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Justicia y verdad en el Palacio de Justicia

sentencia rodriguez vera en colombia

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Introducción.

La toma del Palacio de Justicia por parte de la guerrilla Movimiento 19 de abril (M-19)
marcó la historia de Colombia debido a que se puso en jaque la institucionalidad de la
rama judicial del poder público. La discusión de los hechos ocurridos el 6 y 7 de
noviembre de 1985 se ha dado desde diversos puntos de vista y aún hoy constituye tema
de debate nacional. En particular a la opinión pública y a las víctimas les quedan dudas
sobre la verdad de los hechos ocurridos luego de la retoma por parte del Ejército
Nacional, de los cuales se afirma que las fuerzas estatales torturaron y desaparecieron a
un grupo de sobrevivientes. El tema es de gran debate ya que se ha perseguido y
condenado a Jesús Armando Arias Cabrales y a Alfonso Plazas Vega, cabezas visibles de
las Fuerzas Militares en la retoma del Palacio. Un sector de la opinión pública plantea que
no se debería condenar a quienes combaten la ilegalidad en el contexto colombiano. No
obstante, las víctimas y sus familiares tienen derechos a la verdad, la justicia y la
reparación. Por lo cual es imperativo buscar esclarecer los hechos y adjudicar
responsabilidades.
La toma Palacio de Justicia sigue siendo un evento sin resolver para el país. No en vano
la ley de víctimas promulgada en 2011 determina que las víctimas son aquellas a las que
se le hayan violado derechos desde el 1 de enero de 1985, cuando inicialmente se había
determinado 1991 como la fecha de límite. Lo más significativo para efectos de los
derechos a la verdad y la justicia de las víctimas del Palacio de Justicia y sus familiares es
que no se han encontrado los restos de la gran mayoría de los desaparecidos. Casi 30
años después de los hechos los familiares de las víctimas siguen buscando respuestas,
principalmente acudiendo a instancias judiciales en las cuales se ha exigido al Estado
colombiano intensificar la búsqueda, sin resultados positivos hasta ahora. Por esta razón
los familiares de las víctimas acudieron a la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos, la cual presentó el caso ante la Corte Interamericana, que a su vez emitió el
fallo condenatorio en noviembre de 2014.
Hoy en día en el país, el debate sobre derechos de las víctimas y mecanismos de justicia
transicional está creciendo en intensidad e interlocutores por cuenta de la negociación del
Gobierno con la guerrilla de las Farc en La Habana. La opinión generalizada, en
consonancia con las obligaciones internacionales de Colombia, es que los crimines de
lesa humanidad no pueden quedar impunes, en especial aquellos perpetrados por grupos
al margen de la ley.
La sentencia estudiada condena al Estado por acción y omisión en violaciones a derechos
humanos. Aunque la condena constituye un paso más en la búsqueda de la satisfacción
de los derechos de los familiares de las víctimas, por la inoperancia de la justicia
colombiana todavía hace falta determinar qué agentes del Estado se encargaron de
cometer estos crímenes.
El presente análisis busca, en primer lugar, analizar los argumentos utilizados por la Corte
para condenar al Estado colombiano y, en segundo lugar, examinar los posibles aportes
de la sentencia en lo que respecta a la justicia transicional. Se resaltarán los puntos
fundamentales de la sentencia, a saber: (1) la aceptación parcial de responsabilidad por
parte del Estado colombiano; las condenas por (2) desaparición forzada, (3) detención
ilegal, tortura tratos crueles y degradantes, (4) violación de las garantías judiciales, (5) el
1
incumplimiento del deber de prevención de violaciones a los derechos humanos y (6) las
violaciones a la integridad física de los familiares de las víctimas; (7) las medidas de
reparación ordenadas por la Corte y, por último, (8) una breve conclusión.
Como comentario preliminar, cabe aclarar que los hechos ocurridos en el Palacio de
Justicia los días 6 y 7 de noviembre de 1985 son bien conocidos y sobre ellos existen
pocas controversias. Las discusiones que se dan en la sentencia en cuanto al marco
fáctico serán resaltadas en su momento.

Aceptación de la responsabilidad parcial del Estado.

En el procedimiento ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos el Estado


colombiano aceptó en repetidas ocasiones responsabilidad parcial frente a las violaciones
alegadas. En particular en audiencia pública del 12 de noviembre de 2013 el
representante del Estado colombiano afirmó lo siguiente:
“Los hechos del Palacio de Justicia no tienen precedentes en nuestra historia reciente.
Un hecho inmisericorde y perpetrado a manos de los violentos. De este hecho se
derivaron otros muchos también dolorosos, como lo indicó el señor Presidente de la
República […], en reciente intervención en homenaje a las víctimas: ‘las heridas no han
cicatrizado, el dolor por los caídos, la incertidumbre por los desaparecidos siguen vigentes
en los corazones de sus familiares’. Por ello, este es un momento de honor, es un
momento de honor frente a aquellas personas de las cuales aún no se tiene noticia
cierta de su paradero, sus familiares y a quienes hoy acuden en calidad de víctimas
a esta audiencia. El Estado colombiano lamenta profundamente su dolor, su
incertidumbre y las circunstancias especiales que han tenido que vivir todos estos años. El
Estado colombiano no cesará en la búsqueda de la verdad y la justicia en este caso. Este
compromiso no es mera retórica, el gobierno está empeñado en aprovechar esta
oportunidad histórica de construcción de paz, aprendiendo de las lecciones del
pasado y construyendo sobre lo construido. El presente reconocimiento de
responsabilidad es una manifestación de este empeño, busca una respuesta ponderada y
racional a las pretensiones de los peticionarios. Este reconocimiento es producto de un
análisis profundo y objetivo de los hechos, un trabajo serio, riguroso, que no olvidó en
ningún momento el respeto por las víctimas.”
Este reconocimiento fue reiterado en posteriores comunicaciones a la Corte. Frente a las
detenciones ilegales y torturas, el Estado colombiano reconoció que violó los derechos
a la libertad e integridad física de Yolanda Santodomingo Abericci y Eduardo Matson
Ospino. El Estado abiertamente admitió que “estas víctimas fueron torturadas mientras se
encontraban bajo la custodia de agentes estatales” y, consecuentemente, que por estos
hechos también violó el derecho a la integridad personal de los familiares de
Santodomingo Albericci y Matson Ospino por los sufrimientos causados.
En cuanto a las desapariciones forzadas, Colombia reconoció que agentes del Estado
desaparecieron a Carlos Augusto Rodríguez Vera e Irma Franco Pineda. Violando así sus
derechos al reconocimiento de la personalidad jurídica, a la vida, integridad personal y
libertad. Por otro lado, reconoció su omisión al no poder garantizar los derechos a la
2
personalidad jurídica e integridad personal de Cristina del Pilar Guarín Cortés, David
Suspes Celis, Bernardo Beltrán Hernández, Héctor Jaime Beltrán Fuentes, Gloria Stella
Lizarazo Figueroa, Luz Mary Portela León, Norma Constanza Esguerra Forero, Lucy
Amparo Oviedo Bonilla y Gloria Anzola de Lanao. Esta falta se debió a “errores cometidos
en el manejo del lugar de los hechos y en la identificación de restos mortales, así como el
retardo injustificado en las investigaciones”. Esta aceptación parcial fue explícita en
reconocer que frente a las personas mencionadas “no se presentó el ilícito de
desaparición forzada”.

En ese sentido reconoció la violación de los derechos a la integridad personal y libertad de


conciencia y religión de los familiares de las personas mencionadas, ya que estas no han
podido enterrar y velar a sus allegados. En cuanto a los familiares de Carlos Horacio Urán
solo admitió la violación del derecho a la integridad personal puesto que el cuerpo de este
fue encontrado en los días posteriores a los hechos y pudo ser enterrado.

Por último, en lo relativo a la obligación de investigar, admitió una “demora prolongada


en las investigaciones” para esclarecer los abusos contra Yolanda Santodomingo
Albericci, Eduardo Matson Ospino, José Vicente Rubiano Galvis y Orlando Quijano Galvis.
Frente a las víctimas de desaparición forzada, el Estado colombiano aceptó
responsabilidad respecto a los “errores en las investigaciones adelantadas en el presente
caso, relacionadas con los: i) el manejo de los cadáveres, ii) la ausencia de rigurosidad en
la inspección y salvaguarda del lugar de los hechos; iii) el indebido manejo de las
evidencias recolectadas y iv) los métodos utilizados que no fueron acordes para preservar
la cadena de custodia”. Paradójicamente el Estado colombiano se defiende alegando su
propia falta de diligencia.
El Estado colombiano aceptó responsabilidad por omisión frente a Ana Rosa Castiblanco
Torres “por el retardo injustificado del Estado en identificar y entregar sus restos”; frente a
Carlos Horacio Urán porque “no ha podido determinar las circunstancias en las cuales se
produjo su muerte”. Como ya se dijo, el estado también aceptó responsabilidad por “los
errores cometidos en el manejo del lugar de los hechos y al retardo injustificado en las
investigaciones”15, pero aclaró que esta aceptación de responsabilidad no constituía
reconocimiento del ilícito de desaparición forzada frente a Ana Rosa Castiblanco ni de
desaparición forzada o ejecución extrajudicial en el caso de Carlos Horacio Urán.

En su aceptación de responsabilidad el Estado negó que las omisiones admitidas se


hubieran realizado en un contexto de “supuestos patrones o prácticas de violaciones a
derechos humanos”16. Y agregó que esta aceptación no debe ser entendida como una
renuncia a la posibilidad de controvertir la magnitud de los perjuicios o las medidas de
reparación. No obstante, pareciera que el Estado acepta su responsabilidad frente a los
casos más evidentes como los de Rodríguez Vera, Irma Franco, Yolanda Santodomingo y
Eduardo Matson Ospino y espera que no lo condenen por las otras violaciones que tienen
mayor dificultad probatoria.

El Estado colombiano admitió, por acción, la desaparición de Irma Franco y Carlos


Augusto Rodríguez Vera. El resto de su admisión consiste en aceptar omisiones. Esto

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significa que el Estado no admite que sus agentes desaparecieron ciudadanos
sistemáticamente ni la teoría de la autoría mediata en aparato organizado de poder, que
se ha usado para condenar a militares en Colombia. Por otro lado, el hecho de no aceptar
responsabilidad por acción exime al Estado de buscar responsables individuales, puesto
que el delito de desaparición forzada por parte del Estado no puede darse por omisión.

Cabe mencionar que este acto fue considerado por los representantes de víctimas como
oportunista, como un intento del Estado por minimizar la condena, puesto que la
responsabilidad aceptada es limitada y a veces contraria a lo ya decidido en instancias
judiciales internas. Esto puede deberse a que las condenas de Plazas Vega y Arias
Cabrales están en proceso de casación. Sin embargo, resulta absurdo que el Estado
colombiano no acepte hechos o situaciones que la Corte va a dar por probados porque ya
han sido aceptados y declarados como ciertos por instancias penales internas. Además
de esto último, hay que tener en cuenta que la Corte es reiterativa en afirmar que el
criterio probatorio para responsabilidad internacional por violación a los derechos
humanos es mucho más laxo que el del derecho penal.

Desaparición forzada de personas


El punto fundamental de la sentencia es la condena al Estado por la desaparición forzada
de varios ciudadanos. La Corte sustenta su decisión en numerosos indicios que prueban
la responsabilidad del Estado, lo cual implica que no se determinan responsabilidades
individuales y que el criterio probatorio no es tan estricto como en un proceso penal.
La Comisión alegó que las personas mencionadas salieron con vida del Palacio de
Justicia escoltados por fuerzas del Estado y desde entonces se desconoce su paradero,
salvo en el caso de Ana Rosa Castiblanco. Como argumentos, la Comisión planteó los
reconocimientos en video de los desaparecidos, llamadas a familiares informando sobre la
detención de sus allegados, la práctica de separar a las personas consideradas
sospechosas y su falta de registro. La Comisión rechazó el argumento del Estado
colombiano de aplicar criterios de derecho penal ya que estos “no resultan consistentes
con la valoración probatoria en el derecho internacional de los derechos humanos,
especialmente en los casos de desaparición forzada”. No es muy claro por qué el Estado
colombiano insiste en ir en contravía de la profusa jurisprudencia de la CIDH que plantea
criterios más flexibles para probar de responsabilidad internacional.
Por su parte, la representación de las víctimas afirmó, utilizando argumentos similares,
que “las desapariciones [forzadas] fueron producto de órdenes establecidas y de procesos
de selección y clasificación de las personas liberadas como ‘especiales’, mediante el
traslado de estas personas a guarniciones miliares, sometiéndolas a interrogatorios bajo
el uso de técnicas de tortura, y asegurando el ocultamiento con la ausencia de registros y
la desaparición de las pruebas existentes en los iniciales procesos judiciales”. Adujeron
también que si se puede afirmar que una sola persona fue víctima de desaparición
forzada se debe concluir que todas fueron víctimas de este delito. Hipótesis que resulta
falaz, una generalización indebida, que se aparta de lo elemental en un proceso: probar lo
alegado; pero que sin embargo no es desestimada por la Corte.

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El Estado colombiano planteó una defensa bastante técnica y utilizando argumentos
probatorios afirmó que no se probó en el proceso uno de los elementos esenciales del
ilícito de desaparición forzada, a saber, el de la detención de las víctimas. Argumentó que
no se puede suponer esta detención por el simple hecho de no conocer el paradero de los
presuntos desaparecidos. Sin embargo, la Corte no llega a concluir que los desaparecidos
fueron detenidos por el Estado por el simple hecho de desconocer su paradero, sino por
medio de más elementos de convicción.
Debido a la aceptación parcial de responsabilidad por parte del Estado, la Corte consideró
que no existe controversia sobre la desaparición de Carlos Augusto Rodríguez Vera
e Irma Franco Pineda, ni tampoco hay debate en cuanto a las omisiones estatales en el
desarrollo de las investigaciones, levantamiento de cuerpos y manejo de la escena del
crimen.
El análisis de la Corte comienza con la descripción del delito de desaparición forzada,
afirmando que este no se configura simplemente porque se desconozca el paradero de
una persona. Los elementos del ilícito, de acuerdo con la jurisprudencia de la propia Corte
Interamericana son: “a) la privación de la libertad; b) la intervención directa de agentes
estatales o la aquiescencia de éstos, y c) la negativa de reconocer la detención y de
revelar la suerte o el paradero de la persona interesada”. La Corte describe este delito
como pluriofensivo y permanente, por lo cual “mientras perdure la desaparición los
Estados tienen el deber correlativo de investigarla y, eventualmente, sancionar a los
responsables”. Cabe mencionar que en Colombia fue bastante polémica la declaración de
la desaparición forzada como un delito permanente porque de alguna forma eliminó los
términos de prescripción y permitió retomar la persecución penal en algunos procesos en
los que se alegó prescripción.
De entrada, la Corte rechaza la posibilidad de que las presuntas víctimas hayan muerto
por cuenta del incendio ocurrido en el Palacio de Justicia, alegando que está probado que
salieron con vida del Palacio y que por ende corresponde determinar si fueron
desaparecidas por el Estado colombiano. Afirma, de acuerdo con su jurisprudencia y la
del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que “en casos donde no se ha demostrado
la detención de una persona por autoridades estatales, se puede presumir o inferir dicha
detención si se establece que la persona estaba en un lugar bajo control del Estado y no
ha sido vista desde entonces”. En el caso del Palacio de Justicia es incontrovertible que el
Ejército tenía pleno control de la zona y en especial de las personas que salieron del
Palacio.
La Corte fundamentó las conclusiones de la sentencia en indicios, y al respecto afirma,
basada en su propia jurisprudencia, que “es legítimo el uso de la prueba circunstancial, los
indicios y las presunciones para fundar una sentencia, siempre que de ellos puedan
inferirse conclusiones consistentes sobre los hechos”. En otras palabras, se da por
probada la situación que sea reiterada en las distintas pruebas y testimonios. Criterio que
no tuvo en cuenta el Estado colombiano en la formulación de su defensa.
Por otra parte, la Corte es reiterativa en afirmar que no es un tribunal penal, por lo cual en
los casos de responsabilidad internacional por violaciones de derechos humanos “no es
necesario que se pruebe la responsabilidad del Estado más allá de toda duda razonable”.

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En cuanto a la carga de la prueba, la Corte es clara en decir que en principio corresponde
probar a quien alega, pero que, no obstante, se debe aplicar un criterio de carga dinámica
de la prueba cuando el Estado esté en capacidad de probar, por lo cual no es aplicable el
principio del derecho penal de presunción de inocencia hasta que se demuestre lo
contrario. Esto implica que el Estado debería probar su inocencia, puesto que su posición
le permite corroborar o controvertir la mayoría de los hechos, máxime frente a una
situación tan importante como lo fue la toma del Palacio de Justicia y en la que
intervinieron activamente las autoridades.
La Corte basó sus conclusiones frente a la desaparición forzada en ocho indicios en los
que fundamenta su decisión de condenar al Estado por los hechos ocurridos el 6 y 7 de
noviembre de 1985 en el Palacio de Justicia. Estos indicios son: “(a) la clasificación de los
desaparecidos como sospechosos; (b) la separación y falta de registro de las personas
consideradas sospechosas; (c) el traslado de sospechosos a instalaciones militares donde
ocurrieron torturas y desapariciones; (d) la información recibida por los familiares sobre la
salida con vida de los desaparecidos; (e) la negativa de la fuerza pública respecto de la
detención de personas provenientes del Palacio de Justicia; (f) las alteraciones a la
escena del crimen y las irregularidades en el levantamiento de cadáveres; (g) las
amenazas a los familiares y conocidos; (h) los reconocimientos de imágenes en video por
familiares y conocidos”. Por otro lado, se analizan la hipótesis del Estado colombiano
“según la cual (i) es posible que las personas desaparecidas hubieren fallecido dentro del
Palacio de Justicia, así como tomará en cuenta (j) la falta de esclarecimiento de los
hechos, para determinar lo sucedido a las referidas presuntas víctimas”. La estrategia de
la Corte es hacer de todos los indicios una plena prueba de las violaciones cometidas por
Colombia y esto le es posible porque no requiere convicción más allá de la duda
razonable.

La clasificación de los desaparecidos como sospechosos. La Corte constata que


quedó probado que el procedimiento utilizado por el Ejército era procesar a los
sobrevivientes en la Casa del Florero y quienes eran considerados como “especiales”, es
decir, sospechosos, eran llevados al segundo piso de este edificio. El procedimiento
utilizado por el Estado no es en sí mismo violatorio de la CADH, ya que fue apenas
razonable frente a los hechos ocurridos en retoma del Palacio de Justicia, el Estado debía
cerciorarse que de que ningún guerrillero escapara y por eso tenía que procesar a todos
los sobrevivientes.
Se dio por probado, por medio de testimonios y lo expresado en sentencias judiciales
internas, que la hipótesis principal de las Fuerzas Militares era que la cafetería era el
centro de operaciones de los guerrilleros y que en esta se habían almacenado armas y
municiones utilizadas en la toma. Por esta razón las ocho personas relacionadas con la
cafetería fueron consideras auxiliadoras de la guerrilla, aunque no es claro qué llevó al
Ejército a pensar esto. Los testimonios de los familiares de las víctimas ayudaron a
edificar este indicio, puesto que contaron cómo recibieron por parte de militares y
funcionarios comentarios que apuntaban a que ellos consideraban a sus como
simpatizantes de la guerrilla. Esto presenta un problema probatorio, puesto que no es

6
claro que las personas que se comunicaron con los familiares de los retenidos hablaran
en nombre del Estado o expresaran la posición oficial.

La separación y falta de registro de las personas consideradas sospechosas. Quedó


probado ante la Corte que los sobrevivientes sospechosos fueron separados por parte de
las fuerzas del Estado, lo cual para la Corte es considerado una detención y cumple con el
primer elemento de la desaparición forzada. En este punto se constata que se dieron
elementos de la desaparición forzada, ya que además de separar y retener a las personas
consideradas como sospechosas, las Fuerzas militares ocultaron información sobre ellas
(segundo elemento). La convicción de estos hechos se consiguió a partir de la aceptación
del Estado de que Yolanda Santodomingo, Eduardo Matson Ospino, Irma Franco fueron
considerados como sospechosos y llevados al segundo piso del Museo del Florero. Pero
la Corte generaliza indebidamente esta aceptación del Estado, puesto que las personas
mencionadas no afirmaron expresamente que las víctimas de la desaparición forzada
sufrieran la misma suerte.
Adicionalmente, las fuerzas militares ocultaron (tercer elemento) haber detenido a las
víctimas, como lo demuestran los registros oficiales que nunca fueron homogéneos y
omitieron mencionar en los listados de los liberados a las personas consideradas
“especiales”. Al respecto, la Corte afirma que su jurisprudencia ha sido clara en mencionar
que “toda detención, independientemente del motivo o duración de la misma, tiene que
ser debidamente registrada en el documento pertinente, señalando con claridad las
causas de la detención, quién la realizó, la hora de detención y la hora de su puesta en
libertad, así como la constancia de que se dio aviso al juez competente”. No es
justificación afirmar que debido a la confusión del momento no se pudo realizar un buen
registro, y más teniendo en cuenta que las personas consideradas desparecidas hayan
sido las omitidas en los listados.

El traslado de sospechosos a instalaciones militares donde ocurrieron torturas y


desapariciones. Para fundamentar este indicio la Corte recurre a diversos elementos de
prueba. En primer término, la aceptación del Estado de que Yolanda Santodomingo,
Eduardo Matson Ospino, Irma Franco y Carlos Augusto Rodríguez fueron llevados a
instalaciones. En segundo lugar, se tuvieron en cuenta las versiones de la Comisión de la
Verdad y del Tribunal Superior de Bogotá en la sentencia de condena a Jesús Armando
Arias Cabrales. En tercer lugar, se tuvieron en cuenta los testimonios de dos miembros
del Ejército, quienes manifestaron que del Palacio de Justicia llevaron a sobrevivientes a
las pesebreras de la Escuela de Caballería. Finalmente, reafirma la tesis de la
desaparición forzada basándose en comunicaciones radiales entre agentes del Ejército en
las que se afirmaba: “‘las instrucciones complementarias a estos individuos son
terminantes’ y se escucha que uno le dice al otro ‘esperamos que si está la manga no
aparezca el chaleco’, cambio’”. Los anteriores audios fueron pieza clave en la condena de
Plazas Vega, ya que demuestran que en la cadena de mando se había dado la orden de
desaparecer a los sospechosos. Si bien no son declaraciones expresas, varios expertos

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afirmaron en los juicios que en el contexto se podían considerar como órdenes de
desaparición.

La información recibida por los familiares sobre la salida con vida de los
desaparecidos. Múltiples familiares manifestaron haber recibido información en los días
de los hechos que indicaba que sus familiares habían salido con vida del Palacio de
Justicia. Información que fue corroborada en algunos casos por otras personas o en las
narraciones de los medios de comunicación. Reconoce la Corte que las declaraciones de
los familiares no son corroborarles pero que “constituyen un indicio más sobre la alegada
salida con vida y detención de las personas desaparecidas”.

La negativa de la fuerza pública respecto de la detención de personas provenientes


del Palacio de Justicia. Con este hecho se prueba otro de los elementos de la
desaparición forzada, “la negativa de reconocer la detención y de revelar la suerte o el
paradero de la persona interesada”. Al respecto afirma la Corte que la falta de información
no justifica dejar de investigar o descartar una desaparición forzada. Este elemento se
apoya en las declaraciones de los familiares de que si bien recibieron información que
apuntaba a la detención de sus allegados, también recibieron manifestaciones en el
sentido contrario. Por ejemplo, a la madre de Lucy Amparo Bonilla le dijeron en la Brigada
XIII que no tenían ningún detenido. A la madre y hermana de Gloria Stella Lizarazo
también le negaron tener detenida a cualquier mujer. Este análisis de la Corte es
problemático, ya que adopta como ciertas dos versiones de los hechos que son
contrarias, versiones que por lo demás provienen de los familiares de las víctimas y no es
claro por qué la Corte le da más peso a estas versiones.
Las alteraciones a la escena del crimen y las irregularidades en el levantamiento de
cadáveres. Este indicio se fundamenta principalmente en la aceptación de
responsabilidad del Estado colombiano. Lo refuerza la Corte con la conclusión del
Tribunal Superior de Bogotá el cual afirmó que “las Fuerzas Militares manejaron la escena
y los levantamientos con el propósito de asegurar la impunidad de lo acontecido o al
menos para dificultar cualquier investigación posterior”. Lo anterior desvirtúa la hipótesis
de que los desaparecidos murieron dentro del Palacio de Justicia, ya sea por los
combates o consumidos por las llamas. Sin embargo, si bien la Corte cita apartes de las
sentencias nacionales en las que se afirma determinada intencionalidad por los agentes
del Estado, es cuidadosa de no hacer ningún juicio de valor que apunte a afirmar que las
actuaciones tuvieron la intención de generar impunidad u ocultar la verdad.

Las amenazas a los familiares y conocidos. Varios familiares de las víctimas declararon
haber sido objeto de amenazas con el objetivo de evitar que insistieran en la búsqueda de
los desaparecidos. La Corte cita la sentencia del Juzgado tercero penal del Circuito con la
cual se condenó a Alfonso Plazas Vega y en la que se afirma que las fuerzas del Estado
tenían “la intención de evitar a toda costa, léase bien, a toda costa, el esclarecimiento de
los hechos, ‘advirtiendo’, o intimidando a quienes estuvieran realizando gestiones de
búsqueda respecto de los once desaparecidos, o estuvieran dispuestos a dar información

8
acerca de ellos”. No obstante, al análisis de la Corte solo le interesa el hecho de que hubo
amenazas, el fin de estas no le es relevante.

Los reconocimientos de imágenes en video por familiares y conocidos. Se tuvieron


en cuenta las declaraciones de los familiares de Bernardo Beltrán, Gloria Anzola y Lucy
Amparo Oviedo, a pesar de que las grabaciones nunca fueron encontradas y no constan
en el expediente. Aunque estos elementos de prueba no fueron tenidos en cuenta por el
Tribunal Superior de Bogotá, la Corte los da como ciertos considerando las declaraciones
de Ángela María Buitrago en audiencia pública llevada a cabo en el proceso. La fiscal
declaró que “en la investigación del Juzgado 30 ascendían a más de 75 videos que
desaparecieron y cuando [ella] asume la investigación, no existen esos videos”. No es
claro por qué la Corte es rigurosa en constatar que lo afirmado en defensa del Estado
debe estar acreditado mientras que los indicios en contra del mismo no sufren el mismo
examen.
El Estado colombiano objetó los videos argumentando, al igual que en los procesos
penales mencionados, que las versiones de los familiares eran inconsistentes y por
consiguiente no existía convicción de los hechos. Al respecto la Corte le dio valor
probatorio a estas identificaciones pues consideró que “(i) es razonable que los familiares
no recuerden la ropa que llevaba puesta su ser querido el día de la toma del Palacio de
Justicia, inclusive poco tiempo después de los hechos, pero más con el transcurso de los
años, y (ii) al desconocer lo sucedido con las personas desaparecidas dentro del Palacio
de Justicia durante los hechos, no se puede descartar la posibilidad que salieran con
prendas de ropa diferentes”. Concluye la Corte que estos reconocimientos no pueden dar
convicción de que las personas mencionadas en el caso hayan salido con vida, sin
embargo, los toma como un indicio para su decisión.
Según el Estado es posible que las personas desaparecidas hubieren fallecido
dentro del Palacio de Justicia. El Estado colombiano argumentó, con base en el peritaje
de Máximo Duque y algunas consideraciones del Tribunal Superior de Bogotá en la
sentencia de Plazas Vega, que las presuntas víctimas de desaparición forzada podrían
encontrarse en (i) la fosa común del Cementerio Sur, (ii) pudieron haberse consumido por
las llamas hasta el punto de no reconocimiento, o (iii) que por cuenta de los errores en el
manejo de los cuerpos por equivocación se hayan entregado los restos a otras familias.
La Corte rechaza los argumentos del Estado. En cuanto a la fosa común en el cementerio
sur donde se afirma se dispusieron 34 cuerpos a los cuales se les practicaron cinco
análisis genéticos entre 2001 y 2012. Los resultados arrojados por dichas pruebas solo
demostraron que entre los cuerpos se encontraba Ana Rosa Castiblanco.
No obstante, la Corte enfatiza el descubrimiento de algún cuerpo en esta fosa común no
querría decir que la persona falleció en el Palacio de Justicia, por lo cual no se
desvirtuaría la desaparición forzada. Es decir, que contrario a lo que afirma el Estado,
afirma que la fosa puede contener cuerpos que no hayan sido recogidos de las ruinas del
Palacio.
En lo relativo al incendio la Corte contrasta la opinión de Duque con la del perito Carlos
Bacigalupo ya que sus versiones en cuando a la temperatura de las llamas fue disímil. El

9
punto es relevante teniendo en cuenta que se requiere de una temperatura mínima para
que se dé la calcinación. Según Bacigalupo, las llamas no llegaron al punto en que
calcinarían completamente los cuerpos. De acuerdo a lo anterior la Corte concluyó que “(i)
no se sabe con precisión qué temperatura alcanzó el incendio en el Palacio de Justicia y
las temperaturas informadas no pueden tomarse como datos definitivos o exactos; (ii) en
el cuarto piso del Palacio de Justicia, donde la acción del fuego impactó más fuerte,
fueron recogidos cadáveres calcinados que, si bien en algunos casos estaban
incompletos, no habían desaparecido en su integridad, y (iii) aún (sic.) cuando es
científicamente posible que se consuma un cuerpo en su integridad por la acción del
fuego”. Acierta la Corte, más teniendo en cuenta que otros cuerpos estuvieron a merced
de las llamas y no desparecieron completamente.

Por último, no fue de buen recibo el argumento en cuanto a la entrega equivocada de los
cuerpos. Al respecto la Corte consideró atinadamente que sería “una coincidencia poco
razonable que dichos errores justamente afecten a los ocho empleados de la
cafetería que continúan desaparecidos. Además, lo anterior implicaría ignorar las
demás pruebas que han surgido sobre su salida con vida y presunta desaparición
forzada”. En resumen, el Estado no presentó una hipótesis plausible de lo que le
ocurrió a los desaparecidos.

Falta de esclarecimiento de los hechos. La Corte considera que la incapacidad del


Estado colombiano para explicar a ciencia cierta lo que ocurrió con las víctimas del
proceso es un indicio que sustenta la tesis de la desaparición forzada. En otras palabras:
el Estado no se puede escudar en su propia negligencia.

Sin embargo, la Corte resalta que en las sentencias que se han dictado en Colombia se
concluyó que algunas de las víctimas en el proceso fueron desaparecidos forzosamente,
lo cual no implica un esclarecimiento satisfactorio de los hechos.

De acuerdo a las consideraciones e indicios mencionados la Corte concluyó que por parte
de las Fuerzas Militares se dio un modus operandi consistente en separar a personas
como sospechosas, llevarlas a guarniciones militares, torturarlas y finalmente
desaparecerlas. Se determinó que Cristina del Pilar Guarín Cortés, David Suspes
Celis, Bernardo Beltrán Hernández, Héctor Jaime Beltrán Fuentes, Gloria Stella
Lizarazo Figueroa, Luz Mary Portela León, Lucy Amparo Oviedo Bonilla y Gloria
Anzola de Lanao fueron víctimas del delito de desaparición forzada.
En cuanto a Norma Constanza Guerrero la Corte consideró, de acuerdo a varias pruebas
aportadas, que es altamente probable que su cuerpo haya sido confundido con el del
Magistrado Pedro Elías Serrano, a similar conclusión se llegó en las sentencias internas.
Aprovechó la Corte para reprocharle, con razón, al Estado colombiano por no haber
esclarecido este incidente, más teniendo en cuenta que todo indica que se cometió la
equivocación.

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Sobre la presunta desaparición y ejecución extrajudicial de Carlos Horacio Urán.
Teniendo en cuenta que el caso del exmagistrado auxiliar tiene como particularidad que
su cuerpo fue encontrado y se determinó que murió por causas ajenas al combate la
Corte dispone un literal especial para tratar su caso. La Comisión argumentó que Urán
salió con vida del Palacio y custodiado por militares, posteriormente fue desaparecido y
ejecutado. Afirmó que su cuerpo fue lavado, despojado de sus posesiones personales y
llevado a medicina legal. Afirma la Comisión que si bien estuvo desaparecido por un
periodo corto de tiempo esto no obsta para que se configure el delito de desaparición
forzada. En similar sentido se expresó la representación de las víctimas agregando que
la primera necropsia acreditó que el exmagistrado recibió un impacto de bala a corta
distancia. Por su parte, el Estado colombiano afirmó que el cuerpo del Urán fue
encontrado en el Palacio de Justicia y que debido a las fallas en el manejo de la escena
del crimen y el levantamiento de cadáveres no se puede determinar las circunstancias de
su muerte.

Indicios sobre la salida con vida y detención de Carlos Horacio Urán Rojas. Múltiples
versiones se consignaron en el expediente ante la Corte que afirma que Urán Rojas salió
con vida del Palacio de Justicia, la diferencia de estas versiones con las que afirman que
murió durante los combates es que muchas son reconocimientos en video de familiares y
amigos. Adicionalmente, en una inspección judicial se encontraron objetos personales del
exmagistrado en le Brigada XIII del Ejército entre los que se encontraban varios
documentos de identificación.

Necropsias realizadas al cuerpo de Carlos Horacio Urán Rojas. En 2011, luego de


exhumado el cuerpo del exmagistrado, se realizó necropsia que señaló “lesiones por
mecanismo explosivo, lesiones en el rostro, lesiones en las extremidades inferiores y una
lesión por disparo de arma de fuego en la cabeza”. Esta segunda necropsia (la primera
fue en 1985) arrojó resultados contradictorios por lo cual al Corte identificó como hechos a
esclarecer si las lesiones de Urán le habrían permitido salir caminando (o cojeando) del
Palacio de Justicia y si la lesión en el cráneo concuerda con un disparo a quemarropa
típico de ejecuciones extrajudiciales.
Frente a la primera discusión se presentaron versiones encontradas entre el perito
propuesto por Colombia, Máximo Duque y el perito Bacigalupo. La Corte concluyó que no
era posible determinar cuál versión era la correcta, pero resaltó la concordancia entre el
análisis de Bacigalupo y los reconocimientos hechos en persona y en video de Urán
Rojas, para concluir que Rojas había salido con vida del Palacio.

Los peritos presentaron análisis contrapuestos en cuanto a la lesión en el cráneo. Por un


lado, Duque Piedrahita manifestó que su estudio arrojaba que el impacto de bala fue
producto de un disparo a más de un metro y medio de distancia; por su parte Bacigalupo
afirmó que el disparo se dio con contacto del barril con el cráneo. La Corte no adoptó
ninguna de las dos posiciones, pero manifestó que no es necesario esclarecer el tema
para determinar si Urán Rojas fue desaparecido.

11
De acuerdo a lo anterior, la Corte decidió que Carlos Horacio Urán fue víctima de
desaparición forzada y ejecución extrajudicial. Da por probado de acuerdo la
declaración de su esposa, lo afirmado en sentencias nacionales y pruebas allegadas: el
exmagistrado fue considerado como sospechoso por la fuerza pública y por lo tanto
recibió el trato descrito. Por último, resaltó el mal manejo de la escena del crimen por
parte de las autoridades y descartó la posibilidad de que el exmagistrado haya muerto en
medio del combate o por causa de las llamas. La Corte adopta la opinión del perito
Bacigalupo que concuerda con la Comisión de la Verdad en el sentido de que Carlos
Horacio Urán fue ejecutado. Al respecto la Comisión dijo en su informe que las secuelas
del disparo recibido por el exmagistrado también fueron encontradas en los cuerpos de
siete guerrilleros.

Si bien la Corte no tiene una sola plena prueba de que el Estado es responsable por
acción de la desaparición forzada de las víctimas del proceso si es posible colegir de los
indicios mencionados por la Corte que el Colombia es responsable. Más teniendo en
cuenta que el criterio de responsabilidad internacional no es el mismo que el de un
proceso penal. Los indicios planteados por la Corte vistos de manera individual no son
suficientes para adquirir convicción de la desaparición forzada, sin embargo, la suma de
estos permite deducir esta conclusión de manera razonable. Más si se tiene en cuenta
que de acuerdo al criterio de la carga dinámica de la prueba el Estado está obligado a dar
una respuesta plausible frente a las dudas del caso, cosa que no cumplió ya que las
hipótesis planteadas no son más probables que la de la desaparición.

Detención ilegal, tortura tratos crueles y degradantes


La segunda violación está relacionada con los derechos a la libertad e integridad personal
en los casos de Yolanda Santodomingo Albericci, Eduardo Matson Ospino, Orlando
Quijano y José Vicente Rubiano Galvis, quienes fueron detenidos al terminar la retoma
(salvo Rubiano Galvis quien fue detenido en un retén a las afueras de Bogotá el 7 de
noviembre de 1985).

Al respecto la Comisión alegó que las víctimas fueron detenidas ilegalmente por el
Estado ya que fueron considerados como sospechosos o “especiales”. Por lo cual los
interrogaron y torturaron, violando así sus derechos a la libertad e integridad personal. La
representación de las víctimas se manifestó en similar sentido, resaltando que a las
víctimas en ningún momento se les informó de las causas de su detención, no se les dio
la posibilidad de comunicarse con un abogado o con sus familias, ni fueron presentados
ante autoridad judicial alguna.

Por su parte el Estado colombiano aceptó la acusación en lo que respecta a los entonces
estudiantes Yolanda Santodomingo y Eduardo Matson Ospino, hechos que calificó como
“graves, pero aislados”. En ese sentido argumentó que las detenciones de Orlando
12
Quijano y José Vicente Rubiano fueron efectuadas de acuerdo a la ley y que en ningún
momento se acreditó con pruebas contundentes que hayan sido víctimas de malos tratos
o torturas.

La Corte fundamentó su decisión analizando (i) la práctica de detenciones y torturas en la


época de los hechos, (ii) las declaraciones de Orlando Quijano y José Vicente Rubiano,
(iii) las consideraciones y determinaciones por parte de las autoridades judiciales internas
y la Comisión de la Verdad, (iv) las advertencias o amenazas para no declarar
en procesos y (v) los exámenes y estudios psicológicos realizados a las víctimas.

Práctica de detenciones y torturas en la época de los hechos. La Corte, basada en


sentencias nacionales, afirmó que para la época de los hechos, que incluye un periodo
más amplio que el 6 y 7 de noviembre, en Colombia existía una práctica de detenciones
ilegales por parte de las fuerzas militares. Al respecto la Corte cita lo dicho por el Tribunal
Superior de Bogota: “antes, durante y después de los hechos del Palacio de Justicia, la
Escuela de Caballería fue utilizada como centro para la práctica de acciones
inconstitucionales por los agentes estatales, las que no solamente se patentizan en
privaciones ilegales de la libertad sino que han trascendido al ámbito de los delitos de lesa
humanidad, al abarcar torturas y desapariciones forzadas”. De nuevo se vuelve relevante
la distinción en el rasero probatorio ya que en de una práctica reiterativa no se podría
concluir en un proceso penal que determinados hechos ocurrieron, si estos no son
probados directamente.

Declaraciones de Orlando Quijano y José Vicente Rubiano. El principal indicio en el


caso de estos dos detenidos es su testimonio. El Estado objetó estos testimonios
aduciendo inconsistencias relacionadas con el lugar y la duración de los hechos. En el
caso de Orlando Quijano el Estado trajo a colación el testimonio de Orlando Arrechea
quien, además de dar fe de la detención de Quijano, manifestó que el trato recibido por la
fuerza pública había sido con agresiones pero dentro del marco de lo normal. Con razón
la Corte desestimó el argumento, las declaraciones de Arrechea implicaban que era
normal que se abusara de la fuerza al detener a una persona. Si bien esto puede ser
normal en la práctica no desde el punto de vista de los derechos humanos y el Estado
social de derecho, no es de ninguna forma condonable.

Consideraciones y determinaciones por parte de las autoridades judiciales internas


y la Comisión de la Verdad. La Corte recoge lo dicho por los juzgadores de primera
instancia, el Tribunal Superior de Bogotá y la Comisión de la Verdad en cuanto a lo
sucedido a Yolanda Santodomingo, Eduardo Matson Ospino, José Vicente Rubiano y
Orlando Quijano. De quienes se afirmó fueron detenidos ilegalmente y sometidos a
torturas y malos tratos.

Advertencias o amenazas para no declarar en procesos. Tres de las cuatro víctimas


manifestaron haber sido advertidas o amenazadas para no contar lo que les sucedió. Por
13
un lado Yolanda Santodomingo y Eduardo Ospino afirmaron que los militares fueron
enfáticos en advertirle que su detención habría sido una “retención” y que “no había
pasado nada”. Posteriormente se reunieron con un Procurador regional quien les dijo que
“no contara[n] todo lo que sabía[n] porque corría[n] peligro [su] vida y [su] familia”.

Por su parte, José Viciente Rubiano declaró en 2007 que no denunció nada porque “ellos
[los] amenazaron, el Ejército, que si [él] demandaba [los] mataban a [él] y a [su] familia,
por las torturas que [le] hicieron”. La Corte manifiesta que solo se cuenta con las
declaraciones de las víctimas pero en todo caso “toma nota” de que las declaraciones son
consistentes entre sí.

Exámenes y estudios psicológicos realizados a las víctimas. La perita Ana Deutsch


realizó evaluaciones a José Vicente Rubiano y a Orlando Quijano en las cuales encontró
que el trato recibido en la época de los hechos dejó secuelas psicológicas. Frente al
segundo manifestó que el estrés postraumático persiste hasta el día de hoy y fue
causado, entre otras, “por la posición en la que fue obligado a permanecer en la Casa del
Florero”, es decir con las manos en la nuca. En cuanto a Rubiano dictaminó que sufre de
estrés postraumático a raíz de la detención sufrida en 1985, sus síntomas fueron
causados, entro otras cosas, por “por los golpes infringidos con patadas en el tórax y
extremidades a nivel de las tibias, golpes con puños en la cara, así como violencia sexual
sobre genitales por la aplicación de choques eléctricos en abdomen y genitales, la
privación de agua y alimentos, el aislamiento en un cuarto oscuro y los interrogatorios
sistemáticos donde lo señalaban como guerrillero”.

Teniendo en cuenta los indicios presentados la Corte determinó que Orlando Quijano y
José Vicente Rubiano fueron víctimas de malos tratos y detenciones arbitrarias, lo cual
implica una violación de sus derechos a la libertad e integridad personal. Aclaró antes que
su función como juzgador no es la misma que la de un tribunal penal y que por lo tanto no
es necesario tener convicción de los hechos más allá de toda duda razonable.

Derecho a la libertad personal. La Corte hace un análisis de las posibles violaciones a la


libertad personal, indica que la Convención Interamericana plantea una prohibición
general (art. 7.1) y otra específica que incluye, entre otras, las detenciones ilegales (art.
7.2) y arbitrarias (art. 7.3). Afirma que para efectos de la Convención, la distinción hecha
por el Estado entre ‘retención’ y ‘detención’ no tiene ningún efecto.

Frente a la detención ilegal, la Corte afirma que en el caso sub judice le corresponde
determinar si las detenciones se ajustaron al derecho colombiano. En cuanto a la
detención arbitraria afirma la Corte que no solo es arbitraria la detención ilegal, sino que la
interpretación normativa debe cobijar los derechos incluidos en la Convención. Afirma
también que, de acuerdo a lo dicho por el Comité Internacional de la Cruz Roja, la
prohibición de detenciones arbitrarias es una norma de derecho consuetudinario y por lo

14
tanto aplicable a escenarios de conflicto armado internacionales o no internacionales.
Concluye la Corte diciendo que la falta de registro puede constituir violación a los arts. 7.2
y 7.3 de la Convención Interamericana.

Privaciones de la libertad de Yolanda Santodomingo Albericci, Eduardo Matson


Ospino y Orlando Quijano. Frente a la detención de Orlando Quijano el Estado
argumentó que los artículos 23 y 28 de la Constitución de 1886 justifican la detención, sin
embargo no aportaron ninguna prueba que justificara el arresto. Afirma la Corte en la
sentencia que “para evaluar la legalidad de una privación de libertad con la Convención
Americana el Estado debe demostrar que dicha privación de libertad se realizó de acuerdo
a la legislación interna pertinente, tanto en lo relativo a sus causas como al
procedimiento”. Sin embargo, no se probó que la detención haya sido con fines de
identificación y no fue alegado “y menos aún demostrado que existiera algún motivo
concreto y objetivo por el cual se sospechara de la posible participación del señor Quijano
en los hechos”. Es evidente que la labor de acreditar el registro y motivos de la detención
recae en el Estado, en esa medida la falta de prueba es un indicio en su contra.

Igual suerte corrieron Yolanda Santodomingo y Eduardo Matson Ospino quienes fueron
consideraros sospechosos por los militares pero no se registró su ingreso al Batallón
Charry Solano. La Corte manifestó que “la determinación de quienes eran considerados
‘sospechosos’ descansó en la apreciación personal y subjetiva de los oficiales militares,
sin que hubieran sido aportados elementos objetivos y concretos que justificaron dicha
apreciación”. Por consiguiente, la Corte determinó que las detenciones de
Santodomingo, Matson Ospino y Quijano fueron violatorias de la Convención
Americana de Derechos Humanos.

Privación de la libertad de José Vicente Rubiano Galvis. A Rubiano Galvis lo


detuvieron por infringir, supuestamente, norma del decreto 1056 de 1984. Sin embargo, el
Estado colombiano no acreditó el alcance de este decreto ni demostró que José Vicente
Rubiano haya quebrantado alguna norma. Argumentó Colombia que la detención se dio
debido a que encontraron armas en el carro que iba conduciendo, sin embargo, no se
aportó al proceso prueba alguna que demostrara la incautación o la alegada flagrancia. La
Corte reiteró su jurisprudencia al afirmar que le corresponde a los estados demostrar las
razones de la detención en concordancia con las obligaciones de la Convención. La Corte
declaró como contraria al artículo 7 de la Convención Americana de Derechos
Humanos la detención de José Vicente Rubiano. Aun si Colombia hubiese demostrado
la legalidad de la captura esta sería arbitraria puesto que no sería capaz es Estado de
demostrar el nexo entre Rubiano y la toma del Palacio, causalidad que habría sido fácil de
probar si se hubiese realizado la labor investigativa.

Prohibición de tortura u otras formas de tratos crueles, inhumanos o degradantes.


Al igual que con el derecho a la libertad, el de integridad personal tiene una cláusula
general

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Frente a Yolanda Santodomingo y Matson Ospino la Corte determinó que
“al llegar al Batallón Charry Solano los vendaron, prendieron un gas o humo ‘como eucalipto’
en la camioneta que les dio sensación de asfixia y les hicieron dar vueltas para
desorientarlos; (vi) cuando se bajaron los separaron, a Eduardo Matson Ospino le hicieron
cargar ‘un listón de madera muy grueso y pesado’ y los pasaron por lo que ambos
escucharon como un arroyo o quebrada, donde los amenazaron que los iban a ‘tirar’, y (vii)
por último, en el Batallón Charry Solano los colocaron en cuartos distintos, donde los
amarraron con esposas a camas y nuevamente fueron sometidos a interrogatorios y objeto de
agresiones físicas y psicólogas, tales como amenazas de muerte”.
En cuanto a Orlando Quijano la Corte dio por probado que lo obligaron a mantenerse de píe
por varias horas y con las manos en la nuca y fue sometido a largos interrogatorios. A José
Vicente Rubiano, según lo probado en el proceso, lo golpearon en repetidas ocasiones y le
aplicaron descargas eléctricas en su estómago y testículos. Por lo anterior la Corte
consideró que a estas cuatro víctimas se les violó su derecho a la integridad personal
en los términos de los artículos 5.1 y 5.2 de la Convención.
De todos los hechos probados en el juicio es claro que la actitud de los militares posterior a la
retoma era completamente predatoria. Cabe resaltar que es un hecho grave que las FFMM
hayan presumido que la condición de estudiante era suficiente para ser simpatizante de
grupos guerrilleros, ese tipo de sesgos son completamente infundados y contribuyen a
estigmatizar a grupos que no tienen relación directa con la ilegalidad. Por lo demás, es claro
que a las personas consideradas sospechosas se les dio un trato cruel y degradante, como
se colige de los múltiples indicios mencionados en la sentencia.

Garantías judiciales y protección judicial

Analiza la Corte en el capítulo XI de la sentencia las violaciones al derecho a las garantías


judiciales y a la protección judicial. La obligación de los estados de proteger estos derechos
se encuentra en la CADH, la Convención Interamericana sobre Desaparición forzada y la
Convención Interamericana contra la Tortura. Este derecho tiene límites difusos ya que los
distintos sistemas judiciales latinoamericanos funcionan de distinta forma, sin embargo lo que
se busca es que el derecho proteja a las personas de violaciones a sus derechos.
La Comisión alegó que por parte de las autoridades colombianas se presentaron fallas en lo
relativo al manejo de cadáveres y precisión en las actas de defunción; manejo inadecuado de
la escena del crimen; y utilización indebida de las evidencias, incluyendo el rompimiento de la
cadena de custodia. En esa medida afirmó que estos hechos estaban encaminados
expresamente a una obstrucción deliberada de la justicia. Afirma también que existe prueba
de destrucción de evidencias lo cual dificulta y dificultó la actuación plena de la justicia. Por
último, se sostiene que las autoridades colombianas están en deuda por la investigación y
juzgamiento de los hechos ocurridos después de la retoma del Palacio de Justicia.
Por su parte, la representación de las víctimas agregó que el Estado es responsable de las
amenazas recibidas por las víctimas y por la incertidumbre frente al paradero de las mismas.
También se atacó la intervención de autoridades judiciales militares, la cual calificaron de

16
ilegitima. Para las víctimas los beneficios penitenciarios que han recibido algunos de los
condenados en Colombia corresponden a una “situación de impunidad”.
El Estado rechazó como violación de la Convención la intervención de la jurisdicción penal
militar alegando que no se demostró la falta de parcialidad e independencia de los jueces
militares y que actualmente las investigaciones sobre los hechos del Palacio de Justicia están
en manos de la Fiscalía General de la Nación. Por último, destacó que las omisiones
investigativas no fueron actuaciones deliberadas del Estado ni actos de encubrimiento; se
escudó también en su negligencia puesto que argumentó que para la época no existían
planes de contingencia frente a actos terroristas o desastres masivos.
La Corte hace un recuento de su jurisprudencia sobre la obligación de investigar. Aclara que
esta obligación, en relación a la desaparición forzada, persiste hasta que se tenga claridad
sobre el paradero de la persona desaparecida o sus restos. El análisis sobre los hechos
controvertidos de la Corte se dividió en (i) las investigaciones en la jurisdicción penal militar,
(ii) la detención de presuntos responsables en instalaciones militares, (iii) la falta de
investigación de oficio, (iv) la omisión en la búsqueda de las víctimas, (v) la debida diligencia
en las investigaciones, (vi) el plazo razonable en las investigaciones y (vii) el derecho a
conocer la verdad.
Investigaciones en la jurisdicción penal militar. Afirma la Corte, en primer lugar, que los
procesos ante la jurisdicción militar fueron cortos y terminaron en la cesación de
procedimientos por falta de méritos (frente a la desaparición forzada) y en la declaración de
prescripción (en cuanto a las torturas). En segundo lugar, el análisis de la Corte se centra en
el fuero militar, del cual afirma solo aplica para “militares activos por la comisión de delitos o
faltas que por su propia naturaleza atenten contra bienes jurídicos propios del orden militar”.
Afirma la Corte que si bien la jurisdicción penal no está prohibida por el derecho internacional
“tomando en cuenta la naturaleza del crimen y el bien jurídico lesionado, la jurisdicción penal
militar no es el fuero competente para investigar y, en su caso, juzgar y sancionar a los
autores de violaciones de derechos humanos sino que el procesamiento de los responsables
corresponde siempre a la justicia ordinaria”.
Critica la Corte que el Estado colombiano reclame como legítimo el fuero penal militar
teniendo en cuenta que en 1987 la Corte Suprema de Justicia había rechazado de forma
clara “que militares o policías implicados en desapariciones forzadas fuesen procesados por
tribunales castrenses, pues la desaparición forzada no podía considerarse un acto del
servicio”. De nuevo el Estado colombiano escoge una estrategia de defensa que es
previsiblemente defectuosa ya que no corresponde a los criterios establecidos por la Corte.
Pareciese que el Estado defiende la intervención de la jurisdicción militar como un punto de
honor puesto que no es claro por qué no aceptó responsabilidad en este aspecto, que no
implica mucho más que lo ya aceptado.
De acuerdo a lo anterior, la Corte declara que Colombia violó el principio de juez natural, lo
cual es una violación al debido proceso. Esto implica un incumplimiento de la obligación
contenida en el artículo 8.1 de la Convención que obliga a juicios con juez competente. Es
apenas obvio que los crímenes de lesa humanidad no hacen parte de las funciones militares,

17
las reglas permitidas en combate están claramente establecidas en el Derecho Internacional
Humanitario que es particularmente vinculante para los estados.

Detención de los presuntos responsables en instalaciones militares. La Corte discute


este punto que es especialmente neurálgico para Colombia puesto que se han dado múltiples
discusiones frente a los beneficios recibidos por militares recluidos en instalaciones
castrenses, particularmente en el caso de Alfonso Plazas Vega. La Corte hace un recuento de
la situación en la que se encuentra recluido Plazas Vega, y aclara que si bien la jurisdicción
militar tiene una naturaleza restrictiva y excepcional la reclusión en instalaciones no es en sí
misma una violación de la Convención. Menciona que el en el caso de Plazas Vega se estaba
cumpliendo una orden judicial, es decir, su reclusión se ajusta a derecho. No obstante, frente
a Arias Cabrales y Plazas Vega aclara sin explicar la incidencia de este hecho, que sus
condenas no están en firme a diferencia de otros casos en los que se ha pronunciado la Corte
sobre la ejecución de la pena.
La Corte aclara que para que una pena viole la Convención “son necesarios elementos
adicionales que demuestren que, debido a las circunstancias particulares del caso, la
reclusión en una instalación militar es contraria a la legislación vigente o a una orden judicial;
no está justificada en razones válidas, tales como la protección de la vida e integridad de la
persona recluida; constituye un privilegio o beneficio arbitrario a favor de autoridades militares
que cometieron graves violaciones a derechos humanos, o ha degenerado en una situación
que no permite la ejecución de la sanción en los términos en que fue impuesta por las
autoridades internas o la hace nugatoria, entre otros motivos”. Concluye que en el caso sub
judice no se está violando la Convención pero exhorta al Estado colombiano a aplicar la
recomendación del Tribunal Superior, de Bogotá (si se confirma la condena en casación) en
el sentido de “que la ejecución de la pena que se impone [al Comandante de la Escuela de
Caballería] se cumpla de un modo que no ofenda el dolor de las víctimas y de la comunidad a
la que ellas pertenecían”.
En este punto es importante recalcar las dilaciones injustificadas realizadas por la defensa de
Plazas Vega, que si bien no le compete discutir a la CIDH, constituyeron un manejo desleal
del proceso y una afrenta a la jurisdicción ordinaria.
Falta de investigación de oficio. La Corte da por probado que el Estado colombiano supo
por diversas fuentes que después de la retoma del Palacio de Justicia se pudieron haber
dado violaciones a los derechos humanos. El Tribunal Especial de Instrucción que se creó
días después de los hechos advirtió la posible desaparición forzada de sobrevivientes. Sin
embargo, el Estado ignoró su obligación internacional de investigación en los términos de la
jurisprudencia de la Corte y de la Convención Interamericana contra la Tortura.

Reprocha la Corte que el Estado colombiano se haya tomado más de 16 años para investigar
las desapariciones y que haya situaciones que todavía no han sido investigadas, como las
torturas a Orlando Quijano. Por lo tanto la Corte concluyó que el Estado colombiano
incumplió su obligación de investigar.

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Omisión en la búsqueda de las víctimas. Manifiesta la Corte que los estados tienen
obligación de investigar efectivamente el paradero de personas consideradas desaparecidas.
En el caso de desaparición forzada la Corte manifiesta, de acuerdo a su jurisprudencia, que
los estados tienen una obligación de medio consistente en “realizar una búsqueda seria, por
la vía judicial o administrativa adecuada, en la cual se realicen todos los esfuerzos, de
manera sistemática y rigurosa, con los recursos humanos, técnicos y científicos adecuados e
idóneos para dar con el paradero de las personas desaparecidas”. Constata la Corte, basado
en la evidencia aportada, en el peritaje de Carlos Bacigalupo y las consideraciones del
Tribunal Superior de Bogotá, que el Estado colombiano no ha cumplido a cabalidad con
su obligación de investigar, a pesar de que se han desarrollado algunos procedimientos
tendientes a determinar el paradero de las víctimas del caso.

Debida diligencia en las investigaciones. La Corte se pronuncia sobre la diligencia en la


escena del crimen y la diligencia posterior en la jurisdicción ordinaria. Frente a la primera
afirma que el deber de diligencia consiste en utilizar los medios necesarios y adecuados para
determinar lo ocurrido, lo cual se traduce para el caso sub judice en un manejo adecuado de
la escena del crimen, la utilización de protocolos adecuados para el manejo de cadáveres y el
mantenimiento de la cadena de custodia de los elementos de prueba. Se alegó que esta falta
de diligencia fue intencional por parte de las fuerzas estatales con el propósito de encubrir las
irregularidades de la retoma, esta tesis fue desarrollada por el juzgado 51 penal y por el
Tribunal Superior de Bogotá. Sin embargo, la Corte decidió no pronunciarse sobre
intencionalidad de las fuerzas colombianas afirmando que no es necesario saber si las
irregularidades fueron conscientes y que en el caso del Palacio de Justicia “las graves
irregularidades cometidas en estas primeras diligencias de investigación comprometen per se
la responsabilidad internacional del Estado”.
En cuanto a la diligencia en la jurisdicción ordinaria la Corte rescata que se han dado
momentos dinámicos en las investigaciones (con la intervención de Ángela María Buitrago
como investigadora) pero que el Estado ha sido y es poco diligente en sus investigaciones. La
falta de diligencia actual se evidencia en las pocas personas que han sido perseguidas por los
actos del Palacio de Justicia. Al respecto afirma la Corte “que luego de las imputaciones y
acusaciones iniciales realizadas por la Fiscalía entre 2007 y 2009, no ha sido vinculada otra
persona a las investigaciones de estos hechos, a pesar de las disposiciones contenidas en
distintas decisiones judiciales emitidas a nivel interno para que se investigue a otros posibles
responsables”. En igual sentido dice la Corte que las investigaciones se estancaron luego del
2010 y que en los procesos “se planteó la necesidad de ampliar la producción de pruebas
para esclarecer los hechos de manera definitiva”, cosa que no ha sucedido.
La Corte reprocha la estrategia de defensa del Estado que ha consistido en afirmar, en
numerosas instancias, que no ha podido avanzar en las investigaciones debido a la falta de
elementos de prueba suficiente y la incertidumbre frente a los errores de las primeras
inspecciones. Sin embargo, como lo concluyó la Corte esta falta de diligencia es
responsabilidad del Estado, por lo cual su defensa no tiene asidero.

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Plazo razonable en las investigaciones. De acuerdo al artículo 8.1 de la Convención
Interamericana las víctimas tienen derecho a que las investigaciones se resuelvan en un
plazo razonable, esto es desde que comienza la investigación hasta que las condenas
quedan en firme. La Corte ha determinado esta razonabilidad partiendo de los siguientes
elementos: “a) complejidad del asunto; b) actividad procesal del interesado; c) conducta de
las autoridades judiciales, y d) afectación generada en la situación jurídica de la persona
involucrada en el proceso”. Teniendo en cuenta lo anterior, frente al caso sub judice, la Corte
determinó que “han transcurrido 29 años desde que ocurrieron los hechos, sin que todavía se
hubiera esclarecido completamente lo ocurrido ni determinado el paradero de las personas
desaparecidas. (…) Por 16 años no se realizó ninguna investigación por la desaparición de
las víctimas y la investigación del presente caso no avanzó significativamente hasta 2005, es
decir, 20 años después del inicio de las desapariciones”.
Teniendo en cuenta lo anterior, la Corte determina que “esta falta de investigación durante tan
largo período configura una flagrante denegación de justicia y una violación al derecho de
acceso a la justicia de las víctimas”.
Derecho a conocer la verdad. El derecho a la verdad se encuentra subsumido en los
derechos de las víctimas y sus familiares a recibir por parte del Estado un esclarecimiento de
los hechos de acuerdo al artículo 8 de la Convención. En el presente caso, como lo determinó
la Corte, han “transcurridos 29 años de los hechos aún no se conoce toda la verdad sobre lo
ocurrido a las víctimas (…) o su paradero”, lo cual implica una violación de los derechos de
las víctimas y sus familiares.
Quedó probado en la sentencia que los esfuerzos de la justicia colombiana para esclarecer lo
ocurrido en el Palacio de Justicia fueron tardíos e insuficientes. De no ser por la reactivación
de las investigaciones a principios de siglo y el impulso de la fiscal delegada Ángela María
Buitrago la labor investigativa del Estado seguiría en el mismo punto que en la década de los
90. Esto es completamente inaceptable puesto que desde entonces se sabía que se habían
cometido excesos y que el Estado estaba en la obligación de investigar. En este punto no
queda duda de la responsabilidad del Estado. Habrá que ver si la sentencia tiene efecto y si el
Estado cumple con las órdenes dadas por la Corte en lo que respecta a las investigaciones y
sanciones.

Deber de prevención de violaciones de derechos a la vida y a la integridad personal


La toma del Palacio de Justicia por parte del M-19 no fue un hecho sorpresivo para las
fuerzas del Estado, puesto que se tenía conocimiento previo de los planes de los guerrilleros.
Por esta razón, la Corte explora en el capítulo XII si Colombia incurrió en responsabilidad
internacional por incumplir su obligación de prevenir las violaciones a los derechos de las
víctimas del caso.
La Comisión no alegó incumplimiento de la obligación de prevención. Sin embargo, la
representación de las víctimas manifestó que “‘está plenamente acreditado que el Estado
[…] contaba con la información exacta y precisa sobre el día y la hora en que el M-19 se
tomaría el Palacio de Justicia’, por lo que ‘el retiro de la protección especial fue un acto
deliberado de la cúpula militar para permitir el ingreso del grupo guerrillero’”. Por su parte, el
Estado no se pronunció expresamente frente a esta acusación pero afirmó, en el fundamento

20
fáctico, que no “tenía conocimiento de la magnitud del ataque” y que la seguridad policial se
había retirado por petición del presidente de la Corte Suprema de Justicia.
Obligación de prevención. La Corte ha desarrollado jurisprudencialmente la obligación de
prevenir violaciones a la vida e integridad personal contenidos en los artículos 4 y 5 de la
Convención. Aclara que la obligación de prevención es de medio y no se demuestra
incumplimiento con la simple demostración del hecho, es decir, no existe la responsabilidad
objetiva cuando se trata de violaciones de derechos humanos entre particulares. Los criterios
desarrollados por la Corte para determinar que se incumplió dicha obligación son que “(i) al
momento de los hechos existía una situación de riesgo real e inmediato para la vida de un
individuo o grupo de individuos determinados, (ii) las autoridades conocían o debían tener
conocimiento, y (iii) no adoptaron las medidas razonables y necesarias para prevenir o evitar
ese riesgo”.
En el caso del Palacio de Justicia la Corte dio por probado que el Estado colombiano tenía
pleno conocimiento de los planes de la guerrilla, a tal punto que la Policía Nacional reforzó la
seguridad de los magistrados; desde el DAS enviaron comunicaciones de alerta a las
unidades tácticas; se dio una reunión del Consejo Nacional de Seguridad en el la que se trató
el tema; se desarrolló un plan táctico y un estudio de seguridad que fue presentado a la Corte
Suprema y al Consejo de Estado. Y por si fuera poco, el Ministro de Defensa declaró ante el
Congreso de la República el 16 de octubre de 1985 que el gobierno tenía información de los
planes del M-19 de tomarse el Palacio de Justicia, información que fue trasmitida por los
medios de comunicación.
Se tuvieron en cuenta los pronunciamientos del Consejo de Estado en los cuales se evidencia
la negligencia del Estado frente a las latentes amenazas, que manifestó:
“[Las] autoridades [estatales] con su negligente y omisiva conducta dieron lugar, o por lo
menos facilitaron, la ocupación del Palacio de Justicia, pues conociendo de antemano que
existían amenazas no solo contra la vida e integridad de los magistrados, sino de ocupación
por parte del M-19 de la edificación, a pesar de estar en capacidad de evitar la anunciada
toma, ninguna medida preventiva ordinaria tomaron, mucho menos extraordinaria, como lo
exigía la situación. Esa contribución estatal traducida en la falla del servicio que le permitió al
M- 19 tomarse el Palacio de Justicia es la que hace recaer la responsabilidad exclusivamente
sobre la Nación”
La Corte descartó la afirmación del Estado según la cual la seguridad fue disminuida por
petición expresa del presidente de la Corte, Alfonso Reyes Echandía. La consideró no
probada y planteó que de ser cierta no es dable que el riesgo de todos los magistrados y
visitantes del Palacio haya dependido de la voluntad del presidente de la Corte. Por lo anterior
la Corte declaró, de acuerdo a lo probado, que el Estado incumplió las obligaciones referidas.
No encontró necesario pronunciarse sobre la acusación de una acción deliberada por parte
del Estado para permitir el ataque.
Este punto es poco conocido entre la ciudadanía y es de plena importancia, porque si bien la
responsabilidad de la toma recae completamente sobre el M-19, no es admisible que el
Estado sea negligente frente a amenazas tan serias, que están encaminadas directamente a
poner en jaque una de las ramas del poder público. La condena por la falta de prevención es

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acertada, máxime si se tienen en cuenta las numerosas manifestaciones del Estado
reconociendo la amenaza, que incluso se llegó a anunciar por la radio.

Integridad personal de los familiares de las personas desaparecidas


Los familiares de las víctimas del Palacio de Justicia se vieron afectados por la suerte de sus
allegados, y por esta razón la Corte se pronunció sobre el derecho a la integridad personal de
ellos en el capítulo XIII de la sentencia.
La Comisión alegó que la desaparición, detención y tortura de las víctimas de la causa
habían afectado negativamente a sus familiares, quienes también fueron víctimas de
amenazas por indagar sobre lo sucedido a sus familiares. La representación de las víctimas
se manifestó de igual manera. Por su parte, el Estado reconoció que a los familiares de todas
las víctimas les fue violado su derecho a la integridad personal.
La Corte ha determinado jurisprudencialmente que los familiares de las víctimas de
violaciones de derechos humanos pueden verse afectados por lo sucedido a sus familiares.
En cuanto a las víctimas de desaparición forzada, ha dicho que esta afectación se presume,
iuris tantum¸ respecto de padres, hijos, cónyuges o compañeros permanentes. En el caso del
Palacio de Justicia esta presunción es válida y en ese sentido afirma la Corte la afectación se
dio en estos términos: por “(i) ‘la incertidumbre que genera[…] el desconocimiento del
paradero de sus seres queridos y […] las respuestas insatisfactorias del Estado’; (ii) secuelas
a nivel personal, físicas y emocionales; (iii) ‘las estigmatizaciones recibidas, […] que fue[ron]
aislándolos de amigos y vecinos’; (iv) la modificación de sus proyectos de vida familiares y
personales; (v) las amenazas que reportaron haber recibido como consecuencia de las
acciones de búsqueda; (vi) la modificación de sus relaciones sociales, la ruptura en la
dinámica familiar, así como un cambio en la asignación de roles en las mismas; (vii) la
impunidad en que se encuentran los hechos, así como (viii) la esperanza de hallar a sus
familiares, o (ix) la imposibilidad de sepultarlos dignamente de acuerdo con sus creencias,
alterando su proceso de duelo y perpetuando el sufrimiento y la incertidumbre”.
Frente a los familiares de las víctimas de tortura, tratos crueles y detención ilegal la Corte
identificó el daño en estos términos: por la “estigmatización sufrida tras los hechos; (iii)
afectaciones psicosomáticas; (iv) pérdida de confianza en el Estado y sus funcionarios; (v)
sentimientos de rabia e impotencia frente a los hechos ocurridos; (vi) ruptura de sus proyectos
de vida, así como (vii) ruptura del núcleo familiar”. Dicho lo anterior la Corte desarrolló un
listado98 de los 138 familiares a los que se les violaron sus derechos en los términos de los
artículos 5.1 y 5.2 de la Convención interamericana de derechos humanos y por lo cual es
responsable el Estado colombiano.

Es apenas lógico que se condene al Estado por el sufrimiento de los familiares, y más si ya se
comprobó que su actitud no fue diligente y que no hubo ningún acompañamiento a las
víctimas sino décadas después de los hechos.

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Reparaciones
El Estado determinó reparaciones en diversas modalidades, desde lo pecuniario hasta lo
simbólico. El capítulo XIV de la sentencia desarrolla estos aspectos, que se analizaran a
continuación.
El criterio de reparación utilizado por la Corte Interamericana parte del artículo 63.1 de la
Convención, el cual ha sido desarrollado por la Corte hacia la reparación integral que implica
devolver, en la medida de lo posible, a la víctima a las condiciones anteriores al daño. Como
víctimas del caso la Corte determina que son las 13 personas desaparecidas forzadamente,
las cuatro detenidas ilegalmente y torturadas y los 138 familiares afectados.
Respecto a la obligación de investigar los hechos e identificar, juzgar y, en su caso,
sancionar a los responsables, la Corte determina que el Estado colombiano debe “remover
todos los obstáculos, de facto y de jure, que mantienen la impunidad en este caso, y llevar a
cabo las investigaciones amplias, sistemáticas y minuciosas que sean necesarias para
determinar, juzgar, y, en su caso, sancionar a todos los responsables de las desapariciones
forzadas”. Condiciona estas investigaciones a que sean pertinentes, diligentes y en un plazo
razonable. A su vez obliga al Estado a “abstenerse de recurrir a la aplicación de leyes de
amnistía ni argumentar prescripción, irretroactividad de la ley penal, cosa juzgada, ni el
principio non bis in idem o cualquier eximente similar de responsabilidad, con el fin de
excusarse de la obligación de investigar y enjuiciar a los responsables” y a que las
investigaciones en todo momento se den a cargo de la jurisdicción ordinaria. Por último,
obliga al Estado colombiano a divulgar a la sociedad civil los resultados de las investigaciones
y juzgamientos.
En cuanto a la determinación del paradero de las víctimas desaparecidas, la Corte
determina que Colombia “efectúe una búsqueda rigurosa por la vía judicial y administrativa
pertinente, en la cual realice todos los esfuerzos para determinar, a la mayor brevedad, el
paradero de las once víctimas” A su vez obliga al Estado a cubrir cualquier gasto en el que se
incurra en la identificación, devolución y entierro de los desaparecidos.
La Corte también incluyó medidas de rehabilitación y satisfacción para los familiares de las
víctimas. La rehabilitación consiste en que el Estado colombiano le brinde tratamiento
psicológico y psiquiátrico a los familiares de las víctimas por el tiempo que sea necesario.
Por su parte, las medidas de satisfacción son mucho más amplias. Incluyen, en primer lugar,
la publicación y difusión de la Sentencia que para la Corte implica una reparación per se,
lo cual implica un resumen publicado en el diario oficial y en un diario de publicación nacional
así como colgar la sentencia en un sitio web oficial. También, el Estado deberá dar publicidad
del resumen oficial de la sentencia por medio de una emisora radial y un medio televisivo
nacional. En segundo lugar, el Estado deberá organizar un acto público de reconocimiento
de responsabilidad, al que deben asistir altos funcionarios y las víctimas y se debe hacer
referencia a las violaciones de derechos humanos determinadas en la sentencia. Por último,
se obliga a Colombia a elaborar un documental audiovisual que deberá ser presentado en
un medio de televisión nacional, con lo cual se busca preservar la memoria histórica.

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Conclusión
El Estado colombiano fue condenado después de más de 30 años por los excesos de sus
agentes luego de la retoma del Palacio de Justicia. La Corte Interamericana de Derechos
Humanos constató que Colombia incumplió las obligaciones de respeto y garantía de los
derechos humanos contenidas en el artículo 1.1 de la CADH, en relación a los derechos a la
vida, integridad personal, garantías judiciales y prevención de violaciones a los derechos
consignados en la Convención.
Como bien lo manifestó la Corte en las consideraciones de la sentencia, el criterio probatorio
no es tan estricto como el de un juicio penal, debido a que se está juzgando a un Estado que
debe ser garante de derechos y no a un individuo. No obstante, la defensa del Estado se
centró en argumentos técnicos que partían de criterios probatorios tan estrictos como los de
un juicio penal. Con una carga probatoria dinámica como la manejada aquí, no se plantearon
hipótesis plausibles sobre la suerte de los desaparecidos que exonerarán de responsabilidad
a Colombia.
Resta aclarar un punto que la Corte no resuelve: la intención de los agentes estatales en
cuanto a los malos manejos en la investigación y el manejo de los cadáveres. La
representación de víctimas afirmó que todo esto fue parte para encubrir los delitos cometidos
lo cual es relevante para llegar a la verdad del asunto. Aclarar este punto hace parte de la
satisfacción del derecho a la verdad y justicia de las víctimas.
En términos de justicia transicional es importante para las víctimas que se reconozca que se
violaron sus derechos, y para efectos del caso colombiano es valioso que quede como
precedente que los únicos actores violentos en el conflicto armado no han sido los grupos al
margen de la ley. Como bien lo dice la Corte, la sentencia en sí misma es una forma de
reparación. La sentencia tampoco implica que el Estado tenga una actitud criminal frente a
sus ciudadanos, sino que busca establecer que se han cometido errores en la lucha contra la
criminalidad. Este es apenas un paso para lograr superar los hechos ocurridos en 1985, pues
todavía quedan dudas que resolver y responsabilidades que repartir por parte del Estado
Colombiano.

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