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The Breakaway

Naomi ha sido secuestrada y se encuentra herida en una habitación de motel. Su secuestrador, Jesse, le pregunta sobre lo que recuerda de la noche anterior, cuando fue atropellada en un estacionamiento. Naomi solo recuerda ver luces amarillas, pero no puede proporcionar más detalles. Jesse parece ansioso por saber más información. A pesar de su situación peligrosa, Naomi nota que Jesse sostiene un libro de poesía y parece tener un lado más suave.
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Temas abordados

  • cuidado,
  • recuerdos,
  • cuidado de sí mismo,
  • soledad,
  • cuidado romántico,
  • trauma,
  • futuro,
  • miedo,
  • confianza,
  • manipulación
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The Breakaway

Naomi ha sido secuestrada y se encuentra herida en una habitación de motel. Su secuestrador, Jesse, le pregunta sobre lo que recuerda de la noche anterior, cuando fue atropellada en un estacionamiento. Naomi solo recuerda ver luces amarillas, pero no puede proporcionar más detalles. Jesse parece ansioso por saber más información. A pesar de su situación peligrosa, Naomi nota que Jesse sostiene un libro de poesía y parece tener un lado más suave.
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  • manipulación

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El siguiente material es una traducción realizada por fans para fans.

Beautiful Coincidence no recibe compensación económica alguna por este


contenido, nuestra única gratificación es el dar a conocer el libro, a la
autora y que cada vez más personas puedan perderse en este maravilloso
mundo de la lectura.

Si el material que difundimos sin costo alguno está disponible a tu alcance


en alguna librería, te invitamos a adquirirlo.

2
Página
Agradecimientos
Dirección de Traducción
Liseth Johanna

Traducción e Interpretación
Ana_rmz Leon

Apolineah17 Liseth Johanna

Bella Little Rose

Femme Fatale Scherezade

[Link]

Corrección de Estilo
Femme Fatale

Lectura Final
Femme Fatale

Diseño de Imagen
Femme Fatale
3
Página
Índice
Michelle Davidson Argyle XVIII Octubre

Sinopsis XIX Noviembre

I Febrero XX Diciembre

II XXI

III XXII Enero

IV XXIII

V XXIV

VI Marzo XXV

VII XXVI

VII XXVII

IX Abril XXVIII

X Mayo XXIX

XI XXX

XII XXXI

XIII Junio XXXII

XIV Julio XXXIII

XV Agosto XXXIV

XVI Septiembre Pieces

XVII
4
Página
Michelle Davidson Argyle

M
ichelle vive y escribe en Utah, rodeada por las Montañas Rocosas. Ama
las estaciones, pero finales de verano y principios de otoño son sus
favoritas. Adora el chocolate, sushi y muchas comidas étnicas, y ama leer
y escribir libros en cualquier momento que pueda tomarse entre su esposo espada en
mano y enérgica hija. Ella cree que una vida simple es la mejor vida.
5
Página
Sinopsis

C
uando Naomi Jensen es secuestrada, a sus padres le toma dos días darse
cuenta que está perdida. Escaparse no está muy arriba en su lista de
prioridades cuando todo lo que tiene para regresar es un novio abusivo y
padres que nunca le prestaron mucha atención. Por primera vez en su vida es parte
de una familia, incluso si es una familia de criminales. Pero aun así es una cautiva.
En un desesperado intento de ganar algo de control sobre su vida, Naomi se embarca
en un peligroso plan para hacer que uno de sus secuestradores crea que está
enamorándose de él. El plan funciona demasiado bien, y cuando se ve enfrentada a la
oportunidad de escapar, Naomi no está tan segura de querer aprovecharla.

The Breakaway #1

6
Página
I
Febrero

E
l secuestrador mirando a Naomi sostenía un libro de poesía contra su pecho.
Ella no sabía qué estaba haciendo con la poesía, pero aquello fue la primera
cosa que llenó su esperanza de permanecer con vida.

—Soy Jesse —dijo él, y se inclinó para tocar su brazo. Sus manos eran pequeñas, pero
a supuso que era más fuerte lo que parecía—. ¿Cómo te sientes? ¿Mareada?
¿Enferma?

Ella se tensó. ¿Por qué le importaba cómo se sentía?

—Mareada no —dijo lentamente. Su lengua estaba seca, y su voz era rara en medio
de un vago tintineo en su cabeza, como el sonido de una campana amortiguada—.
No lo sé. Pensé que estaba en casa. Pensé…

Unas cuantas cosas regresaron a su memoria; neumáticos chirriando, oscuridad, el


olor a cuero. Ahora sentía una aplanada almohada para nada familiar bajo su cabeza.
Olía a cabello sucio. Detestaba ese aroma, y contuvo el aliento. Hasta este momento,
su vida había sido simple. O al menos eso había pensado. Ahora todo se sentía al
revés.

—No te haré daño si haces lo que te diga —dijo Jesse, presionando su antebrazo con
su pulgar. Con su otra mano, apretó más el libro, si eso era posible. Naomi hizo una
mueca ante su toque. Quería que le quitara la mano de encima, pero no se atrevió a
oponer resistencia. El lado tranquilo de su cerebro tomó el control. Le dijo que se
quedara quieta, que hiciera lo que le dijeran, y una oportunidad de escaparse vendría
después. Siempre había una oportunidad de que las cosas sucedieran luego.
7
Página

Apretujó el cubrecama mientras miraba a su alrededor. La luz del sol se filtraba a


través de un espacio en las cortinas al otro lado de la habitación. Había una porción
de cielo azul, autos estacionados. Estaba en un motel. Su corazón se aceleró e hizo
que el tintineo en su cabeza se elevara. ¿Qué le harían aquí? No quería pensar en eso.
No podía. Apartó la idea y se enfocó en el momento.

Jesse curvó dos dedos más alrededor de su brazo.

—¿Qué viste en el estacionamiento anoche?

—¿Estacionamiento? —Lo miró a los ojos, esperando encontrar una respuesta. Todo
lo que encontró fue un hermoso verde. Era una sorprendente combinación con su
corto cabello marrón cobrizo. Eso fue inesperado, como la poesía. ¿Qué clase de
secuestrador leía poesía? Era la única cosa a la que podía aferrarse: una delicada flor
en medio de un campo quemado de hierba.

»¿Te refieres al estacionamiento afuera de la ventana? —preguntó. No tenía idea de a


qué se refería al preguntarle qué había visto. ¿Qué día era? ¿Viernes? Había ido a la
escuela, hecho su tarea, pasado la mayor parte de la noche con su novio, Brad. Sus
sábanas habían olido a su colonia, tan fuerte que pensó que él podría haber
derramado la botella. Cuando se quejó, él la besó. Luego la besó un poco más. Una
cosa llevó a la otra. No había terminado su tarea, se dio cuenta. Habían caminado al
parque a las dos de la mañana, Brad llevando su equipo de cámaras.

—Piensa —urgió Jesse—. Necesito saber qué recuerdas. Intenta, por favor.

¿Por qué no la dejaba en paz? No quería hablar o pensar. Se tocó la base del cráneo.
Una delicada herida. Copos rojos en sus dedos. Su cabeza debió haber golpeado algo
con fuerza. Parpadeó y se dio vuelta para sentarse, gruñendo cuando el dolor se
disparó a través de sus brazos y piernas. Había heridas dolorosas por todas partes.
Ninguna dolía tanto como la que tenía en el rostro. Sabía qué había causado esa.

Jesse retrocedió cuando ella dejó salir un chillido y volvió a caer en las almohadas.

—¿Qué me pasó? —gimoteó—. ¿Qué me hiciste? —Estiró el cuello para encontrar la


puerta del motel. Estaba al otro lado de la cama, rogándole que corriera.

—Dime lo que recuerdas. —Él estaba empezando a lucir enojado.

¡No recordaba nada! Debería estar en un hospital, o al menos en su propia cama.


Debería estar en los brazos de Brad. Su cama era familiar, su abrazo reconfortante y
protector, hasta anoche. No, fue antes. Levantó una mano hacia su mejilla izquierda.
Todavía no podía creer que él lo había hecho.
8
Página
—Empieza a hablar —ordenó Jesse. Obviamente estaba perdiendo la paciencia.
Naomi levantó la mirada, buscando en su mente cualquier fragmento de memoria
frenéticamente. ¿La lastimaría si no decía nada en este mismo instante? Ella mantuvo
su mente enfocada en la poesía. Un lado extraño. Un lado suave.

—El parque —dijo, recordando un bosquecillo de árboles negros de eucalipto,


borrosos a través del velo de la niebla. Brad recostado contra un árbol con sus manos
metidas en los bolsillos—. Estaba tomando fotográficas.

Recordaba entornar la mirada en los lentes de su cámara, decidiendo qué exposición


debería usar para capturar la niebla rodando por el bosquecillo.

—Quería ir a casa, así que corté camino a través del estacionamiento.

—¿Y?

Botes de basura se veían a través de la niebla. De la nada, un conjunto de borrosas


luces amarillas chocaron contra ella.

—Un auto.

—¿Qué clase de auto? —La voz de él era más urgente.

—No lo sé. Solo recuerdo las luces. F-fui atropellada, ¿cierto?

—¿Estás segura de que eso es todo lo que viste? ¿Ninguna placa? ¿Marca o modelo
del auto? ¿Nada más?

—Nada. —Miró el libro. Seamus Heaney, un poeta que había estudiado el mes
pasado en su clase de inglés avanzado. Eso era extraño. Nada de esto parecía correcto.
Quería hacerse una bola y esconderse, pero en su lugar miró el rostro de Jesse. La
barba incipiente en su mandíbula era mucho más rojiza que su cabello. Estaba sucio
y desarreglado, no parecía mucho mayor que ella, quizás en sus veintitantos. Duro.
Peligroso. No se veía como alguien que leyera poesía.

—¿Te gusta leer? —preguntó él.

Ella juntó sus labios, lanzando su atención hacia la puerta. Él estaba distraído. Esta
era su oportunidad.

Saliendo de la cama, ignoró el dolor y corrió a la puerta. Su cuerpo fue fluido y


fuerte, su mente instantáneamente concentrada. Se estiró por el pomo, pero Jesse fue
9

demasiado rápido. La tiró al piso tan fuerte que ella gritó. La rasposa alfombra
Página

apestaba a humo de cigarrillo.


—¡Maldita sea! ¡Dije que no quería hacerte daño! —Agarró sus hombros y tiró de
ella para ponerla de pie, sus manos sorprendentemente gentiles comparadas con lo
duro que ella había esperado que fuera su secuestrador. Se concentró en la puerta,
sintiendo sus rodillas rendirse mientras se esforzaba por apartarse.

—Déjame. ¡Ir! —Su voz salió más fuerte de lo que pensó. Su garganta se inflamó
como si estuviera llena de algodón.

Envolviéndola en un abrazo, Jesse la mantuvo de pie. Su pecho olía a colonia vieja y


sudor. Era similar al olor de Brad después de que terminaba de ejercitarse en el
gimnasio, y casi se atragantó al darse cuenta de que podría no verlo jamás. O quizás
era algo más. Ese olor podría hacerla hacer lo que fuera que le dijeran.

—¿Dejarte ir? No, no, no podemos hacer esto. —La condujo a la cama, pero ella no
puso resistencia. No podía. Estaba floja y pesada como una toalla húmeda que jamás
se secaría—. Quédate aquí en la cama. —La ayudó a recostarse en las sábanas de
diseño floral y recogió su libro de poesía que había dejado caer—. Eric te matará si
intentas huir de nuevo.

¿Matarla? No lo había dicho sarcásticamente, y le creía. Una mancha de sangre seca


teñía la almohada. Contuvo el aliento mientras apoyaba su mejilla en esta. Jesse se
sentó en el lado opuesto de la cama para observarla. Luchó contra la desesperada
urgencia de hacerse bola y llorar, pero era demasiado tarde. Las lágrimas ya estaban
formándose. Una fría brisa de aire desde el otro lado de la habitación la hizo saltar.
La puerta se cerró. Oh, mierda. Probablemente ese era Eric.

—¿Está despierta?

Jesse asintió mientras un hombre caminaba entre las camas. Sus jeans estaban sucios
y arrugados alrededor de las rodillas.

—No recuerda nada, Eric. Parece que todo esto fue por nada.

—¿Qué? —Eric se inclinó para mirarla al rostro. Tenía oscuros ojos marrones. Su
boca estaba formando una tensa línea—. Siéntate.

Ella obedeció y apretó sus rodillas contra su pecho. Él era mayor que Jesse. Supuso
que tenía cuarenta. La cosa más rara de todas era lo agradable que lucía, casi guapo.
Estaba presentable, excepto por la barba incipiente de su mandíbula. Sus gruesas
patillas cuidadosamente recortadas parecían cuchillos.
10
Página

—¿Qué viste en el estacionamiento? —preguntó él.


Era difícil hacer que su voz saliera. Estaba segura de que él quería una respuesta
específica. Quería que ella dijera algo sobre el auto y las farolas.

—No recuerdo mucho —dijo, y levantó la mirada justo cuando su puño encontraba
su mejilla. No había esperado eso.

—¡No tienes que golpearla! —escuchó a Jesse gritar mientras su cabeza colisionaba
con el cabezal. Contuvo el grito atado dentro de su garganta. Si lo dejaba salir, la
golpearía de nuevo, estaba segura de ello.

»Dijiste que no le harías daño. —Jesse miró a Eric sombríamente.

—Cállate.

Naomi presionó dos dedos contra su mejilla adormecida. Su rostro se sentía roto. No
estaba segura de si estaba llorando. Tenía que mantenerse en calma y darles lo que
querían. Esa era la única forma de salir de este lío. Si había forma de salir de ello sin
conseguir que la mataran.

—Como el infierno que no te acuerdas. —Eric curvó su labio superior en un


gruñido—. Incluso si no es así, no importa ahora. Nos has visto. —La empujó fuera
de la cama, más allá de Jesse, y hacia el baño.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Jesse.

Eric bajó la mirada hacia el libro de poesía todavía en la mano de Jesse.

—Bota el maldito libro y ayúdame. Trae las tijeras. —Envolvió una fría mano
alrededor del cuello de Naomi y la inclinó contra el lavabo con un fuerte empujón.
Sus lágrimas cayeron en el lavabo de porcelana. Estaba llorando. Genial. Ahí
quedaba lo de permanecer valiente. Por supuesto, jamás había pensado en sí misma
como alguien particularmente valiente. Esta no era una situación en la que brillaría.

Su labio estaba sangrando, convirtiendo sus lágrimas en rosadas mientras estas se


deslizaban por el drenaje. Se preguntó por qué estos hombres no la mataban
simplemente. No era que quisiera que lo hicieran, pero mantenerla viva significaba
que iban a hacer algo con ella, y eso era en lo que no quería pensar con
absolutamente ningún detalle.

—Aquí. —Jesse entró al baño y le pasó un par de tijeras de oficina a Eric, de las que
tenían un brillante mango anaranjado. Su papá tenía un par de esas en su oficina.
11

Recordaba cortar su propio cabello con estas cuando tenía seis. Su niñera la había
Página

nalgueado tan fuerte que no pudo sentarse por el resto del día.
Eric le arrebató las tijeras a Jesse y tiró de la cabeza de ella más abajo. Dividió su
cabello a la mitad. Estaba tan largo que se enrolló en la cuenca del lavabo como dos
serpientes doradas. Se quedó mirándolo, de alguna manera aliviada. Al menos no
estaba planeando apuñalarla. Eso esperaba. Repitió la misma frase en su cabeza una y
otra vez: permanece en calma, permanece en calma, permanece en calma. Su cuerpo
se relajó.

—No —dijo Eric cuando las rodillas de ella se bambolearon y su cuerpo se puso flojo.
La empujó contra el mostrador antes de que se cayera.

—Lo siento —murmuró ella en el lavabo. La poca determinación que le quedaba se


estaba desenmarañando rápidamente y no podía envolverla de nuevo lo
suficientemente rápido. Todo lo que quería hacer era acurrucarse en una bola y
llorar.

Él terminó la primera sección con cuatro cortes y se movió al otro lado. Tiró. Estiró.
Obviamente, nunca antes había cortado cabello. Cuando agarró sus hombros y la
forzó a enderezarse, se miró.

Su cabello se había ido. Lo había cortado a unos cuantos centímetros por encima de
sus hombros. Ella agarró el mostrador tan fuerte que pensó que sus dedos podrían
partirse. ¿Qué era esto? ¿Por qué? ¿Por qué todo esto?

—Quítate el suéter.

Después de limpiar lo último que quedaba de la sangre de sus labios, se sacó su suéter
con capucha. Era el que Brad le había comprado en el centro comercial un año atrás.
Se lo pasó, esperando que no le pidiera que se quitara nada más. Enloquecería si lo
hacía. Si Brad alguna vez se encontraba a este hombre, le rompería el cuello.

—Quítate los aretes.

Ella levantó una mano hacia su oreja.

—¿Por qué?

—Porque yo lo digo, por eso. —Él se inclinó hacia adelante y escupió las palabras.

Los aretes eran un regalo de Navidad de sus padres. O lo que ellos querían llamar
regalo, llevándola a la joyería dos días antes de las fiestas para que los escogiera. Dos
topos de diamantes, de un quilate cada uno. ¿Había sido secuestrada para pedir un
12

rescate? Sus padres tenían mucho dinero, pero eso no parecía ser lo que querían estos
Página

hombres.
Eric deslizó los aretes en su bolsillo.

—Sería malditamente mucho más fácil matarte, pero no quiero hacer esto si no
tengo por qué. —Se encogió de hombros—. Es tu elección. Si intentas escapar, te
mataré. Si quieres vivir, quédate con nosotros y haz exactamente lo que te decimos.

Ella dio un paso atrás.

—No eres una luchadora —dijo, frotándose los nudillos de la mano con la que la
había golpeado—. Eso es bueno.

El resto de su fuerza se desenredó cuando se dio cuenta de la verdad de lo que él dijo.


Por supuesto que no era una luchadora. Si lo fuera, ya lo habría pateado en las
pelotas, o golpeado su codo contra su estómago, o mordido su brazo. Cualquier cosa
excepto hacer lo que él decía. Bajó la mirada.

Él llenó un vaso de plástico con agua y puso dos píldoras en el mostrador.

—Tómate esas.

Eran azules y redondas, amargas y agrias en su lengua cuando las tragó. Se convenció
a sí misma de que solo eran para hacerla dormir porque no tenía ningún rastro de
voluntad para resistirse. Dio otro paso atrás y miró el inodoro. Necesitaba orinar.

—¿Necesitas hacer?

Asintió, y cuando no se no movió, se dio cuenta de que iba a quedarse ahí todo el
tiempo. Él se aclaró la garganta y se dio la vuelta.

¿Podía hacer esto? Tenía que hacerlo.

Desabrochándose los pantalones, los bajó y se sentó en el inodoro, su rostro


calentándose más con cada segundo. Su orina golpeando el agua era el sonido más
fuerte y vergonzoso que había escuchado alguna vez. Cerró los ojos con fuerza. Se
sentía desnuda. La única persona que alguna vez la había visto desnuda aparte de su
niñez era Brad, y ahora este hombre idiota podía darse vuelta y verla orinar y no
había nada que ella pudiera hacer al respecto. ¿Dónde estaba Brad? ¿Qué había
sucedido? ¿Por qué ir al baño estaba tomando tanto tiempo? Al menos el hombre no
estaba mirando. Su nombre era Eric. ¿Estaba mal pensar en él por su nombre?
¿Cuánto tiempo tendría que hacer eso?
13

Finalmente, terminó.
Página
—Terminé —dijo después de abrocharse los pantalones. Tiró de la cadena del
inodoro.

Él la condujo de vuelta a la cama.

—Acuéstate y quédate quieta. —La observó trepar bajo las sábanas y hacerse una
bola.

En la otra cama, Jesse levantó la mirada de su libro. Naomi cerró sus ojos y se dio
vuelta para no verlo antes de que pudiera decidir si su expresión compasiva era
bienintencionada o no. Al menos no la habían atado, pero ¿qué le harían una vez que
estuviera dormida? Se abrazó a sí misma y respiró lentamente por lo que parecieron
horas. Una pizarra en blanco. Tenía que empujar su mente a algún lugar seguro,
algún lugar vacío. Entonces los hombres empezaron a hablar.

—¿Cuánto conseguiste? —preguntó Jesse.

—Tres de cincuenta. Mejor de lo que pensamos. Tu amigo dice que hay presión por
oro al otro lado. Iremos a casa esta noche una vez que las pastillas la pongan a
dormir.

Sus palabras estaban empezando a sonar como un farfullo y a desvanecerse en su


cabeza. Genial. ¿Por qué ahora cuando podría tal vez escuchar algo útil en su
conversación? Probablemente no recordaría nada de esto. Estúpidas pastillas.
Debería haber pretendido tragarlas, pero parte de ella quería dejarse ir y nunca
despertar.

—¿Tienen todo listo? ¿Estás seguro de que quieres seguir con todo esto?

—Claro que estoy seguro. Le dejé la elección a Evie, y esto es lo que quiere. Saldrá
bien. Es mi propia maldita culpa. No la vi con toda esa niebla hasta que fue
demasiado tarde, ¿y quién demonios sabe si está diciendo la verdad? —Se aclaró la
garganta y sonó como un tren destrozado en la cabeza de ella a través de las drogas
que le había dado—. Tendremos que limpiar aquí antes de irnos. Huellas, cabello,
todo. No podemos dejar nada tras. Ella ya está en todas las noticias. ¿Ya se quedó
dormida?

Una mano la tocó en el brazo. Su cuerpo saltó, pero no pudo abrir los ojos.

—Ya casi.
14

La mano permaneció en su codo, cálida y presionando. Se deslizó por su piel, una


Página

caricia suave y temblorosa. Luego se desvaneció.


II
K
aren Jensen amaba su oficina. Amaba los gruesos volúmenes de derecho
encuadernados en piel alineados perfectamente en la estantería. Amaba el
olor a café desde el final del pasillo. Especialmente amaba las ventanas
detrás de su escritorio con vistas de la ciudad y el océano más allá. A menudo estaba
oscuro cuando se iba a trabajar temprano en las mañanas y siempre oscuro cuando
volvía a casa tarde en la noche. El tráfico se movía despacio, pero estaba tan ajena a
eso que era imposible que le molestara. Anna, su secretaria, siempre le hacía saber de
antemano si había un accidente o una construcción y qué ruta la llevaría más rápido
a casa. Anna era un salvavidas.

Esta mañana cuando Karen entró en su oficina y encendió la luz, sintió que algo
estaba mal. Anna ya había llegado. Eso era raro; generalmente no se aparecía hasta
las nueve. Karen miró su reloj. Solo eran las ocho. Se asomó dentro de la oficina
anexa donde Anna estaba encorvada sobre su escritorio, una mano apoyada en su
barbilla mientras dormitaba frente a su computadora.

—Anna, ¿qué estás haciendo?

La chica saltó y dio la vuelta en la silla.

—¡Karen!

Anna estaba en los veintiocho, era delgada, alerta y extravagante; un soplo de aire
fresco cada vez que Karen a miraba. La chica podía hablar más rápido que un
trompo, pero a Karen le gustaba eso. Le gustaba su cabello castaño salvajemente
rizado y sus dramáticos ojos color avellana que parpadeaban como dos polillas
tratando de encontrar su manera de salir de la habitación.

Hoy, sin embargo, Anna parecía cualquier cosa menos extravagante. Oscuros
círculos se hundían debajo de sus ojos. Su cabello estaba lacio.
15

—Karen —repitió y rodó su silla de vuelta a su escritorio. Su rostro drenado de color


como si estuviera viendo un fantasma—. ¿Qué estás haciendo aquí? Creí que no
Página

regresarías en semanas, o hasta que Naomi sea encontrada. Pensé…


—Olvida lo que pensaste. —Karen agitó su mano—. No hay nada que pueda hacer
por Naomi ahora mismo. Los detectives están en el caso. La prensa está teniendo un
día de campo, y tengo clientes con casos que no van a esperar solo porque tengo una
crisis personal sucediendo en segundo plano. Ya perdí el día de ayer.

—¿Crisis personal?

—Sí, ¿no se trata de eso?

Anna parpadeó.

—Sí, y deberías estar en casa.

—¿Haciendo qué? ¿Llorando? ¿Preocupándome? ¿Qué va a resolver eso? Anna, se


realista por dos segundos.

Karen enderezó sus hombros y trató de alejar sus pensamientos a la fuerza de la


mañana de ayer cuando Brad había aparecido justo antes del desayuno. Naomi estaba
desaparecida. Había estado desaparecida por dos días, pero Brad estaba demasiado
asustado como para decirle a alguien que no podía encontrarla. Había estado allí de
pie en el porche con sus manos metidas en sus bolsillos, su cabello rubio cayendo en
sus ojos mientras confesaba que había golpeado a Naomi en el rostro la noche
anterior a que despareciera, y quizás ese era el motivo de que estuviera desaparecida.
Karen sabía que su marido, Jason, probablemente le gritaría al chico por diez
minutos si escuchaba tal confesión, así que se mantuvo callada cuando él llegó a una
casa llena de oficiales de policía haciendo preguntas. Pero todo salió a la luz después,
de cualquier manera.

—Estoy siendo realista. —La voz de Anna interrumpió sus pensamientos.

Demasiado para no pensar en el día de ayer. Karen dio a Anna una mirada fría y se
dirigió a su escritorio. No tenía tiempo para esto. Se sentó en su silla y levantó la
mirada hacia Anna, quien parecía estar luchando con la urgencia de poner la mirada
malhumorada que por lo general reservaba para su exnovio cuando la llamaba al
trabajo.

—Anna —dijo en una voz calma, alisando las arrugas de su blusa y ajustando su
collar de perlas—. La policía está tratando de encontrar a Naomi. No hay nada más
que se pueda hacer ahora. Nos pasamos el día de ayer buscando en nuestra área con
la policía, y he contratado a mi propio detective privado para trabajar con ellos
16

también. He visto lo suficiente en el juzgado para saber cuán inútil es para mí


Página

involucrarme en la investigación ahora mismo. Solo sería un estorbo. Tan temprano


en este punto, ella podría aparecer en cualquier momento. Casi tiene dieciocho, y
solo quiere ejercer su independencia. Estoy segura de que eso es todo.

Anna cruzó sus brazos.

—Los primeros días de un caso de persona desaparecida son los más importantes, y
¿qué quieres decir con que es inútil involucrarte? Eres su madre.

—Sí, soy su muy ocupada madre con cinco clientes previstos para hoy. —Echó un
vistazo a su reloj—. Y debo estar en el juzgado en tres horas. Personas muy
importantes dependen de mí, Anna. —Le dio una mirada a Anna que decía
claramente déjalo pasar, luego apuñaló el botón de encendido de la computadora—.
Espero que te mantuvieras informada de todas las cosas ayer.

—Oh claro, me mantuve bien informada. —Anna desdobló sus brazos y giró sobre
sus talones, desapareciendo dentro de su oficina—. Miré tus correos —gritó cuando
se sentó en su escritorio donde Karen solo podía ver su espalda—. Revisé tus
mensajes de voz; había un montón de mensajes de personas preocupadas por Naomi,
y uno de tu hermana, Elizabeth. ¿No tiene tu número de celular?

—Nadie tiene mi número de celular excepto tú y Jason. Sabes que todas mis otras
llamadas son remitidas aquí.

—¿Ni siquiera Naomi? —Anna se dio vuelta en su silla, y fue entonces que Karen
notó su ropa arrugada y los cojines fuera de lugar en el sofá de cuero al otro lado de
la habitación.

—No, ni siquiera Naomi.

—¿Y si te necesita? ¿Cómo puede comunicarse contigo si no tiene tú número?

—Naomi nunca me necesita. ¿Dormiste aquí anoche?

Anna parpadeó.

—¿Anna?

—Sí, lo hice.

—¿Por qué dormirías aquí?

Su rostro se volvió escarlata cuando se paró de su silla.


17

—¿Por qué no dormiría aquí? Solo tuve a personas y reporteros viniendo cada cinco
Página

segundos preguntando por ti ayer. Solo traté de llamarte cinco mil millones de veces.
Solo me senté aquí muerta de preocupación desde que anunciaron en las noticias que
hubo un robo la noche en que ella desapareció a tres cuadras de tu casa. ¿Y si alguien
se la llevó, Karen? Eso es lo que están diciendo. Tú y tu esposo son dos de las
personas más prominentes en esta ciudad, y la están escondiendo bajo la alfombra.

Karen cerró sus ojos y obligó a que su mente regresara a un lugar tranquilo. Estaba
empezando a desmoronarse, y no podía dejar que eso pasara. Una mujer en su
posición tenía que permanecer fuerte. Su carrera dependía de eso. No iba a mostrar
remordimiento o culpa o nada sobre Naomi, y eso obviamente molestaba a Anna. El
problema era que Anna no podía posiblemente entender cómo funcionaba su
relación con Naomi. Abrió sus ojos y se puso de pie.

—Voy a ir a conseguir algo de café.

—Pero siempre consigo tu café.

—No hoy.

Karen se marchó de la oficina mientas frotaba un dedo entre sus ojos. ¿Era así como
iba a reaccionar todo el mundo? ¿Sorprendidos por su comportamiento? Los
reporteros ya estaban acampando cerca de la casa. Era solo cuestión de tiempo antes
de que se dieran cuenta de que se había escabullido para ir a trabajar. Estarían aquí
por la tarde molestándola con sus preguntas. Jason podría pasarlo mucho peor. Era el
CEO de una de las más grandes empresas del oeste de los Estados Unidos.

Agarró una taza del armario y la llenó de café. Lo necesitaba desesperadamente hoy.
Jason la había mantenido despierta toda la noche preocupándose por Naomi. Él se
preguntaba si debería volver al trabajo, si debería tratar de ayudar a buscarla más de
lo que ya había hecho, si era su culpa que ella se hubiera ido. Lo cual era ridículo.
Ella casi tenía dieciocho. Cuando Karen tuvo esa edad, había dejado a su familia,
emocionada por empezar su propia vida lejos de lo que apenas era un hogar. Aún
podía oler los macarrones con queso quemados que su hermana había tratado de
preparar en la cocina de su mugriento remolque y las grasosas hamburguesas que su
padre asaba afuera cada fin de semana hasta que caía la nieve. Su madre había
trabajado en una fábrica, y siempre que venía a casa se dejaba caer en el abultado
sofá y fumaba un cigarrillo tras otro hasta que Karen tenía que salir para poder
respirar. El único refugio era la escuela. En su techo tenía pegado un póster de
Harvard. Un día iría allí y se graduaría y viviría en una gran y limpia casa cerca del
18

océano.
Página
—Y eso es exactamente lo que hice —murmuró en su café. Marchó de regreso a su
oficina y se sentó. Anna aún estaba en su escritorio.

»Sé lo que estás pensando —dijo Karen, causando que Anna se diera la vuelta y la
mirara.

—¿Qué estoy pensando?

—Que soy una terrible persona por reaccionar de esta manera.

—Eso no es lo que…

Karen levantó una mano.

—Todo el mundo pensará eso, pero están equivocados. No entienden las presiones
con las que lidiamos Jason y yo… que tenemos que mantenernos en el ojo público.
Le he dado a Naomi todo lo que yo nunca tuve. Si ella es algo parecida a mí, no está
en ningún peligro. Solo necesitaba algo de espacio. Su novio la golpeó, y
probablemente piensa alejarse por un tiempo mientras le enseñará una lección.
Regresará en un par de días.

Anna se volvió a su computadora.

—Parece que ella tenía un montón de espacio antes.

No valía la pena responder eso. Karen no podía creer que estuviera perdiendo su
tiempo discutiendo con Anna. Había mucho por hacer el día de hoy. Se quedó
mirando la bandeja de entrada de su correo electrónico y parpadeó cuando la
pantalla se puso borrosa. Falta de sueño, eso era todo. Giró su silla de cara a las
ventanas detrás de ella mientras la cafeína de su café se filtraba en su sistema. El
océano estaba en calma más allá de la ciudad, al igual que ella. Mantendría la calma.
Incluso si Naomi estaba en verdadero peligro, mostrarle al público su miedo e
inseguridades no ayudaría a nadie. Nadie podía entender su relación con Naomi. Era
como una flor tratando de florecer. Si alguien la molestaba, moriría, al igual que su
relación rota con su propia madre había muerto. No dejaría que eso pasara,
especialmente con reporteros tratando de entrometerse en s vida.

Tomando un sorbo de su café, se volvió a su computadora.


19
Página
III
E
l aire olía a tocino. Naomi mantuvo sus ojos cerrados ante la luz del sol que
calentaba su rostro. Estaba cómoda debajo de una pesada colcha. Girando,
acurrucó su mejilla en una almohada suave.

Espera un minuto.

La habitación de motel. El libro de poesía.

Se sentó, su corazón martilleando. La habitación estaba principalmente vacía y


definitivamente no era una habitación de motel. Había una cama con dosel, una
mesita de noche, un tocador. La puerta estaba asegurada desde el otro lado. Había un
baño y un vestidor con ropa en perchas.

No estaba soñando. No podía estar soñando con tanto dolor. Tocó las puntas de su
cabello corto mientras las lágrimas saltaban a sus ojos. Parpadeó para alejarlas. Tenía
que pensar y mantener la cabeza fría. Primero que nada, ¿dónde estaba? ¿Estaba a
salvo, o a segundos del peligro?

Levantó la colcha de su cuerpo y miró sus pies desnudos. Habían quitado sus zapatos,
y no podía verlo por ningún lugar. Tocó su labio. Nada de sangre. La hendidura se
había cerrado. La herida en la base de su cráneo palpitaba, pero estaba limpia y
curándose. Habían cuidado de ella, y eso la asustaba más que cualquier otra cosa.
Tragó. Su garganta estaba reseca.

Temblando, se levantó de la cama y entró al baño donde se inclinó sobre el lavabo y


bebió directamente del grifo. Con el agua chapoteando en su estómago, se enderezó
para mirarse al espejo. No iba a encender la luz para ver más de la chica aterrada
devolviéndole la mirada. Lucía terrible. Su cabello estaba desparejo y dentado, ni
siquiera apto para una estrella de punk.

Dio un vistazo dentro de dos bolsas de compra en el mostrador. Cepillo de dientes y


20

pasta dental, hilo dental, un cepillo para el cabello y un peine, jabón y champú.
Incluso ropa interior. De su talla.
Página
Salió corriendo del baño a la ventana junto a la cama y tiró de la cortina. Allí estaba
duramente lleno de nieve en el suelo. La habitación estaba en un segundo piso de
una casa frente a una calle tranquila. Arces antiguos y pinos punteaban el vecindario
de casas lujosas y jardines paisajistas. Sus dedos rozaron el alfeizar de la ventana y
casi saltó ante lo que vio. Alguien había instalado una cerradura en el exterior. ¿Por
qué molestarse? Incluso si se las arreglaba para salir, la caída le rompería una pierna
o un brazo.

Así que querían mantenerla aquí como un animal enjaulado.

Sí, claro.

Corriendo a la puerta, tiró de la manija. Cerrado. Se arrojó hacia esta, golpeó, pateó,
pero no gritó. Ya estaba mareada. Estrellas blancas explotaron ante sus ojos.
Parpadeó y sacudió su cabeza. Más estrellas. Negrura. Sus rodillas de repente estaban
como gelatina. Iba a desplomarse en un montón en el piso si no lograba regresar a la
cama a tiempo. Todo lo que necesitaba era acostarse. Dos segundos.

Finalmente, se dirigió de regreso a la cama y se deslizó debajo de las cálidas mantas.


Su estómago se apretó. Hambre. Eso explicaba las estrellas, el agotamiento y el dolor
en su estómago. No había comido en días. Tal vez se rendiría por ahora.

Un reloj cerca del baño mostraba que eran las cinco. Se enfocó en la segunda mano
marcando su camino alrededor, alrededor, alrededor. Cerró sus ojos y vio dos luces
amarillas acelerando a toda velocidad hacia ella. Nada de tiempo para correr. Nada
de tiempo para hacer nada, excepto ampliar sus ojos en la brumosa oscuridad. Una
explosión rasgó sus pulmones mientras sus pies volaban de debajo de ella. Alquitrán
arenoso y grava, puertas cerrándose y voces asustadas, respiraciones en su rostro. Fue
levantada en la nada.

Una mano rozó la frente de Naomi y ella abrió sus ojos. No era Jesse o Eric, sino una
mujer.

—Hola —dijo la mujer con una dulce sonrisa—. Soy Evelyn.

Naomi retrocedió y se sentó. La luz del sol brillando a través de la ventana era más
21

pesada que antes. Evelyn parpadeó cuando el rico resplandor se movió a través de su
Página

rostro. Se parecía mucho a Eric: misma tez aceituna clara, pómulos angulosos y
cabello oscuro. El suyo estaba en tirabuzones sueltos cayendo sobre sus hombros. Sus
labios eran bonitos, de un profundo rojo. Estaba sentada en el borde de la cama e
inclinada hacia adelante.

—¿Estás bien? ¿Puedo conseguirte alguna cosa? Te traje algo de comida. Eric dijo que
no has comido durante días.

Ella apretó los dientes.

—Nunca me dio comida. —Su voz era débil y frágil. Se sentía extraña al hablar.
Probablemente debería mantener su boca cerrada en algún tipo de defensa, pero
Evelyn no era amenazante de ninguna manera y las palabras fluyeron a la punta de
su lengua—. Me dio píldoras.

Evelyn suspiró.

—Pensó que descansar era más importante para ti. No queríamos que murieras ni
nada.

Naomi no sabía si debería reír o estar horrorizada. ¿Por qué a estas personas les
importaba si moría? Querían mantener su boca cerrada sobre lo que pensaban que
ella había visto. El morir se encargaría de eso. ¿Por qué desperdiciar la energía
manteniéndola encerrada así?

Evelyn señaló un sándwich y un vaso de leche en la mesita de noche.

—Adelante y come, pero tómalo con calma o podrías regresarlo enseguida. ¿Quieres
que me vaya?

Ella arrebató el plato con sus manos temblorosas. Tocino, lechuga y tomate, algo que
Brad había hecho una vez. Hundió sus dientes en este, y un pequeño gemido escapó
de su garganta.

—Me alegra que te guste.

Naomi apenas la escuchó. El sándwich estaba tan bueno.

Evelyn se puso de pie.

—Quiero cortar tu cabello. Se ve terrible. Lamento que él… —Masticó su labio,


parpadeando mientras miraba al piso—. Eric es mi hermano. No tuvo otra opción
que tomarte. —Miró hacia la puerta—. Volveré en la mañana.
22

Salió de la habitación en un apuro, las cerraduras volviendo a su lugar mientras


Página

Naomi miraba su sándwich. Era la mejor comida que había probado.


Un intenso y palpitante dolor de cabeza y episodios de calambres de estómago la
plagaron la mayor parte de la noche. Después de decidir que fue debido a la comida,
deseó haber atendido el consejo de Evelyn y comido más lentamente.

Ahora se sacudía y daba vuelta bajo las mantas, despertando repetidamente en un


sudor frío hasta que miró el reloj por enésima vez, vio que eran las seis de la mañana,
y se dio cuenta de que su dolor de cabeza finalmente se había ido.

Escuchó voces amortiguadas. Puertas abiertas y cerradas, y el débil zumbido de un


secador de cabello flotaron a través de la alejada pared a la derecha. Una de las
habitaciones de sus secuestradores estaba junto a la suya, pero ¿qué estaban haciendo
despiertos a las seis de la mañana?

Podía golpear la puerta de nuevo.

No, se sentía demasiado enferma. No podía recordar la última vez que se había
sentido tan mal. Sus niñeras siempre cuidaban bien de ella cuando estaba enferma
cuando era niña. Nunca la dejaban ponerse mal.

Al aire le estaba faltando algo. Estaba acostumbrada a los sonidos de olas chocando y
gaviotas chillando. Anhelaba esos sonidos ahora, el olor a la sal en el aire cuando se
despertaba cada mañana con la enérgica conmoción de sus padres preparándose para
el trabajo. Ellos se despertaban a las seis de la mañana, pero tenían empleos. ¿Sus
secuestradores trabajaban como la gente normal? Era tan raro pensar en ellos de esa
manera, pero mientras el reloj marcaba a través de la oscuridad, los escuchó pasar
junto a su puerta, hablando y aclarando sus gargantas como si nada estuviera mal.
Abajo, platos traqueteando, puertas de armarios cerrándose. Voces débiles, risas, olor
a café. Todas las voces sonaban masculinas, excepto por los tonos suaves de Evelyn.

Los minutos pasaron, cada uno construyendo la tensión nerviosa en su interior hasta
que finalmente se deslizó fuera de la cama y se precipitó al baño.

—Lo bueno es que hay una cerradura —gruñó y encendió la luz. Presionó sus dos
palmas en su frente y se miró en el espejo. Necesitaba pensar, sentirse segura por dos
minutos. Cerró sus ojos y se inclinó contra la pared.
23

Piensa. Piensa.
Página
Pensaban que ella había visto algo. No lo había hecho, pero no iban a dejarla ir
ahora. Era obvio que iban a mantenerla aquí hasta que… ¿hasta qué? Gimió y clavó
sus uñas en su cuero cabelludo. Pasara lo que pasara, tenía que jugar bajo sus reglas
hasta que pudiera resolver algo. Eric la mataría si hacía un mal movimiento. Lo creía
con cada fibra de su ser. Tenía que obedecer.

Por ahora.

Salió del baño para buscar la ropa en el armario. Jeans, camisas de manga larga,
suéteres, incluso un par de pantalones de algodón y una camisola para dormir. Todas
eran totalmente nuevas, de las tallas correctas, y limpias. El olor de su propio cuerpo
sucio estaba sacándola de quicio. Al menos podía tomar una ducha antes de que
Evelyn llegara a cortar su cabello. Arrebató un cambio de ropa.

Algo urgente la fastidió en la parte posterior de su mente cuando se encerró en el


baño. ¿La ropa era amabilidad? ¿La comida que Evelyn le había traído? ¿La promesa
de cortar su cabello? Se sentía como amabilidad.

Daba un vistazo alrededor de la cortina de la ducha cada diez segundos para


asegurarse de que la puerta seguía cerrada. Se sentía bien estar bajo el agua. El vapor
flotaba alrededor de ella como niebla, y pensó en el banquete al que fueron Brad y la
noche en que fue tomada. Esa noche había terminado en confusión.

Fue uno de los pocos banquetes a los que había asistido por la compañía de su padre.
Él era el director general. A la prensa le gustaba tomar fotografías, y a sus padres les
gustaba estar en las fotografías. Se vería extraño si no tenían a su hija con ellos
cuando todos los demás llevaban a sus hijos mayores a lucirlos como trofeos.

Sacudió su cabeza en asombro cuando ella y Brad entraron al salón del banquete
decorado con rosas azules y blancas. No sabía que las rosas azules existían, pero
aparentemente sí.

—Lo bueno es que llevas una corbata azul —murmuró mientras los dedos de Brad se
cerraban alrededor de su mano. Pensó en sus nudillos estampándose contra su mejilla
la noche anterior y casi se apartó cuando él apretó sus dedos y sonrió. Él miró el
punto en su mejilla, justo donde había cubierto el moretón con maquillaje.
24
Página

Él no había sido más que gentil y amoroso todo el día, pero ella todavía estaba
molesta consigo misma por perdonarlo tan rápidamente. Solo le había tomado diez
minutos de tiernas disculpas para que le hablara de nuevo. Finalmente, se desprendió
de su mano una vez que encontraron la mesa vacía de sus padres.

—¿Entonces piensas que la comida será buena? —preguntó él mientras sacaba una
silla y se sentaba junto a ella.

—Generalmente lo es.

La habitación estaba llena de hombres y mujeres demasiado arreglados. Estaba


ruidosa con lo que a ella le gustaba llamar conversación corporativa, cosas que su
padre estaba siempre diciendo que no tenían sentido para ella. A ella tampoco le
importaba. La única razón por la que estaba allí, se recordó, era porque básicamente
la habían obligado a venir. Las personas encontraron sus asientos, y después de unos
minutos, el salón quedó en silencio.

—Te ves increíble, por cierto —le susurró Brad al oído. Su mano subió un
centímetro a su cadera y se deslizó a través de su regazo. Mordisqueó su oreja cuando
ella se apoyó en él porque sabía que era lo que él quería.

Bajando los ojos, se quedó mirando el satén color amarillo paja que se ondulaba
contra sus piernas al caminar. Brad deslizó la otra mano por sus hombros desnudos, y
ella luchó contra una ola de lágrimas. Si lloraba, las lágrimas lavarían su maquillaje y
revelarían su contusión.

—¿Dónde están sus padres?

Ella levantó los ojos, cruzó los brazos y asintió hacia el frente.

—Donde están siempre en estas cosas, allí arriba. Tendremos suerte si llegan aquí
abajo en algún momento.

Estaba llorando ahora, en la ducha, todavía rodeada por vapor. No quería llorar, pero
fue secuestrada. ¿Qué otra cosa podía hacer? Se suponía que tenía que llorar, luchar,
gritar, entrar en pánico. Eso era lo que todos los libros y películas mostraban. Pero
ahora, mientras enfrentaba la realidad de donde estaba, esas reacciones parecían
estúpidas dentro de su cabeza. No sentía ganas de llorar. Se sentía entumecida, y eso
hizo que las lágrimas desaparecieran.

Apagó el agua y apoyó los hombros contra las baldosas de piedra oscura. La
habitación estaba llena de vapor y calor, pero aun así el azulejo estaba frío y erizó su
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piel por su cuerpo. Contuvo el aliento y saboreó la prisa de la conciencia.


Página
Alguien abrió la puerta de la habitación justo cuando ella salía de la bañera. Agarró
una toalla del estante y la envolvió alrededor de sí misma.

—¿Naomi? —articuló Evelyn a través de la puerta—. ¿Estás bien?

Su estómago se agitó. Ninguno de ellos había dicho su nombre antes. Era extraño.
Demasiado personal. La enfrío mientras el agua se deslizaba por sus piernas y
formaba pequeños charcos alrededor de los dedos de sus pies.

—Estoy… —Su voz era ronca y tranquila. Se aclaró la garganta—. Me di una ducha.

Silencio, unos movimientos.

—Está bien. Abre la puerta cuando hayas terminado para que pueda cortarte el
cabello. Date prisa si puedes, ¿está bien?

Ella no respondió. No tenía idea de qué decir a sus secuestradores en cualquier


momento que hablaran con ella. En todo caso, se sentía estúpida y avergonzada.
Debería haber tomado un camino diferente a casa. Debería haber gritado y haberse
defendido en la habitación de motel así Eric la habría matado. De esa manera no
tendrían que preocuparse por ella y pasar por todo este problema. Ella no valía la
pena tanta preocupación. Era ridículo. Si tan solo la dejaran ir. No le importaba lo
que ellos hubieran hecho esa noche.

Deslizándose en su nueva ropa, secó su cabello con una toalla tanto como pudo antes
de abrir la puerta.

Evelyn tenía un taburete y una pequeña bolsa en sus brazos. Le dio una breve sonrisa
a Naomi y colocó el taburete frente al espejo, luego abrió la bolsa y extendió un
puñado de herramientas de corte de cabello. Naomi se sentó y la observó limpiar el
espejo empañado.

—¿Está bien para ti esto… cortar tu cabello? —preguntó Evelyn, ajustando su blusa
de seda blanca en su figura perfecta.

Naomi trató de mantener una expresión neutra. Por alguna razón, la ira estaba
surgiendo a través de ella.

—Supongo que sí.

—Está bien entonces. —Pasó el cepillo por el cabello de Naomi y se detuvo cerca de
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la herida en la parte posterior de su cabeza. Trazo tras trazo, trabajó suavemente a


Página

través de los enredos, luego tomó un par de tijeras del mostrador y empezó a cortar.
Sus manos fueron rápidas mientras trabajaba. Inclinó la cabeza de Naomi, midió el
cabello en ambos lados con los dedos, y comprobó su trabajo en el espejo con rápidas
miradas pensativas. Después de dos minutos, Naomi estaba segura de que era una
peluquera profesional. Por alguna estúpida razón, eso hizo que se relajara.

—Será corto —dijo Evelyn después de unos minutos—. Lo siento.

Naomi no dejó que ninguna emoción se mostrara en su rostro. Se concentró en el


cabello de Evelyn, largo y ondeado en espiral hacia abajo de los hombros, como agua
negra cayendo. Era tan grácil y elegante, como una supermodelo.

A excepción de la cicatriz.

Naomi agrandó los ojos. No la había visto antes, un surco largo y delgado en el lado
izquierdo del rostro de Evelyn. Era apenas visible debajo de su maquillaje
perfectamente aplicado, pero Naomi podía ver que hacía grandes esfuerzos para
ocultarlo. Comenzaba en la parte superior de la oreja, bajaba por su mejilla y se
detenía cerca del borde de la boca.

Evelyn se aclaró la garganta.

—Te pareces mucho a tu madre.

¿Su madre? No, no se parecía. Miró su propia reflejo y frunció el ceño. ¿Cómo sabía
Evelyn cómo lucía su madre?

—La he visto en las noticias. —Evelyn sacudió la cabeza y tosió—. Lo lamento. No


debería decirte cosas como esas. Siempre estoy diciendo cosas que no debería.

—Está bien.

—No, no lo está. —Tomó un clip del mostrador y Naomi alcanzó a ver un anillo de
bodas en el dedo, un gran diamante y dos rubíes rojo profundo—. Debes pensar que
somos horribles y terribles personas.

Sí, solo un poco.

Evelyn levantó el clip y retorció un poco del cabello de Naomi para colocarlo fuera
del camino. Comenzó a cortar de nuevo.

—No puedo creer lo tranquila que estás, a excepción de tus patadas y golpes en la
27

puerta ayer en la tarde. Esperábamos eso.


Página

Así que la habían oído y estaban bien con ello. Tal vez.
Evelyn entrecerró los ojos.

—No recomiendo más de ese tipo de comportamiento. A Eric no le gusta. Dijo que
no has tratado de escapar, y debería permanecer de esa manera. —Suavizó su
expresión—. Pero si fuera por mí, eres…

—No vi nada —interrumpió, incapaz de seguir conteniéndose. Se agarró a los bordes


del taburete—. No sé por qué me están reteniendo aquí. ¿No sería más fácil dejar que
me vaya? No diré nada. No importa lo que sea que estén tratando de ocultar.

— ¡No!

Las tijeras cortaron cerrándose.

—No pidas cosas como esas. No podemos dejarte ir ahora que estás aquí. Has visto
demasiado. Eric me dijo que tenías que venir aquí o tendría que matarte. Así son las
cosas. —Miró el reloj en su muñeca—. Casi termino. Solo unos minutos más o
llegaré tarde al trabajo. Es miércoles. Siempre hay una crisis de tiempo los miércoles.

Así que tenían puestos de trabajo. ¿Sería dejada sola en la casa? ¿Estaban tan seguros
de mantenerla encerrada dentro de la habitación? No que viera ninguna salida
posible a menos que derribara una pared, y no era como si tuviera la fuerza para ello.

Cuando Evelyn terminó el corte, peinó el cabello a través de la línea de la mandíbula


enmarcada de Naomi. Se veía mejor que el corte de cabello de Eric, al menos.

Evelyn sonrió.

—Me gusta, pero Erik podría hacer que lo tiña. Ya veremos. —Miró su reloj de
nuevo, luego el piso donde el cabello estaba disperso a través de la baldosa—. Me
tengo que ir, pero limpiaré esto cuando llegue a casa. Te dejé un poco de fruta y un
vaso de leche sobre la cómoda.

Naomi barrió los mechones húmedos de cabello de los hombros y el pecho, luego se
levantó y siguió a Evelyn fuera del baño.

—¿Te gusta la leche? —preguntó, dirigiéndose a Naomi antes de abrir la puerta—. La


bebiste antes, pero ¿te gustaría algo más? ¿Zumo de naranja? ¿Café? Nos gusta el café
en la mañana.

—La leche está bien.


28

Un suspiro que sonó aliviado.


Página
—Gracias por ser tan tranquila. Eric me dijo que harías lo que te pidiera, pero no
estaba segura de lo que quería decir hasta ahora. —Abrió la puerta y torció la boca
en una nerviosa sonrisa antes de salir de la habitación.

Cuando las cerraduras hicieron clic en su lugar, Naomi corrió a la ventana desde
donde podía mantener un ojo en el camino de entrada. Pasaron diez minutos antes
de que un elegante sedán negro con vidrios polarizados saliera del garaje, seguido por
un pequeño auto deportivo rojo fuego conducido por Evelyn.

Naomi trató de leer las placas de matrícula, pero estaba demasiado alto para ver nada
útil. ¿Utah o Colorado? ¿Idaho o Wyoming? No importaba.

Pasó la mirada a lo largo del horizonte, siguiendo las montañas en la distancia.


Nunca había visto este tipo de montañas afiladas antes, al menos no fuera de su
propia ventana. Estaba acostumbrada a las líneas lisas y planas del océano que se
extendían indefinidamente.

Esa noche soñó con dragones y hadas. Se sentó en el borde de un acantilado mientras
nubes de tormenta rodaban a través de un profundo valle lleno de fuego. Dragones
rodeaban la destrucción, sus alas transparentes en la luz brillante debajo de ellos.
Cuando chillaban, ella se cubría los oídos y caía por el borde del acantilado, sus
propios gritos coincidiendo con los gritos de los dragones. Hadas volaban a su
rescate, pero su fuerza era insuficiente. Lloraron cuando ella aterrizó en las rocas y se
partió en dos como una muñeca de porcelana.

Más tarde, un hombre guapo vestido de cuero llegó en un caballo, su maltratada


espada manchada de sangre reluciendo en el fuego. Era demasiado tarde para
rescatarla, y antes de que pudiera advertirle, un dragón voló por encima de él y soltó
un chorro de llamas, quemándolo en cenizas. Lloró mientras el fallido héroe se
derrumbaba ante sus ojos.

Con un sobresalto, se sentó en la cama, respirando con dificultad. Era medianoche.


Nubes cubrían la luna. La única luz provenía de las lámparas de la calle. Lentamente,
se tumbó y trató de dejar de pensar en la imagen de su caro quebrado por la mitad.
La tranquila habitación era mejor que el incendio de un valle plagado de dragones.
29

Además, sus secuestradores no estaban lastimándola, así que ¿por qué su


subconsciente estaba entrando en pánico?
Página
Gimió y se dio la vuelta para descubrir que la almohada estaba mojada por las
lágrimas. Golpeó la almohada con su puño. Tenía que controlar sus emociones antes
de que se hicieran cargo. Por otra parte, recordó que tratar con cosas dentro de su
cabeza podría ayudarle a lidiar con todo afuera. ¿No era eso psicología 101? Eso tenía
que ser lo que su mente estaba haciendo.

Tomando una respiración profunda, cerró los ojos y relajó su cuerpo, tratando de
imaginarse fundiéndose. Los dragones regresaron, pero esta vez se habían establecido
en las rocas para observar el valle ardiente en silencio.

Fue entonces cuando oyó las cerraduras de la puerta abriéndose. Se congeló, tan
tensa como si un dragón estuviera respirando en su cuello.

—Tengo que verla de nuevo. —El susurro de Evelyn flotó a través del dormitorio.

—No la despiertes, entonces. —Otro susurro, la voz de un hombre, no de Jesse o


Eric. ¿Cuántos vivían en la casa?

—No lo haré. Ha estado en silencio durante horas, la pobre. Está fuera de combate,
como siempre.

—Todavía se está ajustando. Se apaga. Pasarán meses antes de que acepte algo de
esto. —Se detuvieron junto a la cama. Podía oír sus respiraciones, sentir su presencia.
No tenía idea de lo que querían, pero no estaba a punto de hacerles saber que estaba
despierta.

—Es absolutamente perfecta —dijo Evelyn con un nudo en la voz—. Cada vez que la
miro, creo que es más de lo que pude haber pedido.

—No es por eso que Erik la trajo, Evie.

—Lo sé, lo sé, pero mírala.

Silencio. ¿Qué estaban haciendo? ¿Solo mirando? Estaba de espaldas a ellos. No se


atrevía a moverse. Trató de hacer su respiración lenta y pesada, como si estuviera
dormida. Ellos lo estaban comprando.

—Tienes que decidir, Evie. No vamos a arriesgar nada de esta mierda por nada.

—Ya te dije que nunca podría vivir conmigo misma si le hacemos daño. Nunca.
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—Está decidido, entonces, pero ya conoces los riesgos si ella intenta algo.
Página

—Lo sé. —Su voz fue pesada. Un matiz de duda salpicado sus palabras.
—Tienes que despertar temprano —dijo el hombre, y se alejaron lentamente, como
si todavía estuvieran mirando. Tenía la enferma sensación de que no sería la primera
vez que habían entrado a su dormitorio para mirarla mientras dormía.

31
Página
IV
N
aomi trató de no pensar en la última vez que había comido o la última vez
que había hablado con Evelyn o cualquiera de sus secuestradores. Evelyn
había dicho que volvería, pero nunca lo hizo, a menos que contara la
espeluznante cosa de observación en la noche. La noche había pasado, luego la
mañana, y ahora era noche de nuevo. Pensó en golpear la puerta de nuevo, pero
recordó la advertencia de Evelyn.

Sufrió tan silenciosamente como pudo, acurrucada en la cama, sosteniendo su


estómago y gimiendo. El aroma rancio a cáscara de plátano viejo colgaba en el aire,
junto con el corazón de manzana podrida y el hoyo de una ciruela madura. Había
enterrado todo en la basura de baño debajo de bolitas de papel higiénico y bolsas de
plástico que había vaciado el día anterior. Incluso cerró la puerta, se dejó caer en la
cama y volvió el rostro hacia la otra pared, pero aun así podía olerlo.

Era insoportable. ¿Querían dejarla hambrienta hasta la muerte? Si no, entonces iban
a volverla loca al dejarla sola sin nada que hacer, excepto existir en su loca mente
llena de otros mundos más aterradores que este.

Había divisado a Eric tan solo una hora antes. Estacionó el auto negro sedán en el
camino de entrada y salió con un rápido vistazo a su ventana. Muy probablemente la
viera de pie medio oculta detrás de los pliegues de la cortina escarpada, con los ojos
rojos de tanto llorar.

Él no exhibió ningún signo de reconocimiento mientras corría su mirada a través de


la ventana, luego se volvía para apoderarse de una cartera de cuero del asiento
trasero, cerraba la puerta y se dirigía a la puerta principal.

Naomi se sorprendió al verlo, especialmente vestido de traje y corbata debajo de un


abrigo negro hasta la rodilla, aparentando como si su preocupación más inmediata
fuera relajarse después de un largo día de trabajo. Golpeó sus zapatos contra la acera
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para despejar aguanieve y luego desapareció bajo el techo sobre el porche.


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Parecía un hombre normal de mediana edad viniendo a casa del trabajo, pero ella
sabía otra cosa. Todavía podía sentir el puño contra su rostro como una violenta
explosión. La contusión aún le dolía, presionada contra la colcha de la cama,
apretada y rígida y probablemente más fea que la de Brad. Probablemente era violeta
intenso, tal vez incluso negro, hinchado y brillante. No lo sabría. No se había visto
desde la mañana en que Evelyn cortó su cabello. No se había duchado, cambiado de
ropa, o hecho mucho salvo acostarse en la cama y sentir lástima de sí misma. Era
patético y agotador.

A medida que el reloj marcaba su camino hacia las siete y media, el clic de una
cerradura la hizo saltar de la cama. Evelyn abrió la puerta y le dio una débil sonrisa
de disculpa. Llevaba un delantal blanco salpicado con lo que parecía salsa de
espagueti.

Comida. Por un momento pensó que podría arañar su camino más allá de Evelyn
para llegar a ello. El olor era repentinamente fuerte, flotando desde la cocina en
etapas: tomates y ajo, orégano y albahaca dulce.

—Necesito que bajes conmigo —dijo Evelyn en voz baja.

Naomi la siguió fuera del dormitorio, su corazón latiendo. Tenía que comer. Nunca
había estado tan hambrienta en su vida. No le importaba si tenía que ver a Eric o
cualquier otra persona. No importaba. Nada importaba, excepto su estómago. Eso era
más patético que cualquier cosa.

Llegaron al final del pasillo donde Naomi vio una foto de Evelyn y un hombre de
cabello oscuro. Supuso que era el marido de Evelyn, probablemente el hombre que
había entrado al dormitorio con ella la noche anterior.

En la planta baja, Evelyn la llevó a la sala donde le dijo que se sentara en un sofá de
cuero frente a un televisor. Libros. Estaban por todas partes, apilados ordenadamente
al final de las mesas, colocados en filas rectas en las estanterías por los pasillos,
incluso en la cocina. La mayoría de las ventanas estaban cubiertas con persianas y
cortinas. Sin teléfonos en ningún lugar.

Evelyn se inclinó hacia su oreja.

—Quédate tranquila y no te muevas. —Ella entró en la cocina donde Eric estaba de


pie hablando con el hombre de la foto. Todos estaban sosteniendo platos de
espaguetis, comiendo durante su conversación. El olor la volvió loca mientras
cruzaba las manos sobre su regazo, juntando sus talones, y se hundía más en los
33

cojines de cuero.
Página
No podía creer que iban a dejarla comer. Sus manos temblaron ante la idea, pero más
que eso, no entendía por qué la habían dejado sentarse en el sofá. ¿No pensaban que
intentaría huir? Porque podría. Había una serie de puertas deslizantes de cristal de
patio en el comedor. Parecía que llevaban al patio trasero, pero ¿cuán rápido podía
correr? Estaba débil por el hambre, y si se las arreglaba para salir de la casa, ¿adónde
iría? Solo tendría una oportunidad de hacer una carrera, y si llegaba a golpear la
puerta de un vecino y no estaban en casa o si no había ningún sitio para esconderse,
¿qué haría entonces? La capturarían, y Eric la mataría tal como dijo. No, tenía que
esperar. Tenía que hacer un plan. Un error, recordó de la conversación en voz baja
en su dormitorio, y habría consecuencias peores de lo que podía imaginar. Incluso
Evelyn temía eso.

Una puerta se cerró de golpe y Jesse entró desde el garaje. Colgó su pesado abrigo
verde, se quitó los zapatos, y se dirigió directamente a la cocina.

—Huele fantástico. Estoy hambriento. —Miró a la mesa vacía, luego el cuenco en la


mano de Eric—. ¿Por qué están todos aquí?

Eric frunció el ceño, murmurando algo mientras Jesse se volvía para mirarla. Por la
forma en que la había tratado en la habitación del motel, ella esperaba que sonriera,
pero él entrecerró los ojos y miró hacia otro lado.

Evelyn entró en la sala y se sentó en un sofá. Agarró un libro al final de una mesa y
lo abrió, fingiendo leer mientras su marido se sentaba junto a ella, aún comiendo sus
espaguetis. Ya se había salpicado salsa en la manga de su camisa blanca de vestir, y le
envió una sonrisa de disculpa a Evelyn cuando ella lo miró por encima de su libro.
Naomi pensó que él lucia lindo… normal, como su padre. Lo triste era que no tenía
ni idea de si su padre alguna vez salpicaba salsa en sus mangas.

—Naomi —dijo Evelyn—, este es mi marido, Steve.

Naomi trago saliva y asintió mientras Steve sonreía suavemente en su dirección. Él


parecía agradable hasta el momento. Hacer una presentación era algo extraño de
hacer, pero estas personas no parecían como si estuvieran a punto de dejarla ir
pronto. Bien podría llegar a conocerlos. Esperaba que no hubiera otros.

Eric entró en la habitación a continuación y se quitó la chaqueta del traje. La arrojó


junto a Naomi y se sentó en el borde de la mesa de café frente a ella.
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Estaba demasiado cerca. Ella notó que su cabello era más corto que antes. Su rostro
lucía más agudo ahora que se había afeitado, y mientras colocaba sus codos sobre las
Página

rodillas y se inclinaba más cerca, ella olió su loción de afeitar mezclada con ajo. ¿Por
qué tenía que ser guapo? Su piel oliva y pestañas oscuras, la forma en que se cabello
se rizaba en su frente, todo creaba el equilibrio más satisfactorio. En la forma más
extraña, lo hacía mucho más espeluznante.

—Evelyn me dijo lo cooperativa que has sido —dijo fríamente con una mirada a su
cabello—. No me sorprende. Te trajimos aquí abajo para ver lo que haces, y bueno,
aquí estamos… sentados en silencio. —Él sonrió, pero todo estaba mal torcido—.
Pareces una chica inteligente. No vas a tratar de escapar.

Ella cerró los labios mientras él reía entre dientes. Empezó a desabrocharse una de
sus mangas.

—Hábleme de tus padres —dijo sin levantar la mirada—. Dime por qué tu madre
volvió a trabajar un día después de que descubriera que estabas desaparecida.

Un peso golpeó su pecho. ¿Un día? Había esperado quizás una semana o dos, ¿pero
un día? ¿Su padre también había vuelto? Sin lugar a dudas lo había hecho.

—¿Y bien? —Él levantó la vista de su manga.

— No lo sé. Creo que ella…

Tuvo que detenerse. Un dolor apretó su garganta y no pudo hablar más. Sabía que
solo era cuestión de segundos antes de que enloqueciera frente a este hombre que
odiaba más que a nadie que hubiera conocido alguna vez. Lo último que quería era
llorar frente a él. De nuevo. Él la hacía sentirse desnuda. Le hacía sentir ganas de
vomitar.

—Mírame. —Él colocó una mano en su brazo ligeramente—. Hay rumores de que
tus padres ni siquiera te extrañan. ¿Qué tipo de relación tienes con ellos?

—Tienen trabajos importantes —tartamudeó ella. Odiaba las lágrimas llenando sus
ojos. Odiaba lo caliente que sentía la mano de Eric en su brazo—. Trabajan todo el
tiempo. Una gran cantidad de personas dependen de ellos. Nunca han tenido tiempo
para estar conmigo, así que supongo que es por eso que no se preocupan por mí.
Nunca se han preocupado por mí.

Eso fue todo lo que tomó. Sus lágrimas se liberaron y fluyeron por su rostro. Era la
primera vez que ella había admitido en voz alta que sus padres no la amaban. Era la
verdad. Un hecho. Ni siquiera a discusión para negociar. Recordó a sus niñeras
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haciendo comentarios al azar sobre lo extraño que era que sus padres no celebraran
Página

los días festivos con ella, incluso su cumpleaños; no era porque no quisieran
necesariamente. Le compraban cosas, pero eso era todo. ―Solo están muy ocupados
para hacer algo más‖, decían sus niñeras en un intento de explicarlo. Fue entonces
cuando Naomi comenzó a notar otros niños y cómo sus padres los dejaban en la
escuela y besaban sus frentes, les entregaban la bolsa del almuerzo, los regañaban por
hacer algo mal. Nadie se preocupaba por ella de esa manera.

Eric estaba tranquilo y Naomi levantó la mirada hacia él, sus lágrimas aún en marcha
por su rostro. Él quitó la mano de su brazo y comenzó a enrollar su manga.

—Eso es suficiente —dijo—. Ahora necesito saber acerca de tu novio, Brad.

¿Sabía el nombre de Brad? Sus lágrimas se detuvieron. Ahora realmente quería


vomitar.

—¿Cuál es tu relación con él?

Sus ojos se abrieron.

—¡Eso no es de tu incumbencia!

Antes de darse cuenta de lo que sucedía, él le dio una bofetada en la mejilla justo
sobre la contusión. Casi se mordió el labio.

—¡Eric! Dijiste…

—Cállate, Evie. —Tomó el brazo de Naomi otra vez y se inclinó tan cerca de su
rostro que lo único que podía ver era el puente de su nariz. Odiaba la nariz de él.
Odiaba sus ojos oscuros y el ajo en su aliento—. Dime lo que sientes por Brad.

Apartó la mirada, luchando contra su brazo.

—Si no me respondes, te encerraré de vuelta en el dormitorio sin comida durante


tres días más.

Con eso fue suficiente.

—No lo amo, si eso es lo que estás preguntando —susurró ella, parpadeando,


finalmente consciente de la picadura de su bofetada. No le dolía. Nada dolía ahora.

Él asintió y se levantó de la mesa de café.

—Bien. —Se volvió hacia Evelyn—. Llévala al piso de arriba.

Evelyn se levantó del sofá. Todavía estaba sosteniendo el libro, con los nudillos
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blancos.
Página

—Dijiste que podía darle algo de comer.


—Puede esperar hasta mañana.

—¿Mañana? Eric, ¡no ha comido en dos días! —Sus labios temblaban mientras Steve
se ponía de pie y envolvía un brazo alrededor de sus hombros.

—Cariño, cálmate. Accediste a que Eric tomara las decisiones, ¿recuerdas? Hemos
discutido esto.

—Sí, pero ambos dijeron que estamos haciendo esto porque yo…

—Eso es suficiente. —Eric la fulminó con la mirada.

Ella bajó los ojos y asintió.

—La llevaré arriba —dijo Jesse. Él estaba en la mesa del comedor comiendo su cena.
Tragó lo último de su vino, arrojó una pieza a medio comer de pan de ajo en la parte
superior de los espaguetis, y le indicó a Naomi que lo siguiera. Se alegró de que él la
llevara. Algo en él se sentía seguro. Se dirigieron hacia las escaleras y se dio cuenta
de que él no se había apoderado de su brazo. Se detuvo frente a su puerta.

—¿Estarás bien? —preguntó él.

Ella bajó los ojos a los fideos en su cuenco y contuvo un mar de lágrimas. Era una
idiota. ¿Por qué no podía ser fuerte durante cinco minutos? Su estómago se apretó
con tanta fuerza que se abrazó a sí misma para tratar de detener el dolor. Se sonrojó y
desvió la mirada.

—Supongo que sí —murmuró, y giró para entrar en su habitación cuando Jesse


envolvió una mano alrededor de su brazo.

—No dejaré que te hagan daño —susurró él, luego le dio un codazo suavemente
hacia su dormitorio y la siguió al interior.

Ella se tambaleó hacia atrás.

—¿Q-qué es lo que quieres?

Se dio la vuelta y cerró la puerta.

—Aquí. —Él encendió la luz y le tendió el plato de espaguetis. Lo arrancó de sus


manos, demasiado hambrienta para preocuparse de otra cosa mientras mordía el pan
y se alejaba. No le importaba que él ya hubiera comido la mitad, que su boca hubiera
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estado en esto. Podía sentir sus ojos en la espalda.


Página

—¿Cuántos años tienes? —preguntó él.


—¿No saben? —Miró su cama mientras masticaba tan rápido que su sien empezó a
doler. Sabía que debería comer más lento, pero no podía evitarlo—. Parecen saber
todo lo demás acerca de mí.

Una pausa.

—Está bien, sé que tienes diecisiete años.

—Entonces, ¿por qué lo preguntaste? —Se dio la vuelta, comida todavía en su boca.
Sabía tan bien. Deseaba que la dejara para que pudiera disfrutarla.

—No hay razón. —Dio un paso adelante, y ella vio una chispa en sus ojos cuando se
inclinó hacia delante y desvió la mirada sobre su cuerpo.

Ella casi se ahogó.

Hasta el momento, se las había arreglado para convencerse de que ninguno de los
hombres la tocaría a excepción de golpearla o forzarla a moverse, pero ahora todo un
nuevo temor se abrió en su interior. Tragó. Duro.

—Me gustaría estar sola —dijo y dio un paso atrás. Él dio un paso más para
alcanzarla. Sus ojos verdes eran anclas unidas a su cuerpo. Recordó el libro de poesía
que él había estado leyendo en la habitación del motel y su mente luchó por
aferrarse a ello, a cualquier cosa que pudiera decir que no le haría daño. La gente que
leía poesía no hería a los demás, ¿verdad? Tal vez esa era la cosa más tonta que se
había permitido creer jamás.

—Me quedaré hasta que termines. —Él ladeó la cabeza hacia el recipiente y sonrió.
Una idea, pequeña y posiblemente loca, se formó en el fondo de su mente.

—Me daré prisa. —Arrojó la comida en su boca lo más rápido que pudo. Ya no tenía
hambre, pero entre más rápido terminara, más rápido se iría… si esa era su
intención. Ella supuso que no lo era.
38
Página
V
A
pesar de sus sospechas, Jesse la dejó en paz. Ella reunió el coraje para
finalmente tomar otra ducha y cambiarse a unos pantalones de pijama y
camisola del armario. La camisola era de color rosa pálido y delgada. Muy
frío. Buscó en el armario y encontró una sudadera de terciopelo que colgaba cerca de
dos pares de jeans.

También era rosa pálido. Obviamente, a Evelyn le gustaba el rosa, o al menos


pensaba que a Naomi sí. Había sido lavada y olía igual que las sábanas y fundas de
almohadas limpias en la cama, suavizante de ropa con olor a lluvia y marea, el mismo
que el de la ropa limpia de Brad. Eso no era reconfortante.

Se metió en la cama y se puso tensa debajo de las sábanas. ¿Le había mentido a Eric?
¿Estaba enamorada de Brad? Sin duda había pensado que sí durante mucho tiempo,
pero siempre había períodos de duda. Eric la había obligado a responder a su
pregunta tan rápidamente que tal vez no había pensado en suficiente detalle.

O tal vez no tenía ni idea de cómo se sentía el amor. Solía pensar que yacía en los
brazos de Brad mientras susurraba cosas como: Será así para siempre, tú y yo. Yo
siempre te protegeré, abrazaré, amaré.

Ahora, pensando en su admisión a Eric, estaba casi segura de que las pasiones que
Brad agitó dentro de su corazón no fueron impresiones de amor en absoluto. Tal vez
también estaba equivocada acerca de eso. La única cosa segura era la peligrosa idea
formándose dentro de su cabeza; Jesse era posiblemente la respuesta a su escape.
Parecía desearla, y fuera o no parte de los planes de los secuestradores, podía jugar en
sus manos y salir de aquí. Si confiaban en ella, podrían bajar su guardia. Tal vez.

Ella se puso de lado y trató de ignorar tanto la incertidumbre y el hecho de que su


cabello estaba húmedo. Odiaba ir a dormir con el cabello húmedo y dar vueltas por
el tiempo más largo, irritada porque su almohada ahora estaba mojada y fría contra
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su rostro. Tal vez debería pedirle un secador de cabello a Evelyn.


Página
Un suave golpe en la puerta la hizo saltar. Las cerraduras giraron, y se incorporó
cuando Jesse entró en la habitación. En la luz de la luna de la ventana, pensó que lo
vio sonreír mientras se acercaba. Abrazó las mantas a su cuerpo, temblando.

—Pensé que te podría gustarte un libro —dijo en voz baja, y colocó la tapa dura en la
mesita de noche. Estaba lo suficientemente cerca como para que ella oliera su
colonia, un olor picante, como el eucalipto. Contuvo la respiración y levantó la
mirada hacia él, confundida. Su olor quemó en su garganta.

—¿Un libro?

—Sí, parecías interesada en mi libro de poesía en el motel. Pensé que podías


aburrirte durante el día, así que te traje algo para leer. ¿Te gustan los clásicos?

¿Qué estaba pasando? Ella sacudió la cabeza, todavía confundida.

—Me gusta la fantasía, pero recién me enteré que a mi madre le gustan los clásicos y
yo… —Se detuvo y miró hacia otro lado, finalmente dejando escapar el aliento.
Demasiada información.

—Mmm —dijo él, y se acercó a la cama. Podía ver su rostro ahora. Parecía bastante
inocente.

—¿Qué quieres?

Se inclinó con esa misma chispa en sus ojos.

—Me pareció que era obvio. —Se acercó tanto que ella que pudo sentir su aliento en
su rostro. Su atención se fijó en sus labios, permaneciendo allí hasta que se alejó de
él. Estuve sorprendida con cada parte de su reacción. Si iba a jugar en sus manos, esta
no era la manera de hacerlo.

—No voy a hacerte daño —susurró mientras se acercaba más de nuevo, inclinándose
a mitad de camino a través de la cama. Su cabello rojo parecía más brillante ahora. Su
aroma era agradable, pero estaba demasiado cerca. Casi la hizo ahogar.

—P-por favor —gritó mientras él estiraba la mano para tocar su rostro—. Por favor,
no…

Él inclinó la cabeza como si no comprendiera su aprehensión y cerró los dedos


alrededor de su rostro. Había un suave dolor en sus ojos. Ella trató de no lloriquear
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con el temor hirviendo bajo su piel.


Página
—Creo que eres muy hermosa —dijo, moviéndose aún más cerca—. Sigo pensando
que mentiste en el estacionamiento esa noche. Eras hermosa entonces también, y no
quería que Eric te hiciera daño. Eres tan inocente, tan asustada.

Él la miró a los ojos, su mano fuerte pero suave alrededor de su rostro. Entonces la
soltó.

—Solo entré aquí para darte el libro. Espero que le des una oportunidad. —
Aclarándose la garganta, retrocedió de la cama. Ella apartó la mirada—. Buenas
noches —dijo él en voz baja, y salió de la habitación.

Su respiración se volvió entrecortada. El miedo latía en su pecho. Ser intimidada no


era algo extraño para ella, pero no quería pensar en eso ahora. No había ocurrido
nada, de todos modos. No le había hecho daño. Ella estaba bien.

Alisó las mantas alrededor de ella y respiró hondo. Nada más de Jesse. Nada de
dragones. Tal vez un clásico sería bueno para ella. Sacudiéndose, agarró el libro de la
mesita de noche. Era viejo, y el olor de sus páginas le recordaba a la biblioteca de sus
padres. El libro era El gran Gatsby. Había sido una asignación para su clase de inglés,
y recordó abrirlo por primera vez en la biblioteca en casa. Mientras se había
instalado en su lugar habitual en el sillón, miró la novela de Mercedes Lackey a
través de las páginas abiertas encima de la mesa. Tendría que esperar.

Apenas había comenzado el tercer capítulo cuando su madre entró en la habitación.


Eso era extraño. Llevaba jeans. Naomi rara vez la veía en algo tan casual, pero aun así
llevaba una blusa de trabajo y joyería. Estaba toda desequilibrada.

—Pensé que estarías aquí. —Ella suspiró, y se hundió en un sillón frente a ella—.
Sabes sobre la fusión de tu padre, ¿verdad?

Naomi cerró el libro alrededor de su dedo pulgar y lo bajó a su regazo.

—Los he oído hablar de ello. ¿Creo que es una gran cosa?

Ella asintió.

—Sí, es una cosa grande. Se trata de una fusión en el extranjero. Hay una empresa en
Alemania…

Naomi la desconectó, segura de que iba a decir algo acerca de mudarse a Europa,
pero pronto se dio cuenta de que no era nada tan drástico.
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Página
—Crecerán tres veces más el tamaño de lo que son ahora —estaba diciendo su madre
cuando la sintonizó de nuevo—. Es un paso importante para la empresa. —Hizo una
pausa y arrugó la nariz—. ¿Eso tiene sentido?

Naomi se preguntó por qué cualquier cosa acerca de la compañía de su padre tenía
que ser explicado.

—Supongo que sí —respondió. Luego con más temor—: ¿Viajará más de lo que ya lo
hace?

Karen frunció el ceño y miró el libro en el regazo de Naomi.

—Supongo que lo hará al principio, sí. —Sus ojos se estrecharon—. ¿Eso te molesta?

No sabía qué decir. Por supuesto que le molestaba. Pero ¿cómo se suponía que le
explicaría eso a una madre que rara vez se sentaba a hablar con ella? Una madre que,
la mayoría de las veces, decía cosas como: ―No tenía idea de que te habías ido toda la
semana pasada en un viaje escolar. ¿Pasaste bien?‖. O, ―Naomi, estoy ocupada en este
momento. Tal vez más tarde‖.

Más tarde nunca llegaba. A veces Naomi se preguntaba por qué le importaba. ¿Por
qué le importaba si su madre pasaba tiempo con ella? La mayoría de los adolescentes
de su edad no querían tener nada que ver con sus padres.

—Naomi, ¿eso te molesta?

Levantó la mirada.

—No, supongo que no.

Otra mirada al libro en su regazo.

—¿Qué estás leyendo?

Naomi bajó la mirada, arrastrando su mente por los primeros párrafos del capítulo
tres, algo acerca de barcos a motor que rebanaban su camino a través del agua y
naranjas y limones apilados en pirámides sin pulpa. A ella le gustaba el lenguaje y las
imágenes. Era brillante y colorido en su mente, incluso ahora mientras miraba a su
madre.

—Es para la escuela —balbuceó—. El gran Gatsby. Recién lo empecé.


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—Oh, es uno de mis favoritas. —Ella sonrió más brillante de lo que Naomi había
Página

visto en mucho tiempo—. ¿Te gusta hasta ahora? ¿Ya has conocido a Gatsby?
Un temblor tiró de su corazón hasta los pies. No tenía idea de que a su madre le
gustaba leer algo a excepción de gruesos libros de referencia con complicados títulos
legales estampados en los lomos de cuero. Asumía que toda la ficción en la biblioteca
era por pura decoración.

—Um, no, no lo he hecho.

—No lo juzgues demasiado injustamente en el principio. Prometo que mejora.

Naomi se quedó sin habla. No era que su madre nunca la hubiera sorprendido antes
con períodos aleatorios de conversación. A veces parecía realmente interesada en su
vida; por unos dos minutos, de todos modos, hasta que su celular sonaba o el ama de
llaves necesitaba algo o un rápido vistazo a su reloj de pulsera le recordaba que dos
minutos hablando con su hija eran dos minutos demasiado largos. Así era como
funcionaba su relación: pequeñas cosas aquí y allá como migas de pan esparcidas que
conducían a una familia real que pasaba tiempo juntas. El único problema era que
Naomi parecía seguir perdida. Lo había aceptado mucho tiempo atrás, pero ahora
mientras veía a su madre mirando El gran Gatsby con una larga y sedienta mirada, se
preguntó si podría estar equivocada. Tal vez había esperanza después de todo y podía
vislumbrar lo que era realmente su madre, y eso podría conducir a algo oculto
durante mucho tiempo sobre sí misma, como algo… algo que siempre había sentido
que estaba encerrado.

Karen sacudió su cabeza como si se estuviera despertando de un sueño y se puso de


pie de su silla. Naomi suspiró. Nop. No había nada escondido debajo de la concha de
su madre. Era quien era. Probablemente iba a irse. Ya habían pasado siete minutos.

—Déjame encontrar algo para ti —dijo Karen, y cruzó la habitación hasta una
estantería—. Leí esto por primera vez cuando tenía tu edad. Creo que podría ser mi
novela favorita. —Regresó y colocó un pequeño libro en el regazo de Naomi—. No
tienes que leerlo. Solo déjame saber lo que piensas si lo haces.

Miró su reloj, y Naomi vio el cambio en su rostro de la madre que apenas conocía a la
abogada eficiente que odiaba.

—Vine aquí para asegurarme de que sabes sobre el banquete de tu padre en dos
semanas —dijo Karen—. Es para celebrar el inicio de la fusión. Habrá fotógrafos y
cena, y te queremos allí. Lleva a Brad si lo deseas.
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Ahora estaban de vuelta en el césped normal.


Página

Asintió sin pensarlo dos veces.


—Está bien.

Como fuera.

Lo había oído todo antes, estado en los banquetes, posado para las fotos. Lo único
bueno de todo eso era la excusa para comprar un vestido nuevo. Abrió su libro de
nuevo y comenzó el capítulo, pero se detuvo para mirar la novela que su madre
había colocado en su regazo.

Era un delgado, viejo y trillado libro encuadernado. Un borde arrugado, una mancha
de tierra cerca del lomo. Una parte de ella quería recogerlo y comenzar a leer
inmediatamente, pero otra parte se apartó y se mantuvo al margen.

El olor a mantecosos huevos revueltos la despertó. Eran las siete de la mañana. La luz
azul de la mañana brillaba a través de las cortinas. Se incorporó y se frotó los ojos,
miró los huevos y el pan tostado en la mesita de noche, y levantó el plato a su regazo.

Los huevos estaban calientes, suaves y ligeramente salados. Eran mucho mejor que
los huevos de Mindy. Mindy era la actual ama de llaves de la casa de sus padres, y los
huevos que hacía eran demasiados secos.

Estaba a mitad de terminar antes de darse cuenta que Evelyn limpiaba el baño. Ya
vestida para el día, estaba de rodillas en el suelo, de espaldas a Naomi. Su imagen
esbelta estaba inclinada mientras barría el cabello del que había prometido
deshacerse dos días atrás. Luego se levantó y limpió todas las superficies del baño.
Después de vaciar la basura, abrió los cajones y armarios para poder guardar todo lo
que Naomi había sacado de las bolsas de Wal-Mart unos días antes.

Mortificada, Naomi observó. Estaba acostumbrada a que alguien limpiara por ella —
sus niñeras hasta que tenía trece años, luego Mindy—, pero se les pagaba para
hacerlo, y nunca se había sentado y observado limpiar sus desordenes. ¿Debería
haber sido más ordenada? ¿Debería ofrecerse para ayudar? ¿Pedir disculpas?

Evelyn salió del baño y sonrió.

—Cómo están los huevos?


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Tragó.
Página

—Son muy buenos. Gracias.


¿Por qué estaba siendo tan malditamente amable? Y ¿por qué estaba avergonzada de
sentirse dependiente cuando estaban obligándola a serlo?

—Me alegra. —Evelyn se acercó a la cama—. Eric los hizo para ti.

El tenedor casi se le escapó de los dedos.

—Eso fue… agradable de él.

—Pensé lo mismo. Se siente mal por pegarte la noche pasada. —Dio un paso más
cerca de la cama—. Esa no es la forma en que vamos a tratarte de ahora en adelante,
¿está bien? Queremos que te sientas cómoda. Aprenderás que te guste aquí, lo
prometo. Solo no trates de escapar.

Había un tono suplicante en su voz. Naomi quería prometerle que no trataría de


escapar, pero eso sería una estupidez, así que mantuvo la boca cerrada. Se preguntó
lo que pasaba por la mente de Evelyn cuando la miró. ¿Era meramente un premio
que Eric había llevado a casa un día? ¿Alguien con quien Evelyn podría ―jugar‖ y
cuidar? Por alguna razón, eso no la molestó tanto como debería.

—No podré traerte el almuerzo de lunes a viernes —dijo Evelyn—, así que hoy voy a
recoger algunos aperitivos en la tienda que pues mantener aquí para comer durante
el día. Llego a casa a las cuatro y empiezo la cena alrededor de las cinco o seis. Eric
podría dejarte comer con nosotros abajo, pero no estoy segura todavía. —Miró la
tostada dejada en el plato de Naomi—. ¿Hay algo que no te guste comer?

Ella jugueteó con el tenedor en la mano, considerando el hecho de que la casa estaría
vacía la mayor parte del día, y que su propia madre nunca le había preguntado algo
tan simple como qué le gustaba comer. Levantó la mirada.

—No soporto el pescado.

—Mantendré eso en mente. —Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta—. Te traeré un


cesto para la ropa sucia. El servicio de lavandería se hace una vez por semana.

Cuando se fue, Naomi bajó la mirada hacia los huevos restantes en su plato. Ya no
tenía hambre. La mera idea de Eric preparando algo para que ella comiera le revolvió
el estómago. Dejó el plato sobre la mesa de noche y se acurrucó de nuevo bajo las
sábanas. Necesitaba los brazos de Brad a su alrededor. Él le diría que estaba haciendo
lo correcto al no luchar. Lo echaba de menos sin importar lo que la parte racional de
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su mente le dijera acerca de no amarlo. Él solo quería protegerla y amarla. ¿Qué era
Página

tan malo en eso?


El aire de finales de enero era gélido la noche en que se dio cuenta de que él podría
golpearla. Fue solo unas pocas semanas antes de su secuestro. El aire frío era esperado
dado que todo el invierno había sido más frío de lo normal. Se había visto obligada a
agarrar viejas y pesadas sudadera y abrigos que no había usado en dos años.

Brad estaba acostado boca abajo en la cama de ella y extendió sus manos al suelo
donde ella estaba sentada al estilo indio. Estaba tratando de terminar el último
capítulo de El Gran Gatsby.

—Usa tu sudadera blanca con capucha —dijo él cuándo ella le contó que
posiblemente no podría ir ya que toda su ropa de invierno estaba en el cuarto de
lavado.

—¿Que sudadera blanca con capucha? —Ella mantuvo sus ojos fijos en su libro,
molesta porque él no la estaba dejando terminar, y aún más molesta de que él
quisiera que fuera a un paseo por la playa de cinco kilómetros con un montón de
personas de la escuela que ni siquiera le gustaban.

—El que te compré, ¿recuerdas? Lo usaste ayer; puedo verlo en tu cesto.

Ella se dio la vuelta. Tenía razón, y arrugó la nariz.

—Huele a pescado. Se mojó cuando caí en la poza de marea, ¿recuerdas?

—No es así. —Él saltó de la cama y fue a la cesta—. Bueno, tal vez un poco —
murmuró después de presionar una de las mangas en su nariz—. Pero ¿a quién le
importa? No podrás olerlo afuera.

Tenía razón. De nuevo.

Mientras se dirigían a la playa de la mano, la única cosa que pudo oler era el flotante
aroma caliente de una fogata. Cuando finalmente llegaron a la fiesta, ella estaba
helada. Solo había usado sandalias y apenas podía sentir los dedos de sus pies
cubiertos de arena mientras Brad la guiaba a un tronco cerca del fuego.

La dejó sentada entre dos grupos enfrascados en sus propias conversaciones, y


mientras esperaba pacientemente a que él le consiguiera algo de comida, apretó los
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codos y las rodillas y se quedó mirando las llamas. Estaba admirando el color cuando
Página

alguien se sentó a su lado.


—Eres la chica de Brad, ¿verdad? —preguntó una voz profunda.

Dio un salto y se volvió hacia el chico. Era delgado, pero no nerd, con cabello
castaño oscuro bastante largo extendido a través de su frente. Pensó que se veía
espléndidamente filosófico, con gafas delgadas de montura metálica perfectamente
equilibradas en sus pulidas rasgos simétricos.

—¿Su chica? —respondió ella, molesta—. Supongo que podrías llamarme así.

—Oh, lo siento. Naomi, ¿verdad?

—Sí.

Él extendió una mano para estrecharla, algo a lo que no estaba acostumbrada de su


propio grupo de edad. Ninguno de ellos era tan formal.

—Soy Damien, compañero de habitación de Brad si decide venir a Berkeley en el


otoño.

Ella tomó su mano, recordando repentinamente la mención acerca de él por parte de


Brad un tiempo atrás; algún amigo suyo al que nunca había conocido. Se había
graduado tres años atrás, y si recordaba bien, se suponía que era un gran fotógrafo.

—Lo siento —exclamó ella tímidamente—. Brad me habló de ti, pero no dijo que
estarías aquí esta noche.

Su agarre era fuerte mientras la miraba a los ojos a través de sus gafas.

—Sí, estoy visitando a mis padres el fin de semana. Esto generalmente no es mi tipo
de cosas. Quiero decir, los policías probablemente aparezcan en unas horas ya todo el
mundo aquí es menor de edad.

Ella bajó los ojos a la cerveza en su mano y le dio una media sonrisa.

—¿Y no lo eres?

—Tengo veintidós.

—Oh, está bien.

—De todos modos, Brad me ha hablado mucho de ti. Dice que te interesa la
fotografía. —Él sonrió, una sonrisa linda con hoyuelos—. Siempre estoy en busca de
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alguien que también lo disfrute tanto como yo. Ya sabes, alguien que en realidad sea
serio al respecto.
Página
Ella estaba cautivada.

Hablaron durante diez minutos, a medio camino de cuando se preguntó dónde estaba
Brad, pero siguió hablando de todos modos. Fue entonces cuando supo de la niebla.

—Esta será una gran primavera —dijo Damien con una amplia sonrisa—. Agradable
y fría. Perfecta para la niebla. Ya sabes, ¿tan espesa que apenas se puede ver a través
de esta? Si la agarras justo cuando se está girando, puedes obtener alguna toma de
aspecto misterioso. —El bebió un trago—. Haremos cualquier cosa para un gran tiro,
¿verdad?

Riendo entre dientes, ella levantó sus muñecas a su nariz. El olor era débil, pero
repugnante.

—¿Cuál es el problema? —Él rio—. Te ves como si estuvieras a punto de vomitar.

Ella bajó las manos.

—Es solo que… Odio el olor a pescado, y estaba sumergiéndome en esta poza de
marea ayer para sacar una estrella de mar. Ya sabes, ¿para esa toma perfecta? Bueno,
mojé mis mangas y ahora apestan.

—¿Qué? Las pozas de marea no huelen a pescado.

Él rio entre dientes y bajó la vista a sus manos ahora apoyadas en su regazo.

—¿Puedo? —preguntó él, estirándose para tocar sus dedos. Antes de que pudiera
responder, él deslizó su mano en la suya y levantó el puño de la sudadera a su nariz.

Su tacto fue suave, pero persistente. Su pulgar acarició su piel mientras miraba sus
ojos. Deslizó la manga por su brazo y llevó la cara inferior de su muñeca a los labios.
¿Que creía que estaba haciendo? Cada movimiento la puso nerviosa y caliente, como
las llamas a unos metros de distancia.

Él respiró lentamente, prácticamente besando su pálida piel con sus labios. Emoción
se abrió paso a través de ella. ¿Cómo se sentirían esos labios contra su boca? ¿Esas
dulces caricias en su cuello? Trató de empujar la idea a un lado mientras él tomaba
una profunda y sensual respiración que envió calor todo el camino hasta sus pies
fríos. Finalmente, cuando pensaba que su corazón no podía palpitar más rápido, la
soltó.
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—Estás loca —dijo suavemente, y luego con una elegante sonrisa—: No pude oler el
Página

pescado en absoluto. Solo a ti.


—¿A mí?

—Sí, hueles increíble. Como lirios.

No estaba segura de si estaba tratando de coquetear con ella o no, si la confiada


sonrisa con hoyuelos y la forma en que la había tocado se suponía que hicieran que
sus rodillas cedieran y sus manos calentaran, o si estaba imaginando todo. De
cualquier manera, estuvo sorprendida por la forma en que la hizo sentir; ante cuán
fácilmente un completo extraño podría enamorarla cuando ella ya estaba enamorada
de Brad.

¿Dónde estaba Brad?

Levantó la vista para verlo a tres metros de distancia, llevando un plato de comida y
dos cervezas abiertas. Se detuvo en seco, congelado junto al fuego con furia ardiendo
en su rostro. Avergonzada de ver que la observaba, bajó el puño de la manga
mientras él lanzaba una mirada furiosa a Damien.

—No sabía que estarías aquí —espetó.

Damien sonrió y se encogió de hombros, aparentemente ajeno al hecho de que Brad


lucía como si fuera a lanzarse sobre él.

—Sí, yo tampoco. Estoy en la ciudad por el fin de semana y vi a Naomi sentada aquí.
—Tomó un largo trago de su cerveza—. La reconocí por la foto que me mostraste el
verano pasado, ¿recuerdas?

Brad cambió su peso a través de la arena.

—Sí, lo recuerdo. —Dio un paso adelante y se sentó al otro lado de Naomi. Su muslo
se presionó contra el de ella—. ¿Así que supongo que ustedes dos encontraron
mucho de qué hablar mientras yo no estaba? —Se inclinó hacia adelante y empujó
las dos cervezas en la arena. Su irritación era espesa e intensa. Naomi podría haberla
sentido a un kilómetro de distancia, pero Damien no estaba reaccionando a eso. O
era extremadamente imperceptible o simplemente no le importaba. Estaba inclinada
a pensar lo último. Todo lo que quería hacer era desaparecer, pero en su lugar agarró
una de las cervezas y tomó un largo trago. Tal vez eso podría llevarse la molestia de
todo.

Damien se inclinó hacia delante para mirar a Brad.


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Página
—Claro, encontramos mucho que hablar. Sabes que a los dos nos gusta la fotografía.
—Luego dio un profundo suspiro—. ¿Así que ya has decidido adónde vas a ir a la
escuela? ¿Debería contar contigo para la otra mitad de mi alquiler?

Naomi observó las llamas anaranjadas de la hoguera brillar en sus gafas antes de que
tomara otro trago de cerveza y se volviera a Brad, quien estaba mirando hacia abajo
al plato de comida en su regazo.

—No sé todavía —murmuró, y se inclinó para agarrar la otra cerveza de la arena.


Tomó un largo y profundo trago antes de envolver un brazo alrededor de su cintura.
La apretó con fuerza. Con tanta fuerza que dolió.

»Nena, ¿tienes hambre?

Ella miró el plato en su regazo y asintió. El perro caliente que le entregó estaba
carbonizado, rematado con un montón de mostaza. Esa era solo la forma en que le
gustaba.

—Se ve bien —dijo Damien y se levantó. Él le sonrió—. Supongo que hablaré


contigo más tarde. Ver cómo van esas tomas en la noche, ¿eh?

—Espera un segundo. —Brad dejó el plato en el suelo y se puso de pie para enfrentar
a Damien. De los dos, Brad era más intimidante a pesar de su edad más joven. Se
ejercitaba casi todos los días y estaba orgulloso de sus bíceps esculpidos y su paquete
de seis abdominales. Decía que lo hacía por Naomi. Él pensaba que le gustaba su
fuerza, y cuando ella pasaba las manos por su suave piel musculosa, ella estaba
pensando en protector, intimidad, seguridad… cuando últimamente lo que estaba
vergonzosamente pensando era dolor. A veces era demasiado duro con ella.

»Escucha —espetó Brad en el rostro de Damien—, no te quiero cerca de ella,


¿entiendes? Hay una razón por la que la he mantenido lejos de ti, y muy bien sabes
por qué.

—Seguro, lo que digas. Déjame saber si te vas a mudar, ¿de acuerdo?

Damien le dirigió una breve sonrisa y se alejó antes de que Brad pudiera decir algo
más. Se dio la vuelta para mirarla con los puños apretados a los costados.

—Lo juro —siseó mientras empujaba su cerveza de nuevo en la arena y pasaba un


dedo a través de su muñeca temblorosamente—, si alguna vez miras a alguien así de
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nuevo…
Página

—¿Así cómo, Brad?


Intentó ignorar el sudor brotando en sus palmas mientras los puños de él estaban
apretados. Nunca le había pegado antes, pero esa mirada en sus ojos era demasiado
familiar. Estaba segura de que podría golpear uno de esos puños a su rostro sin
pensarlo dos veces. Peor que eso, podría obligarla a hacer algo en la cama que
pudiera doler más de lo habitual. Retorció sus temblorosas manos ante el
pensamiento. Un puño podría ser mejor, pero el problema con eso era que tendría
que ocultar el hematoma debajo de maquillaje, y si alguien se daba cuenta, tendría
que explicarlo con alguna estúpida excusa. No había manera de que se arriesgara a
meter a Brad en problemas, y él lo sabía. Fue en ese momento que algo cambió
dentro de su cabeza, como una pieza de rompecabezas moviéndose en su lugar.

Sus puños se desenvolvieron y suavizó su expresión y se sentó de nuevo junto a ella.

—No debería enojarme contigo a causa de él. Es un gran amigo, pero es un jugador
regular. Es la principal razón por la cual no lo quiero cerca de ti. Alguien como tú…
él siempre está en busca de un fácil…

Se detuvo y se pasó la mano por la espalda de ella.

—No hables nunca más con él, ¿está bien?

Ella vio un poco de mostaza en su pulgar, extrañamente brillante ante el resplandor


del fuego.

—Está bien —respondió suavemente.

La comida ya no le apetecía más mientras se imaginaba a Brad realmente


golpeándola. Por la forma en que se sentía acerca de Damien, probablemente
merecía un ligero castigo.

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Página
VI
Marzo

N
aomi pasaba mucho tiempo en la ducha. Tomaba al menos dos al día, a
veces tres. Si estaba extremadamente aburrida, tomaba cuatro. Tal vez era
porque le gustaban las paredes de azulejos. Se volvían manchas oscuras bajo
el agua y le recordaban a las paredes de las cuevas cubiertas de musgo o piedras lisas
en el fondo de un río. Lugares cerrados, seguros.

Había un punto entre dos de los azulejos donde la lechada se había vuelto blanda.
Con su uña, había arañado una marca por cada día que estaba secuestrada.

Veintisiete hasta ahora.

Salió de la ducha y se enfrentó al espejo empañado. Quería borrar la condensación


para mirarse, pero sabía que era una mala idea. No quería ver su cabello corto.
Quería olvidar la habitación de motel. En su mente, parecía tan lejos de esta
habitación aislada. Estaba empezando a sentirse segura en su mayoría.

Su estómago gruñó, indicando que era la hora de cenar. Evelyn subiría en cualquier
momento. Al abrir la puerta del baño, se detuvo en seco.

Jesse.

Estaba apoyado en la cómoda y levantó la mirada de un libro en sus manos. Quería


correr de nuevo al cuarto de baño y cerrar la puerta, pero estaba tan impresionada de
verlo —de ver a alguien además de Evelyn— que no podía moverse.

Él sonrió, cerrando su libro antes de que lo pusiera sobre la cómoda. Era El Gran
Gatsby. Notó una nueva pila de libros junto a este.
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Página
—Evelyn me envió aquí —dijo, luchando por mantener los ojos en su rostro. Seguían
a la deriva hasta el borde de la toalla envuelta alrededor de su pecho. Él se cambió de
un pie a otro—. Vístete y te llevaré abajo para la cena.

Con el corazón acelerado, apretó la toalla aún más cerca y dio un paso atrás. La
forma en que la estaba mirando invadía su espacio incluso más que cuando le había
tocado el rostro y dicho que era hermosa.

—Lo siento —dijo con una media sonrisa. Sus mejillas estaban rojas—. No sabía que
estarías desvestida.

Ella dio un paso atrás.

—No me vas a ver, ¿verdad?

—Por supuesto que no. Estaré justo afuera de la puerta.

Cuando se fue, corrió al armario. Su respiración estaba acelerada y con pánico. Miró
su cuerpo desnudo cuando dejó caer la toalla y se imaginó las manos de un
desconocido en su piel. Enferma. Enferma. Enferma. Se estremeció, vistiéndose tan
rápido como pudo antes de dirigirse a la puerta. Pero algo le llamó la atención. La
pila de libros que Jesse había dejado sobre la cómoda. Le había traído novelas de
fantasía, incluso algo de Mercedes Lackey. Dios lo bendijera a pesar de todo lo
demás.

Había demasiados clásicos, uno en particular que la hizo contener el aliento en su


garganta. El despertar. Era el mismo libro que su madre le había dado en la biblioteca
en casa. La idea de siquiera tocarlo la hizo mirar hacia otro lado. No podría
posiblemente saberlo, ¿verdad? ¿Cuáles eran las probabilidades?

Deslizándose por la puerta, se dejó llevar abajo a la mesa del comedor donde los otros
ya estaban comiendo. Un nudo se formó en su garganta. La mesa estaba puesta con
cuencos preparados con ensalada César con pollo, algo que siempre evitaba porque la
mayoría de los aderezos César sabían a pescado. Odiaba el pescado. Le había dicho a
Evelyn semanas atrás que lo odiaba, pero tal vez se le había olvidado.

Jesse sacó una silla para ella y se sentó. De todas las cosas, la ensalada la asustaba más.
¿Y si no podía comerla? Esta era la primera vez que la habían dejado bajar desde que
Eric la había abofeteado. No quería molestarlo de nuevo, ni ofender a Evelyn, que la
estaba observando desde el otro lado de la mesa.
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—Está bien —instó Evelyn con una mirada a Eric—. Puedes comer.
—Um, seguro —susurró, y agarró el tenedor.

Eric tragó un bocado de comida y sonrió.

—¿Es agradable estar fuera del dormitorio?

Apenas asintiendo, trató de no entrecerrar sus ojos. Él no tenía derecho a ser amable
con ella. Apretó el tenedor en un agarre de muerte.

Eric apoyó los codos sobre la mesa.

—Así será ahora. Si haces exactamente lo que decimos y no tratas de escapar, te


dejaremos salir cada noche para la cena. Puedes comer aquí con nosotros, caminar si
lo necesitas, ver la televisión, leer un libro, lo que sea. Jesse pasa mucho tiempo
arriba en el estudio. Mantendrá un ojo en ti si deseas pasar tiempo allí. Me ha dicho
que te gusta leer.

Jesse sonrió y ella asintió.

—Sí, me gusta.

—Evelyn me dijo que te gusta la fotografía. ¿Es eso lo que estabas haciendo la noche
en el estacionamiento? ¿Tomando fotografías?

Sus dedos temblaron.

—Estaba en el parque —respondió cuidadosamente. Estaba segura de que él ya sabía


lo que había estado haciendo esa noche—. Estaba tomando fotografías nocturnas. No
vi nada de lo que estaban…

—No pregunté eso. —Su voz era firme, pero suave—. He mirado las fotografías en tu
cámara. Obviamente es un talento que disfrutas mucho.

Ella asintió. Era correcto. Tenían la bolsa de su cámara desde la noche en que la
habían secuestrado. Tenía todo allí, incluyendo su teléfono. Brad probablemente
había tratado de llamarla doscientas veces por ahora. También estaba la tarjeta de su
cámara. ¿Qué había allí? Una tormenta de unas semanas atrás, las pozas de marea, la
niebla, pero ¿por qué le importaría a Eric? ¿Por qué le importaría a alguno de ellos?
Todos la estaban mirando ahora. Bajó la mirada a su ensalada y trató de controlar su
respiración acelerada.
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—Espero que tengas otros intereses. —La voz de Eric se desvió a través de su hilada
de pensamientos—. No puedo devolverte la cámara, pero estamos dispuestos a
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considerar otras cosas que podría gustarte hacer. Queremos…


Se detuvo, probablemente esperando a que levantara la mirada, pero no podía
mirarlo mientras sus intenciones se hacían más claras.

—Nos gustaría hacerte feliz.

Sus labios se separaron mientras reunía valor.

—¿Quieres decir que así no querré irme?

Él parpadeó. Steve se aclaró la garganta y miró su periódico. Evelyn se apoyó en el


respaldo de la silla. Jesse sonrió con la boca llena de comida, aparentemente
divertido.

—Sí, así no querrás irte —se burló Eric, mirando a Evelyn con una expresión que
decía: Te dije que no era estúpida—. No te quiero aquí tanto como tú no quieres
estar aquí. Fue un error secuestrarte… un grande y maldito error, y si no vas a
apreciar el hecho de que estamos dispuestos a hacer lo mejor de esto, entonces
podemos manejar las cosas de diferente… manera.

El olor del aderezo César flotó hasta su nariz. El penetrante ajo y el queso parmesano
se mezclaron con algo oloroso a pescado. ¿Cómo podría posiblemente comer? ¿Cómo
podía tragar lo que fuera con que la alimentaran? Amabilidad forzada, falso afecto,
crueles amenazas.

Se levantó de la silla. No podía quedarse aquí. Era una locura. Ellos estaban locos.
Miró a la puerta principal y tensó sus músculos cuando la voz de Eric se estrelló
contra ella.

—¡Siéntate!

Se volvió de nuevo a la mesa. Todos estaban medio sentados, listos para agarrarla si
era necesario. Los ojos de Eric estaban oscuros, y mientras se volvía a sentar en la
silla, vio disminuir el temblor en sus dedos.

—Ni siquiera trates de hacer eso de nuevo —espetó—. Te sentarás allí y comerás y
no te moverás hasta que te lo diga. Otro movimiento de esa manera y nunca saldrás
de ese dormitorio de nuevo. ¿Entendido?

Evelyn siseó algo ininteligible en su dirección, pero todo el mundo permaneció en


silencio mientras Naomi bajaba la mirada y asentía. Pinchó un trozo de pollo en el
cuenco y se lo llevó a la boca, determinada a no hacer arcadas y revelar su debilidad.
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Tenía que permanecer fuerte y pensar con claridad. La sumisión podría estar bien
Página
por el momento, pero tenía que haber una manera de pensar más que estas personas
y escapar. Algo que eventualmente pasarían por alto.

El pollo estaba bueno, pero el aderezo sabía exactamente como se imaginaba.


Alcanzó su agua y se bebió la mitad del vaso.

—¿Cuál es el problema? —preguntó Evelyn.

Ella pinchó otro trozo de pollo, pero no estaba segura de poder llevarlo a sus labios.

—Anchoas —murmuró Steve. Observó a Evelyn por encima de la montura de sus


gafas de lectura—. El aderezo que haces tiene anchoas. Dijiste que no le gusta el
pescado.

Evelyn dejó su tenedor y se volvió hacia Naomi.

—Lo siento. Ni siquiera pensé…

—Está bien. —Bajó sus manos a su regazo.

—¿Hay algo más que puedas traerle? —preguntó Steve, volviendo de nuevo a su
periódico. Naomi alcanzó a ver la portada y vio The Denver Post impreso en la parte
superior. Así que estaba en Colorado. Eso era simplemente genial. Nadie podría
encontrarla aquí.

—Lo traeré, Evelyn —se ofreció Jesse antes de que Evelyn pudiera levantarse de la
silla. Se puso de pie y fue a la cocina.

—Hay restos de lasaña —le gritó mientras él abría el refrigerador—. ¿Está bien,
Naomi?

Lo que fuera. Ya no tenía hambre, pero incluso sin apetito, estaba dispuesta a comer.
Era la única sensación fiable que no tenía que cuestionarse. Haría lo que le dijeran
porque era débil y ellos eran fuertes. Era un lugar familiar, incluso cómodo si se
instalaba en la medida suficiente.

Jesse la llevó al piso de arriba cuando terminó de comer. Abrió la puerta y le dio una
mirada suplicante. Tenía barba incipiente pelirroja en su mandíbula y una hendidura
en su nariz por un par de gafas.

—No te haré daño —dijo, acercándose a ella.


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Confundida, retrocedió en el dormitorio.


Página

—No soy así —continuó en voz baja—. Lo siento si te he asustado, eso es todo.
Ella asintió. Tenía que admitir que la había asustado en gran cantidad de niveles,
pero por otra parte, no era el primer chico en su vida haciéndola sentir incómoda y
sin ninguna posibilidad de escapar.

57
Página
VII
S
us secuestradores se fueron a trabajar a la mañana siguiente, pero cuando Jesse
volvió, vino directamente a su puerta. Naomi bajó su libro cuando entró en la
habitación.

—¿Te gustaría ir al estudio? —preguntó. Estaba vestido con pantalones marrones y


una camisa abotonada. Su cabello estaba pulcramente arreglado. Se preguntó qué
hacía durante todo el día para tener que lucir tan agradable.

—Sí —dijo con un suspiro de alivio—. Este dormitorio se está volviendo pequeño.

—Lo apuesto.

Lo siguió por el pasillo en una habitación larga y llena de estanterías. En el centro de


la habitación había una mesa de billar, pero lo que llamó su atención fueron las
puertas francesas que conducían a un balcón. Podía ver el patio trasero e indicios del
resto del barrio. Parecía que solo las personas mayores vivían por aquí. Raramente
había visto a alguien fuera de su ventana durante el día, y no había escuchado
ningún niño o ruidos fuertes en lo absoluto. Las luces estaban encendidas en el
interior de las casas. ¿Las personas estaban comiendo la cena? ¿Viendo la televisión?
Aquí estaba en medio de su barrio, una prisionera. Era raro. Bajó la mirada a sus
manos, agradecida de que no estaba atada por la noche. Podría gritar si se llegara a
eso.

—Me gusta jugar al billar —dijo Jesse mientras él hacía un gesto para que se sentara
en un sofá junto a la mesa—. Puedes leer si lo deseas. ¿Quieres una bebida?

—¿Una bebida? —Ella se sentó con cuidado en el borde del sofá, tratando de no lucir
incómoda. ¿Por qué estaba preguntándole si quería una bebida? Era demasiado
agradable para ser un secuestrador. Estaba todo mal.

—Sí. —Se dirigió a un refrigerador en la parte trasera de la habitación en la que


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había una máquina de pesas y una caminadora metidas en las sombras—. ¿Agua?
¿Coca-Cola? ¿Sprite? ¿Jugo? ¿Qué te gusta?
Página
Ella se miró las manos.

—Uh, Coca-Cola, supongo.

—Mi favorito. —Él abrió la nevera y sacó una para ella. Cuando ella la tuvo en sus
manos, él tomó un taco de la pared—. ¿Te gusta jugar?

Ella dio la vuelta a la lata en sus manos y miró hacia otro lado. La verdad era que le
gustaba jugar al billar; Brad le había enseñado cómo hacerlo.

—¿Bueno?

—Uh, creo que preferiría leer.

—Adelante. —Hizo un gesto con la cabeza hacia los estantes. Ella se puso de pie y se
acercó a los estantes con los títulos de fantasía. Un pequeño jadeo salió de su boca.
Tenían algunos de los mejores libros. Tocó los lomos con un dedo tembloroso:
clásicos y títulos más nuevos también, en su mayoría de tapa dura. Parecía extraño
que compraran y leyeran ficción. Recordó todos los libros apilados en la planta baja y
se preguntó si Eric leía fantasía, si le gustaban todos esos mundos inventados. Evelyn
parecía más el tipo de amar dragones y príncipes y épicos viajes largos, pero como
estaba descubriendo, estas personas no eran predecibles.

Gradualmente, se dio cuenta de los ojos de Jesse en su espalda.

—De seguro no hablas mucho —dijo él.

Ella se dio la vuelta para verlo apoyado en la mesa de billar, sus brazos cruzados
mientras esperaba a que ella respondiera.

—¿Qué quieres decir?

—¿No extrañas a tu familia? ¿Tu novio? Evelyn dice que nunca hablas de ninguno de
ellos.

—¿Qué quieres que diga?

Él se encogió de hombros.

—¿No los extrañas?

Apretando su boca, consideró la pregunta. Debería haber sido fácil responder, pero
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no lo era así. Por pura costumbre, rara vez pensaba en sus padres, y Brad solamente
entraba en su mente cuando olvidaba enfocarse en algo más. Imaginó sus emociones
Página
y recuerdos atrapados dentro de una pequeña caja que era demasiado temerosa de
abrir. Sus ojos comenzaron a picar.

—Lo siento. —Pánico cruzó el rostro de Jesse mientras desdoblaba sus brazos—. No
fue mi intención hacerte sentir incómoda. Yo…

—N-no puedo pensar en ellos —dijo mientras la caja se empezaba a abrir. Ahora iba
a desmoronarse—. Pienso más en los azulejos de la ducha que en mis padres. Se
fueron a trabajar tan solo un día después de que se enteraran de que me había ido, y
Brad…

Su voz salió poco a poco con un sollozo mientras pensaba en sus brazos alrededor de
ella en su cama. La primera vez que había dormido con él había entrado en pánico de
que sus padres se enteraran, pero nunca lo hicieron. No les habría importado, de
todos modos, y eso era lo que dolía. Brad la deseaba más y más hasta que fue un
ritual regular, y ahora echaba de menos sus labios sobre su piel, su apretado abrazo y
los susurros de que la mantendría a salvo para siempre. Estaba tan equivocado.

Jesse se acercó y ella retrocedió. Lo último que quería era que intentara consolarla.
Querían hacerle creer que se preocupaban por ella, y no podía permitir eso.

—No me toques —gimoteó—. Por favor. —Retrocedió hacia una estantería y lo


observó acercarse. Era del mismo tamaño que Brad, igual de fuerte, pero más
delgado. Podía ver sus firmes músculos definidos debajo de su camisa.
Definitivamente los ejercitaba, pero se preguntó por qué… si era para una novia.
¿Por qué aún estaba aquí? No parecía relacionarse con los demás de ninguna manera.

Se acercó más. Naomi contuvo la respiración. No se asustaría. Podía manejar esto,


pero las lágrimas rodaron por su rostro. Algo en él la ponía sobre el borde. Era algo
fuerte, como en Brad, el brillo duro en sus ojos la empujaba a la sumisión, la forma
en que se movía como si nada pudiera sacudirlo. Una parte de ella lo anhelaba, y la
otra parte se encogía.

Él tocó su mejilla para enjugar una lágrima. Su mano era cálida y suave.

—Los informes del noticiero dicen que eres tímida. No tienes amigos cercanos a
excepción de Brad.

Ella no podía apartar la mirada de las pecas en sus mejillas. No eran nerd como
algunas de las pecas de los chicos en la escuela. Podía ver que estaba orgulloso de la
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forma en que lucía, la forma en que se tenía a sí mismo.


Página

Él inclinó la cabeza.
—¿Cómo puede alguien tan inteligente y hermosa estar tan sola?

Más lágrimas. No podía contenerlas. Sintió detrás de ella, pero solo había libros, nada
con qué defenderse mientras su mano se envolvía alrededor de su brazo y la apartaba
de la estantería. Recordó la firmeza con que la había contenido en el cuarto de motel
cuando le había ayudado a levantarse del suelo, la forma en que olía a colonia y
sudor… un olor dulce, casi reconfortante. Olía a eso ahora, como Brad, como todo lo
que amaba y odiaba.

Con un pesado suspiro, se rindió y dejó que la recogiera en sus brazos. Apoyó la
mejilla en su hombro, avergonzada de que sus lágrimas ya estuvieran empapando su
camisa. Era desagradable, pero a él no parecía preocuparle.

—Shhh —susurró, apretando su agarre sobre ella. Era más apretado de lo que tenía
que ser. Él acarició ligeramente un punto en su espalda—. Aún debes tener miedo de
morir, incluso después de un mes aquí, pero no te hemos lastimado ¿verdad?

—N-no —gimoteó ella. Una extraña sensación se apoderó de ella, como si estuviera
flotando en el agua. Recordaba tratar de enderezar la estrella de mar en las pozas de
marea para que pudiera tomar una foto meses atrás. Tenía piel llena de desigual y
aterciopelada. Se aferró a la roca para salvar su vida mientras ella trataba de hacer
palanca.

—La única razón por la que Eric te hará daño es si intentas escapar —dijo con voz
firme—. No harás eso.

—No lo haré. —No tenía ni idea de si lo decía en serio. Posiblemente no podían


esperar que ella cediera tan fácilmente. Estaba temblando ahora. Jesse aflojó su
agarre y la empujó lo suficientemente lejos para que poder mirarla.

—Juguemos a un juego. —Asintió a la mesa de billar—. Te enseñaré si no sabes


cómo. Sacará tu mente de otras cosas.

—No lo creo —dijo a través de un sollozo. Su mente daba vueltas alrededor de los
pensamientos de Brad y la estrella de mar y esa la noche en la playa con Damien
mientras comía un perro caliente con mostaza. La única cosa que pensaba sobre sus
padres era que fueron a trabajar por la mañana, y eso la hacía sentirse culpable por
alguna estúpida razón. La última cosa que quería hacer era jugar un juego.

—Naomi, cálmate.
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Página

Ella levantó la mirada y se dio cuenta de que estaba sollozando incontrolablemente.


Hipidos escapaban de su boca. Su nariz estaba empezando a funcionar. Fantástico.
—Lo siento —escupió ella y volvió a limpiarse la nariz con sus manos. No quería que
nadie la viera así, una ruina completa. Incluso sus rodillas se sentían débiles.

—¿Cuál es el problema? —preguntó él—. No tenía idea de que mencionar a tus


padres…

—Tienes razón —interrumpió ella, limpiándose los mocos en los jeans—. Ni siquiera
pienso en ellos. Eso no es normal. Nada de esto es normal.

—No, no lo es. —Él se aclaró la garganta—. Pero no vienes exactamente de una


familia normal.

Ella miró los libros en el estante delante a ella. La palabra normal nunca la había
descrito, ni siquiera ahora. Todo lo que había hecho durante el último mes fue
dormir, comer y leer. Obedecía cada orden. Era su marioneta perfecta. Su mente
estaba en un bache como una canción en repetición. Estaba tan harta de ello que
quería acurrucarse y morir. ¿Se había sentido así toda su vida, o solo lo notaba ahora
ya que la situación era más íntima?

Lo peor de todo era que estaba demasiado asustada para hacer nada para defenderse.
Jesse la deseaba, pero ¿qué clase de chica se le tiraba encima a su secuestrador solo
para ver si eso abría una puerta? ¿Que decía eso de ella? ¿Valía la pena intentar
recuperar a Brad? Su corazón dolía por él a pesar de la herida que había dejado en su
mejilla. Quería su protección de nuevo. Él siempre la había ayudado a sentirse mejor
acerca de su indiferente familia. Sus propios padres estaban divorciados, y él le estaba
recordando constantemente que al menos los suyos estaban juntos. Al menos ella era
atendida en un montón de otras maneras. Era solo en esos breves momentos que su
resentimiento se derretía. Nadie más que Brad le había dado tal estabilidad para
apoyarse, y haría cualquier cosa para volver a él para poder sentir esos muros sólidos
una vez más. Lo necesitaba.

Se dio la vuelta.

—Jugaré un juego contigo —dijo mientras miraba la mesa de billar y luego de vuelta
a Jesse. Él había cruzado sus brazos, esperando. Ella bajó los ojos—. Tendrás que
enseñarme.
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Página
VIII
K
aren sabía que volar a Maine para estar con su hermana era una mala idea,
pero Jason prácticamente la forzó a subir al avión.

—Elizabeth te necesita ahora. Es el receso de primavera de los chicos, y


sabes cómo la enloquece eso.

—En realidad, no tengo idea de cómo enloquece eso a nadie —le había dicho
Karen—. No puedo permitirme tomarme tiempo del trabajo ahora mismo, y tú
tampoco. La fusión está en su punto clave…

—Dejé todo eso en manos capaces, y tienes a Anna para manejar las cosas mientras
no estés. Es algo que ambos necesitamos.

Esas palabras resonaron en su mente mientras estaba de pie en la cocina de su


hermana la tercera noche de su estadía. Era pasada la medianoche y no podía dormir.
Era obvio que Naomi no iba a volver. El consejero que Jason la estaba obligando a
ver le había metido eso en su cabeza. Naomi se había ido. Estaba perdida. Quizás
muerta. Y lo único que ella podía hacer era seguir respirando y fingir que era fuerte.
Su carrera la ayudaría a atravesar esto, como la había ayudado con todo lo de su vida,
pero ahora Jason la había alejado de ello y ya no sabía qué hacer consigo misma.

Pasó por encima de una pila de juguetes hacia la cafetera. La casa de Elizabeth era
una zona de peligro de comida seca en el piso, migas en las mesadas y platos sucios
apilados tan altos en el fregadero que Karen dudaba que hubiera una taza limpia para
café.

Elizabeth tenía cuatro hijos, todos unas pequeñas bolas de energía. Hacían que Karen
frunciera los labios cada vez que estaban cerca. Elizabeth nunca se molestaba en
limpiarles las manos o las bocas pegajosas. Dejaba que corrieran de manera salvaje, y
su casa desordenada era el resultado. ¿Por qué no contrataba a una doméstica?
Ciertamente, podría permitirse una con el generoso salario de su marido.
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Con la luz de la luna brillando en las ventanas, a Karen le llevó cinco minutos
Página

encontrar una taza limpia. Encendió la cafetera y se inclinó para mirarla. ¿Cómo
funcionaba? ¿Cómo funcionaban las cafeteras? No había usado una desde la
universidad. Alguien siempre hacía el café en el trabajo, y Mindy siempre hacía el
café en casa, pero no podía ser tan difícil. Esta máquina parecía más compleja que las
demás.

—¿Estás despierta?

Karen se volvió para encontrarse a Elizabeth de pie en la entrada. Tenía el cabello en


una coleta alta que la hacía parecer adolescente. Karen fue recordada nuevamente lo
diferentes que eran. Elizabeth era más joven y tenía unas curvas agraciadas que
hacían que pudiera usar ropa que hacía que su hija de nueve años pensara que era
genial.

—Sí, no puedo dormir —murmuró Karen, y volvió a la cafetera.

—¿No estás tomando las pastillas que Jason dijo que te ayudarían a dormir?

Karen dejó escapar un audible sonido.

—Sí, las estoy tomando, pero obviamente no están funcionando, ¿verdad? —Antes
de que Elizabeth respondiera, Karen se dio la vuelta—. ¿Y tú que haces despierta?

—Sara estaba gritando que había monstruos bajo su cama.

—¿Otra vez?

Elizabeth se encogió de hombros.

—Es una etapa… ya pasará. —Entró en la cocina y se acomodó junto a Karen para
encender la cafetera—. ¿Segura que quieres café a esta hora?

—Ya no estoy segura de nada. —Karen dejó su taza con un golpe sobre la mesada y
caminó hacia las puertas de vidrio que daban al patio trasero. Con lágrimas
formándose en sus ojos, se concentró en unas nubes oscuras flotando sobre la luna.
Lo que realmente quería era que alguien la dejara inconsciente durante una semana
para que pudiera descansar. Jason tampoco estaba durmiendo mucho. A veces la
abrazaba en la cama y ella podía sentir las lágrimas de él cayendo a su pecho. Hasta
ahora, ella había evitado llorar.

—Karen, por favor, háblame.


64

Elizabeth estaba de pie con los brazos cruzados sobre su pecho. Se veía igual que su
madre, pensó Karen. O al menos como ella quería recordar a su madre, fuerte y sana,
Página

pero sin importar lo que hiciera nunca olvidaría su imagen en la cama del hospital, la
piel agrietada y los ojos vacíos. El cáncer de pulmón había ganado rápidamente.
Demasiado rápido.

—Se ha acabado —dijo finalmente, conteniendo las lágrimas—. He perdido a Naomi


justo como perdimos a mamá. Pasé toda la vida deseando que esa mujer se fuera, y
cuando realmente sucedió… —Su voz se quebró mientras luchaba con más lágrimas.
No lloraría. Tenía que ser más fuerte que Elizabeth porque lo que estaba por decir la
hacía sentir más débil de lo que jamás se había sentido.

»Las cosas con Naomi y yo no eran buenas antes de esto. Yo quería que nos
uniéramos más, ¿pero cómo hacerlo cuando tu hija ha cerrado todas las puertas entre
las dos? Ella no quería dejarme entrar, y no había manera de que fuera a forzarla a
hacer algo… no de la forma en que mamá solía meterse y molestar arrastrarse
incesantemente en nuestras vidas.

—Solo lo hacía porque le importaba —dijo Elizabeth tranquilamente—. A su


manera.

—Pero era demasiado. Era una floja que estaba atascada en una vida que odiaba.
Nunca quise eso para Naomi.

—¿Entonces qué querías para ella?

Las nubes se deslizaban suavemente sobre la luna como aceite derramándose en un


vidrio, y algo oscuro interrumpió los pensamientos de Karen. Recordó tomar la
decisión de volver a trabajar después del nacimiento de Naomi. Recordó lo fácil que
fue dejar que las niñeras se encargaran. A veces pasaba días sin ver a Naomi. Pero
amaba a su hija. ¿Cierto? ¿Cómo podría dudar de eso?

—Le di a Naomi todo lo que tú y yo jamás tuvimos —dijo, tocando las puertas de
vidrio frente a ella—. Una hermosa y limpia casa, colegios privados cuando era
pequeña, la libertad de elegir lo que quiera hacer. Tuve que luchar duro para llegar
adonde estoy. Igual que tú. Naomi nunca tendrá… nunca habría tenido que…
luchar como nosotras… —Su voz murió, y silencio inundó la cocina. Lágrimas
estaban viniendo, y se frotó los ojos con sus puños para mantenerlas a raya.

—Dijiste que mamá estaba atascada en una vida que odiaba —dijo Elizabeth—.
¿Crees que tú eres diferente?

—¿Qué quiere decir eso? —Karen se volvió para enfrentar a su hermana, con el
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corazón latiendo. Los reporteros ya la habían hecho sentir como un fracaso. Lo


Página

último que necesitaba era oírlo de su propia sangre.


—Solo estoy preguntando si eres feliz.

—Bueno, ahora no. Naomi está…

—Olvídate de Naomi. ¿Has sido feliz?

—Por supuesto que sí. He logrado todo lo que me he propuesto. Amo mi trabajo.
Sabes eso.

Elizabeth se volvió hacia la cafetera, pero no dijo nada. Su silencio creó burbujas de
ira en el estómago de Karen. No era correcto que su hermana la juzgara de esta
forma. Incluso Jason la estaba mirando raro últimamente. Necesitaba un escape.
Necesitaba aire limpio.

—Voy a dar un paseo —murmuró y abrió la puerta. Salió al deck y la cerró detrás de
ella. Bajando por los escalones, buscó el celular en su bolsillo. Mantenía el teléfono
con ella todo el tiempo por si el detective o la policía llamaban, y a veces le gustaba
llamar al número de Naomi. Jason le había dicho que dejara de intentarlo, pero no
podía evitarlo.

Levantó la mirada hacia el deck para comprobar si Elizabeth la estaba siguiendo. Por
ahora no. Volviéndose hacia la oscuridad, caminó a una línea de árboles en el límite
de la propiedad y se sentó en una roca. El aire de marzo era frío, pero tranquilo. Se
abrazó las rodillas y marcó el discado rápido que había establecido unas semanas
atrás. El número de Naomi. Nunca había tenido ese número en su teléfono antes,
pero últimamente era el único que marcaba. Se llevó el aparato a la oreja y escuchó.

Fue derecho al contestador, como siempre. Karen escuchó el mensaje de Naomi. Su


voz era alegre y clara. Era casi musical, con una ligera nota de profundidad, como la
de Jason. Escucharla aceleró tanto el corazón de Karen que casi lo sentía salirse de su
pecho. Nunca antes había extrañado a Naomi, pero ahora sí. Era un dolor agudo en
su estómago que no se iría. Quizás era culpa, pero sospechaba que era más que eso.

El mensaje terminó. Sonó el pitido, y Karen esperó un momento mientras la


máquina grababa sus respiraciones. Quería decir algo. Siempre quería decir algo,
pero nunca salía nada. Colgó y volvió a llamar para escuchar a Naomi. Luego otra
vez.

—Eso no resolverá nada. —Oyó la voz de Elizabeth en la oscuridad.


66

Karen saltó por la sorpresa y colgó.


Página

—Maldición, Lizzy, no me asustes así.


—Perdón, pero no creíste que te dejaría aquí sola en la oscuridad, ¿verdad? No en el
estado que estás.

—¿Qué estado?

—Conmoción.

—Eso no es cierto. —No podía serlo. La gente conmocionada no volaba para


quedarse en casa de su hermana. La gente conmocionada no seguía funcionando
como una persona normal.

Elizabeth se encogió de hombros y se sentó junto a los pies de Karen. Levantó la


mirada.

—Solo quiero que sepas que estoy aquí para ti, pero no voy a fingir que todo está
bien. Puedes seguir negando cómo te sientes o puedes hacer algo al respecto.

Karen se puso de pie y agarró una rama delgada sobre su cabeza. La rompió y la
arrojó a los arbustos. El rostro de Elizabeth estaba azul en las sombras y una luz de la
cocina hacía que sus ojos brillaran.

—No hay nada que pueda hacer —le espetó Karen—. Nada. La policía solo
investigará un poco más, y el detective que contraté se ha quedado sin pistas. Todo lo
que han encontrado es un vidrio de una lamparita trasera rota en el estacionamiento
con gotas de la sangre de Naomi.

—Sí, ya me lo contaste más temprano. ¿Han intentado buscar a qué auto pertenece la
lamparita trasera?

—Creo que sí, pero eso no es una gran pista. Van a rendirse.

—Pero apenas han comenzado. Aún no he visto nada al respecto aquí en Maine.
Deberías llevarlo a la televisión nacional. Mientras más gente sepa, más posibilidades
de que sea encontrada. Tienes el dinero y medios para hacer algo como eso.

Karen rechinó sus dientes y apretó el teléfono en su mano.

—Es inútil. ¿Por qué no lo puedes ver? La gente desaparece a diario. Esto no es
distinto.

—¡Pero debería serlo! —Elizabeth se puso de pie mientras la puerta de vidrio se abría
67

y la pequeña Sara salía al patio.


Página
—¡Mamiii! —gritó, lágrimas derramándose por su rostro mientras se aferraba a un
andrajoso gatito de peluche—. Te necesito. Por favor, mami, por favor.

—Debo irme —dijo Elizabeth con una oscura mirada hacia Karen—. Pero solo
quería decir que debería ser diferente. Ella es tuya. Has pasado toda tu vida
intentando alejarla de tu vida. Quizás no tenías intención de hacerlo, pero ya es hora
de cambiar. No importa si ella no está.

Karen observó a su hermana trotar hacia la casa y levantar a Sara en sus brazos. No
podía recordar alzar a Naomi de esa forma o secarle las lágrimas en medio de la
noche. ¿Merecía extrañarla? Para ella, la respuesta claramente era no.

Se sentó de nuevo en la roca y miró su celular. No tenía fotos de Naomi para mirar.
Lo único que le quedaba en este mundo era la voz de Naomi en la grabación. Volvió
a marcar, pero esta vez, habló después del pitido.

68
Página
IX
Abril

L
os secuestradores de Naomi mantuvieron su palabra y la dejaron salir todas
las noches para la cena. Era extraño sentarse con ellos noche tras noche,
picoteando su comida como un pájaro. Estaba hambrienta, pero sus nervios la
ponían tan al límite que apenas podía tragar. Cuando Evelyn le preguntó si preferiría
comer en su dormitorio, lo pensó durante varios minutos, pero finalmente respondió
que no. Si iba a ponerlos de su parte, lo mejor que podía hacer era pasar tiempo a su
alrededor. Eric era amable con ella ahora, y no quería que eso desapareciera. A veces
él todavía lucía como si quisiera golpearla contra la pared y gritarle, pero eso era raro
ahora. Aun así, se recordaba esa oscuridad, cuán fácilmente podría hacerle daño de
nuevo.

—¿No es genial la comida de Evelyn? —le preguntó Jesse una noche mientras la
llevaba arriba al estudio—. Es italiana, ya sabes. Vivía en Italia con su abuela. Debe
haber aprendido todos sus secretos allí.

—Cocina realmente bien —respondió Naomi suavemente mientras se acercaba a la


mesa de billar.

—¿Lo crees? Nunca comes mucho.

Ella se encogió de hombros y envolvió los brazos a su alrededor. Jesse se volvió hacia
ella, esperando. Últimamente, siempre esperaba a que respondiera sus preguntas, una
mirada inflexible en sus ojos que decía que no aceptaría el silencio.

—Es extraño ahí abajo con todos ustedes —tartamudeó. Era la única explicación en
la que podía pensar—. Eric trata de hacer una pequeña charla conmigo, y ustedes son
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tan agradables entre sí, incluso conmigo. Es extraño, eso es todo. Quiero decir,
Página

¿quiénes cenan juntos todas las noches así?


Una suave sonrisa apareció en sus labios.

—Lo entiendo. Todo dentro de ti espera que te hagamos daño, y no estamos


haciendo nada como eso.

Ella movió sus pies.

—Solo porque no he tratado de escapar. Si lo hiciera, ustedes…

—Eric te mataría. —Él se acercó y la tomó por el brazo—. Lo sabes. Lo veo en tus
ojos, la forma en que contienes la respiración a su alrededor, la forma en que tu
rostro se pone blanco como el papel. Él también lo ve. Si le das una oportunidad, te
prometo que verás un lado diferente de él. A mí también me tomó un largo tiempo.

Ella apartó la mirada. Ya había visto el otro lado de Eric —el lado agradable— y
quería que ese se quedara. El lado malo la hacía querer golpear algo, o correr hacia
un rincón y esconderse. Odiaba la forma en que la hacía sentir. Jesse era diferente,
más en control. Estable.

La soltó y caminó hacia la pared donde colgaban los tacos de billar, agarrando dos y
entregándole uno a ella.

—Ponle tiza y empezaremos. Tal vez un día te dejaré ganar.

Ella sonrió y tomó el taco de billar. En una gran cantidad de formas le gustaba la
manera en que él la trataba. No intentaba esconder sus emociones o ignorar su
situación. Eso no parecía ponerlo tan incómodo como lo hacía con los otros. Tenía
un extraño sentido del humor con el que ella conectaba, y no sentía como si él fuera
a lastimarla gravemente sin importar lo mucho que invadiera su espacio. Las cosas
eran estables hasta el momento. Por supuesto, eso podía terminar en cualquier
momento dependiendo de sus acciones, y ahora mismo lo único que podría manejar
era la lamentable idea de coqueteo. Era tan cobarde.

Entizó su taco mientras él hacía lo mismo.

—¿Puedo romper? —preguntó ella.

—Claro.

Él se hizo a un lado y ella se sonrojó por un momento antes de inclinarse. Golpeó la


bola blanca con un empujoncito suave, apenas rompiendo el rack.
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—Eso no funcionará. —Jesse rio entre dientes—. Te dejaré intentarlo de nuevo si


Página

quieres.
Ella también se rio para sus adentros. Durante semanas había fingido estupidez
cuando se trataba del billar. Quería oportunidades para que él se acercara a ella, y
hasta el momento enseñarle billar le estaba dando exactamente eso. La idea podría
parecer lamentable, pero por el momento era la única salida que podía ver. Era
tranquilo y deliberado y casi se sentía seguro.

—Lo siento —dijo con el ceño fruncido—. Lo haré mejor.

—Solo tienes que golpearlo más fuerte. Tampoco estás balanceándolo de manera
correcta. ¿Recuerdas lo que te mostré la última vez?

Ella bajó la mirada.

—Supongo que lo olvidé.

—Déjame mostrarte de nuevo. —Sonrió, dando un paso detrás de ella. Su pecho tocó
sus omóplatos mientras se inclinaba más cerca, envolviendo sus brazos alrededor de
los suyos holgadamente. Movió el taco de billar a su lugar y lo balanceó junto a su
dedo pulgar.

»De esta manera —explicó cerca de su oído, su respiración moviéndose a través de su


piel. Luego dobló su dedo índice sobre el acabado de granito del taco de billar—. O
así. La clave está en sentirse cómodo.

Él podría haberse apartado en ese punto, pero no lo hizo. Trató de imaginarse


deseándolo, respirando el aroma limpio y picante de su colonia. No era algo difícil de
imaginar. Tal vez realmente lo deseaba. Estaba envuelto alrededor de ella, un bolsillo
de calidez. La suave tela de sus mangas se presionaba contra sus brazos desnudos a
medida que su aliento acariciaba un costado de su rostro. El tiempo se detuvo por un
momento. Ella se inclinó unos centímetros contra esos músculos fuertes. Su
respiración casi se detuvo.

—Puedo mostrarte otras formas —dijo él, aclarándose la garganta. Sus manos aún
descansaban ligeramente contra los dedos de ella sobre el taco de billar.

—No, creo que lo intentaré de nuevo.

Él se apartó. El aire se hizo más frío de nuevo a medida que ella se inclinaba sobre la
mesa y enviaba el taco de billar hacia el rack, probablemente demasiado
sensatamente ya que golpeó la bola con precisión y con más fuerza de la que había
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logrado con Brad alguna vez.


Página
Se enderezó y Jesse sonrió mientras esperaba a ver si alguna de las bolas caía en un
hoyo. No lo hicieron, y él caminó hacia el otro extremo de la mesa.

—Buen trabajo, pero sigue siendo una mesa abierta, así que ahora es mi turno, ¿está
bien?

—Recuerdo esa regla, sí.

Metió tres bolas rayadas y luego falló un tiro fácil, ya fuera porque estaba demasiado
ocupado lanzando la mirada de un lado a otro entre ella y la mesa o porque quería
darle otra oportunidad. De cualquier forma, eso hizo acelerar su corazón. Tal vez,
solo tal vez, esto podría funcionar.

Ella lanzó su mirada un par de veces en su dirección, fallando lo que debería haber
sido un tiro sin esfuerzo. Enderezándose, frotó sus hombros. Sus sueños seguían
plagados de dragones, y también permanecían en sus horas de vigilia, sobrevolando
el valle ardiente como carroñeros. Temblando, observó su cuerpo dividirse a la mitad
mientras golpeaba las rocas.

—¿Tienes frío?

Ella tembló cuando él se acercó y pasó las manos por sus brazos desnudos cubiertos
con piel de gallina. ¿Por qué su toque tenía que sentirse tan bien?

—S-supongo que sí.

—¿Quieres que te consiga algo más caliente para que te pongas? ¿Evelyn no te dio un
suéter? ¿Rosa?

Ella asintió y trató de relajar la tensión de su cuerpo. Los dragones en su cabeza se


alejaron volando.

—Está en mi armario —dijo—. En una percha.

Él apretó su agarre, la atracción en sus ojos completamente obvia. Ella lo recordó en


su dormitorio, su mano en su rostro, cómo podría tomar lo que quisiera y ella no
sería capaz de detenerlo.

—Volveré en un instante, ¿está bien?

Ella asintió y lo observó salir de la habitación. Se escuchaba el ruido de Evelyn


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lavando los platos abajo.


Página

Levantó la mirada y notó el balcón.


Ya estaba oscuro afuera, pero podía ver el patio en el resplandor de las luces de la
casa. Vio la alta expansión de árboles enredados entre sí inclinándose sobre las
propiedades colindantes. Una valla de vinilo blanco rodeaba todo el patio. Había
luces en el interior de las casas circundantes.

Buscó las escaleras que bajaban desde el balcón, pero no pudo ver nada. Lo único que
parecía remotamente prometedor era un árbol cercano con ramas gruesas y
retorcidas cerca de la barandilla.

Caminando hacia las puertas, alcanzó la manija.

Estaba descalza.

—¿Naomi?

Se dio la vuelta. Jesse estaba en la puerta, con su sudadera rosa metida bajo el brazo.

—¿Qué estás haciendo?

—N-nada.

Su rostro era severo, pero no molesto. Ella esperaba que él le gritara o por lo menos
la apartara de un tirón de las puertas, pero solo se quedó allí, decepción
ensombreciendo sus ojos. Se marchitó internamente ante esa mirada.

—Terminemos nuestro juego. —Él se acercó a la mesa de billar y dejó la sudadera


sobre el borde cuidadosamente. La habitación se achicó. Estaba dejando a disposición
de ella lo que fuera que hiciera hacer. Podría girarse e intentar huir o podría ponerse
la sudadera y terminar el juego. La respuesta parecía obvia. Si huía, él la atraparía y
Eric la mataría. Fin del juego. Ahora no era el momento para escapar. Iba a volver a
jugar la lamentable carta de cobarde.

Relajándose tanto como pudo, se acercó a la mesa de billar y agarró la sudadera. Jesse
se cruzó de brazos y sonrió.

—Creo que es tu turno.

—No, es el tuyo. —Se puso la sudadera sobre la cabeza, sorprendida de verlo más
cerca cuando tiró de esta hacia abajo.

—La capucha está toda torcida. —Estirándose detrás de ella, acomodó la pesada
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tela—. Hay algo en ti —susurró, bajando los brazos hasta su cintura, apretándola
suavemente—. Tan inocente. Me encanta eso de ti.
Página
La miró a los ojos, una suave sonrisa jugando en las comisuras de su boca. Ella pensó
que podría entrar en pánico, pero estaba relajada. Él podría significar libertad si
seguía con esto. Lo utilizaría para su propio beneficio si podía mantener su valor el
tiempo suficiente. Mantenerse concentrada.

—¿Estás bien? —preguntó, todavía presionándola contra él. Ella podía sentir los
latidos de su corazón ahora. Recordó llorar sobre su hombro semanas atrás, cómo sus
lágrimas habían empapado su camisa. No había lágrimas ahora.

—Estoy bien —dijo ella, incapaz de apartar su atención de él.

—Algo es diferente. Dime. —La mirada severa regreso a sus ojos. Su agarre en ella se
apretó.

—No lo sé —susurró, con su voz como algo extraño en su garganta—. Cada vez que
me tocas ya no es tan… aterrador como antes.

La expresión de él se relajó mientras la soltaba. El frío la envolvió y se estremeció.

—Soy un buen tipo —dijo él y rio entre dientes—. Al igual que Eric… deberías
darme una oportunidad. —Se volvió y recogió su taco de billar—. Terminemos.

Esa noche Naomi se enterró bajo las mantas y pensó en el balcón y en los árboles que
podría trepar para escapar. Pensó en los brazos de Jesse alrededor de ella y cuán
culpable la había hecho sentirse por mirar afuera. No parecía justo cómo él empujaba
sus emociones como a las bolas en la mesa de billar. Al mismo tiempo era una
situación familiar, una en la que podría hundirse y olvidarse de todo lo demás. Le
gustaba esa sensación. Era lo que la había hecho aferrarse con tanta fuerza a Brad, la
razón por la que todavía sufría por él cuando se estaba quedando dormida. Siempre
lloraba antes de que el sueño se apoderara, pero lo hacía lo suficientemente
silencioso que nadie la escucharía. No quería que pensaran que era demasiado infeliz
en caso de que eso pudiera molestar a Eric y ponerlo al límite.

Enterrando el rostro en la almohada, dejó que las lágrimas llegaran. Patética. Débil.
Eso era y no podía alejarse de ello sin importar cuán duro lo intentara. Las lágrimas
cayeron, pero justo cuando empezaba a irse a la deriva, las cerraduras de la puerta se
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abrieron. Genial. Evelyn estaba viniendo a comprobarla de nuevo.


Página
Intentó relajarse, hundiéndose tanto bajo las mantas como pudo. ¿Por qué tenían que
hacer esto? Era espeluznante. Evelyn la veía todo el tiempo ahora, así que ya no tenía
sentido que se escabullera en la noche. Esta vez algo estaba mal. Los pasos eran
diferentes. Entonces lo olió, ese aroma familiar y picante de su colonia. Jesse.

Ella se congeló.

¿Qué estaba haciendo aquí? Por un momento pensó en incorporarse para


preguntarle, pero antes de que pudiera decidir qué hacer, sintió su mano acariciar su
mejilla húmeda. Levantó la mirada y sus ojos se fijaron en los suyos.

—¿Estás bien?

Al darse cuenta de que debió haber hecho más ruido de lo que pensaba, se sonrojó y
se alejó. No sabía qué decir. Más lágrimas llegaron y no pudo detenerlas. Se hizo un
ovillo y se giró sobre su costado de espaldas a él. No quería que la viera así. Ya la
había visto llorar demasiado.

—Por favor, vete —murmuró ella.

—No, no haré eso.

Antes de que pudiera detenerlo, sintió su peso en la cama junto a ella. Él se quedó
encima de las mantas y envolvió un brazo alrededor de ella, presionando su pecho en
su espalda.

El mundo se detuvo. Su corazón hizo un sonido silbante en su cabeza mientras


esperaba que él hiciera algo más… tocarla de manera equivocada, poner sus labios
sobre su cuello, cualquier cosa. No lo hizo. Pasaron los minutos. Ella se relajó
mientras la calidez de él se filtraba a través de las mantas y de deslizaba a su
alrededor. Las lágrimas se detuvieron.

—Me quedaré hasta que estés dormida —susurró, manteniendo su aliento lejos de su
piel, su brazo alrededor de ella solo se tensó lo suficiente para hacerla sentir segura—
. Luego me iré. No tienes que preocuparte de nada. Solo quiero estar aquí para ti.

Contra un millón de señales de alarma apagándose en su cabeza, le creyó.


75
Página
X
Mayo

N
aomi arrastró el curvado aplicador de rimel a través de sus pestañas. Odiaba
sus pestañas. Eran delgadas y quebradizas, marrón claro y prácticamente
invisibles. Había usado maquillaje desde que tenía trece. Su última niñera,
Patricia, la había ayudado a elegir su primer maquillaje durante un viaje al centro
comercial. Condujo a Naomi a la tienda departamental, le mostró la marca más
costosa de maquillaje en exhibición, y la sentó en un alto banquillo donde una
entusiasmada mujer con apretada blusa blanca y tacones de trece centímetros le
mostró cómo aplicar el maquillaje para verse mayor.

Todo era muy glamoroso y muy estúpido. Estaba emocionada con tratar de atraer
chicos como el resto de las chicas en la escuela, pero incluso con el maquillaje nadie
la miraba dos veces. Era demasiado vergonzosa y tímida y pronto se dio por vencida
hasta que Brad comenzó a hablar con ella en clase de historia el día que cumplió
catorce.

Ahora tenía dieciocho. Hoy, el primer día que había usado maquillaje en tres meses,
era su cumpleaños. Lo supo únicamente porque Evelyn le había dicho que el
maquillaje era un regalo por cumplir dieciocho hoy. No preguntó cómo sabían que
era su cumpleaños. No se sentía como su cumpleaños. No se sentía a nada. Bajó la
mirada al hermoso maletín lleno de sombras, rubores, y brillos labiales. Era nuevo.
Todo lo que le daban era nuevo.

Un golpe en la puerta del baño la hizo saltar.

—¿Estás ahí, cariño? —preguntó Evelyn


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Nadie la había llamado cariño antes. No estaba segura de si le gustaba o lo odiaba. No


Página

había nada que odiar sobre Evelyn, excepto que era una jodida secuestradora. Aun
así, nunca había hecho algo directamente para lastimar a Naomi. Ninguno de ellos
últimamente.

—Sí, estoy aquí —dijo y aclaró su garganta—. Me estoy poniendo el maquillaje que
me diste.

—Maravilloso. ¿Puedo ver?

—Seguro.

Desbloqueó la puerta y giro la manija. Evelyn camino dentro, sonriendo. Tenía un


libro metido debajo de su brazo. Parecía como de fantasía, pero Naomi no podía ver
el título.

—¡Luces perfecta!

Naomi sacó una brocha angular para ojos.

—No sé por qué dices eso. No voy a ir a ninguna parte. ¿Por qué siquiera me diste
esto?

—Ya te dije, por tu cumpleaños. Eso, y que sé que quieres lucir linda para esta
noche.

—¿Qué es tan especial acerca de esta noche? No voy a ir a ningún lado. —Barrió la
brocha a través de una sombra de color marrón claro y comenzó a aplicarla en sus
párpados—. ¿O sí?

Evelyn rio. Llevaba un suéter de color morado oscuro. Se veía bien en morado. hacía
su piel luminosa.

—Vamos a dejarte salir al patio —dijo con una sonrisa traviesa—. Creí que querrías
verte linda para Jesse. Sabemos que tienes sentimientos por él.

Naomi se esforzó por evitar que sus labios formaran una sonrisa. Su plan estaba
funcionando. Tal vez no era tan cobarde después de todo. Recordaba la noche en que
Jesse la había abrazado mientras ella se dormía. Le había dicho que no tenía que
preocuparse por nada, y había tenido razón. Solamente quería consolarla. Terminó
con su ojo derecho y se movió al izquierdo.

—Creo que es agradable —dijo ella, encogiéndose de hombros.


77

Era cierto. Era muy agradable, pero era más que eso. Le gustaba lo crujiente de sus
Página

camisas sobre su musculoso pecho, la manera que ataba sus zapatos en moños
perfectos. Tenía la sonrisa más cálida de todos los que conocía, y cada minuto que
pasaba con él estaba comenzando a sentirse más relajada. Esas cosas hacían que fuera
más fácil fingir que se estaba enamorando de él. Estaba segura de que eso era lo que
querían. Ella voltearía su juega para sus propias necesidades. Imaginaba el rostro de
Brad. Casi podía sentir sus brazos a su alrededor otra vez. Él debía estar extrañándola
como loco. Pero en cierto modo, esa idea parecía superficial.

Entonces recordó lo que Evelyn había dicho. Soltó la brocha de maquillaje y cayó
sobre el mostrador.

—¿Dijiste que van a dejarme salir al patio?

—Sí, lo hice. —Evelyn se rio y bajó su libro para recoger la brocha. Pasó sus dedos a
través de las cerdas—. Te gustaría eso, ¿verdad?

—¡Sí! —Su corazón palpitaba tan rápido que pensó que podría estallar. Daría todo
por un poco de aire fresco. Ninguno de ellos abría siquiera una ventana. Parecían
demasiado nerviosos de que ella pudiera empezar a gritar pidiendo ayuda con la
esperanza de que alguien la escuchara. Podría hacerlo.

—Tranquila, cariño. —Evelyn le entregó la brocha y Naomi echó un vistazo hacia el


libro en el mostrador. Era algo que no reconocía, pero definitivamente era fantasía.
¿Por qué Evelyn tenía que ser tan genial? ¿Era genial la palabra correcta? Era solo
que amaba el yoga y la buena comida y la lectura. Era hermosa y agradable. ¿Por qué
tenía que ser una criminal?

—Es solo el patio trasero —dijo Evelyn—. Está totalmente cercado, y si haces algún
movimiento para gritar o correr, Eric…

—Lo sé. —Bajó la mirada—. Lo sé.

—Eric va a asar algo de carne cuando llegue a casa. El clima finalmente está bastante
agradable, y sé cuánto has estado muriendo por salir. Esto es lo más que podemos
darte. Espero que entiendas.

Ella asintió.

—Gracias.

—De nada. —Ella extendió su mano para echar fuera el cabello en la frente de
Naomi—. ¿Estás bien?
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Página

—¿Qué quieres decir? —Ella contuvo su respiración y miró el reflejo de Evelyn en el


espejo, su perfecto cabello y ropa, la cicatriz debajo de su maquillaje.
—Es tu cumpleaños. ¿No estás molesta en absoluto? ¿Los recuerdo y todo?

Naomi se tensó y dio un paso atrás, cerrando sus ojos. Su vida era esta casa ahora.
Leía los libros que Jesse le dejaba escoger del estudio. Dormía y comía y fingía no
saber nada sobre billar así Jesse podía seguir enseñándole cómo jugar. Miraba por la
ventana y observaba a los vecinos de edad avanzada tomar paseos con sus pequeños
caniches blancos. Si la casa estaba vacía, los llamaba a gritos, pero ninguna cantidad
de ruido los hacía levantar la mirada.

—Estoy bien —dijo mientras un nudo se formaba en su garganta—. Definitivamente


bien. Mi mamá y papá nunca hacían nada por mi cumpleaños, y Brad…

Bajó sus ojos a la paleta de maquillaje. Los colores se volvieron borrosos. Brad
siempre le daba rosas en su cumpleaños. Las había secado todas y las mantenía
colgadas boca abajo en su armario. A veces se encontraba con pétalos en el suelo.

—Estoy bien —repitió mientras enderezaba su blusa con manos temblorosas—. En


verdad.

—Ajá. —Evelyn cruzó sus brazos de nuevo—. No te creo. Siempre hay manchas de
lágrimas en las fundas de tus almohadas. Lloras cada noche y no nos dejas oírlo. ¿Por
qué? ¿Por qué estás escondiendo todo tu dolor de nosotros? Queremos ayudarte.

¿Qué demonios? ¿Eran completamente estúpidos? Eras secuestradores. Tensó los


músculos de sus brazos y luego los relajó mientras contaba hasta veinte. Se recordó
que Evelyn la quería aquí probablemente más que cualquiera.

—Si quieres ayudarme, entonces déjame ir. —Ella abrió sus ojos y miró a Evelyn—.
No vi nada en ese estacionamiento. Ni siquiera sé sus apellidos. ¿Cómo puedo dirigir
a los policías aquí? Negaré todo, lo prometo. —Tomó un profundo y tembloroso
respiro. Demasiado en cuanto a construcción de confianza. Era una completa
estúpida.

Evelyn apretó su mandíbula. Parpadeó rápidamente y agarró su libro del mostrador.

—Tengo que ir al supermercado. Eric vendrá por ti en un par de horas.


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Eric llegó a casa temprano. Naomi escuchó abrirse la puerta del garaje y se deslizó
Página

fuera de la cama para ver el sedán negro entrar en el garaje. Eran solo las tres de la
tarde. Nunca había venido a casa tan temprano antes. Había tratado de descifrar en
qué trabajaban, pero solo pudo suponer que Evelyn era estilista y Jesse era un
arquitecto que trabajaba para Steve. Los dos estaban constantemente hablando a la
hora de la cena sobre proyectos y compañías queriendo superarlos. Eso al menos
explicaba el estante de libros de arquitectura en el estudio y la razón de que a veces
Jesse enterrara su nariz en libros con títulos como Arquitectura: espacio, forma y
orden, y Código de construcciones ilustradas.

Pasos se acercaron a su puerta. Se movió lejos de la ventana. Eric nunca había


entrado a su dormitorio antes. Desbloqueó las cerraduras y entró, todavía usando su
traje y una corbata de seda color chocolate que hacía resaltar sus ojos. Estaban
brillantes hoy. Ella retrocedió hasta acercarse a la cama.

—¿Qué te pasa? —preguntó, deteniéndose a mitad de camino en el dormitorio—.


¿Estás bien?

—Claro. —Una obvia mentira dado que su boca estaba seca y sus manos estaban
temblando. No sabía por qué.

Él cruzó el resto del dormitorio y se detuvo frente a ella.

—Luces como si pensaras que voy a lastimarte. Creí que ya habíamos pasado por eso.

Ella miró el suelo.

—Lo siento.

—Mírame.

Obedeció. Debió haberse cortado cuando se rasuró esa mañana. Se quedó mirando la
pequeña mancha de sangre seca en su mandíbula y se preguntó si él se daría cuenta
de esto último y se pondría furioso de que hubiera andado todo el día con eso.
Metiendo la mano en su bolsillo, sacó lo que ella reconoció rápidamente como sus
pendientes de diamantes. Su corazón dio un vuelco.

—Sé que es tu cumpleaños hoy —dijo él, bajando la mirada a los pendientes—. No
son un regalo ni nada, pero creí que deberías tenerlos de vuelta. —Se acercó para
tomar su mano. Su toque fue suave cuando puso los pendientes en sus palmas—.
Deben significar mucho para ti.

Todo su cuerpo dolió cuando los miró brillando contra su piel.


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—Supongo que deberían —dijo suavemente, y mordió su labio para contener las
Página

lágrimas que picaban las comisuras de sus ojos.


Eric soltó su mano.

—No fue mi intención molestarte. Pensé que estarías feliz de tenerlos de vuelta. Evie
me dijo que has estado más preocupada por tu apariencia últimamente. Creí…

—No, no, está bien —tartamudeó ella, y le dio la espalda—. Gracias.

—De nada, pero dime por qué estás molesta.

Fue más una orden que una pregunta. Eso le recordó la vez que le hizo decirle que
no amaba a Brad. Seguía sin saber si había mentido sobre eso.

—Mis padres los compraron para mí.

Él cruzó sus brazos.

—¿Los pendientes te los recuerdan? ¿Los extrañas?

Ella parpadeó en sorpresa. Él no lo entendía. No podría explicar cómo se había


sentido ese día en la joyería dos días antes de Navidad. Su madre se mantuvo
apurándola a que eligiera algo.

Apretando los pendientes aún más fuerte en su mano, se centró en Eric.

—No creo que los extrañe. Estos pendientes, me recuerdan… —Se detuvo y sacudió
su cabeza, incapaz de continuar.

—¿Lo mucho que no te aman?

Él esperó su respuesta, pero ella no tenía nada que decir. ¿Cómo sabía él eso? Se
recordó escogiendo los pendientes tan rápido como pudo, y tan pronto como el
joyero los puso en una caja y le entregó el recibo a su madre, terminó. Sus padres
estaban retrasados para la fiesta de la compañía. Le preguntaron si podía caminar a
casa ya que eran solo unas pocas cuadras. Ella asintió y dejó la tienda, la caja agarrada
con fuerza en su mano.

—Debe ser cierto —dijo Eric—. Tienes derecho a estar molesta sobre un montón de
cosas. Pero creo que tus padres… creo que cuando te sientes de esa manera, es…

Nunca lo había visto tan vacilante antes, balbuceando sus palabras. Finalmente, la
miró a los ojos y descruzó sus brazos.
81

—Solo digamos que te entiendo.


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Ella dudaba que lo hiciera, pero asintió de cualquier manera.


—No tienes que usarlos —continuó—. Creí que desearías, pero esa no es la razón
por la que te los regresé. Era imposible venderlos con el resto de la joyería que
nosotros…

Los ojos de él se ampliaron en sorpresa ante su desliz.

Las piezas se juntaron. La joyería. ¿Cómo no lo había descifrado antes? ¡Ellos habían
robado la joyería! La misma donde ella había elegido los pendientes ahora apretados
con fuerza en su mano. Ella siempre pasaba por ahí en su camino a la casa de Brad.
Era parte de un centro comercial y el único negocio que valía la pena robar en esa
área. Eric había mencionado algo sobre oro en la habitación de motel cuando ella se
estaba durmiendo. Esa era la única explicación.

Trató de esconder el horror extendiéndose por su rostro, pero Eric no se perdió nada.
Parpadeó lejos una oleada de ira y dio un paso al frente.

—Honestamente no viste nada esa noche, ¿verdad?

Ella negó con su cabeza, ya no sintiendo la necesidad de llorar, pero sí de gritar. ¿La
había secuestrado para mantenerla callada sobre un robo de joyería? ¿Podría ser algo
más estúpido? Se lanzó hacia adelante con un impulso, apretando su puño contra su
pecho. Quería golpearlo hasta que no fuera más que una masa sangrienta.

Su puño se estrelló contra su duro pecho y ella lo elevó para otro golpe, pero él
agarró sus muñecas y tiró de ella cerca. Sus ojos estaban oscuros. Su mandíbula
apretada. Por alguna razón todo lo que podía hacer era mirar hacia esa mancha de
sangre seca en su mandíbula. Olía a colonia y ajo. Siempre olía a ajo.

—Intentas eso de nuevo y te encerraré en esta habitación sin comida por una
semana. —Apretó el agarre en su brazo y ella hizo una mueca. Este era el otro lado
de él que había evitado por un tiempo. Esto era lo que le hacía creer que la mataría
en dos segundos si no prestaba atención a lo que decía o hacía.

Trató de balbucear unas palabras fuera de su boca, pero él la empujó hacia atrás hasta
que ella golpeó la pared. Su respiración salió de golpe, un fuerte jadeo.

—Quiero esto absolutamente claro —dijo él a través de sus dientes apretados cuando
apoyó su peso sobre ella—. Nunca me golpearás de nuevo. Nunca volverás a
contestarme. Nunca te mostrarás desafiante. Dime que entendiste las reglas.
82

Ella se encogió. Quería escabullirse de sus garras y disolverse en la pared.


Página

—S-sí —tartamudeó—. Entiendo.


—Bien. —Retrocedió y la dejó ir. Con un largo y profundo suspiro, él se calmó y
pareció relajado. Creyó que podría estar enferma. Si él explotaba tan fácilmente,
odiaba pensar lo que haría si trataba de escapar. Nada lindo.

»Sabes que no quiero herirte —dijo en voz baja—. De hecho, es lo opuesto. Tus
padres te causan más dolor que nosotros. Ese por eso que estás contenta de estar aquí.

Los pendientes en su puño pesaban como grandes piedras, pero se mantuvo de pie, su
corazón latiendo duro y rápido. No pensaría en sus padres. No lo haría. Los latidos de
su corazón eran tan fuertes que pensó que tendría que taparse los oídos. Eric
interrumpió el ruido.

—He observado a tus padres en los reportajes —dijo él, suavizando su expresión—.
Siento pena por ti, Naomi. Todos nosotros. —Caminó lo suficientemente cerca para
elevar su rostro de modo que ella tuviera que mirarlo a los ojos—. Es demasiado malo
tener que asustarte en este momento, pero tienes que saber que yo no toleraré ese
tipo de comportamiento. Solo no sé si es posible hacerte feliz aún.

Ella estaba como piedra bajo su toque. Los diamantes se sentían como si pudieran
cortar directo a través de su piel.

83
Página
XI
N
aomi siguió a Eric abajo a través de las puertas del patio. Cuando tomó una
respiración profunda, su cuerpo hormigueó. Cerró los ojos. Había sol y
brisa y aves piando. ¡Aves! Había pensado que nunca oiría tal sonido de
nuevo. Se empapó de este tanto como pudo.

—Bien, vamos.

Ella abrió los ojos para verlo indicándole el patio, sus ojos fijos en ella. Estaba segura
de que él pensaba que intentaría algo, pero por el momento solo quería estar al sol.
Dio un paso adelante. La mayor parte del patio estaba a la sombra del balcón. Sonrió
cuando llegó a los ladrillos de patio, cálidos por el sol. Movió los dedos de sus pies y
Eric se aclaró la garganta.

—Te gusta esto, ¿verdad?

Se volvió hacia él y sonrió.

—Olvidé lo que se siente, eso es todo.

Su expresión se redujo en algo que podría parecerse a la pena. Alzó la mano para
aflojar su corbata y ella caminó en la hierba fresca. Este era un sueño. Trató de
imaginar que Eric no la estaba observando. Trató de recordar la arena entre los dedos
de sus pies, la mano de Brad en la suya mientras caminaban por la playa. Podía oler
sal en el aire. Un día estaría allí de nuevo.

Abrió los ojos. Había una cerca de vinilo blanca rodeando todo el patio. Tenía que
tener por lo menos dos metros de altura sin rupturas en las tablillas o cualquier
forma de pasar por encima.

Excepto los árboles.

En su mayoría eran arces, álamos temblones y abetos, los arces los más grandes. El
84

que estaba junto al balcón llamó su atención, expandiendo sus gruesas ramas curvas
cerca de la barandilla y sobre la cerca como un puente con el jardín del vecino. Ese
Página

árbol parecía llamarla cada vez que lo miraba.


Caminando a una mesa de patio rectangular hecha de la misma madera de teca que
los muebles de jardín de sus padres, se sentó en una cómoda silla frente a la casa.

—Quédate ahí —le advirtió Eric suavemente—. Puedo verte desde la ventana y,
Evie debería estar en casa de regreso de la tienda pronto.

Él dejó las puertas abiertas y se dirigió a la cocina, se quitó la chaqueta del traje y
corbata, y se arremangó las mangas de la camisa antes de ponerse el delantal blanco
que llevaba Evelyn generalmente cuando cocinaba.

Cerró los ojos y pensó en Brad otra vez. Ahora pensaba más en él de lo que nunca
había pensado cuando estaba en casa. Aquí no había ninguna tarea para preocuparse,
ninguna cámara, ni Internet. Al menos tenía libros. Había leído todas las novelas de
Mercedes Lackey en el estudio. Ahora estaba trabajando en una pila de clásicos
porque Jesse los amaba demasiado. Quería saber qué tenían que lo mantenían tan
fascinado. Aun así, se mantuvo releyendo fantasía entre los clásicos. Sonrió al pensar
en Jesse. El sol se sentía bien en sus mejillas. Podía sentir su cercanía a ella en la
mesa de billar cuando le había mostrado cómo equilibrar el taco entre sus nudillos,
su cuerpo con el de ella en su cama mientras la abrazaba.

No importaba cuántas veces se acercara a ella, él parecía estar conteniéndose.

Comieron fuera mientras el sol empezaba a ocultarse. Eric cocinó su carne a la


perfección: no demasiado seco, no demasiado rosa. Cuando se terminó la cena,
Evelyn llevó un cheesecake. A Naomi no le gustaba el cheesecake, pero se obligó a
tragar tres bocados de todos modos.

—Te ves bien esta noche —le dijo Steve desde el otro lado de la mesa—. ¿Evelyn te
ha dado todo lo que necesitas?

Claro, tenía todo lo que necesitaba… excepto la libertad. Eh. Dejó el tenedor al lado
de la porción de cheesecake sin terminar y colocó sus manos sobre su regazo. Al
menos había reconocido que lucía bien. Jesse no. Estaba comiendo su postre. No le
había prestado atención durante toda la noche. No era propio de él ni siquiera
mirarla.
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Recordando que Steve le había hablado, le dio una suave sonrisa. Él siempre era
Página

amable con ella. Al momento las líneas provocadas por su risa parecían un millar de
pequeñas sonrisas. Era guapo y amable, y pudo ver por qué Evelyn lo amaba.
—Sí, lo ha hecho, gracias —mintió.

Eric se aclaró la garganta.

—Tenemos un regalo para ti. —Levantó la cerveza junto a su plato y tomó un sorbo
antes de girarse hacia Jesse—. ¿Conseguiste tenerlo listo?

Todavía trabajando en su cheesecake, Jesse levantó la vista hacia Naomi y sonrió. Su


corazón se apretó.

—Sí, lo hice, pero está adentro. Iré a buscarlo. —Se puso de pie y entró en la casa
justo cuando el teléfono de Eric sonaba. Él respondió con un rápido ―Buongiorno‖,
luego siguió hablando en italiano.

¿Italiano? No sabía que hablaba otro idioma. Tenía sentido, pero aun así la
sorprendió.

—¿Es la casa? —preguntó Steve.

Evelyn asintió y mantuvo sus ojos en Eric mientras caminaba más lejos en el patio, su
voz desvaneciéndose. Se apoyó en el respaldo de la silla y apretó un dedo en su labio
inferior. Parecía nerviosa, y eso hizo que Naomi se removiera en su asiento.

—Suena como si los inquilinos todavía quieren que hagamos una oferta, pero Eric se
hará cargo de ello antes de que nos mudemos. Él sabe los pros y los contras.

¿Antes de mudarse? ¿Adónde? ¿Al otro lado de la calle? ¿A otro estado? Naomi se
movió aún más. No sabía qué hacer. ¿Debería preguntar? Una parte de ella estaba a
gusto con estas personas, pero la parte normal de ella sabía que eran criminales.
Podrían volverse violentos en un abrir y cerrar de ojos. Eric lo había dejado en claro
unas horas atrás. Este era probablemente un buen momento para mantener la boca
cerrada.

Jesse regresó y puso una pequeña caja envuelta frente a ella. El papel era plateado
con una cinta rosada atada alrededor de esta. Se preguntó si la había envuelto él
mismo. Eso la hizo sonreír.

—Puedes abrirlo cuando Eric cuelgue el teléfono —dijo—. Quería ver tu reacción, y
yo también. —Se dirigió al otro extremo de la mesa y se sentó de nuevo. Evelyn
tenía la cabeza entre sus manos—. ¿Cuál es el problema? —preguntó.
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Ella suspiró.
Página

—La casa.
—No están cediendo, ¿eh?

—No. —Ella tomó el tenedor y pinchó las migas en el plato.

—Tienen un montón de tiempo. —Jesse tomó un bocado de cheesecake y miró a


Steve esperanzado—. ¿A menos que hayas decidido olvidar el acuerdo? Eric dijo…

Steve lo miró.

—Sácate eso de la cabeza. No te vas a escapar de esto así de fácil. Harás lo que te
digamos que hagas. —Se detuvo y miró a Naomi. Ella apartó la mirada.

Eso fue interesante. ¿Haría lo que le dijeran que hiciera? Eso solo confirmaba sus
sospechas sobre Jesse como el diferente. Todo parecía sospechoso cuando ella
consideraba por qué estaba viviendo en la misma casa como todos los demás, como si
también fuera un prisionero.

Eric se acercó a la mesa. Colgó el teléfono y tomó un largo trago de su cerveza.

—Lo sabremos la próxima semana —dijo, hundiéndose de nuevo en su silla. Le


sonrió a Naomi—. Adelante y ábrelo.

Tocó la cinta rosa en su regalo. No podía recordar la última vez que alguien le había
envuelto un regalo. Brad siempre la llevaba a algún lugar para comprarle cosas o le
daba flores. Agarró la caja y comenzó a desatar la cinta. Era del tipo metálico,
brillante y resbaladiza. Estaba mareada de emoción. Todos la estaban observando, y
eso lo hizo más especial. No podía imaginar lo que podrían darle.

Entonces el teléfono de Eric sonó de nuevo y se detuvo para verlo mirando a la


pantalla. Su rostro decayó y levantó la vista hacia Evelyn, sus labios formando
palabras que nunca salieron. Se había puesto pálido. Lentamente, pulsó un botón en
el teléfono y contestó. No en italiano esta vez. Se puso de pie y se dirigió a la casa.

Evelyn se agarró al borde de la mesa.

—¿Qué está pasando? —le preguntó Steve—. No puede ser tu…

Ella se arrastró fuera de su silla para seguir a Eric, y Steve se levantó para seguirla.
Jesse dejó caer el tenedor en el plato y se volvió a Naomi.

—No los sigas adentro aún —dijo con voz afilada—. Estoy bastante seguro de que
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tiene que ver con su padre.


Página

—¿El papá de Eric?


—Sí. —Bajó la mirada a su plato—. Probablemente no debería decírtelo, pero está en
la cárcel por asesinato. Ha estado allí durante los últimos dieciocho años.

Asesinato.

No le gustaba el sonido de eso.

Dejando caer el regalo en su regazo, miró la cinta. Era tan hermosa, no le importaba
lo que había dentro. Trató de ignorar los gritos de Evelyn saliendo a través de las
puertas francesas abiertas.

—¿A quién asesinó? —preguntó, finalmente levantando la mirada.

—A su madre y su hermana de diez años.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¿La madre de Evelyn fue asesinada? ¿Su hermana
también? No tenía idea de cómo procesar tal cosa. Nadie que hubiera conocido había
sido asesinado. Sonaba tan irreal, incluso después de ser secuestrada. ¿Y si su madre o
el padre o Brad morían de repente? Nunca lo sabría a menos que Eric le dijera. La
idea hizo que su estómago se desplomara directamente al suelo.

—A Eric no le gusta hablar de ello, por lo que te advierto que no digas nada. No sé
qué diablos está pasando en este momento, pero es malo.

Ella asintió. El aire se volvió frío mientras el sol se hundía bajo el cielo y los gritos de
Evelyn seguían saliendo de la casa. Jesse tomó un sorbo de cerveza, reclinándose en
su silla. No era propio de él parecer tan despreocupado. Obviamente, había más en la
historia, pero no iba a preguntar. De repente estaba cansada, y pensamientos
soñolientos la envolvieron. Necesitaba estar sola.

Se puso de pie.

—¿Puedo volver a mi habitación?

Él dejó la cerveza sobre la mesa.

—Claro, si así lo deseas. —Él se puso de pie y ella lo siguió a la sala donde los demás
estaban sentados.

—Evie, cálmate. —Eric miró a Naomi. Sus ojos estaban rojos y húmedos mientras
Evelyn dejaba escapar un corto gemido. Se desplomó contra él, llorando en su
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hombro. Jesse se detuvo para preguntarle a Steve qué había sucedido.


Página

—Fue un ataque al corazón —respondió—. Murió esta tarde.


Jesse se quedó mirando a Evelyn, su expresión triste, pero aliviada al mismo tiempo.

—Llevaré a Naomi arriba —dijo, y le dio un codazo para que lo siguiera. Ella apretó
el regalo en sus manos y pensó en la cicatriz en la mejilla de Evelyn. No tenía que
estirar su imaginación para averiguar de dónde había provenido.

89
Página
XII
—¿N ecesitas algo? —preguntó Jesse mientras abría su puerta y se
apoyaba contra el marco.

Naomi bajó la mirada al listón rosa en su regalo. Estaba medio


desatado. Todo se sentía inconcluso ahora.

—No lo creo.

—¿Estás bien? Estás pálida.

Las lágrimas estaban empezando debajo de la superficie, pero las rechazó con un
empujón enfadado. No había manera de que fuera a chillar como un bebé de nuevo.
Tenía que controlar sus emociones. Podía ser fuerte e insensible como su madre. Esa
mujer que ni siquiera había llorado en el funeral de su padre.

—Estoy confundida —dijo, audazmente—. ¿No estarías confundido?

Él estudió su rostro.

—Tienes un punto. —Señaló el dormitorio—. Necesito hablar contigo.

¿Quería estar en su dormitorio de nuevo? Una parte de ella se sentía aliviada porque
no quería estar sola. Todo lo que haría era llorar, y había hecho lo suficiente de eso
para toda la vida. Su corazón golpeaba mientras entraba en el dormitorio con él
detrás. Él cerró la puerta y se acercó a ella. El dormitorio estaba oscuro, pero la
ventana dejaba entrar luz suficiente para ver su rostro. Era familiar ahora. Sabía
dónde empezaban y terminaban sus pecas, el color exacto de sus ojos, la forma en
que peinaba su cabello, del tipo desordenado pero agradable.

Le dio una mirada de preocupación.

—Necesito que sepas algo. Eric y los otros están planeando mudarse, y te van a llevar
con ellos.
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No tenía idea si eso era bueno o malo. Sonaba complicado.


Página
—Bien —dijo, titubeando mientras trataba de descifrar sus emociones. Mudarse
podría darle una oportunidad para escapar. Eso era lo que se suponía que tenía que
hacer. Escapar. Brad querría verla de nuevo. Quería estar con él de nuevo. Estaba
empezando a olvidar cómo se sentía cuando él la abrazaba. Por otra parte, todo eso
sonaba como una gran excusa. Cuando no dijo nada. Jesse dobló sus brazos.

—No iré contigo, pero podría pasar mucho tiempo antes de que se marchen… antes
de que no esté más contigo.

Ella levantó una ceja.

—¿Estás ―conmigo‖?

Él se acercó más y se rio por lo bajo.

—No lo sé. Te he visto casi todos los días durante los últimos tres meses, pero he
tratado de mantener las cosas simples. Eric me dijo que sea cuidadoso contigo.

Así que por eso había mantenido su distancia. ¿En serio? Se había acercado tanto a
pasar por encima de un límite que ella no podía definir, especialmente cuando la
había sostenido en su cama mientras ella se dormía. Incluso entonces él pareció
contenerse, y ella estaba empezando a querer más.

—¿Qué quiere decir con cuidadoso? —preguntó tranquilamente, mirándolo a los


ojos mientras él envolvía sus manos alrededor de sus hombros y la guiaba más cerca
de él. Su cuerpo se tensó. Nunca la había tocado con tal intensidad. Sus ojos estaban
ardiendo a través de ella, haciéndola respirar más rápido.

—He estado tratando de evitar esto desde que te tomamos al principio —tartamudeó
él, y apretó sus hombros tan fuerte que casi dolió—. Sigo recordando por qué estoy
aquí. Te tomamos por cosas que he hecho en el pasado. Soy la razón de que todo esto
te haya sucedido.

Eso no podía ser verdad. Eric era el líder, no Jesse. Todo se sentía distante. ¿Su plan
todavía funcionaría? No parecía tan simple. Jesse no prometería protegerla, le haría
daño si hacía un movimiento erróneo. Había ayudado a secuestrarla, por gritar bien
alto. Quería pinchar su brazo para despertarse, pero ahora sus manos estaban
moviéndose por sus hombros y alrededor de su espalda. Su toque era eléctrico,
encendiéndola en lugares que había olvidado completamente.
91

—No puedo esperar más —susurró y la besó con fuerza en la boca.


Página
Dejó caer su regalo al suelo y le devolvió el beso, saboreando alcohol en su
respiración. Más allá de eso, su boca era dulce como la de Brad, pero besaba de una
manera mucho mejor que Brad. Sabía cómo hacerla fundirse contra él. Su lengua
acarició la suya suavemente, enviando un hormigueo hasta sus pies mientras el
dormitorio empezaba a girar. La empujó hacia la cama y ella se tambaleó hacia atrás.
Él mantenía un dominio en ella, tan firmemente que sentía su corazón latiendo.
Parecía que era la única cosa manteniéndola estable. Se detuvieron junto a la cama.

Jesse se retiró y la miró a los ojos.

—Como dije, he estado tratando de evitar esto, pero no puedo más. Sabes que te
deseo. —Sus manos buscaron a tientas los botones de su camisa. Su corazón
golpeaba. Brad solía acostarse con ella en la cama y besarla tan tiernamente que se
sentía como terciopelo en sus labios. Generalmente, no era tan suave. ¿Jesse sería
suave?

Él abrió otro botón, sus dedos rozando su piel. Terminó con el último botón y
empujó la camisa de sus hombros y brazos. Cayó en el colchón, y temor se disparó a
través de su corazón ante su casi desnudez. ¿Sería como Brad? Era mayor, quizás
incluso más fuerte. Un ladrón. Un secuestrador. ¿Cómo posiblemente podía confiar
en él?

—Voy a seguir a menos que me digas que me detenga —dijo, moviendo sus dedos
por su espalda hacia su sujetador. Se inclinó para besar su cuello, su presencia
cerrándose alrededor de ella como una droga. Ella cerró sus ojos y lo inhaló. Él podía
tomar lo que quisiera, le gustara a ella o no. La pregunta era, ¿lo deseaba? Podía
sentir en su toque lo mucho que la deseaba, tal vez incluso la necesitaba. Su piel
estaba cálida y ruborizada. Sus labios eran calientes en su cuello.

—¿Quieres decir que te detendrás? —preguntó, lamentando las palabras al segundo


en que salieron.

Apartándose de su cuello, tenía esa mirada en sus ojos de nuevo, la que la disponía a
obedecerlo. Casi parecía enojado.

—Me detendré si me lo pides, Naomi, pero no empujes las cosas por la mesa
esperando que resulten a tu favor. No trabajo de esa manera.

—¿Qué quieres decir?


92

Su mandíbula se tensó.
Página
—Quiero decir que tienes que dejar de pescar por alguien más que te diga qué hacer,
cómo sentirte. Sé que te estamos manteniendo aquí contra tu voluntad, pero aun así
hay cosas sobre las que tienes control; si me dejas o no acercarme más a ti, por
ejemplo. No voy a forzarte a hacer esto.

Su respiración se atrapó en su garganta. Él estaba esperando a que respondiera, y no


tenía idea de qué decir. No podía entender nada. Evelyn estaba abajo llorando
porque su padre estaba muerto. Todo se sentía erróneo. El beso todavía estaba fresco
en sus labios. Su barba de varios días había arañado su piel, hormigueando. La de
Brad nunca había estado tan áspera.

—¿Tienes idea de lo mucho que te he deseado desde el segundo en que puse los ojos
en ti? —susurró, tocando su rostro—. He luchado conmigo mismo por mucho
tiempo para mantenerme lejos de ti, pero creo que ahora sabes que no te haré daño.
Basado en eso, no te debería ser difícil decidir algo.

La mirada sólida en sus ojos se intensificó. Él deslizó un tirante de su sujetador por su


hombro, mirándola ávidamente. Le recordaba a Brad en muchas formas, que la ponía
enferma. Cuando se detuvo a pensar el por qué, empezó a entenderse en maneras
que hizo que su cabeza nadara.

La verdad era que quería que Jesse la forzara.

Era cómodo de esa manera, familiar, al igual que Brad. Era la única manera que
conocía de cómo funcionaban las cosas, y mientras él bajaba el otro tirante del
sujetador, sintió un pequeño gemido de placer construyéndose en su garganta. No
quería que se fuera. Aun así, una pregunta quemaba en su mente.

—¿Por qué no me harás daño? —preguntó—. ¿Es por qué Eric te dijo que no?

—¿Qué? —Se apartó—. No, no es por eso. No le hago daño a la gente si puedo
evitarlo. No soy así.

—Entonces, ¿por qué me secuestraste? Eso no es normal, sabes. —Su cuerpo se puso
rígido, la culpa barriendo a través de ella ante el sonido de sus palabras. Jesse la soltó
y se apartó. Su calidez se derritió de su piel, y de repente quería su camisa de vuelta.
Sus ojos se desviaron a una pila de libros en su mesita de noche. En la parte más baja
estaba El despertar,, el libro que su madre había intentado que leyera. Estaba siempre
en la parte de abajo, y se quedaría ahí.
93

Colgó su cabeza y cerró sus ojos. Su madre. Su papá. Brad. Casa. Se habría graduado
Página

de la secundaria la próxima semana. Habría tomado una decisión sobre adónde ir a la


universidad. Habría besado a Brad cuando le diera un ramo de rosas por su
cumpleaños.

Jesse estaba en silencio. Levantó la vista para decirle que preferiría estar sola, pero ya
se había ido.

Esa noche cuando fue a la cama se acordó de Brad mientras se quedaba dormida. Las
aplicaciones para la universidad estaban dispersas por su cama. Se arrugaron debajo
de sus hombros cuando él la empujó encima de estos. Sus dedos corrieron por su
cabello mientras la besaba. Fue la última vez que ella había estado en su dormitorio,
la última vez que él había desabotonado su camisa justo como había hecho Jesse. No
llegó muy lejos. Ella murmuró que Berkeley era la única universidad a la que estaba
dispuesta a asistir y sus manos se congelaron.

—Entonces, ¿por qué estoy molestándome con todo esto? —Señaló a las aplicaciones
en la cama—. Accediste a no ir a Berkeley semanas atrás. Me dijiste que estabas
pensando en Harvard.

—No, dije que Harvard me envió una carta de aceptación y que mis padres pagarían
por la matrícula si les decía sobre ello. Pero no hay manera de que vaya ahí.

—Sí, y no hay manera de que yo fuera aceptado, incluso si tú lo hicieras —gruñó—.


Tus padres fueron ahí. Los míos no.

—¡No fui aceptada por eso!

—Lo sé, pero estoy seguro que ayudó. —Entrecerró sus ojos—. Irás a la universidad
que elegimos juntos, y esa no será Berkeley.

Oh, lo haría, ¿verdad? Rodó sobre su lado, dándole la espalda, y miró hacia una de las
aplicaciones arrugadas debajo de su codo. La razón por la que quería ir a Berkeley era
porque Brad le había dicho esa noche en la playa que estaba fuera de cuestión. Era
por Damien. Tenía que ser eso. Brad podría saber que ella estaba interesada y haría
cualquier cosa para mantenerla lejos de él. No era estúpido.

—Ahí es adonde quiero ir —gruñó, recogiendo en un hilo las hojas—. No puedes


cambiar mi opinión. —No podía creer que estuviera siendo testaruda.
94
Página

Él agarró su brazo y la atrajo hacia él.


—Pensé que me seguirías a cualquier lugar. Dijiste que lo harías. —Sus ojos estaban
celosos aún entonces, tan verdes y celosos como lo estuvieron en la fiesta un mes
antes. Ahora estaban poniéndose más enojados a cada segundo.

—He estado pensando que tal vez… tal vez… —Su boca estaba seca. Había
pertenecido a él por tanto tiempo, había sido su chica por lo que parecía una
eternidad. ¿Había más ahí afuera? ¿Algo que se estuviera perdiendo? ¿Alguien mejor?

—¿Tal vez qué?

—¿Te enojarías si dijera que tal vez deberíamos salir con otras personas cuando
estemos en la universidad? —Su corazón palpitaba. La rabia en sus ojos explotó y el
agarre en su brazo se apretó tanto que estuvo segura que se formaría un moretón,
pero antes de que pudiera apartarse, él golpeó su puño contra su mejilla tan rápido
que le tomó todo un minuto darse cuenta de lo que había sucedido. Cuando lo hizo,
su reacción fue diferente a todo lo que había hecho antes.

Se fue.

Tropezó fuera de la cama, le dio una mirada horrorizada, y se marchó de su


habitación, cerrando la puerta de golpe tras ella.

No lloró hasta que estuvo segura en su propia cama. No era el dolor físico el que la
hizo llorar. Era debido a que la ira de Brad era su culpa. Nunca se había mostrado así
de desafiante antes, y le dolía que no la hubiera seguido inmediatamente detrás. Pero
sabía que él encontraría una manera para hacer que todo mejorara. De algún modo.
Eso era más frustrante que todo lo demás combinado.

Se despertó y se dio cuenta de que todavía estaba dentro de una prisión con sus
secuestradores, con sudor goteando por su pecho. Brad se había ido. Nunca podría
golpearla de nuevo si no quería que lo hiciera. Por otra parte, extrañaba la manera en
que la sostenía, la manera en que había llegado a la mañana siguiente y puesto hielo
en el moretón mientras ella lloraba en sus brazos. Le dijo que nunca la golpearía de
nuevo, e incluso ahora una parte de ella le creía. Pero no importaba si nunca lo veía
de nuevo. La noche en que fueron al parque para capturar la niebla, él le dijo que la
llevaría a casa tan pronto como terminara, pero ella se había atrevido a mantenerse
firme y le dijo que estaría bien por su cuenta. Demasiado para esa fe en ella.

Se giró a la pila de libros en su mesita de noche, lista para encender la lámpara y


95

perderse en una novela. Algo nuevo llamó su atención. Alguien le había dejado un
cuaderno con tapa de cuero y un bolígrafo.
Página
XIII
Junio

L
e tomó un mes abrir el diario. No quería escribir que había sido secuestrada o
sobre lo asustada que había estado al principio. Eso no parecía tener sentido.
En su lugar, escribió sobre su regalo de cumpleaños. Le habían dado un iPod.
Rosado. Jesse compró música para ella en Internet, todas sus cosas favoritas de casa.
Quizás era una mala idea conservar esos lazos con el hogar. Quizás no.

Conservó la cinta del paquete y la puso en su mesa de noche junto a El despertar. No


quería leerlo. Todo dentro de ella se encogía ante la idea de absorber palabras que su
madre amaba, pero su curiosidad sacaba lo mejor de ella. Finalmente, lo abrió y lo
leyó de un tirón. Luego lo leyó de nuevo una semana después. No sabía por qué.
Escribió en su diario sobre cómo la hacía pensar en su madre fuera de una oficina o
una sala de audiencias. Una persona de verdad.

Escribió sobre los dragones y sus sueños.

Escribió sobre Jesse.

Estaba segura de que fue él quien le diera el cuaderno. Si él alguna vez lo leía, quería
que supiera que no le tenía miedo. Simplemente no podía lidiar con el asunto de
abrirse a sí misma con él todavía. Apenas podía escribir en aquellas firmes y blancas
páginas, el fuerte olor de la tinta llenándole la nariz. Cada vez que abría el diario y lo
olía, sentía como si algo dentro de ella pudiera romperse.
96
Página
XIV
Julio

S
e dio vuelta en la cama y apretó los ojos con fuerza. Hoy era el cumpleaños de
Brad. Incluso en la casa de Colorado con aire acondicionado el calor estaba
comenzando a sofocar como en California. Eso siempre le recordaba al
cumpleaños de Brad, en las noches húmedas en su auto y el helado después de una
película. No habría recordado su cumpleaños si no hubiera sido por el calendario en
su iPod.

Escuchó la canción favorita de él y esperó que las lágrimas llegaran. No lo hicieron,


así que se paró en la ducha y pensó en la fogata y en la sudadera que olía a pescado.
Brad la había lanzado al suelo esa noche cuando ella se metió en la cama con él. La
madre de él era enfermera y trabajaba los turnos de la noche. Por eso a él no le
preocupaba que ella pasara la noche con él todo el tiempo.

—Nunca lo sabrá —dijo cuando ella le dijo que no era buena idea—. Trabaja y llega
a casa y se duerme. Nunca sabe cuando vengo y voy. Nunca mira mi dormitorio. No
creo que le importaría, de todas maneras. Demonios, casi estamos en la universidad.
—La acercó a sus fuertes brazos y la besó hasta que se olvidó de preocuparse.

Ahora miraba el espacio entre las baldosas en la ducha y trazó las pequeñas líneas
que había cavado con las uñas meses atrás. Había treinta y cinco. Se había detenido
después de eso porque parecía inútil contar los días. Ahora contaba meses, e incluso
eso parecía ser inútil. Pasaban tan rápido ahora, los días mezclándose uno con el otro
como pintura derramada hasta que solo una mancha oscura cubría el suelo. Dormir,
ducha, desayuno, libros, comida, Jesse, una y vez y otra vez. Algunas veces veía una
película con los cuatro abajo, haciéndose un ovillo en una esquina del sillón. Se
97

perdía en otro mundo en la televisión hasta que los créditos pasaban y Eric o Evelyn
Página

le preguntaban si quería dormir.


Estaría con ellos por siempre. Les pertenecía.

Salió de la ducha y regresó a la cama.

—Deberías leer a Hemingway —dijo Jesse cuando terminaron un juego de billar y se


acomodaron en el sofá. Ella recogió el libro que había estado leyendo antes.

—No soy una fan —murmuró—. Mi profesora nos hizo leer Adiós a las armas
cuando era júnior. Lo odié.

—Mencionaste que a tu mamá le gustaban los clásicos. ¿No crees que te gustarían
más si intentaras leerlos?

—He intentado leerlos. Leí toda una pila de ellos, y luego todo eso de Shakespeare,
¿recuerdas?

Sonrió y estiró los brazos en el respaldo del sofá.

—Solo pensé que deberías probar más. Abre tu mente.

Intentó que no se le abriera la boca.

—¿Abrir mi mente? ¿Qué quieres decir con eso? Leí muchos clásicos antes de venir
aquí. Deja de presionar el asunto.

Nadie nunca antes se había referido a ella como alguien de mente cerrada. Tenía una
mente abierta. Había leído lo que él le había dado. Solo porque no le gustaran no
significaba que tuviera una mente cerrada.

Él se encogió de hombros, acercándose para ver el libro en su regazo.

—Eso quise decir. ¿Qué estás leyendo ahora? —Ella intentó esconderle el libro, pero
él lo agarró y miró la cubierta—. Fantasía rosa de nuevo. ¿Ves? Ya has leído este tres
veces. Al menos podrías escoger fantasía seria.

Intentó quitarle el libro, pero él lo alzó lejos de ella, riéndose. Todo este asunto de
mente cerrada era su forma de bromear con ella. Era su extraño sentido del humor
jugando de nuevo. Ella se suavizó y se permitió disfrutarlo. Él sabía qué botones
98

presionar, y quería ver cómo lo tomaría. Se lo mostraría.


Página
—Adiós a las armas —urgió mientras ella seguía intentando agarrar el libro—.
Vamos. Te gustará esta vez. Podemos hablar de las partes que odias.

—¡Odié el libro entero! —Se rio y se acercó a él, todavía estirándose por el libro. La
sensación de él contra ella hizo que su corazón se acelerara. Le encantaba cómo olía.
Le encantaban sus pecas y su cabello rojo. Quería besarlo, pero no sabía qué haría él
si lo intentaba. Solo la había besado una vez. Todavía recordaba su sabor, y el
recuerdo hizo que su interior se suavizara.

Sonrió cuando finalmente agarró el libro. Él dejó de reírse cuando ella movió su boca
más cerca de la suya.

—Naomi, no.

—¿No qué? —Su corazón se agitó. El libro cayó de sus dedos.

—Dije que no. —Sus ojos se enfocaron en los de ella mientras tocaba su espalda baja.
Se veía molesto, pero eso solo hizo que quisiera besarlo todavía más. Él se acercó.

—Nunca me has lastimado —susurró ella—. Has sido más amable conmigo que
cualquiera, incluso Brad.

Era verdad. Nunca le había pegado, y nunca la había forzado a hacer nada, excepto
quedarse en la casa. Su boca se abrió y cerró como si quisiera decir algo. Sabía que él
la deseaba. Podía verlo en sus ojos.

Sacudiendo la cabeza, movió su mano hacia su cadera y la apartó.

—No voy… esto no es… —La alejó y se levantó—. Aún no, Naomi. Es todo. Ese
barco partió en tu cumpleaños, ¿recuerdas? No estás lista.

Ella lo fulminó con la mirada.

—No lo entiendo.

—No hay nada que entender. Encontremos a Hemingway. —Se volteó y se dirigió a
la estantería con todos los clásicos. Le había dicho que esa era la estantería favorita
de Evelyn. La mayoría eran de ella, heredados de su madre. Algunos estaban en
italiano.

Jesse se paró delante de la estantería más de lo necesario.


99
Página
—¿Sabías que Hemingway no lo escribió en Italia? —preguntó mientras se agachaba
para mirar las repisas más bajas—. Estuvo allí antes. Tenía tu edad cuando estaba
herido y se enamoró de su enfermera. Creo que estaba en Milán.

—¿Tenía dieciocho?

—Eso creo. —Sacó un libro de la repisa de abajo y se levantó. Se veía más relajado
ahora—. Probablemente serás mayor antes de que Eric y los demás te lleven allí.

Él se detuvo y alejó la mirada y comenzó a decir algo más, pero ella lo interrumpió.

—¿Adónde? ¿A Italia?

—Olvídalo.

—Dime. —Se movió por los cojines—. ¿Jesse?

Él entrecerró los ojos.

—Dije que lo olvidaras. Ya déjalo.

Apretó la boca para cerrarla. No le gustaba la furia en su rostro y movió su atención


al libro en sus manos. La historia completa se desarrollaba en Italia.

100
Página
VX
Agosto

N
aomi abría su diario casi cada noche y leía pasajes específicos. Quería
recordarse dónde había estado en su raro viaje de secuestro. Quería ver
cómo estaban cambiando sus emociones. Hasta ahora era un cariño
creciendo hacia Jesse y los otros. Ella vio el cariño; sospechaba que era deliberado
por parte de ellos para conseguir que ella quisiera quedarse, pero no había nada que
pudiera hacer sobre ello. Nunca podía ir a ninguna parte, nunca podía hablar con
nadie excepto ellos. Estaba completamente, cien por ciento atrapada.

Los dragones seguían visitando sus sueños. Escribió acerca de ellos y describió sus
gruesas y correosas alas y largos cuellos como floreros. Intentó con tanta fuerza
imaginar un ramo de flores saliendo de sus bocas en lugar de fuego, pero su
imaginación no era lo suficiente fuerte en sus sueños. Siempre era fuego, y siempre
quemaba al caballero que venía a rescatarla.

Después de leyera unos cuantos pasajes, escribió uno nuevo. Presionó el lápiz tan
duro contra el papel que perforó la siguiente página. Escribió las palabras tan
pequeñas como pudo para que el diario durara porque no sabía si le darían otro; si
tendría siquiera el coraje para pedir. Por alguna razón, escribir en el diario se sentía
como un gran secreto, especialmente dado que Jesse se había ido de boca y le había
contado que iban a llevarla a Italia y ahora ella seguía escribiendo sobre ello.

Italia.

Eso era tan lejos. Parecía como un nuevo comienzo, porque cuando miraba atrás en
su vida, no había nada espectacular sobre esta. Sus niñeras se habían preocupado por
101

ella, pero no habían sido particularmente cercanas. De hecho, cuanto más escribía
sobre su vida, más se daba cuenta de que ser secuestrada era la cosa más emocionante
Página
y real que le había pasado alguna vez, y no necesariamente de una mala manera. Esa
idea la hizo cerrar el diario y llorar sobre su almohada por primera vez en semanas.

102
Página
XVI
Septiembre

C
uando Karen llegó a casa del trabajo, Mindy le dijo que Brad la estaba
esperando en el deck. Confundida, se dirigió a través de la casa mientas se
quitaba la joyería y el abrigo y los dejaba en diversas piezas del mobiliario.
Mindy las recogería después.

La voz de Brad era oscura y suave. Lo escuchó hablando por teléfono cuando ella
salía y lo veía arrastrándose por los camino de arena de la playa. Las nubes de lluvia
eran pesadas y negras. Se veían listas para romper las costuras. La hierba alta de la
playa se balanceaba con la brisa.

—Sí, tengo que irme. Hasta luego. —Brad cerró su teléfono y le sonrió cuando ella se
sentó en una de las sillas del patio. Él nunca le había sonreído antes. Eso era raro.
Llegó a la cima de las escaleras, tartamudeando—. Hola, Sra. Jesen. Espero que esté
bien que viniera. Su ama de llaves dijo que estaría en casa pronto, así que yo…

Ella se puso de pie para saludarlo.

—Estaba en mi oficina arreglando cosas con un cliente. Las cosas tomaron más de lo
que esperaba.

Los ojos de él se ampliaron.

—¿Está de regreso en el trabajo?

—Nunca lo dejé. —Ella pasó una mano por su frente—. Han pasado siete meses,
Brad. Estarás comenzando tus clases pronto, siguiendo adelante con tu vida. ¿No es
103

así? —¿Por qué estaba explicándose a él?


Página

Él aclaró su garganta y bajó la mirada hacia el teléfono en su mano.


—Sí, supongo.

—¿Cómo te va?

Todavía mirando su teléfono, él murmuró:

—Bien, supongo. He decidido medicina, pero no estoy seguro qué aún.

—Suena como una buena ambición.

Él levantó su mirada y trató de sonreír.

—Nada como Harvard, sin embargo, ¿eh?

—¿Harvard?

—Sí, Naomi dijo que no iría, pero siempre pensé que podría dado que fue aceptada.
Aplique después de que ella lo hiciera. No conseguí entrar, por supuesto.

Karen se sentó. La brisa caliente matizada con el olor a lluvia era sofocante. Levantó
la mirada hacia Brad.

—¿Naomi aplicó para Harvard?

—¿No le dijo?

—¿Fue aceptada? —Su voz era inestable ahora. Se aferró a los brazos de la silla,
recordando su propia carta de aceptación de Harvard. Su madre estaba en el hospital
en ese entonces, muriendo de cáncer, y a su padre no podría importarle menos a qué
escuela acudiera siempre y cuando no tuviera que pagar por ello. Fue una buena cosa
que hubiera ganado becas escolares.

—Incluso si ella no se lo dijo, pensé que usted o el Sr. Jensen lo averiguarían a través
de su correo o algo así.

Ella se llevó una mano a la frente. Esta era solo la tercera vez que había visto a Brad
desde la desaparición de Naomi. La primera vez fue cuando él había venido para
contarles a ella y a Jason que Naomi estaba desaparecida. La segunda vez fue durante
la investigación. Lo miró, confundida.

—¿Por qué no quería ir a Harvard?


104

—No lo sé. —Él metió sus manos en sus bolsillos y miró a lo lejos.

No tuvo que decir nada más. Ella podía ver que él estaba intuyendo que eso era su
Página

propia culpa. Trató de no fulminarlo con la mirada.


—¿Entonces estás en la ciudad para visitar a tu familia?

—Ah, sí, y quería ver si estarían dispuestos a dejarme hacer algo por Naomi.

—¿Ah?

Él levantó la mirada a las nubes. Estaba vestido con pantalones caquis y una camisa
de vestir que parecía nueva. Probablemente se había vestido así solo para hablar con
ella.

—Mi compañero de cuarto es fotógrafo —dijo él finalmente, todavía mirando hacia


las nubes—. Me dio la idea de tomar algo del trabajo de Naomi e inscribirla en un
concurso. —Volvió a bajar la mirada a ella—. Sabe sobre sus fotografías, ¿cierto?

Ella asintió.

—Le dimos un montón de dinero para comprar su equipo, pero todas esas cosas
desaparecieron cuando ella lo hizo.

Él aclaró su garganta.

—Estaba esperando que me permitiera entrar por algo de su trabajo.

—Supongo que estaría bien. —Contuvo la respiración cuando una fuerte brisa sopló
sobre el deck. Hacía frío y olía a sal y algas. Le recordó las constantes caminatas de
Naomi a la playa cada vez que se estaba aproximando una tormenta. Por lo general
llevaba una chaqueta y su cámara atravesada en sus hombros. Le sorprendió que se
hubiera dado cuenta de esas caminatas de Naomi tan a menudo. Un montón de cosas
que estaba recordando sobre Naomí la sorprendieron—. ¿Las reglas estipulan si el
participante tiene que estar…? —Quería decir ―con vida‖, pero las palabras no se
deslizarían de su lengua.

—No, mi compañero dijo que estaría bien si tenemos su permiso.

La lluvia se liberó de las nubes, pero ninguno de ellos hizo un movimiento para salir
de su camino.

—Lamento todo —dijo Brad cuando la lluvia aplastó su cabello en su frente—. Esto
es lo que puedo hacer para tratar de hacer una diferencia, incluso si no hace una
diferencia, ¿sabe? Al menos para mí lo hará.
105
Página
Más tarde esa noche, Karen se sentó en la oficina de su casa con una copa de brandy.
Se quedó mirando su computadora y pensó en las palabras de Brad. Él estaba
determinado a hacer algo. Al menos había dado ese primer paso. Ella no había hecho
nada aún. Demasiado tiempo había pasado, y aun así se sentía como un solo
momento.

Encendió su computadora y busco el perfil de Facebook de Naomi. Hasta el


momento había evitado mirarlo, pero mientras el tiempo seguía sin esperanzas de
verla de nuevo, no pudo evitarlo. La policía y su investigador privado ya habían
buscado de arriba abajo. Dijeron que no habían encontrado nada útil.

Se desplazó a través de docenas de publicaciones que sus compañeros de clases


habían dejado preguntando dónde estaba, y luego encontró la última actualización
de estado que había escrito Naomi. Yendo al banquete de papá esta noche con Brad.
Demasiada plática corporativa. Tal vez habrá neblina más tarde para hacer tomas en
el parque.

¿Plática corporativa? Eso era algo que Karen nunca la había oído decir.

Brad había escrito en respuesta: Te amo, nena. Ese vestido que escogí se verá
ardiente en ti.

Un chico llamado Damien había escrito: ¡Buena suerte con esa niebla! Asegúrate de
subir las fotos más tarde.

Karen se desplazó más abajo. No parecía que Naomi tuviera un montón de amigos
con los que interactuar más que con Brad y algunas chicas de su clase de fotografía.
Se desplazó pasando algunas de las fotos de Naomi, sorprendida de cuán buenas eran.
¿Por qué Naomi no se las había enseñado? ¿Tenía miedo de que no le importaran?

Una parte de ella murió cuando se hizo esa pregunta, y tomó un trago de brandy y
notó que la copa estaba casi vacía. Bien. Necesitaba cortar su nerviosismo con algo.
Desde su estadía de dos meses en casa de Elizabeth, no era la misma. El trabajo no
era lo mismo. Nada se sentía correcto, y no era solamente porque Naomi estuviera
desaparecida.

El sonido de un auto deslizándose por el camino la sacó de sus pensamientos. Jason


estaba en casa. Ocho y media. Llegó más tarde que de costumbre. Mindy
106

probablemente tuvo la cena lista durante una hora. Se puso de pie y caminó a la
puerta principal para recibirlo, pero frunció el ceño cuando vio que no estaba solo.
Reporteros lo habían seguido, lo cual era extraño. No habían venido por un largo
Página

tiempo.
Jason se detuvo en el frente del garaje y salió del auto. Por supuesto que hablaría con
los reporteros, porque sabía que ellos lo seguirían por todos lados al día siguiente si
no lo hacía. Ella respiró profundamente y abrió la puerta para salir y permanecer con
él. Últimamente él parecía agotado, y una parte de ella dolía por animarlo, a pesar de
que ella misma era un desastre. Él le dio una débil sonrisa cuando ella se aproximó.
Los rostros de los reporteros se iluminaron como árboles de Navidad cuando vieron
que ella iba a unirse.

Solamente había dos, pero era suficiente para ponerla en el borde. Si no fuera por el
brandy en su sistema, podría haberles ordenado que se fueran.

Jason deslizó un brazo alrededor de ella y la acercó. Olía a su oficina, como a tinta de
bolígrafo y papel y los caramelos de menta con rayas verdes y blancas que mantenía
en un plato de cristal en su escritorio. Era alto y delgado y siempre tan afeitado que
su rostro no se ponía áspero hasta altas horas de la noche. Le encantaba eso sobre él,
amaba esa sensación de su mejilla áspera en ella. Ahora mismo todo lo que quería era
acurrucarse con él en la cama y caer dormidos. Si la desaparición de Naomi había
hecho algo, le había hecho darse cuenta de lo mucho que significaba Jason para ella y
lo mucho que él también la necesitaba. Estaba casi aferrándose a ella para salvar su
vida. Sus dedos frotaron la parte baja de su columna en pequeños círculos, y fue
suficiente movimiento para que su camiseta se saliera de sus pantalones. Se movió
contra él. Él estaba nervioso. No era habitual en él estar nervioso por algo tan
pequeño como dos reporteros.

—¿La policía va a perseguir agresivamente la investigación de nuevo? —preguntó


reportero número uno.

—Y-Yo no lo sé —dijo Jason con una mirada de reojo hacia Karen. Comenzó a
inquietarse.

—¿Van a presionar para hacer de este un caso federal?

—Eso no está decidido —dijo Jason en una voz que parecía estar cada segundo más
débil. Abrió su boca para decir más, pero el reportero a su izquierda; el insistente de
los dos; se acercó unos centímetros.

—¿Cómo está afectando esto tu carrera, Jason? Tus acciones se dispararon tras la
fusión, pero hemos oído que es posible que entreguen tu puesto a alguien más. ¿Es
107

esto demasiado para ti?

Estrechando sus ojos, Jason respiró profundamente.


Página
—A la compañía le va fenomenal. Cualquier rumor que hayan oído acerca de
entregar mi puesto simplemente no es verdad.

El reportero insistente se giró hacia Karen. Ella casi se apartó encogida, pero se
mantuvo firme cuando Jason la apretó con fuerza más. Él le había dicho meses atrás
que siempre contestara sus preguntas y nunca mostrara debilidad. Si Naomi los veía
en televisión o leía sobre ellos en los periódicos, quería hacerle saber que no estaban
cayéndose a pedazos, que sus padres eran las rocas en quien ella podía confiar y que
no tenían nada que esconder. Ella lo había mirado como si estuviera loco porque
eran cualquier cosa menos una plataforma estable en la vida de Naomi. Habían sido
inexistentes cuando ella creció, proveyéndola de todo a excepción de su tiempo… la
cosa que Karen finalmente se dio cuenta que era más importante.

El reportero insistente se inclinó hacia delante.

—Restos de una mujer desconocida han sido encontrados al sur de California. ¿Ha
pensado en lo que va a hacer si coincide con el ADN de Naomi?

Karen apretó sus manos en puños y dio a Jason una mirada que claramente
preguntaba: ¿Cómo no supimos sobre esto? Pero su expresión le dijo que él sí sabía
sobre ello y lo había ocultado para protegerla. Por eso la estaba sosteniendo tan
fuerte. No había esperado que ella saliera aquí.

Un paso más dentro de las profundidades de esta pesadilla. Siempre era algo: la
sangre en el estacionamiento; la luz trasera rota; el asalto a la joyería; una chica que
coincidía con la descripción de Naomi rescatada en Kentucky. Ahora esto. Pero nada
conducía a ningún lugar. Karen dudaba que algo lo hiciera.

Cuando Jason se apresuró a responder la pregunta, ella recordó las palabras de


Elizabeth: Has pasado tu vida entera tratando de empujarla fuera de tu vida… pero
ahora es momento de cambiar. No importa si ella se ha ido.

Pero sí importaba si ella no estaba. Significaba todo. Karen enderezó sus hombros y
miró a Jason. Recordó el día en que había dicho que estaba embarazada y cómo la
había girado alrededor de la habitación en un vals. Se recordó poniéndole una curita
en la rodilla a Naomi cuando la niñera estaba lejos por el fin de semana. Se recordó
entregándole a Naomi uno de sus libros favoritos en la biblioteca y cuán repulsiva
había lucido Naomi por ello. Había miles de esos recuerdos, y solo ahora estaba
108

empezando a recuperarlos mientras se enfrentaba a la posibilidad de que Naomi


podría estar muerta. En lo profundo dudaba que Naomi fuera un cuerpo desconocido
Página
al sur de California, pero ¿qué sabía ella? De cualquier manera, no importaba. Ahora,
más que nunca, era tiempo para hacer un cambio.

Se dio vuelta para enfrentar a los reporteros. Era tiempo de que dijera la verdad.

109
Página
XVII
A
Naomi le gustaba cómo se sentía usar un delantal. Había visto a Mindy con
un delantal durante seis años y siempre se había preguntado qué se sentía
usar uno. Ahora finalmente sabía que se sentía importante. No podía
precisar por qué.

Usaba un delantal porque estaba ayudando a Evelyn con la cena. No era que no
hubiera ayudado antes, pero esta era la primera vez que realmente iba a cocinar. Bajó
la mirada a los dos tazones de lo que Evelyn llamaba hongos shiitake y crimini y
arrugó la nariz. No le gustaban los champiñones, pero había probado este platillo
algunos meses atrás y le había gustado. Evelyn le dijo que era porque los
champiñones estaban cocinados correctamente.

—Probablemente estés acostumbrada a que sean pastosos y chicoleos. —Se rio


mientras llenaba una cazuela en el fregadero—. Esa ama de llaves tuya de la que me
has hablado no debe tener idea de cómo cocinarlos adecuadamente. Cuando son bien
cocinados, prácticamente deben derretirse en tu boca.

Naomi lanzó una raíz en un tazón vacío.

—No, supongo que no tiene idea de cómo cocinarlos bien. La mayoría de su comida
es buena, excepto los huevos y champiñones. Una vez le pedí que me enseñara a
cocinar. Me miró como si estuviera loca.

—¿Asumo que tu madre nunca cocinaba?

—Claro que no.

Evelyn cerró la llave del agua.

—Lo siento. No debería de mencionarla. Lo olvidé.

—Está bien. —Luchó contra el temblor en sus dedos y siguió trabajando en los
110

champiñones hasta que el tazón estuvo lleno de raíces. Era raro hablar de su madre
con Evelyn. Quizás porque Evelyn estaba comenzando a llenar el gran vacío en su
Página

corazón; uno que pensó que nunca podría ser llenado.


Evelyn le dio una toalla de papel húmeda doblada en un pulcro cuadrado.

—Límpiales el centro, luego córtalos a un grosor de medio centímetro. —Vertió


aceite en un sartén con un poco de mantequilla—. No voy a calentar esto hasta que
termines con los champiñones. No olvides los echalotes. Tienes que cortarlos lo más
finamente que puedas. Yo cortaré el ajo y el tomillo.

—Está bien. —Intentó concentrarse en los champiñones, pero la repentina mención


de su madre envió su mente en espiral. Deslizó el cuchillo por la suave carne del
champiñón, pero se detuvo tan pronto el filo pegó la tabla de cortar. Desde que había
leído El despertar, más y más pensamientos de su madre se arrastraban en su cabeza.
Eric tampoco estaba ayudando. Un mes atrás le había dado un artículo del periódico
de su pueblo natal.

Los Jensen se alzan de la tragedia de una hija desaparecida para tener éxito en los
negocios.

Intentó alzar el cuchillo de la tabla de cortar, pero pesaba cien kilos. La compañía de
su padre estaba capturando atención global y creciendo rápido. Había algunas
cuantas líneas acerca de que su madre había ganado un caso reciente de una
compañía falsamente acusada de fraude.

—Verás. —La voz de Evelyn interrumpió sus pensamientos—. Tienes que cocer tu
pasta con la suficiente agua para que no se pegue. Oh, y nunca le pongas aceite al
agua. —Puso los ojos en blanco y sacó un salero de la encimera—. Tu salsa se
resbalará de los fideos. La cantidad de agua es la clave.

—De acuerdo. —Naomi la vio lanzar un montoncito de sal en su mano—. ¿Para qué
es eso?

Evelyn se encogió de hombros.

—Para añadirle sabor. A Eric le gusta, pero a mí no. Arruina el plato.

—¿Entonces por qué la pones?

Se apartó un rizo oscuro de la frente. Se había recogido el cabello en una alta cola de
caballo, y los rizos rebotaban contra su cuello como resortes.

—Porque es Eric —contestó finalmente—. Si lo hace feliz, lo haré.


111

—¿Pero él sabe que a ti no te gusta? Estoy segura de que no le importaría que le


Página

dijeras cómo te sientes. —Por otro lado, quizás solo se enojaría. Parecía probable.
—Oh no, nunca le diría eso.

Por supuesto que no. Naomi no podía culparla. Comenzó a cortar de nuevo.

—Casi termino con estos, eh, como sea que se llamen.

—Crimini. Puedes llamarlos portobellos bebés si es más fácil. —Sonrió—. Si voy


demasiado rápido para ti, házmelo saber. Esto es lo que querías, ¿cierto? No quiero
que sientas que te estoy haciendo ayudarme. No estás con nosotros para esto. Espero
que sepas eso.

—Lo sé. —Hizo a un lado un tazón de champiñones cortados para empezar con el
siguiente—. Quiero aprender a cocinar. En serio.

—Me alegra. —Evelyn comenzó a cortar ajo. Su cuchillo se deslizaba por la tabla de
cortar más rápido de lo que Naomi podía seguir. El olor a ajo era caliente y picante
en el aire, y Naomi lo inhaló. No podía quitarse el artículo de su cabeza. Éxito en los
negocios. Eso era todo lo que les importaba.

Evelyn dejó de cortar y alzó la mirada.

—Te gusta aquí ahora, ¿no?

Casi dejó caer su cuchillo.

—Claro —dijo, agarrando mejor el cuchillo. A una parte de ella le encantaba aquí.
Eran agradables con ella. Le prestaban atención. Iban a llevarla a Italia a alguna casa
que significaba el mundo para Evelyn. Pero parecía problemático. ¿Cómo la sacarían
del país? No tenía un pasaporte. Incluso si lograban sacarle uno con alguna otra
identidad, no había forma de que la dejaran viajar en público. ¿O sí? Miró los
champiñones crimini. Eran blancos por dentro y oscuros por fuera.

»Me siento cómoda aquí —dijo lentamente—. ¿A eso te refieres?

Evelyn se rio.

—Supongo que es un comienzo. Espero que esté bien que sea directa contigo. Me
ayuda a no sentirme tan culpable. —Sonrojándose, comenzó a cortar el ajo de
nuevo—. Si eso tiene sentido.

—No fue tu idea llevarme. No es tu culpa.


112

Dejó de cortar. Evelyn se mordió el labio inferior.


Página
—Olvidé el perejil. Mejor llamo a Jesse y Steve y les digo que traigan un poco
camino a casa. —Sacó su teléfono y se volteó.

Para cuando Steve y Jesse llegaron a casa, Naomi había comenzado a cocinar los
champiñones. Olían tan bien que quería quitar uno del sartén. La mantequilla y el
aceite los estaban oscureciendo. Crepitaban mientras los movía con una cuchara de
madera, cuidadosa de mantenerlos separados como había indicado Evelyn.

—Aquí está tu perejil —dijo Steve cuando entró a la cocina. Jesse fue directo al
refrigerador.

—Oh, gracias. —Evelyn estaba en medio de revolver una ensalada cuando su


teléfono vibró. Miró la pantalla y se le entrecortó a respiración.

—¿Qué pasa, Evie?

—¡Conseguimos la casa!

—¿En serio? —Jesse se volteó del refrigerador donde había encontrado los restos de
un sándwich. Naomi había notado que siempre estaba comiendo, pero no tenía
gordura en su cuerpo para mostrarlo. Ella era lo opuesto. Su pantalón estaba más
apretado de lo que había estado unos meses atrás.

Evelyn saltaba de arriba a abajo como una niña.

—¿Ves? ¡Te dije que la conseguiríamos! Ahora todo está listo. Podemos irnos
cuando…

—No nos podemos ir todavía. —Steve alzó una mano—. Hay demasiadas cosas de las
que me tengo que encargar primero. Tenemos que decidir qué hacer con esta casa, y
Eric y Jesse necesitan terminar el último trabajo. Quizás ni siquiera sea el último
dependiendo de cuánto recibamos, y tengo que ver qué hago con la firma. Jesse dijo
que podría estar interesado.

—Por supuesto que lo estoy —dijo Jesse entre un bocado de sándwich. Miró a
Naomi, quien estaba sorprendida por la conversación desarrollándose alrededor de
113

ella. Nunca antes habían hablado tan abiertamente sobre mudarse—. Es decir, si
quieres vendérmela. Si crees que puedo manejarla.
Página

Steve se rio y comenzó a desanudarse la corbata.


—Por supuesto que puedes manejarla. Mejor que cualquiera que pueda encontrar.
¿Bromeas?

Evelyn se volteó justo antes de que los champiñones comenzaran a quemarse.

—Cariño, ¡tienes que prestar atención! —Quitó el sartén del fogón y lo sacudió—.
Están bien. Toma, añade el tomillo por treinta segundos, luego vacíalo todo en el
plato de allí. No olvides añadir la pasta al agua. Ya la he medido para ti junto a la
cacerola.

Naomi tomó el sartén de sus manos y lo colocó cuidadosamente en un fogón frío.


Jesse la miró mientras terminaba su sándwich.

—¿Evelyn te está enseñando a cocinar? —preguntó con una sonrisa burlona. Se


acercó más y ella se alejó. Se sentía raro tenerlo tan cerca de ella cuando estaba
intentando concentrarse en algo más. Entre más se acercaba, más quería ignorarlo
para que no le fallara algo y arruinara la cena.

—Sí —contestó. Su corazón se detuvo.

—¿Necesitas que te ayude?

Apartando su mirada de sus hermosos ojos, quitó el tazón de tomillo de la sila antes
de que él lo hiciera.

—No, puedo hacerlo. —Lanzó el tomillo en el sartén y vacío la pasta en el agua


hirviendo. Sus ojos brillaron. Se acercó. Ella recordó sus dedos desabotonando su
camisa. Su corazón latía tan rápido como esa lo hizo entonces. No tenía idea de lo
mucho que ella estaba intentando no desearlo. Era un fino balance entre fingir
desearlo y realmente desearlo. Si realmente lo deseaba, ¿qué decía eso de ella? ¿Y
siquiera le importaba?

—¿Te gusta esto, entonces? —preguntó. Intentó tomar un champiñón del sartén y le
pegó en los dedos.

—¡No!

Él agarró uno de todas maneras y lo metió en su boca. Lamiendo sus labios, se acercó
más.
114

Ella carraspeó.

—¿Si me gusta qué?


Página
—Cocinar… aprender nuevas cosas. También has estado leyendo más clásicos
últimamente. Te estás abriendo.

El olor al tomillo y la mantequilla subieron a su rostro. Cerró los ojos.

—Me gustan muchas cosas aquí. Supongo que podrías decir que me estoy ―abriendo‖.

Él alzó una ceja y la cuchara casi se resbaló de sus dedos.

—Especialmente contigo —susurró ella.

Él se movió. Esa mirada acerada apareció en sus ojos, aquella que le hacía querer
derretirse y decir sí a cualquier cosa. Recordó estirar las manos en el agua fría de una
poza de marea, sentir la superficie de una estrella, la resistencia que dio antes de deja
ir.

115
Página
XVIII
Octubre

E
l diario estaba casi lleno ahora, así que Naomi escribía sus palabras más
pequeñas. Le gustaba la forma en que se sentían las páginas cuando abría la
cubierta. Crujían como si fueran frágiles, pero era solo porque estaban
cubiertas de tinta en cada espacio disponible.

Deslizó sus dedos por las palabras y pensó en lo que significaban. ¿Era miedo lo que
las llenaba? ¿O algo más? Tenía que ser algo más, porque los dragones en sus sueños
ya se habían ido. Las había escrito para sacarlos de su mente y los había forzado a
permanecer en el diario. En una sección, escribió sobre un dragón abriendo su boca
para lanzar fuego hacia el caballero, pero luego se detuvo y Naomi salió de la roca
donde se había hecho añicos. Pieza por pieza, se recobró a sí misma. El caballero
sonrió y le ofreció la mano, pero en lugar de tomarla, corrió hacia el dragón y trepó a
su cuello. Sus escamas se sentían como papel grueso. Estaba caliente como una piedra
asoleada. Envolvió sus piernas y brazos alrededor de su cuello y el dragón extendió
sus gigantes alas y voló con ella en el atardecer.
116
Página
XIX
Noviembre

E
n octubre los arces se habían vuelto naranja brillante. Ahora, al final de
noviembre, la mayoría de las hojas habían caído y sido arrastradas en grupos
revoltosos. Era una semana ventosa, y algunas de las hojas seguían brillantes
en el centro, comenzando a desvanecerse. Esas eran las que aún se aferraban a los
árboles.

A Naomi le gustaba sentarse en el balcón y mirar el laberinto de ramas y hojas. Podía


oler el invierno acercándose. Era picante y fuerte y frío. Hoy era sábado, y Eric
estaba inclinado sobre las bolsas negras de basura. Metía las hojas con sus manos y le
sonrió cuando la vio mirando. Ella devolvió la sonrisa.

Él seguía estando dividido en su mente, dos partes que se contradecían. Una pieza
era su amabilidad. La otra era cuando la empujó contra la pared del dormitorio. Ella
nunca podía decidir a cuál atarse. La amabilidad era mejor, por supuesto.

Volviéndose al libro en su regazo, tembló cuando una suave brisa arrancaba algunas
hojas de las ramas. Caían en círculos al balcón como mariposas congeladas. Las vio
con el rabillo del ojo, pero estaba tan metida en el último párrafo de su libro que casi
saltó de la silla cuando una cayó en su regazo, cubriendo la última frase. Molesta, la
sacó de un manotazo.

No era que no supiera el final del libro. De hecho, lo había leído cuatro veces en los
últimos cinco meses. Siempre la confundía. Levantó la mirada y parpadeó. Todo se
volvió borroso. Ya no quería pensar en su madre. Intentaba no escribir sobre ella en
su diario, pero no paraba de aparecer en las páginas. Finalmente, terminó por
117

guardar el diario en su armario y prometió no abrirlo de nuevo. También quería


deshacerse de El despertar, ponerlo en un estante y olvidar su existencia. Pero aquí
Página

estaba, volviendo a leerlo. Estaba verdaderamente loca.


Cuando volvió a mirar a Eric, casi había terminado con las hojas. Arrastró las pesadas
bolsas de basura al patio y cerró la última. Su rostro estaba sudoroso. Apretó el libro
en sus manos y miró las ramas. Aún quedaban algunas hojas aferrándose.

—¿Naomi?

Jesse entró al balcón y cerró las puertas de cristal detrás de él. Había estado lejos con
Eric una semana y media. Habían llegado a casa unos días atrás con los ojos
inyectados en sangre y la ropa arrugada.

—Evelyn dijo que estabas aquí afuera. Hay almuerzo abajo si tienes hambre.

—¿Me puedo quedar un poco más?

—Si quieres. —Se sentó frente a ella. No le había dicho adónde fueron él y Eric, pero
suponía que a otra joyería. No podía imaginarlo haciéndolo. ¿Usaba un gorro de
esquí y guantes y llevaba una palanca? Toda la cosa parecía ridícula.

»¿Qué estás leyendo hoy? —preguntó, inclinándose para mirar su libro. Confusión
llenó su rostro—. Te di ese hace meses.

—Lo hiciste. —Ella miró la portada.

—¿Es bueno?

—Está bien. Es algo que mi mamá intentó que leyera, pero nunca lo hice hasta que
me lo diste con los otros clásicos.

Él se reclinó en la silla.

—Así que sale la verdad.

Ella alejó la mirada, molesta por la insinuación en su voz. ¿A qué se refería con eso?
No tenían que gustarle los libros que le daba. Él no dejaba de presionar. Apretó los
dientes y juntó el valor para mirarlo.

—Sabes algo, no tienes por qué ser tan imbécil con la cosa de los clásicos.

—¿Un imbécil?

—No lo quise decir así. Simplemente quise decir…


118

—No, lo entiendo. Te los estoy imponiendo, y eso te molesta.

Ella se encogió de hombros, intentando lucir indiferente. La realidad era que sí le


Página

molestaba mucho, y era hora de que lo reconociera.


—Sí, puede que sea eso —dijo él—. Mi papá también quería que leyera sus
preferidos. —Se cruzó de brazos, su expresión rígida—. Quizás me estoy desquitando
contigo, ¿quién sabe? Dejaré de hacerlo si quieres, no te obligaré a leer mierda que
no quieres.

Bajó la mirada a El despertar.

—No es mierda. Solo me recuerda a ella. Odio pensar en ella.

—¿Y por qué lo estás leyendo?

—No lo sé. —La respuesta fue rápida, pero no era cierto y Jesse lo sabía. Descruzó los
brazos y se enfocó en ella hasta que lo miró a los ojos. No había salida. Debería haber
bajado a almorzar cuando tuvo la oportunidad.

No era que le tuviera miedo, o que pensara que era un imbécil. Era la forma en que la
conocía tan bien que la ponía incómoda, como caminar hacia un acantilado sabiendo
que si no paraba caería en unos pasos. Él la veía acercándose al borde, y quería
ayudarla. Lo había visto por meses, y durante meses la había empujado suavemente.
Él había evitado que ella se arrojara sobre él. Le había dado un diario para registrar
sus pensamientos más profundos. Le había dado los clásicos para ayudarla a entender
una parte de sí misma que luchaba por reprimir.

Se le derritió el corazón mientras lo miraba, entendiendo cuán cuidadoso había sido


con ella, cuán aterrado podría estar de que ella lo alejara. Quería explicarse. Tenía
que hacerlo.

—Es duro pensar en mi mamá —dijo, las palabras temblando en su lengua—. Es duro
leer algo que me conecta a ella. Se siente íntimo, y eso es algo nunca antes tuvimos.
Es algo que siempre quise. Toda mi vida, la necesité y nunca estuvo. —Pasó sus
dedos por la portada del libro, lágrimas llenando sus ojos—. Ahora, de la forma más
extraña, ella está aquí conmigo. No sé cómo explicarlo. Sé que no es real, pero…

—Claro que es real.

Ella levantó la mirada ante su suave expresión.

—¿Cómo puede ser real? Ni siquiera sabe que lo estoy leyendo. Ni siquiera sabe que
estoy viva.
119

Él la miró por un largo momento, y luego bajó la mirada a sus manos.


Página

—Mi papá es profesor de literatura —dijo él—. Come y respira libros. Puedes
imaginarte cómo fue mi infancia. Hablaba todo el tiempo de las historias que amaba,
como Camelot y los Hobbits y anillos mágicos. Era emocionante, pero cuando crecí,
comenzó a imponerme cosas como Dickens y Faulkner. Entendí que iba a hacerme
leer todo lo de sus estantes, lo quisiera o no. Tiene muchos libros, más de los que
tienen Steve y Evelyn. —Hizo un gesto con la cabeza hacia la biblioteca—. He
aprendido a apreciar y entender todos tipos de literatura, especialmente los clásicos.
Supongo que, de alguna manera, quería darte esa misma experiencia. Llegué a
conocer mucho a mi papá a través de esos libros porque son los que más ama leer.
Tampoco puedo explicarlo.

Ella bajó la mirada a su libro y pensó en el océano y muerte y lo que su madre debió
haber pensado del terrible final. No quería tener a su madre en su cabeza. Mientras
más se le metía, más confusa se volvía la situación del secuestro. Si miraba a Jesse y
pensaba en su madre al mismo tiempo, las cosas comenzaban a caerse a pedazos. El
escape se metía en su mente. La libertad que había construido en su mente
comenzaba a disiparse. Pero si mantenía a su madre distante, todo volvía a ser sólido.

Otra brisa pasó por el balcón. Tembló bajo su sudadera rosa. Miró a Jesse e intentó
imaginarse cómo era su padre. Probablemente era delgado e inteligente, el tipo
anticuado que llevaba corbatas de moño a las fiestas y te besaba la mano al conocerte.
Podría tener cabello rojo y ojos azules. Pecas. Una sonrisa que podría derretir tu
corazón.

—¿Qué hay de tu madre? —preguntó—. ¿También lee mucho?

Su rostro cayó.

—Mi madre se fue después de que nací. Nunca la conocí.

—Oh.

El padre de Brad había dejado a su familia después de su nacimiento. Le entristecía


ver familias rotas de esa manera. Cuando era más joven, se creía afortunada por tener
dos padres que se amaban y estaban juntos. Ahora entendía más cosas. Si ambos te
ignoraban, no importaba de todas formas.

—Al menos tu papá parece preocuparse por ti —dijo.

—Lo hace, y soy afortunado por eso. —Le tocó el brazo y ella casi saltó de su silla.
Iba a besarla de nuevo. Estaba mirando sus labios.
120

—Dime —dijo él suavemente—. ¿Eres más feliz aquí que en tu casa?


Página
—¿Qué? —Su corazón pareció detenerse. Él todavía estaba mirando sus labios. ¿Iba a
besarla o no? El libro en sus manos se sentía como un ladrillo.

—Dime.

Miró la rama que pasaba sobre la cerca. No tenía deseos de treparla. Todo lo que
quería era que Jesse la abrazara y la besara como en su cumpleaños. Quería algo
estable y fuerte y confiable a lo que aferrarse. Brad se había ido para siempre. Solo
quedaba Jesse, y cada parte de ella estaba feliz de que fuera él y no Brad. Quizás eso
estaba mal. Quizás eso era lo que querían. No le importaba.

—Sí —susurró—. Lo soy.

—Bien. —Sus ojos estaban luminosos a la luz del sol. Se inclinó hacia adelante,
prácticamente en el borde de la silla. Fuego recorrió su espalda mientras él se
estiraba y tiraba del brazo de ella hacia él. Cuidadosamente, como trabajando con
cristal frágil, él tomó su mano con las suyas. Ella bajó la mirada mientras él apretaba
sus dedos suavemente.

»No entiendo por qué querrías irte —dijo en voz baja—. Tienes más aquí de lo que
jamás tuviste en tu casa. Por como suenan las cosas en los noticieros, tus padres
nunca estaban allí para ti. No pueden preocuparse por ti como nosotros… como yo.

Su corazón se aceleró. La mirada suave en sus ojos, su toque, la forma en que sostenía
su mano protectoramente, pero no de forma egoísta. Ella levantó la mirada hacia las
ramas desnudas donde las hojas se estaban moviendo por una brisa que ella no podía
sentir. Su color se desvanecería para dar paso al invierno, pero primero tenían que
soltarse.

En algún lugar del vecindario, un perro comenzó a ladrar. Era tan lejano como las
olas cerca de casa, golpeando y estallando contra la orilla en un ritmo incesante.
Alejó la mirada de las hojas cuando Jesse se inclinó más cerca, esta vez lo suficiente
para presionar su boca a la suya. Ella le devolvió el beso. Tenía que devolverle el
beso. Había soñado con este momento por meses. Era incluso mejor de lo que había
imaginado.

La ayudó a ponerse de pie, y El despertar cayó de su regazo. Cayó al balcón, pero ella
apenas registró lo que había sucedido. Las manos de Jesse se deslizaron debajo de su
121

sudadera a la piel desnuda de su espalda. Se inclinó contra él. Lo quería más cerca. Si
él la amaba, nada más importaba. Nada.
Página

Él se alejó y la miró a los ojos. –


—Ya no me mantendré alejado de ti —susurró—. Lo he intentado tanto tiempo,
pero es inútil. Quieres que lo haga, ¿no es así?

Ella cerró los ojos. El perro ladró más fuerte. Las hojas se arremolinaron con otra fría
brisa que apenas sintió. Jesse no se quedaría con ella para siempre, recordó de
repente. Eric y Evelyn se la llevarían lejos de aquí, lejos de él. Italia.

—Pensé que dijiste que te irías —dijo—. Cuando me lleven a Italia con ellos, que no
vas a venir.

Movió las manos de su cintura y las apoyó en sus caderas en un agarre firme y
sensual.

—Oh, voy a ir. He querido decírtelo por un tiempo, pero estaba esperando al
momento indicado. Es hora de que cambie algunas cosas, y quiero que seas parte de
eso… una parte de mí.

Se le formó un nudo en la garganta. No podía tragar.

—¿A qué te refieres? Pensé que querías la firma de Steve. Pensé que querías…

—Ya no. —El corazón de él latía contra su pecho. Levantó una mano y le acunó el
rostro, mirándola a los ojos profundamente—. Todo ha cambiado. Solía quererte por
diferentes motivos, pero has cambiado todo en mi mente, Naomi. Me has hecho ver
en quien me puedo convertir. Solo quiero estar contigo… para siempre.

Naomi mantenía las palabras para siempre en sus pensamientos todos los días. Las
saboreaba en su mente cada vez que Jesse la besaba. Las cosas iban cada vez más
rápido, y la hacían sudar de emoción. Él se inclinaba sobre ella en el sofá, besándola,
sosteniéndola, pasándole los dedos por el cabello, y ella pensaba para siempre, para
siempre, para siempre. De noche abría su diario y escribía en las pocas páginas
limpias que quedaban. Se había rendido a intentar no escribir. Respiraba el aroma de
la tinta y escribía el nombre de Jesse con delicada caligrafía y una sonrisa en su
rostro. Párrafos se formaban debajo de sus dedos respecto a cómo la hacía sentir
Jesse, la forma en le acunaba su rostro en las manos cuando la besaba, tan suave, pero
122

urgente y fuerte al mismo tiempo. Era perfecto. La hacía sonreír incluso si no estaba
cerca. El solo escribir su nombre la hacía sentir ligera y mareada.
Página
—Eso es mucho postre —dijo Evelyn mientras Naomi llenaba su plato de brownies y
helado.

Naomi se sonrojó y devolvió la cuchara al pote.

—Lo siento. Creí que alcanzaba para todos.

—Sí, pero normalmente no comes tanto. —Evelyn se sirvió helado en su propio


plato, y ambas caminaron a la sala donde todos estaban sentados para mirar una
película. Jesse palmeó el lugar a su lado, y Naomi se sentó con un suspiro feliz.

—También es para Jesse —le dijo a Evelyn—. Nosotros, eh…

—No hace falta explicar —dijo Evelyn mientras se sentaba junto a Steve. Él envolvió
sus brazos a su alrededor y la apretó. Naomi quería que Jesse la sujetara de esa forma,
pero se sentía raro frente a todos. Solo se besaban en privado, y nunca en su
dormitorio. Jesse últimamente se negaba a entrar a su dormitorio. Hasta ahora no se
había preguntado por qué. En este momento, sentada así de cerca de él parecía ser lo
máximo que él se atrevía a hacer frente a los demás. Agarró la segunda cuchara de su
plato y levantó un poco de brownie.

—¿Quieres quedarte aquí abajo o que subamos al estudio? —le preguntó y se metió
la cuchara en la boca. Él masticó el brownie lentamente, se lamió los labios y la miró
de arriba abajo.

Naomi intentó no soltar una risita. Le sorprendía cómo se sentía toda cálida y
mareada por dentro, como si alguien hubiera encendido fuegos artificiales en su
estómago. Era increíble y loco y aterrador, todo al mismo tiempo.

—Arriba —susurró, golpeándolo con el codo.

—Vamos a leer —anunció Jesse a todos y se puso de pie. Le ofreció la mano a Naomi.
Ella la tomó y lo siguió escaleras arriba.

—¡Diviértanse! —gritó Eric detrás de ellos.

Naomi contuvo otra risita.

—¿Qué sucede? —preguntó cuando entraron al estudio.

Jesse le quitó el plato y lo dejó en la mesa.


123

—Nada. Solo quiero besarte de nuevo, eso es todo. —Tiró de ella a sus brazos, y lo
Página

besó de una manera en que jamás había besado a Brad. Estaba segura de que nunca
besaría a nadie de la manera en que podía besar a Jesse. Él se iba en unos días a pasar
Navidad con su padre, y ella tenía que aprovechar cada momento antes de eso. Él
buscó en esa caja secreta, la que ella había cerrada tanto tiempo. Por primera vez en
su vida, no temió abrirla.

124
Página
XX
Diciembre

L
a mente de Naomi se llenó con visiones de ella pisando las piedras bañadas
por el sol de un patio y mirando a través de un panorama de colinas verdes
extendidas bajo un cielo turquesa. Las colinas estaban salpicadas con girasoles
amarillos, algunos más largos que sus manos juntas, incluso si separaba sus dedos
como pétalos elegantes. Los árboles de olivo se doblaban a través del paisaje, algunos
viejos y algunos jóvenes, algunos alineado en perfectas filas. Los viñedos estaban
borrosos en la distancia. Ella olió aceitunas y uvas y pan horneado en la cocina de
Evelyn detrás de ella.

Cerró sus ojos y escuchó el silencio. Entonces Evelyn le dijo que había un pequeño
pueblo a diez minutos bajando por el camino de tierra. En el mercado, podían
comprar quesos, pasta fresca y trufas blancas.

—No quiero decir chocolate. —Ella rio.

Naomi abrió sus ojos y sacudió los rayos del sol de su imaginación. Todo lo que podía
ver ahora eran los destellos de luces navideñas en los ojos de Evelyn. ¿Trufas? ¿No
eran esas setas que crecían en sistemas de raíces de árboles? ¿Sabrían a árboles?
Arrugó su nariz.

—¿No son realmente costosos?

—Como no lo creerías. —Evelyn abrazó sus rodillas hacia su pecho, las luces de
Navidad centellando alrededor de ella como un halo de luciérnagas.
125

Estaba más feliz como Naomi nunca la había visto mientras se sentaba en el suelo
junto a Steve. Él jugaba con las puntas de su cabello mientras ella sorbía de su tazón
Página

de chocolate caliente. Últimamente, Naomi había notado que ellos siempre estaban
tocándose, casi coqueteando, pero en un cómodo y tranquilo modo. Sus padres nunca
habían sido de esa manera. No podía recordar la última vez que los había visto
besarse. Algo dentro de ella dolió cuando observaba a Steve y Evelyn. Quería esa
clase de afecto para ella misma, como algún goloso monstruo hambriento de crudo y
puro amor. Jesse podía dárselo, pero todavía estaba lejos visitando a su padre.

—Valen cada centavo —dijo Evelyn, refiriéndose a las trufas—. Incluso Eric, el
tacaño, te lo dirá.

Eric sonrió mientras terminaba de encadenar la última de las luces en el árbol de


Navidad. Estaba de rodillas, inclinado a mitad de sus extremidades.

—Sí —gruñó—, están bien de vez en cuando.

Evelyn parpadeó hacia Naomi.

—Todo el mundo tiene que probarlas por lo menos una vez. Te dejaremos probar un
montón de cosas cuando lleguemos ahí. —El vapor de su chocolate caliente fue hacia
su rostro—. ¿No suena asombroso?

Naomi asintió. Estaba sentada en el sofá adjunto a ellos con una manta puesta sobre
su regazo, su propio tazón de chocolate caliente tibio en sus manos.

—Suena asombroso —dijo con un suspiro. Vio el patio bañado por el sol otra vez, lo
sintió caliente debajo de sus pies descalzos, una resplandeciente piscina bajando la
colina. El cielo sin nubes prometiéndole libertad, de un tipo que nunca había sentido
antes.

—No vayas soñando tan rápido, Evelyn —dijo Steve con una risa corta—. Los
inquilinos todavía tienen seis meses más.

—Lo sé, lo sé. —Evelyn le echó un vistazo—. Pero ella necesita conocer adónde la
vamos a llevar. —Miró a Naomi de nuevo—. Era la casa de mi abuela. Viví con ella
por cuatro años iniciando cuando tenía quince. Fue después que nuestro padre… —
Ella miró a Eric de reojo—. Después de que fuera a prisión. Eric estaba en la
universidad entonces, y cuando nuestra abuela murió, Eric me dijo…

—No te ordené regresar aquí. —Eric se arrastró desde debajo del árbol y se limpió las
manos en sus pantalones—. Te pregunté. Querías ir a la escuela aquí, ¿recuerdas? —
Tomó una galleta de un plato en la mesa del café y sonrió hacia Steve—. Estoy feliz
126

de que conocieras a alguien mejor de lo que hizo mamá. No que te hubiera dejado
casarte con alguien como él.
Página

Evelyn le dio una mirada de desaprobación, pero permaneció en silencio.


Sorbiendo su chocolate, Naomi intentó ignorar la tensión en el aire. Su boca sabía a
ajo por el asado y patatas de Evelyn. La cocina todavía era un desastre, y Steve había
puesto música navideña suave de fondo. Todo era perfecto. Casi.

Eric se giró hacia ella.

—Ahora que Evelyn te contó sobre la casa, ¿crees que te gustará Italia? No hay nadie
en kilómetros, así que puedes salir cada vez que quieras. —Terminó su galleta y
limpió sus manos—. Te conseguiremos una cámara nueva, y cuando seas mayor,
podríamos viajar. Una vez que la gente olvide…

Su voz se apagó. Naomi apretó la manta en sus manos y trató de sonreír. Supo que él
quería decir una vez que la gente la olvidara. Tenía razón, pero no estaba segura de
qué pensar sobre eso. Las personas se habían olvidado de ella durante toda su vida,
así que ¿qué importaba? Sus padres obviamente habían seguido adelante.

—Hay naranjas en el mostrador —dijo Evelyn, rompiendo el silencio—. Eric, ve por


algunas. —Se volvió hacia Naomi—. He notado que estás callada esta noche. ¿Te
estás sintiendo bien?

—Solo estoy cansada.

Sus ojos brillaron.

—¿No es a causa de Jesse? Estará de regreso en una semana, cariño.

—Bueno, yo… yo…

—Está bien. —Echó una mirada a Steve, quien sonrió y asintió—. Jesse está
pensando respecto a venir a Italia con nosotros —dijo—. No quiero que pienses que
vamos a alejarte de él.

Naomi contuvo el aliento. Sus mejillas se calentaron. Obviamente no sabían que


Jesse había decidido ir a Italia. ¿Qué tanto les había ocultado? ¿Sabían que se besaban
todo el tiempo? No parecía importarles si iba más lejos que eso. De hecho,
probablemente querían que la relación fuera tan lejos como fuera posible.

Eric regresó de la cocina, sus manos llenas con cuatro naranjas. Las dejó en la mesa
de café y volvió a sentarse junto a Evelyn. Ella agarró dos de la mesa, le pasó una a
Steve, y comenzó a cortar la cáscara con una larga y roja uña.
127

—Es tradición —le dijo a Naomi—. Siempre comemos una naranja en Nochebuena.
Página
Naomi trató de mantener una sonrisa en su rostro. No podía recordar ninguna
tradición navideña en su familia. Su madre contrataba a alguien para que colocara el
árbol de Navidad cada año, pero eso ya no importaba. Nada sobre sus padres
importaba. Ni siquiera Brad importaba.

Steve terminó de pelar su naranja y la extendió hacia ella con una sonrisa. Su
corazón casi se detuvo. Ella vio gruesas cáscaras cayendo al piso en la oficina de su
padre. Sus codos estaban apoyados en el escritorio. Sus ojos brillaban mientras sacaba
un gajo de la fruta y lo ponía en sus manos de ocho años. Nada había sabido tan
dulce como esas naranjas.

—¿Quieres? —preguntó Steve, interrumpiendo su ensueño. Aún estaba sosteniendo


la naranja hacia ella. La agarró.

128
Página
XXI
K
aren sorbió su café y observó el tráfico desde la ventana de su oficina. Era
mediodía. Recién había almorzado con Anna, y ahora ambas estaban
luchando contra el sueño de la tarde.

—¿Por qué no tenemos hora de la siesta como en otros países? —preguntó Anna
desde su escritorio. Bebió el último trago de su soda y lanzó la lata a la basura—. La
siesta de la tarde debería ser necesaria, ¿no lo crees?

—Absolutamente —dijo Karen, y rio entre dientes suavemente—. Creo que Jason
toma una siesta cada tarde. Tiene una buena y gran oficina, por supuesto, y creo que
cierra la puerta y se programa una hora para sí mismo.

La expresión de Anna se volvió seria.

—¡Deberíamos hacer eso! En serio, podríamos poner otro sofá en tu oficina. Hay
espacio. Podríamos relajarnos y escuchar música de olas de océano o algo.

La sugerencia era ridícula, pero a este punto a Karen no le importaba.

—Seguro, podemos hacer lo que queramos. —Se volteó y se sentó en su silla. Había
ocho nuevos correos electrónicos en su bandeja de entrada. Los ignoró y recogió una
fotografía de Naomi. Estaba en un marco pequeño y plateado que uno de sus clientes
le había dado como regalo de agradecimiento. Finalmente, le había dado un buen uso
y puesto la fotografía de Naomi. Su sonrisa en la fotografía era natural y dulce,
distinta a otras fotografías que la prensa había usado incontables veces en sus
historias. Karen había conservado esta para sí. Pensó en el mensaje que había dejado
en el teléfono de Naomi tantos meses atrás. Apenas podía recordar lo que había
dicho, solo que al final había comenzado a llorar.

—¿Hablas en serio? ¿Puedo dormir una hora cada tarde?


129

Karen se encogió de hombros.

—Claro, ¿por qué no? —Alzó la mirada de la foto de Naomi—. Sabes, he estado
Página

pensando en lo que le dije a la prensa en septiembre.


—¿Te refieres a la historia que dijeron sobre ti?

—Sí, de cómo mi madre murió de cáncer y nunca he sido la misma desde entonces.
—Karen pasó los dedos por la foto de Naomi. La muerte de su madre había afectado
todo, especialmente después de que Naomi hubiera nacido. Acercarse a Naomi era
demasiado duro. Era una pena que le hubiera tomado tanto tiempo darse cuenta por
qué. Agitó la mano en el aire—. En fin, viste todo eso, ¿cierto?

—Sí, y definitivamente has estado más feliz desde entonces; como si un peso fuera
levantado de tus hombros cuando explicaste todo públicamente. —Anna sonrió—.
Me ayudó a entenderte mejor, tenlo por seguro. Fue agradable escucharte hablar de
ella también, sobre lo mucho que la amas.

Karen se rio.

—Sí, creo que me odiaste por un tiempo. Creo que todos, incluyéndome.

—No te odiaba. —Anna desvió la mirada y comenzó a escribir un correo.

—Puedes admitirlo —dijo Karen mientras ponía la foto de Naomi de vuelta en su


lugar—. Me da gusto que me entiendas mejor, pero tiene que haber algo más en esto,
más que pueda hacer.

—Hablaste de fundar algunas cosas nacionales —dijo Anna por encima de su


hombro—. ¿Recuerdas?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué no lo haces?

Poniéndose de pie, Karen se alejó de su escritorio y fue hasta el sillón.

—Sabes, una siesta suena como una grandiosa idea.

Se estiró en uno de los cojines y tomó una pequeña almohada para ponerla sobre su
rostro. Necesitaba bloquearlo todo. No quería ver ni pensar en nada. La almohada no
ayudó, y Anna tenía razón. ¿Por qué no hacía más? Jason y Elizabeth también habían
estado molestándola. Todos parecían pensar que necesitaban su permiso para
cualquier cosa que involucrara a Naomi. Quizás era sí. Era su madre. Se suponía que
debía ser la persona más cercana a ella, ¿cierto?
130

Gruñó y presionó la almohada más fuertemente contra su rostro. Olía a coco.


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—Sabes —exclamó Anna desde la otra habitación—, escuché sobre una chica de la
edad de Naomi que desapareció en Oregon.

¿Por qué tuvo que sacar eso? Karen se concentró en mantener su respiración lenta.
Las personas siempre le contarían sobre niños desaparecidos. Pensaban que ya que su
propia hija estaba desaparecida, naturalmente querría relacionarse con cada persona
en el planeta con niños desaparecidos. Ridículo. Decidió no responder.

—¿Karen?

Con un pesado suspiro, se quitó la almohada del rostro. En todo lo que podía pensar
era en Naomi y la forma en que separaba su comida en el plato de la cena en
pequeñas pulcras porciones… como un tablero. Naomi no comía la cena con ella y
Jason a menudo, pero Karen estaba sorprendida de lo mucho que recordaba de las
pocas veces que habían estado juntas. Mientras más pensaba en Naomi, menos
culpable se sentía; por otro lado dolía pensar tanto en ella. No podía ganar.

—¿Me escuchaste? —preguntó Anna.

—Sí, te escuché.

—Bueno, la historia era que desapareció hace año y medio. La policía tenía suficiente
evidencia para demostrar que había huido, pero los padres se rehusaban a creerlo. Lo
triste es que no tenían suficiente dinero para mantener su propia investigación.

—Qué mal.

Anna vino a la habitación y se paró donde Karen pudiera verla. Su cabello estaba
revuelto hoy. Los rizos estaban en todas direcciones. Su pequeña nariz estaba
arrugada mientras hacía una expresión de confusión.

—Bueno, ¿no crees que es obvio lo que deberías hacer?

Karen se incorporó y se puso la cabeza en las manos.

—Sí, lo sé. Lo has estado insinuando por semanas. Debería comenzar una fundación
para ayudar a personas así. —Alzó la mirada—. Pero ¿no crees que no tiene sentido,
ya que no he hecho nada grande por Naomi? He hecho más en los últimos meses,
pero sin importar lo que hago, ha sido duro difundir su nombre sin un ángulo
específico que emocione a las personas y sobresalga. Todo se ha apagado. Es tan
131

improbable que consigamos resultados con todo el esfuerzo. Incluso mi detective


privado ha dicho eso.
Página
—Pero deberías insistir más, ¿no lo crees? Siempre estás hablando de eso. Ve y hazlo.
Quizás es por eso que tú y Naomi tenían tanta dificultad para conectar, ¿sabes?
Piensas mucho, pero no muestras lo que estás pensando. Siempre has sido de esa
manera. Es grandioso que tu trabajo se quede tranquilo y bien en la corte, pero en
otras partes de tu vida, no tanto.

Hubo otro sonido de la computadora de Karen cuando otro correo llegó a su bandeja.
Su corazón dio un vuelco. Más trabajo. Solía amar su trabajo, pero últimamente solo
era estrés y dolor. Todo era aburrido ahora. Sin emoción. Solo respirar. Existir.

—Quizás tienes razón —dijo, pasando una uña por un patrón del cojín del sillón. El
patrón, se dio cuenta, era una estrella de mar roja, y le hizo pensar en la foto de
Naomi que Brad había escogido para entrar al concurso. Sus ojos se abrieron con
repentino conocimiento.

—¿Qué quieres decir con que quizás tengo razón? —preguntó Anna con un bufido
exagerado—. Siempre tengo razón.

Karen sonrió, con el corazón latiéndole rápido.

—Sí, así es.

132
Página
XXII
Enero

E
ric sorprendió a Naomi cuando le preguntó si quería ver los fuegos artificiales
de Año Nuevo en el exterior. Vestida en pijamas, salió por la puerta principal
y de puntitas por la entrada adonde estaban Steve y Evelyn.

La nieve todavía estaba aglomerada en pequeños parches alrededor de la hierba


muerta y suciedad congelada. Recién se había vuelto medianoche. El cielo estaba
claro y negro. Los fuegos artificiales de Denver disparándose en la distancia eran
fáciles de verse por encima del vecindario.

—Estamos sobre un punto de una colina —explicó Steve a Naomi tan pronto como
se acercó a él, Eric a su lado—. Por lo que podemos ver los fuegos artificiales desde
aquí si el clima es bueno.

Ella asintió. No la habían dejado salir a verlos el Cuatro de julio, pero eso fue meses
atrás. No ahora. Ahora conocía más.

Movió sus pies descalzos a través del cemento helado y cruzó sus brazos. Eric la miró
y sonrió.

—¿Tienes frío? —Envolvió un brazo a su alrededor mientras ella devolvía su


atención a la noche negra. Ráfagas de verde y amarillo aparecieron en el cielo.
Segundos después, el sonido alcanzó sus oídos.

Todo estaba en su lugar ahora. Su pasado estaba tan lejos como los fuegos artificiales,
y ni siquiera tan hermosa. No era nada más que un recuerdo.
133

—¿Quieres volver adentro? —preguntó Eric—. Estás temblando. Puedo traerte uno
de los abrigos de Evelyn, si quieres. —Apretó sus hombros de nuevo—. Pensé que te
Página

gustaría ver…
—Estoy bien.

Bajó la mirada hacia los dedos de sus pies y sonrió. Evelyn los había pintado. Hacían
juego con las uñas de sus manos.

—Primero fui a la escuela a estudiar biología —le había dicho, inclinada sobre las
manos de Naomi en la mesa del comedor—. Luego cambié mi especialidad a
Literatura, luego a baile. Esto es lo que terminé haciendo. —Sonrió—. Escuela de
belleza. Entonces conocí a Steven en el salón donde estaba trabajando, y era un buen
amigo del gerente de una joyería en el centro. Cuando nos comprometimos, me
consiguió el trabajo de asistente de gerencia que tengo ahora en la joyería, y eso llevó
a… —Se detuvo y apartó la mirada. Su mano se apretó alrededor de los dedos de
Naomi, el olor del denso esmalte de uñas en el aire—. Bueno, amo mi trabajo y amo
a Steve, y estoy feliz de que estés aquí con nosotros.

El brazo de Eric se apretó a su alrededor mientras ella miraba la acera. La guió a nada
más que oscuridad.

Jesse llegó a casa unos días después. Naomi sabía que su vuelo aterrizaría a las siete y
que le llevaría al menos una hora llegar a casa desde el aeropuerto. Eran las ocho
ahora, y no dejaba de mirar el reloj mientras estaba sentada en el sillón viendo
televisión con un tazón de palomitas de maíz. Eric le había permitido quedarse sola
en el piso de abajo después de la cena. Hacía mucho eso últimamente.

—Luces como en una fiesta —dijo Jesse cuando entró por la puerta principal. Él
sonrió y su corazón dio un vuelco cuando soltó:

—¿Qué tal tu viaje?

Él se encogió de hombros y miró alrededor.

—Bien. ¿Dónde están todos?

—Evelyn y Steve están arriba, y Eric está en su oficina. —Asintió hacia la puerta
abierta por el comedor. Si se inclinaba lo suficiente, podía verlo en su silla, hablando
por teléfono.
134

Jesse estuvo en silencio por un momento. Aclaró su garganta y asintió hacia su


Página

dormitorio por el pasillo.


—Te traje algo. ¿Quieres ver?

—¡Sí! —Saltó y las palomitas de maíz salieron volando de su regazo y aterrizaron en


el suelo.

—¿Feliz de verme? —Se rio y puso su bolsa de lona en el suelo antes de rodear el
sofá.

Ella cayó de rodillas, maldiciendo cuando vio una mancha de mantequilla en la


alfombra color tostado.

—Evelyn va a matarme.

—Nah, tiene cosas de limpieza. No es un gran lío. —Tiró un puñado de palomitas de


maíz en el tazón.

Naomi formó palabras sordas en su boca. No lo había visto en dos semanas. Su


corazón estaba golpeando al verlo, ante su limpio y familiar aroma que ahora estaba a
solo unos centímetros de distancia. Sus manos se rozaron mientras recogían algunos
granos.

—Te extrañé —soltó ella—. Mucho.

Él sonrió y colocó el tazón en la mesa de café justo cuando Eric se asomaba desde su
oficina.

—Oh, estás en casa. ¿Buen vuelo?

—Un poco saturado, pero estuvo bien.

Eric asintió.

—Ven a verme a la oficina cuando puedas. Tenemos que hablar sobre la reunión.

—Seguro. —Jesse se puso de pie y ofreció su mano a Naomi—. Sígueme.

Ella se puso de pie y lo siguió a su dormitorio, quedándose en la entrada. Nunca


había visto su dormitorio antes. Estanterías estaban alineadas en las paredes y en una
esquina junto a la ventana estaba situada una mesa de dibujo. Una cosa de la que no
se había dado cuenta era el hecho de que los dormitorios de Jesse y Eric estaban
directamente debajo del suoa. Su corazón revoloteó ante la idea de Jesse durmiendo
135

debajo de ella.

—Durante las primeras semanas que estuviste aquí, te escuchaba llorando en la


Página

noche —dijo mientras soltaba su mano y caminaba a su cama—. Ya no haces eso.


—Uh, supongo que no. —Ella miró las uñas color rojo de sus pies. Eran brillantes, al
igual que las uñas de sus manos. El color le recordaba a Evelyn. Hasta que había
conocido a Evelyn, nunca había sido una persona que pintara sus uñas o hiciera algo
muy femenino, excepto por la cosa del maquillaje.

Jesse se aclaró la garganta y ella levantó la vista, dándole una sonrisa atractiva.
Quería que la tomara en sus brazos. Él al menos debería decir algo dulce y predecible
como ―También te extrañé. Apenas podía respirar de lo mucho que te extrañaba‖.

En su lugar, se dio la vuelta y comenzó a rebuscar en la bolsa de lona que había


tirado en la cama.

—Están aquí en alguna parte —dijo, sacando un par de libros de bolsillo. Los arrojó a
la cama, murmurando para sí mientras empujaba a un lado camisas y pantalones—.
Ah, aquí están. —Se dio la vuelta y le hizo un movimiento hacia él.

Ella se acercó y miró la pila de libros en sus manos, contando cuatro. Eran viejos, de
tapa dura envueltos en tela con letras doradas en el lomo.

—Son de mi papá —dijo, y los colocó en sus manos. Eran pesados y olían como al
sótano de una librería.

Ella lo miró con ojos confundidos.

—¿De tu papá?

—Dijo que podías tomarlos prestados por el tiempo que quieras. —Él miró el libro en
la cima de sus manos, el cuál ella finalmente notó que era El Gran Gatsby. Su
estómago se desplomó cuando su mamá llenó su cabeza. La empujó lejos.

»Son impresiones de primera edición. Mi papá pensó que te gustarían. Ya sabes, no


todos aprecian cosas como estas. Le dije que tú lo harías.

—Pensé que dijiste que él no sabía sobre mí.

—Oh, no lo hacía. —Volvió a su bolsa y sacó algunos libros de bolsillo más—. Lo


hace ahora. Bueno, sabe acerca de ti. —Aclarando su garganta, agarró un libro de
bolsillo en su mano—. Pero no sabe quién eres. Nunca puedo decirle… quién eres.
Le dije que nos encontramos en un estacionamiento. Supongo que eso no es una
completa mentira. —Aclaró su garganta de nuevo y arrojó el libro en la colcha de
136

gamuza con los otros.


Página
No sabía qué hacer. Su pecho estaba latiendo con más emociones de las que
posiblemente podía ordenar. Cuando finalmente se giró hacia ella y no la tomó en
sus brazos y besó, pensó que su corazón podría explotar.

La voz de Eric gritó desde la oficina.

—Jesse, ¿ya estás libre?

Su rostro cayó.

—Volveré. ¿Quieres esperarme aquí?

Su corazón retrocedió a un ritmo manejable.

—Claro.

—Ponte cómoda. —Sonrió y pasó una mano por su áspera mandíbula antes de
colocar su atención en la cama—. Hay mucho para leer. Volveré enseguida.

Esperó hasta que se fuera y colocó la pila de libros en un escritorio junto a la cama.

Sus manos se congelaron.

Había dejado la funda de su computadora portátil en el escritorio, y su mente se


llenó con una idea muy estúpida.

Jesse la había ayudado a descargar música para su iPod incontables veces, y había
notado que su computadora portátil tenía una cuenta de invitado sin contraseña.
Enviar un correo a Brad sería fácil. Podría escribir el nombre completo de Eric, Eric
Moretti, o Steve y Evelyn Thompson, o incluso la dirección que había memorizado
desde el correo que había visto por primera vez en la mesa de la cocina unas semanas
atrás. Eran descuidados en cosas así ahora. Confiaban en ella. A la policía le sería
fácil encontrarla. Ninguno de ellos lo sabría.

Colgó su cabeza y apoyó sus manos en su regazo. ¿Podía hacer eso? ¿A Jesse? ¿A
cualquiera de ellos?

No podía. Más que eso, no podía entender cómo sería volver a casa. Retrocedió ante
la idea.

Colocándose en el borde de la cama cerca del escritorio, miró hacia la pila de libros.
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Recogió El Gran Gatsby y pasó sus dedos por la tela verde esmeralda y el nombre de
Fitzgerald antes de abrir la cubierta. La fecha de impresión decía 1925. El papel
Página

estaba amarillento y opaco contra el brillante y rojo esmalte en las uñas de sus
manos. Probablemente valía una pequeña fortuna. Tenía que admitir que era
increíble, pero al mismo tiempo la asustaba con solo tocarlo. ¿El padre de Jesse no
debería mantenerlo en un lugar seguro en vez de de enviarlo con su hijo en una
bolsa llena de ropa sucia?

Lo colocó de vuelta en el escritorio y se giró a las limpias y blancas almohadas en la


cama de Jesse. No había reloj en el dormitorio. El aire estaba viciado y silencioso, y
después de un rato empujó la bolsa de Jesse al suelo y se acurrucó en medio de la
cama. Lágrimas se formaron en sus ojos. ¿Estaba tomando la decisión correcta? La
voz de su madre resonó en su cabeza. No lo juzgues tan injustamente al principio.

Su garganta se apretó. ¿Había juzgado tan injustamente a su madre? Tenía dieciocho


ahora, lo suficientemente mayor para decidir con quién vivir y qué hacer con el
resto de su vida. Era su decisión quedarse aquí. Tan loco como era, quería quedarse.
Enterró su rostro en la almohada de Jesse.

Soñó con flores, un jardín completo de estas. Una en particular llamó su atención:
blanca y amplia, como una magnolia desplegándose bajo el sol. Le recordó a una
pintura en la habitación de su madre.

—¿Naomi?

Sus ojos se abrieron para ver a Jesse inclinado sobre la cama.

—Lo siento —tartamudeó, sentándose. Se enfocó en su desordenado cabello rojo y


brillantes ojos.

—¿Por qué lo sientes? —Se inclinó más cerca y dio un vistazo a su reloj—. He estado
fuera durante más de una hora. Tenía miedo de que pudieras dirigirte de nuevo al
piso de arriba.

Devolvió su cabeza a la almohada, pero mantuvo sus ojos unidos a los suyos.

—No, dijiste que estarías de vuelta.

Él miró su reloj de nuevo.


138

—Se está haciendo tarde y pareces cansada. Deberías ir a la cama.


Página
—¡No! —Sacudió su cabeza y se elevó de la almohada—. No quiero ir. Quiero estar
contigo. Te extrañé mucho mientras no estabas.

Si la hacía volver a su dormitorio, probablemente le gritaría. Lo necesitaba.

Él sonrió.

—También te extrañé. Quería hablar de ti todo el tiempo con mi papá, pero no podía
decir mucho sin revelar mis… secretos. —Se inclinó cerca de su boca—. Eras la
primera cosa que pensaba cuando me iba a dormir y la primera cosa en mi mente en
la mañana.

Sus labios tocaron los suyos. Finalmente. Envolvió sus brazos alrededor él mientras
se arrastraba sobre la cama junto a ella.

—No esperemos más —murmuró él, moviendo su boca a su cuello. Se detuvo a lo


largo de su clavícula, respirando fuertemente, y deslizando sus manos por su espalda.
Entonces levantó su camiseta y la sacó.

Estuvo sorprendida ante lo natural que se sentía estar con él así. En su cama. Sin su
camisa. No era incómodo o aterrador. Sonriendo, envolvió sus brazos alrededor de él
y también le quitó su camisa. Había pecas por sus hombros y pecho. Pasó sus dedos
sobre estos. Era cálido y fuerte y hermoso. Lo deseaba tan gravemente que todo su
cuerpo dolía.

—Nunca me harás daño —susurró, mirándolo a los ojos. Luego movió su atención a
sus uñas rojas—. No como Brad.

Apretó sus dientes. Brad era la última persona en la que quería pensar en este
momento, pero sin importar lo fuerte que intentara, él todavía se desplazaba en su
mente como una sombra solitaria.

Los dedos de Jesse se apretaron alrededor del botón de los jeans de ella.

—¿Qué quieres decir? ¿Te hizo daño?

Intentó no encogerse. Supuso que dependía de a qué se refería con hacer daño.

—No exactamente —dijo ella, pensando cuidadosamente—. Quería la primera vez…


muchísimo. Juro que fui la última chica de mi edad en tener sexo en la escuela. Tal
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vez eso es lo que quería creer, no lo sé, pero no parecía que sería un problema.
Estuvo bien, supongo, pero esa primera vez… dolió. Supongo que es normal.
Página

Después de un tiempo, algunas veces él… —Se ahogó en las siguientes palabras y
apartó la mirada.
—¿Sí?

—No es nada. La mayor parte del tiempo yo no quería y él me hacía sentir que tenía
que hacerlo… y siempre a su manera. Eso es todo.

Eso era todo realmente. Por lo que podía recordar, Brad nunca la había
verdaderamente herido… excepto por la vez que la había golpeado, por supuesto.
Simplemente era dominante, insistente, persuasivo, demandante, demandante y cien
cosas más en las que no quería pensar ahora mismo. Jesse no era nada de eso.

—Oh. —Él se apartó de ella—. Entonces, ¿ese es el problema? ¿Brad? —Se inclinó
más cerca de su rostro—. Sé que quieres esto tanto como yo.

Sí lo deseaba. Quería un compromiso con él más de lo que alguna vez lo había


deseado con Brad. Su cuerpo estaba rogándole a su mente que se apagara y la dejara
en paz.

—Seré amable —susurró él, desabotonándole los jeans. Bajó el cierre—. No te haré
daño, Naomi. Debes saber eso. —Analizó su rostro y cuando ella no reaccionó a la
acción de él bajándole los jeans, se detuvo. Sus ojos se endurecieron—. ¿Todavía
estás enamorada de él?

—Nunca estuve enamorada de él. —Estuvo sorprendida por lo rápido que respondió
a la pregunta, y se movió bajo el peso de él. ¿Por qué su corazón se sentía como si
estuviera siendo roto a la mitad? ¿Por qué sus uñas estaban enterrándose en sus
palmas como dagas? Estaba segura de que sangrarían en cualquier momento mientras
él se inclinaba para besar su mejilla. Levantó sus manos de la cintura de ella y las
ahuecó alrededor de su rostro.

—Ya te he dicho que voy a Italia contigo. Me quedaré contigo porque nunca me he
sentido así por nadie.

Su corazón se hinchó. Se enfocó en el peso de su cuerpo, su piel contra la suya. El


corazón de él estaba latiendo casi tan fuerte como el suyo. Algo se estaba abriendo
entre ellos, dejando entrar más luz a la oscuridad que la había rodeado por tanto
tiempo. Sabía que si brillaba lo suficiente, podría verlo por quien él realmente era, si
se lo permitía. Ya había dejado que su propia caja de secretos se abriera a todas
aquellas crudas emociones que todavía la atormentaban algunas veces. Esto la hizo
140

encogerse.

Como muchas veces antes, intentó imaginarlo vestido de negro, de la cabeza a los
Página

pies, forzando una cerradura, cortando cables, susurrándole a Eric que todo estaba
yendo según lo planeado. Esta imagen era más una sombra molesta que sus
pensamientos sobre Brad.

—Tienes que decirme —susurró ella, rompiendo el silencio.

—¿Decirte qué?

—¿Por qué robas joyas? ¿Steve y Eric te hacen hacer todo eso?

Él se enderezó, la dura mirada en sus ojos de nuevo.

—¿Cómo sabes sobre las joyas?

Ella se encogió ante su cambio.

—Bueno, yo…

Esta era exactamente la parte de él que ella no conocía, la oscuridad que sentía bajo
todo lo demás. Estaba demasiado asustada para admitir que una parte de ella se sentía
atraída por ello, lo ansiaba, quizás incluso se excitaba por ello. Él era peligroso, pero
controlaba aquel peligro, y sabía que era el tipo de persona que jamás permitiría que
eso la lastimara. Eso lo hacía fuerte, poderoso y misterioso, y era algo que siempre
había deseado. Se apresuró a responderle:

—A Eric se le escaparon algunas cosas hace un tiempo. Lo descifré.

Su pecho desnudo se elevó y cayó con sus calientes respiraciones.

—No tienes que preocuparte por eso. Va a terminar. Todo ello. Eso es algo de la
mierda que estoy tratando de cambiar sobre mí. —Apartándose de ella, agarró su
camisa. Estaba claro que ya no la deseaba. Ella había destruido el momento.

De repente con frío, envolvió sus brazos alrededor de sus costillas. Era enero. Habría
estado en la universidad para esta época, probablemente donde fuera que Brad
estuviera porque lo habría seguido a cualquier parte. ¿Harvard? Olvídalo. No era
capaz de estar de pie. Era casi risible. Se quedó mirando a Jesse con ojos suplicantes.

—¿De qué se trata todo esto? —preguntó él, bajándose de la cama. La miró
sobriamente, su expresión más oscura de lo que alguna vez lo había visto—. No estás
pensando en intentar irte, ¿o sí?
141

Sintiendo la rabia en su voz, se mordisqueó el labio inferior y miró El Gran Gatsby


en el escritorio.
Página
—Naomi, olvídalo. Perteneces aquí. Te lo dicho antes… hay mucho en riesgo y Eric
te matará. Esa ni siquiera es una pregunta en mi mente. —Se puso la camisa—. Sabes,
eres la persona más difícil que he intentado leer. Eres como una caja que no puedo
abrir, y me está volviendo loco. He tratado todo contigo. He sido paciente, pero
tengo un límite. —Volvió sus manos puños.

Ella se encogió. ¿Una caja que no podía abrir? Si se sentía así, quizás ella estaba
equivocada sobre sus propias emociones. Pensó en los puños de Brad, una hoguera,
las gafas de Damien, luego el diario y las incontables páginas llenas de pensamientos
sobre su madre… cosas que nunca habría recordado de otra manera. Recordó El
despertar en su mesita de noche, los dragones sobre los que ya nunca soñaba.

—No sé si pertenezco aquí —dijo suavemente, volteándose—. A veces no puedo


dejar de pensar en ella. A veces me pregunto si he tomado la decisión correcta.

Hubo un largo silencio.

—Debería haberlo sabido —dijo él, su voz afilada—. Pensé que querías estar aquí
conmigo. Pensé que era la razón por la que no habías tratado de irte… no por tu
madre. Tu madre cree que estás muerta. Todos piensan que estás muerta. ¿Por qué
demonios querrías regresar?

Se volvió para verlo mientras dejaba el dormitorio. Se quedó mirando la puerta


abierta, confundida. Todo sobre él la confundía. Quería estar con él, pero al mismo
tiempo se preguntaba cuánto de eso tenía que ver con su situación. Si lo hubiera
conocido en la universidad, ¿se habría sentido atraída hacia él? Una parte de ella
sabía que la respuesta era no. Era lo suficientemente inteligente para saber eso, pero
su corazón era ajeno a eso. No importaba cuánto intentara mover sus emociones a un
espacio normal, se resistían. Apenas podía recordar la libertad de las paredes de una
casa, de las reglas dictadas por alguien más. La peor parte era que no se sentía nada
diferente a antes de que hubiera venido aquí.

Solo parecía ayer cuando había puesto su mano en la poza de marea para enderezar
la estrella de mar. Ella era como aquella estrella mar. Necesitaba una roca a la cual
aferrarse, un espacio protegido donde pudiera vivir. Brad había sido estas cosas, y
ahora estaba Jesse. Él la había girado en direcciones que era demasiado débil para
resistir.
142

Poniendo una mano en su cabeza, se enderezó y contuvo el aliento. Estaba medio


desnuda. Necesitaba su camisa, pero no podía verla en ninguna parte. Todo estaba
Página

borroso tras sus lágrimas. Jesse la había dejado porque pensaba que podría intentar
escapar de nuevo. No pensaba que se preocupaba por él, pero ella no había intentado
escapar ni una vez desde que había estado aquí. ¿Qué más quería que hiciera?

Se estremeció. Mirar la pila de libros en el escritorio la hizo pensar en la pintura en


el dormitorio de su madre: una magnolia blanca abriéndose al sol. Recordó una de las
veces que había estado en el dormitorio de su madre. Era un espacio grande con
enormes ventanas con vista al océano. Había una alfombra blanca y cortinas
holgadas y conchas de mar en las paredes. Su madre se inclinó y sonrió.

—¿Puedes subirme el cierre, cariño?

Ella asintió y tomó el cierre entre sus dedos. Debía haber tenido nueve o diez.
Mientras lo subía por la espalda de su madre, miró la pintura en la pared. Pensó en su
madre como una flor en su delicado vestido blanco y perfume de madreselva.

Años después, vio esa pintura de nuevo. Había empezado con Brad. La mañana
después de que se hubiera acostado con él por primera vez, miró el techo en la
habitación de él, aferrando las sábanas contra su cuerpo mientras se hacía un millón
de preguntas sobre lo que había hecho. ¿Se suponía que le doliera el cuerpo?
¿Debería acostarse con él de nuevo incluso si la asustaba? Era normal y saludable
tener sexo. Todas las chicas populares en la escuela se acostaban con sus novios. Era
loco que hubiera esperado tanto tiempo.

Aun así, las preguntas la fastidiaban en su mente. Su madre podría enojarse con ella
si sabía lo que había sucedido, pero una parte de ella quería desesperadamente hablar
con ella al respecto.

Finalmente, tres días después, tocó la puerta del dormitorio de su madre. Cuando se
abrió, vio la pintura en la pared y se sintió enferma. Fue entonces cuando recordó
que su madre fue criada en una época y lugar donde tener sexo antes del matrimonio
no era algo de lo que se hablara, mucho menos hacerlo con ninguna clase de
aprobación de parte de otros. Su madre era tan pura y limpia como esa flor. Nunca lo
entendería.

—Olvídalo —había murmurado Naomi y se había ido.

Levantó la mirada justo cuando Eric entraba al dormitorio, sus ojos ampliándose
cuando la vio medio desnuda en la cama. Se cubrió a sí misma. Todavía no había
143

encontrado su camisa. Jesse la había lanzado en alguna parte.

—¿Dónde infiernos está Jesse? —Miró alrededor de la habitación—. Te oí llorar.


Página

¿Qué pasó?
Ella se tocó el rostro y sintió lágrimas. ¿Qué tan alto había estado llorando?

—No pasó nada —gimoteó—. Solo necesito encontrar mi camisa.

Él se agachó y la recogió de una esquina oscura, luego la sostuvo para ella mientras se
limpiaba más lágrimas. Era un completo desastre. No podía mirarlo a los ojos.

—Vístete —dijo él suavemente—. Ya regreso.

Tan pronto como se puso la camisa, escuchó gritos desde la cocina. Se bajó de la
cama y fue por el pasillo, su cuerpo entero temblando con miedo y adrenalina. Espió
en la esquina justo cuando Eric golpeaba un puño en el rostro de Jesse. Ella saltó
hacia atrás como si hubiera sido quien fuera golpeada.

Ambos estaban junto al refrigerador. La espalda de Eric estaba hacia ella. Jesse se
tropezó y ahuecó su nariz con una mano.

—Me dijiste…

—Sal de aquí. Ve por tus maletas y vete ahora.

Jesse tensó los hombros.

—Esto no tiene sentido. ¡Me dijiste que hiciera esto con ella!

A ella se le detuvo la respiración en la garganta. Envolvió sus manos en la esquina de


la pared, el calor hinchándose en su pecho. ¿Eric le había dicho que la sedujera? Era
algo que había sospechado, pero seguía apartando ese pensamiento. No podía ser
verdad.

—Si la hacía feliz —gruñó Eric—. Eso no es lo que vi. Si le has hecho daño, juro que
te arrancaré la maldita cabeza.

—¿Hacerle daño? Jamás la lastimaré.

—Entonces, ¿por qué infiernos está tan alterada?

Ella quería dar un paso y decirle a Eric que sus lágrimas en su mayor parte eran por
su madre, pero ¿cómo podía explicar eso? Si decía algo así podría volverse loco con
ella en su lugar.

—Porque ella ha cambiado de… quiero decir… infiernos, no lo sé. No le hice daño.
144

Te juro que jamás le haría daño. Ya te lo dije. —Puso su mano en su nariz de nuevo.
Estaba empezando a sangrar—. Me conoces mejor que eso.
Página
Los hombros de Eric cayeron y luego se tensaron de nuevo.

—Pensé que lo hacía, pero has olvidado lo que te dije antes. No quiero que nadie la
lastime. Nunca.

Los ojos de Jesse se entrecerraron.

—No la lastimé. —Se inclinó hacia adelante, cuadrando los hombros—. Pregúntale.

—No necesito preguntarle. —Eric cuadró sus propios hombros, cerniéndose sobre
Jesse quien todavía no se movía. Sangre brotaba de la nariz de Jesse y por sus labios,
pero no se movió ni un centímetro lejos de Eric. Se miraron el uno al otro hasta que
Naomi pensó que sus rostros podrían romperse.

Finalmente, Eric agarró el cuello de Jesse y lo acercó.

—Vi su rostro, y eso es suficiente para convencerme. Se supone que debes hacerla
feliz, y si la hiciste llorar así el primer día de tu regreso, ella necesita más tiempo.
Ahora, vete.

Naomi contuvo el aliento. ¡No podía irse! Apenas había llegado a casa. El calor en su
pecho quemó más. Jesse agarró la mano de Eric y la apartó de su camisa.

—Sabes, si no fuera por Evelyn, no soportaría nada de tu mierda. Haría un maldito


hoyo en tu rostro.

Eric lo miró sombríamente.

—Es bueno que no lo hayas intentado. Ahora, te lo dije… vete.

—Bien. ¿Cuándo infiernos quieres que regrese?

—Cuando te llame y te diga que regreses. Ni siquiera pienses en desaparecer. Quiero


saber de ti al menos una vez al día.

—Lo que quieras. —Lo rozó al pasar y se dirigió a las escaleras donde estaba Naomi,
Eric en sus talones. Ambos se detuvieron cuando la vieron. Los ojos de Jesse se
ampliaron—. ¡Naomi!

Ella lo fulminó con la mirada.

—¿Has estado haciendo todo esto conmigo porque Eric te dijo que lo hicieras?
145

—¿Qué? No, no es así. —Él se volvió hacia Eric—. Díselo.


Página
Eric lo fulminó con su mirada, su rostro de un brillante rojo por la rabia mientras se
estiraba para agarrar a Naomi. Ella retrocedió.

—Ve a tu dormitorio —ordenó—. ¡Ahora!

Recordó lo rápido que él podía lastimarla, cómo podría salirse de control su rabia.
Inhaló y salió corriendo por las escaleras a su dormitorio. Diez minutos después, se
puso de pie junto a su ventana y observó a Jesse conducir lejos en la oscuridad.

146
Página
XXIII
A
penas durmió esa noche. Al despertar de un sueño ligero, vio nubes oscuras
fuera de su ventana. Eso era perfecto. Necesitaba un buen día sombrío para
terminar su miseria. Hasta donde sabía, no vería a Jesse por semanas. No le
importaba que Eric le hubiera dicho que jugara con sus emociones. Todo lo que
quería era hablar con él y averiguar cómo se sentía realmente. Lo que fuera que
hubiera pasado entre ellos no era un acto. Era demasiado real, había durado
demasiado tiempo. Las afecciones de Brad por ella se sentían más forzadas que las de
Jesse.

Un golpe en su puerta la hizo saltar. Gruñó cuando Evelyn destrabó las cerraduras y
entró. Era sábado, y eso significaba que podría desayunar abajo con los otros.
Generalmente, disfrutaba de eso más que comer sola en su dormitorio. Hoy era
diferente.

—No tengo hambre —dijo cuando Evelyn se acercó a la cama.

—No te pregunté si tenías hambre.

Rodó para ver a Evelyn vestida en ropa de yoga. Su cabello estaba recogido en una
tensa cola de caballo. No llevaba maquillaje, y la cicatriz en su rostro era de un rosa
brillante. Por millonésima vez, Naomi se preguntó cómo había sucedido, si su padre
se lo había hecho o había sido Eric.

—Tampoco quiero hacer yoga.

Evelyn se puso las manos en las caderas y la fulminó con la mirada.

—Fuiste tú quien me suplicó que empezara a hacer ejercicio contigo. —Se golpeó el
muslo—. Que el solo estar sentada va a arruinar tu figura. ¿No quieres verte
grandiosa en Talía?
147

Naomi puso los ojos en blanco y se cubrió el rostro con las mantas.

—No me importa. Jesse no irá, de todas formas. Eric lo corrió. ¿No escuchaste?
Página
—Sí, escuché. Regresará. Lo arreglarán.

—Eso no fue todo. —Apretó los dientes y respiró pesadamente contra las mantas. Su
respiración olía al ajo de la cena de anoche—. Estábamos en su dormitorio anoche —
murmuró—. Estábamos en su cama. Pensé que finalmente, ya sabes… pero lo
arruiné y Eric pensó que fue porque Jesse me lastimó y que necesitaba más tiempo
lejos de él. No me lastimó. Nunca me lastimaría.

—¿Casi dormiste con Jesse? —Su voz estaba cargada de sorpresa.

Naomi se quitó las mantas.

—¿Eric no te dijo eso?

—No. —Se cruzó de brazos y movió su expresión a la desaprobación—. Deberías


haberme dicho que las cosas estaban yendo tan lejos.

—Pensé que querías que estuviera con él de ese modo. ¿No es lo que quiere Eric?

—¿Qué en el mundo te dio esa idea?

—Jesse dijo eso cuando estaban discutiendo anoche. Sé por qué, pero no importa. —
Le dio la espalda a Evelyn y suspiró pesadamente contra su almohada—. Quieren que
me enamore de él para que nunca me vaya.

La habitación se quedó en silencio. Evelyn se sentó en la orilla de la cama y comenzó


a pasar los dedos por el cabello de Naomi. Era tranquilizador, y no se apartó. Analizó
el peso de lo que le había dicho a Evelyn. Eran palabras que nunca podría haberle
dicho a su madre, o nadie más en realidad. Eso hizo que su corazón se hundiera más
de lo que ya estaba, y mientras Evelyn cepillaba su cabello pensó en cuando Damien
había besado su muñeca y la había mirado a los ojos. Ese pequeño e íntimo gesto
había sido uno de los recuerdos más memorables de su vida. Damien había llegado a
una parte de ella que no sabía que existía, una parte que constantemente buscaba una
conexión que nadie había intentado tomar hasta que había venido aquí. Era
lamentable que amara y odiara estar aquí al mismo tiempo. La dejaba en el limbo, un
lugar en donde evitaba tomar ningún tipo de decisión firme. Solo quería dejarse
llevar y ver adónde iban las cosas por su propia cuenta.

—Es verdad que queremos que elijas quedarte aquí —dijo Evelyn suavemente—.
148

Todo lo que Eric le dijo a Jesse fue que era libre de conquistarte si lo quería. No
siempre fue así. Al principio no queríamos que pasara algo como eso. Queríamos que
Página

tuvieras tanto control en tus elecciones como pudieras, pero entonces vimos lo
mucho que te atraía Jesse, entonces Eric le dijo que estaba bien.
Naomi se quedó callada. Cerró los ojos y se concentró en los dedos moviéndose por
su cabello.

—¿Entiendes lo que estoy diciendo? —preguntó Evelyn.

—Sí, eso creo, pero eso no va a traer a Jesse de vuelta más rápido.

Sus dedos se detuvieron.

—Quizás no, pero ¿cuál es la prisa?

—No lo sé. Lo extraño. Se ha ido desde antes de Navidad.

Evelyn se quedó callada por un momento.

—Estás enamorada de él, ¿no es así?

Amor. Sonaba pesado y serio, pero era lo que quería más que nada en el mundo.
Recordó lo mucho que Steve y Evelyn se preocupaban el uno por el otro. Era tan
real. Ni siquiera podía imaginar cómo debía de ser.

—No lo sé —murmuró—. Quizás. —¿Qué más se suponía que dijera? ¿Que no creía
que pudiera respirar sin él? Sonaba ridículo.

Evelyn movió su mano a su hombro, acariciándolo suavemente.

—Requiere un largo tiempo entender el amor. Nadie dice que tienes que entenderlo
ahora o mañana, o incluso en un año. Espero que no creas que intentamos
presionarte hacia algo. Nunca querría eso. La verdad es que —dijo con un tono en su
voz—, que nunca he estado más feliz en mi vida de lo que he estado contigo aquí.

Volteándose, Naomi alzó la mirada hacia ella. Pensó en esa noche en la oscuridad
cuando Evelyn le había susurrado a Steve que no podría haber pedido algo mejor. La
confusión la agarró.

—No entiendo cómo te hago feliz.

La expresión se Evelyn decayó. Sus dedos se inmovilizaron.

—Por muchas razones —dijo suavemente—. Estaba esperando que pudieras


entenderlo algún día… si me dieras la oportunidad. Una chica puede sentirse
horriblemente solitaria con todos esos hombres cerca. Eso, y que siempre he querido
149

a alguien con quien hablar de esta manera. Steve no lo entiende. Tampoco hace
yoga. —Su rostro se alegró y le guiñó un ojo, haciendo reír a Naomi.
Página
Naomi se incorporó y se estiró. Dejar su dormitorio sonaba mejor.

—Supongo que yoga suena bien.

Veinte minutos después, estaban en la sala estirando sus cuerpos en posiciones que
no habría sido capaz de lograr un año atrás. Ahora era más flexible, como Evelyn. Se
sentía bien respirar en ritmo con ella. Casi quitó su mente de Jesse. Casi.

—¿Cómo supiste que estabas enamorada de Steve? —preguntó mientras comenzaban


otra posición.

Evelyn se inclinó hacia abajo en el suelo. Su cola de caballo rozó la alfombra.

—Puede que suene extraño para ti —dijo mientras se estiraba—. Nunca me he


creído fea, pero mi cicatriz es algo que una vez que alguien nota, como que la
miran… mucho. Steve nunca la miró dos veces, ni siquiera una vez, incluso después
de que fuéramos a nadar y no tuviera maquillaje. Me miraba como ningún otro
hombre me había mirado antes, y lo supe.

La figura de Naomi se sacudió mientras luchaba para mantener su posición.

—Eso es genial. Debe ser agradable tener a alguien así. —Se preguntó si alguna vez
Jesse podría ser así, pero entonces se dio cuenta de que ya lo era. Su corazón casi se
detuvo con la idea.

—Lo es.

Ambas se pararon de sus posiciones y comenzaron la siguiente en la rutina. Naomi


miró la cicatriz de Evelyn mientras se volteaban.

—¿Puedo preguntar… cómo la obtuviste?

Ella hizo una mueca.

—Sabía que preguntarías algún día.

—Lo siento.

—Está bien, en realidad. —Estiró los brazos encima de su cabeza y enlazó los dedos.
Naomi imitó sus movimientos e intentó no mirar la cicatriz. Era difícil.

—No tienes que decirme.


150

—Mi padre me cortó con un cuchillo de cocina. Así fue como asesinó a mi madre y
Página

mi hermana. Las apuñaló. Estoy segura de que Jesse te ha contado eso al menos.
—Un poco. —Intentó concentrarse en su posición para evitar estremecerse.
Escalofríos recorrieron sus brazos desnudos. Un cuchillo de cocina. Sonaba horrible.

—Mi padre pretendía matarme también, pero Eric lo detuvo. Salvó mi vida.

Por alguna razón, eso sorprendió a Naomi. No podía imaginar a Eric apresurándose
como héroe.

—Guau, ¿cuántos años tenía?

—Diecinueve… apenas en la universidad. —La miró—. Resultó estar en casa ese fin
de semana. Nunca había visto ese lado de él: la violencia, la absoluta locura en sus
ojos, igual que nuestro padre cuando estaba enojado. Cuando vio lo que nuestro
padre estaba haciendo, algo en su interior se rompió. Nunca ha sido el mismo desde
entonces, especialmente después de que le dijera todo lo que estuvo pasando por
años.

Naomi la miró con ojos cuestionadores.

Evelyn inspiró profundamente.

—Había decidido contarle a mamá lo que mi papá nos hacía a mi hermana y a mí


cuando ella no estaba. Eventualmente, también tuve que contarle a Eric. Estoy
segura de que puedes suponer lo que les tuve que decir… qué tipo de abuso retorcido
tuve que soportar de mi propio padre.

—Sí —dijo con un nudo en la garganta—. Escuché sobre ese tipo de cosas que les
sucedía a personas que conocía en la secundaria. Estaban seriamente lastimados de
por vida. No puedo imaginarme. —Tampoco podía. Sus padres la ignoraban, pero de
repente se dio cuenta de cuán peor podrían haber sido ser las cosas. Luego estaba
Brad. No, no, tenía que intentar no pensar en Brad.

—Sí, soy incapaz de tener hijos por eso. Solía golpearnos si nos resistíamos, y quería
que se detuviera. Fue una mala idea. Cuando descubrió que le conté a nuestra madre,
fue contra nosotras tres. Estaba borracho. Siempre estaba borracho. Tengo suerte de
que solo haya recibido la cicatriz.

Enferma del estómago, Naomi bajó los brazos y se sentó en el sofá.

—No sabía nada de esto —dijo mientras ojos la miraban—. Brad me golpeó una vez,
151

pero nunca me di cuenta de lo mal que solía tratarme hasta que vine aquí. No lo vi
antes.
Página
—No conocías algo distinto. Sé exactamente cómo se siente. —Bajó sus brazos—. Mi
papá está muerto ahora. Finalmente se siente como si hubiera terminado, pero nunca
seré libre hasta que nos mudemos de aquí. Italia fue donde fui más feliz, y muero por
regresar.

—¿Es por eso que nos vamos a mudar de aquí?

Asintiendo, Evelyn le indicó que se pusiera de pie y terminara la yoga. Así lo hizo,
pero apenas podía concentrarse en las posiciones. Su corazón latía rápido mientras
pensaba en cómo podrían haber ido las cosas con Brad si nunca hubiera sido
secuestrada.

Dos semanas después, todavía estaba pensando en eso, pero se había movido a un
lugar más tranquilo de su cabeza mientras estaba adormilada en el sofá de dos plazas
en la sala. En su mayoría, quería ver a Jesse de nuevo. El aroma a pimientos rojos y
tocino era denso en el aire. Presionó el botón de pausa en su iPod cuando Eric salió
de la cocina. Se arrodilló para que ella pudiera ver su rostro.

—¿Quieres dos o tres huevos? —preguntó dulcemente, y le acomodó un mechón de


cabello detrás de su oreja. Ella lo miró inexpresivamente.

—Tres. —Intentó respirar la esencia de Jesse del cojín del sillón, de cualquier lado,
pero había desaparecido del todo.

Eric asintió y apartó su mano de su oreja.

—¿Pan tostado? ¿Algo más? Estoy cocinando algo de tocino, y Evelyn trajo algunas
fresas.

Miró sus ojos caramelo chocolate. No había una chispa de ira. Eran tan amables
ahora, tan preocupados por ella todo el tiempo, especialmente durante las últimas
dos semanas. Estaba intentando lo mejor para suavizar la ausencia de Jesse.

—Si les pones azúcar —dijo, preguntándose si debería seguir enojada con él por
echar a Jesse de la casa. Lo extrañaba. Locamente. Extrañaba que se sentara a su lado
durante la cena, sus sonrisas al otro lado de la mesa de billar, su voz cuando hablaba
152

de libros. Quería que sus brazos la rodearan otra vez. Ahora mismo, se sentía como si
estuviera en el limbo esperando a que él regresara para que pudieran arreglar las
Página

cosas. Eric pudo haberlo instado a seducirla, pero mientras más pensaba en su
relación con él, más convencida estaba de que a él realmente le importaba. Quizás
ese fue el plan de Eric todo el tiempo, pero no le importaba. Nadie podía planificar
emociones. Nadie podía planificar que una persona se enamorara, ¿o sí?

Le rodeó la muñeca con los dedos.

—Claro. Le pondré mucha azúcar. —Se acercó—. Intenta animarte, ¿está bien? Sé
que extrañas a Jesse, pero lo verás de nuevo pronto. Lo prometo.

—¿De verdad? —Se incorporó—. ¿Va a regresar?

Sacó el pecho y sonrió.

—Sí. Se ha estado quedando con un amigo, pero le he dicho que puede regresar.
Creo que tú y él necesitaban algo de tiempo para resolver sus emociones. Todo va a
estar bien.

Naomi asintió. Probablemente tenía razón, pero no hacía la separación más fácil. Lo
observó mientras se levantaba y encendía el televisor antes de regresar a la cocina.
Ahora mismo estaba el reporte del clima.

—La máxima del día será de ocho con un mínimo de menos siete grados. La baja
presión podría provocar un poco de nieve más avanzada la semana.

Apretó el botón de reproducción de su iPod e intentó ahogar todo con la música.


Estaba escuchando una lista de reproducción que Jesse había hecho para ella la
última vez que descargaron música juntos; una extraña mezcla de Mozart y Chopin,
algunas bandas de metal pesado, y una banda que combinaba dos géneros.

Al igual que él, pensó, concentrándose en lo duro, intensas guitarras y batería con
una capa de una mezcla etérea de piano y voces femeninas. Todo lo misterioso sobre
él sugería violencia, pero estaba escondido de ella debajo de todo lo demás hermoso
que ansiaba de él, especialmente su manera de tocarla, como si nada en el mundo
importara más que ella. La violencia estaba tan escondida, de hecho, que no le
importaba nada que alguna vez hubiera hecho mal… o estuviera haciendo mal.

Se acomodó más en el sillón y reajustó sus audífonos. El aroma a los huevos


cocinándose se esparció en la habitación. Sabía que Erich hacía todo lo que podía
para complacerla. Todos lo hacían. Le gustaba la atención. Le gustaba no tener que
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preocuparse por nada más que estuviera pasando en el mundo exterior. Si Jesse
regresaba, la vida sería perfecta de nuevo. Podría regresar a un lugar en el cual no
Página

pensara en su madre y su padre. Brad solo era una sombra ahora. Sus padres también
podrían serlo.
La canción en su iPod comenzó.

—Sí, pero ¿hay alguna verdad en los reportes dados en el inicio de la desaparición de
su hija? Ambos han admitido…

Otra canción empezó, fuerte y repentinamente molesta. Presionó con fuerza el


botón de pausa, se levantó, y miró la televisión con ojos muy abiertos.

Allí estaba, sentada en un sofá bajo las brillantes luces de Today Show, vestida en
uno de sus trajes color crema con su cabello moldeado en un elegante nudo en su
cuello. Sus manos estaban dobladas suavemente en su regazo mientras miraba al
hombre haciéndole una pregunta. Naomi sabía que estaba irritada, un certero
temblor en la comisura de su boca antes de que hablara. Naomi no se había dado
cuenta de que supiera de ese temblor, cuán guardado estaba en su memoria. No podía
recordar notarlo antes.

—Por supuesto que hay algo de verdad en los reportes —respondió Karen
tranquilamente, profesionalmente—. Ha habido más presión en la desaparición de
Naomi que otros chicos desaparecidos porque… —Se detuvo, entrecerró los ojos y
sacudió el pie ligeramente antes de mirar al padre de Naomi sentado a su lado en el
sofá.

»Ambos estamos en el ojo público constantemente —continuó—. Somos exitosos,


¿no es cierto? Eso lleva directamente a su pregunta de si descuidamos a nuestra hija o
no, y todo lo que puedo decir es que sí, por nuestras carreras, lo hicimos. —Se
inclinó hacia adelante—. Eso no significa que no la amemos, no significa que no
podamos corregir los errores que hemos cometido en el pasado.

El conductor reconoció su respuesta con una breve sonrisa y los señaló a ambos.

—Razón por la que están con nosotros esta mañana. Hablaremos de la fundación que
han iniciado en unos minutos, pero discutamos las fotografías de Naomi primero. No
estaríamos hablando con ustedes si no hubieran reunido tanta atención.

El estómago de Naomi dio un vuelco. Su visión se hizo borrosa. Su mente dio vueltas.
Apenas podía concentrarse en la televisión ahora que la realidad de lo que estaba
viendo le pegaba como una explosión profunda en su corazón. Finalmente explotó,
exactamente como los fuegos artificiales verdes y amarillos de algunas semanas atrás.
Solo que esta vez hubo un fuerte y ensordecedor boom que sacudió el completo
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centro de su ser.
Página

Eso no significa que no la amemos.


Sus padres eran un recuerdo distante repentinamente apresurándose de regreso;
surreal, sincero y tangible. ¿Era real? ¿Estaban en televisión nacional diciéndole al
mundo cómo se sentían por ella? ¿Habían hecho esto antes? ¿Eric le estaba
mintiendo cada vez que le entregaba un artículo y le decía con ojos tristes que eran
imposibles, inadecuados, irremediables?

No, no había mentido. Lo recordaba luciendo sorprendido, incluso molesto.

En la televisión apareció una fotografía de una brillante estrella de mar aferrándose a


una piedra negra. Su estrella de mar. Su fotografía. Algo sobre un concurso y una
revista nacional. No había ganado, pero su madre seguía metiendo más y más fotos a
concursos y finalmente ganó en este. Luego uno de los jueces averiguó que estaba
desaparecida.

Mientras la pantalla regresaba a su madre, Naomi apenas la veía sentada bajo las
luces. Solo podía verla en su dormitorio en un vestido blanco, con los ojos brillando
mientras se inclinaba para besar la mejilla de Naomi.

—Gracias por ayudarme con mi cierre.

Naomi nunca vio sus ojos de esa manera otra vez… hasta ahora, mientras comenzaba
a hablar.

—La fundación es algo que hemos comenzado para ayudar a familias con niños
desaparecidos. Muchas familias no están en una situación financiera para continuar
buscando por su propia cuenta una vez que la policía o el FBI dejan de investigar
cuando no hay más evidencia o pistas. La fundación que hemos comenzado; Naomi's
Hope; permite que las familias sigan buscando cuando toda esperanza se ha perdido.
—Su rostro prácticamente brillaba con algo que Naomi nunca antes había visto…
pura felicidad. Jason, sonriendo junto a ella, puso una mano en la de ella.

Naomi no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Una fundación? ¿Algo fuera de la
compañía de su padre y la profesión de leyes de su madre? ¿Algo completamente
desinteresado?

Siempre había visto a sus padres como seres egoístas, como dos criaturas glotonas
deleitándose en sus trabajos mientras ella sufría en el fondo. Ahora eso se derritió.

—¿Han continuado la búsqueda de su hija? —preguntó el conductor.


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—Oh, sí.
Página

—¿Con suerte?
La expresión de Jason se derrumbó y luchó para poner una sonrisa.

—Sin suerte todavía, pero no dejaremos de intentar.

El conductor asintió.

—Si pudieran decirle algo a su hija en este momento, ¿qué dirían?

Karen miró a Jason, palabras silenciosas se intercambiaron. Ella sonrió.

—Le diría lo mucho que…

La televisión se volvió negra. Naomi miró a Eric, ahora de pie detrás del sillón con el
control remoto apretado en una mano y una cuchara de azúcar en la otra.

—No necesitas ver eso —gruñó—. Tu desayuno está listo.

Su pecho se hizo pesado mientras luchaba por respirar y luchaba por contener la
náusea que se apresuraba.

—No tengo hambre —tartamudeó mientras se bajaba del sofá. Su iPod resbaló de sus
dedos aterrados y cayó al suelo.

—Naomi, tranquilízate. Podemos hablar de esto. No vi lo que estabas mirando hasta


que fue muy tarde. No lo escuché en la cocina. Si hubiera sabido…

—¡Por qué no me contaste sobre ellos! —gritó, sorprendida por su arrebato y más
sorprendida por su acusación—. Sabías que estaban haciendo esto, ¿no? Sabías que
todavía me estaban buscando, que les importa.

Su rostro se puso de un rojo brillante, pero permaneció tranquilo. Eso era bueno,
porque sabía que su arrebato era causa de un castigo severo.

—Solo lo supe hace unas semanas —dijo rígidamente—. Nada de esto cambia algo.
—Alzó la cuchara del azúcar. Temblaba en sus dedos—. Solo dicen esas cosas para el
público. No cambia el por qué estás aquí.

—Eso no es verdad. —La habitación dio vueltas tan rápido que pensó que se caería.
Eric se acercó y comenzó a envolverla con los brazos, pero se apartó.

»No me toques. —Ella alzó la mirada entre lágrimas, esperando encontrar un poco de
paz en el mundo derrumbándose a su alrededor. Él lucía como si estuviera
156

intentando ser compasivo, pero en su mayoría parecía que estaba intentado contener
su furia. Su mandíbula estaba apretada, sus ojos oscuros. Intentó tocarla de nuevo,
Página

pero ella se apartó mientras el pánico hacía su visión borrosa.


—Déjame ayudarte —dijo, todavía moviéndose hacia ella—. Nos importas. ¿Eso no
importa? —Su rostro se suavizó en verdadera pena, pero no la ayudó.

—Enciéndela. Quiero verlos de nuevo.

Había ido demasiado lejos. La pena en el rostro de Eric se desvaneció en furia.

—¿Qué te he dicho antes? —gruñó, acercándose. Lanzó la cuchara y el control


remoto en el suelo tan fuerte que rebotaron—. Nunca me vuelvas a gritar y nunca
me digas qué hacer y qué no, o te pegaré tan fuerte que sangrarás por una maldita
semana. Tus padres no son nada. Nada. —Se acercó más, con cada músculo en su
cuerpo listo para golpearla.

Retrocedió, temblando.

—No —susurró ella.

En un arrebato de energía, se apresuró hacia las escaleras y hacia su dormitorio.


Azotó la puerta y corrió al baño, cerrando la puerta tras de sí. Su cuerpo entero
temblaba. No podía llegar a ella aquí. No podía decirle qué hacer. Tenía que ser
fuerte ahora que sabía la verdad… y esa verdad era amarga. Subió a su garganta
mientras se dejaba caer sobre sus rodillas frente al inodoro y se derrumbaba.

157
Página
XXIV
E
velyn golpeó la puerta durante treinta minutos. Naomi no respondió. Trató
de taparse los oídos, pero las palabras aun así conseguían pasar.

—Cariño, ¡por favor sal! Tenemos que ir a trabajar, pero necesitamos saber si
estás bien. Eric dijo que viste a tus padres en la televisión. Cariño, podemos hablar de
esto. Estás muy herida. Sabes que puedes hablar conmigo sobre cualquier cosa.

Naomi se hizo un ovillo en el frío piso del baño y cerró los ojos con tanta fuerza que
ninguna lágrima podía escapar de ellos. Ya no quería llorar. Era estúpido llorar.

—¡Naomi! ¡Abre la puerta! —Evelyn golpeó con más fuerza—. Cariño, por favor.

Se acurrucó más apretadamente. Su cuerpo temblaba. Todo lo que podía ver era una
estrella de mar roja y los ojos de su madre, centellando con lo que tenía que ser
amor. La amaban. Habían empezado una fundación en su nombre. Habían cambiado.
Estaba en sus rostros, y no importaba lo mucho que no quisiera creerlo, no podía
sacarlo de su cabeza. Quería vomitar de nuevo, pero no quedaba nada.

—Me voy —dijo Evelyn con un profundo suspiro—. Si no abres la puerta cuando
regrese, tendré que hacer que Steve force la cerradura. No puedes permanecer ahí
por siempre.

Naomi repitió esas palabras en su cabeza durante todo el día mientras se quedaba en
el suelo, intentando no llorar. Después de varias horas, se quitó la ropa y se metió en
la ducha, donde finalmente dejó que las lágrimas llegaran.

Entonces Steve llegó a casa del trabajo y forzó la cerradura de la puerta para dejar
entrar a Evelyn.

Solo que no era Evelyn.

—Jesse, ¡no puedes entrar ahí! —gritó la voz de Evelyn—. Está en la ducha. Podría
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no querer…
Página
—Me haré cargo de esto —gruñó Jesse y cerró la puerta de golpe. Cuando abrió la
cortina de la ducha, ella retrocedió hasta el rincón más alejado, cubriéndose lo mejor
que pudo. Él mantuvo los ojos en su rostro y le tendió una toalla. Lucía triste.

»No puedes quedarte aquí para siempre.

—Eso es lo que dijo Evelyn. —El agua se estaba volviendo fría. La cerró y arrebató la
toalla, apresurándose a envolverla alrededor de su cuerpo desnudo. Estaba segura de
que Jesse había atrapado vistazos de todo. A una parte de ella no le importaba.

—Tiene razón. ¿Cuánto tiempo has estado parada aquí bajo el agua fría? —Se cruzó
de brazos.

Con los dientes castañeando, ella susurró:

—No lo sé. —Entonces arrugó la frente—. ¿Cuándo regresaste?

—Hace treinta minutos. Eric me llamó desde su oficina y me dijo que tenía que
llegar aquí para tranquilizarte.

Ella miró su toalla y consideró las fuertes emociones en su corazón.

—No necesito calmarme —murmuró—. Mírame… no estoy gritando, ni nada. Estoy


perfectamente bien.

—No lo creo. —Él entrecerró los ojos y se acercó—. Evelyn dijo que viste a tus
padres en la televisión. ¿Qué pasó?

Sus dientes todavía estaban castañeando. Envolvió la toalla más cerca justo cuando
Jesse le daba la mano. Por lo menos quería ayudarla y estaba siendo tranquilo al
respecto. Tenía que admitir que estaba feliz de verlo, incluso más allá de todo el
drama en su cabeza.

Tomó su mano y salió, permitiendo que tirara de ella en sus brazos. La sostuvo con
fuerza. Era natural apoyarse contra él, un suspiro de alivio escapando de su boca. Él
era seguro para ella. A través de toda la mierda que estaba sintiendo, era el único que
quería ayudarla.

—Dime, Naomi. Estoy aquí.

—No quiero hablar de ello. —Se sorprendió ante el tono monótono de su voz, como
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si algo dentro de ella hubiera muerto. Se sentía débil por el hambre y el llanto.
Página
—Inténtalo —dijo él, y puso un dedo debajo de su barbilla para levantar su rostro
hacia él. Cuando miró sus ojos no vio impaciencia, ni frustración. No iba a hacerla
responder a sus preguntas esta vez. Algo dentro de ella se abrió, y cualquier duda que
hubiera sentido respecto a su afecto se desvaneció. Respiró hondo. Podía decirle.

—Estaban en Today Show hablando de una fundación que han empezado. Todavía
me están buscando. Son diferentes. Han… cambiado. —Lágrimas frescas brotaron en
sus ojos. Trató de contenerlas, pero era imposible. Jesse la acercó de nuevo,
acariciando sus hombros desnudos, pero no de una manera erótica. Cada movimiento
que hacía estaba lleno de preocupación.

—No tenía idea de nada de esto —dijo él—. No hemos estado manteniendo un ojo
en ningún reporte reciente sobre ti. Nos pusimos perezosos.

—¿Me lo habrías dicho incluso si lo hubieras sabido?

Silencio. Ella sabía la respuesta. Nunca se habrían arriesgado a decirle sobre la


fundación o los alterados sentimientos de sus padres. Cerró los ojos y contuvo la
respiración. Tal vez sus sentimientos no estaban alterados. Quizás la habían amado
todo este tiempo. Esa idea dolía más que nada.

—Vamos —dijo Jesse, soltándola—. Vamos a ponerte un poco de ropa para que
puedas descansar.

Asintiendo, observó mientras él se daba la vuelta y abría la puerta. Había esperado


que Evelyn estuviera esperando, pero el dormitorio estaba vacío. Lo siguió hasta su
armario, donde él abrió un par de cajones.

—No tienes que hacer todo por mí —dijo ella a medida que él buscaba a través de los
cajones—. Mis pantalones están en el tercer cajón.

Él lo abrió y miró por encima de su hombro.

—Solo déjame ayudarte, ¿de acuerdo? Eres un desastre. Ve a sentarte.

—¿También vas a buscar en mi cajón de la ropa interior? —Se acercó a su cama y se


sentó en el borde, envolviendo los brazos alrededor de sí misma.

Él se dio la vuelta y agitó un par de bragas hacia ella.


160

—Ya lo hice. ¿Eso te molesta?

—No. —Agarró la ropa que le entregó. Él había escogido uno de sus atuendos
Página

favoritos, y ella se dio cuenta de toda la atención que prestaba a cosas como esas. En
cualquier otro momento podría haberse puesto de pie y abrazarlo, pero ahora mismo
todo lo que quería hacer era acurrucarse bajo las sábanas y llorar hasta quedarse
dormida. No podía sacarse a sus padres de la cabeza. Ellos enterraban todo lo demás.

—Me voy a quedar aquí hasta que sepa que estás bien —dijo él mientras ella se
levantaba para ponerse la ropa. Sus ojos se encontraron con los suyos antes de que se
diera la vuelta—. Vístete.

Mirando fijamente su espalda, dejó caer la toalla. Sabía que él no se daría la vuelta.
Ya la había visto desnuda de todos modos, así que, ¿qué más daba? Su corazón latía
con fuerza por la confianza que sentía por él, ante cómo nunca la había obligado a
hacer nada y sabía que él nunca lo haría.

—Terminé —dijo en voz baja.

Él se giró y la empujó hacia la cama.

—Acuéstate.

No luchó contra él. Sabía que quería abrazarla como lo había hecho durante muchos
meses. Era exactamente lo que necesitaba. Cuando estuvo en la cama, le dio la
espalda y espero a que él se arrastrara a su lado. La atrajo cerca.

—Ahora dime por qué ver a tus padres en televisión fue tan molesto.

Ella cerró los ojos y tomó una respiración temblorosa. No lloraría. No lo haría.

—¿No lo entiendes? —susurró—. No los he visto por un año. Tú y los demás me


hicieron creer que a no les importaba, y ahora es obvio que sí.

Con su otra mano, alisó su cabello mojado lejos de su rostro.

—No creo que nosotros te hiciéramos creer nada —dijo él—. Solo nos basamos en la
verdad… en lo que tú misma nos dijiste esa noche que Eric te abofeteó. ¿No lo
recuerdas?

—Sí, lo hago. —Apretó la mandíbula.

—No sé lo que ha pasado con tus padres —dijo él, sin dejar de acariciar su cabello.
Estaba segura de que su camisa estaba empapada para ahora—. Todo lo que sé es que
te he visto feliz aquí… más feliz de lo que probablemente has sido en cualquier otro
161

lugar. ¿No es cierto?


Página
Ella se concentró en su calidez y se movió lentamente más cerca de él, si era posible
acercarse más. Él decía la verdad, pero aun así le dolía en el interior. Ahora que sabía
que sus padres la querían, algo se sentía inconcluso. Una puerta se había abierto, y no
sabía si alguna vez podría cerrarla o alejarse.

Jesse se quedó en silencio durante un largo rato. No la instó a responder su pregunta.


Se relajó contra él y sus ojos comenzaron a cerrarse.

—Naomi —dijo finalmente, un ligero temblor en su voz.

—¿Sí?

—Tengo que salir de nuevo por unos días. Hay algo que tengo que hacer.

Sus ojos se abrieron de golpe.

—¿Irte de nuevo? Recién regresaste. ¿Cuándo te vas a quedar finalmente? —


Girándose, lo miró al rostro. Parecía derrotado de alguna manera, como si hubiera
sido golpeado en el estómago. Eso también le dolía a ella—. No creo que pueda
manejar que te marches de nuevo —dijo ella—. En serio, realmente, realmente no.
Por favor, Jesse…

—No te preocupes —dijo él, y la empujó hacia atrás sobre su costado—. Descansa un
poco. Estaré aquí cuando te despiertes.

Él se fue al día siguiente, prometiéndole que volvería pronto. Desde la ventana de su


dormitorio, lo observó alejarse conduciendo el auto de Steve justo mientras Evelyn
entraba con sus productos de limpieza.

—Es día de limpiar el baño —dijo con voz feliz—. ¿Quieres hacer yoga cuando haya
terminado?

Naomi se dio la vuelta, con los hombros caídos.

—Supongo que sí.

—Oh, cariño, volverá pronto.


162

—Lo sé.
Página

Ella levantó su cubo de suministros.


—¿Quieres ayudar? ¿Sacarte cosas de la cabeza?

—Claro.

Mientras rociaba los azulejos con un producto de limpieza que olía a menta, Naomi
pensó en la gran cantidad de tiempo que había pasado en la ducha durante sus
primeros días en la casa. Pasó un paño sobre la lechada donde había grabado las
treinta y cinco marcas y se preguntó qué había pensado Evelyn cuando las vio por
primera vez. Debió haberlo notado.

—Gracias por ayudar —dijo Evelyn mientras subía a la encimera para alcanzar la
parte superior del espejo.

—No me importa. Es mi desastre, después de todo.

—No es mucho desastre. —Se rio—. Solías ser más desordenada.

—¿De verdad?

—Sí, pero nunca fue malo, lo prometo. —Evelyn guiñó.

Entonces Naomi recordó cómo nunca había limpiado un baño antes de que hubiera
venido aquí. A menudo ayudaba a Evelyn, y eso la hacía apreciar el trabajo de Mindy
en casa. Estaba olvidando cómo lucía Mindy, pero podía recordar a su madre,
especialmente ahora. Ver su rostro en la televisión hizo que pareciera como si tan
solo la hubiera visto por última vez el día anterior.

—¿Estás bien, Naomi? —Evelyn dejó de limpiar el espejo y se bajó de la encimera—.


Jesse dijo que tranquilizó las cosas contigo, pero estoy preocupada.

Terminando con los azulejos, Naomi se giró y salió de la bañera.

—No voy a tratar de huir —dijo ella con un profundo suspiro, y se encogió de
hombros—. No tendría ningún sentido.

—Supongo que no. —Evelyn la abrazó—. Eric va a estar contigo esta noche mientras
Steve y yo salimos. ¿Recuerdas la ópera de la que te he estado hablando durante
meses?

Ella asintió. Evelyn había estado esperando la ópera por una eternidad, y ahora
finalmente estaba aquí.
163

—¿Conseguiste ese vestido? —preguntó, recordando el vestido que Evelyn le había


Página

mostrado en línea.
—Lo hice. Se ajusta hermosamente, pero tengo que elegir un collar. ¿Me ayudarás a
escoger uno más tarde?

—Claro.

Esa noche se paró frente al armario de Evelyn. Mirando fijamente los cuatro collares
esparcidos sobre la madera de cerezo, pasó los dedos sobre los diamantes y las perlas
y se detuvo en una cadena de oro adornada con dos filas de diamantes. Rubíes
brillaban en el centro.

Sus dedos temblaron cuando un repentino pensamiento entró en su cabeza. ¿Jesse


había robado estas joyas?

Levantó la mirada para ver a Evelyn de pie en el baño aplicándose maquillaje. Estaba
impresionante. El corpiño de su vestido era ajustado y de encaje, la falda
repentinamente llena en las caderas. Pilas caían en cascada hasta abajo, cayendo al
suelo en una cascada color rojo brillante. Parpadeó con sus ojos marrones y le sonrió
a Naomi en el espejo.

—¿Ya elegiste uno?

—Creo que sí. —Se volvió hacia el collar y lo recogió, las piedras frías y suaves en
sus manos. Imaginó a Jesse sacándolo de una caja fuerte con las manos enguantadas,
sus ojos brillando verdes a través de una máscara. Lo puso de nuevo sobre el tocador.

No podría haberlo robado. No eran tan estúpidos. No mantenían nada de lo que


tomaban, a excepción de ella. Vendían todas las joyas así podrían vivir en Italia,
ricos, libres y felices por el resto de sus vidas. Sabía que no habían gastado ni un
centavo del dinero de las joyas, todavía no. Los había escuchado decir que era para
vivir una vez que estuvieran en Italia. Nunca tendrían que trabajar de nuevo, y eso
se adaptaba muy bien a Naomi. Sin tentaciones de ignorarla por una carrera. Sin
tener que levantarse para marcharse cada mañana. Juntos y felices todo el tiempo,
libres de hacer cualquier cosa e ir a cualquier lugar que desearan. Sonaba divino.
Perfecto.
164

Al menos, de eso estaba tratando de convencerse, pero los pensamientos de su madre


seguían interrumpiendo el sueño.
Página
Bajó la mirada hacia una pequeña fotografía enmarcada en dorado sobre la cómoda.
Era la casa en Italia. Eso era evidente. Le quitaba la respiración.

Situada sobre una colina con vistas al campo, estaba construida en su mayoría de
piedra con ventanas panorámicas y árboles bien cuidados dando sombra al patio
superior. Podía ver un atisbo de muebles rústicos a través de las ventanas, y un
amplio patio rodeado por celosía.

—Evelyn —dijo en voz baja—, ¿por qué hay personas viviendo allí ahora?

Evelyn se apartó del espejo del baño.

—Oh, encontraste la fotografía de la casa. Debería habértela mostrado antes. —


Girándose de nuevo hacia el espejo, continuó con su maquillaje—. Hay personas
viviendo allí porque mi abuela la vendió a una empresa que la arrienda a inquilinos
temporales. Fue entonces cuando nos mudamos a un apartamento en Arezzo, cerca
de Florencia.

—¿Querías comprarla de nuevo?

—Por supuesto. Es el lugar donde creció mi madre, pero nunca tuvo el tiempo o el
dinero para volver después de que se mudara aquí a los Estados Unidos. —Sus
hombros cayeron—. No creo que le hubiera gustado que mi abuela la vendiera.

—Pero es tuya ahora, ¿verdad?

Empujó una horquilla en su cabello.

—Oh, sí. Eso es lo que siempre he querido más; formar una familia donde recuerdo
ser tan feliz. Era mi sueño adoptar un niño una vez que estuviéramos allí por unos
años, pero ahora te tenemos a ti, y Steve y Eric se aseguraron de… —Se detuvo,
bajando las manos de su cabello, y se volvió hacia Naomi con una sonrisa de alivio—.
Instalaron una piscina el año pasado. Realmente te gustará allí. Lo prometo.

Un niño. Se imaginó que era por eso que Evelyn era tan unida a ella, pero estaba
bien. Se sentía bien que alguien la quisiera de esa manera.

—Una piscina suena bien —dijo ella, con voz distante. Se imaginó nadando bajo un
cielo italiano caliente y azul con Jesse a su lado. Podía sentir sus manos acariciando
su cintura mientras presionaba sus labios contra los suyos. Sabían a ajo y vino por la
165

cena que habían comido en el patio bañado por el sol. Él le leería por la noche antes
de acostarse, y la sostendría durante toda la noche mientras ella soñaba con volverse
Página

mayor. Olvidaría lo que se sentía ser una niña, incluso a los diecisiete años cuando
pensó que Brad era su futuro, cuando él la sostenía en su puño como un pájaro con
las alas rotas, apretando con tanta fuerza que no sabía qué era el cielo y qué era la
tierra.

Ahora lo sabía. Ahora podía ver el cielo desplegándose ante ella, el color de los
zafiros en la palma abierta de Jesse, con sus ojos diciéndole: Me quedaré contigo
porque nunca he sentido esto por nadie.

—Oh, los rubíes —exclamó Evelyn a medida que se acercaba a ella y notaba el collar
que Naomi había elegido. Sonriendo, lo levantó del tocador—. Era de mi madre. —
Tiró de la cadena alrededor de su cuello y sus dedos buscaron a tientas el broche—.
Naomi, ¿podrías?

Ella apartó los ojos de la fotografía y se estiró para sujetar el collar. Atrapó un vistazo
de sí misma en el espejo, pequeña y sencilla junto a la magnificencia de Evelyn.

Era una visión familiar, pensó Naomi con amargura. Se sentía así acerca de su madre,
cómo nunca sería su igual, nunca sería tan bella, exitosa o feliz con lo que había
elegido en su vida. No era nada más que una pálida imitación plateada tratando de
seguir sus pasos. Para siempre.

Sus dedos se deslizaron del broche del collar cuando se dio cuenta de que nunca
había, de hecho, resentido a su madre. Era exactamente lo contrario. Quería ser
como ella. Así de feliz. Así de segura de sí misma.

—¡Oh! —dijo Evelyn cuando el collar cayó al suelo con un golpe metálico.

—Yo lo recojo. —Con su cuerpo sudando, Naomi dio un paso alrededor de la amplia
falda roja del vestido.

—Oh, gracias. No puedo inclinarme en esta cosa. Tiene un corsé. Apenas puedo
respirar.

Extraño, pensó Naomi mientras recogía el collar en sus manos húmedas. A ella
también le era difícil respirar.
166
Página
XXV
E
sa noche, Eric le permitió ver una película en la sala mientras él trabajaba en
su oficina. A mitad de la película, fue a la cocina a prepararse una taza de
chocolate caliente. Evelyn compraba del que a ella le gustaba con los
pequeños malvaviscos en el empaque. A Jesse también le gustaba ese, y mientras
revolvía la mezcla en el agua caliente pensó en cómo la había sostenido hasta que se
quedó dormida. Estuvo ahí cuando despertó en la mañana. No se había movido ni un
centímetro. Luego se fue.

Con un suspiro, se sentó en la mesa y puso su cabeza en sus manos. ¿Cuántas veces se
iría? Ella sentía la conexión más fuerte con él, como una cuerda siento estirada hasta
el punto de ruptura cada vez que estaba lejos. Un día se rompería si no lo dejaba.
¿Para qué tendría que irse otra vez? Eric no le había ordenado que se fuera.

Levantó su cabeza y tomó un sorbo de su chocolate. Podía ver a Eric sentado en su


escritorio en su oficina. Estaba al teléfono y sonrió cuando levantó la mirada hacia
ella. Articuló ―pizza‖, y señalo al receptor del teléfono.

Ella asintió. Pizza sonaba genial. Por otra parte, también lo hacía un poco de aire
fresco. No había estado fuera en un largo tiempo. Envidiaba la libertad de Jesse de
irse de la casa y alejarse.

Bajando sus ojos a la mesa, estudió el periódico que Steve había dejado cerca de sus
lentes de lectura.

Luego se congeló.

Una revista se asomaba debajo del periódico, un artículo parcialmente visible. Leyó
lo que pudo del encabezado: Revelando los misterios detrás de la relación
emocionalmente abusiva: una mirada de cerca dentro…

Alguien había revisado el artículo y resaltado partes específicas con marcador


167

amarillo, como si fuera una tarea. Su estómago se hundió. Lentamente, se estiró y


sacó el artículo de debajo del periódico. Una parte de ella quería ignorarlo, olvidar
Página

que lo había visto, pero la otra parte de ella no podía detenerse. Tenía que ver lo que
decía. Amarillo resaltaba párrafos. Se obligó a leer uno. Sus dedos empezaron a
entumecerse.

Investigaciones más a fondo han demostrado que la idea ampliamente aceptada de


constante tratamiento positivo quizás no es la forma humana más fuerte de asegurar
el apego a los otros… rehenes con frecuencia crean lazos con sus captores más
fuertemente cuando esos captores recompensan consistentemente el buen
comportamiento y castigan severamente el mal comportamiento (con frecuencia
físicamente o con amenazas de muerte). Esto también ocurre frecuentemente en
relaciones románticas donde el abuso de control es predominante.

Naomi tragó y alejó el artículo. Había un montón más de párrafos resaltados. Se


preguntó por qué los habrían resaltado. Era enfermizo y erróneo. ¿Era porque
estaban estudiando mejores formas de ganar su lealtad… hacer que se uniera a ellos
más fuertemente que antes? Poniéndose de pie, se encontró con la mirada de Eric y
tragó.

No era como si nunca se hubiera dado cuenta de lo que le estaba haciendo, pero ver
esas secciones resaltadas la hicieron querer vomitar. Hacía que sus acciones se vieran
superficiales. Falsas. ¿En verdad se preocupaban por ella o era solo para su propio
beneficio, su propia seguridad, para mantenerla malditamente callada?

Dejó su taza en la mesa y se dirigió al piso de arriba a su dormitorio. Tenía que


pensar. Fue directo a su cama y agarró su diario de la mesa de noche. Cuando lo
abrió, el olor a tinta viajó a su nariz. Escaneó pasajes acerca de Jesse y su madre,
notando que algunas veces hablaba de Evelyn y los otros, pero no con frecuencia. Las
entradas progresaban de menciones de escape y pensamientos acerca de casa a nada
excepto Jesse y ocasionalmente su madre.

Luego, en una entrada cerca del final, se detuvo y leyó una línea que hizo que sus
manos temblaran.

Cuando Jesse llegue a casa, podemos hablar de lo que pasó.

Pensaba en esta casa como su hogar ahora. Se habían asegurado de que lo viera de ese
modo, incluso si el lado racional de su cerebro le decía exactamente cómo lo habían
hecho. ¿Estaba mal? Se vio parada frente a una puerta abierta, cielo azul y el océano
al otro lado. Esa puerta se había abierto cuando vio a sus padres en la televisión.
168

¿Realmente podía alejarse?


Página
Ya se había alejado, se dio cuenta. Ahora tenía que regresar. Un golpe en la puerta la
hizo cerrar el diario de golpe y lo metió debajo de las cobijas. Eric entró, confusión
en su rostro.

—¿Estás bien?

—Sí —dijo ella con un encogimiento de hombros—. Solo subí para tomar un libro.
Debe estar en el estudio.

—Me dirigía hacia allá, de todos modos. Vamos. Puedes leer mientras esperamos la
pizza.

Asintiendo, lo siguió por el pasillo y hacia el estudio. Intentó mantener sus ojos
alejados de las puertas dobles de vidrio donde la noche ya estaba fría y oscura. Su
corazón martillaba mientras se imaginaba balanceándose sobre el barandal del
balcón, justo sobre la rama del árbol. Se sentó en el sillón más cerca a las puertas del
balcón. Sus hombros se desplomaron.

Eric levantó sus cejas.

—¿No querías un libro?

Se volvió a encoger de hombros.

—No realmente, supongo. Solo tengo hambre.

—Bueno, ordené tu favorita. —Se dirigió directo a ella—. Pepperoni y aceitunas,


¿cierto?

Levantó la mirada hacia él cuando se detuvo frente al sillón. Estaba vestido igual que
la primera vez que lo vio: jeans y una camiseta negra. Estaba afeitado.

—Gracias —murmuró, deslizando sus dedos temblorosos debajo de sus muslos.

Él se arrodilló y puso una mano en su rodilla.

—Jesse va a regresar pronto. Todo estará bien. —Su mano se tensó—. Nada ha
cambiado.

Ella asintió, pero su mente estaba a millones de kilómetros de distancia, enfocada en


su diario. No había notado antes cómo su escritura era exactamente igual a la de su
169

madre. Tenía la misma sensación, la misma personalidad.

—¿Quieres que te traiga algo? —Eric interrumpió sus pensamientos—. ¿Quieres algo
Página

de beber antes de que llegue nuestra cena?


Se movió debajo del peso de su mano en su rodilla. Él tendría que irse cuando la
pizza llegara a la puerta de entrada. Estaría sola por al menos tres o cuatro minutos
mientras le pagaba al repartidor y recogía platos y servilletas. Sus ojos se vidriaron.

—¿Naomi?

—Oh, lo siento. —Cambió su estúpida expresión a una sonrisa boba—. Seguro, una
bebida suena genial, si hay Coca-Cola.

Esperaba que no hubiera. La última vez que había visto, la reserva de Coca-Cola en
el refrigerador se había terminado. Eric sabía tan bien como ella que Evelyn
mantenía más en la despensa escaleras abajo. Mientras más lo pudiera tener fuera de
la habitación, mejor.

—Seguro. —Se puso de pie y se dirigió al refrigerador. Ella esperó con el aliento
congelado, mirando fijamente los estantes de libros. Había leído tantos libros en el
último año.

—No hay Coca-Cola aquí —murmuró—. Puede que haya alguna abajo en la
despensa, pero estará tibia. ¿Segura que no quieres otra cosa?

—Puedo tomarla con hielo.

La puerta del refrigerador se cerró.

—Está bien. Volveré en un instante. —Estaba a medio camino de la habitación antes


de que se diera la vuelta y caminara de regreso—. Pensé que podrías querer tu iPod.
Lo traje del piso de abajo. —Lo sacó de su bolsillo y se lo entregó.

Mientras se iba, ella apretó su mandíbula y pensó en la pintura en la habitación de su


madre. Una flor blanca. Inocencia. ¿Qué pensaría su madre si supiera que jamás
había intentado escapar de esta prisión? Estaría herida. Su padre estaría herido. Brad
estaría herido. Toda su vida la condujo a este momento, esta decisión. Apretó sus
manos en puños mientras el miedo sujetaba su corazón. No era miedo por lo que
estaba a punto de intentar. Era miedo a lo que ella era, a la cobardía que había dejado
que la consumiera. Era egoísta. Estaba mal.

Por primera vez en su vida entendió cuán fea se había vuelto su debilidad. No
entendía cómo Jesse podía preocuparse por ella, cómo cualquiera de ellos podría.
170

Se puso de pie y caminó de un lado a otro frente a los estantes de libros y dio un
vistazo a los títulos que Jesse le había dado a leer. Su corazón se hundió al pensar en
Página

él. Si conseguía escapar, ¿alguna vez lo volvería a ver? ¿Querría verlo? La tuvo difícil
imaginando lo que sería su vida afuera de estas paredes, qué puertas abrirían, cómo
podría liberarse su mente. Ella misma se había liberado de Brad; era momento de
despertar. El artículo había dejado en claro que todavía le quedaba un poco de
sentido en su cabeza. Si no se aferraba a eso y al menos intentaba irse, podría no
volver a tener la oportunidad de nuevo. Era más acerca de finalmente escoger algo
valiente que cualquier otra cosa, y la enfermaba por dentro continuar como estaba, la
chica atrapada en una caja, la chica que escribía en su diario acerca de todo excepto
de sí misma porque jamás había sabido quién era o lo que realmente quería.

Lágrimas llenaron sus ojos. Tenía que ser ahora.

Metiendo su iPod en el bolsillo de su sudadera, caminó hacia las puertas del balcón.
Vio su reflejo en el vidrio, la chica en la que se había convertido, y no quiso nada
más que estar más allá de esa chica y finalmente crecer. Su mano tembló cuando giró
el picaporte y salió a la glacial noche.

171
Página
XXVI
L
o primero que vio cuando se alzó sobre la rama fue un sendero de piedra al
otro lado de la valla. Lucía como una caída de cuatro metros y medio. Estaba
loca. Si se hubiera detenido a pensar en lo lejos que estaba de suelo, bien
podría nunca haberse levantado del sillón.

Ahora era demasiado tarde.

Haciendo una mueca, empujó sus pies descalzos contra la corteza de los árboles a
medida que se sostenía fuertemente a la rama por encima de su cabeza. Dio dos pasos
más hacia adelante y movió los dedos lentamente por la rama. La corteza estaba fría
y helada en el aire frío. Miró por encima de su hombro a través de las puertas de
cristal. Él todavía no estaba.

Dio otro paso, su aliento elevándose en delgadas y neblinosas nubes alrededor de su


rostro. No había césped donde pudiera aterrizar, solo piedra. Mierda. Tenía que
seguir adelante. Por una vez en su vida, tenía que hacer algo valiente. Eric no la
atraparía. De ninguna manera. Saltaría y se pondría de pie y correría tan rápido que
él nunca la vería.

Un paso más. Se resbaló. Jadeando, se agarró con fuerza a la rama de arriba y se


enderezó. Un peso se removió en el bolsillo de su camiseta. Bajando la mirada, vio a
su iPod deslizarse fuera. Soltó la rama con una mano y atrapó el iPod en sus
temblorosos dedos.

—¡Idiota! —siseó mientras se balanceaba. Tenía que llegar a la orilla y saltar. Eric
regresaría en cualquier momento. El iPod era pesado en su mano. Lo miró y pensó en
Jesse. Mucha de su música estaba en este, pero no podía pensar en él. No ahora. Si lo
hacía, se daría vuelta y se sentaría de nuevo en el sillón. No podía pensar en ninguno
de ellos. Tenía que seguir adelante. Esta era su única manera de escapar de ese reflejo
en el cristal, la debilidad que se había permitido superar.
172

Uno, dos, tres pasos.


Página
Se balanceó y enderezó a medida que metía el iPod de nuevo en el bolsillo de su
sudadera. Un paso más y estaría en la zona despejada de la valla. Saltaría. Finalmente
podría hacer una elección.

Cerró los ojos y trató de no sentir el aire frío mordiendo a través de su ropa. Estaba
abandonando a Jesse para siempre. La policía haría que contara todo, pero ¿cómo
podría? ¿Cómo podría herirlo? ¿A cualquiera de ellos? Tal vez esa era su debilidad.

Sacudiendo la cabeza, maldijo. ¿Cómo podía hacer esto? ¿Cuál era la decisión
correcta?

No importaba. Tenía que seguir adelante. Un paso más y sería demasiado tarde para
cambiar de opinión. Sintió el hielo bajo sus pies justo antes de resbalar una última
vez. Caída, caída, caída. Gritando, agarró cualquier cosa sólida y atrapó la rama
donde había estado de pie, sus pies descalzos colgando en el aire a medida que
observaba su iPod deslizarse de su bolsillo una vez más y caer al suelo. Se rompió en
pedazos que se deslizaron por el sendero de piedra. Plástico rosa y metal, una
pantalla rota, audífonos extendidos como una serpiente blanca.

Jesse le había advertido que no intentara escapar. Sabía lo que pasaría. Sabía que ella
era débil.

Sus dedos se resbalaron. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Trató de imaginar los
brazos de su madre sosteniéndola, acercándola con fuerza a medida que sus dedos
finalmente perdían su agarre. Un furioso dolor la apuñaló a través del tobillo.
Retorciendo su cuerpo, las piedras estaban frías a través de sus pantalones y contra su
mejilla. Tenía que sentarse. ¡Tenía que huir!

Luchó por ponerse de pie en una impulso de adrenalina. Con una última mirada al
iPod roto, corrió lo mejor que pudo a través del patio delantero del vecino y por la
acera. Su tobillo se sentía como si pudiera romperse y se quedó sin aliento por el
dolor. Fingió no escuchar los pasos de Eric detrás de ella. No miró hacia atrás. Tal
vez uno de los vecinos respondería su puerta, pero la mayoría de las casas estaban a
oscuras. Una lucía como si alguien estuviera despierto. Más allá de la señal de alto.
Tenía que llegar allí.

Él se precipitó detrás de ella cerca de una intersección vacía, justo al lado de la señal
de alto, y la agarró del brazo, dándole la vuelta para enfrentarlo. Palabras silenciosas
173

se formaron en sus labios. Decepción nublaba sus ojos.

Todavía bombeando con adrenalina, intentó liberarse de un tirón de su agarre, pero


Página

él tiró de ella violentamente cerca de su cuerpo y la mantuvo allí a medida que la


forzaba a regresar a la casa. Un grito se construyó en su garganta, pero él apretó la
mano sobre su boca antes de que este escapara.

Con voz tranquila, susurró:

—Tan pronto como volvamos dentro, voy a matarte.

No estaba segura de si él hablaba en serio, pero tenía que serlo. Esta era la última
gota, la última vez que toleraría su desafío. Aun así, luchó consigo misma para creer
que él en realidad le pondría fin a su vida después de todo el tiempo que había
pasado con ellos. Evelyn la quería.

La arrastró dentro y se dirigió directamente a su dormitorio.

—Lo siento —gimió ella en el momento en que la empujó dentro del dormitorio y le
soltó el brazo—. No sé qué estaba pensando. Prometo que nunca…

—¡Cállate! —Le dio un puñetazo en el rostro con tanta fuerza que ella casi cayó.
Tropezando hacia atrás, recuperó el equilibrio y tocó su mejilla. Dolía peor que la
primera vez que la había golpeado, solo que esta vez no había sangre. Aún no.

—Eric, yo…

—¡Te dije que te callaras! —La agarró por los hombros y la estrelló contra un estante.
Libros cayeron al suelo. La miró a la cara y apretó los dientes. Un grito se elevó en la
garganta de ella, pero lo tragó de nuevo. Él la soltó—. Te quedarás allí mientras
traigo mi arma o te golpearé mucho más fuerte.

Llorando, cayó de rodillas y se limpió las lágrimas calientes. Tenía que mantener la
calma. Sabía que se podía razonar con él. Tal vez. Él sacó una delgada caja negra del
estante superior de su armario.

—Maldita cerradura —murmuró, azotando la caja sobre un escritorio despejado


junto a la cama. Jugueteó con una combinación en la parte delantera y la miró para
asegurarse de que no se estuviera moviendo.

No lo estaba. Se mordió el labio y le dio una expresión esperanzada.

—Eric, lo siento mucho. Es que vi a mis padres. Juro que no iba a decirle a nadie
sobre ustedes. Nunca podría…
174

—¡Te dije que te callaras! —Sus labios se curvaron alrededor de sus dientes—. Confié
en ti. —Luchaba con la cerradura. Sus manos estaban temblando—. Prometí que te
Página

mataría si alguna vez tratabas de escapar. Tendré que acabar contigo en el garaje
donde un desastre no importará. —Abriendo la cerradura, levantó la tapa y agarró la
pistola. Era plateada con un agarre negro, más grande de lo que había esperado. Su
corazón cayó a sus pies. Realmente iba a matarla.

Ella no perdería más tiempo.

Poniéndose de pie, salió corriendo del dormitorio. Pasó el dormitorio de Jesse y


dobló la esquina, dirigiéndose directamente a la puerta principal. Su tobillo se
doblaba. Detrás de ella, Eric gruñó y la empujó al suelo. Agarró un puñado de su
cabello y golpeó su cabeza contras las baldosas. Dolor se deslizó detrás de sus ojos.
Esto era todo. Había ido demasiado lejos, lo había empujado sobre el borde. Se tragó
un grito. Todo dentro de ella dolía. Su tobillo palpitaba.

—No creí que fueras tan estúpida —gruñó, obligándola a mirarlo—. ¿Por qué estás
haciendo esto? ¿Por qué?

Ella lo miró a los ojos, negros y furiosos, y parpadeó un nuevo conjunto de lágrimas.
Trató de pensar más allá de las punzadas de dolor en el costado de su cabeza, pero no
llegó nada.

Él apretó su agarre.

—¡Respóndeme! —Era casi una súplica, su voz tensa.

—Ibas a matarme —gimió—. ¡Por supuesto que voy a huir!

—Pero nunca has tratado de escapar. Ni una sola vez. ¿Por qué demonios lo harías
ahora?

¿A qué estaba llegando? Posiblemente no podía explicar cómo estaba empezando a


verse a sí misma como alguien que podía decidir las cosas por su cuenta, cómo tratar
de escapar era más sobre algo dentro de ella que cualquier otra cosa. ¿Podría
entender eso? No importaba. Vio la impaciencia en sus ojos y supo que tenía que
decir algo rápido.

—Pensé que se preocupaban por mí. —Trató de hacerlo sonar tan patético como
podía—. Me dijeron que lo hacían.

Su agarre se aflojó. El silencio se reunió a su alrededor, casi tangible mientras ella se


concentraba en lo que creía que eran lágrimas en las comisuras de los ojos de él. Las
175

parpadeó y tensó su agarre una vez más. Ella jadeó.


Página

—Si vas a cambiar de opinión sobre nosotros —dijo entre dientes—, entonces no
tengo elección. No puedo permitir que hagas esto de nuevo. He arriesgado
demasiado, hecho demasiadas promesas, a mí mismo y a Steve, pero sobre todo a
Evie. —Se inclinó más cerca—. Tengo que ser capaz de confiar en ti.

Su respiración llegaba a borbotones. Estaba de costado, retorcida torpemente para


enfrentarlo a medida que él se aferraba a su cabello. Algo en su expresión le habló. Él
se preocupaba por ella. Lo había visto antes, pero nunca tan crudo. Estaba luchando
contra ello.

Su corazón se suavizó y redujo la velocidad cuando comprendió que él no la mataría


si tomaba la decisión de olvidarse de sus padres y quedarse, realmente tomar la
decisión de quedarse. Sabría si ella estaba mintiendo.

Soltó su agarre en su cabello y con cuidado la ayudó a sentarse. Miró los cordones
desatados de sus zapatos deportivas. Debió habérselos puesto justo antes de
abalanzarse por la puerta principal para perseguirla. Había olvidado lo que se sentía
llevar zapatos.

Él la miró a los ojos.

—¿Puedo confiar en ti? No tienes idea de lo mucho que quiero confiar en ti. Confié
en ti, y Evie te ama. La has hecho tan feliz. Si te mato, ella… ella… —Se detuvo y
acunó su rostro en sus manos. Estaban estables—. Por favor, dime que no harás esto
otra vez. Prométemelo.

Su corazón latía con fuerza. La estaba mirando con tanta desesperación, pero, ¿cómo
podría prometerle tal cosa cuando todo lo que quería ahora era sentir alguna
pequeña cantidad de libertad dentro de su propio corazón? Había pensado que era
libre de muchas maneras, pero ahora que había visto a su madre y no podía llegar a
ella, estaba empezando a ver la libertad de manera diferente.

Cerró los ojos. Ahora era claro para ella por qué a Eric le asustaba matarla. Tenía
miedo de perderla, de perder a cualquier persona que le importaba. Siempre y
cuando tuviera a alguien con él, no tenía que enfrentarse consigo mismo o con la
realidad de lo mucho que lo habían lastimado los errores de su padre… y cambiado.
Su padre había asesinado a su madre y su hermana, y era claro ahora cuán
profundamente corría eso dentro de él. Era tan profundo y doloroso como los
sentimientos de ella por su madre. Si la mataba, Evelyn podría no perdonarlo, y se
enfrentaría una vez más a la soledad que lo asustaba tanto.
176

Por primera vez, lo miró a los ojos y vio un destello de la verdadera persona detrás de
la ira y el dolor. Era amable y compasivo. Estaba herido. Había estado sufriendo
Página

durante años.
—¿Naomi? —preguntó, casi suplicante—. ¿Puedes prometérmelo?

El timbre en la puerta sonó. Tenía que ser la pizza.

Soltó sus hombros, pero no se movió. Estaba esperando una respuesta. Ella levantó la
mirada y vio la silueta de la gorra de béisbol del repartidor a través del cristal
biselado. El breve pensamiento de lo que podría suceder si ella se levantaba y abría la
puerta se apresuró por su mente, pero en lugar de eso volvió a mirar a Eric y se
mordió el labio. Tenía que darle una respuesta.

—Lo prometo —dijo en voz baja, esperando que no sonara demasiado hueco.

Estudió su rostro antes de ayudarla a ponerse de pie. Ella gritó de dolor.

—Mi tobillo está roto. ¡Me está matando!

—Apuesto a que solo es un esguince. Vamos a llevarte al sofá. —La ayudó a llegar
hasta la sala donde se sentó con un pesado suspiro y luego lo observó abrir la puerta
para pagar la pizza.

Más tarde, mientras mordisqueaba un trozo de pizza y sostenía una bolsa con hielo
en su tobillo, murmuró repetidas disculpas por haber traicionado su confianza. Él la
observaba desde el otro lado de la habitación, pero no dijo nada.

Jesse llegó a casa dos días después. Ella se apresuró a sus brazos. Verlo puso sus
sentimientos en su lugar. Había tomado la decisión correcta. Quedarse con él era su
elección, la mejor opción, la única opción ahora. Era todo lo que necesitaba, porque
con él podía ser fuerte.

—Te extrañé tanto —gimió en su hombro mientras él la empujaba fuertemente


contra él.

—Yo también te extrañé, Naomi. —Su voz era suave y frágil, como si se pudiera
romper.

Todo en él hacía que su corazón se derritiera: la forma en que conocía cada detalle de
su rostro, pero podía ver que había más debajo, más por descubrir. Su olor se
177

envolvía alrededor de ella una vez más. Sus brazos eran protectores. Cuando la besó,
supo que él estaba enamorado de ella. Tenía que estar enamorado de ella, la forma en
Página

que lucía como si pudiera matar a alguien cuando vio los moretones en su rostro.
La dejó sentada en el sofá y se dirigió a la oficina de Eric. Tan pronto como los gritos
comenzaron, Evelyn la llevó arriba y le dijo que esperara en su dormitorio.

—Me aseguraré de que Jesse suba a verte. —Antes de girarse para cerrar la puerta, le
dio un suave abrazo a Naomi y la besó en la mejilla sobre el moretón de los nudillos
de Eric. El beso fue suave y olía a rosas de su perfume. Los gritos de Eric flotaban por
las escaleras.

—Evelyn, ¿y si le dice a Jesse que se marche de nuevo? No creo que pueda manejar
eso. —El pánico comenzó en su corazón y recorrió su cuerpo—. No puedo, no
puedo, no puedo. —Cerró los ojos—. Si él se va, no tendré nada. Nada. No puedo…

Evelyn tocó su rostro y ella abrió los ojos.

—Cariño, por favor, cálmate. Jesse estará bien. No va a ir a ninguna parte, lo


prometo. Me aseguraré de que hablen las cosas sin matarse. —Se dio la vuelta y cerró
la puerta detrás de ella sin bloquear las cerraduras.

Enterrándose debajo de las mantas, tembló por la emoción de ver a Jesse otra vez. A
pesar de los intentos de Eric de mantener su tobillo con hielo y vendado, todavía
dolía. No se había roto, pero era un esguince terrible. No importaba ahora. Se aferró
a su almohada y miró la pila de libros en su mesita de noche. El libro de su madre
estaba en el fondo. Apartó la mirada.

Cuando Jesse entró una hora después, ella lo miró a los ojos.

—¿Estás enojado conmigo por tratar de escapar? No era que quisiera dejarte a ti. Es
que vi cuán malo era no intentarlo. No sé si eso tiene algún sentido.

Él se acercó a la cama.

—No estoy seguro de entender completamente, pero no parece que estés demasiado
ansiosa de intentarlo de nuevo.

—No —dijo ella y bajó la mirada—. Quiero ver a mis padres, pero una parte de mí
sabe que sería horrible. No tendría sentido, y si te tengo está bien que no los vea. —
178

Levantó la mirada—. Es solo que encontré un artículo en la mesa, y había estos


párrafos resaltados en amarillo sobre el comportamiento abusivo y la vinculación
Página

emocional. Me hizo darme cuenta cómo he sido, quiero decir cómo me han
manipulado, es decir… ¿entonces no estás enojado conmigo?
—No. —Apretó su mandíbula—. Estoy enojado con Eric, pero eso ya pasó.

—¿De verdad?

Asintiendo, se sentó y curvó una mano alrededor de su mejilla.

—Lo siento mucho —susurró—. Siento todo lo que te he hecho, lo siento por
cualquier dolor que has sentido mientras te hemos mantenido aquí.

Ella contuvo la respiración y lo miró a la tenue luz de la lámpara. Su respiración se


convirtió en jadeos rápidos y emocionados.

—Sé que nunca has querido hacerme daño —respondió ella con cuidado—. Nunca
podría estar enfadada contigo.

—Creo que ya sabía que dirías eso. —Él se inclinó más cerca mientras su sonrisa se
desvanecía a un ceño fruncido—. Nadie te lastimará de nuevo. —Se sentó en el
borde de la cama y se inclinó para besarla. Ella se derritió contra él, tirándolo encima
de ella.

179
Página
XXVII
E
l sol estaba brillando a través de la ventana cuando se despertó. Jesse estaba a
su lado, sus brazos envueltos firmemente alrededor de su cintura desnuda.
Dejó escapar un suspiro de felicidad y se acurrucó en él.

—Buenos días —dijo él, apretándola con más fuerza—. ¿Dormiste bien?

—No tienes idea —dijo, riendo mientras se giraba para mirarlo—. No sabía que
podía ser así de bueno. Brad nunca… —Su voz se desvaneció.

—¿Brad nunca qué?

Se obligó a encogerse de hombros como si se hubiera dado cuenta de que no era


nada. Solo que era todo.

—Nunca fue como tú —dijo, pensando en cómo su cuerpo no dolía como la mayoría
de las veces que había dormido con Brad.

Las cejas de Jesse se juntaron.

—No me has dicho todo sobre él, ¿no es así? Te hirió más de lo que dejas ver.

Ella apartó la mirada. Su cuerpo se tensó mientras recordaba la cama de Brad y el


aroma de su colonia en las almohadas. Su colcha era vieja y deshilachada en los
bordes. La usaba para enrollar las cuerdas alrededor de sus dedos cuando Brad le
decía que se quedara quieta para poder hacer lo que quisiera con ella. Aseguraba que
era para darle placer a ella, pero nunca lo hacía. No realmente.

—A él le gustaban las cosas de una cierta manera, es todo —dijo—. Pensaba que el
dolor era lo que quería… lo que me excitaba. Lo excitaba a él, pero yo… era
demasiado, y estaba demasiado aterrada de decírselo porque sabía que no se
detendría. Sé que esto suena loco, pero pensaba que era como se suponía que fuera el
sexo. Yo solo… no conocía nada diferente. —Frío se filtró en los dedos de sus pies y
180

arrastró sus piernas, llevándolas hacia su corazón.


Página

—Sigue. Sácalo. —Acarició su rostro.


—Nunca lo vi hasta ahora —tartamudeó, manteniendo sus ojos en los de él—. La
noche de ayer contigo fue perfecta. No me hiciste daño. No me forzaste a hacer nada.
—Se estremeció mientras la frialdad en su corazón llenaba su cabeza. Sentía como si
hubiera sido sumergida en el agua y no pudiera respirar—. No se trataba todo de ti.
—Se concentró en su mano acariciando su rostro. Era la única cosa cálida en su
cuerpo.

—Por supuesto que no es todo acerca de mí. Naomi, he esperado un largo tiempo
para esto, pero tengo que admitir que solía ser por razones egoístas. Ya no.

Ella esperó que dijera las dos pequeñas palabras que ansiaba oír. En su lugar, la besó.

Cuando bajaron las escaleras, de la mano, Evelyn levantó su mirada de su cereal,


abriendo mucho los ojos.

—Buenos días —tartamudeó.

Jesse sonrió.

—Nada de bromas, Evelyn.

—No se me cruzó por la mente. —Volvió a su cereal.

—Bien. —Apretó la mano de Naomi—. Voy a tomar una ducha. Tú desayuna algo,
¿está bien?

—Claro. —Fue directo al armario del cereal y se sirvió un tazón.

—El azúcar está por ahí —dijo Evelyn desde la mesa. Sonrió cuando Naomi se sentó
frente a ella—. Entonces, ¿fue bueno?

Sonrojándose, sacó la cuchara del azúcar del tazón.

—Eh, sí, lo fue. —No sabía cómo era posible que se sintiera tan confundida y
satisfecha a la vez. Nunca se había sentido de esa manera con Brad.

Evelyn estiró su brazo y tocó su mano. Sus ojos estaban extenuados, pero también
felices.
181
Página
—Por favor, hazme saber si necesitas algo. Si tienes alguna pregunta o problema,
estoy aquí para ti, ¿está bien? Tienes que asegurarte de que estás siendo cuidadosa.
No queremos que te quedes…

—Jesse se está ocupando de todo eso. —Ella se movió en su silla—. Estoy bien.

Asintiendo, Evelyn sonrió.

—¿Piensas que estás enamorada de él ahora?

Ella tomó un gran bocado de cereal y se encogió de hombros.

—No sé cómo se sentiría —dijo mientras masticaba.

—Por la manera en la que estás brillando, diría que lo estás.

Ella tragó y tomó otro bocado. Decir que estaba brillando sonaba cursi, pero al
mismo tiempo, Evelyn no estaba lejos de la realidad.

Durante las siguientes dos semanas, Jesse pasó cada noche en su habitación. Se
quedaban despiertos hasta tarde, hablando de Italia y lo que harían cuando llegaran
allí.

—Solo he estado ahí una vez —dijo él mientras ella se relajaba en sus brazos y lo
miraba a los ojos. No podía tener suficiente de estos—. Cuando hayamos viajado a
todos los lugares que quieres visitar, iremos a otros países. Me gusta mucho Irlanda.

Ella soltó una risita.

—¿Por qué? ¿Porque eres irlandés?

—Mis antepasados son irlandeses, sí. —La apretó—. ¿Sabes de dónde son los tuyos?

—No.

—Lo descubriremos. —Haciendo una pausa, rozó su mejilla con su mano—. A


menos que te hiciera sentir incómoda. Podrías no querer saber sobre tu familia.

—Está bien. Conocí a mis dos abuelos cuando era pequeña. Recuerdo que el papá de
182

mi mamá solía darme M&M. Él siempre elegía los verdes para mí. Me gusta el verde.
Página

—¿M&M?
—El color. Tus ojos son verdes, sabes.

—Lo sé, lo creas o no. —Rio y ella se acurrucó contra él. Casi tenía diecinueve. No se
sentía de diecinueve. En muchas formas, todavía se sentía pequeña e infantil, pero
Jesse ayudaba a que eso desapareciera. Cuando la abrazaba, era fuerte y feliz al
mismo tiempo. Él era la única persona que la había hecho sentir de esa manera.

Con un pesado suspiro, ella trazó sus dedos sobre sus labios. Eran suaves y sonreían.
Tocó sus ojos, sus delicadas pestañas, sus pecas.

—¿Quién eres? —preguntó suavemente—. ¿Alguna vez lo sabré?

Su sonrisa desapareció, pero no de ira. Estaba contemplando una respuesta.

—Me conocerás mejor en un tiempo —dijo finalmente y se movió en el colchón—.


Hay cosas que quiero decirte. He estado intentando reunir el valor.

—Sabes que puedes contarme lo que sea.

—Lo sé.

Cuando él se inclinó para besarla, envolvió sus brazos alrededor de él y pensó en


girasoles bajo un cielo italiano.

A la noche siguiente, se despertó a la una de la mañana. El lado de la cama de Jesse


estaba frío y se dio la vuelta para verlo de pie junto a la ventana. En la penumbra,
distinguió su expresión. Lucía confundido.

—¿Estás bien? —le preguntó.

La miró y se cruzó de brazos.

—He tenido mi auto empacado durante dos días.

—¿Tienes un auto? Pensaba que siempre conducías uno de los autos de Steve o
tomabas un taxi.

—Ninguno de ellos lo sabe. Lo compré en mi ausencia. Está estacionado en la calle.


183

Ella se movió debajo de las sábanas. Así que por eso se había ido de nuevo. Estaba
vestido. Su cabello estaba revuelto de cuando ella había pasado sus dedos a través de
Página
este más temprano. Miró el reloj por tercera vez consecutiva y un temor enfermizo
cayó sobre ella.

—¿Por qué compraste un auto? —preguntó—. ¿Por qué está empacado?

Se volvió hacia ella y frunció el ceño, sus ojos llenos de dolor.

—Tengo que decirte algunas cosas. Lo he pospuesto durante demasiado tiempo, pero
es hora. —Descruzó sus brazos—. Hay cosas que puede que te hagan verme de
manera diferente.

Ella tiró de las sábanas más cerca de ella, sintiéndose repentinamente vulnerable.

—¿Es sobre que robas?

—Sí, y también es sobre Evelyn. —Dio un paso más adelante, su rostro extrañamente
solemne en la penumbra. Por primera vez creyó en la visión en su cabeza; vestido de
cabeza a los pies de negro, no hacía ni un sonido, porque sabía que era así cómo
llevaba a cabo algo así: sin hacer ruido, equilibrado y con gran precisión.

Miró el reloj y se volvió hacia ella.

—Verás, contraté a alguien… no, no entenderías. Tengo que ir más atrás.

Se volvió hacia la ventana otra vez.

—Cuando tenía tu edad, casi diecinueve, estaba fuera de camino de la universidad.


Mi padre quería que fuera profesor de literatura, al igual que él, pero en su lugar
escogí arquitectura. Terminé la escuela, pero tenía que encontrar una pasantía antes
de poder licenciarme, así que comencé a buscar. Tenía varias ofertas, pero la de Steve
era la más prometedora. Es dueño de su propia firma, como sabes; prominente y
respetada, muy lograda. Estaba encantado de trabajar con él. Era un nuevo comienzo
lejos de…

Se interrumpió, cruzó sus brazos de nuevo y continuó mirando por la ventana.

Ella se inclinó hacia adelante.

—¿Lejos de qué?

—De cosas que quería dejar de hacer. Robar, como dices. —Miró hacia el suelo y
184

tomó una profunda respiración—. Tenía un grupo de amigos. Nos gustaba poner a
prueba nuestras habilidades, supongo que podría decirse, y encontrábamos nuevas
Página

formas de conseguir lo que quisiéramos sin ser atrapados. Fui atrapado una vez con
un buen amigo mío, cuando no sabía lo que estaba haciendo, pero fue solo un delito
menor.

Dejó escapar una pequeña risa llena de tristeza. Naomi apoyó su cabeza en la
almohada.

—He oído a Steve decir que eres muy bueno en lo que haces. Arquitectura, me
refiero. ¿No dijo que iba a venderte la empresa? No quiere que nadie más la tenga.

Él sonrió.

—Supongo que sí.

—¿Qué hay de la literatura y todas las cosas que sabes?

Su sonrisa se desvaneció.

—Como dije, quiero concentrarme en otras cosas ahora, pero ninguna de ellas se
acomoda… a ti.

—¿A mí?

—Sí. Mírate. Eres lo más hermoso en lo que he puesto mis ojos. Eres perfecta,
Naomi. Tan inocente. Tan dispuesta a complacer a todos. Has decidido quedarte
conmigo y, honestamente, pienso que podrías estar enamorada de mí. Nadie se ha
sentido así por mí antes y hasta unas horas atrás estaba convencido de que podría
funcionar… Italia y todo eso.

Ella se incorporó. Se sentía como si pudiera romperse a la mitad. No podía soportar la


idea de perderlo. No ahora.

—¿Qué quieres decir? —tartamudeó—. ¿No vas a venir ahora? Pensé que íbamos a
estar juntos. Estas últimas noches hemos sido tan cercanos. Pensé que era tu manera
de decirme que me amabas… que ibas a quedarte conmigo para siempre. Dijiste que
lo harías.

Él dejó escapar un suspiro y bajó la mirada.

—Cuando Steve me tomó como su pasante, pensé que mi vida estaba cambiado. Lo
estaba, creo, hasta que un viejo amigo me llamó seis meses después. No había
hablado con él en mucho tiempo, pero él había sido un buen amigo y le debía
185

mucho. Necesitaba mi ayuda para un robo de joyas. No podía decir que no.
Necesitaba dinero rápido, así que supuse que estaba en algún tipo de problemas. No
Página

me dijo qué era. Dado que no podía hacer el trabajo él mismo, tenía que ser yo.
—¿Por qué?

—Porque soy bueno en eso. —Sus palabras salieron rápido y Naomi retrocedió
mientras continuaba—. El punto es que decidí ayudarlo. Descubrí que la esposa de
Steve, Evelyn, trabajaba como gerente de la joyería. Fue demasiado fácil. Mi pasantía
no pagaba bien, así que le dije a mi amigo que sí. No debería haberlo hecho, lo sé,
pero fue demasiado tentador. Estaba viviendo en un apartamento de mierda con
apenas dinero suficiente para comprar algunos comestibles y pagar el alquiler. Era
una forma fácil de conseguir un poco de dinero extra hasta que mi pasantía
terminara, pero era la primera vez que llevaría a cabo algo tan peligroso yo solo. Fue
por eso que decidí usar a Evelyn. Hizo las cosas más fáciles… una medida de
seguridad menos que tendría que descifrar. Nunca tuve la intención de hacerle daño.
No tenía idea.

—¿Le hiciste daño?

Él levantó la mirada, su mandíbula apretada.

—Yo no le hice daño. Fue el maldito idiota al que contraté para robar sus llaves
quien la apuñaló. Le dije que no la amenazara. Quiero decir, demonios, era la esposa
de mi jefe. Se suponía que se vería como un simple robo de monedero. Él iba a
dejarla inconsciente, robar su cartera y reemplazar sus llaves existentes de la tienda
con un juego falso, pero ella era más fuerte de lo que había planeado. Cuando tiró de
ella a un callejón mientras se dirigía a su auto, ella se defendió y la amenazó con un
cuchillo. Supongo que aun así se defendió, y fue entonces cuando la apuñaló en el
pecho, agarró su bolso y huyó. Completo idiota. Me dio el bolso y me contó lo
sucedido, pero no tuve idea de lo serio que era hasta que pasé por la empresa de
Steve unas horas más tarde. Tenía que hacer el trabajo esa misma noche, porque
sabía que tan pronto como Evelyn informara sobre sus llaves robadas, las cerraduras
y otros dispositivos de seguridad probablemente serían reemplazados a la mañana
siguiente… si ya no habían sido cambiados. Estaba dispuesto a tomar el riesgo, pero
entonces me encontré con Steve. Había dejado algunas de las cosas que necesitaba en
mi espacio de trabajo y pasé junto a él en mi salida fuera del edificio.

Él sacudió su cabeza.

—Fue entonces cuando dije la cosa más tonta que he dicho en mi vida. Me dijo que
su esposa estaba en el hospital. Había estado con ella todo el día, pero había venido a
186

su oficina a agarrar algunas cosas. Estaba fuera de sí, diciendo que tenía que llegar a
ella tan rápido como pudiera porque había empeorado. Entonces, sin pensarlo, lo
Página

miré a los ojos y le dije que no podía creer que hubiera sido apuñalada. Supe lo que
había hecho al segundo en que sus palabras salieron de mi boca. ¿Cómo demonios
podría haber sabido que había sido apuñalada? Él no le había dicho nada a nadie…
solo que había sido asaltada y herida y que estaba en el hospital.

Naomi se sentó.

—No pudo haber sabido lo que estabas haciendo, sin embargo. No pudo haber sabido
que fuiste tú…

—No, pero seguro que lo dejó pensando. Conoces a Steve. Bueno, quizás no; yo
apenas lo conozco. Es tan callado, siempre pensando y maquinando en su cabeza.
Supo que algo estaba pasando y que tenía que ver conmigo. Podía ver que estaba
sospechando, pero no tenía tiempo para pensar en ello en ese momento. Tenía
trabajo que hacer, y no podía espera. Todo estaba planeado y listo, así que me fui tan
rápido como pude.

—¿Lo hiciste? ¿Entraste en la tienda?

—No, no lo hice.

—¿Te refieres a que Steve te delató con la policía?

—No, no llamó a la policía. Creo que se aseguró de que Eric estuviera con Evelyn y
entonces me siguió. Todavía no puedo creer que nunca me diera cuenta. Esperó
hasta que vio lo que estaba haciendo, y dio vuelta a la esquina para decirme que si
hacía un movimiento más, me delataría.

—¿Por qué haría eso? ¿Por qué no llamaría a la policía de inmediato?

—Porque quería ver qué estaba haciendo antes de meterme en la cárcel. Siempre le
he gustado. Estoy seguro de que en el fondo, no quería tener que entregarme.

Él miró en su dirección, pero ella no estaba segura de que estuviera destinado a ella.

—Él es como yo, siempre buscando una manera de salir adelante. Creo que esa es la
razón de que siempre nos hemos llevado bien. Me hizo entrar en su auto y contarle
todo. Estaba enojado como el infierno de que hubiera herido a Evelyn y me dijo que
lo anticipara, que Eric podría matarme. Ni siquiera sabía quién era Eric, pero lo
descubrí muy pronto.
187

Naomi lo miró conmocionada. La historia completa era una locura.

—¿Fue así como conociste a Eric?


Página
—Sí. Steve me hizo quedarme aquí en la casa hasta que Evelyn estuvo estable y Eric
volviera del hospital. Fue entonces cuando llegamos a un acuerdo.

—¿Porque heriste a Evelyn?

—Mayormente, sí. Verás, no me di cuenta en ese momento del gran daño que les
había hecho, con el pasado de Eric y Evelyn… cuchillos, ya sabes y perder a su
familia. Eric quería matarme, pero Steve lo hizo volver a la cordura. Entonces
empezaron a preguntarme sobre mi pasado y mis habilidades especiales, y fue
entonces cuando se les metió en sus cabezas usarme.

—¿Realmente accediste?

—Sí, quiero decir, ¿qué tenía para perder? Nunca robamos la tienda de Evelyn, por
supuesto, pero Eric trabaja como corredor y tiene acceso a la información de otras
tiendas que son fáciles de entrar. Ya sabes, cada vez que una propiedad es construida
o vendida en el mercado de la joyería, los sistemas de seguridad siempre se ponen o
se rehacen y él sabe exactamente qué marcas y cómo… bueno, entiendes la idea.
Dijeron que podría vivir aquí con ellos y podría tener un porcentaje de lo que
hiciéramos. Eric incluso estaba dispuesto a ayudarme a llevar a cabo los trabajos.
Pensé que estaban locos al principio, pero todo cayó en su lugar. Estaba destinado a
ser. Me sentía tan culpable por lo que le había hecho a Evelyn, especialmente luego
de conocerlo. Todavía lo siento. Quiero decir, casi murió. Habría sido
completamente mi culpa.

Sus hombros cayeron mientras se acercaba a la cama y la miraba con ojos llorosos.
Era la primera vez que ella lo había visto acercarse al llanto.

—Ella es parte de la razón de que estés viva, Naomi. Eric iba a matarte cuando aún
estabas inconsciente. Primero quiso matarte en el estacionamiento. Pensó que sería
más fácil terminarlo en ese mismo momento en caso de que hubieras visto algo.

—¿Por qué no lo hizo, entonces? —Imaginó a Eric apuntando una pistola plateada
hacia su cabeza y apretando el gatillo. Se preguntó si sus padres habrían llorado
cuando la encontraran.

—No quiso hacerlo. Estaba asustado sin sentido, pero honestamente creía que era la
única salida. Finalmente, te recogí y te puse en el asiento trasero. Había retrasado la
188

alarma de la tienda, por lo que solo teníamos unos pocos minutos antes de que se
disparara. Dijimos que averiguaríamos qué hacer contigo después, y peleamos desde
el momento en que te puse en el auto hasta que finalmente le dije que llamara a
Página

Steve y Evelyn y les dejara decidir qué hacer.


—¿Qué sucedió?

—Evelyn le rogó que te dejara vivir, y quiero decir rogó. Estaba berreando.
Gritando.

—¿Por qué? —Ella sacudió su cabeza y bajó su mirada al suelo—. Quiero decir, sé
por qué Evelyn no querría que Eric me matara; o matara a alguien más; pero ¿por
qué me llevaron en primer lugar? ¿Realmente pensaron que los había visto?

—No teníamos idea. Estaba tan brumoso. No teníamos idea de qué podrías haber
visto o cuánto tiempo habías estado allí. Quizás habías memorizado nuestra
matrícula, nuestros rostros, nuestro auto, ¿quién sabe? De todas formas, Naomi,
nunca dejo evidencia atrás, y tú eras evidencia. Le dije a Eric que no podíamos
dispararte allí. Incluso una bala es evidencia. Así que te llevamos. Fue un impulso del
momento. Fue estúpido.

—¿Entonces por qué no me mataste después? Evelyn no pudo haber influido tanto
en Eric… cambiar todas sus vidas simplemente por mí. Habría sido más fácil
deshacerse de mí.

Él suspiró.

—Eso es lo que estoy intentando explicar. A estas alturas, debes saber que no somos
así. No realmente. Eric podría haberlo considerado, pero en el fondo no quiere herir
a nadie.

—Pero roban.

Él se acercó.

—El asesinato es muy diferente a robar, ¿no es así?

Sí, ese era un eufemismo.

—Supongo que sí —murmuró.

Sacudiendo su cabeza, él se volvió de nuevo a la ventana.

—No estoy feliz con quien me he convertido. Decidí ayudarlos porque quería
arreglar lo que le había hecho a Evelyn. Sé que han jugado con mi culpa todo este
tiempo, pero siempre pensé que era mi propia culpa. El plan de ayudarlos no sonaba
189

tan malo en el momento. El único inconveniente que podía verle era el riesgo, por
supuesto, y los cuatros teníamos que mantenernos alejados de relaciones hasta que
Página
terminara de ayudarlos. De esa forma, ninguna mujer con la que Eric o yo saliéramos
tendría la oportunidad de ser entrometida o sospechar. Mantenía las cosas simples.

A ella se le erizó la piel. Se aclaró su garganta.

—¿Entonces por eso me has deseado siempre? ¿Porque no podías follar en otro lugar?

Lo lamentó en el momento que sus palabras salieron de su boca, pero sí se


preguntaba si era cierto. Se encogió ante su propia y estúpida crueldad.

—¡Qué! —Se dio la vuelta para mirarla—. Cómo posiblemente… ¿cómo podrías? —
Apretó sus dientes y se dio vuelta—. No importa ahora. Mi auto está empacado.
Tengo que terminar esto.

—¿Terminar qué? ¿Con nosotros? —El calor se acumuló en su pecho. Se sentía


mareada—. Lo lamento. No quise decir eso. Realmente, no pienso que sea por eso
que quieras estar conmigo. Yo solo…

—No te preocupes por eso. Eso no tiene nada que ver con mi decisión.

—¿Qué decisión?

Sus ojos se abrieron.

—¿No te has dado cuenta de que me voy para siempre? —La miró de nuevo,
limpiando una lágrima de su mejilla, y se sentó junto a ella en la cama. Estaba lo
suficientemente cerca para tomarla en sus brazos, pero no lo hizo. Ella casi se alejó
de él.

—Eventualmente, ¿Eric no te dejaría ir, de todas maneras? ¿Ya casi no has terminado
de ayudarlos? Tienen lo que quieren ahora.

—Sí, pero ese no es el punto, ¿cierto? Tú has cambiado todo.

—No puedes irte —suplicó—. Nada de lo que me has dicho cambia cómo me siento
por ti.

Él se inclinó hacia adelante y tomó su rostro entre sus manos.

—Estaba esperando que no lo hiciera, pero esto no puede funcionar. Quiero cambiar,
pero no estoy seguro cómo. Es decir, el robo de propiedad es una cosa, pero robarte a
190

ti… eso es completamente diferente. Estuve de acuerdo con eso durante mucho
tiempo, pero no puedo vivir el resto de mi vida con una persona de la que soy
Página

responsable de su secuestro. Nunca seríamos libres, Naomi.


Secuestro. Se alejó de él.

—No, eso no es lo que es ahora. Quiero estar aquí. Soy lo suficientemente mayor
para decidirlo. Puedo quedarme si quiero.

Lo miró directamente a los ojos mientras las palabras se formaban en su lengua…


esas dulces y deliciosas palabras que nunca le había dicho a nadie.

—Te amo, Jesse.

Él la miró con ternura, pero no respondió. El mareo empeoró. ¿Por qué no le decía
que la amaba? Nunca lo había dicho, ni una sola vez.

—Quiero quedarme contigo —lloriqueó—. Es mi decisión.

Él miró hacia otro lado.

—No, no es tu decisión. Nunca ha sido tu decisión. —Poniéndose de pie, tensó los


músculos de sus brazos—. Estaba mirándote un rato atrás, tumbada en la cama. Lo
único que quiero es protegerte porque yo… yo… —Miró el reloj—. Voy a sacarte de
aquí, Naomi.

El aire alrededor de Naomi se convirtió en piedra. No podía respirar. No podía


pensar.

—¿Q-qué dijiste?

—Voy a llevarte conmigo. No iba a hacerlo al principio. Solo iba a mudarme para
eliminar la tentación de quedarme contigo, pero no puedo. —Miró la puerta de su
habitación como si Eric pudiera irrumpir en cualquier momento—. No voy a
abandonarte. Más que nada, esto es para ti.

Ella encontró el aire de nuevo mientras procesaba lo que estaba pasando.

—Pero ¿qué sucederá? —Apenas podía forzar que las palabras salieran de su boca
mientras pensaba en todo lo que involucraría irse—. ¿Cuánto tiempo nos
esconderemos?

—¿Escondernos? —Sus ojos se abrieron—. ¿No me has estado escuchando? Voy a


dejarte ir, no a huir contigo. —Se puso de pie de la cama y miró alrededor—.
Probablemente, no puedes llevar mucho. La policía lo confiscará, de todos modos, así
191

que vístete y agarra tus zapatos y…


Página

—No tengo zapatos.


Se volvió hacia ella, sorpresa en su rostro. Ella se dio cuenta de que él sabía muy bien
que no tenía zapatos, pero debió haberlo olvidado.

—Sí, tienes razón.

—¿O mantuvieron mis zapatos de cuando me tomaron? —Todavía no podía decir la


palabra ―secuestrar‖.

—Estoy bastante seguro de que están en el dormitorio de Eric o quizás en el de


Evelyn, pero no lo sé.

—¿Mi cámara?

—Igual.

Su corazón latió con fuerza. Todo el plan era una locura.

—¿Estás hablando realmente en serio? Eric te perseguirá a ti… a mí. Estará furioso.

La miró fijamente a los ojos, su rostro frío.

—Es por eso que voy a delatarlos.

—¡Qué! —Bajó su voz a un susurro, muy consciente de que Steve y Evelyn estaban
dormidos en el dormitorio contiguo al suyo. Lanzando sus mantas a un lado, se puso
de pie y lo enfrentó. Él se alzó sobre ella—. No puedes delatarlos —susurró.

—¿Quieres que Eric vaya detrás de ti? Piensa en ello.

—¿Realmente crees que lo haría —preguntó, dudando de sí misma—. Quizás no lo


haría. Evelyn lo detendría. —Su garganta se constriñó de nuevo ante la idea de
Evelyn en una celda de prisión—. Ella me quiere.

—No lo detendría de perseguirme, a quien empezó toda esta mierda. —La agarró por
los hombros—. No, esto es lo que he decidido, y vas a venir conmigo. Vístete y nos
vamos.

—Jesse, yo…

—Dije que te vistas. Ahora. —Su agarré se volvió más fuerte y ella supo que no tenía
otra opción que ir con él. Por una vez, la estaba obligando.
192

Se vistió rápidamente, su mente dando vueltas. ¿Qué pasaría con los otros? ¿La
policía derribaría las puertas? ¿Cómo los delataría Jesse sin incriminarse a sí mismo?
Página
¡No podría estar pensando en entregarse! Levantó la mirada hacia él mientras se
ponía sus jeans.

—Entonces, ¿vas a huir?

Asintió. Su rostro no estaba en pánico exactamente, pero sí vio miedo en sus ojos. De
alguna manera, ella sabía que no era por él, sino por ella.

—Sé que debería entregarme —dijo con voz quebrada—, pero son ellos quienes se
merecen estar encerrados. —Hizo un gesto hacia la habitación de Evelyn y Steve—.
Solo he tratado de hacer lo correcto desde el principio con ellos, pero no tendría
ninguna posibilidad en un caso contra mí. Todo luce muy mal. Tengo que tener mi
cabeza en el lugar correcto. Necesito… no importa. Tienes que apurarte. Quiero salir
rápido de aquí.

—Lo sé. Estoy intentando. —Se puso su sudadera rosa y agarró sus pendientes de su
cómoda y su diario de la mesita de noche. Faltaba El despertar.

»Dónde…

—No te preocupes por eso, vamos. —Agarró su mano y salieron del dormitorio,
arrastrándose por el pasillo como un par de ladrones. Excepto que Jesse no se
arrastraba. Era más como una sombra silenciosa, ningún ruido en absoluto y por
primera vez obtuvo un vistazo real del lado oscuro que había temido ver por tanto
tiempo. Ahora quería ver más de él desesperadamente. Quería ser una parte de ello,
una parte de él, pero todo se estaba derrumbando a su alrededor.

Él abrió la puerta principal.

Aire fresco.

Agarrando su mano, caminó con él por la acera. Cuando pasaron por la señal de Alto
donde Eric la había atrapado, tomó una profunda respiración. Unos pasos más y sería
libre. ¿Podría ser tan fácil? Había pasado casi un año desde el día en que había sido
secuestrada… la primera parte de febrero. Habría niebla en su ciudad natal si estaba
lo suficientemente frío. Sonaba una locura que pudiera volver a verla, que su vida
pudiera caer de nuevo donde estaba antes. Pero nunca podría ser como había sido
antes. ¿Siquiera quería que lo fuera? Echó un último vistazo a la casa. Estaba oscura.
Vio la ventana de su dormitorio, y se sintió como un agujero enorme en su pecho. La
193

culpa se arrastró por ella y se sintió tirando para volver.


Página

Jesse tiró de su mano.


—No, Naomi. Ha terminado.

Caminaron dos cuadras más antes de llegar a su auto. Él abrió la puerta del pasajero y
con un suspiro pesado, ella entró. El agujero en su pecho se agrandó mientras se
alejaban. No entendía por qué no se sentía libre.

Él la llevó hasta Denver, en lo profundo de la ciudad, donde estacionó el auto en una


calle de algún enorme edificio de hormigón y vidrio.

—Tengo que dejarte aquí —dijo suavemente. Estaba distante y retraído, tan
diferente a como lo había visto antes. Sus manos estaban apretadas alrededor del
volante mientras asentía hacia el otro lado de la calle.

»Esa es la estación de policías. Se ocuparán de ti. Estarás a salvo con ellos. Verás a tus
padres de nuevo.

Ella se quedó mirando la amplia explanada de la fachada del edificio, las pocas
lámparas sobre los árboles de pino y bancos. Comenzó a llorar, murmurando algo
sobre no querer ir a casa y él espero a que terminara.

—Va a ser difícil superar esto… superar todo lo que te hemos hecho —dijo con voz
fría—. Pero eventualmente lo harás.

Ella sabía que se estaba haciendo el duro para aliviar su dolor. Este no era él. Duro.
Distanciado. Ni siquiera la miraba.

—Nunca lo superaré —dijo, mirando su diario en su regazo.

—Sí, lo harás.

Las lágrimas comenzaron. Ninguna manera de pasarlas por alto. Lo amaba más de lo
que había amado a nadie.

—No puedes simplemente dejarme así —dijo con rígidamente—. Sé que intenté
escapar una vez, pero eso era diferente. Tú te habías ido y fue mi decisión. Quería
probarme que podía decidir. Esto es diferente. Me estás haciendo dejarte y no quiero
hacerlo. He decidido quedarme contigo. ¿Eso no importa? —Lo quedó mirando,
194

deseando que la mirara.


Página

Él sacudió su cabeza y mantuvo su enfoque en el edificio al otro lado de la calle


—No tengo opción. Esta es la única manera.

—¿Adónde vas a ir? Tengo que verte de nuevo. —Sus lágrimas aterrizaron en su
diario y rodaron a sus jeans—. ¿Jesse? Por favor.

—No puedo decirte adónde voy. Te preguntarán, y si no lo sabes, no tienes que


mentir.

»Te veré de nuevo, sin embargo. Cuando todo haya terminado, te veré.

Él finalmente se volvió hacia ella. No había lágrimas en sus ojos.

—Sal del auto, Naomi.

—No puedo. —Quería aferrarse a él y nunca dejarlo ir. ¿Cómo podía hacerle esto a
ella? Estaba destrozándola en dos y ni siquiera le importaba. Rabia llenó sus ojos.
Pareció expandirse a través de todo el auto como un denso humo. Hizo que sus
lágrimas vinieran más rápido.

—Sal.

Esta vez ella sintió que lo decía con cada gramo de su ser, y sus manos buscaron el
mango a tientas. Su diario cayó de su regazo al suelo del auto. Lo dejó allí y cerró la
puerta de un golpe. La grava del estacionamiento era áspera bajo sus pies mientras
Jesse se alejaba.

195
Página
XXVIII
L
a luz del sol se filtraba a través de un par de persianas venecianas blancas.
Estaban medio abiertas de modo que la luz cayera sobre las baldosas del piso
moteado de verde en forma de relucientes franjas. Naomi parpadeó una vez,
luego dos. Las barras de luz eran ámbares al otro lado de la cama. Pensó que tal vez
eran cálidas, pero no lo eran. Trazó las sábanas con sus dedos, tratando de sentir
algún calor, pero solo había frialdad contra sus dedos ya fríos.

Ansiaba estar en su habitación con el edredón de Evelyn sobre su cuerpo, el aroma


de Jesse rodeándola, lo radiante de soñar con Italia y un futuro de felicidad.

Eso era imposible ahora.

Ahora había una tiesa sábana extendida sobre ella, olor a yodo y blanqueador y
monitores de corazón sonando en alguna parte al otro lado de la puerta. Cerró los
ojos y luchó contra la ola de pánico, recordando el momento en que había entrado a
la estación de policía y le había dicho a la somnolienta mujer en el escritorio quién
era y lo que había sucedido. La mujer la había mirado con ojos que se tornaron más y
más grandes hasta que llamó a un oficial que llevó a Naomi de inmediato a una
habitación y le hizo cientos de preguntas. Luego la habían traído aquí al hospital.
Sería la tercera vez en una hora en que iba a revivirlo todo. Solo que ahora estaba
sola. Nadie estaba sosteniendo su mano, escribiendo sus pocas frases incómodas,
diciéndole que todo estaba bien.

Tiró de sus rodillas hasta su pecho y escuchó una conversación a través de la puerta
abierta detrás de ella. La voz de la mujer estaba irritada pero tranquila, obviamente
tratando de no molestarla. Demasiado tarde. Le habían dicho que ya regresarían,
pero deseaba que se fueran del todo. No eran de ninguna ayuda, pidiéndole que se
quitara la ropa, se pusiera una bata de hospital y se acostara en una mesa con sus
piernas bien abiertas para que un doctor pudiera tocar y pinchar y examinarla en
196

busca de evidencia y su propia seguridad y salud. Ella le había dicho que estaba bien
y que lo entendía, pero nunca había estado tan avergonzada en toda su vida, ni
Página

siquiera cuando Eric había estado de pie frente a ella en el baño del motel mientras
orinaba. Todo lo que podía hacer era sollozar y gimotear. Todos parecían molestos
con ella.

—Es un caso clásico de Estocolmo —dijo la mujer afuera en el pasillo.

—Está el hombre que sigue mencionando —dijo la voz ronca de un hombre. Sonaba
irritado, y aquello hizo que Naomi se enroscara en una bola más apretada—. El
informante anónimo dio toda la información y cómo encontrar a los otros, pero no a
él. Ella debe saber algo acerca de adónde ha ido, Steph. Entre más esperemos, es
menos probable que…

—¿Crees que no sé eso? Aquí, firma esto, esto y esto. Voy a hacerle unas cuantas
preguntas más, luego tenemos que ponernos en marcha. Amy del DCCV estará aquí
pronto. Ella es mejor con esto.

Naomi cerró los ojos. Jamás les diría lo que estaba pasando por su mente. No era de
su maldita incumbencia. Apretó sus puños tan fuertemente que sus nudillos se
pusieron blancos. Jesse podía esconderse de ellos por siempre, ¿cierto? Ella
ciertamente no los ayudaría a encontrarlo.

No tenía idea qué era el DCCV. Nadie se molestó en explicárselo. Supuso que era
alguna clase de centro de terapia, y esta tal Amy era enviada para sacarle más
información.

—¿Está bien si te hago algunas preguntas?

Naomi se sentó en la cama de hospital y asintió. La gente le había estado haciendo


preguntas toda la mañana. Por supuesto que estaba bien. Pero eso no significaba que
daría respuestas.

Amy sonrió. Ella no era la única en la habitación. Las enfermeras entraban y salían
ocasionalmente. Una de ellas tomó otra muestra de sangre. Otra revisó sus ojos por
quinta vez. Sentado en una esquina estaba un hombre del FBI que parecía asiático.

—¿Está bien si el Agente Huang escribe lo que digas? —preguntó Amy


amablemente—. Sé que esto es informal, pero nos gustaría intentar entender en qué
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situación estabas mientras todavía está fresco en tu mente. ¿Tiene sentido?


Página

Asintió de nuevo. Amy había pasado la última media hora ganándose su confianza
hablándole en susurros dulces y tranquilos, diciéndole por qué se estaba sintiendo en
pánico, confundida y sola. Así que, aunque Naomi no iba a darle más información de
la que le había dado a los agentes del FBI antes, estaba más inclinaba a mirar a Amy
a los ojos e intentar sonreír.

—Hay ropa en el baño para que te cambies cuando terminemos —continuó Amy.
Ella asintió hacia el umbral a su izquierda, directamente al otro lado del agente
Huang. Estaba vestido con un traje canela y sostenía un pequeño cuaderno y un
bolígrafo. Parecía aburrido.

Se volvió hacia Amy y trató de no pensar en Jesse. Amy tenía cabello rojo. Era más
brillante que el de Jesse, recogido en una cola de caballo de apretados y encrespados
rizos. Sobresalía en la blanca habitación y brillaba a la luz de la mañana que relucía a
través de las cortinas. Naomi se abrazó la cintura incluso más fuerte, su cuerpo
entero congelándose bajo el delgado material de su bata de hospital. Extrañaba su
suéter rosado.

—¿Por qué se llevaron mi ropa? —preguntó tranquilamente.

El agente Huang levantó la mirada de su cuaderno y entrecerró los ojos.

—Es evidencia —murmuró.

Ella intentó controlar sus atemorizados alientos en su garganta. Evidencia. Aunque


estaba segura que creían su historia sobre ser secuestrada, no les estaba dando todos
los detalles. La policía necesitaba toda la evidencia que pudieran conseguir.

Amy se inclinó hacia adelante y tocó su brazo.

—Solo unas cuantas preguntas, ¿de acuerdo?

—Está bien.

Amy jugueteó con su bolígrafo por un momento, luego miró a Naomi a los ojos.

—¿Quién es la persona que te liberó?

Concentrándose en el bolígrafo de Amy, Naomi apretó los dientes. No podía decirles


nada más sobre Jesse aparte de lo que ya había dicho, pero también sabía que podrían
descubrirlo todo sobre él pronto por Eric y los demás.

—Era uno de mis captores —dijo, estremeciéndose ante el sonido de la última


198

palabra. No era la manera en que quería describir a Jesse, pero ninguna otra sonaba
correcta.
Página
—¿Es con quien has admitido tener una relación? —preguntó Amy con un suave
golpecito en su brazo.

Naomi tragó. El Dr. Reed la había forzado a entregar esa información mientras la
había estado examinando.

—Sí.

—De acuerdo, eso tiene sentido ahora. No has sido muy clara sobre quién es quién, y
es muy útil para nosotros que nos aclares las cosas. También fue muy amable de su
parte dejarte ir después de todo este tiempo. ¿Crees que es porque se preocupa por ti?

Naomi cerró los ojos de golpe y sacudió la cabeza.

—No, no se preocupa por mí. Me dejó. La única razón por la que ha hecho todo esto
es para vengarse de ellos.

—Ya veo. Pareces molesta por eso. ¿Estoy leyendo tus emociones correctamente?

Qué conversación más controlada. Podría ser manipulación, pero tal vez no. Veía su
futura dispersión ante sí, llena de terapeutas y autoridades intentando sacarle
información. Mantuvo los ojos cerrados, ordenándole a aquella sensación que se
apartara. Quería volver a estar con Jesse, y eso era todo. ¿Cómo podía haberla dejado
así? Tan sola.

—¿Puedes decirme cualquier cosa sobre él? —preguntó Amy.

—¿Como qué? No quiero hablar sobre él, en serio que no.

—Está bien, entendido. ¿Al menos puedes decirme si fue inicialmente su idea la de
mantenerte cautiva?

—¡No! Quiero decir, quizás. —Puso una mano en su frente. ¿Había sido idea de
Jesse? ¿Todo era su culpa? Él había admitido que había sido quien la había puesto en
el auto. Fue él quien había convencido a Eric de mantenerla con vida al principio.
Era quien había aceptado robar joyas. Sonaba tan malo en su mente cuando pensaba
en ello de tal forma. Pero lo amaba. No podía posiblemente culparlo por todo. Los
demás también habían tomado decisiones. Eric era el verdadero líder.

—¿Quizás? ¿Puedes explicarte? —preguntó Amy.


199

Naomi tartamudeó por un momento


Página
—N-no puedo. Es decir, todos me mantuvieron ahí. No fue solo él. No puedo
culparlo. Él solo quería hacerlo todo bien.

Dándole una palmada en el brazo de nuevo, Amy asintió y conservó una expresión
preocupada en su rostro. Lo más raro de todo era que verdaderamente parecía
preocupada. Por un momento, Naomi quiso decirle todo. A nadie más le había
importado tanto. Ella no tenía a nadie.

Amy se aclaró la garganta.

—Suena como que hay una historia muy compleja detrás de todo esto, pero te va a
tomar algo de tiempo estar lista para contarla, ¿estoy en lo correcto?

Aliviada, Naomi susurró:

—Sí. —Y luchó por no dejar salir algunas lágrimas. Todo la hacía llorar ahora.

—Tus padres estarán aquí en una hora. ¿Quieres esperar hasta que lleguen antes de
que te hagamos más preguntas? Todavía pareces molesta.

—¿Estarán aquí en una hora? —Su voz salió como un chirrido. Puso una mano en su
boca y se tragó una ola de pánico. Amy la ayudó a acostarse y puso una mano en su
frente.

—Intenta descansar un poco, cariño.

Intentó no pensar en que Evelyn la había llamado cariño. Intentó no pensar en nada,
pero Jesse llenó su cabeza hasta que gritó de dolor.

200
Página
XXIX
K
aren y Jason caminaron por los pasillos del Centro Médico de Denver
mientras un oficial explicaba la condición de Naomi. Karen miró las
pinturas genéricas de paisajes alineadas en las paredes y una anciana en una
silla de ruedas que parecía estar a punto de quedarse dormida. Todo parecía tan
calmo, pero Karen se sentía todo lo contrario. Iba a ver a Naomi. ¿Cómo se vería?
¿Sería diferente? ¿Enojada? ¿Rota? No quería que esta fuera una mala experiencia
para Naomi, enfrentar a padres que la habían ignorado la mayor parte de su vida.
¿Era posible reparar tal cosa? Recordó entrar al hospital el día antes de que su madre
muriera de cáncer. El agudo olor a la inminente muerte colgaba en el aire, y Karen
sabía que jamás se iría de su mente. Era jabón y yodo y blanqueador. Nada de humo.
Demasiado limpio para ser su madre y el aroma empeoró por la rabia de Karen por el
pasado, pero las decisiones negligentes de su madre y su indolencia. Incluso ahora le
molestaba. ¿Naomi se aferraría a las cosas de la misma manera? ¿Podrían realmente
cambiar las cosas después de tanto tiempo?

El oficial escoltándolos a través del hospital se detuvo cuando una joven mujer
pelirroja vino hacia ellos desde el fondo del pasillo. A Karen le recordó a Anna con
su salvaje cabello. Llevaba un cuaderno en una mano y una taza de café en la otra,
pero rápidamente maniobró el cuaderno bajo su codo y estiró su mano hacia Jason.

—Deben ser los padres de Naomi —dijo con una gentil sonrisa y asintió al oficial.

Jason asintió mientras ella terminaba de estrechar su mano y se movía hacia la de


Karen. Su agarre era firme pero suave al continuar:

—Soy Amy Williams, terapeuta voluntaria del Centro de Denver para Víctimas del
Crimen. He estado ayudando a su hija esta mañana.

Ella asintió para que siguieran caminando, y todos continuaron por el pasillo. Karen
se sentía como si estuviera a punto de dividirse en dos por la impaciencia. Quería ver
201

a Naomi. Estaba en alguna parte de este edificio, y el mero pensamiento de que


estuviera sola en alguna fría habitación provocó que Karen contuviera el aliento.
Página

Nunca había sentido tanta agitación en su vida, ni siquiera antes de un juicio. Tuvo
que luchar para contener las lágrimas. Pensó en las docenas de padres que había
conocido en los últimos meses después de poner en marcha la fundación. Muchos de
ellos ya no tenían esperanza y aquí estaba ella con la suya completamente restaurada.
Su hija estaba a salvo. Viva. Pero muchas otras cosas todavía podrían estar mal. Había
estado desaparecida por tanto tiempo y había mucho que arreglar más allá de lo que
le había pasado en el último año.

—¿Está bien? —le preguntó finalmente a Amy, quien caminaba rápidamente a su


lado—. ¿Está… mentalmente estable, quiero decir? He leído sobre lo que puede
pasarle a…

Amy sonrió.

—Está sorprendentemente bien, de hecho, considerando lo que ha le ha sucedido.

—Quiero verla ya mismo.

—Lo hará, lo hará —dijo Amy con un ondeo de la mano—. Sin embargo, sería mejor
si saben unas cuantas cosas primero.

Una voz sonó detrás de ellos.

—Disculpen. ¿Son ustedes los padres de Naomi?

Deteniéndose, todos se giraron para ver a un médico de cabello oscuro apresurándose


por el pasillo. Se presentó a sí mismo como el Dr. Reed mientras les daba un apretón
de manos.

—Por favor, continúen caminando.

—¿Ha estado cuidado de Naomi? —preguntó Jason mientras tomaba la mano de


Karen y la apretaba. No estaban caminando lentamente, pero Karen deseaba poder
salir corriendo. Jason debía haber sentido su impaciencia y le mostró una mirada que
le recordó que permaneciera en calma. No estaba sola.

—Naomi está bien —explicó el Dr. Reed—. Ha pasado por mucho desde que la
policía la trajo aquí.

—Escuché que la encontraron afuera del departamento de policía —dijo Jason—.


¿Alguien la dejó ahí? —Su mano se tensó. Karen notó por primera vez ese día que él
202

no se había rasurado.

—Sí —respondió el Dr. Reed, bajando el ritmo—. No les han dicho mucho, ¿o sí?
Página
Jason sacudió la cabeza.

—Nadie nos ha explicado casi nada.

Amy se aclaró la garganta y miró al Dr. Reed nerviosamente.

—Están al tanto de que cuatro personas la mantuvieron cautiva, ¿verdad? Debieron


haberles dicho…

—Sí, sí, sabemos eso. El FBI los arrestó.

—Sí —respondió Amy—. Excepto a uno. —Miró tras su hombro mientras giraban en
una esquina—. El agente Huang debería estar en camino de regreso con algunos
otros que trabajan en el caso. Estaban esperando estar aquí antes de que ustedes
llegaran. Podrán responder la mayor parte de sus preguntas, pero probablemente
deberían saber…

—He examinado a su hija —interrumpió el Dr. Reed—. Es un procedimiento


estándar. Está muy bien de salud, sorprendentemente. Sin drogas o señales de
maltrato físico o abuso, excepto por unos cuantos rasguños en su rostro y un tobillo
esguinzado que está sanando. Dice que ambos son por su intento de escape la semana
pasada, pero ha admitido tener una relación con uno de sus captores.

Karen se detuvo y todos se giraron para mirarla.

—¿A qué se refiere con una relación?

El Dr. Reed se aclaró la garganta.

—Sexual, pero insiste en que cualquier coito entre ella y este hombre fue
consensuado.

Karen se marchitó por dentro.

—No está embarazada, ¿o sí? —La idea la puso enferma. Miró a Jason para ver si él se
sentía de la misma manera, pero lucía calmo. Sus manos estaban temblando como las
de ella. Estaba llevando las cosas mejor que ella, al menos. ¿Por qué tenía que ser tan
débil? Había hecho muchísimas cosas en su vida, pero esta la hacía sentir como un
cascarón quebradizo.

—No, no, no está embarazada —dijo el Dr. Reed.


203

Ella dejó salir un pesado suspiro, pero su fuerza todavía se estaba marchitando al
Página

pensar en ver a Naomi de nuevo.


—Gracias a Dios.

—Los otros secuestradores lo han identificado como Jesse, uh…

—Sullivan —terminó Amy por él—. Tiene un historial criminal de unos cuantos
años atrás. Ofensas menores, pero aun así con historial.

Jason apretó más fuertemente la mano de Karen. Ella se acercó más a él.

—¿Historial criminal por qué?

—Robo, creo. ¿Robo de joyas? —Se apretujó la nariz y miró al Dr. Reed, quien se
encogió de hombros.

—No estoy seguro.

—Eso suena probable —dijo Karen—. Esa era una teoría posible al principio. —Fue
entonces cuando llegaron a la habitación de Naomi. La puerta estaba entreabierta, y
cuando Karen atrapó un vistazo de su hija en la cama, tiró de Jason con ella a la
habitación.

Nada podría haberla preparado para lo que vio.

Naomi estaba dormida. La luz solar de la mañana caía en franjas ámbares a lo largo
de su cuerpo. Era completamente diferente a lo que Karen había moldeado en su
cabeza el último año. Esperaba ver a la misma chica que se había acostumbrado a ver
en las fotos. Esta chica era complemente diferente, casi una extraña.

—Su cabello está corto —susurró—. ¿Por qué su cabello está corto? Jason, se ve tan
diferente. Su rostro, ella…

Se veía envejecida. Desgastada. Karen no estaba preparada para eso en absoluto.


Pensó que Naomi podría verse distinta, pero no así.

Jason acomodó su peso en sus pies.

—Cariño, sabías que sería así. No la hemos visto en un año. Ni siquiera sabemos por
lo que ha pasado. —Él tomó un profundo y tembloroso aliento—. No puedo
imaginar lo que ha atravesado.

Naomi se removió y el corazón de Karen saltó.


204

—¿Naomi?
Página
Sus ojos se abrieron y levantó la mirada. De alguna forma, parecía vacía y aquello
destrozó el corazón de Karen. ¿Era un vacío o algo más? ¿Qué necesitaba ser
arreglado? Ella haría lo que fuera para ayudarla, para calmar su dolor. Era una
sensación extraña, algo completamente nuevo.

—¿Mamá?

Naomi luchó por sentarse mientras Karen se inclinaba para ayudarla. El Dr. Reed
había dicho que estaba en excelentes condiciones de salud, pero se sentía frágil,
como un ave, mientras se abrazaban la una a la otra en lo que se sentía como una
obligación. Ella no tenía palabras para decir. ¿Qué podría decir? No había dicho nada
cuando su madre había fallecido, y era lo mismo ahora. Había demasiado dolor. En
su lugar, empujó sus dedos en la pequeña espalda de Naomi. Tenía miedo de que si
apretaba demasiado fuerte, algo pudiera romperse. Tal vez algo ya se había roto.

205
Página
XXX
Mayo
Tres meses después

N
aomi escuchaba a las gaviotas fuera. Recordó los primeros meses con sus
secuestradores y cómo había dolido por oír a las gaviotas de nuevo. Ahora
eran irritantes.

Cubrió sus oídos y enterró su rostro en la almohada. Olía diferente del detergente
para ropa de Evelyn. No era tan dulce. Lloró mientras pensamientos de Evelyn la
consumían. No más yoga. No más cocinar en la cocina. No más voz suave y dedos a
través de su cabello. No más Jesse.

Era en él en quien más pensó en los últimos tres meses. La había dejado temblando
frente a la estación de policía. La había dejado ahí con nada más que sus palabras
haciendo eco en su cabeza, al igual que lo hacían ahora.

Sal del auto, Naomi.

Su dormitorio parecía cerrarse sobre ella. Esto no era lo que había extrañado mientas
estuvo cautiva. No sabía qué había extrañado, pero no fue su dormitorio o su casa o
el océano. Desde que volvió a casa, parecía que lo único que había hecho era sentarse
en la planta baja con terapeutas que intentaban decirle cómo pensar o sentir. Cuando
no estaba siendo perseguida por ellos, se retiraba a su dormitorio a dormir. No quería
206

hablar con nadie, especialmente sus padres. Hasta el momento estaban


permaneciendo fuera de su camino. Se sentía bien tenerlos lejos de ella. Se sentía
Página

normal… como habían sido siempre las cosas.


Sentándose, estrelló un puño contra la pared junto a su cama. Quería hacer una
abolladura. Recordó cómo se sintió eso cuando trató de golpear a Eric y él la había
detenido. Ahora no había nadie para detenerla. Estaban arrestados. Encerrados. Le
pegó a la pared una y otra vez hasta que no pudo sentir su puño. Luego volvió a
hundirse en su cama y enterró su rostro en la almohada.

¿Cómo podría Jesse solo haberla dejado así? Cada parte de ella quería gritarle, pero
tal vez eso era lo que él quería para que ella no cayera en la miseria. ¿No la extrañaba
en absoluto? Estaba esperando una llamada secreta, una carta, algo. Era su
cumpleaños hoy. Tenía diecinueve. Algo especial debería suceder, pero sabía que
terminaría igual que cualquier otro día: completamente aburrido y desperdiciado.
Sus padres podrían darle algo, pero eso no importaría. No sería realmente especial.

Se incorporó y recogió su celular de la mesita de noche. Ninguna llamada. ¿Quién la


llamaría ya que no le había dado su número a nadie? No era el mismo número de su
viejo teléfono antes de que fuera secuestrada, pero ante su petición al proveedor
había logrado recuperar sus viejos mensajes y redirigirlos a su nuevo número. Había
uno en particular que había guardado en sus archivos. La voz de su madre. Su llanto
al final. Lo había memorizado para ahora.

Naomi… Te extraño. No sé dónde estás. No sé nada ahora mismo, pero por primera
vez en mi vida, te extraño y lo siento.

Marcando su buzón de voz, Naomi escuchó el mensaje otra vez. Era extraño, porque
durante los tres meses que lo había escuchado, seguía sin poder conectar
emocionalmente con su madre. Había pensado que algo milagroso ocurriría entre
ellas cuando regresara a casa, pero hasta ahora nada había pasado. Era como si
estuviera muerta por dentro y por fuera. Una cáscara rodeando nada.

Miró fijamente el celular en su mano, deseando saber cómo encontrar a Jesse para
poder hablar con él sobre cómo se sentía. Era el único que podría entenderla. Luego
recordó que había dejado su diario en su auto. Él debió haberlo leído para ahora,
todos esos párrafos divagando sobre lo mucho que lo amaba. Tal vez eso lo había
asustado. Tal vez nunca quería hablar con ella de nuevo.
207

Esa noche, sus padres celebraron su cumpleaños con un pastel y regalos. Estaban
tratando tan duro de ser una familia normal. Sopló las velas y sonrió, para después de
Página

un par de minutos, se recostó en su silla y puso uno de los regalos en su regazo. Podía
decir que su madre lo había envuelto. Las esquinas estaban arrugadas y la cinta no
estaba apretada. Se preguntó si su madre siquiera había envuelto un regalo antes en
su vida.

—Gracias por todo esto —dijo con un sonido vacío en su garganta—. Significa
mucho. —Levantó la mirada hacia ellos. Su madre estaba vestida con una blusa
blanca con botones perla. Su cabello estaba suelto, y llevaba pequeños pendientes de
conchas que brillaban con las luces de la sala del comedor.

—Solo queremos que sepas que te amamos —dijo su padre. Él llevaba una camiseta y
jeans, algo que Naomi rara vez le había visto usar. Su barba estaba áspera de dos días
de crecimiento. Eso también era algo que rara vez había visto.

Echó un vistazo hacia el regalo en su regazo y trató de evitar que sus lágrimas se
liberaran. Sus padres no necesitaban verla así, una completa ruina. Había crecido
independiente, y ahora era imposible fingir que los necesitaba en el modo que
parecían querer que los necesitara.

Las últimas palabras de su padre colgaron en el aire. ¿Quería que ella dijera que los
amaba? Lo hizo. Era una tonta por ignorar lo agradecida que estaba de estar con ellos
de nuevo, pero al mismo tiempo estaba como las velitas de su pastel: todavía
humeaba humo blanco de las mechas quemadas. Estaba apagada. Acabada. Agotada.
No le quedaba nada.

Con lágrimas en sus ojos, alzó la mirada hacia ellos y forzó una sonrisa. Todo se
sentía tan incómodo. Se preguntó si eso cambiaría alguna vez.

—¿Puedo regresar a mi dormitorio? —preguntó en voz baja.

El rostro de su madre e arrugó en una expresión de preocupación.

—No tienes que pedir permiso, ¿recuerdas? Tus terapeutas hablaron contigo sobre…

—Lo sé. —Se puso de pie y puso el regalo sobre la mesa con cuidado. No podía
abrirlo.
208

Brad vino a verla dos semanas más tarde. Estaba esperando en el deck con su espalda
hacia ella cuando atravesó las puertas.
Página
Lo estudió antes de que él se volviera. Su cabello estaba más largo, más desordenado
de lo que recordaba, pero seguía tan rubio bajo el sol gris. El día estaba nublado y
frío. Frotó sus brazos y aclaró su garganta.

—¡Naomi! —Corrió hacia ella, pero ella no abrió sus brazos. Él la abrazó de cualquier
manera, su fuerza la misma que recordaba: tensa y restrictiva. Se alejó y le dio una
brillante sonrisa—. Tu mamá me llamó. Dijo que finalmente estabas lista para verme,
así que entré en mi auto y conduje todo el camino hasta aquí. Estoy en Berkeley
ahora.

—Lo sé. Estás estudiando medicina. —Ella se dio la vuelta y se sentó en una de las
sillas frente al océano.

—Sí, lo estoy.

Con su sonrisa desvaneciéndose, él tomó una respiración profunda y metió sus


manos en sus bolsillos.

—No podía esperar a verte. Llamé tan pronto estuviste de regreso, pero tus padres
me dijeron que no estabas lista para hablar con nadie. Creo que entiendo por qué.
Quiero decir, con todo lo que has pasado. —Dio un paso al frente—. ¿No estás un
poquito feliz de verme?

Ella mantuvo sus ojos en el océano y cruzó sus brazos. Estaba frío hoy. Brad dio un
paso más cerca, esperando por una respuesta. Ella arrancó su atención del horizonte
para mirarlo. ¿Estaba feliz de verlo? No tenía idea.

—No sé cómo sentirme acerca de cualquier cosa estos días —respondió finalmente y
miró de vuelta hacia el horizonte, una línea curva solo ligeramente más oscura que el
cielo gris.

Estaba siendo terriblemente ruda, pero a una parte de ella no le importaba. Hacía
tiempo que él había dejado su corazón. Nada más que una sombra. Apenas pensaba
en él. Incluso ahora, con él de pie frente a ella, estaba hueca y marchita.

—Ah. —Él se apartó. Sus hombros cayeron mientras sacaba sus manos de sus
bolsillos y cruzaba sus brazos sobre su pecho—. No sé por qué, pero supongo que
pensaba que las cosas serían igual. Loco, ¿eh?
209

Su corazón hizo un giro inesperado. Los hombros de él eran fuertes y anchos.


Recordaba sus brazos alrededor de ella, acunándola en su cama mientras él le
Página

susurraba al oído que la amaría por siempre, la cuidaría, la mantendría a salvo…


todas las cosas que Jesse le había dicho mientras la atraía a su pecho con las mismas
cuidadosas promesas susurradas suavemente contra su piel. Al menos en aquel
entonces ella había sentido cosas como ira y pasión. Al menos eso era algo.

Él aclaró su garganta.

—He escuchado un montón sobre lo que te sucedió, pero no sé si algo de eso sea
verdad. Nadie me ha dicho nada. He visto los informes de noticias, pero lo que he
oído suena tan loco. —Mordió su labio y lágrimas llenaron sus ojos—. Oh, nena,
esperaba que me dejaras ayudarte a atravesar esto. Estaba esperando…

—No te amo —soltó ella, inclinándose hacia adelante en la silla—. No estoy segura si
alguna vez lo hice.

Ella tuvo que apartar la mirada. ¿Cómo podía hacerle esto? Él todavía estaba
demasiado enamorado de ella. Ella no sabía lo que estaba sintiendo. ¿Ira? ¿Tristeza?
Lo que fuera, no era amor… nada parecido a lo que sentía por Jesse. Él la había
hecho más feliz de lo que había sido en su vida.

Hasta que la dejó ir.

Ahora estaba sola y segura de que no sería feliz otra vez. Ni siquiera sabía qué
demonios significaba ―feliz‖.

Brad no estaba llorando aún, pero estaba cerca. Nunca antes lo había visto llorar.

—Todavía te amo —susurró. Ella se dio cuenta de que sus dedos se contrajeron en
puños. No puños de ira, esperaba. De frustración.

—Lo siento… ha pasado demasiado tiempo, Brad. Pensé que ya habrías seguido
adelante. Pensé que tendrías… —No podía terminar la oración, pero la palabra se
aferró a su boca como un sabor amargo. Pensó que él habría cambiado, pero no lo
había hecho. Él era exactamente el mismo.

Él se inclinó para tomar sus manos en las suyas. No lo detuvo, y lo dejó ponerla de
pie. Su toque era placentero contra su piel. Había olvidado cuánto podía hacerla
sentir cuando envolvía sus brazos alrededor de ella y la besaba —como lo estaba
haciendo ahora— siempre, siempre tan dulcemente, su boca como azúcar caliente en
sus labios. Se derritió contra él, perdida por un momento en una inestable especie de
estupor. Sintiendo. Emoción.
210

Había olvidado.
Página
Luego recordó su puño viniendo hacia ella, su mano en la de ella mientras
caminaban hacia una hoguera en la oscuridad, su brazo apretado a su alrededor
mientras tomaba un trago de cerveza y miraba a Damien con enojo.

Trató de alejarlo, pero solo la besó más duro. Ella empezó a sudar. Jesse nunca le
había pegado. La había secuestrado, pero nunca se había sentido atrapada por él.
Incluso cuando él la sostenía, era libre.

No como ahora, con los brazos de Brad tensándose alrededor de su cintura, su beso
más apasionado hasta que se apartó, sonrió, y susurró:

—Ves, te lo dije. Nada ha cambiado. Se supone que estemos juntos, porque no me


habrías besado de esa forma si no me desearas. Tú siempre me desearás.

Con un gruñido furioso, dio un paso atrás y lanzó un puño a su rostro lo más fuerte
que pudo.

Él se tambaleó hacia atrás.

—Qué… ¡por qué fue eso! —Jadeando, él tocó su mejilla y la miró con la mandíbula
floja y ojos como platos. Truenos resonaban en el aire mientras una brisa se recogía
por las dunas, la arena soplando a través de la hierba alta.

Caliente por la adrenalina, su cuerpo parecía eco de los truenos: grave, gutural y
furioso.

—¡Siempre me has hecho esto! —gritó ella, tratando de controlar la ira en su voz,
pero fallando. Ni siquiera importaba. Podía estar enojada con él. ¡Lo merecía! Y se
sentía bien.

Ella dejó que su voz se elevara.

—Me haces sentir impotente. ¿Lo entiendes? Cada vez que pensaba en ti, durante
todo un año, me di cuenta de eso cada vez más. Lo odiaba. Odiaba saber que me
sentía más atrapada contigo de lo que nunca me sentí con ellos. Me tomó un jodido
año descubrir el completo imbécil que eres. Todo lo que siempre te ha importado es
controlarme para hacerte feliz.

Ahí. Finalmente lo había dicho.


211

Él dejó caer la mano de su mejilla y enderezó sus hombros.


Página
—Creo que ya sabía eso. —Él bajo sus pestañas y dio un paso al frente como si fuera
a regresarle el golpe y luego se congeló. Una lágrima calló por su mejilla cuando se
dio la vuelta.

Las nubes de tormenta rodaron más cerca, liberando unas pocas gotas de lluvia sobre
el deck. Naomi miró fijamente las manchas de humedad mientras aflojaba sus puños
y levantó la mirada a la espalda de Brad, preguntándose si debería haberle pegado.
Sus nudillos comenzaron a palpitar. Se sentía espectacular. No tenía idea de que
podía sentirse tan bien defenderse a sí misma.

—Llovió la última vez que estuve aquí afuera —dijo él calmadamente, pero su
cuerpo estaba tenso. Ella dio un paso atrás cuando notó sus hombros cuadrados
temblando de rabia. Sus manos estaban en puños a sus lados.

»Estaba con tu madre —continuó—. Le dije que fuiste aceptada en Harvard. Ella no
tenía idea.

Naomi mantuvo sus ojos en sus puños. Comenzaron a relajarse. No, no le había dicho
a su madre sobre Harvard. ¿Eso era lo que quería hacer con su vida ahora? ¿Ir a la
escuela? ¿Eso la haría feliz?

Brad se dio la vuelta, recuperando la compostura.

—Hay algo que deberías saber antes de que me vaya. Ese chico al que el FBI sigue
buscando… el que te dejó ir…

Ella estrechó los ojos.

—¿Jesse?

—Sí, ese. Es realmente bizarro. La semana pasada descubrí que su padre es mi


profesor de Literatura.

Su corazón casi se detuvo. Las nubes de lluvia se abrieron y liberaron una pesada
lluvia torrencial. El mundo, tan gris y oscuro un momento antes, se volvió una pálida
sombra de verde.
212
Página
XXXI
K
aren se dirigió a la cocina por una taza de café. Bebía mucho café
últimamente, especialmente después de que intentó hablar con Naomi y no
recibió ninguna respuesta excepto un ceño fruncido y un encogimiento de
hombros. Sucedía día tras día, y la estaba extenuando. Jason era más paciente. Él
simplemente se encogía de hombros y decía que a Naomi le llevaría al menos un año
acomodarse a la normalidad.

—¿Qué es normal? —murmuró Karen para sí misma mientras encendía la cafetera.


No era normal que se hiciera su propio café. No era normal que se preocupara por su
hija cada cinco minutos. No era normal que Naomi hubiera vuelto a casa con vida.
Era un milagro que todas esas cosas hubieran sucedido.

Levantó la mirada al oír voces afuera. Cuando miró por la ventana, vio a Naomi en el
deck con Brad. Se congeló. No había esperado que Brad apareciera tan pronto.
Habían dejado de hablar y ahora se estaban besando. Apasionadamente.

Eso podía ser bueno o malo.

Avergonzada por espiar, Karen empezó a desviar la mirada justo cuando Naomi
retrocedía un paso y le daba un puñetazo en el rostro a Brad.

¿Qué demonios?

Sorprendida, Karen corrió hacia el comedor donde un par de puertas dobles


francesas llevaban al deck. Luego se detuvo. ¿Debería intervenir? En cambio, decidió
que sería mejor permanecer oculta y vio a Brad tocarse la mejilla, con el rostro
contorsionado por la furia. Por un momento pareció dispuesto a golpear a Naomi, y
Karen se preparó para correr a intervenir, pero no hizo falta.

Naomi le estaba gritando ahora, y algo se movió dentro de Karen. Recordó mirar el
póster de Harvard en su dormitorio cada noche antes de ir a la cama. Se había
213

aferrado a ese sueño por tanto tiempo que enterró el aroma a los cigarrillos de su
madre y el sonido de sus constantes quejas. ¿Naomi había hecho lo mismo? ¿Brad
Página

había sido su sueño? Odiaba pensar adónde habría llevado eso, porque mientras
Naomi había comenzado a admitir a los consejeros en las últimas semanas, se había
hecho evidente cuán abusivo había sido Brad en el pasado.

Ahora Naomi la necesitaba.

Volvió a apresurarse hacia adelante, dispuesta a hacer su parte y echar a Brad. Se


detuvo, con las manos temblorosas. Naomi no la necesitaba. Estaba manteniendo su
postura bien, la forma en que estaba de pie con los hombros cuadrados, la fiera
mirada en sus ojos. A Karen le recordó a su propia fuerza. ¿Por qué no la sorprendía?

Observó a Brad bajar las escaleras a la playa, y entonces abrió las puertas. Estaba
comenzando a llover, pero salió de todas formas. Naomi se dio la vuelta.

—Mamá.

—Hola, cariño —cerró la puerta—. ¿Quieres hablar?

Naomi sacudió la cabeza y se hundió en una silla, enterrando el rostro en sus manos.
Karen se apresuró a su lado.

—¿Qué puedo hacer?

Levantó la mirada, con lágrimas en las mejillas.

—Conoce al papá de Jesse. Tengo que ir a verlo. Está en Berkeley.

Jesse. Karen intentó no hacer una mueca.

—Cariño, no creo que… —No podía encontrar las palabras. No quería que Naomi se
conectara con sus secuestradores de ninguna manera aún. Ver al padre de Jesse solo
enlentecería su progreso.

Naomi suspiró.

—¿Es qué? ¿No crees que debería?

—Creo que deberías cortar esos lazos.

Naomi miró sus manos. Tenía los nudillos rojos por el golpe a Brad. Karen se estiró
para tocarla, pero ella retrocedió.

—Realmente quiero verlo.


214

Parpadeando, Karen se puso de pie y miró el césped en la playa moviéndose con el


viento, rodando como olas. Sintió la presencia de Naomi, se empapó en esta como en
Página
la lluvia que caía encima de ellas. Cuando todo fue dicho y hecho, finalmente
entendió que cuando se trataba de Naomi, solo importaba una cosa.

—Siempre te ayudaré sin importar lo que decidas —dijo, mirando a Naomi con una
sonrisa, decidida a cumplir con sus palabras—. Para eso estoy aquí.

Karen nunca antes había ido a Berkeley, pero parecía sencillo. Llevaría dos horas de
viaje, una buena cantidad de tiempo para pasar con Naomi. La miró en el asiento del
copiloto, sentada como al estilo indio, descalza. Ya nunca usaba zapatos. Estaba
escuchando su iPod, una de las pocas cosas que hacía además de dormir y leer y
mirar el océano.

El día estaba nublado. El sol quería aparecer detrás de las nubes, brillante y
deslumbrador. Karen se puso sus gafas de sol mientras Naomi se quitaba los
auriculares y sonreía.

—Gracias de nuevo, mamá. ¿Segura que no quieres que conduzca?

Sacudió la cabeza.

—Estoy bien. Tú relájate. —Frotó el volante con sus pulgares—. No estoy segura de
entender por qué quieres ver a este hombre.

—Tampoco estoy segura. —Retorció los auriculares en su regazo hasta que se


asemejó a un pretzel—. Me alegra de que lo llamaras por mí. No sé si pudiera haberlo
hecho. Necesito verlo cara a cara.

—¿Por qué cariño? No podrá decirte dónde está su hijo, si es lo que estás esperando.
Sonaba como un hombre inteligente. Estoy segura de que no se mantendrá en
contacto con un criminal convicto.

—No lo llames así.

—Pero es lo que es. Has hablado de esto con tus consejeros. No puedes esperar que
funcionen las cosas con él.

Naomi cerró la boca. Karen podía ver la esperanza en su rostro, en la forma en que
215

sus dedos se tensaban cada vez que Jesse era mencionado. Estaba enamorada de él. Al
menos lo que ella pensaba que era amor. La pobre chica no tenía idea, pero ¿cómo
Página

Karen podría explicarle eso a una chica de diecinueve años que pensaba que ya había
experimentado todo? ¿Cómo podría ayudarla a ver que su vida apenas había
comenzado? Intentó recordar cuando ella tuvo diecinueve, pero lo único que se le
ocurría era la muerte de su madre y su amor al arte desvaneciéndose por
consiguiente para ser reemplazado por salones y estudiar el derecho.

Apretó el volante y se mordió el labio. Desde que Naomi nació, había evitado todas
las situaciones en las cuales Naomi pudiera enojarse con ella por ser demasiado
metiche y protectora. Su propia madre se había entrometido demasiado, y eso había
creado una brecha de confianza. Karen no quería eso para Naomi. El problema, por
supuesto, era el opuesto ahora. Naomi había crecido pensando que no le importaba
en absoluto… y en muchos sentidos, no lo había hecho. Pero ahora le importaba.
Relajó las manos.

—Naomi, cariño, sé que piensas que volverás a verlo, pero incluso si lo haces, incluso
si logra contactarte, tendrás que… ya sabes…

—¿Entregarlo?

Apretó su agarre y dijo con fuerza:

—Sí. Entregarlo sería lo correcto… lo único para hacer. Si no lo haces, no puedo


explicar la cantidad de problemas en los que te meterás.

—Lo sé, mamá. —Se volvió hacia la ventana y desenredó los auriculares. Estaba a
punto de ponérselos cuando Karen se aclaró la garganta, repentinamente desesperada
por tocarla. No pudo evitar preguntar:

—¿Él te ama, Naomi?

Se detuvo, con los auriculares a mitad de camino.

—¿Qué?

—¿Te ama?

Silencio. Bajó los auriculares y miró por la ventana. Pasaron los minutos, pero Karen
no iba a decir nada más. De hecho, estaba comenzando a dudar de su decisión de
hacer tal pregunta cuando Naomi finalmente se volvió con los ojos llorosos.

—No lo sé. —Bajó la mirada a su regazo—. A veces me pregunto por qué me dejó ir.
216

A veces la respuesta es porque me ama.

Karen esperó que continuara, pero ella solo se puso los auriculares y miró por la
Página

ventana hasta que llegaron a la calle donde vivía James Sullivan.


Era un camino tranquilo rodeado de coloridos edificios de apartamentos y árboles
prolijos. Naomi estuvo repentinamente atenta, los hombros tensos mientras se
quitaba los auriculares y guardaba el iPod en su bolsillo.

—Dijo que era el edificio amarillo con una camioneta verde afuera —dijo Karen,
estudiando los alrededores mientras bajaba la velocidad a ocho kilómetros por hora.
Vio la camioneta y estacionó detrás.

—Quizás no quiero hacer esto —dijo Naomi débilmente, apretando los costados de
su asiento.

—Has estado hablando de esto por días. —Karen miró el reloj—. Te está esperando.
Ya vamos más tarde de lo que dijimos.

Los hombros de Naomi cayeron al mirar el edificio.

—¿Segura de que no quieres que vaya contigo?

Se dio vuelta, blanca como un papel.

—No, gracias.

—Está bien, pero si necesitas algo, estaré aquí. —Karen quería estirarse y abrazarla,
pero eso parecía muy dramático. No era que fuera a perderla de nuevo, pero ¿y si
volvía decepcionada? O peor aún, ¿más en conflicto que ahora? Karen se recordó que
las cosas eran como eran, y sin importar qué pasara, Naomi lo sobreviviría. Si
necesitaba ayuda, la pediría.

—Estaré bien mamá. Deja de preocuparte. —Naomi se puso el par de sandalias que
se había quitado más temprano, salió del auto, y caminó al edificio.
217
Página
XXXII
N
aomi esperaba que el apartamento de James estuviera lleno de libros. Lo
que no esperaba eran pilas de libros. Por todos lados. Estaban apilados en
cada esquina, en cada pieza de mobiliario, incluso en la parte superior del
refrigerador.

—Lamento el desorden —se disculpó tan pronto como la invitó dentro—. Pero es
siempre así. Ponte cómoda.

Se precipitó sobre el sofá para despejar una pila de revistas mientras ella se quedaba
de pie en la entrada, completamente aturdida, y no solo por el apartamento. James
era el retrato viviente de Jesse, solo que más viejo. Tenía el mismo cabello pelirrojo
rizado en su frente, la misma piel pálida, pecas dispersas y, lo más importante, detrás
de un par de gafas de montura metálica, los mismos ojos verdes.

Se enderezó y la miró, esos ojos mirando los suyos, como si Jesse estuviera de pie
frente a ella. Trató de borrar la estúpida mirada de su rostro.

—Gracias por dejarme venir —tartamudeó, insegura de qué más decir. Todavía
estaba tensa por el viaje en auto con su madre. Toda la plática sobre Jesse y el hecho
evidente de que su madre lo odiaba. No podía entenderlo. Nadie podía. Excepto su
padre, tal vez.

—No hay problema. —Él hizo un movimiento hacia el sofá. Ella dio un paso
adelante, mirando alrededor de la pequeña sala de estar. Las paredes estaban
cubiertas de estanterías llenas de libros. En una pared había un par de ventanas altas,
ambas abiertas con varias pilas de libros sobre el alféizar. Llegó a la mitad de la
habitación, sentándose tímidamente en el cojín despejado, y cruzó sus piernas.

—¿Quieres algo de beber? —preguntó James mientras una brisa se precipitaba a


través de la ventana abierta. Agitó varios libros hasta abrirlos, sus páginas silbando
218

como alas de mariposas. Naomi parpadeó cuando un recuerdo de noviembre se


apresuró por su mente: hojas naranja cayendo de una rama mientras Jesse la abrazaba
Página

y la besaba, El despertar abierto a sus pies, mirándola como los ojos desesperados de
su madre.
—Eh, ¿Coca-Cola? —tartamudeó. Esta habitación era exactamente como esperaba
que fuera el propio hogar de Jesse… si tenía uno. Se preguntó si había crecido allí.

—Claro. Jesse me dijo que eso es lo que te gusta. —Le dio una mirada nerviosa y se
volvió para caminar hacia una amplia entrada a la cocina.

Su corazón se aceleró. ¿Jesse había hablado con su padre desde que la había dejado ir?
Esperaba que así fuera. Era una de las razones por las que había querido venir,
porque en algún lugar de su corazón, latiendo con fuerza, había un rayo de esperanza
de que James quizás pudiera contarle dónde estaba Jesse, si estaba bien, si la
extrañaba. Quizás era tonto esperar tales cosas, pero Jesse siempre pareció tan
cercano a su padre.

Levantó la mirada para verlo de pie en la cocina, su espalda hacia ella mientras abría
una lata de Coca-Cola y vertía la mitad en un vaso limpio lleno de hielo.

No era exactamente como lo imaginó. Quizás, pensó mientras lo miraba más cerca,
no lucía exactamente como Jesse. Era más alto, su cabello más oscuro, casi castaño
rojizo. Su rostro era más largo y pronunciado. Era tan agradable como lo imaginó;
galante y tranquilo, como su hijo.

Se sirvió un poco de soda para él, levantó ambos vasos y entró a la sala de estar con
una sonrisa incómoda. Luego de entregarle un vaso, se sentó en un sillón andrajoso al
otro lado de la habitación. Probablemente era la silla en la cual siempre leía, porque
estaba rodeada de libros; más que cualquier otro mobiliario en la habitación.

Dejó su Coca-Cola sobre un libro de poemas de Anne Bradstreet y juntó sus manos
mientras la miraba a través de sus gafas. Ahora que todas las formalidades estaban
fuera de camino, ella notó que él golpeaba un dedo sobre su rodilla mientras
cambiaba su peso en la silla.

—Tengo que decir, primero que nada —dijo él lentamente—, que estoy muy
apenado por las acciones de mi hijo, Jesse. Ya sabes, todo lo que te hizo. —Bajó su
mirada a su regazo—. Dijo que nunca te hizo daño además de mantenerte cautiva,
pero es difícil imaginar que nunca te sintieras amenazada. Aterrada, incluso. —La
miró con un gesto de disculpa.

Insegura de cómo responder, trató de darle una sonrisa, pero solo salió un tic
219

inestable. No necesitaba disculparse. Parecía haber pasado tanto tiempo desde que se
había sentido amenazada, enterrado profundamente en el pasado. No importaba
ahora, pero evidentemente a James le importaba. Su propio hijo. Su propia carne y
Página

sangre. Sentía su vergüenza desde el otro lado de la habitación.


—Creo que entiendo cómo te sientes —dijo ella cuidadosamente—. Pero
honestamente, está bien. En serio.

Él sonrió, luciendo ligeramente aliviado cuando sus labios se volvieron hacia arriba.

—Bueno —dijo rápidamente—, dicho eso, he estado esperando conocerte. Tu amigo,


Brad, está en mi clase. Me ha contado un poco sobre ti.

Ella agarró su vaso frío en sus manos y miró el efervescente líquido marrón. No
había querido una Coca-Cola realmente. Trató de sonreír ante la mención de Brad,
pero no pudo conseguirlo. Levantó la mirada con la frente arrugada.

—¿Le dijiste que eres el papá de Jesse? ¿Cómo lo supo?

—Oh, muchos de mis estudiantes me preguntaron sobre ello tan pronto como vieron
los reportes en las noticias. Nos parecemos mucho, y creo que lo había mencionado
en clase antes de que supiera lo que sucedió. —Agarró su vaso y bebió un largo trago.

—Lo siento. Espero que no te hagan pasar mal por eso.

—Oh, en absoluto. —Él tomó otro sorbo y se inclinó hacia adelante—. Entonces,
¿hay una razón específica por que la que querías verme? Es decir, esto está bien, no
me malinterpretes, pero luces nerviosa. ¿Hay algo que necesites saber?

Ella casi dejó caer su vaso. No tan pronto. Aún no estaba preparada para preguntarle.
Su boca formó palabras mientras miraba su vaso y movió los ojos hacia una pila de
libros en el cojín junto a ella. Había facturas sobre esta. Una de ellas era para Jesse…
específicamente, Jesse James Sullivan. Volvió a levantar la mirada.

—¿El segundo nombre de Jesse realmente es…?

—¿James? —Rio—. Sí… irónico, ¿eh? No pude evitar hacerlo. Su madre se fue antes
de llenar su partida de nacimiento, así que dependía de mí darle un nombre. —Miró
su vaso—. Muchas cosas dependieron de mí. Supongo que no fue la idea más
brillante nombrar a mi único hijo como un famoso forajido estadounidense1.
Bastante tonto, en realidad. Cometí un montón de errores al criarlo.

Ella notó el ceño fruncido extendiéndose en su rostro y volvió su atención a la


factura. Era de una suscripción a una revista, algo que ver con la arquitectura. Tomó
220

1Hace referencia a Jesse Woodson James, un forajido estadounidense e integrante más famoso de la
Página

banda de asaltantes James-Younger. Asesinado a traición, se convirtió en una figura legendaria del
Viejo Oeste.
un sorbo de su Coca-Cola y deslizó sus ojos a una pila de libros debajo de las facturas.
Casi se ahogó.

—¿Sucede algo? —preguntó James con preocupación.

Ella levantó la mirada, dándose cuenta de que no tenía que preguntarle si había visto
a Jesse recientemente. Habría reconocido ese libro en cualquier lugar: una cubierta
verde esmeralda impresa con el título El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald. Sabía
que si abría la cubierta, la fecha de impresión diría 1925.

Tragó, incapaz de detenerse de mirar el libro de nuevo, sabiendo sin duda que Jesse
lo había traído de vuelta, probablemente no mucho tiempo atrás a juzgar por el
hecho de que estaba en la parte superior de la pila y no abajo. Cerró la boca y trató
de pensar en algo que decir, pero no salió nada y tomó otro sorbo de Coca-Cola.
Quemó en el fondo de su garganta.

Quizás Jesse estaba aquí justo ahora.

—¿Estás bien? —preguntó James de nuevo—. ¿He dicho algo malo? A veces hago
comentarios desconsiderados.

Ella sacudió la cabeza y miró hacia el pasillo que conducía a la cocina. Estaba oscuro
y vacío.

—Creo que tengo que preguntarte algo —logró finalmente, su voz áspera y seca.
¿Por qué era tan difícil? Él debía estar esperando que le preguntara.

—¿Sí?

Miró el libro de nuevo, aclaró su garganta y se obligó a mirarlo a los ojos.

—¿Sabes dónde está?

Él parpadeó, luego dejó el vaso de vuelta sobre los libros y se echó hacia atrás en la
silla.

—No, no lo sé. —Miró por la ventana y respiró profundamente—. No quiero ni


necesito saberlo. Es lo suficientemente inteligente para no decírmelo. Los federales
vienen por aquí al menos una vez a la semana.

Su corazón se hundió mientras miraba el libro con visión borrosa.


221

—Ah, has notado los libros que te presté.


Página

Levantó la mirada de nuevo, esta vez con más coraje.


—¿Lo volveré a ver alguna vez?

Él se puso de pie y caminó hacia las ventanas con las manos cruzadas en la espalda.

—¿Por qué crees que te dejó ir?

Otra brisa salada se extendió por la sala.

—No lo sé. Intentó explicarlo, pero aun así no entiendo.

James se encogió de hombros.

—¿Por qué crees que ha hecho todo esto? Sabes tan bien como yo que con algo de
paciencia y planificación, podría haber tenido cualquier cosa que quisiera… incluso a
ti. Tampoco tendría que haber hecho que capturaran a tus otros secuestradores.
Podría haberles advertido de alguna manera, haberles dado la oportunidad de huir
una vez que estuvieras libre, pero no lo hizo, y no porque estuviera enojado con
ellos. Jesse no tiene ni un hueso malvado en su cuerpo.

Ella sabía que era cierto, justo hasta su centro.

—Es una pena que haya logrado mezclarse en todo este asunto del robo —
continuó—. Él siempre ha luchado para encontrar la forma correcta de desahogar su
inteligencia, pero él, bueno, tomó algunas decisiones tontas en el pasado. También
hizo amigos extremadamente inútiles. Se las ha arreglado para aterrizar en un lío
demasiado grande para manejar, y creo que todavía está intentado esconderse de
todo eso. No estoy seguro de por qué se está escondiendo todavía, pero creo que las
cosas van a alcanzar su punto máximo pronto.

Ella observó sus dedos apretarse alrededor de los otros, su voz tensa pero calma
mientras continuaba hablando, todavía mirando por la ventana.

—¿Así que has hablado con él? ¿Lo has visto desde que me dejó ir?

—Sí, lo he hecho.

Su corazón dio un brinco.

—¿Dijo algo de mí?

Él se volvió y sonrió.
222

—Por supuesto que sí.


Página
Con su corazón acelerado, casi se puso de pie, millones de preguntas en su lengua.
Ninguna de estas saldría.

—Me contó mucho de ti y tu madre. —Caminó a un estante cerca de la puerta


principal. Se quedó de pie frente a los libros durante varios minutos, dando
golpecitos con el pie hasta que sacó un delgado libro de bolsillo de la parte superior.

Se le hizo un nudo en la garganta. Ya sabía lo que era. No lo quería. Él se volvió y se


dirigió al sofá, donde ella se dio la vuelta para enfrentarlo.

—Es El despertar, ¿cierto? —preguntó con frialdad.

Sus ojos se agrandaron.

—Sí, lo es. Jesse lo trajo. Dijo que pertenecía a la gente con la cual estaba viviendo.

Ella se volvió y miró hacia sus manos agarrando el vaso.

—Si vas a dármelo, no te molestes.

La familiar ira que había experimentado ir y venir desde el momento en que Jesse se
alejó sin ella se precipitó a través de todo su cuerpo. Había estado intentando
averiguar por qué estaba tan enojada todo el tiempo, pero era complicado, como una
red entretejida toda enredada. Jesse la había dejado, y aunque una parte de ella le
estaba gritando que él la amaba, todos los hechos apuntaban lejos de esas esperanzas.

Miró los libros que la rodeaban, la ira todavía dilatándose dentro de ella mientras
pensaba en los otros y lo que les había hecho. ¿Cómo pudo haberles permitido que se
metieran en tanto peligro? Se preocupaba por ellos sin importar lo que le hubieran
hecho y ahora se estaban enfrentando a años en prisión, lejos de Italia y el sueño de
Evelyn. Su corazón se hundió ante la idea de Evelyn en una celda gris y fría. Sola. Su
sueño de Italia desvanecido, su esposo y su hermano arrancados de ella. Era casi
demasiado de tragar para Naomi.

James caminó alrededor del sofá y se detuvo frente a ella con el libro colgando en su
mano.

—Que no me moleste en dártelo, ¿eh? Jesse me dijo que podrías sentirte de esa
manera, pero creo que te lo daré, de todas maneras.
223

Ella frunció sus labios y permaneció inmóvil mientras el colocaba el libro en su


regazo. Temblando, tomó un sorbo de su Coca-Cola y se quedó mirando el título,
Página

preguntándose qué significaba para ella y, por millonésima vez, por qué su madre
había dicho que era su libro favorito.
—La mujer se suicida al final —murmuró ella en voz alta—. Abandona todo lo
importante, como hizo mi mamá conmigo.

Las palabras eran amargas en su lengua. Tomó otro trago de su bebida, tratando de
eliminar el sabor, pero persistía allí. Finalmente, entendió por qué el libro en su
regazo era tan repugnante y, por sorprendente que pareciera, su ira comenzó a
desaparecer. Quería llorar, pero no iba a hacerlo. Era más fuerte que eso ahora. Tenía
que serlo. Mordió su labio para contener sus lágrimas.

—Jesse también me contó eso. Dijo que era una de las razones por las que te quedaste
tanto tiempo con él.

Ella levantó la mirada.

—¿Exactamente cuánto te contó sobre mí? Sabes mucho.

Él le dio una sonrisa de disculpa y se encogió de hombros.

—Me ha contado bastante, sí. Sabes cómo es él.

—Sí, supongo. Me gustaría conocerlo mejor.

—Quizás lo harás algún día. —Caminó alrededor del sofá y movió la pila de libros
junto a ella. Se sentó y sonrió—. No sé por qué viniste a verme, pero me alegro de
que lo hicieras, Naomi.

Ella sonrió.

—¿Te molestaría si vengo a visitarte de vez en cuando? No solo porque espere ver a
Jesse. No quiero que pienses que es la única…

—Por favor, hazlo. —Él agarró su bebida y la dejó a un lado antes de ayudarla a
ponerse de pie del sofá. La acompañó a la puerta, y ella miró por encima de su
hombro hacia todas las pilas de libros y el surtido de colores brillantes que le añadía
a la habitación.

»Sabes —dijo mientras abría la puerta, su intensa mirada verde enfocada en la de


ella—, creo que a Jesse le tomó mucho coraje dejarte ir. —Bajó la mirada al libro en
sus manos—. Por la forma en que la veo, ha arriesgado su propia felicidad por la
tuya. Ahora puedes estar con tu madre. —Le dio una sonrisa alentadora—. Nunca
224

podríamos habernos conocido si no te hubiera dejado ir.

Ella recordó las palabras de Jesse justo antes de que le dijera que iba a liberarla.
Página

Nunca seríamos libres, Naomi. No había pensado mucho en esas palabras entonces,
pero ahora estaban gritándole mientras contenía el aliento y seguía mirando a James
a los ojos. Tenía razón. Jesse tenía razón. Era libre ahora, pero ¿qué era la libertad sin
felicidad?

Le dio una última mirada de agradecimiento antes de decir adiós y bajó las escaleras
hacia su madre.

El viaje a casa comenzó en silencio. Naomi miró por su ventana y pasó su mano sobre
el libro en su regazo. Miró el reflejo de su madre en el vidrio, preguntándose quién
era ella realmente. No sabía mucho sobre cuando era una adolescente. Todo lo que
sabía era que su madre había muerto de cáncer de pulmón antes de que se fuera a la
universidad. Eso significaría que tenía la edad de Naomi cuando había perdido a su
mamá. Algo sobre eso hizo que Naomi se sintiera terrible.

—¿Quieres detenerte a almorzar? —preguntó Karen.

—Supongo que sí.

—¿Qué tienes ganas de comer?

Ella se encogió de hombros.

—No lo sé. No he comido en un restaurante desde antes… —Dejó que las palabras
flotaran en el aire.

—Comeremos en casa. Está bien.

Silencio de nuevo. Bajó la mirada al libro en su regazo y abrió la cubierta. La cinta


rosa que había mantenido de su regalo de cumpleaños se deslizó. La agarró antes de
que cayera al suelo. Era suave. Le recordaba a Jesse y su primer beso. Su corazón se
hundió. Jesse sabía que este libro era importante para ella. Debió haberlo empacado
en su auto con el resto de sus cosas.

—¿James te dio algo?

—Sí. —Cerró la tapa y ocultó el título—. Es solo un libro.


225

—No hay tal cosa como ―solo un libro‖.

No había manera de evitarlo. Sabía que el destino había traído a su madre y a ella a
Página

este momento. Se movió sobre su asiento y movió su mano lejos del título.
—Es El despertar —dijo—. Querías que lo leyera, ¿recuerdas?

Un pequeño jadeo salió de la boca de Karen. Dejó que su pie saliera del acelerador y
el auto hizo un movimiento brusco.

—¿Por qué te daría eso el papá de Jesse? —Miró el libro rápidamente, luego la
carretera de nuevo mientras recuperaba la compostura.

Naomi observó su reacción.

—Lo leí seis veces cuando estuve con ellos. Les gustaba leer y poseían una copia. Me
ayudaba a… recodarte.

Las manos de Karen se apretaron en el volante. Su pecho subía y bajaba más rápido
de lo normal.

—Es mi libro favorito.

—Lo sé.

—¿Te gustó?

Encogiéndose de hombros, tocó la cubierta.

—Está bien escrito, pero es realmente depresivo. Supongo que no entiendo por qué
te gusta tanto. Lo seguí leyendo para descifrar, para descifrarte, pero aún no lo
entiendo.

Karen sonrió.

—Supongo que me gusta lo fuerte que es ella. Golpeó cada pared que se le puso en
frente. ¿No crees que es bastante heroica?

—Nunca lo pensé de esa manera.

—Es una manera de mirarlo.

Naomi se volvió hacia ella y vio una parte de sí misma en la mujer rígida que se
había negado a criarla. Vio la misma piel y ojos, el mismo conjunto de sus hombros
cuando estaba nerviosa, como ahora.

—¿Estás bien, mamá?


226

Karen la miró por el rabillo del ojo y apretó el volante tan fuerte que sus nudillos se
volvieron blancos. Su barbilla temblaba.
Página
—Estoy más que bien —dijo suavemente—. Estás aquí conmigo. Sé que no te sientes
muy feliz ahora, pero el tiempo cambiará las cosas. Espero que me permitas ayudarte.

Naomi podía ver la esperanza en su rostro mientras se abría algo entre ellas. Era solo
una pequeña grieta, un trozo de confianza.

—Lo sé —dijo suavemente, alejando la mirada—. Intentaré dejarte, lo prometo.

Asintiendo, Karen volvió su enfoque completamente a la carretera.

—Cuando estuviste desaparecida, inicié la fundación. No te he contado mucho al


respecto, pero es para ayudar a familias de niños desparecidos. ¿Crees que te gustaría
ser parte algún día? Podría ayudarte.

Ella jugueteó con el bloqueo de la puerta.

—Supongo que sí, pero no creo que esté preparada para algo así todavía.

—Un paso a la vez.

Entraron en la autopista. Naomi observó autos desdibujándose a través de la ventana.


Los dedos de su madre se cerraron alrededor de su mano y ambas sonrieron.

227
Página
XXXIII
P
arecía más frío de lo normal mientras mayo se derretía hacia junio, pero eso
significaba que las glorias de la mañana junto a los caminos de la playa
seguían floreciendo. Naomi podía verlas desde su ventana mientras estaba
sentada en la cama. Sus ojos estaban irascibles por otra noche de llanto y su cuerpo
estaba húmedo de sudor mientras se veía de nuevo de pie en la cuneta, descalza y
temblando, mirando las luces traseras del auto de Jesse.

Recordaba las hojas de otoño en el balcón arremolinándose alrededor suyo y de Jesse


como alas. Eran tan anaranjadas en su mente. Brillaban como fuego. Las imaginaba
entrando por su ventana, rodeándola en la cama mientras se frotaba los ojos, y sintió
una abrumadora urgencia de salir con su cámara.

Había comprado una nueva semanas atrás, pero no la había sacado de su caja aún, ni
tampoco cualquier otra cosa del equipo. Estaba apilada en una esquina de su
dormitorio.

Se apresuró a vestirse, incapaz de sacudirse la necesidad de sentir arena entre sus


dedos de nuevo. No había estado en la playa por cerca de un año. Sacó una sudadera
blanca de su cajonera y la miró con sorpresa.

Estás loca. No pude oler el pescado en absoluto. Solo a ti.

No era la misma sudadera, pero le recordó a la vieja. Se la puso, su corazón latiendo


con fuerza ante el recuerdo de Damien besando su muñeca. Luego recordó las manos
de Jesse deslizándose gentilmente por su cuerpo, y finalmente a Brad levantándola
de la silla, besándola como si nunca hubiera estado lejos.

No lo había visto desde entonces. Se dio vuelta y miró su equipo de cámara todavía
empacado tan cuidadosamente en cajas precisas e inflexibles. ¿Qué quería? ¿A quién
quería? No tenía idea.
228

Conteniendo el aliento, miró su estantería donde recientemente había dejado una


carta de Harvard sin abrir. ¿Era eso lo que quería?
Página
Sacudió la cabeza y gruñó para sí misma. No tenía que pensar en ello ahora mismo.

Sus padres estaban en la cocina cuando bajó con su nueva maleta para cámara
colgando de su hombro. Sostenía un trípode en sus brazos, recordándose que
necesitaba comprar un estuche para este. Su madre levantó la mirada desde una tabla
de cortar donde estaba cortando un pimiento rojo.

—Oh, cariño, tu padre y yo estamos haciendo el desayuno. ¿Quieres algo?

Correcto. Era sábado. Ahora siempre cocinaban juntos los fines de semana, desde que
habían recortado las horas de Mindy. Olió el aroma a pimientos rojos. Le recordaban
a Eric. Acercó el trípode a su pecho más fuertemente y miró a su padre. De espaldas a
ella, partió un huevo con una mano y sacó su teléfono que sonaba desde su cadera
con la otra. Trabajo. Siempre trabajo. Incluso ahora.

Karen la miró a los ojos y sonrió, el sueño todavía suavizando los planos de su rostro.
Ella le devolvió la sonrisa, tratando de no pensar en Eric y atrapó otro aroma a
pimientos.

—Uh, nada de desayuno para mí. Voy a tomar algunas fotos. —Hizo un gesto hacia
las puertas dobles de vidrio.

Karen miró el cielo de la mañana, todavía pálido, pero haciéndose más azul con cada
segundo.

—¿Estás segura de que no quieres comer algo primero?

—No, estoy bien. —Se giró para dirigirse a las puertas, pero no antes de que su padre
se diera vuelta, todavía hablando al teléfono. Agarró una naranja de un bol en el
mostrador.

—Tienes que comer algo —susurró él, una sonrisa juguetona expandiéndose en sus
labios mientras le lanzaba la fruta. Apenas se las arregló para atraparla sin dejar caer
su trípode y le mostró una sonrisa comprensiva. ¿Recordaba que solía pelarlas para
ella? La cáscara cayendo al suelo mientras respondía llamadas, tecleaba correos
electrónicos o le mostraba sonrisas de disculpa.
229

»No vayas demasiado lejos —urgió él.


Página
No era una mañana genial para tomar fotos. El cielo estaba completamente vacío, el
océano calmo y perezoso. No había ningún ave a la vista. Al menos había flores y
algunos pozos de marea en la playa.

Estaba demasiado cansada de cargar con su trípode y lo dejó cerca de unas rocas
antes de continuar. Olvidó la advertencia de su padre de no ir muy lejos, atrapada
por la emoción de tener una cámara en su mano. Todo en su cabeza se estaba
desvaneciendo. Incluso Jesse. Casi.

Continuó caminando, deteniéndose de vez en cuando para tomar una foto. Miró la
playa a través de sus lentes.

Y lo vio.

Esto no era real. No podía serlo. Un hombre estaba caminando hacia ella: cabello
pelirrojo bajo el sol, manos metidas en los bolsillos, ojos verdes enfocados en ella
mientras se acercaban más y más.

No pudo quitarse la maleta de la cámara lo suficientemente rápido y la lanzó a la


arena con un golpe seco. La naranja rodó fuera de su bolsillo mientras bajaba por la
playa, los dedos de sus pies deslizándose por la arena, su cámara golpeándose contra
su pecho.

Él la atrajo en un abrazo tan pronto como lo alcanzó, su respiración rozándole la piel


mientras besaba su rostro y boca. Haciendo a un lado su cámara, la acercó más y
susurró que la había extrañado como loco y que, por favor, por favor dejara de llorar.

¿Estaba llorando? Se apartó y estiró una mano hacia su rostro. Sí, su rostro estaba
húmedo. ¿Podía culparla?

—Jesse —jadeó ella, agarrándolo más cerca—. ¿Cómo puedes estar aquí? ¿Realmente
estás aquí? —No parecía real. Habían pasado cuatro meses desde que se había bajado
de su auto. Cuatro largos y amargos meses.

La miró a los ojos, pero no sonrió.

—Sí, realmente estoy aquí.


230

—¿Cómo? —Miró de un lado a otro por la playa, esperando ver un grupo de policías
armados en cualquier momento. No había nadie. Estaban completamente solos.
Página
—¿Cómo qué? —preguntó él con calma. Su corazón estaba latiendo fuerte contra el
pecho de ella, y cuando lo miró al rosto notó gotas de sudor en su frente.

Se mordió el labio inferior.

—¿Cómo sabías que estaría aquí? ¿Dónde has estado? —Su voz se elevó más y más
fuerte. Él no se había cortado el cabello en un tiempo. Estaba largo y rizado,
colgando por encima de sus orejas. Sus ojos estaban llenos de miedo.

—No sabía que estarías aquí —respondió cuidadosamente, una suave sonrisa
extendiéndose por su rostro—. He estado esperando que tomes caminatas por aquí,
pero no lo has hecho, así que hoy, el día que estoy planeando… bueno, necesitaba
verte de nuevo antes…

—No entiendo.

Él levantó una mano y la deslizó suavemente por la parte trasera de su cabeza,


frotando su cabello entre sus dedos mientras hablaba con una voz temblorosa.

—Iba camino a tu casa. Estaba esperando poder encontrarte.

—¡No puedes ir a mi casa! —Ella casi retrocedió—. En el momento en que mis


padres te vean, llamarán a la policía.

—Lo sé.

Sus pies se hundieron más en la arena y se apartó de sus brazos cuando se dio cuenta
de lo que estaba a punto de hacer.

—No —susurró—. No puedes.

Él inclinó la cabeza.

—Tengo que hacerlo. Confía en mí, no hay otro lugar en el cual preferiría estar más
que aquí contigo, pero he pensado en ello por cuatro meses ya, y no hay otra manera
en que pueda vivir conmigo mismo.

Ella dio otro paso hacia atrás, su cabeza de repente pesando como una horca
alrededor de su cuello. Las palabras salieron tambaleantes de su boca.

—¿De verdad vas a entregarte?


231

Él asintió.
Página

—Pensé que podía vivir conmigo mismo así, pero resulta que no puedo.
Cerrando los ojos, sintió su cuerpo mecerse con la brisa de la mañana. Lo imaginó
esposado, sentenciado, yaciendo en una celda año tras año, envejeciendo sin ella, un
libro constantemente en sus manos. Abrió los ojos para verlo dar un paso más cerca.

—Necesitas que te sostenga —susurró, y la atrajo contra sí—. Estás a salvo ahora. —
Presionó su cabeza contra su hombro—. Me aseguré de que estuvieras a salvo.

—¿Por qué has hecho esto? —Intentó aferrarse a él tan fuertemente que jamás para
que él nunca pudiera escapar—. ¿Por qué me dejaste? ¿Por qué huiste? ¿Por qué no
podemos estar juntos? —Su mente se tambaleó con pánico repentino—. Iré contigo.
Lo que sea que tengamos que hacer, lo haré.

—Oh, Naomi. —Besó su cabeza y acomodó sus pies en la arena—. Te amo, pero
sabes tan bien como yo que jamás podría funcionar. No de esta manera.

Se derritió ante el sonido de aquellas palabras: te amo. Lo sabía. Lo había sabido todo
el tiempo. Pero ahora no importaba. Iba a dejarla de nuevo. Apretó los dientes.

—No puedes dejarme.

—Esa no es tu decisión.

Ella se apartó.

—¿No es mi decisión? ¿Qué significa eso? Estoy cansada de que la gente me hable
sobre decisiones.

Acunando su rostro entre sus manos, él bajó sus cejas y sonrió.

—Tienes toda una vida por delante para tomar tus propias decisiones. Espero que
tomes unas mejores que yo. Además, apenas cumpliré veintisiete en enero. Al
entregarme, mi sentencia podría ser reducida. ¿Quién sabe? Puede que solo me den
unos cuantos años. —Se encogió de hombros y soltó su rostro.

Fue entonces que recordó todos los reportes que había escuchado sobre Eric y
Evelyn y Steve.

—¿No sabes que están tratando de culparte de todo? Si te entregas, ¡podrías estar en
prisión más tiempo que ellos!

—No si testificas contra ellos.


232

Un temblor rodó por su cuerpo.


Página
—No, no podría hacerles esto. Sé que debería. Mi mamá dijo que podrían forzarme a
hacerlo, pero también me preocupo por ellos, Jesse. No sé por qué, pero lo hago.

—No, no lo haces. —Le mostró una mirada enojada—. Se merecen todo lo que les
pasará. Te hicieron daño… y a mí. A pesar de que sé que todo ha sido resultado de
mis decisiones, ellos también tomaron las suyas. Evelyn incluida.

—¿A qué te refieres? Evelyn nunca hizo nada malo.

—Evelyn hizo su elección, Naomi. Como tú, se sometió al poder de Eric y se quedó
ahí. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal. Creo que la estaba carcomiendo,
pero nunca luchó contra ello. Ninguno de nosotros lo hizo hasta que trataste de
escaparte. Pienso que ver lo mucho que Eric te lastimó cuando intentaste irte me
ayudó a darme cuenta de lo equivocado que era retenerte. Fue entonces que supe
que tenía que dejarte ir. —Bajó sus ojos—. Me di cuenta de lo infeliz que sería si te
retenía, incluso si querías que lo hiciera. Te amo, Naomi. No podría lastimarte nunca
de esa forma. Lamento haberme ido tan repentinamente frente a la estación de
policía, y lamento no haber intentado hacerlo más fácil para ti. Tenía que hacerlo así
o jamás habría podido seguir con el plan.

—¿En serio?

—Sí. Nunca he estado tan solo en mi vida como lo he estado estos últimos cuatro
meses. Confía en mí, quiero quedarme contigo más que nada en este mundo, pero así
es como tienen que ser las cosas. Tengo que arreglar lo que he hecho mal. Sé que me
has perdonado por las cosas horribles que he hecho, pero aun así siento que necesito
seguir pidiendo disculpas.

—¿Por qué?

—Por retenerte, por ser un enfermo asqueroso al principio y por dejar que te
enamoraras de mí, por dejarte como lo hice. Te he hecho daño, pero aun así me
amas. Eso significa todo para mí.

Ella todavía estaba intentando controlar el fantástico ritmo de su corazón. Estaba


atrapada en un remolino. Sentía como si pudiera salir volando en cualquier
momento.

—Voy a quedarme contigo aquí por un rato —dijo, apretándola contra su pecho—.
233

Luego tengo que irme.


Página

Ella lo miró a los ojos y vio el dolor arremolinándose en estos, como el agua siendo
llevada de vuelta al océano, reacia, inevitable.
—Está bien —susurró ella, su boca seca. Asintió detrás de su hombro hacia donde
había dejado la maleta de su cámara—. Vayamos allá.

Caminaron de la mano, sus pisadas dejando profundas marcas en la arena. Ella


pensaba que la calidez se sentía bien en sus talones y dedos, pero la calidez de Jesse
era incluso mejor, en su mano, agarrando sus dedos con fuerza. Sabía que él no
quería dejarla ir, pero había tomado su decisión.

—¿Conseguiste buenas tomas? —le preguntó calmadamente mientras ella se


arrodillaba junto a su maleta.

Abrió el compartimiento principal de la maleta, sacó la cámara de alrededor de su


cuello y luego la deslizó ahí. La volvería a sacar para tomarle una foto a él después.
Tenía que tener una foto, al menos.

—No. El día es demasiado perfecto.

—¿Demasiado perfecto? —Rio.

Ella se quedó mirando la naranja que yacía cerca.

—Lo siento, eso probablemente no tiene sentido. Quiero decir que no hay nada
interesante en el cielo. Seguro, el color es bonito, pero es aburrido.

—Ah. —Se sentó a su lado. Ella se tensó mientras él se volvía y envolvía sus brazos
alrededor de su cintura. Podía ser la última vez que la abrazara—. Quieres nubes y
lluvia y agitación. Alguna clase de resistencia. Eso es lo que hace que las cosas sean
interesantes para ti, ¿no es así? Leí tu diario. Espero que eso esté bien.

Ella se sonrojó y bajó la mirada.

—Sí, pensé que podrías hacerlo.

—Creo que lloré durante todo el rato. No tenía idea de las cosas por las que estabas
pasando. Esos sueños sobre los dragones y el fuego, todos esos recuerdos de tu madre
que no recordabas hasta que te raptamos. —Él sonrió—. Luego, yo. Hablabas mucho
sobre mí. La forma en que decías las cosas… realmente me conmovió, Naomi.

Ella levantó la mirada.

—Significas todo para mí.


234

—Descubrí eso. Creo que por un largo tiempo lo di por sentado y lo siento. ¿Quieres
Página

que te regrese el diario? Está en mi auto, pero puedo ir por él.


Ella estuvo en silencio por un momento, su mente tambaleándose con pensamientos
de él leyendo sus palabras y conectando con ella así. Se sentía íntimo de una manera
que nunca había experimentado. En un punto, había pensado que el diario estaba
lleno de evasión, pero ahora veía la verdad. Estaba lleno de la más completa
honestidad que alguna vez se hubiera dejado a sí misma experimentar.

—Creo que quizás es mejor que lo entregues a la policía —dijo—. Creo que podría
ayudar en tu caso.

Él asintió.

—¿Jesse? —susurró, mirando su rostro una vez más. Su piel estaba más pálida de lo
normal.

—¿Si?

—¿Dónde has estado? Le pregunté a tu padre, pero no me dijo.

—Lo sé. Me encontré con él ayer. Me dijo que fuiste.

—Oh.

—No, es bueno. Siempre he querido que lo conocieras. Las cosas son mejores así.
Puedo ver que te lastimará al principio, y lo siento por eso, pero a largo plazo será
mejor.

—Lo sé.

Él se volvió para mirar al océano.

—Me he estado quedando con amigos, personas que saben cómo… bueno, no son las
mejores personas para conocer a menos que estés intentando esconderte del FBI.

Por un segundo, se encogió lejos de él.

—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —preguntó ella, volviéndose para mirar al
océano también.

Él asintió.

—Sí, estoy seguro. ¿Cuántas veces tengo que decirte esto?


235

—Supongo que muchas.


Página
—Escucha, Naomi. Sé que todavía te preocupas por ellos, por Evelyn y quizás por los
otros. Supongo que eso está bien, pero tendrás que decir la verdad cuando te llamen
a testificar, incluso la verdad sobre mí. No puedes mentir.

Ella se tensó.

—¿Crees que me forzarán a testificar contra ellos? ¿Contra ti?

—Tal vez. Cuando me entregue, las cosas cambiarán. Todo progresará más rápido.
Estoy dispuesto a decirle a las autoridades lo que sea que necesiten saben, y
necesitaré tu ayuda para dejarles ver la historia completa, incluso si me incrimina
más de lo que me gustaría. —Apartó la mirada—. Probablemente lo hará, pero estoy
dispuesto a hacer lo que sea necesario para redimirme y estar contigo de nuevo. Si
todavía quieres estar conmigo después de todo ese tiempo. —Luego, más
rápidamente—: Entendería si no quisieras. Puede que sea un largo tiempo.

—Oh —susurró ella, insegura de qué más decir.

—No van a ir a prisión por asesinato, Naomi. Su sentencia y la mía no será de por
vida. Si no sientes que te hicieron daño verdaderamente, entonces dilo. No voy a
decirte que intentes hacerles daño. Necesitas hacer lo que es mejor para tu corazón,
para tu conciencia.

Ella sacudió la cabeza, casi ahogándose por la confusión. Él presionó un dedo contra
sus labios e hizo un sonido de silencio.

—No tienes que decidir ahora mismo, ¿está bien?

Envolviéndola en sus brazos, la bajó a la arena y la besó.

236
Página
XXXIV
M
indy mantenía la taza de naranjas bien llena. Naomi se comía una casi
cada mañana, pero solo porque su padre se levantaba más temprano que
ella y le pelaba una. Nadie sabía sobre la visita de Jesse. Estaba
conteniendo el aliento, esperando escuchar de él en las noticias. Cinco largos días
después… nada. ¿Qué le estaba tomando tanto tiempo?

Apoyó la barbilla en su mano y pasó una uña por la tostada en su plato. Su mente
estaba llena de pensamientos sobre azúcar y canela, pero no podía pedirle a su padre
tal cosa. Le recordaba demasiado a Eric. Él se dio vuelta desde la cocina y le sonrió.

—¿Qué es eso junto a tu plato? —preguntó él.

Tragando, se acomodó en la barra y miró la carta.

—Es de Harvard. La abrí esta mañana.

—¿Oh?

Él caminó hacia el mostrador, una espátula en mano, un huevo sin partir en la otra.
A él realmente le gustaban los huevos. A pesar de que Mindy iba los días de semana,
él había estado cocinándoles cada mañana la última semana, como Eric. Eran igual de
buenos, aunque no tan esponjosos y delicadamente salteados. Eric los había dejado
en su punto perfecto.

Él estaba desapareciendo lentamente de su corazón. Pensar en él y Evelyn y Steve ya


no la hacía llorar, pero los extrañaba a todos más a menudo de lo que quería admitir.
Sabía que los vería de nuevo, ya fuera en la corte o en alguna otra parte en un tiempo
y espacio distintos a ahora.

Se quedó mirando el sobre, sabiendo que no había forma de salir de esta. ¿Por qué lo
había bajado?
237

—Volvieron a escribirme para decirme que todavía soy aceptada y que tengo una
beca. No sé por qué.
Página
—¿No sabes por qué has sido aceptada y tienes una beca, o por qué volvieron a
escribirte?

—Ambas.

Aclarándose la garganta, él se inclinó a través del mostrador y la miró a los ojos.

—Te escribieron de nuevo por una llamada de tu madre, y te han dado una beca
porque eres lista y tienes un excelente potencial, por supuesto. —Se dio la vuelta y
agarró una sartén de la cocina—. Aquí están tus huevos. —Deslizó una pequeña pila
en su plato—. ¿Has decidido, entonces?

Su corazón latió más rápido.

—No tengo idea, papá.

Estaba medio esperando que le rogara que fuera. Eso era lo que haría su madre tan
pronto como viera la carta.

Sin tocar sus huevos, ella se deslizó del banco.

—No tengo hambre. Lo siento.

El rostro de él se desplomó. Siguió su mirada hacia las puertas y levantó una ceja.

—¿Otra caminata por la playa? Eso es todo lo que has hecho por los últimos cinco
días. ¿Por qué no esperas a tu madre?

—No. —Ella se quedó mirando al océano y contuvo la respiración. Tal vez él estaría
ahí afuera hoy. Todavía no se había entregado.

—Tengo que ir a la oficina. —Su padre suspiró, mirando su reloj—. Intenta comer
algo antes de tu caminata, ¿de acuerdo? No vayas muy lejos.

Ella frunció el ceño.

—Lamento que me hicieras el desayuno. Lamento no estar muy feliz ahora mismo.

—Está bien. —Se quitó su delantal y rodeó el mostrador para darle un beso en la
mejilla—. Sin importar qué decisiones tomes, Naomi, tu mamá y yo estamos aquí
para ti. Te amamos.
238

—Lo sé.
Página
El cielo estaba intensamente despejado y azul. Cerrando las puertas del comedor
detrás de sí, se dirigió por los caminos alineados con césped, la cámara alrededor de
su cuello. Tenía que encontrar algunos pozos de marea, algo para apartar su mente de
las cosas. Sus pasos se hicieron más rápidos y determinados.

No había pozos de marea cerca de la casa. Estaban agrupadas a kilómetros por la


playa, donde las piedras escarpadas sobresalían del agua. Una vaga voz la llamó desde
atrás.

—¡Naomi!

Girándose, vio a su madre trotando desde la casa, vestida con capris y una camisa
blanca suelta. Su cabello, una vez recogido un moño suelto, estaba cayendo alrededor
de su rostro.

—¡Naomi, espera!

Se veía frenética, con el rostro enrojecido y respirando pesadamente mientras


finalmente alcanzaba a Naomi, quien estaba observándola con cejas enarcadas.
Deteniéndose, se apartó el cabello del rostro y dejó salir un pesado suspiro.

—Gracias por esperar. Estabas caminando tan rápido que no creí que me escucharías.
—Relajó su rostro y enderezó sus hombros—. ¿Te importa si camino contigo?

Bajando las cejas, Naomi echó un vistazo a la naranja en la mano de su madre.


Sacudió la cabeza.

—Solo iba a tomar algunas fotos. ¿Estás segura?

—Me encantaría ver lo que haces.

Con un encogimiento de hombros, se dio la vuelta.

—Está bien.

Se dirigieron a la playa, en silencio hasta que Karen se aclaró la garganta.

—Vi tu carta en el mostrador.

—Oh.
239

—¿Todavía eres aceptada?


Página

El aire se sentía frío.


—Um, sí. —Dejó de caminar—. ¿Qué debería hacer, mamá?

—Lo que desees.

Naomi estudió su rostro. Ella era hermosa bajo el cielo azul. Su cabello resplandecía
y sus ojos brillaban. Naomi nunca los había visto tan brillantes antes. Había
confianza entre ellas ahora, pero todavía era frágil.

—¿No quieres que vaya?

Apartando más cabello de su frente, Karen sonrió.

—Creo que es una gran oportunidad. No todos son aceptados en una universidad
como esa.

Se quedó mirando la arena y deslizó sus dedos por el cuerpo de la cámara. Su


elección. Su vida. Sonaba tan simple, pero había muchos y si. ¿Y si odiaba la
universidad? ¿Y si tenía demasiado miedo de vivir por su cuenta? ¿Y si…?

—Vine para decirte que vi algo en las noticias esta mañana.

Su corazón casi se detuvo.

—¿En serio?

—Jesse se entregó.

—Yo-yo…

Los ojos de Karen se ampliaron.

—Lo sabías, ¿no es así?

—Lo vi el sábado.

Unos cuantos tartamudeos y luego Karen pareció comprender algo.

—Entonces, ¿lo convenciste de hacerlo?

—¡No! Él ya había tomado la decisión. Te lo dije antes… es un buen hombre.

—Relativamente hablando.
240

—No, mamá. Lo es.

Silencio. Ambas miraron la naranja en las manos de Karen y luego retornaron su


Página

camino por la playa de nuevo, caminando en silencio por varios minutos hasta que
Naomi tomó un profundo aliento, su corazón latiendo al mismo tiempo que sus
pasos.

—Mamá, lo amo.

Más silencio, hasta que su madre se detuvo una vez más. Miró a Naomi a los ojos y
tomó una respiración confiada.

—Sé que lo amas, cariño. Está bien. —Extendió la naranja—. No sé por qué traje esto
aquí afuera. Probablemente ya te has comido una hoy.

—No, papá no me peló una esta mañana. —Contuvo la respiración—. Yo lo haré.

La tomó en sus propias manos, y continuaron. Sus pies se sintieron ligeros de


repente. Mirando al frente, vio el lugar en donde ella y Jesse habían hablado cinco
días atrás. Lo vería de nuevo, eso era certero. Por ahora, levantó la mirada y se
concentró en el cielo despejado más adelante.

241
Página
Pieces

D
os años después de ver a sus secuestradores ir a prisión, Naomi Jensen
todavía está enamorada de uno de ellos. Jesse será liberado en unos cuantos
años, y Naomi sabe que la universidad es la distracción perfecta mientras
espera. Pero cuando su nuevo amigo Finn la hace cuestionarse qué está bien y qué
está mal, empieza a preguntarse si Jesse es el adecuado para ella… hasta que descubre
que está en libertad condicional. Naomi debe sortear entre su confusión para
descubrir dónde yacen realmente el amor y la libertad: Finn, quien no tiene
conexión con su pasado, o Jesse, quien acaba de pedirle que huya con él.

The Breakaway #2 242


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