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LA DESIGUALDAD

VIVIDA

Chile, País Desigual: estructura, manifestaciones e historia de la desigualdad socioeconómica157 157


CAPÍTULO 4

¿CÓMO ES VIVIR EN UNA SOCIEDAD


DESIGUAL? Trayectorias de vida según clase
social en el Chile contemporáneo

Dedicado a Víctor, quien fue encontrado muerto en el centro de la capital poco


tiempo después de haber narrado para este libro las tribulaciones de haber nacido en
la pobreza y haber salido de ella.

Al pensar en la historia económica de Chile, y al contrastar el país de hace unas décadas con
el actual, surgen al menos dos nítidas imágenes. La primera es su impresionante transforma-
ción en muchas dimensiones, desde la infraestructura de las ciudades hasta la capacidad de
consumo de sus habitantes. La segunda imagen son las brechas entre grupos sociales; a pesar
de todos los cambios, la desigualdad sigue siendo una característica central de la fisonomía
económica y social de Chile.

En este capítulo se expone una muestra de lo que los habitantes de Chile observan del
transcurso de sus vidas y las de sus familias a la luz de los cambios materiales que ha expe-
rimentado el país. Ciertamente estas transformaciones han ocurrido en paralelo a cambios
políticos y culturales que influyen en cómo las personas piensan sus trayectorias.1 Chile no
solo dejó atrás épocas de grandes carencias, sino que sus habitantes ahora miran con otros
lentes lo que significa pertenecer a los sectores bajos, medios y altos de la sociedad.

Dado que este volumen se concentra en las desigualdades entre grupos socioeconómicos, las
vidas de las personas se escudriñan de acuerdo con las posiciones que ocupan en el espacio
socioeconómico. La pregunta que guía el capítulo es cómo se vive en cada segmento de la
estructura social en esta sociedad que, con todos los avances, sigue siendo muy desigual.

El capítulo se basa en 32 entrevistas en profundidad con hombres y mujeres de entre 30 y 65


años, realizadas en tres centros urbanos del país (Santiago, Concepción, Valparaíso) durante
el año 2016,2 y en la Encuesta pnud-des 2016, que aborda 2.613 casos y es representativa

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tanto del territorio nacional como de los distintos niveles socioeconómicos. También se
nutre de los resultados de ocho grupos de discusión que se realizaron en Santiago durante
2015, y de un conjunto amplio de investigaciones sobre los efectos que los cambios han
tenido en las vidas de las personas.

El análisis se divide en dos partes. En la primera se reconstruyen las trayectorias típicas de


cada grupo socioeconómico a partir de cómo los individuos relatan la historia de sus hogares
y sus vidas. El foco no es el cambio objetivo experimentado en los hogares, sino la forma
como las personas interpretan la posición que ocupan o han alcanzado, ellas o sus hijos. Así,
las trayectorias se delinean a partir de i) la imagen del pasado familiar, ii) la evaluación de la
posición social actual, sea por los años de educación o por la inserción en el mercado laboral,
iii) la imagen de uno mismo (personas sacrificadas, esforzadas, entre otros atributos), y iv)
el grado de certidumbre o inseguridad sobre el futuro. El objetivo es mostrar los cambios
que las personas perciben en sus entornos, la evaluación social y personal que hacen de su
posición actual, y el futuro que proyectan. Son trayectorias sobre todo “posicionales”, que
se basan en la interpretación y narración de las historias vividas.

En la segunda parte se delinean cinco elementos que emergen como centrales en esas tra-
yectorias, los soportes sociales, aquellos que han servido de apoyo en las vidas de las personas
o que les sirven para sostener las posiciones que han alcanzado. Estos soportes son el es-
fuerzo personal, las redes de apoyo, la educación y el trabajo, el consumo y el crédito, y los
servicios públicos que provee el Estado. Se muestra brevemente cómo los distintos grupos
socioeconómicos acceden a cada uno de estos soportes, así como las relaciones sociales que
se despliegan. La idea es caracterizar los mundos de cada clase social, así como sus interac-
ciones. Como se verá, estos soportes sociales no solo están desigualmente distribuidos en la
población sino que en gran medida moldean el modo como las personas se relacionan con
sus pares y con personas de distinto origen social.

Cuatro clases socioeconómicas

El material empírico cualitativo y cuantitativo recolectado para este capítulo se clasificó en


cuatro clases socioeconómicas, de acuerdo con la propuesta abreviada de estratificación por
ocupaciones que se explicó en el primer capítulo:

Clases bajas: trabajadores manuales no calificados (por ejemplo, peones de la construcción


o personal de aseo) y trabajadores de los sectores agrícola, ganadero, forestal y piscicultor.
Reciben los ingresos más bajos y tienen menos años promedio de educación. En este grupo
está la mayor cantidad de personas viviendo en la pobreza. El sector agrícola y ganadero
tiene características muy particulares que se describen en el recuadro “El mundo rural”.

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Clases medias bajas: trabajadores semicalificados, como operarios y albañiles de la cons-
trucción, individuos con baja calificación que mayoritariamente se desempeñan en el sector
servicios –como vendedores del retail– o pequeños propietarios como taxistas o quiosqueros.
Estos grupos tienen históricamente raíces diversas: por un lado está la tradicional clase obrera,
que ha menguado su participación en la economía tras la reducción del sector industrial
durante la dictadura, y por otro está la clase media baja de servicios, que ha aumentado su
peso en el conjunto de la población con el auge del retail (Ruiz y Boccardo, 2015). Pero,
considerando sus años de escolaridad y las medianas de ingresos, o los sentimientos de
vulnerabilidad e inseguridad que comparten, ambos grupos hoy pueden considerarse parte
de un gran “sector popular”.3

Clases medias: profesores de la educación primaria y secundaria, técnicos calificados, admi-


nistrativos de las burocracias privadas y públicas, y microempresarios; en síntesis, ocupaciones
que la sociedad chilena históricamente ha considerado parte de la clase media. Como se verá,
la sensación de “ser clase media” supera con creces la proporción que en realidad corresponde
a estas ocupaciones en el conjunto de la población.

Clases medias altas y altas: directivos de empresas, gerentes y profesionales; desde familias
que por siglos se han situado en las posiciones de mayor prestigio social hasta los primeros
profesionales de familias trabajadoras, cuyos sueldos son considerablemente mejores que los
de sus padres. Por cierto, los sueldos del tope de este grupo (dueños de empresas o directivos)
se alejan de lo que gana una mayoría de profesionales como arquitectos o antropólogos,
con lo que se establecen diferencias de ingresos que también dependen de las áreas de la
economía, de las jerarquías y del género.

Según la encuesta Casen 2015, el tamaño de estas clases ocupacionales es de aproximadamente


25% de clases bajas, 50% de clase medias bajas, el 15% de clases medias y el 10% de clases
medias altas y alta. Son porcentajes aproximados puesto que se considera solo la población
ocupada entre 25 y 65 años y se toma como referencia solo la ocupación de la jefa o del jefe
de hogar. Además, la mayoría de las encuestas tiene dificultades para obtener información
de las capas más altas de la población.

Más allá de los porcentajes, esta propuesta de estratificación debe considerarse una apro-
ximación a una realidad más compleja, ya que las fronteras entre clases (grupos, estratos
o sectores socioeconómicos, todos sinónimos que se usarán de aquí en adelante) pueden
traspasarse según los ingresos percibidos o el capital cultural acumulado. Los límites no
son rígidos sino permeables, porosos, especialmente entre los sectores populares y las clases
medias. Por ejemplo, si bien el sueldo del conjunto de las secretarias está en la media de
las ocupaciones de las clases medias bajas, aquellas que trabajan en el oriente de la capital
pueden recibir el triple de ese ingreso. Lo mismo puede decirse de algunos entrevistados que
definían su trayectoria asociada al mundo de la construcción, como obreros semicalificados,
pero que en los últimos años habían logrado independizarse y transformarse en pequeños

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empresarios: su biografía está claramente asociada al mundo de la clase trabajadora y solo
recientemente gozan de una independencia que les permite obtener más ingresos y acceder, al
menos en términos de recursos económicos, a los estratos medios. Dicho esto, las siguientes
trayectorias iluminan las características centrales de cada estrato.

EL MUNDO RURAL

El material cualitativo sobre el que se basa este capítulo se concentra en los grandes centros
urbanos del país (Concepción, Valparaíso y Santiago), pero la Encuesta PNUD-DES 2016 incluye
hogares rurales y otras zonas urbanas. En el presente recuadro se muestran ciertas tendencias
que afectan particularmente al sector rural y que no se verán reflejadas en el capítulo.

El sector rural ha sufrido una gran transformación desde el desmantelamiento del sistema de
hacienda con la reforma agraria, la modernización del agro y la apertura a un mercado global
durante la dictadura y los años posteriores. En palabras de Valdés y Rebolledo, “las migraciones
campo-ciudad, la reconversión productiva de los fundos que han disminuido su fuerza de trabajo
y los terremotos que han terminado con las casas de adobe han producido la desocupación del
campo, lo que va de la mano de la desagrarización de las actividades locales” (2015: 7). Estos
fenómenos explican que la clase que reúne a trabajadores agrícolas, ganaderos y forestales haya
reducido su proporción durante las últimas décadas. A partir de la clasificación aquí propuesta,
en la encuesta Casen se registra un descenso de este sector desde el 14,6% en 1996 al 8,7% en
2015, tendencia que ya era visible desde los años setenta y que no se ha detenido. En el grupo
de edad entre 25 a 34 años, la proporción llega incluso al 5,8%, por lo que aún se puede esperar
una mayor disminución en el tiempo.

Sin duda esta es la clase que reúne a población de mayor edad, y cuyos niveles de educación
e ingresos son los más bajos. Un tercio tiene un trabajo estacionario o temporal –la cifra más
alta entre todas las clases–, que conlleva períodos cíclicos de inclusión y exclusión (PNUD, 2008)
que afectan especialmente a las mujeres. De acuerdo con la encuesta Casen 2015, el 62% de
las mujeres de clase baja tiene un contrato temporal, cifra que baja al 31% en el caso de los
hombres. Es la realidad de las “temporeras”, que desde el auge exportador de los años noventa
se desempeñan en trabajos precarios del sector agrícola.

Sin embargo, no se debe homologar del todo los hogares de trabajadores no calificados del sector
agrario con la idea de “ruralidad”. El mundo rural hoy está constituido por grandes territorios
multifuncionales y multiproductivos, donde se cruzan polos de pequeña producción campesina
y ganadera con sectores de agroindustria (PNUD, 2008; A. Canales y M. Canales, 2013). Hoy el
“sector rural” abarca una población heterogénea compuesta por gerentes, profesionales, técnicos
o trabajadores calificados de empresas del sector, así como por trabajadores de baja calificación,
como peones agrícolas o ganaderos.

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Narrar la vida, narrar un cambio
Chile ha mejorado su infraestructura y ha ampliado el acceso a bienes, signos evidentes de
una transformación de las condiciones de vida y de una notoria reducción de la pobreza en
comparación con el resto de los países de América Latina. En este contexto, para muchas
personas el mundo en que vivieron sus padres o incluso el mundo en el que crecieron era
muy distinto del que habitan hoy, no solo en una dimensión material sino también en lo
que respecta al modo como los individuos y los grupos experimentan su propia posición
social en el tiempo.

Cabe preguntarse entonces por la manera como evalúan las personas sus trayectorias y los
cambios que han afectado su entorno durante las últimas décadas. Al comparar su posición
económica actual con la situación de sus hogares en el pasado, el 46% de la población per-
cibe alguna forma de progreso; y de otro 25% que evalúa su trayectoria como negativa, el
67% cree que sus hijos lograrán tener una mejor posición de la que ellos han tenido nunca.4

Este optimismo no debiese extrañar. Cuando las personas comparan su posición actual
con la de generaciones anteriores existe cierto acuerdo sobre los progresos del país, como el
fin de la miseria que caracterizaba al Chile de décadas pasadas. No obstante, al aumentar
ciertas oportunidades para el conjunto de la población –como el acceso a la educación
secundaria– también predomina la sensación de que la movilidad sigue siendo relativa, de
que los grupos altos siguen teniendo seguridades y ventajas que el resto no tiene, y que por
ende sigue habiendo grandes diferencias. Las trayectorias que se mostrarán a continuación
ilustran esta apreciación.

De igual modo, la mayoría de las personas percibe un ascenso en algún lugar de su historia
familiar o en el futuro de sus hijos, como se ve en el Cuadro 1. Entre 2000 y 2016 la evolución
del “estatus subjetivo” (cómo las personas se sitúan en un continuo del 1 al 10, donde 1 es la
posición más baja en términos económicos y 10 la más alta) muestra que las posiciones más
bajas (1, 2 y 3) han disminuido, mientras que las posiciones medias (4 y 5) han aumentado.
No obstante, se aprecia que las posiciones más altas son escasas; solo el 6,2% de la población
se ubica en las posiciones 8 a 10. Cuando a las personas se les preguntó a qué clase social
pertenecían, solo el 2,7% eligió la etiqueta “clase alta”, mientras que la mayoría, el 37,9%,
se calificó como de “clase media baja” (pnud-des 2016).

Se ha planteado que la poca presencia de la clase alta se debe a una subestimación de la


posición propia entre los sectores más altos (Castillo, Miranda y Madero, 2013). También
se puede señalar que un sector de profesionales de clase media alta se ve fuera de la “elite” o
“clase alta” porque sus ingresos son más bajos en comparación con las posiciones directivas
o gerenciales, y porque algunos son los primeros profesionales de sus familias, de manera
que por sus orígenes no se consideran pertenecientes al estrato alto.

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CUADRO 1 Comparación del estatus subjetivo entre 2000 y 2016 (%)

Estatus subjetivo CEP 2000 DES 2016 Diferencia


1 12,6 3,3 -9,2
2 12,1 3,5 -8,5
3 17,9 12,2 -5,6
4 16,6 21,3 4,7
5 15,9 28,6 12,7
6 19,3 14,3 -4,9
7 3,1 9,8 6,7
8 1,8 4,6 2,8
9 0,4 1,1 0,7
10 0,3 0,4 0,1

Fuente: Elaboración propia a partir de encuestas CEP 2000 y PNUD-DES 2016.

Ahora bien, como se aprecia en el Cuadro 2, no solo hay una correlación entre las clases
sociales y el estatus subjetivo, sino una menor dispersión en las clases medias altas (medida
por la desviación estándar). Es decir, si bien existen diferencias objetivas de ingresos entre
algunos grupos profesionales y directivos de empresas, la gran mayoría de los encuestados
en este grupo (73%) se sabe dentro de las posiciones más altas de la escala (posición 7 hacia
arriba).

CUADRO 2 ¿En qué posición social se ubicaría usted? (% dentro de cada clase)

Desviación
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 estándar
Clases medias altas 0 0 0,6 3,0 10,7 13,3 30,3 33,4 5,5 3,2 1,33
Clases medias 1,4 0,4 3,2 16,7 21,8 21,5 23,1 8,9 2,5 0,4 1,55
Clases medias bajas 2,6 3,2 9,5 21,5 35,7 13,9 8,5 3,9 0,5 0,2 1,55
Clases bajas 5,0 4,4 19,4 25,2 25,6 11,6 6,0 2,4 0,2 0,3 1,58
Total 3,4 3,5 12,2 21,4 28,7 14,4 9,8 4,7 1,1 0,4 1,77

Fuente: Elaboración propia a partir de encuesta PNUD-DES 2016.

Entonces, en este contexto (que no es exclusivo para el caso chileno; en la mayoría de los
países las personas tienden a ubicarse en los sectores medios), ¿cómo se percibe la trayectoria
individual cuando se evidencia un progreso del país y las personas se ubican crecientemente
“en el medio”? ¿Y cómo se evalúa esa trayectoria a la luz de la heterogeneidad de posiciones
sociales y las grandes distancias que aún perduran? Veámoslo brevemente clase a clase.

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Clases bajas: la lucha por no hundirse y surgir

Los entrevistados de las clases bajas son conscientes de que el país ha cambiado, pues estas
transformaciones se inscriben en la historia de sus infancias y juventudes. Especialmente para
aquellos que crecieron en los años setenta y ochenta, con un trasfondo de sucesivas crisis
económicas, el pasado se asocia al hambre, al frío, a la falta de agua y vestimenta.

Susana, nacida en 1973 en San Felipe, y actualmente trabajadora de servicios domésticos


en Valparaíso y habitante de un campamento de la Quinta Región, narra su juventud del
siguiente modo: “No teníamos luz, estábamos con velas (…) el agua, no llegaba el agua (…)
yo pasé frío, hambre, de todo, de todo realmente”.

Antonio, de edad similar y recolector de cachureos en la Región Metropolitana, evoca la


pobreza y el hecho de que no terminó sus estudios y salió a trabajar a temprana edad: “Tenía
nueve años (…) vimos pura pobreza, a nosotros igual nos faltó pa’ comer y todo cuando
cabros (…) empecé a trabajar como a los diez años”.

Para algunos, esta imagen se asocia a la experiencia familiar de migrar del campo a la ciudad
(y en estos casos la ciudad representa el mundo de la miseria y el campo chileno aparece
nostálgicamente como un lugar de abundancia), mientras que para otros era el propio mundo
rural el que estaba impregnado de carencias y falta de oportunidades.

A esta imagen del pasado se agrega la difícil relación con los padres, sobre todo en familias
en que la violencia intrafamiliar y las adicciones rompieron los lazos entre sus miembros.
Ernestina, nacida a finales de los sesenta, dirigenta de una villa en la zona sur de Santiago,
recuerda su infancia: “Mi papá, mi mamá se golpeaban mucho, mucho, yo fui una niña muy
maltratada y me duele acordarme de estas cosas porque de verdad me duele, me duele la
vida”. El pasado también se asocia a la enfermedad y la muerte. Los dos hermanos pequeños
de Antonio murieron en los ochenta por enfermedades respiratorias, y su padre, un obrero
no calificado que participaba en las organizaciones de su población, nunca logró superar la
violencia política experimentada durante la dictadura militar.

Frente a las experiencias de escasez o violencia, el presente se ve con otros ojos, ya que las
necesidades más básicas, las malas condiciones de salubridad y la miseria más extrema se
han dejado atrás. En este plano, es evidente que las condiciones materiales de la existencia
de la clase baja han cambiado. Estas personas perciben que Chile cambió, y que gracias a
eso las vidas cotidianas de sus familias se han ido transformando y se han ido alimentando
nuevos horizontes de aspiraciones y deseos. No obstante, el recuento de sus biografías devela
que sigue habiendo hostilidad y violencia, tanto en sus entornos familiares como en sus
barrios, y que sus vidas hasta el día de hoy se caracterizan por una secuencia de altibajos, en
la que se lucha diariamente por no volver a la miseria. De hecho, su narración vital termi-
na siempre por afirmar la dureza del presente, la falta de bienestar y la frustración por no

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haber logrado la vida anhelada. Ernestina finaliza su entrevista expresando su pesar por la
trayectoria vivida: “Yo nunca he sido feliz, nunca he sido feliz; agradecida de la vida sí, por
tener a mis tres hijos”.

Especialmente en aquellos que han sido padres, la narración de sus vidas se fragua en la idea
de una lucha y un sacrificio por “sacar adelante a sus hijos” o conseguir un sueldo digno
para el grupo familiar. En este sentido, en más de una ocasión emerge la sensación de “haber
fallado”, sea porque ciertas circunstancias no se dieron según lo esperado (por ejemplo, los
cónyuges en situaciones de abandono), porque ellos mismos habrían tomado el “camino
equivocado” (por ejemplo, interrumpiendo los estudios) o porque finalmente el entorno
impedía el éxito de esos intentos (como se verá, la informalidad y la rotación de los empleos
es central en este sentido). Virginia, trabajadora de una empresa de limpieza en la Quinta
Región, narra la experiencia, y su correspondiente aflicción, de no haber podido dar la edu-
cación que quiso a sus hijos:

Decidí trabajar después y dejarlos solitos, por eso a mis hijos yo… [se le quiebra la voz],
por eso yo, no tuvieron más estudios, el estudio que ellos podían tener, ¿entiende? Entonces
(…) si mi marido hubiese sido otro y hubiese trabajado, hubiese dado por la casa y por el
estudio de mis hijos, a lo mejor mis hijos hubiesen sido otros. O yo no hubiese trabajado
para que a ellos no les faltara nada, porque yo lo hice siempre por mis hijos.

En varias de estas trayectorias se observan quiebres del núcleo familiar, con muchas mujeres
a cargo de sus hijos y un bajo o nulo apoyo de sus parejas. Es notorio el caso de dos entre-
vistados hombres que perdieron el contacto con sus hijos, uno por alcoholismo, el otro por
haber estado en la cárcel. Por cierto, el caso de las mujeres jefas de hogar es más dramático
en las clases bajas porque los sueldos asociados a sus ocupaciones o actividades son de por sí
bajos. Además, las mujeres tienden a hacerse cargo de sus nietos, para que sus hijos o hijas,
interrumpiendo a la vez su trayectoria educacional, puedan entrar pronto al mercado laboral.

Del análisis de estas narraciones se desprende cierta inexorabilidad de la posición personal, es


decir que las decisiones que se tomaron en el pasado parecen irremontables hoy. Dejar los
estudios, haber elegido a la pareja equivocada o mudarse a un barrio con menos oportuni-
dades son todas circunstancias que los entrevistados lamentan profundamente, como si su
situación actual dependiera exclusivamente de esas decisiones individuales. Especialmente
se lamentan de sus malogradas trayectorias educacionales: “Ahora sin cuarto medio no soy
nadie”, dice Susana.

Los entrevistados –y también los participantes de los grupos de discusión– manifiestan la


certeza de que, por sus trayectorias, narradas como una lucha contra un mundo lleno de
adversidades, no pueden esperar una vida mejor. Marco, cantante del transporte público
en Santiago, define a la “gente como él” del siguiente modo: “Pueden sacarse la cresta, pero
nunca van a tirar para arriba”.

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Por otro lado, todos reconocen que su situación podría ser peor, con lo cual matizan su
evaluación aciaga y recuperan la evaluación positiva que recorre la comparación con el
pasado del país. Esto se vincula especialmente con los peligros observables en el entorno en
que habitan: la droga, el alcohol, la cárcel y la delincuencia. Es el mundo de la marginalidad
como un lugar donde se puede “caer” y que se debe evitar. A muchas de las personas que
pertenecen a este grupo social les toca luchar para mantener a raya a los suyos y que “no se
pierdan” o “se hundan”. Se aprecia una distinción de alta carga moral entre los que están
“abajo” (en la cárcel, internados por adicciones, en la calle sin trabajar) y ellos, que se han
salvado gracias a su lucha diaria, o que si se han “hundido” han logrado “surgir” y “salir”
de esas situaciones gracias a su esfuerzo o a la ayuda de terceros (ya se verá al respecto cómo
en el análisis de los soportes emerge el municipio como un pilar). En palabras de Susana:

Hay que sufrir no más, poh, tú tienes que tener tus cosas rasguñando y sufriendo para
poder salir adelante. Mira todo lo que te conté. Si yo no hubiera tenido todo este esfuer-
zo, toda esta energía, todas estas cosas, estaría en la calle, mis hijos internados, mis hijos
botados en una cárcel, muertos.

FIGURA 1 Trayectoria “tipo” de los entrevistados de clases bajas7

+ Generaciones venideras:
estudios profesionales

Lucha diaria contra la adversidad

Evaluación 0

Riesgo de caer y perderse

Zona de marginalidad (hundirse: cárcel, drogas, vivir en la calle)

Posición inicial:
hambre/trabajo/abandono de la escuela

Pasado Futuro

Tiempo

Fuente: Elaboración propia.


Nota: El eje horizontal es una línea de tiempo y el eje vertical es el eje evaluativo, que toma un valor positivo o negativo según cómo el entrevistado
enjuicia normativamente los eventos que conforman su trayectoria. La línea naranja es una trayectoria “tipo ideal”, donde los desvíos representan posibles
vaivenes biográficos. El círculo gris representa la amenaza de no poder cumplir con los desafíos que presentan las biografías y “caer”, social o moralmente
hablando.

Como se observa en la Figura 1, que sintetiza la trayectoria tipo ideal de estos grupos,5 la vida
de estas personas se caracteriza por una serie de altibajos en los cuales el peligro de “caer” o de
que los hijos “caigan” es inminente, y la lucha y el sacrificio son cruciales para no hundirse.
La principal esperanza para salir de este vaivén son las nuevas generaciones, especialmente
si logran estudiar. Algunos ya no proyectan esta expectativa en sus hijos sino en sus nietos,

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quienes sí podrían ascender esta vez. Aunque Verónica, por ejemplo, aún confía en que sus
hijos “tengan su profesión y sean alguien en la vida”.6 La figura de quien logra ser “alguien”
se opone a la inercia de quienes quedaron “botados” por efecto de la marginalidad.

Clases medias bajas: esfuerzo y sacrificio para mantener la posición

Un conjunto considerable de las personas de este grupo tiene el mismo origen que las clases
bajas, es decir, provienen de familias que migraron del campo a la ciudad y se enfrentaron a
muchas privaciones y necesidades insatisfechas. En tales casos, el tiempo pasado también está
claramente asociado a la pobreza. Los rasgos distintivos aparecen al comparar sus trayectorias.

Por un lado, buena parte de ellos logró terminar la educación media, y eso se refleja, de
acuerdo con los datos de la encuesta Casen 2015, en la mediana de 12 años de escolaridad
(frente a los 10 años de las clases bajas urbanas y los 8 años de aquellos que trabajan en el
sector agrícola o ganadero). Los conocimientos técnicos que han adquirido en sus trayectorias
vienen de los establecimientos secundarios (enseñanza media-técnica) y, en el caso de los
oficios manuales, para las cohortes más jóvenes, de capacitaciones formales que se toman
dentro del rubro (estudios en tabiquería, electricidad o gasfitería).

Además, en todas sus narraciones se observa alguna forma de incorporación a trabajos


formales. De acuerdo con la Casen 2015, el 90% de los jefes de hogar tenía contrato y el
80% cotizaba en algún sistema previsional (cifra que baja al 60% en las clases bajas). Si bien
existe mucha rotación en este estrato (más detalles en el capítulo sobre la desigualdad en el
trabajo), algunos encuentran rápidamente empleo en sus áreas, con lo que entran a algún
circuito de formalidad o empleabilidad. Por lo mismo, no se perciben largas temporadas de
desempleo en este grupo durante los últimos quince años, lo que también es reflejo de la
trayectoria reciente de la economía chilena.

Al terminar la enseñanza media, a finales de los setenta, Eliana comenzó a trabajar en un


hospital público de Santiago como ayudante de nutricionista y se ha mantenido en el sector,
en distintos hospitales, por treinta años. Relata que tuvo suerte de que le hayan validado su
título, porque solo cursó hasta cuarto medio y fue en el liceo donde se especializó.

Ramón trabajó en una fábrica hasta que esta quebró, y luego, a mediados de los ochenta,
se empleó en un gran supermercado en Concepción. Su caso es sintomático de un vaivén,
el de los trabajadores manuales calificados que en algún momento se emplean en el sector
servicios, fluctuación que refleja la disminución de la industria manufacturera y el creci-
miento del sector comercial, una de las claves de la transformación de la estructura social
chilena (León y Martínez, 2001).

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Si bien los entrevistados de estos grupos son conscientes de que su posición es mejor que la
de otras personas, sus vidas conllevan sacrificios o muchas dificultades, asociadas con dobles
o triples jornadas y con trabajar los fines de semana. Se trabaja sin parar, se vive para traba-
jar, se trabaja desmesuradamente (ver, en esta línea, Araujo y Martuccelli 2012b). Mario,
reponedor de mercancías de un supermercado en Concepción, dice llanamente: “Uno se
saca la mierda trabajando”. Del mismo modo, Ramón dice:

El trabajo es muy estresante, el trabajar con público es estresante… la presión de los jefes
por llegar a las metas, los logros… los horarios de trabajo, la rotatividad de la gente…
el trabajar de noche… “mañana te toca de día”… “me podís ayudar en esto”, y el temor
a perder el trabajo lo hace aceptar lo que venga nomás, poh. Y el reconocimiento no es
tanto, el que se hace de los jefes a los trabajadores.

Sin embargo, Ramón plantea, “entre comillas somos afortunados por tener un trabajo”.

Como se verá al analizar los soportes sociales de estos grupos, el gran drama de la trayectoria
narrada en estas clases es que los sueldos no satisfacen sus necesidades y aspiraciones, y que
los trabajos no ofrecen seguridades a futuro, sino que más bien son vulnerables a los ciclos
económicos o a la discrecionalidad de las jerarquías. Es decir, el mundo laboral, que es uno
de los grandes articuladores de sus narrativas (porque ocupa buena parte de su jornada diaria
y sus preocupaciones vitales), no cumple la función de soporte social que se espera de él.
Pero a la vez estas personas muestran cierta satisfacción con sus vidas por “tener trabajo”
y depender del “esfuerzo propio”, lo que Arteaga y Pérez (2011) han llamado “el orgullo
de arreglárselas solos”. Por cierto, al analizar sus trayectorias se observa que el Estado y las
políticas sociales han tenido un papel importante en sus oportunidades y estrategias (acceso
a la vivienda y la educación), aunque ello aparezca mitigado en sus relatos.

Al pensar en sus trayectorias los miembros de este grupo no se reconocen dentro de una
(idealizada) clase media, que a veces emerge como un lugar de seguridad, sino que más bien
se perciben como fuera del mundo de la pobreza pero “por debajo de la media”. Nuevamente
en palabras de Ramón:

No he vivido con grandes riquezas, pero también gracias a Dios no he llegado a la extre-
ma pobreza. Extrema pobreza que también conozco, porque acá vivo cerca de un sector
bastante vulnerable. Sin que yo sea de capas sociales medianas pa’ arriba, soy pa’ abajo.
Pero hay otros que están más cagados, como se dice vulgarmente, que yo, mucho más.
Que no tienen pa’l pan, pa’l día. Yo me doy el lujo a veces de tener pan de dos días y lo
boto, porque está duro.

Existe cierta continuidad en el guión de las trayectorias de las clases bajas, ancladas en la
“lucha” y el “esfuerzo”, y el sacrificio de los sectores medios bajos, solo que en estos últimos
el esfuerzo se concentra en el trabajo más que en la mera lucha contra el entorno. Por eso

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también la irritación es mayor cuando el esfuerzo individual no es reconocido en el ám-
bito laboral. En su evaluación las personas lamentan no haber seguido cursando estudios
técnicos o profesionales, y perciben que sus trayectorias fueron coartadas en el momento
en que decidieron trabajar en vez de seguir en el sistema educativo. La mayoría siente que
sus credenciales educativas siguen siendo muy bajas y que muchas puertas se les cierran por
“solo tener cuarto medio”.

Mirando hacia el futuro, nuevamente con el foco en la educación, se produce una diferencia
entre los estratos bajos y los medios bajos respecto del camino que recorrerán las siguientes
generaciones. En la mayoría de los entrevistados de las clases bajas se observa que sus hijos e
hijas habían empezado a trabajar al terminar la educación media. En las clases medias bajas,
parte de ellos ha ingresado a la educación terciaria o se estaba dirigiendo todo el esfuerzo
para que eso sucediera.

FIGURA 2 Trayectoria “tipo” de los entrevistados de clases medias bajas

+ Hijos: estudios universitarios

Esfuerzo y sacrificio para mantener la posición laboral

Evaluación 0

Se termina la media, pero no


continúa con otros estudios; empieza Pensionados
vida laboral

Posición inicial: Mundo de la pobreza y vulnerabilidad (volver al pasado)


carencias materiales

Pasado Futuro

Tiempo

Fuente: Elaboración propia.

Al delinear una trayectoria “típica” para las clases medias bajas (Figura 2), también se per-
ciben los vaivenes producto de la rotación laboral o de crisis familiares, pero el riesgo ya no
es tanto caer en la marginalidad (la droga o la calle) sino retornar a un estado de carencias
en el cual no podrían consolidar la mínima seguridad que han alcanzado. El futuro de sus
hijos es nuevamente un escape a los vaivenes. Empero, su propio futuro, especialmente
cuando reflexionan sobre sus pensiones, se teme como un retorno a la pobreza. Las bajas
pensiones emergen como uno de los miedos centrales, el que se suma a la percepción de
que al envejecer las empresas preferirán a personas más jóvenes y no será posible encontrar
trabajo, por lo que será una vejez sin dinero.

170
Clases medias: el anhelo de mantenerse a flote y subir en la escala social

Nuevamente los puntos de partida en este grupo no son muy distintos de los de las clases
anteriores. Al menos narrativamente, todos los entrevistados que calzan en esta categoría se
definen como viniendo “desde abajo”. Alejandro, técnico eléctrico que creció en la Región
Metropolitana y nació a principios de los ochenta, recuerda que en su casa de la infancia
había piso de tierra, mientras que Mariano, un poco mayor y técnico en rehabilitación, tuvo
que vender cartones cuando muy pequeño y en su familia presenció casos de alcoholismo
y violencia. Rubén se crió en el campo, sin grandes bienes, y luego, en los años ochenta,
estudió en Viña del Mar mecánica automotriz. Los padres de Celeste tuvieron un almacén
en Talcahuano, aunque el maremoto de 2010 se lo llevó. Ella estudió Derecho a finales de
los noventa, pero no terminó la carrera porque tuvo un hijo y comenzó a trabajar en una
empresa estatal.

Ahora bien, es claro que este estrato ha conseguido una mejor posición económica que los
dos grupos previos y eso se asocia al menos a dos variables centrales de sus trayectorias:
los estudios y la capacidad de independizarse. En todas las biografías los estudios, la mayoría
técnicos, algunos universitarios, permiten acceder a puestos mejor remunerados que los
de la población de clase media baja: según la Casen 2015, tienen una mediana de ingresos
$ 300.000 pesos mayor respecto de ese grupo. Por otro lado, para algunos la capacidad de
consolidar un emprendimiento les ha permitido subir un peldaño en la escala social. Es el
caso del hogar de Marcela, que trabaja como vendedora de ropa femenina en Concepción,
y su pareja, un exmesero que logró montar un negocio de carnes que ha traído prosperidad
al conjunto de la familia y les ha permitido enviar a sus hijos a la universidad. La figura del
“emprendedor” ciertamente impregna la imagen de la clase media.

Al momento de recorrer sus vidas, los entrevistados realzan las decisiones oportunas que
han tomado o las circunstancias azarosas que los llevaron a desmarcarse de sus orígenes. Sus
trayectorias implican literalmente un desplazamiento, ya que se van del lugar donde cre-
cieron y viven en otros barrios; muchos de ellos explican este desplazamiento por las malas
condiciones del entorno. Rubén hoy vive en un condominio de las afueras de Valparaíso y
Mariano pasó de la periferia a vivir en el centro de Santiago. Este aspecto es central, porque
no solo se trata de haber salido de la miseria, o de dejar un mundo de carencias, sino de la
posibilidad misma de “moverse a otro lugar”, de “cambiar de mundo y dejar todo atrás” al
irse a vivir a otro barrio u ocupar otro lugar en la sociedad. Como se vio en el capítulo dos,
la segregación de las ciudades facilita este desplazamiento de un mundo a otro.

En otros términos, en los estratos bajos las personas van saliendo de la pobreza o la mar-
ginalidad pero no abandonan el mundo popular. En cambio aquellos que tienen más
estudios y mejor sueldo “migran” para habitar otros espacios (en regiones puede ocurrir
a poca distancia, cuando las personas se mudan a nuevos condominios dentro del sector
de origen). No es un abandono total, por cierto, familiares y amigos se quedan, pero en

171
sus historias los individuos hacen explícito el esfuerzo de acomodarse y habitar en otro
territorio social.

Esta especie de migración pone en el centro la pregunta sobre la autenticidad, ¿uno se debe al
lugar de origen o al nuevo? Así, una de las maneras de identificar la subjetividad de clase media
es poniendo atención a sus desplazamientos y las tensiones que producen (ver, en ese sentido,
Méndez, 2008; Castillo, 2016); algunas personas que nacieron en un contexto de pobreza,
ascendieron rápido y ocupan hoy posiciones medias viven intensamente la tensión de lidiar
con las sociabilidades viejas y las nuevas. Por ejemplo, para Mariano, quien siempre sintió un
compromiso con la población de la cual venía, la distancia se ha hecho cada vez más evidente:

Mira, yo como que en la actualidad me he distanciado de la gente como yo de la pobla.


No totalmente, pero creo que hay hartos cabros como yo en ese contexto. Lo que pasa es
que ese contexto me da un poco de lata porque creo que el destino de los cabros como
yo, que podemos sentarnos a conversar o poder elaborar un poco de crítica... me da lata
porque siento que se dejan de lado por cuestiones que pa’ mí son básicas, como arreglarse
los dientes, echarse desodorante, cosas como esas, ¿me cachái? (…) la diferencia con esa
gente, como yo, está puesta en que quieren que les construyan la casa en el mismo lugar
donde viven y pa’ mí eso es perpetuar la pobreza, y con eso no digo que tengan que irse
pa’ allá o pa’ otro lao’ pero que, yo creo que es como ya, paren de seguir ahí, dándose
vueltas en lo mismo.

Se malinterpretaría al entrevistado si se lo acusara de estigmatización. Mariano tiene muy


claro de dónde viene, cuáles son sus orígenes, y las grandes dificultades o las nulas posibi-
lidades que tenían todos los que crecieron con él. Piensa que claramente la sociedad tiene
un carácter desigual, y que males sociales como la drogadicción se experimentan a menudo
en su población porque allí los jóvenes no tienen ni los recursos ni la educación para lidiar
con ellos. Teniendo esa conciencia crítica, él sabe que no quiere estar ahí. Distintos motivos
lo llevaron a compartir con “otro mundo” donde los hábitos, los lenguajes y las formas de
mirar la sociedad son ciertamente diferentes, donde la corporalidad –verse bien, arreglarse
los dientes– tiene un papel central de escenificación. Para Mariano, ahora su vida ya no
puede transcurrir en la población, pues prefiere compartir con gente de mayor estatus
educacional, gente con la que se puede conversar y “elaborar un poco de crítica”. Pero esa
movilidad no se vive con facilidad, sino como una lucha por encontrar un lugar y alguna
forma de autenticidad, por reconocerse a pesar de los cambios.

El esfuerzo, el sacrificio, “sacarse la cresta” también son elementos que aparecen en esta clase,
especialmente cuando los entrevistados narran sus trayectorias y sus costos asociados. Pero
el sentido atribuido al esfuerzo varía al menos en un gran aspecto: mientras en los estratos
más bajos el esfuerzo se entiende en un contexto donde no hay oportunidades (con lo cual
se resalta mucho más la cualidad moral del luchador), y en las clases medias bajas se percibe
en mayor medida que las oportunidades están limitadas por la educación (“con cuarto medio

172
uno no puede aspirar a mucho más”), en las clases medias prima la noción de que sí existen
oportunidades, solo hay que saber tomarlas. En palabras de Alejandro, “las posibilidades
están, es cosa de tomarlas, gastar el tiempo, sacarse la cresta, quemarse las pestañas, está
en querer hacerlo”. Lo que se resalta es sobre todo la capacidad de “ver” la oportunidad y
el momento oportuno: seguir estudiando o no, emprender o no, aspirar a una jefatura o
quedarse. Las clases medias se explican los giros en sus trayectorias por estos momentos de
decisión y por perseverar en los caminos que eligieron: “Nunca ha sido mucha opción el
darme por vencido”, dice Mariano.

Este grupo puede correr riesgos financieros más grandes: tomar créditos hipotecarios más
altos, emprender negocios, comprar un mejor vehículo.8 Alejandro, técnico con una es-
pecialización en ingeniería eléctrica y que además hace clases en un instituto profesional,
con el pasar de los años logró afianzarse económicamente hasta llegar a armar un negocio
con dos personas, quienes finalmente lo estafaron. Desde entonces se ve obligado a tener
dos o tres trabajos para poder pagar los créditos de ese emprendimiento fallido. Arriesgar
implica caerse. Para él, la variable de ajuste es su propia capacidad de trabajar más y salir
a flote: “Hago clases; eso me permite sacar la nariz a ratitos fuera del agua”. El riesgo no
debe pensarse como una inversión empresarial a gran escala, sino como la posibilidad de
“desahogarse” por fin, de ser independiente, de “pegarle el palo al gato” y vivir tranquilo.
Alejandro explica un nuevo proyecto en el que está participando:

Estoy convencido de que, aunque nos demoremos, va a salir, y yo sé que significa una
serie de riesgos, (…) de sacrificio económico, porque a lo mejor esas lucas, que podría
hacer hoy día, ese delta que estoy dejando pa’ meter en este trabajo, lo podría dejar, qué
sé yo, pa’ adelantar una cuota de los créditos que tengo ahí paralizados, o de los que estoy
renegociando (…). Ese riesgo estoy dispuesto a asumirlo por un bien superior y que, si
no resulta, tomar la lección de lo que no hay que hacer, para cuando se presente la nueva
oportunidad.

No todos elaboran el argumento desde una perspectiva tan claramente ligada al ámbito de la
gestión de recursos (“calcular el delta”), pero tanto los entrevistados como personas de simi-
lares características en los grupos de discusión dan cuenta de que, en su posición, ellos o sus
hijos “pueden llegar más lejos” y se pueden “arriesgar” para llegar más lejos. El lenguaje del
riesgo se hace presente aquí, y no en los estratos anteriores, porque la clase media puede hacer
la diferencia semántica entre riesgo y peligro (Luhmann, 1991). En los sectores más bajos
cualquier riesgo se convierte inmediatamente en un peligro, porque no existen los soportes
estructurales para permitirse que las cosas vayan mal. Tomar riesgos solo es factible cuando
la posibilidad de que todo resulte mal no desestabilice completamente la trayectoria, aunque
siempre está la posibilidad de una muy mala pasada (o la pesadilla de la estafa). Por eso, si
en los grupos anteriores el espacio social “bajo” está representado por la marginalidad o la
pobreza, en este caso (Figura 3) está representado por la imposibilidad de pagar las deudas
de los riesgos tomados (la casa, el emprendimiento, los estudios de los hijos).

173
Sobre el futuro, esperan que los hijos asciendan socialmente y para ello confían más en los
servicios privados que en los públicos. Si bien todos los entrevistados vienen de la educación
pública, la mayoría (69% según la encuesta pnud-des 2016) envía a sus hijos a colegios
particulares subvencionados y, en menor proporción, a particulares pagados. En la medida
en que logren afirmarse en su posición, lo que siempre es difícil, visualizan que el futuro
para ellos será mejor.

FIGURA 3 Trayectoria “tipo” de los entrevistados de clases medias

Hijos: buenos estudios universitarios;


+ Ellos: independizarse (ser su propio jefe)

Estudios técnicos (o pedagogías)

(Mantenerse a flote)
Evaluación 0

Ruta alternativa:
emprendimientos (sin estudios)

Grandes deudas (riesgos) que no se pueden pagar

Pasado Futuro

Tiempo

Fuente: Elaboración propia.

Clases medias altas y altas: la vida deseada y las estrategias de clausura

Ese grupo presenta al menos dos típicas trayectorias que se reflejan en las entrevistas, la de
la clase alta “de toda la vida” y la de aquellos que han ascendido socialmente.

La primera la representan Magdalena y Vicente, quienes crecieron en familias cuyos abuelos


ya tuvieron un grado profesional o un puesto jerárquico superior (en las Fuerzas Armadas
o en la política), o bien eran poseedores de tierras. Luego sus padres tuvieron ambos títulos
profesionales. Por ejemplo, el padre de Vicente fue ingeniero de una universidad tradicional,
como él y sus hijos. De hecho, en estas historias es frecuente encontrar “líneas genealógicas”
de profesionales (médicos, ingenieros, abogados) que producen el efecto de una trayectoria
transgeneracional, donde el tiempo pasado se conecta con el presente desde una poderosa
memoria familiar.

Es este grupo aquel que toda la población identifica con la “elite” o la “clase alta”, por cier-
tos atributos que lo distinguen. Sus miembros se han escolarizado en colegios particulares
pagados, en la mayoría de los casos, con una alta influencia de la religión católica.9 Además,

174
a diferencia del resto de la población, en estos colegios los estudiantes cursan tanto la educa-
ción primaria como la secundaria, es decir toda su vida escolar, con lo que establecen redes
de amistad y contactos que pueden durar toda la vida. Allí se desarrollan círculos sociales
que se caracterizan por su fortaleza y aislamiento de las otras clases sociales (Madrid, 2016).

En general las personas que pertenecen a estos grupos tienen la tez más blanca, ya que desde
la Colonia los conquistadores españoles y otros inmigrantes europeos socializaron entre sí
en tanto clases privilegiadas, creando sistemas de clausura social que excluían a la población
indígena (hay excepciones, como la comunidad árabe-palestina). Otra manifestación de cierre
social son los marcadores de distinción o identificadores de clase en el código lingüístico,
una serie de palabras y una pronunciación muy marcada que les permiten discriminar a
quienes no son como los suyos (Contardo, 2008).

Una segunda trayectoria tienen aquellos que son los primeros profesionales de sus familias
y que han ascendido socialmente. La tendencia se ha ido expandiendo en las generaciones
más jóvenes y muestra cómo se ha ido modificando la estructura social. Si en 1996 el 9%
de las personas de 25 a 34 años pertenecía a las clases medias altas, hoy es un 16% (Casen
2015), lo que es un cambio portentoso. A ello han contribuido los liceos públicos de alta
exigencia académica que preparan a alumnos de sectores medios para entrar a las universi-
dades tradicionales y a las carreras más prestigiosas. El Instituto Nacional es el ejemplo más
conocido en la capital.

Ahora bien, al ahondar en estas segundas trayectorias se observa que las personas no empe-
zaron “de tan abajo”, que las familias poseían algún tipo de recurso. Son hijos de profesores
–que en general estimulan el capital cultural– o tenían en alguna de sus líneas genealógicas
a algún profesional de referencia. No son herederos ni parte de la “cúspide social”, pero
ciertamente tuvieron más oportunidades que el resto de la población. En todo caso, sus na-
rrativas biográficas se parecen a las de la clase media en que están teñidas por la retórica del
esfuerzo para llegar donde están (recordemos que las fronteras son porosas entre estos grupos).

Miguel, dentista de una clínica privada, lo narra del siguiente modo: “El esfuerzo es el motor
y es la energía que te permite saltar (…) yo pagué un precio profundísimo para ser otra cosa.
Dejé de ser lo que era pa’ ser otra cosa”.

Nuevamente aparece el tema del desplazamiento: pasar de un estado a otro, con los costos
asociados en términos personales y relacionales. Fernanda, empresaria que logró desarrollar su
empresa en la Quinta Región, narra profusamente la serie de aventuras y giros que vivió para
llegar donde está. Ella describe la ambivalente posición donde se sitúa socialmente (sentirse
clase media y no serlo), estableciendo para ello una conexión entre esfuerzo y clase media:

La verdad es que yo me siento clase media, pero no soy clase media, o sea igual tengo… O
sea, mis ingresos dicen que no soy clase media, mis bienes dicen que no soy clase media…

175
Yo me encuentro distinta en el sentido de que…, o sea, yo tengo una empresa que la hice
con mucho esfuerzo (…) Yo creo que la gente de clase media es todo una, es toda gente de
esfuerzo, obviamente… La clase media de ahora deben ser como los primeros profesionales
de sus familias, ¿cachái?, los primeros que fueron a la universidad... Como en el caso mío,
ponte tú, mi hermana y yo somos las primeras que entramos a la universidad de nuestras
familias. Yo creo que ahí hay un esfuerzo.

Parte de los entrevistados de este grupo tiene la sensación de que no por ser profesionales
o empresarios relativamente exitosos gozan de las inmensas comodidades de la “verdadera”
clase alta; para algunos, en especial en referencia a las crisis vitales de mayor importancia,
como la enfermedad o la muerte, su único soporte son las redes familiares de sus orígenes.
Les parece que son simplemente una clase media más aventajada. Lo que importa en esta
fracción de profesionales es que se definen como esforzados, atributo que los diferencia de
la “elite”, cuyo futuro está supuestamente asegurado de antemano, y que valoran que su
trayectoria esté construida a partir de su capacidad individual.

No obstante, y pese a las diferencias, en su conjunto los grupos medios altos ascendentes y
la clase alta más establecida comparten características que los alejan del resto de la población.
En general han alcanzado una mediana de años de educación muy superior al resto (17 años
según la Casen 2015), y en eso se juega su estatus subjetivo. Sus hijos asisten a colegios par-
ticulares pagados, pues saben que es allí donde se crean redes y se adquiere capital cultural.
Por otro lado, tienden a concentrarse en Santiago (dos tercios de este grupo vive en la capital),
y tanto en esta ciudad como en regiones viven concentrados y a veces separados de los otros
estratos sociales (Rasse, 2016). Además de distinguirse espacialmente, este grupo concentra la
capacidad de acceso a seguros privados de salud y se atiende en el sector privado (75% tiene
Isapre vs. el 2% de las clases bajas), hecho muy sensible para el resto de la ciudadanía, como
se verá en este volumen, por el sentimiento de desigualdad asociado. Por último, el escenario
vital de este estrato no se reduce al país: la gran mayoría ha viajado fuera y algunos han vivido
en el extranjero, especialmente por estudios. Muchos, especialmente entre las generaciones
más jóvenes, hablan otro idioma y tienen a la vista de sus posibilidades un escenario global.
Como se verá en la próxima sección, en términos de soportes biográficos el consumo cultural
es una marca central de distinción social.

Además, ambas trayectorias comparten un rasgo que no aparece en los estratos anteriores:
si bien todos tienen tareas y deben sortear dificultades cotidianas (desde la enfermedad de
un hijo a llevar una empresa a cuestas), a la larga evalúan sus vidas en términos positivos,
remarcan el bienestar y a veces la tranquilidad obtenida. Catalina, abogada de Viña del Mar,
dice algo que solo parece propio de este estrato: “Yo he tenido la vida que he querido tener”.

Fernanda evalúa su vida en términos similares: “Yo decidí hacer una vida distinta, poh, o sea,
yo siento que lo que yo tengo es lo necesario, ¿cachái?, un vehículo, tengo un auto, tengo
una casa, ¿cachái?, y tengo un negocio sano que me permite vivir muy bien”.

176
Sin duda este bienestar pasa por su capacidad adquisitiva, y como se verá en la siguiente
sección, por independizarse de los servicios públicos en aquellas áreas donde mayormente se
juega la seguridad de ellos o de sus hijos: la salud, la educación, las pensiones y la elección de
sus barrios. Por eso sus miedos referidos al futuro se visualizan menos como probables “caídas”,
“riesgos innecesarios” o “largas temporadas de desempleo”, pues si bien todos son conscientes
de que eso puede suceder también saben que cuentan con los soportes para aguantar una
“mala racha”. Tampoco se evidencia una preocupación abrumadora por la educación de sus
hijos, ya que, al contrario de los demás grupos, tienen en general la seguridad de que ellos irán
a la universidad, certeza que se funda en la educación y las redes de los colegios particulares
pagados. Más bien, para aquellos primeros profesionales (o profesionales de ingresos medios
altos) el temor se asocia a no poder mantener su posición, por los costos asociados, como el
precio de las viviendas en los sectores donde viven, o el costo de los colegios (Figura 4). En
las clases altas tradicionales los miedos apuntan al país: expresan miedo a que se pierdan “los
valores”, miedo a que se pierda el respeto, miedo a que se pierda el rumbo de la economía.
Su capital económico, cultural y social es probablemente tan alto, y está tan enraizado en la
historia del país, que solo la decadencia de este último podría arrebatárselos.

FIGURA 4 Trayectoria “tipo” de los entrevistados de clases medias altas y altas

(trayectorias de continuidad)
+ Colegios particulares pagados-estudios universitarios

(Trayectorias de movilidad ascendente)


Evaluación 0

No mantener la posición por sus costos asociados Decadencia del país

Pasado Futuro

Tiempo

Fuente: Elaboración propia.


Nota: Se indican dos variantes de trayectorias: la línea superior muestra la de la clase alta establecida y la inferior la de la clase media alta ascendente.

Para finalizar esta sección, es importante notar que en casi todas las trayectorias analizadas
las posiciones sociales se perciben en transformación o como susceptibles de sufrir cambios.
Araujo y Martuccelli (2011) han dicho que las posiciones sociales en Chile son “inconsis-
tentes”, en el sentido de que accidentes, largas temporadas de desempleo, la imprevisión
financiera o los costos de mantener las posiciones más altas podrían causar una “caída”, y las
estrategias de los hogares de las distintas clases se organizan en torno de esos riesgos. El temor
a “caer” es un sentimiento generalizado, salvo en la parte más alta del estrato alto, que teme

177
más a que el país “decaiga” a que eso les ocurra a ellos o a sus hijos. Para conjurar esos miedos
las personas despliegan y se valen de diversos soportes, que se describen a continuación.

Soportes e interacciones sociales


En esta sección se examinan algunos elementos que aparecen como centrales en las narraciones
de las trayectorias, elementos de apoyo a las personas en la persecución y conservación de
sus posiciones. Son los soportes sociales, entendidos como las bases sobre las cuales deben
apoyarse los actores para poder desplegar sus estrategias personales (Martucelli, 2007). No
se trata solo de los recursos concretos que explican la movilidad objetiva de las personas en
el tiempo (capital económico, cultural o social), sino también de aquellos factores que las
personas reconocen como condicionantes de sus derivas; por ejemplo, su propia capacidad.

Junto con analizar estos soportes se describirán las relaciones sociales que se desarrollan a
partir de ellos, de modo que sea posible abordar las consecuencias de tales soportes en el
tejido y el lazo social. Así, se examinarán brevemente los cinco soportes más mencionados en
las entrevistas y los grupos de discusión: el esfuerzo personal, las redes de apoyo, el mundo
de la educación y el trabajo, el consumo y el crédito, y por último el Estado a través de sus
servicios y políticas públicas. En las trayectorias analizadas en la primera parte aparecen unos
con más fuerza que otros, y a su vez la encuesta pnud-des refleja su desigual distribución
en las cuatro clases revisadas.

Uno mismo como soporte

Un elemento que se repite en la mayoría de las entrevistas y aparece como central para todas
las clases es el esfuerzo personal como el gran motor de sus trayectorias. Este factor (“ser un
luchador”, “valerse solo”, “arreglárselas solos”) es un soporte clave en todas las narrativas,
y está conectado con varias aristas de la sociedad chilena actual. Su expresión presenta sin
embargo diferencias según el estrato social.

En las clases bajas la imagen es la de luchadores frente a la adversidad, de modo que si el


individuo falla el mundo a su alrededor se desploma (en la calle, en las drogas, en la delin-
cuencia). En la clase media baja se acrecienta la idea de la “fortaleza del carácter” (Araujo
y Martuccelli, 2011) frente a las dificultades o tragedias biográficas que se interponen en
sus trayectos. Lidiar con las extensas horas de trabajo, los bajos sueldos, las demandas fa-
miliares de cuidado (especialmente las mujeres), sumado a las expectativas de consumo del
hogar, se consideran pruebas mediante las cuales los individuos demuestran su resiliencia.

178
En todos estos casos, por supuesto, otras variables como la edad o el género propician una
diferenciación aun mayor, pero adentrarse en ellas desbordaría los límites de este trabajo.

En las clases medias, el individuo se sabe con más recursos que le permiten sortear mejor
los desafíos, atreverse a “tomar riesgos” o a desplazarse a otros entornos. En algunos casos el
esfuerzo personal como soporte se entiende en torno al deseo y la aspiración de pertenecer a
otra clase social, la clase alta. Probablemente donde mejor florece esta forma de individuación
de las clases medias es en los proyectos empresariales: la figura del emprendedor se construye
sobre la base de la toma de riesgos y la capacidad de convertirlos en una oportunidad de
ascenso social.

Se ha sostenido, con buenas razones, que el individualismo que se ha ido configurando en


Chile proviene de ciertos déficits institucionales, o de las difíciles relaciones que las perso-
nas establecen con las instituciones (pnud, 2002; Robles, 2000). Los ciudadanos estarían
obligados a ser “hiperactores” (Araujo y Martuccelli, 2012a, 2014) porque los soportes
institucionales no ofrecen la seguridad ni la efectividad para confiar en ellos la responsabi-
lidad de su futuro o su bienestar. En otros términos, si las personas no pueden confiar en
las autoridades para disponer de seguridad en sus barrios, en los salarios para llegar a fin de
mes, en la educación recibida para trabajar en lo que se espera, terminan confiando en sus
propias habilidades y estrategias para “no hundirse”, “no rendirse”, “mantenerse a flote”.
En este contexto emerge una variedad de “repertorios de la meritocracia”, los que se revisan
en el capítulo sexto.

El mérito en Chile se asocia especialmente al esfuerzo individual, y este, a la vez, tiene


relación con el hecho de sentirse parte de un gran estrato medio, como se detalla en el
recuadro siguiente. No es que los soportes públicos no existan; por el contrario, durante la
última década se han desarrollado muchas políticas para fortalecer la red de protección social
(Larrañaga, 2015). El punto es otro: el grado en que esa red ha dotado de consistencia y
seguridad a las posiciones sociales se evalúa como limitado frente a la sensación generalizada
de que es posible “caer” (ahora o en el futuro, ellos o sus hijos), ante lo cual los individuos
recurren a estrategias tanto personales como colectivas para contener el peso de las amenazas,
los riesgos o los costos asociados a mantener las posiciones alcanzadas.

179
EL ESFUERZO Y LA VALORACIÓN POSITIVA DE LAS CLASES MEDIAS

En Chile, cerca del 72% se sitúa en el “medio” (clases medias, medias altas o medias bajas).
Este ensanchamiento de las clases medias está relacionado con las trayectorias de los hogares
chilenos, pero también con ciertos sentidos positivos asociados a las clases medias y con una
negativización de la figura de la clase alta. Mientras el 93% de las personas piensa que la gente
de clase media son personas de esfuerzo, solo el 38% cree lo mismo sobre las clases altas.

GRÁFICO 1 ¿Usted cree que las personas de clase ____ son personas de esfuerzo? (% de encuestados que
responden “sí”)

Clase baja 88

Clase media 93

Clase alta 38

0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100 %

Fuente: Elaboración propia a partir de encuesta PNUD-DES 2016.

Para profundizar en el sentido de esta pregunta (y de paso diferenciar el sentido imputado al


esfuerzo de clase baja y clase media), se puede mostrar otro resultado. A los encuestados se
les pidió que definieran en una palabra lo que era “clase baja”, “clase media” y “clase alta”. Se
muestran las respuestas que más se repitieron para cada clase.

El conjunto de la población rápidamente asocia la categoría “clase baja” a los términos “pobre”
o “pobreza” (46% del total de las palabras asociadas a esa clase), y es la que mayor consenso
suscita al dotar a una clase de algún significado. La clase alta se asocia claramente a la cúspide
social con términos como “riqueza” o “rico” (29%), o se relaciona con un muy buen bienestar
(16%). Relacionadas con el hecho de que “no se esfuerzan”, también aparecen menciones que
denotan algún aspecto negativo de las clases altas, que reúnen el 10% de las palabras, de las
cuales la más mencionada es “aprovechadores”.

180
FIGURA 5 Palabras más mencionadas para clase “alta”, “media” y “baja”

CLASE ALTA CLASE MEDIA CLASE BAJA

Carencias/Necesidad
Entre riqueza y pobreza

Bienestar Vulnerable
13%
7%
13%
16%
Riqueza
29% Esfuerzo-Trabajo Pobreza
38% 46%
10% 8% 14% 9%
Poder 6%
Aprovechadores
Desigualdad
Bienestar Esfuerzo/Sacrificio

Fuente: Elaboración propia a partir de encuesta PNUD-DES 2016.

El 38% de las personas dice que “trabajo” y “esfuerzo” son las palabras que más identifican a la
clase media, y en la misma clase media el porcentaje sube a 45%. Así, si bien todas las narrativas
hacen alusión al esfuerzo, la identidad de la clase media se basa en una valoración positiva en
torno a la idea de “salir adelante por su cuenta”. Los otros grupos de palabras más mencionadas
también son interesantes porque muestran dos aspectos del imaginario de esta clase: el 14% la
asocia a bienestar y seguridad (la cara idealizada de este grupo), y por otro lado el 13% menciona
el concepto de vulnerabilidad (la cara insegura, sentirse permanentemente en riesgo de caer).

Las redes de apoyo

Este soporte está constituido por todas las redes de sociabilidad que afirman al individuo
y sus proyectos. Sin duda las redes familiares son las más relevantes, y buena parte de la
sociabilidad chilena transcurre en ellas: las familias otorgan sentido de pertenencia, son un
refugio, desde allí se buscan trabajos o se emprenden nuevos caminos, y es el grupo hacia
el cual se dirige la mayoría del consumo.10

El significado del soporte familiar varía indudablemente según el género. Entre muchas
razones, porque para las mujeres puede significar tanto un soporte emocional (el significado
atribuido a los hijos) como una carga insoslayable. En general los tiempos que hombres y
mujeres destinan a las tareas domésticas y el cuidado de los hijos son muy disímiles, lo que
constituye una de las principales desigualdades de género en el espacio doméstico, junto
con la administración del dinero. Dicho eso, el tiempo que se ocupa en tareas domésticas es

181
mayor en las clases más bajas (ver Gráfico 2) pues las mujeres de clases medias altas se liberan
de parte de esas labores al relegárselas al servicio doméstico, que pasa a ser uno de los grandes
soportes de las mujeres de esos grupos para desplegar sus proyectos (el 75% de los hogares
de clase alta tiene servicio doméstico puertas afueras o adentro; aim, 2015).11

GRÁFICO 2 Minutos dedicados a las tareas domésticas por sexo y clase social en un “día normal de la semana”

217
220 214

165 153
136
Minutos

110
86 83
75

55 53

0
Clases bajas Clases medias bajas Clases medias Clases medias altas

Mujeres Hombres

Fuente: Elaboración propia a partir de encuesta PNUD-DES 2016.

En las redes de apoyo conformadas por vecinos o amigos también se encuentran algunas
diferencias importantes entre estratos. En las clases más bajas trasluce un sentimiento de
soledad, y especialmente en el caso de mujeres de clase baja se ha constatado un menor
número de amistades y de otras formas de asociatividad (pnud, 2010, 2012).

“No tengo amistades, una persona, [para] así decirle, así abiertamente decirle sabe qué, yo
estoy pasando por eso o por esto otro”, dice Virginia. “Siempre estoy sola. En mi casa. Nunca
llevo gente a mi casa”, dice Marisol, recolectora de cartones de las calles de Concepción.

La falta de personas a quienes recurrir se puede observar en términos más generales en el


Gráfico 3, que refleja la segmentada distribución de esta forma de capital social. Muchas
veces el sentimiento de soledad, especialmente en los sectores más segregados de los grandes
centros urbanos, se relaciona con el miedo al exterior y la violencia del entorno circundante
(Rasse, 2016). Aunque también es notorio que en los mismos sectores populares se despliegan
formas de sociabilidad que en los barrios altos no aparecen, como las ferias populares, la
ocupación de las calles, o la posibilidad de poner música fuerte o “dialogar amistosamente a
gritos” entre los vecinos (Araujo, 2016b; Cociña, 2016). La “vecina” también es una figura
para las mujeres que trabajan y necesitan apoyo para cuidar de los suyos. Además, en los
sectores populares las organizaciones vecinales, religiosas, políticas, artísticas y deportivas
tienen o han tenido un papel central en el desarrollo de la identidad territorial.

182
GRÁFICO 3 Si usted se planteara un proyecto importante, ¿cuán probable sería para usted encontrar alguna persona
fuera de su hogar que le aconsejara u orientara? (% de encuestados que responden “muy” o “algo” probable)

Clases bajas 39

Clases 49
medias bajas

Clases medias 61

Clases 68
medias altas

0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100 %

Fuente: Elaboración propia a partir de encuesta PNUD-DES 2016.

Este involucramiento con organizaciones políticas, religiosas y culturales también está muy
presente en las entrevistas con los estratos más altos. Tomando los datos de la encuesta
pnud-des 2016, el grupo de clases medias altas participa en mayor medida en organiza-
ciones sociales (desde clubes deportivos hasta organizaciones religiosas) que todo el resto
de la población. En los materiales cualitativos, es evidente la distinta eficacia de las redes
sociales como soporte, ya que en las clases medias altas y altas se observa una gran capa-
cidad de movilizar redes, ya sea en la esfera cultural, económica o política, y muchas de
ellas generadas en sus espacios de socialización escolar. De hecho, cuando en las entrevistas
se relatan episodios de sus vidas emergen rápidamente anécdotas de cómo sus proyectos
surgen al mover hilos y “llamar a compañeros de colegio”. Ya sea por las redes familiares,
por las amistades del colegio o universidad o por las organizaciones a que pertenecen, las
capas profesionales pueden activar distintos nodos de su red para conseguir lo que quieren.
Cada uno sabe cómo ocupar su propia red para llevar a cabo sus proyectos. Ser parte del
estrato alto es sentirse parte de esa red, o al menos usarla a conveniencia (sin necesidad de
identificarse como parte de la clase alta).

En las clases medias, históricamente los “pitutos” y los “contactos” se movilizaron en las
reparticiones públicas a mediados de siglo xx como un modo de asegurar o construir la po-
sición propia (Barozet, 2006). Actualmente se observa que este método ya no es exclusivo de
esa clase social, sino que las redes de amigos o familiares son un soporte en cualquier nivel
socioeconómico, dado que ayudan a encontrar trabajo, y generalmente las posibilidades
laborales están determinadas por la red que se posea (Espinoza, 2006).

183
Trabajo, salarios y educación

En todas las trayectorias analizadas la educación que se tiene y los trabajos en que las personas
están empleadas son fundamentales para determinar sus posiciones. Constituyen soportes
sociales por excelencia, pues en ellos se cristalizan los mundos de cada clase y se desarrollan
mapas mentales para entender el mundo de los otros.

El trabajo y el salario son una importante fuente de recursos y de reconocimiento social.


Trabajar en un buen lugar, es decir, sentirse respetado por el esfuerzo realizado, tener buenos
horarios y autonomía, llevarse bien con los compañeros y con los supervisores, y recibir un
salario justo es un ideal deseado por todos los trabajadores y trabajadoras, pero, como se
observa en el Gráfico 4, la brecha entre un ideal de trabajo de calidad y la realidad es distinta
según la clase social de que se trate:

GRÁFICO 4 ¿Usted considera que las personas como usted tienen dificultades para conseguir un buen trabajo? (% de
encuestados que responden “ninguna” o “alguna” dificultad)

Clases bajas 39

Clases 49
medias bajas

Clases medias 61

Clases 68
medias altas

0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100 %

Fuente: Elaboración propia a partir de encuesta PNUD-DES 2016.

En los materiales cualitativos usados para medir la calidad del soporte laboral, tres factores son
relevantes: la seguridad, los salarios y las relaciones laborales. Más adelante en este volumen se
profundiza en todos ellos, pero se pueden mostrar aquí ciertos elementos preliminares. Primero,
nuevamente, el sentimiento de seguridad está estratificado, como se aprecia en el Gráfico 5.

184
GRÁFICO 5 Pensando en su actual trabajo, ¿cuánta confianza tiene usted en que no lo perderá en los próximos 12
meses? (% de encuestados que responden “absoluta” o “bastante” confianza)

Clases bajas 52

Clases 61
medias bajas

Clases medias 73

Clases 85
medias altas

0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100 %

Fuente: Elaboración propia a partir de encuesta PNUD-DES 2016.

Especialmente en los sectores populares, la inseguridad debida a la alta rotación de empleos


y el miedo asociado a una temporada larga de desempleo se convierten en un habitus, tal
como lo define Bourdieu (1980), una disposición a actuar y una percepción del mundo,
llena de incertezas. Como dice Ramón, reponedor en un supermercado, el miedo al despido
es como “una herencia, pegada en la piel”:

Sigo con el pensamiento de cuando era niño, que la vida es difícil. Por ejemplo, no ha
cambiado un centímetro lo que le escuchaba a mi padre, que decía “a lo mejor mañana
van a echar gente”, porque esa palabra, que a lo mejor mañana van a echar gente en los
trabajos, la sigo escuchando hasta el día de hoy. Es como una herencia, pegada en la piel
de toda la gente que depende de un salario. El temor de que voy a perder el trabajo, me
van a echar (…). Es como una canción nacional, que cada cierto tiempo tiene que haber
una persona que se acuerde y la repite.

Ahora bien, el mismo Ramón reconoce riendo que cuando se dice eso otros replican: “Y
qué tanto, si no te van a cortar las manos”. En las entrevistas se valora la capacidad irónica
del mundo popular para afrontar la inseguridad, con lo que nuevamente aparece el carácter
y el empuje personal se consolida como un soporte frente a la inseguridad del entorno.
Por cierto, esta narrativa del esfuerzo individual no solo ayuda a tolerar los escenarios más
difíciles, sino que trae consigo una perspectiva crítica, especialmente hacia los salarios. Esto
es, pese al esfuerzo realizado los sectores populares tienen la sensación de que lo que ganan
no alcanza para vivir, de modo que el trabajo asalariado deja de ser un soporte eficiente para
salir adelante. Y esta irritación se acrecienta porque los salarios no cubren las aspiraciones

185
de consumo. Como se observa en el Gráfico 6, tanto las clases bajas como las medias bajas
comparten ese malestar, que es una de las fronteras por excelencia entre ellos y los grupos
medios y altos de la sociedad.

GRÁFICO 6 Pensando en su salario y el ingreso total de su hogar, ¿usted diría que…? (% de encuestados que responden
“les alcanza bien” o “les alcanza justo”)

Clases bajas 47

Clases 58
medias bajas

Clases medias 83

Clases 89
medias altas

0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100 %

Fuente: Elaboración propia a partir de Encuesta PNUD-DES 2016.

La crítica a los salarios se complementa con una queja por el trato recibido en los lugares
de trabajo. Como se verá en el capítulo siguiente, el trabajo es el lugar donde más ocurren
experiencias de tratos indignos o situaciones de discriminación. El trabajo entonces opera
no solo como un soporte económico que puede ser más o menos estable, más o menos
beneficioso, sino que es un espacio en el que el buen trato es muy relevante porque regula
la posición privilegiada o menospreciada que se ocupa en la sociedad.

Las personas saben que su ingreso al mercado laboral también depende de sus credenciales
educativas. En la mayoría de los casos, por más redes que se tengan, el tipo de trabajo está
determinado por la educación cursada. Por eso ponen gran parte de su esfuerzo en tener
mejor educación que sus padres, y hay una abrumadora conciencia de la determinación
del salario según los años de estudios. Las expectativas referidas a la educación de los hijos
y nietos pone además una gran presión sobre el sistema escolar, a la vez que evidencia la
desigualdad de oportunidades en este terreno. Como se observa en los Gráficos 7 y 8, es
clara la relación entre los estratos sociales y la percepción de oportunidades y capacidades
adquiridas. En el capítulo octavo se exploran los mecanismos subyacentes a este fenómeno.

186
GRÁFICO 7 ¿Usted considera que las personas como usted tienen dificultades para acceder a una educación de calidad
para sus hijos? (% de encuestados que responden “bastante” o “mucha” dificultad)

Clases bajas 70

Clases 56
medias bajas

Clases medias 35

Clases 19
medias altas

0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100 %

Fuente: Elaboración propia a partir de encuesta PNUD-DES 2016.

GRÁFICO 8 Pensando en su educación, ¿siente que los estudios que usted tiene le permiten elegir libremente lo que
quiere hacer? (% de encuestados que responden “algo” o “mucho”)

Clases bajas 30

Clases
47
medias bajas

Clases medias 64

Clases 92
medias altas

0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100 %

Fuente: Elaboración propia a partir de encuesta PNUD-Des 2016.

Más allá de proveer competencias cognitivas y técnicas, la educación como soporte de las
trayectorias es crucial cuando los grupos sociales interactúan. Más precisamente, una de
las formas de discriminación o menoscabo que produce más molestia e irritación es la que
sufren las personas por no tener títulos técnicos o profesionales. Las clases medias bajas son
especialmente conscientes de ello. Muchos de los entrevistados se sienten mirados en menos
porque solo lograron terminar la educación media. La mayoría dice sentirse menoscabada

187
por las personas de estratos más altos: “La gente te echa el título encima”. Por eso la demanda
o la expectativa por una mayor educación para las nuevas generaciones también va ligada al
deseo de que los hijos sean tratados con más respeto y dignidad.

Cabe insistir en el punto: los estudios son mucho más que capital cultural, son un valor moral
mediante el cual las personas evalúan sus trayectorias, o las de sus hijos, como satisfactorias
o no, lo que tiene consecuencias en las formas de sociabilidad. Por ejemplo, Ingrid dice que
desde que su hijo profesional se casó con una joven con estudios técnico-profesionales se
siente disminuida y no le gusta ir a la casa de ellos, porque se siente incómoda. Pese a que
toda su vida esperó que sus hijos fuesen profesionales, su ejemplo muestra irritaciones en
el seno familiar cuando aquellos que ascienden de algún modo no reconocen o valoran a
los que se “quedaron abajo”. Incluso sin percibir faltas de respeto explícitas, perciben que
empiezan a hablar “temas distintos”, que crean fronteras en la conversación familiar.

En la clase media esta tensión se vive de forma similar, y con mayor aspereza cuando se reflexio-
na sobre la relación con los “profesionales” o “clases medias altas”. Si bien los entrevistados
de los estratos medios se sienten de algún modo “superiores” o “privilegiados” por tener más
educación (pedagógica o técnica), sus credenciales no se comparan con los títulos profesionales
de mayor prestigio. Una de las situaciones que cristaliza esta tensión se vive en contextos de
sociabilidad donde las personas deben “presentarse en sociedad”, tal como lo hubiese planteado
el sociólogo Erving Goffman. Marcela, de Concepción, narra la siguiente situación:

De repente personas que son la mayoría profesionales y hablan mucho de sus trabajos,
y de la plata, poh (…). Entonces esas cosas a mí no me gustan, poh (…) Te preguntan a
ti “¿tú qué haces?”. “Soy promotora de una marca de ropa interior”. Entonces es como,
“ah, qué bien”, qué sé yo, fíjate que esto, que lo otro, pero de ahí se corta la conversación,
¿me entiendes?

Marcela pone el acento en varios aspectos que la irritan: que el grupo sea “profesional”, y
que hable mucho de sus trabajos y de la “plata” (de lo que se consume). Pero al parecer la
mayor tensión está en el hecho de presentarse como una simple “promotora” cuando en rea-
lidad es supervisora de una tienda de ropa interior, así como dirigente sindical; y su marido,
como se dijo, logró tener un emprendimiento de carnes y se mudaron a un condominio de
“profesionales”. Mariano, en similares situaciones, decidió presentarse como actor en vez
de como técnico en rehabilitación, como una estrategia para desviar la atención sobre la
diferencia entre su credencial y las de los profesionales:

Yo encontraba que era una súper buena broma, que cuando decían “hola, yo soy sociólogo,
soy psicólogo, hola, soy no sé qué”, yo decía “hola, yo soy actor” y todos me quedaban
mirando así como y quién es este hueón… y después trataba como de evadir un poco la
pregunta y no presentarme. Un poco rabiando (…), como que el presentarse diciendo lo
que tú has estudiado te pone en una posición.

188
Varios entrevistados manifiestan haber tenido conflictos por no haber continuado estudios
profesionales; a veces son internalizaciones del tipo “me van a mirar mal por no ser como
ellos” o conflictos por no ser reconocidos por lo que se hace sino solo por lo que el título
determina. En los estratos medios se perciben más estos detalles cuando se interactúa en
contextos laborales o de sociabilidad con grupos profesionales, y porque tienen que enfren-
tarse a la pregunta por su pertenencia, puesto que se desplazan de un lugar a otro.

Por otra parte, en las clases altas hay una clara percepción de la función que cumple la edu-
cación, y crecientemente los posgrados en el extranjero. De hecho, una clara legitimación
de la ubicación social se obtiene a través del capital educativo. Como dice un ingeniero:
“En el fondo sí sé que soy privilegiado en el sentido de que he tenido la mejor educación,
en uno de los mejores colegios, en una de las mejores universidades del país y en una de las
mejores universidades del mundo”.

El consumo y el crédito

Todos los soportes de algún modo habilitan a las personas para que cumplan sus proyectos,
y su ausencia o carencia revela alguna forma de desigualdad. El consumo, y el motor de su
funcionamiento, el crédito, son grandes soportes para que la gente despliegue sus trayectorias,
confirme sus posiciones y se “premie” por sus esfuerzos o sacrificios.

Desde la transformación neoliberal que vivió el país, el consumo se ha masificado gracias a


la ampliación del crédito, lo que ha derivado en la expansión de la capacidad de los hoga-
res de tener bienes que históricamente eran privilegio de las clases altas. En este sentido es
que el consumo produce una ilusión de horizontalidad o un efecto igualador. En términos
prácticos, como los salarios son bajos, a una buena parte de la población el crédito le ha
permitido aumentar sus capacidades financieras para adquirir bienes de mercado. Muchos
de los entrevistados de los estratos populares reconocen que a través del crédito se “estira el
dinero” y se llega a fin de mes.

Por cierto, el consumo como soporte tiene varias significaciones, no solo asociadas a su
evidente uso económico (ver Araujo y Martuccelli 2012a; pnud, 2002). Por ejemplo, al-
gunos entrevistados perciben que el consumo es una fuente de placer. Una trabajadora de
Concepción relata: “En general los chilenos, o sea, uno ve, como que quieren más tiempo
con la familia, tener más plata, porque somos consumistas [ríe]; yo disfruto comprándome
algo, lo reconozco. Me genera ese placer”.

El consumo se asocia a un premio, y la visita a centros comerciales se considera un momento


de relajo, distracción y tiempo dedicado a la familia, incluso si no se consume nada (Stiller-
man y Salcedo, 2012). Pero esta fuente de placer tiene otra faceta, la del agobio cuando no

189
se pueden pagar las deudas contraídas. Según la Encuesta Financiera de Hogares (2014),
el 73% de la población declara tener alguna deuda, especialmente asociada al mundo del
consumo, como se registra en el Cuadro 3. En términos absolutos las clases medias altas
(deciles de ingresos 9 y 10 en este caso, por el origen de los datos) están más endeudadas
que los estratos populares, porque consumen bienes y servicios más caros. De acuerdo con la
Asociación de Investigadores de Mercado (aim, 2015), el estrato alto tiene una participación
del 52% en el gasto total en consumo, mientras que los primeros cinco deciles (1-5) tienen
una participación del gasto solo del 13%.

CUADRO 3 Tenencia de deuda por deciles de ingresos y por tipo de deuda (% de hogares)

Deuda de Deuda Deuda Deuda Otras deudas


Deuda total consumo hipotecaria automotriz educacional (préstamos)
Deciles de ingresos 1-5 65 58 9 1 5 10
Deciles de ingresos 6-8 79 69 24 4 12 5
Deciles de ingresos 9-10 83 70 38 6 13 5
Total 73 63 19 3 8 7

Fuente: Elaboración propia a partir de Encuesta Financiera de Hogares 2014.

Otra explicación es el crédito hipotecario, cuyos valores son más altos que los de los créditos
de consumo ($ 19.000.000 versus $ 668.000, medido en montos medianos) y es más fre-
cuente en los sectores de mayores ingresos. Según cálculos del Banco Central, la “ratio deuda
sobre ingresos anual” (porcentaje de deuda sobre el ingreso) de los grupos medios altos es de
29,7%, mientras que en los sectores populares va del 10% al 15%. No obstante, medido por
la carga financiera mensual sobre los ingresos de los hogares, la relación se invierte, de modo
que la carga financiera de los grupos más bajos representa el 23% del ingreso de los hogares,
mientras que en los estratos medios y altos es del 18%. Es decir, las clases altas tienen una
deuda considerablemente mayor que las clases bajas en cuanto a los montos involucrados,
principalmente por el crédito hipotecario, pero las clases bajas tienen mensualmente más
dificultades para pagar sus deudas, que mayoritariamente son de consumo.

Además, la oferta de tarjetas de crédito asociadas a supermercados y grandes tiendas ha


aumentado la capacidad de compra y deuda de los estratos populares, pero también los
ha expuesto a tasas de interés más altas y a información poco clara.

Por cierto, el acceso al crédito es un soporte central para todas las clases, pero los grupos de
menores ingresos enfrentan más obstáculos para obtenerlo, como se indica en el Gráfico 9.
Como en otros países, en Chile los bancos clasifican a sus clientes según categorías de riesgo,
de manera que estratifican el acceso a la deuda dependiendo de la situación económica de
los actores. Según la Encuesta Financiera de Hogares, en los estratos altos (deciles 9-10) el
acceso a créditos bancarios es de 55%, mientras que en los deciles 1-5 baja al 15%.

190
El consumo también es un soporte para asegurar la posición. Si, como se observó en las tra-
yectorias, todas las clases corren el riesgo y tienen miedo de “caer”, y por ende las posiciones
propias se perciben como inconsistentes, el consumo es un contramecanismo que permite
ahuyentar la inseguridad (aunque crea otras nuevas). El efecto demostrativo de tener artefactos
domésticos, televisión, un buen sofá, un auto, sirve para desplegar una identidad que de otra
manera se contagia de las inseguridades del entorno. En el consumo del hogar, incluso en
su decoración, se juega buena parte de la creación del sentido de clase social (Ariztía, 2009;
Stillerman, 2017; Ureta, 2004). En términos más analíticos, es un soporte a través del cual
la clase se representa y actúa.

GRÁFICO 9 Si usted se planteara un proyecto importante, ¿cuán probable sería para usted obtener un crédito en alguna
institución financiera? (% de encuestados que responden “muy” o “algo probable”)

Clases bajas 17

Clases 33
medias bajas

Clases medias 56

Clases 75
medias altas

0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100 %

Fuente: Elaboración propia a partir de encuesta PNUD-Des 2016.

No hay que dejar de lado el efecto interrelacional del consumo entendido como soporte. En
las pautas de consumo no solo hay hábitos individualistas, también estructuran la serie de
obligaciones de reciprocidad entre familiares y amigos. Por ejemplo, los regalos –de bautizo,
de matrimonio– son típicos gastos imprevistos que pueden desajustar los presupuestos del
hogar en las clases medias bajas (González, 2015). Si la comadre invita a celebrar el cum-
pleaños de su hija, lo mínimo es llegar con “algo”. Y se espera que si la comadre es invitada a
otro evento también regale “alguna cosita”. Esta serie de compromisos sociales genera gastos
y deudas que implican un ciclo de sociabilidad a veces gratificante, a veces desgastante.

Por último, el consumo cultural es probablemente uno de los elementos centrales de la


distinción social en Chile, como en otros países. Siguiendo la huella del trabajo de Pierre
Bourdieu en Francia y de Mike Savage en Inglaterra, un grupo de autores afirma que en Chile
también la propia construcción de clase está basada en actividades y el consumo de bienes
históricamente considerados “educativos” o de “alta cultura”, como leer libros, ir a museos

191
o conciertos, y asistir a exposiciones de fotografía (ver especialmente Gayo, Teitelboim y
Méndez, 2013, 2016). En las clases medias altas el consumo de esos bienes culturales sobresale
en comparación con las actividades que predominan en los otros grupos sociales, como el
consumo de radio, televisión, espectáculos deportivos y circenses, de modo que se impone
una frontera entre “alta” y “baja” cultura. Estas investigaciones plantean que lo importante
es que la propia conformación de una clase media alta pasa por el consumo de bienes de
los cuales los estratos populares se alejan, lo que crea una barrera cultural y simbólica. Es
decir, el consumo cultural es un soporte de distinción entre dos Chiles. En menor medida,
pero igualmente segmentando a la población, aparecen el consumo de Internet y de redes
sociales (Gráfico 10).

GRÁFICO 10 ¿Con qué frecuencia usted ocupa…? (% de aquellos que dicen “todos los días” según clase social)

%
90 84
80 78

70 69
67

60
53 51
50
40
30 28 27

20
10
0
Clases bajas Clases medias bajas Clases medias Clases medias altas
Internet Redes sociales en internet (Facebook, Twitter, etc.)

Fuente: Elaboración propia a partir de encuesta PNUD-DES 2016.

El Estado y los servicios públicos

No hay duda de que existen soportes públicos a los que los individuos recurren para llevar a
cabo sus proyectos, aunque la conciencia de su función es muy distinta según los distintos
estratos.

En las vidas de las personas de clases bajas el Estado está presente de muchos modos. Por
un lado, se desarrollan intensas relaciones con los servicios públicos como el consultorio,
la municipalidad o la escuela pública. En especial, el municipio es la entrada al mundo de la
oferta pública, y en casos extremos, una institución de la que se depende fuertemente. Así,
para Ernestina, quien trabaja en un puesto facilitado por la municipalidad, esta repartición es
como la “familia” que nunca tuvo, gracias a la cual ha conseguido trabajo y apoyo económico.
Dice, en tono irónico: “A Dios no le pido nada, para eso voy a la muni”.

192
En su rol de dirigenta de una villa de la Región Metropolitana, también actúa como la
interlocutora de sus vecinos para conseguir bienes materiales, acceso al sistema de salud
más expedito y paseos de recreación, entre otros beneficios. Para biografías afectadas por
la precariedad e informalidad, los municipios en general cumplen una función importante
no solo en términos de asistencia sino también de abrir espacios de reconocimiento (donde
las personas se sienten escuchadas, atendidas, valoradas) frente a las condiciones adversas
que viven.

La contracara de esta dependencia es una densa red clientelar cuyos actores tejen una trama
de favores (como acceso más rápido a los bonos o puestos en las ferias), con apoyo político
territorial. Los dirigentes de las villas articulan esas redes de intercambio, que se intensifican
en tiempos electorales, con el alcalde o el diputado de la zona (Arriagada, 2013). Es decir,
los lazos y redes que se construyen en torno de los municipios pueden entenderse como
grandes soportes para “sobrevivir” en contextos de pobreza, pero también, especialmente
para un observador externo, como redes clientelares que erosionan el sistema democrático,
en la medida en que el voto estaría relacionado con los favores o beneficios concedidos o
prometidos.

No es la única interpretación en torno del soporte público. Para otros, la relación con el
municipio o el Estado puede tener un carácter conflictivo. En el capítulo sobre el trato social
se observará que a más bajo estrato social crece la proporción de personas que dicen que
los funcionarios públicos las han discriminado o menoscabado. Claramente, las personas
de clases bajas asisten más a los establecimientos públicos, y en la medida en que los fun-
cionarios deben mediar entre las carencias institucionales y las expectativas de las personas,
se producen tensiones. De hecho, aquellos que usan los servicios públicos oscilan entre la
posibilidad de “exigir” (el cumplimiento de un derecho) o “pedir” algo. Cuando recurren al
lenguaje de la exigencia se enfrentan a la irritación de las jerarquías públicas, especialmente
de aquellos funcionarios que deben atender múltiples demandas y procesos burocráticos. En
cambio, cuando va a “pedir” algo el individuo acepta el rol de dependencia, al punto a veces
de asociarlo a un sentimiento de menoscabo (“no me gusta andar pidiendo favores”). Por
ejemplo, una de las expectativas de Yolanda, esposa de un obrero de la zona sur de Santiago,
es que sus hijas no vayan a pedir a la municipalidad:

Yo lo único que quiero es que mis hijas estudien, tengan sus estudios, y que sean alguien
en la vida el día de mañana y que no tengan que depender de los demás, ni del gobierno
ni del Estado ni de las municipalidades, que tengan que andar haciendo fila en la muni
pa’ pedir.

Esta idea de “no depender de nadie” o de valerse por uno mismo se conecta con la narrativa
del esfuerzo personal. Muchas personas de las clases medias bajas dicen que “nadie les ha
regalado nada”. De hecho, este estrato percibe una gran diferencia entre ellos, que se las
arreglan solos, y aquellos estratos más bajos que “abusan” de los servicios públicos y reciben

193
bonos y beneficios. Pero también es notorio que muchos de los entrevistados de clase media
baja habían recibido apoyo del Estado, e incluso habían ocultado información para poder
recibirla, ya fuera para tener acceso a la educación de sus hijos o para conseguir beneficios
habitacionales. Lo cierto es que el Estado tiene un gran papel en la vida de estos sectores,
sea en las prestaciones de salud, los subsidios habitacionales o la educación gratuita.

En el capítulo sobre la redistribución de ingresos y la seguridad social se examina con atención


la forma como el Estado mitiga –o reproduce– la desigualdad. En cuanto a las narrativas per-
sonales, el tema es muy ambivalente; por un lado, reconocer el apoyo del Estado es contrariar
el principio narrativo que organiza las historias de vida, que es el esfuerzo individual; por
otro, al recalcar que nadie les ha regalado nada también expresan una demanda por mayores
y mejores seguridades en tanto derechos universales (su irritación y miedo por sus futuras
pensiones, la esperanza de una educación de calidad para sus hijos). Se invisibiliza al Estado
para dar coherencia a la narrativa personal y para distinguirse de aquellos que “abusan” de
los bonos y no se esfuerzan, pero el Estado emerge con las demandas por mayor seguridad,
especialmente cuando aparecen los miedos por venir.

Si en las clases medias bajas hay cierta ambivalencia al respecto, en la clase media se tiende
a despejar, ya que la distancia percibida de los servicios públicos es mayor: estiman que no
forman parte de la población que recibe ayuda de la seguridad social (“a nosotros nadie nos
apoya”, “para nosotros no hay subsidios”). Como muestra la pregunta de la encuesta pnud-
des 2016 en el Cuadro 4, las personas clasificadas según su ocupación como “clases medias”
son aquellas que más creen que la clase media no recibe ayuda del Estado.

CUADRO 4 “La gente de clase media recibe ayuda del Estado” (% de acuerdo)

Clases bajas Clases medias bajas Clases medias Clases medias altas
Sí 39,4 37,4 27,4 39,4
No 53,5 57,7 71,2 53,5
NS/NR 4,2 4,9 1,5 4,2

Fuente: Elaboración propia a partir de encuesta PNUD-DES 2016.

Finalmente, en los sectores más altos se aspira a acceder a servicios privados, especialmente en
los ámbitos de la salud y la educación. Como se verá en detalle en el capítulo sexto, en estas
clases (junto a aquellas personas que se identifican como de centroderecha) esa aspiración
se juzga legítima porque se percibe que los servicios privados del mercado son de mayor
calidad. Sin embargo, en la medida en que las personas de clases medias altas deben pagar
mayores impuestos a la renta en comparación con los otros grupos, el costo de mantenerse
fuera del sistema público y a la vez pagar tributos por bienes que no utilizan podría generar
una tensión en el largo plazo, ya sea para demandar menores impuestos o mejores bienes
púbicos (por ejemplo, universidades gratuitas, carreteras sin cobro o mejores servicios de
seguridad ciudadana).

194
A modo de cierre
Las trayectorias de vida y los soportes examinados en este capítulo muestran que las actuales
posiciones sociales se miran a la luz de los cambios del país, y que la distribución de recursos
económicos, educacionales y culturales moldea efectivamente modos de vida diferentes.
Chile ha cambiado enormemente en los últimos años, y la mayoría de los entrevistados
percibe que el progreso del país permitió dejar atrás la miseria más cruda. Para aquellos
que crecieron en los años setenta y ochenta, el recuerdo de la precariedad económica en sus
infancias y juventudes contrasta con el tiempo actual (quizá entrevistas a generaciones más
jóvenes sugieran otras imágenes y trayectorias).

La gran mayoría de los relatos se organiza en torno de la idea del esfuerzo personal, una cate-
goría moral crecientemente asociada a sentirse parte de la clase media. La idea de que Chile
es un país de clase media implica haber dejado atrás épocas de miseria, y también una lucha
cotidiana por “no caer” o no “volver atrás”. Este sentimiento generalizado de pertenencia
al estrato medio se vincula, además, a la educación como el gran proyecto de movilidad y
progreso para la mayoría de las personas. La idea de que los hijos lleguen a ser profesionales
ha sido por décadas una imagen asociada a la seguridad de la clase media.

No obstante, esa imagen de la clase media como una posición social que asegura estabilidad
y seguridad está ausente como autopercepción en la gran mayoría de la población. Tener una
buena educación o un buen salario, trabajar lo justo y necesario, vivir en un barrio seguro,
sentirse tratado en forma digna, sentir seguridad por el futuro personal o de los hijos son
evaluaciones en que la mayoría no se reconoce. Cuando se examinan esas dimensiones, las
personas dejan de identificarse hacia “arriba” y más bien prima la sensación de ser de clase
media “para abajo”. Por eso, si la mayoría de la población estima que Chile es desigual en
algún aspecto es porque piensa que solo los grupos altos tienen muchas de esas dimensiones
solucionadas. La desigual distribución de los soportes sociales confirma esos juicios.

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1 Para conocer las transformaciones que ha experimentado el país en distintas dimensiones, ver entre muchos otros Araujo
y Martuccelli (2012a, 2012b); Drake y Jaksic (1999); Garretón (2000, 2014); Martínez y Díaz (1996); Moulian (1997);
PNUD (2002); Valdés y otros(2006).
2 Las entrevistas las realizaron miembros del equipo de investigación en 2016. Se contactó aleatoriamente a las personas selec-
cionadas para cumplir con una muestra estructurada en estratos sociales. La muestra contiene la misma cantidad de mujeres
que de hombres. Todos los nombres citados en este capítulo son seudónimos, y todos los entrevistados firmaron cartas de
consentimiento informado en las que autorizan el uso del material en forma anónima.
3 Ver al respecto Pérez-Ahumada (2015).
4 A los encuestados se les pidió que evaluaran su posición económica del 1 al 10; luego, que indicaran cuál era la situación
de su hogar cuando tenían quince años, y enseguida qué posición creían que podrían alcanzar sus hijos a la edad de los
encuestados.
5 El término “tipo ideal” se refiere, en el sentido dado por Weber (2014 [1922]), a las elaboraciones conceptuales de datos
empíricos que sintetizan y diferencian partes de un mismo fenómeno.
6 Si bien la muestra de las entrevistas no integró casos de clases bajas del sector rural, esta es la misma cláusula evaluativa que
aparece en las entrevistas con padres del sector agrícola en el trabajo de Ximena Valdés y Loreto Rebolledo (2015: 10): “Esta
orientación al logro de la educación se ha incorporado plenamente como aspiración de un tipo de familia que persigue lograr
movilidad social por esta vía bajo el lema compartido entre sus padres ‘para que no sean como uno’”.
7 La figura se basa en el análisis de Gergen (1988) sobre trayectorias narrativas. Ver una aplicación similar en Silva (2015).
8 En la segunda parte del capítulo, al revisar el consumo y el crédito como soporte, se verá que solo a partir de esta clase hacia
arriba más de la mitad de las personas siente que puede contar con el apoyo de instituciones financieras para sus proyectos.
9 Según la encuesta PNUD-DES, el 75% de la clase media alta se considera católica; ver para este tema Thumala (2007).
10 Las múltiples dinámicas familiares y la transformación de la familia, la disminución del número de hijos, los arreglos pragmá-
ticos entre hombres y mujeres para conciliar trabajo y familia, las tensiones en su seno, las nuevas demandas de horizontalidad
de parte de los hijos, son todos temas que sobrepasan el alcance de este capítulo. Ver Araujo (2014), Araujo y Martuccelli
(2012b), PNUD (2009, 2010), Valdés y otros (2006).
11 Esto también impacta en la construcción de representaciones de clase y género que se da en los grupos familiares de estos
estratos. Especialmente en los sectores de clase alta se ven mujeres –normalmente de piel más oscura– con uniforme cuidando
niños. En este caso los soportes sociales moldean las configuraciones de sociabilidad y las representaciones de las clases.

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