Está en la página 1de 128

Verbum ENSAYO

SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA


(HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES)
Verbum ENSAYO

Directores de la colección:
JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA
PÍO E. SERRANO
JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

Sobre poesía posfranquista


(Hacer historia y otras cuestiones)
LA PUBLICACIÓN DE ESTA OBRA HA SIDO POSIBLE
GRACIAS AL APOYO DE LA FUNDACIÓN
“STIFTUNG ZUR FÖRDERUNG DER VISSENSCHAFTLICHEN
FORSCHUNG AN DER UNIVERSITÄT BERN”

© Juan Miguel López Merino, 2008


© Editorial Verbum, S.L., 2008
Eguilaz, 6, 2º Dcha. 28010 Madrid
Apartado Postal 10.084. 28080 Madrid
Teléf.: 91 446 88 41 - Telefax: 91 594 45 59
e-mail: verbum@verbumeditorial.com
www.verbumeditorial.com
I.S.B.N.: 978-84-7962-431-6
Depósito Legal:
Diseño de cubierta: Pérez Fabo
Fotocomposición: Origen Gráfico, S.L.
Printed in Spain /Impreso en España por
P

Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción total o parcial


de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión
en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico,
reprográfico, gramofónico u otro, sin el permiso previo y por escrito
de los titulares del copyright.
ÍNDICE

Prólogo de Vicente Luis Mora.................................................................... 13

Hacer historia: crítica literaria y poesía posfranquista.............................. 17


1. Hacer historia ................................................................................. 19
2. El gusto como procedimiento de exclusión ................................. 24
3. La historia del presente.................................................................. 26
4. Un botón de muestra: la recensión en prensa de un poemario
por un poeta .................................................................................. 30
5. Las antologías: el caso de Luis Antonio de Villena....................... 36
6. Otros críticos................................................................................... 50
7. Futurible a posteriori ........................................................................ 55
8. Paisaje después de la batalla: la modestia de toda conclusión ..... 57

Calas en la memoria histórica de la poesía posfranquista ........................ 61


1. Los del 36 (1909-1923)................................................................... 67
2. Los del 50 (1924-1938)................................................................... 71
3. Los del 70 (1939-1953)................................................................... 76
4. Los del 80 (1954-1968)................................................................... 86

Para una posible teoría de los fenómenos de grupo................................. 101

Bibliografía.................................................................................................. 109

Índice de autores ........................................................................................ 119


A Maxim Nikoláevich Mitenko
que, aunque lo ignore, me ayudó
a encontrar estas páginas.
Tantos relatos,
tantas preguntas.
BERTOLT BRECHT
Prólogo

Los cuidadosos olvidos de la historiografía literaria

Pues bien, por estas y otras cuestiones, mi padre me aconsejó que


me marchara a estudiar a otra universidad. Escogí Madrid, y allí conocí
a José Ángel Valente, Emilio Lledó, a Ernesto Cardenal, y posterior-
mente a Ángel González, Caballero Bonald, Juan García Hortelano, y
otros buenos amigos. Casi todos ellos son hoy día escritores conocidos,
pero yo entonces no sabía que ellos escribían, ni ellos que escribiera yo.
Tuve suerte al encontrar gente así.
J. A. GOYTISOLO1

La discontinuidad de la escritura histórica representa la cesura,


el silencio que el instante trágico abre en el tiempo de la historia.
J. M. CUESTA ABAD2

Hacen falta más libros como éste. La historiografía es una ficción,


desde luego, como cualquier ciencia; por ello, es más conveniente tra-
mar, cuando se decide abordarla, una Comedia humana de dimensiones
balzaquianas que un elegante pero breve opúsculo sciasciano o bufali-
niano; al menos, si el objeto de esa ficción somos nosotros, es decir:
todos. En el trabajo de escribir la novela de la historia de España (y la
historia de su poesía y su crítica no es una parte menor de ella, porque
cierto sector de ella buscaba precisamente pasar del yo al nosotros), cada
aportación es valiosa en sí misma, sea cierta o equivocada su aportación,
sea breve o larga, leve o densa, ambiciosa o minimal. Hacer historia es un
libro que hace historia mientras examina el proceder historiográfico –
interesado siempre, para qué negarlo– de varias promociones de poe-
tas, de críticos, de poetas críticos y de críticos literarios que además son
poetas. Su contribución es por ello especialmente valiosa, pues hace ca-

1
En Juan F. Marsal, Pensar bajo el franquismo. Intelectuales y política en los años 50; Edi-
cions 62, Barcelona, 1979, p. 164.
2
J. M. Cuesta Abad, Juegos de duelo. La historia según Walter Benjamin; Abada, Ma-
drid, 2004, p. 87.

13
14 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

mino al andar y reflexiona, metacríticamente, sobre los modos y proto-


colos de la historiografía literaria contemporánea, hincando el diente
también en una zona donde ya había apuntado Miguel Casado que era
necesario insistir: la posguerra española, con su problemática elucida-
ción [po]ética. Los necesarios y excelentes estudios de esa época hechos
por Mainer o Jordi Gracia, entre otros, no pueden dar cuenta de toda la
realidad, ni siquiera de la poesía de aquel tiempo. De toda su noticia de
la tragedia, o de su no-noticia, tan ideológica como la otra, de la tragedia.
De los encuentros, como el que cita Goytisolo, y los desencuentros de la
época. La necesidad recuperadora existía no sólo por la evidencia, en al-
gunos estudios puramente referidos a la lírica, de cierto vacío historio-
gráfico –interesado más bien en un recuento doctoral de títulos y fechas
que en hacer sentido respecto al ámbito ideológico de producción de esos
libros–, sino porque el consenso de la transición política quizá im-
pregnó con demasiado olvido a cosas que a lo mejor necesitaban de más
memoria. No precisamente de cierta memoria histérica que se ha querido
imponer a trasmano y por orden imperativa, sino de una memoria revi-
sora, crítica pero generalizada, al modo en que los alemanes han revi-
sado, implacable y certeramente, su responsabilidad en el genocidio
nazi, por ejemplo. Con unos modos intelectuales que, por rigor, cohe-
rencia y elegancia, quizá son difíciles de encontrar en nuestro país, no
lo dudamos; pero, a lo mejor, el modo de hacer en España esa lenta (e
implacable) revisión de la memoria es a través de libros como Hacer his-
toria, que vayan –entre todos– limando las dificultades de percepción de
la memoria, sea colectiva o individual:
Porque con la memoria ocurre lo que hemos visto que ocurre con la per-
cepción, a saber: se trata de una memoria selectiva, como lo es la selección de
preceptos dentro del campo perceptual; hay observables, pues, que no son per-
cibidos, o no consta que lo sean, del mismo modo que selecciono recuerdos, y
hay recuerdos tan olvidados que ni puedo evocar ni de ser, por otros medios,
presentizados, los reconozco como vividos o experimentados. Puedo creer que
recuerdo como creo que percibo algo que en realidad no existe, y, por tanto,
junto a las alucinaciones propiamente dichas existen las alucinaciones de la me-
moria (dejà vu, dejà veçu).3

3
Carlos Castilla del Pino, Introducción a la psiquiatría, 1; Alianza Universidad, Ma-
drid, 1978, p. 202.
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 15

Es obvio que la historiografía literaria española, en especial la más


oficialista y relacionada con cierto modo antiguo (seamos tiernos) de en-
tender la Universidad, ha pecado de memoria blanda, cuando no de
mala memoria, al recordar qué autores, o incluso qué libros, han mar-
cado realmente el panorama poético de los últimos cincuenta años. Sus
alucinaciones, bien distintas de las de José Hierro, han intentado sepultar
en el olvido a ciertos nombres, e incluso a líneas estéticas enteras, que
han resultado postergadas tras la santificación de lo que hemos llamado
poesía de la normalidad, consecuencia de cierta apresurada política cultu-
ral que quiso entender que la normalización política debía llevar apare-
jada otra cultural, como si ambos fenómenos (la libertad de votar y la li-
bertad de escribir) fueran el mismo y necesitaran de las mismas reglas.
Como si escribir, en cualquier caso, necesitara de Normas, o pudiera re-
sultar de ellas.
Juan Miguel López Merino lleva a cabo un exhaustivo trabajo de
rescate de esas líneas y autores injustamente postergados, desvelando el
modo en que ciertas antologías, ciertas colecciones de libros y ciertos
críticos han creado esa mentira histórica sistemática que pretendía con-
fundir el olvido con la realidad, y la alucinación con la memoria. Apor-
tando al estudio del campo literario un campo perceptual, como dice
Castilla, dirigido al modo en que aquel campo se ha construido preferen-
temente desde ciertas instancias y ciertas personas, que obliteraban con
cuidado otras miradas más generosas, o más importantes. El resultado
permite al lector hacer justicia a varios poetas que, por su singularidad
poética y/o personal, venían quedando sistemáticamente al margen de
los estudios, recensiones o recuentos al uso.
Por supuesto, ni éste ni ningún otro mapa es completo; ninguno
hecho por una sola persona o incluso por un pequeño grupo puede
serlo, ya que la Historia en general y la historiografía poética española
en particular requieren de un gran número de estudiosos serios, como
López Merino, puestos a trabajar, en diferentes direcciones, con ideas
heterogéneas, distintos propósitos y diversas metodologías. Mientras
que a mí, por ejemplo, me interesa la fenomenología de las singularida-
des, López Merino lleva a cabo en la última parte de este libro un intere-
sante estudio “Para una posible teoría de los fenómenos de grupo”. Así
debe ser. La Historia no es el principio, no hay ningún prius lógico; la
Historia es precisamente el resultado de todas esas lecturas, el mosaico
16 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

tejido por las diferentes teselas. Toda historiografía es fragmento. Pero


hay teselas especialmente valiosas, que de pronto arrojan luz sobre la co-
locación de varias otras, y Hacer historia es de ese tipo, luminoso, de tese-
las. Un libro breve, de larga lectura, porque nos deja pensando, durante
mucho tiempo después de finalizar su lectura, sobre muchos aspectos
del modo español de hacer historia literaria. Y que opera el milagro de
lograr que, en nuestra mente antes difusa y revuelta, de pronto las pie-
zas encajen. Y cómo.

VICENTE LUIS MORA


New México (EEUU), enero 2008
Hacer historia: crítica literaria y
poesía posfranquistas
Toda historia es ficción.
Y más aún: sólo como ficción la historia existe.
JENARO TALENS, Ritual para un artificio (1971)

Se hace así cada vez más difícil leer, pues para conseguir hacerlo
libremente parecería necesaria antes una crítica de la crítica que dejara
en evidencia sus mecanismos, que ofreciera un terreno abierto.
Pero para ello habría que remontarse mucho, mucho más de lo
que aquí es posible, quizá hasta la posguerra.
MIGUEL CASADO (2005: 129-30)

La memoria del hombre no es una suma;


es un desorden de posibilidades indefinidas.
JORGE LUIS BORGES La memoria de Shakespeare (1983)

Desde hace ya tiempo se viene formulando aquí y allá la pregunta


sobre si la actual democracia española nació o no de un «pacto de silen-
cio» y de la «desmemoria histórica» perpetrados en aras del llamado
«consenso político». Cabe, igualmente, plantearse esta otra cuestión:
¿ha ocurrido –de modo paralelo a la situación social y política– eso
mismo en la literatura española de las últimas tres décadas? Es decir, ¿ha
consentido la literatura española de finales del siglo XX? Y en caso afirma-
tivo, ¿lo ha hecho toda ella?
Si –como ha descrito Javier Tusell (1991: 192-193)– el consenso po-
lítico, que se produjo desde arriba, tuvo como consecuencia evitar los
temas conflictivos, cabe preguntar primero si se dio similar consenso en
las letras –y si ese consenso tuvo similares consecuencias– y, segundo, si
la ansiada estabilidad y el excesivo tutelaje han fomentado o no la inmo-
vilidad y silenciado la diversidad. Para Teresa Vilarós (1998) y Antonio
Méndez Rubio (2004: 31), entre otros, así es: «Tanto en lo político como
en lo cultural, la transición a la democracia vendría marcada por un re-
chazo de los proyectos críticos, por el olvido colectivo como pacto de
17
18 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

convivencia nacional, activándose así una lógica de “demanda repre-


siva” o “política de borradura”.»
Igualmente podemos inquirir las letras de la democracia teniendo
en cuenta que en gran medida el «régimen político franquista y su
misma evolución determinaron el carácter de la transición» (Juliá 1991:
42), tratando de escudriñar hasta qué punto este hecho haya incidido
en ellas. Por último, otra posible pregunta sería si ha tenido algo que ver
o no en el desarrollo de nuestra literatura el hecho de que «el caso espa-
ñol [su paso de la dictadura a la democracia] parece confirmar la hipó-
tesis […] de que las transiciones con mayores posibilidades de éxito son
las que no plantean una amenaza al sistema imperante de alianzas, así
como las que tienden a preservar o fortalecer los lazos políticos y econó-
micos con la potencia dominante» (Powell 1993: 142). En resumidas
cuentas, la cuestión sería la siguiente: ¿de qué mundo hablan, directa o
indirectamente, los textos literarios posfranquistas? E igualmente, ¿de
qué literatura nos habla la historia de la literatura de ese periodo?
Una investigación exhaustiva que diera una respuesta plena a estos
interrogantes está a todas luces fuera de nuestro alcance. Entre otros
muchos, Jordi Gracia (2000 y 2001), Germán Gullón (2004) o José-Car-
los Mainer (2005) han rozado o circundado en ocasiones estas pregun-
tas en ensayos recientes, y José Manuel López de Abiada (2004, 2004a y
2006) lleva tiempo ocupado en rastrear en esta dirección la novela espa-
ñola del período posfranquista. En lo que a la poesía se refiere, entre
otros, primero Jenaro Talens (1989, 1989a y Sánchez Robayna 2005) y
después el colectivo Alicia Bajo Cero (1997) han perpetrado con lucidez y
atrevimiento la aproximación más intrépida y certera a muchas de estas
cuestiones; Jaume Pont y Jordi Doce (ambos en Sánchez Robayna 2005)
han seguido ese camino; Vicente Luis Mora (2006) ha ido y venido por
él con valentía y desparpajo; Juan José Lanz (1994, 1995, 1998, 2001 y
2004) ha llevado a cabo incursiones en numerosos trabajos; y Miguel Ca-
sado (2005) ha sido de quienes más y mejor atención han prestado a los
autores «no oficiales» y a los mecanismos críticos e historiográficos de
oficialización.
Aquí, en lugar de hablar de poetas y de poesía, pretendemos ocu-
parnos aunque sea sucintamente del contexto gremial en que aparecen,
del ambiente en que se encuentran, es decir, de lo que Pierre Bourdieu
llamaría «campo» y Manuel Rico (Mora 2006: 12) «ecosistema». Y tam-
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 19

bién, antes de examinar algunos pescados, le echaremos un vistazo a la


red utilizada para capturarlos. Intentaremos, pues, antes de practicar
una serie de calas ágiles en la poesía posfranquista, prestar alguna aten-
ción a dos aspectos como 1) la forja de la historia de la poesía reciente y
2) el modus operandi de la crítica más visible e influyente en las corrientes
de opinión y en la formación del canon.
Quizás, en cierto modo, arroje mejor luz reflexionar sobre lo que
la crítica no ha podido o querido decir que sobre aquello que sí ha
dicho. Jenaro Talens lo ha expresado bien respecto a la denominada ge-
neración del 70:
Nada hay tan difícil de analizar como aquello que no se desea analizar.
La crítica, periódica o especializada, sobre la llamada «generación del 70», re-
sulta ya, desde esa perspectiva y a la altura de 1989, tan clarificadora como en-
gañosa. Clarificadora, no por lo que dice, sino por lo que calla de su supuesto
objeto; engañosa, porque, salvo contadas excepciones, evita asumir su carácter
constructor, ofreciendo como descripción de un estado de cosas lo que, de
hecho, surge como una forma previa de acotar, definir y clasificar un territorio.
(Talens 1989: 55)

1. HACER HISTORIA
Hace más de una década José Luis Falcó escribía lo siguiente:
«Asistimos ahora, una vez decretado, siniestramente, el fin de la histo-
ria, a un inusitado renacer de la misma a partir de la reflexión sobre sus
propias fuentes, procedimientos y códigos; se han multiplicado los pun-
tos de vista y, en consecuencia, se ha venido realizando un especial es-
fuerzo en el estudio y revisión de los discursos que los sustentan; es
decir, de su siempre compleja problemática central: la relación entre
poder, ideología y lenguaje.» (Falcó 1994: 40) Hoy ese especial esfuerzo
sigue siendo igualmente necesario. El pasado es un tiempo cerrado que
puede y debe ser objeto de continua valoración. Las reflexiones que si-
guen pretenden arrojar un haz de luz sobre el dominio ejercido, du-
rante las últimas décadas, sobre la poesía «joven» en español. Ese domi-
nio ha sido ejercido, en primera instancia, por el sector de la crítica
literaria de influencia más inmediata y efectiva.
Por muchas páginas que se le dedique al asunto, cae por su propio
peso que los poemas en nuestra sociedad desempeñan un papel tan in-
20 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

significante e irrelevante que casi resulta irrisorio hablar del uso político
que de ellos se pueda hacer. Pero eso, claro, no es razón para callar. Par-
tamos de un hecho palmario: el poder ha apoyado y apoya siempre, ofi-
cializándolas y en parte creándolas, las literaturas conservadoras, acríti-
cas, acomodadas y arraigadas, a la vez que intenta silenciar –haciendo
caso omiso de ellas– o anular –integrándolas– todas las demás. Ergo el
poder –aunque se llame democrático– sigue sin aceptar críticas «incon-
troladas», la censura se ha sofisticado y nuestra supuesta democracia es
una verdad a medias. Aunque sus dimensiones sean del «tamaño de un
pétalo», como dice José María Parreño (1993: 133), la poesía –mínima
pieza, pero al fin y al cabo pieza, de la cultura– es un modo más de pro-
paganda para cualquier gobierno, prefranquista, franquista o posfran-
quista, y como tal es controlada o ninguneada por él, puesta a su servicio
o declarada inútil, tratada –en definitiva– como una sierva por su amo.
Giorgio Colli (1978: 39) habla de la «esclavitud disfrazada» de nuestra
cultura: «Uno de los conceptos más estólidos del presente es la libertad
de la cultura. Si cultura significa científicos, filósofos, artistas, es imposi-
ble ignorar cómo actualmente la propia vida de todos ellos está dirigida
de manera decisiva, y no genérica, por el Estado, o, en cualquier caso,
por el poder mundano. […] la libertad de la cultura es la que el Estado
le concede, o sea, es una servidumbre a la que el poder político le per-
mite alardear de orgullosa autonomía.»
Es frecuente reflexionar sobre las coacciones y mentiras pasadas
(cuando su desvelamiento ya no puede resultar nocivo para los mentiro-
sos aunque puede que sí gratificante para los mentidos: «la más íntima
naturaleza del franquismo no era política sino cultural», [Giner 1985:
11]); no lo es, en cambio, hacerlo sobre las mentiras recientes: ¿cuál es
la más íntima naturaleza de la transición? Lanz (2002: 13) señala –valga
como mero ejemplo– que «la Historia se convierte en la primera etapa
del franquismo en propagandista de los temas imperiales, pero también
la nostalgia imperial deja sus ecos en las evocaciones poéticas. El so-
porte ideológico que sustenta la “democracia orgánica” en los años se-
senta, una vez consolidado el sistema de poder y legitimada histórica-
mente la usurpación, plantea el final de las ideologías como
consecuencia última del final de la Historia que había previsto Hegel.» Y
tal y como este estudioso nos habla con tino de cómo el aparato intelec-
tual franquista incidió en la historia de la literatura de posguerra, noso-
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 21

tros deberíamos plantearnos qué ocurrió después, es decir, en qué me-


dida y cómo el aparato intelectual democrático, mediante sus invisibles
y hasta inconscientes ramificaciones y tentáculos, ha usurpado a la vez que
modelado la poesía posfranquista y su historia.
Ha sido el colectivo Alicia Bajo Cero quien más claramente ha for-
mulado la sospecha que nos ronda: «la [falacia] de que un régimen pro-
duce, de manera lineal, un correlato literario de idéntico carácter, de
manera que del régimen franquista emana una literatura franquista y de
un régimen democrático emana una literatura democrática. […] el en-
gaño de que oponerse a la literatura actualmente oficializada (de la que
los críticos actualmente oficializados viven) sólo puede realizarse desde
un espacio antidemocrático y totalitario» (Alicia Bajo Cero 1997: 29).
Tal y como explicara el últimamente tan citado Walter Benjamin,
son siempre los vencedores quienes saquean el pasado y escriben la His-
toria. No menos cierto es que la crítica literaria dirige –y por tanto, en
cierta medida, inventa– la historia de la literatura. Cualquier libro de
historia –literaria, social, política, etc.– está plagado de planos sesgados,
retoques, maquillajes, énfasis, silencios, medias verdades, exageraciones
y olvidos destinados a perfilar una imagen favorable, tranquilizadora y
rentable tanto para quienes escriben esa obra como para sus destinata-
rios. Y la versión de la historia de mayor circulación es siempre, sin ex-
cepción, la de los dominantes. «La apropiación de la memoria y del ol-
vido –escriben José Manuel López de Abiada (2004a: 140) y Augusta
López Bernasocchi– es una de las magnas aspiraciones de las clases do-
minantes, los silencios y omisiones son referencias manifiestas o metáfo-
ras de ciertos mecanismos de la manipulación de la memoria histórica y
social, y por tanto instrumentos de poder, puesto que controlan y sojuz-
gan el recuerdo y la tradición.»
La historia –afirma Paul Valéry (1987: 129)– «disimula la ignoran-
cia del pasado» porque «el historiador sólo ve lo que está acostumbrado
a ver (¿y si un hombre se permite mirar de un modo algo distinto?), es
decir, a leer. Sólo ve lo que lee. Es preciso por consiguiente examinar el
leer y sus posibles efectos.»
«Todos los que se dicen elementos reales / agonizan al fondo de
una página escrita / con ordenada minuciosidad», dice en un poema de
Ritual para un artificio (1971) Jenaro Talens. Juan Carlos Rodríguez ha
señalado la imposibilidad de «seguir hablando sobre cualquier fenó-
22 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

meno literario basándonos simplemente en un empirismo tal que pa-


rezca que los llamados datos no sólo nos explican su verdad en sí mismos
sino que incluso están totalmente dados» (Rodríguez 1994: 259). Ha
hecho también hincapié este estudioso en la necesidad de ser «cons-
cientes de que una verdadera categorización teórica de la literatura no
sólo no se hace “espontáneamente”, sino de que siempre quedará con-
taminada de algún modo por esos inconscientes hábitos de lectura ge-
nerados por la ideología dominante y concretados en la escuela, hábitos
que nos “dicen” tanto lo que es un texto literario como lo que es cual-
quier otro hecho vital» (1994: 259-260); llegando a afirmar que «desde
1950 la historia de la llamada literatura española contemporánea no es
más que […] una serie de líneas trazadas por los intereses editoriales,
económicos, desde luego en el fondo, pero ideológico/literarios ante
todo, en una articulación inescindible» (1994: 260).
Imprescindibles a este respecto resultan las reflexiones del ya ci-
tado Jenaro Talens sobre «cómo se ha gestado y producido histórica-
mente el canon historiográfico que ahora se conoce como “generación
del 70”»: «[…] la construcción de todo canon historiográfico dirige, se-
lecciona y construye a su vez su propio objetivo y la perspectiva desde
donde leerlo. En una palabra, no hay crítica sobre los “novísimos” por-
que existan previamente los “novísimos” sino que hay “novísimos” como
objeto de estudio porque existe una crítica que habla de ellos.» (Talens
1989: 55)
También ha señalado Talens, refiriéndose al carácter institucio-
nal de todo canon, que «[…] cuando se instituye como disciplina aca-
démica el estudio de los textos denominados literarios, dicha institu-
cionalización no va tanto asociada al deseo de abordar analíticamente
un patrimonio artístico y cultural, cuanto a la necesidad de cooperar a
la constitución de una determinada forma de estructura política y so-
cial. En una palabra, no se instituye para recuperar un pasado sino
para ayudar a constituir y justificar un presente.» (Talens 1989a: 107)
Con el fin de constituir y justificar ese presente, se saquea y desfigura
sistemáticamente el pasado, es decir, nuestra memoria de él. El poder
de incisión en la memoria colectiva con que cuentan los historiadores
de la literatura no es en absoluto baladí; tampoco, claro, abrumadora-
mente determinante, pero eso no significa que podamos hacer caso
omiso del fenómeno.
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 23

Si son ciertas las investigaciones de Johannes Fried4 sobre la me-


moria histórica, no estará de más tener en cuenta los siguientes fenóme-
nos cada vez que nos enfrentemos a un texto que nos hable del transcu-
rrir de la literatura: 1) la narración reiterada de una serie de
acontecimientos hace que la memoria sufra repetidas modificaciones,
puesto que se adapta siempre al punto de vista «momentáneo» del na-
rrador; 2) la memoria se encuentra en disposición latente a la distorsión
o inversión; 3) una crítica sistemática desde la memoria implica un es-
cepticismo fundamental hacia todos los supuestos conocimientos de las
ciencias históricas, ya que constituyen una mezcla confusa de sucesos re-
ales y recuerdos erróneos; y 4) lo primordial ya no sería preguntar qué se
recuerda sino cómo se recuerda. En la medida de nuestras posibilidades,
es uno de nuestros propósitos ensayar aquí desde tal escepticismo fun-
damental un intento de ir en pos de la pregunta ¿cómo han recordado en
España los críticos de poesía joven más influyentes –es decir, los «oficializados»–
durante las últimas décadas?
Todas estas afirmaciones y preguntas nos empujan, claro, hacia la
idea de canon, a seguir reflexionando sobre ella, pero vamos a resistir el
empellón para evitar así dispersar aún más estas páginas. Valgan los dos
siguientes fragmentos del ya citado Talens –que suscribimos sin reser-
vas– para poder seguir adelante:
[…] el canon es algo más que una forma de catalogar y clasificar la historia; fun-
damentalmente consiste en un modo de enfrentarse a la realidad y, por ende,
de escribir (esto es, de rehacer) la historia. La Historia de la Literatura, como
disciplina académica, describe el hecho obvio de sus metamorfosis, pero no re-
vela el entramado de los cambios ni, mucho menos, los motivos extratextuales
que articulan su estructuración. (Talens 1989a: 111)

[…] el valor «canonizador» proviene del frotamiento y la repetición de nom-


bres y esquemas en simposia, reuniones públicas, universidades de verano,
donde es la circulación y no el discurso que circula, el principal argumento de
autoridad. (Talens 1989: 55)

4
Johannes Freid: “Erinnerung und Vergessen. ‘Die Gegenwart stiftet die Einheit
der Vergangenheit’”, Historische Zietschrift, 273, 2001, 561-593. [Citado y traducido por
López de Abiada (2006)].
24 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

2. EL GUSTO COMO PROCEDIMIENTO DE EXCLUSIÓN


Tal vez fuera Michel de Foucault (2002: 24) quien más a fondo
analizó el hecho de que «[…] en toda sociedad la producción de discur-
sos esté a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto nú-
mero de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y
peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y te-
mible materialidad.» Uno de esos procedimientos internos de limita-
ción del discurso es la crítica literaria.
He aquí una posible definición de crítico de poesía: un mejor lector
de poesía que expresa en público y por escrito sus opiniones y juicios de valor sobre
aquello que lee. ¿Y qué es lo que legitima la excelsitud de un crítico res-
pecto al resto de los lectores? En palabras de Guillermo Carnero, una
sola cosa: «la capacidad para discernir y calibrar valores y méritos; es
decir, el gusto»5 (Carnero 1), supuesta virtud o don que –añade– exige
tres requisitos: «ausencia de prejuicios, amplia familiaridad con la litera-
tura y sensibilidad para apreciarla». A nuestro modo de ver, la «familiari-
dad con la literatura» y la «sensibilidad para apreciarla» son irrefutables,
aunque no quede claro con qué literatura ha de tenerse esa familiaridad
ni a través de qué tipo de sensibilidad se ha de apreciarla: sabemos de
sobra que tanto las literaturas como las sensibilidades no carecen de his-
toria y de promotores. En cambio la «ausencia de prejuicios» resulta,
sencillamente, quimérica6. De la misma opinión es Juan Carlos Rodrí-
guez (2002: 53):
5
Sobre la función censora del gusto escribe Alicia Bajo Cero (1997: 28): «bajo el
pretexto del buen gusto se realiza una apropiación universalizadora de cualidades sub-
jetivas suficiente para descalificar a la oposición, lo que va indisolublemente ligado a la
labor crítica: no todo lo que se escribe es digno de llamarse Literatura y yo, como crítico,
discrimino.» Y Juan Carlos Rodríguez (1994a: 44) ha señalado la relación entre la es-
finge gusto/censura y la ideología: «el hecho obvio de que (aparte de la tradición con-
vencional: la memoria estética que impregna su práctica) la poesía -su Norma- está siem-
pre […] construida desde un ámbito crítico/ideológico que se va filtrando por todos los
huecos y que establece lo que es y no es poesía (o buena o mala poesía).»
6
Resulta significativo que el antólogo de poesía de la experiencia Germán Yanke
(1996: 11) abriera su prólogo afirmando no ser un crítico sino «un lector interesado»,
cuando en realidad, a efectos prácticos, lo uno y lo otro vienen a ser exactamente lo
mismo: «He repetido allí donde he tenido la oportunidad de hablar de poesía que, sin
renunciar a serlo en el futuro, no soy un crítico literario. Soy, valga la advertencia para
los profesionales, un lector interesado.»
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 25

Cuando Borges dice que todos somos lectores (y por supuesto escritores)
«pre-juiciosos», me gustaría que la frase se tomara profundamente en serio. Un
pre-juicio significa un juicio sintético a priori, algo que se realiza «antes» del jui-
cio analítico o experiencial. Lo cual pone muy en entredicho el aura de la lec-
tura (o de la escritura) in nuce, al desnudo. Pues efectivamente (y no sólo por la
mesa camilla familiar o por la educación literaria o filosófica: ¿quién educa a los
educadores?) de hecho leemos lo que «queremos leer». Algo así como Colón
encontró lo que quería encontrar (Las Indias, Cipango, etc). O como podría-
mos decir parafraseando a Pascal: «si me buscas, es porque ya me habías encon-
trado antes». En la lectura (en cualquier hermenéutica, sea del tipo interpreta-
tivo que sea), el pre-juicio cobra una fuerza radical.

Porque estamos de acuerdo con esta afirmación, nos atenemos a


dos premisas. La primera de ellas la ha expresado a la perfección el ya ci-
tado Carnero, aunque acto seguido lamentara que «en modo alguno
ocurra así»: «[…] la crítica tiene una misión relevante –orientar una opi-
nión pública incapaz de valorar adecuadamente por sí sola– y una respon-
sabilidad considerable –crear la imagen de quienes dedican su esfuerzo a
ofrecer un producto en el que sienten comprometida su entidad perso-
nal, y cifran el sentido de su vida» (Carnero 1) [las cursivas son nuestras].
Al contrario de lo que piensa Carnero, nosotros sí creemos que
cierta crítica ha orientado y creado la imagen. Precisamente por ese motivo
–y aquí va la segunda premisa– nos parece no saber qué es lo que real-
mente ha ocurrido con la poesía española desde que Franco muriera.
Sospechamos que lo único que conocemos es la versión de los hechos
que la crítica más influyente fue forjando o modelando a cada momento
y la que hoy, aprobada por la repetición, ha quedado configurada como
histórica.
Y al contrario de lo que piensa Felipe Benítez Reyes7, creemos que
–desgraciadamente– a la postre sí viene a ser lo mismo «hacer historia a
partir de unos datos que crear voluntariosamente unos datos con la pre-
tensión de hacer historia»; es más, que no de otro modo se ha forjado
7
«Pero no es lo mismo hacer historia a partir de unos datos que crear voluntario-
samente unos datos con la pretensión de hacer historia. La historia no se chupa el dedo.
El presente puede ser una afanosa figuración colectiva, pero el futuro es siempre el fu-
turo, y ya se sabe que los futuros literarios son mucho más listos que los presentes litera-
rios, esos trampantojos que pueden depender de unos periodistas en prácticas, de los di-
rectores de unos cursos de verano o de la salud estomacal de los críticos de los
periódicos de circulación nacional.» (Benítez 1995: 54)
26 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

gran parte del canon durante las pasadas tres décadas. Y es cierto que el
canon cambia, pero también lo es que las mentiras presentes sólo serán
reemplazadas o desplazadas por mentiras –o a lo sumo medias verda-
des– futuras.

3. LA HISTORIA DEL PRESENTE

La historia de una poesía que aún no ha hecho historia es una invención.


JUAN MALPARTIDA (1993: 122)

A pesar de la insistencia con que se viene repitiendo que «cuanto


más reducida sea la distancia que separe al historiador del proceso que
trata de estudiar, mayores serán sus dificultades a la hora de establecer
ciertos períodos o etapas que expliquen, sin desnaturalizarla, la secuen-
cia causal de los hechos» (Villanueva 1992: 3), sorprende que la versión
al cabo oficializada de esos hechos no varíe apenas de la que –supuesta-
mente de manera improvisada y urgente– se emitió cuando aún estaban
desarrollándose. Ejemplo: lo que hoy se puede leer en los manuales
sobre la llamada Escuela de Barcelona o sobre los novísimos es, al fin y al
cabo y grosso modo, lo que los cabecillas de ambos grupos quisieron que
se dijera de ellos.
Por otra parte, el afán por historiar lo presente, y por consiguiente
de ir fabricando el canon de lo que aún está teniendo lugar, en parte
responde –como señala Antonio Méndez Rubio– a que, «por definición,
el canon se orienta a la función de amortiguar los conflictos interpreta-
tivos» (2004: 16), y su «radio de acción […] desborda lo académico para
convertirse en un mecanismo de poder de primer orden» (2004: 17).
Para otros como Juan Malpartida, la urgencia clasificatoria y eti-
quetadora tiene que ver con la sociedad del espectáculo y el vértigo con-
sumista, que necesita e impone una constante renovación, instaurando el
cambio como valor en sí: «ya que la poesía más que con un acto de escri-
bir y de leer es identificada con un personaje social claramente público,
se impone la renovación constante» (1993:122).
Los primeros bocetos de la actual interpretación de la historia de
la poesía española posfranquista fueron ganando adeptos o creyentes e
incidieron con fuerza en las propias tendencias estéticas desde princi-
pios de los años ochenta, haciendo que, por un lado, gran parte de las
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 27

promociones de poetas más jóvenes terminara obedeciendo a los críticos


influyentes y, por otro, que aquellos autores que no «pasaron por el aro»
y se mantuvieron fieles a cualesquiera otras estéticas, perdieran el ac-
ceso a los canales que les podían acercar en igualdad de condiciones a
los –como dijera Andrés Trapiello– quinientos lectores de poesía que
había, y tal vez aún haya, en España. Tanto tuvo de campaña durante la
primera mitad de los años ochenta, valga como mero ejemplo, la tenden-
cia neosurrealista promovida a raíz del primer poemario de Blanca An-
dreu como después lo tuvo la poesía de la experiencia. Hoy está ocurriendo
–queremos decir que está llevándose a cabo– otro tanto de lo mismo con
lo que Luis Antonio de Villena ha «capturado» en su La lógica de Orfeo
(2003), pero los árboles aún no dejan ver el bosque y no seremos noso-
tros quienes perpetren la rentable tarea de podarlos tan temprano.
Nos parece, pues, necesario consignar una vez más una verdad
sólo en apariencia discutible pero a nuestro entender de Perogrullo: la
inmensa mayoría de la crítica –tanto la universitaria como la «mili-
tante»– no fotografía o retrata la poesía del momento sino que la perfila
y encauza; exactamente del mismo modo que los medios de comunica-
ción no informan sobre la realidad sino que la conforman mediante
una premeditada selección e interpretación de hechos.
Nos parece, pues, desencaminado intentar averiguar qué es lo que
«realmente» ha ocurrido con la poesía española de las últimas tres déca-
das, porque las fuentes disponibles (salvo las propias obras poéticas,
claro, pero la discriminación editorial no deja de actuar hasta pasado
mucho más tiempo), porque, decíamos, las fuentes disponibles para re-
montarnos en el tiempo no son fiables. Lo que sí queremos y podemos
llegar a saber mejor es lo que se ha hecho de ella8. Articular históricamente

8
(Jay Gould 1999: 269): «Los filósofos a menudo nos explican, no por cinismo,
sino por afán de exponer un principio básico de la búsqueda humanista, que las menti-
ras proporcionan indicios preciosos a quien quiere evaluar la historia y el significado de
los acontecimientos culturales. En definitiva, la verdad de los hechos se contenta con
ser, pero las mentiras tienen que ser inventadas por personas concretas y por motivos es-
pecíficos. De ahí que las mentiras se conviertan en fenómenos únicos, de las que se
puede referir la historia, mientras que las verdades disponibles pueden redescubrirse
múltiples veces y de modo independiente.» Y también (Jay Gould 1999: 271): «Los seres
humanos son criaturas en busca de estructuras. Necesitamos localizar un orden en nues-
tro entorno, posea o no este orden el sentido y el fundamento causal que nos vemos
28 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

el pasado –Walter Benjamin dixit una vez más– no significa conocerlo


como verdaderamente ha sido. Pretender «hacernos con» los verdaderos he-
chos pasados mediante el cotejo de los textos disponibles es sólo una ilu-
sión alentada por los productores de historia de la literatura, que son
quienes esculpen esa verdad. Resulta mucho más fructífero y esclarece-
dor limitarse a desvelar cómo se ha forjado esa «verdad» en lugar de in-
ventariar, catalogar y periodizar nombres, títulos, etapas y tendencias.
Saber qué no ocurrió de aquello que se da por ocurrido es más fiable
que creer medias verdades. Muchas de las supuestas verdades de la re-
ciente historia de la poesía española no son más que virutas desprendi-
das de una de las infinitas posibles interpretaciones de los hechos, caji-
tas forjadas a machaca martillo por los críticos más influyentes y, en
muchas ocasiones, también por los propios poetas, todos ellos –salvo
muy raras excepciones– con intereses curriculares en juego.
Lo mismo, por cierto, ha ocurrido con los otros, con todas las demás
corporaciones poéticas, es decir, las no (auto)declaradas hegemónicas,
sólo que su versión de los hechos no ha alcanzado la oficialidad en la
misma medida que la del grupo más fuerte, y ello por una sencillísima y
rotunda razón: carecían de las vías de difusión de ideología literaria
adecuadas o –como diría Hans Ulrich Gumbrecht, citado por Mainer
(2005: 8)– de los medios de «producción de presencia». Como ejemplo
de la maleabilidad de la realidad, véase el texto seriamente sardónico de
Enrique Falcón «Poesía # 91/02» (2003), en el que este miembro del co-
lectivo Alicia Bajo Cero escribe una posible historia de la poesía española
del período 1991-2002 a la manera de tantos otros críticos o autores, es
decir, mencionando única y exclusivamente lo que le da la real gana.
Sólo que Falcón lo hace concentrada y abiertamente, sin tapujos, no so-
lamente dando la versión de los hechos que él (y los suyos) prefieren
empujados a preconizar. […] En su búsqueda de este orden que les es necesario, los
seres humanos revelan también que son narradores de historias. En otras palabras, ex-
perimentamos la necesidad de encontrar sentido a una serie de acontecimientos históri-
cos (o, en ciertas culturas, de explicar lo que, en apariencia, carece de sentido), confec-
cionando un relato coherente, en general una fábula destinada a aliviar nuestras
pequeñas miserias […]. Esta tendencia profunda de la naturaleza humana -nuestra ne-
cesidad de descubrir pautas regulares y de armonizarlas por medio de relatos- no debe
considerarse necesariamente una traición, aun cuando desemboque en invenciones pa-
tentes que con excesiva frecuencia conducen (cuando se combinan con el fervor de la
«verdadera fe») a mutilaciones y a destrucciones.»
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 29

sino también afirmando indirectamente que la realidad también podría


llegar a ser no sólo lo que la oficialidad afirma sino lo que a él le plazca y
convenga.
Más trabajado, contundente y convincente resulta otro de los textos
de Alicia Bajo Cero, el volumen pseudoanónimo Poesía y poder (1997)9,
entre otras cosas «una asombrosa deconstrucción de las bases izquierdis-
tas de la poesía de la experiencia» (Vicente Luis Mora 2006: 82). He aquí
un fragmento de esta obra en el que se expresa bella y solventemente
mucho de lo que hasta ahora se ha intentado decir en estas páginas:
Hablar del mundo es proponer un mundo. De forma indisoluble. Toda
opinión, toda mirada selecciona unos rasgos y no otros, señala un paisaje deter-
minado y, consciente o inconscientemente, sus límites. Quiere esto decir que no
parece posible una mirada total, global, que lo viera todo, aunque sólo sea por-
que, para ello, ésta debería, paradójicamente, localizarse en un fuera-de-lugar,
una nada que con dificultad podría ser tal desde el momento en que algo tan
complejo como una mirada o un lenguaje se proyecta desde ella. En este sen-
tido, no puede haber un solo mundo sino tantos como sujetos –individuales o
colectivos– miren y hablen. Hablar del mundo es pronunciar un mundo entre
otros. Fragmentos. Sin embargo, del reconocimiento del fantasma que nombra
lo absoluto no tiene por qué derivarse sólo la renuncia a la búsqueda del con-
senso interpersonal y la inercia ante lo que hay sino, más vivamente y sobre
todo, una doble posibilidad de hecho: el diálogo, más o menos conflictivo entre
visiones diferentes, por un lado, y/o la contradicción exclusivista, paralizante,
por otro. La selección se hace en todo caso de acuerdo a las capacidades e inte-
reses del que habla. Considerar que todo mundo depende del lugar –del
mundo– desde donde una mirada lo mira e interpreta, implica abandonar el pa-
raíso aséptico de la opinión neutra, presuntamente objetiva. Ciego y opaco, el
objeto, aun si aceptáramos su existencia al margen del sujeto que lo construye,
desde luego no mira, ni habla. No hay mundo(s) sin valores y condicionantes
concretos que lo(s) articulen. Hablar del mundo, además de reflejar pasiva-
mente, es también proponer, proyectar uno posible. En el incesante renovarse
de este espacio toma cuerpo la esperanza (pp. 11-12).

9
El intencionado silencio impreso que, salvo contadas excepciones (Gracia 2000,
Iravedra 2002, Pont en Sánchez Robayna 2005 o especialmente Mora 2006), se ha cer-
nido sobre esta obra habla indirectamente a favor de sus tesis. El propio Méndez Rubio
(2005: 106) ha reflexionado sobre ello: «En gran medida, aún puede decirse que Poesía y
poder es hoy un texto desaparecido. Es sorprendente la desproporción entre su presen-
cia en conversaciones informales o privadas y sus fugaces y ambiguos momentos de apa-
rición pública.»
30 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

4. UN BOTÓN DE MUESTRA: LA RECENSIÓN EN PRENSA DE UN


POEMARIO POR UN POETA

La crítica periodística no tiene, como se figura, poder ninguno


sobre el juicio del público, sino solamente sobre su atención; de ahí que
su único atentado consista en silenciar.
ARTHUR SCHOPENHAUER (Parábolas, aforismos y comparaciones,
Barcelona, Edhasa, 1995, p. 155)

De los cuatro tipos de crítico que T. S. Eliot registrara en su célebre


conferencia «Criticar al crítico» (1961), quedémonos con el cuarto: «El
crítico poeta, cuya actividad es subproducto de su actividad creativa»10.
En cuanto a los posibles tipos de reseña, Germán Gullón ha seña-
lado los siguientes: «la académica [Hispanic Review], la semiacadémica
[Quimera o Lateral] y las reseñas de prensa» (Gullón 2004: 108). Fijémo-
nos en la tercera de ellas, también llamada –como apunta Ricardo Sena-
bre (Ródenas 2003: 59)– «militante», «pública», «periodística» o «inme-
diata», y que es la que se puede leer en los suplementos literarios o
culturales de los periódicos.
Por supuesto se trata –tal y como escribe Juan Antonio Masoliver
Ródenas (Ródenas 2003: 20)– «[d]el tipo de publicación en que el crí-
tico tiene un papel más complejo y arriesgado», porque los textos «se di-
rigen a un público lector más amplio y […] pueden decidir el destino
de un libro».
¿Cómo llegar a ser crítico de prensa? –«Cuando empezamos a colabo-
rar en una revista o un periódico, por lo general la amistad con el encar-
gado de las reseñas suele ser la única carta de presentación requerida»
(Gullón 2004: 102). En el caso de que el aspirante a crítico sea además
autor, y en concreto poeta, puede que se le exija también una «recono-
cida» inquietud literaria: «Un perfil bastante común del crítico –afirma
Santos Sanz Villanueva (Ródenas 2003: 33)– proviene del hecho si-
guiente. Al periódico llega un joven avalado nada más por unas inquie-

10
Los otros son: «1) El crítico profesional, entregado a la recepción de la actuali-
dad literaria desde la tribuna de un diario o una revista. 2) El crítico “con fervor”, al que
le embaraza tener que tasar una obra y prefiere exaltar las virtudes de las que estima so-
bresalientes. 3) El crítico académico y teórico, donde se mezcla el erudito con el pensa-
dor siempre a una prudente distancia del hervidero de lo actual.»
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 31

tudes literarias. Este colaborador desea abrirse un camino por medio de


esta vía indirecta y no dispone de más formación ni información que su
deriva vocacional; tampoco se le exigen mayores prendas.»
¿Por qué o para qué reseñar poemarios? –Gullón apunta tres posibles
móviles para los reseñistas de novelas: la «afición», el «ansia de notorie-
dad» y el «dinero» (2004: 103). En el caso de la poesía, el móvil econó-
mico queda automáticamente descartado: los posibles ingresos, aun en
el caso de escribir para los diarios de tirada nacional, no suelen pasar de
simbólicos. (Y si hablamos de las revistas, la mayoría no llega ni a ese sim-
bólico pago.) En cuanto a la «afición», creemos que a quien sienta una
verdadera vocación por la crítica literaria difícilmente podrán satisfa-
cerle el formato y las imposiciones de un suplemento cultural.
Queda, pues, el «ansia de notoriedad». En el caso de que el
poeta/crítico tenga ya cierto nombre, la reseña es un utensilio para ha-
cerse con más nombre aún. Lo más frecuente, en cambio, es el caso del
poeta/crítico neófito, que una vez cobrada la notoriedad perseguida
abandona el oficio para dedicarse a tareas menos «sucias».
A este respecto las declaraciones de críticos reconocidos son cla-
ras. Para Domingo Ródenas (2003: 9-10) «hay jóvenes que pugnan por
entrar como reseñistas en un suplemento como si de ese modo penetra-
ran en la gran mansión de la Literatura por una puerta lateral para, una
vez dentro, establecer sus contactos con vistas a su apoteósica eclosión
como nuevos talentos.» Y según Sanz Villanueva (Ródenas 2003: 34) ese
joven «[…] necesita hacer relaciones en la sociedad literaria para ampa-
rar su propia obra (editarla, difundirla, también promocionarse él
mismo) y esto le llevará a una sistemática discriminación: a los amigos o
valedores, reales o presuntos o posibles, los tratará con elogio; los desco-
nocidos harán de diana de unos dardos calculados para lucir la ima-
gen.» José María Parreño (1994: 30) escribía a los treinta y cuatro años:
«Sé, por ejemplo, que se me tiene más en cuenta que a otros poetas de
calidad literaria igual a la mía porque trabajo en la gestión cultural. Y
que se me tiene menos que si hiciera crítica en El País o fuera íntimo
amigo de tres o cuatro personalidades.»
¿Para quién se escriben las reseñas? –«Nunca hay que escribir para los
autores de un libro, aunque es lo que suele hacerse», asevera Domingo
Ródenas (2003: 23). En el caso de la poesía sería más exacto decir que
las reseñas que escriben los poetas las escriben para sí mismos, es decir,
32 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

para beneficio propio: la críticas desfavorables no abundan y, como sa-


bemos, escribir a favor de otro –siempre un afín, amigo o posible
amigo– resulta favorable para ambos, emisor y receptor, ya que tarde o
temprano el receptor –o un tercero, afín, amigo o posible amigo de
éste– hará a su vez de emisor, dando comienzo a la archiconocida opera-
ción «toma y daca». Si se cumpliera este mandamiento de Ricardo Sena-
bre: «no se debe nunca reseñar la obra de un escritor amigo» (Ródenas
2003: 71), el número de reseñas de poesía se reduciría a un tercio,
puede que a un cuarto.
No ocurrirá, claro: «La crítica periodística es un subgénero que
consumen fundamentalmente críticos y autores, y sólo en un lugar muy
secundario otros lectores» (Jordi Gracia en Ródenas 2003: 145); y en lo
que a la poesía respecta, el lugar de los lectores cambia porque –como
ya hemos dicho– pocos de ellos no son también poetas, críticos o ambas
cosas. Y en el caso de que un lector no sea ni lo uno ni lo otro y necesite
asesoramiento «cualificado», más le vale no dirigirse a un poeta/crítico
de prensa. Es del dominio del gremio que lo último que se le pasa por la
cabeza a un poeta/crítico cuando reseña la obra de otro de ellos –no im-
porta si de «rango» semejante, superior o inferior– es dirigirse a un hi-
potético lector. Quien no esté al tanto de las filias y fobias de los poe-
tas/críticos, de sus corrillos y cenáculos, de sus amigos y enemigos, de
sus proyectos y fracasos, difícilmente podrá descifrar correctamente una
recensión de suplemento cultural.
Aunque las siguientes líneas de Jordi Gracia estén escritas pen-
sando en las reseñas de novela, nos parece que sobre las de poesía cabe
decir prácticamente lo mismo:
La opinión de los lectores es irrelevante en el sistema en que opera la crí-
tica, porque es un microsistema autónomo: sólo influye, e igualmente muy
poco, entre autores y críticos (o editores) que son quienes recelan, remiran, se
llaman, condenan, difaman, difunden y aplazan respuestas y venganzas. Culti-
van una chismografía crítica de la que el lector que no sea autor o crítico lo ig-
nora absolutamente todo. No le atañe aunque le afecta porque es su víctima: el
microsistema de la crítica finge hablar al lector cuando de hecho se está ha-
blando demasiadas veces a sí mismo, en un diálogo con mensajeros diversos y
un tempo indeterminado (intervienen ahí prólogos, presentaciones, antologías,
dietarios, columnismo con negritas, almuerzos, recomendaciones, vetos, frus-
traciones, de todo, como en el microsistema de los tejedores de hilo fino o los
productores de pegamento). (Ródenas 2003: 145)
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 33

¿Qué libros reseñar? –Los reseñistas –afirma, sin perífrasis o eufemis-


mos que valgan, Germán Gullón (2004: 105)– «no eligen libremente los
libros que reseñan; se los asigna un editor». Así de simple. En el caso de
la poesía, por lo general el reseñista dispone de un mayor margen de
elección porque, salvo contadas excepciones, es un género de venta mi-
noritaria y por consiguiente la presión editorial resulta menor.
Cuando un poeta/crítico elige un poemario, suele ser rarísimo
que se trate de uno cuyo autor no conozca personalmente. Veamos qué
es lo que Santos Sanz Villanueva escribe sobre el amiguismo respecto al
crítico en general, todo lo cual se eleva al cuadrado si pensamos en el
poeta/crítico de prensa:
La actividad del crítico está por naturaleza bajo sospecha en este campo
que afecta a las relaciones privadas. El elogio fuerte hace pensar no pocas veces
en camaraderías sospechosas o en sociedades de bombos mutuos. La crítica se-
vera, en secretos ajustes de cuentas. Las relaciones entre críticos y autores sue-
len ser problemáticas y tensas. Lo ideal sería que no existieran y quedaran redu-
cidas al estricto vínculo de la lectura. Pero esto no ocurre así y se producen
constantes contactos. Hay quien defiende la relación de amistad. Descartadas
las excepciones –que, por supuesto, existen–, la posibilidad de una amistad de-
sinteresada resulta en extremo dificultosa cuando media la creación. Por ambas
partes. (Ródenas 2003: 44)

¿Cuál es su repercusión? –La recensión de un libro de poemas ni le


añade ni le resta lectores. Tal y como afirma Ricardo Senabre (Ródenas
2003: 72), «se leerá en ese reducido círculo en el que, de todos modos, iba
a leerse». La crítica «cuenta sólo entre críticos, que parecen ser sus únicos
lectores» (Gracia 2001: 104), de lo cual resulta que «es precisamente esa
crítica inmediata la que a veces determina la difusión de una obra y su va-
loración posterior en la historia literaria» (Senabre en Ródenas 2003: 62).
Es decir, puede ocurrir –y las más de las veces es eso precisamente lo que
ocurre– que lo que un poeta/crítico escribe interesadamente sobre otro
poeta, amigo suyo y afín a sus intereses, termine figurando en los manua-
les de literatura (piénsese en ciertos textos incluidos en los últimos volú-
menes de la influyente Historia y crítica de la literatura española dirigida por
Francisco Rico) y convirtiéndose en «verdad».
Durante las últimas décadas ha sido en las reseñas «militantes» y
en los prólogos de las antologías donde se ha escrito la historia de la po-
esía reciente. (Y esto los poetas lo sabían, y por eso se vistieron –y no
34 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

pocos siguen vestidos– de críticos, para disputarse sus dominios.) La crí-


tica «militante», en este sentido, ha desbancado a la académica, arreba-
tándole la influencia que pudiera tener. Tal y como afirma Sanz Villa-
nueva (Ródenas 2003: 32), de ella dependía «la configuración del
canon que planea siempre (a favor o en contra) sobre el crítico de
prensa». Hoy, en cambio, al menos en lo que a la poesía posfranquista
respecta, parece ocurrir lo contrario: es el crítico de prensa –casi siem-
pre también poeta, insisto– el que incide con mayor fuerza en la confor-
mación del canon. En resumen: el poeta escribe la historia de la poesía
no tanto escribiendo poemas –o, mejor dicho, independientemente de
sus poemas– sino escribiendo crítica.
La mejor crítica.– Con todo, hay quien –como Gracia (2001: 107)–
afirma que «la mejor crítica literaria que hoy cabe leer en la prensa sue-
len firmarla los autores». ¿En qué sentido mejor? Para Gracia «la primera
necesidad de la crítica como escritura pública no sería tanto la informa-
ción divulgativa ni la evaluación crítica. Por debajo de ambas, y antes
que ambas, está la entidad misma del texto escrito.» (p. 114) Pero hay
un cuarto elemento, de suma importancia, al que Gracia parece prestar
menos atención: la ya mencionada autopromoción, más o menos velada
e indirecta, que el autor hace de sí mismo por medio de las reseñas. Con
todo, Gracia señala en cierto modo este factor cuando afirma que se ha
de escribir crítica de prensa «desde la convicción antes que desde la
conveniencia o la mediación de intereses ajenos a la experiencia de la
lectura misma» (p. 124), lo cual sinceramente creemos que en el caso
de la poesía ocurre muy rara vez. Si no olvidamos la importancia de este
hecho, entonces estamos de acuerdo con él en casi todo:
a) «La crítica más valiosa como lectura es una forma de expresión litera-
ria, y a ese patrón han respondido los mejores nombres de la crítica periodís-
tica. Lo cual quiere decir que han sido críticos raramente neutrales, han fabri-
cado a menudo una voz con estilo y han intervenido de lejos o de cerca
valorando lo que han leído, para animarlo o para condenarlo.» (p. 115)

b) «Hablar desde el yo, en la crítica de periódicos, o está mal visto o se lee


como acto de egolatría, como si el peor acto de egolatría no fuese pretender
que por boca del crítico, que es generalmente hombre de algunas lecturas y
buena voluntad, habla la Teoría Crítica, la Historia Literaria, la Historia del
Gusto o cualquier otra mayúscula muy alta y muy supuestamente basada en
principios inobjetables.» (p. 118)
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 35

c) «La alegría ante los intrusos […] se explica como el auténtico aliciente
de lectura que esos intrusos son para muchos de quienes leemos suplementos,
precisamente buscando quien pueda escribir desde otro tipo de prejuicios,
desde un campo ajeno que permita iluminar o hablar de los libros sin las pautas
invisibles que rigen en el centro de la institución crítica. Son casi siempre los au-
tores mismos quienes oxigenan y tonifican la crítica.» (p. 119)

Para aparcar aquí el tema, cedámosle la palabra a uno de esos «in-


trusos». El siguiente texto de Roger Wolfe (1995: 120-121) –quien ade-
más de haber recibido numerosas reseñas en prensa también las escri-
bió durante un lustro para «La Esfera» de El Mundo– enumera en clave
humorística mucho de lo que se ha intentado decir arriba:
Una reseña de estas características [de suplemento cultural] puede de-
pender, entre otras muchas cosas y por ejemplo, de lo siguiente:
– Relación de amistad y conocimiento académico o sexual entre reseñista
y reseñado.
– Relación de enemistad y desconocimiento académico o sexual entre re-
señista y reseñado.
– Relación de amistad y conocimiento académico o sexual entre el rese-
ñado y los enemigos del reseñista.
– Relación de enemistad y desconocimiento académico o sexual entre el
reseñado y los amigos del reseñista.
– Capacidad de ventas del reseñado.
– Editorial que publique el libro.
– Lugar de residencia del reseñado (Madrid, Barcelona o Bacarot).
– Presencia del reseñado en los cenáculos (entiéndase de la Villa y
Corte).
– En el caso de que ya hayan salido reseñas del mismo libro en otros me-
dios, rivalidad entre el medio en cuestión y los demás, entre el reseñista
en cuestión y los reseñistas que se hayan ocupado anteriormente del
libro.
– Filiación política del reseñista.
– Filiación sexual del reseñista.
– Filiación política del reseñado.
– Filiación sexual del reseñado.
– Tiempo de que disponga el reseñista entre cena y cena, borrachera y
borrachera, felación y felación, sarao y sarao, gonorrea y gonorrea, fra-
caso literario y fracaso literario, etc.
– Nota de contraportada del libro.
– Presencia habitual o no del reseñado en la caja tonta…
¿Y el libro? ¿El libro propiamente dicho? ¿El jodido texto escrito? A quién
36 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

cojones le importa eso. Estaría bueno. Menuda ingenuidad. Como si no supiera


todo el mundo que cualquier relación entre lo que se entiende por «literatura»
y el texto impreso es pura coincidencia.

5. LAS ANTOLOGÍAS: EL CASO DE LUIS ANTONIO DE VILLENA

Lo que habrá que estudiar son los métodos de construcción del


simulacro, del artificio, de la mentira, para destrozarlos.
VICENTE LUIS MORA (2006: 70)

Al igual que José María Castellet una década antes11, de entre los
mundos posibles en la poesía española de finales de los años setenta
José Luis García Martín eligió, (de)limitó y habló en su antología Las
voces y los ecos (1980: 60) de uno de ellos: el constituido por lo que en-
tonces denominó «línea meditativa, temporalista y neorromántica» y
años después «figurativa» (1992). No parece desencaminado José-Car-
los Mainer cuando afirma que esta antología resultaba «tan madruga-
dora que se tiene la sensación –al hilo de los nombres escogidos– de que
la doctrina está mucho más consolidada que la propia selección» (Mai-
ner 1998: 26). Resultaba, además, tan poco objetivo o neutral el que
Nueve novísimos poetas españoles (Castellet 1970) no incluyera en su nó-
mina ni a un solo andaluz –o que Espejo del amor y de la muerte (Prieto
1971) estuviera formada sólo por madrileños– como el que la antología
de García Martín no recogiera ni a un solo catalán.
Curiosamente fue el novísimo Guillermo Carnero uno de los prime-
ros en apreciar que aquella antología resultaba sospechosa, aunque no
añadiera que al menos en eso coincidía con Nueve novísimos: «producto
de marketing literario, guiado por arbitrarios criterios de camarilla»
(Carnero 1983: 52).
(Preferiríamos, por supuesto, no caer en la casuística, ya que dar
casos concretos parece siempre llevar el discurso al terreno personal, lo
cual no es en absoluto nuestra intención. Por desgracia, sin ejemplos re-
sulta prácticamente imposible exponer de un modo claro lo que nos
11
«Su apuesta estética [su antología Nueve novísimos] condicionó un desarrollo
poético determinado, incluso a algunos de los poetas por él antologados, y cómo el
rumbo de la poesía fue cambiando a medida que discurrían los años setenta.» (Lanz
2001: 13)
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 37

proponemos. Vaya, pues, por delante que los críticos que aquí figuren
lo harán primero porque los consideramos realmente críticos –y no «in-
trusos y aficionados», como diría el propio Carnero (1)– y segundo por-
que son los más conocidos e influyentes.)
Dos años después de Las voces y los ecos, aparece en escena la anto-
logía Florilegium de Elena de Jongh Rossel, que sigue grosso modo los pos-
tulados de García Martín, aunque cambiando la mayoría de los nom-
bres. Después llegamos a 1986 y a Luis Antonio de Villena: «[…] aparte
del primer intento de Las voces y los ecos –dice Lanz (1998: 275)–, será
Postnovísimos la primera antología de poesía joven que pretende impo-
ner una tendencia dominante como modo de afirmación generacio-
nal». En esa antología Villena hará malabarismos «teóricos» por leer la
poesía que él bautiza como postnovísima desde su propia poesía12. Sólo
así se explica su insistencia en afirmar la supuesta inminente emergen-
cia de la tradición clásica, que no por casualidad era la que a él le intere-
saba más como autor y a la que dedicaría sus dos siguientes antologías,
«sesgo» que –dependiendo del momento y las circunstancias– también
ha llamado poesía de la experiencia y después realismo meditativo. Y sólo así
resulta coherente que «de la lectura de la antología y de las obras hasta
entonces publicadas por sus autores, parece deducirse que la estética
sustentada por Villena en su estudio prologal se adecua más a un pe-
queño grupo de los poetas incluidos en ella (Miguel Mas, Luis García
Montero, Felipe Benítez Reyes o Leopoldo Alas) que a la totalidad de
los poetas allí recogidos y al discurrir estético de la generación en su pri-
mera etapa.» (Lanz 1998: 273)
Si para José Luis García Martín Postnovísimos es «la presentación en
sociedad de los nuevos poetas» (García Martín 1992a: 112), para Lanz
no es más que el intento de «impulsar una de las líneas estéticas prece-
dentes, para hacerla dominante» (Lanz 1998: 273).
A lo largo de la siguiente década tendría lugar un insistente bom-
bardeo de antologías en esa línea –debidamente prologadas– perpetrado
básicamente por estos dos antólogos y con la puntual ayuda de otros
como Julia Barella (1987), Francisco Bejarano (1991), José Luis Piquero

12
En La voces y los ecos (García Martín 1980: 111) Villena ya hablaba –refiriéndose
a su producción anterior– de «clasicismo» y «experiencia», justamente los términos que
ponderará con mayor ahínco en Postnovísimos y Fin de siglo.
38 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

(1991), Miguel García-Posada (1996) o Germán Yanke (1996). De 1987


a 1999 el total de florilegios con inmensa mayoría de poetas figurativos
del gusto de estos críticos supera la decena13, y eso sin contar las entre-
gas «preparatorias» ya mencionadas de García Martín (1980), Jongh
Rossel (1982) y Villena (1986). En palabras de Miguel Casado (2005:
133), «no se trataba de localizar a los poetas nuevos, sino a los nuevos
poetas iguales».
Además, habría que añadir un arma mucho más letal que cual-
quier antología: en 1992 García Martín se encargaba de historiar la poe-
sía española (en español) del periodo 1975-1990 en la influyente Histo-
ria y crítica de la literatura española dirigida por Francisco Rico.
Refiriéndose a la publicación de esta obra, Malpartida reflexionaba así:
«Los manuales se acaban imponiendo, y se trata de un libro que está lla-
mado a ser consultado por muchos universitarios y críticos, hispanistas y
curiosos: se leerá más que a los poetas, me temo […]» (Malpartida 1993:
123-124).
El resultado de tamaño bombardeo era previsible: uno de los posi-
bles mundos desplazó a los demás. En otras palabras: la selección, la par-
celación y el etiquetado que estos críticos hicieron de la poesía española
de los últimos veinticinco años han resultado ser la versión de «la reali-
dad» más conocida y repetida por terceros (otros críticos, otros poetas y,
si es que no pertenecen ya a las dos categorías anteriores, ciertos lecto-
res). No es, por supuesto, la primera vez que ocurre algo así; Talens ha
escrito lo siguiente refiriéndose a las generaciones inmediatamente an-
teriores a la del 80:
[…] se corre el riesgo de asumir la emergencia de comentarios, críticas, clasifi-
caciones que en el momento de su nacimiento no se discuten sencillamente
porque se les ignora, pero que pocos años después, y por el mero hecho de exis-
tir como datos supuestamente objetivos, pueden convertirse en «fuentes» pri-
marias para los futuros estudiosos e historiadores, sin que necesariamente se
cuestione el sistema de valores, esto es, la estructura ideológica y/o política que
rodeó su nacimiento. (Talens 1989a: 113)

Y refiriéndose a la poesía española de los anteriores treinta años,


13
Barella (1987), García Martín (1988, 1995, 1996 y 1999), Bejarano (1991) –a es-
cala regional–, Piquero (1991) –en revista–, Villena (1992 y 1997), García-Posada (1996)
y Yanke (1996).
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 39

Andrés Sánchez Robayna escribía hacia 1989, en un tono más acalo-


rado, algo que aún puede decirse de la poesía de los tres lustros poste-
riores:
[…] esa poesía ha sido básicamente no leída, es decir, no ha sido objeto de refle-
xión, de discusión y de valoración crítica. Ha sido, en rigor, una poesía sobreen-
tendida y –lo que es aún más grave– sometida o condenada a la acrítica circula-
ción del tópico y de las formas más idiotizadas del prejuicio estético; y ello en
beneficio de una estética dominante, negadora de la pluralidad o de la diversifi-
cación de la escritura […]. (Sánchez Robayna 1988: 225)

Pero volvamos a «los hechos». Los críticos mencionados publica-


ron sus antologías en editoriales importantes (Villena en las influyentes
Visor y Pre-Textos; García Martín en Júcar, en Renacimiento y en la más
modesta Llibros del Pexe; y García-Posada en la prestigiosa colección de
clásicos de Crítica). Publicaron también sus reseñas primero en periódi-
cos de tirada nacional (El País, El Mundo) o en revistas de poesía solven-
tes y con verdadera distribución (Renacimiento, Fin de Siglo, Clarín, etc.) y,
después, reunidas en libro, en las mismas editoriales que publicaban sus
antologías.
El mecanismo es sencillo. A fuerza de repetir en los medios ade-
cuados que el poema es ansí, finalmente termina siendo entendido pre-
cisamente ansí por la mayoría. Y acto seguido surgen «multitudes» que
no entienden la poesía más que como se les ha dicho que es. Así lo de-
muestra el hecho de que en la antología consultada de José-Carlos Mai-
ner El último tercio del siglo (1998) (¿quién eligió a qué poetas, críticos y
lectores «cualificados» consultar?) la relación de seleccionados indique
que los gustos dominantes son los que desde hacía diez años venían te-
niendo Villena, García Martín y García-Posada14. El poder que este es-

14
De los veintiocho antologados «por» Mainer, al menos la mitad son claramente
«figurativos». Los ocho primeros –salvo Antonio Colinas, que ni lo ha sido ni lo es tanto, y
Luis Antonio de Villena, que lo es cuando quiere– son muy figurativos. Hay que esperar al
noveno y décimo puestos para encontrar a dos autores fuera de esa línea (Leopoldo Mª
Panero y Jaime Siles) y a partir de ahí –y hasta el final de la lista– alternarán los figurativos
y los no figurativos. De la Generación del 70, encontramos a cuatro novísimos antologados
por Castellet (Leopoldo Mª Panero, Gimferrer, Carnero, Martínez Sarrión), a diez resca-
tados más o menos próximos –a menudo muy próximos– a los postulados de la poesía de la
experiencia (Cuenca, Colinas, Villena, Juaristi, Juan Luis Panero, Sánchez Rosillo,
40 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

tado de cosas confirió a estos críticos es enorme. Desde finales de los


años ochenta y durante gran parte de los noventa, todo joven poeta que
quisiera aparecer en una antología leída por alguien más que los pro-
pios antologados y el antologador, o ser reseñado en un suplemento cul-
tural de tirada nacional, tenía que dirigirse a uno o a varios de estos crí-
ticos o de lo contrario resultaba prácticamente imposible que su
nombre empezara a sonarle al lector medio de poesía, si es que tal lec-
tor existe. Y todos sabemos que un poeta joven es tan maleable como
cera a la temperatura adecuada15.
Juan José Lanz señala con tino las consecuencias más perniciosas
de la profusión de antologías durante las últimas décadas:
En primer lugar, la mayor parte de los estudiosos de la poesía española ac-
tual conocen a los poetas jóvenes por antologías y no por los libros propios, con
lo que sólo conocen su producción poética fragmentariamente, y no en su tota-
lidad, condicionada por el gusto del antólogo. En segundo lugar, muchos antó-
logos acaban funcionando mecánicamente, seleccionando para sus antologías a

Trapiello, Rossetti, d’Ors, Carvajal) y a cinco poetas no figurativos (Siles, Sánchez Ro-
bayna, Aníbal Núñez, Ullán, Talens, García Valdés); de la generación posterior, encon-
tramos a cinco poetas de la experiencia (García Montero, Benítez Reyes, Marzal, Martínez
Mesanza, Vicente Gallego) muy del gusto de Villena, García Martín y/o García-Posada, y
–en los últimos lugares– a tres poetas de otras tendencias: a Riechmann y a Andreu, que
también han sido ambos antologados por uno o varios de los críticos mencionados, y fi-
nalmente a Suñén.
15
A este respecto, he aquí dos declaraciones de poetas/críticos poco afortunados
a la hora de ser incluidos en antologías: «[…] en la poesía española de los últimos veinte
años, el afán de ser considerado miembro del estamento lírico condiciona la escritura
mucho más que la necesidad de ser leído con rigor o la convicción de los presupuestos
estéticos. La lectura que más se busca es la de quienes puedan sancionar al autor como
imprescindible, no la de quienes puedan enriquecer la escritura aún en proceso; y la es-
tética se hace maleable para acoplarse a las exigencias del supuesto jurado receptor, en
vez de proponerse como reorientación y como relanzamiento de expectativas. La ads-
cripción a los diversos manierismos, afluentes todos de la corriente que hemos denomi-
nado contrarreforma estética, constituye el procedimiento más seguro para acceder al
recinto donde se alimenta de sí misma la “poesía española”». (Provencio 1994: 53)
«No escriben lo que quieren, sino lo que deben. Y no lo escriben para sí mismos,
sino para servir a otros. Escriben, en definitiva, estimulados por una búsqueda del éxito
que se logra única y estrictamente a partir de la obediencia a los que ya lo han obtenido,
a los que ya pueden repartir desde una situación de cultura instalada la prebenda de lo
que ha de instalarse a continuación.» (Peña 1996: 80)
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 41

aquellos poetas que han sido antologados en obras anteriores, con lo que se
produce el famoso efecto «bola de nieve». En tercer lugar, ante tal avalancha de
nombres nuevos, las diferencias se difuminan y la calidad de las voces queda
oculta entre los ecos de meros poetas epigonales; en definitiva, el bosque im-
pide ver los árboles. Por último, el estudioso corre el peligro de tomar las anto-
logías como hechos empíricos objetivos, lo que en pocos casos son, que refleja-
rían el panorama poético de un momento y no el gusto particular del antólogo
que realiza la antología. Pero no cabe duda de que la antología poética fun-
ciona en otro sentido, que hay que tener muy en cuenta, corrigiendo y des-
viando el gusto de nuevos lectores-poetas, que seguirán o se enfrentarán radi-
calmente a la propuesta estética que cada antología lleva a cabo. (Lanz 1998:
281-282)

Pero hay diferencias entre unos críticos y otros. García-Posada ha


escrito mucho menos sobre poesía joven –y tal vez de modo menos apa-
sionado– que Villena y García Martín, ambos poetas y por eso mismo
más implicados y menos fiables, aunque –una vez más– Guillermo Car-
nero sea de la opinión contraria:
A decir verdad, para quien no forme parte de la sociedad literaria como
escritor en activo el intento de seguir el pulso de la novedad tiene que resultar,
si no imposible, sí enormemente fatigoso, descorazonador y confuso, mientras
que quien acude a la batalla diaria tiene el trabajo prácticamente hecho. Y lo
hará bien, y sin falsear el paisaje, mientras tenga la honestidad y la inteligencia
de mantener a raya sus preferencias personales, y la altura moral e intelectual
que permite distinguir la calidad en lo diverso y contradictorio. Luis Antonio de
Villena, que yo sepa, ejerce la crítica con esos ineludibles requisitos, y con las
ventajas que se derivan de hacerlo desde dentro del mundo literario. (Carnero
2000)

No se trata de poner en tela de juicio la honestidad de nadie


–mucho menos la de un infatigable trabajador como Villena, que sin
lugar a dudas se ha ganado a pulso la reputación que tiene–, pero me
parece incuestionable que el acopio excesivo de poder mediático y el
acaparamiento de las vías de difusión de opinión no son buenas, así
como tampoco puede ser positivo para la libertad creativa el amiguismo
entre críticos y autores, e incluso entre los mismos poetas, por el peligro
que eso conlleva de caer en la endogamia literaria y en el reparto mutuo
de elogios, favores y posiciones.
Aunque tal vez sea el más intuitivo y osado de los críticos mencio-
nados, Villena no puede eludir sus propios gustos, por muy amplios que
42 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

sean (como de hecho lo son, pero ciertas obras siempre terminan gus-
tándole más que otras, exactamente igual que le ocurre a todo el
mundo). Además cae con frecuencia en el amiguismo, favoreciendo a
aquellos poetas que entablan relación personal con él y discriminando
o directamente silenciando a aquellos que no lo hacen o que lo hicie-
ron y después se han alejado de él. Un ejemplo rotundo de lo primero
sería el caso del por otra parte interesante poeta Ángel Petisme, sobre
el que ha escrito en términos más amistosos que críticos16 y al que in-
cluyó en Postnovísimos, mientras que el resto de la inmensa crítica no le
ha prestado apenas atención. Y ejemplo de lo segundo sería uno de los
poetas de mayor edad incluidos en Postnovísimos (presumiblemente
Julio Llamazares), del que Villena afirma en 1988 refiriéndose al catá-
logo de poetas allí antologados: «estoy ya en relativo desacuerdo (como
era previsible) con mi propia selección de nombres. Como pura anéc-
dota diré que quitaría a uno de los seniors (muy poco conocido fuera de
su tierra natal) por desagradecido.» (Villena 2000: 62) No sabemos los
motivos de la rabieta y venganza públicas del crítico, pero de lo que no
cabe la menor duda es que la calidad de un autor no tiene absoluta-
mente nada que ver con su capacidad de agradecimiento a aquellos
que deciden incluirle en sus florilegios o mencionarle en sus recensio-
nes. Sea o no sea Llamazares el «desagradecido», lo cierto es que –si
nuestras pesquisas son ciertas– es él el único autor incluido en Postnoví-
simos cuyo nombre Villena no ha vuelto a mencionar jamás, aunque
puede que no sea más que porque desde entonces el ahora novelista no
ha vuelto a publicar poesía…
El problema del amiguismo, por supuesto, no sólo afecta a Villena.
También azota a los demás críticos, tengan los gustos que tengan, y a la
totalidad de los autores, y a la totalidad de los editores, y a la totalidad de
los profesores, y a todos y cada uno de los miembros de los jurados de
los premios literarios, etc. El único modo de no caer en él pasaría por
ser de una frialdad recalcitrante y dedicarse a leer y a reflexionar por
16
«Conocí a Ángel Petisme cuando publicó Cosmética y terror (1984). Llevaba ese
libro una foto provocadora y un tanto Mishima, y yo caí en la trampa. La poesía era
como la foto: aguerrida, rotunda, moderna, llena de guiños y deslices de sombra. Re-
cuerdo, poco después, una noche madrileña con Petisme. Íbamos de bar en bar y deci-
didamente jugamos al psicodrama. A fines de 1985 lo incluí en Postnovísimos.» (Villena
2000: 125)
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 43

cuenta propia en el más absoluto de los aislamientos, sin conocer perso-


nalmente a nadie (y sin llegar a hacerlo tras el primer pronuncia-
miento) y a ser posible sin dedicarse paralelamente a la creación. Parece
prácticamente imposible que todas estas condiciones se den juntas,
pero el que tal modo de lectura y reflexión sea inalcanzable no nos
exime del «deber» de indagar en las insuficiencias y lacras del único
aparente modo de ser autor y/o crítico en el mundillo de la poesía espa-
ñola. A diferencia de las palabras de Carnero citadas arriba, nos parece
que la crítica literaria justa y de calidad se vuelve más y más difícil cuanto
más integrado esté en la sociedad literaria quien la ejerce. Piénsese en
un político que también fuera historiador de la contemporaneidad:
¿qué crédito merecerían sus libros? ¿«Creería» alguien en sus tesis salvo
sus compañeros de partido o aquellos que quisieran medrar?
Se trata de un círculo vicioso. Ensayemos un nuevo acercamiento
poniendo como ejemplo una vez más el caso de Villena, a todas luces el
más claro, tal vez por su tesón, por residir en Madrid y por publicar en
editoriales y publicaciones periódicas fuertes. El crítico publica la anto-
logía Postnovísimos en 1986, colocando con ella en escena a una docena
de poetas jóvenes, la mayoría de los cuales aunque no se atienen a una
única estética sí están agradecidos al antólogo, y la mitad de los cuales
atienden a la siguiente de sus consignas, disfrazada de profecía: la tradi-
ción dará que hablar más que la vanguardia, lo clásico se impondrá a lo ex-
perimental. De lo que no es difícil colegir que los poetas que figurasen en
la próxima de sus antologías, Fin de siglo (1992), dedicada ya única y ex-
clusivamente a la tendencia que más le gustaba a Villena, habían de
transitar esa senda. Tal será el caso de Luis García Montero, Felipe Bení-
tez Reyes y Leopoldo Alas, que son los únicos de los incluidos en Postno-
vísimos que repiten estrellato. De estos tres, Alas poco después (Alas:
1993) se distancia de los dictados villenianos, osando incluso arremeter
contra lo que los otros dos abanderan (la poesía de la experiencia) y contra
su omnipresencia pública, así como contra la labor crítica de Villena, y
termina cayendo en desgracia17. De modo que quedan como indiscuti-
17
He aquí un fragmento, que creemos certero, de ese artículo: «Nunca una gene-
ración [la de los 80] […] recibió desde el principio más atenciones de la crítica. [Esto] se
explica por la urgencia que han tenido los mayores en apadrinar a los menores para no
perder las riendas de la situación. La teoría se anticipó a la obra de los poetas jóvenes. Se
establecieron unos presupuestos estéticos y se marcaron unos cauces y unos límites
44 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

bles reyes de la selva García Montero y Benítez Reyes, interesantes poe-


tas ambos, sí, pero ni mucho menos los mejores de su generación, por
más que en su momento estos y otros críticos lo afirmaran y después Le-
gión lo repitiera. ¿Mejores? ¿Acaso la literatura es una competición?
¿Acaso lo que mayor nivel de audiencia tiene es lo mejor? ¿O es que, por
el contrario, es posible convertir en «lo mejor» lo que uno quiera, siem-
pre y cuando se disponga de un buen escaparate donde exhibirlo y de
canales efectivos de producción de opinión?
Antes de seguir, transcribamos aquí lo que el suplemento de 1985
de la enciclopedia Larousse decía sobre la poesía española. Se apreciará
que apenas tiene algo que ver con el diagnóstico que Villena hiciera un
año después. Y si hay que considerar objetivo a alguien, parece mucho
más sensato quedarse con un enciclopedista que con un crítico antó-
logo poeta.
Tras las un tanto limitadas incursiones vanguardistas de los «novísimos» a
comienzos de la década pasada […], la poesía española parece orientada hacia
un neobarroquismo verbal; intenta trascender el yo subjetivo y dar primacía al
texto sobre el poeta (subráyese aquí el magisterio de Jorge Guillén); pero tam-
bién asoma en ella una inteligencia reflexiva y crítica del entorno, que evidencia
la huella directa de la mejor poesía de la generación de los cincuenta, J. A. Va-
lente, y Gil de Biedma. Otra línea de fuerza está representada por la tendencia
al poema breve y sentencioso, cargado de intensidad, que parece prefigurar un
nuevo conceptismo.

Pero no nos desviemos y usemos también nosotros aquí la efectiva


y difusora arma de la repetición. En Postnovísimos Villena da a entender

antes de que los autores publicaran sus libros, de manera que estos vieron la luz en un
territorio previamente acotado, nacieron gregarios, prejuzgados, malinterpretados. Por
eso llama tanto la atención el frecuente contraste entre los análisis de la crítica y lo que
luego uno se encuentra al leer los poemas. Por decirlo con claridad, estamos ante una
farsa sin precedente.» (Alas 1993: 74)
Y he aquí también lo que tres años después escribirá Villena (2000: 149-150) al re-
señar el tercer poemario de Alas: «En un movimiento muy característico de algunos po-
etas jóvenes –que no quieren desligarse del decir básico de su generación, sobre todo si
ese decir es exitoso– Leopoldo Alas se acercó en ese libro [el segundo del autor, La con-
dición y el tiempo, 1992] al modo de la llamada poesía de la experiencia, que algo después de-
nostaba en un artículo autoliberador (“El gran momento de la versiprosa”). Con su ter-
cer libro –La posesión del miedo– Alas confirma que su enfado con la, probablemente mal
llamada, poesía de la experiencia, era ocasional y más teórico que práctico.»
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 45

que, entre las varias tendencias del momento, es ésa –la de corte clásico,
la que él mismo prefiere como lector y autor– la que más futuro tiene.
Acto seguido un regimiento de poetas jóvenes y algunos menos jóvenes
se aproximan a esa estética con miras a ser mencionados por el ahora
poderoso crítico, tal vez reseñados, tal vez incluidos en el próximo flori-
legio, entrando así en el grupo de existentes y abriéndoseles así las puer-
tas de las revistas de renombre, de los premios importantes, de las edito-
riales conocidas y con distribución, y de los recitales pagados.
Muy pocos años después, a Villena ya le parece que la diversidad
postnovísima empieza a remitir y entonces afirma sin reparos «[…] nos
hemos [sic] vuelto hacia el clasicismo, hacia la tradición» (2000: 59),
aunque todavía se dé una «falta de estética dominante» (2000: 62). Y en
1988 Villena cree saber que, aunque la poesía que él apoya –sí: apoya–
no sea la única poesía joven en activo, la otra poesía no está a la misma al-
tura: «La llamada poesía del silencio –digo mejor, minimalista– parece ir,
ahora mismo, perdiendo adeptos. Y sin embargo crece (un tanto en
oposición a los neoclásicos) otra poesía irracionalista, heredera del surre-
alismo, que se puede teñir de sueños o de ingenuidad. Aunque no creo
desvelar misterio alguno si digo que tal camino aún no ha producido –a
mi saber– ningún gran libro […]» (2000: 62). Pero en 1992 parece que
las cosas han cambiado para el crítico: por un lado «existen hoy otras va-
rias líneas en el quehacer poético –minimalismo, metafísica, irraciona-
lismo– y […] en ellas se han dado logros notables» (2000: 68); y por otro
lado ahora resulta que la poesía que él defiende, a diferencia de la joven
diversidad que Postnovísimos mostraba, «ha sido la predominante y más
seguida en los años ochenta y entre la generación más joven» (2000:
67), aunque a mediados de los años ochenta pensara más bien lo con-
trario: «Toda estética dominante en un periodo suele ir unida a una acti-
tud de vanguardia» (2000: 39). Las contradicciones son claras, la inco-
herencia patente, y el seguimiento de ambas esclarecedor y tedioso.
Si Postnovísimos (1986) y Fin de siglo (1992) provocaron revuelo e hi-
cieron mella, La Generación de los Ochenta (1988) y Selección nacional (Úl-
tima poesía española) (1995) de José Luis García Martín sin duda ayuda-
ron a la misma causa. Igualmente lo hicieron en 1996 Treinta años de
poesía española, también de García Martín, y La nueva poesía española, de
Miguel García-Posada, que, aunque no estaban dedicadas exclusiva-
mente a la poesía de los autores más jóvenes, favorecían de idéntico
46 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

modo a la poesía figurativa o de la experiencia. Además aparecieron nu-


merosos trabajos en revistas que repetían las ideas y nombres propues-
tos por Villena y García Martín, bien para discutirlos bien para reafir-
marlos18.
El resultado –el producto– de este «bombardeo» fue el perse-
guido: de 1992 a 1996, la poesía de la experiencia dominó, subyugó, some-
tió a las demás estéticas. Y por poesía de la experiencia entendemos, claro
está, no sólo el espacio que los textos de esa tendencia ocuparon sino
también la continua presencia pública de sus componentes (autores y
críticos). En 1992, para Miguel García-Posada estaba claro que la poesía
de la experiencia iba a ser la estética dominante esos años (1992: 10). Ali-
cia Bajo Cero, en su ya citado Poesía y poder, ha detectado y descrito incisi-
vamente esta «campaña» experiencial 19 que continuaría sin perder un
ápice de efectividad durante al menos cinco años.

18
Por ejemplo: Jiménez Millán 1994, Provencio 1994, Martín 1995 o Prieto de
Paula 1995. Por lo general, la repercusión que este tipo de trabajo publicado en revista
tiene es prácticamente nulo; dudamos mucho que alguien que no sea crítico o poeta –y
no todos– lea, pongamos por caso, los números dedicados a la poesía del momento en la
veterana revista Ínsula. Tales trabajos son sobre todo pasto de ese tipo de estudioso esta-
tal –en las bibliotecas y hemerotecas universitarias es cómodo y gratuito el acceso a esas
páginas– capaz de escribir sobre la poesía española de los últimos treinta años sin ape-
nas haber leído poesía española de ese periodo, aunque sí mucha –qué digo, toda– la bi-
bliografía sobre el tema. Lo cierto es que, tal y como ha señalado José Luis Falcó (1994:
39), a lo largo del posfranquismo la importancia de las antologías poéticas y de la histo-
ria literaria (es decir, fundamentalmente los prólogos de esas antologías, puesto que son
probablemente la principal fuente de información de muchos historiadores de la litera-
tura) ha coincidido con el declive de las revistas literarias en la formación del canon crí-
tico y generacional de la poesía española.
19
La siguiente cita es un buen ejemplo de ello, a la par que aporta datos comple-
mentarios a los que nosotros ofrecemos más arriba (Alicia Bajo Cero 1997: 78-79): «Du-
rante la elaboración de este trabajo conocemos el fallo del VI Premio Internacional de
Poesía Fundación Loewe, dotado con un millón y medio de pesetas, en favor del libro
Habitaciones separadas, de Luis García Montero. Las declaraciones que acompañan la no-
ticia en prensa subrayan la oposición al vacío ideológico actual. Tales afirmaciones no
dejan de ser problemáticas a la luz de lo aquí analizado. El jurado estaba presidido por
Octavio Paz y formado por Francisco Brines, Carlos Bousoño, Pere Gimferrer (que votó
por teléfono), Antonio Colinas, Luis Antonio de Villena y Felipe Benítez, ganador de la
edición del premio pasado (El País, 25-11-1993). Empezamos a entender mejor, no obs-
tante, cuando leemos las declaraciones del presidente del jurado en el sentido de que el
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 47

No podía, pues, sorprender el alud de acusaciones de mimetismo


y ductilidad arrojadas a mediados de los años noventa sobre el pelotón
de poetas afines o protegidos por estos críticos, así como la respuesta en
forma de antología de una facción de los otros, perpetrada por su crítico
Antonio Ortega y titulada La prueba del nueve (1994). En rigor, los poe-
mas de los autores en ella incluidos no se diferencian a grandes rasgos
de los poemas de los experienciales, pero el listado resulta –salvo en los
casos de los madrileños Esperanza López Parada y Jorge Riechmann–
bastante distinto al de los experienciales oficiales. Llama la atención el que
la única andaluza de los nueve seleccionados, Concha García, resida en
la Villa y Corte.
Ante esta oposición, Villena ensayó una vía de escape publicando
en 1997 otra antología más, 10 menos 30 (La Ruptura Interior dentro de la
Poesía de la Experiencia), cuyo acertado subtítulo era, con todo, bastante
más ambicioso que su contenido ya que en rigor ofrecía un poco más
de lo mismo pero con nombres más frescos. García Martín, en cambio,
se mantuvo impertérrito al jaleo y –más fiel a sí mismo– ofreció en La
generación del 99 (1999) una vez más pura y joven poesía figurativa sin
disfraces.
En su última antología hasta la fecha, La lógica de Orfeo (2003), Vi-
llena repite una vez más lo dicho en sus anteriores trabajos tanto res-
pecto a la aparente pluralidad estética inicial de los postnovísimos (p. 15)
como a la casi inmediatamente posterior reagrupación de «la genera-
ción (o su sector más nutrido, seguido y dominante) […] alrededor de
una poética que reivindicaba, con no pocos matices de vuelta a la tradi-

libro es “una aproximación a la poética de lo cotidiano, sugerente y sensible, en línea


con la mejor tradición poética española”. Paz, echando un cable, ayuda su poquito a que
este modelo de escritura se exporte a los sectores de escritura divergentes y en ascenso:
“constituye un ejemplo no sólo para los creadores jóvenes, sino incluso para los de más
larga trayectoria” (Las Provincias, 6-12-93). Las dos notas básicas, por tanto, de las decla-
raciones de Paz son que ésta es la mejor tradición de las que aquí pueden seguirse y que
debe ser tomada como paradigma. La noticia es todavía más curiosa al considerar que
coincide con el momento de la publicación de Marginados, de Villena […], que dice lo
mismo de su propia práctica en otras palabras. Recordemos que en 1992 se produjo la
publicación simultánea, o casi, de cuatro textos profundamente solidarios entre sí: Gar-
cía Martín (1992 y 1992a), Villena (1992) y García Montero (1992, 1993 y 1993a). Año y
medio después, surgen, al mismo ritmo, textos de Villena (1993) y García Montero
(1994) iniciando un giro en la misma dirección.»
48 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

ción, una poesía realista-meditativa, confesional y a ratos coloquial» (p.


15). Y ahora ya no le cabe duda de que
Desde 1985 a 1995 –por situarse en cifras aproximadas pero redondas– el
éxito de la poética realista-meditativa, en la Generación del 80 (y en el arrastre ma-
gisterial que, como he dicho, produjo hacia miembros destacados de la Genera-
ción del 50) fue absoluto o casi absoluto en el terreno de la poesía. (p. 18)

Para terminar con Villena, fijémonos finalmente en otro orden de


cosas no demasiado distante. No es difícil detectar que cada vez que este
crítico y poeta vaticina o prevé un cambio de estética, acto seguido «deja
caer» que él ya la ha transitado o transita. Y no le falta razón, ya que en
realidad lo que ocurre es que ejecuta o ensaya con cada nuevo poemario
sus propios diagnósticos sobre el derrotero de la tendencia «más impor-
tante» de la poesía de cada momento. En palabras de Miguel Casado
(2005: 164), se trata de «una manera de entender la crítica como pre-
ceptiva, que sugiere modas o adelanta estrategias a las que luego ha-
brían de adaptarse los poetas».
Aunque escritas con otra intención, las siguientes palabras de Juan
Carlos Rodríguez perfilan más allá de la epidermis este fenómeno:
[…] el hecho de que previo a la crítica (previo a ese discurso abstracto y gené-
rico) tuviera que existir un texto empírico elaborado a través de la siguiente para-
doja: ser una escritura diferente a la de la crítica y sin embargo tan enraizada en
ella que en realidad la crítica, al hablar del discurso empírico (literario), de su
verdad o de su belleza, no pudiera hacer otra cosa en el fondo que hablar de sí
misma. (Rodríguez 1994: 22)

Si atendiéramos a las frecuentes alusiones que Villena hace a su


propia obra poética en los sinuosos y resbaladizos prólogos que ante-
pone a sus antologías de poesía joven, terminaríamos concluyendo que
estamos no sólo ante uno de los principales miembros de la generación
del 70 (por meras cuestiones de edad, perteneciente a la segunda hor-
nada, aunque eso sí, uno de los más precoces y personales20 y además el

20
«Éste [Gimferrer] tuvo la suerte (o acertó) a ser el primero en mostrar su obra,
y en hacerlo además con calidad; pero coetáneamente muchos poetas laboraban en ten-
dencias parecidas. Citaré mi caso. En 1966 ó 1967 yo desconocía por completo no sólo la
poesía de Gimferrer, sino prácticamente cualquier poesía española posterior a Lorca
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 49

más joven de todos21) sino también ante uno de los desencadenantes de


la diversidad postnovísima y uno de los principales progenitores de «la
respuesta clásica»22 (aunque tal hecho «se intentara silenciar»23), emer-
gente a principios de la década de los ochenta y claramente dominante
en el momento de la publicación de su antología Fin de siglo, de 1992;
ante uno de los impulsores del endurecimiento del realismo en las lla-
madas líneas «sucia» y «crítica» con su poemario Marginados (1993); y,
finalmente, ante uno de los abanderados de lo que, en su opinión, la ge-
neración más joven y muchos de los componentes de la generación in-
mediatamente anterior andan hoy mismo cumpliendo: la aproximación
del ya manoseado realismo meditativo hacia una estética que no repela
las voces más órficas24.
Si esto no es arrimar el ascua a su sardina, entonces hablamos del
poeta más influyente y dinámico en la lírica castellana por lo menos del
último cuarto de siglo. Jordi Doce –como nosotros– no es de esa opi-
nión:
Se trata, a todos los efectos, de una estrategia de perpetuación como árbi-
tro de la escena literaria, a la que contribuye la peculiar conformación de la
misma en torno a núcleos de poder con pie en las instituciones (locales, auto-

(tenía yo quince o dieciséis años) pero mis lecturas, y lo que mi incipiente escritura tra-
taba de imitar, eran los simbolistas franceses, y los modernistas hispanos…» (Villena
2000: 20).
«En la tradición clásica […] los postnovísimos vienen a encontrarse con poetas noví-
simos (Colinas, Cuenca, Villena)» (Villena 2000: 39-40).
21
«El novísimo más joven de todos tiene hoy treinta y cuatro años» escribía Vi-
llena (2000: 125) en 1985. ¿A quién se refería Villena, nacido en 1951, sino a sí mismo?
¿A Jaime Siles…?
22
«[…] hacia las fechas que digo [1975], cada poeta que cuenta comienza a bus-
car su propia tradición. Esto es, a encontrar la senda que le es debida dentro de la gran
tradición conjunta. Y así, mientras un Jaime Siles –otro ejemplo– reencuentra la tradi-
ción de la poesía pura, entendida como una poética de lo intelectual, Colinas profundiza
en la tradición romántica más genuina, y yo en una reelaboración de la tradición clá-
sica.» (Villena 2000: 35)
23
«[…] si ha habido cierto influjo novísimo en los poetas de esta nueva promoción
(y yo creo que sí lo ha habido) tal relación, en cierto modo por práctica muy natural, se
silencia o ladea […]»(Villena 2000: 40).
24
Hablando del «punto de encuentro entre irracionalismo y realismo», afirma
(Villena 2003: 24): «Yo, desde luego, lo intenté desde Asuntos de delirio (1996)».
50 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

nómicas, centrales). Lo que al principio constituye un movimiento más o menos


espontáneo de escritores jóvenes que tratan de buscar un espacio propio y evo-
lucionar al margen de sus mayores, se domestica y petrifica rápidamente en
manos de un antólogo prestigiado socialmente a quien preocupa, sobre todo,
controlar el movimiento de las promociones que le suceden. (Doce en Sánchez
Robayna 2005: 292-293)

Para resumir y cerrar esta aproximación al fenómeno «antología


de poesía joven», valgan las palabras de Méndez Rubio y de Doce:
El problema, pues, no está tanto en el hecho antológico en sí, una herra-
mienta de difusión por otra parte imprescindible en un marco de cultura masi-
ficada, sino en la inercia acrítica que ese hecho supone, incluso más allá de los
propósitos del antólogo, cuando el fenómeno se acelera y reitera como lo ha
hecho en las últimas dos décadas del siglo XX. En este contexto, en suma, «la
antología se emplea sin remilgos como un instrumento de poder destinado a
crear una jerarquía o escalafón poéticos que envuelve como melaza el trabajo
de las revistas, editoriales e instituciones culturales» [Doce en Sánchez Robayna
2005]. El etiquetado tiende así a sustituir a la lectura, la inercia al movimiento,
la fuerza centrípeta a la del descentramiento… Con todo, el fenómeno de las
antologías, insisto, es sólo un ejemplo, un instrumento de poder entre otros,
pero un instrumento efectivo que parece proliferar sin remedio. (Méndez
Rubio 2004: 116)

6. OTROS CRÍTICOS25

La existencia en los últimos lustros de una verdadera legión de


críticos cuya actividad incide de forma directa sobre la creación literaria
rigurosamente contemporánea.
DARÍO VILLANUEVA (1992: 30)

El que hayamos prestado especial atención al caso de Luis Antonio


de Villena no significa que no pueda observarse semejante o parecido
comportamiento en bastantes otros poetas/críticos del mismo período.
Ya dijimos que hemos elegido a Villena debido a su fiel «debilidad» por
25
Ya que en este apartado no vamos a discutir o citar, sino meramente a aludir a
una enorme cantidad de trabajos críticos, y ya que es posible encontrar sus referencias
en las bibliografías de bastantes publicaciones (García Martín 1992a y 1996, Lanz 1998,
Gracia 2000 y 2001, Virtanen 2001), hemos decidido no incluirlas aquí por motivos de
espacio y para facilitar, en alguna medida, la lectura.
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 51

la poesía joven y por tratarse probablemente del más conocido e influ-


yente de los oficiantes, resultando ser, por tanto, el que ha dejado las se-
cuelas más visibles.
Aunque no hagamos más que constatar lo obvio, vamos ahora a ha-
blar de otros críticos –poetas o no, de la familia o intrusos, nacionales o
provinciales, profesionales o aficionados son, a efectos prácticos, lo
mismo– y a dar ejemplos de sus tendenciosidades o sectarismos, esto es,
de su falta de objetividad y neutralidad. También daremos algún ejem-
plo –hay pocos– de los menos parciales. Por supuesto, será imposible
mencionarlos a todos porque ha habido casi tanto crítico suelto como
poeta al acecho, y muchas veces unos y otros –ya lo hemos dicho varias
veces– ofician en ambos terrenos. Parafraseando el refrán, nosotros nos
lo hemos guisado y nosotros nos lo hemos comido. La endogamia de la
poesía española posfranquista ha resultado recalcitrante: por una parte,
un enjundioso tanto por ciento de los lectores de poesía ha publicado
poemarios; por otra, un no menor tanto por cierto de quienes han pu-
blicado poemarios ha practicado la crítica de poesía.
Creemos que la no neutralidad de la crítica de poesía joven es in-
herente a su ejercicio, que la imparcialidad es prácticamente imposible.
La falta de objetividad no es tanto un error sino una de sus característi-
cas: el ejercicio de la crítica brota de una lectura concreta con su histori-
cidad, su parcialidad y, muy a menudo, también sus intereses de clase y
personales, no siempre visibles a primera vista. La crítica literaria es, al
fin y al cabo, un modo de «escritura en tanto que lucha ideológica en el
interior de la propia ideología hegemónica» (Rodríguez 1994: 31).
Hablemos en primer lugar de otros antólogos de poesía joven. Si
José Luis García Martín (el ejemplo por antonomasia, junto a Villena,
de poeta/crítico de las últimas décadas) ha demostrado sin tapujos en
sus muchas entregas tener solamente interés por lo que él ha llamado
poesía figurativa, la «oposición» no ha resultado menos neutral. Así, An-
tonio Ortega en La prueba del nueve (1994) parece no tener ojos más que
para los poetas no favorecidos26 por Villena o García Martín; y tanto An-
tonio Garrido Moraga en El hilo de la fábula (1995) como Antonio Rodrí-
guez Jiménez en Elogio de la diferencia (1997) se ciñen a lo que quiera que

26
Las excepciones son Jorge Riechmann y Esperanza López Parada, ambos anto-
logados por Villena en 1986 y en 1992 respectivamente.
52 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

sea la poesía de la diferencia. En Feroces (1998), Isla Correyero apuesta en


exclusiva por lo que ella considera «radical, marginal y heterodoxo»,
con fuerte presencia del mal llamado realismo sucio (surgido en España
tras la influyente estela de Roger Wolfe) y de una poesía política (última-
mente impulsada, entre otros, por el colectivo valenciano Alicia Bajo
Cero y por las reuniones y publicaciones organizadas en Moguer por An-
tonio Orihuela). La excepción que confirma la regla la encontramos en
Milenium (1999) de Basilio Rodríguez Cañada, que sencillamente no
cae en la parcialidad porque antologa nada menos que a sesenta y siete
jóvenes poetas.
Si hacemos caso omiso de la labor crítica de Luis Antonio de Vi-
llena, los novísimos –y entiéndase el término en su sentido amplio–
cuando se han ocupado de la poesía actual han hablado fundamental-
mente de sí mismos. El ejemplo más claro tal vez sea el caso de Jenaro
Talens, que ha teorizado insistentemente en torno a la metapoesía y ha
escrito especialmente sobre sus compañeros de promoción más «próxi-
mos», como Leopoldo María Panero y Antonio Martínez Sarrión.
Por su parte, la mayoría de los autores más laureados de la poesía de
la experiencia ha hecho abundantes razzias en la crítica de poesía ajena,
resultando ser ésta siempre la de sus compañeros de grupo o la de sus
maestros. Así, Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes o Carlos Marzal
han escrito a menudo unos sobre otros. También, agradecidos como son
los tres, han escrito sobre la obra poética de Villena, autor poco mayor
que ellos y al que sin duda deben más como crítico que como poeta.
Algunos de los críticos que han escrito casi exclusivamente sobre la
poesía de la experiencia, sea sobre los ya mencionados, sobre otros de esa
misma generación o sobre componentes de la generación anterior son,
además de Villena, García Martín y García-Posada, los siguientes: los
también poetas Francisco Díaz de Castro, Antonio Jiménez Millán y Leo-
poldo Sánchez Torre, el cual además ha prestado atención a autores ale-
jados de esta estética como Fernando Beltrán o Jenaro Talens. Los teóri-
cos del grupo han resultado ser Luis García Montero y su maestro Juan
Carlos Rodríguez, cuyas ideas –las de Rodríguez– son mucho más radi-
cales que la praxis que de ellas llevaron a cabo primero la otra sentimenta-
lidad y después su prima hermana la poesía de la experiencia.
No se ha dado, pues, en este grupo demasiada «verdadera» crítica
literaria, puesto que pocos de ellos han tenido –como exige Guillermo
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 53

Carnero (1)– «la honestidad y la inteligencia de mantener a raya sus


preferencias personales». En lugar de eso ha ocurrido aquello que
Jaime Gil de Biedma, precisamente uno de los poetas más admirados
por estos autores, dijera de sí mismo:
A medias disfrazado de crítico y a medias de lector, estaba en realidad uti-
lizando la poesía de otro para discurrir sobre la poesía que estaba yo haciendo,
sobre lo que quería y no quería hacer. […] Los poetas metidos a críticos de poe-
sía nunca resultamos del todo convincentes, aunque a veces sí muy estimulan-
tes, precisamente porque estamos hablando en secreto de nosotros mismos.
(Gil de Biedma 1980)

Otro tanto de lo mismo se puede decir de los integrantes del otro


grupo de mayor peso, cuyo principal antólogo sería el ya mencionado
Antonio Ortega. Cada cual va –como suele decirse– a lo suyo. Así, por
ejemplo, Miguel Casado ha escrito especialmente sobre autores alejados
de la oficialidad experiencial, ya sean de generaciones anteriores (Anto-
nio Gamoneda, Aníbal Núñez, José Miguel Ullán o Antonio Martínez
Sarrión) o de la propia (Julio Llamazares, Concha García o Jorge Riech-
mann).
Concha García –que por otra parte ha escrito libros tan realistas
como Ayer y calles (1994)– ha escrito más que nada sobre otras poetisas.
Juan Carlos Suñén ha dedicado páginas al neosurrealismo, a Concha Gar-
cía, a Clara Janés y a Jorge Riechmann, aunque también a Julio Martínez
Mesanza.
Jordi Doce, más joven y por tanto no incluido en La prueba del
nueve –aunque no menos afín al grupo–, ha escrito, entre otros, sobre
Andrés Sánchez Robayna, Olvido García Valdés y Álvaro García, todos
ellos cercanos a esta estética.
El caso de Jorge Riechmann es peculiar. Debido a lo difícil que re-
sulta sellar su obra con alguno de los rótulos de marras, ha sido antolo-
gado tanto junto a poetas de la experiencia como junto a los del silencio, sin
llegar a aceptar ser ni lo uno ni lo otro. También está próximo al grupo
de la llamada poesía de la conciencia, etiqueta al parecer ideada por el le-
onés Juan Carlos Mestre y que designa más que nada a una pandilla de
amigos y buenos poetas no acomodados, de edades próximas y estéticas
dispares, residentes en Madrid; otros miembros son el madrileño José
María Parreño y el asturiano Fernando Beltrán. Además, más reciente-
mente, Riechmann se ha convertido en uno de los adalides de la poesía
54 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

cívica, crítica o de resistencia, a la que se adscriben los grupos ya citados


de Huelva y Valencia.
Y hablando de ciudades, si los experienciales o figurativos han sido
eminentemente andaluces (sobre todo de Cádiz, Granada y Sevilla) y
–con menos éxito– asturianos, en las filas de los del silencio han predomi-
nado los castellano-leoneses y madrileños. En tanto que la llamada poe-
sía de la diferencia –que sólo puede ser definida con cierto rigor a la con-
tra de la de la experiencia– fue lanzada desde la «apartada» Córdoba,
entre otros por los tocayos Antonio Garrido Moraga, Antonio Rodrí-
guez Jiménez y Antonio Enrique.
Francotiradores también ha habido. Dionisio Cañas –no por casua-
lidad ausente físicamente: lleva décadas en Norteamérica– ha escrito
poemarios y crítica siempre desde la etérea noción de posmodernidad.
Alfredo Saldaña, que no es poeta, se ha aferrado de igual forma a ese
concepto en todos sus trabajos, prestando atención a poetas tan dispa-
res como Jenaro Talens, Leopoldo María Panero o Roger Wolfe.
Alejada de enfrentamientos estilísticos, Sharon Keefe Ugalde ha
optado por la batalla de géneros, dedicándose casi únicamente a la poe-
sía escrita por mujeres.
Por su parte, Manuel Rico, poeta y crítico, no ha sido integrado en
ninguno de los bloques anteriores y ha ejercido la crítica con aceptable
independencia y amplitud.
Pedro Provencio, también poeta, aunque visiblemente inclinado
hacia autores no experienciales ha llevado a cabo un recorrido aceptable-
mente equilibrado por la poesía española posfranquista en una serie de
capítulos aparecidos en Cuadernos Hispanoamericanos.
Ricardo Virtanen –hasta la fecha de publicación de Hitos y señas
(2001) un perfecto desconocido en el mundillo– tal vez haya llevado a
cabo uno de los compendios menos personales pero más completos y
«fiables» de la poesía española de las últimas décadas. Cabe sospechar
que el hecho de que el extenso prólogo de esta antología realice la titá-
nica labor de no silenciar u omitir a ningún autor o tendencia se debe
no sólo al exhaustivo y encomiable trabajo de Virtanen sino también,
precisamente, a su condición de intruso.
Y para terminar con los nombres (y tal y como suelen hacer los
propios críticos en sus ristras de nombres de poetas, pedimos disculpas
por no mencionar a todos los que son), probablemente el crítico más
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 55

constante y variado: Juan José Lanz. Aunque a la postre algunos de sus


postulados no difieran en exceso de las versiones de los hechos dadas
por Villena o García Martín, este estudioso se ha empeñado, entre otras
cosas, en periodizar la poesía posfranquista, de la generación del 50
hasta las del 70 y del 80, así como se ha ocupado de poetas vivos tan dis-
pares como –van en orden alfabético– Blanca Andreu, Bernardo At-
xaga, Luis Alberto de Cuenca, Agustín Delgado, Pere Gimferrer, Ángel
González, Ramón Irigoyen, Diego Jesús Jiménez, Sabas Martín, Julio
Martínez Mesanza, Jesús Munárriz, Julia Otxoa, Leopoldo María Panero
o José-Miguel Ullán, entre otros. Y cuando decimos «se ha ocupado de
ellos» queremos decir que les ha dedicado algo más que una recensión
o unos párrafos en un trabajo más general.

7. FUTURIBLE A POSTERIORI

Un relato de la poesía española que partiera de esos textos no se


parecería en absoluto al que se ha establecido.
MIGUEL CASADO (1994: 7)

Hagamos ahora un sano e inofensivo ejercicio de imaginación gra-


tuita, un futurible a agua pasada de los muchos que fueron –y serán– po-
sibles. Si los llamados poetas del silencio hubieran tenido en sus manos la
artillería pesada mediática que tuvieron los de la experiencia, no resultaría
descabellado imaginar que la historia reciente de nuestra lírica habría
sido escrita de manera –como se acostumbra decir– muy otra.
Primero, el gusto general sería distinto. Y, sin lugar a dudas, no ha-
bría tanto poeta laureado natural de Andalucía y nacido entre 1954 y
1968. Tal vez los textos «canonizantes» relataran cómo, desde la apari-
ción de las primeras obras de la segunda hornada de novísimos, las
distintas generaciones o promociones habrían ido derivando paulatina-
mente desde los últimos coletazos de un culturalismo y un exhibicio-
nismo ya agotados hasta alcanzar a finales de la década de los setenta
una variedad de tendencias que un lustro después se resolvería en la
clara hegemonía de una de ellas: el neopurismo. Este neopurismo, por su-
puesto, habría tenido distintas vertientes y habría evolucionado durante
la década siguiente hasta desembocar, de manos de los poetas más jóve-
nes de la actualidad, en un deslizamiento hacia poéticas todavía órficas
56 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

pero ahora algo más realistas. Este neopurismo, aunque claramente domi-
nante durante algo más de una década, habría contado con la oposición
de un grupúsculo de poetas realistas frustrados, empeñados tanto en
obviar las importantes aportaciones de parte de la generación del 70 como
en caricaturizar –inconscientemente– la de ciertos poetas del 50.
Si esta sarta indiscriminada de oraciones –o cualquier otra que se le
pareciera–, redactadas aquí en el imperfecto de subjuntivo y en el condi-
cional compuesto de indicativo, se encontrara impresa en algún lugar en
el pretérito indefinido, sería tan falsa como la que de hecho se encuentra
escrita en la mayoría de los manuales y antologías más conocidos.
Pero sigamos imaginando otros mundos posibles y otras posibles
reinterpretaciones.
«Cuchillos en abril» del Gimferrer de Arde el mar (1966) pasaría
por un poema de Gil de Biedma o incluso por uno del Felipe Benítez
Reyes de Los vanos mundos (1985).
Lo más parecido al Antonio Martínez Sarrión de Teatro de operacio-
nes (1967) no fue escrito por ningún componente de su generación sino
tres décadas después por un autor casi treinta años menor, Pablo García
Casado (Las afueras, 1997), al que le ha sido sellado en la espalda el mo-
lesto sambenito de realista sucio.
La inmensa mayoría de los poemas de José María Álvarez son de
un «realismo meditativo» bastante más palmario que el del Luis García
Montero anterior a Diario cómplice (1987) o que el del primer poema-
rio de Vicente Gallego (La luz, de otra manera, 1988), además de muy
anteriores.
Cabe la posibilidad de que Antonio Gamoneda ocupara desde
hace lustros una letra de la Real Academia Española.
No es difícil imaginar que Ramón Irigoyen, poeta de casi un único
libro, Cielos e inviernos (1979), el cual se lleva vendiendo por goteo más
de veinte años, habría recibido hace ya tiempo la atención y la edición
crítica que merece.
Y es muy probable que poetas como Luis Rosales o Félix Grande
fueran una influencia considerable en las promociones más jóvenes.
Sería posible convertir en realidad casi cualquiera de estas «afirma-
ciones», siempre y cuando supiéramos avalarla con el suficiente aparato
retórico y pudiéramos ponerla en la palestra adecuada. Así, por ejem-
plo, Carlos Bousoño (1979: 61-62) pudo hablar del funcionamiento sub-
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 57

versivo del lenguaje poético en tanto que rechazo del lenguaje del
poder a propósito de la obra de Guillermo Carnero. Y así, más de veinte
años después, Juan José Lanz puede escribir convincentemente sobre
«el compromiso en los poetas novísimos» (Lanz 2002: 8-13), llegando a
demostrar –y lo decimos sin el menor asomo de ironía– que los elegidos
de Castellet no les iban a la zaga en actitud crítica a los poetas del 50. En
ese mismo trabajo, afirma también Lanz –y resulta absolutamente vero-
símil– que el realismo de los novísimos era más real que el de los poetas
realistas: «Así resulta si repasamos brevemente los textos incluidos en la
antología. Y no me refiero sólo a los poemas-crónica de Manuel Vázquez
Montalbán […]» (Lanz 2002: 10).
Hay tantas «verdades» como modos de relatar la selección de acon-
tecimientos pasados y presentes que manejemos, es decir, como modos
de levantar ese relato, de derribarlo y de reconstruirlo, de hacer acta.

8. PAISAJE DESPUÉS DE LA BATALLA: LA MODESTIA DE TODA CONCLUSIÓN

Los cambios de moda y paradigma estético no se producen, o no


sólo, por azar ni por generación espontánea, al dictado de un ritmo na-
tural y prefijado que no tenemos potestad para gobernar, sino que están
vinculados a decisiones concretas de personas concretas.
JORDI DOCE (en Sánchez Robayna 2005: 285)

Parece, pues, claro que la poesía de la experiencia nunca fue la domi-


nante si por tal se entiende la que más se escribió. Lo que sí ocurrió es
que los poetas que se acercaban a esa estética tenían mayor acceso al pú-
blico porque la mayoría de los directores de revistas y editoriales impor-
tantes, abundantes recensores, muchos de los organizadores de congre-
sos o recitales y gran parte de los miembros de los jurados de los
premios «preferían» a los de la experiencia.
He aquí un ejemplo en cierto modo paralelo que apuntale nues-
tras afirmaciones: el hecho de que la práctica totalidad de música joven
o nueva que se emite en las emisoras musicales de radio más fuertes sea
pop comercial, no significa que haya más grupos de pop comercial que de
todas las demás tenencias musicales juntas en estos momentos en Es-
paña, sino simple y llanamente que esas emisoras emiten sobre todo pop
comercial.
58 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

Del mismo modo, de 1985 a 1995 en España no se escribió más poe-


sía de la experiencia que poesía de cualquier otro tipo, puede incluso que ni
siquiera se publicara más poesía de la experiencia que de cualquier otro tipo.
Lo que sí ocurrió es que Luis Antonio de Villena, José Luis García
Martín y Miguel García-Posada, entre otros, antologaron y reseñaron
casi única y exclusivamente a poetas afines a esa estética.
Que las editoriales de peso (Tusquets, Visor, Renacimiento –diri-
gida por Abelardo Linares, poeta afín a esa estética–, Comares –dirigida
por Andrés Trapiello, poeta afín a esa estética–, algo menos Hiperión
–dirigida por Jesús Munárriz, poeta en parte afín a esa estética– y Pre-
Textos) y otras menos importantes (la colección «Maillot Amarillo» de
la Diputación Provincial de Granada, dirigida por Luis García Montero,
adalid y en parte teórico de esa estética) publicaron sobre todo a poetas
afines a esa estética.
Que muchas de las revistas de literatura con una buena financia-
ción (Renacimiento, Fin de Siglo, Clarín, etc.) estaban dirigidas por autores
afines a esa estética (Felipe Benítez Reyes, Juan Lamillar, de nuevo el crí-
tico y poeta José Luis García Martín, etc.) y publicaban mayormente a
poetas afines a esa estética.
Que numerosos congresos y encuentros de poesía fueron organi-
zados por personas afines a esa estética que invitaban sobre todo a auto-
res, críticos y editores afines a esa estética.
Y, finalmente, que casi todos los grandes premios de poesía fueron
otorgados a autores afines a esa estética por autores, editores y críticos
afines a esa estética.
Pero esto no significa, ni mucho menos, que hubiera más autores
de calidad afines a esa estética que autores de calidad no afines a esa es-
tética. Y si los grupos de poetas no afines a esa estética no consiguieron
tal dominio de los medios de difusión, no fue porque no lo anhelaran
sino porque no pudieron o no supieron hacerse con él, lo cual no
quiere decir, una vez más, que escribieran o publicaran menos que los
poetas de la experiencia ni, por supuesto, que lo hicieran mejor o peor. Ha
habido tantos malos poetas de la experiencia como malos poetas no afines
a esa estética, sólo que los segundos no consiguieron hacer tanto ruido
y, por consiguiente, no se les notó tanto. O dicho en términos bélicos:
en la pugna entre los experienciales y los otros lo que hizo que la victoria ca-
yese del lado de los primeros no fue el número o la calidad de los com-
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 59

batientes a sus órdenes sino su unión, el poder de sus armas, la influen-


cia de sus generales, la estrategia elegida y, por supuesto, cierto aire po-
lítico favorable.
No hemos negado aquí la existencia de la supuesta hegemonía me-
diática –que no estética– de los poetas figurativos en la lírica española de
los pasados lustros, sino que hemos afirmado su condición de estrategia
vencedora en la batalla por escribir –inscribirse en– el presente. Es lo que
Pedro J. de la Peña ha dicho con estas otras palabras: «la sustitución del
“saber hacer” por el “saber llegar”» (1996: 80).
Sirva como cierre a estas deslavazadas reflexiones una última cita:
[…] da la impresión de que nunca como ahora se ha hecho la literatura pen-
sando, más que en la propia literatura, en la historia de la literatura, que son
cosas diferentes. El autor que, por lo general, tanto desprecia la crítica y los ma-
nuales literarios, persigue figurar en éstos como sea. En un sentir bastante ex-
tendido, la obra en sí misma significa poco: vale lo que las menciones que se
hagan de ella. Además, parece opinión común, y seguramente cierta, que en
estos días la historia de la literatura se establece más deprisa que nunca y que el
canon de lo que perdurará se fija ahora mismo. No conviene que pase ese tren
de alta velocidad. Y, como todo el mundo sabe, la historia es lo que es, pero
queda lo que seleccionan los historiadores (sobre la base influyente de los críti-
cos). (Sanz Villanueva en Ródenas 2003: 49)
Calas en la memoria histórica
de la poesía posfranquista
¿Quieres ser gorila sin pasado?
No pierdas la memoria, viejo bípedo,
Que se te va a escapar tu porvenir,
El más interesante.
JORGE GUILLÉN, Final (1981)

Así como cada generación –y en los últimos tiempos, tan dados a


las luchas internas, incluso cada una de sus facciones– lleva a cabo una
lectura distinta de la tradición –es decir, del pasado literario–, de igual
modo cada comunidad de edad mira al pasado histórico desde un
punto de vista propio: tantas generaciones, tantas memorias. La memo-
ria colectiva resulta ser no tanto nacional como generacional, aunque
los estratos de edad contiguos compartan materiales y un limo común
subyazca bajo todos ellos. La memoria colectiva resulta ser una imprede-
cible y laberíntica malla cuya cambiante urdimbre es tejida por la yuxta-
posición de distintas memorias generacionales, a su vez urdidas por me-
morias personales formadas bajo el determinante influjo de factores
como la procedencia social, el lugar de crecimiento o el sexo. Además la
poesía –gran parte de la poesía moderna y contemporánea–, en contra-
posición a la novela, generalmente tiende más a lo individual que a lo
colectivo, más a lo sentimental que a lo histórico, más a lo íntimo que a
lo social, más al presente que al pasado, más al pasado personal que al
compartido27. Por tanto, inquirir por la memoria histórica que se des-

27
Queda, pues, descartada para nuestros fines, por ser históricamente poco explí-
cita, gran parte de la lírica posfranquista. Cuanto más extratemporal y/o extraterrito-
rial, menos historicista resulta un poema, y por tanto menos «útil» para estas rápidas
calas; es decir, cuanto menos narrativo sea un poema, más improbable será que hable al
hilo de –y no desde o en– la Historia. De ahí que muchos autores reconocidos, no im-
porta de qué generación, que han escrito toda o buena parte de su obra durante el pe-
riodo posfranquista, tengan que brillar aquí por su ausencia. Por ejemplo Francisco
Pino, Carlos Bousoño, Carlos Edmundo de Ory, Pablo García Baena, Ángel Crespo, el
José Ángel Valente final, Francisco Brines, Manuel Padorno, Rafael Guillén, Claudio Ro-
dríguez, Jenaro Talens, Guillermo Carnero, Leopoldo María Panero, Eloy Sánchez

61
62 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

prende de la poesía posfranquista requiere otra pregunta previa: ¿qué


se enfatiza en la memoria histórica de cada una de las generaciones poé-
ticas aún en activo al comienzo y a lo largo de ese periodo?
Tras la muerte del dictador y a lo largo de la transición, continúan
o entran en activo la totalidad o parte de las generaciones del 27, del 36,
del 50, del 70 y del 80. Nos valemos aquí de la categoría «generación» en
el mero sentido de «comunidad de edad»; de ahí que no necesitemos
mencionar a la llamada promoción del 60, ya que sus componentes
pasan a formar parte, por edad, o bien de la comunidad precedente o
bien de la posterior, como veremos cuando hablemos de Félix Grande.
Los autores del 27 que, como Guillén (Final en 1981), Dámaso
Alonso (Gozos de la vista en 1981 y Duda y amor sobre el Ser Supremo en
1985) o Alberti (el más productivo de todos, con más de media docena
de poemarios) siguen publicando tras la muerte de Franco, por lo ge-
neral aportan una poesía crepuscular que apenas se preocupa por
acontecimiento histórico contemporáneo alguno, ya sea pasado o pre-
sente, aunque con importantes excepciones. La más rotunda de ellas
tal vez sea la sección «Dramatis personae» de Final. Dice allí Guillén sobre
la España inmediatamente posfranquista: «El país sin varios modos /
De pensamiento persiste, / Acordes en suma todos. / Falso, bruto,
necio, triste.»
Mención aparte merecería el longevo y tardío José Bergamín, que
«comienza» su obra poética en la década de los sesenta y da lo mejor de
sí durante la transición (Del otoño y los mirlos en 1975, Apartada orilla en
1976, Velado desvelo en 1978 y tres entregas más hasta 1984), aunque su
poesía no sea relevante respecto a lo que aquí nos concierne.
A estos nombres habría que añadir al más transicional de todo el
grupo, Juan Gil-Albert, que publica su obra más importante, La metafí-
sica, en 1974, además de El ocioso y las profesiones en 1979 y Variaciones sobre
un tema inextinguible en 1981, pero que al igual que Bergamín no resulta
de interés aquí.

Rosillo, Jaime Siles, Andrés Sánchez Robayna, Pedro Casariego, Blanca Andreu, etc. En
cuanto al llamado «grupo de Valladolid», con poetas de la importancia de Olvido García
Valdés o Miguel Casado, cabe decir con Diego Jesús Jiménez (Ínsula 2002: 23) «que se si-
túan en una estética que apuesta por el lenguaje de tal modo que adquiere una autono-
mía que llega a desvincularse de la Historia (acaso como manera mejor, hoy, de vincu-
larse a ella. “Alejarnos de la realidad es habitar su ritmo.”).»
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 63

Estos poetas, adultos e incluso maduros antes del comienzo de la


guerra civil, viven la contienda y la larga posguerra como un corte,
como una adulteración o envenenamiento de la España del primer ter-
cio de siglo, en la que han crecido, se han formado y han empezado a
publicar. Esto hace que, de algún modo, sus obras no sean originaria-
mente tan deudoras de la dialéctica histórica iniciada en 1936, la cual,
en lo que atañe a las generaciones posteriores, no desaparecerá con la
defunción de Franco. Eso no quita, por supuesto, para que algunos se
implicaran durante (parte de) la larga posguerra en dicha dialéctica;
piénsese, por ejemplo, en Todo más claro (1949) de Salinas o en Clamor
(1957-1963) de Guillén, o en los dos aldabonazos de 1944, el desconso-
lado y evocador Sombra del paraíso de Aleixandre y la furiosa denuncia de
Dámaso Alonso en Hijos de la ira, éste último una de las más revulsivas
tomas de conciencia, durante toda la posguerra, de «cuán bestial es el
topetazo de la injusticia absoluta» (en el poema «Mujer con alcuza»).
Han sido los poetas del 36 y del 50, jóvenes o niños los primeros
cuando estalla la guerra, niños o a punto de nacer los segundos, quie-
nes más memoria histórica –tanto de la posguerra como de la transi-
ción– han introducido en la poesía publicada desde 1974, además de
todo el «trabajo» anterior a esa fecha. Con todo, la memoria poética es
de aquello que uno mismo ha presenciado y vivido, y los mismos he-
chos son vividos de maneras muy distintas. El principio y el final de «In-
tento formular mi experiencia de la guerra» de Gil de Biedma (Morali-
dades, 1966) resultan ilustrativos: «Fueron, posiblemente, / los años
más felices de mi vida, / y no es extraño. Puesto que a fin de cuentas /
no tenía los diez» y «Quien me conoce ahora / dirá que mi experiencia
/ nada tiene que ver con mis ideas, / y es verdad. Mis ideas de la guerra
cambiaron / después, mucho después / de que hubiera empezado la
postguerra.»
Si esto fue así para los poetas del 50, más aún lo sería para los pro-
piamente transicionales, es decir, todos aquellos nacidos y educados
bajo el yugo franquista. A pesar de empezar a publicar cuando la cen-
sura es ya mucho más relajada o incluso desde una supuesta libertad de
expresión (recuérdense los procesamientos de periodistas y las prohibi-
ciones de libros y películas todavía en 1980), no hacen memoria histó-
rica en un sentido estricto, ya que al recordar la posguerra están recor-
dando a la par el comienzo de sus vidas, su infancia y juventud, y
64 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

personalmente no conocen otro estado de cosas. La dictadura para


estos poetas forma parte del medio en que se educan y maduran, de ahí
que en muchos de ellos, como decíamos más arriba, la dialéctica histó-
rica iniciada en 1936 continúe más allá de 1975. Piénsese en la exitosa
vuelta a parámetros estéticamente conservadores perpetrada durante
los años ochenta y gran parte de los noventa por autores que apenas vi-
vieron la posguerra (Alicia Bajo Cero 1997, Mayhew 1999).
Compárense dos poemas, uno de Gil de Biedma y otro de un poeta
gildebiedmano de la siguiente generación, Javier Salvago, que giran en
torno a la posguerra. Biedma aborda el tema en primera persona del
plural, in situ y esperanzadamente; Salvago, en primera del singular, a
posteriori y con cierta nostalgia (por otro lado comprensible puesto que a
la vez habla de su infancia). Éste es el poema de Biedma, titulado «Astu-
rias 1962» (Moralidades, 1966):
Como después de una detonación
cambia el silencio, así la guerra
nos dejó mucho tiempo ensordecidos.
Y cada estricta vida individual
era desgañitarse contra el muro
de un espeso silencio de papel de periódico.

Grises años gastados


tercamente aprendiendo a no sentirse sordos,
ni más solos tampoco de lo que es humano
que los hombres estén… Pero el silencio
es hoy distinto, porque está cargado.
Nos vuelve a visitar la confianza,

mientras imaginamos un paisaje


de vagonetas en las bocaminas
y de grúas inmóviles, como en una instantánea.

El poema de Salvago se titula «No despiertes al pájaro dormido»


(La destrucción o el humor, 1980) y dice así:
La escuela nacional con cara al sol
y queso americano incluidos,
los pantalones cortos, los soldados de plomo,
los chupasangres, el hombre del saco,
Roberto Alcázar y Pedrín, Diego Valor,
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 65

papá y sus recuerdos de la guerra,


mamá y sus peroles, sus misas,
sus rosarios, sus zurcidos,
Julio Verne, las pedradas, los nidos,
la abuela y sus historias de fantasmas,
los dolores de muelas, las castañas asadas,
el cisco reventando en el brasero…
No despiertes al pájaro dormido.
Cuando yo era pequeño,
todos los niños éramos franceses
(concretamente, de París).

Asunto distinto sería la cuestión planteada entre otros por Juan


José Lanz (1998: 266) sobre si «existió una cultura posfranquista antes
de la muerte de Franco, lo que parece bastante improbable, o bien, lo
que parece más próximo a la realidad, la cultura del franquismo per-
duró más allá de la muerte del dictador, enlazando con y derivando
hacia posiciones culturales, éstas sí propiamente posfranquistas». La
continuidad, efectivamente, es clara, lo cual se puede interpretar igual-
mente no como inmovilidad sino como cambio paulatino. La cuestión
está, pues, en determinar cuándo empieza ese cambio, en cuyo caso
salta a la vista que la transición en poesía se adelantó a la política casi
una década. La publicación de Arde el mar en 1966 (con todos sus posi-
bles antecedentes –claros o no tan claros– españoles, como los poetas de
Cántico o ciertos aspectos de algunos miembros de la llamada Escuela de
Barcelona) supuso en la poesía de posguerra una ruptura que en otras
esferas sólo llegaría plenamente una vez enterrado el Caudillo28. Des-
pués, la publicación en 1970 de Nueve novísimos, con todas sus distorsio-
nes y carencias, vino a evidenciar que la intelectualidad de la clase aco-

28
«En los años setenta, el régimen franquista accedió a una transición controlada
hacia la democracia, siempre que ésta dejara intactos sus mecanismos principales –la es-
tructura económica, el aparato militar y policial, etc…–, lo que se produjo cuando la
muerte de Franco abrió paso a la actual monarquía. Esta peculiar forma de cambio pac-
tado empujó a los amplios sectores que se habían ido implicando en acciones de resis-
tencia, y a los movimientos juveniles –que adquirieron fuerza con retraso respecto al
resto del mundo–, hacia un estado de ánimo que en seguida se llamó desencanto.» (Ca-
sado 2005: 74)
66 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

modada de la nueva generación, a diferencia de sus mayores29, carecía


de mala conciencia alguna y no tenía a la poesía precisamente por «un
arma cargada de futuro». Ambas actitudes, menos tajantes en otros au-
tores coetáneos, destacan en Guillermo Carnero: («Chagrin d’amor,
principe d’oeuvre d’art», en El sueño de Escipión, 1971):
La palabra es un don
para quien nada siente, le asegura
la existencia de un orden,
el derecho de asilo. Porque él ni mira el mundo
ni lo advierte, y sus ojos
no son más que un espejo al que conmueve
una corporeidad de formas puras.

En este sentido deben entenderse estas polémicas palabras de


Ángel González (1980:7) «si la poesía novísima rompe expresamente con
algo […] es con la cultura que intentó oponerse al franquismo». Claro
que no todos los nacidos entre 1938 y 1952 fueron novísimos (piénsese en
Jesús Munárriz, en Agustín Delgado, en Ramón Irigoyen, en Antonio
Hernández, en Aníbal Núñez, en Jenaro Talens, en Olvido García Val-
dés, etc.), pero la poesía novísima, aunque con excepciones (Montalbán,
cierto Sarrión), fue en su conjunto un movimiento cultural desde y para
la juventud de clase alta. A la nueva generación de escritores (o al menos
a los hijos de los vencedores, que al fin y al cabo fueron los que se hicie-
ron oír con veinte años) la posguerra no le había resultado tan traumá-
tica, o en absoluto traumática, como sí le había ocurrido a la generación
anterior. Los novísimos habían nacido en esa posguerra y escribían no
tanto contra el régimen sino desde la obvia agonía natural de éste, acti-
tud que la mayoría de los poetas anteriores –méritos y logros aparte– no
vio, no supo o no quiso integrar a su escritura. De hecho, la transición
poética hacia 1975 ya había terminado; por eso, cuando el Caudillo falle-
ció, en vez de darse al jolgorio, la generación del 70 ya se andaba por «el
desencanto» (la película así titulada dedicada a los Panero es de 1977).

29
Jaime Gil de Biedma («En el nombre de hoy», Moralidades, 1966): «a vosotros,
Carlos, Ángel, / Alfonso y Pepe, Gabriel / y Gabriel, Pepe / y a mi sobrino Miguel, / Jo-
seagustín y Blas de Otero, / a vosotros pecadores / como yo, que me avergüenzo / de los
palos que no me han dado, / señoritos de nacimiento / por mala conciencia escritores
/ de poesía social».
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 67

Después, por contagio y emulación, la generación poética del 80 se


desencantaría antes de «la movida». «Fuimos […] –afirma José María
Parreño (2005: 9)– los niños del 68, es decir, que asistimos con diez años
a la confirmación de que el orden social no podía cambiarse por las bue-
nas ni por las regulares.» Y en su poema «Viaducto» (Aquelarre en Ma-
drid, 1983) Fernando Beltrán habla ya de «el pellizco mortal del desa-
liento» y asume que «no no somos héroes». La transición, para las
generaciones del 70 y del 80, ha venido a ser –en palabras de José-Carlos
Mainer (2005: 107)– «otra forma de culpabilidad histórica, de impoten-
cia asumida: la dilapidación de la herencia utópica y combatiente de
1968.» Por eso, durante la Transición política, dos de cada tres poetas
nacidos bajo la dictadura eran estéticamente –y en muchos casos no sólo
estéticamente– conservadores, mayoría que logró agruparse, organizar
escuadrones, preparar estrategias y prolongar su hegemonía mediático-
poética a lo largo del periodo socialista.

1. LOS DEL 36 (1909-1923)


Según la teoría generacional Ortega-Marías, este grupo se com-
pone de autores nacidos entre 1905 y 1920. Estos límites cobijan a auto-
res integrados a la generación propiamente dicha, como es el caso de
Luis Felipe Vivanco (1907), pero a la vez excluyen a otros como José
Hierro (1922), no por causalidad frecuentemente expatriado de este
tipo de recuentos. Insistimos en que nuestro uso de acuñaciones gene-
racionales hace tiempo aceptadas responde únicamente a la necesidad
de acotar comunidades de edad que faciliten una aproximación a lo
que arriba hemos llamado memoria generacional, y no a afinidades es-
téticas. Al referirnos aquí a esta generación pensamos en todos los auto-
res nacidos entre 1909 y 1923 que publican parte significativa de sus
obras tras la muerte de Franco.
Esta comunidad de edad, de la cual procede la mayoría de los po-
etas sociales propiamente dichos, puede dividirse en tres grupos cuyas
fronteras no es fácil trazar con total exactitud. Por un lado estarían
aquellos que se habían opuesto a la dictadura durante su transcurso
(Gabriel Celaya, Ildefonso-Manuel Gil, Ramón de Garciasol, José Hie-
rro, etc.); por otro, los poetas cristianos (Luis Rosales, José García
Nieto, etc.) que no se habían opuesto o habían silenciado su oposición,
68 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

que a efectos prácticos vendría a ser lo mismo; y por último el grupo de


poetas que –por variadas razones– no es fácil adscribir a ninguno de los
anteriores (Pablo García Baena, Carlos Edmundo de Ory, Carlos Bou-
soño, etc.).
De entre quienes no mostraron oposición durante la posguerra,
Rosales y García Nieto hacia el final de la dictadura –o recién termi-
nada– adoptan una escritura menos ensimismada, mucho más explícita
y atenta a las nuevas circunstancias históricas, resultando que algunas de
sus obras de la segunda mitad de los años setenta son un buen retrato de
las convulsiones, tanto políticas como personales, que la muerte del dic-
tador desencadenó. Las siguientes palabras de García Nieto, aunque
pertenecientes a su libro de 1966 Memorias y compromisos, reflejan bien el
tono justificativo adoptado por estos y otros autores durante el nuevo
periodo; pertenecen al poema titulado «1936-1939»: «Yo sé lo que es el
miedo, y el hambre, y el hambre de mi madre y el miedo de mi madre;
yo sé lo que es temer la muerte […] // ¿Qué me decís ahora los que cre-
íais que sólo me han movido a cantar los lirios de un campo imaginario,
y la rosa de papel, y la novia como Dios manda…?».
Luis Rosales quizás sea uno de los poetas que más y mejor han re-
flejado los años de la transición. Además de Diario de una resurrección
(1979), en 1980 Rosales inicia la publicación del que considera su testa-
mento poético, La carta entera, con el que pretende dar testimonio de lo
que ha visto e «iluminar la conciencia de mi tiempo» (Rosales 1983: 25).
El largo poema «Al parecer todos estamos predestinados a que nos
hagan la puñeta» es un buen botón de muestra de su contenido, además
de una buena reflexión sobre la incómoda situación moral a la que se
vieron expuestos tras 1974 muchos intelectuales franquistas, aunque la
experiencia de Rosales resulte especialmente peculiar debido al «caso
Lorca». He aquí el segundo fragmento y, acto seguido, el contundente
final: «Por haber cometido la imprudencia de tener la memoria puesta
al día, / sigo viviendo muchas cosas que no se acaban nunca de ente-
rrar: // ¡Cuánto se puede odiar a un inocente! // cuánto se puede odiar a
una persona que prefiere callar para saldar su cuenta sin nombrarla, / y
por esta razón nadie le deja en paz, / y la saliva puta, / la saliva calum-
niadora, / les alegra la lengua a los vendimiadores de lo ajeno, / cuando
repiten una vez y otra vez: // ¡Y cómo puede ser inocente y callar!».
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 69

[…] porque tú tienes que ser justo,


ésta es tu obligación:
tienes que inventariar todos los muertos que ha causado en el mundo la
[mirada antagónica,
tienes que comprender que el delator hace su oficio y tiene razón,
me la estoy repitiendo a mí mismo desde hace muchos años:

–Nadie debe vivir siendo inocente.


Es imposible y además injusto.

Este otro poema constituye un perfecto ejemplar de ejercicio de


memoria histórica, in situ, de las postrimerías políticas del franquismo y
de la transición; se titula «En el mundo actual la oficina es la guerra
santa»:
El dictador se muere sin resolver el único problema que le interesa resol-
[ver,
que es ser al mismo tiempo testador y heredero;
las guerras se terminan, quiero decir que se convierten en otras guerras,
y los gobiernos insepultos se suceden,
o mejor dicho se amontonan ya que siguen mandando para siempre
[jamás,
y todos son imprevisibles,
y nadie debe protestar,
pues todo el mundo sabe que en aquellos lugares donde ha pasado una
[riada suelen quedar sobre los árboles del paseo
varios objetos desconcertantes,
por ejemplo: un sombrero de copa, un bacín y un paraguas,
que desde entonces administran España simplemente porque allí los
[dejó la riada.
Así pasan las cosas,
y mientras la imaginación llega al poder, la política estriba en el escalafón,
pues no hay más cera que la que arde,
y como yo pequé tengo un ascenso,
ya que la caja de cartón se ha convertido en ataúd,
el ataúd es lo más parecido a una oficina y ya sabéis que en la administra-
[ción nadie muere en balde:
para ascender hay que empujar a un muerto,
y ahora se asciende rápido porque hay plazas vacantes.
70 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

Aquellos que como Celaya, Garciasol o Hierro sí se habían opuesto


activamente al franquismo durante la guerra y/o la posguerra, una vez
extinguida la dictadura recorren de algún modo y con diferencias el ca-
mino contrario, resultando que de la poesía social anterior fueron o ha-
bían ido virando hacia una dicción más introvertida, irracional y sofisti-
cada. Piénsese también en el último Blas de Otero, que apenas actúa
creativamente durante el periodo posfranquista.
Celaya es el ejemplo más claro de esta tendencia. Dicho en su mo-
mento todo lo decible sobre materia mundana, su poesía tras la dicta-
dura –aunque publique varias antologías de su poesía social que inclu-
yen textos antes censurados (Parte de guerra y El hilo rojo, ambas en
1977)– se sosiega y dilata temáticamente. Muerto el perro –valga la ex-
presión– se acabó la rabia. «Daba risa pensar en cómo pretendíamos /
transformar nuestro mundo, mejorar el presente», afirma en Buenos
días, buenas noches (1976), lo cual contrasta sobremanera con las pala-
bras de Rosales citadas arriba («iluminar la conciencia de mi tiempo»).
A ese libro le sigue otro en un tono similar de recapacitación (Iberia su-
mergida, de 1978) y después, aunque formalmente no haya grandes dife-
rencias, comienza lo que él mismo denomina su «poesía órfica» (Poemas
órficos en 1978, Penúltimos poemas en 1982 o El mundo abierto en 1986).
Garciasol, en cambio, no ceja en su empeño y continúa publi-
cando poesía social hasta el final (Libro de Tobía en 1976, Decido vivir en
1976, Mariuca en 1977, Recado de El Escorial en 1982 o Testimonio de la pa-
labra en 1984). Aunque su calidad no esté a la altura de nuestras actuales
exigencias, son obras que se esfuerzan en hacer memoria de lo ocurrido
y en mantenerse en vilo en un momento histórico en el que está «borra-
cha la verdad, manga por hombro / todo». Esos versos proceden de la
que tal vez sea su obra más significativa del periodo transicional, la del
palmario título Memoria amarga de la paz de España (1978), que insiste,
ahora sin tapujos de la censura, en el testimonio condenatorio de los
abusos del franquismo.
Hierro, que anteriormente había venido simultaneando lo que él
llama «reportajes» y «alucinaciones», en su poesía posfranquista
(Agenda en 1991 y Cuaderno de Nueva York en 1998) resulta más aluci-
nado que reportero, paralelamente –aunque a distancia– de lo que le
ocurre a Celaya. El reconocimiento de la crítica y del lector a este poeta
no sólo no disminuyen con el cambio político sino que en los años no-
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 71

venta alcanzan su apogeo, lo que le convierte –junto con algunos auto-


res del 50 como Ángel González, el Gamoneda «resucitado» por Miguel
Casado o el reflujo de las obras anteriores de un Biedma que seguía pre-
sente durante los años ochenta– en uno de los nombres clave en la poe-
sía del último tercio del pasado siglo.
De los restantes, García Baena, Ory y Bousoño –los tres con poéti-
cas muy distintas y apartadas de la conciencia histórica–, aunque hayan
sido importantes como poetas de la transición no resultan relevantes
para los objetivos de este trabajo. Sí, en cambio, el tardíamente exiliado
Ildefonso-Manuel Gil (1912-2003), que entre otros poemarios (Poema-
ciones en 1982, Las colinas en 1989 o Por no decir adiós en 1999), publica
en 1976 Elegía total, libro que no hace tanto memoria histórica del fran-
quismo o atiende a la nueva circunstancia social peninsular sino que se
eleva a un nivel global y lleva a cabo una lúcida y lograda denuncia eco-
logista de la catástrofe medioambiental, acuciante problema de finales
del pasado siglo y de éste.

2. LOS DEL 50 (1924-1938)


Entendemos aquí por tal generación tanto a los canónicos hom-
bres del 50 como, por un lado, a todos aquellos que sólo recientemente
–y no en todos los casos– han empezado a ser incluidos en ella (Tomás
Segovia, Vicente Núñez, Fernando Quiñones, Gamoneda, Carlos Álva-
rez, etc.) y, por otro, a quienes se han visto excluidos tanto de esta como
de la siguiente agrupación generacional aparentemente por razones de
fecha de nacimiento (Félix Grande, Carlos Sahagún, etc.).
Lo expresen o no las obras de esta comunidad de edad, insistan o
no en ello vencido el año 1974, el poema «Aniversario (julio, 1936)» de
Tomás Segovia es una buena síntesis de la memoria de todo el grupo:
Tanto tiempo después y aún no comprendo
esta sombra brutal
que veis a veces todavía
danzar al fondo de mis ojos
y que cayó sobre ellos un día de mi infancia
cuando en una mañana radiante despertaba
y contra el cielo fresco
vi levantarse un impensable brazo
que apuñaló a mi Madre…
72 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

Con todo, por lo general –aunque con bastantes excepciones–,


estos autores, al igual que los poetas propiamente sociales de la orquilla
cronológica anterior, hacia el final del franquismo relajan su tono crí-
tico y su memoria ya no resulta tan histórica como íntima o privada. Los
casos más obvios son el Valente del posfranquismo y el Gamoneda pos-
terior a Descripción de la mentira (1977). Otros, como Claudio Rodríguez,
Francisco Brines o Luis Feria sencillamente nunca hicieron una poesía
relevante para la memoria colectiva, y en este sentido cabe decir que sus
obras no participan de la ya mencionada dialéctica histórica instaurada
en 1936. No haremos, pues, aquí más referencia a ellos.
Aunque el Ángel González (1925) posterior a la década de los se-
senta es más experimental e irónico que socialmente crítico, seguirá
ofreciendo destellos de memorialismo histórico. Sirva como botón de
muestra de ese memorialismo –a la vez que del tono irónico– el arran-
que de «Divagación onírica» (en Muestra corregida y aumentada, de algu-
nos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente
comportan, 1976): «Los vencedores, / tras recibir entre ovaciones besos y
banderas, / coronas de laurel, medallas, cigarrillos, / estrellas de latón,
botín y gloria […]».
Juan García Hortelano, poeta tardío y frugal, publica en 1977
Echarse las pecas a la espalda, que consta de veintisiete composiciones, en
su mayoría breves, que ofrecen una contemplación crítica de la situa-
ción político-social. Están próximas en tono y temas a las obras de ami-
gos y contemporáneos suyos como Ángel González y Gil de Biedma. En
1995, póstumamente, Antonio Martínez Sarrión editó y prologó el iné-
dito La incomprensión del comercio, en la misma línea.
Poemas póstumos (1968) es el último poemario propiamente dicho
de Gil de Biedma, que desde entonces y hasta 1981 poco añadirá a una
obra completa ya de por sí breve. A pesar de esto, la publicación en 1975
de esa obra completa bajo el título de Las personas del verbo y su posterior
reedición ligeramente aumentada en 1982, suponen todo un hito en la
lírica posfranquista. Si a esta última publicación se le añade el hecho de
que el autor viviera hasta 1990 y también el enorme influjo que tanto su
presencia como dicho volumen supusieron para las generaciones del 70
y del 80, parece lícito considerar en activo al autor durante la transición.
Las personas del verbo constituye, entre otras cosas, una radiografía histó-
rica y moral de la clase alta opositora durante la posguerra. Muchos de
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 73

sus versos –como los citados más arriba– forman hoy parte de la memo-
ria colectiva de las generaciones posteriores. Recuérdense de Moralida-
des (1966) los versos del poema «Años triunfales» –primeramente titu-
lado «De los años cuarenta»– que dicen: «Media España ocupaba
España entera / con la vulgaridad, con el desprecio / total de que es
capaz, frente al vencido, / un intratable pueblo de cabreros.» O estos
otros, en el mismo libro, de «Barcelona ja no és bona, o mi paseo solitario
en primavera»):
Y a la nostalgia de una edad feliz
y de dinero fácil, tal como la contaban,
se mezcla un sentimiento bien distinto
que aprendí de mayor,
este resentimiento
contra la clase en que nací,
y que se complace también al ver mordida,
ensuciada la feria de sus vanidades
por el tiempo y las manos del resto de los hombres.

Oh mundo de mi infancia, cuya mitología


se asocia –bien lo veo–
con el capitalismo de empresa familiar!

De entre los pocos poemas añadidos a la segunda edición del volu-


men, destaca un verso de «De senectute» que refleja la actitud de casi
todos estos autores hacia la nueva situación histórica: «No es el mío, este
tiempo.»
De los frecuentemente ignorados Fernando Quiñones y Jesús
López Pacheco, ambos bastante activos durante el posfranquismo, ha-
bría que mencionar, del primero, sus «crónicas», iniciadas en los años
sesenta pero no abandonadas hasta su defunción en 1998, entre las que
destacaría Las crónicas del 40 (1976); del segundo, Asilo poético (1985) y
Ecólogas y urbanas (Manual para evitar un fin de siglo siniestro) (1996).
En cuanto a Antonio Gamoneda, su Descripción de la mentira (1977)
es –en una de sus posibles lecturas y en el aspecto que aquí nos ocupa–
uno de los libros más importantes de la transición, no tanto porque
hable de ella sino porque constituye una preclara, honda y nada com-
placiente recapitulación de la vida moral, durante la larga posguerra, de
la resistencia fracasada; y esta vez no desde el punto de vista de una élite
74 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

social con mala conciencia sino desde la vivencia del silenciado y silen-
cioso ciudadano de a pie, acomodado en la pérdida de toda esperanza:
«Ciertamente es una historia horrible el silencio pero hay una salud que
sucede a la desesperación.»
Por otra parte, una obra del provocador y anticomunista Aquilino
Duque como Aire de Roma andaluza (1979) nos ofrece un punto de vista
diferente, recalcitrantemente reaccionario pero tan histórico como los
demás, sólo que «su concepto de la Historia es estático, no dinámico»
(Ortiz 1985: 237): «Cambian los tiempos, cambian los señores; / los que
no cambian nunca son los siervos. […] / Es tan fácil pasar por la prueba
iniciática / de asestar al cadáver del pasado, / inofensivo ya, la ritual pu-
ñalada…». A veces es difícil saber si Duque habla con sarcasmo o no,
como cuando en este mismo libro propugna la abolición de la amnistía
otorgada a los inculpados por delitos políticos durante el franquismo.
También ha mostrado este autor preocupaciones ecologistas (La calle y
el campo, 1978), llegando a afirmar que su obra aboga por «la concilia-
ción de la historia con la naturaleza» (Ortiz 1985: 237).
El tan desatendido Carlos Álvarez es la representación perfecta,
tanto por el conjunto de su obra como por su agitada vida, de la resis-
tencia antifranquista. Testigo de lujo de dicho movimiento, de la cárcel
y del exilio tardío e intermitente, su obra resulta difícil de pasar por alto
en estas páginas. «Mi infancia son recuerdos de un muro de Sevilla / y el
desplomarse lento de un hombre acribillado», empieza su poema «Au-
torretrato machadiano» de Escrito en las paredes (publicado en español
en 1967). Se estrena en la nueva etapa con el poemario Aullido de licán-
tropo (1975), al que siguen inmediatamente los no casualmente titulados
Versos de un tiempo sombrío (1976) y La campana y el martillo pagan al caballo
blanco (1977). Otras obras posteriores, cada vez más culturalistas, son Re-
flejos en el Iowa River (1984) o El testamento de Heiligenstadt (1985). Tal y
como ha señalado Pedro Provencio (1991: 89), a pesar de abandonar
los temas sociales habituales «se diría que, como en el caso de Celaya, el
verso acuñado tan insistentemente con objetivos instrumentales, sigue
condicionando al propio poeta aun cuando intenta dejar atrás lo que,
en verso de Otero, resulta ya “tanta poesía social desperdiciada”».
Félix Grande (1937), ni perteneciente a la generación del 50 ni al
parecer lo suficientemente «nuevo» para ser incluido en el saco noví-
simo, quizás se trate del caso más claro de lo que se ha llamado «los des-
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 75

heredados o marginados de la promoción del 60». Como ha señalado


Manuel Rico (1992: 58), «tal vez el hecho de que sus autores [Félix
Grande, Diego Jesús Jiménez, Antonio Hernández o Jesús Hilario Tun-
didor] no actuaran desde la descalificación global de lo precedente, li-
mitara el impacto de sus conquistas en la realidad literaria de entonces.»
Sea como sea, «la singularidad de Grande tiene como punto de partida
un perfil biográfico bien diferente a lo que fueran los perfiles biográfi-
cos de la mayoría de los poetas de 1950 y, sin duda, de la mayoría de los
poetas de 1970: su origen humilde y sus raíces familiares lo sitúan en los
márgenes de lo que podríamos llamar establishment literario» (Rico
1998: 16-17). Ausente en Nueve novísimos (1970) –tal vez por extremeño,
pobre, vallejiano y unos años de más– aunque apenas mayor que Anto-
nio Martínez Sarrión y Manuel Vázquez Montalbán –los seniors de Caste-
llet– publica al borde de la treintena su impresionante tercer poemario,
Blanco Spirituals (1967), prácticamente a la par que las primeras obras
de aquellos: Teatro de operaciones y Una educación sentimental, ambas más
próximas entre sí y a Grande que a cualquiera de los restantes siete noví-
simos. Encasillado como epígono de los poetas realistas anteriores, fue
defenestrado por la nueva generación emergente pero, a diferencia de
Juan Luis Panero, después no sería rescatado por los poetas de la experien-
cia. Con todo es muy leído durante los años de hegemonía novísima, en
especial durante los primeros años de la transición, y en 1978 publica su
último poemario propiamente dicho, Las rubáiyatas de Horacio Martín,
esta vez próximo a las fechas de publicación de los poemarios de los dos
novísimos de la segunda hornada –Sepulcro en Tarquinia (1975) de Anto-
nio Colinas e Hymnica (1979) de Luis Antonio de Villena– que han sido
repetidamente señalados como los principales poemarios puente entre
las generaciones del 70 y del 80 (Lanz 1998: 268; Rubio 1986: 51; Villena
2000: 29). Si obviamos las fechas de nacimiento de los autores, en rigor
esta obra de Grande no sería menos que aquellas precursora del lla-
mado nuevo deslizamiento hacia el realismo o la tradición, y esto sólo en
el caso de que pudieran ser precursoras de algo que en realidad no
había desaparecido nunca. El ejemplo más obvio de esa permanencia lo
encontramos en Juan Luis Panero, que nunca había dejado de hacer
precisamente ese tipo de poesía, desde A través del tiempo (1965) hasta
Los trucos de la muerte (1975). Después Grande publica en 1989 Biografía
(Poesía Completa 1958-1984), que contiene algunos inéditos, y se calla.
76 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

Desde entonces ese volumen sigue siendo reeditado pero pocos críticos
en activo o poetas posteriores parecen haberlo leído con fruición. Una
de las excepciones es la edición crítica conjunta de Blanco Spirituals y Las
rubáiyatas de Horacio Martín a cargo del ya citado Manuel Rico (1998:
16), en la que leemos:
[…] cabe hablar de un poeta al margen, extremadamente singular, al que, si
bien es posible encontrar en su obra conexiones con corrientes literarias ya con-
solidadas o en proceso de formación en la época en que comienza a escribir y,
sobre todo, a dar sus más significativos frutos, no es pertinente situarlo en nin-
guna. Félix Grande es una muestra más de las personalidades sin ubicación ge-
neracional que de vez en cuando encontramos en nuestra historia literaria: los
casos de Carlos Edmundo de Ory, Antonio Gamoneda, José Hierro, César
Simón, Juan Gil-Albert, Tomás Segovia, Miguel Labordeta o Gabino Alejandro
Carriedo podrían ser exponentes de cómo la historia de la literatura es mucho
más que la que delimitan las categorizaciones generacionales o estéticas.

Aunque Grande prácticamente abandona la poesía con la mencio-


nada entrega de 1978, por otra parte bastante alejada ya del talante crí-
tico y expresionista de Blanco Spirituals, cabe recordar algunos de los
pocos poemas nuevos que ha incluido después en la sección «La noria»
de su Biografía, como el fechado en 1982 y titulado «La persistencia del
imperio», dedicado a la España rural en el momento de ingresar en la
OTAN.
Otro poeta en una situación vital y generacional similar a la de
Grande es Carlos Sahagún (1938), cuyo único poemario propiamente
dicho durante el posfranquismo, Primer y último oficio (1979), trata en su
sección III de la defunción de Franco. En palabras de José-Carlos Mainer
(2005: 68), al que nos remitimos para más detalles, es «quizá el grupo
más nutrido y explícito de versos dedicados a la muerte del dictador».

3. LOS DEL 70 (1939-1953)


«Desde los novísimos –escribe el editor y poeta Sergio Gaspar (Ín-
sula 2002: 34)–, la poesía española en sus tendencias dominantes se ha
ido desplazando desde lo ético a lo estético, desde lo social a lo perso-
nal. Es importante señalar que este desplazamiento no afecta sólo a la
poesía –ni siquiera principalmente a ella, que ha ido ocupando un espa-
cio periférico–, sino a la cultura en su conjunto. También hay que recor-
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 77

dar que se trata de un fenómeno occidental, de ninguna manera especí-


ficamente español. ¿Sus razones? La decisiva es el triunfo de las tan ca-
careadas y publicitadas ideas del “fin de la historia” y del “pensamiento
único”. Tras el fracaso en Europa de los modelos del denominado socia-
lismo real, parecía –y lo sigue pareciendo– que el proceso y el progreso
históricos habían concluido y que Occidente y el mundo alcanzaban su
única identidad posible: económicamente, disfrutaríamos del capita-
lismo de libre mercado; políticamente, nos gobernaríamos con demo-
cracias parlamentarias con partidos que se irían alternando en el go-
bierno en los plazos convenientes; culturalmente la industria y el ocio
culturales dominados por los grandes grupos de la comunicación susti-
tuirían a las trasnochadas figuras de los grandes pensadores que desea-
ban cambiar la sociedad. Todo esto conducía a una muerte anunciada y
buscada desde el principio: la del intelectual comprometido. En lo esen-
cial, la sociedad ya no podía ni debía cambiarse, a lo sumo maquillarla
para que desfilase atractiva por la pasarela del salón del consumismo
posmoderno.»
Quedarían, por tanto, fuera de estas certeras observaciones, los po-
etas que, sin participar en esas «tendencias dominantes», han mante-
nido un pie –o ambos– en «lo ético» y en «lo social», presumibles requi-
sitos para escribir desde una concienciación histórica que no haga caso
omiso de la memoria y el dolor colectivos. Tanto entre los autores de
esta comunidad de edad –por lo general los mayores: Vázquez Montal-
bán, Martínez Sarrión, Ramón Irigoyen o Jesús Munárriz– como entre
los de la siguiente –los menores más: David González, Antonio Orihuela
o Enrique Falcón– hay voces que han insistido en ser «la mala concien-
cia de su tiempo», como afirma Juan Carlos Mestre (Ínsula 2002: 25) ci-
tando a su maestro Saint-John Perse.
A menudo también muchos autores de los llamados figurativos que
no han buscado premeditadamente lo social (Miguel d’Ors, Javier Sal-
vago, Martínez Mesanza o Luis Alberto de Cuenca) han terminado es-
cribiendo, gracias a su poética narrativa y de lo cotidiano, obras que re-
flejan algunas claves de su tiempo, o al menos de ciertas parcelas de él.
Esto ha sido claramente demostrado por el colectivo Alicia Bajo Cero en
Poesía y poder (1997), donde entre otras cosas se realiza un penetrante
análisis en este sentido de los principales poetas de la llamada «poesía
de la experiencia».
78 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

Pero volvamos a los nacidos entre 1939 y 1953. Entre los novísimos
propiamente dichos, son los mayores, Vázquez Montalbán y –algo
menos– Martínez Sarrión, los autores más potables para este trabajo. El
conjunto de la obra poética de Montalbán –al igual que en los demás gé-
neros– se erige como un claro ejemplo de su afán continuo de recupe-
ración de la memoria histórica y de análisis social, a pesar de ser de la
opinión –como sus compañeros de antología– de que la literatura nada
puede contra la influencia cultural de los medios de comunicación. La
España de la posguerra es el escenario de casi toda su poesía y «la misión
del poeta y su memoria es precisamente impedir la complicidad tardía
del monstruo con sus perseguidos» (Mainer 2005: 72)30. Durante el tar-
dofranquismo publica obras tan importantes en este sentido como Una
educación sentimental (1967), Coplas a la muerte de mi tía Daniela (1973) o A
la sombra de las muchas sin flor (Poemas del amor y del terror) (1973). Des-
pués, dedicado de lleno a la narrativa, parece abandonar la poesía. La
redacción de Praga, aunque publicada en 1982, había comenzado una
década antes. El sujeto de los poemas de esta primera entrega de la tran-
sición –son palabras de Miguel Casado (2005: 114)– «se define por su
pertenencia al campo de los vencidos; desde ahí mira pasar los aconteci-
mientos de la historia o de lo cotidiano con miedo y con odio». Cuatro
años después publica su obra poética completa hasta la fecha bajo el sig-
nificativo título Memoria y deseo, y en los años noventa vuelve al género
con Pero el viajero que huye (1990) y Ciudad (1997).
En cuanto a Martínez Sarrión, en este sentido partes de su obra
dan buena muestra del incurable desengaño y el inamovible escepti-
cismo políticos sufridos por la juventud de clase media-alta tras mayo
del 68. De ahí el omnipresente tono satírico de casi toda su obra. Su sos-

30
«Los principales enemigos para la fijación de esa parte de la memoria resistente
[…] han sido los palanganeros de la transición que barrieron bajo las alfombras las me-
morias más conflictivas y han reducido una película casi épica a un filme de Manolo
Summers, posiblemente titulado To el mundo es güeno. Aquí los únicos que se han tirado
piedras sobre su propio tejado han sido las izquierdas más inocentes, las que no tenían
pecados de guerra ni posguerra y se han autoexigido una transparencia que les ha
hecho casi invisibles. Los más beneficiados por esta operación han sido una extraña
alianza de ex franquistas lúcidos y ex izquierdistas pragmáticos que han pasado de pun-
tillas sobre los cráneos perplejos de una izquierda entre cuyos sueños no figuraba el del
poder.» (Vázquez Montalbán 1988)
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 79

layada crítica testimonial y sus crecientes sequedad y feísmo dotan mu-


chas veces a sus poemas de una mezcla de gruñido y carcajada sofoca-
dos. El título de su primera entrega durante el posfranquismo, Una
tromba mortal para los balleneros (1975), podría interpretarse como un
acertado modo de expresar los aires políticos y anímicos de aquellos
años. Recordando la década de los sesenta, escribe en «Arribada» –reco-
gido en El centro inaccesible (Poesía 1967-1980)–: «¿Quién habla de una
fácil travesía? / Las noches se poblaban de sirenas, / de cuartos donde
ardía la revuelta / de exilios que a tu cuerpo devastaron.» Sus obras de
los años ochenta –sobre todo Horizonte desde la rada (1983) y De acedía
(1986), algo menos Ejercicio sobre Rilke (1988)– continúan ofreciendo,
junto a otros materiales y tonos, una mirada satírica al exterior.
Jesús Munárriz, formalmente alejado de los anteriores pero siem-
pre políticamente explícito, no publica su primer libro (Viajes y estancias)
hasta 1975. El siguiente, Cuarentena (1977), es «un ajuste de cuentas con
el franquismo» (García Martín 1996: 60) que recrea con humor los años
de la posguerra. Tras varias entregas algo menos ceñidas a la temática so-
cial, en De lo real y su análisis (1994) lleva a cabo «un análisis […] de las
contradicciones y desajustes de los noventa» (García Martín 1996: 60).
En palabras del propio autor, «creo que sólo en Camino de la voz, libro del
año 1988, faltan referencias a ese mundo de lo público, presente con
mayor o menor fuerza en el resto de mis títulos, centrándose la crítica, al
hilo de los tiempos, en aspectos del franquismo, la transición, la época fe-
lipista o la más reciente» (Ínsula 2002: 35). Valga como ejemplo su
poema «Los nuestros» en De lo real y su análisis:
En aquel tiempo en que soñar futuros
nos compensaba de un presente terco,
imaginábamos que alguna vez
un día
«los nuestros» llegarían al poder.

Hoy el presente es terco


de otro modo
y soñar sigue siendo un lujo para pobres
sin futuro, pero algo,
al menos algo en limpio hemos sacado
de estos años cambiantes:
que sean quienes sean
80 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

los que vayan pasando,


si están en el poder, nunca serán
los nuestros.*

[* O que nos lo demuestren (Nota del lector optimista).]

Juan Luis Panero (1942), aunque en un primer momento tenido


por mero epígono de algunos poetas de la comunidad de edad prece-
dente (Gil de Biedma, Ángel González), no se ha prodigado en aplicar
su narratividad meditativa al mundo circundante. Su poema de Los tru-
cos de la muerte (1975), «Pierre Drieu La Rochelle divaga frente a su
muerte», expresa –mediante correlato objetivo– la desilusión y el escep-
ticismo políticos fruto de la resaca del 68: «todo el absurdo tinglado del
poder, / el cuchillo implacable de la inteligencia, / las sórdidas, políti-
cas palabras, / los arañados proyectos imposibles»; y más adelante: «li-
bros, declaraciones, ideas, lealtades, / el secreto de todo, el revés de la
nada– / cuánto tiempo perdido para llegar a esto».
José María Álvarez, poeta precoz de orígenes poco novísimos, con el
tiempo, cuando sus compañeros de antología abandonaban el barco de
los tópicos que les habían dado nombre, fue en cambio haciéndose más
y más veneciano y culturalista que nunca. Así lo ha señalado con la pro-
fundidad que le es característica Miguel Casado (2005: 118-120) a pro-
pósito de una de sus entregas de los años ochenta, El escudo de Aquiles
(1987). Con todo, en su importante Museo de cera (1974; después varias
veces ampliado en 1978 y 1984) hay poemas de un realismo histórico
contundente. Sirva de ejemplo el titulado «Anales», antecedido por la
cita31 de rigor que sirve –junto al título y junto a las abundantes mayús-
culas– para hablar de la realidad histórica inmediata remitiéndola a si-
tuaciones semejantes pero remotas y, por tanto, codificadas. En este caso,
esa realidad histórica es el hecho de que Franco muera en el poder.
Si muere en el Poder, sin que lo hayamos
Juzgado, si su cuerpo

31
Cita de Tácito que, por otra parte, engarzada al poema propiamente dicho pa-
rece estar llamando provocadoramente a la ejecución de Franco: «Al preguntar Nerón
la causa por qué había conspirado contra él, contestóle Sulpicio Aspro: “Porque no era
posible poner de otra manera remedio a tus maldades”.»
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 81

No se pudre colgando en las murallas


Como advertencia,
Invicta
Esa espantosa Sombra habrá de perseguirnos.

Obscuras fuerzas que tras siglos


Para poder vivir el hombre sometiera,
Él liberó con su gobierno, celebrando
Corrupción, crueldad, bellaquería,
Ignorancia. Y la vileza
De su mundo, es y será nuestra.
Pues cuanto de más noble hubo en nosotros
Secó hasta la raíz, substituyendo
La fuerza bruta de sus partidarios,
Su abyección e incultura, a Ley y norma.

Y esos abismos
Del Mal, no mueren con su muerte.
Habrán de perseguirnos largos años
Como una dolorosa, una terrible
Expiación.

Ramón Irigoyen (1942) publica poco y tarde. En 1972, con treinta


años, da a la imprenta Amor en carne muerta y cuatro años después Versos
de entretiempo (1976), ambos luego recogidos en su imprescindible Cielos
e inviernos (1979), hito de la poesía posfranquista a menudo ignorado
por la crítica aunque no por los lectores. Al igual que lo dicho más
arriba respecto a Grande, Irigoyen sería tan «precursor» o «puente» del
nuevo realismo como Villena o Colinas. En 1982 publica tras cierto re-
vuelo el provocador e importante Los abanicos del Caudillo (1982), y des-
pués abandona la poesía. Como ha señalado Mainer (2005: 90), «Cielos e
inviernos recogía ya un poema –“Verano de 1975”– sobre los fusilamien-
tos de septiembre que es el más inmediato antecedente de la actitud de
Los abanicos del Caudillo.» Esta obra, como afirma el propio autor en la
contraportada de la primera –¡y hasta ahora única!– edición, es «un
apunte de crónica moral del franquismo», de sus costumbres colectivas,
en donde el narrador del poema «pasa el espejo por la sociedad de
nuestros cuarenta años felices […] e inapelablemente condena la bruta-
lidad de las relaciones amorosas hispánicas» (Irigoyen 1982: 13). La
irreverencia y rabia que impregnan todo el texto quedan bien definidas
82 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

en estos versos del fragmento IV: «[…] tengo la gracia / de un universo


de fusilados». Se hace también referencia explícita y burlona a la cen-
sura, al exilio y a la proyección de la larga posguerra durante la transi-
ción, como en estos versos del fragmento I:
Decía que a algunas [palabras] las escondí bajo la égida de aquel Rayo
tan campechano, gallego
y franco
cuando sufrimos aquí la héjira
de los mejores ciudadanos.
Y junto égida con héjira
con lo que logro una figura retórica que se llama
–respirad covillanos–
que se llama paronomasia
porque en las arias de su testamento aquel Rayo franco
nos legó para lustros
la paranoia, la menopausia, la paronomasia
y la desgracia de los chistes malos.

Y hacia el final, en el fragmento XII, aparece el llamado «síndrome


de Estocolmo» tras la muerte de Franco: «Ya no resisto este odio: puesto
que el Rayo ha muerto / la guerra ha terminado. // Estoy viviendo los
primeros minutos de una paz tan frágil / que no sé si es un baño en el
mar con más sol / o una mutilación de piernas vientre y brazos.»
«Aníbal Núñez –ha escrito Miguel Casado (2005:148)– es un caso
extremo entre quienes, a finales de los sesenta, publicaron sus primeros
libros con el deseo de no parecerse a la poesía española que habían co-
nocido. Como él, otros que quizá encontraron mayores facilidades de
difusión, pero que igualmente fueron cada vez menos escuchados: Leo-
poldo María Panero, José-Miguel Ullán, Jenaro Talens…». Con todo, el
primer libro de Núñez, Fábulas domésticas (1972) ofrece buenas dosis de
crítica social directa, aunque con un lenguaje que empieza ya a dislo-
carse y que en obras posteriores se sofisticará más y más, dado a la meta-
poesía y al culturalismo, hasta rozar el hermetismo. El poema «Fábula
del perro policía», del mencionado libro, es un irónico «homenaje» al
cuerpo de policía de las postrimerías del franquismo:
sabueso desdentado
no del todo: conservan
tu masticar de cada día las prótesis
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 83

caninas oficiales
la paga extraordinaria y el honor
de ser reconocido
como un guardián celoso
del orden prepotente en tu doble
cometido de cancerbero –orlado
por semanal incienso
y una intachable hoja de servicios–
y eficaz husmeador de pasos ilegales
de improntas digitales descarriadas…
ve a avisar a tu amo
llévale la panoplia de decretos
al borde de la cama
ve a lamerle el asiento dignatario
corre a dorar sus distintivos vuelve
al lugar destinado para que
te lleves a la boca
los restos del festín pero no olvides
–ejercita tu rabo entre las piernas–
las instrucciones (ya amarillas)
para el empleo del timbre
de alarma fiel mastín que viene el lobo

Tanto la poesía de los católicos Miguel d’Ors y Luis Alberto de


Cuenca como la del descreído Javier Salvago o la del andalucista Fer-
nando Ortiz, con todas sus diferencias, constituyen perfectos ejemplos
de los primeros pasos de lo que luego sería la tendencia dominante de
los años noventa. Ilustran bien todos ellos al ciudadano acomodado y
conservador que, afincado en un firme escepticismo, gracias a su línea
clara y a sus referentes concretos, termina hablando de lo social «sin
querer». Poemas, por ejemplo, como el famoso «La malcasada» (El otro
sueño, 1987) de Cuenca son un aceptable retrato de la clase alta espa-
ñola de los años ochenta. Este otro poema, de d’Ors, refleja en cierto
modo otros estratos sociales («Contraste», en Curso superior de ignorancia,
1987):
Ellos que viven bajo los focos clamorosos
del éxito y poseen
suaves descapotables y piscinas
de plácido turquesa con rosales
y perros importantes
84 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

y ríen entre rubias satinadas


bellas como el champán,
pero no son felices,

y yo que no teniendo nada más que estas calles


gregarias y un horario
oscuro y mis domingos baratos junto al río
con una esposa y niños que me quieren
tampoco soy feliz.

Y los siguientes versos de Fernando Ortiz: (en «A Aminta, con unas


rosas», Vieja amiga, 1984) describen bien la actitud condescendiente de
muchos españoles de su generación durante el final del franquismo:
«Entonces –bastaba pasear por la Gran Vía / con los ojos abiertos–, /
Franco era eterno y la gente feliz. / Nos conocimos aún muy jóvenes / y
había que creer en lo que fuera.»
Javier Salvago, aunque sin intención alguna de hacer crítica social,
sí cuenta como suya la convicción de que la poesía debe dar testimonio
del tiempo que le ha tocado vivir, lo cual tiñe su obra de bastantes refe-
rencias a lo público, aunque carentes por propia voluntad de toda de-
nuncia. El final del poema «Variaciones sobre un tema de Manuel Ma-
chado» (En la perfecta edad, 1982) expresa esto irónicamente: «Así que
por la paz de un reposo perfecto / –con tal de que no deje testimonio del
tiempo / que me tocó vivir–, todo vale. De acuerdo.» Cuenta Salvago
también con el desengaño y el desprecio de la política característicos de
muchos ciudadanos durante y tras la transición: «En política y amor /
no faltará quien se venda, / siempre, al mejor impostor» (de «Soleda-
des», La destrucción o el humor, 1980). Véase finalmente este otro poema,
más largo y claro, titulado «Al dorso de una vieja fotografía» (Volverlo a
intentar, 1989):
Todavía no habían llegado los Beatles, ni habían acribillado a Che
[Guevara.

Nat King Cole cantaba por la radio ansiedad de tenerte en mis brazos o sola-
[mente una vez se entrega el alma

y en el cine tal vez ponían Siete novias para siete hermanos.


SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 85

Todavía el comandante Armstrong no había dejado su profana huella


[sobre el picado rostro de la luna.

Todavía los viejos seguían contando historias de la guerra al calor de la


[lumbre.

Quedaban lejos Vietnam, los hippies, la Primavera, el Mayo y esta discreta


[libertad… ¿para hacer qué?

El caso del vasco y «vasquista» Jon Juaristi es peculiar. Poeta tardío


que antes de publicar su primer poemario con treinta y cuatro años
(Diario del poeta recién cansado, 1985) había pasado de formar parte de
ETA a estar en la órbita de los poderes fácticos, previo tránsito por el
PCE. Resulta innegable su condición de poeta satírico y político, pero
también lo es su carácter marcadamente localista. Conflicto o memoria
históricos en Juaristi equivalen a problema y raíces vascos. Hay excep-
ciones, claro, pero el conjunto de su obra gira en torno a este núcleo.
Poemas como «Agradecidas señas» (publicado por primera vez en su
poesía reunida, Mediodía, en 1994) nos hablan de las preocupaciones
materiales y de la trayectoria ideológica de muchos individuos de su ge-
neración:
No tengo casa propia
ni coche. Vivo solo
y mi cuenta corriente
está en números rojos.
[…]
Mi juventud distraje
con juegos peligrosos.
Sigo siendo de izquierdas,
aunque se note poco.
[…]
Vaya sólo un consejo
para los paranoicos:
la amnesia, si oportuna,
aleja el mal de ojo.

Tocando a la memoria,
mejor pecar de sobrio […]
86 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

Finalmente, he aquí unos versos de Juan Manuel Bonet, de su


poema «Escribir» (La patria oscura, 1983), que resume bien el talante de
otra importante fracción de los poetas nacidos en los años cincuenta:
Escribir –como si nada fuera importante–
el sencillo irse de las horas
sentando en la terraza de un café
de una provincia española.
Escribir, como si estuviera escrito
que el ruido de esas tazas sobre el mármol
tuviera que pasar el arroyo claro
de unos versos.
Escribir, como si nada fuera.

4. LOS DEL 80 (1954-1968)


Sergio Gaspar, tras el párrafo suyo que citamos al comienzo del
apartado anterior, añade que, «a pesar de todo, mi experiencia como
editor me ha convencido de que en la década de los noventa una parte
de la poesía española vuelve a aproximarse a lo público, a lo social, al
deseo del cambio» (Ínsula 2002: 34).
Este grupo de poetas ya no hablará tanto de la transición misma
como del lugar al que ésta los ha llevado o sencillamente del lugar his-
tórico en que se encuentran. Estos autores, a la muerte de Franco, son
adolescentes o incluso niños, de modo que no son educados –al
menos en parte– por los aparatos franquistas y por lo general no lle-
gan a participar activamente en el agitado ambiente post mortem ni en
los primeros balbuceos demócratas. Algunos –los mayores más– sufrie-
ron el desencanto ambiental, pero con menos acritud que los ejem-
plos aducidos de la generación anterior o, en palabras de uno de ellos
(Parreño 1995: 14), «disfrutando de un escepticismo jovial, de un de-
sapego sin rencores.»
Tal y como señalara hace tiempo Jaime Siles (1991: 166), «[s]i los
del 50 mantuvieron respecto a la sociedad, en general, y a la suya propia,
en particular, una actitud crítica disidente, de rechazo y/o de enfrenta-
miento. Los del 80, en cambio, no se sienten incómodos en ella y con
ella, sino integrados, complacientes y complacidos. Por eso, la de los
ochenta vuelve a ser una poesía integrada en su mundo y arraigada en su
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 87

situación […]» Pero hay, añade, excepciones: «[…] no hacen poesía de


evasión –como hicieron los novísimos– ni de crítica –como el 50 sí la
hizo–, sino de entendimiento, de aclimatación y –a veces: muy pocas– de
interpretación. La nueva poesía, por lo general y con muy pocas excep-
ciones (Riechmann, Amparo Amorós, Manuel Vilas, Juan Carlos Suñén y
Martínez Mesanza) renuncia a criticar el mundo» (Siles 1991: 168).
En la generación posterior a la nuestra ha existido […] –en opinión de
Jesús Munárriz (Ínsula 2002: 35)– una cierta contradicción entre muchos poetas
que se situaban en la izquierda y un poder político que también decía situarse
en ese mismo campo, con lo que neutralizaba de antemano la posibilidad de cri-
ticar lo que se consideraba propio ante la amenaza de ser tomado por traidor o
desertor. Ello ha frenado, sin duda, la capacidad de enfrentamiento de los poe-
tas con la manipulación de la realidad hecha por sus supuestos comilitones.
Con la derrota electoral del socialismo y el triunfo del PP esta situación se
ha clarificado y parecería que algunos poetas han redescubierto su capacidad
corrosiva (incluso alguno con efecto retroactivo) y la distancia con el poder y
sus detentadores favorece la radicalidad de algunos planteamientos.
Entre los más jóvenes es donde esta situación parece tener más cultivado-
res, entre poetas que han empezado a publicar en unos años en que el mundo
ha dado un vuelco histórico, con el hundimiento del muro en Alemania, el sub-
siguiente hundimiento del sistema comunista en la Europa central y oriental, y
el correspondiente hundimiento también de ideales y perspectivas en gran
parte de la izquierda mundial.

Las críticas de estos poetas –continúa Munárriz– apuntan a «los


nuevos conflictos políticos y sociales, las injusticias y desigualdades, la
globalización, las diferencias entre pobres y ricos, las migraciones, las
guerras, la destrucción del planeta.» La crítica, pues, deja de ser loca-
lista y se eleva a un nivel global.
La poesía de Julio Llamazares (1955) recupera –con un lenguaje
deudor del Gamoneda de Descripción de la mentira– la memoria de lo que
él llama «una raza de pastores que perdió su libertad cuando perdió sus
ganados y sus pastos», extracto del fragmento 4 de La lentitud de los bueyes
(1979). Este otro extracto, del fragmento 6, merodea en torno a las cua-
lidades y consecuencias del recuerdo y del olvido:
[…] la soledad no alimentada con olvido es el terreno donde crecen los abrojos
del recuerdo.
88 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

Y en el recuerdo está el origen de la autodestrucción.

Nadie ignora que el olvido es vino amargo, y que, bebido en soledad, mayor aún
es su acidez.

Pero tampoco ignora nadie la mansedumbre que sustenta.

En cambio, los recuerdos, espejismos del miedo, son dulces a la lengua, pero
roen el corazón como alimañas.

Y ya hacia el final, en su último fragmento, se refiere al trato dado a


estos materiales durante la transición: «Cruzo los soportales del mer-
cado donde se exponen los despojos chorreantes del recuerdo». Unos
años después publica su segundo y último poemario, Memoria de la nieve,
en una línea similar.
De la poética del católico Julio Martínez Mesanza (1955) habría
que destacar su intención eminentemente «moral, no necesariamente
moralista» (Martínez Mesanza 1994: 27). Con todo, Lanz (1991: 95)
afirma que sus poemas «no exponen la crónica moral de Occidente ni
proponen una nueva moral que se materialice en posiciones políticas
determinadas, sino que exponen la crónica moral del personaje poé-
tico, y las soluciones propuestas no se refieren sino a soluciones ínti-
mas». Lo cual no parece concordar con la opinión del propio Martínez
Mesanza (1994: 27): «Concebir la poesía como un medio y no como un
fin, supone también reconocer las posibilidades que tiene de servir
como instrumento ideológico. Es evidente que una visión moral de la
realidad descubre en ésta miserias e injusticias y puede dar lugar a una
poesía, que, tomando como tema la locura destructiva de los hombres,
proclame valores perdurables.» Y su posicionamiento moral y por consi-
guiente también ideológico es claramente conservador. Además, tal y
como se ha dicho que le ocurría a José María Álvarez, su atención a la si-
tuación histórica se hace desde referentes remotos mitificados (no en
vano se ha hablado en el caso de Mesanza de poesía épica). El siguiente
poema de Europa y otros poemas (1990) se titula «Contra Utopía II» e, in-
dependientemente de las posibles intenciones aducidas por Lanz, se
puede hacer de él una lectura política:
Han vuelto a emborracharse los marinos:
otra vez hablan de un país incierto
que dicen conocer. En esa tierra
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 89

no existe la codicia y sólo leyes


benignas la gobiernan. Eso dicen.
Pero no se pondrán jamás de acuerdo
sobre el lugar exacto en que se encuentra.
Los más osados quieren que mi reino
se asemeje al país de sus visiones,
y se ha creado una hermandad secreta
cuyos fines no ignoran mis espías.
Pero con esas gentes es preciso
tener cordura: que hablen. Si existiera
su soñado país, sería un fraude:
ningún hombre en sus fábulas he visto,
sólo un plan sin relieve y una vida
sin amigos, caballos ni horizontes.
Sólo he visto un poder que odia a la sangre,
y predestinación, y ley que dice
derecho y no deber, y ley que castra.
Que los marinos beban cuanto quieran:
Si existe ese país que ofende al hombre,
asolaré en justicia sus dominios.

La obra de Fernando Beltrán (1956) tal vez sea una de las que
mejor se ajustan a los parámetros de estas páginas. El artículo de Prieto
de Paula (2002) «La poesía entrometida de Fernando Beltrán» se en-
carga de repasarla lúcidamente en este sentido. Tras un arranque pró-
ximo al brote neosurrealista de la transición, «[el] Fernando Beltrán de
Gran Vía (1990) o de El gallo de Bagdad (y otros poemas de guerra) (1991),
–en palabras de César de Vicente Hernando (Ínsula 2002: 33)– […]
transita por los caminos de una estética del desplazamiento (de los sen-
tidos, de los tonos y de los significados) y de la recombinación de planos
temáticos, algo que reacentúa socialmente las imágenes que produce,
para alcanzar una iluminación de las grandes ciudades y los grandes en-
frentamientos bélicos desde la mirada del hombre de la calle.» Otro
tanto de lo mismo cabe decir de casi todos sus poemarios posteriores,
como Bar adentro (1997) o La semana fantástica (1999). En este último,
en el poema «Poetas», se llama a los poetas «hormigas», comparación
que refleja la convicción de que «el poeta no es un segregado del tronco
común» (Prieto de Paula 2002: 37): «Hormigas sin remedio. // Hormi-
gas con memoria. // […] Hormiga transportando / todo el peso del
mundo / a tus espaldas.»
90 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

Según propias declaraciones, Juan Carlos Suñén (1956), en Un


ángel menos (1989), Por fortuna peores (1991) y La prisa (1994) se propone
«excavar un territorio muy concreto de mi propia experiencia, ese que
bien podría llevar a retratar las culpas de esta época, la conciencia de
una generación (la mía) que ha visto cómo el horizonte desaparecía de
su alcance en unos pocos años, desde el convencimiento de que eso es
parte de la experiencia esencial del ser humano» (Suñén 1994: 35). A
este respecto, en Un ángel menos, podemos leer: «[…] La libertad no es
lo que os han dicho, / sino la causa de las mareas»; o en los fragmentos
23-25 de La prisa:
¿No era el mismo
entonces que el que ahora prevalece

modesto entre los otros liberales?

El que ahora acompaña

a la pequeña al parque. Me ha pegado


ese niño, papá: nada que pueda

no arreglarse con una coca-cola.

A partir de su tercer libro, Crímenes (1993) –una reflexión sobre la


violencia social–, la poesía de Isla Correyero (1957) se hace más extro-
vertida y denunciatoria. Sus dos siguientes poemarios amplían esa línea:
Diario de una enfermera (1996) y Amor tirano (2003), dedicado a la violen-
cia que late en el amor. Estos tres poemarios últimos forman un ciclo
sobre las caras ocultas de la apacible sociedad del bienestar. Correyero
es también autora de la relevante antología Feroces (Radicales, marginales y
heterodoxos en la última poesía española) (1998), que reúne –aunque no ex-
clusivamente– a muchos de los autores de esta generación que, desde el
descontento, han querido hacer acta de su tiempo.
Sobre la llamada la otra sentimentalidad y su carácter cívico hay una
amplia bibliografía, a la cual nos remitimos (García Montero 1983, 1993
y 2002, Rodríguez 1994a y 1999, Iravedra 2002 o García 2002) para no
repetir aquí lo repetido tantas veces. Valga como síntesis del ambicioso
talante de autores como Luis García Montero, Javier Egea, Álvaro Salva-
dor o Antonio Jiménez Millán esta cita de su mentor teórico, Juan Car-
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 91

los Rodríguez (1994a: 48-49): «si […] la poesía a) es un discurso ideoló-


gico, construido –o reglamentado– por la Norma crítica, pero estructu-
rado desde la experiencia nómada de ese fantasma imaginario que es el
yo libre (corroído por –o sustentado en– la sílaba no), b) habría que con-
cluir entonces que para la poesía no hay más realidad vital que la ideolo-
gía, id est, lo que se vive a través del inconsciente ideológico; y que c) por
tanto no habría más posibilidad experiencial que la aceptación o transfor-
mación de ese mismo inconsciente ideológico (en todos sus niveles: en
su escritura, en su estética, en su diversidad de relaciones vitales, en su
propio interior…)».
Casi cualquier poema de Karmelo C. Iribarren (1959) y de Roger
Wolfe (1962) es un fiel reflejo de en qué se ha convertido la vida de la
mayoría de la población española urbana de su edad, así como de su de-
sencanto y escepticismo no sólo políticos. Sus obras retratan a la clase
media que alcanzó la mayoría de edad durante la transición. Vayan aquí
algunos ejemplos que no necesitan mayor comentario. De Karmelo C.
Iribarren, «Si quieres saber lo que ha cambiado este país» (La condición
urbana, 1995):
No tienes más que acercarte
a cualquier cafetería
a la hora del almuerzo
y fijarte en esos tipos entusiastas
que hablan y gesticulan
con esa suficiencia
típica de los llamados a dominar
el mundo
y que lo único que tienen
entre ceja y ceja
es cómo conseguir un nuevo aumento
para cambiar de coche o de parienta.

De Desde el fondo de la barra (1999), merece la pena recordar tres


breves poemas:
EL FUTURO
El futuro es vuestro,
chavales,
decían,
como quien te dice
que te ha tocado algo.
92 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

¡El futuro!
Menudo
fraude:
letras y letras
y más letras de Banco,
o la puta calle.

OTRO
Una casa de trescientos
metros cuadrados,
otra similar en la costa,
ingresos fijos siderales,
hijos esposa amantes,
demócrata cristiano
y blablabla.

Y sí,
aunque parezca curioso,
en mayo del 68
también estaba en París.

ESTO ES EL ACABÓSE
No queda nada
ya,
ni respeto,
ni valores
morales,
ni nada
–dicen–,

esto es
el acabose,
esta sociedad
está en estado
terminal
–apostrofan–;

y siguen
invirtiendo
en bolsa.

Del antidemócrata declarado Roger Wolfe, cáustico y rotundo, fijé-


monos en poemas de su libro más políticamente explícito, Arde Babilo-
nia (1994). «Democracia» dice así:
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 93

[…] En la calle
familias con niños,
padres y madres
sonrosadamente satisfechos
de su recién cumplido
deber electoral;
gente encorvada sobre radios
que escupen datos, porcentajes
en los bancos.

Corderos de camino al matadero


dándole a escoger el arma
al matarife.

O los llamados «8 poemas en forma de artefacto», dedicados a la li-


bertad de expresión:
DERECHO
Tienes derecho
a expresar
libremente
todo aquello
que te esté
permitido
decir.

; a la policía:
PAYASO
Al terrorismo
se le llama
convivencia
si lo ejerce
un payaso
uniformado
con apoyo
de la grey.

; a la democracia:
94 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

MOSCAS
Los demócratas
han aprendido
de las moscas:
cuanto mayor
sea el tamaño
de la mierda
tanto más grande
es el consenso.

; o a la prensa
PERIODISMO
Lanza la mierda
y lávate las manos.

En Cinco años de cama (1998) encontramos una curiosa «Glosa a


Celaya»:
La poesía
es un arma
cargada de futuro.

Y el futuro
es del Banco
de Santander.

Su último poemario propiamente dicho publicado hasta la fecha


se titula El arte en la era del consumo (2001).
La poesía de Jorge Riechmann (1962), por el contrario, represen-
taría a esa franja de población que no «vivió» la posguerra pero que es
políticamente activa –desde la izquierda– denunciando la catástrofe
ecologista, las injusticias y desigualdades sociales, la pérdida de dere-
chos del trabajador, las guerras capitalistas o la marginación. Su deseo
de desmitificar –es decir, de recordar con exactitud– no tanto el pasado
como el presente –y por tanto de «desenmascararlo»– recuerda a la má-
xima o jaculatoria de su maestro Brecht apelando a atender no al buen
tiempo pasado sino al mal tiempo presente. Entre los muchos poemas
suyos citables aquí, véase el titulado «Abolir la nostalgia» (Cántico de la
erosión, 1987), una buena declaración de lo señalado arriba:
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 95

Es la hermana tullida del deseo.


De nada verdadero se predica.
Le place avasallar: busca vasallos.
No le miréis las manos,
perder es imposible.

Abolir la nostalgia, esa tenia violenta,


esa impotencia desovillada en máscara,
mi desdentada enemiga más voraz.
Untarle el cuerpo de brea y de vergüenza.

Sea
la desolada quimera del presente
nuestro empeño imborrable.

Otro aspecto destacable, común a casi toda esta comunidad de


edad, es el hecho de que su crítica social transcienda lo nacional. Véase
a este respecto el poema «Teoría de la percepción para tiempos tene-
brosos» (Baila con un extranjero, 1994), fechado con las palabras «24 de
febrero de 1991 (mientras en los desiertos de Oriente Medio culmina la
masacre)»:
«La rabia
distorsiona tu percepción», dice un amigo
y naturalmente está en lo cierto.

Pero los rostros de los amos


están tan distorsionados
por el poder
el dinero
la hipocresía
el sobreconsumo energético
las arengas bélicas
y la propaganda,

que quizá sólo gracias a la distorsión


producida por la rabia consigo ver
recompuesto su bestial rostro verdadero.

La obra de Manuel Vilas (1992) parte de una poética individualista


y pseudomaldita –aprendida en Baudelaire– (Osario de los tristes en 1988
o El rumor de las llamas en 1990) y después va deslizándose (tímidamente
96 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

en Las arenas de Libia, de 1998, y completamente ya en El cielo, de 2000)


hacia otra menos intimista, más atenta a la clase media y próxima al «su-
cismo» y a la denuncia social. Su último poemario, Resurrección (2005),
tal vez sea su obra más contundente y personal. Este fragmento de su
poema «MacDonald’s» es un buen ejemplo de su –entre irónica y com-
pasiva– crítica social:
MacDonald’s siempre está lleno.
Es el mejor restaurante de Zaragoza,
una alegría despedazada nos despedaza el corazón:
Por tres euros te llenan de cajas, de vasos de plástico, de bolsas,
de pajitas, de bandejas.
Es el mejor restaurante del mundo.
Es un restaurante comunista.
Rumanos, negros, chilenos, polacos, cubanos, yo mismo,
aquí estamos, abajo, al lado de un muñeco,
al lado de un cartel que dice «I’m loving it».

En contraposición a esta tendencia hacia el descontento, destacan


los poemas de Almudena Guzmán (1964), en especial los de Usted
(1986), que relatan sin mayores aspavientos un romance de clase media-
alta entre una estudiante universitaria y un oficinista solvente:
Reconozco que no somos muy originales,
nuestra historia es la de medio Madrid
y, como todos, andamos buscando una clarita
entre la oficina y el estudio
para citarnos donde no nos conozca nadie.

¿Pasa algo?

David González (1964), expresidiario y básicamente autodidacta,


se encuentra más en la línea sucista de Wolfe e Iribarren pero cuenta
con algunos matices que le aproximan a Riechmann. Su obra repre-
senta a los grandes perdedores de la transición, a los inadaptados y mar-
ginados habitantes de los barrios obreros, hijos del proletariado de los
años sesenta y setenta. Valga como ejemplo el poema «sparrings», de su
libro homónimo publicado en 2000:
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 97

mi abuelo trabajó en una mina. antes había sido


huérfano, sparring de boxeadores de tercera fila
y legionario. vio cómo franco le pegaba un tiro
en la nuca a un legía que se había negado a comer el rancho
porque aquella bazofia no había dios que la comiera.
franco en persona había castigado a mi abuelo
a cargar a la espalda con un saco de 25 kg. de peso
durante una semana entera, tanto de día como de noche.
mi abuelo siempre llevaba un cigarrillo detrás de la oreja,
lo encendía con la colilla del que estaba fumando.
tenía asma, mi abuelo. el médico de la aldea le advirtió:
o dejas de fumar o te mueres, así de claro te lo digo.
¿y para qué quiero vivir si no puedo fumar?
murió 2 años después. pero no a causa del tabaco
ni de ninguna enfermedad asociada a su consumo.
murió de un derrame cerebral a la edad de 61 años.

su nieto trabajó en una empresa metalúrgica. antes había sido


preso común, delincuente juvenil y un mal estudiante.
vio al generalísimo en el muelle de oriente.
los aplausos de la gente sonaban como disparos.
el innombrable iba vestido con un traje de la primera comunión.
andaba encorvado. quizá le habían castigado a cargar en la conciencia
con el peso incalculable de todas y cada una de sus víctimas.
su nieto bebe sin control y se mete una raya de farlopa tras otra.
su nieto también fuma. de hecho fuma como su abuelo.
pero no tiene asma. diabetes de debut. eso es lo que tiene.
si sigues a rajatabla la dieta que te vamos a poner,
si dejas de beber, de fumar, de drogarte, y haces algo de ejercicio,
podrás vivir sin problemas por lo menos hasta la jubilación.
¿y para qué quiero vivir si no puedo hacer ninguna de esas cosas?
lo pensó. pero no lo dijo. en realidad, ni siquiera lo pensó.
su nieto quiere vivir a toda costa, al precio que sea, como sea.
de todos modos, se ponga como se ponga, y haga lo que haga,

él también se morirá.

Antonio Orihuela (1965), próximo tanto a David González como a


Riechmann, escribe desde un marxismo radical que habla sin mira-
mientos del presente político y sus raíces. Aunque a veces roce lo panfle-
tario, su poesía, formalmente bien trabada, es efectiva y necesaria. Tal y
como dice César de Vicente Hernando (Ínsula 2002: 33), Orihuela lleva
98 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

a cabo una «aplicación casi sistemática de la consciencia histórica a la


producción poética». «Narrar la derrota desde el interior –sigue César
de Vicente– hace que toda escritura parezca una excavación en los an-
damiajes de las sociedades modernas». He aquí como ejemplo unos ver-
sos de un poema titulado nada más y nada menos que «Memoria del
cambio» (Edad de Hierro, 1997):
Moría Franco
y nosotros, afortunadamente, no teníamos ni puta idea de política,
no tuvimos que correr delante de los grises
para justificar después
habernos convertido en pequeños fascistas,
porque, al fin y al cabo,
sólo de pequeño fascista se puede seguir soñando
con pagar los plazos de una segunda vivienda.

Este otro ejemplo, perteneciente al mismo libro y carente de tí-


tulo, comienza con la siguiente cita de Felipe Bate: «… esa democracia
ateniense que ustedes tanto elogian era un sistema político sustentado
sobre la fuerza de trabajo de 300.000 esclavos».
Después de algunos años
ya no pregunto por el Director.
Directamente me voy al que tiene más cara de idiota.

No falla.
Siempre es igual.
La mano de las pajas
y el discursito:

–Aquí somos todos iguales,


no hay diferencias
ni privilegios.

Cuando entran así, malo.


Prepárate para un año de cojones.

Al primer mes ya sabes quiénes son los dueños del cortijo,


pero siempre te vas antes de llegar hasta los libros de cuentas.
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 99

Esto es el poder.
Así se reparte.
Así son los que obtienen su particular victoria legal sobre los demás
después de haber claudicado ellos mismos, sin condiciones,
ante los poderosos,
jerarquía creo que lo llaman.

Nos joden,
no salimos en los libros de Historia
y encima nos tratan como si les debiéramos algo.

Y a esto lo llaman: vivir en democracia,


y que menuda suerte tenemos
de no haber conocido
aquellos tiempos.

Efectivamente, Felipe,
no se estaban refiriendo a los de Franco.

Por último, mencionar al miembro más joven del ya disuelto colec-


tivo Alicia Bajo Cero, Enrique Falcón (1968), autor de la obra en marcha
titulada precisamente La marcha de 150.000.000 y de otras como Codeína
(2004) o Amonal y otros poemas (2005). En su obra en marcha –ha seña-
lado Diego Jesús Jiménez (Ínsula 2002: 23)– «confluyen cierto surrea-
lismo nerudiano y un hilo narrativo próximo a Ernesto Cardenal». En
ella, una voz entre mesiánica y desquiciada, entre cristiana y anarquista,
pretende pronunciar todas las injusticias de los millones de oprimidos
durante (y por) la Historia. Sirva como cierre su poema «España y poe-
sía, viejita y regalada» de Codeína, creo que un buen compendio de lo
que han sido, son y pueden ser «la memoria histórica» y «la poesía» es-
pañolas:
En mi país cocido de lejos buenamente con las tripas afuera
los poetas comen jeringuillas con leche
carne de avestruz
brotan de las cuevas con un poco de saliva
se derraman por el campo como niños sin dientes.

En mi país cuchillo en las trenzas de los buenos empresarios


no hay huelgas generales:
los poetas las evitan con un trapo en la boca
100 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

brotan de las cuevas con temblores de piel


y lamen los cercados de los hombres ricos.

En mi país castigo en periferia de los barrios más bellos


se prohíben cosas que no sean de madera:
con blancos mondadientes se arrancan los colmillos
los poetas honestos de todo el país
brotan de las cuevas con los párpados mudos
para luego calmarse con trescientos espejos
los poetas honestos de todo el país.

Mi
verdadero conflicto:
que me muerden mis versos,
que no tengo país.
Para una posible teoría de los fenómenos
de grupo

1
En rigor, el estudio de los fenómenos grupales en la literatura es-
pañola apenas ha sido frecuentado. Quienes sí se han aplicado –aunque
sea tangencialmente– a esa tarea han adoptado por regla general un
sesgo canonizador y una perspectiva historicista desde los cuales identi-
fican las agrupaciones con las generaciones, por otra parte hoy tan dis-
cutidas. Han perseguido, pues, crear relatos generacionales y narrar
conflictos externos entre grupos antes que explicar procesos grupales
internos.
No otro es el caso de los numerosísimos trabajos dedicados a los
históricos de la Generación del 27 (algunos de cuyos miembros ocupa-
ban puestos destacados en las altas esferas del mundo académico, en-
tonces prácticamente único productor de prestigio literario) o de la pa-
norámica sobre los movimientos poéticos de posguerra llevada a cabo,
por ejemplo, por García de la Concha (1973). En esa misma línea y en
esas mismas cantidades se movió el primer relato generacional del 50,
con trabajos tan influyentes como los de García Hortelano (1978), De-
bicki (1982), Riera (1988) o Ínsula (1990), aunque casi a la par se llevara
a cabo una revisión de dicho relato (Hernández 1978, Ínsula 1992 o Ca-
sado 2005) que –aunque necesaria y positiva– a la postre se ha centrado
fundamentalmente en otorgar capital simbólico a individualidades ais-
ladas antes marginadas (Antonio Gamoneda sería el caso más flagrante
y contundente).
Y en lo que se refiere al último tercio del siglo XX tenemos ya a
nuestra disposición, a pesar de la proximidad, abundantes y enfrenta-
dos trabajos tanto sobre la llamada generación del 70 como sobre la in-
mediatamente posterior. Sea como sea, aunque el enfrentamiento de las
distintas facciones, además de impedir la fijación definitiva de relatos
generacionales, pone indirectamente en evidencia estructuras y estrate-
gias grupales, lo cierto es que estos trabajos apenas difieren en método y
objetivos de los citados arriba.
101
102 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

Los estudios dedicados a las vanguardias históricas representan un


caso aparte debido a que tales movimientos y agrupaciones fueron rápi-
dos, simultáneos y sin aparente continuidad inmediata, todo lo cual im-
posibilitó una aproximación crítica como las arriba citadas. De ahí que
trabajos como el de Videla (1963) o el clásico de Guillermo de Torre
(1966) resulten en cierto modo ejemplares para nosotros.
Pero hecha esta salvedad, lo que salta a la vista es que el estudio de
generaciones, promociones, grupos, escuelas, movimientos o tenden-
cias rara vez ha pretendido ir más allá de la descripción –en ocasiones
también de la explicación, aunque no sistemática– de casos concretos y
de su inserción en el hilo histórico. De lo que cabe colegir que, por lo
que a la historiografía literaria respecta, los grupos de poetas parecen
no tener psicología ni hábitat. La deducción de comportamientos com-
partidos, de reglas tácitas, de causas y efectos, etc. en las relaciones de
grupo de poetas ha brillado por su ausencia.
Dos rasgos comunes a ese tipo de estudios son: 1) su marcado cariz
historicista, la obsesión del estudioso por la diacronía y la «lógica histó-
rica», en fin, por la explicación narrativa (por ejemplo: «al periodo de
hegemonía estética del realismo social no podía sucederle salvo la natu-
ral reacción novísima, la cual a su vez desencadena la posterior vuelta a
parámetros realistas, etc.»); y 2) su completo olvido del plano sincró-
nico, del poderosísimo influjo «estético» que ejercen los elementos es-
tructurales de un campo literario, más en concreto de los de la parcela
de la poesía española posfranquista, que a su vez está inserta en un
campo mayor que en gran medida lo conforma y determina.
En general se tiende a pensar en los grupos de poetas no como sis-
temas sino como constelaciones, no como artefactos sino como reperto-
rios, no como organismos sino como catálogos, no como equipos sino
como pandillas. Se atiende a la desviación de cada una de las individua-
lidades y al contraste estético –las más de las veces ilusorio– con otros
grupos, pasando por alto las posiciones de sus miembros en el conjunto
y la red de interrelaciones interna, es decir, su dinámica de grupo. Esa
crítica escatima a toda costa la permanente batalla de todos contra
todos por el prestigio, por ocupar el canon o –en la terminología de Pie-
rre Bourdieu– por hacerse con «el capital simbólico».
Carecemos, pues, de una teoría válida para los diferentes grupos
de poetas posfranquistas. Nuestro proyecto se propone remediar esta la-
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 103

guna en lo que a ese periodo respecta, pero también aportar una pieza
para una teoría más abarcadora que incluya otras esferas y otras fases del
campo literario español del pasado siglo.

2
En lo que al método de una posible investigación se refiere, sería
conveniente apoyarse en bases socio-literarias. Y teniendo en cuenta
que antes de poder hacer aportación teórica alguna a los fenómenos
grupales, habría que rastrear el sistema o campo literario en que aconte-
cen, así como los relatos históricos («los métodos de construcción del si-
mulacro», Mora 2006: 70) que éste genera, no resulta difícil imaginar
que otro de los bastiones metodológicos consistiría en poner a la historio-
grafía bajo sospecha.
Si, por un lado, la sociología literaria nos serviría para situar el fenó-
meno grupal dentro del campo literario posfranquista, y a su vez a éste en
el campo social del mismo periodo, con la ayuda de la psicología de gru-
pos se perseguiría llegar deductivamente –tras la clasificación y caracteri-
zación de casos– a sentar unas bases teóricas sobre el fenómeno de las
agrupaciones de poetas en la sociedad literaria española del siglo pasado.
Y si como pensamos son ciertas las investigaciones de Johannes
Fried32 sobre la memoria histórica, no estará de más tener en cuenta los
siguientes fenómenos cada vez que nos enfrentemos a un texto que nos
hable del transcurrir o del relato de la literatura: 1) la narración reite-
rada de una serie de acontecimientos hace que la memoria sufra repeti-
das modificaciones, puesto que se adapta siempre al punto de vista «mo-
mentáneo» del narrador; 2) la memoria se encuentra en disposición
latente a la distorsión o inversión; 3) una crítica sistemática desde la me-
moria implica un escepticismo fundamental hacia todos los supuestos
conocimientos de las ciencias históricas, ya que constituyen una mezcla
confusa de sucesos reales y recuerdos erróneos; y 4) lo primordial ya no
sería la pregunta sobre qué se recuerda sino sobre cómo se recuerda.
Pese a que prestar atención a lo sensible es lo más pertinente apli-
cado a los textos literarios, conllevaría a errar en lo esencial en lo que se

32
Johannes Freid: “Erinnerung und Vergessen. ‘Die Gegenwart stiftet die Einheit
der Vergangenheit’”, Historische Zietschrift, 273, 2001, 561-593. [Tomado de López de
Abiada (2005).]
104 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

refiere al mundo social en el que éstos surgen. No por otro motivo sería
conveniente prescindir casi por completo de textos poéticos, es decir,
de los mensajes, a pesar de ocuparnos de sus emisores, receptores, cana-
les y códigos. Las principales fuentes de datos serían, pues:
1) Un ingente corpus literario compuesto en su mayor parte de
diarios, dietarios, cuadernos de escritor, memorias, autobiografías, epis-
tolarios, entrevistas, poéticas, declaraciones, ponencias, cuestionarios,
charlas, etc. de los propios poetas. Aquí habría de figurar lo que un an-
tropólogo llamaría «trabajo de campo».
2) La crítica y la propia historiografía literaria, que en este caso,
debido a la proximidad temporal y a la presencia de sus protagonistas y
valedores, son aún un verdadero campo de batalla escenificado en anto-
logías, reseñas, panorámicas, etc.
El proceso de investigación debería tender a simultanear/alternar
1) la deducción de comportamientos generales tras el análisis de casos
concretos y 2) la explicación de casos concretos mediante los avances te-
óricos alcanzados. Con todo, en una primera fase habría de predominar
la deducción (y por tanto la principal tarea consistirá en el rastreo del
corpus literario) y, después, en una segunda fase, la inducción cobraría
paulatinamente mayor presencia (y entonces el trabajo consistirá más
en la aplicación de nuestras teorías al rastreo previo).
Para que una aproximación teórica a los mecanismos grupales de
una esfera cultural determinada (la poesía posfranquista) tenga posibi-
lidades de ser correcta, parece necesario señalar la ubicación exacta de
tales fenómenos, así como describir el entorno en el cual tienen lugar y
del cual son manifestación. A su vez, dentro del campo literario español
del periodo posfranquista, la esfera de la poesía ocupa unas coordena-
das próximas pero no idénticas respecto a otras esferas de género (no-
vela, ensayo, crítica, etc.) y cuenta con ciertos rasgos que no comparte
con ellas. Por último, este campo literario se inscribe dentro de un
campo social de cuyas coordenadas es presa.
Se trataría, pues, de enumerar –como diría Pierre Bourdieu– «las
reglas del juego» pero también de delimitar y describir el terreno de
juego del campo literario español. Sólo después estaríamos en disposi-
ción de situar correctamente los fenómenos grupales de poetas dentro
de ese territorio y, acto seguido, entenderíamos su posición y su función
tanto en el entramado de relaciones interno como en el externo.
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 105

3
Si nuestro objetivo general fuera alcanzar una teoría de los fenó-
menos de grupo capaz de dar razón de los distintos casos, de «los datos
sensibles», intentaríamos previamente solventar una serie de objetivos
concretos que nos permitieran alcanzar el general. Habría, pues, que in-
tentar dar respuesta a cuestiones como las siguientes:
1. ¿De qué mecanismos se sirve, cómo se estructura y qué lugar
ocupa la poesía dentro del campo literario español del último
tercio del siglo XX?
2. ¿Es inocua la confusión entre generación y grupo, entre movi-
miento y tendencia?
3. ¿Cuáles son las características (motivación y objetivos, procesos y
estructuras, roles y estatus, normas, conciencia de grupo, cohe-
sión, etc.) de las agrupaciones de poetas en dicho campo?
4. ¿Qué relaciones establecen entre sí los grupos?
5. ¿Es posible hacer una tipología de estos grupos válida para todo
el periodo? En caso afirmativo, ¿cómo se inscriben en ella?
6. ¿De qué modo inciden los fenómenos grupales en la historiogra-
fía literaria y en los procesos de canonización? Y viceversa: ¿inci-
tan a agruparse a los poetas la historiografía literaria y los proce-
sos de canonización?

1. Ubicación y descripción del subcampo de la poesía dentro del campo lite-


rario español del último tercio del siglo XX. Las instituciones y agentes (edito-
res, autores, críticos, jurados, profesores, académicos, etc.) del campo li-
terario de un periodo, sus reglas «del juego», sus estructuras, etc.,
resultan absolutamente determinantes en la configuración –y, por
tanto, en la comprensión– de cualquier subcampo. Así como un texto
parece incompleto fuera de su contexto, y por tanto no del todo inteli-
gible, las claves de un subcampo resultarían indescifrables si antes no
nos ocupáramos del campo literario en que se inscribe.
Sólo una vez delimitada y ubicada la parcela de la poesía dentro
del campo artístico al que pertenece (en su condición de campo de
fuerzas y de poderes –y no como género literario– relacionados y en
cierto modo subordinados a un campo mayor) sería posible describir la
dinámica interior de esa parcela y, finalmente, las causas y efectos que
los fenómenos grupales puedan tener en su seno.
106 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

2. Diferencia y relación entre generación y grupo. Definición de grupo de po-


etas. El grupo dominante de un periodo termina ocupando su generación
al relegar al silencio o a la condición de rareza (es decir, de excepción
que confirma la regla) a los demás grupos. Ni la escuela de Barcelona y
sus allegados del resto de la Península son toda la generación del 50; ni
los novísimos son la del 70, sino una parte de ella; ni los poetas de «la ex-
periencia» son la generación posterior; etc. Pero si estos grupos no se
hubiesen hecho con la patente de sus generaciones durante un tiempo,
no habrían logrado la hegemonía sobre el resto de los grupos de sus res-
pectivas generaciones. No es posible entender los fenómenos grupales
sin ser conscientes de esta confusión o tergiversación.
Habría, pues, que entender por generación el conjunto de grupos
que comparten una misma posición dentro del subcampo de la poesía
antes de que los componentes de uno de esos grupos se impongan al
resto y, debido a ello, se produzca la disgregación o metamorfosis de
esos mismos grupos tras el nuevo reparto de capital simbólico, es decir,
de prestigio.
Generación, en este sentido, sería el periodo temporal durante el
cual varios grupos de iguales luchan entre sí por alcanzar las posiciones
preferentes que rompan su igualdad. Ese periodo es el anterior al de la
supuesta hegemonía de lo que Ortega (1933) dio en llamar generación
madura, y que no es en realidad más que el grupo vencedor de una ge-
neración «inmadura». En rigor las generaciones no luchan tanto unas
contra otras, puesto que el reemplazo de una por otra no necesita ser
provocado, y aunque sí pueda ser retardado, a la postre el cambio es ine-
vitable. La verdadera lucha tiene lugar no entre generaciones sino en el
interior de las generaciones. La verdadera lucha es la intergrupal, no la
intergeneracional. Los grupos son vagones de un tren generacional, en
movimiento, que luchan por ser su locomotora; una vez ensamblados
los vagones, fijadas sus posiciones, el tren adoptará el nombre de la lo-
comotora, tal vez se deshaga de alguno de los vagones de cola, etc.

3. Definición y características de las agrupaciones de poetas. Una vez acla-


radas la diferencia y la relación entre generación y grupo de poetas, la
definición de éste resultaría más factible. Tanto para alcanzar esa defini-
ción como para detectar las características de lo que a partir de esta fase
tal vez llamásemos –en lugar de grupo– agrupación, recurriríamos a
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 107

conceptos de la psicología social y más en concreto a la de los grupos. El


préstamo conceptual no sería completo, ya que si la psicología social es-
tudia los fenómenos grupales en contextos sociales generales, nosotros
pretenderíamos estudiarlos dentro de una parcela social específica.
Habría que ocuparse de aspectos como: a) la motivación y los obje-
tivos de los grupos; b) sus procesos de formación, desarrollo y disgrega-
ción, sus conflictos internos y su esperanza de vida; c) su estructura y je-
rarquía, sus roles y estatus, el liderazgo y el gregarismo; d) sus reglas y
sistemas de control; e) su conciencia de sí y su cohesión; f) sus modos y
medios de comunicación, sus «lugares» de encuentro; g) su tamaño; etc.

4. Tipología de las agrupaciones de poetas. Una vez señalados los rasgos


comunes a la categoría «agrupación de poetas», habría que ocuparse de
las diferencias combinatorias. El siguiente paso, pues, consistiría en de-
terminar los diferentes modos de agrupación. Para ello podríamos aten-
der a aspectos como el tamaño, la interacción (directa o indirecta), la
motivación (de relación o trabajo), el origen (natural o artificial), la or-
ganización (formal o informal), etc.
Después se procedería a clasificar, según estos tipos, los casos exis-
tentes en el subcampo de la poesía española del último tercio del pa-
sado siglo.

5. Las relaciones intergrupales y los grupos poéticos en la sociedad literaria.


Lo más frecuente es que los miembros de un grupo estén en relación de
paz y cooperación unos con otros y que su relación con todos los exclui-
dos –es decir, los otros grupos– sea conflictiva, a menos que exista una
estrategia de alianza contra un tercer grupo. Al igual que en el conjunto
de la sociedad, en la sociedad de los poetas existe una clara tendencia a
la interdependencia, al equilibro entre la fuerzas de cooperación y las
de competición.

6. Incidencia de los fenómenos grupales en la historiografía literaria e inci-


dencia de la historiografía literaria en los procesos de agrupación. Detectar
todos estos comportamientos en el campo literario del periodo elegido
resultaría enriquecedor para la comprensión de una «lógica histórica»
de la literatura más verídica, ayudaría a desmantelar campañas de ima-
gen pasadas y futuras, a detectar grupos de presión camuflados, etc., y,
108 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

como consecuencia de todo ello, a esclarecer la incidencia de los fenó-


menos grupales en la historiografía literaria y la de ésta en aquéllos. Tal
vez la relación entre proceso antológico y canon sea en gran medida
equiparable a la existente entre los grupos literarios y la historia de la li-
teratura.

4
Un análisis de las condiciones grupales de la producción y recep-
ción de las obras poéticas como el que proponemos, no sólo no reduci-
ría la experiencia literaria sino que por el contrario la ampliaría. En un
primer momento parecería obviar la singularidad del poeta en benefi-
cio de las relaciones que lo hacen inteligible, pero sería sólo para recu-
perarla con mayor claridad tras el trabajo de reconstrucción del espacio
en que el poeta se encuentra inserto como un punto. «Conocer como
tal ese punto del espacio literario –ha escrito Bourdieu (1992: 13-14)–,
que también es un punto a partir del cual se forma un punto de vista sin-
gular sobre este espacio, sería estar en disposición de comprender y de
sentir, a través de la identificación mental con una posición construida,
la singularidad de esta posición y de quien la ocupa […]».

Minsk 2005 – Berna 2007


Bibliografía

ALAS, LEOPOLDO (1992): La condición y el tiempo, Madrid, Agencia Española de la Propie-


dad Intelectual.
––––––––––. (1993): «El gran momento de la versiprosa», Claves de Razón Práctica, nº 37,
pp. 72-75 [después incluido en Hablar desde el trapecio, Madrid, Huerga & Fierro,
1995].
ALEIXANDRE, VICENTE (1944): Sombra del paraíso, Madrid, Adán.
ALICIA BAJO CERO (colectivo) (1997): Poesía y poder, Valencia, Ediciones Bajo Cero [esta
edición lleva tiempo agotada, pero su edición electrónica se encuentra disponi-
ble en (fecha de consulta: 15-X-2004) «http://www.nodo50.org/mlrs/Biblio-
teca/Biblioframe.htm»].
ALONSO, DÁMASO (1944): Hijos de la ira, Madrid, Revista de Occidente.
––––––––––. (1981): Gozos de la vista, Madrid, Espasa-Calpe.
––––––––––. (1985): Duda y amor sobre el Ser Supremo, Madrid, Cátedra.
ÁLVAREZ, CARLOS (1967): Escrito en las paredes, París, Librairie du Globe.
––––––––––. (1975): Aullido de licántropo, Barcelona, Ocnos.
––––––––––. (1976): Versos de un tiempo sombrío, Bilbao, Zero-Zyx.
––––––––––. (1977): La campana y el martillo pagan al caballo blanco, Madrid, Ayuso.
––––––––––. (1984): Reflejos en el Iowa River, Madrid, Orígenes.
––––––––––. (1985): El testamento de Heiligenstadt, Madrid, Ayuso.
ÁLVAREZ, JOSÉ MARÍA (2002): Museo de cera (poesía completa), Sevilla, Renacimiento.
BARELLA, JULIA (1987): ed. Después de la Modernidad. Poesía española en sus lenguas literarias,
Barcelona, Anthropox.
BEJARANO, FRANCISCO (1991): ed. La poesía más joven. Antología de la nueva poesía andaluza,
Qüásieditorial, Sevilla.
BELTRÁN, FERNANDO (1983): Aquelarre en Madrid, Madrid, Adonais.
––––––––––. (1990): Gran Vía, Madrid, Libertarias.
––––––––––. (1991): El gallo de Bagdad (y otros poemas de guerra), Madrid, Endymión.
––––––––––. (1999): La semana fantástica, Madrid, Hiperión.
BENÍTEZ REYES (1985): Los vanos mundos, Granada, Diputación.
––––––––––. (1995): «La nueva poesía española. Un problema de salud pública», Claves
de Razón Práctica, nº 58, pp. 52-55.
BERGAMÍN, JOSÉ (1975): Del otoño y los mirlos, Barcelona, RM.
––––––––––. (1976): Apartada orilla, Madrid, Turner.
––––––––––. (1978): Velado desvelo, Madrid, Turner.
BONET, JUAN MANUEL (1983): La patria oscura, Madrid, Trieste.
BOURDIEU, PIERRE (1992): Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario, Barce-
lona, Anagrama, 1995.
BOUSOÑO, CARLOS (1979): introducción a Guillermo Carnero, Ensayo de una teoría de la
visión. (Poesía 1966-1977), Madrid, Hiperión.
CARNERO, GUILLERMO (1971): El sueño de Escipión, Madrid, Visor.

109
110 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

––––––––––. (1983): «La corte de los poetas. Los últimos veinte años de poesía española
en castellano», Revista de Occidente, nº 23, pp. 43-59.
––––––––––. (2000): «Teorías y poetas», «El Cultural», El Mundo, 4 de octubre.
––––––––––. (1): «Criticar al crítico», (fecha de consulta: 13-XI-2005)
«http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/pec/1258507652348
3728876435/p0000001.htm#I_0_».
CASADO, MIGUEL (1994): «87 versus 78», Ínsula, nº 565, pp. 6-8.
––––––––––. (2005): Los artículos de la polémica y otros textos de poesía, Madrid, Editorial Bi-
blioteca Nueva.
CASTELLET, JOSÉ MARÍA (1970): ed. Nueve novísimos poetas españoles, Barcelona, Península.
CELAYA, GABRIEL (2001): Poesías completas, II vols., Madrid, Visor.
COLINAS, ANTONIO (1975): Sepulcro en Tarquinia, León, Col. Provincia.
COLLI, GIORGIO (1978): Después de Nietzsche, Barcelona, Anagrama.
CORREYERO, ISLA (1993): Crímenes, Madrid, Libertarias.
––––––––––. (1998): ed. Feroces. Radicales, marginales y heterodoxos en la última poesía espa-
ñola, Barcelona, DVD Ediciones, 1998.
CUENCA, LUIS ALBERTO DE (1987): El Otro Sueño, Sevilla, Renacimiento.
DEBICKI, ANDREW P. (1982): Poesía del conocimiento. La generación española de 1956-1971,
Madrid, Júcar, 1987.
DUQUE, AQUILINO (1978): La calle y el campo, Madrid, Cultura Hispánica.
––––––––––. (1979): Aire de Roma andaluza, Sevilla, Calle del Aire.
FALCÓ, JOSÉ LUIS (1994): «Historias literarias y antologías poéticas», Diablotexto, nº 1, pp.
29-40.
FALCÓN, ENRIQUE (1998): La marcha de 150.000.000, Valencia, Germanía; también elec-
trónicamente (fecha de consulta: 1-X-2005) en «http://www.nodo50.org/mlrs/».
––––––––––. (2002): AUTT, Huelva, Crecida; también electrónicamente en
«http://www.nodo50.org/mlrs/».
––––––––––. (2003): «Poesía # 91/02», Libre Pensamiento, nº 42; también en (1-X-2005)
«http://www.cyberhumanitatis.uchile.cl/CDA/Images/Siete_proyectos_cr%C3
%ADticos-1.pdf».
––––––––––. (2005): Amonal y otros poemas, Tenerife, Idea, 2005; también electrónica-
mente (fecha de consulta: 1-X-2005) en «http://www.nodo50.org/mlrs/».
FOUCAULT, MICHEL DE (2002): El orden del discurso, Barcelona, Tusquets.
GALLEGO, VICENTE (1988): La luz, de otra manera, Valencia, La Pluma del Águila.
GAMONEDA, ANTONIO (1977): Descripción de la mentira, León, Col. Provincia.
GARCÍA, MIGUEL ÁNGEL (2002): «Literatura e historia en la otra sentimentalidad (o cómo
poner a la poesía en un compromiso)», Insula, núm.671-672, pp. 16-18.
GARCÍA CASADO, PABLO (1997): Las afueras, Barcelona, DVD,
GARCÍA DE LA CONCHA, VÍCTOR (1973): La poesía española de posguerra: Teoría e historia de
sus movimientos, Madrid, Prensa Española.
GARCÍA HORTELANO, JUAN (1977): Echarse las pecas a la espalda, Madrid, Hiperión.
––––––––––. (1978): ed. El grupo poético de los años cincuenta: una antología, Madrid, Taurus.
––––––––––. (1995): La incomprensión del comercio, Madrid, Visor.
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 111

GARCÍA MARTÍN, JOSÉ LUIS (1980): ed. Las voces y los ecos, Gijón, Júcar.
––––––––––. (1988): ed. La generación de los ochenta, Valencia, Mestral.
––––––––––. (1992): La poesía figurativa. Crónica parcial de quince años de poesía española,
Sevilla, Renacimiento.
––––––––––. (1992a): «La poesía», en Villanueva (1992: 94-156).
––––––––––. (1995): ed. Selección nacional. Última poesía española, Gijón, Llibros del Pexe.
––––––––––. (1996): ed. Treinta años de poesía española, Sevilla/Granada, Renaci-
miento/Comares.
––––––––––. (1999): ed. La generación del 99, Oviedo, Ediciones Nobel.
GARCÍA MONTERO, LUIS/EGEA, JAVIER/SALVADOR, ÁLVARO (1983): La otra sentimentalidad,
Granada, Don Quijote.
––––––––––. (1987): Diario cómplice, Madrid, Hiperión.
––––––––––. (1992): «Felipe Benítez Reyes: la poesía después de la poesía», pról. a Fe-
lipe Benítez Reyes: Poesía (1978-1987), Madrid, Hiperión, pp. 9-25.
––––––––––. (1993): Confesiones poéticas, Diputación de Granada, Maillot Amarillo.
––––––––––. (1993a): «¿Por qué no sirve para nada la poesía? (Observaciones en de-
fensa de una poesía para los seres normales)», en Luis García Montero y Antonio
Muñoz Molina: ¿Por qué no es útil la literatura?, Madrid, Hiperión, pp. 9-41.
––––––––––. (1994): Habitaciones separadas, Madrid, Visor.
––––––––––. (1994a): pról. a Además, Madrid, Hiperión.
––––––––––. (2002): «Poética, política, ideología», Ínsula, nº 671-672, pp. 19-20.
GARCÍA NIETO, JOSÉ (1966): Memorias y compromisos, Madrid, Editora Nacional.
GARCÍA-POSADA (1996): ed. La nueva poesía española (1975-1992), Barcelona, Crítica.
GARCIASOL, RAMÓN DE (1976): Libro de Tobía, Madrid, Arbolé.
––––––––––. (1976): Decido vivir, Zaragoza, Porvivir Independiente.
––––––––––. (1977): Mariuca, Madrid, Ediciones de Arte y Bibliofilia.
––––––––––. (1978): Memoria amarga de la paz de España, Madrid, Albia.
––––––––––. (1982): Recado de El Escorial, Madrid, Diputación.
GARRIDO MORAGA (1995): ed. El hilo de la fábula, Granada, Campo de Plata.
GIL, ILDEFONSO-MANUEL (1976): Elegía total, Zaragoza, Porvivir Independiente.
––––––––––. (1982): Poemaciones, Zaragoza, Guara.
––––––––––. (1999): Por no decir adiós, Zaragoza, Olifante.
GIL-ALBERT, JUAN (1974): La metafísica, Barcelona, Llibres de Sinera.
––––––––––. (1979): El ocioso y las profesiones, Sevilla, Aldebarán.
––––––––––. (1981): Variaciones sobre un tema inextinguible, Sevilla, Renacimiento.
GIL DE BIEDMA, JAIME (1966): Moralidades, Méjico, Joaquín Mortiz.
––––––––––. (1968): Poemas póstumos, Madrid, Poesía Para Todos.
––––––––––. (1975): Las personas del verbo, Barcelona, Seix-Barral.
––––––––––. (1980): El pie de la letra, Barcelona, Crítica.
GIMFERRER, PERE (1966): Arde el mar, Barcelona, El Bardo.
GINER, SALVADOR (1985): «Ya no vuelve el español donde solía», Las Nuevas Letras, nº 3-4,
pp. 10-16.
GONZÁLEZ, ÁNGEL (1976): Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrati-
vos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan, Madrid, Turner.
112 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

––––––––––. (1980): «Poesía española contemporánea», Los Cuadernos del Norte, núm. 3,
pp. 4-7.
GONZÁLEZ, DAVID (2000): Sparrings, Oviedo, Línea de Fuego.
GRACIA, JORDI (2000): ed. Los nuevos nombres: 1975-2000. Primer suplemento, volumen 9/1
en Francisco Rico, Historia de la literatura española, Barcelona, Crítica.
––––––––––. (2001): Hijos de la razón (Contraluces de la libertad en las letras españolas de la de-
mocracia), Barcelona, Edhasa.
GRANDE, FÉLIX (1989): Biografía (Poesía Completa 1958-1984).
GUILLÉN, JORGE (1957): Clamor, Buenos Aires, Editorial Sudamericana.
––––––––––. (1981): Final, Madrid, Castalia, 1987.
GULLÓN, GERMÁN (2004): Los mercaderes en el templo de la literatura, Barcelona, Caballo de
Troya.
GUZMÁN, ALMUDENA (1986): Usted, Madrid, Hiperión.
HERNÁNDEZ, ANTONIO (1978): ed. Una promoción desheredada: la poética del 50, Madrid,
Zero-Zyx.
HIERRO, JOSÉ (1991): Agenda, Madrid, Prensa de la Ciudad.
––––––––––. (1998): Cuaderno de Nueva York, Madrid, Hiperión.
ÍNSULA (1990): «El grupo poético “Escuela de Barcelona”», nº 523-524.
––––––––––. (1992): «Los excluidos de la “pléyade”: poetas de los 60, periféricos y mar-
ginales», nº 543.
––––––––––. (2002): «Los compromisos de la poesía», nº 671-672.
IRAVEDRA, ARACELI (2002): «¿Hacia una poesía útil? Versiones del compromiso para el
nuevo milenio», Ínsula, nº 671-672, p. 2-8.
IRIBARREN, KARMELO C. (1995): La condición urbana, Sevilla, Renacimiento.
––––––––––. (1999): Desde el fondo de la barra, Oviedo, Línea de Fuego.
IRIGOYEN, RAMÓN (1976): Versos de entretiempo, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra.
––––––––––. (1979): Cielos e inviernos, Madrid, Hiperión.
––––––––––. (1982): Los abanicos del Caudillo, Madrid, Visor.
JAY GOULD, STEPHAN y OTROS (1999): El fin de los tiempos, Barcelona, Anagrama.
JIMÉNEZ MILLÁN, ANTONIO (1994): «Un engaño menor: las generaciones literarias», Scrip-
tura, pp. 13-35.
JONGH ROSSEL, ELENA DE (1982): Florilegium. Última poesía española, Madrid, Espasa-Calpe.
JUARISTO, JON JUARISTI (1985): Diario del poeta recién cansado, Pamplona, Pamiela.
––––––––––. (1994): Mediodía (1985-1993), Granada, La Veleta.
JULIÁ, SANTOS (1991): «Sociedad y política», en VV.A.A.: Transición y democracia (1973-
1985), vol. X** de la Historia de España, Barcelona, Lábor.
LANZ, JUAN JOSÉ (1991): «Julio Martínez Mesanza», El Urogallo, nº 64-65, p. 95.
––––––––––. (1994): «Primera etapa de una generación. Notas para la definición de un
espacio poético: 1977-1982», Ínsula, nº 565, pp. 3-6.
––––––––––. (1995): «La joven poesía española al fin del milenio. Hacia una poética de
la postmodernidad», Letras de Deusto, nº 66, pp. 173-206.
––––––––––. (1998): «La joven poesía española. Notas para una periodización», Hispanic
Review nº 66, pp. 261-287.
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 113

––––––––––. (2001): «Prolegómenos para una lectura: Nueve novísimos, treinta años des-
pués», Ínsula, nº 562, pp. 13-20.
––––––––––. (2002): «“Himnos del tiempo de las barricadas”: sobre el compromiso en
los poetas novísimos», Ínsula, nº 671-672, pp. 8-13.
––––––––––. (2004): «La poesía española del siglo XX “prêt a porter”», Ínsula, nº 695, pp
7-10.
LÓPEZ DE ABIADA, JOSÉ MANUEL (2004): coord. del dossier «Memoria y transición espa-
ñola: historia, literatura y sociedad», Iberoamericana (Berlín), nº 15, pp. 81-154.
––––––––––. (2004a) y Augusta López Bernasocchi: «Gramáticas de la memoria. Varia-
ciones en torno a la transición española en cuatro novelas recientes (1985-2000):
Luna de lobos, Beatus ille, Corazón tan blanco y La caída de Madrid», en Iberoamericana
(Berlín), nº 15, pp. 123-141.
––––––––––. (2005), Beat Gerber y Andreas Stucki: «Recuerdo y olvido en la España con-
temporánea. Nuevos planteamientos historiográficos y de crítica literaria: textos y
contextos», Pensamiento y cultura (Universidad de la Sabana), nº 8, pp. 137-155.
LÓPEZ PACHECO, JESÚS (1996): Ecólogas y urbanas (Manual para evitar un fin de siglo sinies-
tro), Vitoria, Bassaria.
LLAMAZARES: JULIO (1979): La lentitud de los bueyes, León, Col. Provincia.
MAINER, JOSÉ-CARLOS (1998): ed. El último tercio del siglo (1968-1998), Madrid, Visor.
––––––––––. (2005): Tramas, libros, nombres (Para entender la literatura española, 1944-
2000), Barcelona, Anagrama.
MALPARTIDA, JUAN (1993): «El nombre de los nombres (La nueva poesía española y la crí-
tica), Cuadernos Hispanoamericanos, nº 512, pp. 121-126.
MARTÍN, SALUSTIANO (1995): «La poesía española (en castellano) en 1993-94. Reflexio-
nes en torno a una polémica», Diablotexto, nº 2, pp. 267-270.
MARTÍNEZ MESANZA, JULIO (1990): Europa y otros poemas, Málaga, Diputación Provincial.
––––––––––. (1994): «Poesía y moral», Ínsula, nº 565, p. 27.
MARTÍNEZ SARRIÓN, ANTONIO (1967): Teatro de operaciones, Carboneras de Guadazaón, El
Toro de Barro.
––––––––––. (1975): Una tromba mortal para los balleneros, Barcelona, Lumen.
––––––––––. (1981): El centro inaccesible (Poesía 1967-1980), Madrid, Hiperión.
––––––––––. (1983): Horizonte desde la rada, Madrid, Trieste.
––––––––––. (1986): De acedía, Madrid, Hiperión.
––––––––––. (1988): Ejercicio sobre Rilke, Pamplona, Pamiela.
MAYHEW, JONATHAN (1999): “The Avant-garde and Its Discontents: Aesthetic Conserva-
tism in Recent Spanish Poetry”, Hispanic Review, nº 67, pp. 347-363.
MÉNDEZ RUBIO, ANTONIO (2004): Poesía ’68 (Para una historia imposible: escritura y sociedad
1968-1978), Madrid, Biblioteca Nueva.
––––––––––. (2005): «Memoria de la desaparición: notas sobre poesía y poder», en Mar-
tín Muelas y Juan José Gómez: coords. Leer y entender la poesía: poesía y poder,
Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, pp. 105-130.
MORA, VICENTE LUIS (2006): Singularidades. Ética y poética de la literatura española actual,
Madrid, Bartleby.
114 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

MUNÁRRIZ, JESÚS (1975): Viajes y estancias, Madrid, Visor.


––––––––––. (1977): Cuarentena, Madrid, Turner.
––––––––––. (1988): Camino de la voz, Madrid, Hiperión.
––––––––––. (1994): De lo real y su análisis, Madrid, Hiperión.
NÚÑEZ, ANÍBAL (1972): Fábulas domésticas, Barcelona, Llibres de Sinera.
ORIHUELA, ANTONIO (1997): Edad de Hierro, Gijón, Ateneo Obrero.
ORS, MIGUEL D’ (1987): Curso superior de ignorancia, Murcia, Universidad.
ORTEGA, ANTONIO (1994): ed. La prueba del nueve (Antología poética), Madrid, Cátedra.
ORTEGA Y GASSET, JOSÉ (1933): «La idea de generación», En torno a Galileo, en Obras Com-
pletas, vol. V, Madrid, Revista de Occidente, 1990.
ORTIZ, FERNANDO (1984): Vieja amiga, Madrid, Trieste.
––––––––––. (1985): La estirpe de Bécquer (Una corriente central en la poesía andaluza contem-
poránea), Sevilla, Biblioteca de la Cultura Andaluza.
PANERO, JUAN LUIS (1965): A través del tiempo, Madrid, Cultura Hispánica.
––––––––––. (1975): Los trucos de la muerte, León, Col. Provincia.
PARREÑO, JOSÉ MARÍA (1993): «Mi generación vista desde dentro (Algunas indiscreciones
sobre la poesía española actual»), Revista de Occidente, nº 143, pp. 131-142.
––––––––––. (1994): «Una poética más o menos», Ínsula, nº 565, pp. 30-31.
––––––––––. (1995): Las guerras civiles, Madrid, Anaya & Muchnik.
––––––––––. (2005): «Prólogo» a Aquelarre en Madrid, de Fernando Beltrán, Madrid, Vi-
truvio, pp. 9-11.
PEÑA, PEDRO J. DE LA (1996): «El nuevo mester. Clérigos, monaguillos y juglares en la po-
esía actual», Claves de razón práctica, nº 60, pp. 79-80.
PIQUERO, JOSÉ LUIS (1991): Poetas de los 90. Escrito en el agua, nº 4.
POWELL, CHARLES (1993): «La dimensión internacional de la transición española», en
VV. AA.: Franquismo y transición democrática. Lecciones de historia reciente de España,
Las Palmas de Gran Canaria, Centro de Estudios de Humanidades.
PRIETO, ANTONIO (1971): ed. Espejo del amor y de la muerte, Madrid, Bezoar.
PRIETO DE PAULA, ÁNGEL LUIS (1995): «La poesía entrometida de Fernando Beltrán», Ín-
sula, nº 671-672, pp. 37-39.
PROVENCIO, PEDRO (1991): «Encuentros y desencuentros con la poesía social», Cuadernos
Hispanoamericanos, nº 496, pp. 77-90.
––––––––––. (1994): «Las últimas tendencias de la lírica española», Cuadernos Hispanoa-
mericanos, nº 531, pp. 31-54.
QUIÑONES, FERNANDO (1976): Las crónicas del 40, Madrid, Peralta y Ayuso.
RICO, MANUEL (1992): «El acceso a la contemporaneidad de la poesía española. Las cla-
ves de una ruptura escalonada», Cuadernos Hispanoamericanos, nº 508, pp.57-64.
––––––––––. (1998): ed. Félix Grande: Blanco Spirituals seguido de Las rubáiyátas de Hora-
cio Martín. Madrid, Cátedra.
RIECHMANN, JORGE (1987): Cántico de la erosión, Madrid, Hiperión.
––––––––––. (1994): Baila con un extranjero, Madrid, Hiperión.
RIERA, CARME (1988): La escuela de Barcelona. Barral, Gil de Biedma, Goytisolo: el núcleo poé-
tico de la generación del 50, Barcelona, Anagrama.
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 115

RÓDENAS, DOMINGO (2003): ed. La crítica literaria en la prensa, Madrid, Marenostrum.


RODRÍGUEZ, JUAN CARLOS (1994): La norma literaria, Diputación Provincial de Granada,
Biblioteca de Bolsillo [2ª edición revisada y aumentada; 1ª edición en 1984].
––––––––––. (1994a): «La Poesía y la sílaba del no. (Notas para una aproximación a la
Poética de la Experiencia)», Scriptura, 1994, pp. 37-52.
––––––––––. (1999): Dichos y escritos. Sobre «la otra sentimentalidad» y otros textos fechados de
poética, Madrid, Hiperión.
––––––––––. (2002): «El yo poético y las perplejidades del compromiso», Ínsula, nº 671-
672, pp. 53-56.
RODRÍGUEZ CAÑADA, BASILIO (1999): Milenio. Ultimísima poesía española, Madrid, Sial.
RODRÍGUEZ JIMÉNEZ, ANTONIO (1996): «Diferencia versus experiencia. La poesía hetero-
doxa frente a la tendencia oficial», Claves de Razón Práctica, nº 60, pp. 77-78.
––––––––––. (1997): ed. Elogio de la diferencia. Antología consultada de poetas no clónicos,
Córdoba, Cajasur.
ROSALES, LUIS (1979): Diario de una resurrección, Madrid, Fondo de Cultura Económica.
––––––––––. (1980): La carta entera, Madrid, Cultura Hispánica.
––––––––––. (1983): «Autobiografía literaria improvisada ante un magnetófono», Anth-
ropos, nº 25, extraordinario 3, pp. 21-26.
RUBIO, FANNY (1986): «Hacia una constitución de la poesía española en castellano. Un
lustro desasosegado (propuesta ficción)», Los Cuadernos del Norte, nº 3, pp. 47-57.
SAHAGÚN, CARLOS (1979): Primer y último oficio, León, Col. Provincia.
SALDAÑA, ALFREDO (1997): El poder de la mirada. Acerca de la poesía española posmoderna, Va-
lencia, Episteme.
SALINAS, PEDRO (1949): Todo más claro, Buenos Aires, Sudamericana.
SÁNCHEZ ROBAYNA, ANDRÉS (1988): «Situación de la poesía», Revista de Occidente, nº 86-87,
pp. 225-230.
––––––––––. (2005) y DOCE, Jordi: eds. Poesía hispánica contemporánea. Ensayos y poemas,
Barcelona, Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores.
SALVAGO, JAVIER (1980): La destrucción o el humor, Sevilla, Calle del Aire.
––––––––––. (1982): En la perfecta edad, Sevilla, Compás.
––––––––––. (1989): Volverlo a intentar, Sevilla, Renacimiento.
SILES, JAIME (1991): «Dinámica poética de la última década», Revista de Occidente, nº 122-
123, pp. 149-169.
STUCKI, ANDREAS (2004) y JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA: «Culturas de la memoria: tran-
sición democrática en España y memoria histórica. Una reflexión historiográfica
y político-cultural», en Iberoamericana, 15, pp. 103-122.
SUÑÉN, JUAN CARLOS (1989): Un ángel menos, Madrid, Libertarias.
––––––––––. (1991): Por fortuna peores, Madrid, Cátedra.
––––––––––. (1994): La prisa, Madrid, Cátedra.
––––––––––. (1994): «Lo difícil y el bien», Ínsula, núm. 565, pp. 33-36.
TALENS, JENARO (1971): Ritual para un artificio, Valencia, Hontanar.
––––––––––. (1989): «La coartada metapoética», Ínsula, nº 512-513, pp. 55-57.
––––––––––. (1989a): «De la publicidad como fuente historiográfica: la generación poé-
tica española de 1970», Revista de Occidente, nº 101, pp. 107-127.
116 JUAN MIGUEL LÓPEZ MERINO

TORRE, GUILLERMO DE (1966): Historia de las literaturas europeas de vanguardia, 3 vols., Ma-
drid, Guadarrama.
TUSELL, JAVIER (1991): La transición española a la democracia, Madrid, Historia 16.
VALÉRY, PAUL (1987): Principios de an-arquía pura y aplicada, Barcelona, Tusquets.
VV. AA. (2002): Las ínsulas extrañas. Antología de poesía en lengua española (1950-2000),
Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.
VÁZQUEZ MONTALBÁN, MANUEL (1967): Una educación sentimental, Barcelona, El Bardo.
––––––––––. (1973): Coplas a la muerte de mi tía Daniela, Barcelona, El Bardo.
––––––––––. (1973): A la sombra de las muchas sin flor (Poemas del amor y del terror), Barce-
lona, El Bardo.
––––––––––. (1982): Praga, Barcelona, Lumen.
––––––––––. (1986): Memoria y deseo. Obra poética (1963-1983), Barcelona, Seix Barral.
––––––––––. (1988): «Sobre la memoria de la oposición antifranquista», El País, 22 de
octubre.
––––––––––. (1990): Pero el viajero que huye, Madrid, Visor.
––––––––––. (1997): Ciudad, Madrid, Visor.
VIDELA, GLORIA (1963): El ultraísmo. Estudios sobre movimientos poéticos de vanguardia en Es-
paña, Madrid, Gredos.
VILARÓS, TERESA (1998): El mono del desencanto (Una crítica cultural de la transición espa-
ñola), Madrid, Siglo XXI.
VILAS, MANUEL (1988): Osario de los tristes, Zaragoza, Prensas Universitarias.
––––––––––. (1990): El rumor de las llamas, Zaragoza, Olifante.
––––––––––. (1998): Las arenas de Libia, Madrid, Huerga & Fierro.
––––––––––. (2000): El cielo, Barcelona, DVD.
––––––––––. (2005): Resurrección, Madrid, Visor.
VILLANUEVA, DARÍO (1992): Los nuevos nombres: 1975-1990, vol. 9 en Francisco Rico, Histo-
ria y crítica de la literatura española, Barcelona, Crítica.
VILLENA, LUIS ANTONIO DE (1979): Hymnica, Madrid, Hiperión.
––––––––––. (1986): ed. Postnovísimos, Madrid, Visor.
––––––––––. (1992): ed. Fin de siglo (El sesgo clásico en la poesía española), Madrid, Visor.
––––––––––. (1993): Marginados, Madrid, Visor.
––––––––––. (1993a): «Timón de navegar poemas», El Mundo, «La Esfera», 28 de mayo,
p. 13.
––––––––––. (1996): Asuntos de delirio, Madrid, Visor.
––––––––––. (1997): ed. 10 menos 30. La ruptura interior en la «poesía de la experiencia», Va-
lencia, Pre-Textos.
––––––––––. (2000): Teorías y poetas. Panorama de una generación completa en la última poesía
española, Valencia, Pre-Textos.
––––––––––. (2003): ed. La lógica de Orfeo, Madrid, Visor.
VIRTANEN, RICARDO (2001): ed. Hitos y señas (1966-1996) Antología crítica de poesía en caste-
llano (27 propuestas para principios de siglo), Madrid, Laberinto.
WOLFE, ROGER (1994): Arde Babilonia, Madrid, Visor.
––––––––––. (1995): Todos los monos del mundo, Sevilla, Renacimiento.
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 117

––––––––––. (1998): Cinco años de cama, Zaragoza, Prames.


––––––––––. (2001): El arte en la era del consumo, Madrid, Sial.
YANKE, GERMÁN (1996): ed. Los poetas tranquilos. Antología de la poesía realista del fin de siglo,
Granada, Diputación Provincial.
Índice de autores
A Castellet, José María, 36, 39n, 57.
Alas, Leopoldo, 37, 43, 44n. Castilla del Pino, Carlos, 14, 15.
Alberti, Rafael, 62. Celaya, Gabriel, 67, 70, 74, 94.
Aleixandre, Vicente, 63. Colli, Giorgio, 20.
Alicia Bajo Cero, 18, 21, 24n, 28, 29, 46n, Colinas, Antonio, 39n, 46n, 49n, 75, 81.
52, 64, 77, 99. Correyero, Isla, 52, 90.
Alonso, Dámaso, 62, 63. Crespo, Ángel, 61n.
Álvarez, Carlos, 71, 74. Cuenca, Luis Alberto de, 39n, 49n, 55, 77,
Álvarez, José María, 56, 80-81, 88. 83.
Andreu, Blanca, 27, 40n, 55, 62n. Cuesta Abad, José Manuel, 13.
Amorós, Amparo, 87.
Atxaga, Bernardo, 55. D
Debicki, Andrew P., 101.
B Delgado, Agustín, 55, 66.
Barella, Julia, 37, 38n. Díaz de Castro, Francisco, 52.
Bate, Felipe, 98. Doce, Jordi, 18, 49, 50, 53, 57.
Baudelaire, Charles, 95. Duque, Aquilino, 74.
Bejarano, Francisco, 37, 38n.
Beltrán, Fernando, 52, 53, 67, 89. E
Benítez Reyes, Felipe, 25, 37, 40n, 44, Egea, Javier, 90.
46n, 52, 56, 58. Eliot, T. S., 30.
Benjamin, Walter, 21, 28. Enrique, Antonio, 54.
Bergamín, José, 62.
Bonet, Juan Manuel, 86. F
Borges, Jorge Luis, 17, 25. Falcó, José Luis, 19, 46n.
Bourdieu, Pierre, 18, 102, 104, 108. Falcón, Enrique, 28, 77, 99-100.
Bousoño, Carlos, 46n, 56, 61n, 68, 71. Feria, Luis, 72.
Brecht, Bertolt, 94. Foucault, Michel de, 24.
Brines, Francisco, 46n, 61n, 72. Fried, Johannes, 23, 103.

C G
Caballero Bonald, José Manuel, 13. Gallego, Vicente, 40n, 56.
Cañas, Dionisio, 54. Gamoneda, Antonio, 53, 56, 71, 72, 73-74,
Cardenal, Ernesto, 13, 99. 76, 87, 101.
Carnero, Guillermo, 24, 25, 36, 37, 39n, García, Álvaro, 53.
41, 43, 53, 57, 61n, 66. García, Concha, 53, 57.
Carriedo, Gabino Alejandro, 76. García Baena, Pablo, 61n, 68, 71.
Carvajal, Antonio, 40n. García Casado, Pablo, 56.
Casado, Miguel, 14, 17, 38, 48, 53, 55, García de la Concha, Víctor, 101.
62n, 71, 78, 80, 82. García Hortelano, Juan, 13, 72, 101.
Casariego, Pedro, 62n. García Lorca, Federico, 48n.

119
120 ÍNDICE DE AUTORES

García Martín, José Luis, 36-50, 51, 52, 55, Jongh Rossel, Elena de, 37, 38.
58, 79. Juaristi, Jon, 39n, 85.
García Montero, Luis, 37, 40n, 43, 44, Juliá, Santos, 18.
46n, 47n, 52, 56, 58, 90.
García Nieto, José, 67, 68. L
García-Posada, Miguel, 38, 39, 40n, 41, Labordeta, Miguel, 76.
45, 46, 52, 58. Lamillar, Juan, 58.
García Valdés, Olvido, 40n, 53, 62n, 66. Lanz, Juan José, 18, 20, 36n, 37, 40, 41,
Garciasol, Ramón de, 67, 70. 50n, 55, 57, 65, 75, 88.
Garrido Moraga, Antonio, 51, 54. López de Abiada, José Manuel, 18, 21,
Gaspar, Sergio, 76, 86. 23n, 103n.
Gil, Ildefonso-Manuel, 67, 71. López Bernasochi, Augusta, 21.
Gil-Albert, Juan, 62, 76. López Parada, Esperanza, 47, 51n.
Gil de Biedma, Jaime, 44, 53, 56, 63, 64, López Pacheco, Jesús, 73.
66n, 71, 72-73, 80.
Gimferrer, Pere, 39n, 46n, 48n, 55, 56. LL
Giner, Salvador, 20. Llamazares, Julio, 42, 53, 87-88.
González, Ángel, 13, 55, 66, 71, 72, 80. Lledó, Emilio, 13.
González, David, 77, 96-97.
Goytisolo, José Agustín, 13, 14. M
Gracia, Jordi, 14, 18, 29n, 32, 33, 34, 50n. Machado, Manuel, 84.
Grande, Félix, 56, 62, 71, 74-76, 81. Mainer, José-Carlos, 14, 18, 28, 36, 39n,
Guillén, Jorge, 44, 61, 62, 63. 67, 76, 78, 81.
Guillén, Rafael, 61n. Malpartida, Juan, 26, 38.
Gullón, Germán, 18, 30, 31, 33. Marías, Julián, 67.
Gumbrecht, Hans Ulrich, 28. Marsal, Juan F., 13n.
Guzmán, Almudena, 96. Martín, Sabas, 55.
Martín, Salustiano, 46.
H Martínez Mesanza, Julio, 40n, 53, 77, 87,
Hernández, Antonio, 66, 75, 101. 88-89.
Hierro, José, 15, 67, 70, 76. Martínez Sarrión, Antonio, 39n, 52, 53,
Hilario Tundidor, Jesús, 75. 56, 66, 72, 75, 77, 78-79.
Marzal, Carlos, 40n, 52.
I Mas, Miguel, 37.
Iravedra, Araceli, 29n, 90. Masoliver Ródenas, Juan Antonio, 30.
Iribarren, Karmelo C., 91-91, 96. Mayhew, Jonathan, 64.
Irigoyen, Ramón, 55, 56, 66, 77, 81-82. Méndez Rubio, Antonio, 17, 26, 29, 29n,
50.
J Mestre, Juan Carlos, 53, 77.
Janés, Clara, 53. Mora, Vicente Luis, 18, 29, 29n, 36, 103.
Jay Gould, Stephany, 27. Munárriz, Jesús, 55, 58, 66, 77, 79-80, 87.
Jiménez, Diego Jesús, 55, 62n, 75, 99.
Jiménez Millán, Antonio, 46n, 52, 90.
SOBRE POESÍA POSFRANQUISTA (HACER HISTORIA Y OTRAS CUESTIONES) 121

N Rodríguez, Juan Carlos, 21-22, 24n, 48,


Núñez, Aníbal, 40n, 53, 66, 82-83. 51, 52, 90, 91.
Núñez, Vicente, 71. Rodríguez Cañada, Basilio, 52.
Rodríguez Jiménez, Antonio, 51, 54.
O Rosales, Luis, 56, 67, 68-69, 70.
Orihuela, Antonio, 52, 77, 97-99. Rossetti, Ana, 40n.
Ors, Miguel d’, 40n, 77, 83. Rubio, Fanny, 75.
Ortega, Antonio, 47, 51.
Ortega y Gasset, José, 67, 106. S
Ortiz, Fernando, 74, 83, 84. Sahagún, Carlos, 71, 76.
Ory, Carlos Edmundo de, 61n, 68, 71, 76. Saldaña, Alfredo, 54.
Otero, Blas de, 70, 74. Salinas, Pedro, 63.
Otxoa, Julia, 55. Salvador, Álvaro, 90.
Salvago, Javier, 64, 83, 84-85.
P Sánchez Robayna, Andrés, 18, 29n, 39, 50,
Padorno, Manuel, 61n. 53, 57, 62n.
Panero, Juan Luis, 39n, 67, 75, 80. Sánchez Rosillo, Eloy, 39n, 61n.
Panero, Leopoldo María, 39n, 52, 54, 55, Sánchez Torre, Leopoldo, 52.
61n, 67, 82. Sanz Villanueva, Santos, 30, 31, 33, 59.
Parreño, José María, 20, 31, 53, 67, 86. Schopenhauer, Arthur, 30.
Paz, Octavio, 46n, 47n. Segovia, Tomás, 71, 76.
Peña, Pedro J. de la, 40n, 59. Senabre, Ricardo, 33.
Perse, Saint-John, 77. Siles, Jaime, 39n, 40n, 49n, 62n, 86.
Petisme, Ángel, 42. Simón, César, 76.
Pino, Francisco, 61n. Suñén, Juan Carlos, 40n, 53, 87, 90.
Piquero, José Luis, 37, 38n.
Pont, Jaume, 18, 29n, T
Powell, Charles, 18. Talens, Jenaro, 17, 18, 19, 21-23, 38, 40n,
Provencio, Pedro, 40n, 46n, 54, 74. 52, 54, 61n, 66, 82.
Prieto, Antonio, 36. Torre, Guillermo de, 102.
Prieto de Paula, Ángel Luis, 46n, 89. Trapiello, Andrés, 27, 40n, 58.
Tusell, Javier, 17.
Q
Quiñones, Fernando, 71, 73. U
Ugalde, Sharon Keefe, 54.
R Ullán, José-Miguel, 40n, 53, 55, 82.
Rico, Francisco, 33, 38.
Rico, Manuel, 18, 54, 75, 76. V
Riechmann, Jorge, 40n, 47, 51n, 53, 87, Valente, José Ángel, 13, 61n, 72.
94-95, 96, 97. Valéry, Paul, 21.
Riera, Carme, 101. Vázquez Montalbán, Manuel, 57, 66, 75,
Ródenas, Domingo, 30, 31, 32, 33, 34, 59. 78.
Rodríguez, Claudio, 61n, 72. Vicente Hernando, César de, 89, 97.
122 ÍNDICE DE AUTORES

Videla, Gloria, 102. W


Vilarós, Teresa, 17. Wolfe, Roger, 35, 52, 54, 91, 92, 96.
Vilas, Manuel, 87, 95-96.
Villanueva, Darío, 26, 50. Y
Villena, Luis Antonio de, 27, 36-50, 51, 52, Yanke, Germán, 24n, 38.
55, 58, 75, 81.
Virtanen, Ricardo, 50n, 54.
Vivanco, Luis Felipe, 67.
Verbum ENSAYO
Títulos publicados: WALTHER L. BERNECKER,
JOSÉ M. LÓPEZ DE ABIADA y
JEAN PAUL RICHTER: GUSTAV SIEBENMANN:
Introducción a la Estética. El peso del pasado: Percepciones de América y
JOSÉ LEZAMA LIMA: V Centenario.
La Habana. JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA y
PEDRO AULLÓN DE HARO: JULIO PEÑATE RIVERO (Editores):
La obra poética de Gil de Biedma. Éxito de ventas y calidad literaria.
CONSUELO GARCÍA GALLARÍN: Incursiones en las teorías y prácticas del best-séller.
Vocabulario temático de Pío Baroja. JUAN W. BAHK:
PEDRO AULLÓN DE HARO: Surrealismo y Budismo Zen.
Teoría del Ensayo. Convergencias y divergencias. Estudio de literatura
ANTONIO DEL REY BRIONES: comparada y Antología de poesía Zen de China,
Corea y Japón.
La novela de Ramón Gómez de la Serna.
MARÍA DEL CARMEN ARTIGAS:
ELENA M. MARTÍNEZ:
Antología sefaradí: 1492-1700.
Onetti: Estrategias textuales y operaciones Respuesta literaria de los hebreos españoles a la
del lector. expulsión de 1492.
MARIANO LÓPEZ LÓPEZ: MARIELA A. GUTIÉRREZ:
El mito en cinco escritores de posguerra. Lydia Cabrera: Aproximaciones mítico-simbólicas
ANTONIO MARTÍNEZ HERRARTE: a su cuentística.
Ana María Fagundo: Texto y contexto de su IRENE ANDRES-SUÁREZ, J. M. LÓPEZ DE ABIADA
poesía. y PEDRO RAMÍREZ MOLAS:
LUIS CORTÉS: El teatro dentro del teatro:
Homenaje a José Duránd. Cervantes, Lope, Tirso y Calderón.
FERNANDO BERNAL: ENRIQUE PÉREZ-CISNEROS:
Salvador Cisneros Betancourt. En torno al “98” cubano.
PALOMA LAPUERTA AMIGO: LAURA A. CHESAK:
La poesía de Félix Grande. José Donoso. Escritura y subversión del
EMILIO BERNAL LABRADA: significado.
Árboles Genealógicos de la Cuba española. RAMIRO LAGOS:
CARLOS JAVIER MORALES: Ensayos surgentes e insurgentes.
La poética de José Martí y su contexto. JOSÉ L. VILLACAÑAS BERLANGA:
EMILIO E. DE TORRE GRACIA: Narcisismo y objetividad.
Proel (Santander, 1944-1959): Un ensayo sobre Hölderlin.
revista de poesía/revista de compromiso. CONCEPCIÓN REVERTE:
KARL C. F. KRAUSE: Fuentes europeas. Vanguardias
Compendio de Estética. hispanoamericanas.
AIDA HEREDIA: JOSÉ OLIVIO JIMÉNEZ:
La poesía de José Kozer. Poetas contemporáneos de España e
Hispanoamérica.
FERNANDO BERNAL:
CIRILO FLÓREZ y
Memorias de un testigo.
MAXIMILIANO HERNÁNDEZ (Editores):
JAVIER MEDINA LÓPEZ:
Literatura y Política en la época de Weimar.
El español de América y Canarias desde una JOSÉ LEZAMA LIMA:
perspectiva histórica. Cartas a Eloísa y otra correspondencia.
FRIEDRICH SCHILLER: IRENE ANDRES-SUÁREZ (Editora):
Sobre Poesía ingenua y Poesía sentimental. Mestizaje y disolución de géneros en la
ROSARIO REXACH: literatura hispánica contemporánea.
Estudios sobre Gertrudis Gómez de Avellaneda. ANTONIO ENRÍQUEZ GÓMEZ:
GEORG HENRIK VON WRIGHT: Sansón Nazareno (Ed. crítica de María del
El espacio de la razón. (Ensayos filosóficos.) Carmen Artigas).
SEVERO SARDUY: G. ARETA, H. LE CORRE, M. SUÁREZ y
Cartas. D. VIVES (Editores):
JOSÉ MASCARAQUE DÍAZ-MINGO: Poesía hispanoamericana: ritmo(s) /
Tras las huellas perdidas de lo sagrado. métrica(s)/ruptura(s).
CONSUELO TRIVIÑO ALZOLA: RICARDO LOBATO MORCHÓN:
Pompeu Gener y el Modernismo. El teatro del absurdo en Cuba (1948-1968).
JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA y JOSÉ LEZAMA LIMA:
AUGUSTA LÓPEZ BERNASOCCHI (Editores): Poesía y prosa. Antología.
Territorio Reverte. Ensayos sobre la obra de ENRIQUE PÉREZ-CISNEROS:
Arturo Pérez-Reverte. El reformismo español en Cuba.
RAQUEL ROMEU: ANTONIO LASTRA (Editor):
Voces de mujeres en las letras cubanas. La filosofía y el cine.
MIGUEL MARTINÓN: VIRGILIO LÓPEZ LEMUS:
Espejo de Aire. Voces y visiones literarias. Eros y Thanatos: La obra poética de
RAMÓN DÍAZ-SOLÍS: Justo Jorge Padrón.
Filosofía de arte y de vivir. ANTONIO ROMÍNGUEZ REY:
MANUEL MORENO FRAGINALS, Limos del verbo (José Ángel Valente).
J. L. PRIETO BENAVENT, RAFAEL ROJAS et alii: RUTH A. COTTÓ (Editora):
Cien años de historia de Cuba (1898-1998). La mujer puertorriqueña en su contexto
JOSÉ LEZAMA LIMA: literario y social.
La posibilidad infinita Archivo de José Lezama Lima. LUIS T. GONZÁLEZ DEL VALLE:
NILO PALENZUELA: La canonización del Diablo.
Los hijos de Nemrod. Babel y los escritores del Baudelaire y la estética moderna en España.
Siglo de Oro. PEDRO M. HURTADO VALERO:
ALEJANDRO HERRERO-OLAIZOLA: Eduardo Benot: Una aventura gramatical.
Narrativas híbridas: Parodia y posmodernismo en IRENE ANDRES-SUÁREZ, MARCO KUNZ e
la ficción contemporánea de las Américas. INÉS D’ORS:
JAVIER HUERTA CALVO, EMILIO PERAL VEGA y La inmigración en la literatura española
JESÚS PONCE CÁRDENAS (Editores): contemporánea.
Tiempo de burlas. En torno a la literatura ARMANDO LÓPEZ CASTRO:
burlesca del Siglo de Oro. Luis Cernuda en su sombra.
RICARDO MIGUEL ALFONSO (Editor): LEOPOLDO FORNÉS:
Historia de la teoría y la crítica literaria en EE. UU. Cuba. Cronología.
JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA, JOSÉ SANTIAGO FERNÁNDEZ VÁZQUEZ:
HANS-JÖRG NEUSCHÄFER y Reescrituras postcoloniales del Bildungsroman.
AUGUSTA LÓPEZ BERNASOCCHI (Editores): MODESTA SUÁREZ:
Entre el ocio y el negocio: Espacio pictórico y espacio poético en la obra de
Industria editorial y literatura en la Blanca Varela.
España de los 90. REYES E. FLORES:
ROBERTO GONZÁLEZ ECHEVARRÍA: Onetti: Tres personajes y un autor.
La voz de los maestros. Escritura y autoridad en la PEDRO AULLÓN DE HARO (2ª Edición):
literatura latinoamericana contemporánea. La obra poética de Gil de Biedma.
WILLIAM LUIS: COMFORT PRATT:
Lunes de Revolución. Literatura y cultura El español del noroeste de Luisiana.
en los primeros años de la Revolución Cubana. MARCO KUNZ:
ROLF EBERENZ (Editor): Juan Goytisolo: Metáforas de la migración.
Diálogo y oralidad en la narrativa hispánica mo- ANTONIO DOMÍNGUEZ REY:
derna. El drama del lenguaje.
NILO PALENZUELA: ÁNGEL ESTEBAN:
El Hijo Pródigo y los exiliados españoles. Bécquer en Martí.
LUIS SÁINZ DE MEDRANO (Coordinador): JAVIER PÉREZ ESCOHOTADO:
Antología de la literatura hispanoamericana (Vol. I). Proceso inquisicional contra el bachiller
ISABEL GARCÍA-MONTÓN: Antonio de Medrano, alumbrado epicúreo.
Viaje a la modernidad: la visión de los EE.UU. (Toledo 1530).
en la España finisecular. MIGUEL MARTINÓN:
ADRIANA MÉNDEZ RODENAS: Círculo de esta luz. Crítica y poética.
Cuba en su imagen: Historia e identidad FEDERICO LANZACO:
en la literatura cubana. Los valores estéticos en la cultura clásica
LUIS PUELLES ROMERO: japonesa.
La estética de Gaston Bachelard. JOSÉ MASCARAQUE:
Una filosofía de la imaginación creadora. Los ángeles desterrados.
DORA VISSEPÓ-ALTMAN TORRES: JAVIER ALCORIZA:
La obra literaria de Manuel Méndez Ballester. Dostoyevski y su influencia en la cultura europea.
JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA y JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA,
AUGUSTA LÓPEZ BERNASOCCHI: JOSÉ MORALES SARAVIA (Editores):
Juan Manuel de Prada: De héroes y tempestades. Boom y Postboom desde el nuevo siglo: impacto y re-
FRANCISCO MORÁN: cepción.
La Habana elegante. PEDRO AULLÓN DE HARO:
JOAQUÍN P. PUJOL (Editor): La sublimidad y lo sublime.
Cuba: Políticas económicas para la transición. RYU TONGSHIK:
GUSTAVO ALFREDO JÁCOME (2.ª Edición): El Pungniudo y el pensamiento religioso de Corea.
Gazapos académicos en Ortografía de la IDALIA MOREJÓN, ENEIQUE SAINZ,
lengua española. IVETTE FUENTES y OSMAR SÁNCHEZ AGUILERA:
A. OJEDA, A. H. DALGO y E. LAURENTIS (Editores): Cuatro ensayos sobre poesía cubana.
Corea: tradición y modernidad. ONEIDA M. SÁNCHEZ:
MARIELA A. GUTIÉRREZ: Vivanco, Rosales y Gil: Libro de familia.
Rosario Ferré en su Edad de Oro. ALEXIS GROHMANN,MAARTEN STEENMEIJER:
Heroínas subversivas de Papeles de Pandora y El columnismo de escritores españoles
Maldito Amor. (1975-2005).
RAÚL MARRERO-FENTE (Editor): ANTONIO LASTRA (Editor):
Perspectivas trasatlánticas estudios coloniales Representaciones culturales.
hispanoamericanos. Ensayos sobre el futurode las humanidades.
JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA, ANNE FREIRE ASHBAUGH, LOURDES ROJAS
AUGUSTA LÓPEZ BERNASOCCHI (Editores): RAQUEL ROMEU (Editoras):
Imágenes de España en culturas y Mujeres ensayistas del Caribe hispano
literaturas europeas (siglos XVI-XVII). Hilvanando el silencio.
ANTONIO LASTRA (Editor): BRIGITTE ADRIAENSEN:
Estudios sobre cine. La poética de la ironía en la obra tardía de
ALBERTO LÁZARO: Juan Goytisolo (1993-2000)
H. G. Wells en España: Estudio de los ARABESCOS PARA ENTENDIDOS.
expedientes de censura (1939-1978). ARACELI TINAJERO:
JAVIER HUERTA CALVO, El lector de tabaquería:
EMILIO MIRÓ GONZÁLEZ y Historia de una tradición cubana.
EMILIO PERAL VEGA (Editores): ISABEL NAVAS OCAÑA:
Perfil de Cernuda. Historia de la teoría y la crítica literaría en
GENEVIÈVE CHAMPEAU (Editora): Gran Bretaña y Estados Unidos.
Relatos de viajes contemporáneos por España y MICHELE COMETA, ANTONIO LASTRA y
Portugal. PAZ VILLAR HERNÁNDEZ: (Editores):
JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA, Estudios Culturales
FÉLIX JIMÉNEZ RAMÍREZ y Una introducción.
AUGUSTA LÓPEZ BERNASOCCHI (Editores): ANTONIO LASTRA:
En busca de Jorge Volpi: Ensayos sobre su obra. Emerson como educador.
IRENE ANDRES-SUÁREZ (Editora): JESÚS GONZÁLEZ VALLES:
Migración y literatura en el mundo hispánico. Filosofía de las artes japonesas.
SEVERINO ARRANZ MARTÍN: Artes de guerra y caminos de paz.
Etimologías inéditas y curiosas. HUMBERTO LÓPEZ CRUZ (Editor):
LANDRY-WILFRID MIAMPIKA: Rosa María Britton ante la crítica.
Transculturación y poscolonialismo en el Caribe. CARMEN ALEMANY BAY y
ÁLVARO SALVADOR, ÁNGEL ESTEBAN (Editores): REMEDIOS MATAIX AZUAR (Editoras):
Alejo Carpentier: Un siglo entre luces. Sobre Dulce María Loynaz. Una introducción
EDUARDO JIMÉNEZ MAYO: (Ensayos acerca de su poesía,
El evangelio según Juan de Mairena. sus prosas y sus opiniones literarias).
JYTTE MICHELSEN: PEDRO AULLÓN DE HARO:
Ricardo Güiraldes: un poeta del viaje. La sublimidad y lo sublime (2ª ed.).
JOSÉ GOMARIZ: JULIÁN B. SOREL:
Colonialismo e independencia cultural. El poscastrismo
La narración del artista e intelectual y otros ensayos contrarrevolucionarios.
hispanoamericano del siglo XIX.
RITA DE MAESENEER, GUSTAV UNGERER:
SALVADOR MERCADO RODRÍGUEZ: The Mediterranean Apprenticeship
Ocho veces Luis Rafael Sánchez. of British Slavery.
JOSÉ MANUEL PEREIRO OTERO: JOSÉ MIGUEL LÓPEZ MERINO:
La escritura modernista de Sobre poesía posfranquista
Valle-Inclán: orgía de colores. (hacer historia y otras cuestiones).
ANA BELÉN MARTÍN SEVILLANO: FRANCISCO MORÁN:
Sociedad civil y arte en Cuba: Cuento y Julián del Casal o los pliegues del deseo.
artes plásticas en el cambio de siglo (1980-2000).
JULIO PEÑATE RIVERO y
FRANCISCO UZCANGA MEINECKE (Editores):
El viaje en la literatura hispánica: de Juan Valera a
Sergio Pitol.

También podría gustarte