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© Chandra Atkinson, 2017
© EDITORIAL DESCLÉE DE BROUWER, S.A., 2017
HENAO, 6 - 48009 BILBAO
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ISBN: 978-84-330-3807-4

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A mi madre, con la que todo empezó, y a mi hija Chantelle,
con la que todo continúa.

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Agradecimientos

Quisiera expresar mi gratitud a aquellas personas que desde que comencé a


escribir este libro me han ayudado a hacerlo realidad.
Un enorme agradecimiento a mi hija Chantelle con la que pude desarrollar mis
habilidades como madre y acabé interesándome por el tema de este libro, así
como por su cariño y ánimo que me inspiró a lo largo de todo este proyecto.
También un agradecimiento muy especial a Juan Lucas Onieva que ha
colaborado conmigo corrigiendo y editando el libro, acompañándome y
animándome con sus comentarios, así como contribuyendo con muchas horas
de trabajo, y que ha sido esencial para la finalización de este proyecto. A
Inmaculada Márquez que se prestó a ilustrar el libro para hacerlo mucho más
atractivo y divertido. A Elena Garralda, profesora de psiquiatría, por sus
consejos, recomendaciones y su excelente prólogo. Y a Inmaculada, dueña de la
Librería Lafer en Málaga, que me animó a escribir el libro.
Agradecer también a todos los padres, con los que he tenido la oportunidad de
trabajar durante muchos años, y que han compartido conmigo sus dificultades,
problemas e inquietudes familiares.

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Prólogo

Nuestra sociedad está cada vez más concienciada de la importancia de cuidar la


salud mental de los niños. Mientras que la salud física infantil ha mejorado de
forma evidente gracias a todas las investigaciones y avances realizados a lo
largo del siglo pasado, la estabilidad emocional de los niños hasta su etapa
adulta es ahora un tema prioritario en los países más desarrollados. Hoy en día,
un alto porcentaje de madres trabajan, las familias tienen menos hijos, y las
expectativas con respecto a los niños (físicas, educativas y sociales) son cada
vez más altas. Al mismo tiempo que se ha demostrado que la salud emocional y
mental de un niño contribuye de forma significativa a su desarrollo, la manera de
educar a los hijos es un factor de gran relevancia para su salud mental.
Se ha sabido que la forma en que los padres atienden las necesidades físicas y
emocionales de sus hijos, así como el uso de la disciplina para ayudarles a
adquirir hábitos sociales adecuados, ejercen una influencia substancial sobre el
desarrollo emocional, social e intelectual de sus hijos. De manera que los
hábitos adquiridos en la infancia temprana dejan su sello en el desarrollo
psicológico y mental posteriores, hasta llegar a la vida adulta. Los recientes y
rápidos cambios que se están produciendo en ámbitos familiares y sociales se
están convirtiendo en un reto para los padres en la tarea de educar a sus hijos.
Ya no les sirve, como en el pasado a sus padres, de aquel conocimiento
adquirido a través de la experiencia.
Por ello, en las últimas décadas, investigaciones empíricas han estudiado y
desglosado aquellos componentes de la educación que ayudan al buen
desarrollo mental infantil y, por contrapartida, los métodos y hábitos que
empeoran el desarrollo y los problemas de la salud mental infantil y juvenil. Lo
cual ha dado como resultado la puesta en práctica de técnicas educativas que
mejoran los problemas psicológicos y psiquiátricos de aquellos niños que han
sido supervisados en clínicas de salud mental, y que a su vez ha servido para

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promocionar la salud de la población infantil y juvenil.
Este libro refleja los conocimientos y la práctica de una profesional con largos
años de experiencia en el manejo y tratamiento de niños y familias que acuden a
los Servicios de Salud Infanto-juvenil en el Reino Unido, describiendo principios
que son útiles tanto para estos niños y familias como para cualquier padre y
madre que, deseosos de mejorar el comportamiento de sus hijos, contribuirá a
su bienestar físico y mental, así como a mejorar sus aptitudes sociales.
El libro está escrito de forma clara y amena, es muy revelador al mismo tiempo
que sencillo e interesante de leer. Contiene múltiples ejemplos que acercarán a
los padres y a los profesionales de la educación a estos temas de forma
inmediata y práctica y, seleccionando al final de cada capítulo, las ideas más
importantes para su inmediata aplicación.
La lectura de este libro les será muy útil a aquellos padres y madres
comprometidos e interesados en utilizar principios básicos, fundamentales y
consistentes que les pudieran servir para cuidar y educar a sus hijos y lograr en
ellos un desarrollo emocional y mental saludable. También, ayudará a aquellos
padres de niños con graves problemas de disciplina y que presentan dificultades
emocionales, de comportamiento o mentales.
Es un placer recomendar este libro para todos aquellos interesados en la
educación de los niños.
Elena Garralda Hualde
Emeritus Professor of Child and Adolescent Psychiatry
Imperial College London and CNWL NHS Foundation Trust, London, UK

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Dinámicas de pareja

Cuando una pareja de​​cide tener hijos han de ser conscientes de que están
entrando en una nueva etapa o fase de su relación, con nuevos retos y
desafíos, con momentos de estrés y de alegría. El primer cambio importante que
se produce es que ya no serán solo dos adultos los que tomen las decisiones
sino que a partir del nacimiento de su nuevo hijo su relación cambiará así como
la forma en la que han vivido hasta el momento. La relación de la pareja suele
fortalecerse aún más gracias a esa sensación de formar parte de una familia y,
junto al deseo de cuidar unos de otros, sus miembros deberán aceptar sus
diferencias y roles para la adecuada convivencia. Ahora no solo deberán
cuidarse sino que tendrán que atender las necesidades del bebé al mismo
tiempo que se aseguran de tener tiempo para ellos. Por ejemplo, para ver una
película después de acostar al bebé, disfrutar de una conversación o quedar
con amigos con los que dialogar de temas de adultos.
Cuando una pareja tiene su primer hijo suele pasar por una fase de adaptación,
ya que dejan de ser hijos para convertirse en padres, perdiendo parte de su

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identidad y tomando otra nueva, ya que ahora son responsables de la vida de
otro ser humano. Las madres suelen ser las que sufren más cambios ya que no
solo son de tipo físico sino también psicológico, ya que ahora es además la
madre de Chantelle. Sobre todo durante los primeros meses de la vida del bebé
suelen sentirse más vulnerables ya que se sienten muy unidas a él, ocurriendo
una sobre identificación con el bebé lo cual es natural. Se trata de una etapa en
la que la mujer suele desarrollar subconscientemente el deseo de querer cuidar
y proteger a su familia.
El período de gestación trae sus propios desafíos y suele generar en los padres
bastante ansiedad, ya que suelen estar preocupados por si el bebé se está
formando adecuadamente y no presenta ninguna enfermedad. Durante los
primeros meses después del nacimiento hay padres que suelen sentirse
excluidos de esa nueva relación entre la madre y el bebé, que suele ser muy
intensa e íntima. Mientras el recién nacido suele reconocer principalmente a la
madre por el olor y por ser quien lo amamanta, la madre no se separa de él para
tener cubiertas todas sus necesidades. Otro desajuste importante en la pareja
es el cansancio y la falta de sueño, de manera que deben acomodarse a la
nueva situación estableciendo rutinas, tanto para el bebé como para ellos. Por
ejemplo, sería importante que los padres piensen en cómo recuperar el sueño y
descansar. Los nuevos padres podríais llamar a un familiar que os ayude, o bien
entre vosotros ir turnándoos para que el otro descanse bien, y así no os sintáis
tan agotados durante el día.

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En los casos en los que una madre sufriera de depresión postparto el papel del
padre es fundamental ya que puede ayudar a regular la relación entre la madre
y el bebé, siendo de gran apoyo para la madre que tanto lo necesita. Por cierto,
los padres también pueden sufrir depresión postparto, aunque es un tema del
que no se suele informar ni hablar. En este estado de depresión las madres
tienden a sentirse culpables porque en vez de estar contentas están tristes y
deprimidas, se sienten solas y aisladas con un bebé que necesita de una vida
llena de rutinas y con el que estará a solas en casa durante muchas horas del
día. Sobre todo actualmente y como consecuencia del mundo global en el que
vivimos, muchas madres no suelen tener a sus familiares cerca para ayudarlas,
apoyarlas y orientarlas en todo lo relacionado con el cuidado de su nuevo hijo.
Las parejas reconocen que durante los primeros meses suelen surgir conflictos
relacionados con el nacimiento del bebé. La madre, por ejemplo, puede sentir
que el padre disfruta más porque no tiene que estar en casa esperando a cubrir
las necesidades del bebé, ya que puede ir a trabajar y se relaciona con otras
personas adultas, mientras ella se queda en casa, sola y cumpliendo con las

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interminables rutinas que implican cuidar a su hijo. Se puede dar el caso que
cuando el padre llega a casa la madre vea en él el relevo que necesita para
conectar con otro adulto, y él, que quizás no ha dormido bien la noche anterior y
ha estado trabajando todo el día, quiera descansar nada más llegar a su casa.
De esta situación pudieran surgir conflictos, ya que tanto el padre como la
madre están pensando en sus necesidades, esperando que el otro haga aquello
que tanto necesitan ellos.

Por todo esto, es importante que la pareja se ayude cada día, comunicándose
de forma constante y hablando de cómo les fue el día a cada uno, cuáles fueron
sus logros y desafíos y, lo que es igualmente importante, escucharse para saber
cómo ayudar al otro. A medida que la pareja vaya asentándose en esta nueva
etapa de sus vidas podrán mejorar su relación poco a poco, cuando vayan
estableciendo rutinas y el bebé se vaya acomodando a estas. La madre y el
padre pueden implementar gradualmente el estilo de educación con el que criar
a sus hijos. Hay veces que las desavenencias en este sentido pudieran
enturbiar la buena relación de la pareja. Por ejemplo, se puede dar el caso en el
que uno de los padres sienta que es el “experto” y tenderá a criticar y poner en
duda lo que haga su pareja. En estos casos es muy importante dialogar y tratar

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de desarrollar un estilo común de educación en el que cada uno tenga su papel
ayudándose y reconociendo los puntos fuertes de cada uno, por ejemplo, que
ambos acepten que cada uno tiene su propio estilo y que a veces es
simplemente una cuestión de hacer las cosas de forma diferente, y no por ello
se está incurriendo en un acierto o en un error.
Los padres deben tener cuidado de no tratar sus desacuerdos y discusiones
sobre la educación de sus hijos delante de ellos, han de hacerlo aparte y ofrecer
una imagen de unión. Y es que hay veces que la disciplina se polariza en la
pareja y uno se convierte en el “bueno” y el otro en el “malo”. Mientras el
comprensivo trata de complacer a sus hijos con límites poco claros o
rompiéndolos, el otro miembro de la pareja se ve en la obligación de disciplinar,
imponer castigos y establecer las consecuencias de sus actos de los hijos. Se
dan casos en los que hay padres que comparten de forma natural los roles
antes citados, y puede que les funcione bien. Pero hay padres a los que no les
gusta el rol o el papel que se ven obligados a realizar, como ser el “malo” de la
familia, lo cual puede derivar en rabia o frustración hacia su pareja. Otros padres
tienden a competir entre ellos para demostrar quién es mejor, y se inclinan a ser
más comprensivos de lo que realmente quisieran, y permiten que sus hijos se
eduquen con poca disciplina, lo que no es bueno para los hijos.

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La economía suele ser otro tema con el que las parejas suelen sentir estrés y
discutir entre ellos. No es algo propio de las parejas con recién nacidos ya que
actualmente en la economía hay envueltas muchas emociones que surgen del
subconsciente y que no están motivadas por cuestiones de dinero. Por ejemplo,
dependiendo del rol que haya tomado cada miembro de la pareja, uno de ellos
pudiera estar esperando que el otro actúe de manera contraria a la suya. Si por
ejemplo un padre tiende a ser muy dadivoso con sus hijos ofreciéndoles
caprichos y regalos continuamente, esperará que la madre actúe de forma
contraria, y así lograr cierto equilibrio con este tema. De igual forma, la
economía puede afectar a la autoestima de los padres si se mide el amor
dependiendo de lo que aporte cada uno a la familia. La economía familiar
también suele verse negativamente influenciada por el tipo de vida y la presión
social que se experimenta diariamente, ya que se valora más todo lo que es más
caro, y las celebraciones de eventos o festividades suelen implicar un mayor
gasto sin que exista una razón lógica para ello, en muchos casos para aparentar
tanto en bodas, como viajes, cumpleaños o fiestas.
Con el nacimiento de un bebé la economía de la pareja se resiente, sobretodo
porque los padres quieren que sus hijos tengan lo mejor. Que el padre y la
madre tengan su propio sistema para organizar los gastos familiares puede ser
un problema, por lo que es necesario que se pongan de acuerdo y establezcan
cómo van a repartir los ingresos de forma proporcional a sus gastos, cubriendo
todas las necesidades de la familia. Hay países en los que las madres trabajan
menos horas porque deciden cuidar del bebé, de manera que tienden a ser más
dependientes de sus parejas y sienten que no se están desarrollando
económica o profesionalmente como les gustaría. Por otro lado, los padres
pudieran sentir cierta presión para proveer a su familia de todas sus
necesidades y verse sobrecargados por la responsabilidad que esto conlleva.
Para evitar tensiones y estrés en el seno familiar por este asunto, es importante
que haya una buena comunicación en la pareja y que ambos estén de acuerdo
en una misma forma de educar y de organizar los gastos familiares, lo cual sería
un buen comienzo para una convivencia estable y armoniosa.

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Recomendaciones

1. Los miembros de la pareja debéis ser pacientes y apoyaros mutuamente, siendo


conscientes de que el nacimiento de un hijo implicará reajustes y cambios, por lo
que será esencial que os escuchéis y respetéis.
2. Permitid que os ayuden vuestros familiares y amigos, para así poder descansar y
disfrutar de ese tiempo de pareja o a solas que tanto necesitáis.
3. Mantener una comunicación abierta y sincera en la pareja será indispensable para
tratar todos los posibles conflictos que vayan surgiendo con el nacimiento de un
nuevo miembro de la familia. Por ello, es importante que os respetéis y os pongáis
el uno en el lugar del otro.

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Vínculos afectivos

Desde que somos pequeños estamos estrechando vínculos afectivos con todas
aquellas personas que forman parte de nuestro entorno, de manera que
logramos comprender el ambiente en el que vivimos, nos sentimos seguros,
confiamos en los demás y nos vamos conociendo a nosotros mismos. Los
vínculos afectivos existen igualmente en las relaciones entre padres e hijos, con
los amigos más cercanos, y por supuesto, en las relaciones de pareja. Este tipo
de relaciones se caracterizan por la confianza, el cariño y un fuerte sentido de
protección. En el caso de las familias, los padres tienden a establecer vínculos
afectivos con sus hijos a través de sus cuidados, gestos de cariño y pasando
tiempo juntos. Son sobre todo los bebés quienes necesitan más tiempo para que
los calmen cuando se sientan incómodos o estén llorando y les transmitan
seguridad y protección. Ya durante el embarazo, cuando el bebé está en el
útero, se comienza a establecer un fuerte vínculo con su madre, y al nacer
suelen reconocerla por el sonido de su voz y su olor.

Es muy común, sobre todo en bebés recién nacidos, que cuando se sientan mal
o ansiosos transmitan esa sensación a su madre, y ella acabe sintiéndola,

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pudiendo entender qué le pasa al bebé y calmarlo. Es una de las formas más
primitivas de la comunicación entre padres y bebés. Seguramente en muchas
ocasiones habréis sentido un alto nivel de desesperación al ver a vuestro bebé
llorando desconsoladamente, ya que ha logrado transmitiros exitosamente lo
que sentía, y vosotros habéis acabado sintiendo lo mismo. Desde el momento
en el que un bebé nace está tratando de establecer los primeros vínculos
afectivos con su madre, esenciales para su adecuado desarrollo emocional y
social. Al nacer, y durante los primeros 45 o 90 minutos, el cerebro de un bebé
se encuentra en estado de alerta, dispuesto a percibir cualquier estímulo.
Semanas después podemos comprobar cómo tratan de imitar los gestos de
nuestra cara para comenzar a establecer vínculos comunes. Hay padres que
comienzan a sentir ese vínculo o conexión a los pocos minutos de nacer el bebé,
pero hay otros que tardan días e incluso más tiempo. Al igual que hay madres
que al nacer su hijo no quieren separarse de él ni un segundo, hay otras que se
encuentran tan agotadas después del parto que están deseosas de que el padre
u otro familiar se haga cargo del recién nacido mientras ellas se recuperan física
y emocionalmente. Otros padres, por circunstancias personales o emocionales,
llegan a sentir al bebé como si fuese un extraño con el que necesitan pasar
bastante tiempo para conocerlo y crear ese vínculo afectivo. Sea cual sea el
tiempo que necesite cada padre o madre para establecer esa relación esencial
con sus hijos, hay que respetarla y no precipitarla.

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Hoy en día tenemos a nuestro alcance gran cantidad de información que trata
de asesorarnos, aconsejarnos y aportarnos ideas sobre cómo criar a nuestros
hijos. Suele provenir de nuestros propios familiares como de pro​fesionales, y
que puede hacer sentir incómodo a los padres si perciben que no están
preparados o que no son los adecuados para cuidar de sus hijos, mermando la
confianza en sí mismos. Hay madres que también pueden llegar a sentir mucha
presión si no establecen rápidamente un vínculo afectivo con sus hijos,
forzándose a sentirlo aun cuando no están preparadas. En vez de permitir que
surja de forma natural se está dejando influenciar por el entorno y
preocupándose de forma excesiva por la presión externa, ya que otras personas
de su entorno tenderán a decirle cómo debe actuar y sentirse cuando realmente
cada persona necesita su tiempo para sentir de manera diferente las cosas. Por
ello es importante abandonar todos aquellos pensamientos que nos condicionan
a ser las madres y padres perfectos, sobre todo en las parejas primerizas.
No es aconsejable que los padres y madres forcéis vuestras emociones, es
mucho mejor que os permitáis establecer una relación con vuestro nuevo hijo a
través de situaciones placenteras, en un lugar relajante y tranquilo donde no
haya personas valorando y juzgando vuestra forma de comunicaros con él.
Establecer vínculos afectivos con un bebé puede resultar complicado y
estresante para lo que algunos padres necesitarán bastante tiempo. En esos

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casos lo importante es que sepan que no deben acelerar lo que de forma natural
va a suceder, de manera que no debéis permitir que otras personas opinen
sobre vuestra inexperiencia o falta de instinto maternal o paternal, ya que no va
a ayudaros a establecerlo sino que puede incluso complicar este proceso aún
más cuando en realidad es algo que se adquiere con el tiempo. Hay padres que
establecen vínculos afectivos con sus hijos de forma inmediata, a pesar de que
por circunstancias han tenido que estar separados de ellos durante los primeros
días de su nacimiento, lo que demuestra que no es imprescindible que esa
relación emocional se produzca en los primeros días y si no haya un daño
permanente.
Cuando se alimenta a un bebé estamos facilitando que se produzca ese vínculo,
no solo a través del contacto físico sino cuando les miramos fijamente a los ojos.
Otra forma de fomentarlo es masajeando al bebé, ya que el tacto y las caricias
son fundamentales para su desarrollo y les encanta. Cuando se acostumbran a
la rutina del masaje suelen levantar ellos mismos sus piernecitas para que los
masajeemos, por lo que sería importante estar informados sobre cómo dar
masajes a los bebés y conectar física y emocionalmente con ellos con esta
práctica. El hecho de que los padres, a diferencia de las madres, no tengan una
relación física y directa con el bebé más allá de sentir las pataditas en la barriga
de la madre suele influir en el desarrollo de este tipo de vínculos. Aun así,
actualmente muchos padres están mucho más concienciados en formar parte
del cuidado del bebé, informándose, yendo a cursos sobre el parto con sus
esposas y solicitando el permiso por paternidad. Al nacer el bebé el padre siente
que ya puede relacionarse independientemente con su hijo y establecer fuertes
vínculos emocionales con él sin necesidad de que la madre esté presente,
involucrándose en todos los aspectos de su vida cambiándole los pañales, al
bañarlos, dormirlo, calmarlo cuando están incómodos, dándole el biberón o
jugando con ellos. Todas estas actividades y otras muchas más suelen facilitar
la relación entre padre e hijo, conociéndose más y mejor cada día.

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Al principio la madre y el bebé suelen pasar bastante tiempo juntos, sobre todo
si le da el pecho, pero si ha decidido darle el biberón el padre también podría
participar en el proceso de nutrición, particularmente si la madre está muy
cansada. No solo será de gran ayuda para ella sino que el padre estará
propiciando una mejor relación con el bebé. Al nacer su primer hijo hay padres
que reaccionan de manera muy diferente, algunos se sienten conmovidos,
alegres y muy agradecidos al ver a su hijo con sus dedos tan pequeñitos, sus
uñas, las facciones de su cara y sus piernecitas tan pequeñas. En cambio, otros
padres suelen sentirse aturdidos tras presenciar el parto, sienten miedo del
bebé, de su fragilidad, de poder hacerles daño sin querer, y se distancian de
ellos. Hay quienes sienten celos de su nuevo hijo y se sienten desplazados al
creer que no están recibiendo la adecuada atención de su pareja. A este tipo de
padres les puede llevar un tiempo procesar estos sentimientos y comenzar a
crear nuevos vínculos afectivos con sus hijos. Al percibir este rechazo del padre
hacia el hijo hay madres que suelen recriminárselo, sin darse cuenta que su
pareja está pasando por un proceso psicológico a través del cual necesita hacer
ciertos ajustes. Hay que tener en cuenta que si durante los primeros meses de
vida del bebé la madre o el padre no estableciera vínculos afectivos y
emocionales con él o ella, deberíais dejaros asesorar por una profesional para

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que evalúe qué problemas u obstáculos están provocando esa actitud.
También pueden darse situaciones opuestas, de manera que los padres quieran
estar con sus hijos recién nacidos tanto tiempo como sea posible, y la madre
llegue a sentirse incómoda al pensar que es ella la protagonista en la vida del
bebé, provocando que ambos padres rivalicen para demostrar quién lo cuida
mejor. Hay madres que al estar pasando por diferentes situaciones de cambio,
física y emocionalmente, no deseen pasar mucho tiempo con sus hijos, llegando
a sufrir depresión postparto, de manera que el vínculo emocional con su hijo se
puede ver comprometido. En estos casos es importante que el padre y otros
miembros de la familia o amigos aconsejen a la madre cariñosamente,
mostrándole que debe buscar ayuda profesional para más adelante crear una
buena relación con su hijo. También es necesario ayudar a la madre con las
responsabilidades de la casa y con el cuidado del bebé para que se sienta más
descansada y tenga tiempo libre para estar con su hijo de forma relajada y sin
presiones. En estos casos es muy recomendable que la madre masajee a su
bebé, ya que hay investigaciones que han revelado que es beneficioso para el
desarrollo del bebé tener ese contacto físico con su madre, aunque ella no se
sienta emocionalmente conectada con él.

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Situaciones de ámbito social y económico podrían dificultar a los padres el
establecer vínculos afectivos con sus hijos a causa del estrés que viven, como
por ejemplo pudiera ser el caso de familias de escasos recursos económicos, o
de aquellos otros en los que las madres para mantener a su familia no pueden
dejar de trabajar temporalmente. Aun así, cada situación suele tener una
solución concreta. Por ejemplo, si la pareja no tuviera familia cerca para
ayudarles con el bebé, podrían recurrir a amigos o vecinos, o a otros padres con
bebés que estén viviendo una situación similar.

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Recomendaciones

1. Sigue tu propio proceso natural e intuitivo para establecer vínculos emocionales


con tus hijos. No hace falta apresurarse, haced oídos sordos a las opiniones ajenas,
aunque en muchos casos sean bienintencionadas.
2. Disfrutad pasando tiempo con vuestro hijo, estableciendo contacto físico y
comunicándoos con él a través de gestos y palabras.
3. Cada padre y madre debe crear sus propios vínculos y relaciones con sus hijos y en
períodos de tiempo diferentes. Para ello evitad presionar a vuestra pareja si todavía
no los ha establecido, ya que debe surgir de forma natural.

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Madres y padres con diferentes estilos
educativos

Existen diferentes formas de educar a los hijos, de disciplinarlos y de instruirlos,


tantas como madres y padres. Un ejemplo de ello somos nosotros mismos que,
habiendo sido hijos, y que ahora ejercemos de padres sabemos cómo nuestras
experiencias han determinado la manera de criar a nuestros hijos. Por ejemplo,
el adulto cuyos padres empleaban erróneamente el maltrato físico de forma
regular podrá decidir por sí mismo si educa a sus hijos de la misma manera o no,
aunque siempre estará influenciada por la forma en la que sus padres lo
educaron.

Según la enseñanza recibida muchos dirán, “voy a educar a mis hijos de la


misma forma que me criaron mis padres, ya que no me perjudicó; y otros, no
me gustó cómo me criaron mis padres, y no educaré a mis hijos de la misma
manera”. En este último caso, hay padres que suelen tener actitudes extremas y,

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para asegurarse de que sus hijos no sufran al igual que ellos, tienden a ser
mucho más permisivos con sus hijos que si hubiesen sido educados de otra
manera, con las negativas consecuencias que esto conlleva. Todos nosotros, en
algún momento de nuestra vida, consciente e inconscientemente, hemos
evaluado o reflexionado sobre cómo nos han educado nuestros padres y cómo
queremos criar a nuestros hijos. A pesar de ello, en muchas ocasiones nos
veremos haciendo y diciendo las mismas cosas que nuestros padres, aunque
nos prometimos que jamás las haríamos.
Actualmente, y gracias a cada generación, los padres se han esforzado en
mejorar la educación de sus hijos, y por ello tenemos a nuestro alcance gran
cantidad de información sobre las características de las diferentes etapas de
crecimiento de los hijos, así como de actividades y experiencias que pueden
ayudar a desarrollar mucho mejor su nivel emocional, psicomotriz y cognitivo.
Según mi experiencia, y para comprender mejor la relación entre la forma de
educar a los hijos y los hábitos vividos en la infancia por sus padres, me he
permitido crear seis arquetipos de padres, según su forma de educar: el
autoritario, el permisivo, el sobreprotector, el distante, el inconstante y el
equilibrado. A medida que vayamos leyendo este capítulo sería interesante
pensar qué arquetipo se asemeja más a nuestros padres, a nuestra pareja o
incluso a nosotros mismos.

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Los autoritarios

La autoridad y el poder son instrumentos que emplean algunos padres para


disciplinar a sus hijos. El maltrato físico y el chantaje son los medios que utilizan
para ser obedecidos y no suelen dar explicaciones a sus hijos del porqué han de
hacer lo que se les pide, llegando a responderles: “porque lo he dicho yo y se
acabó; porque yo soy tu padre; ¡te he dicho que lo hagas o te doy una
bofetada!”. Con esta actitud los niños acaban temiendo a sus padres, se sienten
tensos cuando están con ellos y les obedecen sin ningún tipo de confianza. A
causa de esta actitud, la relación entre padres e hijos se verá muy resentida a lo
largo de la vida.

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Los permisivos

Son padres que no suelen imponer muchas reglas y tampoco son estrictos con
su cumplimiento. Suelen evitar entrar en conflicto con sus hijos en vez de
afrontar los problemas con ellos. Un fuerte sentido de culpabilidad suele
obstaculizar la posibilidad de disciplinar a los hijos, y por ello, estos pueden
acabar por infravalorar la autoridad de sus padres. También, estos padres
suelen enfadarse con sus hijos cuando no actúan correctamente, además de
consigo mismos por no saber imponer sus criterios o límites para ayudarlos a
mejorar. Además, piensan que perjudicarán el natural desarrollo de sus hijos y
los convertirán en personas infelices si les imponen límites y normas, cuando lo
que realmente están logrando es todo lo contrario. Esta forma de educar está
fuertemente influenciada por su infancia, probablemente porque sufrieron en
aquella etapa de sus vidas, de manera que ahora proyectan esos sentimientos
en sus hijos evitando implantarles límites para educarlos correctamente.
Para estos padres es muy difícil controlar la relación que tienen con sus hijos,
por ello, en vez de disciplinarlos con normas suelen permitir que el
incumplimiento de estas no implique ningún tipo de responsabilidad o castigo, y
los hijos, al observar esta debilidad en sus padres actúan libremente, sin temor y
confiados en que si cometen un error sus padres no les harán enfrentarse a las
consecuencias. En el caso de padres separados o divorciados, o con niños con
enfermedades, es frecuente que estos se sientan culpables del daño que le
puedan estar causando a sus hijos, e intenten hacerles la vida más fácil.
Piensan que al consentirlos y mimarlos, en vez de guiarlos imponiéndoles
normas, los harán sentir más seguros, felices y les ayudarán a desarrollar su
potencial. Estos padres suelen intentar hacerlo casi todo por sus hijos, para que
estos se sientan cuidados y protegidos, cuando lo que realmente les ayudaría
sería motivarlos para que hagan las cosas por sí mismos, que aprendan y sepan
de lo que son capaces de hacer, conociendo así cuáles son sus habilidades y
limitaciones, animándolos de esta manera a ser independientes.

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Los sobreprotectores

Son padres que están excesivamente involucrados en la vida de sus hijos, no


dejándoles el suficiente espacio para analizar y resolver los problemas que
puedan surgir en clase, jugando en casa o con sus amigos. Suelen ser ansiosos
e intrusivos, involucrándose emocionalmente y de forma constante. Al educarlos
de esta manera, los niños suelen sentirse acosados y frustrados, con escaso
tiempo y espacio para valorar por sí mismos sus propias experiencias. También
se les provoca inseguridad, ya que el hecho de estar acostumbrados a que sus
padres les resuelvan los problemas les crea un sentimiento de impotencia, y no
pueden sentirse orgullosos de haber resuelto sus problemas. Con este tipo de
educación se corre el riesgo de que los hijos no aprendan a resolver conflictos,
una habilidad importante cuando sean adultos, pudiendo así afrontar las
dificultades de la vida cotidiana con calma y seguridad. Un niño que ha
aprendido a resolver dificultades en situaciones diversas suele ser una persona
más sana y feliz emocionalmente.

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Los distantes

Estos padres no suelen conectar emocionalmente con sus hijos, ya que a


menudo dan prioridad a sus preocupaciones, diversiones o entretenimiento, en
detrimento de sus hijos. No se sienten cómodos con actitudes y gestos
cariñosos, de manera que tienden a no querer expresarse afectivamente. Por
ejemplo, les suele costar trabajo decirles a sus hijos que los quieren o
simplemente abrazarlos. Estos padres probablemente hayan sufrido durante su
niñez, de manera que ahora evitan manifestar sus sentimientos por temor. Los
hijos de este tipo de padres, con el paso del tiempo, pueden acabar
comportándose de la misma manera que ellos, evitando mostrar afecto físico y
emocional a otras personas. De igual forma, pueden reaccionar de manera
negativa para llamar la atención, pudiendo acabar recibiendo un tortazo, ya que
lo prefieren a ser ignorados. Estos padres e hijos se pueden encontrar
atrapados en un continuo círculo de rechazo.

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Los inconstantes

Son padres que por su actitud tienden a confundir a sus hijos, ya que les
enseñan lo que no deben hacer, pero ellos sí que lo hacen, por ejemplo
diciéndoles: “como le pegues a tu hermana otra vez te voy a dar una bofetada
que te vas a enterar”. Estos padres a veces regañan a sus hijos por un
determinado comportamiento, y otras veces actúan como si no les importara,
confundiéndolos. Además, suelen ser muy atentos con sus hijos, ayudándolos y
apoyándolos y, sin motivo, se vuelven personas distantes que no cumplen sus
promesas, dificultando la relación entre ellos. Los hijos criados con este tipo de
padres suelen ser inseguros, ya que no han aprendido a confiar en ellos por no
saber qué están haciendo bien o mal.

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Los equilibrados

Son padres que suelen dar prioridad a sus hijos sobre sus propias necesidades,
animándolos cariñosamente pero sin hacer el trabajo por ellos. Les permiten
equivocarse sin criticarlos, ayudándolos de esta manera a buscar otra forma de
hacer las cosas sin que se desilusionen o enfaden, pero no los rescatan. Las
conversaciones entre ellos suelen caracterizarse porque se emplea un lenguaje
emocional, para así ayudarse a analizar y comprender los propios sentimientos.
Limitan el comportamiento de sus hijos a través de normas claras y sencillas,
asegurándose de que se cumplan aunque se enfaden, ya que son capaces de
confrontar sentimientos negativos con calma y serenidad, como son el enfado, la
desilusión, los celos y la tristeza. La generosidad emocional con los hijos es otra
de las características de estos padres, que fomentan la confianza y les hacen
sentirse amados sin condiciones, valorando el esfuerzo que ellos realizan por
mejorar y hacer bien las cosas. Entre estos padres e hijos también surgen
conflictos y discusiones, pero la mayoría del tiempo se están relacionando de
forma sana y saludable emocionalmente. Todos podemos lograr el equilibrio en
las relaciones con nuestros hijos, por ejemplo, poniendo en práctica las técnicas
que estamos ofreciendo en este libro.
Seguramente, muchos de vosotros y vosotras habréis podido identificar a
vuestros padres, o bien os habréis reconocido en uno o dos arquetipos de los
expuestos. Educar a los hijos, como hemos comentado anteriormente, es una
tarea compleja y ardua, para la cual no hemos recibido ningún aprendizaje, y
que nos implica profundamente tanto personal como emocionalmente. De
manera que, aquellos conflictos que hemos vivido durante nuestra infancia y en
nuestro diario vivir pueden acabar manifestándose en nuestros hijos. Y hasta
que no seamos conscientes de ello y decidamos modificarlos, podrán estar
influyendo negativamente en ellos.
La buena noticia es que, indiferentemente del tipo de madre o padre que
seamos, no tenemos que ser perfectos para criar a nuestros hijos y convertirlos
en seres emocionalmente sanos. Simplemente necesitamos ser buenos padres.
Y la manera de aprender a serlo es esforzándonos por mejorar, partiendo de
aquellas dificultades que surgirán en nuestras relaciones con ellos, y que

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aunque nos equivoquemos podremos utilizar esa experiencia como una
oportunidad de aprendizaje para ambos, y así, seguir practicando, practicando y
practicando.

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Preguntas que puede hacerse

1. ¿Bajo qué patrón educativo he sido educado por mis padres?


2. ¿Con qué modelo de los expuestos me siento identificado?
3. ¿Qué tipo de padre o madre me gustaría ser?
4. ¿En qué debería cambiar para lograr ser ese tipo de padre o madre que deseo?

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4

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La regla de la atención

Al educar a nuestros hijos es necesario e importante que aprendan normas y


reglas, gracias a las cuales podrán regular su conducta para que, al
relacionarse con otras personas, su comportamiento sea más adecuado y
puedan disfrutar de relaciones interpersonales más satisfactorias. En este
primer capítulo aprenderemos cómo aplicarlas para, por ejemplo, controlar sus
rabietas o enfados.
¿Cuántas veces han tratado de llamarnos la atención nuestros hijos con
expresiones como: “¡Mírame, mamá! ¡Mira cómo lo hago! ¡Pero mírame!”.
Insisten tanto porque necesitan que nos interesemos por ellos y que les
prestemos atención, algo muy importante para el adecuado desarrollo emocional
de los niños, sobre todo en la etapa infantil. Al igual que para cualquier ser vivo
es esencial alimentarse, de igual manera lo es para nuestros hijos que les
observemos y escuchemos, y harán todo lo que sea necesario para sentirse
atendidos, al mismo tiempo que buscan que se les reconozcan sus logros y
aprendizajes.

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Ahora bien, ¿deberíamos prestar atención a nuestros hijos cada vez que nos lo
pidan? Hay que tener en cuenta que según el tipo de educación que ejerzamos
sobre nuestros hijos originaremos en ellos conductas o actitudes que,
dependiendo de las normas que acordemos y del nivel de atención que les
prestemos, influirán en su comportamiento. Para comenzar, es fundamental que
aprendamos cómo aplicar lo que he denominado, Regla de la atención, según la
cual, si a una determinada conducta (tanto si es positiva como negativa) le
prestamos atención, lo que haremos será reforzarla. A través de esta regla
podemos ir guiando y modificando la conducta de nuestros hijos para que
aprendan a comportarse en diferentes contextos y de forma adecuada. Aunque
inicialmente nos parezca una tarea ardua y no simpaticemos con ella (al ver
cómo reaccionarán nuestros hijos cuando comencemos a implantarla),
podremos comprobar que es efectiva si somos constantes y creemos firmemente
en el objetivo que queremos lograr.
Un ejemplo de cómo reforzar ciertas conductas a través de la Regla de la
atención sería el siguiente. Si tu hijo está jugando con su hermana y se está
comportando de manera cariñosa y respetuosa con ella, lo que deberíamos
hacer sería decirle: “Qué bien te estás portando. Me gusta que seas cariñoso
con tu hermana y que juguéis juntos. Estás siendo muy bueno”. En este caso, al
prestarle atención en ese preciso momento en el que se está comportando de
forma tan positiva con su hermana, estaremos reforzando esa actitud para que
la siga repitiendo. Tu hijo notará que te estás interesando por él cuando es
bueno, por lo que llegará a entender que esta es la manera de llamar tu
atención.
De igual forma, la Regla de la atención también funciona en aquellos casos en
los que nuestros hijos no se comportan de forma adecuada. Por ejemplo, si
estás tendiendo la ropa y tus hijos están en su cuarto jugando y, de repente, los
escuchas pelearse y les gritas: “¡¿Se puede saber qué os pasa?! ¡No os puedo
dejar solos ni un segundo sin que os acabéis peleando! ¡Ahora voy para allá!”.
Al expresarte de esta manera, ellos entienden que pueden captar tu atención a
través de conductas negativas, por lo que estarás reforzando dicho
comportamiento, y ellos aprendiendo que cuando se porten mal les harás caso.

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Otro ejemplo cotidiano es cuando tus hijos te piden que les compres caramelos,
y tú dices que les comprarás solo dos, dándoles la oportunidad de que elijan los
que quieran. Pero ellos, en vez de aceptar tu propuesta, comienzan a enfadarse
y a gritar que quieren más. En este caso, si les prestas atención mientras están
enfadados, bien hablándoles, chillándoles o negociando con ellos, estarás
reforzando esa conducta. Por lo tanto, en vez de premiarles preocupándote por
el motivo de su enfado, hazles saber una vez más que solo les comprarás dos
caramelos como habías dicho. Si se calman y aceptan tu decisión puedes darles
las dos golosinas, pero si insisten en que quieren más de dos, sencillamente no
le des los caramelos hasta que se calmen y acepten tu propuesta inicial. Con
esta actitud evitarás que tus hijos empleen las rabietas en el futuro para
conseguir lo que quieren.

Si nuestros hijos están acostumbrados a negociar y a que cedamos


frecuentemente a sus pretensiones, debemos saber que al disciplinarlos,
empleando la Regla de la atención, sus actitudes inicialmente pueden empeorar,
protestarán y se enfadarán antes de que vayan cambiando y mejorando. Una
vez que observen que sus padres se mantienen firmes a la hora de cumplir
aquellas normas que se han establecido, comenzarán a aceptarlas poco a poco.
Cuando comencéis a usar esta técnica puede ser que la relación con vuestros
hijos dé lugar a situaciones conflictivas, por ello, os animo a que seáis
persistentes y constantes, y así lograréis que la convivencia entre todos sea

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mucho más placentera y segura, contribuyendo a mejorar las relaciones
familiares.
El deseo de los hijos por recibir atención de sus padres puede llegar hasta el
punto que prefieran algún que otro tortazo (se trataría de atención negativa,
pero atención al fin y al cabo) a que se les ignore. Por este motivo, es muy
importante que los padres no hagamos caso a las conductas negativas de
nuestros hijos, siempre que estén fuera de peligro o que no consideremos que
sea una conducta severamente negativa (como por ejemplo, pegarle a un
hermano). De esta manera, nos centraremos en prestarles mucha atención
únicamente cuando sus conductas sean positivas.
Sabiendo que la atención es el alimento de la conducta de nuestros hijos, tal
como el aire alimenta el fuego, podemos modificarla simplemente cambiando la
forma en que nos comunicamos con ellos. ¿Cuántas veces nuestros hijos se
han negado a hacer algo, por ejemplo, ordenar su cuarto o guardar los juguetes,
cruzándose de brazos o enfadándose? Hay padres que caen en la trampa de
tratar de convencerlos para que obedezcan diciéndoles: “Vamos cariño, recoge
tus juguetes. Si lo haces te doy un caramelo, o te dejo ver los dibujos animados
un poco más de tiempo”. Algunos llegan incluso a tratar de convencerlos,
esforzándose incluso cuando el niño ha comenzado a tirar sus juguetes por la
habitación y a gritar. La respuesta más habitual de los padres suele ser la de
enfadarse con ellos, pudiendo llegar a decir algo así como: “¡Pues como no los
recojas, no te voy a dar chucherías nunca más! o, ¡ya verás cómo se pondrá tu
padre cuando se lo cuente. Te vas a enterar!”. ¿Observáis cuánta atención se le
ha dado al niño durante toda esta escena con una actitud totalmente negativa?

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Para evitar sentirnos atrapados en esta dinámica que no conduce a ninguna
parte, lo cual no suele ser inusual, una alternativa es modificar esta situación de
forma más positiva. Para ello, miraremos a nuestro hijo a los ojos para
asegurarnos que nos está escuchando y, por ejemplo, decirle: “Daniel, tienes
que recoger tus juguetes y, hasta que no los recojas, no puedes seguir viendo
los dibujos animados”. Seguidamente, evitaremos prestarles atención a su
conducta negativa, siendo el secreto ignorar su actitud o enfado, de tal manera
que puedan ver con claridad que nos mantenemos firmes en nuestra petición.
Puede que algunos padres lleguen a sentirse mal consigo mismos al ignorar a
sus hijos cuando estos lloren, se enfaden o griten porque no se les da lo que
quieren. Pueden incluso sentirse culpables al pensar que esa no es la manera
correcta de educarlos, creyendo que los están maltratando o haciéndolos sufrir
inmerecidamente. Pero esa preocupación, aunque lógica, no es acertada. Si
somos constantes y no atendemos a nuestros hijos cada vez que se enfaden o
se irriten, descubriremos que los estamos ayudando a que acepten nuestras
normas. Con nuestra actitud, y según con el tipo de atención que les prestemos,
les estaremos educando a comportarse, y a que sepan hasta dónde vamos a
transigir con sus conductas.
Los padres, tenemos la capacidad de controlar los enfados de nuestros hijos y
sus estados de ánimos, por ejemplo, cuando les ayudamos a entender que

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aunque se irriten y actúen de manera descontrolada seremos lo suficientemente
fuertes como para soportar su arrebato de ira sin ceder a sus pretensiones. Por
todo ello, los padres debemos ser capaces de mantenernos firmes en nuestras
decisiones y, aunque los niños se enfaden, hay que ser constantes y mostrar
seguridad. Prestarles o no atención a nuestros hijos es una labor
fundamentalmente educativa, y su efecto es mucho mayor que si les
estuviésemos explicando verbalmente lo que queremos. De esta manera, con
nuestra falta o no de atención, ellos están aprendiendo, experimentando y
analizando cómo se sienten sus padres cuando actúan de cierta manera, por
ejemplo, al no prestarles atención o ignorarlos cuando están enfadados.
¿Podemos evitar los padres sentirnos culpables al ignorar a nuestros hijos
cuando se portan mal? Esta es una pregunta que suelen hacerse muchos
padres preocupados por herir o hacer sentir mal a sus hijos, y por ello, la
analizaremos a continuación detenidamente. Lo primero que debemos hacer los
padres es pensar y ser conscientes de que con nuestra actitud y conducta
estamos ayudando a nuestros hijos a comportarse, a controlar sus emociones y
sentimientos. De manera que, con constancia a medio y largo plazo podremos
ver excelentes resultados. Para empezar, es necesario dar atención positiva a
nuestros hijos cuando se porten bien, y así evitaremos preocuparnos de que se
enfaden con nosotros cuando no cumplen con las normas que hemos
establecido. Si en una determinada situación el comportamiento de nuestro hijo
es negativo, lo primero que debemos hacer es no mirarle a los ojos, no hablarle,
y no mantener contacto físico con él hasta que cese en ese comportamiento
indeseado, inclusive no tocarlos ni abrazarlos.
A veces, hay niños que cuando sus padres están intentando ignorarles siguen
comportándose de forma no deseada, provocándolos, sobre todo aquellos niños
que están acostumbrados a que estos cedan continuamente. Y hay padres que
erróneamente les dicen: ¿no ves que te estoy ignorando?, pero el niño ya sabe
que se le está prestando atención. Esto no es ignorarlos, porque al hablarles
nos estamos comunicando con ellos y les prestamos atención, y así reforzamos
ese comportamiento negativo. En cambio, si nuestro hijo sigue intentando
provocarnos, haciendo ruido, diciéndonos que nos odia o de cualquier otra

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manera, debemos persistir en ignorarle y no morder el anzuelo, en caso
contrario, al prestarle la más mínima atención volveríamos a estar como al
principio. Si, por ejemplo, viniera a abrazarnos para volver a entablar la
comunicación o nos hablara, nuestra actitud debe ser firme, no debemos mirarlo
y, calmadamente, situarlo frente a nosotros y repetirle qué es lo que tiene que
hacer. Si lo hace y cambia de conducta elógiale y dale la atención que se
merece por su actitud positiva. En el capítulo 3 trataremos con más detalle el
tema del halago y cómo lograr que sea efectivo.

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Recomendaciones

1. Préstale atención a tu hijo cuando esté actuando correctamente, demostrándole


que se comporta tal y como esperas de él.
2. Ignóralo cuando se enfade o actúe de forma negativa, siempre que esté fuera de
peligro o no sea una conducta que consideres severamente negativa.
3. Cuando decidas ignorarlo no le prestes atención, no cruces tu mirada con él, no le
hables y evita cualquier tipo de contacto físico. Simplemente ignóralo.

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Escucha a tu hijo

¿Os ha pasado alguna vez que, tras estar hablando un rato con una persona
notamos que no nos está escuchando porque no se involucra en la
conversación? Se considera que una persona nos escucha activamente cuando
no solo nos presta atención sino que va reaccionando a lo que decimos, de
forma verbal y no verbal, por ejemplo, haciendo preguntas y comentarios, o
asintiendo. Por ello, cuando no se nos escucha y percibimos ese desinterés nos
sentimos mal, incluso podríamos pensar que es culpa nuestra, que somos
personas aburridas. Pues esa misma sensación de desatención e incluso de
abandono es la que perciben los niños cuando los adultos no les escuchan.
Si bien es cierto que en la actualidad vivimos de manera apresurada, con
escaso tiempo para estar con nuestros hijos, familiares o amigos, si ese poco
tiempo del que disponemos es de calidad podríamos compararlo a echarle sal a
la comida, sabe mucho mejor. Una forma de saber si le importamos a otras
personas es valorando el tiempo que comparten con nosotros, ya que es el
mayor regalo que nos pueden ofrecer, al mismo tiempo que nos hacen sentir
amados y valorados. Pero hay ocasiones en las que, aun disponiendo de ese
preciado tiempo, por diferentes circunstancias no logramos comunicarnos con
nuestro entorno de forma efectiva y satisfactoria.

Seguramente recordamos algunos momentos en los que muchos de nosotros


hemos tenido que gritar a nuestros hijos desde el otro lado de la casa para que
hagan algo, por ejemplo diciéndoles: “¡Daniel, ayuda a tu hermano mayor a
poner la mesa!”, y diez minutos más tarde, tras haberlo repetido hasta cinco

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veces, no solo no lo han hecho sino que nos enfadan y nos sentimos frustrados.
Con el objetivo de mejorar la comunicación con nuestros hijos en ese tipo de
situaciones podríamos, por ejemplo, ir donde está nuestro hijo o hija y, mirándolo
a los ojos decirle: “Daniel, necesito que ayudes a tu hermano a poner la mesa”.
Y es que, a menudo, solemos dar a nuestros hijos muchas instrucciones al
mismo tiempo. Por ello, hay que evitar gritarles desde otra habitación cosas
como: “¡Daniel, deja de jugar, es la hora de acostarse. Ve a tu cuarto y ponte el
pijama. Tómate la leche y después lávate los dientes, y métete en la cama que
ya iré luego a darte un beso!”. Si después de darles estas extensas
indicaciones comprobamos que no lo han hecho podemos pensar: le entra por
un oído y le sale por el otro.
Pero para que cumplan con lo que les pedimos primero hay que empezar
aclarando que los niños probablemente no quieran dejar de jugar, y si además
reciben tantas instrucciones les será muy difícil procesarlas y recordarlas. Por lo
que, si no nos obedecen, probablemente sea porque les hemos saturado. Una
manera efectiva de lograr que nuestro hijo nos haga caso es yendo donde esté
y, tocándole en el hombro cariñosamente para que nos mire a los ojos y obtener
toda su atención, le daremos las órdenes de forma simple y clara. Si quieres
asegurarte que te ha comprendido, pídele que te repita lo que ha de hacer.
Utiliza siempre un lenguaje positivo y no le pidas que haga otra cosa hasta que
haya realizado la primera, y así, sucesivamente. También podemos ayudarles a
que nos obedezcan, por ejemplo, avisándoles paulatinamente cuántos minutos
les quedan para cambiar de actividad. Una vez que han dejado de hacer lo que
les hemos pedido en el tiempo acordado no debemos olvidar elogiarlos,
sonreírles o abrazarlos por su buen comportamiento. Ya que si queremos que
una conducta o comportamiento se repita con más regularidad hemos de
valorarla y elogiarla, expresándolo claramente.

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También se dan las circunstancias en las que nuestros hijos suelen quejarse o
crear discusiones por problemas muy simples. ¿Recordáis haber discutido con
vuestra pareja o con un amigo y sentiros mal cuando, más calmados, os dais
cuenta que esa discusión era por una tontería? En muchas ocasiones, cuando
se producen disputas por nimiedades es porque en el fondo existe un ferviente
deseo (subconsciente) de comunicar un problema que nos preocupa y que nos
afecta emocionalmente. Por ejemplo, hay veces que una madre puede
enfadarse porque siempre tiene que fregar los platos o recoger la colada de
toda la familia, y aunque normalmente realiza estas tareas y no le resulta un
gran problema, en alguna ocasión puede dar lugar a una discusión. En ese
momento la madre no se queja por lavar la ropa sino que está expresando que
tiene otra preocupación aún mayor, por ejemplo, que está sobrecargada o no se
siente cuidada o apreciada por su familia. De manera que, para equilibrar el
ambiente familiar habrá que ayudarla, al igual que al resto de los miembros de la
familia en situaciones similares. Pues eso mismo puede ocurrirle a nuestros
hijos, que por una preocupación o un temor que no acaban de compartir ni
comprender se enfaden o nos provoquen. Por ello, será muy importante
escuchar y observarlos a través de sus conductas, y así saber cómo se sienten,
haciéndoles saber que sabemos que están enfadados, desilusionados, celosos,
cansados o alegres. De esta manera, nuestros hijos se sentirán comprendidos

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por nosotros, al mismo tiempo que van aprendiendo de sus propios sentimientos
y de cómo estos se manifiestan.

Imaginemos que, por ejemplo, teníamos planeado ir a un parque de atracciones


un sábado, y por esa razón nuestro hijo estará muy entusiasmado días previos a
la excursión. Pero desgraciadamente, su hermana se enferma la noche anterior
y tenemos que cancelarlo. Si observáis a vuestro hijo tras darle la mala noticia,
pudiera comenzar a portarse mal o estar de mal humor. Por ello, habría que
actuar directamente sobre sus sentimientos, diciéndole algo así como: “Daniel,
sabemos que estás muy desilusionado porque hemos tenido que cancelar la
excursión a la que tenías muchas ganas de ir. Lo sentimos mucho y
entendemos que estés frustrado, pero desafortunadamente tu hermanita se ha
puesto enferma. Cuando ella mejore organizaremos nuevamente la excursión.
Ahora, a ver qué se te ocurre que puedas hacer hoy en casa para pasártelo lo
mejor posible”. Para ello, podrás darle algunas ideas y así, ayudarlo a superar
ese sentimiento de frustración. Durante ese espacio de tiempo en el que
hablaremos con nuestro hijo de sus sentimientos, es aconsejable olvidar su mal
comportamiento anterior, centrándonos solo en cómo se siente él. De esta
manera, notarás que poco a poco su mala actitud (causada por el enfado) irá
desapareciendo a medida que le hacemos saber que sabemos cómo se siente, y
percibirá que es escuchado, valorado y querido.

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Si a lo largo de los años hemos podido mostrar a nuestros hijos lo que sienten
en diferentes situaciones, habrán aprendido cómo se manifiestan sus
emociones, cómo las perciben los demás y, con el tiempo, sabrán reconocerlas
por sí mismos, y así, se conocerán mejor. Habremos sido un espejo para ellos
en el que se han reflejado durante estos años. Las personas que
desgraciadamente no llegan a conocerse emocionalmente suelen estar
desconectadas de sus verdaderos sentimientos porque nadie les ha ayudado a
reconocer y analizar por qué se sienten de determinada manera en diferentes
contextos. Por ello, que nuestros hijos conozcan sus emociones, aunque les
cueste tiempo y esfuerzo, les ayudará a canalizarlas y manifestarlas de la
manera más equilibrada posible, lo cual es esencial para el adecuado
crecimiento emocional de cualquier ser humano, logrando así mantener
excelentes relaciones con los demás.

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Recomendaciones

1. Escucha a tus hijos. La calidad de la atención que les prestas, así como explicarles
cómo influye en los demás su manera de expresarse, es fundamental para su
desarrollo.
2. Ayuda a tus hijos a que te escuchen atentamente. Asegúrate, antes de pedirles que
hagan algo, de estar frente a ellos y captar toda su atención.
3. Traduce los sentimientos de tus hijos en palabras para que sepan cómo se sienten.

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Tiempo para jugar

Estaréis de acuerdo conmigo que jugar es una actividad que hemos realizado en
multitud de ocasiones a lo largo de nuestra vida por el mero placer de disfrutar.
No la llevamos a cabo por ser una necesidad humana como pudiera ser comer o
estar aseado, sino simplemente porque nos gusta. Mientras practicamos un
juego solemos tener una percepción del tiempo y del espacio completamente
diferente a cuando estamos realizando otras tareas en nuestro diario vivir, y es
que solemos sentirnos tan absorbidos por el juego que nuestras sensaciones y
los límites que percibimos del mundo exterior cambian.

Observo que actualmente existe una tendencia por parte de muchos padres a
que sus hijos realicen múltiples actividades a lo largo del día, sobre todo
después del colegio. Aunque hoy en día esa formación adicional puede ser muy
importante para que los niños sigan aprendiendo y relacionándose con otros
compañeros, es igualmente necesario dejar que los hijos puedan utilizar su
tiempo libremente para jugar a lo que les apetezca, y así poder desarrollar su

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propia creatividad. Esto no quiere decir que no se les debe matricular en
actividades para que disfruten, sino que además de estas hay que asegurarse
que sigan disfrutando de cierto tiempo libre para jugar, porque no solo se están
entreteniendo sino que están aprendiendo, lo cual les ayudará a desarrollar sus
conocimientos, habilidades, emociones, valores y actitudes.
Mientras que hace algunos años a los niños se les daba mucha más libertad
para que disfrutasen de su tiempo libre como quisieran, actualmente muchos
padres sienten la necesidad de proteger a sus hijos del mundo actual, y ese es
uno de los motivos por los cuales disfrutan de menos libertad. La aparición en
los hogares de los ordenadores, videoconsolas y otros aparatos electrónicos ha
cambiado la forma en que nuestros hijos se divierten, y jugar se ha convertido
en una actividad más sedentaria. También parece que como las exigencias
educativas son cada vez más altas los niños deben dedicar a estar en casa más
tiempo realizando deberes. Si a todo esto le sumamos el tiempo que le dedican
a las innumerables actividades extraescolares, casi no tienen tiempo para jugar,
como si esta actividad les entorpeciera en su formación y aprendizaje.
Con los juegos nuestros hijos aprenden tal y como nosotros aprendimos con su
misma edad. Por ejemplo, cuando deciden tomar el rol de los adultos y nos
representan están aprendiendo sobre cómo los seres humanos nos
relacionamos, dependiendo del papel en la familia o en la sociedad, y de cómo
cuidamos unos de otros en este sistema social complejo en el que vivimos.
Cuando los niños juegan a cocinar con sus juguetes están aprendiendo la
necesidad de nutrir a otros, de proporcionar alimentos a su madre o al hermano
con el que esté jugando, así como de las relaciones entre los miembros de una
familia. Al ver cómo sus padres se relacionan entre ellos y con sus hermanos
están aprendiendo sobre emociones, actitudes y conductas que les servirán de
modelo y que ponen en práctica cuando juegan.
Los bebés desde que nacen están aprendiendo y no necesitan ir a una escuela
para ello ni ir a ningún taller, sino que somos sus propios madres y padres los
que a través del juego les estamos ayudando a desarrollarse, a aprender a
hablar o a emitir sonidos. Cuando una madre dice una palabra con un tono
distendido y jovial, el bebé tiende a repetirla porque le parece divertido, y si la

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madre sigue jugando con él y hace de ese aprendizaje una experiencia
agradable el bebé querrá jugar mucho más con su madre para seguir
disfrutando y aprendiendo. Entre las risas y carcajadas este juego de la
repetición ayudará al bebé a escuchar, a diferenciar unos sonidos de otros, a
aprender palabras y, lo que es más importante, a comunicarse. A continuación
voy a explicar brevemente cómo a través del juego nuestros hijos aprenden a
desarrollarse social, emocional y cognitivamente.

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Desarrollo social

Actualmente hay muchos niños que no soportan juegos en los que tienen que
esperar, ya que quieren interactuar de forma continua tal y como les permiten las
aplicaciones móviles y los videojuegos, de manera que no están aprendiendo a
esperar. Cuando juegan con otros niños o con nosotros nuestros hijos aprenden
a desarrollarse socialmente, por ejemplo, a esperar su turno y a compartir. Que
aprendan a controlarse y a ser pacientes es una habilidad muy importante para
su adecuado desarrollo social el cual se suele aprender jugando con otros, y no
jugando solos. También aprenden a colaborar con sus semejantes, por ejemplo,
al crear reglas de un nuevo juego, lo cual les servirá para desarrollar habilidades
interpersonales que tan importantes serán, no solo a esa edad, sino para
cuando sean adultos.

Negociar, decidir, gestionar los deseos de los demás, controlar las emociones,
son aprendizajes que se suelen asimilarse jugando. Cuántas veces no hemos
visto a un grupo de niños decir: “Yo soy la profesora y tú el alumno”, y al otro
decir: “Pues yo quiero ser la profesora también”. Situaciones como estas les
obligan a ceder, a negociar para no quedarse solos jugando. Otro ejemplo es
cuando juegan a las peluquerías y un niño le dice a otro: “Yo no quiero ser la
mujer hoy, yo quiero ser la peluquera”, y el otro niño le responde: “¡Tú eres
siempre la peluquera!”. De manera que para jugar deberán cambiar los roles o

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proponer otras soluciones: “Bueno, vale, esta vez tú serás la peluquera pero la
próxima vez seré yo, ¿vale?”. Como podemos observar con estos ejemplos los
niños están aprendiendo lo complicado que puede ser negociar, trabajar juntos,
saber escuchar y entender a la otra persona, así como desarrollar la empatía y
encontrar soluciones para resolver sus problemas. El juego les permite resolver
sus propios problemas cuando no están presentes los adultos, descubriendo así
que tienen la capacidad y la creatividad para ello y desarrollando de esta forma
su autoestima y la confianza en sí mismos.
Nuestros hijos también aprenden roles sociales como, por ejemplo, cuando
juegan al colegio y actúan como una maestra. Experimentan lo que es el poder y
la jerarquía y de cómo repercute en los demás cuando se actúa de una manera
autoritaria o colaborativa. Cuando juegan solos también están aprendiendo roles
y una muestra de ello es cuando nuestra hija está jugando con sus muñecas y
una le dice a la otra: “Como has sido tan buena hoy te voy a dar dos
caramelos”, o “¡Has sido tan mala que te tienes que ir a tu cuarto!”.

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Desarrollo emocional

A través del juego y a una edad muy temprana las madres y los padres estamos
ayudando a nuestro hijo a desarrollarse emocionalmente cuando, por ejemplo,
nos cubrimos la cara con las manos y le decimos por ejemplo al bebé: “¡Huy!,
¿dónde estoy?”; y descubriéndonos le decimos: “¡Ah, estoy aquí!”; con un tono
de alivio y riéndonos. O cuando les ponemos sobre la carita una gasa y la madre
pregunta: “¿Y mi niña, dónde está?, ¿se ha ido?, ¿pero si no la veo?”; y el
bebé o ella le quita la gasa de la cara y exclama: “¡Ah, pero si está aquí!”. Estos
juegos, aunque muy sencillos, son importantes ya que con ellos el niño
comienza a aprender sobre la presencia y la ausencia, y cómo se sienten
cuando alguien desaparece. Aunque no ve a su madre descubre que no se ha
ido sino que no la veía. Para los niños estos juegos son fundamentales ya que
por medio de ellos aprenden a lidiar emocionalmente con sus sentimientos,
sobre todo aquellos que hacen referencia a las ausencias y a la separación de
su madre, logrando así conocerlas e ir controlándolas.

Cuando nuestros hijos juegan entre ellos no solo se están divirtiendo sino que
también están aprendiendo a contener sus frustraciones y a regular sus
emociones, ya que tienen que colaborar con niños para que el juego continúe,
debiendo ajustar sus deseos al de los demás para que haya un buen ambiente

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en el grupo y que la actividad que desarrollan no se rompa. Saber regular y
controlar nuestras emociones es uno de los mayores logros que debe realizar el
ser humano sobre sí mismo, ya que le ayudará a vivir de forma emocionalmente
equilibrada y por lo tanto tener una salud mental. Digamos que, por ejemplo,
vuestra hija está jugando con una amiga a cocinar y cada vez que se lleva el
plato se le cae, de esta manera en vez de enojarse aprenderá a aguantar su
enfado y seguirá intentándolo hasta conseguirlo, ya que en caso contrario se
quedaría sola. Por ello, es muy importante que los adultos no interfiramos
constantemente en los juegos de los niños, decidiendo por ellos cuando tengan
discrepancias, ya que deben aprender por sí mismos a llegar a acuerdos y
ceder. Como hemos podido comprobar a veces que son capaces de tener muy
buenas ideas con las que resolver sus propios conflictos. En casos extremos en
los que se produzcan insultos o peleas los padres sí que debemos actuar de
inmediato y servir de ejemplo, explicándoles cómo pueden jugar juntos.
Pero jugando no solo se aprende sino que se llegan a experimentar sensaciones
de alegría y entusiasmo. Seguramente hemos oído a nuestros hijos reírse sin
parar mientras jugaban, con una sensación tal de gozo que hasta el adulto que
los oye le hace sentir bien, y es que ese es otro de los objetivos del juego,
disfrutar. Con el juego logramos aprender al mismo tiempo que nos sentimos
mejor con nosotros mismos y en compañía de otros.

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Desarrollo cognitivo

Cuando hablamos del desarrollo cognitivo nos estamos refiriendo a toda la


información que recibimos y cómo la utilizamos de forma práctica. Jugando los
niños también se desarrollan cognitivamente, aprendiendo por ejemplo a
organizarse. Si quieren jugar a ser vendedores deben buscar la que sería su
caja registradora, los billetes, las monedas, todo aquello que vayan a vender y
determinar cuáles serán las reglas del juego. De manera que deberán utilizar o
inventar recursos para facilitar la consecución de sus objetivos. Deberán
aprender a elegir, a seleccionar, discriminar y procesar todo aquello que ya
saben para aplicarlo adecuadamente. Como podéis ver este es un proceso
complicado del que pueden aprender mucho.
La memoria es otro de los recursos que los niños desarrollan jugando y que,
dependiendo de su edad, les resultará más o menos difícil recordar ciertas
cosas. Por ejemplo, cuando una madre le dice a su hija, “María, tráeme la
camiseta y los calcetines que hay encima de mi cama”, podemos oír a la hija
que va en dirección a su cuarto ir diciendo: “Calcetines y camiseta, calcetines y
camiseta, calcetines y camiseta”. Esto es porque está tratando de no olvidar lo
que tiene que coger. En muchos juegos suelen hacer lo mismo, repetir una y
otra vez, junto a sus amigos, las reglas acordadas para el juego o bien otras
palabras necesarias, de manera que aprenden a concentrarse para jugar.
Cuántas veces no habremos puesto el mismo DVD que nuestros hijos nos piden
o no les hemos leído el mismo libro una y otra vez, y es que por medio de esta
repetición están internalizando conocimientos de la vida. Jugando aprenden
igualmente a desarrollar habilidades de expresión oral y gestual, a oír a los
demás y a valorar lo importante que es sentirse escuchado, incluso
corrigiéndose unos a otros cuando alguno se expresa erróneamente. También
aprenden a ser ágiles y a mejorar, ya que aquellos juegos en los que al principio
les costaba mucho ganar, con práctica y paciencia han aprendido a dominarlos.

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Recomendaciones

1. Permitidles a vuestros hijos disfrutar jugando, no hay necesidad de tener que


ocupar todo su tiempo con distintas actividades académicas o formativas.
Démosles espacio a la creatividad.
2. Recordad que el juego es una de las actividades más importantes con las que
nuestros hijos aprenderán a desarrollarse, tanto en casa como en la escuela, de
manera que no sintáis que están perdiendo el tiempo.
3. Disfrutad jugando con vuestros hijos durante un espacio de tiempo al día con el
simple objetivo de disfrutar, sin reglas ni objeciones. Solo tratad de pasar un buen
rato juntos.

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7

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El valor del halago

Cuando halagamos a otra persona estamos llevando a cabo muestras de afecto


e interés, además de estar tratando de agradarle con palabras, gestos o
acciones. Pero es durante la etapa infantil cuando el halago se convierte en un
elemento esencial en el proceso de crecimiento personal y emocional del
individuo. A través de él, hacemos sentir bien a los niños influyendo
positivamente en su autoestima y aportándoles seguridad. Ellos percibirán que
sus padres los apoyan y quieren, sobre todo cuando les ayudan a reforzar sus
comportamientos positivos. Por ello, es importante que no dejemos de halagar a
nuestros hijos siempre que su conducta sea la adecuada. Muchos padres se
pueden cuestionar, si con tantos halagos no estarán influyendo negativamente
en sus hijos, creyendo que les están mimando excesivamente. La respuesta es
no, en mi dilatada experiencia nunca he visto un caso en el que los halagos o
elogios hayan influido negativamente en un hijo, siempre que los haya merecido.

¿Cómo nos sentimos la última vez que nuestro jefe nos dio la enhorabuena por
el excelente trabajo realizado, o por cómo nos íbamos desarrollando

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profesionalmente, o la vez que nuestra pareja nos dijo cuán buena madre o
buen padre somos? Seguramente no pensamos que nos estaban elogiando de
manera gratuita o que nos estaban mimando, simplemente estaban haciéndonos
sentir seguros con nosotros mismos y mostrándonos cuán importantes somos
para ellos. Y es que, si no estamos acostumbrados a recibir halagos debemos
comenzar por nosotros mismos. Ciertamente, y según un refrán popular, la
caridad empieza en tu propia casa. Por ello, felicítate todos los días por ser una
buena madre o un buen padre, por intentar hacer las cosas lo mejor posible,
¿por qué no?, ¿acaso no lo merecemos?
El halago es necesario para cualquier ser humano porque nos hace sentir bien y
nos anima a mejorar, y así, seguir disfrutando de esa sensación de aceptación y
valoración por nuestro esfuerzo. Suele ser una muy buena práctica observar a
nuestros hijos comportándose de manera adecuada y valorarles ese
comportamiento, como por ejemplo, cuando los encontramos lavándose las
manos antes de ir a comer sin que se lo hayamos recordado, o cuando hacen
los deberes solos, o bien se ofrecen a ayudar a poner la mesa.
Si tan importante es halagar a nuestros hijos cuando hacen bien las cosas, lo es
también la forma en que lo expresamos. Por ello, es esencial nombrar la
conducta que precede al halago, y que nuestros hijos tengan claro qué es lo que
están haciendo bien. De ese modo reforzaremos su conducta positiva. Por
ejemplo, en vez de decir simplemente: ¡fantástico, bien hecho!, o, ¡muy bien!, es
mejor decirles lo siguiente: ¡Qué bien has ordenado tus juguetes, Daniel, eres
un hijo estupendo! De esta manera, nombramos la razón por la cual se le
ensalza, y así, fomentaremos dicha conducta. Esos halagos ayudarán a
nuestros hijos a mejorar su comportamiento y, además de desarrollar su
autoestima, les estaremos convenciendo de que pueden hacer bien las cosas
por sí mismos, al tiempo que contentan a sus padres y disfrutan con ellos de una
relación de aprobación y bienestar. Para que un halago sea percibido con
satisfacción debe ser expresado en un tono agradable y positivo, así los hijos se
sentirán satisfechos y valorados, sabrán que estamos contentos con ellos y se
esforzarán por volver a repetir esas acciones tan positivas.
Pero generalmente, solemos darle excesiva atención a las conductas negativas.

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Una dinámica para la que parece que estamos programados y que debemos
esforzarnos por modificarla. Durante mis veintiocho años de experiencia, he
visto cómo a muchos padres les cuesta valorar de forma positiva la conducta o
acciones de sus hijos, sobre todo si no se portan bien a menudo. También, he
podido conocer a familias atrapadas en ambientes muy negativos, con
dinámicas comunicativas que provocaban un gran nivel de estrés y ansiedad. Y
esto era consecuencia de que hay padres que usualmente cometen el error de
comunicarse con sus hijos de forma negativa. De tal manera que con el tiempo
la interacción entre ellos creará, sobre todo en los hijos, sentimientos de
inseguridad y falta de confianza. Pero puedo aseguraros que con la actitud
adecuada, mucha energía, buenas intenciones y esfuerzo siempre podremos
mejorar nuestras conductas así como las de aquellos que nos rodean, sean
hijos, parejas, amigos o familiares.

¿Cuántas veces, cuando nuestros hijos han estado jugando tranquilamente o


viendo la televisión en silencio, hemos aprovechado para ordenar la casa o
hacer esa llamada telefónica que teníamos pendiente, y en el momento en el
que los oímos discutiendo, pegándose o intentando coger algo que no deben,
hemos comenzado a regañarles por no portarse bien? ¡Qué cantidad de
atención les hemos dado cuando tienen actitudes o conductas negativas!, las

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cuales no queremos que repitan. Y no solo eso, sino que además hemos
desaprovechado aquellos momentos en los que se han portado bien y no les
hemos comunicado que valoramos positivamente esas conductas. ¿Por qué no
probamos a realizar el siguiente ejercicio? Durante un día entero nos
propondremos tratar de decirles a nuestros hijos, cuando se porten bien, lo
contentos que estamos con ellos por su actitud y por lo que estén haciendo. Por
ejemplo, podemos decirles: “Me alegro ver que has ordenado tu cuarto, o, muy
bien Daniel, has sido muy responsable al ayudar a tu abuela”. No debemos
olvidar que es importante acompañar el halago con la conducta que se quiere
fomentar.
Si observas cualquier mejora en la conducta de tu hijo, comunícaselo, hazle
saber que te has dado cuenta del esfuerzo que está realizando para mejorar. Si,
por ejemplo, últimamente se ha estado peleando mucho con su hermana cuando
juega con ella, y observas que llevan un rato jugando juntos sin pelearse, te
puedes acercar a él y decirle: “Daniel, has sido muy bueno jugando con tu
hermana, compartiendo los juguetes y siendo paciente con ella, eres un hijo
estupendo”. Evitad comentarles que antes no lo hacían o cuestionarles los
motivos de sus peleas. Simplemente, hay que enfatizarles aquello que están
haciendo bien, y así, les estaremos animando a que repitan ese mismo
comportamiento. De esta forma, ayudaremos a mejorar la conducta de nuestros
hijos y lograremos que la reproduzcan una y otra vez, ya que esta es la manera
en la que los niños aprenden.
Como habréis podido observar, en muchas ocasiones a nuestros hijos les
encanta repetir muchas veces ciertas actividades, o que les lean el mismo
cuento todas las noches, o bien ver la misma película decenas de veces. Los
niños aprenden por repetición, haciendo suya de esta manera toda aquella
nueva información, sobre todo si les gusta, les divierte o la ven útil. Los adultos
superamos esta fase, y por lo tanto nos puede resultar a veces un poco aburrido
este incesante deseo de que se les repita lo mismo una y otra vez. Por ello,
hemos de evitar enfadarnos con ellos porque quieran que se les lea el mismo
cuento o ver la misma película una y otra vez. De esta manera, estaremos
ayudándolos a aprender a través de la repetición. Con sus conductas ocurre lo

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mismo, de manera que debemos esforzarnos para que aprendan a comportarse
de manera correcta, ayudándoles a entender qué es útil y necesario para ellos.
Como ya hemos comentado, cuando halagamos a otra persona estamos
mostrando confianza en sus posibilidades y habilidades, de manera que, al
valorar a nuestros hijos les estamos haciendo creer que pueden hacer por sí
mismos aquello que se han propuesto. Por ejemplo, si están haciendo un puzle y
les está costando bastante trabajo acabarlo debemos animarlos a que persistan
y lo resuelvan ellos mismos, y no trataremos de hacerlo nosotros por ellos.
Podríamos decirle: “Pedro, aunque parece un poco difícil construir esa torre yo
pienso que puedes hacerlo. Sigue despacito, ya verás como lo consigues”.
Estas palabras lo animarán a seguir intentándolo, sobre todo si estamos junto a
él. En muchas ocasiones quizás nos hayamos visto haciendo cosas por nuestros
hijos, porque es más rápido y así evitamos tener que esperar el tiempo que
requieren ellos para conseguirlo, o para ahorrarles ese sentimiento de
frustración que pueden sentir cuando no logran lo que se han propuesto. Si bien
es necesario ayudarlos cuando nos necesiten, no lo es tanto hacer las cosas
por ellos, ya que más que mostrarles nuestro apoyo les estamos dificultando que
aprendan a ser más independientes, así como conscientes de que no todo se
puede lograr la primera vez que se intenta. Aunque el ser humano es el ser vivo
más dependiente que existe, hay países y culturas en las que los padres animan
a sus hijos a ser más autónomos, autosuficientes e independientes, de manera
que para lograr sus sueños, metas y objetivos no tengan que necesitar
obligatoriamente a otras personas.

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Recomendaciones

1. Cuando observemos a nuestros hijos haciendo algo bien debemos valorar su


comportamiento y esfuerzo a través del halago.
2. El halago debe estar acompañado de la conducta que se está valorando
positivamente. Por ejemplo: Muy bien Daniel, por lavarte las manos antes de
comer.
3. Es necesario romper el círculo de comunicación negativa con nuestros hijos. Si
hemos caído en él, debemos esforzarnos por prestar más atención a sus conductas
positivas.

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Un tiempo exclusivo para estar juntos

Los padres que suelen dedicarles, de forma exclusiva y diaria, cierto tiempo a
sus hijos han podido observar cómo estos van mejorado su conducta y
comportamiento con el paso del tiempo. A los niños les encanta ser el centro de
atención, por lo que buscarán y demandarán a menudo sentirse reconocidos, y
ese tiempo exclusivo del que disfrutan con sus padres es como un regalo con el
que mejorar sus relaciones.
La duración diaria recomendada para ese tiempo exclusivo juntos sería de diez a
quince minutos, aunque también podría llevarse a cabo en días alternos,
dependiendo de vuestra disponibilidad. Para que ese tiempo sea productivo es
importante que los padres evitemos cualquier tipo de distracción relacionada con
el teléfono, la televisión, los email, las visitas o cualquier otra tarea de casa. Ese
tiempo que vamos a pasar con nuestros hijos ha de ser considerado como una
cita, un encuentro en el que no puede haber interrupciones, solamente importáis
vosotros. Para aprovechar al máximo ese tiempo deberíais apagar la televisión,
aplazar para otro momento las tareas de casa, y si sonase el teléfono no
contestéis, esperad hasta que haya acabado ese tiempo de dedicación
exclusiva para vuestro hijo, y entonces devolved la llamada perdida.

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Ese tiempo de exclusividad no está diseñado para suplir ninguna necesidad, su
objetivo es el de conectar emocionalmente con nuestros hijos, algo esencial
para mejorar nuestra relación con ellos. Por ello, cuando les hablemos sobre
ese tiempo en el que vamos a estar juntos les debemos explicar con
detenimiento cuánto durará, a qué hora del día podremos llevarlo a cabo, y
cuáles serán sus normas. Por ejemplo, le podemos decir: “Mariano, he pensado
que deberíamos pasar cierto tiempo juntos y lo vamos a hacer todos los días (o
cada dos días, según hayas decidido) después de comer. Vamos a jugar
durante 10 minutos al juego que prefieras de tres o cuatro diferentes que yo te
propondré, y durante ese tiempo voy a estar única y exclusivamente jugando
contigo, va a ser nuestro Tiempo Especial Juntos”.
Nuestros hijos se pondrán muy contentos al oír esta propuesta y esperarán con
entusiasmo ese momento del día, por ello, será mejor determinar una hora
específica para que dejen de preguntar constantemente cuándo llegará el
momento, al mismo tiempo que nos cercioramos de no tener interrupciones.
Es importante nombrar y definir ese tiempo de exclusividad juntos para
formalizarlo, ya que aunque durante el resto del día pasemos más tiempo
jugando con ellos, hay que considerar que esos diez minutos serán un tiempo
diferente. Les daremos toda nuestra atención como si en el mundo no hubiese
nada más importante que ellos y el juego que hemos acordado con nuestros
hijos. El secreto para que este ejercicio funcione es no superar los quince
minutos diarios, de lo contrario, sería una actividad que nos demandaría mucho
tiempo y que en ocasiones futuras no podríamos cumplir. Teniendo en cuenta
que lo importante es la calidad y no la cantidad de tiempo que estemos con
nuestros hijos, la constancia de pasar esos diez minutos de “tiempo exclusivo
juntos” reportará resultados solo a medio y largo plazo, no siendo efectivo a
corto plazo aunque intensifiquemos el tiempo.

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La reglas del tiempo exclusivo juntos

Una vez seleccionado el momento del día, debéis escoger una serie de juegos
para que tu hijo y tú decidáis los que más os gusten en ese momento. Puedes
decirle: “Juan, ¿a qué te gustaría jugar hoy en nuestro ‘tiempo exclusivo
juntos’?, puedes elegir entre los Lego, los animales de la granja o la plastilina”.
Es recomendable que escojáis juegos que fomenten la creatividad, descartando
aquellos que impliquen competir o los juegos de ordenador y videoconsolas, ya
que el objetivo de este ejercicio es pasar un buen rato juntos en el que no haya
perdedores ni ganadores. No hay que olvidar que disponen de 23 horas y 50
minutos al día para disfrutar de juegos de competición. Ahora bien, si el juego
elegido implicase que uno gane y el otro pierda, deja que tu hijo gane, ya que el
objetivo es que el niño pase un buen rato contigo y fomentar en él sentimientos
positivos durante esos minutos. En el caso de los juegos competitivos, con ellos,
nuestros hijos tienen que enfrentarse a sentimientos de frustración, desilusión,
enfado o inferioridad, de manera que es muy probable que no os divirtáis. Al
seleccionar esos dos o tres juegos lograrás que tu hijo sienta que tiene el
control durante esos diez minutos, un tiempo en el que puede lograr los
objetivos del juego sin entrar en conflicto o discusión contigo.
Algunos ejemplos de juegos creativos que puedes sugerirle a tu hijo pueden ser:
dibujar, pintar, juegos de construcción, jugar con animales, disfraces, puzles,
plastilina, jugar con muñecos, coches o juegos creativos de cualquier tipo. El
objetivo es que le permitas a tu hijo que controle el juego, por ello, no utilices
esta oportunidad para enseñarle, se trata de un tiempo para fomentar la libertad
y la creatividad. Si, por ejemplo, tu hijo está jugando con animales de plástico y
te dice que los elefantes son verdes y viven en el agua, no lo corrijas, síguele el
juego y así le ayudarás a desarrollar su creatividad, dejando que tenga el pleno
control sobre el juego y que sea el líder durante esos minutos.

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Mientras estáis jugando pregúntale cuál será tu papel, por ejemplo: ¿Dani, qué
quieres que haga yo? Los niños en muchas ocasiones solo quieren que los
miremos, que estemos ahí siendo testigos de sus logros y descubrimientos. Esta
presencia es muy importante para ellos, ya que al recibir esa atención se
sentirán valorados, por lo que deberás situarte cerca de tu hijo mientras estáis
jugando. Si él se arrodilla en el suelo a jugar con los coches, arrodíllate a su
lado. Sería también interesante que fueses narrando lo que él está haciendo al
jugar, por ejemplo, le puedes decir: ¡Oh!, el león se va a comer a la gallina,
pobre gallina. También puedes ir describiendo durante el juego cómo piensas
que se siente tu hijo emocionalmente. Por ejemplo: Álvaro, te veo muy contento
jugando, ¿tanto te gusta?, o ¿estás un poco nervioso porque se te caen las
piezas de la torre?
El simple hecho de decirle a tu hijo cómo crees que se siente os ayudará a
entablar una interesante y necesaria conversación. También puedes sonreírle o
halagarlo diciéndole: ¡Qué bien y qué bonito te ha salido el dibujo. Qué creativo
eres! o¡cómo me gusta jugar contigo! Si tu hijo se empezara a enfadar durante
esos diez minutos porque no logra acabar el juego o por cualquier otro motivo,
intenta ignorarlo y distraerlo con otra cosa o ideas, recuerda que el objetivo es
que tu hijo y tú paséis un rato divertido juntos, por ello debes evitar todo tipo de
conflictos durante ese tiempo.
Sabemos lo irritante que puede llegar a ser que una persona no nos preste
atención mientras conversamos con ella, bien porque está mirando otra cosa o

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porque notamos que está pensando en algo que le preocupa, ignorando lo que
le estamos contando. Por ello, lo importante es darle a tu hijo su espacio para
jugar, comentarle lo que ves que está haciendo y no tanto preocuparnos porque
lo acabe. Simplemente, le ayudaremos a desarrollar aquellos roles que nos pida
que hagamos, de manera que sienta que le estamos brindando toda la atención
que necesita.

Si tenéis más de un hijo necesitaréis organizaros mejor. Por ejemplo, los padres
podéis acordar que cada uno hará una actividad o juego con cada hijo, o bien
turnándoos con uno diferente cada día. Si uno de ellos está realizando
actividades extraescolares y no está en casa siempre puedes dedicarle esos
minutos pactados en otro momento del día. Si no existiera rivalidad o celos
excesivos entre los hermanos podríais jugar todos juntos, en caso contrario, lo
mejor es hacerlo de forma individual.

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Recomendaciones

1. Dedica 10 o 15 minutos al día (o cada dos días) a tu hijo jugando de forma


exclusiva con él sin interrupciones.
2. Explícale a tu hijo qué es lo que vais a hacer durante ese “tiempo exclusivo juntos”,
así como las normas que habrá y cómo jugareis.
3. Permítele a tu hijo que controle el juego para así desarrollar su creatividad.

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Limitar la actitud de nuestros hijos y sus
consecuencias

Imaginemos que vivimos en una sociedad sin normas, de manera que


pudiésemos aparcar el coche donde quisiésemos o construir una casa donde se
nos antojase. Algunas personas podrían pensar: “es fantástico! ¡qué mundo tan
fácil e ideal!”. Pero si reflexionamos por un momento nos daremos cuenta de
que las consecuencias de esa falta de reglas o normas conllevaría muchos
efectos negativos, como la falta de orden o el culparnos unos a otros por
nuestras acciones. Es pues necesario, para vivir de forma organizada y
sentirnos seguros emocional y físicamente que existan límites y normas. Para
ello, los padres tenemos una función destacada en este aspecto, ya que
deberemos educar a nuestros hijos limitando algunas de sus acciones y
comportamientos, muy necesario y esencial para establecer y mantener una
convivencia familiar equilibrada y sana.
Muchos podemos reconocer lo desagradable que puede llegar a ser tener que
enfrentarnos diariamente a situaciones nuevas, las cuales pueden producirnos
ansiedad e inseguridad. En cambio, solemos sentirnos mucho más seguros,
tranquilos, e incluso disfrutar más de nuestra vida diaria cuando se cumplen con
ciertas rutinas y normas, tanto de nuestro trabajo como con nuestros hijos, en
las tareas de casa o con nuestros hobbies. Pues esa misma sensación de
inestabilidad e inseguridad es la que sienten nuestros hijos cuando viven sin
límites, sin normas que regulen sus vidas, gracias a las cuales pueden sentirse
tranquilos y felices.
Aunque nuestros hijos tienden a forzar y romper los límites que les imponemos,
realmente desean que haya un adulto más fuerte que ellos que pueda controlar
la situación y crearles esa agradable sensación de seguridad. Por lo tanto,
creando y estableciendo límites en casa estaremos ayudando a crear un
ambiente duradero y seguro con el que proteger a nuestros hijos. Cuando una

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persona sabe de la existencia de normas que regulan su comportamiento así
como el de los demás, tiende a relajarse y a vivir más tranquilamente, ya que
espera que aquellas situaciones inesperadas que surjan sean controladas. Por
lo tanto, es importante establecer normas en casa con nuestros hijos y que
estas sean claras y estén bien justificadas. De lo contrario, les crearemos tal
estado de ansiedad y preocupación que intentarán romper esas normas, más
aún cuando están acostumbrados a tener el poder de cambiarlas cuando sus
padres no actúan con firmeza.
Los niños suelen sentirse atraídos por el mundo de los adultos, que representa
poder y control, de manera que en algunas ocasiones tratarán de tomar el rol de
sus padres y ser ellos quienes controlen sus vidas. Podréis comprobarlo
cuando, con diferentes juegos infantiles, tengan la inquietud y el deseo de
convertirse en adultos y tomar decisiones como nosotros, como cuando juegan a
ser el profesor, la madre o el padre. Teniendo en cuenta que los niños, en su
deseo de imitar a los adultos, tratarán de forzar y romper las reglas es
importante que sus padres resistan esa presión. Ya que al mismo tiempo que
están exigiendo tener el mismo poder que un adulto sentirán miedo e
inseguridad cuando se encuentren en ese “mundo de los adultos”.

La seguridad es uno de los sentimientos más importantes que podemos sentir


las personas, y gracias a este los padres podemos ayudar a nuestros hijos a
experimentar relaciones emocionalmente equilibradas, a disminuir la ansiedad, a
que se desarrollen cognitiva y emocionalmente, creando un ambiente de
confianza en sus relaciones con nosotros, así como reforzando su autoestima

82
con aquellos que les rodean. Por ello, es fundamental que los padres
establezcamos normas para que nuestros hijos aprendan con ellas a
comportarse de forma adecuada en diferentes situaciones sociales,
ayudándolos a ser más responsables a medida que van creciendo. Para ello, es
necesario que seamos fuertes emocionalmente a la hora de imponer límites a
nuestros hijos para que crezcan fuertes, al mismo tiempo que aprenden a
imponerse límites ellos mismos en sus relaciones con los demás. Establecer
límites es un acto de protección por parte de los padres hacia sus hijos, gracias
al cual se les ayuda a ser personas equilibradas y felices.
Seguramente, en algún momento de nuestra vida, y ejerciendo como padres,
hemos encontrado serias dificultades a la hora de implantar ciertas normas a
nuestros hijos y que cooperasen. En muchas ocasiones, los padres llegamos a
estar tan cansados y preocupados por el trabajo o por cuestiones económicas
que sentimos que nos falta energía para ayudar a nuestros hijos a cumplir con
las reglas que hemos establecido en casa. Incluso, hay padres que
experimentan tal sentimiento de culpabilidad que los incapacita para poner
límites a sus hijos, llegando a creer que son malos padres y que los perjudican
si no permiten que se salgan con la suya en muchas ocasiones.

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Cómo imponer límites a los hijos

Es importante que las normas que impongamos a nuestros hijos sean claras y
directas, por ejemplo: “Daniel, ve a tu cuarto y ponte el pijama”, o “Coge tu
cuaderno ahora”,o “Mete tus juguetes en la canasta”.Como ya comenté en un
capítulo anterior, no tratemos de dar a nuestros hijos más de una orden a la vez,
sobre todo a los más pequeños que no están lo suficientemente desarrollados y
capacitados para procesar tanta información al mismo tiempo, de manera que se
podrán confundir. Quizás a veces nos hemos oído decir: “ve al cuarto de baño,
lávate las manos, ve a la cocina y coge tu vaso azul, dile a papá que te sirva el
plato y siéntate a comer”. Con toda esta información puede que no logren
cumplir con todo aquello que les hemos pedido, por lo que es recomendable
darles las instrucciones de una en una.
Si le pedimos a nuestro hijo que haga algo y no nos obedece hemos de repetirle
nuevamente lo que queremos que haga. Si continúa ignorando nuestra petición
hemos de ir donde esté y, poniéndole nuestras manos sobre sus hombros,
buscaremos su atención mirándolo directamente a los ojos para que nos mire.
Una vez que tenemos toda su atención debemos repetirle nuevamente lo que
tiene que hacer. Por ejemplo: “Dani, tienes que lavarte los dientes ahora”. Es
importante no sobrecargar de contenido emocional nuestras palabras para evitar
llegar a decirles algo así como: “Dani, tienes que lavarte los dientes ahora, pero
no hagas como otras veces que no me haces caso y te pones a ver la
televisión”. Cuando no nos obedecen debemos evitar decirles algo así como:
“Pero, ¿por qué no me haces caso? ¡No sé qué he hecho para que me trates
así, ignorándome y haciendo lo que te da la gana! Yo no me merezco esto”.
Es importante aclarar que si nos sentimos enfadados o frustrados cuando
nuestros hijos no nos obedecen ellos no son realmente los causantes de
nuestros sentimientos, sino que somos nosotros los responsables de ellos.
Solemos pensar que los demás son los que nos hacen sentir de una
determinada manera, pero en realidad esos sentimientos nos pertenecen. Si una
persona nos hace sentir mal no es la culpable de nuestro malestar, somos
nosotros los que estamos permitiendo sentirnos de esa determinada manera

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ante la actitud de otra persona. Por lo tanto, si los padres somos responsables
de nuestros sentimientos no debemos culpar a nuestros hijos por cómo nos
hacen sentir, aunque sus conductas nos enfaden o desesperen.

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Ingredientes básicos para que los límites se respeten

La constancia es esencial para que las normas que hemos establecido en casa
se cumplan. Cada familia tendrá distintas reglas y los padres tendremos que
seleccionar cuáles serán las que imperen en el hogar. Si no somos constantes
con nuestros hijos perderemos su confianza y sentirán que no hemos sido lo
suficientemente fuertes como para ayudarlos a cumplir con esas reglas, y
acabarán compitiendo con nosotros por ese poder.
La repetición es otro elemento importante, ya que si las normas se cumplen
aleatoriamente, un día sí y otro no, nuestros hijos no las aprenderán ni tendrán
claro cuáles son ni qué es lo que esperamos de ellos. Estaremos haciendo que
se sientan confusos porque les estamos enseñando involuntariamente que
pueden interferir y cambiar las reglas, o incluso chantajearnos y hasta tomar el
control de ellas para implantar otras.
Si, por ejemplo, le decimos a nuestro hijo que no puede comer golosinas porque
va a cenar en media hora, es importante que se cumpla esa orden y no dejar
que se las coma antes. Para ayudarlos a que acepten esta norma y facilitar así
su cumplimiento podríamos darle una alternativa, por ejemplo, diciéndole: “no
puedes comer caramelos porque vamos a cenar dentro de media hora, pero te
los puedes comer mañana durante el día”. De esta manera, estaremos
ayudando a nuestros hijos a que no se sientan mal por lo que desean, sino a
entender que no deben comer caramelos antes de cenar porque no tendrán
apetito y, aunque protesten, deben aceptar nuestras normas. Si no hemos sido
firmes implantando ciertas normas, por ejemplo, la hora de dormir, y queremos
cambiar ese mal hábito y ser más estrictos para rectificar esta situación,
podríamos observar que su comportamiento empeora inicialmente antes de
volver a mejorar, por lo que es necesario ser pacientes y constantes con ellos.
Es como si un niño, que quiere ir a jugar al campo que hay detrás de su casa,
tuviera que empujar siempre una verja. Él sabe que cuando empuja la verja esta
se va a abrir. De manera que, si la verja dejara de abrirse el niño seguiría
empujándola más y más fuerte, con la esperanza de que cediera en algún
momento, que es a lo que está acostumbrado. Pero al comprobar que la verja no

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se abre, comenzará a mirar a su alrededor y a analizar otras maneras de abrirla.
Después de muchos intentos, y tras enfadarse, irritarse y decepcionarse, el niño
aceptará que la verja no se va a abrir aunque la empuje. Desistirá y no volverá a
intentarlo más. Este ejemplo puede servirnos para analizar mejor la situación a
la que hacemos referencia, en la que los padres podemos ser la verja, y
nuestros hijos ese niño que trata de empujarnos para conseguir lo que quiere.
Su reacción, cuando nos neguemos a ceder a sus pretensiones, probablemente,
será de rabia y enfado, pero acabarán por aceptar la norma, no sin cierta
resistencia al principio.
Al tratar de limitar la conducta de nuestros hijos, tratarán de presionarnos de
diferentes maneras para lograr que sigamos cediendo a sus pretensiones y
deseos, como ha podido ocurrir anteriormente. Cuando se den cuenta de que
por mucho llorar, enfadarse, gritar, patalear, coaccionarnos o amenazarnos, no
logran hacernos ceder, desistirán y abandonarán esa actitud. No hay que olvidar
que es necesario limitar ciertos comportamientos o acciones de nuestros hijos
por el bien de ellos, y así lograremos que crezcan sanos y equilibrados
emocionalmente. En caso contrario, sería como darles golosinas cada vez que
quisieran en vez de alimentarlos con un buen plato de potaje, de manera que
estaríamos perjudicándolos para el resto de sus vidas.

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El poder de ignorarlos

La capacidad de ignorar o de que nos afecten lo menos posible las reacciones o


actitudes de nuestros hijos es una habilidad importante que los padres debemos
adquirir para educarlos. Por ejemplo, cuando nuestros hijos comiencen a gritar,
lloriquear o incluso lleguen a decir que no nos quieren, lo primero que debemos
hacer es ignorarlos completamente. Los niños solo están intentando que
cedamos a sus pretensiones, y para ello, intentarán hacernos sentir mal o
culpables. No hay que olvidar que lo que dicen no lo sienten. En esos momentos
están librando una batalla con nosotros y la quieren ganar. También puede que
estén proyectando esos sentimientos de ira en nosotros porque no les gusta
sentirse de esa manera. Para ignorarlos no debemos cruzar la mirada con ellos,
ya que al prestarles atención visual logramos que actúen de la misma manera
una y otra vez. Nuestro objetivo será no prestarles atención a su conducta
negativa, y así no la reforzaremos.
Los padres podemos imaginar que los gritos y ataques verbales de nuestros
hijos son como la lluvia, de manera que debemos cubrirnos con una “gabardina”
y no dejar que nos mojen, que no nos afecte. Si lo permitimos será mucho mas
difícil que controlemos la situación, por ello, debemos ignorar a los niños en
esos momentos y no contestarles enfadados. Es muy aleccionador para ellos
ver que sus padres pueden aguantar y soportar sus enfados, de manera que
aunque él esté irritado no significa que nosotros también lo estemos. Esos
sentimientos de rabia en momentos puntuales pertenecen a nuestros hijos, y no
a nosotros. Cuando el comportamiento de ellos se vuelva irritante, por ejemplo,
protestando continuamente, con rabietas, hablando como los bebés, diciendo
palabrotas, chillando o discutiendo, lo mejor que podemos hacer es ignorarlos.

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No hay que olvidar que cuando prestamos atención a un comportamiento
inadecuado, como los anteriormente citados, los estamos potenciando. Pero si
los ignoramos, disminuirán. Cuando cese la rabieta o la conducta indeseada de
los hijos, tras haberla ignorado, debemos entonces prestarles atención y
reforzarles la autoestima de forma positiva. De esta manera, entenderán que les
daremos nuestra atención cuando su comportamiento sea el correcto. Este
trabajo de ignorar y prestar atención a los hijos, dependiendo de la conducta
que tengan, tiene como objetivo ayudarles, por lo que hay que pensar que no
estamos perjudicándolos o haciéndolos sufrir.
Limitar la conducta de nuestros hijos con normas puede llegar a ser una
experiencia complicada, ya que debemos elegir qué batallas o discusiones
vamos a emprender con ellos, dependiendo de la energía y del tiempo que
dispongamos para ganarlas. Es decir, si nuestros hijos llevan enfadados una
hora tenemos que manteneros firmes hasta que se rindan y acepten los límites
que les hemos establecido, demostrando que tenemos el control de la situación.
Si estamos cansados y no vamos a poder trabajar esa situación con nuestros
hijos, es mejor ignorar ese mal comportamiento hasta que estemos preparados
para dedicarle el tiempo y la energía necesarios. Debemos ser generosos con
nosotros mismos y no comenzar a imponer límites a nuestros hijos si sabemos
que tendremos que dejarlo a medias porque tengamos mucha prisa o tareas

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importantes que realizar. Si estamos cansados o estresados, y llegásemos a
entablar una discusión con ellos, probablemente acabaríamos cediendo y
nuestros hijos aprenderán que cuando se enfadan o tienen un berrinche
consiguen lo que quieren, por lo que tendrán más rabietas a menudo y
deberemos esforzarnos mucho más para evitarlas.
La constancia ayudará a nuestros hijos a aprender que cuando les pedimos que
hagan algo lo cumplan, enseñándoles que las pataletas y los enfados no les
servirán. Y que, por más que nos presionen para romper esos límites que se han
establecido, seremos lo suficientemente fuertes como para no ceder, y ellos
deberán de acabar aceptándolo. A su vez, los estaremos preparando para que
ellos mismos crean sus propios límites y así ayudarlos a ser más fuertes.
Suele ser conveniente, cuando vayamos a establecer normas, advertirles con
tiempo lo que tendrán que hacer. Por ejemplo, podemos decirle: “Daniel, te
quedan diez minutos para que dejes de jugar con la consola y te sientes a la
mesa para comer”. Gradualmente, se le debe advertir cuánto tiempo le va
restando hasta que se cumplan los diez minutos. También podemos ayudarles a
terminar poco a poco esa actividad que tanto están disfrutando, comentándole
qué harán posteriormente, de esta manera la transición de una actividad a otra
no será tan conflictiva. Por ejemplo: “Dani, vamos a leer 4 páginas más de tu
cuento antes de bañarte”. Y cuando le queden dos páginas se lo volvemos a
recordar, de manera que vaya asimilando el cambio de actividad y evitar así que
comience a llorar o coja un berrinche porque quiere seguir leyendo el libro. Es
importante recordar que cuanto más pequeños son nuestros hijos más ayuda
necesitarán para entender las cosas, de manera que la información que reciban
de nosotros deberá ser más básica y simple.

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Las consecuencias de sus actos

A lo largo de nuestra vida hemos podido comprobar cómo nuestros actos, tanto
lo que decimos como lo que hacemos, tienen consecuencias. Esta es una
importante lección que debemos enseñar a nuestros hijos para que aprendan a
convivir con los demás durante toda su vida. Por ejemplo, si aparcamos en zona
azul y no abonamos el importe por el tiempo que vamos a ocupar ese
estacionamiento recibiremos una multa. O, si después de comer en un
restaurante nos vamos sin pagar, nos denunciarán. Al establecer límites con
nuestros hijos debemos igualmente informarles de las consecuencias, y estas
han de ser lógicas y realistas. Por ejemplo, si después de decirle a nuestro hijo
que se lave las manos un par de veces no lo hace, podemos decirle: “si no te
lavas las manos ahora te perderás 5 minutos de tu programa favorito de
televisión”. Eso es mejor que decirle que no verá la televisión en todo el día.
Esta última decisión nos perjudicaría a la hora de seguir trabajando el
comportamiento de nuestro hijo, por ello, debemos establecer pequeños
castigos o consecuencias, y no agotarlos, de una sola vez y así seguir
recurriendo a ellos, además de que será más fácil que las lleven a cabo. No se
trata de castigar a nuestro hijo porque no hace lo que le pedimos, sino de
ayudarle a que aprenda cómo debe actuar, y esto lo logrará a través de un
proceso en el que solo perderá pequeños privilegios, y no de una sola vez, algo
importante para él.
Es necesario que cuando castiguemos a nuestros hijos por un motivo les
expliquemos las razones. En el caso de niños de poca edad, es importante que
las consecuencias de una mala actitud o comportamiento sean inmediatas, ya
que no están desarrollados cognitivamente para establecer durante mucho
tiempo una relación entre el mal comportamiento y la consecuencia o el castigo,
a no ser que sea inmediato. A medida que los niños van creciendo las
dificultades para relacionar actos y consecuencias disminuyen. Por ejemplo,
podemos decirles: “si no te lavas los dientes ahora te tendrás que acostar diez
minutos antes”. Y a la hora de dormir se le recordará que ha de meterse en la
cama esos diez minutos antes por no haberse lavado los dientes cuando le
pedimos que lo hiciera.

91
Otra forma de ayudar a nuestros hijos cuando no cumplen las normas es
dejando que experimenten las consecuencias de forma natural. Por ejemplo, si
al salir a dar un paseo se niega rotundamente a ponerse el abrigo, podemos
llevárnoslo en la mano y, cuando tenga frío, esperar que nos lo pida, y así
aprenderá por sí mismos que cuando les pedimos que hagan algo es por su
bien. De esta manera evitaremos peleas y discusiones con nuestros hijos
cuando se trate de asuntos pequeños, que además no les perjudican
gravemente, no haciendo una montaña de un grano de arena.
Siempre que impongamos castigos o consecuencias por una desobediencia, y
ellos nos las critiquen, debemos ignorarlos con las pautas que hemos visto en el
capítulo anterior, rechazaremos su conducta negativa y cuando acabe,
volveremos a dirigirnos a él con normalidad. Cuando le hablemos nuevamente
trataremos de hacerlo de forma edificante, positiva y calmada, incluso cuando
los estemos corrigiendo. Por ello, es bueno y necesario que aprendan que sus
enfados les pertenecen, y porque ellos estén enfadados no nos van a irritar a
nosotros, ya que los hijos tienden a proyectar sus sentimientos de rabia hacia
sus padres. También debemos aprender a contener nuestros enfados por
cuestiones ajenas a ellos, evitando chillarles o enfadarnos con ellos, como por
ejemplo cuando les gritamos porque estamos enfadados por una discusión que
tuvimos en el trabajo. Este tema, de límites y consecuencias, es muy importante
y necesario al mismo tiempo que complejo, pero con esfuerzo podremos lograr
mantener un ambiente familiar seguro y emocionalmente estable.

92
Recomendaciones

1. Estableced cuáles van a ser las normas o reglas que van a imperar en casa. Así
será más fácil que estas se cumplan y sean respetadas por todos.
2. Ayudad a entender a vuestros hijos que sus acciones tienen consecuencias. Esta
lección les servirá para el resto de sus vidas.
3. Da a tus hijos instrucciones sencillas, claras, y de una en una.

93
10

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Tiempo fuera para tranquilizarse

La imposición de castigos debe ser siempre consecuencia de comportamientos


graves, como que un hijo le pegue a su hermano o incluso a nosotros, o bien
cuando se ponen en peligro a sí mismos o a otros. Cuando se den esas
situaciones extremas es necesario que los padres mantengamos el control
durante esos momentos, y antes de implantar cualquier tipo de castigo debemos
asegurarnos de que nadie corre peligro y, a continuación, estar seguros que
lograremos nuestro objetivo. En el caso de que no dispongamos del tiempo ni de
las energías necesarias para imponer una sanción será mejor dejarlo para otro
momento.
Si, por ejemplo, nuestros hijos no dejan de portarse mal a pesar de que les
estemos ignorando es recomendable emplear un castigo más severo, con el
único objetivo de que hagan lo que les hemos pedido. Se suele recomendar un
minuto de tiempo de castigo por cada año de vida, de manera que si un niño
tiene 2 años se le castigará dos minutos y si tiene 6 años, seis minutos. También
es necesario especificarles a nuestros hijos el porqué se les castiga. Por
ejemplo, podemos decirles: “Alicia, estarás castigada en tu habitación durante 5
minutos por haberle pegado a tu hermano”.
Antes de llevar a cabo este castigo, mandándola a su cuarto, debemos seguir el
siguiente protocolo. Primero le decimos qué es lo que tienen que hacer, por
ejemplo: “Miguel, tienes que poner los juguetes en la canasta”. Si después de
cinco minutos no lo ha hecho debemos advertirle las consecuencias, es decir,
que si no lo hace lo vamos a mandar a su cuarto. Y le podemos decir: “Miguel,
si no pones los juguetes en la canasta en cinco minutos te castigaré llevándote
a tu cuarto”. Si lo hace es necesario valorar su buen comportamiento
cariñosamente a través de un halago. En caso contrario, le decimos que debe
irse a su cuarto castigado. No tiene que ser su habitación, quizás podamos tener
establecido un lugar en casa en el que pase esos minutos. Puede ser el pasillo

95
o cualquier otro espacio donde no haya mucha estimulación y nuestro hijo
pueda quedarse de pie o sentado sin hacer nada, de manera que pueda
calmarse y pensar en lo sucedido para que cambie su comportamiento, al mismo
tiempo que evitaremos que interfieran la televisión o sus hermanos.
Al igual que con la regla de la atención, con este tiempo fuera estamos tratando
que nuestro hijo se sienta ignorado por su mal comportamiento, de manera que
cuando empiece a portarse bien debemos cambiar nuestra actitud y halagar su
conducta positiva. Una vez que hayan transcurrido los minutos de castigo
volveremos a pedirle que haga lo que le habíamos pedido antes de castigarlo,
por ejemplo, recoger los juguetes. Cuando comience a hacerlo debemos
elogiarle por obedecernos y seguiremos conversando con él con normalidad,
evitando criticarle por el mal comportamiento anterior. No debemos entrar en una
conversación sobre por qué no lo ha hecho antes y sí ahora, ya que entonces
estaremos dando mucha atención a la anterior conducta negativa y la estaremos
fomentando en vez de destacar que finalmente ha hecho lo que le hemos
pedido. Esa conversación podremos tenerla en otro momento y cuando el
incidente no sea reciente, una vez que los dos estemos tranquilos y así estar
más receptivos y dispuestos a mantener esta conversación, analizando lo
ocurrido y comprendiendo los motivos por los cuáles no debe repetirse.
Si después del castigo, y tras pedirle que vuelva a recoger los juguetes, no
hiciera lo que le pedimos debemos volver a castigarlo nuevamente otros cinco
minutos más, con voz seria, firme, pero con calma y sin gritar. Repetiremos el
castigo, una y otra vez, hasta que haga lo que le hemos pedido. Durante ese
tiempo de castigo le estamos dando a nuestro hijo la oportunidad de calmarse,
de pensar, al mismo tiempo que nosotros también nos calmamos y evitamos
hacer nuestro su enfado. No debemos olvidar que estamos ayudando a nuestros
hijos a aprender que toda acción tiene sus consecuencias y que si les pedimos
que hagan algo han de hacerlo por motivos que ellos conocen, por ejemplo,
para ayudar en las tareas de casa. Si se diera el caso en el que nuestro hijo,
después de acabar el castigo de cinco minutos siguiera con la misma actitud,
enfadado, chillando o pataleando, hemos de decirle que hasta que no se calme
en los próximos dos minutos no dejará de estar castigado.

96
Recomendaciones

1. Desarrolla una relación positiva con tus hijos elogiando su buena conducta e
ignorando la negativa (gritos, lloros o enfados).
2. Informa a tus hijos de qué es lo que quieres que hagan y de las consecuencias
(mandarlos a su cuarto) en el caso de que no quieran obedecernos.
3. Cuando nuestros hijos cumplan con lo que les hemos pedido deberemos elogiarlos
y valorar esa buena conducta y actitud.

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11

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Rutinas durante la noche y por la mañana

A menudo, cuando estoy conversando con padres, muchos de ellos suelen


quejarse de lo complicado que les resulta salir de casa por las mañanas para
llevar a sus hijos al colegio y llegar a tiempo al trabajo. Esta rutina puede
estresar a todos los miembros de la familia y crear conflictos entre padres e
hijos, acabando en muchos casos en enfados. Seguro que todos reconocemos
este tipo de escenas, ya que las habremos vivido alguna que otra vez. Los
padres solemos pasarlo peor ya que por las mañanas debemos, antes de salir
de casa, asegurarnos de que nuestros niños estén adecuadamente vestidos y
aseados, de darles el desayuno, que lleven todo lo que necesiten para el
colegio y, con un poco de suerte, desayunar nosotros al menos un café para
afrontar el nuevo día plagado de responsabilidades y demandas. A diferencia de
los padres, los hijos no tienen el mismo concepto del tiempo que tenemos los
adultos, tienden a buscar el placer y disfrute de cada momento tratando de vivir
con más tranquilidad y hacer aquello que les interese y les haga sentir bien.
Además, como los niños se caracterizan por tener una gran habilidad para
concentrarse en aquello que les gusta suelen ralentizar los desayunos y las
tareas rutinarias, con la consecuente desesperación de sus padres.

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Si nos detenemos a observar cómo juegan nuestros hijos podremos darnos
cuenta de que no actúan de forma consciente con tanta parsimonia y
tranquilidad, están tan abstraídos en lo que hacen que incluso aunque los
llaméis parece que no os escuchan. Y no siempre lo hacen a propósito, ya que
están tan interesados y concentrados en lo que están haciendo que no perciben
lo que ocurre a su alrededor. Pensad por un momento, ¿cómo os sentiríais si
mientras estáis leyendo el periódico, una revista, o viendo vuestro programa
favorito o una película que os interesa muchísimo alguno de vuestros hijos os
llamase para jugar con ellos, interrumpiendo la actividad que tan
placenteramente estabais disfrutando? De hecho, puede que incluso los ignoréis
la primera vez con el deseo de que no insistan y os dejen tranquilos para poder
seguir haciendo lo que tanto disfrutáis. Ellos, al no sentirse atendidos insistirán y
os llamarán una y otra vez. ¿A que resulta molesto tener que dejar nuestra
actividad para hacer otra cosa que no nos apetece? Pues a nuestros hijos les
ocurre exactamente lo mismo. Y por eso se producen expresiones como las
siguientes: “Victoria, quiero que te laves ya los dientes. Te lo he dicho diez
veces. Vamos a llegar tarde al colegio. ¿Estás sorda o lo haces aposta?”.

Para evitar este tipo de situaciones es importante que estemos bien


organizados, para que salir de casa por las mañana no cree estrés en la familia.
Por ello, siempre recomiendo a los padres que la noche anterior se aseguren de
preparar todo lo que puedan con antelación para facilitar la rutina de la mañana

100
siguiente. Por ejemplo, puedes dejar preparada la ropa de tu hija en una silla
para que por la mañana solo se la tenga que poner. Si es mayor, animadla a que
sea ella misma la que la deje preparada en su cuarto. Lo mismo ocurre con las
maletas o mochilas del colegio, los deberes o los libros que han de estar
preparados para el día siguiente. Igualmente, si suelen llevar al colegio el
desayuno preparadlo la noche anterior y os ahorraréis tiempo y estrés al día
siguiente.
Uno de los motivos por los cuales a nuestros hijos les puede costar trabajo
levantarse por las mañanas es porque no han descansado bien durante la
noche y están cansados. ¿Cuántas veces no habréis oído decir a vuestros hijos
la noche anterior: “Mamá, por favor, solo cinco minutos más y ya me voy a la
cama”? Y a vosotros responder: “No, que mañana cuando te levantes estarás
muy cansado y no te querrás levantar”. Y nuestros hijos insistiendo: “Por favor,
no seas así y déjame solo 5 minutos. Porfi, porfi, porfi. Solo te estoy pidiendo
cinco minutos. A mis amigos les dejan”. Y al final te das por vencida y les dejas
no solo cinco minutos sino unos cuantos más. Y a la mañana siguiente ocurre lo
que nos suponíamos, que nuestro hijo está cansado y no se quiere levantar.
Como no enfrentamos la situación adecuadamente la noche anterior lo tenemos
que hacer todo esa misma mañana con prisas y el estrés. Para evitar esto
debemos acostar a nuestros hijos a la hora adecuada para que al día siguiente
estén descansados, de buen humor y puedan rendir mejor en el colegio. En
conclusión, si queréis ayudar a vuestros hijos con la rutina de la mañana es
importante crear una rutina desde la noche anterior.

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La rutina de noche

Antes de crear una rutina con la que ayudar a nuestros hijos a acostarse debéis
decidir primero a qué hora creéis que deben ir a dormir, ya que normalmente los
niños de más edad se suelen acostar más tarde y los pequeños antes.
Seguidamente, es importante determinar cuánto tiempo suelen tardar en
acostarse para tener claro a qué hora debéis comenzar la rutina. Por ejemplo, si
la rutina es de una hora y deben acostarse a las nueve podríais empezar a las
ocho. Procurad que la habitación de vuestros hijos sea un lugar en el que
disfruten y para lograrlo será importante elegir, con la opinión de ellos, el color
de la habitación, los personajes que decorarán su colcha, y los póster o
cualquier otro tipo de decoración que les atraiga. Si alguno de vuestros hijos
tiene miedo a la oscuridad podéis colocarle una pequeña lámpara o luz en su
habitación y así recrear un ambiente en el que quieran estar.
Al acostarse, lo primero que podéis hacer es ir avisándoles de cuánto tiempo les
queda para dejar de jugar o lo que sea que estén haciendo, y así poco a poco
se vayan preparando para finalizar su actividad. Por ejemplo, le podéis decir:
“Patricia, cariño, te quedan 15 minutos para empezar a prepararte para ir a la
cama”. El segundo paso será el baño, que puede durar unos 30 minutos y con
el que los niños podrán relajarse para luego dormir mejor. Para después decirle:
“Ahora, Chantelle, te puedes tomar la leche”, con un tono de estar dándole algo
que ella quiere pero también que se le está permitiendo. Y seguidamente, tras
lavarse los dientes, comenzaremos con todos los hábitos para que los niños se
vayan a la cama, como pudiera ser acostarse con su osito, con el pañuelo de la
madre o su lazo preferido, ponerle el vaso de agua sobre la mesita de noche y
todo lo que penséis que os pudieran pedir después de estar acostados. Así,
evitaréis esa típica escena que también conoceréis, cuando os vuelvan a llamar
una y otra vez pidiendo que les llevéis más y más cosas. Y finalmente, después
de dar las buenas noches al resto de la familia se meterán en la cama y les
podréis leer un cuento. A los niños les gustan mucho los cuentos, y leerles uno
cuando se acuesten puede ser una experiencia placentera, haciendo mucho
más fácil que vayan a la cama. Si lo hacemos de forma adecuada y placentera,
acostarse y toda su rutina puede ser para nuestros hijos una experiencia

102
agradable que pudieran estar esperando que suceda cada noche.

Si a pesar de establecer una rutina tuvieseis problemas para acostar a vuestros


hijos habría que averiguar los motivos de ese comportamiento no deseado. Por
ejemplo, puede ser que tengan miedo o sientan ansiedad por algún motivo, y si
este es el caso debemos ayudarlos para facilitarles el ir a la cama. Ahora bien, si
llegamos a la conclusión de que están siendo traviesos entonces podríamos
decirles: “José, te lo digo solo una vez más, si no terminas de jugar y empiezas
a prepararte para ir a la cama mañana te tendrás que acostar 5 minutos antes”.
Aunque penséis que 5 minutos es poco tiempo este castigo suele ser muy
efectivo, ya que al niño no le importa tanto el tiempo que estará castigado sino
haber perdido parte de sus privilegios, por lo que será más efectivo mostrarles
las consecuencias de sus acciones cuanto antes. En el caso de niños o niñas
de más de 6 años, les podéis explicar que se acostarán 10 minutos antes al día
siguiente, sin importar que el castigo sea al día siguiente ya que sabrán
relacionar una cosa con otra. Si son más pequeños hay que buscar una conse​-
cuen​cia más inmediata para que sea efectiva.
Como ya hemos comentado, suele ser muy útil ir avisando a nuestros hijos del

103
tiempo que les va quedando antes del siguiente paso, hasta finalmente
acostarse, de manera que les vamos preparando emocionalmente para cada
paso de esta rutina. Por ejemplo, le podemos decir “Chantelle, te quedan 10
minutos para dejar de jugar con los Lego y ducharte. Te voy a ir preparando el
agua como te gusta”. Minutos más tarde: “Chantelle, te quedan tan solo cinco
minutos para seguir jugando, empieza a ir recogiendo los juguetes”. Y así con
cada paso de la rutina. También suele motivarlos que elogiemos cómo lo van
haciendo, comprobando si necesitan ayuda o si pueden hacerlo ellos solos, ya
que de esta manera le estamos ofreciendo soporte y brindándoles atención
positiva. Es necesario que los hijos entiendan las rutinas, por lo que podríamos
escribirlas en un papel o en una cartulina con dibujos o pegatinas para que
resulte más atractivo, colocándola en su cuarto, en la cocina o en ambas
habitaciones.

104
La rutina de la mañana

Si lo hemos dejado todo preparado la noche anterior podríamos despertar a


nuestros hijos no tan temprano sino quizás un poco más tarde, asegurándonos
que les dará tiempo a prepararse sin prisas antes de salir de casa. Al igual que
con la rutina de la noche, por la mañana podríais hacer un calendario con el que
se especifique qué es lo que deben hacer desde que se levantan hasta que
salen para ir al colegio, decidiendo si desayunan primero o se visten, ya que hay
niños que suelen ensuciarse mucho al comer y por lo tanto es más sensato que
desayunen antes. También hay padres que quieren que sus hijos se duchen por
la mañana por lo que habría que contar con este tiempo para establecer la
rutina. Después de desayunar se lavarían los dientes y, solo entonces, se les
podría permitir jugar o que viesen la televisión. En estos casos, cada madre y
padre deberá decidir qué es más adecuado para ellos y sus hijos, asegurándose
de que estén preparados para salir de casa cuando llegue la hora. Ellos os
podrían decir: “Mamá, por favor, déjame solo 5 minutos más y después me sigo
arreglando”, por lo que deberíais responderle algo como: “Antonio, ya conoces
las normas de la casa, así que ve terminando de desayunar y entonces podrás
jugar unos minutos antes de irnos. Ya casi has acabado”. Por eso, suele ser
recomendable dejar un margen de tiempo para imprevistos, de manera que si
debéis salir a las ocho os deberíais asegurar de tenerlo todo listo a las ocho
menos diez para evitar estar estresados.

105
Recomendaciones

1. Animad a vuestros hijos a seguir las rutinas, avisándolos del tiempo que les queda
para que acaben de hacer sus actividades y recordándoles qué deben hacer
seguidamente.
2. No permitáis que vuestros hijos se distraigan con la televisión u otros juegos antes
de que estén listos para ir al colegio, ya que podríais utilizarlos como premios o
recompensas para motivarlos.
3. Enseñad a vuestros hijos, firmemente pero apoyándolos, a ser consecuentes con
sus actos cuando no cumplan lo que les habéis pedido que hagan, tanto al
levantarse por la mañana como con la rutina de por la noche.

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107
La hora de comer

La hora de comer es un momento que puede provocar bastantes conflictos en la


familia. Los padres solemos preocuparnos mucho con la alimentación de
nuestros hijos, sobre todo cuando son bebés, midiendo las cantidades de leche,
de papilla y qué alimentos van tomando durante el día. Pesamos a nuestros
hijos cada semana y nos preocupamos si no aumentan de peso o no se
alimentan correctamente, bien porque no quieran tomar el pecho o no les guste
cierto tipo de alimentos. A medida que van creciendo podemos observar cómo
con frecuencia actúan de forma más independiente, decidiendo qué quieren
comer, qué les apetece en cada momento y qué no. Teniendo en cuenta que es
muy difícil hacer comer a un niño cuando no quiere hemos de ser cuidadosos
con nuestras reacciones para no entrar en una dinámica de descontrol y
conflictos diarios.
Alimentar a nuestros hijos es una muestra de amor y lo demostramos no solo
pasando gran parte de nuestro tiempo comprando la comida, seleccionando la
mejor y más adecuada, sino que además la cocinamos, la trituramos y la
preparamos para que sea del gusto de nuestros hijos. Todo ello con el único
objetivo de cuidarlos, que estén bien alimentados y sanos. Si después de todo
ese esfuerzo, cuando la madre pone la mesa y llama a su hija para que se siente
a comer, diciéndole: “Victoria, ven a la mesa, la comida se te va a enfriar”, la
hija responde: “Oh, no, yo no quiero lentejas, a mí no me gusta. Además, no
tengo hambre”. Los padres pueden sentirse muy disgustados y rechazados ya
que han dedicado gran parte del día preparándole la comida a su hija para que
esté bien alimentada. En estos casos es importante no exteriorizar el enfado,
tratar de estar calmados y evitar tomárnoslo como algo personal, procurando no
enfadarnos con nuestra hija.

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Hay padres que cuando creen que sus hijos no comen lo suficiente se enfadan
con ellos y les recriminan su actitud. Estas situaciones deben evitarse ya que el
continuo enfrentamiento con los hijos solo irá en aumento y creará una dinámica
conflictiva entre ambos basada en las amenazas y el estrés que no favorecerá a
ninguno de los dos. De manera que hay que tratar de no caer en la trampa de
prestarles a los hijos demasiada atención cuando su conducta con la comida
sea negativa. Al contrario, solo hay que atenderlos y alabarlos cuando coman
adecuadamente, por ejemplo diciéndoles: “¡Qué contenta estoy de que estés
comiendo tan bien, vas a crecer mucho y te vas a poner muy fuerte!”. En el
caso de que vuestro hijo se niegue a comer debéis recordar que la mayoría de
ellos necesitan alimentarse suficientemente para generar toda la energía que
necesitan cada día, es decir, que volverán a tener hambre tarde o temprano. Por
ello, es mejor no obsesionarse con las cantidades ya que al principio los niños
suelen tener un estómago pequeño pero poco a poco irán comiendo cada vez
más y es importante que intentéis que esto no se convierta en una batalla.
Probablemente podáis llegar a identificar diferentes fases en la alimentación de
vuestro hijo, y como habrá semanas en las que le encante una determinada
comida y en otras no querrá comerla más, entonces se interesará por otro
alimento nuevo. En el caso de los bebés, cuando empiezan a probar distintas
comidas es recomendable observar cómo responden a los distintos sabores, ya

109
que mostrarán claramente lo que están sintiendo en esos momentos e irán
aprendiendo qué les gusta y qué no. Por ejemplo, si tu bebé sacude su cabecita
de un lado para otro escupiendo la comida y poniendo una cara de asco podrías
decirle: “Esta ciruela está un poco agria y no te gusta, ¿verdad? Las otras que
has probado eran más dulces”. De esta manera tu hijo estará aprendiendo
sobre las distintas reacciones que tiene según el sabor de los alimentos.
Cuando sea un poco mayor, y para que siga interesándose por la comida,
puedes hacer que participe del proceso que implica la compra, no solo
acompañándote sino, por ejemplo, explicándole por qué es importante comprar
unos alimentos y dándoselos para que lo introduzcan en el carrito. Mientras
compráis puedes decirle a tu hija: “Chantelle, mira, ahí están los plátanos. A ti
te gustan, ¿verdad? Son para tu desayuno de mañana. Aquí los tienes, ponlos
en el carrito. A ver, ¿qué otra fruta te gusta?”. Si elige una fruta que no haya
probado todavía puedes comprarla e introducirla en su dieta. También se les
puede involucrar en el ritual de poner la mesa y en aquellas otras actividades
relacionadas a la comida.

La mayoría de los niños suelen querer comer aquello que ya conocen porque les
hace sentir seguros. Por eso podéis ampliar su lista de alimentos con otros
nuevos, quizás comentándole a quién de la familia le gustan. Por ejemplo: “Mira,

110
Cristina, tengo kiwi, es la fruta favorita de tu hermano mayor y de tu padre. Te
voy a dar un poquito para que la pruebes”. Los niños a menudo tienden a imitar
a sus hermanos mayores o a sus padres, así que podéis aprovechar esa
conducta como un incentivo. ¿Cuántas veces no les habéis dado de comer a
vuestros hijos y al sentaros a comer comienzan a pediros que le deis comida de
vuestro plato? Esta es otra buena ocasión para que prueben nuevos alimentos.
Si vuestra hija os está observando mientras coméis le podéis decir con cierto
tono de entusiasmo: “Olga, este puré está muy bueno. Me encanta. ¿Quieres
probar un poco?”.
Si os aseguráis de que vuestros hijos realicen bastante actividad física les
estaréis ayudando a tener más apetito, por lo que será más fácil que prueben
nuevas y diferentes comidas. Quizá en alguna ocasión habéis oído o visto a una
madre o a un padre decirle a su hijo: “No te voy a dar nada más de comer hasta
que te hayas comido el primer plato. Si no te lo comes ahora te lo vas a tener
que comer para cenar!”. Sed cuidadosos y no caigáis en la trampa de castigar y
discutir con vuestros hijos, tratad de mantener la calma y de alentarlos para que
coman al menos un poco de la comida que les habéis preparado. Evitad
ofrecerles otra comida para que decidan cuál quieren. Si vuestro hijo no se ha
terminado la comida en un plazo de media hora, por ejemplo, retirádsela de la
mesa sin enfadaros y dadle el siguiente plato, evitando estar comentando en voz
alta o baja si se dejó o no parte del anterior. Después de la comida aseguraos
de no darle ningún aperitivo, galleta o caramelo hasta que le toque, aunque
tenga hambre. No convirtáis el aperitivo en una comida y únicamente dadle la
misma cantidad que le ofrecéis normalmente. Puede ser que llevar esto a cabo
sea difícil para algunos padres ya que pueden sentirse mal pensando que su
hijo no ha comido bien, y como tendrán hambre deben darle algo más. Si lo
hacemos estaremos provocando que se produzca una situación similar a la
anterior, y vuestro hijo no acabará su comida porque no tiene mucha hambre y
no conseguiremos crear esa rutina necesaria para que coman todo lo que
necesiten una vez que se sienten en la mesa.
Con el ejemplo anterior no solo ayudamos a nuestros hijos a que tengan una
rutina para su correcta alimentación, sino que puede darse la situación opuesta,

111
y no quieran comer más. A medida que los hijos se hacen mayores muchos
padres no son conscientes de que sus hijos padecen de sobrepeso, un
problema que se va agravando cada vez más en nuestra sociedad. Si observas
que tu hijo va aumentando de peso durante los últimos meses, más de lo que es
adecuado para su edad, es importante que seáis responsables con su
alimentación y aunque os pidan determinados productos debéis determinar si
debe comerlos o no, ya que sois vosotros los que hacéis la compra y cocináis, y
por lo tanto debéis controlar lo que consumen. Suele resultar muy difícil para un
niño tener la suficiente fuerza de voluntad para no comer ciertos alimentos que
les perjudican cuando les encantan. A cuántas personas adultas hemos llegado
a conocer que han tratado de perder peso con diferentes tipos de regímenes y, o
no han podido cumplir con las especificaciones de estos, o lo han hecho solo
por un tiempo. Seguro que muchos de nosotros nos identificamos con esa
situación. Pues si para un adulto es difícil tener fuerza de voluntad para evitar
comer ciertos alimentos imaginad a un niño que no tiene la misma motivación
para hacerlo.

Si vuestro hijo sufriera de sobrepeso no es necesario ponerlo a dieta o a


régimen, ya que los niños están creciendo y necesitan comer y tampoco sería de
gran ayuda crear en ellos un sentimiento de privación. En la mayoría de los

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casos el problema se origina porque se ingiere mucha comida poco saludable,
tipo bollería industrial, gaseosas, alimentos muy grasos o la llamada “comida
basura”. Otra de las causas del sobrepeso es la falta de actividad, ya que al no
realizar ningún deporte o ejercicio físico los niños no quemarán tantas calorías
como debieran. Para muchos padres negarles a sus hijos que coman algo que
no les va a beneficiar les resulta muy difícil, ya que sienten que les están
privando de algo que ellos desean y les hace sentir culpables. Algunos desean
complacer tanto a sus hijos que evitan ser muy disciplinados con la alimentación
para agradarles. Por ejemplo, vuestro hijo pudiera deciros: “Mamá, por favor,
dame más patatas fritas”; y la madre responderle: “no cariño, que ya has
comido suficiente. Si sigues comiendo tantas te vas a poner malo”. El hijo
entonces suele insistir: “por favor, mamá, ¿quieres que me muera de hambre?
Es que me duele la barriga de tanta hambre, porfi, porfi…”. Y en estos casos
puede que la madre acceda y le dé más, en vez de ayudarlo a que aprenda a
contenerse ofreciéndole una fruta u otra comida que considere saludable.
También podría decirle algo así como: “Pablo, ya te has comido suficientes
patatas fritas. No es bueno para ti comer más, ya sabes que no es saludable
comer tanta grasa. Pero si quieres, puedo darte un poco más de carne o
puedes comer más fruta. ¿Qué te parece una trozo de melón? Está muy dulce”.
Debemos asegurarnos de darle a nuestros hijos todos aquellos alimentos
adecuados para su correcta nutrición y, sin necesidad de eliminar los dulces,
pasteles o las golosinas, simplemente deberíamos disminuir la cantidad de estos
productos semanalmente. Para ello, los padres debemos ser responsables y
ayudar a nuestros hijos a que se alimenten y crezcan con hábitos saludables. Y
aunque también pueden y deben disfrutar de helados, golosinas, patatas fritas,
etc., solo debe ser de forma ocasional. También, como hemos comentado antes,
los debemos animar a que realicen actividades físicas evitando utilizar el coche
o el transporte público si es posible ir andando. Debemos llevarlos al parque
para que jueguen con su pelota y corran libremente, lo cual no solo es divertido
para ellos sino que al mismo tiempo es una buena forma de mantener su cuerpo
sano.

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Recomendaciones

1. Tratad de hacer que la comida sea una actividad interesante y divertida en la que
ellos puedan cooperar.
2. Evitad que el tema de la comida se convierta en una pelea por el control.
Simplemente retiradle el primer plato si no lo ha terminado y ofrecedle el segundo.
Si al terminar de comer pidiera otro alimento, esperad hasta la siguiente comida.
3. Animad a vuestros hijos a seguir una dieta saludable con alimentos nutritivos, y
sugerirles que hagan actividades físicas con las que disfrutar.

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Economía de fichas y regalos sorpresa

Para que nuestros hijos tengan un comportamiento adecuado es importante que


estén motivados y que quieran obedecernos, y utilizando dibujos y gráficos en
los cuales se muestren sus progresos y logros podrían ser de gran ayuda. Con
ellos podemos mostrar a nuestros hijos cómo están cambiando y mejorando sus
conductas y cuáles otras necesitan mejorar. Para que este tipo de proyectos
tengan éxito debe ser compartido y consensuado entre padres e hijos, ya que
con un objetivo común será más fácil lograrlo. Si deseamos que nuestro hijo
cambie cierta actitud o comportamiento lo primero que debemos hacer es hablar
con él y explicarle que deseamos ayudarlo, y que para ello hemos pensado en
utilizar un gráfico con el que compartir el proyecto y ver de forma clara sus
avances. Por ejemplo, le podemos decir: “Juan, cielo, estaba pensando que
últimamente me he enfadado mucho contigo porque dices muchas palabrotas y
no me siento a gusto estando enfadada contigo tanto tiempo, así que he tenido
una idea estupenda. Como me gustaría ayudarte a que cambies tu forma de
hablar, ¿qué te parece si lo hacemos juntos?”. Y podemos explicárselo de forma
sencilla utilizando los gráficos estableciendo qué objetivos pretendemos que
logren y de qué manera.

117
La conducta que deseamos que alcancen siempre debe estar expuesta de forma
positiva para concentrarnos en los resultados que queremos que logren, y no en
lo que no queremos. Como recordaréis del capítulo de “la regla de la atención”,
de esta manera estaremos reforzando la conducta deseada. Siguiendo con el
ejemplo, el objetivo que escribiremos en el gráfico sería “hablar educadamente”,
en vez de “no decir palabrotas”, ya que debemos enfocarlo positivamente. Si
vuestro hijo es mayor de 7 años podéis elaborar una gráfica de mejora cada dos
semanas, de manera que cada día que hable educadamente podáis pegar una
estrella o una pegatina de su gusto en el gráfico. Si crees que a tu hijo le va a
costar mucho trabajo conseguir no decir ni una palabrota durante un día entero
se puede dividir la gráfica en mañana y tarde. Si cada medio día consigue hablar
respetuosamente podrá ganar una estrella y así conseguiría dos cada día.
Después de establecer el objetivo y en cuanto tiempo queremos lograrlo hemos
de decidir cuántas estrellas puede conseguir nuestro hijo durante las próximas
dos semanas, por ejemplo, para ganar la recompensa que ya habréis
establecido juntos previamente. Supongamos que habéis dividido el reto en
mañana y tarde, de manera que en dos semanas conseguiría un máximo de 28
estrellas. Para ayudarlo podéis motivarlo recordándole que cuando llegue a las
14 estrellas conseguirá su recompensa. El premio que puede ser ir al cine,
hacer juntos algo que le encante o cocinar entre los dos su pastel preferido,
pero aseguraos que no suponga un gasto excesivo. Podríais ofrecerle 3 o 4
propuestas o ideas para recompensarlo, y que él o ella elija la que más ilusión le
haga. Otra posibilidad es darle una pequeña recompensa al final de la primera
semana, de manera que si consigue al menos 6 estrellas (o un número que
creáis conveniente, pero que sea posible alcanzar), lo estaréis animando a
seguir esforzándose una semana más. Recordad que lo importante en estos
casos es establecer metas u objetivos que vuestro hijo pueda conseguir,
motivándolo de forma positiva y mejorando su autoestima.
Cuando vuestro hijo logre el objetivo que habéis establecido juntos tratad de
darle su recompensa inmediatamente si es posible. Si tuviera que esperar al
final de la semana, porque el premio es ir al cine o dar un paseo juntos a un
lugar determinado, hacedlo lo antes posible. Recompensar a los hijos

118
inmediatamente les ayudará a relacionar el éxito logrado con el plan que habíais
acordado y cómo al mejorar su comportamiento obtiene una recompensa.
También sería importante que divulguéis su éxito, haciendo saber a vuestra
pareja la buena noticia, así como a otros miembros de la familia si es posible,
para que lo alaben y que así vuelva a repetir la conducta positiva. En el caso de
que vuestro hijo tenga una edad inferior a los 7 años, sería conveniente que la
Economía de Fichas tuviera una duración de una semana en vez de dos. Cuánto
más pequeños sean más sencillos deberán ser los retos que deben lograr o los
cambios de conducta, ya que su desarrollo cognitivo no les permite entenderlo
todo como pueden los más mayores. A medida que vayan creciendo, los gráficos
o tablas pueden ser más complejos y con una mayor cantidad de pasos
orientados tanto a las conductas como a otros objetivos.

Lo primero que hay que hacer para elaborar una tabla de recompensas es
decidir qué comportamiento queréis que vuestro hijo mejore, y entonces hablar
con él o ella para, conjuntamente, desarrollar un plan con el que mejorarlo,
permitiendo que nos den ideas y tenerlas en cuenta. Por ejemplo, si a tu hija le
gusta el fútbol puedes utilizar dibujos o imágenes relacionadas con este deporte
en la gráfica, y en la portería esté el objetivo a lograr, utilizando balones y
pasando estos a cada jugador en el campo hasta llegar a la portería rival. Las
combinaciones, como podréis imaginar, son infinitas. Cuando logre su objetivo
deberíais alagarle, valorar positivamente su esfuerzo y mostrarle cuán
orgullosos os sentís diciéndoles también que podrá conseguir todo aquello que
se proponga. Una vez que haya conseguido acabar con éxito algunas tablas

119
podréis realizar otra más, aún más desafiante, y si no lo lograse a la primera,
ponerle extra soportes para ayudarlo y tratad que siga esforzándose por
conseguirlo.
Este tipo de ejercicios son muy originales y pueden personalizarse según a
quién vaya dirigido y dependiendo de la edad o los hobbies del niño. Una vez
tengamos establecido el objetivo debemos dibujarlo en una cartulina, folio u
ordenador, usando distintos colores, dibujos, recortes, caras sonrientes o
cualquier otro elemento que pensemos que a nuestro hijo le gustaría. Podéis
igualmente utilizar diferentes materiales, dibujando en él los avances o
incluyendo las pegatinas a medida que vayan logrando los retos. La motivación
y el entusiasmo pueden hacer de esta herramienta un éxito si la utilizamos
adecuadamente. Si simplemente lo dejamos en manos de los niños se aburrirán,
perderán el interés y el objetivo podría no cumplirse. Por ello, lo importante es
hacerlo juntos y que sea un proyecto común entre padres e hijos. Parte del éxito
de este gráfico de economía de fichas es que debe ser elaborado y completado
tanto por vosotros como por vuestros hijos, ya que ellos disfrutarán el simple
hecho de que estén haciendo algo juntos y de esa manera tener su atención y
pasar tiempo juntos.
Que seáis constantes con esta actividad hará que vuestro hijo se motive, se
anime y quiera esforzarse por acabarla. Se puede dar el caso de que vuestro
hijo esté enfadado y no quiera cooperar. Si os dijera: “Mamá, me da igual no
pegar la pegatina en el tablero, no lo quiero hacer”, vosotros podríais decirle:
“Ánimo Juan, con lo contenta que estoy de que hayas sido tan respetuoso
hablando esta tarde. Vamos a pegarla juntos. Mira, aquí traigo todas las
pegatinas para ver cuál quieres utilizar. Pégala que yo te vea porque te mereces
pegarla. Has conseguido tu objetivo durante toda esta tarde y eso ha sido un
gran logro por tu parte, estoy muy contenta contigo”.

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Bolsitas sorpresas

Cuando hablo de las “bolsitas sorpresas” me estoy refiriendo a aquellos


obsequios o pequeños premios que podemos ir dando a nuestros hijos a medida
que vayan logrando algunos objetivos, previos al gran objetivo o meta final. Son
más fáciles de conseguir y suelen incentivarlos a seguir esforzándose para
acabar el gran reto. Esas pequeñas recompensas deben ir marcadas en la tabla,
y podrían consistir en pequeños regalos de no más de 50 céntimos o 1 euro que
guardaríamos en una bolsa que no sea trasparente para mantener la sorpresa.
Cuando nuestro hijo lograse, por ejemplo, ese pequeño reto de hablar
educadamente durante tres días, podríamos ofrecerle la bolsa para que metiera
la mano y sin mirar sacar su premio. Estos pueden ser por ejemplo, una goma
de borrar, una pelotita de goma, un trompo, un coche pequeño, un libro pequeño
para colorear, un trozo de plastilina, lápices pequeñitos, animales de plástico,
pegatinas o estampas. Estas son solo algunas ideas, pero vosotros podéis
añadir a la bolsa todo aquello que consideréis que puede gustarle a vuestros
hijos. Si además los envolvéis en papel de regalo le estaréis añadiendo un poco
más de expectación al juego y así convertirse en algo que tu hijo espere con
ilusión.

Como los padres tenemos la facultad de motivar a nuestros hijos con mucha
facilidad podemos utilizar las bolsitas sorpresas para que, por ejemplo, vuestra
hija se lave los dientes sin tener que pedirle hasta seis veces que lo haga.

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Podríais decirle algo así como: “Muy bien, Patricia. Esta mañana lo estás
haciendo todo a tiempo. Si te lavas los dientes ahora mismo podrás sacar de la
bolsa un regalito. ¿Qué crees que te tocará hoy? ¡Tengo muchas ganas de
saberlo! ¿Y tú?”. Si se lo dices en tono positivo, cariñoso, activo y entusiasta (a
los niños les encanta que les hablen así) llamarás su atención y la motivarás a
esforzarse por obedecerte, logrando su premio.
Otra idea que podemos implementar para animar a nuestros hijos a trabajar en
una determinada conducta, es ir rellenando un tarro de cristal con piedras,
canicas, piezas de Lego, conchas o cualquier otra cosa que quepa en el tarro y
que a vuestra hija le guste, de tal manera que cuando esté lleno podréis darle su
premio. Por ejemplo, podríais decirle algo así como: “Si cada vez que te diga
que te laves las manos antes de comer lo haces sin que te lo tenga que repetir
meteremos una piedra en tu tarro, y cuando esté lleno iremos a la piscina a
nadar juntos”. Es recomendable que el tarro sea de cristal para que podáis ir
viendo cuán lleno está e ir animando a vuestra hija a esforzarse por conseguir
llenarlo. Para motivarla podemos decirle: “María, con esta nueva piedra ya
llevas el tarro casi por la mitad. Si sigues así, en unos cuatro días puede que
consigas tu recompensa. Lo estás haciendo muy bien y creo que lo vas a llenar
muy pronto. Tengo muchas ganas de que lo acabes para que podamos ir a
nadar juntas”. Así podemos ir animando a nuestros hijos a que se acostumbren
a comportarse tal y como vosotros esperáis.

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Recomendaciones

1. Elige qué comportamiento quieres que cambie vuestra hija y házselo saber de
forma positiva, sencilla y claramente.
2. Diseñad una tabla de recompensas junto a vuestros hijos como si fuera un juego,
aportando mucha energía positiva al proceso para que así lo podáis premiar por su
esfuerzo.
3. Una vez tu hija haya conseguido su meta, dale la recompensa lo antes posible para
que relacione el premio con el reto conseguido con su esfuerzo.

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14

124
La independencia de los hijos

Cuando afirmamos que una persona es independiente nos referimos a que no


está influenciada o controlada por opiniones o conductas de otras personas. En
el caso de que los niños y jóvenes poco a poco vayan siendo cada vez más
independientes significa que piensan y actúan por sí mismos, y dependen cada
vez menos de sus padres u otros adultos de su entorno. Un aspecto que
subyace de esa independencia es la separación. Una de las primeras
separaciones físicas se produce cuando el bebé nace y el doctor corta el cordón
umbilical que le une a su madre. En esta primera separación el bebé tiene que
empezar a luchar por sí mismo, debe respirar él solo, reconocer sonidos
familiares, ser amamantado, etc. Cualquier separación entre padres e hijos
suele ser dolorosa, sobre todo para los padres, que ven cómo a medida que sus
hijos van creciendo sienten que los están perdiendo y les hace sentir tristes.
Razón por la que a veces muchos de ellos se resisten a animar a sus hijos a ser
independientes. Esto puede suceder, por ejemplo, cuando se deja de
amamantar al bebé, cuando empiezan a ir al colegio, o al pasar la noche en
casas de sus amigos. Los padres se sienten mal porque al no estar allí para
protegerlos los suelen echar mucho de menos.

125
A pesar de ello, uno de los principales objetivos de los padres debe ser el de
ayudar a sus hijos a crecer, a madurar y a ser independientes para que puedan
defenderse de los adultos. Enseñarles a ser independientes no significa que
tengan que alejarse de sus padres, ya que aunque los hijos vayan ganando más
y más independencia a medida que pasa el tiempo seguirán vinculados a ellos
porque necesitarán de su amor, de sus consejos, así como de su protección y
soporte emocional. Los niños suelen buscar de forma natural su independencia
queriendo hacer por sí solos las cosas. Desde los 2 años les oímos decir “¡Yo lo
hago, yo lo hago!”, y vemos cómo para hacerlo ellos nos quitan de las manos
aquello que tenemos, o se enfadan si no los dejamos participar. Pero hay
también padres que sienten esa separación de forma opuesta y esperan que
sus hijos sean más independientes para tener más libertad, aunque no por ello
les agrade la idea de que sus hijos no los necesiten como cuando han sido más
pequeños. Algunos padres, cuando se sienten necesitados se sienten queridos,
y si sus hijos no los necesitan les crea una sensación de carencia emocional
que les hace sentir muy solos.
Para algunos padres suele ser un desafío permitir a sus hijos que controlen sus
propias vidas, ya que entonces no podrán decidir por ellos qué deben hacer o
cómo tienen que comportarse. Por ejemplo, cuando una madre le dice a su hija
de 6 años: “Chantelle, escoge tú hoy la ropa que vas a llevar a la calle”, y
cuando se presenta ante la madre, esta le responde: “¿Cómo te vas a poner
eso? Llevas la ropa de colores que no pegan. Ven conmigo que yo te elija la
ropa”. A los padres les puede costar trabajo aceptar que sus hijos tomen sus
propias decisiones, sobre todo cuando son diferentes a las suyas. Incluso los
hay que tienen la necesidad de crear una especie de capullo de seda para ellos
y sus hijos, donde todos se sientan seguros y alejados del mundo exterior. Pero
estas conductas suelen crear problemas y discusiones entre padres e hijos, ya
que no existen límites o una separación emocional adecuada. Por ejemplo, si
vuestro hijo de 9 años quiere dormir con su padre o madre en la misma cama de
forma asidua y casi diaria, deberíais oponeros los dos a este hábito. No cedáis a
esta pretensión aunque la idea pudiera pareceros entrañable porque vuestro
hijo es feliz así, o bien lo permitís para que no se enfade o incluso disfrutéis

126
vosotros de ese contacto físico. Los padres debemos establecer límites y
hábitos saludables, y dormir con los padres pudiera ser contraproducente ya
que no estaríamos permitiendo que poco a poco nuestro hijo se fuera
independizando, por lo que un buen comienzo sería establecer el lugar donde
debe dormir cada noche.

Otros padres tratan de hacerlo todo por sus hijos, aunque ellos ya sepan
perfectamente hacerlo, pero actúan sobreprotegiéndolos y creyendo que tienen
que estar siempre a su lado. Sienten la necesidad de tener que saberlo todo
sobre ellos y no dejan de asegurarse constantemente de que estén bien,
liberándolos de dificultades y problemas. Normalmente, estos padres suelen
tener un nivel de ansiedad desproporcionado que no les permite a sus hijos ser
más independientes a causa de temores, miedos infundados e inseguridad
emocional. En la consulta oigo casos en los que un niño, por ejemplo de 8 años,
tras tener una pequeña discusión o desencuentro con un compañero en el
colegio se lo cuenta a su madre, y ella se dirige a la escuela para hablar con los
profesores y con la madre del otro niño, con la intención de defender a su hijo y
hacer algo al respecto. Otra manera mejor de lidiar con estos casos sería que la
madre hablase con su hijo y le preguntase qué le ha pasado con su compañero
averiguar si él también actuó de manera inapropiada o provocó esa situación.
Después, podría ayudarlo a buscar la manera de solucionarlo él mismo sin que
ella tuviera que intervenir. Quizás con esa charla él podría resolver la situación

127
con su compañero y así aprender a manejarse en situaciones similares en un
futuro. Si no funcionase, entonces podrían pensar ambos en otra solución pero
procurando en que sea el hijo el que lo resuelva solo. Si aún así persistiera, la
madre podría pensar en intervenir pero siempre dándole a su hijo la oportunidad
de resolverla por sí mismo, ya que esta es una muy buena oportunidad de
aprendizaje.
Una vez que los padres asumen que deben permitir a sus hijos ser más
independientes deben aceptar que se equivoquen y que cometan errores. Por
ejemplo, algunos recordaréis cuando dejasteis por primera vez que vuestra hija
de un solo año se comiera ella sola un yogurt en su poltrona, y al daros la vuelta
lo tenía por todo el cuerpo, el pelo, la cara y los brazos, es decir que se acabó
bañando en yogurt. Probablemente algunos tengáis esa foto. Este ejemplo nos
muestra que los padres debemos dejar que nuestros hijos experimenten cosas
nuevas aunque a veces no lo hagan bien, ya que gracias a la práctica acabarán
comiendo correctamente con la cuchara. Los niños están descubriendo
continuamente nuevos objetos a través del tacto, olores a través del olfato, o
sabores con su boca. Su cuerpo es el medio a través del cual experimentan y se
relacionan con el mundo. Si los ayudáis a ser independientes, teniendo en
cuenta su edad, haréis que confíen más en sí mismos y sigan descubriendo que
pueden cuidar de sí mismos, ya que disponen de recursos para ello, lo que los
motivará a querer desarrollar sus propias habilidades. Y es que los niños,
aunque a muchos adultos les cueste creerlo, pueden hacer mucho más de lo
que imaginamos.
La independencia también afecta a la autoestima de nuestros hijos, ya que
cuando logran hacer algo que en un principio era un desafío sienten una gran
satisfacción y están dispuestos a seguir superando más retos. ¿Os acordáis
cómo os sentisteis el día que aprobasteis el carnet de conducir o de moto?
¿Qué sensación de logro e independencia percibisteis en vosotros mismos?
Pues los niños lo sienten de igual manera. Nuestro trabajo como padres
consiste también en aliviar el miedo y la ansiedad en ellos para que vayan
creando sus propios sentimientos de seguridad y confianza con los que
motivarse para tratar de hacer cosas nuevas por sí mismos e ir aumentando esa

128
sensación de libertad y autonomía.
Para que vuestros hijos sean más independientes podéis pedirles que os
ayuden en las diferentes tareas de la casa desde muy temprana edad. Seguro
que habréis podido observar cómo actúa una niña de 2 años cuando su madre
le pide que vaya a tirar su pañal sucio a la basura, y ella va y lo hace. A medida
que van creciendo podéis pedirles que recojan sus juguetes y así,
progresivamente, ir cambiando las tareas a medida que son mayores, como
poner la mesa, recogerla o lavar los platos cuando terminen de comer.

Es necesario, para que aprendan a ser independientes, permitir que los hijos
hagan las cosas por sí mismos, enseñándoles a hacerlas con paciencia y
animándolos aunque se equivoquen, no tratando de rescatarlos. Hay que dejar
que los hijos hagan las cosas sin que sus padres intervengamos, para que
disfruten de esa agradable sensación tras lograr su objetivo y así mejorar su
autoestima y confianza en sí mismos. Además, aprenderán gracias a sus
experiencias, equivocándose, e intentándolo de nuevo, tal y como aprendemos
todos. Por eso es importante tener una buena comunicación con los hijos, para
animarlos, hacerles sentir que si se equivocan estaremos ahí para apoyarlos y
ayudarlos, no para hacer las cosas por ellos. Si vuestra hija está escribiendo su
nombre pero le está costando trabajo hacer la letra `a´, su madre podría decirle:

129
“Muy bien Victoria, ya casi lo tienes. Ahora ponle el palito a la letra ‘o’, y ya
tienes la letra ‘a’”. No esperéis nunca que vuestra hija lo haga perfecto. Si, por
ejemplo, le habéis pedido que haga su cama pero no está tan estirada como a
vosotros os gustaría no se lo recriminéis, alabadle por haberlo hecho y valorad
su trabajo y esfuerzo positivamente.
Tal y como hablamos en el capítulo anterior, crear hábitos suele ser la mejor
manera de ayudar a los hijos a tener una actitud adecuada. Por ejemplo, podéis
jugar juntos a ordenar sus juguetes diciéndole: “Cariño, a ver quién de los dos
pone en la cesta más rápidamente los juguetes, ¿tú o yo?”; o, “Juan Lucas, yo
te tiro los juguetes y tú los dejas caer en la cesta”. Debéis organizaros para que
vuestros hijos puedan hacer las tareas y facilitárselas para que las puedan
cumplir. Si queréis que cuelgue su abrigo cuando llegue del colegio ponedle una
percha a su altura para que lo pueda colocar allí sin problemas. O, si queréis
que siga una rutina por la mañana creadle un calendario en el que pueda leer
todo lo que tiene que hacer en cada momento y seguirlo él solo. Para que el
proceso de crear hábitos sea productivo es necesario que vuestra comunicación
sea clara y sencilla, dándole una sola instrucción por tarea y, solo cuando lo
haya hecho darle otra, sobre todo si son pequeños, para que sepan
exactamente qué tienen que hacer y no confundirlos. Otra manera de ayudarles
a ser independientes es incluirlos en las conversaciones del día a día de la
familia, pidiéndoles su opinión y así ayudarles a que sean conscientes de qué
piensan sobre los temas familiares. Por ejemplo, una madre puede preguntarle a
su hija: “Patricia, ¿qué crees que es mejor que tomemos para desayunar,
cereales o ensalada de frutas?”.
A veces los niños suelen rendirse ante un desafío complicado, de manera que
para no perder el deseo de seguir esforzándose deberán recibir mucho aliento y
motivación, y para ello podéis dividirle las tareas en otras más pequeñas y que
les resulte más alentador lograrlas poco a poco, tal y como hablamos en el
capítulo de las recompensas. En vez de pedirle que haga algo que le va a
ocupar un tiempo considerable podéis ofrecerle que haga algo más sencillo de
conseguir, y que forme parte de esa gran tarea. Luego podrá llevar a cabo el
siguiente paso, y así sucesivamente. Al final, habrá logrado muchos pequeños

130
retos que valorará mucho más que si hubiese tenido que hacer uno solo y más
grande. Todo este proceso les ayudará a no sentirse ahogados o superados por
la tarea, y persistirán en ella con más ímpetu. A medida que vayan logrando
esos pequeños restos o pasos podéis destacarlos y alabarlos para que sean
conscientes de que lo han conseguido, y entonces ofrecerle otro pequeño reto
con el que seguir mejorando hasta el objetivo final. Seguro que recordaréis
cuando enseñasteis a vuestra hija a montar en bicicleta. Esta actividad se divide
en diferentes fases: explicar cómo se hace; que el niño se suba en la bicicleta y
sienta cómo se puede caer si no mantiene el equilibrio; ponerle las dos ruedas
pequeñas a cada lado; quitarle una de las ruedas estabilizadoras; quitarle las
dos; conducir la bicicleta con alguien detrás agarrándole el sillín; para,
finalmente, llevarla él solo. Como vemos, el objetivo es montar en bicicleta pero
para conseguirlo debemos llevar a cabo todos los pasos previos que hemos
descrito, gracias a los cuales será más fácil conseguirlo y, por lo tanto, aprender
a montar en bicicleta no será tan desalentador.
Enseñarles a nuestros hijos a ser independientes no solo los hará más
responsables sino que madurarán, se sentirán más seguros de sí mismos y se
convertirán en adultos capaces de adaptarse socialmente con más facilidad.

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Recomendaciones

1. Pensad en todo aquello que hacéis por vuestros hijos y permitidles que lo hagan
ellos mismos si pueden. Animadlos aunque no lo hagan bien al principio ya que así
los estaréis ayudando a ser responsables y a tener confianza en sí mismos.
2. Tratad de ser conscientes de cuánto os cuesta ceder parte del control de la vida de
vuestros hijos. Es importante que los padres nos enfrentemos a nuestras propias
ansiedades para liberarlas y no proyectarlas en ellos.
3. No critiquéis a vuestros hijos si no hacen algo perfecto, agradecerán que alabéis y
valoréis su esfuerzo por haberlo intentado. Con la práctica aprenderán a hacerlo
cada vez mejor.

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15

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Niños muy mimados

Nuestra forma de vivir y de relacionarnos con los demás es un fiel reflejo de la


sociedad en la que vivimos, que se erige sobre un sistema capitalista donde el
consumismo, tener más que otros y competir con los demás son el objetivo y la
motivación de muchos ciudadanos, valorándonos por el dicho “tanto tienes,
tanto vales”. Esta forma de vivir suele marcar el presente y el futuro de muchas
familias que tienden a vivir comparándose con los demás, y por ello sus hijos
quieren tener los últimos dispositivos electrónicos, los juguetes de moda o las
experiencias y viajes a los lugares más exóticos. Pero si carecen de todo aquello
que creen que deben tener temerán no sentirse aceptados por sus compañeros
o amigos, causándoles un sentimiento de baja autoestima.

Por ello, los padres debemos estar atentos al efecto nocivo que en muchas
ocasiones los medios de comunicación pudieran ejercen sobre nuestros hijos,
ya que son mucho más fácilmente manipulables que los adultos. De manera que
será importante sentarse con ellos y hablarles de forma sencilla sobre cómo
funciona la economía familiar en relación con la del mundo, mostrándoles lo

134
vulnerables que podemos ser ante los anuncios y los deseos, y de cómo estos
pueden afectar a la vida familiar. Una de las tareas que debemos enfrentar los
padres debe ser la de ayudar a nuestros hijos a reconocer los valores de la
familia y cómo ser fieles a ellos sin dejarse influenciar por la televisión, internet u
otras personas. Si bien es mucho más fácil decirlo que hacerlo, sobre todo
porque la gran mayoría de las personas estamos fuertemente influenciadas e
incluso manipuladas con pensamientos que nos incitan a consumir de forma
compulsiva, tenemos la capacidad para actuar y minimizar esa influencia
negativa.
Los padres solemos querer darles a nuestros hijos lo mejor, y en muchos casos
lo que no tuvimos de pequeños con la esperanza de que así sean felices, hemos
de ser conscientes de que tenemos todo lo que ellos necesitan: amor,
protección, empatía, el compromiso de cuidarlos y criarlos, así como la habilidad
de ponerles límites y cumplir con ellos. Una vez, una amiga me contó que
cuando le pedía algo a su madre esta le contestaba diciendo: “¿Pero lo
necesitas o lo quieres?”. Este es un buen ejemplo que podría servir para
mostrarles a nuestros hijos cómo sienten para que piensen por sí mismos en vez
de dejarse influenciar por los medios de comunicación. Si analizamos la
pregunta del ejemplo podemos comprobar que tanto nosotros como nuestros
hijos no necesitamos tantas cosas como pensamos para cubrir nuestra
necesidades básicas. El resto de lo que tenemos suelen ser elementos que
creemos que son necesarios (o así nos lo han vendido), pero que podemos vivir
perfectamente sin ellos.

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El que actualmente seamos más ge​​nerosos con nuestros hijos haciéndoles
múltiples regalos es porque vivimos con muchos más recursos materiales que
hace algunas décadas. Actualmente trabajo en una zona de Londres donde las
familias suelen tener un nivel adquisitivo muy alto y a cuyos hijos les suele ir
muy bien en el colegio. Además, tocan el piano, hablan tres lenguas, juegan al
tenis, reciben clases de baile o violín, van vestidos a la última moda, y a pesar
de todo esto, se sienten fracasados y su autoestima es muy baja. Suelen estar
tristes porque no sacaron sobresaliente en todas las asignaturas o porque no
son tan guapas o guapos como sus compañeros, o sus hermanos obtienen
mejores resultados académicos, o incluso porque el padre de su amigo tiene un
coche mejor que el suyo. Y es que vivimos en una sociedad en la que estamos
condenados a sentirnos fracasados porque nunca tenemos lo suficiente o
porque otros tienen más cosas materiales que nosotros, por lo que solemos
anhelar querer tener lo mismo o más que los demás. Las personas no tratamos
de ser felices sino de tener más que los demás, y aunque lo consigamos nunca
será suficiente porque siempre habrá otra persona con más cosas que nosotros,
y por eso siempre tendremos esa sensación de insatisfacción y de falta de
aprecio porque creemos que siempre nos falta algo para ser felices o mejores. Y
tristemente a los niños y jóvenes les suele ocurrir lo mismo porque están
fuertemente influenciados por sus padres, compañeros y medios de
comunicación, de manera que acaban sintiendo que no pueden ser felices a no
ser que tengan todo lo necesario para ser reconocidos o ser populares, o casi

136
súper-humanos si no se sienten fracasados. Se suelen oír frases tales como: “Si
no eres alguien en la vida es que has fracasado”, cuando lo importante es que
seas tú mismo con tus seres queridos, familiares y amigos. En muchos casos los
niños sienten que su felicidad proviene del exterior y que depende de otros
poder ser felices, por lo que tienden a necesitar constantemente la aprobación
de los demás para sentirse bien.
Los padres hoy en día se sienten muy presionados social y económicamente ya
que creen que deben comprar muchas cosas materiales a sus hijos para que
estén contentos y felices. Incluso el amor o el cariño se relaciona con el
consumismo, una trampa en la que todos podemos caer fácilmente y que hace
que algunos padres vivan por encima de sus posibilidades, entrampándose para
que sus hijos tengan todo aquello que desean, en vez de ayudarlos a que
acepten su realidad familiar. Por ejemplo, si tu hijo necesita un par de zapatillas
deportivas pero él te dice “Yo las quiero de la marca Adidas o Nike como las de
mis amigos, ¿qué quieres que piensen que voy como un pelele?”. Y es que una
de las funciones más importantes de los padres es la de ayudar a nuestros hijos
a tratar con los sentimientos que suelen experimentar cada día, tanto el del
enfado, como el de la tristeza o la decepción. Pero en muchos casos hay padres
que intentan todo lo contrario, evitar que sus hijos se sientan mal, lo cual es
imposible ya que no pueden controlar sus emociones porque son parte de
cualquier ser humano. Aun así hay quienes lo intentan dándoles todo lo que
quieren o creen que necesitan, sobreprotegiéndoles y, en definitiva,
perjudicándolos. De adultos esos niños no tendrán a sus padres junto a ellos
para que les den un trabajo, hacerles los exámenes o comprarles el coche o la
casa que desean, y por eso se sentirán mal, tristes, desdichados y
abandonados, pensando que les están castigando porque no reciben todo lo
que ellos quieren o creen que necesitan. Por todo ello, es más saludable para
vuestros hijos que les permitáis experimentar la tristeza o la rabia, que hablen de
sus emociones con vosotros para encontrar la manera de dejar de sufrir por ello.
Esto es mucho mejor que impedir que expresen esos sentimientos que los hacen
sentir tan mal a través de regalos, viajes u otras distracciones.
También hay padres que se sienten tan presionados al escuchar a sus hijos una

137
y otra vez insistiendo en que se les compre lo que tanto quieren, o que se les
permita hacer aquello que sus padres no ven conveniente que por cansancio o
para que se callen acceden diciendo: “¡Está bien, me tienes harto! Te voy a
comprar el juego pero que sepas que ese será tu regalo de Navidad”. ¡Y están
en el mes de agosto! Y cuando llega diciembre el padre le compra otro regalo
nuevo. Aunque podrían haber actuado de otra manera, utilizando un tono más
empático y diciéndole por ejemplo: “Chantelle, ya te he dicho varias veces que
no te lo voy a comprar ahora. Yo sé que tienes muchas ganas de tenerlo, y de
hecho lo tendrás, pero un regalo tan grande debes de ponerlo en tu lista de
Navidad”. Y seguidamente ignorarle si sigue insistiendo. Una práctica muy
beneficiosa para desarrollar en ellos el sentimiento de gratitud es enseñarles a
ser agradecidos por todo lo que tienen y los padres les damos, y para eso
hemos de acostumbrarlos a que den las gracias y a mandar una tarjeta de
agradecimiento cuando reciban un regalo, mostrándoles también cómo ser
respetuosos, a valorar lo que tienen, a cuidarlo y a mantenerlo.

También hay padres que son excesivamente indulgentes con sus hijos y les
compran todo lo que quieren y lo que no quieren. De esta manera los niños
aprenden que se lo merecen todo sin tener que hacer nada, cuando sería más
educativo hacerles regalos si, por ejemplo, ayudan en casa a poner la mesa u
ordenan sus juguetes, al mismo tiempo que se les está ayudando a ser
independientes. Si, por ejemplo, vuestro hijo de 6 años os dice: “Mamá átame
los zapatos que me quiero ir a jugar con mi amigo”, en vez de atárselos él,
podrías ayudarle diciéndole: “Iván, te voy a enseñar cómo atarte los zapatos

138
porque tú ya eres lo suficiente mayor y puedes hacerlo solo. Te lo voy a
explicar y luego lo haces tú”. Y una vez que él lo haya hecho, decirle: “¡Qué
bien lo sabes hacer, eres muy listo, y eso que solo te lo enseñé un par de
veces!”. En el caso de que vuestros hijos sean adolescentes deberían ordenar
su cuarto y ayudar en las tareas de la casa, ya que no se es peor madre o padre
por permitir que los hijos ayuden y trabajen en casa. De hecho, como he
mencionado anteriormente, a partir de los dos años comienzan a tener cierta
inclinación a ser independientes y a menudo los podemos oír decir: “¡Yo lo hago
solo!”. Si les hacemos nosotros todas las cosas los podemos mimar demasiado.
Los niños que suelen ser muy consentidos suelen tener un carácter más bien
autoritario o tienden a ser egocéntricos, superficiales, o incluso poco sociables,
sin saber interactuar bien con otros niños en grupo, ya que les cuesta ser
empáticos con las necesidades de los otros. De adolescentes, este tipo de niño
demasiado consentido suele pensar que tiene derecho a todo lo que necesite y
que la vida les debe algo. Por eso, es importante que los padres mantengamos
unos límites y un equilibrio con nuestros hijos, así evitaremos que el entorno en
el que vivan los rechace a causa de su actitud.
Otros padres llegan a pensar que lo más adecuado es comportarse como si
fuesen “amigos” de sus hijos, sin darse cuenta de que esta actitud perjudicará a
sus hijos, ya que es necesario establecer diferencias generacionales en las
relaciones familiares. Y es que venimos de un sistema de relaciones sociales y
familiares en el que los niños temían a sus padres, y actualmente se ha
convertido en uno mucho más relajado sin límites ni consecuencias.
Seguramente recordamos haber escuchado: “Pues cuando llegue tu padre te
vas a enterar”; o, “como no te metas en la bañera se lo voy a decir a tu padre”.
Ahora, en cambio, en muchos casos casi no hay límites en las relaciones entre
padres e hijos. Para ayudar a nuestros hijos a conseguir premios o
recompensas de manera equilibrada podemos enseñarles a trabajar por algo y a
esperar para obtener las cosas en vez de tener los regalos al instante. Por
ejemplo, si vuestra hija quiere unos patines le podríais decir: “Carmen, me
parece un buen regalo. Tu cumpleaños es dentro de tres meses así que si
quieres te los puedes pedir para ese día”. También hay otras muchas

139
festividades en las que le podéis regalar aquello que tanto desean, Reyes
Magos, su santo o, incluso se lo pueden ganar si hacen algo particularmente
bien. El que esperen a que llegue el día concreto de la entrega del premio os
ayudará a ver cuán volubles son sus deseos, ya que podréis comprobar cómo
vuestro hijo cambiará de regalos probablemente unas cuantas veces, y notaréis
que lo que quiere un día ya no lo querrá a las dos semanas. La verdad es que
todos somos así. En el caso de que tengáis hijos adolescentes les podéis
ayudar haciéndoles responsables de diferentes tareas para que ganen algún
dinero y así podrán comprar lo que desean gracias a su esfuerzo. Por ejemplo,
le podéis ofrecer dinero por cortar la hierba del jardín o limpiar el coche.

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Recomendaciones

1. Poned un límite sobre los regalos materiales que les hacéis a vuestros hijos.
Compradlos dentro de vuestras posibilidades y recordad que lo que realmente
quieren los niños es atención, cariño y sentirse seguros.
2. Cultivad la gratitud en vuestro hijo para que se sienta agradecido por todo lo que
tiene (no solo material), y que será esencial para que aprenda a valorar.
3. Ayudad a vuestros hijos a cultivar la paciencia. Cuando quieran un regalo más
grande tendrán que añadirlo a su lista de regalos para una festividad concreta, o
bien podrán trabajar para conseguirlo.

141
16

142
Celos entre hermanos

Los celos son un sentimiento que todos hemos podido experimentar en


diferentes momentos de nuestras vidas, tanto con familiares, amistades o con
nuestra pareja, pero en este capítulo nos centraremos en los celos entre
hermanos. Los celos pueden llegar a ser excesivos y resultar problemáticos si
se sienten de forma exagerada, llegando a provocar conductas violentas, física y
verbalmente. Muchos de nosotros no solo hemos podido experimentar los celos
sino que también hemos observado y comprobado cómo les afectan a nuestros
hijos o, en el caso de tener solo uno, entre él y sus amigos. Que los celos sean
protagonistas de muchas situaciones cotidianas es usual porque se trata de un
sentimiento muy corriente y normal entre las personas. Y a pesar de ello, hay
padres que en cuanto perciben que sus hijos están celosos se preocupan de
forma excesiva por ello, ya que creen que están sufriendo o tienen algún tipo de
problema en sus relaciones con sus hermanos, cuando en realidad este tipo de
situaciones son muy corrientes. Cuántas veces, por ejemplo, no habréis oído
comentar a vuestros hijos en un tono de enfado o de reproche: “Mamá, le has
dado a él mucho más que a mí”. O, “lo ves, siempre igual, lo prefieres a él
antes que a mí”. Cuando precisamente en ese momento os estabais esforzando
por darles a ambos hermanos exactamente lo mismo.

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Seguro que muchos padres reconoceréis situaciones en las que aunque en
ocasiones os hayáis propuesto ser justos al repartir vuestro tiempo, cariño o
regalos entre vuestros hijos habréis oído frases o percibido caras de quejas o
enfados por parte de alguno de ellos. El motivo puede ser porque los hijos
perciben e interpretan las acciones de sus padres de forma diferente a la de
ellos. En general todos percibimos las cosas no simplemente como son sino
según del color de ojos por el que las miramos. Por ejemplo, ¿en cuántas
ocasiones, escuchando a amigos o familiares relatando la misma anécdota no
han sido contadas de forma diferente? Y es que normalmente hay muchas
variables y por lo tanto, dependiendo de quién la cuente y de su estado de
ánimo en aquel momento, la percepción suele ser diferente. Pues con los celos
ocurre algo muy parecido. Nuestros hijos sienten celos porque creen que se
merecen más de lo que les estamos dando en comparación con sus hermanos,
o bien porque piensan que los estamos privando de ciertos privilegios. Esa
sensación de recibir menos es una emoción que viven nuestros hijos como
cierta y real, aunque para los padres no haya motivos suficientes. De hecho esto
nos puede pasar a todos, ya que el sentimiento de privación es un sentimiento
personal y no solo depende de elementos externos. En tales casos es
conveniente hablar con nuestros hijos sobre cómo se sienten. Por ejemplo, si
vuestro hijo está comiendo en compañía de sus hermanos y veis en él o ella una

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actitud de querer acaparar más comida que el resto le podéis decir: “Daniel,
parece que crees que no vas a tener suficiente. Termínate el plato y luego
podrás volver a repetir si tienes hambre, no te preocupes, hay bastante comida
para todos”. Con este tipo de comentarios podéis ayudar a vuestros hijos a
sentirse escuchados y esto los puede animar a dejar de competir unos con
otros.

Otra situación común es cuando nuestros hijos protestan porque sienten que los
castigamos más que a los otros. A veces es cierto, ya que hay padres que, por
cuestiones personales u otras circunstancias tienden a ser más
condescendientes con uno de sus hijos y más estrictos con otros, por ejemplo
con el mayor. Si estos padres no son conscientes de ello en muchas ocasiones
castigarán más frecuentemente a un hijo que a otro. Por eso, es importante
tratar de darle a cada hijo la misma cantidad de tiempo y atención, para que así
todos se sientan queridos y cuidados, evitando que piensen que uno de ellos
tiene más que el resto. En este caso particular es también muy importante que
los padres estudien y analicen sus sentimientos comprendiendo las dinámicas
que se producen entre ellos y sus hijos, para así llegar a ser más conscientes de
estas, lo cual evitará que actuemos con nuestros hijos de una manera
inconsciente.

145
También se puede dar el caso de que haya padres que traten a sus hijos de
forma poco justa, ya que ellos mismos no son conscientes de sus propios celos.
Estos casos pueden ser comunes en aquellos padres que, por ejemplo, cuando
eran niños sentían celos del hermano mediano y, sin ser conscientes de ello,
suelen tratar al mediano de sus hijos como a su propio hermano, pudiendo creer
que ese hijo, por ejemplo, es más avaricioso de lo que realmente es. O bien
puede ocurrir que si nuestros hijos tienen personalidades diferentes pueden
sentir o sufrir los celos de maneras muy distintas. Hay niños que disfrutan y
sienten mucha alegría y empatía cuando su hermano o hermana logra cierto
éxito deportivo, académico o personal. Otros en cambio, sienten celos y envidia
por los mismos motivos. El origen de estos celos puede surgir por el deseo de
competir, de ganar o de ser más fuerte que su hermano, sobre todo cuando son
de edades cercanas o similares. Uno de los motivos por el que esto ocurre
puede ser porque nuestro hijo no haya tenido tiempo suficiente para ser el
centro de atención en la familia y, al nacer su hermano, se le ha arrebatado gran
parte del protagonismo.

¿A cuántos de nosotros no se nos ha caído la baba cuando hemos visitado a


unos amigos que acaban de tener un hijo? Y es que los bebés suelen llamar
mucho la atención y a veces, aunque uno quiera darle la misma atención al
hermano mayor, es difícil no seguir jugando y disfrutando del bebé. Por eso, los
hermanos mayores pueden pensar que ya no son los preferidos y se sienten
traicionados por sus padres y por los otros adultos que forman parte de su vida.

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Nuestros hijos suelen tener sentimientos muy fuertes e intensos y en muchas
ocasiones no están todavía capacitados para lidiar con ellos, a no ser que les
hayamos enseñado previamente. El nacimiento de un nuevo hermano puede ser
para el más pequeño de la casa hasta entonces, una amenaza que cambiará la
relación con sus padres y que le preocupará de forma significativa. Pero la
buena noticia es que, en la mayoría de los casos, el nacimiento de un bebé
significa para sus hermanos el poder establecer una nueva relación con el
nuevo miembro de la familia. Sus sentimientos afectivos y positivos les harán
pensar que con él tendrán a otro niño con quien jugar y relacionarse. Los
hermanos mayores no solo experimentarán sentimientos de ternura y de
protección hacia el bebé, sino que cuando los invitados vengan a visitarlos se
sentirán orgullosos de tener a alguien nuevo en la familia al que todos desean
ver.
Hay veces que, como consecuencia del nacimiento de ese nuevo hijo, algunos
de vuestros hijos, posiblemente el más pequeño hasta entonces, pudiera actuar
de forma más infantil de lo que corresponde a su edad. Por ejemplo,
chupándose el dedo, tomando el chupete del bebé, hablando como si fuera un
niño pequeño, o incluso puede que haya que ponerle pañales nuevamente. No
debéis preocuparos por ello, con esta actitud vuestro hijo simplemente está
tratando de imitar a su hermanito recién nacido para conseguir la misma
atención que él. Para ayudarle a que no actúe de esa manera es importante que
lo alabemos por ser mayor, mostrándole los múltiples beneficios y recompensas
que puede obtener por tener más edad. Por ejemplo, si es la hora de acostarse
y nuestra hija comienza a chuparse el dedo podemos decirle algo así como:
“Cariño ahora voy a acostar al bebé, ya que como es muy pequeño tiene que
estar en la cuna muy temprano. En cambio, como tú eres mayor que él puedes
quedarte con nosotros un rato más, haciendo cosas de mayores. Tú no
necesitas chuparte el dedo, eres la hermana mayor y puedes estar con los
mayores, él no”.

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Dado que los celos nacen también a partir de una necesidad de carencia y
sintiendo que el otro tiene más atención de la madre, para ayudar a nuestros
hijos debemos procurar que tengan una sensación de abundancia, de riqueza.
Por ejemplo, si está enfadado y nos dice: “Pero mamá, a él le has comprado
unas zapatillas de deporte para el colegio y a mí no”, podemos responderle:
“Sí, cariño, porque las necesita. Igual que cuando te compré los nuevos
cuadernos para el colegio y a él no le compré nada”. Hay casos en que uno de
nuestros hijos tiene un don o una habilidad especial para hacer algo, lo que
puede llevar a sus hermanos a sentir celos y a percibir que ese hermano tiene
mucho más que ellos, de manera que se sentirán inferiores. Para ayudarlos a
lidiar con sus celos podemos hacer lo siguiente:

• Les podemos pedir a otros miembros de la familia, como abuelos o tíos, que
les presten más atención.
• Hemos de asegurarnos darles todos los días su “Tiempo Especial Juntos”.
• Como ya hablamos en capítulos anteriores, podéis llevar a cabo la “regla de
la atención”, de manera que les prestaremos atención solo cuando su
conducta sea positiva. Así evitaremos que nuestro hijo no se pelee o moleste

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al hermano para atraer nuestra atención.
• Si, por ejemplo, observas que uno de los hermanos le ha traído al otro
(precisamente al que le hace sentir celos) un caramelo o un juguete alabadlo
por esa conducta empática que ha demostrado ya que así la repetirá más a
menudo.
• También es aconsejable que ayudemos a nuestros hijos a desarrollar la
empatía y a solucionar problemas por sí solos, fomentando así en ellos cierta
autonomía para que aprendan a conocerse mejor y a ser responsables de
sus actos.
• Por último, es aconsejable que los padres no comparéis a vuestros hijos con
la buena intención de animarlos a que mejoren o se esfuercen más. “Juanita,
nunca sacas buenas notas. ¿Acaso crees que los sobresalientes caen de los
árboles? ¡Mira tu hermana qué buenas notas! Se nota que se esfuerza,
deberías aprender de ella”. Con este tipo de frases estamos fomentando la
rivalidad, los celos y la impotencia, lo cual puede afectarle bajando la
autoestima de nuestro hijo.

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Recomendaciones

1. Evitad enfadaros con vuestros hijos o regañarles cuando se muestren celosos.


Tratad de sentir empatía por ellos y habladles de lo difícil o doloroso que es estar
celoso. De esa manera les estaremos ayudando a sobrellevar esos sentimientos
tan difíciles de lidiar.
2. Hablad con vuestros hijos de aquellos sentimientos de rabia o enfado que percibís
en ellos cuando hablan, ya que así os estáis concentrando en ellos en ese
momento y no en su nuevo hermano.
3. Tratad a vuestros hijos reconociendo en cada uno de ellos sus cualidades y
virtudes. No los comparéis. Si no sabéis en qué son hábiles, mañosos o en qué
sobresalen, tratad de averiguarlo hablando con ellos o proponiéndoles nuevos
retos.

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151
El desarrollo moral

Es fundamental, para que nuestros hijos aprendan a convivir en sociedad, que


actúen y se comporten bajo el código moral que sus padres les hayamos
transmitido. Nosotros vamos a ser el modelo en el que se reflejarán,
interiorizando nuestras conductas y formas de ver la vida como la manera
adecuada. Si hay padres que no actúan de la misma forma y esperan que sus
hijos lo hagan, esto creará cierta confusión en los jóvenes, ya que estarán
recibiendo distintos mensajes. Quizás hayáis podido ver a un padre que
mientras le pega en la mano a su hija le dice: “¡Te he dicho que no se pega!”,
regañándole por haber pegado a otro niño. Este mensaje es muy confuso para
la niña, ya que sus padres le están diciendo una cosa mientras hacen otra. Por
ello debería enfocarse esta situación de otra manera, diciéndole por ejemplo:
“Teresita, a los niños no se les pega, se les habla bien, como hacen mamá y
papá. Ven conmigo, vamos a pedirle la pelota sin pegarle”. En estos casos es
importante no ser reactivos, y debemos evitar enfadarnos y hablarles o ponerles
una consecuencia apropiada.
Para ayudar a nuestros hijos a que establezcan en su vidas una moralidad sana
es importante centrarnos en una serie de valores que serán esenciales para su
adecuado desarrollo, estos pudieran ser:

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El respeto a uno mismo y a otras personas

Es importante que nuestros hijos aprendan a respetar, ya que esta es la base


fundamental para mantener relaciones saludables. Y lo aprenderán observando
a sus padres, cómo les respetan o lo hacen entre ellos. También, y sirviendo de
ejemplo, los padres pueden enseñar a sus hijos a respetar el medio ambiente
así como la propiedad ajena. Por ejemplo, si vais paseando por la calle y al
comerse un caramelo vuestro hijo tira el papel al suelo hay que pedirle que lo
recoja y lo tire a la basura. Si fuesen mayores podríais explicarles la necesidad
de tirarlo en diferentes contenedores para reciclar, ayudándoles a entender la
importancia de ese acto, que evidenciará que son ciudadanos concienciados y
comprometidos con el cuidado del medio ambiente.

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El deseo de ayudar y contentar a otras personas

Este valor está presente en nuestros hijos desde muy pequeños. Por ejemplo,
cuando un niño ve a otro llorando y le ofrece un juguete mientras le pregunta si
está contento, es una clara muestra de que quiere hacer feliz al otro niño, o al
menos que se sienta mejor.

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La amabilidad y la solidaridad

Estos valores solemos ponerlos en práctica al relacionarnos con otras personas


y nos hacen sentir bien porque estamos contribuyendo de una manera positiva
al bienestar de otros. Para que nuestros hijos aprecien a las personas hemos de
propiciar que tengan que ayudar a otros, ofreciendo algo que ellos tengan
(tiempo, regalos, etc.) sin esperar nada a cambio. Por ejemplo, que sean
agradecidos cuando les hayamos comprado algo o los hayamos llevado a algún
sitio. También podemos enseñarles que sean agradecidos con los demás
cuando reciban algún regalo o favor.

156
La solidaridad

Se puede practicar involucrando a nuestros hijos en proyectos u obras de


caridad. Por ejemplo, si nuestra vecina está enferma y no pudiera tirar la basura
o sacar a pasear a su perro, podríamos pedirle a nuestro hijo que se ofrezca a
ayudarle hasta que se mejore.

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El valor de la vida y cómo cuidar de otros seres vivos

Si vuestro hijo pequeño ve un escarabajo en el campo y lo pisa podréis evitar


que esta escena se repita, por ejemplo, explicándoles cómo vive ese animal y lo
importante que es que exista para la naturaleza. Así provocaremos en ellos
sentimientos que los disuadan de volver a hacerlo. Le podéis decir: “Sebastián,
ten cuidado con el escarabajo. Si lo aprietas lo puedes matar, y además le
harás mucho daño. Pobrecito el escarabajo. ¿Ves como tiene miedo? Es
porque es chiquitito. Ven, vamos a ponerlo aquí, junto a la roca, para que se le
quite el miedo y se pueda ir con su familia”. Con frases como estas nuestros
hijos aprenderán a desarrollar la empatía por los seres vivos, al mismo tiempo
que haremos que se preocupen por los demás, una habilidad fundamental para
el desarrollo personal y el trabajo en equipo.

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Ser generosos

Se trata de que aprendan a compartir, no solo objetos materiales sino también


dejando, por ejemplo, que su madre cuide de su amiga que se ha caído y
lastimado. O, si la hermanita de su compañera del colegio ha sido ingresada en
el hospital podéis sugerir a vuestra hija que vaya no solo a visitarla sino a
animarla para que se sienta mejor. Además de compartir su tiempo podría donar
parte de sus juguetes a niños que no tienen, con lo que le estaríamos mostrando
cómo pueden ser generosos, y lo que es mejor aún, verbalizar junto a ellos
cómo se sienten al dar sin esperar nada a cambio. Para que afiancen este valor
alabad a vuestros hijos cuando actúen de forma generosa y espontáneamente,
explicándoles cómo otras personas han actuado igual que ellos y cómo ven los
demás este tipo de comportamientos.

159
Decir la verdad

Los padres necesitamos que nuestros hijos sean sinceros con nosotros para
poder confiar en ellos. A menudo, cuando los niños dicen la verdad sobre algo
malo que hayan hecho, muchos padres acaban enfadándose con ellos,
regañándolos y castigándolos. Por esta razón muchos de ellos pueden empezar
a mentir porque tienen miedo de que sus padres se enfaden. Si, por ejemplo, a
un niño de 8 años su padre le pregunta: “¿tú has roto el coche de porcelana
que tengo en el mueble del salón?”, y su hijo con cara de preocupación y
culpabilidad dice que sí, que fue él, tratará de no volver a decir la verdad si el
padre le contesta: “¡Es que no te puedo dejar solo ni 5 minutos! ¡Eres un
desastre! Últimamente estás muy desobediente. No te voy a dejar jugar más en
el salón. No te puedes estar quieto, ¿verdad? La pelota en la casa hoy
desaparece”. Sería más apropiado, para que nuestro hijo siga diciéndonos la
verdad, decirle algo así: “Me gusta que seas honesto aunque sepas que habrá
consecuencias por tus actos. Así que será mejor que la pelota no vuelva a estar
más en el salón y así evitamos que se rompan más cosas y que me enfade
contigo. Pero cuando vayamos al parque te la puedes llevar contigo y
jugaremos con ella fuera”.

160
No quitarles cosas a los demás

Debemos enseñarles a nuestros hijos a no coger lo que no es suyo sin permiso


y aceptar que no se lo quieran prestar o dar, ya que así aprenderán a respetar a
otras personas y sus propiedades. Por ejemplo, cuando vuestra hija le coge
prestada la ropa a su hermana sin preguntarlo hará que vuestra otra hija se
enfade mucho, ya que percibirá que su intimidad ha sido violada, y puede
sentirse igual que si se lo hubiesen robado. Para evitar un futuro conflicto entre
ellas, ayuda a tu hija a entender que lo que no es suyo no debe cogerlo y que lo
correcto es pedírselo a su hermana. De esta manera le estaremos apoyando a
afrontar la posibilidad de que su hermana le diga que no, y deberá sobrellevar
esos sentimientos de desilusión y enfado, para que sea consciente de sus
sentimientos y los de su hermana. Al igual que con la ropa podría ocurrir también
con los juguetes o cualquier otra cosa. Estas situaciones son una oportunidad
que los padres debemos aprovechar para ayudar a nuestros hijos a aprender
sobre sus propios sentimientos, sobre los de los demás y las relaciones
interpersonales. Es mejor ver estos conflictos como una oportunidad de enseñar
y no irritarse con los hijos.
Seguramente habréis podido ver cómo los niños de dos años actúan quitándole
el juguete a otro niño cuando lo quieren, provocándole el enfado y haciéndolo
llorar. En estos casos la madre deberá actuar con calma y tranquilamente
decirle: “Julia, este juguete es de tu amigo y no puedes cogerlo así. Ven, vamos
a devolvérselo y, si lo quieres, pídele amablemente que te lo preste un rato”. Si
el otro niño no quisiera dejárselo entonces podríais enseñarle a negociar en
estas situaciones, mostrándole que puede decirle: “cuando tú termines de jugar
con él, ¿me lo podrás dejar entonces?”.

161
Vivir en el presente siendo conscientes

Es importante que favorezcamos en nuestros hijos la concentración, aunque es


difícil de conseguir como hemos comentado anteriormente, ya que vivimos
rodeados de distracciones y entretenimientos, con multitud de cosas por hacer y
atender. Por ello, para lograr que presten atención a aquellas actividades que
estén haciendo solos o con nosotros (cuando estén jugando, paseando por el
campo o en familia), podríamos pedirles que, después del paseo o la ac​​tividad,
se inventasen una canción o una historia sobre esa experiencia y que luego nos
la expongan al acabarla. De tal manera que serán más conscientes de ese
paseo y aprenderán a concentrarse más y a no dispersarse. También se les
podría ayudar animándolos a que busquen en algún momento del día un tiempo
para estar calmados y tranquilos, evitando que pasen tantas horas jugando a las
videoconsolas o viendo la televisión, ya que les ayudará a ser personas más
conscientes.
En resumen, debemos ayudar a nuestros hijos a vivir para que sean más
conscientes de sus actos y que aprendan a desarrollar parte de su personalidad
relacionada con la moral.

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Recomendaciones

1. Ayudad a vuestros hijos a desarrollar aspectos positivos de su personalidad,


fomentando en ellos valores como la empatía y la generosidad.
2. Alabad a vuestra hija por sus buenas acciones y habladle de cómo otras personas
actúan igual que ella, de manera que pudiera servir de ejemplo a otras muchas
personas en el mundo.
3. Tratad de que vuestros hijos sean conscientes de sus actividades, creando para
ellos juegos que los ayuden a estar concentrados en las experiencias que vivan.

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Padres exprés.
La falta de tiempo y la vida en pareja

La falta de tiempo es uno de los mayores problemas a los que se enfrentan las
personas hoy en día, y con el transcurso de la vida podemos sentir que esta se
acelera aún más. Actualmente, esa sensación de velocidad y rapidez en nuestro
diario vivir se ve reflejada en la forma de comunicarnos con los demás. Por
ejemplo, muchas personas sienten la urgente necesidad de tener que estar
pendiente de los e-mails, mensajes de Whatsapp y Facebook, así como de otras
aplicaciones para responder tan pronto como son recibidas. Además de creer
que debemos estar comunicados permanentemente, tanto padres como hijos
suelen tener demasiadas distracciones bien a través de los móviles, e-mails,
televisión, videoconsolas, tabletas, etcétera. Aunque estos medios tecnológicos
y de comunicación nos pueden ayudar a sentirnos más unidos a otras personas
y conectados socialmente, suelen requerir mucha atención, consumiendo gran
parte del tiempo que podríamos estar pasando con nuestros seres queridos.
En muchos hogares tanto los padres como las madres suelen trabajar fuera de
casa, a diferencia de generaciones pasadas, por ello, actualmente ambos se
sienten muy presionados por sus trabajos, tanto en casa como fuera de ella.
Además, muchos de los trabajos suelen implicar un mayor compromiso por parte
de los padres, que deben dedicar más horas y energías, teniendo que depender
de otras personas para que se encarguen de cuidar a sus hijos. Existe muy poca
flexibilidad laboral por parte de las empresas para que los padres puedan
desempeñarse como profesionales al mismo tiempo que como padres, debiendo
decidir en muchas ocasiones si desean mejorar a nivel laboral o familiar.
En Europa, el actual nivel de vida ha obligado a sus ciudadanos a asumir más
responsabilidades con el paso de los años, sobre todo profesionalmente. Al
mismo tiempo que trabajamos tanto queremos disfrutar de la posibilidad de
comer alimentos de calidad y caros, a diferencia de generaciones pasadas

165
donde los caprichos se disfrutaban en épocas navideñas o en celebraciones
concretas. Pero al esforzarnos tanto por trabajar de manera eficiente solemos
querer darnos el capricho de comprar ropa bonita, cara, y a ser posible a la
moda. Nos gusta deleitarnos comiendo en restaurantes, tener lo último en
tecnología o ir de vacaciones varias veces al año. Pero disfrutar de todos estos
lujos supone trabajar muchas horas para costearlo, sobre todo teniendo en
cuenta que vivimos en una sociedad capitalista en la que las personas suelen
ser cada vez más valoradas por lo que tienen y acumulan, y no tanto por
quiénes son y lo que pueden aportar a otros de manera desinteresada. Este
consumo excesivo de productos suele estar originado por una falta de
satisfacción con nosotros mismos, o bien al compararnos con personas de
nuestro entorno. Este deseo por no tener menos que nuestros amigos o vecinos
implica un sobreesfuerzo para seguir trabajando y poder disponer de lo mismo o
incluso más.
Más allá de disfrutar de todos aquellos bienes a los que podamos tener acceso
gracias a nuestro esfuerzo, una de las grandes responsabilidades de los padres
es la de educar a sus hijos de manera adecuada. Para muchos padres esto
significa matricular a sus hijos en numerosas actividades extraescolares, con el
gasto económico que ello implica. Además de la influencia a la que nos vemos
sometidos los adultos por consumir compulsivamente y a trabajar más horas de
las estipuladas contractualmente. Muchos padres también se preocupan por
estar sanos, mantenerse saludables y hacer deporte o ir al gimnasio
regularmente. Otros tratan de buscar entretenimiento en la lectura, las películas,
el deporte, las series de televisión o la cultura. Pero, ante todas estas tareas a
realizar ¿cuándo vamos a pasar tiempo de calidad con nuestros hijos?,
¿disfrutar de nuestro tiempo libre con ellos sin tener que hacer algo?
Muchos padres se sienten sobrecargados cuando tratan de ser excelentes
profesionales, dedicando mucho más tiempo a trabajar que a educar a sus hijos.
En muchas ocasiones permiten que estos pasen gran cantidad de horas frente
al televisor, jugando con las videoconsolas o navegando por internet, mientras
que ellos aprovechan ese tiempo para hacer todo aquello que les queda
pendiente, tanto en casa como fuera. De tal manera que, desgraciadamente, la

166
televisión, internet, las películas, los videojuegos y los ordenadores se están
convirtiendo en los padres de nuestros hijos.
Según la Organización Mundial de la Salud, el estrés laboral será en 2020 la
segunda causa de ansiedad y depresión en adultos. Ante los primeros síntomas,
muchos padres tienden a aislarse de su familia y de los problemas o
preocupaciones que trae consigo, como un medio de liberación ante la
sobrecarga emocional que sufren. Otros tratan de aliviar su insatisfacción
personal y laboral comprando de manera compulsiva, ya que les proporciona
una falsa sensación de bienestar y éxito, transmitiendo a sus hijos que esta es
una forma aceptable de sentirse bien con ellos mismos.
Cuando una madre ha estado trabajando todo el día bajo estrés, al llegar a casa
lo que desea es tranquilidad y no encontrarse con más problemas. Solo quiere
sentirse mejor emocionalmente, descansar, pero es muy difícil por no decir
imposible si tiene una familia a la que atender. Probablemente tienda a hablar
menos, a no expresar sus emociones, a interesarse menos por los problemas de
su familia y a no socializar tanto con sus hijos y con su pareja. También, le
puede costar más trabajo ayudar a sus hijos a que hagan los deberes o al
imponerles límites, aun sabiendo lo importantes que son para sus hijos.
Muchos padres suelen estar tan sobrecargados de responsabilidades y tareas
que, sin saberlo, suelen hacer lo mismo con sus hijos y tienden a ocupar su
tiempo con actividades extraescolares, estresándose así toda la familia al tratar
que todos cumplan con sus responsabilidades. Vivimos en una época en la que
la competitividad implica, como ingrediente esencial de nuestro sistema
económico y laboral, que por mucho que nos esforcemos y trabajemos nunca
será suficiente, ya que hay otras personas esforzándose y tratando de
superarnos continuamente. Y este efecto suele verse reflejado en nuestros
hijos. Por ejemplo, si ha obtenido un “bien” en la evaluación de un tema solemos
desilusionarnos porque no ha obtenido la máxima calificación y no se
encuentran entre los mejores de la clase. Suelo ver a menudo a niños y
adolescentes decepcionados, insatisfechos, sintiendo que hagan lo que hagan
nunca será suficiente porque podrían haberlo hecho mejor. Y aunque hayan
obtenido notas muy altas en algunas asignaturas están descontentos porque no

167
lo han logrado con todas.
No quiero decir que no debamos animar a nuestros hijos a que sigan
esforzándose por obtener mejores resultados en lo que hagan, a que aprendan
más y desarrollen sus talentos y aptitudes. Como padres debemos reconocer el
esfuerzo que realizan nuestros hijos más allá de los resultados, evitando
compararlos con otros y fomentar así la competitividad. Lo único que lograremos
es que se estresen más, que se menosprecien y que sepan valorar el trabajo de
otros si no son perfectos, que es como ellos creen que debe ser, tal y como le
han enseñado sus padres. Cuando uno de los padres se sobrecarga de trabajo
y sufre de estrés, este tiende a transmitir esas emociones negativas a su pareja
y, consecuentemente, toda la familia lo padecerá. Si también su pareja está
sobrecargada, los conflictos entre ambos no tardarán en aparecer, creándose en
casa un ambiente tenso.
Por todo lo expuesto, es importante y necesario que prioricemos necesidades y
tareas, ya que de ello dependerá que tanto nosotros como nuestra familia se
sienta a gusto, tranquila y feliz, y cuando surjan dificultades, con el apoyo de
todos, estos se resuelvan de la mejor manera posible. También es
recomendable que pensemos en todas aquellas cosas que solemos hacer
diariamente, que nos quitan el tiempo que pudiéramos dedicar a nuestros seres
queridos o a nosotros mismos. Por ello, deberemos tratar de prescindir de ellas
y dejar más espacio en nuestras vidas, para lo cual deberíamos escribir una lista
con aquellas cosas que son imprescindibles hacer en el día, otra con las que
pueden realizarse durante la semana y, finalmente, escribiremos aquellas que
deseamos hacer a largo plazo pero que si no las llevamos a cabo no pasará
nada. De esta manera, podremos seleccionar tiempo para nosotros cada día, al
menos esos diez minutos, para disfrutar de una vista o simplemente estar
sentados sin hacer nada. Y, posteriormente, dedicar otro tiempo de disfrute con
nuestra familia. Si nos sentimos bien con nosotros mismos, nos queremos, nos
aceptamos, nos perdonamos, y estamos a gusto con quienes somos y con lo
que hacemos, esas sensaciones positivas las transmitiremos a las personas que
nos rodean y así, estaremos más capacitados para ayudarlas.

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Recomendaciones

1. Tratemos de no sobrecargar de tareas extraescolares a nuestros hijos, y dedicar


parte de ese tiempo a conversar con ellos o realizar actividades lúdicas.
2. Hagamos una lista para dividir por prioridades nuestras tareas: las “imprescindibles”
que de hoy no pueden pasar; las que “deberíamos hacer”; y las que “pueden
esperar”.
3. Dedicarnos todos los días, al menos diez minutos a nosotros mismos, para respirar
y relajarnos, descansar y no hacer nada. Simplemente concentrarnos y sentir que
existimos durante esos minutos, sin pensar en absolutamente nada.

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Los padres también debemos cuidarnos

Es importante que nos cuidemos bien a nosotros mismos, sobre todo cuando
tenemos la responsabilidad de cuidar de otros. Tomando como analogía el
siguiente anuncio de seguridad de una compañía aérea, una azafata nos
informa que los adultos debemos ponernos primero las máscaras de oxígeno
para que así, podamos cuidar de nuestros hijos de una forma más eficiente
colocándoles a ellos también sus máscaras. A continuación, os expongo una
lista con ideas y propuestas que pudieran servirnos a los padres a conocernos
mejor y a alimentarnos emocionalmente en cualquier momento del día.

• Pasar 5 minutos al día en calma, disfrutando de las sensaciones que nos


produzca el mar o la naturaleza, las flores de una maceta o cualquier otra
cosa que nos haga sentir bien.
• Tratemos de vivir el presente, sin preocuparnos demasiado por el futuro ni
lamentarnos por el pasado.
• Hemos de deshacernos de aquellos sentimientos que nos hagan sentir
culpables, enfocando cada nueva situación como si fuese la primera vez que
la vivimos. No cargaremos con el equipaje del pasado ni con aquellas
experiencias que no nos han ayudado a sentirnos mejor.
• Perdonémonos por los errores que cometamos, reconociendo que no somos
perfectos, y tratemos de intentarlo nuevamente con energías re​​novadas.
• Pensemos al comienzo de cada día cuáles son aquellas cosas inevitables
que tenemos que hacer y démosles prioridad. El resto pueden esperar hasta
mañana si hiciera falta. Seleccionemos el tiempo adecuado para estar con
nuestros hijos y con nosotros mismos. Priorizar nos suele hacer sentir más
relajados y no tendremos la sensación de tener que hacerlo todo en poco
tiempo.
• Aceptemos nuestra vida sin luchar contra ella y busquemos soluciones a
aquello que no nos haga sentir bien.
• Seamos pacientes, no esperemos más de la vida o de lo que nuestros seres

171
queridos puedan darnos. Así no nos sentiremos frustrados, y en muchos
casos los beneficios siempre llegarán, aunque no siempre cuando queramos.
• Pensemos cada día que todo aquello que esté ocurriendo pasará y algo
nuevo llegará, sobre todo cuando tenemos que enfrentarnos a situaciones
difíciles o negativas.
• Felicitémonos por lo que hayamos hecho bien, o por aquello que hayamos
intentado aunque no lo hayamos conseguido aún.
• Dediquemos parte de nuestro tiempo a centrarnos en pensamientos positivos
e imágenes o situaciones que nos reconforten, evitando los sentimientos y las
emociones negativas.
• Demos gracias todos los días por aquellas tres cosas que más apreciemos y
que nos hagan estar en contacto con nuestra gratitud. Por ejemplo, la salud
nuestra o de nuestros hijos, o el simple hecho de estar vivos.
• Hemos de disfrutar cada día de lo que comamos o bebamos,
concentrándonos en esa experiencia y sintiendo la satisfacción que
obtenemos a cambio. Por ejemplo, saborear el primer café o té del día.
• Regocijémonos en el sentimiento de amor que sintamos por nuestros hijos.
• Dejemos de pensar en cómo deberían ser nuestros hijos y aceptémoslos tal y
cómo son. Hemos de tolerar sus fallos, nadie es perfecto.
• Hagamos de la armonía nuestra mejor amiga, llamémosla y encontrémonos
con ella tan a menudo como podamos. Nos ayudará a estar tranquilos, a
mantener el equilibro y la serenidad en nuestras vidas.
• Vivamos y disfrutemos del proceso de cada situación que experimentemos,
en vez de estar preocupándonos de si lograremos o no obtener lo que nos
propusimos. Preocupándonos, solo lograremos perder aquellas experiencias,
vivencias y emociones del viaje. El proceso es un gran maestro de la vida.
• Llevemos a cabo un acto de generosidad cada día, ya que nos ayudará a
sentirnos mejor, tan bien como si alguien hubiese sido generoso con
nosotros.
• Reconciliémonos con nuestros hijos cada noche, sin olvidar que ellos
también están intentando lidiar con sus vidas, tanto como nosotros, pero con
menos recursos. Perdonémoslos antes de dormirnos, teniendo así compasión
por ellos y afrontando el día siguiente sin rencor ni reproches por lo ocurrido

172
el día anterior.
• Confiemos en que sabemos todo lo que tenemos que saber, ya que nuestra
sabiduría interior es inmensa, mucho más de lo que imaginamos.
• De vez en cuando seleccionemos unos minutos cada día para estar en
silencio. Y si vives en la ciudad, trata de oír el silencio que yace debajo de
cada ruido.
• Disfrutemos de la vida, es decir, del mero hecho de estar vivos todos los
días.
• Estemos satisfechos con lo que tenemos, sintiendo gratitud por ello, en vez
de concentrarnos en aquello que deseamos o quisiéramos poseer.
• Trataremos de reunirnos con nuestros amigos a menudo, aquellos que
consideramos entrañables e importantes en nuestras vidas, y con ellos pasar
un buen rato juntos, ya que esas relaciones son alimento para el alma.

173
20

174
La manifestación del cuidado.
Wayne

En este último capítulo he decidido contaros un suceso que viví cuando estaba
ultimando los detalles de este libro antes de su publicación, y que ha sido muy
conmovedor y entrañable, y me ha hecho reflexionar sobre su importante
significado.
Era un sábado lluvioso de otoño, pero no de mucho frío, cuando tuve que llevar
mi coche a que pasara la ITV. Una situación que no me desagrada porque
conozco a mi mecánico desde hace muchos años y me gusta verlo, charlar con
él y saber cómo le van las cosas. Después de nuestra charla me informó que
además de la revisión tenía que cambiarle uno de los neumáticos al coche ese
mismo día, sin falta ya que estaba muy desgastado y podía ser peligroso para mi
seguridad. Pero que ellos tardarían unas dos horas porque ya había un gran
número de personas antes que yo. Como no podía esperar tanto tiempo, mi
mecánico decidió llamar a otro garaje para comprobar que estaba abierto y me
aconsejó llevarlo allí. Me despedí de él y me dirigí al taller que me había
recomendado, justo al otro lado de la calle.
Mientras me acercaba al taller pude observar que en su entrada había un grupo
de jóvenes mecánicos de entre 25 a los 30 años. Uno de ellos me resultó muy
conocido y me quedé pensativa, tratando desesperadamente de recordar de qué
lo conocía. Por mucho que pensaba por qué me parecía tan familiar no lo
situaba en mi mente. Al cabo de unos minutos pensé que posiblemente sería
alguien que se parecía mucho a algún conocido y quizás por eso me sonaba
tanto. Tras bajar del coche me dirigí a la recepción del garaje y me informaron
que solo tendría que esperar media hora, de manera que me senté a esperar en
una sala hasta que acabasen.
Al cabo de unos minutos el joven mecánico, cuyo rostro creía recordar, se me
acercó y me preguntó: “¿Tu eres Chandra?”. Yo, muy sorprendida porque

175
supiese mi nombre le respondí que sí, y le comenté que al verlo en la entrada
había estado pensando dónde lo había visto antes. Él me dijo que era Wayne y
esperó unos segundos para ver mi reacción, pero al ver que todavía dudaba de
quién era me dijo, Lennard Lodge (el nombre de la clínica donde yo estuve
trabajando hace bastantes años). Y añadió, “usted me estuvo viendo durante
mucho tiempo cuando era solo un niño”, e iniciamos una interesante
conversación sobre cómo se encontraba ahora. Después de un rato se marchó
para seguir con su trabajo y yo comencé a recordarlo rápidamente,
rememorando con todo detalle nuestras conversaciones.
Me levanté buscando con la mirada a Wayne para hacerle saber que ya me
acordaba de él, y en aquel momento entró en la sala de espera y le hice saber
que ahora sí sabía quién era. De pequeño era un chico de pelo muy lacio, un
poco largo y con un carácter muy dulce. Él sacó de su cartera una foto antigua,
agrietada por el paso del tiempo, donde se le podía ver de niño, tal y como yo lo
recordaba cuando me visitaba en la clínica. Wayne también me habló de su
madre y me enseñó su foto en el móvil donde aparecía con los nietos, lo que
nos hizo pensar lo rápido que pasa el tiempo. Conversamos un poco más acerca
del motivo por el que lo estuve viendo en aquella clínica y me contó que ahora
se sentía muy bien, se había casado, tenía un niño pequeño y estaba muy
contento con los logros que había conseguido en la vida.
Antes de volver a marcharse, y mientras yo estaba en la sala de espera, me dijo
que iba a cerciorarse de que estaban reparando mi coche y entonces recordé
con cariño este encuentro. Cuando me cambiaron el neumático Wayne regresó y
me dijo que lo habían reemplazado por otro mucho mejor y que no tendría que
pagar nada, que era un regalo que él me hacía. Y aunque insistí en pagárselo
no me lo permitió. Aquel gesto de gratitud fue una muestra del cuidado que le
ofrecí cuando más lo necesitaba a pesar de los años. De igual forma, me sentí
tremendamente agradecida por ese reencuentro tan entrañable, inesperado y
significativo del que disfruté.
Esta experiencia me ha resultado muy apropiada para culminar este libro, un
momento de serendipia que sucedió justo al final de este proyecto. Gracias a él
he podido pensar en la analogía con la crianza de los hijos y de cómo el

176
resultado de tanto esfuerzo y dedicación se nos muestra con el paso del tiempo,
como si de una inversión a largo plazo se tratase. Suele ser después de muchos
años cuando podemos recoger el fruto del duro trabajo que hemos realizado al
criar a nuestros hijos. Otra similitud que me gustaría destacar de este encuentro
es cómo mi mecánico, en el que confío plenamente, se ha ocupado de mi
seguridad y ha cuidado de mi vehículo durante años. Esta vivencia ha sido para
mí una clara muestra de gratitud entre dos personas, cuyo origen no tiene nada
que ver con lo material sino que se produjo a partir del esfuerzo y el tiempo que
le dedicamos a los demás. De cómo las personas podemos cuidarnos unas a
otras con la intención de hacer sentir mejor al otro o de dotar de recursos o
herramientas necesarias a quien lo necesite para que afronte de la mejor
manera posibles problemas, de manera que si en un futuro nos
reencontrásemos podamos vivir experiencias tan significativas como las que os
he relatado.
Este encuentro es un claro ejemplo de cómo cuidé de las necesidades de
Wayne cuando me necesitó, lo que me hace pensar en lo importante que es que
las personas nos cuidemos unas de otras. Y ese cuidado suelo relacionarlo con
las capas de la cebolla, de manera que una persona puede tener tantas capas
como personas que han cuidado de ella a lo largo de su vida. O igualmente
nosotros podemos ser una de esas capas al haber dedicado parte de nuestro
tiempo y energías a cuidar a otras personas. La madre de Wayne cuidó de su
hijo cuando más lo necesitaba al traerlo a la clínica para que lo ayudásemos, de
manera que una de las primeras capas de aquellos cuidados que recibimos
comienzan con nuestros padres o cuidadores, los cuales nos han ayudado a ser
las personas que somos hoy en día.

177
Acerca de la autora

Chandra Atkinson nació y se crió en España. Es psicoterapeuta y Jefa del


Servicio de Salud Mental Infanto-juvenil de Kensington y Chelsea, en Londres.

Ha trabajado durante los últimos 27 años en el Reino Unido, donde se ha


formado profesionalmente, obteniendo un Máster en Psicoanálisis en el
Tavistock Centre, una Diplomatura en Psiquiatría Infanto-juvenil en el Instituto de
Psiquiatría Maudsley Hospital, una Diplomatura en Enfermería de Psiquiatría,
una Diplomatura en Terapia de Familia y un Certificado en Terapia Cognitiva.
Además de extensivos estudios sobre la crianza de niños, tiene una amplia
experiencia profesional durante largos años.

178
Otros libros

Adquiera todos nuestros ebooks en


www.ebooks.edesclee.com

179
Las dificultades de la educación
Orientaciones educativas para el ámbito familiar

Ana Balanzá

ISBN: 978-84-330-2798-6

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La forma de ver el mundo que establecemos desde la más temprana edad


condiciona la percepción de todo cuanto nos rodea y probablemente nos
acompañará el resto de nuestra vida.

“Las Dificultades de la Educación” es una guía sencilla y comprensible para


padres y madres que quieran mejorar la relación y la educación de sus hijos e
hijas. Está orientada al entendimiento y a la búsqueda de soluciones de las
situaciones complejas que se dan en el núcleo familiar, que se abordan desde la
atención a las emociones, pensamientos y comportamientos de los padres en
reacción a las conductas y comportamientos desadaptados de los niños.

Contiene casos prácticos que sitúan a los padres y madres “frente al espejo”,
para comprender cómo sus equivocaciones afectan al crecimiento y desarrollo de

180
sus hijos y restablecer o construir una armonía personal y familiar. Se sugieren
pautas para el cambio, para educar a nuestros hijos con amor, comprensión y
respeto, pero también con límites claros que los ayuden a dirigir sus vidas en la
edad adulta.

La comprensión de por qué nuestro núcleo familiar es disfuncional nos ayudará a


dar el salto definitivo hacia una convivencia pacífica y en armonía dentro del
seno familiar. Aquí encontraremos numerosos recursos prácticos con multitud de
ejemplos, ideados para facilitar cambios sustanciales desde una nueva
perspectiva: La de padres y madres responsables en la educación de nuestros
hijos.

181
La empatía es posible
Educación emocional para una sociedad empática

Anna Carpena

ISBN: 978-84-330-2822-8

www.edesclee.com

La empatía no es una idea romántica, ni una cualidad de algunos, ni una


aportación espiritual de otras culturas, sino una capacidad humana que ha ido
cambiando a lo largo de la evolución y que puede seguir haciéndolo. La empatía
puede ser desarrollada y la educación tiene un papel fundamental en ello, tanto
como el marco en el que se desarrolla. El camino empieza por la empatía con
uno mismo, continúa con las personas cercanas y, trascendiendo al propio grupo,
debe llegar a sentimientos universales con consciencia de formar parte de una
gran familia: la humanidad.

Qué es la empatía y cómo se educa. Esta obra combina una aproximación


interdisciplinar con la reflexión y algunas orientaciones prácticas, actividades y
recursos encaminados a comprender y aceptar nuestra propia naturaleza para

182
continuar evolucionando. Profundizando en el conocimiento del ser humano, se
hace mención especial a la etapa más vulnerable, la infancia, en la que se
construyen los cimientos del individuo adulto, para conocer sus necesidades y
cómo atenderlas empáticamente. En todos los capítulos hay una reivindicación de
las emociones, pues a pesar de estar ampliamente reconocida su importancia,
existe todavía una tendencia general a olvidarlas y a centrarse solamente en la
razón.

Este libro se dirige a aquellos que sienten que educar empieza por uno mismo y
a todas las personas implicadas y comprometidas con la educación, sean cuales
sean sus ámbitos o sus roles.

183
Porque os quiero a los dos
Pedagogía sistémica para padres y profesionales de la educación

Barbara Innecken

ISBN: 978-84-330-2806-8

www.edesclee.com

Este libro nos invita a desarrollar un enfoque sistémico en la educación infantil.


La mirada sistémica nos ayuda a entender mejor a los niños y adolescentes, sus
alegrías y sus sufrimientos. Cuando muestran trastornos de comportamiento y
del aprendizaje, están intentando captar nuestra atención y dirigirla hacia
problemas familiares no resueltos, cuyas raíces pueden llegar a veces hasta las
generaciones pasadas.

Pensar, sentir y actuar de forma sistémica puede facilitar y aligerar enormemente


la vida familiar y el trabajo pedagógico de los profesionales de la educación. Este
libro respira claridad y experiencia e incluye numerosos ejercicios que animan
tanto a padres como a profesionales de la educación a encontrar soluciones
creativas para los niños, sus familias y sus centros educativos.

184
Un libro imprescindible en el campo de la pedagogía sistémica.

Peter Bourquin

Agradezco a Barbara que haya realizado el esfuerzo de escribir este libro para
que podamos enriquecernos con la valiosa experiencia de su trabajo. Y les deseo
a todos los padres, profesores y terapeutas mucho placer en su lectura y muchas
experiencias enriquecedoras en su día a día con los niños.

Marianne Franke-Gricksch

185
Educar amando desde el minuto cero
Ideas que pueden ayudar a los nuevos padres para educar mejor desde
un principio

Paloma López Cayhuela

ISBN: 978-84-330-2765-8

www.edesclee.com

Este libro pretende cubrir dos necesidades en el ámbito de la función de los


padres como educadores. Por un lado, promover la reflexión tranquila y realista
acerca de dónde venimos y quiénes somos como padres, y por otro aportar
claves que nos ayuden a ejercer de forma armónica como padres o madres
realistas.

Frente al mito de los padres perfectos se propone el modelo de los padres


realistas como aquellos que conocen sus limitaciones y, cuando la situación lo
requiere, las trascienden a través de su trabajo personal introspectivo o de
formación. Son capaces de no exigirse la perfección, de perdonarse los errores y
de tenerlos en cuenta para no repetirlos en el futuro. También saben lo que

186
pueden esperar de sus hijos por su momento evolutivo y por tanto dimensionar
adecuadamente la importancia de lo que ocurre sin preocuparse más de lo
necesario.

Tienen claro que los hijos son personas que han venido al mundo a desarrollar
su propia vida? no emprenderán ni se mantendrán en luchas de poder en las que
tantas veces se pierde la relación entre padres e hijos y asumirán la posible
conflictividad como una parte natural de la convivencia. El padre realista no
necesita ser perfecto, porque no tiene miedo a su imperfección.

187
AMAE

Loretta Cornejo Parolini

Adolescencia: la revuelta filosófica, por Ani Bustamante (2ª ed.)


El síndrome de Salomón. El niño partido en dos, por María Barbero de
Granda y María Bilbao Maté (2ª ed.)
La adopción: Un viaje de ida y vuelta, por Alfonso Colodrón Gómez-Roxas
Esto, eso, aquello… también pueden ser malos tratos, por Ángela Tormo
Abad
La adolescencia adelantada. El drama de la niñez perdida, por Fernando
Maestre Pagaza (2ª ed.)
Riqueza aprendida. Aprender a aprender de la A a la Z, por Roz Townsend
Los padres, primero. Cómo padres e hijos aprenden juntos, por Garry
Burnett y Kay Jarvis
PNL para profesores. Cómo ser un profesor altamente eficaz, por
Richard Churches y Roger Terry (2ª ed.)
EmocionArte con los niños. El arte de acompañar a los niños en su
emoción, por Macarena Chías y José Zurita (2ª ed.)
Muñecos, metáforas y soluciones. Constelaciones Familiares en sesión
individual y otros usos terapéuticos, por María Colodrón (2ª ed.)
Madre separada. Cómo superan las mujeres con hijos la separación,
por Katharina Martin y Barbara Schervier-Legewie (2ª ed.)
Rebelión en el aula. Claves para manejar a los alumnos conflictivos, por
Sue Cowley

188
¿Hay algún hombre en casa? Tratado para el hombre ausente, por
Aquilino Polaino
Cyber Bullying. El acoso escolar en la era digital, por Robin Kowalski,
Susan Limber y Patricia Agatston
222 preguntas al pediatra, por Gloria Cabezuelo y Pedro Frontera
Borrando la “J” de Jaula. Cómo mejorar el funcionamiento del aula. La
educación desde una perspectiva humanista, por Isabel Cazenave
Cantón y Rosa Mª Barbero Jiménez
Porque te quiero. Educar con amor… y mucho más, por Pilar Guembe y
Carlos Goñi (3ª ed.)
Focusing con niños. El arte de comunicarse con los niños y los
adolescentes en el colegio y en casa, por Marta Stapert y Eric Verliefde
Los cuentos de Luca. Un modelo de acompañamiento para niñas y
niños en cuidados paliativos, por Carlo Clerico Medina
Familias felices. El arte de ser padres, por Trisha Lee, Steve Bowkett, Tim
Harding y Roy Leighton
Mi aula de bebés. Guía práctica para padres y educadores infantiles, por
Beatriz Ocamica Garabilla
Los niños, el miedo y los cuentos. Cómo contar cuentos que curan, por
Ana Gutiérrez y Pedro Moreno
¿Todo niño viene con un pan bajo el brazo? Guía para padres adoptivos
con hijos con trastornos del apego, por José Luis Gonzalo Marrodán y
Óscar Pérez-Muga
El acoso escolar en la infancia. Cómo comprender las cuestiones
implicadas y afrontar el problema, por Christine Macintyre
El espacio común. Nuevas aportaciones a la terapia gestáltica aplicada
a la infancia y la adolescencia, por Loretta Zaira Cornejo Parolini

189
Primeros auxilios para niños traumatizados, por Andreas Krüger
Construyendo puentes. La técnica de la caja de arena (sandtray), por
José Luis Gonzalo Marrodán
Educar sin castigar. Qué hacer cuando mi hijo se porta mal), por Pilar
Guembe y Carlos Goñi
Como pienso soy. Tratamiento para niños con dificultades de atención
e impulsividad, por verónica beatriz boneta osorio
Habilidades en counselling y psicoterapia gestálticos, por Phil Joyce y
Charlotte Sills
Acción tutorial y orientación: aceptación, compromiso, valores. Una
propuesta de estilo para la intervención de tutores y orientadores, por
Ramiro Álvarez
Elegir la vida. Historias de vida de familias acogedoras, por Pepa Horno
Goicoechea
El niño divino y el héroe, por Claudio Naranjo
El gemelo solitario, por Peter Bourquin y Carmen Cortés
Mindfulness para profesores. Atención plena para escapar de la trampa
del estrés, por Nina Mazzola y Beat Rusterholz
Educar amando desde el minuto cero. Ideas que pueden ayudar a los
nuevos padres para educar mejor desde un principio, por Paloma López
Cayhuela
Cómo ayudar a los niños a dormir: técnica del acompañamiento. Una
nueva manera de enseñar a dormir sin sufrir, por Sonia Esquinas
Es que soy adolescente… y nadie me comprende, por Pilar Guembe y
Carlos Goñi
El nuevo ideal del amor en adolescentes digitales. El control obsesivo
dentro y fuera del mundo digital, por Nora Rodríguez

190
Vincúlate. Relaciones reparadoras del vínculo en los niños adoptados y
acogidos, por José Luis Gonzalo Marrodán
Érase una vez el perdón. Un itinerario hacia el perdón y la
reconciliación en el counselling a través de los cuentos, por Ana
García-Castellano García
Érase una vez el perdón. Un itinerario hacia el perdón y la
reconciliación en el counselling a través de los cuentos, por Ana
García-Castellano García
Porque os quiero a los dos. Pedagogía sistémica para padres y
profesionales de la educación, por Barbara Innecken
Adolescencia: mitos y enigmas, por Gerardo Castillo Ceballos
Sal de tu mente y entra en tu vida para adolescentes. Una guía para
vivir una vida extraordinaria, por Joseph V. Ciarrochi, Louise Hayes, Ann
Bailey
Trastornos de alimentación y autolesiones en la escuela. Estrategias de
apoyo en el medio escolar, por Pooky Knightsmith
20 ideas básicas para ayudar a crecer a tus hijos. Cuaderno de notas,
por Chandra Atkinson
Mírame, siénteme. Estrategias para la reparación del apego en niños
mediante EMDR, por Cristina Cortés Viniegra

191
Índice
Portadillaa 2
Créditos 4
Dedicatoria 5
Agradecimientos 6
Prólogo 8
1. Dinámicas de pareja 11
Recomendaciones 18
2. Vínculos afectivos 19
Recomendaciones 27
3. Madres y padres con diferentes estilos educativos 28
Los autoritarios 31
Los permisivos 32
Los sobreprotectores 34
Los distantes 35
Los inconstantes 36
Los equilibrados 37
Preguntas que puede hacerse 39
4. La regla de la atención 40
Recomendaciones 48
5. Escucha a tu hijo 49
Recomendaciones 55
6. Tiempo para jugar 56
Desarrollo social 60
Desarrollo emocional 62
Desarrollo cognitivo 64
Recomendaciones 65
7. El valor del halago 66
Recomendaciones 72
8. Un tiempo exclusivo para estar juntos 73
La reglas del tiempo exclusivo juntos 76
Recomendaciones 79

192
9. Limitar la actitud de nuestros hijos y sus consecuencias 80
Cómo imponer límites a los hijos 84
Ingredientes básicos para que los límites se respeten 86
El poder de ignorarlos 88
Las consecuencias de sus actos 91
Recomendaciones 93
10. Tiempo fuera para tranquilizarse 94
Recomendaciones 97
11. Rutinas durante la noche y por la mañana 98
La rutina de noche 102
La rutina de la mañana 105
Recomendaciones 106
12. La hora de comer 107
Recomendaciones 115
13. Economía de fichas y regalos sorpresa 116
Bolsitas sorpresas 121
Recomendaciones 123
14. La independencia de los hijos 124
Recomendaciones 132
15. Niños muy mimados 133
Recomendaciones 141
16. Celos entre hermanos 142
Recomendaciones 150
17. El desarrollo moral 151
El respeto a uno mismo y a otras personas 154
El deseo de ayudar y contentar a otras personas 155
La amabilidad y la solidaridad 156
La solidaridad 157
El valor de la vida y cómo cuidar de otros seres vivos 158
Ser generosos 159
Decir la verdad 160
No quitarles cosas a los demás 161
Vivir en el presente siendo conscientes 162
Recomendaciones 163

193
18. Padres exprés. La falta de tiempo y la vida en pareja 164
Recomendaciones 169
19. Los padres también debemos cuidarnos 170
20. La manifestación del cuidado. Wayne 174
Acerca de la autora 178
Otros libros 179
Las dificultades de la educación 180
La empatía es posible 182
Porque os quiero a los dos 184
Educar amando desde el minuto cero 186
AMAE 188

194