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Recuerdo la canción

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Leila Milà

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©Recuerdo la canción ©Leila Milà

Recuerdo la canción 1ª Edición, Noviembre 2015

Edición y corrección: ©LM Diseño de portada: ©LM Fotografía: ©Shutterstock Inc.

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E l antiguo gimnasio del instituto estaba irreconocible entre tanto adorno

surrealista, telarañas por aquí, sábanas por allá, calabazas, esqueletos, brujas, Santa Claus terroríficos y guirnaldas con bolitas por todos lados en una macabra mezcla de Halloween navideño. Y es que los antiguos compañeros del instituto se habían propuesto hacer un encuentro generacional, y no se les ocurrió nada mejor que mezclar las dos fiestas más señaladas de la época en la que estábamos. Así que ahí me teníais, mirando a uno y otro lado, fuera de lugar, disfrazada de tigresa con un collar de guirnaldas y muerta de frío con un cutre vaso de plástico y un ponche más bien dudoso. Rodeada de mis antiguos compañeros que bailaban y reían contándose anécdotas y poniéndose al día de sus respectivas vidas mientras mis ojos no dejaban de controlar las salidas con un extraño nudo en el estómago. No sabía porque esperaba verle ni comprendía mis nervios. Hacía años de aquello y sin embargo, había quedado grabado en mí a fuego.

Dejé escapar el aire retenido y sonreí sin muchas ganas a uno de mis compañeros bajando de forma automática la vista al contenido del vaso, pues era la

tercera vez en esos minutos que me pillaba observando la puerta con cara melancólica y suspiros lánguidos de dama enamorada para usar sus mismos términos. Estaba claro, que ni con esa mezcla de villancicos camuflados entre la música de nuestra adolescencia, se podía tener esperanza de que algo sucediese esa noche, hasta

La canción que me transportó a ese momento que marcó mi vida incluso a

día de hoy. Su melodía simple, pegadiza y más bien idiota se te agarraba llevándote lejos y una vez más, al recordar, el aire abandonó con sonoridad mis labios. ¡¿Pero qué demonios me sucedía?! Estaba más sensible y tonta de lo normal, y encima esa canción no dejaba de llevarme a él, a sus besos y el tacto de sus manos dibujando una sonrisa tonta en mis labios. Él fue mi primer verdadero amor, el primer beso real. Eran buenos recuerdos de una época feliz y extraña al mismo tiempo. Ahora todo quedaba muy lejos, desdibujado por el tiempo, la adultez y las responsabilidades.

que la oí

Mi vida se había vuelto demasiado complicada por llamarla de un modo elegante. Yo ya no era esa misma chica soñadora, inocente y sin experiencia a la que se

le aceleraba el pulso y le daba un brinco el corazón al verle. Todo cambió y se enredó

tanto… Tenía claro que él no iría a esa fiesta, se había desvinculado de nosotros, de echo al año siguiente abandonó la ciudad y jamás volvimos a saber de él, pero yo parecía no haberlo olvidado jamás.

A ver, no os hagáis ideas raras, no pasó nada malo entre nosotros, solo éramos jóvenes y

lo nuestro duró lo que duró. No hubo en si ningún acontecimiento que nos hiciera romper, solo las circunstancias de la vida nos fueron distanciando, o más bien él se fue alejando y por mucho que pueda parecer, no le guardaba ningún rencor, al contrario. Entre nosotros nunca necesitamos de muchas palabras ni explicaciones, nos entendíamos. Era como si formásemos parte el uno del otro, entre sus brazos estaba en

Era el paraíso, nos pertenecíamos pero era

casa. No había más, su olor, su contacto

como si supiéramos que ese no era el momento, que había algo y él necesitaba irse. No le retuve, no le reproche nada, nuestra relación de amistad nunca se rompió, nos mirábamos, hablábamos, reíamos pero de modo cordial relegando la intimidad vivida a un sueño pasado.

Y todo por culpa de esa melodía, de esa dichosa letra que perforaba mis oídos cada vez

con más saña, sin tregua ni compasión por los estragos que estaba causando en mi organismo.

Apreté el puño libre y justo cuando me daba la vuelta su olor a bosque y especias me golpeó. Mi cuerpo se tensó poniéndose rígido y el pulso se disparó como un odioso coche de carreras dejándome sin aliento. Su esencia me acariciaba la piel y empecé a temblar al tiempo que un irrefrenable deseo ascendía por mi vientre estallando como una granada, alterando cada terminación nerviosa. No podía ser

—La canción de nuestro primer beso, no he conseguido olvidarla.

Su voz se enroscó oscura y sugerente en mi interior como la promesa del más despiadado y prohibido placer, obligándome a girar cara él.

Mi grupo, que todavía estaba alrededor diluyéndose por momentos se quedó

muy quieto observándonos, casi conteniendo el aliento al tiempo que de fondo se escuchaba una voz saludándolo, y un cuerpo se le echaba encima afectuosamente entre apretones y palmadas de machotes. Sin embargo, su mirada felina seguía clavada en mí al igual que esa sonrisa canalla que tan poco dejaba ver y que era capaz de fundir glaciares.

Verle ahí, parado junto al quicio, apoyado de lado con esa chulería indolente y

tan masculina me dejó sedienta. Estaba increíble, sus facciones de por si algo marcadas y agresivas se habían acentuado un poco más mostrando al hombre en que se había convertido. Seguía pareciendo serio

y algo rudo. Su boca seguía poseyendo los mismos labios que me moría por devorar, el

de abajo más grueso y bien definido. Nariz recta y esa penetrante mirada verde que resaltaba entre el negro de cejas y pestañas. Tan oscuras como su corto cabello. Cuerpo de infarto, atlético, fuerte y con músculos definidos pero no de gimnasio, espalda ancha, piernas largas acorde con un culo que seguro seguía siendo igual de prieto.

Me relamí sin poderlo evitar quedándome parada donde estaba observándole con

el pulso disparado.

—¡Hombre Sash, dichosos los ojos! Ya creíamos que no vendrías.

Le iban diciendo entre risas alargándole un vaso. Él lo cogió con su elegancia y elasticidad habitual y les respondió con educación disculpándose al tiempo que impulsaba su imponente cuerpo hacía mí. Era mucho más alto de lo que lo recordaba, aun así tragué dejando a un lado el dichoso vaso pues no sabía qué hacer con él, y de seguro, nerviosa me pondría a jugar con este y aún empaparía a alguien. Sus palabras todavía resonaban en mi mente y la canción seguía sonando de fondo como si el momento fuese ese y esta vez, no fuese a escaparse burlándose de mí porque justo era como si el universo entero hubiese estado confabulando para tenerme en ese instante ahí y ahora el uno frente al otro.

—Hola, tigresa.

«Tigresa» Esa palabra de sus labios hizo que un nuevo estremecimiento me recorriera entera.

—¿Y tú se puede saber de qué vas? —pregunté con picardía ladeando la sonrisa al tiempo que lo repasaba.

Cazadora de cuero, vaqueros algo entallados, camiseta negra y unas características rayas de tigre en el lado izquierdo de su rostro y que para nada eran falsas. Algo que yo, por suerte o desgracia, conocía bien desde hacía un tiempo.

Lo mío no eran los saludos típicos, con él no me hacía falta.

—De cazador, claro.

—¿Y crees que es prudente? —Desvié los ojos con discreción a sus rayas.

—Sin problemas, gatita. Aquí nadie más lo sabe. Has sido rápida —ronroneó junto a mi oído.

Yo me estremecí ante su cercanía, sentir su aliento en mi piel fue igual a una descarga. ¿Cómo no iba a reconocer a un macho?

—¿Cuándo? —Quiso saber taladrándome con sus preciosos ojos.

—Hace años, poco después de irte tú. Salí a correr y

me atacaron.

—Los mataré —Sentenció con fría pragmacidad.

—Ya me encargué yo, al menos de un par de ellos. Digamos que les jodí la diversión, me defendí y cuando supe que pasó, en que me convertí y lo controlé me dediqué a dar buena cuenta de los corrompidos en mi tiempo libre. Tuve suerte y apareció una patrulla. Huyeron creyendo que no viviría, se equivocaron.

—Siempre fuiste peleona, luchabas con uñas y dientes —dijo recorriendo mi cara con sus iris, y me apartó un mechón rozándome el cuello.

De nuevo el estallido del placer se hizo patente entre nosotros.

—¿Has vuelto para la fiesta? —Alcé el rostro hacia el suyo, estábamos tan

cerca

Creo que la tensión entre ambos era palpable para el resto porque sentía la electricidad arañándome la piel así como la necesidad. Su olor saturaba todos mis sentidos y mi tigresa no dejaba de rugir respondiendo a él, a sus estímulos, a su presencia. Podía notar su poderío, Sash siempre había tenido esa aura letal, salvaje y sensual pero ahora era aun mayor y me dejaba en la cuerda floja debido a mi nueva naturaleza. Una que parecía no conocer por completo. Lo que estaba sintiendo era demasiado intenso y nuevo. No podía dejar de pensar en él, estaba tan excitada que me dolía y eso lo afectaba a él que hacía esfuerzos por controlar el animal que brillaba en sus pupilas.

—No, era el momento, además me vas a necesitar.

Yo fruncí el ceño sin comprender pero callé al ver que los demás volvían a acercarse.

—Cuanto tiempo tío, me alegra verte bien. ¿Una foto ahora que estamos todos?

—¡Ni hablar! No pienso exponerme a que luego mis colegas me chantajeen por mis pintas, ah no. No tengo ganas de destripar a nadie —Me cuadré.

—¿Colegas? —Sash alzó una ceja y yo le empujé del pecho con suavidad para apartarlo ya que me había pasado un brazo por los hombros y el fuego me consumió, haciéndome sisear.

—Venga inspectora, afloja —Sonrió uno de los chicos—. Aquí la niña se nos hizo poli.

—No me extraña, menudo susto con ese ataque —Soltó una de las chicas—, por suerte no pasó nada.

Yo sonreí por pura fuerza de voluntad, aquello todavía me hacía sentir extraña, aquella era una ciudad muy pequeña y todo se sabía. Casi nos conocíamos todos como en un pueblo, así que la historia de la pobre y valiente Aleen se conocía en buena parte del condado. No lo soportaba, no llevaba bien eso de ser el centro de atención ni las ruedas de prensa. Era buena en mi trabajo pero tener que ponerme al frente si no era para dar órdenes y hablar del caso me ponían nerviosa y

terminaba clavándome las uñas en la pierna hasta hacerme daño. Siempre había sido más bien solitaria.

—Fue terrible, pero claro, no lo sabías —Siguió otra de ellas coqueteando con él, enrollando un dedo entre el cabello, provocando que necesitase de todo mi autocontrol por no lanzarme sobre ella y destrozarla.

La rabia ardía en mi vientre destrozando la poca calma que me quedaba y no lo entendía. Esa explosión de ira y celos había sido demasiado brutal y visceral.

—Parece que tenemos mucho de lo que ponernos al día —dijo y me llevó hacia la pista a modo de rescate dejándoles con la palabra en la boca—. Parece que hay cosas que no cambian.

—Eso parece, gracias —Dejé escapar el aire retenido borrando la sonrisa forzada que había adoptado, logrando retraer las garras de vuelta al interior del cuerpo.

—Pero si es cierto que hay mucho que hablar.

—No es algo que me guste recordar Sash, en serio está bien —respondí algo a la defensiva dejándome llevar por los movimientos de él.

Seguíamos acoplándonos a la perfección como si estuviésemos hechos para encajar. Nos movíamos con suavidad en una extraña danza donde nuestras miradas luchaban la una con la otra y nuestros cuerpos se rozaban, aumentando ese velo sensual que nos rodeaba.

—No me refería eso en sí, ahora sabes porque me fui y me alejé pese a lo que eso supuso para ambos. Miré de absorber todas las consecuencias y el dolor. No quería meterte en este mundo de violencia y oscuridad. Aunque fueras mi pareja de vida eras humana Aleen, y yo un tigre. Ahora ya conoces los peligros que se esconden en la oscuridad.

—Podrías haber confiado en mí, darme la oportunidad de opinar —Me quejé pese al mortal que dio mi corazón.

En mi cabeza solo se repetía lo mismo, pareja de vida. El estómago me cosquilleaba y las manos me quemaban, apenas podía respirar y menos controlar las

inmensas ganas que tenía de golpearlo y besarlo al mismo tiempo. Estaba admitiendo que sentía más por mí de lo que imaginaba, pero se fue, se alejó por

protegerme y alejarme de su mundo cuando yo tantos años.

¡Dios! Ambos sentíamos lo mismo tras

—Iba a suceder de todos modos

—dijo de modo críptico.

En ese instante no parecía estar allí sino perdido en su mente, así que no dije nada, aunque no lo entendiese.

—¿Te han contado algo sobre nuestro mundo?

—Algo, no mucho —Lo miré extrañada ante el cambio que se obró en él.

De pronto estaba más serio de lo normal, alerta. Y su estado no ayudaba a mis nervios, contagiándoseme la preocupación.

—¿Quién te explicó lo que fuese?

—Un ratón asustado, que pensó me lo iba a merendar —respondí con una risita al recordar el incidente.

Lo cierto es que fue divertido. Sucedió el segundo día de universidad, iba con los cascos puestos y entre la carpeta y los demás bultos empujé con demasiada fuerza la puerta de la biblioteca lanzando al suelo a un pobre chico enclenque. Le pedí disculpas al ver los libros salir volando y a él caer contra una de las estanterías. Me agaché con rapidez a ayudarle y cuando alargué la mano para que tuviese apoyo, se apartó atrincherándose contra la pared suplicando que no lo matase. Yo no me había dado cuenta de que era hasta que me miró desde detrás de las desmadejadas gafas y tanto el instinto, como el olfato se activó haciendo centellear mis ojos. El pobre se llevó un buen susto pero enseguida supo que yo era una novata en toda regla. Eso sí, costó unos cuantos días más que confiase y viese que no lo veía como a la merienda. Fue uno de mis mejores amigos ahí dentro.

Suspiré saliendo de mis recuerdos y lo miré. Ni siquiera había sido consciente de que me había sacado al pasillo y que estaba parada con la espalda en mi antigua taquilla

con él delante, que tenía una mano a la altura de mi cabeza. Estábamos tan cerca que podía sentir su aliento, mareándome a causa del ansia.

—¿Qué pasa, Sash? No puedes aparecer así y decirme todo esto y quedarte tan ancho. ¿Por qué voy a necesitarte? Se cuidarme bien sola, y si realmente me querías ese no era el modo —Solté sacando a relucir mi carácter.

Podía estar echando cohetes por saber que le importaba pero de eso a aceptarlo sin más iba un trecho. Una chispa de rabia e indignación había prendido y traté de apartarlo, una cosa era la atracción, otra muy distinta que intentase jugar con ello. Sash me sujetó las muñecas para que dejase de golpearlo, y yo me libré de su tenaza, pero no de la cárcel que creó con su cuerpo y la taquilla. Resoplé toda digna y orgullosa, me crucé de brazos alzando el mentón para sostenerle la mirada con un ronquido nada humano.

—Apenas hay hembras entre nosotros y mucho menos humanas que superen el cambio.

—¿Y? —espeté a la defensiva.

—Que es época de celo y todos vendrán atraídos aquí por ti, y tú no tienes ni

idea.

—¡Se defenderme! —Estallé volviendo a empujarle con la tigresa en los ojos, eso había dolido—. ¡Así que por eso has venido, ¿no?! Has venido atraído por mi olor, nada más. Y ya aquí sorpresa, descubres que soy yo y decides sacar ventaja.

—Calma fiera, no es eso y lo sabes. Lo sientes al igual que yo aunque no le sepas dar un nombre. Es normal asustarse.

—¿Asustarse? ¡No estoy asustada! Y si lo que tratas de decir es que se van a poner a pelear y llenar esto de otros, más vale que no se acerquen —Temblé apenas conteniendo un rugido.

Estaba perdiendo el control y veía como las marcas del tigre aparecían en mi piel. Sash se paralizó pero no me soltó rozando mi nuca para calmarme.

—No puede ser

—¡¿Qué?! —Me exasperé.

—Tus marcas, son como las mías, las de mi familia. Apenas hay tigres grises Aleen —dijo llevándome hacia el exterior.

—¿Y qué? Será por esa conexión.

—En parte pero no lo es todo aunque estaba claro que tenías alma de tigresa.

—Habla claro de una vez —Lo hice detener pues todavía seguía tirando de mí —. Además, no me has contestado.

—No Aleen, no vine por eso sino por ti y sé que tú tampoco me has olvidado, así que dejándonos de tonterías te diré que si las tienes así es porque quien te atacó era uno

de los míos.

El pulso volvió a darme un nuevo revés, y lo miré con los labios entre abierto al comprender.

—Pero os fuisteis, tú y tu familia os marchasteis, no pensará sin insinuarás que tiene algún tipo de derecho de reclamar nada, ¿verdad?

—No, no puede porque existo, sino… —Su mano se deslizó muy despacio por

mi mejilla y no pude evitar dejar escapar un gemido.

—Sash… —murmuré entornando los ojos, dejando que me pegase a él para lograr que el suelo dejase de tambalearse bajo mis pies.

—Tranquila, tenemos mucho tiempo y no dejaremos que la líen —Alzó mi rostro colocando un par de dedos bajo mi barbilla.

Yo asentí, me sentía embriagada y demasiado atolondrada para coordinar, él mismo había puesto en palabras lo que pensaba. Sabía cómo me sentía, ese ardor me estaba destrozando y no iba a soportar mucho más esa tortura. No supe lo mucho que lo había echado de menso hasta que lo tuve frente a mí. Los ojos me escocían y por fin sus labios atraparon los míos con fiera pasión, reclamándome, perdiéndose por mi boca. Nuestra lengua se entrelazó, reconociéndonos al instante en ese beso salvaje y agresivo,

en el que podía leer lo mucho que había sufrido lejos de mí. Pude ver cuánto callaba, y lo mucho que lo desgarraba seguir un día más sin estar donde debía.

Nunca nadie había significado lo mismo para él, nada lo llenaba salvo mi recuerdo, casi lo mismo que me sucedía a mí, siempre fallaba algo, había un vacío en el corazón que no podía llenarlo nadie. Entrelacé los brazos tras su nuca y saltando, enredé las piernas en su cintura. Sash me aferró de las caderas y enseguida noté la fría pared de las gradas tras mi espalda.

Se había movido deprisa, y yo sumida en manos de aquel frenesí sin nombre ni

me enteré, solo me dejaba arrasar naufragando entre las brumas del placer de volver a

sentirle.

—¿De verdad lo sientes y no es solo mera necesidad lo que nos pasa? —gemí contra sus labios con la respiración agitada.

—Siempre te he querido solo a ti tigresa. ¿No lo oyes? Vuelve a estar sonando nuestra canción…

Mi boca volvió a por la suya y todo encajó, ese era el momento, ya no había solo

recuerdos sino el presente, su calor y la certeza de que al final, esa noche sí era distinta

y los dos volvíamos a ser uno con la misma melodía de fondo y bajo el mismo cielo.

Mañana ya nos preocuparíamos por el resto del mundo…

Leila Milà

con la misma melodía de fondo y bajo el mismo cielo. Mañana ya nos preocuparíamos por

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