ESPERANZA ROTA
LA BRATVA VOLKOV
NICOLE FOX
Copyright © 2022 por Nicole Fox
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EPÍLOGO EXTENDIDO: EVE
Luka está tendido en el sofá, apoyando la pierna herida en
el reposapiés cuando me tumbo a su lado y entierro la cara
en su pecho.
—Estoy agotada —me quejo.
—Quizá sea porque te empeñaste en hacer una cena para
diez personas tres días después de ser rescatada de una red
de tráfico de personas.
Levanto la cabeza apoyándome con el codo y me encojo de
hombros.
—Bueno, si lo dices así, suena absurdo.
Él se ríe, vuelve a acercarme a su pecho y me besa la cabeza.
—La cena estuvo deliciosa. Parece que todos la disfrutaron,
de verdad.
—Me alegro. Se sintió bien ser normal por una noche.
No sabía si volveríamos a vivir así.
Este último par de semanas pensé muchísimas veces que
había perdido para siempre mi antigua vida. Creí que nunca
volvería a ver a Luka o a Milaya. Creí que nunca más
volvería a acurrucarme junto a Luka en el sofá, enterrar la
cara en su cuello y sentir su aroma.
Pero aquí estoy, respirando la fragancia a madera que
emana de su piel mientras nuestra hija duerme arriba.
Un frío pánico se apodera de mi corazón y Luka debe notar
que me tenso, porque me sujeta con más fuerza.
—Milaya está bien —susurra—. Hay sensores en sus venta-
nas, dos cámaras y un monitor de sonido.
Respiro hondo y asiento con la cabeza.
—Lo sé, lo sé.
Me pregunto cuándo se acabará este pánico.
Me pregunto cuándo podré dejar a Milaya en su cuna sin
preguntarme si aún estará allí cuando yo vuelva.
—Yo también me preocupo —dice Luka.
—¿En serio?
—Claro que sí —musita separándose de mí. Luego se incor-
pora en el sofá para que podamos estar frente a frente—.
Entré a casa después de fumar en el porche y ustedes ya no
estaban. Se llevaron a mi esposa y a mi bebé y no pude
hacer nada para evitarlo. Todo el tiempo me preocupa que
algo así vuelva a pasar.
Sé que Luka todavía se siente culpable por la noche en que
nos secuestraron. Sin importar cuántas veces le diga que no
fue su culpa, él todavía no puede perdonarse.
Aun así, lo intento.
—Sabes que no fue tu culpa —digo, acariciando su muslo
—. ¿Verdad?
Él se encoge de hombros.
—No estoy convencido, pero me gusta que lo digas. —
Entonces, se da la vuelta y toma algo de debajo del sofá—.
Te traje algo. Espero que no te moleste.
—Nunca me molestan los regalos. Dámelo —bromeo arre-
batándoselo y abriendo ávidamente la caja. Aparto una a
una las capas de papel de seda y las arrojo al suelo. Cuando
veo lo que hay dentro, me tenso por un momento.
En la caja hay una pistola.
—No es nada del otro mundo —dice Luka—. Es simple-
mente una pistola estándar, pero pensé que deberías
tener una.
—Gracias —la rozo con la yema de los dedos y luego aparto
las manos.
Haber crecido rodeada de armas no contribuyó a sentirme
menos nerviosa ante ellas. Y los últimos días tampoco.
A pesar de que puedo usar un arma con confianza, no me
siento cómoda.
—Sé que no te gustan —dice Luka, tendiéndome una mano
para entrelazar sus dedos con los míos—. Pero, para poder
ser menos protector contigo, necesito saber que tienes los
medios para defenderte.
Vuelvo a cerrar la caja y, a horcajadas sobre el sillón beso a
Luka mientras lo agarro del cuello de la camisa.
—Gracias.
Cuando intento apartarme, Luka me rodea la cintura con un
brazo y me atrae hacia sí.
—¿Así es como me agradeces el regalo? ¿Con un mísero
beso?
—No sé si te acuerdas —le digo, rechazando sus insinua-
ciones—. Pero nunca me compraste, Luka Volkov. Y no le
demuestro mis talentos a tacaños charlatanes.
Deslizo los dedos por sus labios y me estremezco al ver
cómo su labio inferior cede ante mi tacto.
Él cruza los brazos sobre el pecho y se sienta más erguido.
—Todavía no estoy convencido de hacer esa inversión.
—¿Ah, de verdad? —pregunto levantando una ceja.
—De verdad.
Tomo la caja de regalo y me levanto haciendo ademán de
irme.
—¿Te vas? —me pregunta con un dejo de desesperación en
la voz. Tiene miedo de que haya descubierto sus
intenciones.
Asiento lentamente, mordiéndome el labio.
—Pero volveré.
—¿Pronto? —una chispa de diversión brilla en sus ojos.
—Prepárate para quedar impresionado.
Sé que no debería haber conservado el collar del hotel.
O, mejor dicho, no debería haber querido conservarlo.
Era un símbolo de mi esclavitud. Una forma de que los
miembros del cártel me diferenciaran de las otras esclavas.
El collar era denigrante, degradante, deshumanizante. Pero,
cuando lo miro, no veo nada de eso.
Veo supervivencia.
Miro el collar y veo todo lo que superé en la posada. Lo miro
y veo lo lejos que llegué, toda la confianza tengo en mí
misma, en mis capacidades y en mi valía.
Irónicamente, cuando fui una esclava fue la primera vez que
sentí que tenía el control, que tenía la capacidad de hacer
con mi vida algo más que cocinar para alguien y ser una
esposa. Fue la primera vez que me di cuenta de lo poderosa
que realmente soy.
Esta vez, cuando me llevo el collar al cuello, no soy la misma
mujer que se lo puso antes.
Saco el dije con la etiqueta del 7 de la cadena y lo tiro en la
basura. Tengo una mejor idea de lo que debería reem-
plazarlo.
Solo tardo un minuto en hallar el collar en el cajón superior
de Luka. Era una reliquia familiar que pasó de su abuelo a
su padre y luego a él: una larga cadena con una «V» dorada
en el centro. Saco el dije de la cadena y lo pongo en mi
collar con la esperanza de que Luka lo note.
Luego, me pongo algo mucho más sexy que cualquiera de
los vestidos o batas que el cártel me obligó a usar.
La lencería negra es de encaje y malla y muestra más piel de
la que cubre.
Todavía se me ven los moratones en las costillas y en las
piernas, pero la hinchazón ya casi desapareció. Hace apenas
unas semanas, habría ocultado el trauma que sufrí. Lo
habría disimulado bajo un pijama largo y habría hecho todo
lo posible por tener una luz tenue para que Luka no me
viera.
Ahora, sin embargo, muestro con orgullo mis heridas de
batalla.
Luché. Gané. Sigo aquí.
Luka sigue en el sofá cuando vuelvo. Pero, cuando me ve de
pie en la puerta, se incorpora y parpadea.
—¿Te gusta lo que ves?
Veo la sombra de la lujuria que cruza su rostro. Sus pupilas
se dilatan y sus labios se entreabren.
—Dios, sí.
Puedo sentir cómo cambia la temperatura de la
habitación.
Cuando camino hacia él, lo hago despacio, cruzando una
pierna delante de la otra, permitiéndole contemplar cada
centímetro de mí antes de llegar a él.
Él se desliza hasta el borde del sofá y me tiende la mano,
pero yo me mantengo justo fuera de su alcance.
—¿El médico te dio permiso para que te den un sacudón?
—pregunto—. ¿Va a interferir con tu recuperación?
—A la mierda mi recuperación —gruñe Luka tratando de
alcanzarme de nuevo y resoplando cuando no lo logra—.
Voy a morir sin ese sacudón. Quiero hacerte el amor.
Me río, dándome cuenta una vez más de que no sabía si
volvería a experimentar un momento así.
No sabía si volvería a estar con Luka de esta manera, si
volvería a verlo enloquecer por mí, si iba a poder sentir la
excitación trémula y familiar en mi pecho cuando por fin
posara sus manos sobre mí y se rindiera ante mi cuerpo.
Creí que nuestra última vez sería en la habitación de ese
horrible hotel, así que me prometo que atesoraré cada
instante de esto.
Cuando ve el collar que decora mi cuello, frunce el ceño.
—¿Por qué llevas eso?
Paso el dedo por la seda y el emblema dorado.
—Para que todos sepan a quién le pertenezco.
Él se inclina hacia mí entrecerrando los ojos. Cuando ve la
«V» en mi cuello, sonríe.
—¿V?
—De Volkov —digo—. ¿Te gusta?
Esta vez, Luka es demasiado rápido para esquivarlo. Me
rodea la cintura con un brazo grueso y tira de mí hacia él
para que me siente a horcajadas sobre sus caderas. Sus
labios revolotean alrededor de mi clavícula y por la curva de
mis pechos.
Me deja un rastro de besos por el torso, casi hasta llegar al
ombligo, y vuelve a subir.
—Me gusta —dice con voz profunda y ronca—. Me
encanta.
Su boca sube por mi cuello hacia mi boca, pero me aparto
antes de que nuestros labios lleguen a tocarse. Su gruñido
de frustración vibra por todo mi cuerpo y me llega hasta la
médula.
Le paso una mano por el pecho y los marcados abdominales
hasta llegar a la cintura. Mis dedos juguetean con el botón,
pero no lo desabrocho.
Todavía no.
—¿Estás impresionado?
—¿Ah? —pregunta, con los ojos fijos en mi dedo, que
juguetea con el vello que desaparece bajo sus pantalones.
—¿Estás impresionado? —susurro, bajando el cuerpo hasta
apenas rozarlo.
Él levanta las caderas para tocarme, pero me aparto antes de
que pueda.
—Estoy impresionado —musita, rodeando mis caderas con
sus grandes manos y atrayéndome hacia su regazo.
—Entonces, ¿soy tuya? —pregunto meneando mi cuerpo
contra el suyo hasta que echa la cabeza hacia atrás con los
ojos cerrados.
Asiente con la cabeza.
—Sí. Eres mía.
Lo tomo del cuello con la mano y mi pulgar roza su oreja. Le
levanto la cabeza hasta que nuestros labios se encuentran.
Hasta que somos un choque de lenguas, labios y aliento.
Hasta que nos fundimos y no sé dónde acabo yo y dónde
empieza él.
De repente, ya se acabó el juego.
No me alejo cuando Luka se acerca ni esquivo sus manos.
Me rindo. Le estoy dando todo lo que tengo y todo lo que
soy porque lo necesitaba.
Lo necesito.
—Yo también te necesito —gime en mi boca.
No me di cuenta de que lo había dicho en voz alta, pero ya
casi no estoy consciente de lo que hago con las manos.
Vamos tan rápido que no puedo procesarlo todo.
Luka me baja los tirantes por los brazos hasta dejar mis
pechos al descubierto. Entierra la cara en mi piel, lamién-
dome, besándome y provocándome. Me pasa la lengua por
los pezones hasta ponerlos firmes y sensibles.
Le desabrocho los pantalones y deslizo la mano en su inte-
rior, tanteando con la mano su gran envergadura.
Nuestros preliminares son apresurados y torpes, porque
ambos estamos listos.
Llevamos horas listos.
Cuando nuestros invitados terminaron sus últimas bebidas
y se encaminaron a la puerta, Luka y yo casi no podíamos
dejar de tocarnos.
Me siguió hasta la cocina cuando fui a buscar una bandeja
de postres y me puso contra la nevera, cautivando mi boca
con un beso que me dificultó caminar en línea recta cuando
volví a la sala.
Toda la velada nos condujo a este momento. Cada segundo
de las últimas cuatro horas ha sido juego previo, y ahora
hacerlo físicamente parece innecesario.
—Te quiero dentro de mí —gimo contra su cuello.
Luka maldice en voz baja y me recuesta en el sofá. Sé que no
debería forzar la pierna innecesariamente, pero me quita la
ropa centímetro a centímetro y no tengo valor para dete-
nerlo. Ver su figura robusta sobre mí satisface un instinto
primitivo en mi interior. Puede que ahora sea una reina de
la mafia orgullosa y feroz, pero sigo sin poder resistirme a
que me dominen.
Con las manos y los pies, le bajo los pantalones y Luka me
ayuda sacando la pierna buena. Luego, con más cuidado, la
pierna herida. Arroja su ropa a la pila donde está la mía, y
entonces solo queda el roce de nuestras pieles.
Abro las piernas para él, dándole acceso, y él me besa
bajando por mi cuerpo hasta la cara interna del muslo.
Siento su aliento en mi centro antes de que me toque, como
un viento que augura una tormenta. Aun así, cuando su
lengua roza mi abertura, no estoy preparada.
Todo mi cuerpo describe un arco, sobrecogido por la
sorpresa, y se agita contra su boca. Luka me sujeta y lo hace
otra vez. Y otra vez.
Me lame y chupa hasta que mi cuerpo parece volverse
líquido, hasta que parece que voy a sumirme entre los
cojines del sofá sin poder volver a encontrarme.
Entierro los dedos en su cabello, atrayéndolo hacia mí, pero
Luka se resiste. Se aparta y me deja el cuerpo vacío, deseoso
y necesitado.
—Por favor —suplico al borde del abismo, desesperada y
ansiando la caída.
—No hasta estar dentro tuyo —dice Luka.
De repente, me agarra por las caderas, se recuesta y me
posiciona de modo que él quede debajo de mí en el sofá.
El deseo me enloquece tanto que me nubla la vista, así que
no me lo cuestiono ni vacilo. Simplemente lo rodeo con la
mano, lo coloco en mi centro y lo hundo en mí.
—Joder —gime Luka, posando una mano cálida en mi
trasero.
Estoy cerca.
De una vez tan, tan cerca.
—Córrete, amor —susurra, y su mano me anima a
menearme, a cabalgar, a usarlo como lo necesito.
Así que lo hago.
Muevo mis caderas sobre él cada vez más rápido hasta
quedar sin aliento. Hasta que ya no necesito otro aliento.
Todo lo que necesito es el cuerpo de Luka contra el mío.
Un calor estalla en mi vientre, enviando olas cálidas a mis
miembros y nublándome el juicio.
Grito echando la cabeza hacia atrás y arqueando el cuerpo
sobre él.
Mis músculos se contraen y se dilatan y me siento indefensa
ante la fuerza de mi orgasmo. No tengo más remedio que
dejarme llevar hasta el final. Y dejar que la ola me arrastre
hasta el fondo.
Cuando me recorren las últimas sacudidas, me desplomo
sobre su pecho con la respiración acelerada.
—Eso fue increíble.
—Es verdad —concuerda—. Verte es casi mi parte favorita.
Yo, aún débil, levanto un poco la cabeza.
—¿Casi?
Levanta una ceja, me carga y me hace a un lado. Luka me
posa en el sofá y me lame los músculos aún agitados.
Me extiende frente a él como un banquete y prueba un poco
de todo, consiguiendo de algún modo avivar el fuego en
cáscara en ruinas que es mi cuerpo.
Cuando está entre mis piernas y se desliza dentro de mí, lo
deseo tanto como hace un momento.
No parece posible desear tanto a alguien. Necesitarlo cons-
tantemente. Pero aquí estoy, desesperada y aferrada a él,
arañando su espalda.
Luka me embiste una y otra vez.
Levanto las piernas y lo atraigo hacia mí, intentando sin
éxito acercarme a él lo suficiente, tener suficiente de él.
Siento cuando empieza a perder el control.
Su respiración se agita y sus embestidas se tornan más enér-
gicas, más intensas.
No son una melodía cadenciosa, sino la voz más grave.
Lo rodeo con los brazos y lo sostengo mientras se desploma,
mientras sus músculos tiemblan y se sacudan.
Cuando termina, apoya la cabeza en mi pecho y yo le
acaricio la espalda.
Durante mucho tiempo, no supe si tendría esto. Si tendría
este tipo de familiaridad con alguien.
Incluso cuando me casé con Luka, me preocupaba que
siempre fuéramos dos extraños forzados a la proximidad.
Me preocupaba que siempre nos faltara intimidad y
comprensión, que él nunca me viera y viceversa.
Y, sin embargo, aquí estamos.
Desnudos y a gusto el uno con el otro.
En las dos últimas semanas, nos despojaron de todo excepto
de nuestro amor mutuo, y hemos emergido victoriosos y
más fuertes.
Al cabo de unos minutos, Luka se levanta y me tiende una
mano. Despacio por su pierna mala, subimos las escaleras
hasta nuestro dormitorio. Nos deslizamos entra las sábanas
y nos envolvemos el uno con el otro.
Justo cuando mi respiración empieza a sosegarse, Luka alza
la mano y me quita el collar de seda del cuello, arrojándolo
al suelo junto a la cama.
—¿Te arrepentiste de tu compra? —bromeo acurrucándome
contra él.
—Nunca —murmura, besándome la nuca—. Solo que era
una mentira, eso es todo.
—¿Una mentira? ¿Cómo así?
Siento su erección pegada a mi espalda baja y mi cuerpo,
preparado, se estremece. Luka me pone boca arriba y se
arrastra de nuevo sobre mí, como si su cuerpo fuera un
escudo contra el mundo exterior, bloqueando todo lo que
no sea importante. Todo lo que no sea él.
—El collar hace parecer que me perteneces —dice. Su dedo
se desliza por mi cuerpo y se posa entre mis piernas, dibu-
jando sensuales círculos en mi centro—. Los dos sabemos
que es al revés. Yo soy tuyo.
—¿Mío? —gimo, poniendo los ojos en blanco.
Él hunde su dedo en mí y me acaricia.
—Todo tuyo.