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“Correspondencias”, de Charles Baudelaire

Charles Baudelaire, en su colección de poemas Las flores del mal, obra


innovadora y provocativa publicada en 1857, confiere al poeta un papel nuevo de
intermediario entre la Naturaleza y el hombre. El comienzo del libro expone la situación
difícil del artisa en el mundo burgués positivista y mezquino del Segundo Imperio: asi
es maldito en “Bendición”; exiliado, rechazado por el mundo en “El albatros”. Pero en
el soneto “Correspondencias”el poeta se reconcilia con la función romántica del mago.
En efecto, Baudelaire está convencido de que sólo el poeta puede percibir íntimamente
el mundo sensible, que es su primera fuente de inspiración. Aquí el poeta abre en la
meditación sobre la Naturaleza una nueva vía de conocimiento al mismo tiempo que
inventa o madura las expresiones innovadoras que le permitirán dar cuenta de esta
experiencia mística. El poeta crea un método, el de las sinestesias, es decir,
equivalencias sensoriales. Los útiles literarios aptos para dar cuenta de esta tentativa son
esencialmente las comparaciones y las metáforas. El soneto “Correspondencias” es pues
un poema didáctico organizado según la progresión lógica propia de este tipo de textos:
la instauración de la relación, las correspondencias en la naturaleza y al final los
perfumes de los que únicamente el poeta puede discernir los significados. Baudelaire
utiliza hábilmente la estructura del soneto: los dos cuartetos muestran la teoría, y los dos
tercetos desarrollan las equivalencias. De esta manera, “Correspondencias” se presenta
como una verdadera arte poética, es decir, la formulación de un proyecto de estética al
mismo tiempo que su ilustración por medio del ejemplo

I. Una visión idealista del mundo: lo natural y lo


suprarreal
La naturaleza es presentada como un lugar sagrado. No se trata aquí del campo,
aunque la Naturaleza es comparada a un bosque. Baudelaire considera el universo
perceptible por nuestros sentidos. La Naturaleza es evocada bajo la forma de un templo,
lugar de comunicación privilegiado entre nuestra existencia y el más allá. Baudelaire
evoca a la pitonisa de Delfos, cuyas profecías oscuras para el común de los mortales
sólo eran comprensibles para los sacerdotes (para el poeta), que las traducían para los
fieles.
El primer cuarteto está construido sobre la doble metáfora del templo y el bosque.
La constitución del mundo sensible se refleja por referencias al recinto sagrado de la
arquitectura griega o egipcia. Nuestra existencia terrestre constituye solamente el
témenos1, su significación y su realidad última no pueden ser asumidas más que en la
sombra propicia y misteriosa del santuario donde reina la divinidad. Del mismo modo,
la Naturaleza sensible es evocada por el bosque, lugar impenetrable por excelencia,
marcado también por la sombra y la presencia de una vida secreta. Este último tema
invita igualmente a la elevación hacia el más allá. En efecto, el árbol es el elemento de
unión entre la tierra donde arraigan sus raíces y el cielo hacia el que se dirigen sus
ramas. Los dos elementos comparados son reunidos por la analogía de los “pilares
vivientes” en forma de oxímoron. Los troncos rectilíneos de los árboles recuerdan los

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En la Antigua Grecia, un témenos (en griego τέμενος, ‘recinto’) era un terreno delimitado y
consagrado a un dios, excluido de usos seculares. Muchos santuarios pequeños consistían
sencillamente en un témenos con un altar y sin templo. Casi siempre había que someterse a
una purificación antes de poder penetrar en él. Por ejemplo, las legiones romanas no podían
entrar en Roma sin antes haberse purificado de la sangre derramada.
fustes de las columnas. El bosque se convierte en una catedral vegetal. La Naturaleza se
define por la simbiosis de diferentes campos antinómicos evocados: la mineralidad de la
arquitectura, el dinamismo de lo vivo, la vida secreta del misterio. La Naturaleza es un
Todo complejo, no reductible a sus aspectos positivistas. Además, el artista nos invita a
entrar en el lugar sagrado yendo más allá de las apariencias sensible. Todo son
símbolos. El poeta es aquel cuya misión es emplear el lenguaje al servicio del misterio
inefable.
Si la Naturaleza semeja un templo perenne, el hombre, en cambio, no hace más
que “pasar”, pues pertenece a un reino efímero. Los símbolos son para él “miradas
familiares”: para Baudelaire, la Naturaleza está habitada por un presencia inteligente
que habla a la inteligencia humana. La iniciativa no pertenece al hombre, no es el
hombre quien, en primer lugar, descubre la sobrerrealidad por su mirada interior. Él es
observado, acompañado de manera bondadosa, y así invitado a entrar en el misterio.
Baudelaire rompe con la tradición del horror sagrado. La patria del artista es lo
invisible, lo inefable.

Las correspondencias verticales


El artista es invitado a descifrar los signos. Este lenguaje, como los jeroglíficos de
los templo egipcios, es difícil de interpretar. La representación oculta el significado. Son
las “confusas palabras”. Esta relación entre el hombre y el misterio de la Naturaleza es
ocasional, como indica el “a veces”. Es más a menudo opaca y sibilina. El hombre debe
pues buscar una vía al interior del templo, es decir, un significado, una interpretación
espiritual detrás de la realidad impuesta del mundo. Las correspondencias son en primer
lugar verticales; conducen al hombre a entrar en relación con una realidad superior que
da un sentido y una forma al universo sensible. Finalemente, hay que invertir nuestro
punto de vista común, remontar hacia la fuente, lo primero no es la información
proporcionada por nuestros sentidos, sino la Inteligencia, la Idea que ha dado forma al
mundo sensorial. Baudelaire ha descubierto este camino en Platón y en Swedenborg.
Esta aproximación descansa en una filosofía idealista: la materia no es sino apariencia,
lo espiritual permanece en la realidad profunda y escondida. Es la Idea la que está en el
origen del universo.

Las correspondencias horizontales


En el segundo cuarteto, Baudelaire expone su teoría de las correspondencias
horizontales entre las diferentes sensaciones. Son las sinestesias, la superposición de
sentidos. Baudelaire utliza un sentido para evocar las percepciones registradas por otro.
Así, el olfato será sugerido por sensaciones táctiles o visuales. Este cuarteto está
compuesto por una sola oración cuya información más importante está al final. El lector
es invitado a recorrer el mismo camino que el poeta al escuchar las “confusas palabras”
de la primera estrofa, que se convierten en los “largos ecos”. El misterio de la visión
nocturna se muestra por un recurso a los valores contrastados del negro y el blanco
(“tenebroso”, “noche”, “claridad”). Esta antítesis subraya la “profunda unidad” de la
intuición: la verdad de la sensación es compleja, se sitúa en un nivel accesible sólo a
quien profundiza en sus sensaciones. De todas maneras, permanece global, fugaz e
indistinta, lo que es sugerido por las tres comparaciones encargadas de dar
equivalencias más que de explicar ese estado vecino del tance. El misterio permite sólo
la aproximación, y no la contemplación. Debe conservar el aura sagrada del sueño
nocturno. El útlimo verso del cuarteto es el eje del soneto, es la evidencia que cierra los
lentos preparativos precedentes como olas sucesivas. Baudelaire ve más allá de la
diversisdad de sus sensaciones la unidad profunda del universo. En el último verso de
este cuarteto (“los perfumes, los colores y los sonidos se responden”) resume las
sinestesias de los sentidos, y consituye junto con el tercero (“el hombre pasa a través de
bosques de símbolos”) uno de los fundamentos del simbolismo. Señalemos que, al
colocar los perfumes en cabeza de su enumeración, Baudelaire les confiere un
predominio personal en este conocimiento místico del universo, que va a desarrollar en
los tercetos.

II Análisis de la práctica de la sinestesia.


Baudelaire se sirve de los perfumes para explorar esta vía confusa de las
sinestesias y para extraer de ellas todas las enseñanzas posibles. Los dos tercetos forman
una sola oración construida como la del segundo cuarteto: el lector es invitado de nuevo
a seguir al poeta en sus experiencias para progresivamente llegar a una evidencia
extática. Podemos señalar igualmente el papel predominante de las comparaciones que
sirven de pasarelas para creer estas equivalencias entre el orden sensible y el orden
psicológico o maral. Baudelaire parte pues de una experiencia sensorial olfativa poco
aprovechada por los poetas, quienes se muestran en general más seducidos por las
formas, los colores o los sonidos. El olfato no dispone de un léxico tan desarrollado
como la vista o el oído. Las sensaciones olfativas son evanescentes y sutiles. Baudelaire
va a expresar la cualidad de la sensación mediante equivalencias extraídas de otros
campos sensoriales; para ello, utiliza la comparación que une realidades diferentes y la
polisemia de los adjetivos (“frescos”: tacto y reposo o inocencia; “dulces”: tacto, paz;
“verdes”: frescura y vista); para los perfumes fuertes utiliza tres cualidades, no
sensibles, sino morales, que evocan el erotismo, el lujo y la pompa eclesiástica. El
perfume es seductor, embriaga y trae “la expansión de cosas infinitas”. Lo que
Baudelaire revela es la capacidad del parfume de invadir todo el espacio, la fragancia
parece menos material que el sonido, el color o el tacto. El empleo del oxímoron “cosas
infinitas” subraya su poder de evocación mágica tanto en la relación amorosa como en
la liturgia. El perfume es la puerta que abre al éxtasis al ser humano finito, lo que
expresa el final “que cantan los transportes del espíritu y de los sentidos”, siendo
“transporte” un movimiento violento de pasión que enajena. El perfume es pues un
instrumento del Ideal, capaz de solicitar a la imaginación para abandonar un momento la
prisión terrestre. Esta experiencia de elevación se apodera del ser entero del poeta, en
cuerpo y espíritu. El perfume en cierto sentido desmaterializa la percepción.
El soneto está construido sobre una nota ascendente que pasa de la “tenebrosa y
profunda unidad” a la claridad y a los vértigos de una ascensión espiritual. Por un uso
razonado de los sentidos, principalmente el olfato, el poeta puede acceder a la realidad
superior y a la visión extática.

III Naturaleza y función de la poesía


Nacimiento de la poesía simbolista

Baudelaire, al comienzo muy influido por el Romanticismo y el Parnasianismo, se


aleja de ellos progresivamente para convertirse en el iniciador de la escuela simbolista y
de sus avatares, como el decadentismo. Baudelaire, “príncipe de los poetas” es quien
hace entrar la poesía en la era moderna por su invención de nuevas vías:
- al ligarla a una concepción neoplatónica del universo, en la que el mundo real no
es sino el reflejo de una realidad superior
- al otorgarle la función de simbolizar, es decir, unificar, religar las diversas
experiencias sensible y psicológicas. El símbolo se convierte en la pasarela entre
las apariencias contingentes y la esencia; las imágenes, en la forma privilegiada
para expresarlo.

Un nuevo conocimiento del universo

La poesía ya no es un arte descriptivo encargado de embellecer la realidad


ordinaria. Lejos de relegarla a una pintura ilusoria, Baudelaire la promueve como una
forma de conocimiento intiuitivo, la vía real para llegar al secreto del mundo. El
ejercicio de la poesía se convierte en una actividad esencial, un sacerdocio.
Para ello, Baudelaire sistematiza la práctica de las correspondencias en el interior
del acto de la escritura poética. Del mismo modo la poesía debe mantener
correspondencias estrechas con las otras formas artísticas como la pintura o la música.
El poeta debe buscar estas equivalencias pictóricas o musicales en el interior mismo de
su poesía, lo que Baudelaire llama la “brujería evocatoria”. La poesía se convierte en un
ejercicio conceptual y musical, un acto religioso, una celebración de la fascinación.

Conclusión
“Correspondencias” es un poema fundacional que asigna una función existencial a
la poesía. El poeta quiere romper el maleficio de una realidad que aprisiona al hombre
en sus límites desesperantes. El Arte es la evasión necesaria por medio de la cual el
hombre puede encontrar su dignidad. Debe partir a la busca del paraíso del que ha sido
exiliado, intentar encontrar la vía hacia el mundo de las Ideas del que ha salido. Tales
son las ambiciones de la poesía baudelairiana, desgarrada constantemente entre ese
spleen que la clava en tierra y ese Ideal que la llama. Estas tentativas necesitan la
constitución de un lenguaje operativo mágico. Sin embargo, los éxitos son fugaces y
poco numerosos, hasta el punto que la victoria del spleen sobre el Ideal va a confundirse
con la dolorosa impotencia creadora. Baudelaire, por su invención poética y por las
relaciones de las que se sirve, reúne en este poema los dos mundos, natural y suprarreal,
sensible e infinito. Se inscribe en una corriente de pensamiento místico e idealista que,
de Platón a los románticos alemanes, pasando por Balzac y Lamartine, busca penetrar el
secreto del Universo por medio de la analogía. Si la función del poeta es siempre
encontrar la unidad del mundo visible e invisible, Baudelaire renueva esta herencia
inventando una lengua mágica para encantar al destino desgraciado de los hombre y
encontrar así el paraíso perdido donde “todo es orden y belleza/ lujo, calma y
voluptuosidad”. En esta creación de un lenguaje nuevo, Baudelaire abre el camino a la
corriente poética simbolista, a esos “alquimistas de la palabra” que serán Verlaine,
Mallarmé y Rimbaud.

(Traducido y adaptado de http://www.etudes-


litteraires.com/baudelaire-correspondances.php