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Crawl - Audrey Rush

El documento describe a un acosador observando a su vecina Remedy a través de un agujero en la pared. También menciona que ha pirateado su webcam para espiarla. El acosador tiene pensamientos perturbadores sobre Remedy.

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Sofia Petit
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Crawl - Audrey Rush

El documento describe a un acosador observando a su vecina Remedy a través de un agujero en la pared. También menciona que ha pirateado su webcam para espiarla. El acosador tiene pensamientos perturbadores sobre Remedy.

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ÍNDICE

ÍNDICE ...................................................................................................................2
ACLARACIÓN ...........................................................................................................6
SINOPSIS ..............................................................................................................7
1 ..........................................................................................................................9
2 .......................................................................................................................20
3 .......................................................................................................................30
4 .......................................................................................................................41
5 .......................................................................................................................57
6 .......................................................................................................................73
7 .......................................................................................................................88
8 .......................................................................................................................98
9 .....................................................................................................................106
10 ....................................................................................................................116
11 ....................................................................................................................128
12 ....................................................................................................................139
13 ....................................................................................................................150
14....................................................................................................................162
15 ....................................................................................................................172
16 ....................................................................................................................180
17 ....................................................................................................................189
18 ....................................................................................................................198
19 ....................................................................................................................206
20 ...................................................................................................................215
21 ....................................................................................................................223
22....................................................................................................................231
EPÍLOGO ............................................................................................................241
AGRADECIMIENTOS ...............................................................................................245
SOBRE LA AUTORA ...............................................................................................246
ACLARACIÓN
Este es un trabajo de fans para fans, ningún miembro del staff recibió remuneración
alguna por este trabajo, proyecto sin fines de lucro
Les invitamos a NO publicarlo en ninguna página en la web, NO compartir links o
pantallazos en redes sociales y mucho menos trafiques con él.
Si su economía lo permite apoyen a la autora comprando sus libros o reseñándolos, pero
por favor NO MENCIONEN su lectura en español en los sitios oficiales.
Si no respetas las reglas, podrías quedarte sin lugares donde leer material inédito al
español.
Somos un grupo de lectura no vendemos libros.

¡¡¡¡¡Cuida tus grupos y blogs!!!!!!


SINOPSIS
No hay bien ni mal, sólo ella.
Cuando veo a Remedy por primera vez, sé que es mía. La acecho durante meses,
aprendiendo sus deseos y secretos, hasta que sé exactamente lo que anhela.
Necesita que le arranquen el placer del alma como si ya no le perteneciera.
La única forma de apartarla de mi mente es quitarle su vida, pero sé que ella me está
quitando la mía, aliento por aliento.
Pero no me importa.
Voy a darle a Remedy exactamente lo que necesita, y mataré a cualquiera que se
interponga en mi camino.
Un día, Remedy se arrastrará, ofreciéndome todo, incluso su vida.
Pero mi mayor error será ofrecerle mi amor.
Porque si esto es amor, nos matará.

Nota de la autora: Crawl es un romance oscuro. Contiene temas perturbadores y


personajes irredimibles. Se recomienda discreción al lector.
NOTA DE LA AUTORA
Esta notificación de contenido puede contener spoilers.
Este libro sigue el romance entre una anti-heroína con un pasado traumático y un
asesino en serie irredimible. Como tal, esta historia contiene violencia extremadamente
gráfica, contenido perturbador, así como contacto dañino entre miembros de la familia.
Además, el asesino en serie siempre toma lo que quiere sin remordimientos, y la pareja se
entrega a juegos oscuros que incluyen tortura, armas y sangre.
Se trata de un romance oscuro. Se recomienda discreción al lector.
Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto
de la imaginación del autor o se utilizan de forma ficticia. Las personas que aparecen en
la imagen de portada de este libro son modelos y no tienen ninguna relación con el
contenido del mismo.
1
Cash
P rimero veo el brillo leonado de la parte superior de su brazo. Su grueso bíceps se
contrae y sus dedos pellizcan la tela. La camisa cae al suelo. Apenas hay espacio
para moverse, pero desplazo el ojo contra la mirilla, la superficie interior del yeso me roza
la mejilla. Cruza de nuevo la habitación y vislumbro el tatuaje de su espalda: dos cajas
torácicas apretadas, las falanges agarrándose como si temieran deshacerse. Pero ya he
visto la pieza completa: esqueletos abrazados, dientes contra dientes, cuencas oculares
oscuras vueltas la una hacia la otra. Como si la única promesa en la que pudiéramos
confiar fuera nuestro instinto más básico.
Estas casas antiguas no fueron reguladas durante la construcción, y los ocupantes
esperan cosas como agujeros en el yeso. Algunos de estos propietarios ni siquiera saben
que tienen huecos en las paredes. Con ganas de volver a verla, mis manos arañan la pared
interior y, de repente, hay una quietud mortal. Ya me lo imagino; otra queja sobre ratas
enviada en una orden de trabajo. Pequeñas cosas molestas. El asqueroso olor de las
palmeras en descomposición llena el aire, una humedad pesada sobre mis hombros, como
una boca que respirara sobre mí.
Entonces los gemidos artificiales chirrían a través de la pared. La actriz adulta chilla,
respaldada por muebles de madera que crujen, y al instante sé qué vídeo está viendo
Remedy1. Siempre el mismo: un hombre con los ojos inyectados en sangre que se eleva
sobre una mujer con una soga al cuello mientras la toma por detrás. Siempre vuelve a éste.

1 Remedio, cura o solución en inglés.


Es sólo mediodía y ella ya está en ello. Mi tipo de mujer.
Me reclino contra la pared exterior y me meto una mano en los pantalones, pero estoy
comprimido entre las dos paredes y me cuesta meter la mano en la polla. Hay una capa de
tela entre la dura pared interior y mi mano, pero mi antebrazo se frota contra el yeso.
Aprieto el ojo contra ese pequeño agujero, moviéndome en cada dirección para echarle
otro vistazo. Remedy Basset. Vaya nombre. Medicina. Tratamiento. Un sustituto de lo
que se necesita. Y mi pequeño «Remedio» favorito.
La sangre llena mi bulto, pero es inútil con un agujero tan pequeño. No veo nada. Tengo
suerte si capto un destello de su hombro y, aun así, prefiero este punto de vista. Un socio
de Missoula me ayudó a piratear su webcam para que pudiera verlo todo: cada giro de sus
labios, cada ceja fruncida, cada jadeo que se escapa de sus labios morados. Pero cuando
llega mi tiempo libre, antes de que se vaya a dormir, prefiero pasarlo lo más cerca posible
de ella. Y eso significa estar apretado entre las cavidades de sus paredes.
Su pie descalzo se apoya en el escritorio, con las uñas desnudas y sin pintar, pero ya
puedo imaginarme la grabación de la webcam: Remedy con las piernas abiertas, una
horquilla cayéndole del cabello, las manos agarrándose los agujeros. Quizá tenga pinzas
en los pezones, esta vez sin las protecciones de goma, para que sean dientes de metal sobre
la piel. La cadena de la pinza colgará entre sus labios morados.
La silla del ordenador rechina con cada empuje de sus caderas. Mi sucia no se toma su
tiempo; sabe lo que quiere. Miro fijamente su pie crispado a través de la mirilla y nos
imagino en ese vídeo: mis cuerdas alrededor de su cuello, viendo cómo su cara adquiere
un precioso tono ciruela que complementa sus labios pintados, el rímel manchándole las
mejillas, la sangre corriendo por su pecho y sus caderas, los tajos de mi cuchillo
marcándola como un saco de cemento desgarrado, sus paredes de terciopelo
contrayéndose alrededor de mi eje como si me estuviera quitando la vida.
Y entonces, al otro lado de la pared, un gemido brota de los labios de Remedy como un
cordero que sabe que está a punto de ser sacrificado, un dulce grito que deja las últimas
notas suspendidas en el aire. Con esa imagen de su boca retorciéndose de liberación
mientras se arranca las pinzas de los pezones, froto mi longitud, mis nudillos chocando
contra la pared. Ella jadea. La silla del ordenador cruje y ella se levanta rápidamente. Se
oye un revuelo, como si empujaran cosas en su dormitorio. Quizá esté buscando un arma
para defenderse de una rata bastante grande. Y ese miedo me lleva al límite; los chorros
calientes de mi eyaculación empapan mis calzoncillos.
Al cabo de unos instantes, se da por vencida, y esta vez veo las puntas de sus pezones
marrones, en carne viva y enrojecidos, mientras cruza por delante del agujero. Vuelvo a
estar empalmado. Pero ella está distraída; es mi oportunidad de moverme. Me muevo
entre la pared interior y la exterior, sin querer molestarla esta vez. Después de todo,
disfruto mirando a Remedy y quiero seguir haciéndolo. Como experto en mi campo, mi
trabajo me da acceso a casas de todo Key West, y he llegado a conocerla bien en los
últimos meses. Conozco el aroma a jazmín de su cabello que perdura en su almohada
abultada. He olido el almizcle dulce y ácido de sus bragas sucias. Sé exactamente el tipo
de vídeos sucios que ve una y otra vez. Y sé que su nombre completo es Remedy Elise
Basset y que es asistente personal de los ricos. Incluso sé que utiliza la contraseña
Bones19342 para prácticamente todo.
Suena el timbre y me quedo inmóvil. Nunca ha habido visita. Curioso, me deslizo hacia
la mirilla. Se oye un fuerte estruendo, seguramente está escondiendo las pinzas, y luego
sale al aire un aerosol. Ella parpadea un momento frente al agujero. Una vez que se ha ido,
acerco la nariz al agujero y aprovecho ese momento de soledad para asimilarlo: el
nauseabundo olor a ponche de frutas, sintéticamente sacarino. Es mejor que el yeso, los
árboles podridos y la corrida.
Otro cuerpo pasa por delante del agujero. Brazos pálidos y suaves, la correa de algo,
probablemente un bolso, colgando de un hombro. No vive aquí, o se habría dejado el bolso
en el otro dormitorio. Esto es bueno; prefiero a mi pequeño cariñito sola.
—Deberías haberme pedido que te recogiera —dice Remedy. La pared amortigua sus
palabras, pero aún puedo oír la aspereza de su voz. Estoy deseando oír ese jadeo áspero
cuando me llame a gritos.
—Tú sí que sabes hablar —se ríe la amiga, con la voz aguda como la de un cachorrito
atropellado.
—Yo tomé las clases de defensa personal; tú no. Un asesino en serie está ahí fuera.
Contengo una risita. Como si un pinchazo en la ingle o un spray de pimienta detuvieran
a un asesino en serie.
—Peter me acompañó —dice la amiga.

2 Bones, es huesos en inglés.


Remedy se burla en voz baja; incluso a través de las paredes, puedo oír el desdén en su
voz. Sea quien sea, no confía en Peter como su amiga.
—¿Así que finalmente conseguiste la transferencia? —pregunta Remedy, cambiando
de tema.
—A partir del lunes en la casa de una anciana en Duval.
—¿Pero le dijiste a LPA lo que hizo Winstone?
La amiga duda. Y si conozco a mi pequeño cariñito cuanto más se alargan los segundos,
más nerviosa se pone. Le gusta darse golpecitos con los dedos en los costados, abriéndolos
y cerrándolos, para mantenerse bajo control. Tensando mis dedos, igualo sus movimientos
detrás de la pared. Soy un hombre grande apretado en un espacio reducido, como meter
un colchón de matrimonio en la parte trasera de un carrito de golf. No puedo ponerme
cómodo y hace un calor de pelotas, pero merece la pena. Con estos movimientos, intento
meterme en su cabeza. ¿Es tristeza? Tal vez. ¿Ansiedad? ¿Ira? ¿Por qué la mantiene
encerrada dentro de su pecho?
Lo que haya pasado no tiene que ver con Remedy. Es problema de su amiga.
—Sólo quiero que se calme —dice su amiga.
A Remedy se le escapa un leve suspiro. La cerradura de la puerta de su habitación cruje
y las persianas de las ventanas se mueven hacia arriba y luego hacia abajo, como si
estuviera comprobando que las ventanas están cerradas. Es un hábito nervioso, que hace
a menudo incluso cuando está sola, para asegurarse de que sabe exactamente quién puede
entrar y quién puede salir.
—Te dio una bofetada —dice Remedy, con rabia en su voz rasposa—. Te abofeteó. Te
azotó el culo como si fueras una niña. —Gime y me la imagino levantando las manos, pero
en el agujero sólo veo el lugar vacío junto a su escritorio. Las dos mujeres deben estar
sentadas en su cama—. Alguien tiene que hacer algo.
—Pero no tengo por qué ser yo —dice la amiga—. O tú.
Pasa una ligera pausa entre ellas. Desplazo mi peso hacia la cama, pero ahora solo veo
la pared.
—No dejaré que vuelva a ocurrir —dice Remedy, con una advertencia en el tono.
—Esto no es sobre tu...
Un teléfono vibra sobre una superficie dura. Las dos se apresuran a tomar el aparato,
pero éste emite un pitido y Remedy responde.
—Ésta es Remedy Basset —dice. Los golpes de sus pies son ligeros sobre el duro suelo
mientras recorre la habitación. Un hombro desnudo pasa por delante del agujero, una
camisola forrada de encaje se asienta sobre su cuerpo. Froto con los dedos el yeso interior
de la pared como si pudiera sentir su suave piel, e imagino que acaricio el intrincado
tatuaje de encaje negro que se extiende por su flexible vientre. Se da la vuelta, caminando
en otra dirección, y yo aspiro.
—Se refiere al Sr. Winstone en la finca Winstone, ¿correcto? —pregunta Remedy a la
persona que llama. Ella susurra a su amiga, luego se aclara la garganta—. Por supuesto.
Estaré lista. Gracias.
En cuanto el teléfono vuelve a sonar, la amiga se lamenta.
—¿Qué demonios, Remedy? —pregunta—. Esto es una mierda.
—Es un trabajo —dice Remedy, con un tono de naturalidad—. Desde que se fueron los
Johnson, no he tenido trabajo. Ya sabes lo duro que es fuera de temporada.
Otra pausa se extiende entre ellas. Tiene que haber algo de cierto en esa afirmación,
aunque resulte conveniente que la agencia de asistentes personales haya asignado a
Remedy el mismo trabajo que su amiga acaba de dejar.
—¿Pero aceptaste un trabajo con él? —pregunta la amiga—. ¿Me animaste a
trasladarme, sólo para poder quitarme el trabajo? ¿Qué pasa con eso?
—Es suerte —dice Remedy—. Mala, mala suerte. Pero así ya no podrá hacerte daño ni
a ti ni a nadie.
—¿Y qué, te hará daño en su lugar?
—Voy a hacerle daño a él también.
Se produce una pausa entre las dos mujeres.
—Remmie —dice la amiga.
—Está bien. Es una asignación corta. Temporal hasta que encuentren algo mejor.
—Temporal por un mes, ¿verdad? Luego te contratará por un año. Eso es lo que hizo
conmigo.
—¿Y?
—Como dijiste. Al principio está bien. Me dejó en paz, ¿verdad? Como si yo fuera un
miembro insignificante del personal. Pero luego me agredió físicamente. ¿Y quieres
trabajar para él? ¿Y si te lo hace a ti también?
—Entonces voy a grabarlo.
—Tiene la vigilancia muy controlada.
—Instalaré la mía.
—Te digo que lo sabrá.
—Y si tengo que hacerlo, lo mataré.
¿Matarlo?
La amiga jadea. Mi ingle se tensa con una presión repentina. Está muy buena. Entre las
paredes, palmo a palmo, saco el móvil del bolsillo con cuidado de no hacer movimientos
bruscos. No quiero provocar el frenesí de las dos mujeres. Mi socio, el mismo que pirateó
la webcam de Remedy, me dio una aplicación para ver su webcam en mi teléfono en
cualquier momento. Quiero ver su cara. Las cejas gruesas y oscuras, su pelo negro
brillante. Sus ojos brillando sobre su nariz mientras mira a su amiga. Tan segura de sí
misma, como si supiera que va a matarlo.
La mayoría de la gente lo dice con fanfarronería, confiados hasta que tienen el cuchillo
en la mano, entonces no pueden hacer nada. No por la culpa de la vida que están robando,
sino por el miedo a que les pillen. ¿Pero los demás? Podemos mirarnos a los ojos y sentirlo.
El asesinato es una acción y la muerte es el resultado. ¿Y Remedy?
Quizá por eso aún no la he matado.
Pero cuando hago clic en la aplicación, dice: Webcam Offline. Debe de haber cerrado el
portátil cuando terminó el vídeo. Maldita sea.
—No voy a dejar que Winstone quede impune —dice Remedy, con voz severa.
—No es tu padrastro —chilla la amiga, y luego vuelve a jadear, como si se arrepintiera
inmediatamente—. Winstone es más tu hermanastro que tu padrastro. Y tú misma lo has
dicho: Brody ni siquiera te molestaba tanto.
Esta vez, Remedy no dice nada. Aprieto el ojo contra el agujero, pero el escritorio es
todo lo que tengo. Las manchas de esmalte de uñas. Una botella de agua vacía. Una cáscara
de naranja.
—No debería haber dicho eso —balbucea la amiga.
Esta vez, Remedy pasa por delante de la mirilla y vislumbro su mano: esmalte de uñas
negro, siempre desconchado, los dedos apretados alrededor del otro brazo como si se
estuviera sujetando a sí misma.
—Tengo que hacer esto —dice Remedy—. O no me lo perdonaré.
—No sabes de lo que es capaz.
—He tratado con gente como él antes.
—Brody seguía siendo tu familia. Winstone no lo es. Puede hacerte daño de verdad,
Remmie.
—No voy a dejar que nadie vuelva a salirse con la suya.
Hay un alboroto en esas palabras que las hace callar a las dos, una declaración rotunda
de que Remedy sabe lo que quiere. La amiga gime, pero Remedy no ofrece nada para
aplacarla. No va a renunciar a esto. Eso me gusta.
—Debes tener cuidado —dice la amiga.
—Lo haré.
—Estás haciendo esto sola. Eso significa que tiene más poder sobre ti.
—Al menos no nos pilla al mismo tiempo —se ríe Remedy.
—Eso sería casi mejor. Yo podría distraerlo mientras tú te encargas de él.
—¡Sí, claro!
Las dos mujeres se ríen y, finalmente, pierdo el hilo. La conversación deriva en
monotonía, zumbando sobre el trabajo, la escuela, la familia, temas que me importan poco.
No entiendo el término «mejor amiga» pero por la forma en que hablan estas dos, imagino
que son.
Al final, la amiga se va y Remedy suspira. Se siente aliviada, y yo también suelto un
suspiro. La voz de la amiga es como arañar los tímpanos con un rallador de queso. La
cerradura se estremece en la parte delantera de la casa, la puerta del dormitorio se cierra
de golpe y luego la silla del ordenador cruje con el peso de Remedy. El teclado hace clic.
Entonces está usando el portátil. Miro la aplicación del teléfono y cambio a la pantalla de
espejo. Hojea las páginas habituales de las redes sociales, e incluso busca el patrimonio
Winstone y al propio Sr. Winstone.
Se cierne sobre un viejo titular: Cassius Winstone, propietario y director general de The
Winstone Company, promotor solitario del sudeste de Estados Unidos, habla de sus
nuevos proyectos en Key West.
Al menos han acertado con lo de «solitario».
Su teléfono suena y, cuando lo comprueba, cambio a la vista de la cámara web, con la
mano apoyada en el teclado y los ojos fijos en el teléfono que tiene en el regazo. Sonríe, se
levanta y sale de la habitación. La fontanería tiembla por toda la casa como una vieja
máquina que se despierta a trompicones. Debe de estar empezando a ducharse.
Normalmente prefiero esperar a que los residentes duerman para salir, pero esta es mi
salida. Doy largos y cuidadosos pasos laterales por el hueco de la pared. Con los
movimientos graduales y acariciadores de mi pecho y mis piernas contra las paredes
interiores, es menos probable que ella oiga algo, sobre todo con la ducha en marcha. Una
vez que me agacho en el espacio de arrastre, emerjo por la trampilla del suelo. Me paso las
manos por la ropa, limpiándome el polvo del interior de la cavidad, y salgo por la puerta
trasera. Ella nunca lo oye.
Me relajo al volante de mi camioneta. La pálida luna rompe el brillante cielo azul, y miro
a los turistas de la acera: borrachos, cómodos, completamente desprevenidos. Unos
cuantos policías deambulan junto a ellos, más de lo habitual sobre todo durante el día,
pero los civiles parecen no tener miedo. Un espantoso asesinato como el de las víctimas
del Asesino de Key West no les impedirá disfrutar de sus tardes al aire libre. Se aferran a
la creencia de que nunca les ocurrirá a ellos.
Una mujer con un leotardo rojo de encaje y un jersey fino salta delante de uno de los
bares de primavera, con la piel de gallina del invierno cubriéndole los muslos. Mi mente
vaga hacia Remedy. Los tatuajes de encaje en su pecho, hundiéndose entre sus piernas,
como si nunca pudiera volver a estar desnuda. La forma en que respondió a la llamada de
su agencia fue divertida, tan formal y educada, como si fuera de fiar, no una desviada que
se arranca pinzas dentadas de los pezones para excitarse. No. Para todos los demás, ella
es Remedy, el ángel dispuesto a aceptar un trabajo para un hombre que había cometido
crímenes terribles contra su mejor amiga. Lo hace para proteger a su amiga y al resto del
mundo de él.
Aplausos en fila. Esto, mis amigos, es Remedy Basset.
Dentro de Mike's Home Supply, la ferretería más cercana de la zona, el cajero agacha la
cabeza, encogiéndose detrás de los hombros, como un perro al que han dado demasiadas
patadas, pero no es tan inocente como parece. Le chasqueo los dientes, asegurándome de
que sabe que lo veo. El dueño sale por detrás.
—¿Qué haces ya aquí? —pregunta—. ¿Sigues trabajando?
—Me faltaba una pila de fibra de vidrio. ¿Tienes alguna?
—¿Veintitrés por noventa y tres?
Esa es. Asiento con la cabeza.
—¿La misma tarifa que ayer?
—Lo enviaré por adelantado.
Deambulo un momento, siempre sin perder de vista al cajero. Quiero cortarle los dedos,
sólo para ver su expresión cuando se dé cuenta de que todas las sospechas que tiene sobre
mí son ciertas. Pero si la mato, no podré ver cómo se retuerce.
El dueño deja caer la batea de fibra de vidrio sobre el mostrador y yo me acerco
lánguidamente a la cajera.
—¿Otra vez en efectivo hoy? —pregunta el cajero.
Pongo la cantidad correcta en el mostrador sin dejar de mirar al cajero. Siempre es
cautelosa cuando se trata de nuestras interacciones. Me pide una tarjeta para archivarla.
Me pide mi nombre, por si necesitan ponerse en contacto conmigo para un nuevo envío.
«CASH» es suficiente. Conozco mi lugar y no hay razón para perder el tiempo con
interacciones sin sentido.
Pero mi eje se estremece. Me encanta saber que me tiene miedo. Inclino la cabeza hacia
la caja registradora. No le gusto desde que le ayudé a cubrirse el culo por robar en la tienda.
—No te preocupes, chico —le digo—. Te quedas conmigo por un tiempo. Al menos
hasta que termine estos proyectos.
—Pensé que habías dicho que te mudarías pronto —pregunta.
Ah, entonces se acuerda.
—Eventualmente.
En realidad, me importa una mierda robar. La primera vez que robé carne de un
supermercado fue a los nueve años. Pero disfruto teniendo poder sobre alguien. Si tienes a
una persona acorralada, tiene que hacer lo que digas. Y a Remedy le gusta lo sucio. ¿Qué
hará que finalmente se arrastre hacia mí, rogando por la dulce liberación que puedo darle?
Guiño un ojo al cajero y cojo la batea de fibra de vidrio.
—Cuídate ahora.
Fuera, el aire del mar me roza las mejillas, el aroma salado y ligeramente a pescado flota
en la fría humedad. Respiro. Siempre disfruto del invierno aquí. La temperatura oscila
entre los 15 y 21 grados centígrados. Una brisa ligera y constante. Cielos despejados. Y
suficiente población para mantenerme entretenido. Turistas. Locales. Los bastardos ricos
que visitan sus terceras residencias durante el invierno. Todos tienen su lugar aquí. Y por
lo general, me mantengo a raya, sólo matando de uno a tres cada temporada. Pero esta vez,
la comezón crece como mi hambre de Remedy. Tendré que hacerlo de nuevo pronto. Y esa
será mi quinta este año.
Decido caminar, dejando mi camioneta en la calle. Puedo hacer que alguien la recoja
más tarde. De vez en cuando pasa algún peatón y nos saludamos con la cabeza. El alcalde
ha instado a la gente a quedarse en casa al anochecer, pero nadie parece pensar que les
pueda pasar a ellos. ¿Y por qué iban a hacerlo? No es como si fueran a cruzarse con un
asesino por la calle. A mí me gusta así. Vestido con vaqueros y una camisa abotonada de
manga larga, no parezco importante. El asombro en sus caras siempre me divierte cuando
se dan cuenta de lo equivocados que están.
Encuentro el camino a la finca, justo al lado de Queen Street. Seis dormitorios, cuatro
baños, dos oficinas. Contraventanas azul marino sobre un exterior blanco. Suficientes
palmeras rodean la propiedad para darle una barrera natural de privacidad más allá de la
valla blanca. La finca Winstone. Mi casa.
Un gato negro se desliza a mi lado. Su pelaje está enmarañado, con ramitas enredadas
en las hebras, pero ronronea en mis tobillos, sin importarle nada. Contempla la finca
conmigo.
—¿Tienes casa? —le pregunto. Ronronea y, mientras le acaricio el cuello, compruebo
si tiene collar, pero está desnudo. Mi mente se traslada al vídeo sexual de Remedy, la
cuerda alrededor del cuello de la actriz para adultos.
La imagen de Remedy despatarrada en aquella silla de ordenador rechinando llena mi
mente: esos pezones marrón claro sujetos con las pinzas, su gemido de liberación cuando
se los arranca, las pequeñas motas de piel enrojecida.
Se supone que debo mudarme pronto. Largarme y mantener a los policías lejos de mí.
¿Y si me quedo?
Si culpo de mis crímenes a Remedy, tal vez matando a todos sus seres queridos, para
demostrar que fue ella quien lo hizo todo, será algo nuevo. Una forma de pasar el tiempo.
Un desafío mayor que simplemente mudarme.
La idea es tentadora. No puedo matarla todavía. Pero valdrá la pena.
La gata ronronea contra mi pierna, con manchas blancas alrededor de los ojos, la nariz
y la boca, como la imagen invertida de un esqueleto. Bones. La contraseña favorita de
Remedy. Esos tatuajes de Bones en su espalda llenan mi mente. Los tatuajes son una forma
de controlar tu cuerpo, de mostrar propiedad sobre el lienzo que te han dado. Pero ella ya
no es dueña de esa piel. La cortaré, dejando mis cicatrices, y mi cuchillo no será tan
indulgente como la pistola de tatuar.
Hago un gesto hacia un lado de la casa.
—Vámonos a casa —digo, y el gato negro y yo desaparecemos.
2
Remedy
—T odo terminado —una voz masculina, como la de un whisky añejo, me
sobresalta. Me levanto rápidamente, pero al girar para verle, solo le veo en el
espejo: una camisa abotonada, la luz del sol reflejándose en su cara, proyectando ondas de
sombra en sus ojos, las cuencas oscuras y cavernosas.
—¿Pensé que habías terminado el martes pasado? —Grito, corriendo hacia el pasillo.
Pero ya se ha ido.
Los de mantenimiento son pésimos a la hora de avisarnos como prometen. Uno
pensaría que vivir en un lugar como Key West, con una gran afluencia de turistas,
garantizaría un mantenimiento adecuado. Pero cuando se trata de las viviendas locales,
de los que vivimos todo el año en los edificios más antiguos, ocurre todo lo contrario. A
pesar de que el Sr. Winstone es un promotor inmobiliario obsesivo y rico, es un cabrón
tacaño con sus inquilinos a largo plazo. Nos da lo mínimo, sin importarle si los inquilinos
tenemos una vida o necesitamos intimidad. Odio que los de mantenimiento reciban las
llaves de nuestro «amable» casero, pero ¿qué puedo hacer? Winstone controla
prácticamente todo en Key West, y el hombre apenas sale de su casa. Hace años, despidió
a todo el personal de la casa por incompetente; es esa clase de multimillonario. Sólo trabaja
con un asistente personal, y ahora soy yo.
Cuando estábamos en el instituto, Jenna fue la única persona que me creyó
inmediatamente cuando se trataba de mi padrastro. Se lo debo. Y por suerte para mí, nadie
quiere trabajar con el Sr. Winstone.
Estacionó el auto en la calle y me quedo mirando la casa. Es enorme comparada con sus
vecinas. Los bordes puntiagudos del palmito en abanico separan la finca de la civilización.
Los bordes flacos y caídos de los lirios cuelgan hacia abajo, como un presagio, para
advertir a los curiosos de que aquí no vive nada bueno.
La placa en la valla blanca establece la importancia histórica del edificio: La finca
Winstone, construida en 1889. Pongo los ojos en blanco y suelto un suspiro. Cree que su casa
es antigua y refinada. Abro la verja blanca y subo las escaleras hasta el porche delantero.
Me aseguro de que las horquillas estén bien colocadas para que el cabello no me moleste
en los ojos y me ajusto la blusa, asegurándome de que mi escote sea amplio, todo listo para
atraer su atención. Deslizo la llave desde debajo del felpudo, como me indicó la agencia, y
entro.
La luz entra a raudales por las ventanas abiertas del primer piso. Escalofríos recorren
mi piel. Winstone es un recluso, no alguien que viva con las ventanas abiertas, y sin
embargo el aroma del océano, salado y dulce perdura en el aire. Es más luminoso de lo que
esperaba, y la apertura hace que mis sentidos se agudicen. Todo es accesible, nada está
cerrado. Winstone debe saber lo del asesino de Key West. ¿Por qué mantiene todo
abierto? ¿No tiene miedo?
Paso los dedos por la limpia encimera de mármol. Aunque la casa se construyó hace
más de un siglo, ha sido renovada cada pocos años, ya que eso es lo que mejor se le da a
Winstone. Se rumorea que incluso hizo algunas reformas él mismo.
Examino la encimera en busca de instrucciones como me indicó la agencia, pero está
vacía, así que exploro. Tres habitaciones y un despacho abajo, tres dormitorios y otro
despacho arriba. Pero todas las ventanas de la zona común de abajo están abiertas. Me
arden las entrañas, me pican los dedos a los lados para cerrarlas, pero no es mi casa. Es de
Winstone. Y si de repente prefiere las ventanas abiertas, lo dejaré estar.
Excepto que parece extraño. Jenna, mi mejor amiga, dijo que mantenía las ventanas
cubiertas con papel de periódico y las persianas cerradas. ¿Por qué está todo tan... abierto?
Tal vez sea mejor así. Incluso si no puedo oír a alguien que viene, hay más maneras de
salir.
En la cocina, compruebo el frigorífico de acero inoxidable. Un dispositivo mecánico
silba sobre mí, la lente de la cámara me sigue mientras camino. Abro las puertas del
frigorífico, zumo de naranja recién exprimido, comida sana orgánica, batidos de proteínas,
y me giro, dejando que mis ojos escudriñen el techo con atención. Cada pocos metros, hay
otra pequeña cámara negra en forma de media esfera. Se me calienta la piel. Jenna me ha
dicho que le gusta mirar.
Pero al menos puedo usar eso como excusa.
Saco un pequeño dispositivo de seguridad doméstica que he traído y lo configuro con
la contraseña Wi-Fi que me ha proporcionado la agencia. La mayoría de los asaltos
ocurrieron en su despacho, así que voy a la oficina de abajo y lo coloco sobre la repisa de
la chimenea, entre un globo terráqueo en miniatura y un conjunto de libros viejos.
—Remedy Basset —llama una voz masculina, profunda y reverberante, con un tenor
fluido. Mi piel arde e inmediatamente se enfría. Mi nuevo jefe. Le miro a los ojos.
Es medio metro más alto que yo, con hombros anchos y pecho firme. Tiene barba
incipiente en la cara. Pero su piel es suave y sin manchas, como si aún fuera demasiado
joven para ser un promotor multimillonario hecho a sí mismo. Puede pasar fácilmente por
treintañero. Casi como si Winstone tuviera un hijo, un heredero del que no habla. Lleva
el cabello negro desfilado a los lados y peinado hacia un lado en la parte superior, el tipo
de peinado en el que se nota que sabe lo bien que le queda. Entonces me doy cuenta de
que tiene canas en las sienes. Quizá sea mayor, pero tiene buen aspecto para su edad.
Sus ojos marrón oscuro, casi negros, me miran. Un círculo oscuro y desigual mancha el
exterior de una pupila, y una línea cruza el exterior de la otra: motas en el blanco de sus
ojos. Una vena se tensa junto a su sien. Tiene las mangas remangadas hasta los codos, los
músculos venosos y gruesos. Manos callosas y morenas.
Entonces el recluso sale.
Da un paso adelante. Estiro los dedos a los lados, mordiéndome el interior del labio.
Inclino la cabeza secamente, como me enseñaron en la agencia, y le tiendo la mano. Es sólo
un hombre. Sólo mi nuevo jefe. No importa si estamos solos. Puedo manejar esto.
Me agarra y mis manos se pierden entré las suyas, y yo me fuerzo a sonreír. Pero por
dentro me enfurezco. Tiene el descaro de humillar y magullar a mi mejor amiga, ¿y cree
que puede darme la mano como si fuera una víctima más?
Esta vez no.
—Cassius Winstone —dice, con tono monótono—. Llámame «Cash».
Asiento cortésmente.
—CASH.
—¿Qué te trae a Key West?
Su tono me resulta familiar, una pulida sencillez que me hace tragar saliva, pero alejo
esos pensamientos. Me recuerda a mi padrastro y a mi hermanastro; sonríe con suficiencia
y habla con un tono uniforme, como si no pudiera hacer nada mal.
Intento contener la rabia y aprieto los labios.
—Crecí aquí.
—¿Qué parte?
Inclino la cabeza. ¿Por qué le importa?
—¿Le hiciste estas preguntas a tu última asistente?
—No tenía interés en ella como lo tengo en ti.
Todo dentro de mí arde, la sensación me revuelve las tripas. No sé cómo tomarme esas
palabras, así que dirijo su mirada como si no le tuviera miedo. Esas pecas de ojos oscuros
me estudian con precisión de láser. Presiono el pecho hacia delante, arqueando la espalda,
intentando que sus ojos se desplacen a mi pecho, pero ni se inmuta.
—¿Por qué Key West? —pregunta.
—Mi madre encontró un buen puesto dando clases. Y mi padrastro hizo excursiones
en barco con fondo de cristal durante un tiempo.
—¿Así que nunca saliste?
Mis dedos se cierran en puños. El cabrón.
—¿Por qué irme si he tenido la suerte de encontrar este puesto en LPA? —pregunto,
con un deje de sarcasmo en la voz—. Te agradecemos el acuerdo de bajo alquiler que tienes
con nuestra agencia. Estamos en deuda con usted.
—Te mantendré encadenada a esta roca, entonces.
Aprieto los dientes. ¿Por qué me hace estas preguntas? Winstone ignoró a Jenna
durante meses, pero ahora, es como si me estuviera cazando.
—Mírame —ordena, su voz llena de hierro.
Mi cuerpo se tensa, pero al instante encuentro su mirada. Sus ojos oscuros arden, esas
motas marrones en el blanco me cautivan. Como manchas que le hacen bello en sus
imperfecciones. Una bola en un ojo y un fino hilo en el otro. Como un cebo y un sedal. Dos
ojos que me persiguen, esperando para arrastrarme.
Me golpeo los costados con las manos. Tengo que controlarme. La venganza se sirve
mejor fría, y este imbécil se va a ahogar con mis carámbanos.
Hago fuerza con los labios para esbozar una amplia sonrisa.
—Sr. Winstone...
—CASH.
—CASH —repito—. Sinceramente, estoy muy agradecida por mi posición. Lo que
necesites, lo haré posible. Y si no puedo, encontraré a alguien que pueda.
Y voy a hacerte pagar por lo que le hiciste a Jenna.
—Bien —dice, sus labios curvados hacia abajo en una expresión amarga, como si
pudiera leerme de alguna manera. Tengo que ser mejor en esto. Seguirle la corriente como
si fuera una buena ayudante. Alguien de quien puede aprovecharse. Como Jenna.
Pero no puedo contenerme. Quiero que sepa que lo odio. Quiero que entienda mi rabia.
—Simplemente te pido que no cruces ningún límite conmigo —digo sin rodeos, con la
voz más alta que antes. Me encojo de hombros, encubriéndolo con galanterías—. Quiero
ser la mejor asistente que hayas tenido, pero sólo puedo hacerlo si confío en ti. Y eso
significa conocer las expectativas de ambas partes y respetar esos límites. ¿Verdad, Cash?
Una sonrisa se dibuja en sus labios. Se acerca y sus pasos crujen en el suelo de madera.
Se me revuelve el estómago, pero me mantengo firme.
—Bien —dice.
Miro a mi alrededor mientras él se acerca un paso más.
—La agencia me ha dicho que no sueles salir de tu habitación —le digo, con un tono
nervioso—. Gracias por reunirte conmigo aquí abajo. Es muy amable por tu parte.
Otro paso adelante. Ya sólo nos separan unos metros. El olor de su sudor flota bajo su
colonia de pino, y es como si estuviéramos perdidos en el bosque. Cierro los ojos,
intentando que la cabeza no me dé vueltas.
—¿Qué más te han dicho? —pregunta.
Vuelve a dar un paso adelante y la distancia entre nosotros desaparece. Me aclaro la
garganta.
—Me han dicho que no te gusta relacionarte a menudo con la gente. Que es posible que
no nos veamos hasta dentro de unos meses. Que recibiré la mayoría de mis instrucciones
por correo electrónico y notas. —Me relamo los labios resecos. Da otro paso adelante. Mis
hombros se llenan de peso. Levanto la barbilla, obligándome a ser valiente—. Que haré la
mayoría de las reuniones en persona por ti.
Sacude ligeramente la cabeza.
—Se olvidaron del resto, entonces.
Abro la boca para preguntar, pero un gato negro sale del pasillo y se enrosca a mis pies.
Me agacho para acariciarlo; su áspero pelaje me roza la piel. Parece que hace poco es una
gata doméstica.
Mis cejas se fruncen.
—La agencia no mencionó ninguna mascota.
—Esa será tu primera tarea. Bones necesita una buena dieta. —Ladea la cabeza y me
doy cuenta de que su gata se llama Bones. Qué raro. ¿De dónde sacó su nombre?
Me entrega su tarjeta negra.
—Sólo tengo dos reglas —me dice—. Desde hace poco, dejo las ventanas abiertas. No
las cierres. Y si alguna de mis puertas está cerrada, no entres. Por lo demás, puedes entrar y
salir cuando quieras, aunque yo esté ocupado. Mi espacio es tu espacio. —Se vuelve hacia
las escaleras y yo me rasco la nuca. ¿Mi espacio es tu espacio? Es una mentira para que me
sienta cómoda y baje la guardia.
—¿Y Remedy?
Levanto la cabeza. Tiene la palma de la mano apoyada en el herraje del pasamanos de
voluta, un reloj caro en la muñeca, la cara inclinada hacia un lado, como si no se molestara
en dirigirse a mí directamente.
—Abróchate la camisa —dice alzando la nariz—. No vas a controlarme tan fácilmente.
Respiro en silencio y mis dedos tantean los botones de la camisa. Las escaleras crujen
cuando sube. Sí, lo del escote ha sido una jugada barata, pero se ha dado cuenta. Eso
significa que siente algo por mí, aunque solo sea irritación.
Frunzo los labios, dejando escapar un suspiro tranquilizador. Comida para mascotas.
Eso puedo hacerlo yo. Como asistente personal de la agencia durante los últimos años, he
hecho cosas mucho peores que pedir comida para mascotas.
Coloco el portátil en la larga mesa de madera grisácea que hay junto a la cocina y uso
su tarjeta negra para pedir comida gourmet para mascotas, que cuesta más que mis
compras de una semana. Bones da vueltas a mis pies y encuentro una bolsa de comida seca
en los armarios. Vierto un poco en un plato y, cuando lo bajo al suelo, el gato me reconoce
con un breve contacto visual antes de mordisquear los duros guijarros. ¿Cómo es que a
Cassius Winstone le gustan los gatos? ¿Me lo había perdido en las historias de Jenna?
Mientras vuelvo a guardar la bolsa en el armario, cojo uno de los cuchillos de cocina y
me imagino sosteniéndolo contra el cuello venoso de Winstone, cortando su piel barbuda
hasta que la sangre cae en cascada por su camisa blanca como una puesta de sol roja sobre
una playa de arena blanca. Normalmente, imagino a mi padrastro, pero hay algo
encantador en imaginar a Cash en ese momento. Su mandíbula angulosa y dura, sus labios
suaves, sus ojos oscuros y manchados, inyectados en sangre como su camisa manchada de
rojo.
Quizá sea bueno que mi padrastro se fuera de Key West. Todavía está vivo, y yo no
estoy en la cárcel.
Pero la cárcel no me asusta. Si puedo detener a alguien como mi padrastro, vale la pena.
Cash es otro huevo podrido.
Todavía con el cuchillo en la mano, subo las escaleras con cuidado de que no crujan. Al
final del pasillo, la puerta de su despacho está abierta, al igual que las dos habitaciones y
el cuarto de baño que hay enfrente. Pero la habitación de la izquierda está cerrada.
Que es precisamente por lo que quiero abrirla. Al diablo con sus reglas.
Abro la puerta lo más despacio que puedo, conteniendo la respiración, pero permanece
en silencio. Suelto un suspiro. La luz del pasillo se derrama en la habitación. El hormigón
húmedo cubre cada espacio donde debería haber una ventana. Como si quisiera mantener
algo, o a alguien, dentro.
¿Qué demonios...?
La silla de su escritorio rechina, el sonido recorre el pasillo y yo salto, cerrando la puerta
tras de mí. Bajo las escaleras a toda prisa, ya no intento mantener mi presencia en secreto.
No tengo ni idea de lo que está haciendo con esa habitación, pero parece que su
compulsión por las persianas y las cubiertas de periódicos está a flor de piel.
Pero ¿por qué es nuevo si «le ha dado por dejar las ventanas abiertas?»
Mi teléfono zumba en mi bolsillo, borrando esos pensamientos de mi cabeza. En la
pantalla se ilumina una foto de mi madre y yo. Es de antes de que se divorciara de mi
padrastro, y en ella salgo sin tatuajes y con los labios rosados. Compruebo mi entorno; las
escaleras están vacías y el lugar está en silencio. Contesto a la llamada.
—Hola —digo en voz baja.
—¿Qué tal tu primer día hasta ahora? —Mamá pregunta.
—Sólo ha pasado una hora —arrugué la nariz—. Ya no tienes que preocuparte así.
Tengo veinticinco años. Estaré bien.
—Sólo sé cómo te pones a veces, cariño.
Se me retuercen las tripas. Así es como lo reconoce, con esas preguntas y afirmaciones
extrañas y sutiles, como si le doliera físicamente abordar directamente el hecho de que mi
padrastro abusó de mí y ella no se dio cuenta.
Por eso no sabe la razón por la que quería tanto este trabajo.
—¿Cómo es? —pregunta.
Es un imbécil poco de fiar con ojos espeluznantes y actitud chulesca. Básicamente, es como todos los
idiotas ricos de los Cayos.
—Está bien —digo. Y si no fuera por lo que le hizo a Jenna, casi sería verdad—. Voy a
pedir comida para gatos ahora mismo.
—¿Tiene un gato?
—Sí. Y el idiota quiere lo mejor para su gatito —digo. Bones levanta la cabeza y salta a
mi regazo. Le rasco detrás de las orejas y ronronea, acariciándome el estómago. Me gusta.
No es culpa suya que sea propiedad de un imbécil.
—He conocido a alguien —dice mamá. Mis dedos se detienen en el pelaje de Bones y
respiro por la nariz, esperando a que mamá me explique—. Estaba pensando que
podríamos quedar pronto, para que tú también pudieras conocerle. Quizá una cita doble.
Mi cabeza palpita.
—¿Quién?
—Es nuevo en la ciudad. ¿Por qué no ves si ese chico del departamento de policía quiere
unirse a nosotros?
Pongo los ojos en blanco, gritando por dentro. ¿Qué es esa obsesión de mamá y Jenna
con él? Ese «chico» es la viva imagen de un buen hombre, y por eso no me fío de él. Un
policía. Un niño de mamá. Un supuesto protector. La gente en el poder siempre se
aprovecha de todos los que están por debajo de ellos. Quiero decir, todos se aprovechan de
todos, pero especialmente la gente como ellos. Gente como mi padrastro. Hombres con
poder sobre otros.
Hombres como Cash.
Estuve a punto de considerar a «ese chico del departamento de policía», después de que
hace años prometiera investigar a mi padrastro, alegando que era la razón por la que
quería ser policía: para llevar a la gente ante la justicia. Pero era una mentira para encubrir
la culpa. Todo el mundo sabe que drogó y violó a aquella chica de nuestro instituto.
Aun así, mi madre y Jenna se aferran a él como si fuera lo mejor que le ha pasado a Key
West. Le creen.
—Preferiría que no —digo, con un tono agrio en mis palabras.
—¿Sigues viendo a ese profesor? —pregunta—. Es simpático.
Sólo le gusta porque también es profesora.
—Rompí con él hace casi un año.
—Pero yo creía que seguían siendo amigos —pregunta, con un deje esperanzador en la
voz—. Esperaba que volviera a estar juntos.
Gimo. Otra vez él no. El techo cruje; Cash cruza desde su despacho de arriba a otra
habitación. Sinceramente, Cash también es una opción, pero tratar con él fuera de esta
finca hace que me duela la cabeza. Me viene a la cabeza el hombre de mantenimiento de
esta mañana: un desconocido sin nombre, sin rostro, con ojos tortuosos. Si le pido una cita
doble, es la mejor opción. Joder, hasta puedo pagarle por quitarme a mi madre de encima
de una vez. Tal vez incluso pueda follármelo después. Un rollo de una noche sin
sentimientos significa que hay más posibilidades de que esté dispuesto a darme lo que
quiero.
¿Cómo es que puedo fantasear con un hombre de mantenimiento sin rostro follándome
mientras estoy atada a una silla, pero cuando se trata de mi jefe, un hombre de negocios
real bastante atractivo y rico, no puedo soportar la idea de que me toque?
—Salgo por ahí —digo.
—Ligar no es salir —dice.
Me río.
—Lo tendré en cuenta. De todos modos, tengo que irme. Viene el jefe —miento.
—Remmie, espera...
Cuelgo antes de que pueda decir otra palabra, con los miembros pesados por el
cansancio. Ella sigue creyendo que hay esperanza para mí, y quizá la haya, pero no voy a
buscarla. ¿Para qué voy a perder el tiempo en eso sí, de todos modos, nadie vela por ti?
Y además, ya tengo bastante con lo que lidiar ahora mismo. CASH. Cassius Winstone. Un
hombre que puede hacer cosas horribles sin miedo al castigo. Jenna es la última persona
que se merece lo que hizo, y lo odio por ello. Puede que se parezca más a mi hermanastro
en sus agresiones, pero su mentalidad es exactamente como la de mi padrastro. Mi padrastro
huyó, pero Cash no podrá irse. No conmigo cerca.
Abro el portátil. Un mensaje llega a través del correo electrónico de mi agencia:
instrucciones de Cash para entregar una propuesta al ayuntamiento. Hasta ahora, el
trabajo es bastante fácil, pero lo difícil será meterlo en la cárcel, donde debe estar. Jenna
ya no estará gobernada por su presencia.
Y si tengo que matarlo, lo haré.
3
Remedy
E l teléfono vibra en mi mesilla como un martillo neumático. El selfi de Jenna, con los
labios rojos y el pelo rubio, ilumina la pantalla. Enfoco entrecerrando los ojos para
ver la barra de la parte superior de la pantalla; son más de las once. Nunca llama tan tarde.
Se me acelera el corazón. Algo va mal.
—Hey…
Sus sollozos me interrumpen y un dolor agudo me atraviesa el pecho.
—¿Qué pasa? —Pregunto lo más tiernamente que puedo.
Jadea entre palabra y palabra:
—¿Estás en casa?
Sus sollozos rebotan en la puerta de entrada, prácticamente haciéndola saltar de las
bisagras. La abro tan rápido como puedo. Lleva el cabello pegado a la cara, un top corto y
unos leggins como si hubiera estado llorando desde que salió del gimnasio. Tiene las cejas
empapadas de sudor, las mejillas manchadas de rímel y las pestañas prácticamente
pegadas. Huele ligeramente a olor corporal y a patatas fritas con queso, lo que significa
que probablemente ha visitado a su madre en el trabajo; debe de ser realmente malo. Me
acerco a ella, la abrazo mientras llora, su pequeño cuerpo tiembla contra mí, y la llevo
dentro, sentándola en mi cama. Se me hace un nudo en la garganta. Odio verla llorar. Es
mi roca. No debería ser así.
—¿Qué ha pasado? —Pregunto.
Abre el teléfono y hace clic en el registro de llamadas. Las últimas llamadas recibidas
son de Lavish PA, pero la más reciente es de hace horas. ¿Ha estado llorando todo este
tiempo?
—No me creen —dice con cada respiración—. Necesitan pruebas.
Cierro los ojos. Claro que sí. Eso es lo que dijo mi madre cuando intenté hablarle de mi
padrastro hace años. Me cuesta creerlo, dijo. Él te quiere, cariño. Sólo porque no te guste, no significa
que te esté haciendo daño.
Los oídos me latían con fuerza y el corazón me oprimía el pecho. ¿Por qué no le creen a
Jenna?
—¿Y tú brazo? —le pregunto. Lo levanta, pero ya está impecable; los moretones se han
curado y con ellos las pruebas de la agresión de Cash—. Maldita sea —susurro. Esto es
un desastre total y absoluto.
—¿Qué hacemos? —pregunta. Se sienta en el borde de la cama y agarra el edredón con
las palmas de las manos—. Dicen que no pueden hacer nada con él. Si dicen algo, podría
rescindir el contrato. ¿Y entonces qué haremos con el alquiler? Será a precio completo, y
sabes que ninguna de nosotras puede permitírselo. —Respira entrecortadamente, las
venas de su cuello palpitan con cada palabra, como si su cuerpo no supiera si luchar o
retirarse—. Me dijeron que podía conservar mi nuevo puesto o buscar una nueva agencia,
dejando los contactos que había hecho en LPA.
Sus palabras se entremezclan y mi visión se hace un túnel mientras mi mente se centra
en él.
Cassius Winstone cree que puede salirse con la suya porque es rico. Y lo hará una y otra
vez, hasta que alguien le obligue a parar.
Jenna está bloqueada en su lugar. ¿Pero yo? Soy su actual asistente personal y la única
persona permitida en su propiedad.
—No puedo hacer nada —dice.
—Yo puedo.
Sus lágrimas se detienen. Estiro los dedos, manteniéndolos cerca de mis costados. De
un modo u otro, haré caer a Cash. Por las dos. Por todas las que han sido manipuladas por
la asquerosa mugre alfa.
—No hagas nada de lo que te puedas arrepentir —advierte.
Sonrío, mi mente se llena de visiones de arrancarle los dientes a Winstone con unos
alicates.
—Tiene cámaras de vigilancia por todas partes, ¿verdad? —le digo. Muevo una mano a
un lado como si fuera tonta por cuestionar mis intenciones—. Todo lo que tengo que hacer
es acceder a las imágenes grabadas de él agrediéndote. Entonces tendremos pruebas
irrefutables. Demandaremos a LPA y a ese imbécil.
Jenna se muerde las uñas, con las mejillas más rojas que los labios.
—¿Pero y si te pillan?
No me importa si LPA me despide. Es un buen trabajo, pero ya no me apego a nada.
—Encontraré otro sitio donde trabajar —digo.
Me levanto y muevo una de las persiana para comprobar el tiempo. Nubes grises surcan
el cielo. Saco una rebeca negra del armario del vestíbulo y mis ojos se detienen en una
trampilla de madera del suelo. Un pequeño lazo metálico brilla en la penumbra. La puerta
es lo bastante grande como para que quepa una persona, pero no recuerdo haberla visto
antes. ¿Siempre ha estado aquí?
—¿Es del nuevo aislante? —Jenna pregunta, mirando por encima de mi hombro.
—Y yo qué sé. —Cojo mi bolso del escritorio, las llaves de casa tintinean en mi palma—
. Debe haber sido el chico de mantenimiento.
—¿Qué chico de mantenimiento? —Los ojos de Jenna se abren de par en par cuando
paso a su lado—. ¿Te vas ahora?
Inclino la cabeza.
—¿Por qué no?
—Literalmente acabas de regañarme por salir durante el día con el asesino de Key
West, ¿y ahora vas a casa de un hombre, sola, por la noche?
Un asesino al azar no es importante; estoy acostumbrada a tratar con gente sin moral,
como mi familia adoptiva. Además, Winstone es mi enemigo. Si por casualidad me tropiezo
con el Asesino de Key West, le pediré que me ayude a deshacerme de Winstone.
—Estoy bien —digo—. Pero llama a Peter. Haz que te acompañe a casa otra vez. —Ella
asiente, contenta de confiar en un policía. Y para ser honesta, en ese momento, me alegro
de que ella también lo esté—. Quédate aquí dentro hasta que llegue, ¿de acuerdo?
Inclina la cabeza.
—Ten cuidado.
Me subo al auto y hago el corto trayecto hasta la finca de Winstone. La mayoría de la
gente guarda sus contraseñas maestras cerca de sus ordenadores, y aunque Winstone es,
lamento admitirlo, inteligente, parece demasiado complaciente como para proteger su
seguridad. Parece creerse invencible.
Y le demostraré que se equivoca.
Estacionó a una manzana de distancia y salgo del auto en silencio. Las ramas de las
palmeras crujen unas contra otras, como una corriente tranquila. La noche está quieta,
casi como si los anuncios de servicio público de la televisión por cable estuvieran
funcionando; la gente tiene demasiado miedo de salir, sabiendo que el Asesino de Key
West no tiene un patrón a la hora de elegir a sus víctimas. Joven, viejo, mujer, hombre,
negro, blanco. Todo el mundo es presa fácil. Se me revuelve el estómago, pero aprieto los
puños. El miedo a un asesino invisible no va a detenerme.
Abro la puerta principal tan silenciosamente como puedo. Las luces rojas de las
cámaras de seguridad brillan como ojos de monstruo. Se me acelera el pulso. No hay forma
de evitar la vigilancia, pero puedo inventarme una mentira. Repaso ideas en mi cabeza:
Olvidé limpiar la caja de arena.
Dejé mi teléfono en la cocina.
Quería asegurarme de que cerraras las ventanas, por lo del asesino en serie, ¿sabes?
La brisa marina sopla a través de la casa y me pone la piel de gallina. Me quito las
zapatillas de gimnasia y uso los calcetines para moverme sin hacer ruido por la casa.
Compruebo cada puerta abierta, intentando averiguar dónde está, pero la puerta del
despacho de abajo me distrae. Las grabaciones de vigilancia tienen que estar ahí.
Compruebo su ordenador personal, tecleo algunas contraseñas que han utilizado otros
clientes, incluida la contraseña de su Wi-Fi. Incluso pruebo su dirección, luego
WinstoneEstate1889, pero nada funciona. ¿Qué hago ahora?
Que se joda.
Me arrastro bajo el escritorio, desconecto el disco duro y llevo el ladrillo electrónico
hasta la puerta principal. Cuando tenga los dos discos duros, podré irme de Florida hasta
que encuentre a alguien que piratee las imágenes. Conseguir las imágenes es la parte más
difícil, y estoy muy cerca de terminar.
Contengo la respiración al detenerme en la cocina. El frigorífico zumba y las cámaras
silban al seguirme. Aun así, paso las yemas de los dedos por los mangos del bloque de
cuchillos. Winstone tiene problemas de ira que expuso a Jenna, pero ¿lleva un arma? ¿Y si
piensa que soy un intruso cualquiera? ¿Puedo hacerle creer que no estoy allanando antes
de que se dé cuenta de que estoy robando sus discos duros?
Por si acaso, me guardo un cuchillo en el bolsillo trasero. Luego me escabullo por la
habitación, de vuelta a las escaleras, con esos ojos rojos y mecánicos observándome en la
oscuridad. Se me revuelven las tripas al levantar los pies. No me importa el allanamiento
de morada. Ni siquiera me importa robar, porque sé que lo que estoy haciendo es lo
correcto. Pero ¿probar que Cash es un maltratador servirá de algo a largo plazo? Llevará una
cantidad infinita de tiempo y dinero meterlo en la cárcel, e incluso si es condenado, existe
la posibilidad de que acabe bajo arresto domiciliario en su gloriosa finca debido a su
riqueza.
Para mí eso no es justicia.
Pero sigo adelante, desenchufando el disco duro del piso de arriba, arrastrándome con
él hasta el final del pasillo. Al llegar a las escaleras, me hierve el cuerpo. Dejo el disco duro.
Luego vuelvo de puntillas por el pasillo.
La puerta de su habitación está entreabierta. En la rendija abierta, hay un resquicio de
visibilidad: la luz de la luna brilla a través de las ventanas cubiertas de periódicos en haces
apagados. Y ahí está: un gran bulto entre las sombras. Se me hincha el pecho y se me
revuelve el estómago, pero me lo trago y abro la puerta de un empujón, cruzando los dedos
para que no cruja.
Sin sonido.
No se mueve de la cama.
Sigue dormido.
Tropiezo con una mesa que hay junto a la puerta, pero rápidamente fijo la lámpara que
hay sobre ella. La base de la lámpara es de bronce puro, con una pantalla de cristal
decorada con flores rojas sobre un fondo verde. Me muerdo el interior del labio; si hubiera
chocado contra ella, estaría despierto, y encontrarme en su dormitorio sería mucho más
difícil de explicar que estando abajo.
Pero la lámpara es sólida. Lo suficientemente pesada como para dejar a alguien
inconsciente. Incluso puede matarlo.
Se supone que debo conseguir las imágenes. Pero un hombre como Winstone, un
hombre dispuesto a poner sus manos sobre alguien más pequeño y débil que él, nunca
cambiará. Una vez que un hombre así prueba el poder, nunca lo suelta, no importa cuánto
prometa o se disculpe. No importa cuánto juren que te aman. Seguirán haciendo daño a
todo el que se cruce en su camino hasta que sea demasiado tarde.
La adrenalina me recorre el cuerpo. No voy a dejar que vuelva a ocurrir.
Desenchufo esa lámpara chillona y horrible, usando las dos manos para cargarla. A cada
paso que doy más cerca de su borrosa figura negra, el corazón me late con fuerza, cada
latido me golpea en los oídos, la piel se me eriza de cuchillos. Levanto la lámpara en el aire,
con los músculos tensos, la cuerda colgando a mi lado como una correa. Aprieto los
dientes.
En lugar de la forma sombría de Winstone, veo el cabello castaño claro y los ojos azules
de mi padrastro.
Deberías ser tú, papá, pienso. Entonces le coloco la lámpara en la cabeza.
La base aterriza, un ruido sordo tras ella, el polvo se levanta a los lados como si su alma
abandonara el cuerpo. El silencio me envuelve, mis miembros tiemblan al inclinarme más
cerca. No hay movimiento. Pero la habitación está a oscuras y es difícil ver nada. Apoyo la
lámpara en la almohada y le toco el pecho para ver si aún respira, pero está frío y duro,
como si ya estuviera muerto. Retiro la sábana.
Sobre el colchón yacen bolsas blancas de distintos tamaños, llenas de cemento seco.
—¿Qué demonios? —susurro.
La luz del ventilador del techo parpadea, las frondosas aspas zumban en movimiento,
como una sierra circular dispuesta a partirme por la mitad.
—Qué actuación —me dice una voz grave desde detrás de mí. Me doy la vuelta. Una
cámara portátil cubre la mitad de la cara de Cash como una máscara. Tiene la camisa
abotonada desabrochada, el pecho cincelado, el cabello arreglado y las mangas
remangadas. Cicatrices queloides salpican su tonificado vientre como si le hubieran
quemado o incluso apuñalado repetidamente. ¿Qué demonios le ha pasado?
No. No merece compasión. Es un abusador. Su pasado no hace que eso esté bien.
—¿Ese era tu plan? ¿Usar una lámpara para matarme? —pregunta divertido—. Qué
original.
—Que te jodan, Winstone —murmuro.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que me llames «Cash»? —Baja la cámara pero la
mantiene enfocada hacia mí. Se pasa la lengua por los dientes—. Déjame darte una pista,
cariño. Jugar limpio puede mantenerte fuera de la cárcel.
—Nunca jugaré limpio contigo —gruño, y vuelvo a apretar la base de la lámpara con la
palma de la mano.
—Ah, cariño —se ríe entre dientes, con una sonrisa desconcertada curvándole los
labios.
—No me llames así.
—Remedy —corrige—. Esto no es lo que esperaba de ti. —Se da golpecitos en los labios,
fingiendo desconcierto—. Esta es la situación. Intentaste matarme. Yo lo grabé. Es un
buen lío, ¿no te parece?
Le fulmino con la mirada, sin dejar que me arrincone. No le tengo miedo. Aunque sea
medio metro más alto que yo y al menos el doble de mi masa muscular, tengo más rabia
de la que Winstone puede soportar, y con eso no se juega.
Coloca la cámara en la mesa junto a la puerta, el objetivo aún me persigue. Palmea la
parte superior del aparato con aire de suficiencia y señala con un dedo la luz roja,
recordándome que sigue grabando.
—Puedo entregarte a la policía. Darles este vídeo. Consigue las imágenes de vigilancia
de cuando te metiste el cuchillo en el bolsillo justo antes de golpear a mi doble con la
lámpara. Ah, ¿y qué hay del robo de mis discos duros? Será divertido explicarlo. —Golpea
el suelo con los pies—. Venir a mi finca a altas horas de la noche por un intento de
asesinato premeditado en segundo grado: estoy seguro de que al jurado le encantará
escuchar tu defensa en ese caso.
Mis uñas se clavan tan fuerte en la palma de mi mano que el dolor me zumba hasta el
cráneo, pero la adrenalina lo adormece todo. No lo siento.
—¿Qué quieres? —Le pregunto.
Su barbilla sobresale hacia delante.
—Sé mi asistente y muñeca para follar.
Se me cae la mandíbula y se me hace un nudo en el estómago.
—¿Tu puta muñeca?
—Sé de buena fuente que te gusta duro. A mí también.
—¿Quién te ha dicho eso? —Jadeo—. ¡¿Jenna?!
—Hagámoslo simple: Puedo jugar contigo como quiera, cuando quiera, y mantendré
este material a salvo. ¿Me desobedeces? Y podrás encontrarte con seguridad entre rejas.
Resoplo con fuerza. Está loco. ¿También le hizo esto a Jenna?
No. Ella nunca ha estado en una situación así. Le pregunté varias veces y me prometió
que nunca la había tocado sexualmente. En cambio, ella cometió pequeños errores -
atascar la impresora, pedir el tipo equivocado de batido de proteínas, llegar diez minutos
tarde a una reunión en una obra, y él la golpeó. Lo mantuvo en secreto hasta que le vi los
moratones.
No voy a dejar que Jenna viva con miedo por culpa de un imbécil como Cash.
Lo que significa que tengo que ser más lista que él. Siempre dos pasos por delante. Pero
justo en ese momento, no puedo evitar soltarlo.
—Eres un bastardo enfermo —murmuro.
—Oh, dulce cariñito me halagas —se ríe.
—¿Esto es lo que le hiciste a Jenna? —Enderezo los hombros, preparándome para
enfrentarme a él—. ¿La abofeteaste por mezclar archivos y la azotaste por llegar tarde a
una reunión? ¿Le magullaste el brazo porque se atascó la impresora, como si fuera culpa
suya que tu impresora fuera una mierda? Y ahora me chantajeas. —Señalo a las cámaras—
. Esto también está grabado. Eres tan culpable como yo, y lo sabes.
Mira su reloj con desdén.
—Chantajeando a alguien que intenta asesinarme. Estoy seguro de que el juez se
asegurará de que sea justamente castigado. Ah, por cierto. —Amplía su sonrisa, sus afilados
dientes a la vista—. Vendí una de mis propiedades al juez con descuento. Me lo debe.
Mis dedos se crispan como si ya no pudiera controlarme. Cierro las manos en puños.
La navaja sigue en mi bolsillo trasero.
—Hiciste daño a Jenna —siseo—. Arruinaste su vida. Nunca podrá volver a confiar en
los hombres por tu culpa. Nunca estará a solas con un hombre sin pensar en la forma más
rápida de salir...
—Jenna nunca fue de mi incumbencia —dice. Se acerca, su cuerpo bloquea la visión de
la cámara—. Pero tú, Remedy. Tú eres mi preocupación. Crees que matándome erradicarás
de algún modo tus demonios, pero yo no soy el demonio que persigues, y ambos lo
sabemos.
Mis labios se abren, mirándole boquiabierta.
¿Sabe lo de mi padrastro?
¿Pero cómo es que él no es la persona que busco? Si él no hirió a Jenna, entonces sabe
quién lo hizo. Y los está protegiendo.
—¿A quién persigo, entonces? —Me quejo.
Sus labios forman una fina línea.
—¿Cómo puedo decirlo?
Sacudo la cabeza.
—Eres un egoísta, hambriento de poder, hijo de...
—Te doy a elegir —dice—. Puedes irte. Volver al trabajo mañana. Finge que todo va
bien. Y hacer exactamente lo que yo diga. O… —hace una pausa, pasándose la lengua por
el labio inferior como una serpiente—, puedes ir a la cárcel. Una consecuencia simple,
pero necesaria, por lo que has hecho. Quizá el juez te imponga diez años. ¿O crees que te
mereces veinte? ¿Una cadena perpetua? —Se da golpecitos en los labios—. ¿Cómo de
indulgente será el juez con una mujer guapa como tú?
Aprieto los dientes con más fuerza, mirando fijamente su grueso labio inferior. Si
muerdo lo bastante fuerte, mis dientes lo rebanarán.
Me ha atrapado esta vez, pero esto está lejos de terminar. No he terminado.
Que se joda.
Corro hacia delante, apuntándole a la cara con la cuchillo que llevo en el bolsillo trasero,
pero él me agarra de la muñeca y me la retuerce por la espalda hasta que los hombros se
me tensan tanto que el dolor me recorre toda la parte superior del cuerpo. Gimo, se me
llenan los ojos de lágrimas, y él tira de mi brazo con más fuerza hasta que mis dedos se
aflojan y el cuchillo cae al suelo.
—Cariñito, cariñito —dice chasqueando la lengua. Su piel desprende un aroma a
productos químicos, agujas de pino y sudor. Su polla se estremece contra mi espalda y un
chorro de energía me recorre al contacto. Intento moverme, pero no puedo. Me aprieta
con todo el peso de su cuerpo, sujetándome como un animal indefenso. Y aunque le odio
con todo mi ser, siento un calor en el bajo vientre. El dolor en los brazos y la espalda, el
aroma de su olor natural y su cara colonia rodeándome, la presión de su polla, cada parte
de él devorándome por completo.
Me muerdo el interior del labio, recordándome que él es el enemigo.
—Tengo las imágenes —le digo como última puñalada, señalando hacia su despacho—
. También puedo llevarlas a la policía.
—Ya he vuelto a poner mis discos duros en mi oficina.
Mierda. Me ruge un dolor de cabeza en la frente, una sensación punzante que se extiende
por mi cráneo. Respiro.
—Esto no ha terminado —digo.
—Eso sólo es cierto si aceptas mis condiciones —dice chasqueando los dientes—. Si
vas a la cárcel ahora, no tendrás otra oportunidad de matarme.
Mis mejillas arden de rabia. Me suelta la muñeca y siento un gran alivio. Estiro el brazo,
frotándome el hombro por el dolor. Cojo el bolso del suelo; se me habrá caído. Dejo el
cuchillo sobre la cama.
—Le veré mañana, señor Winstone —le digo, cruzándome con él al pasar. Me agarra
del brazo, me da un tirón y me empuja contra la pared. Mi cabeza choca contra el yeso y
sus labios se retraen, enseñando los dientes.
—¿Qué has dicho? —gruñe. Su aliento dulce y metálico me roza las mejillas. Me invade
el miedo y jadeo. El calor de su cuerpo me aprisiona. Puede hacerme cualquier cosa ahora
mismo. Puede violarme. Incluso puede matarme.
Se me aprieta el estómago.
—Cash —susurro.
Me suelta, se ajusta la camisa de botones como si nada, con la mandíbula tensa. Yo
también me mantengo firme, mordiéndome el labio interior. Me detengo en la puerta. Él
se acerca, pero yo me quedo quieta, manteniendo mi posición.
Sé lo que tengo que hacer.
—Un día, voy a matarte —le digo. Sus pupilas me iluminan el alma. Esas motas marrón
oscuro en el blanco de sus ojos son como nubes oscuras que se ciernen sobre mí. Me
pellizca la barbilla entre los dedos, obligándome a levantar aún más la mirada, y yo hago
una mueca, mis labios se estremecen, pero no rehúyo. Ya he hecho esto antes. Sobreviví
entonces y sobreviviré ahora.
—Espero que lo hagas —dice en voz baja—. Y espero que lo disfrutes.
4
Cash
U na cálida satisfacción me recorre el pecho mientras Remedy revisa los archivadores.
La televisión zumba de fondo, pero no me interesa. El cabello negro y liso de
Remedy se agita de un lado a otro mientras revisa cada archivo, separándolos en
categorías según el estilo de desarrollo y luego por año, siempre colocando la carpeta de
nuevo en el carro y dándome la espalda. Es una tarea insignificante, pero eso es lo divertido.
La mente de Remedy es demasiado ágil para desconectar cuando está de espaldas a mí.
No puede escapar, y eso me divierte.
Llevaba todo el día con este tipo de tareas.
Hacía años que no me metía con alguien así. Acercarse a una víctima nunca es tan
divertido como parece; siempre tienen hábitos irritantes que se interponen. Y una vez
muertas, hay un cabo suelto menos en el que pensar. Pero Remedy no es así. Todavía no
me molesta, pero cada vez que su aroma afrutado, como melocotones y mango asándose
en un horno, se cruza por mi nariz, mi polla se endurece y sus palabras me llenan.
Un día, voy a matarte.
Lo dijo con tanta convicción que, cuando se marchó, me estrangulé la polla hasta
correrme, imaginando el veneno en sus ojos mientras luchábamos a muerte. Nuestras
manos aplastando la garganta del otro. La sangre empapando nuestra piel, enmarañando
nuestro cabello, para parecernos a los monstruos que realmente somos.
Es por lo que me siento atraído por ella, y por lo que seis orgasmos la noche anterior no
me satisficieron. Es por lo que necesitaba sentir cómo se paraba el corazón de alguien para
quitármela por fin de la cabeza. Quizás Remedy pueda entretenerme por última vez.
Levanto los pies sobre el escritorio y miro a Remedy, cuyo jugoso culo se menea en los
pantalones mientras trabaja. Falda el primer día y pantalones hoy. Como si eso fuera a
protegerla de mis ataques. Aprieto los labios. No funciona así, cariñito.
—¿Jenna es tu mejor amiga? —le pregunto. Remedy se queda quieta un momento, y
con eso, sé la respuesta—. ¿Cuánto hace que la conoces?
Le doy un minuto, ajustándome las mangas, asegurándome de que están bien
arremangadas y fuera del camino. Aun así, Remedy no contesta.
—Puedo follarte hasta que estés en carne viva ahora mismo si prefieres eso a una
conversación.
Sus músculos se tensan, su ropa se desplaza por su espalda mientras lucha por ocultar
su reacción. Su cuerpo sabe lo que quiere. Pero deja escapar un suspiro, sosteniendo un
archivo en el aire como una daga.
—Somos amigas desde que éramos niñas —dice. Eso es mucho tiempo.
—Y tus padres. ¿Siguen juntos?
—No.
—¿Dijiste que tu madre es profesora?
—Sí.
—¿Y no querías seguir el negocio familiar?
Su lengua se clava en su mejilla, conteniendo sus palabras.
—LPA se adapta mejor a mí —dice finalmente.
—Aunque acabes trabajando para gente como yo.
—Sí —murmura—. Incluso con gente como tú.
Un gong suena en la pantalla del televisor, con un volumen repentinamente alto.
Noticias de última hora, aparece en la pantalla en rojo brillante. Una reportera rubia aparece
en pantalla.
Otro cuerpo ha sido encontrado en los asesinatos de Key West, dice el reportero. De
nuevo, en el suelo bajo el Dry & Clean de la calle Ernest. Aunque no se ha hecho público
el informe oficial, nuestra fuente afirma que esta víctima sigue la estela de las otras: los
cuerpos han sido mutilados de diferentes maneras, pintados de blanco y envueltos en
espuma, y luego hacinados en el entrepiso del edificio.
La imagen cambia al jefe de policía. No se puede descartar un asesino imitador, dice. Es
primordial que permanezcan en casa por la noche. Su seguridad es más importante que
una copa en el bar, gente.
La reportera rubia asiente profundamente. El nombre de la última víctima se dará a conocer
después de notificárselo a la familia.
Remedy estira los dedos a los lados mientras se muerde el labio inferior con los dientes.
Mueve sus uñas negras astilladas sobre las dos horquillas que le sujetan el cabello. Cuando
llegó a casa la noche anterior, entré en su portátil con la aplicación de pirateo. Accedió a
artículos sobre el asesino en serie. Tal vez se dio cuenta de que debería tener miedo de los
extraños después de interactuar conmigo. Mujer inteligente.
—¿Eso te asusta? —pregunto, golpeando los dedos entre sí.
—Key West es tan pequeño —dice—. Lo encontrarán.
—¿Cómo sabemos que es un hombre? —Me burlo—. Podrías ser tú. Después de todo,
intentaste asesinarme anoche. Podría haberlo conseguido si yo no hubiera estado
preparado. Quizá te ocupaste de otra persona cuando no pudiste atraparme. —Sonrío.
Sus hombros se curvan a su alrededor—. ¿Cómo me habrías mutilado?
—Te haré comer tu propia polla.
Me río, y ella se encoge al oírlo.
—Conozco a un policía —dice—. Es mi amigo.
Levanto una ceja. Esas palabras destilan confianza, como si quisiera que él la protegiera.
—¿Y? —pregunto.
—Es un chico de mi instituto. Es mayor que yo. Se hizo detective hace unos años. —Se
cruza de brazos—. Lo encontrará.
—¿Y si no lo hace?
Le tiemblan las rodillas, pero cuando sus ojos se cruzan con los míos, bloquea las
piernas, obligando a los nervios a salir de su sistema.
—Peter es fuerte —dice.
Así que el amigo policía tiene un nombre. Peter. Y Peter es fuerte. Y está orgulloso de
ello. Incluso cree en sus habilidades.
No es la única persona fuerte.
—Lo dices como si fuera a protegerte —le digo. Ella estrecha la mirada, pero sus dedos
se crispan. Por mucho que lo niegue, la situación la asusta—. No te preocupes, cariño —
me río entre dientes—. Seguro que el asesino sólo caza de noche. Estás a salvo, por ahora.
—Le guiño un ojo y cojo un sobre del escritorio—. Deja esta Oferta de Compra en Dry &
Clean —digo.
Se queda mirando el sobre y luego me mira a mí. Su cuerpo se tensa mientras asimila la
información: Dry & Clean, el lugar donde descansa la última víctima del Asesino de Key
West. El miedo primario se apodera de ella. Sus brillantes ojos verdes se humedecen y
quiero tirarla del cabello para obligarla a arrodillarse. Quiero que caigan esas lágrimas.
—¡Oh! Qué casualidad —bromeo, sabiendo que eso la pondrá nerviosa. Saco el cuchillo
de carne de ayer del cajón de mi escritorio—. Toma. —Se lo doy—. Llévatelo. Te animo a
que te protejas. Después de todo, es sólo defensa propia.
Me frunce el ceño y se dirige a la puerta.
—Mejor date prisa —digo—. Cierran en unos veinte minutos.
La verdad es que no me importa comprar la tintorería. Con mi estatus, puedo
desarrollar lo que quiera, transformando los edificios más cutres y antiguos en oro puro.
Pero disfruto metiéndome con Remedy. Verla cabreada. Presa del pánico. Frustrada. Hay
tantas cosas que puedes hacerle al cuerpo físico de una persona, ¿pero a la mente? La
mente es más difícil de romper. Y hasta ahora, ella es un desafío excepcional.
Tengo que ir a una obra para reunirme con el contratista principal, pero le envío un
mensaje de texto: Emergencia. ¿Cambiamos la cita? Luego conduzco hasta Dry & Clean,
acelerando para alcanzarla.
Remedy se detiene ante la puerta y echa un vistazo a la carretera; la tienda está a sólo
una manzana de su casa de alquiler. Su atención se centra en la horda de gente que se
agolpa en el lateral del edificio, intentando echar un vistazo al cadáver. Levanta la nariz y
entra como si no le importara nada. Actúa como si el asesino no le preocupara porque ella
también podría ser una asesina. Y eso me interesa: se siente atraída por la violencia.
Incluso está dispuesta a matar para proteger a su amiga. Pero sé, en el fondo, que quiere
matar, aunque no tenga nada que ver con la venganza.
Mi teléfono principal zumba, sacándome de mi trance. El contratista principal me envía
un mensaje. Lo ignoro y vuelvo a meterme el teléfono en el pantalón junto con el otro. Pero
¿qué hago mirándola? Por eso es tan molesto acercarse a las víctimas. Piensas que son
intrigantes hasta que te das cuenta de que estás perdiendo el tiempo observándolas en su
vida cotidiana.
Necesito salir de aquí.
El viaje a Miami dura tres horas y media sin tráfico, pero no me importa. Mientras esté
fuera de Key West, no seguiré a Remedy ni caeré en la tentación de enseñarle exactamente
dónde dejé el cadáver.
Para cuando llego al corazón de la ciudad, las luces de las discotecas parpadean a cada
lado, mujeres con vestidos largos ceñidos y grandes culos brincan por las aceras,
musculosos bronceados las persiguen como moscas. Es tan diferente a Key West
últimamente; con un asesino suelto, cada vez menos turistas se aventuran a salir. En
Miami tienen otras preocupaciones, pero no asesinos en serie. Saco el auto de la calle
principal y busco el centro comercial. La mayoría de los escaparates están vacíos. El
edificio tiene un par de décadas, pero el alquiler es demasiado alto para que la mayoría lo
ocupe. Un lugar perfecto para que lo ocupe la empresa Winstone.
Pero en el otro extremo del solar, Spa and Massage está iluminado por un lado, Rebecca's
por el otro.
Me deslizo dentro del salón de masajes, inundada por la fragancia floral de la loción.
—Hola, señor —me dice una de las empleadas con una sonrisa de complicidad. Paso
junto a ella, uso inmediatamente la puerta lateral y avanzo entre los cubículos poco
iluminados. En la oscuridad, el golpeteo de las manos se cuela entre los murmullos de la
conversación. Tomo la puerta del fondo, que no está señalizada.
Un espejo de dos caras cubre una pared, un banco en la otra. El suelo está cubierto de
pañuelos grises y blancos, arrugados y pegajosos. En el aire flotan cabellos quemados y
semen. Me siento sobre el banco, la madera clavándose en mi culo, y luego palmo mi
gruesa polla. Al otro lado del espejo, una trabajadora del sexo pelirroja monta a uno de sus
clientes encima de una cama de masajes.
En el pasado, yo mismo participaba. Prefiero las interacciones transaccionales. Es mejor
que follar con una víctima; la estimulación física con una trabajadora sexual hace el
trabajo, permitiéndome centrarme en lo que realmente me excita: matar.
Pero ahora disfruto de la naturaleza indiferente de la observación. Cualquier barrera de
cristal se rompe con la fuerza adecuada, y esos dos del otro lado, la trabajadora sexual
pelirroja y el viejo cliente que tiene debajo, saben que los mirones están observando. Pero
no tienen ni idea de que detrás del cristal hay alguien como yo. La única razón por la que
no los mato ahora mismo es porque es una situación difícil de limpiar. Hay demasiados
testigos. Si no, dejaría que se follaran hasta la muerte mientras yo me masturbo.
Pero esa es una idea para otro día. Tal vez con Remedy.
Al darme cuenta de que la pelirroja no es mi morena Remedy, mi polla cae flácida en mi
mano. Aprieto la cabeza hasta que mi polla se hincha de sangre y se pone morada.
Entonces miro fijamente a la trabajadora del sexo, pero en lugar de su cabello rojo y sus
ojos negros y brillantes, veo a Remedy. Ojos verdes llenos de veneno. Sus pechos se
balancean mientras bombeo mi polla dentro de su coño. Sus gruesas caderas enrojecidas
por mi firme agarre. Los tatuajes de encaje que se extienden por su pecho brillan a la luz,
hasta llegar a su coño peludo, empapado de sudor. Los vasos sanguíneos saltando en sus
ojos mientras hace fuerza contra la soga que le rodea el cuello, deseando más de mi polla,
sabiendo que cuanto más cerca esté de correrse, antes acabará.
Una acidez me llena la garganta, la lujuria me afecta. Tengo que esperar antes de volver
a ver a Remedy. Hacerle creer que no soy tan malo. Que nuestro acuerdo de follamujeres
es sólo para mirarla. Hasta que un día, la ponga tan caliente, que lo suplique. Entonces,
dejaré que cargue con la culpa de esas muertes, o la mataré.
Pero mi polla se estremece, ignorando esa lógica. En mi mente, el peso del cuerpo de
Remedy golpea contra mí mientras me cabalga, su cuello rodeado con una cuerda, la
sangre corriendo hacia su cabeza, pintándola de esos bonitos tonos rojos y morados. No
puedo parar de follarme. Córrete para mí, le exijo mientras la lleno con mi semen. Porque
soy su dueño. Un cuchillo contra su garganta. Una pistola en su sien. Sus uñas perforando
mi carne. La poseo incluso cuando su coño aprieta la sangre de mi polla, amenazando con
desmembrarme.
Me subo la cremallera del pantalón y salgo, dando cien dólares en la recepción antes de
desaparecer en el estacionamiento. Tardaré horas en volver a Key West, pero lo bueno de
tener una asistente personal es que siempre está disponible. Incluso en plena noche.
Remedy

—Aquí —me llama Cash desde arriba. Trago saliva y me froto los ojos, aún atontada por
el sueño. Aunque es más de medianoche, las ventanas están abiertas. Un ligero aroma
salado se filtra por la casa. Pasa un auto, pero es más tranquilo de lo habitual para la vida
nocturna de Key West.
Me acomodo el cabello suelto detrás de las orejas, sabiendo que a Cash aparentemente
no le importa el Asesino de Key West, pero al menos con nosotros dos hay menos
amenaza. Cada escalón que subo me sacude hasta la lucidez. ¿Qué estoy haciendo aquí?
¿Me va a obligar por fin a ser su muñeca folladora?
Sé de buena fuente que te gusta duro. A mí también.
Me irrita. Cree que me conoce sólo porque ha oído algún rumor.
Un rumor que es cierto, sí, pero eso no viene al caso.
Arriba, la puerta del dormitorio de la izquierda sigue cerrada. Una fuerza magnética me
atrae hacia ella, invitándome en mi estado de inconsciencia a abrirla. Mi corazón se acelera
cuando mis dedos se posan en el picaporte, el agarre frío y suave. Se sacude, pero no se
mueve.
La cerró con llave.
Me quito una horquilla del cabello, doblándola en forma de L aplasto rápidamente la
otra horquilla y le quito la punta de goma. Introduzco la segunda horquilla en el ojo de la
cerradura y encuentro la primera...
Cash se aclara la garganta y meto las horquillas en el bolso. Tendré que volver a forzar
la cerradura más tarde. Avanzo hacia su despacho con temor a cada paso. Es como caminar
hacia la cuadra del verdugo, donde un día tendrá mi cabeza. Las luces empotradas
iluminan el despacho desde las esquinas. Aunque el despacho de abajo está decorado
como la biblioteca de un viejo rico, el de arriba es moderno. Paredes blancas con grandes
lienzos en negro puro. Muebles curvos y negros. Sin embargo, las ventanas están cubiertas
de papel de periódico, como en su dormitorio. ¿Por qué insiste en mantener algunas
ventanas abiertas y otras completamente cerradas?
Sus ojos me atrapan, me envuelven como una cadena. Y aunque odio la forma en que me
mira, como si estuviera hambriento y yo fuera un maldito filete, esa misma hambre hierve
a fuego lento en mi bajo vientre, con sus palabras resonando en mi cabeza: Puedo jugar
contigo como quiera, cuando quiera.
—Tu cabello es diferente —dice.
Pongo los ojos en blanco, pero por dentro me sorprende que haya sacado la cabeza del
culo el tiempo suficiente para fijarse en otra persona. Son las horquillas que me faltan;
siempre las llevo puestas. Y joder, espero que se ofenda porque llevo una camiseta
extragrande y unos leggins. ¿Quieres negocios profesionales? Actúa como un maldito
profesional.
—Se llama cabeza de cama —le digo—. ¿Qué puedo hacer por usted esta noche, Sr.
Winstone? —Espero que haga una mueca, pero su rostro permanece inexpresivo y, de
algún modo, eso me asusta más que cualquier otra reacción. Es como si supiera lo que voy
a decir antes de que lo diga, y ya tuviera planeado un castigo. Me pongo nerviosa y me
corrijo—: Cash. ¿Qué puedo hacer por ti en esta noche tan tardía, Cash?
Hace un gesto hacia un lado de su escritorio, sus manos callosas son más grandes de lo
que recuerdo. Pueden abarcar todo mi cuello con una sola palma.
—Párate ahí. Ojos hacia adelante. Pecho fuera. —Toca su reloj—. Estoy esperando,
Remedy.
Respiro y me coloco en posición, empujando hacia abajo esa sensación de agitación en
mi coño. Cuanto antes acabemos con esto, mejor. Su colonia de pino es más fuerte ahora,
como si la hubiera rociado justo antes de que yo llegara. Sus pupilas están rodeadas de
círculos oscuros, y esas motas en el blanco de los ojos parecen manchas de pintura. Parece
como si llevara despierto tres días seguidos y, aunque me ignora y sigue escribiendo, noto
su tensión, el movimiento de sus ojos, como si apenas me mirara para asegurarse de que
estoy donde debo estar. Sus dedos chasquean en el teclado y cambia entre las diferentes
ventanas abiertas en su monitor. Permanece concentrado en su trabajo como si yo fuera
un mueble más, nada más. Un objeto. Maldita sea. ¿Por qué me gusta tanto esto?
Aprieto los dientes, mordiéndome el labio interior. Que me rinda ahora no significa que
esto se haya acabado. Si cree que soy su muñeca obediente, bajará la guardia.
Entonces, atacaré.
—Las manos detrás de la espalda —dice—. Barbilla arriba.
La tensión se apodera de mi estómago. Frunzo el ceño, pero me llevo las manos a la
espalda y lo miro de reojo mientras mantengo la barbilla baja para enfatizar el hecho de
que lo estoy mirando. En su amplio monitor hay una hoja de cálculo abierta, pero no puedo
leer lo que pone. Sus manos bajan hasta su regazo y se acaricia la polla a través del
pantalón, que crece y se aprieta contra él.
Santo cielo. Es tan grueso como un bate de béisbol, y ni siquiera parece lleno todavía.
Pero ignora mi desafío. Mis fosas nasales se agitan y dejo caer las manos a los lados,
probando aún más sus límites. ¿Esto forma parte de ser su muñeca folladora?
Es difícil recordar cuál es mi objetivo cuando nada parece real y es tan tarde. Por mucho
que lo niegue, quiero que me castigue. Lo odio tanto, pero de alguna manera, sé que follar
con él será aún mejor así.
De repente, se echa hacia delante, me agarra de los brazos y me acerca a él, y siento
punzadas en el estómago. Luego me fija: la barbilla hacia arriba, las manos a la espalda.
Incluso me empuja entre los omóplatos hasta dejarme las tetas al aire. Me estremezco al
saber que me quiere así. Vuelve a relajarse en su estado de ambivalencia. Los ojos en su
ordenador. Los dedos en el teclado. Su polla sigue gruesa y pesada sobre su pierna.
Así pasan diez minutos. Me inclino hacia un lado, la somnolencia se apodera de mí. Una
de sus manos recorre distraídamente mi pecho, mientras la otra permanece fija en el
teclado. Su tacto es suave, me recuerda a unas esposas peludas, y me estremezco.
—¿Segura que quieres esto? —me había dicho mi exnovio. Sostenía las esposas forradas de
piel como si fueran el mismísimo diablo, y el cinturón estaba flácido en la otra mano, como
una pobre serpiente muerta.
—Sólo nos estamos divirtiendo —dije, tratando de convencerlo—. Confío en ti.
—Sí, pero esto no es... —mi ex se detuvo, incapaz de encontrar las palabras, su postura se
hundió aún más—. No quiero hacerte daño, Remedy.
—Te lo estoy pidiendo —dije—. Lo estoy consintiendo.
Me acarició la mejilla, me hizo cosquillas y se me puso la piel de gallina, recordándome
aún más a mi padrastro.
—No es normal querer algo así —dijo mi ex—. Esto tiene que ver con tu padrastro, ¿no? No
necesitas esto, Remedy. Necesitas ayuda.
Pestañeé para contener las lágrimas. No importaba cuántas veces le explicara que mi
padrastro era suave conmigo, mi ex no podía creer que yo quisiera crueldad. Esas caricias
suaves son lo que más odio. Lo quiera o no, mi cuerpo reacciona y no puedo disfrutarlo,
porque siempre pienso en mi padrastro. Necesito que me arranquen el placer del alma
como si ya no me perteneciera.
En cambio, cuando mi ex estaba así, yo flotaba dentro de mi cabeza, como una boya
frente a la costa.
Como ahora, con Cash.
Las palabras de Cash resuenan a mi alrededor. Una pregunta. ¿O es una exigencia? Las
yemas de sus dedos rozan mi vientre y luego buscan mi sujetador bajo la camisa.
Mi exnovio siempre fue dulce conmigo y, en teoría, yo quería eso. Eso es lo que una
superviviente debería querer. Pero cuando se me ponía la carne de gallina con cada roce
suyo, no podía contenerme más. Tenía que obligarle a comprenderme.
Le di una bofetada a mi ex. Se le formó una huella roja en la mejilla. Se quedó
boquiabierto, completamente aturdido, pero había compasión en sus ojos. No, no era
simpatía, era lástima. Como si yo fuera un pájaro herido al que tuviera que rescatar.
—Déjame amarte —dijo—. Por favor, Remedy.
No fue hasta que rompí con él, sabiendo que nunca sería capaz de darme lo que
necesitaba, que me convenció para que fuera al programa de recuperación de adictos al
sexo. Como si eso fuera a salvarnos.
En realidad, quería arreglarme.
Las uñas me pellizcan el pezón y me retuercen la piel hasta que trago aire seco. Jadeo y
me agarro las tetas.
—¿Qué demonios? —pregunto.
—¿Adónde has ido? —pregunta. Sus cejas se fruncen—. Ese vacío en tus ojos. Tu mente
se ha ido a otra parte. —Gira su silla y se fija en mí, luego me toca los pechos y me obliga
a apartar las manos. Sus uñas se convierten en pinzas que succionan la sangre de mis
pezones. Me recorre una sensación aguda y contengo la respiración—. Si el dolor es la
única forma de mantenerte atada a esta tierra, entonces, por supuesto, vamos a
mantenerte aquí.
Me retuerce la piel con los dedos apretados y el dolor me recorre el pecho. Un grito se
apodera de mí, pero lo contengo. Él sonríe. Al cabrón le gusta la reacción. Y no quiero ceder
ante él.
—Tú —respiro en su lugar—, eres un hombre enfermo, enfermo.
—Dime por qué puedo olerte el coño —se ríe. Me arden las mejillas y abro la boca. Se
lame el grueso labio inferior. Me suelta un poco los pechos y me invade una oleada de
alivio—. Tienes los pezones duros —dice mientras me frota los pechos entre los dedos.
Coge un puñado de cada pecho y luego los aplasta como si fueran una pelota antiestrés,
como si fuera a utilizar mi cuerpo para obtener hasta el último gramo de su alivio—.
¿Cómo de mojada estás, Remedy?
Me muerdo el labio interior. No. No. No importa lo que diga, no le importa que yo
disfrute. Soy una muñeca para él, un objeto que puede desechar cuando pierda el interés.
Mi coño se aprieta; esos pensamientos tampoco ayudan. Nunca he tenido sexo con
alguien a quien no le importe cómo me siento al final. Y me siento como en casa.
No. Sólo se trata de hacer lo que él quiere, para que al final, yo consiga lo que quiero. Y lo
quiero en la cárcel, o muerto.
Si me gusta llegar hasta allí, eso no tiene importancia. Respiro con fuerza.
—Que te jodan —gruño.
—Te gustaría, ¿verdad? Te das cuenta de que me lo debes, ¿verdad, Remedy? —
pregunta, con nubes de polvo arremolinándose en sus ojos marrones y con motas, que se
estrechan hacia mí. Le gusta chantajearme. La forma en que me hace retorcerme. Y eso
demuestra que es un bastardo enfermo. Alguien que no merece su vida de lujo—. Desde el
odio de tus ojos hasta el dulce sabor de tu coño: ahora me perteneces, Remedy Basset.
Esas palabras posesivas me revuelven el estómago, pero me niego a reaccionar. Me mira
fijamente, sin dejar que me inmute, y vuelve a retorcerme los pezones. Resoplo entre
dientes mientras le devuelvo la mirada, intentando no hacer ruido. Pero cuanto más me
resisto, más fuerte los retuerce, y mis pechos arden, el dolor me recorre como descargas
eléctricas. A Cash no le importa cuánto duela. Cuanto más lucho contra él, más se excita.
El hambre arde en sus ojos. Mi cara se enrojece de calor cuando me doy cuenta de que me
golpea como una tonelada de ladrillos.
Es la primera persona que hace esto. Y no tuve que rogárselo.
Es casi como si me hubiera escuchado. Como si me creyera.
Me presiona el pecho con las palmas de las manos, y un dolor sordo me recorre por
dentro. Me respira en la oreja, cada aliento caliente y persistente.
—Esto no es suficiente, ¿verdad? —murmura—. ¿Deseas que te folle sobre mi
escritorio, embistiéndote tan fuerte que te magulle el coño? ¿Para que cada vez que te
muevas recuerdes exactamente quién es el dueño de tu cuerpo? —Sus pulgares rozan los
picos de mis pezones, la piel tan tierna ahora que todo duele, incluso un roce como este.
Me quedo con la boca abierta—. Dime lo que quieres, Remedy. Dime cuánto deseas que
te haga daño.
—Estúpido pervertido —murmuro—. No quiero que me hagas daño.
Chasquea los dientes y sus ojos recorren mi cuerpo. Esboza una sonrisa de satisfacción,
como si supiera que estoy mintiendo.
—Entonces miénteme —dice—, o enviaré ese vídeo por correo electrónico a la policía
ahora mismo.
Con una mano en mi pecho y los dedos pellizcándome el pezón en carne viva, teclea
con la otra y despliega su correo electrónico en el monitor. Incluso amplía el texto para
que pueda leerlo todo. Jadeo. Me está tomando el pelo. En realidad no lo hará.
Lee en voz alta:
—Querido Departamento de Policía de Key West...
Es un farol. Está fanfarroneando. No lo hará. Una vez que lo haga, no tendrá nada sobre
mí.
Continúa:
—Este video contiene imágenes de Remedy Basset intentando asesinarme...
—¿Te hace sentir fuerte hacer rogar a una mujer? —le interrumpo. Levanto más la
nariz, mirándole, aunque me tiemblan las piernas de deseo, sabiendo que tiene razón:
quiero que me haga daño. Pero no puedo dejar que gane—. Nada va a curar tu pervertida....
—Eres un mentirosa terrible —dice. Termina de teclear y adjunta un archivo.
—No estoy mintiendo —digo.
Sitúa el puntero sobre la palabra Enviar. Levanta el dedo, a punto de pulsar el botón...
—Quiero que me folles como si me odiaras —suelto, y su dedo se congela sobre el ratón.
Asiento con la cabeza, mostrándole que estoy lista para jugar. Tengo que hacerlo. Si dejo
que controle la situación lo suficiente, será más fácil tenerlo bajo mi control.
Al menos, eso es lo que me digo a mí misma.
—Quiero que me estrangules hasta que me desmaye —digo. Mi cara está roja y todo mi
cuerpo se llena de calor. Nunca antes había expresado mis deseos tan claramente. Se me
hace un nudo en la garganta y pronto no podré respirar. Pero sus ojos están
completamente embelesados conmigo, y esas preocupaciones se desvanecen. Me está
escuchando de verdad—. Quiero que me hagas correrme tan fuerte que olvide quién soy.
Que me abofetees y me pegues y me uses y me muestres lo puta que soy para ti.
Me pellizca el pezón, lo utiliza para acercarme, y luego me fuerza sobre su regazo como
si estuviera a punto de azotarme como a una niña. Le hizo esto a Jenna. La azotó por llegar
tarde a una reunión. Es degradante y lo odio, pero también me gusta. ¿Por qué estoy tan
mareada? Me baja los leggins y los pantalones hasta dejarme completamente expuesta, y
entonces sé que esto es diferente. Nunca expuso así a Jenna. Se inclina, me huele y me
ruborizo, estoy muy mojada, y un gemido sale de su pecho como si fuera una bestia
desatada. Me separa las nalgas y deja al descubierto mi oscuro agujero. El aire fresco me
hace cosquillas en la piel y todo mi cuerpo se estremece.
—¿Por qué quieres eso? —pregunta.
—Porque... —empiezo, pero no sé por qué. ¿Por qué él? ¿Por qué esto? ¿Por qué no puedo
ser normal?—. Porque...
—Porque no puedes evitarlo, ¿verdad? —suspira, su voz baja y tranquila, como si me
estuviera enseñando por qué—. Quieres que tome lo que quiero. Que te posea.
Demostrarte que no eres más que mi muñequita. ¿Cuánto lo deseas?
Las yemas de sus dedos son como papel de lija, pero cuando introduce uno entre mis
pliegues, estoy tan mojada que su grueso dedo se desliza a través de ellos. Aprovechando
mi excitación, acaricia mi oscuro agujero con el dedo y luego lo introduce a la fuerza. La
presión me llena y jadeo, completamente aturdida. Es como si con un solo movimiento me
dijera la verdad: no le importa lo que yo quiera.
Y eso me excita mucho.
—Úsame —gimo—, Todos mis agujeros. Por favor.
—Voy a usarte ahora, Remedy. Justo como quiero. Todos tus agujeros son míos,
cariñito. Míos —gruñe, y luego me empala con todo el dedo, forzándolo dentro de mi culo,
mordiéndome el cuello al mismo tiempo, y yo grito, mi gemido es tan fuerte que intento
parar, intento volver a meterlo, pero él se ríe y me mete el dedo en el culo. Muevo las
caderas hacia delante, empujando su pierna, queriendo más, mucho más, con mi clítoris
chocando contra él. Con una mano me sujeta el cuello como si examinara un cervatillo
para el matadero, y con la otra me folla el oscuro agujero. Otro dedo se desliza dentro de
mi culo, llenándome, y mi clítoris se frota contra su pierna: las sensaciones son tan
intensas que estoy cerca del abismo, y lo odio pero me encanta y me esfuerzo tanto por no
pensar en lo que significa. Tengo que recordar quién es. Que le odio. Que Cash representa
todo lo que odio de la gente como mi padrastro y mi hermanastro, y por eso tengo que
mantenerme fuerte.
Pero sus dedos se deslizan dentro y fuera de mi culo, y pierdo esos pensamientos. Los
músculos de sus muslos se crispan, su polla está tan dura que parece una roca cada vez
que mi cuerpo empuja contra ella. Sus dedos me hacen cosquillas en el culo, un ligero
dolor mezclado con presión. La sensación de hormigueo recorre mi sistema nervioso hasta
estimularme el cuello y las mejillas. Ya no puedo mantenerme fuerte. Cash me está
llevando al límite, y jadeo, intentando detener el placer, pero nunca antes había hecho esto
con nadie, ni siquiera conmigo misma. Me abruma, me lleva al borde del abismo. Se me
calienta la cara, se me cae la mandíbula, y esos espasmos involuntarios aumentan dentro
de mí...
Al instante retira las manos, reclinándose en su silla, y luego se ríe. Tropiezo hacia
delante, apoyada contra él, con el cuerpo cubierto de sudor. Con un rápido movimiento,
me ayuda a levantarme. Una vez que estoy de pie, sale del mensaje y cambia a otro
programa de su ordenador.
Como si no acabara de salir de su infierno placentero.
Como si nada hubiera pasado.
Me duele el coño. Cada sacudida de mis músculos implora su contacto, pero él me
ignora, completamente concentrado en el trabajo.
Ha terminado conmigo.
—¿Eso es todo? —pregunto.
Hace un gesto hacia la puerta.
—Hay un contratista general con el que necesito que te reúnas en el centro comercial
de Waterside Park.
Parpadeo y miro la hora. Son casi las dos de la madrugada.
—¿Para qué? —Pregunto.
—Una entrega importante. Estará allí a las seis de la mañana.
Se me cae la mandíbula. Habla en serio. Se acabó. Su expresión es completamente
estoica, sus manos teclean rápidamente, y tengo que aceptarlo. Me ha follado el culo con
los dedos y me ha negado el placer para joderme.
Pongo los ojos en blanco y me dirijo hacia la puerta.
—Toma mi auto —me dice. Me da sus llaves—. Será más rápido.
—Si es tan importante, ¿por qué dejármelo a mí?
Por fin me mira a los ojos por primera vez desde que sus manos abandonaron mi cuerpo.
Sus suaves labios se vuelven hacia arriba, y puedo leerlo en su expresión: sabe
exactamente lo que está haciendo, lo frustrada que estoy, lo mucho que odio que quiera
más. Y lo disfruta.
—Porque yo te dije que lo hicieras, Remedy —dice—. Parte de la descripción de tu
trabajo incluye ir a las reuniones por mí. Aprende cuál es tu lugar.
Esas palabras me llaman la atención. Admitió algo, ¿no?
Quiere que «aprenda mi lugar» porque no me mantengo en mi carril. No hago
exactamente lo que él quiere. No sé qué es, pero tengo la sensación de que le frustro tanto
como él a mí. Y esto, hacer que me vaya, darme una orden, es un recordatorio para ambos
de nuestras posiciones.
Él es mi jefe; yo soy su subordinado. Y se está deshaciendo de mí.
—Te espero de vuelta a las ocho —dice—. Límpiate antes de irte. No querrás que
piensen que te estás tirando a tu jefe, ¿verdad?
Hay una risita en sus palabras, pero cuando compruebo su expresión, ya ha vuelto a su
ordenador. Camino despacio, con el cuerpo apretado por el deseo, y cierro la puerta tras
de mí.
5
Remedy

N uestra rutina continúa así: me llama a horas extrañas, a medianoche, al amanecer,


a última hora de la tarde, y luego se burla de mi cuerpo con sensaciones y dolor,
siempre demostrando cuánto control tiene sobre mí, sin dejarme nunca que me libere. Y
por supuesto, después, busco el baño más cercano y me doy esa liberación, sabiendo que
sólo estoy reforzando el deseo. Es un monstruo al que le gusta ejercer ese poder sobre mí.
¿Pero lo peor?
Me gusta cómo me controla. Mi coño y mi mente saben que estamos perdiendo, y él está
ganando.
Por eso, después de unos días así, me doy un baño de realidad. Llamo a la puerta de
Jenna, otra casa de alquiler de Winstone, que comparte con otras tres mujeres, y se me
hace un nudo en el estómago. Esto es bueno, me recuerdo. Sólo vas tras Winstone por Jenna.
Abre la puerta en pijama. Levanto una ceja. Normalmente ya se está maquillando, pero
aún no se ha duchado.
—¿No empiezas a trabajar en menos de una hora? —pregunto.
—Estoy enferma —dice. Entra arrastrando los pies y yo la sigo hasta el dormitorio. Se
envuelve con las manos y vuelve a meterse entre las sábanas, tumbada en posición fetal.
—¿Qué pasa? —Pregunto, acariciando su edredón.
—No me he sentido yo misma últimamente.
Un dolor agudo me oprime el pecho y vuelvo a mi infancia. No podía quedarme en
ninguna parte de mi casa sin preocuparme de que alguien fuera a utilizarme, y eso es lo
que Jenna está experimentando ahora mismo. Arruga la cara, los labios pálidos en
comparación con su habitual pintura roja, todo su cuerpo agobiado por todo lo que ha
pasado. Winstone y la agencia le han dado la espalda. Pero cierro los puños: no voy a
abandonarla. Incluso antes de que le contara lo de mi padrastro, siempre ha estado a mi
lado.
Y quiero que vuelva a ser la de siempre.
Cuando aún estábamos en el instituto, Jenna estaba enamorada de mi hermanastro,
Brody. No importaba lo malo que fuera con ella, tenía su alma puesta en él, porque juraba
que era un encanto, en algún lugar dentro de su grueso cráneo. Todo lo que yo veía era al
cruel hermanastro que ahora me doblaba en tamaño pero que seguía haciéndome daño
como si fuéramos niños. Y como sabía que Brody y Jenna nunca llegarían a ser algo, Brody
era y es demasiado idiota, lo dejé pasar, viéndolo como un flechazo inofensivo. Después
de todo, Brody y yo nos pegábamos porque éramos hermanastros; él nunca tocaría así a
Jenna.
Pero un día, acorraló a Jenna en mi dormitorio y le dijo que «dejara de ser una zorrita
tan necesitada». La encontré llorando, acurrucada en una manta en mi cama.
Ese fue el fin de dejar que se enamorara de Brody.
—Está acabado, —le dije—. No puede tratarte así. Ni en un millón de años.
—Por favor, —susurró—. No le des tanta importancia.
Me persiguió, pero la ignoré. No podía detener a mi padrastro, pero Brody no me daba miedo. Puede
que me hubiera puesto un ojo morado antes, pero le había hecho llorar de una rápida patada en los huevos.
Y si le hacía daño a mi mejor amiga, estaba acabado.
—Brody —grité. Levantó la vista de su teléfono—. ¿Quieres contarme lo que le dijiste a mi mejor
amiga?
Se levantó, aprovechando su altura para elevarse sobre mí.
—Claro —dijo—. La llamé zorrita llorona.
—Discúlpate —exigí—. Discúlpate con ella. O te arrepentirás.
Hizo un gesto con la mano, despidiéndonos.
—No voy a disculparme. Las dos son unas reinas del drama.
Pisé a fondo el acelerador y él se sobresaltó, sorprendido de que hiciera algo.
—No puedes hablarle así —le dije.
Al acercarse, apartó una silla de su camino.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó—. ¿Llorarle a mi papá?
Imbécil.
Le di una patada en las rodillas tan fuerte que tropezó contra la pared, luego agarré la mano de Jenna
y grité:
—¡Corre!
Corrimos por la casa e inmediatamente cerramos la puerta de mi habitación tras nosotros, estallando
en carcajadas. Y eso hizo que mereciera la pena. Jenna había recuperado su sonrisa burbujeante y supe que
todo iría bien.
Y ahora mismo, mientras está envuelta en mantas, eso es todo lo que quiero: que vuelva
a sentirse mejor. Pero patear a Cash en las espinillas no será suficiente. Se merece algo
mucho peor.
—No debes tener miedo —digo, señalando la puerta—. Estoy vigilando a ese pedazo
de basura.
—No tengo miedo —murmura—. Pero siento que ya no controlo nada.
Mi corazón se hunde. Mi padrastro me paralizó por completo, igual que Cash está
paralizando a Jenna ahora. Una pesadez cae sobre mis hombros. Es un peso que llevaré
conmigo hasta que Cash se haya ido.
—Voy por él —le digo—. Te lo prometo.
Fuerza una sonrisa.
—No debería haberte involucrado —dice con tristeza—. Es culpa mía. Sé cómo te
pones.
Sonrío ante esas palabras: Cómo me pongo. Voy a enseñarle a Cash exactamente cómo me
pongo.
—Vamos —le digo—. Las cosas pasan. Y para eso están las mejores amigas. —Le tomo
la mano—. Voy a cuidar de él. Te lo prometo.
—Mejor amiga—dice—. Te quiero.
—¡Y yo a ti!
Le doy un abrazo y, al final, se dirige a la ducha. Corro a casa antes de ir a la finca: un
descanso rápido para tomar el portátil y mear. Giro la manilla de la puerta del baño y toda
la puerta se desprende de las bisagras.
—¡Mierda! —Grito, saltando fuera del camino. Apenas me da en el pie. La puerta choca
contra la pared y deja un rastro negro en el revestimiento de madera. De la bisagra cuelgan
tornillos. Respiro. Es como si el universo quisiera que interactuara con Cash. Pero
presentaré una orden de mantenimiento como hago siempre, como si el dueño no fuera mi
jefe. Y si surge en el trabajo, haré todo lo posible para convencerle de que esta vez envíe a
alguien decente. Pero me duele el coño de pensar en intentar convencerle, imaginando que
me ordenará que me ponga de rodillas. Sacudo la cabeza. Últimamente mi mente está
constantemente en la cuneta. Lo culpo a él. Pensar en hablar con él más de lo necesario
me da escalofríos.
Pero sólo hay una forma de vengar a Jenna, y es acercándose a Cash. Incluso si es sólo
una solicitud de mantenimiento.
En la finca, preparo nuestro café, el mío con nata y azúcar, el suyo solo, y dejo su taza
sobre su escritorio sin decir palabra. Luego preparo el desayuno de Bones. Ella come y
luego me observa mientras reviso el correo electrónico de la agencia y presento una orden
de mantenimiento. En la sección: Comentarios adicionales, escribo: El inquilino solicita que el
servicio se realice correctamente esta vez, y luego hago clic en «Enviar».
Al instante, Cash aparece en la puerta, con un chaleco gris sobre la camisa abotonada,
las mangas remangadas como siempre, mostrando sus brazos venosos. Me concentro en
esos vasos sanguíneos, recordando cómo giran y se retuercen cada vez que me toca. Como
si su fuerza no pudiera contenerse. Se me corta la respiración.
Esto es estúpido. Es mi jefe y el maltratador de mi mejor amiga, joder.
Y sin embargo lo quiero.
—¿Qué? —Suelto enojada. Ladea la cabeza, curioso por mi actitud. Trago saliva. Por
ahora, sigue siendo mi jefe. No puedo vengarme a menos que finja que sigo sus reglas.
—Lo siento, señor —le digo, forzando una sonrisa—. Ha sido una mañana larga. ¿En
qué puedo ayudarle?
Aprieta los labios, satisfecho por mi cambio de respuesta.
—La puerta. ¿La han arreglado antes?
Mantengo la mirada baja, intentando contener mi tono, pero no puedo evitarlo:
—Entiendo perfectamente que deban dar prioridad a las propiedades de alquiler
vacacional, pero cuando se trata de sus inquilinos a largo plazo, también tenemos
problemas de mantenimiento.
—De acuerdo.
Esa respuesta inmediata me aturde. Esperaba que se resistiera. ¿Me está tomando el
pelo? Pero tiene los hombros anchos y la mandíbula firme. Por un momento, sus ojos
oscuros y turbios se aclaran. No tiene nada de tramposo.
—Creía que un contratista se encargaba de las órdenes de mantenimiento de la
empresa Winstone. —Pregunto.
—Lo hacen, pero cualquier cosa tuya pasa primero por mí.
Esas palabras me dan escalofríos. Tiene poco que ver con el mantenimiento, o incluso
con el hecho de que sea su asistente personal, y todo que ver con nuestro acuerdo.
—Es un arreglo sencillo. Vamos —asiente hacia la puerta que da al garaje anexo—.
Puedo enseñarte.
Me toco la base del cuello.
—¿Te vas de la finca?
—¿Hay mejor manera de poner a prueba mis límites que ayudar a mi empleada favorita
con su solicitud de mantenimiento?
En su muñeca luce un reloj de oro blanco que subraya su estatus, sus labios son suaves
y curvados, la barba incipiente de su mandíbula está pulcramente recortada. Todo en él
es refinado. Y, sin embargo, sus manos son ásperas, como cemento seco y lleno de baches,
y sé que tiene el estómago cubierto de cicatrices rosas e hinchadas. No es sólo un
multimillonario que desarrolla negocios inmobiliarios, y no es simplemente un aficionado
que hace sus propias remodelaciones. Pero por más que lo reordeno en mi cabeza, no
consigo entenderlo. Ni siquiera sé si es realmente un recluso, o si es una treta para
manipular a la gente para que haga lo que él quiere.
De cualquier forma, no confío en él.
Abre el lado del pasajero de su elegante deportivo negro de importación y nos lleva al
centro de Key West.
—¿Tu padre nunca te enseñó a usar herramientas? —pregunta.
Arrugo la nariz. ¿Ahora me pregunta por esto? ¿Por qué hace tantas preguntas?
—Mi padre murió antes de que yo naciera —le digo.
—¿Padrastro? ¿Hermano? ¿Novio?
Tal vez está buscando para ver si tengo a alguien que me proteja de él.
—No me enseñaron cosas así —digo.
—Entonces, ¿qué te enseñaron?
Dejo escapar un suspiro y miro hacia la ventana.
—No lo sé.
Estaciona el auto en la calle y paga el parquímetro; supongo que hasta un
multimillonario tiene que seguir algunas normas. Señala la tienda. Mike's Home & Supply Co.
está escrito en letras rojas descoloridas en la fachada del edificio. Un hombre mayor con
gorra de béisbol silba cuando entramos.
—Mírate —le dice a Cash—. Elegante y con una dama.
Pongo los ojos en blanco. Técnicamente estamos aquí juntos, pero no estamos juntos.
Otra persona, un empleado detrás de la caja registradora, nos mira boquiabierta como si
fuéramos un espectáculo de fenómenos.
—¿Adónde vas esta noche con esta cosita, colega? —pregunta el hombre mayor.
¿Colega? ¿Este hombre llama «colega» a Cash, un multimillonario promotor inmobiliario?
¿Cómo es que conoce a Cash?
—Esta es Remedy, mi nueva asistente personal —dice Cash, poniendo una mano en mi
hombro, su agarre firme. Y entonces no hay error; sólo me está presentando, lo que
significa que conoce a esta gente—. Su puerta se rompió de las bisagras. Pensé en enseñarle
a arreglarla ella misma.
—Enseña a un hombre a pescar y le darás de comer toda la vida —dice el dueño, con
voz melancólica, como si dijera eso muchas veces—. Ya sabes dónde ir.
Encontramos las herramientas que necesitamos: un par de bisagras y tornillos nuevos,
aunque Cash insinúa que puede que yo también necesite una puerta nueva. Finalmente,
llegamos a la entrada de la tienda. Sigo sin entender por qué Cash insiste en que lo
arreglemos juntos. Quizá sea una excusa para entrar en mi casa. Una punzada de nervios
me recorre, pero la reprimo. Aún no hemos llegado.
—¿Cómo va la mudanza? —pregunta el cajero mientras escanea los artículos. Cash
mira fijamente al hombre, con los tendones del cuello tensos, como si el cajero hubiera
dicho exactamente lo que no debía.
¿Te mudas?
—La mudanza lleva su tiempo —dice Cash con un tono áspero, una amenaza latente
bajo la superficie. El cajero se hunde, con los ojos en el suelo. Él también ha captado ese
tono.
Pero hay algo que no encaja. ¿Es Cash realmente un recluso si conoce a todo el mundo
en esta ferretería, incluso al cajero?
Mientras el cajero embolsa nuestros artículos, le susurro a Cash:
—Creía que no salías.
—Te lo dije —dice—. He estado rompiendo esos hábitos. Tu amiga no se dio cuenta.
Aprieto los puños a los lados. Puede que Jenna sea tímida, pero es observadora, y Cash
está lleno de mierda. Pero suena la puerta y entra un cliente: cabello castaño claro y ojos
azules llenan la entrada, la luz del sol destella a su alrededor. El corazón me salta al pecho
y todos los músculos de mi cuerpo se tensan de nervios.
Se parece a mí padrastro.
Entonces el hombre gira hacia un lado, revelando las diferencias. Su nariz es mucho más
grande que la de mi padrastro. Exhalo, pero mis dedos se crispan a los lados, intentando
deshacerme de los nervios. Quizá Brody esté en la ciudad. La última vez que lo vi, se
parecía aún más a su padre.
Pero Brody ya no vive en Key West. Y además, el cliente es probablemente demasiado
viejo para ser Brody.
—¿Qué pasa? —pregunta Cash. El cliente estudia los distintos expositores de las
estanterías. Tiene los hombros caídos como mi padrastro, las mismas manos suaves. Sé
que no es él, pero esa sensación de nerviosismo revolotea en mi pecho. Por fin me había
acostumbrado a su ausencia y ahora vuelve a invadir mi vida. El cliente desaparece por los
altos pasillos, pero yo sigo mirando ese lugar vacío como si pudiera ver su fantasma.
Cash me atrae hacia sus brazos, su calor corporal me cubre y, por un segundo, me olvido
de quién es y me derrito. El aroma polvoriento de los productos químicos y los pinos y su
sutil sudor me abrazan. Parpadeo, dejándome llevar fuera de esos recuerdos. Cash absorbe
mi mundo y me siento bien.
—¿Qué pasa? —vuelve a preguntar.
Esta vez, no me detengo a contestar.
—Me pareció ver a alguien.
—¿Quién? —Como no digo nada, me agarra por los hombros y se inclina hasta que
quedamos a la misma altura—. Dime, Remedy, o te obligaré. Le mostraré a todos en esta
tienda lo que es...
—Mi padrastro —digo, interrumpiéndole. Mi padrastro no merece un nombre. Pero la
verdad es que no puedo decir su nombre, aunque quiera. Su nombre me encoge como si no
tuviera control. Cierro los ojos y suelto otro suspiro—. Me ha parecido ver a mi padrastro.
Cash me estudia, sus ojos leen las palabras que me niego a decir. Como que no quiero
estar cerca de mi padrastro. Que hace años que no hablo con él y que quiero que siga siendo
así. Mi padrastro se mudó a Tampa después del divorcio, pero eso no significa que no
pueda visitar Key West. Todavía tiene amigos aquí. Y su hijo también tiene amigos aquí.
Cash me pasa un brazo musculoso por el hombro, guiándome de vuelta a la entrada y
fuera de la ferretería. Como si supiera que necesito salir de allí. Como si casi quisiera
protegerme.
Pero es un egoísta. Un mujeriego. Como mi padrastro. Nada de esto tiene sentido.
Le dejo conducir, sin preguntarme adónde vamos, qué hacemos o por qué. Pero cuando
pasamos por Queen Street, el desvío a su finca, me sobresalto.
—Puedes ir a la izquierda aquí arriba —digo—. Seguirás...
—No vamos a ir a mi finca —dice. Arrugo la nariz, interrogándole—. Vamos a arreglar
tu puerta.
No tengo energía para arreglar una puerta, ni para estar atrapada en mi casa de alquiler
con un hombre extraño, aunque la casa técnicamente le pertenezca.
—Llama a uno de tus hombres de mantenimiento —le digo.
—Yo te enseñaré.
—Envié una solicitud de mantenimiento. No te pedí ayuda.
No responde. Sus ojos están en la carretera como si yo no estuviera allí. Una sensación
de tumbo me revuelve el estómago; sé que lo que he dicho ha sido grosero. Está intentando
ayudar.
Pero no quiero su ayuda.
Estaciona delante de mi casa de alquiler y abro la boca para preguntarle cómo sabe
dónde vivo, pero me detengo. Es el dueño y mi jefe. Claro que lo sabe.
Me entrega la bolsa de plástico.
—Arréglala tú mismo —dice.
Le miro boquiabierta y luego le doy un golpecito a mi bolso.
—¿Pero qué pasa con mi auto?
—Haré que alguien lo traiga.
Conduce calle abajo, nuestra última interacción ha sido inquietantemente breve. A
Cash le gusta oírse hablar, sobre todo cuando se trata de ponerme en mi sitio, y esa
marcada diferencia con su comportamiento en el auto me inquieta. Es casi como si le
hubiera ofendido.
La bolsa de plástico se arruga en mi mano. Miro hacia el porche.
¿Qué ha pasado?
Mientras entro, mi teléfono zumba: una foto de mi madre y mía llena la pantalla.
—Tom quiere llevarnos a una cita doble —dice mamá en cuanto contesto—. ¿Qué te
parece?
—¿Tom? —Pregunto. Ahora tiene un nombre; eso significa que van en serio. Es una
batalla perdida.
—Mi nuevo novio. Ya te hablé de él. —Un hormigueo sordo me revuelve el estómago,
amenazando con hacerme acurrucarme en la cama el resto de la noche—. Puedes traer a
uno de tus antiguos novios. ¿Qué tal el profesor? ¿Cómo se llama? ¡Oh! ¡O tal vez Peter!
Pongo los ojos en blanco. Mi ex no es una opción. Si estamos juntos al anochecer,
inevitablemente acabaremos teniendo sexo, y estoy harta de fingir orgasmos, sobre todo
ahora que sé lo bien que sienta el dolor cuando viene de un sádico. Y Peter, mi amigo
policía, no es mejor; es peor. Drogó a una de nuestras compañeras de clase, la agredió,
afirmó que le había gustado y luego se hizo policía por culpa. En un momento dado, dejé
de lado su pasado, ya que quería ayudar a meter a mi padrastro en la cárcel, pero pasaron
los años. Probablemente ya no se acuerde de eso.
—¿Y si traigo a un amiga? —Pregunto—. ¿Quizás Jenna?
—Es una cita doble —bromea—. Créeme. Será demasiado romántico para Jenna.
Exhalo lentamente, intentando mantener la calma. Mi mente piensa brevemente en
Cash. Sus antebrazos venosos y musculosos. Manos ásperas dispuestas a enseñarme mi
sitio, a obligarme a admitir por qué estoy nerviosa o asustada. Teniendo en cuenta nuestro
acuerdo, él es realmente una opción, y si por casualidad follamos después, al menos
conseguiría algo de lo que quería, esa dominación total, aunque él siga negándose a darme
la liberación final.
Pero es mi jefe. El abusador de mi mejor amiga. Mi chantajista.
Y está cabreado conmigo de todos modos.
—Ya se me ocurrirá algo —digo.
—¡No puedo esperar! —Mamá chilla.
Levanto la mano, y la bisagra metálica y los tornillos tintinean en mi palma mientras
estudio la puerta. Una tensión me llena el estómago y, al olfatear el aire, puedo oler su
pino y su sudor. Como si ya hubiera estado aquí. Su olor debe de haberse impregnado en
mi ropa. Se me aprieta el coño, pero ya no puedo pensar en él.
En lugar de eso, dejo caer la bolsa de plástico, corro a la cocina y tomo una botella de
vino sin abrir. No voy a ocuparme de esto ahora.
Cash
Las estrellas brillan en lo alto, mis zapatos repiquetean por la acera. Es tarde, pasada
la medianoche, pero está tranquilo, incluso para Key West. Los informativos deben de
estar funcionando; el alcalde no tiene que decretar el toque de queda. La gente tiene
miedo.
Pero yo no.
Uso la llave de repuesto de la puerta trasera de Remedy y entro. Un ventilador zumba
en su habitación, el ruido blanco la mantiene dormida. Su pecho sube y baja a un ritmo
constante, una toalla morada tirada en la almohada junto a su cabeza, como si se hubiera
dormido después de un baño caliente. En la mesilla hay una botella de vino vacía.
¿Un baño y mucho vino? No me extraña que se haya desmayado.
Tiro de la manta con cuidado y la tela roza su cuerpo. El olor agrio del alcohol
derramado persiste en el aire. Arruga la nariz, como suele hacer durante el día, y luego se
estira para dormir, sin abrir los ojos. Sus labios son de color rosa claro, despojados de su
maquillaje habitual. Cuando la manta cae de la cama, me froto la polla en los pantalones.
Está desnuda, sus pezones marrones erectos por la manta de felpa, costras rojas
salpicando su areola por mis uñas. Tiene las piernas abiertas y los labios del coño
relucientes. Los tatuajes de encaje se extienden por su vientre, cubriendo cada pecho y
bajando por su montículo, mezclándose con el sedoso vello recortado de su coño.
Se me hace la boca agua. Ella es natural. Vulnerable. Y mía. Joder, es preciosa. Y esto es
una transacción. Ella me obedece, y yo no la entrego a la policía. Es un intercambio parejo.
En todo caso, ella sale ganando.
Y maldita sea, quiero hacer que se corra.
Por eso necesito irme pronto de Key West. Encontrar un clima más frío. Un lugar donde
pueda trabajar y disfrutar de mis intereses. En mi línea de trabajo, no es bueno quedarse
en un lugar por mucho tiempo. Te quedas lo suficiente para establecerte y luego te mudas
al siguiente lugar.
Pero la idea de quedarme, de ver cómo evoluciona Remedy a medida que continuamos
nuestro juego, me seduce. Es incluso más fuerte de lo que esperaba. Más luchadora. ¿Y ser
capaz de decir lo que quiere sexualmente, sabiendo que soy su enemigo jurado? El
predicamento es intrigante como el infierno.
Y al final, podré incriminarla. Todos a su alrededor morirán, y pronto, la policía se dará
cuenta de que ella es la última persona con la que hablaron. Incluso su jefe se habrá ido.
Pero ahora quiero saborearla. Paso las yemas de los dedos por sus pantorrillas y luego
entre sus muslos. Su piel está suave y húmeda, como si se hubiera puesto loción antes de
dormirse. La yema de mi dedo recorre los labios de su coño, y mi polla se agita dentro del
pantalón. Está empapada como si estuviera teniendo un maratón de sueños húmedos. Me
acaricio la polla a través de los pantalones, relamiéndome mientras recorro los labios de
su coño con los dedos. Su cabello satinado. Su piel resbaladiza. El calor que irradian sus
agujeros.
Quiero destruirla con mi polla.
Me tumbo entre sus piernas y me meto en la boca todo lo que puedo su clítoris y los
labios de su coño. Dejo que mi lengua se deslice entre sus pliegues, saboreando cada grieta,
su dulce sabor. Conozco bien su sabor, de tanto lamérmelo en las manos, pero es la
primera vez que lo pruebo directamente de la fuente. Mi polla se llena de ella, desesperada
por su calor. Paso la lengua por ese manojo de nervios, jugando con su clítoris, dando
vueltas y vueltas. Se llena de sangre, su sensibilidad aumenta. Abre más las piernas para
mí. Mientras duerme.
Está inconsciente. Completamente indefensa. Y tan malditamente dulce. Quiero
mantenerla así, atada por su propia parálisis del sueño, pero también quiero que despierte.
Quiero que luche contra mí.
Y entonces ya no puedo evitarlo. La lamo como una bestia hambrienta, desde el clítoris
hasta el culo, lamiendo esas crestas llenas de baches hasta que su apretado anillo se cierra
y luego se relaja para mí, listo para más. Le follo el culo con la lengua, golpeando la cama,
y su excitación me empapa la cara como si fuera sirope. Su aroma almizclado me envuelve,
y me apresuro a moverme para meterle un dedo en el culo con una mano y apretarme el
puño con la otra, dándole duro a la cama. Chupo su clítoris, moviendo la lengua con
movimientos bruscos. Ella jadea y eso me excita. Le meto un dedo en el culito con más
fuerza y luego otro. Su culo es suave y jodidamente delicioso, y mis ojos se ponen en blanco
al imaginar su culo tragándose toda mi polla. Sus caderas se mueven hacia delante y sus
piernas rodean mi cabeza.
—¡¿Qué demonios?! —grita.
Me pega un taconazo en el labio, pero yo me incorporo y la inmovilizo contra la cama
con mi cuerpo. La lujuria se refleja en su expresión y puedo verlo en sus ojos: ve su crema
brillando en mi cara, el hambre voraz en mis ojos; siente mi polla clavándose en sus muslos
como una daga; sabe lo desesperado que estoy por su coño y su culo. Se aturde y su cuerpo
se relaja.
Cuando estoy seguro de que por ahora se conformará, me toco el labio. Una gota de
sangre mancha mi dedo. Le meto el dedo en la boca y no duda. Lo chupa como si fuera una
polla y sus ojos desaparecen en su cráneo, devorando esa gota de líquido metálico.
—Cuanto más luches, más lo haré yo también —advierto—. Y joder, Remedy, me
encanta ponerte en tu sitio.
—¿Por qué estás aquí? —pregunta con voz ronca.
—¿Quieres que me vaya?
Está furiosa, pero no dice nada. No me dice que pare. Porque ella también está
luchando: sabe que quiere esto, que me quiere a mí. Sea lo que sea esta jodida lujuria que
hay entre nosotros, nos posee a los dos.
Y no puede mentir sobre eso.
Me agacho y le muerdo la oreja.
—No puedo dejar de pensar en tu dulce coñito —le digo. Su estómago se tensa, pero
sus ojos están brillantes. Le encanta la forma sucia en que la trato. Mi sucia muñequita
folladora. —Necesitaba probarlo. Necesitaba devorar cada puta parte de ti. Porque eres
mía, Remedy, y te quiero. Voy a destrozarte.
Bajo mi cuerpo, arrastrándome por su tierna carne para que sienta lo que ella me hace
a mí: mi dura polla clavándose en su vientre y sus muslos. Hago girar mi lengua a lo largo
de su clítoris, pero ella está flácida. No se mueve como antes.
Me levanto. Sus ojos están vacíos. Su atención se centra en el techo. No en mí.
Ahora me prestará atención.
Me agacho y me meto en la boca toda la carne que puedo, luego muerdo con fuerza y
mis colmillos desgarran ese músculo profundo. Gruño mientras la miro, con la polla aún
más hambrienta.
—Dime que eres mía —gruño. —Toda mía, joder.
—CASH —susurra.
Le doy una palmada en el muslo, justo en la marca del mordisco, y de su pecho brota un
gemido primario, instintivo y lleno de placer.
—Dime que eres mía —le digo, dándole otra bofetada. Me lamo los labios, saboreando
su penetrante aroma en mi boca. Salado y dulce. —Dime que eres mía o me iré, Remedy,
y nunca volverás a tener esto.
—Soy tuya —grita. La energía me recorre y vuelvo a meterle los dedos en el culo, sus
músculos se relajan en mí. Sus caderas se retuercen contra mí. Mientras me meto su
clítoris en la boca, sisea: —Soy tuya, pero te odio, joder.
Le acaricio el clítoris, apenas lamiéndolo, mientras sigo follándole el culo con los dedos
hasta el frenesí. Necesita esa estimulación del clítoris, necesita correrse ahora mismo. Y
se lo estoy negando. Paso a su muslo y vuelvo a meterme su carne en la boca, mordiendo
con menos presión, porque ya he hecho el trabajo: está sensible y un mordisco duele como
un cuchillo de carne. Ella gime, y ese sonido me llena de una lujuria salvaje. Mi polla se
agranda, pesada e incómoda. Los dos deseamos tanto la liberación, pero tengo que
contenerme.
—Me odias tanto como me deseas —digo.
—Te odio.
Sus ojos se apartan de los míos, pero la agarro con fuerza de la barbilla, obligándola a
mirarme, a ver exactamente lo que quiere. El sudor cubre cada centímetro de mí, mi ropa
se moja por su crema y nuestro sudor, y estoy tan empapado que goteo sobre ella, pero no
se da cuenta. Me mira como diciendo:
—No te atrevas a dejar de follarme o te mato.
—¿Quieres que te use, cariño? —Pregunto.
Y antes incluso de que termine la pregunta, ella asiente, y yo le meto un dedo libre en
el coño, utilizando ambos agujeros, manipulándola como a una marioneta, negándome a
ser delicado. Pellizco su clítoris entre mis dientes, acariciando ese manojo de nervios con
mis caninos, sus agujeros apretándose a mi alrededor, cada gemido que sale de su alma
mezclado de placer y angustia. Con la otra mano, le meto dos dedos en la boca hasta que
sus amígdalas chocan con mis nudillos. Se atraganta y se le llenan los ojos de lágrimas. La
suelto, dándole una pequeña bocanada de aire, pero luego vuelvo a inclinar mi peso sobre
ella, presionando todos sus agujeros, haciendo contacto visual con ella.
—No me odias por tu mejor amiga —gruño. Mis dedos se introducen en cada orificio y
froto su punto G. Mis dedos acarician las finas paredes de carne que separan su culo de
su coño, y su garganta se atraganta con mis dedos—. Me odias porque te encanta lo que
puedo darte. Lo necesitas. Nadie puede follarte como tú quieres. Nadie puede hacerte
sentir así. Nadie, y quiero decir nadie, puede hacerte sentir como yo. Quieres esto tanto como
yo.
Las lágrimas vuelven a llenar sus ojos, y esta vez no son de mis dedos en su garganta. Es
por la verdad, que la asquea y la libera al mismo tiempo. Follo sus agujeros con mis manos,
penetrándola con abandono. Muerdo cada trozo de carne que alcanzo, su vientre, sus
muslos, su ombligo, hasta que sus piernas se agitan, el placer la abruma. Cuando siento
que su cuerpo se aprieta a mi alrededor, la follo con más fuerza, mordiéndola con todo lo
que tengo, deseando tener tres pollas con las que atiborrarla hasta convertirla en un
juguete sin sentido. Se convulsiona a mi alrededor como poseída por un demonio furioso,
y ahora no podrá negar que lo desea. La he mantenido alejada de ese borde final durante
tanto tiempo, y al retrasar esta gratificación para ambos, querrá todo lo que yo pueda
darle. Al final, querrá cargar con la culpa de mis asesinatos.
Perderá el control.
Se retuerce alrededor de mis manos, sus gemidos vibran a través de mis dedos en su
boca mientras su orgasmo se disipa. De repente, cada caricia es demasiado sensible,
demasiado para ella. Me suplica con los ojos que no sea tan duro con ella. Le lamo el muslo
por encima de las marcas de los mordiscos y se estremece sin control. Le meto los dedos
con más fuerza, con más rudeza, y cada roce la hace sacudirse alrededor de mis dedos, el
placer atravesándole el alma como si la estuvieran borrando de su cuerpo.
Pero no me importa. Quiero que recuerde lo que se siente cuando la hago correrse. Sus
paredes de terciopelo vuelven a apretujarse a mi alrededor, su suave culo se aprieta en
torno a mis dedos, su garganta se ahoga entre cada jadeo.
—Puedes darme otro —exijo.
Se atraganta con mis dedos mientras masajeo su garganta húmeda, pero la crema corre
por sus piernas, las yemas de mis dedos arrugadas por su humedad. Y aun así, no me
aparta.
—Eres tan jodidamente caliente —murmuro. Aspiro el dulce aroma de su excitación,
lamiéndome los labios—. Correrte para mí otra vez, Remedy. Muéstrame lo puta que eres.
Lo mucho que te gusta que te quite lo que quiera.
Las lágrimas resbalan por su rostro y esta vez se corre de inmediato, los espasmos se
agitan entre nosotros y separan nuestros cuerpos. La inmovilizo con todo el peso de mi
cuerpo mientras pierde el control, jadeando y convulsionándose alrededor de mis dedos.
Sus ojos se vuelven hacia atrás y su cuerpo se retuerce, sus pezones se endurecen, y yo
encuentro la piel vacía justo encima de su montículo, mordiéndola tan fuerte como puedo
hasta que se saca los dedos de la boca y grita de dolor, de placer, de lujuria que la consume.
Respiro sobre ella y finalmente la suelto. Cada respiración le estremece el cuerpo. Mis
pantalones están manchados de su semen, de mi semen y de sudor. Si me golpea en seco,
me correré en los pantalones como un adolescente, pero no me importa.
Sus ojos están cargados de sueño. Moratones morados y verdes se extienden por su piel
leonada, como una galaxia grabada en su carne. Está un paso más cerca, completamente
agotada, demasiado cansada para luchar contra mí. Y pronto la haré suplicar que venga.
Asumirá de buen grado la culpa de mis crímenes. Todo lo que necesito hacer es seguir
manipulándola así.
Y una vez que sea mía, caerá.
6
Cash
L a noche siguiente, estacionó el auto al final de la calle, lo bastante lejos para que ella
no se dé cuenta inmediatamente de que soy yo, pero lo bastante cerca para poder
observarla. Su auto rojo mate, el exterior brillante despojado, está en la calle, y su ventana
está iluminada alrededor de las persianas. Está despierta. ¿Qué hace?
La mayoría de las veces, me mantengo al margen el mayor tiempo posible, a veces
incluso espero a que la policía encuentre los cadáveres antes de pasar al siguiente. Los
expertos en justicia penal predican sobre los «patrones» que tienen las personas como yo,
que es exactamente lo que utilizo contra ellos. El lazo que une a mis víctimas es que todas
están en Key West, y las dejan en los sótanos. No tienen nada más en común.
Una silueta se cierne tras sus persianas. Me paso la palma de la mano por la polla, que
se dilata en el pantalón, pensando en su boca húmeda y suculenta, en sus labios rosas y
morados. Estaría en las cavidades murales de Remedy o mirándola por su webcam, pero
tengo que contenerme. Una situación así requiere tiempo. Pero la comezón de controlar
a alguien en sus últimos momentos sigue haciéndose más fuerte, y cuanto más espero, más
ardo en deseos de jugar con Remedy. Y necesito darle tiempo. Ella me está consumiendo,
y no puedo dejar que eso suceda.
Echo un vistazo a mi teléfono. Si ella quiere jugar, entonces me saltaré un asesinato esta
noche. Pero si está ocupada, le daré un respiro. 26 Llamadas perdidas parpadea en rojo en la
parte superior de mi teléfono, el nombre del contratista general de cada llamada. ¿Cuándo
se va a dar cuenta de que ya no me interesa trabajar en esa casa?
Ni llamadas ni mensajes de Remedy.
Pulso el botón para arrancar el motor y me quedo mirando la ventana de su habitación.
Es culpa tuya, cariño. Alguien tiene que morir porque tú no quieres jugar.
Me pongo los guantes, el cuero cruje al flexionar los dedos. Debería estar matando de
todos modos. El horario de Remedy no me importa.
Un hombre musculoso, con camiseta de tirantes y bronceado dorado, dobla la esquina
en dirección a Duval Street. Se pavonea a cada paso, como si mereciera la calle para él solo,
como si le importara un bledo que haya un asesino suelto. Uno de mis padres adoptivos
caminaba así.
A los diez años ya sabía lo que me esperaba. Era mi sexto hogar y, en esta familia en
particular, si los hijos biológicos metían la pata, el padre se desquitaba conmigo.
—¿Crees que la comida de mi mujer es una mierda? —preguntó. Yo no había dicho eso, de
hecho, aún no había dicho ni una sola palabra en aquella casa, así que le devolví la mirada,
negándome a apartar los ojos de él. No era el primer padre adoptivo que me ponía la mano
encima y no sería el último. Pero ésta era una noche de suerte. Esta vez me invitaron a
sentarme con ellos.
El estómago se me retorció de dolor, pero me negué a probar bocado. No retrocedería
ante su mirada. Eso mostraría debilidad, y yo no soy débil.
—Hijo de puta desagradecido —dijo—. Tiró mi plato, la cazuela salpicó en el suelo como
el vómito fuera de un bar de mala muerte—. Comerás como un perro.
Uno de los hijos biológicos soltó una risita nerviosa al oír la palabra perro. Pero yo seguía
sin moverme y, cuando la madre adoptiva dijo «Chris» tratando de llamar la atención de su
marido, mi padre adoptivo me dio un manotazo tan fuerte que caí al suelo. La cabeza me
daba vueltas y la bilis me subía por la garganta, pero me incorporé, crucé las piernas y
volví a mirarle a los ojos, con la vista borrosa.
—¿Tienes algo que decir? —preguntó.
Todo el mundo se quedó en silencio mientras él se levantaba y se cernía sobre mí. Lo
peor era el silencio. Todos odiaban eso, y yo lo usaba como un arma, volviéndolos locos.
Manteniendo mi expresión en blanco. Sin decirles lo que me pasaba por dentro. A cada
paso, avanzaba como si sus músculos fueran demasiado grandes para su cuerpo. Como si
supiera exactamente cuánto se balanceaba.
Podría haber dicho cualquier cosa. Que le odiaba más que a mis padres biológicos. Que
sus padres debían odiarle más que yo. Que había cosas más importantes que hacer que
hablar con un idiota con el coeficiente intelectual de una patata.
Pero en lugar de eso, sonreí, fingiendo que nada importaba. Esa expresión facial dijo las
palabras por mí.
Y ahí fue cuando me noqueó.
En la calle, el hombre musculoso se balancea a cada lado, con los hombros demasiado
grandes para su cuerpo. Debe de tomar esteroides, como mi padre adoptivo. Y por un
momento, me pregunto si este hombre musculoso tiene hijos. Biológicos. De acogida.
Adoptados. Pero eso no me preocupa.
Todas las personas están jodidas. No necesito pruebas para matar a alguien. Todo el
mundo es juego limpio. Incluso Remedy.
Le sigo, acompasando mis pies a los suyos. Cuando gira la cabeza y se da cuenta de que
alguien le sigue de cerca, le rodeo el cuello con un brazo, le pongo la palma de la mano en
la boca y le meto en uno de mis departamentos vacíos.
Cae al suelo, tosiendo y enrojeciendo, y se lleva la mano a la funda. Pero yo sostengo su
pistola y el teléfono, abriendo los labios y enseñando los dientes. Me remango, las venas
de mis brazos se crispan, ansiando su último aliento de vida. Dejo su pistola en la mesita
a mi lado. Me estudia, tratando de juzgar mis acciones, pero cuando se impulsa hacia
delante, tratando de alcanzar el arma, yo la agarro primero y le clavo la parte de atrás en
la nariz. El cartílago cruje como arena mojada y él gime, sujetándose la cara, rodando por
el suelo como un bebé.
—¿Qué quieres, chico? —me pregunta. Se mete la mano en el bolsillo y me tira la
cartera—. Cógela. Es todo lo que tengo. —Sin dejar de apuntarle, por curiosidad, tomo la
cartera. No se trata de dinero, pero no soy de los que dejan dinero sobre la mesa. Me meto
el fajo en el bolsillo y compruebo su carnet.
Donny Kent. Veintisiete años. Vive en Queen Street, a sólo unas manzanas de mi finca.
Aparentemente, tiene una buena posición económica. Un capullo que vive del sueldo de
sus padres.
Podría ser cualquiera. No me importa. Simplemente necesito lo que un cuerpo vivo
puede darme.
—Este es el trato, Kent —digo. Cierro la puerta principal y guardo la llave en el
bolsillo—. La puerta delantera y la trasera necesitan una llave, una copia de la cual está
escondida en algún lugar de este alquiler. Las ventanas son de cristal templado y los
cristales están cerrados con clavos. Pero si encuentras una salida —hago una pausa y miro
el reloj—, en los próximos dos minutos, te dejaré vivir.
El hombre abre los ojos.
—Por favor —suplica—. Haré lo que sea.
Puse en marcha el cronómetro de mi reloj.
—Y...
—¿Qué quieres, hombre?
—¡A partir de ahora!
Se queda con la boca abierta, pero corre por la casa, tropezando por cada habitación,
casi llorando cuando ve la máquina de aislamiento de espuma, la mascarilla y las
herramientas que he colocado en el dormitorio de invitados. Cada uno de sus pasos es
ruidoso y errático, estremeciéndose a través de las paredes, pero la ventaja de mi profesión
es saber exactamente cómo está hecha cada casa. Debido a las recientes reformas, esta
casa no deja escapar ni un sonido.
Se tambalea. Los cojines del sofá vuelan. Los cajones saltan de las cómodas. La llave está
escondida en el congelador, uno de los lugares más obvios, y sin embargo su pequeño
cerebro no puede pensar. Un minuto menos. La histeria se apodera de él. Las lágrimas
manchan sus mejillas. Jadea como un bulldog, moqueando en busca de cualquier cosa.
Finalmente, sus ojos se abren de par en par, dándose cuenta de que yo soy su salida. Tiene
que matarme. Y hasta que se acabe el tiempo, no me defenderé.
Se pone firme, gira los hombros y se impulsa hacia delante, pero la adrenalina que corre
por sus venas hace que sus movimientos sean desequilibrados, como los de un adolescente
que aprende a luchar. Pero yo no. Salto para apartarme. Mi pulso es firme, mi polla se llena
de sangre mientras él pierde el control. Pánico. Pura adrenalina de lucha o huida corriendo
por sus venas. Volatilidad. Vuelve a correr hacia mí a toda velocidad, con sus voluminosos
pies avanzando a toda velocidad, pero me hago a un lado y dejo que se estrelle contra la
pared del dormitorio, y un cuadro de las olas del mar cae al suelo.
Mi reloj suena y el hombre traga saliva. Cierro la puerta del dormitorio detrás de
nosotros y tiro de él. Silencio la alarma. Un olor corporal acre me entra por la nariz y lo
asimilo. Me encanta, joder. Empujo su cuello contra el nudo de mi brazo, casi cortándole
la tráquea. Una lágrima corre por su mejilla.
—P-p-por favor —gimotea el hombre—, no quiero morir.
Lo dejo caer al suelo, e inmediatamente tropieza, haciendo todo lo posible por alcanzar
la puerta, pero la cerradura lo deja perplejo.
—No quiero morir —vuelve a gritar, con las mejillas bañadas en lágrimas. Le acaricio
la piel con un dedo, lo humedezco y lamo la sal de la punta. En lugar de los ojos incoloros
del hombre parpadeando hacia mí, veo los ojos verdes de Remedy ardiendo, su boca
abierta y babeando por mi polla, lágrimas negras manchando sus mejillas. ¿Cuánto tardará
en suplicarme así? ¿Cuánto durará, dado lo depravada que es? Mi polla presiona la costura
de mis pantalones y me acerco al hombre. Se acobarda sobre manos y rodillas. ¿Está
Remedy sola ahora? ¿Desnuda en su dormitorio? ¿Tocándose para sentirse segura? Lo
quiere todo: pinzas para pezones, cuchillos, bates de béisbol... cualquier cosa que la ayude
a controlar el dolor, esa desviación, todo su mundo. Me acaricio el bolsillo, la cadena
tintinea dentro de la tela. La quiero alrededor de su garganta. Ahora mismo, joder.
Suena mi teléfono; lo ignoro. Luego gimo. Que lo jodan. Sé lo que quiero. Saco la cadena:
los gruesos eslabones terminan en juntas tóricas. Una cadena de asfixia para un perro
grande. O, mejor aún, para un humano.
Deslizo la cadena a través de una junta tórica3 para formar un lazo, y el hombre se
acobarda, tropezando con sus propios pies mientras se arrastra hacia la puerta. Se supone
que esta cadena es para Remedy. Se supone que es para mañana por la noche.
Pero no puedo esperar.
—Ponte esto alrededor del cuello —ordeno.
—Entonces, ¿me dejará marchar? —pregunta el hombre. Le froto la cabeza como si
fuera un perro. La gente es patética. Cuando saben que su vida está en juego, hacen
cualquier cosa con tal de ser libres.
Remedy tardará mucho tiempo en llegar al fondo de ese pozo desesperado, y tengo la

3 Junta tórica u O-Ring a una junta de forma toroidal, habitualmente de goma, cuya función es la de asegurar la estanqueidad de fluidos, por ejemplo en
cilindros hidráulicos y cilindros neumáticos, como también en equipamiento de submarinismo acuático.
intención de disfrutar de cada segundo.
—Por supuesto —miento.
Complaciente, se pone la cadena de ahorque alrededor del cuello.
—¿Te gustan los juegos de mascotas? —pregunta—. Puedo hacerlo. Puedo ladrar.
Puedo hacer trucos. Puedo chupártela. Puedo...
Agarro el extremo largo de la cadena, luego le doy una patada en el pecho hasta que
apoyo todo mi peso en su caja torácica, aplastándolo, y luego tiro hacia atrás con la cadena,
observando cómo se oscurece de sangre. Ya no le veo. Sus ojos esmeralda se arremolinan
en los suyos, su cuerpo se retuerce en busca de liberación mientras le saco el último
aliento.
Tira de la cadena y yo la suelto. Sus jadeos llenan el aire. Pero ya está muy débil. Es
irritante.
—Haré lo que sea —dice. De rodillas, me tira del cinturón y de la cremallera—. Por
favor, no me mates. No me mates.
Los dientes de la cremallera se abren como el tic-tac de un reloj. Tiene razón; estoy duro,
pero no por él. Nunca se trata de excitarse o de dinero. Se trata de poder y control. Saber
exactamente lo que puedo hacer.
Mi teléfono vuelve a zumbar. Pero esta vez, cuando lo compruebo, Remedy parpadea en
la pantalla.
Agarro la cadena y me la quito de encima mientras contesto al teléfono. Le sale saliva
de las comisuras de los labios como si estuviera haciendo gárgaras con enjuague bucal, y
tiro de la cadena con más fuerza.
—¿Sí? —Contesto al teléfono.
—¿Puedes venir? —Pregunta Remedy—. Mi puerta sigue rota. Y tienes razón. Debería
aprender a hacerlo. Y el tirador de la puerta de la nevera se ha caído, así que sí. Las cosas
se están cayendo a pedazos aquí.
Es casi como si me necesitara.
—Llegaré pronto —le digo.
Cuelgo y miro la cara roja y oscura del musculitos.
—Siento interrumpir, pero tengo una cita.
Tiro de la cadena, colocándome sobre su pecho hasta que la cara del hombre se hincha
de púrpura como una berenjena y, finalmente, la tensión de su rostro se relaja, dejándose
ir, escapando hacia la muerte. Me limpio la frente. El sudor me recorre los dedos. Mi polla
está llena de presión, y aprieto la cabeza a través de mis pantalones. Pronto.
Miro fijamente el cadáver. Tengo que limpiar el desastre. Quitar los clavos de las
ventanas. Tirar las llaves que sobran. Pintar su cuerpo con imprimación y esconderlo en
el sótano, llenándolo de espuma aislante hasta que apenas esté allí.
Pero sólo puedo pensar en Remedy de rodillas.
Tiro del hombre hasta el semisótano y me pongo la máscara protectora. Rápidamente
le pinto el cuerpo con imprimación. No borra el olor, pero ayuda a bloquearlo, sobre todo
junto con la espuma aislante. Cojo la bomba de la habitación de invitados y pongo en
marcha la boquilla de la pistola, dejando que el poliuretano invada su cuerpo en oleadas.
Al final, sólo sus dedos sobresalen del material blanco hinchado, pero se mezclan con el
resto. Mi polla se estremece, ansiosa por mi cariñito. Ya lleva demasiado tiempo
esperando.
Cierro la escotilla, sellándolo dentro. Tiro de la alfombra sobre él.
Una vez limpio la mascarilla, la imprimación y la bomba de espuma, corro hacia la casa
de alquiler de Remedy. No me importan las cerraduras. Las uñas. La pintura rota. No me
importa lo jodido que esté ese alquiler de vacaciones. Si la policía no me ha encontrado
todavía, no me encontrará esta noche.
Sólo la quiero a ella.
Marco su número desde el porche. Al instante, abre la puerta y sus ojos verdes
revolotean. La falda corta que le rodea las caderas deja ver sus muslos gruesos de color
naranja ocaso. La camiseta de tirantes apenas le cubre las tetas. Su aroma a melocotón me
envuelve y me relamo los labios.
Está lista para mí.
—Te he preparado una copa —dice.
Señala su dormitorio. Joyas baratas de encaje decoran las paredes. Cojo un vaso de su
escritorio y le doy el otro. Chocamos los vasos, pero ella duda antes de beber, y eso me
hace detenerme. Huelo el contenido.
El líquido ámbar apesta a licor, pero eso no significa que sea puro.
—Tú envenenaste esto —le digo.
—Es sólo whisky. Toma. —Coge el mío y bebe un sorbo—. Se puede beber. No te
preocupes.
No explica por qué me está esperando.
Entrecierro la mirada, pero estoy ligeramente decepcionado. Quiero que luche conmigo.
Ella hace las cosas interesantes.
—¿Qué estoy reparando? —pregunto.
Lanza un dedo a la cocina.
—La manija del refrigerador se salió.
Salgo de su habitación. Está oscuro y, cuando veo la nevera, veo que el tirador está ahí,
intacto. ¿Me está tomando el pelo?
Ella salta hacia delante, se sube a mi espalda y me golpea la mejilla con el cuchillo.
Gruño, le quito el cuchillo de la mano de un manotazo y giro hasta que se cae de mí,
tropezando con el suelo. Aúlla y se dispone a atacarme de nuevo, pero la inmovilizo contra
la baldosa, con las muñecas en mis manos, pequeñas y delicadas, tan quebradizas. Le abro
las piernas con las rodillas y ella respira entre dientes, entrecortadamente.
Mi polla palpita de sangre, una ligereza llena mi cuerpo.
Todavía quiere matarme.
Eso me gusta. Me gusta mucho.
—Me sorprendes, cariño —sonrío.
—Mereces morir —grita.
Presiono mis piernas entre sus muslos, mis pantalones contra su coño desnudo. Gruñe,
enseñando los dientes, mientras moja mis pantalones, retorciéndose sobre ellos. Por
mucho que quiera matarme, no puede evitarlo. Es tan jodidamente caliente.
—¿Y cómo merezco morir? —Pregunto.
—Te cortaré la polla.
Me río y le pongo una mano alrededor del cuello. Mis manos son tan grandes que le
rodean todo el cuello. Ejerzo la presión justa para que abra la boca y sus ojos se pongan
vidriosos de lujuria. Otras personas huyen de un hombre como yo, pero ¿Remedy? Abre la
boca, esperando mi polla. Saco la cadena de estrangulamiento del bolsillo, la cuelgo por
encima de ella y dejo que un frío eslabón metálico se apoye en su frente. La luz de su
habitación se refleja en el metal y ella se agita contra mí. Le aprieto el cuello, esperando a
que se rinda.
—¿Qué demonios...? —se atraganta—, ¿qué estás haciendo?
—Mostrándote tu lugar.
Sisea de rabia, pero la sujeto, le fuerzo la cadena alrededor de la cabeza y se la aprieto
en el cuello. Sus caderas se agitan. Mantengo el extremo de la cadena en la mano y dejo
que el resto de los eslabones caigan sobre su pecho como un saco de cemento. Siento la
tentación de contarle que hace unos minutos maté a un hombre con esa misma cadena,
pero guardo ese secreto dentro de mí. Algún día se lo contaré. Pero por ahora, quiero que
confíe en mí.
—Los dos sabemos lo que quieres, Remedy —digo en voz baja y controlada—, y no voy
a dejarte marchar hasta que yo también consiga lo que quiero. —Tiro de la cadena
alrededor de su cuello hasta que su cara se pone roja. Ella tira de la cadena, pero no tiene
ni la mitad de la fuerza del hombre musculoso. Puedo quitarle la vida en segundos, pero
aún no quiero. Quiero arrastrarla. Acercarla al borde. Hacer que quiera saltar por mí.
Le aflojo la cadena y ella jadea como un globo que se llena de aire. Sus ojos verdes brillan
como esmeraldas llenas de fuego y me veo reflejado en ella. Dejé atrás mi odio por el mundo
hace mucho tiempo, pero ¿esa pasión dentro de Remedy? Yo solía tenerla. No importa a
cuánta gente mate, ese fuego se apaga cada día.
Y, sin embargo, Remedy me despierta. Recordándome lo que es desear poder y control
sobre alguien en concreto. No puedo predecir a Remedy. Y tengo tantas ganas de
romperla.
Agarro la cadena, aún sin estrangularla con ella, pero con la tensión suficiente para
demostrarle que soy su dueño. Acercándola a mí, como una esclava atada a una correa, le
muerdo el cuello por encima de la cadena. Sus músculos se mueven bajo mis dientes. Le
levanto la falda y le acaricio el coño. Los labios de su coño están cubiertos de vello
satinado, empapados de su excitación, y ese aroma, como a melocotón, flota en el aire.
Gruño dentro de ella y me saco la polla. Cuando los pantalones me rodean las caderas, le
doy una bofetada, lo bastante fuerte como para ver cómo su expresión se ilumina de
sorpresa. Me escupe y yo le lamo los labios.
—Escupe todo lo que quieras —le digo—. Un día, te arrastrarás hasta mí.
Su camiseta de tirantes se abrocha por encima del pecho y le pellizco los pezones,
retorciéndoselos. Está sensible por la cicatrización, e incluso el más leve pellizco la hace
gemir. Y cuando ese sonido resuena en su garganta, mi polla se estira contra ella.
—¿Qué demonios, Cash? —grita. Con un puñado de sus pechos, retuerzo su carne tan
fuerte como puedo, apretando la mandíbula, la sensación ondulando a través de ella. Me
duele la polla por su coño, pero no voy a rendirme todavía. Me burlo de los dos, dándole
la punta gruesa y morada de mi polla ahogada, venosa y malvada. Los ojos de Remedy
oscilan entre mi cara y mi polla. Quiere mirar embobada mi polla, pero también quiere
anticiparse a mí. Menea las caderas y cabalga sobre la cabeza de mi polla, tratando de
meterla más adentro que la punta.
—¿Qué se siente al tener mi polla deslizándose dentro y fuera de los labios de tu coño?
—Respiro en su cuello—. Quieres sentir lo duro que puedo dártelo, cómo soy dueño de
tu coño, ¿verdad, Remedy?
—Vete a la mierda.
Aprieto la cadena alrededor de su garganta y ella gime.
—Todo lo que tienes que hacer es decirme que vaya a la policía y dejaré que se ocupen
de ti. —Le meto la polla unos centímetros más y grita: mi grosor es tan grande como el de
una lata de refresco y, con la sangre que corre por ahí, no perdona, la destroza como si
fuera virgen otra vez. Aflojo un poco la cadena de estrangulamiento y respiro en su oído—
: Dime que pare. No tendrás que vértelas conmigo entre rejas, ¿verdad, cariño?
—Fóllame —grita.
Paro todo, dejando que el silencio la carcoma. Quiere que le diga más, quiere que le
confiese mis sucios y jodidos pensamientos completamente obsesionados con ella. Mi
polla debería estar en carne viva de lo mucho que me he follado pensando en ella cada
noche, pero me he lamido cada hendidura de la mano, esperando el sabor impoluto de su
corrida. He tocado su sagrado y bonito coñito con estos mismos dedos. Y ahora que la
tengo, ahora que me dice que me la folle, quiero tomarme mi tiempo. Alargarlo. Hacer que
cada doloroso segundo cuente.
Sus ojos parpadean al darse cuenta de lo que ha dicho.
—Te odio —dice—. Que te jodan. Que te jodan, Cash.
Pero no puede retractarse. Sabe lo que ha dicho. Sus ojos se cierran y un aroma dulce y
almizclado sale de entre sus piernas. Traga saliva y mira a un lado, evitando mi mirada.
—Por favor, fóllame —susurra esta vez.
Mantengo la mirada fría, observándola como si fuera un animal deambulando por un
laboratorio de pruebas, esperando a que la máquina le dé una golosina. Sus ruegos no son
suficientes, y ella lo sabe. Pero la mata. Y a mí también. Quiero mi polla tan dentro de su
coño que mi anchura rasgue su esófago. ¡Carajo! Quiero destruirla.
—Por favor. Por favor. Por favor —grita—. Fóllame, Cash. Por favor, fóllame. Úsame.
Hazme tuya. Soy tuya. Por favor. Sólo fóllame.
Clavo mi polla dentro de ella, desgarrándola, su coño esforzándose por alcanzar mi
tamaño. Sus ojos se abren de par en par, grita y su cuerpo se revuelve contra mí,
apartándose de mi camino, pero yo la aprieto con mis hombros, mi pecho, mi estómago,
mis piernas, cada parte pesada de mi cuerpo manteniéndola abajo, manteniéndola sumisa.
Cuando la sensación de mi enorme polla se enfría y su coño se estira para mí, muevo las
caderas, meciendo la polla dentro de ella, cada vez más profundo, hasta que me clavo en
la punta del cuello del útero. Sus ojos se cierran y sigo meciéndole la polla. Me rodea con
las piernas y los brazos, envolviéndome en su aroma y negándose a soltarme. Me río a
carcajadas y aprieto la cadena alrededor de su cuello hasta que su cara se enrojece y su
coño se contrae a mi alrededor con cada respiración perdida, desesperado por más.
Aflojo un poco la cadena y, en cuanto abre la boca, jadeante, le escupo en la boca,
dejándolo caer sobre su lengua. Se lame los labios y se lo traga.
—Eso es bueno, ¿no? —Le digo—. Puedes escupirme todo lo que quieras, pero te vas a
tragar mi saliva como si fuera el último trago que tomarás.
Ella gime y abre la boca.
—Más. Por favor —grita. Y vuelvo a escupir y ella se lo traga, tan necesitada y
desesperada. Sus paredes de terciopelo se aprietan a mi alrededor, sus uñas negras se
clavan en mi espalda. Los dos estamos empapados de sudor. Se siente tan jodidamente
bien. Como mi primer asesinato. Como el subidón de adrenalina de casi ser atrapado.
Como el accidente de auto en el que finalmente maté a mi madre de acogida después de
que abusara de mí. Remedy se siente como todo. Como poder. Como control. Como
necesidad. Sus miembros se aferran a mí. El sudor salado de su piel. Su respiración agitada.
Cuando separa los labios, meto la polla aún más dentro de ella y vuelvo a escupir en su
boca.
—Trágatelo —le digo. Sabe lo que tiene que hacer, pero se le ponen los ojos en blanco;
le encanta oír esas peticiones—. Trágatelo como una buena muñequita. Joder, Remedy.
Estás tan buena.
Me inclino, respiro sobre sus labios flexibles y la penetro como si fuera la última vez
que la follan. Aúlla como una presa que sabe que es el final, pero cada sacudida demuestra
que le encanta.
—Me odias —le digo al oído, mordiéndole el lóbulo—, pero te odias a ti misma por
saber lo que puedo hacer por ti. Porque te encanta. Lo necesitas. Me necesitas. No has
podido correrte sin pensar en mí desde que te retorcí los pezones por primera vez como
la puta golosa que eres. Dime que te encanta cuando te poseo así.
—Joder. Tú —sisea, balbuceando cada palabra. Y aun así, no me dice que me vaya. Se
niega a decirme que pare.
—¿A quién odias más? —Me río—. ¿A mí o a ti?
—Cállate y déjame correrme —grita.
—No te odio —le digo. Sigo cabalgándole el coño, partiéndoselo—. No. Te necesito,
joder, como tú me necesitas a mí. Me he estado follando todos los días y todas las noches.
La ira en tus brillantes ojos verdes. Tu coño resbaladizo. Tu suave y apretado culito. El
labial morado, a juego con tu cara cuando te estrangulo. Y maldita sea, el olor. Cuando
estás mojada o nerviosa, hueles a melocotón ácido. Esos tatuajes en tu estómago y coño
como si fueras una chica mala. O los tatuajes de esqueletos en tu espalda como si
significaran algo. Como si fuéramos nosotros. Porque eso es todo lo que somos. No importa
quién soy para ti porque sólo somos Bones. Y me perteneces, Remedy. —Mis caderas
palpitan, mi polla se hincha más dentro de sus apretadas paredes, su cara se contorsiona
de dolor. Se queda sin aliento, esperando a que acabe con ella—. Ahora te vas a correr en
mi polla mientras te ahogo.
Sus ojos se abren de par en par y tiro de la cadena, sus mejillas enrojecen. Aprieto contra
ella, frotando mi cuerpo contra su clítoris, su coño aplastándome como si fuera la última
oportunidad que tenemos.
—Por favor —ronca, las palabras apenas audibles—. Por favor. Por favor. Por favor...
—¿De quién es tu coño? —Grito.
Ella no duda:
—Lo tienes. Mi coño es tuyo.
—Córrete para mí —exijo, mi voz vibrando a través de ella—. Córrete por mí. Ahora
mismo, joder.
Mi polla martillea dentro de ella y, cuando sus mejillas se ponen moradas, sus paredes
de terciopelo se aferran a mí, resistiéndose. Sus uñas me arañan la espalda, el dolor me
abrasa el cuerpo y me hace soltar la cadena durante medio segundo, pero no dejo de
golpear su cuello uterino. Embisto con mi polla cada vez más fuerte hasta que ella se
convulsiona a mi alrededor como un animal salvaje, su gemido primitivo y catártico.
Cuando se apagan los últimos espasmos de su orgasmo, la saco. Ella se despatarra en la
baldosa, con el cuerpo empapado en sudor y las piernas llenas de crema. Me escuece la
espalda; probablemente me haya cortado. Pero mantengo la polla en un puño, follándome
mientras ella recupera la compostura. Su camiseta de tirantes sigue abultada por encima
de sus tetas, cada campanilla de carne colgando a un lado, sus pezones marrones aún
erectos y sonrojados. Lleva la falda a la cadera como un cinturón suelto, cubriendo la obra
de arte tatuada. Una tenue línea morada cruza su cuello: un moratón de la cadena de
estrangulamiento, mi collar para ella. Un vaso sanguíneo le mancha el ojo -probablemente
se le reventó al hacer fuerza contra la cadena, y sangra como un fuego artificial rojo en el
blanco de sus ojos, igual que las marcas de nacimiento de los míos. Tardará unas semanas
en curarse, pero luego desaparecerá como si nunca hubiera existido. Pero aun así, mi polla
se llena de sangre, sabiendo que no podrá ocultar esa marca a nadie.
Intenta incorporarse, pero está derrotada. El agotamiento la abruma y eso me hace
correrme. Mi polla palpita y dejo que cada gota caiga sobre su piel y su ropa, marcándola,
reclamándola con mi semen. Como gotas de imprimación en el lateral de una lata de
pintura vacía. Agotada. Listas para ser desechadas.
Y qué viaje tan salvaje.
Sus ojos verdes parpadean hacia mí, brumosos y pesados. Está cansada, y al verla así me
dan ganas de despertarla de nuevo con mi polla. Es preciosa.
Una gota de sudor o de sangre me recorre la espalda. La ignoro y me arrodillo,
apartándole el cabello de los ojos y pintándola con una gota de mi semen. Le arreglo la
ropa lo mejor que puedo y la tomo en brazos. Se resiste, empujando contra mi pecho, pero
enseguida se da cuenta de que no puede hacer nada y se rinde, descansando en mis brazos.
Su cabeza se apoya en mi pecho y me pregunto si puede oír los latidos de mi corazón. Si
me queda algo humano.
La tumbo en el colchón. Parpadea, pero sus ojos ya han desaparecido. Apenas está
consciente.
—¿Por qué estoy tan cansada? —bosteza.
—¿Has olvidado ya tu nombre? —le pregunto.
Parpadea confundida, pero yo recuerdo cada una de las palabras:
—Quiero que me hagas correrme tan fuerte que me olvide de quién soy. —Por fin, sus pupilas se
reconocen y se ríe. Su sonrisa me quema por dentro, con una diversión genuina que no
había visto ni sentido en mucho tiempo.
Me disculpo, busco la bolsa de tornillos y bisagras y tomo la pequeña caja de
herramientas que dejé dentro de la trampilla de su armario. Arreglo su puerta. Sólo la he
tocado lo suficiente para que me pidiera ayuda, así que es fácil de arreglar. Luego
compruebo el tirador de la nevera. Está suelta, pero sólo necesita un poco de pegamento,
así que también la arreglo.
Cuando vuelvo a su habitación, ya está dormida. Sus fosas nasales se agitan. Me agacho
y rozo con las yemas de los dedos las marcas rojas y moradas de su cuello. Un calor circula
dentro de mí, sabiendo que yo le hice esto. Que ha sobrevivido. Que yo se lo permití. No
puedo explicar lo que siento por ella. Si quiero lo mejor para mí, la mataré ahora mismo.
Después de lo que hicimos, no tendrá mucha resistencia. Será fácil. Y en cierto modo, es
lo correcto. Una vez que sepa que arruiné su vida, me rogará que acabe con ella. Siempre
lo hacen.
Pero no quiero que muera todavía. Puede soportar más de lo que esperaba, y es egoísta
por mi parte, pero quiero que viva. Para ver hasta dónde puede llegar. Para abrir cada uno
de sus sentidos hasta que no le quede nada. Como a mí.
Acaricio su mejilla, la suavidad de su piel me llena de pavor. Pero mi polla lo ignora.
Porque al final, lo único que quiero es a ella.
—No me sirves muerta —le digo—. Todavía no.
Cierro la puerta y me aseguro de que las puertas y ventanas estén cerradas. Luego la
dejo dormir.
7
Remedy
L a luz del atardecer brilla a través de las persianas, proyectando franjas de sombras
en el suelo. Vuelve a sonar el timbre y me enrollo el pañuelo negro alrededor del
cuello; no estoy acostumbrada a recibir visitas sin invitación. Entrecierro los ojos por la
mirilla de la puerta principal: cabello rubio rojizo y desgreñado, camisa holgada y
vaqueros sobre un cuerpo alto y delgado. Detective Peter Samuels. Mi antiguo amigo del
instituto.
Abro la puerta.
—Sigue siendo raro verte con ropa normal.
Peter se rasca la barba. Tiene el vello facial más largo de lo habitual, como si quisiera
rechazar la imagen de policía. Se inclina para darme un rápido abrazo, y yo le doy una
palmada en la espalda a cambio.
—¿Cómo estás, Remmie? —pregunta. Él arquea una ceja—. Jesús. ¿Qué te ha pasado
en el ojo?
Me toco la cara. Me olvidé del vaso sanguíneo reventado.
—¿Estornudé?
Silba.
—Debe haber sido un estornudo infernal.
Me río, con las mejillas enrojecidas. Espero que me crea.
—¿Quieres té dulce? —le pregunto.
—Por favor.
Peter se queda en el porche mientras yo cierro la puerta detrás de mí y preparo nuestras
bebidas dentro. Como nos conocemos desde el instituto, sabe que prefiero visitarle en el
porche. Sólo que no sabe que es porque odio estar a solas con ciertos hombres.
Y aun así, dejé que Cash me destruyera físicamente, y le di la bienvenida. Le invité.
No lo entiendo.
Peter da las gracias entre dientes y bebe un largo trago. Suspira aliviado y me señala la
bufanda que llevo al cuello.
—¿Tienes frío?
—Es raro. Si tengo frío en el cuello, se me hiela el resto. —Me encojo de hombros,
intentando quitarle importancia. Los autos pasan por la calle como siempre. Es como si
casi pudieras olvidar que hay un asesino en serie suelto durante el día—. ¿Pero qué está
pasando?
—¿Has oído hablar de Dry & Clean? —me pregunta. Asiento con la cabeza y miro calle
abajo en dirección a la tienda, que está a sólo una manzana—. Vine a ver si sabías algo.
¿Alguna visita últimamente? ¿Alguien? ¿Quizá un turista cualquiera pidiéndote el
teléfono? —Cuenta con los dedos—. ¿Tu madre? ¿Tu padrastro? ¿Tu casero? ¿Algo así?
Me doy golpecitos en el labio, pensando en las últimas semanas, pero no surge nada
fuera de lo común.
—Sólo Jenna —le digo. Anota algo en su teléfono. Siento un nudo en el estómago: me
he dejado un detalle importante.
Cash la ha visitado dos veces.
Pero Cash vive lo suficientemente cerca como para que Peter probablemente también
lo esté interrogando. Y si digo algo ahora, le molestará más de lo necesario, y si lo hacen,
existe el riesgo de que se repliegue aún más en su caparazón. Lo está haciendo bien,
saliendo de su burbuja de reclusión. No puedo arruinárselo.
Pero probablemente debería decir algo.
—Muy bien, tu mejor amiga. ¿Alguien más? —Peter pregunta.
—Mi jefe vino una vez —digo rápidamente—. Dejó unos papeles. —Cruzo los dedos,
esperando que eso lo cubra.
—¿Nombre?
—Cassius Winstone.
—Estás bromeando. ¿Winstone? —Peter se ríe—. ¿Conseguiste que Winstone saliera
de su torre?
Aprieto los labios.
—No seas tan duro con él.
—Iré despacio con él —guiña el ojo—. ¿Alguien más?
Sacudo la cabeza.
—¿Crees que el asesino es alguien local?
Se inclina hacia mí como si estuviera dispuesto a contarme un sucio secreto e,
instintivamente, retrocedo. Luego me tranquilizo; necesito poder oírle y no quiero que
piense que me siento incómoda. Finjo que me estoy arreglando la bufanda y me inclino
hacia él.
—Es alguien que conoce Key West —dice—. Creemos que es una persona. De vez en
cuando, hay un desliz. Este tipo se cree más listo que nosotros, y sí, nos hace trabajar, pero
al final, aunque tarden años, siempre les pillan. No es tan listo, ¿sabes? —Asiento con la
cabeza, fingiendo que entiendo lo que quiere decir, pero se me eriza la piel, como si el
asesino nos estuviera observando ahora mismo, eligiéndonos como sus próximas
víctimas—. El alcalde está considerando un toque de queda —dice Peter, limpiándose la
nariz con el dorso de la mano—. Te estás cuidando, ¿verdad?
Si por estar a salvo se refiere a que soy reservada y no me meto en líos, entonces sí. Pero
cuando se trata de Cash, no he estado segura en absoluto. Y sin embargo, eso es lo que
espero de Cash. Sé lo que quiero de él, y él sabe cómo arrancármelo del alma. Trabajamos
bien así.
Y de alguna manera, con Peter, en realidad no sé qué esperar. Su placa promete
protección, pero me recuerda a mi padrastro. Mi madre juraba que mi padrastro era un
buen hombre, estupendo con los niños, que me encantaría, y ha dicho cosas parecidas de
Peter. Siento un dolor sordo en el estómago y me fuerzo a sonreír. Incluso ahora que lo
observo, su pelo pelirrojo de niño, sus ojos azul claro, su actitud amable, no puedo
olvidarlo. Los rumores del instituto nunca se me olvidan: ¿quién droga a una chica y se
convierte en policía si es inocente?
—Seguro como siempre —digo, que es casi la verdad—. Este les preocupa, ¿eh?
—Creemos que los asesinatos están relacionados con los asesinatos en el sótano en
Montana hace unos años —dice—. ¿Te acuerdas de eso?
No presto atención a las noticias. Nunca tengo tiempo para ello, a menos que mi jefe,
sea quien sea la persona a la que esté asignado en ese momento, me pida específicamente
un resumen. Pero me da escalofríos. ¿Esto es más grande que Key West? Las náuseas me
revuelven el estómago. Me estabilizo, apoyándome en el exterior de la casa.
—La verdad es que no —le digo—. ¿Cómo sabes que es un «él»?
Peter mira hacia la calle como si supiera que el asesino está ahí mismo, delante de sus
narices.
—Es un hombre —dice—. Puedo sentirlo.
Pongo los ojos en blanco. Como si necesitara otra razón para no fiarme de ninguno de
los hombres de este pueblo. Peter levanta el hombro y da unos golpecitos en la casa.
—Bueno, ten cuidado, ¿sabes? —dice—. Eso es todo lo que puedes hacer. Por cierto,
¿cómo está tu mamá? La vi en Duval hace un par de días. ¿Hombre nuevo?
¡La cita doble! Lo había olvidado por completo. Por un segundo, considero traer a Peter
como amigo. A mamá le encantaría, y tal vez, si pasamos suficiente tiempo juntos, pueda
convencerle de que empiece a interesarse de verdad por mi padrastro. Pero si le digo a Peter
lo que necesito, que realmente disfruto del lado más oscuro y depravado del sexo,
intentará arreglarme, como mi ex.
Peter no es una opción, por mucho que mamá intente plantar la semilla.
—Aún no he conocido al nuevo —le digo.
—Salúdala de mi parte —me dice. Me aprieta el hombro y mantiene la mano ahí para
consolarme—. ¿Estás bien? Estás un poco pálida.
Me hundo bajo su peso, y él me empuja más profundamente en arenas movedizas. Las
yemas de mis dedos rozan mi mejilla. Peter es un amigo del instituto. Su trabajo es
proteger Key West. Pero cuando vuelve a tocarme el hombro, me muerdo el interior del
labio. Me sonríe, y veo a mi padrastro en él, escondido tras una sonrisa de confianza.
¿Es Peter un protector o es el asesino de Key West?
Cierro los ojos y los abro despacio, recuperando la compostura. Me obligo a actuar
como si todo fuera bien.
—Sólo un poco cansada —digo.
Sorbe el resto del té y me da una palmadita en el hombro.
—Te dejaré descansar, entonces. Gracias por dejarme pasar. Nos vemos.
Le saludo con la mano mientras se aleja. Lo único que quiero es llamar a Cash. Es mi día
libre; se supone que no debo pensar en él. Pero esa necesidad crece dentro de mí, y veo su
cara: esos ojos oscuros y manchados, cazándome.
A pesar de que prácticamente trató de estrangularme hasta la muerte la noche anterior,
quiero verlo.
Mientras le marco, me digo que la única forma de sabotearle, o incluso de matarle, es
hacer que confíe en mí, y para ello tengo que ser inteligente. Y eso incluye tener sexo con
él. Puede que sea una excusa, pero es una buena excusa. Dejo un mensaje de voz con otra
solicitud de reparación.
Diez minutos después, Cash me llama desde el porche. En cuanto abro la puerta, su
expresión cambia como si pudiera ver algo dentro de mí que yo no veo. Sus hombros se
tensan, su boca se agria y esos ojos siniestros me atrapan.
—¿Qué pasa? —pregunta.
—Nada —digo automáticamente. Hago un gesto hacia dentro. ¿Por qué sigue ahí fuera?
—Dime qué te pasa —exige.
Inclino la cabeza.
—¿No te preocupa estar así a la intemperie?
—¿Qué pasa, Remedy? —pregunta con voz severa. Me mira como si no importara que
esté en público. Pero tiro de su brazo y lo meto dentro. Un olor químico abrumador
impregna el aire, y su ropa está ligeramente empolvada como si hubiera estado trabajando
en un proyecto de construcción. No recuerdo nada parecido en su agenda. Lo guío hasta
la mesa redonda de la cocina y nos sentamos a pocos metros de donde me folló en el suelo.
Siento un cosquilleo en la barriga al recordarlo. Y me doy cuenta de algo.
Ha estado fuera de la finca unas cuantas veces, así que estar en el porche probablemente
no le molestará. Y aun así, le hice entrar conmigo.
Sus ojos turbios bullen de exigencias. No ha dejado de preocuparse por mí.
—Algo va mal —dice.
—¡No pasa nada! —Me río—. Eres peor que mi madre.
—No estoy jugando, Remedy —gruñe—. Dime qué te pasa o te arrancaré las palabras
ahora mismo.
Aprieto los dientes hasta que el dolor me recorre el cráneo. ¿Cómo puede leerme así?
Casi quiero ceder a esa amenaza, pero también quiero decirle la verdad. Todo tiene que
ver con Peter tocándome el hombro, con cómo me recuerda a mi padrastro. Aún no me
atrevo a hablarle a Cash de mi padrastro, pero sí de Peter.
—Vino mi amigo —le digo.
—¿Jenna?
—Un amigo diferente. El amigo policía del que te hablé. —Intento leer la expresión
facial de Cash, para ver si está celoso de que haya venido un hombre. Pero no cambia en
absoluto—. Me preguntó por los asesinatos. Quería saber si yo sabía algo.
—¿Y esos asesinatos te asustan?
Siempre intentamos fijar estas reglas y conexiones entre los criminales y estas muertes
horribles, para afirmar un significado cuando no lo hay. Y un asesino así no va a estar
interesado en alguien como yo. Al final, todo se reduce a la suerte. El lugar equivocado en
el momento equivocado. Nadie puede evitar algo así.
Sacudo la cabeza.
—Simplemente no confío en los policías.
—¿En quién confías?
Parpadeo. Cash pregunta por Peter, pero también si confío en él. Y yo no lo sé. Se
supone que odio a Cash más que a nadie en los Cayos y, sin embargo, sigo acercándome a
él. Soy como un insecto persiguiendo su aroma azucarado.
No puedo responder a su pregunta, así que, en su lugar, pregunto:
—¿Por qué no me odias?
Levanta las comisuras de los labios, pero luego vuelve a su expresión estoica. Es casi
como si no le gustara que le haya pillado desprevenido haciéndole preguntas de las que
no sabe la respuesta, pero no sé qué más decir.
—Ya he intentado matarte varias veces —le explico—. ¿No deberías odiarme? ¿O al
menos despedirme? En todo caso, no deberías confiar en mí. ¿Por qué te importa si me
siento como una mierda cuando estoy cerca de policías?
Una sonrisa de verdad se dibuja en su rostro, disolviendo su expresión fría y distante,
y una extraña calidez me invade. Cash es un promotor inmobiliario multimillonario, el
maltratador de mi mejor amiga, mi chantajista y la única persona que me ha hecho
correrme. Pero también parece el único hombre que me escucha, que realmente intenta
entender de dónde vengo. Y no puedo entenderlo.
—Tus intentos de asesinato fueron un acto pasional —dice en un tono práctico, con
un sutil énfasis en la palabra «intentos», casi como si se burlara de mí por haber fracasado.
—¿Por qué debería odiarte por hacer lo que quieres? Yo también hago lo que quiero.
—Pero has permanecido dentro de tu finca durante años —suelto. —¿No es eso estar
enjaulado por tus deseos?
Muestra los dientes y, por una fracción de segundo, parece un lobo. Soy su caperucita
roja, pero esta vez no hay nadie que me salve. Estoy sola con mi lobo.
La ira se disipa, relajando sus hombros.
—Esa pasión es tu verdadero lado —dice, ignorando mi pregunta—. Ya no me
interesan muchas cosas. Pero cuando una persona tiene una pasión así, un deseo que la
lleva a asesinar.... —Se lame los labios—. Eso me interesa. Me gusta eso de ti.
Mis mejillas se acaloran y arden bajo su mirada. Me aclaro la garganta, me echo el
cabello por encima de los hombros y me ajusto rápidamente las horquillas. Pero me
pregunto: ¿está alentando mis emociones?
Es tan diferente de mi madre, de mi ex, incluso de Peter. Y aunque me gusta eso de él,
me confunde. ¿Qué significa que te vea un hombre que agredió a tu mejor amiga y te atrapó
en un acuerdo en el que eres su muñeca folladora?
No consigo entenderlo. Presa del pánico, cambio de tema.
—¿Qué te apasiona? —le pregunto.
—Tú.
Me recorre un escalofrío. Sólo soy su muñeca de mierda, me digo. Esto no significa nada. Pero
ya no habla de nuestro acuerdo, y él lo sabe. Cada nervio de mi cuerpo hormiguea como
mariposas atrapadas en una red. Es como si llevara mucho tiempo planeando esto, incluso
antes de conocernos.
Pero ha estado recluido hasta hace poco. Habría recordado esas motas en sus ojos, como
arrugas en la superficie de un estanque oscuro.
Antes de que pueda contenerme, suelto:
—Ten una cita doble conmigo. —Me golpeo la boca con las manos, dándome cuenta de
mi error. Es mi jefe. Mi chantajista. Mi enemigo. ¿Qué estoy haciendo? Me encojo de
hombros. No quiero retractarme—. Por favor —susurro.
Sus labios se curvan divertidos.
—¿Una cita doble?
Suspiro.
—Mi madre me ha estado dando la lata para que conozca a su nuevo novio y, si voy
sola, seguirá insistiendo en que organicemos una cita doble hasta que finalmente ceda.
Supongo que tiene algo que ver con demostrar que su nuevo novio no es tan malo. Como
que, mientras mi cita no vea banderas rojas, entonces nada puede ir mal. —Suspiro para
mis adentros. Probablemente es demasiada información, pero no me importa—. Será en
su departamento. Noche de juegos y pizza. Estaremos dentro. Será un buen paso para....
—Levanto las manos—: ¿Reintegración?
Levanta la barbilla, considerando realmente la idea. Pero ese nervio en la parte posterior
de mi cráneo me pincha. ¿Cómo puede alguien pasar de tener las ventanas cubiertas de
periódicos y cemento a estar de acuerdo con cualquier cosa, incluso con estar de pie en un
porche? ¿Le parecería bien una cita doble en casa de mi madre?
—¿Qué gano yo? —pregunta, como si estuviéramos haciendo un trueque.
—¿No es suficiente?
—La reinserción es una tarea, no un deseo.
Sus fosas nasales se agitan mientras me estudia, e intento pensar en algo que pueda
ofrecerle. Parece tan estúpido invitarle... pero si viene, mamá se desprenderá de la idea. Y
Cash estará fuera de su elemento.
Puedo vengarme. Puedo envenenarlo como supuso la otra noche. Y si llega el caso, mi
madre me cubrirá las espaldas.
—¿Qué quieres? —Le pregunto.
—Piensa en tu mayor oferta y triplícala.
—¿Por qué? —Me río entre dientes—. ¿Qué tiene de difícil una cita doble?
—Nunca me ha importado conocer a la familia.
Entrecierro los ojos, intentando leer entre líneas. Sus ojos se oscurecen, sabiendo que
no tengo nada que dar.
A largo plazo, Cash y yo somos negocios. Sólo necesito a alguien que me acompañe.
—No es que nos vayamos a comprometer —insisto—. Le diré a mi madre que eres mi
jefe, no mi novio. No le importará.
—Eso es un complemento, no un intercambio.
Apoyo las palmas de las manos a los lados. Intento pensar qué quiere un supuesto
multimillonario recluso. Le gusta atormentarme, pero aparentemente odia las citas dobles
y la familia. ¿Cuál es la mejor mezcla de ambos mundos?
—¿Puedes ver lo incómodo y horrible que es para mí conocer al nuevo novio de mi
madre? —Le ofrezco.
—No me importa.
Mi cara se enrojece. Habla en serio; no le hace ninguna gracia mi broma.
—Puedes follarme en mi antigua habitación —le digo.
Un ramalazo de lujuria le cruza como si lo estuviera considerando ahora.
—Puedo follarte aquí mismo si quiero.
Un escalofrío me recorre.
—Me cuesta estar en mi antigua habitación —le explico, intentando apelar a su lado
retorcido—. ¿Te gusta verme retorcerme? Créeme; no quiero estar en esa cama. —Y sin
embargo, la idea de estar en esa cama con Cash hace que se me partan los muslos. Quizá él
pueda ayudarme a recuperar esos recuerdos—. Y después de eso, puedes avergonzarme
delante de mi madre y su nuevo novio, haciendo insinuaciones y bromas subidas de tono.
No me importa. Es sólo que no quiero sufrir esto sola.
Pasan unos segundos entre nosotros. Aprieto las palmas sudorosas y luego las froto
contra mis pantalones. Por favor, suplico internamente. Por favor. Dame esto.
—Sinceramente, Remedy, no me importa nada de eso. —Ladea la cabeza, un toque de
irritación en su voz—. ¿Para eso me has traído aquí? ¿Para ser tu cómplice?
Se me revuelve el estómago de los nervios.
—Sólo pensé...
—¿Conocer a tu madre, asistir a una cena familiar, hablar de su nuevo novio? Eso no me
atrae más que ir a un zoo. La única forma de que me interese es si puedo follarte en la mesa
delante de ellos.
Todo dentro de mí arde. La imagen de él follándome en la mesa redonda del
apartamento de mi madre me viene a la mente, la visión es real y tentadora: Las mejillas
rojas. La cadena alrededor de mi cuello. Cash sujeta la cadena lo bastante fuerte como para
hacerme forcejear, pero no lo suficiente como para impedirme hablar. Diles que eres mía, me
decía. Mi pecho golpeando la mesa mientras mi madre me mira boquiabierta, su única hija
retorciéndose como una puta. Pero en esa visión, lo hago para demostrar que puedo
controlar mi cuerpo. Puedo darme un capricho, aunque signifique mi destrucción.
Casi suena bien.
Cash se levanta de la mesa y me aprieta el hombro en el lugar exacto en que lo hizo
Peter. Pero con Cash, su tacto no me molesta. Me inclino hacia él y su mano se desplaza
hasta mi nuca, frotándome los músculos sensibles. Siento escalofríos.
—Piensa en algo mejor que ofrecerme, y lo consideraré —dice—. O trae a tu amigo
policía. —Hay un sutil toque de celos en su voz, como si pudiera leer mis pensamientos y
supiera que he pensado en Peter antes que en él. Los nervios me revuelven el estómago. Me
arranca el pañuelo del cuello hasta que queda suelto en mi regazo—. Y cuando estés cerca
de mí, deja de taparte, joder.
Me toco el cuello, parpadeando rápidamente, completamente aturdida. Pero en un
instante, se ha ido y vuelvo a estar sola.
8
Cash
P asa otro día y el sol pega fuerte a punto de ponerse, dejando que todo el mundo en
Key West olvide que es invierno. Unas frondosas palmeras cuelgan sobre la
estrecha piscina, protegiendo el porche trasero de la finca del resto de la calle. La humedad
se adhiere a mi piel, la sal flota en el aire. Pero por mucho lujo o belleza que me rodee, sólo
pienso en ella.
Remedy con mi sangre rayando su nariz. Sus mejillas rojo óxido. El moretón morado de
su cuello. El vaso reventado de su ojo, igual que las motas del mío. Los tatuajes de encaje
que la cubren como una armadura. Los esqueletos en su espalda, burlándose del mundo.
Necesito establecer límites entre nosotros. Joder, quiere jugar a las casitas, como si yo
fuera su prometido, y aunque ir a esa maldita cita doble me dará una pista sobre la mejor
manera de incriminarla, es exactamente lo contrario de todo lo que represento. Las únicas
cenas familiares que recuerdo del sistema de acogida acabaron en sangre, y no estoy
dispuesto a revivirlas porque Remedy tenga una intrigante afición por la lujuria violenta.
Bones entra y sale perezosamente de mis pies, su cuerpo vibra con ronroneos. Le rasco
detrás de las orejas antes de que suba las escaleras de madera que llevan al balcón del
dormitorio principal. Al igual que Remedy, Bones ya debería haberse ido, pero sigue
quedándose. Darle comida no ayuda. Es como si Bones y Remedy fueran mis nuevas
mascotas, y ambas creen que tienen más autonomía de la que realmente tienen.
¿Me estoy ablandando?
Sigo a Bones hasta el balcón y me acomodo en el sofá acolchado de mimbre, apoyando
los pies en un cojín. Cuando se trata de Remedy, la idea de follármela delante de su madre
me intriga, y sé, sin lugar a dudas, que puedo hacer que Remedy lo haga. Pero también
puede desbaratar mis planes. No puedo presionar demasiado a Remedy si quiero seguir
manipulándola. En una situación como ésta, tienes que moverte con cuidadosa
deliberación. Tienes que hacerla creer que es su propia voluntad.
Quizá pueda hacer algo más, demostrarle que por mucho que quiera creer que es un
chantaje, me quiere a mí. Aunque también quiera matarme.
Igual que quiero inculparla o matarla.
Pero no hasta que termine.
Me remango los puños de la camisa, ocultando mis líneas de bronceado. Da igual que
vaya a esa estúpida cita para cenar; puedo usarlo contra ella.
Marco a Remedy, aspirando una bocanada de aire. El teléfono suena y salta el buzón de
voz: Hola, soy Remedy Basset. Deje un mensaje y yo...
Cuelgo. No es propio de ella perder una llamada. ¿Qué está haciendo?
Ha salido del trabajo hace una hora, pero su contrato de LPA dicta que tiene que estar
disponible en todo momento para asegurarse su prima a final de año. Nunca ignora mis
llamadas.
Golpeo con los dedos el reposabrazos tejido. Con un poco de esfuerzo, encuentro una
caña suelta y tiro de ella hacia arriba, cosiéndola dentro y fuera de las fibras hasta que
finalmente la arranco. Compruebo la aplicación que está conectada a su webcam, pero su
portátil está cerrado; no hay imagen. Me palpita la sien. Soy yo quien ignora las llamadas.
Soy yo quien toma esas decisiones. Yo soy quien la controla.
Vuelvo a marcar.
No hay respuesta.
Miro en dirección a su casa. Siempre hay otra opción.
Estacionó mi camión a unas manzanas de su casa de alquiler. Al acercarme, me hierve
la sangre: otro auto, uno que no reconozco, se sienta detrás de su berlina roja. Otro puto
camión. Una vez que confirmo con una rápida comprobación que está en su dormitorio
con quien demonios sea, busco su llave de repuesto y entro por la puerta trasera.
Mantengo las cerraduras de las propiedades bien engrasadas; ayuda cuando la gente no
puede oírte entrar.
Dentro del armario del vestíbulo, cierro la puerta tras de mí, me introduzco por la
trampilla y avanzo unos centímetros por el semisótano hasta la cavidad de la pared,
chocando contra el duro aislamiento de espuma. Por la mirilla, veo su escritorio. Su
portátil cerrado. Una botella de refresco de lima abierta a su lado.
Remedy no bebe refrescos.
Entonces oigo una voz masculina.
¿Quién diablos es ese? ¿Y por qué está sola con él?
Aprieto tanto la mandíbula que me rechinan los dientes. Yo soy el que se queda a solas con
ella. No esta basura. Me acerco más, apretando la oreja contra la pared interior. Necesito
oírlo todo.
—Pero dejaste SAA, ¿verdad? —pregunta.
¿Se refiere a Adictos al Sexo Anónimos? Si Remedy lo dejó, significa que fue miembro
durante un tiempo.
—Ya te lo dije: que me guste lo duro no significa que sea una adicta —afirma.
Se me endurece el estómago. Quiero pellizcarme el puente de la nariz, pero en el hueco
de la pared no puedo hacer nada. Estoy atrapado escuchando.
—No te gusta duro; te gusta brutal —se ríe entre dientes.
El hecho de que lo sepa significa que están unidos. Que la conoce íntimamente. Mi vista
se llena de destellos mientras me esfuerzo por ver a través de la mirilla, por echar un
vistazo a ese bastardo para grabar su imagen en la memoria. Juro por todo el mundo que
si le pone una mano encima, lo descuartizaré encima de ella.
Estoy perdiendo la cabeza.
—¿Y? —pregunta Remedy.
—Así que, eso es lo que estoy diciendo. He estado pensando en ello. Tal vez sea una
fase por la que estás pasando. Podemos divertirnos, aunque sea un poco... —hace una
pausa—, raro. Todo el mundo es raro, ¿no? Podemos ayudarnos mutuamente.
Transcurre un instante y veo sus largos dedos rodeando la botella de refresco y un anillo
de fraternidad en el dedo. Pero necesito algo más que una organización de fraternidad, o
la lista de víctimas del Asesino de Key West se va a hacer muy larga, muy rápido.
—¿Vas a estrangularme de verdad esta vez? —pregunta.
Aprieto los puños. Voy a matarlo.
—¿Estrangularte? Hagamos algo un poco más convencional. No sé... ¿Podría azotarte?
Remedy aspira y yo raspo la pared interior con los nudillos, deseando poder tocarla.
Pasar mis manos por sus moratones y su piel con costras, quiero decirle que no tiene por
qué recurrir a este farsante. Sabe que le dará unos azotes en el culo como si le tocara el
hombro en una biblioteca, el tipo de hombre que pide educadamente lo que quiere.
Joder. Eso.
—¿Quieres decir como un golpecito de amor? —pregunta Remedy, con tono irritado.
El calor se apodera de mí. Esa es mi chica.
—Vamos, Remmie. Dame más crédito que eso.
—¿Qué se supone que debo decir? Rompimos hace más de un año porque pensabas que
yo era demasiado... —Ya me lo imagino; está levantando las manos, luchando por
encontrar las palabras adecuadas—, ¡demasiado pervertida!
Se hace el silencio entre ellos. Aplano las palmas a los lados, intentando meterme en la
cabeza de Remedy, ese tic nervioso que tiene cuando algo la incomoda. Pero mis dedos
siguen cerrándose en puños, sabiendo que él está ahí dentro, con ella, mi cariñito.
—Siempre dijimos que lo volveríamos a intentar si superábamos nuestros problemas
—dice—. Y Remmie, he estado trabajando duro para aprender. Para mejorar las cosas.
Para entender por qué lo necesitas. —Sus pasos crujen contra el suelo, acercándose a
ella—. Puede que nunca lo entienda, pero quiero hacerlo, Remedy. Y sé que podemos
superar esta fase. Sabes que estamos bien juntos.
El instinto me dice que tuvieron sexo incluso después de romper. Incluso con SAA y la
falta de una relación estable, el ex convenció a Remedy para que se conformara con su
polla pasable. No la culpo por eso. Yo he hecho cosas similares en el pasado.
Pero ya no. Para ninguno de nosotros. Le cortaré la cabeza si tengo que hacerlo.
Cruza el dormitorio y pasa por delante de la mirilla. Un pañuelo blanco le rodea el
cuello. Él también pasa por delante de la mirilla y alarga la mano para tocarla.
Me hierve la sangre, pero no lo entiendo. ¿Por qué me importa?
—Dean —susurra, su voz angustiada. Dean. Dean. Dean. Tal vez sea un banquero. Un
contador. Un dentista. Alguien que pueda mantenerla, pero que nunca se ensucie. Un
hombre con el que su madre probablemente desearía que Remedy se casara. Dean es la
persona que debe llevar a Remedy a cenar.
Dean. Vaya nombre.
Y eso es todo lo que necesito para cazar.
—No has estado saliendo. Sé que nos estás esperando —dice Dean—. Yo también te he
estado esperando, Remmie. No esperas a alguien a menos que lo ames.
A pesar de su seriedad, dudo que sea cierto.
—¿Primero dices que quieres ligar y ahora finges que nos estamos esperando? —
Remedy fuerza una carcajada—. Ha pasado más de un año, Dean. Ya te he superado.
Su voz se suaviza:
—Sé que estamos bien juntos, Remmie.
Suspira y vuelve a cruzar la habitación.
—Que no haya estado saliendo no significa que no me esté follando a alguien.
Ah. Ahí está. Mi cariñito.
—¿A quién te has estado follando? —pregunta.
—A quien yo quiera.
Se apoya en el escritorio, y ahora puedo verle, esa barbilla angulosa, su actitud chulesca
derribada.
—Maldita sea, Remedy.
—No te pertenezco. Nunca lo he hecho.
Probablemente esté moviendo la cabeza como un juguete de cuerda. Pero sus palabras
me detienen.
Dean no es su dueño. Pero yo sí.
—Prometiste que no volverías a hacer cosas así —dice—. Se suponía que SAA...
—He estado viendo a alguien —dice ella, interrumpiéndole, una confesión discordante
para que Dean se calle. Y se calla. Mi pecho se aprieta, mi respiración ronca, esperando su
explicación. ¿Me reclamará o tendré más víctimas que matar?
—¿Quién? —pregunta finalmente.
—CASH.
Se me acumula la saliva en la garganta, un sabor agrio en la lengua.
Me está reclamando.
¿Qué coño significa eso?
—¿Qué clase de nombre es «Cash»? —pregunta.
—Cassius Winstone.
—¿Tu jefe?
—¿Qué? ¡Te has tirado a tu alumna!
—Después de pasar mi clase. Antes de conocerte. Es diferente cuando te estás follando
a tu jefe.
Sus zapatos crujen sobre el duro suelo, encontrándose con ella al otro lado de la
habitación. Percibo su presencia más allá de la pared interior. En mi mente, lo veo
mirándola fijamente a los brillantes ojos verdes, dedicándole su mirada de adoración. La
palma de mi mano acaricia la navaja que llevo en el bolsillo. Hace mucho tiempo que no le
saco los ojos a nadie.
—Sólo quiero hacerte el amor, cariño. ¿No es suficiente?
¿Cariño? La palabra se arrastra por mi espina dorsal como melaza goteando por el tronco
de un árbol. ¿cariño? ¿Qué mierda es eso?
—¿Por qué eres su ayudante? —pregunta—. Podrías estar haciéndolo mucho mejor.
Podrías estar dirigiendo LPA si quisieras ahora mismo.
Las paredes respiran con su peso. Está tan cerca.
—Estoy justo donde quiero estar —dice, su voz vibra a través de las paredes.
—Nunca te verá como algo más que una secretaria.
Las paredes vuelven a moverse y sé que se aleja, porque sabe que puede ser verdad.
Pero estoy intentando aceptar su invitación a una cita doble, joder.
—¿Cuál es tu problema? —pregunta ella—. Tuviste tiempo suficiente para estar celoso.
Ahora lárgate.
Él la sigue, sus pasos retumban en la habitación.
—Vamos, Remmie.
—Vete.
Cruza por delante de la mirilla, acercándose a ella.
—No me toques —sisea.
Sus voces murmuran al otro lado, pero ya no escucho más. No voy a verla aguantar más
las idioteces de su exnovio.
Nadie me la va a quitar.
Cierro la escotilla de una patada y cierro la puerta del armario tras de mí. Cada uno de
mis pasos golpea la casa de alquiler.
—¿Qué demonios es eso? —grita Remedy. Un hombre de cabello castaño de mierda y
ojos marrones de mierda llena el marco de la puerta de su dormitorio. Sus hombros se
hinchan como si pensara que realmente puede hacer algo.
—Vete a la mierda —dice Dean, con los puños en alto, listo para boxear—. ¡Quédate
atrás! Llamaré a la policía.
Es alto, pero yo soy ligeramente más alto. Y parece musculoso bajo su camisa abotonada
y su chaleco de jersey, pero la fuerza por sí sola no basta para vencer a alguien como yo.
Le fulmino con la mirada, retándole a que se enfrente a mí.
—Llama a la policía —digo—. No estoy invadiendo.
Se queda boquiabierto. Remedy aparece detrás de él, con los ojos muy abiertos y la boca
abierta.
—¿Quién eres? —Pregunta Dean.
Soy el casero de Remedy. Su jefe. Su maldito salvador.
Pero él no merece mi respuesta. Sólo ella lo es.
Le presto toda mi atención.
—Mi cariñito —le digo. Me lamo los labios, su aroma a melocotón me envuelve como
una llovizna. Dean se mueve, intenta interponerse entre nosotros, separarme de ella, pero
le tomo la mano y ella la toma como si Dean no estuviera allí. Sus dedos son pequeños y
fríos. El esmalte de uñas negro desconchado me recuerda a las costras que me hizo en la
espalda, y mis músculos se tensan, estirando la piel cicatrizada. Ella también me ha
marcado. Sus brillantes ojos verdes me sostienen como si yo fuera la verdad que ha estado
esperando, y dejo que las yemas de mis dedos viajen hasta su nuca, la bufanda rasposa en
mi áspera palma, ocultándole nuestros secretos. No quiere que se preocupe por ella. Y eso
me inquieta. ¿Por qué le importa lo que él piense?
Pero entonces caigo en la cuenta: el pañuelo es para protegerme a mí también. Para que
nadie sepa que le hago daño.
Porque no quiere ser salvada.
—CASH —susurra.
9
Remedy
M i corazón late como un colibrí huyendo de un gato salvaje. Los ojos oscuros y con
motas de Cash me miran, como si supiera que me ha pillado en medio de su trampa.
Es el dueño de la casa, pero ¿cómo ha entrado? ¿Trajo su propia llave o sabe dónde guardo
la de repuesto? ¿Por qué está aquí?
¿Y por qué me siento aliviada?
—¿Este es Cash? —pregunta Dean, haciéndole un gesto—. ¿Tu jefe?
Mis ojos parpadean entre los dos. El suave cabello castaño de Dean, sus ojos claros y la
«amabilidad» que siempre me transmite son tan diferentes de la oscuridad que consume
a Cash. Su cabello negro. Sus mangas remangadas que muestran sus antebrazos fuertes y
musculosos. Sus ojos oscuros y con motas, como manchas de tinta que se funden en una
página, desdibujando el significado de cualquier mensaje. Las venas de su cuello laten
constantemente, como si siempre estuviera listo para pelear. Como si quisiera matar a
Dean. ¿Pero por qué mataría a Dean?
¿Y qué se supone que debo hacer con mi exnovio y mi actual jefe con beneficios en la
misma habitación?
—Preséntame a tu amigo —dice Cash en voz baja, con un deje de desprecio hirviendo
en la palabra, amigo. Como si eso fuera una traición en sí misma.
¿Está Cash celoso de Dean?
—Cash, este es Dean —digo, tragando saliva mientras hago contacto visual con Cash.
Me sostiene la mirada—. Y Dean, este es Cash Winstone.
—Sr. Winstone —dice Cash. Esa corrección me aprieta el pecho y me echo hacia atrás
mientras los dos se dan la mano, midiéndose claramente el uno al otro. Dean ensancha los
hombros como si fuera a protegerme de Cash, pero los ojos de Cash permanecen
impasibles, como si supiera exactamente lo que va a hacerle a Dean. Me palpita el corazón.
Dean mira boquiabierto las motas que marcan el blanco de los ojos de Cash.
—¿Qué te pasa en los ojos? —pregunta.
—¿Qué demonios, Dean? —pregunto, dándole una bofetada en el brazo—. Eso es de
mala educación.
Dean se frota el brazo, ignorándome.
—Creía que eras mayor —dice.
—La cirugía plástica hace maravillas —dice Cash, casi como una amenaza.
Dean inclina su cuerpo entre nosotros, para bloquear a Cash desde mi habitación.
—¿Qué podemos hacer por usted, Sr. Winstone? —pregunta.
Las cejas de Cash se alzan, al notar esa palabra, como yo. Nosotros. Pero hace mucho que
Dean y yo no somos un «nosotros». ¿Por qué intenta protegerme de Cash?
En cierto modo, los instintos de Dean son correctos. Cash es un manipulador, un jefe
imbécil hambriento de poder. Pero no va a hacerme daño así.
No sin antes hacerle daño.
—¿Dónde está tu teléfono? —pregunta Cash, con su atención centrada únicamente en
mí. Me ruborizo. Maldita sea. Se me ha olvidado quitar el silencio del móvil. Lo tomo del
bolso y compruebo rápidamente las dos llamadas perdidas, ambas de Cash. El sudor se
me acumula en el cuerpo, un olor húmedo sale de mis axilas. Se supone que siempre tengo
que estar disponible, o puedo perder mi bonificación o incluso mi trabajo en la agencia.
LPA tiene un contrato enorme con la empresa Winstone, y no puedo permitirme estos
errores.
Y Cash aún tiene ese vídeo de chantaje que puede usar contra mí.
—Está fuera de silencio, ahora —murmuro.
—Intenté avisarte de que iba a venir. ¿Querías que comprobara tu orden de
mantenimiento?
Parpadeo rápidamente, intentando averiguar a qué se refiere. ¿Orden de
mantenimiento? Cash se lame los dientes, y me doy cuenta de que está intentando darme
una tapadera para que Dean no sepa por qué está aquí en realidad: nuestro acuerdo. Puede
que incluso esté intentando que Dean se vaya.
Me tiro de la bufanda alrededor del cuello; hace demasiado calor para llevar ropa así
dentro de casa, sobre todo con Cash, pero tengo que ponérmela con Dean.
—Sí. Sobre eso —digo—. Gracias por venir.
—¿Orden de mantenimiento? —Pregunta Dean.
—Te hablé de la puerta de mi nevera, ¿recuerdas?
Dean niega con la cabeza, pero antes de que pueda decir una palabra, Cash interrumpe:
—Cuando mi tiempo me lo permite, hago visitas personales para asegurarme de que
todo es satisfactorio en mis propiedades.
—Esta es la casa de Remedy —dice Dean—. No tienes nada que hacer aquí.
—Dean —digo bruscamente. ¿Qué demonios está haciendo?
—Es de su alquiler, en realidad. Una de las míos —dice Cash.
Dean se queda boquiabierto y yo levanto los hombros.
—La agencia tiene un acuerdo con la empresa Winstone. Alquiler más barato por
acceso a los trabajadores.
—Y me gusta asegurarme de que todo está a mi altura —dice Cash. Comprueba su
reloj—. ¿A qué te dedicas, Dean?
Dean se rasca la mandíbula, con la postura rígida.
—Enseño en el colegio comunitario.
Cash asiente como si se lo esperara.
—Es la misma situación con los inquilinos. Entonces entiendes la importancia de crear
vínculos con tus alumnos. Si no eres más que otra persona sin nombre y sin rostro que
difunde la ideología de otra persona sin rostro, si no escuchas las necesidades de tus
alumnos y no entiendes realmente lo que es importante para su experiencia, ¿cómo van a
confiar en ti para que les enseñes algo de valor?
Se miran fijamente y, aunque Dean inclina la cabeza para darme la razón, sé que está
enfadado. Pero Cash tiene la sartén por el mango, y Cash no está hablando de enseñar en
el colegio comunitario ni de alquilar propiedades. Habla de mí. Como si supiera que Dean
nunca me entenderá de verdad.
¿Sabe Cash que Dean es mi ex?
—Deja que te acompañe —dice Cash. Pone una mano en el hombro de Dean y lo agarra
con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos. Se me revuelve el estómago. Hay
violencia en la forma en que se acercan el uno al otro y, por alguna estúpida razón, sé que
si alguien gana, será Cash. Y eso me asusta por Dean.
—¿CASH? —pregunto justo cuando llegan a la puerta. Cash espera—. Sé amable —le
digo, suplicándole con la mirada. Cash asiente y yo me hundo dentro de mí de nervios.
Dean mantiene los hombros rectos como si estuviera dispuesto a luchar contra Cash, pero
no podría matar ni a una mosca, y sé que Cash haría cualquier cosa por destruir a Dean.
Me muerdo el labio interior.
¿Qué es lo que pasa?
Cash vuelve enseguida sin Dean. El camión de Dean retumba fuera y suelto un suspiro.
Me siento aliviada. Dean se ha ido y Cash no ha tenido tiempo de hacerle nada.
Cash entra en mi habitación, se apoya en la pared de enfrente y se cruza de brazos.
Tiene la barba ligeramente más larga de lo habitual, como si se hubiera olvidado de
recortársela esta mañana. Ha estado perdiendo el sueño. Quiero abrazarlo y darle las
gracias por estar ahí para mí.
Y quiero darle una bofetada. ¿Por qué está aquí de todos modos? Incluso si esta es su
casa, es mi alquiler.
Levanto las manos exasperado.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Cash inclina la cabeza hacia mi teléfono en la mesilla de noche.
—No has contestado a mis llamadas.
—¿Así que entras en mi casa?
—No es tu casa —dice, clavando sus ojos en los míos—. Estuve en la zona, y estoy
seguro de que has leído el contrato de alquiler. Los propietarios pueden entrar en la casa
en cualquier momento. —No se mueve, como si me retara a desafiarle. No sé si miente
sobre el contrato de alquiler, pero sé la verdadera razón por la que está aquí: no le gusta
que no estuviera disponible.
—Todos los sitios de Key West están «en la zona» —me burlo.
—No necesariamente.
—¿Cómo has entrado?
—Llave de repuesto encima del marco de la puerta de atrás. —Se revisa las mangas de
los puños—. Si no te gusta que la llave de repuesto sea tan obvia, entonces escóndela
mejor.
Entrecierro los ojos.
—¿Tienes una copia de la llave en la finca?
—Por supuesto.
Es la segunda vez que aparece en mi casa de alquiler sin invitación. Es como si se
estuviera infiltrando en mi vida.
Pero una parte de mí se alegra. Dean no hará daño a nadie para conseguir lo que quiere,
pero a veces, es tan agradable que es difícil apartarlo. Y después de un tiempo, me enfado
tanto que cedo, porque quiero conectar con alguien durante un tiempo, aunque sea una
decepción. Y ya no quiero hacer eso. Tengo a Cash. Sé lo que merezco.
Aun así, eso no le da derecho a Cash a irrumpir así.
—¿Por qué no llamaste? —pregunto.
—Lo hice. Estabas demasiado centrado en tu ex.
¿Cómo sabe Cash que Dean es mi ex? Aprieta los labios, leyendo las preguntas de mi
mente, como si estuviera dispuesto a cazarme hasta que me rinda. Cada músculo de su
cuerpo se tensa. Es como si quisiera hacerme creer que todo esto le divierte, pero es obvio
que no. Está celoso.
—¿Por qué estabas llamando de todos modos? —Le pregunto.
—¿Fuiste a SAA? —pregunta, ignorando por completo mi pregunta. Me paso una mano
por el cabello y mis dedos se enganchan en los nudos.
—¿Cuánto tiempo estuviste escuchando? —Pregunto.
—Lo suficiente.
Exhalo, la respiración larga y forzada. No quiero tener esta conversación, pero tampoco
quiero evitarla. Quiero decírselo. Sigo mirando hacia delante y me siento en la cama. Cash
permanece pegado a la pared, esperando a que hable. Si hay alguien a quien puedo
contárselo, es a Cash. Es retorcido como yo y no me juzgará.
Aun así, no me gustan los recuerdos. Despiertan muchas emociones no deseadas.
¿Le ahuyentará por fin la verdad?
Pero mi instinto me dice que se quedará.
—¿Qué hay que decir? —Levanto los hombros como si nada—. Pensé que podría ser
una adicta al sexo.
—¿Y tú?
—No al sexo.
Aprieta la mandíbula. Es la única señal de emoción que da, un atisbo de impaciencia
mientras espera a que me explique. Me gusta saber que es capaz de reaccionar. Que puedo
provocar eso en él.
—Entonces, ¿a qué eres adicto? —pregunta finalmente.
—Es una larga historia.
—Tengo tiempo.
Compruebo mi teléfono. Tiene una cita digital con un contratista en media hora.
—Tienes una reunión pronto. Deberías conducir a casa ahora. Pon la webcam en
marcha.
Escribe en su teléfono y lo guarda.
—Cancelado. Ahora, dime: ¿qué es esta larga historia?
Me invade una sensación de ligereza. Cash no sólo siente curiosidad, sino que quiere
conocer mi historia e incluso está dispuesto a cancelar sus citas para oírla. Su mandíbula
se tensa, sus ojos se oscurecen, y sé que nunca se dará por vencido. Necesita saberlo.
—Dean pensó que podría beneficiarme —le explico.
—¿Por qué?
—Pensó... —Me detengo, insegura de cómo decirlo. Dean no entiende mis deseos, ni
los comparte. Pero sigue siendo una buena persona. Simplemente no somos compatibles.
Cambio mi redacción:
—Sabía que tenía problemas.
—¿Con?
Resoplo.
—¿Sabes qué?
—Dime, Remedy.
—Que me gusta el dolor.
Sus ojos se oscurecen como si leyera el significado oculto tras mis palabras,
confirmando lo que ya sabe. Cash es la única persona que me ha llegado así, y ambos lo
sabemos.
—Entonces no podía cortarlo —dice Cash.
Siento un gran alivio.
—¿No crees que estoy loca?
—Vamos. Fui yo quien te estranguló hasta hacerte moretones —dice. Me pasa un dedo
por la bufanda, tirando de ella hasta que me la quita. El aire me refresca el cuello caliente
y me ruborizo. Es como exponer mi lado más auténtico. Sujeto la bufanda con las manos,
estirando la tela. No sé qué hacer con ella ahora.
—Siempre me preguntaba si estaba bien. Si me estaba haciendo daño. Si debiera ser
más suave conmigo. Ese tipo de cosas —le digo—. Finalmente, me convenció de que tenía
que ir a terapia o a SAA.
Cash asiente.
—¿Cuánto tiempo fuiste a SAA?
—No llevaba la cuenta.
—¿Ayudó?
—Fui célibe durante un tiempo.
—¿Por qué?
—Dijeron que podría arreglarme.
Cash se sienta en la cama a mi lado, el colchón se hunde bajo su peso. Nuestros muslos
se tocan, su cuerpo está caliente contra el mío, y su presencia me reconforta. Pensé que se
marcharía al oír mi historia, que me descartaría como su insignificante ayudante de
muñeca folladora, pero en lugar de eso, está más cerca de mí que antes. Y por una vez, no
siento la necesidad de matarlo o de huir. Porque si Cash me quiere debajo de él, estaré
debajo de él. Y eso me tranquiliza.
Y está claro que está aquí para escuchar.
—¿Te ha curado? —pregunta.
Enrosco un hilo suelto de la bufanda y lo hago bola entre mis dedos.
—No.
Me pone una mano en la rodilla y el calor me recorre las venas. Suelto un suspiro,
intentando calmarme a fuego lento. No entiendo por qué mi cuerpo reacciona así ante él,
como si sólo estuviera a salvo cuando estoy arropada por su violencia. Pero es como si una
energía primitiva dentro de mí supiera que él hará cualquier cosa para protegerme, y eso
significa que estamos a salvo.
Me pone una mano bajo la barbilla y me obliga a mirarle. Sus ojos oscuros me envuelven.
—No necesitas que te arreglen —dice.
Esas motas en sus ojos dejan tan dolorosamente claro que está centrado en mí, y sólo en
mí. No importa lo rico y poderoso que sea o la violencia de la que sea capaz, quiere hablar
conmigo. Verme. Conocerme.
Resoplo por la nariz. Sus palabras son bonitas, pero no son ciertas. Todo el mundo tiene
problemas, y los míos no pueden ser más graves.
—Ahora te estás metiendo conmigo —le digo.
Arruga sutilmente las cejas.
—Es un idiota crítico.
Estoy de acuerdo. Pero mis hombros se hunden y vuelvo a mirar el pañuelo que tengo
en las manos. Pellizco la tela e intento comprenderme. ¿Por qué creía que una relación con
Dean funcionaría?
¿Por qué todo va mejor con Cash?
—Dijo que quería casarse antes de darse cuenta de que necesito dolor —le digo.
—¿Ibas a aceptar?
Me encojo de hombros.
—Supongo.
Su frente se arruga de frustración.
—¿Qué ibas a hacer? ¿Fingir orgasmos el resto de tu vida, fingiendo ser feliz con él?
—Sí.
Se me llenan los ojos de lágrimas, no porque eche de menos a Dean. Sé que no estamos
destinados a estar juntos. Pero el abandono cuando Dean por fin se fue sigue doliendo,
porque volverá a ocurrir, incluso con Cash. Por fin tengo a alguien que me entiende, pero
Cash no es alguien que pueda tener. Es mi enemigo. Se supone que no debería sentirme
tan segura con él. Pero lo estoy.
Y al final, voy a tener que dejarlo.
Cash me seca las lágrimas con los nudillos y luego se las lame. Su mano se traga mi
cuello, donde están los moretones. Me aprieta y un dolor sordo se apodera de mi columna,
recordándome de lo que es capaz. Sus ojos se clavan en los míos y sé que ha visto todo lo
que hay dentro de mí. Mis lados terribles. Mis vergonzosos impulsos sexuales. La rabia
que he acumulado por mi padrastro y mi hermanastro. La rabia que he vertido en él.
Aun así, Cash me hace sentir vista. Oído. Deseada. Incluso en las partes feas.
Cash me aprieta el cuello, pero no levanto la vista. Esto es estúpido. Cash me está
manipulando, igual que manipuló a Jenna. Joder, ha agredido a mi mejor amiga.
Ya sea una agresión suave como la de mi padrastro o una agresión física como la de mi
hermanastro, nadie merece ser violado de esa manera.
—Iré a tu cita doble —dice Cash.
Esas palabras borran instantáneamente mis pensamientos. El corazón me salta a la
garganta. Trago con fuerza.
—¿Con mi madre? —Pregunto.
Asiente despacio, con los ojos mirándome por debajo de la nariz, como si supiera que
aceptar esto significa que puede dominarme. Me muerdo el labio interior, ansiosa por lo
que pueda exigirme, pero no importa. Está de acuerdo.
Y me recuerdo a mí misma que esta es: mi oportunidad de matarlo como le prometí a
Jenna. Aunque me haga sentir vista, es demasiado peligroso y poderoso para estar libre.
Tiene que pagar por lo que ha hecho, o lo volverá a hacer. Siempre lo hacen.
—Pero tengo malas noticias —digo dubitativa, pasándome los dedos por el cabello—.
Ahora vamos a un restaurante de verdad.
Cash ladea la cabeza.
—Otra oportunidad para exponerme.
—Lo que significa... que ya no podemos tener sexo en mi antigua habitación. Lo siento.
Se ríe entre dientes, pero la sonrisa no hace más que ensancharse en su rostro. Me
espera otro plan, mucho más retorcido que profanar mi antiguo dormitorio.
—¿Crees que me dedico a eso? —pregunta.
Arrugo la nariz.
—¿No es por eso?
—En absoluto. Pero ahora tengo que ponerme al día con el contratista. —Me guiña un
ojo y se coloca entre mis piernas. Sus manos se deslizan alrededor de mi garganta,
sujetándome sin ahogarme, las yemas de sus dedos ásperas y gruesas. Siento calor entre
las piernas al saber que puede aplastarme en cuestión de segundos. Se me corta la
respiración y sé por qué me sujeta así.
Aunque no me esté estrangulando, quiere recordarme que me controla.
—No te preocupes —dice—. Tendrás otras oportunidades para compensarme.
10
Cash
V ivir en Key West tanto tiempo como yo significa que conozco las propiedades por
dentro y por fuera, aunque no sea su propietario. He trabajado en todas, desde las
casas históricas restauradas hasta los apartamentos modernos. Y Dean, el exnovio, vive en
una pequeña casa de campo de dos dormitorios construida por la empresa Winstone, lo
que significa que tiene la misma escotilla en el semisótano y los mismos huecos anchos en
las paredes que Remedy. Sería divertido, pero estoy demasiado impaciente. Quiero
matarlo ya.
Cuando el sol se pone, fuerzo la cerradura de su casa y entro. La noche es tranquila y,
aunque la paranoia civil me deja menos opciones, me digo a mí mismo que me gusta el
cambio de ritmo. Todo el mundo tiene miedo. Soy su hombre del saco y mi reino se
extiende por toda la ciudad.
En el segundo dormitorio, que ha acondicionado como despacho, rebusco entre los
cajones y el archivador. Tareas escolares. Ensayos. Registros de asistencia. Libros de texto
anticuados. Apesta a libros rancios y a tinta. En una pared hay una gran ventana que da a
la calle, y en la otra, una estantería repleta de libros de texto y carpetas. Pero en el cajón
superior del escritorio, un tanga de satén rojo yace bajo unos clips.
La sangre hierve en mis venas, mi ritmo cardíaco se dispara. Me está provocando.
¿Quiere sufrir? Agarro el trozo de tela, con clips y todo, haciéndolo crujir en mi puño, y
los huelo profundamente. Más agrio que picante. Me relajo. No es ella.
Pero eso significa que mintió a Remedy. No es el exnovio abstinente que merece una
segunda oportunidad. Se ha estado acostando con cualquiera.
Pero eso no importa.
Después de investigar la propiedad, encuentro un hueco en el armario del dormitorio
principal, dejando la puerta entreabierta para disfrutar de las vistas. Si Dean mantiene su
horario habitual desde que he empezado a vigilarle, no tendré que esperar mucho.
Y a la cola, entra en casa apestando a cerveza y perfume floral, con el chaleco de jersey
agarrado en la mano. Tira del cuello de la camisa, afloja los botones y se quita la ropa,
tirando cada prenda sobre la cama. Un pecho afeitado. Musculoso, como si jugara en una
liga deportiva para adultos. Cabello peinado. Se tumba en la cama y, aunque ahora no
puedo ver mucho, veo su polla en una mano y su teléfono en la otra, como si se estuviera
masturbando viendo porno. Pero por mucho que bombee, su polla se queda flácida en la
palma de la mano. La madre de acogida número siete era así. Si le dabas de beber, se
desmayaba, así que le metí un tubo en la boca inconsciente, canalizando todo lo que su
estómago aguantaba. Nadie pestañeó cuando murió de intoxicación etílica.
Son todos iguales.
Gime y se retuerce en la cama hasta que por fin se deja caer de espaldas y se desmaya.
Aún no son ni las siete y el cabrón ya está borracho de whisky. ¿Es así como trató a
Remedy? ¿Se emborracha tanto que no puede ni follarse a sí mismo y espera que a ella le
parezca bien? Me arrastro por la puerta del armario hasta situarme sobre su cuerpo
inconsciente. Le meto la cuchilla por debajo de la barbilla y le muevo la cabeza para poder
inspeccionarlo. Una mandíbula cincelada. Ojos claros. Tiene un hundimiento en la mejilla,
como si tuviera hoyuelos. No me extraña que a Remedy le gustara. No se puede negar que
es atractivo, aunque tendría más carácter con la cara esculpida.
Pero no estoy aquí para arreglarlo.
La cuchilla le pincha la piel. La golpea como si fuera una mosca, pero la hoja se le clava
en la palma y él abre los ojos, concentrándose en mí.
—¿Qué dem...?
Le golpeo la muñeca; la mano se separa de su cuerpo y los huesos se congelan en forma
de garra. Dean grita, sacudiendo el muñón en el aire, demasiado conmocionado para
defenderse.
Me gusta dar opciones. Las opciones dan esperanza a la gente, y disfruto viendo cómo
esa esperanza se desintegra antes de morir. Pero mientras levanto la cuchilla, con la sangre
brillando en el filo, sé que Dean no se lo merece. Balbucea y gimotea, pero no le oigo. Oigo
a Remedy: ¿No creerás que estoy loca?
Vuelvo a clavar la cuchilla en la otra muñeca, desmembrándola también. La sangre
brota a nuestro alrededor y lanzo la cuchilla una y otra vez, cada golpe me llena de una
satisfacción que no había sentido en mucho, mucho tiempo. Y me digo que esto es por mi
plan. Cuando el ex novio de Remedy aparezca muerto, Remedy será una de las primeros
sospechosas. Incluso puedo ayudar a la policía, confirmando que los vi en medio de una
acalorada discusión, sólo unos días antes de su muerte.
Pero no puedo explicar el impulso que me domina mientras me subo encima de él. La
polla se me llena de sangre cuando suelto la cuchilla y saco la navaja. Apenas está vivo,
puede que incluso esté muerto, es difícil saberlo, pero le clavo la navaja en los ojos y los
rodeo hasta dar con la dura e inconfundible cuenca ósea. Le saco el ojo. Un tejido rojo y
fibroso se retuerce alrededor del nervio óptico y, con un rápido movimiento del cuchillo,
atravieso los vasos. Luego hago lo mismo con el otro ojo. Los sostengo en alto con mis
guantes de cuero, admirándolos en la sombra, con los vasos y los nervios colgando de cada
uno de ellos como trozos de algas que decoran la playa. Incluso muerto, nunca volverá a
mirar mi pequeño cariñito.
La sangre me cubre, caliente y húmeda. Salto de la cama. Está descuartizado, sus
sábanas rojas, su carne pulverizada. Su cara parece más un montón de tierra roja que un
cráneo humano. Pero quiero más.
Le corto la cabeza con la cuchilla. Su médula espinal, de un blanco cremoso, asoma por
entre la carne, pero mientras sostengo su cabeza por el cabello enmarañado y suave, me
siento satisfecho. Tiene mucho mejor aspecto así. De verdad. Como el jodido humano que
es. Silbo una melodía y lo dejo sobre la cama para que pueda ver cómo me deshago de su
cuerpo.
Compruebo su teléfono, curioso por saber qué pajas se hace. Un mensaje con una foto
llena la pantalla: una estudiante en lencería de satén rojo posando en su cama. Nos vemos
en clase —dice el mensaje. Pongo los ojos en blanco. Es predecible hasta la saciedad. Si no
lo hubiera matado, al final lo habrían despedido por la aventura prohibida. Y decía que
quería comprometerse con Remedy.
Matarlo es prácticamente un favor.
Con la máscara puesta, cubro el resto de su cuerpo con imprimación, luego con espuma
aislante y lo meto en el espacio de arrastre. Incluso le echo encima los globos oculares. Un
rastro de sangre cubre nuestro camino desde su dormitorio hasta el armario, pero no
importa. No me importa que se entere la policía. Quizá sea mejor que lo encuentren antes.
Con su protocolo, pasarán al menos unos días antes de que se planteen hacer un chequeo
de bienestar.
Hago un último barrido por la cabaña, limpiando apresuradamente, pero lo bastante
bien. Luego vuelvo a agarrarle la cabeza por el pelo, con los párpados cerrados,
ensangrentados y planos. Dejo caer la cabeza en una gruesa bolsa de basura negra. Aunque
sólo es la cabeza, pesa más de lo que cabría esperar, como una bola de bolos metida en una
bolsa de lona. Meto la bolsa de basura en el maletero de mi auto deportivo y lo cierro de
golpe.
Una vez duchado, conduzco hasta la casa de alquiler de Remedy. Me arreglo las mangas
mientras estoy en el porche. Ella abre la puerta y me quedo boquiabierto. Lleva un vestido
de encaje ceñido al cuerpo, con una fina tela oscura debajo que apenas le cubre los pechos
y el coño. Las mangas de encaje le llegan hasta las muñecas y el dobladillo le cuelga por
encima de los muslos. Aun así, incluso con el encaje, es muy revelador. Una pizca de piel
entre cada pieza de encaje me provoca y me hace salivar. Sus labios rojo sangre son
diferentes de su habitual pintura morada, pero funciona. Lleva tacones de aguja negros en
los pies. Una amplia gargantilla de encaje le cubre el cuello y, por una vez, no me molesta
que los esconda. Es para su madre, y maldita sea, la gargantilla le sienta de maravilla. Es
una mezcla de gótica cutre y acompañante de lujo, rebosante de sexo con un vestido negro
de cóctel. Lista para matar.
—Hola, preciosa —le digo. Hace una reverencia como si supiera lo guapa que está, y
eso me pone la polla aún más dura. Joder. Es una pistola y estoy ansioso por destrozarla.
Le abro la puerta del acompañante y se desliza en el asiento.
—¿Conoces Pirate's Bistro? —pregunta, con los labios rojo oscuro fruncidos.
Asiento con la cabeza y me dirijo hacia la orilla. Voy vestido con mi estilo habitual: las
mangas remangadas de mi camisa abotonada, pantalones planchados, un cinturón de
cuero y un reloj; un atuendo bastante típico para hombres de mi talla en los Cayos. ¿Pero
Remedy? Se ha arreglado demasiado para ir a Pirate's Bistro, y eso me gusta. Está tomando
las riendas de su apariencia, una última puñalada a su madre. ¿Mamá quiere una cita
doble, regañando hasta que se salga con la suya? La respuesta de Remedy es traer a su
desastroso, sádico y chantajista jefe con beneficios, vestida como si perteneciera al barrio
rojo. La miro y se sonroja, colocándose el cabello detrás de la oreja. Mi polla se tensa; no
es propio de ella estar nerviosa y quiero explorarlo. Las ganas hacen que los segundos
pasen más despacio. Tenemos que sufrir esta cita doble para llegar a la parte buena,
cuando pueda destrozarla. Le aprieto el muslo y vuelvo a centrarme en la carretera.
Aunque el Pirate's Bistro está lleno de tachuelas turísticas en un edificio diseñado para
parecer una vieja ciudad portuaria parcialmente saqueada, está sobre el agua, con comida
decente y unas vistas fantásticas, lo que lo convierte en un lugar popular para todo tipo de
gente, incluso para una cita doble entre cuatro lugareños. Una mujer de cabello castaño
teñido y ojos verdes se detiene ante nosotros, sus ojos se iluminan al ver a Remedy. La
edad se le nota en las arrugas alrededor de los ojos, y su piel tiene un tono marrón dorado,
más intenso que el de Remedy, pero es evidente que es su madre. Cuando se abrazan, el
contraste es asombroso. Un alegre vestido color crema con grandes hibiscos rojos, frente
a un escueto vestido negro de encaje.
Su madre se gira hacia mí, con una sonrisa más amplia que antes. Le tiendo la mano y
ella la coge, sonriéndome. Pero sus ojos se ciernen sobre los míos; las motas siempre
detienen a la gente. Las motas en los ojos son comunes, pero pocas son tan oscuras como
las mías. La pilla desprevenida, como si hubiera algo raro en mí. Ella se aparta sutilmente
y yo le sonrío.
—Usted debe ser la Sra. Basset —le digo.
—Por favor, llámame, Kim. ¿Y tú eres?
—CASH. —Remedy levanta los hombros, mirándome. Ese movimiento me dice que
aún no le ha dicho a su madre que soy su jefe. Su madre, Kim, cree que soy el novio de
Remedy.
No estoy seguro de cómo sentirme al respecto.
—¿Cash? Es un nombre interesante —dice su madre. Le guiña un ojo a su hija—.
También es guapo.
Me río para mis adentros. Sé lo que quiere decir. Se ha fijado en mis ojos y sabe que
tiene que decir algo para distraerse de lo raro que soy.
Un hombre de cabello gris desgreñado y brillantes ojos azules me tiende la mano ante
Remedy.
—Soy Tom —dice. Primero nos damos la mano, luego se dirige a Remedy, como si yo
fuera más importante que la hija de su novia. El maldito idiota—. Gracias por reunirte con
nosotros esta noche.
Una vez que la anfitriona nos guía hasta nuestra mesa, entablamos conversaciones
triviales a través de falsas interacciones. Por muy unida que esté una familia, este tipo de
interacciones son siempre una máscara para demostrar lo cerca que está la unidad de la
familia ideal. A algunas de mis familias de acogida les encantaba fingir así cuando llegué
y, al principio, pensé que las cenas familiares significaban veladas tranquilas y felices. Pero
siempre es una fantasía. Una forma de hacer que alguien se sienta lo bastante cómodo para
que pueda pegarte por esos errores, como un hijo de acogida que se negaba a hablar.
Dudo que Kim haya tocado así a Remedy, pero no puedo quitármelo de la cabeza.
Quiero matar a Kim para demostrar que Remedy no necesita esta falsa relación en su vida.
Pero cuanto más balbucea su madre sobre los increíbles atributos de Tom, más ruidosa y
agresiva se vuelve Remedy, como si le molestara incluso estar en la misma habitación que
Tom. Es entretenido, pero la noche sigue siendo confusa.
Una voz se interpone entre los temblores de la conversación.
—¿CASH? —pregunta Remedy, tocándome el muslo por debajo de la mesa. Parpadeo.
¿De qué estamos hablando?
—¿A qué te dedicas otra vez, Cash? —le pregunta su madre.
—Soy desarrollador —le digo.
—¡Oh! Tom lleva la contabilidad de Johnson Properties...
Remedy interviene:
—Cash gana más dinero que Tom.
—Remmie, cariño —le dice su madre, con un tono de advertencia en la voz—. Pórtate
bien.
Esas son las mismas dos palabras que Remedy me dijo antes de que acompañara a Dean
fuera de su casa de alquiler hace unas noches. Incluso su madre sabe que Remedy está
lista para matar esta noche.
Pero Tom se ríe y me golpea el hombro con el puño.
—No pasa nada, Kimmie. Seguro que sí. Mira ese reloj. —Le aplaco enseñándoselo, no
porque me importe, sino porque quiero que Remedy entienda lo mucho que estoy
haciendo por ella. Odio esta mierda—. Colega, ¿eso es sangre? —pregunta Tom, apuntando
con un dedo a la correa de mi reloj—. ¿Estás bien? ¿Te has cortado afeitándote o algo?
Me acerco. Una gota de sangre, más pequeña que una mota de cemento, se seca en la
correa de piel de aligátor. La froto. Ni siquiera recuerdo haber llevado este reloj durante
una matanza recientemente. ¿De dónde es?
Remedy me sonríe, y entonces recuerdo: es mi sangre, de cuando follamos en su cocina
y me arañó la espalda.
—Algo así —le digo a Tom.
Su conversación continúa y yo miro fijamente el agua oscura, pero no veo nada. Las
luces del restaurante son demasiado brillantes. No sé por qué estoy en este restaurante.
¿Es por Remedy? ¿Para ver a su madre y a su novio y poder asesinarlos también? Sigo
diciéndome a mí misma que sigo aquí, hundiéndome en este pozo turístico sin fondo sólo
para poder hacer que Remedy esté sola como yo, para hacerla cargar con la culpa de mis
crímenes. Pero sé la verdad.
Siento curiosidad por ella.
Terminamos la cena e incluso intervengo una o dos veces, sobre todo para provocar a
Remedy para que se rebele más. No para de lanzar indirectas a Tom, y es divertido verla
retorcerse. Pero al final de la velada, su espíritu se apaga y me siento aliviado de que haya
llegado el momento de separarnos. Los cuatro estamos en el vestíbulo de la entrada, con
un elaborado nido de cuervo de plástico a un lado.
—Gracias por convencerla de que lo haga —dice su madre y me abraza. Me pongo
rígida, pero sigo el gesto. Cuando finalmente me escapé en mi adolescencia, me di cuenta
de que tenía que fingir. Tengo que encajar. Tengo que hacer el papel de normal.
Y la gente normal da abrazos a posibles suegras.
No es como si me fuera a casar con ella. Pero eso es lo que pretende Remedy.
¿Por qué aguanto tanta mierda por ella?
—Ha sido un placer —le digo—. Seré sincero: siempre quiere quedarse en casa. Es muy
hogareña. Es la primera cita a la que me deja llevarla en semanas.
Su madre se anima.
—¡Entonces deberíamos hacer esto más a menudo!
Remedy me da una palmada en el hombro para que me calle, y yo esbozo esa sonrisa
practicada. Me encanta molestarla. Le doy la razón a su madre y Remedy se queda
boquiabierta. Nos damos un último abrazo y su madre y su novio se separan, dejándonos
a Remedy y a mí solas en el vestíbulo.
—No quiero irme a casa todavía. ¿Quieres quedarte aquí un rato? —pregunta,
señalando hacia las escaleras que llevan a la cubierta superior—. Voy por bebidas. Nos
vemos en el salón.
No lo cuestiono. Subo los escalones del salón y busco un sitio junto a la barandilla, lejos
de las pocas personas que aún están fuera. Sólo faltan unos minutos para que podamos
centrarnos en mi parte del trato. Me apoyo en la barandilla y miro hacia la oscuridad.
—Hola —dice un hombre desde un lado. Su nariz roja palpita entre sus mejillas
hinchadas—. Te conozco de algún sitio.
Miro hacia el agua.
—Tengo una de esas caras —murmuro.
—¿Eso es una cicatriz? Esos ojos. Los recordaría en cualquier parte.
Me alejo, pero el hombre se acerca, mirándome como un borracho de mierda.
—Hiciste el aislamiento de mi casa el año pasado, ¿verdad? ¿En Coastal Way? Es
agradable, hombre. Ya no nos morimos en verano.
¿Aislamiento de hace un año? Mierda. ¿Me había visto durante uno de los asesinatos?
—No sé de qué estás hablando —advierto—. Retrocede.
—Te vez bien —dice dándome palmaditas en los brazos—. Muy elegante. Bien vestido.
Más limpio ahora. ¿Tienes una chica esta noche o algo así? ¿Te ha visto con la ropa de
trabajo? Parecías muy sucio...
Le agarro por el cuello de la camisa y le levanto los pies del suelo. Mis caninos brillan a
la luz y eso le hace tragar saliva; el miedo nada en sus ojos como un banco de peces sin
rumbo. No debería llamar más la atención sobre este imbécil, pero me ha cabreado y es un
borracho hijo de puta al que nadie echará de menos de todos modos.
Pero no hay lugar para esconder fácilmente un cuerpo aquí. Incluso si meto su culo en
el océano, alguien lo verá.
—No me conoces —gruño.
El hombre traga saliva. Finalmente, asiente en silencio.
—¿CASH? —pregunta Remedy. Los ojos del borracho parpadean hacia ella, que está
detrás de mí, y lo suelto, dejándolo caer al suelo. Me giro hacia ella mientras el borracho
se escabulle. Remedy levanta dos copas: un mojito para ella y un whisky para mí. Lo tomo,
dándole las gracias, pero aún no bebo un sorbo.
—¿Qué ha pasado? —pregunta, con la voz llena de aprensión.
—Borracho imbécil —digo. No hay nada más que decir al respecto—. Ahora, he
conocido a tu madre, pero ¿qué pasa con tu padre? ¿Dónde está? —Puedo matar a su padre
biológico también. Maldita sea, necesito matar a alguien pronto. La presión crece en mis
huesos. Sus ojos se posan en el agua que se agita debajo de nosotros.
—Mi verdadero padre murió cuando yo era niña —dice.
Lo recuerdo. Hay más en esa historia, pero me doy cuenta de que no quiere compartirla
ahora.
—¿Y tú padrastro? —le pregunto.
—No he hablado con él desde el divorcio.
Mira fijamente al agua como si pudiera ver visiones de su pasado ahogándose en la
negrura. Y por alguna razón, al verla así, mi corazón palpita, como si supiera lo que se
siente. Pero no lo sé. Su dolor es suyo, y el mío es mío. Puedes entender cuánto duele, pero
nunca podrás saber lo que se siente.
Pero no puedo evitar ponerle la mano en la espalda. Quiero que sepa que sigo a su lado.
—Puedes decírmelo —digo en voz baja.
Se niega a mirarme.
—¿Me seguirás deseando? —me pregunta, con la voz flotando hacia el océano.
—Sí.
Sorbe la mitad de su mojito.
—Solía tocarme. Debajo de mi pijama. Después de ducharme. Siempre era suave,
¿sabes? Me hacía sentir bien. Pero yo sabía que estaba mal y me sentía tan culpable. Cada
vez que le decía que parara, me recordaba que no me estaba haciendo daño. No estaba
siendo rudo. Es como si yo no tuviera ningún poder. Y me hizo decir en voz alta que no
me dolía. Luego me convenció para que dijera que también me gustaba.
Me duele la cabeza, los destellos de luz me nublan la vista.
—¿Nadie lo sabía? —Pregunto.
—Intenté contárselo a mi madre una vez. Pero ella no me creyó, y cuando mi
hermanastro, Brody, lo oyó, dijo que me mataría si sugería que su padre volvía a hacer algo
así. Y sabes, Brody aún me lastimaba, pero yo podía manejar el dolor. Era más fácil de
procesar. Más fácil darle sentido. ¿Pero mi padrastro? Nunca paró hasta que terminó. Y
sentí que no podía decírselo a nadie, ¿sabes? ¿Por qué tratar de meter a alguien en
problemas cuando técnicamente nunca te han hecho daño?
La rabia hierve en mi interior, una sensación de hormigueo que hace que me pique el
cuero cabelludo. Seré el primero en admitir que abuso de mi poder sobre los demás,
incluida Remedy, todo el tiempo. Hago daño a Remedy, como hizo su hermanastro. Y
sinceramente, no me importa que su padrastro deformara su sentido del afecto sano,
porque eso también me pasó a mí. Nos hace comprendernos. No soy ajeno a ese tipo de
«amor» jodido.
Lo que más me cabrea es que su padrastro utilizara una conexión como la familia,
obligándola a creer que estaba bien. Lo usó para silenciar la pasión que había dentro de
ella.
Y eso me mata.
No puedes elegir a tu familia. Te abandonan o te destruyen. ¿Y la familia de Remedy?
La arruinaron.
El agua se desliza por la barrera de rocas que bordea el restaurante y la luz de la luna
ilumina las agitadas olas. Una lágrima recorre la mejilla de Remedy y desaparece en la
oscuridad. La rodeo con el brazo y la atraigo hacia mí. Huele dulce, mezclado con la sal
del océano. Se supone que debo incriminarla o matarla, pero lo único que quiero es
destruir a cualquiera que le haya hecho daño.
Soy el único que le hace daño a mi cariñito.
—¿Qué ha pasado? —Pregunto.
—Se lo dije a Jenna. Y aunque mi madre no me creyó al principio, Jenna sí, y ayudó a
convencer a mi madre. Fue tan estúpido. ¿Cómo pudo mi madre creer a mi mejor amiga,
pero no a mí? Es como si no confiara en mí. Maldita sea. —Se rodea el estómago con un
brazo—. Todavía me da asco pensar en ello.
Agarro el vaso de whisky tan fuerte que casi se me rompe en la mano. Habría dejado
que el vaso me cortara las venas, pero necesito escuchar la historia de Remedy. Necesito
que confíe en mí, y eso incluye escucharla. De ese modo, yo también podré destruirla.
Pero no es sólo eso. Quiero absorber cada detalle sangriento para poder matarlos a
todos.
—Alguien así merece morir —digo, con la rabia filtrándose por cada palabra. Remedy
se vuelve hacia mí, con los ojos muy abiertos. Supongo que es extraño; la gente rara vez
habla de quién quiere que muera. O quizá le confunde que me importe, cuando abuso de
mi poder, igual que su padrastro y su hermano. Pero no me escondo detrás de falsas
afirmaciones como «familia». Remedy sabe exactamente lo que es para mí: una víctima de
chantaje.
—¿Qué quieres decir? —susurra Remedy.
—Tu padrastro se escondió detrás de estas falsas ideas de respeto. Familia. Parentesco.
Uno pensaría que gente así se resistiría, pero no es así. —Sacudo la cabeza—. Son
patéticos. Malditos cobardes. Hacen cualquier cosa para sobrevivir.
Juguetea un segundo, pasando los dedos por los lados del vaso, mojándose las yemas
con la condensación.
—¿Pero no le hiciste lo mismo a Jenna? —pregunta, sus palabras tranquilas.
La miro fijamente a los ojos. Quiero que entienda todo lo que voy a decirle.
—Yo uso a la gente, Remedy —digo—. No voy a mentir sobre eso. Pero siempre soy
sincero. Cuando se trata de usar a la gente, les doy a todos opciones, como hice contigo.
—¿Qué opción le diste a Jenna?
—Puedes preguntarle.
Arruga las cejas, repentinamente frustrada.
—Pero tú la azotaste. Y ella no es como yo. Ella no puede lidiar con ese tipo de cosas.
—He hecho cosas mucho peores que azotarte.
Suelta un suspiro demacrado, la culpa la llena de tensión. Por eso odia quererme, por lo
que significa cuando se trata de su mejor amiga.
—¿No te gustaría poder matarlo? —le pregunto.
Sus párpados se agitan, sorprendida por mi franqueza. Aunque no está de acuerdo
conmigo verbalmente, puedo ver el deseo brillar en sus ojos.
Me acerco el vaso a los labios.
—Eh —dice, cogiendo el vaso—. No te lo bebas. He visto al camarero lamerle el borde
o algo así. —Me coge el vaso, lo tira por encima de la barandilla y el contenido salpica
abajo, amortiguado por las olas. Con un brillo en los ojos, inclina la cabeza hacia mí—. De
todas formas, en mi casa puedo prepararte una bebida mejor.
Sé la verdad. Puso algo en mi bebida. Y ahora, se está cuestionando esa decisión.
Por fin.
—Tengo una idea mejor —digo.
La conduzco de vuelta a mi auto y vuelvo a abrirle la puerta del acompañante. Rodeo el
auto y doy unas palmaditas en el maletero mientras subo al asiento del conductor. La
cabeza sin ojos de Dean sigue ahí detrás. Incluso muerto, no puede ver ni tocar a Remedy,
y eso me da placer.
Conducimos a lo largo de la costa, pasando por la parte principal de la isla, hasta llegar
a un camino de tierra entre los árboles. Tras una corta distancia, el camino cambia de
tierra a asfalto, abriéndose a lo que parece un estacionamiento aislado sin líneas que
marquen los espacios. Es un proyecto abandonado de la empresa Winstone, olvidado tras
un huracán.
Nadie nos encontrará aquí.
11
Remedy
C uando cierro la puerta del auto y piso el asfalto, aspiro. Es pestilente y ligeramente
almizclado, como algas en descomposición, y honestamente huele como el resto de
Key West. Pero no hay farolas. Ni plazas de estacionamiento. Sólo asfalto en una enorme
forma rectangular: árboles en tres lados, y el mar salpicando las rocas y los arbustos
dentados en el cuarto. Brotan las hojas en abanico de las palmeras de paja, mezcladas con
hojas verde grisáceas en forma de ojo. Llevo toda la vida viviendo en Key West y nunca he
estado aquí.
Cash se queda mirando el agua como si esperara la llegada de una tormenta. Si tengo
que huir, será difícil escapar de aquí. Puedo esconderme, pero Cash me encontrará. Sus
palabras se arremolinan en mi cabeza.
¿No te gustaría poder matarlo?
Las emociones se desatan dentro de mí, luchando por el control. Creo a mi mejor amiga.
Sé que Jenna me dijo la verdad. Entonces, ¿por qué siento que Cash también me está diciendo
la verdad?
¿Qué ocurrió en realidad?
—Si tú no lastimaste a Jenna, ¿entonces quién lo hizo? —Pregunto—. ¿Contrataste a
alguien para que se hiciera pasar por ti? ¿Eres el hijo secreto de Winstone? No entiendo
por qué no puedes decirme la verdad.
—Doy a todos una opción, Remedy. Incluso a ti —dice levantando el labio superior—.
Si tanto te molesta... —señala la carretera que lleva de vuelta a las calles principales de
Key West—, entonces vete.
Y aunque no lo dice, puedo oírlo en su voz. Si me voy, no me detendrá. De alguna
manera, tampoco creo que le dé ese video a la policía.
Entonces, ¿por qué sigo aquí?
Mis ojos se posan en el suelo. El asfalto es oscuro, como si hubiera sido pavimentado
recientemente, o como si nadie lo hubiera usado nunca. Hay grandes grietas en los bordes,
pero ningún otro signo visible de uso.
No estoy segura de lo que es este lugar, pero sé que no voy a ninguna parte. Ahora no.
Cash me abraza por detrás, me sube el vestido y me obliga a mirar hacia el agua.
—Me has estado tomando el pelo toda la noche —respira en mi cuello. Siento
escalofríos en la piel cuando me roza el borde de las bragas. Se desliza por mi interior,
rozándome la piel con sus manos ásperas. Me derrito, dispuesta a rendirme, apretándome
contra su pecho firme y cincelado. Me acomoda el vestido hasta que se amontona bajo mis
pechos, luego me acaricia el coño, jugando con mis pliegues, como si sus dedos fueran otra
correa que guiara mi alma. No sé quién es Cash ni por qué me hace esto, pero me presiona
el clítoris y me da igual. Sus uñas se clavan en mi tejido sensible con un dolor agudo y
punzante hasta que le doy lo que quiere: Gimo. Entonces me muerde el cuello a través del
collar de encaje, y la tensión sube en espiral hasta mi cabeza y baja hasta los dedos de los
pies en oleadas de dolor y placer.
Le odio, me recuerdo. Le odio. Es el peor. Es el enemigo.
—Tú —tartamudeo—. Tú eres...
—En control —dice—. Sé lo que quieres, Remedy, y te lo voy a dar. Todo lo que tienes
que hacer es arrastrarte por mí.
Arrugo las cejas, pero me susurra al oído, el sonido me calma, como las olas del mar
golpeando contra las rocas.
—Voy a hacer que te corras tan fuerte que ya no sepas quién eres, como me pediste —
dice—. Confía en mí.
Me obligo a cerrar los ojos y a sacudir la cabeza, pero es sólo para aparentar. Deseo
tanto todo lo que él pueda darme, y le creo. Con todo mi corazón y mi alma. Pero no puedo
dejar que me lleve así. Hirió a Jenna, y ella no será libre hasta que él esté en la cárcel o bajo
tierra. Y como ella no puede enfrentarse a él, entonces tengo que luchar contra él por ella.
Pero ¿y si no le ha hecho nada? ¿Y si hay otra parte de la historia, una que aún no
conozco?
Alguien así merece morir, dijo. Y lo dijo como si fuera completamente en serio. Como si
quisiera matar a gente como mi padrastro.
Son patéticos, dijo. Hacen cualquier cosa para sobrevivir.
¿De qué es capaz Cash?
Parpadeo, intentando reconciliar todo lo que Jenna me ha contado sobre el señor
Winstone, relacionándolo con Cash.
Quiere que le llame Cash, pero insiste en que Dean y Jenna le llamen Sr. Winstone.
Azotó, abofeteó y golpeó a Jenna por pequeños errores. ¿Pero a mí? Me dio a elegir: la
cárcel, o él.
Entonces me hizo rogar por ello.
Hizo que me gustara.
Me golpea en los muslos desnudos y grito de dolor.
—Ahí estás —me dice, gruñéndome al oído—. No te atrevas a dejarme así otra vez. Tu
cerebro se va a otra parte, y te juro que si el dolor te mantiene encadenada a mí, eso es lo
que tendrás. —Mi cuerpo hormiguea de ansiedad y lujuria e inconscientemente me acerco
más a él, su polla crispándose contra mi espalda—. Me perteneces, Remedy. Desde el
primer día que te vi hasta tu último aliento. Eres. Mía.
Se me retuercen las entrañas mientras me masajea el coño y los pechos con fuerza, como
si me estuviera exprimiendo la vida; la presión aumenta en mi interior como una olla de
agua hirviendo al borde del abismo. Me aparta las bragas mientras me exprime todas las
sensaciones hasta que apenas puedo mantenerme en pie.
—CASH —susurro.
Una sustancia dura y cerosa me hace cosquillas en la oreja y doy un respingo para
apartarme, pero Cash me aprieta la garganta, manteniéndome inmóvil mientras me la
mete en la oreja. Todo ruido desaparece por ese lado.
—¿Qué estás haciendo? —Pregunto, mi voz más fuerte en mi cabeza, ahora que sólo
tengo un oído.
—Te quitan la capacidad de oír y ver —dice.
¿Qué demonios está pasando? Esto no me parece bien. Me tiemblan los labios.
—Pero pensé que sólo querías que gateara.
—Y lo harás. —Una sonrisa malvada se dibuja en sus labios. Sus ojos bajan hacia mis
pechos, manchados de rojo por sus poderosas manos, y luego vuelven a subir hacia mí—.
¿Creías que te librarías tan fácilmente, cariño?
Me llena el otro oído de cera y, de repente, todo está amortiguado, como si estuviera
enterrado bajo tierra. El océano choca violentamente contra las rocas, pero no oigo nada.
Sin ningún sonido, mi corazón se acelera y la ansiedad me devora. Se supone que debo
amar y confiar en mi familia. Se supone que debo casarme con alguien como Dean. Se
supone que debo odiar a Cash. Se supone que no debo dejar que me quite el oído y la vista.
Necesito mis sentidos. Necesito cerrar todas las puertas, dejar todo fuera. Saber siempre lo
que está pasando. Así es como te mantienes a salvo.
Y por alguna razón, sigo dejando que Cash entre en mí.
Mi corazón vibra en mi pecho, cada latido aumenta de velocidad, y mi respiración sale
en jadeos escalonados, intensamente fuertes en mis oídos ahora que todo está silenciado.
Las palabras de Cash se funden en tonos profundos que me atraviesan en cascada. Me
hace un gesto para que levante las manos, luego me coge por los lados del vestido hasta
quitármelo. El vestido cae al asfalto, luego la gargantilla de encaje y mi sujetador.
Me mete los pulgares en las bragas y me las baja hasta que se arrodilla. Su lengua se
arremolina en torno a mi clítoris, haciendo que mis entrañas ardan de deseo, y de vez en
cuando me roe la tierna piel, recordándome el dolor que puede provocarme. En sus ojos
arde un fuego que me reta a detenerlo. A fingir que no quiero esto. Pero no le dejé beber el
veneno, y ahora sé, con cada remolino de su lengua, que nunca podré matarlo así. Mis
rodillas se doblan bajo la presión y él me agarra, sosteniéndome. Sus labios se despegan,
mostrando sus dientes, pero no es una sonrisa. Es una muestra de dominio sobre mí.
Una vez firme, se levanta, saca una venda del bolsillo y me la pone en los ojos. Todo se
vuelve oscuro. Me agarra -sus manos calientes y pesadas, como un hierro apoyado en el
fuego- y me empuja hasta ponerme de rodillas. Caigo sobre las palmas de las manos, los
trozos sueltos de roca me muerden la piel. Los guijarros se clavan en mi carne y siseo por
el dolor. Sus palabras vibran en mi interior, graves y melódicas, como la música que suena
en el fondo de un bar.
Un collar me rodea el cuello, casi como la cadena de asfixia, pero esta vez, en lugar de
metal, es grueso, como una cuerda. Tira de él como de una correa y me rodea el cuello. Me
arrastro siguiéndole por el solar vacío. Cada vez que muevo las rodillas, me duelen como
si me estuvieran clavando cuchillos en la piel. Me escuece muchísimo. Tengo una soga
alrededor del cuello y me duelen las rodillas, y estoy segura de que me sangran. No importa
lo lento o rápido que vaya, estoy sangrando por él, pero no puedo sentirle; sólo puedo
sentir su cuerda. Estoy tan sola así. Arrastrándome. Sin saber dónde está. ¿Por qué no me
toca?
¿Por qué dejo que me haga esto?
Es capaz de destruir mi vida.
La soga me rodea el cuello, cortándome el aire, y la presión aumenta en mi cara, con la
piel estirada e hinchada. Pero Cash tira del lazo, afloja la cuerda y me levanta sobre una
superficie fría y metálica. Toco los bordes, intentando averiguar qué es; es una silla
plegable. El líquido me baja por las rodillas hasta las pantorrillas y sé que tengo razón; me
sangran las rodillas. ¿Quiere que sangre?
Asegura la cuerda a algo, ¿será a su auto?, y luego me separa las piernas a la fuerza. Unos
segundos más tarde, me lleva las caderas hacia delante, sus manos se tragan mis muslos,
me levanta lo justo para que me ponga a horcajadas sobre él y me baja, directamente sobre
su polla. Trago saliva, conteniendo un grito. Sus caderas giran, su polla gira dentro de mí,
estirándome. Me quita uno de los tapones.
—Haz todo el ruido que quieras —dice—. Nadie puede oírte gritar. Muéstrame lo
jodidamente animal que eres. Muéstrame que eres mi depravada muñequita de mierda.
Que no eres más que un pequeño coño caliente para que lo use. Y joder, Remedy, voy a
usarte hasta que no quede nada que follar. —Sus uñas se clavan en mis caderas mientras
empuja la silla hacia atrás, la soga apretándose alrededor de mi cuello.
—¿Qué estás haciendo? —Grito.
—¿Estás dispuesta a morir por follarme? —me pregunta. Gimoteo, sin saber a qué se
refiere, pero la cuerda se desliza con más fuerza alrededor de mi cuello y sigo moviendo
las caderas hacia delante, intentando empalarme con su polla—. Maldita sea, Remedy.
¿Sientes lo dura que está mi polla para ti? Es tan gruesa que duele y sigo sin saciarme de
ti. —Gruñe, aunque su sonrisa es clara en ese hambre primario—. Cuando estás así, no
puedes hacer nada. No puedes ver ni oír. Y si haces algún ruido, nadie te oirá. No eres más
que mi muñequita de mierda.
Vuelve a clavarme el tapón y me folla con más fuerza, mi cuerpo rebota sobre su polla,
cada trozo de carne se sacude como si no pudiera follarme lo bastante fuerte, y ya no soy
una persona; soy un objeto. Un juguete. Una muñeca. Su pequeño pedazo de culo. Y lo
odio tanto, pero lo quiero todo. Su polla me destroza, empujón a empujón, y las lágrimas
ruedan por mis mejillas, mezclándose con el sudor, y todo lo que oigo son mis propios
latidos acelerados, sus palabras repitiéndose en mi mente: No puedes hacer nada. Nadie puede
oírte gritar. No eres más que mi muñequita de mierda.
Sus manos me rodean mientras su boca me devora el cuello. Su respiración entrecortada
se agita sobre mi piel. Le rozo el pecho con las yemas de los dedos. El vello rebelde de su
pecho. Sus músculos se tensan mientras me folla. Su pulso se acelera contra el mío hasta
que nos sincronizamos y no hay diferencia entre lo que él quiere y yo.
De repente, nos tira a los dos hacia atrás y se me corta la respiración mientras el nudo
se aprieta, la presión aumenta, la sangre me araña la superficie de la piel, pero su polla me
bombea con más fuerza, su polla me estira tanto. Un día me va a destrozar, y sólo pensarlo
me lleva al límite, porque en ese momento no soy nadie para él. No soy una persona. No
soy una mujer.
Yo soy suya.
Me suelta la soga del cuello y el orgasmo me atraviesa hasta que siento que me desgarro.
Cash me abraza y me rodea con los brazos, como si no quisiera que desapareciera. Su
semen bombea dentro de mí, llenándome, y no lo cuestiono porque deseo cada pulsación
caliente de su polla. Me doy cuenta de algo: no tengo miedo de sentirme impotente a su
lado.
Una vez que la última sacudida de su polla se calma, me arranca la venda, los tapones y
el lazo del cuerpo, dejándolos caer al suelo. Me toma en brazos y me lleva hasta su auto.
Por un momento, me hundo en él. Pero luego me baja. Mi ropa ya está en el asiento
delantero. Doy tumbos para ponérmela, con el cansancio pesándome sobre los hombros,
y Cash me observa, con la mirada perdida.
Y entonces todo está vacío, y estoy perdido. Como si nada hubiera pasado. Y sólo quiero
que me aseguren que estamos bien. Que no he hecho nada malo. Que estamos bien.
Sé que esto es un vestigio del pasado. Cuando sentía que era culpa mía por lo que me
hizo mi padrastro. Pero no puedo evitar necesitar que me tranquilicen.
—¿Cómo es que nunca me has besado? —le pregunto. Se burla mientras va al lado del
conductor.
—¿Alguna vez te ha excitado un beso? —pregunta.
Cash tiene razón; nunca había disfrutado de un beso así.
Pulsa el botón de arranque y el motor ruge.
Conducimos en silencio, pero por dentro estoy furiosa. Me hizo correrme, y fue con
diferencia la experiencia más loca, jodida y placentera de mi vida. Pero me siento tan
usada. Sinceramente, no me sorprendería que me dejara tirada a un lado de la carretera
para que me llevara a casa con turistas. Todo es una fachada con Cash.
¿Qué parte de él es real?
—¿Qué era eso? —Pregunto, señalando en dirección al estacionamiento aislado.
—Sexo —dice.
Aprieto los puños. ¿Se está burlando de mí?
—Sólo conociste a mi madre para poder utilizarme así —le digo, levantando la voz—.
¿Cómo? ¿Para poder dejarme tirada como a una pésima secretaria? ¿Qué demonios te pasa?
Mantiene la vista en la carretera, una frialdad se instala entre nosotros. Todo en Cash
está relajado. No importa lo alto que hable o lo cabreado que esté, todos los músculos de
su cuerpo están siempre relajados, como si realmente no le importara lo que digo.
Y me vuelve loco.
—Estamos a mano, ahora —dice—. Fui a cenar. Me dejaste usarte. —Finalmente, me
mira, una pizca de diversión cruza sus labios—. Intentaste envenenarme otra vez,
¿verdad?
La ira se apodera de mí en un estallido de calor. Cruzo los brazos y miro por la ventana.
¿Cómo puede saberlo todo?
—¿Por qué no lo hiciste? —pregunta.
Lo malo es que no lo sé. Debería haberlo hecho. Habría sido lo mejor para Jenna, y quizá
también para mí.
Tengo la cara caliente, pero no puedo evitar que las palabras salgan de mi boca:
—Aceptaste ir a cenar con mi madre porque sientes algo por mí. No me importa lo que
te digas a ti mismo, pero en el fondo, lo sabes. Sientes algo por mí, Cash.
Frena de golpe en medio de la carretera vacía. El cinturón de seguridad me aprieta el
pecho y jadeo, no por el brusco frenazo, sino por la expresión de la cara de Cash. Sus sienes
están tensas, la vena le palpita en la frente como si estuviera dispuesto a destrozarme.
Me agarra de la nuca, obligándome a mirarle.
—Haré cualquier cosa por ti —dice—. Conocer a tu madre. Cubrir tus crímenes.
Incluso mataré por ti, Remedy.
Las palabras me paran el corazón y se me corta la respiración.
¿Matará por mí?
Esas palabras parecen reales. Pero es un abusador. Un manipulador. Y sobre todo, un
mentiroso. Pero no puedo deshacerme del instinto de que está diciendo la verdad. Que
realmente haría cualquier cosa por mí.
—Pero no quieres besarme —le digo, con la mirada fija en sus ojos oscuros. Respira
hondo y coge un pequeño objeto de un compartimento cerrado de la consola central: un
pendrive gris ancla. Me lo deja caer en el regazo.
—Este es el vídeo de cuando intentaste matarme la primera noche.
Parpadeo. ¿Habla en serio?
—¿Es la única copia? —pregunto.
—Sí.
Le miro fijamente, pero no dice nada más. ¿Qué está intentando demostrar?
Ninguno de los dos dice una palabra, ni siquiera cuando me deja en la casa de alquiler.
Me quedo en el porche, observando su deportivo importado gris oscuro hasta que ya no
puedo verlo. Se me seca la garganta y me cuesta tragar, pero ya no sé qué debo hacer con
él.
Tal vez tengo que hacer esto de una manera diferente. Tal vez matarlo no es
exactamente lo correcto. Tal vez ni siquiera se supone que debo chantajearlo.
Pero hay cámaras por todas partes en su finca. Puedo conseguir esas grabaciones de
nuestros encuentros sexuales y usarlas para destruir su reputación. Ni siquiera será tan
malo, ya que será la verdad. Sólo tengo que hacerlo antes de que cambie de opinión, como
hice con su bebida.
Pero por dentro, no sé si haré algo. Tal vez no quiero arruinarlo más.

Al día siguiente, Cash me deja sola en la finca. Está haciendo recados, lo cual es bueno
para él; cada día sale más de la finca. Pero no puedo evitar sentir un nudo en el estómago
que me grita que esto es una prueba. Ahora sabe que tengo el pendrive. Es casi como si me
diera la oportunidad de ir a la policía.
Pero no voy. En lugar de eso, me aseguro de que mi cámara personal sigue funcionando
en su despacho y compruebo si ya puedo acceder a sus ordenadores, pero ninguno de mis
intentos de contraseña funciona. Después de eso, hago mis tareas del día: volver a
comprobar una de sus propuestas, facturar a un contratista por unos trabajos de
aislamiento y llevar a Bones al veterinario para que le haga un chequeo. Cuando tengo
unos segundos libres, compruebo el dormitorio de arriba a la izquierda, pero la puerta
sigue cerrada. Doblo mis horquillas hasta conseguir una ganzúa y una palanca, pero no
consigo descifrar los pasadores de cierre. No estoy segura de sí no puedo hacerlo, o si Cash
ha puesto a prueba esta cerradura de alguna manera, o si me estoy rindiendo demasiado
pronto porque le respeto. En lugar de eso, me arrodillo, inhalo bruscamente el dolor de
mis rodillas llenas de costras y me tumbo en el suelo con la nariz pegada al pequeño hueco
bajo la puerta. Pero no puedo ver, oler ni oír nada. No hay nada, como el rostro inexpresivo
de Cash.
Justo antes de comer, Jenna me pide quedar en una tienda de delicatessen a medio
camino entre nuestras tareas, y estoy tan emocionada que le envío una ristra de emojis
para decirle que sí. Cuando la veo, tiene mejor aspecto que en mucho tiempo, quizá meses.
Tiene la piel bronceada y los labios brillantes. Tiene un paso alegre. También sonríe.
—Te he echado de menos —le digo.
—¡Te he echado de menos! —dice—. He echado de menos el mundo. —Saluda al
hombre con delantal que está detrás del mostrador. Él nos saluda con la cabeza—. ¿Crees
que nos ha echado de menos? —susurra.
Me río. Después de comprar nuestros bocadillos habituales y sentarnos en la única
mesa de metal desvencijada que hay fuera, me ajusto los pantalones. La tela me roza las
rodillas, irritando las costras. Intento ponerme cómoda, pero es difícil. Doy un mordisco
a mi panini y luego me limpio la boca.
—¿Te gusta la nueva misión, entonces? —le pregunto.
—Es una reina —dice Jenna—. Es tan diferente trabajar para una mujer. No soporto
trabajar para un hombre.
—Yo también —digo automáticamente. Y puede que con todos los demás sea verdad.
Pero con Cash es diferente.
—¿Cómo va? —pregunta ladeando la cabeza.
Vuelvo a meter un cordón de mozzarella en el bocadillo.
—No pasa nada —digo, intentando disimular como si nada—. Cash es sólo otro jefe
masculino. Ya sabes cómo son.
—¿Cash? —jadea—. ¿Te deja llamarle «Cash»?
Levanto los hombros.
—¿Y?
—Me hizo llamarle «Sr. Winstone».
Aprieto los labios y miro la comida. No me sorprendería que utilizara su nombre y su
título para manipular a la gente. Él es así.
—Se puso raro cuando intenté llamarle «Sr. Winston» —le digo.
—¿Te ha hecho algo?
Sacudo la cabeza. Casi suelto un «claro que no» pero me contengo. Luego me ajusto el
pañuelo negro alrededor del cuello, cubriendo los moratones. Parece ridículo, y por el
parpadeo de los ojos de Jenna cuando llegamos, sé que ella también se ha dado cuenta.
Suelta un suspiro.
—Menos mal —dice—. Me moriría de culpa si lo hiciera.
Respiro. La rúcula marchita brota de mi panini como pequeños brazos buscando un
salvavidas. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Le digo a Jenna que me lo estoy follando por
voluntad propia? ¿Le digo que me lo estoy follando sólo por el potencial de chantaje? ¿O
espero hasta que todo esté hecho y él esté finalmente arruinado, en la cárcel o muerto?
¿Y si nunca ocurre?
—Estaba pensando —dice Jenna con cuidado, limpiándose la boca con una servilleta
de papel, con el carmín emborronando los bordes—, que quizá podría volver a su finca.
Hablar con él. Para cerrar el tema, o lo que sea.
Un peso cae sobre mis hombros. Ha vuelto a ser la de siempre. ¿Por qué quiere volver a
atormentarse así?
—¿Por qué? —Pregunto.
Se encoge de hombros.
—Hablé con mi madre sobre ello. Pensó que podría ser una buena idea.
—¿Hablaste con tu madre sobre él?
Mi ritmo cardíaco aumenta. ¿Cuántas personas están involucradas ahora? ¿Y qué
pasará cuando le cuente la verdad a Jenna?
—No tengo que ir cuando estás trabajando —ofrece—. Puedo ir después de horas. O
en tu día libre. Lo que te venga bien.
—¿Es una buena idea? —pregunto con un tono cortante del que me arrepiento
inmediatamente. Jenna se queda boquiabierta.
—¿En serio? —pregunta ella, inclinándose hacia delante—. Tú eres la que eligió
trabajar para él. Yo también puedo tomar decisiones por mí misma.
—Tienes razón —murmuro. El deseo simultáneo de proteger a Jenna y a Cash el uno
del otro me quema por dentro. Pero nada de esto está bien. Incluso cuando nos separamos
y ambos volvemos al trabajo, no le encuentro sentido.
Se supone que debo vengarla.
Me prometí que lo mataría.
Como mínimo, debo arruinarlo.
¿Por qué no puedo dejar de pensar en arrastrarme hasta él?
12
Cash
A l día siguiente, en mi despacho, miro las imágenes de vigilancia en el monitor del
ordenador y veo el porche. Un hombre pelirrojo de ojos azules está allí
despreocupado, como si pasara a ver a un amigo. Va vestido con una camiseta de golf y
pantalones cortos, pero parece un policía. Es el hombre que la madre de Remedy sigue
sugiriendo como posible novio. Peter Samuels. Es un rival. No tolero rivales.
Pero matar a un policía siempre atrae más atención de la necesaria. Lamentablemente,
no puedo deshacerme de él como del exnovio. Tiene que haber otra forma de tratar con él.
Vuelve a llamar a la puerta y el sonido atraviesa las ventanas abiertas. Rápidamente envío
un mensaje de texto a un antiguo socio para que me lo fiche. Cuando tienes obsesiones
turbias, encuentras gente igual de turbia, y con un socio como él, puede encontrar
información suficiente para enterrar hasta al mejor policía en el infierno.
Bajo las escaleras trotando. Por suerte, tiré la cabeza de Dean al bosque junto a la
universidad después de la cita doble.
—Detective Peter Samuels —le digo al abrir la puerta, ofreciéndole la mano. Sonríe,
sorprendido de que sepa su nombre.
—Encantado de conocerle, Sr. Winstone. ¿Puedo pasar?
—Por supuesto.
Le hago pasar y nos sentamos en la larga mesa del comedor. Sus ojos estudian las
ventanas abiertas, la brisa que agita las cortinas. Una luz diluida ilumina el espacio. Es
como un trozo de paraíso.
—Sabes que hay rumores de que mantienes todas las ventanas cerradas con tablas —
dice el detective.
Levanto la ceja. Los rumores flotan tan libremente en los Cayos.
—Los tiempos cambian —digo—. No te tomé por un chismoso.
—Mi trabajo es saber lo que dice la gente, aunque no sea verdad —dice. Aprieta los
labios y señala las ventanas abiertas—. ¿No te preocupan los asesinatos que están
ocurriendo en todo Key West?
Qué gracioso. Cree que soy ese tipo de recluso.
—Una ventana abierta, incluso una tapiada, no va a mantener a un asesino fuera,
Detective. Usted lo sabe.
Asiente para sí, reflexionando sobre mis palabras, y yo aprovecho para estudiarle.
Puede que tenga uno o dos años más que Remedy, unos veinte, pero sigue siendo joven,
sobre todo para ser detective. Quizá sea más fácil conseguir un título así en un pueblo
pequeño donde no pasa nada.
Sinceramente, debería darme las gracias por darle algo que hacer. Debe hacerle sentir
importante.
—Pronto encontrarán al criminal —digo—. Es una isla demasiado pequeña para que el
culpable ande suelto eternamente.
—Esa es la idea.
Me enderezo en mi asiento y extiendo los brazos sobre el respaldo de la mesa,
reclamando mi espacio.
—¿En qué puedo ayudarle, detective?
—En realidad, he venido a preguntarle por los asesinatos. —Se alborota el cabello y
saca un bloc de notas—. ¿Te importa si tomo notas?
—En absoluto.
Saca un pequeño aparato rectangular.
—¿La grabación también está bien?
No va a atraparme en una trampa con un dispositivo de grabación.
—Ve por ello.
Pulsa el botón y, una vez que la luz roja parpadea en la pantalla, me hace un gesto con
la cabeza.
—¿Así que estás al tanto de las circunstancias de los asesinatos?
Asiento con la cabeza.
—¿Cuántos son ahora?
—Cinco que sepamos —dice. La oscuridad se extiende por su rostro—. No estamos
seguros de cuánto tiempo lleva ocurriendo esto. Creemos que puede haber otros
asesinatos en Key West relacionados con este asesino de años pasados. Montana y el
norte de Nevada también.
—Mierda. —Me froto la frente, fingiendo angustia—. ¿Quién hace algo así?
—¿Quién sabe? Pero este imbécil tiene que acabar en la cárcel.
Me quedo mirando al vacío, interpretando mi papel. Pero él está tan seguro de sí mismo
que da risa.
—¿Qué pasa ahora? —pregunto.
—¿Sabe que algunos de estos asesinatos han ocurrido en sus propiedades o cerca de
ellas?
—Tendrá que ser más específico, detective. Tengo muchas propiedades en Key West.
—Estoy de acuerdo. No es una coincidencia. ¿Pero quizás has oído algo? ¿Un trabajador
sospechoso? ¿Un transeúnte? ¿Algo que puedas recordar?
Esta es mi oportunidad de inculpar a Remedy como mi sospechosa asistente personal.
Intentó robar mis discos duros e intentó matarme varias veces. Pero mientras miro
fijamente al detective, no puedo decir su nombre. Imagino que arranco la cabeza del
detective de su cuerpo. No es una opción práctica para Remedy sin cabeza.
—¿Qué estás diciendo? —pregunto.
—Tiene acceso a todos los contratistas generales y subcontratistas que trabajan en sus
proyectos. Incluso a los arrendatarios. Todo el personal. Incluso tienes acceso a LPA.
LPA es Lavish Personal Assistants, la agencia que emplea directamente a Remedy. Pero
parece extraño. De todas las empresas que puede mencionar, ¿por qué menciona LPA?
—Eres tan sospechoso como, por ejemplo, tu asistente personal —dice. Tiene un brillo
en los ojos como si viera algo.
Mi presión sanguínea sube, mi pecho se contrae. Ambos sabemos que no tiene nada que
ver con Remedy. Entonces, ¿por qué saca el tema?
Me está provocando. Sabe lo de nuestra relación. Sabe algo.
Pensé que era su amigo de la infancia. ¿Pero la está delatando así?
Miro hacia las escaleras. Remedy está en uno de los dormitorios extra, trabajando en
su portátil con los auriculares puestos. Es fácil: le echo la culpa a ella y me voy. El detective
no pestañeará.
En lugar de eso, hago lo impensable.
—Si está sugiriendo a alguien en concreto, por favor, sea claro, detective —digo,
incapaz de ocultar la agitación en mi voz. ¿De verdad la estoy defendiendo?
—En absoluto. Pero estamos comprobando todos los puntos de venta. Y el único hilo
común entre las víctimas es la conexión con tu trabajo.
Se me hace un nudo en la garganta. No me importa lo que piense. Lo único que tengo
que hacer es irme de Key West y no volver la vista atrás.
Pero sigo pensando en lo que dijo: Su asistente personal puede ser sospechosa.
Se está juntando, y por alguna estúpida razón, quiero protegerla.
No. No quiero asumir la responsabilidad de mis actos. Entonces, ¿por qué no puedo
cambiar la culpa?
—Nos gustaría ponernos en contacto con su plantilla —dice el detective,
interrumpiendo mis pensamientos—. ¿Podría dirigir a los contratistas a la comisaría?
Aprieto los dientes, pero fuerzo las palabras:
—Absolutamente. Alguien tiene que haber visto algo.
—Esa es la esperanza —dice.
Nos damos la mano, nuestro contacto visual nivelado. No estoy dispuesto a dejar pasar
esto.
—Hay mucha presión para resolver este caso, ¿verdad, detective? —Le pregunto.
—Por supuesto —dice—. El asesinato asusta a todo el mundo.
—Sería una pena que este caso cambiara la creencia del departamento en tus
habilidades.
Sus ojos me escrutan, cautelosos por un momento. Eso es, entonces. Necesita este caso o
arriesgará su trabajo.
—Tengo fe en nuestro departamento, Sr. Winstone —dice, con la mandíbula tensa—.
Pero gracias por su tiempo hoy.
—Por supuesto.
Le acompaño fuera de la finca y luego voy a ver a Remedy. De pie en el pasillo, no me
ve. Suena música rock en sus auriculares mientras teclea rápidamente en su portátil. El
sol brilla desde las ventanas del dormitorio y sus mejillas, de un naranja intenso, adquieren
un tono rojizo, como si una puesta de sol bañara su piel. Es tan condenadamente guapa y,
sin embargo, sé que este momento es breve. Cuando cambie el sol, esa luz desaparecerá.
Nada es permanente. El tiempo siempre se mueve.
Quedarse en Key West significa Remedy. Verla desmoronarse. La forma en que se
convierte en una bestia cuando se corre. La pasión y la rabia en sus ojos cuando se deja
llevar.
Pero quedarme también significa mi muerte de muchas maneras. No sólo ser arrestado.
El collar nuevo de Bones resuena por el pasillo, su reaparición aleatoria me saca de mi
lucha interior. La gata ya ha sobrevivido sola. Puedo encontrarle un nuevo hogar o dejar
que vuelva a vagar libremente y, en cualquier caso, estará bien.
¿Pero Remedy? Si no la incrimino, si no vuelvo a hacer nada por ella, ¿volverá a ser
verdaderamente libre?
Doy un pisotón por el pasillo y luego desciendo a la planta baja, donde encuentro mi
despacho. Me entran ganas de cerrar la puerta para que no pueda entrar, pero me obligo
a quedarme en mi mesa, a trabajar en las hojas de cálculo, a devolver las llamadas, a enviar
los correos electrónicos para notificar a los contratistas lo que deben hacer. No puedo
dejar que Remedy me afecte así, y si la dejo fuera ahora, eso significa que me está
afectando.
Para cuando mi sangre se enfría, Remedy aparece en la puerta.
—Ahora me voy —dice.
Sus labios morados llenan mi visión y no pienso en lo que estoy a punto de hacer o decir.
—Ven a sentarte conmigo —exijo.
Una sonrisa vacilante y nerviosa se dibuja en su rostro, pero se acomoda en el sofá a un
lado del escritorio. Montones de periódicos se amontonan en el suelo bajo las ventanas
abiertas. El sol ilumina la habitación. Por una vez, Remedy no se rodea el cuerpo con los
brazos para protegerse. Relaja los hombros, hundiéndose en la comodidad de la luz. Y esa
expresión la acompaña mientras me mira.
Ya no la pongo nerviosa. Así no.
Aprieto la mandíbula. Esto está mal. Todo.
—¿Puedo preguntarte algo? —pregunta. En lugar de responder, espero a que se calme.
El silencio es una de las últimas formas de poder que tengo sobre ella, y pretendo que sea
doloroso. Finalmente, la incomodidad se apodera de ella y continúa—: ¿Estaría bien si
trajera a Jenna aquí? —Inclina la cabeza y se ríe—. Tal vez el cierre sea bueno para ella.
No sé, sólo intento ayudarla. He sido una amiga horrible últimamente. Y esto es lo que ella
quiere, así que...
Remedy baja los hombros y aparta la mirada de mí. Se siente culpable. Durmiendo
conmigo. Su enemigo jurado. Y disfrutándolo. Lógicamente, entiendo lo que siente y por
qué. Pero instintivamente, la culpa tiene poco sentido. No puede evitar sentir algo por mí.
¿Por qué contenerse cuando sabes lo que quieres?
Entorno los ojos hacia ella. Sé lo que se supone que quiero. Y, sin embargo, parece que
no puedo obligarme a hacer nada al respecto.
—Lo que necesites —le digo con calma. El alivio recorre su cuerpo, sus hombros se
hunden aún más con esas palabras.
—Pronto será tu cumpleaños —explica.
—¿Y tú cumpleaños?
Se detiene, tirando de sí misma. Y ahí está: sus brazos aferrándose a su pecho como si
nunca más fuera a estar caliente o segura. Pero entonces sus manos encuentran sus
costados, y ella estira sus dedos abiertos, uno por uno, forzándose a ser valiente. A
enfrentarse a esos recuerdos. Sé lo que se siente. No dejarlo pasar. Sentir que no puedes
controlar tu vida. No hasta que estén bajo tierra.
—Hacía tiempo que no lo celebraba —dice.
—¿Y eso por qué?
Sus ojos parpadean por la habitación.
—Cuando tenía nueve años, mi padrastro me hizo un vestido a medida. Era precioso.
Todos estos diferentes tonos de rosa. Volantes. Brillantes. Lentejuelas. Brillos por todas
partes. También se ponían en todo. Me encantaba el color rosa. —Se ríe para sus adentros
y yo sonrío. Como solo viste de negro, blanco o gris, me divierte verla de rosa. Y triste. El
color debe de tener muchos recuerdos.
—De todos modos, me encantaba el vestido —continúa—, pero él quería vérmelo
puesto y me dijo que tenía que ponérmelo delante de él. Dijo que tenía que ayudarme a
subir la cremallera por detrás. Ese tipo de cosas. —Desvía la mirada. Si tenía nueve años,
¿por qué necesitaba que él la ayudara a ponerse el vestido? ¿Por qué no podía pedirle ayuda
a su madre?—. Siempre fue muy amable. Me compraba cosas bonitas. Tenía esas razones
por las que hacía todo, incluso cuando me tocaba. —Ella aprieta los labios, conteniendo
su temblorosa barbilla, y sus ojos revolotean hacia el suelo—. Nunca me hizo daño, ¿sabes?
Dice esas palabras como si no estuviera segura de sí ha hecho algo malo. Todo cambia
dentro de mí. Puede que ella lo crea, pero yo no. Ni por un segundo. Puede que no la haya
herido físicamente, pero la rompió emocionalmente. Y ahora, ella no confía en los
hombres. La única razón por la que confía en mí es porque soy tan brutal y retorcido que
no tiene más Remedy que confiar en mí. Siempre sabe exactamente a qué atenerse conmigo. Es
una maldición, pero también la reconforta.
Y al menos puedo darle eso.
—Después lo celebramos, pero nunca volvió a ser lo mismo —dice. Debió de abusar de
ella durante años—. Siempre me sentí atrapada. Porque dijera lo que dijera, siempre
conseguía lo que quería. Y te juro que hasta tenía a mi hermanastro metido en el ajo. Brody
me lastimaba si siquiera sugería que su padre había hecho algo. Así que me escondí. Cerré
mis puertas. Cerré las persianas. Porque al menos así, sabría cuando venía, ¿sabes? Y
realmente no tuve citas hasta que conocí a Dean. E incluso entonces, duró poco. Él no me
conocía, porque ¿cómo podría? No podía cargar con eso. —Cierro los puños, dispuesta a
convertir a su padrastro y a su hermanastro en animales atropellados—. Durante un
tiempo, pensé que era culpa mía que me tocara.
Ya no puedo contenerme.
—Nunca fue culpa tuya —le digo—. Se suponía que tu padrastro y tu hermanastro
debían protegerte.
—Pero no me resistí. No le dije a mi padrastro que parara.
Y entonces sale a la superficie años de silencio mientras crecía. Usando esa falta de
palabras como una forma de protegerme. Sólo hablaba cuando sabía que podía ganar.
—Eras una niña, Remedy —gruño—. Una puta niña. Él era el adulto. ¿Por qué le dijiste
que parara?
—No lo sé. Pero no hice nada.
Tiembla como si estuviera a punto de llorar, y yo quiero contárselo todo. Que mis
padres me abandonaron cuando era un bebé. Que dos adictos dejaron a su bebé en un
cubo de basura en la playa. Que me habían pegado, maltratado y abandonado durante
años, empujándome de una casa a otra. Quiero decirle que al principio intenté portarme
bien, pero que no importaba el método que utilizara, los resultados eran siempre los
mismos. Quiero decirle que entiendo de dónde viene. Sé lo que es sentirse completamente
impotente ante los jodidos pedazos de mierda que se supone que cuidan de ti. Que sé
exactamente cómo restaurar su poder.
Pero no digo nada de eso. No se trata de mí. Ella necesita creer que no es su culpa.
—No has hecho nada malo —vuelvo a decir, con voz severa.
Sonríe para sí misma como si ya se hubiera decidido. Como si no pasara nada.
—He estado pensando en lo que dijiste la otra noche —dice con cuidado—. Ojalá
pudiera matarle. Llevo años imaginando su muerte. A veces es creativo —se ríe nerviosa,
probablemente avergonzada de admitirlo en voz alta—, pero la mayoría de las veces es
sólo un cuchillo. Siempre puedo conseguir uno en la cocina.
Y por eso, sonrío. Recuerdo mi primera muerte con un cuchillo de cocina, y recuerdo
cuando Remedy intentó atacarme con uno.
—¿Sabes lo difícil que me resulta estar a solas con un hombre? —continúa. —¿O cómo
me gustaría poder tener sexo normal y disfrutarlo? Lo he intentado. Lo he intentado
tantas veces, pero estoy entumecida. —Su mandíbula se tensa y sus uñas se clavan en sus
costados. —Ya no puedo disfrutar de la suavidad. Me hace sentir como si estuviera
atrapada, aunque esté a cientos de kilómetros. Aunque sé que probablemente no volveré
a verle. —Deja escapar un largo suspiro y se mira los pies. —Quizá si lo matara, no me
sentiría tan atrapada. —Se ríe, con un tono tembloroso y ansioso, como una mariposa
atrapada en una red. —Sueno fatal.
¿Cómo le digo que he matado a más gente de la que he amado? ¿Qué ver cómo la vida
de alguien abandona su cuerpo me resulta más familiar que creer en la sonrisa de una
persona? ¿Que al ver su boca retorcerse en deliciosa agonía por primera vez es cuando me
di cuenta de que puede que realmente lo entienda todo?
—No suenas nada mal —le digo. Se levanta, confusa e intrigada. —Los humanos somos
animales. Tenemos instintos primarios. Y a veces, eso significa asesinar. Eso no te hace
menos humano. De hecho —aprieto los dientes, enseñando los caninos—, te hace real.
Ella asiente, pero mis palabras no me bastan. Tengo que hacer algo. Quiero que sea libre
para vivir su vida. Para hacer lo que quiera. Para no volver a pensar en lo que está bien o
mal.
—¿Cómo lo harías? —pregunto.
—Con un cuchillo —dice inmediatamente.
—¿Quieres el lío, entonces?
—Por supuesto.
Le guiño un ojo.
—Chica sucia.
Vuelve a reír, todavía vacilante, pero con más fuerza, como si empezara a aceptarse a sí
misma. Se frota las manos en los costados y sus ojos se desvían hacia las cámaras del techo
y la de la repisa de la chimenea. Me doy cuenta: sabe que la están grabando; le preocupa
que yo también utilice esta conversación en su contra.
Pero en ese momento, no tengo ningún interés en eso.
—¿Y tú? —pregunta, con voz ligera y etérea. —¿Celebraciones de cumpleaños?
¿Traumas infantiles? ¿Asesinatos deseados?
—No recuerdo mi cumpleaños —le digo. Ella parpadea, preguntándose si hablo en
serio. Hay agujeros en mi memoria, y las partes que recuerdo son como para comerse viva
a una persona. Pero una vez que empecé a matarlos, eso me dio paz. Atropellos. Atracos.
Accidentes planeados. Veneno en sus bebidas. Balas. Cuchillos.
Y eso es lo que quiero darle: la libertad de su pasado.
—¿No recuerdas nada? —pregunta—. ¿Por qué?
Se me aprieta el pecho. No quiero mentirle como a todo el mundo. Quiero decirle la
verdad, o al menos parte de ella.
—Nunca le doy prioridad. No tiene sentido. —Y en cierto modo, es la verdad. A nadie
le importaba mi cumpleaños cuando era más joven, y no hay razón para que me importe
ahora. —. Es una fecha.
El silencio se extiende entre nosotros, pero Remedy lo cambia rápidamente. —
Entonces, elijamos una fecha —dice, enderezando los hombros—. Podemos celebrar
nuestros cumpleaños honoríficos. O nuestros no-cumpleaños. Como quieras llamarlo. A
la mierda los años pasados. Este no-cumpleaños será nuestro para celebrarlo.
Aprieto los labios para fingir diversión. Quiere que todo parezca bien. Como si nuestro
trauma no fuera nada comparado con lo que somos ahora.
También sé que ella necesita esta celebración de cumpleaños más que yo, y eso me hace
querer dársela. Pero quiero hacer por ella algo aún más parecido a lo que ella intenta hacer
por mí. Quiero envolver la cabeza de su padrastro en una caja y regalársela.
—De acuerdo —digo, aceptando el no cumpleaños. No sé en qué me estoy metiendo,
pero mientras Remedy esté satisfecha, no me importa.
Y con ese pensamiento, me doy cuenta de que no quiero matar a su padrastro porque
quiera inculparla. No, mi razón es puramente egoísta.
Quiero matarlo porque la lastimó.
Chilla de felicidad y me abraza de lado, y yo la atraigo hacia mí, estrechándola, sin dejar
que se escape con un abrazo a medias. Le huelo el cabello, aspiro y aprieto cada parte de
ella contra mí. Luego la suelto.
—Okey. Voy a prepararme para nuestra fiesta —dice—. Que pases buena noche.
—Vuelve a casa rápido —digo—. Hay un asesino ahí fuera.
Me sonríe como si no tuviera miedo. Aunque no sabe que soy el Asesino de Key West,
sabe que haré lo que sea para protegerla.
Una vez que se ha ido, hago una búsqueda rápida y me entero de que su padrastro vive
en Tampa.
Podría matarlo. Pero eso parece fuera de lugar.
No. Quiero entregárselo a ella. Como una ofrenda de sacrificio ante una diosa enojada.
Tiene que matarlo ella misma.
13
Remedy
L as escaleras de madera crujen a cada paso. Me golpea el pecho como un martillo y
siento un cosquilleo de nervios en los labios. Tomo a Jenna de la mano. Su cabello
está recién decolorado, su pintalabios rojo brillante como cerezas al marrasquino, y me
hace pensar en pintura de guerra. Cruzo los dedos, esperando que esto me diga lo que
debo hacer. Si esto destruye a Jenna, entonces tengo que vengarme por ella. Y ya no estoy
seguro de querer hacerlo.
Abro la puerta principal y entro, guiándola, aunque Jenna conoce este lugar mejor que
yo. Señala las ventanas abiertas.
—Es muy raro —dice, con voz tranquila—. Huele bien. Siempre estaba tan rancio,
como si todo se estuviera pudriendo.
No he notado nada de eso. El aire fresco lo habrá despejado.
—Espera aquí —le digo, dirigiéndola a la cocina—. Si necesitas algo, ya sabes dónde
está. Vuelvo enseguida.
Subo las escaleras tan sigilosamente como puedo y me escabullo por el pasillo. Cash
está sentado detrás de su escritorio, con la nariz metida en un informe del ordenador. Su
teléfono parpadea a su lado en silencio. Siempre ignora las llamadas. Quizá forme parte
de su naturaleza reclusiva, aunque no estoy segura.
—Está aquí —le digo. Mantiene los ojos fijos en su trabajo, como si no le preocupara
en absoluto la reunión. Cash es así; rara vez se preocupa por las cosas. Pero esto es
diferente. Sabe que Jenna le odia. Ella es la razón por la que le perseguí en primer lugar.
¿Por qué no le importa?
Abajo, Jenna sostiene un vaso de agua, mirando por las ventanas. Mi corazón vibra, mi
cuerpo se tensa. No quiero que sufra más de lo que ya sufre, pero necesita esto.
Aun así, tengo que asegurarme de que está preparada.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —Pregunto.
Ella fuerza una sonrisa.
—Vamos.
Me pongo delante de ella, abriéndole paso escaleras arriba, como si pudiera protegerla.
Fuera de su despacho, levanto la mano, impidiéndole la entrada. Entonces compruebo
primero: Cash está en el gran sillón de cuero del fondo de la habitación, de espaldas a
nosotros.
Me hago a un lado, dejando entrar a Jenna. Ella entra, levantando la barbilla. Me coloco
detrás de ella.
—Sr. Winstone —dice.
Cash no se mueve. Es casi como si fuera una estatua decorando la silla.
—¿Te acuerdas de mí? —pregunta.
Se toca los labios, mirando fijamente la nuca de Cash.
—Hiciste que no pudiera defenderme —dice, con lágrimas temblando en su voz—.
Trabajé duro para ti. ¿Y me pegaste? ¿Como si pudieras meterme a golpes mis errores?
Jenna se lleva las manos al pecho. Los nervios nadan en mi interior y me muerdo el labio
inferior hasta que un sabor amargo me llena la boca. Esto es lo que Jenna necesita, pero
también sé que por eso Cash odia estar rodeado de gente. Este tipo de interacciones no le
hacen simpático; le irritan. Pero se queda callado.
¿La está ignorando?
¿Por qué esto parece peor que si toma represalias?
—¿No puedes al menos fingir que lo sientes? —Jenna pregunta, la frustración crece
dentro de ella.
Contengo la respiración mientras me late el corazón. Una lágrima rueda por su mejilla.
—Deja de ser un cobarde —grita—. Mírame, maldita sea.
Al oír esas palabras, Cash por fin se despierta. Se levanta y se vuelve lentamente hacia
ella. Sus miradas se cruzan y Jenna se queda boquiabierta, con los labios temblorosos por
pronunciar palabras, pero no le sale nada. Los ojos de Cash están vacíos, como si pudiera
ver más allá de ella, y me dan escalofríos. Jenna se lleva los dedos a los labios y abre mucho
los ojos.
Luego sale silenciosamente de la habitación. La sigo. Se apoya en la pared exterior, pero
no aparta los ojos de la puerta abierta del despacho.
—¿Qué le ha pasado? —pregunta, sus palabras salen temblorosas.
La busco, tratando de entender lo que quiere decir.
—¿Qué quieres decir?
—Ahora parece diferente.
—¿Diferente? ¿Cómo?
—Rara vez he podido verle —dice. Sus ojos se desvían hacia la puerta abierta como si
temiera que él nos oyera—. Siempre me daba la espalda. Me hacía mirar al suelo. Pero
aunque se tiñera el pelo, eso no explica su cara.
—Se hizo cirugía plástica —le digo. Eso le dijo a Dean. Operarse no es tan raro, sobre
todo estando tan cerca de Miami. Pero cuanto más lo pienso, menos sentido tiene. ¿Por
qué Cash se haría cirugía plástica, a menos que esté ocultando algo? ¿Y qué está
escondiendo?
—¿Tiene Winstone un heredero? —pregunta.
Me encojo de hombros. Sinceramente, no lo sé. La idea de que Cash solo esté
encubriendo a su padre me invade la mente, y una parte de mí se siente aliviada. Si no es
el verdadero Sr. Winstone, entonces mis sentimientos no importan. Puedo vengarme de
su padre.
Pero Cash nunca habla de su familia. Y cuando lo hace, tengo la sensación de que no se
lleva bien con ellos. Ni siquiera celebra su cumpleaños. ¿Cómo puede encubrir a un padre
al que odia?
—¿Quién es? —susurra. Pero yo no lo sé. Siempre ha sido Cash para mí. Y si no es
Winstone, tampoco sé quién es—. ¿Por qué tiene los ojos así? —añade.
Me sacudo para salir del trance.
—¿Cómo qué?
—Como si tuviera las pupilas rotas.
En el ángulo correcto, las motas de sus ojos parecen como si sus pupilas se filtraran en
el blanco de sus ojos debido a un traumatismo ocular, pero conozco su cara tan bien que
ya no me inquieta.
No son el tipo de ojos que puedes olvidar. Y el hecho de que Jenna no reconozca sus
ojos, me confunde.
¿Para quién trabajo?
—Están tan hundidos. Como si sus ojos fueran a estar completamente negros pronto.
Parece... —hace una pausa, mira a su alrededor y vuelve a posar los ojos en la puerta
abierta del despacho—. Parece malvado.
El corazón me retumba en el pecho al pensar en sus palabras: Alguien así merece morir.
En aquel momento, intenté decirme a mí misma que aquellas palabras estaban llenas
de justicia. Todo lo que quiere es hacer las cosas bien para la gente como yo. Y sin embargo,
ahora, no estoy segura de que sea eso. Hay algo más detrás de sus palabras, algo que no
puedo explicar.
Pero si no es Winstone, entonces no estoy segura de que me importen sus malvadas
acciones. Si no le ha hecho nada a Jenna, entonces puedo culpar a otro.
Pero tengo que asegurarme.
—¿No crees que sea la misma persona? —le pregunto.
—Si no es él, ¿quién es ése? —pregunta señalando hacia la puerta—. ¿Y por qué está
aquí?
Las dos nos quedamos mirando la puerta abierta. El alivio me recorre y me calienta las
mejillas. Cash no es el mismo hombre que hirió a mi mejor amiga. Ya no tengo que intentar
matarlo.
Pero ¿quién es?
Después de eso, Cash se va de viaje de negocios. Al principio, parece extraño, como si
la visita de Jenna le asustara tanto que se obligara a hacer su primer viaje de negocios en
años, pero eso significaría que está conectado con Jenna, y ya no creo que eso sea posible.
Aun así, nuestras interacciones por teléfono son breves. Me da indicaciones: algunas
reuniones con gente en las obras, correos electrónicos que enviar en su nombre, cómo
cuidar de Bones. Pero durante esos pocos días, sólo estamos Bones y yo en la finca.
Probablemente pueda cerrar y atrancar las ventanas si quiero, pero no siento la necesidad
de hacerlo. Me planteo pasar la noche en la finca, pero no lo hago. Quiero esperarle.
Entonces, de la nada, encuentro a Cash sentado en el despacho de abajo con una sonrisa
tan amplia que se le tensa la mandíbula y me asusta. Está envuelto en sombras. Las
ventanas están cerradas y las cortinas echadas. Está oscuro. Como si volviera a ser el de
antes. El que pudo haber conocido a Jenna. Se me erizan los pelos de la nuca. Parece
extrañamente entretenido, en ese momento, como si supiera algo que yo ignoro, y eso me
inquieta.
—¿Qué está pasando? —pregunto.
—¿Querías celebrar tu cumpleaños? —pregunta—. Te he traído un regalo.
Inclino la cabeza y un golpe me sobresalta. La puerta del armario traquetea, como si un
animal grande estuviera revolviendo dentro.
—¿Qué demonios es eso? —susurro.
Cash lleva la camisa desabrochada por arriba, lo que deja ver el vello de su pecho, y
aunque lleva las mangas remangadas hasta el codo, están más arrugadas de lo habitual.
Tiene el pelo enmarañado por la cera de peinar, pero liso, como si no hubiera tenido
ocasión de lavárselo. Huelo con fuerza; su sudor permanece en el aire, impregnado de un
aroma cobrizo, como a sangre.
—¿Confías en mí? —pregunta.
Se me revuelve el estómago. Algo grande está a punto de suceder y no tengo ni idea de
qué esperar.
Aunque no estoy seguro de quién es, confío en él.
—Sí —le digo.
Me venda los ojos, me ata la banda negra a la nuca y me lleva al sofá. Me sienta y se aleja,
cada paso calculado y uniforme. La puerta del armario se abre con un chirrido y un objeto
pesado se estrella contra el cuerpo de una persona. La persona -un hombre- gime, con un
sonido hueco. Siento escalofríos por todo el cuerpo. Conozco ese gemido. Lo conozco a él.
La persona es arrastrada por el despacho y se detiene frente a mí. Cash rodea el sofá, se
coloca detrás de mí y me pone las manos en los hombros.
—Te dije que haría cualquier cosa por ti —dice. Tira del extremo suelto del fajín y la
tela cae al suelo. Parpadeo, dejando que mis ojos se centren.
Su cabeza está cubierta de cabello castaño claro, algunas partes finas y otras gruesas.
Ojos azules inyectados en sangre. La cara del hombre sigue siendo morena, pero está
curtida por la edad, como el cuero. Sus poros desprenden olor a pescado y a jengibre.
Mi padrastro.
Todo dentro de mí se tensa con furia.
—¿Qué es esto? —Siseo.
Cash se ríe, acariciando mi hombro.
—Dijiste que esto era lo que querías.
Mi padrastro tiene el labio ensangrentado e hinchado y una costra de sangre le rodea la
nariz. La frustración retumba en mi pecho. ¿Le ha pegado Cash? ¿Por qué hace esto?
Pero entonces se cuela algo más, estropeando mis pensamientos: la adulación.
¿O es orgullo?
No sé quién es Cash, pero sé que hizo esto por mí.
Pero se supone que no debo estar contenta por ello. Se supone que debo sentir
repulsión.
—¿Por qué haces esto? —Tartamudeo, con el corazón latiéndome rápidamente—. Le
has hecho daño, Cash.
—No sé lo que necesitas —dice con un deje de frustración en su voz—. Pero te ofrezco
tu libertad. —Me aprieta los hombros con más fuerza que antes, pero luego me suelta—.
Mátalo, Remedy.
La barbilla de mi padrastro tiembla, con las manos atadas a la espalda. Tiene la cabeza
gacha y, por alguna razón, eso me irrita. Ni siquiera puede mirarme; no puede afrontar lo
que ha hecho. Durante mucho tiempo me he escondido del mundo, del amor y el afecto
verdaderos, porque sé que cualquier cosa puede hacerme daño. Incluso la gente amable
puede tener poder sobre ti.
Quizá por eso me gusta Cash. Puede que no sepa quién es, pero sé lo que quiere y de lo
que es capaz. Y me escucha.
Como cuando le dije que quería matar a mi padrastro. Él me lo trajo.
Pero ¿puedo hacerlo realmente?
—¿Sabes lo que hizo una vez que se fue? —pregunta Cash. Estira los dedos en forma de
pistola y se los golpea en la sien—. Encontró otra familia. Otra hija adolescente de la que
abusar. Tú y yo sabemos que un pedazo de mierda como él nunca cambia. ¿Pero quieres
enfadarte conmigo por pegarle un puñetazo en la cara?
Se me contrae la garganta. Apenas puedo tragar. Es lo que siempre he temido. Si un
hombre como él se sale con la suya una vez, lo hará otra, y otra, y otra. Me agarro el
abdomen, con el dolor arremolinándose en mi interior. En mi frente se acumulan gotas de
sudor. Una joven sin rostro nubla mi visión. Debería haber hecho algo. Debería haberla
protegido de algún modo.
¿Cómo puede hacernos esto?
—¿Es verdad? —Susurro.
Mi padrastro tiene la boca abierta, pero no mueve los labios. No me contesta.
—Contéstame, Alan. ¿Es jodidamente cierto?
Se estremece ante mis palabras, como si fuera demasiado dura. Pero se queda callado.
¿Y para mí? Es suficiente.
Cash levanta un cuchillo, liso e inmaculado, con el metal reluciente en la penumbra. El
mango es de un granate intenso, del color del vino y la sangre desoxigenada. Me ofrece el
mango y siento un cosquilleo en los dedos al apretarlo. Es ligera, como si no pudiera hacer
daño. Como si todo esto fuera un sueño.
Pero no es así. Las náuseas burbujean en mi interior, pensando en las veces que he
tenido que fingir un orgasmo. Cada vez que abandono mi cuerpo para no acordarme de él.
Pienso en la culpa. Pienso en ser un fracaso. Pienso en defraudar a mi madre. En cómo
incluso un abrazo o una caricia en el hombro pueden erizarme la piel.
Entonces no lo sabía, pero ahora sé que nunca seré normal. Él me robó esa vida.
Cash me frota los hombros, su aroma almizclado y metálico me engulle por completo.
—Si no lo haces tú, lo haré yo —dice Cash, con un escalofrío en sus palabras.
Un entumecimiento se apodera de mi cuerpo. Me veo pasar por cada acción, como un
recuerdo que se repite en mi mente. Ya no soy yo misma. Pero sé que tengo que hacerlo.
Tengo que salvar a chicas como yo.
Pero por dentro, sé que no soy tan puro o justo. Quiero matarlo.
Los pálidos ojos azules de mi padrastro, turbios por la culpa, me miran.
—Lo siento mucho, Remmie —me dice.
Me sube la tensión, veo borroso. ¿Lo siente? ¿Quiere decir que lo siente? No tiene derecho
a decir eso. No lo siente. Lamenta que finalmente lo atraparan.
Me coloco detrás de mi padrastro, pero tiemblo de los nervios, el shock me recorre.
Caigo de rodillas y agarro el cuchillo con las dos manos, levantándolo como una daga.
—Maldito monstruo —aúllo.
El cuchillo se desliza en la carne de su espalda con facilidad, como si cortara
mantequilla. Mi padrastro se retuerce de dolor y sus gritos desesperados llenan la
habitación. Pero eso no me detiene. Lo hago una y otra y otra vez, por cada una de las veces
que nunca podrá herir a otra niña así. La sangre me salpica, pero no me detengo. No puedo
parar. No hasta que esté segura de que ha muerto.
Su cuerpo se desploma. Mis manos tiemblan tanto que el cuchillo cae al suelo. Me miro
las palmas de las manos, completamente empapadas de sangre. Hay sangre en mis mejillas,
en mi cuello, empapando mi ropa, y tengo frío y calor al mismo tiempo. Me arde la piel,
pero no puedo evitar tiritar. Miro a mi alrededor, intentando encontrar el aliento, para
determinar si esto es real u otro sueño. Bones se posa en la puerta, lamiéndose las patas.
Me mira y vuelve a acicalarse. Como si fuera algo normal. Como si no fuera sorprendente
que matara a mi padrastro.
Cash se arrodilla a mi lado y me coge las manos.
—Eres tan valiente. Tan jodidamente valiente —dice—. Estoy tan orgulloso de ti.
Mis ojos van y vienen por su cara, pero su mirada cruda y hambrienta me escruta.
¿Siempre ha visto esto dentro de mí? Me trajo a mi padrastro, pero me dio el cuchillo y
dejó que yo me encargara del resto. Cree en mí.
Cash me sujeta la cara, la sangre moja las yemas de sus dedos. Abro la boca, intentando
obligarle a besarme, a que desaparezca el horror de mis actos, pero él me hace girar, me
sujeta por detrás y me obliga a mirar al cadáver. Sus manos se deslizan por mis pantalones
y mi ropa interior, y su pulgar rodea mi clítoris.
—Mira lo que has hecho —me retumba su voz—. Mataste a un hombre. Un hombre
que te hizo daño. Un hombre que hizo daño a mucha gente. Y nunca volverá a hacerte
daño.
Sacudo la cabeza, aprieto los labios e intento que no cunda el pánico. Esto no es real.
No puede serlo. Es una ensoñación.
Pero sé que es real.
—Voy a ir a la cárcel —susurro. Entonces me invade un repentino vértigo. Alguien se
va a enterar. Mi vida está acabada—. Voy a ir a la cárcel. A la cárcel. A la cárcel. A la cárcel
—me río. Toda mi vida desaparecerá pronto. Me llevarán lejos de Key West. De mi madre.
De Jenna. De Cash. Estos pensamientos me asustan muchísimo, pero me río como un loco,
con el cuerpo temblando y las manos heladas.
Cash se mueve delante de mí, impidiéndome ver el cadáver, y luego me aprieta la
garganta hasta que dejo de reír.
—Escúchame con atención —dice—. Nadie va a ir a la cárcel. Esto no es el fin para
nadie, excepto para este pedazo de basura. —Patea el cadáver y luego me pasa los dedos por
la barbilla, el líquido húmedo, parte sangre, parte semen, me embadurna la cara—. No
dejaré que te pase nada, Remedy. Te lo prometo.
Una calma, como una manta pesada y cálida, pesa sobre mí, porque le creo. Me creo
todo lo que dice Cash, joder. Cash me dijo que haría cualquier cosa por mí y lo demostró
con sus actos.
—Pase lo que pase —dice Cash—, estamos juntos en esto.
Me pone en pie de un tirón y sus manos gruesas y llenas de bultos me envuelven. Me
tiemblan las rodillas de la impresión. Pero me abraza, con la sangre de mi padrastro
manchando su cuerpo.
—Ven a follarme, Remedy —dice. Se desnuda y se sienta en el sofá, con las piernas
abiertas. El vello grueso oscurece sus muslos y esas cicatrices rosadas e hinchadas decoran
su pecho como los ojos brotados de una patata, pero lo quiero todo de él. Se aprieta el
pene, la cabeza brutal y roja, pero sus ojos no se apartan de los míos—. Estás tan caliente.
Me toco la mejilla. Estoy cubierta de la sangre de mi padrastro.
¿Cash cree que me veo bien así?
A cada paso que doy, el entumecimiento se apodera de mí, pero sigo adelante, me quito
la ropa y la sangre mancha mi cuerpo.
—¿Por qué no me siento mal? —pregunto, con voz apenas audible. Me arrodillo en el
sofá, a horcajadas sobre Cash, con las pantorrillas apretadas contra sus muslos gruesos y
peludos. Él está caliente donde yo estoy fría y muerta, y quiero zambullirme dentro de él
hasta que ya no pueda ver ni oír nada—. Lo único que quiero es follarte ahora mismo —le
digo.
Cash gruñe, sus palabras primarias vibran a través de mí:
—La próxima vez que lo hagas, te sentirás bien.
Un escalofrío me recorre el estómago, hasta la garganta. Está tan seguro de sí mismo,
como si supiera que habrá una próxima vez.
Y si soy sincera conmigo misma, quizá yo también lo quiera.
Me levanta las caderas y luego me embiste, follándome tan fuerte que su polla se estrella
contra mi cuello uterino, el dolor aniquila mis nervios. Es como si quisiera que me doliera.
Como si quisiera que lo recordara. Cada pequeña cosa que no puedo soportar
emocionalmente, él quiere que la soporte físicamente. Me tira del cabello de la nuca hasta
que miro al techo como una posesa. Me lame el cuello, saboreando la sangre y el sudor de
mi piel, y sé que estoy poseída. Estoy poseída por él. Me da una bofetada y el shock me
recorre.
—Así es, zorra —dice Cash en voz baja—. Mira lo que has hecho. Estoy tan orgulloso
de ti.
Esas palabras me revuelven el estómago. Tomo la cara de Cash entre mis manos y sus
ojos se clavan en mí. Es verdad. Cada palabra. Está orgulloso de mí. Cree en mí tanto como
yo creo en él.
Tal vez esto ha estado dentro de mí todo el tiempo. Tal vez estoy destinado a estar aquí,
ahora mismo, así, con Cash.
—¿Sabes en qué te convierte esto? —gruñe.
—¿Qué?
—Mía.
La adrenalina me recorre y apenas puedo respirar. Cada oleada de mis pulmones
tartamudea con la presión. Pero sigo follándome a Cash, clavando mis uñas en su piel,
explorando las cicatrices frescas de su espalda. Cicatrices mías. Su cuerpo está manchado
de sangre, igual que el mío, y parece un sueño. Como si nada en el mundo pudiera ser tan
perfecto. Pero mi padrastro está ahí, justo detrás de nosotros. Es un hombre que solía
controlarme, que nunca volverá a tener poder sobre mí. Ahora es un trozo de carne y
huesos.
Cash me lo dio.
El sudor empapa nuestros cuerpos mientras Cash se levanta, alzándome, utilizando la
cabeza de mi padrastro como apoyo para estabilizarse. Pero yo me agacho con los pies,
separándome de Cash, y luego lo guío hasta que queda tendido en el suelo, junto al
cadáver. Cash enseña los dientes, su cara está entre una advertencia depredadora y una
sonrisa. Pero esta vez, me lo follo. Le muestro quién soy. Levanto las caderas y me abalanzo
sobre él, haciendo que su polla me empale hasta que me duela, hasta que llore. Estoy viva
y más poderosa que nunca.
Agarro la barbilla de Cash entre los dedos. Dijo que haría cualquier cosa por mí, y ha
cumplido su palabra. Y me doy cuenta de que esto es todo. Esto es lo que quería. Por qué
quería matar a Cash en primer lugar. Nunca fue por lo que Cash le hizo o no a Jenna. Era
por mi padrastro. Y ahora que se ha ido, con cada fibra de mi ser, creo a Cash. Él no le hizo
daño a Jenna, y nunca me hará daño a mí.
Le clavo las uñas en la piel y él gruñe, con la mandíbula apretada, pero su polla se
retuerce como si no pudiera controlarse, por mucho que lo intente, y esa sensación nos
pone a los dos al límite. Pone los ojos en blanco y suelta un aullido primitivo, y yo no le
quito los ojos de encima mientras los espasmos incontrolables se apoderan de mí. Somos
invencibles. Juntos podemos hacer cualquier cosa.
Cuando nuestras respiraciones se calman, me inclino y le acaricio la oreja con la lengua.
Está exhausto, su respiración acelerada, y me encanta. Yo le hice esto.
Con los dientes apretados contra el lóbulo de su oreja, le susurro:
—Y tú eres mío.
14
Remedy
A l día siguiente, la energía zumba a través de mí, presumiendo de confianza en cada
paso. Miro al cielo azul vacío, el sol brilla sobre mi piel fría e invernal. Quizá esto
sea la libertad.
Pero sigo sintiéndome mal. Como si algo me sacudiera por dentro. No sé qué hacer
conmigo misma. Ya no es como antes: mi padrastro no volverá a molestarme ni a mí ni a
nadie. Sin embargo, sigo teniendo ganas de hacer algo.
Pero no sé qué.
La puerta suena cuando entro en la pastelería. Los pasteles se iluminan en la vitrina
como pequeñas obras de arte. Azules y rosas pálidos. Verdes claros. Parece una estupidez.
Cash me dio la oportunidad de recuperar mi vida, y yo le doy un maldito pastel.
En la esquina trasera de la vitrina, veo una tarta blanca con chorretones rojos de
glaseado goteando por los bordes acanalados, y veo destellos de la sangre de mi padrastro
salpicando el pecho lleno de cicatrices de Cash. Al pensarlo, siento un cosquilleo en el
bajo vientre. Hacía tanto calor.
Se me revuelve el estómago. Te utilizó, argumenta mi cerebro lógico. Te manipuló. Hizo que
mataras a tu padrastro para poder chantajearte aún más. ¿Cómo puedes ser tan estúpida?
Me agarro el abdomen, intentando obligarme a dejar de interrogarle. Pero hay cámaras
de vídeo. Todo está grabado en su cámara de vigilancia y en mi cámara personal, que sigue
sobre la repisa del despacho. Aunque acusen a Cash de secuestro, a mí me acusarán de
asesinato.
Pero no puedo dejar que ese miedo me inmovilice. El dinero me había liberado.
Hirió a tu mejor amiga, dice esa voz molesta.
No es el mismo hombre, le respondo.
La pastelera se aclara la garganta y sus ojos me indican que tengo que elegir una tarta
ya. Echo un vistazo a cada fila de dulces, intentando pensar. Mi teléfono zumba.
—Remedy Basset —respondo.
—¿Remedy Basset? Le llama el Departamento de Policía de Key West. ¿Hay alguna
posibilidad de que pueda venir a la comisaría? Al detective Samuels le gustaría hablar con
usted.
Mis hombros se tensan. ¿Peter? ¿Por qué quiere hablar ahora? ¿Sabe lo de mi padrastro?
No. No hay forma de que lo sepa. Anoche vi a Cash pintar la carrocería con
imprimación.
—Así no apestará tanto —dijo—. Pero te lo prometo, Remedy. Estamos juntos en esto.
Tengo que mantener la calma. La ansiedad se apodera de mí y no puedo dejar que me
controle. Enderezo los dedos y froto las palmas contra los pantalones. ¿Por qué
sospecharía Peter de mí?
—Sí —le digo—. Voy para allá.
Un dolor sordo y bajo crece en mi estómago. Pago el pastel y me lo llevo a casa antes de
dirigirme a la comisaría. El departamento está en un edificio salmón con rombos verdes
como la espuma del mar en los bordes. Hace años que no vengo, desde que mi madre les
contó lo de mi padrastro.
Pero entonces no hicieron nada. Esta no será la excepción.
Cash me prometió que estamos juntos en esto. Estamos a salvo.
Camino lentamente hacia la recepción, con los pies pegados al suelo a cada paso. Me
cuesta avanzar. El empleado levanta la vista del ordenador y me sonríe.
—¿Me han dicho que venga para interrogarme? —Murmuro.
—¿Y tú eres?
—Remedy Basset.
—¡Ah! Sí. Sígueme.
Me lleva a una habitación en un lateral del edificio. Hay un espejo en una pared y una
ventana en la otra, que muestra el vestíbulo principal. En un rincón zumba una fuente de
agua y una mesa de metal divide la habitación por la mitad.
—¿Café? —pregunta. Sacudo la cabeza. Estoy demasiado nerviosa para beber nada, ni
siquiera agua.
Unos minutos después, Peter irrumpe por la puerta, con una mano despreocupada
pasándosela por el pelo rubio rojizo. Me da un abrazo de lado.
—¿Cómo estás, Remmie? —me pregunta, ocupando la silla frente a mí—. ¿Hace mucho
que estás aquí?
—En absoluto —digo—. He oído historias de terror sobre lo mucho que te hacen
esperar.
—No voy a pasar por esos juegos contigo. Eres demasiado inteligente para eso. —Ladea
la cabeza y me dedica una rápida sonrisa. Entonces su cara cambia, dejando de lado el
juego; está listo para los negocios—. Trabajas para el Sr. Winstone, ¿verdad? —pregunta.
Asiento con la cabeza—. ¿Eres su única asistente personal?
—Sí.
—¿Tiene algún otro personal de la casa?
Levanto los hombros.
—Los despidió antes de contratar a Jenna.
—Huh. ¿Por qué los despidió?
Mis mejillas se sonrojan.
—Supongo que pensó que no eran muy buenos.
—¿Y por qué Jenna dejó el trabajo?
Me hundo en la silla. ¿He dicho ya algo que se supone que no debo decir?
—Tendrás que preguntarle a Jenna —le digo.
—O puedes ahorrarme la molestia.
Agacho la cabeza. Quiero proteger a Jenna y a Cash. ¿Cómo puedo pasar la siguiente
parte sin mentir?
Pero Jenna no necesita ser protegida. No ha hecho nada malo.
¿Pero Cash y yo? Asesinamos a mi padrastro.
Eso tampoco está bien. Cash no ha hecho nada. Yo sí. Yo soy el verdadero criminal aquí.
Mientras Jenna y Cash no caigan conmigo, todo irá bien.
—¿Remmie? —Peter pregunta—. ¿Por qué Jenna se trasladó desde la finca Winstone?
—Discutieron —digo, tocándome la nuca.
—Eso pasa. ¿Sabes algo de los detalles?
Me encojo de hombros.
—Sólo sé que no se llevaban bien.
—¿Y qué hay de ti? —Se incorpora en su asiento, inclinándose hacia delante como si
supiera que tengo algo jugoso que me estoy guardando—. ¿Cómo es trabajar para él?
¿A dónde quiero llegar con esto? No quiero sacar a Cash, pero tengo que decir algo
realista.
—¿Por qué? —Pregunto—. ¿Es sospechoso?
—¿Con un pueblo pequeño como este? Casi todo el mundo es sospechoso. Incluso tú.
—Peter se ríe. Se me revuelve el estómago, pero fuerzo una sonrisa. La sonrisa se le cae de
la cara y baja la voz—: Extraoficialmente, hemos estado entrevistando a sus contratistas
para ver hacia dónde apuntan. Sabemos que el asesino está relacionado con la empresa
Winstone. No hemos averiguado cómo, pero tenemos algunas pistas.
Asiento con la cabeza. Después de todo, en cierto modo, tiene razón. Maté a alguien y
técnicamente se supone que soy la asistente personal de Winstone. ¿Sabe Peter que soy
una asesina?
—¿Puedes describir el aspecto de Winstone? —pregunta Peter.
Me chirría la nariz y Peter me mira con la mandíbula severa e indiferente.
Me aclaro la garganta.
—Perdona. ¿Me pediste que describiera su aspecto? —pregunto.
—Parece que ha pasado por alguna cirugía plástica recientemente. Quería confirmarlo
contigo.
—Lo siento —digo. Sí, es verdad—. Él es... —Hago una pausa, intentando pensar. ¿Qué
dijo Jenna sobre su aspecto? —Es mayor, ¿sabes? Tiene una de esas caras, como si pudiera
ser cualquiera —digo, pero sé que estoy divagando. Necesito unir las dos imágenes que
tengo: la que me describió Jenna y la del verdadero Cash, para poder protegerlo—. Ojos
oscuros. Tienen esas motas en el blanco de los ojos. —Cruzo los brazos a mi alrededor—
. En serio, ¿de qué va esto?
—Tienes acceso a sus archivos, ¿correcto?
Me hundo en mi asiento.
—¿Sí y no?
—¿Qué edad tiene? ¿Dirías que tiene cincuenta o sesenta?
Parece mucho más joven, pero ¿realmente importa?
—No estoy segura. ¿Qué está pasando?
—Hay algo que no cuadra con Winstone, y no me gusta. Le conocí el otro día. —Sacude
la cabeza—. Estoy preocupado por ti, Remedy. —Se acerca a la mesa y me coge la mano.
Cada vello de mi cuerpo se eriza al contacto, pero me quedo quieta—. Te estás
arrinconando. Puedo ayudarte a salir de las garras de Winstone, pero tienes que colaborar
conmigo.
Retiro la mano, manteniéndola en mi regazo.
—¿Qué quieres decir?
—Es un hombre poderoso. Aunque no cometa los crímenes él mismo, seguro que puede
hacer que otro lo haga por él.
Aprieto los dientes. ¿Por qué me resulta tan familiar?
—No me ha hecho nada de eso —le digo.
—Bien.
Pero eso es mentira. Él ha hecho algo así. Cash me regaló a mi padrastro. Y lo maté.
Si no lo haces tú, lo haré yo, me dijo. Pero no le dejé.
¿Me había engañado para que lo hiciera por él?
Un sentimiento de hundimiento se agolpa en mi interior, luchando por apoderarse de
mí. Aunque matar a mi padrastro esté de algún modo justificado, aunque sinceramente me
alegre de que mi padrastro no pueda volver a hacer daño a otra chica, no estoy segura de lo
que se supone que debo hacer cuando se trata de Cash. Si es capaz de secuestrar a mi
padrastro en Tampa y traérmelo, ¿de qué más es capaz?
Si sé que está cometiendo delitos, ¿es mi deber detenerlo?
—¿Remedy? —pregunta Peter.
Me sobresalto, saltando en mi asiento.
—¿Sí?
—¿Quieres que te lleve de vuelta al trabajo? —pregunta—. Este tipo de interrogatorios
pueden resultar chocantes. Lo comprendo perfectamente. Puedo acompañarte de vuelta
a la finca y asegurarme de que Winstone no intente nada.
Peter es dulce, y en cierto modo, estoy agradecida de que se ofrezca. Pero no se puede
confiar en nadie. Especialmente no alguien como él.
¿Por qué confío en Cash?
—Estoy bien. Pero gracias —digo—. Sólo quiero volver al trabajo.
Peter asiente.
—Por favor, llámame si se te ocurre algo.
Mientras salgo de la sala hacia la parte delantera de la comisaría, intento bloquear
mentalmente el ruido. El zumbido de las fotocopiadoras. Las conversaciones entre los
empleados. Los teléfonos sonando. Necesito pensar con claridad y nada de esto me ayuda.
Un policía levanta la vista de su escritorio y se me queda mirando. Otro agente se queda
boquiabierto y es como si todos los ojos del edificio me miraran, pero no sé por qué. Me
precipito hacia la puerta, pero el empleado de recepción sube el volumen de la televisión
y oigo: Más sobre el asesino de Key West.
Me detengo en seco. Luego miro hacia la pantalla, aplastando los dedos a los lados.
La reportera está sentada con los pies dentro de una trampilla que da a un semisótano, con expresión
neutra. Su cabello rubio platino está perfectamente peinado, y parece que ella es el tipo de persona a la que
estos crímenes nunca tocarán. Los investigadores creen que el Asesino de Key West, apodado
ahora «el Rastreador» está relacionado con más de treinta asesinatos conocidos en todo
Estados Unidos. Hablamos con Veronica Long, profesora de criminología y experta en
perfiles de Miami desde hace mucho tiempo, que cree que «el Rastreador» tiene entre
treinta y muchos y cuarenta y pocos años, con conocimientos de construcción...
Un zumbido llena mis oídos. En la pantalla, los investigadores despejan cada escena del
crimen mientras el perfilador disecciona «el Rastreador». Trozos de espuma aislante
blanca. Un cuadro roto. Pintura blanca y sangre roja seca. Trago saliva. Ninguna de las
víctimas es mi padrastro. No hay motivo para enfadarse. Pero puedo sentir los ojos de los
policías clavados en mí. Voy a explotar.
Me giro para mirar mal a los agentes, pero todos están ocupados. Nadie parece reparar
en mí.
¿Estoy paranoica?
Me tambaleo hacia mi auto, con la bilis burbujeándome en la garganta. Me vienen a la
mente las palabras del periodista: treinta asesinatos conocidos.
Treinta personas han muerto.
Eso es lo que saben. Puede que haya más.
Si sé algo, sí sé algo, ¿es mi trabajo decírselo a la policía? ¿Quiero asegurarme de que nadie
más muera?
Me meto en el auto y golpeo nerviosamente el volante con los dedos. ¿Qué sé yo? Sé que
Cash secuestró a mi padrastro. Sé que yo maté a mi padrastro. Cash, que yo sepa, no ha
matado a nadie.
Pero mientras conduzco de vuelta a la finca, esa sensación de hundimiento amenaza
con apoderarse de mí. Ahora mismo, Cash está en la ferretería, recogiendo y dejando un
artículo para una de sus nuevas promociones. Tengo tiempo de procesarlo antes de que
vuelva. Pero eso me detiene.
Sabe de construcción. Me arregló la puerta. Incluso conoce a la gente de la ferretería.
Pero debería conocerlos. Es un promotor inmobiliario. Su trabajo es construir cosas.
Y sin embargo, no puedo dejar de pensar que está relacionado con estos asesinatos de
alguna manera. Conduzco de vuelta a la finca, con escalofríos recorriéndome. No importa
lo que me diga, no puedo deshacerme de estos sentimientos.
Así que me meto a la fuerza en su despacho de abajo, donde maté a mi padrastro la
noche anterior. Rebusco en los cajones de su escritorio. Bolígrafos. Clips. Un par de gafas
de lectura. Pero no puedo dejar de buscar. Vuelvo a probar con su ordenador, pero no
importa la contraseña, nada funciona.
Bones salta sobre mi regazo, dando vueltas hasta que encuentra una posición cómoda.
Se me corta la respiración e intento pronunciar su nombre. No funciona. Pero por si acaso,
pruebo con mi propia contraseña: Bones1934, una referencia al tatuaje de mi espalda y al
año en que Bonnie y Clyde fueron asesinados. La solicitud de contraseña desaparece y la
pantalla se llena de archivos de vídeo. Me reconozco en las miniaturas, así que hago doble
clic en uno.
En el vídeo, estoy sentada en la silla de un ordenador. Por la expresión de mi cara, me
intriga lo que estoy viendo. Casi salgo del vídeo, hay cámaras de vigilancia por todas
partes en la urbanización, pero entonces veo mi cama deshecha al fondo.
Este vídeo no es de la finca Winstone. Es de mi dormitorio.
¿Cash hackeó mi portátil?
Salgo rápidamente del ordenador. Me asusta, pero no significa nada. Significa que es
un mirón, o incluso un acosador. Pero no significa que sea «el Rastreador».
Me concentro en el fondo de la habitación, en el armario, donde guarda su caja fuerte.
Pruebo varias combinaciones de la cerradura, pero cada vez me aparecen unas letras rojas
parpadeantes: Acceso denegado. Finalmente, pruebo con mi fecha de nacimiento y se abre.
Se me revuelve el estómago. Es como si quisiera que descubriera lo que hay dentro. Y eso me
asusta.
Hay un viejo certificado de nacimiento. Cassius Winstone. La madre y el padre están
listados en el medio, pero la fecha de nacimiento parece fuera de lugar. Si no me equivoco,
Cash debería tener ahora sesenta años. Pero no puede tener más de cuarenta, si es que
tiene esa edad.
Se me ocurre una idea: quizá no recuerda su cumpleaños porque no puede decirme la
verdad sin revelarse como un impostor.
Esta es mi prueba. Cash no es Cassius Winstone.
Pero ya no me siento aliviada.
Camino de un lado a otro en ese armario. ¿Qué se supone que debo hacer? Sé que no es
el verdadero Cassius Winstone. ¿Y si me parece bien? ¿Y si me siento aliviada? ¿Y si no me
importa que esté relacionado de algún modo con esas muertes en todo el país, porque al
menos no es el maltratador de mi mejor amiga?
Tropiezo, tropiezo con el borde de una alfombra granate metida debajo del banco de
zapatos y la caja fuerte, y caigo sobre manos y rodillas.
—Maldita sea —murmuro. Me empujo hacia arriba, admirando el brillo de la alfombra,
y eso me detiene. Es nueva, y cubre casi todo el armario. Como si la hubieran añadido hace
poco. Como si ocultara algo.
Con algunos gruñidos, muevo el banco de zapatos y la caja fuerte, y luego levanto la
alfombra.
Allí, en el suelo, hay un recorte en la madera con una única manilla de metal, casi
exactamente igual a la del reportaje. Es una puerta pequeña, lo bastante grande para que
alguien como Cash quepa dentro.
Es una puerta cerrada. Cash me dijo que no abriera ninguna puerta cerrada.
Pero esto no es una puerta a una habitación. Es un espacio de arrastre. Como
mencionaron las noticias.
Muchas casas las tienen. Es una coincidencia.
Pero el corazón me retumba en el pecho. Contengo la respiración, mi cuerpo zumba de
energía mientras tiro de la manilla metálica y abro la puerta. Está oscuro y vacío; no hay
nada. El hedor a alcohol agrio y ramos podridos me rodea. Es rancio, pero aún no digno de
alarma. Exhalo lentamente, pero me quedo inmóvil. Necesito estar segura.
Enciendo la linterna del móvil y la apunto a un lado del semisótano. El cuerpo de mi
padrastro brilla bajo la luz, con la cara pintada de blanco como un muñeco de plástico.
Miro al otro lado: un hombre mayor con el pelo canoso y la piel arrugada está congelado
en su sitio. La pintura blanca se desprende por partes, dejando al descubierto su piel
amarilla, morada y negra. El auténtico Sr. Winstone.
El hedor de los cadáveres crece a mi alrededor. Respiro por la boca, intentando pensar
con claridad, pero no puedo. Cierro la pequeña puerta.
¿Quién es Cash? ¿Es ese su verdadero nombre?
¿Y por qué mató al Sr. Winstone?
El sudor me resbala por el cuerpo mientras vuelvo a colocar la alfombra en su sitio y
luego vuelvo a colocar el banco de zapatos y la caja fuerte para que parezca que no he
molestado en nada. Porque esto no es real. Si no hubiera ido a husmear, Cash sería el
prácticamente inofensivo Sr. Winstone sustituto.
Pero no puedo dejarlo pasar. Tengo que salir de aquí.
En la puerta principal de la finca, sopeso mis opciones. Puede que seguir adelante con
esto, enfrentarme a Cash, no me lleve a ninguna parte. Si lleva tanto tiempo jugando
conmigo, es que siempre ha sabido que acabaría por enterarme. Tal vez quiere que lo sepa
todo.
Sigo mis instintos. En mi auto, atravieso las calles a toda velocidad, evitando a duras
penas las colisiones. Es como si mi cuerpo corriera con mi mente, y tengo que llegar a casa.
Tengo que hacer algo. Tengo que asegurarme de que estoy a salvo. Entro corriendo en la
casa de alquiler y me apoyo en la pared, completamente sin aliento.
La puerta del armario me llama la atención. Hay una trampilla en el suelo. Una que no
había estado allí antes.
Me palpitan las sienes, pero me obligo a mirar. Abro la puerta del armario y miro hacia
la trampilla. Recuerdo las veces que Cash entró silenciosamente en mi casa. ¿Y si ya
estuviera en la casa, escondido en mi entretecho?
Es una locura, pero no puedo dejarlo pasar. Me pongo de pie. Todo lo que quiero es la
verdad. Intentar manipular a un asesino en serie para que diga la verdad es estúpido. Tiene
infinitas oportunidades para matarme. Y puede matarme ahora mismo si quiere.
Excepto que no lo ha hecho. La cadena de asfixia. La soga en el estacionamiento.
Tomando mis ojos y oídos. Con el cuchillo que mató a mi padrastro. Hay tantas veces que
pudo haberme matado, pero sigo aquí. Y tengo este instinto de que él quiere que yo sepa la
verdad. Como si hubiera dejado este rompecabezas para mí.
Abro la escotilla. Pinos y débiles sustancias químicas flotan desde el entretecho. Como
si hubiera estado aquí recientemente.
¿Quién demonios es Cash?
15
Cash
C uando bajo las escaleras, dispuesto a empezar el día, encuentro una tarta sobre la
encimera con velas asomando por encima. Remedy está en la cocina, con un vestido
negro ceñido al cuerpo y los labios pintados de rojo como el glaseado de la tarta. Sus
gruesos muslos se aprietan e imagino mi cara aplastada entre ellos. Todo lo que quiero
hacer me parece inútil. Primero quiero tenerla a ella.
—Puedo cantarte —dice—. O podemos comer tarta.
Es una bonita idea, pero no me interesa el pastel.
Paso una mano por su costado, la curva de sus caderas me hace salivar. Los moratones
de su cuello ya están casi curados, solo tiene unas pocas manchas amarillas verdosas del
lazo, pero quiero más. Quiero ver mis marcas todo el tiempo, proclamar al mundo que es
mía. Pero cuanto más trabaje su piel, más difícil será magullarla, por mucho que lo intente.
Es un presagio, una razón por la que no podemos encariñarnos más, pero Remedy sonríe
y yo pierdo ese hilo de pensamiento. Cuanto más entrelazadas están nuestras vidas, más
fuerte se hace ella. Uno de los dos se va a romper, y parece que existe la posibilidad de que
sea yo.
¿Por qué sigo con Remedy?
Le acaricio el culo, apretando esa jugosa burbuja que conecta con sus muslos. Mi polla
se agita despierta, ansiosa por deslizarse de nuevo en su calor. Nunca tengo suficiente de
ella.
—Si es mi cumpleaños, ¿puedo azotarte? —le pregunto. Un escalofrío recorre su
espalda y se inclina sobre el mostrador, empujando su culo hacia mí, rechinando sobre mi
polla. La sangre inunda mi polla, pero algo me detiene. Me mira por encima de los hombros
y vacila. No solo es mi amante invitándome a una falsa celebración de cumpleaños, sino
una mujer que cree que se lo debo. Sus movimientos, demasiado calculados para ser
auténticos, reflejan hambre. Me oculta algo.
Y tal vez sí le debo a Remedy. Ha sufrido tormentos físicos y mentales por mí.
Pero me agarra de las manos, sonríe y me arrastra hacia las habitaciones. Tiro de ella
hacia atrás y la desvisto hasta que queda desnuda con el pecho apoyado en la encimera.
Cuando le aprieto la parte superior de la espalda, sus pechos chocan contra la superficie,
y su mejilla se apoya en el mármol, un borroso reflejo de su cara en el suave material. Le
froto el culo, acariciando sus curvas flexibles. Mueve las caderas. Lo desea tanto como yo.
Le pego tan fuerte en el culo que la palma de la mano me escuece muchísimo. Mi mano
está roja, y su culo también, y ella levanta el pie, el dolor recorriéndole todo el cuerpo. No
me gustan los azotes, pero cuando se trata de Remedy, me gusta el contacto físico. Me
duele casi tanto como a ella. Tanto el receptor como el agresor sienten el aguijón. Todo está
conectado. Me chupo los dedos, preparándolos para provocarla, y luego aprieto las
caderas contra su espalda.
—¿Cuántos años crees que tengo? —Pregunto, acariciando su oscuro agujero con la
punta de mi dedo.
—Yo... —balbucea—, no lo sé.
—No te muevas.
Espero un momento, asegurándome de que se queda quieta, y aunque la parte inferior
de su columna se curva, como si deseara con todas sus fuerzas apretarme de nuevo, sus
pies permanecen apoyados en el suelo, con el culo al aire. Reviso los cajones de la cocina:
cucharas de madera, utensilios de plástico, cuchillos y otras herramientas. Pero quiero
algo que haga daño. Un arma que pueda causar daño, para recordarle que me pertenece.
Igual que ella me posee a mí.
La encuentro: una gran cuchara de metal con agujeros para colar en el extremo. Esto
contará como mi falso azote de cumpleaños.
El aire silba por los agujeros y la cuchara rebota en su piel. Ella grita, curvando los dedos
de los pies, y a mí se me eriza el vello de la nuca al oír el agudo chillido, y eso hace que
merezca la pena. Un óvalo morado e hinchado oscurece su culo, provocándome. Es un
moratón que durará mucho tiempo. Sentirá mi contacto cada vez que se siente.
Pero quiero más.
La golpeo con la cuchara una y otra vez hasta que jadea como un perro, retorciéndose
para bajarse de la encimera. Pero la sujeto, asegurándome de que aguante cada golpe.
Quiero que sepa lo que se siente cada vez que irrumpe en mi mente, cada vez que jode mi
mundo hasta que deja de tener sentido. ¿Por qué sigo aquí? La golpeo de nuevo. ¿Por qué
no me he salvado todavía? La cuchara vuelve a dar palmadas en el culo, y me pregunto
cómo estoy tan metido en Remedy que estoy dispuesto a arriesgarlo todo, incluso mi vida.
Me está destruyendo.
—¿Qué se siente? —pregunto con el pulso acelerado y las venas palpitándome en la
sien. Ella se retuerce contra el mostrador como una serpiente, y yo la inmovilizo con mi
peso, luego juego con su coño, sus labios húmedos hacen que se me pongan los ojos en
blanco—. ¿Quieres correrte, cariño?
—Sí —gime.
—Entonces muéstrame lo desesperada que estás.
Mueve las caderas sobre mi mano y yo le echo el cabello hacia atrás, observando cómo
se le contorsiona la cara al moverse. Su cuerpo choca con cada movimiento, pero sus ojos
permanecen fijos en su sitio. He visto esa mirada antes. El vacío que ocupa su mente. No
es una falsa celebración de cumpleaños. Está jugando conmigo.
Retiro la mano y se queda boquiabierta.
—Dime qué es —exijo.
—¿Decirte qué?
—¿Por qué fingiste ese orgasmo? —Respiro entre dientes—. No soy tu ex. Sé cuándo
te corres. Y fue una actuación espectacular, pero no es suficiente para mí.
Se pasa la lengua por los labios. Intenta encontrar la respuesta adecuada. Se frota las
manos contra los costados, presa del pánico, pero luego levanta la barbilla y me mira por
debajo de la nariz.
—Vi el cuerpo —dice.
—¿Qué cuerpo?
—No eres Cassius Winstone.
Me enderezo al instante, dándonos distancia.
—Nunca dije que fuera Cassius Winstone. Dije que me llamaras «Cash». No me hiciste
caso.
—Entonces, ¿quién eres?
La miro fijamente, deseando que finja que de verdad quiere que sea el mismo Sr.
Winstone que abusó de su mejor amiga.
—Acéptalo —le digo—. Te alegras de que no sea él.
—Dime quién eres.
Hay tensión en sus ojos, como si estuviera enfadada y no supiera a quién o a qué creer.
Pero ya le he dicho lo mismo antes, y se lo diré otra vez. Nada va a cambiar eso.
—Llámame «Cash» —le digo.
Se abalanza sobre mí, con las fosas nasales encendidas y fuego en los ojos. Aúlla como
un animal salvaje y me araña la piel con las uñas, intentando hacerme daño. Como si
quisiera arrancarme el corazón con sus pequeños puños. Pero he pasado por cosas peores.
—¿Por qué estás enfadada? —Me río, dejando que haga lo que quiera. Me clava las uñas,
pero no me importa. Sé cómo canalizarlo—. Ibas a matarlo de todos modos.
—Me lo robaste.
Sus puños golpean mi pecho como un tambor sordo, pero yo permanezco inmóvil. Cada
golpe me martillea, y me importa un bledo. Al cabo de un minuto, suelta un suspiro y grita
mientras me vuelve a clavar las uñas en el pecho. Siseo entre dientes, pequeñas gotas de
sangre brotan en la piel hinchada, pero ella vuelve a hacerlo, con las yemas de los dedos
empapadas de mi sangre. Me pinta el cuerpo de rojo como hizo con la sangre de su
padrastro.
Pero ahora es mi sangre.
Me agarra la cara, forzándose a besarme, pero saco la pistola de la funda y la golpeo en
la garganta con el largo cañón, cortándole el aire lo justo para que se detenga. Chilla
sorprendida y yo le muestro los dientes.
—Deberías haberlo sabido, cariño —retumba mi voz—. ¿Pensabas que sólo guardaba
cuchillos? También guardo pistolas.
Pero aun así, no huye. Vuelve a sujetarme la cara, me abraza como a un niño y, por un
momento, es como si me sostuviera. Quiero dejarlo todo y desaparecer dentro de ella.
Pero no puedo. Haga lo que haga, tengo que dominarla. Aprieto la boca de la pistola
contra su sien y, esta vez, se muerde el labio con tanta fuerza que su piel se pone morada.
Me estoy acercando. Pronto se quebrará y todo habrá terminado. Lo único que quedará
por hacer será incriminarla.
O me destruirá.
—De rodillas —le digo. Se arrodilla al instante. Le golpeo ligeramente la barbilla con la
pistola hasta que abre la boca—. Chúpala —le ordeno. Cierra los ojos y se le saltan las
lágrimas. Pero una vez que sus labios presionan el metal, deja a un lado el miedo y disfruta
como si fuera una polla. Mi polla se hincha al verla. Sus labios morados presionan el metal,
sus mejillas succionadas, la baba mojando los lados de su boca. Está tan buena así. De
rodillas. Su vida en mis dedos literales.
Y sin embargo, no tiene ni idea de lo mucho que me controla.
—¿Quieres mi verdadero yo? —Pregunto—. He sido más real contigo que nadie en este
mundo. Y eso es lo que te cabrea. Que aún me quieras por eso.
Suelta la pistola y chasquea los dientes, con los ojos llenos de furia. La pongo en pie, me
arranco los pantalones, la hago girar y vuelvo a apretarla contra la encimera. Aprovecho
la excitación de los labios de su coño para humedecerme la polla y me meto a la fuerza en
su culo. Sus pulmones se vacían en un jadeo agudo y estremecedor, y la penetro de golpe,
apuntándole con la pistola a la espalda. Puede que sea la primera persona a la que no he
matado, pero eso no significa que esté a salvo. En un segundo, puede unirse al resto de
ellos, atrapados en el aislamiento de sus propias casas, pudriéndose con los cimientos.
Y sin embargo, en mi interior, sé que eso ya no es cierto. Nunca lastimaré a Remedy de
esa manera. Me niego.
Pero aún puedo controlarla.
—Crees que puedes verlo todo si siempre estás al ataque —gruño. La boca se clava en
la piel entre sus omóplatos, justo en medio del tatuaje de esos dos cuerpos esqueléticos.
Vuelve a arquear la columna. Sus respiraciones se suceden rápidamente; está asustada—.
Pero siempre te tuve a ti primero, Remedy. Siempre fuiste y siempre serás mía.
Le rodeo las caderas con las manos y le meto la polla hasta el fondo del culo. Su clítoris
está húmedo e hinchado, y lo rodeo con las yemas de los dedos, mi mano frenética.
Necesito que se corra. Necesito que su cuerpo se convulsione de un modo que sea
completamente mío, y no el espectáculo que ofrece a los demás. Cada vez que la lleno
hasta el fondo, jadea. Su culo es tan suave que me embriaga. Apenas puedo mantener mi
objetivo. Está tan cerca del orgasmo que aspiro su penetrante almizcle como si fuera mi
último aliento. Y cuando sus músculos empiezan a contraerse, la saco, dejándola sufrir
por la falta de satisfacción. Se le cae la mandíbula y sus ojos brillan de rabia. Y la estudio.
Sus ojos verdes parpadean como si intentara encontrar las pistas que le faltan. Pero yo
estoy aquí. Ya no importa quién crea que soy.
—Tú mataste a Cassius Winstone —dice con confianza—. Estoy en deuda contigo por
eso.
—Y mataste a tu padrastro.
Ella asiente y mantiene el contacto visual.
—Lo que significa que, te guste o no, estamos juntos en esto.
Me río. ¿Juntos?
—Todo lo que significa es que ambos somos asesinos —digo.
—Tú mismo lo dijiste, Cash. «No importa lo que pase, estamos juntos en esto».
Lo dije justo después de que matara a su padrastro. Estaba hiperventilando por el
asesinato. Tenía que hacer algo para ayudarla a aceptarlo, ya que no podía retractarse. Al
instante me arrepentí de esas palabras, sabiendo que me estaba marcando como alguien a
quien ella puede dejar atrás.
Me niego a depender de nadie, incluida ella.
Le pongo un dedo bajo la barbilla y entrecierro los ojos. Sabe que puedo borrarla; es tan
fácil como apretar el gatillo.
Pero también confía en que no lo haga, y eso me enfurece.
—Te vas a hacer daño, cariño —le digo—. Sólo porque estemos envueltos el uno en el
otro, no significa que estés libre.
Se muerde el labio interior, pero se tranquiliza.
—Pero tú me liberaste, Cash. Tú me hiciste esto.
—Y nunca te dejaré sola hasta que ambos estemos muertos.
Nuestras pesadas respiraciones se mezclan en el aire, ambos cubiertos de sudor. Ella
está desnuda y yo despeinado, pero este es nuestro verdadero yo.
Por mucho que la odie, sé que haría cualquier cosa para protegerla y, al mismo tiempo,
no quiero tener nada que ver con ella.
Si alguien me destruye, será Remedy.
Y ahora, quiero que se vaya antes de que haga algo de lo que me arrepienta.
—Ve a ver a Jenna —le ordeno. Remedy me mira sorprendida, pero es la forma más
rápida de sacarla de la finca—. Ahora —digo con una amenaza baja en mi voz—.
Asegúrate de que no sospecha nada. —Remedy parpadea, luego se viste rápidamente y
desaparece por la puerta principal.
Suspiro y me paso las manos por el cabello húmedo. Mis pies están arraigados, pero
quiero ser libre. Igual que Remedy. Y la única forma de vivir una vida libre es hacer lo que
quiero, ignorando las repercusiones morales y legales, y no dejar que nadie me frene.
Mi teléfono zumba. Gruño y lo compruebo:
Un detective ha estado preguntando por ti.
Otro de los mensajes de los contratistas generales.
¿Dónde demonios has estado? Vuelve al trabajo. Deja que te pague, maldita sea.
Últimamente me había echado atrás en más proyectos de los que podía contar,
aceptando sólo algunos pequeños para cubrirme las espaldas y fingir ser el mismo
subcontratista que lleva años rondando por los Cayos. Un hombre en el que nadie se fija.
Y la mayoría de las veces, funciona.
Pero cuanto más tiempo estoy con Remedy, más me desenredo. Necesito irme ahora
para despistar a ese detective. Necesito dejarlo todo atrás.
Debería matar a Remedy. O si ya estoy tan débil, debería incriminarla. Pero ya no quiero
centrarme en esas opciones. Quiero otra cosa.
Saco una carpeta de mi escritorio, el expediente que mi antiguo socio de Montana
preparó sobre Peter Samuels. La foto del detective está en la portada y sonríe como si no
le importara nada. He revisado el expediente más veces de las que puedo contar,
intentando encontrar la manera de echarle la culpa a él en lugar de a Remedy. Pero el
bastardo está limpio. Un héroe de pueblo normal. Nunca ha fumado hierba. El único
capricho que tiene es un auto blanco con llantas negras brillantes. Incluso le paró un
compañero de trabajo por exceso de velocidad cuando empezó, pero aceptó la multa
porque sabía que se la merecía. El investigador privado descubrió que tenía fama de
drogadicto en el instituto, pero lo que hacía en realidad era asegurarse de que la gente no
se ahogara con su propio vómito. Cuando una compañera de clase estuvo a punto de
ahogarse bebiendo, la llevó a otra habitación con un cubo y agua. Le pidió que no se lo
contara a nadie para poder mantener su reputación. ¡Es un maldito farsante!
Así que el rumor que Remedy conoce del instituto no es cierto. Peter no fue quien drogó
a la chica. En vez de eso, la cuidaba. Como un ángel guardián.
Y ahora mismo, probablemente esté cuidando de Remedy. Tratando de advertirle que
se mantenga alejada de mí.
Matar a un policía es arriesgado. Es más fácil mantenerse alejado de los de su calaña.
Pero la idea de acabar con él y de alguna manera hacer que las muertes recaigan sobre él
me llena de serenidad.
Pero no tengo que matarlo a él o a Remedy. Puedo irme. Empezar una nueva vida, como
siempre hago.
Pero aún no puedo obligarme a hacerlo. En vez de eso, le mando un mensaje a Remedy
como una marica:
Vamos a hacer un maquillaje de cumpleaños. Mañana por la noche.
Tengo que pedirle un favor,
Responde inmediatamente. Ni siquiera acusa recibo de mi mensaje.
Gimo profundamente. Un favor me molesta. Significa que ella sabe que puede pedirme
cosas. Que puede confiar en mí. Pero estoy preparado para ello. Y lo peor es que no
importa cuál sea ese favor, sé que haré cualquier cosa por ella.
¿Qué me va a pedir?
16
Remedy
E l día siguiente pasa borroso. Miro el reloj durante el trabajo, completando cada tarea
que Cash me asigna. Es como si nada hubiera cambiado y, sin embargo, ahora sé que
ambos fingimos que Winstone está vivo. Mi mente bulle de energía, la presión crece con
cada minuto que pasa. Cash tiene una cita planeada para nosotros esta noche, y hace que
mis pensamientos se aceleren. Él nunca planea nada. Debería tener miedo.
Pero una idea me mantiene anclado en ese caos interno: si muestro el cuerpo de
Winstone a Jenna, todo irá bien. Porque si Cash me da permiso para que otra persona
conozca nuestra vida secreta, entonces demostrará que confía en mí y que yo puedo
confiar en él. Y esta noche, voy a pedirle ese permiso.
Por la noche, suena el timbre y aspiro. La ansiedad crece en mi interior. ¿Qué va a decir
cuando le pregunte? ¿Va a matarme por fin?
El timbre suena sin cesar, como si alguien tuviera pánico, lo que me indica que no es
Cash. Pero abro la puerta de todos modos y se me hunde el pecho al ver quién es.
Mi hermanastro, Brody, está de pie en el porche de mi casa, con una gorra de béisbol en
la cabeza, como las que solía llevar cuando éramos niños. Hace años que no le veo. Me
mira.
Finalmente, balbuceo:
—¿Cómo...?
Me interrumpe:
—Tu madre me dijo que podría encontrarte aquí.
—Maldita sea —murmuro en voz baja. Claro que se lo dijo. Siempre le ha caído bien.
Tendré que recordarle que no dé mis datos sin mi consentimiento la próxima vez que la
vea.
—¿Te importa si entro? —me pregunta. Luego me rodea. Para él, la pregunta es una
formalidad, no una cortesía. Cierro la puerta principal.
—¿Qué haces aquí? —pregunto cruzándome de brazos.
—¿Sabes dónde está papá? —dice. Me rasco el costado, pensando en el cadáver de mi
padrastro en el sótano de la finca Winstone. Me invade la tensión, pero niego con la
cabeza—. Desapareció —continúa Brody—. Desapareció por completo de su nueva
familia.
Me encojo de hombros.
—No he hablado con él desde el divorcio.
—Me imaginaba que dirías eso. —Se levanta la gorra de béisbol para pasarse una mano
por el cabello castaño claro, luego se la vuelve a poner y ladea la cabeza, escrutándome,
como si se diera cuenta de que estoy mintiendo. Las luces fluorescentes brillan sobre su
piel bronceada y se me revuelve el estómago; cada día se parece más a su padre. Pero son
distintos tipos de maldad; mi padrastro pretendía ser bueno, mientras que a Brody no le
importa que el mundo sepa que es cruel—. ¿Quieres ir a cenar a algún sitio? —me
pregunta.
¿Quiere ir a cenar? Ambos somos adultos ahora, pero eso no significa que podamos
sentarnos juntos durante toda una comida sin arrancarnos la cabeza el uno al otro.
Además, tengo una cita con Cash.
—Tengo planes —le digo.
—Entonces supongo que me quedaré hasta que estés disponible para hablar.
Arrugo las cejas.
—¿Quedarme dónde?
—Sé que desapareció por tu culpa. —Brody se asoma a cada habitación, buscando a su
padre detrás del retrete y bajo el escritorio—. ¿Finalmente lo mataste como juraste que lo
harías?
Se me revuelve el estómago y se me sonrojan las mejillas, pero me obligo a burlarme.
—Cállate, Brody.
—Me acuerdo de eso. Me juraste que algún día lo matarías —se ríe. Había olvidado que
le dije eso a Brody justo antes de que se mudaran. Quería que supiera que no iba a perdonar
y olvidar tan fácilmente como hace siempre mamá. Y cumplí mi palabra, gracias a Cash.
—Quizá papá volvió por ese coño —dice.
Doy un paso atrás, con un cosquilleo en la piel. Brody siempre ha estado convencido de
que yo me lo busqué. Como si hubiera seducido a mi padrastro vistiendo poca ropa y
haciendo cabriolas, cuando yo era una chica normal, que hacía cosas normales, que llevaba
ropa normal. No le pedí nada. No entendí lo que era el sexo hasta que él me tocó.
Y sin embargo, durante mucho tiempo, Brody me convenció de que era culpa mía.
Pero ya no. Respiro.
—Eres repugnante.
—¿Le has visto últimamente?
¿Por qué sigue preguntando? Mi corazón se acelera; no hay forma de que sepa lo que
Cash y yo hicimos. Lo que yo hice. Brody solo está actuando por una corazonada.
Levanto la voz:
—Ya te lo he dicho: No le he visto.
—¿Entonces por qué tengo la sensación de que estás mintiendo?
Me empuja contra la pared y levanta el puño. Levanto las piernas, intento darle un
rodillazo como cuando éramos más jóvenes, pero ahora es más grande, más listo también,
y me inmoviliza para que no pueda tocarle.
—Siempre te gustó que se hiciera justicia, ¿verdad, hermanita? ¿Debería «violarte»
como dices que hizo? —pregunta—. Apuesto a que estás mojada ahora mismo.
—Que te jodan —siseo.
—No. Una chica como tú lo quiere por el culo. Papá me contó lo mojada que te ponías
cuando te follaba por ahí.
Aprieto los dientes. La ira se apodera de mí, amenazando con desbordarme, con
demostrarle lo que es ser impotente, como me hizo su padre. Pero Brody es sobre todo
bravuconería; un puñetazo, un golpe, una patada, luego su conciencia se pone en marcha
y me deja marchar. Debería soportarlo como siempre lo hago.
Pero el sabor de la venganza es espeso en mi garganta como el sabor agrio del alcohol.
Quiero matarle. Cree que soy la misma niña que era hace años, pero no lo soy. Maté a su
padre y no le tengo miedo.
Pero no puedo dominarlo. Todo lo que tengo es mi voz.
—Nunca aprendiste a mojar a una chica, ¿verdad? —Me quejo—. Quizá acabes como
tu padre. Violando niñas pequeñas ya que nadie quiere follarte.
Resopla entre dientes y me preparo para su golpe, pero sus ojos se abren de par en par
cuando me aprieta la camisa y ambos retrocedemos, desequilibrados. Me suelta y se gira
para ver quién le ha arrancado de mí.
Cash le mira fijamente, con los ojos llenos de fuego. Las manchas oscuras de sus ojos
son como nubes negras de humo y ceniza, que amenazan con consumirlo todo. Miro
detrás de él; la trampilla del armario del pasillo está abierta. El corazón me late deprisa y,
de repente, me asaltan los problemas morales de la situación. No puedo matar a Brody,
pero Cash sí puede y lo hará, y no sé si me parece bien. Brody y yo peleamos como
hermanastros que se odian, pero no sé si él merece morir, cuando yo peleo con él tanto
como él conmigo.
Susurro:
—CASH...
—Levántate —dice Cash, con los ojos clavados en Brody.
Brody tropieza.
—¿Qué demonios quieres? —pregunta—. ¿Quién eres tú?
Cash le empuja tan fuerte que la pared se resquebraja con su cuerpo, y cuando Brody
va a darle un puñetazo, Cash le agarra de la garganta hasta que Brody se atraganta, con la
boca llena de saliva.
—Nunca volverás a tocar a Remedy —dice Cash, con una voz inquietantemente baja y
controlada. Sus nudillos están blancos, pero hay calma en su expresión, como si supiera
exactamente cómo va a romper cada hueso del cuerpo de Brody. Brody da zarpazos a las
manos de Cash, intentando liberarse, y su cara pasa de un rojo brillante a un morado
oscuro.
La boca de los labios de Brody: No lo haré. No lo haré.
Cash suelta el agarre y Brody cae al suelo, tosiendo y arañándose el cuello. Ni siquiera
nos mira mientras corre hacia su auto. Aguanto la respiración. Cash me levanta y yo me
cruzo de brazos, con la boca abierta.
No sé cómo sentirme. ¿Estoy decepcionada de que Cash no le matara? ¿O estoy aliviada?
¿Le contará Brody a la policía lo de Cash?
Los ojos de Cash parpadean, pero el humo y la ceniza lo consumen, una torpeza que
hierve a fuego lento detrás de su mirada como si fuera un hecho. Mientras le registro, me
doy cuenta de por qué no ha matado aún a Brody: no quiere que las pruebas contaminen
mi casa de alquiler.
Me está protegiendo.
Aun así, sé lo que debo decir.
—No lo mates.
—¿Necesito mantenerte en la finca? —pregunta, como si me dijera que pida más
comida para Bones. Como si aquí no pasara nada.
—Estoy bien. Pero no le hagas nada, ¿de acuerdo?
Señala con la cabeza la puerta principal, donde hay un camión estacionado.
—Tengo que cancelar la cita de esta noche —dice—. Lo compensaremos mañana. Nos
vemos en el trabajo.
—CASH...
Se detiene con la mano en el pomo de la puerta principal.
—No le hagas nada —le digo—. Mi padrastro es el que me hizo daño. Brody es un
imbécil. Siempre nos pegamos. Es lo que hacemos.
Cash olfatea y levanta la nariz. Me doy cuenta de mi error: siempre nos pegamos. No
importa quién sea, si se trata de una violación, de algo consentido o de una estúpida pelea
entre ex hermanastros. Cualquier toque de otra persona no será tolerado. A Cash no le
parece bien compartir esa parte de mí.
—Hasta luego —dice.
Se me revuelven las tripas, pero le sigo hasta la puerta.
—Sólo me pega una vez, luego se acabó...
Pero Cash se mete en su camioneta y se marcha, y sé que no puedo hacer nada. Brody
no me ha hecho daño, pero me ha tocado, y Cash no va a dejarlo pasar. Aunque sepa cómo
manejarme, aunque sepa cómo manejar a Brody, nunca me libraré de Cash.
Porque Cash no me deja ir.

Cash
Miro fijamente la puerta marrón de la habitación uno-cero-dos, esperando a que el
hermanastro tenga el valor suficiente para salir de su habitación de motel. Ya está oscuro,
pero estoy dispuesto a esperar. Se suponía que esta noche iba a ser divertida. Iba a
sorprender a Remedy con una jaula lo suficientemente grande como para encerrarla para
siempre. Es una solución que puede encajarnos. Encuentra una jaula. Haz que la quiera.
Si no va a dejarme ir, entonces puedo capturarla como ella me enjauló a mí.
Pero en vez de eso, estoy cazando a su hermanastro.
Estoy en mi camioneta, estacionada al otro lado de la calle, pero Key West es compacto
y puedo ver con claridad. Su silueta se desplaza por las cortinas y se mueve como si bailara
al ritmo de la música. Como si no le importara que acaba de agredir a su ex hermanastra
y amenazarla con violarla. Como si no le importara nada. Son todos iguales.
Por lo que ha dicho Remedy, parece que es demasiado cabrón para llegar a nada, pero
me da igual. No jodas con lo que es mío.
Por fin, una hora más tarde, se marcha, hablando por teléfono mientras sube a su auto.
Antes era de aquí, así que probablemente vaya a encontrarse con viejos amigos en Duval
Street.
Me pongo una vieja gorra de béisbol. Es un resto de una víctima y está sucia, marcada
por el polvo y la suciedad, pero no tiene sangre. En el vestíbulo del motel, inclino la cabeza
hacia un lado para que la recepcionista no me vea directamente.
—Perdí mi tarjeta —le digo.
No levanta la vista de su partida de solitario.
—Son veinte dólares por un reemplazo.
Pongo un billete de veinte sobre la mesa.
—Está bien.
—¿Número de habitación?
—Uno-cero-dos.
Pasa rápidamente la nueva tarjeta y me la entrega. Salgo rápidamente del vestíbulo.
Su habitación está húmeda por la ducha caliente, su colonia barata y picante apesta.
Hay una bolsa de lona abierta sobre la encimera del baño. A un lado de la cremallera hay
un par de calzoncillos. En el suelo hay desodorante y pinzas de depilar. Una gran ventana
da al estacionamiento, cubierta por finas cortinas. Es una habitación normal: una cama,
un cuarto de baño con ducha, un armario para abrigos, una cómoda y un pequeño
escritorio. Para ser sincero, todo lo que veo aquí es normal. Remedy probablemente tenga
razón. No habría hecho nada.
Pero no me importa.
Me escondo en el estrecho armario de los abrigos y espero. Ya había utilizado esta
táctica con uno de mis padres de acogida: encontrar su motel, esperar a que volvieran
borrachos y matarlos, haciendo que pareciera un suicidio. Me hizo falta paciencia para
esperar en un espacio reducido toda la noche, pero al final mereció la pena.
Varias horas después, cuando la ventana que da al estacionamiento está completamente
a oscuras y sus vecinos del motel están callados, se abre la puerta principal. Hay una
rendija en las puertas del armario, pero no puedo ver nada. Lo único que puedo hacer es
escuchar. Una risita femenina. Pasos tambaleantes. Labios húmedos que se babean entre
sí.
—Déjame hacerlo —dice—. Siempre te gustó antes.
—¿Cuántas veces tengo que decírtelo, Brody? Esta noche no. —Gruñe y la cama cruje
con el peso de su cuerpo encima—. Pero si te portas bien, puedes tenerme allí mañana.
Sus pantalones se desabrochan y caen al suelo. Pasan unos segundos. Vuelven a babear.
—Cariño —dice con voz ronca—. Por favor, no me hagas esperar. ¿No se siente bien?
—Si me vuelves a usar para el anal, juro por Dios que te parto la cara —dice.
—Joder. Bien.
Me ajusto los guantes y espero a que terminen. Puede que a su hermanastro no le gusten
las mujeres menores de edad, pero sí presionarlas, igual que su padre.
Pero eso no me molesta. ¿Por qué debería importarme una violación cuando mato por
diversión? Ambas acciones son una forma de controlar a alguien. Son formas de poder.
Pero no se toca a Remedy Basset y se sale con la suya.
La cama cruje y los gemidos de la mujer son dramáticos, como de telenovela. El
hermanastro suelta un gemido y se acabó. Permanecen en silencio unos minutos. Entonces
el hermanastro se aclara la garganta.
—Deberías irte —dice—. ¿No tienes escuela mañana?
—¿Así que eso es todo? ¿De verdad?
—Sólo te estoy cuidando.
—No voy a conducir hasta casa. Puedes ocuparte de mí hasta mañana —se burla—.
Imbécil.
Las luces se apagan y, unos veinte minutos después, sus respiraciones sibilantes llenan
la habitación del motel. Para asegurarme, espero una hora más y salgo del armario,
arrastrándome por el suelo hasta que mi sombra choca con sus formas. Me dirijo a su lado
de la cama. Tiene el cabello castaño claro revuelto, las mejillas hinchadas por el sueño, y
me pregunto si Remedy tiene razón. ¿No es tan malo? ¿Merece morir?
Tal vez sea mejor darle por el culo y darle una paliza como amenazó con hacerle a
Remedy.
Pero no estoy aquí para eso. Y no me importa si no merece morir. Quiero matarlo.
Le pongo la pistola en la sien y aprieto el gatillo. El silenciador amortigua el sonido,
pero la mujer sigue agitándose y la sangre salpica la almohada, una gota le moja la cara.
Golpea el pecho del hermanastro con la mano.
—¿Qué fue eso? —gime—. ¿Brody?
Sus manos tocan las manchas húmedas de su almohada y ella finalmente abre los ojos,
viéndome. Abre la boca, dispuesta a gritar.
Demasiado tarde.
Le disparo en la garganta. Sus ojos están apagados y vacíos; me recuerda a la madre
adoptiva número siete. Pongo la pistola en manos del hermanastro. El número de serie ha
sido borrado antes de comprarla, así que no podrán rastrearla hasta mí. Y con su historial
-ha pasado la noche detenido por alteración del orden público un puñado de veces- no
será tan sorprendente encontrarle un arma así. Un asesinato-suicidio apresurado con su
antigua aventura. Puede que las pruebas no se sostengan mucho tiempo, pero no tolero a
los rivales. Nadie toca o golpea a Remedy, excepto yo.
Después de ponerme ropa nueva, vuelvo a la casa de alquiler de Remedy. Es tarde, casi
las tres de la madrugada, pero ella está sentada en la cama y tiene los ojos oscuros. No ha
dormido nada.
Me ha estado esperando.
Se vuelve lentamente hacia mí, pero mantiene la boca cerrada. Sé lo que me está
pidiendo, aunque no lo diga. Apago la luz y me siento a su lado, el colchón se hunde con
mi peso.
—No te molestará más —le digo—. Soy la única persona que puede hacerte daño. —
Aprieto sus hombros hacia atrás hasta que ambos estamos tumbados en la cama. La rodeo
con los brazos y aspiro el aroma dulce y afrutado de su pelo. Luego la aprieto tanto que
suelta un leve resoplido.
Cuando suelto la tensión, me susurra:
—No tenías por qué hacerlo.
—Cierra los ojos —le digo—. Estás a salvo.
Suspira. Me quedo allí hasta que su respiración se calma y se duerme en mis brazos.
17
Remedy
C uando me despierto, Cash se ha ido y no le he preguntado por Jenna. Si es como yo,
ver el cuerpo de Winstone la reconfortará, pero es más que eso. Cash me chantajeó
y me vio matar a mi padrastro; ¿por qué no puedo chantajearle yo a él?
Quizá quiero ver hasta dónde está dispuesto a llegar Cash por mí. Quizá siento que
tengo que hacer algo para tomar las riendas de mi vida.
Necesito saber que yo también tengo poder.
Una luz amarilla parpadea en mi mente, diciéndome que reduzca la velocidad, pero no
puedo. Brody se ha ido. No necesito oír las noticias ni ver su cuerpo para saber que Cash
lo mató. Cash es «el Rastreador», y sus crímenes no se limitan a Key West. Abarcan años.
Y está obsesionado conmigo.
Sigo con mis tareas en el trabajo, pensando en cómo le pediré a Cash el favor con Jenna.
Una vez que Bones ha comido y el resto de las tareas de la mañana están hechas, busco a
Cash por la finca, pero no lo encuentro. El despacho de abajo está cerrado y recuerdo su
norma sobre las puertas cerradas. Pero esa norma se aplicaba cuando creía que sólo era un
promotor inmobiliario multimillonario. Ahora sé que es un asesino y que yo también lo soy.
Abrir una puerta cerrada no parece tan malo.
Contengo la respiración y mis manos húmedas resbalan en el pomo de la puerta, pero
se abre. A primera vista, el despacho está vacío. Las ventanas siguen cerradas y la luz brilla
a través de los cristales, iluminando las partículas de polvo que flotan en la luz. Me
apresuro hacia el armario, apartando la caja fuerte y el zapatero, y abro la trampilla. Sube
fruta podrida, dulce y asquerosa, mezclada con una pizca de pintura fuerte. Los cadáveres
no apestan tanto como cabría esperar, pero ahora que lo sé, es evidente que se trata del
hedor de la descomposición.
Utilizo la linterna del móvil para localizar la dirección general de los cuerpos, luego
cambio a la cámara y enciendo el flash. La luz borra algunos rasgos de la cara de Winstone,
Jenna tiene razón; su boca, incluso arrugada por la decadencia, cuelga como la papada de
un bulldog, pero en las fotos no se nota. Siento pinchazos cada vez que el flash ilumina los
cuerpos. Parecen falsos en las fotos, demasiado de plástico para ser reales, y por eso, en
cierto modo, me alegro. Es una buena excusa. Si las cosas van mal, puedo decirle a Jenna
que son adornos de Halloween.
—Feliz cumpleaños, —le mando un mensaje a Jenna—. ¿Tomamos algo luego? ¿Listo para tu
regalo? —Estoy a punto de adjuntar la foto cuando una sombra se cierne sobre mí. Envío
rápidamente el mensaje sin la foto.
—¿Qué haces? —pregunta Cash. Me recorren escalofríos y escondo el móvil.
—Nada —le digo.
Cruje el cuello y el brillo de sus ojos me dice que sabe que estoy mintiendo.
También puedo preguntar ahora.
—Iba a enviarle a Jenna una foto de Winstone —le digo.
Se pasa una mano por la boca.
—¿Por qué? —pregunta. Aprieto los puños; su tono es condescendiente, como si
pensara que soy estúpida. Y eso me cabrea.
—Yo también sé lo que hago —digo.
—¿Ya lo has enviado?
Tengo la tentación de mentir.
—¿Y si lo hiciera? —pregunto.
—¿Quieres arriesgar mi vida y mi libertad, sólo para que puedas consolar a tu amiga?
Quiero gritarle por esas palabras. Sus ojos turbios me miran.
—No se trata de ti, Cash.
—Winstone está muerto. Misión cumplida. Que tu amiga lo sepa o no es irrelevante.
—Si no lo sabe, ¿para qué? —pregunto, alzando la voz—. Quiero darle el consuelo que
siempre necesité.
Asiente y, por un segundo, parece que lo entiende. Pero nunca es tan fácil con Cash.
—Ven conmigo —dice.
Le sigo escaleras arriba hasta el dormitorio de la izquierda, y me late el corazón. Es la
única habitación de la casa que ha estado cerrada desde que la abrí el primer día.
Impulsivamente, paso los dedos por el metal liso de las horquillas. La última vez que
intenté abrir la puerta, la ganzúa no funcionó. Parece extraño que ahora me deje entrar.
La puerta cruje al abrirse y el interior está oscuro. Todas las paredes están cubiertas
por una gruesa capa de hormigón. Enciendo de nuevo la linterna de mi teléfono, pero Cash
va a la esquina trasera de la habitación y encuentra una única lámpara de pie. Apenas
ilumina la habitación. Y entonces es cuando lo veo: una jaula de metal, lo bastante grande
para que un adulto pueda estar dentro. Abre el candado, se guarda la llave en el bolsillo y
entra, esperando a que le siga.
—¿Qué demonios? —susurro.
—Ven aquí.
Me hormiguea la piel y su rostro está cubierto de oscuridad, pero me siento atraído
hacia él. Me adentro más en la jaula. Nos rodea un olor parecido al asfalto mojado y aprieto
los costados. Cash mantiene la cabeza agachada, pero sus ojos cavernosos se centran en
mí.
—¿Qué es esto? —Pregunto.
—Es tuyo —dice. Cuando sonríe, la luz de la puerta abierta capta sus dientes, que
brillan como cuchillos—. Tu nuevo hogar, si lo eliges.
—¿Qué?
—Dame tu teléfono.
Sus ojos son fríos y pesados, como si no me diera opción. Me acaricio el bolsillo y meto
una mano dentro, sujetando el dispositivo.
—No.
—Dame tu teléfono, Remedy.
—Si quieres mi teléfono, vas a tener que quitármelo.
Se adelanta y yo me precipito hacia la parte trasera de la jaula, aplastándome contra el
metal. Suena como un trueno y abro rápidamente la aplicación de mensajería, abriendo
un nuevo mensaje para Jenna.
Gracias, señora, envió antes. ¿Regalo de cumpleaños? ¿De cuándo?
Adjunto la foto, pero Cash me arranca el teléfono de la mano. La pantalla se rompe
contra el suelo, pero sigue encendida. Cuando lo cojo, Cash saca la pistola de su funda y
me la pone en la sien.
—Debería haberme deshecho de ti hace meses —dice.
Se me llenan los ojos de lágrimas, pero no sé por qué. ¿Es ira, frustración o lujuria?
Porque sé que no tengo miedo.
—Tienes razón —replico—. Entonces, ¿por qué no lo haces?
La luz se refleja en sus pupilas oscuras mientras me mira fijamente. Luego retira el
seguro. La colonia de pino de su piel me ahoga. Cada respiración me salta en los pulmones,
así que contengo el aliento y cierro los ojos.
—¿Enviaste la foto? —pregunta.
—No.
—¿Me estás mintiendo, Remedy?
Y eso es lo que más me duele. No me cree.
El arma abandona mi sien y se dispara. Jadeo, pero cuando abro los ojos, la pistola
apunta al fondo de la habitación y hay un nuevo y pequeño cráter en la pared de hormigón.
No me ha matado. Y eso me hace reír. Esto es una locura. Él está loco. Y yo estoy igual de
loca por seguirlo a una jaula gigante. Es divertidísimo.
Cuando dejo de reír, me rodeo con los brazos.
—No confías en mí —suspiro. Me suelta por un momento y le empujo los hombros—.
Esto es ridículo.
Sus párpados se agitan mientras lo piensa.
—Tienes razón. No confío en ti.
De repente, se ha ido, dejándome dentro de la jaula de metal.
—¿Adónde vas? —Pregunto.
Pone el candado en el enganche.
—¿Qué? ¿Qué estás haciendo, Cash?
La cerradura encaja y se mete la llave en el bolsillo. Sus ojos me miran, y se mueve de un
lado a otro como si tuviera curiosidad. Y eso me cabrea aún más.
—Estás loco —grito. Paso las manos por el suelo, intentando encontrar mi teléfono—.
¿Encerrarme en una jaula porque no te doy mi teléfono?
Se apoya en el marco de la puerta.
—Tienes elección —dice.
Quiero quedarme en esta jaula para demostrar que no voy a ceder. Pero Cash no es de
los que van de farol, y si me amenaza con dejarme aquí, hará exactamente eso. Encuentro
mi teléfono y me planteo llamar a Jenna para pedir ayuda, pero no hay cobertura. ¿Para
eso son los muros de hormigón? ¿Para bloquear la señal?
Doy un pisotón hasta la puerta de la jaula y meto el dispositivo por debajo de la verja.
—Que te jodan —grito—. Toma mi teléfono. No me importa.
Lo coge y pulsa las diferentes pantallas. El reconocimiento ilumina sus ojos. Ahora sabe
que estoy diciendo la verdad. No le envié nada. Pero tuvo que probarlo para aceptarlo.
Y es como si volviera a estar en el instituto, intentando contarle a mi madre lo de mi
padrastro mientras ella me ignora. Ella no me creía.
Y ahora Cash tampoco me cree.
Quizá Peter tenga razón. Tal vez Cash me está usando para matar por él. Por eso no
confía en mí. Solo soy una marioneta.
—Suéltame —grito. Apaga el teléfono y ladea la cabeza. Se me acelera el pulso. Le he
dado mi teléfono; ¿cuánto tiempo me va a tener aquí?—. Por favor —susurro.
—Forzar la cerradura —dice, señalando el candado—. Eso es lo que intentaste hacer
antes.
Toco las horquillas. Se me para el corazón.
No se trata de encerrarme aquí, entonces. Sabe que puedo salir.
Quiere que elija su jaula.
Desbloquea la puerta de la jaula, pero yo me voy a la esquina del fondo, me hundo en el
suelo y me envuelvo con los brazos en posición fetal.
—Levántate —exige.
No me muevo.
—No confías en mí —susurro con dureza—. ¿Por qué debería hacer lo que me digas?
Se arrodilla frente a mí. Me niego a moverme. Me rodea con los brazos y yo le empujo
los hombros, usando las piernas y los puños para quitármelo de encima. Pero Cash vuelve
a empujarme hacia él. Me tira al suelo hasta que su cuerpo me aprisiona contra el frío y
duro cemento.
—Jenna no dirá nada —digo, con lágrimas en los ojos—. Necesita saberlo. Puedo
decirle que es una broma. Un accesorio de Halloween.
—Esto no tiene nada que ver con Jenna —dice.
—¡Ella es la razón por la que te perseguí! —Grito—. Ella es la razón por la que te follo
en primer lugar.
Pero sé que tiene razón. Este dolor no es por contárselo a Jenna. Me duele porque quiero
saber que Cash y yo podemos confiar el uno en el otro, pero al negarme el permiso para
decírselo, me está diciendo que no tenemos esa base.
—Ella te protegerá, Remedy. A mí no.
Se me abren los ojos, pero él se queda encima de mí, sujetándome. En la oscuridad, no
puedo ver las nubes y la ceniza de sus ojos, y es como si me ocultara su verdadero yo. Pero
una vez más, tiene razón. A Jenna no le importa Cash, y si llega el caso, no dudará en
delatarlo. Pero me protegerá, como yo la he protegido a ella. Y el hecho de que Cash tenga
razón me pone muy triste.
Y duele saber que no le importa que confiemos el uno en el otro.
Agarrándome la barbilla, Cash me obliga a mirarle a los ojos. Se baja los pantalones y
los calzoncillos y me arranca los míos. Me mete la polla dentro y yo gruño, abriendo las
piernas para que entre. Pero entonces cambia de humor. Se relaja, se mueve lentamente,
con una suavidad abrumadora en sus movimientos. Sus labios se acercan a mi cuello. Y me
besa la piel como si quisiera que me sintiera bien. Como si quisiera que lo disfrutara. La
ansiedad crece en mi interior como una olla burbujeante. Le doy una bofetada tan fuerte
que me escuece la palma de la mano, pero él mantiene el ritmo, girando las caderas, con
los labios en mi piel, como si nada hubiera pasado. Su cuerpo me aprieta el clítoris, me
frota hacia delante y hacia atrás, y afloran los recuerdos de mi padrastro. Me los sacudo.
No los quiero aquí. Muerdo el hombro de Cash, clavándole los colmillos hasta el fondo, y
aunque Cash emite un gruñido grave, mantiene la misma velocidad. Como si supiera que
soy quebradiza. Como si supiera que esta suavidad es una tortura para mí.
—¿Me estás castigando? —susurro.
No contesta. Sus ojos se entrecierran ligeramente, retándome a que le detenga, pero
luego vuelve a moderar sus acciones, como si quisiera que entendiera que sabe exactamente
lo que está haciendo. Me conoce mejor que yo misma. Tiene razón; se trata de poner a
prueba a Cash, para ver si confía en mí o no.
Y está claro que no confía en mí.
Cierra los ojos y me aprieta los labios contra el hombro con ternura. Le rasgo el cabello,
intentando arrancarle todo lo que puedo de la cabeza para que se detenga, pero él me
inmoviliza, lo suficiente como para que no pueda moverme. Me limpia las lágrimas de los
ojos como si temiera por mí, y me pone los labios en la clavícula, obligándome a soportar
esa falsa amabilidad. Sus labios en la parte inferior de mi barbilla. En mi oreja. En mi
pecho. Las yemas de sus dedos me rozan la nuca, me dan escalofríos y se me revuelven las
entrañas. No puedo hacer nada. No puedo hacer nada. No tengo poder. Mi cuerpo
reaccionará y nada de lo que diga o haga cambiará nada.
Pero esto es diferente. Tengo poder, y por eso Cash está jugando conmigo. El hormigón
me roza la espalda, me pone la piel en carne viva, y su lengua se acerca a mis labios,
buscando mi boca abierta, pero la cierro. No puedo soportarlo. Le golpeo en la nuca con
el puño hasta que su nariz choca contra la mía. Me pesa la cara y, por primera vez desde
que empezó esto, sus ojos se abren, pero se queda quieto, inmovilizándome.
Demostrándome que, aunque he recuperado algo de poder, él sigue teniendo el control, el
que decidirá si hacemos el amor o follamos. Si Jenna lo sabe o no. Si vivo o muero. Si me
apunta con la pistola.
Sus caderas me presionan y mi cuerpo cede, dejándose llevar por la pasión. Un calor
abrasador me recorre y suelto las lágrimas, mi cuerpo por fin se relaja. Por una vez, lo
disfruto. Esto, nuestro amor, nuestra jodida sensación de conexión y control, es un fuego
que nunca podré apagar. Cash mató a Cassius Winstone. Secuestró a mi padrastro para
poder ver cómo lo mataba. Luego mató a mi hermanastro por amenazarme. Nada deshará
nada de eso. Estamos unidos como los cimientos que protegen un hogar, y pase lo que
pase, nada podrá separarnos.
Pero lo más jodido es que Cash sabe cuánto me duele esta delicadeza, y el hecho de que
lo haga a propósito es lo que me aviva. Me hace cosquillas en el cuello con la lengua y hace
que cada terminación nerviosa cobre vida. Y eso me gusta. Odio que pueda leerme así.
Mi cuerpo tamborilea, acercándose a ese límite, y aunque sus ojos se encienden de furia,
él mantiene sus caderas moviéndose a un ritmo constante. Le rodeo con los brazos y las
piernas como si fuera un capullo, sin querer que se detenga, hasta que por fin me recorren
esas punzadas y me deshago. El placer me recorre, pero Cash no se detiene. Me folla al
mismo ritmo constante, como si él también necesitara correrse, pero sus ojos arden de
frustración. Es demasiado difícil cuando es tan fácil.
Finalmente, vuelve a sacar la pistola de la funda y me aprieta el cañón contra la
garganta, dificultándome la respiración. Me esfuerzo, toso, me lloran los ojos, y es
entonces cuando se corre dentro de mí.
Se retira y me mira fijamente. No hay ninguna emoción en su rostro, ni siquiera un
atisbo de diversión. Está completamente indiferente, sabe que no puede estar totalmente
presente en este momento, o esto le romperá a él también.
—¿Recuerdas el estacionamiento? —pregunta.
La soga. Mis rodillas sangrantes. La venda y los tapones para los oídos. Por supuesto,
lo recuerdo.
Asiento con la cabeza.
—Mañana por la noche —dice. Se arregla la ropa, pero yo me quedo desnuda en el suelo
de cemento—. Entonces lo resolveremos. Pero tienes que reunirte conmigo allí.
Cruzo los brazos, incorporándome.
—¿Qué pasa con Jenna?
—Mañana por la noche.
Me entrega mi teléfono. La pantalla está destrozada y algunos píxeles están muertos,
pero la pantalla táctil sigue funcionando. Compruebo la galería, esperando ver las fotos
borradas, pero siguen ahí. No sé cómo se supone que debo tomármelo. ¿Confía Cash en
que sé lo que estoy haciendo ahora? ¿O es una prueba para ver si puede confiar en mí?
Igual que yo quiero ponerle a prueba a él.
—Mañana por la noche —repite. Deja la puerta de la jaula sin cerrar—. A las siete.
Cuando sus pasos se filtran por el pasillo, me da un vuelco el estómago. Me está
presionando mucho con lo de mañana por la noche. ¿Qué pasará si no voy? ¿Me matará?
¿Y qué pasará si me voy?
18
Remedy
L a noche siguiente, miro el viento que sopla entre las palmeras. Incluso ahora, Cash
mantiene las ventanas abiertas, y sé por qué. No tiene miedo. Ya ha pasado mi turno,
pero no puedo moverme. No tengo ni idea de dónde está Cash. Pero Jenna está con su
madre, lo que en mi mente, significa que está a salvo. Pero sé que otra persona no impedirá
que Cash haga lo que quiera. Si cree que Jenna tiene que morir, morirá.
Tal vez sea estúpida, pero confío en que no hará nada. Además, aún no le he enviado los
mensajes con fotos. No estoy segura de sí es porque no confío en Cash, o si no quiero
ponerle más a prueba. Pero por ahora tengo que dejarlo pasar.
Se supone que debería estar con él en ese estacionamiento. Pero no lo estoy.
Suena el timbre, sacándome de mi aturdimiento. El vestido negro de encaje que llevé en
la cita doble se me pega a la piel y ahora no recuerdo por qué lo elegí. Tal vez pensé que si
fingía que no había pasado nada, que seguíamos siendo la pareja de la cita doble, todo iría
bien. A veces el amor es volátil, y no puedes explicar por qué haces las cosas que haces,
aunque mates a todos a tu paso. Lo aceptas el uno al otro por cada cosa mala y jodida que
hay dentro de vuestras almas, y lo agarras fuerte, sabiendo que también pueden matarse
el uno al otro.
Vuelve a sonar el timbre y, esta vez, compruebo el concentrador de seguridad: es Peter,
con las manos golpeándose los costados con impaciencia. Golpea con fuerza la puerta.
Cada golpe me cae en el pecho como un martillo.
Abro la puerta principal.
—No está aquí —digo.
—Bien. Esperaba que solo fueras tú —dice Peter, relajando los hombros. Ladea la
cabeza, sus ojos miran mi vestido y luego esboza una pequeña sonrisa—. ¿Puedo entrar
esta vez? Te prometo que no tardaré.
Contengo la respiración, pero asiento automáticamente. Tengo que dejarle pasar, ¿no?
Nos sirvo vasos de té dulce y lo llevo a la larga mesa de comedor que hay junto a la cocina.
Cuanto más complaciente parezca, mejor nos veremos Cash y yo. Como si fuéramos
personas normales. Aunque esté enfadada con él, tengo que protegernos a los dos.
Peter mira a través de las ventanas hacia el patio lateral de guijarros. Aunque hay una
pequeña valla blanca alrededor del límite de la propiedad, los árboles crean una barrera
natural, dando privacidad a la finca como si no estuviera dentro de uno de los mayores
destinos turísticos del estado. Pero los ojos de Peter están rumiando. Algo le corroe por
dentro. El pavor me llena el estómago. ¿Qué puede decir ahora para empeorarlo todo? Sus
ojos recorren la habitación en busca de algo.
—¿Tienes un portátil? —pregunta señalando mi ordenador—. ¿Puedo comprobar algo?
Mi servicio ha estado caído y tengo que comprobar mi próxima cita.
Me encojo de hombros y le hago señas para que se acerque; lo que sea para que se vaya
antes, ¿no? Bebo un sorbo de té mientras él se desliza por la mesa y se sienta frente a mí.
Teclea durante unos minutos. Sus ojos recorren la pantalla, pero desde este ángulo no
puedo ver lo que hace. Debe de intentar mantener su cita en privado. Debe de ser cosa de
policías. Me aclaro la garganta y por fin cierra el portátil.
—Gracias —dice—. De nada.
—¿Qué está pasando? —pregunto, royéndome el interior del labio—. ¿Qué estás
haciendo aquí?
Suspira profundamente, endereza el pecho y me mira a los ojos.
—Dean está muerto.
Esas palabras me estremecen. Las yemas de mis dedos escalan los lados del vaso de té
dulce, la condensación se precipita al fondo del vaso como lágrimas. Acabo de ver a Dean.
Dean es joven. Demasiado joven para morir.
¿Cómo murió?
La culpa me oprime los hombros. Sé cómo murió, pero tengo que preguntar. Tengo que
asegurarme.
—¿Qué ha pasado? —Susurro, con la voz temblorosa.
—Encontramos su cuerpo en el sótano de su casa, igual que las otras víctimas de «el
Rastreador». Su cabeza fue encontrada en el bosque detrás de la universidad. Creemos
que el asesino es alguien que le conocía. —Se frota las cejas—. ¿Cuándo fue la última vez
que hablaste con Dean?
Mi mente zumba mientras intento encontrarle sentido.
—Hace unas semanas. No lo sé.
—¿Dijo algo raro?
Sacudo la cabeza.
—Estaba bien.
—Puede que hayas sido una de las últimas personas en hablar con él.
Me echo hacia atrás, lejos de la mesa, y me toco la mejilla húmeda.
—No lo entiendo —digo.
—Hablé con tu vecina. Dijo que Dean visitó tu casa de alquiler justo antes de morir.
Dijo que ustedes dos estaban discutiendo. También mencionó que otro hombre con
camisa abotonada y ojos oscuros también la visitó. —Peter apoyó el codo en la mesa—.
¿Alguna idea de si Winstone y Dean tienen algún altercado? ¿Una razón para considerarse
enemigos?
Me acuerdo de aquel día, cuando Cash se presentó sin avisar, con los ojos encendidos
como si pudiera empujar a Dean dos metros bajo tierra con su fuerza de voluntad.
¿Había matado Cash a Dean por mi culpa?
¿Por mí?
¿En qué estoy pensando? Dean no se merece esto.
—Encontré a tu hermanastro y a su ex muertos en el motel de King Street.
No puedo evitar jadear. Sé lo que parece: todo el mundo a mi alrededor sigue muriendo
y yo soy la única que sigue viva.
¿También Cash planeó esto? ¿Quería que yo fuera sospechosa?
—Asesinato-suicidio —dice Peter—. Pero Brody nunca me pareció del tipo asesino.
Tal vez por eso se suicidó. O quizás pasó algo más.
Parpadeo. ¿Está sugiriendo Peter que no fue un asesinato-suicidio? ¿Está insinuando que
tengo algo que ver con su muerte?
Y tengo algo que ver con ello. Cash mató a mi hermanastro para protegerme. Pero tengo
que encubrirlo.
—Pero le viste hacerme daño —tartamudeo.
Peter ahoga una carcajada.
—Yo también te vi patearle el culo. Pero todo eso puede ser una coincidencia. No estoy
seguro. —Se empuja hacia delante—. Pero Winstone está involucrado en esto. Puedo
sentirlo.
En la calle, un auto toca el claxon y las risas flotan en la habitación como olas
rompientes, haciendo que el mundo real parezca lejano. Winstone está conectado. Está
conectado porque está muerto, bajo las tablas del suelo ahora mismo. Él no es el asesino,
pero la persona que mató a Dean es la misma que mató a Winstone.
—Vamos a tener que revisar los espacios de arrastre de todo el mundo en Key West —
dice—. Incluso aquí. Estamos esperando la autorización.
Trago saliva.
—¿Crees que vas a encontrar algo?
—La gente fingirá el drama por sus quince minutos de fama. Pero cuando encontremos
algo real, lo sabremos. —Da un fuerte golpe en la mesa—. No te preocupes, Remedy.
Atraparemos al asesino.
—¿Pero y si desaparece antes?
—No lo hará.
Mi corazón se acelera. ¿Adónde irá Cash? ¿Qué hará?
—Pero Winstone no tiene ningún motivo —argumento. Además de mí. Y eso ni siquiera
tiene sentido—. ¿Por qué haría algo así?
—No necesitas una razón —dice—. La gente está hecha un lío. Hacen cosas porque
disfrutan con ello. Pregúntate esto, Remmie. Cuando una persona no tiene alma, ¿qué le
impide destruir todo a su paso?
Me río entre dientes, pasándome las manos por el cabello, pero por dentro sé que tiene
razón. Porque si Cash realmente mató a todas esas personas, probablemente no tenga
ninguna razón. Los mató porque quiso. Porque siempre hace lo que quiere. Casi hace que
lo que hice con mi padrastro parezca moralmente justo, y la entrega de Cash a mi
padrastro, un regalo.
¿Pero todos los demás? ¿Matar a Dean? ¿Matar a Winstone? ¿Cómo se supone que voy
a moralizar sus muertes?
—Lo dices como si el asesinato fuera algo habitual en Key West —frunzo el ceño.
—¿Intentas restar importancia a estas muertes? —pregunta entrecerrando los ojos—.
El asesinato es algo habitual ahora, Remmie. ¿No lo entiendes?
Se me eriza la piel de calor, se me eriza el vello corporal ante esa acusación implícita en
sus palabras. ¿Qué puedo decir para disuadirle de nuestro olor? ¿Y por qué quiero proteger
a Cash?
—Puedo ayudarte —dice Peter. Se acerca más a mí, me coge de la mano como si quisiera
consolarme, pero se me revuelve el estómago, haciéndome flaquear—. Winstone no es tan
poderoso como cree. Incluso los hombres como él tienen debilidades.
Me zafo de su agarre. No sé por qué seguimos hablando de esto.
—Creo que deberías irte —le digo.
Se frota las manos.
—No puedo hacer mucho para ayudarte —advierte—. Pero si me ayudas ahora, haré lo
que pueda para asegurarme de que estés a salvo.
Segura.
Todo lo que siempre he querido es seguridad. Pero Peter no me la ha dado. Ni la policía.
Ni Dean.
La única persona que me ha dado esa seguridad es Cash.
Sigo a Peter hasta la puerta principal.
—Cuídate —me dice—. Estoy aquí para ti, ¿de acuerdo?
Asiento con la cabeza, incapaz de pronunciar otra palabra. Cierro la puerta y suelto un
suspiro, pero no me siento aliviada. Sin embargo, sigo teniendo el instinto de que Peter
me protegerá ahora.
Pero si eso significa protección contra «el Rastreador», ¿volveré a sentirme yo misma
sin Cash?
Mi teléfono zumba con un mensaje de Cash: Esta noche.
Cierro el mensaje sin contestar. Apenas puedo respirar, así que llamo a Jenna, aunque
sé que Cash probablemente esté interceptando mis llamadas de algún modo. Pero no le
digo ningún detalle.
—Hola señora —dice.
—¿Tienes un minuto?
—Por supuesto. —El ruido de fondo se apaga; se está yendo a otra habitación. —¿Qué
pasa?
—Di que has hecho algo malo —le digo.
—¿Qué tan mal estamos hablando?
—¿Mal de asesinato?
Se ríe.
—Entendido. Continúa.
—Y tú... —me golpeo el pecho; odio decir esto, pero es verdad—, y estás enamorada de
alguien que hace muchas más cosas malas que tú. Y ahora tienes la oportunidad de
entregar a esa persona a la policía.
—¿Tu pregunta es si debes hacer lo correcto o proteger a tu interés amoroso?
Me tapo la cara. Ella siempre me conoce.
—¿Qué hago? Siento que me estoy volviendo loca.
—¿Qué crees que deberías hacer?
Me burlo:
—Lo correcto.
—¿Y qué quieres hacer?
Respiro hondo.
—Lo incorrecto.
Suspira con voz melancólica y me gustaría poder contárselo todo. ¿Cómo es que estar
con Cash me hace sentir segura, reconfortada y más aislada de lo que nunca he estado en
mi vida? ¿Por qué me atrae su peligro constante?
Si me quita a Jenna, nunca se lo perdonaré.
—Sabes que no juzgo —dice—. Las cosas mal hechas ocurren. Pero depende de ti hacer
lo que creas correcto. La vida no es justa y no tenemos segundas oportunidades, ¿sabes?
Todo eso suena a verdad; no hay nada justo en nada de esto. Mi madre confiaba
constantemente en los hombres equivocados. Winstone agredió a Jenna, tratándola como
si no mereciera la decencia común. Mi hermanastro me golpeó hasta hacerme callar. Y mi
padrastro, un hombre en el que se suponía que debía confiar, me violó durante años. ¿Estos
asesinatos? Al final, no parecen tan diferentes. Son otro crimen. Otra elección.
Y yo también he matado. Soy igual que Cash.
Pero Dean no me hizo daño como mi hermanastro o mi padrastro. El único defecto de
Dean fue ser demasiado bueno para que fuéramos compatibles. Y ahora, está muerto.
Cash, en cambio... Cash tiene más defectos que casi nadie que conozca, y aun así confío
en él. Sé que haría cualquier cosa por mí. Incluso si eso significa encerrarme en una jaula o
matar a todos los que conozco.
—Todavía no me ha matado —digo en voz baja.
—¿Tu amante? ¿Quién es ese chico? —se ríe—. Eso no debería ser un factor, Remmie.
Sólo estás bromeando, ¿verdad?
Ojalá estuviera bromeando, pero Cash es real. Mi teléfono suena y compruebo la
notificación: Cash parpadea en la pantalla, con una alerta en la barra superior de seis
llamadas perdidas. Se me vuelven a erizar los vellos de la nuca. La última vez que perdí
sus llamadas, se presentó en mi casa de alquiler mientras yo hablaba con mi exnovio. Es
como si una sola llamada perdida pudiera volverlo homicida.
Es peligroso. Y me quiere a mí.
—Tengo que irme —digo.
—Mantenme informada. Y más tarde, tienes que ponerme al corriente.
—Trato hecho.
En cuanto cuelgo, un mensaje de Cash ilumina la pantalla: ¿DÓNDE ESTÁS?
Cuando estábamos en aquel estacionamiento, gateé hasta que me sangraron las
rodillas, y todo parecía perfecto. Como si pudiéramos enfrentarnos al mundo sin que
nadie nos detuviera. Pero ahora, mis rodillas están cicatrizando, y las costras son rojas y
rosadas, los bordes magullados. Las cicatrices que dejarán serán profundas y oscuras, y
me acompañarán durante mucho tiempo.
Nunca podremos retirar nada de esto.
19
Cash

¿D
ónde estás?
Envío el mensaje y me guardo el teléfono. Con la punta del cuchillo, me hago
un corte en la parte superior de la mano, como si intentara quitarme una astilla.
La sangre rezuma como una fuente burbujeante, pero no me calma. Llevo horas esperando
y sigo aquí. ¿Qué es más patético? ¿Un hombre que llama repetidamente hasta que por fin
se da cuenta de que ella no va a contestar, o un estúpido hijo de puta que cree que su
relación tiene algún valor en primer lugar?
Cada momento anterior a este estacionamiento vacío pasa ante mí. Mirando a través de
la cavidad de la pared para ver su brazo desnudo. Matar a su nuevo jefe, ¿por qué diablos
no? Chantajeándola. Ir a una estúpida cita doble con su madre. Entregar a su padrastro.
Dándole la libertad. Debería haber matado a su mejor amiga ya que también es una
amenaza, pero la perdoné. Y ahora estoy perdonando a Remedy.
No la maté. La dejé salir de la jaula. Incluso la dejé guardar esas fotos incriminatorias
en su teléfono. Quiero darle la oportunidad de probar que puedo confiar en ella como
sigue diciendo que puedo. Pero me está dejando plantado.
Los faros rozan el estacionamiento y su auto rojo mate aparece en primer plano. Como
el glaseado de mi tarta. Como sus labios en nuestra cita doble. La misma noche que la traje
aquí para follármela con un lazo. Veo su silueta en la ventanilla del auto y cierro los puños.
Un millón de pensamientos se agolpan en mi cabeza.
¿Dónde coño estabas?
Si dejas que otro hombre te toque, le cortaré la polla y te ahogaré con ella.
¿Qué te hizo aparecer finalmente?
¿No entiendes que lo he hecho todo por ti?
La puerta del auto se abre y es como si se burlara de mí. Lleva el mismo vestido de la
última vez que estuvimos aquí, como si quisiera recrear nuestros recuerdos. Cuando yo
sólo era su jodido jefe chantajista, y ella sólo era mi asistente personal y musa.
Los tiempos eran sencillos entonces, ¿verdad, cariño?
Sus movimientos son tambaleantes y vacilantes; tiene miedo de lo que vendrá después.
Y yo me alegro. Debería temerme a mí.
Pero yo también debería estar corriendo. En vez de eso, estoy cavando mi propia tumba.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunta.
Nosotros. Nosotros dos. Una maldita unidad.
Se supone que debo decirle cómo escapar de este lío. Para encontrar su verdadera
libertad. Una guía práctica paso a paso sobre cómo evitar a la policía. Incluso consideré
decirle que me reuniré con ella de nuevo cuando por fin sea seguro.
Pero con las llamadas perdidas y el rechazo en mi mente, quiero destruirla.
Esa unidad. Una relación. Nosotros.
Me obligo a sonreír y a actuar como si esto no fuera nada fuera de lo común. Sujeto el
cuchillo con una mano y la piedra de afilar con la otra, y muevo el metal de un lado a otro
sobre la piedra, el escalofriante raspado que corta las apagadas olas del océano. Me mira
las manos callosas. Su almizclado olor corporal flota en la brisa y su piel se eriza con la
piel de gallina. El aire es fresco, pero es el cuchillo el que hace que se le ericen los vellos,
como pequeños dedos que se alzaran para salir de su piel.
—¿Recuerdas lo que hicimos aquí? —le pregunto. Sus ojos parpadean hacia los míos,
pero mantiene la lengua quieta. Aquella noche estaba de rodillas como un animal. Yo tenía
mi cuchillo entonces. Podría haberla destripado como a un cerdo.
—Podría haberte matado esa noche —digo.
Se rodea con los brazos, pero levanta la barbilla como si supiera que esto es un juego
mental. Aprieto la mandíbula.
—¿Por qué no lo hiciste? —pregunta.
Ella sabe la razón tan bien como yo, y eso es lo que más me mata. Ella sabe el poder que
tiene sobre mí. No voy a admitir que mis debilidades le pertenecen.
En vez de eso, le hablo de mi pasado.
—Cuando tenía doce años, mi padre adoptivo no soportaba que no hablara. Un por
favor. —Deslizo el cuchillo hacia la derecha—. Gracias. —El cuchillo se desliza hacia la
izquierda—. De nada. —Detengo la hoja y la miro fijamente—. ¿De qué tenía que estar
agradecido? ¿Qué me dieran de comer la mitad del tiempo? ¿Qué me pusieran en otra casa
donde también me darían una paliza?
Las olas del mar chocan como un péndulo y, a lo lejos, una nube negra se cierne sobre
el mar, amenazando tormenta. Pronto, será tan fácil nadar. Ir tan lejos como pueda.
Ahogarme. Para llevarme a Remedy conmigo.
—Todo lo que tenía que hacer era decir una palabra. Pero me negué —continúo—. Y
me golpeó, prometiéndome que me mataría a menos que dijera algo. Cualquier cosa. —
Una risita profunda brota de mi pecho mientras dejo que ese recuerdo me inunde. Estaba
tan acostumbrado al dolor que no sentí nada cuando me golpeó. Ninguna de sus palabras
tuvo peso. No me importaba morir, pero quería ver hasta dónde podía empujarlo, incluso
si eso significaba hablar por una vez—. ¿Sabes lo que finalmente le dije?
Parpadea y se lleva las manos al estómago.
—Le llamé cobarde.
Respira hondo. Guardo la piedra de afilar, pero mantengo la hoja en la mano. Cuando
doy un paso adelante, ella se echa hacia atrás, tratando de distanciarnos. Siseo entre
dientes, haciéndole saber que puedo leer cada micromovimiento.
—Al final, dejó de hacerlo. Pero no pude ir a la escuela durante semanas, porque
entonces, lo sabrían. Así que, ¿sabes lo que hice en su lugar? —Mis dedos rozan la pistola,
el metal suave como la piel de Remedy. Quiero aplastarla con mis propias manos, pero
sigo acariciando la pistola y ajustando la empuñadura del cuchillo—. Le robé la pistola. Y
diez años después, le disparé con ella.
Aparto el cuchillo y apoyo cada palma de la mano a ambos lados de ella, aprisionándola
contra su auto. La luz de la luna se refleja en su piel brillante, dándole un tono dorado
oscuro, y me recuerda a piedras antiguas, como si me estuviera enterrando vivo.
—No fue el único —le digo—, pero eso ya lo sabes.
Se muerde el labio interior y se apoya las palmas vacías en los muslos, intentando
encontrar fuerzas para enfrentarse a mí. Quiero arrancarla de su caparazón protector,
hacerle ver exactamente lo que me ha hecho.
Puedo matarla, y entonces ya no tendrá poder sobre mí. Será otra víctima. Y seguiré
adelante. Como siempre hago.
Pero no puedo hacerle eso.
—¿Y tus padres? —susurra—. Los biológicos. ¿Es Winstone tu padre?
Me río tanto que me duele el pecho.
—¿Crees que estamos conectados así? —Pregunto.
—Por eso lo mataste, ¿no? —balbucea—. Porque te dejó en el sistema de acogida
cuando eras un niño.
Está poniendo significado donde no lo hay. Aprieto los dientes.
—No maté a Winstone porque tuviera una fantasía de venganza familiar que cumplir.
No lo maté porque estuviera vengando a tu mejor amiga. Maté a Winstone porque te
quería a ti, Remedy.
Se le escapa un pequeño grito ahogado. Se sobresalta, intenta escapar, pero la tengo
acorralada; no hay escapatoria. Aunque se escape de mis brazos, nos rodean árboles,
arbustos y el océano. No puede huir mucho antes de que la encuentre.
Físicamente, estoy con ella en ese solar vacío, pero en mi mente, estoy de vuelta en esos
hogares rotos donde me dejaron en un cubo de basura. Empujado a cada casa donde no
tenía nada. La vida solía ser sencilla; sabía qué esperar. Siempre he sido yo.
Pero ahora, está Remedy. Ella me robó esa vida.
—¿Esos malditos criadores, los que me tuvieron? —Hago una mueca, luego muevo la
cabeza a un lado—. Me dejaron morir. Así que yo también los maté. —Le pongo una mano
alrededor de la garganta—. Me importa una mierda todo el mundo. Ni siquiera tú.
El miedo la recorre. Sabe que ha llegado el momento de matarla. Pero entonces sus
labios se abren en una sonrisa y se ríe. Cacarea como una hiena. El sonido resuena en el
terreno, mezclándose con las olas. Son sus nervios, no verdadera diversión, pero me
perturba. Se me retuercen las entrañas y me aferro a su garganta, comprimiéndole la
tráquea.
—¿Qué tiene tanta gracia? —le pregunto. Mueve la boca, la sonrisa sigue ahí aunque su
cara se ponga roja. La suelto y ella se agarra el pecho, riendo de nuevo.
—Tú eres el cobarde, Cash —dice sonriendo—. Me tienes miedo porque sabes que esto
es algo. Que significo algo para ti. Y eso te aterroriza. —Ella endereza sus hombros,
parándose sobre sus dos pies—. Si vas a matarme, deja de ser un cobarde y hazlo de una
puta vez.
La vista se me pone roja y empuño el cuchillo para apuntarle a la cara, pero en el último
segundo golpeo su auto. La hoja atraviesa el metal. La dejo clavada en la puerta y le agarro
la cara con las dos manos, clavo las uñas en su piel y, a la mierda, quiero besarla. Quiero
arrancarle la lengua y demostrarle que la necesito y que la odio, pero no puedo. La obligo
a arrodillarse, saco la polla y se la meto en la boca hasta que le entran arcadas y se le llenan
los ojos de lágrimas. Empujo hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo, hasta que su garganta
me envuelve como una segunda piel y no puede respirar. Intenta jadear, empujándome,
pero la sujeto hasta que siento que su nariz se aplasta contra mi abdomen. Puedo matarla
así. Asfixiarla con mi polla mientras le meto dos dedos en su apretado coñito hasta que se
contrae a mi alrededor, alcanzando su dulce muerte.
Pero me retiro. Ella tose al respirar de repente. Arranco el cuchillo del auto, la
adrenalina me recorre, la respiración en mi pecho se expande como si fuera un puto dios.
Soy invencible, y ni siquiera Remedy puede detenerme. Le pongo el cuchillo en la
garganta, manteniéndola firme, para demostrarle que tengo el control.
Pero Remedy no tiene miedo. Incluso mientras intenta recuperar el aliento, lame el
cuchillo arriba y abajo como si se estuviera burlando de la polla de un hombre. Mi polla
se estremece y la rabia desaparece. Está tan caliente que me olvido de respirar. Su lengua
hace cosquillas en la punta del cuchillo, una gota de sangre brota en ese músculo húmedo,
y no puedo imaginarme a otra persona en este mundo comprendiéndome así. No sé si lo
hace para fastidiarme o si es tan depravada como yo. Pero cojo un puñado de su pelo y la
muevo de nuevo hacia mi polla. Mantengo la hoja contra su cuello y ella gime.
—Somos iguales, Remedy —le digo. Su lengua me rodea y mi polla palpita,
hinchándose. Maldita sea, quiero ahogarla con mi grosor, pero quiero dejárselo claro para
que nunca lo olvide—. Nos parecemos en cosas que nunca nos abandonarán. Vemos el
mundo tal como es. Sabemos quiénes somos. La única persona que aceptará cada parte
estropeada de ti soy yo. Porque te entiendo, Remedy. Y me aseguraré de que siempre hagas
exactamente lo que desees.
Deslizo el cuchillo por su mejilla, dejando que un corte superficial rompa su piel, la
sangre se acumula en gotas por la costura roja. Espero que le deje una cicatriz, igual que
me marcó la espalda. Quiero que vea esa cicatriz en el espejo todos los días del resto de su
vida y sepa que estoy ahí, escrito en su piel. Nunca la dejaré marchar. Aunque esté muerto,
siempre estaré ahí.
Presiona los labios y su lengua roza la piel sensible de la cabeza de mi polla. Sus ojos
me miran fijamente. Y en ese momento, sé que nunca voy a matarla. Quiero dejarla vivir. A
la mierda con todo: quiero ver lo fogosa que es a sus ochenta años. Quiero ver su piel
flácida con esos tatuajes manchados. Quiero matar a algún veinteañero vivaracho y
follármela sobre su cadáver, como hicimos con su padrastro, aunque nos cueste follar
como animales. Y haré lo que sea para asegurarme de que viva hasta esa edad, aunque me
mate.
Empujo sus hombros, apartándola de mi polla, y ella se apoya en las palmas de las
manos. Los tatuajes de encaje mezclados con el vello de su coño me hacen salivar. Joder,
no lleva bragas y su coño ya está empapando el pavimento. Y eso me cabrea aún más. Ella
sabe lo que me hace, y cada maldito día, usa ese poder contra mí.
Y como un hombre atado con una correa, caigo de rodillas y me arrastro hacia ella. Soy
un puto esclavo de mi reina.
—Abre las piernas —le ordeno. Abre más los muslos y meto la mano entre sus piernas.
Su excitación se acumula bajo ella como una puta insaciable, el líquido azul plateado a la
luz de la luna. Una gota de sangre corre por su mejilla, luego por su cuello, y yo la limpio
con el dedo, lamiéndola. Es metálico y salado, su sudor y su sangre.
Utilizo su excitación para lubricar el mango del cuchillo y luego le pincho el coño, sin
importarme si duele o sienta bien, pero ella retuerce las caderas como si estuviera en celo,
tan excitada que su coño se apodera de mí y me cuesta controlar la hoja. Ajusto la mano
para sujetar mejor el cuchillo, pero la hoja me corta la palma. Soy yo quien se la está
follando con la cuchilla y, de algún modo, soy yo quien está herido. Me está arrastrando
con ella.
—Me amas, Cash —jadea con cada palabra—. Me quieres tanto que te aterroriza.
La piel se me eriza de agujas, pero sigo penetrándola con la cuchilla, cada vez más
profundo, hasta que llego al cuello del útero y la cuchilla me corta la palma de la mano.
Pero no me detengo.
—Si esto es amor —gruño—, entonces nos va a matar.
Y no puedo soportarlo más.
Le arranco el mango del coño y lo tiro a un lado, tirando de ella hacia mi regazo,
apretándola como si nunca fuera a volver a tenerla. La arena del asfalto manchada con
nuestros juegos y sangre nos baña a los dos, y mis manos rozan su cuerpo, sabiendo que
esto es todo. Nunca habrá otra ocasión para nosotros. Si esto es amor, es el fin, porque
ninguno de los dos sobrevivirá a la noche.
Así que ya no me importa contenerme. Sujeto su cuerpo, entrelazando mis piernas y
mis brazos a su alrededor, y aprieto mi boca contra la suya, mi lengua tan profundamente
en su boca que ella se rinde, entregándome todo a mí. Se deja llevar. Y se siente tan
jodidamente bien. Su boca en la mía. Sus dientes, su lengua aterciopelada. Quiero
recordarlo. Su boca sabe dulce, como un vino con miel que hubiera bebido con la cena, la
suavidad de su saliva enjuagándola. El resoplido de sus fosas nasales me hace cosquillas
en la piel. Su corazón golpea el mío. Me deja sin aliento con ese beso, y yo la abrazo,
deseando hacerle daño, follármela y amarla, hacer todo lo que pueda para demostrarle que
tiene razón. No sé cómo ni dónde me equivoqué, pero al igual que ella es mía, yo soy suyo.
Entonces se congela. Su lengua se queda plácida en mi boca, como un pez muerto
flotando en el agua. La energía se acumula en mis venas.
¿Ahora cierra?
Rompo el beso y la examino. Tiene la cara en blanco. Vacía. Como si ya no estuviera
aquí. Y sé lo que es: su padrastro debe haberla besado así. Y eso la convierte en una cáscara
de sí misma.
Nunca he tenido el control cuando se trata de Remedy.
La empujo fuera de mi regazo y me pongo de pie. Me limpio la boca con el dorso de la
mano y la sangre de la palma me mancha la piel. Ella se queda sentada, con los ojos en
blanco.
—Levántate —le exijo.
Tiene los párpados caídos, pero no se mueve. ¿Qué hace?
—Deja de molestar. Levántate.
La miro fijamente, pero ella sigue petrificada. ¿Le he hecho yo esto? Se me aprieta el
pecho, el dolor se me revuelve en el estómago. La pongo en pie. El vestido aún le rodea las
caderas, pero sus ojos están vidriosos y vacíos. Ya no está.
No sé si es el beso o el hecho de haber tirado el cuchillo. Pero finalmente la he roto. Y lo
odio. Cada segundo.
Y odio sentirme así. Porque no debería importarme. Debería dejarla aquí.
Pero no puedo. Y eso me enfurece. Porque esto no es suficiente. Tengo que dejarla ir.
—Vete —le digo—. Huye de aquí. No vuelvas a pensar en mí.
Finalmente, sus pupilas cambian y se centran en mí. Una lágrima cae de sus ojos, y esa
lágrima, esa única gota -no de sexo facial ni de pasión, sino de miedo a la suavidad, miedo
a lo que significa que un psicópata te quiera de verdad, miedo a mí-, esa lágrima me rompe.
—¿Por qué yo? —pregunta.
Cierro los ojos y me doy la vuelta. Todas las personas quieren creer que son las elegidas,
pero no puedo seguir haciéndole esto.
—Nunca fuiste más que una persona para enmarcar —le digo. Sus labios tiemblan, y sé
que le duele. Me parte por la mitad, pero necesita irse y olvidarse de mí—. Conseguí que
mataras a tu padrastro para tener tus huellas en el arma. Eres una herramienta. Nada más.
Ella niega con la cabeza, sin creerme al principio. Me río, con la esperanza de que se le
tuerza el cuchillo.
—¿Por qué crees que te dejé matarlo? —Pregunto.
—Vete a la mierda —gruñe.
—¿Crees que tengo miedo de que signifiques algo para mí? —Mi tono es frío, cada
palabra pronunciada con perfecta precisión. Quiero hacerle daño. Quiero que lo sienta
todo—. Te estaba usando, Remedy. Como todos los demás en tu vida. No significas nada
para mí.
Me mata decir esas palabras, pero necesito mentir. Necesito que me deje.
Ella resopla entre dientes, todavía leyendo a través de mí.
—Estás mintiendo.
—¿Por qué iba a mentir sobre esto? —Muevo la cabeza a un lado—. Pasaste el tiempo.
Eras un polvo decente. Y casi me libras de algunos asesinatos. —Suelto una risita y ella
enseña los dientes—. Si no quieres acabar en la cárcel, vete. Ve a ver a tu detective.
Cuéntaselo todo y a ver qué pasa. Estoy seguro de que te protegerá de mí. —Aprieto los
labios—. O quizá le mate a él también.
A continuación, se baja el dobladillo del vestido hasta quedar cubierta de nuevo.
—Coge tus cosas de la finca. Díselo a la agencia —digo—. Considérate oficialmente
despedida.
Se niega a mirarme. La sangre le mancha la cara como pintura de dedos, sus ojos miran
al cielo vacío, conteniendo lágrimas de rabia.
—Corre rápido ahora —le digo.
Y lo hace. Pronto, su auto sale del estacionamiento, con los neumáticos chirriando. La
miro marcharse. Ese vacío me llena de nuevo como si no fuera más que un cadáver a medio
comer, ni siquiera lo suficientemente bueno para un buitre. Intento demostrarme a mí
mismo que ella no significa nada para mí. Que no la merezco.
Excepto que esta vez, Remedy no es un padre adoptivo o un criador al que le importo
una mierda. Ella es alguien que está jodida como yo. Una persona que ve dentro de mí,
incluso cuando no quiere. Y de alguna manera, ella no me tiene miedo. Ni siquiera se fue
hasta que la obligué.
Y dejarla marchar así no es suficiente.
En mi camioneta, cambio la marcha y me dirijo a la finca. No sé lo que estoy haciendo,
pero no puedo dejarla marchar todavía. Tengo que decirle cómo sobrevivir sin que la
descubran.
Si conduzco lo suficientemente rápido, ella seguirá allí.
20
Remedy
L a finca se cierne como una sombra oscura que engulle Key West. Freno de golpe y
mi pecho choca contra el cinturón de seguridad. Soy la única que ha salido. Ya nadie
sale, no cuando «el Rastreador» acecha Key West. Desbloqueo la verja blanca y me
arrastro hasta la puerta principal.
La puerta cruje al abrirse y miro a mi alrededor, asegurándome de que soy el única que
está aquí. Sin Cash, es cavernoso. Cash actuó como si le hubiera parecido bien matarme
cuando sabe que he permanecido a su lado, incluso después de que me contara sus
secretos. Y eso duele. Si no quiere aceptar que tenemos algo real, entonces he terminado.
No voy a esperar a que se dé cuenta.
Tomo mi cámara de vigilancia del despacho de abajo. Todo está recto y ordenado, como
si Cash fuera siempre así, pero eso también es mentira. No es este tipo de hombre, y quiero
destruir esa imagen.
Arranco todo de su escritorio. Arranco los abrigos y las chaquetas de las perchas del
armario del fondo. Tiro el pisapapeles y el globo terráqueo contra las ventanas cerradas
hasta que se rompen. Quiero que sepa que veo su verdadero yo y que sé lo que está
haciendo. Hago lo mismo en el despacho de arriba. Quiero que me vea allí, mire donde
mire.
De repente, Cash está detrás de mí, apoyado en la pared del otro lado del pasillo. Tiene
cortes hinchados en las manos y manchas de sangre en la cara. Pero su rostro es terso, sin
ninguna emoción. Hay algo fascinante en un hombre peligroso con sangre marcando su
cuerpo. Respiro. Si no lo odiara tanto, lo desearía.
Pero ahora no quiero tener nada que ver con él.
—¿Te diviertes? —pregunta.
Siseo entre dientes. Nada de esto significa nada para él, pero maldita sea, se siente bien
destruirlo, como si me diera fuerza sobre mis recuerdos.
—Me has seguido —digo—. Sorpresa, sorpresa.
Paso junto a él, bajando las escaleras, y él baja tras de mí, nuestros pasos sincronizados,
meciéndose por toda la casa.
—¿Alguna vez vas a dejar de seguirme? —Pregunto.
—Hay un tipo en el Panhandle. Manny Littleton. Es dueño de un lavadero de autos.
Manny's Sparkling Cars, o algo así.
Me burlo. ¿Por qué me dice esto?
—¿Y?
—Puede conseguirte una nueva identidad.
Está intentando ayudarme, ¿verdad? Mi corazón se detiene, completamente confuso.
Me giro; los ojos de Cash están llenos de hambre y codicia, pero no es real. Puede admitir
que me desea, que está obsesionado conmigo, que me ha utilizado. Pero incluso cuando
intenta ayudarme a encontrar un futuro estable sin él, nunca admitirá que siente algo por
mí.
Si está diciendo la verdad sobre esta persona y su lavadero de autos, entonces está
intentando ayudarme a huir. Probablemente sea duro para Cash hacer algo así. Pero si no
puede reconocer sus propios sentimientos, entonces no voy a aguantarle más. Encontraré
mi camino sin él.
Llego a la puerta principal y me subo la correa del bolso al hombro. La cámara está
dentro. No creo que vaya a hacer nada con ella, pero me gusta tenerla como seguridad
contra él.
Pero mi último pensamiento es Jenna. Aún no le he enviado un mensaje con las fotos
del cadáver de Winstone, pero si conozco a Cash, la ve como un cabo suelto. Incluso si no
me mata, no dudará con ella.
—Si tocas a Jenna —digo, con la voz temblorosa—, si le pones la mano encima, te mato,
Cash.
Sus ojos permanecen inmóviles. Esas manchas marrón oscuro salpican su visión. Sólo
me ve a mí.
—No tengo ningún interés en tu amiga —dice—. Nunca la he tocado y nunca lo haré.
—Pero has pensado en matarla. —Cierro los puños y los levanto. Quiero darle un
puñetazo en la cara, pero no servirá de nada—. Has pensado en matarme.
Parpadea.
—¿Sinceramente te sorprende?
Aprieto las manos contra los costados.
—Pensé que podía confiar en ti —siseo—. Pensé que eras la única persona con la que
podía ser sincera.
—Curioso, ¿verdad? —suspira.
Y en cierto modo, es divertido. Es patético y triste y quiero gritar. Al darme esta
información sobre conseguir una nueva identidad, me está lanzando un salvavidas. Y aun
así sigue negando sus sentimientos por mí.
Ya no quiero su ayuda.
—No necesitaba esto —grito. Señalo la oficina de abajo—. Winstone. Brody. Dean. Mi
padrastro. Te quería a ti, Cash, porque creía que me veías a mí. Pero todo lo que ves es a ti
mismo.
Resopla por la nariz como si yo fuera una mosca doméstica que por fin va a aplastar.
—Buena suerte entregando esos vídeos —dice, ladeando la cabeza hacia mi bolso—.
Te estás incriminando tanto como yo.
Cash me conoce mejor que nadie y, sin embargo, sigue pensando que voy a entregarle a
la policía. Realmente no puede confiar en mí, y eso duele.
—Te he dejado el resto de las cámaras —digo, señalando los pequeños dispositivos
negros que cubren el techo. Abro la puerta principal—. No me sigas.
Bajo los escalones hasta mi auto. Me dejo caer en el asiento delantero y arranco el motor
de inmediato para salir pitando de aquella calle. Cash podría seguirme, pero ahora mismo
es demasiado orgulloso para hacer nada.
Paro el auto delante de mi casa de alquiler. Está vacía y oscura, y ya no me imagino
entrando. Cash solía esperarme en el sótano, pero, por alguna razón, no puedo quitarme
de la cabeza la idea de que esta vez ha terminado de verdad.
Las lágrimas me sorprenden, como un goteo, y de repente, los sollozos me dejan sin
aliento. Golpeo el volante hasta que me duelen las palmas de las manos. Mis hombros se
agitan y miro por encima del hombro, esperando encontrarlo allí. Pero estoy sola. No
puedo respirar. Cash mató a Winstone y yo maté a mi padrastro. Ya no nos necesitamos.
Pero yo sé la verdad. Cash nunca me necesitó. Soy yo quien le necesitaba a él.
El agotamiento me invade. El camino hasta la puerta de casa parece una caminata por
las montañas y me planteo dormir en el auto. Pero si alguien me encuentra por la mañana,
tendré que explicar o mentir sobre lo ocurrido, y no quiero enfrentarme a eso.
Una vez dentro de casa, conecto la cámara de seguridad al ordenador. Tengo que borrar
las grabaciones, pero mientras las reviso, veo la noche en que maté a mi padrastro. Debería
desconcertarme verme hacer algo tan horrible, pero en esos fotogramas me fijo en Cash.
Me mira con ojos brillantes, como si estuviera realmente orgulloso de mí.
Ojalá aún tuviéramos eso.
Me desplomo en la cama y descubro una mancha oscura en la pared de arriba. Tiene un
agujero -pequeño, como el ancho del capuchón de un bolígrafo, quizá más grande- y
siempre ha estado ahí. Me hace pensar en Cash.
Me desconecto en ese pequeño agujero. Mientras me sumerjo en sueños turbios,
imagino a Cash al otro lado del muro, espiando mi vida, viendo todo lo que he ocultado.
Es exasperante, pero también reconfortante.
—Por favor, vuelve —susurro. Levanto una mano en el aire, agitando el agujero. Huelo
profundamente, buscando su olor a pino, pero no huelo nada. Tengo la nariz tapada, pero
aunque no fuera así, sé que no está ahí. —Quédate conmigo.
Pronto, el sueño me encuentra, tragándome entero.
Un puño golpea la puerta principal, seguido de múltiples timbrazos. El corazón se me
para en el pecho. ¿Es Cash?
Pero no es él. Nunca llamaría a la puerta así; se invitaría a sí mismo a entrar. Miro el
reloj: es mediodía. ¿Cómo he podido dormir tanto? Salgo del programa de grabaciones de
seguridad de mi portátil y me arreglo la ropa. Encuentro a Peter en vaqueros y camisa en
el porche. Sus ojos se abren de par en par.
—Remedy —susurra—. ¿Qué le pasó a tu...?
—Arañazo de gato —miento. El corte que Cash me hizo en la mejilla parece peor, pero
no me duele—. ¿Qué pasa?
—Tengo que pedirte un favor. —Se limpia la nariz—. ¿Te importa si entro?
No me gusta estar a solas con hombres, aparte de Cash, pero después de lo que le hice
a mi padrastro, no tengo tanto miedo. Me hago a un lado y dejo entrar a Peter. La puerta
se cierra detrás de nosotros y los hombros de Peter se hunden. Sus ojos me miran como si
lamentara lo que está a punto de hacer. ¿He cometido un error?
—¿Qué pasa? —Le pregunto—. ¿Por qué me miras así?
—¿Confías en mí, Remedy? —pregunta.
En mi mente, grito: No, no, no. Pero le devuelvo la mirada y mantengo la expresión de mi
rostro.
—¿De qué va esto? —le pregunto.
—Vi las imágenes.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Qué material?
Me señala el dormitorio.
—Ahí es donde está tu portátil, ¿verdad? La grabación de la oficina de Cash.
Se me aprieta el pecho y se me seca la garganta. ¿Vio las imágenes? Si Peter ha visto las
imágenes en las que mato a mi padrastro y Cash me ayuda, ¿qué vamos a hacer?
¿Existe ya el «nosotros»?
Me duele la cabeza, cada latido me ahoga de dolor. Quiero sacudirle y preguntarle qué
demonios está pasando.
Pero apenas puedo moverme.
—¿Qué? —Susurro.
—Voy a tener que arrestarte —dice Peter lentamente—. Estoy dispuesto a ayudar a
llegar a un acuerdo para ti, pero la cosa es que necesito a Winstone. Y la única forma de
conseguirlo es a través de ti.
No me doy cuenta de que retrocedo hasta que tropiezo con la pared. Me deslizo contra
la superficie, intentando encontrar otra salida. Es el momento perfecto para que Cash
aparezca como siempre, pero no hay pisadas ni colonia de pino.
Peter y yo estamos solos.
—No quiero hacerte daño —dice Peter, acercándose. Saca las esposas del bolsillo
trasero—. Sólo intento hacer lo correcto.
—¿Esto es legal? —Jadeo—. ¿Cómo conseguiste las imágenes? No tienes una orden para
eso.
—A veces hay que hacer lo ilegal para hacer lo correcto —se acerca y me acorrala. Mi
ritmo cardíaco aumenta y empiezo a hiperventilar—. Sabía que no ibas a ayudarme, así
que recurrí a otras medidas. Como piratear tu ordenador.
Me viene a la cabeza la imagen de Peter usando mi ordenador en la finca. ¿Sólo fingía
necesitar mi portátil?
Ha mentido y estoy atrapada. Quiero gritar por Cash, pero no puedo confiar en que me
salve siempre. Con todas mis fuerzas, empujo a Peter hacia atrás y la sacudida lo aturde
lo suficiente para que yo pueda zafarme de él. Corro hacia la puerta principal, pero él se
abalanza sobre mí y yo pataleo, pero él me tira de los hombros y maniobra hasta
inmovilizarme entre sus brazos. Apesta a jabón y chocolate y quiero arrancarle la lengua
por haberse comido una maldita chocolatina antes de venir a arrestarme. Pero gimo en
señal de derrota. Esto es un desastre. Después de todo lo que hemos pasado, aún me
utilizan para capturar a Cash.
Al diablo con esto.
Escupo y grito a Peter.
—Que te jodan —siseo. Pero me sujeta las muñecas con más fuerza hasta que las cierra
con las esposas delante de mí. Me retuerzo contra las ataduras, el metal raspándome la
piel, pero es inútil. Ya estoy encerrada. Intento respirar hondo, pero no puedo. Me aprieta
los brazos y me sostiene sobre mis propios pies. Siento escalofríos por todo el cuerpo; odio
que me toque.
—Quiero ayudarte —dice—. Has hecho cosas malas, pero tú no eres el criminal aquí.
—No quieres ayudar a nadie —frunzo el ceño.
—Por supuesto que sí.
—¡Sólo vas a usar esto como excusa para drogarme y violarme a mí también, como
aquella chica del instituto!
Peter frunce el ceño, pero ignora mi réplica.
—Cash te estaba manipulando. Los psicópatas son buenos en eso —dice. Mi corazón
se agita a los lados de mi caja torácica, amenazando con desatarse—. Si vienes conmigo,
Cash vendrá por su cuenta. Pero si no vienes voluntariamente.... —Menea la cabeza, pero
me doy cuenta de su falsa reticencia—. Tiene que morir en la cárcel, Remmie. No quiero
matarlo.
Esas palabras me detienen. Finalmente, miro a Peter a los ojos. Hay una pizca de orgullo
en su interior. Sabe que ahora me tiene atrapada bajo su pulgar.
—Pero lo mataré si tengo que hacerlo —dice.
No puedo dejar que Cash muera.
Mi teléfono vibra, sacándonos a los dos del trance. A Peter se le iluminan los ojos. Me
coge el bolso, saca el móvil y echa un vistazo a la pantalla, leyendo la vista previa del
mensaje de texto.
—El estacionamiento, ¿eh? —dice—. A las diez en punto.
—No te voy a decir dónde está —digo bruscamente.
—Sé dónde está. Puse un rastreador en tu auto. Fuiste allí la otra noche, ¿verdad? —
Pulsa la pantalla táctil—. Ahora, ¿cuál es el código de acceso? Quiero enviarle un mensaje
diciendo que estarás allí pronto.
—De ninguna puta manera. No te ayudaré.
Abre la puerta principal.
—Entonces nos reuniremos con él allí de todos modos.
Su auto blanco con llantas negras está delante. Me sorprende que no sea su auto de
policía, pero entonces todo esto debe estar bajo el radar. Sea lo que sea, es algo personal
para Peter, como si necesitara capturar a Cash para probarse a sí mismo. Me ayuda a subir
al asiento trasero, me abrocha el cinturón y miro el retrovisor.
—Tenemos algo de tiempo que matar. Y puedo ayudarte tanto como tú a mí —dice—.
¿Hay algo más que quieras contarme sobre tu relación con Winstone?
Aprieto la mandíbula, con el cuerpo cargado de ira. Aunque esté cabreada con Cash -
aunque sepa que voy a ir a la cárcel de todos modos-, no voy a fingir que siento lo que he
hecho, ni voy a ayudar a Peter. Asumiré la culpa por la muerte de mi padrastro, y Cash
tendrá que responder por sus propios crímenes.
Pero también son mis crímenes. Mi padrastro. Mi hermanastro. Mi ex.
Mis deseos. Su cumplimiento.
Cash había matado a gente. Y yo había matado a mi padrastro.
Cuando nadie más lo había hecho, Cash me vio. Me comprendió. Me escuchó.
Cash está como una puta cabra.
Pero yo también.
Peter gira la llave en el contacto.
—No lo creo —dice. Conduce de vuelta a su casa y esperamos a que se haga de noche.
21
Cash
M e tumbé en la cama de mi camión, mirando el cielo azul brillante. Debería irme.
Conducir rápido. Comprar un nuevo pasaporte falso. Salir de aquí mientras pueda.
Olvidar que Remedy existe. Asesinar a cualquiera que toque a una mujer morena como
ella hasta que esos sentimientos sean borrados de mi sistema para siempre. Y nunca, jamás
tocar a otra mujer, porque no voy a lidiar con esta mierda otra vez.
Pero nada de eso me parece bien.
En lugar de eso, le envío un mensaje de texto para que se reúna conmigo en el
estacionamiento por última vez. Me entran ganas de decirle cómo evitar que me detengan,
y no puedo decirle nada de eso a través de un mensaje o una llamada. Pero no contesta.
Pienso en abrir la aplicación de vigilancia de mi teléfono para ver si tiene el portátil
abierto, pero no lo hago. De todas formas, no debería ayudarla. No tiene sentido.
Una visitante pasa por delante del camión, asoma la nariz dentro de la cama y sigue su
camino con la barbilla alta. La sangre ha desaparecido, pero sigo pareciendo otro turista
borracho que se ha quedado fuera de su casa de vacaciones. Y a nadie le importa. Si me
voy ahora, volveré a ser invencible.
Remedy es inteligente. Aunque la arresten, sobrevivirá por su cuenta.
Tengo que irme.
Subo a la parte delantera de la cabina y arranco el motor. El camión retumba al
despertar como un anciano que despierta de una larga siesta, y eso es lo que parece; por
fin pienso con claridad. El camión tiene más personalidad que los autos de Winstone de
empujar para arrancar, pero es cómodo. Familiar con sus rasgos indeseables. Golpeo el
volante y suspiro. Pronto tendré que comprarme uno nuevo.
El puente de las Siete Millas pasa zumbando, pero a medida que me acerco a los
Calveros del Sur, una sensación sorda se hunde en mi estómago. Es una sensación extraña,
una manifestación física de mis emociones, y es incómoda y desagradable, como si tuviera
una indigestión. Y por más que intento distraerme, ese dolor emocional sigue creciendo,
empeorando.
No quiero dejar atrás Remedy, pero tengo que hacerlo.
Si no tiene cuidado, es probable que cargue con la culpa de mis actos. Justo como
siempre planeé.
La imagino dentro de una prisión, rodeada de muros de hormigón y barrotes metálicos.
Le construí una jaula, pero le di una salida. En un correccional, se marchitará hasta quedar
completamente entumecida. Peor que antes.
A la mierda. No voy a dejar que eso suceda.
En cuanto puedo, cambio la dirección del auto y vuelvo a Key West. No tengo ningún
remordimiento por lo que le he hecho a esa gente, pero no voy a dejar que Remedy cargue
así conmigo.
Ya es de noche cuando vuelvo a los Cayos, pero aún tengo algo de tiempo antes de
nuestra reunión de las diez. Veo a un solitario a un lado de la carretera y me paro.
—¿Tienes un celular? —Pregunto—. No tengo servicio. No encuentro cómo llegar a
este sitio. —Fuerzo una risa nerviosa—. He quedado con esta chica. Ella es caliente.
—Sí, sí —dice, asintiendo con la cabeza—. Te entiendo, amigo. —Gira hacia abajo,
cogiendo su teléfono del bolsillo—. Claro...
Lo atraigo hacia mí, le doy puñetazos en las tripas hasta que resuella y aprovecho ese
breve segundo de forcejeo para hacerle una llave en la cabeza. Le presiono la nuca hasta
que pierde el conocimiento. Lo meto en la parte trasera del camión, lo amordazo con un
trapo sucio y lo ato con una cuerda. Le pongo la tapa y lo encierro dentro.
Más adelante, un hombre dobla la esquina y se dirige a la parte trasera de una heladería.
Sus ojos se mueven como si esperara a alguien, pero estoy demasiado impaciente para
encontrar a otro. Estacionó cerca y me dirijo a la parte trasera de la tienda, sacando una
caja de cigarrillos vacía.
—¿Tienes fuego? —Pregunto.
El hombre se mete la mano en el bolsillo sin mediar palabra, pero cuando me abalanzo
sobre él para hacerle una llave en la cabeza, me golpea la mandíbula con tanta fuerza que
me sangra el labio. Le doy un puñetazo en la nariz hasta que se empapa de sangre y,
finalmente, cede, inconsciente por el último golpe. Lo meto también en la parte trasera
del camión y cierro la tapa de la caja.
Antes de conducir, le mando un mensaje a Remedy:
No vengas. Dile a tu amigo policía que se reúna conmigo en su lugar.
Incluso usaré la pistola aislante para estar seguro. Habrá demasiadas pruebas para que
la policía considere otras opciones. Remedy puede seguir adelante. Sólo quedaré yo.
Es mejor así.
Abandonamos la carretera principal y las luces se atenúan a medida que nos acercamos
al estacionamiento abandonado. Saco a los dos rehenes de la caja del camión. El segundo
rehén vuelve a forcejear conmigo. Saco la navaja con mango granate del bolsillo trasero y
le apuñalo repetidamente en el cuello hasta que cae al suelo. El primer rehén empieza a
llorar y lo pongo en pie.
—T-t-tú lo mataste. Tú le mataste, hombre.
Aunque Remedy nunca aparezca, mientras la hoja con mango granate y los cuerpos
espumosos estén en el informe policial, Remedy sabrá que soy yo. Que estoy haciendo esto
por su protección. Para que pueda ser libre.
—Lo s-s-siento, hombre —tartamudea el rehén—. P-por favor, no...
Se me eriza la piel. Esto es irritante. Me froto la nariz y ajusto la empuñadura de la hoja
granate. Los ojos del rehén parpadean, pero cuando los faros iluminan el solar, el idiota
cae de rodillas, con los pantalones cubiertos de pis. Mira el auto como si fuera su última
oportunidad de vivir.
Pero entonces lo veo: el auto blanco con llantas negras. El detective.
Agarro el cuchillo del suelo. Este es.
Aprieto el mango del cuchillo como si estuviera cogiendo la mano de Remedy,
ayudándola a apuñalar a su padrastro hasta la muerte. Pero Remedy nunca necesitó mi
ayuda para hacerlo, y eso me encanta de ella. Y ahora, el detective va a arrestarme.
—Por favor... —dice el rehén. Le apuñalo en el cuello, asegurándome de que el detective
pueda verme.
El auto se detiene y la puerta se abre.
—Manos arriba —dice el detective, empuñando su pistola. Siguiéndole el juego,
levanto las manos, manteniendo el cuchillo en la palma—. Suelte el arma.
El detective retira el martillo y yo aprieto el mango.
—Adelante, detective —le digo—. Viste lo que hice. Soy a quien quieres.
—Remedy también está aquí.
Contengo la respiración. ¿Dijo Remedy?
—Ahora —dice lentamente el detective—, si te importa Remedy, suelta el cuchillo.
La hoja cae al asfalto. No puedo hacer nada hasta que sepa que está a salvo. Inclino la
cabeza, manteniendo ambas manos en alto.
—¿Y qué te dijo Remedy? —le pregunto.
—Vi las imágenes de vigilancia. Lo que hiciste con su padrastro fue casi dulce. —Se
acerca, manteniendo su arma apuntándome, y la silueta del rostro de Remedy resplandece
en el asiento trasero. La ventanilla está abierta para que entre el aire, pero ella sólo nos
mira. ¿Está metida en esto? ¿Trajo al detective como le dije? El detective cruje el cuello—.
¿Asegurándose de que su padrastro muriera? Eso es más de lo que cualquiera podría haber
hecho por ella. Pero es mi trabajo. Me habría ocupado de él de la forma correcta.
Es tan orgulloso que da risa.
—¿Y qué? ¿Pusiste a su padrastro en la cárcel? ¿Y luego sale y se lo vuelve a hacer a la
hija de otro? —Me río—. Le hicimos un favor.
—¿Nosotros? —pregunta el detective, con las cejas levantadas—. ¿Nosotros?
Un calor surge en mi pecho, lleno de fuerza y pasión, quemándome por todas partes.
Somos una unidad. Estoy aquí para asegurarme de que ella viva, aunque eso signifique que
yo no viva. Remedy es mi caballo de batalla y nunca voy a renunciar a ella.
Tengo que asegurarme de que el detective no interrogue a Remedy.
—Tienes razón. Déjame atribuirme el mérito —digo. Muevo los dedos—. Remedy era
un peón. Ella no significa una mierda para tu investigación. —Me centro en esa verdad.
Tengo que hacer que parezca que es enteramente mía. Me odio por decir esto, pero tengo
que mostrarle que ella no significa nada, para que pueda ser libre—. La zorra tonta
probablemente ni siquiera se dio cuenta de que la estaba manipulando.
—Buen intento, pero la vi matar a su padrastro —dice el detective—. Incluso si la
manipulaste, ella sostuvo el cuchillo. No es inocente ni mucho menos. Puede que el juez y
el jurado se apiaden de ella, teniendo en cuenta que fue maltratada por su padrastro y
manipulada por un psicópata. —Él entrecierra los ojos, enderezando su postura, listo para
derribarme—. Pero tú eres la peor basura que podría haberse cruzado en su camino.
El detective tiene razón. Remedy está mejor sin mí. Pero le di libertad, una oportunidad
de ser ella misma, y no me arrepiento. Lo haré de nuevo si eso significa que está en paz
consigo misma. Y si eso significa ir a la cárcel o morir por ella, entonces lo haré.
Tienes que hacer cualquier cosa para proteger a alguien que amas.
—Mátame —exijo—. Tú y yo lo sabemos. Soy como su padrastro. Seguiré matando. Y
créame, detective, usted será el siguiente.
Avanza unos centímetros con la pistola apuntándome y aparta de un puntapié el
cuchillo granate. Se escabulle entre los arbustos y las rocas.
—No voy a matarte. Te voy a meter en una jaula, bastardo insufrible.
Me río. El hijo de puta cree que está haciendo lo correcto.
—Eres tan honorable —me burlo.
—¿Qué va a ser? —Apunta su pistola hacia el auto y luego vuelve a enfocarla hacia mí—
. ¿Vas a dejar que te arreste o vas a luchar conmigo?
No puedo matar al detective sin poner más ojos en nosotros, especialmente en Remedy.
Si ella está en la parte trasera de su auto, entonces hay una buena posibilidad de que
alguien sepa que están juntos. Él aparece muerto, y ella será la primera persona a la que
investiguen.
—Déjala ir, y dejaré que me arrestes —digo.
—Sabes que no puedo hacerlo, pero me aseguraré de que tenga un buen juez. Sigue
siendo una buena chica.
Una buena chica. Esas palabras condescendientes me clavan las uñas en las palmas de las
manos. ¿El detective tiene el descaro de menospreciarla después de todo lo que ha pasado?
¿Tratarla como a una víctima y no como a una jodida superviviente? Ni siquiera reconoce
el hecho de que es una asesina como yo.
Y eso me irrita.
No es una buena chica. Es una maldita pesadilla.
Y es toda mía, joder.
Giro los puños hacia delante y él me ataca con la parte trasera de su arma. Me arremeto,
esquivando sus golpes. Pero él me da una patada y yo me echo hacia atrás, fingiendo estar
aturdido, y luego le doy un rodillazo en el pecho que le deja sin aliento. Caigo de rodillas,
buscando el cuchillo. Cuando lo encuentro, ya se ha puesto en pie. Agarro el cuchillo con
una mano y arrojo un puñado de tierra y piedras con la otra. Los guijarros le dan en los
ojos y aúlla. El orgullo arde en mi pecho. Es un movimiento barato, pero no me importa.
Quiero acabar con esto de una vez.
Con cada golpe que nos damos, una sensación carcomida se extiende por mi pecho,
haciendo que todo en mi interior se paralice. Soy invencible. Por mucho que intente morir,
siempre hay alguien que me lo impide. Un policía que intenta perdonarme la vida. Un
padre adoptivo que por fin tiene conciencia. Una víctima demasiado asustada para
defenderse. O Remedy, dándome una oportunidad.
Tiene una esperanza y una fe en mí que no merezco.
Pero a la mierda con todo. La quiero. Y esto es para ella.
Se lanza hacia mí y, esta vez, levanto mi cuchillo para apuñalarle en el brazo, pero el
detective aprovecha ese momento para quitármelo de la mano. Me da un puñetazo en la
cara, aplastándome contra el asfalto, y me quedo inmóvil. Remedy aprieta los ojos contra
la ventana, con las esposas atándole las muñecas. Hay dolor y destrucción en su expresión,
y no puedo permitir que se arruine su vida.
Este no puede ser su final.
Escupo una bocanada de sangre al asfalto mientras el detective coge sus esposas.
—Queda arrestado...
Me lanzo fuera de su alcance, pero me agarra por la muñeca. Le golpeo con el puño libre
y le quito la pistola de la funda. Se le doblan las piernas y me pongo de rodillas para coger
la pistola.
—Si tocas esa arma, no tendré más Remedy —grita.
Pero el bastardo no me mata. Saca una segunda pistola de una funda oculta.
Ya está. Me voy.
Pero no me importa morir. Lo único que me importa es ella.
—Estás bajo arresto por el asesinato de Cassius Winstone, y el...
Los faros se encienden y ambos miramos hacia la luz.

Remedy
Cuando enciendo los faros, vuelvo a las esposas. La horquilla se desliza entre mis dedos
húmedos.
—Mierda, mierda, mierda —susurro para mis adentros. Estoy empapada en sudor y
desesperada por resolver esto.
El candado de una de las esposas se abre y me deja una mano libre. Dejo que las esposas
cuelguen de la otra muñeca y cojo el volante. He tenido mucha suerte de que Peter dejara
las llaves en el contacto, pero no sé qué voy a hacer ahora.
Oí todo lo que dijo Cash: Remedy era un peón. Ella no significa una mierda en su investigación.
Pero sé que no quería que me arrestaran a mí también. Toco el claxon sin cesar. Chirría
como un murciélago y los dos hombres se sobresaltan, pero Peter sigue concentrado. Te
hicimos un favor, dijo Cash. Nosotros. Nosotros. Cash cree en nosotros.
Cash está de rodillas como un animal, cojeando para llegar a la otra pistola, pero Peter
tiene una segunda pistola y no tenemos mucho tiempo. Alguien va a morir.
Cuando Peter le dijo a Cash que soltara el cuchillo si se preocupaba por mí, Cash lo
soltó al instante.
Mátame. Seguiré matando, dijo Cash.
Quiere morir por mí.
Deberían arrestarnos a los dos. Es lo correcto.
Pero mis manos encuentran la llave y enciendo el motor. El auto ruge.
Peter acerca la pistola a Cash y ya no pienso más.
Piso el acelerador y empujo el auto hacia delante. El parachoques le golpea primero y
luego su cuerpo cae sobre el auto. En el espejo retrovisor, los relámpagos brillan en el cielo
como una hoja de afeitar dentada, iluminando las formas abultadas, pero no me tomo
tiempo para pensar. Pongo el auto marcha atrás y vuelo hacia atrás, cayendo sobre su
cuerpo. Avanzo, luego vuelvo a retroceder, hasta que sé que es imposible que siga vivo.
Las manos de Cash están cubiertas de sangre. Tiene el labio hinchado. Hay suciedad y
sangre en su camisa y sus vaqueros, y ahora hay tres cadáveres en el estacionamiento. De
una de sus muñecas cuelgan unas esposas, como a mí. Pero sus ojos negros manchados me
miran, y hay una mirada que nunca antes había visto en él. Se balancea ligeramente, pero
su mirada se posa en mí, y esa conmoción se funde en posesión. Nos he elegido.
Esto está en mis manos, y ahora, estamos a salvo.
22
Remedy
A pago el motor y corro hacia Cash. Mientras le acaricio la cara, miro rápidamente a
un lado y a otro de cada ojo, centrándome en esas manchas oscuras, el círculo turbio
y la línea, el cebo que me atrae, como si fuera la prueba de que sigue aquí, de que sigue
vivo. Me tira de las manos y me atrae hacia él. Un trueno cruza el cielo y las nubes de
tormenta se abren, lloviendo sobre nosotros.
—¿Te ha tocado? —grita a través de la lluvia.
Parpadeo, intentando concentrarme en sus palabras. ¿Tocarme?
Se me llenan los ojos de lágrimas. La única vez que Peter me tocó fue cuando me resistí
al arresto. Peter era un buen hombre y yo lo maté. El dolor me aprieta la garganta y luego
se extiende detrás de mis ojos, amenazando con explotar.
—¿Estás bien, cariño? —pregunta Cash, con voz tranquila. Tiene la boca floja, como si
no supiera cómo ayudarme.
No puedo responder. Sacudo la cabeza y entonces ocurre: los sollozos me recorren el
cuerpo, me desgarran y ya no puedo controlarlos. La respiración se me agita en el pecho
y, por más que lo intento, no consigo calmarme.
Cash ha hecho mucho por mí. Tuve que matar a Peter, o Cash habría muerto. Tuve que
hacerlo.
¿No?
—Si el cabrón no estuviera ya muerto, lo mataría por hacerte llorar así —dice Cash. Su
voz es grave y llena de vibraciones. Los mocos me taponan la nariz, pero resoplo e intento
recuperar el aliento. Me acaricia la cabeza, intentando consolarme, y me entran ganas de
reír. Es algo tan dulce y, sin embargo, completamente demoníaco. La culpa me invade por
todas partes.
Maté a un hombre inocente para proteger a un asesino en serie. No hay forma de que
nadie en este mundo pueda perdonarme por eso.
Pero estoy tan aliviada.
—Era igual que tu padrastro —dice Cash—. Otro depredador que necesita ser borrado.
Se me escapa una carcajada, porque sé que Cash lo dice por decir. Está intentando
hacerme sentir mejor, pero aunque esos rumores de que drogó a esa chica en el instituto
sean ciertos, Peter siempre respetó mis límites, aunque no cumpliera su promesa de cuidar
de mi padrastro. Quiero centrarme en las cosas horribles que Peter ha hecho, pero no
puedo.
Se ha ido, y no estoy segura de haber hecho lo correcto.
Pero es lo que quería.
—Wayne Cash —dice Cash en voz alta, abriéndose paso entre la lluvia torrencial. Le
miro, con las gotas salpicándome la cara. Un destello de luz de luna brilla en sus ojos
oscuros—. Pero llámame Cash.
Me levanta de su regazo, luego va a su camioneta y rebusca. Durante un minuto, llueve
a cántaros y los latidos de mi corazón se agitan en mis oídos. Entonces caen a mis pies
viejos carnés de conducir y documentos de identidad falsos. Cada una de las tarjetas de
plástico tiene una foto de Cash a distintas edades y estilos. Pelo desgreñado. La cabeza
afeitada. Una espesa barba que le llegaba a cinco centímetros de la barbilla. Siempre con
esos mismos ojos oscuros, pecosos con una nube negra y una raya.
Y en la última identificación, parece el más joven. Un corte de pelo recortado. Una
cicatriz de un grano en la mejilla. Aunque apenas es un adulto, sus ojos son los más crueles
en esa foto. Oscuros y llenos de amenaza.
Wayne Cash, dice la identificación. Su cumpleaños es el trece de octubre. Es más de diez
años mayor que yo.
—Wayne Cash —repito. Parpadea perezosamente en una muestra de desinterés.
Levanto la voz por encima de la lluvia—: ¿No te gusta ir de «Wayne»?
—Uno de los nombres del criador —dice. Por eso no lo usa, entonces.
—Es una suerte que te hayas saltado lo de «junior» —le digo.
—Los yonquis no recuerdan los sufijos.
Seguro que no es fácil hablar de esto. Me muerdo el labio, pero un calor me llena el
estómago. Me está hablando de su pasado. No me lo esperaba.
—¿Era Cash el apellido de tu padre? —Pregunto.
—Ninguno de ellos. Simplemente me lo dieron. Me dijeron que eran grandes
admiradores de Johnny Cash. —Sacude la cabeza—. Malditos adictos.
Reúno las tarjetas de plástico en un montón y me las limpio en el vestido antes de
guardárselas a Cash. Aún están húmedas, pero él las mete en la guantera y ambos subimos
a su camioneta. Cerramos las puertas y se hace el silencio. La lluvia golpea el exterior
metálico y los cadáveres parecen montones de piedras en la oscuridad. Cash mira el
océano oscuro y yo le sigo con la mirada.
—¿Qué quieres hacer ahora? —pregunta.
—Tú eres el profesional en esto —le digo—. ¿No deberías decírmelo?
—Nosotros —dice—. ¿Qué hacemos con nosotros?
Siento un cosquilleo en el pecho y sonrío para mis adentros. Nosotros. Nosotros. Está
reconociendo que significo algo para él.
Está reconociendo que significamos algo para él.
—No tienes que estar conmigo —dice, echando la cabeza a un lado—. Todavía puedes
irte. Asumiré la culpa. Toda ella.
¿Cree que no quiero estar con él?
—¿Estás mintiendo? —le pregunto. No sé si le estoy tomando el pelo o lo digo en serio.
Me parece extraño que diga eso. Literalmente acabo de matar por él, ¿y me está
cuestionando?
Sus ojos se encuentran con los míos.
—No sobre esto —dice.
Miro mi regazo.
—Es bastante seguro asumir que estamos juntos en esto.
Cash me toma la mano y me la estrecha. Es una pequeña muestra de afecto, muy poco
habitual en él, pero me gusta. Se muestra vulnerable conmigo. Mi corazón se hincha y sé
que esto es lo nuestro.
—¿Tiene las grabaciones de vigilancia? —pregunta.
Asiento con la cabeza.
—Hackeó mi ordenador o algo así.
Cash se ríe.
—Eso no es legal sin las debidas órdenes.
—No parecía importarle.
Cash agacha la cabeza, pensándoselo.
—Me desharé de las pruebas. Después de eso, corremos a donde quieras.
Parece surrealista. Deshacerse de las pruebas. Huir. El hecho de que esté considerando
todo esto es extraño, como si me estuviera asentando en una nueva vida. Es una locura.
Como Cash y yo.
—Conozco a alguien en Florida Central que puede deshacerse de estos autos por
nosotros, pero aún tenemos que limpiarlos antes de poder llevarlos allí —dice.
—¿Y los cuerpos?
—Deja que yo me preocupe de eso.
Abro la boca para interrogarle, pero niega con la cabeza.
—No te preocupes, cariño —me dice—. Ya no tienes que preocuparte por nada de eso.
—Me da un codazo en el hombro—. Confía en mí.
Trago saliva y Cash me aprieta la mano. Muchas cosas en mi vida han consistido en no
confiar nunca en nadie. Pero, de algún modo, confío en Cash.
Esas pecas oscuras me miran desde arriba, sosteniéndome, y es como si volviera a
arrastrarme hacia él.
—Vamos a ir a otro sitio donde podamos olvidar que esto ha pasado.
Se me llenan los ojos de lágrimas, pero parpadeo, conteniéndolas. Tengo miedo. No sé
cómo es el mundo cuando eres un fugitivo y, por mucho que lo intente, sé que nunca
olvidaré todo lo que ha pasado aquí. Y no quiero hacerlo. Quiero recordar cada momento
aquí. Cuando Cash me estranguló con un lazo. Cuando me hizo arrastrarme hasta que me
sangraron las rodillas. Cuando me folló con un cuchillo, tan desesperado por hacerme
correr que se cortó la mano. El mismo lugar donde elegí a Cash por encima de todo lo
bueno del mundo. Igual que él me eligió a mí.
Cash me besa en los labios, su tacto es suave y, por una vez, no siento miedo. Siento
alivio. Y eso me sostiene.

Cash
De vuelta en la finca, nos duchamos y luego la abrazo en la cama gigante de Winstone.
No cierro los ojos hasta que oigo su respiración agitada. Sólo puedo relajarme si me
aseguro de que ella está relajada primero. Ella me tranquiliza.
Por la mañana, dejo una nota en la mesa auxiliar: Asuntos pendientes. Vuelvo pronto. -C. Beso
su frente y me voy.
En el estacionamiento, disparo varias veces a las armas del detective, debatiéndome
entre hacer que parezca que ha habido un tiroteo entre él y los rehenes. Pero el cuerpo del
detective está lleno de moratones, y eso no va a pasar con los otros policías. Por suerte, la
mayor parte de la sangre se ha ido con la tormenta. Los troceo a todos, tirándolos a bolsas
de basura. Me desharé de ellos al salir de los Cayos. Limpio el resto de la sangre del
detective de su auto. Winstone es el dueño de la propiedad, así que no hay razón para que
nadie sepa que este lugar está aquí.
Fuerzo la cerradura de la casa del detective y accedo a su ordenador. Su software se
conecta al portátil de Remedy, dándole acceso remoto, y parece que también ha grabado
algunos clips. Sonrío para mis adentros; Remedy debe haber visto nuestras grabaciones
juntos, entonces. A continuación, limpio su ordenador. Dudo que lo que hizo sea legal,
pero mientras no envíe las imágenes a nadie más, estaremos bien. Remedy estará bien.
Vuelvo a encender su ordenador y accedo a la web oscura, pago por pruebas que
vinculen al detective con una red de tráfico de personas y luego pido una víctima para
violarla y matarla, usando mi propia criptodivisa irrastreable. Para todos los demás,
parecerá un pedazo de mierda que desapareció en cuanto supo que le iban a pillar. La
policía nunca tocará a Remedy, y ella creerá que merecía morir. No tengo ninguna culpa,
pero por ahora, ella todavía siente cosas. No le gusta lo que le hizo al detective, así que
esto es lo menos que puedo hacer por ella.
Llamo a la policía desde un teléfono desechable, ladeando la cabeza mientras espero a
que contesten.
—Departamento de Policía de Key West, cómo puedo dirigir...
—Tu detective es un traficante —le digo.
La línea está en silencio.
—Lo siento, señor, ¿ha dicho...?
—Compra mujeres en la web oscura, las viola y las mata —digo con rotundidad—.
Tiene ese historial desde el instituto. Tienes que investigarle.
—Señor, si pudiera...
Cuelgo. La policía se verá obligada a investigar y, cuando se filtre la información, saldrá
en todas las noticias. Castigos así siempre irritan a los medios. Y cuando Remedy lo vea,
cualquier duda que tenga desaparecerá.
En la finca, me reúno con Remedy y beso sus labios, llenos de tensión y fuerza. Le rasco
la espalda mientras ella se funde conmigo, pero me arranco antes de distraerme. Me
aseguro de que esté ocupada arriba para tener tiempo de trabajar. En el despacho de abajo,
quito a Winstone y al padrastro. La imprimación blanca hace que el padrastro parezca un
globo hinchado, pero con Winstone es como una cáscara de plátano arrugada. Los troceo
y los meto también en las bolsas de basura negras.
Por la noche, alquilo una grúa con dinero en efectivo. No puedo sacar todas las
abolladuras del auto del detective, pero la mayor parte de la sangre está fuera. Tardo toda
la noche en llegar al centro del estado. Paro en diferentes hospitales veterinarios y
funerarias de camino, forzando cerraduras cuando puedo y poniendo en marcha las
incineradoras y crematorios para encargarme de los restos. Al final, las partes del cuerpo
serán cenizas, y tan esparcidas que nadie notará la diferencia.
En Florida Central, dejo el auto del detective en un desguace. Es un amigo al que he
recurrido de vez en cuando; me gusta que no haga preguntas.
Cuando vuelvo a la finca a primera hora de la tarde del día siguiente, Remedy está
dormida junto a la ventana delantera, esperándome. Las ventanas están abiertas como
siempre las dejo, pero ahora está cómoda, dejando que entre la brisa. El sol ilumina la piel
leonada de su cuello y sus labios abiertos y morados. Nunca me han gustado los besos,
pero besarla por fin crea en mí la necesidad de compensar por no haberlo hecho nunca.
Necesito su boca en la mía todo el tiempo, aunque no pueda respirar.
Me siento a su lado. El corte de su cara se está curando rápidamente, pero planeo pelar
la costra más tarde, para asegurarme de que cicatrice. Es justo, teniendo en cuenta el daño
que me hizo en la espalda. Incluso dejaré que me deje cicatrices en la cara. Viéndola así,
me recuerda a un ángel de las tinieblas. Ella trae sangre al mundo, y con mi último aliento,
me aseguraré de que nada vuelva a lastimarla.
Nadie puede herir a Remedy, excepto yo.
Le aparto un mechón de pelo negro de los ojos y se revuelve, pero no se inmuta.
—Estás en casa —dice con voz somnolienta. Hogar. Nunca he tenido un hogar. Pero si
hogar significa que estoy con ella, entonces sí. Estoy en casa.
Se frota los ojos y se incorpora, dejando escapar un bostezo. Se me levantan las
comisuras de los labios; me deja sin aliento.
Y voy a proteger su oscuridad con toda mi puta alma.
—Deberíamos hablar —dice.
—Deberíamos.
—Si vamos a hacer esto, juntos —usa una voz extrañamente severa, casi como si
estuviera bromeando, aunque sé que no es así—, entonces tienes que admitir que sientes
algo por mí.
—Lo sé.
Ella aprieta los labios, aturdida por un segundo.
—¿Lo sabes?
Me encojo ligeramente de hombros.
—Termina tu discurso.
—¿Es amor o es obsesión? —continúa—. Necesito saberlo. Sea como sea, sientes algo
por mí, pero mientras sepamos a qué atenernos, podremos averiguar qué significa nuestro
futuro. Si eso significa que estamos juntos o no.
Maté a su jefe, maté a su exnovio, maté a su hermanastro, la ayudé a matar a su padrastro,
la vi matar a un policía, y luego encubrí esas muertes para que nunca la encontraran. Y si
es necesario, me sacrificaré. Mientras ella esté a salvo.
El amor es una obsesión para mí. Todo es aburrido, dado a las mismas tendencias
predecibles, pero Remedy no lo es. Hay una oscuridad en su interior que me atrae. Y sé
que seremos el uno para el otro, pero también sé que moriré feliz.
—¿Hay alguna diferencia? —pregunto.
—Sí —responde ella, cruzándose de brazos—. Me permite saber a qué atenerme
contigo. Y como ya he dicho, Cash, he terminado con tus tonterías. Si estás obsesionado,
perderás esa obsesión con el tiempo, y tenemos que encontrar un acuerdo a largo plazo
que funcione. ¿Pero el amor? El amor se queda. El amor no se rinde sólo porque pierdes
interés. Así que necesito saberlo. —Me mira fijamente con esa mirada ardiente y quiero
follármela hasta dejarla inconsciente. Demostrarle exactamente lo obsesionado y
enamorado que estoy de ella—. ¿Me amas?
—Ven aquí.
Se acerca vacilante y la envuelvo en mis brazos hasta que mi tacto la consume por
completo. Apoya la cabeza en mi pecho y se la acaricio.
—No estoy seguro de qué es esto. Esta sensación —digo. Le acaricio el pelo, las hebras
sedosas se mezclan con mis dedos llenos de baches—. Pero es cálida, me hormiguea y me
consume cada vez que estás cerca. Y nunca antes lo había sentido. —La coloco en posición
hasta que nos miramos a los ojos, y la escudriño, asegurándome de que sabe que estoy aquí
por ella, y sólo por ella—. No estoy seguro de lo que es el amor, pero sé que moriré por ti.
Mataré por ti. Y si tienes que hacerlo, quiero que me mates a mí también.
—CASH...
Le pongo un dedo en los labios.
—Te amo —le digo.
Finalmente, sus hombros caen y se funde conmigo, ambos aliviados.
—Yo también te amo —susurra.
La tomo en brazos y la llevo al despacho de abajo por última vez. La luz del sol brilla
sobre los cristales rotos que cubren el suelo. La habitación está vacía sin el periódico, y
saber que Winstone y el padrastro de Remedy ya no están muertos en el sótano resulta
agridulce. Imagino que es como visitar un viejo hogar; todo lo que conoces te resulta
familiar y cómodo, pero ya no es tuyo y nunca volverá a ser lo mismo.
Pero aún la tengo. Remedy es mi hogar.
La tumbo en la alfombra sobre unos pequeños fragmentos de cristal y le quito la venda
y los tapones de los oídos del escritorio. Se tensa, pero la sujeto, sin dejar que se mueva, y
sus ojos se ablandan como si le reconfortara estar rodeada de fuerza. Una vez puestos la
venda y los tapones, la desnudo y beso cada centímetro de su cuerpo hasta que se
estremece de ansiedad. Esto es suave, el tipo de contacto que la repugna. Y por eso
necesito hacerlo. Necesito demostrarle que puede confiar en mí, hagamos lo que hagamos.
Necesito que sepa que sólo hago esto por ella.
Y tal vez, en algún lugar dentro de mí, necesito saber que ella también confía en mí. Ella
necesita esas tres palabras, y yo necesito esto. Esta es mi prueba.
Arrastro un dedo entre los labios de su coño, su excitación moja la yema de mi dedo.
Pero saco mi navaja y la arrastro por el interior de sus muslos hasta que unas líneas blancas
pintan su piel. Sigo aquí -le digo a través de las líneas de la navaja-. Puedes confiar en mí. Estás
tumbada sobre cristales rotos y yo estoy usando esta navaja. Esto es suave, pero sigo aquí.
Se relaja y los escalofríos cesan. Algún día volverá a sentir placer puro sin dolor, pero
tendrá que dar pasos lentos como éste. Le quito uno de los tapones.
—¿Quieres que pare? —Pregunto.
—No. —Le tiembla la barbilla, pero sacude la cabeza—. Por favor, no pares.
El tapón vuelve a introducirse en su oreja y las lágrimas ruedan por sus mejillas. Sigo
besándola, provocándola con el extremo puntiagudo de la cuchilla y besando sus labios y
su piel, más suave que antes, y ella retuerce sus caderas contra mí, deseando más. Y cuando
le meto un dedo entre los labios del coño, se desatan los sollozos. Dejo caer el cuchillo y
la estrecho entre mis brazos, cubriéndola con mi cuerpo como una manta gigante, para
hacerle saber que está bien. Para lo que necesite, estoy aquí. Aunque necesite el cuchillo.
Aunque no quiera que vuelva a tocarla así. Aunque sólo necesite llorar. Pero me rodea con
los brazos y las piernas y empuja las caderas hacia delante, y sé lo que quiere.
Me desnudo rápidamente y le arranco la venda y los tapones de los oídos. Quiero verle
la cara. Cada giro de placer. Su dulce agonía. Y con cada gemido y gruñido que sale de mi
alma, quiero que ella oiga lo que me hace.
—Te amo —le digo con la voz ronca. Sus labios se mueven para devolvérmelo, pero no
puedo esperar. Penetro en su interior, mi polla llena su apretado coño, cada presión de
mis caderas es deliberada, y sus tres palabritas se convierten en suculentos gritos. Las
lágrimas cesan por fin y el placer se acumula en su interior, su piel se enrojece de pies a
cabeza, y eso me basta. No necesito esas palabras; sólo necesito verla perderse en nosotros.
Muevo mi polla dentro de ella hasta que el orgasmo nos invade a los dos y nos perdemos
en la pura felicidad.
EPÍLOGO
Cash
Un año después

—¡F
eliz no cumpleaños! —grita Remedy cuando abro la puerta. Mueve las caderas
hacia un lado y señala un pastel lleno de velas en la encimera de la cocina. La
cicatriz rosa de su mejilla se estira con su sonrisa, reflejando la cicatriz fresca de la mía.
Un vestido negro nuevo y escaso deja ver el nuevo diseño de encaje de la parte superior de
sus muslos, y su alianza de ónice brilla a la luz de las velas—. Adivina cuántas velas esta
vez.
—¿Cien? —pregunto.
Ladea la cabeza.
—Algún día llegarás a los tres dígitos —sonríe.
El collar nuevo de Bones tintinea por el pasillo. Tengo que quitarle el cascabel -se
supone que no podemos tener mascotas en este motel mensual-, pero ahora mismo quiero
a Remedy. Le agarro el culo y la beso profundamente. Este es nuestro patrón: los tres,
Bones incluido, nunca nos quedamos mucho tiempo en un mismo sitio, y hacemos
«amigos» en cada zona. Si Remedy tiene alguna preferencia, normalmente alguien que ella
cree que «se lo merece», entonces mato a esa persona, robándole su dinero junto con ella.
Nadie echa de menos a un extranjero. Pero si ella no lo hace, elijo al que dure más. Así es
más divertido.
Y de vez en cuando, es mi cumpleaños o no cumpleaños o como quiera llamarlo
Remedy, y le doy una paliza y la ahogo hasta que se corre tan fuerte que se desmaya. No
me gusta la tarta, nunca me han gustado los dulces, pero sí las palizas.
Este no-cumpleaños nos tiene en una pequeña isla de la costa de México. Apago las
llamas y Remedy chilla, cogiendo inmediatamente las velas a puñados.
—Oye —le digo, deteniéndola—. Cuéntalos.
Mientras cuenta, sus párpados se agitan, sabiendo que más tarde también voy a hacerla
contar otra vez. Hundo el dedo en el pastel y lo lamo. Ella me observa, sabiendo que así es
exactamente cómo voy a deleitarme con su clítoris más tarde. Un sabor cobrizo atraviesa
el azúcar; la sangre sigue pegada a mis uñas, y mi polla se endurece para ella. Me viene a
la mente la última vez que vi a Remedy matar a un hombre. La sangre cubrió sus manos y
su estómago, y en el caos, la sangre incluso manchó su coño, y yo se la lamí. Todavía la
tengo ganada por muchos cuerpos, pero poco a poco está aumentando su cuenta. Ahora
lleva cuatro.
Lo que tenemos es raro, pero eso es lo que lo hace especial. Nos parecemos en muchas
cosas, pero me gusta que ella también sea diferente a mí. Ella necesita una razón; yo no.
Pero eso me gusta de ella.
Su teléfono móvil vibra y, cuando veo el número, le hago un gesto para que conteste. Es
su madre.
Dice con la boca:
—Lo siento.
—Me da la oportunidad de asegurarme de que no te estás saltando velas —bromeo.
Los cuento todos -esta vez son treinta y nueve, sólo unos años más que mi edad real- y
cuando vuelve, su expresión ha cambiado. Sus hombros caen, su boca se afloja y se vuelve
hosca.
—¿Estás bien? —Pregunto.
Asiente para sí misma, pero me doy cuenta de que intenta disimular como si nada. Le
aparto el cabello de los ojos verdes.
—Me siento mal —dice.
Sé que se trata de su padrastro. Su madre no se ha tomado bien su desaparición, a pesar
de que llevaban años divorciados. Supongo que mantuvieron el contacto de todos modos,
y ahora, ella piensa que él la ha fantasmeado.
—No deberías —le digo.
—Lo sé, pero mi madre, ella es tan...
Remedy se detiene y las palabras se desintegran en su boca.
—Hiciste lo que tenías que hacer —le digo—. Por lo que sabías, te habría matado si no
lo matabas.
Ella resopla por la nariz, sus fosas nasales se agitan.
—No me habrías matado. —Pone los ojos en blanco, con una sonrisa descarada en sus
carnosos labios.
—Eso no lo sabes.
Se ríe. La rodeo con los brazos, me meto en su cuello y la muerdo hasta que chilla.
—¡Cash! —grita—. ¡Oh! Por cierto —levanta su teléfono desechable—, Jenna tiene un
nuevo novio.
Remedy se pone al día con Jenna creando perfiles falsos en las redes sociales y buscando
nueva información en sus páginas. Si algo le molesta de dejar Key West, es perder a su
mejor amiga. Pero ambos estamos de acuerdo en que esta es la mejor manera de mantener
a Jenna a salvo.
—¿También tenemos que ocuparnos de éste? —Pregunto. Su último ex abusivo fue el
número tres de Remedy.
—No —dice, fingiendo desgana como si estuviera decepcionada porque no podemos
matarlo—. Mientras no le pegue, sinceramente no me importa.
Unos meses después de irnos, enviamos por correo a Jenna una foto de un Sr. Winstone
con aspecto muy muerto. Movie Props, escribió Remedy en el reverso. Lo dejó sin firmar y
sin remitente.
Giro a Remedy hasta que se apoya en la encimera, atrapada entre mis brazos. Aprieto
los labios contra los suyos y gruño cuando su lengua busca los míos. Sus labios son como
el satén, y sé que no la merezco. No puedo devolverle a su mejor amiga ni a su madre, pero
puedo darle una vida como esta. Estamos viajando por el mundo, un lugar a la vez,
conociendo y destruyendo a la gente que encontramos. Incluso tenemos anillos de boda
de ónix a juego para simbolizar nuestra unión. No podemos casarnos legalmente sin dejar
un rastro de papel, pero sabemos que somos nuestra familia elegida. Eso es lo que importa.
La inclino sobre el mostrador, subiendo su fino vestido negro. Se pone de puntillas,
esperando a que la ataque. Saco mi pistola, aun ligeramente caliente por la última bala, y
froto el cañón contra su coño. Ella vuelve a apretarlo como si fuera una polla y, joder, tengo
la polla en la otra mano, dispuesto a cambiarla por la pistola. Me encanta jugar con ella,
pero ahora la quiero dentro.
Un día, nuestro amor nos matará. Pero nunca he tenido miedo a la muerte, y Remedy
ya no tiene miedo. Estamos juntos en esto.

FIN
AGRADECIMIENTOS
Gracias a mi marido, Kai, por ayudarme a pensar como una asesina en serie y por diseñar
todas las cosas; su apoyo significa el mundo para mí. Gracias a mi padre por sus
comentarios críticos sobre la propaganda. Gracias a mis lectores de ARC por vuestras
honestas reseñas y vuestro continuo apoyo; siempre aprendo de vosotros y disfruto con
vuestros ánimos. Y gracias a mi hija Emma por tolerar mis sprints de escritura y por ser
una niña tan buena durante los ratos de silencio.
Gracias a mi increíble equipo de lectura beta. Chelle, me ayudaste a pensar en formas
de incorporar la historia de fondo y la motivación de Cash, así como a hacer que Remedy
fuera más picante. Johanna, me ayudaste a desarrollar la fuerza de Remedy y la
personalidad de Cash. Lesli, me empujaste a mejorar las descripciones de este libro y a
dejar de contenerme tanto. Meagan, me ayudaste a hacer que este libro fuera caliente
como el infierno. Michelle, me enseñaste dónde Remedy podía ser más luchadora y fuerte
para que la historia tuviera más sentido. Sois todos realmente brillantes, ¡y valoro mucho
vuestros comentarios!
Pero, sobre todo, gracias a mis lectores. Vosotros sois la razón por la que me encanta
convertir mis ensoñaciones en historias. Gracias por acompañarme en este viaje.
SOBRE LA AUTORA
Audrey Rush escribe novelas románticas oscuras protagonizadas por antihéroes
redimibles y heroínas malvadas a las que les encanta desafiarlos. Creció en la costa oeste,
pero actualmente vive en el sur, con su marido y su hija. Escribe durante la siesta.

Í NDICE
 
Í NDICE .......................................................................................................
1 6 ....................................................................................................................
 
 
 AUDREY RUSH
ACLARACIÓN
 
 
Este es un trabajo de fans para fans, ningún miembro del staff recibió remuneración 
alguna por este traba
SINOPSIS
 
 
No hay bien ni mal, sólo ella. 
Cuando veo a Remedy por primera vez, sé que es mía. La acecho durante meses,
NOTA DE LA AUTORA
 
 
Esta notificación de contenido puede contener spoilers. 
Este libro sigue el romance entre una anti
1  
Cash
rimero veo el brillo leonado de la parte superior de su brazo. Su grueso bíceps se 
contrae y sus dedos pellizca
Es sólo mediodía y ella ya está en ello. Mi tipo de mujer. 
Me reclino contra la pared exterior y me meto una mano en los

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