100% encontró este documento útil (1 voto)
129 vistas313 páginas

La Dama de Las Camelias

Este libro digital, parte del proyecto de Google para hacer accesibles obras de dominio público, ha sido preservado a lo largo de generaciones y contiene anotaciones del volumen original. Se enfatiza la importancia del uso no comercial de estos archivos y la responsabilidad del usuario en cuanto a la legalidad de su uso. Además, se menciona que la Búsqueda de libros de Google facilita el descubrimiento de obras literarias a nivel global.

Cargado por

ferwy95
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (1 voto)
129 vistas313 páginas

La Dama de Las Camelias

Este libro digital, parte del proyecto de Google para hacer accesibles obras de dominio público, ha sido preservado a lo largo de generaciones y contiene anotaciones del volumen original. Se enfatiza la importancia del uso no comercial de estos archivos y la responsabilidad del usuario en cuanto a la legalidad de su uso. Además, se menciona que la Búsqueda de libros de Google facilita el descubrimiento de obras literarias a nivel global.

Cargado por

ferwy95
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Acerca de este libro

Esta es una copia digital de un libro que, durante generaciones, se ha conservado en las estanterías de una biblioteca, hasta que Google ha decidido
escanearlo como parte de un proyecto que pretende que sea posible descubrir en línea libros de todo el mundo.
Ha sobrevivido tantos años como para que los derechos de autor hayan expirado y el libro pase a ser de dominio público. El que un libro sea de
dominio público significa que nunca ha estado protegido por derechos de autor, o bien que el período legal de estos derechos ya ha expirado. Es
posible que una misma obra sea de dominio público en unos países y, sin embargo, no lo sea en otros. Los libros de dominio público son nuestras
puertas hacia el pasado, suponen un patrimonio histórico, cultural y de conocimientos que, a menudo, resulta difícil de descubrir.
Todas las anotaciones, marcas y otras señales en los márgenes que estén presentes en el volumen original aparecerán también en este archivo como
testimonio del largo viaje que el libro ha recorrido desde el editor hasta la biblioteca y, finalmente, hasta usted.

Normas de uso

Google se enorgullece de poder colaborar con distintas bibliotecas para digitalizar los materiales de dominio público a fin de hacerlos accesibles
a todo el mundo. Los libros de dominio público son patrimonio de todos, nosotros somos sus humildes guardianes. No obstante, se trata de un
trabajo caro. Por este motivo, y para poder ofrecer este recurso, hemos tomado medidas para evitar que se produzca un abuso por parte de terceros
con fines comerciales, y hemos incluido restricciones técnicas sobre las solicitudes automatizadas.
Asimismo, le pedimos que:

+ Haga un uso exclusivamente no comercial de estos archivos Hemos diseñado la Búsqueda de libros de Google para el uso de particulares;
como tal, le pedimos que utilice estos archivos con fines personales, y no comerciales.
+ No envíe solicitudes automatizadas Por favor, no envíe solicitudes automatizadas de ningún tipo al sistema de Google. Si está llevando a
cabo una investigación sobre traducción automática, reconocimiento óptico de caracteres u otros campos para los que resulte útil disfrutar
de acceso a una gran cantidad de texto, por favor, envíenos un mensaje. Fomentamos el uso de materiales de dominio público con estos
propósitos y seguro que podremos ayudarle.
+ Conserve la atribución La filigrana de Google que verá en todos los archivos es fundamental para informar a los usuarios sobre este proyecto
y ayudarles a encontrar materiales adicionales en la Búsqueda de libros de Google. Por favor, no la elimine.
+ Manténgase siempre dentro de la legalidad Sea cual sea el uso que haga de estos materiales, recuerde que es responsable de asegurarse de
que todo lo que hace es legal. No dé por sentado que, por el hecho de que una obra se considere de dominio público para los usuarios de
los Estados Unidos, lo será también para los usuarios de otros países. La legislación sobre derechos de autor varía de un país a otro, y no
podemos facilitar información sobre si está permitido un uso específico de algún libro. Por favor, no suponga que la aparición de un libro en
nuestro programa significa que se puede utilizar de igual manera en todo el mundo. La responsabilidad ante la infracción de los derechos de
autor puede ser muy grave.

Acerca de la Búsqueda de libros de Google

El objetivo de Google consiste en organizar información procedente de todo el mundo y hacerla accesible y útil de forma universal. El programa de
Búsqueda de libros de Google ayuda a los lectores a descubrir los libros de todo el mundo a la vez que ayuda a autores y editores a llegar a nuevas
audiencias. Podrá realizar búsquedas en el texto completo de este libro en la web, en la página [Link]
7
LA DAMA
DE

LAS CAMELIAS.
:
LA DAMA
DE LAS

CAMELIAS
NOVELA ESCRITA EN FRANCÉS

POR

ALEJANDRO DUMAS , hijo.


TRADUCIDA AL CASTELLANO

por los Sres. Busquets y Morera


y adornada con 8 primorosas láminas.

CUARTA EDICION .

MADRID: BARCELONA :

LIBRERÍA ESPAÑOLA, EN EL PLUS ULTRA,


calle Relatores, 14. Rambla Centro, 15.
1861.
Es propiedad del Editor.

Barcelona. larp. de Luis Tasso, calle del Arco del Teatro, callejon entre los números 24 y 23. -1864 .
PROLOGO.
epe

TAN favorable fué la acogida que alcanzó en Francia la


obra que hoy ofrecemos al público, que no tardó en ser tras-
ladada al teatro sujeta á las formas dramáticas , alcanzando
un nuevo triunfo .
El reputado poeta español D. José María Diaz la arregló
á nuestra escena con el título de REDENCION, y la obra de Du-
mas , hijo, vióse coronada por tercera vez .
Al mismo tiempo que Francia , España y otras naciones
admiraban la magnífica obra contemporánea , Verdi , el au-
tor de Nabuco, de Hernani, de Rigoletto y de Luisa Miller , se
inspiraba con la lectura de La DAMA DE LAS CAMELIAS, y con
el título de TRAVIATA la presentaba al mundo musical acla-
mada por otro triunfo que ciertamente no será el último que
haya conseguido .
Despues de esta narracion que pocos ignoran , ¿necesi-
ta el editor que hoy ofrece vertida al castellano la obra
1001061884

6 PRÓLOGO .

de A. Dumas , hijo, hacer esfuerzos para encomiarla? El ha-


ber labrado esta produccion un buen renombre á su jóven
autor, el haber proporcionado una de las joyas mas bellas al
teatro moderno y alcanzado para el eminente maestro Verdi
uno de sus laureles mas merecidos, constituyen una enume-
racion de triunfos tales , que delante de ellos significan
poco las alabanzas , y las palabras solo deben servir para
referirlos .
LA DAMA
DE LAS

CAMELIAS.

CAPITULO PRIMERO .

STOY persuadido de que nadie puede crear per-


sonajes sino cuando ha estudiado mucho á los
hombres , como nadie puede hablar un idioma
antes de haberlo aprendido perfectamente .
Como quiera que aun no tengo la edad indis-
pensable para inventar , debo contentarme con
referir .

Invito , pues, al lector á que se convenza de la


realidad de esta historia , cuyos personajes aun
viven todos menos la heroina.
Además , en París hay testigos de la mayor
parte de los hechos que voy á compilar , quienes podrian
confirmarlos sino bastara mi testimonio .
Por una circunstancia particular , solo yo puedo narrar-
los , pues solo yo he sido el confidente de los últimos por-
menores , sin los cuales seria imposible hacer una relacion
interesante y completa.
8 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Esto sentado, paso á esplicar de qué modo han venido á


mi conocimiento estos pormenores .
El 12 de marzo de 1847, ví un gran cartel amarillo en la
calle Laffitte . Era el anuncio de una venta de muebles y ri-
cos objetos de curiosidad ; venta que iba á tener lugar por
fallecimiento del que los poseia. El anuncio no citaba el
nombre del difunto propietario; pero la venta debia efec-
tuarse en la calle de Antin, número 9 , de las doce á las cin-
co de la tarde del 16 .
El anuncio tambien decia que podian visitarse la habita-
cion y los muebles durante los dias 13 y 14.
Como siempre he sido aficionado á las curiosidades , de-
terminé no perder la ocasion, sino de comprarlas, al menos
de verlas .

Al dia siguiente fuí á la calle de Antin, número 9 .


A pesar de que era temprano , habia ya en la habitacion
algunos hombres, y hasta señoras que, aunque vistiendo ri-
cos trages de terciopelo, envueltas en cachemires, y espera-
das en la puerta por elegantes carruajes , miraban con asom-
bro y aun con admiracion el lujo desplegado ante sus ojos.
Mas tarde comprendí tal admiracion y tal asombro , pues
habiendo comenzado tambien á examinar , reconocí fácil-
mente que me hallaba en la habitacion de una cortesana.
Así, lo que mas desean ver las señoras de gran tono, y allí
las habia de esta clase, es el interior doméstico de esas mu-
jeres, cuyos soberbios coches salpican de lodo los suyos ;
que, como ellas y al lado de ellas , tienen su palco en la
Operay en los Italianos, y ostentan en París la insolente opu-
lencia de su hermosura, de sus galas, de sus escándalos.
Aquella en cuya casa me hallaba , habia muerto; las mu-
jeres mas virtuosas podian pues penetrar en su gabinete.
La muerte habia purificado la atmósfera de aquella esplén-
dida cloaca , además de que en todo caso las defendia el
pretesto de que acudian á presenciar una venta , sin saber
८.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 9

á casa de quién iban. Habian leido unos anuncios , querian


visitar lo que los anuncios prometian y elegir anticipada-
mente , nada mas sencillo; lo cual no obstaba para que en
medio de tantas maravillas , buscasen las huellas de esa
vida de meretriz, de que sin duda habian oido muy estrañas
relaciones .
Desgraciadamente los misterios habian muerto con la
beldad , y á pesar de toda su buena intencion , aquellas se-
ñoras no encontraron sino lo que estaba en venta despues
del fallecimiento , y nada de lo que se vendia en vida de la
inquilina .
Por lo demás, podian hacerse buenas adquisiciones , por-
que el mueblaje era magnífico. Muebles de palo de rosa y
de Boule , vasos de Sevres y de China , pequeñas estátuas
de bronce de Sajonia, raso, terciopelo, nada faltaba.
Me paseé por la habitacion y seguí á las nobles curiosas
que me habian precedido. Entraron en un gabinete adorna-
do de colgaduras de tela persa , y yo iba á entrar , cuando
salieron casi inmediatamente sonriendo , como si se aver-
gonzaran de su nueva curiosidad. Entonces deseé entrar en
aquel gabinete: era el tocador, con todos sus mas insignifi-
cantes objetos, que revelaban la estremada prodigalidad de
la difunta.

Sobre una gran mesa arrimada á la pared , mesa de tres


piés de ancho por seis de largo, brillaban todos los tesoros
de Aucoc y Odiot. Era una coleccion preciosísima y no ha-
bia ninguno de esos infinitos objetos tan necesarios al toca-
dor de una mujer como aquella en cuya casa nos hallábamos ,
que no fuese de oro ó plata. Sin embargo, aquella coleccion
se habia formado paulatinamente, sin que la completara un
mismo amor.
Como á mí no me asustaba la vista del gabinete de toca-
dor de una meretriz , entreteníame en examinar minuciosa-
mente sus detalles, cualesquiera que fuesen, y observé que
2
10 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

todos aquellos efectos magníficamente cincelados , llevaban


varias iniciales y diferentes coronas .
Yo contemplaba todas aquellas cosas, que representaban
otras tantas prostituciones de la pobre jóven , y me decia
que Dios habia sido muy clemente para ella no permitiendo
que la hiriese el castigo ordinario , y dejándola espirar en
medio de su lujo y su belleza, antes de la vejez, de esta pri-
mera muerte de las libertinas .
En efecto, ¿puede verse nada mas triste que la vejez del
vicio, particularmente en la mujer? Ella carece de toda dig-
nidad, y no inspira ningun interés. El eterno arrepenti-
miento , no de la mala senda seguida , sino de los cálculos
mal hechos y del dinero mal empleado , es una de las cosas
mas contristantes que oirse puedan. He conocido á una an-
ciana prostituta, que de su pasado tan solo poseia una hija
casi tan bella, como lo habia sido su madre, segun afirman
sus contemporáneos. Aquella pobre niña á quien su madre
no habia dicho nunca, eres hija mia, sino para mandarla que
sostuviese su vejez, como ella misma habia sostenido su
infancia; aquella pobre criatura se llamaba Luisa, y obede-
ciendo á su madre, se abandonaba sin voluntad, sin pasion ,
sin placer , del mismo modo que hubiera ejercido un oficio
si se lo hubiesen enseñado.
La vista contínua del libertinaje, y un libertinaje precoz,
alimentado por el estado continuamente enfermizo de la
jóven, habian estinguido en ella la inteligencia del mal y
del bien que Dios tal vez la diera, pero que á nadie se le
habia ocurrido cultivar .
Siempre me acordaré de aquella niña , que pasaba por
los boulevares casi todos los dias á la misma hora. Su madre
la acompañaba sin cesar, tan asíduamente como una verda-
dera madre á su hija verdadera. Yo entonces era muy
jóven, y no me repugnaba la fácil moral de mi siglo. Re-
cuerdo empero , que la vista de aquella escandalosa vigi
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 11

lancia me inspiraba desprecio y disgusto .


Agréguese á esto que jamás hubo rostro de vírgen con
igual sentimiento de inocencia, con igual espresion de su-
frimiento melancólico .
Hubiérase dicho que simbolizaba la resignacion.
Un dia el rostro de la niña se iluminó . En medio de los des-
enfrenos de que su madre tenia el programa , pareció á la
pecadora que Dios la permitia disfrutar de una ventura. Y
todo bien considerado, ¿por qué Dios , que no la dotára de
fuerza, la habria dejado sin consuelo , bajo el peso doloroso
de la vida?
Cierto dia, pues , Luisa conoció que estaba en cinta , y lo
que en ella habia aun de costa, se estremeció de alegría. El
alma tiene estraños refugios. Luisa voló á participar á su
madre la noticia que la inspiraba tanto gozo. Rubor causa
el decirlo, y no consigno una inmoralidad por mero capricho,
pues refiero un hecho cierto; tal vez obrára mejor callán-
dolo, si no creyera que á veces conviene revelar los marti-
rios de esas infelices, que el mundo condena sin oirlas, que
el mundo desprecia sin juzgarlas ; causa rubor , lo repito;
pero la madre contestó á la hija , que su miseria era ya es-
trema para dos , que para tres seria horrorosa , que seme-
jantes criaturitas son inútiles, y que los meses de embarazo
son tiempo perdido.
El siguiente dia , una comadrona muy amiga de la madre,
visitó á Luisa. La infeliz jóven guardó cama algunos dias,
ý se levantó mas pálida, y mas débil que de costumbre.
A los tres meses inspiró compasion á un hombre que em-
prendió su curacion moral y física ; pero la última sacudida
habia sido harto violenta , y Luisa espiró de resultas de un
alumbramiento prematuro.
Sobrevivióla su madre. ¿Cómo? Dios lo sabe .
Esta historia cruzó por mi imaginacion mientras yo con-
templaba los neceseres de plata , y parece que habia inver
12 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

tido algun tiempo en esas reflexiones , pues en el gabinete


no habia nadie mas que yo , y un vigilante que desde la
puerta observaba con atencion si yo me apropiaba algun
objeto.
Acerquéme al buen hombre a quien infundia tan graves
inquietudes.
-Caballero , le dije , ¿ podriais decirme el nombre de la
persona que vivia aquí ?
-La señorita Margarita Gautier.
Yo la conocia de nombre y de vista.
-Cómo! dije al guardian; Margarita Gautierha muerto?
-Sí, señor.
-Cuándo?
-Hace tres semanas, segun creo .
-Y por qué se permite visitar la habitacion?
-Los acreedores han creido que así aumentaria la venta.
Las personas pueden ver de antemano el efecto que produ-
cen las telas y los muebles, y ya comprendeis que eso esti-
mula á la compra.
-Con qué Margarita tenia deudas?
-Muchas , señor .
-Pero sin duda las cubrirá la venta?
-
Y aun sobrará .
-Entonces , á quién corresponderá el esceso?
-A su familia.
-Ah! tiene familia!
-Así parece .
-Gracias , caballero.
El encargado , tranquilizado sobre mis intenciones , me
saludó, y salí.
-Pobre jóven! decia yo al entrar en mi casa; muy triste
habrá sido su muerte, pues en este mundo no tiene amigos
quien no goza de salud . Y á pesar mio, compadecíame de la
suerte de Margarita Gautier.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 13

Esto quizá parezca ridículo á muchas personas , pero mi


indulgencia con las meretrices es inagotable, y ni siquiera
me tomo el trabajo de discutirla.
Cierto dia, al ir á procurarme un pasaporte en la prefec-
tura , ví en una de las calles adyacentes á una jóven con-
ducida por dos gendarmes. Ignoro lo que aquella jóven
habia hecho, y solamente puedo asegurar que lloraba á
lágrima viva, abrazando á un niño de pocos meses, de quien
su arresto la separaba. Desde aquel dia nunca he podido
despreciar á una mujer al verla por primera vez.

CO
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 15

CAPITULO II .

A venta debia efectuarse el 16.


Habíase dejado un dia de intervalo entre las
visitas y la venta , á fin de que los tapiceros tu-
vieran tiempo para desclavar las colgaduras ,
cortinas , etc.
Entonces yo acababa de hacer un viaje , y era
muy natural que nadie me hubiese noticiado la
muerte de Margarita , como uno de esos grandes
acontecimientos que los amigos participan siem-
pre al que regresa á la capital de las noticias.
Margarita era linda, pero si es verdad que la tan
galanteada vida de esas mujeres mete mucho
ruido,no lo es menos que su muerte lo mete poquísimo. Son
soles que se ponen como han salido, sin esplendor.
Cuando mueren jóvenes , su muerte la saben todos sus
amantes á un mismo tiempo , pues en París casi todos los
amantes de una cortesana son íntimos amigos. Cámbianse
algunos recuerdos acerca de ella , y la vida de unos y otros
16 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

continua deslizándose , sin que este incidente la turbe


siquiera con una lágrima.
Hoy, cuando uno tiene veinte y cinco años, las lágrimas
son una cosa tan rara que nadie puede tributarlas á la pri-
mera que se presente. Mucho alcanzan los parientes que
pagan por ser llorados , si lo son á razon del precio que
les cuesta.
Por lo que á mí hace, bien que mi cifra no se hallase en
ninguno de los neceseres de Margarita, la indulgencia ins-
tintiva , la natural piedad que acabo de manifestar ahora
mismo, me hacian pensar en su muerte, mas tiempo del que
tal vez ella lo merecia.
Acordábame de haber hallado con frecuencia á Margarita
en los Campos Elíseos, á donde iba asídua y diariamente en
un pequeño tilburí azul , tirado por dos soberbios caballos
bayos, y notado entonces en ella una distincion poco comun
á sus semejantes ; distincion aun realzada por una belleza
verdaderamente clásica .
Cuando esas desdichadas criaturas salen de casa, van
siempre acompañadas de no se sabe quién.
Como ningun hombre se permite revelar públicamente el
amor nocturno que las profesa; como ellas aborrecen la so-
ledad , llevan consigo á las que menos afortunadas , no tie-
nen carruaje, ó bien algunas de esas viejas elegantes, cuya
elegancia no reconoce ningun motivo , yá quienes todos
pueden dirigirse sin temor, para obtener cualesquier infor-
mes sobre la mujer que acompañan .
No sucedia lo mismo con Margarita .
Esta llegaba sola á los Campos Elíseos, y se ocultaba todo
lo posible en su carruaje , el invierno envuelta en un gran
cachemir, el verano vestida con sencillez; y aunque en su
paseo favorito hubiese muchas persónas conocidas suyas, si
por casualidad se sonreia al saludarlas, la sonrisa era visible
tan solo para ellas; y una duquesa hubiera podido sonreir así.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 17

Margarita no paseaba desde el rond-point ó plazoleta á la


entrada de los Campos Elíseos , como todas sus cólegas.
Dirigíase rápidamente al bosque, donde descendia del car-
ruaje, paseaba á pié por espacio de una hora , volvia á su-
bir al tilburí, y entraba á su casa al trote de los caballos .
Todas estas circunstancias, de que yo habia sido testigo
algunas veces , ocupaban mi imaginacion y me hacian sen-
tir la muerte de aquella jóven, como se siente la completa
destruccion de una hermosa obra , pues era imposible ver
una belleza mas encantadora que la de Margarita.
Alta y delgada hasta la exageracion, poseia en sumo
grado el arte de reparar este olvido de la naturaleza, con el
simple arreglo de las prendas que vestia. Su cachemir, cu-
ya punta lamia al suelo , dejaba flotar por ambos lados los
anchos volantes de un vestido de seda, y el grueso manguito
que ocultaba sus manos y que ella apoyaba contra su pecho,
estaba rodeado de pliegues tan hábilmente dispuestos, que
el ojo mas exigente no hallaba nada que corregir en el con-
torno de las líneas .
Su peregrina cabeza era el objeto de una coquetería par-
ticular. Era muy pequeña , y parecia que su madre , como
diria de Musset, la hizo así para hacerla con esmero.
i En un óvalo de indescriptible gracia, pongamos unos ojos
negros debajo de unas cejas tan finamente arqueadas , que
parecian obra de la pintura; velemos estos ojos con grandes
párpados, que al bajarse sombreaban el matiz róseo de las
mejillas; tracemos una nariz delineada, recta, espiritual, con
ventanas algo abiertas por una aspiracion ardiente á la vida
sensual; dibujemos una boca regular, cuyos labios se abrian
graciosamente sobre unos dientes blancos como la leche;
esmaltemos la tez con el suavísimo terciopelo que ostentan
los melocotones no tocados por mano alguna, y tendremos
el conjunto de aquella encantadora cabeza.
Los cabellos negros como el azabache, ondeados natural
3
18 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

mente ó no, se partian sobre la frente é iban á perderse tras


la cabeza , dejando ver un estremo de las orejas , en que
brillaban dos diamantes estimados en cuatro ó cinco mil
francos cada uno.
¿Por qué su desenfrenada vida no robaba al rostro de
Margarita la espresion virginaly hasta infantil que la carac-
terizaba? No lo comprendo, fuerza es decirlo .
Margarita tenia un magnífico retrato suyo , hecho por
Vidal, único hombre cuyo pincel podria reproducirla. Des-
pues de su muerte he tenido algunos dias este retrato en mi
poder, y era tan admirablemente parecido, que me ha sumi-
nistrado los detalles á que mi memoria era un tanto infiel.
Algunos de los comprendidos en este capítulo, han llega
do mas tarde á mi noticia; pero los escribo á continuacion,
para no retroceder á ellos al empezar la historia anecdó-
tica de la mujer que me viene ocupando .
1

Margarita asistia á todas las primeras representaciones,


y
'todas las noches disfrutaba de los espectáculos , ó del
baile. Siempre que se estrenaba una pieza, Margarita iba al
teatro , con tres objetos que jamás la abandonaban y que
siempre ocupaban la parte anterior de su palco de patio: su
lente, una bolsa de dulces y un ramo de camelias .
Durante veinte y cinco dias del mes , las camelias eran
blancas, y durante cinco, eran encarnadas. Nadie ha sabido
nunca la razon de esta variedad de colores que menciono
sin poder esplicarla, y que los concurrentes de los teatros
á donde Margarita iba con mas frecuencia, habian observa-
do como sus amigos y yo mismo .
Nadie habia visto jamás que Margarita llevase otras flo-
res que camelias; de manera, que en casa de madama Bar-
jon, su florista, acabaron por llamarla La dama de las camelias
y se la conocia con este nombre .
Además, yo sabia, como todos los que frecuentan ciertos
círculos en París, que Margarita habia sido la querida de
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 19

los jóvenes mas elegantes , que lo decia altamente, y que


ellos mismos se gloriaban de ello; lo cual probaba que
amantes y querida estaban mútuamente contentos .
Sin embargo , hacia unos tres años, desde un viaje áBag-
neres, que al decir de las gentes, ya no vivia sino con un
viejo duque estrangero opulentísimo, que habia procurado
separarla todo lo posible de su vida pasada: y por otra
parte, parece que Margarita le satisfizo de muy buena vo-
luntad.
Hé aquí lo que sobre el particular me han referido:
Allí habia entre los enfermos la hija de aquel duque , la
cual, no solamente padecia la misma enfermedad, sino que
tambien tenia el mismo rostro de Margarita, hasta el punto
de poderlas tomar por hermanas; solo que la jóven duquesa
estaba en el tercer grado de la tisis , y sucumbió á los tres
dias de llegar Margarita.
Cierta mañana el duque, que se habia quedado en Bag-
neres como quien se queda en el suelo que sepulta parte
del corazon , apercibió á Margarita al revolver de un cor-
redor.

Parecióle ver deslizarse la sombra de su hija, y dirigién-


dose á ella, la tomó las manos, abrazóla llorando, y sin
preguntarla quién era, la imploró el permiso de verla y amar
en ella la viva imágen de su hija muerta.
Margarita, sola en Bagneres con su doncella de cámara,
y no temiendo por otra parte comprometerse, accedió á la
peticion del duque .
En Bagneres habia personas que la conocian , y advir-
tieron oficiosamente al duque de la verdadera posicion de la
señorita Gautier. Esto fué un golpe cruel para el anciano,
pues aquí cesaba la semejanza con su hija; mas ya era de-
masiado tarde. Lajóven habia llegado á ser una necesidad
de su corazon , y su único pretesto , su única escusa para
prolongar la vida.
20 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

No la dirigió reconvencion alguna, pues no tenia el dere-


cho de hacerlo ; pero la preguntó si se conocia capaz para
mudar de vida , ofreciéndola en cambio de este sacrificio
todas las compensaciones que desear pudiera.
La jóven se lo prometió.
En aquella época Margarita, naturaleza entusiasta, estaba
enferma. El pasado se le representaba como una de las
causas principales de su dolencia, y una supersticion la
hizo esperar que Dios la conservaria la belleza y la salud,
en gracia de su arrepentimiento y conversion.
En efecto, las aguas , los paseos, la fatiga natural y el
sueño, la habian casi restablecido al espirar el verano .
El duque acompañó á Margarita á París, donde continuó
visitándola como en Bagneres .
Esta amistad , de que nadie conocia el verdadero orígen
ni el verdadero motivo , causó gran sensacion en París,
pues el duque, conocido por su inmensa fortuna , entonces
se daba á conocer por su prodigalidad.
Como los viejos ricos acostumbran ser muy libertinos,
atribuyóse al libertinaje la intimidad del anciano duque y
de la jóven. Todo se supone menos lo cierto.
Sin embargo, reconocia una causa tan casta el afecto de
aquel padre hácia Margarita, que todo otro lazo del corazon ,
diferente del que á ella le unia , le hubiera parecido un
incesto , yjamás la dijo una palabra que su hija no hubiese
podido oir.
Lejos de mí el pensamiento de hacer de mi heroina otra
mujer de lo que era .
Tan solo diré que mientras permaneció en Bagneres , no
la fué difícil cumplir la promesa hecha al duque, y la cum-
plió ; pero una vez de regreso en París, Margarita , acos-
tumbrada á la disipacion, á los bailes, y hasta á las orgías,
creyó que su soledad , turbada solamente por las visitas
periódicas del duque , la mataria de tedio; y los ardientes
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 21

soplos de su vida anterior pasaban sobre su cabeza, al par


que sobre su corazon .
Agréguese á esto que Margarita habia vuelto mas bella
que nunca de aquel viaje , que tenia veinte años , y que la
dolencia adormecida , pero no derrotada , continuaba dán-
dola esos ardientes deseos que casi siempre son el resultado
de las afecciones de pecho .
El duque , pues , tuvo un gran sentimiento el dia en que
sus amigos , continuamente en acecho para descubrir un
escándalo de la jóven , con quien segun ellos se compro-
metia , le dijeron y probaron que á la hora que ella estaba
segura de no verle venir, recibia visitas que con frecuencia
se prolongaban hasta el dia siguiente.
Interrogada Margarita, lo confesó todo al duque , acon-
sejándole , sin oculta intencion, que cesara de ocuparse de
ella, pues no se sentia con suficiente valor para cumplir
los compromisos contraidos, y no queria recibir mas bene-
ficios de un hombre a quien engañaba.
El duque estuvo ocho dias sin verla, que es todo lo que
pudo hacer; pero el octavo dia , fué á suplicarla que conti-
nuase admitiéndole ; prometió aceptarla tal como fuese,
solo por verla, y juró que aun cuando le costara la existen-
cia, nunca la reconvendria.
A este punto habian llegado las cosas tres meses des-
pues del regreso de Margarita , es decir , en noviembre ó
diciembre de 1842 .
i
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. $
23

CAPITULO III .

la una de la tarde del 16 fuí á la calle de Antin .


Oíase gritar á los tasadores desde la puerta
cochera .
La habitacion estaba llena de curiosos .
En ella habia todas las celebridades del vicio
elegante, socarronamente examinadas por al-
gunas grandes señoras , que , bajo el pretesto
de la venta habian acudido otra vez, para ver
de cerca á unas mujeres á quienes jamás ten-
drian ocasion de volver á encontrar , y hacia
cuyos fáciles placeres , aspiran quizás secre-
tamente .

La duquesa F .... daba con el codo á la señorita A... una


de las mas tristes pruebas de nuestras cortesanas modernas;
la marquesa de T..... vacilaba en comprar un mueble sobre
el cual hacia pujas madama D ... la esposa adúltera mas ele-
gante y mas conocida de nuestra época; el duque I..... que
se arruina en París segun los madrileños, y se arruina en
:

24 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Madrid segun los parisienses, y que, en resúmen, ni siquiera


despilfarra su renta , mientras departia con madama M ......
una de nuestras noticieras mas ingeniosas que de vez en
• cuando se digna escribir lo que dice, y firmar lo que escribe
y jurar lo que firma, cambiaba miradas confidenciales con
madama N..... la hermosa paseante de los Campos Elíseos,
casi siempre vestida de rosa ó azul, la cual arrastra un coche
tirado por dos grandes caballos negros que Tony la vendió
por dos mil francos y..... que ella le pagó ; y finalmente , la
señorita R...... que únicamente con su talento adquiere el
doble de lo que adquieren las damas de gran tono mediante
su dote y el triple de lo que los demás adquieren con sus
amores, habia ido á pesar del frio á efectuar algunas com-
pras , y ciertamente no era ella la que recibia menos mi-
radas .

Aun podríamos citar las iniciales de muchas personas


reunidas en la sala y asaz admiradas de hallarse juntas ; pero
las pasamos por alto, para no cansar á nuestros lectores .
Permítasenos apuntar solamente que todas manifestaban
una alegría loca, y que todas habian conocido á la difunta
sin que al parecer se acordasen de la pobre Margarita .
Menudeaban las risas; los tasadores nos ensordecian con
sus atronadores gritos: los compradores que habian invadi-
do los bancos colocados delante de las mesas de venta,
procuraban en vano imponer silencio, á fin de hacer sus ne-
gocios con tranquilidad. Nunca se ha visto reunion mas
variada, mas ruidosa.
Yo me deslicé quietamente en medio de tan triste tu-
multo , al considerar que este reinaba cerca del cuarto en
que habia espirado la infeliz , cuyos muebles se vendian
para pagar sus deudas. Como yo habia ido para observar,
mas que para comprar, contemplaba la figura de los subas-
tadores, cuyas facciones se regocijaban cada vez que el ob-
jetollegaba á un precio que no se habian atrevido á esperar.
1

LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 25

Personas de probidad que habian especulado en la pros-


titucion de aquella mujer, ganado en ella el ciento por cien-
to, perseguido los últimos momentos de su vida con papeles
timbrados , y que despues de su muerte iban á recojer el
fruto de honrados cálculos , al par que los intereses de un
vergonzoso crédito! .....
Oh! cuánta razon tenian los antiguos que daban un mis-
mo dios á los mercaderes y á los ladrones!
Vestidos, cachemiras, joyas, todo se vendia con increible
rapidez . Nada de esto me convenia, y continué aguardando .
De repente oí gritar:
-Un volúmen perfectamente conservado, dorado por los
cantos de las hojas é intitulado: Manon Lescaut. Tiene palabras
escritas en la primera página. Diez francos .
-Quince, dije yo .
Porqué? Lo ignoro. Sin duda por aquellas palabras escritas.
-Quince, repitió el subastador.
-Treinta, esclamó el primer postor con un tono que pare-
cia desafiar al que ofreciese mas .
Esto se convertia en lucha.
-Treinta y cinco! grité entonces con el mismo tono.
-Cuarenta.
-Cincuenta .
-Sesenta .
-

-Ciento! .....
Confieso que si hubiese querido causar sensacion, lo ha-
bria logrado completamente, pues á esta puja reinó un gran
silencio y se miró para saber quien era el personaje que
parecia tan resuelto á poseer aquel volúmen.
El acento dado á mi última palabra convenció segura-
mente á mi antagonista, que prefirió desistir de un combate
cuyo resultado me hubiera hecho pagar el libro diez veces
mas de lo que valia; é inclinándose me dijo con mucha finu-
ra, bien que algo tarde:
26 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

- Cedo, caballero.
Adjudicóseme el libro como á mejor postor .
Como yo tenia otra lucha que tal vez mi amor propio hu-
biera sostenido, pero que ciertamente hubiera causado gran
detrimento á mi peculio , hice inscribir mi nombre , poner
aparte el volúmen, y me marché. Debí dar mucho que pensar
á las personas , que testigos de aquella escena , se pregun-
taron sin duda, con qué objeto habia yo comprado por cien
francos un libro que en cualquier parte podia adquirir por
diez ó quince francos todo lo mas .
En là primera página se leia una dedicatoria escrita con
elegante carácter de letra , y que solo decia:
Manon á Margarita ,
Humildad.

Iba firmada por Armando Duval.


¿Qué significa la palabra Humildad?
¿Reconocia Manon en Margarita , por la opinion de ese
Armando Duval, una superioridad de libertinaje ó de co-
razon?

La segunda interpretacion era la mas verosímil ; pues la


primera habria sido una impertinente franqueza que Marga-
rita no hubiera aceptado, á pesar de la opinion que de sí
misma tenia .
Volví á salir y no me ocupé mas del libro hasta la noche
al acostarme .
Manon Lescaut es por cierto una tierna historia de que no
ignoro ningun detalle, y sin embargo, siempre que la tengo
en la mano , se atrae mis simpatías ; la abro , y por la cen-
tésima vez revivo con la heroina del abate Prevost. Es tan
verdadera esta heroina que me parece haberla conocido.
En aquellas nuevas circunstancias , la especie de compara-
cion establecida entre ella y Margarita , daba para mí un
inesperado atractivo á la lectura , y á mi indulgencia
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 27

añadí compasion, casi amor, por la pobrejóven cuya heren-


cia me proporcionara aquel libro. Verdad es que Manon
espiró en un desierto, pero en los brazos del hombre que la
amaba con todo el fuego de su alma , que la abrió una hoya,
regó esta con sus lágrimas y enterró su corazon con su
adorada ; al paso que Margarita , pecadora como Manon , y
quizás convertida como ella , habia fallecido en el seno de
un soberbio lujo, á juzgarse por lo que yo habia visto , en
el lecho de su pasado, pero tambien en medio del desierto
de su corazon, mucho mas árido, mucho mas vasto , mucho
mas horrible que el en que Manon halló sepultura.
En efecto , algunos amigos enterados de las últimas cir-
cunstancias de la vida de Margarita , me dijeron que á la
cabecera de su cama no habia visto sentarse una persona
que realmente la consolase durante los dos meses que duró
su lenta y dolorosa agonía .
Despues de Manon y de Margarita , ocupaban mi pensa-
miento las que yo conocia y veia caminar cantando , hácia
una muerte casi siempre invariable .
¡Desgraciadas mujeres! si es delito el amarlas , al menos
son dignas de compasion. ¿No compadecemos al ciego que
nunca ha visto la luz del sol, al sordo que nunca ha oido las
armonías de la naturaleza, y al mudo que nunca ha podido
exhalar la voz de su alma? ¿Porqué, pues, bajo un falso pre-
testo de pudor no queremos compadecernos de esta ce-
guedad del corazon, de esta sordera del alma, de esa mudez
de la conciencia que enloquecen á la infeliz afligida y la
inhabilitan para ver el bien , oir al Señor, y hablar el puro
lenguaje del amor y de la fé?
Hugo ha escrito Marion Delorme, de Musset ha escrito Ber-
nerette, Alejandro Dumas ha escrito Fernanda, los pensadores
y poetas de todos los tiempos han llevado á la cortesana la
ofrenda de misericordia , y á veces un grande hombre las
ha rehabilitado con su amor, y hasta con su apellido .
28 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Si insisto de tal modo en este punto , es porque entre los


que van á leerme hay muchos tal vez que ya están prontos
á arrojar este libro, en el cual temen ver tan solo una apo-
logía del vicio y de la prostitucion, y la edad del autor con-
tribuye sin duda á motivar tamaños recelos . Desengáñense
los que tal crean, y continuen si solo les detiene este temor .
Estoy íntimamente convencido de un principio , y es el
siguiente : para la mujer que ignora el bien por falta de
educacion, Dios abre casi siempre dos senderos que al bien
conducen. Estos senderos son el dolor y el amor y su trán-
sito es dificilísimo. Las que lo siguen se ensangrientan los
piés y se destrozan las manos; pero al mismo tiempo dejan
en los abrojos del camino las galas del vicio , y llegan al tér-
mino con esa desnudez de que nadie se sonroja delante del
Señor .

Los que encuentran á esas atrevidas viajeras, deben de-


fenderlas y decir á todo el mundo que las han encontrado,
puesto que publicándolo enseñan el camino .
No se trata de colocar buenamente dos postes en la porta-
da de la vida , con esta inscripcion el uno: Senda del biet , y
con este aviso el otro: Senda del mal , y decid á los que se
presenten: Elegid ; sino que á imitacion de Jesucristo , debe-
mos enseñar los caminos que conducen de la segunda senda
á la primera , á los que se dejaron seducir por las amenas
cercanías; y sobre todo , el principio de estas veredas no
debe ser demasiado penoso , ni parecer demasiado impe-
netrable .

El cristianismo con su maravillosa parábola del niño pró-


digo, nos preceptúa la indulgencia y el perdon . Jesus rebo-
saba de amor hacia esas almas heridas por las pasiones de
los hombres , cuyas llagas se complacia en curar , sacando
de ellas mismas el bálsamo salvador. Y decia á Magdalena:
«Mucho se te perdonará, porque has amado mucho. » ¡Subli-
me perdon que debia despertar una fé sublime!
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 29

¿Por qué hemos de ser mas severos que Jesucristo? ¿Por


qué, encastillándonos en las opiniones de un mundo que se
endurece para que se le crea fuerte , hemos de rechazar al-
mas que manan sangre por unas heridas que , como á la
sangre corrompida de un enfermo, dan paso á la corrupcion
de su vida pasada? ¿Por qué hemos de rechazar esas almas
que solo esperan una mano amiga que las cure y las de-
vuelva la convalescencia del corazon?
Apelo á mi generacion , apelo á los para quienes feliz-
mente ya no existen las teorías de Voltaire; á los que, como
yo , comprenden que la humanidad emprendió desde hace
quince años uno de sus mas atrevidos vuelos . Poseemos
para siempre la ciencia del bien y del mal : renace la fé; se
nos ha devuelto el respeto á las cosas sagradas ; y si el
mundo no se vuelve completamente bueno, al menos me-
jora mucho .
Los esfuerzos de todos los hombres inteligentes tienden
al mismo fin , y todo corazon grande se adhiere al mismo
principio ; seamos buenos , seamos jóvenes , seamos verídi-
cos. El mal es solo una vanidad ; tengamos el orgullo del
bien , y sobre todo no desesperemos. No menospreciemos
á la mujer que no es madre , ni hija , ni esposa , ni her-
mana. No circunscribamos el afecto en el círculo de la fami-
lia, ni la indulgencia en el egoismo.
Toda vez que el cielo se goza mas en el arrepentimiento
de un pecador, que en la oracion de cien justos que nunca
han pecado , procuremos que el cielo se regocije y él nos
lo pagará con usura .
Dejemos en nuestro camino la limosna del perdon á las
víctimas de los deseos terrenales, á quienes salvará tal vez
una esperanza divina ; y como dicen las buenas ancianas
cuando aconsejan un remedio de su cosecha, si esto no hace
bien, no puede hacer mal .
Seguramente se me tachará de temerario porque deseo
30 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

obtener tan grandes resultados del insignificante asunto


que me ocupa ; pero yo pertenezco al número de los que
creen que lo máximo está en lo mínimo. El niño es pequeño,
y encierra al hombre ; el cerebro es estrecho , y abriga el
pensamiento, el ojo es un punto, y abraza leguas .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 81

CAPITULO VI .

os dias despues , habia terminado completamente


la venta , que produjo ciento cincuenta mil fran-
B cos .

Los acreedores se habian repartido las dos ter-


ceras partes de la suma , y la familia , compuesta
de una hermana y un sobrino, habia heredado el
resto .

Esa hermana se quedó con tanta boca abierta


cuando el agente de negocios hubo escrito que
ella heredaba cincuenta mil francos .
Hacia seis ó siete años que la jóven no habia
visto á su hermana , la cual desapareció un dia
sin que por ella ni por nadie se supiese el menor detalle de
su vida desde el momento de su desaparicion .
Llegó , pues , apresuradamente á París , y la admiracion
de los que conocian á Margarita fué grande al ver que su
única heredera era una rolliza hermosa aldeana , que hasta
entonces no habia salido nunca de su pueblo.
32 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Halló hecha de un solo golpe su fortuna ; sin que ni si-


quiera supiese el origen de esta inesperada riqueza.
Segun despues me dijeron , volvió a sus hogares con el
corazon atravesado por la muerte de su hermana; dolor mi-
tigado , empero , por la idea de que acababa de colocar la
suma heredada al cuatro y medio por ciento.
Todas estas circunstancias repetidas en París , ciudad
madre del escándalo , empezaban á caer en el olvido , y yo
mismo casi olvidaba la parte que habia tomado en tales
acontecimientos , cuando otro incidente me hizo conocer
toda la vida de Margarita, enterándome de tan interesantes
pormenores , que me asaltó el deseo de escribir esta histo-
ria, y la escribo.
Transcurridos tres ó cuatro dias, la habitacion , vacía ya
de todos sus muebles vendidos, estaba para alquilar.
Una mañana llamaron á la puerta de mi casa. Mi criado
ó mejor , mi portero , que me servia de criado, fué á abrir y
me trajo una targeta , diciéndome que la persona que se la
habia entregado deseaba hablarme .
Eché los ojos sobre la targeta y leí estas dos palabras :
Armando Duval.
Este nombre no me era desconocido, y en efecto, recordé
la primera hoja del volúmen de Manon Lescaut.
¿Qué podia quererme la persona que habia dado este
libro á Margarita? Mandé que al punto hicieran entrar al
caballero que estaba aguardando.
Entonces ví á un jóven rubio , alto , pálido , en traje de
camino, y que parecia no habérselo quitado de encima des-
de algunos dias, ni siquiera cepillado al llegar á París, pues
estaba cubierto de polvo.
M. Duval , profundamente conmovido , no hizo ningun
esfuerzo para ocultar su emocion , y derramando lágrimas,
con voz entrecortada me dijo:
-Caballero , os suplico que me dispenseis por mi visita
5.
18
61

LüVazquez Rambla 31.

ARMANDO DUVAL .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 33

y mi traje. Entre jóvenes son mas ligeras las formalidades.


Además , era tan vivo mi deseo de veros hoy , que ni si-
quiera me he tomado tiempo para apearme en la fonda , á
donde he enviado mi equipaje , y he volado á vuestra casa
temiendo aun no encontraros , á pesar de ser temprano.
Rogué á M. Duval que tomase asiento cerca de la lumbre,
y lo hizo sacando un pañuelo con el cual ocultó su rostro
por un momento .
-Sin duda no adivinais , prosiguió sonriéndose triste-
mente , á qué viene este desconocido que os visita á seme-
jante hora, con semejante vestido y llorandode esta manera .
Francamente, vengo á pediros un gran servicio.
-Hablad , caballero. Estoy á vuestra disposicion .
-¿Habeis asistido á la venta de los muebles de Margari-
ta Gautier?
A este nombre , la emocion de que el jóven habia triun-
fado por un momento , fué mas fuerte que él , y tuvo que
acercar las manos á sus ojos.
-Debo pareceros muy ridículo, añadió ; perdonadme tam-
bien por esto, y creed que nunca olvidaré la paciencia con
que teneis la bondad de escucharme .
-Caballero , repliqué ; si el servicio que segun parece
puedo prestaros , debe mitigar algun tanto el dolor que os
lacera el alma , decidme pronto en qué puedo complaceros
yhallareis en mí á un hombre que se conceptuará feliz si lo-
gra seros útil.
El dolor de M. Duval era simpático , y á pesar mio hu-
biera deseado satisfacerle .
Entonces me dijo :
-¿Habeis comprado algo en la venta de Margarita?
-Sí señor; un libro .
-Manon Lescaut?
-Justamente.
4

-¿Lo teneis aun?


5
34 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.
-En mi dormitorio .
A esta noticia Armando Duval pareció aliviado de un
gran peso, y me dió las gracias, como si yo hubiese ya em-
pezado á prestarle un servicio conservando aquel volúmen.
Entonces me levanté , fuí á mi gabinete para tomar el li-
bro , y se lo entregué.
-Es el mismo , dijo mirando la dedicatoria de la primera
hoja , y hojeando , sí, es el mismo .
Y dos gruesas lágrimas cayeron sobre las páginas.
-Ybien, caballero , dijo levantando la cabeza y sin tra-
tar de ocultarme que habia llorado y estaba dispuesto á llorar
otra vez; ¿os interesa mucho este libro?
-¿Porqué , caballero?
- Porque vengo á suplicaros que me lo cedais .
-Perdonad mi curiosidad , dije entonces; pero segun eso,
¿sois vos quien lo dió á Margarita Gautier?
-Yo mismo .

-Vuestro es el libro, caballero; recobradlo, me alegro de


poder devolvéroslo .
-Pero, prosiguió M. Duval con embarazo, es justo que al
menos os reintegreis de lo que os ha costado .
-Permitidme que os lo ofrezca. El precio de un solo vo-
lúmen en semejante venta es insignificante, y ya no recuer-
do cuanto dí por este .
-Disteis cien francos .
-Es cierto, dije turbado á mi vez: ¿cómo lo sabeis?
-Es muy sencillo : yo esperaba llegar á tiempo á París
para la venta de Margarita , y no he llegado hasta esta ma-
ñana. Queria poseer un objeto procedente de ella y me di-
rigí á casa del tasador de la subasta, para pedirle que me
dejara ver la lista de los objetos vendidos y de los nombres
de los compradores . Ví que vos habiais comprado este vo-
lúmen, y resolví suplicaros que melo cedieseis , aunque el
precio á que lo pujasteis me hiciese recelar que algun re
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 35

cuerdo os habia inspirado el deseo de poseerlo. Y así di-


ciendo , Armando parecia temer evidentemente que yo hu-
biese conocido á Margarita hasta el mismo punto que él.
Me apresuré á tranquilizarle .
-Conocí de vista á la señora Gautier, le dije; su muerte
me causó la impresion que causa á un jóven la muerte de
una mujer hermosa á quien se alegraba de encontrar. Queria
comprar alguna cosa al venderse sus muebles , y me enca-
priché haciendo pujas sobre este volúmen, solo por el gusto
de hacer rabiar á un sugeto que se obstinaba en pagarlo mas
caro que yo , y parecia disputarme su posesion. Vuelvo,
pues, á decíroslo, caballero , este libro está á vuestra dispo-
sicion , y os ruego nuevamente que lo acepteis y no lo reci-
bais de mí como yo lo recibí del tasador , á fin de que nos
una el lazo de la mas estrecha amistad .
-Está bien , caballero , me dijo Armando tendiendo la
mano y apretando la mia. Acepto , y contad con mi eterna
gratitud .
Grande era mi deseo de interrogar á Armando respecto
de Margarita, pues la dedicatoria del libro, el viaje del jóven,
y su afan para poseer aquel volúmen , escitaban altamente
mi curiosidad ; pero temí que mis preguntas revelaran que
solo rehusé su dinero para tener el derecho de ingerirme en
sus asuntos , lo cual estaba muy lejos de mi pensamiento.
Hubiérase dicho que adivinó mi deseo, pues me dijo:
-¿Habeis leido este libro?
-Enteramente .
-¿Qué habeis pensado de las dos líneas que escribí en él?
-Comprendí al instante que á vuestro modo de ver , la
pobre jóven á quien disteis este volúmen se distinguia de
la categoría ordinaria, pues no quise ver en estas dos líneas
un cumplimiento vulgar.
-Teniais razon , caballero. Esa jóven era un ángel. To-
mad, me dijo, leed esta carta.
36 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Y me alargó un papel que parecia haber sido leido repe-


tidas veces .
Lo abrí , y leí lo siguiente :
"Mi querido Armando : recibí vuestra carta , gozais de
buena salud , y doy gracias al cielo porque os dispensa tal
beneficio .
"Sí, amigo mio, estoy enferma, y mi enfermedad es irre-
mediable ; pero el interés que os dignais tomar por mí , ali-
via mucho mis sufrimientos . Sin duda no viviré el tiempo
necesario para tener la dicha de estrechar la mano que ha
escrito la bondadosa carta que acabo de recibir, y cuyas pa-
labras me curarian si algo pudiera curarme. No os veré mas ,
pues me hallo al borde de la tumba , y me separa de vos
una distancia inmensa .
>>Pobre amigo mio! vuestra Margarita de otros tiempos
ha cambiado mucho, y quizá es preferible que no volvais á
verla , si habeis de encontrarla tal como está. ¿Me pregun-
tais si os perdono? ¡oh ! de todo corazon, amigo mio , pues
el mal que habeis querido hacerme no era mas que una
prueba del amor que me profesabais .
"Hace un mes que me hallo postrada en el lecho del do-
lor, y me es tan cara vuestra estimacion, que desde el mo-
mento en que nos separamos, escribo el diario de mi vida y
lo escribiré hasta que mi mano se niegue á sostener la plu-
ma. Si el interés que os tomais por mí es verdadero , Ar-
mando , cuando volvais , id á casa de Julia Duprat , que os
entregará este diario. En él hallareis la razon y la causa de
cuanto ha pasado entre nosotros. Julia es muy buena para
conmigo, y con frecuencia hablamos de vos. Ella se hallaba
aquí cuando he recibido vuestra carta , y hemos llorado al
leerla

"Si no me hubieseis dado noticias vuestras , Julia que-


daba encargada de entregaros estos papeles á vuestra llega-
da á Francia. No me lo agradezcais. Este recuerdo cotidiano
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 37

de los únicos momentos felices de mi vida , me hace un bien


inefable , y si en esa lectura debeis hallar las escusas del pa-
sado , á mí me ofrece un bálsamo inagotable de consuelo.
"Quisiera dejaros alguna cosa que os hiciese pensar con-
tinuamente en mí; pero han embargado todos mis muebles,
y nada me pertenece .
"¿Comprendeis , amigo mio? Se acerca mi última hora , y
desde mi dormitorio oigo los pasos del vigilante que mis
acreedores han puesto en el salon para que nadie se lleve
nada y no me queda nada sino muero. Seguramente aguar-
dan mi fallecimiento para proceder á la venta.
"¡Oh ! los hombres son desapiadados! Pero me engaño: el
justo , el inflexible, es Dios.
>>Y bien , querido amigo ; espero que vendreis á la venta
y comprareis algo , pues si yo retirase algun objeto para
vos y lo supieran , serian capaces de acusaros de sustrac-
cion de efectos embargados.
"!Cuán triste es la vida que abandono!
"!Qué bueno seria Dios si me permitiese veros antes de
espirar!
"Segun todas las probabilidades, ¡adios, amigo mio! per-
donadme si no prolongo esta carta , porque los que prome-
ten curarme, me dibilitan á fuerza de sangrías , y mi mano
se niega á escribir mas .
"MARGARITA GAUTIER .

En efecto, las últimas palabras apenas eran legibles.


Devolví la carta al jóven Armando , que sin duda acaba-
ba de leerla en su pensamiento como yo en el papel , pues
me dijo al tomarla :
-¡Quién creyera que la que trazó estas líneas era una
cortesana! Y conmovido por sus recuerdos , contempló por
un momento el escrito y acabó por acercarlo á sus labios.
¡Ah! cuando pienso, prosiguió, que murió sin que yo pu
38 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

diese volver á verla, que no la veré mas, y que hizo por mí


lo que no hubiera hecho una hermana , no me perdono el
haberla dejado morir de tal modo .
¡Muerta! ¡muerta! ¡pensando en mí, escribiendo y pronun-
ciando mi nombre! ¡Infeliz Margarita!
YArmando , dando libre rienda á sus pensamientos y á
sus lágrimas , me tendia la mano y continuaba:
-Si me viesen lamentarme así de semejante muerte , cre-
yéranme bastante niño ; pero es porque no sabrian cuánto
he hecho sufrir á esa mujer , cuán cruel he sido yo , y cuán
buena y resignada ha sido ella! Yo creia que á mí solo me
tocaba perdonar , y hoy me considero indigno del perdon
que me concede. ¡Oh! daria diez años de mi existencia por
llorar una hora á sus piés .
Es muy difícil consolar un dolor que no conocemos, y sin
embargo , era tan viva la simpatía que me habia inspirado
aquel jóven , me confiaba con tanta franqueza su sentimien-
to, que creí qué mis palabras no le serian indiferentes , y le
dije:
-¿No teneis parientes , ó amigos? Esperad , vedles y os
consolarán, pues por mi parte, solo puedo compadeceros.
-Teneis razon , dijo levantándose y paseándose agitado
por mi habitacion ; os molesto. Dispensadme, yo no refle-
xionaba que mi amor debe importaros poco, y que es im-
portuno poruna cosa que no puede ó no debe inspiraros el
menor interés .
-Mal interpretais el sentido de mis palabras ; estoy á
vuestra disposicion, y solo siento mi insuficiencia para cal-
mar vuestra afliccion. Si mi compañía y la de mis amigos
puede distraeros, si necesitais de mí, sea lo que fuere, quie-
ro que veais el placer que tendré en satisfacer vuestros
deseos .
-Perdonadme una y mil veces, me dijo ; el dolor exajera
las sensaciones. Permitid que me quede algunos minutos
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 39

mas ; el tiempo de enjugarme los ojos , para que los bobos


de la calle no miren como una gran curiosidad á este man-
cebo que llora. Me haceis muy feliz dándome este libro , y
nunca sabré reconocer tal favor . ¿Cómo agradecéroslo... ?
-Concediéndome vuestra amistad , contesté, y contándo-
me la causa de vuestro dolor. ¿No es un consuelo referir lo
que se sufre?
-Teneis razon; pero hoy tengo mucha necesidad de llo-
rar , y mi boca solo pronunciaria palabras incoherentes. Un
dia os contaré esta historia , y ya vereis si tengo motivo
para sentir la muerte de esa jóven. Y ahora , añadió frotán-
dose por última vez los ojos y mirándose en el espejo, tened
la bondad de decirme que no me hallais demasiado simple
y permitidme que vuelva á veros .
La mirada del jóven era dulce y bondadosa ; estuve á
punto de abrazarle .
En cuanto á él , sus ojos comenzaban de nuevo á preñarse
de lágrimas y al ver que yo lo notaba , apartó de mí su
mirada.

-Ea, le dije, ¡ valor!


Adios , me dijo entonces .
Y haciendo un esfuerzo inaudito para no llorar , mas bien
huyó que salió de mi casa.
Levanté la cortina de mi balcon, y le ví subir al cabriolé
que le esperaba á la puerta ; pero no bien entró en él, se
deshizo en llanto y ocultó el rostro con su pañuelo.
.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 41

CAPITULO V.

RASCURRIÓ bastante tiempo sin que oyese ha-


blar de Armando , pero en cambio se trató fre-
cuentemente de Margarita.
No sé si mis lectores lo habrán observado ;
pero hasta que se pronuncie una vez delante de
nosotros el nombre de una persona que parecia
deber sernos desconocida ó cuando menos indife-
rente, para que los detalles vengan á agruparse
poco a poco en derredor de este nombre , y nues-
tros amigos nos hablen entonces de una cosa con
que nunca nos habian entretenido antes. Enton-
ces descubrimos que esa persona se habia puesto
casi en contacto con nosotros , nos apercibimos de que la
hemos visto muchas veces sin observarla ; en los sucesos
que se nos cuenta hallamos una coincidencia y afinidad rea-
les con ciertos sucesos de nuestra propia existencia.
No me sucedia positivamente lo mismo respecto de Mar-
garita , pues yo la habia visto y encontrado , y la conocia
6
42 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

personalmente así como sus costumbres ; pero habia resonado


tanto su nombre en mis oidos desde aquella venta y hallábase
este nombre mezclado con un dolor tan profundo , que mi ad-
miracion habia subido de punto, aumentando mi curiosidad.
El resultado de esto fué que las primeras palabras que
dirigia á los amigos á quienes no habia nunca hablado de
Margarita, eran siempre estas:
-¿Habeis conocido á una tal Margarita Gautier?
-¿La dama de las Camelias?
-La misma .
--¡Mucho!
Estos muchos iban á veces acompañados de sonrisas inca-
paces de dejar duda alguna sobre su significacion.
-Y bien, ¿quién era esa jóven? continuaba yo.
Una buena jóven.
-¿Y nada mas?
-¡Cáspita! Sí; tenia mas talento y quizá mas corazon que
las otras .
-¿Y no sabeis alguna particularidad acerca de ella?
-Arruinó al baron de G....
-¿Solamente?
-Era la querida del viejo duque de.....
-¿Estais cierto de que era su querida?
-Así se dice. A lo menos, la daba mucho dinero .
Siempre los mismos detalles generales .
Con todo, yo hubiera deseado saber alguna cosa sobre la
amistad de Margarita y Armando.
Cierto dia encontré á uno de los que contínuamente viven
en la intimidad de las meretrices, y le pregunté:
-¿Habeis conocido á Margarita Gautier?
La contestacion fué el mucho de costumbre.
-¿Qué clase de jóven era?
-Linda y buena. Su muerte me ha causado gran senti-
miento.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 43

-¿No tuvo un amante llamado Armando Duval?


-¿Un jóven alto y rubio?
-Sí .
-Es verdad .
-¿Quién era ese Armando?
-

Un mozo que segun creo, se comió con ella lo poco que


poseia , y hubo de abandonarla. Dícese que estaba loco por
Margarita .
-¿Y ella?
-Tambien le amaba mucho, segun dicen, pero del modo
que aman esas mujeres. No hay que pedirlas mas de lo que
pueden dar.
-¿Qué se ha hecho de Armando?
-Lo ignoro , le conocia muy poco. Vivió cinco ó seis
meses con Margarita, pero en el campo; y cuando ella vol-
vió , él partió .
-¿Y no le habeis vuelto á ver desde entonces?
-Nunca .

Yo tampoco habia vuelto á verle; hasta llegué á pregun-


tarme si la noticia reciente del fallecimiento de Margarita
habia exagerado el antiguo amor de Armando y por consi-
guiente su dolor al presentarse en mi casa, y me decia que
tal vez habia ya olvidado á Margarita , al par que su pro-
mesa de venir á visitarme .
Esta suposicion hubiera sido muy verosímil tratándose
de otra persona ; pero la desesperacion de Armando habia
exhalado acentos sinceros , y pasando de un estremo al otro,
me figuré que el dolor habia degenerado en enfermedad , y
que si yo no tenia noticias suyas era porque estaba enfermo
ó tal vez habia muerto .
Yo me interesaba espontáneamente por aquel jóven.
Quizá en este interés habia egoismo ; quizá bajo aquel
dolor habia yo vislumbrado una tierna historia de cora-
zon ; quizá en fin , mi deseo de conocerla era el único fun
44 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

damento del cuidado que el silencio de Armando me in-


fundia .

Puesto que Duval no venia á mi casa, resolví ir á la


suya . El pretesto no era difícil de hallar; pero desgracia-
damente yo no sabia las señas de su habitacion , y por mas
que las pedí nadie supo dármelas .
Fuí á la calle de Antin para ver al portero de Margarita,
el cual tal vez sabia donde moraba Armando ; pero el por-
tero era otro , y lo ignoraba como yo. Entonces me infor-
mé del cementerio en que habia sido enterrada la señorita
Gautier . Era el cementerio de Montmartre.
Abril habia reaparecido , el tiempo era magnífico , las
tumbas ya no debian ofrecer ese aspecto doloroso y deso-
lado que las da el invierno : en fin , hacia ya bastante calor
para que los vivos se acordasen de los muertos y les visita-
ran. Dirigíme pues al cementerio , diciéndome: A la simple
inspeccion de la tumba de Margarita , veré si aun existe
el dolor de Armando , y quizás sabré lo que de él se ha
hecho.
Entré en la habitacion del conserje , y le pregunté si el
dia 22 de febrero se habia enterrado en el cementerio de
Montmartre á una mujer llamada Margarita Gautier.
El conserje hojeó un gran libro en que están incritos y
numerados todos los nombres de los que entran en aquel úl-
timo asilo , y me respondió que en efecto, el 22 de febrero á
medio dia , se habia dado sepultura á una mujer del citado
nombre . Le rogué que me hiciese acompañar al sepulcro,
pues no hay medio de orientarse sin cicerone en aquella ciu-
dad de los muertos que tiene sus calles como la ciudad de los
vivos . El guardian llamó á un jardinero, le dió las instruccio-
nes necesarias, y éste le interrumpió diciendo: Ya sé, ya sé.
-¡Oh! la tumba es muy fácil de reconocer , continuó di-
rigiéndose á mí .
-¿Por qué? le dije .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 45

-Porque tiene flores muy diferentes de las que adornan


las demás .
-¿Cuidais de ella?
- Sí, señor , y yo quisiera que todos los parientes cuida-
sen tanto de los difuntos, como el jóven que me ha reco-
mendado aquella .
Despues de algunos rodeos , el jardinero se detuvo y me
dijo:
-Esta es .

En efecto , mis miradas se fijaron en un cuadro de flores


que nadie habria tomado nunca por un sepulcro, á no des-
cubrirlo una piedra de mármol blanco y un nombre grabado
en ella.
La piedra estaba colocada de pié , un enrejado de hierro
limitaba el terreno comprado, y este terreno se hallaba cu-
bierto de camelias blancas .
-¿Qué decís de esto? me preguntó el jardinero .
-Es muy hermoso .
-Y cada vez que se marchita una camelia , tengo órden
de reemplazarla con otra.
-¿Y quién os ha dado esa órden?
-Un jóven que lloró mucho la primera vez que vino;
[Link] amigo de la difunta , seguramente , pues parece
que era una desenvuelta esa mujer. Y dicen que era muy
linda. ¿La conocisteis? 1

-Sí .

-Como el otro , me dijo el jardinero sonriendo malig-


namente .

-No , nunca hablé con ella .


-¿Y venís á verla en el cementerio? No deja de ser muy
gracioso por vuestra parte , pues los que vienen á ver á la
pobre jóven no son muchos que digamos .
-¿Con qué no viene nadie?
-Nadie, á no ser el jóven caballero que vino una vez.
46 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

-¿Una sola vez?


-Si, señor .
-¿Y no ha vuelto mas?
-No, pero volverá á su regreso.
-¿Está , pues, viajando?
-Si.

-¿Sabeis dónde se halla?


-Se halla, segun creo, en casa de la hermana de la seño-
rita Gautier.
-¿Y qué hace allá?
-Partió para pedirla el permiso de exhumar á la difunta
á fin de depositarla en otra parte .
-¿Por qué no quiere dejarla aquí?
-Ya sabeis , señor, que se tienen caprichos por los muer-
tos. Los hombres de mi profesion lo vemos todos los dias.
Este terreno solo se ha comprado por cinco años , y ese jó-
ven quiere una concesion perpétua y un terreno mas vasto ;
lo mejor será en el cuartel nuevo .
-¿A qué llamais cuartel nuevo?
-Los nuevos terrenos que están vendiéndose , á la de-
recha. Si el cementerio hubiese sido dirigido siempre como
actualmente, no habria otro igual en el mundo ; pero aun le
falta mucho para llegar á ser lo que debiera. Y además, son
tan pícaras las gentes....
-¿Qué quereis decir?
-Quiero decir , que hay personas que son orgullosas
hasta en el cementerio. No, pues parece que la tal señorita
Gautier era una linda alhaja , permitidme la espresion.
Ahora , la pobre señorita, ya no existe , y resta tanto de
ella , como de las que nadie tiene por qué culparlas y que
nosotros regamos todos los dias. Pues bien! cuando los pa-
rientes de las personas que están sepultadas cerca de ella
han sabido quien era , han dado en la manía de decir que
se opondrian á que se la enterrase aquí, y que debia haber
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 17

terrenos aparte para esta clase de mujeres , como para los


pobres. ¿Dónde se ha visto semejante estravagancia? Cómo
les he dado en caperuza á esos señores acaudalados que
no vienen cuatro veces al año á visitar sus difuntos , que
traen ellos mismos sus flores ¡y mirad que flores! que con-
sideran como un entretenimiento á los por quienes dicen
que lloran , que escriben en sus tumbas unas lágrimas que
nunca han derramado, y que vienen á ser exigentes por un
quitame allá esas pajas! Podeis creerme , señor ; yo no co-
nocia á esta señorita , ni sé lo que ha hecho: ¡pues bien! yo
la quiero , y cuido de ella , y la doy las camelias tan ba-
ratas como puedo. Es mi muerta favorita . En cuanto á nos-
otros nos vemos asaz obligados á querer á los muertos , pues
estamos tan ocupados, que apenas tenemos tiempo para
querer otra cosa .
Yo miraba al jardinero , y algunos de mis lectores com-
prenderán , sin que tenga necesidad de esplicárselo , la
emocion que esperimentaba al oirle .
Sin duda se apercibió de ello , pues añadió:
-Dicen que habia personas que se arruinaban por esa
jóven , y que ella tenia amantes que la adoraban. ¡Pues
bien! cuando pienso que ninguno de ellos viene solamente
á comprar una flor para su antigua querida, veo que el caso
es curioso y triste. Y bien mirado , esta no puede quejarse,
pues tiene su sepulcro, y si solo hay un amante que se acuer-
de de ella, este hace las cosas por los otros. Pero aquí tene-
mos jóvenes de la misma clase y de la misma edad que son
arrojadas á la fosa comun , y se me cae el corazon cuando
oigo caer sus pobres cadáveres en el fondo. Y una vez en-
terradas , nadie se ocupa de ellas. No es siempre divertido
et oficio que hacemos, sobre todo cuando tenemos un peda-
zo de alma. ¿Qué quereis que os diga? Dios me hizo así , y
no puedo remediarlo. Tengo una hija de veinte años , alta y
bien formadal, y cuando traen á este sitio una muerta de su
48 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

edad, pienso con ella, y aunque sea una gran señora ó una
vagamunda , no puedo menos de conmoverme .
Pero sin duda os aburro con mis historias , y vos no ha-
beis venido para tener la paciencia de escucharlas . Se me
ha dicho que os acompañe á la tumba de la señorita Gautier
y la teneis delante. ¿Puedo seros útil en alguna otra cosa?
-Sabeis las señas de la habitacion de M. Armando Du-
val? pregunté al jardinero .
-¿Sí, vive en la calle de...... Por lo menos , allí es donde
fuí á cobrar el importe de todas las flores que estais viendo.
-Gracias , amigo mio .
Eché una última mirada á la florida tumba, cuyas profun-
didades hubiera querido sondear á pesar mio , para ver en
qué habia venido á parar la hermosa criatura que del polvo
habia vuelto al polvo, y me alejé muy triste.
-¿Acaso quereis ver á M. Duval? prosiguió el jardinero
que iba á mi lado .
-Sí .
-Es que estoy seguro de que aun no ha vuelto , pues de
lo contrario hubiera ya venido al cementerio.
- ¿Con qué estais convencido de que no ha olvidado á
Margarita?
-No solo estoy convencido de ello , sino que apostaria á
que su deseo de cambiarla de sepulcro es el deseo de vol-
verla á ver.
-¿Qué decís?
-Las primeras palabras que me dijo al venir al cemen-
terio fueron: ¿Qué hacer para verla otra vez? Esto no podia
verificarse sino por medio de un cambio de sepulcro , y yo
le enteré de todas las formalidades que deben cumplirse
para obtener este cambio , pues ya sabeis que para trasla-
dar los muertos de un sepulcro á otro, es preciso recono-
cerles , y únicamente la familia puede autorizar esta opera-
cion, la cual debe ser presidida por un comisario de policía;
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 49

de modo que M. Duval partió para pedir esa autorizacion á


la hermana de la señorita Gautier, y su primera visita será
probablemente para nosotros.
Habíamos llegado á la puerta del cementerio: dí de nue-
vo las gracias al jardinero poniéndole algunas monedas en
la mano , y me dirigí á la casa cuyas señas me habia dado.
Armando no habia vuelto .
Dejé un billete en su casa , rogándole que viniese á ver-
me luego que llegara , ó me enviase á decir dónde podria
encontrarle.
El dia siguiente por la mañana recibí una carta de M. Du-
val, que me informaba de su regreso y me rogaba que pa-
sase á su casa , añadiendo que , rendido de fatiga , le era
imposible salir.

7
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 51

CAPITULO VI .

ví á casa de Armando , y le hallé en cama .


Al verme me tendió su mano ardiente .
-Teneis fiebre , le dije.
-No será nada; la fatiga de un viaje rápido,
hé aquí todo.
-¿Venís de casa de la hermana de Margarita?
-Sí, ¿quién os lo ha dicho?
-Yo lo sé , ¿y habeis obtenido lo que de-
seabais?

-Sí ; pero ¿quién os ha informado del viaje y


de su objeto?
-El jardinero del cementerio.
-¿Habeis visto la tumba?
Apenas osé contestar, pues el tono de esta frase me reve-
laba que Armando aun era víctima de la emocion de que yo
habia sido testigo , y cada vez que su pensamiento ó las
palabras de otro le trajeran á la memoria tan doloroso objeto ,
aquella emocion pugnaria aun durante mucho tiempo con su
voluntad.
52 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Me contenté , pues , con responder moviendo la cabeza.


-¿Ha cuidado mucho de ella? continuó Armando .
-Sí.

Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas del enfer-


mo, que volvió la cabeza para ocultármelas. Hice como que
no las habia visto, y procuré dar otro giro á la conver-
sacion .
-Han transcurrido tres semanas desde que partisteis,
le dije:
Armando pasó la mano por sus ojos y me respondió:
-Tres semanas, ni mas ni menos .
-Largo ha sido vuestro viaje.
-¡Oh! no he viajado siempre ; he estado enfermo quince
dias , y esto me ha impedido volver mucho antes ; pero no
bien llegué allá, la fiebre me atacó y obligó á guardar cama.
-Y os pusisteis otra vez en camino sin hallaros resta-
blecido completamente .
-A permanecer ocho dias mas en aquel país , me hu-
biera muerto.
-Pero ahora que habeis vuelto , es preciso cuidaros,
vuestros amigos vendrán á veros , y yo el primero si me lo
permitís .
-Pienso levantarme dentro de dos horas .
-¡Qué imprudencia!
-Es preciso .
-¿Urge mucho lo que teneis que hacer?
-Debo ir á casa del comisario de policía.
-¿Por qué no confiais á otro una diligencia que puede
agravar vuestra enfermedad?
-Es lo único que puede curarme. Es preciso que yo la
vea. Desde que supe su muerte , y sobre todo, desde que ví
su sepulcro , no sosiego ni duermo. No puedo convencerme
de que haya espirado una mujer que dejé tanjóven y tan
hermosa. Debo asegurarme de ello con mis propios ojos.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 53

Debo ver en qué ha convertido Dios á un ser que he amado


tanto, y tal vez el disgusto del espectáculo , reemplace el
martirio del recuerdo. Vos me acompañareis, ¿no es verdad?
-¿Qué os ha dicho su hermana?
-Nada. Ha estrañado mucho que un particular quiera
comprar terreno para sepultar á Margarita , y en seguida
me ha firmado la autorizacion que yo la pedia.
-Creedme , aguardad vuestro completo restablecimiento
para realizar esa traslacion .
-¡Oh! ya me sentiré fuerte, perded cuidado. Además
volviérame loco si cuanto antes no ejecutara una resolucion
cuyo cumplimiento es ya una necesidad de mi dolor. Os
juro que no renacerá la calma en mi corazon sino cuando
habré visto á Margarita. Quizá es una sed de la fiebre que
me devora, un delirio de mis insomnios, un resultado de mi
delirio; pero aunque debiese hacerme cartujo, como M. de
Rancé , despues de haber visto, veré.
-Comprendo , dije á Armando , disponed de mí. ¿Habeis
visto á Julia Duprat?
-Si. ¡Oh! la ví el mismo dia de mi primer regreso .
-¿Os entregó los papeles que Margarita ledejó para vos?
-Aquí están .
Armando sacó un rollo de debajo de su almohada , y en
seguida volvió á colocarlo allí mismo .
-Sé de memoria el contenido de estos papeles, me dijo.
Los he leido diez veces al dia por espacio de tres semanas.
Vos tambien los leereis , pero mas tarde , cuando esté mas
sosegado y pueda haceros comprender todo el corazon, todo
. el amor que esta confesion revela .
Por ahora tengo que pediros un favor.
-¿Cuál?
-¿Teneis un coche abajo?
-Sí .

-Pues bien. Tened la bondad de tomar mi pasaporte é


54 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

ir á ver si en el correo hay cartas para mí. Mi padre y mi


hermana han debido escribirme á París; pero como partí con
tanta precipitacion , no tuve tiempo para informarme antes
de ponerme en camino. Cuando hayais vuelto iremosjuntos
á ponernos de acuerdo con el comisario de policía , para la
ceremonia de mañana .
Armando me entregó su pasaporte , y me trasladé á la
calle de J.-J. Rousseau .
Habia dos cartas dirigidas á Duval, las tomé y volví. En-
contré á Armando vestido del todo y dispuesto á salir.
-Gracias, me dijo tomando sus cartas. Sí , añadió des-
pues de mirar los sobres, sí, son de mi padre y de mi her-
mana. No habrán comprendido nada de mi silencio.
Abrió las cartas, y mas bien las adivinó que las leyó, pues
eran de cuatro páginas cada una, y al poco rato habia vuel-
to á doblarlas .
-Partamos , me dijo. Contestaré mañana.
Fuímos á casa del comisario de policía , á quien entregó
Armando la autorizacion de la hermana de Margarita .
El comisario le dió en cambio una carta para el guardian
del cementerio ; acordóse que la traslacion tendria lugar
el dia siguiente á las diez de la mañana; que yo iria á bus-
carle una hora antes, y que pasaríamos juntos al cemen-
terio .

Por mi parte tambien me picaba la curiosidad de asistir


á aquel espectáculo , y confieso que por la noche no pude
conciliar el sueño .
A juzgar por los pensamientos que me asaltaron, la noche
debió de ser muy larga para Armando .
Cuando á las nueve de la mañana siguiente entré en su
casa , estaba horriblemente pálido , pero mostraba tran-
quilidad.
Me recibió con una sonrisa y me tendió la mano .
Sus bugías habian ardido hasta el cabo, y antes de salir,
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 55

Armando tomó una carta muy larga dirigida á su padre , y


confidente sin duda de sus impresiones durante la noche.
Media hora despues llegábamos á Montmartre.
El comisario ya nos esperaba.
De cuando en cuando sentia yo temblar convulsivamente
el brazo de mi compañero, como si de repente le hubiesen
atacado calofríos. Entonces le miraba y él comprendia mis
miradas y se sonreia , pero desde que habíamos salido de
su casa, no habíamos cambiado ni una sola palabra .
Un momento antes de llegar delante del sepulcro, Ar-
mando se detuvo para enjugar su rostro bañado en gruesas
gotas de sudor .
Yo aproveché aquel alto para respirar, pues tambien tenia
el corazon comprimido como un tornillo.
¡De qué dimana el doloroso placer que uno siente por esa
clase de espectáculos !
Cuando llegamos al sepulcro, el jardinero habia retirado
todas las macetas de flores, el enrejado habia desaparecido,
y dos hombres cavaban la tierra.
Armando se apoyó contra el árbol y miró .
Al parecer, toda su vida se reflejaba en sus ojos.
De repente uno de los azadones rechinó contra una
piedra .
A este ruido Armando retrocedió como herido por una
conmocion eléctrica, y me estrechó la mano con tanta vio-
lencia que me hizo daño .
Entonces un sepulturero cogió una ancha paleta y vació
poco a poco la fosa ; luego , cuando ya no habia mas que
las piedras con que se cubre el ataud , las echó fuera una
á una.
Yo observaba á mi amigo Armando, pues á cada momento
temia que las sensaciones que él concentraba visiblemente
le dejasen exánime; pero Armando miraba siempre, fijos y
abiertos los ojos como si estuviese loco; y el ligero temblor
56 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

de sus mejillas y labios demostraba que era víctima de una


crísis nerviosa.
En cuanto a mí, tan solo puedo decir que sentia haber
ido al cementerio .
Cuando el ataud quedó enteramente descubierto, el comi-
sario dijo á los sepultureros .
-Abrid.
Aquellos hombres obedecieron como si hubiese sido la
cosa mas sencilla del mundo .
Hasta los mismos sepultureros retrocedieron .
El féretro era de roble ; y principiaron á separar la tapa.
La humedad de la tierra habia enmohecido los tornillos ,
y despues de muchos esfuerzos se abrió la caja , de la cual
se exhaló un olor infecto, á pesar de las plantas aromáticas
de que estaba sembrada .
-¡Oh! ¡Dios mio! ¡Dios mio! murmuró Armando, y pali-
deció mas .
Un gran sudario blanco cubria el cadáver y dibujaba al-
gunas de sus sinuosidades . El sudario estaba casi comple-
tamente carcomido en uno de los estremos , y dejaba ver
un pié de la muerta.
Yo casi me sentia malo , y á la hora en que escribo estas
líneas aun me parece ver aquella escena en su imponente
realidad .

-Apresurémonos, dijo el comisario.


Entonces uno de los dos hombres alargó la mano, púsose
á descoser el sudario, y agarrándolo por la punta descubrió
bruscamente el rostro de Margarita.
Horrorizaba al verlo; horroriza el contarlo.
Los ojos no eran mas que dos agujeros, los labios habian
desaparecido , y los dientes blancos estaban unidos unos
contra otros. Los largos cabellos negros y secos estaban
pegados á las sienes y velaban un poco las verdes cavidades
de las mejillas, y sin embargo , en aquel rostro reconocí el
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 57

rostro blanco, róseo y alegre que con tanta frecuencia habia


visto.
Armando, sin poder apartar sus ojos de aquella figura, se
habia tapado la boca con un pañuelo, y lo mordia .
Por lo que á mí hace, parecióme que un círculo de hierro
me oprimia la cabeza, nubláronse mis ojos, mis orejas se
llenaron de zumbidos, y todo lo que pude hacer fué abrir
un frasco que habia traido á todo evento y respirar fuerte-
mente las esencias que contenia.
En medio de aquella ofuscacion , oí que el comisario decia
á M. Duval .
-¿La reconoceis?
-Sí, contestó sordamente el jóven.
-Pues cerrad, y trasladad, dijo el comisario.
Los sepultureros echaron la mortaja al rostro de la difun-
ta, cerraron el féretro, tomáronlo cada uno por un estremo
y se dirigieron al punto que se les habia indicado.
Armando estaba inmóvil, clavados los ojos en aquella
huesa vacía, estaba pálido como el cadáver que acabába-
mos de ver.... y como petrificado.
Comprendí lo que iba á suceder cuando el dolor disminu-
yese por la ausencia del espectáculo y en consecuencia ya
no le sostuviese .
Acerquéme al comisario .
-¿Es necesaria la presencia de ese caballero? le pregun-
té indicando á Duval.
-No, señor, me respondió, y hasta os aconsejo que os
le lleveis, pues me parece que está malo .
-Venid, dije entonces á Armando, tomándole del
brazo.
-¡Cómo! esclamó mirándome como si no me hubiese re-
conocido .

-Acabóse, añadí; debeis iros, amigo mio, estais pálido ,


y estas emociones os matarán .
8
38 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.

-Teneis razon, vámonos, contestó maquinalmente, pero


sin dar un paso .
Entonces le cogí del brazo y me lo llevé.
Dejábase conducir como un niño, murmurando tan solo
de vez en cuando :
-¿Habeis visto los ojos?
Y se volvia, como si aquella vision le hubiese lla-
mado .

Entretanto sus pasos se hacian irregulares; parecia que


ya no avanzaba sino á sacudidas; sus dientes castañeteaban ,
sus manos estaban heladas, y una violenta agitacion ner-
viosa se apoderó de toda su persona .
Le hablé y no me respondió .
Todo lo que era dado hacer, consistia en dejarse
llevar .
A la puerta hallamos un carruaje. Ya era tiempo.
No bien hubo entrado en él , aumentó su estremecimien-
to y tuvo un verdadero ataque de nervios, en medio del
cual el temor de asustarme le hacia murmurar estrujándo-
me la mano :
-No es nada, no es nada: quisiera llorar .
Y yo oia hincharse su pecho, y la sangre refluia en sus
ojos , sin lágrimas, secos .
Hícele respirar el frasco que me habia servido, y cuando
llegamos á su casa aun duraba su temblor convulsivo .
Con ayuda del criado le acosté , mandé encender lumbre
en su cuarto, y volé á buscar á un médico, que oyó de mis
labios todo cuanto acababa de pasar .
El médico acudió .
Armando tenia de púrpura las facciones, estaba delirando
y murmuraba frases incoherentes entre las cuales solo se oia
distintamente el nombre de Margarita .
-¿Y bien? dije al doctor cuando hubo examinado al en-
fermo.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 59

-Y bien , tiene una fiebre cerebral , ni mas ni menos,


y no es poco feliz, pues se me figura , Dios me perdone,
que se habria vuelto loco. Afortunadamente la enfermedad
física matará la enfermedad moral, y dentro de un mes se
habrá salvado tal vez de una y otra.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 61

CAPITULO VII .

As enfermedades como la de que Armando habia


sido atacado , tienen de bueno que matan inme-
diatamente ó se dejan vencer muy pronto.
Quince dias despues de los sucesos que acabo
de referir , Armando se hallaba en plena conva-
lecencia , y nos unian ya los vínculos de la mas
estrecha amistad. Mientras estuvo enfermo, ape-
nas salí de su cuarto .
La primavera habia sembrado profusamente
sus flores , sus hojas, sus árboles , sus canciones ,
y la ventana de mi amigo se abria deliciosamente
sobre un jardin , cuyas sanas exhalaciones se ele-
vaban hasta ella.
El médico le habia permitido levantarse, y muchas veces
nos sentábamos para hablar, cerca de la ventana abierta y
á la hora en que el sol es mas ardiente , de medio dia á
las dos .
Yo tenia gran cuidado de no hablarle de Margarita , te
62 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

miendo siempre que este nombre despertase un triste re-


cuerdo adormecido bajo la aparente calma del enfermo;
pero Armando, por el contrario, parecia gozarse en citarlo,
no ya como anteriormente con lágrimas en los ojos , sino
con una dulce sonrisa que me tranquilizaba sobre el estado
de su alma .

Noté que desde su última visita al cementerio , desde


el espectáculo que habia provocado en él aquella violenta
crísis, la medida del dolor moral habia sido amenguada por
la enfermedad, y que la muerte de Margarita ya no se le apa-
reció bajo el aspecto del pasado. De la certidumbre adqui-
rida habia emanado una especie de consuelo, y para recha-
zar la sombría imágen que con frecuencia embargaba su
mente, se engolfaba en los felices recuerdos de su amistad
con Margarita, y parecia que ya no queria aceptar otros .
El cuerpo se hallaba asaz estenuado por el ataque y aun
por la curacion de la fiebre para permitir al espíritu una
emocion violenta , y la alegría primaveral y universal de
que Armando se veia rodeado, le ocupaba á pesar suyo con
imágenes rientes.
Siempre se habia obstinado en no querer informar á su
familia del peligro que corria, y cuando ya estaba curado,
su padre ignoraba aun su enfermedad.
Cierto dia nos habíamos quedado á la ventana mas tiem-
po que de costumbre; la tarde era magnífica y el sol se
adormecia en un brillante crepúsculo de azul y oro. Aunque
nos hallábamos en París, el verdor que nos rodeaba parecia
querer aislarnos del mundo , y apenas el ruido de un car-
ruaje turbaba de vez en cuando nuestra conversacion .
-A corta diferencia, esta es la época del año y la tarde
del dia que conocí á Margarita, me dijo Armando escuchan-
do sus propios pensamientos y no lo que yo le decia.
Nada contesté.

Entonces volvióse hácia mí, y me dijo:


LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 63

-Debo contaros esa historia, sobre la cual podreis escri-


bir un libro en que nadie creerá, pero que tal vez sea inte-
resante para el que lo escriba .
-Ya me la contareis otro dia, amigo mio, le dije, aun no
estais completamente restablecido .
-La velada es escelente , y he comido mi pechuga de
gallina, me dijo sonriendo , como ya no tengo fiebre y no
tenemos nada que hacer, voy á decíroslo todo .
-Puesto que absolutamente lo deseais, os escucho.
-Es una historia muy sencilla, añadió entonces , y que
os contaré siguiendo el órden de los sucesos. Si mas tarde
la trasladais al papel , sois libre de referirla de otro modo.
Hé aquí su relacion, con poquísimas variantes..
-Sí ; prosiguió Armando reclinando su cabeza sobre el
respaldo de su sillon ; sí, ¡ era una velada como esta! .. Yo
habia pasado el dia en el campo con uno de mis amigos ,
Gaston R ... Por la noche ya habíamos vuelto á París , y no
sabiendo con qué matar el tiempo, entramos en el teatro de
Variedades.
Durante un entreacto salimos, y en el corredor vimos pa-
sar una gran señora que mi amigo saludó .
-¿A quién saludais? ¿quién es? le pregunté.
-Margarita Gautier, me contestó .
-Paréceme que está muy demudada , pues no la he re-
conocido , dije con una emocion que luego comprendereis.
-Ha estado enferma, no vivirá mucho la infeliz .
Me acuerdo de estas palabras como si me las hubiesen
dicho ayer .
-Sabed , amigo mio , que desde hacia dos años la vista
de aquella jóven , cuando la encontraba , me causaba una
impresion singular .
Sin saber por qué, yo palidecia y mi corazon latia violen-
tamente. Tengo un amigo que se dedica á las ciencias ocul-
tas y llamaria afinidad de flúidos á lo que yo sentia; por mi
61 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

parte , yo creo sencillamente que estaba destinado á ser el


amante de Margarita , y que lo presentia.
Margarita me causaba siempre una impresion real, de que
habian sido testigos muchos amigos mios, los cuales habian
reido no poco al saber de quien procedia mi impresion.
La primera vez que la ví , fué en la plaza de la Bolsa , en
la puerta de Susse, donde paró una carretela descubierta de
que luego descendió una mujer vestida de blanco. Un mur-
mullo de admiradores acogió su entrada en el almacen. En
cuanto á mí , quedé clavado en mi sitio desde el momento
que entró hasta que salió. La miré á través de los cristales ,
mientras ella elegia en la tienda lo que iba á comprar. Yo hu-
biera podido entrar , pero no me atreví ; no sabia quién era
aquella mujer, y temia que adivinase la entrada en el alma-
cen y se ofendiese de ella. Sin embargo , yo no tenia espe-
ranzas de volver á verla.
Su traje era elegante , llevaba un vestido de muselina ro-
deado de volantes, un chal indiano de cuadros con las pun-
tas bordadas de oro y de flores de seda , un sombrero de
paja de Italia y un brazalete que consistia en una gruesa
cadena de oro, cuya moda empezaba en aquella época.
Subió á su carretela y partió.
Uno de los mozos de la tienda se quedó en el dintel de
la puerta y siguió con los ojos el carruaje de la elegante
compradora.
Acerquéme á él , y le rogué que me dijese el nombre de
aquella mujer.
-Es la señorita Margarita Gautier , me respondió .
No me atreví á pedirle las señas de su habitacion y me
alejé .
El recuerdo de aquella vision , pues era una vision ver-
dadera, no abandonó mi mente como otras muchas que ha-
bia tenido , y por todas partes iba buscando aquella mujer
blanca, tan realmente hermosa.
Lit.VazquezRambla31.

MARGARITA .
65
LA DAMA DE LAS CAMELIAS.
Alos pocos dias tuvo lugar una gran funcion en la Opera
Cómica,
La primera persona que apercibí en un palco de la gale-
ría inmediato al telon, fué Margarita Gautier.
El jóven que se hallaba ál mi lado tambien la reconoció,
pues me dijo pronunciando su nombre.
-Allí está; ved , ¡qué linda es!
En aquel momento Margarita dirigia su lente hácia nos-
otros, apercibió á mi amigo , le sonrió y le hizo seña de
que fuera á visitarla .
-Voy á saludarla, me dijo, y vuelvo al instante.
Yo no pude menos de decirle:
Sois muy dichoso.
-¿Por qué?
-Porque vais á ver á esa mujer.
-¿Estais enamorado de ella?
-No, dije sonrojándome , pues verdaderamente no sabia
á qué atenerme sobre el particular; pero me alegraria de
conocerla .
-Venid conmigo, yo os presentaré.
-Primero pedidla permiso .
-¿Qué ? ¡ pardiez ! Con ella son escusados los cumpli-
mientos . Venid.
Las palabras de aquel jóven me martirizaban . Yo tembla-
ba á la idea de adquirir la certidumbre de que Margarita no
merecia lo que yo sentia por ella.
En un libro de Alfonso Karr , titulado Am Raucheu , hay
un hombre que sigue de noche á una mujer muy elegante,
de la cual se enamora desde luego, tan bella es. Para besar
la mano de esta mujer se siente con fuerzas para empren-
derlo, conquistarlo y hacerlo todo. Apenas se atrevia á mi-
rar la bonita media que ella descubre por no ensuciar su
vestido con el roce de la tierra. Mientras sueña en todo lo
que haria para poseer á esta mujer , detiénele ella en la
9
66 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

esquina de una calle y le invita á subir á su habitacion.


El hombre vuelve la cabeza , atraviesa la calle y se di-
rige tristemente á su casa.
Este estudio heria mi imaginacion, y yo que hubiera que-
rido sufrir por aquella mujer, temia que me aceptase dema-
siado pronto y me diese con demasiada presteza un amor,
que yo hubiera querido recompensarcon una larga esperan-
za, ó con un gran sacrificio. Así somos los hombres , y es
mucha felicidad que la imaginacion ceda esta poesía á los
sentidos , y que los deseos torpes hagan esta concesion á
los sueños del alma .
En fin , si me hubiese dicho: "poseereis esta mujer esta
noche, y perecereis mañana, " yo hubiera aceptado; pero si
se me hubiese dicho: "dad diez luises y sereis su amante, "
hubiera rechazado tal proposicion , llorando como un niño
que al despertar vé desvanecerse el palacio vislumbrado
por la noche .
Sin embargo , yo queria conocerla , y este era el único
medio de saber á qué atenerme con respecto á ella.
Dije despues á mi amigo que mi deseo era que ella le
concediese el permiso de presentarme , y vagué por los
corredores figurándome que pronto me hallaria en presen-
cia de Margarita , y no sabria que semblante poner á sus
miradas , al paso que coordinaba de antemano las palabras
que iba á dirigirla.
¡Oh amor, puerilidad sublime !
Un momento despues volvió mi amigo .
-Nos espera , me dijo .
-¿Está sola? le pregunté.
-Con otra mujer .
-¿Hay hombres?
-Ninguno .
-Vamos .

Pero mi amigo se dirigió á la puerta del teatro.


LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 67

-¡Cómo! errais el camino, le dije.


-Vamos á buscar dulces; me los ha pedido.
Entramos en una confitería del pasaje de la Opera.
Yo hubiera querido comprar toda la tienda , y hasta mi-
raba los dulces con que se podia llenar el cucurucho , cuan-
do mi amigo pidió:
-Una libra de uvas heladas .
-¿Ya sabeis si le gustan?
-No come otros dulces, es de cajon .
-¡Oh ! continuó cuando hubimos salido , ¿sabeis quién es
lamujer que vais á saludar? No la tomeis por una duquesa,
porque no es mas que una cortesana, y de las mas cortesa-
nas, amigo mio: fuera, pues , cumplidos y decid cuanto se
os antoje.
-Bien, bien, balbuceaba yo; y le seguí diciéndome que
iba á curarme de mi pasion.
Cuando entré en el palco, Margarita reia á carcajadas!
Yo hubiera querido hallarla triste .
Mi amigo me presentó. Margarita me recibió con una li-
jera inclinacion de cabeza, y dijo:
-¿Y mis dulces?
-Aquí están.
Al tomarlos me miró. Yo bajé los ojos y me sonrojé.
Margarita dijo algunas palabras al oido de su amiga , y
ambas estallaron de risa .
Yo era seguramente la causa de tal hilaridad, y mi em-
barazo subió de punto. En aquella época yo tenia una que-
rida, una menestrala, muy tierna y muy sentimental, cuyas
cartas melancólicas me hacian reir. Comprendí el dolor que
yo habia debido causarla por el que á la sazon sentia, y du-
rante cinco minutos la amé como nunca se ama á una
mujer.
Margarita comia sus uvas sin ocuparse ya de mí.
Mi introductor no quiso dejarme en tan ridícula posicion.
68 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.

-Margarita , la dijo , no estrañeis que M. Duval no os


diga nada , pues vuestra presencia le deja tan desconcer-
tado, que no halla palabras para romper su silencio.
-Antes creo que el señor os ha acompañado hasta aquí
porque os disgustaba venir solo.
-A ser esto verdad, dije á mi vez , no hubiera yo roga-
do á Ernesto que os pidiera el permiso de presentarme .
-Tal vez no era mas que un medio de retardar el mo-
mento fatal .
Por poco que uno haya vivido con las jóvenes de la clase
á que esta pertenecia , sabe el placer que hallan en soltar
pullas infundadas é incomodar á las personas á quienes ven
por primera vez,lo cual es sin duda un desquite de las hu-
millaciones que con frecuencia han de sufrir por parte de
aquellos á quienes ven todos los dias.
Así, para contestarlas se requiere cierta familiaridad con
su mundo , familiaridad de que yo carecia ; además, la idea
que yo me habia formado de Margarita me exajeraba su mo-
fa. Nada me eraindiferente respecto de aquella mujer, y por
lo tanto me levanté diciéndola con una alteracion de voz
que me fué imposible disimular del todo.
-Si tal pensais de mí, señora, solo me resta pediros que
perdoneis mi indiscrecion, y despedirme de vos, asegurán-
doos que no se repetirá .
Saludé y salí.
No bien hube cerrado la puerta , dejóse oir una tercera
carcajada.
Volví á mi sillon .
La campanilla anunció que iba á levantarse el telon.
Ernesto volvió á mi lado .
-Amigo mio , me dijo sentándose , esas muchachas os
creen loco .
-¿Qué ha dicho Margarita cuando he salido?
-Ha reido , y asegurádome que nunca habia visto tan
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 69

buena pieza como vos. Pero no os deis por vencido , y


soloos encargo que á esas mujeres no las dispenseis el ho-
nor de conduciros con formalidad porque son agenas á la
finura y al buen tono: soncomo los perros que uno perfu-
ma y que disgustados de ello se echan al arroyo .
-Y bien mirado ,¿qué me importa? dije procurando to-
mar un tono indiferente; no veré mas á esa mujer, y si antes
de conocerla me gustaba, ahora que la conozco he cambia-
dode opinion.
-¡Bah! no desespero de veros un dia en el fondo de su
palco, y de oir decir que os arruinais por ella. Por lo de-
más, está mal educada, no lo niego , pero tiene un palmito
que embelesa.
Felizmente se levantó el telon y mi amigo calló. Deciros
lo que se representaba me seria imposible. Tan solo me
acuerdo de que de vez en cuando alzaba los ojos al palco
que dejé tan bruscamente, y en el cual se veian á cada ins-
tante las figuras de las personas que visitaban sucesiva_
mente á Margarita.
Sin embargo , yo estaba lejos de no pensar ya en Marga-
rita; pues se apoderaba de mí otro sentimiento : parecíame
que yo debia hacer olvidar su insulto y mi ridículo , y me
decia que aunque me costara cuanto poseia tomaria de
derecho la plaza que tan pronto habia abandonado .
Antes de terminar el espectáculo , Margarita y su amiga
salieron de su palco.
A pesar mio, me levanté .
-¿Os vais? preguntóme Ernesto.
-Sí .

-¿Por qué?
En este momento se apercibió de que el palco estaba
vacío.

-Id con Dios , dijo , y tened buena suerte , ó mas bien,


mejor suerte.
70 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.
Y salí.
En la escalera oí roces de vestidos y rumores de voz.
Sitiéme en un lugar apartado y ví pasar sin ser notado , las
dos mujeres y los dos jóvenes que las acompañaban.
En el peristilo del teatro se presentó á ellas un criado.
-Vé á decir al cochero que aguarde á la puerta del
café Inglés , dijo Margarita; nosotros iremos á pié hasta allí.
Algunos minutos despues, paseándome por el boulevard,
ví á Margarita en el balcon de uno de los grandes gabinetes
del restaurant, apoyada en el balaustre y desflorando una á
una las camelias de su ramillete .
Uno de los dos jóvenes estaba inclinado sobre su hombro
y la hablaba en voz baja.
Fuí á instalarme en la Maison d' Or , en las salas del pri-
mer piso, y no perdí de vista la escena en cuestion .
A la una de la noche Margarita subia al carruaje con sus
tres amigos.
Tomé un cabriolé y la seguí.
El carruaje se detuvo en la calle de Antin , número 9 .
Margarita se apeó y entró sola en su casa.
Sin duda era una casualidad, pero aquella casualidad me
llenó de alegría.
Desde aquel dia encontré con frecuencia á Margarita en
el Teatro y en los Campos Elíseos. Ella siempre alegre, yo
agitado siempre .
Trascurrieron sin embargo quince dias sin que pudiese
verla en parte alguna, y cuando encontré á Gaston le pedí
noticias de ella .
-Está enferma, la pobre, me dijo .
-¿Qué tiene?
-Tiene que es tísica , y como su género de vida no es
un remedio para su dolencia, está postrada en cama y no
vivirá mucho .
El corazon es estraño; casi me alegré de tal enfermedad.
[Link].31

SITUÉME EN UN LUGAR APARTADO Y VI PASAR LAS DOS MUGERES CON


LOS DOS JOVENES QUE LAS ACOMPAÑABAN ......
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 71

Todos los dias fuí á saber noticias de la enferma, pero sin


inscribirme ni dejar mi tarjeta. Así supe su convalecencia
y su viaje á Bagneres .
Despues voló el tiempo, y sino el recuerdo, al menos pa-
reció borrarse lentamente de mi alma la impresion que me
causara Margarita. Viajé, y amistades, costumbres y traba-
jos, ocuparon el lugar de aquel pensamiento; de modo, que
cuando hacia memoria de mi primera aventura , no queria
ver en ella sino una de esas pasiones que embargan á la
juventud, y poco despues hacen reir.
Por otra parte, el triunfar de mi recuerdo no hubiera teni-
do mérito alguno, pues perdí de vista á Margarita desde su
viaje, y como ya os tengo dicho, apenas la reconocí cuando
pasó cerca de mí en el corredor del teatro de Variedades .
Verdad es que iba cubierta con un velo , pero por mas
que dos años antes hubiese ocultado su faz, no hubiera yo
tenido necesidad de verla para conocerla , porque la habria
adivinado .

Sin embargo , mi corazon palpitó con violencia cuando


supe que era ella; y los dos años transcurridos sin verla , y
las consecuencias que esta separacion parecia haber produ-
cido , se desvanecieron como el humo al solo contacto de
su vestido.
-oborgSadedLismo mes de
AB
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 78

CAPITULO VIII .

On todo , continuó Armando despues de una


pausa, mientras comprendia que aun estaba ena-
morado, me sentia mas fuerte que antes, y en mi
deseo de volver á hablar con Margarita , habia
tambien la voluntad de probarla que me habia
hecho superior á ella .
¡Cuántas sendas sigue y cuántas razones da el
corazon para obtener lo que ansia!
Así es que no pude permanecer mucho tiempo
en los corredores , y volví á ocupar mi asiento
cerca de la orquesta, echando una rápida ojeada
á todas partes para ver el sitio que Margarita
ocupaba.
Hallábase sola en un palco bajo inmediato al telon. Esta-
ba demudada, como tengo dicho, y en su boca ya no ví su
indiferente sonrisa. Habia sufrido, y aun sufria .
Bien que ya nos hallásemos en abril , Margarita iba aun
vestida de invierno y envuelta en terciopelos .
10
74 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Yo la miraba con tanta obstinacion, que mis miradas hu-


bieron de atraer las suyas .
Ella me observó algunos instantes , tomó su lente para
verme mejor, y sin duda creyó reconocerme, sin poder de-
cir positivamente quién era yo , pues cuando dejó el lente
erró por sus labios una sonrisa , ese encantador saludo de
las mujeres, para responder al que parecia esperar de mí;
pero yo no se lo devolví, como para vengarme y demostrar
que habia olvidado cuando ella aun recordaba.
Margarita creyó haberse engañado y volvió la cabeza.
Levantóse el telon .
Ví muchas veces á Margarita en el teatro, pero nunca la
ví prestar la menor atencion á lo que se representaba .
En cuanto á mí, el espectáculo tampoco me interesaba,
pues solo me ocupaba de ella , esforzándome todo lo posible
para que no lo notase .
La ví cambiar miradas con la persona que ocupaba el
palco de enfrente al suyo; dirigí mis ojos á aquel palco , y
en él ví á una señora que me era muy familiar .
Aquella mujer era una antigua meretriz que habia inten-
tado seguir la carrera escénica, pero sin éxito , y que, con-
fiando en los elegantes de París , habia entrado en el co-
mercio y establecido una tienda de modista.
Conocí que podria ofrecerme un medio de hablar á Mar-
garita y aproveché un momento en que miró para saludarla
con la mano y con los ojos .
Sucedió lo que habia previsto ; la modista me llamó á su
palco. Prudencia Duvernoy, que así se llamaba, era una de
esas gordinflonas de cuarenta años, con quienes no hay ne-
cesidad de una gran diplomacia para hacerlas decir lo que se
quiere saber, sobre todo, cuando lo que se quiere saber es
tan sencillo como lo que yo iba á preguntarla.
Aproveché un instante en que repetia sus miradas hácia
Margarita, para decirla :
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 75

-¿A quién estais mirando así?


--A Margarita Gautier .
-¿La conoceis?
-Sí, soy su modista y es mi vecina.
-¿¡Vivís en la calle de Antin?
-Número 7. La ventana de su gabinete de tocador da
sobre la del mio.
-Dicen que es encantadora.
-¿Con que no la conoceis?
-No; pero quisiera conocerla.
-¿Quereis que la haga venir á nuestro palco?
-No; prefiero que me presenteis á ella.
-¿En su casa?
-Sí.
-Es mas difícil.
-¿Por qué?
-Porque es la protegida de un viejo duque muy celoso.
-¿Protegida? lindamente .
-Șí, protejida, continuó Prudencia. El pobre anciano no
podria ser su amante.
Entonces Prudencia me refirió de qué modo trabó Marga-
rita conocimiento con el duque en Bagneres.
-¿Y es esta la razon, proseguí, porque se halla sola aquí?
-Justamente .

-¿Pero quién la acompañará al salir?


-ÉI .
-¡Ah! ¿vendrá á buscarla?
-Dentro de un instante.
-Y á vos, ¿quién os acompaña?
-Nadie .
-Me ofrezco .
-Si creo que habeis venido con un amigo.
-Entonces nos ofrecemos .
1
-¿Quién es vuestro amigo?

1
76 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.

-Un jóven escelente , de mucho talento , y que se ale-


grará de conoceros .
-Corriente. Partiremos los cuatro despues de esta pieza,
pues ya conozco la última.
-Con mucho gusto, voy á decírselo á mi amigo.
-Está bien.

-¡Ah! esclamó Prudencia cuando yo iba á salir, el duque


acaba de entrar en el palco de Margarita.
Entónces miré , y en efecto , un hombre de setenta años
se sentaba detrás de la jóven y la entregaba un cucurucho
de dulces, del cual sacó ella algunos sonriendo Despues
Margarita lo puso en el antepecho de su palco haciendo á
Prudencia una señal que podia traducirse por :
-Si gustais .....
-No , gracias, contestó Prudencia por medio de un mo-
vimiento de cabeza.
Margarita volvió á tomar el cucurucho , y volviéndose,
entabló conversacion con el duque .
La relacion de todos esos detalles parece una puerilidad;
pero está tan presente en mi memoria todo lo que tenia re-
lacion con aquella jóven , que hoy no puedo menos de ci-
tarlo .

Fuí á comunicar á Gastonlo que yo acababa de ofrecer


por él y por mí, y aceptó .
Dejamos nuestros asientos para subir al palco de mada-
ma Duvernoy .
Apenas habíamos abierto la puerta de las orquestas, cuan-
do tuvimos que detenernos para dejar pasar á Margarita y
al viejo duque que se iban .
Hubiera dado diez años de mi vida por hallarme en lu-
gar de aquel buen anciano .
Llegado al boulevard, hízola tomar asiento en un carrua -
je que él mismo conducia , y desaparecieron al trote de dos
soberbios caballos .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 77

Nosotros,entramos en el palco de Prudencia.


Cuando la pieza hubo concluido, descendimos para tomar
un simple fiacre que nos condujo á la calle de Antin , nú-
mero 7. A la puerta de su casa, Prudencia nos invitó á su-
bir á su habitacion para visitar los almacenes, que no cono-
cíamos, y de que estaba muyjactanciosa. Juzgad si acepté
inmediatamente .
Parecíame que poco a poco me acercaba á Margarita.
Pronto hice recaer en ella la conversacion ..
-¿Se halla en casa de vuestra vecina el viejo duque? pre-
gunté á Prudencia.
-No; debe estar sola.
-Pero va á fastidiarse horriblemente , dijo Gaston.
-Pasamos juntas casi todas las veladas, y cuando vuelve
á su casa me llama. Jamás se acuesta antes de las dos de
la madrugada, pues no puede dormirse mas temprano .
-¿Por qué?
-Porque está enferma del pecho y casi siempre tiene
fiebre .

-¿Tiene amantes? pregunté .


-Nunca veo que nadie se quede cuando me voy; pero no
respondo de que no venga alguno cuando he salido; muehas
veces encuentro en su casa, por la noche, á cierto conde
de N..... que cree adelantar sus negocios haciendo sus visi-
tas á las once , y enviándola tantas joyas como ella quiere;
pero Margarita no puede verle ni en pintura , y hace mal,
porque es un mozo muy rico. Por mas que yo le diga de vez
en cuando: «Considerad , amiguita , que es el hombre que
os conviene ! » me escucha con indiferencia , me vuelve la
espalda' , y me contesta que el conde tiene mucho de esta-
fermo ; pero la haria disfrutar de muy buena posicion,
mientras que ese viejo duque puede morir de un momento
á otro. Los viejos son egoistas ; su familia le reconviene
sin cesar por su cariño á Margarita, y estas son dos razones
78 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

para que no la deje nada. Yo la sermoneo, y ella responde


que siempre será tiempo de tomar al conde á la muerte del
duque. El vivir como vive no es siempre gracioso, continuó
Prudencia. Por mi parte, estoy convencida de que eso no
me convendria y pronto despediria al buen viejo. Ese du-
que es insípido; la llama hija suya, la cuida como á una ni-
ña , y siempre la acompaña. Segura estoy de que á estas
horas ronda por la calle uno de sus criados para ver quien
sale , y sobre todo quien entra.
-¡ Pobre Margarita ! dijo Gaston sentándose al piano y
tocando un vals. Yo ignoraba todo eso , bien que desde
hace algun tiempo la hallaba con el semblante menos alegre.
-¡Silencio! dijo Prudencia prestando oido .
-Gaston se detuvo .
-Creo que me llama.
Escuchamos , y efectivamente una voz llamaba á Pru-
dencia .

-Ea , señores , marchaos, nos dijo madama Duvernoy.


-¡Cómo! así entendeis la hospitalidad? dijo Gaston rien-
do; nos iremos cuando nos dé la gana.
-¿Por qué hemos de irnos?
-Voy á casa de Margarita.
-Aquí os aguardamos .
-No puede ser.
-Entonces iremos con vos.
-Peor que peor .
-Yo conozco á Margarita, dijo Gaston, y puedo visitarla.
-Pero Armando no la conoce .
-Yo le presentaré.
-Imposible.
Y oimos de nuevo la voz de Margarita que volvia á lla-
mar á Prudencia .
Esta corrió á su gabinete de tocador , á donde la segui-
mos , y abrió la ventana.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 79

Nos ocultamos de modo que no pudiésemos ser vistos


desde fuera.

-Hace diez minutos que os estoy llamando, dijo Marga-


rita desde su ventana y con un tono bastante imperioso.
-¿Qué me quereis?
-Quiero que vengais al momento .
-¿Por qué?
-Porque el conde de N..... aun está aquí, y me fastidia
de muerte .
-Ahora no puedo complaceros .
-¿Quién os lo impide?
-Tengo en casa dos jóvenes, que no quieren marcharse.
-Decidles que debeis salir .
-Ya se lo he dicho.
-Pues bien, dejadles ahí , que cuando os vean salir se
irán.

-Sí, despues de no dejar títere con cabeza!


-¿Pero qué quieren?
-Quieren veros .
-¿Cómo se llaman?
-Conoceis al uno: M. Gaston R ....
-¡Ah! sí, le conozco; y el otro?
-M. Armando Duval. Le conoceis?
-No, pero traedles, todo lo prefiero al conde. Os espero ,
venid pronto .
Margarita cerró la ventana, y Prudencia la suya.
Margarita , que por un instante se habia acordado de mi
fisonomía, no se acordaba de mi nombre. Yo hubiera prefe-
rido una memoria en desventaja mia á semejante olvido.
-Ya sabia yo , dijo Gaston, que se alegraría de vernos.
-¿Alegrarse? no acertais la palabra, respondió Prudencia
poniéndose el chal y el sombrero. Os recibe para que el
conde se vaya. Procurad ser mas amables que él ó Marga-
rita se indispondrá conmigo , porque la conozco .
80 LA DAMA DE LAS CAMBLIAS .

Seguimos á Prudencia que ya bajaba.


Yo temblé; parecíame que aquella visita iba á tener gran-
de influencia en mi vida.
Aunme hallaba mas conmovido que la noche de mi pre-
sentacion en el palco de la Opera Cómica.
Al llegar á la puerta de la habitacion que conoceis, el co-
razon me latia tan fuertemente, que mis ideas se desban-
daban .

Algunos acordes del piano llegaban hasta nosotros.


Prudencia llamó .
Calló el piano.
Una mujer que mas bien tenia el aire de una dama de es-
trado que de una criada, nos abrió la puerta.
Pasamos al salon, y del salon al gabinete de tocador, que
entonces era lo que despues habeis visto.
Un jóven estaba apoyado contra la chimenea.
Margarita , sentada delante de su piano, dejaba correr sus
dedos sobre las teclas y principiaba piezas que no acababa.
El aspecto de esta escena era el fastidio , hijo , en cuanto
al hombre , del embarazo de su nulidad , yen cuanto á la
mujer, de la visita de aquel lúgubre personaje.
A la voz de Prudencia , Margarita se levantó y dirigién-
se á nosotros despues de cambiar una mirada de gratitud
conmadama Duvernoy, nos dijo:
-Entrad, señores, bienvenidos seais .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 81

CAPITULO IX .

UENAS noches , querido Gaston , dijo Margarita á


mi compañero. Me alegro mucho de veros. ¿Por
qué no habeis entrado en mi palco en las Va-
riedades ?
-Temia ser indiscreto .
-Los amigos, y Margarita recalcó esta pala-
bra , como si hubiese querido dar á entender á
los que estaban allí que, á pesar del modo fami-
liar con que le recibia, no era Gaston ni habia
sido nunca mas que un amigo ; los amigos jamás
son indiscretos .
- Entonces , me permitís que os presente á
M. Armando Duval ?
-Prudencia ya tenia mi autorizacion para hacerlo .
-Además, señora, dije entonces inclinándome y logran-
do articular palabras casi ininteligibles ; ya tuve el honor
de seros presentado .
El ojo encantador de Margarita parecia escrutar sus re-
cuerdos , pero inútilmente , segun creo , porque ó no se
11
82 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .
acordó de mí , ó así al menos lo espresó con su fisonomía.
-Señora , continué , os estoy muy reconocido , puesto
que habeis olvidado mi primera presentacion , en la cual
hice por cierto un papel muy ridículo y debí pareceros
harto incómodo. De esto hace ya dos años , en la Opera
Cómica; yo iba con Ernesto de...
-¡Ah! ya me acuerdo, prosiguió Margarita con una son-
risa. No es que vos estuvieseis ridículo , sino que yo era
quisquillosa , como aun lo soy un poquito , pero ahora me-
nos. Me habeis perdonado, no es verdad?
Y me tendió la mano, que yo besé .
-Es cierto, continuó. Tengo la mala costumbre de que-
rer confundir á las personas que veo por primera vez, y en
esto soy muy simple. Mi médico dice que tal costumbre
nace de que soy nerviosa y continuamente padezco. Creed
á mi médico .
-Sin embargo, parece que estais buena.
-¡Oh! he estado muy mala.
-Ya lo sé.
-¿Quién os lo ha dicho?
-Todo el mundo lo sabia. He venido muchas veces á sa-
ber noticias vuestras, y he sabido con placer vuestra con-
valescencia .

-Nadie me ha entregado vuestra targeta .


-Jamás la he dejado.
-¿Seriais por ventura aquel jóven que venia diariamente
á informarse de mí durante mi enfermedad , y que nunca
quiso decir su nombre?
-El mismo.
-Entonces sois mas que indulgente: sois generoso. ¡Oh!
vos, conde, no hubierais obrado así, añadió Margarita vol-
viéndose hácia M. de N..., despueş de clavar en mí una de
esas miradas con que las mujeres completan su opinion
acerca de un hombre.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 83

-Es que yo tan solo os conozco desde hace dos meses ,


replicó el conde .
--Es que este caballero me conoce desde hace cinco mi-
nutos. Siempre respondeis necedades .
Las mujeres son desapiadadas con las personas á quienes
no aman. El conde se turbó y se mordió los labios .
Compadecíme de él , pues parecia estar tan enamorado
como yo , y la dura franqueza de Margarita debia serle muy
dolorosa , sobre todo en presencia de dos estraños .
-Cuando hemos entrado estabais tocando el piano, dije
entonces para cambiar la conversacion. ¿Tendreis la bondad
de tratarme como á un antiguo conocido , y de continuar
tocando?

-¡ Oh! esclamó Margarita echándose sobre el sofá, y ha-


ciéndonos la indicacion de sentarnos á su lado . Solamente
lo hago cuando estoy sola con el conde ; pero no quisiera
imponeros tamaño suplicio .
-¿Teneis esa preferencia para mí? replicó M. de N... con
una sonrisa fina é irónica.
-Haceis mal en reprochármela, porque es la única.
Estaba de Dios que aquel pobre jóven no podia decir una
palabra, y hubo de echar á Margarita una mirada verdade-
ramente suplicante.
-Con que decidme , Prudencia , continuó ella , ¿habeis
hecho lo que os he encargado?
-Sí .
-Está bien; ya me lo contareis mas tarde. Tenemos que
hablar antes de marcharos .
-Sin duda somos indiscretos , dije entonces , y toda vez
que ya hemos , ó mejor , que ya he obtenido una segunda
presentacion para borrar el recuerdo de la primera , Gas-
ton y yo vamos á retirarnos con vuestro permiso.
-De ningun modo; no lo digo por vosotros , sino que al
contrario , deseo que os quedeis .
84 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

El conde sacó un reloj muy elegante y miró qué hora era:


-Ya es tiempo de ir al club , dijo .
Nada contestó Margarita.
Entonces el conde se apartó de la chimenea, y acercán-
dose á ella.

-Adios , señora, continuó .


Margarita se puso en pié.
-Adios, mi querido conde, ¿ya os vais?
-Sí; temo fastidiaros .
-Hoy no me fastidiais tanto como los otros dias. ¿Cuándo
os veré?

-Cuando melo permitais .


-¡Adios, pues !
Esto era cruel, ¿verdad?
Afortunadamente el conde tenia muy buena educacion y
un carácter escelente. Contentóse con besar la mano que
Margarita le tendia muy negligentemente, y salió despues
de saludarnos .

En el momento que franqueaba la puerta, miró á Pru-


dencia .

Esta levantó los hombros con aire que significaba:


-¿Qué quereis? he hecho cuanto he podido.
-¡Nanina! gritó Margarita, alumbra al señor conde.
Oimos abrir y cerrar la puerta .
-¡Por fin se ha ido! esclamó Margarita volviendo. Ese
jóven me perjudica horriblemente los nervios.
-Querida niña , dijo Prudencia , sois verdaderamente
muy mala para él: él que es tan bueno y obsequioso para
vos. Sobre la chimenea teneis aun un reloj que os ha dado
y que le costó mil escudos cuando menos , estoy segura
de ello.

Y madama Duvernoy, que se habia aproximado á la chi-


menea , jugaba con la joya de que hablaba , mirándola con
ardiente codicia .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 88

-Querida , dijo Margarita sentándose al piano , cuando


peso por una parte lo que me da , y por la otra lo que me
dice, hallo que paga muy baratas sus visitas .
-Ese pobre mozo está enamorado de yos .
-Si yo escuchase todos los que están enamorados de mí,
ni siquiera tendria tiempo para comer.
E hizo correr sus dedos sobre el teclado. Luego se vol-
vió y nos dijo:
-¿Quereis tomar alguna cosa? yo beberia un poco de
ponche.
-Y yo comeria un poquito de pollo , dijo Prudencia , si
cenáramos .

-Esto es, vámonos á cenar, dijo Gaston .


-No; que vamos á cenar aquí.
Llamó y se presentó Nanina .
-Manda ir por la cena .
-¿Qué se debe tomar?
-Lo que gustes; pero al instante, al instante .
Nanina salió.
-Esto es, dijo Margarita saltando como una niña, vamos
á cenar, cuánto me aburre este imbécil conde!
Cuanto mas veia á Margarita , tanto mas me encantaba.
Era hermosa y me hechizaba. Hasta su flaqueza era una
gracia .
Yo estaba en contemplacion .
Apenas podria esplicar lo que en mí pasaba. Grande era
mi indulgencia con respecto á su vida, y grande la admira-
cion que su belleza me infundia. La prueba de desprendi-
miento que daba no aceptando á un jóven elegante y rico,
y pronto á arruinarse por ella, escusaba á mis ojos todas
sus faltas pasadas .
En aquella mujer habia una especie de candor.
Veíase que aun se hallaba en la virginidad del vicio. Su
paso seguro , su talle flexible, las ventanas de su nariz, ro
86 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

sadas y abiertas, y sus rasgados ojos ligeramente rodeados


de un círculo azul, revelaban una de esas naturalezas ar-
dientes, que en torno de ellas derraman un perfume de vo-
luptuosidad , como los frascos de Oriente, que por mas bien
cerrados que estén, exhalan la fragancia del licor que con-
tienen .

En fin, sea naturaleza, sea consecuencia de su doliente


estado, por los ojos de aquella mujer cruzaban de vez en
cuando relámpagos de deseos de cuya espresion habria sido
una revelacion del cielo para aquel á quien ella hubiese
amado . Pero si los que habian amado á Margarita eran ya
infinitos , los que ella habia amado aun estaban para contar.
En resúmen, en Margarita se reconocia á la vírgen que
un cualquiera trocó en cortesana, y á la cortesana que otro
cualquiera habria convertido en la vírgen mas amorosa y
mas pura. Margarita aun estaba poseida de orgullo y de in-
dependencia, dos sentimientos que, heridos, son capaces de
hacer lo que el pudor. Yo no veia nada , parecia que toda
mi alma se habia reconcentrado en mi corazon , y mi cora-
zon en mis ojos .
-¿Con que erais vos quien venia á saber noticias mias
durante mi enfermedad? me preguntó de pronto .
-Sí , señora.
-¿Sabeis que esto me honra sobremanera? ¿Cómo puedo
agradecéroslo?
---Permitiéndome venir á veros alguna que otra vez .
-Siempre que gusteis , de cinco á seis por la tarde , y
de once á doce por la noche. Gaston , tened la bondad de
tocarme la invitacion al vals .
-¿Porqué?
-En primer lugar por complacerme , y despues porque
no puedo lograr tocarla yo sola.
-¿Qué os lo impide?
-La tercera parte, el pasage de los sostenidos .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 87

Gaston se levantó, púsose al piano y empezó aquella ma-


ravillosa melodía de Weber, cuya música estaba abierta
sobre el atril .
Margarita , con una mano sobre el piano , miraba el cua-
derno, seguia con los ojos las notas , acompañábalas por lo
bajo con la voz , y cuando Gaston llegó al pasage que ella
le habia indicado, cautó haciendo correr sus dedos por en-
cima del piano.
-Re, mi, re, do, re, fa, mi, re; esto es lo que no puedo
tocar. Volved á empezar.
Gaston la satisfizo, y luego le dijo Margarita.
-Dejádmelo probar ahora.
Ocupó su asiento y tocó á su vez , pero sus dedos rebel-
des se equivocaron siempre en una de las notas preci-
tadas .

-Es increible, dijo Margarita con una verdadera entona-


cion de niña, ¡qué yo no pueda llegar á tocar este pasage!
¿Creeriais que algunas noches permanezco ensayándolo
hasta pasadas las dos? ¡Y cuando pienso que ese imbécil
conde lo toca sin música y admirablemente ! Yo creo que es-
to me enfurece contra él .
Y volvió á comenzar una y otra vez ; pero siempre con
los mismos resultados .
-¡Váyanse al infierno Weber , la música y los pianos!
dijo arrojando el cuaderno al otro estremo de la habitacion.
Parece mentira que yo no pueda triunfar de ocho sostenidos
seguidos .
Y se cruzaba de brazos mirándonos y pateando .
La sangre se le subió á las mejillas, y una ligera tos en-
treabrió sus labios .
-Paciencia, niña, dijo Prudencia, que se habia quitado el
sombrero y se arreglaba los ferroñés delante de un espejo ;
aun vais á encolerizaros y haceros mal . Mejor será que va-
yamos á cenar; yo me muero de hambre.
88 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Margarita llamó de nuevo, despues volvió á sentarse al


piano y empezó á media voz una cancion libertina en cuyo
acompañamiento no se equivocó .
Gaston sabia esa cancion y formaron una especie de duo.
-

No canteis esas obscenidades , dije familiarmente á


Margarita con tono suplicante .
-¡Oh! ¡qué casto sois! me dijo ella tendiéndome la mano .
-No lo digo por mí, sino por vos .
Margarita hizo un gesto que queria decir: ¡Oh! hace mu-
cho tiempo que he dado al traste con la castidad.
En este momento vino Nanina .
-¿Está pronta la cena? preguntó Margarita.
-Sí , señora , al momento.
-A propósito , me dijo Prudencia , vos no habeis visto
el gabinete ; venid y os lo enseñaré. Ya sabeis que aquel
salon era una maravilla .
Margarita nos acompañó algunos pasos , luego llamó á
Gaston y pasó con él al comedor para ver si estaba dispues-
ta la cena.
-¡Hola! dijo en voz alta Prudencia mirando un aparador
y tomando de él una figurilla de Sajonia , no sabia que tu-
vieseis este pequeño badulaque.
-¿Cuál
-Un pastorcillo que lleva una jaula con un pájaro.
-Quedaos con él si os gusta .
-Sí: pero no me atrevo á privaros de él .
-Queria regalarlo á mi camarera , porque lo encuentro
muy feo; pero ya que os gusta , tomadlo .
Prudencia no vió mas que el regalo , y no la manera con
que se habia hecho. Puso aparte su pastorcillo , y me con-
dujo al gabinete de tocador , donde mostrándome dos mi-
niaturas que iban haciéndose, me dijo:
-Este es el conde G... que estuvo perdidamente enamo-
rado de Margarita; él fué su primer amante. ¿Le conoceis?
[Link] R. 31.

CENA EN CASA DE MARGARITA .


LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 89

-No . ¿Y este? pregunté indicando la otra miniatura .


-Es el jóven vizconde de L... que hubo de partir.
-¿Por qué?
-Porque casi estaba arruinado. Este sí que amaba á
Margarita.
-Y ella sin duda le amaba tambien mucho.
-Es tan picaruela, que nadie sabe nunca á qué atenerse .
La noche del dia en que él partió, Margarita se hallaba en
el teatro, como de costumbre, y sin embargo habia llorado
en el momento de la partida.
En este instante se presentó Nanina , y nos anunció que
la cena estaba servida.
Cuando entramos en el comedor, Margarita estaba apoya-
da contra la pared, y Gaston la hablaba en voz baja tenién-
dola de las manos .
-Estais loco , le contestaba Margarita; ya sabeis que yo
no quiero nada de vos. Al cabo de dos años de conocer á
una mujer, no se pide ser su amante . Nosotras nos entrega-
mos inmediatamente ó jamás. Ea, señores, á la mesa .
Y escapándose de las manos de Gaston, Margarita le hizo
sentar á su derecha y á mí á su izquierda. Despues dijo á
Nanina .

-Antes de sentarte encarga á la cocinera que no abra á


quien quiera que llame .
Este encargo se hacia á la una de la noche.
Rióse, bebióse y comióse mucho en aquella cena. Al cabo
de algunos instantes la alegría habia llegado al último es-
-
tremo, y esas palabras que cierta clase de gente halla chis-
tosas y que manchan siempre la boca del que las pronuncia,
resonaban de cuando en cuando en medio de las aclamacio-
nes de Nanina, Prudencia y Margarita. Gaston se divertia
francamente: era un mozo de gran corazon, pero cuya alma
se habia viciado algo por las primeras inclinaciones. Por
un momento quise aturdirme , desterrar mi corazon y mi
12
90 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

pensamiento del espectáculo que se ofrecia ante mis ojos , y


tomar parte en aquella alegría que parecia ser uno de los
platos de la cena; pero poco a poco me aislé de aquel bulli-
cio, mi vaso quedó lleno, y casi me entristecí al ver que
aquella hermosa criatura de veinte años bebia, hablaba co-
mo un mozo de cordel, y reia tanto mas, cuanto mas escan-
daloso era lo que se decia.
Aquella alegría, empero, aquel modo de hablar y de be-
ber que en los demás convidados me parecian ser los resul-
tados de la orgía, de la costumbre ó de la fuerza , se me
presentaban en Margarita como una necesidad de olvidar,
comouna fiebre , como una irritabilidad nerviosa. Acada vaso
de champaña, sus mejillas se cubrian de un encarnado febro-
so, y su tos, ligera al principio de la cena, se habia vuelto
á la larga bastante fuerte para obligarla á dejar caer su ca-
beza sobre el respaldo de su sillon, y á comprimir su pecho
con las manos siempre que tosia.
Yo sufria á la idea del mal que debian causar á su frágil
organizacion aquellos escesos de todos los dias .
Por fin aconteció una cosa que yo habia previsto y estaba
temiendo . Al terminarse la cena, Margarita fué acometida
de un acceso de tos mas fuerte que todos los que habia te-
nido hasta entonces. Parecióme que su pecho se desgarraba
interiormente . La pobre jóven se tornó de color de púrpura,
cerró los ojos bajo el peso del dolor, y se acercó á los labios
su servilleta, que quedó enrojecida por una gota de sangre .
Entonces se levantó y corrió á su gabinete de tocador.
-¿Pero qué tiene Margarita? preguntó Gaston.
-Ha reido demasiado y arroja sangre, contestó Pruden-
cia. ¡Oh! no será nada; esto la sucede cada dia. Pronto vol-
verá. Dejémosla sola, que así lo prefiere.
En cuanto á mí, no pude dominarme, y con gran sorpre-
sa de Prudencia y Nanina , que me llamaban, volé al lado de
Margarita .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 91

CAPITULO X.

L cuarto á donde habia ido la jóven solo estaba


iluminado por una bugía colocada sobre la mesa.
Tendida sobre un sofá , y con el vestido desa-
brochado , tenia una mano sobre su corazon y
dejaba colgar la otra. Sobre una mesa habia una
jofaina de plata medio llena de agua, y esta agua
estaba jaspeada con hebras de sangre .
Margarita, muy pálida y con la boca entrea-
abierta , procuraba tomar aliento. Su pecho se
hinchaba por momentos á impulsos de un pro-
longado suspiro, que exhalado , parecia aliviarla
un poco , y durante algunos segundos la dejaba
en un sentimiento de bienestar .
Acerquéme á ella, sin que la jóven hiciese ningun movi-
miento; me senté y la tomé de la mano que descansaba so-
bre el sofá.
-¡Ah! ¿sois vos? me dijo sonriendo .
Parece que mi rostro estaba trastornado, pues añadió:
92 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

-¿Acaso estais tambien malo?


-No; pero vos , ¿sufrís aun?
-Muy poco, y con su pañuelo enjugó las lágrimas que la
tos habia hecho asomar á sus ojos; ya estoy acostumbrada
á esto .

-Vos os matais, señora, la dije entonces con voz conmo-


vida: yo quisiera ser vuestro amigo , vuestro pariente para
impedir que os perjudiqueis de esta manera.
-¡Ah! no vale ciertamente la pena de que os alarmeis ,
replicó con tono algo amargo. ¡Ved si los otros se ocupan
de mí! como saben que no hay remedio para este mal... !
En seguida se levantó , y tomando una luz púsola sobre
la chimenea y se miró al espejo .
-¡Qué pálida estoy! dijo arreglándose el vestido y pa-
sándose los dedos por sus cabellos desaliñados Pero, qué
importa ! volvamos a la mesa. ¿Venís?
Pero yo estaba sentado é inmóvil .
Ella comprendió la emocion que aquella escena me habia
causado , pues se acercó á mí, y tendiéndome la mano , me
dijo:
-¡Ea! venid .
Tomé su mano y llevéla á mis labios, humedeciéndola á
pesar mio con dos lágrimas mucho tiempo contenidas .
-¡Cómo! ¡qué niño sois! dijo volviendo á sentarse á mi
lado. ¿Estais llorando? ¿Pero qué teneis?
-Debo pareceros muy tonto ; pero lo que acabo de ver,
me ha lastimado horriblemente .
-¡Sois muy bueno! ¿Qué quereis? no puedo dormir, y es
preciso que me distraiga un poco. Además , en cuanto á las
jóvenes como yo, una mas ó una menos, ¿qué importa? Los
médicos me dicen que la sangre que arrojo procede de los
bronquios ; yo aparento creerlos, que es cuanto puedo hacer
por ellos .
-Escuchad , Margarita, dije entonces con una espansion
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 98

que no pude refrenar , no sé la influencia que debeis tomar


sobre mi vida, pero sí que á esta hora no hay nadie, ni si-
quiera mi hermana, por quien me interese como por vos,
lo mismo que desde que os ví. Pues bien, en nombre del
cielo, cuidaos , y cesad de vivir como lo haceis.
-Si me cuidara, moriria. Lo que me sostiene es la vida
febril que observo. Además, el cuidarse es bueno para las
mujeres del mundo que tienen familia y amigos ; pero no-
sotras , luego que ya no podemos servir á la vanidad ó al
placer de nuestros amantes, nos abandonan y las noches
largas suceden á los largos dias. ¡A fé mia que esto me
consta ! He estado dos meses en cama , y al cabo de tres
semanas nadie venia ya á verme .
-Verdad es que no os soy nada, proseguí; pero si qui-
sieseis, yo os cuidaria como un hermano, no os dejaria y os
curaria. Entonces, cuando tuvieseis fuerzas para ello, os en-
tregariais de nuevo á la vida que llevais, si así lo desearais;
pero estoy seguro de que prefeririais una existencia tran-
quila que os hiciera feliz y os conservara hermosa.
-Pensais así esta noche, porque estais triste y os con-
doleis de mí, pero no tendreis la paciencia de que haceis
gala.
-Permitidme que os diga, Margarita, que habeis estado
enferma durante dos meses, y que durante estos dos meses
he venido todos los dias á saber noticias vuestras .
-Es verdad; pero, ¿por qué no subiais?
-Porque entonces no os conocia .
-Acaso se guardan miramientos con unajóven como yo?
-Siempre se guardan con una mujer; á lo menos esta es
mi opinion.
-Así, pues, ¿me cuidariais?
-Sí .

-¿Os quedariais todos los dias á mi lado?


-Sí.
94 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .
-¿Y tambien todas las noches?
-Siempre que no os sea molesto .
-¿Cómo se llama eso?
-Abnegacion .
-¿Y de qué nace esa abnegacion?
-De una irresistible simpatía que me inspirais.
-¿Con que estais enamorado de mí? Decidlo al momento,
porque es mas sencillo .
-Es posible , pero si debo decíroslo algun dia, no es hoy
por cierto.
--Mejor hareis en no decírmelo jamás.
-¿Por qué?
-Porque de esta confesion pueden resultar dos cosas.
-¿Cuáles?
-O que yo no os acepte, y entonces os irritareis contra
mí , ó que os acepte, y entonces tendreis una triste querida;
una mujer nerviosa , enferma , tétrica, ó alegre de una ale-
gría mas triste que el dolor, una mujer que arroja sangre y
gasta cien mil francos al año, déjese para un viejo opulento
como el duque , pero no para un jóven como vos . Todos
los amantes jóvenes que he tenido me han abandonado muy
pronto, y esto prueba que no os convengo.
Nada contestaba yo: solo escuchaba. Aquella franqueza
que rayaba en confesion, aquella dolorosa vida que yo en-
treveia bajo el velo dorado que la cubria, y de cuya reali-
dad huia la jóven en brazos de la incontinencia , de la em-
briaguez y del insomnio, me impresionaban tan hondamente
que me faltaban palabras para responder .
-Dejémonos de niñerías , continuó Margarita. Dadme la
mano y volvamos al comedor. No debe saberselo que sig-
nifica nuestra ausencia .
-Volved si gustais, pero permitid que me quede.
-¿Por qué?
-Porque vuestra alegría me perjudica demasiado.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 95

-¡Pues bien! Estaré triste .


-Esperad , Margarita; dejadme deciros una cosa que sin
duda os han dicho muchas veces y á la cual la costumbre de
oirla os impedirá tal vez dar fé: pero que no es menos ver-
dadera y que acaso no os repetiré jamás.
-¿Qué es...? dijo ella con una sonrisa de las madresjó-
venes cuando quieren escuchar un desatino de su hijo .
-Desde que os ví, no sé como ni porqué habeis ocupa-
do un lugar en mi vida; por mas que he arrojado vuestra
imágen de mi pensamiento , mi pensamiento ha recobrado
vuestra imágen; cuando hoy os he vuelto á encontrar des-
pues de no veros durante dos años , habeis tomado sobre
mi corazon y mi ánimo un ascendiente aun mayor; por úl-
timo , ahora que me habeis recibido , que os conozco y sé
todo cuanto en vos hay de estraño, habeis llegado á serme
indispensable, y me volveria loco, no solamente si no me
amaseis, sino á no derjame amaros .
-Pero, ¿ qué desdichado sois! voy a deciros lo que decia
madama D ... ¿Sois muy rico? ¿Con que no sabeis que gasto
seis ó siete mil francos al mes , y que este gasto se hahecho
necesario á mi vida? ¿Con que no sabeis , mi buen amigo ,
que yo os arruinaria en breve, y que vuestra familia os en-
señaria á vivir con una criatura como yo , privándoos de
lo mas preciso? Amadme, sí, como un buen amigo, pero no
de otra manera. Venid á verme, reiremos, hablaremos , pero
no os exagereis lo que valgo, pues no valgo gran cosa. Vos
teneis buen corazon, necesitais ser amado, y sois demasiado
jóven y asaz sensible par vivir en nuestro mundo. Dirigíos
á una casada .
Ya veis que tambien soy buena , y os hablo llana-
mente .

-¿Qué diablos haceis aquí? esclamó Prudencia á quien


no habíamos oido venir, y que aparecia en el umbral de la
puerta del gabinete , con sus cabellos casi desordenados y

L
96 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

su vestido desabrochado. En este desarreglo reconocí la


mano de Gaston .
-Hablamos formalmente, dijo Margarita. Dejadnos solos
un momento, y luego seremos con vosotros.
-Bien, bien , hablad , hijos mios , dijo Prudencia yén-
dose y cerrando la puerta como para coronar el tono con
que habia pronunciado estas últimas palabras .
-Quede , pues , convenido , prosiguió Margarita cuando
estuvimos solos, que ya no me amais .
--Voy á marcharme .
-¡Llegariais á tal estremo !
Yo habia avanzado mucho para retroceder , y por otra
parte , aquella jóven me temia loco. La mezcla de alegría,
de tristeza, de candor y prostitucion , como tambien la en-
fermedad que debia desarrollar en ella la sensibilidad de
las impresiones y la irritabilidad de los nervios, me hacian
comprender que si desde luego no tomaba yo imperio sobre
aquella naturaleza olvidadiza y voluble , Margarita estaba
perdida para mí
-Decidme, ¿hablais con toda seriedad? me preguntó .
-Con toda seriedad .

-Pero ¿porqué no me habeis dicho esto antes?


-¿Cuándo?
-El dia siguiente al en que me fuisteis presentado en la
Opera Cómica .
-Yo creo que si hubiese venido á veros me habriais re-
cibido malísimamente .
-¿Por qué?
-Porque el dia anterior estuve insípido.
-Es verdad. Sin embargo en aquella época ya meamabais .
-Tambien es verdad .
-Lo cual no os impidió ir á acostaros y dormir tranqui-
lamente despues de la funcion. Ya sabemos á qué se redu-
cen esos grandes amores .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 97

-¡Pues bien! os engañais. ¿Sabeis lo que hice la noche


de la Opera Cómica?
-No por cierto .
-Os aguardé á la puerta del café Inglés. Seguí el car-
ruaje que os condujo á vos y vuestros tres amigos, y cuan-
do os ví descender sola y entrar en vuestra casa, me tuve
por dichoso .
Margarita se echó á reir.
-¿De qué os reís?
-De nada.

-Decídmelo , os lo suplico , ó voy á creer que aun os


mofais de mí .
-¿No os enfadareis?
-¿Y con qué derecho he de enfadarme?
-Pues bien, habia de por medio una buena razon para
que yo entrase sola.
-¿Cuál ?
-Se me esperaba aquí.
Si Margarita me hubiese dado una puñalada, no me ha-
bria hecho tanto mal. Levantéme, y tendiéndola la mano:
-Adios, la dije .
-Bien sabia yo que os enfadariais , dijo ella. Los hom-
bres se mueren por saber lo que debe causarles disgusto .
-Os aseguro , añadí con frialdad, como si hubiese queri-
do probar que ya estaba curado para siempre de mi pasion;
os aseguro que no estoy enfadado. Era muy natural que
alguno os esperase, como es muy natural que yo me vaya
á las tres de la madrugada.
-¿Por ventura hay tambien alguno que os aguarda en
vuestra casa?
-No; pero debo irme .
-Adios , pues .
-¡Ah! ¿Me despedís ?
-De ningun modo .
13
98
LA DAMA DE LAS CAMELIAS .
-¿Por qué me dais disgustos?
-¿Qué disgustos os doy?
-¿No me decís que os esperaba alguien?
-No he podido menos de reir á la idea de que os tuvis-
teis por dichoso al verme entrar sola, cuando habia una ra-
zon tan buena para hacerlo
-Una puerilidad es con frecuencia una alegría para el
hombre, y se hace mal en destruir esta alegría, cuando de-
jándola subsistir, se puede acrecentar la dicha del que la
siente .

-Pero, ¿á quién creeis hablar? Yo no soy ni una vírgen,


ni una duquesa. Hoy es el primer dia que os conozco y no
debo daros cuenta de mis acciones. Admitiendo que un dia
llegue yo á ser vuestra querida, es preciso que os hagais
cargo de que he tenido otros amantes. Si antes me venís
con celos ¿qué sucederá despues, si el despues existe nun-
ca? Jamás he visto un hombre como vos .
-Es que nadie os ha amado como yo .
-Hablemos francamente. ¿Me amais mucho?
-Tanto como es posible amar, segun creo.
-¿Y desde cuándo?
-Desde el dia en que os ví bajar de la carretela y en-
trar en casa de Susse, hace ya tres años .
-¡Hola! ¡hola! no es un grano de anís. ¡Pues bien! ¿Qué
debo hacer para reconocer tan grande amor?
-Amarme un poco, dije con una agitacion que casi me
impedia hablar, pues á pesar de las sonrisas semi-burlonas
de que ella habia acompañado toda esta conversacion, pare-
cíame que Margarita empezaba á participar de mis impre-
siones , y que yo me acercaba á la hora tanto tiempo sus-
pirada.
-¡Y bien! ¿y el duque?
-¿Qué duque?
-Mi viejo celoso .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 99

-No sabrá nada.


¿Y si lo sabe?
-Os perdonará.
-¿Qué? os equivocais. Me abandonará, y entonces, ¿qué
será de mí?
-¿Pues no aventurais por otro este abandono?
-¿Cómo lo sabeis?
-Por la recomendacion que teneis hecha de no dejar en-
trar á nadie esta noche.
-Es verdad; pero ese es un amigo verdadero .
-A quien no apreciais mucho , pues que le cerrais la
puerta á semejante hora.
-No sois vos quien debe reprochármelo , toda vez que
he obrado así para recibiros á vos y á vuestro amigo .
Yo me habia acercado poco a poco á Margarita , habia
pasado mis manos alrededor de su talle , y sentia que su
cuerpo flexible pasaba ligeramente sobre mis manosjuntas.
-¡Si supierais cuanto os amo! la decia en voz baja.
→Verdad?
-Os lo juro .
¡ Pues bien! Si me prometeis cumplir mi voluntad sin
decir palabra, sin hacerme ninguna observacion, sin pre-
guntarme, tal vez os ame.
-¡Todo cuanto querais !
-Pero os prevengo que quiero ser libre de obrar como
me acomode, sin daros el menor detalle sobre mi vida.
Hace tiempo que busco un amante jóven, sin voluntad, ena-
morado, sin desconfianza, amado sin derechos, y nunca he
podido hallarlo. Los hombres, en vez de quedar satisfechos
de que se les conceda muchas veces lo que apenas habrian
esperado obtener una sola, piden á sus queridas cuenta del
presente, del pasado y hasta del futuro. A medida que se
acostumbran á ellas, quieren dominarlas, y cuanto mas se
les da lo que desean, tanto mas exigentes se hacen. Si hoy
100 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

me decido á tomar un nuevo amante, quiero que reuna tres


cualidades muy raras: que sea confiado, obediente y dis-
creto .

-¡Y bien! seré todo lo que querais.


-Veremos .
-¿Y cuándo veremos?
-Mas tarde .
-¿Por qué?
-Porque , dijo Margarita apartándose de mis brazos y
tomando de un gran ramo de camelias encarnadas , traido
de la mañana , una camelia que ella colocó en uno de mis
ojales; porque nadie puede siempre ejecutar los tratados el
dia en que se firman.
Era fácil de comprender.
-¿Cuándo os volveré á ver? dije estrechándola entre mis
brazos .
-Cuando esta camelia cambie de color .
-¿Y cuándo cambiará de color?
-Mañana de once a doce de la noche. ¿Estais contento?
-¡Y me preguntais !
-Ni una palabra de todo esto ni á vuestro amigo , ni á
Prudencia, ni á nadie.
-Os lo prometo."
-Ahora abrazadme y volvamos al comedor.
Margarita juntó sus labios á los mios , arregló de nuevo
sus cabellos y salimos del gabinete , ella cantando, yo me-
dio loco .
La jóven se detuvo en el salon y me dijo por lo bajo:
-Debe pareceros estraño que yo os acepte así de con-
tado . ¿Sabeis de qué dimana esto?
Esto dimana , continuó tomando mi mano y poniéndola
contra su corazon, del cual sentí los latidos violentos y rá-
pidos; esto dimana de que, debiendo vivir menos tiempo
que los demás, me he prometido vivir mas aprisa .
H

[Link] Rambla31.

SERA CUANDO ESTA CAMELIA CAMBIE DE COLOR .


LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 101

-No me hableis de este modo , os lo suplico.


-¡Oh! consolaos, continuó riendo . Por mas corta que sea
mi existencia , viviré mas tiempo del que vos me amareis.
Y entró cantando en el comedor .
-¿Dónde está Nanina? preguntó viendo á Gaston y Pru-
dencia solos .
-Duerme en vuestro cuarto , aguardando que os acos-
teis , respondió Prudencia .
-¡ Pobre muchacha ! ¡ yo la estoy matando! Ea, señores,
retiraos , que ya es hora .
Diez minutos despues , Gaston y yo salíamos ; Margarita
me estrechaba la mano diciéndome adios , y se quedaba
con Prudencia .
-Y bien , me preguntó Gaston cuando estuvimos fuera,
¿qué decís de Margarita ?
-Es un ángel , y estoy loco por ella.
-No lo dudaba yo. ¿ Se lo habeis dicho ?
-Sí .
- Y ha prometido creeros ?
-No .
-No es como Prudencia .
-¿Os lo ha prometido ?
-Ha hecho mas , amigo mio! Nadie creeria que la gruesa
Duvernoy se mantuviese tan fresca .
‫‪.....‬‬
‫‪--‬‬
‫ווי‬
‫" !‬
LA DAMA DE LAS CAMELIAS.. 103

CAPITULO ΧΙ .

09

RMANDO suspendió su narracion .


-Tendreis la bondad de cerrar la ventana?
me dijo. Empiezo á tener frio, porque á estas
horas acostumbro meterme en cama.
Cerré la ventana. Armando, que aun se ha-
llaba muy débil, se quitó la bata y se acostó ,
dejando reposar por algunos instantes su cabe-
za sobre la almohada, como un hombre fatiga-
0
do de un largo viaje ó agitado por penosos re-
Bycuerdos.
90 -Tal vez habeis hablado en demasía, le dije ,
¿quereis que me vaya y os deje dormir? otro
dia me contareis el fin de esa historia .
-¿Acaso os fastidia?
-Muy al contrario.
-Entonces voy á continuar. Si me dejaseis solo, no dor-
miria. レ

-Cuando entré en mi casa, prosiguió sin tener necesidad


104 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

de hacer memoria, tan presentes estaban en su pensamiento


todos estos detalles; cuando entré en mi casa no me acosté ,
y me puse á reflexionar sobre la ventura del dia. El encuen-
tro, la presentacion, el compromiso de Margarita conmigo,
todo habia sido tan rápido, tan inesperado, que habia mo-
mentos en que creia haber soñado. Sin embargo, no era la
primera vez que una jóven como Margarita se prometia á
un hombre para el dia siguiente al en que él se lo suplicaba.
Por mas que me hice esta reflexion, habia sido tan fuerte
la primera impresion producida en mí por mi futura querida,
que aun subsistia. Y hasta me obstinaba en no ver en ella á
una cortesana como las demás, y con la vanidad tan comun
á todos los hombres , estaba dispuesto á creer que Marga-
rita sentia invenciblemente por mí la simpatía que yo abri-
gaba por ella.
Con todo , yo tenia á la vista ejemplos muy contradicto-
rios , y á menudo habia oido decir que el amor de Margarita
se habia convertido en mas ó menos caro , segun la esta-
cion.

Pero por otra parte, ¿cómo conciliar tambien esta reputa-


cion con las contínuas negativas hechas al jóven conde
que habíamos hallado en casa de Margarita? Me direis que el
conde no la agradaba , y que como ella era mantenida es-
pléndidamente por el duque, para atreverse á tomar otro
preferiria á un hombre de su gusto. Entonces, ¿por qué no
queria á Gaston, buen mozo, discreto, rico, y parecia que-
rerme á mí, que me encontró tan ridículo la primera vez que
me habia visto?
Es verdad que hay incidentes de un minuto que hacen
mas que el curso de un año .
De los que nos hallábamos en la cena , yo era el único
que se habia asustado al verla abandonar la mesa. La habia
seguido, me habia conmovido sin poder disimularlo, y ha-
bia llorado besando su mano . Esta circunstancia unida á mis
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 105

visitas cotidianas durante los dos meses de su enfermedad ,


habia podido hacerle ver en mí á un hombre muy diferente
de los conocidos hasta entonces, y quizá Margarita se habia
dicho que no la costaba nada hacer por un amor espresado
de tal manera lo que tantas veces habia hecho , y que esto
no tenia mas consecuencias para ella .
Todas estas suposiciones, como ya lo veis, eran muy ve-
rosímiles; pero cualquiera que fuese la razon de su consen-
timiento , habia una cosa cierta: que habia consentido.
Así, pues, yo estaba enamorado de Margarita, iba á verla,
y no podia pedirla mas. Sin embargo, os lo repito, aunque
fuese una meretriz , habia yo creido tan sin esperanza mi
amor, tal vez para poetizarla , que cuanto mas se acercaba
el momento en que ya no tendria necesidad de esperar,
tanto mas dudaba de ello .
No cerré los ojos en toda la noche .
Yo ya no me reconocia; estaba punto menos que loco.
Ora no me hallaba ni bastante gallardo, ni bastante rico,
ni asaz elegante para poseer á semejante mujer ; ora me
ensoberbecia á la idea de tal posesion ; luego me asaltaban
temores de que Margarita tuviese por mí un capricho de
algunos dias , y presintiendo una desgracia en una pronta
ruptura, quizá obrara yo mejor, me decia , no yendo á su
casa por la noche, partiendo y participándola por escrito,
mis temores .

Despues me entregaba á esperanzas sin límites, á una


confianza plenísima, y soñaba cosas increibles . Me decia que
aquella jóven me deberia su curacion física y moral, que yo
pasaria toda mi vida á su lado, y que su amor me haria
mas feliz que los amores mas virginales.
En fin, no podria repetiros los innumerables pensamientos
que de mi corazon subian á mi cabeza y que se estinguie-
ron poco a poco en el sueño , el cual me venció de dia .
Cuando me desperté eran las dos de la tarde, y hacia un
14
106 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.

tiempo magnífico. No sé que la vida me haya parecido nun-


ca tar hermosa y tan plena. Los recuerdos del dia anterior
se presentaban en mi imaginacion , sin sombras ni obstácu-
los, y alegremente acompañados de las esperanzas de la
noche.

Vestíme precipitadamente .
Yo estaba contento, y era capaz de las mejores acciones .
De vez en cuando mi corazon saltaba de júbilo y amor en
mi pecho, y me agitaba una dulce fiebre. Ya no me inquie-
taban las razones que me habian preocupado antes de dor-
mirme, porque no veia mas que el resultado, ni pensaba si-
no en la hora en que debia volver á ver á Margarita .
1

Me fue imposible quedarme en casa. Mi cuarto me pare-


cia demasiado estrecho para contener mi felicidad; yo nece-
sitaba toda la naturaleza para espaciarme.
Salí .

Pasé por la calle de Antin. El carruaje de Margarita la


esperaba á su puerta.
Dirigíme á los Campos Elíseos . Yo amaba , sin siquiera
conocerlas, á todas las personas que encontraba.
¡Cuán buenos nos hace el amor!
Hacia una hora que me paseaba de los caballos de Marly
al rond-point y del rond-point á los caballos de Marly, cuando
ví á lo léjos el carruaje de Margarita. No lo reconocí , sino
que lo adiviné.
Al momento de revolver el ángulo de los Campos Elíseos ,
mandó detener el carruaje , y un jóven alto se separó de un
grupo en que hablaba para ir á conversar con ella .
Departieron por algunos momentos; el jóven se incorpo-
ró á sus amigos , los caballos prosiguieron su trote, y yo,
que me habia acercado al corrillo, reconocí en el que habia
hablado con Margarita al conde de G... de quien habia vis-
to el retrato, y que , segun Prudencia, era aquel á quien
Margarita debia su posicion.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 107

Ya os he dicho que el dia anterior Margarita habia cer-


rado la puerta á cierta persona. Esa persona era el mismo
conde de G ....

Supuse que la jóven habia mandado parar su carruaje á


fin de darle esplicaciones, y me prometi que al mismo tiem-
po habria hallado algun nuevo pretesto para no recibirle la
noche siguiente.
Ignoro como pasé el resto del dia ; paseé , fumé , hablé;
pero de lo que dije y encontré ya no me quedaba ninguna
memoria á las diez de la noche .
Solo tengo presente que entré en mi casa, que pasé tres
horas en mi tocador, y que miré cien veces mi péndulo y
mi reló, los cuales iban desgraciadamente acordes.
Cuando dieron las diez y media, me dije que ya era tiem-
po de partir.
Entonces vivia en la calle de Provence; seguí la de Mont-
Blanch , atravesé el boulevard , entré en las calles de Luis
el Grande y de Port-Mahon, y por último en la de Antin.
Alcé los ojos y ví luz en los balcones de Margarita.
Llamé y pregunté al portero si la señorita Gautier estaba
en casa .

Respondióme que Margarita no volvia nunca á su casa


antes de las once ó de las once y cuarto .
Miré mi reló .
Yo habia creido andar despacio, pero solo me habian
bastado cinco minutos para ir de la calle de Provence á ca-
sa de Margarita .
Entonces me paseé por aquella calle sin tiendas y desierta
á tales horas .
Al cabo de media hora llegó Margarita, que descendió de
su carruaje mirando en torno suyo como si hubiese querido
buscar á alguien. :

El carruaje se alejó al paso , porque en la casa no habia


ni caballerizas ni cochera .
108 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Cuando Margarita iba á llamar, me acerqué y la dije.


-Buenas noches .

-¡Ah! ¿sois vos? me preguntó con un tono poco tranqui-


lizador sobre el placer que tenia en hallarme allí.
-¿No me habeis permitido venir á visitaros esta noche?
-Es verdad , lo habia olvidado .
Esta frase trastornaba todas mis reflexiones de la maña-
na, todas mis esperanzas del dia. Sin embargo, yo empe-
zaba á familiarizarme con aquellos modales , y no me fuí,
cual habria hecho anteriormente .
Entramos .
Nanina habia abierto de antemano la puerta.
-¿Ha vuelto Prudencia? preguntó Margarita.
-No , señora .
-Vé á decir que venga así que vuelva. Antes apaga la
lámpara del salon, y si viene alguno, dile que no he vuelto
y no volveré.
La jóven estaba sin duda preocupada por alguna cosa y
quizá molestada por un importuno . Yo no sabia qué aire to-
mar ni qué decir.
Margarita se dirigió hácia su dormitorio ; yo me quedé
donde estaba.
-Venid, me dijo.
La jóven se quitó el sombrero, el manto de terciopelo, y
los echó sobre su cama ; despues se dejó caer en un gran
sillon , cerca del fuego que ella mandaba encender hasta el
principio del verano, y me dijo jugando con la cadena de
su reló.
-¡Y bien! ¿qué me contais de nuevo?
-Nada, sino que me he equivocado viniendo esta noche .
-¿Por qué?
-Porque pareceis contrariada y sin duda os molesto.
-No me molestais: solo es que estoy enferma, he sufrido
todo el dia, no he dormido, y tengo unajaqueca atroz.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 109

-¿Quereis que me retire para dejaros meter en cama?


-¡Oh! podeis quedaros. Si quiero acostarme, lo haré de-
lante de vos.
En este momento llamaron .
-¿Quién viene aun? dijo con un movimiento de impa-
ciencia .

Algunos instantes despues llamaron de nuevo.


-¿No hay, pues, nadie que abra? será preciso que yo
misma lo haga. En efecto, se levantó y me dijo :
-Esperad aquí.
Atravesé la habitacion; y oí abrir la puerta de entrada.
Entonces escuché .
El recien venido se detuvo en el comedor. A las primeras
palabras reconocí la voz del jóven con de N....
-¿Cómo os encontrais esta noche? preguntaba.
-Mala , contestó sécamente Margarita.
-¿Acaso os molesto?
-Tal vez .
-¡Cómo me recibis! ¿Qué os he hecho , mi querida Mar-
garita?
-Nada, no me habeis hecho nada, amigo mio. Me hallo
indispuesta y debo acostarme. Así, pues, tened la bondad de
marcharos. Por la noche no puedo entrar en mi casa sin que
os presenteis dentro de cinco minutos , y esto me aburre.
¿Qué es lo que quereis? ¿Que yo sea vuestra querida? ¡Pues
bien! Ya os he dicho cien veces que no, que me fastidiais
inauditamente, y que podeis dirigiros á otra parte. Hoy os
lo repito por última vez: nada quiero de vos, nada; ahora,
adios . Mirad , Nanina ya vuelve, y ella os alumbrará. Bue-
nas noches .

Y sin añadir una palabra, sin escuchar lo que balbuceaba


el joven , Margarita volvió á entrar en su cuarto y cerró
inmediatamente la puerta, por la cual Nanina á su vez en-
tró casi inmediatamente .
110 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

-Oye, la advirtió Margarita; dirás siempre á ese imbécil


que no estoy en casa ó que no quiero recibirle. Al fin estoy
cansada de ver continuamente á unas personas que vienen á
pedirme la misma cosa, que me pagan y que creen no de-
berme nada mas. Si las que comienzan nuestro vergonzoso
oficio supieran lo que es, primero se hicieran doncellas de
cámara. Pero no; la vanidad de tener vestidos , carruajes y
diamantes nos arrastra, creemos lo que oimos, pues la pros-
titucion tiene su fé, y arruinamos paulatinamente nuestro
corazon, nuestro cuerpo y nuestra hermosura; se nos teme
como á las bestias feroces , y se nos desprecia como á los
parias ; nos vemos rodeadas de personas que siempre nos
quitan mas de lo que nos dan, y por último venimos á morir
como perros , despues de perder á los otros y á nosotras
mismas

-Vaya, señora, calmaos, dijo Nanina. Esta noche pade-


ceis de los nervios .
-Este vestido me molesta, continuó Margarita haciendo
saltar los broches de su corsé. Dame un peinador. ¿Y Pru-
dencia?

-Aun no ha vuelto; pero así que vuelva se la dará el re-


cado para que suba á veros .
-Hé aquí otra, prosiguió Margarita quitándose el vestido
y poniéndose un peinador blanco ; hé aquí otra que sabe
encontrarme cuando me necesita, y no puede hacerme un
favor de buena gana. Ella sabe que aguardo esa contesta-
cion esta noche , que debo tenerla , que estoy inquieta , y
apuesto que se ha ido á vagamundear sin pensar en mí.
-Quizá la han detenido .
-Tráenos ponche.
-Aun os será mas perjudicial, dijo Nanina.
-Tanto mejor. Trae tambien frutas, pastel, ó una ala de
pollo, lo que quieras, pero al momento, porque tengo ape-
tito.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 111

Es inútil deciros la impresion que tal escena me causaba,


vos lo adivinais , ¿ no es verdad ?
-Vais á cenar conmigo , me dijo ; entretanto tomad un
libro, pues voy á pasar un instante en mi tocador.
Encendió las bugías de un candelabro, abrió una puerta
al pié de su cama, y desapareció .
En cuanto á mí, púseme á reflexionar sobre la vida de
aquella jóven , y mi amor recibió una mezcla de piedad.
Paseábame á grandes pasos por la habitacion , abismado
en pensamientos , cuando entró Prudencia.
-¡Cómo! ¿vos aquí? me dijo. ¿Dónde está Margarita?
-En su tocador .
-La esperaré. Ella os halla encantador, ¿no lo sabiais?
-No .

-¿No os ha dicho nada sobre el particular?


-Nada absolutamente.
-¿Pues cómo os hallais aquí?
-Vengo á visitarla .
-¿A media noche?
-¿Por qué no?
-¡Picaruelo !
--Me ha recibido muy mal .
-Va á recibiros mejor.
-¿Lo creeis?
-Le traigo una buena noticia.
-No vendrá mal. ¿Os ha hablado, pues, de mí?
-Ayer noche, ó mejor esta madrugada, despues de mar-
charos con vuestro amigo .... A propósito, ¿cómo sigue vues-
tro amigo? Creo que se llama Gaston R..., ¿no es cierto?
-Sí , contesté sin poder menos de sonreirme acordándo-
me de la confianza que Gaston me hiciera, y viendo que Pru-
dencia apenas sabia su nombre .
-Es arrogante ese jóven; ¿en qué se ocupa?
-Tiene veinte y cinco mil francos de renta.
112 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

-¡Caramba, pero tratemos de vos. Margarita me ha in-


terrogado acerca de vuestra persona; me ha preguntado
quién erais, qué haciais, quiénes habian sido vuestras que-
ridas, en fin, todo cuanto se puede preguntar sobre un hom-
bre de vuestra edad. Le he dicho todo lo que sé, añadiendo
que sois un escelente jóven, y punto redondo.
-Os lo agradezco. Ahora decidme qué comision os en-
cargó ayer.
---Ninguna; era para que el conde se largara, como decia
ella; pero me dió una para hoy, y ahora traigo la respuesta.
En esto Margarita salió de su gabinete de tocador, coque-
tamente cubierta la cabeza con un gorro de dormir, ador-
nado con cintas amarillas .
Así estaba encantadora.

Tenia los piés desnudos, pero metidos en unas chinelas de


saten, y acababa el tocador de las uñas .
-Y bien , dijo viendo á Prudencia , ¿habeis visto al
duque?
-¡Yo lo creo!
-¿Y qué os ha dicho?
-Me ha entregado ....
-¿Cuánto?
-Seis mil .
-¿Los teneis?
-Sí .

-¿Ha manifestado disgusto?


-No .
-¡Pobre hombre!
Este ¡pobre hombre! fué pronunciado con un tono inimi-
table.
Margarita tomó los seis billetes de mil francos .
-Ya era tiempo, dijo. Mi buena Prudencia , ¿necesitais
dinero?

-Ya sabeis, hija mia , que faltan dos dias para el 15 , y


LA DAMA DE LAS CAMELIAS 113

si pudieseis prestarme tres ó cuatrocientos francos me ha-


riais un favor.
-Enviad mañana por la mañana, pues ya es demasiado
tarde para ir á cambiar.
-Pensad en ello.
-Perded cuidado. ¿Cenais con nosotros?
-No, Carlos me espera en mi casa .
-Aun estais enamorada de él?
-Mucho, amiga! Hasta mañana. Adios, Armando.
Madama Duvernoy salió .
Margarita abrió su armario y echó dentro los billetes de
banco.
-¿Permitís que me acueste? dijo sonriendo y dirigién-
dose á su cama ..
-No solamente os lo permito , sino que tambien os lo
ruego .
Entonces dejó al pié de su lecho el cendal que la cubria
y se acostó.
-Ahora , me dijo , venid á sentaros cerca de mí y ha-
blemos.
Prudencia tenia razon: la respuesta que habia traido á
Margarita la alegraba .
-¿Me perdonais mi mal humor de esta noche? me dijo
tomándome la mano .
-Estoy pronto á perdonároslo todo.
-Yme amais?
-Con frenesí .
-¿A pesar de mi mal genio?
-A pesar de todo .
-Me lo jurais?
-Sí, la dije en voz baja.
Entonces entró Nanina trayendo platos , un pollo frito ,
una botella de Burdeos, fresas y dos cubiertos .
-No he mandado hacer ponche, dijo Nanina, porque el
15
114 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Burdeos es mejor para vos. ¿No es verdad, caballero?


--Ciertamente , respondí conmovido aun por las últimas
palabras de Margarita y con los ojos ardientemente fijos en
ella.
-Está bien; pon todo esto sobre la mesita , y acérçala á
la cama , nos serviremos nosotros mismos. Con esta has
perdido tres noches , y debes tener sueño ; vete á la cama ,
porque ya no te necesito .
-¿Cerraré la puerta con dos vueltas á la llave?
- Justamente, y sobre todo que no dejen entrar á nadie
antes de mediodía .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 115

CAPITULO XII .

LAS cinco de la madrugada, cuando el dia em-


pezó á clarear al través de las cortinas, Marga-
rita me dijo:
-Perdóname si te despido, pero es preciso.
El duque viene todas las mañanas; cuando ven-
5 ga se le dirá que estoy durmiendo, y tal vez
aguardará á que yo me despierte .
Puse entre mis manos la cabeza de Margarita 1

cuyos cabellos destrenzados vagaban en torno


de ella, y le díel beso de despedida diciendo:
-¿Cuándo te volveré á ver?
-Escucha, continuó , toma esta llavecita do-
rada que hay encima de la chimenea, abre la puerta, trae la
llave y vete. Durante el dia recibirás una carta y mis órde-
nes, pues ya sabes que debes obedecerme ciegamente.
-Sí, pero ¿si te pidiera yo alguna cosa?
-¿Cuál?
-Que me dejases esta llave.
116 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

-Por nadie he hecho nunca lo que me pides .


-Y bien, hazlo por mí, puesjuro que te amo mas y de
otro modo que los otros te amaban .
-Corriente , guárdala; pero te prevengo que si quiero
no te servirá de nada esa llave.
-¿Por qué?
-Porque la puerta tiene aldabas por dentro.
-¡Ah, pícara !
-Las haré quitar.
-¿Con que me amas un poquillo?
-Ignoro como se ama, pero me parece que sí. Vete ya,
que estoy rendida de sueño .
Permanecimos algunos segundos el uno en brazos del
otro, y me fuí.
Las calles estaban desiertas, la gran ciudad aun dormia,
y corria un suave fresco por los barrios que dentro de algu-
nas horas iban á ser invadidos por el bullicio de los hom-
bres.
Parecióme que esta dormida ciudad me pertenecia; bus-
caba en mi memoria los nombres de aquellos cuya felicidad
me habia inspirado envidia hasta entonces , y no recordé
ninguno sin tenerme por mas dichoso que él.
Ser amado por una jóven casta, revelarla el primero ese
estraño misterio del amor , es ciertamente una gran felici-
dad , pero es la cosa mas sencilla del mundo.
Apoderarse de un corazon no acostumbrado á los ata-
ques , es entrar en una ciudad abierta y sin guarnicion.
La educacion, el sentimiento de los deberes y la familia,
son muy fuertes centinelas; pero no hay centinelas tan vigi-
lantes que no burle una jóven de diez y seis años, á quien
por medio de la voz de su amante da la naturaleza esos pri-
meros consejos de amor tanto mas ardientes , cuanto mas
puros parecen .
Cuanto mas cree una jóven en el bien , tanto mas fácil
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 117

mente se abandona, sino al amante, por lo menos al amor,


pues hallándose sin desconfianza carece de fuerza , y hacerse
amar por ella es un triunfo que cualquier hombre de veinte
y cinco años puede obtener cuando guste.
Y esto es tan cierto , que vemos á las jóvenes rodeadas
de vigilantes y de muros.
Los conventos no tienen muros bastante altos , ni las ma-
dres cerrojos asaz fuertes, ni la religion deberes harto contí-
nuos para encerrar todas estas hermosas avecillas en sus
janlas, á las que nadie se toma siquiera el trabajo de echar
algunas flores .
Así , pues , cuánto deben desear el mundo á que las ro-
ban, cuán embelesador deben imaginárselo , cómo deben
escuchar la primera voz que á través de las rejas va á refe -
rirles los secretos de este mundo, y bendecir la primera ma-
no que levanta una punta del misterioso velo .
Pero ser amado verdaderamente por una cortesana , es
una victoria dificilísima de alcanzar.
En ellas , el cuerpo ha viciado el alma , los sentidos han
quemado su corazon, y el libertinage ha sofocado los senti-
mientos . Las palabras que oyen, las saben desde hace tiem-
po; los medios que se emplean, los conocen, y el amor que
inspiran, lo han vendido. Aman por oficio y no por inclina-
cion. Están mejor guardadas por sus cálculos que una vir-
gen por su madre y su convento. Así es que han inventado
la palabra capricho para los amores sin tráfico que de vez en
cuando se dan como un descanso , como una escusa, como
un consuelo; semejantes á esos usureros que desollan á mil
individuos y creen repararlo todo prestando un dia veinte
francos á algun pobre diablo que se muere de hambre, sin
exigirle interés, ni pedirle recibo .
Además cuando Dios permite el amor á una cortesana ,
este amor que al principio parece un perdon, se torna casi
siempre un castigo para ella .
118 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

No hay absolucion sin penitencia .


Cuando una criatura por cuyo pasado puede reconvenirse ,
siente de pronto un amor profundo, sincero, irresistible, de
que ella no se creyó nunca capaz; cuando confiesa este amor
¡cuánto la domina el hombre amado! ¡cuán fuerte se siente
con el derecho cruel de decirla:
-"No haceis por el amor mas de lo que habeis hecho
por el dinero."
Entonces no saben qué pruebas dar .
Un niño , cuenta la fábula, despues de divertirse mucho
tiempo en el prado gritando ¡socorro ! para asustar á los la-
bradores, fué un dia devorado por un oso, sin que aquellos
á quienes habia engañado tan á menudo, creyesen entonces
en los gritos verdaderos que daba .
Lo mismo sucede con esas infelices jóvenes cuando aman
sinceramente. Han mentido tantas veces , que ya nadie
quiere creerlas, y en medio de sus remordimientos son de-
voradas por su amor .
De aquí los grandes sacrificios y austeros retiros de que
algunas han dado ejemplo .
Pero cuando el hombre que inspira este amor redentor,
tiene el alma bastante generosa para aceptarlo sin acordarse
del pasado; cuando se abandona á él; en fin , cuando ama
como es amado, ese hombre agota de golpe todas las emo-
ciones terrenales , y despues de este amor su corazon será
inaccesible á otro cualquiera .
Yo no hacia estas reflexiones la madrugada que entré en
mi casa; reflexiones que no habrian podido ser mas que el
presentimiento de lo que iba á sucederme , y á pesar de mi
amor á Margarita , yo no entreveia semejantes consecuen-
cias . Lo hago hoy. Como todo está irrevocablemente con-
cluido, nacen por sí solas de los sucesos.
Pero volvamos al primer dia de mis relaciones.
Cuando entré en mi casa, era loca mi alegría. Al conside-
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 119

rar que habian desaparecido los obstáculos colocados por .


mi imaginacion entre Margarita y yo, que yo la poseia, que
ocupaba un lugar en mi pensamiento, que en mi bolsillo te-
nia la llave de su habitacion, y que estaba autorizado para
servirme de ella, estaba contento de la vida, orgulloso de
mí, y amaba á Dios, que me permitia todo esto.
Un vójen pasa por una calle, da con el codo á una mujer,
la mira, se vuelve, pasa; no conoce á esta mujer que tiene
placeres: pesares y amores en que él no toma parte alguna.
No existe por ella, y si la dirigiese la palabra, tal vez se
burlára de él, como Margarita se habia burlado de mí. Tras-
curren semanas, meses , años, y de repente , cuando ambos
han seguido su destino, cada uno en órden diferente, la ló-
gica de la casualidad les pone el uno enfrente del otro. Esa
mujer viene á ser la querida de ese hombre y le ama.¡Cómo!
¡por qué! Sus dos existencias no forman mas que una; ape-
nas existe la intimidad , que ya les parece haber existido
siempre , y todo lo que ha precedido se borra de la memoria
de los dos amantes. Confesemos que esto es muy singular.
Por lo que á mí hace, ya no me acordaba de cómo habia
vivido antes del penúltimo dia. Todo mi ser rebosaba de
alegría al recuerdo de las palabras cambiadas durante aque-
lla primera noche.
OMargarita sabia engañar muy bien, ó sentia por mí una
de esas pasiones súbitas que se revelan desde el primer
beso, y que á veces mueren, empero, del mismo modo que
hannacido.
Cuanto mas reflexionaba en ello, tanto mas me decia que
Margarita no tenia ninguna razon para fingir un amor que
no hubiese abrigado, y tambien me decia que las mujeres
tienen dos modos de amar, que pueden engendrarse mútua-
mente : ellas aman con el corazon, ó con los sentidos .
Sucede con frecuencia que una mujer toma un amante
para obedecer la voluntad de sus sentidos, y sin esperarlo,
120 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.
aprende el misterio del amor inmaterial, y no vive ya sino
con su corazon; sucede con frecuencia que una jóven , no
buscando en el matrimonio mas que la union de dos afeccio-
nes puras, recibe esta repentina revelacion del amor físico ,
esa enérgica conclusion de las mas castas impresiones del
alma.

Me dormí en medio de estos pensamientos, y fuí desper-


tado por un billete de Margarita, concebido en estos tér-
minos:
“Hé aquí mis órdenes: Esta noche al Vaudeville. Venid
durante el tercer entreacto .
«Μ. G.»

Encerré este billete en un cajon, á fin de tener siempre la


realidad á la mano , dado que me asaltasen dudas , como á
cada momento sucedia.
Como ella no me decia que fuese á verla de dia , no me
atreví á presentarme en su casa; pero era tan vivo mi deseo
de encontrarla antes de la noche, que me fuí á los Campos
Elíseos , donde, como el dia anterior , la ví pasar una y
otra vez .
A las siete ya me hallaba en el Vaudeville.
Nunca habia entrado tan temprano en un teatro.
Todos los palcos se llenaron unos tras otros. Solo uno
quedaba vacío: el de patio, inmediato al telon .
Al comenzar el acto tercero , oí abrir la puerta de aquel
palco, en el cual habia tenido constantemente clavados los
ojos . Presentóse Margarita, que en seguida se adelantó hasta
el antepecho, miró hácia la orquesta, me vió, y me dió las
gracias con una mirada .
Aquella noche Margarita estaba maravillosamente her-
mosa .

¿Era yo la causa de su coquetería? ¿Me amaba lo bastante


para creer que cuanto mas hermosa la hallase , seria tanto
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 121

mas feliz? Yo aun lo ignoraba; pues si tal habia sido su in-


tencion, lograba su objeto, pues cuando apareció, las ca-
bezas ondularon unas hácia otras, y el actor, entonces en
escena, miró tambien á la que de tal modo distraia á los
espectadores solo presentándose .
Y yo tenia la llave del cuarto de aquella mujer, y dentro
de tres ó cuatro horas iba á ser mia.
Vitupérase á los que se arruinan por actrices y cortesa-
nas, lo que me admira, es que no hagan por ellas muchísi-
mas mas locuras .
Es preciso haber vivido como yo de esa vida para saber
cuán fuertemente soldan en el corazon, ya que no tenemos
otra palabra, el amor que se las profesa las ligeras vanida-
des que ellas dan cotidianamente á sus queridos .
Prudencia tomó asiento en seguida, en el palco, en cuyo
fondo se sentó tambien un hombre en quien reconocí al
conde de G..... Al verle se me heló el corazon.
Margarita se apercibió sin duda de la impresion que me
produjo la presencia de aquel hombre en su palco, pues me
sonrió de nuevo, y volviendo la espalda al conde, pareció
fijar mucho la atencion en la pieza.
En el tercer entreacto se volvió y dijo dos palabras: el
conde salió del palco, y Margarita me hizo seña de que fue-
se á verla .

-Buenas noches, me dijo cuando entré, y me tendió la


mano .

---Buenas noches, contesté dirigiéndome á Margarita y á


Prudencia .
-Sentaos .

-Pero yo ocupo el puesto de alguno. ¿No vendrá el se-


ñor conde de G ....?
-Sí tal; le he enviado á comprarme dulces para que po-
damos hablar un momento. Madama Duvernoy está en el
secreto.
16
122 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

-Sí , hijos mios, dijo esta; pero estad tranquilos, no di-


ré nada .

-¿Pero qué teneis esta noche? dijo Margarita levantán-


dose y viniendo á la sombra del palco para besarme la
frente .

-Estoy algo malo .


-Pues idos á la cama, continuó con aquel aire irónico
tan adecuado á su cabeza fina y espiritual.
-¿A cuál?
-A la vuestra .
-Ya sabeis que no podria dormir .
-Entonces no vengais tan mal humorado porque habeis
visto un hombre en mi palco.
-No es por este motivo.
-Si tal, ya lo entiendo y no teneis razon; pero hablemos
de otra cosa. Despues de la funcion ireis á casa de Pruden-
cia, y permanecereis allí hasta que os llame. ¿Lo oís?
-Si .

Acaso podia desobedecer?


-Me amais aun? continuó .
-¡Y me lo preguntais !
-Habeis pensado en mí?
-Todo el dia.
-¿Sabeis que temo decididamente enamorarme de vos?
Preguntádselo mas bien á Prudencia.
-¡Oh! es por demás, respondió la rechoncha mujer.
-Ahora volveos á vuestro sillon, porque el conde va á
entrar y no conviene que os halle aquí.
-¿Por qué?
-Porque no os agrada verle.
-De ningun modo; pero si me hubieseis dicho que de-
seabais venir esta noche al Vaudeville , hubiera podido
enviaros este palco como lo ha hecho el conde.
-Desgraciadamente me lo ha traido sin pedírselo, ofre
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 123

ciendo acompañarme. Ya sabeis muy bien que yo lo debia


aceptar. Todo lo que podia hacer era escribiros á donde
iba para que me vieseis, y porque yo misma tenia un pla-
cer en veros mas pronto ; pero toda vez que me lo agrade-
ceis de tal modo, aprovecharé la leccion.
-No tengo razon, perdonadme.
-Enhorabuena , volveos inmediatamente á vuestro asien-
to, y sobre todo no seais celoso .
Me abrazó y salí .
En el pasillo encontré al conde que volvia.
Me reinstalé en mi sillon.
Bien mirado , la presencia del conde G..... en el palco
de Margarita era la cosa mas sencilla. Habia sido su amante ,
la traia un palco , y la acompañaba al espectáculo ; todo
esto era muy natural, y desde el momento que yo tenia por
querida á una jóven como Margarita, debia aceptar sus cos-
tumbres .
Pero no por esto me creí menos infeliz durante el resto de
la velada, y al irme estaba muy triste, despues de ver al
conde, Prudencia y Margarita subir á la carretela que á la
puerta les esperaba .
Y sin embargo, al cabo de un cuarto de hora me hallaba
en casa de Prudencia que apenas acababa de llegar .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 125

CAPITULO XIII .

ASI habeis venido tan rápidamente como nosotros ,


me dijo Prudencia.
-Sí , respondí maquinalmente. ¿Dónde está
Margarita?
-En su casa .
-¿Sola?
-Con el señor conde de G...
Me paseé á grandes pasos por el salon.
-¡Y bien! ¿qué teneis?
-No deja de ser gracioso que yo aguarde aquí
que el señor de G... salga de casa de Margarita .
-Pero sed mas razonable. Sabed que Marga-
rita no puede decir al conde que se vaya. El señor conde de
G.... ha vivido mucho tiempo con ella, siempre la ha dado
mucho dinero, y aun se lo dá. Margarita gasta mas de cien
mil francos al año, y tiene muchas deudas. El duque la en-
via todo lo que pide , pero ella no se atreve á pedirle todo
lo que necesita. No conviene que se indisponga con el con
126 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

de, que á lo menos le dá diez mil francos anuales. Margarita


os ama mucho, amigo mio, pero vuestras relaciones con ella
no deben ser formales, por vuestro bien y el suyo. Vos no
sostendriais el lujo de esta jóven con vuestros siete ú ocho
mil francos de pension, que no bastarian para los gastos del
carruaje. Tomad á Margarita por lo que es, por una jóven
linda y de talento; sed su amante un mes, dos meses; dadla
ramilletes, dulces y palcos; pero no os metais en nada mas,
ni la mostreis celos ridículos. Ya sabeis con quien os las ha-
beis; Margarita no es una virtud. Vos le gustais, la adorais,
no os dé cuidado lo demás. ¡Pues me gusta vuestra suscep-
tibilidad! Ella os recibe en un cuarto magnífico, cubierto de
diamantes, no os costará ni un sueldo si quereis , y aun no
estais contento . ¡Qué diablo! pedir mas es gollería .
-Teneis razon , pero no puedo remediarlo. La idea de
que ese hombre es su amante, me está crucificando .
-¿Pero quién os dice que sea su amante? Es un hombre
de que ella necesita y nada mas. Hace dos dias que Mar-
garita le cierra su puerta; esta mañana el conde ha venido,
y ella no ha podido hacer otra cosa que aceptar su palco y
dejarse acompañar por él al ir y venir. Aunque él haya su-
bido á su casa, es solo por un rato, puesto que vos esperais
aquí. Me parece que todo esto es muy natural. ¿Y al duque,
le teneis ojeriza?
-No, porque es un anciano, y estoy seguro de que Mar-
garita no es su querida. Además , muchas veces puede
aceptarse una relacion , pero no dos. Esta facilidad se parece
bastante á un cálculo, y casi iguala al hombre que la con-
siente , aun por amor, á los que tienen por oficio este con-
sentimiento, y ganan con este oficio.
-¡Cuán atrasado estais, amigo mio! ¡A cuántos he visto,
y de los mas nobles , de los mas elegantes , de los mas ri-
cos, hacer lo que os aconsejo, sin esfuerzos , sin rubor, sin
remordimientos! Esto se vé todos los dias. ¿Cómo querriais
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 127

que las cortesanas de París pudiesen sostener su fausto, si


no tuvieran tres ó cuatro amantes á la vez? No hay fortuna,
por pingüe que sea, que pueda sufragar ella sola los gastos
de una mujer como Margarita. Una fortuna de quinientos
mil francos de renta es enorme en Francia; pues bien, ami-
gomio, quinientos mil francos de renta no bastarian, y hé
aquí la razon. Un hombre que disfruta de tamaña renta, tiene
una casa montada , caballos , criados , carruajes , cacerías ,
amigos; si es casado tiene hijos, la corre, juega, viaja y qué
sé yo! Ha adquirido de tal modo todas estas costumbres,
que no puede abjurarlas sin pasar por arruinado y sin dar
un escándalo. En resumidas cuentas, con quinientos mil
francos al año, no puede dar á una mujer mas de cuarenta
ó cincuenta mil francos anuales, y aun es mucho; de suerte
que otros amores completan el gasto anual de una mujer.
Afortunadamente Margarita ha recaido por un milagro del
cielo en un viejo millonario cuya esposa é hija han muerto,
que solo tiene sobrinos muy ricos , que le dá cuanto ella
quiere sin pedirle nada en cambio; pero ella no puede pe-
dirle mas de setenta mil francos al año , y estoy segura de
que si le pidiese mas, se lo negaria á pesar de su fortuna y
del afecto que la profesa .
Todos estos jóvenes de veinte ó treinta mil libras de renta
en París apenas tienen con que vivir en el mundo que fre-
cuentan, y cuando son amantes de una mujer como Marga-
rita, saben muy bien que ella no podria pagar siquiera su
habitacion y sus criados con lo que la dan. No dicen lo que
saben, aparentan no saber nada, y cuando tienen lo bas-
tante, se marchan con la música á otra parte. Si tienen la
vanidad de pagarlo todo, se arruinan como tontos y van á
hacerse matar en Africa despues de dejar cien mil francos
de dendas en París. ¿Crees que la mujer les queda agrade-
cida? Ni por asomo. Al contrario, dice que les ha sacrificado
su posicion y que mientras vivia con ellos perdia dinero.
128 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.

¡Oh! hallais vergonzosos todos estos detalles, ¿no es ver-


dad? pues son verdaderos. Vos sois un jóven escelente que
aprecio de todo corazon; hace veinte años que vivo en me-
dio de las cortesanas, sé lo que son y lo que valen, y no
quisiera veros tomar por lo serio el capricho que una linda
moza tiene por vos .
Además, continuó Prudencia, admitamos que Margarita
1

os ama lo bastante para renunciar al conde y al duque; dado


caso que éste se apercibiese de vuestras relaciones y la
dijera que eligiese entre vos y él, el sacrificio que ella os
hiciera seria enorme , indisputablemente. ¿Qué sacrificio
igual podriais hacer por ella, vamos á ver? Cuando estu-
vierais sacio , cansado de ella , en fin , ¿qué hariais para in-
demnizarla de las pérdidas que le hubieseis causado? Nada.
La habriais aislado del mundo en que estaban su fortuna y
su porvenir, os habria consagrado sus mejores años, y que-
daria olvidada. O entonces fuerais un hombre ordinario,
echándola en cara su pasado , la dijerais que al abandonarla
no haceis mas que imitar á sus demás amantes, y la hundie-
rais en una miseria inevitable; ó seriais un hombre de bien
y creyéndoos obligado á tenerla cerca de vos , os arrastra-
riais vos mismo á una desgracia mas inevitable aun, pues
estas relaciones perdonables en un joven, no lo son en un
hombre de edad madura. Vienen á ser un obstáculo que
todo lo impide, no permiten ni familia, ni ambicion, esos se-
gundos y postreros amores del hombre. Creedme , pues,
amigo mio, tomad las cosas por lo que valen, las mujeres
por lo que son, y no deis á una ramera el derecho de llama-
ros acreedora vuestra, sea en lo que fuera.
e
Prudencia razonó con una discrecion yuna lógica de que
la hubiera creido incapaz. No supe que contestar , y ví
que tenia razon: la dí la mano y las gracias por sus con-
sejos .
-Vamos, vamos, me dijo, dejaos de niñerías y reid. La
LA DAMA DE LAS CAMELIAS 129

vida es bella, amigo mio, segun el prisma con que la mira-


mos. Consultadlo, sino , á vuestro amigo Gaston, que ó me
engaño mucho , ó comprende el amor como yo lo compren-
do. De lo que debeis estar persuadido , sin lo cual seriais
un estúpido, es que aquí al lado hay una linda jóven aguar-
dando impacientemente que se vaya el hombre que se halla
en su casa; cuya jóven piensa en vos , os reserva esta no-
che, y os ama, estoy cierta de ello . Entretanto , venid á la
ventana conmigo, y veamos partir el conde que no tardará
en dejarnos el puesto.
Prudencia abrió una ventana, y uno al lado del otro apo-
yamos los codos en el balcon.
Ella miraba las pocas personas que pasaban por la calle;
yo soñaba.
Todo lo que me habia dicho me zumbaba dentro de la ca-
beza , y no podia menos de convenir en que tenia razon;
pero mi verdadero amor á Margarita apenas podia transigir
con tal razon , así es que de cuando en cuando mi corazon
exhalaba suspiros que hacian volver á Prudencia; la cual
encogia los hombros como un médico que desespera de un
enfermo.

"¡ Cómo nos apercibimos de que la vida debe ser corta,


decia yo mentalmente, por la palidez de las sensaciones! No
⚫ hace sino dos dias que conozco á Margarita, es mi querida
desde ayer , tan solo , y ha invadido de tal modo mi pensa-
miento , mi corazon y mi vida , que la visita de ese conde
de G...... es una desgracia para mí. "
Por fin, el conde salió, subió á su carruaje , y desapare-
ció . Prudencia cerró su ventana.
En el mismo instante Margarita nos llamaba.
-Venid pronto , decia , que ponen la mesa y vamos á
cenar .

Cuando entré en su casa , Margarita corrió á mi encuen-


tro, saltóme al cuello y me abrazó con todas sus fuerzas.
17
180 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

-¿Estamos aun de mal humor? me dijo .


-No , acabóse , contestó Prudencia , le he hecho un ser-
moncito, y ha prometido ser discreto.
-¡En hora buena!
Dirigí involuntariamente los ojos en la cama, y estaba
arreglada. En cuanto á Margarita ya llevaba su peinador
blanco . Nos sentamos á la mesa .
Encantos, dulzura, espansion, todo lo tenia Margarita, y
de vez en cuando me veia obligado á reconocer que no tenia
el derecho de pedirla otra cosa, que muchos serian felices
en mi lugar, y que, como el pastor de Virgilio, debia dis-
frutar de las ocasiones que un dios, ó mejor, que una diosa
me proporcionaba.
Procuré, pues, poner en práctica las teorías de Prudencia
y de estar tan alegre como mis dos compañeras ; pero lo
que en ellas era natural, en mi esfuerzo, y la risa nerviosa
con que las engañé tenia mucha afinidad con el llanto .
Por fin concluyó la cena, y quedé solo con Margarita, la
cual, segun su costumbre, fué á sentarse en la alfombra de-
lante de la lumbre, y á mirar tristemente la llama de la chi-
menea .

¡Margarita pensaba! ¿En qué lo ignoro. Yo la miraba con


amor, casi con terror, pensando en que estaba próximo á
sufrir por ella .
-Ven y siéntate á mi lado, me dijo .
Obedecí.
-No sabes en qué estoy pensando?
-No por cierto .
-En una combinacion que he hallado.
-¿Qué combinacion?
-Aun no puedo confiártela, pero puedo decirte su resul-
tado. Este resultado, si lo obtengo, es que dentro de un mes
estaré libre, ya no deberé nada, é iremos á pasar juntos el
verano en el campo.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 131

-¿Y no podeis decirme de qué medio os valdreis?


-No . Con tal que me ames como te amo , todo saldrá
perfectamente .
-¿Y habeis hallado vos sola esta combinacion?
-Sí.

-¿Y la ejecutareis sola?


-Yo sola pasaré los cuidados, me dijo Margarita con
una sonrisa que no olvidaré nunca; pero ambos partiremos
los beneficios .
No pude menos de ruborizarme á la palabra beneficios; me
acordé de Manon Lescaut comiendo con Desgrieux el dinero
de M. de B... Respondí con tono algo duro y levantándome :
-Me permitireis, querida Margarita, que no participe de
otros beneficios que los de los negocios que concibo y es-
ploto yo mismo.
-¿Qué significa esto?
-Esto significa que tengo vivas sospechas de que el se-
ñor conde de G .... sea vuestro asociado en esa feliz combi-
nacion cuyos daños y beneficios no acepto.
-Sois un niño . Creia que me amabais y me he equivo-
cado; está bien .
Y al mismo tiempo se levantó, abrió el piano y púsose á
tocar la invitacion al vals hasta aquel famoso pasage en
tono mayor que siempre la detenia.
Hacíalo por costumbre, ó para recordarme el dia en que
nos habíamos conocido?
Solo sé que con aquella melodía se despertaron mis re-
cuerdos, y que acercándome á ella, puse su cabeza entre
mis manos, y la besé.
-¿Me perdonais? la dije.
-Ya lo veis , me contestó; pero observad que solo nos
hallamos en el segundo dia, y que ya tengo algo que per-
donaros. Cumplís muy mal vuestras promesas de ciega obe-
diencia .
132 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

- ¡Qué quereis, Margarita! os amo demasiado , y estoy


celoso del menor de vuestros pensamientos. Lo que acabais
de proponerme ahora mismo, me enloqueceria de alegría;
pero el misterio que precede á su ejecucion me oprime el
corazon, me lo desgarra .
-Vamos , razonemos un poco, continuó mirándome con
su encantadora sonrisa, á la cual me era imposible resistir .
Vos me amais, ¿no es verdad? y seriais feliz pasando tres ó
cuatro meses en el campo conmigo sola; y á mí tambien me
seria muy grata esta soledad, estando á tu lado, y no sola-
mente me seria grata, sino que mi salud lo reclama. Yo no
puedo irme de París por tanto tiempo sin ordenar mis asun-
tos, y los asuntos de una mujer como yo están siempre em-
brollados . Pues bien: he hallado el medio de conciliarlo
todo, mis asuntos y mi amor á vos, sí, á vos, no riais, ¡por-
que os amo locamente ! Y á pesar de todo , no sé que aire
tomais , ni que palabras me decís. Niño , tres veces niño,
acordaos solamente de que os amo , y no os inquieteis por
nada. Queda convenido ¿verdad?
-Queda convenido todo lo que quereis, bien lo sabeis.
-Entonces antes de un mes nos hallaremos en alguna
aldea, nos pasearemos á la orilla del agua y beberemos le-
che . ¿Paréceos estraño que yo hable así, yo , Margarita Gau-
tier? Esto dimana , amigo mio , de que cuando la vida de
París, que tiene visos de hacerme tan dichosa, no me enar-
dece; me aburre, y entonces tengo aspiraciones súbitas á
una existencia mas tranquila que me recordará mi niñez .
Cualquiera ha sido niño , haya venido á ser lo que fuere.
¡Oh! perded cuidado , no voy á deciros que soy la hija de
un coronel retirado y que me han educado en San Dionisio .
Soy una pobre campesina, y seis años antes no sabia escri-
bir mi nombre. Os he tranquilizado ¿verdad? ¿Porqué sois
vos el primero á quien me dirijo para dividir la alegría del
deseo que me ha venido? Sin duda porque he conocido que
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 133

me amais para mí y no para vos, al paso que los demás nun-


ca me han amado sino para ellos .
He estado muchas veces en el campo, pero nunca he ido
segun mis deseos. Cuento con vos para esta dicha fácil; no
seais malo, y acceded á mis deseos. Decíos esto: Margarita
no debe envejecer, y algun dia me arrepintiera de no haber
hecho por ella la primera cosa que me ha pedido y que era
tan fácil de hacer.
¿Qué responder á semejantes palabras, sobre todo con el
recuerdo de una primera noche de amor y esperando la
segunda?
Una hora despues, aunque Margarita me hubiese pedido
que cometiera un crímen, habríala obedecido .
A las seis de la mañana salí, pero antes de irme la dije.
-Hasta esta noche .
Abrazóme y no me contestó .
De dia recibí una carta que contenia estas palabras:
«Amigo mio: estoy algo indispuesta, y el médico me or-
dena el reposo. Esta noche me acostaré temprano, y no os
veré: pero para recompensaros, os esperaré mañana á me-
dio dia. Os amo . "
¡Me engaña! fué lo primero que dije.
Un sudor frígido humedeció mi frente, pues yo amaba ya
demasiado á aquella mujer para que esta sospecha no me
trastornara .

Y sin embargo , debia esperar este suceso casi todos los


dias respecto de Margarita; y bastantes veces me habia so-
brevenido con mis otras queridas, sin que se me importara
mucho. ¿De qué nacia, pues, el imperio que aquella mujer
tomaba sobre mi vida?
Entonces pensé, puesto que tenia la llave de su casa, en
ir á verla como de costumbre. De este modo sabria pronto
la verdad, y si hallaba á un hombre, diérale de bofetones .
Entretanto , fuí á los Campos Elíseos , donde permanecí
134 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

hasta las cuatro, sin ver á Margarita. Por la noche entré en


todos los teatros á que ella acostumbraba ir , y tampoco la
ví en ninguno.
A las once volé á la calle de Antin .
En las ventanas de Margarita no habia luz , y sin embargo
llamé.
El portero me preguntó á dónde iba.
-A ver á la señorita Gautier .
-No ha vuelto.
-La esperaré arriba .
-No hay nadie en su casa.
Esto era seguramente una consigna que yo podia forzar,
pues tenia la llave; pero temí un escándalo ridículo, y salí.
No volví á mi casa, porque no podia abandonar la calle,
y no perdia de vista la casa de Margarita.
Parecíame que aun me faltaba ver algo, ó al menos que
iban á confirmarse mis sospechas .
Sobre las doce , un carruaje que yo conocia mucho se
detuvo delante del número 9 .
El conde de G ... descendió y entró en la casa , despues
de despedir su cupé .
Por un momento esperé que, como á mí, iba á decírsele
que Margarita no estaba en casa, y que pronto le veria sa-
lir; pero á las cuatro de la madrugada aun estaba espe-
rando.

He sufrido mucho desde hace tres semanas , pero esto no


es nada en comparacion de lo que sufrí aquella noche.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS: 185

CAPITULO XIV .

olví á mi casa, y eché á llorar como un niño, No


hay hombre alguno que no haya sido engañado
una vez al menos, y que ignore lo que es sufrir.
Bajo el peso de las resoluciones inspiradas por
la fiebre , que siempre creemos tener fuerzas
para resistir, me dije que convenia romper inme-
diatamente con aquel amor, y esperé con impa-
ciencia el dia para ir á ocupar mi posicion, vol-
ver al lado de mi padre y de mi hermana, doble
amor de que yo estaba seguro y que cierta-
mente no me engañaria .
Sin embargo, no me resolvia á partir sin que
Margarita estuviese bien enterada del motivo de mi partida .
Tan solo el hombre que no ama ya profundamente á su que-
rida, se separa de ella sin escribirla.
Redacté mentalmente mas de veinte cartas .
Yo me las habia habido con una jóven semejante á todas
las meretrices , la habia poetizado en demasía , y ella me
136 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

trataba como un estudiante, empleando sin duda para en-


gañarme una astucia insultante por lo sencilla. Entonces
triunfó mi amor propio. Era preciso dejar á aquella mujer sin
darla la satisfaccion de saber lo que tal rompimiento me
hacia sufrir, y hé aquí lo que escribí con mi letra mas ele-
gante, vertiendo lágrimas de indignacion y de dolor.
"Mi querida Margarita, espero que vuestra indisposicion
de ayer habrá sido poca cosa . A las once de la noche fuí á
pedir noticias vuestras, y se me contestó que no habiais
vuelto. M. de G.... fué mas feliz que yo , pues se presentó
á los pocos instantes, y á las cuatro de la madrugada aun se
hallaba en vuestra casa .
"Perdonad las pocas horas de molestia que os he hecho
pasar, y vivid persuadida que jamás olvidaré los felices
momentos que me habeis proporcionado.
"Hoy hubiera tenido el gusto de ir á saber noticias vues-
tras; pero trato de volver al lado de mi padre.
"Adios, querida Margarita; no soy ni bastante rico para
amaros como yo quisiera, ni bastante pobre para amaros
como quisierais vos. Olvidemos, pues, vos un nombre que
casi debe seros indiferente, yo una felicidad que se me hace
imposible.
"Os envio vuestra llave, que nunca me ha servido, y po-
drá seros útil si estais siempre enferma como ayer. "
Ya lo veis , yo no habia tenido la fuerza de acabar esta
carta sin una impertinente ironía, la cual probaba cuán ena-
morado estaba aun .
Leí y releí diez veces esta carta, y la idea de que causa-
ria pena á Margarita me calmó algun tanto.
Procuré alentarme en los sentimientos que ella afectaba,
y cuando á las ocho vino mi criado, se la entregué para
que la llevase inmediatamente .
-¿Esperaré respuesta? me preguntó José (mi criado se
llamaba José, como todos los criados.)
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 137

-Si te lo preguntan, dí que nada sabes, y espera.


Yo me inclinaba á creer que Margarita iba á contestarme.
¡ Cuán pobres y débiles somos !
Todo el tiempo que mi criado estuvo fuera, esperimenté
una agitacion suma. Ora acordándome de como Margarita
se habia entregado á mí, me preguntaba con qué derecho la
escribia una carta impertinente cuando ella podia contestar-
me que M. de G... no me engañaba, sino que yo engañaba
á M. de G.... ; razonamiento que permite muchos amantes á
muchas mugeres; ora acordándome de los juramentos de
aquella jóven , queria convencerme de que mi carta era aun
demasiado templada y carecia de espresiones bastante fuer-
tes para afrentar á una muger que se reia de un amor tan
sincero como el mio. Luego me decia que hubiera hecho
mejor en no escribirla, en ir de dia á su casa , y que de
este modo me habria gozado en las lágrimas que la hubiese
hecho derramar. Finalmente, me preguntaba lo que ella iba
á contestarme, ya dispuesto á creer la escusa que me daria.
José volvió .
-¿Y bien? le dije .
-Señor, me respondió, la señora estaba acostada y aun
dormia, pero así que llame la entregarán la carta, y si hay
contestacion la traerán .
-¡Aun dormia!
Cien veces estuve tentado de enviar por aquella carta,
pero siempre me decia:
-Tal vez está ya en sus manos, y yo afectaria arrepen-
timiento .
Cuanto mas se acercaba la hora á que era verosímil me
correspondiese, tanto mas sentia yo haber escrito.
Dieron las diez, las once , las doce.
A las doce estuve para acudir á la cita, como si nada hu-
biese sucedido. En fin no sabia qué imaginar para salir del
círculo de hierro que me estrechaba .
18
138 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.

A la una aun estaba esperando .


Entonces creí en esa supersticion de lasgentes que espe-
ran, esto es, que si salia un rato, á mi vuelta hallaria una
contestacion. Las contestaciones aguardadas con impacien-
cia llegan siempre cuando uno no está en casa.
Salí, pues , bajo pretesto de ir á almorzar.
En vez de desayunarme en el café Foy, en la esquina del
boulevart, como era mi costumbre , preferí hacerlo en el
Palais-Royal y pasar por la calle de Antin. Cada vez que
apercibia á una muger, creia ver á Nanina trayéndome una
respuesta. Atravesé la calle de Antin sin haber encontrado
un mensajero. Llegué al Palais-Royal, y entré en casa de
Véry. El mozo me hizo comer, ó mejor, me sirvió lo que
quiso, pues yo no comia.
Mis ojos se fijaban siempre involuntariamente en el pén-
dulo.
Volví á mi casa , convencido de que iba á encontrar una
carta de Margarita.
El portero no habia recibido nada. Yo aun esperaba en
mi criado . Este no habia visto á nadie desde mi salida .
Si Margarita hubiese debido contestarme, hacia tiempo
que lo habria efectuado .
Entonces empecé á sentir los términos de mi carta; yo
hubiera debido callarme completamente, lo cual habria he-
cho sin duda dar pasos á su inquietud; pues no viéndome
acudir á la cita dada el dia anterior, me hubiese preguntado
las razones de mi ausencia, y entonces yo hubiera debido
dárselas. De este modo ella no habria podido hacer otra
cosa que disculparse, y lo que yo queria, era que se discul-
para. Yo ya conocia que cualesquier razones que me hubiese
objetado , las habria creido, y que lo hubiera preferido todo
á no verla jamás .
Hasta llegué á creer que ella misma iba á venir á mi
casa; pero las horas pasaron y no vino.
1
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 139

Decididamente Margarita no era como todas las mujeres ,


pues hay pocas que, recibiendo una carta semejante á la
que yo acababa de escribir no respondan alguna cosa.
A las cinco corrí á los Campos Elíseos .
-Si la encuentro, pensaba yo, afectaré un aire indiferen-
te, y se convencerá de que ya no pienso mas en ella.
En el recodo de la calle Royale, la ví pasar; iba en car-
ruaje. Fué tan brusco el encuentro, que palidecí. Ignoro si
notó mi emocion, porque estaba tan turbado que solo ví su
carretela .

No continué mi paseo á los Campos Elíseos, sino que miré


los anuncios de los teatros, pues aun tenia probabilidades
de verla.
En el Palais -Royal tenia lugar una primera representa-
cion. Margarita seguramente debia asistir á ella.
A las siete me hallaba en el teatro .
Llenáronse todos los palcos ; pero Margarita no se pre-
sentó.

Entonces salí del Palais-Royal y entré en todos los teatros


á donde ella iba con mas frecuencia: al Vaudeville , á las
Variedades , á la Opera Cómica.
Margarita no estaba en ninguna parte.
O mi carta la habia causado un gran disgusto para que
pensase en espectáculos, ó temia encontrarse conmigo y
queria evitar una esplicacion .
Esto es lo que mi vanidad me sugeria en el boulevart,
cuando encontré á Gaston que me preguntó de donde venia.
-Del Palais Royal .
-Yo de la Opera, me dijo, donde tambien creia veros.
-¿Por qué?
-Porque Margarita estaba allí.
-¡Ah! ¿estaba?
-Sí .

-¿Sola?
140 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

-No, con una de sus amigas.


-¿Y nadie mas?
-El conde G.... ha entrado un instante en su palco; pero
ella se ha ido con el duque. Yo creia á cada momento veros
aparecer. A mi lado habia un sillon que ha estado vacío to-
da la noche, y yo me figuraba que vos lo habiais tomado.
-Pero ¿porque hé de ir á donde vá Margarita?
-Porque sois su amante ¡pardiez!
-¿Quién os lo ha dicho?
-Prudencia, á quien encontré ayer. Os felicito por ello ,
amigo mio ; es una hermosa querida, y no la tiene quien
quiere. Guardadla porque os honrará.
Esta simple reflexion de Gaston me mostró cuán ridícu-
las eran mis susceptibilidades .
Si le hubiese encontrado el dia anterior, y me hubiera ha-
blado de tal suerte, yo no habria ciertamente escrito la im-
prudente carta de la mañana.
Estuve para ir á casa de Prudencia y enviarla á decir á
Margarita que yo deseaba hablarla, pero temí que para ven-
garse me contestase que no podia recibirme, y entré en mi
casa despues de pasar por la calle de Antin.
Pregunté de nuevo á mi portero si tenia una carta pa-
ra mí.
¡Nada!
Habrá querido ver si yo daria algun otro paso y me re-
tractaria de mi carta de hoy, me dije al acostarme , pero
viendo que no lo hago, me escribirá mañana.
Arrepentíme de lo que habia hecho, especialmente aque-
lla noche. Estaba solo en mi casa, no pudiendo dormir, de-
vorado de inquietud y de celos, cuando dejando seguir á las
cosas su verdadero curso , hubiera debido hallarme cerca
de Margarita y oir las palabras encantadoras que solo habia
oido dos veces , y que me abrasaban los oidos en mi so-
ledad.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 141

Lo que habia de horrible en mi situacion, era que el ra-


zonamiento me achacaba la culpa; en efecto , todo me decia
que Margarita me amaba.
En primer lugar el proyecto de pasar un verano conmigo
en el campo; luego la certidumbre de que nada la obligaba
á ser mi querida , puesto que mi fortuna era insuficiente
para sus necesidades y hasta para sus caprichos.
En ella , pues , no habia habido mas que la esperanza de
hallar en mí una afeccion sincera y capaz de apartarla de los
amores mercenarios en medio de los cuales vivia, y desde
el segundo dia destruia yo aquella esperanza y pagaba con
una ironía impertinente el amor aceptado durante dos no-
ches.

Lo que yo hacia, pues, era mas que ridículo: era desa-


tento.

¿Habia yo solamente pagado á aquella mujer, para tener


el derecho de vituperar su vida , y rentirádome desde el
segundo dia, no me parecia á un parásito de amor que teme
que se le dé la cuenta de su comida?
¡Como! hacia treinta y seis horas que conocia á Marga-
rita, hacia veinte y catro horas que era su amante, y ya me
mostraba susceptible; y en vez de creerme dichosísimo al
ver que se interesaba por mí, la queria para mí solo, é in-
tentaba precisarla á romper de repente las relaciones de su
pasado, que eran las rentas de su porvenir.
¿Qué podia reprocharla?
Nada.

Ella me habia escrito que estaba indispuesta, cuando hu-


biera podido decirme secamente, con la desagradable fran-
queza de ciertas mujeres, que debia recibir á un amante, y
en vez de creer en su carta, en vez de irme á pasear por
todas las calles de París, escepto por la de Antin; en vez de
pasar la noche con mis amigos y de presentarme al dia si-
guiente á la hora que ella me indicaba, yo hacia el Otelo, la
142 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

espiaba, y creia castigarla dejando de verla. Pero al contra-


rio; ella debia alegrarse de tal separacion; ella debia ha-
llarme soberanamente estúpido y su silencio no era siquiera
resentimiento : era desden.
Entonces hubiera debido hacer á Margarita un regalo que
no la dejase duda sobre mi generosidad, y que me hubiese
permitido, tratándola como á una meretriz , creerme en sol-
vencia con ella; pero hubiera creido ofender con la menor
sombra de tráfico, sino el amor que ella me tenia, al menos
el amor que yo la profesaba, y toda vez que este amor era
tan puro que no admitia tercero, no podia pagar yo con un
presente, por magnífico que fuese, la dicha que se me habia
proporcionado, por breve que hubiese sido esta dicha.
Tales fueron las reflexiones que yo hacia por la noche, y
que á cada momento estaba para ir á manifestar á Margarita.
Cuando amaneció , aun no dormia, y tenia fiebre; érame
imposible pensar en otra cosa que en Margarita .
Ya comprendeis que era preciso tomar un partido decisi-
vo: así, pues, no pudiendo quedarme en casa, y no osando
presentarme en la de Margarita, ensayé un medio de acer-
carme á ella, medio que mi amor propio pudiera atribuir á
la casualidad dado caso que tuviese buen éxito.
Eran las nueve. Corrí á casa de Prudencia, que me pre-
guntó á qué debia aquella visita matutina .
No me atreví á decirla francamente lo que allí me traia,
y le contesté que habia salido temprano para ir á tomar un
asiento en la diligencia de C...., donde vivia mi padre.
-Feliz de vos, me dijo, que podeis salir de París en este
hermoso tiempo.
Miré á Prudencia, y me pregunté si se burlaba de mí.
Pero su rostro estaba serio .
-¿Ireis á despediros de Margarita? prosiguió con la mis-
ma seriedad .
-No .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 148

-Haceis bien .
-¿De veras?
-Naturalmente. Ya que habeis roto con ella, já qué vol-
ver á verla?
-Es decir que sabeis nuestro rompimiento.
-Me ha enseñado vuestra carta.
-¿Y qué os ha dicho?
-Me ha dicho: Amiga Prudencia , vuestro protegido no
tiene educacion: estas cartas se piensan , pero no se es-
criben.

-¿Y con qué tono os ha dicho esto?


-Riendo , y ha añadido: Ha cenado dos veces conmigo,
y ni siquiera me ha hecho la visita de digestion.
Hé aquí el efecto que mi carta y mis celos habian produ-
cido . Fuí cruelmente humillado en la vanidad de mi amor.
-¿Y qué hizo ayer noche?
-Fué á la Opera.
-Ya lo sé. ¿Y despues?
-Cenó en su casa.
-Sola?
-Con el conde de G.... , segun creo.
De suerte que mi rompimiento no habia alterado en nada
las costumbres de Margarita. Por esto dicen ciertas perso-
nas: Ya no debiais pensar mas en esa mujer , que no os
amaba.
-Vamos, me alegro mucho de que Margarita no se in-
quiete por mí, continué con una sonrisa sardónica .
-Y tiene muchísima razon. Vos habeis hecho lo que de-
biais, habeis sido mas razonable que ella, pues esa jóven os
amaba, siempre hablaba de vos, y hubiera sido capaz de
alguna locura .
-Por qué no me ha respondido, puesto que me ama.
-Porque ha conocido que no tenia razon en amaros. Ade-
más , las mujeres toleran á veces que se engañe su amor,
144 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.

pero nunca que se hiera su amor propio, y siempre se hiere


el amor propio de una mujer, cuando á los dos dias de ser
su amante se la abandona, cualesquiera que sean las razo-
nes que se aleguen para el rompimiento. Conozco á Marga-
rita y sé que se morirá primero que responderos .
-¿Qué debo hacer, entonces?
-Nada . Os olvidará, la olvidareis, y nada tendréis que
reprocharos el uno al otro .
-Pero, ¿si yo la escribiese para pedirla perdon?
-Guardaos bien de hacerlo, porque os perdonaria.
Estuve para saltar el cuello de Prudencia .
Un cuarto de hora despues me hallaba en mi casa escri-
biendo la siguiente carta á Margarita.
«Cierto sugeto que se arrepiente de una carta que ayer
escribió que si no le perdonais partirá mañana , quisiera
saber á qué hora podrá deponer su arrepentimiento á vues-
tros piés?
«¿Cuándo os hallará sola? Ya sabeis que las confesiones
deben hacerse sin testigos .>>>
Doblé esta especie de madrigal en prosa y lo envié por
José, que entregó el billete á Margarita misma, la cual res-
pondió que contestaria mas tarde .
Solo salí un momento para ir á comer, y á las once de
la noche aun no habia contestacion .
Entonces resolví no sufrir por mas tiempo y partir el dia
siguiente.
En virtud de esta resolucion, convencido de que no me
dormiria si me acostaba, me puse á arreglar mis baules.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 145

CAPITULO XV .

ası una hora hacia que José y yo lo preparábamos


todo para mi partida , cuando llamaron fuerte-
mente á mi puerta .
-¿Voy a abrir? me dijo José .
-Sí , abre .
Yme pregunté quién podia venir á tal hora
á mi casa , no atreviéndome á creer que fuese
Margarita .
-Señor, me dijo José volviendo , son dos se-
ñoras .
-Somos nosotras , Armando , me gritó una
voz que reconocí por la de Prudencia .
{ Salí de mi cuarto .
Prudencia de pié contemplaba algunas curiosidades de
mi salon; Margarita sentada en el sofá, reflexionaba.
Cuando entré corrí á ella, me postré de rodillas, la tomé
ambas manos , y la dije profundamente conmovido :
-¡Perdon!
19
146 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Ella me besó la frente y me dijo .


-Os perdono ya por tercera vez .
-Iba á partir mañana .
-¿Puede acaso mi visita cambiar vuestra resolucion? Yo
no vengo para impedir que salgais de París . Vengo porque
no he tenido tiempo para contestaros de dia, y porque no he
querido que me creyeseis enfadada contra vos . Prudencia no
queria aun que viniese, diciendo que tal vez os estorbaria.
-¡Vos estorbarme! vos , ¡Margarita! ¿y cómo?
-¡Cáscaras ! podiais tener una mujer en vuestra casa,
contestó Prudencia, y maldito el gusto que la hubiera dado
la llegada de otras dos .
Durante esta observacion de Prudencia, Margarita me mi-
raba con atencion .
-Mi buena Prudencia, repuse, no sabeis lo que decís .
-Vuestra habitacion es muy cuca, prosiguió la Duver-
noy; puedo ver el dormitorio?
-Sí .

Prudencia pasó á mi cuarto, menos para visitarlo que


para reparar la simpleza que acababa de decir, y dejarnos
solos á Margarita y á mí.
-¿Por qué habeis venido con Prudencia? le pregunté en-
tonces .

-Porque se hallaba conmigo en el teatro, y al salir de


aquí yo queria tener alguien que me acompañase.
-¿No me teniais á mí?
-Sí; pero además de que yo no queria molestaros, es-
taba muy segura de que viniendo hasta mi puerta me pedi-
riais que os dejara subir á mi habitacion, y como yo no po-
dia concedéroslo, no queria que partieseis con el derecho
de reprocharme una negativa .
-¿Y por qué no podiais recibirme ?
-Porque estoy muy desvelada, y la menor sospecha po-
dria causarme el mayor daño .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 147

-¿Es esta la única razon?


-Si hubiese otra, os la diria; ya no ha de haber secreto
entre nosotros .
-Escuchad, Margarita , no voy á emplear rodeos para
deciros lo que vais á oir Habladme con franqueza, ¿me
amais un poco?
-Mucho .

-Entonces , ¿por qué me habeis engañado?


-Amigo mio , si yo fuese la señora duquesa tal ó cual,
si tuviese doscientas mil libras de renta , si fuese vuestra
querida, y tuviese otro amante que vos , tendriais el dere-
cho de preguntarme por qué os engaño; pero soy la señorita
Margarita Gautier , tengo cuarenta mil francos de deudas,
carezco de fortuna, y gasto cien mil francos al año . Vuestra
pregunta, pues , es ociosa é inútil mi contestacion .
-Teneis razon, dije dejando caer mi cabeza sobre las
rodillas de Margarita; pero os amo como un loco.
-Y bien, amigo mio; debiais amarme un poco menos , ó
comprenderme un poco mas, Vuestra carta me ha causado
un gran disgusto. Si yo hubiese sido libre, desde luego no
habria recibido al conde anteayer, ó habiéndole recibido,
hubiera venido á pediros el perdon que acabais de pedirme,
y en lo sucesivo no tendria otro amante que vos. Por un
momento he creido que podriais darme esa felicidad du-
rante seis meses; pero no lo habeis querido: os empeñabais
en saber los medios, y á fé mia que estos medios eran muy
fáciles de adivinar. Al emplearlos , yo hacia un sacrificio
mayor de lo que creiais. Hubiera podido deciros; necesito
veinte mil francos ; estabais enamorado de mí, y los habriais
hallado , corriendo yo el peligro de que mas tarde me los
reprochaseis ; pero he preferido no deberos nada, y no ha-
beis comprendido esta delicadeza, pues una delicadeza es .
Cuando nosotras aun tenemos un poco de corazon, damos á
las palabras y á las cosas una estension y un desarrollo des
148 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

conocidos á las otras mujeres. Os repito, pues, que por parte


de Margarita Gautier, el medio que hallaba para pagar sus
deudas sin pediros el dinero necesario para ello, era una de-
licadeza de que debiais aprovecharos sin decir nada. Si no
me hubieseis conocido hasta hoy , os alegrariais mucho de
lo que yo os prometiera, y no me preguntariais qué hice
anteayer. A veces nos vemos obligadas á comprar una sa-
tisfaccion para nuestra alma á espensas de nuestro cuerpo,
y sufrimos mucho mas cuando despues nos escapa esta sa-
tisfaccion .
Yo escuchaba y miraba á Margarita con admiracion .
Cuando pensaba que aquella maravillosa criatura, de que
antes hubiera deseado besar los piés, consentia en hacerme
entrar por algo en su pensamiento, en darme un papel en su
vida, y que yo aun no me contentaba con lo que ella me
daba, preguntábame si el deseo del hombre tiene límites,
cuando satisfecho tan prontamente como habia sido el mio
tiende aun á otra cosa .
-Es cierto, continuó Margarita; nosotras las criaturas del
azar tenemos deseos fantásticos y amores inconcebibles. Ora
nos damos por una cosa, ora por otra. Hay personas que se
arruinarian sin obtener nada de nosotras, y las hay que nos
poseen por un ramillete. Nuestro corazon tiene caprichos, y
esta es su única distraccion, su escusa única. Yo me he en-
tregado á tí mas pronto que á ningun hombre, te lo juro; ¿por
qué? porque viéndome arrojar sangre me tomaste la mano,
porque lloraste, porque eres la única criatura humana que
me ha compadecido. Voy á decirte una locura; pero antes
tenia un perrito que me miraba tristemente cuando yo tosia ;
es el único ser que he amado.
Cuando murió , lloré mas que á la muerte de mi madre.
Verdad es que ella me habia pegado durante doce años de
su vida.
¡Pues bien! te he amado de repente tanto como á mi
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 149

perrito. Si los hombres supieran lo que se puede obtener


con una lágrima, serian mas amados y nosotras fuéramos
menos ruinosas .
Tu carta te ha desmentido, pues me ha revelado que no
poseias todas las fibras del corazon , y te ha perjudicado mas
en el amor que yo te profesaba, de lo que tú hubieras podi-
do perjudicarme. Eran celos, es verdad, pero celos irónicos
é impertinentes. Cuando recibí esa carta , ya estaba triste,
esperaba verte á medio dia, almorzar contigo , borrar en fin
con tu vista un incesante pensamiento que me atormentaba
y que antes de conocerte admitia sin esfuerzos .
Además , prosiguió Margarita, tú erasla única persona ante
la cual habia creido comprender al instante que podia pen-
sar y hablar libremente. Todos los que rodean á las jóvenes
de mi clase, tienen interés en escrutar sus mas insignifican-
tes palabras, en sacar una consecuencia de sus mas insig-
nificantes acciones . Nosotras no tenemos naturalmente ami-
gos, sino amantes egoistas que derrochan su caudal, no por
nosotras , como dicen, sí por su vanidad.
Para esas personas debemos estar divertidas cuando es-
tán alegres, buenas cuando quieren cenar, y ser escépticas
cuando lo son . Nos está prohibido tener corazon, so pena
de ser escarnecidas y arruinar nuestro crédito.
Nosotras ya no nos pertenecemos . Ya no somos seres,
sino cosas. Somos las primeras en su amor propio, y las
últimas en su estimacion. Tenemos amigas, pero amigas
como Prudencia, mujeres un dia cortesanas, á las cuales aun
les gusta gastar de un modo que su edad ya no permite.
Entonces vienen á ser nuestras amigas, ó mejor, nuestras co-
mensales. Su amistad llega hasta la servidumbre, pero nun-
ca hasta el desinterés . Jamás nos darán un consejo que no
les sea lucrativo. Poco les importa que tengamos diez aman-
tes mas, con tal que con ello ganen vestidos ó un brazalete,
y puedan de vez en cuando pasearse en nuestro carruaje y
150 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

venir á nuestro palco en el teatro . Obtienen nuestros rami-


lletes de la víspera y nos toman prestados nuestros cache-
mires. Jamás nos prestan ningun sevicio, por pequeño que .
sea, sin hacérselo pagar al doble de lo que vale. Tú mismo
lo viste la noche en que Prudencia me trajo seis mil francos
que yo la habia rogado fuése á pedir para mí al duque ;
pidióme prestados quinientos francos que nunca me devol-
verá, ó que me pagará en sombreros que no saldrán de sus
patrones .
No podemos , pues, tener , ó mejor, yo no podia obtener
mas que una felicidad , y era , triste como estoy algunas
veces, mala como estoy siempre, hallar un hombre bastante
superior para no pedirme cuenta de mi vida y ser el amante
de mis impresiones mucho mas que de mi cuerpo . Yo habia
hallado ese hombre en el duque; pero el duque es viejo, y la
vejez no protege ni consuela. Habia creido poder aceptar la
vida que me imponia; ¡pero qué quieres! me moria de tedio,
y para consumirse, lo mismo es arrojarse á un incendio que
asfixiarse con carbon.
Entonces te encontré á tí, jóven, ardiente, dichoso, y pro-
curé convertirte en el hombre por quien suspiraba en medio
de mi abrasante soledad. En tí, Armando, no amaba yo al
hombre que era, sino al que debia ser. Tú no aceptas este
papel, lo rechazas como indigno de tí, eres un amante vul-
gar; imita á los demás , págame y no hablemos mas de ello.
Margarita á quien habia fatigado esta larga confesion, re-
clinóse contra el respaldo del sofá y para calmar un débil
acceso de tos, llevóse el pañuelo á los labios y aun á los ojos,
-¡Perdon , perdon! murmuré; yo habia comprendido todo
esto, pero queria oírtelo decir, mi adorada Margarita. Olvi-
demos lo pasado y acordémonos solo de una cosa: que so-
mos el uno del otro ; que somos jóvenes y nos amamos.
Margarita, haz de mí todo lo que quieras, soy tu esclavo, tu
perro; pero en nombre del cielo rompe la carta que te he es-
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 151

crito y no me dejes partir mañana, pues me moriria de dolor.


Margarita sacó mi carta, y entregándomela, me dijo con
una sonrisa de inefable dulzura :
-Toma, que te la traia .
Rasgué la carta y besé llorando la mano que me la entre-
gaba.
En este momento volvió Prudencia .
-¿A qué no sabeis, Prudencia, lo que Armando me pide?
dijo Margarita.
-Os pide perdon.
-Justamente .

-¿Y le perdonais?
-Es preciso ; pero aun quiere otra cosa.
-¿Cuál , pues?
-Quiere venir á cenar con nosotras .
-¿Y accedeis á ello?
-¿Qué os parece?
-Me parece que sois dos muchachos sin cabeza. Pero
tambien me parece que tengo mucho apetito, y que cuanto
mas pronto accedais , tanto mas pronto cenaremos .
-Ea, dijo Margarita, iremos los tres en mi carruaje. To-
mad, añadió dirigiéndose á mí; Nanina estará acostada, vos
abrireis la puerta , tomad mi llave, y procurad no perderla
otra vez .
Entonces entró José .
-Señor, me dijo con el aire de un hombre satisfecho de
sí mismo; los baules están arreglados .
-¿Del todo?
-Sí, señor .
-Pues bien, vuélvelo todo á su lugar , porque no parto .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 153

CAPITULO XVI .

UBIERA podido, me dijo Armando, contaros en po-


cas palabras el principio de estas relaciones; pero
deseaba que vierais detenidamente porqué grada-
cion de sucesos habíamos llegado , yo á consentir
en todo cuanto quisiera Margarita, Margarita á no
poder ya vivir sino conmigo .
El dia siguiente á la noche durante la cual ha-
bia ido á encontrarme, le mandé Manon Lescaut.
Desde aquel momento , siéndome imposible
variar la vida de mi amada , varié la mia. Ante
todo queria no dar á mi pensamiento el tiempo
de poder reflexionar respecto del papel que yo
acababa de aceptar, porque á pesar mio, la reflexion me hu-
biera profundamente entristecido. Así fué como mi vida,
por lo comun tranquila, revistióse súbitamente de una apa-
riencia de ruido y desórden . No creais que no cuesta nada
el amor de una cortesana; por mas desinteresado que sea,
nada es tan caro como los mil caprichos por flores , palcos
20
154 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.

de teatro, comidas y partidas de campo que no pueden ne-


garse á una querida.
Ya os he dicho que mi patrimonio era muy corto. Mi padre
era y es recaudador de contribuciones en C..... gracias á
una bien sentada reputacion de fidelidad , halló la fianza
que necesitaba para tomar posesion de su destino, que le
produce cuarenta mil francos anuales, habiendo conseguido
en el espacio de diez años devolver la cantidad responsable
y ahorrar la dote de mi hermana . Mi padre es el hombre mas
de bien que pueda desearse : mi madre dejóle al morir seis
mil francos que se apresuró á partir entre mi hermana y yo
el mismo dia en que obtuvo el empleo que solicitaba, y á los
veinte y un años de mi edad , añadió á aquella renta una pen
sion anual de cinco mil francos , asegurándome que con ocho
mil francos podia ser muy feliz en París si procuraba crear-
me además una posicion en el foro ó en la medicina. Vine
á París, cursé jurisprudencia, soy abogado; pero como otros
muchos jóvenes, he guardado el diploma en mi bolsillo y
me he abandonado á la vida indolente de París. Mis gastos
eran muy modestos, gastaba en ocho meses mi renta anual
y pasaba los cuatro de verano en casa de mi padre, lo que
me producia doce mil libras y me daba reputacion de buen
hijo. En cuanto a deudas, no tengo ninguna.
Tal era mi estado cuando conocí á Margarita.
Comprendereis ahora fácilmente que á pesar mio aumenta-
ron mis gastos. Margarita tenia un carácter muy caprichoso
y era una de esas mujeres que nunca han considerado como
un gasto serio las mil distracciones que constituyen su
existencia. Queriendo pasar en mi compañía todo el tiem-
po posible, de aquí que me escribiera por la mañana que
comeria conmigo, pero no en su casa, sino en la de algun
fondista de París ó de sus cercanías. Iba á buscarla, comía-
mos, íbamos al teatro, cenábamos á menudo resultando que
por la noche me hallaba con cuatro luises de menos , ó sean
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 155

dos mil quinientos ó tres mil francos anuales que reducian


mi año á tres meses y medio poniéndome en la necesidad
de contraer deudas, ó separarme de Magarita.
Yo estaba dispuesto a sufrirlo todo, menos esta última
eventualidad.

Dispensadme la narracion de todos estos detalles, pues ya


vereis que dieron orígen á los sucesos que voy á referiros.
Lo que os cuento es una historia verdadera, á la cual dejo
toda la ingenuidad de los pormenores y toda la sencillez
del desarrollo .
Convencíme , pues, de que no habiendo en el mundo in-
fluencia alguna que pudiera hacerme olvidar á mi amada, me
era preciso buscar un medio de sostener los gastos que ella
me producia . Este amor, por otra parte, me trastornaba de
tal modo , que para mí eran años todos los momentos que pa-
saba lejos de Margarita, y habia vuelto á sentir la necesidad
de abrasar esos momentos en el fuego de una pasion cual-
quiera, y de vivirlos tan aprisa que no me apercibiera de
que los vivia.
Empecé por pedir prestados cinco ó seis mil francos sobre
mi pequeño capital y me entregué al juego, porque desde
que han sido destruidas las casas dejuego, se juega en todas
partes. En otro tiempo cuando se entraba en Frascati , se te-
nia la suerte de hacer fortuna; se jugaba contra el dinero , y
si se perdia quedaba el consuelo de decir que se hubiera
podido ganar; pero hoy si se esceptuan algunos círculos en
los cuales subsiste aun cierta severidad respecto del pago ,
puede uno estar seguro desde el momento en que gana una
suma importante, de que no la cobrará. El por qué se com-
prende fácilmente .
El juego no puede practicarse sino por losjóvenes que tie-
nen grandes necesidades y poca fortuna para sostener la vi-
da que llevan; juegan, pues, y hé aquilo que de ello nece-
sariamente resulta: ó ganan, y en este casolos que pierden
156 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

sirven para pagar los caballos y las queridas de esos seño-


res, lo que es muy ridículo, ó pierden y entonces faltándo-
les dinero para su vida, con mas razon les ha de faltar para
pagar lo que han perdido; no pagan, pues, cosa que nada
tiene de agradable. Se contraen deudas, las relaciones em-
pezadas alrededor de un tapete verde acaban porquerellas,
en las cuales sufren siempre la vida y el honor, y el que es
honrado se encuentra arruinado por algunos jóvenes muy
decentes que no tienen otro defecto que carecer de doscien-
tas mil libras de renta.
No necesito hablaros de los que roban en eljuego y de los
cuales el dia menos pensado se sabe el viaje necesario ó el
castigo tardío .
Lancéme, pues , á esa vida rápida, abrasante, volcánica ,
y á cuya idea en otro tiempo me horrorizaba llegando á ser
ya para mí el complemento inevitable de mi amor á Margarita.
¿Qué habia de hacer?
Las noches que yo no pasaba en las calles de Antin, si
las hubiera pasado solo en mi casa, no hubiera podido dor-
mir. Los celos me hubieran tenido despierto quemándome el
pensamiento y la sangre; al paso que eljuego desviaba mo-
mentáneamente la fiebre que hubiera invadido mi corazon
y la añadia á una pasion cuyo interés se embargaba á pesar
mio hasta que daba la hora en que debia trasladarme al lado
de mi amada. Entonces, y en esto conocí la violencia de mi
amor, ya ganara ó perdiera, dejaba implacablemente la mesa
compadeciéndome de los que dejaba en torno de ella y que
al dejarla, no habian de encontrar como yo la felicidad.
El juego que para la mayor parte era una necesidad, era
un remedio para mí.
Curado de Margarita, me hubiera curado del juego.
De este modo, en medio de todo, conservaba una no-
table serenidad; no perdia mas que lo que podia pagar, y
solo ganaba lo que hubiera podido peder .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 157

Por lo demás favorecióme la suerte. No contraia deudas


y gastaba tres veces mas dinero que cuando no jugaba. No
era fácil resistir á una vida que me permitia satisfacer sin
incomodidad los mil caprichos de Margarita. En cuanto á
ella , seguia amándome como siempre ó mas , si cabe.
Como ya os he dicho , habia empezado por no ser recibi-
dosino desde media noche hasta las seis de la mañana , des-
pues fuí admitido de vez en cuando en los palcos y mas tarde
fué á comer algunas veces conmigo. Un dia salí de su casa
á las ocho de la mañana y otro dia á media noche .
Esperando la metamórfosis moral , se habia verificado en
Margarita una metamórfosis física. Yo habia emprendido su
curacion,y la pobre niña, adivinando mi objeto, me obedecia
para darme una prueba de su gratitud. Ya habia conseguido
sin sacudidas ni esfuerzos aislarla casi completamente de sus
antiguos hábitos . Mi médico, con el cual habia procurado que
ella se encontrara , me habia dicho que el reposo y la calma
podian conservarle su salud , de suerte que á las cenas y al
insomnio habia yo conseguido sustituir un régimen higiéni-
co y el sueño regular. Margarita se acostumbraba á pesar
suyo á esta nueva existencia, cuyos efectos saludables sentia
ya. Empezaba á pasar algunas noches en su casa , ó bien si
hacia buen tiempo, se envolvia en una cachemira, cubríase
con un velo y nos íbamos á pié á correr como dos niños du-
rante la noche por las almenas sombrías de los Campos-Elí-
seos . Volvia fatigada á su casa , cenaba ligeramente , acos-
tábase despues de haber tocado un poco el piano; ó despues
de haber leido , lo que nunca habia hecho. De este modo la
salud volvia rápidamente : la tos , que cada vez que yo la
oia me destrozaba el pecho , habia desaparecido casi por
completo.
Al cabo de seis semanas ya no se trataba del conde , sa-
crificado definitivamente ; solo el duque me obligaba á ocul-
tar mis relaciones con Margaritay algunas veces fué despe
158 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.

dido mientras yo estaba con ella , bajo pretesto de que la


señora dormia y habia prohibido que se la despertara .
Resultó de la costumbre cuanto de la necesidad que Mar-
garita habia contraido de verme, que yo dejaba el juego en
el mismo momento precisamente que lo hubiera dejado un
esperimentado jugador. Pasé balance y me encontré por
efecto de mis ganancias con unos diez mil francos que me
parecian un caudal inagotable .
La época durante la cual tenia yo la costumbre de ir á
reunirme con mi padre y mi hermana habia llegado ya, y yo
no partia: esto motivaba que yo recibiera frecuentemente
cartas de uno y de otra en las cuales me suplicaban que me
trasladase á su lado.
Yo contestaba como mejor podia á estas instancias , re-
pitiendo siempre que estaba bueno y que no necesitaba di-
nero , dos cosas que creia consolarian un poco á mi padre
del retardo de mi visita anual .
En esto sucedió que una mañana habiendo sido desper-
tada Margarita por un brillante sol, saltó de su cama y me
preguntó si queria llevarla al campo y acompañarla durante
todo el dia .
Se mandó llamar á Prudencia y salimos los tres, despues
de haber encargado á Nanina que dijera al duque que la se-
ñora habia querido aprovechar un dia tan hermoso y que se
hallaba en el campo con madama Duvernoy.
Además de que la presencia de la Duvernoy era necesaria
para tranquilizar al viejo duque, Prudencia era una de esas
mujeres que parecen nacidas espresamente para las par-
tidas de campo. Con su alegría inalterable y su eterno ape-
tito no podia dejar que se fastidiaran un momento siquiera
los que la acompañaban, y era muy entendida con respecto á
encargos de huevos, cerezas, leche y cuanto en fin consti-
tuye el almuerzo tradicional de los alrededores de París .
Solo nos faltaba saber á dónde iríamos .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS: 159

- Tambien fué Prudencia quien nos sacó de apuros .


-¿Hemos de ir verdaderamente al campo? preguntó.
-
Sí.

---Entonces vámonos á Bougival , al Point du Jour , á


casa de la viuda Arnould. Id por una calesa, Armando.
Hora y media despues nos hallábamos ya en casa de la
viuda Arnould.
Puede que conozcais esa posada, fonda durante seis dias
de la semana, figon el domingo, desde el jardin , situado á
la altura de un primer piso , se descubre un magnífico pai-
saje . A la izquierda del acueducto de Marly cierra el hori-
zonte; á la derecha la vista se estiende sobre un sin número
de colinas; el rio, casi sin corriente en aquel sitio, se desar-
rolla como una ancha cinta blanca muerta entre la llanura
de los Gabillones y la isla de Croissy, mecida eternamente
por el estremecimiento de sus altos chopos y por el mur-
mullo de sus sauces .
En el fondo, en un ancho rayo de sol , elévanse algunas
casitas blancas, de tejado rojo y fábricas que, perdiendo en
la distancia su carácter duro y mercantil, completan admira-
blemente el paisaje.
Mas hácia al fondo, París, rodeado de niebla!
Conforme nos habia dicho Prudencia, aquello era un ver-
dadero campo, y debo añadir que el almuerzo no fué menos
verdadero.
No digo esto agradecido por la felicidad que me propor-
cionó; pero Bougival, á pesar de su nombre horroroso, es
uno de los paises mas lindos que pueda imaginarse. He via-
jado mucho , he visto cosas mucho mas grandes , pero no
mas encantadoras que ese villorrío acostado alegremente al
pié de la colina que le protege.
La viuda Arnould nos propuso dar un paseo en batel, lo
que Margarita y Prudencia aceptaron muy contentas .
Siempre se ha asociado el campo al amor, y en esto se ha
160 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

hecho bien, porque no hay marco mejor para la mujer ado-


rada que el cielo azul, los perfumes , las flores, las brisas,
la soledad resplandeciente de los campos ó de los bosques.
Por mucho que se ame á una mujer , sea cualquiera la con-
fianza que se tenga, cualquiera la seguridad en el porvenir
que su pasado ofrezca, siempre se está mas ó menos celoso.
Si alguna vez os habeis sentido enamorado, seriamente ena-
morado , habreis debido esperimentar esa necesidad de
aislar del mundo al ser en el cual hubierais querido vivir
por entero. Por mas indiferente que sea todo cuanto la ro-
dea , parece que la mujer amada pierde aroma , unidad y
atractivos al contacto de los hombres y de las cosas. Yo,
mas que otro alguno, sentia esto, porque mi amor no era un
amor vulgar , porque yo estaba enamorado, tanto como
puede estarlo una criatura humana , de Margarita Gautier,
es decir , que en París podia á cada paso encontrarme con
un hombre que, habiendo sido el amante de aquella mujer,
ó que lo seria al dia siguiente, mientras que en el campo en
medio de gentes que nunca habíamos visto y que no se
ocupaban de nosotros , en el seno de una naturaleza com-
pletamente adornada de su primavera, este perdon anual, y
separada del ruido de la ciudad , podia ocultar mi amor , y
amar sin vergüenza ni cuidado .
Allí la cortesana desaparecia poco a poco. Junto á mí
tenia yo á una mujer jóven, hermosa, á quien amaba, de la
cual era amado y que se llamaba Margarita : el pasado ya
no tenia formas ni nubes el porvenir.
El sol iluminaba á mi querida del mismo modo que lo hu-
biera hecho con la desposada mas casta. Paseábamos los
dos por esos sitios encantadores que parecen creados es-
presamente para traer á la memoria los versos de Lamartine
ó para cantar las melodías de Scudo. Margarita vestida de
blanco, asida de mi brazo , repetíame por la noche bajo el
cielo estrellado las palabras que me dijera durante el dia,
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 161

y el mundo á lo lejos continuaba su vida sin manchar con


su sombra el risueño cuadro de nuestra juventud y de nues-
tro amor .

Hé aquí el encanto que á través de las hojas me traia el sol


ardiente de aquel dia, mientras que echado á lo largo sobre
la yerba de la isla en donde habíamos desembarcado, libre
de cuantos lazos humanos le retuvieran antes, dejaba á mi
pensamiento que corriera y cogiera todas las esperanzas que
en contrara .
Añádase á esto , que desde el punto en que me hallaba,
veia en la orilla una bonita casa de dos pisos , con rejado
semicircular ; á través de la verja , delante de la casa , una
alfombra de verde yerba, unida como si fuera de terciopelo,
y detrás del edificio un bosquecillo lleno de retretes miste-
riosos y que habia de borrar cada mañana bajo su musgo el
sendero impreso el dia anterior .
Flores trepadoras ocultaban la puerta de aquella casa
deshabitada abrazándola hasta el primer piso.
A fuerza de mirar tal casita , acabé por convencerme de
que era mia, tanto y tambien resumia mis desvaríos de en-
tonces. Allí creia verme con Margarita , de dia en la selva
que cubria la colina , por la noche sentados en la alfombra
del prado y me preguntaba si alguna vez criaturas terres-
tres habian sido tan felices como nosotros .
-¡Qué casa tan linda! dijo Margarita que habia seguido
ladireccion de mi mirada y quizá tambien la de mi pensa-
miento.
-¿En dónde? preguntó Prudencia.
-Allá abajo. Y Margarita señalaba con el dedo la casa
en cuestion.

-¡Ah! preciosísima, repuso Prudencia. Os gusta?


-Mucho .
-Decidle, pues , al duque que os la alquile, y estoy segura
de que lo hará. Si os parece, yo misma me encargaré de ello .
21
162 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Margarita me miró como preguntándome mi opinion con


respecto á la de Prudencia .
Mi ilusion se habia desvanecido con las últimas palabras
de esta, y me habia arrojado tan brutalmente en la realidad,
que estaba aun aturdido de la caida.
-Es en efecto una escelente idea , balbuceé sin saber
que decia.
-Ya lo arreglaré yo, dijo estrechándome la mano Mar-
garita, que interpretaba mis palabras segun su deseo. Vamos
en seguida á ver si está para alquilar.
La casa estaba desocupada y se pedian dos mil francos
de alquiler .
-¿Sereis feliz? preguntóme.
-¿Podré venir?
-¿Para qué consentiria yo en enterrarme aquísi no fuera
:

por vos?
-Pues bien, Margarita, dejadme á mí mismo alquilar esta
casa.

-¿Estais loco? esto no solo seria inútil , sino perjudicial.


Ya sabeis que no tengo derecho de aceptar sino de un solo
hombre, dejadme hacer, pues, y nada digais . 1

-Esto quiere decir que cuando pueda disponer de dos


dias, vendré á pasarlos con vosotros, dijo Prudencia.
Dejamos la casa y tomamos de nuevo el camino de París
hablando de nuestra resolucion. Tenia en mis brazos á Mar-
garita de tal modo , que al bajar del coche empecé á consi-
derar la combinacion de mi querida con espíritu menos es-
crupuloso.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 168

100

CAPITULO XVII .

L dia siguiente despidióme temprano Margarita


diciéndome que el duque debia llegar muy de
mañana y prometiéndome escribirme en cuanto
éste se marchara , para darme la cita de cada
noche.

Efectivamente, el mismo dia recibí este billete


«Voy á Bougival con el duque; esta noche á
las ocho hallaos en casa de Prudencia.
A la hora indicada Margarita estaba de vuelta
y habia ido á reunirse conmigo en casa madama
Duvernoy .
-Todo está arreglado , dijo al entrar,
-¿Se alquiló la casa? preguntó Prudencia.
-Sí, desde luego ha consentido en todo.
Yo no conocia al duque ; pero me avergonzaba de enga-
ñarle de tal modo .
-

No es esto todo, replicó Margarita.


-¿Pues qué mas hay?
164 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.

-Hay que me he ocupado en la habitacion de Armando .


-¿En la misma casa? preguntó Prudencia riendo.
-No , sino en el Point du Jour en donde he almorzado
con el duque. En tanto que él observaba el paisaje , he pre-
guntado á la viuda Arnould. Arnould creo que se llama ¿no
es cierto ? la he preguntado si tenia un aposento decente:
por fortuna tenia uno con salon, antesala y dormitorio, que,
segun pienso, es todo lo que se necesita. Por sesenta francos
mensuales se tiene debidamente amueblada aquella habita-
cion capaz de distraer á un hipocondríaco y me he quedado
con ella. ¿He hecho bien?
Mi respuesta fué abrazar á Margarita.
-¡Qué bien vamos á estar! continuó, tendreis una llave
de la puertecilla , he prometido al duque la de la reja, que
no tomará , pues al ir á verme, lo hará siempre de dia. Creo
en confianza, que está lelo con este capricho que me aleja de
París por algun tiempo y que hará callar un poco á su fami-
lia. Me ha preguntado, sin embargo , como amando tanto
como amo á París, he podido decidirme á enterrarme en el
campo , á lo que he contestado que , sintiéndome enferma,
creia que me convenia el reposo. Presumo que me ha creido
del todo , pues el pobre viejo está siempre alerta , lo que
hará que tomemos muchas precauciones, mi querido Arman-
do , y que vivamos muy sobre aviso , porque no consiste
todo en que me alquile una casa , sino que es preciso que
pague mis deudas, que desgraciadamente son algunas. ¿Os
parece bien?
-Sí , respondí procurando acallar los escrúpulos que
aquel género de vida despertaba de vez en cuando en mí.
-Hemos recorrido detenidamente la casa; estaremos en
ella á las mil maravillas. El duque queria verlo y tocarlo
todo. ¡ Picaruelo! añadió abrazándome alegremente: pormuy
dichoso os habeis de dar desde que es nada menos que un
millonario el que os proporciona tantas comodidades .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 165

-¿Y cuándo pensais trasladaros á la nueva habitacion?


preguntó Prudencia.
-Cuanto antes .
-Os llevareis tambien el carruaje y los caballos?
-Sí, todos mis criados y muebles. Vos cuidareis de mi
casa durante mi ausencia.
Ocho dias despues, Margarita habia tomado posesion de
su casa de campo, y yo me hallaba instalado en el Point du
Jour.
Entonces comenzó una existencia que con dificultad po-
dré describiros .
Al principio de su residencia en Bougival , Margarita no
pudo romper definitivamente con sus costumbres, y como la
casa estaba siempre de fiesta, iban á visitarla todas sus
amigas, de modo que durante un mes no hubo dia que Mar-
garita no contara en sumesa ocho ó diez personas. Pruden-
cia por su parte llevaba á todos sus conocidos, haciéndoles
los honores de la casa, como si le perteneciera la que habi-
taba mi querida.
Como podeis figuraros, pagaba tantos gastos el dinero del
duque, aunque Prudencia solia de vez en cuando pedirme
un billete de mil francos diciendo que lo hacia en nombre
de Margarita. Con las ganancias que eljuego me habia pro-
ducido, me apresuraba á entregar á Prudencia lo que por su
medio pediame Margarita y temiendo que necesitara mas
del que yo tenia, pedí prestada en París una cantidad igual
á la que antes habia tomado y que habia devuelto con toda
religiosidad.
Halléme, pues rico de nuevo, con diez mil francos , ade-
más de mi pension .
El placer que recibiendo á sus amigas esperimentaba
Margarita, calmóse un poco ante los gastos á que la arras-
traba ese mismo placer y sobre todo ante la necesidad de
pedirme dinero en que algunas veces la ponia.
166 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.

El duque, que habia alquilado aquella casa para que Mar-


garita descansara en ella de su vida de París, no iba nunca
á visitarla, temiendo siempre encontrarse con una alegre
y numerosa compañía de la cual no queria ser visto. Este
cuidado procedia de que habiendo ido un dia con el deseo
de comer á solas con Margarita, cayó en medio de un al-
muerzo de quince personas, las cuales no habian aun con-
cluido de almorzar á la hora en que él pensaba sentarse á la
mesa para comer. Sucedióle que, muy lejos de figurarse lo
que iba á acontecerle, al abrir la puerta del comedor, una
risa general acogió su entrada, viéndose obligado á retirarse
bruscamente ante la impertinente algazara de las mujeres
reunidas allí.
Margarita se levantó de la mesa, fué á encontrar al duque
en la estancia inmediata y procuró por todos los medios po-
sibles hacerle olvidar aquella aventura; pero herido el viejo
en su amor propio, lejos de olvidarla, dijo cruelmente á la
pobre jóven, que estaba cansado de pagar las locuras de
una mujer que ni aun sabia hacer que se le respetara en su
casa, y marchóse lleno de despecho .
Desde aquel dia no habíamos oido hablar de él. Marga-
rita habia considerado prudente despedir á sus convidados,
cambiar de costumbres; pero el duque seguia sin darnos no-
ticias suyas . Yo habia ganado en esto la posesion mas com-
pleta de mi amada y que al fin se realizara mi ensueño. Mar-
garita ya no podia vivir sin mí. Sin importarle las conse-
cuencias, blasonaba públicamente de nuestras relaciones,
habiendo llegado al punto de que yo no saliera de su casa
y de que los criados me llamaran su amo y me consideraran
como á tal.
Con motivo de este género de vida, Prudencia no habia
escaseado las reflexiones á Margarita; mas esta le contestaba
que me amaba, que no podia pasar sin mí, y que sucediera
lo que sucediera, no renunciaria á la dicha de tenerme siem
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 167

pre á su lado, añadiendo que aquellos á quienes esta determi-


nacion no agradara, eran muy libres de no concurrir á su casa.
Esto es lo que oí un dia que Prudencia dijo á Margarita
que tenia que comunicarla una cosa muy importante y que
escuché desde la puerta del aposento en que se hallaban
encerradas .
Algun tiempo despues volvió Prudencia.
Cuando entró , me hallaba en lo mas alejado del jardin y
no pudo verme. Por el modo con que Margarita salió á su
encuentro , figuréme que de nuevo iba á tener lugar una
conversacion semejante á la que habia sorprendido , y me
propuse oirla como la otra.
Encerráronse las dos en un gabinete y me puse á es-
cuchar.
-¿Qué tenemos? preguntó Margarita.
-Tenemos que he visto al duque.
-¿Qué os ha dicho?
-Que os perdonaba de muy buena gana la primera es-
cena; pero que habia sabido que viviais públicamente con
Armando Duval y que esto no podia perdonároslo. Si deja
ese hombre , añadió , la daré como en otro tiempo cuanto
quiera, de otro modo, que renuncie á pedirme cosa alguna.
-¿Y qué le habeis respondido?
-Le he respondido que os comunicaria su decision, pro-
metiéndole haceros comprender vuestros intereses. Refle-
xionad , mi buena amiga , en la posicion que perdeis y que
Armando nunca podrá ofreceros. Es cierto que os ama en-
trañablemente, pero sus bienes de fortuna no bastan á satis-
facer vuestras necesidades: un dia ú otro se verá precisado
á dejaros, y entonces será ya tarde para que el duque pue-
da hacer algo por vos. ¿Quereis que hable á Armando?
Margarita parecia reflexionar, pues no respondia. Espe-
rando una palabra de sus labios , el corazon me latia fuer-
temente.
168 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

-No , repuso ella , no me separaré de Armando ni me


ocultaré para vivir con él. Puede que sea una locura, pero
¿qué quereis? yo le amo. El por su parte se ha acostumbra-
do tambien á amarme sin obstáculo alguno , y padeceria
mucho al verse obligado á separarse de mí por mas que solo
fuese durante una hora por dia. Además , no tengo tanto
tiempo de vida para que me haga desgraciada á mí misma
yme sujete á las exigencias de un viejo cuya sola vista me
envejece. Guarde, pues, su dinero, yo me pasaré sin él.
-Pero ¿qué vais á hacer?
-No lo sé .

Prudencia iba probablemente á replicar , cuando entré


precipitadamente y corrí á echarme á los piés de Margarita,
cubriendo sus manos de lágrimas que me hacia derramar la
alegría de ser amado de un modo tal.
-Tuya es mi vida, Margarita; ninguna necesidad tienes
de ese hombre, ¿acaso no estoy yo aquí ? ¿te abandonaré
cuando no puedo pagarte la dicha que me das? Basta ya de
sujecion, hermosa mia, ¿ qué nos importa todo, cuando nos
amamos ?

-Oh! sí, yo te amo, Armando mio , murmuró ella estre-


chando sus brazos al rededor de mi cuello, te amo como nun-
ca habia creido poder amar. Seremos dichosos , viviremos
tranquilos y me despediré para siempre de esa vida que en
la actualidad me avergüenza , sin que tú me eches en cara
nunca mi pasado.
El llanto embargaba mi voz y no pude contestar de otro
modo que oprimiendo á Margarita contra mi corazon.
-Id, dijo con voz conmovida volviéndose á Prudencia, y
contad esta escena al duque , añadiéndole que para nada le
necesitamos .
Desde aquel dia no se trató mas del viejo.
Margarita habia dejado de ser la mujer de otro tiempo.
Evitaba cuanto hubiera podido recordarme la vida en medio
LA DAMA DE LAS CAMELIAS: 169

de la cual yo la habia hallado, y nunca esposa alguna,


nunca hermana cariñosa prodigó á su esposo ó á su herma-
no tantos cuidados como ella á mí. Aquella naturaleza en-
fermiza estaba dispuesta á todos los sentimientos . Habia
roto con sus amigas del mismo modo que con sus costum-
bres, así con su lenguaje como con los gastos de su vida an-
terior. Al vernos salir de casa para ir á dar un paseo en un
lindo esquife que yo habia comprado, nadie hubiera creido
que aquella mujer, vestida con una bata blanca, cubierta
con un ancho sombrero de paja y llevando en el brazo la sen-
cilla manteleta de seda, destinada á preservarla de la fres-
cura del agua, era aquella Margarita Gautier que cuatro me-
ses antes hacia alarde de su lujo y de sus escándalos.
Tristes de nosotros! nos apresurábamos á ser felices como
si presintiéramos que no habíamos de serlo mucho tiempo .
Dos meses hacia que no habíamos ido á París. Nadie ha-
bia venidoá vernos escepto la Duvernoy y la jóven Julia Du-
prat, de la cual os he hablado y á quien Margarita habia de
entregar mas tarde la relacion lastiméra que guardo aquí.
Yo pasaba dias enteros á los piés de mi querida. Abría-
mos las ventanas que caian aljardin, y contemplando como
el verano se abatia alegremente en las flores que hacia
abrir y á la sombra de las hojas , respirábamos el uno al la-
do del otro aquella verdadera vida que ni Margarita ni yo
habíamos comprendido hasta entonces.
Aquella mujer tenia asombros infantiles por las cosas mas
sencillas . A veces corria por el jardin como una niña de
diez años en pos de una mariposa ó de un insecto cualquie-
ra. Aquella cortesana que habia derrochado en ramilletes
mas dinero que el que se necesitaria para que viviera có-
modamente toda una familia , se sentaba a menudo en el
prado y pasaba allí una hora examinando la sencilla flor cu-
yo nombre llevaba ella tambien.
Por aquel tiempo, leyó muchas veces Manon Lescaut, y la
22
170 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

sorprendí en varias ocasiones poniendo notas al libro. De-


cíame siempre que cuando una mujer ama, no puede hacer
lo que Manon hacia.
El duque la escribió dos ó tres veces ; mas ella al cono-
cer la letra, me dió las cartas sin leerlas .
Los términos en que las tales cartas estaban concebidas
agolpaban de vez en cuando las lágrimas á mis ojos .
Habia creido que cerrando su bolsa á Margarita, recon-
quistaria su afecto, pero al ver la inutilidad de aquel medio,
no pudo acomodarse á dejar de visitarla y la escribió pidién-
dola como en otro tiempo permiso para ir á verla cualesquie-
ra que fuesen las condiciones con que se lo concediera.
Yo habia leido aquellas cartas urgentes y reiteradas y
las habia hecho pedazos sin decir á Margarita lo que conte-
nian y sin dejarla que volviera á recibir al viejo, por mas
que á mí me lo aconsejara un sentimiento de compasion há-
cia el dolor de aquel hombre, porque recelaba que ella vie-
ra en semejante consejo el deseo de echar sobre el duque las
obligaciones de la casa en cambio del permiso para sus nue-
vas visitas, y me interesaba sobre todo que no me creyera ca-
paz de negar la responsabilidad de su vida en todas las con-
secuencias á que su amor hácia mí pudiera llevarme.
Resultó de todo que el duque, no recibiendo contestacion
alguna, cesó de escribir, y que Margarita y yo seguimos
viviendo juntos sin ocuparnos de los dias futuros.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 171

CAPITULO XVIII .

UESTRA nueva vida , de la cual fuera cosa difícil


daros los pormenores , se componia de una serie
de niñerías muy preciosas para nosotros, aunque
insignificantes para cualquiera á quien las cuen-
te. Vos sabeis lo que es amar una mujer , cómo
se abrevian los dias y con qué grata pereza se
deja uno llevar al dia siguiente. Tampoco igno-
rais ese olvido de todo que nace de un amor vio-
lento, confiado y que reside entre dos seres. La
mujer que no es la mujer querida parece un ser
inútil en la creacion : nos aflige el haber arroja-
do partículas del corazon á otras mujeres, y no se
entrevé la posibilidad de estrechar nunca otra mano que la
que acariciábamos entre las nuestras. La mente no ad-
mite trabajos ni recuerdos , nada en fin que pueda distraer-
la del pensamiento único que sin cesar se la ofrece. Cada
dia descubrimos en nuestra querida un nuevo encanto , un
deleite desconocido.
172 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

La existencia no es otra cosa que el repetido cumplimien-


to de un deseo contínuo, y el alma no es mas que la vestal
encargada de alimentar el sagrado fuego del amor .
Al llegar la noche íbamos muchas veces á sentarnos en
el bosquecillo que dominaba la casa ; escuchando allí las
plácidas armonías de la noche, pensando ambos en la hora
cercana que iba á dejarnos hasta el dia en nuestra habita-
cion sin permitir que ni aun el sol penetrara en ella. Las
cortinas estaban herméticamente cerradas y el mundo este-
rior deteníase para nosotros un momento. Solo Nanina tenia
el derecho de abrir la puerta de la habitacion para traernos
la comida que á veces tomábamos sin movernos de nuestro
sitio , interrumpiendo sin cesar nuestro banquete con risas
y locuras. Sucedia á este un sueño de algunos instantes,
pues desapareciendo bajo nuestro amor , nos parecíamos á
dos buzos obstinados que solo aparecen en la superficie
para tomar aliento .
Yo sorprendia , sin embargo , momentos de tristeza y á
veces lágrimas en Margarita: preguntábale la causa de
aquella pesadumbre repentina y respondíame:
-Nuestro amor, Armando, no es un amor comun: tú me
amas como si nunca hubiera yo pertenecido á nadie, y temo
que mas tarde, arrepintiéndote de tu amor y recriminándo-
me por mi vida pasada , me obligues á hundirme otra vez
en esa existencia del centro de la cual me has arrancado .
Piensa que despues de haber gustado de una nueva vida,
volver á la otra seria morirme. Dime, pues, que nunca te
separarás de mí.
-Te lo juro .
A esta palabra mirábame como para leer en mis ojos la
sinceridad de mi juramento , echábase despues en mis bra-
zos y ocultando la cabeza en mi pecho, me decia.
-No sabes tú cuanto te amo !
Una noche, echados de codos en la barandilla de la ven
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 173

tana , contemplábamos la luna que parecia salir difícilmente


de su lecho de nubes y oíamos el viento que agitaba ruido-
samente los árboles; nuestras manos estaban unidas y hacia
mas de un cuarto de hora que no nos dirigíamos la palabra,
cuando Margarita me dijo:
-Ya ha llegado el invierno, ¿quieres que dejemos esta
casa?
-¿Y á dónde iremos?
-A Italia.
-¿Acaso te fastidias aquí?
-Temo el invierno y sobre todo nuestro regreso á
París.
-¿Por qué?
-Por muchas razones .
Y continuó precipitadamente sin decirme las causas de
sus temores .
-¿Quieres que partamos? venderé cuanto tengo , iremos
á vivir muy lejos , nada me quedará de lo que he sido , na-
die sabrá quien soy.¿Qué me respondes
-Marchemos, si es de tu gusto , Margarita ; haremos un
viaje, le decia; pero qué necesidad hay de vender tus mue-
bles, que te han de alegrar cuando los halles á tu vuelta?
No tengo una fortuna inmensa para aceptar semejante sa-
crificio, pero lo que poseo me basta para que podamos via-
jar mucho por espacio de cinco ó seis meses , si en ello has
de hallar placer.
-No, respondióme dejando la ventana y dirigiéndose á
sentarse en el sofá, que se hallaba en lo mas oscuro del cuar-
to; ¿para qué gastar dinero y lejos? bastante te cuesto aquí.
-¿Por qué eres tan poco generosa echándomelo en cara,
Margarita?
---Perdóname, amigo mio, dijo tendiéndome la mano ; lo
borrascoso del tiempo me ha irritado los nervios; nada digo
de lo que quiero decir.
174 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Ydespues de haberme abrazado , cayó en una profunda


y larga meditacion ó soñolencia.
Escenas semejantes tuvieron lugar varias veces , y si
bien ignoraba lo que las producia , yo sorprendia en Mar-
garita un sentimiento de inquietud sobre el porvenir. No
podia dudar de mi amor, que cada dia iba en aumento, y no
obstante , yo la veia casi siempre triste sin que nunca me
esplicara el motivo de su tristeza, sino atribuyéndola á una
causa física.
Temiendo que la cansaria una vida demasiado monótona,
la propuse volver á París; pero ella rechazaba siempre esta
proposicion, asegurándome qué en ninguna parte podia ser
tan feliz como en el campo.
Prudencia iba á visitarnos rarísimas veces; pero en cam-
bio escribia cartas que nunca solicité ver, por mas que cada
una de ellas entregaba á Margarita á una profunda preo-
cupacion, sin que yo supiera que pensar de aquella corres-
pondencia.
Un dia que Margarita se habia quedado en su cuarto , al
entrar, la encontré escribiendo.
-¿A quién escribes? pregunté.
-A Prudencia: ¿quieres que te lea la carta?
Como me horrorizaba cuanto pudiera hacerme parecer
suspicaz , respondí á Margarita que no necesitaba ver lo que
escribia, y sin embargo , yo estaba seguro de que aquella
carta me hubiera participado la verdadera causa de su tris-
teza.

El tiempo apareció magnífico el dia siguiente , de modo


que queriendo aprovecharse de él , Margarita me propuso
dar un paseo en esquife y visitar la isla de Croissy. Duran-
te la escursion me pareció muy alegre y no menos cuando
volvimos á casa á las cinco dadas .
-Madama Duvernoy ha venido , dijo Nanina al vernos
entrar.
Planas 1841

LilVazquezRambla31.

ARMANDO Y MARGARITA EN BOUGIVAL .


LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 175

- Se ha vuelto ya? preguntó Margarita.


-Sí , señora , con vuestro coche , diciendo que tenia
permiso para tomarle.
-

Está bien , dijo vivamente Margarita ; que nos sirvan.


Dos dias despues llegó una carta de Prudencia y en los
quince siguientes me pareció que Margarita habia roto con
sus misteriosas melancolías , por las cuales no cesaba de
pedirme perdon desde que existian.
Con todo , el coche no volvia.
-¿Qué motivo hay para que Prudencia no te devuelva tu
carruaje? le pregunté un dia.
- Uno de los caballos está enfermo y hay que hacer algu-
nas reparaciones en el coche. Es mejor que se hagan mien-
tras permanecemos aquí , en donde no necesitamos carrua-
je , que no que esperemos volver para ello á París .
Prudencia , que fué á vernos algunos dias despues , con-
firmó lo que Margarita me habia dicho .
Las dos amigas se pasearon solas por el jardin , y cuando
fuí á reunirme con ellas , cambiaron de conversacion .
Al marcharse Prudencia por la noche , quejóse de que
tenia frio y pidió á Margarita que le prestara un chal de ca-
chemira.
Pasóse así un mes durante el cual Margarita estuvo mas
alegre y enamorada que nunca.
El carruaje , sin embargo , no habia vuelto , el chal no ha-
bia sido devuelto ; todo esto me ponia en cuidado á pesar
mio, y como sabia en qué cajon guardaba Margarita las car-
tas de Prudencia , aprovechéme de un momento en que
aquella se hallaba en lo mas apartado del jardin , corrí al
cajon y traté de abrirlo. Trabajo perdido , pues estaba cer-
rado con dos vueltas de llave .
Entonces registré aquellos en quecomunmente se hallaban
las alhajas y los diamantes: abriéronse sin resistencia , pero
los cofrecitos habian desaparecido con todo cuanto contenian.
176 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Un dolor penetrante me oprimió el corazon.


Iba á reclamar de Margarita la verdad respecto de aque-
lla desaparicion , pero temí que no me la habia de revelar.
- Mi amada Margarita , la dije , vengo á obtener tu per-
miso para ir á París. En mi casa no saben donde me hallo y
se habrán recibido en ella cartas de mi padre ; estará en
cuidado por mí y debo contestarle .
-Vé, pues , amigo mio ; pero vuelve pronto.
Partí en seguida .
Fuí corriendo y sin detenerme á casa de Prudencia .
- Veamos , la dije sin otro preliminar , respondedme
francamente , ¿ qué ha sido de los caballos de Margarita ?
-Se han vendido.
-Y el chal de cachemira ?
-
Se ha vendido tambien .
- ¿Y los diamantes ?
- Están empeñados .
- ¿Y quién ha vendido y empeñado ?
-

Yo.
-¿Y por qué no me lo habeis advertido ?
-Porque Margarita me lo prohibió espresamente.
-¿Porqué no me pedisteis dinero ?
-Porque ella no quiso.
-¿Podré saber en qué se ha empleado este dinero ?
-En pagar .
- ¿ Cuánto debe pues ?
- Debe aun unos treinta mil francos. Bien os lo dije yo,
amigo mio ; pero vos no quisisteis creerme ; convencido
quedareis ahora. El tapicero , cuyas cuentas el duque habia
prometido pagar , fué echado á la calle cuando se presentó
en su casa , recibiendo el dia siguiente una carta en que se
le decia que el duque nada haria por la señorita Gautier. El
hombre quiso dinero y le dí á cuenta aquellos miles de fran-
cos que os pedí ; algunas almas caritativas le advirtieron
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 177

despues que su deudora abandonada por el duque vivia en


compañía de un jóven sin fortuna ; los demás acreedores
fueron avisados tambien , pidieron dinero y procedióse al
embargo. Margarita quiso venderlo todo ; pero ya no era
tiempo y además yo me hubiera opuesto. Siendo pues pre-
ciso pagar , para no pedirnos dinero , he vendido sus caba-
llos , sus chales , y empeñado sus alhajas. ¿ Quereis los va-
les de los compradores y los documentos dados por el Monte ,
de piedad ?
Y Prudencia abriendo un cajon me enseñaba aquellos pa-
peles.
-Creiais, continuó con aquella tenacidad de la mujerque
tiene derecho á decir : Yo tenia razon ! ¿ creiais que basta
amarse é ir á vivir en el campo una vida pastoril y vapo-
rosa ? No , amigo , no. Al lado de la existencia ideal hay la
material, y las resoluciones mas castas se sienten sujetas á la
tierra por hilos ridículos , pero de hierro , que no se rompen
fácilmente . Si Margarita no os ha engañado cien veces , es
porque tiene una naturaleza escepcional. No es que yo no la
haya aconsejado , pues me afligia ver á la pobre jóven des-
pojarse de todo. No quiso creerme , respondiéndome que os
amaba y que por nada del mundo os engañaria. Todo esto
es muy bonito , muy poético ; pero con esta moneda no se
paga á los acreedores , y lo que es hoy , os aseguro que no
se escapa de sus manos sin que deje en ellas treinta mil
francos cuando menos .
-No importa , yo os daré esta cantidad.
-

¿Tomareisla prestada ?
-

Creed que sí.


-Hareis un solemne disparate, pues además de reñir con
vuestro padre , acortareis vuestros recursos y no se hallan
tan fácilmente treinta mil francos de la noche á la mañana .
Creedme, Armando, conozco las mujeres mejor que vos ; no
cometais esta locura de la que os arrepentirais tarde
23
ó tem-
178 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

prano. Oidme y tened juicio. Yo no os digo que os separeis


de Margarita ; pero vivid con ella como al principio del ve-
rano. Dejad que encuentre los medios para salir de este mal
paso. El duque volverá poco a poco á frecuentar su casa:
el conde de N... decíame ayer que si ella le admite , se com-
promete á pagar todas sus deudas y á darle cuatro ó cinco
mil francos mensuales. Tiene doscientas mil libras de renta ,
envidiable posicion para ella , al paso que vos tendreis que
dejarla un dia ú otro pudiendo haberlo hecho antes de ar-
ruinaros, tanto mas, cuanto hasta esta desgracia podeis evi-
taros, pues el tal conde es un imbécil y nada puede impediros
que sigais siendo el amante de Margarita. Al principiollora-
rá un poco , pero acabará por acostumbrarse y algun dia os
dará las gracias por lo que habreis hecho. Figuraos que Mar-
garita está casada y que engañais al marido , no hay mas.
En otra ocasion os dije lo mismo ; solo que lo que en
aquella época no pasaba de un simple consejo , hoy es casi
una necesidad.
Prudencia tenia cruelmente razon .
- Suele suceder, prosiguió, que las mujeres de la clase á
que ha pertenecido Margarita preven siempre que serán ama-
das , pero nunca que serán ellas las que amen , lo que hace
que no se cuiden de ahorrar algun dinero para pagarse á
los treinta años el lujo de tener un amante gratis. Si en mis
buenos tiempos hubiera yo sabido lo que sé ahora ! ... En
fin , nada digais á Margarita y volvedla á París. Habeis vi-
vido solo con ella cuatro ó cinco meses , está muy puesto
en razon ; cerrad ahora los ojos , nada mas tengo que pe-
diros. Dentro de quince dias aceptará al conde de N... ,
ahorrará durante el invierno y el próximo verano podreis
volver á la vida campestre. Hé aquí, amigo mio , como to-
do puede arreglarse .
Y Prudencia parecia admirarse á sí misma de su consejo,
que yo rechazaba con indignacion.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 179
1

No solo mi amor y mi dignidad me prohibian obrar de


aquel modo, sino que abrigaba la íntima conviccion de que
en el punto á que habian llegado las cosas , Margarita hu-
biera muerto antes que aceptar aquella particion.
-Basta de chanzas , dije á Prudencia ; definitivamente,
¿cuánto necesita Margarita?
-Ya os lo he dicho, treinta mil francos.
-¿Cuándo se ha de pagar esta suma?
-Antes de dos meses.
-Se pagará .
Prudencia se encojió de hombros.
-Yo os la mandaré , proseguí , pero juradme que no di-
reis á Margarita que soy yo quien os la ha mandado .
-Podeis estar tranquilo.
-Y si os envia algun otro objeto para que lo vendais ó
empeñeis, prevenidme .
-No hay peligro , nada la queda ya.
En seguida pasé á mi casa para saber si se habian reci-
bido cartas de mi padre.
Habia cuatro.

‫أم‬
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 181

CAPITULO XIX .

N las tres primeras cartas mi padre me manifes-


taba el cuidado en que mi silencio le tenia y pe-
díame la causa de él ; en la última me dejaba
ver que le habian informado de mi cambio de
vida y me anunciaba su próxima llegada.
He sentido siempre un gran respeto y una
afeccion sincera para con mi padre , y hé aquí
porque le contesté que un corto viaje habia mo-
tivado mi silencio , rogándole al mismo tiempo
que me fijára el dia de su llegada para que pu-
diera ir á recibirle .
Dí á mi criado las señas de la casa de campo , encargán-
dole que me trajera la primera carta que viniera con el tim-
bre de la ciudad de C... , y en seguida me puse en camino
para Bougival.
Margarita me esperaba junto á la puerta del jardin.
182 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Leíase en sus ojos la inquietud. Apresurése á abrazarme


y no pudo menos de preguntarme:
-¿Has visto á Prudencia?
-No .

-¿Qué has hecho tanto tiempo en París?


-He encontrado algunas cartas de mi padre á las cuales
he debido contestar .
Pocos momentos despues entró Nanina sin aliento. Mar-
garita se levantó y fué á hablarla en voz baja.
Cuando Nanina se hubo retirado , Margarita se levantó y
cogiéndome la mano me dijo:
-¿Por qué me has engañado ? Tú has ido á ver á Pru-
dencia.
-¿Quién te lo ha dicho?
-Nanina .
-¿Cómo lo ha sabido?
-Siguiendo tus pasos.
-¿La has encargado que me siguiera?
-Sí , porque pensé que solo un motivo muy podero-
so podia llevarte tan precipitadamente á París , despues de
cuatro meses de no haberte movido de mi lado. Temia que
te hubiera sucedido alguna desgracia ó que fueses tal vez
á ver á otra mujer.
-¡Qué niña eres!
-Ahora ya estoy tranquila ; sé lo que has hecho ; pero
ignoro lo que te han dicho.
Saqué las cartas de mi padre y se las enseñé á Marga-
rita.

-No es esto lo que yo te pido; lo que quisiera saber es


porque has estado en casa de Prudencia.
-He ido á verla .
-Me engañas , Armando.
-Pues bien, he ido á preguntarla si el caballo estaba cu-
rado ya, y si ella necesitaba aun tu chal y tus joyas .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 183

Margarita se puso colorada y nada respondió .


-Por ella he sabido el destino que has dado á los caba-
llos, á las cachemiras y á los diamantes.
-¿Me culpas de ello?
-Te culpo de no haber tenido la idea de pedirme lo que
necesitabas .

-En unas relaciones como las nuestras, si la mujer con-


serva aun un poco de dignidad, antes que pedir dinero á su
amante y dar un lado venal á su amor, debe imponerse todos
los sacrificios posibles. Estoy segura de que me amas, pero
no sabes cuán delgado es el hilo que retiene en el corazon
el amor que se profesa á las mujeres de mi clase. ¿ Quién
sabe? quizá un dia de estrechez ó de fastidio habriais creido
ver en nuestras relaciones un cálculo hábilmente combinado.
Prudencia es una habladora. Además, ¿qué necesidad tenia
yo de esos caballos? vendiéndolos no he hecho mas que
economizar; puedo pasarme sin ellos y nada debo gastar en
alimentarles . Yo solo pido que me quieras, y si lo consigo,
me amarás del mismo modo sin caballos, cachemiras y dia-
mantes, que con ellos.
Decia esto con un tono tan natural, que al escuharla , se
me saltaban las lágrimas .
-Pero, mi buena Margarita, respondí estrechando con
amor sus manos, era fácil que pensaras que algun dia ha-
bia de saber yo este sacrificio y que el dia en que lo supiera
no lo admitiria.
-¿Por que no?
-Porque no comprendo que la afeccion que me tienes
pueda privarte siquiera de una joya. Tampoco quiero que
en un momento de estrechez ó de fastidio puedas hacerte la
reflexion de que viviendo con otro hombre tales momentos
no existirian, y que te arrepientas , aunque no sea mas que
por un momento, de vivir conmigo. Tus caballos, tus dia-
mantes y tus cachemiras te serán devueltos dentro de pocos
184 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

dias, porque los necesitas como la vida el aire, y, tal vez es


cosa ridícula, pero mas te quiero suntuosa que sencilla.
-Luego no me amas ya.
-¿Cómo puedes creerlo?
-Si me amaras, dejarias que yo te amara á mi modo; de
lo contrario continuas no viendo en mí mas que á una jóven
á quien el lujo es indispensable y á quien estás obligado á
pagárselo. Te avergüenzas de aceptar prueba alguna de mi
amor, porque pensando que algun dia has de dejarme á pe-
sar tuyo, te conviene poner la delicadeza al abrigo de toda
sospecha. Tienes razon , Armando; pero mis esperanzas
eran mas hermosas .
Margarita hizo un movimiento para levantarse; yo la de-
tuve diciéndola:

-Mi objeto único es que seas feliz y que nada tengas que
echarme en cara .
-¡Y vamos á separarnos!
-¿Por qué, vida mia? ¿qué puede separarnos? esclamé.
-Tú , que no quieres que yo comprenda tu posicion y
tienes la vanidad de conservarme la mia ; tú , que conce-
diéndome el lujo en medio del cual he vivido , quisieras
conservar la distancia moral que nos separa; tú, en fin, que
no crees mi cariño bastante desinteresado para partir con-
migo la fortuna que posees , con la cual ambos podríamos
vivir juntos y dichosos , y prefieres arruinarte esclavo de
una preocupacion ridícula. ¿ Crees que yo comparo un til-
buri y algunas joyas con tu amor ? ¿crees que para mí con-
siste la dicha en las vanidades que solo contentan cuando
nada se ama y que son muy mezquinas cuando se llega á
amar ? Pagarás mis deudas , disminuirás tu fortuna y me
mantendrás ; pero ¿cuánto tiempo durará esto? dos ó tres
meses, pasados los cuales será ya tarde para admitir la vida
que te propongo , porque entonces tendrás que aceptarlo
todo de mí, que es lo que unhombre de honor no puedeha
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 185

cer, al paso que ahora tienes ocho ó diez milfrancos de renta


con los cuales podemos vivir. Venderé lo supérfluo de lo
que tengo y esta sola venta me dará dos mil libras anuales .
Alquilaremos un bonito cuarto que habitaremos durante el
invierno, y al volver el verano, nos trasladaremos al campo
aunque no á una casa como esta , sino á otra mas pequeña
que baste para dos personas. Tú eres independiente, yo soy
libre, ambos somos jóvenes; en nombre del cielo , Armando,
no me condenes á la vida que en otro tiempo me he visto
obligada á llevar.
Yo no podia responder , lágrimas de agradecimiento y
amor inundaban mis ojos, y me precipité á los brazos de
Margarita.
-Mi deseo , continuó , era arreglarlo todo sin decirte na-
da , pagar todas mis deudas y mandar preparar mi nueva
habitacion . Por el mes de octubre habríamos vuelto á París,
y entonces te lo hubiera contado todo; pero ya que Pru-
dencia se me ha anticipado , es preciso que consientas an-
tes , en vez de consentir despues. ¿Me amaslo bastante
para ello?
Era imposible resistir á tanta abnegacion. Besé las manos
de Margarita con entusiasmo y contesté:
-Estoy dispuesto á hacer cuanto quieras.
Convínose, pues, en lo que ella habia decidido.
Entonces empezó á sentir una alegría loca; bailaba, can-
taba y miraba como una fiesta la sencillez de su nueva mo-
rada, consultándome ya con respecto al barrio y condicio-
nes de la misma .
Yo la veia feliz y orgullosa con aquella resolucion que al
parecer debia acercarnos definitivamente el uno al otro .
A mi vez , tampoco quise deberla nada .
En un instante decidí de mi vida. Establecí la posicion
de mi fortuna y cedí á Magarita la renta que me pertene-
cia por parte de mi madre y que me pareció insuficien
24
186 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

te para recompensar el sacrificio que yo acababa de aceptar.


Quedabanme los cinco mil francos de pension que recibia
de mi padre, y cualesquiera que fuesen los acontecimientos,
esta cantidad anual me bastaba para vivir.
Nada dije á Margarita de lo que habia resuelto , porque
estaba convencido de que rehusaria la donacion.
Aquella renta provenia de una hipoteca de sesenta mil
francos sobre una casa que yo ni aun habia visto nunca.
Solo sabia que todos los trimestres el notario de mi padre,
antiguo amigo de nuestra familia , me entregaba sete-
cientos cincuenta francos , contentándose con pedirme un
simple recibo .
El dia en que Margarita y yo fuimos á París en busca de
un cuarto , me dirigí á casa del notario y le pregunté de qué
modo debia arreglarme para transferir á otra persona la
indicada renta.
El buen hombre me creyó arruinado y me preguntó la
causa de semejante decision. Como era preciso que tarde ó
temprano le dijera á favor de quién hacia la donacion , re-
solví contarle en seguida la verdad .
No me hizo objecion ninguna de las que su posicion de
escribano y de amigo le autorizaba para hacerme, y asegu-
róme que se encargaba de arreglar el negocio del mejor
modo posible.
Encarguéle naturalmente la mayor reserva para con mi
padre , y fuí á reunirme con Margarita que me esperaba en
casa de Julia Duprat , en donde habia preferido detenerse
antes que ir á oir la moral de Prudencia .
Pusímonos en marcha en busca de habitacion. Margarita
hallaba caras todas las que veíamos ; á mí todas me pare-
cian muy sencillas. Por fin quedamos de acuerdo y fijamos
nuestra residencia en uno de los barrios mas tranquilos de
París y en un pequeño pabellon aislado de la casa principal.
Detrás del pabellon se estendia unjardin magnífico de
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 187

pendiente de aquel, rodeado de una tapia bastante alta pa-


ra separarnos de los vecinos y bastante baja para no limi-
tarnos la vista.
La nueva habitacion era mejor de lo que habíamos creido.
Mientras me dirigia á mi casa para mandar desocupar mi
aposento , Margarita fué á buscar un agente de negocios
que, segun ella, habia ya hecho para una de sus amigas lo
mismo que para sí le iba á pedir que hiciera.
Llena de júbilo fué á encontrarme en la calle de Proven-
ce. El hombre aquel le habia prometido pagar todas sus
deudas , darla carta de pago y entregarla veinte mil fran-
cos mediante la cesion de todos sus muebles .
Por el precio á que ascendió la venta habeis podido ver
que aquel hombre hubiera ganado mas de treinta mil francos.
Regresamos alegremente á Bougival prosiguiendo en la
comunicacion de nuestros proyectos para el porvenir que,
gracias á nuestra ligereza y particularmente á nuestro amor,
veíamos bajo las mas doradas tintas .
Ocho dias despues , estábamos comiendo cuando entró
Nanina diciéndome que mi criado preguntaba por mí.
Le mandé que entrara.
-Señor , me dijo , vuestro padre ha llegado á París y os
suplica que paseis cuanto antes á vuestra casa, en donde os
está aguardando.
Esta noticia era la mas sencilla del mundo, y sin embargo,
al oirla, Margarita y yo nos miramos .
Adivinamos una desgracia en aquel incidente .
Así , sin que ella me manifestara la impresion de que
yo tambien participaba, respondí estrechando su mano:
-Nada temas .

-Vuelve lo mas pronto posible , murmuró Margarita


abrazándome ; te esperaré asomada á la ventana .
Mandé á José que advirtiera á mi padre de mi llegada.
Dos horas despues me hallaba en la calle de Provence.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 189

CAPITULO XX .

1 padre vestido de bata estaba en mi salon senta-


do y escribiendo.
Por elmodo con que levantó sus ojos hasta los
mios cuando entré , conocí en seguida que íba-
mos á tratar de cosas graves .
Sin embargo , me acerqué á él como si nada
hubiera adivinado en su semblante, y le abracé.
-¿Cuándo habeis llegado , padre mio?
-Anoche.

-¿Y habeis parado en mi casa como de cos-


tumbre?
-Sí.

-Mucho siento no haber estado aquí para recibiros .


Creia ver surgir desde esta espresion la moral que me
prometia el rostro fiero de mi padre; pero nada me respon-
dió , cerró la carta que acababa de escribir y la entregó á
José para que la echase al correo .
190 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Cuando estuvimos solos , levantóse mi padre y apoyán-


dose en la chimenea , me dijo :
-Armando , tenemos que hablar de cosas muy graves.
-

Ya os escucho , padre mio .


- Me prometes ser franco?
-

Mi costumbre es serlo .
- ¿Es cierto que vives con una mujer llamada Margarita
Gautier?
- Sí , señor .
-¿Sabes quién era esa mujer?
-

Una manceba .
-¿Es verdad que por ella te has olvidado este año de ir
á vernos á tu hermana y á mí?
- Sí , padre mio : lo confieso.
- Mucho amas, pues, á esa mujer.
-

Podeis comprenderlo cuando me ha hecho faltar á un


deber sagrado, falta de la que hoy os pido humildemente
perdon.
Mi padre no esperaba probablemente respuestas tan ca-
tegóricas , pues pareció reflexionar por espacio de un mo-
mento , despues del cual me dijo :
- Pienso que te habrás hecho cargo de que no has de
vivir siempre así.
-

Mucho lo temo, padre mio, pero es cosa que no com-


prendo.
- Hubieras debido comprender , prosiguió mi padre con
un tono un poco mas áspero , que yo no lo consentiria .
-He pensado que mientras no hiciera cosa contraria al
respeto que debo á vuestro nombre y á la probidad tradi-
cional de la familia , podia vivir como vivo , y esto me ha
tranquilizado de mis temores .
Las pasiones infunden fuerza contra los sentimientos.
Para conservar á Margarita , me sentia preparado para
cualquier lucha , contra mi padre mismo .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 191

-Sabed, pues, que ha llegado el momento de vivir de


otro modo.
-¿Cómo así, padre mio?
-Porque estais ya á punto de obrar contra el respeto que
decís profesar á vuestra familia .
-No sé esplicarme estas palabras .
-Yo os las esplicaré. Está muy bien, si os parece, que ten-
gais una querida , que la pagueis como un hombre galante
debe pagar el amor de una manceba , nada importa ; pero
que por ella os olvideis de lo mas santo, que permitais que
la fama de vuestra vida escandalosa llegue al fondo de mi
provincia y arroje la sombra de una mancha sobre el nom-
bre honroso que os he dado , hé aquí lo que no puede ser,
esto es lo que no será .
-Permitidme que os diga, padre mio, que los que os han
enterado de mi conducta están mal informados . Nada mas cier-
to ni sencillo que soy el amante de Margarita Gautier, que vi-
vo con ella; pero ni doy á esa jóven el nombre que de vos he
recibido , ni gasto para ella mas de lo que permiten mis me-
dios , ni he contraido deuda alguna , ni me he encontrado,
finalmente , en ninguna de las posiciones que autorizan á un
padre para decir á su hijo lo que acabais de decirme.
-Un padre está siempre autorizado para apartar á su
hijo del mal camino en el cual le ve estraviarse. Aun no
babeis hecho el mal; pero lo hareis .
-Padre mio!
-Yo conozco la vida mejor que vos, caballero. Los sen-
timientos enteramente puros solo existen en las mujeres en-
teramente castas. Toda Manon puede hacer un Des Grieux;
pero no solo han cambiado las costumbres, sino tambien los
tiempos. Inútil seria que el mundo envejeciera, si no habia
de corregirse. Os separareis de vuestra querida.
-Siento desobedeceros , señor , pero quereis lo impo-
sible.
192 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

-Yo os obligaré á ello .


-Desgraciadamente ya no hay islas de Santa Margarita
á donde enviar á las cortesanas , y aun cuando las hubiera,
allá seguiria á mi amada , si consiguierais que la enviaran
allá. ¿Qué quereis? Tal vez obro mal; pero no puedo ser fe-
liz de otro modo que siendo el amante de esa mujer.
-Armando, hijo mio, abrid los ojos y reconoced á vues-
tro padre que os ha amado siempre y que no quiere mas
que vuestra felicidad. ¿Qué honra creeis hallar viviendo ma-
ritalmente con una mujer que ha sido mujer de todos?
-¿Qué importa, padre mio, si nadie la ha de poseer ya?
¿qué importa todo eso desde que me ama , desde que se
regenera por el amor que me profesa y por el amor que
me infunde ? ¿Qué importa su pasado cuando ella se ha con-
vertido ?
-¿Creeis, pues, caballero , que la mision de un hombre
honrado es convertir cortesanas? ¿creeis que Dios haya podi-
do dar este objeto grotesco á la vida y que el corazon no ha
de tener otro entusiasmo que este? ¿Cuál seria el resultado
de esacura maravillosa, y que pensareis á los cuarenta años
de lo que estais diciendo hoy ? Os reireis de vuestro amor,
si aun os es permitido reiros , si no ha impreso en vuestro
pasado huellas demasiado profundas. ¿Qué seriais ahora si
vuestro padre hubiera tenido vuestras ideas y hubiera
abandonado su vida á todos los vaivenes del amor , en ver
de establecerla firmemente sobre un pensamiento de honor
y de lealtad ? Reflexionad , Armando , y no me digais se-
mejantes tonterías. Espero que os separareis de esta mujer,
vuestro padre os lo suplica.
Nada respondí á estas palabras.
- Armando , prosiguió mi padre , en nombre de vuestra
santa madre , creedme , renunciad á esta vida que olvidareis
mas aprisa de lo que podeis figuraros , y á la cual os enca-
dena una teoría irrealizable. Teneis veinte y cuatro años ,
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 193

pensad en el porvenir. No siempre habeis de amar á esa


mujer que por su parte tampoco os amará siempre: los dos
estais exagerando vuestro amor. Os apartais tanto de todas
las carreras, que no necesitais mas que un paso para no po-
der dejar la senda que habeis emprendido y para no poder
desprenderos en toda vuestra vida del remordimiento de
vuestra pubertad. Salid de París, id á pasar uno ó dos me-
ses al lado de vuestra hermana; el descanso y el piadoso
amor de la familia os curarán muy pronto de esa fiebre, por-
que no teneis mas que fiebre.
Durante vuestra ausencia, esa mujer se consolará acep-
tando otro amante, y cuando veais por quien llegasteis al
estremo de reñir con vuestro padre y perder su afecto, en-
tonces me direis que hice bien en venir á buscaros y me
bendecireis .
Vamos, partirás, ¿no es verdad, Armando?
Comprendia que mi padre tenia razon por lo que hace á
todas las mujeres; pero estaba convencido de que no la tenia
con respecto á Margarita. Era, sin embargo, tan dulce, tan
suplicante, el tono con que medirigiera sus últimas palabras ,
que no me atreví á responderle.
-¿Qué me dices? preguntóme con voz conmovida.
-Digo, padre mio, que nada puedo prometeros, logré
contestar; lo que me estais pidiendo es superior á mis fuer-
zas . Creedme , proseguí al observar en él un movimiento de
impaciencia, exajerais las consecuencias de estas relaciones.
Margarita no es la mujer perdida que os figurais: este
amor, lejos de arrojarme al camino del mal, es por el con-
trario, capaz de desarrollar en mí los sentimientos mas
dignos . El verdadero amor mejora nuestra naturaleza, cual-
quiera que sea la mujer que lo inspire. Si conocierais á Mar-
garita, comprenderiais que no corro peligro alguno: es no-
ble como la mas noble de las mujeres : tiene tanta abnega-
cion como codicia las demás mujeres .
25
194 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

-Lo cual no la impide aceptar toda vuestra fortuna, pues


los sesenta mil francos que os dejó vuestra madre y de los
cuales habeis hecho donacion á esa mujer, son, no olvideis
nunca lo que os digo, toda vuestra fortuna.
Mi padre se habia reservado probablemente esta perora-
ciony esta amenaza para darme con ellas el último golpe.
Yo mesentia mas fuerte ante sus amenazas que ante sus
súplicas.
-¿Quién os ha dicho que iba yo á hacerla esta donacion?
repliqué.
-Mi notario, un hombre de bien que no podia consentir
ensemejante acto sin prevenirme. Para evitar vuestra ruina
en favor deuna mujer de mundo he venido á París. Al mo-
rir vuestra madre os dejó con que vivir honrosamente y no
con qué ser generoso para vuestras queridas.
--Puedo juraros, padre mio, que Margarita ignora esta
donacion.
-Entonces, ¿por qué se la habeis hecho?
-Porque Margarita, esta mujer que estais calumniando y
que quereis que abandone, ha hecho el sacrificio de todo
cuanto poseia para vivir conmigo.
-¿Y habeis podido aceptar semejante sacrificio? ¿ Qué
hombre sois, caballero, para permitir que una cualquiera lla-
mada Margarita os sacrifique cosa alguna? Vamos , acabemos
de una vez. Os separareis de esa mujer. Hace un momento
que os lo suplicaba, ahora os lo mando; no quiero semejantes
suciedades en mi [Link] vuestro equipaje y dis-
poneos á seguirme.
-Dispensadme, padre mio, dije entonces; yo no parto.
-¿Por qué razon?
-Porque tengo ya la edad en que no se obedece á un
mandato. Aesta respuesta mi padre palideció.
-Está bien, caballero, replicó; yo sé lo que tengo que
hacer.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 195

Tocó la campanilla.
José apareció .
-Que lleven mi equipaje á la fonda de París , dijo á mi
criado . Al mismo tiempo entró en su cuarto para acabar de
vestirse .
Al aparecer de nuevo en el salon, salí á su encuentro.
-Padre mio , le dije , ¿me prometeis no hacer nada que
pueda afligir á Margarita?
Mi padre se detuvo , miróme desdeñosamente y se con-
tentó con responderme:
-Se me figura que habeis perdido el juicio .
Despues de lo cual salió cerrando violentamente la puerta
tras sí.

Bajé á mi vez, tomé un carruaje y me dirigí á Bougival .


Margarita me esperaba asomada á la ventana.
197
LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

CAPITULO XXI .

Qui estás al fin! esclamó rodeándome con sus


brazos. ¡Qué pálido vienes !
Entonces la conté la escena con mi padre.
-¡Dios mio! ya lo temia yo , dijo. Cuando
José ha venido á anunciarme la llegada de tu
padre, me he estremecido como á la noticia de
una desgracia.
Y soy yo, pobre amigo mio , la causa de es-
tas pesadumbres ! Tal vez hicieras bien sepa-
rándote de mí antes que reñir con tu padre. Sin
embargo , yo nada le he hecho: nosotros vivi-
mos muy tranquilos y vamos á vivir mas tran-
quilos aun. Sabiendo que es preciso que tengas una querida,
debiera darse por muy feliz de que esa querida sea yo, puesto
que te amo y no ambiciono mas que lo que permite tu po-
sicion . ¿Le has dicho como hemos arreglado nuestro por-
venir?
- Sí , y esto es lo que mas le ha irritado , pues en esta
198 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.

determinacion ha visto la prueba de nuestro recíproco amor.


-¿Qué haremos , pues?
- Seguir viviendo juntos , mi buena Margarita, y dejar
pasar esta tormenta.
-¿Pasará?
-Preciso será que pase.
-Pero tu padre no se contentará con lo que ha hecho.
- ¿Qué mas puede hacer?
- ¿Yo qué sé? Todo lo que un padre puede hacer para que
su hijo le obedezca. Te recordará mi vida pasada y tal vez
me haga el honor de inventar alguna nueva historia en ob-
sequio mio para que me abandones .
- No sabes que te amo?
- Sí , pero lo que sé tambien es que tarde ó temprano
será preciso que obedezcas á tu padre , y tal vez acabarás
por dejarte convencer.
-No , Margarita , yo le convenceré á él. Los chismes de
algunos amigos suyos han provocado su cólera; pero es bue-
no , justiciero , y no tardará en tranquilizarse. Además ¿qué
me importa á mí su cólera?
-No digas esto, Armando, yo lo prefiriera todo á dejarte
creer que te he puesto mal con tu familia: acaba de pasar el
dia conmigo y mañana vuelve á París. Tu padre habrá refle-
xionado , tú tambien y quizá os entendereis mejor. No te
opongas á sus principios , aparenta hacer algunas conce-
siones á sus deseos , no te empeñes tanto por mí , y dejará
las cosas tales como están. Espera , amigo mio , y cree que ,
suceda lo que suceda , Margarita será siempre tuya.
-¿Me lo juras?
-¿Necesito jurártelo?
¡Qué grato es dejarse tranquilizar por una voz amada!
Margarita y yo pasamos el resto del dia en repetirnos
nuestros proyectos como si hubiéramos comprendido la ne-
cesidad de realizarlos cuanto antes. Esperábamós á cada
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 199

momento un nuevo suceso , pero felizmente el dia pasó sin


llevarnos otra novedad .
El dia siguiente partí á las diez y á las doce llegué á la
fonda.

Mi padre habia salido ya.


Me dirigí á mi casa por si él habia ido á ella. No habia
estado. Fuí á casa del notario. Tampoco estaba.
Volví á la fonda y esperé hasta las seis. El señor Duval
no volvió.
Me puse en camino para Bougival.
Encontré á Margarita , no esperándome como el dia an-
terior, sino sentada al fuego exigido por la estacion.
Estaba tan sumergida en sus reflexiones , que no me oyó
ni volvió la cabeza al acercar mi silla á la suya. Cuando
apliqué mis labios á su frente , estremecióse como si este
beso la hubiera despertado sobresaltadamente ,
-Me has asustado , dijo. ¿ Y tu padre?
-No le he visto , ni sé que es de él. No le he hallado en
mi casa ni en parte alguna en donde habia probabilidad de
que estuviera .
-Será preciso que vuelvas mañana .
-Casi estoy tentado de esperar que me mande llamar.
Creo que ya he hecho cuanto debia hacer.
- No , amigo mio , no lo has hecho todo; debes volver á
ver á tu padre mañana sobre todo.
- ¿Por qué mañana con preferencia á otro dia?
-Porque , dijo Margarita que me pareció que se sonro-
jaba á esta pregunta , porque parecerá mas viva la insis-
tencia por tu parte y nuestro perdon tardará menos en
llegar.
Durante el resto del dia , Margarita estuvo preocupada,
distraida, triste. Para obtener una respuesta, me veia obli-
gado á repetirla dos veces las cosas. Se disculpó de su
preocupacion con los temores que respecto del porvenir la
200 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

inspiraban los sucesos sobrevenidos en aquellos dos dias.


Pasé la noche en disipar aquellos cuidados , y me hizo
partir el dia siguiente con una inquietud insistente que yo
no sabia esplicarme.
Lo mismo que el dia anterior , mi padre estaba ausente;
pero al salir , me habia dejado una carta concebida en estos
términos :
« Si hoy volveis á verme , esperadme hasta las cuatro;
si á esta hora no estoy de vuelta , vendreis mañana á co-
mer conmigo ; tengo que hablaros. »
Esperé hasta las cuatro ; mi padre no volvió y me marché
de nuevo.
El dia antes habia encontrado triste á Margarita , aquel
dia la encontré calenturiente y agitada. Al verme entrar,
me echó los brazos al cuello y lloró en mis brazos durante
mucho tiempo.
La pregunté la causa de aquel dolor tan súbito cuya gra-
dacion me alarmaba , sin que me diera razon alguna positi-
va alegando todo lo que puede alegar una mujer cuando
no quiere confesar la verdad .
En cuanto se hubo calmado un poco, la conté el resultado
de mi viaje ; la enseñé la carta de mi padre haciéndola ob-
servar que podíamos augurar bien.
A la vista de aquella carta y al oir mi reflexion, redobla-
ron sus lágrimas de tal modo que hube de llamar á Nanina,
y temiendo un ataque nervioso , acostamos á la pobre jóven
que lloraba sin proferir una sílaba , pero apretándome las
manos que besaba á cada instante.
Pregunté á Nanina si durante mi ausencia habia recibido
su señora alguna carta ó visita que pudiera motivar el es-
tado en que la hallaba ; pero Nanina me respondió que na-
die habia ido ni se habia recibido cosa alguna .
Sin embargo , desde el dia antes algo tanto mas inquie-
tante sucedia , cuanto mas me lo ocultaba Margarita.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 201

Por la noche sintióse un pocomas sosegada, y haciéndome


sentar junto á su cama, me renovó por espacio de mucho
tiempo sus promesas de amor. Despues se sonreia, pero con
esfuerzo, porque á su pesar inundábanse de lágrimas sus
ojos .
Empleé todos los medios para hacerla declarar la verda-
dera causa de su pesadumbre, pero obstinóse en darme las
vagas razones que os he dicho .
Acabó por dormirse en mis brazos, pero con ese sueño
que quebranta el cuerpo en vez de darle descanso: de vez en
cuando lanzaba un grito, despertábase sebresaltada, y des-
pues de haberse asegurado de que me hallaba junto á ella,
me hacia jurar amarla siempre .
No conseguia esplicarme estas intermitencias de dolor
que se prolongaron hasta la mañana. Entonces Margarita
cayó en una especie de sopor. Hacia dos noches que no
dormia .
Este reposo no fué de larga duracion.
Cerca de las once se despertó, y al verme levantado, mi-
ró en torno suyo, esclamando:
-¿Te vas ya?
-No , dije tomándola las manos; he querido dejarte dor-
mir. Todavía es temprano.
-¿A qué hora vas á Paris?
-A las cuatro .
-Tan pronto? hasta las cuatro estarás conmigo no es
cierto
-Acaso no es esta mi costumbre?
-¡Qué dicha!
-Vamos á almorzar? añadió con aire distraido .
-Vamos , si así lo quieres .
-Y luego me abrazarás muchas veces hasta el momento
de marchar.
-Sí, y volveré á tu lado lo mas pronto posible.
26
202 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

-Volverás? dijo mirándome con torvos ojos .


-Naturalmente.
-Es justo, volverás por la noche, y yo te esperaré, como
de costumbre, y me amarás, y seremos felices como lo so-
mos desde que nos conocemos .
Habia dicho todas estas palabras tan á sacudidas, pare-
cian ocultar un pensamiento doloroso tan contínuo, que á
cada instante temia ver á Margarita en el delirio.
-Escucha, la dije; estás enferma y no puedo dejarte
así. Voy á escribir á mi padre que no me espere.
-No! no! esclamó bruscamente, no hagas tal. Tu padre
me acusaria tambien de haberte impedido que fueras á en-
contrarle cuando desea verte; no, no, es preciso que va-
yas, es preciso! Además, yo no estoy enferma, me siento
muy buena. He tenido un sueño muy penoso; pero ya es-
toy bien despierta .
Desde aquel momento Margarita se esforzó en mostrarse
mas alegre . Ya no volvió á llorar .
Llegada la hora de marcharme, le abracé y preguntéla si
queria acompañarme hasta el camino de hierro: esperaba
que el paseo la distraeria y que el aire la haria bien.
Yo procuraba sobre todo estar con ella el mas tiempo po-
sible.
Aceptó , tomó la capa y acompañóme con Nanina para no
volver sola.
Veinte veces estuve tentado de no marchar, pero la es-
peranza de volver pronto y el cuidado de indisponer otra
vez á mi padre contra mí sostuviéronme, y el tren se me
llevó .
-Hasta la noche , dije á Margarita al dejarla .
No me respondió .
-En otra ocasion tampoco me habia contestado á esta pa-
labra, y el conde de G..... , ya os acordareis, habia pasado
la noche con ella; pero aquel tiempo estaba tan lejano, que
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 208

parecia borrado de mi memoria , y si temia algo , no era ya


por cierto que Margarita me engañara .
Una vez llegado á París , corrí á casa de Prudencia á ro-
garla que fuese á ver á Margarita , esperando que su buen
humor la distraeria .
Entré sin anunciarme y hallé á Prudencia en su tocador.
-¡Ah! me preguntó con inquietud , ¿Margarita ha veni-
do con vos?
-
No.

-¿Cómo sigue?
-
Está enferma .
- ¿No vendrá pues?
- Habia de venir acaso?
Madama Duvernoy se sonrojó y respondióme con cierto
embarazo:
- Queria decir: Ya que habeis venido á París, ¿vendrá
ella á reunirse con vos?
--
No.

Miré á Prudencia , bajó los ojos y creí leer en su fisonomía


el cuidado de que mi visita se prolongára .
-

Venia tambien á rogaros , Prudencia , que fuerais esta


tarde á ver á Margarita , si nada teneis que hacer: lahareis
compañía y podreis quedaros á dormir en nuestra casa de
campo. Nunca la he visto como hoy y temo que se ponga
enferma.
-Hoy como fuera de casa , respondió Prudencia , y no
podré ver á Margarita esta tarde; pero iré á verla mañana.
Despedíme de la Duvernoy, que á mi ver estaba casi tan
preocupada como Margarita , y pasé á ver á mi padre cuya
primera mirada me estudió con atencion.
Al verme , me tendió la mano.
-Vuestras dos visitas, Armando, me dijo , hanme llena-
do de placer : ellas me hacen esperar que habreis reflexio-
nado , como lo he hecho yo .
204 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

-¿Puedo permitirme preguntaros , padre mio , cuál ha


sido el resultado de vuestras reflexiones?
-

El resultado ha sido que yo me habia exagerado la im-


portancia de las noticias que me dieron , y que me he pro-
metido ser menos severo contigo .
-¿Qué decís , padre mio? esclamé con alegría.
- Digo que siendo indispensable que los jóvenes tengan
una querida , segun nuevos informes , mejor es para tí Mar-
garita Gautier que otra.
-Mi escelente padre , ¡qué dichoso me haceis!
Seguimos hablando así durante algunos instantes , pasa-
dos los cuales nos sentamos á la mesa. Mi padre estuvo muy
contento todo el tiempo que duró la comida.
Tenia prisa de volver á Bougival para contar á Margarita
un cambio tan satisfactorio . Consultaba mi reloj á cada ins-
tante.
-

Miras la hora , decia mi padre , muy impaciente estás


por dejarme. ¡ Oh jóvenes ! cómo sacrificais siempre las
afecciones sinceras á las afecciones dudosas !
-No digais esto , padre mio , Margarita me ama , estoy
seguro de ello.
Mi padre no respondió , al parecer no dudaba ni creia.
Mucho insistió para hacerme pasar toda la noche con él y
para que no partiese hasta el dia siguiente ; pero yo habia
dejado delicada á Margarita , se lo dije , y le pedí permiso
para ir á reunirme temprano con ella , prometiéndole vol-
ver el dia siguiente .
Hacia buen tiempo y quiso acompañarme hasta el desem-
barcadero. Nunca habia sido yo tan feliz. El porvenir se me
aparecia tal como procuraba verle de mucho tiempo .
Amaba á mi padre mas que nunca.
En el momento de partir insistió por última vez para que
me quedára ; no pude consentir .
-

Mucho la amas , me dijo .


LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 205

- Como un loco .
-¡Vé pues ! y se pasó la mano por la frente como si hu-
biese querido arrojar un pensamiento , luego abrió la boca
como para decirme algo ; pero contentóse con apretarme la
mano y me dejó rápidamente , gritando :
-¡Hasta mañana!
1
207
LA DAMA DE LAS CAMELIAS.

CAPITULO XXIII .

E parecia que el tren no andaba.


A las once llegué á Bougival.
En ninguna de las ventanas de la casa se veia
luz , llamé sin que me respondieran .
Era la primera vez que me sucedia semejante
cosa. Al fin apareció el jardinero y pude entrar.
Nanina salió á recibirme con una luz en la mano
y me acompañó hasta el aposento de Margarita.
- ¿ Dónde está tu señora ?
- La señora se ha marchado á Paris , respon-
dió Nanina .
-¿ A París ?
- Sí , señor .
¿ Cuándo ?
-Una hora despues de vos.
-¿ Y nada te ha dejado para mí ?
-Nada.
- Es estraño. ¿Te ha dicho que se la esperase ?
208 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

No , señor .
Nanina se retiró .
« Puede que haya tenido recelos , me dije , y que haya
ido á Paris para asegurarse de si era solo un pretesto para
gozar de un dia de libertad la visita que le dije iba á hacer
á mi padre.
"Tal vez Prudencia la habrá escrito para algun negocio
importante » me dije cuando estuve solo ; pero á mi llegada
habia visto á la Duvernoy y nada me habia dicho que pu-
diera hacerme suponer que hubiese escrito á Margarita.
De repente me acordé de la pregunta aquella ¿ No ven-
drá pues ? » que Prudencia me habia dirijido al decirle que
Margarita estaba enferma. Recordé al mismo tiempo la tur-
bacion de la Duvernoy cuando la miré al oir aquella pre-
gunta que me parecia descubrir una cita. A este recuerdo
unióse el de las lágrimas de Margarita durante todo el dia,
lágrimas que la buena acojida de mi padre habia hecho ol-
vidar un poco.
Desde aquel momento , todos los incidentes del dia vinie-
ron á agruparse en torno de mi primera sospecha y fijáronla
tan sólidamente en mi pensamiento , que todo , hasta la mis-
ma clemencia paternal , la confirmó .
Margarita habia casi exigido que me fuera á París ; apa-
rentó tranquilidad cuando la propuse quedarme á su lado.
¿Habia yo caido en un lazo? ¿Me engañaba Margarita ? ¿Ha-
bia creido estar de vuelta mucho tiempo antes que yo para
que su ausencia no fuera notada y se hallaba detenida por
la casualidad ? ¿ Porqué nada habia dicho á Nanina ó porqué
no me habia escrito ? ¿ Qué significaban aquellas lágrimas,
aquella ausencia , aquel misterio ?
Yo me preguntaba todo esto con horror , en medio de
aquel aposento vacío , fijos los ojos en el reloj que señalan-
do media noche parecia decirme que era ya muy tarde para
que esperase aun ver volver á mi querida.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 209

Sin embargo , era verosimil que me engañase despues


de las disposiciones que acabábamos de tomar , despues del
sacrificio ofrecido y aceptado? No. Traté, pues , de desechar
mis primeras suposiciones .
-La pobre jóven habrá encontrado quien la compre sus
muebles y habrá ido á París á venderlos. No habrá querido
prevenirme porque sabe que aunque la acepto , esta venta
necesaria á nuestra dicha futura me da pena, y habrá temido
herir mi amor propio y mi delicadeza hablándome de este
asunto. Prefiere volver cuando lo haya terminado. Pruden-
cia la aguardaba evidentemente para esto y no ha sabido
disimularlo delante de mí ; Margarita no habrá podido ter-
minar hoy este negocio y habrá ido á dormir á su casa, ó tal
vez llegará pronto porque debe pensar en mi inquietud y no
querrá seguramente dejarme en ella.
Pero si es así, porqué aquellas lágrimas? Probablemente,
á pesar del amor que me tiene , la pobre jóven no habrá po-
dido resolverse sin llorar á abandonar el lujo en medio del
cual ha vivido hasta el dia y que la hacia tan dichosa como
envidiada.
Desde luego perdonaba aquellos duelos á Margarita. La
esperaba únicamente para decirla, cubriéndola de besos, que
habia adivinado la causa de su misteriosa ausencia.
La noche iba avanzando , y sin embargo , Margarita no
llegaba.
La inquietud fué estrechando poco á poco su círculo opri-
miéndome la cabeza y el corazon. Tal vez la habia sucedido
algo! Tal vez está herida , enferma, muerta ! Tal vez llega-
rá un mensajero anunciándome algun doloroso accidente
Quizá el dia me hallará en la misma incertidumbre y en los
mismos cuidados!
La idea de que Margarita me engañaba en tanto que yo
estaba aguardándola en medio de los terrores que me infun-
dia su ausencia, no me asaltó ni una sola vez. Era preciso
27
210 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

una causa independiente de su voluntad para detenerla le-


jos de mí , y cuanto mas pensaba en ello , tanto mas me
convencia de que la tal causa solo podia ser una desgracia
cualquiera. ¡Oh vanidad humana! tú te presentas bajo todas
las formas .
Acababa de dar la una. Resolví esperar una hora mas y
marchar á París si á las dos no habia llegado Margarita.
Mientras esperaba , busqué un libro , pues no me atrevia
á pensar.
Manon Lescaut estaba abierto sobre la mesa . Parecióme
que de trecho en trecho las páginas estaban como mojadas
por lágrimas. Despues de haberlo ojeado , cerré el libro
cuyos caractéres se me presentaban vacíos de sentido á tra-
vés del velo de mis dudas .
El tiempo pasaba lentamente. El cielo estaba nublado.
Una lluvia de otoño azotaba los cristales. La cama vacía me
parecia tomar á veces el aspecto de una tumba. Tenia
miedo.
Abrí la puerta ; escuché y solo oí el ruido del viento en
los árboles. Ningun coche pasaba por la carretera. La media
sonó tristemente en el campanario de la iglesia .
Estaba temiendo que alguien entrara. Me parecia que á
aquella hora y á un tiempo tan sombrío solo podia sobre-
venirme una desgracia.
Dieron las dos. Esperé un poco mas. Solo la péndola con
su ruido monótono y cadencioso turbaba el silencio .
Dejé al fin aquel aposento cuyos objetos todos se habian
revestido de aquel aspecto triste que la inquieta soledad
del corazon da á cuanto la rodea.
En el cuarto inmediato hallé á Nanina durmiendo sobre
su labor. Despertóse al ruido de la puerta y me preguntó si
habia vuelto su señora .
- No , pero si vuelve, díla que no he podido resistir á
mi inquietud y que me he marchado á París.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 211

-¿A estas horas?


-Sí .

-Pero ¿de qué modo? No hallareis carruaje.


-Iré á pié.
-Está lloviendo.
-No importa .
-La señora volverá pronto, y si no vuelve, de dia habrá
tiempo para averiguar lo que haya podido detenerla. Vais á
perjudicaros en el camino.
-No hay peligro, Nanina; hasta mañana.
La pobre muchacha fué á buscar mi capa, me la echó á los
hombros , ofreciéndome ir á despertar á la tia Arnould é in-
formarse de si era posible encontrar un carruaje; pero me
opuse á ello, convencido de que en aquella tentativa quizá
supérflua perderia mas tiempo del que necesitaba para an-
dar la mitad del camino.
Me convenia además aire y una fatiga física que disipara
la sobrescitacion que se habia apoderado de mí.
Tomé la llave del piso de la calle de Antin y despues de
despedirme de Nanina, que me habia acompañado hasta la
verja, me puse en marcha .
De pronto eché á correr, pero la tierra estaba recien
mojada y me fatigaba doblemente. Cerca de media hora
despues de aquella carrera, tuve que detenerme; nadaba
en sudor. Tomé aliento y continué mi camino. La noche
era tan oscura que temia estrellarme á cada instante contra
los árboles de la carretera, los cuales, presentándose brus-
camente á mis ojos, semejaban altos fantasmas corriendo
hácia mí.
Encontré dos ó tres carros que no tardé en dejar muy
atrás .

Un coche se dirigia al trote hácia Bougival . Al pasar por


delante de mí, asaltóme la esperanza de que Margarita iba
enél.
212 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Me detuve y grité : Margarita , Margarita !


Nadie respondió y el coche continuó su camino. Le miré
alejarse y emprendí de nuevo la marcha.
En dos horas llegué á la barrera de la Estrella.
4
La vista de París me dió fuerzas y bajé corriendo la larga
acera que tantas veces habia recorrido .
Aquella noche nadie pasaba por ella.
Hubiérase dicho que era el paseo de una ciudad muerta.
Despuntaba el dia .
Cuando llegué á la calle de Antin, la gran ciudad revol-
víase ya un poco antes de despertar completamente .
Daban las cinco en la iglesia de San Roque en el momen-
to que yo entraba en casa de Margarita.
Dejé mi nombre al portero , el cual habia recibido de mí
bastantes monedas de veinte francos para saber que tenia
derecho á ir á casa de la señorita Gautier á las cinco de la
mañana y pasé sin obstáculo alguno .
Hubiera podido preguntarle si Margarita estaba en su ca-
sa , pero tal vez me habria contestado que no , y preferí
dudar dos minutos mas , porque dudando esperaba.
Subí.
Apliqué el oido á la puerta tratando de sorprender un
ruido , un movimiento.
Nada. El silencio del campo parecia continuar hasta
allí.

Abrí la puerta y entré.


Todas las cortinas estaban cerradas herméticamente .
Corrí las del comedor y me dirigíhácia el dormitorio, cu-
ya puerta empujé .
Arrojéme sobre el cordon de las cortinas y tiré de él con
violencia.
Las cortinas se replegaron ; penetró una débil luz y cor-
rí á la cama.
¡ Estaba vacía !
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 213

Abrí las puertas unas despues de otras , visité todas las


habitaciones .
Nadie.
Habia para volverse loco.
Pasé al cuarto del tocador , abrí la ventana y llamé va-
rias veces á Prudencia .
La ventana de la Duvernoy permaneció cerrada.
Entonces bajé á preguntar al portero si la señorita Gau-
tier habia estado aquel dia en su casa.
- Sí , señor , me respondió aquel hombre , con madama
Duvernoy.
-¿Os ha dejado algun recado para mí ?
- Ninguno .
-¿Sabeis que han hecho despues ?
-Han subido á un carruaje.
-¿Qué carruaje ?
-Un tilburí de particular .
¿Qué significaba todo aquello ?
Llamé á la ventana vecina.
-¿A dónde vais ? me preguntó el conserje despues de
haber abierto .
- A casa de madama Duvernoy.
- No ha vuelto aun.
-¿ Estais seguro de ello ?
-Sí , señor ; aquí tengo una carta que para ella me en-
tregaron anoche y que no he podido darla todavía.
Yel portero me enseñaba una carta á la cual volví ma-
quinalmente los ojos.
Conocí la letra de Margarita.
Tomé la carta .
El sobre decia de este modo .
«Amadama Duvernoy para entregar á Mr. l'uval. »
-
Esta carta es para mí , dije al portero enseñándole el
sobre.
214 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

- 6 Sois vos , Mr. Duval ? respondió aquel hombre.


-

Sí.
-

En efecto, ya os conozco , venís á menudo á ver á ma-


dama Duvernoy .
Salí á la calle y rompí el sello de la carta.
Un rayo que hubiera caido á mis piés no me hubiera ater-
rado tanto como aquellas líneas .
« Armando , cuando leas esta carta, seré ya la querida de
" otro hombre . Todo acabó entre nosotros .
“ Volved al lado de vuestro padre , amigo mio ; id á ver
“ á vuestra hermana , niña casta que ignora todas nuestras
" miserias , y junto á la cual olvidareis en breve cuanto os
" haya hecho padecer esta mujer perdida, llamada Margarita
« Gautier , á quien habeis deseado amar un instante y que
" os debe los únicos momentos dichosos de una vida que
“ espera no será muy larga. "
Cuando, hube leido la última palabra , creí volverme
loco .
Por un momento tuve verdaderamente miedo de caer en
el pavimento de la calle. Una nube pasaba sobre mis ojos y
la sangre agitaba mis sienes .
Al fin me repuse un poco , y miré en torno mio asombra-
do de ver que la vida de los demás continuaba sin detener-
se en presencia de mi desgracia.
No tenia bastante fuerza para soportar solo el golpe que
Margarita me acababa de dar.
Entonces me acordé de que mi padre se hallaba en la
misma ciudad que yo , que en diez minutos podia trasladar-
me á su lado y que cualquiera que fuese la causa de mi do-
lor, lo dividiria conmigo .
Eché á correr como un loco , como un ladron , hasta la
fonda de París; hallé la llave puesta en la cerradura de la
puerta de mi padre. Entré.
Estaba leyendo.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 215

Por la poca sorpresa que manifestó al verme aparecer , se


hubiera dicho que me aguardaba .
Me arrojé á sus brazos sin decirle una palabra , entregué-
le la carta de Margarita , y dejándome caer al pié de la ca-
ma , lloré á lágrima viva.
i
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 217

CAPITULO XXIII .

D UANDO todas las cosas de la vida hubieron prose-


guido de nuevo su curso , no pude creer que el
dia que amanecia fuera para mí semejante á los
que le habian precedido. Habia momentos en
que me figuraba que una circunstancia de que
no me acordaba me habia obligado á pasar la
noche fuera de casa de Margarita , pero que al
volver á Bougival, la encontraria inquieta como
yo lo habia estado , y me preguntaria quién me
habia detenido lejos de ella.
Cuando la existencia ha contraido una cos-
tumbre como la de aquel amor , parece imposi-
ble que esta costumbre se rompa sin destrozar al propio
tiempo los demás resortes de la vida.
Así , pues , me veia obligado á leer de vez en cuando la
carta de Margarita para convencerme de que no estaba so-
ñando .

Mi cuerpo , sucumbiendo á la sacudida moral , era inca-


paz de movimiento. La inquietud , el viaje hecho durante
28
218 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

la noche , la noticia de la mañana me habian postrado. Mi


padre se aprovechó del abatimiento total de mis fuerzas
para pedirme la formal promesa de partir con él.
Prometí cuanto quiso. Sentíame incapaz de sostener una
discusion y necesitaba de un afecto real para que me ayu-
dara á vivir despues de lo que acababa de pasar .
Alegrábame de que mi padre se dignara consolarme de
semejante desgracia.
Solo recuerdo que aquel mismo dia , á cosa de las cinco
de la tarde , mi padre me hizo subir con él á una silla de
posta. Sin advertirme de ello , habia mandado preparar mi
equipaje , lo habia juntado con el suyo detrás del coche, y
se me llevaba.
No sentí lo que me pasaba hasta que la ciudad hubo des-
aparecido y que la soledad del camino me recordó el vacío
de mi corazon .
Entonces las lágrimas saltaron otra vez de mis ojos.
Mi padre habia comprendido que las palabras , por mas
que fueran suyas , no me consolarian , y me dejaba llorar
sin decir una palabra , contentándose algunas veces con
apretarme la mano , como para recordarme que habia á mi
lado un amigo.
Por la noche dormí un poco y soñé en Margarita.
Despertéme sobresaltado , no comprendiendo porqué me
encontraba en un coche .
Despues volvió á presentárseme la realidad y dejé caer
la cabeza sobre el pecho.
No me atrevia á hablar á mi padre , temiendo siempre
que me dijera.
-Ya ves si tenia razon cuando negaba el amor de esa mujer.
Pero no abusó de su ventaja , y llegamos á C... sin ha-
berme dicho mas que palabras completamente estrañas al
suceso que me habia obligado á marchar .
Cuando abracé á mi hermana , recordé las palabras de la
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 219

carta de Margarita que la concernian ; pero en seguida eché


de ver que por mas buena que fuese, mi hermana no seria
bastante á hacerme olvidar á mi querida.
Era la época de la caza , mi padre pensó que seria una
distraccion para mí y organizó varias partidas con algunos
vecinos y amigos suyos . Yo iba sin repugnancia como sin
entusiasmo , con una especie de apatía que era el carácter
de todas mis acciones desde mi partida.
Colocábame en mi puesto ; pero yo dejaba á mi lado la
escopeta sin cargar y me hundia en mis pensamientos , mi-
rando pasar las nubes.
Dejaba errar mi imaginacion por las llanuras solitarias y
de vez en cuando oia á algun cazador que me llamaba se-
ñalándome una liebre á diez pasos de mí.
Ninguno de estos detalles escapaba á mi padre y no se
dejaba engañar por mi calma esterior. Comprendia muy bien
que por abatido que mi corazon estuviera , tendria algun
dia una reaccion terrible , peligrosa tal vez , y acallando su
deseo de consolarme , hacia todo lo posible para distraerme.
Mi hermana , como era natural , no estaba en el secreto
de aquellos sucesos , y no alcanzaba á esplicarse porqué yo
tan alegre en otro tiempo , me habia vuelto de repente tan
meditabundo y triste .
Sorprendido alguna que otra vez en medio de mi tristeza
por la mirada inquieta de mi padre , le tendia la mano y
apretaba la suya como pidiéndole tácitamente perdon del
daño que á pesar mio le causaba.
Así pasó un mes : yo no podia aguantar mas.
El recuerdo de Margarita me perseguia incesantemente.
Yo habia amado y amaba demasiado á aquella mujer para
que de repente me fuera indiferente. Era preciso ó que la
amara ó que la aborreciera. Era preciso sobre todo , cual-
quiera que fuese el sentimiento que me inspirara , que la
volviera á ver lo mas pronto posible.
220 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Este deseo entró en mi alma y se fijó en ella con toda la


violencia de la voluntad que al fin reaparece en un cuerpo
inerte por mucho tiempo .
Necesitaba ver á Margarita ; pero no en el porvenir , ni
dentro de un mes , ni dentro de ocho dias , sino el dia des-
pues de haber concebido la idea , y por lo tanto dije á mi
padre que iba á dejarle para trasladarme á París á algunos
negocios y que volveria cuanto antes .
Adivinó sin duda el motivo de mi partida , pues insistió
en que me quedara ; pero viendo que la inejecucion de aquel
deseo en el estado irritable en que me hallaba podia repor-
tarme fatales consecuencias , me abrazó y rogóme , casi con
lágrimas en los ojos , que volviera pronto á su lado .
No dormí durante el viaje .
Ignoraba qué era lo que iba á hacer una vez llegado á
París ; pero antes de todo necesitaba ocuparme de Marga-
rita.

Fuí á mi casa á vestirme y como hacia buen tiempo y era


temprano aun , me dirigí á los Campos Elíseos .
Al cabo de media hora ví venir de lejos y desde el rond
point á la plaza de la Concordia el coche de Margarita.
Habia rescatado sus caballos , pues el carruaje estaba,
como en otro tiempo, solo que ella no iba adentro.
Apenas hube notado su ausencia , cuando volviendo los
ojos á mi alrededor , ví á Margarita que bajaba á pié acom-
pañada de una mujer que yo nunca habia visto .
Al pasar por mi lado , púsose pálida y una sonrisa nervio-
sa contrajo sus labios. En cuanto á mí , un violento latido del
corazon estremecióme al pecho ; pero conseguí dar una es-
presion fria á mi semblante y saludé lijeramente á mi an-
tigua querida , llegó casi en seguida á su coche , al cual
subió con su amiga.
Conocia muy bien á Margarita. Mi encuentro inesperado
habia debido dejarla trastornada. Probablemente sabria mi
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 221

marcha que la habria tranquilizado con respecto á los resul-


tados de nuestro rompimiento ; pero volviéndome á ver , y
encontrándose frente á frente conmigo , pálido como yo es-
taba , habia comprendido que mi vuelta tenia un objeto y
debia preguntarse qué era lo que iba á suceder.
Si hubiera hallado infeliz á Margarita , si para vengarme
de ella hubiese podido acudir en su socorro, quizá la hubiera
perdonado y de seguro no habria pensado en causarla mal
alguno ; pero la encontré dichosa , á lo menos en apariencia;
otro la habia vuelto el lujo que yo no pude conservarla;
nuestro rompimiento motivado por ella tomaba por consi-
guiente el carácter del mas bajo interés ; mi orgullo y mi
amor habian sido humillados , era preciso de toda precision
que pagara lo que me habia hecho padecer.
No pudiendo yo ver indiferente los actos de aquella mu-
jer , lo que mas daño debia hacerla era mi indiferencia; este
sentimiento , pues , era el que necesitaba fingir no solo á
sus ojos , sino tambien á los de los demás .
Procuré dar una espresion risueña á mi semblante y me
dirigí á casa de Prudencia .
La doncella pasó á anunciarme y me hizo esperar algunos
momentos en la antesala .
Madama Duvernoy apareció al fin y me introdujo en su
gabinete . Al tomar asiento , oí que abrian la puerta del sa-
lon y un paso ligero que se alejaba : despues una puerta vi-
driera se cerró con estruendo .
- ¿Os incomodo? pregunté á Prudencia.
- No ; es Margarita que acaba de marcharse. Al oir que
os anunciaban , se ha escapado .
- ¿La doy miedo?
-No; pero temia que os fuera desagradable volverla á ver.
-¿Por qué razon? dije haciendo un esfuerzo para respirar
libremente , pues la emocion me ahogaba ; la pobre me dejó
para recuperar su carruaje , sus muebles y sus diamantes;
222 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

no debo darla la culpa de lo que me parece muy bien. Hoy


la he encontrado , continué negligentemente .
- ¿En dónde? dijo Prudencia que me miraba y parecia
preguntarse si aquel hombre era el mismo a quien habia
conocido tan enamorado .
En los Campos Elíseos , acompañada de otra jóven muy
linda. ¿Quién es aquella mujer?
- Dadme sus señas .

- Es rubia , delgada , tiene ojos azules , viste muy ele-


gantemente .
-¡ Ah! se llama Olimpia , en efecto , es muy bella.
-¿Con quién vive?
- Con nadie , con todo el mundo .
- ¿Y tiene su casa?
-En la calle de Tronchet número..... pensais hacerla
la corte?

-Nadie sabe lo que puede acontecer.


- ¿Y Margarita?
-Deciros que la he olvidado completamente , seria men-
tir ; pero soy de aquellos hombres para quienes el modo de
romper es lo mas importante. Ahora bien , Margarita me
despidió bajo un pretesto tan frívolo , que me he tenido por
muy necio de haber estado tan enamorado de ella , pues
verdaderamente me tenia muy enamorado.
Comprendereis con que tono procuraba yo decir todo es-
to : el sudor corria por mi frente.
- Vamos, no seais así ; ella os amaba y os ama aun : lo
que mejor lo prueba es que en seguida de haberos visto
hoy, ha venido á participarme su encuentro. Al llegar , tem-
blaba de piés á cabeza y estaba á punto de ponerse mala.
- ¿Y qué os ha dicho?
-

Me ha dicho : no dudo que vendrá á veros y os ruego


que le imploreis mi perdon.
- Podeis contestar que la he perdonado. Es una mujer,
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 223

al fin , y no debia esperarme otra cosa que lo que hizo. Al


mismo tiempo la doy las gracias por su resolucion , porque
hoy me pregunto á donde hubiera podido llevarme la idea
de vivir juntos . Era una locura.
-

Mucho se ha de alegrar al saber que habeis compren-


dido la necesidad en que se hallaba. Sí , amigo mio , era
ya tiempo de que se separara de vos. El tunante agente de
negocios , á quien ella habia hecho proposiciones de ven-
der sus muebles , fué á preguntar á sus acreedores cuánto
se les debia ; estos tuvieron miedo é iban á pedir que se
pasara á vender en el término de dos dias .
-¿Y se ha pagado ya ?
Casi todo .
- ¿ Y quién ha proporcionado el dinero ?
-El conde de N... ¡Ay , amigo mio! hay hombres he-
chos espresamente para esto . El conde dió veinte mil fran-
cos y logró su deseo. Sabe que Margarita no está enamo-
rada de él , pero esto no impide que la trate con mucha
galantería. Ya lo habeis visto , la ha comprado otra vez los
caballos , la ha restituido sus joyas y la da tanto dinero co-
mo la daba el duque. Si ella quiere vivir tranquilamente ,
el conde no la dejará en muchísimo tiempo.
¿Y en qué se ocupa ? ¿ vive siempre en París ?
- Nunca mas ha querido volver á Bougival. Yo fuí á
buscar todos sus efectos y los vuestros , habiendo empa-
quetado estos últimos , por los cuales podeis mandar aquí.
Los hallareis todos menos un libro de memorias con vues-
tra cifra que Margarita quiso guardar ytener en su casa. Si
os parece , se lo pediré.
-Que lo guarde , balbuceé sintiendo que las lágrimas
subian desde mi corazon á mis ojos al recuerdo de aque-
lla aldea en que habia vivido tan feliz y á la idea de que
Margarita guardaba una cosa mia que la hacia acordarse
demí.
224 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Si hubiera entrado en aquel momento , mi resolucion de


vengarme se hubiera disipado y yo me hubiera arrojado á
sus piés.
-

Por lo demás , repuso Prudencia , nunca la he visto


como ahora ; apenas duerme , corre de baile en baile , asis-
te á las orgías y llega á embriagarse. No hace mucho que
despues de una cena , tuvo que permanecer en cama ocho
dias , y en cuanto el médico la dijo que ya podia levantar-
se , lanzóse de nuevo á los placeres con riesgo de morir.
¿Ireis á verla ?
-¿Para qué ? He venido á visitaros porque siempre ha-
beis sido muy buena para conmigo y porque ya os conocia
antes de conocer á Margarita. A vos debo el haber sido su
amante , como os debo á vos el haberlo dejado de ser. ¿No
es verdad ?

- No hay duda , he hecho cuanto ha estado en mi mano


para que se separara de vos y creo que con el tiempo me lo
agradecereis aun mas .
- Os estoy doblemente reconocido , añadí levantándome ;
pues me repugnaba aquella mujer que tomaba seriamente
todo lo que yo la decia.
- Os vais ya ?
-
Sí.
Sabia ya lo bastante.
-¿Cuándo volveré á veros ?
-Muy pronto. Adios .
-Adios .

Prudencia me acompañó hasta la puerta y volví á mi casa


con lágrimas de rabia en los ojos y una necesidad de ven-
ganza en el corazon .
Margarita era decididamente una mujer perdida como
todas las de su clase ; el amor profundo que me profesaba
no habia luchado con el deseo de volver á su vida pasada y
con la necesidad de tener un carruaje y acudir á las orgías.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 225

Yo me decia todo esto en medio de mis insomnios , al


paso que si hubiera reflexionado tan friamente como apa-
rentaba hacerlo , hubiera visto en esta vida ruidosa de Mar-
garita la esperanza de enmudecer un pensamiento contínuo,
un recuerdo incesante .
Desgraciadamente la pasion mala dominaba en mí y yo
no buscaba mas que un medio para atormentar á aquella
pobre criatura .
¡Oh! el hombre es muy pequeño y muy vil cuando está
herido de una de sus mezquinas pasiones .
Aquella Olimpia , con la cual la habia visto , era si no la
amiga de Margarita , la que ella frecuentaba mas á menudo
desde su vuelta á París. Iba á dar un baile , y suponiendo
que Margarita habia de asistir , procuré que me invitaran y
lo conseguí.
Cuando lleno de dolorosas emociones , entré en el baile,
este estaba ya muy animado. Bailábase , se gritaba tam-
bien, y en una de las cuadrillas ví á Margarita bailando con
el conde de N.... el cual afectaba orgullo en enseñarla y pa-
recia decir á todos:
-

Esta mujer es mia.


Fuí á arrimarme en la chimenea, cabalmente en frente de
Margarita , y la miré bailar. Verme ella y turbarse fué obra
de un segundo. Notélo yo y la saludé distraidamente con la
mano y los ojos .
Cuando pensaba que terminado el baile no seria yo quien
la acompañaria , sino aquel rico imbécil , cuando me repre-
sentaba lo que al parecer seguiria de regreso á su casa , la
sangre me subia á la cara y me asaltaba el deseo de pertur-
bar sus amores .
Despues de la danza fuí á saludar á la dueña de la casa,
que hacia ostentacion ante los ojos de sus convidados de
unas espaldas magníficas y de una garganta deslumbra-
dora.
29
226 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Aquella cortesana era hermosa , y bajo el punto de vista


de laforma , mas hermosa que Margarita. Acabé de persua-
dirme de ello por algunas miradas que esta dirigió á Olim-
pia , mientras yo hablaba con ella. El hombre que hubiera
conseguido ser el amante de aquella mujer podia estar tan
orgulloso como el señor de N... y era bastante bella para
poder inspirar una pasion igual á la que Margarita me ha-
bia inspirado .
En aquella época no tenia amante. No era difícil llegar á
serlo . Todo consistia en tirar mucho oro para hacerse mirar.
Tomé , pues , mi resolucion y me dije: -Esta mujer será
mi querida.
Empecé mi papel de pretendiente bailando con Olimpia.
Media hora despues , Margarita, pálida como un difunto,
se ponia el abrigo de pieles y dejaba el baile.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 227

CAPITULO XXIV .

QUELLO era ya algo; pero no era todo. Com-


prendia el imperio que ejercia sobre aquella
mujer y abusaba de él miserablemente .
Ahora cuando pienso que ha muerto ya,
me pregunto si querrá Dios perdonarme lo que
la hice.
Despues de la cena , que fué de las mas es-
truendosas , se empezó á jugar.
Sentéme al lado de Olimpia y aposté mi di-
nero con tal atrevimiento , que no pude menos
de llamar su atencion. Gané en un instante
ciento cincuenta ó doscientos luises que esten-
dí delante de mí y los cuales ellamiraba con ojos encendidos .
Yo era el único que no se dejaba preocupar completa-
mente por el juego y que se ocupaba de ella. Gané durante
toda la noche y fuí dando á Olimpia dinero con que jugar,
pues habia perdido todo lo que tenia delante y probable-
mente en su casa .
228 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Nos despedimos á las cinco de la mañana.


Yo habia ganado trescientos luises.
Todos los jugadores se habian marchado ya ; yo solo me
habia quedado detrás sin que lo notaran , pues ninguno de
ellos era amigo mio .
Olimpia alumbraba la escalera é iba yo á bajar como los
demás , cuando, volviéndome hacia ella , la dije :
- Tengo que hablaros .
- Venid mañana, me respondió.
-
Debo hacerlo ahora .
-¿Qué teneis que decirme ?
- Ya lo vereis .
Diciendo esto , entré otra vez en el salon .
-

Habeis perdido , la dije.


-
Es verdad .
- ¿Todo lo que teniais en casa?
Olimpia vaciló.
- Sed franca .
-
Pues bien , sí , todo .
- Aquí teneis trescientos luises que he ganado , os los
doy con tal que me permitais quedarme esta noche en
vuestra casa .
Y al mismo tiempo eché el dinero sobre la mesa.
- ¿ Porqué me haceis esta proposicion ?
-Pardiez ! porque os amo .
-No , sino porque estais enamorado de Margarita y que-
reis vengaros de ella haciéndoos mi amante. A una mujer
como yo no se la engaña tan fácilmente , amigo mio , por
desgracia soy bastante jóven y bastante linda para no acep-
tar el papel que me proponeis.
-Es decir , que rehusais.
-
Sí.
-

Preferís amarme gratis?Esto es lo que yo no he de acep-


tar. Mirad , Olimpia , si mañana os hubiera mandado entre
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 229

gar de mi parte estos trescientos luises con las condiciones


que ya sabeis , hubierais aceptado ; pero he preferido tratar
decentemente con vos. Aceptad , pues , sin indagar las cau-
sas de mi conducta ; vos misma decís que sois hermosa y
siendo , como es , así , nadie ha de estrañar que esté enamo-
rado de vos.
Margarita era una manceba como Olimpia , ysin embargo,
yo nunca me hubiera atrevido á decirla , al verla por vez
primera, lo que acababa de decir á aquella mujer. Es que
yo amaba á Margarita , es que habia adivinado en ella ins-
tintos que faltaban á aquella otra criatura , y que en el mis-
mo momento de proponer el contrato , aquella con quien iba
á celebrarlo , me disgustaba á pesar de su hermosura.
Olimpia acabó por aceptar , y á las doce del dia salí de
su casa convertido en su amante , pero me ausenté de su
lado sin llevarme el recuerdo de las caricias y de las pala-
bras tiernas que se creyó obligada á prodigarme por los seis
mil francos recibidos .
Habia, sin embargo, quien se hallaba arruinado por aque-
llamujer.
Desde aquel dia , sufrió Margarita una persecucion in-
cansable . Cesó de visitar á Olimpia , compréndese la razon.
Regalé á mi nueva querida un carruaje, joyas ; jugué é hi-
ce, en fin , todas las locuras propias de un homdre enamo-
rado de una mujer como Olimpia. La noticia de mis nuevos
amores se difundió en seguida.
La misma Prudencia se dejó engañar y acabó por creer
que me habia olvidado completamente de Margarita. Esta,
sea que hubiera adivinado la causa de mi proceder, sea que
se engañara como los demás , contestaba con mucha digni-
dad á los tiros que todos los dias la asestaba yo. Conocíase
que padecia, porque donde quiera que la encontraba, la veia
cada vez mas pálida , cada vez mas triste. Mi amor , que se
habia exaltado hasta parecer odio , regocijábase á la vista
230 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .
de aquel dolor cotidiano. Muchas veces y en circunstancias
en que usé de una crueldad infame , Margarita me dirigió
algunas miradas tan suplicantes que me avergonzé del pa-
pel que estaba representando y me sentia dispuesto a pe-
dirla perdon.
Pero estos arrepentimientos tenian la duracion del rayo,
y Olimpia , que habia acabado por desechar toda clase de
amor propio y por comprender que haciendo daño á Marga-
rita obtendria de mí cuanto quisiera , me escitaba sin cesar
contra ella y la insultaba cada vez que para ello tenia oca-
sion', con esa obstinada cobardía de la mujer autorizada por
un hombre.
Margarita ya no fuéá los bailes ni al teatro temiendo en-
contrarnos : entonces las cartas anónimas sucedieron á las
impertinencias directas , y no hubo desvergüenza que yo no
comprometiera á mi querida á que contara ó que no conta-
ra yo mismo con respecto á Margarita .
Preciso era estar loco para llegar á estremo tal. Yo me
sentia como el hombre que habiéndose embriagado con
vino malo cae en una exaltacion nerviosa en la que la
1

mano es capaz de un crímen sin que el entendimiento tome


parte en ello. En medio de todo , yo sufria el martirio. La
calma sin desden , la dignidad sin menosprecio con que
Margarita correspondia á todos mis ataques y que á mis
propios ojos la hacian superior á mí , me irritaban mas con-
tra ella.
1

Una noche Olimpia habia ido no sé adonde y se habia en-


contrado con Margarita , que esta vez no quiso perdonar á la
jóven necia que la insultaba , de modo que hasta vióse obli-
gada á cederla el puesto. Olimpia habia vuelto furiosa á su
casa y se habian llevado desmayada á Margarita.
Al llegar , Olimpia me contó lo sucedido , diciéndome que
Margarita al verla sola habia querido vengarse de que fue-
se mi querida y que era preciso que yo la escribiera exigien-
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 231

do que respetara tanto en mi presencia como lejos de ella á


la mujer que amaba .
No necesito deciros que consentí y que en una carta que
aquel mismo dia mandé á su destino eché cuanto pude en-
contrar de mas amargo, vergonzoso y cruel.
El golpe era demasiado fuerte para que la desgraciada lo
soportára sin decir nada.
No dudé de que iba á recibir una contestacion y deter-
miné no salir de casa en todo el dia.
Cerca de las dos oí la campanilla y ví entrar á Prudencia.
Procuré aparentar un aire indiferente para preguntarla á
qué debia su visita; pero la Duvernoy no estaba risueña
aquel dia y con un acento profundamente conmovido me
dijo que desde mi vuelta, es decir, desde unas tres se-
manas no habia dejado escapar ocasion alguna de apesa-
dumbrar á Margarita, que estaba enferma y que la escena
del dia anterior y mi carta la habian postrado en cama.
Sin dirigirme reproche alguno, Margarita enviaba á pedir-
me perdon , encargando que me dijeran que no tenia ya ni la
fuerza moral ni la fuerza física de soportarlo que yola hacia.
-Que la señorita Gautier, dije á Prudencia, me despida
de su casa, está en su derecho; pero no permitiré que insul-
te á la mujer que amo , con pretesto de que esta mujer es
mi querida.
-Amigo mio, repuso Prudencia, estais bajo la influencia
de una cortesana sin corazon y sin talento; es verdad que
estais enamorado de ella, pero esto no es una razon para
que atormenteis á la mujer que no puede defenderse .
-Mándeme su conde de N... la señorita Gautier, y el
partido será igual.
-Ya sabeis que no lo hará. Dejadla tranquila, Armando ,
pues si la vierais, os avergonzariais del modo con que
os conducis respecto de ella. Está pálida, tose, poco espero
ya de sus dias .
232 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .
Y Prudencia me tendió la mano añadiendo:
-Id á verla, vuestra visita la alegrará.
-No quiero encontrarme con el señor conde .
-El señor de N... nuncaestá con ella. Margarita no pue-
desufrirle.
-Si ella desea verme, ya sabe en donde vivo; venga, si
quiere, que lo que es yo no he de poner los piés en la calle
de Antin.
-¿La recibireis bien?
-Muy bien.
-Pues estoy segura de que vendrá.
-Que venga.
-¿Saldreis hoy?
-Estaré en casa toda la noche .
-Corro á decírselo .
Prudencia se fué .
Ni me cuidé de escribir á Olimpia que no iria á verla. Yo
estaba tan poco sujeto á estajóven, que apenas pasaba una
noche por semana en su compañía. Creo que se consolaba de
mi ausencia con un actor de no sé que teatro del boulevard.
Fuí á comer y volví inmediatamente. Mandé encender
fuego en todos los aposentos y despedí á José.
No puedo daros fácilmente cuenta de las impresiones di-
versas que me agitaron durante una hora de espera; pero
cuando á las nueve oí llamar, todas ellas se reasumieron en
una emocion tal, que yendo á abrir la puerta, me ví obliga-
do á apoyarme en la pared para no caer .
Felizmente la antesala estaba poco alumbrada y la alte-
racion de mis facciones era menos visible.
Margarita entró .
Iba toda vestida de negro y con el velo echado. Apenas
pude conocer su rostro debajo del encage .
Pasó al salon y se levantó el velo .
Estaba pálida como el mármol.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 233

- Aquí estoy , Armando , me dijo ; habeis querido ver-


me y he venido.
Y dejando caer su cabeza entre sus manos , rompió en
llanto .
Acerquéme á ella y la dije con voz alterada :
-¿Qué teneis ?
Apretó mi mano sin responderme porque las lágrimas
embargaban aun su voz ; pero pocos momentos despues,
habiéndose calmado un poco , me dijo :
-

Me habeis hecho mucho daño , Armando , y yo nada


os he hecho .
- Nada ? repliqué con una sonrisa amarga.
Ignoro si alguna vez habeis esperimentado ó si esperi-
mentareis lo que yo sentia en presencia de Margarita.
La última vez que habia estado en mi casa , se habia sen-
tado en el mismo sitio en que acababa de sentarse, solo exis-
tia la diferencia que desde aquella época habia sido la que-
rida de otro hombre ; otros besos que no eran los mios
habian tocado sus labios , hácia los cuales á mi pesar ten-
dian los mios , y no obstante , yo amaba á aquella mujer
tanto ó mas tal vez que nunca .
Era para mí una cosa difícil entablar conversacion acerca
del objeto que habia llevado á mi casa á Margarita : ella lo
comprendió así , pues me dijo :
- Vengo á molestaros , Armando , pidiéndoos dos cosas;
en primer lugar , perdon por lo que dije ayer á Olimpia , y
finalmente , perdon tambien por lo que tal vez estais aun dis-
puesto á hacerme sufrir. Voluntariamente ó no, desde vues-
tra vuelta me habeis hecho tanto daño, que ya no podré so-
portar la cuarta parte de las emociones que hasta esta maña-
na he sufrido. Tendreis piedad de mí ¿no es cierto ? com-
prendereis que para un hombre de corazon hay cosas mas
altas que ocuparse que en vengarse de una mujer enferma
y triste como lo estoy yo. Mirad,tomad mi mano , tengo ca
30
234 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

lentura , he dejado la cama para venir á pediros, no vuestro


amor , sino vuestra indiferencia .
Tomé la mano de Margarita, y en efecto abrasaba , mien-
tras que la pobre mujer se estremecia de frio bajo su capa
de terciopelo .
Hice rodar hacia la lumbre el sillon en que se hallaba
sentada.
-

¿ Creeis , pues, que no padecí, repliqué, la noche aque-


lla en que, despues de haberos esperado en el campo , vine
á París á buscaros y no encontré mas que aquella carta que
por poco me vuelvo loco ?
¿Cómo pudisteis engañarme , Margarita ? ¡ á mí que os
amaba tanto !
- No hablemos de esto , Armando , no he venido para
recordároslo. He querido veros no como un enemigo , y he
querido estrechar otra vez vuestra mano ; hé aquí todo mi
objeto. Teneis una querida jóven y bonita , añaden que la
amais , sed , pues , feliz con ella y olvidadme .
- ¿ Y vosal parecer sois muy dichosa.
- Tengo el semblante de una mujer dichosa, Armando?
No os burleis de mi dolor, ya que mejor que nadie sabeis
cuál es su causa y su estension .
- Si sois desgraciada como decís , de vos sola dependia
el no serlo nunca.
- No , amigo mio; las circunstancias han sido mas fuer-
tes que mi voluntad. He obedecido , no á mis instintos de
cortesana , como decís vos , sino á una necesidad grave y á
una razon que algun dia sabreis y que harán que me per-
doneis .
-¿Por qué me ocultais hoy estas razones ?
- Porque no restablecerian una reconciliacion entre no-
sotros y os alejarian tal vez de algunas personas de las cua-
les no podeis apartaros .
- ¿Qué personas son esas ?
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 235

-No puedo decíroslo .


-

En este caso , mentis .


Margarita se levantó y encaminóse hácia la puerta.
Yo no podia presenciar aquel mudo y espresivo dolor sin
conmoverme , al comparar para conmigo mismo aquella mu-
jer pálida y llorosa con la jóven alegre que se habia burla-
do de mí en el teatro de la Opera .
- No os marchareis , dije poniéndome delante de la
puerta .
-¿Por qué?
- Porque te amo aun á pesar de cuanto me has hecho
sufrir , y quiero tenerte á mi lado.
-

Para echarme mañana no es eso? No , es imposible.


Nuestros destinos están separados , no tratemos de volver-
los á unir ; tal vez acabariais por despreciarme , mientras
que ahora solo podeis aborrecerme .
- No , Margarita , esclamé sintiendo despertarse todo mi
amor y mis deseos al contacto de aquella mujer. No , yo lo
olvidaré todo y volveremos á ser felices como nos habíamos
prometido serlo .
Margarita meneó la cabeza en señal de duda y dijo :
-¿No soy vuestra esclava , vuestro perro? haced de mí
Io que querais , aquí me teneis , vuestra soy .
Y quitándose el sombrero y la capa , los echó encima del
sofá, empezando á desabrocharse vivamente el cuerpo del
vestido , pues por una de las reacciones tan frecuentes de su
enfermedad , la sangre le subia del corazon á la cabeza y
la ahogaba .
A esto siguió una tos seca y ronca .
-

Mandad á mi cochero , repuso , que se vuelva á su casa.


Yo mismo bajé á despedirle .
Al volver á entrar en mi cuarto , Margarita estaba ten-
dida delante de la chimenea y sus dientes castañeteaban
de frio .
236 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Toméla en mis brazos , la desnudé sin que hiciera movi-


miento alguno y la trasladé helada á mi cama.
Sentéme ásu lado y procuré volverla el calor con mis ca-
ricias. Ella se sonreia, pero sin proferir una palabra siquiera.
¡Oh! ¡que noche tan estraordinaria fué aquella! Toda la
vida de Margarita parecia haber pasado á los besos de que
me cubria , y yo la amaba tanto , que en medio de los trans-
portes de su amor calenturiento , me preguntaba si la mata-
ria para que nunca mas perteneciera á otro hombre .
Un mes de amor como el de aquella noche , y no hubié-
ramos sido mas que cadáveres tanto de cuerpo como de
corazon .

El dia nos halló despiertos á entrambos .


Margarita estaba lívida: no proferia palabra alguna, grue-
sas lágrimas se desprendian de vez en cuando de sus ojos y
se detenian en sus mejillas , brillantes como diamantes ; sus
brazos estenuados se abrian de cuando en cuando para abra-
zarme y volvian á caer sin fuerza sobre la cama.
Creí en un momento que podia olvidar lo que habia pasa-
do desde mi partida á Bougival y dije á Margarita:
-¿Quieres que nos marchemos , que salgamos de París?
- No , no , me dijo con horror , seríamos muy desgracia-
dos , yo no puedo ya labrar tu felicidad; pero mientras me
quede aliento , seré la esclava de tus caprichos . A cualquier
hora del dia ó de la noche que tú me quieras , ven , seré
tuya; pero no asocies tu porvenir al mio , serias muy des-
graciado y me harias mas desgraciada á mí.
Todavía soy y seré por algun tiempo hermosa ; sírvete,
pues , de mi belleza ; pero no me pidas mas.
Cuando hubo partido , me espanté de la soledad en que
me dejaba. Dos horas despues, me hallaba aun sentado en
la cama que acababa de dejar , mirando la almohada que
conservaba los pliegues de su forma y preguntándome qué
iba á ser de mí entre el amor y los celos .
:
LEDA

281 mias 1861

[Link] Rambla31.

ARMANDO Y OLIMPIA .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 237

A las cinco me dirigí á la calle de Antin sin saber aun á


qué iba...
Nanina salió á abrir la puerta .
-La señora no puede recibiros, me dijo con cierta tur-
bacion.
-¿Por qué?
-Porque está con ella el señor conde de N... y ha man-
dado que no se dejara entrar á nadie.
-Es justo, balbuceé, lo habia olvidado.
Volví á mi casa como un hombre ébrio, y sabeis lo que
hice durante el momento de delirio celoso que bastaba para
ejecutar la accion vergonzosa que iba á cometer? sabeis lo
que hice? Me dije que aquella mujer se burlaba de mí, me
la representé en su inviolable entrevista con el conde, re-
pitiendo las mismas palabras que me habia dicho por la no-
che, y tomando un billete de quinientos francos, se lo remití
con estas palabras:
"Esta mañana os habeis marchado tan aprisa, que me ol-
vidé de pagaros.
«Aquí teneis el precio de vuestra noche. »
Llevada que fué la carta á su destino, sali de mi casa
como para sustraerme al remordimiento instantáneo de se-
mejante infamia.
Fuí á ver á Olimpia á la cual encontré probándose unos
vestidos y que cuando estuvimos solos, me cantó algunas
obscenidades para distraerme .
Aquello era el tipo de la cortesana sin rubor, sin corazon
y sin talento, cuando menos para mí, pues quizá otro hom-
bre habia pasado con ella una noche igual á la que yo ha-
bia pasado con Margarita.
Pidióme dinero, se lo dí, y libre ya de poderme marchar,
volví á mi casa.
Margarita no me habia contestado.
Es inútil deciros en qué agitacion pasé el dia siguiente.
238 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.

A las seis y media un mandadero me trajo un pliego que


contenia mi carta y el billete de quinientos francos, sin otra
cosa mas .

-¿Quién os ha entregado esto? pregunté á aquel hombre.


-Una dama que marchaba con su doncella en la silla de
posta de Bolonia y que me ha encargado que no os lo diera
hasta que el coche hubiera salido del patio.
Fuí corriendo á casa de Margarita.
-La señora, me respondió el portero, ha salido para In-
glaterra á las seis de la mañana.
Ya nada me retenia en París, ni el odio, ni el amor. Tan-
tas sacudidas me habian estenuado. Uno de mis amigos iba
á emprender un viaje á Oriente; mi padre me dió letras y
cartas de recomendacion, y ocho ó diez dias despues, me
embarqué en Marsella .
En Alejandría supe por un agregado de la embajada, á
quien habia visto varias veces en casa de Margarita, la en-
fermedad de la pobre jóven.
La escribí entonces la carta á la cual contestó con la que
ya habeis visto y que recibí en Tolon .
Púseme en camino en seguida y ya sabeis lo demás.
Ahora solo os falta leer las pocas páginas que Julia Du-
prat me ha entregado y que constituye el complemento in-
dispensable de lo que acabo de referiros.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 239

CAPITULO XXV.

ATIGADO Armando de su larga relacion , frecuente-


mente interrumpida por las lágrimas , descansó
la frente entre sus dos manos y cerró los ojos ya
para pensar , ya para reconciliar el sueño , des-
pues de haberme entregado las hojas escritas
de mano de Margarita.
Algunos instantes despues , una respiracion
algo mas rápida me probaba que Armando dor-
mia; pero con ese sueño ligero que disipa el
ruido mas leve.
Hé aquí lo que leí y que transcribo sin añadir
ni quitar una sílaba.
"Hoy 15 de diciembre. Hace tres ó cuatro dias que padez-
co. Esta mañana me he quedado en cama, el tiempo está som-
brío , estoy triste , junto á mí no hay nadie , pienso en vos,
Armando . ¿ Y vos en dónde estais mientras yo os escribo
estas líneas? Lejos de París, muylejos, segun me han dicho,
240 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

y quizá os habeis olvidado ya de Margarita. Como quiera


que sea , vivid feliz , vos á quien debo los únicos momentos
dichosos de mi vida.
>>No habia podido resistir al deseo de daros la esplicacion
de mi conducta y os habia escrito una carta ; pero escrita
por una cortesana como yo , semejante carta puede ser teni-
da como una mentira , á menos que la muerte la santifique
con su autoridad , y que en vez de ser una carta , sea una
confesion.

>> Hoy me hallo enferma, puedo morir de esta enfermedad,


pues siempre he tenido el presentimiento de que moriré
jóven. Mi madre murió del pecho , y el modo como yo he
vivido hasta ahora ha debido empeorar esta afeccion, única
herencia que se me ha legado, pero no quiero morir sin que
sepais qué poder pensar de mí , si alguna vez , cuando ha-
yais vuelto , os ocupais aun de la pobre jóven que amabais
antes de partir.
" Os repito lo que contenia aquella carta que me alegro de
volver á escribir para darme una nueva prueba de mijus-
tificacion :
» Recordareis , Armando, que la llegada de vuestro padre
nos sorprendió en Bougival, os acordareis tambien del ter-
ror involuntario que su llegada me causó y de la escena que
tuvo lugar entre vos y él y que me contasteis por la noche.
» El dia siguiente, mientras estabais en París aguardando
á vuestro padre que no volvia , un hombre se presentó en
mi casa y me dió una carta del señor Duval.
>>Aquella carta que os envio con esta, me suplicaba en
los términos mas graves que os alejara el dia siguiente bajo
un pretesto cualquiera y que recibiera á vuestro padre: te-
nia que hablarme y me encargaba sobre todo que nada os
dijera con respecto á este paso .
>> Sabeis con qué insistencia os aconsejé que volvierais á
París el dia siguiente.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 241

>>Hacia una hora que habiais partido, cuando se pre-


sentó vuestro padre. Paso por alto la impresion que me
causó su semblante severo. Vuestro padre estaba imbui-
do de las viejas teorías segun las cuales la cortesana
es un sér sin razon, una especie de máquina para recibir
dinero, pronta siempre, como las máquinas de hierro,
á pulverizar la mano que la tiende alguna cosa, y á desgar-
rar sin piedad y sin discernimiento al que la hace vivir
y obrar.
"Vuestro padre me habia escrito una carta muy atenta á
fin de que yo consintiera en recibirle; pero no se presentó
del mismo modo con que me habia escrito. Estuvo bastante
altanero, impertinente y aun amenazador en sus primeras
palabras , obligándome á recordarle que estaba en mi casa
y que no debia darle cuenta de mi vida sino por la sincera
afeccion que abrigaba por su hijo .
>>El señor Duval se calmó un poco y empezó á decirme
que no podia consentir por mas tiempo en que su hijo se
arruinara por mí, que era ciertamente hermosa, pero que
por mucho que lofuera, no debia servirme de mi belleza para
• perder el porvenir de un jóven por medio de gastos como
los que yo tenia.
>>A esto solo habia una cosa que responder ¿no es ver-
dad? enseñarle las pruebas de que desde que era vuestra
querida ningun sacrificio habia omitido para seros fiel
sin pediros mas dinero que el que podiais darme. Púsele
de manifiesto los resguardos del Monte-pio, los recibos
de las personas á las cuales habia vendido los objetos
que no habia podido empeñar, participé á vuestro padre
mi resolucion de deshacerme de mis muebles para pa-
gar mis deudas y poder vivir en vuestra compañía sin
seros una carga demasiado pesada. Le conté nuestra di-
cha, la vida mas tranquila y feliz que me habiais prepa-
rado, y acabó por convencerse y tenderme la mano, pi
31
242 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

diéndome que le perdonara el modo como al principio me


habia hablado.
En seguida añadió:
-"Ahora, señora, no por amonestaciones y amenanzas,
sino por súplicas, procuraré obtener de vos un sacrificiomas
grande que todos los que hasta ahora habeis hecho por
mi hijo.
>>Temblé á este preámbulo.
>>Vuestro padre se acercó á mí, tomóme ambas manos y
continuó con un tono afectuoso:
-«No echeis á mala parte, hija mia, lo que voy á deci-
ros; haceos cargo de que la vida tiene á veces necesidades
erueles para el corazon, pero á las cuales es preciso some-
terse. Vos sois buena y vuestra alma tiene arranques gene-
rosos desconocidos de muchas mujeres que tal vez os des-
precian sin valer lo que vos, pero pensad que al lado de la
querida existe la familia, que además del amor, hay debe-
res; que á la edad de las pasiones sucede la edad en que el
hombre para ser respetado necesita estar sólidamente colo-
cado en una posicion legítima. Mi hijo no tiene bienes de
fortuna y sin embargo, está dispuesto a haceros donacion
de la herencia de su madre. Si aceptaba de vos el sacrificio
que quereis imponeros, su honor y su dignidad le obligarian
áhaceros en cambio esta donacion que os pondria para
siempre al abrigo de toda adversidad; pero no puede aceptar
este sacrificio porque el mundo que no os conoce daria al
consentimiento una causa degradante que el nombre que
Hevamos no puede consentir. No se cuidarian de saber que
Armando os ama , que vos le amais , que este doble amor es
una dicha para él y una rehabilitacion para vos , solo verian
que Armando Duval ha consentido en que una manceba,
perdonadme, hija mia, lo que me veo en el caso de deciros,
vendiera por él todo cuanto poseia. Mas tarde , llegaria, no
lo dudeis , el dia de los reproches y del arrepentimiento y
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 243

los dos os hallariais sujetos por una cadena que no podriais


romper. ¿Qué hariais entonces ? Vuestra juventud se hubiera
perdido , el porvenir de mi hijo estaria destruido, y yo, su
padre , no alcanzaria mas que de uno de mis hijos la recom-
pensa que espero de los dos .
>>Sois jóven y hermosa , la vida os consolará , sois noble
y el recuerdo de una buena accion os redimirá muchas
cosas pasadas. De seis meses á esta parte que Armando os
conoce, me olvida: cuatro veces le he escrito sin que él ha-
ya pensado en contestarme ni una sola vez. Hubiera podi-
do morir sin que él lo supiera.
>> Cualquiera que sea vuestra resolucion de vivir retirada,
Armando que os ama no consentirá en la resolucion que su
modesta fortuna os imponga y que no ha sido creada para
vuestra belleza. ¿ Quién sabe lo que entonces haria para me-
jorar de posicion ? Sé que ha jugado , sé tambien que nada
os ha dicho ; pero en un momento de embriaguez hubiera
podido perder una parte de lo que yo estoy recogiendo hace
muchos años para la dote de mi hija, para él y para el des-
canso de mis últimos dias. Lo que hubiera podido suceder
puede suceder aun .
>> Además , ¿ estais segura de que la vida que por él dé-
jarais no os atraeria de nuevo ? ¿Estais segura vos que le
habeis amado de no amar á otro ? ¿No sufririais , en fin , los
obstáculos. que vuestras relaciones pondrian ála vida de
vuestro amante y de los cuales tal vez no consiguierais con-.
solarle , si con la edad las ideas de ambicion sucedieran á
los sueños de amor? Reflexionad en todo esto, señora; amais
á Armando , probádselo por el único medio que de probár-
selo os queda aun , esto es , haciendo á su porvenir el sacri-
ficio de vuestro amor. Ninguna desgracia ha sucedido hasta
ahora, pero sucederá alguna y tal vez mas grande que las
que yo preveo. Armando llegue quizá á tener celos de
un hombre que os haya amado , puede provocarle , batir
244 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

se , ser muerto por él , y pensad cuanto sufririais de-


lante de este padre que os pediria cuenta de la vida de
su hijo.
" En fin, sabedlo todo , hija mia, porque no os lo he dicho
todo aun , sabed lo que me ha llevado á París. Acabo de
deciros que tengo una hija, jóven , hermosa , pura como un
ángel , ama tambien y ha hecho de su amor el encanto de
su vida. Se lo he escrito á Armando, pero ocupado comple-
tamente en vos nada me ha respondido. Ahora bien , mi hi-
ja va á casarse , se desposa con el hombre que ama , entra
en una familia honrada que quiere que todo sea hon-
roso en la mia. Los parientes del hombre destinado á ser mi
yerno han sabido del modo como vive Armando en París y
me han declarado que retirarán su palabra si Armando no
muda de conducta. El porvenir de una niña que nada os ha
hecho y tiene derecho á contar con el porvenir está en
vuestras manos .
" ¿ Teneis derecho y os sentís con fuerzas para des-
truirlo ? En nombre de vuestro amor y de vuestro ar-
repentimiento , Margarita , concededme la felicidad de mi
hija.
» Yo lloraba silenciosamente al oir todas aquellas reflexio-
nes que yo misma me habia hecho otras veces y que en bo-
ca de vuestro padre adquirian una realidad aun mas seria.
Yo me decia todo lo que vuestro padre no se atrevia á de-
cirme y lo que veinte veces habia tenido ya en sus labios:
que bien mirado yo no era mas que una manceba y que
cualquiera que fuese la razon que se diera á nuestras rela-
ciones , tendrian siempre una apariencia de cálculo ; que mi
vida pasada no me daba derecho á alcanzar semejante por-
venir y que aceptaba una responsabilidad á la cual mis cos-
tumbres y mi reputacion no daban garantía alguna. En fin,
Armando, yo os amaba, y la manera paternal con que vues-
tro padre me hablaba , los castos sentimientos que evocaba
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 245

en mí el aprecio de aquel noble anciano que iba á conquis-


tar , el vuestro que estaba seguro de obtener mas tarde , to-
do esto despertaba en mi corazon pensamientos sublimes
que me elevaban á mis propios ojos y hacian hablar en mí
santas vanidades , desconocidas hasta entonces. Cuando pen-
saba que algun dia aquel anciano que me imploraba por
el porvenir de su hijo diria á su hija que mezclara mi
nombre en sus oraciones , como el nombre de una amiga
misteriosa , me transformaba y me sentia orgullosa de mí
misma.

"La exaltacion del momento exageraba tal vez la verdad


de aquellas impresiones ; pero esto es lo que yo esperimen-
taba , y estos nuevos sentimientos hacian enmudecer los con-
sejos que me daba el recuerdo de los dichosos dias pasados
con vos .

-> Está bien , caballero , dije á vuestro padre enjugan-


do mis lágrimas. ¿Creeis que amo á vuestro hijo?
-" Sí , respondió el señor Duval.
-" ¿Con un amor desinteresado?
"-
Sí.

-»¿Creeis que yo habia hecho de este amor la esperan-


za , el encanto y el perdon de mi vida?
-" Lo creo firmemente .
-> Pues bien , caballero , abrazadme una vez como abra-
zariais á vuestra hija y os juro que este beso , el único ver-
daderamente casto que habré recibido, me hará fuerte con-
tra mi amor , y que antes de ocho dias vuestro hijo estará
junto á vos , quizá desgraciado por algun tiempo , pero cu-
rado para siempre .
-> Sois una noble jóven , replicó vuestro padre besán-
dome en la frente , y vais á hacer una cosa que Dios os ten-
drá en cuenta ; pero temo que nada obtengais de mi hijo.
-<<¡Oh! perded cuidado ; me aborrecerá.
«Era preciso una barrera insuperable entre nosotros .
246 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

«Escribí á Prudencia diciéndole que aceptaba las propo-


siciones del señor conde de N... y que fuera á decirle que
cenaria con ella y él .
«Cerré la carta y sin decirle lo que contenia, la entregué
á vuestro padre para que la mandara á su destino en cuan- !
to estuviera de vuelta en París.
>> Preguntóme, sin embargo, lo que contenia. :

- «La dicha de vuestro hijo , contesté.


Vuestro padre me abrazó por última vez. Sentí sobre mi
frente dos lágrimas de reconocimiento que fueron como el
bautismo de mis pasadas culpas , y en el instante en que
consentia en entregarme á otro hombre , brillaba yo de or-
gullo pensando lo que redimia por medio de esta nueva
falta.
«Era muy natural , Armando ; vos me habiais dicho que
vuestro padre era el hombre mas de bien que darse puede.
«El señor Duval subió al coche y partió .
"Con todo , yo era mujer y cuando volví á veros no pu-
de menos de llorar , pero no me desmayé en mi resolucion.
« Hice bien? esto es lo que me pregunto hoy que en-
tro enferma en una cama que tal vez solo dejaré con la
vida.

«Habeis sido testigo de lo que esperimenté á medida que


se acercaba la hora de nuestra inevitable separacion; vues-
tro padre no estaba allí para darme valor y hubo un mo-
mento en que estuve dispuesta á confesároslo todo , tanto
me espantaba la idea de que ibais á despreciarme y aborre-
cerme .

«Hay una cosa , Armando , que tal vez no creereis , y es


que rogaba á Dios que me diera fuerzas , y lo que prueba
que aceptaba mi sacrificio es que me dió lo que yo le pedia.
«En aquella cena necesité tambien ayuda , porque no que-
ria saber lo que iba á hacer , tanto temia que me faltara el
valor .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 247

« ¿Quién me hubiera dicho á mí , Margarita Gautier , que


padeceria tanto á la idea de un nuevo amante?
«Bebí para olvidar y el dia siguiente al despertarme, me
hallé en casa del conde y en sus brazos.
«Esta es toda la verdad , amigo mio : juzgad y perdonad-
me , como yo os perdono todo el daño que me hicistes des-
de aquel dia.
:
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 249

CAPITULO XXVI .

o que siguió á aquella noche fatal lo sabeis tan


bien como yo ; pero lo que no sabeis , lo que no
sospechais siquiera , es lo que sufrí desde nues-
tra separacion .
<< Supe que vuestro padre se os habia llevado;
pero como no creia que pudierais vivir mucho
tiempo lejos de mí , el dia que os encontré en los
Campos Elíseos me conmoví , pero no me admiré
de volveros á ver.
qi >>>Entonces comenzó la série de dias, cada unode
los cuales me trajo un nuevo insulto de vuestra
bob parte , insulto que yo recibia casi con gozo , por-
que además de probarme que me amabais aun , me parecia
que cuanto mas me persiguierais , mas grande habiais de
verme à vuestros ojos el dia que supierais la verdad.
« No os asombre este martirio celoso , Armando , pues el
amor que me habiais profesado habia abierto mi noble cora-
zon al entusiasmo .
32
250 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

« Sin embargo no me sentí con fuerzas desde luego .


«Entre la ejecucion del sacrificio que os habia hecho y
vuestro regreso pasó mucho tiempo durante el cual tuve
necesidad de recurrir á medios físicos para no volverme lo-
ca y para aturdirme en la vida á la cual de nuevo volvia.
Creo que Prudencia os dijo que yo no faltaba en fiesta al-
guna , nien los bailes ni en las orgías .
« Abrigaba una como esperanza de matarme rápidamente
á fuerza de escesos y creo que esta esperanza no tardará en
realizarse. Mi salud se alteró necesariamente cada vez mas ,
y el dia que envié á madama Duvernoy á pediros perdon ,
sentíame quebrantada de alma y cuerpo .
«No os recordaré , Armando , el modo como recompen-
sasteis la última prueba de amor que os he dado , ni por
medio de qué ultraje echasteis de París á la mujer que
moribunda no habia podido resistir á vuestra voz , cuando
le pedisteis una noche de amor , y que como una insen-
sata creyó por un instante unir de nuevo el pasado y el
presente. Teniais el derecho de hacerlo que hicisteis,
Armando : ninguna noche me ha sido pagada tan cara co-
ma aquella !
«Eutonces lo dejé todo. Olimpia me sustituyó en el amor
del conde de N... y encargóse, segun me han dicho, de
participarle el motivo de mi partida. El conde de G... se
hallaba en Londres. Es uno de estos hombres que no dando
al amor con mujeres de mi clase mas que una importancia
que baste hacer de él un agradable pasatiempo, quedan
siempre amigos de las mujeres que han tenido y dejan de
sentir odio, porque nunca han sentido celos; es, en fin , uno
de esos grandes señores que no nos abren mas que un lado
de su corazon y nos abren los dos lados de su bolsillo . Des-
de luego pensé en él y fuí en su busca. Recibióme perfec-
tamente; pero era en Londres el amante de una mujer del
gran mundo y temió comprometerse guardándome á su la
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 251

do. Presentóme á sus amigos que me dieron una cena des-


pues de la cual uno de ellos se me llevó .
«¿Qué quereis que hiciera, amigo mio?
"¿Matarme? esto hubiera sido cargar vuestra vida, que
debe ser feliz, con un remordimiento inútil, y por otra parte
¿para qué matarse estando tan cerca de morir?
>>Pasé al estado de cuerpo sin alma, de cosa sin pensa-
miento; viví durante algun tiempo de una vida de autóma-
ta, despues regresé á París, pregunté por vos y supe que
habiais emprendido un largo viaje. Nada me sostenia ya:
mi existencia volvió á ser lo que habia sido dos años antes
de conoceros . Traté de reconquistar al duque, pero yo ha-
bia herido rudamente su amor propio y los viejos no son
pacientes , sin duda porque se aperciben de que no son eter-
nos. La enfermedad me invadia cada vez mas, estaba pá-
lida, triste y sobre todo flaca. Los hombres que compran el
amor examinan la mercancía antes de tomarla, y como habia
en París mujeres de mas salud, mas alegres y mas gordas que
yo, me olvidaron un poco. Hé aquí el pasado hasta ayer.
«Ahora estoy verdaderamente enferma. He escrito al du-
que pidiéndole dinero porque no tengo y los acreedores han
venido á presentarme sus cuentas con un encarnizamiento
sin piedad. ¿Me contestará el duque? ¿Por qué no estais en
París , Armando? vos vendriais á verme y vuestras visitas
me consolarian . "
252 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

«20 de diciembre .

>>Hace un tiempo horroroso, está nevando, me hallo sola


enmi casa. Una calentura tal se ha apoderado de mí de tres
dias á esta parte, que no he podido escribiros una palabra.
Nada de nuevo, amigo mio; todos los dias espero vagamen-
te carta vuestra, pero no llega y tal vez nunca llegará. Solo
los hombres tienen valor para no perdonar. El duque no me
ha contestado.
>>Prudenciaha emprendido otra vez sus viajes al Monte-Pio.
>>No ceso de echar sangre. ¡Oh! qué penaos daria verme !
Sois bien dichoso de vivir bajo un cielo templado, no te-
niendo como yo todo un invierno de hielo sobre el pechol
Hoy me he levantado un poco y á través de las cortinas de
la ventana he mirado pasar esta vida de París con la cual
creo haber roto para siempre. Algunos rostros conocidos
han pasado por la calle rápidos, alegres, indiferentes . Nin-
guno ha levantado los ojos hasta mis ventanas . Sin embar-
go, han venido varios jóvenes á inscribir sus nombres. En
otra ocasion estuve enferma y vos, que no me conociais, que
solo habiais obtenido de mí una impertinencia el dia que os
ví por primera vez, vos veniais todas las mañanas á infor-
maros de mi salud. De nuevo me hallo enferma: hemos pa-
sado juntos seis meses, he sentido por vos tanto amor como
puede contener y dar el corazon de unamujer, y estais lejos
y me maldecís y no me viene de vos una palabra de con-
suelo . Estoy segura de que la casualidad motiva este aban-
dono, pues si os hallarais en París, no os apartariais de mi
cuarto ni de la cabecera de mi cama . »
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 253

"25 de diciembre .

"Mi médico me prohibe escribir todos los dias , porque ,


en efecto , mis recuerdos no hacen mas que aumentar mi ca-
lentura ; pero ayer recibí una carta que me hizo mucho bien,
mas por los sentimientos de que era espresion , que por el
socorro material que me proporcionaba. Hoy puedo , pues,
escribiros. Aquella carta era de vuestro padre y estaba con-
cebida en estos términos:

«Señora:

"Acabo de saber que estais enferma. Si me hallara en


París, iria yo mismo a saber noticias vuestras ; si mi hijo es-
tuviera aquí , le diria que fuera á informarse de vuestra sa-
lud ; pero no puedo dejar á C ... , y Armando se encuentra á
unas seis ó setecientas leguas lejos de aquí. Permitidme,
pues , que me limite á escribiros , señora , cuanto me afecta
vuestra enfermedad y creed en los votos sinceros que hago
por vuestro pronto restablecimiento.
«Uno de mis mejores amigos , el señor de H... , se pre-
sentará en vuestra casa ; dignaos recibirle. Está encargado
por mí de una comision cuyo resultado espero con impa-
ciencia .

"Aceptad , señora , la seguridad de mis mas distinguidos


sentimientos. "
"Así dice la carta que recibí. Vuestro padre tiene un co-
razon muy noble , amadle mucho , amigo mio , pues hay en
el mundo pocos hombres tan dignos de ser amados. Aquel
254 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

papel firmado con su nombre me ha hecho mas bien que to-


das las recetas de mi reputado médico.
"Esta mañana ha venido el señor de H... Al parecer , se
hallaba muy confuso con la mision delicada que vuestro pa-
dre le habia encargado . Ha venido nada menos que á traer-
me mil escudos de parte del señor Duval. Al principio me
he negado á recibirlos ; pero el señor H... me ha hecho ob-
servar que esta denegacion ofenderia á su amigo que le ha-
bia autorizado para darme aquella cantidad y para entre-
garme todo lo que necesitara. He aceptado , pues , este ser-
vicio , que venido de vuestro padre no puede ser una limos-
na. Si cuando volvais , he muerto ya , enseñad á vuestro
padre lo que acabo de escribir para él y decidle que al tra-
zar estas líneas , la pobre mujer á la cual se dignó escribir
aquella carta consoladora , lloraba lágrimas de gratitud y
rogaba á Dios por él . "

«4 de enero .

"Acabo de pasar una série de noches muy dolorosas..


Ignoraba que el cuerpo pudiera hacer sufrir tanto. ¡Oh! mi
vida pasada , qué cara la pago hoy!
" ' e han velado todas las noches. No podia respirar. El
delirio y la tos se repartian el resto de mi pobre existencia .
"Mi comedor está lleno de bombones y de regalos de to-
das clases que han traido mis amigos. Entre estos los hay
sin duda que esperan ser mas tarde mis amantes. Si vieran
lo que la enfermedad ha hecho de mí , huirian espantados.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 255

>>Prudencia se aprovecha de los presentes que se me


hacen.
"El tiempo está deshelando y el doctor me dice que po-
dré salir dentro de pocos dias si continua el buen tiempo. "

«8 de enero .

"Ayer salí en mi coche. El dia estaba magnífico. Los


Campos Elíseos llenos de gente. Se hubiera dicho que era
aquella la primera sonrisa de la primavera. Me pareció que
todo lo que me rodeaba estaba de fiesta. Nunca habia ima-
ginado en un rayo de sol la alegría , la dulzura y el consue-
lo que ayer hallé en él.
"Encontré casi á todos mis conocidos , siempre alegres,
siempre ocupados en sus placeres. ¡Cuántos dichosos que
no saben que lo son! Olimpia pasó en un elegante carruaje
que la ha regalado el conde de N... Ha tratado de insultar-
me con sus miradas. No sabe cuán lejos estoy de todas esas
vanidades. Un jóven que conozco hace mucho tiempo me ha
preguntado si queria ir á cenar con él y uno de sus amigos
que , segun dijo, deseaba conocerme .
"Me he sonreido tristemente y le he tendido mi mano ar-
diendo de fiebre .
"Nunca he visto semblante mas asombrado .
"He vuelto á casa á las cuatro y he comido con mucho
apetito.
>>Este paseo me ha probado bien.
"¡Si me pusiera buena!
"¡De qué modo el aspecto de la vida y de la dicha de
los demás hace desear la vida á aquellos que durante la no
256 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.
che anterior en la soledad de su alma y en las sombras de
su cuarto de enfermo deseaban morir pronto .

"10 de enero .

"Fué un sueño no mas mi esperanza de salud. Otra vez


me hallo en cama , cubierto el cuerpo de emplastos que me
queman. Vé á ofrecer este cuerpo que en otro tiempo se
pagaba tan caro y mira lo que hoy te darán por él.
"Es preciso que hayamos hecho mucho mal antes de na-
cer ó que debamos gozar de una gran felicidad despues de
la muerte , para que Dios permita que esta vida tenga todos
los tormentos de la espiacion y todos losdolores delaprueba. »

«12 de enero.

"Continúo padeciendo.
"El conde de N... me mandó ayer dinero que no quise
aceptar . Nada admitiré de ese hombre que es la causa de
que vos no os halleis á mi lado .

Oh! ¿qué fué de vosotros, hermosos dias de Bougival?
«Si salgo con vida de este cuarto , iré en romería á la ca-
sita que hemos habitado juntos ; pero saldré muerta.
LA DAMA DE LAS CAMELIAS. 257

"Quién sabe si mañana me será dado escribiros !

«25 de enero .

"Once noches ha que no duermo, que me ahogo y que


creo á cada instante que voy á morir. Eldoctor ha mandado
que no se me permita tocar unapluma. Julia Duprat, que me
cuida, me deja escribiros estas pocas líneas. ¿No vendreis,
pues, antes de que me muera? ¿Se acabó para siempre todo
entre nosotros? Se me figura que si volvierais, curaria; perot

¿para qué curar?»

>>28 de enero .

"Esta mañana me ha dispertado un gran ruido. Julia, que


dormia en mi cuarto, se ha precipitado hácia el comedor. He
oido las voces de algunos hombres contra las cuales la suya
luchaba en vano. Ha vuelto á entrar llorando .
"Venian á embargar mis efectos y la he dicho que les de-
jara hacer lo que ellos llaman justicia. Un ugier ha entrado
en mi cuarto sin quitarse el sombrero. Ha abierto los cajo-
nes, ha tomado nota de todo cuanto ha visto , sin acordarse,
al parecer, de que habia una moribunda en la cama que feliz-
mente la caridad de la ley me deja.
33
258 LA DAMA DE LAS CAMELIAS.

"Al retirarse, me ha dicho que podia reclamar antes de


nueve dias; pero ha dejado un guarda ¡Qué va á ser de mí,
Dios mio! Esta escena me ha enfermado aun mas . Prudencia
queria pedir dinero al amigo de vuestro padre, yo me he
opuesto á ello . ”

«30 de enero .

>>Esta mañana he recibido vuestra carta de la cual tenia


mucha necesidad. Recibireis mi contestacion átiempo? ¿Po-
dreis volverme á ver? La dicha de este dia me hace olvidar
todos los que he pasado de seis semanas á esta parte. Me
parece que voy mejor , á pesar del sentimiento de tristeza
bajo cuya impresion os he contestado.
"No creo que siempre haya uno de ser desgraciado .
"Cuando pienso que puede suceder que yo no muera, que
vos volvais, que me sea dado ver de nuevo la primavera,
que me ameis aun y que volvamos a nuestra vida del año
pasado...
>>Loca demí! apenas puedo sostener lapluma con que os
escribo este encanto insensato de mi corazon .
Sea de ello lo que fuera, yo os amo, Armando, y ha
mucho tiempo que hubiera muerto, á no asistirme el recuer-
do de este amor y como una vana esperanza de volveros á
ver á mi lado ."
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 259

«4de febrero .

"El conde de G... está de vuelta. Engañado por su que-


rida, se encuentra triste, pues la amaba mucho. Ha venido
á contármelo todo, y á pesar del mal estado de sus nego-
cios ha pagado al ugier y ha despedido al guarda .
"Le he hablado de vos y me ha prometido hablaros de
mí. En aquellos momentos me he olvidado de haber sido su
querida y él por su parte ha procurado hacérmelo olvidar
tambien. ¡Qué corazon tan hermoso !
"El duque mandó ayer á saber noticias mias y ha venido
esta mañana. No sé qué da vida aun á ese viejo. Tres horas
ha estado junto á mí y no me ha dicho veinte palabras. Al
verme tan pálida, dos gruesas lágrimas se han desprendido
de sus ojos: probablemente el recuerdo de la muerte de su
hija le hacia llorar. La habrá visto morir dos veces. Anda
encorvado, con la cabeza caida, no tiene color en los labios
ni brillo en los ojos. La edad yel dolor pesan con su do-
ble carga sobre su cuerpo sin fuerzas. No me ha dirigido
reproche alguno: se hubiera dicho que se gozaba secretar
mente en el estrago que la enfermedad ha hecho en mí. Pa-
recia sentirse orgulloso de poder estar en pié, mientras que
yo, jóven aun, me hallaba postrada por el dolor.
«Ha vuelto el mal tiempo. Nadie viene á verme Julia me
cuida tanto como puede. Prudencia, á quien no puedo dar
tanto dinero como en otro tiempo, empieza á pretestar ocu-
paciones para alejarse .
"Ahora me hallo próxima á morir, á pesar de lo que
dicen mis médicos, pues tengo varios, lo que prueba que la
enfermedad va en aumento, casi me arrepiento de haber
escuchado á vuestro padre: si yo hubiera sabido tomar un
260 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

año no mas de vuestro porvenir, no hubiera podido resistir


al deseo de pasarlo con vos y moriria estrechando la mano
de un amigo . Es verdad que si hubiéramos vivido juntos
durante ese año no moriria yo tan pronto.
4
>>Cúmplase la voluntad de Dios!»

"5 de febrero.
:

1. » Oh! venid, venid, Armando, padezco horriblemente ,


voy á morir, Dios mio! Ayer estaba tan triste que quise pa-
sar fuera de casa la noche que prometiaser tan larga como la
del dia anterior. El duque fué á verme por la mañana. Me
parece que la presencia de ese anciano olvidado por la
muerte me hace morir mas aprisa .
› A pesar de la ardiente calentura que me abrasaba, me
hice vestir y trasladarme al teatro de Vaudeville. A no ha-
berme puesto colorete, hubiera parecido un cadáver. Fuí á
aquel palco en donde os dí la primera cita: durante toda la
noche mis ojos estuvieron fijos en la luneta que aquel dia
ocupabais y en la que ayer estaba sentado un palurdo que
se reia ruidosamente de todas las tonterias que decian los
actores. Lleváronme á mi casa medio muerta . Tosí y arrojé
sangre toda la noche. Hoy no puedo hablar, apenas alcanzo
á mover el brazo. Dios mio! Dios mio! voy á morir. Esta
idea me intimida menos que la de padecer mas de lo que
padezco, y si ...»
Desde esta palabra los pocos caracteres que Margarita
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 261

habia procurado trazar estaban ilegibles y Julia Duprat ha-


bia continuado.

«18 de febrero .

>>
Señor Armando.

>Desde el dia que Margarita quiso ir al teatro, se ha


agravado su enfermedad. Ha perdido completamente la voz
y el uso de sus miembros .
>>Es imposible decir cuanto padece nuestra pobre amiga .
Yo no estoy acostumbrada á esta clase de emociones y sien-
to contínuos temores .
>> Cuánto deseo que os halleis con nosotras! Delira casi
siempre, pero delirante ó lúcida, cuando llega á poder pro-
nunciar una palabra, esta palabra es vuestro nombre.
>El doctor me ha dicho que no tenemos para mucho tiem-
po de ella. Desde que está tan enferma, el viejo duque no
ha parecido; ha dicho al médico que este espectáculo le
afecta demasiado .
«Madama Duvernoy no se porta bien. Esa mujer que
creia sacar mas dinero de Margarita, á costa de la cual vivia
casi completamente, ha contraido obligaciones que no pue-
de cumplir, y viendo que su vecina de nada le sirve ya, ni
aun quiere verla. Todos la abandonan. El señor de G.. , aco-
sado por sus acreedores, se ha visto obligado á volver á
Londres. Antes de partir, nos ha mandado algun dinero; ha
hecho cuanto ha podido; pero han vuelto á embargar y los
262 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

acreedores esperan que haya venido la muerte para man-


dar vender.

>>He querido emplear mis últimos recursos para impedir


el secuestro; pero el ugier me ha dicho que era inútil y que
habia otros fallos que ejecutar. Ya que va á morir, valemas
abandonarlo todo que salvarlo para su familia que ella no ha
querido ver y que nunca la ha amado. No podeis figuraros
en medio de qué dorada miseria se muere la pobre jóven.
Ayer no teníamos absolutamente dinero. Cubiertos, alhajas ,
cachemiras, todo estaba empeñado; lo demás se ha vendido
ó embargado. Margarita tiene aun conciencia de lo que pa-
sa en rededor suyo y sufre á la vez de cuerpo y alma. Cor-
ren gruesas lágrimas por sus mejillas tan blancas y tan pá-
lidas, que si las vierais, no reconoceriais el rostro de la que
habeis amado tanto. Me ha hecho prometer escribirosmien-
tras ella no pueda, y escribo delante de ella. Dirije sus ojos
hácia mí, pero no me ve, su mirada está cubierta por la
muerte próxima; sin embargo, se sonrie y estoy segura de
que tiene su pensamiento, su alma toda ocupados en vos.
>>Cada vez que abren la puerta, sus ojos se iluminan, cre-
yendo siempre que vais á entrar; despues, al ver que no
sois vos, su semblante toma de nuevo una espresion dolo-
rosa, inúndase de un sudor frio y los juanetes se vuelven
purpúreos. "

«19 de febrero, á media noche.

"Qué dia tan triste el de hoy, mi pobre señor Armando!


LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 263

Esta mañana Margarita se ahogaba , el médico la ha san-


grado y ha recobrado un poco la voz: el doctor la ha
aconsejado que viera á un sacerdote; ha contestado que
consentia en ello y él mismo ha ido á San Roque á bus-
car uno.
"Durante este tiempo , Margarita me hallamado junto á su
cama , me ha rogado que abriera un armario, me ha indi-
cado un gorro , una camisa larga cubierta de encajes , y me
ha dicho con voz débil:
"Voy a morir despues de haberme confesado ; me ves-
tirás en seguida con estos objetos: es una coquetería de
moribunda .
« Luego abrazóme llorando y añadió : 1

- "Puedo hablar , pero me ahogo al hacerlo ; me ahogo!


aire!

>>Rompí en llanto , abrí la ventana y pocos momentos des-


pues entró el sacerdote .
"Yo salí á su encuentro .
"Al saber en que casa se hallaba , pareció que temia ser
mal acogido .
- Entrad sin cuidado , padre mio , le dije.
«Estuvo poco tiempo en el cuarto de la enferma y volvió
á salir diciéndome :
«Ha vivido como una pecadora y muere como una cris -
tiana .

"Poco despues ha vuelto acompañado de un monacillo


que llevaba un crucifijo y de un sacristan que les precedia
tocando la campanilla para anunciar que Dios iba á ver á la
moribunda .
"Los tres han entrado en la alcoba que en otro tiempo
resonó tantas palabras estrañas y que á aquella hora no era
mas que un tabernáculo .
«He caido de rodillas y no sé cuanto tiempo me durará
la impresion que este espectáculo meha producido; pero no
264 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

creo que hasta que llegue para mí el mismo momento , pue-


da impresionarme tanto cosa humana .
"El sacerdote ha ungido con óleo sagrado los piés , las
manos y la frente de la moribunda , ha recitado una corta
oracion y Margarita se ha encontrado dispuesta á subir al
cielo , á donde irá sin duda , si ha visto Dios las pruebas de
su vida y la santidad de su muerte .
«Desde entonces no ha pronunciado una palabra , ni ha
hecho un movimiento. Veinte veces la habria creido muer-
ta , á no oir el esfuerzo de su respiracion. "

>>20 de febrero , á las cinco de la tarde.

>>Todo se acabó .
«Margarita entró en agonía cerca de las dos de la noche.
A juzgar por los gritos que arrojaba , jamás mártir alguno
ha sufrido semejantes tormentos. Dos ó tres veces se ha
puesto de pié encima de la cama como si quisiera detener
su vida que se remontaba á Dios .
«Dos o tres veces tambien ha pronunciado vuestro nom-
bre , despues todo ha enmudecido y ha vuelto á caer sin
fuerzas sobre la cama. Lágrimas silenciosas han corrido de
sus ojos y ha muerto.
"Entonces me he acercado á ella , la he llamado , y vien-
doque no me respondia , he cerrado sus ojos y la he besa-
do en la frente .
"Pobre Margarita mia , yo hubiera querido ser una santa
mujer para que aquel beso te recomendara á Dios.
4

[Link] RamblaM

MUERTE DE MARGARITA .
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 265

«La he vestido conforme me habia suplicado que lo hicie-


ra; he ido á San Roque á buscar un sacerdote, he encendido
dos cirios por ella y he rogado por espacio de una hora en
la iglesia.
• "He dado á los pobres el dinero que guardaba de ella.
"No sé qué religion es la mia; pero pienso que el buen
Dios reconocerá que mis lágrimas eran verdaderas, fervien-
te mi oracion, sincera mi limosna y que tendrá piedad de la
que habiendo muerto jóven y bella, no ha tenido mas que á
mí para cerrarla los ojos y sepultarla. "

"22 de febrero .

"Hoy ha tenido lugar el entierro. Muchas amigas de Mar-


garita han ido á la iglesia, algunas de ellas lloraban since-
ramente . Cuando el séquito ha tomado el camino de Mont-
martre, dos hombres solos iban detrás, el conde de G ... que
habia venido espresamente de Londres, y el duque que an-
daba sostenido por dos lacayos .
"Os escribo todos estos detalles desde su casa, en medio
de mis lágrimas y en frente de la lámpara que arde triste-
mente junto á una comida que no toco, como podeis pensar ,
y que Nanina ha mandado hacer para mí, pues hace veinte
y cuatro horas que no he probado bocado .
"Mi vida no podrá guardar por mucho tiempo estas tris-
tes impresiones, pues mi vida me pertenece del mismo mo-
do que á Margarita pertenecia la suya; por esto os doy todos
estos detalles desde el sitio en que han pasado, temiendo
además no podéroslos dar con toda su triste exactitud, si
transcurriera mucho tiempo entre ellos y vuestra vuelta. "
34
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 267

CAPITULO XXVII .

ABEIS leido me dijo Armando , cuando hubo ter-


minado la lectura del manuscrito.
-Comprendo cuanto habreis padecido , ami-
go mio , si es cierto lo que acabo de leer.
-Mi padre me lo ha confirmado en una carta.
Seguimos hablando así por algun tiempo mas
del triste destino que acababa de cumplirse y
volví á mi casa á descansar un poco .
Armando , siempre triste aunque algo aliviado
con la relacion de esta historia , restablecióse
pronto y fuímos juntos á visitar á Prudencia yá
Julia Duprat.
La Duvernoy habia quebrado. Díjonos que
Margarita tenja la culpa de esta desgracia , que durante su
enfermedad le habia prestado mucho dinero por medio de
vales que no habia podido pagar , y que habiendo muerto
Margarita sin devolvérselo y sin darla recibo alguno , no la
habia sido posible presentarse como acreedora.
268 LA DAMA DE LAS CAMELIAS .

Con ayuda de esta fábula que la Duvernoy contaba en to-


das partes para disculpar la quiebra , consiguió arrancar un
billete de mil francos á Armando , que nada de eso creia,
aunque aparentaba creerlo , llevado de gran respeto por
cuanto tenia relacion con su querida.
Llegamos despues á casa de Julia Duprat que nos contó
los tristes sucesos de que habia sido testigo , vertiendo lá-
grimas sinceras al recuerdo de su amiga .
Fuímos despues á la tumba de Margarita , encima de la
cual los primeros rayos del sol de abril abrian las primeras
flores .

Quedaba á Armando el último deber que cumplir , esto


es , el de irá reunirse con su padre , á cuya casa quiso que
le acompañara tambien.
Llegamos á C ... en donde ví al señor Duval tal como me
lo habia figurado por el retrato que me habia hecho su hijo:
grande , digno , benévolo.
Acogió á Armando con lágrimas de dicha y me apretó
afectuosamente la mano. Observé desde luego que el sen-
timiento paternal era el que dominaba en el recaudador.
Su hija , llamada Blanca, tenia esa transparencia de los
ojos y de la mirada , esa serenidad de la boca , prueba de
que el alma solo concibe santos pensamientos y de que los
labios no dicen mas que palabras piadosas. Alegrábase de
la vuelta de su hermano , ignorando la casta jóven que lejos
de ella una cortesana habia sacrificado su dicha á la sola in-
vocacion de su nombre.
Permanecí algun tiempo en el seno de aquella familia di-
chosa, completamente ocupada en el que la llevaba la con-
valecencia de su corazon.
Regresé á París en donde escribí esta historia tal como
me habia sido contada. Solo tiene un mérito que tal vez la
será disputado , el de ser verdadera .
No deduzco de cuanto llevo referido la conclusion de que
LA DAMA DE LAS CAMELIAS . 269

todas las mujeres de la clase de Margarita son capaces de


hacer lo que ella hizo , lejos de eso ; pero he tenido noticia
de que una de ellas habia sentido durante su vida un amor
noble , por el cual habia padecido , por el cual habia muerto.
He contado al lector todo cuanto sabia : era un deber para mí.
No soy el apóstol del vicio ; pero me haré siempre eco de
la desgracia donde quiera que la oiga gemir.
Repito que la historia de Margarita es una escepcion, pues
á ser una generalidad , no valia la pena de ser escrita .

FIN.
+
JUICIO CRITICO .

LA SEÑORITA MARIA DUPLESSIS.

i
:

En el año de gracia de 1845, en esos años de abundancia


y de paz enque todos los favores del espíritu , del talento,
de la belleza y de la fortuna rodeaban esta Francia de un
dia, habia una jóven hermosa, de figura la mas seductora,
que se atraia por su sola presencia una cierta admiracion
mezclada de deferencia por parte de aquellos que al verla
por vez primera, ignoraban el nombre y la profesion de
aquella mujer. Tenia en efecto, y del modo mas natural ,
lamirada ingénua, el gesto engañoso, el andar audaz y de-
cente á la vez de una mujer de la mas alta sociedad . Su
rostro era grave, su sonrisa imponente y solo al verla an-
dar, podia decirse de ella lo que un dia Ellevion de una mu-
jer de la corte: Evidentemente, hé aquí una mujer perdida
ó una duquesa.
La pobre no era una duquesa; habia nacido en la última
grada de la escala difícil y la fué indispensable ser bella y
seductora para á los diez y ocho años que por entonces ten-
dria, haber podido subir con pié ligero los primeros esca-
lones. Recuerdo que la encontré cierto dia por primera
vez en el abominable salon de descanso de un teatro del
II JUICIO CRITICO .

boulevard, mal iluminado, lleno completamente de esa mu-


chedumbre zumbadora que suele asistir á los melodramas
de grande espectáculo. Habia allí mas blusas que casacas,
mas papalinas que sombreros con plumas, mas gabanes
raidos que trajes á la moda; se hablaba de todo, del arte
dramático y de las patatas fritas, de las funciones del Gim-
nasio y de las galletas del Gimnasio; pues bien, al parecer
aquella mujer enel dintel de aquel estraño sitio, se hubiera
dicho que con una mirada de sus hermosos ojos iluminaba
todas aquellas cosas burlescas ó feroces. Tocaba con la
punta del pié aquel piso fangoso, como si en efecto hu-
biera atravesado el boulevard en un diade lluvia; levan-
taba su vestido por instinto para no rozar con aquellos bar-
ros enjutos, y no pensando en enseñarnos ¿para qué? su pié
bien calzado, unidoá una pierna redonda cubierta con una
media de seda calada. Lo demás de su adorno estaba en
armonía con su tallejóven y ligero; su rostro de un óvalo
hermoso, un poco pálido, respondia á la gracia que derra-
maba en torno suyo como un perfume indecible.
Entró, atravesó con la cabeza alta por medio de aquella
batahola admirada yquedamos sorprendidos Liszt y yo al
verque se sentaba familiarmente en el banco que ocupá-
bamos, pues ni Liszt ni yo la habíamos hablado nunca. Era
mujer de talento, de gusto y de buen sentido y dirigióse
desde luego al grande artista, contándole despues que le
habia oido hacia un poco y que la habia encantado. El, sin
embargo, semejante a los instrumentos sonoros que respon-
den al primer soplo de la brisa de mayo, escuchaba con una
atencion sostenida aquel hermoso lenguaje lleno de ideas ,
aquel labio sonoro, elocuente yseductor á la vez, con ese
instinto maravilloso que le distingue, su gran trato con el
mas alto mundo oficial y su gran mundo entre los artistas,
se preguntaba quién era aquella mujer tan familiar y tan
noble que se les dirigia y que despuesde cambiadas las pri-
JUICIO CRITICO . III

meras palabras , le trataba con cierta altivez , como si le hu-


bieran presentado á ella , en Londres , en el círculo de la
reina ó de la duquesa de Sutherland.
Sonaron los tres golpes en señal de que iba á empezar el
acto y el salon de descanso vióse desocupado de la multi-
tud de espectadores y críticos. La dama desconocida se que-
dó con su compañera y nosotros. Se habia acercado á la
chimenea , apoyando ambos piés helados de frio en los le-
ños avaros , de modo que podíamos verla muy cómodamen-
te desde los pliegues bordados de su guardapiés hasta los
bucles de cabellos negros. Su mano estaba tan oprimida por
un guante , que parecia pintada ; llevaba un pañuelo mara-
villosamente rodeado de encaje real y por pendientes dos
perlas de Oriente capaces de dar celos á una reina. Adorná-
base con todos estos objetos como si hubiera nacido entre
seda y terciopelo, debajo del artesonado de oro de un gran
palacio , con una corona en la cabeza y un mundo de corte-
sanos á sus piés. Su talento correspondia á su lenguaje , su
pensamiento á su sonrisa , sus adornos á su persona y en
vano se hubiera buscado en las mas elevadas posiciones so-
ciales una criatura que estuviera en mas, bella y mas com-
pleta armonía con su compostura , su vestido y sus palabras.
Liszt , asombrado de aquella maravilla en semejante sitio,
de aquel galante entreacto de un melodrama tan terrible,
se abandonaba á toda su fantasía. No es solo un gran artis-
ta , sino tambien un hombre elocuente. Sabe hablar á las
mujeres pasando como ellas de una á otra idea y escojiendo
las mas opuestas. Adora la paradoja, toca á lo serio , á lo
burlesco y no alcanzo á decir con qué arte , qué tacto , qué
gusto infinito recorrió con aquella mujer , cuyo nombre ig-
noraba , todos los diapasones vulgares , todas las fiorituras
elegantes de la conversacion de todos los dias.
Hablaron así durante todo el tercer acto del espresado
melodrama , pues en cuanto á mí , solo fuí interrogado una
35
IV JUICIO CRITICO.

ó dos veces por atencion ; pero como me hallaba cabalmente


en uno de esos momentos de mal humor en que todo en-
tusiasmo está prohibido al alma humana , tuve por seguro
que la dama habia de encontrarme perfectamente tosco,
perfectamente absurdo y que tenia sobrada razon.
Pasó aquel invierno, pasó tambien el verano y en el oto-
ño siguiente otra vez , pero esta vez en todo el brillo de una
representacion á beneficio en plenaOpera, vimos de repen-
te abrirse con cierto estrépito uno de los palcos del prosce-
nio y adelantarse hacia el antepecho con un ramillete en la
mano , la misma belleza que habíamos visto en el boulevard.
Era ella , pero ella bajo el magnífico traje de una mujer á la
moda y brillante con todos los resplandores de la conquista
Estaba adornada de una manera encantadora , sus hermosos
cabellos mezclados con diamantes y flores levantábanse con
una gracia estudiada que les daba el movimiento y la vida;
llevaba desnudos los brazos y el pecho , y collares , y braza-
letes , y esmeraldas. Veíase en su manoun ramillete de qué
color? no puedo decirlo : es preciso tener los ojos de unjó-
ven y la imaginacion de un niño para distinguir bien el color
de la flor sobre la cual se inclina un rostro hermoso. A nues-
tra edad ya no se mira mas que las mejillas y el brillo de la
mirada; ya no nos ocupamos de lo accesorio , y si acaso nos
divertimos en deducir consecuencias , lo hacemos de la per-
sona misma , y por cierto que no nos hallamos poco ocu-
pados .
Aquellanoche Duprez acababa de entrar en lucha con su
voz rebelde, de la cual presentia ya las revueltas definitivas;
pero él era el único que las presentia y el público ni siquiera
las sospechaba; tan solo entre el público mas atento adivi-
naban algunos la fatiga debajo de la habilidad , y la deca-
dencia del artista bajo sus inmensos esfuerzos para enga-
ñarse á sí [Link] la personade quien hablo
era un juez hábil , pues pasados los primeros momentos de
JUICIO CRITICO . V

atencion, se pudo notar que no se hallaba bajo el encanto


habitual, al ver que se retiraba violentamente al fondo de
su palco y no escuchando ya, se ponia á interrogar con el
lente en la mano la fisonomía de la sala .
Seguramente conocia á muchas personas entre los espec-
tadores mas distinguidos. No mas que por el movimiento de
su lente juzgábase que la bella espectadora hubiera podido
contar mas de una historia con respecto á los jóvenes de las
mejores familias: miraba ya al uno ya al otro, sin escoger ni
otorgar mas atenciones á este que á aquel, indiferente á to-
dos, volviéndola cada uno con una sonrisa ó con un leve
gesto, ó con una mirada viva y rápida, la atencion que ella
le habia concedido. Del fondo de los palcos oscuros y del
centro de la orquesta, otras miradas ardientes como volca-
nes dirigíanse á la jóven, sin que esta las viera. En fin, si
por casualidad su lente se detenia en las damas del verda-
dero mundo parisiense, notábase de repente en su actitud
no sé qué aire resignado y humilde que daba pena. Por el
contrario, volvia la cabeza con disgusto cuando por desgra-
cia deteníase su mirada en alguna de esas reputaciones du-
dosas ó de esas cabezas encantadoras que usurpan las loca-
lidades mas caras del teatro en dias de gran funcion.
Su compañero, que esta vez erauncaballero,era un agra-
dable jóven medio parisiense, que aun conservaba al-
gunas reliquias opulentas de la casa paterna, y habia venido
á comerse una finca en pos deotra en esta ciudad de perdi-
cion. El jóven en su aurora estaba orgulloso de aquella bel-
dad en su apogeo y se envanecia de manifestar que era suya,
asediándola con esos mil agasajos tan bien recibidos de una
mujer cuando vienen del amante amado, tan desagradables
cuando se dirigen á un alma ocupada en otra parte. Oíale
sin entenderle, le miraba sin verle. ¿Qué ha dicho? la dama
no lo sabia ; pero procuraba responder, y sus pocas palabras ,
que no tenian sentido alguno, eran un cansancio para ella.
VI JUICIO CRITICO .

Así, sin que ellos lo supieran, no estaban solos en aquel


palco cuyo precio representaba el pan de una familia du-
rante seis semanas. Entre ella y él se habia sentado el com-
pañero asiduo de las almas enfermas , de los corazones las-
timados, de los espíritus que lo han apurado todo , el fas-
tidio, este inmenso Mefistófeles de las Margaritas errantes,
de las Clarisas perdidas, de todas esas divinidades , hijas de
la casualidad que andan camino del abandono .
Fastidiábase aquella pecadora rodeada de las adoraciones
y de los homenajes de lajuventud, y ese mismo fastidio de-
be servirle de perdon y escusa, pues ha sido el castigo de
sus prosperidades pasajeras. El fastidio fué el gran mal de
su vida. A fuerza de haber visto rotas sus afecciones, á fuer-
za de obedecer á la necesidad de sus relaciones efímeras y
de pasar de un amor á otro amor, sin saber por qué, ahogaba
tan pronto una inclinacion que empezaba á nacer y unas
caricias en su aurora, habia llegado á serindiferente á todo,
ólvidando el amor de ayer sin curarse del amor de hoy ni
de la pasion de mañana.
Desdichada! necesitaba soledad y se veia asediada. Ne-
cesitaba silencio y oia sin fin y sin cesar las mismas pala-
bras en su oido cansado. Queria estar tranquila, y la arras -
traban á las fiestas y á los tumultos. Hubiera querido ser
amada, y la decian que era hermosa. Por esto se abando-
naba sin resistencia al torbellino que la devoraba. ¡Qué
juventud! y cómo se comprende aquella espresion de la
señorita de Lenclos, cuando habiendo llegado al colmo de
sus prosperidades, semejantes á fábulas, amiga del príncipe
de Condé y de madama de Maintenon, decia con un pro-
fundo suspiro de pesar . «Si se me hubiera propuesto una
vida tal, me hubiera muerto de espanto y de dolor! »
Concluida la ópera, la hermosa jóven dejó el palco; lano-
che se hallaba apenas en la mitad de su curso. Se esperaba
á Bonffé, á la señorita Déjazet y á los farsantes del Palacio
JUICIO CRÍTICO. VII

Real, sin contar el baile en que la Carlota habia de bailar


lijera y encantadora, en sus primeros dias de embriaguez y
de poesía. No quiso esperar el vaudeville, sino marcharse
en seguida y volver á su casa cuando tantas personas tenian
aun tres horas de placer al son de aquellas músicas y debajo
de aquellas arañas encendidas.
Víla salir de su palco y envolverse por sí misma en su
capa formada con la piel de un armiño precoz. El jóven que
la habia llevado manifestaba cierto disgusto y como si no
tuviese ya necesidad de adornarse con aquella mujer le im-
portaba poco que ella sintiera frio. Me acuerdo de haberla
ayudado á levantar su capa hasta el hombro que era muy
blanco y me miró sin reconocerme con una sonrisa dolorosa
que dirigió á su jóvencompañero ocupado en aquel momen-
to en pagar á la encargada de abrir los palcos y en hacerla
cambiar una moneda de cinco francos.-Quedáoslo todo, se-
ñora , dijo á aquella mujer haciéndola un lindo saludo. La ví
bajar la gran escalera de la derecha, destacándose de su ca-
pa encarnada el vestido blanco y el pañuelo atado sobre su
cabeza por debajo de la barba; el encaje zeloso caia un poco
-
sobre sus ojos, poco la importaba ya estar hermosa; la dama
habia desempeñado ya su papel, quedaba concluida su jor-
nada. Se me figura que aquella noche dejaria á la puerta á
su jóven acompañante .
Una cosa digna de atencion y que hace su elogio es que
aquella mujer ha gastado en las horas de sujuventud el oro
y el dinero á manos llenas, pues unia el capricho á la bene-
ficencia, y estimaba muy poco ese triste dinero que la cos-
taba tan caro: nunca fué la heroina de ninguna de esas his-
torias de ruina y escándalo, de juego, de deudas y de duelos
que tantas otras mujeres en su lugar hubieran levantado á
su paso. Por el contrario, en torno suyo no se ha hablado
mas que de su hermosura, de sus triunfos, de su gusto por
los bellos adornos, de las modas que sabia encontrar y de
VIII JUICIO CRITICO.

las que imponia. Nunca por culpa suya se ha hablado de las


fortunas desaparecidas, de las prisiones por deudas, de las
traiciones que son el séquito ordinario de los amores tene-
brosos. Habia ciertamente alrededor de aquella mujer arre-
batadatan pronto por la muerte, una especie de delicadeza,
una cierta decencia irresistible. Vivió aparte aun en el mis-
mo mundo, aparte en que ella habitaba y en una region mas
tranquila y mas serena, aunque esta region era aquella en
que todo se pierde.
Volví á verla por tercera vez en la inauguracion del fer-
ro carril del Norte, en esas fiestas que Bruselas dió á la Fran-
cia, convertida en vecina y comensal suya. En aquel reman-
so, cita inmensa de los caminos de hierro de todo el Norte ,
la Bélgica habia reunido todos sus esplendores: los arbustos
de sus sierras, las flores de sus jardines, los diamantes de
sus coronas. Una multitud increible de uniformes, de cor-
dones, de brillantes y de vestidos de gasa llenaba el sitio
de aquella fiesta que nunca volverá á verse. Los pares fran-
ceses y la nobleza alemana y la Bélgica española y la Flan-
des y la Holanda adornada con sus antiguas joyas contem-
poráneas del rey Luis XVI y de su corte, todas las difíciles
y sólidas fortunas de la industria y mas de una elegante
parisiense parecidas á otras tantas mariposas en una colme-
na de abejas, habian acudido á aquella fiesta de la industria
y de los viajes y del hierro domado y del fuego obedecien-
do al tiempo vencido. Confusion estraña en la cual todas las
fuerzas y todas las gracias de la creacion se hallaban repre-
sentadas desde la encina hasta la rosa, desde el carbon de
piedra hasta la amatista. En medio de aquel movimiento de
los pueblos , de los reyes, de los príncipes, de los artistas, de
los forjadores y de las grandes coquetas de Europa, se vió
aparecer, ó mas bien, yo solo ví aparecer mas pálida y mas
blanca que de costumbre aquella seductora jóven atacada ya
del mal invisible que habia de precipitarla á la tumba.
JUICIO CRITICO . IX

Habia entrado en aquel baile , á pesar de su nombre y á


favor de su deslumbrante belleza. Atraia todas las miradas,
seguíanle todos los homenajes. Un murmullo lisonjero la sa-
ludaba al pasar y los mismos que la conocian inclinábanse
delante de ella , que siempre tranquila y atrincherada en su
desden habitual aceptaba , sin embargo , tantos homenajes,
como si todos ellos la fueran debidos . No se admiraba ni la
importaba hollar las alfombras que la misma reina habia ho-
llado. Mas de un príncipe se detuvo al verla y sus miradas
la dieron á entender lo que las mujeres compreuden tan bien.
Os hallo hermosa y me alejo de vos con sentimiento. Aque-
lla noche daba el brazo á otro estranjero, á un recien venido,
rubio como un aleman, impasible como un inglés, bien vesti-
do , bien oprimido en su frac , muy tieso y que en aquelins-
tante creia hacer, ájuzgar por sutalante, una de esas valentías
sin nombre que los hombres se echan en cara toda su vida.
La actitud de aquel hombre era sin duda desagradable á
la sensitiva que le daba el brazo; ella la sentia con ese sexto
sentido que poseia y redoblaba su altivez , pues su maravi-
lloso instinto la aconsejaba que cuanto mas aquel hombre se
admiraba de su accion , mas insolente debia mostrarse ella y
hollar con pié despreciador los remordimientos de aqueljó-
ven aturdido. Pocos han comprendido cuanto debió de su-
frir en aquel momento , mujer sin nombre , del brazo de un
hombre sin nombre , de un hombre que parecia dar la señal
de la reprobacion con su actitud amenazadora indicando un
alma inquieta , un corazon indeciso , un espíritu sin desa-
[Link] aquelanglo-aleman fué castigado cruelmente por
sus angustias íntimas , cuando al revolver de un ancho sen-
dero de luz y de verdura, nuestra parisiense se encontró con
uno de sus amigos , de un amigo sin pretensiones , que de
vez en cuando la pedia un dedo de su mano y una sonrisa
de sus labios , un artista de nuestra clase , un pintor que
conociamejor que nadie , á pesar de haberla visto muy poco,
X JUICIO CRITICO .

hasta qué punto era un modelo perfecto de todas las ele-


gancias y de todas las seducciones de la juventud.
-Ah! tambien vos ? le dijo ; dadme el brazo y bailemos:
y dejando el brazo oficial de su caballero , se puso á bailar
el vals á dos tiempos que es la misma seduccion cuando
obedece á la inspiracion de Strauss y llega enamorada aun
de las orillas del Rhin , su verdadera patria. Bailaba perfec-
tamente , ni muy aprisa ni muy inclinada , obedeciendo á la
cadencia interior tanto como el compás visible, tocandoape-
nas con su leve pié el suelo elástico , alegre y tranquila y
con los ojos en los ojos de su pareja.- Abrióse círculo al-
rededor de los dos y todos procuran ser tocados por aque-
Ilos hermosos rizos que seguian el movimiento del vals rá-
pido , y todos procuraban ser rozados por aquel vestido li-
jero impregnado de perfumes suaves y estrechándose poco
á poco el círculo y deteniéndose para verles las demás pa-
rejas , sucedió que el jóven estranjero , el que la habia lle-
vado al baile , la perdió entre la multitud y quiso en vano
hallar otra vez aquel brazo encantador al cual habia presta-
do el suyo con tanta repugnancia. El brazo y la jóven y el
artista no pudieron ser hallados .
Dos dias despues de aquella fiesta , dirijióse desde Bruse-
las á Spa durante un hermoso dia y á la hora en que aque-
las montañas cubiertas de verdor dejan penetrar el sol, ¡hora
magnífica! Entonces se ven acudir de todas partes enfermos
dichosos que vienen á descansar de las fiestas del invierno
pasado , para hallarse mejor preparados á los goces del in-
vierno futuro. En Spa no se conoce otra fiebre que la del
baile , ni otras molestias que las de la ausencia , ni otros re-
medios que la conversacion , el baile y la música y la emo-
cion del juego cuando por la noche iluminase el Reducto
con todos sus resplandores y el eco de las montañas devuel-
ve en mil estallidos los sonidos embriagantes de la orques-
ta. En Spa la parisiense fué acogida con un celo muy raro
JUICIO CRITICO . XI

en esa aldea algo espantada que abandona con mucho gus-


to á Bada, su rival, las hermosas mujeres sin nombre, sin
marido y sin posicion oficial. En Spa tambien causó gene-
ral asombro la noticia de que una mujer tanjóven estuviese
gravemente enferma y los médicos afligidos confesaron que
en efecto raras veces habian hallado mas resignacion unida
á mas valor.
Su salud fué consultada con mucho cuidado, con gran ce-
lo y despues de una consulta seria, la aconsejaron la calma,
el reposo, el sueño , el silencio, estos hermosos encantos de
su vida. A semejantes consejos sonrióse, sacudiendo la cabe-
za con un lijero aire de incredulidad, pues sabia que todo la
era posible, menos la posesion de aquellas horas escojidas
que sonlaherencia de ciertas mujeres que solo se pertenecen
á sí mismas . Sin embargo, prometió obedecer por espacio de
algunos dias y encerrarse en aquel régimen de aislamiento;
pero ¡esfuerzos vanos! viósela algun tiempo despues em-
briagada y loca de una alegría facticia, saltando á caballo
y. de un salto los pasos mas difíciles, asombrando con su
alegría aquella alameda de siete horas que la habia visto
pensativa y leyendo por lo bajo á la sombra de los árboles.
No tardó en ser la leona de aquellos hermosos sitios . Pre-
sidió todas las fiestas, dió movimiento al baile, impuso sus
aires favoritos á la orquesta, y llegada la noche, en aque-
lla hora enque un poco de sueño la hubiera hecho tanto bien ,
asombraba á los jugadores mas intrépidos por sus cantida-
des de oro que amontonaba delante de ella y que perdia
cuando menos lo creia, indiferente á la ganancia, indiferente
á la pérdida. Habia apelado al juego como á un apéndice de
su profesion, como un medio de matar las horas que lamata-
ban. Sin embargo, tal cual era, tuvo la buena suerte en el
juego cruel de su vida de conservaralgunos amigos, cosa ra-
ra, pues una de las señales de esas relaciones funestas es no
dejar mas que ceniza y polvo, vanidad ynada despues de
36
XII JUICIO CRITICO .

las adoraciones .¡Cuántas veces el amante ha pasadojunto


á la querida sin reconocerla! ¡cuántas veces la desdichada
habrá llamado en vano en su ausilio! ¡cuántas veces aquella
mano consagrada á las flores se ha tendido en vano á la li-
mosna y al pan duro!
No le sucedió así á nuestra heroina: cayó sin quejarse, y
caida, encontró ayuda, apoyo y proteccion entre los adora-
dores apasionados de sus buenos dias. Aquellos hombres
que habian sido rivales y quizá enemigos, se entendieron pa-
ra velar á la cabecera de la enferma, para espiar las noches
de locura con noches de meditacion, cuando la muerte se
acerca y el velo se desgarra y la víctima tendida allí y el
cómplice comprenden al fin la verdad de aquella palabra
grave: Væ ridentibus ! desgraciados de los que rien ! Desgra-
ciados! es decir, desgraciados de los goces profanos, des-
graciados de los amores vagabundos, desgraciadas de las
pasiones inconstantes, desgraciadadelajuventud que se es-
travía por los caminos del mal, porque en ciertas revueltas
deesos caminos es preciso, de toda precision volver atrás y
caer en los abismos en que se cae á los veinte años .
Murió así, dulcemente mecida y consolada por mil pala-
bras tiernas, por mil sonidos fraternales; ya no tenia aman-
tes, pero nunca habia tenido tantos amigos, y sin embargo,
no echó de menos la vida. Sabia lo que la aguardaba si re-
cobraba la salud y que le era necesario llevar de nuevo á
los labios descoloridos la copa del placer de la cual habia
apurado las heces antes de tiempo; murió, pues, en silencio,
mas escondida en su muerte de lo que se habia mostrado en
su vida, y despues de tanto lujo y de escándalos tantos, tu-
vo el supremo buen gusto de que la enterraran al despuntar
la aurora en algun sitio oculto y solitario, sin confusion, sin
ruido absolutamente, como una honrada madrede familia que
fuera á reunirse con su marido, su padre, su madre y sus
hijos y con todo lo que amaba en este cementerio animado.
JUICIO CRITICO . XIII

Sucedió sin embargo y á pesar suyo , que su muerte fué


una especie de acontecimiento ; hablóse de ella por espacio
de tres dias , que es mucho tiempo para esta ciudad de las
pasiones sabias y de las fiestas sin cesar renacientes y nunca
bien satisfechas . Al cabo de tres dias abrióse la puerta cer-
rada de su casa.-Las largas ventanas que caian al boule-
vard , frente á frente de la iglesia de la Magdalena , su pa-
trona , dejaron penetrar de nuevo el aire y el sol en aquellas
paredes en donde ella se habia estinguido. Hubiérase dicho
que la jóven iba á reaparecer en aquellas habitaciones. Ni
una sola huella de la muerte habia quedado entre aquellas
cortinas de seda , en aquellas largas colgaduras de favore-
cedores reflejos , en aquellas alfombras de los Gobelin en
las cuales la flor parece nacer , tocada apenas por aquel pié
de niña .
Todos los muebles de aquella habitacion suntuosa se ha-
llaban en órden y en su lugar ; la cama en la cual habia
muerto estaba levemente hundida , en la cabecera de la mis-
ma un taburete conservaba la impresion de las rodillas del
hombre que la habia cerrado los ojos. Aquel reloj de anti-
guos tiempos que habia señalado la hora á madama de Pom-
padour y á madama Dubarry , señalaba la hora como en
otro tiempo , los candelabros de plata estaban cargados de
bujías preparadas para la última tertulia de la noche ; en las
jardineras la rosa de las cuatro estaciones y el brazo durable
luchaban á su vez contra la muerte. Se morian porque les
faltaba un poco de agua.... su dueña habia muerto porque
la faltaba un poco de dicha y esperanza .
En las paredes estaban colocados los cuadros de Diaz que
ella habia sido de las primeras en adoptar como el verda-
dero pintor de la primavera del año , y su retrato que Vidal
habia trazado á tres colores. Vidal habia hecho de aquella
cabeza hermosa una cabeza encantadora y casta, de unaele-
gancia acabada , y desde que murió aquella diosa , solo ha
XIV JUICIO CRITICO .

querido dibujar mujeres de bien , habiendo hecho en favor


de aquella una escepcion que ha servido mucho á la nacien-
te reputacion del pintor y del modelo.
Aun hablaba todo de ella. Los pájaros cantaban en su do-
rada jaula ; en los muebles de Boule , á través de los crista-
les trasparentes veíanse reunidas, coleccion admirable ydig-
na de un escelente y rico anticuario , las obras maestras mas
raras de la fábrica de Sevres, las pinturas mas esquisitas
de la Sajonia, los esmaltes de Petitot, las figuras desnudas de
Klinstad , los Pampinos de Boucher. La agradaba ese arte
coquetuelo , gracioso , elegante en que el mismo vicio tiene
su espíritu y la inocencia su desnudez ; la agradaban los
pastores y pastoras de viscocho , los bronces florentinos, los
objetos de alfarería , la porcelana y todos los hallazgos del
lujo y del gusto de las sociedades destruidas. Veíase en
ellos otros tantos emblemas de su hermosura y de su vida.
Ella era tambien un adorno inútil , un capricho , un juguete
frívolo que se rompe al primer choque , un producto brillan-
te de una sociedad moribunda , una ave de paso , la aurora
de un momento.
Habia llevado tan lejos la ciencia del bienestar interior y
la adoracion de sí misma , que nada hay comparable á sus
vestidos , á su ropa blanca , los objetos mas ínfimos de su
servicio , pues el aderezo de su hermosura era la mas grata
y mas deliciosa ocupacion de su juventud.
He oido á señores de la alta sociedad y á las coquetas
mas hábiles de París asombrarse del arte y de la investiga-
cion de sus mas insignificantes instrumentos de tocador. Su
peine fué pujado hasta un precio loco; su cepillo para el pe-
lo pagóse á precio de oro. Vendiéronse guantes que la
habian servido , tan hermosa era su mano. Vendiéronse
borceguíes que habia llevado , y las mujeres de biendispu-
taron sobre quien lograria calzarse aquel zapato de Cendri-
llon. Todo se vendió , hasta su chal mas viejo que contaba
JUICIO CRITICO . XV

tres años y su ara de brillante plumaje que repetia una me-


lodía corta y bastante corta que su ama le habia enseñado;
vendiéronse sus retratos, sus billetes amorosos, sus cabellos,
todo, y su familia que volvia la vista cuando aquella mujer
se paseaba en su carruaje blasonado, al galope tendido de
sus caballos ingleses, se tragó triunfalmente todo el oro pro-
ducido por sus despojos. Nada de lo que la habia pertene-
cido se guardaron para sí aquellas virtuosas gentes .
Tal era aquella mujer aparte, aun en las mismas pasiones
parisienses , y puede juzgarse de mi asombro cuando apare-
ció este libro de un interés tan vivo y sobre todo de una ver-
dad reciente y jóven , llamado La dama de las camelias. Mucho
se ha hablado de él, como suele hablarse de las páginas im-
pregnadas de la emocion sincera de la juventud, y todos se
complacian en decir que el hijo de Alejandro Dumas, apenas
escapado del colegio, recorria ya con su paso firme las huellas
brillantes de su padre. Tenia de éste la vivacidad y la emocion
interior; tenia tambien el estilo vivo, rápido y un pocode ese
diálogo tan natural, tan fácilytan variado que da á las novelas
del graninventorel canto, el gustoy elacento de lacomedia .
El libro obtuvo, pues, un gran éxito, pero muy pronto los
lectores volviendo en sí de su impresion fugitiva, obser-
varon que La dama de las camelias no era una novela sin fun-
damento, que aquella mujer habia debido vivir y que habia
vivido de una vida reciente; que aquel drama no era un dra-
ma imaginado á capricho, sino por el contrario, una tragedia
íntima cuya representacion era á la vez verdadera y del dia
anterior. Entonces se indagó el nombre de la heroina, de
su posicion en el mundo, de la fortuna, de las cualidades y
del ruido de sus amores. El público, que todo lo quiere sa-
ber, y que al fin lo sabe todo, recogió uno despues de otro
todos estos detalles y volvió á leer el libro leido y sucedió
naturalmente que, conocida la verdad, redundó en nuevo
interés para la obra .
XVI JUICIO CRITICO .

Hé aquí, pues, como por estraordinaria dicha este libro


impreso con el descuido de una novela fútil, destinada á
vivir un dia á lo mas, se reimprime hoy con los honores de
una obra aceptada por todos. Léase y se reconocerá en sus
mas pequeños detalles la sorprendente historia de la cual ese
jóven tan felizmente dotado, ha escrito la elegía y el drama
con tantas lágrimas como con éxito estraordinario.
Julio Janin.
INDICE.

Pag.
PRÓLOGO. 5

Capítulo Primero. 7

Cap. II. 15

Cap. III. 23

Cap. IV. 31

Cap. V. 41

Cap. VI. 51

Cap. VII. •
61

Cap. VIII . .
73

Cap. IX. 81

Cap. X. 91

Cap. XI. 103

Cap. XII. 115


Сар. XIII. 125

Cap. XIV. 133

Cap. XV. 145


Cap. XVI. : 153

Cap. XVII . 163

Cap. XVIII. , 171

Cap. XIX. • 181

Cap. XX. 189

Cap. XXI. 197

Cap. XXII . 207

Cap. XXIII . 217

Cap. XXIV. 227

Cap. XXV. 239


Cap. XXVI. 240

Cap. XXVII. 267


Juicio Crítico. I
PAUTA
PARA LA COLOCACION DE LAS LAMINAS .

pág.

Armando . 32

Margarita. 65

Situéme en un lugar apartado, etc. 70


4

Cena en casa de Margarita. 89

Será cuando esta camelia cambie de color . 100

Margarita y Armando en Bougival. . • 174

Armando y Olimpia. • 237

Muerte de Margarita . 264


BIO

1001061884

También podría gustarte