0% encontró este documento útil (0 votos)
49 vistas48 páginas

Genogramas en Evaluación Familiar

El documento describe los genogramas como representaciones gráficas de las relaciones familiares que permiten explorar la estructura y dinámica familiar. Los genogramas muestran información sobre tres generaciones y ayudan a identificar patrones familiares que pueden estar relacionados con problemas clínicos. También proveen una perspectiva histórica para entender cómo los eventos y relaciones afectan la salud de los miembros de la familia a través del tiempo.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
49 vistas48 páginas

Genogramas en Evaluación Familiar

El documento describe los genogramas como representaciones gráficas de las relaciones familiares que permiten explorar la estructura y dinámica familiar. Los genogramas muestran información sobre tres generaciones y ayudan a identificar patrones familiares que pueden estar relacionados con problemas clínicos. También proveen una perspectiva histórica para entender cómo los eventos y relaciones afectan la salud de los miembros de la familia a través del tiempo.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Cap 1 GENOGRAMAS EN LA EVALUACIÓN FAMILIAR -Mc Goldrick y

Gerson 
¿Por qué los genogramas?
El genograma es un formato para dibujar un árbol familiar que registra
información sobre los miembros de una familia y sus relaciones durante por lo
menos tres generaciones. Estos presentan la información de forma gráfica por
lo cual proporcionan un rápido Gestalt de complejas normas familiares y una
rica fuente de hipótesis sobre cómo un problema clínico puede estar
relacionado con el contexto familiar y sobre la evolución del problema y del
contexto a través del tiempo. 

Los genogramas son representaciones tangibles y gráficas de una familia.


Permiten explorar la estructura familiar claramente y adquirir en forma rápida
información sobre una familia para tener una visión de problemas potenciales. 

El genograma posibilita pensar de manera sistemática como los sucesos y las


relaciones en la vida de los pacientes están relacionados con normas de salud
y enfermedad. Al estudiar el sistema familiar desde el punto de vista histórico y
evaluar previa transición de ciclos vitales se puede situar las cuestiones
actuales en el contexto de las normas evolutivas de la familia. 

UNA PERSPECTIVA DE SISTEMAS FAMILIARES


Sistema: Grupo de personas que interactúan como un todo funcional. Ni las
personas ni sus problemas existen en un vacío, ambos están íntimamente
ligados a sistemas recíprocos más amplios de los cuales el principal es la
familia. 

La familia es el sistema primario y más poderoso al que pertenece una


persona. El funcionamiento físico, social y emocional de los miembros de una
familia es independiente con cambios en una parte del sistema que repercuten
en otras partes del mismo. Las interacciones y las relaciones familiares tienden
a ser altamente recíprocas, pautadas y reiterativas. Estas pautas redundantes
permiten realizar predicciones tentativas a partir de los genogramas. 

El lugar que ocupe puede influir en su funcionamiento, pautas de relación y tipo


de familia que se forme en la próxima generación. Las familias se repiten a sí
mismas, lo que sucede en una generación a menudo se repite en la siguiente.
Hay una transmisión multigeneracional de pautas familiares. 

El “flujo de ansiedad” se da en dos dimensiones:


 -Vertical que deriva de pautas de relación y funcionamiento que se transmiten
de generación en generación 
-Horizontal que surge de tensiones actuales que pesan sobre la familia que en
el devenir del tiempo soporta los cambios inevitables, desgracias y transiciones
en el ciclo vital familiar. 

Los síntomas tienden a agruparse en torno a transiciones del ciclo vital, cuando
los miembros de la familia enfrentan la tarea de reorganizar sus relaciones
entre sí para pasar a la fase siguiente. La familia sintomática queda detenida
en el tiempo sin poder resolver su crisis organizándose y siguiendo adelante. 
Los miembros de una familia en un sistema cerrado, de fusión, reaccionan en
forma automática casi indiferentes a los sucesos fuera del sistema que
requieren una adaptación. Esta fusión puede incluir relaciones positivas o
negativas, pero en cualquier caso existe un lazo sobre dependiente que une a
la familia. 

Los miembros del sistema, al formar un todo funcional, poseen conductas que
son complementarias o recíprocas. Una falla en una parte de la familia puede
complementarse con un exceso en otra parte de la misma.
Cap. 2 Construcción de los genogramas 
CREACIÓN DEL GENOGRAMA 
Crear un genograma supone tres niveles:
1) Trazado de la estructura familiar 
La columna vertebral de un genograma es una descripción gráfica de cómo
diferentes miembros de la familia están biológica y legalmente ligados entre sí
de una generación a otra. Este trazado es la construcción de figuras que
representan personas y líneas que describen sus relaciones. Cada miembro se
representa por un cuadrado o círculo según su género, la persona índice (o
paciente) tiene línea doble. En un fallecido se coloca una X dentro de la figura.
La fecha de nacimiento y fallecimiento se indica a la izquierda y a la derecha
encima de la figura. La edad de la persona al morir se indica por lo general
dentro de la figura. 

Las figuras están conectadas por líneas que indican sus relaciones. Dos
personas casadas se conectan por líneas horizontales y verticales, con el
marido a la izquierda y la mujer a la derecha. La “M” seguida de una fecha
indica la fecha del matrimonio (a veces se muestran los últimos dos dígitos). En
la línea de casamiento se indican también separaciones o divorcios. La barra
inclinada significa interrupción en el matrimonio: una barra separación y dos
barras divorcio. Si una pareja tiene una relación o viven juntos pero no están
legalmente casados su relación se ilustra cómo las parejas casadas pero con
línea de puntos. La fecha importante es cuando se conocieron o comenzaron a
vivir juntos.
Los matrimonios múltiples agregan complejidad que es difícil de representar, la
regla es que: cuando sea factible los matrimonios se indican de izquierda a
derecha, con el más reciente al final. Por ejemplo: un hombre que tuvo tres
esposas:

Embarazos, abortos y partos de un feto muerto se indican por símbolos.

Orden de nacimiento: Si una pareja tiene hijos, la figura de cada hijo depende
de la línea que conecta la pareja. Los hijos se sitúan de izquierda a derecha
desde el mayor al más joven. 

Se utiliza una línea de puntos para conectar un niño adoptado, líneas


convergentes para mellizos y se agrega una barra a dichas líneas
convergentes si estos mellizos son idénticos. 
Las líneas de puntos se utilizan para encerrar a los miembros de la familia que
viven en el hogar inmediato.

Para remarcar la importancia central, la figura puede estar un poco más baja de
la línea de hermanos. Los cónyuges de los hermanos por lo general se sitúan
un tanto más abajo que los hermanos mismos. La fecha en el extremo inferior
derecho corresponde al año en que se toma el genograma. Resulta útil colocar
la edad de cada persona dentro de la figura. Si la persona está muerta se
utiliza la fecha de su fallecimiento.

 2) Registro de la información familiar 


Podemos agregar información sobre la familia, en particular: 
A) Información demográfica: edades, fechas de nacimientos y muertes,
situaciones, ocupaciones y nivel educacional. 
B) Información sobre el funcionamiento: datos sobre el funcionamiento médico,
emocional y de comportamiento de distintos miembros de la familia. Signos
objetivos como ausentismo en el trabajo o pautas de alcoholismo. También
signos de funcionamiento de mucho éxito. La información se sitúa junto a su
símbolo en el genograma.
 C) Sucesos familiares críticos: transiciones importantes, cambios de
relaciones, migraciones, fracasos y éxitos. Se registran en el margen del
genograma o, si fuera necesario, en una hoja separada. Se mantiene una
cronología familiar, un listado en orden de aparición de los hechos importantes.
Cuando los miembros no están seguros sobre las fechas, se deben dar fechas
aproximadas precedidas por un signo de interrogación, por ejemplo: ?84. 

3) Demostración de las relaciones familiares


La información adicional sobre la familia que no encaja en el genograma debe
estar adjunta al mismo y señalada por un asterisco. Si varios miembros dan
fechas distintas para una muerte o descripciones conflictivas en las relaciones
familiares se toma nota de las discrepancias. Cuando no hay información por
ejemplo de algún miembro de la familia se deja el espacio. 

Cap 5 Diálogos abiertos y anticipaciones terapéuticas: Seikkula y Tom E. 

 En diálogo con el otro.


En los diálogos abiertos cada encuentro crea su propia estructura, basada en el
contexto y en las circunstancias. En los diálogos anticipatorios la estructura del
encuentro sigue una secuencia previamente diseñada. En los diálogos abiertos
cada persona puede participar en calidad de «interna» al proceso de
tratamiento. En los diálogos anticipatorios se emplean facilitadores externos.

Incluir a los clientes y a los profesionales conectados con ellos  


Es muy importante que las personas que participan en los encuentros estén
conectadas con el caso real, ya sea como parte de la vida cotidiana del cliente
o por medio de sus tareas profesionales.

Quienes tienen una conexión personal con los asuntos en cuestión y contactos
personales con alguna de las personas implicadas disponen de un
conocimiento único y valiosísimo. Esto se aplica también a las relaciones
individuales, de una persona con otra. Los participantes en las relaciones
tienen un conocimiento interno, desde dentro de las relaciones, cada uno
desde su propio punto de vista. También sienten, como personas completas y
corporizadas, cómo son las relaciones, cada uno a su propia manera. 

Tanto los diálogos abiertos como los diálogos anticipatorios se basan en las
ideas de la multiplicidad de lenguajes, el principio de heteroglosia, y de los
lenguajes sociales. Son justamente aquellas personas conectadas con el
asunto real, y las de su entorno, las que participan en las conversaciones
reales. Cada integrante del equipo específico del caso tiene un contacto
personal con los clientes y de esta manera crea un lenguaje social para esta
situación. 

Los diálogos anticipatorios se organizan en situaciones en las que ya se han


realizado intentos para ayudar desde hace cierto tiempo. En los diálogos
abiertos, especialmente si se trata de una primera crisis, es posible que los
presentes se reúnan por primera vez. Los diálogos anticipatorios están
diseñados como intervenciones únicas, con un seguimiento posterior limitado,
mientras que los diálogos abiertos suelen incluir varias sesiones sucesivas.

Reconocer al Otro
No se trata solo de reconocer que la otra persona existe por sí misma e
independiente de mí, sino también, y sobre todo, que la otra persona siempre
es un extraño, incluso la gente más cercana. 

Cada persona es un ser humano completo y corporalizado que vive


determinada situación; no solo la ve, sino que también siente las relaciones y
toma parte en los diálogos internos y externos. Todo ser humano es más de lo
que uno puede captar, lo que además de hacer necesarios los diálogos, los
permite. No se rechaza el punto de vista de nadie, y es esto lo que genera
diálogo. Los terapeutas o los facilitadores aceptan íntegramente los temas y la
manera de hablar que plantean los clientes. Al hacerlo, se crea una nueva
experiencia para los participantes, en presencia, además, de las personas
relevantes más cercanas de su red social. 

Cuando se enseñan habilidades y conocimientos hay respuestas correctas e


incorrectas, pero para ayudar a alumnos y a estudiantes a adquirir la herencia
cultural que se les ofrece, necesitan sentirse seguros para experimentar
mentalmente (y también de otras maneras), y para construir habilidades y
conocimiento como algo propio, y no simplemente adherido con cola sobre una
base inestable.

Aceptar incondicionalmente al Otro


Aceptar al Otro incondicionalmente no presupone aceptar los puntos de vista y
los hechos del Otro como tales, ni el propósito es la integración, la
convergencia, o el compromiso entre los puntos de vista.

«Lo que el otro legítimamente niega en sí mismo, yo legítimamente lo afirmo y


lo preservo en él» (ibídem). Refiriéndose a la contradicción «axiológica» que
hay entre yo y el otro, dice que incluso si yo quisiera reconocer el asunto que el
otro está negando en sí mismo, tengo que aceptar que «esta contradicción
axiológica no puede ser aniquilada».
El dialogismo significa aceptar la voz del Otro, pero no necesariamente sus
actos. Esto podría tener sentido pero es superficial y difícil de aceptar.

Hay muchos caminos hacia el espacio dialógico


Hablar de uno mismo, más que del otro, mostrando interés, en lugar de
proponerse uno mismo como referencia o modelo, puede abrir el espacio para
el interés mutuo. También, recordamos, sin embargo, que si el amigo intuía que
estas reflexiones, «en reflejo de», son una «táctica», una forma disfrazada de
persuadir a un amigo para que salga de su zona de confort, se daría cuenta de
inmediato de tus intenciones por el tono de tu voz, tus expresiones faciales, tus
gestos… y las puertas volverían a cerrarse.

Como señala Bajtín, el simple hecho de ser escuchado ya supone una relación
dialógica. En nuestra experiencia, tanto en la vida profesional como en las
relaciones cotidianas, el hecho de ser escuchado produce un cambio. 

En una fase posterior de la terapia, el terapeuta puede empezar a cuestionar la


opinión del paciente en lo que se refiere al origen de la alucinación auditiva que
él escucha. Sin embargo, se hace de una manera en que se reconoce el
derecho del paciente a defender sus propias explicaciones. El terapeuta puede
decir de una forma tranquilizadora: «Has descrito la voz que te dice que robes
cosas en la tienda. También has explicado que esa voz es la de alguien que ha
programado un plan que tú tienes que seguir, alguien que ha tomado el control
de ti mismo. Tal vez sea así, podemos aceptarlo. Pero, si pensáramos, aunque
solo sea para probar otro tipo de explicaciones, que la voz que escuchas no
viene de fuera de ti, ¿qué tipo de explicación le darías entonces a la voz?». 

También parece importante que los profesionales toleren la incertidumbre y que


no se apresuren a aplicar los medios de control probados y comprobados que
los manuales profesionales de orientación estratégica proponen.

Aceptar la alteridad del Otro no presupone estar de acuerdo con él. Si nos
limitamos a seguir al Otro y dudamos de que nos diferenciamos de él, se
estrecha el espacio dialógico de la misma forma que lo hace si al Otro le
exigimos obediencia a un punto de vista contrario. Un auténtico interés
reflexivo, que refleja, en los pensamientos y emociones propios puede abrir
espacio dialógico, mientras que aplicar medios estratégicos de control bloquea
las oportunidades para que emerja ese interés reflexivo genuino. Respetar la
alteridad del Otro, independientemente del acuerdo o desacuerdo, crea espacio
para la seguridad mutua, y escuchar y ser escuchado respetuosamente es ya
una relación dialógica que promueve el cambio.

El compromiso sincero es comunicativo


Si el profesional se encuentra desinteresado o indiferente, los esfuerzos para
mostrar una apariencia de preocupación e interés resuenan, se ven y se
sienten como algo artificioso, un disfraz. Y si el profesional indiferente trata de
mostrar la apariencia de escuchar de una manera que facilite al Otro la
experiencia empoderadora de ser escuchado, el intento difícilmente transmite
la chispa de una relación dialógica auténtica. No hay un «método dialógico»
que nos permita un atajo.
Si yo llego a entender que incluso en mi vida las personas más cercanas a mí
no pueden pensar ni sentir como yo, y que nunca lo harán, por mucho que yo lo
desee y lo intente en momentos críticos podré apreciar y maravillarme con su
alteridad. Aunque aprenda a conocerlas mejor, ellas cambian, y yo también lo
hago. La necesidad y la posibilidad de diálogo nunca desaparecen. 

El lenguaje compartido se crea aquí y ahora


Aceptar al Otro como es, aquí y ahora, en el momento presente, no significa
aceptar sus hechos o su visión del pasado, pero solo existe el presente como
momento disponible para el encuentro, y es exactamente ahí donde el espacio
dialógico se abrirá, o no. Llegamos a él tal como somos, de la misma manera
que lo hace el Otro, y ambos hacemos frente a la posibilidad de un cambio
recíproco. 

Aparentemente, el diálogo es un intercambio de enunciados entre


interlocutores mediante, por ejemplo, preguntas y respuestas. Pero la esencia
del dialogismo estriba en que ya no es un solo sujeto el que piensa; el sujeto
pensante son todos los participantes en el diálogo. En este sentido, el
dialogismo se opone al monologismo, en el que el centro que guía la conducta
se ubica en el interior de un individuo.

En el dialogismo, el hablante se relaciona con el campo social que lo rodea, de


manera que ha de adaptarse continuamente a los enunciados del resto de
personas presentes y al contexto social, y geográfico, dejando, al formular un
enunciado, espacio para palabras en respuesta al mismo.
En una relación dialógica la palabra pasa a ser compartida entre el hablante y
el interlocutor. La palabra pertenece a ambos, tanto al hablante como al
interlocutor.

Cada encuentro entre personas ofrece una nueva posibilidad para abrir espacio
dialógico en ese momento y lugar precisos, con una condición; el Otro debe de
ser aceptado, allí y entonces, incondicionalmente, tal y como es, incluso
aunque no se acepten sus acciones o puntos de vista del pasado.

CAP 6. LA VIDA ES MÚSICA DIALÓGICA. INTERSUBJETIVIDAD


Preferimos no identificar el dialogismo con un método o un conjunto de
métodos. Hay enfoques más útiles que otros para generar diálogos, pero el
dialogismo como perspectiva relacional, una manera de estar entre personas,
no es reductible a métodos o técnicas. El diálogo es la manera principal en la
que los seres humanos se conectan unos con otros.
 Y mediante esta conexión, en nuestra condición de personas, nosotros nos
construimos como seres humanos. Estar en relación adaptativa con otros no es
algo que aprendamos como una faceta de nuestra estructura psicológica, sino
una forma de vida que se aprende justo después de nacer: primero
aprendemos a respirar, inspirando y espirando, y de inmediato nos convertimos
en participantes activos en relaciones dialógicas en las que respondemos a lo
que expresan quienes nos rodean. Además, no somos receptores pasivos, sino
que inducimos activamente las respuestas de otros mediante nuestras
expresiones. 

Hay un elemento fundamental del dialogismo: ser escuchado y respondido,


presente en todos los enfoques relacionales exitosos. Y a la inversa, son esos
elementos los que faltan en los enfoques relacionales que no tienen éxito.

El momento presente en los diálogos polifónicos corporalizados


El diálogo es una de las primeras cosas que aprendemos en nuestra vida o,
para ser precisos, no es necesario aprenderlo, porque disponemos de la
capacidad innata de facilitar respuestas dialógicas y poner en marcha las
respuestas de los demás. Este factor que gobierna la vida es muy sencillo y,
paradójicamente, es esta misma simplicidad la que constituye el mayor
obstáculo para los que se preocupan por el método. Resulta difícil creer que el
elemento empoderador de cualquier práctica relacional sea simplemente ser
escuchado y respondido. Cuando se da y se recibe la respuesta, la tarea del
que ayuda ya se ha cumplido.

¿Se escucha y se responde a las personas apoyándolas como agentes activos,


fortaleciendo sus recursos psicosociales y los de sus redes privadas? No
queremos subestimar las necesidades materiales de las personas y los bienes
y servicios tangibles que los profesionales pueden ofrecer; lo que queremos
defender es que si en la tarea en cuestión hay algún elemento relacional o
psicosocial. 

El núcleo más sencillo, y para algunos el más difícil, en las prácticas


relacionales es la adaptabilidad, salvaguardar que las personas sean
escuchadas y respondidas. Por muy sencillo que esto sea, requiere que el
terapeuta, el profesor, la trabajadora social o cualquier profesional relacional,
esté presente en el momento exacto, y no solo «como profesional», sino
también como el ser humano que es. 
Esto significa vivir «participando del ser en un momento que se produce una
sola vez». Estar presente en el momento que se produce una sola vez puede
parecer evidente o tautológico en el sentido de que, por supuesto, solo se
dispone del momento presente y que todo ocurre una sola vez. Por una parte,
las oportunidades para una relación dialógica están al alcance de la mano en
ese momento, allí y entonces, y uno no puede permitirse el lujo de desperdiciar
ningún momento que aporte nuevas posibilidades.

Nunca se tiene la posibilidad de volver a los mismos significados que surgieron


en el encuentro anterior. En ese sentido, cada encuentro es el primero, con
significados nuevos que nunca antes se habían producido, aunque ya nos
hayamos encontrado con las mismas personas más de diez veces. Cada
conversación crea un nuevo lenguaje.

Varios lenguajes simultáneos crean un nuevo lenguaje contextual 


Una conversación en un contexto social diferente genera nuevos significados
incluso entre los mismos participantes. Cada conversación crea su propio
lenguaje social, no un sistema de codificación fijo, sino algo que se hace
realidad de forma diferente comparado con las conversaciones anteriores. Las
diferencias culturales son esenciales. El lenguaje femenino es diferente del
lenguaje masculino, aunque el lenguaje de cada mujer sea diferente, por
ejemplo. 

Cada conversación crea su propio lenguaje, que no existía la semana pasada


cuando se reunió el mismo grupo, y que no existirá en el próximo encuentro la
semana que viene con las mismas personas. Todo esto con independencia de
que se trate o no los mismos temas. Mientras tanto, las personas habrán
mantenido otras conversaciones, o sus propios diálogos internos, y cuando
vuelvan a encontrarse sus puntos de vista habrán cambiado de una manera u
otra.

La realidad polifónica y el «self» polifónico


En cada situación social se halla presente una variedad de voces diversas. En
las incidencias específicas de situaciones tales como los encuentros entre
personas, los mensajes de los hablantes no están preparados y listos en sus
mentes para ser enviados luego a los receptores. El mensaje se construirá en
el área entre los interlocutores. 

Vivimos en una multiplicidad de voces que se activarán y resonarán a la vez


dependiendo de qué, dónde, cómo y con quién estemos hablando. La realidad
social es siempre polifónica.

El significado social y la identidad social de cada persona se crean en la


conversación presente y no es posible pensar que seguirán siendo los mismos
al pasar de una situación social a otra.

Si nos centramos en los individuos en los encuentros polifónicos, no vemos


mentes separadas, sino mentes poniéndose en marcha y respondiendo unas a
otras continuamente. Las voces son la personalidad que habla, la conciencia
que habla (Bajtín, 1984; Wertsch, 1991). 
La personalidad no es una estructura psicológica dentro de nosotros, sino
acciones que suceden al hablar. Esto, según Stiles (2004), es la forma en que
se genera la conciencia humana. Todas nuestras experiencias dejan una señal
en nuestro cuerpo, pero solo una mínima parte de ellas se formula en
narrativas habladas.
 Al formularlas en palabras se convierten en voces de nuestras vidas. Cuando
las experiencias se formulan en palabras ya no son inconscientes (Bajtín,
1984). Stiles (2004) sostiene que es más exacto hablar de un «no consciente»
en lugar de un inconsciente en el que esas experiencias y emociones con las
que no podemos lidiar son reprimidas.

Cuando nos orientamos hacia el otro y anticipamos respuestas, el otro está en


cierto modo «dentro» de uno. 

Una mirada más cercana a las zonas entre las personas


Un hablante que expresa sus palabras puede creer que es el «autor» de las
mismas, pero no es así. Todo lo dicho, incluso el enunciado inicial, es una
respuesta a lo que ha sucedido antes. En una conversación nunca hay un
primer orador.

La palabra pertenece tanto al hablante como al interlocutor. El foco se centra


en la frontera, en el espacio entre las personas, en la que se encuentran entre
sí. Como señala Voloshinov más adelante «la palabra se encuentra en la zona
fronteriza entre el emisor y su destinatario, aunque en parte le siga
perteneciendo a aquel».

El hablante posee parte de la palabra, pero la mitad pertenece al destinatario y,


por lo tanto, siempre se crea conjuntamente en la conversación específica. El
hablante ha de tener en cuenta al oyente u oyentes en su totalidad. Mientras
habla, ha de leer su lenguaje corporal, actitud, ojos húmedos… y prestar
atención tanto al contenido como al tono de las respuestas; tiene que tener en
cuenta factores como la presencia de otras personas, el sonido ambiente u otro
tipo de circunstancias. 

El diálogo compartido lo construyen un sinnúmero de factores emocionales


corporizados. El hablante es el sujeto o el autor de su discurso solo en un
sentido físico: es quien articula las palabras desde sus cuerdas vocales. Pero
es el contexto social el que determina la estructura situacional del discurso,
aunque ya con una orientación interna. 

Los individuos que participan activamente en la conversación se convierten en


parte de la estructura interna de cada uno más fácilmente que si permanecen
sentados como espectadores pasivos en la sala.

Diálogos horizontales y verticales


El nivel horizontal de la polifonía incluye a todos los presentes como seres
humanos corporalizados en la conversación. Se genera una especie de
comunidad conversadora. Cada cual dispone de su propia voz, y si se quiere
movilizar los recursos psicosociales de cada persona presente todos deberían
tener el derecho a enunciarlos a su manera.

La polifonía vertical incluye todas las voces de un participante en el diálogo


horizontal. Si alguien habla de los recuerdos que tiene de su padre, todas las
voces y experiencias relacionadas con el padre de todos y de cada uno se
convierten en voces en diálogo para todos los participantes, se expresen o no
en voz alta. Todas las relaciones son, en cierta forma, voces nuestras que se
convierten en participantes activas al hablar de temas que se refieren a esas
relaciones o experiencias.

Reivindicaciones de la verdad y tolerancia a la incertidumbre  


En la realidad polifónica no se pueden seleccionar las voces que son correctas
y las que no lo son; todas ellas contribuyen a una nueva comprensión en la que
todas las voces desempeñan un papel importante. Todas son igualmente
valiosas.
En un diálogo polifónico, la jerarquía profesional se vuelve secundaria; la
comprensión de la situación problemática es más rica cuantas más sean las
voces que participan en la construcción de nuevos significados.
Tom Andersen denominó las tres realidades diferentes de la práctica en las
profesiones relacionadas con el bienestar y el cuidado de la salud, cada una
de las cuales genera un tipo específico de lenguaje: 

1. En la realidad tipo «lo uno o lo otro» manejamos asuntos que son visibles
pero que están muertos, en el sentido de que están definidos exactamente y
las definiciones siempre son las mismas independientemente del contexto. Esta
realidad es un elemento esencial de las prácticas y tareas en las que es
necesario definir con precisión determinadas categorías para la toma de
decisiones.

2. En la realidad tipo «lo uno y lo otro» abordamos cuestiones para las que son
posibles muchas descripciones simultáneas. Estas cuestiones están vivas y
son visibles. Por ejemplo, en las sesiones de terapia familiar los terapeutas
familiares dejan espacio para que se escuchen diferentes voces, sin dar por
bueno un punto de vista y otro por malo. Por ejemplo, cuando se hace un
diagnóstico de esquizofrenia, en el proceso de diagnóstico la voz del médico
tiende a ser más poderosa, pero en la reunión familiar, con la familia y otros
profesionales, la prioridad es escuchar todas las voces acerca de cómo los
miembros de la familia viven el diagnóstico.

3. En la tercera, la realidad tipo «ni lo uno ni lo otro», las cosas son invisibles,
pero están vivas. Nos damos cuenta de que algo está sucediendo, pero no
tenemos una descripción lingüística precisa para ello. Podemos decir que no es
esto ni aquello, pero sabemos que algo está sucediendo. Andersen citaba el
apretón de manos como ejemplo. Es algo que sucede en nuestra participación
corporalizada en la sesión pero que no se comenta con palabras, sino que
permanece como nuestra experiencia corporalizada.

Stern propone pasar del conocimiento explícito al conocimiento implícito que


acontece en el momento presente como experiencia corporalizada y
principalmente sin palabras. Es decir, darnos cuenta de lo que está ocurriendo
en nosotros antes de ponerlo en palabras. Vivimos en un momento presente
medido en unos pocos segundos. Se trata de los aspectos micro del diálogo en
la respuesta y en la adaptatividad del terapeuta a la persona, antes de que
nada se ponga en palabras o se describa mediante el lenguaje; es decir, estar
abierto al otro.

Intencionalidad y reciprocidad
Martin Buber enfatiza que solo las «relaciones yo-tú», donde el otro es
reconocido como otro yo, pueden formar la base de las relaciones dialógicas.
Una «relación yo-ello» intencional o instrumental cosifica al otro. Según Buber,
las relaciones yo-tú auténticas son un ideal, posibilidades repentinas y fugaces.
Las relaciones yo-ello son comunes, no son malas y son algo con lo que
tenemos que convivir en nuestras posiciones profesionales e institucionales. 

Los terapeutas ya no intervienen mediante un mapa previamente planificado en


las historias que cuentan los pacientes. En su lugar, ponen el foco en cómo
responder a los enunciados de los clientes, ya que sus respuestas son las que
generan la movilización de los recursos psicológicos del paciente porque, «para
la palabra no hay nada más terrible que la ausencia de respuesta». 

La respuesta pertenece a los atributos básicos del lenguaje. Un enunciado


monológico espera una respuesta que lo apruebe o lo rechace y tras la
respuesta se cierra el círculo, porque solo una definición puede ser la correcta.
En los diálogos monológicos, los hablantes se ven obligados a defender lo que
están diciendo y, por lo tanto, a adoptar una posición defensiva. 

En las «relaciones yo-ello», en las que el otro no se ve como otro yo, sino como
un objeto o un medio para alcanzar metas, el mundo está organizado,
controlado y conceptualmente delimitado por el yo, está representado dentro de
él.

Para Buber, hay tres prerrequisitos para la educación dialógica:


a. Escuchar; sensibilidad a todo el ser del niño, no solo a sus capacidades
intelectuales. 
b. Ser conscientes de las necesidades específicas de la persona en
crecimiento.
c. Aceptar y respetar incondicionalmente la singularidad de la vida de cada
niño.

El conocido concepto de Lev Vygotski «Zona de desarrollo próximo» ayuda a


comprender y analizar las relaciones entre el que aprende y alguien que es
más competente, el maestro: el maestro ayuda al alumno a llegar a una zona
que este aún no domina personalmente.
A través del niño, el educador dispone de la posibilidad de comprender más a
fondo los prerrequisitos generales del crecimiento humano, pero también se
enfrentará, algo aún más importante, a los límites de sus propias habilidades y
conocimientos. Gracias a las experiencias reveladas por los diálogos
educativos aprende lo que puede y lo que no puede dar.

Para Freire, el diálogo es esencial en la lucha por el empoderamiento, en el


proceso para pasar a ser sujetos en lugar de objetos.

Del conocimiento individual al intersubjetivo: hacia la base del dialogismo


En el diálogo emerge una conciencia intersubjetiva. Nuestra identidad social se
construye ajustando nuestras acciones a las de los demás. En el contacto real
de unos con otros emergen personas vivas que se adaptan unas a otras, como
si participaran en una danza continua, sin controlar ni reflexionar sobre su
conducta con palabras. Además, experimentan cómo los ven los demás y se
les ofrece la posibilidad de aprender a conocerse a sí mismos. 

Según Bajtín (1990) conocerme como tal sólo es posible si me veo mediante
los ojos del otro. Solo puedo familiarizarme conmigo a través de la respuesta
que recibo de los ojos del otro. Esta respuesta de los ojos del otro es no
reflexiva, porque acontece inmediatamente, sin que medien palabras como
herramientas, en una fracción de segundo. En esta respuesta no-reflexiva del
otro puedo percibir si soy recibido o no.
Las personas no son sujetos contemplativos en soledad, recibiendo
ocasionalmente «impulsos» de los otros. Somos intersubjetivos desde el primer
momento. 

Las meticulosas observaciones de Trevarthen de madres y bebés muestran


que la experiencia inicial del diálogo humano surge en los primeros días de
vida, cuando la madre y el bebé participan en una exquisita danza de sintonía
emocional recíproca, mediante expresiones faciales, gestos con las manos y
registros vocales. Se trata de un auténtico diálogo: las acciones del niño
influyen en los estados emocionales del adulto, y el adulto, participando,
estimulando y tranquilizando, influye en los estados emocionales del niño. 

Descubrieron que, ya a la edad de cuatro meses, un bebé actúa de forma


triangular, prefiriendo prestar atención a ambos padres que solo a uno de ellos.
En su opinión, el paso decisivo se da al cambiar lo diádico por lo triangular, lo
que significa pasar de hacer tareas conjuntas con un adulto a una situación
triangular en la que tres personas, al menos, participan en una situación
recíproca. 

La cualidad corporalizada de esta experiencia básica abarca la formación del


cerebro humano, que se desarrolla en diálogo dentro del ámbito de las
relaciones ofrecidas por los seres humanos. Tomasello define a los humanos
en términos de intersubjetividad y cooperación. Argumentan que el desarrollo
del neocórtex está estrechamente asociado a las características
«hipersociales» de la mente humana, que incluye un incremento de la
cooperación, las capacidades intersubjetivas, el lenguaje y la cultura. 

La mente relacional parece funcionar en dos vertientes. En primer lugar, incluye


las relaciones en las que vivimos en el momento presente. En segundo lugar,
nuestra mente la constituyen todas las relaciones, «voces de la mente», de
nuestra vida. Estas voces internas son las implicadas principalmente en la
comunicación implícita de hemisferio derecho a hemisferio derecho, y se
manifiestan en nuestras experiencias emocionales.

La mente relacional es una entidad formada por todos los participantes. Se


activa, en primer lugar, sincronizando las acciones de los participantes, tanto
en lo que respecta al sistema nervioso central y al autónomo como al lenguaje.
En segundo lugar, se activa cuando despiertan recuerdos implícitos
corporalizados; estos reciben su significado en un momento adaptativo único
para cada participante, las situaciones y el asunto del que se trate. 

La base de las prácticas dialógicas 


Los profesionales relacionales dialógicos responden a los enunciados de los
clientes, las familias y los alumnos como personas plenamente corporalizadas,
con un interés genuino en lo que dice cada una en la sala, evitando cualquier
insinuación de que alguien haya dicho algo incorrecto.
Para un hablante, escuchar sus propias palabras repetidas respetuosamente y
respondidas amplía las posibilidades de comprender más de lo que ellos
mismos dijeron.

Las voces internas pasan a formar parte del momento presente, no tanto de las
historias que se cuentan. Las voces internas de los terapeutas pertenecientes a
sus propias experiencias personales e íntimas se convierten en una parte
poderosa de la danza conjunta del diálogo, aunque no se expresen en
palabras. 

Bajtín (1984) habla de la palabra penetrada, una palabra que ha sido penetrada
por el tono de la palabra de otro; dicha «palabra [es] capaz de entremeterse,
interfiriendo activamente y en confianza, en el diálogo interior de la otra
persona, ayudando a esta a encontrar su propia voz».

Pautas sencillas para mejorar las habilidades para estar presente en el


momento
 Priorice temas de la conversación en curso en vez de anclarse en las
narrativas del pasado. Cada persona elige a qué responde en los
encuentros. Al responder a lo que sucede aquí y ahora entre los
participantes se abren posibilidades. Por ejemplo, si a alguien le afecta
alguna palabra pronunciada mientras habla de cuestiones emocionales,
se necesita espacio para eso, en lugar de pasar rápidamente al
siguiente tema.
 Siga las historias de los clientes y tenga cuidado con los temas que
propone. El punto de partida para la práctica dialógica es recoger las
palabras. Es importante que se cumplan las obligaciones profesionales.
El reto para las habilidades dialógicas es hacerlo de manera que no se
extraiga de los diálogos la vida, sino que, más bien, se faciliten nuevos
recursos que movilizar. Las preguntas que se formulan deben de servir
para alentar experimentos mentales, ejercicios reflexivos, en lugar de
dirigir el proceso sin dejar espacio para elaborar perspectivas.
 Asegúrese de responder a los enunciados hablados. Las respuestas son
acciones integrales y corporalizadas. Es aconsejable tener presente la
posibilidad de responder durante la sesión a todos los enunciados.
 Tenga en cuenta las diferentes voces, tanto internas como horizontales.
Nuestras respuestas deben reconocer las palabras habladas, pero
también las reacciones no verbales de los participantes. Es posible
escuchar las voces horizontales de los participantes, pero las voces
interiores verticales se manifiestan en cambios emocionales en medio de
un enunciado.
 Escuche sus propias respuestas corporalizadas. Tiene que ver con lo
que se ha dicho antes. Parte de las habilidades dialógicas consisten en
aprender a conocer las propias voces que se pueden ver activadas por
las historias de los clientes.
 Tómese su tiempo para las conversaciones reflexivas con sus colegas.
Trabajar en equipo, o al menos en pareja, aumenta las posibilidades
para un diálogo polifónico. Para hacer uso de estos recursos, los
profesionales deben aprender a discutir entre ellos en presencia de los
clientes.
 Haga que sus enunciados sean dialógicos; invite a las respuestas, hable
en primera persona. Las declaraciones rotundas y «sin autor» ni
generan ni fomentan el diálogo, algo que sí hace el hablar como una
persona presente en la situación. El diálogo sólo es posible entre seres
humanos corporalizados, no con declaraciones categóricas.
 Proceda tranquilamente; los momentos de silencio son buenos para el
diálogo. 

Género y familia, poder, amor y sexualidad en la construcción de la


subjetividad. 

CAP 9. LA MEDIANA EDAD, ¿CRISIS O TRANSICIÓN? MABEL BURIN


1. Los cambios evolutivos y generacionales dependen de factores históricos-
sociales que varían de acuerdo con las épocas y los lugares. 
2. No todas las dimensiones de la personalidad y las conductas cambian en la
misma dirección y al mismo ritmo. En tanto algunos aspectos tienden a
declinar, otros pueden seguir una línea ascendente hasta edades muy
avanzadas. 
3. Las diferencias interindividuales entre los sujetos son aún más claras y
acentuadas en la edad adulta ya que la influencia de los acontecimientos
sociales es mayor. Las personas siguen caminos familiares, sociales, etc., más
diferenciados. 
Las transformaciones en la vida adulta son multidireccionales y están
multicausadas. 

Criterios que definen la vida adulta  


Un primer criterio es la edad cronológica, que conserva cambios biológicos (de
madurez biofisiológica) con cambios concomitantes en la posición social (final
de la escolarización, mayoría de edad) y la asunción de nuevos roles. Las
características del adulto dependen de aspectos económicos, históricos y
culturales de la sociedad en la cual el sujeto vive y de la singularidad subjetiva
con que cada persona internaliza estos formatos sociales de la adultez.
Quienes hacen periodizaciones de la vida adulta sugieren un primer periodo en
el que habría una adultez temprana, de los 30 a los 40 años, durante la cual se
exigiría una cierta redefinición de roles de género e identidad de género. El
segundo período, de los 40 a los 50 años es la etapa de los grandes logros
profesionales o sociales que llevan a los sujetos a sentirse autorrealizados o
fracasados, desarrollando ciertos grados de introspección que los llevan a
replantearse su identidad de género. 

A esto se denomina los “cambios de la mitad de la vida”.


Entre estos cambios se pueden señalar: 
a) La disminución hormonal que puede dificultar las relaciones sexuales; 
b) En una sociedad donde el aspecto juvenil es un valor predominante, la figura
corporal pasa ser un aspecto conflictivo de aceptación; 
c) Se toma conciencia de la temporalidad de la vida y de la muerte como una
realidad personal.
Algunos autores sostienen que después este período de la mediana edad los
roles de género tienden a flexibilizarse: los hombres tratan de dar nuevos
significados a las expectativas sociales o laborales que recaen sobre ellos, y
las mujeres buscan nuevos sentidos a los interrogantes sobre su feminidad
antes basada en los roles maternal y doméstico. 

La vejez conlleva casi siempre la pérdida de recursos, y la necesidad de


cambiar su rol con los hijos, pasando a depender de ellos en muchos casos.

 Los recursos disponibles implican fuentes de poder dentro de la familia.


Cuando ambos padres llegan a la mediana edad y los hijos dejan la casa,
parece necesario realizar una renegociación del sistema de relaciones en la
pareja. 

Neugarten destaca una dinámica de transición desde la mediana edad hacia la


vejez poniendo énfasis en los procesos de adaptación. En el “ciclo vital normal
y expectable” los adultos tienen internalizadas expectativas consensualmente
validadas sobre la secuencia de los mayores eventos de su vida acerca de
cuáles deben ser y cómo deben ocurrir. Los eventos normales y expectables no
deben en sí mismos constituir crisis; casamiento, paternidad, menopausia, etc.
serían puntos decisivos normales que producen cambios en la identidad,
marcan nuevos roles sociales y adaptaciones, pero no son hechos críticos que
puedan cuestionar el sentido de continuidad del self. 
La crisis de la mediana edad de los hombres según Jacques(1966) se
manifiesta en el trabajo creador. La elaboración de la crisis de la mediana edad
exige una reelaboración de la depresión infantil, pero con un Insight maduro de
la muerte y de los impulsos hostiles. Si bien uno de los conflictos es el destino
de los impulsos hostiles, otro de los problemas reside en resignificar el deseo
de ser reconocido por otros hombres. Esto determinaría rasgos de la
subjetividad de los hombres que requerirían un profundo trabajo de
reelaboración cuando llegan a la mediana edad. 

MENOPAUSIA
Cese de las reglas menstruales, periodo “climaterio”.
 La edad promedio de la aparición de la menopausia es alrededor de los 50
años, si sucede en torno a los 40 se llama “menopausia precoz”, más allá de
los 55 años “menopausia tardía”. La OMS caracteriza el climaterio como una
fase de transición entre la etapa reproductiva y la no reproductiva.

 Los conceptos clásicos acerca de las mujeres menopáusicas deberían ser


revisados. Los primeros sucesos de la menopausia suelen coincidir con la
mediana edad de las mujeres, con la “crisis de la mediana edad”. Este
concepto de crisis tiene una doble acepción: conlleva la idea de ruptura de un
equilibrio anterior, acompañada por la sensación subjetiva de padecimiento; y
comprende la posibilidad de ubicarse como sujeto activo, criticante,
reformulando el equilibrio anterior. 

Puede considerarse que se inicia alrededor de los 35 años y dura hasta


alrededor de los 55 años. Esta crisis de la mitad de la vida puede asumir dos
características: 
1. Asumir una posición subjetiva activa caracterizada por una reorganización
psíquica, cuestionamiento ante las propias contradicciones y conflictos
mediante una actitud de reflexión crítica. Esta posición requerirá la puesta en
marcha del deseo hostil y del juicio crítico. 
2. Figura como una crisis negativa, plena de sufrimientos, donde el sentimiento
prevaleciente es de pena y dolor por la pérdida, rasgos propios de los estadios
depresivos. Al aludir a pérdidas se focalizan los siguientes procesos de duelo:
 a) del cuerpo juvenil; 
b) de los padres juveniles; 
c) de los deseos e ideales juveniles. 

a) En el duelo por la pérdida del cuerpo juvenil hay una necesidad de


otorgar nuevos sentidos al cuerpo en transición. Sería interesante una reflexión
que aporte criterios estéticos novedosos para las mujeres maduras.
b) En relación con los padres juveniles. Las mujeres se encuentran con la
realidad del envejecimiento, quizá la enfermedad y hasta la muerte probable de
uno o ambos progenitores. El trabajo de duelo por pérdida de los padres
juveniles implicaría reconocer la muerte de aquellos padres de su infancia o de
su adolescencia con quienes padeció conflictos no siempre fáciles de resolver,
y que se resignificarían en este periodo de su vida.
c) En cuanto al duelo por pérdida de los deseos e ideales juveniles
podemos mencionar que la cultura patriarcal ha organizado los deseos
amorosos de la mujer en torno al amor maternal, y sus ideales de trabajo
alrededor del trabajo reproductivo. La necesidad de dar nuevas significaciones
a sus deseos e ideales lleva a muchas mujeres de mediana edad a tratar de
recuperar aquellos que en su adolescencia fueron significativos y habían
quedado reprimidos o postergados. Cuando hacen este trabajo de
reorganización subjetiva, la puesta en marcha del deseo hostil y del juicio
crítico asociados a esta resignificación les permite generar nuevos deseos,
tales como el deseo de saber y el deseo de poder. Estos deseos requieren
nuevos destinos para su despliegue. 

ESTADOS DEPRESIVOS. EL “TECHO DE CRISTAL” 


El techo de cristal es una superficie superior invisible en la carrera laboral de
las mujeres difícil de traspasar, una barrera que les impide seguir avanzando.
Este techo tiene una doble inscripción: como realidad cultural opresiva, y como
realidad subjetiva decepcionante.

Algunos rasgos son:


a) Las responsabilidades domésticas. La dedicación horaria de los puestos
más altos de la mayoría de los espacios laborales está diseñada por lo general
dentro de un universo de trabajo masculino. 
b) El nivel de exigencias. En las carreras laborales se les requiere a las
mujeres el doble que a sus pares masculinos para demostrar su valía. Esto
constituye un ejercicio de discriminación laboral en perjuicio de las mujeres.
c) Los estereotipos sociales. Algunos son: “Las mujeres terminan de ocupar
posiciones de poder”; “A las mujeres no les interesa ocupar puestos de
responsabilidad”; “Las mujeres no pueden afrontar situaciones difíciles que
requieren actitudes de autoridad y poder”. Éstos estereotipos sociales inciden
en la carrera laboral de las mujeres, haciendo que se vuelvan inelegibles para
puestos que requieren autoridad y ejercicio del poder.
d) La percepción que tienen de sí mismas las mujeres. La falta de modelos
femeninos con los cuales identificarse lleva a las mujeres a sentir inseguridad y
temor por su eficacia cuando acceden a lugares de trabajo tradicionalmente
ocupados por varones. Cuando cometen errores no se los atribuyen a su
entrenamiento, experiencia o formación profesional sino al hecho de ser
mujeres; su pertenencia al género femenino opera como categoría que explica
su incapacidad. e) El principio de logro. Muchas mujeres son orientadas hacia
el mercado de trabajo secundario y a la división secundaria casi universal
dentro de las profesiones y las ocupaciones lucrativas.Incluso mujeres
profesionalmente muy cualificadas Se ven orientadas de manera sistemática
hacia ramas de estas ocupaciones menos atractivas, poco creativas y por lo
general peor pagadas. Este fenómeno ha sido descrito como parte de la
división sexual del trabajo. El talento, la capacidad y la dedicación a sus
trabajos, incluso con una legislación orientada en contra de diversas formas de
discriminación directa, no garantiza un éxito laboral equitativo para las
mujeres. 
f) Los ideales juveniles. El mandato social actual: “asegúrense de ganar mucho
dinero y rápido”, entra en contradicción con sus ideales juveniles con los cuales
iniciaron sus carreras laborales. Para estas mujeres los medios importan tanto
como los fines, por lo cual se ven sumidas en dudas, replanteos,
cuestionamientos, poniendo en crisis sus ideales generacionales y genéricos. 

Narrativa y self. Algunos dilemas posmodernos de la psicoterapia


(Andersen y Goolishian)

El self puede observarse, medirse, cuantificarse.


La pregunta ¿Qué es el self? implica la existencia de una entidad, de algo que
preexiste a nuestra necesidad de transcribirlo. 

El self encapsulado
La pregunta “¿Qué es el self?” implica la existencia de algo central a la
humanidad, un núcleo fundamental inherente a la condición humana, y esa
esencia distingue al sí mismo (self) de todas las demás sustancias conocibles y
observables. 
Para conocer la naturaleza del self, sólo hay que examinarlo. 

En las psicologías tradicionales, subjetivistas y esencialistas, se da por sentado


al sí mismo como una entidad abstracta, diferenciada y separada de las
restantes construcciones psicológicas. Según estas concepciones, la persona
que está a cargo del self es dueña de sus acciones y capacidades, y se halla
circunscrita por límites definidos. Self y no-self se encuentran perfectamente
demarcados. Cada persona constituye un suceso independiente en el universo,
un sistema motivacional y cognitivo singular, único, delimitado e integrado, que
es el centro de la conciencia, el juicio y la vida emocional. A esto se lo
denomina self encapsulado. 
El dualismo conflictivo de la psicología actual plantea cuestiones como:
¿De qué somos conscientes cuando somos conscientes de nosotros mismos?
Algunas psicologías cognitivas dicen que la mente humana incluído el sí mismo
y la conciencia toda, es explicable por las acciones internas del sistema
nervioso central. 

La metáfora básica de las ciencias cognitivas es una función de computadora


en la que la mente y el self se reducen a unos programas internos de la
máquina, capaces de computar la utilidad de posibles acciones. 
Según este modelo, las operaciones mentales y del self sólo procesan
informaciones y resultados en relación con un criterio intrínseco construido
dentro del sistema. 

Hay que evitar la pregunta “¿Qué es el self?” porque hay diferentes corrientes
teóricas para definirlo. Pero, el sí mismo tiene existencia independiente, tiene
calidad y calidad, puede ser sano o enfermo, perdura a lo largo del tiempo, es
posible conocerlo, medirlo, observarlo. 

El self como narrador


En devenir constante, ya que mientras hay vida, hay narrativa. El self narrador
es el resultado del proceso humano de producción de significado por medio del
lenguaje. Esta concepción "narrativa" se funda en gran medida en la
observación de que la actividad humana es la del lenguaje y, en el lenguaje,
crear significados implica narrar historias. El self, en una perspectiva
posmoderna, puede considerarse una expresión de esta capacidad para el
lenguaje y la narración.

No somos más que coautores de una narración en permanente cambio que se


transforma en nuestro sí mismo, en nuestra mismidad. Y como coautores de
estas narraciones de identidad hemos estado inmersos desde siempre en la
historia de nuestro pasado narrado y en los múltiples contextos de nuestras
construcciones narrativas. De manera en cierto modo positivista, Spence
(1984) creía que existe "algo" con lo que nunca podemos llegar a estar
completamente en contacto, de modo tal que había que conformarse con una
narrativa construida cercana a lo que "eso" podía ser. Según este punto de
vista, el propósito de estas narrativas que tienen al sí mismo como objeto no es
el descubrimiento arqueológico de una realidad oculta irrecuperable, sino un
desarrollo narrativo. El relato así construido debe poseer coherencia interna y
externa, ser vivible, estar adecuado y de algún modo guardar congruencia con
esos recuerdos reales pero irrecuperables de la infancia. De acuerdo con
Schafer, el self es una manifestación de la acción humana, de la acción de
hablar acerca de uno mismo; pero a diferencia de Spence, a quien le
preocupaba principalmente el contenido de la narración construida, Schafer se
interesó también por el modo de la construcción, por el discurso narrativo.
Sostenía que estamos contándonos permanentemente, a nosotros mismos y a
los demás, quiénes somos, incorporando estas historias unas dentro de otras.
Desde esta perspectiva. el sí mismo se convierte en las maneras, más o menos
estables y emocionales, de contarnos a nosotros mismos y a los otros acerca
de uno mismo y la propia continuidad, a través del cambio azaroso y continuo
del vivir. Me voy transformando a medida de cómo me van viendo, es un
proceso donde uno se narra a sí mismo, a los otros, y es narrado. 

LA NARRACIÓN: SUS ROLES Y EFECTOS


El sí mismo es siempre aprendido y está siempre en desarrollo: es un modo de
aprender a caracterizar en el discurso la propia capacidad como agente, como
alguien que puede hacer, como actor.El self es una expresión cambiante de
nuestra narración, una manera de contar la propia individualidad.

Para Schafer, también el otro se manifiesta narrativamente. El desafio


terapéutico, desde su perspectiva, consiste en ayudar a los pacientes a re-
contar las historias de su vida, de manera que les permita una comprensión de
sus orígenes y del significado de sus actuales dificultades tal que el cambio se
torne narrativamente concebible, alcanzable y creíble. El terapeuta es un editor
en el sentido de que participa activamente en la construcción de un texto o
narración.

Emile Benveniste (1971) postula que la persona se constituye como sujeto en y


por el lenguaje. El "yo" no es un sujeto o sustancia preexistente, en el sentido
epistemológico o metafísico; es un sujeto hablante, así como el sí mismo es
nuestro modo de modificar permanentemente, a través del lenguaje, nuestras
acciones, nuestro pasado, presente y futuro. El sí mismo no es una entidad
estable y duradera, sino una autobiografía que escribimos y reescribimos en
forma constante. 

El problema de la "identidad" o "continuidad" que concebimos como nuestra


"mismidad" pasa a ser el problema de mantener la coherencia y continuidad de
las historias que relatamos sobre nosotros mismos, o al menos el problema de
construir narrativas que otorguen sentido a nuestra falta de coherencia
respecto de nosotros y del caos de la vida.

El sí mismo deviene la persona que nuestros relatos requieren


El self es una expresión, un ser y un devenir a través del lenguaje y de la
narración. Las narrativas del sí mismo, siempre cambiantes, son los procesos
mediante los cuales continuamente dotamos de sentido al mundo y, por ende,
continuamente nos dotamos de sentido a nosotros mismos. Somos coautores
de las identidades que construimos narrativamente. 

LA CONVERSACIÓN TERAPÉUTICA
Estas perspectivas narrativas del sí mismo, tienen muchas implicaciones para
la psicoterapia. Hace que los sistemas sean vistos como un sistema
intersubjetivo fluido de construcción de significados. Los terapeutas devienen
expertos en involucrarse en el proceso narrativo. Para la visión narrativa, la
terapia es un proceso conversacional. El cambio es la transformación de la
historia y del presente por medio del diálogo y el relato de nuevas historias. En
la terapia, el cambio pasa a ser la narración de una nueva historia y de un
nuevo presente que es más tolerable, coherente y continuo de lo que permitían
las narraciones anteriores. El cambio pasa a centrarse más en nuestro ser y
devenir que en un pasado histórico cambiante. Se busca cambiar las auto-
narrativas del self y es, en consecuencia, una transformación del self y el
contexto. 

Como terapeutas debemos evitar proyectarnos (y proyectar nuestras


narraciones teóricas) en las narraciones del consultante. En la terapia tiene
lugar una conversación terapéutica que dé cabida a la transformación del self
narrador, esto se logra formulándole preguntas acerca de su narración, desde
una posición de no saber. 

Según esta perspectiva interpretativa, los seres humanos son, ante todo, seres
creadores de significados e intérpretes de su propio self. Nuestras narraciones
acerca de lo que comprendemos nos proveen de intenciones, esperanzas,
deseos, entendimientos y desentendimientos. Este proceso de humanidad,
este obrar como agentes humanos, se constituye en el lenguaje. 

DIÁLOGO Y CAMBIO
Los seres humanos son agentes conscientes, intencionales, que se co-crean a
sí mismos y a su entorno en una permanente interacción comunicativa con los
demás. Esta creación continua de significado y realidad es un fenómeno
intersubjetivo que se basa en y es parte del diálogo y la interacción simbólica.
Vivimos unos con otras vidas narradas. Para los terapeutas, una consecuencia
inmediata es la necesidad de averiguar el sentido, la intención de cualquier
comportamiento, acción o enunciación de su consultante y de interpretar
mediante el proceso conversacional el significado que intentó darle el
consultante. Debemos confiar en la explicación que el consultante dé. 

RESPUESTAS PREVIAS A LAS PREGUNTAS 


La tarea central del terapeuta es encontrar la pregunta: lo que se nos dice en
un momento dado es la respuesta para la cual tenemos que averiguar la
pregunta. Comprendiendo las preguntas que plantea la historia referida por el
consultante, planteamos nuevas preguntas y, por ende, una nueva historia,
desde una posición de no saber. 

La terapia implica la apertura a nuevas narraciones. Las entrevistas narrativas,


dotan de sentido al intercambio de acuerdo con la propia evolución narrativa y
son, por consiguiente, siempre "locales" o propias de cada intercambio
específico.

LA MUTUALIDAD DE LOS COAUTORES 


Las preguntas hechas en la terapia están determinadas por la interacción
simbólica coyuntural del momento, hay una circularidad. Es imposible para el
terapeuta permanecer neutral: sólo podrá comprender la singularidad y
novedad de la narración aplicando sus propios sesgos e inclinaciones. 

En éste enfoque hermenéutico, el significado siempre está en proceso: nunca


se lo alcanza por completo. La historia nunca permanece igual sino que se
constituye, cada vez en forma diferente, mediante las preguntas que se le
dirigen. La tarea del terapeuta reside en abrir y mantener un espacio
conversacional en relación a los problemas e inquietudes que éste plantea.
En esta visión posmoderna, los terapeutas se convierten en expertos en
involucrarse y participar en los relatos en primera persona de sus consultantes.
Las narrativas en primera persona son sistemas de significación complejos y
cambiantes que emergen de nuestra capacidad de estar en contacto lingüístico
unos con otros, co-explorando y co-desarrollando las nuevas realidades, que
nos ayudan a dar sentido a los procesos azarosos del vivir.

La conversación terapéutica remite a una búsqueda recíproca de comprensión


y a la exploración, a través del diálogo, de los problemas siempre cambiantes
que se van presentando. La terapia y, por ende, la conversación terapéutica,
implican un proceso de "estar allí juntos". El consultante y el terapeuta hablan:
el uno con el otro, y no al otro. Y al hacerlo van explorando entre ambos las
nuevas complejidades de los significados, las nuevas narraciones, las nuevas
realidades. 

La hermenéutica y el construccionismo social enfatizan nuestra capacidad de


crear significado a través del lenguaje y el diálogo. En esta perspectiva
lingüística el self deviene narrativo. Es, en el mejor de los casos, un sí mismo
co-creado. 

Quiénes somos es, en consecuencia, siempre una función de las historias


socialmente construidas que nos estamos narrando a nosotros mismos y a
otros.

La terapia se transforma en una conversación en la que se crean nuevas


narrativas, nuevos significados, nuevos agenciamientos, así como la nueva
capacidad para hacerse cargo de la propia vida. El self es siempre una
complejidad en ese devenir de la conversación.

Los cambios en la vida de las mujeres. Temores, mitos y estrategias. Una


vida con significado (Freixas Anna)
Vivimos en una sociedad que asocia a la vejez una serie de ideas-maldad,
enfermedad, pérdida, deterioro-que no es de extrañar que se conviertan en
temores. Éstas ideas llevan no sólo a la negación y al rechazo del
envejecimiento, sino también al desprecio de mujeres mayores como grupo del
que tratamos de distanciarnos. 
Hasta no conseguir crear una propia idea del envejecer, en la que las mujeres
mayores sean vistas como seres independientes y sexualmente activas,
seguiremos contribuyendo a la perpetuación de los estereotipos que estrechan
nuestro mundo. 

Pero, ¿quiénes somos, si ya no somos las de siempre?


La identidad de las mujeres está marcada por la definición cultural que vincula
al ser femenino a determinados elementos de carácter biológico que se pueden
dar en su ciclo vital. Tres “M”: menarquía, maternidad y menopausia, definen
los hitos del desarrollo femenino y otorgan a las mujeres una identidad
fundamentalmente biológica en la que no se incluyen otros aspectos
considerados cruciales en el desarrollo de la personalidad adulta, como el
trabajo y la jubilación, que sí son tenidos en cuenta cuando se trata del
desarrollo adulto de los hombres. 
La consideración de la centralidad de la maternidad como requisito para la
construcción de la identidad femenina, deja al margen de la “auténtica
feminidad” a quienes no han deseado o podido tener hijas e hijos. Nosotras:
cuerpo y biología; ellos: rendimiento y participación en la arena pública y en el
mercado laboral. Esta definición fundamentalmente biológica, centrada en el
ciclo reproductivo, nos indica que con la menopausia dejamos de ser seres
socialmente significativos, dado que nuestra contribución básica a la sociedad
se entiende y valora a través de la maternidad. 

Las mujeres nos definimos en gran medida a través de las relaciones, de los
vínculos que establecemos. Con frecuencia confundimos identidad con
intimidad. Nuestra tendencia histórica a subordinar el rendimiento al cuidado-
priorizar las relaciones afectivas y maternales frente a las opciones de carácter
profesional-y el conflicto interior que sentimos ante el éxito-en especial si
tenemos que competir con otras personas para ello- nos pone en una situación
vulnerable. En en ese momento del ciclo vital en que se produce una
transformación en la relaciones que mantenemos en nuestros diversos
contextos (familia, trabajo, mundo social) y podemos sentir una variación en el
sentimiento de conexión y vinculación que los entornos nos ofrecen.

Se produce una crisis de identidad al desprendernos de las imágenes y la


identidad de mujer atractiva, reclamada, mirada y reconocernos en una “otra”,
yo misma también, que la sociedad ha decidido que ya no es atractiva y
deseable, e incluso tampoco interesante. Esto no es un proceso fácil. Llega de
repente, un día “ya no eres mujer” sólo por el hecho de que llevas meses sin
tener menstruación. Puedes tener relaciones sin temor a embarazarte, no te
duelen los pechos y la sociedad no lo celebra como una liberación sino como
un estigma. 

Edadismo puro y duro y edadismo sutil


 La evidencia de que existe un prejuicio cultural hacia las personas mayores
por el solo hecho de serlo, se denominó edadismo e incluye todas las
conductas, sentimientos y actitudes de rechazo o desagrado que mostramos
hacia las personas de cualquier sexo que no son jóvenes. Éstos prejuicios
suelen estar más acentuados en las mujeres. Hacerse mayor tiene un
significado cultural diferente para las mujeres que para los hombres, hay una
mayor tolerancia social hacia los hombres: “mientras los hombres maduran, las
mujeres envejecen”. 

El hacerse mayor es percibido por las mujeres con diversos miedos en


numerosos ámbitos de la existencia: el cuerpo, las relaciones, los vínculos, los
afectos, la autoestima, el mundo laboral, la situación económica, la vida social,
etc.

 Todas las formas de discriminación, el sexismo, el edadismo, son operaciones


culturales que actúan sobre las personas e incluso se superponen, utilizan el
físico como elemento clave de evaluación, reducen la autoestima, debilita el
“yo” y sitúan a las personas sobre las que se aplican en una posición de
debilidad en las relaciones de poder. 

Los estereotipos relacionados con la edad se definen como muestras de


edadismo sutil: son formas amables de negación de la edad que implican un
rechazo subyacente de ésta y el deseo de exclusión de las personas queridas
del montón de las personas mayores. Es frecuente oír: “estás muy bien para tu
edad”, frase bajo la cual se puede leer la desvalorización de las personas de
edad. Esa frase nos dice que estamos ante un hecho extraordinario, una
excepción. Lo que se espera a esa edad es que estemos echas una ruina, un
horror. La norma es la catástrofe. El estereotipo oculto sería: “pero se supone
que no deberías estarlo”. Este tipo de pensamiento en el fondo mantiene los
más profundos prejuicios del envejecer. No incluye una transformación del
imaginario juvenilista, no hace espacio al cuerpo y la vida de las mujeres
mayores que tienen que seguir enmascarándose y torturándose para poder ser
admitidas en el único mundo posible: el de las personas jóvenes...y delgadas. 

Otra forma sutil de edadismo podemos encontrarla en el hecho de tratar de


redefinir la vejez como juventud y evaluar a las personas en términos de si nos
parecen más o menos jóvenes, poniendo la única medida posible en las
primeras edades de la vida. Este hecho nos muestra que no consideramos la
vejez como una extensión futura o descripción de cómo somos, sino que
planteamos la vejez como algo separado de nosotras,no formando parte del
ciclo vital.

La edad subjetiva
 En esto intervienen dos elementos claves: el edadismo de la sociedad que
atribuye elementos peyorativos a la edad mayor y el hecho de que las personas
solemos sentirnos subjetivamente mucho más jóvenes de la edad que
tenemos, porque nuestros estereotipos de la vejez nos llevan a apartarnos lo
máximo posible de este colectivo, presentándonos como personas jóvenes,
activas e independientes, en gran medida debido al miedo que nos da la
invisibilidad social que conlleva a la vejez. Todo eso hace que tratemos de
aparentar menos edad, porque las personas que se ven a sí mismas como más
jóvenes suelen tener una buena autoestima, mayor satisfacción y bienestar
psicológico. 

Una serie de factores como la percepción del propio envejecimiento, el


edadismo social y los mensajes desvalorizadores de las personas mayores en
los medios de comunicación se conjugan para hacer que muchas mujeres
vivan el envejecimiento físico como un proceso duro de roer y éste suponga un
argumento de gran calado en términos del deterioro de su autoimagen. 

Paradójicamente, disfrutamos de profundos sentimientos de bienestar:


satisfacción por haber alcanzado determinados rendimientos, haber ganado
madurez, experiencia y confianza en sí mismas. Muchas mujeres se sienten
más libres y seguras.

No es tiempo de pedir permiso


Pensamos en lo que hemos hecho y en lo que no, en lo que quisiéramos haber
hecho y en las relaciones. No es tiempo de agradar y no podemos centrarnos
más que en el presente. El reto de enfrentarnos a lo desconocido supone una
oportunidad para el crecimiento y el desarrollo, para otorgar significado a la
vida que se había diluido en el mar de la enajenación de la feminidad
tradicional. Es un momento de reevaluación, las mujeres empiezan a tomarse
en serio sus intereses privados, comienzan un proceso de autoposesión de sus
vidas.

El tiempo de ajustes
Reconocer que envejecemos no es fácil, pasamos por diversos momentos:
1) la negación de que “justamente nosotras” podamos hacernos mayores y la
ira, confusión y ansiedad que este descubrimiento genera; 
2) el reconocimiento de que quizás sí y por eso sentimos tristeza y sentimos
temor a los cambios que se avecinan; 
3) finalmente realizar los ajustes para vivir con plenitud del nuevo periodo que
no parece tan terrible como nos lo pintaron. Se producen cambios en
numerosas esferas de la vida que abarca las relaciones, las finanzas, la
profesión, el cuerpo, los roles y responsabilidades, el tiempo, y sobre todo, el
encuentro con nosotras mismas, con la soledad tanto tiempo temida y sin
embargo deseada. 

Un camino hacia nosotras


Hacernos mayores es el camino para llegar a ser nosotras mismas. Margaret
Gullete (1997) nos invita a plantearnos el envejecer como un proceso de “llegar
a ser”, un camino que recorrer. Un hacerse, no un destruirse. Entre la narrativa
del deterioro y la del progreso puede haber un discurso personal intermedio
que trate sobre la vivencia del cambio asimilable, aceptable: no estoy cada vez
mejor, pero tampoco peor, sino diferente, sintiéndome bien. Es el momento de
reconectar con nuestro yo interior y único.

El cuerpo transformado
 Los cuerpos cambian con la edad, van adquiriendo formas, texturas y posturas
que no son las de antes. Esta es la primera idea a asimilar. Hay pérdidas pero
no se trata de algo terrible, es sólo el curso de la vida. 

Hay que saber que nuestro cuerpo va a cambiar y aceptar que esta es una ley
de vida inexorable, frente a la que no podemos hacer nada más que llevar a
cabo un proceso interno de aceptación, con la mayor integración posible de
nuestros diversos “yo”; después tendremos que redefinir la belleza.

Hablando, los cuerpos se aceptan 


El eje del envejecer femenino se centra en la menopausia como el único
acontecimiento corporal importante. La narrativa que encontramos consiste
fundamentalmente en un tratado de patologías diversas, de carencias,
limitaciones y deterioros varios. 

Lo que no se nombra no existe: hablemos de nuestros cuerpos cambiados,


mirémoslos con cariño y curiosidad y trabajemos en ellos y por ellos. Hablar y
reflexionar sobre los cambios físicos asociados con el envejecimiento debería
ser considerado como una manera de cuidarnos a nosotras mismas. 

Si mantenemos el envejecer como un tabú estamos concediéndole el valor de


la innombrable, de lo que debe mantenerse oculto. Cuando somos capaces de
reconocer estos cambios retamos el discurso de la eficiencia, del rendimiento,
de la actividad, considerado como la única manera de estar significativamente
en el mundo. Tener otras capacidades o las mismas de siempre en diferentes
intensidades y utilidades es reconocerse otra, la misma, pero cambiada. Ni
mejor ni peor, la misma, pero diferente. 

Nosotras, también
Nos presentamos a nosotras mismas y a las personas que nos rodean como
mayores, pero jóvenes de corazón, con flaquezas, pero fuertes. Todo eso
puede llevarnos a no hacer suficiente espacio a nuestra propia debilidad, al no
reconocer el valor del proceso de nuestro cuerpo envejeciente.

Nuestra piel estará más suelta y arrugada, nuestro cuerpo dolorido, el peso y el
volumen cambiados, el pelo canoso y en algunas partes más abundante y en
otras más escaso. Nos moveremos con más dificultad. Olvidaremos
sistemáticamente donde hemos dejado las cosas pero recordaremos
nítidamente tantas cosas de otros tiempos. Aprendemos que debemos acceder
a la memoria por otros caminos. 

Lo “habitual” es la transformación progresiva y tranquila de nuestros cuerpos


que van adquiriendo en cada momento del ciclo vital la forma, el tamaño, el
color, la posición y la textura que le corresponde. 

Lecturas culturales de nuestros cuerpos mayores


 No se no suelen ofrecer informaciones útiles, que respondan a nuestras
preguntas acerca de nuestra piel, sofocos, tendencia a engordar, una memoria
que nos hace perder, sobre qué pasa con nuestro esqueleto dolorido.

Para todo hay una sola receta: tranquilizantes, ansiolíticos, antidepresivos,


parches, etc. Tenemos que hablar entre nosotras y, en la narración
comunitaria, encontrar nuestra fuerza para el trayecto que se presenta lleno de
significado. 

Necesitamos modificar los significados culturales acerca del cuerpo de las


mujeres mayores, conocer la experiencia corporal de las mujeres, transformar
los discursos actuales sobre el cuerpo y ponernos en el centro del mundo. 

Todo eso nos puede permitir generar una nueva imagen mental acerca de
nuestros cuerpos mayores y así aceptar mejor el cambio de la apariencia física.
Debemos ejercitarnos en una relectura cuidadosa y amable que nos indique
también los beneficios de la edad.

El cuerpo atrapado
 Es muy difícil encontrarse con mujeres satisfechas con su cuerpo, a este
fenómeno se le ha denominado “descontento normativo”. Los juicios negativos
sobre nuestro cuerpo empiezan pronto, en cuanto detectamos que no nos
ajustamos a los ideales culturales de belleza.

La belleza como ideal de perfección nos acompaña y atormenta durante toda la


vida. El mito de la belleza femenina incluye elementos muy limitadores para las
mujeres y muy convenientes para el sexo masculino. 

El cuerpo de la mujer es el “cuerpo deseable” e idealmente perfecto y el del


hombre es el “cuerpo anhelante” y esencialmente activo. El cuerpo de la
mujeres es alabado como algo que puede ser poseído, mirado, observado, algo
que despierta el deseo exaltando su talante pasivo, evocador de pasión;
mientras que el cuerpo del hombre es el que posee la cualidad activa que
anhela y actúa.

 El mandato cultural de la belleza nos encadena a una imagen estática, en el


ideal de espera y pasividad que ha constituido la esencia de la feminidad
históricamente y ha supuesto la negación de nuestros deseos. Como
parecemos resulta socialmente más interesante de lo que pensamos.

Gustar, gusta 
Gustar, resultar atractivas, nos permite sentir que somos valoradas y
significativas socialmente, y esto nos reconcilia interiormente, nos hace sentir
bien y en armonía. Pero en la práctica esto es algo inalcanzable. En nuestra
cultura no parece posible el binomio vejez-belleza y envejecer lleva implícita la
devaluación social. 

Dentro de todas y cada uno de nosotros se mantiene el deseo de seducción y


conquista. Todos los seres humanos tenemos necesidad de sentir el contacto
físico, el “deseo de piel”. Dicho contacto va acompañado de una mirada
amorosa, atenta, cuidadora, desvelada. 

La experiencia de hacernos invisibles es dura, mina la autoestima, cuestiona.


¿Cómo es posible que ya no seamos atractivas? Es necesario disponer de una
mirada que nos admire siendo mayores, necesitamos un contacto amoroso,
frecuente, insistente, continuado. Un apoyo

Ira y vergüenza 
Sentimos diversas vergüenzas en relación con nuestro cuerpo: de las arrugas,
de la edad, de la silueta, etc. Nos asusta la imagen en las fotografías.

 Por una parte anhelamos alcanzar el estándar cultural de belleza y, por otra, lo
rechazamos en la medida en que lo identificamos como un elemento limitador y
un estereotipo cosificador. Nos cuesta aceptar el rumbo de nuestro cuerpo y
nos invaden sentimientos contradictorios, de ira y resistencia. También
aparecen otros sentimientos intermedios como la desesperanza, la sensación
de que poco podemos hacer para cumplir el “imposible deber de la belleza” y la
impresión de una pérdida de nuestro poder en numerosos ámbitos.

Una belleza con mirada propia 


La belleza ha sido y sigue siendo definida culturalmente desde fuera de
nosotras, por lo que constantemente buscamos la aprobación a través de la
mirada de los demás. Esto nos hace muy vulnerables, dudamos de nuestras
propias capacidades y conocimientos. Nunca nos sentiremos satisfechas,
porque nunca estaremos suficientemente delgadas, suficientemente bellas,
suficientemente atractivas.

Hacer un análisis crítico de lo que nos ocurre y tratar de desmontar los valores
culturales predominantes sobre el cuerpo femenino,es el punto de reflexión
recurrente que nos puede permitir frenar nuestro desconsuelo y poner las
cosas en su sitio.

 La aceptación, como proceso cognitivo y emocional, puede ser en algunos


casos simple y llana resignación, pero también puede ser el camino para llevar
a cabo la asunción graciosa de la nueva realidad corporal.

Oponerse a la cirugía estética es una forma de resistencia a las prácticas de


feminidad normativa. Se hace poco hincapié en recursos de oposición y
resistencia muy interesantes y sanadores como el humor y la risa que
contribuyen a relativizar temores diversos. Para avanzar en el proceso de
autoaceptación del envejecer y efectuar una burla colectiva de las expectativas
no realistas de nuestra sociedad con relación al cuerpo y la belleza las mujeres
mayores se ríen juntas. La liberación del mandato social de la feminidad
supone un elemento de felicidad en la edad mayor. Poder mostrarse como
seres individuales y libres es el principio de la libertad de las mujeres mayores.

El objetivo es elaborar nuevos discursos que nos devuelvan la dignidad, el


respeto a la vejez y a nuestro propio cuerpo.

 La reflexión acerca del hacernos mayores nos permite enunciar las ventajas
que ello encierra, como el disponer de nuevas perspectivas nunca imaginadas,
la capacidad para relativizar lo que antes parecía dramático y grave y,
sobretodo, disfrutar el valor de la libertad, de las obligaciones que han
desaparecido, de la posibilidad de decidir y de anteponer los deseos tanto
tiempo postergados.La experiencia es ciertamente un grado y uno de los
valores más económicos de la edad: ahorra problemas, preocupaciones y
tareas. Nombrar los miedos por su nombre es un importante antídoto contra la
vergüenza. S

Siempre hemos sido más bellas anteriormente


 A todas las edades estamos perpetuamente tristes y enfadadas con nuestro
cuerpo. Cuando somos mayores sentimos nostalgia de la belleza que ahora
estamos convencidas de que poseíamos siendo jóvenes, pero que entonces
tampoco nos hacía felices. Tendemos a vernos a nosotras mismas de manera
cada vez más negativa, utilizamos muchas más estrategias de ocultamiento de
la edad que los hombres y nos sentimos más insatisfechas con nuestro cuerpo
que ellos.
La apariencia física es una dimensión importante del yo, también en la vejez, y
contribuye a la autoestima y al sentimiento de satisfacción corporal e incluso
estético. 

Efectuamos así una interesante síntesis entre alimentación, ejercicio físico y


espiritualidad, con lo que es más probable que nos unamos a nuestro yo
interior y, al mirarnos al espejo, vemos una mujer madura, quizás ya mayor,
llena de paz y picardía.

3 LA SALUD NUESTRA DE CADA DÍA 


Libertad, tranquilidad y sol Uno de los temas más importantes en el proceso de
hacernos mayores gira en torno a la vida saludable, entendida como un estado
de bienestar en el que están implicados factores fisiológicos, psicológicos,
ecológicos y sociales, que nos permiten una relación satisfactoria con el cuerpo
y el conjuro de la enfermedad.

En el proceso de reencuentro que supone la mediana edad llega un momento


en que sentimos la necesidad de asumir la responsabilidad de cuidar-
probablemente por primera vez-de nuestra salud y de ejercitar uno de los
componentes más importantes de la satisfacción vital: el control sobre la propia
vida. 

Tratamos de reconocernos en el cuerpo cambiante y eso significa en muchos


casos prestarle una mayor atención. Ha llegado el momento de cambiar
radicalmente nuestros hábitos de alimentación, comer menos y mejor.

 Nuestro ritmo del sueño se ha transformado. La necesidad de la habitación


propia se hace perentoria en la madurez, imprescindible ahora.

Más que un otro ambulante


 Los problemas de la salud de las mujeres tienden a explicarse a través de la
biología (las hormonas que nos perturban) y/o de las emociones (los
sentimientos que nos dominan). Cuándo eso no es posible, entonces se nos
considera alteradas en el ámbito mental o emocional: somos depresivas,
ansiosas, quejicas, y se nos médica en consecuencia. Cuándo nos hacemos
mayores no podemos encontrar una explicación y una escucha atenta sobre lo
que nos duele, preocupa o molesta. Tenemos pocas noticias acerca de nuestro
bienestar, de la salud psicológica o del vacío en la boca del estómago que
sentimos cuando no se nos toma en serio.

Debemos probar que no estamos “histéricas” o “nerviosas” lo cual supone una


agresión anímicamente demoledora. 

El difícil acceso al control sobre la propia vida


Hombres y mujeres, debido a una educación diferencial a través de la cual
unos son socializados como “seres-para-sí”, mientras que otras lo somos como
“seres-para-los-otros”, vivimos vidas diferentes que afectan de manera distinta
a nuestra salud. Tales condiciones de vida nos permiten tener o no acceso al
sentimiento de “control sobre la propia vida”. La socialización tradicional aleja a
las mujeres de este sentimiento. 
Sentir que dominamos nuestra propia vida es fundamental para el bienestar
psicológico: hace posible una disminución de los niveles de depresión y
ansiedad. Una parte importante del sufrimiento oculto que presentan las
mujeres mayores tiene que ver con su posición histórica de subordinación y
sumisión, con el alejamiento de sus deseos reales y la consecuente falta de
significación social de sus vidas. 

Más años de educación producen un sentimiento de eficacia y control así como


el acceso a una mayor educación se ha traducido en la posibilidad de utilizar
estrategias y mecanismos de afrontamiento que nos permiten vivir una vida
menos estresante y debilitadora con importantes efectos positivos en la salud y
el sentimiento de bienestar en la vejez. También el trabajo remunerado es un
elemento crucial en la autopercepción de la salud. 

¿Menopausia o miedo/pausia?
En nuestra cultura occidental hay una representación bastante negativa de la
transición menopáusica. La menopausia sigue siendo un tema sobre el que gira
una parte del malestar psicológico-no tanto físico-de las mujeres de mediana
edad. Se ha convertido socioculturalmente en “miedo/pausia”, en temor al inicio
de la vejez y a la consiguiente pérdida de estatus en el mercado sexual y
afectivo. El principio del fin. Durante la menopausia los cambios hormonales se
convierten en la madre de todas las batallas, en la explicación de causa única
que tapa y justifica cualquier queja, problema o malestar.

Cuándo llegamos a la menopausia se nos dice: “ya no eres mujer”. Esto es lo


que nos duele, ahí reside el meollo de la menopausia. Existe una clara
sobrevaloración de la menopausia por parte de la sociedad en la que sólo cabe
un modelo de mujer, la mujer joven. Encontramos dos actitudes enfrentadas:
por una parte, el discurso de quienes definen a la menopausia como una
enfermedad “hormono-deficiente” e inicio de la vejez (médicos y hombres); por
otra parte, la opinión de personas-habitualmente mujeres-que la definen como
un proceso natural del ciclo vital, con una importancia relativa y no siempre
negativa, como un camino de liberación, como una posibilidad de mejora en
relación con temas de salud y bienestar psicológico y emocional. Los cambios
que caracterizan la menopausia han sido medicalizados, psicologizados,
psiquiatrizados, lo cual lleva a las mujeres a vivir esta etapa de la vida que es
normal, natural, esperable y deseable, con aprehensión y con temor, como algo
amenazador. Este proceso natural se define como una enfermedad y proceso
que nos estigmatiza socialmente, somos “estrógeno-deficientes”. La definición
de la menopausia como un trastorno endocrino, semejante al hipotiroidismo o
la diabetes, tergiversa una realidad evolutiva natural, que no tienen por qué ser
forzosamente patológica. La atención sanitaria no invita a las mujeres a valorar
y disfrutar los múltiples beneficios de la menopausia y considera rebeldes y
tontas a quienes se muestran reacias a la medicalización de su menopausia.

Aún no hemos conseguido elaborar una narrativa experiencial de esta


transición, es un terreno socialmente minado. Pero hay un hecho cierto: la
menopausia se relaciona con el envejecimiento. Resulta casi imposible separar
el envejecimiento de la menopausia, las vivimos a la vez y se influyen
mutuamente.

Un rito femenino 
El desprecio que el patriarcado siente hacia las mujeres a medida que se van
haciendo mayores, menos atractivas para su imaginario sexual anclado en los
20 años, se concreta también en algunas agresiones, en forma de insultos,
como el término “menopáusica”, que nos estigmatiza y resulta deshonroso y
peyorativo, en la medida en que incluye una constelación de prejuicios.

Una coyuntura compleja


 Habrá que buscar y exigir que se atienda a nuestra salud con equidad y con la
escucha atenta del relato que hacemos de nuestros males, a fin de dar un
tratamiento y una explicación individualizada, partiendo de una concepción
holística del ser humano. 

Entrenamos libertades 
Mirar de cerca de nuestra existencia, reflexionar sobre la vida pasada y futura y
respetar nuestra edad requiere tiempo y espacio. Cualquier paso, actitud o
resolución que tomemos será interpretado en el contexto de la “menopausia
como crisis existencial”, dentro de las coordenadas negativas de la lectura
social prejuiciosa, y nunca como una interesante toma de control personal.
Estamos heridas por la estigmatización social del envejecer, la desesperanza
es una respuesta ante la desvalorización, la opresión que pretende dejarnos
fuera de juego. 

La menopausia es una oportunidad de recuperar esa identidad menos


entregada a los demás que nos otorgaba la niñez. El periodo que va entre el
“ya eres mujer” y “ya no eres mujer”, dominado por el bullir hormonal, nos aleja
de nuestro ser verdadero, que puede reaparecer, para desenvolvernos la
palabra el último tercio de nuestra vida. Supone la oportunidad para mostrarnos
y mirarnos más de cerca

Abramos el parque de diversiones


La menarquía suele hacer hincapié en lo estupenda que esta transición es para
todas y omite, casi sistemáticamente, los problemas: el vaivén hormonal hace
de las suyas, el acné nos persigue, nos hinchamos y deshinchamos, el humor
va y viene, etc. El color del relato cultural de la menopausia es
sistemáticamente tirando a negro.

Una forma más cómoda y distendida de ser mujer  


La menopausia supone una forma más cómoda y distendida de ser mujer. El
mero hecho de no tener la menstruación, en sí mismo, se evalúa como una
fuente de felicidad, tranquilidad y bienestar. El no tener un cuerpo cíclico nos
permite perder de vista el síndrome premenstrual qué nos traía a mal traer y
ahora disfrutar de algunas mejoras en la salud. Jaquecas fuera, desaparece la
anemia y empezamos a sentir que disponemos de una energía renovada y
estimulante que hacía años habíamos olvidado. Ya no duelen mensualmente
los ovarios, el pecho, etc. 
El cuerpo consciente
 Emerge un cuerpo consciente: con la menopausia nos damos cuenta de que
necesitamos -y deseamos- cuidar, fortalecer y mimar al cuerpo. Podemos y
deseamos disfrutar de nuestro cuerpo, nos reconciliamos con él. Asumimos
una mayor responsabilidad sobre nosotras mismas. Somos conscientes de que
hemos vivido presas de la mirada del otro y pensamos que ha llegado el
momento de recuperar nuestro cuerpo liberado, con mente, alma y deseos.
Mujeres que han sabido reconocer en su ser mayor un atractivo y nos muestran
que podemos gustar y gustarnos, especialmente cuando decidimos dejar de
ser objetos sexuales, de acuerdo con el modelo patriarcal.

Requiere una liberación tan grande


 La “liberación” atraviesa el discurso de las mujeres menopáusicas, expresan el
proceso a través del cual han conseguido dejar atrás diversas opresiones.
Liberación, entendida como la posibilidad de despreocuparse del imperativo
moral del ser-para-los-otros, del constante “tener que” pasamos al “ser”. Nos
libramos de la competencia de cuando nos sentíamos objetos en la cacería
sexual.

“Se suelta la lengua, y resulta muy divertido”  


Se produce la aparición de una voz y un pensamiento propios. Cuándo en esta
etapa volvemos la mirada hacia adentro, nos conocemos mejor; nos
preguntamos qué queremos, cómo deseamos ser en adelante y tratamos de
poner los medios para conseguirlo. En este proceso de autoconciencia somos
capaces de decir “no”, nos sentimos más seguras. 

Es un momento de gran crecimiento interior y somos capaces de poner más


distancia emocional ante los hechos que nos ocurren. Tenemos un mayor
dominio de nuestras emociones, somos capaces de minimizar y relativizar
problemas, sentimos mayor serenidad, equilibrio y fortaleza interior; menor
impulsividad. Esta tranquilidad nos permite sentirnos más a gusto con nosotras
mismas ( “paz hormonal” ). La menopausia es una transición que, como otras,
las mujeres con frecuencia socializamos, vivimos, compartimos con nuestras
amigas. Para muchas es una oportunidad de estrechar vínculos

Las dimensiones del deseo 


Envejecer casi siempre supone la pérdida de la oportunidad de disponer de un
contexto sexual más o menos regular, reconocido, aceptado, no estigmatizado,
especialmente en las mujeres. A pesar de que la capacidad de goce y disfrute
sexual de las mujeres no decrece con la edad, en la práctica no resulta nada
fácil conseguirlo. Existe un prejuicio cultural acerca de la sexualidad como
pasión, interés y deseo. Por decreto, la menopausia convierte a las mujeres en
seres asexuales: se supone el fin de su interés por el disfrute sexual. En la
vejez seguir teniendo interés sexual y una vida activa es inapropiado y
reprobable. De acuerdo con el prejuicio cultural, las personas mayores no
pueden esperar ser atractivas sexualmente. Se les niega el derecho a la
pasión, al sexo. En la narrativa personal acerca de los cambios en la
sexualidad encontramos la celebración de una relación más calmada y menos
estrictamente genital, en la que adquieren protagonismo otras prácticas que
suelen ser de mayor agrado femenino, como las caricias, los abrazos, la
proximidad física, que enfatizan el papel de las relaciones, en las que las
mujeres solemos encontrar un impulso al deseo, que se hace más confiado y
menos defensivo. 

El deseo de las mujeres en muchas ocasiones está profundamente dañado por


historias de incomunicación, abuso, violencia, rutina y aburrimiento. Hablamos
del nexo entre deseo sexual y calidad de la relación. El deseo femenino no
varía prácticamente a lo largo de la vida. Es importante iniciar una reflexión
personal y colectiva sobre los aspectos que influyen en nuestra satisfacción
sexual. Deberíamos plantearnos la conexión entre la vivencia de la sexualidad
y el tipo de relación afectivo-sexual que mantenemos con nuestra pareja en la
edad mayor y en qué medida las ideas culturales constriñen nuestra sexualidad
de mujeres mayores con deseos varios y plurales. Una importante asignatura
pendiente en la vida sexual de las mujeres de todas las edades trata del
autoerotismo, recurso interesante a tener en cuenta la edad mayor. Animar a
las mujeres desde niñas a explorar la posibilidad de la masturbación como
fuente de placer y autoconocimiento nos tendría de mejor humor en la juventud,
y en la edad mayor nos daría un hálito de libertad. Sentir que somos capaces
de despertar deseo sexual supone para muchas mujeres un camino de gran
satisfacción y felicidad, que requiere una dosis notable de libertad. 

Contradiscursos necesarios
 Es frecuente pensar que las mujeres mayores que luchan por conservar su
agilidad y que trabajan por su cuerpo son patéticas y fanáticas. Necesitamos
revisar el prejuicio cultural que considera que las mujeres que se afanan por
mantenerse en forma, sentirse atractivas y gustarse cuando se miran al espejo,
lo hacen porque están carcomidas por el imaginario patriarcal de la belleza y no
aceptan envejecer. Esta es una trampa en el discurso que pretende igualar
“feminismo” a “fealdad” y “cuidado físico” a “sometimiento al patriarcado”. No es
cierto que la menopausia sea forzosamente terrible para todas. Tampoco
parece claro que la maternidad sea el eje de nuestra única identidad y que la
marcha de las hijas y los hijos de casa sea frustrante para todas. Vislumbrar la
jubilación no debe estar mal, nos permite explorar nuevos ámbitos y espacios
de participación hasta ahora pospuestos o ignorados; encontrar espacios de
proyección personal e intelectual y disfrutar de la otra cara del curso vital.
Amén de profundizar en los vínculos y las relaciones, desde una disponibilidad
diferente. Envejecer es en gran medida el reto de llegar a asumir nuestro
cuerpo y nuestra cara, nuestra piel y nuestras manos. Envejecer es un “llegar a
ser”, un proceso que requiere un esfuerzo emocional continuo, necesitamos
mucha creatividad, imaginación y amigas con las que compartir dudas, penas y
estrategias. Necesitaremos modelos en los que mirarnos, necesitamos oír
muchas narrativas sobre el hacernos viejas, de manera que podamos
identificar pedazos de nosotras mismas haciendo espacios de libertad.
Argumentos para el cambio, razones para el trayecto.

Transiciones idiosincráticas del ciclo de vida y rituales terapéuticos


(Imber Black)
Los eventos y transiciones normativas del ciclo de la vida como casamiento,
nacimientos y muertes están marcados frecuentemente por rituales.Estos
rituales son procesos que ocurren a lo largo del tiempo y que implican
preparativos previos y reflexiones posteriores. La decisión de quién participará
en el planeamiento y ejecución de un ritual dentro del ciclo de la vida es
considerada una metáfora de las reglas familiares, representa una oportunidad
para un cambio de segundo orden. 

Los rituales funcionan reduciendo la ansiedad relativa al cambio, permiten que


estos cambios sean manejables, ya que los involucrados los viven como parte
de su sistema, más que como amenaza al mismo. Los rituales contribuyen a la
identidad de la familia y su sentido de sí misma a través del tiempo, facilitando
la elaboración de roles, límites y reglas. Tienen la capacidad de ayudar en la
resolución de un conflicto. El cambio se produce en varios niveles: el individual
(de adolescente a adulto), en las relaciones (de padre-hijo a dos adultos), en el
sistema familiar (expansión o contracción en la cantidad de miembros) y en la
relación entre familia y comunidad (graduarse marca la partida del niño de la
escuela y un cambio del vínculo de la flia con el mundo externo). Los rituales
pueden conducir a conectar a la familia con la generación anterior,
proporcionando un sentido de historia y arraigamiento, implicando
simultáneamente futuras relaciones. 

Transiciones idiosincráticas del ciclo de vida


 Todos los individuos y las familias viven algunas de las transiciones
normativas del ciclo de vida y participan en rituales que las facilitan, pero
muchos individuos y familias se enfrentan a transiciones idiosincráticas del ciclo
vital, que en virtud de su naturaleza aparentemente inusual o distinta, suelen
carecer de rituales que las marquen. Estas transiciones incluyen el nacimiento
de un niño discapacitado, un aborto espontáneo, una muerte inesperada, etc.
Estas transiciones idiosincráticas se definen a través de procesos
macrosociales que pueden cambiar con el tiempo o diferir entre distintos
grupos culturales y socioeconómicos. Un embarazo sin matrimonio puede ser o
no considerado un evento del ciclo de vida idiosincrático, dependiendo de las
normas familiares, del grupo de referencia y de la reacción de la comunidad.
Todas las transiciones tienen elementos en común, a saber: 

1. No existen rituales habituales, reiterados y ampliamente aceptados para


facilitar los cambios necesarios. 
2. Todos deben pasar por la reelaboración de relaciones pero no disponen de
mapas respecto de las transiciones más esperadas. 
3. A menudo falta el apoyo contextual de la familia de origen, la comunidad y la
cultura. 
4. Difícilmente se logra el equilibrio de ser ambas cosas: igual a los demás (una
familia con un miembro discapacitado comparte rasgos con otras familias) y
diferente (hay aspectos en el funcionamiento de dicha familia con un miembro
discapacitado distintos a otras familias), de esto resulta una posición oblicua
que niega la diferencia o la maximiza hasta excluir al sentimiento de conexión
con otros. 5. A menudo se siente estigmatizado debido a los prejuicios de la
comunidad. Esto lleva al surgimiento de secretos y conspiraciones de silencio
que constriñen las posibilidades relacionales. 
6. El involucramiento con sistemas más grandes es a menudo problemático.
Las familias cuya organización miembros no son afirmados por su cultura a
menudo son estigmatizadas por los sistemas más amplios, por ejemplo parejas
homosexuales y sus hijos. 
7. La familia puede abandonar o interrumpir rituales familiares que contribuyen
a su sentido de sí misma, especialmente si despiertan recuerdos dolorosos.
Paradójicamente, ese abandono o interrupción del ritual impide la curación y el
desarrollo relacional.

La aparición de los síntomas


Existe una conexión entre la desviación del evento normativo del ciclo vital y la
aparición de síntomas en individuos y familias. Las familias que viven eventos y
procesos idiosincráticos del ciclo de vida, están particularmente expuestas a un
desarrollo sintomático en sus miembros. La convergencia de la falta de apoyo
social, interrupción de relaciones y aislamiento, estigma, secreto, vergüenza en
uno o más miembros y, frecuentemente, relaciones tensionantes con sistemas
más amplios con los cuáles la familia debe interactuar pueden reflejarse en la
escasez de rituales que marquen los cambios evolutivos. Los síntomas y las
interacciones rígidas y reiteradas de los miembros de la familia en respuesta
los síntomas, expresa metafóricamente la situación atacada de la familia. En
estas familias se descubre una prominencia de procesos idiosincráticos del
ciclo vital que a menudo están ocultos.

Rituales terapéuticos
Los rituales intentan afectar los niveles del comportamiento, cognitivos y
afectivos, y se espera que la familia o el individuo improvisen, a fin de modelar
el ritual a las circunstancias particulares y personales. Utilizan símbolos y actos
simbólicos que pueden contener muchos significados.

 Los rituales terapéuticos se apoyan en elementos propios de los rituales del


ciclo vital normativo. Existen tres categorías particularmente útiles para los
eventos y procesos idiosincráticos del ciclo de vida. Éstos son

1. Rituales de transición. Estos rituales marcan y facilitan la transición de


miembros específicos y la pertenencia a la familia, cambiando los límites y
posibilitando nuevas opciones relacionales. Las transiciones necesarias en
eventos y procesos idiosincráticos del ciclo de vida a menudo carecen de
rituales.
 2. Rituales de curación. Estos rituales son parte de la tradición humana. Cada
cultura tiene rituales para señalar pérdidas importantes, manejar el dolor de los
sobrevivientes y facilitar la continuación de la vida después de tal pérdida. La
curación puede ser necesaria por la disolución de relaciones; para
reconciliaciones después de relaciones dolorosas (infidelidad); un dolor no
resuelto; etc. Los rituales curativos terapéuticos son particularmente útiles
cuando no existen rituales normativos de curación (aborto espontáneo, fin de
una relación importante) o no alcanzan para sustentar la magnitud de la
pérdida (suicidio o muertes repentinas o violentas). Estos rituales deberían
comenzar con la afirmación de la tristeza y luego llevar a un proceso gradual de
dejar ir respetando el tiempo del cliente. Las acciones simbólicas a menudo
reflejan lo que ocurre en los rituales curativos normativos, como quemar y
enterrar. El terapeuta se desempeña como testigo y como participante. Estos
rituales pueden ser seguidos de rituales celebrativos. 
3. Rituales de redefinición de la identidad. Estos rituales tienen la función de
remover etiquetas y estigmas de los individuos, parejas y familias, y a menudo
reestructuran las relaciones entre las familias y los sistemas más amplios, lo
que es especialmente necesario cuando estos contienen puntos de vista
negativos hacia una familia. Lo que debe tratar de lograrse es el equilibrio entre
ser similar y diferente a los demás. La similitud con otras familias y el ser
especiales como familia son subrayados y confirmados.

El diseño y la implementación de rituales terapéuticos para las transiciones del


ciclo de vida idiosincrático 
Watzlawick se refirió a los rituales terapéuticos como “las más abarcadoras y
elegantes de todas las intervenciones”. Palazzoli señaló que los rituales
requieren de una gran creatividad por parte del terapeuta. Una serie de pautas
mejora el proceso de diseño e implementación de rituales. Dichas pautas son: 

1. Los rituales terapéuticos son parte de un proceso terapéutico más amplio. Su


eficacia radica en el planeamiento,la evaluación cuidadosa, tener
especialmente en cuenta las fases y eventos idiosincráticos del ciclo de vida y
el respeto y la aceptación entre familia y terapeuta. 
2. El terapeuta investiga para descubrir símbolos y actos simbólicos del
individuo, familia y grupo que representan la posibilidad del desarrollo
relacional. Estos símbolos deben conectar a la familia con lo conocido y al
mismo tiempo ser capaces de llevarla hacia lo poco conocido.
 3. El terapeuta esboza el ritual utilizando el input de la familia para las
dimensiones de tiempo y espacio. Los rituales pueden ocurrir en cierto
momento o a lo largo del tiempo. 
4. El terapeuta trata de alternar a fin de incorporar contradicciones.
 5. El terapeuta cuida de que algunos aspectos del ritual sean pensados e
improvisados por la familia, con el objetivo de facilitar que la imaginación se
lleve a resolver el problema y destaque el funcionamiento. 
6. Los rituales terapéuticos toman prestados aspectos de los rituales
normativos. 
7. El terapeuta permanece abierto al desarrollo del ritual por parte de la familia,
incluyendo la opción de no llevarlo a cabo.

Los rituales son oportunidades para la confirmación de las relaciones


existentes y para el inicio del cambio relacional. La disposición de la familia
debe ser cuidadosamente calibrada y respetada. En ritual terapéuticos
exitosos, el ritual y su resultado pertenecen a la flia.

El ciclo de la vida de la familia: un marco para la terapia familiar (Carter-


Goldrick)
Ciclo vital enfatiza la idea de desarrollo humano como algo que se construye a
lo largo de toda la vida. Los primeros años de vida son formativos, no
determinantes del resto de nuestras vidas. Se considera a la familia en sí
misma atravesando un ciclo vital; el contexto más amplio que determina el
desarrollo individual de cada miembro de la familia. La familia es más que la
suma de sus partes. Es en sí misma una unidad básica de desarrollo
emocional. Esta perspectiva de familia es crucial para entender los problemas
emocionales que la gente desarrolla a medida que se enfrenta con el proceso
del ciclo vital. 

Bernice Neugarten menciona puntos claves de la vida como el final de la


escolaridad, el casamiento, el éxito laboral que propicien cambios en el
concepto del Self e identidad, incorporando nuevos roles que llevan a nuevas
adaptaciones. Esta autora dice que los eventos tienden a ser traumáticos si
ocurren fuera del momento en que es esperable dentro del curso de la vida. El
estrés más significativo está causado por eventos que descolocan la secuencia
y el ritmo del ciclo de vida, por ejemplo: muerte de uno de los padres durante la
infancia, nacimiento de un bebé demasiado tarde o temprano, etc. Otro autor
denomina “transiciones idiosincráticas” a estos eventos no esperados para el
ciclo vital para los cuales no hay mapas ni rituales. La psicología del ciclo de
vida es una psicología del “timing”, no del comportamiento en crisis.

El ciclo de vida es tomado en términos del significado de la conexión


intergeneracional en la familia. Duvall (1957) si bien tomaba la familia como
una sumatoria de ciclos vitales individuales, marco estadios con eventos
nodales relacionados con la llegada y partida de los miembros de la familia:
casamiento, nacimiento, crianza, partida de los hijos, retiro y muerte. Haley
(1973) es quien realiza una organización conceptual alrededor de los ciclos
vitales familiares. Describe el ciclo vital familiar en seis estadios y plantea que
el estrés se da en los momentos de transición de un estadio al siguiente. Los
síntomas aparecen por lo general cuando hay una interrupción o descolocación
en el ciclo de vida familiar y son un signo de que la familia está estancada, y
teniendo dificultades para moverse y hacer la transición hacia la siguiente fase. 

Minuchin (1974) describe el desarrollo del ciclo vital familiar como el


componente clave para un esquema basado en considerar a la familia como un
sistema. Las familias son vistas como familias “normales” en situaciones de
transición, sufriendo los dolores de tener que acomodarse a nuevas
circunstancias. La sociología coincide en que un suceso del desarrollo
automáticamente mueve a la familia desde un estadio a otro. Los terapeutas
familiares se enfrentan a familias donde los cambios no se dieron
automáticamente porque el patrón emocional no permitió el cambio al siguiente
estadio.

Marco conceptual del sistema familiar: 


a. El sistema humano es un complejo de personas interdependientes que
reafirman que el todo es más que sus miembros individuales. 
b. Ningún sistema, incluyendo el sistema familiar, es independiente de otros
sistemas humanos. 
c. No existe el individuo/Self si no hay otros, si no hay un sistema, y no hay
sistema sin individuos. 
d. La individualidad de una persona se construye a través de múltiples
relaciones vinculares en dos esferas: la doméstica (flia, amigos) y la no
doméstica (vida pública y trabajo). 
e. Eventos cruciales son los sucesos usuales que generan inestabilidad en las
funciones de los miembros y traen la posibilidad de reacomodamiento y
crecimiento familiar. 
f. Para ser miembro de un sistema, uno se ubica como par y también
complemento en relación a otros en algún tipo de escala de poder o jerarquía,
cuyas funciones se interrelacionan en una interdependencia adaptativa.
 g. La capacidad de la persona de formar relaciones de pares o
complementarias está determinada por el lugar que ha tenido en la estructura
de su propia familia.

STRESS TRANSGENERACIONAL Y DEL CICLO DE VIDA 


Familia: es un sistema emocional familiar de al menos tres generaciones,
campo operativo emocional en cualquier momento dado. La familia nuclear es
un subsistema emocional, que reacciona tanto al pasado como al presente de
las relaciones vinculares dentro de un complejo sistema tri-generacional. El
flujo de ansiedad en una familia se mueven en dos direcciones: vertical y
horizontal que son llamados el eje vertical y eje horizontal respectivamente.

El eje vertical (stress transgeneracional) se relaciona con todo lo que se


transmite desde la generación anterior, es lo dado, lo que recibimos. Por
ejemplo: patrones de funcionamiento familiar, mitos, creencias, expectativas,
etc. 

El eje horizontal (stress normativo) Incluye los extensores predecibles del


desarrollo a lo largo del ciclo vital y Eventos impredecibles que irrumpen en el
proceso de ciclo de vida. Se refiere a la ansiedad que enfrenta la familia a
medida que se mueve a través del tiempo afrontando cambios y transiciones
del ciclo vital familiar. Por ejemplo: enfermedad crónica, nacimiento de un niño
con capacidad, muerte fuera de tiempo, etc. Con suficiente estrés en este deje
cualquier familia luciría disfuncional.
La intersección de ambos ejes marca una intensidad de la ansiedad que se
juega por la influencia de ambos, es decir, los factores asociados a la situación
que estén pasando se conectan con los temas familiares de la generación
anterior que también vienen cargados de ansiedad. A mayor ansiedad en
cualquier punto del ciclo de desarrollo más difíciles o disfuncionales van a ser
las transiciones. 

Estos ejes se enmarcan, a su vez, en un contexto histórico que genera


movimientos en lo social y cultural que influyen en el proceso del ciclo vital de
esa familia. El modelo de ciclo vital familiar tiene influencia sobre la mirada
hacia quienes consultan en terapia. Las familias acuden a terapia cuando las
cosas no resultan como esperaban. A lo largo del ciclo vital hay tareas
emocionales que deben ser completadas por el sistema familiar y requieren un
cambio en el estatus de los miembros. . Existe un complejo proceso emocional
involucrado en el pasaje de una fase a otra. Hay roles y funciones que pueden
ser reemplazados por diferentes individuos del sistema a lo largo del tiempo,
pero lo que es irremplazable y constituye el mayor valor de la familia son los
vínculos. Las transiciones involucran cambios de miembros y estatus de los
mismos en relación a otros. Las familias disfuncionales se caracterizan por
confundir estos cambios de status, de entradas y salidas y de funciones. Por
ejemplo: familias que no permiten crecer o autonomizarse a los hijos

Un aspecto importante del estatus familiar es cuando algún miembro cree que
puede elegir su función en la familia, cuando en realidad hay poca opción por
ejemplo cuando nacen los hijos y se entra a la paternidad (esto no es alterable
por nosotros). Cuando los miembros actúan como si los vínculos fueran
opcionales, lo hacen en detrimento de su sentido de identidad y de la riqueza
de su contexto emocional y social.

 LAS ETAPAS DEL CICLO DE VIDA FAMILIAR 


Tomamos el ciclo de vida familiar desde el adulto joven soltero quien deberá
enfrentar la tarea de diferenciarse de su familia de origen antes de configurar el
nuevo ciclo vital familiar.

Se enumeran seis estadios o fases del ciclo vital familiar. En cada estadio hay
tareas predecibles que deberían ser logradas, además se posibilita rastrear
patrones familiares de rituales de transición. En cada fase ocurren dos
procesos diferentes: 
1) La persona construye una base de autoconocimiento que le permite
comprenderse a sí mismo, desarrollando una base de conocimiento acerca de
quién es en relación a las otras personas con las que interactúa; 
2) La familia tiene el propósito de respaldar la realización de las necesidades,
especialmente las de desarrollo de los miembros. La intervención terapéutica
en una familia disfuncional es restablecer la capacidad de atender esas
necesidades. Los roles y funciones son reemplazables pero no la relación
vincular. 

Estadios:
Acerca de la adultez (Amorin)
Amorin toma a la adultez como el periodo de plenitud en el hombre. Se
concebía a la adultez como un largo momento cronológico-bien diferenciado de
los anteriores-que giraba en torno al eje de la consolidación de lo adquirido
evolutivamente en las etapas precedentes, y en donde adultos y adultas se
preparaban, de la mano de las incipientes y progresivas señales de involución,
para sobrellevar el ingreso inevitable al tramo final de la vida. Se plantean
subdivisiones reduccionistas: 

a) Adultez joven, de los 20-30 años, cuyo eje estaría centrado en conductas
orientadas a consolidarse fundamentalmente en el ámbito laboral con la
consecución de una inserción estable, y consolidar una pareja base para la
fundación de un grupo familiar estable.
 b) Adultez media, hasta los 40 años, enfocada en los cambios corporales, con
énfasis en las transformaciones femeninas como la menopausia. En el varón se
planteaba la consolidación de una tendencia reflexiva a modo de balance
existencial y una perspectiva psicológica diferente frente a la propia muerte que
provoca una crisis específica. 
c) Adultez tardía, hasta los 65 años, destinada a enfrentar y procesar las
pérdidas y tratar de soportar con dignidad y entereza la inminencia de la vejez.
Para el psicoanálisis en sus inicios, el comportamiento adulto se entendía como
definitivamente forjado por los avatares estructurantes que las pulsiones
imprimían sobre los cuerpos erógenos, los afectos y los inconscientes desde el
nacimiento hasta la adolescencia. La adultez se enmarca en estereotipos
fuertemente consolidados y estables que dejaban un margen casi inexistente
para lo innovador y transformador, así como para el cambio. 

En el género masculino los hombres deben pagar un precio por tener que
sostener la imagen de lo que se espera debe ser viril, lo que los convierte no en
un “sujeto para sí” sino en un “sujeto para la imagen de sí” que debe sostener
el estereotipo de género a costa de su alienación como persona. Amorín
plantea que para entender al adulto varón hoy es necesario tener en cuenta
estas características e indagar las posibilidades de cambio que esta dimensión
admite.

La falta de una visión que incluya la dimensión crítica de los dinamismos de la


adultez per se y ya no con una mera reedición o recapitulación del pasado
infanto-adolescente,será limitada y sesgada. Tal postura no dejará de tener
efectos sobre la técnica terapéutica y, definitivamente, sobre las vidas de los
pacientes.

 La adolescencia es vista como un trabajo de deconstrucción y de


reconstrucción, sobre sedimentos que afectarán la arquitectura del nuevo
edificio, pero a la cual no podrían someterse completamente. Un proceso
similar puede acontecer en la crisis de la vida adulta, aquella definida por
Jacques (1966) como “crisis de la mitad de la vida”. Ubicando la adultez media
dentro de parámetros cronológicos, a groso modo podríamos decir que está
entre los 35 y los 55 años.

El adulto/a medio se debate entre los dinamismos de la juventud pasada y la


vejez temida. Estas dos realidades atraviesan los aspectos críticos presentes
imprimiendo los efectos que no comprenderemos si no consideraremos esta
doble influencia. La adultez actual produce que hombres y mujeres se
encuentren en un tiempo de transformaciones y modificaciones, de necesaria
definición, diferenciación y juicio tales, que constituyen una verdadera crisis
evolutiva. Algunos elementos necesarios para comprender y definir la adultez
son: 

a) La relación con sus padres y con los mayores en general


b) Relación con sus hijos/as y con las generaciones más jóvenes en general
c) Relación con su propio cuerpo 
d) Relaciones de género 
e) Sexualidad y vicisitudes pulsionales 
f) Características de la vida afectiva 
g) Inserción en el mundo laboral
h) Proyecto personal y colectivo
i) Construcción y deconstrucción de la identidad
j) Vivencia subjetiva del tiempo
k) Vivencia ante la muerte

Varios de estos elementos avalan una crisis de los paradigmas que sostenían
la subjetividad adulta, algunos de ellos son: 

- Pérdida de vigencia de la cualidad de la tarea social intergeneracional de


transmisión de ideales y valores: religiosos, filosóficos, culturales, estéticos,
políticos, éticos y morales, existenciales.
 - Inversión de la deuda simbólica y culpa (los padres dependen afectivamente
de sus hijos. El hijo enseña al padre y no quiere parecerse a éste). 
- El mundo adulto aparece como peligroso y no protector. 
- Transformación de los roles y funciones paternos y maternos y de las
representaciones sociales sobre parentalidad:
 a) El rol paterno tradicional relativo a encarnar la ley ha perdido su vigencia; 
b) El rol materno destinado a la administración de los afectos tiene que hacerle
lugar y acomodarse a una parafernalia de nuevos roles femeninos a veces
difícilmente conciliables entre sí. 
- Caída del fenómeno de autoridad
 - Pérdida de ideales de género
 - Desapuntalamiento respecto del mundo del trabajo
 - Falla de la cadena de ideales del yo (ser adulto sano es ideal)
 - Fracaso de la pareja matrimonial y la estructura familiar tradicional 

Según Di Segni, aparecieron nuevos tipos de adultos, con virtudes y defectos,


que tomaban lo que querían o podían de lo que se ofrecía como novedoso y lo
que quedaba como viejo para criar a sus hijos. Podrían distinguirse tres tipos
de adultos:

 a) Los adultos tradicionales que no innovan o lo hacen lo menos posible


debido a su fuerte condición conservadora. Estos adultos no desarrollan su
creatividad, sostienen los roles tradicionales para hombres y mujeres en cuanto
a las relaciones de género. Pueden caer en el autoritarismo intentando
sostener un modo de vida que no encuentra eco entre los jóvenes y otros
adultos. Como aspecto positivo está la posibilidad de proporcionar un marco
claro y explícito a los hijos.

 b) Los adultos adolescentes son aquellos que reniegan de ser adultos en tanto
en su adolescencia desplegaron la rebelión y rompieron la brecha
generacional. No aceptan ubicarse en un lugar diferente al de jóvenes: recurren
a gimnasias, dietas, moda juveniles. Renuncian a la autoridad, renunciando de
palabra el poder pero ejerciéndolo y teniendo conflictos con las figuras de
autoridad así como con sus padres y madres a quienes desautorizan. 
Estos adultos pueden caer en la demagogia de tratar a sus hijos como iguales.
El grado de rechazo a ocupar el rol adulto es variable, tiene matices:
 a) Ponen algunos límites. Se hacen cargo de su responsabilidad económica,
establecen alguna organización familiar, mantienen un vínculo de complicidad y
comunicación fluida con los jóvenes;
 b) Se mimetizan con los adolescentes en la ropa, costumbres, gestos y
cuerpo;
 c) No dejaron de ser adolescentes. Arrastran crisis de identidad, vocacionales,
laborales y afectivas más allá de los 40 años.
 El aspecto positivo es que mantienen una buena comunicación y
reconocimiento de los derechos del niño y la niña. 
c) Los adultos inseguros se preguntan constantemente qué es ser adultos.
Consumen consejos de profesionales y libros de autoayuda buscando definir su
rol. Presentan fuertes contradicciones: temen enojarse porque temen perder el
amor de sus hijos, pero igual su inseguridad genera violencia en sus hijos.
Forman grupos familiares basados en una duda permanente sobre qué hacer.
El aspecto más negativo es caer en parálisis y confusión ante la toma de
decisiones y estrés significativo. Como positivo la duda les permite pensar y
repensar sus acciones, lo que facilita la adaptación a situaciones diferentes.
Esta capacidad bien instrumentada permite transmitir a los jóvenes una
capacidad crítica positiva.

Nos encontramos como nunca antes jaqueados por nuevas formas de


organizar, administrar y vivenciar el vínculo de pareja. Asistimos a un aumento
de uniones consensuales; postergación de la edad para casarse; pérdida de
popularidad del casamiento; parejas que eligen no tener hijos; mujeres solteras
que eligen tenerlos; hogares formados por parejas homosexuales; hogares
ensamblados o reconstituidos; etc. Estos datos nos llevan a incluir el fenómeno
de la ruptura de pareja como un elemento significativo para comprender la
adultez de hoy. 

Somos los adultos quienes aprendemos de los jóvenes frente al vértigo


tecnológico que inunda nuestra cotidianidad con aparatos, máquinas, etc. Bajo
la presión del imperativo de la cultura juvenil, la adolescentización y el terror a
la vejez, ser adulto ya no es ideal ni modelo, los padres quieren parecerse a
sus hijos.

Muchos adultos y adultos buscan eliminar sus emociones interpretadas como


malestar. Podemos ver un efecto de medicalización con su corolario de
prescripción medicamentosa frente a la vida adulta. (Modelo identificatorio de
automedicación que los jóvenes toman de sus padres al utilizar sustancias
psicoactivas). Los mayores hemos dejado de ser modelos de experiencia o
saber. Los jóvenes,incluso cuando aspiran al casamiento, trasladan a la
experiencia de éste los valores de las relaciones espontáneas y elegidas, no
renuncian al amor ni el sexo compartido. 

CRISIS EVOLUTIVA DE LA ADULTEZ MEDIA 


Concebimos el desarrollo como una secuencia de crisis evolutivas que definen
la ocurrencia de momentos evolutivos. Vamos transitando de crisis en crisis, los
momentos evolutivos se relacionan relativamente con las edades pero su
dinamismo depende del cruce de muchas variables. Una crisis es, por
definición, sinónimo de cambio, transformación, modificación, alteración. Si el
equilibrio no es recompuesto, la persona queda expuesta a problemas que
pueden ser causa de alteraciones y desviaciones del desarrollo, y éstas a su
vez de conflictos y trastornos que trascienden la crisis evolutiva tornándose una
crisis de otro orden. Esto puede dar origen a sintomatologías. La oportunidad
está en la posibilidad de acceder a un estado mejor, acorde con los cambios de
la vida, pero está también en la posibilidad de una lectura autocrítica del
momento anterior, y es ahí donde viene el juicio y luego la decisión. La crisis es
un medio para juzgar auto críticamente lo que fue el equilibrio anterior, el sujeto
puede tomar distancia de sí mismo a través del tiempo. Fenomenológicamente
una crisis es un conjunto de fenómenos que imprimen una exigencia al
psiquismo en tanto amenazan con alterar el equilibrio de los comportamientos
cotidianos. El fenómeno crítico altera la continuidad existencial, la fractura, la
desestabiliza. La crisis produce un disloque, algo que se sale de lugar,
usurpando un equilibrio y con él la estabilidad del sentimiento de continuidad
existencial, impactando en mayor o menor medida en aspectos de la identidad.
La experiencia crítica exige al psiquismo un proceso y trabajo de elaboración.
La oportunidad está en la posibilidad de laborar saludablemente el episodio
crítico. El yo tiene que recomponerse para poner en marcha los mecanismos
defensivos adaptativos que le van a permitir restituir un estado de equilibrio, no
anterior sino uno nuevo. La crisis exige dos procesos entrelazados: uno es la
elaboración del duelo y el otro es la asunción de lo nuevo y su correlato
adaptativo. El estado de tránsito entre el anterior y el nuevo puede precipitar
ansiedad de confusionales. Existen tres tipos de crisis vitales:

1) Las crisis evolutivas son eventos constituidos por componentes psico-


sociales que dinamizan-por su magnitud, relevancia y significación existencial-
el pasaje de un momento evolutivo a otro, y que es común a todos los objetos
dentro de un mismo momento evolutivo dado, constituyendo el motor del
proceso de desarrollo que define el ciclo vital. 

2) Las crisis accidentales son individuales y contingentes, no necesariamente


constituyen eventos que se repitan en un colectivo evolutivo (fallecimiento de
personas cercanas, separaciones, etc). 

3) Las crisis traumáticas son resultado de una crisis evolutiva o accidental que
no pudo ser elaborada. Ganó el peligro y perdió la oportunidad inherente a toda
crisis ya que el psiquismo no pudo implementar mecanismos adaptativos
viendo alterada sus funciones. 
Una crisis puede ser traumática por: a) la intensidad de los elementos externos
que puede ser desbordante; b) el estado del aparato psíquico: la capacidad
para canalizar, descargar y metabolizar ansiedades y la capacidad adaptativa
de los mecanismos de defensa que el yo pone en juego; c) la sumatoria o
contemporaneidad de varios eventos que impactan y exigen un cambio crítico;
d) un evento cualquiera puede devenir traumático en función de su asociación
con otros eventos reforzándose recíprocamente en su potencialidad
desestructurante; e) el impacto de episodios accidentales de la vida que no son
esperados ni anticipables, dando un carácter de invasión sin barreras al interior
del sujeto. 

LA CRISIS DE LA MITAD DE LA VIDA 


Consiste en un proceso de transición que abarca algunos años, aprox a los 35
años. Se caracteriza por una marcada tendencia en el trabajo creador de
grandes hombres en la mitad y final de la década de los 30 años. Esta crisis
puede expresarse en tres formas: 1) la condición creadora puede terminar; 2) la
capacidad creadora se expresa por primera vez; 3) se produce un cambio
trascendente en cuanto a la calidad y el contenido de la creatividad. Cobran
dimensión relevante la conciencia de la muerte y de los componentes de
impulsos humanos destructivos, lo que remueve estructura psíquicas
consolidadas muy tempranamente en el desarrollo ontogenético, obligando a
procesos de elaboración y reelaboración de ansiedades depresivas
específicas. Si estos procesos se producen adecuadamente sobreviene una
“reasignación constructiva” que se consolida en la adultez madura: se
incrementa la confianza en la propia capacidad de amar y se habilita a
comenzar el procesamiento de duelo por la propia muerte. Si el sujeto no logra
superar los aspectos críticos puede sufrir síntomas depresivos o efectos de las
defensas maníacas: trastornos hipocondríacos; mecanismos obsesivos;
deterioro de rasgos del carácter y superficialidad.

Fernández propone un punteo de las modificaciones más constatables en la


esfera psico-social para los adultos que transitan este momento del ciclo vital: 

1. Cambios corporales: disminución en su rendimiento cuantitativo y en la


tensión muscular. Trastornos funcionales. 
2. Cambios sexuales: del ritmo sexual y su intensidad.
 3. Cambios en la pareja matrimonial: mayor conocimiento y aflojamiento de la
responsabilidad compartida con los hijos. 
4. Cambios con los hijos que pasan a ser adolescentes, la relación pasa a ser
más confrontada qué complementaria. Más autonomía para todos. 
5. Cambios en las relaciones laborales. Pasa un primer plano la realización
personal.
 6. Cambios en la forma de pensar y creer, la intuición busca un amplio espacio
para el diálogo. Hay un trecho entre el pensar y el actuar. Y éste pensar se
disfruta enseñando, avalado por la experiencia. 
7. Cambio en el ritmo de vida al tener más conciencia del tiempo pasado y de
la muerte más próxima. La vida ya no es algo que hay que ganar, sino algo
para vivir con. Se valora más el “minuto” que “lo que falta”.

Burin destaca cambios entre los 40 y 50 años: a) disminución hormonal que


puede dificultar las relaciones sexuales; b) en una sociedad donde el aspecto
juvenil es un valor predominante, la figura corporal pasa hacer un aspecto
conflictivo de la aceptación; c) toma de conciencia de la temporalidad de la vida
y la muerte como una realidad personal, lo cual se va a nuevas
consideraciones acerca del tiempo e incluso del sentido de la vida.

Montero habla de “mediana edad” en vez de “mitad de la vida”. Amorin prefiere


definir una “crisis evolutiva de la adultez media”, que no es accidental, sino que
implica específicos dinamismos psico-sociales. Lo que Montero define
“transición de la mediana edad”, “crisis de la mediana edad” sería para Amorín
una mala elaboración de la crisis evolutiva de la adultez media, generando
componentes potencialmente traumáticos o traumáticos.

También podría gustarte