HÉROE

EDICIÓN ORIGINAL

UNA NOVELA DE ROBERTO FLORES SALGADO

Todos los derechos reservados 2003

Héroe

“Bajaremos los niveles de cesantía”
Presidente Ricardo Lagos, 21 de mayo de 2001

“No contaban con mi astucia”
Chapulín Colorado

“La fama es emífera”
Peter Veneno

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Roberto Flores Salgado CAPÍTULO UNO Hoy decidí ser un héroe. No fue ayer, sino hoy. Ayer estuve pensando todo el día en ser héroe, pero la decisión la tomé esta mañana, mientras viajaba en la micro. Media hora después perseguí a un tipo que le había quitado una gargantilla a una señora. Lo alcancé frente a la Estación Mapocho. Lo golpeé en la cara. Cuando cayó al suelo, lo pateé y enseguida lo arrojé por el puente hacia el río. En las noticias de las nueve me enteré de que había muerto. Se lo merecía, ¿para qué roba? Devolví la cadena a la señora. La gente se agolpó a mi alrededor, me felicitaban. Yo les grité - ¡Estúpidos! Me largué en tres segundos. Los héroes tienen un primer nombre: Súper. Yo lo he descartado. Esa palabra la usan los chiquillos cuicos que viven de Plaza Italia hacia arriba. Está muy manoseada. Imagínense, cuando ellos van a una disco, o si organizan un carrete que estuvo bueno dicen: “Ay, estuvo súper”. Otras veces, cuando la gente va a comprar: “Oye, vamos al Súper”. Por último, casi todos los monicacos de los cómics llevan ese apodo: Súperman, Súper Ratón y no me acuerdo de otros. Debo ser creativo. De todos esos grandes héroes, a quien más admiro es al Chapulín Colorado, ya que es distinto a los demás, sólo que se nota que es un ignorante: escribió Súper con “c” de cebolla. Los héroes también tienen un traje especial. Yo no seguiré esa tradición. Mientras sea igual a los demás mortales, de estatura media, de un peinado común y corriente, con nariz normal, sin adjetivos, y siga usando jeans, polera y zapatos negros, nadie podrá identificarme. Los otros estúpidos se dan el lujo de que todos los 4

Héroe observen… claro, luego todo se transforma en un negocio: venden revistas, poleras, pósters y, ahora último, no bastaba más: un colega de nombre Chocman lanzó una golosina para escolares. ¡Qué denigrante! Yo me confundiré entre la gente, nadie me reconocerá. Podré ser libre y no me venderé al marketing ni al rating: guardaré mi independencia. Mi madre no lo sabe. No quiero que lo sepa. En realidad, sé que igual lo sabrá algún día, pero es mejor que lo sepa de labios de otro. Expresarle mi decisión puede sonar un tanto vanaglorioso. Odio hablar de mí. Ojalá no se ponga mal cuando lo sepa. No quiero pensar en su muerte. Ni hablar de todos los trámites que deberé realizar y en los gastos en los que deberé incurrir cuando Dios la llame a su santo reino. Mejor que todo siga en statu quo, o mejor dicho, que todo siga como está (esas extrañas frases bárbaras suenan como nombre de motel piojento). Ella está enferma hace años. La diabetes la tiene medio ciega. En un paseo se hizo una herida en el pie. Tres meses después le cortaron la pierna. En el otro pie le han cortado tres dedos. Pero la quiero, aunque a veces soy brusco con ella: le escondo la silla de ruedas por semanas enteras, le echo azúcar a todas sus comidas, le hago trizas sus lentes para leer y escondo el control remoto para que no vea Sábado Gigante. La amo. Nunca he amado a una mujer como la amo a ella. Usualmente los héroes no tienen polola. Yo estoy de acuerdo con ellos en este punto. Las mujeres distraen mucho. Muchos tipos a quienes conozco están babosos por ellas y pierden su plata cuando tienen pololas porque a éstas se les ocurre pedir ropa, joyas, comidas, celular. Después hablan de 5

Roberto Flores Salgado machismo. Son unas estúpidas y a la vez hipócritas. Hablan de machismo cuando las golpean con razón, cuando las engañan, cuando les cierran las puertas en los trabajos, pero no hablan de machismo cuando las invitan, cuando reciben obsequios, cuando necesitan pasar a algún sitio sin hacer fila… “Las damas primero”. Es una tontera. No sé cómo se pueden enamorar de ellas. A lo más quizás se pueden soportar como amigas. Igual tengo que rescatarlas en todo caso: es mi labor como héroe. Los héroes son perfectos. Yo no soy perfecto. Voy al baño como cualquier otro mortal; también orino y, cuando hay submarinos cafés, también juego a deshacerlos con el chorro. Qué divertido. Yo no puedo darme el lujo de ser perfecto, sé que podría hacerlo, pero ¿para qué? Uno de mis rasgos mortales es rascarme la cabeza y olerme las uñas después. Me saco la grasita del cuero cabelludo; es algo entretenido cuando no se tiene nada que hacer. Otra gracia que hago y que demuestra que soy alguien común y corriente, es sacarme los mocos con el dedo pulgar. Esto lo hago donde me pilla el asunto. Puede ser en la micro, sentado en la plaza, caminando en la calle. Lo extraigo, lo observo, lo muevo con el índice y el pulgar, lo huelo por acto reflejo y luego lo dejo bajo el asiento. Eso sí que, cuando voy caminando en la calle, como no hay asientos cerca, lo dejo en algún poste o en un grifo. Tiene que ser mucho para que lo deje en alguna cabina de teléfonos. En ese sentido, soy respetuoso de la gente que puede encontrarse con mi mascota verdosa y seca. ¿Qué más puedo decir? Hoy decidí convertirme en héroe. No sé si estoy contento. Es más, diría que me da lo mismo, incluso que le haría el quite. Pero los dados están

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Héroe lanzados, no soy de quienes retroceden por tonteras. Ojalá me vaya bien.

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Roberto Flores Salgado CAPÍTULO DOS Hoy maté de un tipo que puso un cuchillo en el cuello de un chofer de micro. ¿Cómo fue? Permítanme contarles. Tomé el bus en el veintitrés de Vicuña Mackenna. Me senté en el último asiento, pues éste quedaba en altura. El día estaba bonito, eran cerca de las tres de la tarde. Empecé a contemplar a la gente que caminaba por la avenida. El sol los golpeaba con rabia. Todo era muy normal. De pronto, la micro que corría pegada a la nuestra comenzó a serpentear pero, como no iba muy rápido, no pasó nada. El chofer de la micro en la que iba yo siguió su rumbo, sin hacer mayor caso del incidente. A mí, esto me pareció un poco extraño. Corrí hacia atrás la cortina llena de sebo de la ventana, y observé qué sucedía en el bus del costado. Claro, la gente gritaba, estaba asustada: dos tipos estaban asaltando al chofer. Sin pedir al conductor que se detuviera, aproveché que la puerta trasera estaba abierta y trepé al techo de la máquina. Desde arriba salté a la otra micro, que comenzaba a serpentear de nuevo con movimientos más bruscos. Me agarré de la parrilla, tomé impulso para balancearme como lo había visto en las mejores películas de acción, y me estrellé dando un puntapié a la ventana central. El parabrisas estalló en mil pedazos. Afortunadamente, nadie viajaba en el costado de aquélla. Por ahí ingresé al bus. Los delincuentes se asustaron. Yo les grité a los pasajeros: - ¡Por favor, no se asunten, pronto todo estará en calma!. Me dirigí hacia los dos malandrines, decidido a golpearlos. Uno de ellos se adelantó y me lanzó un cuchillazo. Con total calma golpeé su mano, soltó el arma y 8

Héroe yo la sostuve. Le lancé una patada en el estómago, fuerte, precisa. El joven se retorció. El otro tipo se asustó y huyó. Enseguida, agarré del cuello a mi prisionero con la izquierda, y con la derecha le enterré el puñal. Expulsó un chorro de sangre mientras pedía auxilio. Lo dejé tirado en el pasillo, abandonado a su suerte. La gente se asustó aun más. Quizás habrían preferido ser despojados de su dinero y pertenencias antes de presenciar una muerte. Todos los finados son buenos. Esa estúpida contradicción de la gente es la que no entiendo. Por un lado, quieren que se castigue a los malos y despotrican contra la justicia y las leyes, pero por otro lado les da pena cuando éstos, pobrecitos maleantes, sufren. ¡Pónganse de acuerdo! Caminé tres cuadras en dirección al norte. Mi propósito era tomar otra micro para llegar al centro. En el paradero divisé al partner del tipo que maté en la micro. Estaba acompañado de cuatro compadres más. Le di la cara para saludarlo. Él aún estaba un poco asustado. Se percató de que yo estaba allí. Les dijo algo a sus amigos. Se dirigieron luego al paradero. Querían golpearme. Les dije que dejaran de odiar, que no me fastidiaran, que si querían jugar a los malos que me llamaran por teléfono en la noche. Insistían. Yo, que no estaba de humor, les hablé fuerte: - ¡Imbéciles, les dije que dejaran de odiar! Ellos se asustaron y se marcharon haciendo pucheros. Una bulla de sirenas y luces rojas interrumpió la tranquilidad de la avenida. Ambulancias, automóviles policiales y autos lujosos (seguro de detectives) pasaron en dirección donde se había producido el incidente. Yo tomé la micro con tranquilidad, pero le dije al chofer si me podía llevar por doscientos. Aceptó de buena gana. 9

Roberto Flores Salgado Cuando llegué al Paseo Ahumada, todo estaba como siempre. No había nada especial en el paisaje. A veces Santiago me aburre. Caminé hacia la Plaza de Armas. Observé a los pintores, a un mago llamado “Palito” y a una infinidad de peruanos. En un costado, frente a la Catedral, unos doscientos tipos escuchaban a unos humoristas. Me dirigí hacia allá y comencé a escuchar la rutina que presentaban. Pasaron cinco minutos, todos reían menos yo. Siguieron contando chistes repetidos. Uno de ellos contó el chiste de un gangoso. Cuando terminó, todos rieron. A mí no me pareció gracioso. Me dirigí donde el tipo. Le pregunté por qué contaba chistes de gangosos, con qué razón se reía de ellos. El tipo no se dio por aludido y continuó narrando sus historias desabridas. Entonces lo agarré de las solapas con fuerza y le repetí mis preguntas. Me empujó y me echó un par de garabatos. Quería que la gente se riera de mí y él quedar como lo máximo. Lo golpeé dos veces. Podría haberlo golpeado una vez. No sé por qué repetí el puñetazo. El aspirante a humorista cayó de bruces en el suelo, despidiendo un hilillo rojo por su boca; aunque sé que no me escuchaba, le grité: - ¡Ya sabes! ¡Para que no te vuelvas a reír de las personas! El público estaba impresionado. Me abrí paso y corté en dirección a calle Bandera. La micro que tomé para irme a casa estaba repleta. Estrellándome con los cuerpos que estaban en el pasillo, me ubiqué de pie al fondo, cerca de la puerta trasera. Ya estaba oscureciendo y los locales encendían sus luces de neón. Luego de tomarme unos diez minutos para mirar el paisaje, bajé la vista por aburrimiento. Justo enfrente de mí estaba sentado un escolar de diez años. En el asiento contiguo 10

Héroe estaba su mamá. A mi lado, afirmándose a duras penas del fierro horizontal, bajo el techo del vehículo, había una señorita de unos veintidós años. Entonces le dije al escolar que por favor le diera el asiento a la joven. Me miró y luego miró a su mamá. Ella me dijo que no me metiera, que su niño no tenía por qué darle el asiento a nadie. Yo le pregunté si el chico había pagado el pasaje. Ella me respondió que no. Luego, enojada, me dijo que era un estúpido, que dejara de molestar. Yo le di un manotazo en la nariz y ella empezó a sangrar. El niñito lloró y yo me compadecí de él. Lo tomé entre mis brazos y le dije que todo iba a pasar pronto, que su mamá lo merecía por injusta, por pensar egoístamente. Los demás pasajeros se preocuparon de alcanzarle pañuelos desechables, y algunos, de darle golosinas al pequeño, para que dejara de llorar. Llegué a mi casa cuando el reloj marcaba las nueve y treinta.

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Roberto Flores Salgado CAPÍTULO TRES Hoy colgué de los pies a un tipo en pleno Paseo Ahumada. Las razones: ser brígido y ladrón. Debí haberlo matado. Me encontró de buenas. Empiezo. Caminaba desde Alameda a Plaza de Armas por Ahumada. Llegando a Huérfanos, observé a una señora flaca de unos treinta y cinco años. Vestía un trajecito café, brillante por el uso, zapatos de medio taco y blusa blanca con vuelos. Hablaba por celular. Mis ojos se fijaron en ella por un extraño presentimiento. Su figura inspiraba misericordia; su aspecto raquítico y vestimenta daban pena. Un tipo de pantalones raperos, polera de basquetbolista sin mangas, pelo duro y chasquillas fijadas con gomina, se fue acercando sospechosamente. Era la brigidez hecha carne. Hizo ademanes con las manos. Media cuadra hacia el oriente un par de gallos lo observaban. Alerté mis sentidos. Cinco metros antes de llegar a la señora, comenzó a tomar vuelo. Al encontrarla de espaldas, le arrebató el celular. La mujer cayó al suelo por el golpe. Yo seguí corriendo al cuma por el Paseo. Ambos chocamos con los transeúntes. Se metió a una galería, quería confundirme. Él se confundió: se adentró en una especie de laberinto sin salida. Lo encajoné. Llevó la mano al bolsillo trasero de su pantalón. Sacó un punzón. Se me acercó. Me agaché y le lancé una patada en los compatriotas. Contuvo la respiración del dolor. Tomé el punzón y se lo clavé en ambos brazos. Luego lo arrastré de su larga polera con dirección al Paseo Ahumada. La gente comenzó a mirarnos. Me hice el desentendido. El ratero gritaba de dolor. Lo pateé en la cara. Le dije que se callara o yo me encargaría de su silencio. Comenzó a llorar. Me devolvió el celular para que lo soltara. 12

Héroe Ni loco. Le saqué la polera y con ella hice una soga de dos metros y medio. Le amarré los pies, tomé el otro cabo y lo seguí arrastrando por la calle. Luego se me ocurrió hacer un dibujo en el suelo con la sangre que despedía. Antes de que llegara la policía, decidí trepar con el tipo a rastras a uno de los escasos árboles que se yerguen en el Paseo. En una rama perpendicular al suelo lo colgué. Bajé y usé al tipo colgado como pera boxeril. Luego me aburrí e hice formar una fila de hombres que quisieran practicar puñetazos. Cobré cien pesos por nuca. Guardé el celular en el bolsillo delantero y me viré. Esperé a que la dueña del teléfono llamara. Mientras aguardaba, me dirigí a una señora que estaba con su hija llena de mangueras y un tubo de oxígeno y le di los tres mil pesos que había ganado. Cinco minutos más tarde, llamaron. Era la dueña del celular. Quería venir a buscarlo. Supuse que gastar seiscientos pesos para ella era harto (con eso podría comprar tres cuartos de pan y una margarina), así que le dije que no importaba. Yo iría a su casa y asunto arreglado. Vivía en Independencia, a la altura del quinientos, en una casona antigua. Golpeé con una piedra. Desde adentro gritaron: - ¡Ya! Di el nombre de la señora. La fueron a buscar. Luego de unos segundos, apareció ella vistiendo una blusa floreada y desteñida. Me hizo pasar disculpándose de la pobreza en que vivía. La habitación que arrendaba olía a húmedo y a comida. El piso era una mezcla de tablas y barro. Me ofreció un té con tostadas. El sonido del techo me indicó que criaba mascotas de cola larga. 13

Roberto Flores Salgado La señora se llamaba Gladys Ulloa. Hacía cinco meses que no encontraba trabajo. Justo cuando el malandra le había quitado el celular, la llamaban de una pega como oficinista. Su problema se acentuaba ya que era madre soltera. - Y su hijo o hija, ¿se parece a usted? —le pregunté con total inocencia. Me miró y sus ojos lagrimearon. Se puso de pie y me invitó a una habitación separaba de esa principal sólo por una cortina de tul. Acostada y gimiente, yacía Paulinita. No podía cerrar la boca, sus brazos descansaban deformes y miraba fijamente al cielo de la habitación lleno de telarañas. Tenía parálisis cerebral y leucemia. Le quedaban pocos días de vida. Lo más triste es que no recibía ayuda de nadie. En el hospital le habían cerrado las puertas; la niña era un estorbo. Me quedé en silencio. Extraje el celular de mi pantalón y lo devolví a la señora. Le dije que vendría un poco más tarde. Salí corriendo tan rápido que los guarenes de arriba se asustaron. Al caminar unas cuadras me vi que una empresa constructora levantaba un edificio. Los trabajadores que contemplaban la ciudad desde las alturas empezaron a piropear a las mujeres que pasaban cerca: “¡Mijita rica! ¡Qué hizo san Pedro para dejar salir a esos ángeles! ¡Si la belleza fuera pecado, ustedes no tendrían perdón de Dios!” y otras cosas más. Unos gallos, después, se fueron en volada: irrumpieron en gritos obscenos y cochinadas. No me gustó y los encaré. Me dijeron que no estaban ni ahí conmigo. Crucé la calle y, desde abajo, comencé a mover el andamio en el cual estaban encaramados. Los albañiles cayeron dándose el feroz porrazo en el piso de hormigón. 14

Héroe Fui hasta un paradero. Al pasar una micro que decía Teatinos–Nataniel, alcé mi brazo para hacerla parar. Le pagué al chofer y me fui en el asiento del lado, detrás del letrero frontal. Me bajé cerca de La Moneda. En las puertas del Palacio de Gobierno me detuvieron dos pacos. Me preguntaron qué quería. Les dije que conversar con la ministro de Salud. - ¿Solicitó usted una entrevista previa? - No —fue mi respuesta. - Lo siento, señor. Va a tener que dejar sus datos para que lo llamen y le avisen cuándo lo pueden atender. - ¿Y eso cuándo puede suceder? —consulté al carabinero. - De aquí a seis meses más —replicó. De aquí a seis meses más la mitad de los enfermos terminales del país se iba a morir y en condiciones infrahumanas. Debía actuar pronto. Entré al Palacio de la Moneda y subí las escaleras confundiéndome en la trifulca formada por los periodistas y camarógrafos que seguían a ese vaca con cara de enojón de apellido Insulza. Me escondí tras unas cortinas muy lujosas y pesadas. No sabía cuál era el despacho de la ministro de Salud. Si salía a buscarla, mi plan peligraba a manos de un guardia que rondaba con insistencia por el pasillo. Debía deshacerme de este tipo. La idea fue muy simple: empezaría a botar, en forma sutil, algunos elementos ubicados como adornos. El tipo pensaría que estaban penando y llamaría por walkie-talkie a los demás guardias. Pero entonces, un gran dilema: si sucedía de este modo, el policía no se movería del lugar. Es 15

Roberto Flores Salgado más, la dificultad sería mayor al tener que enfrentar a tres o cuatro guardias más. Una luz de esperanza asomó en ese instante: como los periodistas acostumbraban enviar despachos desde las salas cercanas, el nivel de señales eventualmente podría provocar interferencias en los aparatos de intercomunicación. Eso obligaría al guardia a bajar para buscar ayuda. Fue justamente lo que sucedió. Rápidamente, comencé a buscar la oficina de la personera. En la segunda sala, que se encontraba con la puerta entreabierta, descansaba la ministro. - ¿Qué hace usted acá? —preguntó sorprendida. Respondí que quería conversar con ella. Me amenazó con llamar a los pacos. La agarré del cuello. Con mi otra mano cerré la puerta y le eché seguro. Empujé a la galla contra su sillón. Le dije que escuchara atentamente. Seguramente no lo sabía pero cada día, en el Paseo Ahumada, se ubicaban tres o cuatro niños acompañados de sus madres. Éstos padecían leucemia, necesitaban transplante de médula o sufrían otra grave enfermedad. Daba pena observar que esos padres no tenían los medios suficientes y que necesitaban mendigar para conseguir unas monedas que hicieran más llevadera y digna su enfermedad. Y no tan sólo ellos. En el país, muchos enfermos se morían de modo indigno, sin recibir los medicamentos necesarios, sin ser operados, sólo porque eran pobres. Me daba rabia, porque aquí hay gente que gana dinero a manos llenas, que es dueña de casi todo Chile; los mismos son herederos de los latifundistas y conquistadores españoles que vinieron a saquear América. Le dije a la ministro que no me dijera que no había plata para pagar esos tratamientos, porque en Chile 16

Héroe hay dinero. El problema es que está mal distribuido. Ahí estaba el meollo del asunto. Que empezara por cortar los contratos millonarios con la radio y la televisión, que cesara de imprimir folletos caros y que nadie leía, que nunca más contratara consultores externos (tropa de saqueadores que hacen análisis obvios, sólo con el ánimo de lucrar), en otras palabras, que ordenara la gestión y los recursos. Por último, le conté el caso de Paulinita. Necesitaba un compromiso escrito y firmado de su puño y letra para ayudarla. Se excusó. Le aforré un combo en el hocico. Dictó por teléfono una carta a su secretaria. En un par de minutos apareció ésta con el documento en la mano. La ministro la rubricó. Luego me despedí de él advirtiéndole que debía guardar silencio sepulcral sobre lo sucedido y partí a la casa de la niña enferma. Le dije a la señora Gladys que fuera con ese papel a algún hospital. Yo estaría pendiente de que ese centro asistencial cumpliera con la ordenanza de la ministro. Al llegar a casa me acosté temprano.

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Roberto Flores Salgado CAPÍTULO CUATRO Las ciudades del país poseen muchos monumentos. La mayoría de ellos de gente de guerra y, por no decir la totalidad, generales o comandantes. Como si en una guerra ellos se expusieran al fragor mismo de la lucha. No. Ellos se ponen atrás y dan las instrucciones. Los pobres, los jóvenes y los indios tocan la peor parte. Vean lo que sucedió en la guerra del Chaco que, si bien no ocurrió en nuestro país, demuestra cierta similitud con nuestra historia: cien mil muertos, noventa mil de ellos eran indígenas. El resto jóvenes de escasos recursos. ¿Y a quién sacralizan y homenajean? A los aristócratas generales. Para quedar con las conciencias tranquilas, los gobiernos han creado la figura arquetípica del “Soldado desconocido”. Es tan desconocido que es como homenajear a un palo o a una piedra. Gracioso. La dualidad y el doble discurso me ponen chato. Lo explico con el siguiente testimonio, aunque me pertenezca. Hago la aclaración, porque detesto hablar de mí mismo. Cuando iba en segundo básico, era un estudiante un tanto aventajado, solitario y algo extraño para mi maestra. Mientras mis compañeras y compañeros jugaban a la pillada, a las bolitas, al cordel o a la pita, yo prefería observar desde el segundo piso la realidad del recreo. Hacía algunas anotaciones. Luego inventaba historias. Un día, la profesora comenzó a hablar de la Guerra del Pacífico. Nos explicó las razones de la pelea; narró con lujo de detalles la toma del morro de Arica, el combate naval de Iquique, la batalla de La Concepción y otras luchas heroicas. Una frase pronunciada en su discurso empezó a revolotear insistentemente en mi cabeza:

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Héroe Y aquellos bravos chilenos castigaron a sus enemigos, por eso hoy los recordamos y homenajeamos. Yo pensé: el guatón Paredes siempre me quita la colación. También se la quita a la Pecas. Él es mi enemigo. Si lo castigo, se me recordará y homenajeará, aunque no sea esa la motivación que me mueva, sino el bien de mis compañeros. Mientras la profesora hablaba, me levanté de mi asiento, me dirigí al puesto del guatón Paredes y le pegué un cornete seco en el hocico. Cuando cayó, le di tres o cuatro patadas en la guata. Fue difícil pues el pie me rebotaba en esa blanda sandía. La profesora abrió los ojos como dos huevos fritos, se acercó, me tomó de las patillas y me llevó a inspectoría. Llamaron a mi mamá. Cuando caminábamos por la calle, ella me explicó con los ojos lacrimosos que me habían expulsado del colegio. Sólo cuando crecí comprendí el meollo del asunto. En mi país, el doble discurso es común. Cuando se habla del tema marítimo con Bolivia, nosotros tenemos la razón y no damos nuestro brazo a torcer. Es más, ni siquiera nos sentamos a la mesa a debatir el punto. Nos creemos superiores a ellos porque son morenos, indios o “auquénidos metamorfoseados”. Pero con los argentinos el asunto es distinto: no sé por qué cresta nos creemos inferiores a ellos, incluso nadie habla que esos cuenteros nos robaron toda la Patagonia. Otro ejemplo: cuando una peruana viene a nuestro país, trabaja como empleada; cuando viene una argentina, como modelo o animadora. ¡Qué hipocresía! Mi última reflexión: todos defienden el diálogo y condenan la violencia. Pero esos mismos personajes sacralizan el lema “POR LA RAZÓN O LA FUERZA”. Y como la fresa de la torta de esa dualidad: la gentuza que 19 -

Roberto Flores Salgado protesta con piedras y molotov en las calles no hace con la cara descubierta por lo mismo: porque en sus hogares y trabajos son personas pacíficas, honradas y honestas. Hipócritas y mentirosos. En este país doble, también tengo un doble trabajo. Ojalá me dé el cuero.

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Héroe CAPÍTULO CINCO Estos días se realizó en la Estación Mapocho la asamblea de los embajadores del BID. Todo estaba muy mono: mujeres rubias, pacos por doquier, stands con café para los invitados, una carpa lujosa comprada con el dinero de nuestros impuestos. Quise entrar, pero no se podía. Siempre he pensado que el hombre vale no por lo que tiene, sino por lo que es. Creo que todos en el país piensan lo mismo. Pero se les olvida en la práctica. No pude entrar a la famosa reunión: necesitaba TENER un gran cargo, acento gringo y una credencial como babero. Les dije a unos tipos que estaban allí: - ¡Profetas de la Globalización, ustedes no conocen la pobreza, son todos de familias aristócratas, no saben lo que es quedar cesante y comer fideos con huevos revueltos! Unos ministros de la Concertación que justo entraban a esa hora, se devolvieron al escuchar los gritos. Los increpé: - ¡Socialistas vendidos, se olvidaron de la justicia social, ahora que tienen los bolsillos llenos de dinero! Ustedes son peor que los militares, por lo menos ellos no se esconden tras el disfraz de obrero y proletario. ¡Imbéciles, dan asco! Después me escurrí; ellos no merecen que yo les hable. No son dignos de escuchar mis palabras. Di media vuelta y me fui. Me siguió una pareja de carabineros. Querían echarme arriba de la micro. Yo les dije que no molestaran, que fueran a ver si estaba lloviendo en la esquina. Parece que así lo hicieron. Un poco más allá se reunía una multitud. Llevaban pancartas y hacían sonar unos tambores. Eso fue en el Parque Forestal. Querían caminar hasta el lugar donde se 21

Roberto Flores Salgado reunían los tipos del BID. Me arrimé a ellos. Le pregunté a un compadre de unos veinticinco años qué onda. Me dijo que estaba en contra de la globalización y de la desigualdad social. Continuó diciéndome que le provocaban náuseas los empresarios y el modelo neoliberal seguido por Lagos. A esas horas, uno de los tipos que organizaba la marcha, agarró un megáfono y empezó a dar instrucciones: caminar derecho por calle Balmaceda y llegar justo al frente de la Estación Mapocho. La marcha era pacífica, prosiguió, pero si los carabineros les daban razones, usarían la fuerza. Por eso algunos llevaban hondas y piedras en sus mochilas. Empezamos a caminar. El compadre con quien conversaba me alcanzó una pancarta. La cogí de buena gana. No sé cómo, pero luego de hablar un rato le pregunté quién era. Me dio su nombre y me dijo que en estos momentos estaba cesante. Se había casado a los diecisiete años porque dejó a su polola embarazada. Llegó hasta segundo medio. Su última pega la hizo en una empresa de confites. Lo despidieron. Lo peor es que tenía tarjetas de crédito en Corona, Falabella, París, Farmacias Ahumada y una deuda en una financiera. Como hacía tres meses que no tenía trabajo, se atrasó en el pago. Ahora estaba en Dicom y, vez que iba a presentarse por el anuncio de un puesto, lo rechazaban por tener deudas impagas. - ¿Por eso protestas? – le pregunté. Me respondió que sí, que el sistema era inhumano. Yo le respondí: - ¡Imbécil, quién te manda a casarte apurado, a tener cuentas por todas partes y a no terminar de estudiar. Eres un títere del sistema, reclamas por las puras; después de que te dan de comer escupes la mano que

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Héroe te da la comida. Devuelve la tele, la ropa de marca, los perfumes caros y el auto! El tipo abrió los ojos, atónito. Sus labios temblaron. Sin despegarme a vista de los ojos, fue retrocediendo hasta perderse entre los grandes árboles del sector. Minutos después lo observé tomando una micro. Seguro que se devolvía a su casa. La multitud procedió a gritar consignas. Los carabineros entraron en alerta. El tipo del megáfono trataba de avivar el asunto. Me dirigí hacia él. Le pregunté qué trataba de lograr con todo eso. Me respondió que protestar en contra del sistema inhumano. Le volví a preguntar, pero esta vez una consulta que parecía fuera de contexto: - ¿Quién puso los carteles, el megáfono, los panfletos? Me dijo que una organización extranjera que enviaba plata a su grupo todos los meses. Entonces atiné a corroborar mi hipótesis. Me abrí paso entre el gentío, pasaron un par de minutos, tal vez cinco; la gente caminaba, gritaba, pedía el guanaco, quería guerra. A un costado de la calzada, subido a una caseta telefónica estaba un fotógrafo con la polera de la organización que patrocinaba este cuento. Le dije que bajara. Me respondió que estaba ocupado. Empecé a mover la cabina. El tipo cayó de espaldas. - ¿Qué pasa? – fue su pregunta. - Nada – fueron mis palabras. Luego le consulté qué hacía allí subido arriba con una cámara. - Saco fotos para enviarlas a Europa. - ¿Por qué a Europa? - Es que de allá nos envían plata para costear nuestros gastos como organización.

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Roberto Flores Salgado Le pateé el estómago. Le pregunté cuánto ganaba. No quiso decirme. Le aforré otra patada. Ahí me dijo: como quinientas lucas. - ¿Y tu compañero, cuánto gana? - Ocho gambas; con las otras trescientas arrendamos una oficina pequeñita en Recoleta y mandamos a hacer panfletos baratos – me explicó. Le di un puñetazo que le quebró la nariz. Me devolví donde el tipo del megáfono. Estaba a punto de legar con la multitud al lugar pactado. No me importó. Le quité el altavoz y lo hice tira frente a sus ojos. Extrañado, me preguntó por qué lo hacía. Le dije que él y su organización fantasma eran unos ladrones. Que él ganaba el triple de un profesor básico o cuatro veces más que un obrero de la construcción. Lo agarré de la chaqueta, metí mis manos en su bolsillo interior, extraje de allí su billetera maciza. La abrí. Estaba llena de tarjetas de crédito y al menos dos mil dólares en efectivo. Los arrojé al suelo, la multitud se abalanzó, todos querían plata. Avergonzado, arregló su chaqueta y rogó con lágrimas en los ojos que le devolvieran su dinero. Le dije “Tome” y le devolví el cartel con repugnancia. Minutos después crucé por el paseo Puente y entré al Mall del Centro. Pensé que se parecía al aeropuerto. También a las oficinas del Ministerio de Educación. Puede que quizás a las oficinas de la Escuela de Investigaciones y a la Municipalidad de Estación Central. También a algunas iglesias evangélicas que usan instrumentos electrónicos y piden dinero para pagar programas de radio y televisión. En realidad no sé quién copió a quién. En el Mall me quedé dormido y, lo que es más chistoso, caminando. Si no fuera por un guardia, habría roto de un

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Héroe cabezazo uno de los ventanales de una tienda deportiva. Al tipo no le interesaba mi cabeza, claro, sino el local. Alguna gente comía helados y otra, cabritas. Un par de promotoras repartían café y galletas. Les expresé que si me podían dar. Me dijeron que no, que sólo era para clientes habituales. - Me da lo mismo – respondí. Tras de mí venían unos gringos. Saqué todo el rollo: a ellos sí les dieron. Me acerqué y le consulté a una de las rubias oxigenadas: - Oye, ¿y estos son clientes habituales? Se sonrojó. Luego me respondió: - Ah, es que son turistas. Dos minutos más tarde llegó un par de peruanos. Así como yo, les pidieron café y galletas a las niñas. Ellas les dijeron que no. - Y éstos, ¿no son turistas? La tipa se enfureció. Yo tomé el termo, las galletas y los hice volar lejos. Cuando cayeron, todo el mall quedó en silencio. La otra rubia fue a buscar el guardia. Yo, conservando mi paso tranquilo, salí por el mismo paseo Puente hacia la Plaza de Armas. La multitud que corría de lado a lado, gobernada por el ritmo de la metrópoli, me ocultó de manera genial.

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Roberto Flores Salgado CAPÍTULO SEIS Los políticos y los caudillos piensan que el mundo va a cambiar desde arriba. Falso. Las revoluciones empiezan dentro de las personas, luego suben a un país y después al mundo. Eso iba pensando cuando tomé la micro esta mañana. Al llegar al paradero, leí un cartel negro escrito con letras blancas. Decía: “TENEMOS QUE HABLAR. DIOS”. Yo sé que Dios quiere hablar conmigo. Seguro quiere felicitarme por escoger este oficio tan difícil y accidentado. Pero quiero esperar un poco. No quiero que sus palabras me envanezcan. Anhelo ser el mismo tipo sencillo que he sido siempre. Un poco más allá, un nuevo mensaje divino salió a mi encuentro. “EL CAMINO POR EL QUE VAS, ¿TE CONDUCE A MÍ?”. Claro, obvio, por supuesto, dije pensando en él. Nadie asume la justicia en mi país. Sólo este pecho, agregué. Ese camino es el correcto. Bajé en Teatinos con Huérfanos. Desde ahí caminé con dirección al Paseo Ahumada. Antes, me detuve a observar los titulares de los diarios. Uno de ellos me llamó la atención: “Iglesia Católica se opone nuevamente a la ley de divorcio”. Hace un par de días leía uno similar: “Iglesia Católica se opone al fin de la censura”. Hace tres años atrás leí otro, también parecido: “Iglesia Católica se opone a la ley de culto”. Me enfurecí. Me dirigí a la catedral metropolitana. Mi propósito era conversar con el arzobispo. Fue imposible. Estaba de viaje. Atiné sólo a arrodillarme en el altar y hacer una breve oración: “Padre, perdónalos, no sa ben lo que hacen”. Cuando salí de la Catedral, recogí un papel que daba cuenta de la visita de un telepredicador caribeño. Considerando que mi labor debía abarcar todas las doctrinas

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Héroe y sectores de la sociedad, me dirigí al lugar: un cine ubicado en avenida Irarrázabal. Cuando llegué, entré por un pasillo en el que abundaba la venta de empanadas, casettes, libros de autoayuda, pañuelos ungidos y otros productos religiosos. Se escuchaba música electrónica y gritos como “¡Aleluya!” y “¡Gloria al que vive!”. Dos tipos vestidos de terno me saludaron extendiéndome la diestra y abrazándome fuerte. Adentro estaba quedando la tendalada: la gente caía al suelo, unos daban vuelta como trompos, otros se retorcían como poseídos por don Sata. Me senté y alerté mis sentidos. Cuando todo pasó, el predicador tomó el micrófono y empezó a hablar. Su discurso versó sobre el dinero. Me enojé. Me levanté, caminé por el pasillo y subí al escenario. Cuando estuve cerca del negrito, me di cuenta de que sus anillos le brillaban como manoplas de vidrios. Lo empujé y le quité el micrófono. Luego di una conferencia acerca de los valores trascendentes. El dinero no hace la felicidad. Era fácil para un telepredicador hablar de dinero y prosperidad porque en cada homilía saqueaba los bolsillos de los feligreses. Lo loable era cómo ser honesto en un mundo vil y perverso. Ellos no lo sabían, pues se movían exclusivamente dentro del plano religioso. Les dije que dieran sus diezmos y ofrendas a los desamparados y menesterosos. No a estos sinvergüenzas que piden para perpetuar sus figuras o para consolidar instituciones a costa de las necesidades de las personas. Cuando finalicé, todos prorrumpieron en gritos: ¡Amén! ¡Gloria a Dios!”. Yo, por cortesía, le alcancé mi mano al predicador para que se levantara. Luego, para evitar que los aplausos me exaltasen en extremo, entré por la puerta de emergencia que estaba a un costado del proscenio. Allí 27

Roberto Flores Salgado había unos tipos que contaban ávidamente el dinero recibido minutos antes. Reaccioné: esta plata va a las arcas de este ministerio. Jesús nunca habló de dinero para enriquecerse. Este tipo montaba toda su parafernalia para lograr justamente eso. Pateé bien pateados a los ayudantes y los amordacé usando sus corbatas. Cogí todo el money que estaba en unos baldes de plumavit y lo deposité en una bolsa de saco que encontré tirada en el suelo. Salí por el mismo pasillo de la entrada. Me acordé de una película de Semana Santa: Jesús echándole la bronca a los mercaderes en el templo. Hice la misma. Boté al suelo todas las vitrinas con productos y empujé a esos comerciantes de la fe. Salí a la calle y tomé una micro que iba en dirección a la población Lo Hermida. Me bajé en un quiosco de confites y diarios. Le pregunté al caballero que atendía si es que conocía un lugar donde se ayudara a los necesitados. - Sí, joven, aquí, a la vuelta, hay un hermano que tiene un hogar para drogadictos y hace un cultito todos los domingos. En un minimarket que se ubicaba en la esquina llené un carro completo de mercaderías. Lo pagué con el dinero que tomé en la reunión del predicador caribeño. Le dije a un tipo que pasaba en un carretón que me ayudara a llevar las cosas a la casa de acogida. Aceptó de buena gana. Golpeé. Un compadre flaco de unos dieciocho años me abrió la puerta. Adentro sonaban cucharas, seguro estaban cenando. Pero miré sobre sus hombros, en dirección al comedor. Me dio pena. Tomaban sopita de papas. - Hermanos: aquí les traigo un regalo – les dije. Los jóvenes se levantaron de la mesa. Salieron a la calle. Cuando vieron el carretón lleno de mercaderías, se pusieron a llorar. Mi amigo carretonero también. Quisieron 28

Héroe abrazarme, pero me escapé. A uno de ellos le pasé la bolsa con el dinero que quedaba. - Toma, para que se compren ropa y útiles de aseo. Llegué a casa como a las diez. La tirada desde Peñalolén hasta acá fue bien larga. De noche soñé con Robin Hood. Me dio rabia, tanta, que agarré al paladín a combos en el mismo sueño.

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Roberto Flores Salgado CAPITULO SIETE Mi madre quiere ser abuela. Me lo dijo hoy tomando onces. Yo les respondí que estaba bien. Que iba a conocer a una chica, iba a cotejarla, le pediría pololeo, luego matrimonio y enseguida nos casaríamos y tendríamos un hijo. Pensé, sin embargo, que para eso no se necesitaba ser un héroe. La idea me desanimó un poco. Salí como a las ocho de la noche. Bajé a la estación Calicanto del metro y observé las pinturas grandes que yacían colgadas de las paredes. Eran como fotos de boxeadores. Estaban bien buenas. No había tanta gente. Una chiquilla de unos veinte años se me acercó y me preguntó si tenía fuego. Yo le dije que no, pero que me esperara, que estaba dispuesto a ir a comprar una cajita de fósforos. En cinco segundos regresé con esos fósforos que se raspan en cualquier lugar. Tomé uno y lo raspé en su chaqueta. Ésta comenzó a incendiarse. La chica comenzó a gritar. Le saqué la prenda, la arrojé al suelo y me lancé encima. Con mi cuerpo apagué la llama. La gente me aplaudió. Le pregunté hacia dónde caminaba. Me contestó que había salido a pasear y no tenía agenda. Entonces la invité a comer al Mc Donalds. No era una cena lujosa: le dije que podíamos pedir papas fritas y hamburguesas o algo parecido. Mientras caminábamos, le pedí disculpas por prender el fósforo en su chaqueta. Me dijo que no importaba, que estaba vieja y que, además, la había comprado en un local de ropa americana. Yo sonreí. Le dije que también compraba cosas ahí. Nos sentamos, pero antes pagué. Le dije mi nombre, le pregunté el suyo. Qué raro, fue hoy y no me acuerdo. En la mitad de la comida le propuse si quería ser mi polola. Ella 30

Héroe me miró con extrañeza. Luego me advirtió que iba muy apurado. Yo le repliqué qué de malo tenía eso. Ella respondió que nada, así que aceptaba mi propuesta. La besé en la boca. Con mi lengua saqué una papa frita que guardaba entre sus dientes. Ella se rió. Yo boté un escupo. Me dio asco. Al salir, caminamos en dirección al Barrio Bellavista. Estaba oscuro, iluminado sólo por los faroles que circundaban la avenida. Ella (uso este pronombre ya que no me acuerdo de su gracia) pidió tomar mi mano. Yo le dije que estaba bien, pero que no se acostumbrara. Nos sentamos en una banca medio húmeda por el rocío que caía a esa hora. Nos callamos como por cerca de cuarenta y cinco minutos. No supe qué decirle. Después de ese lapso, empezó a conversar como todas las mujeres. - ¿Tú eres apasionado? Le respondí que no. - ¿Eres romántico? Le dije que sí. - ¡Qué bueno! – exclamó ella. Desde ese instante hasta como por dos horas más se alargó en su monólogo. Me despertó cuando yo comenzaba a tiritar por el frío. Me dijo que nos fuéramos. Si quería, podía dormir en su casa. Parece que interpreté mal. Le respondí que no. Que la quería, pero no quería empeorar las cosas. El sexo es un buen siervo, pero un insoportable amo. Le pregunté dónde vivía. Me contestó que donde una tía, en San Miguel. “Te voy a dejar”, fueron mis últimas palabras. Llegué a mi casa como a las tres. Mi vieja dormía plácidamente. Quise decirle que mañana le pediría matrimonio a mi nueva amiga, pero después me retracté: las 31

Roberto Flores Salgado mamás siempre se meten demasiado en las cosas de uno. Traté de escribir el nombre de la chica en la muralla de la cocina, para que no se me olvidara, pero como no encontré ningún lápiz y estaba todo oscuro, me di por vencido y confié en mi frágil memoria. Me falló. Cuando vaya a buscarla mañana en la tarde, me quedaré un rato afuera del departamento, todo orejas tras la puerta para que su tía la llame. Entonces anotaré su nombre en mi agenda y asunto arreglado. Trataré de no llevar fósforos para evitar chascarros como el de hoy.

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Héroe CAPÍTULO OCHO Chile jugó anteayer con Perú. Necesitábamos por lo menos un empate. Estos malos perdieron. No sé qué cresta creen que es jugar. Le echaron la culpa a los cholos, que los apedrearon y les hicieron la vida imposible en Lima. Todo para que les tuviéramos lástima y no nos enojáramos por el partido perdido. Fui al aeropuerto y esperé que llegara el equipo. Unos cincuenta compadres también esperaban. Estos estúpidos querían aplaudirlos y pedirles autógrafos. Son unos masoquistas, pensé. Claro, imagínense que la mayoría de los loquillos que estaban allí eran de la pobla, compadres que se partían el lomo en la pega para ganar el mínimo y ver el contraste: los otros tipos, por jugar a la pelota, se hacen millonarios, es decir, ganan plata por hacer lo que les gusta hacer, a costa de los impuestos que todos pagamos. Después con qué cara le decimos a los cabros: “Estudien para que un día sean profesionales, ganen plata y triunfen”, si los jugadores de fútbol apenas saben leer y viven de hotel en hotel, se compran los feroces autos y se casan con modelos de televisión. El avión se demoró un poco. La gente empezó a saltar y a cantar: “¡Chileno, chileno, chileno de corazón!” Yo me enojé. Me dirigí donde estaba el tipo que tocaba el bombo. Le quité el palo y golpeé el parche con el revés. La feroz rajadura. Se enojó, quiso golpearme. Yo le aforré antes, cayó al suelo con la jeta roja como un piure. El grupo se corrió en dirección a la otra puerta. La mayoría se quedó callada. Tuvieron miedo. Los guardias se movilizaron. Parece que el avión había tocado la loza. Pasaron unos minutos, los periodistas desenfundaron sus cámaras y las filmadoras encendieron luces fuertes que 33

Roberto Flores Salgado enceguecían. Alguien gritó: “¡Ahí vienen!”. Los tontitos corrieron a felicitar a la selección, seguro estaban contentos porque estábamos casi afuera de Corea – Japón 2002. No todos estaban felices, debo decirlo; casi la mitad de la gente tenía los carachos largos. Estos comenzaron a pifiar cuando las estrellas caminaron por el pasillo para subir a un bus de Coca Cola que les esperaba afuera. Traté de superar el gentío y la barrera de seguridad que se había formado en torno a los malos. Me encontré cara a cara con el entrenador. Lo agarré de la chaqueta italiana que vestía. Le dije: - ¡Tú no eres alguien que sepa de victorias. Tienes buena pinta, buen bla blá, pero esto nunca ha servido para clasificar a los mundiales! Mientras le aforraba unos chuletazos firmes, pensaba que en mi patria hay tipos que nunca le han ganado a nadie, que todo lo que tienen es porque lo han recibido de sus taitas. Son tipos sin carácter, pueden ser muy capaces, muy buenos, pero no tienen MÍSTICA, carisma, eso es lo que les falta. Después de golpearlos, me desquité con sus pupilos. Algunos arrancaron, a otros les aforré firme. Al único que no quise golpear fue a Bam Bam, porque es buena gente y se la juega, la transpira caleta. Los pacos trataron de detenerme, pero después se retractaron: también, al igual que yo, estaban enojados por esta casi eliminación. Pude leer en sus ojos: “Sí, se lo merecían”. Algunos periodistas quisieron entrevistarme. Les dije que no estaba para eso. Y que más les valía no incluir estos incidentes en los noticiarios; si no, iba a dejar la grande en sus oficinas. Si querían, mañana escribiría una carta al director de algún periódico para expresar lo que pensaba de estos zánganos. Así lo hice. La carta decía: 34

Héroe “Señor director: Estoy triste porque Chile perdió. Son unos malos. Juegan más mal que la comida de los chanchos. No tienen un plan caro. Lo único claro que tienen es que les pagan en dólares. Con esto se compran autos. No tienen que jugar bien o mal. Igual les pagan y eso da asco moral, porque en mi país hay muchos compadres que, si producen menos, les pagan menos; si se condorean, les descuentan del sueldo, y si laboran mal, simplemente los echan. Pero no todo es malo. A continuación detallo un pan que podría usarse para cambiar este panorama. 1) Un equipo es equipo. La unidad es indispensable. Chile es un equipo de figuras, pero no de grupo. Eso está mal. Las figuras tiene que bajar al nivel de los menos famosos. Acá todos son iguales en cuanto a que son personas. El hecho de que jueguen en un equipo grande no los hace dioses. Todos son milicos rasos, en otras palabras. 2) Hay algo que no se compra con plata: la mística. Ésta viene producto de la humildad, el esfuerzo y las metas claras. Yo le denomino “Síndrome David Goliat”. ¿Qué significa esto? Que mientras más nos esforcemos, mientras más claras sean nuestras metas y mientras menos sea la imagen que demostremos de nosotros mismos, más altos van a ser nuestros triunfos. Debemos tener la facha de un equipo débil, pero el carácter y la garra de un equipazo. 3) Se debe trabajar en el plano físico, táctico, pero también en el plano motivacional y el carácter. Los cabros que competirán por nuestro país deben ir con una actitud ganadora, pero esta lleva consigo la humildad y sobriedad. No todos los cabros de la 35

Roberto Flores Salgado pobla, por ser de allí, son humildes. Todo lo contrario. Cuando éstos llegan rápidamente a un equipo grande, cuando de la noche a la mañana se ven ganando millones y millones, no saben cómo actuar y se vuelven viciosos y derrochadores. Debemos colocar compadres que los aconsejen y los formen como hombres rectos y ejemplares. 4) Por último, que nazca una escuela de buenos entrenadores, que estudie y proyecte un fútbol que tenga sello propio, un estilo particular. Esto, obviamente, no se puede dar de un día para otro, hay que invertir tiempo, esfuerzo, más que dinero. Y atención, señores del deporte: cuiden la plata, no la desperdicien. Den sueldos sencillos. Van a ver que las cosas van a cambiar. Atentamente, Un hincha deshinchado”. Cuando leí mi carta publicada en uno de los diarios, en vez de alegrarme, sentí rabia contra mí mismo. Mis ideas dejaban de ser mías y pasaban al dominio público. No quiero recordarlo.

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Héroe CAPÍTULO NUEVE Hoy me bajé de la micro y compré un Chocopanda con las monedas que me quedaban. Corté hacia la Quinta Normal. Afuera vendían sopaipillas dos por cien. Me arrepentí de haber comprado el helado ya que empezaba a nublarse. Entré y me dirigí donde estaban los barquitos, esa laguna verde y fétida de la que uno puede esperar que salga cualquier monstruo. Una pareja de pololos navegaba feliz por las aguas, subidos en un bote. Luego, me acordé de mi polola. Mañana, a más tardar, debería ir a su casa, averiguar su nombre y pedirle matrimonio. Esta idea me lateaba, pero qué le vamos a hacer. Todo sea por amor a mi madre. Me senté en una banca que daba hacia la laguna. Pasaron cinco minutos y apareció un compadre de veintitantos años. Vestía jeans, zapatos bien gastados y vestón brillante. Usaba lentes poto de botella. Su cara inspiraba compasión. De una vieja mochila de mezclilla sacó un libro grueso. Leía a Cortázar, Rayuela. Con un lápiz Bic hacía anotaciones en un cuaderno. Me acerqué a él. Le consulté qué leía. Una pregunta estúpida. Me dijo que Rayuela, de Julio Cortázar. - ¿Por qué anotas en el cuaderno? Me respondió: - Quiero ser un gran escritor; necesito depurar la técnica. Estoy en búsqueda de la estructura invisible de esta novela. Lo observé. Supe que estaba al frente del Premio Nobel de Literatura del 2030. Pero me dio pena. Lo más seguro es que le cerrarían muchas puertas en mi país. Le pregunté cuál era su nombre: - Jean Arthur Soto, caballero.

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Roberto Flores Salgado Cuando escuché los dos primeros nombres casi caigo de espaldas. Pero ese apellido… Seguro que no era un tipo de dinero, eso lo podía comprobar cualquier compadre con solo mirarlo. Por eso me dio pena conocer sus intenciones, porque solo los literatos con plata, cuñas y apellidos pueden triunfar en Chile. - ¿Has participado en algún concurso de literatura? - Sí, hace dos meses que fui a dejar una novela a la Revista X. Creo que tiene muchas posibilidades – dijo. Eso me dio mala espina. No por él, sino por lo que podía pasar con esa obra de arte. Le pedí su dirección, pues no tenía teléfono. En la noche, lo visitaría. Le dije que le haría un seguimiento a los trabajos presentados al concurso. Tomé una micro y me dirigí a la oficina de la revista. De algún modo, debía entrar al despacho del director y averiguar: a) nombre de los jurados y b) nombre de los participantes. Estaba seguro de que, a través de esos datos podría desmadejar todo un plan perverso, muestra de la corrupción en las cúpulas de la literatura nacional. La oficina se ubicaba en calle Nueva York, específicamente en el noveno piso de un edificio viejo. Antes, debía idear un plan para entrar al lugar sin despertar sospechas de parte de los que estuvieran allí. Se me alumbró la ampolleta. Antes de tomar el ascensor, bajé al subterráneo. Como lo imaginaba: había una salita donde los aseadores guardaban sus elementos. Me disfracé vistiéndome con un overol y una gorra desteñida. Tomé una escoba y un trapo sucio. Subí por las escaleras hasta el piso noveno: debía transpirar un poco para expeler el olor de quienes trabajan abusando de su esfuerzo físico. Golpeé y entré sin esperar respuestas. Sólo estaba la secretaria. El resto del equipo, 38

Héroe incluido el director, se encontraba en un cóctel de bienvenida a un embajador, según me explicó la señorita. Me presenté, le dije que era nuevo y que venía a asear un poco y sacar todos los papeles y documentos que no servían. - Qué bueno – me dijo ella -, justo quería ir a comprar un sándwich. - Si quiere, yo le cuido por un rato – le propuse. Me hizo otra propuesta: que yo le fuera a comprar. La pensé por un segundo. Le contestó: - Mira, tengo un problema, voy a ser honesto. Tengo un amigo que está participando en el concurso de novela de la revista y… no sabe si su novela llegó a tiempo. ¿Podrías ver tú si es que está en la lista de los trabajos recibidos? Y lo que será mejor, ¿podrías sacarle fotocopia al listado de los participantes? Me respondió que era imposible. No podía meterse en los papeles del director. Yo le dije entonces que se olvidara de su sándwich. Ella se asustó, me dijo: - Trato hecho. Me pasó la plata y asunto arreglado. De vuelta, le pasé su Barros Jarpa y ella me alcanzó la hoja. Aquí también se incluían los nombres de los jurados, todos escritores. Ideal. Le pasé unos escobazos a la oficina, me despedí de la chiquilla y dejé en su lugar los instrumentos de aseo. Me senté en uno de los bancos del Paseo Ahumada. Desdoblé el papel. Era una fotocopia del acta del concurso de novela. Aparecían todos los nombres incluido el de mi amigo. Pero él no había ganado. Sacó el primer lugar un tal Sandoni, seguido por una tipa de apellido Berganzonni y en el tercer puesto un gallo llamado Euclides Carrasco. ¿Cómo podría yo saber quién era quién? Mi primera estrategia: 39

Roberto Flores Salgado llamar a la casa de cada uno haciendo una encuesta. Supuestamente yo era un funcionario de la revista que quería saber información biográfica de ellos para incluirla en una antología que se habría de publicar. Entre las preguntas aparecería “¿Pertenece a algún taller literario?”. Así lo hice. Primero llamé a Alfio Sandoni. Me contestó la mamá. Pesada la tipa. No me quiso dar datos. Dijo que él se comunicaría con la revista. Punto en contra. Luego llamé a Francisca María José Gustava Berganzonni Mac Gregor. Me respondió ella. Simpática la galla, pero cuando le hice la pregunta de si pertenecía a algún taller literario y de qué escritor, se quedó en silencio, como si éste la delatara de un engaño que podía perjudicarla. Entonces, seguro que su padrino escritor le había prohibido estrictamente hablar de este punto con alguien. Me preguntó derechamente quién era. Descubrió que yo no trabajaba en la revista. Corté de inmediato. Segundo punto en contra. Luego llamé al chileno Carrasco. Un gran alivio al escuchar un nombre nacional. En esos momentos no se encontraba. Me recibió una grabadora diciéndome que dejara el mensaje. Mala onda. Debía encontrar otra estrategia. Pensé. Ah, ya sé. No, esa no. Ah, ya la tengo… No tampo co. Al llegar a la tercera (la tercera es la vencida), me decidí a llevarla a la acción. Buscaría una guía de teléfonos, llamaría a la Sech, seguro que ellos manejaban los teléfonos de escritores que comúnmente realizan talleres para principiantes. Disqué, me contestaron. Dije que era un joven que había llegado desde Copiapó a buscar nuevos horizontes a la capital y que estaba convencido de que mi vocación era la literatura. Necesitaba tomar taller con al menos uno de los tres escritores que a continuación le mencionaba. Los nombré. Me dijo que podía ubicarlos en tal y tal lugar. Yo fui certero: quiero saber sus 40

Héroe números telefónicos. Como que no quiere la cosa, la voz me dijo que no estaba autorizada para dármelos, pero como era de provincia y mi esfuerzo para estar en la capital era grande, entonces que tomara un lápiz y un papel y que escribiera. Cuando colgué el teléfono, fui el hombre más feliz del mundo. Pero aún no conseguía los que yo quería. Debía idear un plan para que los escritores, o al menos sus secretarias, me dieran el listado de los participantes de sus talleres. Sin necesidad de pensar mucho, cogí el teléfono, tomé un puñado de monedas de diez centavos de los años sesenta (son del mismo tamaño que las de cien) y llamé al primer escritor. Me respondió él. Puse voz disfónica. Le dije si me reconocía, que yo era un alumno de su academia. Él lanzó un par de nombres. Claro, no le achuntó a ninguno. Le dije que era mejor, pues estaba organizando una fiesta sorpresa para él y todos los del taller y necesitaba que me hiciera una paleteada: si me podía dar el nombre completo de todos los asistentes, ya que lo requería para cumplir mi objetivo. Se mostró cómplice con la idea, me hizo esperar un poco y me dictó el listado. Ideal. Le di las gracias y corté. ¡Eureka, exactamente como yo lo había pensado!: la tal Berganzonni era alumna regular del taller de este tipo. Y eso no es todo. Cuando llamé a los otros dos escritores, comprobé que mis sospechas no eran producto de mi imaginación. El chileno Carrasco y el tipo de apellido Sandoni eran discípulos de ambos. Cerca de las seis de la tarde llevé los antecedentes a Canal 13, Mega, Red, TVN y Chilevisión. Los noticiarios encontraron en esta noticia algo simpático y dispararon, por si acaso era cierto. El resultado: polémica general, renuncia del director de la Revista X, mea culpa de los escritores 41

Roberto Flores Salgado involucrados y fuga del país del a presidenta del Consejo Nacional del Libro. No tuve tiempo para ir a comunicarle a mi amigo Soto los resultados de mi diligencia, pero no importa, seguro se enteró por la tele (si es que ve las noticias). Además, resultó mejor que no fuera a su casa: me hubiera agradecido y me carga que me agradezcan. Que quede todo tal cual está.

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Héroe CAPÍTULO DIEZ Hoy caminaba por el Hospital Militar y creí ver a un expresidente de la república. Luego lo corroboré. Un grupo de gente lo esperaba. Entró en un lujoso automóvil negro, bajó ayudado por media docena de colaboradores y su esposa. Saludó a la gente y la gente no lo pudo creer, así que sus rostros permanecieron por unos cinco minutos anonadados. Quise observar qué decían esos carteles que la multitud llevaba en las manos. Me acerqué al montón. Había retratos del caballero vitalicio. Salía un poco más joven. Otros carteles decían: “Vuestros nombres valientes soldados”. Me acordé que en mi niñez cantábamos esa estrofa del Himno Nacional. Luego me reí pa callao: mis compañeros, cuando llegaba la frase “que habéis sido de Chile sostén” se agarraban los pechos emulando la prenda íntima femenina. El viejito entró en silla de ruedas al hospital. La gente comenzó a aplaudirlo. Yo también. Por lo menos da honra al oficio de dictador. No es un tipo con un tajo en la cara, o con una guata de sandía, menos un indio negro con las mechas paradas. No. Estudió en la Escuela Militar muchos años, era un tipo instruido, tenía ascendencia francesa, vivía en La Dehesa, llegó a las altas esferas en su institución, se hizo el leso cuando su gente empezó a matar como mala de la cabeza, salía dando conferencias de prensa; cuando los extranjeros lo atacaban, decía: “Están atacando a Chile, y eso no lo voy a tolerar”, y a gente lo aplaudía a rabiar. Era un tipo en otra. Por eso digo que el oficio de dictador se veía honrado y dignificado por él. Pero no era mi héroe. Lo era de estas viejecitas que gritaban por él. Ellas voceaban que no lo metieran a la cárcel. Insultaban a los comunistas que se 43

Roberto Flores Salgado habían comprado al juez. Éste estaba a punto de meterlo en cana, pero como vivaracho que es mi tío, se había escurrido como pez resbaloso. Ahora estaba en el Hospital Militar porque se encontraba medio delicado de salud. Se dio ese lujo para que no pensaran que era perfecto, que un tipo como él también se enfermaba. Una señora de cerca de setenta años lloraba como niña chica. Gritaba: - ¡Lo vi, lo vi! No cabía en sus casillas ante ese portentoso hecho. Yo me acerqué a ella y le dije que no llorara, que ese tipo era un individuo más. Que si se sacaba la ropa, tenía los mismos miembros que cualquier mortal, también se tiraba gases y babeaba cuando se quedaba dormido con la boca abierta. Ella me replicó que ese tipo había salvado a Chile de la invasión comunista. Yo le expliqué que sí, efectivamente nos sacó el yugo marxista para picárnosla finita y meternos suavemente el yugo del sistema neoliberal. Al final, ambos eran yugos y yo no sabía por qué tanta mala le tenían a los comunistas. Sí, es cierto que no creen en la democracia, creen que cuando lleguen arriba serán los únicos en repartirla equitativamente, además que son tipos que critican y critican y nunca lanzan propuestas que los involucren a ellos. Les piden a los demás que se pongan, pero ellos nunca harían nada. Es fácil cambiar el mundo con palabras. Además, piden respeto a los derechos humanos. Acuérdense de Cuba, señores. Acuérdense de los cristianos protestantes torturados en Rusia. Critican el uso de la fuerza con un arma bajo el brazo. Eso le dije a la señora. Pensó que, como yo hablaba mal de los comunistas, era uno de los partidarios del caballero. Le dije que no. Seguí: este tipo debía ir a la cárcel por el solo 44

Héroe hecho de hacer lo que quería durante cerca de dos décadas. No por sus asesinatos, no por sus torturas, sino por no tener que darle explicaciones a nadie durante su gobierno. Allí estaba el meollo del asunto. La anciana se enfureció, le dijo a los demás que había un comunista infiltrado en su mitin. La gente empezó a asustarse. Un tipo de dos metros se dirigió hacia mí. Me preguntó qué estaba haciendo en ese lugar. Le dije que me llamó la atención ver cómo alababan a ese tipo viejito que hace un par de minutos había entrado al hospital. Es más. Que tenía muchos deseos de saludarlo más de cerca y que, si él no me llevaba, yo treparía por las ventanas y lo vería y conversaría con él. Me agarró y me llevó donde estaba el vitalicio. Éste descansaba en una camilla. Le daban una papilla en la boca con una cuchara chica. Esperé que saliera la enfermera. Me metí. Lo saludé. Era un honor para mí estar con él en ese lugar, no porque lo admirara, sino porque su nombre iba a quedar registrado en la historia universal. Me dijo que eso lo halagaba. Entonces le lancé un garabato para que no se creyera el cuento. Luego le recordé que le quedaban pocos días de vida y que antes debía perdón a toda la gente que había ofendido, además de restituir el daño hecho, hasta donde fuese posible. Él arrugó su cara, se ofendió por esa herejía escupida en su contra. Antes de que me replicara, le dije que le iba a contar un cuento. Él, como un niño, se volvió a sonreír y me escuchó de buena gana. La historia decía más o menos así: “Había una vez un niño que vivía en el campo. Era muy curioso. Una vez descubrió que había una enorme cantidad de chinitas en los jardines de su pueblo. Pensó: Estas chinitas

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Roberto Flores Salgado están estorbando la reproducción de las especies vegetales, así es que las mataré. Las fue matando una por una. Estaba muy contento porque por fin podía hacer algo bueno por su comarca. Días después, fueron apareciendo plagas de microscópicos bichos que empezaron a diezmar las plantas. Todos estaban tristes porque, al final, se perdieron las cosechas. El pueblo empezó a preguntarse qué había pasado. Un ancianito procedió a indagar. Concluyó que estas plagas habían proliferado por la desaparición de las chinitas que se comían a estos bichitos. Él sabía quién era el causante de todo. Fue al encuentro del niño. Éste descansaba en una piedra, observando el río. - Manolito, ¿qué te pasa? - Todos me acusan de haber matado a las chinitas, don Pepe. Yo hice algo bueno, deberían darme las gracias, por lo menos. Don Pepe le explicó que, muchas veces, nosotros hacíamos las cosas que bajo nuestra convicción eran las correctas, pero para otros no lo eran. ¿Quién determinaba qué era lo correcto en este caso? El consenso. Aunque él estaba feliz por haber exterminado a las chinitas, eso produjo el florecimiento de esta epidemia de otros bichos, lo cual fue peor. Debía ser humilde y reconocerlo, aun cuando había hecho lo que hizo con buenas intenciones. - Hijo, en este caso tú deber pedir perdón, no por haber querido dañar a otros, sino porque ellos se sintieron dañados. En algunos países, el apuntar con el dedo en la cabeza significa que es capo; en otros, que está loco. Si un señor se siente ofendido, esto determina a fin de cuentas el que debamos pedir perdón, no la leve intuición o la lectura que nosotros hagamos de 46

Héroe nuestro corazón, que no tuvo quizás la intención de dañar con este acto a otro. Manolito, vamos, ve a conversar con los vecinos, ellos te entenderán. - Sí, don Pepe, así lo haré, aunque no quise dañar a nadie. Así don Pepe y Manolito se dirigieron a la plaza de la comarca. Fue un día hermoso. A través de la actitud del niño, muchos se atrevieron a pedir perdón. FIN”. El dictador me miró con los ojos húmedos. Yo consulté mi reloj. Al despedirme, le dije que pensara en despojarse de toda la mala onda antes de estirar la chala. Me respondió que lo pensaría seriamente. No hay otra cosa mejor que irse al juicio final livianito, le advertí.

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Roberto Flores Salgado CAPÍTULO ONCE Mi mamá se puso mal. Le dio un coma diabético. Le dije que se esperara un poco, por lo menos hasta después de almuerzo, para comer tranquilo, pero ella no pudo aguantar, así es que tuve que llamar a la ambulancia y se la llevaron. Yo me quedé viendo un programa del Rafa Araneda. Luego de mi siesta, me dio un poco de pena. Decidí ir a verla al hospital. No estaba de más una demostración de afecto. Mal que mal era mi madre. Al llegar, el médico me salió al encuentro. Era un tipo medio sobrado, hablaba arrastrado y usaba los párpados en la mitad de los ojos, como un verdadero guanaco. Instintivamente me alejé un poco de él, por miedo a que me bañara a gargajos. Después caí en cuenta que ésa era una relación estúpida que hice en mi mente. Lo escuché con atención. Mi madre estaba mal, a punto de fallecer. Él esperó que yo me asustara, que hiciera un gran escándalo, que lo bañara con preguntas. No. Le dije que sería fuerte y esperaría lo peor, pero que tratara de jugársela como médico. Pedí verla. Detrás de unos ventanales estaba su cama. Ella descansaba con medio centenar de mangueras instaladas en todo su cuerpo. Parecía astronauta. Una máquina con una pantalla negra y una línea verde que oscilaba constantemente, yacía a un costado de la cabecera. El ritmo que marcaba me recordó una canción de The Cure. Comencé a cantar. Luego, paré por advertencias que me hiciera una enfermera que pasaba en ese momento por el pasillo. Creí que lo más ad hoc en la comunicación con mi madre sería usar una manguera desde mi boca hacia su oreja derecha. Bajé al primer piso. Le pedí a un compadre que estaba estacionado que me prestara la manguera que usaba 48

Héroe cuando se quedaba en pana de bencina. De buena gana me la pasó. Subí, hice tal cual tenía planeado. Quedé medio mareado por el olor fuerte del combustible. Le dije a mi mamá que la quería. No sé por qué razón me puse a llorar como un niño. Sentí que había sido malo con ella durante mucho tiempo. Recordé que me llevaba a ver el show de Los Bochincheros cuando era chico. También iba con ella a Fantasilandia. Nunca conocí a mi padre; ella fue madre y padre para mí. Cuando chico, fui un niño retraído y acomplejado. Nunca tuve amigos. Cuando yo estaba de cumpleaños, mi mamá ponía espejos en el comedor: se veía llena la mesa. Nunca conocí a mis tíos. Por ahí supe que tenía uno en Iquique y otro en Suecia. Cuando tenía deseos de jugar a la pelota, mi mamá me llevaba a jugar a una muralla. Era entretenido. Siempre quise tener una autopista. Mi mamá no tenía plata para para comprármela. Me regalaba palitroques, camiones de madera y caballos de palo de escoba. Pero nunca le reclamé. Una vez le regalaron un Atari a mi vecino. Yo lo espiaba horas enteras desde la ventana. Le dije a mi mamá que si me podía comprar uno en navidad. Ella se puso a llorar: había quedado sin trabajo. Era el año 81. Luego trabajó en el Pem, en el Pojh, en casa particular, la vio difícil. Nunca quiso darme un padrastro… y eso que era bonita. Un día me sacó a pasear al Parque Forestal. Me abrazó. Lloraba. No sabía con quién conversar lo que guardaba en su corazón. No podía aguantar más. Yo, con diez años, no supe cómo actuar. Me miró a los ojos y narró mi historia. Mi padre la había embarazado cuando ella iba en cuarto medio. Se cuidaban mucho, tanto ella como él. Les 49

Roberto Flores Salgado falló la cuenta. Mi papá se enojó y la retó. Le dijo a su familia. Lo enviaron a Argentina. Ella se retiró del colegio. La echaron de la casa. Vivió debajo del Mapocho por dos meses. Una señora la acogió. Negrera, lo único malo. Mi mamita se fajaba para que no se le notara la guata. Luego se le pasó una idea insistente por su cabeza: abortar. Me dice que, justo cuando ella lo pensaba, yo, desde adentro, le pateaba la guata como condenado. No abortó. Tiró pa delante; se le olvidó que yo no era deseado. Ella estaba en una micro cuando le empezaron las contracciones. Sola se dirigió al hospital más cercano. Eran tantos los dolores, que llegando a la escalera no pudo más, se arrastró unos buenos metros. Una sustancia gelatinosa descendía por sus piernas. La operaron de urgencia. Yo estuve semanas enteras con respirador artificial. Cuando me mejoré, por intuición me saqué las mangueras y empecé a golpear el vidrio de la cápsula que me protegía. Mi madre me vio. Luego lloró. Desde allí creyó en milagros. Luego de ese paseo por el Parque Forestal, no volví a ser el mismo. Me torné más retraído, más tímido, menos sociable. ¿Quién puede caminar bien con una feroz mochila a cuestas? Ahora estaba yo a su lado, después de mucho tiempo, recordando esa historia y llorando todas las lágrimas que guardé cerca de veinte años. Deseé que mi mamá no muriera, pero veía que su vida, en ese instante, era tan frágil como un cuchuflí. Abrazó mi mano casi sin fuerzas. Murmuró un “Te quiero”. Yo tragué saliva mientras mi boca temblaba de dolor. No estoy acostumbrado a esto, me dije a mí mismo, deja de llorar, tarado. Le repliqué: “Mamá, yo también”. Me levanté y fui a caminar por las calles cercanas. 50

Héroe

Llamé cada media hora al hospital para conocer el estado de mi mamá. Dentro de su gravedad, estaba estable. Eso me mantuvo con fuerzas. Lo triste es que no se ha escrito un manual acerca de cómo ser héroe. No sé cómo actuar cuando están en juego los sentimientos.

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Roberto Flores Salgado CAPÍTULO DOCE Hoy me eché a un tipo que asaltó a un micrero. Lo perseguí hasta su casa, después de que cometió la fechoría. Pero quiero explicarlo más detenidamente. Tomé una micro equivocada hacia Maipú. No sé qué cresta estaba pensando. Pero bueno, dije, es porque algo va a ocurrir: definitivamente no existen las cosas porque sí no más. Así fue. Entrando a la avenida Pajaritos, se subió un tipo bien vestido. Pagó correctamente, se sentó dos asientos atrás del conductor. Un poco más allá apareció un vendedor ambulante que pidió permiso y empezó a ofrecer una promoción que consistía en una tijera que cortaba pollo, pavo y carne a mil pesos, pero eso no era todo; con la oferta venía, además, un set con encendedor a gas, un chispero. Y como si eso fuera poco se agregaba también un cuchillo cocinero que cortaba papel, cartón, cuero y cuerina. La gente se entusiasmó y el tipo vendió su oferta como a cinco compadres. La micro poco a poco se repletó. Lo extraño es que el vendedor no bajó del bus, sino que se confundió entre la gente que viajaba de pie en el pasillo del vehículo. Al llegar a la calle El Olimpo, pidió permiso al conductor un vendedor de Chocopanda, Mustang, Cremino, Limón Cola y Capri. El tipo no vendió mucho ya que le costaba desplazarse por el pasillo y, además, el día no le acompañaba, pues estaba medio nublado. Al igual que el otro compadre, éste no bajó y se sentó detrás del tipo bien vestido, es decir, en el tercer asiento. Cuando la micro se despejó un poco, se levantaron los tres gallos al mismo tiempo: el de terno, el que vendía tijeras cortadoras de carnes y el de los helados. Se dirigieron hasta donde estaba el chofer y lo amenazaron con uno de los 52

Héroe cuchillos que portaba el vendedor de ofertas. El tipo de la micro se asustó caleta. Los pasajeros también. Muchos de ellos quisieron hacer algo, pero tenían miedo de ser atacados ya que eran tres tipos los que asaltaban. Yo, nada de tonto, no me metí en el momento, pero traté de fijar mi vista en el paisaje de afuera. Seguro que los sujetos se movilizarían en algún automóvil. Sólo bastaba que estuviera pendiente en el número de la placa patente. Dos automóviles llegaron más o menos cerca cuando los asaltantes terminaron su fechoría. Anoté el número de ambas patentes. Se subieron al Hyundai Elantra que los esperaba. Salieron rápido por la misma avenida. Le dije al chofer que no se preocupara. Yo recuperaría su plata y estaría contento. Solo necesitaba que me dejara cerca del Registro Civil. Le pregunté su nombre y anoté su teléfono. Entré al Registro Civil. Hice fila en la caja. Pagué por una copia del registro de propiedad. Fui al mesón a retirar el documento. No había mucha gente, todo pasó rápido. El tipo me preguntó sin pasión para qué quería el papel. Con su misma actitud, le dije que me vendían un Hyundai Elantra, pero que no sabía si el tipo me quería hacer leso. Necesitaba saber si el auto era del compadre. Aparecía el dueño, también la dirección. Le di gracias y partí hacia el lugar que indicaba el papel. Uno de los tipos vivía allí. Era la feroz casa. En el sector marginal en que estaba ubicada, era un verdadero palacio. El auto no estaba allí. Esperé en una placita de árboles secos que estaba justo al frente de la mansión poblacional. Había unos compadres métale droga sentados en una banca. Uno de ellos se me acercó. - Oye flaco, ¿te molesto con una moneda? – me dijo. 53

Roberto Flores Salgado

Yo le respondí que no hinchara. Se fue a sentar. Nunca he visto a un estudiante pedir plata para sacar fotocopias o para pagar la matrícula, y estos imbéciles piden para fumarse un mono. ¡Chitas, que la corten! Esperé cerca de media hora. Estaba a punto de irme cuando llegó el Hyundai Elantra con un bulto grande en la parrilla. Era una caja de un Sony pantalla Plana de 60 pulgadas. Los tres tipos se bajaron. Había una mina que iba al lado del conductor. También descendió. Entre los cuatro bajaron el televisor. Se reían de contentos. Uno de ellos dijo que ahora podrían ver tranquilos la señal Premium que les llegaba por Sky. - ¡Imbéciles! – les grité- ¡Así que robando para darse lujos! Corrí hacia ellos, me lancé encima de la caja, la soltaron: el televisor sonó seco, como un bombo. Luego le lancé un cornete al vendedor, cayó al suelo, la comadre se me arrojó en la espalda, me agaché y se dio vuelta de carnero. Se le vieron todos los calzones. Los dos compadres que quedaban me propinaron sendos combos, pero los esquivé y, con la fuerza de su impacto, los tipos cayeron de hocico. A éstos los agarré a patadas hasta que quedaron aturdidos. Cuando el otro tipo y la comadre se levantaron y yo luchaba con sus amigos, entraron a la casa y trajeron un palo. La tipa me arrojó una piedra, yo la contuve con la planta del zapato, levantada como la pierna de un guaripola. El tipo me dio con el palo, le hice el quite. El golpe llegó a dar en un vidrio del auto. Éste se quebró. Sin darme cuenta, el compadre sacó un cuchillo de entre sus ropas. Nuestros cuerpos se enredaron. Dimos mil vueltas en el suelo, forcejeando, me sentí desmayar, estaba cansado, la 54

Héroe mina lanzaba patadas a quien fuera, todo era un caos. Vi sangre en mi camisa, pensé lo peor. Seguí resistiendo, hasta que vi que el tipo dejó de luchar: la sangre que manchaba mi camisa era la suya. Estaba mal herido. Le quité el cuchillo. Procedí. Empezó a agonizar, delirando como condenado. La comadre gritaba y gritaba. Yo le di el pésame y me largué con el televisor a cuestas. Cinco cuadras más arriba, las luces de los carros y la ambulancia comenzaron a irrumpir. Yo me hice el leso, dejé la tele en el suelo y llamé desde un teléfono público al chofer de la micro. Le dije que no tenía en mi poder la plata, pero sí una tele de 60 pulgadas que equivalía casi lo mismo que cambiarla por dinero. Que por favor me pasara a buscar. Luego de cuarenta y cinco minutos apareció mi compadre, manejando un Fiat 600, junto a su esposa menuda y a su hijo de diez años. Estaban muy contentos. Me dijeron si deseaba ir a tomar tecito con ellos. Les respondí que bueno, no porque tuviera hambre, sino porque no quise que se sintieran mal y cortarles la inspiración. Pensé que era un día especial para ellos, seguro que el tipo trabajaba de lunes a domingo y hoy, por motivo del asalto, se daba el gusto de estar con los suyos y me hacía partícipe a mí. Luego de darme las gracias, me dejaron en mi casa.

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Roberto Flores Salgado CAPÍTULO TRECE Hoy caminé por avenida Recoleta y busqué un teléfono público cerca de una antigua iglesia católica de la cual no me acuerdo el nombre. A unos cinco pasos, se me adelantó un tipo que iba vendiendo sopaipillas en su carrito freidor. El día estaba nublado y los peatones lo esperaban para comprar su mercadería, pero luego se daban media vuelta y se iban, ya que el gallo demoraba un poco. Yo, como no tenía apuro, me quedé esperando el teléfono. La placita de enfrente de la iglesia estaba llena de gente: vendedores ambulantes, mujeres del plan de absorción de mano de obra que barrían las hojas secas de los árboles que cubrían el suelo; también señoras con ramos de flores que venían de haberlas comprado en el cementerio para venderlas a los automovilistas. Un poco más allá, me detuve en el cuadro simpático de una señora. Su niñita hacía rato venía tironeándole la falda, le pedía algo. Unos pasos más allá, la mujer accedió a los requerimientos de la pequeña: la tomó de la cintura, la levantó, la llevó a los pies de una palmera, le bajó los cuadros, la sentó en el aire y luego la chica empezó a hacer pipí. La niñita estaba contenta y siguió caminando junto a su madre, ahora sin molestarla. El sopaipillero había metido cerca de cinco monedas de cien en el teléfono. Parecía que la conversación era muy larga. Analicé su rostro, se notaba nervioso, sus ojos brillaban. Luego de unos minutos, éstos empezaron a despedir abundantes lágrimas. Su cara arrugada daba pena. Se secó el rostro con un paño aceitoso que usaba para limpiar su paila. Luego de cortar, el compadre se quedó en blanco. No atinó siquiera a caminar. Me dirigí hacia él. Le pregunté qué 56

Héroe pasaba. Él me respondió con palabras ininteligibles, mezcladas con moco y temblores de jeta. Lo abracé y comenzó el desastre. Me contó que su mujer lo engañaba. Aunque no la había pillado con las manos en la masa (¡qué trágica coincidencia!) en la calle, en el vecindario, en el mercado todos lo molestaban. Le decían nuca de fierro, cornudo, venado, gorreado por un milico, etcétera. Ya no aguantaba más. Recién acababa de oír la declaración más dramática: su mejor amigo le dijo que había pillado a su esposa con un compadre de Melipilla. Por eso lloraba. Para consolarlo, le expresé que las mujeres a veces no valían la pena. No sacaba nada con amargarse. Si tenía hijos, había una razón para vivir. Pero después me pegué la escurrida. Le pregunté si estaba seguro de que lo dicho por su amigo era cierto. Él se ruborizó y cachó que había creído muy rápido el cuento de su amigo. Prosiguió diciéndome que un seguimiento realizado por un detective privado le costaba cerca de cuatrocientos mil pesos, cifra francamente monumental para él. Antes de creerle a pie juntillas a su amigo, prefería comprobarlo con sus propios ojos, pero no sabía cómo. Yo le dije: “si quieres salir del empacho, entonces vamos los dos. Yo te ayudo”. Como los de un niño, sus dos ojos se encendieron. Él miraba todo esto como un juego entretenido, aunque peligroso, puesto que desembocaría en la verdad desnuda, eventualmente trágica. Fuimos a guardar el carrito a una casona antigua ubicada en Patronato. Allí aprovechó de abrir una llave y manguerearse la cabeza. Se peinó a lo pan marraqueta y me dijo: “Vamos”. En la micro me contó que hacía cinco años se había casado, cuando ambos tenía dieciocho años. Ella estaba 57

Roberto Flores Salgado estudiando en el Comercial de Independencia. Se amaban caleta. Pero a medida que me fue explicando, había cosas que no me cuadraban: la noche que se conocieron, en la casa de un amigo en Conchalí, atracaron en una plaza oscura. Dos semanas más tarde, empezaron a pololear. Él acostumbraba a quedarse días enteros en la casa de la comadre. La mamá no estaba ni ahí. Me contaba que ni conversaban, a lo único que atinaban era a hacer el amor tres o cuatro veces por día. Hasta el momento deberían tener una chorrera de cabros, pero ambos se cuidaban. No podían estar sin verse. “Ella era una droga para mí”, me confesó el compadre. Pasaron la luna de miel en Coquimbo, en la casa de un yunta de él que estaba de viaje. “Fue una semana de pasión”, fueron sus palabras, “sólo sexo, trago y comida”. Pasaron los años y tuvieron que salir de la casa de su suegra por unos atados que armaron sus cuñados. Ahora tenía que trabajar caleta. Como no tenía pega, su amigo Gino (el tipo con quien conversaba por teléfono) le prestó ese carro que tenía arrumado en la casa. Lo pintó, lo amononó bien y salió a trabajar. Empezaba a las siete de la mañana y terminaba a las diez de la noche. A veces un poco más tarde. Llegaba todo hediondo y cansado a la casita que arrendaba. La comadre le pedía eso y él respondía: “Amor, hoy no, me duele la cabeza”. Claro, por eso su esposa se había buscado otro gallo. - ¿Ella trabaja? – le pregunté. - No – me respondió -. Las mujeres están para quedarse en la casa. Después de haberlo escuchado con mucha atención y con inusitada paciencia, procedí a penquearlo: - Vos soi un imbécil, vaca. Quién cresta te enseñó que el amor para el matrimonio empieza así. Si la 58

Héroe cuestión no es al lote. Conozco a la cachada de compadres que empiezan por la cola; si primero es ser amigos, buenos amigos, luego pololear, enseguida el noviazgo, casarse, tener hijos. Por tu culpa la mina es faloadicta, vos la acostumbraste así. Si me decís que apenas conversaban, ¿cómo cresta se habrán conocido, entonces? Si el matrimonio es mucho más que eso, gallo, es comunicarse, comprenderse. Estamos mal, compadre. Nos bajamos cerca de su casa. Caminamos dos cuadras hacia la cordillera. Una esquina antes de llegar, le dije que se detuviera. Yo iría solo, pasaría por encima de la reja y sacaría todo el rollo. Pero antes le pregunté si ese tal amigo Gino trabajaba. Me dijo que sí, el compadre era vendedor de una AFP. - Pásame el número de teléfono de él, voy a ver si está en la oficina – le expresé-, antes date una vuelta por todo el sector. Si el tipo tiene auto, ve si está por aquí. Mi amigo se entusiasmó y lo hizo como si estuviéramos jugando al “Simón manda”. Gino no estaba en la oficina. Me devolví a la esquina. El compadre llegó corriendo. El auto estaba dos manzanas arriba. - Quédate acá, estate pendiente, te voy a hacer señas para que entres – le dije. Me respondió “bueno” con un movimiento de cabeza. Miré al rostro de él para saber cuál era su casa. “Allí”, me apuntó con el dedo. La reja estaba junta, primer problema resuelto. Muy despacio me desplacé hacia la puerta. Ésta permanecía cerrada, pero enseguida se me ocurrió usar mi ingenio: extraje de mi billetera el carné. Lo metí en la ranura; la puerta se abrió milagrosamente. 59

Roberto Flores Salgado Todo estaba desordenado. En la mesa había botellas de champagne y dos vasos a medio terminar. Me interné en las entrañas de la casa. Escuché un ruido, otro, otro, y otro más. Era insistente. Un mueble crujía, no podía discernir exactamente, pero después comprobé que era un catre que pedía auxilio. Una mujer lloraba o gemía acorde al ritmo del movimiento, pedía más. Una garganta ronca a veces carraspeaba, era un hombre, seguro. Observé por la cerradura: una pareja revolcándose en un océano de sábanas transpiradas. No había por dónde perderse. Pisando con la punta de mis pies, salí por la puerta hacia el patio. El compadre, desde la esquina, esperaba mis señas. Lo llamé, le dije que guardara silencio, cruzamos la puerta, nos internamos en dirección a la recámara, miré a los ojos de mi acompañante y le dije: - Harta fuerza, amigo, lo hago por su bien y para que empiece las cosas de buena forma. Conté tres y de una patada derribé la puerta que encubría el pecado. La pareja quedó estática. Mi amigo gritó: - ¡Gino! Yo escuché el nombre y sentí como si me hubiera tomado un pencazo de Pájaro Verde. Me dirigí donde estaba el tipo en pelota, lo agarré de las mechas, lo arrastré a la cocina, cogí un cuchillo carnicero y lo castré en carne viva. El tipo lloraba, yo empecé a patearlo. Por otro lado, mi amigo sopaipillero le aforraba a su esposa infiel. La tipa lloraba y gritaba: - ¡Perdóname, perdóname! Pero mi yunta le daba más y más duro, hasta que se escuchó que la galla no gritó más. Pensé que había muerto o, lo que es peor, se había quedado inconsciente para despertar 60

Héroe horas después y trucar la historia a su conveniencia. La cocina estaba llena de sangre y el miembro del adúltero latía como un gusano apunado. Al despedirme, le dije al tipo de las sopaipillas que no confiara en sus amigos, que ni siquiera confiara en sí mismo. En lo que refería a su esposa, que la perdonara, que la hiciera su amiga, que la tratara como una princesa, no como a una prostituta. Y en cuanto al sibarita, proseguí, que lo mandaran al Medio Oriente y que sirviera de eunuco en la corte de algún jeque dedicado al negocio del petróleo. Él me dio las gracias, yo le escupí la cara y salí corriendo, como cuando tocaba los timbres de las casas de los vecinos.

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Roberto Flores Salgado CAPÍTULO CATORCE Mi madre está mal. Está a punto de transformarse en cadáver. Pero lucha bastante. Estoy triste pero trato de no llorar. Hoy la fui a ver. Estaba con más mangueras que la vez pasada. Parecía sistema de refrigeración de auto nuevo. Apenas abría sus ojos casi ciegos. Dos lágrimas cayeron por los vértices de ellos. Murmuré. - Mamá. Sólo en ocasiones especiales la llamo así. Ella trató de levantarse, pero el pulso de la máquina que tenía a un costado comenzó a parpadear con mayor velocidad. - Quédate tranquilita – le dije. Quise que ella se sintiera contenta, que dejara de escupir lágrimas de sus ojos. Salí de la sala, puse mis labios en el vidrio, lo soplé, mi boca se infló, ella me vio todos los dientes y los labios de payaso tras el ventanal. Sonrió de buena gana. Luego entré de nuevo a la sala, me bajé los pantalones y le hice un carapálida. Se asombró, nunca me vio más feliz que en este momento. Para finalizar, agarré el borde de la cama y procedí a moverla locamente. - ¡Terremoto! El ruido de la pantalla negra de hilo verde sonaba con furia. Una enfermera se asomó. Preocupada, preguntó qué pasaba. Tomó el pulso a mi mamá, salió rápidamente, regresó con la doctora titular. Ésta me consultó qué había pasado, por qué estaba yo ahí si no era horario de visita, que me largara pronto. La doctora llamó a los paramédicos, deberían llevarla a la UCI, se había agravado. Yo tragué saliva, esperé afuera. Cuando los tipos pasaron por el pasillo, agarré la mano de mamá. Tenía cara de espanto, no comprendía qué sucedía. 62

Héroe Apretó mi mano y, al ver sus ojos, noté que éstos tuvieron un lapsus de lucidez, olvidaron por tres segundos su ceguera y me miraron con amor desnudo. - No te pongas mal, por favor – le dije con voz temblorosa – al menos no antes de que conozcas a mi esposa y a tu nieto. Era una estupidez, pensé. Debía esperar que me casara y al menos nueve meses más para que conociera una cosa arrugada, rosadita y llorona. Yo no quería apresurar nada, pero por mamá, haría cualquier cosa. Cerró sus ojos y no pude recibir su respuesta. Los tipos arrancaron rápido y subieron a un ascensor junto a ella. Fui al baño. Me lavé la cara. No quise verme al espejo, no debía llorar, menos ahora. Salí corriendo. Tomé una micro hacia San Miguel. Llegué al departamento de mi polola una hora y media después de partir desde el hospital. No golpeé la puerta. Esperé escuchar el nombre de ella pronunciado por alguien. Pasaría una plancha tremenda al golpear y no saber por quién preguntar. Saqué el rollo. Llamaban a Estrellita. Seguro era su nombre. Ella debía almorzar. Golpeé rápido. Diría que venía por Estrella a consultarle algo. Es fome llegar justo a la hora del almuerzo, huele a paracaidista. Salió su tía. Una señora arrugada, rubia teñida, cara de pollo, pituca. Con voz siútica, me preguntó qué quería. Yo le respondí que necesitaba ver a Estrella, era urgente. Ella me miró extrañada. Me conminó a repetir mi respuesta. Le repetí gritando: - ¡Necesito ver a Estrella! ¿Entendió? Ella se descalabró, se le salieron los ojos, como escupidos por cuencas regodionas. Intentó cerrarme la

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Roberto Flores Salgado puerta, yo puse mi pie para que no lo hiciera. La agarré de la blusa y la miré a los ojos emancipados. - ¡Dije que necesito ver a Estrella! Ella, casi llorando, se dio media vuelta y fue a buscarla. En cinco segundos más regresó con la perra limpiándose el hocico con su lengua juguetona: - ¡Acá está! Me caí de espaldas. Cuando reaccioné, me vi sentado en el sillón, tragando patitos de agua con azúcar de mano de mi polola. Al ver que recobraba el sentido, me besó la mejilla. Yo le hice el quite. La tía llamó a Lulú. Solo allí me acordé su nombre. “La pequeña Lulú”, pensé. Fue a la cocina y me trajo una torreja de torta de bizcochos. Me preguntó cómo estaba yo. Le dije que mi mamá estaba a punto de estirar la chala. Su cara se arrugó. Supe que era una mujer sensible, como pocas. Quise invitarla al hospital. Deseaba que conociera a mi madre. La mujer con cara de pollo, tía de Lulú, apareció de repente en el living. Se notaba más afable, seguro que leyó en mi rostro el mea culpa que me arreciaba adentro. - Ella es mi tía Manola – irrumpió Lulú. - Un gusto, señora – le respondí. Al cabo de media hora, salimos. Nos dirigimos al hospital en una micro que decía: “Independencia, Plaza Chacabuco, Conchalí”. Al llegar a la Alameda, subió una niñita de unos siete años. Llevaba en sus manos rosas y vendía cada ramillete a mil pesos. Yo siempre he visto en los diarios y algunas películas que los hombres le regalan flores a su pareja; no sentí necesidad de comprarlas, pero lo hice por un compromiso intelectual, pues Lulú es mi polola y, según sé, a las pololas hay que quererlas. Alcé mi mano y le 64

Héroe di mil pesos a la niña, ella me entregó el ramillete y se lo di a Lulú. Mi polola se quedó conversando con la niña. Le preguntó cuántos años tenía, le respondió que ocho (me equivoqué en un año); siguió con su entrevista. Sacó que la niñita vivía con un tío que la maltrataba. Le mostró sus piernas. Claro, tenía los muslos todos amoratados. La voz de la pequeña comenzó a tornarse frágil. En un suspiro, respiró moco y comenzó a llorar un sollozo reprimido. Lulú la abrazó, le hizo cariño. Entendí que Lulú era especial. Tenía la cualidad de encariñarse con las personas, no importando su condición social, La levantó y sentó en su falda. La chiquitita prosiguió: debía vender todas las flores y llevar el dinero a su padrastro. Luego, todos los días él salía a una cantina que quedaba en Estación Central y gastaba el dinero que ella conseguía. Después de un momento, la pequeña puso su cara en los pechos de Lulú y sintió que esos dos cerros le prestaban abrigo en medio del invierno que la azotaba. Lulú la invitó a quedarse con nosotros. Yo asentí con una sonrisa. Es más, mi polola le dijo: - Te puedes quedar conmigo. Te llevaré a mi casa y te pondré unos vestidos que tengo guardados. La chica no respondió, pero abrazó a Lulú con mayor intensidad. Cuando bajamos en dirección a la puerta del hospital, eran cerca de las seis. Yo tomé una mano de Anita, la pequeña florista, y Lulú le agarró la otra y el resto de flores. Les dije a mis mujercitas que era mejor que nos olvidáramos del protocolo y fuéramos directamente a la sala en que se encontraba mi madre, es decir, la UCI. De algún modo debíamos entrar. Se me ocurrió una idea: pondríamos a Anita 65

Roberto Flores Salgado en una camilla, la taparíamos con sábanas blancas. Lulú y yo nos disfrazamos de paramédicos con un par de delantales que tomaríamos de la lavandería. Así lo hicimos. Nadie se percató de nuestra presencia en la UCI. Al pasar, nos miraron un poco extrañados, seguro pensaron que éramos personal nuevo. Nosotros saludamos e hicimos lo primero lavarnos las manos con jabón, luego con yodo y en seguida tomamos unas mascarillas confeccionadas con toalla Nova. Anita bajó de la camilla y luego se escondió dentro de nuestros amplios delantales. Nos dirigimos a la sala de aislamiento. La puerta estaba cerrada. Solo el gran ventanal nos la mostraba, así tal cual yo la viera la última vez: llena de mangueras, con los ojos cerrados, el pelo tomado y esa gran ensalada de máquinas que la hacía verse falible. Lulú, Anita y yo permanecimos varios minutos observándola silenciosamente, tomados de las manos. La pequeña comenzó a lagrimear, pero no emitía ruido. Creo que los que sufren han aprendido a llorar así para no contagiar de dolor a quienes los rodean. Quizás se acordó de su mamá, pensé. Hay muchas personas que no tienen mamá y no conocen esa sombra casi omnipresente que nos presta calor y ánimo en los momentos difíciles. Yo me arrepentí de no haber sido más afable con ella. Cuando el tiempo se nos había borrado y la noche caía sobre Santiago como un gran escupo de Coca Cola, mi madre realizó una proeza gigantesca: en forma refleja, se levantó de lo más normal y se sentó, apoyando su espalda sobre la almohada. Los tres nos sorprendimos. Abrió sus ojos y, aunque estaba ya ciega, el cielo le concedió verme por última vez. Seguro que veía en Lulú a mi esposa y en Anita, a mi hija. 66

Héroe Creyendo que su sueño de ser abuela se cumplía, sonrió y movió su manito derecha, apenas perceptible en medio de esos transparentes tallarines de goma. Los tres le respondimos, perplejos. Minutos más tarde mi madre suspiró, como si en aquel vahído entregara el alma. Volvió a tenderse en la cama y a dormirse con ese sueño profundo que le venía después de almorzar y ver La Colorina, hace unos buenos siglos atrás. Una gota de agua seguida después de millones golpeaban el suelo de Santiago triste cuando la luz verde de la pantalla negra que mi madre tenía a un lado no sonaba intermitente sino fija. El personal del hospital apareció segundos más tarde para comprobar lo inevitable. La mamá se nos había ido. Buen viaje, viejita.

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Roberto Flores Salgado CAPÍTULO QUINCE Hoy enterramos a mamá. Sólo estábamos Lulú, Anita y yo. Las flores que Anita trató de vender la noche pasada, las pusimos sobre un montículo de tierra. Nos ahorramos como siete mil pesos. Pero no todo fue así. Me tomaré la molestia de narrar los funerales. Retiramos el cajón con el cuerpo de mamá a las siete de la mañana. Le pregunté al médico si era posible velarla sólo un par de horas. Le dije que era una estupidez tener el cuerpo de un muerto para que lo miraran y repitieran siempre las mismas palabras: “Ay, no somos nada”, “nos lleva la delantera”, “si era tan buena la finada”, “pasó a mejor vida”, “ya está descansando”, etc, así que le expresé que mi intención era tenerla en la casa hasta la tarde y, tipo cinco, que la carroza la viniera a buscar. Me dijo que bueno. Nos fuimos los cuatro en la carroza, mi polola, la pequeña que había dormido en la casa de Lulú, mi mamá y yo. El tipo de la carroza no se cuenta. Anita llevaba un vestido rosado muy bonito. Lulú me dijo que era de su hermanita de ocho años que falleció de leucemia. Casi no lo había usado. Estaba nuevo. Además, mi pierna la peinó y le puso dos trenzas, a lo más Carmela en La Pérgola de las Flores. Un detalle que me despertó, pues no reparé en él desde el primer minuto, es que a Anita le faltaban los dos dientes de adelante. Pero sonreía sin vergüenza, formando margaritas en sus mejillas llenas de pecas. La carroza negra con el chofer vestido de terno oscuro, abrigo largo y lentes negros – aun cuando estaba nublado-, tomó avenida Balmaceda y luego la Panamericana. Era una hora pico, nos demoramos un poco. La gente que

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Héroe viajaba en los automóviles y las micros del costado, se persignaba y ponía cara de lástima. Yo les sacaba la lengua. Lulú llevaba a Anita en su falda y le acariciaba la mano. Luego acercó su boca al oído de la pequeña. Ella me dijo: tío, te voy a contar mi historia, la tía Lulú me lo pidió. Yo le respondí que bueno. Nació en Lota. “¡La esposa del Loto!”, irrumpí. Rio. Tenía once hermanos, ella era la octava. Uno de ellos era cieguito, otro tenía parálisis, pasaba en cama. Su mamá era dueña de casa y su papá minero. Siempre tenían problemas para comer, no alcanzaba para todos, más aún porque el viejo se caía al copete. La mamá, mientras el papá se iba a las faenas y cuando ella tenía cuatro años, empezó a vender pan amasado para ayudarse con los gastos. El viejo lo supo y le sacó la mugrienta. “El hombre trabaja y la hembra tiene que estar en la casa”, decía. Igual a fin de mes se chupaba la mitad del sueldo y daba muy poco para parar la olla. Un día, la mamá les dijo que había encontrado trabajo cuidando a un enfermo. Salía en la noche, tipo diez y media y regresaba como a las seis de la mañana. El viejo primero le dijo que no; se puso bien duro. Pero luego le dio permiso no más, con el compromiso de que le pasara un resto de plata a él. Esos días fueron bonitos para toda la familia, ya que pudieron comer mejor, tener su ropita, usada, pero ropa al fin. Guacolda, la hermana mayor de Anita, era quien se encargaba de todos los hermanos: cocinaba, lavaba, planchaba, les ayudaba con sus tareas. Ella iba en tercero medio, en el liceo de niñas de Lota. Un día llegó llorando. La mamá le preguntó qué pasaba. Ella le gritó muchas cosas que Anita no entendió en el momento. Después de un rato, la mamá también se puso a llorar.

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Roberto Flores Salgado Guacolda dejó de ir al liceo, pasaba todo el día triste. Una noche se acercó a la cama donde dormía Anita con sus dos hermanas chicas. En el oído, le dijo conteniendo el llanto: - Anita, me voy de la casa. Yo sé que un día nos volveremos a juntar, pero no puedo seguir aquí en Lota. Anita le preguntó por qué. Los ojos de su hermana se llenaron de lágrimas. - Prométeme que no se lo dirás a los demás. Ella asintió con un movimiento de cabeza. - Lo que pasa es que mi mamá trabaja sacándose la ropa frente a los hombres. Anita le preguntó cómo lo sabía. Fue entonces cuando Guacolda le contó que, en el liceo, unas niñas comenzaron a burlarse de ella: “¡Tú mamá es prostituta, tu mamá es prostituta, mi hermano la vio!”. Cuando iba en la calle, se lo gritaban fuerte, también en la plaza. La mamá lo reconoció llorando. Pero las cosas estaban hechas y, al parecer, a su mamá le gustaba ese tipo de vida. Su hermana se iría a Concepción a vivir a la casa de una tía de una amiga. - Perdóname Anita. Ella se puso a llorar. Cuando el rumor llegó a las minas del carbón, el papá fue víctima de las bromas más desgarradoras. Un día, borracho hasta no dar más, tomó el veneno para ratones que guardaba en el patio. Sus hijos lo encontraron en la acequia de enfrente, con la lengua morada y el cuerpo hinchado. Su madre se vino con los más chicos a Santiago. Los mayores se quedaron internados en el liceo de Coronel. Su mamá trabajaba en la noche, decía Anita. Allí conoció al Rubio. Él era quien la mandaba a vender rosas a ella. Sus 70

Héroe demás hermanitos estaban en un hogar de menores. El Rubio le tomaba las piernas, a veces le daba cosquillas. - Cuando llegaba mi mamá – prosiguió la chica- se asustaba y decía que me iba a pegar si le contaba algo a ella. Yo no quiero volver más a la casa. Los bellos ojos de Lulú se tornaron brillosos. Volvió a repetir el rito constante que venía realizando desde que subimos a la carroza. El beso en la mejilla de Anita sonó en todo Santiago como sopapo jugoso. Llegamos al cementerio y el tipo estacionó la carroza a unos quinientos metros del hoyo. Caminamos ese medio kilómetro con la sensación de estar participando en un sueño, ya que nos envolvía una neblina espesa que amenazaba transformarse en garúa. Los grandes árboles frondosos eran como monstruos que mantenían en perfecta quietud cada una de las sepulturas, libres de toda bulla. Cuando terminamos de empujar ese carretón metálico que llevaba a mi madre, el tipo me ayudó a bajar sus restos con un cordel como esos que sirven para remolcar autos, pero éste no estaba tan aceitoso. Nos quedamos en silencio por un rato. No hallé qué decir. Se me vino a la mente un salmo que aprendí cuando pequeño, en una capilla metodista: “Jehová es mi pastor, nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar…” Una vez que terminé, me arrodillé y le pedí a Dios que me diera fuerza. Luego tomé un puñado de tierra húmeda y lo lancé al ataúd. Lulú y Anita hicieron lo mismo. El tipo de la carroza silbó al cuidador que esperaba la señal. Éste vino con una pala, la enterró en el montículo del costado del foso y empezó a llenarlo. Me pasé la manga del vestón por las narices y lloré. Lulú se acercó y me abrazó. Anita la 71

Roberto Flores Salgado secundó. Menos mal que a uno se le muere la mamá una sola vez.

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Héroe CAPÍTULO DIESISÉIS Le dije a Lulú que me llamara en dos semanas más. Además, le pasé dinero para que tratara bien a nuestra hija, es decir, a Anita. Creo que estuvo bien, pues he continuado con libertad cumpliendo mi labor de héroe. Hoy me correspondió rescatar a un tipo que quiso matarse arrojándose del último piso del edificio de Telefónica. A continuación más detalles. Marciano Ledezma trabajaba en el persa Bio Bio vendiendo muebles. Comenzó como carpintero, siguió como barnizador y diseñador y hace cuatro años se había independizado y fundado su propia empresa de muebles. Tenía a su cargo diez empleados. Aparte de vender en el persa, tenía contratos con París y Ripley, que también le compraban productos. Se compró una casa en un condominio de Puente Alto y un Wolkswagen convertible. Todo iba bien, pero quiso abarcar demasiado en poco tiempo: abrió un local en Viña y otro en Concepción, pagó con cheques, unos clientes se atrasaron en pagarle y no alcanzó a cubrir el cupo en la cuenta corriente. La policía lo buscaba por giro doloso de cheques. El drama se agravó cuando supo que su mujer esperaba guagua para otro hombre. Pero reconocía que él había iniciado el círculo vicioso: su esposa lo encontró en el lecho con su amante, la secretaria de uno de sus locales. Ledezma, aprovechando que conocía a una cachada de compadres en Telefónica (pues había hecho algunos trabajos en carpintería para esta empresa), pidió permiso para contemplar desde el mirador la contaminada capital. Nadie se imaginó que sus intenciones serían lanzarse al vacío y así dar fin a su tortuosa existencia.

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Roberto Flores Salgado La noticia de que un compadre estaba en el último piso del mencionado edificio la escuché en la radio, mientras iba en el dos mil de Vicuña Mackenna. Me bajé en Plaza Italia y caminé hacia allá. Nada de tonto, entré a un edificio que quedaba tres números más hacia el oriente. Aproveché la expectación de los moradores para escurrirme y subir hasta los últimos pisos. Pero estaba demasiado lejos del tipo. Entonces me disfracé de limpiador con un overol que encontré en una de las bodegas del edificio vecino. Trepé a la construcción mencionada por una ventana que daba a una oficina. Se armó el escándalo. Yo escapé y me interné en las escaleras que permanecían vacías pues rescatistas y carabineros usaban sólo los ascensores. Al llegar al penúltimo piso, unos tipos alertaron a la policía. Ellos me esperaban para detener mi accionar. No querían que yo me encontrara con el eventual suicida. Golpeé a los dos pacos, quienes se marcharon rodando por las escaleras. En la azotea había unos cinco tipos, entre carabineros y bomberos. Uno de ellos, al verme, me dijo que no podía estar allí. Le dije que se fuera a freír monos. Se levantó para hacerme retroceder por la fuerza. Le mandé el feroz cornete, lo empujé hacia la puerta de la cual yo acababa de salir y la cerré. - ¡Imbéciles, salgan de ahí! – les grité a los restantes. - ¿Dónde está el comandante? – me preguntaron. - Detrás de la puerta - respondí. Al ver que yo tenía bajo control el asunto, retrocedieron y dejaron que me encargara del rescate. Marciano Ledezma estaba sentado al borde. Yo, desde mi posición, podía contemplar la cantidad de gente que se congregaba en los alrededores del edificio. Todos los canales de televisión estaban representados con sus móviles de 74

Héroe prensa. Los flashes de las cámaras fotográficas iluminaban esa mañana de día nublado. Tantos medios de comunicación me asquearon, pero ya estaba ahí, debía olvidarlos para realizar un buen cometido. - ¡Lánzate, estúpido! – le dije - ¡Ya puh, cobarde, atrévete! Si querís yo te empujo. Él me observó, extrañado. Le seguí gritando: que si era tan hombre que se arrojara; quería ver sus sesos volar a cien metros a la redonda y su estómago reventarse en el pavimento. - ¡Ya puh, tonto feo, tenís la feroz nariz, gallo, parecís Condorito! ¡Y pucha que soi blanco, te apuesto que te decía leche cuando chico, o pate queso, o pantruca! ¡Imbécil feo, soi más feo que pensamiento de extremista, más feo que la mentira! Marciano seguía mirando hacia abajo, a las personas como hormiguitas. - Estoy aquí porque la vida no tiene sentido – dijo. - Sí, tienes razón, eso no es ningún descubrimiento, cualquier idiota con una neurona y un CI de treinta lo puede saber – le repliqué. - Todo es una porquería: la gente, esta ciudad, el país, el presidente, las religiones – prosiguió. Yo alcé mi voz más irónica: - ¡Gallo: qué gran descubrimiento. Fíjate que no lo sabía! El tipo se puso rojo, al parecer se enfureció. Me preguntó si yo creía que él era un imbécil como para que todo ese rato lo hubiera agarrado para el palanqueo. Yo le respondí: - Obvio. Marciano se levantó hecho un toro, se dirigió donde yo estaba y alzó su diestra para darme un puñetazo. Yo lo 75

Roberto Flores Salgado adelanté y le propine un derechazo en la boca del estómago. El tipo se agarró con las dos manos la ponchera, dejando al descubierto su rostro. A mí, qué me dijeron, le lancé una izquierda ascendente; Ledezma cayó de espaldas, lo pateé por cinco minutos en forma ininterrumpida. Después me dio pena y dejé que me golpeara un poco. Forcejeamos en el suelo hasta quedar al borde de la azotea, en el mismo lugar donde él antes pensara lanzarse. Allí me contó todo su drama. Yo le dije que no era nadie para darle respuesta a sus atados, pero que había dos soluciones para los problemas: a) Cambiar el paisaje b) Cambiar los ojos con que se mira ese paisaje. Acostados en el frío cemento, mirándonos fijamente los ojos, le expresé que la vida era una porquería, pero también una maravilla. Los límites de esas dos palabras eran tan delgados como la tela de una cebolla. Después me acordé de una canción de Luis Miguel que cantaba como la canción de la cebolla: “Cebolla a olvidar, ah, ah, palabra de honor, oh, oh, paloma perdida, ah, ah…” Marciano Ledezma se puso a reír de buena gana. Amenazó con empujarme al vacío. “Ya puh”, le dije, “p ero después voy a subir y te daré como caja”. Siguió riéndose. De él fue la idea de asomarnos para ver qué pasaba allá abajo. Cuando nuestros rostros aparecieron en la última línea de edificación, toda la multitud lanzó un grito de alivio. La Plaza Italia estaba repleta. Los lentes de los gráficos arremetieron contra nosotros y nos sacaron la foto que daría vuelta al mundo y sería portada en El Mercurio, La Cuarta, La Tercera, La Segunda y otros que se me olvidan. Menos

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Héroe mal que reaccioné y alcancé a tapar mi rostro con la mano derecha, ya que odio ser famoso. Me despedí de Marciano Ledezma pidiéndole que no me buscara y que, si le solicitaban ayuda para hacer un retrato hablado de mí, cambiara mis rasgos. A manera de broma le dije: - Pero no me dejes tan feo como tú. Me aforró feroz combo. Todavía me duele.

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Roberto Flores Salgado CAPÍTULO DIECISIETE La policía me busca. Ha puesto avisos en los periódicos y en la televisión. Yo no sé si fue a propósito del rescate. Lo cierto es que, después de hacer justicia y rescatar dignidades, quieren que mis días terminen en una cárcel. Qué feo. Pero he reaccionado de buena forma. No he escapado. Muy por el contrario: me he paseado frente a las comisarías. Con los pacos intercambio un par de palabras, incluso les llevé una torta en el día de su aniversario. Mientras no demuestre miedo, todo irá viento en popa. ¿Cómo supe que me buscaban? Bueno, fue hoy en la mañana, escuchando radio Bio Bio. El locutor decía que la policía tenía una gran interrogante en relación con las agresiones sufridas por asaltantes que habían ocurrido en los últimos días. El primer hecho, es decir, la muerte de un carterista que cayó al Mapocho, según versiones de los testigos, había sido producto de un ajuste de cuentas. El tipo que lo empujó era acreedor del compadre, por eso lo lanzó al río. Qué ignorancia. Luego, el del asaltante de micros en Vicuña Mackenna tenía relación con el tipo que asaltó a un chofer en Maipú, además de la castración de un vendedor de AFP, y el rescate del empresario Ledezma. Todos los testigos terminaban por coincidir en los detalles físicos del individuo, por lo cual Investigaciones y Carabineros, en los próximos días, publicarían el retrato hablado del individuo, es decir, yo. Pero no todos trataron de manera circunspecta el asunto. En los matinales de TVN y el 13 se llevó a cabo una encuesta para conocer quién era este extraño ser que empezó a hacer justicia por sus propias manos. La mayoría simpatizaba con el personaje. Los viejitos decían que estaba 78

Héroe bien, que si los tribunales no lograban castigar a los malandrines o apenas les daban un par de días en la cárcel, para luego liberarlos y que continuaran sus fechorías, al menos ahora con EL JUSTICIERO (ese fue el apelativo que la opinión pública me puso) se amedrentarían un poco y, al momento de cometer sus asaltos, la pensarían dos veces. Las señoras suspiraban. Expresaban que cómo desearían que sus maridos fueran tan audaces y varoniles como ese tipo desconocido. Al entrevistar a un grupo de jóvenes, uno de ellos opinó que EL JUSTICIERO era un héroe para él ya que se había rebelado contra la sociedad, no estaba ni ahí con el sistema y hacía lo que quería, ya que su sueño era hacer de éste un país más justo y equitativo. Uno de sus amigos, al agarrar el micrófono, dijo que cuando conocieran el retrato del misterioso tipo, él se mandaría a hacer una polera con el rostro del compadre. La prensa escrita no se restó del debate. Abundaron en las páginas las entrevistas a quienes, de una u otra forma, se habían topado conmigo. Decían que era un tipo choro, que no le gustaba el aplauso. A fin de cuentas, los medios me buscaban para endiosarme y la policía, para encerrarme en un calabozo. Qué contraste. Entonces creo que no seré el mismo y me da rabia. Cuando uno hace las cosas para uno, sin que importen las opiniones de los demás y sin ser visto por nadie, es un ejemplo de libertad. Las presiones de los pueblos sobre ciertos individuos han producido en ellos una extraña cárcel; ya los actos no son hechos por convicción personal, sino por los ruegos de las masas. Vox Populi, Vox Dei es una gran patraña. Los pueblos también se equivocan; es más, las masas son más manejables que los individuos aislados, pues la absurda 79

Roberto Flores Salgado manía de dejarse dominar por el resto es más real de lo que creemos. Las dictaduras y las grandes matanzas se han producido así: el gran tirano no hace las cosas porque las siente así, precisamente, sino que se escuda en que hay una gran mayoría que lo respalda. “Escucha el aplauso, acepta las felicitaciones, entonces perderás tu libertad”, dijo alguien por ahí. Por eso odio con toda mi alma ser un personaje público, porque sé que perderé mis propósitos y escucharé los designios errados de la masa, aquellos que son híbridos y que han nacido de las concepciones almáticas, emotivas, mas no de las concepciones racionales y empíricas. Por eso creo que a los artistas, políticos, futbolistas, etc, les va muy bien en sus carreras públicas, pero pésimo en sus vidas personales, porque al tomar decisiones se ven presionados por opiniones ajenas, extrañas, impersonales, y para no quedar enemistados con los demás, las llevan a cabo. Craso error. Lo mismo sucede con los novelistas. Antes de ser conocidos, caminan a pata por las calles, no tienen drama en ir a un sucuchito de barrio y pagar un menú barato. Escriben lo que les da la gana, pues saben que existen dos posibilidades en su destino cercano: ser superventas o ser eternos desconocidos. En esta época aman la soledad, la simpleza, tienen un espíritu moldeable, una actitud de humilde discípulo que necesita aprender de todos los que lo rodean, aun de la naturaleza. Pero basta que gane un concurso o su nombre aparezca en Rocinante o la Revista de Libros de El Mercurio, para que cambien su intimidad por las luces, los salones de arte y los sets de televisión. Luego ya no escriben lo que quieren, sino lo que las editoriales les dicen que pueden vender. Prostituyen su libertad por el 80

Héroe bienestar económico. Abraham Lincoln expresó en una oportunidad: “Quienes están dispuestos a cambiar libertad por seguridad, no merecen libertad ni seguridad”. Bien dicho, gancho. Es una de mis pruebas más difíciles como héroe. El anonimato es el estado más propicio para la creatividad. Amo ser creativo como justiciero. Odio tener fama por las razones antes expuestas. Obligado a hacerme el leso. No es mucho pedir: es solo cambiar un poco.

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Roberto Flores Salgado CAPÍTULO DIECIOCHO Lulú me llamó esta mañana. Se adelantó, pues le dije que me llamara en dos semanas más. Me contó que Anita había desaparecido llevándose treinta mil pesos de su tía. Me dio rabia. Si la hubiese tenido cerca, le habría bajado los calzones y le hubiera dejado el poto bien colorado a puras palmadas. Lulú, sin embargo, hablaba con tranquilidad. Ella sabía, según lo que me contó, dónde podría estar así es que en un par de minutos saldría a buscarla con su tía. Tomé la micro y me bajé en Teatinos con Huérfanos, pues había un taco gigantesco. Algo sucedía un poco más allá, en la Alameda. Efectivamente: los escolares marchaban hacia el Ministerio de Educación. El objetivo era protestar por los pases escolares. Había la chorrera de pingüinos. Los pacos cercaban el sector con unas rejas blancas que ponen para este tipo de eventualidades. Estaban allí también las paquitas, el cuerpo femenino de carabineros. Los cabros gritaban piola, todos relajados. Algunos se habían sacado la corbata para que los policías no reconocieran el colegio al cual iban y así ahorrarse un mal rato con los directivos de los establecimientos. De hecho, una galla que llevaba el asunto de la protesta, empezó a decir por megáfono que la marcha era pacífica y que no pasaba nada con los piedrazos y esas cosas. Al llegar al ministerio, lugar en que se entrevistarían con la ministra, los tipos de seguridad cerraron los inmensos portones, dejando a los directivos del grupo de estudiantes adentro, pero al resto de la multitud afuera, en la Alameda. Los pacos estaban a la expectativa de cualquier provocación para usar el guanaco y los gases lacrimógenos.

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Héroe En medio de ese bullicio de recreo aparecieron unos tipos encapuchados vistiendo uniforme escolar. Se esparcieron tranquilamente entre el gentío. Cuando los gritos habían acabado, en un lapso de merecido descanso a la espera de que los dirigentes salieran a contar qué sucedía, si la ministra tenía ánimo de dialogar, los tipos empezaron a hacer boche: primero aplaudían. Así ganaron la atención de los escolares. Después entonaron cánticos contra la personera. El resto siguió. Después, no aguantaron y sacaron de sus mochilas hondas metálicas y arremetieron contra carabineros. A los pacos qué les dijeron, era lo que estaban esperando. El guanaco se movió y empezó la fiesta. Pero algo novedoso en este tipo de manifestaciones se hizo notar: quienes perseguían a los estudiantes no eran los carabineros hombres sino las paquitas. Ellas, felices, riéndose de lo mejor. Algo de jugarreta, tanto para estudiantes como para la fuerza pública, tenía toda esta situación. Me dio rabia la actitud de los sujetos encapuchados. Me colé entre los estudiantes, corriendo sobre el pavimento mojado y comprobando en el cuerpo el humo de las lacrimógenas. Dos tipos que ocultaban sus rostros detrás de pañuelos estaban frente a un paradero de vidrio grueso y metal. Craneaban cómo destrozarlo. Les pregunté qué querían hacer. Me respondieron: “hac er tira esta cuestión”. Les consulté quiénes eran. No me respondieron. Con ambas manos los desnudé de sus pañuelos. Los dos tipos tenían barba. - ¿Y en qué liceo van ustedes, estúpidos? Me miraron choros. Yo no aguanté y a uno le mandé una patada en los testículos, al otro le pegué un diagonal en la nariz. Sus mochilas cayeron al suelo, abiertas. Adentro había la chorrera de miguelitos. Agarré un puñado, los puse en el 83

Roberto Flores Salgado pecho de uno de los tipos y los pisé con ambos pies. Luego comencé a saltar encima, varias veces. El barbón, falso secundario, lloraba y me pedía perdón, que nunca más lo iba a hacer, pero por favor, que lo dejara irse. El otro tipo reaccionó, pero no pudo defender a su amigo, ya que su nariz no cesaba de expeler sangre tibia. Al final los pateé a los dos, así como premio de consuelo, y les advertí: - ¡Mal paridos, si la próxima vez los vuelvo a encontrar jodiendo en una protesta de éstos que luchan por algo digno, les juro que los voy a obligar a hacer gárgaras con estos miguelitos! ¿Entendieron? A dúo me contestaron: “¡sí señor!”. Lo charcha vino después. Como en Santiago hace algún tiempo instalaron cámaras de seguridad para vigilar el orden dentro del sector centro, seguro que alertaron de un tipo que golpeaba a dos estudiantes barbones, es decir, quien les habla. Dos pacos aparecieron a unos cien metros de mí, dispuestos a capturarme. Seguro que habían memorizado mi rostro a través de los retratos hablados. - Mira, es EL JUSTICIERO – le dijo un paco a otro. - ¡Atrapémoslo! No me dieron tiempo para pensar. Entonces debí escoger la única alternativa que tenía a mano: apretar cachete. La policía movilizó toda su maquinaria y personal para perseguirme por arterias céntricas de Santiago. Opté por dirigirme a las calles más estrechas, con esto impediría que el guanaco y los automóviles pudiesen seguirme la pista de cerca. A lo más los motociclistas podrían pisarme con dificultad los talones. Llegué a un cité de calle Catedral. Aspiré hondo para aminorar la agitación. Unos niños jugaban a la pelota en el pasillo. Los saludé. Les pregunté por un tal Arnoldo 84

Héroe Gutiérrez, nombre que inventé en el momento. “No sabemos, señor”, respondieron a coro. Escuché el sonido de los botines de carabineros que se habían más fuertes: ya llegaban al sitio en el cual me encontraba. Había un cordel con ropa tendida. Cooperaron. Me cambié de ropa tras unos maceteros y tomé un gorro de uno de los chicos que servía para marcar el arco. Me dirigí de frente a los pacos, que venían entrando con los cinco sentidos despiertos. Los saludé y les pregunté en qué les podía servir. Me dijeron que buscaban a un tipo que había silenciado a unos cuantos delincuentes, castró a un adúltero, castigó a unos tipos especuladores de una agrupación ambientalista, salvó la vida a un eventual suicida, entre otros actos heroicos. - ¡Ah, EL JUSTICIERO! – les acoté. - Él mismo – respondió uno de los cabos. - ¿Estaba vestido de camisa blanca, jeans desteñidos y usaba pelo corto? – pregunté. - ¡Sí, señor! – gritaron los dos pacos que se sumaron al grupo. - Está escondido detrás de un macetero, yo lo vi. Apunté en dirección al supuesto escondite. Allí se asomaba una camisa y unos jeans, tal cual relatara en mi descripción. Los policías desenfundaron sus armas y las agarraron firmemente a dos manos. Un tipo se adelantó y le dijo al otro que lo cubriera. Los niños habían suspendido uno minutos el juego y observaban asombrados esa escena digna de película. - ¡No te muevas, imbécil! – gritó el policía acercándose al lugar. Cuando disparó, las ropas puestas como un espantapájaros cayeron al suelo. Una sarta de garabatos

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Roberto Flores Salgado gruesos fue pronunciada con total fluidez por parte del carabinero audaz. Yo conocí esta versión al observar las noticias de las nueve en TVN. El locutor decía que EL JUSTICIERO se le había escurrido de entre los dedos a una patrulla que lo persiguió desde la Alameda - a la altura del Ministerio de Educación- hasta las cercanías de a la Quinta Normal, específicamente en un cité de calle Catedral. Luego entrevistaron a uno de los niños. Éste armó la historia, seguro que después de haber juntado las escenas: un tipo llegó y preguntó por un gallo que no vivía allí, luego lo vieron desaparecer. - Yo pensé que era mi hermano el que estaba saliendo – decía otro pequeño- Iba vestido igualito que él. Pero no todo era color de rosas para mí: en mis jeans dejé cerca de mil pesos, un par de boletos de micro y el teléfono de Lulú. Craso error. Al llegar a la Alameda y confundirme entre la gente que transitaba cerca de las cuatro de la tarde, busqué un teléfono público. Como no tenía monedas, llamé por cobro revertido a mi polola. Me respondió ella. - Lulú, escúchame, no te asustes – le dije-, cuando termine de conversar contigo debes desconectar el teléfono; no te lo puedo explicar ahora, pero voy enseguida a tu departamento, allí te contaré todo. Antes de que colgara me respondió que me esperaba junto a Anita, la chica malcriada. Le dije que la castigaría cuando llegara. Como no tenía plata para el pasaje, esperé que unos tipos se bajaran por la puerta de atrás de una micro. Yo me subí rápido y viajé sentado en las escalinatas. Genial.

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Héroe Al llegar a la morada de Lulú, ésta almorzaba con Anita y me había servido un plato a mí. - Y esta señorita, ¿dónde andaba? Lulú respondió por ella: Anita se había ido robando plata a su tía, pero a medio camino se arrepintió. No supo cómo volver y la encontró en una plaza comiendo un helado. De los treinta mil sólo gastó cien: en el Chocopanda que estaba saboreando. No quise castigarla, me dio cosa. Almorcé y pedí a Lulú que habláramos a solas, ya que no quería cargar con más problemas a la pequeña. Le conté a mi pierna que la policía, la prensa y todo el mundo me buscaba. Que se agarrara bien, que no se asustara y que prometiera no abandonarme al saber el secreto que debía contarle. Me respondió que bueno. Le dije que yo era EL JUSTICIERO. Lulú se rio de buena gana. Me dijo que era imposible, que yo no tenía pinta de héroe, sino de estafeta de oficina pública. Le pregunté si tenía el diario a mano. Ella fue a buscar El Mercurio con el que había alfombrado la cocina ya que el piso estaba anegado con el agua que filtraba una cañería. Trajo la portada. Miró el retrato y luego me observó. No lo podía creer. - ¡Amor, eres tú, EL JUSTICIERO! ¡Qué choro, nunca había tenido un pololo súper héroe! Yo me enojé. - ¡No he tomado esta labor porque quiero, sino porque la naturaleza me lo ha impuesto y los designios de ella son sagrados, no son para ganar plata, ni mujeres ni fama! – le grité. Proseguí advirtiéndole que no continuara con esas felicitaciones y regalitos sensuales, ya que podía hacerme un gran daño. Ella calló y luego me escuchó atentamente. 87

Roberto Flores Salgado Los pacos estuvieron a punto de detenerme. Me escurrí de ellos cambiándome de ropa en un cité de la Quinta Normal, pero se me quedó tu teléfono en los jeans que andaba trayendo. Por eso te dije que desconectaras el teléfono. Tengo miedo de que te llamen y pregunten por mí. No quiero que salgas perjudicada con esto. Mientras le hablaba, por vez primera sentí que la amaba y que deseaba su bien. Me enojé caleta. Le aconsejé que solo se manejara con el celular, lo mismo que su tía. - Con ella no hay problemas – me dijo Lulú-, no tiene amigos, así que no le interesa tener un teléfono cerca. Al final le expresé que, si los pacos venían al departamento (seguro que investigarían la dirección del número telefónico), que no se asustara y que no les mintiera: ella me conocía, pero no sabía cómo ubicarme porque yo era el que venía siempre aquí y ella nunca había estado en mi casa. Me despedí de Lulú y de Anita, prometiéndoles que tan pronto fuese posible visitaríamos el zoológico y comeríamos algodones de azúcar. Lulú, al verme tomar la micro con el dinero que le pidiera prestado, recortó con sus manos mi retrato hablado y lo pegó en el espejo de su recámara. Lo supe al levantar el auricular del teléfono para escuchar cuántos mensajes de voz había recibido. -

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Héroe CAPÍTULO DIECINUEVE ¿Cómo salir a la calle sin ser reconocido si el rostro de uno está en el inconsciente colectivo de toda una gran ciudad? Pero hay un resquicio al cual me puedo aferrar con total convicción: cuando uno sale a la calle lo más probable es que la gente diga: “Mira, se parece a…” antes de que digan; “Mira, es..” Cuando la gente afirme la primera opción, yo les diré: “Sí, yo soy tal…. ” y reiré un rato. Entonces la gente reaccionará: “No, este gallo no es, nos está bromeando”. Ahora, cuando la gente diga la segunda opción, no hay más que disimular y salir apretando del lugar. Qué le vamos a hacer. En esto pensaba de mañana cuando entré a un local de sándwich al paso de la calle San Diego. Pedí un completo con té. Le eché mostaza, kétchup y un poco de ají. Como el local estaba lleno, no me quedó más alternativa que sentarme en la mesa de un gallo de lentes, medio narigoncito, que vestía terno plomo. Mientras engullía una paila con huevos y un café humeante, leía el suplemento de un diario capitalino. - ¿Qué lee, amigo? – le pregunté- No, estaba leyendo los avisos económicos. Quería ver si había pega como consultor o alguna cosa parecida – me respondió. Batimos lengua por un buen rato. El contenido de lo que conversamos lo detallo a continuación. Había alcanzado un gran puesto político en una ciudad del norte del país. No quiso decirme específicamente qué ciudad. El “destino” (así llamaba este compad re a la fuerza sobrenatural que le ayudaba) lo había honrado con estudiar la enseñanza media en solo un año. - Eso no es una honra, sino una vergüenza – le indiqué.

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Roberto Flores Salgado Sin escucharme, prosiguió diciéndome que su partido lo propuso como candidato a concejal así como a las perdidas. Sacó cerca de tres mil votos. Por arrastre de pacto, quedó dentro del concejo municipal. Quien alcanzó la alcaldía era un viejito buena gente que logró sacar una votación histórica, cerca del cincuenta o el sesenta por ciento. Pero éste, aquejado por una dolorosa enfermedad (así llaman los siúticos al cáncer), falleció al poco tiempo de asumir. Los dos tipos participantes del pacto que por votación le seguían, aunque muy lejos, eran un tipo de la DC y él. Ambos debían asumir la alcaldía en dos periodos iguales. El tipo de la DC prefirió ser el primero en cumplir con el deber ciudadano. Mi buen amigo, nada de tonto, aceptó tomar el último periodo, sabiendo que así podría preparar más sabrosamente la campaña para las próximas elecciones. Durante el par de años que le correspondió ser edil, fue complaciente con todo el mundo: derrochaba simpatía, pavimentaba calles, organizaba festivales en las poblaciones, etc. En esas elecciones mató, tuvo cualquier votación. En las siguientes, también. Pero al pensar en el cuarto periodo, se vio enfrentado a la traición y a la envidia. Eso debilitó su campaña y sacó escasa votación. Un tipo de derecha ganó por amplio margen. Pudiendo ser concejal, no aceptó el cargo. - ¿Por soberbia? – le pregunté. - No – me respondió-, por simple cansancio. - Me parece raro – fueron mis últimas palabras antes de mordisquear la mitad de mi completo. Le pregunté si ahora estaba cesante. Me contestó que sí y que no trabajaba en su antigua pega por una cuestión de plancha. - ¿Cómo eso? 90

Héroe Claro – siguió -, lo que pasa es que antes era vendedor ambulante. Yo fruncí el ceño. ¿Un tipo que fue vendedor callejero, que hizo toda la enseñanza media en un año y que luego se dio el lujo de ser alcalde? ¿Tan mal estamos? - No me diga nada, amigo. Déjeme adivinar – le dije. Le apuesto que usted tenía problemas con la crítica. - ¿Cómo lo sabe? – pronunció extrañado. Yo seguí. - Y le apuesto que, cuando llego a ser alcalde, compró muchas cosas como autos y casas. - Efectivamente, señor, usted me asombra – siguió extrañado. - Y por último: le apuesto que tuvo desastrosos líos de faldas. Él abrió sus ojos como dos huevos fritos cuya yema está a punto de reventar por el fuego: - ¡Por mi madre, señor, me parece que usted es un adivino! El tipo se volvió rojo, actuó como si lo hubieran desnudado. Desde ese minuto en adelante, aquel político cesante empezó a abrir su corazón y me narró historias que, según él, nadie conocía solo yo. Por esta razón me pidió absoluta reserva, que no le contara a nadie o si no, en su ciudad podría quedar la crema. Cuando asumió su cargo como edil, solo poseía una casita que había comprado por el subsidio. Luego, aprovechando su puesto y sus contactos, sacó créditos y compró un par de propiedades y un buen auto. En sus rutinarias rondas por las oficinas municipales, conocía cada secretaria… 91

Roberto Flores Salgado - Usted sabe – me dijo - la carne es débil. Cuando se enfrentaba a problemas “embarazosos” y para solucionar a tiempo esas dificultades, le pagaba a las tipas para que viajaran a Tacna a hacerse una “operación” y… asunto arreglado. - Perdón, ¿me dijo Tacna? – le pregunté con inusitada curiosidad-. Eso queda al lado de… Se detuvo. Cambió bruscamente la conversación. - Bueno – prosiguió -, ahora estoy aquí, en la capital de mi patria, tomando contactos con algunos diputados y senadores para que me den alguna intendencia o gobernación, pero me ha ido un poco mal. - Tiene que seguir no más, pero es complicada su situación, más aún si usted no tiene estudios superiores – le señalé-. Los políticos como usted deberían reflexionar. No pueden seguir usando los puestos para darse la buena vida. No es justo. ¿Por qué le desvela tanto una gobernación o la intendencia? Puedo comprobar que es exclusivamente porque debe pagar deudas y no tiene dinero; entonces, la oportunidad para ganar harto dinero no haciendo mucho esfuerzo justamente es en la política. Amigo, usted me da asco… El tipo calló. Estuvimos varios minutos revolviendo el concho del té y limpiando con un trozo de pan, él, la paila y yo el completero. Al tipo le inquietaba algo. - Amigo, ¿le puedo hacer una pregunta? – me dijo en tono íntimo - ¿cómo supo que yo tenía problemas con plata, crítica mujeres? Ah, muy simple, le dije. Cuando un gallo llega a una posición sin una disciplina clara de vida, acortando camino, con arrogancia y en un lapso de tiempo breve, lo más 92

Héroe probable es que este tipo no sepa cómo actuar frente a estos beneficios. Se echará al bolsillo los valores, desconocerá las tradiciones y creerá que el mundo gira en torno a él. No basta que un tipo haya vivido en la pobreza para que cuando triunfe haga las cosas correctamente. Pobreza no es sinónimo de humildad. Generalmente, los tipos que se esfuerzan, que aman la vida, son ordenados, que creen que los valores son eficaces, cuando llegan a la cima no falsean, simplemente actúan de acuerdo a lo que han ido aprendiendo en la vida. Recuerde usted el caso del dictador Nicolae Ceausescu. Él nació en el campo, pero al llegar a la ciudad y enfrentarse al nuevo sistema, fue trepando con intenciones equivocadas, no para ayudar sino para aprovecharse de los beneficios del poder. Se echó al bolsillo si condición de proletario. Ya ve usted cómo terminó. Lo que usted puede hacer es estudiar, si es que quiere vivir sin sobresaltos económicos. Depender de los favores de los demás políticos es como cuando los equipos de fútbol no dependen de su buen juego y de sus goles, sino de las posibilidades matemáticas para clasificar a un certamen. Quienes piensan acceder a triunfos de esta forma están destinados a ser siempre mediocres. Me despedí del político y éste me dio las gracias. La acción me enfureció. Tomé el envase de mostaza y se lo lancé a la cara.

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Roberto Flores Salgado CAPÍTULO VEINTE Hoy instalé una bomba de humo en una financiera de la calle Moneda. Las financieras son las que otorgan falsa prosperidad a millones de personas. Deben desaparecer. ¿Cómo fue la hazaña? Permítanme narrar los hechos. Caminaba por el centro plácidamente. En la Plaza de Armas había la chorrera de cesantes sentados en los bancos, conversando entre ellos, levantándose el ánimo. Entonces, empecé a meditar. Por un lado Chile es un ejemplo de las economías de América Latina. Se habla de crecimiento económico, de la alta tasa de inversiones extranjeras, de las exportaciones de productos como la madera y las frutas. Pero el papel puede aguantar mucho. Vean la brecha entre ricos y pobres. O tal vez la gente que trabaja en las calles. O quienes viven comprando a futuro, formando bolas de nieve que se les transforman luego en avalanchas. Uno de estos agentes del diablo, pensé, son las financieras. Vean ustedes qué estrategias de marketing. Sus anuncios aparecen en el diario, en la televisión, en la radio, en los paraderos. Quizás muchos cándidos crean que esos espacios se los regalan porque son instituciones benéficas; son tan buenas que prestan plata, todo lo que uno quiera, a las cuotas que uno estime conveniente, es todo tan bonito. Llego a sus oficinas y tres buenas mozas ejecutivas me disputan. Me creo todo un galán, me siento en cómodos sillones, me preguntan “¿Cuánta dinero va a querer?” y a mí, que estoy en el cielo, se me enreda la lengua y las hormonas empiezan a bullir y me hago el macanudo, el interesante, el que tiene estatus y ¡zas!: lanzo una cifra exorbitante. Lo cierto es que luego deberé pagar hasta el doble de intereses y aun más. En cada boleta de pago aparecerán cobros como “interés mora”, “ajuste de sencillo anterior”, “reajuste IPC”, 94

Héroe “seguro contratado”, etc. Y por no hacerme mala sangre, pago igual. ¿De dónde sacan tanto dinero para publicidad, para pagar oficinas céntricas, para cancelar sueldos de hermosas mujeres y, más encima, para obtener utilidades? Claro, de los intereses usureros que cobran. El negocio es redondo. La sociedad está viviendo, a través de estas instituciones, una vida de falsa prosperidad. Las casas están colmadas de televisores, lavadoras, minicomponentes, cocinas, refrigeradores, computadoras, entre otros, así como llenas también de deudores. Con la plata que los usuarios han pagado en intereses, perfectamente se podrían haber comprado tres unidades de cada artículo. Mis compatriotas son desordenados. Se le puede estar cayendo la casa a un compadre, pero he aquí que compra un televisor de 60 pulgadas, un microondas último modelo o cualquier estupidez que se le ocurra, ya que no está acostumbrado a ver plata en su mano. Hay que deshacerse de ella, al menos por costumbre. Más de la mitad de mis compatriotas está metida en estas malditas casas de perdición. Cada fin de mes es un infierno, el sueldo es para puro pagar. Qué vida de perros. Por las razones antes expuestas, escogí una financiera para llevar a cabo mi acto de protesta. La idea no era hacerme famoso. Eso me produce náuseas. Quiero que mis compatriotas puedan vivir tranquilos y construir un mejor país. Bueno, odio la cursilería. Vamos al grano. Compré una pelota de ping pong en el quiosco de un ambulante. De la basura recogí papel de cigarro. Me senté en una banca de la Plaza de Armas y empecé a partir la pelota con un fierro que encontré botado cerca del monumento al indio. Los pedazos los volqué en el papel extendido. Luego 95

Roberto Flores Salgado apreté el papel formando una bola levemente más pequeña que la pelota original. Me levanté y me dirigí a la oficina que debería comprobar mi estúpida huella. Esperé cerca de cuarenta minutos. Tal como yo lo previera apareció deambulando por el lugar un perro terrible de feo, mezcla de doberman, pastor alemán, policial y dálmata. Le mostré mi palma, ante lo cual reaccionó lamiéndola. Le hice cariño y le di un dulce que había comprado antes de tomar la micro. Traté de nominarlo, sin embargo, no respondía a ninguno de los nombres que pronuncié fuerte cerca de sus orejas: Pinocho, Capitán, Nerón, Oso, Mamo, entre otros. Al final respondió a un nombre que encontré estúpido y que lancé al azar en un momento de impaciencia: “Plata”. “Guau, guau”, me respondió. En ese instante, comprendí que mis planes se realizarían tal cual los había imaginado. Dejé que Plata terminara su merienda y me dirigí al primer local donde vendieran churrascos. Compré un par. Luego esperé que en la calle apareciera un junior que amenazara con visitar las oficinas de la financiera. Un tipo de terno viejo, peinado a la gomina y parecido al exministro Francisco Javier Cuadra, dirigió sus pasos al lugar en cuestión. Lo intuí a media cuadra. Fui por detrás y le coloqué los churrascos en el bolso con documentos que colgaba de su hombro derecho. Corrí donde Plata, tomé la pelota plateada, la amarré a un cabo del hilo que guardé en mi bolsillo. El otro cabo lo pendí de la cola de mi adorada mascota. Saqué un encendedor y prendí la bola. Moviendo mis dedos, hice que Plata siguiera los deliciosos churrascos que llevaba el tipo que ya subía las escalinatas de la agencia. A Plata se le despertaron los sentidos; entró junto a nuestro ignorante cómplice a la financiera. Las puertas 96

Héroe transparentes se cerraron y enseguida yo saqué un alambre y amarré las manillas una a otra. Desde el otro extremo de la calle pude observar el buen cometido de mi perrito obediente: se quedó inmutable hasta que la bola de papel plateado y los trozos de pelota de ping pong empezaron a humear con furia. Luego, sin estar ni ahí con el humo, saltó en dirección al junior y extrajo con su hocico los churrascos, que hicieron que sus labios de perro hambriento chorrearan baba como una vertiente. La gente que estaba adentro de la oficina reaccionó con total espanto: algunas señoras se desmayaron, otras salieron corriendo. Al encontrarse sin salida, golpearon con tanto pavor las puertas de vidrio grueso, que éstas se hicieron trizas, pero no provocaron orificios de tamaño gigante como para que pudieran escapar por allí. Llegó la policía, los bomberos, la ambulancia. Los curiosos se congregaron alrededor del lugar. La prensa, siempre ubicua, procedió a enviar despachos. Fue todo un incidente. Aprovechando que las llamadas a los teléfonos de emergencia son gratis, disqué el 133. Me atendieron de inmediato. Les dije a los carabineros que el motivo de todo lo que aconteció fue llamar la atención del país. Las financieras deben desaparecer. Pero sin la cooperación de mis compatriotas, es imposible. Que decidieran ellos si seguían con esta extraña manifestación de masoquismo. - Muchas gracias, mi cabo – me despedí. Corté y me abrí paso entre la gente. Tomé una micro y fui a casa.

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Roberto Flores Salgado CAPÍTULO VEINTIUNO Hoy fuimos al zoológico: Lulú, Anita y yo. Por primera vez observé a Lulú con ojos distintos: ya no era la niña medio fácil que pensé podría ser cuando la conocí. Era, en realidad, muy noble. Pero lo que más me llamaba la atención de esta chica de veinte años era la manera cómo daba cariño en cada gesto a Anita. Si el amor se contagia y es como una pulmonía, parece que me estaba resfriando de amor. Anita, por su parte, estaba bella, con sus trencitas, con su vestidito dominical, con sus zapatos de charol, con su cartera de Disney. Nunca visitó el zoológico; ésta era la primera vez. Olvidé que había tratado de robar treinta mil pesos. En ese momento sentí algo que no puedo definir con letras. Me asusté: iba contra mis principios. Compramos palomitas de maíz, pagamos la entrada y con total relajo caminamos hacia las jaulas. Aposté a Anita si ella era capaz de imitar a los animales que íbamos visitando. Primero fue el chimpancé. Yo arqueé las piernas y los brazos, puse mi lengua sobre los dientes delanteros y cerré la boca. Caminé encorvado, rodeando a Anita y a Lulú. Ambas rieron. Luego fue el turno de Anita. Hizo lo mismo. Lulú también se animó; reímos de buena gana. Algunos animales no son tan característicos en sus movimientos: es el caso del elefante, la jirafa, los leones. De ellos sólo imitábamos los sonidos. Quedamos roncos de tanto gritar como bestias. Mientas Anita recogía hojas cerca de los árboles que existen en el parque de los animales, Lulú y yo nos sentamos en una banca. El día estaba ligeramente nublado, pero justo en ese pedazo de tierra los rayos del sol caían rectos, como en las películas bíblicas cuando hablaba Dios, representado en los halos de sol que traspasaban las nubes gruesas. 98

Héroe Lulú me preguntó cómo estaba. Le respondí que bien, pero que las cosas habían sido muy distintas cuando le revelé el secreto de mi labor a ella y la sociedad lo supo. Ciertamente me atormentaba la idea de que me descubrieran. Eso echaría por tierra todos los planes que con tanto tesón construí para cambiar a mi patria. Ya no podría ser héroe y eso me entristecía un poco. Podría ser célebre aun cuando me entregara a la justicia y cayera preso. Podría dar entrevistas a los periódicos y escribir tal vez un libro. Pero reafirmo mi posición de odiar las luces y la fama. Definitivamente no va conmigo. Prefiero ser libre desconocido a famoso pero títere del rating y las personas. Lulú me advirtió que no me asustara. Investigaciones había ido hace dos días a la casa. Me buscaban. Le preguntaron qué era ella para mí. Ella, obedeciendo mis órdenes, les respondió que era mi polola. Pero que no conocía mi dirección ni mi teléfono. Era una relación un tanto peculiar. Los detectives rieron. Dijeron que en cualquier momento se dejarían caer y esta vez sería para apresarme. - ¿Por qué lo buscan? – consultó antes de que se fueran - Es el famoso JUSTICIERO. No me diga que no ha conocido las historias infladas que los periódicos han escrito sobre él - respondió uno de los tiras- Le estamos siguiendo el rastro al igual que los carabineros, pero nosotros lograremos apresarlo, no esos ineptos. Luego se marcharon. Ayer aparecieron los carabineros. Era una pareja. La mujer golpeó la puerta. Ambos saludaron. Lulú los hizo pasar. Preguntaron por mi nombre. Mi polola se los dio, pero les expresó que no conocía mis apellidos, ni mi 99

Roberto Flores Salgado dirección o teléfono. Eran las palabras que dijo también a la Policía de Investigaciones, concluyó Lulú. - Esos papanatas y buenos para nada, lo único que hacen es tomar la pega que nos corresponde a nosotros. Ya van a ver los muy necios – dijo enfáticamente el cabo que acompañaba a la paquita. Luego de anotar algunas palabras en sus libretas, salieron de la casa conversando entre ellos acerca de sus rivales de la policía. Lulú se puso a llorar luego de recibir estas visitas. Acaricié su rostro sin quererlo. Me pegué la escurrida y saqué inmediatamente mi mano, pero ella la sostuvo y la dejó estacionada allí. Yo bajé la vista, avergonzado. Le dije que no se preocupara por mí y mientras ella hablaba, los rayos del sol que caían iluminaron mi mente un tanto confundida. Fragüé un plan que mantendría en secreto para no involucrar a Anita ni a ella. Bajamos el cerro. Anita estaba muy contenta. Me gustó verla así; corría alrededor de nosotros, jugaba con los flecos de su vestido rosado haciendo remolinos, intentaba cazar mariposas con sus pequeñas manos. Todo era una fiesta para ella. Luego de unos minutos, cuando ya llegábamos a la ciudad, abrazó a Lulú a la altura de su cadera y me dijo: - Yo amo a mi mamá Lulú. Los ojos de mi polola empezaron a lagrimear con profusión. Tomé las manos de ellas y caminamos unos veinte minutos hacia el paradero. Algo estaba sucediendo en mi corazón y, por vez primera, no puse objeciones.

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Héroe CAPÍTULO VEINTIDÓS Hoy fui a la Alameda y me ubiqué detrás de la Llama de la Libertad, en el Paseo Bulnes. Desde allí llamé por teléfono a carabineros: - Buenas tardes, soy EL JUSTICIERO. Seré breve. Quiero entregarme en forma pacífica. Estoy frente a la Llama de la Libertad. Vengan a la una en punto. Si ustedes no están aquí a esa hora, y con una comitiva de cien carabineros, no se materializará mi entrega. Otra condición es que cierren la Alameda, desde Morandé hasta Teatinos. Nos vemos. Seguro que los pacos alertaron a todos los medios de prensa pues a los cinco minutos, mientras algunos carabineros cerraban el tramo, los móviles de prensa ya realizaban los primeros contactos con sus respectivos centros de noticias. Pero antes de que esto ocurriera, llamé a la Policía de Investigaciones: - Señor, le habla EL JUSTICIERO. Le explico. Quiero entregarme a la justicia. Sé que me buscan y no quiero vivir al margen de la ley. Los estaré esperando en la Alameda, frente a la llama de la libertad, a la una en punto. Ahí pueden apresarme con total seguridad. Si llegan después, perderán la oportunidad. El último encargo: lleven una escolta de cien detectives, quiero asegurar mi integridad. Hasta luego, gracias. Cinco para la una, tanto carabineros como Investigaciones esperaban; los primeros en el extremo que da a la Universidad de Chile, los segundos en el extremo que termina en la Estación Central. Tres para la una decidí salir de mi escondite, detrás de un árbol y me dirigí con paso muy calmado hacia la huella de la 101

Roberto Flores Salgado avenida que estaba ya cerrada. Me ubiqué solo, justo en el centro. En ese instante, las cámaras fotográficas empezaron a disparar sus ráfagas de flashes sobre mi cuerpo. Me cubrí el rostro. Los carabineros tenían estrictamente prohibido cruzar las rejas de contención que yo había solicitado para entregarme en forma pacífica. Una multitud se congregó tras las rejas. Santiago se paralizó por unos minutos. A la una en punto un comandante de carabineros empezó a caminar hacia mi persona desde mi derecha, así como un subprefecto de Investigaciones se dirigió a mí desde la izquierda. Ambos cuerpos del orden y seguridad observaban expectantes, tratando de actuar a la mínima orden de sus respectivos mandamases. - Buenas tardes, señor JUSTICIERO – dijo el carabinero con voz marcial-, estamos aquí de acuerdo a sus requerimientos. Se dio cuenta de que el subprefecto había llegado. Le hizo una reverencia y continuó. - Acompáñeme, nuestro furgón lo está esperando. Me tomó del brazo, me movió un poco. Saltó el detective, me sujetó de la otra ala: - Perdón, comandante, hemos llegado a un trato con el señor JUSTICIERO. Nosotros debemos llevarlo. Caballero, vamos, nuestros jeeps son más cómodos que las picanterías que poseen los carabineros. El paco se molestó. Me soltó y llamó al tira. Dialogaron a unos cinco metros delante de mí. Seguro no querían que yo escuchara, pues hablaban en voz baja, pero con furia. Parecían ignorar que los camarógrafos y los gráficos de los periódicos abrían sus lentes a full y estaban perpetuando esta disputa muda, pero evidente.

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Héroe No sabría decir quién golpeó primero, pero lo cierto es que ambos, carabinero y detective, se trenzaron en una feroz riña de combos y patadas. Olvidaron sus uniformes y la diplomacia entre instituciones. Se agarraban, se hacían trizas sus camisas, sus caras enrojecían y contraían, temblorosas. Cayeron al suelo. Se revolcaron dos metros de ida, dos metros de vuelta. Luego se pararon y se observaron frente a frente. Los vértices de sus bocas despedían sangre tibia. Sus peinados circunspectos se habían desarmado grotescamente. Cada cual tenía en sus espaldas a sus respectivos hombres, que habían avanzado de los extremos al escenario, procurando defender a sus jefes. Entonces, ambos, en un gesto extrañamente coincidente, alzaron sus diestras y gritaron enfurecidos: - ¡Ataquen! Los que vi en ese instante fue la trifulca más grande, más dramática y sangrienta que me ha tocado presencias en toda mi perra vida. Doscientos hombres trenzándose a golpes, sacándose la mugre, desgarrándose ropas, pateándose en el suelo, vomitando dientes, orinando de dolor. Los civiles que presenciaban no quedaron ajenos a esta batalla campal: se sumaban al cuerpo de carabineros o al de investigaciones, según eran sus simpatías. Los medios de comunicación transmitían en vivo y en directo todos estos acontecimientos. Luego de media hora de lucha, los camiones del ejército llegaron al lugar, arrestando a cada uno de los integrantes de este horroroso pugilato. Lo bueno es que, en medio de estos hechos, salí gateando entre las piernas de mis eventuales captores, caminé hacia el Paseo Bulnes y observé por televisión, sentado, tomándome un café en un restaurante, esta muestra de violencia y animadversión que existe en los cuerpos de orden de mi país. 103

Roberto Flores Salgado Por eso lo cuento con total tranquilidad, aunque lamento haberlo provocado.

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Héroe CAPÍTULO VEINTITRÉS Soy ídolo de los punkies, los trash, los rastas, los góticos, los poperos y los románticos. Admiran mi parsimonia y creatividad. Han comprado todos los suplementos de diarios que han aparecido con mi historia. También el poster en el cual aparezco tapándome la cara, esa vez que rescaté al suicida en el edificio de la Telefónica. Eso lo supe viendo las noticias de la tele en la mañana. También me enteré de que mi casual mascota Plata va a filmar dos comerciales y una serie de televisión. Pero lo único que quiero – y hablo con sinceridad- es que dejen de hablar estupideces y se interesen por temas realmente trascendentes. En estos días me he preguntado cómo hacer para sacarme de encima esa batahola de gente que quiere saber de mí. No odio a la gente, pero odio la morbosidad que hay en ella. Esa estúpida manía de preocuparse de las vidas ajenas y no mirar el metro cuadrado que tienen delante de ellos. Contra todos mis pronósticos descubrí, de manera casual, la solución al dilema. Las noticias dicen que EL JUSTICIERO ha actuado en distintas ciudades del país, de modo casi paralelo. Por ejemplo en Antofagasta. Dos desconocidos narcotraficantes aparecieron colgados de los brazos en la plaza. Un cartel que pendía de un árbol ahorraba comentarios: “Con estimación y gratitud a la bella ciudad de Antofagasta. EL JUSTICIERO”. En Arica, al día siguiente, el Cristo de bronce que está arriba del morro apareció con la cabeza pintada. Le dibujaron una contracara bonita. El epígrafe escrito en la base de concreto decía: “Para la otra manden a hacer un mono no tan cabezón y con la nuca más artística, no como la que tiene ya que desde atrás la estatua parece El señor de las Moscas, y no es chiste. EL JUSTICIERO”. 105

Roberto Flores Salgado En Valdivia, a las seis de la tarde de ese día, flotando en las aguas del Calle Calle, la policía encontró a una pareja de adúlteros amordazados. Aunque sobrevivían, los pobres estaban más machucados que membrillo de colegial. Flotaban gracias a una cámara de neumático de camión en cuya superficie se leía en letras blancas: EL JUSTICIERO. En La Serena, el día siguiente, apareció un agente de una conocida financiera, luego de haber sido raptado por una hora. Quienes lo plagiaron, sin pedir rescate, lo dejaron en la pileta de la Plaza de Armas. El agente estaba disfrazado de saltimbanqui. En su gorrito de colores llevaba banderitas que decían: EL JUSTICIERO. Esto, en vez de perjudicarme, me favoreció: era imposible que un solo hombre pudiese haber cometido tales actos. Aquéllos no poseían conexión entre sí, salvo claro está, por la firma aparecida en cada uno. Esto desconcertó a la policía y a los medios de comunicación. La gente cayó en una psicosis colectiva. Todo Chile empezó a hacer de EL JUSTICIERO una leyenda y le achacaban todo acto justo y noble que sucediera. Por eso creo descartaron seguirme la pista tan de cerca. ¿Cómo un tipo tan ordinario como yo, flacuchento y común podía cometer todo este tipo de “atrocidades” en contra de quienes se “equivocan” (hay mucha formas bonitas de nominar a la maldad), en lugares tan lejanos y al mismo tiempo? Analizo lo que pasó con el Chupacabras. Primero empezó con unos rumores en Calama. Allí aparecieron muertas unas pocas cabezas de ganado. Enseguida en el sur aparecieron muertas unas gallinas. En la carretera de Iquique hacia Arica, a unos tipos se les tiró al camión un monstruo deforme. De ahí las historias no pararon. Se hacían retratos 106

Héroe hablados de la bestia, se lo relacionaba con los ovnis, se conversaba de él en los programas de televisión, fue tema obligado para los humoristas. La gente veía en cualquier cosa al Chupacabras; se tejieron teorías más similares a los cuentos de García Márquez que a los estudios de la National Geographic. Luego de unos meses, el famoso Chupacabras nunca más apareció. Las aguas se aquietaron. La prensa esgrimió otros temas para vender. Qué tal. Así sucederá con mi historia, estoy convencido. Por eso no dependo del aplauso. Confiar en él es como si Jesús hubiera confiado en las palabras: “¡Hosanna!” que gritaba la gente a su favor, ya que esa misma gente fue la que gritó, una semana después: “¡Crucifíquenlo!”. Así es la fama. No sé por qué cresta muchos la buscan. Mejor vivir tranquilo, sin sobresaltos, libremente. Aprovechando esta tregua, me dirigí en la tarde a la población La Legua. Bajé justo frente a una sede social. Un extraño presentimiento me dirigió allí. Salió una señora que tenía un cartel de fotocopia que ubicaría en una de las ventanas del local. La observé y mi mirada la alertó. Me preguntó si podía ayudarle a pegar el papel. Éste decía: “Se suspende hasta nuevo aviso la reunión que Fosis iba a tener a las 18:30 hrs. Gracias”. Antes de que ella lo pegara, tomé la mano de la señora y le dije: - La reunión no se suspenderá. Debo decirle algo a los vecinos. - ¿Es usted del Fosis? – me preguntó. Le dije que pertenecía a una agrupación similar. No le revelé que a la de los héroes. - Pero, ¿de qué hablará? 107

Roberto Flores Salgado Le respondí que de microeconomía y las bases para una organización más efectiva, tanto en la vida personal como en la laboral y social. La gordita abrió sus ojos, asombrada. Por fin los vecinos escucharían algo nuevo, no esa basura que estaban acostumbrados a oír, cuyo propósito era enriquecer a los tipos de las ONG y solo dar placebos a las bases. La señora habló. Haría trizas el papel y convocaría, en esos veinte minutos que quedaban, a los vecinos de alrededor, usando un megáfono que tenía a mano. Yo lo acompañé por las calles. Varios niños se fueron sumando a nosotros. Al retornar, comprobamos que los pobladores comenzaban a colmar el recinto. Al presentarme, la señora no supo qué decir. Le dije al oído mi primer nombre. Nada más. La gente estaba expectante. Me ubiqué en medio del pequeño espacio que servía de escenario. Empecé contando la historia del vaso: “Una mamá dijo a sus hijos: dejé un vaso en el comedor. Ve tú primero, Juanito, luego me indicas qué viste. Fue Juanito. Ahora va a ir Pedrito. Fue Pedrito. Díganme qué vieron, dijo la mamá. Juanito, muy cascarrabias, dijo: - Lo único que vi fue un vaso medio vacío. Pedrito, alegre, dijo: - Yo vi un vaso medio lleno”. Les expresé a los vecinos que ambos niños de la historia habían visto el mismo vaso, pero la diferencia estaba en el modo en que interpretaron la información Juanito era pesimista. Pedro, muy optimista. - El problema no está en el paisaje, vecinos, el problema está en los ojos con que miramos ese paisaje – concluí.

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Héroe Luego les hablé que me parecía estúpido que en el país se invirtieran millones y millones pagando a economistas para que se preocuparan solo de la macroeconomía, es decir, de la economía vista en el ámbito de empresas y cifras de más de seis dígitos. Una, porque estos números eran perfectamente inflables y otra, porque no afectaban directamente, sino de manera tangencial, al común de la gente. Lo que debería ser política de estado, a mi modo de ver, era llevar el tema de la economía al común de las personas, lo que yo denominaba “microeconomía”. Ésta tocaba al menos tres puntos: 1) El plano motivacional: inyectar optimismo y visiones renovadas a las personas. El éxito está a las puertas, pero hay que ir e invitarlo. Sólo esforzándonos lograremos las metas propuestas. 2) Mayordomía eficaz: Nada conseguimos con que los índices de crecimiento estén bien si es que el padre de familia o la madre son desordenados en la distribución. Aquí debe haber una escala de propiedades. He conocido a personas que tienen tres televisores, pero apenas pueden pagar el agua y la luz. Actualmente se vive solo para pagar, y eso está malo. Nos hemos vuelto tributarios de las financieras. ¿Se acuerdan que en la Edad Media los campesinos le debían lealtad a los señores feudales y estaban obligados a darle, de por vida, el fruto de sus tierras? Hoy en día parece que se repite el cuento: nuestras cuotas son igualmente perpetuas y debemos lealtad aunque no por convicción personal sino porque le tememos- a un invasor cuasi omnipresente llamado Dicom. No nos metamos en más créditos. Si es 109

Roberto Flores Salgado necesario vivir modestamente para ahorrar y comprar algo útil, nuestras mentes quedarán tranquilas de que por lo menos no les estamos regalando intereses a esas bestias insaciables. 3) Lo espiritual: muchos piensan que este plano es una mera tontera. Las caricaturas de los religiosos, creo, han favorecido esta imagen. Pero quiero ser pragmático. ¿Importa si un tipo es respetuoso y recto en una empresa? Claro, ese tipo no va a tomar lo que no le corresponde y va a evitar hacer pasar malos ratos a sus jefes y compañeros. ¿Importa si un sujeto tiene fe y trata de cumplir los mandamientos que dicta dicha fe? Claro, pues va a querer llevar una vida de virtud, apartada de los vicios. “Veamos a éstos, los antivalores, como los peores enemigos de nuestro orden interno y externo. Si un tipo es dado al trago, es obvio que se va a gastar la plata en copete, la misma que puede invertir en otros gastos como alimentación y vestuario. Igualmente, si un tipo es dado a visitar cahuines, seguro que va a gastar plata y va a pasar malos ratos en su casa con su mujer y consigo mismo. Igual con otros vicios como la pasta, la yerba y el zaque. Todo esto genera desajustes en nuestro presupuesto. En síntesis: cada vicio implica, en mayor o menor medida, un gasto de dinero que podría ser destinado a cubrir otros ítems del presupuesto familiar. El tema de los valores es fundamental cuando hablamos de nuestras metas. Para algunos es sólo obtener cosas materiales. Si usted piensa así, lo siento, su vida se teñirá de una odiosa e insoportable codicia que nunca le permitirá estar satisfecho. Trate de que sus metas sean más trascendentes. No confunda medios con fines. Tener cosas materiales es un medio para 110

Héroe tener comodidad, pero no el fin mismo. Valore las cosas simples de la vida, que son casi siempre gratuitas. Piense que el dinero no hace la felicidad. Cuando lo crea, comprobará que ésta no está al final, en la meta, sino que es parte del camino (aplausos). Para finalizar, quiero decirles que la globalización nos está restando el sentimiento de la solidaridad característico de las familiar o grupos pequeños. Piensen ustedes que nuestro país, en los momentos difíciles, ha unido a sus hijos, quienes en esos instantes olvidaron todos sus atados y dramas. Recuerden el año 85, el terremoto. Ustedes saben lo peludo de esa época: protestas, Chile dividido, pobreza, etc. El terremoto vino a ser la guinda de todo este postre. Sin embargo, nosotros, seres humanos, vimos esa catástrofe como una forma de ayudar al prójimo. Olvidamos nuestras posiciones políticas y tomamos una pala, donamos alimentos no perecibles y, junto al guatón Francisco, salimos a ayudar. Lo mismo sucedía con los damnificados por las lluvias. Vean que cada problema que surge entre ustedes es una oportunidad. Una oportunidad para ayudar. Gracias”. La gente saltó de sus asientos, comenzó a aplaudir, enfervorizada. Yo, que no esperaba esa reacción refleja de la multitud, atiné a observarla, imperturbable. Luego salí del salón. El gentío me siguió. Querían hacerme su rey, su Mesías, su próximo diputado. Caminé cinco minutos sin un rumbo definido, al cabo de los cuales observé hacia a tras: el piño me seguía a unos tres metros, silencioso, para que yo no me enterase. - ¡Váyanse, idiotas, el cambio está en ustedes, no en mí! – le grité. Uno de ellos, al escuchar, actuó como si hubiese recibido una revelación divina. Alzó la voz: 111

Roberto Flores Salgado - ¡Vecinos, es EL JUSTICIERO! Seguro había leído el libro: “EL JUSTICIERO HABLA”, publicado por una editorial transnacional. La tropa de vecinos atinó a correr tras la declaración funesta del individuo. Me persiguió como por dos o tres cuadras, hasta que decidí parar y agarrar un par de peñascazos que lancé ciegamente hacia atrás. Al llegar a casa y encender la televisión, me enteré de que los piedrazos habían dado en la frente de un jubilado y en la mandíbula de una jovencita de veinte años. Lo más curioso es que no se mostraban molestos ni ofendidos, todo lo contrario: agradecían al JUSTICIERO que les hubiera dado la honra de ser castigados por él. Apagué la luz y dormí.

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Héroe CAPÍTULO VEINTICUATRO Hoy, al despertar, me acordé de Lulú. Coincidió en que el día estaba despejado y un rayo de sol penetraba desde la ventana hasta mi almohada. Ya no me asustan esos pensamientos. Diría que en un comienzo creía que traicionaba a mi madre. Toda mujer que conocía pasaba por su censura. No es que las llevara a casa y se las presentara a mi madre y luego ella dirimiera si deseaba que fuesen mis amigas o no. El asunto operaba de la siguiente manera: conocía a una tipa, la invitaba a comer una sopaipilla (el caso de Lulú fue la excepción) y dirigía mis ojos a los de ella. Luego conversaba. Pero mi mente estaba en otro lugar. Pensaba qué opinión le merecería a mi madre esta mujer que tenía enfrente de mí. Ineludiblemente todas eran demasiado huecas, o demasiado infantiles o locas, sueltas o lo que fuera. La voz de mi madre en mi cabeza me atormentaba, pero sólo en ella sentía amor. Por eso acariciaba una y otra vez esos pensamientos pesimistas que me condenaban a quedar finalmente solo, situación que ya había logrado aceptar. Pero siempre hay momentos para cambiar la historia. Yo no sé qué es enamorarse. En ciertas ocasiones miro a las parejas que se besan, caminan de la mano, conversan al oído y todas esas huifadas. A veces, esas costumbres me parecen estúpidas. ¿Qué sacan las parejas con todo esto? Son muestras de cariño, me dirán. Entonces, ¿por qué las mamás no les dan besos con lengua a sus hijos? O ¿por qué los abuelos no les piden pololeo a sus nietos? Hay momentos en que me cierro y no puedo entender ciertas costumbres. Pero ellas están ahí, antes que yo, así que no valen mucho mis cuestionamientos.

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Roberto Flores Salgado Lulú es una mujer especial. Decir esto hace un par de meses atrás habría sido una herejía para mis labios. Me gustan sus rodillas, el dorso de sus manos, el lóbulo de sus orejas, los remolinos de su pelo. Yo no sé si es bonita. ¿Qué es lo que determina la belleza en una persona? ¿Bajo qué cánones calificamos la hermosura? Por eso no sé si es bella. Me gustaría regalarle una botella. También una mata de ruda. Luego, un kilo de azúcar. Todos los imbéciles siempre les regalan lo mismo a sus pololas. ¿Por qué no cambiar? Estoy cansado de ver a los papanatas enamorados que lo único que regalan son bombones, flores o joyas. Debo confesar que en ciertas oportunidades me invade un pavor estrepitoso. Eso hace que no llame a Lulú. Todo porque pienso que, de un día para otro, ella ya no sentirá lo mismo por mí, que una noche irá a dormir y al despertar mi rostro le sabrá indiferente. Y si eso no ocurre, mi gran temor es invitarla a la casa y que huela mis calcetines, o entre al baño, después de haberme sentado y me quiera dejar por mi pestilencia. Pero al parecer son estupideces, porque no conozco a nadie que defeque fragante o tenga las patas olor a lavanda. Todos somos hediondos y deben aceptarnos tal cual somos. No sé con certeza si estoy enamorado, aunque sé que definitivamente está pasando algo en uno de los alvéolos de mi frenético e inquieto corazón. Me he propuesto el plazo de un día para decidir el camino que debo seguir en esta relación con Lulú. Creo que el amor no es solo algo sentimental. También implica voluntad. Yo puedo decidir si amar o no amar. Se me hace pensar que los hombres y las mujeres en la actualidad, le den tantos privilegios a las emociones y sentimientos. Éstos son unos verdaderos dictadores que hacen lo que quieren con la vida de las 114

Héroe pobres personas y los causantes de innumerables fracasos en las relaciones de parejas en mi patria. Llevamos a cabo aquello que sentimos en el momento (alimentado por nuestros cinco sentidos), pero no lo que sabemos que debemos hacer por convicción. Si yo me moviera por sentimientos en el plano laboral, si una mañana no me dan ganas de ir a trabajar, debería llamar al trabajo y conversar con el jefe: “¿Sabe qué, je fe? Hoy no iré a trabajar porque no siento ir a trabajar”. Todos vamos a la pega porque debemos ir a la pega y punto. Así también deberíamos asumir el compromiso del matrimonio. Estar junto a nuestra pareja porque así lo hemos decidido y si hay problemas los solucionamos porque es nuestro deber. Luego de pensar, decidí hacer una tarjetita para regalársela a Lulú. Tomé una cartulina, la corté en un rectángulo y la doblé. Enseguida, dibujé un corazón. Pero no era un corazón como el del Chapulín, aquel con dos cerritos y punta hacia abajo. No. Ésta era con forma de puño. Le dibujé venas, aortas, arrugas y unas gotas de sangre. Abajo dibujé un hígado y una tripa en su costado. Con eso quiero expresarle que estoy sintiendo algo por ella. Yo sé que nunca se usan esos dibujos, pero no me importa. Adentro copié un poema de Juan Luis Martínez. No era de amor. En realidad, no sé de qué diantres era, pero poema al fin y al cabo. Puse la tarjeta en un sobre y deseé que llegara mañana para entregársela. Luego me acosté. En vez de contar ovejas para dormirme, conté jotes de colores.

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Roberto Flores Salgado CAPÍTULO VEINTICINCO Hoy mataron a un compadre que protestaba en su empresa. Un bus que iba con trabajadores que no estaban en huelga, pasó encima de él y otros gallos. El pobre murió en el lugar. El resto resultó herido. Quien los mató no firmó como EL JUSTICIERO. Menos mal. Todos dicen que el chofer tiene la culpa. Pero éste dice que recibió instrucciones con celular. ¿Quién las dictaba? Seguro que un ejecutivo de la empresa. El funcionario involucrado en este confuso incidente le echó la culpa al celular. El celular delató a una conocida empresa de telecomunicaciones. Esta empresa se desquitó con el gobierno. Lo acusó de extremar las normas en cuanto a los límites que deben poseer las antenas de telefonía móvil. El gobierno, ni tonto ni perezoso, fijó sus ojos en la modernidad del siglo XXI. La modernidad sacó a relucir al inventor de los teléfonos celulares. Éste, arremetió contra sus predecesores, los teléfonos fijos y estos últimos contra su inventor, Alexander Graham Bell. El insigne creador, en conversaciones con el más allá, acusó al Creador del Universo. Yo descubrí las declaraciones de Dios leyendo esta tarde la Biblia de mi difunta progenitora. Él decía que la culpa de todo y raíz de todos los males es el amor al dinero. Creo que es una gran verdad. Luego recorrí las calles cercanas a mi morada. Vi rostros tristes esta tarde. Todos conversaban sobre la muerte del trabajador. - ¡Y eso que luchaba por un reajuste de quince mil pesos! – decía una señora de la frutería, mientras observaba el avance noticioso de la televisión. Me quedé allí y escuché las declaraciones de los testigos. Éstas eran como sigue: 116

Héroe Alrededor de un centenar de trabajadores protestaban afueras de la fábrica de bicicletas en la cual laboraban, cerca de las 8:30 de la mañana. A esa hora apareció un bus con funcionarios de la empresa que no habían adherido a la huelga. Los manifestantes, tratando de impedir el paso de la máquina al interior del recinto, formaron una barrera humana, tomándose de las manos. El bus esperó unos minutos. - ¡Tenemos que marcar tarjeta; si no, nos van a descontar los minutos! – dijo uno de los trabajadores que viajaba en la máquina. - Pero están estos compadres en la pasada – respondió otro. - ¡Es que vamos a quedar todos de irresponsables, no quiero manchar mi hoja de vida! – gritó un tipo que estaba sentado en el asiento cuarenta y dos, a un costado del baño asqueroso. Algunos dicen que el chofer llamó a los ejecutivos; otros, en cambio, aseguran que no existió tal llamada, sino que el conductor quiso mostrar su celular porque recién lo había comprado y deseaba que todos se enteraran de que tenía uno nuevo: aquello le otorgaría prestigio. Lo cierto es que la última sugerencia que recibió fue la siguiente: - Compadre, apriete el acelerador, pero con el embrague a fondo, que la máquina carraspee; entonces los tipos van a asustarse y se van a correr. Lo que sucedió después no necesito explicarlo con mayor detalle, pues hacerlo sería caer en un juego de morbosidad y exhibicionismo intelectual y no estoy dispuesto a aquello. La frutería ardía en gente. Algunos lagrimeaban de impotencia frente al lamentable hecho. Un viejito de unos noventa años que estaba sentado a un costado de un cajón de 117

Roberto Flores Salgado duraznos, pensó en voz alta: “Esto es como en la pampa, por mi madre, cómo trabajábamos allá en Humberstone, Santa Laura o Baquedano. Y pensar que mi padre falleció como un perro en la Escuela Santa María de Iquique, asesinado por luchar por un sueldo digno! ¡Hasta cuando sufriremos frente a los que tienen la plata!”. El caballero se limpió los mocos con la manga de su chaleco lleno de orificios. Sus ojos lagrimeaban de pena. Decidí que este asesinato no debía quedarse así. Caminé hasta la esquina y tomé una micro. Mi deber era ir a la fábrica y exigir una respuesta del hecho al señor gerente. Aunque eran alrededor de las cinco de la tarde, consideré que era buena hora para dirigirse al lugar. El viaje en micro fue incómodo. Me encontré con murallas rayadas: “El Justiciero. Amo la anarquía. EL JUSTICIERO. No al crédito privado para las Ues. EL JUSTICIERO. El pase escolar es un derecho. EL JUSTICIERO. No al alza de combustibles. EL JUSTICIERO. Cristo vive. EL JUSTICIERO. No a la restricción a los catalíticos. E L JUSTICIERO”. Cuando la micro llegó a Alameda con Santa Rosa, en la esquina en la cual existe un centro comercial y arriba de éste grandes carteles, me vi sorprendido: en una de estas fotos gigantes aparecía mi rostro en la oportunidad que rescaté al empresario de los muebles. En realidad, pensé, es la única que pueden usar, ya que no tienen más retratos míos. El anuncio lo pagaba una marca de productos de baño. Decía: “Quienes usan la cabeza necesitan un buen champú. BALLERINA”. Sonreí, aunque luego me enojé contra mí mismo por haber dado la ocasión para me que retrataran. Bajé la mirada y traté de olvidar estas incitaciones a la vanidad. 118

Héroe

Al llegar a la empresa, solo había un guardia y un par de autos lujosos en el estacionamiento interior. Llamé al compadre. Le dije que venía a conversar con el gerente. Me respondió si yo estaba loco, si no sabía lo que había pasado en la mañana. - Lo sé perfectamente, imbécil, por eso vengo y te las canto altiro: quién eres tú, desgraciado, para tratarme así si apenas te conozco – respondí al tiempo que pateé la puerta, maniobra en la cual el portero cayó al suelo. Corrí a las dependencias interiores del recinto. El segundo guardia no me persiguió, ya que debía cerrar el portón, ayudar a su compañero y atender el teléfono que sonaba, pero atinó a alertar por citófono a otros guardias que rondaban al interior de la fábrica. El lugar de la secretaria estaba vacío. Seguro que se marchó antes ya que las labores, por ahora, habían finalizado. Sin ningún escrúpulo, le di una patada atómica a una puerta en cuyo travesaño se podía leer: “sala de reuniones”. Sentados en una mesa lujosa y grande, conversaban seis compadres, con las corbatas sueltas y las cabelleras tipo amanecer de día feriado. Al verme reaccionaron como si estuviesen esperando mi llegada. Me ofrecieron un café y me acercaron un cenicero, por si fumaba. Rechacé ambas invitaciones. Empecé diciéndoles si no tenían vergüenza por lo que habían provocado. Uno de ellos me respondió que ellos no quisieron producir aquel desenlace. - Tarde o temprano, esto debía ocurrir, para que reaccionaran – repliqué. Ustedes son unos animales 119

Roberto Flores Salgado ambiciosos; mientras sus trabajadores luchan por quince lucas, ustedes por quince millones, en esa proporción; son unos babosos por la plata. Son capaces de dejar a sus mujeres, a sus hijos, por sumar dinero. ¿Se iba a acabar el mundo por que los trabajadores entraran más tarde hoy? Dan asco, cerdos asquerosos, capitalistas que pierden valores y escrúpulos por llenarse los bolsillos de dinero y después van a la iglesia una vez al mes y hacen obras de caridad para que sus conciencias queden tranquilas, aunque sea por un rato. Palabra de hombre, si hubiese tenido un revólver en la mano, disparo ahora mismo, estúpidos. Uno de ellos dijo: - ¡Pero aquí tengo uno! El resto bajó la vista, como si esperaran el castigo. Yo supe que a ellos este triste acontecimiento no los dejaba indiferentes. Estaban apesadumbrados, mal que mal era una vida. Descarté matarlos. Preferí golpearlos de a uno por uno hasta dejarlos buenos para nada. Me di media vuelta. Al salir, algunos camarógrafos filmaban el lugar en que había ocurrido el incidente en la mañana. Intercambié un par de palabras con ellos, luego me largué. Media cuadra hacia arriba, sentí ruidos tras mis espaldas. Me gritaban: “¡JUSTICIERO, JUSTICIERO!” Seguro se habían percatado de quién era yo. Sin inmutarme, hice parar la micro. Desde arriba grité a los camarógrafos y periodistas: - ¡Imbéciles, preocúpense de abrir conciencias, no de perseguir a héroes!” Viajé agachado, ya que en la micro empezaban a percatarse de que yo era el mentado JUSTICIERO.

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Héroe CAPITULO VEINTISÉIS Hoy tomé una decisión importante respecto de mi relación con Lulú. Salí de mi casa con la intención de comunicársela, ayudado por mi pilla tarjeta de corazón. “Ojalá no lo tome a mal”, pronuncié en voz baja mientras caminaba por la antigua calle de adoquines que queda cerca de mi casa. Al llegar a la esquina hice parar una micro y le dije al chofer si me podía llevar por doscientos. Me respondió que sí, pero tuve que agacharme para pasar por debajo del fierro. Arriba del vehículo todo era normal. Sólo algo me inquietaba: una jovencita de veinte años, con la tremenda guata de embarazada, iba quejándose durante gran parte del trayecto. Al lado de ella, sobándole esa bola de carne y pronunciando palabras de consuelo, iba su madre. Al llegar a Gran Avenida, la parturienta ya no pudo más. El chofer hizo bajar a todos los pasajeros y les dijo que se subieran gratis en la máquina que venía más atrás. Aceleró y se dirigió a un hospital cercano. Otra señora y yo nos quedamos para auxiliar a la mujer y a su madre. El tráfico de vehículos, como nunca, era insoportable. La micro avanzaba tres metros cada dos minutos. En vista de esto el conductor llamó a carabineros para que éstos llamaran a la ambulancia. La gorda no sabía cómo ponerse, gritaba del dolor. Yo, estúpidamente, le echaba aire con un diario que me pasó el conductor. Después comprobé que en vez de ayudar estaba puro tonteando. Como la embarazada ya no se podía contener, le dije que se agarrara de los fierros horizontales de la micro que están en el techo y sirven para que los compadres se afirmen cuando van de pie. Luego le dije que se abriera de piernas. Tanto la mamá, la pasajera que había quedado y el chofer socorrían a la joven en cada una de las 121

Roberto Flores Salgado órdenes que le daba. La mujer quedó en X, mascando un pañal que llevaba en su bolso. En ese instante, un líquido medio rojizo inició a ensuciar su pulcro maternal. Me ubiqué detrás de ella, la abracé bajo el par de senos llenos de leche y empecé a cargar mis brazos hacia abajo. - ¡Puja, hija, puja! – le decía su madre. Me imaginé su cuerpo como una ubre gigantesca que era apretada para que saliera no el líquido blanco, sino una personita. Al cabo de unos minutos sucedió el milagro: una pequeña cabeza llena de sangre asomó por entre las piernas de la parturienta. La abuela de la criatura atinó a tirarla hasta que se dejaron ver los bracitos, piernas y un cordón oscuro que unía el ombligo del monstruito con las entrañas de su madre. - ¡Es hombrecito, el hombrecito! – gritaba asombrado el chofer. Pedí una lana blanca o un hilo para cortar el cordón umbilical. La pasajera sacó de entre sus pertrechos una pita limpia con la cual rodeé parte de ese embutido natural; luego amarré. Saltó un poco de sangre. Noté que faltaba la escena acaso más esperada por todos los padres: el palmazo del médico. Debo confesar que por primera vez sentí escrúpulos por golpear a un ser humano. Le he dado como tarro a muchos hombres, pero a esta criatura que nada malo había hecho, ¿por qué golpearla? El chofer tuvo el privilegio, según ellos, de darle en el popín. La guagua gritó como condenada; todos reímos. El parto había finalizado de manera exitosa. Dos minutos después de que irrumpimos en risas y mientras la nueva madre limpiaba con un pañito al bebé, llegaron la ambulancia y un furgón de carabineros, No 122

Héroe debían verme. Me despedí de la gente que presenció el parto, felicité a la madre y corrí en dirección a la puerta para bajar y desaparecer. Me dieron las gracias. Yo, que estaba aún anonadado por lo emocionante de la experiencia vivida, no rechacé sus palabras de manera externa, aunque refleja e internamente sí. Los ojos de la madre y abuela brillaban y me repetían las gracias. - ¿Cuál es su nombre? – me preguntaron, ante lo cual sólo dije: - EL JUSTICIERO. Luego hui, perdiéndome entre los autos y loa transeúntes que colmaban el sector. Este escape imprevisto, me costó caminar más de la cuenta. Al llegar a una placita que quedaba a dos cuadras de la casa de Lulú, sorprendí a ésta junto a Anita. La pequeña se columpiaba en un balancín. Como no tenía un amiguito cerca, mi polola se cargaba con su cuerpo en el otro extremo del tablón. Anita se reía de buena gana, estaba contenta. No quise interrumpir la comunión entre ambas. Me dediqué a observarlas y a escrutar cada uno de sus gestos que derramaban a sorbos sus corazones de mujer. Anita aún me parecía lejana. No salía de la mocosa que conocí en la micro vendiendo rosas. Mi relación con ella, ineludiblemente pasaba por la intercesión de Lulú. No me la imaginaba cómo alguien cercano a mí, mucho menos en el vínculo que mi madre supuso aquella noche en que nos viera juntos y se despidiera de la vida terrenal. No podría explicar qué razón me aislaba de ella y me impedía observarla con los ojos con que la contemplaba Lulú. ¿Celos, apatía? Empecé a desmadejar mi corazón. Cuando pequeño anhelaba tener un hermanito. Yo veía que mis vecinos y compañeros de curso tenían uno o varios. 123

Roberto Flores Salgado Éstos les pegaban, los mandaban a comprar al almacén o, simplemente, jugaban con ellos. Jugar entre dos siempre ha sido más entretenido que hacerlo solo. Cuando le dije a mi mamá ella me miró con cara de pena. Seguro que ya no confiaba en los hombres y tener una guagua sola era imposible. A lo más prometió regalarme una mascota. Primero tuve un pollito llamado Pompón. Mi mamá le puso así porque era chiquitito y amarillo. Un día le estaba dando maíz en la mano, pero el pollo se envició y quería más, así que empezó a picar mi mano con su hocico. Me dejó llorando. No encontré otra forma mejor que pisarlo. Quedó todo aplastado el pobre. Luego la mamá me trajo una gata llamada Canela. Era bonita. Les gustaba pasar su cuerpo por mi mano, se lavaba la cara mojándose las patas con su lengua áspera. Un día empezó a ponerse guatona y a mi mamá no le gustó nadita el asunto. La trató de loca, que no se cuidaba. Días después pude ver el nacimiento de sus crías. Fue bacán. Pero la gata empezó a comerse a sus guaguas y eso no me gustó. La maté a palos por indolente. La última mascota fue una tortuga, igualita a la de Susana Cecilia del Japenning con Ja. Pero la tortuga era bien floja. Pasaba durmiendo. Nada que ver. Me aburrió la muy zángana. Se iba a dormir todo el día, era mejor que muriera; era casi lo mismo. La dejé en la calle y un camión la aplastó en seco. La soledad fue la mentora de todas las estupideces que cometía. Actualmente muchos compadres hacen una y mil tonteras por la misma razón. Pregúntenles a los dictadores, a los líderes autócratas. Me hubiera gustado no haber estado solo. Haber aprendido a renunciar al sentido de propiedad y, a su vez, asumir la virtud del diálogo y el acuerdo que se 124

Héroe supone tienen quienes son más de uno en su familia. Hasta el momento he decidido por mí mismo, pero se me hace un mundo decidir con otra persona a mi lado, cuya opinión es tan valiosa como la mía. Si me costaba querer a Anita era porque nunca tuve la conciencia de poseer algo propio, sin que mi madre se metiera entremedio. Por eso era tan marcado el rol de puente que cumplía Lulú en esta relación. Además debo reconocer que, como cualquier hombre, muchas veces temo ser demostrativo y tierno; soy demasiado bruto. Y parece que a las mujeres les encantan aquellas virtudes. Será. Al igual que el amor de pareja, el amor a una “hija adoptiva” es asunto de voluntad, más que de sentimientos. ¿Cómo no querer a una chica hermosa que ha sufrido los duros embates de la incomprensión, de los errores de sus padres y de las espaldas de la sociedad? ¿Cómo no amar a Anita, que acostumbraba a contagiarme su alegría, aunque el smog arreciaba en la ciudad y los tacos en las calles eran insufribles? Hoy la veía columpiarse, mover sus trencitas de lado a lado, sonreír en blanco y negro y mostrar margaritas de sus mejillas. Qué rápido olvidan los niños las tristezas. Y nosotros, viejos, mientras más rápido pasan los años y se supone nos volvemos más racionales, inteligentes y capacitados, más nos cuesta olvidar y perdonar. Parece que la educación media, la universitaria y los años nos vuelven más rencorosos, atadosos y fríos. No quise cortar ese bendito momento de reflexión que mi mente realizaba. Tampoco era mi intención impedir que Lulú y su posible hija dejaran de jugar. A veces hay que dejar jugar a los adultos.

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Roberto Flores Salgado Seguro que mañana tendría más claras mis decisiones sobre mi compromiso con Lulú y Anita. Decidí dar media vuelta y comprar unos masticables en el quiosco de la esquina. Al llegar, un extra noticioso acaparaba la atención del viejito que atendía y un vendedor de seguros que eventualmente pasaba por el local. Presté atención. El periodista de TVN hacía un despacho desde Gran Avenida. El nacimiento de un bebé que pesó tres kilos y ochocientos gramos, al interior de una micro, había hecho detener el tránsito por alrededor de media hora. Entrevistaron al chofer de la máquina. Narró con lujo de detalles el incidente. La gente colmaba los alrededores del lugar. Luego se dio paso a un móvil que se encontraba en el Hospital Barros Luco. Entrevistaron a la mamá de la criatura. Claro. Era la joven de veinte años a quien había ayudado a parir. Estaba feliz. Contó, al igual que el chofer, los pormenores del extraordinario parto. Agradeció a EL JUSTICIERO por haberla auxiliado y en su honor le pondría a su hijo: Justiciero Hernán Parra Peña. Al finalizar el despacho, el periodista me calificó de mítico y extraordinario. Yo lamenté no tener un diccionario a mano. Tomé una micro y me dirigí a mi morada.

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Héroe CAPÍTULO VEINTISIETE Llegué a la casa de Lulú a las siete de la mañana, con el objetivo de encontrarla desarreglada y con la sábana marcada en la mejilla. Luego de esperar unos minutos abrió la puerta un poco, sujetándola con la cadenita de seguridad. Allí pude verla toda chascona, con ojos entrecerrados de Garfield, sintiendo su tufo a mojón y ostentando la marca de la baba seca en su rostro. No abrió la puerta totalmente, lo cual facilitaba perfectamente mis planes. - Disculpa, es que estoy horrible – se excusó. Yo le dije que no se preocupara, que todas las mujeres cuando se despertaban eran así de chasconas, hediondas y babosas. Sonrió. Callé por dos segundos. Bajé mi vista. Luego dirigí mis ojos a los suyos. - Lulú, vengo a decirte algo, pero quiero que no lo tomes a mal. Mis ojos empezaron a lagrimear. - Prométeme que no vas a llorar ni me vas a tratar mal, por favor. Lulú se asustó; abrió los ojos y sus labios serpentearon. Su llanto esperaba expectante luego de mi fatal declaración. - Lulú, quiero casarme contigo. Mi polola empezó a llorar y a gritar desenfrenada: - ¡Estúpido, yo sabía que me ibas a hacer esto! ¡Desgraciados, todos ustedes son unos desgraciados que nos ilusionan y luego nos clavan un puñal! ¡Fuera de aquí, imbécil, no te quiero ver nunca más! ¡Infeliz!

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Roberto Flores Salgado La tía de Lulú, esa viejecita con cara de pollo, salió de su dormitorio al escuchar los gritos. Yo me asusté y caminé con dirección a Gran Avenida. Debo reconocer que estuve a punto de llorar. Después de diez años, hoy ocupaba mi flamante traje negro de graduación y apretaba con mis manos un enorme ramo de flores de todos colores que llevaba para obsequiarle a mi amada y adentro, la manoseada tarjeta. La actitud de Lulú me hacía sentir como un estúpido por haber rechazado mis pequeñas y humildes atenciones. Seguro que se sintió humillada por mi declaración matrimonial. Lo más probable es que, de un día para otro, ya no representara nada para ella. Lulú amaba a otro hombre más apuesto que yo, que olía a bencina y que dejaba traslucir billetes de veinte lucas en el bolsillo frontal de su camisa italiana. Ya había caminado tres cuadras de esta vía dolorosa cuando, al detenerme para cruzar la calle, escuché unos gritos lejanos. Pronunciaban mi nombre. Me volteé. Dos cuadras más abajo una mujer de cabellos largos sueltos y vestidos transparentes (luego me di cuenta de que era sólo una bata de dormir) corría entre la multitud que observaba perpleja. Era Lulú. Detrás venía su tía y con ella Anita. Los cabellos de mi polola refulgían con el sol que a esa hora se abría paso entre las nubes bíblicas del amanecer. Corría como en cámara lenta. Escuché música romántica en mis oídos. A medida que se acercaba a mí su figura y su rostro se tornaban más hermosos. En realidad Lulú es la mujer más bella del planeta. Los ojos de mi amada aún denotaban huellas de las endechas proferidas. Me observó de pies a cabeza: zapatillas plomas, pantalón negro, camisa blanca, saco negro, peinado con gomina y con 128

Héroe un ramo de flores en la diestra. Me sentí desnudo ante su mirada. - Perdón, pero… ¿qué me dijiste? – preguntó, con ansias de escuchar la respuesta que imaginaba. - Te dije que si querías casarte conmigo – respondí. Hubo un silencio que me pareció fue de cinco horas. Frente a frente, yo y la mujer a quien amaba. La gente formó una multitud alrededor de nosotros. Lulú rompió esa armonía de la soledad. - ¡Sí, mi amor, sí quiero casarme contigo! Me abrazó y nos besamos largo, con lengua y suspiros. Al abrazo se sumaron Anita y la tía. La gente procedió a aplaudir. Les dije a mis amores que se alistaran, puesto que saldríamos al Registro Civil y formalizaríamos pronto lo acordado por ambos. La tía y la pequeña salieron antes que nosotros, con el pretexto de ganar un lugar en la quizás larga fila que nos esperaba. Al salir del baño, Lulú vestía su mejor traje. Se había tomado el pelo, haciéndose un tomate atrás. Se veía chinita debido al tensor de sus cabellos. Tomó cinco minutos para maquillarse. Luego de observar todos sus perfiles en el espejo grande del living, salimos a la calle y tomamos una micro hacia el centro. Dos cuadras más al norte, subió un cantautor con guitarra y armónica. Empezó diciendo: - Damas y caballeros, tengan ustedes muy buenos días. La intención por la cual me he subido a este medio de la locomoción colectiva es para dar a conocer el arte que realizo, el cual, espero sea del completo agrado de todos ustedes. Esta canción se llama EL JUSTICIERO. 129

Roberto Flores Salgado

Luego de un par de acordes en su guitarra llena de sebo, escuché junto a Lulú la canción que el compadre amenazó con tocar minutos antes. Hablaba de que el hombre no puede vivir sin ideales. Todos tienen miedo a asumirlos, sobre todo cuando esto implica echarnos a la espalda a muchos tipos. EL JUSTICIERO era el héroe que todos esperaban, el símbolo identificatorio de una generación que vivió en medio de la represión. Una de las estrofas decía que por qué no aparecía, que el pueblo lo estaba esperando para que lo liberara de esta basura llamada “sistema”. Finalizaba con un puente en el cual la guitarra emitía un arpegio a lo Silvio. Éste decía: “Y quizás nunca existas, en realidad, pero el anhelo te hace real”. Lulú encontró genial este homenaje y echó quinientos pesos al gorro del compadre. Yo, en cambio, le dije al sujeto que dejara de cantar estupideces. Sólo allí me di cuenta de que la polera del loquillo tenía la figura en sombras de EL JUSTICIERO a lo más Che Guevara. Casi lo agarro a coscachos, sin embargo, no lo hice pues recién me había peinado y no quería llegar todo chascón a la ceremonia de mi matrimonio. Llegando al centro, percibimos las luces rojas entrecortadas de los furgones de carabineros tras nuestras espaldas. Dos motoristas se ubicaron al costado de la micro, mientras ésta iba en movimiento. Comenzaron a lanzar miradas hacia adentro. Lulú y yo pensamos en un primer momento que se trataba de un accidente. Luego, de la pesquisa de algún conductor imprudente. Nos asustamos cuando uno de los pacos motorizados apuntó hacia nosotros. Trataron de adelantar a la micro y luego, hacer señas para que se 130

Héroe detuviera. No les resultó, pues un Lada antiguo iba carreteando adelante. Entonces bajaron la velocidad e hicieron un trío con el furgón que iba tras del bus. No se percataron de que la luz verde del semáforo de la próxima esquina estaba parpadeando. El Lada alcanzó a pasar con amarilla y nosotros con rojo aún fresco. Ganamos un par de metros, los suficientes como para pegarnos la escurrida de que debíamos escapar rápido. Tomé la mano de Lulú, bajamos de la micro y corrimos en dirección al Registro Civil. Por lo menos nos casaríamos antes de que me apresaran. La Alameda era un hervidero de gente. Corrimos sorteando cada uno de los cuerpos, moviendo nuestros esqueletos como en una danza prohibida. Allá atrás quedaba la micro detenida por carabineros, quienes revisaron cada rincón del vehículo constatando finalmente que los habíamos hecho lesos. Seguro que tía y Anita estaría muy aburridas de tanta espera, pero se divertirían al conocer de mis labios esta escapatoria de película de acción. Cruzamos por la huella a la otra vereda por la Estación Unión Latinoamericana. Los policías empezaban a rodear el sector. La gente nos delataba con sus miradas cómplices. La persecución había alertado a los medios de prensa que filmaban desde helicópteros la maratón que realizábamos con Lulú. Los paraderos por los que pasamos corriendo poseían grandes fotografías con mi legendaria foto. Al pasar bajo un árbol, una rama me rasgó el párpado. Llevé mi mano hasta ese delicado lugar. Lulú insistía en que nos detuviéramos para ver si la herida era muy grave. Le respondí que no, que corriéramos, que la policía ya nos detenía, que seguro sacaron todo el rollo con el beso que nos dimos, por el cual nunca me arrepentiría, pero la gente es tan 131

Roberto Flores Salgado sapa y seguro que en el beso me vieron la mitad de la cara tapada, así como en la única foto que los diarios y los paraderos tienen de EL JUSTICIERO y llamaron a los pacos para que me detuvieran. Seguimos corriendo en dirección al Registro Civil, pero noté que Lulú cada cinco segundos oteaba hacia atrás. Mi mano en el párpado sentía un tibio líquido escurrir nervioso. - ¡Amor, la gente nos sigue! – gritó con total pavor mi enamorada. En breve me pegué el alcachofazo: corrí cerca de tres cuadras cubriendo mi faz. La gente, al ver mi semi rostro, lo relacionó enseguida con el de los insistentes carteles que irrumpían en cada rincón de Santiago y el país; por eso toda esta multitud iba tras de su héroe. El sueño por fin se les cumplía. Entonces, mi pesadilla empezaba. Llegamos al Registro Civil, jugosos y brillantes. La mano de Lulú y la mía permanecían adheridas una a la otra. Nos miramos y sentí que la amaba más que nunca y más que nadie. Tras de nosotros el guardia cerró la puerta, dejando al gentío afuera, a la prensa y a la policía que se asomaba en sus furgones, motos, guanacos y micros de ventanas enrejadas. La tía y Anita nos esperaban con las caras totalmente arrugadas por el enojo. La oficial civil también aguardaba. Ésta preguntó el porqué de tanto escándalo. Nadie sabía a ciencia cierta quiénes éramos, pero se corría la voz de que allí se casarían estos personajes célebres. Pensé en la estrategia que seguiría la policía: esperaría que la ceremonia se llevara a cabo con total normalidad, enseguida, que saliéramos del recinto y allí, sin hacerse mayores atados, nos detendrían en medio de la multitud. Pero luego pensé que, como aquel lugar era público, los pacos tenían todo el derecho a entrar y 132

Héroe esposarme como un ruin criminal. Y así lo hicieron. Una vez que la oficial dijo unas cuantas palabras leídas de la Constitución Política, y luego de habernos preguntado si estábamos dispuestos a firmar este contrato (aunque para mí era mucho más que un frío contrato), nos hizo firmar en un libro y enseguida rubricaron la tía y un compadre que se ofreció para fungir como testigo. Cuando nos besamos y la gente que estaba ahí dentro nos ovacionó de forma desmedida, un grupo de carabineros entró y se dirigió al lugar en que se realizaba la ceremonia. Al abrir, fue imposible detener el tumulto que trataba de observar el casamiento de su héroe. Los comentarios de la gente de afuera sacaron del empacho a quienes presenciaban en primera fila: se trataba nada más ni nada menos que del enlace matrimonial del legendario, misterioso y extraordinario JUSTICIERO. Algunas señoras, al enterarse, se desmayaron de la impresión; el resto trataba de acercarse a mí y abrazarme, agradeciéndome por mis actos nada de espectaculares que la prensa se encargó de divulgar durante todo este tiempo. El comandante de carabineros se ubicó frente a mí. El diálogo que sostuvimos fue el siguiente: - Vaya, vaya, vaya. Nada menos que un gran personaje casándose – dijo el carabinero, sacando pecho, tratando de que las jinetas le brillaran-. Señor, tenga el favor de acompañarme, usted sabe por qué. - ¡Qué difícil, señor carabinero, no sé por qué cargos se me quiere llevar detenido! – repliqué con total indiferencia. En eso, el otro paco, un narigón alto y medio rubio empuñó la mano y gritó colérico: - Entonces, ¿quién es el héroe aquí, maldito hijo de perra? 133

Roberto Flores Salgado Me quedé en silencio y mi mente abrazó con total impotencia una densa nube de tinieblas. Pero, en medio de ese lapso en que no se escuchaba volar una mosca, una señora de unos 65 años prorrumpió con valentía: - Yo. Yo soy héroe. Tengo que alimentar y darles educación a cinco niños que recogí de la calle. Luego de ella, a las espaldas de los pacos, se levantó otro grito. Era un hombre macizo, de unos treinta años: - Yo… yo soy héroe. Estoy cesante desde hace cinco meses, pero de algún modo he parado la olla para alimentar a mis tres hijos. Aún no terminaba de hablar este tipo cuando, de pronto, se levantó una señorita de pelo claro y liso: - Yo soy héroe. Estudio en las tardes y trabajo en las mañanas cantando en las micros para pagar mi universidad. Un caballero de canas y de terno gastado pronunció tembloroso: - Yo soy héroe. Mi esposa tiene cáncer hace cinco años. No la he abandonado, sigo al lado de ella porque la amo y me esfuerzo en comprarle sus medicinas que son muy caras, aunque trabajo como zapatero en una población. Una dama de traje cruzado con una gran carpeta en la diestra alzó su voz, gallarda: - Señores carabineros, yo soy héroe. Soy profesora de un liceo de la periferia. Anita, mi bella niñita pequeña, llamó nuestra atención: - Yo soy héroe. Mi padrastro me maltrataba, pero ahora me saco buenas notas en el colegio y quiero ser doctora cuando grande.

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Héroe Extendí mis brazos a la pequeña, la levanté y la besé. Deseé que fuera mi hija desde ese día en adelante. El acabóse fue cuando uno de los carabineros que formaba el comando de captura de mi persona, dio tres pasos adelante y frente a todos gritó con voz marcial: - Mi comandante, yo soy héroe. Me levanto todos los días temprano y al despedirme de mi esposa y mi hijita de dos años, les digo que sólo Dios sabe si regresaré con vida. El rostro del comandante denotaba profunda emoción. Sabía que nuestro país estaba lleno de héroes que ejercían su labor en el más absoluto de los anonimatos. El instante le removió la fibra más íntima del corazón. Comprendía que EL JUSTICIERO era sólo el rostro visible de millones y millones de seres que cada día provocaban hazañas en sus entornos próximos. Entonces dos lágrimas brotaron de sus ojos y contagió de emoción al reto de los espectadores de este pequeño fragmento del gran teatro de la vida. Con el paso que daba, pensé, estaba asumiendo verdaderamente la función de héroe que me correspondía: amar. ¿No es esto una labor titánica? Bajé a Anita de mis brazos, tomé la diestra suave de Lulú; ella a su vez, la de su tía y sentimos que nada nos separaría, pues nos amábamos y ese vínculo era más fuerte que cualquier separación geográfica. Alcé mi voz y concluí: - Sí, señor comandante, yo también soy héroe, porque creo en un país mejor en el cual desaparezcan las financieras, en el que la gente ame la vida frugal y simple, en el que deje de llorar por los problemas y abrace con alegría las esperanzas. No un país capitalista, pero tampoco socialista, sino un país más humano. 135

Roberto Flores Salgado El comandante calló por un largo rato. Dirigió sus ojos al suelo, pero como un mero acto reflejo, pues se notaba que una idea rebelde se contorneaba dentro de su cabeza. Dos segundos después de mi conclusión, levantó su vista y se dirigió a los hombres verdes que lo acompañaban: - Muchachos, bajen sus armas. Nuestra labor ha terminado. Hasta luego, señores. Abracé a Anita, a la tía y a Lulú. A esta última le dije al oído que Anita sería nuestra hija. Ella me respondió con una sonrisa y una mirada húmeda de alegría. Al salir, medio Santiago nos aplaudió con fervor. Algunos alzaban pancartas con el rostro de EL JUSTICIERO, es resto gritaba consignas. Los periodistas nos rodearon con sus ensaladas de cables y micrófonos. Me hacían mil preguntas, como si con palabras se cambiara el destino de un país. Yo les dije que entrevistaran a la gente de la pobla, a los héroes anónimos que construyen la patria formando ladrillos con granos de arena. Tomamos un colectivo viejo que nos llevó por mil pesos a nuestra casa. Allí, seguro, viviremos felices por el resto de nuestros días.

Santiago de Chile, mayo de 2001.

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