Guerra Comercial: Biden y China
Guerra Comercial: Biden y China
INTRODUCCIÓN
Ante este panorama -y asumiendo una disputa por la hegemonía- los norteamericanos han acusado
sistemáticamente a los chinos de devaluar el Yuan, exportar deflación al vender sus productos a
precios injustos a lo largo del planeta, violar los derechos de los trabajadores para sostener los bajos
costos laborales e incluso fallar en sus compromisos con la OMC (Hughes; 2005).
Una de las principales dificultades que han enfrentado los últimos gobiernos norteamericanos es que
casi el 60% de las exportaciones chinas a EEUU son producidas por firmas extranjeras, muchas de
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Lic. en Relaciones Internacionales, Mg en Administración, Doctorando en Administración, Ayudante Diplomado de las
asignaturas “Comercio Internacional”, “Elementos de Economía Política” Facultad de Ciencias Humanas - UNICEN,
Paraje Arroyo Seco s/n - C.P. B7000GHG – Tandil - Buenos Aires – Argentina, Correo electrónico:
lautarovinsennau@gmail.com
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Contador Público, Lic. en Administración, Mg en Relaciones Internacionales, Profesor Ordinario Adjunto de las
asignaturas “Comercio Internacional” e “Integración Económica y Regionalismo”, Facultad de Ciencias Humanas,
UNICEN, Paraje Arroyo Seco s/n, C.P. B7000GHG, Tandil, Buenos Aires, Argentina, Correo electrónico:
hmarco@fch.unicen.edu.ar, hemarconi@gmail.com
ellas norteamericanas. Estas empresas han desplazado sus operaciones a otros territorios como
respuesta a las presiones competitivas por bajar los costos de producción y ofrecer mejores precios a
los consumidores, así como también elevados retornos para los accionistas. Aún más, los
importadores norteamericanos con posiciones dominantes en China -como Wal-Mart y Hallmark-
tienen suficiente poder para obligar a sus proveedores chinos a que sostengan los costos lo más bajo
posible. (Hughes; 2005).
El punto de quiebre de este contexto se produjo con la llegada de Trump a la presidencia de los EEUU
e implicó un cambio abrupto en las políticas comerciales del país americano y quizás del sistema
multilateral de comercio y cooperación. El presidente norteamericano implementó políticas para
recuperar la industria, la producción y el trabajo nacional. Entonces, la balanza comercial negativa
con China se convirtió en uno de los argumentos esenciales para entender el inicio de la guerra
comercial que se desataría en 2018. Trump consideraba que el déficit comercial bilateral de EEUU
con China perjudicaba los intereses de los norteamericanos.
Con la idea de utilizar la sección 301 de la Ley de Comercio de 1974, el presidente republicano
solicitó una investigación a la Oficina del Representante de Comercio de los Estados Unidos (USTR
por sus siglas en inglés) para determinar el grado de daño que su socio comercial asiático le había
realizado al comercio, economía e industria nacionales. Los resultados de dicha investigación
permitieron identificar que había existido robo y coerción para que compañías estadounidenses
divulgaran su propiedad intelectual, así como compras de empresas norteamericanas que provenían
de fondos estatales chinos con el objetivo de adquirir conocimiento tecnológico (Chance & Holland;
2018).
Así, el 22 de marzo de 2018 la administración del presidente Trump estableció la aplicación de nuevos
aranceles por 50.000 millones de dólares a productos chinos -amparándose en el artículo 301 de la
Ley de Comercio de 1974- bajo el argumento de “prácticas desleales y robo de propiedad intelectual”
por parte del gobierno chino. El gigante asiático no se hizo esperar e impuso aranceles a 128 productos
estadounidenses, entre los que se encontraban: autos, aluminio, tubos de acero, frutas y productos
derivados de la soja.
1
Dos años después de la aplicación de las medidas proteccionistas norteamericanas y con una
pandemia por COVID-19 azotando el planeta, Donald Trump debió enfrentar un llamado a elecciones
donde ponía en juego su cargo. El resultado implicó una derrota para el partido republicano y dejó
como consecuencia una sociedad fragmentada y con intereses contrapuestos.
El candidato vencedor Joseph Biden había marcado grandes diferencias con la mayoría de las políticas
de Trump durante la campaña electoral en cuestiones sociales, económicas e incluso ambientales. Sin
embargo, y para sorpresa de propios y extraños, el flamante presidente electo planteó como objetivo
implementar políticas comerciales proteccionistas contra las presuntas prácticas abusivas de China
como el robo de propiedad intelectual, dumping en productos y subsidios ilegales a corporaciones.
Así, Biden estableció una continuidad con las políticas comerciales confrontativas de su antecesor, y
una decisión de la clase gubernamental nortamericana de preservar su posición dominante y hacer
frente al avance hegemónico de China.
En este trabajo se identificarán algunas de las posibles causas de la guerra comercial entre China y
EEUU, se describirá el impacto de la guerra comercial en el sistema multilateral de comercio y
cooperación antes y durante la pandemia por COVID-19, y por último se analizará la disputa por la
hegemonía global y la continuidad de las políticas comerciales norteamericanas desde la teoría de la
transición de poder.
MARCO REFERENCIAL
Durante finales del siglo XIX, los procesos de especialización de China y EEUU fueron diferentes.
Mientras China se convirtió en un exportador de materias primas -como té y seda-, EEUU exportaba
productos agrícolas e industria manufacturera principalmente a Inglaterra, Irlanda y las colonias
cercanas. Durante este período, China se integró a la fuerza en los mercados internacionales -a partir
de las dos guerras del opio y los tratados de Nanjing (1842) y Tianjin (1858)-, y parte de las
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concesiones obtenidas de ese tratado negociado / impuesto por Inglaterra fueron acordadas con EEUU
(Serdaroglu Polatay; 2020).
Así, aunque durante el siglo XIX y principios del XX el principal socio comercial de China fue Gran
Bretaña, ya para el inicio del siglo XX (entre 1901 y 1903) el 8.5% de las exportaciones chinas tenían
como destino EEUU y el 10.2% de las importaciones provenían de ese país (Feuerweker, 2002,como
se citó en Hernández Hernández, 2006).
Hacia finales de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se había convertido en el principal socio
comercial de China. Sin embargo, después del establecimiento de la República Popular China
(RPCH) en 1949, el comercio entre ambos países comenzó a decrecer rápidamente. EEUU impuso
controles selectivos al comercio con China, una vez que las fuerzas comunistas fueron tomando el
poder a lo largo y lo ancho del país. Los controles a las exportaciones fueron entonces gradualmente
reforzadas, hasta que el embargo total fue establecido por medio del Cocom3 al desatarse la Guerra
de Corea; para 1951 prácticamente no existían relaciones comerciales entre China y Estados Unidos
(Yang, 2004, como se citó en Hernández Hernández, 2006).
Con este punto de partida y particularmente desde finales de la década de los setenta del siglo XX
(1978), China buscó romper con el círculo vicioso del subdesarrollo (Martins; 2016). El país asiático
ingresaba a la competencia internacional a través de la implementación de cuatro modernizaciones
en industria, agricultura, ciencia y tecnología. A partir de estas políticas aumentó rápida y
significativamente su volumen comercial. Así, la economía China comenzó a aproximarse a la
estadounidense, y, más aún, se convirtió en el principal socio comercial de origen comunista de los
EEUU (Serdaroglu Polatay; 2020).
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El Coordinating Committee for Multilateral Exports Controls (Cocom) fue creado en 1947 durante la Guerra Fría para
establecer un embargo a los países orientales por parte de los países occidentales (Hernández Hernández; 2006)
3
El Estado chino promovió la internacionalización de los capitales, empresas, el desarrollo de sectores
estratégicos y la transferencia de tecnología, lo que le permitió avanzar en su vinculación
internacional (Martins, 2016).
A comienzos de los ochenta, tomó algunas medidas para poner fin a su aislamiento, asumiendo la
incorporación de la Provincia China de Taiwan al FMI y al Banco Mundial, de los cuales había sido
uno de los miembros fundadores. En 1986 lanzó una campaña para reincorporarse al Acuerdo General
sobre Tarifas y Comercio (GATT), del cual se había retirado en 1950 (Hernández Hernández; 2006).
En los años siguientes varios acuerdos específicos fueron firmados entre ambos países, incluyendo el
Acuerdo de Comercio de Textiles, el Acuerdo para Evitar la Doble Tributación y el Acuerdo sobre
Transporte Aéreo y Marítimo Civil. Entretanto, tres comités de trabajo conjunto fueron establecidos:
el de comercio, el de ciencia y tecnología y el de asuntos económicos. En 1981, a China se le permitió
el comercio de productos tecnológicamente más altos que a la Unión Soviética, y para diciembre de
1985 el Cocom adoptó la política de “línea verde” hacia China, mediante la cual se le otorgaba
licencia de tratamiento preferencial a 27 categorías de los ítems bajo control de las exportaciones
hacia China (Yang, 2004, como se citó en Hernández Hernández, 2006).
El comercio acumulado entre ambos países creció primero con superávits comerciales a favor de
EEUU, pero esa tendencia se revirtió después de unos años. En 1986, el déficit comercial de EEUU
con China en mercancías comenzó en -1.664,7 millones de dólares (Serdaroglu Polatay; 2020).
Con estas diferencias latentes, los años noventa estuvieron plagados de conflictos comerciales y de
tensiones políticas entre ambos países, cuestión que se vió reflejada en una disminución de las
importaciones chinas desde EEUU A pesar de ello, ambas partes realizaron esfuerzos por evitar una
guerra comercial. China mejoró sus leyes sobre protección de la propiedad intelectual y se integró a
las convenciones de Berna sobre Copyright y de Ginebra sobre fonogramas. Un acuerdo sobre el
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cumplimiento de los derechos de propiedad intelectual fue firmado entre ambos países en febrero de
1995 (Yang, 2004, como se citó en Hernández Hernández, 2006).
Durante ese período, y en un esfuerzo por formar parte de la economía de mercado, China
descentralizó el comercio exterior, redujo los aranceles, unificó el tipo de cambio doble en 1994 y
suprimió el control de cambios sobre las transacciones de la balanza en cuenta corriente para 1996
(Adhikari & Yang; 2002).
Estas reformas y declaración de intenciones del país asiático por formar parte de los mercados
globales, allanaron el camino para alcanzar un acuerdo bilateral con EEUU -firmado en Noviembre
de 1999- que facilitó el acceso de China a la OMC. Este tratado creó las condiciones para que, después
de 15 años de negociaciones, en diciembre de 2001 China finalmente se integrara a la organización.
Los cambios drásticos de carácter institucional implementados por el país asiático, tanto internos
como en el contexto internacional, crearon las condiciones para que el comercio entre China y EEUU
creciera de manera exponencial (Hernández Hernández, 2006).
Es importante destacar que antes de su ingreso a la OMC, China había reducido tanto sus tarifas que
se lo consideraba el país desarrollado con la más baja protección comercial. Para mediados del 2002,
el país asiático había logrado abolir y/o enmendar unos 2600 estatutos y regulaciones legales que no
eran consistentes con las exigencias de la OMC. El país estaba tan determinado a ingresar a la
organización que terminó aceptando términos onerosos que violaban algunos de los principios
fundamentales del organismo. El más notable fue el hecho de que China fuera considerada una
economía “sin mercado” o “no comercial” por el resto de los miembros de la organización. Esta
etiqueta implicaba que los países que acusaban a China de hacer dumping4 con sus productos no
necesitaban utilizar los precios reales del mercado de China para apoyar su acusación; en su lugar
podían utilizar un precio sustituto tomado de una economía de mercado como la India (Hughes; 2005).
A pesar de estas dificultades iniciales, la motivación de China para ingresar en la OMC tenía su origen
en el convencimiento de que se necesitaba un impulso externo para superar los obstáculos internos,
promover las reformas y proteger los intereses comerciales si deseaba mantener el rápido ritmo de
crecimiento económico de los años ochenta y noventa. (Adhikari & Yang; 2002).
Desde la apertura comercial China en los ‘70, las exportaciones aumentaron de US$10.000 millones
en 1978 a US$278.000 millones en el año 2000, constituyéndose en la sexta nación del mundo más
importante por su comercio -a finales de los años setenta ocupaba, aproximadamente, el trigésimo
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Vender por debajo de un precio normal o incluso debajo del costo de producción
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lugar-. La razón entre el comercio exterior y el PIB aumentó desde el 10% al inicio de las reformas a
cerca del 40% a finales de los años noventa. Los flujos de inversión extranjera directa ascendieron a
US$47.000 millones en el año 2000, segunda cifra en magnitud, superada solamente por Estados
Unidos (Adhikari & Yang; 2002). Desde ese momento, el déficit comercial que tiene EU con China
se acrecentó pasando de $83,096 miles de millones de dólares (mmdd) en 2001 hasta $419,527 mmdd
en 2018, con una disminución en 2019.
Como se mencionó anteriormente, una razón clave para el desarrollo comercial de China y el creciente
intercambio con EEUU estuvo liderada por importantes reformas y una política de puertas abiertas.
Fung, Iizaka y Tong (2002) consideran que existen cuatro características que permiten explicar en
gran medida el crecimiento del comercio de China con otros países. Primero, las empresas extranjeras
en China representan la mayoría del comercio de China. En segundo lugar, una gran parte del
comercio de China -al menos durante la primera década del siglo XXI- estaba vinculada al
ensamblado, lo que le permitía concentrar buena parte de la producción global y desarrollar los
primeros pasos de una transferencia tecnológica. Tercero, los flujos de reexportación que permitieron
reforzar el aprendizaje comercial. Cuarto, el comercio de China está geográficamente concentrado,
por ejemplo, una gran cantidad de bienes de exportación proviene de la provincia de Guangdong.
Coincidiendo con Fung Iizaka y Tong (2002), Hammer (2006) explica que las empresas extranjeras
y privadas que trabajan en China son las principales impulsoras de crecimiento del comercio bilateral,
ya que representan más de la mitad de los flujos de exportación e importación entre EEUU y China
desde el año 2000. Ello se debe especialmente a una serie de condiciones favorables como zonas de
incentivos económicos o recortes de impuestos sobre la renta para el sector de alta tecnología que
moldean significativamente el patrón de exportaciones de China y propician una creciente
participación de este tipo de productos exportados a los EEUU (Ferrantino et. al. 2010). Así, a nivel
de producto, la maquinaria electrónica refleja el papel fundamental de la producción de China en la
cadena de suministro global.
De acuerdo a Khandelwal, Schott y Wei (2013) el rápido crecimiento del comercio de China se puede
atribuir también a la eliminación de las barreras comerciales (como las cuotas de exportación), a la
disminución de la incertidumbre política y sobre todo la reducción de aranceles que afectan
positivamente la productividad de las grandes empresas comerciales chinas.
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De acuerdo a Qiu & Wei (2019) las ventajas comparativas de China se concentran principalmente en
aquellas industrias que hacen un uso intensivo de la mano de obra. Por lo tanto, el aumento de las
importaciones de EEUU desde China termina generando despidos masivos de trabajadores de
industrias competidoras. Por su parte, Ju, Wei y Ma (2015) sostienen que la teoría de la ventaja
comparativa no es suficiente para explicar los patrones de este comercio bilateral. Dichas ventajas
pueden cambiar con el tiempo y/o verse afectadas por la IED. Por ejemplo, la deslocalización de la
producción norteamericana hacia tierras orientales generó un alto volumen de inversiones en suelo
chino. Esta tendencia que se sostiene desde la apertura del país asiático al comercio internacional,
permite en gran medida reducir costos y aprovechar las ventajas de una legislación laboral flexible
Esta activa integración de China a la economía global y el acelerado crecimiento de su PBI fue
generando una serie de fricciones con sus socios comerciales, y, en términos generales, la literatura
sobre disputas comerciales argumenta que el tamaño del país (en este caso China) es el centro del
conflicto (Qiu & Wei; 2019).
El impactante intercambio bilateral entre China y EEUU tiene claras implicaciones en los conflictos
comerciales, dado que las ventajas comparativas existentes en China se han fortalecido y expandido
a numerosos productos. Este cambio intensifica la competencia internacional en diversas industrias y
productos. Es más probable que surja una fricción comercial en industrias con mayor competencia de
importación que en industrias sin cambios en el nivel de competencia (Qiu & Wei; 2019). Así, esta
creciente competitividad ha sido considerada por Dorn y Hanson (2016), que explican que el volumen
de las importaciones de productos chinos ha llevado a grandes aumentos en el desempleo y la pérdida
de ingresos en muchas zonas de los Estados Unidos.
Para entender el contexto de esta disputa es importante comprender la visión a largo plazo que define
las políticas chinas. Los objetivos del actual “sueño chino” fueron definidos por el XVIII Congreso
Nacional del Partido, en relación a dos importantes centenarios: el de la fundación del Partido en
2021 y el de la Nueva China en 2049. De este modo, las metas serían “para 2020 duplicar el PIB y el
ingreso per cápita rural y urbano respecto de 2010, cumpliendo así con la construcción de una
sociedad modestamente acomodada y, para mediados de siglo, concluir la transformación de China
en un país socialista moderno, próspero, poderoso, democrático, civilizado y armonioso, haciendo así
realidad el sueño chino de la gran revitalización de la nación china” (Xi, 2014, como se citó en
Rosales, 2019).
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Una de las estrategias de mayor alcance y ambición del país asiático es cumplir con la propuesta
“Made in China 2025”. La misma surgió en octubre de 2015 y busca fortalecer la innovación y el
desarrollo de las nuevas tecnologías, focalizándose en tres objetivos: i) que la industria manufacturera
consiga ascender en la jerarquía tecnológica de las cadenas de valor; ii) transformar a China en
potencia tecnológica, y iii) reestructurar el sector industrial, elevando su eficiencia, calidad y
capacidad de innovación (Rosales, 2019).
“el programa contempla tres fases: i) en 2025, reducir la diferencia tecnológica con los países líderes; ii)
en 2035, fortalecer la posición tecnológica de China, y iii) en 2045, liderar la innovación global. Los
principales instrumentos que se privilegiarán serán: i) reestructurar la industria manufacturera, mejorando
en eficiencia, calidad, estándares, automatización y uso y creación de nuevas tecnologías; ii) promover la
innovación, la propiedad intelectual y el desarrollo sostenible, y iii) facilitar la fusión y reorganización de
empresas. El plan “Made in China 2025” apuesta a 10 sectores:
• Equipos agrícolas.
• Nuevos materiales.
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Esta competencia asimétrica, las estrategias a largo plazo de China para concretar un rápido
crecimiento económico y comercial, sumadas al impacto negativo de la crisis de 2007-2009,
generaron un clima de descontento en EEUU propiciando el apoyo a Donald Trump por parte de
muchos trabajadores estadounidenses afectados. Esta situación no solamente ayudó a que finalmente
alcanzara la presidencia, sino que significó además el desencadenante de una guerra comercial entre
los dos países.
Así, la Casa Blanca se amparó bajo dos propósitos principales para explicar la reciente guerra
comercial. El primero, reducir el déficit comercial anual con China de US$ 376 mil millones a US$
200 mil millones. El segundo, obligar a China a cambiar sus políticas industriales desiguales. El
objetivo de las acciones estadounidenses fue detener la competencia desleal causada por las políticas
industriales chinas vinculadas al mencionado plan “Made in China 2025” (Davis y Wei 2018).
Para entender el impacto de la guerra comercial y sus efectos, es importante comprender el orden
global desarrollado luego de la Segunda Guerra Mundial y que fuera diseñado por las potencias
vencedoras. Dicho orden se encontraba sustentado en un grupo de instituciones que “reflejaba” las
ideas y valores de la democracia y el libre mercado. Entre las más destacadas se encuentran la
Organización de las Naciones Unidas y sus instituciones derivadas; las nacidas de los acuerdos de
Bretton Woods (Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional) destinadas a la cuestiones
monetarias y financieras; y un acuerdo legal como el GATT, que desde 1995 pasó a convertirse en
una institución denominada Organización Mundial del Comercio (OMC) cuyo principal objetivo es
la elaboración de políticas destinadas a promover y favorecer el libre comercio entre los países a
través de la eliminación de barreras como aranceles y cuotas de importación (Vinsennau & Marconi,
2018).
La creación de la OMC (producto de la Ronda Uruguay) fue quizás el corolario que el sistema
necesitaba para expandirse con mayor celeridad y profundizar el desarrollo de la globalización. Así,
se establecieron disciplinas más estrictas en diferentes campos del comercio de mercancías,
incluyendo el monitoreo de los acuerdos y la notificación de las medidas aplicadas por los miembros
(Vinsennau & Marconi, 2018).
El propósito final del sistema multilateral, desde la visión liberal, es mejorar los niveles de vida de
sus miembros y por ende su bienestar económico y social, mediante la continua reducción de las
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barreras al comercio y el desmantelamiento de las políticas comerciales discriminatorias a fin de
incrementar el comercio internacional. Ello supone no solo la promoción del crecimiento económico
y del incremento del ingreso per cápita, sino además la mejora de las condiciones de vida en los países
miembro (Brunetto; 2014).
El marco fundacional sobre el que se sostiene el sistema tiene su base en la visión de las escuelas
clásica y neoclásica que establecía que la no intervención gubernamental era esencial para facilitar el
libre comercio, ya que el mismo conducía efectivamente a expandir las posibilidades productivas de
los países y a maximizar su bienestar económico, pues llevaba a un equilibrio óptimo en el sentido
paretiano, que permitía maximizar el bienestar económico general mediante la especialización
económica en los sectores productivos que pudieran aprovechar la ventaja comparativa de que
disponían los países (Brunetto; 2014).
Brunetto (2014) explica que son estas ideas desarrolladas siglos atrás las que dieron forma a los
principios más importantes del sistema comercial moderno: a) la no discriminación entre el producto
nacional y el extranjero (que se denominó trato nacional); b) la concesión de privilegios debe ser
equitativa y extensiva a todos los miembros sin importar origen o procedencia (cláusula de la nación
más favorecida c) la reciprocidad de garantías de acceso a los mercados de exportación a cambio de
liberalización de los mercados de bienes y servicios nacionales.
A pesar de los avances en materia comercial logrados por el sistema multilateral, lo cierto es que en
los últimos años, muchos de los países protagonistas de la creación de dichas instituciones que
promovieron ideales democráticos y de libre comercio, comenzaron a mostrar claros signos de
nacionalismo cuya tendencia (cada vez más creciente) amenaza con derrocar (o quizás autoderrocar)
el orden establecido durante las últimas siete décadas. Es decir, los propios actores que alguna vez
buscaron generar cooperación multilateral hoy deciden o prefieren resolver los intereses nacionales
salteando sus propias reglas internacionales (Vinsennau & Marconi, 2018).
Primero Rusia con Vladimir Putin y posteriormente Donald Trump como presidente de los EEUU,
amenazaron con desobedecer a las instituciones internacionales para actuar unilateralmente en
cuestiones de comerciales, monetarias, financieras o de seguridad. Un claro ejemplo del efecto
dominó que esto podría generar, es el hecho de que Gran Bretaña haya decidido abandonar la Unión
Europea (Vinsennau & Marconi, 2018).
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Así, una de las políticas más agresivas (y quizás con el poder de destruir los cimientos del orden
mundial de posguerra) fue la implementada en marzo de 2018 por el gobierno de los EEUU con un
claro signo nacionalista en la figura del presidente Donald Trump. Contradiciendo a sus propios
aliados, el presidente tomó la decisión ejecutiva de elevar los aranceles a la importación de acero y
aluminio (con especial impacto en China), dando el primer paso en lo que quizás podría convertirse
en una guerra comercial a gran escala, y por qué no también un giro en el orden mundial de posguerra
(Vinsennau & Marconi, 2018).
De esta manera, lo que inició con revisiones para justificar la existencia de problemas que atentaban
contra la seguridad del país y los déficits comerciales, pronto se enfocaron a cuestiones de propiedad
intelectual y tecnología, convirtiendo a China en el objetivo principal de la política comercial
estadounidense, con esas medidas, EEUU pretendió revertir el déficit. El crecimiento de China y el
declive de la economía norteamericana propiciaron la aparición de un escenario de incertidumbre y
de constante tensión comercial, con repercusiones no solo bilaterales, sino la dinámica económica
mundial, particularmente en los últimos años (González García, 2020).
De acuerdo a la UNCTAD (2018) las guerras comerciales parecieran ser un síntoma de malestar
económico derivado de las consecuencias de la crisis financiera de 2008. La economía mundial quedó
estresada y con claros síntomas de inestabilidad, cuestión se vió reflejada en el aumento de los
aranceles y los flujos financieros volátiles. Sumado a esto, la respuesta a las desigualdades de los
desequilibrios del mundo hiperglobalizado han resultado insuficientes.
Así, “la guerra comercial es una de las causas de mayor fricción para la economía global, debido a que por
el incremento de aranceles aprobados por EEUU y las represalias adoptadas por China, han traído como
consecuencias un estancamiento del comercio internacional y el debilitamiento de la demanda global.
Además, persiste la idea de que esta confrontación entre las dos economías más poderosas del mundo tiene
menos que ver con el problema del déficit comercial y más con las ambiciones tecnológicas de ambos”
(UNCTAD, 2019, como se citó en González García, 2020).
La historia ha mostrado en diversas ocasiones que el ascenso de las grandes potencias genera períodos
de alta volatilidad en el sistema internacional, que más de una vez han desembocado en guerras
hegemónicas (Castro, 2010). La teoría detrás de estos argumentos -que suponen una guerra inevitable
entre dos superpotencias- podría encontrarse en la Teoría de Transición de Poder (TTP). La TTP
postula que la guerra es probable cuando el poder del estado dominante en el sistema internacional
(es decir, la hegemonía) está en declive y que un retador en ascenso insatisfecho busca reducir
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sustancialmente la brecha de poder. La TTP explica que es más probable que el enfrentamiento suceda
si existe paridad y si el retador en ascenso está insatisfecho. Un poder en ascenso aquí generalmente
no está satisfecho con el orden internacional existente e inicia la guerra contra una hegemonía en
declive con el fin de imponer órdenes que le sean más favorables (Organski 1958, como se citó en
Kim, 2019).
Otros autores como Gilpin (1981) consideran que las guerras derivadas de la Transición de Poder
entre grandes potencias ocurren con mayor probabilidad cuando el estado hegemónico cuyo poder se
encuentra en declive, ve a la guerra preventiva como el medio más atractivo para eliminar la amenaza
planteada. En este caso quien inicia la guerra es EEUU como estado hegemón en declive más que
China como estado en ascenso desafiante. El hegemón que teme que un contendiente en ascenso le
arrebate el poder en el futuro ve a la guerra -en este caso comercial- como la mejor opción para
sostener su hegemonía (Kim, 2019).
De acuerdo a Kim (2019) -desde la perspectiva de la Transición de Poder- los tres ejemplos más
recientes de desafío a la hegemonía norteamericana son: la iniciativa “Belt and Road” (BRI), la
creación del AIIB -el Banco de Inversión en Infraestructura de Asia- y el plan “Made in china 2025”.
El BRI es un proyecto que lleva la firma de Xi Jinping y fue anunciado en 2013. De acuerdo al
gobierno chino, busca conectar Asia, África y Europa para promover la cooperación económica
regional, la construcción de infraestructura, el fortalecimiento del intercambio comercial y
aprendizaje mutuo entre diferentes civilizaciones promoviendo el desarrollo y la paz mundial (Kim,
2019). La implementación de esta iniciativa le permitiría a China incrementar su presencia en Asia y
en Europa e incrementar sus inversiones en mercados importantes y socios potenciales de EEUU para
contrarrestar su influencia geopolítica, algo así como un Plan Marshall5.
El AIIB tiene como objetivo principal “mejorar las y resultados económicos en Asia” (AIIB, 2018)
proporcionando financiación a diversos proyectos de infraestructura de los países en desarrollo de la
región. Beijing afirma que financiado por AIIB, los proyectos conectarán mejor a las personas, los
mercados y los servicios para promover el crecimiento sostenible. desarrollo y prosperidad (AIIB,
2018)”. De acuerdo a Kim (2018), desde la visión norteamericana, el AIIB representa los esfuerzos
de China por debilitar las instituciones financieras existentes como el Banco Mundial, el FMI o el
Banco de Desarrollo Asiático y que se encuentran dentro de la influencia de EEUU y sus aliados más
cercanos.
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El Plan Marshall fue un programa estadounidense dedicado a la reconversión económica de Europa durante los inicios
de la Guerra Fría
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El programa “Made in China 2025” es un plan de desarrollo industrial pensado a 10 años. Fue
anunciado y aprobado por el Consejo Estatal Chino en 2015 y representa las intenciones de Beijing
de transformar al país en una potencia de alta tecnología que domine el avance de la industria robótica,
de la información tecnológica avanzada, la aviación y vehículos basados en nuevas energías
tecnología. El principal objetivo es la reducción una dependencia tecnológica extranjera -para lo que
necesita alcanzar un 40% de producción doméstica en componentes y materiales básicos- que permita
que China se convierta en una superpotencia manufacturera que domine el mercado mundial en las
futuras industrias de alta tecnología. EEUU ve a esta iniciativa como un serio desafío a la hegemonía
norteamericana y su liderazgo tecnológico en el mundo (Kim, 2019).
La victoria de Donald Trump en 2016 generó cambios bruscos en la política norteamericana. Durante
su único mandato se convirtió en una de las figuras más polarizadoras de la historia del país. Con un
estilo provocador y desafiante, el presidente saliente contó con el apoyo de los sectores más
conservadores y extremistas de los EEUU. Esta modalidad confrontativa preocupó a buena parte del
electorado demócrata, que en una elección sin precedentes -por la participación ciudadana y las
acusaciones de fraude que surgieron- evitó la reelección de Trump.
A pesar de la fuerte división que generó su presidencia en términos políticos, sociales y ambientales,
entre otros, lo cierto es que algunas directivas de su mandato podrían continuar en los próximos
gobiernos, dado que consiguió generar un nuevo consenso -tanto en filas republicanas como
demócratas- sobre la necesidad de endurecer la política de los EEUU hacia China.
Trump había identificado a China como una amenaza para el liderazgo y la hegemonía
estadounidense, y si bien su contrincante y vencedor Biden había mostrado diferenciarse del estilo
agresivo y polémico del presidente saliente, lo cierto es que coincidía en algunos ejes de la política
exterior del ex mandatario republicano.
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Antes de asumir, el propio Biden había anticipado que seguiría la guerra comercial con China.
Declaró que “no firmaría ningún acuerdo hasta que no se hicieran grandes inversiones en suelo
norteamericano”. Decidió que “no realizaría ningún movimiento” en referencia a los aranceles
adicionales que la administración Trump venía aplicando a una gran cantidad de productos chinos en
el marco de la guerra comercial.
Para la administración Biden el principal objetivo debía ser “implementar políticas comerciales que
realmente produzcan avances contra las prácticas abusivas de China, tales como el robo de propiedad
intelectual, dumping en productos y subsidios ilegales a corporaciones” (“Biden anticipó que seguirá
la guerra comercial con China y caen los commodities”, 3 de diciembre de 2020). Así, Biden
encontraba el ascenso de China como un serio desafío, advirtiendo que podrían adelantarse a EEUU
en nuevas tecnologías.
Para Biden el análisis de la administración Trump ha sido correcto. Aún así pareciera no estar de
acuerdo con todos los ejes implementados por la política comercial de Trump. En algunas cuestiones
ha intentado diferenciarse: en lugar de utilizar las tarifas como respuesta a las políticas chinas presentó
un plan para poner en marcha un mecanismo de represalia dirigida, pero utilizando las leyes
comerciales existentes y construyendo un frente unido de aliados para presionar a Beijing. Incluso
está dispuesto a incrementar la presencia naval norteamericana en Asía - Pacífico (“President-Elect
Biden on Foreign Policy”, 7 de noviembre de 2020).
En su concepción de esta etapa de disputa con China, considera que “el mundo libre” debe unirse
para enfrentar el autoritarismo de alta tecnología que propone el régimen chino, y que es Washington
quien debe dar forma a las “reglas, normas e instituciones” que gobernarán el uso global de las nuevas
tecnologías, como la inteligencia artificial .Pareciera creer también que el seguir siendo competitivos
con China dependerá de la capacidad de innovación de los EEUU y de las posibilidades de unir "el
poder económico de las democracias de todo el mundo". (“President-Elect Biden on Foreign Policy”,
7 de noviembre de 2020).
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Alcanzar esta posibilidad, según Biden podría "fortalecer las ventajas perdurables y permitir
prevalecer en la competencia estratégica con China". Aún así ha considerado que “cuando el
comportamiento del gobierno chino amenace directamente los intereses y valores norteamericanos,
el desafío de Beijing será respondido”(Ferrari Haines, 2021).
Para hacer frente al poderío comercial y tecnológico desarrollado por China, la administración Biden
ha decidido poner a los semiconductores, la inteligencia artificial y la próxima generación de redes
en el corazón de la estrategia norteamericana contra Asia, intentando unir lo que los funcionarios
llaman las "tecno-democracias" que van a hacer frente a China y otras "tecno-autocracias". El
gobierno de Biden considera que los semiconductores juegan un papel fundamental en esta pelea
geopolítica, dado que los microchips representan la base de la mayoría de las tecnologías de la
modernidad.(Wadhams, 2021).
Así, el nuevo encuadre de la rivalidad de Estados Unidos con China se basa en generar una alianza
para hacer frente a la repentina escasez global de microchips -necesarios en productos como
automóviles, teléfonos móviles y refrigeradores- y cambiar de esta manera los escenarios
tradicionales de competencia como las existencias de misiles y el número de tropas. El énfasis
norteamericano estará puesto en el acercamiento a algunos socios clave como Corea del Sur, Japón y
Taiwán, mientras ofrece incentivos para llevar la fabricación de chips de regreso a los EE UU
(Wadhams, 2021).
Es importante destacar que estos posibles nuevos lineamientos en la política norteamericana se deben
principalmente a una necesidad que fuerza a la Casa Blanca a enfrentar la escasez mundial de chips,
en parte por el sobre almacenamiento de China, y en parte por un aumento en la demanda durante la
pandemia. Esta situación ha obligado, por ejemplo, a algunos fabricantes de automóviles
estadounidenses a cerrar plantas y fábricas, dejando expuestas las debilidades en las cadenas de
suministro de EEUU. El enfoque ha obtenido una respuesta positiva del Congreso, donde los
legisladores están proponiendo una serie de proyectos de ley destinados a reforzar la tecnología de
EEUU, como la Ley de chips, que ofrecería incentivos para llevar la fabricación de chips a casa, y la
Ley Endless Frontier Act para invertir más ampliamente en el avance tecnológico (Wadhams, 2021).
Dados algunos lineamientos desarrollados en el corto plazo por la administración Biden, podría
decirse que la continuidad respecto a las políticas exteriores de Trump se vinculan más bien a entender
que el crecimiento económico, comercial y tecnológico de China representan la principal causa de la
disputa hegemónica. Sin embargo, el enfoque pareciera ser distinto y en lugar de posicionar a los
EEUU por fuera de sus propias instituciones y sistema multilateral, la administración Biden ha
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delineado una estrategia para conformar una serie de asociaciones y fortalecer lazos con aliados que
rara vez se utilizaron -como la India- para hacer frente al avance tecnológico y comercial de China.
CONCLUSIONES
Desde finales de la Segunda Guerra Mundial, EEUU ha detentado la hegemonía global. Con su
poderío militar y fortaleza económica, creó el orden que mejor se ajustaba a sus intereses liberales y
promovió la apertura comercial. Sin embargo con la llegada de Trump, y de manera sorpresiva, EEUU
se volvió proteccionista bajo el lema “América primero”. Estas acciones pusieron en evidencia el
temor norteamericano ante el ascenso de China -tal como explica la Teoría de Transición de Poder-,
y dió inicio a una guerra comercial con repercusiones globales.
Ahora bien, es importante entender que los caminos de EEUU y China han variado de acuerdo al
contexto histórico. Han existido etapas de acercamiento y de distanciamiento, pero lo cierto es que
una vez que los líderes del gigante asiático comprendieron cómo podían explotar las reglas del sistema
multilateral, los caminos comenzaron una convergencia que eventualmente derivó en una disputa por
la hegemonía global.
Para adaptarse a las reglas, los dirigentes chinos no solo reformaron su sistema legal, sino que
diseñaron una estrategia basada en una planificación e intervención estatal muy estricta, para facilitar
el desarrollo de una producción masiva a bajo costo, sustentada por una población grande y
trabajadora. Lo cierto es que, luego de su ingreso a la OMC, el crecimiento dinámico y
desproporcionado de China terminó generando un superávit de la balanza comercial con EEUU en el
corto plazo, sentando así las bases de un desafío a la hegemonía norteamericana y acrecentando el
temor al ascenso del gigante asiático.
Con un avanzado desarrollo tecnológico exportable y con la consolidación de las cadenas productivas,
el gobierno chino ha diseñado planes de expansión comercial, económica y geopolítica, así como
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también estrategias para dejar de ser la “fábrica del mundo” y convertirse en productor de bienes y
servicios de mayor valor. En este marco surgieron tres proyectos que aumentaron el temor
norteamericano ante el vertiginoso ascenso chino: el BRI, el AIIB y el Made in China 2025. Así,
pareciera ser que la principal estrategia china es generar dependencia comercial, económico /
financiera, productiva y tecnológica para cooptar mercados y socios estratégicos de EEUU. Desde el
punto de vista norteamericano, estas acciones representan un desafío a su hegemonía y refuerzan los
planteos de la teoría de la transición de poder.
Así, los tres proyectos mencionados parecieran impactar directamente en sectores estratégicos donde
EEUU es, o solía ser, el único protagonista. China avanza utilizando las propias reglas de juego
desarrolladas por los norteamericanos y sus aliados luego de la Segunda Guerra Mundial, y sin
disparar ni una sola bala.
Esta actitud de China pareciera mostrar que hoy el poder y las disputas hegemónicas ya no se definen
con el uso de las armas, sino con la fortaleza económica. Sumado a esto, y en términos de la
dependencia generada en un mundo hiperglobalizado, China representa un atractivo para las
inversiones extranjeras -especialmente norteamericanas- por sus condiciones laborales. Esta cuestión
podría disminuir las posibilidades de un enfrentamiento militar ya que perturbaría de manera drástica
este esquema económico.
Cabe preguntarse entonces si no estamos en presencia de una segunda guerra fría dado que, a pesar
de las políticas comerciales agresivas, de las acusaciones norteamericanas sobre el origen del Covid
- 19, y el presunto ocultamiento de información por parte del gobierno chino, no se ha observado una
escalada que pudiera derivar -al menos en el corto plazo- en una disputa por la hegemonía en el campo
de batalla militar.
Sin embargo, mientras el temor al ascenso de China continúe, lo más probable es que EEUU
desarrolle estrategias para sostener su hegemonía global y contener el amenazante crecimiento del
gigante asiático. Por esta razón sería lógico asumir que los próximos dirigentes norteamericanos sigan
ejes destinados a poner un freno a este avance.
Biden pareciera haber entendido que deberá disputar la hegemonía con China en un campo que no es
tan tradicional como el militar. Si bien coincide con Trump en que es necesario tomar acciones para
frenar el ascenso chino, lo cierto es que sus formas y estilos serán distintos. Mientras Trump se corrió
del sistema multilateral de comercio y cooperación, Biden pretende formar una alianza con viejos y
nuevos socios que ayuden a generar el desarrollo productivo y tecnológico que evite la supremacía
china. Así, aunque con caminos diversos, la reacción norteamericana se encuentra en sintonía con lo
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que propone la Teoría de Transición de Poder, ya que el crecimiento desproporcionado de China ha
generado temor en el pueblo y la dirigencia política en su conjunto, que entiende que existen diversos
aspectos en juego que ponen en jaque su hegemonía global.
A pesar de este creciente temor estadounidense, China ha intentado públicamente dar un mensaje de
que no persigue la hegemonía o la expansión militar en el futuro. Sus argumentos se basan sobre todo
en que necesita tranquilidad doméstica y paz en sus fronteras para continuar por la senda del
desarrollo económico y la modernización. Se ve beneficiado por este mundo multipolar donde
prevalecen ciertos niveles de paz y crecimiento económico.
No es posible asegurar que China sostendrá esta actitud en los años venideros, existen algunas señales
optimistas que ayudan a creer que sí, especialmente en el uso del poder militar: históricamente ha
entablado acciones agresivas pero solo en sus fronteras -especialmente en Korea y Vietnam-, y
además casi siempre ha mostrado una postura cauta, defensiva e introspectiva en lo que respecta a
seguridad nacional, la Gran Muralla es un símbolo de ello.
Para concluir con lo desarrollado en este trabajo, podría decirse que EEUU se está encontrando con
serias dificultades para sostener la hegemonía total como en décadas anteriores. Este mundo
multipolar ha establecido contrincantes de distintas esferas, y pocos han sido tan determinantes y
controvertidos como China, especialmente en lo que va del siglo XXI.
Esto es así no sólo por su capacidad y tamaño, sino porque además ha dado muestras de progreso,
desarrollo y modernización con un sistema mixto que juega con las reglas establecidas por sus
competidores o contrincantes. Aún cuando China ha logrado disputar parte de la hegemonía
norteamericana, no se podría afirmar que el gigante asiático se considere capaz o tenga éxito en
alcanzar la hegemonía total. Tiene varias cuestiones que lo dificultan como las barreras culturales,
sociales y políticas que lo alejan de otras esferas o que generan rechazo. Sin embargo, entendiendo
que el consumo y la producción norteamericanas ya no son el principal motor de la economía global,
es probable que el mercado chino juegue un rol importante a la hora de sostener el crecimiento
mundial.
Por último, dado el desarrollo tecnológico reciente de China y las nuevas estrategias de EEUU,
pareciera que este conflicto comercial es el comienzo de una disputa más importante, la tecnológica.
La administración de Biden ya ha empezado a diseñar un plan que permita competir con China en
este campo, y que devuelva el trabajo y la prosperidad al territorio norteamericano. Así, dadas las
recientes políticas, planes y programas implementados por ambos países, pareciera que la tecnología
será el espacio donde se desatarán las próximas batallas comerciales, económicas, políticas y
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financieras. La potencia vencedora de esta disputa hegemónica será quien consiga imponer el estándar
tecnológico y productivo del próximo siglo, y desarrollar las condiciones del futuro orden mundial
para incrementar su hegemonía.
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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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