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El jardín de infantes - Daniel Brailovsky

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Qué es y qué se hace en un jardín de infantes...
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El jardín de infantes.

Aprender a estar en la escuela
Daniel Brailovsky

Aunque suele utilizarse la expresión “jardín de infantes” en referencia a toda experiencia escolar previa a la educación primaria, en rigor el jardín de infantes es sólo un ciclo dentro del nivel de enseñanza que la precede. Se denomina Nivel Inicial al conjunto de servicios educativos que el sistema de enseñanza formal ofrece a los niños de entre 45 días y 6 años, y que se organiza en dos ciclos de tres años cada uno. El primer ciclo se denomina Jardín Maternal y abarca la educación de los niños en las secciones de lactarios (bebés de menos de un año), deambuladores (entre uno y dos años) y la sala de dos años. Al ciclo compuesto por las salas de tres, cuatro y cinco años (ésta última también usualmente denominada, a pesar de las reservas que los educadores del nivel mantenemos respecto de ese término, preescolar) se le llama, propiamente, jardín de infantes. La cuestión de las denominaciones que recibe en distintos países el Nivel Inicial ha sido recurrente objeto de reflexión, y denota una marcada polisemia: Nivel Inicial, jardín de infantes, Kindergarten, Nivel de Transición, Preescolar, Nivel de Articulación, entre otros, son los nombres con que se le conoce en diferentes regiones. En todos los casos - y esta es la objeción que se anticipaba respecto de algunas de estas calificaciones - parece estar omitido el carácter escolar de estos servicios educativos, imponiéndose en cambio un sesgo propedéutico, preparatorio para la escolaridad “en serio”, que vendría a continuación. En muchos países, sin embargo, y aunque haya existido desde los comienzos de la educación formal para niños pequeños, recientemente se ha tendido a coincidir en la denominación Escuela Infantil como la que, conforme tiene lugar la consolidación de una creciente producción académica en el campo de la educación infantil, mejor define a estos primeros años en la escuela. Los servicios educativos para niños comprendidos en esta franja de edades son diversos. Existen instituciones que sólo atienden a niños de hasta dos años (los Jardines Maternales), otras que sólo lo hacen a partir de los tres (los Jardines de Infantes) y las que abarcan todo el espectro etario. A su vez, según la forma en que se organice la gestión de las instituciones, su dependencia administrativa, su tipo de gestión, su adscripción a pedagogías específicas, entre otras variables, las instituciones de educación infantil pueden ser realmente muy diferentes entre sí. Es por eso que a la hora de escoger un jardín de infantes para sus hijos, los padres hallan un escenario muy diverso que, a la vez que amplía las alternativas permitiendo con mayores posibilidades dar con un perfil institucional acorde a sus expectativas, dificulta la orientación en la búsqueda, dada la multiplicidad de opciones posibles. Se señalarán a lo largo de este capítulo algunas reflexiones generales, entonces, a los efectos de poder evaluar los beneficios de una institución en forma específica y particular.

Antes de entrar de lleno en la cuestión, vale la pena hacer una aclaración respecto de una distinción habitual que suele utilizarse como gran divisoria de aguas: el tipo de gestión. Como es sabido, nuestro sistema educativo posee instituciones de gestión pública y de gestión privada. Pero en el Nivel Inicial, en general, esta distinción no se asocia en forma clara a estilos educativos, filosofías pedagógicas ni cuestiones de calidad educativa. Ni los indicadores “duros” ni el análisis más cualitativo muestran claramente que las instituciones de uno u otro tipo de gestión se distingan en el plano pedagógico en forma nítida. Es cierto, si, que los mayores márgenes de autonomía de que suelen disponer las instituciones en el sector privado, les habilitan para conformar equipos docentes con perfiles específicos. Hay instituciones, por ejemplo, que sólo contratan docentes con estudios en recreación, o con inclinaciones artísticas, entre otras modalidades. Pero tampoco estos márgenes de autonomía son determinantes ni se utilizan necesariamente a favor del mejor servicio educativo. Por otro lado, el sector público está más preservado de formas de organización institucional desfavorables (la organización excesivamente “familiar” de instituciones pequeñas montadas sobre viviendas particulares convertidas en escuela, que puede atentar contra la profesionalidad de la tarea, es un buen ejemplo de ello) y de situaciones de falta de control y supervisión que tienden a constituirse con mayor frecuencia en algunas del sector privado.

El jardín de infantes es una escuela Aunque existieron en la Argentina jardines de infantes desde fines del siglo XIX, en general los distintos autores coinciden en señalar su consolidación efectiva recién a partir de la década del 40’ del siglo XX. Varios trabajos clásicos de historia del Nivel Inicial analizaban ya por aquellos años el fenómeno del por aquel entonces “novedoso y vertiginoso” crecimiento de este nivel de enseñanza. Este rasgo del jardín de infantes, su relativa juventud como forma de escuela es un dato muy importante para entender por qué el jardín de infantes es, aunque aparente funcionar de un modo tan diferente a la escuela primaria, una escuela. El hecho de que los jardines aparecieran y se expandieran casi un siglo más tarde de que el sistema público de escuelas estuviera ampliamente consolidado, hace que unos contextos particulares y unas formas específicas de pensar y sentir la vida escolar los hayan marcado, y estos son aspectos que vale la pena tener en cuenta. La lectura más interesante del dato histórico que se acaba de presentar es la que otorga al jardín de infantes una especie de credencial inconfesa de reedición creativa y mejorada de “lo escolar”1. Allí donde la escuela constituyó una respuesta histórica eficaz a la necesidad existente a fines del siglo XIX de emancipar y normalizar, dar identidad y cohesión a un naciente proyecto de Nación, el jardín de infantes nace en cambio con finalidades y herencias diferentes, más asociadas a un proceso de puesta en cuestión de
Esta idea se halla desarrollada en profundidad en un texto llamado “Revoluciones silenciosas. El jardín de infantes y el homeschooling como tentativas de reinvención de lo escolar” que apareció publicado como capítulo final en el libro que compilamos en 2006 junto a Mariano Narodowski, Dolor de Escuela (Prometeo Libros)

algunas de las premisas que sostienen clásicamente a la enseñanza tradicional. En otras palabras: el jardín de infantes es una escuela, pero es una forma diferente de escuela por al menos dos razones: porque en la historia de la escolaridad nace más tarde, y por lo tanto se ubica en un contexto de aspiraciones y problemáticas sociales y pedagógicas diferentes, y porque su filosofía educativa se propone, en parte, como una superación de filosofías anteriores, ante las cuales se posiciona críticamente. Muchos problemas centrales de la educación infantil pueden entenderse desde estas herencias que recibe de la escuela primaria, que como ya hemos dicho, es históricamente anterior. Esto es así hasta tal punto, que puede afirmarse que los dilemas pedagógicos del jardín de infantes se dirimen entre dos polos, que de un modo u otro tienden a estar presentes en las discusiones y problemas típicos que los educadores de este nivel de enseñanza se formulan. Estos polos son: parecerse a la escolaridad tradicional, en tanto el jardín educa (no se dedica meramente a cuidar ni a divertir), pero a la vez diferenciarse, pues el jardín asume unas formas de enseñar que, como se ha dicho, poco se parecen a las de la escuela primaria. El jardín vivió a lo largo de su corta historia procesos simultáneos de mimetización y de diferenciación. Veamos algunos ejemplos. Por un lado, ha estructurado los espacios en las aulas de una manera original y muy diferente a la “clase” tradicional. Como cualquiera que ha entrado a una sala de jardín habrá observado, la misma se organiza en “rincones”2, adoptándose así una topografía de aula propia y diferente, donde “dar una clase” es un término peyorativo que se utiliza para descalificar a las maestras que “no comprenden” el sentido de la nueva pedagogía. Al mismo tiempo, sin embargo, el jardín de infantes formaliza sus propuestas en diseños curriculares de orientación cada vez más disciplinar, asumiendo la lógica de clasificación del saber que es en realidad contraria al modo en que espontáneamente los niños pequeños comprenden el mundo al jugar, y más próxima a la organización de la escuela primaria. Al mismo tiempo que la escuela infantil da desarrollo teórico a categorías didácticas propias, centralmente la noción de juego, y asume así el desafío de construir nuevos sentidos para el aprendizaje de los niños (la idea de enseñar jugando es una idea revolucionaria que sólo el jardín de infantes se ha tomado en serio), también incorpora en las secciones de 5 años - especialmente a partir de la sanción de la obligatoriedad contenidos, prácticas y formatos inspirados en la escuela primaria, como el uso de cuadernos de clase, cierto tipo de ejercitaciones, etc. Las diferencias y la tendencia a la diferenciación, entonces, aparecen cuando la amenaza del entorno es expresada en la afirmación “esto no es una escuela seria…”. Cuando está en juego la legitimidad escolar del nivel inicial, éste apela a la mimetización
Los “rincones”, o “sectores” de las alas de jardín de infantes constituyen una particular forma de organizar el espacio y la actividad. Son diferentes escenarios de juego, montados justamente en esquinas o bordes del salón, donde se desarrolla un tipo particular de juego. Así, existe un rincón de juegos dramáticos provisto de disfraces y otros materiales afines, un rincón de arte equipado con pinturas, marcadores, etc. y así sucesivamente. La novedad de esta forma de organizar el aula, que comenzó a implementarse hacia fines de los años cincuenta y se impuso masivamente una década después, consiste en que los niños no hacen todos lo mismo, al mismo tiempo, sino que eligen y desarrollan actividades de juego diferentes y paralelas. De este modo, una de las características más marcadas de la educación tradicional (la simultaneidad) se ve modificada en este nivel de enseñanza.

con la escuela primaria, mediante la adopción de sus términos técnicos, su organización de tiempos y espacios y muchas otras evidentes semejanzas. Es visible a medida que se avanza desde las primeras secciones del maternal hacia las salas de preescolar una cada vez mayor resonancia de esta tensión. Cuando se da rienda suelta a su propia cualidad particular y se permite al Nivel Inicial expresar su posición histórica, en cambio, se enorgullece de ser diferente de la escuela primaria y se propone reconocer el carácter profundamente educativo de sus prácticas, aunque parezca que niños y adultos, en las salas, “sólo están jugando”. En síntesis, estos contrastes remiten a las particularidades de un nivel de enseñanza en el que se ha propuesto reconsiderar algunos formatos tradicionales de la escuela, y en el que se han buscado nuevas formas de construir identidades escolares. Como toda novedad, ha debido pagar al principio el precio del descrédito, pero ha ido construyendo luego una base sólida sobre la que construir prácticas educativas novedosas, creativas y de calidad. Una última reflexión en relación a este carácter “diferente” y novedoso del jardín de infantes respecto de la escuela primaria. El jardín de infantes, a pesar de todo lo antedicho, es también aquél primer punto de encuentro entre la infancia y la escuela. Es el portal por el que se transita de la identidad del niño-hijo a la identidad del niñoalumno. Parecida o diferente a la que vendrá luego, es una escuela, y por eso “alumnizar” al niño es tal vez una tarea central de este nivel de enseñanza. Ofrecer un marco para la gradual apropiación de la lógica de la escolaridad. Muchas han sido las investigaciones que se han realizado en las últimas décadas alrededor de este proceso en el que los niños aprenden, además de lo que se supone que la escuela les enseña, a “ser alumnos” como una clave del éxito escolar. Se han vuelto populares entre los académicos de la cultura escolar términos como “la gramática de lo escolar”, o “el oficio de ser alumno”, como expresiones que reflejan esta dimensión, por mucho tiempo ignorada, de la experiencia de los alumnos. Este aprendizaje de la “gramática escolar” 3, es decir el aprendizaje de la propia lógica de lo que significa pasar por la escuela, tiene sin embargo la particularidad de ser gradual, y de partir de un virtual punto cero. Tal vez por eso los “permisos” para el libre hacer de los docentes en este nivel de enseñanza son algo mayores en lo que se refiere al contenido y a la forma de la enseñanza. Un ejemplo de esto es el caso de las llamadas escuelas no graduadas, con sistemas alternativos de promoción, o con formas de organización del espacio diferentes: en el nivel primario, estas experiencias – muy poco conocidas y difundidas – nunca lograron imponerse, siempre fueron “experimentales”. Los mismos elementos que en el Nivel Inicial resultan cotidianos y sobre los que está “permitido” operar y experimentar dentro de ciertos márgenes, representan en cambio grandes desafíos en la escuela primaria, donde no rigen los mismos permisos.

¿Qué aprenden los niños en el jardín de infantes? ¿Cómo enseñan los docentes?
3

Tyack, D. y Cuban, L.: Tinkering toward utopia, Cambridge: Harvard University Press, 1995

Lo anterior no significa que “ser alumno” sea el único aprendizaje que los niños hacen en el jardín. De hecho, existen extensos y minuciosos documentos elaborados por distintos especialistas convocados por el Estado donde se especifican una serie de saberes que el jardín de infantes debe ofrecer a sus alumnos. Así, se establecen en relación a diferentes esferas del saber las competencias de la escuela infantil y algunas expectativas respecto del trabajo que el jardín puede hacer con los niños. Tomemos el ejemplo del lenguaje. En el jardín los chicos toman contacto con su propia forma de usar el lenguaje, y ponen en juego distintas prácticas sociales del lenguaje oral, constituyéndose en partícipes reconocidos de esas prácticas. La literatura tiene un lugar privilegiado y se acerca a todos los niños una cuidada y amplia selección de textos adecuados a sus intereses y necesidades. En ese sentido, el Nivel Inicial garantiza una rica interacción de los niños con los textos literarios y los inicia en la producción de textos, aún cuando “no sepan escribir”, pues prácticas de escritura alternativas como el dictado al adulto, la corrección compartida o las secuencias gráficas forman parte también del proceso de creación. En el caso del dictado al adulto, porque aunque los chicos no dominen el uso de los signos, pueden tomar decisiones acerca de cómo quieren que “se oiga” el texto leído, y en ese sentido están literalmente operando sobre un texto; en el caso de las correcciones compartidas es la maestra quien solicita al grupo que modifique aspectos que logren reconocer perfectibles en un texto; y en las secuencias gráficas, la función narrativa de la escritura se plasma en un lenguaje que los niños sí dominan: el dibujo. En el Nivel Inicial se abona la creencia (por otra parte, conceptualmente muy fundada) de que la lectura y la escritura son procesos que tienen mucho que ver con la experiencia cotidiana de los niños con el lenguaje y con las prácticas en las que se ven comprometidos de acuerdo al ambiente alfabetizador que se propicia en su entorno. Por eso se puso entre comillas el “no sepan escribir” unas líneas más arriba, porque el proceso de aprendizaje de la lengua escrita, como suele decir una investigadora argentina que se ha constituido en fuerte referente de esta corriente de pensamiento, Emilia Ferreiro, no comienza cuando los adultos lo deciden, sino que tiene lugar de manera continua a partir de estas experiencias cotidianas de contacto con situaciones donde se ponen de manifiesto las funciones y las posibilidades de la lengua escrita. Una pregunta que suele formularse acerca de esta cuestión es la siguiente: ¿es verdad que los chicos tienen que terminar sala de 5 “alfabetizados”? ¿qué implica esto? La pregunta nos enfrenta al menos a dos problemas. El primero es que si, como dijimos antes, la experiencia de los niños con la lectura y la escritura tiene más que ver en esta etapa con sus experiencias cotidianas que con un proceso sistemático de “instrucción”, los niños que cuenten en sus hogares con ricas experiencias de inmersión en lo que se ha dado en llamar “ambientes alfabetizados” posiblemente dominarán en gran medida las prácticas de lectoescritura, aún cuando no concurran al jardín. En el caso de concurrir, el jardín cumplirá una función de reaseguro ampliación de estas adquisiciones. La función trascendente del jardín aparece en realidad cuando los niños cuentan en menor medida con esa posibilidad en su vida cotidiana, pues su función es ocupar ese

espacio. De este modo, esta forma de entender la lectoescritura pone de manifiesto una función igualadora del jardín de infantes. La segunda cuestión es que si entendemos la adquisición de la lectoescritura como un proceso vital, no caben consideraciones acerca de “cuándo empieza” o “cuándo termina”. Ni comienza en primer grado, ni termina en sala de 5. Cada niño a su tiempo irá adquiriendo en diferentes grados y de diferentes maneras las herramientas que les ayuden a convertirse en lectores y escritores. Un uso muy sistematizado de las letras escritas, por poner un ejemplo, no vaticina una gran capacidad de organización de los textos que se vayan a producir. Actividades como la invención de canciones, el recitado de rimas y poemas, la lectura de cuentos, en cambio, son ejemplos de actividades que no suelen considerarse dentro de las que dan indicios de que un niño esté “alfabetizado”, pero que guardan íntima relación con ese proceso vital. Los documentos a los que se hizo referencia antes se denominan genéricamente “documentos curriculares”, y están disponibles en Internet para todo aquél que desee consultarlos, en distintos sitios web oficiales. En ellos aparecen referencias a distintos saberes, que se clasifican con criterios tradicionales, como disciplinas o asignaturas (matemática, música…) o bien de modos más genéricos, como es el caso del eje denominado “Indagación del ambiente natural y social”. En cualquier caso, hay una definición explícita acerca de qué y cómo deben aprender los niños respecto de los distintos lenguajes, las relaciones sociales, la naturaleza, los números y respecto de su propio cuerpo. Existen también en el Nivel Inicial grandes categorías que reúnen los aprendizajes que, se espera, los niños realicen. Si se preguntara a alguien desprevenido qué cree que los niños aprenden en el jardín, o incluso si se pregunta a los padres de los alumnos que se inician sobre las razones por las que los llevan, la respuesta usual es “para que sean más independientes y hagan amigos”. Y de hecho, las nociones de socialización y de autonomía son dos grandes “conceptos estrella” del nivel. Es raro que un documento, un texto informativo o hasta una conversación informal acerca de este nivel de enseñanza no las mencione a ambas en forma constante y recurrente. Examinemos entonces brevemente el sentido de estos términos. La socialización es el proceso mediante el cual los sujetos se vuelven progresivamente más integrados al sistema social en el que viven. Es diferente de sociabilización, término que a veces se usa erróneamente en el lugar de socialización; mientras que el primero habla de ser “sociable”, ameno, amable, de buenos modales o simpatía, el segundo habla de un proceso más profundo, de lo propiamente “social”. La socialización tiene un punto de contacto con la misión original de la escuela en nuestro país, crear ciudadanos, y tiene también un punto de contacto con temas más generales que rodean esa cuestión: la creación de valores comunes, de sentimientos de tolerancia, de respeto y de comunidad. También se relaciona con una característica propia de la edad de los niños, el llamado egocentrismo infantil, cuestión profundamente estudiada por la psicología del desarrollo y que muy esquemáticamente podría decirse que remite a cierta cualidad, normal y esperable en los niños pequeños, de contemplar el mundo desde sus propias

percepciones y puntos de vista, con una marcada dificultad en “ponerse en el lugar del otro”. En líneas generales, la socialización representa un desafío para el jardín en tanto es el primer espacio en el que los niños son pares, semejantes, y deben compartir un espacio común, rituales, objetos, adultos de referencia, etc. La autonomía, en cambio, tiene más que ver con la posibilidad de comenzar a construir algunas categorías propias para operar en ciertas esferas de la vida social. Para las corrientes psicológicas y pedagógicas que han tenido más influencia en la escuela argentina, la autonomía alude a la capacidad de tomar decisiones propias respecto de lo que está bien y lo que está mal (en el plano moral) y de lo que es verdad o no (en el plano intelectual) sin que medie premio o castigo alguno que condicione esta decisión. Desde esta perspectiva, no se está fomentando un aprendizaje autónomo cuando se priva al niño de un juguete o una golosina por haber cometido una falta, digamos empujar a un compañero, ni tampoco cuando se le premia por su buena conducta, pues lo que debe alentarse es en cambio la capacidad de obrar según convicciones propias, adquiridas por medio de la experiencia. En el jardín de infantes, entonces, se enseña de distintas maneras y especialmente a través de experiencias lúdicas. Se promueve la inmersión de los niños en ambientes que favorecen su contacto con determinados objetos y prácticas culturales. Por todo lo anterior, muchas veces se ha comparado la acción del jardín con el tipo de influencia educativa que ejerce la familia. Algunos textos de las décadas del 50 y 60 que definen, describen y de algún modo construyen a un jardín de infantes en crecimiento, sugieren explícitamente que el mismo debería ser concebido a imagen y semejanza de una familia. Un texto clásico de aquellos años, por ejemplo, se refiere a la maestra jardinera en los siguientes términos:
“por su amor, su bondad, su alegría, su sonrisa, por la gracia de su acogida, por la benevolencia con que ordena, reprende, aconseja o anima, es quien desvanece los pensamientos desagradables, tan malsanos en una comunidad”.4

La maestra jardinera – a quien en estos textos fundacionales siempre se alude sólo en género femenino – debe destacarse por “el dominio de sí misma y el equilibrio emocional” necesario para crear el “buen humor y el ambiente de alegría” que debe reinar en el jardín. Estas ideas que entrecruzan las imágenes de la familia con las de la escuela, sin embargo, atentan en parte contra la afirmación que titulaba el apartado anterior: el jardín de infantes es una escuela. La identidad de los jardines, sin embargo, aún vive dirimida entre mandatos científicos y mandatos afectivos, que reconocen su origen en uno y otro ámbito. Al ingresar a un jardín de infantes como padres, una serie de afirmaciones se nos acercan para constatar esta doble identidad. Por un lado, se proclama el lugar diferente que adquiere “el vínculo” en este nivel de enseñanza, donde construir una relación
4

Sourge y Leandri: Jardín de Infantes, Bs. As.: Laserre, 1958

afectiva se reconoce explícitamente como una condición previa a toda relación de saber. Por otro lado, sin embargo, este vínculo se atraviesa de una “metodología” desafectivizada donde la construcción del vínculo es una viñeta más dentro de un listado de objetivos específicos. Así, una enaltecida dimensión afectiva queda atrapada en esta tensión al ser colocada dentro de un mecanismo automatizado, de una tecnología de la información y la regulación de las acciones que la desdibuja como afecto. Los esfuerzos de los docentes entonces corren en dos direcciones: dar carácter técnico y fundado a sus intervenciones y “ablandar” mediante supervisiones, u otras instancias de reflexión, el afán de control, sobre los climas grupales. Aunque es muy común que se reconozca a las maestras jardineras por cualidades de personalidad que se definen en relación a las de los niños (la suavidad, la prolijidad, la paciencia, la armonía, son cualidades destinadas de algún modo a preservar los sentimientos infantiles) la emocionalidad del propio docente está en juego a la hora de construir un vínculo pedagógico. Las responsabilidades, los muchos niños reales e imaginarios que habitan ese vínculo y el “alto riesgo” psicológico que se reconoce en esta profesión dan cuenta de ello. Frente a este hecho, el Nivel Inicial ha ido construyendo, por un lado, una descripción del docente como alguien sensible, capaz de brindarse a los demás, capaz de ofrecer amor, y a la vez un esfuerzo de abstracción respecto de las necesidades de ese otro-niño-diferente, al que accede por medio de unas ciencias aplicadas, especialmente la psicología evolutiva y la didáctica. Alguien que aplica una profunda sensibilidad y entrega y a la vez posee una aguda capacidad para ver necesidades y expresiones específicas del comportamiento infantil, allí donde el ojo normal sólo ve a un niño jugando. Eso es, en esencia, un docente de Nivel Inicial.

Los comienzos del niño en el jardín de infantes Un aspecto de gran importancia en el proceso de incorporación de un niño al jardín de infantes es el tipo de política de la institución para el llamado período de inicio, o período de adaptación. Estas primeras semanas del niño como alumno deben ser objeto de profunda reflexión y cuidada planificación. Algunas instituciones, incluso, preparan documentos que explican a los familiares de los niños en forma muy detallada los fundamentos de sus políticas de iniciación de los niños a la escuela. Pero ¿cuál es el rol del adulto en la adaptación? ¿esperar fuera de la sala, o fuera de la escuela, para ser llamado sólo si hay algún inconveniente? ¿decidir junto a las docentes cómo se debe proceder? ¿acatar las “órdenes” de la maestra? La respuesta que se intentará ofrecer aquí a estas preguntas se sintetiza del siguiente modo: es preciso lograr un equilibrio entre dos fuerzas que se ponen en juego en el inicio del niño en el jardín. Por un lado, la necesidad de preservar en todo momento la “humanidad” del acontecimiento. Los niños arrancados de los brazos de sus madres en medio de llantos desgarradores no se justifican en ningún caso; los malos tratos a los niños (o a sus padres), tampoco. La otra fuerza que interviene es la necesidad (de padres e hijos) de

preservar la fuerza de su lazo, que de algún modo se ve “amenazado” por el ingreso al jardín; ya no están solos, ya no son exclusivos el uno del otro. Por eso, tampoco es esperable que una adaptación se de sin llantos, o sin límites al deseo del niño de que su familiar se quede siempre en el jardín. La cuestión es cómo ha de lograrse este equilibrio, y cuáles son las condiciones para que esto sea posible. Un buen período de inicio incluye al menos tres elementos, sin los cuales no es esperable que institución y familia cuenten con los mínimos elementos para llevar a cabo la incorporación: 1) una entrevista inicial en la que el/la docente a cargo de la sala (y no la directora, por ejemplo, pues será la docente quien tendrá trato directo con el niño) intercambia impresiones con los familiares del niño, se informa de las características del que será su alumno, y a la vez informa sobre la dinámica de la institución en general y para el período de inicio en particular; 2) un ingreso gradual, es decir, una asistencia de unos minutos que paulatinamente va incrementándose hasta cubrir la jornada escolar completa; y 3) un adulto familiar acompañante, que lentamente irá retirándose para dejar al niño con sus docentes y compañeros. Algunos comentarios acerca de estos tres puntos esenciales que, como se ha dicho, no son la descripción exhaustiva de óptimos en relación al período de inicio sino, al contrario, condiciones mínimas para su buena realización. La entrevista inicial debe ser realizada por el/la docente a cargo de la sala. Decíamos que no es conveniente que sea la directora la única persona que la conduzca pues será la docente quien tendrá trato directo con el niño, y no la directora. Es habitual en muchas instituciones que ambas, directora y docente, entrevisten juntas o por separado a los padres, lo cual constituye una buena alternativa. Pero es importante reconocer que una institución que confía en sus profesionales, les permite entrevistar a los padres de sus alumnos. Cuando sólo los directores, dueños, o directores-dueños (combinación ésta que tiende a ser poco amigable con un servicio educativo de calidad) se apropian del espacio de entrevistas preocupados por retener a posibles “clientes”, esto no beneficia al período de inicio de los niños pues impide a la maestra conocer en forma profunda y directa algunos datos que le serán sumamente útiles para optimizar la experiencia del niño en el jardín: a qué le teme, qué le gusta, de qué modo se ha hablado con él acerca de la posibilidad de empezar el jardín, qué experiencias familiares pueden estar incidiendo en su carácter, que expectativas tienen los padres y el propio niño, si ha concurrido antes al jardín. También en la entrevista se proveen datos aún más esenciales que prevendrán a la maestra de intervenir equivocadamente, como saber si viven ambos padres, si están juntos o divorciados, si está afectado por algún proceso judicial, etc. La entrevista inicial, además, da encuadre y cuidados especiales al primer encuentro con los padres, y en ese sentido define roles y formas de trato en relación a las familias, es un espacio útil para establecer acuerdos, para informar a los padres sobre la modalidad del jardín y la sala, para que las docentes puedan detectar cuestiones particulares a las que deban estar atentas. A los directivos de la institución la entrevista les permite anticipar reacciones de los padres pues en la entrevista hay comentarios

sobre el desarrollo de la propia entrevista, su clima, etc., para conocer “cómo entraron”, ver “cómo están” y avaluar la tarea de la sala en función de la observancia (o no) de cambios en los niños. Los padres tienen en la entrevista una primera impresión del jardín y alivian sus dudas, conocen a los que serán maestros/as de sus hijos/as y comienzan en ese acto a construir un vínculo con esos docentes. La entrevista es un ritual de inicio para sentirse contenidos y expresar sus temores. ¿De qué se puede hablar en la entrevista de inicio? Es muy importante que los padres sean claros, expresen todas sus dudas y que además ofrezcan a los docentes los datos que se les soliciten, siempre y cuando los deseen compartir, pero que omitan aquellos cuya indagación perciban invasiva o inapropiada. Una pregunta tristemente usual, pero claramente inadecuada, por ejemplo, es “¿fue el niño producto de un embarazo deseado?”. Además de no conducir a ningún dato procedente en lo pedagógico, es una pregunta de mal gusto y que denota, en el mejor de los casos, falta de reflexión acerca de la finalidad de la entrevista. En general, las entrevistas se estructuran alrededor de datos personales en general, datos del embarazo y del parto, en caso de adopción se piden especificaciones del aspecto legal y de la historia del niño con sus padres adoptivos, de la alimentación, el sueño y la higiene, el control de esfínteres, los juegos, la vida cotidiana del niño en el hogar, el desarrollo de su lenguaje y otros aspectos del desarrollo y la salud, se pregunta por hechos relevantes recientes (mudanzas, fallecimientos, nacimientos) y se consulta sobre la experiencia previa en instituciones escolares. El ingreso gradual del niño al jardín, así como la presencia de un adulto familiar acompañante, aunque sea un inconveniente desde el punto de vista de la logística familiar, permite ganar tiempo y facilitar las cosas. Un mal comienzo puede demandar una adaptación más larga. Los primeros momentos del niño en el jardín deben ser placenteros, aún a costa de no cumplir “las reglas del jardín”, por eso se le denomina “proceso”: no se demandará un comportamiento ajustado al niño hasta tanto no haya investido a ese espacio como un ambiente ameno, hospitalario, que pueda llegar a sentir propio. No es sencillo para los niños, y se les debe ayudar con cariño, paciencia e inteligencia. La persona que acompañe al niño puede no ser la madre o el padre. De hecho, un familiar del que resulte más sencillo separarse llegado el momento, puede ser más adecuado que la madre. En cuanto a la gradualidad, aunque depende de cada caso, se supone que un proceso de “separación” de unas dos semanas es un plazo razonable. De todos modos, hay adaptaciones en las que la presencia del adulto acompañante a partir del tercer día es un mero formalismo, y las hay donde resulta imprescindible por lo menos durante un mes. Las familias forman parte de la construcción del vínculo escuela – familia. No se trata de una política de la institución en relación a los padres de sus alumnos, ni de una característica de una comunidad que la escuela deba aceptar como dato de partida. Como toda relación, se construye con cuidado y paciencia, y con algunas reglas claras. En la teoría educativa, se tiende a conceptualizar esta relación como una “alianza”, es decir, un arreglo entre dos partes en las que ambas se benefician de algún modo de

permanecer vinculadas. Un buen modo de entender la relación entre la escuela y las familias es, entonces, comprender los beneficios, los derechos y las obligaciones de cada uno. El período de inicio es una instancia de fundación en esta alianza, y es por ello que merece atención especial. Para finalizar este apartado, hemos creído oportuno incluir un breve texto que fue utilizado en alguna ocasión para mostrar a los familiares hasta dónde efectivamente era compartida la preocupación por cómo experimenta el niño el comienzo en el jardín. Se titula Informe sobre la tierra de los gigantes5:
Me encuentro de pronto en una extraña tierra poblada por gigantes. Son tan grandes que apenas llego a la altura de su cintura si miro derecho hacia delante. He aquí un primer elemento estresante de esta exótica región: toda vez que deseo dirigirme hacia ellos debo mirar hacia arriba. Algunos gigantes, más condescendientes, se acuclillan o se sientan en el suelo para comunicarse conmigo, lo cuál me halaga y me da un poco de descanso, ya que considero suficiente esfuerzo de comunicación empeñarme en comprender su extraña lengua como para, además, quedarme con tortícolis. Los gigantes parecen estar dotados, como yo, de un innato aprecio por la libertad, aunque no se limitan a buscar la propia de la mejor manera posible sino que se han declarado mis representantes en tal tarea. Eso me da una gran sensación de seguridad y protección, pero a la vez coarta muchos de mis planes. Es tan ambiguo... la giganta más hermosa y buena, a la que he comenzado a llamar “mamá” (por sugerencia de ella y de muchos otros gigantes) dedica gran parte de su tiempo a cuidarme, alimentarme, limpiarme y llevarme a muchos lugares, de los cuáles algunos me gustan y otros no. También se ocupa de poner algunos objetos a mi disposición y retirar otros de mis manos. Ella, junto con mi otro gigante personal (al que llamo “papá”) manejan mi ajustadísima agenda, día tras día. A veces pienso: “¡no tienen derecho!” y entro en brutales accesos de ira durante los que lloro, grito y pego... pero ellos no parecen sorprenderse demasiado, porque siguen actuando igual. He dicho que esto es ambiguo, y lo es.... porque a la vez que deseo librarme de estos despóticos gigantes, me siento tan cerca de ellos y los veo tan empeñados en mí, dedican tanto esfuerzo a entretenerme y aliviar mi ajetreada existencia, que no resisto mucho tiempo sin tenerlos cerca. Por otro lado, la mayoría de los gigantes son francamente enigmáticos. Andan de aquí para allá tratando de conseguir unos papeles alargados de colores que son, al parecer, uno de sus juguetes favoritos. Siempre llevan algunos en el bolsillo y se quejan si no los tienen... sin embargo, cuando salen a la calle se detienen de tanto en tanto y se los dan a otros gigantes (los que regalan cosas...) Otro aspecto enigmático de los gigantes es su extraña conducta higiénica. Créanmelo: ¡no usan pañales!, sino que dejan tanto el pis como la caca en el baño. El gigante “papá” coincide conmigo, creo, en lo poco práctico de este procedimiento. Suele decirle a mamá “¡cuando vas a salir del baño!” si ella se queda allí mucho tiempo. Recientemente sucedió algo muy irregular. Los gigantes “papá” y “mamá” me llevaron a un lugar plagado de juguetes, de comida muy rica, de otros gigantes ridículamente vestidos con túnicas azules a cuadritos... y de muchos otros seres normales (no-gigantes, como yo). Califico esta visita al “jardín” (así se llama, aunque no hay ninguna planta) de “irregular” porque es a la vez buena y mala. Buena, Nota del Autor: Escribí este texto cuando era maestro del jardín maternal del Colegio de Abogados de la Capital Federal, y fue utilizado durante las reuniones del inicio de varios ciclos lectivos para abrir la planificación compartida de este período con los padres de los alumnos.

porque todo lo que hay allí es fascinante, y está pensado para gente normal como yo: juegos y juguetes, cosas graciosas, canciones, gigantes que siempre se agachan, y hasta comprenden bastante bien mi idioma. Y mala, porque inexplicablemente mis gigantes personales insisten en dejarme allí solo, e irse. Al principio se quedaron un rato. Luego me dijeron que tenían que ir a trabajar (como si no fuera suficiente trabajo atenderme a mí...) y comenzaron a dejarme solo con los demás seres normales y con los gigantes que se agachan y cantan. Con el tiempo me fui acostumbrando, pero al principio, cuando se iban, no tenía la certeza de que fueran a volver. Aunque los gigantes del jardín me dijeran que luego volvían... ¿quién puede confiar en alguien al que aún no conoce del todo? Y la idea de perder a mis gigantes personales... francamente me aterroriza. Aunque se agachen y canten, los gigantes del jardín no son ni la mitad de buenos que los míos: están repartidos entre una docena de otros no-gigantes, y sólo me prestan atención de a ratos. Con respecto a los otros no-gigantes (ellos nos llaman “nenes”), es extraño convivir con ellos. Cada uno parece tener gigantes personales... ¡ y todos se llaman como los míos!: “papá” y “mamá”. Y no soy el único que los extraña. A la hora de salir, luego de saludarnos cantando (el idioma de los gigantes que se agachan es, básicamente, musical) vamos a la puerta y un verdadero bosque de piernas y carteras indica que la manada de gigantes-papá-y-mamá ha llegado a buscarnos. Charlan un rato (en las alturas) con los gigantes del jardín y parecen muy contentos de encontrarnos, como si también ellos se aterrorizaran ante la idea de separarse de nosotros. Después de eso vamos a casa y todo sigue más o menos igual. Un gigante que se llama “tío” me dijo (agachado y en mi lengua) que algún día yo voy a ser gigante como ellos. ¡Qué loco el tío, ¿no?!

¿Cómo trabajan los docentes en el jardín de infantes? Una rápida mirada sobre la bibliografía práctica del Nivel Inicial (manuales y distintos textos de didáctica utilizados en el profesorado, documentos curriculares oficiales, etc.) permite identificar algunas categorías que funcionan como ordenadores de la tarea docente en el jardín de infantes. Estas categorías son: el tiempo, el espacio, el orden, el equilibrio, la jerarquía y la pertinencia. Estos serían, en una ajustada síntesis, elementos que habitualmente se toman en cuenta a la hora de diseñar y evaluar las prácticas de las maestras jardineras. Aunque esta enumeración pueda parecer algo amplia, el modo en que se define cada elemento da cuenta clara del marco en que se piensan las estrategias docentes. • El tiempo, se refiere a la duración óptima que se espera de una propuesta en el aula, y también a sus distintos momentos (generalmente se busca un inicio, un desarrollo y un cierre de cada actividad). Se refiere además al momento oportuno del día, de la semana o del año en que la propuesta debería ser ofrecida. Los docentes del jardín de infantes están muy atentos a todas estas características de las actividades vinculadas al tiempo, y organizan sus juegos en secuencias, o en itinerarios plasmados en minuciosos cronogramas. La variable espacio aparece vinculada a la disposición de los materiales, al uso de los ambientes y dimensiones disponibles, a la previsión de un dispositivo donde

cada alumno tenga su lugar, y a una posición grupal como puede ser una ronda, una fila, etc. Muchas veces la metáfora que mejor describe el espacio de la enseñanza en el jardín es la idea de “escenario”, es decir, la disposición cuidadosa de un espacio en el que se incorporan posibilidades que el juego asumirá y que favorecerán ciertos aprendizajes. En ese sentido, el espacio es objeto de mucha atención por parte de los/as docentes del jardín de infantes. El orden se refiere a los dos sentidos de la palabra: a la práctica disponibilidad de materiales dispuestos en forma cómoda y accesible (tener todo a mano antes de empezar), y a la óptima ordenación en secuencia de las propuestas, encadenadas unas con otras. En ese sentido, la jerarquía tiene que ver con la mayor importancia de unas respecto de otras, lo cuál está sujeto a los objetivos que se persigan con la propuesta, y la siguiente variable, la pertinencia. Si bien es una variable de amplísima interpretación, la pertinencia es en general entendida como pertinencia respecto de la edad y nivel evolutivo del grupo de niños. El equilibrio, finalmente, sería una variable aplicada a una visión a más largo plazo, semanas o meses, en la que se contempla la presencia de elementos de distintas áreas de conocimiento, sin excesos ni ausencias de unas u otras.

En general se espera de las llamadas estrategias del docente que estén atravesadas por estas variables. Son esas estrategias las que deben ser puntuales, pertinentes, equilibradas, etc. De todos modos, los términos en que los docentes formulan su tarea, son los términos de las llamadas “variables didácticas”, entre las que pueden destacarse: a) los objetivos de cada actividad, cada juego propuesto, cada proyecto emprendido, b) los contenidos, es decir, aquello que mediante cada actividad se propone enseñar, c) las actividades propiamente dichas, su estructura, sus etapas, sus fundamentos, y d) la evaluación, es decir la constatación de que, efectivamente, tal actividad tuvo el efecto de dar la oportunidad de aprender tales contenidos. El equipo de un jardín de infantes normalmente dispone de momentos de supervisión y discusión acerca de su tarea. Coordinadores, psicólogos o directivos mantienen con alguna frecuencia reuniones en las que se conversa sobre los avances del grupo en relación a los distintos ejes de trabajo. Por ejemplo, una maestra de la sala de dos años posiblemente conversará en esas reuniones acerca del control de esfínteres, la adquisición del lenguaje o las dificultades surgidas de situaciones en las que los niños se muerden unos a otros. Una maestra de sala de 5 años, lo hará en relación a los progresos en la lectoescritura, a los juegos dramáticos o a los dibujos de los niños. Si se trata de una institución abierta y con carácter participativo, además, todos utilizarán esos y otros espacios para proponer cambios o modificaciones en la dinámica de trabajo de la institución. Es habitual que las escuelas instituyan algunas actividades a lo largo del año y unifiquen criterios entre los distintos docentes para asegurar su realización más menos homogénea. Campamentos, realización de producciones plásticas (murales, banderas)

para participar de eventos institucionales (exposiciones, actos, representaciones). En fin, una parte importante de la vida escolar de los niños se rige por la idiosincrasia de la docente a cargo del grupo, y otra parte por las características de la institución. Podría decirse que una institución que articula óptimamente las individualidades valiosas de sus educadores y las propuestas de trabajo en equipo, es una institución que ha vencido uno de los mayores desafíos que puede proponerse un jardín de infantes. Un exceso de institucionalismo y trabajo en equipo “impuesto” se evidencia en un clima enrarecido, docentes presionados e incómodos y padres tratados como clientes. Por el contrario, un déficit de cohesión al interior de la escuela se evidencia en contradicciones, descuidos y falta de comunicación.

¿Cómo es una jornada típica en un jardín de infantes? Aunque cada escuela tiene sus características, si se pidiera a cien docentes de Nivel Inicial que relataran una jornada típica en el jardín de infantes posiblemente coincidirían bastante en la mayor parte de los aspectos descriptos. La resultante sería más o menos lo que sigue: Los niños ingresan a medida que van llegando al jardín y son recibidos en un espacio común (hall, patio) por una maestra “de turno” o por una auxiliar designada a tal efecto. A la hora prevista, se reúnen todos, cada uno próximo a su maestra y compañeros, alrededor de la directora, de una maestra o de la bandera, y se saludan con rimas, canciones o algún otro tipo de ritual. Concluido este sencillo y cotidiano ritual de encuentro, cada grupo se dirige a su sala. La primera actividad en la sala suele ser la ronda de encuentro, o intercambio inicial, generalmente en el sector de la alfombra6en la que la maestra recibe los cuadernos de comunicaciones, coordina un diálogo grupal que sirve a los niños para ponerse al tanto de sus novedades, ver cuántos vinieron y cuántos faltaron (instancia que la maestra aprovecha para enseñar contenidos del área de matemática) y hacer observaciones acerca del clima del día y las actividades que luego se realizarán. La siguiente actividad puede realizarse en el sector de mesas. Aún en la ronda de intercambio, la maestra ofrece una consigna, digamos por ejemplo: “hoy vamos a usar unas hojas parecidas a las que usamos ayer, pero las vamos a pintar con pinceles más finos, y usaremos tres colores en la paleta”. Los niños se ubican en las mesas, la maestra (y algún niño que colabora con ella) 7 distribuye los materiales, y comienzan a trabajar. A medida que concluyen van poniendo sus trabajos a secar en un sector designado para ello, y luego de lavarse las
Una sala admite diferentes formas de organización espacial, pero suelen distinguirse al menos tres espacios definidos más o menos inalterables: el sector de intercambio (una alfombra o colchoneta donde los niños se sientan en el piso, en una ronda, donde suele haber un pizarrón, banda numérica, y otros objetos típicos); el sector de mesas, donde los niños trabajan en pequeños grupos de aproximadamente cuatro integrantes, y los rincones, pequeños escenarios de juego dispuestos alrededor de la sala con diferentes materiales. Hay un rincón de “construcción”, un rincón de “juego dramático”, de “biblioteca”, etc. El “ayudante” o “secretario”, puesto siempre deseado por los niños y que a veces se ocupa como premio al buen comportamiento. Otras veces la maestra realiza un registro de quiénes han sido secretarios, que es excusa para utilizar didácticamente esquemas de registro y practicar la escritura del nombre de cada uno.

manos se ubican en el sector de la alfombra a la espera de que sus compañeros terminen. Esta espera a veces se realiza mirando un libro o jugando con algún material. Lo siguiente puede ser una salida al patio, en la que aunque muchas maestras realizan actividades y juegos organizados, lo más habitual es que los niños jueguen solos, entre ellos, con las instalaciones con que allí cuenten (toboganes, trepadoras, etc.) o con aros, pelotas, etc. Este “juego libre” dura entre quince y treinta minutos, a veces un poco más, y luego se regresa a la sala. Si no hay una materia especial (Música, Educación Física) la siguiente actividad de la sala puede ser musical o literaria (cantar canciones, contar cuentos, mirar libros) o una actividad específica del proyecto o Unidad Didáctica que se esté desarrollando en la sala. Supongamos que el proyecto en curso gira en torno al tema de las cartas, la actividad – una de las tantas que componen las secuencias del proyecto - podría ser descripta por la maestra del siguiente modo: “Para hacer la carta nos sentamos en la mesa y mientras la docente se ocupa de escribir en una hoja pegada a la vista de todos, la auxiliar ayuda al grupo a dictar la pequeña frase. Una vez escrita, se lee ¿quedó bien? Hacemos chistes que evidencian (desde el ridículo) el propósito de la carta en relación al contenido, por ejemplo, si estamos invitando a Lili a merendar, decimos que vamos a escribir “Lili ¿querés sacar a pasear el perro? De ese modo, en código de juego, estamos estableciendo un criterio de selección de contenido apropiado para la carta, que debe ser corregido o negado por los chicos. Luego confeccionamos y pintamos un buzón para jugar y para recibir cartas que nos manden compañeros de otras salas. En el juego dramático, incluimos sobres, papeles y crayones, además del buzón. Antes de retirarse a la casa, revisamos en el buzón y las cartas que sean “para mamá”, etc. se las llevan para entregarlas. Mandamos una carta a casa: a) observamos entre todos por la ventana de la sala ¿hay algún buzón en la calle? Uno de los docentes sale a la calle y se para junto al buzón, mostrándoselo a los chicos/as. b) escribimos la carta, dibujando y dictando. c) entregamos la carta a la maestra, que la lleva al buzón de la calle, previamente le pegamos las estampillas del correo. Lo anterior es un ejemplo de una serie de actividades centradas en una temática de proyecto. Muchas veces las maestras desarrollan proyectos sobre temáticas específicas. Hay diferentes criterios para elegir esas temáticas; aunque no nos detendremos en ese aspecto, digamos que se basará centralmente en los intereses y características de los niños, las orientaciones curriculares, y el proyecto de la institución, además de las inclinaciones de la docente y los recursos disponibles. La jornada suele finalizar con una ronda en la que la maestra reparte los cuadernos, ayuda a los niños a abrigarse, se realiza un ritual de despedida, en general con canciones o juegos, y se dirigen a la puerta, donde los familiares

esperan a los niños. En estos minutos tienen lugar breves pero importantes momentos de intercambio entre docente y padres, que se ponen al tanto informalmente de cuestiones cotidianas referidas a los niños. La intención del relato fue ilustrar en forma muy gráfica la secuencia de experiencias que vive el niño en el jardín desde que ingresa, hasta que se retira. Las variaciones entre jardines pueden ser muy importantes, de modo que esta descripción no representa un modelo universal, pero como se ha dicho, si es un modelo posible y bastante habitual, en base a cual (y a veces en contra del cual) los docentes idean su jornada escolar. La mejor manera de acompañar a los niños en el jardín de infantes, desde la posición de familiares comprometidos con la escolaridad de los niños, es conociendo lo que allí hacen, eligiendo, cuando esto es posible, una institución acorde a las necesidades y preferencias del pequeño, y acompañándolos cotidianamente con una actitud de disponibilidad, es decir de disposición para dar respuesta a posibles dificultades, sin exceder en la medida de lo posible los espacios y momentos que la maestra ofrece para participar. En muchas ocasiones a lo largo del año el jardín requerirá la participación de los padres. Es muy posible que esas convocatorias no satisfagan las necesidades de participación de todas las familias. Para algunos resultará incómodo y tedioso “ausentarse del trabajo para ir a jugar con pañuelos rodeado de niños y maestras aniñadas” (así lo expresó alguna vez un padre enojado con la convocatoria), para otros será insuficiente y pretenderán participar tomando decisiones acerca del propio funcionamiento escolar, otros se contentarán con participar poniendo sus fotos en la “carpeta viajera”… Vale la pena tener en cuenta que, más allá de la positiva prosecución de un buen vínculo docente-padres, para las docentes, interpretar los grados y modos de participación de las familias es una tarea habitual y a veces excesivamente sobreestimada. Lo verdaderamente importante es que las familias sean solidarias con la construcción de la identidad de sus niños como alumnos, y los ayuden a hacer de esa construcción un acto creativo, libre de contradicciones, que alivien los pesares que inevitablemente esa condición a veces conlleva, y que disfruten junto a ellos los placeres y alegrías que también invariablemente depara.

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