Seokjin es un atractivo chico del último año en la Bang High School.
Él puede ser tu primera vez a cambio de una módica cantidad de dinero y/o
trueque.
Y Namjoon necesita su ayuda.
Trabajo
La diferencia entre una prostituta y Seokjin era que el castaño no siempre
ofrecía sexo a cambio de dinero.
Kim Seokjin era un estudiante de último año en Bang High School, famoso por
ser "El chico de la primera vez". Cualquier persona, indistintamente del sexo,
raza, religión, color y tamaño, podía acercarse con total confianza al atractivo
castaño de piel blanquecina y de ojos brillantes para hacer su solicitud.
Cualquiera que pudiera recompensarle, claro está.
Y es que era increíble la cantidad de adolescentes que a esas alturas ni siquiera
habían dado un primer beso. Pasando por cosas inocentes como una primer cita
y llegando hasta temas más elevados como desvirgar al o la solicitante, cosas
absurdas, sencillas o tontas, Seokjin no tenía muchas restricciones al ofrecer su
ayuda.
Bueno, sólo una; él debía ser el primero.
Todo comenzó un año atrás con un chico de su clase (y su actual mejor amigo),
Hoseok. Era un estudiante de intercambio que hacía suspirar a un montón de
chicas por ser el miembro más destacado en el club de "street dance".
Seokjin jamás fue bueno para socializar. No se le daba y él no hacía el esfuerzo
por cambiarlo. Pero con Jung Hoseok había sido diferente; comenzaron con
sencillas conversaciones como pareja del laboratorio de física y terminaron
llevándose bien dentro y fuera del salón de clases.
Hoseok sabía que Seokjin no tenía complejos al admitir su gusto por hombres y
mujeres por igual. Es por eso que Hoseok recurrió a Jin cuando el mayor de sus
problemas comenzaba a ahogarlo.
A Seok le gustaba un niñato de primer ingreso. Sí, un chico. Con pene. Al
aceptarlo, un montón de complejos brotaron en el azabache quien hasta ese
entonces se había identificado siempre como heterosexual. Seok sabía que
Taehyung, el platónico en cuestión, era abiertamente gay (porque se juntaba con
el "grupo de los gays"). Pero él no lo era. No podía serlo.
En fin. Después de meses (casi medio año) convenciéndose de que estaba bien
sentir atracción por alguien de su mismo sexo, Hoseok decidió confesarse al
menor.
Pero había un problema.
— ¿Quieres que yo... qué?—Exclamó Seokjin, mirando con desagrado a su
amigo.
— Deja que te bese. Sólo una vez —pidió el atractivo bailarín.
— No. ¿Por qué lo haría?... ¿Por qué quieres que lo haga? —cuestionó
totalmente confundido.
— Porque me confesaré, y si beso a Tae no quiero cagarla. Jamás he besado a
un hombre —Hoseok sonrió—. Y lo harás porque eres mi amigo y me quieres.
Seokjin volvió ha gesticular aquella graciosa mueca de fastidio a la par que un
incrédulo bufido escapaba de sus labios.
— Antes que nada, estás asumiendo que ese niño aceptará ser besado por ti
—señaló—, te recuerdo que existe el cincuenta por ciento de probabilidades de
que te rechace. En segundo lugar —alzó dos dedos frente a su amigo—, besar
a un hombre o una mujer es exactamente lo mismo, todos somos humanos
—rodó los ojos—. Y en tercer lugar, ¿qué gano yo?
El azabache sentado frente a Seokjin dejó salir el aire de sus pulmones con un
modo ligeramente aliviado. Por un momento creyó que el castaño se había
molestado en serio. Pero, al final de cuentas, estaba hablando de Kim Seokjin.
Uno de los mayores defectos (o virtudes) de Seokjin era su obsesión con ganar,
con el primer lugar y el triunfo. Sacar ventaja de las situaciones era ya un
deporte para él.
Hoseok ofreció traerle un postre distinto durante toda una semana al menor de
ambos, y después de un serio regateo, los amigos cerraron el trato con una
semana de postres y el nuevo disco de la banda favorita de Seokjin.
Seok y Seokjin se besaron.
No fue lo mejor ni lo más extraordinario del mundo.
Pero gracias a eso, ahora Hoseok y Taehyung tenían una sólida relación de casi
un año de antigüedad. O eso alardeaba el azabache, porque en realidad Seokjin
seguía creyendo que si se hubiesen ahorrado el innecesario paso el resultado
hubiese sido el mismo.
Total. Al pasar aquél asunto, una chica (bastante chismosa) había escuchado el
trato entre el par de amigos y, ofreciendo una nada despreciable cantidad de
dinero, pidió a Seokjin que le diera su "primer beso". El castaño aceptó ya que
en aquel trato sólo podía ganar.
Esa chica le contó a una amiga; la amiga le contó a su primo; el primo lo contó
en una fiesta, y de repente, todo el mundo solicitaba a Kim Sokjin. El muchacho
castaño no se podía resistir ante las recompensas materiales y monetarias, por
lo que en poco tiempo convirtió aquello en un trabajo.
Le era fácil desempeñar su papel, pues nunca le importó mucho lo que los
demás pensaran de él. Mientras Hoseok estuviera a su lado, el resto de la
escuela se podía ir al carajo. Además, Seokjin era jodidamente atractivo,
claramente no faltaba quién quisiera su ayuda al menos una vez a la semana.
Como resultado final, "El chico de la Primera Vez" se encontraba en el último
semestre del bachillerato, con más reciente teléfono de Apple en su bolsillo y
con el desayuno y la comida cubierta al menos por un mes. Además de un
montón de caprichos innecesarios.
Cierto viernes, Seokjin guardaba sus libros en su casillero, listo para marcharse
a su cita del viernes. Una chica que deseaba ser besada bajo la lluvia; Seokjin
tuvo que revisar el clima durante cinco días seguidos para poder encontrar un
jodido día donde las probabilidades de lluvia fueran superiores al ochenta por
ciento. Era dedicado en lo que hacía.
Al cerrar la puerta del locker y darse media vuelta, Seokjin casi choca con un
chico un poco más alto y robusto que él. El desconocido llevaba su teléfono en
la mano e intercambiaba miradas entre la foto en la pantalla y la cara de Seokjin.
El mayor enarcó una ceja.
— ¿Se te perdió algo? —Cuestionó un poco choqueado ante la rara actitud del
extraño.
— Eres Seokjin, ¿no?
El mayor sintió cada vello de su nuca erizarse ante el tono profundo y ronco en
la voz del contrario. Se sacudió con algo de miedo y carraspeó la garganta.
— Ajá.
En el rostro del moreno desconocido se dibujó una sonrisa que provocó la
aparición de dos pequeñas depresiones en sus mejillas. Rápidamente estrechó
la mano del castaño y con un tono enérgico dijo:
— Soy Kim Namjoon, mucho gusto.
Seokjin tenía ganas de reír por lo extraña de aquella situación, pero presentía
que el sujeto solicitaría de sus servicios, y no sería buena idea burlarse de él.
Además, con todo y lo anormal de la presentación, el chico le simpatizaba.
— Pues tú ya me conoces, supongo —sonrió el castaño—. ¿Qué puedo hacer
por ti?
— Oh, verás, yo me quiero enamorar.
El castaño abrió desmesuradamente los ojos y una sonrisa nerviosa se formó en
su boca. Seokjin había recibido antes peticiones de prácticas sadomasoquistas
y hasta lanzarse junto a alguien en bungee. Y de lejos, lo que Namjoon le pedía
era lo más descabellado que se le pudiese ocurrir.
— Bien, chico —comenzó con calma—. No creo que esa sea la mejor idea, no
creo poder complacerte en eso —rió sin afán de ofenderle.
— Hm, mis amigos dicen que sí —Namjoon se encogió de hombros—. Juro que
sería la primera vez que me enamoro.
— No, no —negó con la cabeza—. Me refiero a que, no sé, eso es algo que
haces con una pareja o algo así... pagar por enamorarte no sería amor, ¿no lo
crees?
El moreno de cabellos teñidos de plata torció los labios, pensativo.
— Es que yo no quiero una pareja, yo sólo quiero saber qué se siente —expuso
el más alto—. En serio, le he propuesto lo mismo a un montón de personas y
todas me rechazan. Dicen que no tengo sentimientos si pretendo jugar con las
emociones de otro. Pero no es así. Esto es más... una investigación.
Seokjin se cruzó de brazos y frunció un poco el ceño. Namjoon parecía hablar
muy en serio.
— Supongamos que acepto —repuso—, enamorarse no es algo que sucede de
la noche a la mañana, me imagino. ¿Crees poder cubrir el costo por el tiempo
que eso tome?
— Claro —su sonrisa volvió a aparecer—, ¿entonces sí?
— Ni siquiera te he dicho cuánto te costará.
— Lo pagaré.
Seokjin alzó ambas cejas. No tenía la actitud prepotente de un niño rico, lo cual
le hacía dudar de la veracidad de aquel trato. Bien todo eso podría ser una
broma de mal gusto (no sería la primera, irónicamente).
— Continuemos con el supuesto—habló el castaño—; yo acepto, tú me pagas y
de alguna mágica y casi imposible manera consigues enamorarte de mi. ¿Luego
qué?
— Rompemos —Contestó de inmediato el teñido.
— ¿Rompemos?
— Sí, quiero la experiencia completa del enamoramiento. Desde la ilusión hasta
el desamor —enlistó con dos de sus dedos.
Jin miró fijamente a Namjoon esperando a que este se echara a reír gritando
que aquello era una cámara oculta. Es que era casi un chiste la forma en la que
ese chico hablaba del tema, como si estuviese pidiendo un combo de palomitas
en el cine.
El castaño suspiró y buscó entre las libretas de su mochila un pedazo de papel,
donde con un bolígrafo escribió una fuerte cantidad y un número:
— Te costará esto —estiró la nota hacia el contrario, quien inmediato la tomó—,
debajo dejé mi número de cuenta bancaria.
— ¿Este es el precio por día?
— No, idiota —Seokjin se mordió la lengua. Pero es que verdaderamente le
escandalizó el que el moreno creyera que tremenda cantidad de dinero se
tuviese que dar a diario—, soy un trabajador no un estafador. Es el precio por
semana.
Namjoon sonrió de nuevo, pareciendo no afectado por el repentino insulto ni
escandalizado por la suma requerida.
— Entonces, si te pago, ¿estás a mi entera disponibilidad?
— No lo sé, tengo más contratantes —se encogió de hombros—. Digamos que
es tuyo sería un contrato de semi-exclusividad; si no tengo ningún otro trabajo,
entonces mi demás tiempo es tuyo.
El moreno alto de cabellos plateados parecía rebosar en felicidad, como un niño
emocionado.
— ¿Cuándo empezamos? —Namjoon casi gritó con aquella rasposa voz que no
dejaba en paz los sentidos de Seokjin.
— Cuando me deposites el pago. Yo te busco y te daré un contrato.
— Eres tan profesional —alagó Nam, dándole un golpe amistoso en el hombro
al castaño, quien se tragó una mueca de dolor—. Esto será divertido.
El moreno partió un espacio en blanco del pedazo de papel que Seokjin le había
dado, donde apuntó con un Sharpie que sacó de su bolsillo su número de
celular. El más alto tomó una mano de Seokjin y sobre su palma dejó el papel.
— Hasta mañana, entonces —le guiñó un ojo de forma juguetona y se dio media
vuelta.
Kim Seokjin observó la masculina figura alejarse por el pasillo y cambió su
objetivo hacia el número en la palma de su mano. Sin lugar a dudas, su trabajo
le hacía conocer a gente muy rara.
[...]
Seokjin se lavaba los dientes en el baño de su habitación, preparándose para
dormir, mientras revisaba sus correos y notificaciones en el celular. Cuando
abrió uno de los tantos mensajes que recibía por parte del banco, casi se ahoga
con la pasta de dientes en su boca.
El último movimiento era un deposito no sólo por la cantidad por semana que le
impuso a Namjoon, sino que era el dinero suficiente como para cubrir un mes.
El castaño tuvo un raro presentimiento y torció los labios.
— ¿Cómo demonios enamoras a alguien?
Cita
La primera vez que Seokjin tuvo una cita fue a los trece años con una linda
chica de cabellos largos y dientes de conejo.
Una tarde en el parque de diversiones sonaría a algo que cualquiera disfrutaría.
Cualquiera menos ella.
La niña dientes-de-conejo terminó vomitado su almuerzo y Seokjin quería morir
de vergüenza.
[...]
Kim Namjoon, su contratante, le miraba con una ceja enarcada y una sonrisa en
los labios. La sonrisa que creaba dos perfectos hoyuelos en la parte baja de sus
mejillas y de los cuales uno podía familiarizarse rápidamente.
— Vaya, tres hojas —Namjoon exclamó divertido, hojeando el contrato que el
castaño le había extendido.
Sacó de entre sus bolsillos un par de anteojos de marco negro para leer el
documento. Leyó solo lo que parecía destacado a simple vista: "Kim Seokjin se
compromete a trabajar junto a Kim Namjoon hasta que este logre enamorarse
por primera vez", "Kim Namjoon deberá pagar la cantidad impuesta
semanalmente...", "Si el pago se encuentra completo, el contratante puede
solicitar los recursos necesarios para cumplir su objetivo", "Cuando la finalidad
del contrato halla llegado, ambas partes se separarán en términos
profesionales".
— Si estás de acuerdo —interrumpió el mayor, recargando los codos sobre la
mesa—, firma las seis hojas donde dice tu nombre. Yo ya lo hice. Un juego es
tuyo y otro me lo quedo yo.
— Entendido, bro —Namjoon tomó un bolígrafo de entre sus cosas y atendió a
la orden de Jin, sin cuestionar ni una coma escrita en las hojas.
El silencio que había en aquella mesa contrastaba entre el barullo del comedor.
Eran casi las once, la hora del almuerzo y cuando más gente había en la
cafetería. Cuando más gente miraba con entrometimiento a Kim Seokjin sentado
frente a Kim Namjoon, firmando un contrato.
Lo que hacía Jin era un secreto a voces creado por la comunidad escolar, algo
que a los demás les daría pena admitir en voz alta. "Ayer pagué para que me
cogieran" o "Mi primer beso fue comprado", no eran precisamente frases de las
cuales adolescentes patéticos de medio-superior se sintieran orgullosos. El
trabajo de Seokjin era comercializado, satanizado y parecía otorgarle el derecho
a los demás de juzgarlo.
De nuevo, a Jin le importaba poco menos de una mierda la opinión ajena, pero
no quería que Namjoon se sintiese incómodo cuando las personas
cuchicheaban al verles juntos. Sin embargo, fue el moreno de cabellos
plateados quien insistió en reunirse en aquel lugar, a esa hora.
— Debo preguntar, por curiosidad, ¿de dónde sacaste tanto dinero?
Preguntó el castaño, buscando una forma de aligerar la tensión (al parecer,
unilateral) que había en la mesa que compartía con Namjoon.
— Me gusta ahorrar —respondió simple el contrario—. Mis padres están
divorciados, supongo que creen que quedé traumado de por vida y que sólo el
dinero me hará sentir menos miserable —rió sarcásticamente y Seokjin mordió
con pena su labio inferior, los temas familiares siempre eran delicados.
Namjoon notó el repentino silencio y de reojo miró la graciosa expresión de
preocupación que esbozó el castaño. Sonrió una vez más.
— Hey, tranquilo —repuso—. Eso pasó hace años. Ya no me afecta. Y sobre el
dinero, también tengo tías, abuelas y en verano trabajé en un auto-lavado
—quitó los anteojos de su rostro—. Además, no suelo gastar. Si lo que te
preocupa es que sea un mafioso o ladrón, no lo soy. Aún —bromeó el teñido
entrecerrando los ojos.
Seokjin sonrió divertido y se sonrojó un poco. Definitivamente, Namjoon era un
sujeto fácil de tratar a pesar de sus raros modos y eso aligeraba un poco su
carga.
— ¿No lo eres? —contestó con el mismo tono, siguiendo el juego—. Me sentía
como el amante de un enemigo de James Bond.
— Amantes —repitió con intriga, como analizando el término—. Supongo que
eso seremos.
Jin titubeó ante sus propias palabras. "Amantes". No solía usar ese término con
las personas con quienes trabajaba, tampoco los llamaba "clientes".
Contratantes era un término más estable e íntimo; hacía alusión a una persona
que seguía una serie de reglas preestablecidas en un contrato. Y alejaba a
Seokjin de sentirse una puta.
— Hoy tengo la tarde libre, ¿quieres hacer algo? —El castaño cambió el tema.
Namjoon estuvo un momento en silencio, como recordando sus deberes,
mordiendo ansiosamente la punta del bolígrafo que aún sostenía en la mano.
Después de la pequeña pausa, sonrió de esa manera tan agradable a la que Jin
se comenzaba a acostumbrar.
— ¿Es algo así como una cita?
— Supongo que si lo quieres llamar así, está bien —se encogió de hombros.
— Genial, salgo a las cuatro —el moreno se levantó de su asiento, y el castaño
le imitó—, te veo en la salida, bro —chocó su puño contra el hombro de Seokjin
y se dio media vuelta, ignorando la mueca del contrario.
[...]
Seokjin encontró a Hoseok y Taehyung en los pasillos del piso A en el cambio
de hora.
Era gracioso cómo el castaño-anaranjado era el menor de la relación y lucia (al
menos físicamente) más maduro. Sin embargo, ese par de idiotas eran, por
mucho, el dúo más raro del instituto.
Taehyung, centímetros más alto que el azabache, enredaba sus brazos por la
cintura de Hoseok y recargaba la mandíbula en el hombro del mismo.
— ¿Es que son siameses? —Seokjin acomodaba los libros de su casillero,
mirando de reojo a sus amigos—. Llevan como cinco días de la misma manera...
hablen ya, ¿quién de los dos está en celo?
— ¿Somos gatos? —Seok fingió indignación—, y para tu información...
Taehyung.
— ¿Qué?
— Como sea, no podré verlos después de clases —informó el mayor de todos.
— Pero es martes de nachos —reclamó Tae—. ¿Es martes, cierto? —Preguntó
a su novio, quien inmediatamente asintió con la cabeza—. ¡Es martes de
nachos, Jin hyung!
— Lo sé, pero me he puesto la soga al cuello con un contratante —explicó el
castaño, cerrando la puerta metálica.
El gesto de Seokjin no era de decepción absoluta. Hoseok y Taehyung eran sus
amigos (tal vez los únicos), pero también eran pareja, lo que implicaba,
obviamente, que Seokjin fuese siempre un mal tercio a la hora de salir o hacer
actividades juntos. Todo era incómodo cuando la pareja se besaba y Seokjin
miraba hacia otro lado fingiendo no ir con ellos. No los culpaba, pero salir los
tres juntos nunca era una buena idea.
— ¿Entonces aceptaste a Namjoon? —Preguntó Hoseok de la nada.
Seokjin frunció el ceño y escudriñó con los ojos al azabache quien parecía tener
información desconocida para su mejor amigo. Hoseok le sonrió sin culpa como
respuesta.
— ¿Cómo le conoces? —Preguntó Jin con un tono autoritario.
— Comparto clases con él —explicó el azabache—. Me platicó su problema y le
conté de ti, de cómo nos conocimos cuando tú re-cursabas física, y a lo que te
dedicas.
El mayor del trío se ruborizó un poco. No era necesario que Namjoon supiese
que había reprobado aquella materia, gracias, Hoseok. No era de las cosas de
las cuales se sintiera orgulloso. Rodó los ojos a la par de un bufido.
— ¿Por qué lo mandaste conmigo? —Cuestionó mientras se ponía en marcha,
seguido de sus amigos—. ¿En serio escuchaste lo que quiere?
— ¿Qué quiere? —Habló un confundido Taehyung, quien cambió de posición y
enredó los dedos de su mano con los de su novio para poder caminar con
mayor facilidad.
— Quiere "enamorarse por primera vez" —respondió Hoseok, mirando al
menor—. Y no sé, Jin hyung, tú siempre sabes qué decir. Es que él es
demasiado...
— ¿Raro?
— Peculiar —repuso el azabache—. Tiene esas profundas y confusas filosofías
de la vida que... brr —tembló un poco—. Creo que su enorme cerebro le impide
pensar de forma simple.
— ¿Enorme cerebro? —Se rió Seokjin.
— ¿Namjoon no es el sujeto que ganó la olimpiada media-superior de
matemáticas? —Preguntó Taehyung.
— No, lo descalificaron porque no recordó la fecha del examen final y no lo
presentó.
El castaño mayor alzó las cejas y cruzó los brazos. Un adolescente de cabello
teñido, hijo de padres separados, con dinero de sobra y de intelecto superior;
sonaba a la descripción de un genio o un delincuente.
— No luce como un nerd —admitió el mayor del trío.
— Porque no lo es —contestó Hoseok—. Ser jodidamente inteligente es como
su súper-poder. La mayor parte del tiempo está haciendo-nada o jugando
baloncesto.
Taehyung bufó y el flequillo de su cabello castaño voló por el mismo soplido.
— Odio a la gente con talento nato —gruñó—. ¿Saben lo que he sufrido por
aprobar biología? Me desvelo a diario para conseguir un seis. Es injusto.
— La vida es injusta —se burló Jin.
— ¿Y qué harán hoy?
— No lo sé. Quiere tener una cita.
— ¿Cita? —rió Hoseok—, ya sabes, una en plan cita —dijo remarcando las
letras de la última palabra.
— Sí, Hoseok, una cita común y corriente.
— Algo me dice que será todo menos común —repuso el azabache.
El mayor de los castaño entrecerró los ojos y miró con intriga a su mejor amigo.
— ¿Cómo lo sabes?
— Una corazonada.
[...]
Seokjin, con casi diecinueve años de edad, había aprendido muchas cosas del
mundo aunque los demás no le creyeran.
Entre tantas de esas cosas sabía, por ejemplo, que cuando alguien decía en la
primer cita:
— Vamos a mi casa.
No te quería precisamente para enamorarse. Es por eso que, con cierta
decepción, Seokjin asintió al pedido de Namjoon. Porque Namjoon era su
contratante; porque Jin debía cumplir un contrato.
Caminaron en silencio hasta el hogar del menor, una casa ubicada no muy lejos
del instituto. El vecindario donde se encontraba era lindo, la típica colonia donde
los vecinos se odian y envidian pero deciden saludarse con un cortés "buenos
días" por las mañanas.
La casa de Namjoon no era una mansión, pero sí un poco más grande que las
demás. Una construcción de dos pisos pintada de color azul-crema, con los
interiores blancos y puertas de madera barnizada. En las paredes de la
recepción sólo había fotos de Namjoon de pequeño, de él y su madre, y una con
los abuelos. Cuadros, espejos y una mesa ratona en el centro. No había nada
muy destacable.
— Mi madre llega a las seis —informó el de cabellos plateados con una sonrisa
y dejando en un sofá su mochila.
Jin no dijo nada. No era la primera vez que vivía una escena como aquella. Y si
no se equivocaba, ese era el momento en el que el moreno tendría que decir...
— Vamos a mi habitación.
¡Bingo!
El anfitrión de la casa tomó su mano y lo condujo hasta el primer piso. Debía
admitirlo, esta era la forma más original en la que le pedían sexo. Namjoon abrió
la tercer puerta al fondo del pasillo, dejando ver una habitación
sorprendentemente limpia. Casi, por un momento, un momento chiquito, se
creyó lo del enamoramiento.
— Siéntate, recárgate en la cabecera y abre las piernas.
Seokjin se sonrojó y miró con los ojos bien abiertos al más alto. Vamos, que no
había la necesidad de ser tan explícito y mucho menos ser un cínico pervertido
que pronuncia aquellas palabras con una sonrisa inocente decorada por dos
hoyuelos.
El castaño carraspeó y con movimientos trémulos acató la orden. Los dos aún
portaban el uniforme escolar, lo que hizo preguntarse a Seokjin si era necesario
comenzar a desvestirse. Miró atento cómo Namjoon se acercó al escritorio de la
habitación y de éste tomó una pequeña libreta de forro verde.
El menor de ambos caminó hasta Jin y en un dos por tres se acomodó entre las
piernas de este, recargando la espalda en el amplio pecho del mayor y
estirándose a lo largo de la cama. Nam abrió la libreta en una página en
específico, donde un bolígrafo hacía la función de separador, y comenzó a
escribir algo a lo que Seokjin no puso atención.
— ¿Qué hacemos? —Preguntó totalmente confundido.
— Tenemos una cita —Namjoon contestó tranquilamente, sin abandonar su
labor de escribir— . Puedes abrazarme o tocar mi cabello, si deseas.
No es como si Seokjin se sintiera decepcionado aquella vez. Simplemente, todo
era tan... raro. Y eso que él no era la persona más común como para decirlo.
— ¿Creíste que tendríamos sexo? —Preguntó el menor, sin despegar ni un
momento la mirada de su apunte.
— Sí —titubeó el mayor.
Namjoon rió por lo bajo y volvió a guardar silencio. Los minutos pasaron y el
único sonido en la habitación era el ruido de la calle que se colaba por la
ventana. Seokjin miraba el techo blanco del cuarto, sintiendo la respiración del
contrario sobre él y el aroma a colonia ajena invadir sus fosas nasales, con las
manos rígidas a sus costados y la boca ligeramente abierta.
En serio, todo aquello parecía una broma.
— ¿Por qué así? —Susurró el mayor.
— ¿No es romántico? —Respondió—. ¿Sabías que un setenta por ciento de
"las primeras citas" son idas al cine? Es la peor idea del mundo, si lo piensas.
En el cine no puedes hablar, por lo tanto, no puedes conocer a la otra persona;
en conclusión, invitar a alguien al cine como primera cita es como decir "hey, no
me importas, sólo quiero meter mi lengua en tu boca".
— O sólo quieres ver una película con alguien —Contraatacó Seokjin al tono
sabelotodo del menor.
— Mmh —se encogió de hombros—, ¿cuando fue la última vez que llevaste a
una cita al cine "sólo a ver una película"?
El castaño, con el ceño fruncido, abrió la boca dispuesto a discutir pero
inmediatamente la cerró al verse sin argumentos válidos.
— Lo imaginé —se burló el menor.
Como era sabido, si existía algo que molestara a Kim Seokjin eso sería no
ganar, y últimamente, frente a Namjoon, era algo que sucedía repetidamente.
— ¿Y pretendes quedarte en silencio y así conocerme mejor?... ¿Y qué se
supone que escribes que es más importante?
— No, pensaba llenarte de preguntas una vez terminara con esto —alzó un
poco la libreta—. Es la bitácora de mi experimento.
— ¿Tarea? —Preguntó Jin, un tanto más calmado.
— Nope —Namjoon dejó de escribir, cerrando el pequeño cuadernillo—. Mi
experimento personal, "Enamoramiento".
Seokjin alzó las cejas ciertamente sorprendido, inclinando un poco la cabeza
para tener una visión más clara del dichoso cuaderno, llevando
inconscientemente las manos hacia la cabeza del menor.
— ¿Crees que puedes experimentar con el enamorarte? —Cuestionó, jugando
delicadamente con los largos mechones teñidos de plata.
— Claro —respondió emocionado, echando un poco la cabeza hacia atrás para
poder ver las reacciones de Jin—. ¿Te imaginas? Si pudiera hacer del
enamoramiento una ciencia... ¡Sería un gran descubrimiento para la humanidad!
— No creo que a muchas personas les importe "la ciencia del amor", Namjoon.
El menor se enderezó sobre la cama y dio medio giro, quedando en posición de
flor de loto frente al castaño, quien le imitó de inmediato (dándose cuenta de que
sus piernas comenzaban a entumirse). Namjoon sonrió, pero de una forma que
jactaba superioridad.
— ¿En serio? Yo creo lo contrario —repuso seriamente excitado por el tema—.
Admitámoslo, Seokjin, todos -en algún momento de nuestras vidas- buscamos
esa infantil ilusión; soñamos con un alma gemela o al menos ese alguien que
nos haga sentir que el mundo da vueltas con el simple hecho de estar juntos.
Todos queremos alguien a quien amar.
— ¿Hasta tú?
— Hasta yo —rió un poco—. Tal vez no ahora, pero, supongo, en algún
momento tendré la necesidad.
Jin torció los labios y guardó silencio un instante, analizando las rápidas
palabras del moreno, buscando el error en sus deducciones.
— Si el querer amar a alguien es algo instintivo —contestó con palabras
lentas—, no hay forma de mecanizar el enamoramiento. No puedes dar la
fórmula para amar, Namjoon. Es por eso que creo que esta investigación tuya
no funcionará. Piénsalo, tal vez ni siquiera te gusto; tal vez no te intereso o
simplemente tal vez no nos llevemos bien. Forzarte a ti mismo a enamorarte de
alguien, ya no es amor.
— ¿Y no es eso lo que todos hacen siempre, Seokjin?
El castaño frunció el ceño, como por décimo-quinta vez en la última hora y cruzó
los brazos sobre su pecho.
— Lo pondré de la siguiente manera —continuó Namjoon—: En el mundo hay
más de siete millones de personas, cualquiera de ellas podría ser tu alma
gemela. Sin embargo, nosotros forzamos el encontrar al "amor de nuestras
vidas". ¿Cómo? Bien, de esos más de siete millones de personas descontamos
a los ancianos y a los niños; después descartemos a las personas por las cuales
no te sientes sexualmente atraído; después, descartemos a todas las que se
encuentran en un país diferente al tuyo, que son los que tienen menos
probabilidad de contacto contigo; reduzcamos ese número a las personas que
viven en tu mismo estado, y ahora a las personas que forman parte de tu círculo
social. Las relaciones más duraderas son aquellas que se dan entre mejores
amigos según estadísticas. Dime, en el mundo real ¿cuántas son las
probabilidades de que, de siete millones de habitantes, tu alma gemela sea
precisamente la persona que se sienta frente a ti en el colegio?
Seokjin miró fijamente al menor, con la nariz levemente arrugada y un pequeño
tic en el ojo. El ruido de la calle como fondo y el sonido de las manecillas de un
reloj sobre la cómoda haciendo eco.
— Eres tan raro.
— Lo sé —sonrió.
Namjoon se levantó del mullido colchón de la cama y tomó de un cesto en la
esquina de la habitación una pequeña pelota de ule-espuma semejante a un
balón de básquetbol, jugando con ella entre sus manos.
— En serio, ¿siempre piensas así de todo?
— Sip —respondió sin mirar de frente al castaño.
— ¿Y no es aburrido?
Namjoon detuvo su jugueteo con la pelota y miró seriamente al mayor, con un
breve gesto perspicaz.
— ¿A qué te refieres?
— Me refiero a que, si te la vives analizando las cosas que te suceden o podrían
suceder... ¿en qué momento lo disfrutas?
Namjoon miró al techo por un momento, pensativo, y de verdad le pareció
increíble a Seokjin que el chico de cabello teñido jamás se hubiese detenido a
pensar en aquello.
La alarma del celular de Seokjin avisó a su dueño que casi eran las seis treinta,
y que era el momento correcto para irse a casa. El invitado tomó sus cosas que
aún yacían en el suelo junto a la cama y se colocó frente a su contratante, quien
todavía no salía de su silenciosa reflexión.
— Me tengo que ir —le informó.
Namjoon despabiló y su sonrisa coqueta volvió poco a poco a adornar su rostro.
— Fue una gran cita.
— La más peculiar que he tenido, sin dudas —Jin sonrió de nuevo después de
mucho tiempo, contagiado por los gestos del contrario—. Hasta mañana,
Namjoon.
— Hasta mañana, Seokjin —se despidió el más alto, golpeando el hombro del
castaño.
Seokjin cerró los ojos con un deje de molestia y sonrió forzadamente para evitar
explotar en ese preciso momento.
— Sabes, no es como que saludes o te despidas de la persona de la cual
pretendes enamorarte de esa manera —señaló su hombro.
— ¡Ah! Lo siento, es la costumbre —admitió con una risa.
Una de las grandes manos del moreno tomó la nuca castaña de Kim Seokjin, y
sin más aviso, acercó el rostro del mayor lo suficiente como para poder robarle
un beso. Uno corto, suave y electrizante.
— ¿Así está mejor?
Estudio
La primera vez que Seokjin condujo un auto por sí mismo fue a los dieciséis
años con un auto estándar, mientras hacía la prueba para obtener su licencia de
conducir.
Un sujeto medio ciego y gruñón fungiendo como su instructor.
No es sorpresa para nadie saber que chocó el auto.
[...]
Los cabellos castaños de Seokjin volaron cuando este dejó caer la cara contra la
paleta de la butaca. Cinco punto ocho. En serio, dos jodidas décimas eran las
que lo obligaban a presentar el examen final de cálculo. En serio.
Y ni quién tuviese ganas de rogarle al odioso viejo que tenía por maestro, que a
decir verdad no merecía el título pues en todo el semestre no había hecho otra
cosa más que contarle al grupo de su muy poco interesante vida como científico
frustrado.
En fin, Seokjin tenía dos semanas para aprobar un examen sobre una materia
que no entendía si es que quería su título de escuela medio-superior. Genial.
Tomó el examen con una mano y con la otra cargó su bolso, abatido. Esto
arruinaba todos sus planes; no podría disfrutar sus vacaciones de invierno y
tendría que dejar su trabajo por un tiempo. Tendría que buscar algún curso
intensivo y pegarse a la silla frente al computador para rezar porque YouTube
tuviese algún video sobre la diferencial de una función.
Su alma en pena vagaba distraída por los pasillos de la escuela cuando una
mano sujetó su hombro llamando su atención. Apenas alzó la vista, el mismo
dueño de aquella mano tomó su mandíbula con firmeza y besó sus labios.
— Buenos días, Seokjin —saludó el moreno más alto obstruyendo el paso al
mayor.
El castaño se sorprendió por un momento, pero se recompuso a la misma
velocidad que se ruborizó ligeramente. Seokjin estaba acostumbrado a ser el
que tomaba la iniciativa ante cualquier tema de contacto físico, es por eso que lo
choqueaba la actitud tan atrevida del menor. Sin embargo, debía admitir que le
gustaban más esos saludos a los golpes que en un principio recibía en el brazo.
— Ni tan buenos, Namjoon —respondió suspirando. Rodeó al teñido y continuó
con su camino hasta su siguiente clase.
El moreno dio dos pasos para alcanzar a Seokjin y sin vacilaciones tomó la
mano derecha del mayor con la propia, enredando los dedos de ambos en un
cálido lazo que reconfortaba los fríos dedos de Seokjin, víctimas del invierno.
— ¿Qué sucedió? —Preguntó el menor, sin dar importancia a sus actos o la
posición.
— ¿Uh?... —el mayor se relamió los labios al descubrirse nervioso por el tacto.
Negó ligeramente con la cabeza y carraspeó la garganta—. Pues... esto —alzó
el examen que aún sostenía en su mano libre—. Esto pasó.
Namjoon alcanzó la prueba y la sostuvo frente a sus ojos sin dejar de caminar
en ningún momento. Un pequeño silbido salió de sus labios al ver la enorme
marca de una calificación reprobatoria, y sonrió para el contrario.
— Lindo —dijo con sarcasmo.
— Odio a mi maestro —suspiró frustrado—. Seguro que repito la materia el
semestre siguiente.
— ¿No tienes algo así como un examen final?
— Lo hay, pero si no pude con un sólo tema... no creo poder hacer un examen
sobre todo el curso.
El castaño bajó la cabeza. De verdad odiaba perder. Inconscientemente apretó
un poco la mano ajena que le sostenía, el sentimiento de frustración pura.
— ¿Y si te ayudo? —Propuso el menor.
Seokjin miró por el rabillo del ojo al moreno de cabellos plateados y bufó con
escepticismo. Tomó bruscamente su examen de vuelta y frunció un tanto el
ceño.
— Eres de un curso inferior, Namjoon —dijo—. Sé que llevas las mismas
materias que Hoseok.
— Así que Hoseok abrió la boca —rió el menor, volviendo la mirad al frente para
evitar chocar con los alumnos en los pasillos—. Hubiera preferido mantener mi
anonimato, me hacía ver misterioso.
— Te hacía ver como un acosador —sonrió discretamente—. Y ahora que lo
pienso, debes llamarme hyung. Soy tu mayor.
— Me quedaré con "Seokjin" nada más. Suena mejor. Me gusta más —le guiñó
un ojo al castaño—. Pero volviendo al tema de tu examen final, para mi no hay
nada que no se pueda aprender.
El mayor frenó repentinamente, obligando al moreno a también parar.
— ¿Estás diciendo que vas a aprender algo al mismo tiempo que quieres
explicármelo?
Namjoon sonrió y se encogió de hombros.
— Sí.
— Estás siendo demasiado pretencioso e idiota, niño —repuso el mayor un poco
molesto.
El moreno rió y se acercó un paso más hacia el mayor, dando a notar la
diferencia de alturas.
— Bueno, no soy yo el que reprobó.
Seokjin abrió la boca totalmente indignado y con brusquedad sacudió su mano
para deshacerse del agarre. Chocó su hombro contra el menor para poder pasar
de él. Y es que, ¿quién demonios se creía ese sujeto? Su humor, de por sí malo,
empeoró al grado de caminar con pasos pesados y despidiendo mala vibra a su
alrededor.
El castaño estaba a punto de bajar las escaleras del primer piso cuando sintió
un brazo rodeando su cintura y tirando de él hacia atrás. Seokjin tenía los
irreprimibles deseos de golpear el rostro de Namjoon al darse cuenta que el
menor seguía riendo. Forcejeó para que este le soltara, pero el moreno le
abrazó por encima de los codos fungiendo como una cuerda que le impedía
moverse mucho.
— Ya, ya. Lo siento, Seokjin hyung.
— No te quiero ver, suéltame —dijo furioso.
— Técnicamente no me estás viendo. —El mayor gruñó—. Pero, en verdad, te
ofrezco mi ayuda sinceramente.
— No la quiero.
— ¿Y tienes más opciones para aprobar?
Seokjin, de verdad, comenzaba a creer que algo peor que perder era perder
frente a Kim Namjoon. Bufó y desistió de sus intentos de escapar. El moreno le
soltó y movió su brazo derecho hasta ponerlo sobre los amplios hombros del
mayor.
— Lo imaginé —rió.
— Que sepas, no me haces un favor —se sacudió el agarre—. Te pagaré...
¿cuánto quieres?
— No quiero dinero —sonrió—, te lo terminaría dando nuevamente. Tengo una
idea de qué quiero. Mañana ve a mi casa a las ocho de la mañana.
El castaño abrió los ojos totalmente escandalizado.
— ¡Pero mañana es sábado!
— Sí —contestó emocionado—. Llega a las ocho... ¿tienes auto?
— Sí —susurró con un mohín y los brazos cruzados
— Genial, ven en él.
Seokjin achicó los ojos mirando fijamente al menor, tratando de descubrir de qué
irían sus planes esa vez. Pero es que leer a Namjoon era tan difícil.
— ¿No vas tarde a tu clase? —Preguntó el menor viendo su reloj de pulsera.
— ¿Qué? —El castaño abrió los ojos y palideció—. Mierda, me castigarán.
Jin corrió hasta las escaleras y bajó rápidamente los escalones. Si faltaba una
vez más a la clase de química perdería el derecho a examen.
— ¡Corre, Seokjin hyung! —Gritó Namjoon desde el barandal del primer piso.
El mayor alzó la cabeza y rojo de la ira le mostró el dedo medio de su mano
derecha al teñido.
[...]
No es que a Seokjin no le gustara el frío, era más bien que no le gustaba salir a
la calle por la mañana del sábado, cuando el termómetro marcaba cuatro
grados, si bien podría estar durmiendo en su cómoda y calentita cama.
Pero helo ahí. Eran exactamente las ocho cuando Seokjin tocó el timbre de la
casa de Namjoon y no pasó ni un minuto cuando el susodicho abrió la puerta
con una cara de total emoción.
— ¡Espero haya-...!
El moreno de cabellos teñidos tapó la boca del mayor con una mano y con el
dedo índice de la otra le indicó que guardara silencio colocándolo en sus propios
labios. Seokjin enarcó una ceja y cerró la boca, atendiendo a la petición.
Namjoon retiró su mano, sonriendo, y se inclinó hacia el frente para robarle un
beso al mayor.
— Vamos —susurró el menor, cerrando la puerta tras él y pasando de largo a
Jin.
El castaño mordió su labio inferior y bufando se dio la media vuelta, siguiendo al
menor en completo silencio.
— ¿Dónde está tu auto? —Preguntó Nam una vez se encontraron en la acera
pública y mirando entre la fila de coches estacionados en la calle, tratando de
adivinar el correcto.
— Está doblando la calle, te informo que tus vecinos no conocen el concepto
"estacionamiento en casa"; tuve que dar dos vueltas para encontrar lugar para
aparcar —Seokjin escondía las manos en las bolsas de su parka beige, esta vez
siendo él el que pasó de largo al teñido y caminando hasta su vehículo.
— ¿Por qué el mal humor, Seokjin? —Rió el menor, dejándose conducir.
— Oh, no lo sé. Son las jodidas ocho de la mañana, hace tanto frío que no
siento los pies y voy a reprobar cálculo —volvió a bufar, sacando una pequeña
bola de vapor por la boca—. No lo sé, Namjoon —rodó los ojos—. Es ese
—puntualizó en voz baja, sacando el mando a distancia que desactivó los
seguros de un Cruze blanco.
— ¿Quieres que te caliente? —Susurró Namjoon cerca de su oído.
— ¿Qué?
— ¡Mira que sorpresa! No es rosado —exclamó con diversión, colocándose
frente al auto de Jin.
El castaño tenía las mejillas rojas, mezcla del viento que laceraba su piel y el
rubor que el menor le provocaba. Frunció los labios con frustración y respiró
hondo para calmar sus nervios.
— ¿Por qué habría de ser rosado? —Le cuestionó con la mandíbula rígida.
— ¿No es tu color favorito?
Jin abrió los ojos, ligeramente sorprendido.
— No... bueno, sí. ¿Quién te lo dijo? ¿Qué tanto le preguntas a Hoseok?
El muchacho de cabellos teñidos se recargó en la puerta del piloto, con los
brazos cruzados y esa sonrisa que acompañaba una mirada de "lo sé todo y tú
no" que tanto detestaba Jin.
— No me lo dijo nadie —repuso—. Pero no es difícil de adivinar; tus libretas
están forradas de rosado, tu mochila también es de ese color, incluso tu ropa
interior; el beani que tienes puesto es rosado. No es difícil adivinar, Seokjin.
— Son coincidencias que-... ¡¿Qué demonios dijiste de mi ropa interior?!
— El otro día en mi casa, se veían un poco —rió, dando media vuelta y
quedando una vez más frente al carro—. Bien, dame las llaves.
El castaño se burló con ironía.
— Ni loco. Primero dime a dónde vamos.
— Me enseñarás a conducir bien, Seokjin hyung.
Jin comenzaba a creer que el honorífico no había sido buena idea, pues al
escucharle, sentía que las piernas le temblaban un poco por la sugestiva voz.
— ¿Esperas que te enseñe a conducir en mí auto?
— Sí, mi madre no ha tenido tiempo y no me quiere prestar el suyo —estiró la
mano derecha, exigiendo la llaves del vehículo.
— ¿Quieres morirte?
— ¿Quieres aprobar cálculo?
[...]
— Bien, lo primero es ponerse los cinturones de seguridad —indicó el mayor,
tomando lugar en el copiloto, con los nervios de punta y los dientes rechinando.
— Seokjin, no soy idiota —sonrió el menor.
Namjoon se colocó el cinturón de seguridad y revisó los espejos, encendió el
auto y con bastante facilidad sacó el vehículo del espacio en el que se
encontraba encajonado entre otros dos carros. Giró el volante con maestría y en
minutos, se encontraban en marcha sobre el asfalto de la colonia.
El castaño destensó la mandíbula y bufó divertido, cruzando los brazos y
mirando por la ventana. Sonrió.
— ¿Y se supone que no sabes manejar?
— No sé hacerlo bien —aseguró el moreno, revisando ambos lados de la calle
antes de entrar a la avenida.
— A mi me parece lo contrario —Seokjin giró la cara, hasta encontrarse con el
perfil de Namjoon, quien de la nada dibujó una sonrisa maliciosa.
Pasaron de un tranquilo paseo a una carrera sobre la avenida en menos de un
minuto. Seokjin se sostuvo de los costados del asiento para no sentir que salía
disparado del móvil.
— ¡Baja la velocidad, idiota!
— No es que no sepa conducir, es que en serio no sé hacerlo bien —se
carcajeaba el menor, esquivando los pocos autos que circulaban en la
mañana—. Creo que lo único bueno de manejar es la adrenalina que esto te
puede causar.
— ¡Adrenalina te voy a causar cuando te golpeé las pelotas! ¡Para ya o
comenzaré a gritar!
— No veo cómo esa amenaza me haría desistir.
— ¡Para ya o...! ¡Sólo para, idiota! —Jin comenzaba a enojarse de verdad—.
Namjoon, detén el jodido auto.
El moreno borró su sonrisa cuando de re-ojo notó la expresión seria del mayor y
las manos temblando sujetas con fuerza al asiento. Disminuyó la velocidad con
cuidado y con precaución tomó la lateral de la avenida que conducía a una
pacífica calle. Se aparcó en una zona permitida y apenas estuvo en alto total,
Seokjin abrió con brusquedad la puerta y salió del vehículo.
El moreno mordió su lengua y maldijo por lo bajo. Se apresuró a salir también y
rodeó el carro blanco para poder seguir al mayor, quien se encontraba
caminando apresuradamente sobre la acera. Nam tomó el hombro del más bajo,
una vez le alcanzó y Seokjin se sacudió agresivamente.
— Seokjin...
— ¡Vete a la mierda!
— No iba a pasar nada.
— ¿Sabes qué me sorprende? Que siendo tan inteligente como dices ser no
sepas que pudimos morir. ¡Hasta un niño de primaria lo sabe, Namjoon! Carajo.
— Es más probable morir de cáncer que de un accidente automovilístico.
— ¡Pues tú y tus probabilidades pueden ir y-...! —Gruñó con frustración—.
Dame mis jodidas llaves, me largo.
El platinado escondió el mando del carro tras su espalda. Seokjin frunció el ceño
y sus mejillas se volvieron a encender; intentó golpear (en serio golpear) al
menor, pero este parecía ser más rápido al evitar sus patadas, hasta que uno de
tantos puntapiés golpeó la canilla del menor. Namjoon se encogió hacia
adelante, protegiendo su pierna y Jin aprovechó la acción para tratar de quitarle
las llaves.
Nam, a pesar del dolor, tomó desprevenido al mayor y le envolvió entre sus
brazos. Besó sus mejillas, su nariz y todo lo que lograse alcanzar con los labios
ya que el castaño se retorcía buscando liberarse.
Seokjin comenzó a desistir cuando uno de tantos besos acertó en sus labios y la
agitada pelea le comenzaba a robar el aliento. La pelea, los labios fríos, las
manos temblando, la fragancia ajena, el coraje en la garganta, el contacto
suave.
[...]
No era como si Seokjin hubiese sido consciente del preciso momento en que
Namjoon y él regresaron al cálido auto. Tampoco supo cómo había acabado
sentado sobre el regazo del menor, en los asientos traseros, besándose tantas
veces que los labios ya estaban hinchados. El calor dentro del vehículo era tal
que los vidrios se empañaron y las gruesas chamarras estorbaron entre ambos.
— Tengo que regresar a casa —informó el menor, sujetando con fuerza los
muslos del castaño y sin detener el intercambio de besos.
— Sigo molesto —contestó Jin, encajando un poco las uñas sobre los firmes
hombros cubiertos por un fino suéter negro—. Debería dejarte aquí botado para
que regreses caminando.
— No lo harás —sonrió, mordiendo con brusquedad el labio inferior de Seokjin,
recibiendo un pequeño jadeo en cambio.
— ¿Me estás retando?
— No, pero todavía tengo las llaves.
Fiesta
La primera vez que Seokjin fue a una fiesta fue en la graduación de secundaria.
Invitó, por obligación de su madre, a su prima que venía de Busan. La prima
Hyo era una rara muchacha que olía a mayonesa rancia y se vistió con una
falda blanca y una blusa rosada. Era hermosa. La blusa, obviamente.
La muchacha lo abandonó a mitad de la noche cuando se encontró con el chico
que hoy día era el prometido de Hyo.
[...]
Seokjin se encontraba demasiado ocupado calculando "la distancia más corta
entre un barco, que viaja de norte a sur, y otro, de este a oeste, si estos se
dirigen a un mismo punto" como para prestar atención a la fija mirada de
Namjoon sobre él.
— ¿Setecientos treinta? —Seokjin alzó la mirada, temeroso.
El moreno, quien recargaba su cabeza en una de sus manos y a la vez se
apoyaba sobre la mesa del comedor, sonrió burlón.
— ¿Es una pregunta o es afirmación? —Repuso y se carcajeó ligeramente ante
la mirada asesina del mayor—. Bien, no te enojes. No, la respuesta es
seiscientos cincuenta.
Jin gruñó con frustración y se aplastó con depresión contra la silla. Casi una
semana estudiando diario, esperando a Namjoon durante sus prácticas de
baloncesto para que le ayudase, durmiendo hasta tarde... y nada.
— Es inútil.
— No lo es. Has mejorado mucho.
— ¿Te estás burlando? —Achicó los ojos.
— Lo digo en serio —Namjoon estiró una de sus manos hasta que sus dedos se
enredaron con los cabellos castaños y lisos de Seokjin—. Son pequeños
errores, pero tienes el concepto.
El mayor evitó cerrar los ojos ante la caricia del menor. ¿Cómo demonios
Namjoon sabía exactamente qué decir o hacer en el momento indicado? Tal vez,
de verdad era un genio.
— ¿Por qué tienes el cabello teñido de ese color? —Preguntó de la nada.
— ¿Hum? —El moreno retiró su mano del contacto y examinó su propia
cabellera semi-larga—. Hace un año, como novatada en el equipo de
baloncesto, me tiñeron de rosado. Me gustó y he intentado con varios colores.
— Debiste dejarlo rosado —rió, volviendo la vista a la hoja llena de problemas
listos para ser resueltos.
— ¿Así te gustaría más?
— Así, tal vez, me gustarías —repuso, sin alzar la vista, con una sonrisa en los
labios y el lápiz en la mano escribiendo con lentitud.
Namjoon devolvió la sonrisa con los labios cerrados. Seokjin había aprendido
rápido sus mañas y acciones; ya no se sonrojaba cuando Namjoon se
insinuaba, ni se incomodaba por los repentinos besos o tactos. La primer etapa
había sido superada, era hora de pasar al siguiente nivel.
— Vamos a una fiesta este viernes —propuso, tranquilo.
Seokjin rió irónicamente, sin despegar la vista del ejercicio sobre sus hojas.
— ¿Es broma? El viernes es mi examen.
— Tu examen no será a las diez de la noche —rodó los ojos—. Vamos.
— Lo pensaré.
Namjoon colocó una mano sobre el trabajo de Jin, impidiendo continuar a éste.
El castaño frunció el ceño y miró rápidamente la sonrisa juguetona del moreno.
— Vamos, ¿sí? —Preguntó Nam con un tono asquerosamente tierno.
— Voy si prometes no volver a hacer esa tonta voz —reclamó choqueado,
dando un golpe a la mano intrusa.
— Pero es mi voz adorable. No puedes odiar mi voz adorable —se carcajeó,
poniéndose de pie y montándose sobre el regazo de Seokjin, interrumpiendo el
trabajo del mayor—. ¿Quieres que te diga "soñé con un fantasma"?
— Aghh, ¡no te atrevas! —Gritó el castaño, cubriéndose los ojos.
— Anoche... —comenzó con el infantil tono.
— ¡Kim Namjoon!
El moreno soltó una carcajada y tomó con ambas manos las mejillas del mayor,
besando sus labios y dando fin al momento de estudio, al menos, por ese día.
[...]
Taehyung parecía un alma en pena viviente echado sobre los jardines del
instituto, recargando la cabeza sobre el regazo de su novio. Hoseok le
consolaba con pequeñas palmaditas en la espalda y besos rápidos en sus
mejillas.
Seokjin alzó una ceja al ver tal escena, dirigió su mirada hacia su mejor amigo,
pidiendo sin palabras que le aclarara la situación.
— Reprobó biología.
— ¡Ahhh! —Lloriqueó el menor de los castaños, escondiendo la cara en la
pierna del azabache.
El recién llegado torció la boca y tomó asiento en el césped frente a la pareja.
— Lo siento, Tae —susurró.
— ¿Por qué tú no eres un súper-genio como el novio de Jin hyung, Hoseoki?
—Reclamó Taehyung, parándose de sopetón y puchereando frente a Hoseok.
Jung achinó los ojos y se cruzó de brazos, con una seria expresión de ofendido
desvió la mirada hacia el lado contrario del menor.
— Estaba jugando, Hoseoki. Dame un beso.
— Pídeselo al novio de Jin.
— No es mi novio —interrumpió el mayor.
Y era cierto. Seokjin podría sentirse estúpidamente a gusto con la compañía de
Namjoon, podría disfrutar los besos del moreno y sonreír como bobo frente a las
raras palabras del menor.
Pero Jin también sabía que todo aquello era falso. De cierta manera falso.
Y cada que, de la nada, pensaba en el menor, en lo que estaría haciendo, lo qué
opinaría sobre cualquier tema aleatorio de la vida. Cada que le importaba saber
en qué pensaba Namjoon cuando se le quedaba viendo, Seokjin se repetía que
no podía desarrollar sentimientos por él, no. Ese era el principio básico de todo
trabajo.
— Media escuela dice lo contrario —repuso el azabache.
— Ya deberías saber —dijo el mayor, desviando la mirada y buscando en su
mochila el fajo de hojas blancas llenas de operaciones matemáticas—, no me
importa lo que media escuela dice.
— Pero esta vez hay algo más, Jin.
— No lo hay, Hoseok —tomó un lápiz con su mano y comenzó a escribir un
montón de cosas ajenas a sus amigos.
— Lo hay, hyung —intervino Taehyung—. ¿Hace cuánto que no has hecho otro
"contrato"?
— Cierto, desde que empezaste a salir con Namjoon es como si le fueras fiel.
— Si no he hecho contratos es porque no he tenido tiempo. Tengo un final qué
resolver —señaló las hojas en su regazo—. Y Namjoon me pagó por
adelantado, tengo que cumplir.
— Excusas —se rió el azabache—. Aunque deberías tener cuidado.
Seokjin despegó momentáneamente su atención de lo que se encontraba
haciendo para mirar fijamente a Hoseok. Su sangre se heló por un segundo al
ver la fas completamente sería del menor. Hoseok nunca era serio.
— ¿A qué te refieres?
El azabache miró de reojo a su novio, quien con la boca torcida y un
asentimiento con la cabeza, dio a entender que continuara.
— Namjoon es un buen chico; sé que es muy interesante y todas esas cosas,
pero...
— ¿Pero?
— No deja de ser un científico loco.
El castaño enarcó una ceja y sonrió de medio lado.
— Está bien, Hoseok —rodó los ojos y volvió a su tarea.
— ¡No me ignores! —Hizo un pequeño puchero—. ¿No has leído
"Frankenstein"?
— No te ignoro, Hoseok —volvió a alzar el rostro—. Pero, en serio, tengo todo
bajo control. Nada raro pasa y este sólo es un contrato como cualquier otro
—sonrió—. Tranquilos chicos.
Hoseok miró a Taehyung con cara de preocupación y el menor se encogió de
hombros. Tae carraspeó con la garganta y colocó una sonrisa en los labios.
— ¿Me llevarás a la fiesta del viernes, Hoseoki? —Dijo con tono empalagoso,
pasando los brazos por la cintura del azabache.
— Dile a Namjoon que te lleve, Taehyung.
— ¡Amooooor! —Se quejó, estrujando a su pareja entre sus brazos y
escondiendo la cara en su cuello.
La pareja comenzó una pelea empalagosa que terminó en besos. Seokjin rodó
los ojos y le dio la espalda a los menores, colocándose los audífonos en los
oídos y concentrándose en su tarea.
[...]
El salón se encontraba casi vacío y el maestro, de ya avanzada edad, les
repartía un juego de cuatro hojas a cada uno.
Las manos les sudaban y los nervios le traicionaron al punto de dejar su mente
completamente en blanco. Nada venía a su cabeza más que el horrible
pensamiento de "reprobarás". Seokjin tragó grueso al leer la primera pregunta
de su examen final.
Aquella mañana había llegado a la escuela con la firme convicción de aprobar el
examen, con confianza y seguridad entró al salón y tomó su asiento. Pero en
aquel momento todo aquello se había ido a la mierda.
Dos horas y media duró la prueba. Seokjin entregó su examen a regañadientes,
pues le faltó tiempo para contestar una última pregunta. Permaneció en su
asiento hasta que el último de sus compañeros y el maestro abandonaron el
aula. Suspiró.
Seokjin sentía una enorme y pesada piedra en la boca del estómago,
aplastándolo dolorosamente.
Al salir del salón encontró la figura morena de Namjoon esperando con los
auriculares puestos y la cabeza moviéndose a ritmo de la canción. Seokjin
mordió su labio inferior y la piedra en su estómago se convirtió en un nudo en su
garganta.
— ¿Y qué tal? —Preguntó la voz ronca del menor, con una suave sonrisa en sus
labios.
Seokjin negó con la cabeza y agachó la mirada. Caminó dos o tres pasos hasta
que chocó con el pecho del más alto, y en cuanto los largos brazos del moreno
le rodearon, el sentimiento de decepción e impotencia lograron hacerlo llorar.
Decepción de sí mismo; de saber que todo el esfuerzo, el estudio, el tiempo
(tanto suyo como ajeno), todo había sido en vano.
— Vamos, hyung.
[...]
"Tren a Busan" se proyectaba en la pantalla de plasma en la habitación de
Namjoon.
Seokjin ocupaba el espacio entre las piernas del menor, recargando su amplia
espalda sobre el pecho de este. Nam apoyaba suavemente su mandíbula sobre
la cabellera castaña y enredaba sus brazos por el pecho del mayor.
Seokjin entendía por qué Namjoon había adoptado aquella posición la primera
vez que salieron juntos; la sensación de calor y protección que daba la pose era
algo casi increíble.
Cuando salieron de la escuela aquella tarde, Namjoon acompañó al mayor hasta
su auto y le pidió que fuese a su casa.
El muchacho teñido no dijo nada más en todo el camino, ni siquiera dijo mucho
al llegar a su hogar y eso asfixiaba en culpa a Jin. Nam ordenó al castaño subir
a su habitación y esperarle.
El moreno había sacado de la cocina un montón de golosinas y dulces, además
de haber ordenado una pizza de doble queso y pepperoni.
Aquella era la tercer película en el día que veían juntos, sin mencionar ningún
tema que no estuviese relacionado con los filmes o la comida.
Seokjin se armó de valor y con la voz baja abrió la boca.
— No creo aprobar el examen —susurró el mayor—. Lo siento.
Joon sonrió a pesar de que el mayor no podía verle.
— ¿Por qué te disculpas conmigo?
— Supongo que solo hice que desperdiciaras tu tiempo —torció la boca—. Creo
que te decepcioné.
— No lo haz hecho, al menos no a mi. Fui yo quien ofreció mi ayuda, no es
como si estuviese sacrificando algo —restregó la punta de su fría nariz en la
nuca ajena, provocando un escalofrío en el mayor—. Si te sientes mal es
contigo mismo, no me involucres.
Seokjin bufó y cruzó los brazos.
— Que insensible este chico —farfulló entre dientes.
— Ya, Seokjin, reprobar no es el fin del mundo.
— Para mi lo es.
— Pues que pequeño es tu mundo.
Namjoon deslizó una de sus tibias manos por debajo de la playera del castaño,
dibujando con sus dedos pequeños círculos en la piel escondida de Jin.
— Si no apruebas el examen, repites el curso y esta vez sí pasas —sonrió—.
¿Ves que fácil?
— Para ti es fácil decirlo —bufó—. No sabes el fastidio que implica repetir una
materia.
— ¿Quién te ha dicho que no?
Jin se incorporó el su lugar, deshaciendo todo tipo de contacto con el menor. Se
dio media vuelta y colocó ambas manos en las rodillas de Nam. Con los ojos
bien abiertos escrutó al moreno, quien le observaba con una sonrisa divertida y
las manos alzadas a cada costado, en forman de rendición.
— ¿Has repetido un curso?
— Tres, en realidad.
Seokjin, totalmente sorprendido, abrió la boca hasta casi dejarla caer al suelo.
— ¡Pero tú eres un genio! —Se inclinó hacia adelante—. ¿O sólo me mentiste?
¿No me enseñaste bien y por eso reprobé?
Namjoon rodó los ojos y negó ligeramente.
— Soy más inteligente que el promedio, tal vez. Pero eso no significa que lo sé
todo —se cruzó de brazos—; creo yo, lo que llamamos inteligencia no es otra
cosa que mayor habilidad de aprendizaje. No es como que yo sea un adivino. Lo
que sé es porque lo aprendí de alguien más, y mi cerebro es capaz de
reproducir y manipular ese conocimiento a mayor escala.
El mayor guardó silencio un momento y desvió ligeramente la mirada. Una vez
creyó comprender lo que Namjoon le decía, volvió a confrontarle.
— ¿Y si aprendes tan rápido, por qué repetiste?
— Cuando un maestro o una asignatura no llaman mi atención o no me
estimulan a investigar... es aburrido. Y lo dejo.
— Ugh —resopló—. En serio, odio que seas un cerebrito.
Namjoon alzó los hombros y le sonrió una vez más. Se estiró perezosamente y
bajó de la cama dirigiéndose al baño mientras acariciaba su plano estómago.
Seokjin se dejó caer en las almohadas y cerró un momento los ojos. Todo a su
alrededor olía a la fragancia de Namjoon, era embriagador y placentero.
Escuchó su celular vibrar y lo sacó del bolsillo en sus pantalones. El castaño
mordió su labio inferior al ver el remitente del mensaje recibido.
Hoseok:
» ¿Qué tal tu examen?
22:15
Sin comentarios «
22:15
Hoseok:
» No te deprimas.
» Tae pregunta si vendrás a la fiesta del equipo de baloncesto.
» Dice que tú no-novio estará por aquí.
22:17
Yo sé dónde mi no-novio está «
Y no es en esa fiesta «
22:17
Hoseok:
» ¡¿En serio no está aquí?! ¿No piensa venir?
» Pero si esta fiesta es para él.
22:18
... «
¿Es su cumpleaños? «
22:18
Hoseok:
» Nope.
» El entrenador lo eligió como el capitán del equipo para el siguiente año.
22:19
El peso de un cuerpo ajeno rebotando sobre la cama alertó a Jin. Namjoon,
recostado de costado tras él, miraba con serenidad a su invitado. El castaño se
dio media vuelta y, sentado sobre el colchón, con las piernas en en flor, miró al
menor como si de un dragón morado se tratase.
— ¿Qué?
— No quieres ir a esa fiesta que dijiste antes.
— Estoy en una fiesta en este momento, ¿por qué habría de querer ir a
otra?—sonrió.
El estómago de Kim Seokjin se contrajo de forma casi dolorosa y sintió el
bochorno de su sangre corriendo por sus mejillas. Bajó nuevamente la cabeza y
se llevó una mano a la cara para cubrir su sonrojo.
— ¿Por qué eres tan jodidamente adorable?
Beso
La primera vez que Seokjin dio un beso fue a los once años con su vecino.
Sucedió un día, mientras el niño azabache le enseñaba a Jin a jugar futbol y
terminaron hablando de las niñas bonitas de la escuela.
Hyosang, el vecino, dijo que Jin hubiera sido una niña hermosa. Y Seokjin le
robó un beso.
Hyosang fue su mejor amigo desde los primeros días de primaria y hasta el final
de la secundaria. Después de eso, su familia se mudó a China y perdió todo
contacto con él.
[...]
Kim Namjoon era un personaje que cubría de forma casi perfecta lo que Seokjin
quería: el joven adolescente de dieciocho años con la piel bronceada y las
extremidades largas; los labios gruesos y la sonrisa llevadera; la mirada fría y la
lengua afilada. Con una mente casi tan compleja como odiosa. Un pretencioso
que se definía como un científico loco, uno muy tierno, por cierto.
Jin se repitió un millo de veces que debía calmarse y dejar de idealizar su
relación. Porque era una relación fingida (incluso había un papel que respaldaba
ese hecho). Su inconsciente le decía que ya no había marcha atrás. Todo se
había ido al carajo cuando el pensamiento de "qué si esto, de alguna forma,
funciona..." aparecía; Seokjin estaba enamorado.
Y no un enamoramiento cualquiera, era uno muy estúpido. Porque todo ese
tiempo, Seokjin creyó tener el control de las cosas. Y más estúpido aún, Jin
sabía que debía terminar aquel trato la misma mañana que despertó
amodorrado y perezoso siendo sostenido por la cintura con un brazo ajeno y el
calor del mismo cuerpo cubriéndole la espalda, pero aunque su consciente lo
sabía a su corazón le aterró imaginar perder aquello.
Namjoon se estiró perezosamente en la cama y estrujó más el cuerpo de
Seokjin contra sí mismo, soltando un quejido reconfortante al final. Besó la nuca
pálida del mayor y escondió el rostro en el cuello níveo de Seokjin.
— Buenos días, Seokjin —saludó con la voz rasposa—. ¿No se estarán
preguntado tus padres dónde te encuentras?
— Ayer avisé que dormiría con Hoseok —respondió con calma, disfrutando la
cálida respiración soplando contra la sensible piel.
El muchacho teñido sonrió sobre el cuello ajeno y el brazo que se enredaba en
la cintura del mayor se deslizó un poco hacia abajo. Al llegar a las estrechas
caderas, Namjoon abrazó con más ímpetu al castaño, rozando su pelvis contra
el trasero de Jin.
— ¿Entonces a ese "buenos días" te referías? —Se burló el mayor, sintiendo el
bulto de Namjoon restregarse contra la tela del jean.
— Más del setenta por ciento de varones entre los trece y veintidós años sufren
de erecciones matutinas. De hecho...
Seokjin no tuvo la oportunidad de notar como la sonrisa serena del moreno se
convertía en un gesto malicioso y una de sus pesadas manos viajaba hasta su
entrepierna, apretando sin permiso la erección que Jin no había notado que
tenía. El castaño jadeó fuerte por el repentino movimiento y frunció el ceño
cuando el menor comenzó a reírse.
— ¡Bingo! —Susurró Nam.
— Gracioso —masculló entre dientes el mayor, levantándose del colchón y
estirándose aún sentado—. Necesito un baño.
— La puerta de allá —señaló con un pulgar la puerta blanca en dirección
contraria a la salida—. Sólo no hagas mucho ruido pensando en mi.
El castaño tomó una almohada que se hallaba en el suelo y la lanzó con furia
justo al rostro del menor, quien no dejó de reír a pesar del golpe recibido.
Jin se encerró en el servicio y suspiró pesadamente cuando se encontró a solas.
El baño, a diferencia de la habitación, era un caos total. Había ropa por todos
lados y un montón de productos de higiene desperdigados por el lavabo. Debió
suponer que el orden del exterior se debía a la madre del menor o algún
personal de planta.
Seokjin se paró frente al espejo de cuerpo completo colgado en una de las
paredes y contempló su estado. Tenía toda la ropa puesta tal y como la había
dejado el día anterior; la camiseta de mangas largas color rosado-pastel, los
jeans claros un poco más abajo de su lugar original, el elástico de su ropa
interior asomando por la orilla de los pantalones y los calcetines cortos y
blancos.
Ah y a su erección resaltando entre sus piernas, cierto.
Se restregó la cara con las manos y se inclinó sobre el lavabo blanco para echar
agua en su rostro y despejar su mente. Se miró al espejo una última vez. No.
Sólo estaba un poquito confundido, ¿cierto? Kim Seokjin no podía estar
realmente enamorado de un cerebrito pretencioso. No.
Más fresco y claro salió del baño, y aún sosteniendo el pomo de la puerta,
encontró a Namjoon de pie frente al armario, dándole la espalda a él, con el
torso totalmente desnudo y la cabeza metida entre tanta ropa. Su entrepierna
dolió un poco cuando los músculos en la espalda bronceada se marcaron.
Bien, tal vez, esta ligeramente enamorado.
— Hey, Joon...
La puerta de la habitación se abrió repentinamente. Una mujer de aspecto
maduro (en sus cuarentas tal vez), castaña y de piel blanca, alta, con unos
lentes de marco negro sobre sus ojos, se asomó por la entrada. Namjoon
sostenía una camiseta negra en las manos y Seokjin seguía petrificado en la
entrada del baño.
La mujer parpadeó un par de veces y continuó su oración.
— El desayuno está listo, bajen —avisó sin mucha emoción, dándose media
vuelta y bajando las escaleras.
El menor de ambos se colocó la prenda faltante y miró por encima del hombro a
Jin, sonriendo. Con un gesto de cabeza le indicó al castaño que le siguiera y
ambos se movieron hasta el comedor.
La mujer, quien obviamente era la madre de Namjoon, sirvió dos platos junto a
la orilla de la mesa para ocho y al terminar tomó asiento en la cabecera. El
moreno de los muchachos se sentó a su derecha y, con movimientos un tanto
tímidos, Seokjin ocupó el de la izquierda.
Seokjin no se había dado cuenta del hambre voraz con la que cargaba hasta
que el olor del caldo frente a él inundó su olfato. Al centro de la mesa, diversos
platillos tradicionales se exhibían de forma apetitosa y el estómago del castaño
gruñó suplicando probar cada cosa.
El invitado agradeció la comida y comenzó a engullir los manjares que la señora
Kim (¿Ex señora Kim?) le ofrecía. En realidad, era mucha comida sólo para tres
personas, pero Seokjin jamás se quejaría por la cantidad de alimentos.
— ¿Y quién eres, muchacho? —Preguntó la mujer, sin quitar su atención del
arroz blanco.
El tono no era de fastidio o reclamo, mas bien sumamente sereno. Tan tranquilo
que era algo escalofriante viniendo de una madre.
— Es un amigo —respondió Namjoon.
Algo dentro de Seokjin hizo click. Ciertamente, podrían presentarse mutuamente
como "amigos", aunque la etiqueta incomodara al mayor. Porque en términos
más precisos, Seokjin sólo era alguien que contribuía con los locos
experimentos de Namjoon a cambio de dinero. No más, no menos.
— ¿Juegas baloncesto?
— Mamá, ¿en serio crees que él juega cualquier deporte? —Se burló el teñido.
Jin pateó por debajo de la mesa la espinilla del moreno, sacando una queja de
parte del contrario.
— Tú tienes cara de vándalo y no lo eres, Joon —repuso la señora—. No hay
que juzgar un libro por su portada.
El teñido rodó los ojos y Seokjin dejó su sonrisa burlona salir sin pena.
— ¿Te gustó la comida, tú...? —Los fríos ojos de la mujer se clavaron en Jin y
un hueco aterrador llenó su estómago.
— Seokjin —se presentó, trastabillando con sus palabras—, Kim Seokjin. Y por
supuesto, está deliciosa.
— Me alegra, porque la compré en un nuevo restaurante.
La madre de Namjoon volvió a su desayuno, siempre con los movimientos
calmados y sigilosos. El chico moreno rió por lo bajo ante la cara anonadada de
Jin.
— ¿Te quedarás en casa hoy? —Preguntó Namjoon a su madre.
— Sí. Le dedicaré tiempo a mi jardín y a la casa —contestó—. Kijoon vendrá
mañana por ti.
— ¿Arreglarás porque papá viene?
Las pálidas mejillas de la señora se ruborizaron ligeramente y bufó con tono de
molestia.
— Me gusta una casa limpia, ¿debe haber una razón para eso?
Namjoon negó con la cabeza y rodó los ojos, volviendo su atención a Seokjin.
— Estaremos arriba si me necesitas —informó el moreno, poniéndose de pie y
recogiendo tanto su plato como el de Seokjin—. Gracias por la comida.
El castaño, quien todavía tenía comida en la boca, frunció el ceño como
reproche por haber sido interrumpido. Tragó lo que le faltaba y agradeció a la
mujer por alimentarle, después siguió en silencio al peli-plateado escaleras
arriba.
Namjoon entró directamente al baño de su habitación, dejando abiertas todas
las puertas a su paso. Jin cerró la entrada principal del cuarto y tomó asiento en
la cama.
— Mi padre sale conmigo los domingos —informó el menor, gritando desde el
baño donde se escuchaba que el muchacho lavaba sus dientes—, y
casualmente, la siempre apretadísima agenda de mi madre se desocupa los
sábados y la mañana del domingo. Casualidades.
— ¿Se llevan bien?
El moreno salió del baño con el empaque de un nuevo cepillo de dientes azul,
extendiéndolo directamente a su invitado.
— No tengo rosados, lo siento —sonrió.
Seokjin soltó un quejido fastidiado y arrebató el empaque de las manos ajenas.
Caminó hasta el baño y aseó su boca.
— Mis padres se casaron muy jóvenes —relató Namjoon desde su cama—. Mi
padre apenas se graduó en economía y yo ya estaba a meses de nacer. Mi
madre es mayor por tres años. Creo que apresuraron mucho su relación,
estaban calientes cuando me crearon.
— Namjoon, créeme que nadie piensa así del momento de su creación. Es más,
ni siquiera deberías pensar sobre eso. Es asqueroso —interrumpió el castaño,
dejando el cepillo junto al lavamanos y saliendo del baño.
— Como sea —rió por lo bajo—. Estuvieron juntos cuatro años y descubrieron
que era más importante tener un pleno desarrollo profesional que crear una
familia, así que se separaron. No fue mucho problema, cuando se casaron no
hubo fiesta ni ceremonias; mis abuelos -de ambas partes- se enteraron un mes
después del compromiso.
Seokjin tomó asiento frente a Namjoon, colocando sus piernas en flor de loto y
abrazando una almohada en su regazo, escuchando con sumo interés la historia
de los padres del menor.
— Me quedé con mi madre porque... no lo sé, supongo que las personas
asumen que así debe ser —se encogió de hombros—. Como habrás notado, es
bastante peculiar en cuanto a expresarse, seguramente yo hubiese sido así si
mi padre hubiese desaparecido por completo de mi vida —fingió un escalofrío.
El castaño rió ante ese gesto.
— Debo admitir que en mi carácter también influyó la larga lista de guarderías,
niñeras, institutrices, maestras y compañeros que tuve a lo largo de mi infancia
—bajó el tono de su voz—: no le digas a mi madre, pero me alegra que ella no
me haya educado.
Seokjin torció la boca disconforme con aquella última confesión.
— Es tu madre.
— Y la amo, aunque eso no significa que ella sepa educar a un niño.
Jin mordió ligeramente su labio inferior. Creyó que a él, un desconocido, le
dolían más las palabras de Namjoon que a él mismo que era el hijo.
— En fin, hace unos años, la crisis de los cuarenta le pegó a mi madre y se dio
cuenta que la única relación sentimental que tuvo en su vida fue con mi padre
—se recargó en el respaldo de la cama—. Mi hipótesis es que quiere forzar las
cosas para que su relación vuelva a comenzar ¿sabes? Como si sólo hubiese
sido una pequeña pausa de catorce años entre ellos. Pero...
— Siempre hay un pero —el mayor frunció el ceño, como si en la historia de
amor el nudo del relato llegase.
— Mi padre tiene una novia ya.
Las cejas de Seokjin se alzaron con sorpresa, definitivamente no esperaba ese
giro argumental.
— ¿Y tu madre lo sabe?
— Supongo que no... a menos que quiera ser una roba-novios —llevó una mano
a su mandíbula, simulando pensarlo.
— ¿Y por qué no le dices?
Por primera vez, desde que Kim Seokjin conoció a Namjoon, una expresión de
seriedad genuina apareció en las facciones del menor. El moreno bajó la mirada
y las manos sobre su regazo comenzaron a jugar entre sí con nerviosismo, pasó
su lengua sobre sus labios y frunció ligeramente las cejas.
— Se la ve tan ilusionada, ¿sabes? —habló con la voz baja—. Ella cree, de
verdad, que mi padre es el amor de su vida y que jamás encontrará a alguien
que le complemente de la misma forma.
— ¿Qué crees tú? —Susurró el mayor inintencionalmente.
— Yo... —dejó las palabras volar por un breve momento—. Yo estoy
descubriendo la fórmula del amor; si es cierto que estamos creados para una
persona en específico o si es posible manipular los sentimientos —sonrió con un
deje falso que Jin notó de inmediato.
Un nudo ciego entre las costillas y el estómago de Seokjin se formó
dolorosamente. No quería tenerle lástima a Namjoon, porque eso sería ofensivo,
pero no encontraba otra forma de describir su sentir.
Había sido un niño enredado en problemas de adultos. Obligado a madurar
rápidamente y solo. Siendo los sentimientos naturales e instintivos, de cierta
forma, ajenos a él. A ese punto, Seokjin sólo quería abrazar al menor con todas
las fuerzas que su cuerpo daba.
— La historia de mis padres es menos interesante —comenzó el castaño,
tratando de empatizar la situación—. Se conocieron, se enamoraron, se
casaron, nací yo, y así durante veintidós años.
Namjoon sonrió cansado ante las palabras de su mayor. Como el muchacho
había dicho anteriormente, tenía la asombrosa habilidad de aprender y
comprender más rápido que los demás, por lo que no le fue difícil notar los
vanos intentos de Seokjin por hacerlo sentir mejor.
Y aunque no funcionó, un agradecimiento interno en Namjoon surgió, porque
realmente necesitaba un poquito de consuelo después de todo.
[...]
Namjoon escribía vehementemente en su famoso cuadernillo mientras Seokjin
revisaba desinteresadamente las actualizaciones en su teléfono celular. Habían
pasado casi cuarenta minutos de aquella forma y el mayor comenzaba a
hartarse.
— Si no haremos nada, debería irme.
— Eres tú quien decidió quedarse aquí —respondió sin inmutarse, acomodando
las gafas sobre el puente de su nariz—. Eres tú quien supuso que haríamos algo
pues nunca pedí que te quedaras. En otras palabras, Seokjin, ¿qué quieres que
haga contigo?
El castaño bufó y dejó caer las manos a sus costados. Realmente ya no le
encontraba sentido al enojarse por los fríos y toscos comentarios de su menor,
prefería pretender que mantenían una conversación común.
— No lo sé, Namjoon. Tú pagaste por mi tiempo, eres tú quien está perdiendo.
— ¡Es cierto!
El grito que el peli-plateado soltó de la nada sobresaltó a Jin, quien de inmediato
se reincorporó en el colchón en modo alerta, pero al darse cuenta que había
sido por nada, torció la boca.
— Ya sé qué haremos.
Namjoon quitó los anteojos de su rostro y dejó sobre el escritorio sus apuntes.
Caminó hasta la cama y se colocó frente a Jin, lo más cercano que pudo. Al
notar que las piernas de ambos estorbaban, tomó de las rodillas al mayor,
colocó las largas y estilizadas piernas a sus costados y sujetó las manos del
castaño entre las suyas.
— Seokjin, me besarás por primera vez.
— Namjoon, te juro que eso pasó ya hace mucho —respondió con un tono
burlón, esperando que el menor no notara cómo sus manos sudaban sin parar.
El musculoso anfitrión negó suavemente con la cabeza y la sonrisa en sus
labios hacía aparecer a sus hoyuelos.
— Siempre soy yo quien te besa. Quiero que tú tomes la iniciativa.
— ¿Cuál es el fin de esto?
— Fines científicos.
Seokjin tragó grueso, y como ya sabía, aquello no era broma en ningún sentido.
Se acercó lentamente a la boca del menor, fijando su mirada en los gruesos
labios. Se relamió los propios antes de que el ligero contacto surgiese, y tuvo
miedo de ese cosquilleo que se formó el la punta de sus dedos cuando tocó al
contrario.
Silencio.
— ¡Eso ni siquiera fue un beso! —Se quejó Namjoon.
— ¡¿Entonces qué fue?! Señor experto-besador.
— Cuando besas a alguien cierras instintivamente los ojos, ya que bloqueando
uno de tus más grandes sentidos, el tacto se agudiza y eres capaz de percibir
cosas que con los ojos abiertos no podrías —Namjoon se acercó un poco más
al castaño (si eso era posible)—. Hazlo otra vez. Hazlo bien.
Jin sintió la sangre de su cuerpo invadir lentamente su rostro y se molestó
consigo por ese hecho. Inhalo profundamente y miró por última vez el rostro
expectante de Namjoon. Se aferró inconscientemente al agarre en sus manos.
No supo cuánto tiempo le tomó prepararse mentalmente para algo tan sencillo
como un beso, pero a juzgar por el incómodo silencio, probablemente había sido
un buen rato.
Acercó la punta de su nariz hasta la de Namjoon. Apenas sintió la piel ajena, sus
ojos se cerraron en automático y rezaba porque los del menor también lo
hubiesen hecho, de otra forma, aquello sería realmente vergonzoso.
Seokjin se empujó de una sola vez contra la boca de Namjoon, dando el paso
más grande que en aquella situación era el primer contacto. Los labios de Kim
Namjoon eran fríos y resecos, probablemente por los cinco grados que había
como temperatura ambiente.
Jin pasó su lengua por el labio superior del moreno y este entreabrió la boca
ligeramente. Seokjin sonrió ante la sensación de volver a tener el control de la
situación. Desde que conoció al menor, aquel sentimiento lo había abandonado
despiadadamente, pero había vuelto y embriagaba con gloria al castaño.
Como si una inyección de confianza le hubiese sido aplicada a Seokjin, éste se
soltó del agarre y llevó sus manos hasta los firmes hombros de Nam,
sujetándolos con un toque de rudeza. Besó el labio inferior del menor y
humedeció hasta el último rincón de su boca.
La lengua atrevida del castaño invadió a Namjoon y jugó un rato a dominar la
lengua del moreno. Namjoon correspondía, pero no intentaba ganar el control de
esa batalla de besos, simplemente se dejaba llevar con una irreprimible sonrisa
en el gesto.
Los instintos de Seokjin lo llevaron a montarse por completo sobre el regazo del
menor, recargando su peso en las rodillas que se hundían en el colchón. Jin
tenía el poder, pero había algo que le molestaba; Namjoon se mantenía inerte,
siguiendo el juego solo con la boca.
Se separó un poco del teñido y frunció el ceño. Sus manos se sujetaron al cuello
apiñonado y sus labios hinchados atacaron la mandíbula de Namjoon.
Nam pareció reaccionar, llevando sus manos a la cintura recta de Jin y
sujetándolo con rudeza. El castaño volvió a sonreír triunfante, hasta que ese
mismo agarre lo empujó contra la cama, separándolo por completo del
peli-plateado.
Los pechos subían y bajaban salvajemente, agitados hasta jadear con fuerza.
Namjoon llevó sus cabellos teñidos hacia atrás y rió por lo bajo.
— Tranquilo, señor experto-besador.
Exclusividad
La primera vez que Seokjin sintió celos fue a los seis años, cuando en verano
fue a casa de su abuela y se enteró que había un nuevo bebé en la casa.
La hermana menor de su padre se había casado al fin, y después de un año de
aquello, ella y su esposo tuvieron una niña muy linda. El nuevo bebé de la
familia Kim. No había nieto más joven que Seokjin hasta la llegada de Nabin.
Los regalos, los paseos, la comida, los juguetes, la atención. Esa pequeña le
había robado todo. Y Jin la odiaba tanto por ello. Aquel fue el primer sentimiento
desagradable que Seokjin recordaba haber tenido. Celos y envida.
Seokjin aún odiaba sentarse a lado de Nabin en las reuniones familiares, y
Nabin odiaba a Seokjin por haberle robado a su novio de la secundaria.
[...]
Los miércoles eran los días más aburridos a perspectiva de Seokjin.
Las vacaciones de invierno estaban a nada de comenzar, por ende, los días en
la escuela se ocupaban para presentar exámenes finales y extraordinarios. Las
horas muertas eran, hasta cierto punto, hartantes, y Seokjin y sus amigos
pasaban el tiempo echados en los jardines opacos del colegio, buscando los
escasos rayos del sol para calentar sus entumidas extremidades.
— ¿El ATP es...?
— Un nucleótido que participa en la obtención de energía para las funciones
celulares.
— ¡Bien! —Hoseok dio un saltito.
— No entiendo cómo reprobaste Biología, Tae —secundó Seokjin, hojeando un
pesado libro sobre sus piernas—, has respondido todo correctamente.
— Tampoco lo sé —se encogió de hombros—. Espero no quedarme en blanco
mañana... ¿cuándo te dan los resultados de tu examen, hyung?
El mayor de los castaños suspiró frustrado y echó la cabeza hacia atrás,
recargándose en el tronco del árbol.
— Mañana.
— Todo irá bien —reconfortó el menor, con una sonrisa, y volviendo la vista a
sus apuntes.
El cielo era gris a pesar de ser pasado de medio día. Las nubes se
arremolinaban como algodones manchados de negro. Namjoon le había
contado, entre muchas cosas, que existen tipos de nubes, y se clasifican por
forma y posición. El moreno dijo que no le gustaban los días grises. ¿Qué
estaría haciendo Namjoon en ese momento?
— Hoseok —llamó a su amigo, quien levantó la mirada en su dirección—.
¿Tienes clases más tarde?
El azabache enarcó una ceja y desvió un momento los ojos, como haciendo
memoria.
— Nope —respondió después de unos segundos—. Sólo he venido a la clase
de historia de la mañana.
— Ah...
— Si la pregunta es dónde está Namjoon, te diré que no lo sé —adelantó con un
tono burlón.
Seokjin frunció el ceño y miró con desagrado al menor, se pasó la lengua por los
labios resecos y se hizo el desentendido:
— Creí que eran amigos.
— Bueno, le hablo en clases y eso, pero, en realidad, Namjoon no tiene algo así
como amigos. No que yo conozca al menos.
El mayor de los tres abrió la boca ligeramente. No esperaba una respuesta
como esa.
— ¿Y el equipo de baloncesto? —Cuestionó con un tono preocupado—. Dijiste
que la fiesta del otro día había sido organizada para él.
Hoseok alzó la mirada del libro de apoyo para Tae y llevó la cabeza hacia atrás,
arrugando la nariz y cruzando los brazos sobre su pecho.
— No es como que la gente le excluya, Jin —respondió calmo—, más bien él
aparta a la gente. ¿Sabes? No lo hace conscientemente pero..., meh —se
encogió de hombros—. Namjoon es...
— Raro—terminó el castaño.
Hoseok asintió regalándole una insípida sonrisa y continuó con las preguntas a
Taehyung. Jin bajó la mirada a sus manos fría escondidas en su regazo. Debía
dejar de incluir gente en su lista de "personas con las cuales actuar como madre
sobreprotectora", pero Namjoon hacía de eso una tarea difícil.
— Tal vez está en las canchas de baloncesto —el azabache interrumpió sus
cavilaciones al notar la cara de preocupación de su amigo.
Jin sonrió a Hoseok. Aunque Seokjin jamás se sintió dependiente de nadie, era
bueno saber que contaba con amigos como los que tenía.
[...]
Namjoon, a pesar de ser tan inteligente como quisiese presumir, era bastante
predecible. Aunque algo le decía a Jin que el menor no tenía el más mínimo
sentido de peligro básico.
La temperatura era apenas superior a los cinco grados y el moreno de cabello
teñido jugaba despreocupadamente con un balón anaranjado, cubierto
únicamente por el uniforme negro y rojo tradicional del equipo, que constaba de
un jersey calado y unos shorts largos y holgados. Solo.
El castaño se acercó hasta las gradas, escondiendo las nariz en el cuello del
abrigo extra que la escuela permitía llevar en épocas de frío. Seokjin tomó
asiento sin ser descubierto.
Bote. Bote. Tiro. Correr, correr, encestar. Con una mano. De frente. De lado.
Bote.
— Enfermarás —gritó justo cuando la pelota resbalaba por la red de la canasta.
Namjoon alzó la cara hasta su dirección, sonrió y llevó las hebras sudadas de su
cabello hacia atrás.
— No lo haré.
— Te está entrando frío.
— En realidad, estoy perdiendo calor —el menor botó el balo intercalándolo en
sus manos—. O si nos ponemos rigurosos; estoy transfiriendo energía al
ambiente. Aunque, probablemente a este punto ya he alcanzado el equilibrio
térmico...
— Deja de usar tus mierdas físicas conmigo. Te enfermaras, que es lo que quise
decir.
El moreno lanzó la pelota hasta la cesta, haciendo una canasta limpia sin tocar
el aro. Corrió ha por la pelota y continuó con su juego unilateral.
— ¿Por qué juegas solo? —Cuestionó Jin sentado en el mismo lugar en las
gradas.
Namjoon se detuvo, pero no del todo, miró al mayor mientras su mano derecha
continuaba botando el balón.
— ¿Por qué no jugar solo?
— Es más divertido con alguien más —se encogió de hombros.
— Es lo mismo, Seokjin.
— No lo es, Namjoon —repuso rápidamente—. El baloncesto es un juego al fin y
al cabo, ¿no? Los juegos siempre son divertidos con alguien más.
El de cabellos teñidos torció la boca, analizando la propuesta recibida.
— Entonces juega conmigo —sonrió.
Las mejillas de Seokjin se tiñeron de rojo y negó suavemente con la cabeza.
— Pero no conmigo... ni siquiera sé jugar.
— Hmp —rió por lo bajo, volviendo al centro de la cancha—. Que gallina.
El mayor de ambos volvió a enrojecer, pero de furia esta vez. Se levantó de su
lugar, con las piernas entumidas, y se deshizo de su abrigo extra y el saco del
instituto, quedando sólo con la fina camisa blanca. Caminó hasta el centro de la
cancha y se colocó frente a Namjoon, con el entrecejo fruncido y la piel de
erizada.
Nam sonrió triunfante y malévolo.
— Bien, ¿qué hago? —Seokjin luchaba para que sus dientes no castañearan al
hablar.
— Que te parece jugar... —el más alto dejó el balón girar sobre su dedo índice
sin ninguna dificultad—. Veintiuno.
— ¿Cómo se juega? —Cruzó los brazos, para protegerse del viento helado.
— Es muy fácil, hyung ¿Ves este arco sobre la cancha?—Dijo señalando el
mismo, sin perder el equilibrio del balón en su mano—. Si encestas mientras
estás dentro de él, la canasta vale dos puntos; si encestas desde fuera, valdrá
tres. Quien anoté veintiuno primero, gana. ¿Ves? Fácil.
Las reglas se escuchaban fáciles, eso sí, pero habían un montón de cosas en
contra del castaño: para empezar, Namjoon jugaba en un equipo (era el
candidato a capitán, para ser específicos), y también, Seokjin de vez en cuando
corría por las mañanas y eso era el mayor deporte de su vida. Pero su orgullo
(su ego) lo tenían ahí de pie, tratando de probar un estúpido punto.
El menor le cedió el balón y se alejó de él hasta quedar debajo de la canasta,
con los brazos abiertos y una sonrisa en la cara. Jin botó torpemente el balón e
intentó encestar desde su posición; el tiro no llevaba la fuerza necesaria y la
pelota cayó sin dificultades en las manos del menor. A Namjoon le bastó brincar
un poco para encestar y carcajearse sin pudor.
— ¿En serio, bro?
— ¡Te dije que no sé jugar! ¿Okay? —Seokjin se encontraba acalorado de la
vergüenza e hizo malabares cuando el menor le lanzó una vez más la pelota.
— Bien. Sólo hazlo con más fuerza esta vez. —Seokjin asintió—. Intentaré
atacarte, ¿listo?
— Sí... espera, ¿qué?
Namjoon corrió lentamente hacia él, en busca de la pelota. Jin abrió
escandalozamente los ojos y tomó el balón anaranjado con ambas manos,
dándose la media vuelta y corriendo rápidamente en dirección contraria a la
canasta, gritando en el proceso.
El moreno se echó a reír una vez más, con tanta fuerza que su estómago
comenzaba a doler. Se acuclilló y agachó la cabeza, sin parar las estruendosas
carcajadas. Seokjin se detuvo al llegar hasta el otro extremo de la cancha e infló
las mejillas, regresando enseguida a la canasta correcta, teniendo el camino
libre para anotar; tiró el balón y este rebotó patosamente contra el tablero,
mandando a volar muy lejos el balón.
Aquello sólo logró tumbar por completo al menor, quien parecía morir (literal) de
risa sobre la cancha, sosteniendo su estómago y rodando un poco a los lados.
— ¡¿Qué es tan gracioso, idiota?! —Seokjin pateó las piernas del mayor, con la
cara más roja que nunca.
Namjoon se levantó de un brinco y atrapó al mayor por la cintura. Robándole un
beso enmarcado por una sonrisa. El castaño, avergonzado y todo, correspondió
el gesto con entusiasmo; era la primera vez que se besaban en el día, y le
asusto reconocer que necesitaba ese gesto.
— Tienes razón, jugar con alguien es más divertido.
— Deberías saberlo ya..., es decir, juegas en un equipo después de todo —dijo
por lo bajo, dejando que el calor ajeno le abrigara—. Ewgh, estás sudando.
— El baloncesto es interesante —comentó el teñido, colando lentamente los
dedos por debajo de la camisa blanca, descubriendo la espalda blancuzca del
mayor—. Todos los deportes lo son, claro; los deportes son una serie de
habilidades natas mezcladas con física y matemáticas empíricas. Juego para
aprender...
— Ya habíamos discutido lo de "analizo como un jodido psycho todo lo que
sucede a mi alrededor", ¿no?
El teñido sonrió una vez más, y robó un último beso al mayor para después
separarse de él.
— Como sea, Seokjin, has sido mi primera vez; la primera vez que juego por
diversión.
[...]
Hoseok alimentaba a Taehyung de forma asquerosamente empalagosa;
llevando cucharadas de gelatina hasta la boca del menor y robando de vez en
cuando un beso de los labios dulces.
— En serio, chicos, ser tan malditamente cursis los matará un día.
— Claro que no, hyung —repuso Tae, con un puchero.
— Pues si no los mata a ustedes, será a mi a quien mate. Paren ya —Jin jugaba
con su almuerzo, recargando la cabeza sobre su mano.
— Creí que, como Namjoon hyung es tu novio, ahora serías más romántico,
hyung —susurró el menor de los castaños.
Jin rodó los ojos.
— ¿De nuevo con eso?
— Nadie te juzgará si admites que te gusta —objetó Hoseok—. Y que, en tu
cabeza enamorada, Namjoon es tu novio.
— Namjoon no es-...
— ¿Eres Seokjin?
Los tres chicos sentados en la mesa de la cafetería voltearon la mirada hasta el
sujeto de pie junto a ellos. Era alto, casi tanto como Namjoon, con la piel blanca
y el cabello teñido de rubio cenizo, nariz alargada y estilizada, y labios gruesos.
Atractivo.
— ¿Eh? Uh... sí. Lo soy.
El rubio sonrió amablemente.
— Genial. Soy Jaehwan —se presentó—, necesito tu ayuda.
— ¿Qué clase de ayuda?
— Ese tipo de ayuda —rió sutilmente.
Seokjin se mordió el labio inferior y miró por el rabillo del ojo a su mejor amigo,
quien le devolvía la mirada con una ceja enarcada.
— ¿Quieres hablar en privado? —Sugirió el castaño, comenzando a guardar sus
cosas.
— Tranquilo, no me apena —contestó el rubio, tomando asiento a su lado—. Y
supongo que a ellos les tienes confianza—dijo refiriéndose a la pareja en el otro
lado de la mesa, y se encogió de hombros—. Verás, hay un chico que me
gusta...
Los pulmones de Jin se relajaron por alguna razón. Tal vez Jaehwan no buscaba
la "ayuda" que él creía. Eso estaba bien. No sabía por qué, pero lo estaba.
— Y pienso acostarme con él.
Taehyung se atragantó un poco con el zumo de naranja que bebía y Hoseok le
dio ligeras palmabas en la espalda, llamándolo asustado.
— Pero soy virgen —continuó el alto rubio, suspirando—. Y... no quiero que crea
que soy un niño, ¿sabes? Él está en la universidad y... ugh —se quejó con un
tanto de pena—. ¿Estoy hablando de más? Como sea, necesito perder la
virginidad ya. Entonces me dijeron que tú me puedes ayudar —sonrió.
— Yo —el castaño torció los labios—, no puedo hacerlo porque...
Jin giró la cara al frente, frunciendo el ceño. ¿Por qué no? No había una razón lo
suficientemente grande como para negarse, ¿o si? Seokjin encontró la
respuesta a esa pregunta cuando alzó la vista y encontró la sonrisa burlona de
Hoseok dirigiéndose a él.
Porque, en tu cabeza enamorada, Namjoon es tu novio.
Un horrible retortijón azoró su estómago y el sentimiento de molestia se
incrementó en un dos por tres. Mierda.
— ¿Entonces no? —Preguntó Jaehwan, con un tono decaído.
— No, quiero decir. Sí. Lo haré, te ayudaré. —El rubio sonrió—. ¿Cuándo...?
— ¡Hoy mismo! —contestó emocionado—. Mañana acordé verme con él.
El castaño mordió su labio inferior y asintió. Tomó un papel de los muchos que
tenía olvidados en algún rincón de su mochila y escribió una cantidad junto al
número de su cuenta bancaria. Lo entregó a Jaehwan y acordaron un lugar y
una hora para verse, depidiéndose después de forma natural.
Seokjin casi había olvidado lo frío que era el procedimiento de contratación. Un
escalofrío recorrió su espalda.
— Jin —llamó Hoseok, con una expresión de suma preocupación—. ¿De verdad
lo harás?
— Por supuesto que sí —apretó la mandíbula—. Es sólo un contrato más, ¿qué
hay de malo?
— Jin hyung —susurró Taehyung, estirando una de sus manos hasta cubrir la
del mayor.
— Tengo que irme, chicos.
[...]
Seokjin sacó su teléfono del bolsillo con la manos trémulas. Buscó rápidamente
el contacto deseado y no dudó en llamar. Se recargó en el lavabo de los baños
vacíos del edificio A, mirando fijamente sus zapatos, escuchando con
impaciencia el tono de llamada.
— ¿Diga?
— Soy yo, Namjoon.
— Lo sé, Seokjin. Tengo tu contacto guardado —rió roncamente, aletargado,
como si se hubiese encontrado dormido.
— Claro...
Silencio.
— ¿Y qué se te ofrece?
Jin jugueteó con los dedos de su mano izquierda, tocando con el pulgar cada
uno de ellos. Mordiendo inconsciemente sus labios, con un nudo en la garganta.
— Tengo un contrato. Uno nuevo. —Silencio del otro lado de la línea.
— Eso es bueno, ¿no?
— Sí yo..., quiero decir... ¿está bien que acepte, no? —Jin pasó su mano por su
sedosa cabellera, suspirando.
— ¿Me estás pidiendo permiso?
El castaño volvió con el incómodo y eterno silencio. No entendía ni el por qué
había llamado en un principio. No tenía por qué rendir explicaciones, eso era la
verdad. Namjoon volvió a soltar una risilla perezosa, suspirando pesadamente al
final.
— No hay problema, hyung. Es tu cuerpo, tú puedes hacer con él lo que quieras
—chascó la lengua—. La verdad, llevo algo de tiempo queriendo sexo, pero
tenía miedo de cagarla si me acostaba con alguien más sin decirte, sentía cierta
culpa por alguna razón. Pero tú lo dijiste, sólo somos contratante y contratado, y
el mío es sólo un contrato de semi-exclusividad, ¿no?
Algo dentro de Jin se aplastó de forma incómoda y los ojos le escocieron por un
momento.
— Supongo que sí.
— Entonces, tengamos una buena noche. Tengo casa sola... y...
— Namjoon...
— Como sea, diviértete también.
— Namjoon...
— Nos vemos mañana.
Colgó.
[...]
Jaehwan era verdaderamente un chico ideal; tan atractivo, divertido y
caballeroso. Tenía la porción exacta de lo que cualquier persona desearía.
Incluso la inocencia suficiente como para sonrojarse al entrar a una habitación
de hotel acompañado de alguien más.
— En verdad, no sé hacer nada de esto. No te burles, por favor —comentó el
rubio, parado sólo unos pasos más lejos del castaño.
— Todos tenemos una primera vez, no te preocupes —Jin sonrió un tanto
forzado. No había razón para tratar mal al chico.
— Seokjin, perdón si te incomoda, pero ¿cómo fue tu primera vez?
El castaño apretó los labios y sonrió abochornado. Tomó asiento en la orilla de
la cama y balanceó un poco los pies de lado a lado.
— Horrible —admitió, esta vez con una risa sincera—. Fue con una chica que ni
siquiera me gustaba.
— ¿Y por qué lo hiciste?
Jin se encogió de hombros y suspiró. Jaehwan tomó asiento a su lado,
interesado en aquella historia.
— Es sólo sexo, Jaehwan.
El rubio asintió, comprendía el punto.
— ¿Sabes por qué hago esto? —Dijo a Jin, quien negó con la cabeza—.
Siempre he escuchado que la primera vez en el sexo es especial, que todos
gritan "te amo" mientras sienten el orgasmo más grande de la vida. El sexo es
algo instintivo, si hago esto es sólo porque quiero causarle placer a Taekwoon.
Porque... creo que existen formas más especiales de demostrar amor ¿Por qué
el sexo debe ser la cúspide de una relación?
Jin guardó silencio, admirado del profundo pensar de aquel muchacho rubio.
Suspiró.
— Mostrarle tu cuerpo a alguien es demasiado íntimo, al menos para nosotros
—el castaño bajó la mirada y sonrió melancólicamente—. Existe una cultura en
la selva de Sudamérica donde la gente tiene sexo en público y caminan
desnudos sin preocupación, pero uno de los actos más íntimos es comer, tanto
que deben ocultarse para hacerlo.
— No lo sabía —respondió divertido.
— Yo tampoco —los ojos de Jin se aguaron, y su corazón se sintió ligero de la
nada—. Me lo dijo alguien.
El castaño se puso de pie y tomó su abrigo del sillón junto a la puerta de la
habitación.
— Jaehwan, no puedo hacer esto —hizo una pequeña reverencia—. Te
devolveré tu dinero apenas abra el banco, lo siento.
— Creo que me imaginaba que algo así pasaría —sonrió reconfortante—. No
hay problema.
— No te preocupes cuando el momento llegue; nadie nació sabiendo un
montón de cosas y aquí estamos —se relamió los labios, abriendo la puerta—.
Si quieres mi mayor consejo, disfruta el momento y no lo pienses tanto.
[...]
Cuando Jin marcó por décima vez el número de Namjoon y éste no le contestó,
un montón de desagradables escenarios imaginarios se formaron en su cabeza.
Y más que sentirse triste o herido, se sentía furioso.
Sí, ese era el sentimiento que apretaba su pecho cuando pensaba en el hecho
de que alguien más pudiese estar disfrutando de los labios, las manos, las
sonrisas y la piel de Namjoon. Alguien que no fuera él.
Condujo sin soltar el teléfono, mandando a la mierda las jodidas reglas viales.
Aparcó en el primer espacio que encontró cerca de la casa del moreno, sin
fijarse si era una zona permitida o no. La llamada número quince se realizaba
cuando el castaño bonito aporreó la puerta de la casa Kim, sin importar si
interrumpía algo o disturbaba la paz del vecindario.
Cuando marcó por decimosexta vez, considerando empezar a gritar el nombre
de Namjoon. La puerta principal se abrió, mostrando un amodorrado chico de
cabellos teñidos quien parecía no tener ni idea de lo que sucedía.
— ¿Seokjin?
El castaño se abrió paso en la casa, con las mejillas rojas cortadas por el frío y
el cabello desordenado. Corrió escaleras arriba, recorriendo el camino que en
tan poco tiempo había memorizado hasta el cuarto del menor, abriendo con
brusquedad la puerta.
Vacío.
La cama desordenada y las luces apagadas. Todo tan silencioso.
— Revisa en el armario, tal vez la escondí ahí.
Jin escuchó entre molesto entre aliviado el tono burlón con el que Namjoon dijo
la frase perfecta para romper el hielo. Se dio media vuelta y le encontró con
unos pantalones holgados color negro y una camiseta de algodón blanca,
recargado en el marco de la puerta.
— ¿Lo hiciste? —Susurró, acercándose al moreno.
— No —admitió con seriedad—. ¿Y tú?
— No.
El teñido torció la boca y se cruzó de brazos. Jin bajó la mirada y sin permiso
enredó sus brazos por el cuello del teñido, aliviado al tenerle tan cerca. Namjoon
correspondió el gesto, estrujando al mayor por la cintura, colando lentamente las
manos por debajo de la camiseta de Jin, acariciando con delicadeza la parte
baja de la blanca espalda.
— Me alegra —admitió el menor.
— A mi más.
Ciencia
La primera vez que Seokjin leyó Frankenstein fue a los dieciséis años, para un
trabajo de literatura.
Hizo el mejor ensayo que jamás se hubiese escrito; "¿Puede el hombre jugar
con la vida ajena?", esa había sido la pregunta clave de su escrito. Seokjin
analizó cómo Víctor Frankenstein, un científico obsesionado y cegado por su
complejo de superioridad, cometió el mayor de los errores: ser egoísta.
La maestra rechazó su trabajo por sobrepasar las dos cuartillas reglamentarias y
Seokjin reprobó.
[...]
Para llamar "mejor amigo" a alguien se necesitan una serie de meticulosos y
estrictos requisitos. Es incluso un proceso más difícil que el de elegir una pareja,
porque, ya se sabe; "amigos antes que zorras".
Los mejores amigos nunca se planean, son personas que llegan de la nada y se
convierten en confidentes eternos, compañeros de sonrisas, pañuelos de
lágrimas, apoyo ante la adversidad y hermanos de otra madre.
El significado tenía tal magnitud para Seokjin que no mentía al nombrar a
Hoseok como su mejor amigo. Porque el azabache representaba todo eso para
Jin.
Sin embargo, como se espera, nada es perfecto. Y a veces, raras veces,
Hoseok se sentía como un grano en el culo para el castaño.
Seokjin se recargó en la puerta del baño de la habitación de Namjoon,
suspirando y llevando una de sus manos a sus cabellos alborotados. Esperó
paciente a que contestaran del otro lado de la línea en su llamada.
— Hola, hyung.
— Hola, Hoseok —se mordió el labio inferior—. ¿Me puedes hacer un favor? Le
dije a mi madre que dormiré en tu casa.
— ¡Claro! —Seokjin suspiró aliviado y una pequeña sonrisa se formó en su
cara—. ¿Dónde estarás?
— Estoy en lo de Namjoon.
— Ah...
El ceño del mayor se frunció inconscientemente al escuchar aquel monosílabo.
De verdad le molestaba cuando hablaban mal de Namjoon o cuando hacían
insinuaciones sobre él.
— '¿Ah?' ¿Hay algún problema con ello?
— ... Nada, sólo que es la segunda vez que te quedas con él —el azabache se
escuchaba preocupado y algo desanimado—. ¿No crees que es muy pronto?
Jin gruñó por lo bajo.
— ¿Me cubrirás si mi madre llama? —Susurró al teléfono que sostenía junto a
su oreja.
— Sabes que terminaré haciéndolo, Jin —respondió disconforme su mejor
amigo—. Sólo digo que no está bien que le mientas tanto a tu madre...
— Hoseok, no es la primera ni la segunda vez que finjo estar en tu casa
—arrastró las palabras entre los dientes—. ¿Por qué hay tanto problema ahora?
—...
Jin bufó ante el silencio.
— A veces creo que tienes algo contra Namjoon. Y no entiendo por qué, fuiste
tú quien lo empujó a mi —reclamó con cierto tono venenoso.
— No es contra Namjoon ni contra nadie —dijo el menor—. Es sólo que..., ugh.
Jin, no quiero que te lastimen.
— ¿Por qué estás tan seguro que así será? ¿Sabes algo que yo no? —Chascó
la lengua—. Tú y Tae son los que insistieron con lo del "novio", ¿qué si ahora así
lo quiero?
El que Hoseok, quien acostumbraba ser un parlanchín optimista y sonriente,
estuviese actuando de aquella forma exasperaba a Seokjin.
— Es cierto, creímos que sería lindo que estuvieras con alguien...
— ¿Pero?
— ... no creímos que te engancharías tanto. Tan seriamente. —Suspiró—.
Namjoon me agrada, y no parece que quiera hacer algún daño. Pero no creo
que sea el indicado para ti, hyung.
Seokjin inhaló profundamente para evitar comenzar a gritar. La boca del
estómago le comenzó a doler por retener tanto coraje, pero sabía que si
explotaba contra Hoseok sería difícil el reconciliarse.
— Como sea, Hoseok. Me voy.
— ¿Estás enojado?
— No.
— Lo estás.
— ¡Ugh! ¿Sabes qué me molesta? —Alzó ligeramente el tono de voz, haciendo
callar por completo a su amigo—. Que le juzguen tanto si ni siquiera se han
dado el tiempo de conocerle. Mierda, Hoseok, sé que te puedo confiar esto, y
espero te de otro punto de vista porque es algo importante; Namjoon me hace
sentir de una forma tan especial que da escalofríos.
— Y está bien. Me alegra. Pero-...
— ¡Sin peros! —Interrumpió el mayor—. Yo no te cuestioné nada cuando fuiste
tras Taehyung, y vaya que te trató con la punta del pie al principio.
— Jin, no te pases.
— ¿A que duele, cierto? —Repuso con verdadero enojo—. Si no me vas a decir
la razón por la cual crees que Namjoon es tan malo para mi, reserva tus
comentarios, Jung.
— No seré yo quien te rompa el cuento, hyung. No pienso hacer el trabajo sucio
—dijo totalmente serio—. Si estuvieras ligeramente menos idiotizado lo notarías
por tu cuenta. Cumplí con mi parte al advertirte.
— Bien.
— Bien.
Seokjin colgó con brusquedad y bufó estruendosamente cuando el silencio del
baño lo envolvió. De verdad que Jung Hoseok era todo un caso. Se restregó las
manos contra la cara y volvió a inhalar con profundidad.
Una alarma proveniente del aparato en su mano derecha le sobresaltó un poco.
El castaño revisó el mensaje que apareció de la nada en la pantalla y un horrible
vacío se formó dentro de sus costillas.
"Pago del contrato con Kim Namjoon, expira en 2 días".
Solía poner aquellas alarmas al inicio de cada trato, para evitar revolverse entre
tantas cosas en su agenda. Y jamás alguna de esas notas le causó tal vértigo
como aquella.
Negó con la cabeza, borrando el mensaje del aparato, y salió lentamente del
cuarto de baño, encontrando en la habitación a un entretenido Namjoon que
jugaba algún desconocido videojuego sentado en la cama.
— Te advierto que soy un experto en esto —dijo él—. Romper mi récord será
muuuuy difícil.
Jin sonrió débilmente, sosteniendo su teléfono entre sus manos.
— ¿Problemas? —Comentó el teñido, mirando al mayor por el rabillo del ojo,
cuando éste no dijo nada.
— Algo así. —Jin caminó hasta quedar sentado junto al menor. Con el ceño
fruncido y un ligero puchero en los labios.
El ruido de bombas explotando que provenía del televisor era lo único que
cortaba el silencio de la noche. Eso y el constante repicar de los dedos del
moreno contra los botones del control.
— Nunca he tenido muchos amigos... —comentó el moreno, sin perder la
concentración en el juego— ...nunca he tenido amigos.
— Puedo ser tu amigo, pequeño Namjoon —el mayor se burló sin mucho ánimo,
acercándose al moreno y recargando su cabeza en el hombro de este.
Namjoon rió por lo bajo.
— Ignorando el hecho de que me acabas de friendzonear —comentó—. Lo que
quiero decir es que... un montón de personas que no tienen en qué perder el
tiempo hicieron un estudio; si expones al dolor a una persona durante más de
sesenta segundos, ésta lo soportará de mejor manera si tiene un amigo
haciendo un refuerzo positivo.
Seokjin enarcó una ceja, ligeramente confundido.
— ¿Y en coreano eso significa que...?
Namjoon pausó la partida, pero continuó con la vista fija al frente.
— Los amigos dicen las cosas por alguna razón, ¿no? Deberías seguir sus
consejos.
El mayor de ambos conservó su posición, disfrutando del calor que la cercanía
con el otro le ofrecía. Volvió la vista al frente, hasta chocar con la imagen
estática en la pantalla.
— ¿Y si su consejo es alejarme de ti?
Los músculos de moreno se tensaron al instante y el control del videojuego se le
resbaló de las manos cayendo torpemente al suelo.
La casa se encontraba totalmente obscura, incluso en la habitación del anfitrión
lo único que interrumpía la penumbra era el brillo de la televisión. El menor
agachó la cabeza sin mostrar su rostro al castaño; silencioso, tomó el control de
la pantalla y apagó el aparato, dejando la plena obscuridad.
— ¿Namjoon?
Kim Namjoon se dio media vuelta y con un brazo tumbó a Jin en la cama,
recostándose después a su lado. La ancha espalda de Seokjin contra el pecho
del moreno, un brazo marcado rodeando su estrecha cintura y la tranquila
respiración del más alto junto a su oreja.
Ninguno dijo nada, temiendo que el mínimo ruido lastimara o rompiera loquesea.
— Si ese es su consejo —susurró el menor en el oído contrario—, debes
seguirlo.
Un pequeño "crack" se escuchó en el interior del mayor. El castaño sintió los
tibios dedos de Namjoon adentrarse por la parte inferior de su camiseta,
buscando con sigilo la piel oculta; Jin pensó que aquella maña le fascinaba; Jin
pensó que el calor del menor le reconfortaba; Jin pensó que vivir sin esos
detalles le sofocaría. Intentó alejarse sin mucha fuerza, pero el agarre del
contrario se aferró con ímpetu.
— Debes alejarte de mí —continuó—, pero no ahora. No hoy.
Seokjin se mordió el labio inferior y giró sobre su costado, quedando frente a su
acompañante. Abrazó a Namjoon en la oscuridad, repentinamente aterrorizado
de sí y del cómo deseaba con todas sus fuerzas que ese pequeño momento se
repitiera un millón de veces en un ciclo sin fin.
La dependencia era el peor de los venenos, había dicho alguna vez Namjoon; el
cáncer de una relación, silencioso, uno no se daba cuenta cuando se estaba
totalmente infectado. Cuando se necesita de alguien o algo más para tocar
sensaciones cotidianas. Cuando se está enfermizamente enamorado.
[...]
Seokjin despertó sudando frío en un cuarto ajeno. El pecho subía y bajaba
rápidamente y sus pupilas se contrajeron a una velocidad espeluznante cuando
los rayos del sol pegaron en sus ojos. Una pesadilla. De esas tan malas que ni
siquiera se recuerdan, de esas que sólo amedrentan el inconsciente.
Buscó a Namjoon a su lado, pero encontró un espacio vacío en la cama. Giró la
cabeza un par de veces, aún aturdido, y suspiró pesadamente al percibir el
sonido el agua corriendo, escapando desde la puerta abierta del baño de la
habitación. Se dejó caer nuevamente en la cama y cerró los ojos. Un pequeño
ataque de paranoia.
Se recostó de lado, con dirección al escritorio de la habitación. Encima de éste,
se hallaba solitario aquel misterioso cuadernillo de pasta verde en el que
Namjoon pasaba el rato.
Seokjin miró hacia la puerta del baño, de donde parecía que Namjoon no saldría
en un buen rato. En silencio se levantó de su lugar en el colchón y caminó hasta
el escritorio del menor, tomando asiento en la silla frente a éste. Tomó el
cuaderno entre sus manos y echó un último vistazo en dirección al baño antes
de comenzar a ojear el contenido.
Kim Seokjin sólo le había mentido en una cosa a Namjoon; sus padres no
vivieron "felices para siempre" durante veintidós años.
Hubo una época atrás, en el primer año de instituto de Seokjin, en el que
cuando el castaño llegó a su hogar por la tarde encontró a su padre llorando en
medio de la sala. Su madre no estaba y a Jin le dio miedo preguntar su
paradero. Su padre sólo dijo una cosa; "No busques repuestas que no te gustará
escuchar, Jin". No se habló más del tema y a la mañana siguiente su madre
cocinó hotcakes con tocino para el desayuno.
Aquél debió ser uno de esos sabios consejos que se debe seguir a costa de
todo. Pero Seokjin realmente no lo recordó cuando comenzó a leer los escritos
de Namjoon.
"Sujeto: Kim Seokjin.
Sexo: hombre Edad: 19 Género: masculino
Preferencia sexual: desconocido.
Estado emocional: estable. Obsesión con la victoria. CI promedio-superior.
Parejas anteriores: desconocido.
Opinión sobre el amor: desconocido.
Objetivos.
Enamorarse.
Hipótesis.
Las emociones son manipulables si se sabe tratar a un sujeto específico. El
enamoramiento se logrará si se cubren tres aspectos: enfocarse en los gustos
particulares del sujeto, crear un vínculo de confianza y un mantener la
sexualidad activa.
Día uno:
El sujeto muestra reacciones habituales a insinuaciones sexuales. Perspicaz y
algo arrogante. Toma su trabajo completamente en serio. Presta atención a los
divagues verbales.
Notas: color rosa. Besos, no golpes.
Día cuatro:
El sujeto muestra problemas comunes en adolescentes. No es adverso al
contacto físico. Temperamental y poco paciente cuando se trata de su ego.
Notas: aprender cálculo.
Día cinco:
El sujeto muestra preocupación por la seguridad propia y ajena. Muestra
atracción física por mí. Definitivamente temperamental.
Notas: le gusta poseer el control de las situaciones.
Día diez:
El-... Seokjin"
— ¿Qué haces?
Los ojos aguados del castaño se elevaron hasta encontrar de pie frente a él la
figura del menor, quien no vestía otra cosa mas que unos pantalones de algodón
negros. Sintió tanta rabia, tanto dolor y tantos malos sentimientos inflando su
pecho y agolpando lágrimas en sus orbes. Y Namjoon lo notó.
— ¿Lo leíste? —Preguntó el teñido, al ver como el castaño se ponía de pie y le
encaraba.
— "El sujeto" lo leyó —escupió con un tono hiriente, tragándose con fuerza las
lágrimas.
Nunca había llorado por nadie, y Kim Namjoon no tendría el honor de ser el
primero.
— Escucha, Seokjin-.
— No, escucha tú, Namjoon —elevó su voz—. ¿Soy tu rata de laboratorio?
¿Has estado fingiendo todo este tiempo ser quien creo que eres?
— ¡No! —Interrumpió, con la voz trémula—. Mira, yo te dije desde el principio lo
que quería hacer...
— Sí, dijiste que querías experimentar con tus sentimientos, no con los míos.
— ¿Entonces está bien jugar con alguien más si eso no te afecta? Estás siendo
un poco-...
— ¡Tú estás siendo un muy idiota! —Terminó por estallar, tonándose rojo de la
ira—. ¿En serio no escuchas lo que dices? Te diré cuál es tu problema; tu
problema es que te crees tan superior a los demás que crees que les puedes
manipular a tu antojo, ¿y sabes? Tal vez tengas trucos y métodos científicos
para lograrlo, pero eso te vuelve en una persona falsa, ¿alguna vez eres sincero
con los demás? Tal vez esa es la razón por la que no tienes amigos.
— Jin, para.
— Eres un jodido egoísta, un insensible de mierda al que no le importó herirme.
¡Felicidades! Estoy estúpidamente enamorado de lo que pretendes ser. Toma tu
Nobel —arrojó el cuadernillo verde a los pies del menor—. Pero que sepas, ni
toda tu ciencia ni todos tus premios lograran hacer que alguien ame al
verdadero tú.
El castaño apretó los puños y se dio media vuelta. Tomó del suelo su gruesa
carpa y salió corriendo de la habitación. Seokjin corrió sin mirar atrás ni por un
instante; los pies le pesaban y el pecho le ardía. Se colocó los zapatos en la
entrada de la casa y al abrir la puerta encontró a la madre de Namjoon
buscando sus llaves en su bolso. Se mordió el labio inferior y esquivó a la mujer.
Cruzó la calle mientras buscaba las llaves de su auto en los bolsillos de su
abrigo. Las manos le temblaron cuando desactivó la alarme y subió al asiento
del piloto. Al tratar de cerrar la puerta la fuerza de una mano jalando en el
sentido contrario se lo impidió.
Namjoon le miraba; con el cabello aún húmedo, sin camiseta ni zapatos,
despidiendo vapor por la boca y con los ojos rojos como la sangre. Parado sobre
el asfalto de la calle y gimoteando por las traicioneras lágrimas. El moreno lazó
con brusquedad hacia Seokjin la libreta verde que tanto daño había causado.
— ¿No te han dicho... que un libro se lee hasta el final?
Cumpleaños
La primera vez que Seokjin tuvo una fiesta de cumpleaños fue a los cinco años.
Jin quería vestirse de Aurora y un pastel de fresas en forma de castillo que
midiera cinco pisos.
Su madre hizo una fiesta donde Seokjin fue Woody, hubo pastel de chocolate y
contrataron a un payaso que hizo llorar a la mitad de los invitados.
[...]
Cuando Seokjin llegó a su casa esta se encontraba totalmente a solas. Sus
padres habrían salido a algún lugar, no le extrañaría; cuando Seokjin decía
quedarse en casa de Hoseok, regresaba a su hogar pasadas las tres de la
tarde.
Entró arrastrando los pies, sintiendo pesado el cuerpo. Caminó hasta su
habitación, sosteniendo fuertemente el cuaderno verde en sus manos.
Namjoon se lo había lanzado y con furia había cerrado la puerta de su auto,
para después regresar a su casa. Seokjin, desconcertado y dolido, había
arrancado el carro y condujo sin mirar atrás hasta llegar a su hogar.
El muchacho de cabellos castaños se tumbó en el mullido colchón de su cama y
miró fijamente el techo de su habitación. Todo se sentía tan vacío, tan triste.
La garganta aún le quemaba por aquel veneno que había lanzado contra
Namjoon, y aunque una parte de él se arrepentía de haberlo hecho, la otra, rota
y lastimada, deseaba herirlo más.
Suspiró profundo.
No sabía bien qué pensar respecto a la situación, ni siquiera sabía cómo debía
actuar a partir de ese momento. Su cabeza era un total caos que comenzó a dar
un verdadero dolor.
Sintió entre sus dedos la lisa tapa verde del cuadernillo maldito. "Un libro se lee
hasta el final", había dicho Namjoon. Mordió su labio inferior, debatiéndose entre
leer el contenido o no.
— ¿Jin? —Le llamó una voz desde la puerta entre-abierta de su habitación—.
Creí que llegarías más tarde, ¿todo bien?
— ¿Eh? —Los ojos achocolatados del muchacho evitaron la mirada de su
madre, pues en realidad no tenía ánimos de contar su vida amorosa en aquel
momento—. Sí, sólo... discutí con Hoseok, nada grave.
— ¿Con Hoseok? ¿Hoy?
— No importa, mamá. Ya pasará —susurró, cerrando los ojos y escondiendo
discretamente el cuaderno.
La mujer no lucía convencida, pero terminó por dar concluido el tema. Sonrió
sinceramente y entró al cuarto, tomando asiento al borde de la cama.
— ¿Por qué no salimos a comer tú, tu padre y yo? —Propuso emocionada.
— No tengo hambre.
La mujer abrió escandalosamente los ojos y soltó un gruñido por lo bajo.
— ¿Kim Seokjin no tiene hambre? —Preguntó divertida—. ¿Debería llevarte al
doctor?
El castaño sonrió sin poder evitarlo. A pesar de todo lo bueno o malo que esa
mujer pudo haber hecho en su vida, seguía siendo su madre, y seguía siendo la
persona que más amaba.
— Estoy bien —se reincorporó en la cama—. Además, ¿no acaban de regresar
de comer?
— Er-... algo así —titubeó la mujer—. Sólo vine yo... tú padre aún nos espera
para que comamos juntos.
— ¿Entonces sabías que estaba aquí? —Preguntó perspicaz con una ceja
alzada.
— Yo... eh... ¡sólo sal de la cama, Seokin! —Regañó con una sonrisa,
poniéndose de pie y saliendo de la habitación—. Te espero abajo.
[...]
La madre de Seokjin conducía el auto con el castaño como copiloto. Jin tenía
ganas de dormir diez horas o simplemente quedarse tumbado en la cama por lo
que restaba de fin de semana, pero no debía preocupar a su madre, por lo que
cada que cruzaba miradas con la señora se forzaba a sonreír débilmente.
— ¿En serio te sientes bien, hijo?
El castaño quitó la mirada de la ventana y la dirigió a su madre.
— No lo sé —admitió en un suspiro.
— ¿Fue una pelea grande?
Jin bajó la mirada a sus manos.
— No sé si se podría llamar pelea —susurró—. En realidad, sólo yo exploté.
— Debió haber una razón.
— La hay —se removió en su asiento—. Me hizo sentir... engañado. No, más
bien, decepcionado. Como si hubiese jugado con mis intenciones y
sentimientos, sin importarle.
— ¿Él dijo que fue así?
— No lo dijo, pero está claro que así fue.
— No puedes vivir a base de suposiciones, Jin —dijo la mujer, deteniéndose en
el rojo de un semáforo—. No eres adivino, y no puedes sacar conclusiones por
tu propia cuenta. ¿Él dijo que su intención fue lastimarte? ¿Escuchaste todas las
versiones de la historia? —Jin guardó silencio. El semáforo cambió a verde—. A
lo que voy, hijo, no te tortures creando historias en tu cabeza. La mayor parte del
tiempo, los problemas en realidad son una serie de mal entendidos; si no fue su
intención lastimarte, ya encontrarán la manera de solucionarlo. Si su intención
fue hacerte daño, a la mierda, nadie vale la pena para sufrir, bebé.
Seokjin sintió el nudo en su garganta creciendo. En la mayoría de los casos, el
consuelo no era lo que aliviaba el alma, lo que reconfortaba era la persona que
lo otorgaba.
Sonrió.
— Gracias, mamá.
— De nada, bebé —la mujer aparcó el carro en el estacionamiento de un
restaurante—. Y ya sé que no hablamos de Hoseok. —Sonrió, bajando del auto.
El castaño sintió las mejillas arder ligeramente y bajó presuroso del auto. Se dio
cuenta que no era cualquier restaurante, era el favorito de Seokjin, ese donde el
arroz tenía un peculiar sazón que no había en ningún otro lugar.
Su madre entró con alegría, arrastrándolo de la mano. Dijo a la hostes el
nombre de su padre y la señorita los dirigió a una mesa al fondo del lugar.
Seokjin llevaba la mirada clavada en los pies, reflexionando las palabras que su
madre le había dicho antes. Alzó la vista cuando un inesperado grito lo
sobresaltó.
— ¡Sorpresa!
Su padre, su madre, Taehyung y Hoseok se encontraban reunidos en una mesa,
con un pastel de fresas decorado por diecinueve velitas al frente de ellos y una
sonrisa en la cara.
— ¿No creíste que de verdad olvidamos tu cumpleaños, verdad, Jin? —Habló
su madre.
El castaño apretó los labios y miró interrogante a su mejor amigo, quien creyó le
odiaría. Hoseok le sonrió comprensivo y alzó la barbilla hacia el pastel.
— En realidad —dijo con la voz quebradiza—, yo lo había olvidado.
[...]
Hoseok se mordía el labio inferior y Taehyung lo miró preocupado. Los señores
Kim estaban ocupados en la sala de Karaoke con la que contaba el restaurante
y el pastel a medio comer había sido dejado a un lado.
— Dilo —pidió el mayor de los chicos dirigiéndose a su mejor amigo.
— No voy a reprocharte —negó Hoseok, haciendo una pausa—. Pero te lo dije.
Seokjin rió irónicamente y se tapó el rostro con ambas manos. El contarle todo
lo sucedido a sus dos únicos amigos era más liberador de lo que imaginaba, y
jamás había valorado tanto el tenerlos a su lado.
— Aún así, ¿no crees que fuiste un poco duro con Namjoon hyung? —opinó el
menor de todos, bebiendo de su malteada de vainilla.
— No, Tae, el idiota se lo buscó —repuso el azabache.
El chico de la voz gruesa se encogió de hombros.
— Sólo digo, las intenciones de Namjoon hyung eran más que claras ¿saben?
Jin hyung en realidad nunca hizo nada para intentar enamorarlo y aún así,
Namjoon no se quejaba.
Seokjin bajó la cabeza, abatido. Hoseok le dio un codazo a su pareja y este
entendió que había metido la pata.
— ¡No quiero decir que haya sido tu culpa, hyung! —Se excusó—. Yo creo que
todo esto es un malentendido. Tú nos lo dijiste una vez, Namjoon no está
acostumbrado a las emociones comunes, tal vez todo este asunto del
experimento lo confundió.
— O simplemente es un idiota —opinó Hoseok, bebiendo su batido de fresa.
— ¡Hobi! —Reprochó el menor, frunciendo el ceño—. Miren, ¿quién demonios
aprende toda una materia sólo para "experimentar"? ¿Quien deja de lado una
noche de diversión sólo para consolar a alguien que supuestamente ve como un
objeto? Seokjin hyung, aunque lo niegues, tú lo conoces más que nadie. Piensa,
¿en serio crees a Namjoon así de malo?
[...]
Los cumpleaños como hijo único para Seokjin acostumbraban ser divertidos; lo
llevaba a comer, le compraban regalos y su familia iba al cine casi al anochecer.
Pero aquella noche, recostado en su cama, a pesar de haber hecho la misma
rutina de cada año, Seokjin no podía abandonar el sentimiento de tristeza y
frustración.
Las palabras de su madre y las de Taehyung se mezclaban en su cabeza
confundiéndole más de lo que ya encontraba.
Enterró la cara en la almohada y soltó un grito de frustración. Entre las sábanas
de su cama se topó con el borde de una libre que había sido abandonada en
aquel lugar desde la mañana del mismo día.
Jin se reincorporó en el colchón y tomó entre sus manos aquel cuaderno. Mordió
su labio inferior y con coraje lo abrió, buscando la página exacta donde se había
quedado.
"Día cinco.
El sujeto muestra preocupación por la seguridad propia y ajena. Muestra
atracción física por mí. Definitivamente temperamental.
Notas: le gusta poseer el control de las situaciones.
Día diez.
El-... Seokjin... Seokjin es comprometido con sus metas. Aprende rápido,
aunque le cuesta entender.
Notas: repasar razón de Cambio, cálculo.
Día doce.
Cuando Seokjin se enoja se sonroja e infla las mejillas. Le encanta comer. Me
pone atención siempre que hablo y parece tener una opinión de todo.
Notas: comprar chocolates para cuando se enoje conmigo.
Día quince.
Seokjin ya no se sonroja cuando hago insinuaciones sexuales. Admito que es
menos divertido, pero, la verdad, prefiero al Jin atrevido que me contesta con
sarcasmo.
Notas: su espalda es sexy.
Día diecinueve.
Jin se siente triste.
No me gusta verlo así.
Notas: comprar más comida y cosas rosadas.
Día veinte.
Despertar junto a él se siente como ganar el torneo de basquetbol. No. Cien
veces mejor.
Ser consolado es una sensación cálida cuando viene de la persona correcta.
El estómago se me revuelve cuando Jin me sonríe.
Notas: sus labios son suaves.
Día veintiuno.
A mi mamá le agrada Seokjin, dice que es guapo.
Inconscientemente, le conté a mi padre de él, creo que se burló de mí... dijo algo
de "cara de idiota enamorado".
Notas: debo dejar de hablar de él.
Día veintitrés.
Seokjin apesta como jugador de básquetbol.
Pero es buen confidente y amigo.
Notas: creí que su espalda era sexy, pero, mierda, la línea de sus caderas es un
milagro de la naturaleza.
Día veinticinco.
Taehyung, quien me vengo enterando, es novio de Hoseok, me invitó a la fiesta
de cumpleaños sorpresa de Seokjin.
Mierda, no lo sabía... me siento repentinamente nervioso.
Como sea, creo que no le agrado a Hoseok.
Notas: comprar un regalo.
Día veintiséis.
No sé qué demonios comprarle. Carajo, ¿por qué es tan difícil?
¿Me debería poner un moño rojo en la cabeza y meterme en su casa? Muy
pretencioso, tal vez...
Taehyung me dijo que le gusta Mario Bros.
Encontré un disfraz de Mario, ahora solo debo conseguir uno de Luigi para mí.
Nota: los conjuntos de pareja son ridículos. Y me encantan.
Día veintisiete.
Que se joda. Si quiere coger con alguien más no es mi problema.
Maldito Kim Seokjin, la próxima vez que te vea te voy a partir en dos el culo. Le
daré tan fuerte que creerá que es su primera vez.
Notas: encontrar la lista de las personas con las que se ha acostado. Aprender
vudú.
Día veintiocho.
Kim Seokjin.
Kim Seokjin.
Kim Seokjin.
Notas: creo que... me enamoré."
Seokjin hojeó las páginas, buscando con desesperación alguna continuación,
pero sólo encontró unos apuntes al final del cuadernillo. Apuntes de cálculo,
tachados y sucios, ejercicios encimados y un tanto inteligibles.
La última hoja con la bitácora se manchó con una gota de agua que había salido
de la nada. Seokjin se dio cuenta de que no era agua.
Al final, Kim Namjoon sí era la primera persona por la cual Jin lloró.
El timbre del teléfono del castaño lo sobresaltó. Jin sorbió sus lágrimas y atendió
la llamada de Hoseok.
— ¿Q-Que sucede?
— ¡Hyung, los resultados de los exámenes ya se publicaron en la página de la
escuela! —Hoseok se escuchaba emocionado—. ¡Tae aprobó!... ¿cómo te fue a
ti?
Jin se talló los ojos y se levantó de su cama, corriendo a la laptop encendida
sobre su escritorio. Buscando a toda la velocidad que podía sus resultados.
— ¿Hyung? ¿Qué pasó?... ¿E-estás llorando? —Preguntó suavemente—. No te
preocupes, hyung... tal vez... hay un error. Podemos-...
— Hoseok... aprobé.
Perdón
La primera vez que Seokjin pidió disculpas fue a los ocho años.
Un niño le había dicho que era feo. Y, aunque Seokjin sabía que eso no era
cierto, no pudo evitar sentirse más que molesto.
Golpeó a su compañero de clases y la directora del colegio mandó a llamar a su
madre. Después de un sermón y un castigo, Jin tuvo que ofrecer disculpas a su
compañero.
Al siguiente día, Jin golpeó al mismo niño porque este le dijo gordo.
[...]
"No vayas, Jin. El que haya escrito eso no significa que nunca tuvo la intención
de jugar con tus sentimientos" fue lo que dijo Hoseok; "Se detuvo a tiempo. Y...
sí, tal vez trató de manipular tus sentimientos, pero jamás fue falso o actuó
diferente de cómo es en realidad" le dijo Taehyung.
Seokjin se encontró de frente con la puerta de la casa de Namjoon el domingo
por la mañana teniendo un serio debate mental sobre si tocar o no.
— Chico, llevas diez minutos ahí —le llamó una suave y seria voz a sus
espaldas—. Si no quieres entrar, yo sí. Hace frío aquí afuera.
La madre de Namjoon se cruzaba de brazos, escondiendo las manos, tratando
de mantener su temperatura. Seokjin se ruborizó un poco y se apartó
rápidamente de la puerta, permitiendo así que la mujer abriera la entrada.
— ¿Y vas a pasar?
— Yo... —vaciló—. ¿Está Namjoon?
— No, hoy es domingo.
El castaño se golpeó mentalmente. Claro, los domingos Namjoon iba con su
padre. Suspiró frustrado.
— ¿No quieres pasar entonces?
La cara seria de la mujer asustaba un poco al castaño y la insistencia en la
invitación le daba la impresión de que la señora quería hablar con él. Y no le
culpaba, seguro tendría un montón de dudas. Por ejemplo, ¿por que había
salido con tanta prisa de su casa el día anterior? ¿Por que su hijo le seguía en
tan malas condiciones? ¿Se habrían peleado?
Seokjin sintió la responsabilidad de darle explicaciones a la mujer, por lo cual,
con una sonrisa débil y apenada, ingresó a la casa de Kim Namjoon. Dejó su
abrigo en el perchero de la entrada, junto al de la mujer.
— Me gustaría invitarte a desayunar, pero el restaurante donde compro no abrió
hoy —suspiró la castaña—. Malditas viejas holgazanas.
Jin retuvo el impulso de echarse a reír. Tanto por la ironía de la frase como por
lo raro que era ver a una mujer tan seria soltando maldiciones.
— Tendré que cocinar algo —comentó ella, entrando a la cocina—. Toma
asiento.
Seokjin caminaba detrás de la señora como si fuese un cachorro asustado.
Ingresó a la amplia cocina junto con ella y se sentó en el banquillo alto frente al
mesón de una barra, sin quitar su atención de los movimientos de la mujer.
La cocina de esa casa era amplia y completamente equipada, lo más
sorprendente, sin dudas, era lo reluciente que se encontraba. Como si nunca
nadie la ocupara.
— A ver... esto... cómo se prendía —mascullaba para sí la señora castaña,
observando con extrañeza la estufa.
— ¿Le puedo ayudar? —Se atrevió a preguntar el invitado.
— ¿Luzco tan perdida e inútil?
— ¡No, no! Yo no quise decir-...
— Porque la verdad es que no sé cocinar.
[...]
En algún momento de la incómoda escena los papeles se habían invertido; la
madre de Namjoon se encontraba sentada en la barra de la cocina y Seokjin se
desplazaba con maestría por los alrededores del lugar, mezclando, cortando,
cociendo y probando los alimentos que preparaba.
— Entonces, eres guapo y sabes cocinar —dijo la mujer de la nada—. Apuesto
a que tienes a muchas personas detrás de ti, ¿eh?
Seokjin sonrió incómodo y negó ligeramente con una mano.
— Mi madre decía —siguió la dueña de la casa— que siempre fui un fracaso
como mujer, que mis estudios jamás me darían un hombre.
Seokjin tapó la cacerola y bajó la flama del fuego para poner su completa
atención a las palabras de la mujer.
— En parte tuvo razón; tengo una casa, un auto, un gran trabajo, un hijo
maravilloso... y, aún así, cada domingo, me encuentro aquí sentada en esta
enorme casa, sola —suspiró. La señora de lentes miró la expresión decaída de
su invitado y dibujó una débil sonrisa en sus labios—. Chico, no lo digo para que
te sientas mal. De hecho, todo esto me causa gracia. Es una enorme ironía.
— Lo siento.
— No te preocupes, conseguiré un gato —bromeó con serenidad y Seokjin rió
con autenticidad—. ¿Por qué quieres ver a Nam? —Preguntó de la nada,
recargando los codos en la barra.
— Ah, eso... —el castaño volvió la vista al estofado sobre el fuego—. Tuvimos
un problema.
— Pelearon.
— Sí, algo así como una pelea —carraspeó—. Yo le dije cosas muy
desagradables porque...
— Porque creíste que era un cretino que lo merecía.
— No..., o sí. Pero ahora sé que todo fue un malentendido y quiero hablar con
él.
— Quieres pedir perdón.
El castaño miró el rostro serio de la mujer. En realidad, era la última persona de
este mundo con quien quisiera hablar del tema. Pero ahí estaba.
— Seokjin —le llamó—, me agradas bastante. Eres muy... humano. Te tengo
envidia por eso —rió por lo bajo—. Aunque parece que Nam y yo somos
distantes, la verdad es que ese pequeño vándalo me cuenta la mayoría de sus
cosas. Sé lo que está pasando entre ustedes dos.
— ¿Le dijo?
— Y, te diré el consejo de una solterona, algún día mirarás atrás y te darás
cuenta de lo ridículos que fueron tus dramas, tus problemas, tus peleas
—chascó con la lengua—. Seokjin, son jóvenes, no te martirices tanto. Sé un
poco cursi y sigue a tu corazón.
[...]
Las vacaciones de invierno daban inicio aquel lunes. Un mes y medio totalmente
libres de las infinitas tareas. Pero para Seokjin las vacaciones también
significaban dejar de ver a diario al moreno de cabellos teñidos.
La ex-señora Kim le había confiado información valiosa el día anterior. "Nam va
al parque cercano a la universidad cuando son vacaciones. Búscalo en la
cancha de baloncesto después del medio día".
El muchacho castaño despertó a las seis en punto, ansioso. En realidad no tenía
nada planeado para decir, ni siquiera sabía cómo debía hablar, ¿molesto?
¿Apenado? ¿Comprensivo? Sólo sabía que, pese a los problemas, tenía dos
días sin ver a Namjoon y una pequeña voz en su cabeza le susurraba un "le
extraño" doloroso.
Tardó tres horas eligiendo un conjunto para vestir y se tomó otras dos para
debatirse mentalmente entre ir ese día o esperar. Y en su cabeza había decidido
no ir, quedarse en casa y distraerse en todo lo bueno que las vacaciones de
invierno le podía dar. Pero, mierda, para cuando fue consciente de sus actos, se
encontró caminando hasta las canchas de baloncesto de aquel parque.
Suspiró con fuerza y paseó la mirada por el lugar, encontrando después de unos
minutos la mata grisácea de cabellos que pertenecía a Kim Namjoon; el chico se
encontraba sentado en el pasto seco junto a la pista de juego (donde tres
muchachos practicaban sus encestes), con una gruesa sudadera amarilla
cubriéndolo del gélido tiempo y un balón anaranjado a su lado.
Seokjin sintió un revoltijo en sus tripas cuando se acercó hasta Namjoon y su
olor a lima lo envolvió.
— ¿Puedo sentarme? —Llamó en un tono calmado.
El moreno alzó ligeramente la cabeza para confirmar si se trataba de quién creía
y regresó a su posición original mirando a la cancha.
— Supongo que puedes —habló calmado—. Cualquier persona puede sentarse.
La verdadera pregunta sería si quiero que te sientes junto a mí.
— ¿Quieres que-...?
— No.
Seokjin infló las mejillas un poco, ruborizado y molesto. Caminó unos pasos más
y se sentó frente al menor. Namjoon abrió ligeramente los ojos y soltó una risilla
reprimida.
— Entiendo —dijo el moreno—, no estás a mi lado. Bien ahí.
— Escúchame.
— No quiero —respondió en total calma.
— No te estaba pidiendo permiso —el castaño frunció el ceño—. Está bien, la
cagué, pero eso no borra el hecho de que tú también te equivocaste.
— De acuerdo, lo siento. ¿Está bien ahora? —Cuestionó con un todo rudo.
— ¡No! Yo... —Seokjin bufó—. No quiero que lo sientas, quiero hablar al
respecto.
— ¿Sobre qué? ¿Para qué?
— El por qué me mentiste... que tanto de nuestra relación fue cierto... para
saber en qué punto estamos ahora.
Namjoon bajó la mirada y su expresión cambió por primera vez en lo que
llevaban de conversación. Frunció el entrecejo y se cruzó de brazos.
— Nadie nunca aceptaría que manipulen sus sentimientos —comenzó con un
susurro—. Y acepto que mentí sobre eso. Es sólo que... cuando lo hice no veía
algún mal. ¿Sabes? Todo en mi vida se ha resumido en una serie de
experimentos que me llevan a conocer más de este enorme mundo y de quienes
lo habitan. Nunca me había importado el método, el conocimiento era el objetivo
principal y suficiente para satisfacerme.
Jin guardó silencio, prestando su completa atención a las acciones y palabras
del contrario.
— Creo que es algo que nunca nadie comprendió o mínimamente le interesó
—rió con sarcasmo—. Entonce encontré un sujeto que me miraba fijamente con
los ojos bien abiertos cuando decía cualquier cosa por absurda que esta fuera, y
la maravilla no para ahí, el sujeto parecía tener una opinión de lo que yo le
contaba, como si no le interesara cuestionar cosas que yo sabía a la perfección
y él no. Era fascinante. Alguien que me encontraba interesante.
El castaño mordió su labio inferior, esbozando una triste sonrisa.
— En algún punto me perdí entre lo que buscaba y lo que quería —suspiró—.
Porque lo que quería se había vuelto más importante que el conocimiento.
Porque te quería a ti —chascó la lengua—. Lo quería todo; los besos, las
pláticas, los mensajes, las citas, las tardes juntos, las noches abrazados. Se
sentía como estar realmente enamorado.
Un silencio cómodo los envolvió por unos minutos y Namjoon lo cortó.
— Lo que me dijiste ese día-...
— Estaba enojado —interrumpió el mayor.
— Tal vez —asintió con la cabeza—. Pero no deja de ser algo que en algún
punto sentiste. Que todo había sido una mentira. Lo que me puso a pensar,
¿qué hubiese pasado si jamás hubieses leído el diario? ¿Qué hubiera pasado si
no me hubiera ofrecido a ayudar con tu examen? ¿Qué si hubiera encontrado
otra forma de hacer mi experimento?
Seokjin negó con la cabeza y torció la boca.
— A lo que me refiero es, tal vez nada fue real. Porque te pagué para que
estuvieras conmigo, porque nunca tuve la auténtica intención de conocerte
—carraspeó—. ¿No forzamos las demasiado las cosas?
El sonido del balón rebotando a espaldas de Jin era lo que mantenía consciente
del lugar en donde estaba. Sus pensamientos lo habían abandonado por
completo.
— No lo creo —el mayor habló en automático—. ¿Crees en el destino,
Namjoon?
— No, Seokjin —rió un poco.
— Yo sí —el pálido se encogió de hombros—. Te has hecho un montón de
preguntas cuestionando el qué hubiera pasado si las cosas no hubieran sido
como fueron, pero no te has dado cuenta que, dentro de todas las posibilidades
que hubo, elegimos las acciones indicadas, tanto buenas como malas, para
llegar al momento en el que estamos.
— ¿Entonces?
— Tal vez nuestro destino no fue conocernos de manera convencional. Pero
estamos aquí juntos al fin y al cabo —sonrió.
Namjoon le devolvió la sonrisa sincera, repentinamente aliviado. Llevó una
mano a su desordenada cabellera plateada y rió por lo bajo.
— Es una forma cursi de ver las cosas, Seokjin.
— Es una buena forma de ver las cosas, Namjoon.
El mayor se levantó de su lugar y caminó hasta el costado del moreno, tomando
asiento junto a él y recargando la cabeza en el hombro de este.
— Aprobé cálculo —susurró el castaño.
— Seokjin —llamó el teñido, girando su cara a un costado, teniendo la hermosa
cara a escasos centímetros—, no te confundas.
— ¿Confundir qué?
— Ambos nos hicimos daño ¿sabes? —tragó grueso—. De ese que hieren bien
adentro.
— ¿El punto es...?
— Creo que debemos terminar.
Rendición
La primera vez que Seokjin perdió fue en una competencia de natación a los
nueve años.
Su padre le compró un helado al terminar el partido, diciéndole que no se
preocupara, que a veces se ganaba y a veces se perdía.
A partir de ese día, Seokjin nunca volvió a ganar una competencia y fue capaz
de probar los veintisiete sabores diferentes de la heladería.
[...]
Seokjin suspiró y escondió el rostro en las manos, negando levemente. La
cabeza comenzó a dolerle y el que estuviese nevando afuera no ayudaba a su
estado depresivo.
— ¿Entonces se acabó?
Jin descubrió uno de sus ojos para mirar la pantalla de su computadora. Hoseok
y Taehyung le miraban a través de la webcam, Tae con una auténtica expresión
de preocupación y Seok con un rostro serio, totalmente en silencio. Por un
momento, Kim Seokjin sintió auténtica envidia al ver a sus dos amigos en la
habitación del mayor, juntos.
Había sido una semana terrible para el castaño; nevadas todos los días que
hacían casi imposible salir de casa —o ese fue el pretexto que dio Seokjin para
quedarse encerrado en su habitación por casi cinco días—, eso aunado a la
total desaparición de Namjoon de su vida.
Namjoon no llamaba. Seokjin tampoco lo hacía.
Después de días en total aislamiento, Jin le contó a sus amigos todo lo que
había sucedido cuando vio por última vez a el moreno. Les contó sobre el final
de la libreta maldita. Contó la plática que tuvieron en el parque. El cómo
decidieron —Namjoon decidió— cortar su relación por lo sano. El cómo Seokjin
no encontró razones suficientes como para impedirlo.
— ¡Pero se aman! —Repuso Taehyung, exasperado—. Ese es motivo
suficiente para cualquier cosa.
— Entiendo a Namjoon.
— ¡Hobi!
— Tae, imagina esto; tú y yo tenemos algo especial, muy especial y fuera de lo
común por mucho —el menor asintió—. Entonces peleamos, pero no es una
pelea cualquiera, es de esas donde hablas con plena intención de herir al otro.
—Taehyung abrió la boca para intervenir, pero el azabache continuó—: No
importa qué tan enojado o fuera de tu juicio te encuentres, le heriste por
completo. ¿No es normal que la otra persona quiera protegerse? —Hoseok lucía
serio, no enojado, sino comprensivo.
Taehyung hizo un puchero y se cruzó de brazos. Hoseok miró al frente, donde
los ojos llorosos de Seokjin se encontraban atentos de la explicación. El
azabache sonrió débilmente.
— No es tu culpa, Jin. Tú también saliste lastimado —continuó—. Sé lo que he
dicho antes... pero en la actual situación... creo que no es culpa de nadie. Tal
vez, todo este mal entendido era una forma de ver que...
— ¿Qué? —Repitió el mayor de los tres, en un susurro temeroso.
— Tal vez no hubiera funcionado.
Seokjin se mordió el labio inferior y tragó grueso. Era triste. Tan triste cuando se
dio cuenta que eso ya lo sabía. Inconscientemente lo sabía. No iba a funcionar
de todas formas. Escucharlo volvía todo más difícil de asimilar.
— Deberías parar, y conservar a Namjoon como el recuerdo de un buen primer
amor. No rompas más tus memorias junto a él —Hoseok suspiró—. Déjalo ir.
Dejar ir a Kim Namjoon, el tipo que le pagó una cantidad ridícula de dinero para
estar un mes a su lado; el que no sabe conducir bien y besa de puta madre; el
sujeto que se pierde en sus ideas y le cuesta organizar la basta información en
su cabeza; el que juega baloncesto y prefiere las fiestas de dos; Namjoon quien
le enseñó cálculo y que existen tipos de nubes; el mismo moreno que tiene aires
de grandeza y busca aprenderlo todo; un desconocido al que amó y odió a la
vez. Dejar ir a Kim Namjoon.
El castaño alzó la cara para evitar que las bochornosas lágrimas cayeran
patéticamente por su rostro. Carraspeó con la garganta y exhaló
estruendosamente. Hoseok era un buen amigo, después de todo.
— Tienes razón —asintió con la cabeza—. Eso es lo que debo hacer
—gimoteó—. Debo madurar y saber que todo tiene un principio y un fin. Esa es
la solución. Sólo que... no quiero Namjoon que se vaya de mi vida, Hoseok.
Jung Hoseok ladeó su sonrisa y asintió.
— Lo supuse.
— ¿Y cuál es la solución entonces?
— ¡Lucha por su amor!
— Amor, basta con tus líneas sacadas de manghwas —rió Hoseok.
— Hablo en serio, hyung—Taehyung frunció el ceño—. Hasta ahora todo ha sido
Namjoon enamorándote; ya sabes, todas esas cosas que hizo por ti fueron las
que te engancharon a él. ¿Por qué no haces lo mismo?
— ¿Si quieres que algo se haga bien, hazlo tú mismo?
— ¡Exacto! —Tae sonrió emocionado—. Aigo, que novio tan inteligente tengo
—apretó una de las mejillas de su pareja.
Seokjin dejó de hipar y las pocas lágrimas sobre su rostro se terminaron de
secar. Lo meditó un momento. Era una buena idea, ciertamente, pero como
todas las buenas ideas siempre había un riesgo.
— ¿Y si no logro enamorarlo?
— ¿Lograrás algo lamentándote en vez de hacer el intento?
— Claro que podrás, hyung —alentó el menor del trío—. Lo lograste la primera
vez sin hacer nada, ahora imagínate si lo haces con intención —Seokjin frunció
el ceño un tanto chocado por la tosca frase de apoyo.
— No tengo ni idea de qué hcaer —admitió frustrado.
— Eres "El chico de la primera vez", encontrarás la manera de solucionarlo
—Hoseok alentó al mayor.
De repente la atmósfera dejó de ser fría y Seokjin encontró un camino para la
maraña de pensamientos que atormentaban su cabeza. Había ya un objetivo.
Enamoraría a Kim Namjoon o moriría en el intento.
[...]
Una vez, un chico le pagó a Seokjin por se la primer persona a la cuál se
confesaría. El muchacho era un alumno del último año, jugaba como línea en el
equipo de fútbol americano, tenía la apariencia más escalofriante que Jin podía
recordar; en realidad ese sujeto fue de los tipos más tiernos y tímidos que llegó
a encontrar. El jugador quería práctica para su verdadera confesión hacia otro
sujeto del equipo de americano.
Su contratante había hecho una recreación exacta y completa de cómo quería
que fuese la situación real, y junto a Seokjin, practicaron varios posibles
escenarios y cómo reaccionar a ellos.
— ¿Por qué te esfuerzas tanto? —Preguntó el castaño en algún momento.
— El que él me acepte es algo que realmente quiero —respondió con su
rasposa voz—. Si de verdad quieres algo, debes esforzarte y dar todo de ti. ¿No
es así la vida?
Aquellas palabras aparecieron en la mente de Seokjin cuando se encontró
estacionado frente a la familiar casa de Namjoon, sentado en el puesto del
piloto. Aferró el agarre de sus manos en el volante y suspiró.
Había hecho cosas más arriesgadas antes. Él se había tirado en paracaídas,
había tenido sexo en un armario y había desobedecido tres veces a su madre.
¿Por qué tocar la puerta de aquella casa le causaba tanto conflicto? Namjoon
siempre era un conflicto en su vida.
Tan inmerso se encontraba en sus pensamientos que el castaño no pudo evitar
saltar en su lugar cuando un un golpe en el cristal del lado del copiloto se
escuchó.
La piel morena de Kim Namjoon lucía pálida, sus labios resecos, algunos de los
cabellos teñidos, rebeldes y desordenados, escapaban del gorro negro que
cubría su cabeza, y con las manos temblorosas le pedía que le permitiera entrar.
Seokjin abrió los ojos asustado y rápidamente quitó el seguro de las puertas.
Namjoon entró de una en el carro y cerró la puerta tras sí.
— ¡Mierda, creí moriría! —Susurró el menor, con los dientes castañeando.
— ¿Qué hacías afuera? ¿Cuánto tiempo llevas ahí? —Cuestionó escandalizado
al notar la ligera escarcha sobre el hoodie de Namjoon.
— Larga historia; olvidé las llaves y la billetera. Mamá dijo que estaría en 20
minutos aquí hace una hora... —contestó sin ánimo, soplando vapor entre sus
manos.
— Kim Namjoon eres tan...
— ¿Qué haces aquí? —Interrumpió con calma.
Seokjin cerró la boca y mordió su labio inferior.
— ¿Cómo has estado, Namjoon?
— Mal, Seokjin.
— Igual yo.
El menor no le miraba a los ojos y su tono de voz era insípido.
— Creí que me odiabas —continuó el teñido.
— Sólo un poco —se atrevió a bromear con incomodidad—. Necesitaba hablar
contigo.
— He estado leyendo esos estúpidos libros de superación personal —informó
Nam, escondiendo las manos en los bolsillos del hoodie—; "la mejor forma de
solucionar un problema es hablando sobre ello". Entonces sí, hay que hablar.
— ¿Soy un problema?
— Me vuelves un problema —rió con melancolía—. Esto del desamor me ha
vuelto un problema, ni siquiera me reconozco. ¿Puedes creer que alguna vez
quise experimentar por cuenta propia tremenda tortura? ¡Que idiota!
— No quisiera decirlo, pero te lo dije —rió con calma.
— Como sea... —rascó la parte trasera de su nuca—, no creo que el vernos
esté permitido en el concepto de "terminar".
— No es como si me pudiera volver ciego —rodó los ojos—. Además, vamos a
la misma escuela, ¿recuerdas?
— Sabes a qué clase de "vernos" me refiero.
El castaño se cruzó de brazos y bajó un poco la mirada.
— La última vez que hablamos —comenzó en un susurro—, tú dijiste que
termináramos. Y yo no supe cómo impedirlo... a la fecha sigo sin saber. No tenía
palabras —pausó con calma—. Pero ahora, me gustaría saber, ¿por qué? ¿Por
qué no quieres que estemos juntos?
El moreno recargó por completo la cabeza en el respaldo del asiento, pensando
con sumo cuidado cada palabra que se encontraba a punto de decir.
— ¿Has escuchado eso de que el cerebro humano es muy poderoso? —Jin
negó—. Muchas cosas se basan en el poder de la mente; en mi cabeza,
representas a la persona que me ha hecho sentir de la manera más especial y a
la vez, eres quién logró... ¿cuál sería la palabra correcta? Romperme.
Seokjin imitó la posición del menor y bufó con frustración.
— Un sentimiento horrible, ¿sabes? Que alguien tenga la capacidad de controlar
tus emociones con sus acciones o palabras es... escalofriante —rió con ironía—.
La verdad, me asusta.
— ¿Entonces?
— Aunque sé que no te puedo culpar por nada de lo que pasó, está esta voz en
mi cabeza que me dice que me harás daño —se llevó las manos al rostro— o
peor aún, yo te lastimaré a ti.
El castaño escuchó atentamente las palabras del moreno, como tan bien había
aprendido cuando empezó a convivir con él. Asintió para sí mismo con la cabeza
y se reincorporó en su lugar.
— ¿Y eso puede cambiar?
— No lo sé, aún no llego a esa parte del libro.
Jin rió por lo bajo. Después de todo, seguía siendo el mismo Namjoon.
— No sé mucho sobre el tema —admitió el mayor—, pero el amor no tiene que
sentirse tan mal.
— Es preferible no sufrir.
— ¿Has escuchado la frase "si no duele no sirve"? —Elevó el tono de voz.
— Parece la justificación de una persona que sufre violencia en la pareja.
— No lo arruines.
— Lo siento.
Ambos rieron con menos tensión que en un principio, y la piel del menor había
recuperado su tono humano gracias al calor del lugar.
— Tienes razón —Seokjin habló primero—, debemos terminar con lo que
tuvimos antes.
Los ojos oscuros del moreno por fin se atrevieron a buscar la mirada cálida de
Seokjin, con un deje de sorpresa y tristeza.
— Empecemos de cero.
El menor enarcó una ceja, con la expresión de una persona confundida. Seokjin
rodó los ojos y sintió las mejillas sonrojadas.
— Te quiero enamorar, Namjoon.
Conquista
La primera vez que Seokjin se obsesionó con algo fue con los capítulos de
Dragon Ball Z cuando tenía diez años.
Durante las vacaciones de verano, Seokjin vio aquella serie todo el día y toda la
noche por seis días continuos. No se bañó, comió chucherías a todas horas, iba
al baño cuando la necesidad era mucha.
Terminó en el hospital al séptimo día y su madre lo castigó obligándolo a correr
por las mañanas y cuidar su jardín.
[...]
Navidad se encontraba cada día más cerca y se notaba en las exageradas
decoraciones a ocasión sobre las pretenciosas casas en la colonia de Namjoon.
Las luces apagadas durante el día distrajeron la vista del menor por unos
segundos.
Namjoon rió por lo bajo y miró con una cara de extrañeza a su mayor. Poco a
poco sus mejillas se acaloraron con vergüenza. Rió una vez más, inquieto, y
volvió la vista al frente.
— ¿Empezaremos de cero?
Seokjin asintió firmemente.
El moreno guardó silencio con una irreprimible sonrisa en la cara. La sensación
de que una mano imaginaria estrujaba sus pulmones le creó las ganas de llorar.
Respiró profundamente para poder hablar. Era, a decir verdad, lo último que se
le hubiese ocurrido que Kim Seokjin diría en aquel momento.
Los sentimientos encontrados no tardaron en llegar. Por un lado, Namjoon en
serio quería intentar algo verdadero, algo que no tuviese explicación y que le
envolviera de forma descabellada, volver a sentir la absurda y pequeña
dependencia por alguien más; por otro, su conocimiento empírico apretaba las
riendas de su corazón y le gritaba que se alejara de todo aquello que le hiciera
daño.
Habían sido días duros sin Seokjin a su lado cuestionándolo por todo,
acomodándose entre sus brazos, despidiendo el agradable olor a vainilla a su
alrededor. Sin embargo, cuando el castaño no estaba, Namjoon volvía a ser su
antiguo yo. El solitario y razonable yo con quien había vivido durante dieciocho
años.
Fue entonces que un pensamiento surgió entre la bola de razonamientos
lógicos. A la mierda todo.
— ¿Me vas a enamorar?
El mayor volvió a mover la cabeza.
— ¿Y qué harás para lograrlo, Seokjin?
El mayor abrió los ojos sorprendido y mordió su labio inferior. Mentiría si no
dijera que entró en un repentino pánico ante esas palabras, básicamente porque
no había planeado nada aún. Ante la inesperada situación se reincorporó de
forma correcta en el asiento del piloto y colocó las manos sobre el volante del
auto.
Sonrió.
— Te voy a secuestrar, Namjoon.
Los seguros automáticos de las cuatro puertas fueron puestos con una
automatizada coordinación. Antes de que el teñido pudiese decir cualquier cosa,
Seokjin pisó el acelerador como si algo los persiguiera.
— No veo la necesidad de los seguros —dijo Nam, colocándose el cinturón—.
Soy idiota, pero no pienso tirarme de un auto en movimiento.
— Le da más dramatismo a la escena.
— ¿A dónde iremos?
— Es una sorpresa.
Y en verdad lo era, porque ni Seokjin lo sabía.
[...]
— Lo siento, chicos, deben permanecer lejos de esta zona.
El hombre con el chaleco amarillo fosforescente le pidió amablemente a la
pareja apenas se acercaron a la orilla del río Han.
— La escarcha estuvo provocando problemas en el asfalto esta mañana
—informó el oficial ante la cara de molestia de Seokjin—. Una persona resbaló
al agua congelada. Así que hasta nuevo aviso, deben permanecer a cincuenta
metros de la orilla.
Namjoon miró de re-ojo el entrecejo fruncido del mayor. Un paseo cerca del río
no podría ser en aquella situación.
[...]
Seokjin lucía nervioso, con la mirada al frente y las manos sobre el volante. El
hecho de que fuese invierno reducía sus ideas para una cita. Un secuestro-cita.
Se preguntó por un momento cómo es que sus contratantes tenían tanta
imaginación en ese aspecto.
Namjoon encendió la radio para aligerar la repentina tensa situación.
— Odio esa canción —Namjoon hizo una mueca ante la chillona voz de una de
las cantantes.
— ¿Estás loco? Es la mejor canción.
— ¿Has puesto atención a lo que dicen? Ni siquiera tiene sentido —rió el
menor—. Además ellas ni siquiera cantan.
— No todas las canciones tienen que significar algo profundo —contraatacó
Jin—. Es pegajosa y divertida. Además, como si cantaras taaan bien, Namjoon.
— ¿Cómo lo sabes, Seokjin?
El castaño despegó la mirada del camino por un segundo y apreció la hermosa
sonrisa decorada por los hoyuelos del moreno dirigida hacia él. Sonrió
contagiado, regresando a su ocupación de manejar.
— No me digas que cantas, Namjoon —fingió sorpresa—. Eso me lo tienes que
demostrar.
— Pues acostumbro a cantar sólo en la ducha. Cuando quieras, te muestro,
Seokjin.
— Idiota —susurró divertido y rodó los ojos.
— ¿A dónde vamos ahora?
— Te dije que es una sorpresa.
[...]
El moreno teñido sopló el vapor de su boca entre sus frías manos, titiritando de
pie y riendo por lo bajo, su ligero hoodie no le protegía lo suficiente. Junto a él,
un bien abrigado Seokjin miró fijamente al frente, pestañeando con incredulidad.
— Admito que querer venir al parque de diversiones fue buena idea —dijo
Namjoon, con los dientes castañeando entre sus palabras—, pero hasta yo sé
que los lunes está cerrado.
Seokjin suspiró y cerró los ojos, dejó caer la cabeza y las mejillas se le
colorearon de rojo. Había quedado como un tonto. Debió suponer que ese día el
parque de diversiones estaría cerrado cuando el estacionamiento del lugar se
encontraba totalmente vacío.
— Te ayudaré con tu secuestro —el menor se dio media vuelta, con pasos
cortos, dirigiéndose al auto—. Si me compras algo caliente en este momento
juro que ganarás algo de mi amor.
[...]
Finalmente, la original e imaginaria cita sorpresa de Seokjin había terminado
como una salida común al centro comercial más cercano de la ciudad. Pero esta
bien, ya que Namjoon no poseía la ropa adecuada como para estar a la
intemperie.
— Dame un macciato, por favor —el sujeto que atendía la caja de aquella
popular cafetería asintió al pedido del castaño.
— Yo un chocolate.
Seokjin alzó una ceja ante el infantil pedido de su acompañante.
— ¿Qué? El café es amargo —rió Namjoon.
— No creí que te gustara lo dulce —el mayor entregó su tarjeta al cajero.
— Pues me gustas, ¿no era esa suficiente pista?
El teñido no esperó respuesta de su sonrojado mayor y avanzó hasta la mesa
desocupada que primero encontró. Seokjin tomó su tarjeta de vuelta y corrió tras
Nam.
— O-Oye, eso no es justo —reclamó—. El que tiene que decir las frases cursis
soy yo.
— Lo siento, es un don natural —se burló el moreno.
— Y eso me hace preguntarme, ¿de dónde sacas tantas frases de coqueteo?
—Seokjin se cruzó de brazos—. ¿Con quién practicabas?
— Con nadie —sonrió—, tú me inspiras.
El castaño frunció el ceño.
— Lo estás haciendo otra vez.
— Okay, okay —alzó las manos en forma de rendición—. Tu turno, conquístame.
El moreno recargó su codo derecho en en la pequeña mesa frente a ellos, y
sobre la palma de su mano dejó descansar su barbilla, mirando directamente los
ojos oscuros y brillantes del mayor. Seokjin tragó grueso.
— No... no puedo concentrarme con tus labios provocándome —soltó de una,
poniéndose rojo en el camino.
— Vamos, bro —por el contrario, Nam lucía igual de relajado que al principio—.
Muy forzado. Te daré un tres en la escala de diez.
— ¿Un tres, en serio? —Reclamó con indignación.
— Si dices algo lo suficientemente cursi —pausó un momento—... te doy un
beso.
Seokjin sonrió.
— Si no lo consigo, igual te lo voy a robar.
— ¡Oh, dios! —Namjoon se llevó ambas manos a la cara, riendo—. Okay,
reconozco eso. Te doy un siete punto cinco.
El mesero de la cafetería llegó con sus respectivos pedidos y se retiró con una
reverencia. Namjoon le dio un sorbo a su bebida, sin esperar a que esta se
enfriase ni un poco, suspirando por la cálida sensación en su interior.
— Tan bueno.
— ¿Qué quieres hacer ahora? —Seokjin, por el contrario, sopló su humeante
café.
— ¿Vamos al cine?
— ¿Una película en nuestra primer cita? ¿A caso quieres meter tu lengua en mi
garganta? —Se burló el mayor.
— Tal vez.
Seokjin golpeó su pecho unas cuantas veces cuando sintió que la bebida iba por
el camino incorrecto por el repentino comentario.
— Eres bueno —habló con dificultad—. Te doy un nueve.
— ¿Y qué conseguiré yo?
— Que te lleve a casa en auto.
— ¿Existe la posibilidad de que me dejes aquí botado? Vaya romántico que eres
—masculló entre dientes, dando otro sorbo.
— Esto es un secuestro, Namjoon.
— ¿Has escuchado del síndrome de Estocolmo? Básicamente-...
— ¿Y tú has escuchado el término "a punto de turrón"? —Seokjin interrumpió al
menor.
El moreno, aún con la palabra en la boca, enarcó una ceja. Aquella reacción era
nueva. Negó con la cabeza.
— Cuando bates los huevos puedes adquirir varias consistencias, una vez que
logras la deseada, has llegado al punto de turrón, cuando está listo.
Jin dio un nuevo sorbo a su taza, sintiendo sobre él la fija mirada del teñido.
— Tal vez sabes muchas cosas sobre todo —sonrió—, pero tu madre me dijo
que no sabes ni cocinar cereal. Creo que también puedes aprender algunos
datos inútiles de mí.
Namjoon se cruzó de brazos y achicó los ojos.
— ¿Y desde cuándo hablas con mi madre? —Chistó—. Además, ella tampoco
sabe cómo preparar cereal.
— Por suerte me tienes a mi; te convengo, si aceptas ser mi novio no tendrás
que comer ramen instantáneo en el almuherzo.
— Esa frase te ha conseguido un ocho punto cinco —asintió.
— ¿En serio, Namjoon? ¿Te prometo comida y sólo me das ocho punto cinco?
— Es lo que hay.
— ¿Y si te cuento un chiste? —Sonrió el castaño.
— ¡Dispara!
— ¿Cómo estornuda un tomate? —Namjoon enarcó una ceja, encogiéndose de
hombros—. ¡Catsuuup!
La particular risa de Seokjin se hizo presente, el mayor en verdad creía que ese
había sido un buen chiste. Por su parte, el moreno cubrió sus ojos con una
mano, sintiendo la vergüenza ajena.
— Con eso bajaste a cero punto cinco, y el punto cinco lo conservas sólo porque
me gusta tu risa.
[...]
Seokjin sonreía con autenticidad mientras caminaba junto al menor, no
recordaba extrañar tanto ese simple gesto. Extrañó el aroma, la diferencia de
alturas y el perfil de Namjoon. Lo cómodo que era estar a su lado.
Los dedos pálidos de Jin tomaron la mano del menor, percibiendo al instante lo
fría que esta se encontraba. Nam entrelazó sus manos, sin quitar la vista del
frente.
Las puertas automáticas en la entrada del centro comercial se abrieron cuando
la pareja estuvo lo suficientemente cerca y la brisa que llegaba desde el exterior
estremeció al menor quien tembló al instante.
El castaño se detuvo y soltó el agarre con el menor. Se quitó su enorme carpa y
la ofreció con una sonrisa al moreno.
— Me sorprende que no hayas muerto de frío aún.
— Hablamos antes del equilibrio térmico, ¿no? —Resopló—. Ya me acostumbré,
úsala tú.
— ¿Estas despreciando mi romántico acto de ofrecerte mi abrigo?
Namjoon miró por un momento la mano extendida del mayor y torció la boca.
Tomó la carpa y la colocó sobre sus hombros. Seokjin sonrió satisfecho y retomó
la marcha hacia el estacionamiento. O eso pretendió, hasta que sintió un par de
brazos tomarle por la cintura. Nam recargó su mandíbula en el hombro del
mayor con confianza y recargó su pecho en la amplia espalda de Jin.
— Vamos así.
— Es la posición más incómoda que se te pudo ocurrir —susurró el castaño,
colocando las manos sobre las que le sujetaban—. Tienes un nueve. Camina.
[...]
Los adornos encendidos sobre las casas vecinas les dieron la bienvenida al
hogar de Namjoon, ni siquiera habían notado el momento en que el sol se había
ocultado. Seokjin estacionó su auto en la acera del otro lado de la casa del
menor, pues el espacio frente a esta se encontraba ocupado por el auto de la
ex-señora Kim.
— Fue un buen día —confesó el menor, desabrochando su cinturón—. Aunque
técnicamente no fue un secuestro.
— ¿Por qué no te retuve contra tu voluntad?
— Porque no pediste recompensa.
Ambos rieron con calma, sin querer que el momento de despedirse llegase. El
silencio cómodo se instaló entre ambos y el tiempo corrió lento.
— Namjoon —llamó el castaño—, en verdad me gusta todo de estar contigo. Y a
estas alturas me es difícil imaginarme mi futuro inmediato sin ti. Es egoísta e
infantil, pero es lo que siento. No te puedo prometer que seremos eternamente
felices o que no volveremos a hacernos daño, pero vale la pena intentarlo, ¿no
es así?
El menor sonrió en la oscuridad del auto y se inclinó al frente, tomando entre sus
grandes manos el suave rostro del mayor, besando con necesidad los carnosos
labios de Jin tantas veces le fue posible antes de quedarse sin aliento.
— Fue un diez.
Inicio
La diferencia entre la relación de Seokjin y Namjoon, y un noviazgo, era la
etiqueta.
Porque las etiquetas son absurdas e innecesarias, tontas realmente, pero
reconfortantes al fin y al cabo. Marcan la línea entre ser amigos con derecho a
roce y novios. Sí, novios.
Todos sabían el peso y las implicaciones de aquella escalofriante palabra; las
demás personas saben con ello que una persona tiene a alguien más en su vida
y si te atreves a tocar a alguien con pareja, eres una zorra inmunda. Ese es uno
de tantos beneficios de las tontas etiquetas.
Todos las entienden.
Lógica común.
No es necesario explicar por qué la lógica común no funcionaba en Namjoon. Y
precisamente eso obligó a Seokjin a elevar sus niveles de paciencia. Pero algo
había aprendido sobre cómo manejar las cosas con aquel muchacho moreno; si
Kim Seokjin quería que algo se hiciera, él debía tomar la iniciativa.
— ¡Al fin llegas, Nam-...!
Seokjin tuvo que respirar hondo un par de veces para no estallar de frustración.
Al abrir la puerta de su casa, Seokjin encontró a un chico de cabellos teñidos de
plata, usando unos holgados pantalones de algodón negros, el jersey del equipo
de baloncesto, un grueso abrigo verde y zapatillas deportivas.
— Lo siento, Seokjin —habló el menor, dando un paso al frente, y con una
sonrisa besó los labios fruncidos del mayor—. Fui a jugar al parque y el partido
duró más de lo que esperé.
— ¿V-Vienes de jugar? —Habló pausadamente, cerrando la puerta de su
hogar—. ¡¿En serio?!
— Sí, ¿cuál es el problema?
Namjoon avanzó al interior de la casa del mayor, admirado de por fin poder verla
por dentro. A decir verdad, el lugar era lo que esperaba, todo parecía pulcro y en
orden, como lo era Seokjin. Al divisar el comedor en una de las alas, los ojos
obscuros del moreno se abrieron con total sorpresa.
La mesa se encontraba elegantemente puesta, con manteles largos, vajilla para
cuatro, velas, los platillos en el centro y un hombre sentado esperando vestido
de camisa y pantalones.
— ¡¿Por qué no me dijiste?! —Namjoon se dio media vuelta y gritó en un
susurro al castaño.
— ¡Te dije que te presentaría a mis padres! —Continuó con la pelea en
susurros.
— Sí, pero no mencionaste que iba a ser una cena cinco estrellas.
— ¿Pues cómo debía ser, Namjoon? —Se cruzó de brazos.
— No lo sé, Seokjin. Mi madre te conoció cuando estábamos en mi recámara.
— Fue accidental, no cuenta.
— Claro que cuenta, no es como si pudieras conocer dos veces a la misma
persona.
— Por supuesto que-...
— ¿Qué hacen aquí, bebé?
Ambos jóvenes saltaron en su lugar al escuchar la voz de la señora Kim
llamarlos. La mujer, vestida sofisticadamente y con una alegre sonrisa en los
labios, los invitó a pasar al comedor, donde el padre de Seokjin se colocó de pie
para recibirlos.
— Mamá, papá, él es Kim Namjoon.
El menor hizo una enorme reverencia, y los cuatro tomaron asiento frente a
frente.
— Perdón por presentarme así —dijo nervioso el moreno—, jugué un poco hace
unas horas y-...
— ¿Haces deporte? —interrumpió el señor, alegre.
— Sí, un poco.
— Será el capitán del equipo de baloncesto —informó el castaño con simpleza,
comenzando a servir la comida.
— ¡¿En serio?! —Rió la mujer—. Eres genial, Namjoon.
— Hasta el año que viene —negó con una mano, nervioso—, ahora sólo soy un
jugador normal.
— ¡Oh! Y actúa de esa forma —el señor se dirigió a su esposa—, él
definitivamente es alguien genial.
Los adultos se rieron entre ellos y Seokjin esbozó una ligera sonrisa al ver tan
nervioso a Nam. El padre de Jin ayudó a terminar de servir la comida en cada
plato y la cena por fin comenzó.
— Me alegra que Jin tenga más amigos —comentó la madre—, aunque me
preocupa que no sean de su edad, ¿qué hará él solo cuando vaya a la
universidad?
— Esperar un año por mí —respondió Namjoon, mirando al chico a su lado,
sonriendo. Seokjin se ruborizó y regresó la vista al frete.
— ¡Y por Hoseok, claro! —Terminó el castaño.
— ¿Qué estudiarás Namjoon? —Cuestionó el señor con canas.
— No lo sé aún.
— Él es un genio —dijo Seokjin, metiendo un poco de su estofado a su boca.
Lo señores Kim alzaron las cejas sorprendidos y el invitado volvió a sentirse
raro.
— No lo soy.
— ¡Otra vez actúa genial! —Señaló la mujer.
Las risas estallaron ante la cara nerviosa del invitado, quien negaba los halagos
que se le hacían. El ambiente se colocó tranquilo de a poco hasta que llegó a un
plano silencio. El hombre con canas carraspeó la garganta, llamando la atención
de los presentes y con la voz seria habló.
— Namjoon, necesito que seas totalmente honesto en lo que te voy a preguntar.
El menor miró a los ojos a aquel señor y tragó grueso, asintió lentamente y
palideció un poco. La señora Kim y Seokjin miraban intrigadas y expectantes los
movimientos del señor.
— Tu...
Hizo una pausa eterna que creó un vacío en el estómago de Namjoon.
— ¿Tú crees que el plateado es un buen color de cabello? Ya sabes, eres un
sujeto muy genial y tienes ese color en la cabeza a pesar de tu edad, y mi
esposa no me cree que el cabello plateado es lo actual. ¿Qué opinas?
[...]
El más alto de los muchachos suspiró hondo mientras se dejaba caer en el sofá
de la casa. Los señores Kim los habían dejado ya que tenían que asistir a la
cena navideña de la compañía del hombre de canas.
— Fue lo más incómodo que he vivido, lo juro.
— Pudo haber sido peor —se burló Seokjin, dejando su cabeza recargado sobre
el hombro del moreno.
— Supongo que sí.
— ¿En serio?
— Claro, pudo haber una invasión zombi mientras comíamos —rió.
— Los zombis no existen —el mayor se reincorporó en su lugar, frunciendo
levemente el ceño.
— Te equivocas, existen —sonrió arrogante—. En Haití existen brujos que
practican vudú llamados bokors; ellos convierten a las personas en zombis
como castigo o para volverlos simples esclavos. De ahí nació la leyenda. Claro,
no es magia, pero esta comprobado por científicos. Hay libros y todo.
El mayor rodó los ojos y negó levemente con la cabeza. Ambos rieron como
tontos y volvieron a la posición original. Seokjin estiró su mano hasta uno de los
burós en la sala y tomó una peculiar libreta.
— Te tengo un regalo—susurró, entregando la libreta al menor.
— ¿En serio? ¿Es algo así como un intercambio? ¿Debí traer esos trajes de
Mario que compré? —Bromeó, tomando con ambas manos su presente—. Yo
conozco a este amigo, causó muchos problemas.
— Léela.
— Sé muy bien lo que dice, Seokjin —sonrió adolorido.
— Sólo hazlo, Namjoon.
El teñido torció la boca y abrió su antigua libreta, pasando lentamente las
páginas con la letra y palabras que reconoció al instante. Mordió su labio inferior
y continuó con su tarea de ojearla. Hasta que, al llegar al final de sus escritos,
encontró la continuación de algo escrito con diferente caligrafía y color de tinta.
"El Chico de la Primera Vez.
La primera vez que Seokjin tuvo una cita fue a los trece años con una linda
chica de cabellos largos y dientes de conejo.
(...)
La primera vez que Seokjin condujo un auto por sí mismo fue a los dieciséis
años con un auto estándar, mientras hacía la prueba para obtener su licencia de
conducir.
(...)
La primera vez que Seokjin fue a una fiesta fue en la graduación de secundaria.
(...)
La primera vez que Seokjin dio un beso fue a los once años con su vecino.
(...)
La primera vez que Seokjin sintió celos fue a los seis años, cuando en verano
fue a casa de su abuela y se enteró que había un nuevo bebé en la casa.
(...)
La primera vez que Seokjin leyó Frankenstein fue a los dieciséis años, para un
trabajo de literatura.
(...)
La primera vez que Seokjin tuvo una fiesta de cumpleaños fue a los cinco años.
Jin quería vestirse de Aurora y un pastel de fresas en forma de castillo que
midiera cinco pisos.
(...)
La primera vez que Seokjin pidió disculpas fue a los ocho años. Un niño le había
dicho que era feo. Y, aunque Seokjin sabía que eso no era cierto, no pudo evitar
sentirse más que molesto.
(...)
La primera vez que Seokjin perdió fue en una competencia de natación a los
nueve años.
(...)
La primera vez que Seokjin se obsesionó con algo fue con los capítulos de
Dragon Ball Z cuando tenía diez años.
(...)
La primera vez que Seokjin se enamoró de alguien fue a los diecinueve años.
Un sujeto que creía saberlo todo y le pagó una cantidad ridícula de dinero para
que lo enamorase.
Namjoon llegó forzadamente a su vida, diciendo un montón de cosas que nadie
se detenía a pensar. Le enseñó cálculo y cómo no se sabe conducir bien. Le
hizo reír y llorar, aprender, cambiar y comprarle un chocolate caliente.
Namjoon le creó una insana dependencia y le enseñó a diferenciar entre una
cita y cuando alguien sólo quiere mete su lengua a tu boca.
Todas las primeras veces de Seokjin siempre resultaron mal o en un desastre,
pero lo convirtieron en lo que es hoy. Así, tal cual, lo hizo su primer amor. Lo
ayudó a ser quien es hoy.
Es por eso que Seokjin puede decir que, de entre los millones y millones de
personas que hay en este mundo, él se enamoró del chico que se sienta justo
frente a él en clases... bueno, no literal, pero Namjoon entiende.
(...)
La primera vez que Seokjin le pidió a alguien que fuese su novio fue a los
diecinueve años, lo dijo a un sujeto llamado..."
El menor sintió las mejillas ardiendo y los ojos escocer. Suspiró profundo y miró
al mayor, quien le extendía un bolígrafo con una sonrisa dibujada en sus labios.
— El primer novio de Seokjin es un sujeto llamado... —susurró el castaño.
Namjoon dejó a un lado la libreta y tomó el perfilado rostro del mayor entre sus
frías manos, acercándolo lo suficiente como para que sus labios se tocaran.
Besó a Seokjin como si la vida se le fuese en ello, sonriendo y riendo por la
escalofriante electricidad que el contacto le produjo.
— Namjoon.
FIN.