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Conocimiento en la Edad Moderna: Descartes

El documento describe la teoría del conocimiento en la Edad Moderna, enfocándose en el racionalismo de René Descartes. Descartes buscó establecer bases sólidas para la ciencia moderna mediante el uso de la duda metódica para cuestionar todo lo que no puede ser indubitable, lo que lo llevó a concluir que 'pienso, luego existo' es la primera verdad irrefutable. Luego, Descartes argumentó que la existencia de Dios garantiza la validez del conocimiento racional.

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Conocimiento en la Edad Moderna: Descartes

El documento describe la teoría del conocimiento en la Edad Moderna, enfocándose en el racionalismo de René Descartes. Descartes buscó establecer bases sólidas para la ciencia moderna mediante el uso de la duda metódica para cuestionar todo lo que no puede ser indubitable, lo que lo llevó a concluir que 'pienso, luego existo' es la primera verdad irrefutable. Luego, Descartes argumentó que la existencia de Dios garantiza la validez del conocimiento racional.

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TEORÍA DEL CONOCIMIENTO EN LA EDAD MODERNA

EL MÉTODO DE CONOCIMIENTO EN LA EDAD MEDIA.

La obra de Aristóteles tuvo mucha influencia en las obras de muchos pensadores medievales.
Es que Aristóteles era para estos pensadores una autoridad. Por ejemplo, la Escolástica fue una
escuela medieval de teología y filosofía que tenía como su principal finalidad integrar los
conocimientos que se tenían por separado de la razón, por parte de los filósofos griegos, y de
fe, por parte de las revelaciones cristianas. Los escolásticos creían en la armonía entre los
fundamentos de la razón y de la fe. Fue un intento de armonización por parte de los
pensadores cristianos medievales, para concordar las diversas autoridades de su propia
tradición y para reconciliar la teología cristiana con la filosofía clásica y de la antigüedad tardía,
especialmente la de Aristóteles pero también del neoplatonismo.
El pensamiento medieval reconocía como valedero y decisivo el criterio de autoridad. Esto
significa que lo dicho por ciertas autoridades (la Biblia, la Iglesia, Aristóteles) era verdad por el
solo hecho de que tales autoridades lo afirmasen, que ciertos libros, o autores o instituciones
no podían equivocarse. Así, por ejemplo, cuando Copérnico sostuvo que la Tierra giraba
alrededor del Sol, fue cuestionado porque lo que él afirmaba contradecía lo dicho en la Biblia.
El método de autoridades fue muy criticado durante el Renacimiento, época en que comenzó a
gestarse la ciencia moderna, con sus métodos de observación y experimentación.

EL RACIONALISMO DE RENÉ DESCARTES.

Renato Descartes, filósofo francés que vivió entre los años 1596 y 1650, se propuso rechazar el
método de autoridades propio de la filosofía medieval y establecer bases sólidas para la
ciencia moderna que comenzaba a desarrollarse en su época (gracias, fundamentalmente, a la
labor de Galileo Galilei). Descartes vive, con una intensidad desconocida antes de él, aun en
pleno Renacimiento, el hecho de la pluralidad y diversidad de los sistemas filosóficos, el hecho
de que los filósofos no se han puesto jamás de acuerdo, la circunstancia de que la filosofía, a
pesar de haberse empeñado en ella los más grandes ingenios de la humanidad, no ha
conseguido solucionar ninguno de sus problemas, eso lo convierte en un conocimiento
dudoso. Y es esto lo que Descartes no puede soportar: lo dudoso. El conocimiento, o ha de ser
absolutamente seguro, o ha de ser abandonado como insuficiente. Desde este punto de vista,
entonces, en un primer momento, su pensamiento puede caracterizarse como filosofía de la
desconfianza.
Descartes busca fundamentar la posibilidad de un conocimiento absolutamente seguro,
objetivo, necesario y universal. Se propone fundar el saber sobre bases cuya firmeza esté más
allá de toda sospecha. Para ello, Descartes proyecta dudar de todo hasta hallar alguna
evidencia que sea absolutamente indubitable. Su plan es no aceptar nada que sea dudoso y
sólo dar por válido lo que sea absolutamente cierto. Lo que este filósofo desea es ver si
dudando de todo queda algo que se resista a la duda. Esta duda que Descartes decide aplicar a
todo es una duda metódica pues es el camino para llegar a la verdad (si es que esta verdad
existe).
En vez de dudar de cada saber particular, lo que sería una tarea infinita, Descartes aplica la
duda metódica a las fuentes del conocimiento, es decir, a la sensibilidad y a la razón. Si estas
fuentes son dudosas, entonces todo lo conocido a través de ellas también lo será.

Su crítica al saber proveniente de la sensibilidad es sencillo: los sentidos a veces nos engañan
pues en ocasiones nos ha ocurrido creer ver algo y luego comprobar que era otra cosa (por
ejemplo, ver un arbusto a la distancia y descubrir luego que era un hombre). Si nos engañan
deben ser desechados por ofrecer conocimientos dudosos.
Acerca del conocimiento sensible, Descartes apunta dos argumentos para probar que debe ser
puesto en duda: el primero se funda en las ilusiones de los sentidos; el segundo, en los sueños
porque según este autor “no hay posibilidad ninguna de distinguir con absoluta seguridad el
sueño de la vigilia.”

Su crítica al saber proveniente de la razón es, en cambio, más compleja. No es posible dudar
de las verdades a las que llegamos a través de la razón: "el todo es mayor que las partes",
"todo objeto es idéntico a sí mismo", "dos más dos es cuatro". Pero hasta en la matemática, la
más "racional" de las ciencias, al parecer, hay sin embargo la posibilidad de equivocarse; aun
respecto de una operación relativamente sencilla, como una suma, cabe la posibilidad del
error. Por tanto, cabe también la posibilidad, por más remota que ésta sea, de que todos los
argumentos racionales sean falaces, de que todo conocimiento racional sea falso.
Además, dice Descartes, podría ocurrir que un dios maligno (un demonio) me esté engañando
y me haga creer que es absolutamente cierto lo que es falso. Si ese demonio existiera, ningún
saber seria seguro pues mi razón estaría siendo engañada por un ser superior y trascendente.
Descartes no dice, como es natural, que haya efectivamente tal genio maligno. Pero lo que
importa notar es que por ahora no tenemos ninguna razón para suponer que no lo haya; es,
por consiguiente, una posibilidad, por más remota o descabellada que parezca ser. Y puesto
que la duda, según su plan, debe llevársela hasta su límite mismo, si incluso hay que forzarla, si
en verdad se quiere llegar a un conocimiento absolutamente indubitable, resulta entonces que
la hipótesis del genio maligno debe ser tomada en cuenta, justamente porque representa el
punto máximo de la duda, el último extremo a que la duda puede llegar.
En este punto, al postular la hipótesis de un dios o genio maligno, Descartes llega al extremo
de su duda y se encuentra en la más absoluta incertidumbre. Sin embargo, es en este extremo
cuando el filósofo francés alcanza la primera verdad absolutamente indubitable: aun cuando
el genio maligno pudiera engañarme en todo no podría engañarme acerca de lo siguiente: que
estoy dudando. Y si estoy dudando, entonces existo. La evidencia del propio pensamiento y
del propio existir, es la base de la posibilidad de un conocimiento seguro.

“No cabe, pues, duda alguna de que yo soy, puesto que me engaña [el genio maligno], y, por
mucho que me engañe, nunca conseguirá hacer que yo no sea nada, mientras yo esté
pensando que soy algo. De suerte que, habiéndolo pensado bien y habiendo examinado
cuidadosamente todo, hay que concluir por último y tener por constante que la proposición
siguiente: "yo soy, yo existo", es necesariamente verdadera, mientras la estoy pronunciando o
concibiendo en mi espíritu.”

Descartes, René. Meditaciones Metafísicas.


De manera que esta afirmación famosa: “pienso, luego soy”, no puede ya ser puesta en duda,
por más que a ésta la forcemos. Por ende, nos encontramos aquí con una verdad absoluta,
esto es, absolutamente cierta, absolutamente indubitable, que es justamente lo que nos
habíamos propuesto buscar. El yo pienso constituye el "primer principio" de la filosofía:
primer/ desde el punto de vista gnoseológico y metodológico, en la medida en que constituye
el primer conocimiento seguro, el fundamento de cualquier otra verdad y el punto de partida
para construir todo el edificio de la filosofía y del saber en general; y primero también desde el
punto de vista ontológico, o sea, porque me pone en presencia del primer ser indudablemente
existente -que soy yo mismo en tanto pienso.

Sin embargo, si existiera el genio maligno sólo podría asegurar esta evidencia y ninguna más.
Por ello, Descartes se empeña en refutar la posibilidad de la existencia de este ser.

Dios como Garantía del Conocimiento.

Para desechar la posibilidad de la existencia del genio maligno, Descartes indaga cuáles son las
ideas que hay en el pensamiento.
Su argumento es el siguiente: sólo sé que pienso y que, por lo tanto, existo. ¿Cuáles son las
ideas que hay en mí? Una de esas ideas es la idea de Dios. Es la idea de un ser perfecto. ¿Cómo
llegó esa idea a estar en mí? Yo no puedo ser la causa de esa idea pues yo soy un ser
imperfecto (puesto que dudo) y lo imperfecto no puede ser causa de lo perfecto (ya que el
efecto no puede ser mayor que su causa). Por lo tanto, la causa de la idea de un ser perfecto es
una idea innata que fue puesta en mi alma por un ser perfecto, es decir, por el mismo Dios.
Descartes cree haber demostrado, de este modo, y por métodos exclusivamente racionales, la
existencia de Dios. Dios existe y, como es perfecto, no puede ser engañador. De este modo se
restablece la confianza en el conocimiento racional, ya que Dios es la garantía de que lo
evidente es verdadero. Y son evidentes las verdades de la razón (por ejemplo, los principios
matemáticos). En cambio, el saber sensible sigue siendo poco confiable aunque Dios exista, ya
que es una facultad que en más de una ocasión puede fallar y mostrarnos como verdadero lo
que es falso.

En suma, Descartes logra dudar de todo aplicando la duda metódica a los saberes sensible y
racional. Este camino de la duda se detiene ante la primera verdad absolutamente indubitable
("dudo, entonces existo"). Desde esta evidencia, el filósofo francés deduce otra verdad: "Dios
existe". Y esta segunda verdad funciona como garantía de todas las verdades evidentes a las
que se llega a través de la razón.

El racionalismo sostiene que la razón puede conocer la realidad sin recurrir a los datos que
ofrecen los sentidos. Esta concepción supone que la realidad misma tiene una estructura
racional afín a la razón humana. Hay una correspondencia entre la estructura de la realidad y
nuestra razón. En el pensamiento de Descartes, Dios es el garante de esta correspondencia.
El racionalismo de Descartes, como otras posturas racionalistas posteriores, sostiene que el
verdadero conocimiento es aquel que se logra con la sola y exclusiva ayuda de la razón, sin
recurrir a la experiencia, a los sentidos. Esto implica que el verdadero conocimiento es “a
priori”, o sea, un conocimiento deductivo que se adquiere independientemente de la
experiencia, yendo de las causas a los efectos y de lo universal a lo particular.

Las reglas del método (Analítico).

René Descartes sitúa la razón sobre el individuo. Para él, el conocimiento no se basa solo en la
experiencia o en la práctica, el conocimiento adquirido de esta manera no revela la verdad;
solo lo hace el conocimiento que se obtiene mediante la razón. Para Descartes, el
conocimiento debe tener como principal cualidad la evidencia o certeza, motivo por el cual
buscó reglas para acompañar su duda metódica y conducir a la razón para, de este modo,
poder revelar verdades. Descartes inspirado en la geometría desarrolló un principio de
matematización de la investigación filosófica, el cual consistió en ordenar, según un método,
cuatro reglas mediante las cuales el que las observe exactamente no tomará nunca nada falso
por verdadero:

1. La primera de esas reglas consistía en no admitir jamás como verdadero cosa alguna sin
conocer con evidencia que era verdadera, es decir, cuando se presenta de forma clara y
distinta (no confusa) y no causa duda alguna. Recomienda evitar para esto la precipitación, es
decir, aceptar como verdadero lo que aún no es evidente.

2. La segunda regla proponía el análisis: la división de un problema en sus partes más


elementales. Empezando por sus ideas más complejas para dividirlas en tantas partes simples
como sea posible. Admitiendo como verdaderas las que sean evidentes.

3. La tercera implica la síntesis, es decir, la reunión por orden de esos componentes simples
hasta llegar a los más complejos en un todo que ya resulta comprensible.

4. Por último, se aconseja una enumeración de todos los pasos efectuados a fin de evitar
errores. Se comprueba el análisis: todas las ideas simples que aparezcan, y se revisa la
corrección de la síntesis.

Sus reflexiones sobre el método se encuentran principalmente en dos de sus obras: Reglas
para la dirección del espíritu y Discurso del método.

EL EMPIRISMO DE DAVID HUME.

El término "empirismo" deriva de una palabra griega empeiría que significa "experiencia". El
empirismo es la postura que sostiene la tesis contraria al racionalismo. No es la razón sino la
experiencia la única fuente del conocimiento, y sin la experiencia no es posible ningún saber.
La mente es como un "papel en blanco" en el que la experiencia va escribiendo. No existe nada
"a priori", ni ideas perfectas que el alma haya conocido en otro mundo (como afirmaba Platón)
ni ideas innatas (como afirmaba Descartes). Uno de los exponentes más destacados del
empirismo fue el filósofo inglés David Hume, quien vivió entre los años 1711 y 1776.
Para Hume todo conocimiento procede de la experiencia externa (la que proviene de los
sentidos) y de la experiencia interna (estados de ánimo del sujeto, fenómenos psíquicos).
A las percepciones directas Hume las llama "impresiones" (por ejemplo, sensaciones de dolor,
percepciones de color, de textura, etcétera). Las impresiones se diferencian de las
percepciones indirectas o derivadas, a las que Hume llama "ideas" (por ejemplo, los
recuerdos o las fantasías). Las ideas se derivan de las impresiones y la diferencia entre
impresiones e ideas es de vivacidad o intensidad. El recuerdo de un dolor es mucho menos
intenso y vivaz que el dolor mismo.

Para Hume todos nuestros conocimientos derivan directa o indirectamente de impresiones.


Incluso las ideas más complejas provienen de ellas. Y no existe ninguna idea que no tenga su
origen en alguna impresión. Esto vale también para las fantasías. Por ejemplo, la idea de
"centauro" se compone de las impresiones de caballo y de hombre.

La misma idea de Dios deriva de la experiencia. Es una idea que no es más que la reunión y
multiplicación al infinito de ideas sobre cualidades características de los humanos. Sé por
experiencia que tengo cierto saber, que tengo cierto poder, que tengo cierta bondad. Son
cualidades que en mí son imperfectas. Multiplico al infinito las ideas de saber, de poder y de
bondad y construyo la idea de un ser en el que se dan la sabiduría infinita, el poder absoluto, la
bondad perfecta. La idea de Dios no es, como afirmaba Descartes, una idea innata sino una
idea compleja que conjuga diversas ideas derivadas de sus correspondientes impresiones y
multiplicadas al infinito.

De estas reflexiones, Hume extrae el criterio para determinar la validez de las ideas. Para que
una idea tenga valor cognoscitivo, es preciso que copie o represente fielmente una impresión.
Una idea es válida cuando concuerda con las impresiones de las que deriva. Si no concuerda
con ninguna impresión (como en el caso de la idea de 'centauro') no es válida, no es objetiva.

Empirismo y Escepticismo.

Podría pensarse que las afirmaciones del empirismo podrían llevar a conclusiones similares a
las del escepticismo. La filosofía de Hume termina por disolver todo conocimiento y toda
realidad en meras impresiones. Sin embargo, el mismo Hume se ha ocupado de aclarar que
esto no conduce necesariamente a un escepticismo absoluto (como el sostenido por Pirrón 1).
La refutación del escepticismo extremo la ofrece el natural deseo de vivir. Si bien podemos ser
teóricamente escépticos, no podemos ser escépticos en nuestra vida práctica. Para vivir
necesitamos creer.

El escepticismo absoluto nos llevaría a eliminar toda acción y todo pensamiento. Pero eso es
imposible: el instinto, la naturaleza, no pueden ser escépticos. Los pensamientos, por más
escépticos que sean, son vencidos siempre por la vida. Y la vida diaria nos exige creer en la ver-
dad de ciertas cosas, para poder desenvolvernos en la vida y para relacionarnos con los otros.
No podríamos sobrevivir sin creer en esas verdades.

1Pirrón de Elis (c. 360-270 a.C.) fue un filósofo escéptico griego que afirmaba que no se podía alcanzar la
verdad o pretender un conocimiento cierto de algo.
El pirronismo (el escepticismo defendido por Pirrón) es destruido una y otra vez por la acción y
las ocupaciones de la vida diaria. Necesitamos creer en la verdad de la causalidad, en el hecho
de que unos fenómenos son efectos de otros (que son sus causas).
Así es la condición humana: necesita creer en verdades que garantizan la posibilidad misma de
la existencia, pero al indagar estas verdades cae necesariamente en la duda.

Hume sostiene un escepticismo moderado, que despierte el sentido crítico y se oponga al


fanatismo. Pero se opone a todo escepticismo que sólo tenga como fin dejarnos sumergidos
en la duda y en la inacción. Es incuestionable que la duda tiene su utilidad: despierta el sentido
crítico, y elimina el dogmatismo y el fanatismo. Y Hume se declara partidario de un
escepticismo moderado o académico, que confía en el instinto natural y valora las ciencias en
la medida en que concentren sus investigaciones en aquellos temas susceptibles de ser
verdaderamente conocidos y que estén al servicio de la vida humana.

Los únicos campos de conocimiento legítimo son las matemáticas las ciencias de la naturaleza.
Fuera de estos límites, no puede hacer el entendimiento humano otra cosa, sino perderse en
falacias y engaños.

RACIONALISMO Y EMPIRISMO. EL REALISMO.

El racionalismo sostiene que puede conocerse con ayuda de la sola razón, gracias a la cual se
enuncian proposiciones del tipo: "la suma de los ángulos interiores de un triángulo es igual a
dos rectos". Estos son juicios que se caracterizan por ser necesarios y universales, es decir, que
valen para todos los casos (universales) y que no pueden ser de otra manera (necesarios). Un
saber que realmente merezca el nombre de conocimiento -dice el racionalismo- tiene que ser
necesario y universal. Pero ocurre que la experiencia no proporciona ningún conocimiento de
este tipo. Lo que la experiencia enseña -lo que vemos, lo que tocamos- nunca es necesario y
universal, sino contingente y particular. Para el racionalismo, entonces, el conocimiento
empírico no es verdadero conocimiento. El único conocimiento propiamente dicho es el que
proporciona la razón por sí sola. Y la razón tiene la capacidad de alcanzar, no los fenómenos
(las apariencias o manifestaciones), sino la realidad, las cosas en sí mismas, el fondo último de
las cosas; permite conocer, no las cosas tales como se nos aparecen, sino las cosas tales como
son en sí, la verdadera y última realidad. Por tanto, es una facultad mediante la cual puede
saberse -entre otras cosas- si existe Dios o si no existe, si el alma es inmortal o no lo es, si el
mundo es finito o infinito, si el hombre es libre o está determinado necesariamente en todos
sus actos. El empirismo, en cambio, sostiene la tesis contraria: el único conocimiento legítimo,
y el fundamento en general de todo conocimiento, es la experiencia, vale decir, los datos que
proporcionan los sentidos. Hume admite, hasta cierto punto, el valor de la razón, pero enseña
que los conocimientos que ella suministra son simplemente análisis de nuestras ideas, se
refieren a las relaciones entre ideas que nosotros mismos hemos formado de manera
relativamente arbitraria, ignorando si en el mundo empírico hay algo que les corresponda. Que
efectivamente haya cosas sensibles rectangulares, por ejemplo, como una mesa sobre la que
escribo, es en el fondo un hecho casual y contingente; lo que al geómetra le interesa es
meramente la idea de rectángulo. Y la razón, entonces, carece de competencia más allá de
estas ideas creadas por ella. Según el empirismo, no puede conocerse absolutamente nada
acerca de las cosas en sí, sino sólo los fenómenos que se dan en la experiencia.
Por tanto Hume es, desde el punto de vista metafísico, un escéptico. No puede saberse si
existe Dios ni si no existe, no conocemos substancia ninguna, ni material ni espiritual, etc.; y no
puede sabérselo porque cuando se habla de Dios o de cualquier otro objeto metafísico, no
pretendemos hablar de meras ideas, de imágenes formadas por nosotros, sino que queremos
referirnos a cosas realmente existentes; pero como de tales objetos metafísicos no se tienen
impresiones, y como la única manera de conocer "realidades" o hechos es mediante la
experiencia, la conclusión de Hume es que de ellos no puede haber conocimiento ninguno.
Empirismo y racionalismo, entonces, resultan posiciones contrapuestas, teorías enemigas.
Pero para ser enemigo hace falta siempre cierta coincidencia con el adversario, un suelo
común sobre el que se combate. Y también esta polémica entre empirismo y racionalismo
reposa sobre una coincidencia de fondo, sobre la cual justamente va a incidir la crítica de Kant
-con lo que se verá que Kant no es en rigor ni racionalista ni empirista, puesto que supo
orientarse hacia una zona más fundamental que aquella sobre la que se movía la oposición
racionalismo-empirismo. En efecto, racionalismo y empirismo coinciden en ser formas del
realismo. Este término, como tantos otros en filosofía, tiene muchos sentidos; aquí se lo va a
emplear para designar la teoría que sostiene que en el acto de conocer lo determinante es el
objeto: que cuando se conoce, quien tiene la primera y última palabra no es el sujeto, sino la
cosa misma. El sujeto cognoscente, entonces, es comparable a un espejo donde las cosas
simplemente se reflejan. Tal "espejo" puede reflejar las cosas mediante la razón (racionalismo)
o mediante los sentidos (empirismo); pero en cualquiera de los dos casos el esquema es
exactamente el mismo: conocer quiere decir reflejar, reproducir las cosas. Lo que se refleja
será en cada caso diferente, porque para el racionalismo se tratará de copiar las cosas en sí
mismas, el fundamento último de ellas, y para el empirismo se mostrará en el espejo
solamente el fenómeno, la apariencia de las cosas; pero en los dos casos, repetimos, el
conocimiento se concibe como actitud fundamentalmente pasiva. Según el realismo, pues, el
conocer es una actitud puramente contemplativa, teorética: el sujeto cognoscente no hace
más que contemplar el espectáculo que la realidad le ofrece. Por ello tanto el racionalismo
cuanto el empirismo definen la noción de verdad diciendo que un conocimiento es
verdadero cuando coincide con el objeto conocido, con la cosa a que se refiere.

LA REVOLUCIÓN COPERNICANA DE IMMANUEL KANT

El problema de la esencia del conocimiento consiste en determinar si en efecto el sujeto es


meramente receptivo en el acto de conocer, como pretende el realismo, o si, por el contrario,
no es un espejo y el conocimiento se convierte así en una especie de acción, de praxis. Esta
última es justamente la opinión de Kant, quien sostiene que conocer no es, en su fundamento,
reflejar los objetos, sino que es ante todo (y como condición para cualquier ulterior reflejo de
los objetos en el sujeto) trazar el horizonte dentro del cual los objetos son objetos, vale decir,
construir el ámbito de la objetividad. Para introducirnos en la comprensión de este tema nos
valdremos de una imagen o comparación, que es inexacta y engañosa si se la toma
literalmente -tal como ocurre en estos temas con todas las comparaciones-, pero que puede
servir como primera aproximación, y si se toma la precaución de olvidarla luego.

Supóngase que todos los seres humanos naciesen con gafas de cristales azules; que esos
anteojos formasen parte de nuestro órgano visual, de tal manera que quitárnoslos equivaldría
a arrancarnos a la vez los ojos; y supongamos, además, que no nos diésemos cuenta de que
tenemos puestos tales anteojos. Entonces ocurriría que todo lo que viésemos se nos
aparecería azul, lo cual nos llevaría a suponer, no que las cosas las "vemos" azules, sino que
realmente "son" azules -aunque la verdad fuese que en sí mismas no son azules, sino que
nosotros, en la medida en que las miramos, es decir, conocemos, estaríamos contribuyendo a
otorgarles un cierto carácter, las estaríamos "azulando". De este modo conocer no sería ya
mero reflejar las cosas, sino operar sobre ellas, transformándolas. Para Kant, según esto,
conocer es ante todo "elaborar" las cosas para que estén en condiciones de constituir objetos.
Para los griegos, en general para toda la filosofía prekantiana y para todo realismo, el
conocimiento era pura teoría, contemplación. Pero con Kant, repetimos, el conocimiento, en
su último fundamento, no es ya teoría, sino una cierta operación transformadora que el sujeto
cumple: conocer quiere decir elaborar el objeto. Y los discípulos de Kant -Hegel entre otros-
van a terminar sosteniendo que conocer significa directamente crear el objeto del
conocimiento, más aun, la realidad. De este modo, el núcleo definitorio de la vida humana no
se lo encontrará ya en la actitud teorética, sino en esta especial forma de "actividad", de
praxis, que es el conocimiento tal como Kant lo entiende.

En resumen, estos aportes de Kant a la teoría del conocimiento fueron llamados “La
Revolución Copernicana” o “Giro Copernicano” por el hecho de haber posicionado al sujeto
como el centro de su reflexión, de modo que él actúa en el mundo, desarrollando el
conocimiento producto de la experiencia (sensorial) y de la razón (a priori), proceso que se
dará, gracias a la formación del sujeto. Este nombre es una alusión a la teoría heliocéntrica del
astrónomo Nicolás Copérnico que invirtió el orden del Sol y afirmó que la Tierra no estaba en
el centro del universo sino que era otro de los planetas que giran alrededor del Sol. El modelo
para el geocentrismo es el objeto, para el sujeto es el heliocentrismo. Los procesos se dieron
primero en la astronomía, luego fue para la filosofía.

El Criticismo.

El alemán Immanuel Kant (1724 - 1804) es uno de los filósofos más importantes de todos los
tiempos. Sus contribuciones a los temas relacionados con el problema del conocimiento han
influido notablemente en la filosofía contemporánea.
Su postura ha sido denominada "criticismo" debido a su propuesta de realizar una "critica de
la razón". Esta crítica no consiste en desestimar a la razón como facultad de conocimiento,
sino en evaluar detalladamente sus posibilidades y límites. Para Kant "el conocimiento
comienza con la experiencia pero no se origina en ella". Esta distinción entre "comienzo" y
"origen" es muy importante para comprender su filosofía.
Kant responde a Descartes y a Hume, reconociendo sus aportes y criticando sus posiciones.
Está de acuerdo con Hume en que no existen ideas innatas. No hay en nuestra razón
contenidos que sean "a priori". Pero no es cierta la afirmación de los empiristas de que la
mente es como un "papel en blanco". Si la mente fuese un papel en blanco, el sujeto recibiría
un caos de impresiones y no podría armar con ello una experiencia. Lo que llamamos
experiencia no es equivalente a la recepción pasiva de impresiones sino que supone un cierto
orden y algún sentido. Percibir colores, formas, texturas, olores, no configura por sí mismo una
experiencia. Es el sujeto el que ordena lo que le viene dado a través de los sentidos. ¿Cómo
logra ordenar esas impresiones? Su razón es la que permite este armado. La razón no posee
ideas innatas pero posee estructuras a priori en las que las impresiones se organizan.

Es el sujeto cognoscente el que ubica las impresiones en espacio y tiempo. Que las
impresiones aparezcan como sucesivas en el tiempo (antes - después) y ubicadas
espacialmente (en frente - al costado arriba - abajo) es resultado de la actividad del sujeto.
Conocer no es equivalente a una recepción pasiva de impresiones ni a un mero análisis de
ideas que ya están en nosotros. Conocer es el resultado de la relación entre impresiones que
provienen de la realidad y estructuras de la razón que son aportadas por el sujeto.
Kant afirma que espacio y tiempo son condiciones a priori de toda experiencia. Su defensa del
carácter a priori de estas nociones pasa por considerarlas intuiciones puras, se denominan así
porque permiten la intuición empírica (son el marco en el que se han de dar dicha intuiciones)
y «puras» porque no tienen un origen empírico. Gracias a estas intuiciones puras, el sujeto
cognoscente estructura las sensaciones proyectando todo lo conocido en la dimensión
espacio-temporal (las cosas físicas en el espacio-tiempo y los fenómenos psíquicos en la
dimensión meramente temporal). Según Kant, el espacio y el tiempo no son rasgos que las
cosas tengan independientemente de nuestro conocimiento de ellas; el espacio y el tiempo
son las formas a priori de la Sensibilidad externa (o percepción de las cosas físicas) y el tiempo
la forma a priori de la Sensibilidad interna (o percepción de la propia vida psíquica).

Las impresiones son intuiciones empíricas que cumplen la función de ser el estímulo
indispensable para que la facultad de conocer (que es propia de la razón) se ponga en
actividad. El sujeto cognoscente no se limita a recibir impresiones sino que aporta un conjunto
de formas a priori que moldean la experiencia. Las impresiones proporcionan la materia del
conocimiento, la razón proporciona la forma en la que estas impresiones se insertan. Por
esto, Kant afirma: "Sin sensibilidad ningún objeto nos sería dado y, sin entendimiento, ninguno
sería pensado. Los pensamientos sin contenido son vacíos; las impresiones sin conceptos son
ciegas.”

Para finalizar, cabe aclarar que el término más amplio posible para cualquier tipo de
conocimiento, el género máximo, es en la terminología kantiana el concepto de
representación; representación es, pues, toda referencia posible a un objeto. Las
representaciones se dividen en dos especies principales: intuiciones, que son aquellas que dan
un conocimiento inmediato y que se refieren a un objeto único, individual; y conceptos,
representaciones que proporcionan un conocimiento mediato, indirecto, y que se refieren a lo
que es común a diferentes objetos.
Intuiciones y conceptos, a su vez, pueden ser empíricos o puros. Intuiciones empíricas son las
sensaciones o impresiones. Conceptos empíricos son, por ejemplo, los de "papel", "silla",
"perro", etc. Hay además intuiciones que no son empíricas, sino puras esto es, libres de todo
elemento que pertenezca a la sensación-, y son dos: espacio y tiempo. Por último, hay
conceptos puros, que a su vez se dividen en conceptos puros del entendimiento, o categorías,
en número de doce (unidad, pluralidad, causalidad, substancialidad, etc.), y conceptos puros de
la razón o Ideas, de las que aquí se consideran tres: alma, mundo y Dios.

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