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Ernestus: El Robot Filosófico de Modernia

La historia trata sobre tres cosmonautas que viajan al espacio para explorar otros planetas como Marte. Anteriormente se habían realizado pruebas con perros y satélites, pero ahora serán los primeros humanos en realizar esta exploración espacial de manera pionera.
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Ernestus: El Robot Filosófico de Modernia

La historia trata sobre tres cosmonautas que viajan al espacio para explorar otros planetas como Marte. Anteriormente se habían realizado pruebas con perros y satélites, pero ahora serán los primeros humanos en realizar esta exploración espacial de manera pionera.
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CIENCIA FICCION

ERNESTUS, EL ROBOT FILOSOFICO


Esta historia viene de un país lejano, más allá e la Galaxia Centuria Laudi 489, pasando por el
cinturón de Orión, incluso más lejos del mar de asteroides de plata, en la inmensa oscuridad de la
garganta del cráter Mobidub74, había una civilización ancestral que habitaba esas tierras desde
los orígenes del universo. Su era nombre Modernia.

Allí había muy buenos artesanos, expertos en la fabricación de magníficas baterías llenas de
energía.Todo transcurría sin problemas en Modernia, todos los días los artesanos se levantaban,
construían nuevas baterías y todas las noches las colocaban con orgullo en sus tiendas.
Un día, sin embargo, surgió un problema: los habitantes tenían tantas baterías que ni siquiera
sabían dónde ponerlas… ¡los almacenes estaban llenos y, lo que es más triste, no había nadie
con quien compartir toda esa energía!
Pensaron y repensaron, finalmente tuvieron una gran idea: ¡construir robots para usar esas
baterías!

En poco tiempo, robots de todo tipo y carácter comenzaron a vagar por Modernia: había robots
larguiruchos llenos de muelles, pequeños robots regordetes con muchas luces, rebots de varias
manos, otros tenían dos cabezas, algunos andaban muy deprisa, otros volaban…
Más que nada en el mundo, a los robots les encantaban las baterías eléctricas, sobretodo las que
se fabricaban en Modernia. Les daba la fuerza para caminar, hablar y pensar, en resumen, les
dieron la energía para vivir. Para los robots, nada era mejor que una batería nueva, porque cuanto
más nueva era la batería, más energía podían recibir. Era como la comida para los humanos.
Los artesanos, que respetaban y querían mucho a sus amigos robots, siempre trataron de
mejorar la calidad de las baterías que fabricaban, convencidos de que apreciaban esa
atención y que de alguna manera los robots algún día se la devolverían.
Pero, en realidad, los robots sólo estaban allí porque necesitaban las baterías para vivir, les daba
igual dónde o cómo conseguirlas….
Las baterías, almacenadas en los depósitos, estaban disponibles para todos los robots que
pudieran recogerlas por sí mismos. Los robots sólo necesitaban una batería para vivir, y si se
pasaban de glotones y trataban de conectarse a dos, podían estropearse y fundirse los plomos.
Por eso había un gran letrero en la pared del almacén que decía: «¡No te pongas más de una!
¡Podrías hacerte daño!».

Un robot llamado «Notesacias» fue una vez al depósito debido a su incapacidad para conformarse
con las baterías que usaba. Había leído esa advertencia muchas veces pero, desde hacía algún
tiempo, había empezado a pensar que los artesanos tenían que ser algo tacaños y que, sólo por esta
razón, no permitían que los robots llevaran más de una batería. Ese día había decidido no obedecer
más la señal: así que miró a su alrededor y cuando nadie lo vio, cogió dos baterías, las instaló
y… ¡PUM! ¡Todos los circuitos se fundieron!
Cuando los otros robots encontraron a su compañero en ese estado, inmediatamente comenzaron
a rebelarse: «¡Los artesanos lo hicieron a propósito! ¡Le dieron una batería en mal estado!
Sólo un robot, llamado «Ernestus», defendió a los habitantes de la ciudad: «Ellos no son los
culpables, el culpable fue el robot Notesacias que se colocó dos baterías y ahora tendrá que ir al
mecánico a que le arreglen por completo.
Pero aunque Ernestus tenía razón, la gran mayoría de robots estaba enfadada y no era
capaz de entrar en razón. Sus discos duros estaban echando chispas.
Después de este acontecimiento, la vida de los habitantes de la ciudad cambió rápidamente. Los
robots se volvieron antipáticos y maleducados y los artesanos sufrían de ese comportamiento
injusto. Los robots les decían: «¡Fuera de la ciudad, eres un inútil! ¡No te necesitamos!».
Sus cerebros de tostadora no entendían que sin el trabajo de los artesanos, ninguno de los robots
habría sobrevivido todo este tiempo. No se daban cuenta de que sus baterías eran hechas por las
manos de esos hombres bajitos de barbas blanca y esas mujeres de estrafalarios peinados.
Ernestus, que era sin duda el robot más inteligente y bueno de la galaxia, siempre pensaba
ayudar a los demás, sin importar si eran humanos o robots. Así que encontró una solución para
evitar que los malos humos de los robots hicieran daño a los artesanos.
Como era un robot filosófico, encontró las palabras perfectas para convencer a las dos
partes.

Les propuso a los artesanos irse a otro lugar, para demostrar a los robots que les necesitaban. Para
ello, llenaron todas las baterías que había en Modernia en un almacén, y sobre ese almacén
pusieron un gran faro de rayos láser. Si en algún momento, los robots querían que los artesanos
volvieran a la ciudad, solo bastaría con encender aquella luz.
Los artesanos entendieron perfectamente el plan de Ernestus, se montaron en sus motos
espaciales…
Y se fueron…
Al ver desaparecer en el infinito horizonte del Universo a los artesanos, los robots estallaron de
júbilo. Pensaron que tenían razón, ya que ellos habían ganado la discusión, y que por pegar gritos
y hacerse las víctimas de los artesanos, estos habían sido vencidos y ahora todo Modernia era
suyo, repleto de jugosas baterías, sin reglas estúpidas de cuántas se podían un robot conectar.
Todo parecía salir victorioso para los robots, mientras tanto, Ernestus aguardaba en lo alto de la
torre de luz, sobre el almacén de baterías.
Allí pudo ver cómo poco a poco las despensas se iban agotando, y el almacén cada vez estaba
más vacío.
Pasaron los años, en los que Ernestus se dedicó a reparar a los robots que quedaban dañados
por tratar de conectarse varias baterías. Mientras tanto, el resto de la población robótica seguía
disfrutando de su triunfo sobro los artesanos, creían que todo este tiempo sin necesitarles,
afianzaba más todavía, que ellos tenían razón.
Además, pensaban que el incidente que sufrió Notesacias era evidentemente causado por los
artesanos, porque…

¿Cómo era posible que ningún otro robot hubiera sufrido otro percance similar?

La respuesta, era sencilla. Ernestus se encargaba de recoger a los robots cuando por avaricia, se
fundían los circuitos al conectarse varias baterías. Después los reparaba en lo alto de su torre de
luz, les explicaba que había sucedido y ellos entendían que estaban enormemente equivocados.
Como Ernestus era muy sabio y paciente, les convencía para que se quedaran en la torre con
ellos, que no volvieran a salir de ella y que esperaran pacientemente junto a él.
Así fueron pasando los días, los meses, los años. Llegó un momento en que casi había la misma
cantidad de robots en Modernia que en la torre de Ernestus.
Y por fín, la última batería se agotó… El almacén había quedado vacío.

Fue entonces cuando cundió el pánico entre los habitantes robóticos de Modernia, que comenzaron
a gritar y a corres despavoridos por todo el país «¿Qué hacemos ahora?» «No quedan baterías»
Con ello, lo que consiguieron fue agotar la energía que les quedaba y uno a uno se fueron
apagando todos los robots de Modernia, para siempre…

¿Todos?

No, Ernestus y sus aliados, aguardaban este día escondidos en su torre de luz.
Uno a uno, fueron conectándose a los enchufes de la torre, para así poder cargar la batería
central del foco. Pasadas unas horas, el rayo láser atravesaba la galaxia en busca de los
Artesanos nómadas que habían estado vagando con sus motos por todo el Universo desde
entonces.
Cuando vieron a lo lejos el destello de luz, no tuvieron que mediar palabra entre ellos. Todos
comprendieron que el plan de Ernestus había funcionado a la perfección y volvieron corriendo
a Modernia.
Al llegar, el panorama era desolador, cientos y cientos de robots sin batería, tirados por la calle.
Poco a poco, los robots que se habían quedado con Ernestus, los artesanos y el propio Ernestus,
recargaron las baterías de todos los habitantes de Modernia… Que entonces comprendieron lo
que Ernestus les quería decir hacía tiempo atrás.
Todos entendieron que los artesanos eran inocentes, y que demás eran los que les permitían
seguir viviendo en Modernia. Los robots juraron lealtad y amistad a los artesanos de por vida y
desde entonces, reina la paz y la armonía en aquel remoto país, que desde ese día, cambió su
nombre por el de «Ernestus» en honor al sabio robot filosófico que les cambió la vida.
CIENCIA FICCION
LOS TRES COSMONAUTAS

Había una vez una Tierra. Y al mismo tiempo, un planeta llamado


Marte. Estaban muy lejos el uno del otro, en medio del cielo, y a su alrededor
había millones de planetas y galaxias.

La gente de la Tierra quería ir a Marte y a los otros planetas: ¡pero estaban tan
lejos!
Sin embargo, no cesaron en su empeño. Primero lanzaron satélites que dieron
la vuelta a la Tierra durante dos años y luego volvieron. Luego lanzaron
cohetes que dieron la vuelta a la Tierra unas cuantas veces, pero en lugar de
regresar, terminaron escapando de la atracción de la gravedad y se dirigieron
al espacio. Después de varios años merodeando por el espacio, volvían a la
Tierra… Pero había un problema.
Al mando de estos cohetes iban perros

Pero los perros no podían hablar, y en la radio de la estación espacial solo se


podía oír «guau guau» así que nadie entendía lo que habían visto y lo lejos que
habían llegado.
Por fin encontraron hombres valientes que querían ser cosmonautas. Los
cosmonautas tenían este nombre porque iban a explorar el cosmos, que es el
espacio infinito con los planetas, las galaxias y todo lo que les rodea.
Los cosmonautas se fueron y no sabían si volverían o no. Querían conquistar
las estrellas para que un día todos pudieran viajar de un planeta a otro, porque
la Tierra se había vuelto demasiado estrecha y la población mundial crecían
cada día.
En una hermosa mañana, tres cohetes de tres puntos diferentes dejaron la
Tierra.
El primero fue un americano, que silbó alegremente una pegadiza
canción country mientras se alejaba.
En el segundo había un ruso que cantaba con voz grave una comparsa
tradicional.
En el tercero, un chino, que cantó una hermosa canción ancestral.

Cada uno quería ser el primero en llegar a Marte, para demostrar que era el más
valiente.
Como los tres eran valientes, llegaron a Marte casi al mismo tiempo. Bajaron
de sus naves con casco y traje espacial… Y descubrieron un paisaje
maravilloso y perturbador: el terreno estaba surcado por largos canales llenos
de agua verde esmeralda. Había extraños árboles azules con pájaros nunca
antes vistos, con plumas de colores muy extraños. Allí en el horizonte había
montañas rojas que emitían extraños destellos.

Los cosmonautas miraban el paisaje, se miraban unos a otros, y se mantenían


separados, cada uno desconfiando de los demás. Entonces llegó la noche.
Había un extraño silencio alrededor, y la tierra brillaba en el cielo como si fuera
una estrella lejana. Los cosmonautas se sintieron tristes y perdidos en la
oscuridad.
Pero inmediatamente entendieron que estaban sintiendo lo mismo. Sonreían por
primera vez desde que habían pisado el extraño planeta.
Al rato encendían juntos un hermoso fuego y cada uno cantaba canciones de
su país.
Finalmente, llegó la mañana
Y hacía mucho frío…
De repente, un marciano salió de entre un grupo de árboles. ¡Su aspecto era
terrible! Era de un color verde viscoso, hacía daño a los ojos de lo que brillaba,
tenía dos antenas en el lugar de las orejas, un tronco y seis brazos. Los miró y
dijo: ¡Grrr!
En su lengua quería decir:
«Hola seres extraños ¿os habéis perdido?»

Pero los terrícolas no le entendieron y pensaron que era un rugido de guerra. Era
tan diferente de ellos que no podían entenderlo. Los tres sintieron
inmediatamente miedo por si les atacaba…
Ante ese monstruo, sus pequeñas diferencias desaparecieron. ¿Qué importaba
si hablaban otro idioma? Comprendieron que eran los tres seres humanos. El
otro no. Era demasiado diferente, y los terrícolas pensaban que aquello que no
entienden era malo. Por eso decidieron reducirlo a polvo atómico con sus rayos
espaciales…
Cuando los tres cosmonautas se habían armado de valor y estaban apuntando
al monstruoso alien… Algo extraño sucedió.
De entra las sombras, apareció un hermoso pájaro de muchos y brillantes
colores, volaba con dificultad porque parecía tener algo viscoso enredado
entre sus alas. Se movía haciendo gestos de dolor y su cara reflejaba el
agotamiento de tratar de luchar contra aquella situación. Cuando revoloteaba
sobre las cabezas de los cosmonautas, el pájaro cayó agotado contra el suelo,
haciendo un estrepitoso ruido. Justo quedo entre medias del marciano y los
cosmonautas.
Rápidamente, el alienígena se movió con pasos torpes hacia el animal, los tres
cosmonautas, asustados, agarraron fuerte sus rayos láser, pensando que el
alien iba a devorar aquel pobre pajarillo.
Para cuando se dieron cuenta, el alienígena estaba emitiendo unos extraños
ruidos gruturales, que con tan solo observar detenidamente, los tres
cosmonautas entendieron que se trataba de un llanto.
Y los terrícolas de repente se dieron cuenta de que el marciano lloraba a su
manera, igual que los humanos.
Luego lo vieron inclinarse hacia el pájaro y sostenerlo en sus seis brazos,
tratando de calentarlo.
Y así los cosmonautas entendieron una valiosa lección:
«Pensamos que este monstruo era diferente de nosotros, y después de todo
también ama, sufre o ríe»

Por eso se acercaron al marciano y le extendieron las manos. Y él, que tenía seis,
les dio la mano a los tres a la vez, mientras que con sus manos libres hizo gestos
de saludo.

CIENCIA FICCION
EL ASTEROIDE 2024

Era el 2175. Muchas cosas habían cambiado en la Tierra. El esquí lunar era la
nueva moda, y una multitud de pequeños planetas desconocidos hasta
entonces habían sido descubiertos y habitados.

Pero a pesar de este progreso, algunas cosas no habían cambiado. Los niños que
se portaban mal eran castigados y obligados a hacer grandes cantidades de
deberes aburridos, siempre bajo la estricta vigilancia de sus padres y profesores.
Un día el sabio, Gramaticus Cartapus, reflexionaba sobre cosas de sabio…
Tampoco tenía mucho más que hacer, ya que era el único habitante del
asteroide 2024.

«¿Cómo puedo hacer que haya niños aquí?»


Se preguntaba Cartapus en voz baja, cada vez que se asomaba a la ventana y
veía su solitario planeta… Entonces se quedaba imaginando cómo sería
escuchar el resonar de risas y juegos de niños de todas las edades, corriendo y
divirtiéndose por los jardines del asteroide en el que vivía.
Para que el Asteroide 2024 fuera un lugar que llamase la atención a los
niños, Cartapus debía saber lo que más les gustaba. El sabio instaló en su
laboratorio una «pantalla de control» que analizaba los sueños de los niños de
la Tierra. Y esos sueños eran claros: televisión, helados, pizzas, videojuegos,
sin castigos, sin deberes, sin pescado hervido, sólo jugar y divertirse.
Estaba decidido a eliminar los castigos, los fastidiosos deberes, las coles, las
espinacas y las lechugas, y también las frases «Porque te lo digo yo» y «Estás
castigado».
Para que Cartapus pudiera tener las risas y bromas infantiles merodeando por
su asteroide, tenía que convencer a los niños de que era un lugar mucho más
divertido que la Tierra, pero también, debía encargarse de que hubiera padres y
madres para cuidar a esos niños… ¡Qué petardez tener que hacerse cargo él de
todo!
Después de muchos años de duro trabajo, Grammaticus Cartapus finalmente
salió de su laboratorio con una sonrisa en la cara. Había creado una nueva
raza de madres y padres electrónicos. Así atraería a todos los niños terrícolas
a su planeta y los robots se encargarían de ellos.

Las madres robot eran muy similares a las humanas, pero mucho menos serias y
estrictas. No regañaban, no te tiraban de las orejas, no tenían que obligarte a
hacer los deberes, no gritaban, no castigaban, no privaban del postre, no
prohibían la televisión ni los videojuegos, dejaban comer helados y chocolate,
incluso antes de las comidas, y no revisaban si te habías bañado o lavado las
manos. Siempre sonreían, daban besos electrónicos y repetían con voz sintética:
– ¡Muy bien! – ¡Qué bien! – ¡Fantástico!… El sabio Gramaticus se frotaba las
manos alegremente al ver a sus madres y padres robots y pensar cómo
gustarían a los niños.
Pocos días después, en todas las pantallas de la Tierra se pudo ver este
anuncio:
«Asteroide 2024 el lugar donde no te regañan
¿Quieres comer chuches antes de cenar? ¿Jugar descalzo? ¿Estás harto de
hacer deberes?
Deja de vivir como en el año 2019 y marca el código d549d7/*-*-*+878
Grammaticus Cartapus te invita a su asteroide»
Un día, Enricus Hartus, un niño de siete años, muy desobediente, estaba
harto, HARTO de sus padres, HARTO de los deberes escolares, HARTO del
pescado cocido, HARTO de lavarse los dientes… Así que cuando vio el anuncio,
no lo dudó y marcó el código secreto e inmediatamente el sabio Cartapus
apareció en su habitación.
– ¡Ven conmigo al asteroide! – dijo Carpatus. – No hay pescado, ni judías, no hay
que acostarse a las ocho, puedes comer patatas fritas todo el día y no hay que
hacer deberes. ¡No te arrepentirás!
Enricus-Brutus quedó convencido al oír esas palabras. Después de treinta
segundos de viaje (tiempo medio de un viaje interplanetario en 2175), unos
padres robóticos estaban esperándoles para recibirles con una sonrisa.
– <<Hola, bienvenido ¿quieres merendar?>>

Le habían preparado la mejor merienda que había visto: galletas rellenas de


chocolate, pastel de chocolate y una buena leche caliente con siete cucharadas
de azúcar. Enricus estaba muy contento. Más aún cuando su nueva madre
encendió tres televisores al mismo tiempo, dos consolas de videojuegos y una
gran torre de ordenador. Finalmente, su padre le dio una enorme botella de
refresco con millones de burbujas.
Enricus se tiró al sofá con sus sucias zapatillas de deporte, sin dar las gracias,
y soltó un estruendoso eructo. Mientras tanto, los padres habían ido a la cocina
a prepararle la cena: mousse de chocolate con helado de cinco sabores.
La vida en el asteroide 2024 para Enricus estaba llena de agradables
sorpresas todos los días. Por supuesto, continuó asistiendo al colegio del
asteroide, pero allí solo había que jugar, saltar, reír y comer dulces. Enricus no
tenía prisa por volver a la Tierra.
Todos los días, cuando volvía del colegio, la madre-robot le besaba, siempre los
mismos besos (uno en la frente, dos en las mejillas), encendía los tres
televisores, las dos consolas de juego, el ordenador, y se dirigía directamente a
la cocina para preparar el mousse de chocolate y las pizzas mientras el padre
le abría una botella de refresco burbujeante y aliñaba con chuches los
aperitivos. Por más que Enricus se portara mal, fuera maleducado o pusiera los
pies sucios encima del sillón, no había el más mínimo reproche por parte de
sus padres cibernéticos.
Lo mismo pasaba con los profesores robots… Con el tiempo, los niños habían
olvidado sumar, restar y leer… Pero aún así, ellos estaban contentos con su
alumnado y les premiaban con chocolatinas y otros dulces.
Enricus decidió dejar de ir al colegio. Un día entró en casa escoltado por un
policía-robot (había robado treinta y tres discos de una tienda y cuarenta kilos
de caramelos). Enricus pensó que sus padres iban a castigarlo. Pero nada de
eso ocurrió, todo lo contrario.
– <<Hola, bienvenido ¿quieres merendar?>>
Y otro día, cuando Enricus Hartus regresó más tarde de las nueve a casa, sin
un zapato y lleno de mugre… Su padre le recompensó con una doble ración de
patatas fritas.
Los niños, que se dieron cuenta de que todo era exactamente igual, dejaron de
ir a la escuela y de hacer cualquier cosa. Cuando la habitación estaba
desordenada, lo que siempre ocurría con frecuencia, solo tenían que seguir las
instrucciones de Cartapus: apretar el botón para iniciar el programa de
«limpieza».
– <<Gracias, mi amor>> decían sus padres. – <>

Una vez, Enricus llegó a casa a medianoche porque se quedó en casa de un


amigo jugando a juegos de ordenador.
– <<¿Ya estás ahí, mi amor? >> dijo mamá robot al verlo entrar… – <> añadió
su padre robot.
Enricus frunció el ceño: ¿así que ni siquiera estaban preocupados por mi? Su
verdaderos padres habrían tenido una gran discusión con él y le habrían
obligado a prometer que no lo volvería a hacer. Se recostó pensativo en la
cama, sintiendo una ligera molestia en el pecho.
Pronto las cosas se tornaron peor… Enricus tuvo indigestión por las patatas
fritas, el helado, el chicle y la pizza. En un día en que tenía un gran dolor de
estómago, se fue a ver a Cartapus.
– Ya he tenido suficiente», dijo Enricus. – Me siento mal, ya no puedo tragarme
ni media cucharada de helado.
El sabio Gramaticus se rascó la cabeza: no había pensado en los casos de
indigestión…
Esa misma noche, Enricus vio a sus padres robots dirigirse a la cocina y tomar
los ingredientes uno tras otro. Galletas, harina, trigo, chorizo, queso, yogures,
pimienta, sal, bandejas de azúcar, líquido del fregadero, servilletas…. Todo a un
rítmo frenético mientras repetían:
– <>
Luego corrieron hacia Enricus… ¡para ponerlo en la pizza también!
Enricus huyó a la casa de su amigo Marius, donde la madre-robot lo recibió:
– <<¿Te escapaste de casa? Estoy muy contenta. Ve a ver la tele y te traeré
pizza.>>
En su laboratorio, Gramaticus Cartapus se tiraba de los pelos muy nervioso:
¿por qué las cosas iban tan mal? ¿Por qué los niños no se sentían felices? ¿Por
qué estaban enfermos? La comida no les hacía bien a los pequeños terrícolas.
Se habían vuelto muy gordos, pálidos, sin músculos, y todos sus dientes se
estaban poniendo negros. Comprobó su «pantalla de control»: los sueños de los
niños habían cambiado. Ahora querían judías verdes, carne, pescado hervido,
calcio y proteínas. Querían acostarse temprano y cepillarse los dientes
después de comer.

Cartapus hizo sonar la sirena especial para reunir a todas las madres y padres
robots en su taller… ¡Había que reajustar estas máquinas urgentemente!
Poco a poco, todos los niños que habitaban el Asteroide 2024 comenzaron con
dolores de barriga… Luego vinieron los lloros y los «quiero irme a casa»…
Cartapus, un sabio interestelar… No alcanzaba a comprender qué pasaba. Con
las prisas, olvidó terminar de reprogramar los robots, así que los mandó a
medio ajustar a sus casas para que cuidaran de los niños…
Pero la cosa fue a peor. Los robots, cocinaban la ropa, cortaban las pantallas,
hacían batido de tierra y colocaban la cama en la bañera… ¡Todo un desastre!
Cartapus abrió su nave espacial tamaño familiar y fue recogiendo uno a uno a
todos los niños que habitaban el asteroide.
El planeta terminó explotando: ¡una gran llamarada! Justo unos minutos
después de que la nave de Carpatus con todos los niños dentro pusiera rumbo
a la Tierra.
Al pisar suelo terrícola, los niños saltaron a los brazos de sus verdaderas
madres y padres, saboreando las caricias que en nada se parecían a las frías
manos robóticas, sus besos, que no eran necesariamente uno en la frente y dos
en las mejillas, sino también en el pelo o la nariz. Entonces se escuchó:
– ¡Mamá, me regañas cuando no hago los deberes por favor!
– ¡Tráeme algo de pescado! ¡Y ensalada!
– ¡Dame el cepillo de dientes!
– ¡Quiero acostarme temprano!

Todos los niños del asteroide 2024 pidieron reglas y felicitaciones sinceras,
algunos dulces pero no demasiados. Ya no era posible pasar los días comiendo
chocolate y pizzas, jugando a juegos de ordenador sin hacer nada más. Porque el
chocolate sabe aún mejor si se come después de la sopa y el pescado. Así es
como los papás y mamás robot desaparecieron para siempre y las verdaderas
mamás y papás volvieron a cuidar de sus hijos
¿Qué le pasó a Cartapus? Bueno, también vino a la Tierra… y decidió no volver
a tratar de reemplazar a los padres por tontos robots.
CIENCIA FICCION
EL GRAN VIAJE DE ROK

El extraterrestre Rok estaba harto de vivir en Súlex, un planeta árido y


silencioso perdido en el universo. Cada día era igual que el anterior y ya no lo
soportaba más.
– Entre que somos pocos y no hay nada interesante que hacer, me aburro más
que una piedra pómez.

Acababa de cumplir trescientos años y, dado que su esperanza de vida era


milenaria, todavía se veía a sí mismo como un tipo joven con muchas ganas de
disfrutar y cumplir algunos deseos pendientes.
– Creo que salir de la rutina y conocer sitios nuevos me vendrá muy bien. ¡Ha
llegado el momento de concederme un capricho y lanzarme a la aventura!
¡Dicho y hecho! Para celebrar cifra tan redonda decidió tirar la casa por la
ventana y regalarse un viaje espacial. Si algo le apetecía con locura era ver
mundo, o mejor dicho, otros mundos.
En el planeta Súlex no había estaciones del año ni nada parecido, pero sus
habitantes sabían que cuando la luz del amanecer era anaranjada se daban las
condiciones perfectas para volar por el espacio. Por esa razón, Rok aguardó la
llegada de una mañana color salmón para cargar a tope la batería de su nave
último modelo y salir a investigar fuera de los límites conocidos.
– Al fin voy a realizar el viaje sideral que tantas veces he soñado. ¡Qué
emoción!
Los extraterrestres no necesitan traje de astronauta para volar y mucho menos
un casco que aplaste sus delicadas antenitas verdes, así que Rok solo tuvo que
ponerse unas gafas especiales para poder ver con claridad y pilotar seguro
entre tanto polvo cósmico.
– Ya estoy listo para partir. ¡Adiós, planeta Súlex!
Entró en su moderno platillo volante, cerró la escotilla, se sentó frente a la
complicada pantalla de mandos, y apretó un botón cuadrado que le puso en
órbita en un santiamén.
– Tres… Dos… Uno… ¡Despegue!
¡Rok estaba entusiasmado! Recorrer la galaxia a velocidad supersónica no era
cosa que uno pudiera hacer todos los días; pero además, tenía otra gran
motivación: quería ser el primero de su especie en alcanzar el sistema solar.
Tras muchas horas surcando el espacio, negro como la boca de un lobo, lo
consiguió.
– ¡Bravo, bravo! El camino ha sido largo, pero no hay nada imposible cuando
uno pone ilusión en el objetivo. En fin, veamos qué hay por estos lugares tan
alejados de mi civilización.
Rok fue pasando por delante de los planetas más importantes y vio que no
llegaban a la decena. Tras un rato observándolos detenidamente, tuvo que
admitir que se sentía decepcionado, pues excepto uno que tenía un enorme
anillo alrededor, todos le parecieron más o menos iguales.
– ¡Vaya, no es lo que yo me esperaba! Veo un planeta rojo lleno de dunas, otro
cubierto de cráteres, aquel pequeño donde debe hacer un frío terrible…
¡Aunque parezca mentira, ninguno es mejor que el mío!
Allí, en medio de la oscuridad solo salpicada por el fulgor de alguna estrellita
lejana, empezó a plantearse dar media vuelta.
– Nada por aquí, nada por allá… Si lo llego a saber no me muevo de casa. ¡Ni
siquiera veo una estación de hidrógeno líquido donde repostar!
Rok se dio cuenta de que su andanza interestelar estaba a punto de finalizar.
– De nada sirve engañarse, esto es lo que hay. Regresaré a casa antes de
quedarme sin combustible.
Iba a girar los mandos cuando de repente, al fondo a la derecha, divisó una
enorme esfera que destacaba entre las demás.
– Pero… ¡¿qué es eso?!
Para asegurarse de que no se trataba de un efecto óptico, achinó sus grandes
ojos saltones.
– Yo diría que se trata de un planeta, pero un planeta muy raro porque tiene
más colores que el resto de sus vecinos.

Estaba tan intrigado que pisó a tope el acelerador y se aproximó para verlo mejor.
Como la mitad estaba a oscuras se situó frente a la zona iluminada por el sol, a
una distancia adecuada para poder hacer una buena valoración.
– ¡Vaya, qué interesante! Distingo zonas montañosas casi desérticas, pero
también grandes áreas verdes cubriendo la superficie. Y esas extensiones
azules… ¿serán océanos?
Rok estaba absolutamente fascinado.
– Aunque es arriesgado, si no bajo a explorar me arrepentiré toda la vida.
Eligió un punto al azar e inició la maniobra de descenso. En cuanto aterrizó
apagó el motor, se quitó las gafas, abrió la escotilla, y antes de salir asomó la
cabeza para comprobar si la zona era peligrosa.
– Mis antenas no detectan ni señales extrañas ni la presencia de posibles
enemigos. ¡Vamos allá!
Rok abandonó la nave de un salto y se quedó maravillado al comprobar que,
bajo un cielo azul salpicado de nubes como jirones de algodón, se extendía una
maravillosa y exótica playa tropical. Acababa de llegar al planeta Tierra.
– ¡Ay madre!… ¡Esto sí es un verdadero paraíso!
Durante unos minutos no pudo ni moverse, sobrecogido como estaba por tanta
belleza. Cuando pudo reaccionar, dejó atrás la nave y comenzó a dar pasitos
cortos en dirección al mar. ¡No te puedes imaginar el placer que le produjo
caminar sobre la arena blanca templada por el sol y respirar aire fresco con
aroma a sal!
– ¡Qué gozada! Es el lugar más hermoso que he visto en tres siglos de vida.

Estaba feliz y emocionado cuando, súbitamente, empezó a encontrarse fatal.


– ¡Uy, vaya, creo que me voy a desmayar! Imagino que es porque hace
muchísimas horas que no como nada.
A diferencia de la Tierra, donde reina la naturaleza, en Súlex no existen los
seres vivos, ni los animales ni las plantas, y por eso sus únicos habitantes, los
extraterrestres, se alimentan a base de productos sintéticos que ellos mismos
fabrican con restos de basura espacial. Para el hambriento Rok era urgente
encontrar alguna pieza industrial que llevarse a la boca.
– Algo tiene que haber que sirva para activar mis circuitos… ¡Con un par de
tornillos o una trozo de papel de aluminio me conformo!
Se adentró en la zona de bosque y vio matorrales plagados de moras,
arándanos y frambuesas, pero claro, eso no era comida para él. Tampoco
pescar entraba dentro de sus opciones pues, al contrario que para los
humanos, los peces podrían resultar dañinos para su organismo.
– Necesito reponer fuerzas o mi sistema eléctrico interno se desconectará para
siempre.
Volvió a la playa casi arrastrándose, y al pobre le entraron muchas ganas de
llorar.
– Debí traerme un saco de residuos para resistir al menos una semana. ¿Cómo
he podido ser tan insensato? Si no encuentro algo antes de que anochezca,
empezaré a echar humo por las orejas y me apagaré sin remedio.
De repente, una ola rompió contra la orilla y lanzó una vieja botella de plástico
a sus pies.
– ¡¿Qué ven mis ojos?! Pero si es comida… ¡y de la buena!
Cogió el recipiente antes de que el mar lo devolviese a las profundidades y
empezó a salivar.
– ¡Qué suerte la mía! ¡Menudo manjar!

Rok echó la cabeza hacia atrás, metió la botella en la boca, la trituró con sus
potentes mandíbulas alienígenas, y la engulló.
– ¡Oh, sí, estaba deliciosa!
El extraterrestre notó cómo se reactivaba la corriente en el interior de sus
cables conectores.
– Gracias a este aperitivo me siento un poco mejor. Voy a ver si hay más.
Rok se adentró en el mar y vio que el fondo estaba plagado de botellas de
detergente vacías, latas oxidadas, trozos de cristales, y muchos otros artículos
contaminantes que seres humanos sin escrúpulos habían tirado al agua. Esos
desperdicios, llegados de lugares supuestamente civilizados a través de las
corrientes marinas, eran para Rok auténticos alimentos ‘gourmet’.
– Estos plásticos, neumáticos y objetos de latón son dignos de un banquete de
lujo. Decidido: ¡me quedo en este planeta para siempre!
Desde ese lejano día, el pequeño y curioso extraterrestre Rok habita entre
nosotros, y aunque él no lo sabe porque nadie se lo ha contado, cada vez que
come está haciendo un gran favor al medio ambiente. De hecho, hay quien
sospecha que, gracias a esa ‘labor de mantenimiento’, el rinconcito en el que
vive es uno de los más limpios y hermosos que existen en nuestro querido
planeta Tierra.
¡Ah! ¿que quieres saber cuál es? Siento decirte que no lo sé, pero te sugiero
que si alguna vez tienes la oportunidad de visitar una playa solitaria, de esas
que parecen de película, te fijes bien en sus aguas cuando vayas a bañarte. Si
son cristalinas y casi no tienen desperdicios, mira a tu alrededor por si ves
algún alienígena verde durmiendo la siesta bajo el sol.

CIENCIA FICCION
EL SECRETO DE SAÚL

Saúl era un niño que vivía rodeado de comodidades y privilegios. Su padre era un
experto cirujano y su madre una escritora de éxito, así que la familia residía en una
enorme casa con jardín, piscina y un garaje en el que dormían dos coches de alta
gama. A sus once años no le faltaba de nada: vestía a la última moda, tenía un cuarto
privado repleto de juegos, y en la pared de su dormitorio colgaba una televisión tan
grande que más bien parecía una pantalla de cine.

A pesar de su gran fortuna, Saúl se pasaba el día con el ceño fruncido y mostrando una
actitud tan apática que daba la sensación de estar enfadado con el mundo.
Últimamente no soportaba madrugar y odiaba tener que ir al colegio cinco días por
semana, sobre todo porque su profesor le parecía un señor insoportable y cada vez
hablaba menos con sus compañeros de aula. ¿Para qué fingir que sus temas de
conversación le parecían interesantes?… Por si esto fuera poco, ni una sola asignatura
atraía su atención. Malgastaba el tiempo mirando a las musarañas y abriendo la boca
para soltar ruidosos bostezos cada dos por tres.

Si hacía buen tiempo, cuando a las tres terminaba la jornada escolar, Saúl cruzaba la
calle cargado con su mochila y caminaba un corto trecho hasta llegar al Parque de los
Almendros. Era su lugar favorito para desconectar de los problemas de matemáticas y
la larga lista de capitales de países que le obligaban a memorizar. Una vez allí, solía
sentarse en un banco de madera desde el cual podía contemplar una panorámica
preciosa de la arboleda y del lago con forma de corazón donde siempre chapoteaban
unas cuantas familias de patitos.

Sucedió que, una de esas tardes, se acercó a su banco habitual, tomó asiento, y al
mirar al frente descubrió que a pocos metros habían colocado una estatua de mármol
blanco. Le llamó mucho la atención, pues representaba la figura de un niño de su
edad, descalzo y cubierto de harapos, que parecía mirarle fijamente.

– ¡Qué estatua tan deprimente! Podían haber puesto la figura de un príncipe o una
diosa romana en vez de la de un andrajoso mendigo.
Según pronunció estas palabras, escuchó una voz infantil.

– ¿De verdad crees que solo soy un trozo de piedra al que un escultor ha dado forma?

Saúl dio un respingo y su corazón empezó a latir a toda velocidad. Tras unos segundos
de desconcierto, se abanicó con la palma de la mano y trató de recomponerse. ¡El
calor de esos primeros días de verano le estaba haciendo delirar!

– ¡Qué susto! Por un momento pensé que la estatua me estaba hablando. ¡Será mejor
que me vaya!

Se estaba poniendo en pie cuando volvió a escuchar la misma voz.

– Sí, te hablaba a ti. ¡Aguarda, por favor!

Saúl miró de izquierda a derecha por si algún paseante había oído lo mismo que él,
pero sorprendentemente nadie parecía percatarse de nada. Atemorizado, anduvo unos
pasos y se situó junto a la escultura anclada al pequeño pedestal. A simple vista
calculó que el chico de piedra tenía su misma edad y estatura, pero cuando lo miró
con más detenimiento se estremeció porque se parecía muchísimo a él: la misma
forma ovalada del rostro, los ojos rasgados, la nariz respingona heredada de su
abuelo… ¡Era una réplica casi perfecta de sí mismo!

– ¡¿Pero qué está pasando aquí?!

Se le ocurrió que quizá todo era parte de un programa de televisión de esos que
gastan bromas pesadas a la gente que va tan tranquila por la calle, así que se fijó en
los árboles cercanos por si entre las ramas localizaba alguna cámara oculta. No vio
nada extraño y se le erizó la piel. La situación comenzaba a producirle pavor.

– No te preocupes, no estás loco. Por increíble que parezca, me estoy comunicando


contigo y solamente tú puedes escucharme. Tócame, que te prometo que soy
completamente inofensiva.

Saúl obedeció. Aparentemente la estatua era como otra cualquiera: dura, fría e
impasible, pero la escuchaba hablar como si fuera un humano de carne y hueso.
¿Cómo era posible? ¿Utilizaba un sistema de telepatía? ¿Alguien la dirigía desde una
torre de control? ¡Estaba tan perplejo que ya no era capaz de distinguir si las palabras
le entraban por las orejas o iban directamente a su cerebro!

– ¿Quién eres?… ¿Quién te ha fabricado y por qué te pareces a mí?

– La historia es muy larga de contar, pero para resumir te diré que soy el resultado de
un impresionante experimento científico.

A Saúl empezaron a temblarle las piernas como flanes y se puso tan nervioso que
creyó que iba a desmayarse.

– ¿Un experimento? ¿Cómo esos que salen en las pelis de ciencia ficción?

– ¡Exacto, has dado en el clavo!

Su cara se desencajó y notó que el sudor le caía a chorros por el cuello.

– No tienes nada que temer; lo entenderás en cuanto te lo explique.

– ¡Pues no sé a qué estás esperando!


– Un grupo de expertos lleva años trabajando en un importante centro de investigación
de esta ciudad con un objetivo: lograr que todos los niños que viven aquí sean felices.

Saúl suspiró profundamente.

– ¡Ah, vale, eso no parece peligroso!

– No, no lo es, pero se requieren muchos años de trabajo para desarrollar un proyecto
tan complejo.

– ¡Ah! ¿Sí?

– ¡Ni te lo imaginas! Han colaborado decenas de especialistas y se ha invertido


muchísimo dinero en la tecnología más avanzada que existe. Por suerte, todo ha salido
a las mil maravillas y los resultados están siendo inmejorables.

A Saúl la historia le sonaba a pura fantasía, pero estaba tan intrigado que no podía
dejar de escucharla.

– Lo primero que han tenido que hacer es instalar un sistema de radares especiales en
todos los barrios de la ciudad.

– ¿Radares?… ¿Para qué?

– Para detectar las emociones de las personas desde que nacen hasta el día que
comienzan su vida adulta, es decir, durante toda la infancia y adolescencia. Si algún
radar registra que algún niño o joven necesita ayuda, el centro de investigación pone
en marcha el Plan de Rescate Emocional.

– ¿El plan de rescate qué?

– De rescate emocional. No te preocupes, se trata de algo muy sencillo: estudian el


problema para saber por qué es infeliz, y el laboratorio diseña un tratamiento a medida
para acabar con su tristeza.

Saúl estaba completamente alucinado, como si estuviera dentro de una película


futurista o se hubiera adelantado quinientos años en el tiempo.

– ¿Y qué es lo que hacen exactamente? ¿Te pinchan con jeringas gigantes? ¿Te meten
en cabinas para recibir ondas de choque? ¿Te rodean la cabeza con cables y te
conectan a un generador eléctrico?

– ¡Ja, ja, ja! ¡Qué va! ¡Menudas ocurrencias tienes! Los métodos para sanar emociones
son muy variados y ninguno duele ni nada parecido. En tu caso, han decidido fabricar
una estatua con tus rasgos utilizando una impresora 3D y un dispositivo de sonido de
última generación. O sea… ¡yo!

Saúl se sintió ofendido.

– ¿En mi caso? ¿Qué quieres decir con eso?

– Pues que he venido para ayudarte. ¡Me han diseñado exclusivamente para ti!

– ¡¿Qué?!

– Lo que oyes. Estoy aquí para tener una charla contigo porque soy tu medicina
emocional.

El chaval se indignó, y con cierto desprecio, miró a la estatua de arriba abajo.


– ¡Qué bobadas dices, yo no necesito ayuda! Además, tú no eres mi otro yo. Vale, te
pareces a mí físicamente, pero vas con ropa vieja, no llevas zapatos…

La estatua puso en marcha el tratamiento especial, que como ya habrás adivinado,


consistía en hacerle pensar.

– Sí, tienes razón. Soy una versión un poco diferente de ti. Digamos que represento lo
que podrías haber sido tú si no hubieras nacido en una familia rica y de buena
posición. ¿Alguna vez has pensado cómo sería vivir en un barrio pobre, en una casa
sin agua ni calefacción? ¿Te imaginas tu vida sin chocolate, sin tu reproductor de
audio digital o sin esas zapatillas tan modernas que calzas?

Saúl fue sincero.

– No, la verdad es que no.

– Pues muchos chicos de tu edad viven con muy poco, yo diría que con casi nada, en
muchísimos lugares del mundo. De hecho, no hace falta salir de nuestra ciudad para
encontrarlos.

El muchacho se encogió de hombros.

– Ya, pero yo no tengo la culpa de eso.

La estatua le dio la razón.

– ¡Desde luego que no! Nadie elige dónde nace y hay personas con más suerte que
otras desde la cuna, pero todos tenemos la capacidad de cambiar ciertas cosas
haciendo un pequeño esfuerzo.

– Ya, bueno, si tú lo dices…

– Nuestros radares han detectado que tú, teniéndolo todo, padeces una gran
insatisfacción.

Saúl sintió mucho agobio, pero el chico de piedra fue contundente.

– Sé sincero contigo mismo: tienes tanto que te sientes abrumado y no disfrutas de


casi nada. Deberías ser muy feliz y, sin embargo, te pasas el día refunfuñando y
comportándote de manera inapropiada.

Por alguna razón, el niño tuvo ganas de desahogarse con ese extraño compañero de
conversación.

– Sí, últimamente todo me aburre y no me apetece hacer nada.

– ¡Bravo, reconocerlo ya es un paso! ¿Por qué crees que te sucede algo así?

– No lo sé, de verdad que no lo sé.

– Estás afligido, desganado, y estar mal contigo mismo también te aleja de la gente.
Sé que ya no te queda más que un buen amigo.

Saúl estaba a punto de echarse a llorar.

– Sí, se llama Jorge, pero no le veo mucho últimamente. No me extraña, a veces


resulto insoportable.
– ¿Ves cómo van saliendo las cosas? Tú lo que necesitas es recobrar la ilusión. Cierra
los ojos y, durante unos segundos, piensa en algo que te haría feliz.

El niño obedeció y se puso a reflexionar.

– Pues me conformaría con menos cosas materiales a cambio de estar más con Jorge,
como en los viejos tiempos.

La estatua verificó todos los datos recibidos, activó su chip solucionador de


problemas y, automáticamente, obtuvo una receta personalizada para Saúl:

– Mi propuesta es la siguiente: ¿Por qué no sugieres a tu amigo que te ayude a


seleccionar todos esos juguetes que ya no usas? Seguro que la mayoría están casi
nuevos y otros niños los podrán aprovechar. Cuando hayáis llenado unas cuantas
bolsas, tus padres te recomendarán a dónde llevarlos. ¡Esa experiencia hará que te
sientas muchísimo mejor contigo mismo y te enseñará a valorar lo que tienes!

– No es mala idea…

– ¡Misión cumplida! Hasta siempre, mi querido doble humano.

Y, de repente, sucedió algo asombroso: la estatua, que hasta ese momento no se


había movido porque lógicamente las estatuas nunca se mueven, le guiñó un ojo y se
esfumó. Despareció de su vista como si jamás hubiera existido.

A Saúl casi se le corta la respiración. Allí estaba él, parado en medio del parque,
preguntándose si todo había sido un sueño, una alucinación, o simplemente se
estaba volviendo majareta. En cualquier caso, tuvo la sensación de que en su interior
algo había cambiado, como si se hubiera encendido una lucecita al final de un oscuro
túnel.

Se fue corriendo a casa, llamó por teléfono a su amigo Jorge y le contó lo que tenía
pensado hacer.

– ¿Te apetece ayudarme, amigo?

– ¡Cuenta conmigo, voy para allá!

Media hora después, los dos niños se pusieron a abrir armarios y a seleccionar
muñecos, juegos, puzles… Un montón de cosas más que llevaban años olvidadas en
los cajones. Lo metieron todo en bolsas y después fueron al porche de la entrada. Saúl
quería pedir consejo a su padre.

– Papá, quiero donar muchos de mis juguetes. ¿Podrías acercarnos a algún lugar donde
los necesiten de verdad?

El hombre, que estaba tumbado en una hamaca leyendo una novela, respondió
entusiasmado:

– ¡Claro que sí! Conozco el sitio perfecto.

Echó un vistazo a su reloj de muñeca.

– Si mis cálculos no fallan, ahora mismo está abierto. Creo que nos dará tiempo.
¡Vamos!
Se dieron prisa en cargar el maletero del coche y acudieron a la sede de una ONG que
se dedicaba a recoger juguetes de segunda mano. Germán, el director, les recibió con
los brazos abiertos.

– ¡Gracias por vuestra visita! Es fantástico que vengáis a conocer nuestras


instalaciones y que tengáis tantas ganas de aportar vuestro granito de arena.

Saúl estaba contentísimo.

– Mi amigo Jorge y yo hemos juntado más de treinta juguetes y mogollón de libros,


pero me gustaría saber cuál será su destino.

Germán, encantado, se lo aclaró:

– Una parte se repartirá por diferentes hospitales para que los niños enfermos puedan
entretenerse durante el tiempo que estén ingresados. ¡No os imagináis cuánto les
beneficia y ayuda a superar los malos momentos!

Saúl y Jorge aplaudieron entusiasmados.

– Y la otra se regalará a familias desfavorecidas que no tienen suficiente dinero para


comprar a sus hijos ni un simple muñeco de trapo. Para muchos pequeños recibir uno
de estos juguetes será uno de los días más emocionantes de su vida, os lo aseguro.

Saúl tuvo que hacer un gran esfuerzo para no ponerse a llorar, desbordado por la
emoción.

– ¡Por favor, por favor, llévaselos cuanto antes!

Germán se rio.

– ¡No te preocupes! Mañana mismo una furgoneta de la organización se encargará de


que todos lleguen a su destino en perfectas condiciones.

Saúl y Jorge se abrazaron. Acababan de hacer algo realmente bonito por los demás y
los dos sintieron que ese acto reforzaba su amistad.

– Gracias por tu ayuda, Jorge. Ha sido genial pasar el día contigo organizando todo
esto.

– ¡De nada, amigo! Si te parece, la semana que viene podrías venir tú a mi casa y
ayudarme a revisar mis cosas. ¡Seguro que conseguiremos llenar algunas cajas más
para traerle a Germán!

– ¡Por supuesto!

Completamente eufóricos se despidieron del director de la ONG, salieron a la calle y


subieron al automóvil aparcado en la puerta. ¡El tiempo había pasado volando y ya
casi era la hora de cenar! Padre e hijo llevaron a Jorge a casa, y después reanudaron
la marcha por las carreteras medio vacías del centro. El niño, sentado en el asiento de
atrás, estaba radiante de felicidad.

– ¿Sabes una cosa, papá?

– Dime, hijo.

– Hoy me he dado cuenta de lo afortunado que soy. No tengo derecho a estar todo el
día quejándome por tonterías.
– Me alegra que digas eso, Saúl. Nunca es tarde para pararse a valorar las cosas que
de verdad merecen la pena, y lo bonito que es ser solidario con los que menos tienen.

– Creo que de mayor quiero ser como Germán. ¡A partir de mañana estudiaré mucho y
algún día haré algo grande por los demás!

– Eso es fantástico, cariño. Aún eres pequeño, pero a lo largo de los años irás
descubriendo tu vocación; si al final te decides por una profesión que sirva para
mejorar el mundo, tu madre y yo nos sentiremos muy orgullosos.

De camino al hogar pasaron por delante del Parque de los Almendros. Saúl acercó su
carita al cristal de la ventanilla y, a pesar de que estaba anocheciendo, distinguió su
banco favorito, la gran arboleda y el brillo del lago al fondo. Sin retirar la mirada,
preguntó a su padre:

– Papá, ¿piensas que hoy en día existen radares potentes que controlan las mentes de
los humanos?

– ¡¿Pero qué dices?! ¿Te encuentras bien?

– ¡Lo digo en serio! ¿Crees posible que los habitantes de esta ciudad seamos parte de
un gigantesco experimento científico?

El hombre se partió de risa.

– ¡Ja, ja, ja! ¡Ay, hijo, qué cosas tan raras se te pasan por la cabeza! ¡Creo que deberías
ver más documentales de historia y menos cine fantástico!

A Saúl se le escapó una sonrisilla y, en ese mismo instante, decidió que guardaría su
pequeño gran secreto el resto de su vida.
INDICE

TERROR
1.-La pata de mono
2.-El pantano de la luna

SUSPENSO
3.-Yaguaí
4.-Alambre de púa
5.-El alquimista

CIENCIA FICCION
6.-Ernestus, el robot filosófico
7.-Los tres cosmonautas
8.-El asteroide 2024
9.-El gran viaje de ROK
10.-El secreto de Saúl

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