Ernestus: El Robot Filosófico de Modernia
Ernestus: El Robot Filosófico de Modernia
Allí había muy buenos artesanos, expertos en la fabricación de magníficas baterías llenas de
energía.Todo transcurría sin problemas en Modernia, todos los días los artesanos se levantaban,
construían nuevas baterías y todas las noches las colocaban con orgullo en sus tiendas.
Un día, sin embargo, surgió un problema: los habitantes tenían tantas baterías que ni siquiera
sabían dónde ponerlas… ¡los almacenes estaban llenos y, lo que es más triste, no había nadie
con quien compartir toda esa energía!
Pensaron y repensaron, finalmente tuvieron una gran idea: ¡construir robots para usar esas
baterías!
En poco tiempo, robots de todo tipo y carácter comenzaron a vagar por Modernia: había robots
larguiruchos llenos de muelles, pequeños robots regordetes con muchas luces, rebots de varias
manos, otros tenían dos cabezas, algunos andaban muy deprisa, otros volaban…
Más que nada en el mundo, a los robots les encantaban las baterías eléctricas, sobretodo las que
se fabricaban en Modernia. Les daba la fuerza para caminar, hablar y pensar, en resumen, les
dieron la energía para vivir. Para los robots, nada era mejor que una batería nueva, porque cuanto
más nueva era la batería, más energía podían recibir. Era como la comida para los humanos.
Los artesanos, que respetaban y querían mucho a sus amigos robots, siempre trataron de
mejorar la calidad de las baterías que fabricaban, convencidos de que apreciaban esa
atención y que de alguna manera los robots algún día se la devolverían.
Pero, en realidad, los robots sólo estaban allí porque necesitaban las baterías para vivir, les daba
igual dónde o cómo conseguirlas….
Las baterías, almacenadas en los depósitos, estaban disponibles para todos los robots que
pudieran recogerlas por sí mismos. Los robots sólo necesitaban una batería para vivir, y si se
pasaban de glotones y trataban de conectarse a dos, podían estropearse y fundirse los plomos.
Por eso había un gran letrero en la pared del almacén que decía: «¡No te pongas más de una!
¡Podrías hacerte daño!».
Un robot llamado «Notesacias» fue una vez al depósito debido a su incapacidad para conformarse
con las baterías que usaba. Había leído esa advertencia muchas veces pero, desde hacía algún
tiempo, había empezado a pensar que los artesanos tenían que ser algo tacaños y que, sólo por esta
razón, no permitían que los robots llevaran más de una batería. Ese día había decidido no obedecer
más la señal: así que miró a su alrededor y cuando nadie lo vio, cogió dos baterías, las instaló
y… ¡PUM! ¡Todos los circuitos se fundieron!
Cuando los otros robots encontraron a su compañero en ese estado, inmediatamente comenzaron
a rebelarse: «¡Los artesanos lo hicieron a propósito! ¡Le dieron una batería en mal estado!
Sólo un robot, llamado «Ernestus», defendió a los habitantes de la ciudad: «Ellos no son los
culpables, el culpable fue el robot Notesacias que se colocó dos baterías y ahora tendrá que ir al
mecánico a que le arreglen por completo.
Pero aunque Ernestus tenía razón, la gran mayoría de robots estaba enfadada y no era
capaz de entrar en razón. Sus discos duros estaban echando chispas.
Después de este acontecimiento, la vida de los habitantes de la ciudad cambió rápidamente. Los
robots se volvieron antipáticos y maleducados y los artesanos sufrían de ese comportamiento
injusto. Los robots les decían: «¡Fuera de la ciudad, eres un inútil! ¡No te necesitamos!».
Sus cerebros de tostadora no entendían que sin el trabajo de los artesanos, ninguno de los robots
habría sobrevivido todo este tiempo. No se daban cuenta de que sus baterías eran hechas por las
manos de esos hombres bajitos de barbas blanca y esas mujeres de estrafalarios peinados.
Ernestus, que era sin duda el robot más inteligente y bueno de la galaxia, siempre pensaba
ayudar a los demás, sin importar si eran humanos o robots. Así que encontró una solución para
evitar que los malos humos de los robots hicieran daño a los artesanos.
Como era un robot filosófico, encontró las palabras perfectas para convencer a las dos
partes.
Les propuso a los artesanos irse a otro lugar, para demostrar a los robots que les necesitaban. Para
ello, llenaron todas las baterías que había en Modernia en un almacén, y sobre ese almacén
pusieron un gran faro de rayos láser. Si en algún momento, los robots querían que los artesanos
volvieran a la ciudad, solo bastaría con encender aquella luz.
Los artesanos entendieron perfectamente el plan de Ernestus, se montaron en sus motos
espaciales…
Y se fueron…
Al ver desaparecer en el infinito horizonte del Universo a los artesanos, los robots estallaron de
júbilo. Pensaron que tenían razón, ya que ellos habían ganado la discusión, y que por pegar gritos
y hacerse las víctimas de los artesanos, estos habían sido vencidos y ahora todo Modernia era
suyo, repleto de jugosas baterías, sin reglas estúpidas de cuántas se podían un robot conectar.
Todo parecía salir victorioso para los robots, mientras tanto, Ernestus aguardaba en lo alto de la
torre de luz, sobre el almacén de baterías.
Allí pudo ver cómo poco a poco las despensas se iban agotando, y el almacén cada vez estaba
más vacío.
Pasaron los años, en los que Ernestus se dedicó a reparar a los robots que quedaban dañados
por tratar de conectarse varias baterías. Mientras tanto, el resto de la población robótica seguía
disfrutando de su triunfo sobro los artesanos, creían que todo este tiempo sin necesitarles,
afianzaba más todavía, que ellos tenían razón.
Además, pensaban que el incidente que sufrió Notesacias era evidentemente causado por los
artesanos, porque…
¿Cómo era posible que ningún otro robot hubiera sufrido otro percance similar?
La respuesta, era sencilla. Ernestus se encargaba de recoger a los robots cuando por avaricia, se
fundían los circuitos al conectarse varias baterías. Después los reparaba en lo alto de su torre de
luz, les explicaba que había sucedido y ellos entendían que estaban enormemente equivocados.
Como Ernestus era muy sabio y paciente, les convencía para que se quedaran en la torre con
ellos, que no volvieran a salir de ella y que esperaran pacientemente junto a él.
Así fueron pasando los días, los meses, los años. Llegó un momento en que casi había la misma
cantidad de robots en Modernia que en la torre de Ernestus.
Y por fín, la última batería se agotó… El almacén había quedado vacío.
Fue entonces cuando cundió el pánico entre los habitantes robóticos de Modernia, que comenzaron
a gritar y a corres despavoridos por todo el país «¿Qué hacemos ahora?» «No quedan baterías»
Con ello, lo que consiguieron fue agotar la energía que les quedaba y uno a uno se fueron
apagando todos los robots de Modernia, para siempre…
¿Todos?
No, Ernestus y sus aliados, aguardaban este día escondidos en su torre de luz.
Uno a uno, fueron conectándose a los enchufes de la torre, para así poder cargar la batería
central del foco. Pasadas unas horas, el rayo láser atravesaba la galaxia en busca de los
Artesanos nómadas que habían estado vagando con sus motos por todo el Universo desde
entonces.
Cuando vieron a lo lejos el destello de luz, no tuvieron que mediar palabra entre ellos. Todos
comprendieron que el plan de Ernestus había funcionado a la perfección y volvieron corriendo
a Modernia.
Al llegar, el panorama era desolador, cientos y cientos de robots sin batería, tirados por la calle.
Poco a poco, los robots que se habían quedado con Ernestus, los artesanos y el propio Ernestus,
recargaron las baterías de todos los habitantes de Modernia… Que entonces comprendieron lo
que Ernestus les quería decir hacía tiempo atrás.
Todos entendieron que los artesanos eran inocentes, y que demás eran los que les permitían
seguir viviendo en Modernia. Los robots juraron lealtad y amistad a los artesanos de por vida y
desde entonces, reina la paz y la armonía en aquel remoto país, que desde ese día, cambió su
nombre por el de «Ernestus» en honor al sabio robot filosófico que les cambió la vida.
CIENCIA FICCION
LOS TRES COSMONAUTAS
La gente de la Tierra quería ir a Marte y a los otros planetas: ¡pero estaban tan
lejos!
Sin embargo, no cesaron en su empeño. Primero lanzaron satélites que dieron
la vuelta a la Tierra durante dos años y luego volvieron. Luego lanzaron
cohetes que dieron la vuelta a la Tierra unas cuantas veces, pero en lugar de
regresar, terminaron escapando de la atracción de la gravedad y se dirigieron
al espacio. Después de varios años merodeando por el espacio, volvían a la
Tierra… Pero había un problema.
Al mando de estos cohetes iban perros
Cada uno quería ser el primero en llegar a Marte, para demostrar que era el más
valiente.
Como los tres eran valientes, llegaron a Marte casi al mismo tiempo. Bajaron
de sus naves con casco y traje espacial… Y descubrieron un paisaje
maravilloso y perturbador: el terreno estaba surcado por largos canales llenos
de agua verde esmeralda. Había extraños árboles azules con pájaros nunca
antes vistos, con plumas de colores muy extraños. Allí en el horizonte había
montañas rojas que emitían extraños destellos.
Pero los terrícolas no le entendieron y pensaron que era un rugido de guerra. Era
tan diferente de ellos que no podían entenderlo. Los tres sintieron
inmediatamente miedo por si les atacaba…
Ante ese monstruo, sus pequeñas diferencias desaparecieron. ¿Qué importaba
si hablaban otro idioma? Comprendieron que eran los tres seres humanos. El
otro no. Era demasiado diferente, y los terrícolas pensaban que aquello que no
entienden era malo. Por eso decidieron reducirlo a polvo atómico con sus rayos
espaciales…
Cuando los tres cosmonautas se habían armado de valor y estaban apuntando
al monstruoso alien… Algo extraño sucedió.
De entra las sombras, apareció un hermoso pájaro de muchos y brillantes
colores, volaba con dificultad porque parecía tener algo viscoso enredado
entre sus alas. Se movía haciendo gestos de dolor y su cara reflejaba el
agotamiento de tratar de luchar contra aquella situación. Cuando revoloteaba
sobre las cabezas de los cosmonautas, el pájaro cayó agotado contra el suelo,
haciendo un estrepitoso ruido. Justo quedo entre medias del marciano y los
cosmonautas.
Rápidamente, el alienígena se movió con pasos torpes hacia el animal, los tres
cosmonautas, asustados, agarraron fuerte sus rayos láser, pensando que el
alien iba a devorar aquel pobre pajarillo.
Para cuando se dieron cuenta, el alienígena estaba emitiendo unos extraños
ruidos gruturales, que con tan solo observar detenidamente, los tres
cosmonautas entendieron que se trataba de un llanto.
Y los terrícolas de repente se dieron cuenta de que el marciano lloraba a su
manera, igual que los humanos.
Luego lo vieron inclinarse hacia el pájaro y sostenerlo en sus seis brazos,
tratando de calentarlo.
Y así los cosmonautas entendieron una valiosa lección:
«Pensamos que este monstruo era diferente de nosotros, y después de todo
también ama, sufre o ríe»
Por eso se acercaron al marciano y le extendieron las manos. Y él, que tenía seis,
les dio la mano a los tres a la vez, mientras que con sus manos libres hizo gestos
de saludo.
CIENCIA FICCION
EL ASTEROIDE 2024
Era el 2175. Muchas cosas habían cambiado en la Tierra. El esquí lunar era la
nueva moda, y una multitud de pequeños planetas desconocidos hasta
entonces habían sido descubiertos y habitados.
Pero a pesar de este progreso, algunas cosas no habían cambiado. Los niños que
se portaban mal eran castigados y obligados a hacer grandes cantidades de
deberes aburridos, siempre bajo la estricta vigilancia de sus padres y profesores.
Un día el sabio, Gramaticus Cartapus, reflexionaba sobre cosas de sabio…
Tampoco tenía mucho más que hacer, ya que era el único habitante del
asteroide 2024.
Las madres robot eran muy similares a las humanas, pero mucho menos serias y
estrictas. No regañaban, no te tiraban de las orejas, no tenían que obligarte a
hacer los deberes, no gritaban, no castigaban, no privaban del postre, no
prohibían la televisión ni los videojuegos, dejaban comer helados y chocolate,
incluso antes de las comidas, y no revisaban si te habías bañado o lavado las
manos. Siempre sonreían, daban besos electrónicos y repetían con voz sintética:
– ¡Muy bien! – ¡Qué bien! – ¡Fantástico!… El sabio Gramaticus se frotaba las
manos alegremente al ver a sus madres y padres robots y pensar cómo
gustarían a los niños.
Pocos días después, en todas las pantallas de la Tierra se pudo ver este
anuncio:
«Asteroide 2024 el lugar donde no te regañan
¿Quieres comer chuches antes de cenar? ¿Jugar descalzo? ¿Estás harto de
hacer deberes?
Deja de vivir como en el año 2019 y marca el código d549d7/*-*-*+878
Grammaticus Cartapus te invita a su asteroide»
Un día, Enricus Hartus, un niño de siete años, muy desobediente, estaba
harto, HARTO de sus padres, HARTO de los deberes escolares, HARTO del
pescado cocido, HARTO de lavarse los dientes… Así que cuando vio el anuncio,
no lo dudó y marcó el código secreto e inmediatamente el sabio Cartapus
apareció en su habitación.
– ¡Ven conmigo al asteroide! – dijo Carpatus. – No hay pescado, ni judías, no hay
que acostarse a las ocho, puedes comer patatas fritas todo el día y no hay que
hacer deberes. ¡No te arrepentirás!
Enricus-Brutus quedó convencido al oír esas palabras. Después de treinta
segundos de viaje (tiempo medio de un viaje interplanetario en 2175), unos
padres robóticos estaban esperándoles para recibirles con una sonrisa.
– <<Hola, bienvenido ¿quieres merendar?>>
Cartapus hizo sonar la sirena especial para reunir a todas las madres y padres
robots en su taller… ¡Había que reajustar estas máquinas urgentemente!
Poco a poco, todos los niños que habitaban el Asteroide 2024 comenzaron con
dolores de barriga… Luego vinieron los lloros y los «quiero irme a casa»…
Cartapus, un sabio interestelar… No alcanzaba a comprender qué pasaba. Con
las prisas, olvidó terminar de reprogramar los robots, así que los mandó a
medio ajustar a sus casas para que cuidaran de los niños…
Pero la cosa fue a peor. Los robots, cocinaban la ropa, cortaban las pantallas,
hacían batido de tierra y colocaban la cama en la bañera… ¡Todo un desastre!
Cartapus abrió su nave espacial tamaño familiar y fue recogiendo uno a uno a
todos los niños que habitaban el asteroide.
El planeta terminó explotando: ¡una gran llamarada! Justo unos minutos
después de que la nave de Carpatus con todos los niños dentro pusiera rumbo
a la Tierra.
Al pisar suelo terrícola, los niños saltaron a los brazos de sus verdaderas
madres y padres, saboreando las caricias que en nada se parecían a las frías
manos robóticas, sus besos, que no eran necesariamente uno en la frente y dos
en las mejillas, sino también en el pelo o la nariz. Entonces se escuchó:
– ¡Mamá, me regañas cuando no hago los deberes por favor!
– ¡Tráeme algo de pescado! ¡Y ensalada!
– ¡Dame el cepillo de dientes!
– ¡Quiero acostarme temprano!
Todos los niños del asteroide 2024 pidieron reglas y felicitaciones sinceras,
algunos dulces pero no demasiados. Ya no era posible pasar los días comiendo
chocolate y pizzas, jugando a juegos de ordenador sin hacer nada más. Porque el
chocolate sabe aún mejor si se come después de la sopa y el pescado. Así es
como los papás y mamás robot desaparecieron para siempre y las verdaderas
mamás y papás volvieron a cuidar de sus hijos
¿Qué le pasó a Cartapus? Bueno, también vino a la Tierra… y decidió no volver
a tratar de reemplazar a los padres por tontos robots.
CIENCIA FICCION
EL GRAN VIAJE DE ROK
Estaba tan intrigado que pisó a tope el acelerador y se aproximó para verlo mejor.
Como la mitad estaba a oscuras se situó frente a la zona iluminada por el sol, a
una distancia adecuada para poder hacer una buena valoración.
– ¡Vaya, qué interesante! Distingo zonas montañosas casi desérticas, pero
también grandes áreas verdes cubriendo la superficie. Y esas extensiones
azules… ¿serán océanos?
Rok estaba absolutamente fascinado.
– Aunque es arriesgado, si no bajo a explorar me arrepentiré toda la vida.
Eligió un punto al azar e inició la maniobra de descenso. En cuanto aterrizó
apagó el motor, se quitó las gafas, abrió la escotilla, y antes de salir asomó la
cabeza para comprobar si la zona era peligrosa.
– Mis antenas no detectan ni señales extrañas ni la presencia de posibles
enemigos. ¡Vamos allá!
Rok abandonó la nave de un salto y se quedó maravillado al comprobar que,
bajo un cielo azul salpicado de nubes como jirones de algodón, se extendía una
maravillosa y exótica playa tropical. Acababa de llegar al planeta Tierra.
– ¡Ay madre!… ¡Esto sí es un verdadero paraíso!
Durante unos minutos no pudo ni moverse, sobrecogido como estaba por tanta
belleza. Cuando pudo reaccionar, dejó atrás la nave y comenzó a dar pasitos
cortos en dirección al mar. ¡No te puedes imaginar el placer que le produjo
caminar sobre la arena blanca templada por el sol y respirar aire fresco con
aroma a sal!
– ¡Qué gozada! Es el lugar más hermoso que he visto en tres siglos de vida.
Rok echó la cabeza hacia atrás, metió la botella en la boca, la trituró con sus
potentes mandíbulas alienígenas, y la engulló.
– ¡Oh, sí, estaba deliciosa!
El extraterrestre notó cómo se reactivaba la corriente en el interior de sus
cables conectores.
– Gracias a este aperitivo me siento un poco mejor. Voy a ver si hay más.
Rok se adentró en el mar y vio que el fondo estaba plagado de botellas de
detergente vacías, latas oxidadas, trozos de cristales, y muchos otros artículos
contaminantes que seres humanos sin escrúpulos habían tirado al agua. Esos
desperdicios, llegados de lugares supuestamente civilizados a través de las
corrientes marinas, eran para Rok auténticos alimentos ‘gourmet’.
– Estos plásticos, neumáticos y objetos de latón son dignos de un banquete de
lujo. Decidido: ¡me quedo en este planeta para siempre!
Desde ese lejano día, el pequeño y curioso extraterrestre Rok habita entre
nosotros, y aunque él no lo sabe porque nadie se lo ha contado, cada vez que
come está haciendo un gran favor al medio ambiente. De hecho, hay quien
sospecha que, gracias a esa ‘labor de mantenimiento’, el rinconcito en el que
vive es uno de los más limpios y hermosos que existen en nuestro querido
planeta Tierra.
¡Ah! ¿que quieres saber cuál es? Siento decirte que no lo sé, pero te sugiero
que si alguna vez tienes la oportunidad de visitar una playa solitaria, de esas
que parecen de película, te fijes bien en sus aguas cuando vayas a bañarte. Si
son cristalinas y casi no tienen desperdicios, mira a tu alrededor por si ves
algún alienígena verde durmiendo la siesta bajo el sol.
CIENCIA FICCION
EL SECRETO DE SAÚL
Saúl era un niño que vivía rodeado de comodidades y privilegios. Su padre era un
experto cirujano y su madre una escritora de éxito, así que la familia residía en una
enorme casa con jardín, piscina y un garaje en el que dormían dos coches de alta
gama. A sus once años no le faltaba de nada: vestía a la última moda, tenía un cuarto
privado repleto de juegos, y en la pared de su dormitorio colgaba una televisión tan
grande que más bien parecía una pantalla de cine.
A pesar de su gran fortuna, Saúl se pasaba el día con el ceño fruncido y mostrando una
actitud tan apática que daba la sensación de estar enfadado con el mundo.
Últimamente no soportaba madrugar y odiaba tener que ir al colegio cinco días por
semana, sobre todo porque su profesor le parecía un señor insoportable y cada vez
hablaba menos con sus compañeros de aula. ¿Para qué fingir que sus temas de
conversación le parecían interesantes?… Por si esto fuera poco, ni una sola asignatura
atraía su atención. Malgastaba el tiempo mirando a las musarañas y abriendo la boca
para soltar ruidosos bostezos cada dos por tres.
Si hacía buen tiempo, cuando a las tres terminaba la jornada escolar, Saúl cruzaba la
calle cargado con su mochila y caminaba un corto trecho hasta llegar al Parque de los
Almendros. Era su lugar favorito para desconectar de los problemas de matemáticas y
la larga lista de capitales de países que le obligaban a memorizar. Una vez allí, solía
sentarse en un banco de madera desde el cual podía contemplar una panorámica
preciosa de la arboleda y del lago con forma de corazón donde siempre chapoteaban
unas cuantas familias de patitos.
Sucedió que, una de esas tardes, se acercó a su banco habitual, tomó asiento, y al
mirar al frente descubrió que a pocos metros habían colocado una estatua de mármol
blanco. Le llamó mucho la atención, pues representaba la figura de un niño de su
edad, descalzo y cubierto de harapos, que parecía mirarle fijamente.
– ¡Qué estatua tan deprimente! Podían haber puesto la figura de un príncipe o una
diosa romana en vez de la de un andrajoso mendigo.
Según pronunció estas palabras, escuchó una voz infantil.
– ¿De verdad crees que solo soy un trozo de piedra al que un escultor ha dado forma?
Saúl dio un respingo y su corazón empezó a latir a toda velocidad. Tras unos segundos
de desconcierto, se abanicó con la palma de la mano y trató de recomponerse. ¡El
calor de esos primeros días de verano le estaba haciendo delirar!
– ¡Qué susto! Por un momento pensé que la estatua me estaba hablando. ¡Será mejor
que me vaya!
Saúl miró de izquierda a derecha por si algún paseante había oído lo mismo que él,
pero sorprendentemente nadie parecía percatarse de nada. Atemorizado, anduvo unos
pasos y se situó junto a la escultura anclada al pequeño pedestal. A simple vista
calculó que el chico de piedra tenía su misma edad y estatura, pero cuando lo miró
con más detenimiento se estremeció porque se parecía muchísimo a él: la misma
forma ovalada del rostro, los ojos rasgados, la nariz respingona heredada de su
abuelo… ¡Era una réplica casi perfecta de sí mismo!
Se le ocurrió que quizá todo era parte de un programa de televisión de esos que
gastan bromas pesadas a la gente que va tan tranquila por la calle, así que se fijó en
los árboles cercanos por si entre las ramas localizaba alguna cámara oculta. No vio
nada extraño y se le erizó la piel. La situación comenzaba a producirle pavor.
Saúl obedeció. Aparentemente la estatua era como otra cualquiera: dura, fría e
impasible, pero la escuchaba hablar como si fuera un humano de carne y hueso.
¿Cómo era posible? ¿Utilizaba un sistema de telepatía? ¿Alguien la dirigía desde una
torre de control? ¡Estaba tan perplejo que ya no era capaz de distinguir si las palabras
le entraban por las orejas o iban directamente a su cerebro!
– La historia es muy larga de contar, pero para resumir te diré que soy el resultado de
un impresionante experimento científico.
A Saúl empezaron a temblarle las piernas como flanes y se puso tan nervioso que
creyó que iba a desmayarse.
– ¿Un experimento? ¿Cómo esos que salen en las pelis de ciencia ficción?
– No, no lo es, pero se requieren muchos años de trabajo para desarrollar un proyecto
tan complejo.
– ¡Ah! ¿Sí?
A Saúl la historia le sonaba a pura fantasía, pero estaba tan intrigado que no podía
dejar de escucharla.
– Lo primero que han tenido que hacer es instalar un sistema de radares especiales en
todos los barrios de la ciudad.
– Para detectar las emociones de las personas desde que nacen hasta el día que
comienzan su vida adulta, es decir, durante toda la infancia y adolescencia. Si algún
radar registra que algún niño o joven necesita ayuda, el centro de investigación pone
en marcha el Plan de Rescate Emocional.
– ¿Y qué es lo que hacen exactamente? ¿Te pinchan con jeringas gigantes? ¿Te meten
en cabinas para recibir ondas de choque? ¿Te rodean la cabeza con cables y te
conectan a un generador eléctrico?
– ¡Ja, ja, ja! ¡Qué va! ¡Menudas ocurrencias tienes! Los métodos para sanar emociones
son muy variados y ninguno duele ni nada parecido. En tu caso, han decidido fabricar
una estatua con tus rasgos utilizando una impresora 3D y un dispositivo de sonido de
última generación. O sea… ¡yo!
– Pues que he venido para ayudarte. ¡Me han diseñado exclusivamente para ti!
– ¡¿Qué?!
– Lo que oyes. Estoy aquí para tener una charla contigo porque soy tu medicina
emocional.
– Sí, tienes razón. Soy una versión un poco diferente de ti. Digamos que represento lo
que podrías haber sido tú si no hubieras nacido en una familia rica y de buena
posición. ¿Alguna vez has pensado cómo sería vivir en un barrio pobre, en una casa
sin agua ni calefacción? ¿Te imaginas tu vida sin chocolate, sin tu reproductor de
audio digital o sin esas zapatillas tan modernas que calzas?
– Pues muchos chicos de tu edad viven con muy poco, yo diría que con casi nada, en
muchísimos lugares del mundo. De hecho, no hace falta salir de nuestra ciudad para
encontrarlos.
– ¡Desde luego que no! Nadie elige dónde nace y hay personas con más suerte que
otras desde la cuna, pero todos tenemos la capacidad de cambiar ciertas cosas
haciendo un pequeño esfuerzo.
– Nuestros radares han detectado que tú, teniéndolo todo, padeces una gran
insatisfacción.
Por alguna razón, el niño tuvo ganas de desahogarse con ese extraño compañero de
conversación.
– ¡Bravo, reconocerlo ya es un paso! ¿Por qué crees que te sucede algo así?
– Estás afligido, desganado, y estar mal contigo mismo también te aleja de la gente.
Sé que ya no te queda más que un buen amigo.
– Pues me conformaría con menos cosas materiales a cambio de estar más con Jorge,
como en los viejos tiempos.
– No es mala idea…
A Saúl casi se le corta la respiración. Allí estaba él, parado en medio del parque,
preguntándose si todo había sido un sueño, una alucinación, o simplemente se
estaba volviendo majareta. En cualquier caso, tuvo la sensación de que en su interior
algo había cambiado, como si se hubiera encendido una lucecita al final de un oscuro
túnel.
Se fue corriendo a casa, llamó por teléfono a su amigo Jorge y le contó lo que tenía
pensado hacer.
Media hora después, los dos niños se pusieron a abrir armarios y a seleccionar
muñecos, juegos, puzles… Un montón de cosas más que llevaban años olvidadas en
los cajones. Lo metieron todo en bolsas y después fueron al porche de la entrada. Saúl
quería pedir consejo a su padre.
– Papá, quiero donar muchos de mis juguetes. ¿Podrías acercarnos a algún lugar donde
los necesiten de verdad?
El hombre, que estaba tumbado en una hamaca leyendo una novela, respondió
entusiasmado:
– Si mis cálculos no fallan, ahora mismo está abierto. Creo que nos dará tiempo.
¡Vamos!
Se dieron prisa en cargar el maletero del coche y acudieron a la sede de una ONG que
se dedicaba a recoger juguetes de segunda mano. Germán, el director, les recibió con
los brazos abiertos.
– Una parte se repartirá por diferentes hospitales para que los niños enfermos puedan
entretenerse durante el tiempo que estén ingresados. ¡No os imagináis cuánto les
beneficia y ayuda a superar los malos momentos!
Saúl tuvo que hacer un gran esfuerzo para no ponerse a llorar, desbordado por la
emoción.
Germán se rio.
Saúl y Jorge se abrazaron. Acababan de hacer algo realmente bonito por los demás y
los dos sintieron que ese acto reforzaba su amistad.
– Gracias por tu ayuda, Jorge. Ha sido genial pasar el día contigo organizando todo
esto.
– ¡De nada, amigo! Si te parece, la semana que viene podrías venir tú a mi casa y
ayudarme a revisar mis cosas. ¡Seguro que conseguiremos llenar algunas cajas más
para traerle a Germán!
– ¡Por supuesto!
– Dime, hijo.
– Hoy me he dado cuenta de lo afortunado que soy. No tengo derecho a estar todo el
día quejándome por tonterías.
– Me alegra que digas eso, Saúl. Nunca es tarde para pararse a valorar las cosas que
de verdad merecen la pena, y lo bonito que es ser solidario con los que menos tienen.
– Creo que de mayor quiero ser como Germán. ¡A partir de mañana estudiaré mucho y
algún día haré algo grande por los demás!
– Eso es fantástico, cariño. Aún eres pequeño, pero a lo largo de los años irás
descubriendo tu vocación; si al final te decides por una profesión que sirva para
mejorar el mundo, tu madre y yo nos sentiremos muy orgullosos.
De camino al hogar pasaron por delante del Parque de los Almendros. Saúl acercó su
carita al cristal de la ventanilla y, a pesar de que estaba anocheciendo, distinguió su
banco favorito, la gran arboleda y el brillo del lago al fondo. Sin retirar la mirada,
preguntó a su padre:
– Papá, ¿piensas que hoy en día existen radares potentes que controlan las mentes de
los humanos?
– ¡Lo digo en serio! ¿Crees posible que los habitantes de esta ciudad seamos parte de
un gigantesco experimento científico?
– ¡Ja, ja, ja! ¡Ay, hijo, qué cosas tan raras se te pasan por la cabeza! ¡Creo que deberías
ver más documentales de historia y menos cine fantástico!
A Saúl se le escapó una sonrisilla y, en ese mismo instante, decidió que guardaría su
pequeño gran secreto el resto de su vida.
INDICE
TERROR
1.-La pata de mono
2.-El pantano de la luna
SUSPENSO
3.-Yaguaí
4.-Alambre de púa
5.-El alquimista
CIENCIA FICCION
6.-Ernestus, el robot filosófico
7.-Los tres cosmonautas
8.-El asteroide 2024
9.-El gran viaje de ROK
10.-El secreto de Saúl