Justicia y verdad en el Palacio de Justicia
Justicia y verdad en el Palacio de Justicia
La toma del Palacio de Justicia por parte de la guerrilla Movimiento 19 de abril (M-19)
marcó la historia de Colombia debido a que se puso en jaque la institucionalidad de la
rama judicial del poder público. La discusión de los hechos ocurridos el 6 y 7 de
noviembre de 1985 se ha dado desde diversos puntos de vista y aún hoy constituye tema
de debate nacional. En particular a la opinión pública y a las víctimas les quedan dudas
sobre la verdad de los hechos ocurridos luego de la retoma por parte del Ejército
Nacional, de los cuales se afirma que las fuerzas estatales torturaron y desaparecieron a
un grupo de sobrevivientes. El tema es de gran debate ya que se ha perseguido y
condenado a Jesús Armando Arias Cabrales y a Alfonso Plazas Vega, cabezas visibles de
las Fuerzas Militares en la retoma del Palacio. Un sector de la opinión pública plantea que
no se debería condenar a quienes combaten la ilegalidad en el contexto colombiano. No
obstante, las víctimas y sus familiares tienen derechos a la verdad, la justicia y la
reparación. Por lo cual es imperativo buscar esclarecer los hechos y adjudicar
responsabilidades.
La toma Palacio de Justicia sigue siendo un evento sin resolver para el país. No en vano
la ley de víctimas promulgada en 2011 determina que las víctimas son aquellas a las que
se le hayan violado derechos desde el 1 de enero de 1985, cuando inicialmente se había
determinado 1991 como la fecha de límite. Lo más significativo para efectos de los
derechos a la verdad y la justicia de las víctimas del Palacio de Justicia y sus familiares es
que no se han encontrado los restos de la gran mayoría de los desaparecidos. Casi 30
años después de los hechos los familiares de las víctimas siguen buscando respuestas,
principalmente acudiendo a instancias judiciales en las cuales se ha exigido al Estado
colombiano intensificar la búsqueda, sin resultados positivos hasta ahora. Por esta razón
los familiares de las víctimas acudieron a la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos, la cual presentó el caso ante la Corte Interamericana, que a su vez emitió el
fallo condenatorio en noviembre de 2014.
Hoy en día en el país, el debate sobre derechos de las víctimas y mecanismos de justicia
transicional está creciendo en intensidad e interlocutores por cuenta de la negociación del
Gobierno con la guerrilla de las Farc en La Habana. La opinión generalizada, en
consonancia con las obligaciones internacionales de Colombia, es que los crimines de
lesa humanidad no pueden quedar impunes, en especial aquellos perpetrados por grupos
al margen de la ley.
La sentencia estudiada condena al Estado por acción y omisión en violaciones a derechos
humanos. Aunque la condena constituye un paso más en la búsqueda de la satisfacción
de los derechos de los familiares de las víctimas, por la inoperancia de la justicia
colombiana todavía hace falta determinar qué agentes del Estado se encargaron de
cometer estos crímenes.
El presente análisis busca, en primer lugar, analizar los argumentos utilizados por la Corte
para condenar al Estado colombiano y, en segundo lugar, examinar los posibles aportes
de la sentencia en lo que respecta a la justicia transicional. Se resaltarán los puntos
fundamentales de la sentencia, a saber: (1) la aceptación parcial de responsabilidad por
parte del Estado colombiano; las condenas por (2) desaparición forzada, (3) detención
ilegal, tortura tratos crueles y degradantes, (4) violación de las garantías judiciales, (5) el
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incumplimiento del deber de prevención de violaciones a los derechos humanos y (6) las
violaciones a la integridad física de los familiares de las víctimas; (7) las medidas de
reparación ordenadas por la Corte y, por último, (8) una breve conclusión.
Como comentario preliminar, cabe aclarar que los hechos ocurridos en el Palacio de
Justicia los días 6 y 7 de noviembre de 1985 son bien conocidos y sobre ellos existen
pocas controversias. Las discusiones que se dan en la sentencia en cuanto al marco
fáctico serán resaltadas en su momento.
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significa que el Estado no admite que sus agentes desaparecieron ciudadanos
sistemáticamente ni la teoría de la autoría mediata en aparato organizado de poder, que
se ha usado para condenar a militares en Colombia. Por otro lado, el hecho de no aceptar
responsabilidad por acción exime al Estado de buscar responsables individuales, puesto
que el delito de desaparición forzada por parte del Estado no puede darse por omisión.
Cabe mencionar que este acto fue considerado por los representantes de víctimas como
oportunista, como un intento del Estado por minimizar la condena, puesto que la
responsabilidad aceptada es limitada y a veces contraria a lo ya decidido en instancias
judiciales internas. Esto puede deberse a que las condenas de Plazas Vega y Arias
Cabrales están en proceso de casación. Sin embargo, resulta absurdo que el Estado
colombiano no acepte hechos o situaciones que la Corte va a dar por probados porque ya
han sido aceptados y declarados como ciertos por instancias penales internas. Además
de esto último, hay que tener en cuenta que la Corte es reiterativa en afirmar que el
criterio probatorio para responsabilidad internacional por violación a los derechos
humanos es mucho más laxo que el del derecho penal.
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El Estado colombiano planteó una defensa bastante técnica y utilizando argumentos
probatorios afirmó que no se probó en el proceso uno de los elementos esenciales del
ilícito de desaparición forzada, a saber, el de la detención de las víctimas. Argumentó que
no se puede suponer esta detención por el simple hecho de no conocer el paradero de los
presuntos desaparecidos. Sin embargo, la Corte no llega a concluir que los desaparecidos
fueron detenidos por el Estado por el simple hecho de desconocer su paradero, sino por
medio de más elementos de convicción.
Debido a la aceptación parcial de responsabilidad por parte del Estado, la Corte consideró
que no existe controversia sobre la desaparición de Carlos Augusto Rodríguez Vera
e Irma Franco Pineda, ni tampoco hay debate en cuanto a las omisiones estatales en el
desarrollo de las investigaciones, levantamiento de cuerpos y manejo de la escena del
crimen.
El análisis de la Corte comienza con la descripción del delito de desaparición forzada,
afirmando que este no se configura simplemente porque se desconozca el paradero de
una persona. Los elementos del ilícito, de acuerdo con la jurisprudencia de la propia Corte
Interamericana son: “a) la privación de la libertad; b) la intervención directa de agentes
estatales o la aquiescencia de éstos, y c) la negativa de reconocer la detención y de
revelar la suerte o el paradero de la persona interesada”. La Corte describe este delito
como pluriofensivo y permanente, por lo cual “mientras perdure la desaparición los
Estados tienen el deber correlativo de investigarla y, eventualmente, sancionar a los
responsables”. Cabe mencionar que en Colombia fue bastante polémica la declaración de
la desaparición forzada como un delito permanente porque de alguna forma eliminó los
términos de prescripción y permitió retomar la persecución penal en algunos procesos en
los que se alegó prescripción.
De entrada, la Corte rechaza la posibilidad de que las presuntas víctimas hayan muerto
por cuenta del incendio ocurrido en el Palacio de Justicia, alegando que está probado que
salieron con vida del Palacio y que por ende corresponde determinar si fueron
desaparecidas por el Estado colombiano. Afirma, de acuerdo con su jurisprudencia y la
del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que “en casos donde no se ha demostrado
la detención de una persona por autoridades estatales, se puede presumir o inferir dicha
detención si se establece que la persona estaba en un lugar bajo control del Estado y no
ha sido vista desde entonces”. En el caso del Palacio de Justicia es incontrovertible que el
Ejército tenía pleno control de la zona y en especial de las personas que salieron del
Palacio.
La Corte fundamentó las conclusiones de la sentencia en indicios, y al respecto afirma,
basada en su propia jurisprudencia, que “es legítimo el uso de la prueba circunstancial, los
indicios y las presunciones para fundar una sentencia, siempre que de ellos puedan
inferirse conclusiones consistentes sobre los hechos”. En otras palabras, se da por
probada la situación que sea reiterada en las distintas pruebas y testimonios. Criterio que
no tuvo en cuenta el Estado colombiano en la formulación de su defensa.
Por otra parte, la Corte es reiterativa en afirmar que no es un tribunal penal, por lo cual en
los casos de responsabilidad internacional por violaciones de derechos humanos “no es
necesario que se pruebe la responsabilidad del Estado más allá de toda duda razonable”.
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En cuanto a la carga de la prueba, la Corte es clara en decir que en principio corresponde
probar a quien alega, pero que, no obstante, se debe aplicar un criterio de carga dinámica
de la prueba cuando el Estado esté en capacidad de probar, por lo cual no es aplicable el
principio del derecho penal de presunción de inocencia hasta que se demuestre lo
contrario. Esto implica que el Estado debería probar su inocencia, puesto que su posición
le permite corroborar o controvertir la mayoría de los hechos, máxime frente a una
situación tan importante como lo fue la toma del Palacio de Justicia y en la que
intervinieron activamente las autoridades.
La Corte basó sus conclusiones frente a la desaparición forzada en ocho indicios en los
que fundamenta su decisión de condenar al Estado por los hechos ocurridos el 6 y 7 de
noviembre de 1985 en el Palacio de Justicia. Estos indicios son: “(a) la clasificación de los
desaparecidos como sospechosos; (b) la separación y falta de registro de las personas
consideradas sospechosas; (c) el traslado de sospechosos a instalaciones militares donde
ocurrieron torturas y desapariciones; (d) la información recibida por los familiares sobre la
salida con vida de los desaparecidos; (e) la negativa de la fuerza pública respecto de la
detención de personas provenientes del Palacio de Justicia; (f) las alteraciones a la
escena del crimen y las irregularidades en el levantamiento de cadáveres; (g) las
amenazas a los familiares y conocidos; (h) los reconocimientos de imágenes en video por
familiares y conocidos”. Por otro lado, se analizan la hipótesis del Estado colombiano
“según la cual (i) es posible que las personas desaparecidas hubieren fallecido dentro del
Palacio de Justicia, así como tomará en cuenta (j) la falta de esclarecimiento de los
hechos, para determinar lo sucedido a las referidas presuntas víctimas”. La estrategia de
la Corte es hacer de todos los indicios una plena prueba de las violaciones cometidas por
Colombia y esto le es posible porque no requiere convicción más allá de la duda
razonable.
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claro que las personas que se comunicaron con los familiares de los retenidos hablaran
en nombre del Estado o expresaran la posición oficial.
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afirmaron en los juicios que en el contexto se podían considerar como órdenes de
desaparición.
La información recibida por los familiares sobre la salida con vida de los
desaparecidos. Múltiples familiares manifestaron haber recibido información en los días
de los hechos que indicaba que sus familiares habían salido con vida del Palacio de
Justicia. Información que fue corroborada en algunos casos por otras personas o en las
narraciones de los medios de comunicación. Reconoce la Corte que las declaraciones de
los familiares no son corroborarles pero que “constituyen un indicio más sobre la alegada
salida con vida y detención de las personas desaparecidas”.
Las amenazas a los familiares y conocidos. Varios familiares de las víctimas declararon
haber sido objeto de amenazas con el objetivo de evitar que insistieran en la búsqueda de
los desaparecidos. La Corte cita la sentencia del Juzgado tercero penal del Circuito con la
cual se condenó a Alfonso Plazas Vega y en la que se afirma que las fuerzas del Estado
tenían “la intención de evitar a toda costa, léase bien, a toda costa, el esclarecimiento de
los hechos, ‘advirtiendo’, o intimidando a quienes estuvieran realizando gestiones de
búsqueda respecto de los once desaparecidos, o estuvieran dispuestos a dar información
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acerca de ellos”. No obstante, al análisis de la Corte solo le interesa el hecho de que hubo
amenazas, el fin de estas no le es relevante.
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punto es relevante teniendo en cuenta que se requiere de una temperatura mínima para
que se dé la calcinación. Según Bacigalupo, las llamas no llegaron al punto en que
calcinarían completamente los cuerpos. De acuerdo a lo anterior la Corte concluyó que “(i)
no se sabe con precisión qué temperatura alcanzó el incendio en el Palacio de Justicia y
las temperaturas informadas no pueden tomarse como datos definitivos o exactos; (ii) en
el cuarto piso del Palacio de Justicia, donde la acción del fuego impactó más fuerte,
fueron recogidos cadáveres calcinados que, si bien en algunos casos estaban
incompletos, no habían desaparecido en su integridad, y (iii) aún (sic.) cuando es
científicamente posible que se consuma un cuerpo en su integridad por la acción del
fuego”. Acierta la Corte, más teniendo en cuenta que otros cuerpos estuvieron a merced
de las llamas y no desparecieron completamente.
Por último, no fue de buen recibo el argumento en cuanto a la entrega equivocada de los
cuerpos. Al respecto la Corte consideró atinadamente que sería “una coincidencia poco
razonable que dichos errores justamente afecten a los ocho empleados de la
cafetería que continúan desaparecidos. Además, lo anterior implicaría ignorar las
demás pruebas que han surgido sobre su salida con vida y presunta desaparición
forzada”. En resumen, el Estado no presentó una hipótesis plausible de lo que le
ocurrió a los desaparecidos.
Sin embargo, la Corte resalta que en las sentencias que se han dictado en Colombia se
concluyó que algunas de las víctimas en el proceso fueron desaparecidos forzosamente,
lo cual no implica un esclarecimiento satisfactorio de los hechos.
De acuerdo a las consideraciones e indicios mencionados la Corte concluyó que por parte
de las Fuerzas Militares se dio un modus operandi consistente en separar a personas
como sospechosas, llevarlas a guarniciones militares, torturarlas y finalmente
desaparecerlas. Se determinó que Cristina del Pilar Guarín Cortés, David Suspes
Celis, Bernardo Beltrán Hernández, Héctor Jaime Beltrán Fuentes, Gloria Stella
Lizarazo Figueroa, Luz Mary Portela León, Lucy Amparo Oviedo Bonilla y Gloria
Anzola de Lanao fueron víctimas del delito de desaparición forzada.
En cuanto a Norma Constanza Guerrero la Corte consideró, de acuerdo a varias pruebas
aportadas, que es altamente probable que su cuerpo haya sido confundido con el del
Magistrado Pedro Elías Serrano, a similar conclusión se llegó en las sentencias internas.
Aprovechó la Corte para reprocharle, con razón, al Estado colombiano por no haber
esclarecido este incidente, más teniendo en cuenta que todo indica que se cometió la
equivocación.
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Sobre la presunta desaparición y ejecución extrajudicial de Carlos Horacio Urán.
Teniendo en cuenta que el caso del exmagistrado auxiliar tiene como particularidad que
su cuerpo fue encontrado y se determinó que murió por causas ajenas al combate la
Corte dispone un literal especial para tratar su caso. La Comisión argumentó que Urán
salió con vida del Palacio y custodiado por militares, posteriormente fue desaparecido y
ejecutado. Afirmó que su cuerpo fue lavado, despojado de sus posesiones personales y
llevado a medicina legal. Afirma la Comisión que si bien estuvo desaparecido por un
periodo corto de tiempo esto no obsta para que se configure el delito de desaparición
forzada. En similar sentido se expresó la representación de las víctimas agregando que
la primera necropsia acreditó que el exmagistrado recibió un impacto de bala a corta
distancia. Por su parte, el Estado colombiano afirmó que el cuerpo del Urán fue
encontrado en el Palacio de Justicia y que debido a las fallas en el manejo de la escena
del crimen y el levantamiento de cadáveres no se puede determinar las circunstancias de
su muerte.
Indicios sobre la salida con vida y detención de Carlos Horacio Urán Rojas. Múltiples
versiones se consignaron en el expediente ante la Corte que afirma que Urán Rojas salió
con vida del Palacio de Justicia, la diferencia de estas versiones con las que afirman que
murió durante los combates es que muchas son reconocimientos en video de familiares y
amigos. Adicionalmente, en una inspección judicial se encontraron objetos personales del
exmagistrado en le Brigada XIII del Ejército entre los que se encontraban varios
documentos de identificación.
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De acuerdo a lo anterior, la Corte decidió que Carlos Horacio Urán fue víctima de
desaparición forzada y ejecución extrajudicial. Da por probado de acuerdo la
declaración de su esposa, lo afirmado en sentencias nacionales y pruebas allegadas: el
exmagistrado fue considerado como sospechoso por la fuerza pública y por lo tanto
recibió el trato descrito. Por último, resaltó el mal manejo de la escena del crimen por
parte de las autoridades y descartó la posibilidad de que el exmagistrado haya muerto en
medio del combate o por causa de las llamas. La Corte adopta la opinión del perito
Bacigalupo que concuerda con la Comisión de la Verdad en el sentido de que Carlos
Horacio Urán fue ejecutado. Al respecto la Comisión dijo en su informe que las secuelas
del disparo recibido por el exmagistrado también fueron encontradas en los cuerpos de
siete guerrilleros.
Si bien la Corte no tiene una sola plena prueba de que el Estado es responsable por
acción de la desaparición forzada de las víctimas del proceso si es posible colegir de los
indicios mencionados por la Corte que el Colombia es responsable. Más teniendo en
cuenta que el criterio de responsabilidad internacional no es el mismo que el de un
proceso penal. Los indicios planteados por la Corte vistos de manera individual no son
suficientes para adquirir convicción de la desaparición forzada, sin embargo, la suma de
estos permite deducir esta conclusión de manera razonable. Más si se tiene en cuenta
que de acuerdo al criterio de la carga dinámica de la prueba el Estado está obligado a dar
una respuesta plausible frente a las dudas del caso, cosa que no cumplió ya que las
hipótesis planteadas no son más probables que la de la desaparición.
Al respecto la Comisión alegó que las víctimas fueron detenidas ilegalmente por el
Estado ya que fueron considerados como sospechosos o “especiales”. Por lo cual los
interrogaron y torturaron, violando así sus derechos a la libertad e integridad personal. La
representación de las víctimas se manifestó en similar sentido, resaltando que a las
víctimas en ningún momento se les informó de las causas de su detención, no se les dio
la posibilidad de comunicarse con un abogado o con sus familias, ni fueron presentados
ante autoridad judicial alguna.
Por su parte el Estado colombiano aceptó la acusación en lo que respecta a los entonces
estudiantes Yolanda Santodomingo y Eduardo Matson Ospino, hechos que calificó como
“graves, pero aislados”. En ese sentido argumentó que las detenciones de Orlando
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Quijano y José Vicente Rubiano fueron efectuadas de acuerdo a la ley y que en ningún
momento se acreditó con pruebas contundentes que hayan sido víctimas de malos tratos
o torturas.
Por su parte, José Viciente Rubiano declaró en 2007 que no denunció nada porque “ellos
[los] amenazaron, el Ejército, que si [él] demandaba [los] mataban a [él] y a [su] familia,
por las torturas que [le] hicieron”. La Corte manifiesta que solo se cuenta con las
declaraciones de las víctimas pero en todo caso “toma nota” de que las declaraciones son
consistentes entre sí.
Teniendo en cuenta los indicios presentados la Corte determinó que Orlando Quijano y
José Vicente Rubiano fueron víctimas de malos tratos y detenciones arbitrarias, lo cual
implica una violación de sus derechos a la libertad e integridad personal. Aclaró antes que
su función como juzgador no es la misma que la de un tribunal penal y que por lo tanto no
es necesario tener convicción de los hechos más allá de toda duda razonable.
Frente a la detención ilegal, la Corte afirma que en el caso sub judice le corresponde
determinar si las detenciones se ajustaron al derecho colombiano. En cuanto a la
detención arbitraria afirma la Corte que no solo es arbitraria la detención ilegal, sino que la
interpretación normativa debe cobijar los derechos incluidos en la Convención. Afirma
también que, de acuerdo a lo dicho por el Comité Internacional de la Cruz Roja, la
prohibición de detenciones arbitrarias es una norma de derecho consuetudinario y por lo
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tanto aplicable a escenarios de conflicto armado internacionales o no internacionales.
Concluye la Corte diciendo que la falta de registro puede constituir violación a los arts. 7.2
y 7.3 de la Convención Interamericana.
Igual suerte corrieron Yolanda Santodomingo y Eduardo Matson Ospino quienes fueron
consideraros sospechosos por los militares pero no se registró su ingreso al Batallón
Charry Solano. La Corte manifestó que “la determinación de quienes eran considerados
‘sospechosos’ descansó en la apreciación personal y subjetiva de los oficiales militares,
sin que hubieran sido aportados elementos objetivos y concretos que justificaron dicha
apreciación”. Por consiguiente, la Corte determinó que las detenciones de
Santodomingo, Matson Ospino y Quijano fueron violatorias de la Convención
Americana de Derechos Humanos.
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Frente a Yolanda Santodomingo y Matson Ospino la Corte determinó que
“al llegar al Batallón Charry Solano los vendaron, prendieron un gas o humo ‘como eucalipto’
en la camioneta que les dio sensación de asfixia y les hicieron dar vueltas para
desorientarlos; (vi) cuando se bajaron los separaron, a Eduardo Matson Ospino le hicieron
cargar ‘un listón de madera muy grueso y pesado’ y los pasaron por lo que ambos
escucharon como un arroyo o quebrada, donde los amenazaron que los iban a ‘tirar’, y (vii)
por último, en el Batallón Charry Solano los colocaron en cuartos distintos, donde los
amarraron con esposas a camas y nuevamente fueron sometidos a interrogatorios y objeto de
agresiones físicas y psicólogas, tales como amenazas de muerte”.
En cuanto a Orlando Quijano la Corte dio por probado que lo obligaron a mantenerse de píe
por varias horas y con las manos en la nuca y fue sometido a largos interrogatorios. A José
Vicente Rubiano, según lo probado en el proceso, lo golpearon en repetidas ocasiones y le
aplicaron descargas eléctricas en su estómago y testículos. Por lo anterior la Corte
consideró que a estas cuatro víctimas se les violó su derecho a la integridad personal
en los términos de los artículos 5.1 y 5.2 de la Convención.
De todos los hechos probados en el juicio es claro que la actitud de los militares posterior a la
retoma era completamente predatoria. Cabe resaltar que es un hecho grave que las FFMM
hayan presumido que la condición de estudiante era suficiente para ser simpatizante de
grupos guerrilleros, ese tipo de sesgos son completamente infundados y contribuyen a
estigmatizar a grupos que no tienen relación directa con la ilegalidad. Por lo demás, es claro
que a las personas consideradas sospechosas se les dio un trato cruel y degradante, como
se colige de los múltiples indicios mencionados en la sentencia.
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ilegitima. Para las víctimas los beneficios penitenciarios que han recibido algunos de los
condenados en Colombia corresponden a una “situación de impunidad”.
El Estado rechazó como violación de la Convención la intervención de la jurisdicción penal
militar alegando que no se demostró la falta de parcialidad e independencia de los jueces
militares y que actualmente las investigaciones sobre los hechos del Palacio de Justicia están
en manos de la Fiscalía General de la Nación. Por último, destacó que las omisiones
investigativas no fueron actuaciones deliberadas del Estado ni actos de encubrimiento; se
escudó también en su negligencia puesto que argumentó que para la época no existían
planes de contingencia frente a actos terroristas o desastres masivos.
La Corte hace un recuento de su jurisprudencia sobre la obligación de investigar. Aclara que
esta obligación, en relación a la desaparición forzada, persiste hasta que se tenga claridad
sobre el paradero de la persona desaparecida o sus restos. El análisis sobre los hechos
controvertidos de la Corte se dividió en (i) las investigaciones en la jurisdicción penal militar,
(ii) la detención de presuntos responsables en instalaciones militares, (iii) la falta de
investigación de oficio, (iv) la omisión en la búsqueda de las víctimas, (v) la debida diligencia
en las investigaciones, (vi) el plazo razonable en las investigaciones y (vii) el derecho a
conocer la verdad.
Investigaciones en la jurisdicción penal militar. Afirma la Corte, en primer lugar, que los
procesos ante la jurisdicción militar fueron cortos y terminaron en la cesación de
procedimientos por falta de méritos (frente a la desaparición forzada) y en la declaración de
prescripción (en cuanto a las torturas). En segundo lugar, el análisis de la Corte se centra en
el fuero militar, del cual afirma solo aplica para “militares activos por la comisión de delitos o
faltas que por su propia naturaleza atenten contra bienes jurídicos propios del orden militar”.
Afirma la Corte que si bien la jurisdicción penal no está prohibida por el derecho internacional
“tomando en cuenta la naturaleza del crimen y el bien jurídico lesionado, la jurisdicción penal
militar no es el fuero competente para investigar y, en su caso, juzgar y sancionar a los
autores de violaciones de derechos humanos sino que el procesamiento de los responsables
corresponde siempre a la justicia ordinaria”.
Critica la Corte que el Estado colombiano reclame como legítimo el fuero penal militar
teniendo en cuenta que en 1987 la Corte Suprema de Justicia había rechazado de forma
clara “que militares o policías implicados en desapariciones forzadas fuesen procesados por
tribunales castrenses, pues la desaparición forzada no podía considerarse un acto del
servicio”. De nuevo el Estado colombiano escoge una estrategia de defensa que es
previsiblemente defectuosa ya que no corresponde a los criterios establecidos por la Corte.
Pareciese que el Estado defiende la intervención de la jurisdicción militar como un punto de
honor puesto que no es claro por qué no aceptó responsabilidad en este aspecto, que no
implica mucho más que lo ya aceptado.
De acuerdo a lo anterior, la Corte declara que Colombia violó el principio de juez natural, lo
cual es una violación al debido proceso. Esto implica un incumplimiento de la obligación
contenida en el artículo 8.1 de la Convención que obliga a juicios con juez competente. Es
apenas obvio que los crímenes de lesa humanidad no hacen parte de las funciones militares,
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las reglas permitidas en combate están claramente establecidas en el Derecho Internacional
Humanitario que es particularmente vinculante para los estados.
Reprocha la Corte que el Estado colombiano se haya tomado más de 16 años para investigar
las desapariciones y que haya situaciones que todavía no han sido investigadas, como las
torturas a Orlando Quijano. Por lo tanto la Corte concluyó que el Estado colombiano
incumplió su obligación de investigar.
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Omisión en la búsqueda de las víctimas. Manifiesta la Corte que los estados tienen
obligación de investigar efectivamente el paradero de personas consideradas desaparecidas.
En el caso de desaparición forzada la Corte manifiesta, de acuerdo a su jurisprudencia, que
los estados tienen una obligación de medio consistente en “realizar una búsqueda seria, por
la vía judicial o administrativa adecuada, en la cual se realicen todos los esfuerzos, de
manera sistemática y rigurosa, con los recursos humanos, técnicos y científicos adecuados e
idóneos para dar con el paradero de las personas desaparecidas”. Constata la Corte, basado
en la evidencia aportada, en el peritaje de Carlos Bacigalupo y las consideraciones del
Tribunal Superior de Bogotá, que el Estado colombiano no ha cumplido a cabalidad con
su obligación de investigar, a pesar de que se han desarrollado algunos procedimientos
tendientes a determinar el paradero de las víctimas del caso.
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Plazo razonable en las investigaciones. De acuerdo al artículo 8.1 de la Convención
Interamericana las víctimas tienen derecho a que las investigaciones se resuelvan en un
plazo razonable, esto es desde que comienza la investigación hasta que las condenas
quedan en firme. La Corte ha determinado esta razonabilidad partiendo de los siguientes
elementos: “a) complejidad del asunto; b) actividad procesal del interesado; c) conducta de
las autoridades judiciales, y d) afectación generada en la situación jurídica de la persona
involucrada en el proceso”. Teniendo en cuenta lo anterior, frente al caso sub judice, la Corte
determinó que “han transcurrido 29 años desde que ocurrieron los hechos, sin que todavía se
hubiera esclarecido completamente lo ocurrido ni determinado el paradero de las personas
desaparecidas. (…) Por 16 años no se realizó ninguna investigación por la desaparición de
las víctimas y la investigación del presente caso no avanzó significativamente hasta 2005, es
decir, 20 años después del inicio de las desapariciones”.
Teniendo en cuenta lo anterior, la Corte determina que “esta falta de investigación durante tan
largo período configura una flagrante denegación de justicia y una violación al derecho de
acceso a la justicia de las víctimas”.
Derecho a conocer la verdad. El derecho a la verdad se encuentra subsumido en los
derechos de las víctimas y sus familiares a recibir por parte del Estado un esclarecimiento de
los hechos de acuerdo al artículo 8 de la Convención. En el presente caso, como lo determinó
la Corte, han “transcurridos 29 años de los hechos aún no se conoce toda la verdad sobre lo
ocurrido a las víctimas (…) o su paradero”, lo cual implica una violación de los derechos de
las víctimas y sus familiares.
Quedó probado en la sentencia que los esfuerzos de la justicia colombiana para esclarecer lo
ocurrido en el Palacio de Justicia fueron tardíos e insuficientes. De no ser por la reactivación
de las investigaciones a principios de siglo y el impulso de la fiscal delegada Ángela María
Buitrago la labor investigativa del Estado seguiría en el mismo punto que en la década de los
90. Esto es completamente inaceptable puesto que desde entonces se sabía que se habían
cometido excesos y que el Estado estaba en la obligación de investigar. En este punto no
queda duda de la responsabilidad del Estado. Habrá que ver si la sentencia tiene efecto y si el
Estado cumple con las órdenes dadas por la Corte en lo que respecta a las investigaciones y
sanciones.
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fáctico, que no “tenía conocimiento de la magnitud del ataque” y que la seguridad policial se
había retirado por petición del presidente de la Corte Suprema de Justicia.
Obligación de prevención. La Corte ha desarrollado jurisprudencialmente la obligación de
prevenir violaciones a la vida e integridad personal contenidos en los artículos 4 y 5 de la
Convención. Aclara que la obligación de prevención es de medio y no se demuestra
incumplimiento con la simple demostración del hecho, es decir, no existe la responsabilidad
objetiva cuando se trata de violaciones de derechos humanos entre particulares. Los criterios
desarrollados por la Corte para determinar que se incumplió dicha obligación son que “(i) al
momento de los hechos existía una situación de riesgo real e inmediato para la vida de un
individuo o grupo de individuos determinados, (ii) las autoridades conocían o debían tener
conocimiento, y (iii) no adoptaron las medidas razonables y necesarias para prevenir o evitar
ese riesgo”.
En el caso del Palacio de Justicia la Corte dio por probado que el Estado colombiano tenía
pleno conocimiento de los planes de la guerrilla, a tal punto que la Policía Nacional reforzó la
seguridad de los magistrados; desde el DAS enviaron comunicaciones de alerta a las
unidades tácticas; se dio una reunión del Consejo Nacional de Seguridad en el la que se trató
el tema; se desarrolló un plan táctico y un estudio de seguridad que fue presentado a la Corte
Suprema y al Consejo de Estado. Y por si fuera poco, el Ministro de Defensa declaró ante el
Congreso de la República el 16 de octubre de 1985 que el gobierno tenía información de los
planes del M-19 de tomarse el Palacio de Justicia, información que fue trasmitida por los
medios de comunicación.
Se tuvieron en cuenta los pronunciamientos del Consejo de Estado en los cuales se evidencia
la negligencia del Estado frente a las latentes amenazas, que manifestó:
“[Las] autoridades [estatales] con su negligente y omisiva conducta dieron lugar, o por lo
menos facilitaron, la ocupación del Palacio de Justicia, pues conociendo de antemano que
existían amenazas no solo contra la vida e integridad de los magistrados, sino de ocupación
por parte del M-19 de la edificación, a pesar de estar en capacidad de evitar la anunciada
toma, ninguna medida preventiva ordinaria tomaron, mucho menos extraordinaria, como lo
exigía la situación. Esa contribución estatal traducida en la falla del servicio que le permitió al
M- 19 tomarse el Palacio de Justicia es la que hace recaer la responsabilidad exclusivamente
sobre la Nación”
La Corte descartó la afirmación del Estado según la cual la seguridad fue disminuida por
petición expresa del presidente de la Corte, Alfonso Reyes Echandía. La consideró no
probada y planteó que de ser cierta no es dable que el riesgo de todos los magistrados y
visitantes del Palacio haya dependido de la voluntad del presidente de la Corte. Por lo anterior
la Corte declaró, de acuerdo a lo probado, que el Estado incumplió las obligaciones referidas.
No encontró necesario pronunciarse sobre la acusación de una acción deliberada por parte
del Estado para permitir el ataque.
Este punto es poco conocido entre la ciudadanía y es de plena importancia, porque si bien la
responsabilidad de la toma recae completamente sobre el M-19, no es admisible que el
Estado sea negligente frente a amenazas tan serias, que están encaminadas directamente a
poner en jaque una de las ramas del poder público. La condena por la falta de prevención es
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acertada, máxime si se tienen en cuenta las numerosas manifestaciones del Estado
reconociendo la amenaza, que incluso se llegó a anunciar por la radio.
Es apenas lógico que se condene al Estado por el sufrimiento de los familiares, y más si ya se
comprobó que su actitud no fue diligente y que no hubo ningún acompañamiento a las
víctimas sino décadas después de los hechos.
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Reparaciones
El Estado determinó reparaciones en diversas modalidades, desde lo pecuniario hasta lo
simbólico. El capítulo XIV de la sentencia desarrolla estos aspectos, que se analizaran a
continuación.
El criterio de reparación utilizado por la Corte Interamericana parte del artículo 63.1 de la
Convención, el cual ha sido desarrollado por la Corte hacia la reparación integral que implica
devolver, en la medida de lo posible, a la víctima a las condiciones anteriores al daño. Como
víctimas del caso la Corte determina que son las 13 personas desaparecidas forzadamente,
las cuatro detenidas ilegalmente y torturadas y los 138 familiares afectados.
Respecto a la obligación de investigar los hechos e identificar, juzgar y, en su caso,
sancionar a los responsables, la Corte determina que el Estado colombiano debe “remover
todos los obstáculos, de facto y de jure, que mantienen la impunidad en este caso, y llevar a
cabo las investigaciones amplias, sistemáticas y minuciosas que sean necesarias para
determinar, juzgar, y, en su caso, sancionar a todos los responsables de las desapariciones
forzadas”. Condiciona estas investigaciones a que sean pertinentes, diligentes y en un plazo
razonable. A su vez obliga al Estado a “abstenerse de recurrir a la aplicación de leyes de
amnistía ni argumentar prescripción, irretroactividad de la ley penal, cosa juzgada, ni el
principio non bis in idem o cualquier eximente similar de responsabilidad, con el fin de
excusarse de la obligación de investigar y enjuiciar a los responsables” y a que las
investigaciones en todo momento se den a cargo de la jurisdicción ordinaria. Por último,
obliga al Estado colombiano a divulgar a la sociedad civil los resultados de las investigaciones
y juzgamientos.
En cuanto a la determinación del paradero de las víctimas desaparecidas, la Corte
determina que Colombia “efectúe una búsqueda rigurosa por la vía judicial y administrativa
pertinente, en la cual realice todos los esfuerzos para determinar, a la mayor brevedad, el
paradero de las once víctimas” A su vez obliga al Estado a cubrir cualquier gasto en el que se
incurra en la identificación, devolución y entierro de los desaparecidos.
La Corte también incluyó medidas de rehabilitación y satisfacción para los familiares de las
víctimas. La rehabilitación consiste en que el Estado colombiano le brinde tratamiento
psicológico y psiquiátrico a los familiares de las víctimas por el tiempo que sea necesario.
Por su parte, las medidas de satisfacción son mucho más amplias. Incluyen, en primer lugar,
la publicación y difusión de la Sentencia que para la Corte implica una reparación per se,
lo cual implica un resumen publicado en el diario oficial y en un diario de publicación nacional
así como colgar la sentencia en un sitio web oficial. También, el Estado deberá dar publicidad
del resumen oficial de la sentencia por medio de una emisora radial y un medio televisivo
nacional. En segundo lugar, el Estado deberá organizar un acto público de reconocimiento
de responsabilidad, al que deben asistir altos funcionarios y las víctimas y se debe hacer
referencia a las violaciones de derechos humanos determinadas en la sentencia. Por último,
se obliga a Colombia a elaborar un documental audiovisual que deberá ser presentado en
un medio de televisión nacional, con lo cual se busca preservar la memoria histórica.
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Conclusión
El Estado colombiano fue condenado después de más de 30 años por los excesos de sus
agentes luego de la retoma del Palacio de Justicia. La Corte Interamericana de Derechos
Humanos constató que Colombia incumplió las obligaciones de respeto y garantía de los
derechos humanos contenidas en el artículo 1.1 de la CADH, en relación a los derechos a la
vida, integridad personal, garantías judiciales y prevención de violaciones a los derechos
consignados en la Convención.
Como bien lo manifestó la Corte en las consideraciones de la sentencia, el criterio probatorio
no es tan estricto como el de un juicio penal, debido a que se está juzgando a un Estado que
debe ser garante de derechos y no a un individuo. No obstante, la defensa del Estado se
centró en argumentos técnicos que partían de criterios probatorios tan estrictos como los de
un juicio penal. Con una carga probatoria dinámica como la manejada aquí, no se plantearon
hipótesis plausibles sobre la suerte de los desaparecidos que exonerarán de responsabilidad
a Colombia.
Resta aclarar un punto que la Corte no resuelve: la intención de los agentes estatales en
cuanto a los malos manejos en la investigación y el manejo de los cadáveres. La
representación de víctimas afirmó que todo esto fue parte para encubrir los delitos cometidos
lo cual es relevante para llegar a la verdad del asunto. Aclarar este punto hace parte de la
satisfacción del derecho a la verdad y justicia de las víctimas.
En términos de justicia transicional es importante para las víctimas que se reconozca que se
violaron sus derechos, y para efectos del caso colombiano es valioso que quede como
precedente que los únicos actores violentos en el conflicto armado no han sido los grupos al
margen de la ley. Como bien lo dice la Corte, la sentencia en sí misma es una forma de
reparación. La sentencia tampoco implica que el Estado tenga una actitud criminal frente a
sus ciudadanos, sino que busca establecer que se han cometido errores en la lucha contra la
criminalidad. Este es apenas un paso para lograr superar los hechos ocurridos en 1985, pues
todavía quedan dudas que resolver y responsabilidades que repartir por parte del Estado
Colombiano.
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