestos adormecedores alivian el dolor de cabeza, es cierto. Los productos alcalinos evitan que el estómago se suicide, e inclusive algunas bebidas suaves proporcionan cierto alivio allí abajo. Pero hasta ahora no existe ninguna píldora que todo lo cure, y parece que no la habrá jamás, según lo prevé con desesperante pesimismo el señor Gehman. Hace pocos meses, los periódicos publicaron determinados informes muy alentadores para los amigos de las libaciones. Se decía allí que varios fabricantes de bebidas se hallaban trabajando activamente en la producción de un licor garantizado para no originar ninguna clase de malestares. Es decir, que se empeñan en inventar un brebaje desprovisto de los elementos de desecho que el hígado se ve a gatas para eliminar. Empero, como dichos elementos en sí mismo originan apenas una parte de los daños, resulta difícil ver como un whisky nuevo y supuestamente no enguayabador, sea capaz de ocasionar cosa distinta de guayabos. Si la ciencia médica se ingeniase un flamante tipo de hígado que pudiera ser empotrado en lugar del original que todos poseemos actualmente, quizás podría haber alguna esperanza. De otro modo no. En el moderno aeropuerto de Las Vegas, Nevada, EE.UU., dizque funciona una máquina expedidora de oxígeno, que puede utilizarse depositando —¡ni más faltaba!— una moneda de 25 centavos en la inevitable ranura. Pero de ahí a curar, lo que se llama curar el guayabo, hay un buen trecho, como lo comprobó un colombiano, que, luego de despilfarrar cerca de ocho dólares en aquel artefacto, comprendió, al menos para su caso, que lo único aconsejable era instalarse en el bar y dar golpes sobre la mesa mientras lo llamaban a abordar la nave aérea. Cuando esto ocurrió, cargaba dentro de su macerado esqueleto no menos de un litro y medio de buen escocés. El tantas veces aquí citado Mister Gehman sostiene que lo único recomendable para el enguayabado es controlarse, si es que se puede. Habitualmente, cuando ha libado a las locas, cae en un profundo sueño tan pronto como su cuerpo y su cerebro se dan por derrotados; pero luego, después de unas pocas horas, se inicia un diálogo interno de esta guisa:— Estómago —dice el cerebro después de dormir —, ¿no crees que este hombre verdaderamente nos inflingió anoche un castigo inmerecido? — Así es —contesta el estómago—, ahora, despertémoslo a él merecidamente. Cosa que llevan a cabo sin contemplaciones. Sobre todo con sujetos como un amigo nuestro a cuyo modo de ver la única terapéutica para el guayabo consiste en ingerir “el jugo de media botella de whisky”. ¿Qué opinan ustedes? Magazin Dominical, El Espectador, 8 de noviembre de 1964. Gonzalo Arango El profeta del Nadaísmo nació en Andes, Antioquia, en 1931, y murió en Cundinamarca, en 1976, en un accidente automovilístico. Sus amigos recuerdan que este joven macilento llegó a Medellín a escandalizar a sus gentes pacatas con blasfemias, procacidades y atentados dinamiteros a las sagradas instituciones. Pero antes emprendió oficios serios como el de profesor de literatura, bibliotecario y colaborador del suplemento literario de El Colombiano. En 1953 se unió a un grupo político del general Rojas Pinilla, y cuando cayó el régimen se tuvo que refugiar en Cali, donde difundió, en 1958, el primer Manifiesto Nadaísta. Con el grupo de Cali fundó Esquirla, suplemento literario de Relator, que hacía las veces de órgano del Nadaísmo. Su espíritu rebelde e iconoclasta lo llevó a crear este movimiento, que paradójicamente abandonó para dedicarse a la vida espiritual. Cuentista, ensayista, dramaturgo, novelista y poeta, cuyos escritos están atravesados por el humor y el sarcasmo, como crítico urticante de la sociedad. Según su compañero de aventuras nadaístas, Jotamario Arbeláez, “lo suyo era un periodismo de combate, de denuncia, de hostigamiento. Pero también de un lirismo blasfemo, y un tono juguetón y sarcástico”. Su otro compañero, el poeta Jaime Jaramillo Escobar (X-504), recuerda que lo conoció en 1946: “Era entonces un chico de aspecto delicado, lo más inofensivo del mundo, siempre con un libro bajo el brazo. No servía para jugar fútbol...renunció a la universidad porque dijo que lo querían graduar de imbécil...se fue volviendo agresivo y sombrío”. Una de las facetas menos conocidas de Gonzalo Arango es la de crítico literario, que inició en la Revista de la Universidad de Antioquia, en 1953, donde se reveló como crítico antidogmático y severo de poesía, teatro, novela, y filosofía. A partir de 1954 empezó a escribir también sobre arte y poco a poco fue cargando las tintas con la ironía, que siempre fue como una segunda piel de su estilo. Dedicó varios artículos a las exposiciones de su amigo el pintor Fernando Botero, cuando éste apenas comenzaba a sobresalir. Entre sus columnas periodísticas figuran: Signo de escorpión y Bolsa de valores, en El Tiempo; Todo y nada, en La Nueva Prensa; El Heraldo Negro, en El Heraldo y su famosa Ultima página, en la revista Cromos, que sostuvo desde mediados de los sesenta por varios años. También publicó en El Espectador, El Colombiano, Diario del Caribe, El País, y en revistas internacionales. En vida editó varios libros de cuento, de teatro y de prosa. Al morir se publicó el volumen “Obra negra” (1974), que recoge sus “Prosas para leer en la silla eléctrica” (1966), uno de los libros más autobiográficos del escritor. En 1992 la Universidad de Antioquia recogió parte de su obra periodística en dos volúmenes de “Reportajes”. Cuando publicó “Prosas para leer...”, el autor confesó en una Ultima página de Cromos los temores que sintió ante este libro por haber hablado del amor, del mundo, de sus dudas, sus negaciones, sus locuras y sus furores. Columna Ultima Página. UN GIRASOL PARA MI MUERTE Viernes 23: Lo único que siempre dejo para mañana, es mi muerte. Sábado 24: “Gonzalo Arango ha muerto” —decían las emisoras. La noticia cayó en la ciudad como una hecatombe. Era trágico. En principio se dijo que me habían asesinado. Luego, amigos compasivos dieron la versión de un inocente suicidio. Otros, menos amistosos, comentaron: “Claro, no podía reventar sin hacer el show”. Los últimos, sin ocultar una alegría perversa, se limitaron a desearme buen viaje: “Con tal de que se muera, aunque se vaya al infierno”. Yo era inocente de todo. A esas horas, 3 de la tarde, mi vecino me despierta con un grito desde el solar. Abro la ventana, nos saludamos. —¿Estás bien? —Sí, muy bien, gracias. ¿Qué pasa? —Acabo de oír por una emisora que te habías suicidado. —¿Yo? Estoy durmiendo... —Qué raro... Bueno, te felicito... Me alegro que sea falso. Miro mis manos: son mis manos con su circuito de venas; los dos dedos del tecleo tienen las uñas sucias. Prometo limpiarlas a primera oportunidad, pues nunca se sabe. No luciría bien un cadáver con las uñas mugrosas, no es estético. Como no soy ingrato, agradezco a mi vecino su preocupación por mis “uñas”, y bajo la persiana. Trato de reanudar mi sueño, pero la noticia me desvela. Enciendo la radio. Hago un recorrido fugaz por las emisoras a ver qué dicen. Efectivamente, se dice que estoy muerto y que se busca mi cadáver para hacerme un reportaje. Como no me encuentran, recogen rumores en los cafetines que frecuentan mi generación. Por teléfono desfilan las voces de mis amigos artistas: “Gonzalo sería el último en matarse” (voz de Santiago). “Yo no creo, ese Gonzalo es un vividor” (voz de Dulzaina). “Yo no sé nada... y me da lo mismo”(???). “Pero, ¿es que ustedes no lo conocen todavía? Ese tipo es un publicista y les está tomando el pelo. Lo que pasa es que esta semana va a lanzar su disco “Nadaísmo” y se quiere poner de moda, no le paren bolas...” (voz femenina que me detesta tiernamente). El locutor aconseja no perder la sintonía mientras me encuentran. Pero nadie da con mi cadáver porque vivo muy lejos y muy solo. Cuando muera seré como hoy: un cadáver anónimo que se pudre en silencio. Por toda declaración apestaré para decir al mundo que ya no existo. Fumo, trato de olvidar. No sé quién ha hecho circular semejante canallada y con qué fin. Me importa un comino que esa tipa piense que soy un “publicista”. Pero me alegro de no darles ese gusto por hoy. A pesar de todo, estoy horrorizado. Bajo a la tienda a telefonear: “No te preocupes, mi amor, están dando la noticia de que estoy muerto; como ves, es falso. ¿Vamos esta noche a la película de Bergman?”. Por supuesto, es una mujer. Dice que no puede ir porque tiene un “party”. Dios mío, estas novias que me invento cambian a Bergman por un té. Si de verdad estuviera muerto, seguiría arreglando los floreros y poniendo manteles. Mañana las lágrimas, los sentimientos pueden esperar, pues son eternos. Estoy deprimido. Abro la libreta para hacer otras llamadas... Desisto. ¡Qué diablos! En realidad no tengo a quién llamar. Me doy cuenta lo poco que me interesa la gente, y sin embargo, tengo amigos, mujeres, mi pequeña historia de hombre. Mi familia está lejos y no será posible consolarla. Además ellos han aceptado desde siempre mi destino trágico. Sólo tendré que dejarles los gastos del entierro para que no me lo reprochen. No quiero ser un cadáver injusto, y hay que ahorrar maldiciones póstumas que pueden ser peligrosas allá. Me pregunto qué son , qué hacen aquí estas pilas de nombres que desfilan por mi libreta. De repente los veo borrosos como fantasmas, existencias fortuitas, ridículas, que pudieron no existir. Lo mismo yo: si no hubiera nacido, ellos existirían igual. Y esas mujeres que he amado, ¿qué han ganado con mi amor o qué han perdido? Todo era un juego, una pasión inútil. Pues si yo no existiera, “otro Gonzalo” con otro cuerpo las amaría por mí, se dirían secretos, se confesarían la misma pasión. Otros besos las harían estremecer de placer; otras palabras bautizarían esa dulzura. Su felicidad nunca había dependido de mí, sino del azar. Yo había encarnado por un instante la aventura, su rostro furtivo, la imagen de un sueño tan pronto amado como esfumado por un hecho trivial: el silencio, el ruido de un disparo, el golpe de una puerta que se cierra. El reloj seguiría inmutable como si nada hubiera sucedido. Ahora lo sé: ¡la vida es una sucesión de casualidades, nada es verdad! Sólo la muerte existe. A todo eso que hacen lo llaman “el destino”. Sobre tanto ruido, viento y desdicha fundan su “inmortalidad”, su razón de vivir. Quizá yo hago lo mismo con estas esperas y estos triunfos que vanidosamente llamo mi “gloria”. Y sin embargo, en el fondo de esta miseria los compadezco y hasta los desprecio. Arruinan sus vidas en vacilaciones y en egolatrías miserables: se drogan para sentirse dioses, para ser lo que no son, para olvidar que existen y que van a morir... Ya es de noche: salgo a la calle a ver qué aire devastado dejó “mi muerte” en la ciudad. Pues bien: ahí está la ciudad indiferente, “sin mí”. Leí los diarios, me hice embolar, compré lotería. Hice las cosas idiotas que hacen los hombres. Me paré en una esquina a ver pasar gente. La séptima era un río oscuro, trepidante. Risas, rumores, silencios; la rutina de los vivos. Nada había cambiado “con mi ausencia”. Incluso, se me saludó sin pasión, como si mi existencia fuera un don que esta chusma mereciera desde siempre. Nadie me dijo “lo siento” o “lo felicito” . Y la implacable llovizna: todo húmedo, nadoso, aburridor. Ciertamente parecía un decorado para el suicidio. Cuando regreso a mi cuarto me asalta un insólito delirio de persecución. Pensé aterrorizado que tal vez me querían matar. Por las dudas, abro en mi bolsillo mi navaja automática “made in USA”, y enfrento a los sospechosos de la noche. No parecían interesados en mi reloj, ni en mi muerte. Ya en mi cuarto, devuelvo la hoja inoxidable a su posición inofensiva. Pongo a Sibelius en la radiola y me tumbo en la cama con inocencia. Me reconcilio, sé que existo. Ningún presagio ni mariposa negra amenaza esta soledad. Me deslizo en un vacío tan puro, la perfecta quietud, es casi un sueño: ni recuerdos ni pensamientos amargos: la nada azul, el olvido... Ahora amanece y el día es tierno: estoy cansado. Debe ser el oficio de vivir. Hoy, como todas las mañanas, vino el pajarito que canta en el solar, sobre las ramas del limón. Es tan triste su melodía, como de un corazón que sufre. Pero el hombre no conoce el sentido de su dolor. Me pregunto si su canto no alude a cierta “idea” de morir, pues no niego su alma. En todo caso, sé que su melodía no tiene que ver conmigo: si ayer hubiera muerto, hoy cantaría lo mismo, él cantaría hasta el fin, por eso es un pájaro. Ni mi vida ni mi muerte eran el objeto de su canto. Tal vez el objeto de su canto era el silencio. Pero no moriré aún, lo juro por mi alma. La muerte sólo recuerda a aquellos que la olvidan. Yo no la olvido, al contrario: le profeso un terror religioso, de ídolo negro. A ella le agrada que le teman, que la admiren, pues es vanidosa y femenina. Todo lo perdona, menos la indiferencia. Entonces mata para ser recordada, para vengarse. Ella “vive” del tiempo y del miedo de los hombres, su alimento es la desesperación. La muerte existe solamente en el hombre: por eso no muere el mar, no muere el río, no muere el árbol, no mueren las estrellas. Sólo muere el hombre, porque “sabe” que muere. Debo a la muerte, y algún día pagaré. Al nacer acepté el precio de vivir y lo encontré terrible. Para no morir me hice religioso, me aterraba el aniquilamiento, me parecía injusto no ser más, despedirme de mí mismo para siempre. Era un juego de ilusiones y de niño. Luego descubrí mi dura verdad de hombre y acepté la derrota. Desde entonces no aposté más a la ilusión sino a la vida y a este mundo. Pagaré no ser eterno, pero después de vivir plenamente. Aún soy pobre. Sólo la vida me hará rico para pagar al destino. Vivir es un precio tan alto que sólo se paga muriendo. Negar la deuda o apelar a la resignación no resuelve nada, no es viril. Y además, no hay que ser ingratos, pues la miseria total habría sido, por ejemplo, no haber nacido. Ya no aspiro a otra vida, es cierto, pero aspiro a ésta plenamente. Restituyo a mi barro un orgullo y una dignidad. Soy de aquí, soy del tiempo, y amo esta tierra que es un astro de flores, de mujeres, de mares, y para decirlo humildemente: ¡no soy un dios! Tampoco lo lamento. Pues soy de carne, canto y en mi conciencia de luz giran los dioses y los planetas. ¡Estoy orgulloso de mí mismo, y nada se ha perdido! Ni siquiera el paraíso. A los amigos que me honraron con sus notas fúnebres, pido perdón por defraudarlos. Los elogios pueden esperar como el verano, y como yo. Con la luz que agoniza se harán los girasoles de mi tumba. Será, pues, para otro día. Lo prometo. Sólo lamentaré no estar para leer las notas y pegarlas en mi colección de vanidades. Con ellas cerraría el álbum que contiene mi pequeña historia de poeta y de narciso. Al final, hasta podría poner de epitafio esta frase de Shakespeare: “La vida es un cuento contado por un idiota”. Días después de escribir este relato, recibo cartas y recortes de amigos, donde me explican que un joven desengañado se colgó de un naranjo en Medellín. Lo siento mucho. Por desgracia, el joven suicida se llamaba “Gonzalo Arango”, como yo. Eso indica que llamarse Gonzalo Arango es un honor que mata. Con semejante nombre sólo quedamos dos: yo, y otro que está en “La Gorgona”, por asesino. Revista Cromos, 27 de septiembre de 1965. DISCURSO PARA BOTERO “ A la pintura de Botero, como a un templo de iniciados en los misterios del arte, sólo pueden entrar los que están abonados para el milagro, los que comprenden el absurdo sin que por eso estén en un manicomio; los que no confunden los “monstruos” de Botero con los monstruos de la talidomida, los que han venido a esta exposición al escondido del psiquiatra. Pero no se ofendan con este elogio, pues si alguien del respetable público ha leído a Amanda Román que tire la primera piedra. La Galería de Arte Moderno, que dirige en Bogotá Casimiro Eiger, abrió al público una exposición retrospectiva del pintor colombiano Fernando Botero, actualmente radicado en Nueva York. En ausencia obligada del artista exponente, éste delegó en Gonzalo Arango el compromiso de representarlo en el acto de inauguración, en el cual el escritor pronunció este “discurso”, donde alterna con la misma devoción la exaltación de la obra pictórica del Botero, con cierto matiz satírico y de humor negro que, para el caso, bien podría calificarse de “humor plástico”. La exposición del pintor colombiano, sin duda de primera magnitud, permanecerá abierta durante un mes. Me pregunto que hago aquí presumiendo de saber lo que ignoro; tratando de explicar lo inexplicable; usurpando el honor de dirigirles la palabra para desentrañar los enigmas de esta pintura, y ayudarlos a salir del atolladero. Declaro sinceramente que ante la pintura no estoy seguro de nada, salvo de mi emoción. Por ejemplo: si esa señora que ahora está contemplando “manzanas” se sintiera perdida como en un desierto, y me llamara para decirme: Señor, usted que es tan inteligente, ¿me quiere explicar esto qué es? Yo no vacilaría en responderle: —Son manzanas. Si mi dama no quedara contenta con la respuesta, podría preguntar aún: —Claro que son manzanas, al menos eso dice en el catálogo. Pero ¿qué quieren decir? A lo cual contestaré: — Quieren decir: son bellas. La buena señora se desespera con mis respuestas tan tontas, y hasta duda de que yo sea inteligente, pero como ella desea ser comprensiva hasta la exasperación volverá al ataque: —Sí, naturalmente, veo que son bellas, inclusive, algo exageradas para mi gusto, si hasta parecen totumas, pero en fin, como yo no sé nada de estas cosas, dígame por favor y perdone, ¿para qué sirven? Entonces yo le diré con mucho respeto, pero a punto de perder la paciencia: —No sirven para nada. Si la ilustre dama queda insatisfecha y sigue preguntando y buscando explicaciones, entonces me pondré grosero y le diré: —Querida señora, si me sigue molestando con preguntas idiotas, la hago meter a la cárcel. Creo que la querida señora se callará por fin al verme tan decidido a llamar al policía de la esquina. Cinco minutos después, al verla tan desamparada y afligida ante los raros “monstruos” de Botero, me arrepiento de llamar al policía, y le digo con mucha dulzura: —Mi querida amiga del alma, le voy a dar un consejo: no trate de comprender racionalmente el milagro, es inútil. ¿Puede usted explicarse un milagro en términos lógicos? Espero que la señora sea lo bastante sensata para decir que no. Pues en caso de que diga sí, yo pensaré que está loca, y me iré de la Galería antes de que suceda una desgracia, ya que no hay nada tan peligroso como una persona cuerda, ustedes se imaginan. Tanto, que les advierto: No teman la ira de Dios, no teman a las balas de “Tirofijo”, no teman a la “dialéctica de los puñales”, ni a la próxima devaluación, ni a la peste amarilla. Pero teman eso sí, a esa hecatombe con cara de académico que es un cuerdo. Si por casualidad lo encuentran en la calle, no vacilen en llamar a Sibaté, porque si ustedes se descuidan, el cuerdo es capaz de convencerlos de que Fernando Botero es un monstruo, Gonzalo Arango un loco, Efraín González un santo, y el presidente un gran orador. Lo cual, como ustedes saben, es absurdo. Por eso yo, no soy cuerdo, no voy a presumir de explicarles la pintura de Botero. A lo sumo, voy a explicar que la pintura de Botero es inexplicable racionalmente al menos para mí. Si pudiera hablar de un naufragio del espíritu, lo siento allí, en presencia de ese misterio que es la pintura. Me acerco a un cuadro, me pongo frente a él con humildad, con generosidad, con fe y hasta con terror, pues el arte es una aventura en la que uno se embarca para salvarse o perderse; para identificarse o ser rechazado. Me embargo, pues, en la densidad insondable de una tela cuyas orillas son cuatro tablas. En ese espacio infinito en posibilidades al espíritu, como limitado en el espacio, me suceden dos cosas: a) Lucha entre sujeto y el objeto por una comunicación...Si no es posible, soledad, vacío, rendición y fracaso. b) El cuadro me emociona, me conquista con una plenitud posesiva, turbadora, deslumbrante: un triunfo de su belleza en mí. Amo esa belleza. Esto no significa que el cuadro que no me emociona carezca de valores, que no sea bello para su autor, y para otros. Conforme a la sensibilidad estética de cada espectador, ese cuadro ganará sus adeptos, y está en su derecho. También los perderá, por “otras” razones. Así que, no se preocupen. La belleza solo es universal para cada uno. Como el arte no es ley sino libertad, ustedes están en el derecho inalienable de que la pintura de Botero no les guste, no les emocione, no les comunique ni su belleza mágica, ni sus secretos. Botero no se suicidará por eso, ni yo tampoco. Ni siquiera dejaré de decir esta noche por penúltima vez que Botero es el pintor colombiano que más admiro porque más me emociona. A otros, por razones tan admirables como las mías, los emocionará más Obregón, Alcántara, Luciano, Alvaro Barrios, Gómez Jaramillo y hasta el canciller Gómez Martínez, que ahí donde lo ven tan diplomático, también como que es pintor. Y está bien que así sea, pues una exposición de pintura no es un reinado mundial de belleza, en el que por lo general todos estamos de acuerdo en que esa frente... esos ojos... esas orejas... esa boquita... ese cuello... ¡Qué senos!.... el ombligo... las curvas... y ese monokini, merecen el título de Miss Universo. Quiero decir que con un criterio intelectualista nunca se apreciarán los valores esenciales de la obra de arte. La Razón es enemiga de lo que no comprende, del misterio de la poesía, que son materia prima de la pintura. La Razón, en su ceguera, exige significados, rechaza el azar, los valores mágicos, el milagro. Por eso es una aliada indeseable del arte. Yo aconsejaría a los que vienen a una exposición despojarse de prejuicios intelectualistas, desnudar el espíritu de sensacionalismos sombríos, de dogmas helados, hasta lograr una especie de inocencia adánica, de trance inspirado, con lo cual quedarían abonados para el milagro. Algo semejante a lo que hacen los fieles de ciertas religiones al dejar a la entrada las sandalias para no profanar el templo y llegar puros de escoria al encuentro con lo divino. No creo que la belleza de un cuadro entregue la magia de sus secretos a aquellas cuya solicitud sea, puramente intelectiva. Igual rechazo sufrirá el espíritu religioso que se acerca a Dios con argumento miserable de que Dios existe porque se deduce de la armonía de los astros, o por la ley lógica de la causalidad, o por el dogma revelado. Yo opongo a esos razonadores de entelequias la vía directa de las emociones, la comprensión pasional, la intuición lúcida, el deslumbramiento espontáneo. Pues el arte no se funda sobre las razones de la ciencia o la filosofía, sino en valores del mundo sensible, inclusive de esas despensas inagotables de lo irracional y lo inconsciente. No creo en absoluto en la preeminencia escolástica de que sólo es bello aquello que comprendo. A mí me sucede lo contrario: yo no comprendo a Dios, y lo que admiro de El no es su existencia, sino su Misterio. Lo mismo pasa con el amor. Uno se enamora de una mujer esencialmente, sólo en la medida en que esa mujer es misterio, posibilidad y lejanía. Según la teoría de que sólo amo lo que comprendo, sostengo que los escolásticos nunca se enamoraron de una mujer, pues ésta es negación de la Razón, y lo prueba el hecho de que uno sólo se casa cuando está loco. Confieso que siempre he tratado de ser razonable ante la Belleza y he sido rechazado por ella. La Razón no es la clave para el ¡Abrete Sésamo! que da entrada al mundo de lo maravilloso. Es una llave falsa. Conozco intelectuales que se quedan en las nubes al oír por primera vez una hermosa sinfonía, alegando que no entienden. Entonces van al diccionario universal de la música para leer el argumento en que se inspiró el compositor, o para practicar los ejercicios de respiración exacta en el punto en que los músicos de la orquesta “pasan” la partitura, o el director saca el pañuelo para sonarse. Entonces con su arsenal de datos en el cerebro, el idealista melómano pide permiso a su corazón para apasionarse con el venero de la belleza, pues ya está en paz y reconciliado con las exigencias de la Razón. Y ahora sí, al oír la sinfonía por segunda vez, la ama porque ha asesinado el misterio de la poesía, el carácter mágico del arte. Hay que ser fervientes frente al arte, pues este es una manifestación de espíritu religioso. Yo, aunque no comprenda las razones de ese fenómeno ni el origen de su llama, percibo su belleza y la luz de su deslumbramiento. El que exija comprender todo del arte, su razón de ser y el origen de su fuego, no verá nada aunque abra los ojos, pues sus resplandores lo cegarán. Ese no podrá admirar la pintura de Botero que es para la fascinación. Pues la belleza que deslumbra y emociona es el reino del arte. Los racionalistas van a protestar por esta apología de la emotividad que baja al arte de su alto trono coronado por la razón. Me preguntarán: Pero, ¿basta la emoción para que exista la obra de arte? Yo diré simplemente: —Si una obra de arte me emociona, es bella para mí—. Según eso — refutarán— ¿las novelas de Amanda Román son bellas obras de arte por el hecho de que emocionan a las secretarias y a las vendedoras del “Ley”? Yo, que no tengo nada contra las secretarias, y soy amante difusor de los derechos femeninos, uno de los cuales es la cursilería, diré: —Claro que sí, con la diferencia de que la vendedora del “Ley”, o la secretaria que “se priva” con su jefe porque le recuerda a Errol Flyn, y que en cambio no se desmaya ante un cuadro de Botero. Pues a este infierno de belleza no entran los justos, ni los lógicos, ni los académicos ni las secretarias que “se privan” con Errol Flyn, ni las vendedoras que “se mueren de ataque” con Amanda Román. A la pintura de Botero, como a un templo de iniciados en los misterios del arte, sólo pueden entrar los que están abonados para el milagro; los que comprenden el absurdo sin que por eso estén en un manicomio; los que no confunden los “monstruos” de Botero con los monstruos de Talidomida; los que han venido a esta inauguración al escondido del psiquiatra. Y en fin, en esta belleza sólo pueden entrar ustedes, pues el hecho de que hayan venido esta noche a la gruta de Casimiro a ver a Botero y a oírme hablar, me hace pensar con razón que ustedes no son absolutamente cuerdos. Pero no se ofendan con este elogio, pues si alguien del respetable público ha leído a Amanda Román, que tire la primera piedra... Lecturas Dominicales de El Tiempo, 22 de agosto de 1956. UN SEDUCTOR DIARIO A veces soy feliz, especialmente cuando amo. Dejo que la vida me pase por los ojos y me dejo existir con una pasividad que no hace resistencia al temor ni a la idea de morir. El espíritu de inquietud cede sus furores al silencio, y una especie de bruma adormece las impaciencias del alma. Pero el amor, aunque es mi sentimiento más creativo, no puede ser nunca la imagen de un amor feliz. Tiene que ser, necesariamente, un sentimiento de turbación, de ruptura. Tenerlo a distancia para conquistarlo, en esa lucha radica su belleza. Poseer plenamente un ser es destruirlo. Así, un sol deslumbrante destruye la luz, sofoca la mirada y arruina el esplendor de los objetos. La posesión es mortal al deseo, le roba su encanto, su misterio, ese misterio que es la esencia del amor, su arma más seductora. Por eso, la mujer que oculta su identidad en un antifaz, es excitante hasta la locura: estimula nuestra pasión de posesión, nuestra pasión creadora. Su ocultamiento se abre como un desafío a nuestra sed de conquista. La mujer, al entregar su amor, debe conservar para sí una zona inédita, de penumbra, esa que el hombre descubrirá después de la posesión, que casi siempre deja en el espíritu un sentimiento de rendición y nostalgia. Si en ese proceso de la conquista esa zona se ilumina con la plenitud, los amantes deben renovarla, crearle al cielo de la pasión una nueva estrella y una nueva distancia. Y así, el proceso creador del amor se hará infinito, y el sexo dejará de ser un reclamo transitorio del instinto, para convertirse en un poema de vida y atormentada belleza que sellará su duración, salvándose de las amenazas de la rutina y el tedio. No proclamo la astucia y la traición que son armas fraudulentas del amor pueril. Quiero excitar a la mujer a una rebelión de su naturaleza para que se sacuda los complejos seculares de la burda dominación que la tienen sometida a un destino miserable del objeto erótico y justificador del egoísmo viril. Esta liberación será posible cuando la mujer decida romper las antiguas estructuras que no le permiten más alternativa que una fatalidad procreadora, y cuando abandone el coqueto narcisismo del eterno femenino, por cuya imbecilidad ha pagado un precio demasiado caro. Entonces sí será un ser humano, un espíritu creador de valores cuyo porvenir no sólo es el hombre, sino la Historia. Todos amamos alguna vez, y fracasamos un poco. La experiencia, unida a la reflexión sobre los sentimientos, nos enseña a conocer la naturaleza del alma, que es compleja como el misterio del mundo. El amor tiene dos enemigos mortales: la felicidad total, y la desdicha total. Ambos, si se erigen en sistemas eternos de vida emocional, acabarán por destruirlo. Lo ideal sería una verdad de amor cuyo equilibrio radicara en un poco de certeza y un poco de duda; de posesión y de lejanía; de plenitud y ansiedad; de ilusión y nostalgia. En la síntesis de estos opuestos el amor encontrará su centro de gravedad, su energía y sus fuentes de duración. —¿Por qué nunca dices que me amas? —¿Para qué? Adivínalo. Si te lo estuviera recordando a toda hora te aburriría y dejarías de amarme. Tenía razón. Con su silencio ponía en movimiento mi fantasía, me excitaba a una lucha con sus fantasmas interiores, me ponía a dudar, a padecer los terrores de la esperanza, o las dulzuras de la desesperación. El único porvenir del amor es el presente, y merecerlo cada día. Pues el amor tiene la duración de las cosas efímeras: del día, de la ola, del beso. Su “eternidad” depende de ese movimiento continuo para que una ola forme a la siguiente, y el beso induzca de nuevo al deseo. Con este ritmo incesante el amor puede ganarse como una victoria para cada día, que es mejor que para toda la “eternidad”. Esa es, en esencia, la naturaleza y el destino del amor: lo que nace, vive, languidece, muere, y constantemente resucita. Y su resurrección dependerá del milagro que no es otra cosa que la Poesía. Pero esta poesía no son versos, ni se refiere a idealismos despojados de carne. Esa Poesía es Vida, está hecha del cuerpo de los amantes, sus deseos, sus silencios, y de cada átomo de energía viviente. El amor, esa efusión, no es un divorcio del cuerpo y del espíritu, sino sus bodas. No existe el amor carnal ni el amor ideal. Tales prejuicios son aberraciones de la moral. El auténtico amor, el puro amor, es la apoteosis de cuerpo y alma en la unidad viviente de dos seres triunfando sobre la muerte. Digamos en su honor que el amor es un misterio, y que su única evidencia es que existe. Pues sin duda existe y aclara otros misterios con su poder revelador. A veces, en noches de desamparo y amargo ateísmo, en brazos de una mujer, he descubierto el rostro de Dios. Por eso para mí es sagrado, porque colma en mi alma los abismos de lo divino, la necesidad de un ideal que dé sentido a la vida y haga florecer la tierra. Pues Dios es todo lo viviente, sobre todo una mujer amada, excepto cuando carga el amor de cadenas, de servidumbres, para hacer de la vida un infierno. Esos pensamientos que imprimo sobre el amor son la respuesta a una pregunta furtiva de una mujer burguesa. Ella quería saber si el amor era para mí algo espiritual o material. Yo le dije con sumo respeto: —Señora, son las dos cosas, pero en la cama. Como era célibe y puritana se escandalizó. Pero yo no tengo la culpa de que el rostro de la verdad sea, como en el amor, un rostro desnudo. Mejor dicho, dos rostros desnudos. Tomado de Obra Negra, Buenos Aires, 1974. 37 Lecturas Dominicales de El Tiempo, enero 17 de 1980, pp. 8-9. CONTENIDO CLIMACO SOTO BORDA (Casimiro de La Barra) Cascabeles Por esas calles JOSE VELASQUEZ GARCIA (Julio Vives Guerra) La protección a la industria Monólogo arreglado a la escena antioqueña Vegetarianos de camama CARLOS VILLAFAÑE (Tic-Tac) Un pobre chorro Medias femeninas al carbón La interrupción del desorden El país único TOMÁS CARRASQUILLA Discos cortos II Discos cortos III Discos cortos V Alimento ALBERTO SANCHEZ DE IRIARTE (El Dr. Mirabel) Presentados y Presentadores Se acabó el cubilete ARMANDO SOLANO La escuela de Mac Swiney La pereza Las testigos Una estatua LUIS TEJADA El talento de morir a tiempo El espíritu perverso de las cosas pequeñas El amor es como un dolor de muelas El humo JOSE VICENTE COMBARIZA (José Mar) El espíritu huraño de la casa Psicología de la dicha JOAQUIN QUIJANO MANTILLA En las garras del mal Las viejas de Rendón Los grillos RICARDO URIBE ESCOBAR (Don Alfonso Ballesteros) Llamaradas y humoradas Un salto mortal Otra vez el tranvía LIBARDO PARRA TORO (Tartarín Moreyra y Dr. Barrabás) Estos blancos No llueve Los incansables JAIME BARRERA PARRA Un gran “descomplicadero”: Medellín El Quindío ha muerto Una pequeña inventiva al chaleco GERMÁN ARCINIEGAS Está para la firma Curiosidades de las indias De Oxford al país de los Ticunas Los humoristas RAFAEL ARANGO VILLEGAS Las medias de hulla Ven a nuestras almas Los primeros calzoncillos ALBERTO LLERAS CAMARGO El avivato La secta terrible Razones para silbar “El Circo” ENRIQUE SANTOS MONTEJO (Calibán) Danza de las horas Bajo el naranjo en flor Espectáculo para una vez El estilo FEDERICO RIVAS ALDANA (Fray-Lejón) ¿Por qué se mató el caricaturista? Buenos días A nadie se debe llevar alzado JOSE JOAQUIN JIMENEZ (Ximénez) Relato de un juicio público en Bogotá La flauta y la envidia Diccionario de “Sábado” Cuento de espías ALFONSO FUENMAYOR Vida y ambiciones de los emboladores El pato Visicitudes del trasteo EMILIA PARDO UMAñA Los inmigrantes “L‟autoridá” Consultorio sentimental EDUARDO CABALLERO CALDERON (Swan) Los motivos del lobo Diatriba de la cortesía El oro negro Regreso a la sencillez LUCAS CABALLERO CALDERON (Klim) El ingreso a la burocracia De los libros El doctor Núñez El senador Andrade FIDEL TORRES GONZALEZ (Mario Ibero) El paisa CLEMENTE MANUEL ZABALA El arte al servicio de un temperamento La poesía junta del maestro ALVARO CEPEDA SAMUDIO El hombre de los brazos largos José Félix Fuenmayor Nota al Sr. Censor GABRIEL GARCIA MARQUEZ (Septimus) La sirena escamada El hombrecillo de la avena Fastidio del domingo Nus, el del escarbadientes HÉCTOR ROJAS HERAZO Ese pueblo de los tambores Tarjeta sobre Azorín Telón de fondo ANTONIO PANESSO ROBLEDO Alicia en el país de las maravillas (Capítulo I) Alicia en el país de las maravillas (Capítulo XI) SOFÍA OSPINA DE NAVARRO Ellas comentan La línea El arte de conversar Las carteras HERNANDO TELLEZ Marcha nupcial Consideraciones sobre lo cursi Los cafés que murieron el 9 de abril ADEL LOPEZ GOMEZ Tomás Carrasquilla dramaturgo La jovencita Divagación indumental Gabriel Cano, héroe de tierra firme JOSE GERARDO RAMIREZ SERNA (José Gers) El aguacate Memorial de los perros de cuatro patas Se “suicidó” una casa Frazadas LINO GIL JARAMILLO Jaime Barrera Parra EDUARDO ZALAMEA BORDA (Ulises) Fin de semana Fin de semana Fin de semana PROSPERO MORALES PRADILLA El proceso de la pierna Cuestión de citas Importación de aureolas EDUARDO MENDOZA VARELA Literatura y mingitorios Indumentarias excesivas Penélope en maxifalda y Ulises congelado ROCIO VELEZ DE PIEDRAHITA Los que van a morir te saludan ALFONSO BONILLA ARAGON (Bonar) Don Jorge Zalamea Comistrajes y mecatos Andrés Caicedo Estela ALFONSO CASTILLO GOMEZ (El coctelero) Alka-notas El eterno guayabo GONZALO ARANGO Un girasol para mi muerte Un seductor diario Discurso para Botero 9 Luis María Mora, “Los contertulios de la Gruta Simbólica”, Biblioteca Aldeana de Revista Senderos, v. III, No. 15, abril/1935, pp. 516-519. Soto Borda, del Glosario sencillo, 1925, pp. 18-21. Se hizo una edición de estas columnas en 1914, en Medellín. El Tiempo, Lecturas Dominicales, febrero 6 de 1949. Colombia, pp. 69-80. 10 11 12 13 14 Ver artículo “Carlos Villafañe en su centenario”, Contrastes, El Pueblo, 14 de abril de 1982, pp. 12 y 13. 15 La columna Glosario sencillo fue recogida en libro, por Ediciones Colombia, en 1925. La referencia a Mac Swiney en el título se debe a la popularidad que por aquellos días alcanzó el alcalde irlandés, quien en su obstinada lucha por la causa política y religiosa de su país, falleció tras un prolongado ayuno de 72 días en la cárcel de Brinxton. Es magistral la paradójica analogía que establece Solano en esta crónica. 16 La edición más completa de Mesa de Redacción fue coeditada por la Biblioteca Pública Piloto y la Editorial Universidad de Antioquia, con selección y prólogo de Miguel Escobar, 1989. 17 18 19 20 21 22 Semanario Sábado, 27 de mayo de 1944. Revista Semana, 22 de marzo de 1947. Fondo Rotatorio de Publicaciones de Boyacá, 1995. El Espectador, 13 de marzo de 1995. Perfil de Eduardo Castillo sobre Joaquín Quijano Mantilla, Cromos, 3 de marzo de 1923, pp. 102 y 103. En Escritos, vol. III, 1963, p. 37. Octubre 24 de 1930. 23 24 25 El Gráfico, octubre 24/1936, y El Tiempo, 25 de octubre de 1936. “Rafael Arango Villegas visto por Adel López Gómez”, revista Gloria, de Fabricato, Medellín, No. 32, sept./oct. 1951, p. 10. 26 Después de su muerte se publicaron dos antologías: La segunda esperanza -selección de artículos periodísticos 1973-1981, 1982 y 45 años de humor, 1983. 28 Ver ensayo “Humor regional en Colombia. Prototipos, características y vertientes”, en Enciclopedia Planeta Nueva Historia de Colombia, V. VI. pp. 327-351. 29 30 31 32 Cómo aprendió a escribir García Márquez, de Jorge García Usta, Lealón, Medellín, 1995, p. 372. Un ramo de nomeolvides, de Gustavo Arango, El Universal, 1996. Cfr. prólogo En el margen de la ruta, Ed. Oveja Negra, Bogotá, 1985, p. 15. En “Héctor Rojas Herazo”, Cromos, 29 de agosto de 1966. Revista Semana, noviembre 25 de 1946. Entrevista “A Morales el aroma”, por Antonio Morales Riveira, revista Credencial, noviembre de 1988, pp. 13-21. Cfr. edición especial de Lecturas Dominicales de El Tiempo, “Dimensión, tiempo y agravio”, de Fernando Garavito, abril 7 de 1996. LA CRÓNICA EN COLOMBIA: MEDIO SIGLO DE ORO ~ 33 34 35 36