Purapalabra Antología X - 2017
Purapalabra Antología X - 2017
Taller literario
PURAPALABRA
Purapalabra: Antología 2017
María Fernanda Barro Gil
Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Purapalabra Ediciones, 2017
284 p. ; 20 x 14 cm
ISBN 978-987-27379-5-5
1. Narrativa Argentina Contemporánea. 2. Poesía I Título
.
CDD A861
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y atesorada celosamente en mi corazón, otra perspectiva de la crea-
ción literaria que me apasiona tanto como el producto resultado: los
gestos que acompañan el trabajo de cada escritor y escritora. Esos
gestos que salen de las entrañas o el pensamiento, del dolor o la
alegría, de los aciertos o de los errores, de su vida misma.
En nuestras clases he visto lágrimas amargas, sonrisas dulcísimas,
labios que tiemblan de dolor o de bronca, corazones agitados que va-
lientes y atrevidos echan sus versos del alma al papel de sus libretas,
como cada semana. Así de intensos son nuestros encuentros.
Gracias por tantas palabras puras. Puras no por limpias, blancas
ni inocentes. Puras palabras por genuinas, por vitales, por reales. Por
ser ustedes mismos.
María Fernanda Barro Gil
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Ariel Introzzi
El barrilete
Esa tarde no pudo consolar a su mujer que lloraba sin siquiera
enjugar sus lágrimas. Acostumbraba a hacerlo, sacando fuerzas de
donde no tenía, abrazándola y arrimándole el rostro contra su pe-
cho. Pero esa tarde no tenía fuerzas, la angustia también se había
apoderado de él.
Salió del dormitorio en dirección a la calle. Sólo se detuvo un ins-
tante, permaneciendo inmóvil en el vano de la puerta del dormitorio
que había sido de su hijo; sintió esa mezcla de orden y quietud que
poseen las dependencias vacías, detenidas en el tiempo cuando sus
ocupantes ya no están.
Caminó sin rumbo, aspirando el aire frío del otoño, como si sus
pies obedecieran solamente a sus piernas y no a su voluntad.
Sin decidirlo, llegó hasta una plaza. Las hojas caídas cubrían en-
teramente el suelo y el viento las arremolinaba en círculos que se ele-
vaban y volvían a descender, esparciéndolas por toda la plaza.
Una madre hamacaba a un niño. Una pareja de ancianos frotaba
sus manos para darse calor mientras pequeñas nubes de vapor salían
de sus bocas al ritmo de su respiración. El cielo era gris y el viento
arreciaba cada vez más.
Un niño apareció en el otro extremo de la plaza junto con su ba-
rrilete, pintado de colores vivos que contrastaban con el pálido de las
hojas caídas y el gris del cielo. Desmadejó el hilo del carretel y co-
menzó a correr en dirección al hombre, dándole cada vez más cuerda
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a su barrilete que se alzaba dificultosamente hacia el cielo. El barrilete
permaneció unos pocos momentos elevado y luego se desplomó al
cambiar el sentido del viento, cayendo a los pies del hombre. El niño,
temeroso, se le acercó unos pasos. El hombre tomó el barrilete, fue
hasta donde se encontraba el niño y se lo dio. Al hacerlo, pudo son-
reír.
La cicatriz
El joven Fiscal se acomodó la corbata, y se puso de pie en señal de
respeto. Lo mismo hizo el abogado Defensor del acusado, pese al
cansancio y la dificultad para moverse que le traían sus años. El juicio
había comenzado.
El Fiscal llamó a su primer testigo; una mujer joven, que ingresó a
la sala mirando fijamente hacia adelante, evitando cruzar su mirada
con la del acusado. Nerviosa durante toda su declaración, deslizaba
dos de sus dedos por su bolso, como un movimiento automatizado
que no podía controlar.
Pese a ello, la mujer pudo responder con precisión a las preguntas
que le formuló el Fiscal, un hombre joven, vestido con un traje impeca-
ble, que contrastaba con el del abogado Defensor, un hombre mayor,
quienpeseasusacoypantalonesraídos, eradignoensuaspecto.
Contó la mujer cómo había sido atacada aquella noche, en que
regresaba sola de su trabajo, al atravesar esos barrios tan oscuros que
inexorablemente debía transitar para llegar a su casa. Relató, ca-
bizbaja y llorando, cómo aquel sujeto la había tomado con fuerza de
las manos, arrojándola al suelo, colocándole una navaja en su gar-
ganta y tapándole la boca para que no gritase y violarla una y otra vez
hasta el hartazgo.
Tras un breve silencio, el Fiscal le exigió a la mujer que mirase al
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acusado para para que pudiera reconocerlo como quien la había ata-
cado. Así lo hizo la mujer, diciendo que estaba absolutamente segura
que se trataba del violador y que, además, estaba vestido igual que en
aquella oportunidad, con pantalones de jeans y buzo negro.
Brindó un dato trascendente: el sujeto tenía en su mejilla una ci-
catriz de dos centímetros de largo; igual a la que se veía en el rostro
del acusado.
Fue el turno luego del segundo testigo, un sereno de una fábrica
quien, acostumbrado a la oscuridad de las noches, había alcanzado a
ver corriendo de frente hacia él a un hombre con pantalones de jeans
y buzo negro. Una marca había visto en su rostro. Se mostró satisfe-
cho el Fiscal cuando este testigo, al ver al acusado, dijo que podría
tratarse perfectamente de quien había visto correr de frente hacia él,
aquella noche.
El tercer y último testigo, se trató de un Oficial de Policía. Había
visto corriendo aquella noche a un hombre y le había dado la voz de
alto, pero el sujeto la había desoído, corriendo aún más rápido. Logró
el policía alcanzarlo y luchar con él, pero finalmente escapó. Pudo ver
perfectamente la cicatriz que poseía en su mejilla. Con habilidad, el
Fiscal le preguntó si recordaba las ropas de aquel sujeto, y el Oficial
dijo que sí, que vestía pantalones de jean y un buzo negro; y que,
además, escondido en una de sus mangas, había visto un objeto que
brillaba a la luz, que bien podría tratarse de una navaja.
Se dio por satisfecho el Fiscal y, a viva voz, dijo al Tribunal que
desistía del resto de las pruebas, y que se encontraba en condiciones
de formular su acusación. Así lo hizo, y requirió se condenara al acu-
sado a la pena de prisión perpetua.
Al escucharlo, tragó saliva el acusado y miró a su Defensor. El
abogado, se limitó a apoyarle la mano sobre su hombro y, tras una
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breve pausa, solicitó al Tribunal examinar nuevamente a los tres
testigos.
Los Jueces, sin disimular su fastidio, hicieron lugar a la petición
del Defensor. Entonces el abogado, pese al cansancio que le traían
sus años, se incorporó y, de pie frente al estrado, pidió también que
se autorizara a ingresar a la sala al hermano del acusado.
Así se hizo, la puerta se abrió y atravesó el umbral el hermano ge-
melo del acusado. Vestía pantalones de jeans y buzo negro. Sentado
frente a los testigos, ni la víctima, ni el sereno, ni el Oficial de Policía
pudieron distinguirlo del acusado.
Levantó la voz el Fiscal y exigió que lo mirasen atentamente al
rostro, la cicatriz debía ser una marca exclusiva del acusado; pero la
mujer, el sereno y el Oficial de Policía, cuando aproximaron su
rostro a pocos centímetros del hermano gemelo, alcanzaron a ver una
cicatriz en su mejilla, aproximadamente de dos centímetros.
Mordió su labio inferior el Fiscal, golpeó con su mano el estrado,
se dirigió a su asiento y, vencido, desistió de la acusación que mo-
mentos antes había formulado. El Tribunal, inmediatamente, liberó
al acusado, quien festejó su triunfo; no así el abogado Defensor, que
rápidamente ordenó sus papeles y se retiró de la audiencia.
Nadie prestó atención al hermano gemelo, que caminó hasta
fuera de la sala y se dirigió al baño. Frente al espejo, se tocó la mejilla;
aún le dolía el corte de dos centímetros que pocos días antes se había
hecho con una afilada navaja, y que rápidamente había cicatrizado.
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Carlos Enrique Videla
Recuerdos del ayer
En la capital de una provincia del norte, treinta años atrás se cele-
bró la boda de un aristocrático y acaudalado estanciero. Don Eugenio
Dorrego Echeverría, hombre mayor, calvo y desgarbado, pero senci-
llo, amable y carismático, con María de las Mercedes Luna, joven
hermosa y esbelta, pero engreída, de clase social media. Los familiares
y los más llegados del novio, después de muchos intentos no consi-
guieron persuadirlo. Ellos no recibieron con agrado tal aconteci-
miento…
La vieja mansión estaba rodeada de un frondoso parque que en
una época lejana fue envidia de toda la ciudad. En sus suntuosos salo-
nes, se lució la elite. En los bailes de máscara, los que la dueña de casa
los organizaba para lucirse con frialdad e ironía ante sus invitados,
corría el caviar ruso y champagne francés.
Allí, en ese parque, había un arrumbado banco de mármol donde
nereidas y semidiosas se bañaban en surgentes y cristalinas aguas.
Estas se encontraban cubiertas con una pátina de olvido y estaban
carcomidas por la erupción, aunque querían seguir mostrándose en-
tre el lodo de ramas secas. Allí se sentó María de las Mercedes. Vestía
un modelo de Coco Chanel, pero la prenda se encontraba muy dete-
riorada. Lo debió lucir años atrás, en la boda de Patricio, su hijo. La
acompañaban dos hermosas Golden, sus silenciosas y comprensivas
confidentes. La belleza, el atractivo y la altivez de esa mujer era el cen-
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tro de todas las reuniones. Las hacía con un despectivo orgullo, para
lucirse con frialdad e ironía ante sus invitados. Ellos, quienes no le
dieron cavidad en sus círculos, concurrían por el compromiso y
respeto que le profesaban a don Eugenio Dorrego Echeverría, su
marido. Al sentarse en ese banco rememoraba momentos de júbilo y
alegría junto a su familia. Lo hacía cuando su melancolía comenzaba
a rebelarse y su estado mental se desbordaba en recuerdos. Actuaba
como si se estuviera desarrollando una de las reuniones de las que ella
organizaba, sin importarles los demás. Margarita, una vieja dama de
compañía que fuera la nana de Patricio, hoy era su asistente. Después
de haber estado horas en ese lugar, impetuosamente se paró, saliendo
del banco y, dirigiéndose a sus dos confidentes les dijo:
–¡Espero que lleguen pronto! ¡No sé por qué tuvieron que irse a
la estancia justo el día de la boda! ¡qué hombres! ¡Padre e hijo son
iguales! –así gritaba o murmuraba murmurando frases, que a veces
eran inentendibles, otras, en un tono de voz muy desagradable y así
continuó hasta que llegó a la cocina, donde Margarita preparaba el
almuerzo.
–¡¿Ya trajeron el frac de Federico?! ¡¿Cómo que aún no está?!
–les gritó a las dóciles Golden– ¡Apuren, apuren!
Entró al gran salón, donde se respiraba una penetrante fetidez y
humedad, por razones de abandono. Entonces comenzó a correr.
Corrió y corrió alrededor del salón. En ese momento, vio el palco y la
orquesta. Sus oídos escucharon el vals que bailaba con su esposo. Sus
ojos lo vieron. Lo tomo del brazo, lo vio varonil, elegante, buen mo-
zo, todos los ojos estaban en ellos. Comenzó a bailar alegre, en punta
de pies, dio vueltas y vueltas, su vestido volaba acompañando a su
cabello sujetado por una tiara de diamantes, y así bailo y bailo por
mucho tiempo. Hasta llegar al cansancio, sonrió, luego río, río hasta
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llegar a una sonora carcajada. El eco retumbo en el salón y cayó de
bruces, lloró, lloró, gritó, se ahogó, se dio vueltas, tal vez la mente re-
tornó a la lucidez o el dolor causado por el golpe, su nariz sangró. Los
caireles de las grandes arañas se bambaleaban de un lado a otro. Las
inmóviles figuras del fresco del techo la miraron y chismotearon. Ya
había pasado mucho tiempo, ella dio gritos, gritos cada vez más
fuertes:
–¡Margaritaaa! ¡Margaritaaaa! –y la nana corrió a auxiliarla.
Trató, pero no pudo. Ese cuerpo inerte resultó muy pesado para la
anciana. Entonces telefoneó. Llegó la ayuda médica, la subieron al
dormitorio por las amplias escalinatas. El ascensor resultaba chico
para cuatro personas. Al llegar al dormitorio ven sobre la cama un
periódico amarillento por el tiempo, estaba fechado diez años atrás.
Con grandes letras, la noticia mostraba el accidente:
“FATAL CHOQUE EN LA RUTA. DOS MUERTOS”
El acaudalado empresario don Eugenio Dorrego Echeverría y su
hijo Federico, quien en el día de mañana contraería matrimonio,
regresaban de su estancia “Las Comadrejas”. Al cruzar el paso a nivel
de la ruta vecinal, el tren que marchaba a la ciudad embistió el au-
tomóvil en el que ellos viajaban. Los destrozados cuerpos fueron en-
contrados a cientos de metros.
Los paramédicos vieron semejante arma de tormento para esa
pobre mente, y comentaron a Margarita:
–¡Tire eso, quémelo, escóndalo!
–No puedo, ella lo guarda y sabe dónde lo tiene, y si no lo en-
cuentra grita, grita, y golpea y rompe lo que alcanza –y continuó ex-
plicando–. Está medicada y controlada por un buen médico, pero a
veces con artimañas, no toma la medicina. Pasado el efecto de la toma
anterior, vienen estos desórdenes mentales. –Margarita se detuvo un
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momento, para continuar con voz entrecortada–.
Son los recuerdos de las grandes reuniones y fiestas a las que
concurrían muchos invitados y que se realizaban en esta casa, esos
momentos son los que a ella la trastornan. Sucede que Margarita
recuerda esos episodios, pero después del accidente toda esa gente se
retiró, concurrían por respeto a don Eugenio.
–¿Por qué por respeto a don Eugenio? –preguntaron.
–Porque a ella no la querían.
Y Margarita les cuenta por qué no la querían y no la aceptaban.
La nana se volvió a secar sus lágrimas y continuó:
–Los especialistas no pueden diagnosticar si en esos momentos
actúa conscientemente, tratando de borrar los recuerdos, o si real-
mente entra en shock emocional.
Amaneció. El canto de los pájaros llenó el parque y la desolada
mansión. En el aposento, al pie de la cama, se encontraban las dos in-
separables compañeras, acomodadas sobre mullidos almohadones.
Mercedes poco a poco comenzó a desperezarse, y las Golden se
acercaron para recibir las caricias de los buenos días, mientras ella les
comentaba:
–Estoy cansada. Estuve bailando con mi esposo hasta muy tarde.
El casamiento de Federico fue todo un éxito.
–¡Margarita, esta tarde vienen mis amigas a tomar el té! ¡No te
olvides de llamar a la confitería para el servicio! –dijo Mercedes,
cuando entró Margarita con el desayuno.
–No, Mercedes, no me olvidaré –respondió Margarita.
La nana se retiró y, como de costumbre, se comenzó a preguntar.
¿Mercedes será feliz con esta vida? ¿Por qué Dios no se la lleva
junto a sus seres queridos?
Así pasaron los días, los meses, y los años en esa vieja mansión.
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.
La triste resignación de Camelia
El agua de la ducha se deslizó por esa aterciopelada piel de Camelia, el
cuerpo se reavivó y sus armoniosas líneas quedaron al desnudo, la savia de
lavidacorrió porsus venas. Pensó, mi vestido verde lucirá como nunca.
A través de la mampara vio a Eduardo, se había anudado su corba-
ta, tomó el frasco de perfume y se puso un suave toque, que la em-
briagaba; estaba enamorada de él, pero no era correspondida del mis-
mo modo; sabía que su gran amor era Ximena, por eso sufría en si-
lencio. Una ráfaga de viento entró por la banderola del baño mientras
salía de la ducha, Eduardo ya se estaba yendo. Ella se miró al espejo,
tenía algunas huellas marcadas en su rostro, le sentaban bien, aún era
joven, ágil y armoniosa. Su vestido se veía hermoso y brillante.
El ya había desayunado y sacó el auto, la puerta automática se iba
cerrando muy lentamente por la persistente brisa que dificultaba el
mecanismo. Eduardo se encontró con el repartidor de periódicos:
–Buen día señor Eduardo –saludó el repartidor.
–¡Hola! ¿Qué noticias me vas a dar?, ¡pero qué sean buenas! –res-
pondió Eduardo con una sonrisa.
–Jejeje, usted sabe, lo único bueno que le puedo contar es que el
Rafa volvió a ganar, y de lo otro… ni comentarios –ambos eran sim-
patizantes del mismo equipo de futbol, que perdió 2 a 1. Se dieron
aliento para el próximo encuentro futbolístico.
El portón aún se estaba cerrando, mientras tanto, Camelia salió.
Una fuerte ráfaga de viento le cerró la puerta por detrás, un estrepito-
so golpe la asustó, creyó que su vestido había quedado atrapado.
Salió, voló, voló, iba muy apurada, quería alcanzar a Eduardo. Pasó
por la plaza del barrio. Era fines de primavera, la temperatura estaba
fuerte, la brisa que corría apaciguaba el ardiente calor, se oían gorjeos
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de pájaros y arrumacos de palomas, le dio envidia y razonó, pero ellos
tienen su amor yo no.
Encontró algunas de sus amigas que descansaban y tomaban sol.
Se detuvo, las miró. –Me voy detrás de mi pasión –les dijo.
–EltieneaXimena,viveapocascuadrasdeaquí–respondióunadeellas.
–Sí, y no sabe que yo lo he visto besándola, se encontrará con ella
después del trabajo, concretarán dónde van a pasar el próximo fin de
semana, yo quedaré sola.
Sus amigas trataron de consolarla, le advirtieron que se fuera, que
lo abandone.
–No puedo, lo quiero, lo necesito, no tengo a nadie, él me quiere
a su modo. ¿Y yo a dónde iré? –murmuró suavemente y luego de sa-
ludarlas emprendió su viaje.
No sabía por dónde ir, su andar era lento, esperó el paso de los au-
tos que transitaban por esa amplia avenida a toda velocidad, la ig-
noraban, la salpicaban con la sucia agua estancada en la calle, su
hermoso vestido quedó manchado pero no le importó. Siguió su
camino, sin rumbo, ya su mente estaba confundida, su estado aními-
co la hacía tambalear, pero siguió.
Después de varias horas el destino la llevó a una calle que no
conocía, hasta que se detiene por algo que le llamó la atención. Miró,
miró, prestó mucha atención, y pensó, y pensó.
Al fin recordó la puerta y el jardín. El portarretrato de la sala de
Eduardo, pensó, es la puerta de la foto donde Eduardo tiene a
Ximena tomada de la cintura. Entonces, tomó fuerza de la poca que
ya le quedaba y se dijo: si el azar me trajo aquí, aquí lo esperaré a
que llegue, sólo pienso en él. No me interesa lo que voy hacer por su
amor y pelearé, ¿en qué forma? no lo sé, me quedaré al asecho entre
los macizos de flores y arbustos del parque de la casa.
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Finalmente, después de haber pasado un largo medio día de altas
temperaturas, su piel estaba reseca. El calor comenzó a menguar, el sol se
fue apagando, el cielo se fue pintando de anaranjado a rojizo, los pájaros
buscaron refugio en los árboles, comenzaron a encenderse las luces y ella
estaba temblando, un escalofrío le corría por sus venas, tenía miedo.
Recordó ese atardecer, cuando la plaza se cubrió de negro para dar
paso al temporal que arrasó con plantas y los nidos de los pájaros que
alegraban el lugar. Ella sólo atinó a refugiarse debajo del viejo ombú,
estaba empapada, con frío y atemorizada. Nunca había presenciado
algo semejante.
Ese día, el auto de Eduardo estaba en el taller, por lo que debió
cruzar la plaza caminando. La vio, la tomó de las manos y mirándola
le dijo lo hermosa que era. El suave perfume de él impregnó su res-
piración, luego la acarició dibujando sus graciosas líneas. Ella no
atinaba a nada. Sin decir más palabras, la llevó a su casa y allí la refu-
gió, luego ella deambulaba por sus habitaciones como un fantasma,
él no le dirigía palabra alguna.
Después de tanto esperar, el auto de Eduardo se detuvo ante la
puerta de la casa. En ese instante Ximena salió a su encuentro. Ella
vio ese cuadro. En ese momento una fuerte brisa surcó el parque de la
casa y entonces voló y se arrojó a los pies de él. No le afectó ser piso-
teada, estrujada, que sea él quien lo hacía, ya estaba resignada.
Fue Eduardo quien la salvó de aquel vendaval. La llevó a su casa,
sin embargo, allí la dejó olvidada sobre un viejo mueble. Sufrió por
haber sido abandonada a pesar de que ella siempre supo que su desti-
no era brotar, nacer, dar sombra, florecer, marchitarse para luego
servir de abono de la tierra.
¡Es hermosa! pero al fin es una hoja de un árbol de Camelias.
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Carmen Shmulevitz
Instrucciones para amar a un hijo
A Sol y Paloma
Sólo mírelo a los ojos y no podrá dejar de amarlo hasta la muerte y
después también.
PD: No se necesitan más instrucciones para esto.
Superfluo
Qué necesidad de decir que nos amamos.
Adivino el sentimiento de cada mirada, cada sonrisa, cada caricia
de esas manitos chicas y fuertes.
Sé que lo nuestro es inquebrantable e ineludible.
Por eso, nietos amados, decir te quiero es… superfluo.
Simón y Paloma
Se había quedado largo rato desmenuzándola con los ojos. Con
sus casi tres años, Simón miraba a su tía con una profundidad insólita.
Qué tenía Palola en sus manos blancas como las de él, que lo des-
lumbraba hasta el éxtasis.
Un trozo de seda roja como sus cachetes que escondía un objeto.
De pronto se abalanzó sobre el regalo. Ahí estaba su amado, pre-
ferido y deseado coche de bomberos.
Entonces pensé mientras miraba… en tanto el amor circule entre
tías y sobrinos al ritmo de la sirena de juguete, la vida tiene sentido.
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Nietitos de mi alma
A Caetano y a Simón
Nietitos de mi alma… los quiero.
Esos ojitos brillantes, esa piel hecha de perlas, esas almas de sol y
luna y esos sueños de ángeles azules.
No están lejos, viven en mí y esta semana los voy a ver.
Entre el cielo y la tierra están ustedes, mis dos joyas más preciadas,
mis amores inclaudicables, mis seres especiales.
Cómo te quiero hija
A Sol
Cómo te quiero hija. Percibo tu aroma aunque estés en Sierra y te
veo rodeada de la espuma de ese mar azul que te rodea.
Como dice tu frase, lejos pero cerca, así te siento amorcito.
Y me encanta verte por la compu cuando el rocío de la noche se
acerca y el mantel sobre la mesa reúne a la hermosa familia que ar-
maste.
Salvador I
Gracias compañero.
Y llegué a Colonia. Al principio, desconcierto, extrañeza, silencio,
mucho silencio. Poco a poco, como un duende mágico y real a la vez, mi
marido se corporizó en ángel guardián.
En silencio subió la tele, cerró todos los postigos, conectó los cables y
me miró. Cómo no derretirme ante esa muestra de amor.
Entonces, Colonia estuvo más viva que nunca. Estábamos ahí como
hace veinte años, o mejor quizás.
Por eso, gracias compañero inquebrantable.
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Salvador II
Anochecía. Los árboles tejían penumbras y nosotros, los jóvenes
de los 70, nos preparábamos para la gran fiesta .
Nos juntábamos todas las chicas para teñirnos las piernas, los
brazos, la cara y para practicar el paso de baile.
Se reunían los muchachos a jugar partidos de fútbol y para
alinearse para el gran momento. Hasta que la fiesta empezaba.
Era una noche especial. Resbalaba plateada la lluvia en los vidrios
y vos estabas ahí, con tus ojos de chocolate y tu campera de gamuza,
con los pantalones oxford y el amor en los labios.
Y así fue, como hace cuarenta años, en una ventanita azul empezó
esta historia de amor.
Salvador III
Porque te tengo y no
porque descansas y cuidas.
Lo nuestro es como un juego,
un juego verde, azul turquesa.
Un juego de lluvia y fuego.
Un juego de cielo y tierra.
Un juego de perla y seda.
Por siempre, por hoy por ayer,
una vez más, el juego del amor le ganó a la muerte.
Cuadro
Dos cuerpos se entrelazan en una danza relajada e intensa a la vez.
El, rojo estridente, espera con pasión que su musa se acerque. Ella se
estira sobre él como una flor, como una medusa, como un pájaro
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alado. Se encuentran, se acarician, se murmuran. Se estiran, se en-
vuelven, se acurrucan.
De pronto, en sólo un instante, se plasman en un cuadro que me
ilumina la tarde, que me ilumina el alma.
Cuadro de Picasso
Ojos. Miedo. Rectángulo. Cubos. Boca.
Tan distinto al Guernica y tan parecido.
En los dos se transmite el terror, la mente cuadrada que da
órdenes injustas, crueles, sin la más mínima humanidad.
Entonces pienso: en todas las épocas hubo periodos de maldad, de
odio incomprensible, o sí, comprensible. Son siempre los ricos contra
los pobres, los malos contra los buenos.
Y sólo me brota un sentimiento, como esa película de Bergman,
quiero estar segura que el bien siempre triunfará.
El Guernica
El Guernica. La Argentina actual. Dos imágenes que se me su-
perponen. El Presidente veraneando. El pueblo estallando en Flores.
Mataron a Brian. Balearon a los inundados.
La biblia y el calefón.
Siento que esto explota y es necesario que explote.
Pero no como el Guernica, por favor.
El señor Flynn
Bostezó fuerte. Estaba agotado. El señor Flynn había trabajado
demasiado.
Había mucha gente a su alrededor. Era un agente de bolsa muy
reconocido, con su traje gris y sus lustrosos zapatos que parecían
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siempre impecables, imperturbables. Incapaz de un gesto incorrecto,
o de tan solo sonar su nariz en público.
Por eso, cuando bostezó, todos los presentes sufrían un escalofrío.
Fue tan fuerte y tan sonoro el bostezo que la mesa se rajó con el
ruido.
El señor Flynn ya no volvió más a la bolsa de valores.
Mi abuela Leonor
Leyendo en el taller te encontré. Abuela Leonor, esa mariposa que
me alegró la infancia, la juventud y la vida.
Qué linda eras, con tus rulitos duros, tus ojos de cielo y esa alegría
inclaudicable para disfrutar y bailar la jota.
Me apareciste de golpe, en un maravilloso cuento, bueno, como
todos los cuentos de Cortázar.
Ese genio con un millón de megabytes de locura y creación te trajo
hasta mí.
Y yo no te guardé, te besé en el ala y ahora te dejo volar, viejita
hermosa.
Con la alegría no
Toda verde y azul. Me envolvió un manto de odio. Así quedé
después de la noticia. Y quizás roja también.
Con todo lo que trabajaste, mi amor, casi que la vida diste por la
empresa. Para que venga el señor de los señores a arrebatarte tus sue-
ños y los míos.
Nosotros no aspirábamos a tanto. Una vejez tranquila. Nuestras
idas a Sierra y vivir dignamente.
Pero parece que en el país de los patrones eso ya no va a ser posi-
ble. Lo que no voy a dejar es que me saquen la alegría los domingos
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de boliche, los amigos, la familia, ni ese amor infinito que te tengo
desde los dieciséis años.
Eso no se devalúa.
Cariló y la vida
Un nudo en la garganta. La arena calentándome los pies. El agua
llegando hasta mí.
Y vos, Jorge, no sé si viviendo o muriéndote, compartiendo como
todos los años desde hace tanto los anocheceres de Cariló.
No puedo imaginar este espacio sin vos. Y por ahí va a ser así.
Las estrellas se apoderan del cielo y nosotros brindamos por un
año feliz.
Entusiasmo. Ansiedad. Miedo. Alegría.
Todos esos sentimientos se entremezclaban en ella mientras
preparaba su valija dorada.
No iba a ser un verano como los otros. La idea no era ir a
disfrutar, sino acompañar al amigo que no sabe si va a pasar el
verano.
Pero por qué no disfrutar con él también.
Si la vida es eso, vivir hasta que se acaba. Vivir, vivir, vivir. Como
dice Marcelo, renovamos el carnet de pileta un año más.
Cómo lo pasaron, preguntó Sol, mi hija mayor.
Difícil hijita, pero después de dos o tres días… qué placer ver a
Jorge reírse, comer a destajo, y tomar champagne.
Por tres días nosotros, los de entonces, fuimos los mismos de
siempre. Charlando de la vida, de los hijos, el gobierno, con la playa
bajo las estrellas y el sol por las mañanas.
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Aprendí mucho en este verano y lo más importante fue no soltar
la vida hasta que no te la arrancan.
Basta
Miedo, susto, angustia, desorganización.
Todo eso siento al pensar que mañana me voy a Colonia. Un re-
volver de sentimientos, amores y dolores. Una historia que ya quiero
dar por vivida. Por favor basta.
A los compañeros
La noche negra se apodera del cielo.
El frío recorre nuestros huesos.
Ya no hay brisa en el aire, sólo frío,
es tanto el destemple
que sólo un abrazo,
pero un abrazo fuerte,
puede serenarnos.
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Catalina Sanguinetti
Sendero
Dos piojitos,
nos atrevemos a mirar…
¿Se puede? Permiso…
Seguimos el sendero
una atrás de otra,
y uno atrás de otro.
El aire alcanza, el bosque invita.
Ella es Julia:
respetuosa, no interrumpe
el silencio; y yo
la sigo.
Gigantes
Monstruos emergentes
color topo y ocre.
Naranjas.
Arcilla.
Ruta que abre camino,
en silencio, despacito, temerosa…
se hunde.
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Ensueño
Niña feliz
duerme perdiz.
Ojos de almendra
colmados de asombro
captan sueños y se achinan…
Chinita, chiquita, duerme feliz…
Elementos
Música, escucho música.
Círculo de personas en movimiento:
Individuos que miran, observan;
cuerpos que sienten, se levantan.
Gravedad que tira,
cuerpos que luchan.
Imaginan,
son tierra…
Suaves y ligados movimientos
en curvas continuadas.
Líneas, fuerzas, danza, colores.
Ya no quedan más sobre el suelo,
Ya todos flotan.
Madera que se quema, tierra
que se hace fuego.
Marrones en naranjas,
verdes en amarillos:
se transforman los colores.
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Me quemo.
Calor en movimiento
Me arrebata, me abraza.
Arde el movimiento
se va, se va…
Y vuelve recobrado, brusco
en llamarada, violento.
Tormenta galopa, baja arrebatada
y apaga el calor.
Bruta, avanza e inunda.
Impone.
Sacude, moja, invade.
Turbulenta,
retumba, sacude y liga.
Unifica…
Viento sopla y seca, suave
y despacio, oxigena.
Brazos, altura, soltura, suavidad.
Se va, se va…
se va todo ligeramente.
Se vuela y flota.
Instantes
Tiempo ínfimo el que pasa,
el que arrebata aquello
que vemos.
Tiempo ínfimo el que pasa,
aquel que desgasta lo que somos.
Purapalabra | 31
Tiempo ínfimo el que pasa.
Tiempo que quita tiempos,
momentos y sombras.
Tiempo ínfimo el que pasa.
Colores
La tarde azul se tiñe.
Cielo turquesa y blanco,
seda revestida.
Llueve
Llueve y la lluvia moja dejando huella,
tiñendo el verde de marrón
y apagando el color del fuego.
El aroma cambia:
pasto mojado,
flores húmedas
tierra nueva.
Tierra marcada por
tu caminar.
Tu caminar
inmerso en mi andar.
Ruleta
Pieza sobre
pieza.
Pieza que desplaza
otra pieza.
32 | Purapalabra
Equilibrio
que se vuelve desequilibrio.
Temblor y desacierto.
En sombra
Noche negra que asoma:
Aspero frío quebradizo
me recorre de los pies a la cabeza.
La brisa abraza
y el silbido, sombrío aúlla…
Ocre y blanco,
Seco y húmedo:
La espuma va y viene
sobre la arena dormida.
La piedra está debajo
y la hiedra cubre.
Sus hojas tiemblan
y así también mis pies.
Rutas
Los viajes son.
Los viajes son en sí mismos.
Son reflexión, son mirar, son mirarse.
Pero no hablo del proyecto de viaje,
de los 10, 15 días de viaje.
Habló del trayecto en sí,
Purapalabra | 33
de un punto a otro.
Del trayecto sobre la ruta,
del camino que te lleva a destino.
Ahí comienza y ahí es el viaje.
A mí me gustan de noche,
paradójicamente,
de noche se ve todo mucho mejor.
Como si la luz de la luna bastara
para iluminar
para iluminar
me.
Girando
De pies a cabeza
me das vuelta
Como el sol le da vuelta al mundo.
El mundo que da vuelta sobre sí mismo,
todos los días.
Como todos los días, me das vuelta,
sobre
mí
misma.
Superficies
Superflua es la película
en vez de la compañía;
la tapa en vez del libro.
Superfluo es el destino
34 | Purapalabra
en relación al camino y el regalo
ante la intención.
Superflua la foto contra el momento.
Superfluo el tiempo
ante la eternidad.
Un saludo
Ayer estaba en la calle esperando el bondi.
Después de haber tocado timbre y haber dado buenas noches.
Un saludo inesperado, una sorpresa.
Todo porque me tomé el colectivo equivocado,
y me obligó a pasar por su casa.
En realidad iba a ir a su casa,
pero tuve que cambiar de planes y virar.
Digo virar como si yo manejara, bah, como si yo navegara.
Y en realidad, tuve que bajarme,
y esperar otro bondi.
Claro, fue ahí cuando di el saludo de buenas noches,
un saludo inesperado,
antes de estar en la parada mirando la luna.
Que parecía un farol.
Tachero
Anoche caminé y esperé el bondi.
Se me pasó el único que podía tomar en toda la noche.
Esta ciudad de noche es así, no te espera, hay que seguirle el ritmo.
La dormiste y fuiste.
Así que me tome un tacho sin plata, sin tener plata.
Purapalabra | 35
Jugándomela a que hubiese un cajero de pasada, si no, no sé cómo
iba a terminar todo con el taxista. Se podía enojar, claro.
Es su trabajo y yo no tenía plata.
Imaginate ir a cobrar tu sueldo y que tu jefe te diga: no tengo plata
che. Fijate si no hay un cajero de pasada.
Cualquiera.
Por suerte había y pude contribuir al sueldo del tachero.
Me fumé un pucho en la cola,
y como estaba sola, me hicieron pasar antes que todos.
Me parece que la próxima voy sola de nuevo.
36 | Purapalabra
Elsa Paz
Pájaros
A los pájaros les asusta el humo y las sombras.
¿Por qué a todos los pájaros les pasa lo mismo?
No, a todos no.
Yo tuve uno al que le gustaban las sonrisas,
sí, podía percibirlas
cuando la sombra no era muy densa.
Martes de cine
Pedro era un muchacho joven y simpático, que valoraba el cine
nacional antiguo. En cambio Francisco era un hombre solo y aburri-
do, que se largó a caminar por Corrientes una tarde, esperando en-
contrar algo interesante.
Cuando vio la cola del Lorraine, se puso en la fila y sacó una en-
trada. Se ubicó junto a Pedro.
Les gustó la película y terminaron yendo a un bar a tomar un café
y conversar. No se estrenaba nada nuevo, era un ciclo de cine argenti-
no retrospectivo. La película que vieron se llamaba "Los martes or-
quídeas".
La llave
Pepa encontró una llave, que no era de las que habitualmente se
veían en la casa. Le llamó la atención. En la casa vivía una pequeña
familia, un matrimonio con dos hijos, un varón y una nena.
Purapalabra | 37
¿De quién o de qué sería esa llave que se había caído debajo de la
mesa de luz del dueño de casa? ¿Qué hacer?
Pepa tenía mucha experiencia en esto de limpiar casas ajenas, así
que no puso la llave en el lugar correspondiente a las de la casa, sino
con los objetos nuevos, perdidos o desconocidos.
No pudo dejar de fantasear sobre quién sería el dueño de esa llave
y a qué puerta correspondería… pero metió violín en bolsa, como
dice el dicho popular, la colocó sobre la mesa en la que la había en-
contrado y nada más. Para ella allí terminaba la historia.
Entonces no lo sabía, pero tenía la manía o enfermedad argentina
de que lo importado era bueno o mejor que lo nacional… y para
mármoles, los italianos.
Como si uno estuviera comprando una estatua del Renacimien-
to. Hoy posiblemente la veo y no me dice nada, pero en aquella casa
tuve una infancia feliz a pesar del colegio de monjas y otras cosas de
las cuales no quiero acordarme.
Jugábamos en la vereda unos juegos lindísimos. Eramos un mon-
tón de chicos. Mis dos hermanos y yo, la chica que vivía abajo de
casa, el hijo del portero o de la empleada doméstica de la zona.
Los chicos no teníamos prejuicios de clase.
La casa
Mi antigua casa debe tener un montón de años. Se nota porque
apenas en el terreno que ocupa la entrada se podrían haber hecho
dos departamentos de los que se usan ahora.
Era linda, de tipo hogareño. Siempre me gustaron las casas senci-
llas, de aire simple, pero acogedor.
Cuando se fue la segunda hija y quedó una sola viviendo conmi-
go, pensé, "esta acompañante va a durar poco”, y no me equivoqué.
38 | Purapalabra
Ya no me acuerdo si hubo una beca de por medio o si se emparejó o
se casó la tercera… pero ya me puse a buscar departamento cuando se
fue la segunda.
Lo primero que vi fue una simpática planta baja.
El taller literario
Buscando en Internet, encontré un cartel atrás del título, que
dice: "El placer de escribir tu propia historia", y yo que no soy
Galeano, ni parienta siquiera, pienso, sí, a mí me gusta escribir, tengo
placer al hacerlo, salga bien o mal, y a veces, cuando logro terminar
un texto me gusta leerlo.
Mi experiencia me dice que es de gran ayuda tener leídos algunos
textos que a uno le gusten, digamos Cortázar o Galeano. No tengo
resuelto cuál de los dos me gusta más, pero con Cortázar tengo un
lazo afectivo de hace más de 60 años, cuando en estas Pampas no sé
por qué no se lo publicaba, pero yo tenía un compañero en la
facultad que era muy leído y tenía publicaciones mexicanas que
editaron a Cortázar. Además, mi compañero trabajaba en la
biblioteca de La Prensa y sus compañeros eran muy “gauchos”.
Sanseacabó
Así son las cosas de la vida, uno se siente tan paquete porque en
su casa labura una doña a la que su viejo le paga un sueldo. Su viejo,
tan socialista él, haciendo laburar a Ana, una pobre mujer, en su casa.
Pero de algo tiene que vivir.
–Es un trabajo decente –dice su papá– y mientras yo pueda pagar-
le un sueldo decente, no como lo que pagan esos que me critican, la
vamos a tener y eso es bueno para ella y para nosotros, y sanseacabó.
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Fabiana Pardo
El reencuentro
Sólo un par de horas faltaban para que estuviesen los dos, frente a
frente, luego de cinco años de no verse ni hablarse. Pablo, recién ha-
bía vuelto de España, ese país ajeno que le dio refugio cuando en el
suyo, el accionar de la dictadura militar, lo había obligado a huir para
mantenerse a salvo en el extranjero. La despedida de Ana en aquel
momento fue sólo a través de una pequeña carta escrita a mano, con
letra nerviosa y apurada, que le hizo llegar por intermedio de su
amigo Daniel. En ella le decía que tenía que irse del país, que per-
manecer en Buenos Aires no era seguro para ninguno de los dos, que
cuando las cosas se calmaran volvería, que la amaba como a nadie y
que lo esperara, si eso era posible.
Ana tuvo que aprender a guardar el amor en algún rincón de su
alma y con el tiempo dejó de esperarlo.
Ahora él volvía y quería verla, le había dicho Daniel por teléfono,
la mañana en que la llamó a su trabajo para darle la buena noticia.
Mientras la ansiedad y los nervios le tejían un nudo en el estómago,
ella anotó en su libreta la dirección del bar donde sería el encuentro,
aunque no dio garantías de acudir a la cita. No sabía qué hacer ni
qué sentir al respecto. El enojo, la sensación de abandono, la angustia
y el dolor, todo eso de la mano del recuerdo de un amor sin medida
ni tiempo, la habían invadido tomando posesión de todos sus senti-
dos. El día del reencuentro Pablo llegó al bar un rato antes de la hora
40 | Purapalabra
convenida, aún sin saber si ella acudiría. Sentado junto a la ventana,
no dejaba de mirar hacia la calle esperando verla llegar, con su cabello
castaño claro, el flequillo hasta las cejas, la sonrisa amplia y los ojos
más soñadores del mundo, tal como la recordaba en cada uno de sus
pensamientos. Practicaba y repasaba en su cabeza cómo sería la con-
versación, qué le diría en primer lugar y qué dejaría para después.
Ensayaba con cuidado cada una de las palabras que iba a pronunciar,
como había imaginado hacerlo durante todos estos años. Y la pregun-
ta más importante que habría de hacerle: necesitaba saber si aún sen-
tía algo por él.
Recluido en el imaginario de su mente, se perdió tras los recuer-
dos que venían a buscarlo y dejó que el café se fuera enfriando sin to-
marlo. Prendió un cigarrillo y dirigió la mirada hacia el humo que
discurría lento, cuando vio la imagen borrosa de una mujer que lo
observaba desde la vereda de enfrente.
Ana lo miraba a través del lago que comenzaba a crecer inconte-
nible y nublaba sus ojos. Limitada por la agitación de su pecho, trató
de dominar el temblor que le gobernaba las piernas y, respirando
profundo, decidió avanzar cruzando la calle para ir a su encuentro.
Los veinte metros que la separaban de la puerta de entrada pare-
cían haberse transformado en kilómetros. Mientras los recorría a paso
lento, dudaba entre seguir adelante o detenerse; había tantas pregun-
tas anidando en su cabeza, pujando por salir, que no sabía con cuál
comenzar. ¿Por qué nunca se había comunicado? ¿Qué había sido de
su vida? ¿Se habría casado? ¿Por qué ahora, después de tanto tiempo
sin noticias suyas, quería verla? Los sentimientos encontrados que
experimentaba habían instalado la más absoluta anarquía en todo su
ser. No era capaz de controlar sus emociones.
Entró al bar. Pablo se puso de pie. Ella caminó hasta llegar a la
Purapalabra | 41
mesa que él ocupaba y se detuvo. Se encontraron frente a frente.
Mientras surcaban sus mejillas dos ríos de agua y sal que lavaban el
rímel de sus ojos, Ana sólo pudo decir con la voz ahogada:
–No puedo hacer esto ahora. No tengo el valor.
Y girando sobre sus propios pasos salió del bar para perderse
rápidamente entre la gente que pasaba por allí. Pablo la llamó, inten-
tó detenerla, pero fue inútil. Lo último que ella escuchó antes de do-
blar la esquina fue la voz de súplica de quien había sido su compa-
ñero, diciéndole que esperaba volver a verla, que era necesario hablar.
Sentadas a la mesa, junto a la ventana, quedaron todas las pregun-
tas y todas las respuestas huérfanas de voces reveladoras, esperando
en soledad la oportunidad de salir a la luz. En el aire del lugar se fue-
ron desvaneciendo las palabras que no pudieron pronunciar, no
pudo decirle que no había ninguna mujer esperándolo, que su re-
cuerdo lo había rescatado de la locura del desarraigo durante el tiem-
po que duró su ausencia. Ella no se animó a revelarle que en su casa
la esperaba un niño de cuatro años a quien había llamado Pablo, co-
mo su padre. Y así, ambos siguieron guardando el silencio que a tra-
vés de los años los mantuvo, viviendo al margen de su propia histo-
ria, esperando el día en que tengan la oportunidad y el coraje de en-
frentarse a su propio destino.
Fuego
El motivo de buscarnos, la ilusión de descubrirnos,
la fortuna de encontrarnos.
La alegría de jugar y entender cuál es el juego.
La ternura del abrazo. La dulzura de besar
y el sabor de cada beso.
El poder de desear y apropiarse del deseo.
42 | Purapalabra
La urgencia de la caricia
que arde y que inicia el fuego.
El milagro de encajar y el placer de estremecerse.
La locura de explotar, desbordar y detenerse.
La certeza de saber que somos esto.
La conciencia de sabernos,
nada más ni nada menos.
“Los de afuera son de palo”,
los de adentro… somos fuego.
El regreso
Desapareció una noche de lluvia sin dejar ningún rastro. Cuenta
la historia que después de una larga ausencia, una mañana de brisa
fresca y olor a naranjos, la vieron volver.
Dicen por ahí que había emprendido la travesía de un viaje con
destino desconocido, en busca de unas cuantas verdades y otros tan-
tos olvidos. Otros cuentan que andando senderos inciertos encontró
una sonrisa tímida que le rozó el corazón, con ojos color pasto y
mirada de luz clara que alumbraron el camino de regreso. Hay quie-
nes insisten que un ángel en pleno vuelo batió tan fuerte sus alas que
cambió la dirección del viento, empujándola de vuelta, en medio de
un remolino. Lo cierto es que nadie sabía en realidad a dónde se ha-
bía ido, ni cómo había regresado.
Una tarde, alguien le preguntó cuál de todas las historias era la
correcta. Ella respondió “todas y ninguna”. Y girando en dirección al
sol se fue alejando despacio, con el pelo revuelto de luz y el alma llena
de pájaros.
Creo que fueron las tres. Lo sé porque me lo contó el amigo de un
amigo, que asegura haberla visto pasar junto al río llevando en su
Purapalabra | 43
mirada unos ojos verdes como el pasto, una sonrisa tímida colgando
de la suya, en la cabeza el recuerdo de un viaje inolvidable y la som-
bra de un ángel que caminaba a su lado.
Tierra y agua
Abandonó la cama, obligada por el deber de regresar a su hogar y
embargada en el deseo de quedarse. Sonriendo plácida, miró a su
alrededor. Diseminados por el suelo de la habitación, se encontraban
los restos que había dejado la marea: su zapato derecho junto a la
mesa de luz. El izquierdo, debajo de la mesa del televisor. Una media
asomaba detrás de la puerta, la otra, junto a la pared hecha un ovillo.
El jean que usaba ceñido al cuerpo, arrugado sobre el suelo, declara-
ba haber sido arrojado con total descuido ante la urgencia que los
impulsaba. Sobre él, el calzoncillo de algodón que horas antes habían
dejado caer. En el suelo, a los pies de la cama, habían ido a parar las
almohadas, testigos involuntarias de un viaje sin retorno que acababa
de comenzar.
Recordó que subió la escalera despacio. La ansiedad, hecha nudo
en el estómago, se desató y la invadió por completo al ver que él,
sonriendo, la esperaba en el último escalón junto a la puerta. Ni bien
cruzaron el umbral, tuvieron la certeza que sobraban las palabras.
Sólo bastó con mirarse a los ojos, para comprender que había llegado
el momento.
El la tomó por la cintura con delicada firmeza. Ella lo rodeó con
sus brazos y sus labios se estrellaron en un beso húmedo y tibio que
los mantendría encadenados por un largo rato. Y así, mientras se be-
bían el alma, los cuerpos danzantes comenzaron a despojarse de las
ropas que los cubrían. Las primeras prendas fueron cayendo de-
sordenadas en el piso del comedor y mientras las iban dejando caer,
44 | Purapalabra
arremolinados entre besos y abrazos, el deseo incontrolable los fue
empujando hacia la habitación. Se dejaron caer sobre la cama y ese
mismo deseo que los iba vistiendo, descubriendo nuevos territorios,
terminó de desvestirlos.
El murmullo de la lluvia detrás de los cristales, fue acunando las
horas. Cada caricia dibujaba surcos de lava, encendiendo los cuerpos
que ardían como hogueras. En una métrica perfecta, se unieron for-
mando versos nuevos y todo se llenó de poesía. Hundiéndose de lle-
no en un mar de éxtasis, flotaron a la deriva, dejándose mecer por el
vaivén de las olas. Se ahogaron en las miradas, para luego rescatarse en
los abrazos. Aferrados a las balsas de sus cuerpos, navegaron sobre
oleadas tempestuosas y atrapados en su corriente, se fueron a descu-
brir otros mares.
Cuando sobrevino la calma, todo irradiaba luz: la noche fue día, la
lluvia fue sol y las almas fueron una. Signados por el misterio zodiacal
de los astros, él fue todo agua y ella toda tierra. El, regándola, la nu-
trió de paz y ella, sosteniéndolo, se diluyó en su calma. Y no era posi-
ble morir de amor en ese instante si él le estaba dando la vida.
Lucía
Mi corazón la soñaba. Sabía que sería el resumen perfecto del
amor que anidaba en todos los abrazos. Mi alma la anhelaba de tal
manera que, obligada por las necesidades y dispuesta por los senti-
mientos, dediqué mis días a cultivar el deseo de traerla hasta mi.
Cuando tuve noticias de su próxima llegada, fui capaz de construir
mis sentimientos en silencio, para no agobiarla de razones ni de ur-
gencias. Con mansedumbre amorosa me convertí en su morada. La
acuné con mis latidos y refugiándola en mi vientre, luna tras luna, fui
musitando las frases de ternura que tenía para ella.
Purapalabra | 45
La trajo la luz de una mañana. Al tomarla entre mis brazos me
perdí en su mirada. Ya no hacía falta soñarla. Mi alma celebraba su
presencia y, mis sueños satisfechos, cerraban el cielo de los años de su
ausencia.
El manto de Penélope
Habían transcurrido varios abriles desde que, al igual que el reloj
de la vieja estación, su vida entera se había detenido esperando que el
hombre a quien amaba, regresara a sus brazos cumpliendo su prome-
sa de volver. En el huerto que solía cuidar con esmero, ahora se espe-
jaba su alma desolada: las flores se habían marchitado y, en los esté-
riles surcos que desgarraban la sequedad de la tierra, parecía que ya
nada podría volver a crecer. El abandono que anidaba en su corazón,
desdoblándose, lo había abarcado todo: su casa al final de la calle con
los sauces deshojados, el huerto y su vida.
Todos los días al alba, Penélope, con su abanico y un bolso de piel
repleto de ovillos de colores, se dirigía a la estación de tren, envuelta
en un manto de lana interminable, que iba arrastrando tras de sí, con
cada paso que daba. Al llegar, se sentaba en un banco de pino junto
al andén y con la mirada perdida en la distancia, llena de melancolía,
iba tejiendo el manto y las horas. Día tras día tejía y destejía hasta que
el sol, desaparecía más allá de la hondonada. Cuando se escuchaba el
silbato que anunciaba la partida del último tren, Penélope volvía a su
casa otra vez, a paso lento, arrastrando el tejido y la vida.
Los sueños que la visitaban por las noches, durante el día se des-
lizaban hasta sus manos. Enredándose en la lana, se iban entre-
lazando en cada hilera de puntos que nacían de las agujas y, junto a
los recuerdos, conformaban un sólido entramado que como si fuera
una segunda piel, la mantenían anclada a una espera estéril. Desde
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aquella tarde gris, cuando él subió al tren prometiendo volver y la
locomotora se puso en marcha, gimiendo con su silbato la triste
despedida, ella se recluyó en el más profundo de los silencios. Siguió
viviendo a un costado de la realidad, a la que sólo volvía cuando el
silbato de un tren, encendía el intenso carbón de sus ojos, buscando
tras los pasos de los viajeros, aquel andar conocido que le trajera de
nuevo a su amor.
Una tarde de septiembre, Oliverio Fortuna, el nuevo jefe de la
estación que había tomado el cargo hacía poco más de dos meses,
aguardaba en el andén el arribo del tren de carga. Igual que todas las
semanas, el carguero pasaría de largo sin detener su marcha y como
era de costumbre, el maquinista tocando el poderoso silbato, espera-
ría el gentil saludo de Fortuna. Mientras la pesada formación recorría
lenta los oxidados rieles, Oliverio se acercó a Penélope y, sobre el ban-
co de pino verde, le dejó un ramito de flores silvestres, que había
cortado de la enredadera que cubría el alambrado al costado de la vía.
Sin esperar ninguna palabra de agradecimiento, el encargado volvió al
centro del andén para saludar a la formación que comenzaba a cruzar
la estación. Ella, que por un instante había sido capaz de reparar en el
gesto de Oliverio, dejó a un lado las agujas, tomó las flores, aspiró su
aroma mientras una lágrima comenzó a rodar sobre su mejilla y en-
tonces, sus labios esbozaron una leve sonrisa. En ese momento el
ovillo de lana que sostenía sobre sus rodillas, cayó al suelo rodando
hasta las vías, para enredarse en una punta de hierro que sobresalía de
la locomotora. El hilo comenzó a tensarse, pero no se cortó. La te-
nacidad y el dolor que se habían colado por sus manos durante tanto
tiempo, lo habían fortalecido de tal manera que, de tan resistente, se
había vuelto indestructible. Mientras el tren se alejaba, iba tirando ca-
da vez más de la lana y el manto comenzó a destejerse. A medida que
Purapalabra | 47
el entramado se iba desarmando, Penélope comenzaba a liberarse: la
locomotora se llevaba el hilo y con él, como si le arrancara la piel a
girones, también se llevaba el dolor y los recuerdos. Cuando la má-
quina desapareció en la lejanía, el manto se había destejido por com-
pleto. Tomó las flores, caminó hasta el hall de la estación y acercán-
dose a Oliverio, le extendió el ramo. Él, sorprendido, sonrió dicién-
dole que eran un regalo para ella. Penélope lo miró a los ojos y rom-
piendo el silencio dijo: “Lo bueno de perder un tren, es que después
viene otro y eso es una nueva oportunidad, siempre”. Y girando so-
bre sus pasos, se fue alejando despacio, dejando abandonadas sobre el
banco al que jamás habría de volver, las agujas gastadas de tanto uso.
Dicen en el pueblo que ese día en su huerto, aparecieron los
primeros brotes de lo que sería luego, el jardín más bello de todo el
lugar. Y también se dice que, un alma poeta, al saber de ella le dedicó
una de las más bellas canciones de amor. Pero esa es otra historia.
Los senderos de tu historia
Con el corazón desnudo y las manos francas, ibas transitando los
caminos de tu memoria. Algunos senderos te conducían por bosques
oscuros.
Otros, te llevaban a lugares donde se colaban los rayos de sol,
dibujando. tu sonrisa. Las emociones insolentes se adueñaban de tus
recuerdos, mientras el olvido y la memoria se iban entrelazando de-
sordenados, con el paso de las horas.
Mis cinco sentidos fueron mudos testigos de tu cuerpo decla-
rante. Mi corazón justiciero, que no juzga y que comprende, fue
acompasando sus latidos con cada paso que dabas, en ese laberinto
de recuerdos. Al mirar la ternura de tus ojos apenados, me vi refleja-
da detrás de la humedad que nublaba tus pupilas.
48 | Purapalabra
Hundida en ese lago, nadando con tu tristeza, te ofrecí mi mano.
Y apartándote de esos senderos, a la vera del camino, hice el amor con
tu alma.
La urgencia de la bala
Por los pasillos oscuros se escuchan corridas y gritos. Los perros
flacos salen de los rincones ladrando a la invasión. Las almas que allí
habitan se ocultan tras las paredes de madera y chapa, que sirven de
cobijo ante el avance de los uniformes.
–¡Salí de ahí! –gritan al detenerse frente a una casilla. Desde aden-
tro se escucha una voz de metro y medio y puro hueso que declara:
– ¡Yo no hice nada!
–¡Salí de ahí te digo! –ordena el grito nuevamente.
Los carbones de sus ojos, encendidos por el miedo, se inundan y
ya no puede ver. Doce años se esconden tras la mugre de la cara que
comienza a desteñirse con los ríos de agua y sal que nacen del
espanto.
– ¡Yo no hice nada! ¡Se equivocan! ¡No hice nada! –confiesa entre
llantos, detrás de la puerta.
Por un agujero en la madera puede ver que afuera están las gorras
de fundas vacías en la cintura y manos con armas de balas urgentes.
Adentro, la voz que grita otra vez, que intenta convencer, que dice
que no hizo nada, que va a abrir la puerta, que va a salir, que no
entren.
Y entonces la puerta que se abre. Y un brillo metálico que se
asoma y otra voz vestida de azul que grita que está armado, que suelte
el arma y un gatillo que se aprieta y una bala que se sale y el niño que
se desploma tiñéndose de rojo. Y la mano que se abre dejando caer la
llave con que minutos antes arreglaba la rueda de su vieja bicicleta.
Purapalabra | 49
Otoñándote
Te veo jugar entre las hojas. Te ríes y yo río cómplice, crujiendo
bajo tus pies. La suave brisa de abril me trajo hasta vos. Floto a tu
alrededor y te envuelvo con mi aroma (hoy huelo a canela y leña
seca). Me respiras y me dejas ir. Me hago viento, subo y bailo entre
las copas de los árboles. Levantas la mirada siguiendo mi vuelo.
Escuchas el susurro de las hojas que se agitan a mi paso y es música en
tus oídos. Me deslizo con los rayos de sol colándome entre las ramas
y me dejo caer hasta vos. Me vuelvo caricia tibia. Me alboroto con tu
pelo y te arranco una sonrisa.
Como artista frente al lienzo fundo el verde que había antes, con
pinceladas de rojos desteñidos y amarillos suaves. Al caer la tarde te
pinto un cielo naranja. Otoñándote la vida te visto de melancolía y
atrapado en tu mirada, esos ojos se inundan con mi nostalgia.
Lluevo
El viento me trae, me empuja suavemente. Me acerco despacio.
Juego a la escondida con el sol, que se oculta detrás de mí y acaricián-
dome entibia mi espalda. No lo veo. Sobrevuelo la tierra y mirando
hacia abajo, observo la vida que transcurre. Distraída, tropiezo con
un soplo de aire tibio que me envuelve y me atraviesa. Gota a gota
me hace caer. Entonces lluevo.
Con caricias húmedas me deslizo sobre todo lo que encuentro a
mi paso. Los cuerpos buscan refugiarse de mi abrazo, algunos maldi-
cen mi llegada. No los entiendo. Soy bendición en los campos y
molestia en la ciudad. Entonces me inquieto. Me vuelvo más intensa.
Quiero decirles que no corran, que soy agua, nada más ni nada
menos. Que limpio, que lavo las heridas y así me voy llevando las
50 | Purapalabra
tristezas. Que nutro a la tierra regando la vida, alimento a la semilla,
le doy de beber a los árboles, florezco y vuelvo en fruto.
Es cierto que a veces llego alocada y el cielo, iluminándolo todo,
ruge advirtiendo mi presencia. Y entonces, me precipito furiosa,
sobre todo lo que encuentro. Yo, como ustedes, también tengo días
en los que quiero llorar a gritos. Pero hoy no. Hoy llego mansa y me
entrego al mundo y a mi origen. Vuelvo al río y a su cauce. Y a la
tierra, que contiene y da cobijo. Acunada en sus entrañas, descanso y
sueño:
Sueño con una mujer que ríe, que ama y a veces se vuelve lluvia.
Palabras
Abriéndose paso en medio de la noche, como pájaros nocturnos,
volaron rompiendo los silencios. Algunas trajeron consigo recuerdos,
otras, sensaciones olvidadas.
Las más sensibles, dolores viejos y nuevos.
Las más curiosas, preguntas.
Las más osadas, respuestas.
Entre remolinos de risas y sueños, como estrellas fugaces
peregrinando la noche, las palabras que dijimos se encontraron en el
aire y cayeron sobre el papel.
Y estas páginas en blanco se vistieron con trozos de nuestras vidas.
Barceloneando
Caminando por una callecita empedrada de Barcelona, durante
ese viaje con el que tanto había soñado, encontré un pequeño café en
una de las esquinas más bellas de la ciudad. Entré y me senté junto a
la ventana que estaba al lado de la puerta.
Mientas pensaba qué pediría para tomar, escucho cerca de mí una
Purapalabra | 51
voz curiosamente conocida, pidiéndole al mozo la cuenta. Paseando
la vista en un recorrido panorámico, al mirar sobre mi hombro iz-
quierdo, lo veo. No podía creer que estuviese allí y sin embargo, esta-
ba. Tenía en su cabeza un típico sombrero panameño y anteojos de
sol, seguramente intentando pasar desapercibido, mezclándose con
los turistas. Lo reconocí de inmediato. Me levanté de mi mesa decidi-
da a saludarlo e invitarlo a tomar un café. O lo que él quisiera tomar.
Era una oportunidad única en la vida y no podía dejarla pasar.
Su música me había acunado desde pequeña, cuando mi padre
hacía sonar en el viejo Winco sus primeros discos y luego con el correr
de los años, acompañando mi crecimiento, sus canciones se fueron
mudando del vinilo al casete, del casete a los compactos y de ahí, a los
pequeños dispositivos electrónicos que uno puede guardar en cual-
quier bolsillo.
Levantándome decidida a entablar una conversación, me acerco a
su mesa con una sonrisa inmensa, la emoción hecha nudo en el estó-
mago y, tratando de descubrir los ojos castaños de mirada buena que
se ocultaban detrás de los lentes, le digo:
–Nano! Sos vos! No puedo creerlo, es el sueño de mi vida! Siem-
pre lo dije: “mi sueño es ir caminando algún día por las calles de
Barcelona, encontrarme con Serrat, sentarnos a tomar un café y ha-
blar sobre la vida”. Y aquí estamos, frente a frente, vos y yo.
–Disculpe señorita –me interrumpió de inmediato– usted me
confunde con alguien que no soy.
–No me podés engañar aunque te esfuerces, Nano. Caminante no
hay camino se hace camino al andar, dijiste alguna vez. Y yo, andando
caminos casi sin querer, llegué hasta aquí para cumplir ese sueño.
–Le repito que usted está equivocada, me halaga, pero no…
–No disimules más, no hace falta –lo interrumpí de inmediato–,
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te invito a tomar un café. Soy sinceramente tuya, miremos juntos el
techo buscando inspiración y atrapemos a esas musas que pasaron de
largo…
Entonces, el Nano, sin sacarse el sombrero y mirándome por enci-
ma de los lentes, clava sus ojos en los míos, y rogando complicidad
me dice:
–Baja la voz mujer, que ya has cumplido tu sueño y es hora de des-
pertar. El reloj muestra que es poco antes de que den las diez.
En ese preciso momento la alarma del despertador me traía de
vuelta a Buenos Aires, a mi cuarto y a mi cama, con el sabor dulce
amargo de haber soñado que cumplía aquel sueño que jamás habría
de cumplir. Y mirando a mi alrededor, felizmente desilusionada, co-
mencé a cantar en susurros:
De vez en cuando la vida
nos gasta una broma
y nos despertamos
sin saber qué pasa,
chupando un palo sentados
sobre una calabaza.
Purapalabra | 53
Fernando Benincasa
Abuela
Estaba aterrada, desesperada. El llanto se mezclaba con sus gritos.
La mirada perdida, buscando a alguien, quizás algún rostro conocido
que la ayude a recordar, a entender qué hacía allí, en el piso, rodeada
y observada por perfectos extraños.
Se había despertado temprano como todos los días. Preparó su
desayuno. Café con leche y unas tostadas de pan con manteca. Nada
sofisticado. Todavía quedaría tiempo para arreglarse para la ocasión. Su
camisa de seda rosa, su falda gris, los zapatos de charol, su collar de perlas
de fantasía de poco valor económico pero de incalculable valor
sentimental.
Bastón en mano derecha, claveles casi marchitos en la izquierda, se
dispuso a salir de su casa a paso lento, inestable, inseguro. Minutos
después estaba en el suelo, los tallos de sus flores fracturados, sus
rodillas magulladas. Un hilo de sangre bajaba por su rostro y se diluía
en sus lágrimas. Un desconcierto que la angustiaba más y más. Y en
ese momento la vi. Rogué que no fuera ella. Corrí los últimos metros.
Era ella. Noté el gesto de alivio de los curiosos que se habían acercado
sin saber qué hacer.
Yo tenía bronca, se suponía que no debía salir sola, sobre todo
después de aquella vez en la que esos sinvergüenzas se aprovecharon y
le robaron la jubilación de su monededero. Esa fue la primera vez que
le grité, le dije que no salga más.
Me comprometí a hacerle yo los trámites y así lo hice todo este
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tiempo. No le faltaba nada. Ya habría tiempo para retarla. Ahora ha-
bía que salir de allí.
Mientras intentaba incorporarla ella me decía cosas. Me hablaba
pero yo no la oía. Hacía mucho tiempo que ya no prestaba atención a
lo que decía.
El doctor había dicho que se trataba de un tipo de demencia, que
iba a ir perdiendo funciones cognitivas en forma rápida y progresiva,
o algo así dijo el día que la llevamos al hospital porque no sabía dón-
de había puesto las llaves y lo repetía una y otra vez.
Por eso, cuando esa noche me hizo callar para escuchar esa can-
ción que no sonaba en ningún lado, no me preocupé, porque supe
que era parte del mismo cuadro. Sin embargo, yo le explicaba. Quería
que me comprenda, que piense, que recuerde, que tenga miedo.
Otra vez de pie, sintiéndose protegida en mi abrazo, me dijo al
oído algo que sí escuché: “Iba a llevarle unas flores a tu abuelo”. La
miré a los ojos, puse un pañuelo en su frente para parar el sangrado.
La besé en la mejilla y le susurré que sus cenizas estaban en la iglesia
de enfrente, mientras le señalaba el camino con mi dedo índice.
Y la vi alejarse, despacio, con su bastón y sus flores y con una
sonrisa en su rostro de oreja a oreja, mientras yo me quedé del otro
lado de la vereda, con la vista nublada de lágrimas, ilusionado, pen-
sando que tal vez aquel doctor se había equivocado, por lo menos en
aquella maldita sentencia rápidamente progresiva.
Acto escolar
¿Acaso te acordabas de ese acto escolar? Yo no. No recuerdo ni un
segundo de esa exposición. Ni el diálogo. Ni los movimientos. Ni la
rutina. Ni nada.
Sin embargo, en las instantáneas que sacó mi mamá con su vieja
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Polaroid quedaron revelados, aunque ya con una imagen desgastada
por el paso del tiempo, casi monocromática, nuestros gestos, nuestros
rostros, nuestras sonrisas inocentes.
Alguna rutina habría. Los padres seguían atentos el guión, y
reían. Algún argumento inventado por la profesora Patricia, de ella sí
recuerdo su nombre. Del tuyo no, ni siquiera eso. Sin embargo vi esas
fotos infinidad de veces en el álbum familiar de la casa de mis padres.
Yo, disfrazado de chino con el uniforme de gimnasia del colegio,
dando salititos cortitos en el aire, de pie a pie. Vos, vestida igual, los
mismos ojos achinados, me tomabas de la mano siguiendome los
pasos, esos saltitos sincronizados, ensayados.
Tenés el pelo atado con dos colitas, un flequillo muy finito y una
sonrisa que dejaba ver tus dientes blancos, todavía de leche, sin
ventanitas.
Mucho antes que pudiera advertirlo nuestras manos se soltaron,
no sólo porque terminó el acto, si no porque nuestras vidas tomaron
distintos rumbos. No volví a verte. O tal vez sí, no lo sé. Por más que
haga el mayor de mis esfuerzos, no te recuerdo. No tengo anécdotas
con vos, ni imágenes, ni momentos, ni nada. Simplemente desapare-
ciste de mi vida o, lo más probable, nunca fuiste parte de ella. Ni si-
quiera recuerdo tu nombre, ya lo mencioné, ¿no es cierto?
Pero tengo esa foto. Y tu mano estaba sujeta a la mía. Y tu sonrisa
es real. Y la mía también.
Conclusiones
¿Conoces el café de Santa Fe y Salguero? Es un lugar donde si uno
por ejemplo se propone venir a escribir algo, se puede quedar con la
birome en la mano y la hoja en blanco durante horas.
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Queda justo en la esquina, tiene un gran ventanal vidriado sobre
las dos calles. Sentado aquí tengo vista privilegiada de lo que pasa
adentro y afuera.
Pienso en vos, parece que voy a escribir algo, pero mi idea se
interrumpe con cualquier estímulo visual o auditivo que aquí aconte-
ce. Vienen recuerdos a mi cabeza… supongo que alguno de ellos po-
dría servir como fuente de inspiración para escribir algunas líneas.
De repente levanto la mirada y veo a un anciano de lentes y boina.
Con un pañuelo cruzado al cuello que toma la mano de su esposa,
apenas unos meses menor que él.
La hoja sigue en blanco.
Decido pedir un café… dicen que algunos encuentran sus letras en
esta infusión.
Decepcionado, reviso fotos de mi celular, en casi todas estas vos
sola. Me gustaría tener más fotos juntos. Después pienso que si no
estoy yo abrazándote es porque estaba tomando tu mejor perfil del
otro lado de la cámara y eso me tranquiliza.
Con esta idea robada de algún cuento que leí por allí, tomo la
lapicera con convicción.
Pienso en vos, cómo comenzaré el relato.
Hay mucho ruido. Todas las voces de los clientes se mezclan ge-
nerando un bullicio que me aturde como si tuviera un enjambre de
abejas dentro del oído.
Entre todas esas conversaciones presto atención a la de la mesa de
al lado. Una pareja de jóvenes almuerza. A esta hora ¿te parece?
Ella lo escucha, pero parece molesta por algo… de repente le
arrebata el teléfono y alcanza a leer una conversación que la altera
notablemente, se levanta, toma el abrigo y se dispone a salir a paso
Purapalabra | 57
ligero a la calle, sin mirar atrás, ni esperar… él se apura. Cuando llega a
la puerta los dos se escapan de mi campo visual.
La historia estuvo buena, el final inconcluso. Mi hoja aún vacía.
Percibo que el mozo se impacienta por cobrarme, o por lo menos
tiene curiosidad en saber qué hace una persona con un cuaderno
abierto durante horas, sin escribir, ni siquiera tachar una mala idea.
Una canción se escucha a lo lejos. Se destaca entre todos los ruidos
de cubiertos, chín chines de copas, risas y gritos.
Pienso en vos. Es nuestro tema. Voy a escribir al fin. Me inspirás
vos, nosotros. Nuestros proyectos, nuestros sueños. Es la ocasión
perfecta porque con este tema dijimos que…
De repente una adolescente sordomuda se sienta a pocos metros
de mí... se encuentra con quien parece ser su abuela, tal vez su tía.
Está contenta de verla. Se notaba porque en sus señas se escuchaban
gritos de alegría y me impactó esa imagen.
Bajé la vista. No había escrito nada. La idea se había esfumado.
Sigo contemplando y por detrás del ventanal se ve un puesto de
diarios con el libro de Sacheri que me falta. Colectivos que van y
vienen llenos de personas de aquí para allá. Historias dentro y fuera
del bar. Vidas, situaciones, anécdotas, besos, discusiones. Aquí pasa
de todo.
Tal vez, lo único que tenga que escribir es que estás en cada
pensamiento mío, no importa cuántas veces éste se vea interrumpido
por la vida cotidiana.
Y no es cuento.
Fe
Los cincuenta días que duro la internación de su esposo estuvo a
su lado. Lo habían operado del corazón. Ella le enseñó a rezar la
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noche previa a la cirugía. “Deja todo en manos de Dios”, le dijo al
único hombre que tuvo en su vida.
Estaba segura que todo saldría bien. No se permitía pensar en otra
posibilidad.
Negadora de los riesgos del procedimiento, siempre confiaba en la
fortaleza de su cónyuge, en la capacidad de los médicos y, por sobre
todas las cosas, en el poder de Dios.
Venció al cansancio. Eligió no dormir. No volver a su casa.
Acompañarlo permanentemente. Sólo se dejó abrazar por sus herma-
nas y sus hijos.
Durante cuarenta y nueve días y veintitrés horas rió, rezó, pintó,
dibujó, cantó… y hasta bailó.
Sólo al final, con su último suspiro, se resignó. Y se permitió
llorar.
Recuerdos
Desde el umbral de mi casa, sentado en el escalón que antecede a
la puerta de entrada, puedo ver a mi abuela barriendo la vereda y a mi
abuelo cerrando la sastrería después de incontadas puntadas con hilo.
Un teléfono público naranja que funciona con cospeles frente a una
fila de personas que esperan para llamar a alguien con urgencia..
Puedo ver a chicas saltando habilidosamente un elástico. Y otro
grupo más allá, jugando a la rayuela, haciendo un esfuerzo imposible
por llegar al cielo.
Desde aquí se ven dos chicos, uno con la camiseta de boca y el
otro con una a rayas, haciendo un arco a arco. Un palo, el que está
más cerca del cordón de la vereda es simplemente el tronco del árbol,
el otro, un buzo. El travesaño es infinitamente alto, tanto que no se
ve, se imagina.
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Allá hay dos chicos escondidos atrás de un Fitito y otro que se
sorprende y sale resignado de atrás del tacho de basura cuando Fede-
rico grita ¡Piedra libre Gabriel!
La veo a Florencia, veinte años mayor que yo, que nunca me va a
dirigir ni la mirada, pero realmente me gusta y nunca se lo dije, por-
que ella no sale con menores.
Juro que puedo verte volver del trabajo, de traje, con un porta-
folio en la mano.
Hasta puedo ver tu sonrisa al verme. Desde aquí sentado te veo.
Y también sonrío.
Silencio
Palabras. Oraciones. Miles. Millones. Gritos internos.
Los síntomas habían comenzado hace tiempo atrás. Esas manchas
en la piel que al principio parecían moretones espontáneos.
Ese dolor de cabeza que aturdía, no dejaba pensar. Apagaba las
luces y cerraba los ojos para engañarlo, pero no resultaba.
Mareos. Inestabilidad. Debilidad.
Supe que necesitaba ayuda cuando vomité tan oscuro. Noté des-
concierto en el semblante del doctor. Durante el rato que duró la
consulta hizo varias pausas, con su mirada fría y fuerte en mis ojos,
como buscando una respuesta.
Sólo meneaba la cabeza, estaba confundido. Me pidió análisis de
sangre, lo antes posible traiga los resultados, me dijo.
Esa noche no pude dormir, aunque no era algo nuevo para mí.
Me costó respirar por momentos, a tal punto que tuve que in-
corporarme y abrir las ventanas. Me sentía ahogado, asfixiado.
Pasó una semana hasta el día que concurrí nuevamente con el
sobre que contenía los resultados del laboratorio. Habían encontrado
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letras en mi sangre. ¿Letras? Sueltas. Desordenadas, ampliaba el
informe. En imprenta, mayúsculas y acentos. Signos de interrogación
y exclamación, concluía. El silencio envenenó su cuerpo, sentenció
con una sonrisa triste.
Días después tuve un fuerte dolor de pecho, acompañado de una
sudoración profusa y fría. Supe que dejaría un corazón negro. Lleno
de tinta.
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Fernando Caporaletti
Amigo, me debes unos mates
Buenos Aires, Mayo de 2057
Querido amigo, espero que te encuentres bien. Te confieso que
desde tu regreso a Córdoba, he pensado en escribirte varias veces y no
lo he hecho, es verdad. Sin embargo, hoy recordé una vieja promesa
cumplida hace varios años y me dije que nunca es tarde para decir lo
que uno siente.
Y te cuento, querido amigo hermano, que hoy recordé tiempo
pasado. A mis ochenta y siete años llego a pensar que tengo más re-
cuerdos que sueños; eso pesaría si los recuerdos no fueran lindos,
pero los míos me hacen sonreír. No sé por qué sucedió, solo sé que
aconteció. Hace cuarenta años me hubiera preguntado la razón, pero
hoy solo disfruto de haber vivido aquellos hermosos tiempos. Y a mi
mente vuelven las sonrisas, aquella mirada dulce como la miel, con-
templándome, y los abrazos de calor en noches frías; aquellos encuen-
tros surgidos de la locura de dos adolescentes de casi cincuenta años,
entre escapadas imposibles, y los mates en el escaloncito del living de
mi casa. Tengo casi noventa años y al recordar aquellos tiempos, mi
corazón se alegra.
Y recuerdo, con esa alegría, que tiempo antes de esas noches de
felicidad, vivía épocas de duda y miedo. Me acuerdo, mi querido ami-
go, de las charlas que nosotros teníamos en el jardín de la pensión,
donde nos conocimos, y en la terraza del departamento, tiempo
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después, cuando tantas veces dijimos que la vida es lo que uno hace
con ella. Podría haber hecho muchas cosas, muchas que me dieran un
curso ordenado, prolijo y adecuado. Sin embargo, una mañana me
levanté y antes de salir miré la cama que iba a tender. Entonces me
detuve, regresar a casa y verla sin arrugas no era lo importante, lo
mejor fue lo que allí sucedió. Fue en ese momento que me di cuenta
que la felicidad se esconde detrás del miedo, sólo hace falta correrle el
velo al temor para descubrirla.
Hoy, a mis ochenta y siete años, estoy feliz. Descubrí –hace cua-
renta años atrás– que el velo del miedo cae con el beso y el abrazo de
aquella mujer que te hace vibrar hasta la última célula del cuerpo y te
acelera el corazón. Cuando eso ocurre el temor se desvanece y las
dudas dejan de tener peso abrumador, uno se siente tan liviano que
hasta cree que puede volar. Por eso sonrío al pensar en aquellos días.
No hay nada en la vida, amigo mío, absolutamente nada que te pue-
da dar más miedo que vivir sin una sonrisa.
Y me preguntarás a qué promesa cumplida me refiero. Hace
muchos años prometí escribir este momento. Debía escribir, contán-
dole a un amigo, cómo me sentía entonces, como si fuera viejo. En
aquel momento cumplí esa promesa y debo confesarte que mis pala-
bras no fueron muy distintas a éstas. No temo decirlo, soy un viejo
soñador y lo soy por haber vivido arrullado en la ternura, que me
hizo ver la vida con la mirada de la alegría en lugar de la del miedo.
Tan sólo tuve que dejar de pensar y preguntarme si las cosas están
bien o mal. Las cosas están y ocurren. Lo bueno y lo malo son carac-
terísticas, dos puntos de vista de una misma cosa, pero lo cierto es
que lo importante es la cosa.
Es probable que te esté aburriendo con mis recuerdos, aunque
estoy convencido de que en verdad te alegra, como hace tiempo atrás,
Purapalabra | 63
que te cuente como estoy. Y hoy me siento tan pleno que quiero
compartirlo con vos, porque sé que estarás contento al leer ésta carta
y porque me hace feliz haber llegado a esta edad sonriendo, mientras
vuelvo a sentir el calor de aquellas manos de seda y la humedad del
amor, igual que hace cuarenta años atrás.
Sí, amigo hermano, hoy, a poco de cumplir noventa años, puedo
decirte que mis recuerdos me hacen sonreír otra vez como un viejo
adolescente. Me siento completo. Sé que la vida me dio alegrías y las
tomé. Y sé que esas alegrías llegaron a mi vida con cara de mujer y
cabellos de oro.
Te envío un fuerte abrazo y te recuerdo que acá, en Buenos Aires,
siempre hay un mate para compartir, que te espera. Porque la vida es
lo que hacemos con ella.
El encuentro
Cierta noche tuve un sueño. En él tomaba un café en un bar en
Palermo, frente a la Plaza Serrano, cuando en el piso de abajo se escu-
chó alboroto. Yo estaba allí dispuesto a escribir algo, no sabía qué,
sólo sabía que fui a ese lugar para escribir. La gente en el salón de aba-
jo se inquietó de tal manera que pronto el murmullo se convirtió en
gritos. Sin poder evitar el fastidio resoplé a la vez que di un golpe de
puño sobre la mesa. En ese momento, escuché la voz anciana de un
hombre que, con un tono de voz bajo y fino, me dijo casi en un
susurro:
–No te molestes, no escribes más que un puñado de borradores.
“Tan solo me faltaba este viejo irrespetuoso para terminar de
arruinarme la noche”, pensé. Aferré la lapicera con fuerza y obligué a
mi mano a moverse. El viejo sonrió otra vez y pensé que lo hizo con
ironía. Apreté más aún la birome, pero me di cuenta que mi mano,
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sometida, sólo había bosquejado garabatos ilegibles en un idioma in-
ventado. Mi asombro creció a la par del bullicio de la gente, que
ahora parecía subir la escalera hasta donde yo me encontraba. El an-
ciano detrás de mí, a quien aún no había visto, continuó sonriendo y
otro hombre, más o menos de mi edad, asomó por la escalera seguido
de una multitud que lo ovacionaba. Pasó junto a mi mesa sin notar-
me y se sentó en la de atrás, frente al viejo. Entonces me di vuelta y vi
una escena por demás increíble: Jorge Luis Borges, el que había llega-
do, se sentó junto al anciano ciego, que también era Jorge Luis
Borges.
El Borges joven parecía impetuoso y soberbio. El Borges anciano,
sin dejar de sonreír, repitió las mismas palabras: “No has escrito más
que un puñado de borradores”. El Borges joven dio un golpe de pu-
ño sobre la mesa, se puso de pie y se fue, justo en el momento en que
todo el bar se sumió en el más absoluto silencio.
Fue entonces que dirigí mi mirada al Borges anciano que tecleaba
los dedos sobre su bastón con la sonrisa aún a flor de piel. Mi fastidio
cedió de inmediato y cuando volví a mi cuaderno noté que los gara-
batos se habían convertido en la primera página de un cuento. En-
tonces, le puse el título: “Borges contra Borges”.
El exilio de Macondo
Cayó agotado de tanto correr. Apoyó la espalda sobre el viejo
almendro, intentando controlar la agitación; le resultaba difícil, sobre
todo sabiendo que ya estaba tan cerca. No obstante no pudo conti-
nuar; debía guardarse algo de aliento para cuando llegara. Desde lejos
se escuchaban voces, murmullos de hierro y sonidos metálicos como
cerrojos. José sabía que debía levantarse y echar a correr de nuevo,
porque de otra manera llegaría tarde. Hizo un gesto para impulsarse
Purapalabra | 65
hacia adelante y arriba y, con la ayuda de su propia adrenalina, volvió
a correr. Llegó a la plaza justo cuando dieron la orden previa:
"APUNTEN"... "ALTO". Gritó con una voz tan fuente que sólo un
Buendía podía poseer. "¡El es inocente! ¡Aureliano no tiene la culpa
de haber creado 32 revoluciones! ¡No es culpa suya! No merece que lo
fusiles en la plaza de Macondo".
José Arcadio Buendía se jugaba la última carta ante un pelotón
listo para terminar con la vida del Coronel Aureliano Buendía. El jefe
lo miró con gesto de incomprensión y levantando la mano, detuvo el
fusilamiento.
–¿A qué se debe tu interrupción?
–Aque se equivocan de acusado, mi hermano no es el responsable.
–Sin embargo se lo acusa de conspirador y fue encontrado cul-
pable.
–Lo sé, lo sé, sin embargo no es él quien causó esos delitos.
–Explícate, José Arcadio Buendía.
–Tome –dijo José Arcadio extendiendo su mano, con la que le acer-
cabaunacarta.
El jefe de pelotón la tomó y leyó el texto. Sus ojos se abrieron con
tal asombro que, por momentos, hasta fue indignación. Levantó la
vista hacia el pelotón y, con la misma determinación que hubiera di-
cho "fuego", ordenó que bajaran las armas. José Arcadio sonrió. Au-
reliano miró a su hermano indignado; esperaba morir con honores,
frente al pelotón pero ahora él, el bohemio y loco de José Arcadio, le
había estropeado su noble final. El jefe de pelotón se reunió con otro
oficial, se dijeron un par de cosas, hizo un gesto de fastidio y a su or-
den, el pelotón se desarmó de inmediato. Se subieron a los jeeps y
echaron a correr por la avenida central de Macondo. Aureliano, in-
dignado, le pidió explicaciones a su hermano.
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–He conseguido una carta del verdadero culpable, declarándose el
responsable de todo este revuelo. Su nombre es Gabriel.
–¿García Márquez? ¿Acaso estás loco? ¡Lo van a ir a buscar y van a
matarlo!
–He conseguido salvarte
–¿Salvarme? No sólo me has matado, has matado a todos, ¡hasta
has destruido a Macondo! Si matan a Gabriel García Márquez, ¿qui-
én va a escribir nuestra historia?
–Descuida Aureliano, éstos nunca saldrán de Macondo, jamás lo
encontrarán
Y despacio, caminando con paso cansado, regresaron a la casa y se
sentaron alrededor del almendro, mientras los militares irrumpieron
en la de Gabriel García Márquez, que se hallaba vacía, con una carta
sobre la mesa, que anunciaba su exilio.
Instantánea de una noche del barrio
El sonido de las sillas de lata rechinando sobre el piso de cemento
se escucha casi tan fuerte como la música. Sobre las mesas, de madera
montada sobre caballetes, una cantidad de botellas vacías inunda la
alegría. Las paredes pintadas con cal, se hallan adornadas con globos y
guirnaldas de papel crepé y de muchos colores, colgando con panzas
desde las columnas de hierro trenzado, que se yerguen a varios metros
una de otra. Sobre las cabezas de la gente, una comba de chapa semi-
circular separa a la fiesta del cielo de la noche que, aunque fresca, no
parece penetrar el tinglado para perturbar el calor de la gente. Sobre
el borde de las paredes, donde ese tinglado se apoya en las columnas
de hierro, otras, pero horizontales, hacen de tirantes y en ellas se sos-
tienen los reflectores de cuarzo. Al lado de cada artefacto, otros dos
de lámparas frías, de luces azules, rojas, verdes y amarillas, reemplazan
Purapalabra | 67
la iluminación brillante de los cuarzos; esta noche no necesita dema-
siada luz artificial, ya de por sí la alegría de la fiesta es el calor y la luz
en sí misma.
El salón, grande, muy grande, está atestado de gente. En un extre-
mo, el más alejado, un escenario de caño y revestido con tela de color
negro, sostiene cuatro o cinco columnas de sonido donde suena la
música. En un costado detrás de dos de esas columnas, una consola con
un hombre con auriculares se encarga de mezclar pistas y gritar por los
parlantes la alegría de la fiesta. En el centro, dos micrófonos descansan
sobre sus trípodes y tres soportes sostienen dos guitarras y un bajo.
Pronto se agitarán, por eso primero descansan. Sobre el borde trasero
del escenario y en medio de las columnas, una batería aún silenciosa,
aguarda por su ejecutor. Delante de ellos, sobre el piso, los pies se
arrastran felices dando giros, taconeos y puntas de pie. Las manos de las
parejas se entrelazan y los brazos se mueven como olas, subiendo y
bajando por las cabezas de la gente que gira y vuelve a girar.
Todos bailan. Nadie o casi nadie está sentado. Solo algunos abue-
los miran, ya que tantos años de mover los pies sobre el cemento de
ese piso, les da el permiso para disfrutar desde las sillas. Los demás, los
menos ancianos, ahora son los que se divierten allí. En un sitio del
galpón, una pareja baila con las manos entrelazadas; el hombre lleva a
la mujer a girar hacia un lado y luego hacia otro y ella, con los ojos
cerrados, gira como si fuera un trompo, dejándose llevar. Más allá, los
padres de varios de los bailarines jóvenes se toman de la cintura y de la
mano y mueven sus caderas y piernas, con un poco menos de acen-
tuación pero con mucha gracia. En otro lado la nieta de uno de los
abuelos que está sentado, baila con el nieto del diariero de la avenida
circunvalación. La madre del verdulero baila con el suegro y el hijo de
ella baila con la hija del panadero, de apenas quince años.
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Y de repente la música se detiene, las luces se apagan y vuelven a
encenderse y los micrófonos sienten el aliento de las bocas ansiosas;
los pibes de la cortada suben al escenario, se calzan las guitarras y el
bajo, uno de ellos se sienta frente a la batería y un “¿buenas noches
barrio cómo están?” sale como un grito de ánimo desde las columnas
de los laterales del escenario, un instante antes de que empiece a sonar
el wiro y con él, la cumbia que colmará el ambiente del resto de la no-
che del baile del pueblo.
La celebración
No se trata de casualidad. No es tampoco una quimera, una suer-
te del destino o un giro inesperado de la vida; mucho menos, una
utopía. Dos almas que se encuentran no son dos almas errantes, no
son dos espíritus sin rumbo o dos sombras que deambulan sin senti-
do sobre la tierra. Dos almas que se encuentran lo hacen porque se
buscaron desde siempre.
Pero para ese momento debían prepararse. El instante del encuen-
tro debía ser mágico, especial, único. El debía conocer la tristeza para
saber lo que significa la alegría; ella debía conocer la amargura para
hallar el sabor dulce del azúcar. Sólo entonces ellos pudieron recono-
cerse en el otro.
Hicieron un pacto. Hace mucho tiempo, en otro lugar, en otro
plano, sus almas –aún sin cuerpo– hicieron un pacto, prometieron
conocerse y reconocerse. Y sabían que el “mientras tanto” no iba a ser
fácil. Sin embargo, seguros de que ese día llegaría, aceptaron el desa-
fío. Con el tiempo, al llegar a este mundo, la tierra fue sustento, pan,
trabajo, amor, familia, soledad, tristeza, amargura, dolor, amistad y
muchas otras cosas, buenas y malas. Ella descubrió el mundo desde
pequeña y caminó sola por senderos inciertos, novedosos, aterradores
Purapalabra | 69
y fascinantes. El, por momentos, perdió el sentido de la vida y luego
volvió a encontrarlo, pero no le alcanzaba. Ella fue feliz y él tuvo ale-
grías. Luego, ella fue infeliz y él lloró tristezas. Ella floreció y él, mar-
chito, cayó del árbol dejándose llevar por el viento. Ella se oscureció y
él afianzó sus raíces para ponerse de pie y elevarse de nuevo. Y sin
embargo, ella, luego de la oscuridad, se iluminó como se ilumina una
hoguera con llamas brillantes, intensas. El, enraizado en el lodo, su-
cumbió a los destierros del invierno. Ella, en su hoguera, quemó las
hojas secas de un otoño abrumador y él, manchado de barro, se su-
mergió en el río y limpio, se filtró por el sendero hacia el bosque.
El la buscaba. Ella se dejaba encontrar. Había estado allí, esperán-
dolo, pero él nadaba alrededor, intentando no apagarla, porque su
brillo era muy hermoso. Ella lo seducía con el calor y abría el suelo
para que él pudiera pasar. Esperaba. Quieta, impaciente, esperaba. El
merodeaba cerca, pero a su vez, distante. No podía estar seguro. El
temor a equivocarse le sacudía el espíritu. Merodeaba cerca, muy
cerca, cada vez más cerca. El la buscaba. Ella se dejaba encontrar.
Y cuando el tiempo de los dos se sincronizó, se unieron en una
danza ritual. Ella, mojada por él, no se apagó, al contrario, se hizo más
fértil. El, seguro de que no se equivocaba, se aferró con uñas y dien-
tes. Entonces, con la precisión de la noche que termina justo cuando
comienza el día, amanecieron.
En ese preciso instante en que los dos, en el mismo momento,
supieron que los caminos los llevaron por otros sitios, se dieron
cuenta que todo lo vivido los llevó hasta ese lugar. Ella sonrió, él la
abrazó. Se fundieron en un beso que plantó la semilla y sus almas,
juntas, latiendo sincronizadas, vibraron. Ella pensó y él lo dijo. Lue-
go, ella dijo lo que él pensó. Rieron, volvieron a besarse y se unieron
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en el amor. Entonces, cumpliendo con el viejo pacto, sus almas cele-
braron el encuentro.
La encantadora de aves
Hace mucho tiempo, cuando las libélulas eran hadas, el río se
adornaba de árboles que, con sus ramas cayendo sobre las aguas, res-
guardaban en la intimidad una tierra silenciosa. El sol del amanecer
asomaba sonriente y se elevaba sobre los manglares de la orilla opues-
ta, donde en cada mañana, una bandada de pájaros iniciaba el vuelo
hacia las alturas más celestes. El paisaje era solitario y apacible y la
gente que allí vivía, por encontrarse lejos de la orilla, no conocía di-
cho paraje del río; las embarcaciones llegaban hasta un sitio donde,
muchos años después, se fundó un club de canotaje y los pescadores,
deseosos de obtener presas grandes y combativas, solían navegar río
arriba.
Nadie andaba por ahí; los pájaros solían dormir en los manglares y
despertaban, con el amanecer, para partir en ronda de vuelo alrede-
dor del bosque, hasta que la Luna asomaba por encima del horizonte.
Sólo entonces, las ramas de los arbustos se poblaban de nuevo de los
espíritus alados del río. Quienes los veían, se deleitaban con el vuelo
ondulado y circular que mantenían aquellas aves. Pocos fueron los
que lo notaron y, aun así, no pudieron comprender por qué las aves
de los manglares no se alejaban jamás de ese lugar. Su vuelo era ma-
jestuoso y el revoloteo de las alas, una danza que hacía bailar al
viento.
Cierto día, un barco que equivocó el rumbo, llegó al brazo de
aquel río. La embarcación, de gran envergadura, no tenía lugar para
navegar en aguas tan poco profundas. Sin embargo, la nave se aden-
tró en el cauce hasta que la quilla se enterró en el fondo y ya no pudo
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moverse de nuevo. El barco era grande, muy grande; sobre la
cubierta, una larga cabina se extendía desde proa a popa con puertas
y ventanas de madera, con vidrios cuadrados que daban la idea del
origen antiguo de la embarcación. Las ventanas, entreabiertas
algunas, cerradas otras, se preservaban del exterior con celosías que
también eran de madera. Sobre la larga cabina, una chimenea negra y
grande echaba humo mientras que los motores de la nave estuvieran
encendidos pero, luego de encallar, aquellas máquinas ya no
funcionaron más. El barco detuvo su marcha allí sin explicación; el
capitán que la dirigía navegaba habitualmente por el río y conocía
muy bien aquellas aguas, como para equivocarse y, sin embargo,
aquel amanecer, algo lo hizo girar el timón y dirigir la embarcación
hacia los manglares. No se supo exactamente cuál fue la causa, pero
aquel amanecer, las aves volaron en círculos sobre el barco que, en ese
momento, detuvo los motores y mantuvo la sirena silenciosa.
Sobre la orilla, las hadas que volaban de una rama a otra de los
árboles, se asustaron al ver el tamaño de aquel barco. Miraron escon-
didas detrás de las ramas y permanecieron allí un rato largo, hasta que
el sol se elevó sobre el horizonte. Entonces, como no vieron salir a
ningún marinero, comprendieron que no era peligrosa. Sin embargo,
las pequeñas mujeres aladas no se atrevieron a entrar; algo en aquel
barco lo convertía en misterioso. Desde el interior de los manglares,
una brisa fresca de verano sacudió las ramas verdes, naranjas y colora-
das de los árboles, haciendo que las mujercitas escaparan alejándose.
Entonces, un reflejo de luz dorada apareció como si surgiera desde el
agua. Encandilados por el brillo, los tripulantes del barco pudieron
ver, luego de un instante, que aquella luz brillante y resplandeciente
reflejaba la rubia cabellera de una doncella. La figura de la dama era
encantadora; sus ojos miraban con serenidad y a la vez con ansias. Su
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rostro dibujaba la sonrisa sutil del otoño. Los brazos se elevaron al
cielo para juntar las manos sobre los rizos dorados y, como si de ellos
saliera música, descendieron para posarse con las palmas de las manos
hacia arriba, sobre la tierra de la orilla. Desde el barco, cientos de ojos
observaban aquella danza encantadora sin poder comprender de qué
se trataba. Entonces, el aire se colmó de un aroma a eucaliptus y desde
el cielo, las aves descendieron hasta las palmas de las manos de esa
mujer. En ellas, se posaban migas de pan y semillas. Los ojos del bar-
co, atónitos, continuaron observando inclusive cuando desde debajo
del agua, una bandada de patos salió como si emergiera luego de un
largo buceo, para acercarse a la orilla y, caminando despacio, también
fueron acercando sus picos rojos y blancos hasta las manos de aquella
mujer dorada. Desde los árboles, las hadas sonrieron al verla y desde
el barco, los ojos continuaron extasiados. Así, luego de un instante,
las aves abrieron sus alas y volaron formando círculos mágicos y
concéntricos y a los oídos de los marineros, llegó una música que
nadie supo de donde venía, hasta que vieron a la mujer de nuevo y se
dieron cuenta que ella estaba cantando. Su voz era dulce y tan
cautivante como su rostro.
Con el tiempo, los marineros fueron saliendo del escondite den-
tro del barco, para observar a la mujer que encantaba a las aves y, des-
de la orilla, las hadas los observaban serenas, volando detenidas en el
aire como colibríes. El otoño los cobijó y abrazó hasta los días de llu-
via, pero para entonces, los marineros eran menos. Cada día, uno de-
saparecía. Cada amanecer, un marinero ya no estaba más. El capitán,
absorto por la belleza de la encantadora de aves, no notó que su
tripulación se redujo cada mañana hasta que, un día, se dio cuenta
que estaba solo. Fue entonces que la encantadora de aves lo miró a los
ojos con aquella mirada serena y apacible y, a pesar de que el cielo
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estaba lleno de aves, muchas más de las que se hallaban cuando el
barco llegó allí, nadie pudo ver lo que sucedió cuando la mujer exten-
dió la mano al capitán y éste descendió del barco. En ese momento,
los nuevos pájaros y los que ya estaban de antes, se reunieron en tor-
no a los dos en la orilla del río y al partir, se llevaron en sus picos, ha-
cia lo alto del celeste cielo, la leyenda de la encantadora de aves y el
capitán.
Senderos del amanecer
El indio caminó delante de ella. Sus ojos observaban atentos el te-
rreno, aunque la poca luz del amanecer no le hacía sencillo el andar.
Amambay, la indiecita ciega, caminaba tras el sonido de los pasos de
Ygary, su hermano mayor. En cierto momento, Ygary detuvo la
marcha. Amambay, aunque confiaba en su hermano, quiso saber si
algún peligro los acosaba.
–¿Qué está sucediendo, teindy(1)? –preguntó la indiecita, pero al
no recibir respuesta inmediata, se asustó y volvió a preguntar–.
Amambay, hermanita mía, tan solo quisiera que tus ojos despierten
de la pytũ(2) para que puedas ver lo que yo veo ahora. Sabes teindy
que eso no ocurrirá, pero tú eres muy generoso conmigo y seguro po-
drás contármelo, yo entonces, a través de tus ojos, podré verlo en los
míos.
Ygary, un poco inseguro de poder contar lo que veía con la misma
belleza, intentó que Amambay lo imaginara.
–Delante de nosotros, ojotepotáva teindy(3), hay algo que sólo
Angatupyry(4) pudo haber puesto en nuestro camino –dijo y tomó
todo el aire que los pulmones le permitieron–. Surge a cinco pasos de
nuestros pies, un sendero de agua cristalina, transparente como el
aire. Debajo de ella, el suelo de roca y barro duerme, porque todavía
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el amanecer no lo ha despertado. Las piedras son redondas, pequeñas,
tanto que podrían entrar en la palma de tu mano, ojepotáva teindy.
Hay cientos de ellas, o más, miles, y las hay de muchos colores; rojas,
verdes, amarillas, marrones, grises, negras, azuladas, hasta violetas.
Hay algunas que tienen incrustaciones de espejos donde la luz parece
florecer y brillan como luciérnagas. El agua corre mansa como el uru-
tau(5) por la noche, navegando entre los espíritus de la selva, así como
el arroyo serpentea entre los arbustos de grandes hojas verdes, con
formas de peines, arqueándose sobre el cauce del agua, movidas ape-
nas por la brisa del amanecer. Las hojas son tan grandes que podrían
envolver tu cuerpo, ojepotáva teindy; son triangulares y terminan en
punta como si señalaran al agua, como enormes puntas de flechas.
Desde los árboles que están detrás de los arbustos de la orilla, cuelgan
lianas largas que se mueven también con la brisa del viento. Los árbo-
les más alejados parecen guardianes de la selva, se levantan rodeando a
los arbustos como si fueran sus abuelos; de troncos grandes y forni-
dos, de grandes y gruesas ramas, sus raíces se ven sobresalir de la tierra
como pies de dioses gigantes y protectores. Las copas de los árboles se
cierran sobre el cauce del arroyo, juntando las ramas repletas de ver-
des hojas, en lo alto, como si quisieran mantener oculto éste rincón
de la selva. Y como si quisiera provocar a los espíritus de la noche, la
luz del amanecer se entromete entre las ramas de los árboles y los
arbustos, abriéndose paso como si fuera una serpiente que se desliza
buscando su presa, para llegar a reflejarse en el agua transparente y
cristalina. En ella, la luz se rompe como la leña que, reseca, se desarma
en mil pedazos luego de que el fuego la ha consumido. Pero el agua,
con los rayos de luz rotos, brilla majestuosa. Los pájaros, de colores,
vuelan entre los arbustos como si fueran las piedras del río que co-
bran vida y salen del agua para ir al cielo. Hay, ojepotáva teindy,
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cuánto quisiera que pudieras ver lo que yo veo… –Ygary se quedó en
silencio un instante y como Amambay no contestó, se dio vuelta para
mirarla. La indiecita, callada, se había sentado en el suelo, con las
piernas cruzadas. De sus ojos, dos grandes ríos de lágrimas emanaban
y de su rostro, una sonrisa brillante parecía iluminar el amanecer.
–Estoy segura, ojepotáva teindy, que tus palabras son más hermo-
sas de lo que mis ojos podrían ver si despertaran de la pytũ –hizo un
silencio, movió la cabeza hacia un lado para escuchar mejor el canto
de una de las cotorras que se escuchó a lo lejos y luego de un segundo,
continuó hablando–. Creo, teindy, que Angatupyry me ha hecho
ciega para que tú me enseñes a ver con los ojos del corazón.
Allí permanecieron los dos teindy, sentados junto al cauce del río,
mientras el amanecer despertaba a las criaturas de la selva, que canta-
ban felices, canciones al sol.
1) En guaraní, hermano
2) Oscuridad
3) Querida
4) El espíritu de la bondad
5) Pájaro de ojos amarillos y canto melancólico, se camufla con las ramas
de los árboles y se lo conoce como pájaro fantasma.
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Fabiana Pardo y
Fernando Caporaletti
Lobos en la madrugada
(Cadáver exquisito)
Hay encuentros que están destinados a ser
"¡Una que sepamos todos!" Corearon después que Iván terminó de
tocar como pudo "La mamá de Jimmy". El intenso frío del mes de agos-
to había amenazado el éxito de la fiesta de su cumpleaños. Al escuchar
que le pedían más canciones, el dueño de la quinta respiró hondo, infló
el pecho, acomodó mejor su guitarra Yamaha electroacústica, estiró los
dedos sonriendo y comenzó a rasguear los acordes de "El oso". En me-
dio de la ovación, Nacho levantó la botella de cerveza aullando como si
fuera a convertirse en un lobizón y muerto de risa, se dejó caer sobre los
hombros de Claudia. La idea de un hombre lobo borracho, desató la
carcajada de su novia. Inmediatamente, ella se dio vuelta y sus ojos
buscaron cruzarse con los de alguien que parecía estar escondido detrás
de las botellas en alto, al otro lado del living. Aquel rostro oculto, con
barba de tres días y ojos marrones, de párpados vencidos por el cansan-
cio y el alcohol, también sonrió, aunque no devolvió la mirada de
inmediato.
Los yerros de los acordes pifiados de la guitarra de Iván, fueron
perdonados por los amigos, que reían a carcajadas. Entonces Lucía, la
morocha de labios sensuales y pechos más exquisitos que un cham-
pagne Pommery, se acercó a aquel rostro escondido que contemplaba a
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Claudia desde lejos y susurrándole al oído, le dijo: “Manu, tocá algo
vos, el ruso no puede más con su alma”. El hombre sonrió porque la
morocha tenía razón y ella pensó que la risa agradecía la exhibición de
su escote. Manuel, ignorando los intentos de seducción de Lucía, le pi-
dió la Yamaha a Iván y comenzó a tocar "La flor más bella". Ella comen-
zó a bailar contorneando las caderas delante del hombre de la guitarra.
A Manuel no le interesaba ser un seductor y a decir verdad, no lo
era. Su corazón albergaba un sentimiento que buscaba ahogar en cada
fiesta del grupo de amigos, bajo todo el alcohol que pudiese soportar,
entre risas disimuladas. Físicamente no era un hombre atractivo, ni si-
quiera era carismático: flaco, de cara angulosa y casi siempre mal afeita-
do, solía llevar la camisa mitad afuera del pantalón y mitad adentro.
Por esa razón, en la oficina con frecuencia hacían bromas que él no
comprendía, porque la imagen no le resultaba importante. Para él, lo
realmente valioso, era la esencia de las personas.
El crepitar de los leños del hogar se escuchó luego de que los gritos y
silbidos cesaron. Iván se paró y le extendió la mano a Lucía para que lo
acompañe a buscar más cerveza. Los pasos de los dos rumbo a la cocina,
se perdieron en la mullida alfombra, pasando entre las piernas extendi
das de la gente, que se hallaba sentada en el suelo.
Nacho, que había tomado al menos media docena de cervezas, tres
o cuatro vasos de fernet y un par de daiquiris, desbordaba de felicidad.
Abrazó a Claudia y arrebatándole un beso, se arrojó sobre ella hacién-
dola caer de espaldas. Claudia se lo quitó de encima; no le gustaba que
hiciera esas cosas delante de todos. Se incorporó con fastidio y volvió a
mirar a Manuel. Al verla, él, desvío los ojos tratando de disimular su
propia incomodidad, aunque no logró evitar que ella lo notase.
En ese momento, el ambiente de fiesta se interrumpió al oírse un
grito estridente, acompañado por un aullido feroz y, casi de inmediato,
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la voz desesperada de Lucía pidiendo ayuda. Todos corrieron hacia la
cocina. Claudia y Manuel, sin darle importancia a lo que sucedía del
otro lado de la casa, permanecieron sentados. Cuando ya nadie se
encontraba junto a ellos, los ojos almendrados de él se clavaron en las
pupilas de ella. Esta vez, ninguno de los dos bajó la vista. Se miraron en
forma sostenida durante algunos segundos; el silencio que habitaba en
esas miradas, desbordaba de elocuencia. Mientras que en la cocina se
escuchaban risas e insultos, por la broma de mal gusto que Iván y Lucía
acababan de hacer, en el living la situación entre ambos se tornaba cada
vez más intensa. La atracción que se generaba entre ellos, era evidente.
Cuando por fin Manuel sintió que debía aprovechar el momento para
poner en palabras lo que flotaba en el aire, las voces y las risas que
provenían de la cocina se fueron acercando por el pasillo, acompañan-
do a los invitados que uno a uno iban retornando a sus lugares.
Al acercarse, Nacho tomó a Claudia por la cintura e intentó besarla.
Ella, alejándose con rapidez y apartándolo de su cuerpo, le preguntó
qué había ocurrido.
–Nada –dijo Nacho levantando los hombros y haciendo un gesto
despreocupado con la cara–, viste como son Iván alias Santana y Lucía
Granescote… Dos tarados –agregó entre dientes, arrastrando las pala-
bras mientras del pico de la botella, ahogaba el intento de burla y sar-
casmo con un trago de cerveza.
–Qué mal me caés cuando te ponés así –dijo Claudia molesta–. Ya
tomaste suficiente –y apartándose de él, fue hacia el perchero, agarró su
campera, encendió un cigarrillo y salió al parque atravesando el
ventanal.
La quinta ocupaba dos hectáreas en un sector poco habitado de la
zona oeste del conurbano. La propiedad no tenía vecinos cercanos y se
accedía al lugar por un camino solitario de tierra, sin luz y franqueado
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por una zanja a cada lado, que atravesaba un amplio descampado a la
vera de la ruta veintisiete. Solo alrededor de la casa el césped se mante-
nía corto, gracias al cuidado del viejo casero, quien vivía en una pieza
con baño y cocina, construida al lado de la cerca de alambre que indica-
ba el fin la propiedad. Más allá de los límites del parque, se levantaba
un bosque de Eucaliptos, que durante el día impedía ver hasta dónde
llegaba el perímetro de la quinta y de noche, le otorgaba al lugar un
halo de misterio, en medio de la oscuridad más profunda.
Claudia, aturdida por el ruido de la fiesta y sobre todo cansada de
Nacho, decidió atravesar el parque y caminar hacia el bosque, en busca
de un momento de sosiego. La brisa nocturna sacudió las ramas y el
cabello castaño de Claudia; a pesar del frío prefirió la soledad del mo-
mento, lejos de la fiesta. Estaba verdaderamente enojada con Nacho y
muy movilizada por la presencia de Manuel. Quiso pensar en otra cosa
pero no pudo; el recuerdo de esos ojos clavados en los suyos estaba ins-
talado en su mente. Sin darse cuenta, siguió caminando hasta internar-
se en la arboleda.
Las nubes que ocultaban la luna y las estrellas, hacían que la noche
fuese más oscura. De repente Claudia sintió una presencia; miró hacia
todos lados y no vio a nadie. Sin embargo, al sentirse observada, el mie-
do se apoderó de ella. Se quedó quieta; intentó escuchar algún ruido
que no fuese el del viento moviendo las ramas de los árboles. En ese
momento, notó que desde allí no se escuchaba la música de la fiesta y se
dio cuenta de que estaba muy lejos de la casa. La sensación de estar sien-
do observada se hizo cada vez más fuerte. Incómoda, decidió regresar.
Caminó entre los eucaliptus sin mirar hacia atrás. Apuró el paso. De
pronto algo sucedió que le quitó el aliento.
Detrás de si escuchó un grito, de voz ronca erosionada por el tabaco
suelto y el alcohol barato.
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–¡Quien anda ahí!
La pregunta del casero sonó como una sentencia de muerte. A su
lado, un perro guardián gruñía furioso, advirtiendo que no debía dar
un paso más. Asustada, comenzó a correr tratando de sortear los árbo-
les que se interponían en su camino, como guardianes añejos de un si-
lencio casi sepulcral que acababa de hacerse añicos. Corrió sin volver la
vista atrás. Su corazón galopaba imparable queriendo salir por la boca,
como adelantándose al cuerpo para mantenerse a salvo. En esta carrera
a tientas, Claudia quiso comprobar que había puesto la distancia sufi-
ciente entre ella y el espanto y, en ese instante, al girar la cabeza para
mirar sobre sus pasos, una raíz de eucalipto emergiendo de la tierra, se
enreda con sus pies y Claudia cae imparable, hasta quedar cara a cara
con la tierra y la hojarasca.
Se mantuvo inmóvil unos segundos, soportando el dolor de la caída
y, al mismo tiempo, procurando que el sonido de la queja no delatara
su posición. Mientras se esforzaba en controlar la respiración para de-
sacelerar las pulsaciones, escuchó un crujido de hojas secas, unos metros
más adelante. Intentó no hacer ruido. Cuando creía que no era capaz
de contener el llanto que la ahogaba, escuchó otra voz, desde la
oscuridad.
–Claudia, ¿estás ahí?
Al reconocer a Manuel, liberó la angustia contenida. El la escuchó
sollozar. La buscó en la oscuridad caminando con paso lento, hasta en-
contrarla en el suelo, boca abajo, sosteniéndose con los brazos; tenía la
cabeza tumbada hacia adelante y el cabello le cubría la cara. Se arrodilló,
la tomó de un brazo y con el otro, sosteniéndola de la cintura, la ayudó
a levantarse. Al mirarlo, Claudia comenzó a llorar y rodeándole el cue-
llo con los brazos, hundió la cara en su hombro. Manuel le acarició el
pelo y la abrazó, intentando calmarla. Así permanecieron unos instan-
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tes hasta que escucharon los ladridos del perro acercándose; entonces él
la tomó de la mano y juntos salieron del bosque.
Caminaron algunos metros y ya alejados de los árboles, Manuel
pudo ver que los ojos de Claudia estaban enrojecidos; parecía como si
su cara quisiera esconderse debajo del barro y la hojarasca que todavía
la cubrían. Con ternura le tomó el rostro para quitarle la tierra mientras
a ella se le dibujó una sonrisa tímida, le secó las lágrimas que todavía
caían por las mejillas y ella, simplemente sostuvo la mirada en los ojos
de él. El silencio nuevamente se hizo presente debajo de las nubes, que
coronaban el frío de la noche. Los dedos de Manuel recorrieron el
rostro de Claudia, para luego escurrirse entre el cabello revuelto, rozán-
dole el cuello. La piel de Claudia se erizó. Su respiración volvió a agitar-
se y un escalofrío le recorrió la espalda. Miró al suelo y luego volvió a
mirar a Manuel. El supo que no hacía falta pronunciar ninguna palabra
de las que pudo haber dicho cuando estaban en el living; tomó el rostro
de Claudia con ambas manos y con lentitud, acercó su cara a la de ella.
El tiempo se detuvo cuando sus bocas se encontraron en un beso
tímido, que nació como pidiendo permiso. Los ojos de Manuel busca-
ron los de Claudia, tratando de hallar en ellos una señal que le indicara
si debía seguir o detenerse. Ella no se apartó; cerró suavemente los
párpados y se dejó ir en una espiración profunda. Volvió a mirar aque-
llos ojos almendrados y se descubrió ahí, reflejada en ese lago de miel
que rodeaba las pupilas. El deslizó suavemente la mano por su espalda
y rodeándola con firmeza por la cintura, apretó a Claudia contra su
cuerpo. Anclados cada uno en los ojos del otro, sus bocas se estrellaron
en otro beso, tan intenso como intempestivo, que los atravesó de lado a
lado. Una oleada de deseo húmedo les erizó la piel, desordenándole los
sentidos. Y ahogándose en un mar de besos, amparados en el refugio de
la oscuridad, tuvieron la certeza de que empezaban a transitar un
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camino que no tendría retorno. A ésta altura de la noche, dentro de la
casa, los invitados se encontraban sumidos entre el vaho del alcohol y el
humo de la marihuana, a tal punto que nadie había reparado en la
ausencia de Claudia y Manuel. Ni siquiera Nacho, que al no poder
mantenerse en pie, se había quedado dormido en un sillón, sin sospe-
char que afuera de la casa, comenzaba a escribirse otra historia.
Iván, también alcoholizado y con los sentidos apenas bajo control,
volvió a tomar la guitarra e intentó tocar un tema de Kiss. Nada de lo
que tocó sonó realmente como lo que él quiso que todos escuchasen, al
punto de que una de las chicas le preguntó desde cuando le gustaba
Alejandro Lerner. Iván la miró confundido; no entendió el porqué de
la pregunta y siguió tocando. El reloj de péndulo que colgaba en la
pared opuesta al ventanal, indicaba que eran las dos de la mañana.
Lucía, que se había puesto de pie una docena de veces, caminó de
nuevo desde la mesa hasta el hogar de leños. A esta altura, el generoso
escote se encontraba a la búsqueda de su próxima víctima voyeur.
Nacho estaba dormido; los demás invitados hablaban y reían entre sí e
Iván parecía tan enamorado de su guitarra, que Lucía lo imaginó
besando cada una de las clavijas. Molesta, la morocha tomó una botella
de cerveza por el cuello y se sentó al lado de dos amigas, que conversa-
ban distraídas. Una de ellas sostenía entre los dedos, los restos de lo que
fue un buen Pedro Caballero, que intentaba volver a encender con di-
ficultad. Lucía, sabiendo que no iba a poder darle un “beso” al Caballe-
ro Pedro, se alejó de allí. Sus ojos rapaces recorrieron todo el salón,
hasta que dieron con Nacho, que parecía estar profundamente dor-
mido.
Caminó hacia él. Se sentó a su lado y recostó la cabeza en su hom-
bro. Al sentirla, él la abrazó como si fuera Claudia. La mujer trató de
levantarse pero Nacho, sin abrir los ojos, balbuceó algo inentendible y
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la apretó con más fuerza. Lucía, sorprendida, quiso alejarlo pero no
pudo; él intentó besarla y ella le corrió la cara gritándole que se detenga
y que la dejara en paz. Nacho, con los ojos entreabiertos, la mirada su-
mergida en el escote y la voz quebrada y somnolienta le dijo:
–Hacete cargo de tus provocaciones, nena.
Entonces, liberándola del abrazo forzado en el que la mantenía suje-
ta, le dijo que se fuera, temiendo que su novia pudiese descubrirlo en
esa situación. Cuando se alejaba, ella lo escuchó murmurar “histérica de
mierda” mientras se acomodaba en el sillón para seguir durmiendo.
Refugiados en la oscuridad del parque, Claudia y Manuel no se
preocuparon ante la posibilidad de que alguien pudiese verlos juntos.
–¿Vamos? –preguntó él mirándola directo a los ojos.
–¿A dónde?
–Vení conmigo –le dijo sin más explicaciones.
Manuel tomó a Claudia de la mano y caminaron bordeando la pile-
ta vacía, en dirección al quincho que se encontraba alejado de la casa.
Ella, en silencio, se dejó conducir. Al llegar abrieron la puerta corrediza
de vidrio y sin prender las luces, sortearon los bancos de madera que
estaban dispuestos alrededor de la mesa. Las nubes se habían disipado y
la tenue luz de la Luna se colaba por los ventanales, permitiéndoles
distinguir algunas siluetas. Instalados en esa penumbra, volvieron a
besarse, como preámbulo de un encuentro que, con palabras mudas
nacidas de la mirada, venían anunciando.
Con la ansiedad de quien está por descubrir aquello que ha ima-
ginado y la necesidad de cuidar el paso del tiempo para que no se vaya,
Manuel fue desabrochando lentamente la campera de Claudia y des-
lizándola hacia atrás, por debajo de los hombros, la dejó caer al suelo.
Con la seguridad del que sabe que está a punto de alcanzar por fin lo
que desea, se sacó el suéter a rayas que le cubría la camisa azul; Claudia
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la fue desabotonando despacio y entonces, al sentir las manos de ella
sobre su pecho, los tiempos para el amor comenzaron a ser otros.
Con la urgencia de quien abre un regalo, fueron despojándose de la
ropa, hasta compartir su completa desnudez. Se miraron, resollaron sus
aromas y esos cuerpos que se mostraban imperfectos, fueron aún más
deseables. Arremolinados en medio de abrazos, caricias y besos, fueron
acercándose hasta el sofá que se encontraba del otro lado de la mesa y
allí se dejaron caer sin pensar en nada más. La respiración agitada, los
besos tibios, la sangre ardiendo, las caricias que exploraban y la unión
de los cuerpos, coincidieron como piezas de un rompecabezas. Solo
cuando compartiéndose, se sintieron completos al fin, se dejaron ir en
medio de una oleada de éxtasis que por unos instantes los sacó del
mundo, para traerlos de vuelta, lentamente, al refugio del abrazo
agradecido y el placer que inundaba la mirada. Recobrada ya la calma,
Manuel, perdiéndose en un halo de luz que entraba por la ventana, se
preguntó cómo habrían de continuar de ahora en adelante.
A contra luz, los ojos de Claudia distinguieron los de Manuel, cuya
figura se dibujaba entre las sombras que cubrían de misterio a ese hom-
bre, que todavía permanecía anclado a ella, sin moverse. Los dedos de
Claudia recorrieron el cabello de él y sus manos se encontraron detrás
del cuello, bajaron por la espalda y subieron de nuevo hasta los hom-
bros. Manuel cerró los ojos y al abrirlos, ambos se miraron cómplices.
No hubo nada que decir y ese silencio fue tan mágico como elocuente.
Entonces, un ruido en medio de la noche los arrancó con brutalidad de
aquel abrazo, con el que intentaban retener ese instante.
Saltaron del sofá, buscando a tientas la ropa tirada por el piso, la
tomaron y se escondieron detrás de la barra de ladrillos, al costado de la
parrilla. Temieron ser descubiertos por el casero, al escuchar los ladridos
del perro que se acercaba y los pasos alrededor del quincho, pisando
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ramas y hojas secas. Con una linterna en la mano, el viejo al acercarse
vio que la puerta estaba apenas abierta. El perro parado frente a ella, no
dejaba de ladrar. El hombre abrió aún más la puerta y al querer entrar,
el animal de un salto, fue directo a los restos de un asado que había
muerto de viejo la semana anterior, del que todavía quedaban algunos
huesos. Se echó en el suelo y comenzó a despedazarlos con las mandí-
bulas. Dentro del quincho, el casero recorrió con la linterna el lugar, en
busca de algún intruso. Claudia y Manuel, desnudos y con la ropa en la
mano, se miraron mudos, intentando apenas respirar. El anciano se
acercó a la parrilla e iluminó con la linterna alrededor de la barra de la-
drillos. Detrás de ésta, pudo ver los cajones vacíos de cervezas que él
mismo había apilado el domingo anterior. Alumbró el otro lado del
quincho y no vio nada extraño. Molesto con el perro que volvió a des-
pertarlo en plena madrugada, le ordenó que saliera. El animal, con
obediencia, se fue apretando dos huesos entre los dientes. Salieron del
quincho y el viejo cerró la puerta de vidrio antes de alejarse.
Manuel, apenas asomado sobre la barra, vio que la luz de la linterna
se alejaba hacia el bosque de eucaliptus. Poniéndose de pie, tomó de la
mano a Claudia ayudándola a pararse. Caminaron hacia la puerta y
antes de que él pudiese abrirla, ella lo detuvo.
–Si salimos nos van a escuchar otra vez.
–No hay forma de salir de acá si no es por esa puerta. El ventanal
está sellado.
El silencio de la noche no pudo disimular el chirrido del marco de
chapa que se escuchó al abrirse la puerta. El perro volvió a ladrar. El
anciano, que se había alejado pero no lo suficiente, se dio vuelta y
volvió a mirar hacia el quincho. Sabían que solo tendrían una opor-
tunidad. Manuel salió y detrás de él, también lo hizo Claudia. Co-
menzaron a correr hacia el cerco a toda velocidad; se agacharon y
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pasaron entre los hilos de alambre hasta llegar al asfalto, alejándose de la
quinta.
Se detuvieron cuando se sintieron cansados. Claudia miró el cuerpo
desnudo de Manuel y comenzó a reír. Solo entonces se dio cuenta de
que ella también estaba desnuda. Se abrazaron y rieron como locos;
seguros de que nadie podía escucharlos, Manuel miró al cielo y dio un
grito ensordecedor. Claudia, cómplice, mirando a la luna imitanba el
aullido de Manuel. Se vistieron y tomados de la mano, por el medio de
la ruta, se alejaron caminando hacia el corazón de la madrugada, que
los devoró como si fuera una jauría de lobos hambrientos.
Purapalabra | 87
Florencia Degaudenzi
La eterna agonía
En la oscuridad, un susurro de muerte, sangre y hielo que ador-
nan este infierno. La flor que cae marchita, el sol cuya luz se apaga
ante la llegada del dolor y la lluvia calándome los huesos hasta que no
siento más que frío y me arrastra la agonía sin camino hacia la luz.
Cantemos
Cantemos siempre una canción que alegre el corazón. Alcemos
nuestras voces con el sonido del tambor y el canto del ruiseñor.
¡Oh! Cuán hermosa es la vida que me muestra la alegría llena de
colores y brisas. Cantemos para el alma y para el amor que hoy y
siempre floreció.
Abre tus alas
Desde mi guarida, el mundo veo pasar. El sol brilla cada día y los
pájaros elevan sus alas y hermosas estrellas adornan el telón de la luna
que todas las noches una hermosa canción entona. Aquí estoy yo,
soñando que un día abriré esa ventana, y al sentir el viento, mis alas se
desplieguen para alzar el vuelo sobre las nevadas montañas.
Un nuevo amanecer
En las sombras permanezco, aguardando su llegada: siento mi
pulso acelerarse y una corriente de frío… Pero de repente, un rayo de
luz baña el horizonte, la brisa que hace volar mi pelo, enredándolo en
88 | Purapalabra
una danza sin fin. Las risas y la música que me hacen sonreír me
guían hacia un nuevo amanecer.
Angel caído
Angel caído, lleno de dolor, sus alas rotas permanecen en un rin-
cón y en su lugar alas negras brotan de su ser con aquel fuego que
consume la agonía del dolor cruel cicatriz que marca con hierro su
frágil corazón.
La flor de cristal
Hoy tengo un cristal en el que sopla la alegría y el amor. Llena de
sentimientos que florecen hoy con ese cantar y esos colores que la
hacen bailar.
También hay dolor, pues todo cristal se refleja, pero todavía está
ese brillo latente: Cree, cree en esa sonrisa, en esa canción, en ese
llanto y en la euforia absoluta.
Hoy decidí reflejarme para poder ver la grandeza de lo hermoso
que le gana al odio y que me permite florecer… ¡Pues debo seguir
bailando, hombre!
Sonríe
¿Cuántas veces sonríes? Es en serio, piensa, ¿cuántas, cuántas ve-
ces, por tonterías o por ver a esa persona que te moviliza, porque
estás tomando un café o por nada?
Sí, pensarán que este poema es de autoayuda, pero no, ¿sabes
cuán necesario es sonreír a veces sobre todo cuando el cielo se nubla?
Lo sé.
No es fácil, pero hay que reírse hasta de las cosas más estúpidas y
de las más raras, sino te la pasas llorando y aunque es necesario, debes
Purapalabra | 89
pintar esa sonrisa y darle un corazón. No te preocupes si pareces un
loco, sonríe. De esos tropezones, de esa persona que se quedó ob-
servándote y haciéndote guiñitos, al arte, la música, a ese abrazo e
incluso al fracaso.
No lo pienses, sonríe y verás que el lienzo se pintará.
Libertad
Los barrotes me rodean, los escombros me acarician y ya no hay ni
siquiera una brisa. Pero espero, mientras mi corazón hace tic tac,
oyendo su llanto desgarrador que rebota en las paredes. Veo cómo sus
lágrimas caen cual cascada cristalina y de repente, se abre una puerta
oxidada, respiro el dulce aire que me llena los pulmones y sé que soy
libre…
¡Has llegado libertad!
Eso llamado amor
¡Oh!, cómo duele esto del amor. Se enrosca en lo más profundo del
corazón, atrapándolo en sus redes. Es una caricia de primavera que
florece cuando menos te lo esperas, una brisa suave que enciende una
chispa en tu corazón, que levanta una tormenta enfurecida. Te
seduce, te abraza, lagrimeas y te canta una hermosa canción, la de eso
llamado amor.
Corazón con agujeritos
Corazón con agujeritos, corazón de dolor,
se alimenta en la agonía del canto del ruiseñor.
Tengo una espina, tengo un dolor
pero nunca me falta el maltratado corazón.
90 | Purapalabra
Flor de cristal
Hoy tengo un cristal en el cual sopla la brisa, la alegría y el amor.
Tengo sentimiento, tengo un amor, tengo una alegría, tengo una flor.
Agua cristalina
Agua que me purifica, agua de amor, agua que muere en ese dolor. Agua
que alimenta esa sed de agonía, el agua de lágrimas y de flores marchitas:
el agua cristalina. Me empapa y me eleva hacia ese nuevo atardecer en el
que ya no existe nada más que esa hermosa canción de cuna.
Mariposa, sé libre
Sé libre dulce mariposa, paladea el resplandor del bello sol, acarícia-
me y bésame. ¡Pero vuela! Vuela hasta que las alas se te caigan del
cansancio, hasta que los animales ya no canten y las abejas no coman
de su miel. Mariposa de amor, mariposa de color, no traigas las penas
a mi corazón.
El guardián
Guardián del amor, guardián de la luz, guardián del odio, guardián
del dolor. Llega con su aire superior batiendo con sus alas el fuego del
dolor disparándole al amado corazón, vuela en los cielos y me abraza
con su luz en todo momento. Guardián de la puerta, guardián del
dolor, guardián del alma, guardián del corazón.
Nieve celestial
Esquirla de hielo, sangre del infierno, corazón encarnado en el cristal
del amor. Bosque profundo, perfume de miel, el pájaro canta y alza
su vuelo, plumas que caen: el mismo infierno.
Purapalabra | 91
El cielo cae y nos cubre con su manto acariciando este corazón para
darle alas que se pliegan en esta eterna alma.
Caído
Pluma de ángel, ángel roto que aúlla de dolor, la sangre manchando
este negro corazón. El látigo que me muestra la cicatriz en este ano-
checer, el brillo solitario de tus ojos caídos, me hace estremecer.
Vals de luna
Despliegue celestial, la luna brillando sobre mi piel, que con su luz
me acaricia. Siento tus manos llenas de amor, tu calor y corazón.
Sujeta mi vestido azul que se pierde en el dulce mar cuando te beso,
te amo, te sigo mi príncipe en el vals del amor hacia un eterno sol.
El cristal de mi reflejo
Aquí, al observarme, vislumbro a mi verdadero yo. El cristal se
agrieta pero me sigue pareciendo hermoso, veo esos puntos que
vuelan mi mente pero igual es hermoso.
Las curvas me toman por sorpresa y los desniveles me hacen caer
pero igual me parece hermoso. Veo las lágrimas caer pero una sonrisa
lo ilumina todo e igual me parece hermoso. Veo mis alas y están listas
para volar e igual me parece hermoso.
Esta soy yo, el cristal de mi reflejo tan grande como un rayo de sol.
Freak show
Bienvenidos a freak show, el lugar dónde todo es posible, el lugar
de la locura. ¡La locura me llama!, no necesito este estúpido antifaz
porque siento el aire libre cuando las imágenes se reproducen en mi
cabeza y sólo puedo dejarlas ir.
92 | Purapalabra
Me muevo, lo siento, lo respiro, lo abrazo, lo grito, llueve, leo,
pienso bailando descalza sintiendo cómo poco a poco me pinto. Soy
el lienzo en el cuál se canta eternamente salpicándose de grandes
colores. Sale el sol, el viento me envuelve, ya no los oigo, los demo-
nios se han ido, veo mi propia locura y me río, me río porque estoy
viva y escribo, porque el castillo tiene una princesa que perdió el
zapato pero se ríe porque está loca… ellos dicen.
Sigo volando e imaginando un beso de azúcar, un abrazo de seda
con una vida loca. Porque ella está loca, loquísima pero ¿qué más da?
Hay otros locos a la deriva, locos que pintan, que lloran, que ríen
y se enamoran.
Acá estamos todos locos y sonreímos hacia la locura porque es la
única forma de libertad en este mundo demente.
Sólo tú
Tú con esos ojos que me vuelven loca, tú con tus celos y tu sonri-
sa, tú con tus bromas y jugarretas, tú con tus lágrimas y enojos, tú
con tus sonrojos.
Eres tú con ese café de la mañana, eres tú con ese juego de mira-
das, en el beso con sabor a cereza. Eres tú en las lágrimas y discusio-
nes, en las risas e ilusiones. Tú, eres tú a quien yo amo.
¿Dónde estoy?
¿Dónde estoy?, hace tanto frío que te congela la carne transfor-
mando tus labios carmín en una rosa marchita congelada, triste.
Es que las rosas son así, un día brillan y danzan al máximo esplen-
dor en compañía del sol que con sus rayos entona una dulce canción:
la de la primavera. Pero un día, la primavera se marcha llegando las
tormentas junto con ese hielo destructor, entonces la flor ya no baila.
Purapalabra | 93
Sus hojas caen en hilera hasta el suelo yaciendo ahí para siempre
cómo nada más que un recuerdo, es que las rosas son tan bellas pero
también lloran.
En este lugar hay tantas de ellas que no me alcanzarían los dedos de
los pies y las manos para contarlas. Hay de todos los colores del arco
iris, algunas más altas, otras más bajas, algunas con espinas otras total-
mente vacías, grandes o cuiquitas… ¡de todas las variedades va! Todas
ellas derraman lágrimas, estas se las lleva el viento y quedan como
estrellas en el firmamento pero muchas otras se convierten en ríos que
fluyen pero jamás terminan, aunque bueno, eso lo pienso yo.
No sé en dónde me encuentro pero además de hacer frío a veces el
calor te sofoca y está lleno de abejas grandes como tractores esperan-
do para atacarlas a ellas, a las flores, que pobres…. ¡que culpa tienen!.
El viento también canta haciendo bailar a mi pelo enredándolo en
una serenata mágica. Aún así, no sé dónde estoy porque el cielo está
estrellado pero su otra mitad se encuentra en llamas mientras las
flores entonan una canción y las aves sobrevuelan los cielos en tor-
menta para aterrizar justo encima de mi cabeza. Pero al mirar arriba,
cada vez más arriba veo un resplandor que parte la tierra envolvién-
dola en una cortina incandescente.
Estoy en mi cama, el sudor se escurre por la piel provocando que
las sábanas se peguen a mi cuerpo despertándome sobresaltada, miro
mi reloj: son las 7 de la mañana.
La magia está escondida
Hay quiénes dicen que la magia es algo de novelas fantasiosas, yo
creo que se oculta en la más hermosa sonrisa, está en el viento y en las
hojas del otoño, en la canción de los corazones rotos. En el árbol que
decoraste y en el café de la mañana, en un paisaje a través de una
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ventana, en un beso de bienvenida con el amargo sabor de despedida,
en un abrazo y en un libro que descubriste una tarde de lluvia. Esas
lágrimas que derramaste con las sonrisas que vinieron después, en ese
amigo especial, en ese “te extraño” “nos vemos”, en el mensaje que
nunca llegó, en ese olor dulzón, en el pelo al viento nos topamos con
un sentimiento de esos que te dejan mudo atravesando un camino sin
fin pintando risas en el rostro de la gente mientras ese carmín aflora a
tus mejillas. No hay explicación: existe, la magia está entre nosotros
pero escondida esperando a que la descubras para abrir el corazón.
Así que no te extrañe que cuando estés roto una estrella surque el
cielo abrazándote con su luz.
El puño de acero oprime mi corazón hasta hacerlo trizas, la
electricidad se extiende por mi alma matándola lentamente mientras
los músculos se entumecen a la espera de ese golpe de hierro. Las lá-
grimas se acumulan bajo mis párpados y luego se deslizan por mi
mejilla como un río sin fin. Camino entumecido hacia un vacío sin
detenerme, las palabras sonando huecas en mis oídos, ya no siento
nada. Mis ojos dejan de sonreír, no hay más que silencio ya todo
terminó pero de pronto una súbita luz me lanza hacia atrás.
Me envuelve en un abrazo cálido con una canción de cuna mien-
tras mi cuerpo es invadido por una inmensa paz. Esta luz llena este
vacío y aunque las lágrimas quedan como un sello en mis mejillas
sonrío con el corazón.
Tú
Tú y tus ojos de ese color que me fascina, tú con tus celos y tus
sonrisas, tú con tus lágrimas y jugarretas, tú con tus lágrimas y enojos,
tú y tus sonrojos. Eres tú en ese café de la mañana, eres tú en ese juego
de miradas, eres tú en ese beso con sabor a cereza. Eres tú en las
Purapalabra | 95
lágrimas y discusiones, en las risas e ilusiones. Tú, eres tú a quien yo
amo.
Querido amigo del alma:
Creo que este mensaje va para vos porque las cartas son especiales
para personas maravillosas cómo vos. ¿Te acordase cómo nos cono-
cimos? Vos estabas tan perdido, recuerdo tu rostro desencajado, triste
y moribundo. Tus ojos ya no brillaban sino que tenían el color de la
desesperanza, cuando saltas al vacío, cuando ya no sentís nada. Me
alegro de haberte tomado de un brazo para evitar que cayeras. Por-
que aunque no te conocía no merecías ese final, recuerdo haberte
abrazado mientras un torrente de lágrimas mojaba mi blusa. Mur-
murabas palabras incoherentes, no dejabas de hipar temblando como
una hoja. Desde ese día estuve contigo y descubrí el hermoso color
que llevabas dentro. Ibamos a andar en bicicleta mientras te escucha-
ba hablar de lo que te pasaba, comprendiéndote a la perfección.
Cómo cambió todo después de eso, era víctima de tu violín y vos
Luis, te deleitabas con mis historias de guerreras medievales.
Cuántas mañanas entre cafés e instrumentos y noches llenas de
música en el hervidero de la ciudad. Cuántas risas me sacaste, siempre
impulsándome hacia delante. Cuántas aventuras tan alegres, jamás
pensé que fueras a ser tan importante, pero de algo estoy segura: amo
haberte encontrado aquel día y hoy poder ser víctima de ese destello
qué es tu sonrisa.
Por más amaneceres teñidos de pompones de azúcar y de lenguas
violetas.
Con gran cariño,
Tu chica lectora.
96 | Purapalabra
Amor eterno
Cómo capturar ese amor en un lienzo, cómo capturarlo en el
tiempo que fluye cómo un viento que lo arrasa todo.
Su esencia y su magia jamás se pierde mientras se refleja en el brillo
de los ojos al atardecer con esos besos y su sabor a manzana.
¡Oh! Cómo sacar esas palabras que tanto ansío decirte para poder
capturar en mi mente el sonrojo de tus mejillas mientras el eco de
nuestras voces gritan ese “te amo” que queremos decirnos.
Porque nuestros destinos se separarán pero nuestras almas
quedarán unidas en un amor que no conoce fronteras ni tiempo. Ese
amor eterno.
A través del secreto
Ya te veo parado ahí y mi corazón comienza a latir tan fuerte que
parece que se va a salir del pecho.
Mis manos sudan bloqueándome completamente tratando de
rehuir tu mirada. Sí, esa mirada que parece atravesar las paredes de mi
corazón conociendo perfectamente ese amor que está aprisionado
deseando liberarse a los cuatro vientos para danzar libre.
Me pongo roja como un tomate y apenas soy capaz de formular
una frase coherente. Qué torpe me siento al reaccionar así pero no
puedo evitarlo, es cómo un circuito dentro de mí que me corta la
circulación explotando en el momento menos indicado.
Siempre me pareciste increíble mientras te observaba, ese ceño
fruncido mientras gesticulas con las manos, tu paso seguro.
Pero apenas me notas o por ahí (dentro de mis esperanzas) si, qué
se yo no me doy cuenta. Lo único que me doy cuenta es que me
pongo tarada al verte y eso no me gusta.
Purapalabra | 97
Admiro mucho de vos que ni te imaginas, cómo capturaría tu
sonrisa para tenerla siempre conmigo junto con tu sentido del humor
que atraviesa el amargo gris de los cubículos.
Ojalá algún día nuestros caminos choquen porque soy muy co-
barde para ir a hablarte.
Tu admiradora secreta y –perdón– algo acosadora.
98 | Purapalabra
Francisca Ferrero
El liceo
Cuando salgo de mi casa, camino al liceo, aún no ha amanecido.
Reconozco que soy una figura extraña, tan mayor, tan de negro y
sola de madrugada por estas calles, por eso, para evitar la curiosidad y
el ridículo y como no puedo darme ese lujo por que soy una persona
comprometida con lo que hago, es que camino pegada a las paredes.
Esta mañana amaneció con niebla lo que me permite mayor liber-
tad para desplazarme.
Camino despacio, un poco por la edad, lo reconozco, pero tam-
bién por un accidente que afectó mi cadera y me obliga a usar bastón
lo que hace muy lento mi caminar, además por los obstáculos que
presentan estas veredas de Buenos Aires ¡ tan desparejas!
Avanzo por Pueyrredón arrebujada en mi tapado negro cuidando
que la humedad no enfríe mis viejos huesos. El bastón, mi fiel acom-
pañante establece en el andar un extraño ritmo que trae a mi memo-
ria una vieja melodía, que se instala en mi cerebro y no me abandona
tic tac tac tic tac tac.
Santa Fe me recibe ruidosamente. Doblo hacía la izquierda. Las
casas de ventas aún están cerradas y presentan sus cortinas bajas.
Vaya, no puedo creerlo, oigo desde aquí sus risas y hasta un corito
con una canción de moda, no, no puedo creerlo.
Los años y la profesión han puesto en mi rostro un gesto adusto,
jamás me permito sonreír delante de ellas, no sea cosa que esas pícaras
se tomen confianza, pero por dentro sin querer siento que ponen un
Purapalabra | 99
toquecito cálido en mi corazón, una sonrisa para adentro, yo diría.
A medida que me acerco el murmullo aumenta. Me detengo. Las
tomaré por sorpresa.
Me apoyo en la pared y camino sin bastón para evitar el “tic”. Me
acerco a la entrada. Entonces doy un golpe seco.
Se produce el silencio.
Me gusta sorprenderlas.
Contengo la respiración. Espero dos minutos y entonces doy la
señal. Es una rutina, casi un juego, nuestro juego. Oigo cómo hacen
que se despiertan, bostezan y empiezan a moverse.
La primera en aparecer es Valeria, lleva su guardapolvo impecable
aunque algo arremangado en la cintura, las medias oscuras están
correctas y los zapatos estilo Guillermina también, la oscuridad y la
niebla la hacen ver en blanco y negro con una levísima transparencia
de imagen en negativo, así es de leve. Así es de hermosa. Saluda y se
coloca al borde de la vereda. La apruebo.
Aparece luego Silvia. Le tengo que llamar la atención. Lleva el
guardapolvo arriba de las rodillas. A regañadientes se lo acomoda y se
coloca al lado de Valeria, ya son dos con las que no tengo que renegar.
Electra hoy es la tercera, está seria y educada, me saluda y se
ordena sin que yo tenga que intervenir. Atrás aparecen Carmen y
Leonor tomadas de la mano. Lourdes las alcanza. Pasan tan rápido
que no puedo ver como están, no dudo de que algo esconden.
Alicia, Irene, Seta y Diana me hacen evocar niñas coloridas salen
corriendo y hacen ronda alrededor mío para hacerme enojar y cuando
yo enarbolo el bastón, ellas riendo corren detrás de la fila para que yo
no las alcance.
Inmediatamente están alineadas.
100 | Purapalabra
Me paro frente a ellas, las observo una por una. Están todas. Estas
hermosas niñas pertenecen al liceo de señoritas. Quedaron ellas solas
del liceo original.
Paso lista. El registro está grabado en una placa sobre la vereda
que alguien colocó para ellas y para mí. Entonces con voz impostada
digo:
–¡Señoritas del Liceo!
–¡Presente! –me responden.
Sí, están todas.
Las puertas del liceo están abiertas. El portero barre los escalones
mientras nosotras avanzamos. Parece no vernos, pero yo creo que
disimula.
Las alumnas se ordenan en el salón que les corresponde. Sonríen,
se saludan, me saludan.
Se me estruja el corazón al dejarlas, pero pronto ingresarán los
niños de colores y no deben verme.
Son niñas y niños, porque el liceo se transformó en mixto hace ya
algún tiempo.
Me apuro en darles el presente. ¡Por hoy y por siempre!
Me alejo con mi bastón que hace ritmo y salgo a la calle.
La mañana despierta. Los primeros rayos del sol me hace entre-
cerrar los ojos, y aunque no tengo lágrimas, veo muchos arco iris. El
color ha vuelto.
No miro para atrás.
Total, mañana volveré y estaremos juntas de nuevo. Como hoy,
como siempre.
Purapalabra | 101
Guillermo Brennan
Las vacaciones de Pedro
-1-
Yo me pregunto qué hago acá en la playa mirando el mar como
un pavo, si no me siento cómodo Yo soy portero de escuela y ahí sí
que estoy en mi lugar, con los chicos y las maestras y no rodeado por
desconocidos que se la pasan hablando, si se puede decir hablando,
de fútbol y de mujeres, como si no se pudiera conversar de otra cosa.
Yo en la escuela también escucho hablar de fútbol, pero en la voz de
los pibes suena distinto a pesar que se pelean como los grandes y sue-
len terminar a las trompadas, y el angelito se les va al diablo. Acá los
grandes no se agarran a piñas pero los veo puteándose todo el tiem-
po, son peores que los chicos, por lo menos los pibes son sinceros y
defienden su camiseta. Los grandes acá parece que siempre se están
provocando, a ver quién aguanta más las cargadas o a ver quien la
tiene más larga, y no les dan bola a los pibes a los que les dan el mal
ejemplo, ni a sus mujeres, que se juntan para hablar de televisión, de
la moda, de que bien que está tal o cual tipo, y andá a saber de qué
porquería más, son chusmas porque no les queda otra, si los giles de
los maridos, en lugar de tirarse al sol y disfrutar mirando el mar char-
lando con su mujer a quien casi no ven durante el año, o con los
amigos que tampoco ven seguido, de cualquier cosa, no, se la pasan
perdiendo el tiempo jodiéndose unos a otros con el bendito futbol,
que de bendito no tiene nada ¡allá ellos!, si quieren perder así los
pocos días de vacaciones que tienen, que se jodan, yo con esos no me
102 | Purapalabra
voy a poner a hablar y las mujeres no me van a dar bola porque están
meta parlotear de cosas supuestamente de mujeres, cuando en reali-
dad se están observando a ver si se descubren algún defecto en la ma-
lla, en el peinado, en los rollos, en que vieja está la de al lado en com-
paración con el año pasado y el pintón del marido o le da pelota por-
que se la pasa mirando minas jóvenes como todos, porque ellas tam-
bién están entrando en la jovatitud y eso no les gusta nada. Salvo la
rubiecita un poco más joven, que parece estar en otra, las demás pare-
cen todas boludas, la rubiecita no, esa parece piola, está fuerte y ade-
más me mira con ojos libidinosos, pero no creo que le de pelota a un
portero de escuela, no sé si tiene o quién será el marido, pero seguro
que es uno de los que está pelotudeando con el fútbol de mierda. Yo
no sé, creo que voy a esperar el momento justo, seguramente la rubie-
cita va a tener ganas de ir al baño, o se va a meter sola al mar y ahí yo
me la voy a encarar sin que nadie se dé cuenta y por lo menos entro
en conversación y le saco el teléfono para más adelante en Buenos Ai-
res, porque tiene pinta de porteña, además de insatisfecha. ¡Menudas
vacaciones me esperan!
-2-
Este Pedro está siempre igual, hace como seis años que no se toma
vacaciones. El día que le dijeron que si no se las tomaba las iba a
perder, se amargo en lugar de alegrarse. Se preguntó que iba a hacer,
si lo único que le interesaba era su trabajo era su trabajo de portero en
la escuela, disfrutando estar con los pibes y sobre todo con las maes-
tras, porque, convengamos que a Pedro, si bien estaba entrado en
años, las mujeres le gustaban como cuando era un adolescente.
Y se fue caminando a la casa de su hermano, no tenía o no sabía
qué hacer, necesitaba hablar con alguien y también salir un poco de
su escuela-casa, porque casa propia no tenía, alquilar con su sueldo
Purapalabra | 103
era imposible, entonces vivía en un cuartucho con un bañito y kit-
chinete que le prestaban y oficiaba de vivienda, portería, oficina y
hasta ventanilla de reclamos, porque los padres en lugar de hablar
con las maestras o con la directora, le iban con sus problemas al po-
bre de Pedro, que oficiaba de correo y también de confesor, faltaba
que diera la comunión en su sucucho. Por lo menos en lo de su
hermano podría sentarse a tomar unos mates y de paso pedirle conse-
jos para las vacaciones, desde adonde ir hasta qué ropa llevar, porque
su hermano no es que fuera un hombre de mundo, pero del asunto
algo sabía. Así fue que le aconsejo, entre mate y factura, que se fuera
diez días a Mar del Plata, que por la obra social él le podía conseguir
un muy buen hotel cera del centro y de la Bristol, y sobre todo que se
comprara un poco de ropa nueva, en especial una malla llamativa,
porque lo de “cuando viaje a Mar del Pata, viaje sin valijas, Tienda
Los Gallegos tiene de todo”, ya no iba más, tenía que comprarse lo
mejor para enganchar mujeres, ¡para eso se habían inventado las vaca-
ciones!
Y allí fue que partió Pedro, ahora era fácil: ir a su casa–escuela,
llamar por teléfono al tipo que le había recomendado su hermano,
salir de compras a Zara, como también le había dicho su hermano,
rajar para Retiro a sacar pasaje y volver al sucucho, hacer el bolso nue-
vo y ¡a prepararse para el gran viaje plagado de aventuras! Estaba
contento de verdad.
-3-
¡Vos no sabés lo que me pasó en las vacaciones! Yo nunca me iba a
ningún lado, pero esta vez casi me obligan, me dijeron que me las
tomara o si no las iba a perder, y la verdad, no tenía ganas, pero no le
iba a regalar plata al estado, vos sabés que a mí la guita no me impor-
ta un carajo, pero antes de dársela a este gobierno de mierda era capaz
104 | Purapalabra
de cualquier cosa, hasta de irme de vacaciones al Polo Norte. Por eso
hice todo rápido, arreglé lo del hotel con la Obra Social, conseguí un
hotelazo de la gran siete frente al mar, me fui rápido a conseguir el
pasaje, me compré un bolso nuevo y varias pilchas modernas, me
volví a la escuela, hice los trámites administrativos, ordené todo en
tiempo record y me tomé un taxi hasta Retiro para tomar el micro,
todo a los pedos, pero llegué con tiempo suficiente para poder tomar-
me un whisky en la confitería de la Terminal antes de salir. El micro
era un lujo y viajé bárbaro, con azafata y todo. Llegué al hotel ¡qué
hotelazo! ¡un lujo! ¡una habitación enorme! La verdad que estaba
medio cansado por el trajín, así que me tiré un rato en la enorme
cama y dormité un poco. Después me levanté y fui a cenar al come-
dor ¡otro lujo! Me senté y enseguida vino el mozo a ofrecerme un
aperitivo y preguntarme que iba a tomar, diciéndome que, por reco-
mendación especial del gremio, podía elegir lo que quisiera, así que
pedí el vino más caro. Después paso un carrito con la variedad de en-
tradas más impresionante que había visto en mi vida, elegí un poco
de cada cosa y ahí nomás el tipo me tiró la carta para elegir el plato
principal, cuando la vi, no lo podía creer, cada plato salía una fortu-
na, pero como el mozo me había dicho que yo estaba por invitación
especial, no tendría que pagar nada, así que escogí unas costillas de
cordero a la no sé qué con guarnición de papas a la no sé cuánto, lo
más caro por supuesto, y ahí nomás me preguntó con qué vino iba a
acompáñalo y de nuevo pedí el mejor de los vinos que me ofreció. Ya
estaba por terminar y de nuevo, qué me iba a servir de postre y con
qué lo iba a maridar ¿maridar? Y de vuelta pedí lo más caro. Cuando
me vino a ofrecer un café le dije que no gracias (la verdad es que ya no
me entraba ni un café ni nada, lo único que quería e ese momento era
dormir, porque estaba cansado y medio en pedo. A gatas subí a la
Purapalabra | 105
habitación, me desnudé, me acosté y me dormí al toque soñando que
era un potentado seductor mayor, un gran galán maduro.
A la mañana me despertó un golpe en la puerta, miré la hora y era
justa la que yo había pedido que me despertaran. Dije ¡adelante! Y
pasó un tipo con un carrito de desayuno de película, con todo lo que
puedas imaginar ¡otro lujo!, antes de atacar me tomé un protector
gástrico por la dudas y arremetí contra todo hasta que no pude más.
Ahí sí me levante a mirar el mar desde mi ventana ¡el día estaba her-
moso! ¡ideal para la playa! Ya se veían de lejos hermosas mujeres con
mallas minúsculas, era hora de ponerse en movimiento, así que me
bañé rápido, me puse la mejor malla y una salida de baño especta-
cular que me había comprado y salí a la gran aventura. Estaba ya por
salir a la calle cuando me llamó el conserje:
–¡Señor Ramírez! No se olvide la ficha de la sombrilla que tiene
asignada, es la número 8, en la primera fila al lado del pasillo, la va a
encontrar fácilmente, lo único que tiene que hacer es darle esta ficha
al sombrillero y no le de propina, estos chicos están designados para
servir a los clientes del hotel y están bien pagos.
Jamás se me hubiera ocurrido pensar en un servicio así de parte de
la Obra Social, ¡seguro que estaban afanando lindo! Porque yo soy
portero de escuela y esto es para Rockefeller, pensé. Y bueno, la cues-
tión fue que crucé el Boulevard, entré al balneario y encontré mi
sombrilla, al instante vino el sombrillero con el diario y me preguntó
si quería un café u otra cosa, que cualquier cosa lo llamara, le ofrecí
diez pesos, me dijo que de ninguna manera y se fue. Yo no tenía mu-
chas ganas de leer el diario, así que me puse a observar a mis vecinos
de playa para hacerme una composición (a ver alumnos: compo-
sición, tema: la vaca), una composición de lugar. Sombrilla de al lado:
cuatro tipos de 35 más o menos, sombrilla siguiente: cuatro minas de
106 | Purapalabra
35, más o menos, en la arena: ocho chicos de entre ocho y once años
jugando. No había que ser genio para deducir como venía la mano:
cuatro matrimonios de vacaciones, o eran parientes, o amigos, o com-
pañeros de trabajo, lo que fuere, pero se ve que se conocían. Los cua-
tro tipos hablando casi agresivamente de fútbol pasión de multitu-
des, cargándose como unos trogloditas imbéciles, sin llegar, a agarrar-
se a trompadas pero con ganas. Las mujeres un poco más calmas,
pero (¿viste como son las minas?) hablando de telenovelas y ropa de
moda, mientras se buscaban defectos de cualquier cosa para atacarse
con malicia. Y por último los pibes, también meta fútbol y discutien-
do, y alguna piñita que se escapaba y una de las madres que tenía que
interceder, no porque fueran a lastimarse, sino para reprocharle a
otra que su hijo era un violento que había comenzado todo.
Pero lo que más me llamó la atención fue la mirada provocativa
de una de las minas, la rubiecita. No me quitaba los ojos de encima y
parecía que me sonreía. Al principio no le di importancia, pero la
tipa siguió junando y me empecé a poner nervioso, bah, a calentar-
me. De repente se levantó, me tiró una mirada fulminante y oí que
les dijo a sus amigas que iba al baño. Y yo ahí no pude más y la seguí
haciéndome el bólido. Cuando llegué al baño, me estaba esperando y
nos pusimos a hablar de pavadas, del tiempo, el futbol, los pibes y la
cuestión fue que terminamos hablando de sexo y lo mal que estaba
con el marido y que quería otra cosa, y ¡chau, violín en bolsa! Dame
tu teléfono, te doy el mío, arreglamos y nos vemos en Buenos Aires.
Y pasó nomás. Desde que volví somos amantes. Los lunes, miércoles
y viernes el marido trabaja hasta tarde, los pibes no están y nosotros
nos damos la gran festichola en su casa. Mirá lo que me estaba per-
diendo por no irme de vacaciones. Ahora voy a recuperar el tiempo
perdido, ¡te lo puedo asegurar!
Purapalabra | 107
-4-
Yo les voy a batir la justa, ahora que Pedro no está: la verdad es
que yo no le creo un carajo ese asunto de las vacaciones y el levante,
por más que un poquito de cierto hay. Pero yo a Pedro lo conozco
hace años y sé cómo es.
La parte que le creo es que le dijeron en la escuela que se tenía que
tomar vacaciones, ahora, lo demás se me hace bolazo puro, a ver,
ustedes saben que el tipo es muy agarrado, que tiene el bolsillo lleno
de pirañas y además con el sueldo de portero de escuela de pedo si
llega a fin de mes. Y la Obra Social no le va a pagar un hotel de lujo en
Mar del Plata ni por puta. O sea que yo creo que el tipo sí se tomo
vacaciones, entre otras cosas porque tenía que dejarle el sucucho al
suplente, pero no se fue a Mar del Plata, para mí que se consiguió una
carpa y se fue a un camping que tiene la Obra Social en Zárate a pasar
unos días viviendo de la pesca (de pescados, no de minas), y que por
ahí también es cierto que había otras carpas, probablemente con
matrimonios y chicos y Pedro se hizo la película. Puede ser cierto que
los tipos se juntaran en una mesa a hablar y putearse con el fútbol,
como también que jugaran al truco, y puede ser también que las
minas se juntaran a chusmear en otra mesa, tomaran mate, se limaran
las uñas y hablaran de lo fuerte que estaba el bañero, también puede
ser cierto que los pibes se pelearan porque es lo más normal. Pero de
ahí a que Pedro se haya ido atrás de una hasta el baño y se hubieran
pasado los teléfonos para verse acá hay una distancia como de la
Tierra a Júpiter, y si pasó algo por el estilo, puede haber sido que la
mina se tiró un lance con él y el otro se arrugó, porque, muchachos,
sabemos cómo es Pedro, mirón y nada más.
108 | Purapalabra
Instrucciones para ser
echado de una reunión
Supongamos por un instante que usted ha sido invitado a una
reunión de rebote, y digo de rebote porque la invitada es su esposa
pero usted tiene que ir obligado como príncipe consorte. Usted no
quiere, no conoce a casi nadie y a los pocos que conoce los detesta.
Solución: quedar absolutamente mal y de paso que quede mal tam-
bién la bruja. La situación debe completarse con la expulsión de am-
bos de la reunión.
He aquí una serie de artilugios que le ayudarán a cumplir su objetivo:
1. Antes de salir de su casa beba 2,5 medidas de ginebra, esto hará
que Ud. se desinhiba y además le proporcionará un aliento lo sufi-
cientemente desagradable.
2. Al llegar y ser presentado por su esposa al anfitrión/a, mués-
trese absolutamente chabacano y salude diciendo “¡Qué hacé, bolú!”,
esto ya le valdrá el primer punto en contra.
3. Analice bien el ambiente, en búsqueda de pistas para atacar al
prójimo donde más le duela.
4. A modo de ejemplo, si usted percibe en el ambiente cierto tufi-
llo peronista, comience a hablar barbaridades del tirano, elogie la li-
bertadora y diga que como nuestro fabuloso presidente nunca tuvi-
mos uno.
5. Si, por el contrario, siente olor a oficialismo, rápidamente ex-
ponga toda su pesada artillería contra este “modelo”, esto no le resul-
tará nada difícil, a no ser que usted lea Clarín o vea TN, pero Ud. no
puede ser tan boludo.
6. Investigue cuál es la religión y/o raza predominante entre los
asistentes, así como su ascendencia. Este es un punto muy bueno para
realizar ataques arteros y certeros.
Purapalabra | 109
7. Entonces no deje de utilizar el complemento idiomático “de
mierda”, muy útil a la hora de ofender. Queda muy bien decir “judío
de mierda”, “gallego de mierda”, “turco de mierda”, “negro de mier-
da”, y todos los “de mierda” que se le ocurran.
8. Critique con dureza la comida con expresiones tipo “che, ¡qué
miserables que son acá!”, “¡esto no alcanza para nada, nos vamos a
cagar de hambre!”, “¡estos saladitos son para perros!”, “¿de dónde
sacaron estos sanguches?¿de la morgue?”, y otras expresiones por el
estilo, siempre en voz alta y tratando de sobresalir y en lo posible que
las oiga el anfitrión/a.
9. Actúe de la misma manera con la bebida: “¡este vino es una
porquería!, yo lo compraba para mi perro, pero no lo compré más
porque le caía mal y ¡se agarraba unos pedos de novela!”, “¿Bodega
San Luis?, ¡Ah!, ¡la que mezclaba el vino con alcohol de quemar y
están todos en cana!”, “yo este whisky nacional de mierda no lo tomo
ni mamado”. Estas expresiones podrán serle muy útiles para ganarse
la bronca de los demás.
10. No olvide que erutar, expeler ventosidades y sacarse los mocos
de la nariz con el meñique, serán acciones muy útiles para su
cometido.
11. Si desea ir al baño, anúncielo a los gritos con la frase “¡me estoy
meando y no encuentro el excusado de mierda! ¿alguien me puede
decir dónde está, antes que me mee encima?”
12. Si todo esto no resulta, pruebe ir al baño, despojarse de todas
sus vestiduras y presentarse en el salón principal completamente
desnudo gritando “¡viva la orgía!”.
De esta manera se asegurará el éxito en su misión de ser echado de
la fiesta y además la bruja pasará el papelón de su vida.
110 | Purapalabra
Instrucciones para
orinar en la vía pública
(Aplíquese sólo a personas de sexo masculino)
Ciudadano:
Es posible que a usted se le presente alguna vez la situación de en-
contrarse en la vía pública y que se le manifiesten claros deseos de
miccionar. Ante semejante situación usted deberá seguir al pie de la
letra las siguientes instrucciones, siempre teniendo en cuenta que la
micción en la vía pública puede considerarse un afrenta grave y traer-
le a usted consecuencias judiciales.
1. Si se encuentra usted caminando por una avenida, doble inme-
diatamente en la primera intersección.
2. Si la avenida por la que está circulando es de una sola mano,
será mejor, ya que podrá doblar a la derecha o izquierda, evitando así
el engorroso cruce de la misma, teniendo en cuenta la situación en la
que usted se encuentra, o sea miccionándose encima
3. Una vez en la calle secundaria, con disimulo, quizás silbando,
proceda a elegir el árbol destinatario de su micción. Dicho acto debe
ser sumamente cuidadoso, ya que deberá tener en cuenta varios facto-
res, a saber:
a) El árbol en cuestión debe estar apartado y en penumbra.
b) Mire cuidadosamente adelante, al costado y atrás, verificando
que no circulen peatones.
c) Observe con detenimiento el interior de los automóviles esta-
cionados, puede ser que dentro de alguno se encuentre una pareja
practicando acciones non sanctas.
d) Verifique la dirección del viento. Esto es fundamental, ya que,
como es bien sabido, es inútil miccionar contra el mismo, pudiendo
esto ser muy negativo para usted y su vestimenta.
Purapalabra | 111
4. Cumplido todo lo antedicho puede proceder al acto en sí.
5. Desabroche con cuidado los elementos de cierre de su bragueta,
pudiendo ser éstos botones o un cierre a cremallera de los deno-
minados “relámpago”.
6. Una vez abierta su bragueta, proceda a la extracción de su pene
por la misma. Dicha extracción debe ser realizada con la mano dere-
cha, desconociéndose la razón por la que no se fabrican pantalones con
braguetas para zurdos, pudiendo ser ésto por connotaciones políticas.
7. Completado esto, puede usted proceder a la micción, siempre
prestando atención a su alrededor para detectar eventuales peatones
comunes o agentes del orden. En este punto debe usted obrar con
sumo cuidado, porque al observar mucho alrededor, puede distraerse
de su objetivo principal, y, por consiguiente, orinarse los pantalones.
8. Deberá abstenerse de realizar expresiones tipo ¡Ah!
9. Mucho menos deberá expeler ventosidades, recuerde que cual-
quier ruido llamará a atención de eventuales transeúntes.
10. Finalizado su objetivo principal, (la micción), debe proceder a
guardar en su lugar su miembro viril, no sin antes realizar las tres
sacudidas de rigor (debe usted recordar que más de tres sacudidas se
considera masturbación y eso es algo muy mal visto)
11. Accione los elementos de cierre de su bragueta (ya descriptos),
y aléjese del lugar del delito disimuladamente y a velocidad media
para no llamar la atención.
12. Se sugiere que haga esto último silbando un tango. Por ejem-
plo “Café la humedad” o “Garúa”.
Instrucciones para hacerse fama de gay
(Utiles para el edificio, barrio, trabajo, club, facultad, etc.).
Si su objetivo es lograr que en su entorno crean que usted es parte
112 | Purapalabra
integrante de la comunidad gay o simplemente un gay independien-
te, se sugiere que siga las siguientes instrucciones:
1. Tiña sus cabellos, del largo que desee, de color platinado o rojo
furioso, esto de por sí actuará como llamador de atención.
2. Compre dos, tres o más canes de raza pequeña (se sugiere cani-
che toy o pequinés) y sáquelos a pasear varias veces al día, bien atavia-
dos con capitas y botitas. Esto sin duda resultará llamativo y los veci-
nos probablemente comentarán: “pa mí que este tipo es trolo”.
3. El trato hacia mujeres y hombres debe ser diferenciado: a las
féminas, sólo buen día o buenas tardes, de usted y con indiferencia. A
un hombre, independientemente que se trate de un vecino, comer-
ciante, colectivero o su propio jefe, se lo debe tutear y jamás llamarlo
por su nombre o apellido, sino con expresiones del tipo “mi amor”,
“divino”, “dulce”, “ricura”, ”bebé” u otras formas cariñosas.
4. Hágase un tatuaje en un lugar bien visible de su cuerpo que
presente un corazón partido por una flecha con la expresión “todos
los hombres”, tendrá gran éxito.
5. Use un anillo de grandes dimensiones y mal gusto (tipo Mirta
Legrand) en el dedo meñique de la mano izquierda y salude a todo el
mundo con esa mano, agitándola al aire como la reina de la vendimia.
6. No olvide zezear al hablar, es de gran impacto positivo.
7. Use ropas ajustadas y de colores bien llamativos.
8. Si la situación lo amerita, puede también usar soutien.
9. Cuando circule por la vía pública, no pierda oportunidad de
tirar al piso algún objeto, con la finalidad que sea levantado por un
caballero y así entrar en conversación, o simplemente para agacharse y
mostrar su bello trasero.
10. Si camina mirando vidrieras, deténgase solamente en las de
indumentaria femenina y permanezca gran cantidad de tiempo.
Purapalabra | 113
11. No olvide maquillarse llamativamente, con especial atención a
labios, ojos y uñas.
Si a pesar de todo esto no ha convencido a nadie de su condición,
abra la ventana, saque su torso con un soutien fosforescente y grite
fuerte: “¡Me la coooooomooooo! ¡Soy trooooooloooooo! ¡Me gusta
seeeerlooooo!, y ya no quedarán dudas de su condición, no de homo-
sexual, pero sí de enfermo mental y probablemente sea derivado a un
neuropsiquiátrico.
Una historia medio china
–¿Qué hacés, tano?
–¡Eh! Siempre acá, como de costumbre, chusmeando en la vereda.
–¿Y no te vas a cansar nunca de estar chusmeando en la vereda?
Me parece medio aburrido.
–¡No te creas, pibe! Yo acá me entero de todo lo que pasa, lo que
no pregunto me lo viene a contar tuto el mundo sin que lo llame.
–A propósito, vos que te enterás de todo, vi que en el super chino
de al lado hay una cajera nueva ¿qué paso con la otra?
–Se ve que no venís seguido por acá, si, hay una cajera nueva.
–¿Y la de antes?
–¡Ves qué no sabés nada!...acá hubo un hecho de sangre, la
mataron…
–¿Cómo que la mataron?
–La mataron, si no me creés, andá y preguntale a Roberto tu
vecino, el sabe todo porque fue el que resolvió el enigma.
–¿De qué catzo de enigma me hablás, tano?
–Del gran misterio, yo te voy a contar lo que sé, lo demás
preguntáselo a Roberto.
–¡Dale tano! ¡no me vas a dejar con la intriga ahora!
114 | Purapalabra
–La cosa empezó más o menos así, ¿viste que todos los jueves
venían chinos en autos nuevos de lujo, se estacionaban acá en la puer-
ta y se pasaban dos horas adentro?
–Si…algo vi, pero…¿Qué tiene que ver?
–La mafia china, pibe, la mafia china.
–¡Dejate de joder tano! ¡Lo de la mafia china es un verso de acá a
La Quiaca!
–¡Esssisteeee! ¡La mafia china essssiiissssteeee!
–No seas boludo, tano, son versos, bolas que se corren.
–Non te creas, pibe. Un jueves de hace quince días más o menos
vinieron, entraron y el marido de la china cerró la persiana de afuera y
entró por la puerta de al lado, la que da al fondo, donde viven ¿viste?
–Y ¿qué pasó?
–Misterio, a las dos horas se fueron los chinos mafiosos y dos
horas más tarde apareció un patrullero y se llevaron al chino a la co-
misaría o no sé adonde. El tipo recién apareció al día siguiente, entró
a la casa, no abrió el negocio por tres días y después, como si no hu-
biera pasado nada, el lunes abrió con otra chinita en la caja, la que
está ahora ¿viste?
–Si, tano, vi, por eso te estoy preguntando…
–¡Si querés que te cuente, no me interrumpas! Ahí fue cuando
apareció Roberto, tu vecino, ¡ese sí que tiene ojo para las cosas! ¡no
como vos que tenés ojo para las bámbolas nada más!
–¡Dale tano! ¡me tenés intrigado!
–Vino Roberto y me preguntó por la china, igual que vos, para
mí que se la quería…como vos, bah!
–¿Y cómo sabés que yo…
–Per que te babeabas todo, pero déjame contarte, yo le dije que
no sabía niente y que le preguntara al chino, que a todo esto apenas
Purapalabra | 115
saludaba, no soltaba nada de lo que había pasado. La cuestión es que
el cabeza dura de Roberto fue y le preguntó, el otro se hizo el que no
entendía castellano como hacen todos los chinos y él, que no se con-
forma con nada o estaba demasiado caliente con la china, se fue a
preguntar a la comisaría.
–¿Y? ¿qué le dijeron de Chen?
–¡Ahhhh! ¡resulta que se llamaba Chen! ¡ahora vení a decirme
que vos no estabas caliente con la chinita!
–¡Tano, cortala y contame!
–Bueno, Roberto siguió preguntando por todos lados hasta que
se encontró con An Shi, ¿te acordás de An Shi, el dueño del local y la
casa?
–Si, tano, me acuerdo, pero decime ¿qué pudo averiguar?
–An Shi, vos sabés como es de misterioso ese chino, le dijo que
buscara la respuesta en el Barrio Chino, por el Centro cultural de
Taiwan o como catzo se llame…
–¿Y?
–Y el tipo fue, casi lo sacan de una patada en el culo, lo único que
se enteró preguntando fue que la china ¿Chen me dijiste? gracioso
nombre, se quedó en el negocio mientras su marido discutía con la
mafia, los tipos se fueron y cuando el tipo fue al negocio la encontró
muerta a puñaladas en una enorme laguna de sangre roja y fresca
¿Chen me dijiste que se llamaba? gracioso nombre…
–¡Tano y la puta que te parió! ¿Me querés decir qué carajo pasó
después?
–No te pongás nervioso, pibe. Roberto, después de que casi lo
cagan a patadas, se volvía para acá y una mujer le chistó de la esquina
y lo llamó.
–¿Y?
116 | Purapalabra
–Y Roberto fue a hablar con la mujer misteriosa, una rubia pla-
tinada me contó que era. La tipa le dijo que sabía lo que estaba bus-
cando y le dio una dirección de una casa ahí cerca del Barrio chino y
que preguntara por el Dr. Lin.
–¡Tano! ¿me querés contar de una vez?
–Y tu amigo fue, llegó hasta la puerta y tocó el timbre, y ahí
descubrió la verdad.
–¿Y cuál era la verdad?
–Que era un pelotudo, ¡la mujer que lo encaró en la calle era flor
de putana y lo había mandado a la casa donde trabajaba!
–Pero…¿y el asesinato de Chen?
–Pibe, acá no hubo ningún asesinato, lo acabo de inventar todo,
ahora voy a tener algo para contarle a todo el mundo en lugar de
tener que escuchar todos los chismes del barrio. ¡Estuvo bueno! ¿No?
–Tano…¡Andá a la puta que te parió!
Las claras aguas del mar
Supongamos que un día te subiste a un barco, y supongamos
también que ibas a Brasil en un crucero de placer y un congreso de
negocios. Mejor no supongamos nada, porque es todo mentira, decí
la verdad que no muerde, lo del crucero a Brasil por negocios lo in-
ventaste vos para rajarte de tu casa cuando te enteraste que tu adora-
ble mujercita te venía cuerneando hacía rato con el vecino, vos te hi-
ciste bien el boludo y si mi amor, como no, mi amor, pensando ¡có-
mo te voy a cagar, mi amor! Y entonces, disimulando y mintiendo, te
inventaste lo del crucero a Brasil por negocios que no existían, por-
que lo que vos querías era vengarte de la turra y cogerte a todo el bar-
co, incluida la tripulación y por qué no hasta el capitán (bueno al
capitán se lo podía perdonar, seguro que tenía barba).
Purapalabra | 117
Todo andaba bárbaro, te fuiste a la agencia, sacaste el pasaje, la
engrupiste a la turra diciéndole que no podías dejar de ir y ella se lo
creyó (mentira, te hizo creer que se lo creía, si en el fondo ya estaba
planificando cómo se la iba a pasar fornicando a mansalva en tu au-
sencia). Y chau querida, cómo te voy a extrañar, y te tomaste un taxi
al puerto y te subiste al gran crucero, un verdadero placer, y así lo fue
todo al principio, primera noche cena de gala en la mesa del capitán
(que no tenía barba) y gran encame con una turista belga. Cuarto
días así, comiendo y cogiendo de lo mejor todo el tiempo. Pero (siem-
pre hay un pero), se te fue todo al divino carajo. No va el barco de
mierda a incendiarse, se arma flor de despelote, confusión, botes que
no alcanzan y vos como un boludo tuviste que tirarte al agua y de
pedo que pudiste agarrar un salvavidas, porque los de los botes se
pusieron a remar fuerte y te dejaron en banda, en bolas y a los gritos.
Y encima, seguro que la turra estaba encamada con el vecino o con
alguien más, capaz que era una fiesta negra, mientras vos estabas ahí,
solo, sin nada alrededor, solamente las tibias aguas del mar, que por
lo menos estaban tibias, por el momento. Tampoco se veían tiburo-
nes (¿habría tiburones deseosos con darse un festín de carne humana
con tu cuerpecito?). Y te entró a dar la desesperación, y gritaste, gri-
taste pidiendo auxilio pero no había nadie, solo vos, el salvavidas que
lo único que le faltaba era tener forma de patito, y las aguas del mar.
Las horas transcurrían igual, lo único que cambiaba era la luz, estaba
empezando a oscurecer, lo único que faltaba era que se largara a
llover y ¡cartón lleno!, pero no, ni una nube. Y lo peor era que podían
aparecer los tiburones y morfarte, mientras la turra estaba de joda con
medio barrio al mismo tiempo y vos apenas habías fifado con un par
de minas en el crucero antes que se hundiera el hijo de puta, ojalá el
capitán se hubiera hundido con el barco de mierda. Mientras tanto la
118 | Purapalabra
oscuridad se te venía encima como una frazada que no abriga, mien-
tras vos gritabas a la nada como un boludo y nadabas para ningún
lado, porque no había ningún lado donde ir. Te pareció ver una luz y
gritaste más fuerte, hasta quedarte afónico, pero nada, tu suerte esta-
ba echada, te ibas a morir y la turra se iba a quedar con todo, amigos
inclusive y se los iba a voltear a todos festejando tu muerte. Pero te
ahogaste, Juan, te ahogaste, estás muerto, aunque te sigan buscando,
estás en algún lugar bajo las claras aguas del mar.
–Por eso hoy, tus verdaderos amigos, los que te quisimos siempre,
los incondicionales, nos reunimos en esta casa para levantar esta últi-
ma copa en tu recuerdo. ¡Salud amigos! ¡Brindemos por nuestro que-
rido y desaparecido amigo Juan, que seguirá vivo en nuestros corazo-
nes! ¡Salud!
Purapalabra | 119
Inés Monserrat
Un ángel con refugio
Una mañana de invierno, Nina había vuelto de entrenar en el par-
que y como en ese momento estaba un poco cansada, se dispuso a
escribir en su computadora. Cuando estaba por comenzar de pronto
la computadora dejó de funcionar. Nina se volvió un poco loca,
como ya le había pasado unos domingos atrás.
Se cansó de prender y apagar el equipo, una y otra vez. Tomó su
celular y quiso practicar con él, pero fue en vano. En la pantalla
aparecían carteles raros que ni ella misma entendía.
–¡Bah! –dijo Nina– ¡abandono todo y me voy a mi refugio!
Bajó a la cocina. Allí estaba su ángel, quien tenía en su cabello una
corona musical.
–¡Se me rompió la compu! –exclamó la chica, desesperada.
–¿Qué pasó ahora? ¿otra vez? –preguntó el ángel.
–¡No sé! ¡no prende, me aparecen dibujos extraños en la pantalla
y bla, bla, bla! –decía la chica entre nerviosa y decepcionada.
De pronto sintió que la misma voz del ángel la transportaba dul-
cemente hasta su choza diciéndole:
–Y bueno, Nina, quizá esa compu esté vieja, ya. ¡Deberías jubilar-
la! –dijo el ángel tratando de hacerla sonreír.
–¡Y, sí! ¡Ya la mandé a arreglar muchas veces!
–¡Bueno, quedate tranquila, tu hermano va a arreglártela otra vez!
–le dijo el ángel tratando de calmarla.
Y así fue, Mister Crosfit, el hermano de Nina, arregló la computa-
120 | Purapalabra
dora como ella tanto deseaba. Sin embargo, la chica se quedó un
tiempo a vivir con su ángel, en la corona musical, que tanto confort le
daba. sin lujos y feliz.
A partir de ese día, Nina decidió quedarse a vivir allí, para siempre
pero con horarios. Como el ángel vivía muy lejos de su hogar, y
aunque eso a ella no le importaba, traía sus complicaciones. Entonces
adoptó esta nueva forma de vida: durante el día era traída a su hogar,
volando, para que trabaje en la oficina, haga su gimnasia, y escriba en
su compu, pero durante las noches era transportada al barrio celestial
del ángel, para dormir con él.
De esta manera, pudo mantener su felicidad plena.
La niña lobo
La luna, enorme disco de plata y leche, estaba muy brillante.
Faltaban pocos días para que la familia, que estaba en el campo, re-
grese a su hogar. Irma, una de las hijas de la mujer que habitaba allí,
decidió investigar sobre la mujer lobo y cuando todos dormían, como
estaba desvelada por la intriga le generaba ese extraño ser, se levantó
de la cama, se puso sus ojotas y salió al campo muy lentamente.
Lejos, muy lejos, se divisaba a la mujer lobo que cargaba un pe-
queño bulto sobre sus espaldas. Irma se acercó un poco más para ver
qué era lo que tenía en sus hombros y vio que llevaba una niña, se-
guramente su hija.
Al ver a Irma, la pequeña se bajó del cuerpo de su madre, y corrió
raudamente hacia ella.
–¡Qué hermoso pedazo de carne! –exclamó la niña lobo, pero
cuando quiso atraparla Irma ya había salido disparando hacia su casa.
Aunque se había cansado un poco, llegó sana y salva.
–¡Mejor que me vaya a dormir! –pensó Irma.
Purapalabra | 121
Y así se durmió en paz, alumbrada por el disco de plata y leche
que entraba por su ventana, sintiéndose segura de los peligros de la
noche. No volvería a salir sola sin permiso de sus padres.
Los niños en la playa
El manto verde y ondulante, estaba en su lugar de siempre, llevan-
do y trayendo gente que se bañaba o apenas mojaba los pies en la
orilla.
Los niños de la casa de Irene estaban muy confundidos, decidie-
ron ir a la playa a averiguar lo que sucedía. De pronto, un gran bu-
que tocó su bocina.
Los niños ya sabían qué significaba ese sonido. Habían llegado a
la playa hacía unos días y la gente del lugar los había instruido unos
días antes sobre las costumbres.
Llamaron e hicieron gestos desde la playa y el enorme barco se
acercó a la orilla. Cuando los chicos subieron, saludaron al coman-
dante del buque.
–¡Hola, hermosos niños! –les respondió– ¿en qué puedo ayudar-
los?
–Vamos a la isla donde están nuestros padres… ¿Dónde quedará?
–No se preocupen, yo los llevaré.
–Pero, le preguntamos dónde queda la Isla de los Gansos, es allí
adonde fueron ellos.
–¿Cómo saben eso? –el hombre, asombrado, preguntó.
–Porque recibimos el mensaje que nos mandaron a través de la
paloma mensajera.
–¡Ah! entiendo. Es muy conocida por aquí. Quédense por acá
nomás, sólo tienen que cruzar la playa.
Los chicos se alegraron mucho, pero el viaje era medio largo
122 | Purapalabra
porque, como ya sabemos, las distancias en el manto azul y verde son
enormes. Viajaron durante largo tiempo y cuando divisaron la orilla
de la isla gritaron:
–¡Mami! ¡Papi ¡Acá, acá estamos!
Los padres corrieron a la costa, porque escucharon sus gritos. La
mamá no era de meterse en el agua, sin embargo se atrevió a entrar en
el mar un poco más allá de la orilla. Y los niños corrieron hacia el
papá que se había internado más lejos.
–¡Chicos, qué estan haciendo acá!
–Nada, pa, sólo vinimos desde casa para vivir acá –ellos estaban
con la abuela.
–Vengan, que en casa nos vamos a acomodar.
La familia, entonces, se quedó a vivir en la isla. Todos juntos, feli-
ces junto al ondulante manto verde y azul.
Purapalabra | 123
Leonardo Farías
Fobia en la calle Paraguay
Hacía tres años ya que no salía de su departamento. Vivía en un
primer piso en la calle Paraguay. Pablo había comenzado a temer por
su vida cada vez que cruzaba la puerta del Edificio. Había comenzado
a sentir que estaba desprotegido ante una ciudad de autos apresura-
dos y rabiosos, de colectivos que casi siempre mordían el cordón de
las veredas de su barrio, del peligro de un asalto, porque los asaltos
estaban a la orden del día según la televisión. Y las veredas rotas. ¿Si
tropezaba? ¿Si caía al suelo y golpeaba su cabeza y quedaba muerto
ahí nomás? Tan joven. No, no señor. Así no se podía vivir. No se po-
día vivir sufriendo. No se podía vivir con terror, con las palpitaciones
y sudando frío. Buenos Aires era una jungla imposible de sortear. Así
era. Así, simple para él. Y un día ya no salió.
Dejó la facultad. Estudiaba medicina En la Universidad de Buenos
Aires. Le iba muy bien. Dejó su trabajo en el Banco Galicia. Dejó de
ver a sus amigos que lo visitaban al principio y lo intentaban ayudar
para salir de aquel encierro pero poco a poco ya no fueron más. Lo
llamaron durante semanas a su celular: amigos, compañeros del
trabajo y de la facultad, pero no atendía. Un día tomó el martillo y le
dio al aparato hasta romperlo en muchos pedazos.
Su única familia eran sus tíos que vivan en Pergamino. Pablo Vi-
vía de la renta de unos campos al sur de Arrecife que sus padres le
habían dejado antes de morir en un accidente de tránsito. No era
124 | Purapalabra
mucho, pero se las arreglaba. Su departamento era amplio y cómodo.
Su habitación daba al balcón. Su living también. Le gustaba pasar las
mañanas ahí, leyendo o mirando Netflix en su cómodo sillón, desa-
yunaba sobre su mesita ratona de roble y superficie de mármol. El sol
pegaba de lleno por la mañana, eso le gustaba.
José, el portero, le hacía las compras una vez a la semana. Al prin-
cipio le cobraba unos pesos por el favor pero después ya no. "No pue-
do ser tan sorete, cobrarle a él, con esa fobia que lo atormenta, pobre
Pablo", pensaba José. Y no le cobro más. Al portero no le gustaba
usar el overol, siempre estaba con sus camisas sobrias y sus jeans celes-
tes. José era viudo y no tenía hijos. Vivía en la Planta Baja. Peinaba
canas y usaba anteojos, pero los 60 más o menos los llevaba bien.
Pero, contrariamente a lo que pensaba José, Pablo era feliz así. Sin
salir. En casa. Sin miedos. Sin terror a morir en la selva de la calle del
maldito centro de Buenos Aires. ¿Qué más podía pedir? Por favor,
eso sí era vida. Por las tardes jugaba playstation y en la habitación del
contrafrente solía pintar y dibujar. Había silencio en ese lugar. Lo re-
confortaba. Cerraba las ventanas para que el ruido de la calle no mo-
leste, porque por la tardes a él le gustaba el silencio. Cuando caía el
sol, cuando el tráfico menguaba, le gustaba salir al balcón. Se pre-
paraba el mate y en su reposera contemplaba el paisaje ya más
tranquilo. Pensaba. Pensaba mucho. El tiempo le sobraba para eso. A
veces estaba enojado y otras con una sonrisa. Su pensamiento le abría
muchas puertas pero en general siempre lo llevaban al mismo lugar:
¿Qué hubiese sido sino le hubiese tocado ser así? ¿Si hubiese sabido
tolerar como las demás personas esa jungla? Bah, qué importaba si él
estaba bien. ¿Qué importaba, eh? Al final, seguro que era más feliz
que toda esa gente que pasaba por su cuadra. Seguro, porque el
estaba protegido de cualquier accidente vial, o robo.
Purapalabra | 125
Cuando se cansaba de pensar ponía la televisión y se cocinaba el
menú del día. Porque cada día tenía su menú. Los lunes, milanesa con
puré; martes, fideos a la parissiene; y así... Le gustaba la gastronomía. Se
concentraba y disfrutaba.
Todo iba bien, muy bien, hasta que un martes sucedió algo inusual.
Se despertó temprano, a las siete y media. No pudo seguir durmiendo.
Enojado, se levantó igual que siempre y desayunó en su sillón. Se
disponía a leer El Aleph y la vio en la parada del colectivo. Salió al
balcón y se apoyo en la baranda del balcón, la contempló con su
mirada. El cabello lacio y castaño, su rostro levemente maquillado, es-
belta, con una mirada dulce. Se acomodaba el pelo con una femineidad
que lo dejaba boquiabierto. Pero lo que más lo deslumbró fue su sonri-
sa al hablar por el celular. Ese momento duró tan sólo unos segundos,
duró hasta que subió al colectivo pero fue lo suficiente para que ese día
sus pensamientos estén puestos en ella, casi con exclusividad. Luego de
ver cómo, miró la hora, eran las . Y entonces, pensó, ¿si al día si-
7. 5 5
terpuso entre los dos. No llegó a tiempo, así que esperó que se fuera
para saludarla pero ella estaba ahí. Lo estaba esperando. No había
tomado el colectivo. Con las llaves en la mano derecha y las flores en
la izquierda abrió la puerta y se quedó duro. No podía salir. Ella lo
miró extrañada. Pablo tomó fuerzas. Respiró profundo el aire viciado
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de las calles de Buenos Aires. Tomó un impulso que nunca iría a olvi-
dar. Dio el primer paso y corrió hacia ella. Venía un taxi más rápido
de lo habitual. Pablo en el medio de la calle. El impacto con su cuerpo
se escuchó desde lejos. Ella gritó. La gente corrió a socorrerlo. Ella
temblando marcó el . En minutos llegó el SAME. Cuello or-
1 07 10
Esa línea pasaba por la puerta de su casa. “El 110 termina en Villa
Martelli”, se dijo, “no puede estar lejos la General Paz”. Intentó dete-
ner el colectivo, pero el chofer siguió de largo: no era la parada. Lo vio
frenar a una cuadra y corrió, omitiendo el dolor en la rodilla. Buscó la
billetera para sacar la SUBE.
Ninguna de las dos estaba, tampoco todo lo demás. Todo
perdido: documentos, tarjetas, la foto de Andrea... Dejó ir al y 110
caminó sin rumbo, sin saber a ciencia cierta hacia dónde quedaba la
General Paz. Divisó un puesto de diarios y apuró el paso. Se acercó al
diariero.
–Buen día, señor –le dolía hablar–. Una pregunta: la General Paz,
¿para dónde queda?
El hombre, de barba tupida y piel colorada, frunció el ceño mien-
tras acomodaba La Nación y señaló hacia el horizonte con el índice.
130 | Purapalabra
–Tenés unas diez cuadras más o menos para allá. Cuando te topes
con la plaza, a la izquierda, tenés la avenida. La vas a ver.
–Gracias, que tenga buen día –respondió, disimulando su ansie-
dad. El hombre siguió con su tarea sin responderle, pero mirando de
reojo sus pantalones. Anduvo unos pasos y se miró el jean: tenía dos
manchas rojas en la pierna derecha y comprendió. No quiso entrar en
pánico, pero comenzó a correr. La rodilla le dolía cada vez más y le
crujía al pisar. Hizo dos cuadras y paró. La desesperación agitada le
provocó el llanto. Se apoyó en un árbol y cerró los ojos por un instan-
te que fue infinito. Y recordó.
Recordó que iban en el auto de Fabián con Diego. Fabián mane-
jaba, fumaba marihuana; él y Diego tomaban unas cervezas frescas.
Fabián les iba contando de ese lugar. Le habían dicho que era de esos
sitios góticos, que había ilusionistas que parecían magos de verdad y
bandas dark en vivo, y que pasaban la música de grupos como Dread-
ful Shadows o Crematory, y que las minas estaban buenísimas, y que
los tragos siempre te dejaban extasiado. Pero lo que no les dijo, en
definitiva, porque Fabián no creía en eso, era que allí sucedían cosas
muy extrañas. Aunque les gustaba la música dark, tocaban de oído:
no habían salido de The Cure y The Cult y sólo habían ido un par de
veces al Pantheon en Avenida De Mayo.
Recordó que se habían vestido para la ocasión, de negro y con ta-
chas, que la ropa lo incomodaba un poco, pero esa salida era revivir el
ritual adolescente, de ésos que la rebeldía contra la prohibición pater-
na, manu militari, lo había llevado a escabullirse tantas veces. Se
tranquilizó algo y trató de seguir caminando aunque la rodilla le
dolía cada vez más.
Llegó a la General Paz y cruzó el puente. En la colectora paró un
taxi y le indicó al chofer la dirección de su casa. Abrió apenas la ven-
Purapalabra | 131
tanilla; necesitaba aire. Respiró profundo. Estaba más tranquilo, pero la
incertidumbre que lo aquejaba. Hizo esperar al taxista mientras buscaba
el dinero en la mesa del comedor para pagarle. Sólo entonces comprendió
que tenía las llaves, y que si las hubiera perdido, otra hubiera sido la
historia. Una buena, por fin. Desde adentro, cerró bien y pasó el
candado. Sin desvestirse, cayó rendido en la cama. Ya eran las ocho.
A las tres de la tarde lo despertó el ring del teléfono de línea. Re-
conoció el sol de la tarde que se metía por la ventana hasta sus ojos. El
aparato sonó varias veces. Manoteó sobre la mesita de luz, manoteó en
el piso. Se estiró y recogió el auricular. Era Valeria, la hermana de
Fabián. Estaba desesperada. Le dijo que Fabián no había vuelto, le pre-
guntó si sabía algo, si había estado con él, si podía ayudarla. No supo
qué decirle, él apenas recordaba el viaje de ida.
–Vale, calmate por favor –le pidió mientras se restregaba los ojos y
se acostumbraba a la luminosidad–. ¿Hablaste con Diego?
–Sí, sí, pero él tampoco sabe nada y yo no sé qué hacer. En casa
estamos muy asustados. Mis viejos no dan más. Vos sabés que Fabi
nunca deja de avisar si no viene a dormir –respondió ella entre sollo-
zos.
–Bueno, tranquila, calmá a tus viejos. En un rato estoy por ahí.
Ustedes vayan a la comisaría a avisar. Yo me cambio y voy.
Saltó de la cama y se fue desvistiendo mientras cruzaba el living,
entraba al baño y abría el grifo para ducharse. La puta rodilla le se-
guía doliendo. Trató de relajarse. Se estudió el cuerpo desnudo, pero
no notó nada nuevo. Suspiró y cerró los ojos bajo el caudal. Lo asaltó
otro recuerdo. Sí, había sido así: estacionaron en un pasaje. Bajaron
los tres. Fabián les había dicho “es allá”. Caminaron hasta una puerta
(era ancha, de madera). Habían golpeado. Recordó que parecía una
casa pero no tenía ventanas. Y que un hombre de ésos que parecen
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He-Man, con tatuajes en el rostro, les había abierto y, con voz ronca,
les pidió la contraseña. Y que Fabián respondió, aunque él no había
alcanzado a escuchar la clave secreta.
Recordó haber caminado no más de dos metros por un pasillo,
una escalera que descendía los había conducido hasta una pista de
baile circular. La música sonaba muy fuerte. Había una barra circular
y en el centro de la pista los rodeaba una pared también circular.
Sintió, el agua en el rostro, que estaba a un paso de recordarlo
todo: todo estaba ahí, al alcance de la memoria, pero se le hacía difu-
so. Salió de la ducha y se envolvió en el toallón. Desde la habitación
llamó a Diego. Hablaron cinco minutos. Diego se acordaba; se acor-
daba todo. “¿Cómo no lo llamé antes?”, pensó. A medida que Diego
hablaba, las piernas se le aflojaron. Estaba impávido, sudaba frío. Con
el auricular pegado al oído, se sentó en la cama, desnudo. Se fue re-
costando, se hizo bolita. Nadie iba a creerlo. El no lo podía creer.
¿Y Fabián... dónde estaba Fabián? Lo habían buscado antes de
salir de la casa circular; no lo habían encontrado. Una hora había
pasado en ese nefasto lugar y ya no había indicios de Fabián. Sólo de
una cosa estaban seguros: había sido su última noche.
Eran las cinco de la tarde cuando llegaron a la casa de Fabián para
hablar con Valeria y sus padres. La denuncia estaba hecha. Diego y él
acordaron decirles que esperen y se queden en la casa por si llamaban
de la comisaría con alguna novedad, que ellos iban a salir a buscarlo.
Valeria, aunque lloraba, insistió en acompañarlos. Al unísono le res-
pondieron que no, que se quede con los padres, que era mejor así.
Salieron de la casa, subieron al Astra de Diego y se pusieron en
marcha.
–¿Qué hacemos, Diego? ¿Si vamos a la comisaría de Martelli y les
decimos lo que pasó?
Purapalabra | 133
–¿Me estás jodiendo? Si le contamos a cualquiera se nos caga de
risa en la cara.
–¿Y qué hacemos? –insistió como un niño asustado invocando a
su padre.
–Dejame pensar…
–Por lo menos vamos para allá, recorramos la zona. No sé... Tal
vez esté por ahí, tal vez salió medio dopado, como salí yo… Tal vez
está tirado por alguna esquina y…
–Okey, okey. Pará la mano. Vamos para allá. Primero hay que
encontrar el lugar. Fabián tenía la dirección. Yo no conozco Martelli…
–Bueno… Crucemos por el puente de Mitre.
Rumbearon para Martelli, recorrieron la zona varias veces, manza-
na por manzana, orientándose por los kioscos de diarios. Siempre en
silencio, observaron con detenimiento cada cuadra, buscando a
Fabián, aunque ambos sabían que no iban a encontrarlo. No im-
portaba. La desesperada inercia de buscar a alguien desaparecido los
mantenía en movimiento. Aunque, desaparecer de esa manera…
Dieron con el boliche. El recuerdo del trayecto recorrido, el indi-
cio del kiosco, la cercanía de la autopista, el cruce de una diagonal y el
azar los condujeron. De día todo parecía diferente... estaba limpio.
–¿Qué hacemos? ¿Entramos?
–¿Y qué decimos?
–No sé… preguntamos por Fabi.
–No estoy seguro, boludo. Acá nos matan… Si nos abre la puerta
He-Man, cagamos.
–Sí… ese hijo de puta era gigante. Mejor no. Demos vueltas por la
zona, busquemos por las calles.
Para el anochecer volvieron a lo de Fabián sin noticias. La madre se
había descompensado y tuvieron que llamar al SAME. El médico le in-
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dicó un tranquilizante y reposo. Entre los dos intentaron que Valeria
baje un cambio y que el padre deje de dar vueltas por la habitación.
Prometieron que se iban a encargar hasta encontrarlo, que iban a estar
toda la noche ocupándose, que iba a aparecer.
A las diez de la noche, después de comer algo liviano que Valeria
les preparó, aunque ella no comió y el padre apenas probó bocado,
decidieron salir de nuevo. ¿Salir para qué? No lo sabían. No estaban
seguros. Fueron a su casa para pensar y decidir sin los arrebatos de
Valeria. En el trayecto no se hablaron. Cada uno sopesaba opciones.
Buscó las llaves. Cuando quiso abrir se dio cuenta que la puerta esta-
ba forzada y la casa revuelta de arriba a abajo. Ya no había nadie.
¿Qué estaban buscando? Quedaron perplejos, paralizados.
Durante un par de horas pasaron del terror a la inacción, de la
inacción a la planificación de huir vaya a saber dónde, del compromiso
con Valeria y sus viejos, que conocían desde chiquitos, a dejar todo así y
mudarse lejos y olvidarse del asunto como si hubiese sido un mal sue-
ño. Pero no, así no. Porque el detalle que no les iba a dar paz era Fa-
bián, la falta de Fabián. Pelearon, lloraron, se relajaron, discutieron. In-
tentaron buscar una salida. No la había. Se quedaron prendados al terror.
Perdido por perdido, ya nada les importaba, salvo encontrar al
amigo. La desesperación salvaje se encendió en los dos, se potencia-
ban, armaron un plan de locura, porque si iban a morir de todas for-
mas, que sea rápido y de frente. Porque si esos infames los estaban
buscando, ellos iban a encontrarlos antes.
Estaba decidido. Le pidió a Diego que lo acompañe. En el living,
entre la puerta del baño y la pared había otra puerta, más angosta,
apenas visible y sin picaporte. Empujó la parte superior y se abrió.
Encendió una luz y bajaron por una escalera de madera que rechina-
ba. Diego no conocía el lugar, aunque no había nada raro, parecía un
Purapalabra | 135
sótano común y corriente. Quiso preguntarle, pero vio a su amigo
con el ceño fruncido. No se atrevió.
Se metió por el costado de un tablón de madera, donde había una
vitrina. Detrás del vidrio, las armas de su padre, fallecido dos años
atrás. Le había enseñado, a su pesar, a manipularlas y a tirar. “Algún
día vas a necesitar saber todo esto”, le había dicho. Y el maldito tenía
razón. Diego se sintió seguro: estaba claro que por lo ocurrido la
noche anterior sí sabía usarlas. Tomaron dos revólveres, un FAL y to-
das las municiones que pudieron. El llevaba el fusil, ambos se pusie-
ron chalecos de infinitos bolsillos, se pertrecharon. El plan era esperar
allí el amanecer y luego salir a recorrer el barrio muy temprano.
Mientras tanto, le daría una clase exprés a su amigo.
Faltaba poco para el amanecer cuando subieron del sótano con
sigilo. Miraron alrededor, nada extraño. Subieron al auto, dieron unas
vueltas al azar para estar seguros, y partieron rumbo a Martelli.
–Bueno, repasemos –dijo Diego mientras conducía–. Somos inspecto-
res del municipio, preguntamos sobre el lugar yvemos qué nos dicen..
–¿A esta hora? ¿Te parece? No sé… no tiene sentido. Si igual va-
mos a entrar... igual nos van a freír.
–¿Podés parar con eso? ¡Ya me quemaste la cabeza toda la noche!
Está bien que me hayas convencido de cargar esta mierda de arma,
pero ¡no somos Rambo!
–Me importa un carajo. Ni bien lleguemos, entro y los cago a
tiros a todos.
–Estás demente… –insistió Diego.
–Igual…
–¿Igual, qué?
–Igual, antes hay que buscar ese boliche pedorro con la puta cosa
circular y la puta que lo parió.
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–Bajá un cambio… Y escondé ese FAL que nos va a parar la cana,
boludo.
No tuvieron más que decirse. Anduvieron en silencio hasta unas
cuadras antes del pasaje de la casa sin ventanas. El boliche circular.
–No te delires, chabón, no empieces a los tiros. Preguntemos un poco.
–Sí, ya sé…
Dejaron el auto en la avenida donde él se había despertado. Se me-
tieron en un barrio de casas bajas y a una cuadra y media divisaron un
bar abierto. Un mozo somnoliento los atendió con la bandeja bajo el
brazo. Pidieron dos cafés. El primer sol asomaba y calentaba leve-
mente, se metía por los ventanales y los vidrios de la puerta vaivén.
Aprovecharon que el mozo les llevó los cafés para preguntar por ese
boliche medio escondido en el pasaje Cardenales. El hombre los miró
de reojo. Diego, rápido de reflejos, le explicó que estaban investigan-
do, que eran de la Municipalidad. Inspectores. El mozo se distendió.
–Bueno, ya le habrán dicho, siempre hay gente que sale descom-
pensada. A veces vienen acá, traen a alguien dado vuelta. Todos lo-
quitos esos muchachos. Mucha droga en ese lugar. Deberían clausu-
rarlo. ¿Por qué no lo dejaron clausurado la última vez?
–Bueno, es que cumplieron con las normas –inventó él.
–Normas, normas… –se fue refunfuñando el mozo, ya casi en el
mostrador agregó–, además, esas vestimentas que usan… ¿cómo es
que le dicen? Durk, Dark ¿no? ¡Qué mal está la juventud!
No más de veinte minutos les llevó tomar el café, pagar y salir.
Caminaron por los alrededores. Decidieron tocar algunos timbres
presentándose como inspectores, ya que la mentira parecía haber fun-
cionado. Lograron hablar con algunas personas; preguntaron e in-
dagaron. No descubrieron nada que el mozo no les hubiese dicho.
Decidieron que era suficiente.
Purapalabra | 137
Enfilaban hacia el pasaje cuando un hombre de más de sesenta les
salió al cruce. Se volvieron a presentar como venían haciendo. El
hombre miró para los costados y para atrás, y en voz baja les dijo con
seguridad:
–Ustedes no son inspectores. Yo conozco a los siete que hay en el
municipio, muchachos. Yo no sé quiénes son ni qué buscan, pero
tengan cuidado. Los tipos de ahí son pesados. La gente dice que ven-
den drogas, pero yo sé que ahí hacen rituales satánicos. Están muy lo-
cos. Ya les digo, no sé qué buscan, ni quiero saberlo. Yo que ustedes
me voy. No se busquen un quilombo –les advirtió tocándole el hom-
bro, y siguió su camino.
Ni rituales, ni loquitos, los “darkys”. Víctimas. Víctimas de esos
hombres mafiosos, y ellos lo sabían. No menguaron el paso hasta la
puerta del boliche. Estaba cerrada con llave. Golpearon. Diego se
quedó a un costado y él volvió a golpear. Contuvieron la respiración.
Un ojo se asomó por la mirilla. Una voz ronca preguntó quién era. El
nudo en el estómago de Diego lo alejó.
–Inspección municipal, –dijo él– venimos a dejar una notifica-
ción.
Los amigos se miraron; él le hizo un gesto para que el otro tomara
el revólver, a la vez que se acomodaba y preparaba el FAL.
–Hay que hacerlos mierda de una –susurró apenas–. Se acabó
esta mierda.
La puerta se abrió apenas y él pegó el empujón. Lo redujeron al
instante: él le metió un culatazo y Diego, poniendo su arma en la
garganta de He-Man, preguntó quién más estaba ahí. “Nadie”, con-
testó. Un segundo culatazo le rompió la nariz.
–Llevanos al cuarto donde están las bolsas y los frascos, hijo de
puta. Y no digas una sola palabra.
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–¿Qué cuarto? –balbuceó el hombre.
–¡La puta que te parió! –se enfureció Diego y exclamó entre dien-
tes– ¡Ni una palabra! ¡Ni una palabra! –le puso el arma en la boca–.
A la cuenta de tres, te quemo. ¿Me entendés? Uno… Dos…
He-Man le indicó que parara, se incorporó despacio y los llevó
hasta la puerta. Pero quiso salir corriendo. Maldito imbécil. Se le
arroj aron encima, lo taclearon y fue a dar al piso. Tercer culatazo y
estaba inconsciente. El buscó algo para atarlo. Con un mantel hizo el
truco. También le taparon la boca.
–¡Ni una palabra, basura! –repitió Diego.
Para él, el recuerdo vívido de la otra noche surgió en un segundo:
Fabián drogado y ebrio, una mujer lo lleva a un cuarto, el cuarto
escondido detrás de un biombo, Diego y él lo siguen entre risas para
espiarlo, suertudo con las minas… El mira por una hendija –le relata a
Diego lo que ve– la mujer lo acaricia, lo hace acostarse en algo como
un diván, Fabián está entregado, la mujer lo besa en el cuello, Fabián
extasiado. Le dice que ya está, que no pueden seguir mirando, que si
siguen mirando es muy zarpado, que no da… Pero miran los dos aho-
ra: Fabián con el cuello expuesto, le inyectan algo, se pone morado, se
abre una especie de compuerta en el cielorraso, se conmocionan, no
dejan de mirar, quieren entrar, quieren correr, no reaccionan y al-
guien los empuja, los arrastra de los pelos y a los golpes para adentro,
hacia el otro lado del cuarto.
En un rincón, ya no ven a Fabián, sólo dos matones de negro.
Atrás cuelgan tubos de plástico, herramientas, aparatos cortantes.
Hay frascos con órganos, con animales, bolsas de sangre colgando en
una heladera. Diego se estremece y vomita. El, impávido. La voz ron-
ca dice: “Ya saben qué hacer. Uno por vez. No nos podemos arries-
gar”. El volumen de la música aumenta. Uno los tiene a punta de
Purapalabra | 139
pistola, el otro toma un bisturí y una jeringa con algo azul. Sienten
atravesar sus últimos minutos. Diego llora, él reza, invoca ayuda,
desvía la mirada y la ve: una sobre la mesa. Es cuestión de un
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del pasaje vociferando “¡tengo fotos, tengo fotos!”. Cosa rara en las
personas, a pesar de haber visto la película en vivo y en directo y ha-
biéndo grabado la misma escena en esa parte del cerebro que guarda
los recuerdos, a pesar de todo eso, no hubo uno que no haya salido
apurado para ver las fotos que el pibe había tomado con su iPad.
En minutos la policía estuvo allí. Perimetraron la zona y pregunta-
ron qué había sucedido. En un principio los hombres uniformados se
miraron como si ese grupo de personas estuvieran locas de remate.
Pero todo era demasiado convincente y más claro después de ver las
fotos del niño. Luego de vayar la zona, la polivía no tardó mucho en
llamar a los dos amigos, quienes comenzaron el relato, sentados en el
jardín de una de las casas del pasaje. Mientras tanto más policías seguían
llegando.
Detuvieron a He-Man y se lo llevaron en un patrullero. Luego, las
Purapalabra | 141
cámaras de Crónica y C5N y a la brevedad Policía Científica. Los vecinos
querían contar lo que vieron, e intentar que las cámaras los tome.
La Científica se dispuso a ingresar. El interior ahora sólo era un pozo,
un pozo con decenas de cadáveres. Cadáveres en descomposición y, a
vista de algunos uniformados, cuerpos abiertos ydiseccionados.
Nadie había visto nunca jamás algo así. Un hombre vomitó. A una
mujer joven la llevaron desmayada a la vereda. Cada vez llegaba más gente.
Los periodistas querían acercarse. La policía empujaba a todos detrás del
perímetro. Caminando a paso rápido llegó el comisario, quien ordenó
despejar el área interior hasta que llegue el juez de turno. En minutos, las
radios, las emisoras de televisión y las redes sociales no hablaban de otra
cosa que no sea ese hallazgo y los hechos dramáticos. Con el correr de las
horas, los cadáveres eran trasladados en bolsas negras rumbo a la morgue.
Más tarde habrían identificado aFabián entre uno de ellos.
Durante días el mundo habló de ellos. Y luego de meses el pasaje se
convirtió en materia de estudio para científicos, metafísicos, religiosos y
la visita de curiosos.
Los mafiosos resultaron ser una organización que colaboraba con
supuestos seres que no eran del planeta Tierra. El mundo habló del tema
durante semanas. Luego, como todo, se fue olvidando. El y Diego si-
guieron dando charlas y viajando por los cinco continentes dando tes-
timonio del caso. Se instalaron en la ciudad cordobesa de Capilla del
Monte, al pie del cerro Uritorco y fundaron una organización dedicada
al estudio de actividad extraterrestre.
Hasta el día de hoy se los puede visitar. He-Man y el hombre de la
voz ronca preso en un destacamento del ejército en algún lugar del Sur.
142 | Purapalabra
Marcela Quiroga
Cierro los ojos y veo…
Once de agosto… cierro los ojos y veo dos niños aún, adolescentes
quizás, jóvenes tal vez, jugando a crecer, jugando a vivir la vida a ple-
no, jugando a compartir una divertida travesía juntos, jugando a vivir
una larga historia de amor.
Vos dieciocho, yo diecisiete, el camino por venir se vislumbraba
aventurado y hozado, serio y verdadero, con cientos de planes, pro-
yectos y sueños por venir. Mientras resonaba a nuestro alrededor mú-
sica de Soda, Virus y Air Suply, tiñendo el escenario cotidiano de
nuestra saltarina juventud.
Estábamos comenzando a volar, vos dejaste antes el nido de pro-
tección que te alojaba y luego de varios intentos de despegue pudiste
remontar el vuelo victorioso. Vuelo que con orgullo acompañé, para
unirme luego confiada al compás que marcaban tus alas.
Vida rodeada de familia, amigos, compañeros de trabajo y de estu-
dio, que se fueron incrementando, cambiando y permaneciendo a
través de los años que marcaron las distintas etapas de nuestra vida.
Nuestros momentos compartidos en soledad, sólo los dos, eran
pacíficos y plenos, donde se gestaba el matiz justo para crecer y madu-
rar, alejados del ruido de nuestra movediza adolescencia. Se nos pasa-
ban las horas sumidos en largas conversaciones y silencios, desde don-
de llegábamos al interior de nuestra alma, de nuestra esencia, ajena a
los demás y a nosotros mismos tal vez.
Purapalabra | 143
Sin darnos cuenta la vida siguió sucediendo a su ritmo, acarrean-
do con ella el destino de cada uno, que para nuestra sorpresa seguía
manteniéndonos juntos. En el incierto devenir de los años hubo
tempestades y calmas, profundas alegrías y tristezas, lucidez y crisis,
agradecimientos y reclamos, incondicional unión y desierta soledad.
Nada nos hundió, nunca claudicamos, porque el amor que nos unía
era más fuerte que las emociones pasajeras que en su vaivén nos for-
talecían y nos consolidaba.
En cada escena que conformaba nuestra historia miraba a mi lado
y siempre estabas ahí, sonriente, fuerte, con tu voluntad de hierro,
preparado a recibir mis alegrías y mis penas, mis éxitos y mis fracasos
con un abrazo sincero y apretado.
Hoy cumplís 50 años de vida y desde aquella lejana juventud, los
ojos y el amor con los que te miro siguen siendo los mismos de cuan-
do te conocí.
Viejo pescador
Sus movimientos formaban parte de un ritual que comenzaba al
asomarse el sol en el horizonte entrerriano, cuando los pájaros, aún
remolones, emitían los primeros píos, como practicando los bellos
agudos que más tarde desplegarían en todo su esplendor desde los
árboles.
Si el sol asomaba sin osados obstáculos que impidan su paso, era
el momento perfecto para recorrer la larga galería de su antigua caso-
na hasta llegar donde, derechas, rectas y verticales, yacían sus cañas a
la espera de ser llamadas a la batalla, en la captura de grandes peces de
agua dulce, mecidos en el característico movimiento del río de los
pájaros.
Ubicaba sus plomadas, por él fabricadas, sus anzuelos de colores y
144 | Purapalabra
sus diferentes reels en compartimentos preseleccionados en su caja de
pesca, que con el paso de los años se veía deteriorada y empastada por
el uso. Dado que la suerte del pescador sólo podía predecirse a veces,
llevaba por las dudas una bolsa plástica con algunos elementos que
podían llegar a ser de utilidad si la naturaleza distraída miraba para
otro lado y le impedía a este viejo pescador extraer parte de su fruto.
Una vez organizada su caja, su bolsa, sus cañas y su asiento, era el
momento propicio de buscar la carnada en el fondo de su casa, que
desprolijamente sería ubicada dentro de una lata, ahora llamada de
lombrices y antes de duraznos en almíbar, donde los marrones gusa-
nitos asomaban sus cabezas entre la tierra revuelta a la espera de su
incierto destino a esa hora de la mañana.
Luego de sus amargos mates madrugadores y con todo dispuesto
para iniciar su día de pesca, se colocaba su boina y empezaba a cami-
nar con su cansino andar hacia el amado río que lo vio nacer, crecer y
envejecer a sólo 200 metros de su casa. Mejor amigo de aventuras, di-
versión y también de reflexión, en los momentos en que su celeste
mirada se perdía en el horizonte, a la espera de una respuesta a sus
existenciales confesiones.
Emprendía así su marcha, escoltado de cerca por su fiel e
incansable perro, compañero de sus largos silencios en la orilla del río,
enmarcado por pedregullo y arena. Transcurrían así las horas en
absoluto mutismo, que sólo era interrumpido si algún turista o
poblador se acercaba a su quieta silueta, para robarle alguna palabra.
Si el extraño lo ameritaba sería un largo monólogo del perfecto arte
del buen pescador, de los trofeos obtenidos por su amplia virtud y de
los enormes peces pescados hacía mucho tiempo atrás, récord provin-
cial o quizás nacional, si la atención del interlocutor era concentrada
y halagadora, caso contrario el silencio sería su respuesta.
Purapalabra | 145
Sea cual fuere el resultado de su día de pesca, al acercarse el
mediodía guardaba sus cosas con absoluta lentitud y emprendía el
retorno a su casona donde su querida compañera lo recibiría con una
rica comida casera, luego de tan agotadora actividad. Pantalones
húmedos, alpargatas enarenadas, manos y sweter con resto de carna-
da y mejillas coloreadas por el sol, eran el resultado de su jornada y la
primera imagen que tendría Delia de su viejo compañero subiendo
lentamente los escalones del zaguán para entrar a la amplia y larga
galería donde colocaría las cañas, a la espera de otro día de aventuras.
Luego de compartir el almuerzo una reparadora siesta, al compás
del chillar de las chicharras, renovarían su energía para limpiar el fru-
to de la pesca y pensar en su cocción para la cena. Si había tiempo su-
ficiente haría más plomadas y anzuelos para alguno de sus nietos que
a veces lo acompañaba en su ritual, llevando en su genética la mar-
cada huella del abuelo Mauricio, el viejo pescador.
Desafío científico
Era investigador, había pasado gran parte de su vida dedicado a la
ciencia. Observando durante días la conducta que podría tomar una
hormiga para cruzar con su carga un simple charco de agua o qué
haría un león al invitarlo a una rara situación de observación de un
cuadro de la selva o cómo conquista a su pareja el gorrión pergolero
mediante su intensa construcción de mega estructuras y decoraciones
fantásticas.
Cada observación y conclusión era minuciosamente registrada en
sus cuadernos de notas, que solo él entendía, y que en los años que
llevaba haciendo este trabajo ya sumaban cientos de ellos.
Días y noches incontables, lugares inhóspitos en cualquier lugar
del mundo donde exista una selva, frío, calor, lluvia, inundación o
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sequía era soportado por su cuerpo imperfectamente creado para esos
escenarios agrestes y hostiles. Días enteros de silencio y soledad tra-
tando de pasar desapercibido camuflado con la vegetación, donde el
menor ruido podría llevar a perder valiosas horas de observación y
concentración o a alterar el ritmo lógico de la naturaleza.
Había llegado la hora de pasar de ser observador a ser observado
en aquel gran estrado frente a cientos de intelectuales deberá exponer
sus conclusiones científicas de tantos años de trabajo solitario y de-
dicado. Esta situación no entraba en su esquema mental, tantas horas
de silencio habían enmudecido su léxico, tanta conducta arrasada por
el instinto había borrado toda lógica y razón tanta naturaleza impre-
decible había borrado todo orden y estructura, tanta selva sincera no
dejaba lugar a intereses superficiales. Por lo menos así lo sentía él,
considerando al hombre el ser viviente más difícil de entender y el
más complicado de someter a objeto de estudio.
Le temblaban las piernas y le sudaban las manos y la espalda,
sentía cien pares de ojos escrutando su semblante y oídos atentos es-
cuchando su saber, y todavía no había subido al estrado, estaba
sentado en la seguridad que le daba la oscuridad de detrás de escena
cuando seguido a su nombre una tormenta de aplausos invadió el re-
cinto. Salió como pudo, tratando de aferrarse a sus notas que dentro
de ese escenario tan desconocido eran las únicas que le daban seguri-
dad. Se paró delante de todos tratando de mirar a cada uno sin ver a
nadie, una luz blanca le cegaba los ojos, mejor así, ordenó sus papeles
mientras un silencio de tumba le indicaba que era hora de empezar su
oratoria. Tuvo un mal comienzo su voz se emitía ronca y tartamuda
en contra de su voluntad, que estaba pasando, era su única
oportunidad de demostrar al mundo lo que hizo durante las tres
cuarta de su vida. Siguió en silencio, le acercaron el micrófono, sus
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colegas se movían en sus asientos y se miraban con cara de incom-
prensión unos y desafiantes otros. De repente su mente se introdujo
por completo en la selva transportando en un viaje astral también a
su cuerpo contracturado por la tensión, a medida que fluían sus per-
fectas conclusiones veía a cada especie, cada conducta y las unía con
las teorías por él elaboradas. El estrado dejó de existir, el público y la
luz blanca también, fascinado no paraba de expresar sus conclusiones
haciendo gestos y ademanes nada habituales en él. Transcurrieron las
horas y tomó conciencia que su martirio había pasado y era un éxito
su actuación cuando sintió manos cálidas que tomaban la suya, que
palmeaban su espalda y rodeaban su cuerpo con palabras que ensalza-
ban su trabajo y elevaban su ego. Fue así como saco la conclusión más
importante de su vida, su trabajo había sido aceptado por aquellos
seres complicados llamados científicos, sus notas serían libros que
recorrerían el mundo enseñando y capacitando a miles de personas
que como el amaban la naturaleza y la ciencia. Puso el cuerpo y el
alma en su trabajo llegando casi al fanatismo y la locura, pero había
valido la pena, había dejado de ser anónimo, su saber había abierto
un camino en la historia desde ahora y por toda la eternidad.
Final precipitado
Para vos Jonatan
Su mundo era simplemente ése, paredes pintadas de blanco, largas
ventanas, altos techos, filas de camas con olor a enfermedad y
encierro, chaquetas blancas con seres que emitían voces con lenguaje
técnico que la mayoría de las veces no comprendía y su inseparable
silla con dos grandes ruedas que eran su única conexión con el
exterior. Allí, fuera de su pabellón, permanecía horas sintiendo el
viento, el sol y la verde naturaleza que lo abstraía por cortos momen-
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tos de su triste realidad y lo inspiraba a no pensar en aquello que en
otros ambientes lo atormentaba.
Su simpatía y juventud hizo que fuera forjando una relación
única y diferente con cada actor uniformado de aquel escenario que
llenaba sus largas horas vacías y su rutinaria cotidianeidad.
Hacía años que transitaba caminos que no lo llevaban a ningún
lado, de un vientre desconocido y hasta hoy anónimo llegó a la vida
donde sus pesares empezaron a hacerse notar muy tempranamente,
forjando un ser vulnerable y empequeñecido al que nadie tenía tiem-
po de escuchar ni de amar. Su ensombrecido raciocinio debió recurrir
a recursos extremos y riesgosos para hacerse oír, sin lograrlo, dejando
huellas irreversibles en su cuerpo y en su historia para siempre. Sus
más cercanos lazos de sangre no supieron entenderlo ni atender sus
reclamos más mínimos, encontrando entre cuatro paredes y seres ca-
pacitados en la materia, la solución perfecta a sus tantos requeri-
mientos. Desde allí el olvido de su persona fue la única alternativa
planteada por el afuera.
Tenía una idea fija y recurrente que llegaba a él todas las tardes al
ponerse el sol como oleajes que invaden las costas, llevando con ellos,
de manera inevitable, todo lo que a su alcance encuentran. No halla-
ba manera de evitar esa idea invasora y rebelde que penetraba en su
alma mortificando su existir y el de quienes lo rodeaban, ni la amarga
fila de pastillas de distintos colores que tomaba a diario lograban
acallar sus intenciones. Esa inexpresada idea lo arrastraba a la locura y
más allá también. Sentía enojo por su macilenta voluntad no lograba
abrir una brecha que lo separe para siempre de esa invasora que
oscurecía aún más sus lentos crepúsculos. Era un monstruo anónimo,
sin forma y sin rostro con el que tenía que enfrentarse día a día, luego
de escasas y mezquinas horas de inquieto sueño.
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Buscaba inútilmente en la mirada ajena alguien que pudiera en-
tender su penar y su batallar en una lucha desigual, ya que es difícil
enfrentarse a algo tan abstracto e incorpóreo como… una idea. Sabía
que estaba acorralado, con el paso de los días, de los meses, incluso
años, su intuición le dictaba que no podría contra ella y en su debi-
litada lógica no encontraba cómo evitarlo. En su mente no había
espacio más que para ella, todo estaba ocupado por ella, estaba per-
diendo salud física y se sentía avasallado con plena conciencia que en
breve perdería también hasta su vida.
Ya no se reconocía a sí mismo, ni a su deteriorado cuerpo, se le
iban las horas mirándose las manos y las que hacía ocho años atrás
habían sido fuertes piernas, hoy atrofiadas por la inercia, yacían
inmóviles adosadas a su silla. Sentía en su seño el fruncido gesto que
indicaba la triste lucha interna por la que transitaba en soledad. Su
voz era cada vez más inaudible en sus vanos intentos de gritarle al
sistema un rescate oportuno de su cruel pesadilla.
Ese día del mes de marzo su despertar fue diferente, sentía una
extraña serenidad, su idea parecía dormida o sedada, transcurrían las
horas y no se presentaba tan inquisidora y arrogante como era su
costumbre. –¿qué sucedió? ¿se habrá ido o sólo estaba agazapada es-
perando el momento preciso para el ataque por la espalda? Por temor
a que aparezca y en un intento desesperado de mantenerla así, en ese
raro estado, empezó a andar más allá del perímetro acostumbrado.
Empujando su silla sin rumbo fijo, anduvo y anduvo, sintiendo en
todo su ser algo parecido a la alegría, a la plenitud , a la paz, en eso
que parecía ser una noche estrellada. Se dejó llevar por ideas nuevas y
libres que juveniles iban llegando a su mente en torrentes, había lugar
para todas ellas, porque la otra, la siniestra, se había evaporado má-
gicamente.
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De repente y sin previo aviso, le llamó la atención su brusca mane-
ra de detenerse, era noche cerrada, no reconocía el lugar donde se en-
contraba, era una Iglesia, amplia, silenciosa y con imágenes de santos
tan conocidos para él, bancos, un altar y en el centro del recinto una
gran cruz. Sintió un elemento áspero y fuerte que ágilmente se escu-
rría por sus dedos y le envolvía con decisión el cuello, algo así como
una soga, inmediatamente después un ruido sordo y seco y desde en-
tonces sólo silencio y oscuridad. Fue el momento preciso en que su
solitaria y alienada alma se encontró cara a cara con ella, su agazapada
idea lucía frente a él, victoriosa y plena, arrastrándolo con ella, dejan-
do atrás olvidado para siempre a aquel mundo donde no tuvo lugar,
comprensión, ni misericordia. Libre de sillas de ruedas, ataduras y
tormentos, su lastimada alma vuela alto y libre guiada por la luz que
algún día alojará su eternidad.
Vos y yo
Decirte lo que siento, no soy tan expresiva ni espontánea, virtudes
que en vos abundan y te caracterizan. Te diría una montaña de pala-
bras que definan lo que significas en mi vida, tantos años transcu-
rridos, tantas vivencias y experiencias que construyeron nuestra ju-
ventud y nuestra vida y que forjaron lo que somos. Crecimos y ma-
duramos uno al lado del otro, triunfamos y nos equivocamos al
unísono. Sé que pensás lo mismo porque a cada segundo te brota
algo amable y dulce para decirme, un abrazo o una caricia en momen-
tos en que atrapada en mi rutina y preocupaciones me dan seguridad
y alivio, sabiendo que la carga de la vida se apoya también en tus bra-
zos. Soy conciente de las limitaciones y exigencias que superan mi
tiempo y me atraviesan, y aun así nada te inhibe para un abrazo, una
sonrisa o una palabra que exprese tus sentimientos. Siempre en el
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momento justo, llega ese gesto amoroso que descontractura mi día.
Este es nuestro hoy, los dos navegando en un río a veces calmo y otras
tempestuoso, donde dos pequeños tripulantes fueron creciendo y
aprendiendo que el rumbo no se pierde cuando el timón es tomado
por los dos.
Todo empezó un verano como un amor adolescente, un juego
travieso en el que de la mano decíamos que éramos primos, sin en-
trever que era el comienzo de una gran historia. Recuerdo que entre
asustada y divertida te decía que mi intención con vos era seria, a lo
que respondías que sí con la mayor celeridad del caso.
Pasaron los meses y empezamos a marcar un camino que anuncia-
ba proyectos y sueños por venir. Entre mates, arena y las canciones de
Air Supply comenzamos a armar nuestra historia y entre risas y jue-
gos predecíamos nuestro lejano futuro. Imaginábamos divertidos
nuestra casa, mascotas, roles laborales y hasta la fisonomía de nues-
tros hijos, que serían dos, un nene y una nena, que hasta nombre ya
tenían.
Así, entre fantasía y realidad, pasaron los años en los que se fue
consolidando, tanto la vida juntos, como las obligaciones y respon-
sabilidades.
Nos casamos, y con el tiempo, el sello de nuestro amor, se tradujo
en nuestros hijos. Pasamos por distintas casas, gobiernos, trabajos y
situaciones económicas buenas y adversas, que no lograron debilitar
nunca el lazo que nos unía.
Educamos a nuestros hijos y aprendimos de ellos, hoy ya casi tie-
nen su vida encaminada y nuestra impronta afianzada en su alma, la
cual vayan donde vayan, irá con ellos. Algún día volarán en busca de
sus sueños, pero no siento miedo, porque sé que vas a estar a mi lado
sosteniendo mis emociones. Después de treinta años de caminar
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juntos, sos quien más conoce mis defectos y virtudes, portando la
magia de rescatarme en cualquier momento o situación que se pre-
sente.
Repasando nuestra historia la frase “te amo” suena pequeña e in-
completa, orienta mejor lo que siento, el decirte que sos una de mis
prioridades, mi afecto favorito y el amor que nos amalgama, va a
trascender el tiempo, la distancia y la dimensión en la que nos encon-
tremos.
Nunca me faltes…
La presentación
Para que el asombro sea perfecto solo le faltaba que su jefe lo elija
a él para exponer esa presentación ante tantos personajes importan-
tes. Pero esos otros ¿eran realmente importantes?, ¿qué lo diferencia-
ba a él de ellos? ¿qué había en ellos para ser considerados diferentes y
superiores al resto de los integrantes de esa empresa?, ¿sus sueldos
quizás? Sus acomodados puestos eran retribuidos con grandes
montos de dinero por las actividades importantes que ejecutaban,
representando la más cruel cara del capitalismo. Por supuesto, eran
empresarios respetados y admirados por las posiciones que ocupaban
tanto dentro como fuera de la empresa. Grandes anónimos, sin ros-
tro ni entidad, acomodados en grandes despachos con puertas cerra-
das desde donde impartían incuestionadas decisiones: gerente de…
director de… jefe de… de quiénes, a nadie se le ocurría pensar, quiénes
eran en realidad y los más importante cómo eran.
El, elegido para la presentación era la antítesis de todos ellos, con
nombre y apellido, no pensaron en el por su puesto, sino por ser
quien era, como era, por su identidad e impronta tan particular.
Desborda de sencillez, humildad, generosidad, espontaneidad, todas
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aquellas virtudes que hacen rica a la persona por lo que es y no por lo
que tiene. Inmerso en el capitalismo, no lo disfruta pero tampoco
altera su esencia, ya que la gran tajada de la codicia es disputada por
otros, en una guerra de la que no forma parte.
Es parte de ese gran ejército de gente, que como él, hacen que el
sistema sea más humano y menos salvaje, más solidario y menos in-
dividualista, atento a las necesidades de los que cruzando la puerta de
la empresa viven realidades inimaginables para los que circulan por el
mundo con la mirada polarizada, con despachos con puertas cerradas
y casas blindadas.
Se paró seguro ante la audiencia dejando que su asombro inicial se
disipara y fue encontrando respuesta a todas sus preguntas en cada
mirada atenta en la que se posaba, ¿por qué temer? Los importantes
eran tan personas de carne y hueso como él, portadores de sentimien-
tos, sueños y sufrimientos tan humanos como los suyos, a pesar de la
diferente posición y estilo de vida que los separaba. Solo era cuestión
de pararse frente a ellos y acortar la distancia.
Su presentación fue un éxito, aprendieron de sus palabras, de sus
técnicas, y de su trabajo cotidiano como un eslabón más del gran
engranaje empresarial pero también aprendieron de su mirada serena
y su postura sencilla tanto ante los importantes como ante la vida,
dejando así grabada su impronta de aquellos que se levantan cada
mañana y hacen que el mundo sea un poquito mejor.
Lazos invisibles
Siempre presente, siempre cerca. Callado, con tu elegante porte y
tu mirada del color del tiempo observando, escuchando y compar-
tiendo atento las situaciones tanto felices como penosas de nuestra
vida.
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Rara vez emitías juicios de valor, ni comentarios. Tu forma de
expresarte era simplemente estando cerca, imperceptible y pacífico,
conciente que tu sola presencia generaría en nosotros un refugio de
pleno resguardo.
Nunca conocí otra persona que dijera tanto sin decir nada, que
suene tan fuerte estando en silencio, que marque tanto con solo un
roce, que indique un rumbo con solo una mirada.
Durante 35 años me enseñaste a vivir con vos, a guiarme en cada
paso y cada decisión, con la plena seguridad que si caía estarías ahí
para levantarme y que dando un par de brazadas sin temor, no me
hundiría.
En unos pocos meses tuvimos que emprender la obligada despedi-
da, estabas direccionado en un camino sin retorno, donde partirías
sólo, a ese destino del que nada se sabía y al que tanto se temía. En
esos pocos meses tuvimos que aprender a vivir sin vos, sin esa presen-
cia fuerte y amorosa a nuestro lado, que se iba antes de tiempo, antes
de lo esperado, antes de lo planeado.
Hoy, después de tantos años de ausencia, aún se siente el vacío
que dejaste. Te encontramos en las cosas que te gustaban, en los ges-
tos de tus nietos, en las señales del universo y en todo aquello que
evoque tu nombre. Dejaste tu huella marcada en el camino y un
ramillete de once semillas sembradas, que hoy ya son jóvenes y fuertes
flores que impregnan todo en su andar, dignificando tu nombre con
sus vidas.
Con el paso del tiempo la costumbre de la ausencia se hizo hábito
y el hábito resignación, es lo que provoca la partida de alguien tan
arraigado a nuestra esencia. Me pregunto cómo será el lugar al que te
fuiste, pero tengo la plena seguridad que nos soltaste la mano solo
por un tiempo, que lazos de amor tan esenciales de padres e hijos se
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reencuentran en otra dimensión, para transitar juntos toda la eterni-
dad.
Entrega
Con el amor en los labios comenzaba el día, susurrando las
oraciones y plegarias a Dios en aquel monasterio perdido y olvidado
por el mundo. Había elegido aquella vida en soledad y contempla-
ción para adentrarse en la profundidad de su alma, de la que brotaba
abundante paz al igual que las palabras brotan de los libros. Sólo un
vagabundo rayo de sol interrumpía osado la imagen de Lucía, orando
arrodillada delante de un sencillo crucifijo dentro de su austera pieza.
El místico silencio del monasterio a esa hora de la primera oración
del día, no era interrumpido ni siquiera por el canto de los pájaros
que batían las plumas, todavía dentro de sus nidos a la espera del
cálido llamado de los rayos de sol.
Hacía cinco años que Lucía había decidido entregarse a aquella
vida, pese a las lágrimas de su madre y la dura mirada de su padre que
entre palabras entrecortadas por la emoción le suplicaban que no lo
haga, que lo piense, que lo revea y otras tantas cosas. Pero fue inútil,
la decisión ya estaba tomada, escucharía su corazón, que de manera
persistente y firme la arrastraba hacia el lado de la fe y de la entrega
incondicional a Dios, su Dios.
Lucía era bella y muy joven, demasiado joven para tanta entrega y
obediencia que exige la vida monástica. Desde muy pequeña había
demostrado esa inclinación espiritual, mientras que la vida a su lado
transcurría frívola y mundana, ella parecía etérea siempre abocada a la
oración, con la mirada puesta en aquello que trascendía el cielo. La
única que la transportaba a la realidad era su hermana menor, tan
fresca e inocente, a la que le leía cuentos e historias que escuchaba
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atenta, con paciencia, y dejándose llevar por esa fantasía interminable
que sólo a los niños pertenece.
Sus padres, desde que nació, ya tenían la vida de Lucía
planificada, el rumbo fijo que tomarían sus pasos, sólo así sería una
verdadera mujer y lograría ser alguien en un mundo injusto y desvia-
do donde únicamente el aferrarse a rígidas normas y principios era la
salvación. Todo lo que allí no encajara era desechado. No había lugar
para más opciones y menos si de religión se trataba. Su lucha fue in-
cansable, hasta que antes de llegar a la edad indicada tomó sólo lo
imprescindible y se fue decidida a entregar por completo su vida a
Dios.
La vida en el monasterio no era fácil pero la oración y sus charlas
con su Dios hacían que encuentre sólo rosas en aquel camino tan es-
pinado. Fue orando aquel día de invierno en que la lluvia resbalaba
plateada en el vidrio de su ventana, que la tos que persistentemente
invadía sus días desde hacía meses, derramó pétalos rojos sobre su
Evangelio. Lejos de asustarse, Lucía confió tanto en su Dios que se
sintió feliz de ser la elegida. Él le estaba regalando rosas, ella tan pe-
queña y casi invisible, recibía semejante honor y milagro de aquel al
que incondicionalmente le había entregado todo. Su alegría y su paz
eran tan perfectas que sumisa recibía los pétalos rojos que Dios no
cesaba de regalarle. Tanto fue así que durante ese día no salió de su
pieza ni para cumplir sus obligaciones ni para recibir alimento. Por la
noche, la superiora del monasterio, reparando en la callada ausencia
de Lucía, ingresó en su pieza y con estupor la encontró pálida, fría y
con un camino de roja sangre bajando desde su boca hacia el suelo,
tiñendo todo a su paso. Su rostro, emanaba paz; sus labios una
enorme sonrisa, y su cuerpo se hallaba aún en posición orante,
aferrando con las manos su crucifijo. La superiora entendió que su
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alma ya estaba lejos de allí, siguiendo plena y feliz el camino de rosas,
que seguramente Dios había preparado para ella.
Nota: cuento homenaje a Santa Teresita de Lisieux y a todas
aquellas personas que en su paso por esta vida encuentran en el
camino “mariposas de Koch”.
Entre cartones
Fede tiene 18 años, desde hace seis junta cartones por las calles
acompañado por un carro de supermercado en desuso, tuneado con
los colores de su cuadro de fútbol favorito y un parlante viejo y
chillón que no deja de repetir una y otra vez sus canciones de cumbia
que lo acompañan en las interminables cuadras que recorre por día.
Hoy comenzó con su tarea de recolectar cartones a las siete de la
mañana. Salió pensativo de la casilla donde vive junto a su madre,
luego de haber tomado varios mates amargos desde las seis cuando lo
despertó para ir a trabajar.
–Dale, Fede ¡levantate! La pava hace rato que tiene el agua
caliente y si se enfría tengo que volver a prender las brasas para
calentarla.
–Sííí… ya voy mamá. Ayer trabajé hasta tarde y me duele la cintura
de arrastrar el carro.
–Fede, gracias a eso anoche comimos como Dios manda y hasta
sobró para comer hoy, seguro alcanza para los dos.
–No, mamá, comé vos. En la puerta de Coto está don Pedro, el
vigilante, que siempre me da algo que su patrón le deja sacar de las
góndolas.
–Fede, quiero que te anotes en la escuela nocturna de acá a unas
cuadras y termines el secundario, no quiero para vos el mismo futuro
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que tu padre, al final, vivió toda su vida entre cartones y entre carto-
nes terminó…
–No mamá, no voy a dejarte sola, tengo que ocuparme de tu
futuro, de que comas todos los días y no te falte nada, la escuela pue-
de esperar… algún día la voy a terminar y voy a estudiar para chef, te
lo prometo, voy a ser un reconocido chefy cartonero, vas a ver.
–Bueno Fede, la mitad de lo que soñás ser ya sos, un gran
cartonero y muy respetado por la gente del barrio, que sabe que te
ganás la vida con los cartones y no andás en cosas raras. A partir de
mañana apostemos a lograr la otra mitad. ¿Qué te parece?
–Bueno mamá, no puedo seguir hablando, lo voy a pensar, me
voy a trabajar.
Salió de la casilla, estaba nublado, todo hacía predecir una gran
tormenta, lo cual no favorecía su trabajo, los cartones mojados nadie
los compra. Preocupado comenzó a arrastrar su carro vacío pensando
en alguna alternativa para llevar comida hoy a su casa. No escuchó su
música, caminaba en silencio, su mente estaba hoy repleta de
preocupaciones y resonaban en ella las palabras de su madre de
aquella mañana. Ella tenía razón, concluyó, tenía que apostar a
concretar esa mitad del sueño que le faltaba, era la única manera de
lograr ser un gran chef. La vida lo había colocado a él y a varias
generaciones anteriores en esa casilla, desde muy chico aprendió a
adaptarse a su pobreza y carencias materiales, todos lo hacían en la
villa, solo los más osados lograban sobrevivir de otra manera, sabía
que tenía en sus manos el poder de cambiar su destino. Y así lo haría.
A la noche regresó cansado a su casilla con algo de dinero en el
bolsillo para comprar la cena, sus viejas zapatillas no lograron resistir
el agua y el viento provocando llagas e hinchazón en sus pies, había
llovido todo el día y tuvo que improvisar un techo de nylon para su
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carro, así logró recolectar algo. Se dibujaba una gran sonrisa en su
rostro adolescente porque además de dolores y humedad llevaba un
sobre, prolijamente guardado entre los cartones, que contenía el
formulario de inscripción a la escuela nocturna, era su pasaporte que
lo llevaría a lograr su gran futuro de chef.
Qué feliz sería su mamá hoy.
Un día
Ese día tuve un despertar particularmente raro, sin entender si esa
rareza brotaba solo de mi mente o invadía también mi espíritu.
Suspiraba exhalando melancolía, me pesaba el día, la rutina, casi
tanto como la humedad y el bullicio sin sentido de ese ambiente tan
conocido, tan diario, tan adosado a mí como los poros de mi piel.
Sentía ese lugar muy mío, muy propio pero también tan lejano y
nocivo para esa desordenada calma que se batía dentro de mí.
Decidí enfrentar el día, remar en contra de esa marea de
sensaciones invasivas, sintiéndome aturdida, pero firme en la decisión
de derribar el muro de la apatía y la pesadez.
En medio del camino para cumplir mis obligaciones me encontré
con ese personaje sencillo y desaliñado que sin motivo comenzó a
hablarme, nunca lo había visto antes en este escenario poco cambian-
te que conformaba mi cotidianeidad. Emanaba paz, mirada serena,
movimientos y gestos lentos como si el tiempo le perteneciera, aspec-
to descuidado pero seguro, de él emanaba una pobreza decente que
me llamaba a escucharlo. Su voz era suave y monótona, con palabras
tan bien dispuestas como si brotaran de un libro, filosofaba sobre la
vida, la muerte y el misterio que las une. Escuchándolo quedé para-
lizada, quieta, algo me decía que en su respetuoso monólogo había
una respuesta a mi angustia agazapada que caracterizaba mi presente.
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No me animaba a moverme, no podía emitir palabra por miedo a
acallar la suya. El tiempo transcurrió, no sé cuánto duró su discurso,
no sé quién era o qué quería, lo único que sí sé es que de la persona
menos esperada y a la que nunca volví a ver, encontré la palabra justa
y la energía invisible para cambiar mi día.
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María Cristina Gogni
Cristales
Llegó la noche y la princesa retiró el beso de su chaqueta, lo
escondió en un lugar donde nadie más que Ella puede entrar,
acomodó su cuerpo en la cama de cristal y duerme. Mientras duerme
se va convirtiendo en ranita sabiendo qué sueños ha elegido antes de
dormir y como en un rompecabezas los acomoda hasta armarlos…los
desarma y arma nuevamente. Son los sueños que tuvo con el príncipe
que ya nadie se los puede quitar; están en sus recuerdos. La ranita
quiere vivir en ese mundo donde el cristal no se rompe, la sangre no
sangra, los puñales son abrazos y los besos saben a colores que solo se
ven en sueños. La ranita está durmiendo y no quiere despertar solo la
acompañan sus sueños elegidos y la música del silencio que son los
cristales cuando los mueve el viento.
Mar azul profundo
"Mar azul profundo tiene piel humana muy blanca,
sus patas son suaves como delicadas manos y sus ojos color
almendra solo miran sonrientes"
Se acostó y mientras se tapaba con una sábana blanca se preguntó
por qué no había hecho la caminata nocturna, Sería, en diez años, la
primera vez que no recorría el lugar donde se refleja la luna llena.
Sintió que algo se deslizaba sobre su cuerpo atravesando las
rodillas, el ombligo, su pecho hasta llegar al hueco que se forma entre
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el hombro y la mandíbula, allí se detuvo. Olfateó con un hocico
tibio, le pareció raro pues en general los hocicos son fríos.
–Qué es esto que recorre mi cuerpo –se preguntó– si enciendo la
luz se irá y me transmite ternura, es como la caricia de una pequeña
mano conocida.
Dejó de olfatearlo y se acomodó entre el hombro y la oreja, estiró
la pata y abrazó toda su garganta con suavidad.
Comencé a temblar con el mismo temblor que se siente cuando se
abraza a una mujer y la unión responde a los cuerpos juntos. Me dejé
llevar por el temblor y la extrema satisfacción hasta que en ese estado
de éxtasis me atreví a preguntar:
–¿Cómo te llamas?
–Mar azul profundo –contestó– soy una gata que nací para ti y
habito en las profundidades de tu cuerpo, mi padre dijo que estaba
equivocada, que tu eres un sueño de luna llena y que allí me
encontraste, a los gatos no nos importa mucho. Tengo una amiga que
vive en Cataproa, la isla viajante, y se casó con su hermano, has hecho
de mi una gata mar azul profundo y como no me gusta hablar, sólo
compartiré las noches en que el silencio trae del mar la música con sus
olas.
Pasó el temblor, sentí una inmensa calma, vi cómo la luna llena se
reflejaba en el mar y sentí su hocico tibio antes de quedar dormido.
El baúl
El Baúl estaba en el mismo lugar, con la tapa abierta, las rosas
desparramadas por el suelo como recién cortadas del rosal, era una
alfombra de rosas rojas perfumando la habitación.
Rosas rojas... su cuerpo inmóvil sobre la cama tenía un rostro
sereno y sonriente.
Purapalabra | 163
Cuando la empleada abrió la puerta de la casa cantando para
anunciarse, su vista se detuvo en el mismo lugar, como lo hacía a
diario.
Esta vez, el panorama era distinto y comprendió rápidamente,
cerró la puerta de la habitación y se dirigió a la cocina para prepararse
un café mientras pensaba en comenzar con los trámites del funeral.
Rosas rojas habían florecido en la habitación, las mismas que
durante tantos años permanecieron secas en el baúl.
Cuando Santina recibió la noticia quiso ver a su amiga y estar
presente en el lugar.
Llegó a la casa pasando directamente a la habitación: allí estaba
sobre la cama su amiga Luordes, recorrió con una mirada serena y
después de detenerse en cada detalle, comentó:
–Se cumplió la profecía. Ella ahora está con El.
Aplaudió a su amiga, tomó una rosa y la ubicó sobre su pecho.
Santina sabía la historia de cada una de esas rosas pero nunca reveló el
secreto a su amiga.
Día a día, Lourdes le pedía a Dios que la dejara ver a su novio
Luciano pero El nunca se hizo presente. Luciano murió de muerte
súbita a los veinte años, desde entonces, el día del aniversario de su
muerte, Lourdes recibía una rosa roja.
Han pasado muchos años para ella, nunca más salió de su casa.
Hoy, su cuerpo inmóvil, muestra una sonrisa feliz... se ha unido a El.
Las flores han revivido con su sangre en honor al recuerdo de cada
momento de ese amor y en su plenitud dan lo mejor de ellas.
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Martín Otero
Turistas
Hacía seis días que no paraba de llover. Llovía fuerte, como siem-
pre sucedía en esos meses en la isla. Eran los meses muertos, cuando el
tiempo parecía congelarse y la vida se paralizaba bajo una cortina de
agua que todo lo ensombrecía. No había turistas, sólo un barco por
semana que traía las provisiones necesarias y algún aventurero perdi-
do del caribe. No era suficiente para mantener el refugio de la selva, la
situación era difícil y Federico lo sabía. Fumando, en la hamaca de su
cabaña, pensaba en como hacer para mejorar el negocio y pensaba en
Joaquina, su hermosa Joaquina, que hoy por la mañana había llorado
como nunca antes él la había visto llorar. Qué idiota había sido, una
vez más, la noche anterior. La había lastimado de vuelta.
Es que aquellos días de lluvia se llenaban de discusión. Por abu-
rrimiento, por tristeza, o por costumbre, discutían sobre todo, sobre
si el amor viene antes que el deseo, o sobre si el shampoo viene antes
que el jabón. Discutían sobre la forma de las nubes, el ruido del río y
los colores de los caramelos. Discutían hasta el final, hasta la carne.
No por odio ni por rencor, no por escapar a la derrota, sino por no
conocer otra manera. Hubo una época en que a cada discusión le
seguía una reconciliación amorosa, un sexo desenfrenado y un sueño
placentero. Ahora, el sexo y el amor se les escondían, y el placer ya no
llegaba ni en los sueños.
De repente se escuchó la madera mohosa crujir bajo los pies de
alguien.
Purapalabra | 165
– ¿En qué pensás? –le dijo Joaquina.
El se dio vuelta para mirarla. Con el pelo negro recogido, el brazo
izquierdo tatuado por completo y su jean caído que hacía parecer que
entre su ombligo y sus piernas había un mundo por explorar, Joaqui-
na era la mujer más hermosa de toda la isla, eso seguro. Del mundo,
pensaba Federico, mientras mentía:
–Pienso en la lluvia.
–¿Va a parar? –preguntó Joaquina.
–No lo creo, al menos no por un par de semanas.
Desde la selva se oyó el ruido seco de un machete entre la vegeta-
ción. Las hojas se movían de lado a lado mientras el ruido avanzaba
hacia ellos. Así es la selva, el oído se vuelve el más importante de tus
sentidos, el verde frondoso y penetrante todo lo cubre, y los ojos
sirven para ver el cielo y poco más. En la selva oír es importante. Joa-
quina se acercó y tomó la mano de Federico, que se bajó de la hama-
ca, apagó el cigarrillo y tomó su propio machete elevándolo hasta la
altura de su cabeza.
De entre las hojas se extendió un brazo enorme y musculoso, luego
aparecieron unos ojos fieros y salvajes, pero contorneados por una cara
que entregaba una expresión simple y de buenas intenciones.
– Señor Federico, lluvia, pequeña lluvia. Jaja.
–Ah, bueno, te voy a matar, el miedo que me diste, ¡Charly! –dijo
Joaquina, mientras soltaba la mano de Federico. Charly sonrío sin
entender. El era descendiente de los indios caribe, un real habitante de
la selva. El poco español que sabía le alcanzaba para hablar de dos o tres
cosas. La lluvia era una de ellas. Todos los días bajaba desde su choza en
la alta montaña para dar una mano en el refugio, a cambio de dos
comidas calientes al día que devoraba siempre como si fuera el último
plato de su vida.
166 | Purapalabra
Charly creía en dos cosas, hacer bien su trabajo y adorar a sus
dioses. Su pequeña casita en la montaña era también su iglesia. No de
mármol y piedra, sino de barro y madera. Sobre un altar de tierra
descansaban los amuletos de bambú que él mismo fabricaba. Tenía
uno para cada ocasión y nada necesitaba que la selva no le diera.
–¿Qué pasa Charly? –preguntó Federico–. No hay trabajo acá, ya
no pasa nada, los turistas se fueron.
Haciendo un esfuerzo de señas y un poco alterado, revoleando el
machete como si fuera una regla de maestro y no un arma, Charly les
contó que el río había subido y seguía subiendo, que los pocos que
quedaban de este lado estaban cruzando por el camino largo, porque
el puente se había caído y que había que irse porque iba a seguir
lloviendo y casi no quedaba nafta en el generador.
Esto último Federico ya lo sabía y le preocupaba. La electricidad es
la defensa de los hombres. Sin ella, la selva te devora. “Charly tiene ra-
zón”, dijo mirando a Joaquina. “Tenemos que irnos”. Tomaron lo que
podían cargar y se adentraron en el camino largo hacia el cruce del río.
–¿No venís Charly?
–No señor, yo selva. Mi casa.
–Entiendo, supongo que esta lluvia parará, nos veremos en unas
semanas.
–Sí señor. ¡Señora!
Sonriendo, dio media vuelta y desapareció por donde había
aparecido diez minutos antes.
El cruce estaba desierto y el río rugía furioso a quien quiera
cruzarlo. La selva es generosa con sus habitantes, pero celosa con
quienes la dejan. Siempre entrar es más fácil que salir, siempre en la
selva es así. Los locales lo saben, por eso son pocos los que se animan
a abandonarla.
Purapalabra | 167
Ya estaban por la mitad del cruce cuando Joaquina resbaló y cayó
al agua. Federico la agarró de su brazo evitando que se fuera. Con todas
sus fuerzas intentó subirla nuevamente, pero el río tiraba feroz y sin
cuartel. Dejó su bolso y las mochilas, que fueron arrastradas corriente
abajo. Soltó todo hasta que sólo quedaron tres, ella, él y el río.
Finalmente Federico no aguantó más, y ambos cayeron. El río los
zarandeó, los mareó, los golpeó, los unió, los separó y los volvió a unir,
hasta que finalmente, sin saber bien cómo, aparecieron en la orilla.
Paró de llover.
Luego de un tiempo de estar echados, emprendieron el camino de
regreso al refugio. La noche estaba sorprendentemente estrellada. Se
sintieron caminar por una eternidad infinita de negro, no había nubes
ni luna, y la noche se cerraba sobre sus cabezas. Las miles de estrellas de
noches así, nos muestran el camino pero no lo iluminan. Son guías
sádicos que juegan a una escondida del terror, mientras una orquesta
de insectos acompaña cada paso. Así caminaron por mucho tiempo, los
segundos parecieron días, y los minutos semanas, y se sintieron flotar
hasta perder el camino, la orientación y los sentidos. Nunca se soltaron
la mano.
Al salir el sol, llegaron al refugio. La luz tenue del amanecer pintaba
de celeste rosáceo el cielo, mientras los colibríes volaban entre las hojas,
buscando las gotas de lluvia mezcladas con néctar. Se sintieron ellos
también invadidos de néctar, de dulce, de excitación y sonrisas, como
cuando hacía años habían decidido dejar todo atrás para comprar este
lugar.
Mientras desayunaban, apareció Charly y los miró con una cara
que Joaquina pensó como de horror. No entendía por qué. Antes de
preguntarle qué sucedía, Federico se adelantó:
–Charly, buen día, hoy vamos a limpiar el camino de lo que cayó
168 | Purapalabra
de la tormenta, luego tenemos que reemplazar las maderas dañadas y
revisar los techos. Todo va a estar mejor, lo puedo sentir, los turistas
volverán.
–Sí, señor –se limitó a decir Charly.
–¡Rápido! ¿Qué esperás? Hay que trabajar.
Cocinaron al mediodía, y aunque Charly estaba callado y
nervioso, los ojos de Joaquina y Federico se buscaron y se
encontraron durante todo el almuerzo. Por la tarde caminaron,
juntaron mangos y paltas de los árboles y se bañaron en el río. Por
las noches sus cuerpos se hallaron sin buscarse, en la hamaca,
mirando las estrellas. Ahí mismo se durmieron, desnudos de todo.
La selva estaba callada, expectante, nerviosa. Los insectos abrían
y cerraban sus alas pero no emitían sonido. Un cuadro detenido en
el tiempo. En su choza, a veinte minutos de ahí, Charly se tambalea-
ba nervioso. Finalmente, tomó un trozo de madera y, rezando sus
plegarias ancestrales, comenzó a tallar un nuevo amuleto.
El huracán
Estamos esperando. Esperando en la oscuridad. Escondidos bajo la
tierra somos hormigas, lombrices en el sótano de nuestra vieja casona.
Aquí abajo hay cucarachas y arañas, pero no nos importa. Afuera en el
cañaveral todo debe ser peor. Papá estuvo todo el día de ayer cortando
las cañas que estaban maduras. El viento se va a llevar todo, dicen. Lloré
cuando escuché a mamá decir que todo eso era superfluo, que no
importaba. Mi jardín, mi árbol de palta, mi hamaca junto al río, las
cabras que papá desató para que se las arreglaran por su cuenta.
A veces, en los días de sol, cuando caminaba con mamá desde la
entrada de la casa hacia la playa, veía el contorno del monte a nuestra
derecha y todo me parecía imposiblemente hermoso. Tan hermoso
Purapalabra | 169
como eterno. Eran palmeras más altas que mi casa, con cocos inalcanza-
bles. Crecían tan cerca de las nubes que mamá decía que por eso se
llenaban de dulce agua de lluvia. En los días de primavera, las cotorras
sonaban más fuerte que el mar, y volando de árbol en árbol, jugaban a
las escondidas, y mamá me señalaba siempre el límite de nuestra tierra y
me contaba las historias de los primeros nativos que poblaban esta
zona. Eran indios, cantaban al sol, adoraban animales y soñaban con lo
que había detrás del mar. Papá me dijo que vivían en chozas de tela,
paja y madera, y que en sus tiempos, también había huracanes.
Afuera sopla el viento y, como en una cueva helada, temblamos
pero de miedo y no de frío. Por las rendijas de la puerta entra la luz
escupiendo polvo, el viento lo mueve en nuestro sótano cueva y se
convierte en humo que no nos deja respirar. Y mientras papá me abraza
bien fuerte, yo pienso en ellos, en los indios, y en donde se escondían
cuando soplaba el viento. Sin casas de piedra ni sótanos, ¿se habrán ido
volando? ¿es por eso que ya no están? O será que los vientos no eran
tan fuertes, y como dice el padre en la iglesia, ¿Dios está enojado con
nosotros? ¿por qué habría de estarlo? Nada hacemos que no sea labrar
la tierra, cuidar de los animales y rezar noche tras noche. Si Dios está
enojado, no habría más grande enojo que este. Son sonidos agudos y
gemidos profundos los que trae el aire. El viento habla pero no lo
entiendo. El viento llora, y también lloro yo.
Y entre llantos y suplicas, entre golpes y chirridos, escuchamos
como el viento, impiadoso, arranca de a pedazos nuestra casa, y al final,
cuando sólo quedan los ecos de los gritos a nuestro alrededor, sabemos
que la casa ya no está, y la madera que fue mi refugio ya es juguete del
huracán, mi casa que ya no es casa, arremolinándose en el viento salvaje
que todo lo devora.
Llega la calma, mamá me toma de la mano y me ayuda a subir.
170 | Purapalabra
Mientras me quito el polvo de mis ojos, veo que nada de lo que era
antes es ahora igual. No veo las cabras, las cañas, mi árbol ni mi casa.
Sólo el monte eterno, cubierto por una alfombra de vegetación muerta
y unos cuantos árboles valientes de pie, que ahora se tambalean
agonizantes y marrones. Ya no hay verde.
Pienso en los indios, y en porque ya no están y a donde se habrán
ido, si bajo tierra o a través del mar. Pienso en su lugar, los veo adoran-
do al sol y, apretando fuerte los dientes, pienso que quiero estar con
ellos donde sea que estén pero no acá. Acá no hay nada. Papá está para-
do mirando hacia la granja, en silencio, me da miedo su cara, mamá me
abraza y llora, y yo, colgada de la cintura de mi madre, miro hacia arriba
y no veo palmeras, no veo pájaros, no veo nubes ni viento. Solamente el
cielo, cubriendo como un velo infinito nuestra tristeza desnuda. El
cielo, inmutable y brillante. Este cielo azul furioso, que es lo único que
queda entero hoy.
El entierro
I
Mientras se secaba el sudor de la frente con la mano izquierda
manchada de tierra, Rodrigo se apoyaba en la pala que sostenía con la
mano derecha. El sol, que asomaba entre los guayacos y las palmeras
que poblaban la bahía, lo obligaba a entrecerrar los ojos para ver mejor.
Frente a él, el negro cavaba sin descanso. No llovía mucho por esta
zona, y el suelo se los recordaba contestando cada puntada de la pala
con una erupción de polvo. De dónde sacaba la fuerza para seguir,
Rodrigo no podía entenderlo. Los dos habían arrancado a cavar esta
tumba, pero sólo el negro iba a terminarla. No le faltaba mucho.
Cansado, Rodrigo tomó un poco de agua del cuenco de barro y
enjuagó su cara.
Purapalabra | 171
–Tienes fuerza negro –le dijo mientras se sentaba en la lápida de la
tumba de al lado. El negro no contestó, levantó la mirada sólo por un
instante y siguió cavando. Resignado, Rodrigo se volteó para mirar la
capilla, escupió al suelo y preguntó:
–¿Crees en Dios?
–Sí –respondió el negro.
–Yo no –dijo Rodrigo–, ya no –y tapándose el sol con la mano, se
quedó mirando la cruz de hierro que adornaba el campanario.
La capilla era de piedra, y miraba al mar desde una loma de pasto
amarillo y arbustos espinosos. A su derecha, un acantilado seco y
agrietado con raíces que colgaban como brazos muertos, marcaba el
límite sur de la bahía. Al frente, nacía el camino de tierra, que al girar
se confundía con la playa y contorneaba la costa hasta perderse entre
dos morros. Sobre la izquierda de la capilla, el terreno descendía con
una suave pendiente hacia un jardín de cruces blancas. Bajo el sol
caliente de la mañana, semi enterrado, el negro era lo único que se
movía, y el calor de su cuerpo terminando el trabajo, agitó el aire a su
alrededor.
–¡Ey! ayúdame a salir de aquí –gritó el negro.
Rodrigo no lo escuchó. Estaba pensando que en cualquier mo-
mento vería aparecer en el horizonte una fila de sombras acercándose,
que casi al mismo tiempo escucharía sonar las campanas, y sabría que
era la hora que había estado esperando. Porque en ese cortejo fúne-
bre, en esa procesión de almas en pena, detrás del párroco, detrás de
los monaguillos, detrás del ataúd de madera y detrás de todo lo que
no era importante, ahí estaría ella. Vendría siguiendo el camino
ondulante de tierra, un camino que la trae sin desvíos hasta este pozo
del que el negro ahora intenta trepar. Una tumba terminada, con
nombre y apellido, lista para usar.
172 | Purapalabra
II
Luego de la última curva, ya se podía ver la pequeña iglesia al final
del camino, y ella sentía que le dolían los pies, la espalda y los ojos. El
viento le llenaba de tierra el pelo, y el velo que caía sobre su cara,
ocultaba las lágrimas que iban a dormir a un pañuelo sostenido por su
mano temblorosa. Intentaba voltear la mirada, pero sabía que atrás no
había nada más que lo que había por delante. Porque la muerte todo lo
borra, en el muerto, pero también en los vivos, hasta que el olvido es
más fuerte que el dolor. Por eso para la muerte, no hay mejor cura que
olvidar.
Descendió la colina atragantada de llanto y cuando llegaron a la
costa, miró el sol que se elevaba anunciando el mediodía y sintió que le
quemaba la piel. Bajó la cabeza y, acompañada por las personas que la
rodeaban, no la levantó hasta que entró en la capilla. La nave era
pequeña, con dos hileras de diez bancos cada una. Suficiente para toda
la aldea, que parecía estar presente en su totalidad. Pasaba poco y nada
en este lugar perdido, y un entierro siempre atraía a los curiosos, más
cuando se trataba de un asesinato.
El ataúd de madera yacía sobre dos caballetes cubiertos por un
manto blanco. En torno a él giraba el párroco, leyendo versos de una
Biblia marrón que uno de los monaguillos sostenía por arriba de su
cabeza. Ella se paró, se sentó, se arrodilló y se volvió a parar tal cual lo
ordenaban los ritos, y al hacerlo, imaginó una deidad más piadosa
que no la hiciera arrodillarse en un momento así.
Es que de tanto dolor, pero también de tanta rabia, le costaba
doblar las rodillas. La furia le trababa los huesos y sus dientes se
raspaban entre sí, porque a diferencia del párroco, ella sabía que no
había sido Dios quien le había arrancado a su esposo. Sabía quién lo
había hecho, y también sabía por qué, y ese porque le dolía por todos
Purapalabra | 173
los rincones del alma. Miró el ataúd y quiso gritar muy fuerte, gritarle a
Dios y decirle que desde ese instante ella no le pertenecía más, que el
precio a pagar había sido demasiado, y que nada le importaba ya de ese
ritual de otra vida, porque para creer hay que estar vivo, y ella se sentía
morir a cada exhalación.
Pero no lo hizo, no gritó nada, y hundida en un mundo de pensa-
mientos opacos, ni se dio cuenta de cuándo la levantaron y la acom-
pañaron hasta el costado de un agujero recién cavado, para ver como el
cajón que contenía el cuerpo de su esposo era bajado hasta una tumba
seca y polvorienta, mientras el eco infinito del último rezo se repetía en
sus oídos. Y ahí se quedó, a un costado, sin más lágrimas para llorar, a la
espera, estrujando con todas sus fuerzas un pañuelo húmedo.
III
Luego de comer un mendrugo de pan y un dulce de coco, el negro
tomó unos tragos de la botella de ron que traía siempre en su morral.
No sabía donde se había metido Rodrigo ni le interesaba. Mejor que ni
apareciera. Odiaba casi todo de este trabajo, pero más odiaba a su
compañero blanco que le recordaba a cada oración como su piel negra
lo hacía inferior al resto de los hombres.
Lo único bueno de su vida era la soledad. En ella podía pensar y
recordar las épocas de la zafra, cuando trabajaba junto a sus hermanos
en los ingenios de la isla de Sava, cantando bajo el cielo estrellado,
macheteando cañas al ritmo de una canción africana. Su rancho en la
ribera, la cara de su mujer, la risa de sus hijos y luego, como siempre, el
fuego. Mejor ni recordar, pensó, eran otros tiempos, mejores, una vida
distinta y extinta.
Mientras la botella se vaciaba y se le borroneaban los recuerdos, vio
agrandarse poco a poco el cortejo, hasta que la cercanía le permitió dis-
tinguir a las personas que ingresaban a la capilla. La viuda por delante
174 | Purapalabra
de todos. Cuando callaron las campanas, se recostó contra una piedra y,
ya dormido, desapareció bajo la sombra del acantilado que, empujada
por el sol del mediodía, comenzaba a devorar el cementerio y todo lo
que lo rodeaba.
Luego de una siesta más larga de lo normal, despertó aturdido.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, vio a una mujer, quieta
como una lápida negra, erguida al lado de la tumba que él había cavado
y que debía rellenar una vez que todos se fueran. Esperó un largo rato,
pero como una viuda inmortal que vela a su amor eternamente, esta
mujer aparentaba haber estado parada en el mismo lugar por años y
parecía que allí se iba a quedar. Sin apuro, el negro se quedó recostado
mirándola, y sintió como la imagen de la tristeza de esta joven lo
hipnotizaba de a poco, y le presionaba el pecho una necesidad, la de
mirarla en secreto, y en silencio.
La sombra cubrió toda la bahía y, mientras las primeras estrellas
competían con las luces del ocaso, ella seguía ahí. El negro permaneció
inmóvil, como encantado, hasta que vio la figura de un hombre acer-
carse desde la playa y caminar hacia la iglesia. Como si sus músculos se
hubieran acostumbrado a la quietud, se quedó contemplando esta
silueta oscura, que ahora se acercaba por detrás de la viuda y ya entraba
al cementerio, mientras ella, estática, parecía no percibir el mundo a su
alrededor.
IV
Llevaba un rato mirando el horizonte desde la playa. No había
nadie más a la vista. Cuando el sol baja, los aldeanos vuelven a sus
casas, pues nadie se anima a andar por estas horas tan cerca del
cementerio, y la bahía se llena de fragatas y pelícanos que, animados
por la ausencia de pescadores supersticiosos, disfrutan de una cena
abundante. Observando a los pájaros zambullirse y volver a remontar
Purapalabra | 175
vuelo, Rodrigo esperó que el sol desapareciera por completo y, al
abrigo de las sombras del atardecer, caminó hacia donde estaba ella.
Se acercó por detrás y se quedó unos segundos paralizado, oyendo
sólo su respiración.
–Sabés que tuve que hacerlo –dijo finalmente Rodrigo.
Ella no contestó y siguió dándole la espalda. Sabía quien era.
–Me quiso apuñalar cuando supo de nosotros.
–No hay un nosotros – lo interrumpió ella.
–Lo hubo –dijo él.
Una fuerte ráfaga de viento salado levantó un remolino de polvo
que lo obligó a cubrirse los ojos. Cuando pudo verla de vuelta,
Rodrigo continuó
–Desde atrás ¡Cobarde!
–¡No lo llames así! –lo calló ella–. ¿A qué has venido? ¿Qué vas a
hacer ahora?
–Nadie sabe lo que pasó –dijo él casi como preguntando.
–Y yo no diré nada, mi honor y tu destino están unidos, lo sabes
Los ojos de Rodrigo se abrieron, su boca pareció dibujar una
fugaz sonrisa y, dando dos pasos al frente y apoyando con fuerza su
cuerpo en la espalda de ella, le dijo: – Tendrás mi silencio, y tendre-
mos un pacto, serás mía, desde hoy y para siempre.
Ella miró el ataúd y se le tensaron las piernas, dio media vuelta y
rodeando los brazos de Rodrigo lo besó. El la recibió temeroso, como
hechizado, y sus labios recordaron los de ella. Devolvió el beso, y sus
bocas se fundieron en un encuentro profundo.
Rodrigo sintió el cosquilleo de sus labios retumbar como un
temblor por todo su cuerpo, hasta que sus piernas parecieron de
papel y sus sentidos se apagaron, y ya no vio, ni oyó, ni sintió cosa
alguna más que la respiración de esta mujer que tanto deseaba. Qui-
176 | Purapalabra
zás por eso no se dio cuenta cuando ella sacó un cuchillo de la manga
de su vestido y se lo clavó por la espalda, del lado izquierdo, buscando
su corazón.
–Tendrás mi silencio –le dijo ella mientras miraba fijamente sus
ojos llenos de terror.
Una, dos, tres y más puñaladas lo obligaron a arrodillarse, y su
boca aún caliente por el beso de ella se llenó de sangre. Sangre que
empujada por su respiración entrecortada, rebalsaba a borbotones y
caía en la tumba aún abierta, manchando el cajón de madera y
mezclándose con la tierra negra. La luz se extinguía y Rodrigo cayó
rodando hacia el frente y hacia abajo, hasta quedar tendido boca
arriba, mirando desde el fondo de esa tumba a la cara más bella y
furiosa que hubiera visto jamás, esa misma cara que, salpicada de
rojo, lo miraba fijamente por delante de un paño de estrellas, que una
a una se fueron apagando, hasta que sólo hubo oscuridad.
Ella se limpió la sangre de la cara con el borde del vestido, tomó la
pala y comenzó a tapar la tumba que su marido compartiría para
toda la eternidad con su asesino, pero le pesaban los brazos y sentía
que le faltaba el aire. Tuvo que detenerse.
Mientras jadeaba desesperada, vio a un negro aparecer de entre las
sombras que, hablando con la mirada, le quitó la pala de las manos y
le hizo una señal con la cabeza para que se fuera. Ella caminó el cami-
no ondulante de vuelta hacia la aldea, abrazándose para cubrirse del
viento, sin prestar atención a los pájaros que volaban sobre su cabeza.
Iluminado por una luna menguante, el negro, aún hipnotizado por la
violenta belleza de esta viuda que se alejaba, no miró nunca para
abajo y continuó tapando la tumba, enterrando dos cuerpos y un
secreto para siempre, mientras silbaba una canción de otros tiempos.
Purapalabra | 177
Miguel Orlando Paz
La flor del agua dulce
En la tribu siempre se oía hablar de una diosa conocida con el
nombre de Zulú, que significa” Flor”. Otros la llamaban “La Flor del
Agua Dulce”. En determinadas horas del día hacía notar su presencia
en los ríos. Nunca faltaba algún indio que dijera que la había visto de
lejos. Era una mujer muy coqueta, simpática, bailadora y alegre,
dotada de una gran belleza que dejaba encantado a todo aquel que la
mire. Hasta con los muertos coqueteaba.
Según se contaba, le gustaba aparecer en los ríos, debajo de las
cascadas, bañarse completamente desnuda mientras acariciaba su
hermoso cuerpo con dulzura y su andar sensual. No se dejaba ver por
todos sino por aquel que ella elegía. Era muy vanidosa, y para
cumplir algún deseo debía ser agasajada con objetos de oro. A veces le
gustaba pasearse por el monte, cantaba y jugaba con los animales,
tenía el don de amansar las fieras.
Un día un indio herrero que vivía solo en el monte, en su pequeña
choza, la vio pasar y sintió que esa encantadora muchacha había
flechado su corazón, también se sintió bendecido al ver semejante
belleza de mujer. De una manera impetuosa corrió detrás, decidido a
poseerla. La bella deidad al verlo se asustó mucho y se lanzó al río. Ahí
se sentía segura, sabía que nadie podía meterse sin su consentimiento.
Una tarde al caer el sol, se encontraba dándose un baño como de
costumbre debajo de la cascada y sin que se diera cuenta, el indio que
estaba indignado por el desprecio que le hizo sentir la diosa, se hallaba
178 | Purapalabra
entre los arbustos apuntándola con una flecha envenenada que no
dudó ni un minuto en lanzarla con furia hiriéndola por la espalda. En
ese instante el río se tiñó de sangre y la bella Flor antes de desaparecer
bajo el agua le dijo: Mientras que el mundo sea mundo y por este daño
que me has causado, vivirás en un mar de lágrimas más grande que un
río y nada de lo que ha de llegar a tu vida durará para siempre. Luego
cerró sus ojos y se fue hundiendo bajo el agua hasta desaparecer
definitivamente.
Nunca más en la tribu volvieron a saber sobre ella. Los indios de
más alto rango decidieron crear una escultura de barro cocido y dejarla
cerca de la cáscara, rodeada de flores muy coloridas para que todo aquel
que pasara por allí, al ver la imagen, la recordarían para siempre.
La llave mágica de Thomy
Hace mucho tiempo atrás, aproximadamente diez años, el padre
de Thomy, un leñador conocido en el pueblo como Don Alejandro,
iba todas las mañanas al bosque a cortar troncos con su hacha bien
afilada, para luego regresar cargado de leña para el hogar. Era época
de invierno, éste leñador, un día realizando su trabajo encuentra en el
bosque, cerca de donde estaba hachando, una caja muy misteriosa. Al
tocarla ve que se ilumina y se asustó pero la curiosidad fue más fuerte
y pensó por un momento en partirla con su filosa herramienta de
trabajo. Algo lo hizo cambiar de repente de opinión. Decidió abrirla
y al hacerlo encontró una llave con una forma extraña, parecía una
clave de sol. Cuando la agarra entre sus manos ve reflejado el rostro
de su hijo y sin dudarlo ni un segundo dijo:
–¡Es para Thomy!
Terminó su trabajo, recogió la leña y partió para su casa con la caja
debajo del brazo. Cuando entró a su hogar se dirigió primero que
Purapalabra | 179
nada hacía la habitación del niño, abrió con mucho cuidado la puerta
de la habitación, se dirigió hacia la mesa de luz y con sumo cuidado
guardó la caja debajo de la mesita. Pasó el tiempo hasta que una
mañana el niño a punto de cumplir doce años de edad, faltaban siete
días, y de noche no dormía de lo ansioso que estaba por que llegara ese
gran día y saber cuál sería su regalo. Todas las mañanas se despertaba
muy temprano, ansioso pensando y pensando hasta que llegó ese gran
día tan esperado. Esa mañana, por cosa del destino quizás, Thomy se
despertó muy tarde, casi cerca del mediodía. Al abrir sus ojos, encontró
muy para los pies de su cama una caja, enseguida pensó:
–¡Oh!, ¡mi regalo tan esperado!
Tomó la caja y la abrió. Al hacerlo se encontró con una llave, la
agarró y ésta comenzó a iluminarse de golpe, su brillo era intenso y
enceguecedor. El niño abrió grande sus ojos y escuchó una voz que le
dijo:
–Duérmete, mi pequeño!
De repente sus ojos se cerraron y el niño entró en un sueño muy
profundo. Comenzó a soñar que podía volar y que se iba elevando a
gran velocidad hacia los cielos entre medio de nubes blancas. Parecía
un viaje interminable pero placentero a la vez. El jovencito no sentía
temor alguno, al contrario, le provocaba mucha curiosidad y una
sensación de mucha paz. De repente llega hasta un hermoso lugar, era
un paraíso lleno de armonía y serenidad. En ese momento, una pe-
queña luz se le fue acercando más y más y a medida que se acercaba se
iba haciendo cada vez más grande hasta tomar la forma de una figura
femenina.
–Hola, ¿quién eres? –preguntó Thomy
–¡Ven, acércate más! –dijo ese ser luminoso con una voz suave y
dulce.
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Y cuando el niño lo hizo, vio que era su madre. Se puso feliz y con
sus ojos llenos de lágrimas le dijo:
–¿Pero, cómo puede ser, mamá?
Ella le respondió:
–Esa llave que encontraste para los pies de tu cama, yo misma se la
he hecho aparecer a tu padre en el bosque para que llegara a tus
manos hijo mío. Es una llave mágica que al tocarla te haría caer en un
sueño muy profundo y te traería hasta mí.
Thomy un poco asombrado y desconcertado le preguntó:
–Pero ¿por qué motivo?
–Hoy es el día de tu cumpleaños –dijo su madre– y ya que no
puedo estar presente todos los días contigo, utilicé este medio para
traerte hasta mí y poder darte un fuerte abrazo mi niño hermoso en
este día tan especial para ti. También quiero que sepas que, aunque te
deje de muy chiquito, por cosas del destino que algún día entenderás,
nunca te olvidé ni dejé de amarte con todas mis fuerzas, con todo mi
ser. Desde aquí arriba todos los días te miro y siempre estaré contigo
cuando me necesites.
Thomy la abrazó fuertemente y sintió como una fuerza extraña lo
traía de nuevo a su habitación. El niño despertó de golpe con una
sonrisa en su rostro, besó la llave dándole las gracias y la escondió
debajo de su almohada. Desde ese entonces, el niño cada mañana se
levantaba temprano lleno de alegría y acompañaba a su padre a buscar
leña al bosque. Ese lugar comenzó a significar mucho para él.
El aniversario
Julián terminaba un día muy agotador en la empresa, quería
desocuparse de su trabajo, estaba contento porque pudo acomodar
sus cosas, luego apagó su computadora, guardó sus carpetas, agarró
Purapalabra | 181
su maletín, saludó a su secretaria y se retiró de la oficina. Subió al
ascensor y revisó su celular mientras bajaba a planta baja. Se dirigió
hacia su auto y salió del edificio lo más rápido posible.
Mientras manejaba por la autopista llama a su mujer, ella lo
atiende y le dice que había llegado de trabajar y que estaba preparando
la cena. En el transcurso del viaje enciende la radio y estaban pasando
una canción que le hizo recordar su casamiento. Cuando eran jóvenes,
aquel viaje que hicieron juntos a Italia y que ella le pidió algún día
regresar.
Julián se detiene cerca de un negocio, baja a comprar un champagne
y una caja de bombones. Continúa su viaje, no quería llegar tarde
porque era una noche especial, cumplían cincuenta años de casados. La
tarde era crepuscular, el cielo estaba naranja, la mirada de él era
movediza pero en definitiva no miraba nada, se aflojaba la corbata que
nunca le gustó pero era la corbata que su mujer le había regalado.
Él ya estaba llegando, estaciona, pone la alarma, agarra los regalos,
busca la llave entre sus bolsillos y abre la puerta. Al ingresar a su casa
ella lo estaba esperando con la cena servida bajo la luz de las velas.
Mientras cenaban, hablaban y recordaban sus lindos momentos que
habían vivido desde que se conocieron, al terminar de cenar se
sientan en el sillón con una copa del exquisito champagne y mientras
brindan él saca un sobre y se lo entrega, le pide que lo abra, ella
accediendo a su pedido lo abre, suspira y cae entre sus brazos… ella ya
no despertó.
El espejo y el cuaderno
En la sala de la casona se encontraba un espejo grande de marcos
dorados, muy antiguo. A la dueña le gustaba mirarse mucho en él.
Debajo había un escritorio y sobre el mismo, un cuaderno con
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algunas hojas sueltas. Cuaderno que cada noche se abría, una mano
tomaba la pluma y comenzaba a escribir de una manera muy especial.
Aquellas hojas contenían sus emociones más profundas.
Por las noches se hacía visible su rostro en el espejo dejando correr la
tinta expresando su temor a envejecer, detallando sus mejores tiempos,
haciéndose visible el reflejo de aquella juventud que resplandecía. De
pequeña fue tan admirada que hasta sus mejores regalos eran casi
siempre espejos que la hicieran contemplar su extremada belleza a cada
instante. Por donde mirase había muchos de ellos, pero solo uno era su
favorito. Siempre que se miraba en él, se decía cosas hermosas, se
halagaba todo el tiempo, se admiraba por ser tan hermosa pero tenía un
gran temor y era envejecer. Jamás llegó a tener un hombre a su lado,
sentía que nadie era digno de poseerla, sus cabellos eran color oro y su
piel blanca como un terciopelo, su cuerpo era perfecto. De grande era
una dama con gustos muy refinados, muy pulcra y casi no salía de su
hogar para no mostrarse ante nadie. El ama de llaves al igual que las
sirvientas debían agachar la cabeza cada vez que la veían por la sala y
mantener cierta distancia. Ella vivía encerrada en su habitación,
admirándose todo el tiempo y convivía con ese temor, del cuál con el
paso del tiempo, no tardó en llegar. El tiempo pasó y fue envejeciendo
cada vez más hasta desaparecer. Desde ese momento su aparición se hizo
notar en el lugar. Según cuentan las sirvientas, la suelen ver sentada cerca
del escritorio y mientras se ve reflejada en aquel espejo viejo, todos sus
sentimientos de amor propio ytristeza se vuelcan sobre el papel.
Instrucciones
para asistir a un velorio
1º Para comenzar, si le avisan que falleció un amigo o un familiar
pregunte enseguida adonde lo velan y a que hora.
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2º Evite llegar muy tarde, hágase notar, pero tampoco llegue antes
que el muerto. Es mejor que él lo espere a usted.
3º Vístase con ropa muy colorida, cosa de sobresalir ante los demás y
no se olvide de llevar lentes oscuros así creerán que ha estado llorando
mucho.
4º Trate de mantener una cierta distancia con el féretro así podrá
observar con cierta claridad todo el teatro que hacen algunos familiares.
5º Observe que nunca faltará quien llore con sinceridad y quien
dramatice tirándose encima del cajón suplicando el perdón que nunca
se animó a pedírselo en vida al pobre difunto.
6º Esté atento con su cámara para filmar ya que de seguro puede
surgir alguna pelea o discusión entre los presenten reprochándose cosas
o peleándose por los bienes del muerto.
7º Puede acercarse al muerto si así lo desea, correrse los anteojos
oscuros y guiñarle un ojo, luego retirarse.
8º Y por último, salude a todos y si quiere imite algún que otro
llanto como para que piensen que también lo quería mucho. Después
despídase con la consciencia tranquila.
Por culpa de un sueñito
Como cada tarde, Jorge se despedía de su esposa para irse a trabajar.
Él era un hombre de cuarenta y cinco años, estaba casado con Andrea
de treinta y ocho, ya hace unos cinco años que vivían juntos en el
departamento del barrio de Belgrano. Ella trabajaba en una tienda de
ropas a unas pocas cuadras de su hogar. En cambio, él trabajaba para
una empresa de seguridad. Como no tenía vehículo propio debía salir
temprano para poder llegar a horario. Custodiaba una fábrica y era
muy respetado en ese lugar, todos lo querían menos su supervisor con
el cual llegó a tener algunos roces. Jorge tenía la apariencia de un
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hombre serio y de pocas pulgas, era de contextura física grandote y de
hablar muy poco, lo justo y necesario.
Un domingo cerca del mediodía, vino un grupo amigos a buscarlo a
su departamento para ir a jugar un partido de futbol. Él al principio
había dudado un poco porque sabía que más tarde tenía que entrar a
trabajar a las dieciocho horas, pero fue tanta la insistencia de sus amigos
que llegaron a convencerlo, la cancha de futbol quedaba a una hora de
viaje en auto. A las dos horas de estar jugando con sus amigos, se llegó a
dar cuenta que estaba sobre la hora y tuvo que retirarse del lugar, para
lo cual se cambió rápido, se puso la ropa de trabajo y salió corriendo a
esperar el bus que lo dejaba cerca de la fábrica. Mientras viajaba rumbo
al trabajo, pensaba:
–Menos mal que es domingo y no encontraría ni un alma dentro de
la fábrica.
Recién se tranquilizó cuando llegó al trabajo. Luego, había co-
menzado a anochecer, él había comenzado a cenar mientras miraba un
poco de televisión. Al rato recibe un llamado de su esposa dándole un
saludo de buenas noches y que estaba muerta de sueño entonces le
pidió que más tarde no la llamara por que ya se estaba yendo a dormir.
Hablaron unos minutos y él pensó, aunque no debía hacerlo, en
dormirse aunque sea media hora. También se sentía muy cansado por
haber estado jugando al futbol con los muchachos. El lugar estaba tan
tranquilo y sin los ruidos molestos que sentía en la semana, que todo se
prestó para que este muchacho se relajara demasiado, al punto que se
llegó a quedar dormido profundamente. Ya habían pasado más de tres
horas y él seguía disfrutando de su profundo y reparador sueño. En un
momento sintió entre dormido que le golpeaban el vidrio de la oficina
y que le tocaron el timbre tres veces, pero no se podía despertar del
todo hasta que lo hizo y cuando se asomó por la ventana vio que
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estaba su supervisor con cara de enojado mostrándole una nota que
decía: ¡a partir de hoy estás despedido!
La princesa que no tenía ojos
En el reino había nacido una princesa marcada por un destino que
la llevaría a no querer ver más en la vida. Nunca era desconfiada porque
su postura en la vida era la de creer mucho en los demás. Mezcla de
bondad, inocencia e ingenuidad.
Llegó a sufrir mucho porque nunca pudo conocer el verdadero
amor del que tanto se hablaba. Su padre, el Rey Estefano, le decía que
ya era el momento, que tenía que encaminar su vida al lado de un buen
hombre, que quería verla feliz. La doncella con tan solo 15 años, solo
sonreía sin emitir ni una sola palabra. Su rostro se ruborizaba frente a
las palabras de su padre, aunque en el fondo ella también soñaba con
encontrar a quien le hiciera conocer la felicidad. Alguien con quien
poder compartir la vida.
Todas las tardes salía a caminar cerca del castillo por un camino
empedrado, le gustaba mirar el paisaje y cantar bajito, cuando de
repente se cruzó con un joven muy apuesto de unos 17 años
aproximadamente, hijo de un militar muy nombrado en el pueblo. Las
miradas se cruzaron y cupido no tardó mucho en flechar el corazón de
ambos. En ese momento se miraron detenidamente por unos segundos
perdiendo hasta la noción del tiempo. Fue todo tan maravilloso. Él se le
acercó, comenzaron a hablar, ella no podía creerlo, de repente y como
un flahs en su cabeza se imaginó una gran fiesta toda vestida de blanco
casándose con el joven apuesto. Ella fue la primera en proponerle que
fuesen novios a lo cual el muchacho no dudó ni un minuto en aceptar
la propuesta. Se tomaron de la mano como si ya se conocían desde hace
tiempo y se fueron a caminar cerca de un río caudaloso. Ahí se dieron
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su primer beso y parecía que algo mágico los inundó de repente. Era
todo tan bonito, tan fantástico. Se despidieron y quedaron en verse
siempre al atardecer cerca de ese río. Así pasó el tiempo hasta que un
día la joven le confiesa a su padre que se estaba conociendo con alguien
del cual estaba muy enamorada. Su padre la abrazó con gran alegría y le
dijo que trajera al joven al castillo que además él era muy amigo de su
padre el General. Así fue como el joven comenzó a frecuentar el castillo
hasta que se casaron y comenzaron a vivir juntos. Todo era tan bonito,
tan soñando, tan perfecto. Al tiempo de estar viviendo con su amado,
una madrugada despertó y vio que él no estaba en su cama y la puerta
de la habitación estaba entre abierta. Esto le llamó mucho la atención a
la joven y se levantó rápido, se dirigió por el pasillo de la sala hacia la
cocina y lo encontró besándose con una de las sirvientas. Todas sus
ilusiones se derrumbaron en ese instante. Corrió a encerrarse en su
cuarto con lágrimas en los ojos. No podía creer lo que había visto. La
angustia se le hizo insoportable. Aquel hombre que le había jurado
amor eterno estaba con otra mujer y en su propio castillo. Al día
siguiente se separaron, él se fue y la sirvienta había desaparecido. Desde
ese día, todas las tardes se iba al bosque a llorar desconsolada, lejos del
castillo para que su padre no la oyera. El viento hacía silbar la copa de
los árboles y eso la tranquilizaba. Se sentía tan decepcionada y no podía
creer ni comprender la traición y las falsedades humanas.
Todo ese ideal bello y fantástico se le fue derrumbando a tal punto
que prefería estar sola y aislarse para no ser vista por nadie. Una noche,
su padre para alegrarla preparó una gran fiesta sorpresa. La joven
muchacha algo desconcertada se sintió un poco molesta, no entendía
bien el motivo de tal festejo. Su padre se le acercó y le dijo que esta
sorpresa era para quitarle un poco de tristeza a su rostro tan
desilusionado. Ella apenas mostró una sonrisa y se retiró. Cuando
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estaba por subir las escaleras hacia su habitación una mano la agarra
del hombro y la invitó a bailar. Se quedó tiesa. Al darse vuelta y mirarlo
se sintió flechada otra vez por un hombre tan galante que seducía con
su mirada y con su forma de hablar. Era alto, rubio y de buen porte. Esa
noche sus miradas se compenetraron mutuamente, sintió, al menos
ella, que eran el uno para el otro. Sintió ganas de volver a enamorarse,
de volver a creer. No pudo evitarlo y lo besó con tanta pasión. Este
hombre le habló al oído diciendo que la esperaría al día siguiente en el
bosque. Que ahí sería un buen lugar para dialogar y conocerse mejor.
Al día siguiente ella fue al encuentro. Al llegar vio que él todavía no
tenía llegado. Lo espero hasta cerca del medio día pero jamás apareció.
Otra vez se sintió decepcionada y con rabia. Los pájaros se le acercaban
para saludar las lágrimas vertidas por el corazón desgarrado de la
princesa que no paraba de derramar.
Y así transcurrían los días y ella cada vez más convencida de que
jamás sería querida por nadie. Una noche se arrodilló en su habitación
frente a su ventana y le pidió tanto a Dios que sanara su corazón herido
y maltratado. Esa suplica calmó su angustia por esa noche. La joven no
era plenamente consciente de la realidad que le tocaba vivir. Una parte
de sí misma no quería dejar de creer en la ilusión y en el amor. Seguía
sosteniendo la idea de encontrar un verdadero amor que le diera toda
esa felicidad tal como su padre quería. Una tarde salió rumbo al
bosque. Para llegar hasta allí tenía que pasar siempre por el pueblo. En
un momento ve que se detiene un carruaje que pasaba por ahí y baja
un caballero muy apuesto, con un rostro seductor, vestía un traje
oscuro, guantes blancos y una galera. Ella lo miró de costado este
hombre le sonrió y de una manera muy cortes la invitó a dar un paseo
en el carro. Por un instante la princesa dudó, se quedó congelada pero
su deseo pudo aún más y terminó aceptando la propuesta. Veía en él
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a un hombre bueno, educado, respetuoso, muy caballero y distinto a
los que llegó a conocer anteriormente. Mientras viajaban ella le
preguntó de dónde venía y notó que este hombre la miraba mucho
pero no le respondía ni una sola palabra. Cuando estaban pasando por
el bosque ya muy lejos del pueblo este hombre le hizo una seña a su
chofer y el carruaje se detuvo. Ella algo asustada le preguntó qué era lo
que sucedía. Porqué se habían detenido ahí. Este hombre le ordenó
que se callara e intentó abusar de ella, la tocó por todos lados. La joven
comenzó a gritar y entre tanto forcejeo logró escapar de ese lugar.
Corría y corría sin que nadie pudiera socorrerla. Era tanto el temor y la
desesperación por huir que sin darse cuenta tropezó con una rama que
estaba en el camino y cayó al piso golpeándose la mandíbula. Una
mezcla de sensaciones y sentimientos horribles pasaron por su cabeza
hasta pensó en suicidarse en ese preciso momento. Se levantó como
pudo y continuó corriendo con gran temor. Algo mareada y atontada
por el golpe. Mientras iba pasando por un camino no muy lejos del
castillo vio un árbol de espinillo de color verde pardo oscuro lleno de
espinas puntiagudas. Entre tanta decepción, tristeza y amargura, sin
pensarlo mucho arrancó como pudo dos espinas y se las enterró en sus
ojos con tanta furia.
Al atardecer fue encontrada por uno de los guardias. Su padre al
verla toda cubierta de sangre le preguntó qué era lo que le había
sucedido para lo cual la joven respondió que había sido ella misma
quien tomó esa decisión. Que estaba tan decepcionada con los
hombres que tomó la decisión de no volver a ver a ninguno más en su
vida. Su padre al oírla cayó de rodillas.
Confesiones de un alma vagabunda
David estaba terminado el último año del secundario. Le faltaban
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dos meses para finalizar. Era un alumno muy aplicado. Siempre fue
muy sociable y amigable. Se llevaba bien con todos sus compañeros. En
especial tenía una gran amistad con Richard y Franco, sus más grandes
amigos. Compinches, confidentes y hasta se trababan todo el tiempo
de hermano. Richard era apasionado por las películas de terror, Franco
era más del deporte le encantaba jugar rugbier los fines de semana.
David era muy curioso, le gustaba saber de todo un poco y le
encantaba leer cuentos policiales. También coleccionaba gran variedad
de perfumes y salir a cenar casi todos los fines de semana solo o
acompañado. Tenía un hermanito de ocho años que pronto cumpliría
años por lo cual venía pensando en pasar por la juguetería y comprarle
algún camioncito o autitos de colección.
Pronto llegaría el fin de semana y ya estaban con todo el preparativo
para el festejo del pequeño Alan. Apenas faltaban tres días. David
pensando en ir a la juguetería se le ocurre llamar a Richard para que lo
acompañe. El cual no tardó en llegar ya que vivía a unas pocas cuadras
de la casa de él. De ahí se fueron juntos. Al llegar al lugar se quedaron
fascinados por ver la gran cantidad de juguetes. Uno más lindo que
otro dijo Richard. David le respondió que esta vez se había encontrado
con más variedad de juguetes que el año pasado. Ambos estaban
embobados.
–Hacía mucho que no pisaba una juguetería tan grande –dijo
Richard
Para lo cual David respondió: yo vengo todos los años desde que
nació mi hermanito.
Comenzaron a mirar todo lo que había en el lugar. En un momento
algo le llama la atención al amigo de David y se dirige hacía un sector
donde se encontraba una caja grande con un juego extraño. En la caja
estaba escrito “Ouija”. Richard algo conocía sobre ese juego ya que lo
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había visto en alguna que otra película. Lo llamó a David y le preguntó
si le parecía buena idea llevársela y probarla juntos. Para lo cual este le
respondió que no sería mala idea. La curiosidad siempre le ganaba.
Quedaron encantados con ese juego extraño. Luego David le compró
una colección de autitos para su hermano menor y se retiraron del
lugar.
Al día siguiente, un viernes precisamente, arreglaron por mensaje de
texto para encontrarse por la noche los tres en la casa de Débora, una
amiga en común de Franco que por cierto conocía mucho del tema. A
Franco le costó convencerlo pero terminó aceptando la propuesta de
reunirse a jugar con este tablero misterioso. Cuando llegaron al lugar la
chica los estaba esperando en la puerta de su casa junto con Marcos. Se
saludaron y con prisa entraron. Débora los hizo subir por las escaleras
hasta su habitación en donde tenía todo preparado. El olor a incienso
invadía por toda la habitación. Se sentaron todos en ronda con las luces
apagadas, solo iluminaban el lugar un montón de velas blancas que se
encontraban en una especie de altar para los pies de la cama. La
muchacha antes de abrir el juego comenzó a explicarle a los tres
muchachos que deberían permanecer tranquilos y en silencio y que
pase lo que pase ninguno podía retirarse del lugar hasta no terminar
con el juego. Que ella misma se ocuparía de empezar a jugar. Así lo
hizo. David estaba muy ansioso por ver que sucediera algo raro.
Richard estaba algo nervioso y Marcos otro tanto. De repente un frío
empezó a sentirse en el lugar. Uno de los jóvenes quiso hablar y Débora
lo hizo callar enseguida. Les pidió que hicieran silencio que algo se
estaba acercando, lo estaba sintiendo en su cuerpo. Comenzó a helarse
toda y a temblar hasta por un momento parecía no respirar. En el
momento que una de las velas se apagó ella se inclinó hacia adelante
rápidamente, su rostro estaba cubierto por todo su cabello largo y
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lacio. Emitió un sonido raro por la boca, como un quejido. Los tres
muchachos estaban muertos de miedo. De pronto la joven levantó un
poco su cabeza y empezó hablar con una voz algo extraña como
desdoblada:
–Ustedes me han llamado– dijo esa voz en el cuerpo de la
muchacha– no tengan miedo, por esta vez tuvieron suerte no vengo a
hacerles ningún daño, pero ya que estoy aquí quiero que escuchen
atentos lo que les voy a contar:
–No saben lo que he sufrido al dejar este mundo. Mi espíritu
retenido por los lazos materiales tuvo gran trabajo de desprenderse de
aquel, lo cual fue una primera agonía. Vivía aferrado a lo material que
la vida me había dado. La vida que dejé a mis veintitrés años era todavía
tan fuerte en mí que no creía que me iría tan pronto de este mundo.
Hace una pausa…
–Buscaba mi cuerpo y estaba sorprendido y espantado de verme
perdido en medio de una multitud de sombras. Una luz implacable
iluminó los secretos más profundos de mi alma que se sintió desnuda y
después sobrecogida por una vergüenza tan grande. Recordé todos los
errores cometidos por mi inmadurez, los caprichos y las desobediencias
a mis padres ya que no me importaba nada. Vivía escapando de todo y
de todos. Mi alma también intentaba escapar aferrándose a los objetos
que ya no me pertenecían. Algunos seres de luz flotando en el aire me
daban la idea de una dicha a la que no podía aspirar. Sombras frías y
desoladas, tristes y desamparadas pasaban pasaban cerca de mí. Otras
irónicas o furiosas se deslizaban a mi alrededor. Veía a los humanos que
me ignoraban. Sentía una sensación desconocida. Las hermosuras de la
naturaleza ni los esplendores celestes podían calmar ni un instante la
amargura de mi consciencia ni todo el espanto que se me revelaba. He
pasado un tiempo del cual no puedo apreciar mucho, detestando
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toda oscuridad que me perseguía y envidiando el esplendor de los que
eran elegidos.
En fin, ustedes me han llamado y por primera vez, un sentimiento
tierno y dulce me calmó. No necesitan comprender este momento.
Mejor intenten comprender y valorar la vida, ser mejor cada día.
Prometan no volver a tocar este tablero. Hoy tuvieron suerte de que una
pobre almavagabundavinieraacontarles todas sus penurias. Adiós.
La Cocinera
En el viejo restaurante de aquella ciudad, donde cada día se llenaba
de gente gustosa por ir a comer, ya que la comida era muy exquisita.
Había días en loa que no daban abasto con tantas mesas para atender.
El restaurante se encontraba en una zona céntrica de la ciudad de
Madrid. Un lugar muy transitado por muchos turistas.
Un día el cocinero cansado decidió renunciar, no quería seguir
trabajando más en ese lugar. El dueño le suplicó que no se fuera pero
no hubo caso. Estuvieron varios días sin cocinero. El lugar se estaba
viniendo abajo hasta que una tarde uno de los empleados recordó que
conocía a un avieja cocinera que vivía a solo unos pocos kilómetros, no
muy lejos de la ciudad y si bien se lo comunicó al dueño del lugar, éste
no dudó ni un minuto en mandar a llamarla.
Al comunicarse con ella arreglaron para que fuera sin falta al día
siguiente, que la necesitaban urgente. Esa misma noche la mujer
preparó sus dos valijas y dentro de ellas puso varias bandejas de metal
con comida, las llenó y al amaneceré partió rumbo al restaurante. En el
lugar habían puesto un cartel que decía “tenemos cocinera”. Al rato la
gente comenzó a llegar. Los empleados le dijeron al dueño que no
sabían que preparar ya que todavía no se encontraba la cocinera nueva.
Estaba un poco demorada por el tráfico.
Purapalabra | 193
La gente comenzaba a pedir. Los mozos con tal de entretenerlos le
traían copas de vino que se las ofrecían como invitación de la casa. En
cuanto llegó la cocinera ordenó que encendieran el horno, abrió sus
dos valijas y comenzó a sacar las bandejitas de metal y las puso a
calentar. Los empleados se quejaron con el dueño diciéndole que la
cocinera nueva no quería cocinar y que ya había traído su comida
preparada. La gente ya se estaba poniendo molesta de tanto esperar y
comenzaban a hacer el pedido por segunda vez mientras disfrutaban de
ese buen vino. El dueño del lugar dijo que ya no había más tiempo, que
la gente comiera de esa comida que trajo la vieja cocinera. En todo caso
si se llegaban a quejar, les pediría disculpas por parlante.
Los mozos comenzaron a servir la comida de la cocinera, para
entonces ella se tenía marchado. La gente abrió la bandeja y empezaron
a comer sin ver lo que había dentro. Algunos después de probar hasta
pedían más. La gente se sentía muy conforme. El dueño al ver la
reacción tan favorable de la gente, fue a preguntarle a la cocinera que
era lo que había preparado, para ese entonces, ella ya se tenía marchado
de lugar y no volvieron a verla nunca más.
Ese hombre extraño
Toda su vida era un enigma. Su comportamiento era extraño,
demasiado se podría decir. Vivía en un departamento desde hace un
par de años, pero nadie sabía bien quién era, qué hacía, a que se
dedicaba, cuántos años tenía ni de dónde venía. Apenas hablaba muy
poco con el portero de vez en cuando, aunque otras veces entraba y
salía del lugar sin saludarlo. A veces conversaba y le contaba que
todas las noches venía una mujer mayor vestida toda de negro y con
un bastón a hacerle compañía pero el portero que siempre se
quedaba hasta muy tarde nunca veía entrar a ninguna mujer con esas
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descripciones. Otras veces también le decía que él era medico pero
que casi no hablaba para resguardar su profesión, otras veces decía
que era enfermero y hasta llegó a decir que era dueño de un
hospital muy conocido en la ciudad pero que debía resguardar su
nombre. Otra de las cosas que llamaba mucho la atención es que
cuando salía del departamento, iba por la vereda hablando solo,
parecía que siempre estaba con alguien, se le escuchaba decir con un
tono de voz fuerte:
–Ahora sigo órdenes. No, nunca digo lo que pienso, solo te
obedezco. Mi cabeza no me deja tranquilo quizás pide ser
escuchada. Mi corazón retumba y esas voces que me gritan y me
confunden. Será mi silencio por que cuando él se manifiesta las
voces se escuchan con mayor intensidad, con mayor energía, no se
esconden en los ruidos cotidianos.
Y se larga una carcajada. Extraño y misterioso, mezcla de
hombre culto y delirante. Vestía siempre un traje azul, zapatos
negros llenos de tierra y un maletín viejo. Salía siempre temprano y
regresaba casi a la noche a encerrarse. Los vecinos del edificio
intentaron un par de veces acercarse y hablarle, pero notaban en él
una mirada perdida, y no había caso no les dirigía la palabra.
Únicamente lo hacía con el portero. Su mirada fuerte, su rostro
serio como una piedra ante la mirada de otros. Había gente que
cuando lo veía por la calle se cruzaban de vereda. Este hombre en
verdad asustaba.
En fin, lo que nadie sabía es que llevaba una tristeza muy grande
en su alma y se encontraba medicado. Su cabeza no estaba bien y de
vez en cuando el delirio se apoderaba de él. Una tarde lo vieron salir
del edificio con una gran valija. El portero medio sorprendido
pensó que a lo mejor se iba de viaje a alguna parte. La realidad fue
Purapalabra | 195
que se dirigía a internarse junto con su penosa soledad delirante en
aquel viejo hospital psiquiátrico que desde hace un tiempo lo estaba
esperando y fue así como emprendió su partida.
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Mirian Falcón
Pies descalzos
Amanecía y el panorama era completamente distinto no era lo mis-
mo observar las calles iluminadas por las tenues luces de los faroles, el
barullo prolongado de los transportes abriéndose paso ante el mundo
que comenzaba a despertar, vendedores ambulantes emprendiendo la
ardua lucha por las subsistencia. Sin dudas, nadie se imaginaba ese
mundo en las penumbras de la noche y del amanecer.
Sólo los que viven en las calles, los linyeras, los sin techos, ellos sí sa-
bían, y a veces el peligro los circundaba, y había que luchar para seguir
viendo la luz del día siguiente.
Braian conocía ese mundo a la fuerza cuando decidió abandonar su
hogar cansado del maltrato de su padrastro y de ver cómo este ultrajaba
a su hermana cuándo llegaba por las madrugadas borracho, desgarbado
y desgreñado. Con tan solo quince años conocía demasiado bien el
suburbio y la ciudad. De vez en cuando recordaba el rostro de su
madre, la recordaba entre llanto humillada y maltratada.
Poniendo su cuerpo como barrera para amortiguar los golpes del
condenado de su padrastro defendiéndolos de los golpes a él y a sus
hermanos.
Eran cinco, Braian era el mayor, Hugo, y Cinthia y el más pequeño
Franco de tres añitos en aquél entonces. Ya habían pasado casi tres años
desde su huída, la calle no era fácil a veces se refugiaba en algún parador
otras veces en los baños de la estación y otras en el refugio.
El "viejo José", como lo llamaban, estaba muy viejo, muchos años
Purapalabra | 197
de experiencia en la calle avalaban su existencia y Braian se había enca-
riñado con él y él viejo también lo apreciaba. De no haber sido por el
viejo, Braian quizás no hubiera podido contar su historia pues el viejo
lo cuidó siempre.
En la calle se ganaba poco casi nada, el hambre era mucha a veces y
era común escuchar murmurar las tripas en esos días. Los pies descalzos
era común de ver a veces salvo que en el revoltijo de la basura se encon-
trara algún par de zapatillas o que en las salidas a pedir casa por casa los
que tenían más le regalaran algunas. Algunos era generosos otros ape-
nas se acercaban o directamente contestaban desde el portero eléctrico
temerosos de ser asaltados. A veces también iba el Roque, otro amigo
de la calle que Braian apreciaba mucho.
El Roque ya estaba curtido y jugado, lo decía él que a veces en la
desesperación del hambre y la miseria se hacía dueño de lo ajeno, aba-
lanzándose en las penumbras de la noche sobre algún transeúnte.
Si lograba escapar de la yuta (como solía llamar ala policía) com-
partía con Braian un almuerzo suculento. Pero un día las cosas cam-
biaron en la vida de Braian pronto cumpliría dieciocho y el viejo José y
el Roque le prometieron festejarlo los tres juntos en un restaurante. Un
día antes compartieron una charla los tres en el refugio sonreían con-
tando anécdotas del día, de sus vidas.
El Roque tenía veintitrés años y hacía seis que vivía en la calle siem-
pre soñaba con tener mucho dinero y comprarse una casa y juraba
cumplir ese sueño. El viejo José, en cambio se encontraba cansado y so-
lo se preocupaba por sobrevivir el dia a día.
Esa noche en el refugio tomaron un tetrabrik, sonreían felices, pla-
nearon el festejo del cumpleaños de Braian. Nada dejaba entrever que
sería la última velada que compartirían juntos.
Los refulgentes rayos del sol despertaron a Braian la cabeza le pesa-
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ba. Se incorporó apesadumbrado en el colchón sucio y andrajoso, esta-
ba solo. Recordó que habían acordado reunirse por las noches para
festejar su cumpleaños y salió a conseguir unos pesos para poder apor-
tar en los gastos del restaurante.
Comenzó a caminar y se detuvo frente a la vidriera de la zapatillería
de la esquina. Había un par de zapatillas que le gustaban.
–¿Te gustan? –escuchó la voz de el Roque a sus espaldas–. Yo te las
voy a regalar –le dijo a Braian, que se quedó mirándolo atónito hasta
verlo perderse entre el tumulto de la gente, sonriéndole y guiñándole el
ojo.
Durante el día logró juntar unos pesos ayudando a cargar las bolsas
a algunas mujeres mayores que vivían en frente del supermercado.
Al atardecer regresó al refugio pero no vio ni al Roque ni al viejo
José, quizás tardarían en llegar, se consoló. Decidió esperarlos, hoy era
un día especial, era su cumpleaños. Se escuchaba a lo lejos el ulular de
las sirenas, tal vez de varias patrullas policiales. Cada vez parecían acer-
carse más y luego se escucharon varios disparos.
Se le vino a la mente la imagen del Roque y del viejo José y se dis-
puso a ir a buscarlos. Las sirenas de las patrullas policiales estaban cada
vez más cerca. Algo pasaba, se dijo.
Antes de llegar a la esquina se escucharon gritos y más disparos, uno
de los linyeras que paraban en el refugio lo abordaron en el camino
dándole a Braian la más dura noticia de su vida: el Roque y el viejo José,
fueron perseguidos por la policía. En medio de los disparos sólo uno
había podido escabullirse y huir entre los túneles del subte. Braian no
terminó de escuchar la noticia que salió corriendo hacia el lugar don-
de de donde venían los disparos y se encontró con una terrible escena.
Una multitud en el lugar, entre ellos policías uniformados y en el suelo
yacía el cuerpo abatido del delincuente.
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Trató de abrirse pasó pero habían vallado el lugar, custodiado por
guardias policiales que prohibían avanzar. Tenía que saber de quién era
aquel cuerpo abatido si de el Roque o del viejo José.
Varios periodistas de canales de televisión estaban presentes en el
lugar, los flash de los fotógrafos lo encandilaban. Debía encontrar un
buen argumento para que le permitieran llegar hasta el cuerpo.
Se acercó a uno de los guardias policiales haciéndose pasar por un
pariente del delincuente abatido y logró convencerlo, pero debía pro-
meter retirarse rápidamente para que la policía científica pueda hacer
su trabajo. Así lo prometió y cuándo uno de los agentes destapó el ros-
tro del delincuente, Braian pudo reconocer al viejo José con la mirada
perdida y ausente, abatido...
Un profundo dolor le atravesó el pecho y recordó al Roque. Se
abrió paso entre el tumultuoso grupo y corrió hacia el túnel del subte,
sabía dónde podría estar el Roque, conocía su escondite. Y allí lo en-
contró, con la cabeza apoyada en la pared, ensangrentado, agonizando,
con la muerte reflejada en sus ojos. Cuando lo vio le sonrió, era como si
lo hubiera estado esperando.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo, el alma el Roque agonizaba pero
logró en una última mirada señalarle un bolso y un paquete. Antes de
apagarse le sonrió y balbuceó:
–Es tuyo, es mi regalo de cumpleaños.
El tiempo parecía una eternidad, tomó el paquete lo revisó y allí es-
taba el par de zapatillas que durante la mañana el Roque lo vió mirar
embobado en la vidriera.
De repente reaccionó, debía marcharse del lugar. Guardó las zapa-
tillas y miró por última vez a su amigo el Roque, estiró sus manos y
cerró los párpados abiertos de aquellos ojos ausentes.
Las lágrimas le nublaban la vista y enjugándose los ojos empezó a
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correr por el túnel. Debía conseguir un lugar donde pasar la noche,
donde pudiera planear qué haría con aquel bolso y con su vida.
Grande fue su sorpresa al ver tantos billetes. En un segundo su vida
cambió. Había perdido a sus amigos, a ellos, que nunca olvidaría. Esa
noche durmió de manera interrumpida. Todo parecía ser una pesadilla
y a la vez un gran sueño que lo cambiaba todo. Recordó a sus herma-
nos, a su madre, y pensó que quizás era el momento de regresar, de ol-
vidar aquella vida en la calle, de volver a empezar, y se lo debía al Roque
y al viejo José.
Mientras se dirigía a tomar el tren pudo leer en los puestos de dia-
rios el titulo de la noticia del día:
“DOS DELINCUENTES ABATIDOS TRAS ASALTO A UN
SUPERMERCADO, UNO ESTÁ PROFUGO”.
Lo que significaba que aún no habían encontrado el cuerpo del
Roque. El viejo José y el Roque lo habían planeado todo.
Debía marcharse lo más pronto posible y así lo hizo. Mientras via-
jaba iba recordando sus aventuras en aquellas calles junto a sus amigos,
parecía verlos sonreír y así los recordaría. Se lo prometió a ellos y así
mismo.
Cuando llegó al barrio paterno reconoció la pequeña casa que una
vez fue su hogar. Los niños correteaban por las veredas, curiosos, al
igual que los vecinos. Abrió el portón y se encontró frente a frente con
su madre, se dieron un fuerte abrazo y luego a sus hermanos. Su pa-
drastro ya no estaba en la casa sino preso por haber embarazado a una
de sus hermanas. Ella cargaba en sus brazos a su pequeño hijo.
Braian compró una casa mucho más grande y se mudó con su ma-
dre y sus hermanos. Por fin dormía en una cama, por fin ahora tenía
un hogar.
Solía recordar a sus amigos en algunas ocasiones reunidos en familia
Purapalabra | 201
y después también a sus dos hijos a los que llamó Roque y José en ho-
nor a sus amigos perdidos.
Entre luz y sombras
Marcos y Pablo eran muy buenos amigos y pareciera que ese lazo
nunca se rompería, hasta que un día el destino fraguó en sus vidas dis-
tintas sendas, cuando ambos corrieron la suerte de enamorarse nada más
ynada menos que de la misma mujer.
Era un día primaveral, el cantar de los pájaros invitataba al comienzo
del nuevo día. Graciela, hermosa muchacha, hechizó a ambos amigos
con su inmaculada belleza, sólo que Marcos fue el único que dio a cono-
cer sus sentimientos y ante la confesión de su amigo, Pablo prefirió aho-
gar en el silencio aquél amor que se tornó prohibido, tormentoso.
El romance de Marcos y Graciela prosperó, Pablo los apadrinó en el
matrimonio. Ese día, frente al altar, su mundo se derrumbaba al ver en-
trar a la dueña de su amor vestida de blanco. Tomándola del brazo la
condujo hacia aquel hombre nervioso y feliz, esperando el encuentro
para sellar su amor en el sagrado matrimonio.
Cuándo llegó al altar sintió que la desesperación le carcomía el alma
al ver cómo su amada feliz miraba a su futuro esposo, a pasos nomás de
él y sin poder hacer nada que impidiera esa ceremonia. Hubiera sido
mejor la muerte certera que aquella agonía. Las palabras del sacerdote
parecían hacerse eco en sus oídos y mientras tanto, Pablo imploraba al
Cristo Redentor misericordia para su corazón herido y agonizante ante
aquella ceremonia que parecía eterna.
Después de aquel día, Pablo nunca volvió a ser el mismo. Se sentía
desgraciado y había tomado distancia de Marcos. Se lo solía ver
desgarbado, taciturno, en algún bar, ahogando sus penas en el alcohol o
buscando consuelo en los brazos de alguna mujer de la noche.
202 | Purapalabra
Ni el tiempo transcurrido ni la distancia había sido suficiente para
erradicar aquel amor, entonces decidió hacerle frente a aquella situación
irreversible.
Cuándo prendió el contestador automático escuchó claramente la voz
de Marcos invitándolo a conocer a la pequeña Angela, fruto del amor con
suesposa.
Un profundo dolor le atravesaba el pecho, el alma, el corazón. Los
sentimientos se volvían tempestades e inmerso en el deseo pujante y
enardecedor de aquel amor, como una obsesión, un capricho, se sentía
cansado yade abatirse contrasímismo.
Esa misma tarde fue a visitar a Marcos y a conocer a Angela. Esa misma
tarde en la que la vida daría un vuelco que cambiaría para siempre el
destino de todos, pero sobre todo de la pequeña Angela, porque aquí es
cuándo comienza realmente la historia que marcaría para siempre su
existencia.
Sintió alegríade veraMarcos quien lo recibió con un profundo abrazo
y haciéndole reproches por su larga ausencia, lo invitó a pasar. Marcos
llamó con alegría ante su visita a Graciela, quien apareció con la pequeña
entre sus brazos. Pablo quedó absorto, petrificado ante aquél rostro
lozano y tan bello de la muchacha. Marcos sonriente tomó a la niña y se la
entregó a Pablo, quien la meció sigilosamente, el parecido a Marco era
extraordinariamente increíble y sintió celos, rabia, envidia, esos
sentimientos que pueden hacer en un ser humano impredeciblemente
capazde cualquiercosa.
Pablo comenzó a frecuentar la casa de Marcos y Graciela. Pronto supo
los horarios que marcos regresaba de trabajar y así comenzó a tramar su
morboso plan.
Trataría de conquistar a Graciela, podrían ser aunque sea amantes, con
eso se conformaba y pronto se lo propondría, sí, estaba dispuesto a dar
Purapalabra | 203
riendas sueltas a aquella enardeciente pasión. Se preparó como lo hace
un galán en su primera cita, bañándose por poco en perfume y salió con
pasos apresurados.
Tocó timbre, cuándo la puerta se abrió se encontró con el rostro de
Graciela con la pequeña en brazos pero solo posó la mirada en la mu-
chacha. Se inclinó para saludarla con un beso, esquivándole la mejilla y
rozándole con su boca los labios, Graciela rechazó de inmediato aquél
acto traicionero de Pablo.
En el rostro de la muchacha se reflejaba la ira, el enojo observándolo
con estupor, y con tono exultante le ordenó que se retirara y que solo
fuera de visitas cuándo se encontrara su esposo. Pablo la observaba, sus
ojos decían lo que su boca callaba durante tanto tiempo. Ése rechazo fue
como un golpe certero en su corazón desdichado y herido ante aquél
fracaso de su conquista abandonó el lugar, aturdido yabrumado.
Pero no se quedaría todo en la nada volvería y llevaría a cabo su cruel
venganza, que tramó paulatinamente esa misma noche entre copas y
copas, con el espíritu endeble ante aquél embate.
Esa mañana se levantó muy temprano y se dirigió hacia la agencia de
viaje y sacó boleto solo de ida con destino a Buenos Aires. Despechado y
totalmente decidido regresó a la casa de Marcos con una sigilosa estrate-
gia lograría su cometido.
Cuándo Graciela abrió la puerta Pablo se apresuró a excusarse argu-
mentando que estaba totalmente avergonzado por lo sucedido y que
solo venía a despedirse de la niña ya que por problemas laborales tendría
que viajar de urgencia.
Graciela le señaló la habitación donde estaba la niña, y continuó
con sus quehaceres domésticos con total indiferencia.
Pablo se acercó con prudencia hacia la cuna encontrándose con la
pequeña totalmente dormida, la tomó con precaución entre sus
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brazos y escabulléndose sigilosamente logró salir de la casa sin que
Graciela se diera cuenta de aquél aberrante acto de venganza.
Cuando llegó a su departamento Pablo depositó dócilmente en su
cama a la pequeña, quien lo observaba ya despierta y notó en esa mirada
la misma mirada de Marcos esa que seria su condena hasta el último día
de su vida, reprochándole en su conciencia misma como una sombra
acechándolo de por vida.
Preparó con rapidez los bolsos y cuándo terminó pidió un taxi para
que lo llevara al aeropuerto. Estaba nervioso hasta que no subió al avión
no logró tranquilizarse.
Había tramado aquella venganza como una forma de castigar a la
mujer que amaba pero de la cuál solo había recibido indiferencia y
desprecio sin pensar que esa venganza sería su sombra y la de Angela,
quien creció con la creencia de que su madre la había abandonado,
anécdota que Pablo había inventado lleno de despecho yrencor.
Treinta años después Pablo agonizaba llevándose consigo mismo
aquél secreto a su propia tumba.
Ángela se encontró sola y quiso conocer a aquella mujer que la había
abandonado en un mundo donde la tecnología y las redes sociales
avanzaban de manera pujante ytodo lo hacían posible.
Una amiga le habló de un grupo que funcionaba en Internet, donde
se inscribían aquellas personas que buscaban su origen y decidió
inscribirse.
Las emociones se entremezclaban en una lucha donde los
sentimientos se debatían entre luz ysombras.
No tenía ningún dato sobre aquella mujer, solo que vivía en
Formosa, pero agregó el nombre y apellido de Marcos y adjuntó al dorso
una vieja fotografía yuna actual, en las dos estaba junto a Marcos.
Grande fue su asombro aquella tarde en la que sonó el teléfono.
Purapalabra | 205
Una voz detrás del tubo le revelaba el éxito de aquella búsqueda, un
señor que decía ser su tío le comunicaría con su supuesta madre.
La noticia había llegado a los oídos de Graciela, esa niña que aquél
canalla había arrancado de sus brazos la buscaba. Ésa niña que le habían
hecho creer que había fallecido vivía.
El hermano de Graciela había capturado las fotografías y se las
mostró a Graciela, quién no tuvo dudas al ver el gran parecido a Marcos
en el rostro de Ángela y el rostro imborrable de aquél canalla en la
misma foto.
Ángela y Graciela se comunicaron por teléfono y así Ángela conoció
su verdadera historia, su verdadero origen, su madre no la había
abandonado y entre llanto le confesaba la forma en la que Pablo se había
vengado. Ése hombre que Ángela creyó que era su padre no lo era y lo
peor, se había llevado aquél secreto, a su tumba.
¿A quién le haría reproches si el culpable de su desgracia ya no estaba
en este mundo? Graciela y Ángela planearon su encuentro donde no
solo conocería a su madre sino también a su verdadero padre.
Pero el destino parecía ensañarse en alejar aquellas vidas, porque al
mismo tiempo de encontrarse Graciela tuvo que viajar a su provincia
natal a visitar a su hermana enferma, y ese reencuentro quedó
postergado. Como deuda del destino donde se debate entre luz y
sombras, la verdad, la mentira, el engaño yla traición.
Es que quizás el tiempo fue demasiado cruel y dejó adormecidas
entre aquellas sombras, la voz de la propia sangre.
Ella sabía lo que era amar
En lo más profundo de su soledad ella solía reencontrarse consigo
misma. Su paz interior la desnudaba completa, serena, sumisa aferrada a
un solo deseo el verlo llegar, indiferente ajeno a ese sentimiento que ella
206 | Purapalabra
sentía por él. Solía quedarse extasiada allí detrás del vidrio de su ventana
como un ángel guardián velando por sus más remotos pensamientos.
Las campanas de la iglesia repicaban lejanas y en su ausencia ella soñaba
despierta con ese amor tan anhelado pero a la vez tan prohibido...
El tiempo comenzaba a dejar huellas en su rostro y surcos en su ser.
En cada cuenta del rosario él estaba presente y cada encuentro era una
plegaria. Debía conformarse con palabras que no eran más que falsas
promesas y con caricias que eran tan solo migajas de amor, caricias que le
estremecían el alma ydesnudaban sus más profundos sentimientos.
Ella sabía lo que era amar cuando detrás de cada desengaño solía
sentir el amargo sabor del llanto eterno y resignarse con la más minima
esperanza de un milagro, que trajera hacia ella la certeza de que su amor
llegaría a ser algún día correspondido.
Sin más consuelo que verlo todos los días detrás de aquél cristal.
Laura de la Noche
María Rosa, trabajadora incansable, madrugaba todos los días para ir
a trabajar y darle la mejor educación a sus hijas. Con sólo 2º grado de
primaria, apenas habíaaprendido aleer.
Allí, en Misiones, su provincia natal, tuvo que salir a trabajar desde
niña en la cosecha de té. Había enviudado joven ytuvo que hacerse cargo
de la crianza de sus tres hijas, dos ya se habían casado pero aún le quedaba
soltera la menor de dieciséis años, hermosa, tan hermosa como una
muñeca. Yeso a veces la preocupaba ya que había decidido abandonar los
estudios yhabíamuchos pretendientes dando vueltas.
Un día en el trayecto hacia su trabajo vio un cartel donde se solicitaba
empleada joven para niñera con cama adentro, María Rosa hubiera pre-
ferido que Laura terminara los estudios pero ésta no demostraba dema-
siado entusiasmo y no había forma de desistiera de la idea de
Purapalabra | 207
abandonarlos. Pensó que ese no sería un trabajo sacrificado y quizás con
el tiempo se decidiera a continuar. Anotó la dirección y se dirigió al lugar.
Una voz de mujer respondió al portero eléctrico y bajó a atenderla. La
mujer, de unos treinta y pico de años muy elegante y con una agradable
sonrisa, se presentó con el nombre de Marisa y le aseguró guardarle el
empleo para el día siguiente en la que María Rosa se comprometió en
llevar a su hija. Así lo hizo Laura era una adolescente muy bella, cabellos
largos rubios, ondeados, ojos verdes color aceitunas y un cuerpo perfecta-
mente curvado demasiado atractivo, tanto que llamaba poderosamente la
atención del sexo opuesto ydespertabaenvidiaen otras mujeres.
Marisa quedó encantada con la jovencita y se comprometió con María
Rosa a cuidarla. Contenta María Rosa se dirigió a su trabajo dejando a
Lauraen suprimerempleo.
Muy pronto la adolescente se acostumbró, según Laura, Marisa era
muy buena y siempre recibía obsequios de la misma. Los meses
transcurrían y Laura cada vez era más irreconocible, su belleza aumentaba
día tras día. María Rosa estaba contenta de ver a su hija tan cambiada no
parecía una chica de clase social media sino una joven refinada y muy
elegante, siempre recibíaropas nuevas yobsequios de Marisa.
Una tarde, en que María Rosa decidió pasar a buscar a Laura se llevó
una gran sorpresa cuando vio que en la entrada del edificio donde tra-
bajaba Laura habían varias patrullas policiales y entre el tumulto de la
gente se abrió paso. Con angustia y desesperación pidió explicación a los
agentes de seguridadargumentando que suhijatrabajabaen el lugar.
–Entonces debe estar al tanto de porque estamos acá –explicó el
guardiaytomándolafuerte del brazo lasubieron al patrullero. María Rosa
no opuso resistencia sólo pedía explicación confundida yextasiada.
–Ya hablarán con usted señora –le dijo uno de los policía que
viajaban en la patrulla. Los agentes se comportaban de una manera fría e
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indiferente. Cuando por fin llegaron a la comisaría sintió como un es-
calofrío le recorría el cuerpo al ver a Laura y a otras jovencitas vestidas con
ropas provocativas llenas de maquillajes. Buscaba quizás encontrar en la
mirada de Laura una explicación pero ésta parecía no conocerla y le
esquivaba la mirada. María Rosa se desbordó en llanto su corazón de
madre se rompía entre tanta desilusión. Cuando los policías terminaron
de interrogar a Marisa quien quedó detenida, liberaron a las jóvenes que
habían sido manipulados por la misma, la causa fue caratulada Trata de
personas. Ante toda aquella situación le dolía la indiferencia de su propia
hija quien no parecía tener ni una pizca de remordimiento. María Rosa
estabaheridapero sobretodo muydecepcionadayse preguntaba, si eso no
habíasido suculpaporconfiaren aquellamujer.
María Rosa prefirió ahogar su dolor en el silencio durante mucho
tiempo.
Pasaron los días los meses y Laura comenzó a extrañar el buen vestir ,el
dinero fácil y cuando todo parecía haberse diluido en el pasado la
ambición ,lacodiciaylaavariciapronto emergieron aLauraalabuscarcon
frenesíaquellavidapasada. Buscó trabajo en los boliches nocturnos yno le
fue muy difícil encontrarlo .Su belleza y su exuberante cuerpo pronto se
exhibieron en los escenarios de un burdel donde vendía su cuerpo entre
copas ycopas aclientes ricachones de laaltasociedad.
María Rosa ya se había jubilado y descansaba ahora en su hogar, pero
pronto su instinto de madre le volvía a revelar la terrible realidad de que el
pasado de Laura volvía a su presente. No pudo superar aquella situación y
su corazón herido no pudo resistir a tanta decepción y se abandonó a los
brazos de lamuerte.
Laura cobró fama su nombre brillaba por las noches en las mar-
quesinas de aquél burdel, entre tacones y maquillaje, donde era
presentada con el nombre de Laura de la Noche.
Purapalabra | 209
El retrato
Mi devoción por ella superaba lo terrenal, no había nada que
superara aquél sentimiento. Sus bellos ojos más de una vez se vieron
reflejados por el llanto empañando mi imagen reflejada en su triste
mirada, en sus pupilas empañadas.
La juzgaron por haberse entregado y creído en el amor y aún así supo
elegirme. En ese mundo frió ylleno de prejuicios.
Aquella tarde fría de abril emprendimos aquél viaje. Pesaba más la
angustia del alma y del corazón que el propio equipaje. El sonido
perpetuo del tren al arrancar permanece intacto en mi memoria.
Durante el viaje dormí acurrucado en sus brazos, sintiendo por
momentos el enriado de sus dedos en mis cabellos y las tibias caricias de
sus manos rozándome la frente.
Yo era muy pequeño para preguntar como todo niño dependía de las
acciones y actitudes de una madre. Estábamos juntos y nada importaba
más. Decidí conservar aquella imagen perpetua en mi memoria en aquél
retrato, entre pinceles ymezclas de acuarelas.
Una mujer y un niño de la mano en el aquél andén, perdidos en un
mundo lleno de indiferencias recíprocas, era el vestigio de mis
antepasados.
Era mi pintura favorita en mi atelier, mi retrato y el de mi madre.
Nadie más que yo comprendía el valor subjetivo de aquella imagen.
Entre cada retoque de acuarelas se entremezclaban mis más arduos
recuerdos.
Una mujer y un niño en el exilio de las emociones, entre los arrebatos
del destino, entre la coherencia y la cordura de mis más devastados
sentimientos. Nadie más que yo, sabrá el verdadero valor de aquella
exposición ante miles de miradas ajenas.
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Una mujer y un niño que permanecería por siempre en la reco-
pilación de la memoria de un hombre que no conseguía a pesar del
tiempo erradicar de aquella tarde el sentimiento pujante de un amor
eterno e inolvidable.
El lenguaje del alma
Julio era ermitaño, las pocas veces que salía era solo para realizar
algunas compras. Era de pocas palabras pues argumentaba que a veces
era mejor hablar poco. Estaba rondando los cincuenta años pero aún
así solía ser un hombre atractivo. Sentía que ya había vivido casi todo
en la vida, no tenía hijos y había perdido al amor de su vida en un
trágico accidente. Después de aquella tragedia que le tocó vivir había
decidido mudarse a aquella casa. Los días transcurrían siempre de igual
manera, solía perder la noción del tiempo, sobre todo cuando escribía.
La literatura era su pasión, su regocijo, donde podía dar riendas sueltas
a tantas emociones.
En las habitaciones se respiraba el olor a viejo, era como si el tiempo
se hubiese quedado atascado entren aquéllas paredes. Los muebles
llenos de polvo, hablaban del abandono de aquél hogar.
De vez en cuándo hacia un intervalo, encendía un cigarrillo y entre
cada bocanadas de humo, evocaba un leve suspiro de alivio, de ins-
piración. El olor a tabaco parecía estar impregnado en aquélla ha-
bitación llena de libros y estantes y ni que hablar del cenicero, donde ya
no cabía ni una colilla más.n No le importaba mucho las ventas de sus
libros, solo la idea de que algún día alguien pudiera captar lo que el
redactaba con el alma. De vez en cuándo la nostalgia lo acechaba como
un fantasma y aunque a veces lo tomaba por sorpresa había aprendido
a convivir con ella.
Que importaba si era invierno, primavera o verano si su mundo
Purapalabra | 211
había quedado anclado aquél día en que la muerte le arrancó de un
tirón, los sueños, los proyectos y el amor.
Aún así sentía con efusividad la pujante ansiedad de desnudar el
alma en cada palabra, en cada párrafo. Cosa que no resultaba tan difícil,
tan solo era evocar las palabras, para que las emociones y sentimientos
fluyeran y prevaleciera por fin la magia y el encanto de un mundo
extraordinariamente maravilloso.
A pesar de sentir que ya lo había vivido todo, sentía en su interior
agolparse un mar de sensaciones y todo parecía poco para tanto que
aún quedaba por decir, sentimientos infinitos encauzándose en lo más
profundo de su ser. Amaba la literatura tanto como aquél amor que
había perdido y como no hay mal que por bien no venga ,encontró en
aquella perdida la forma de llenar ese vacío y el deseo de culminar su
existencia grabada en cada pagina, en cada párrafos ,su pulso ,su
aliento, su vida.
Biografía de un amigo
Luis Broggi, ex colectivero de la línea San Vicente ,tenía 87 años y
vivía en el complejo de Wilde, de contextura física delgada ,1,82 de
estatura, piel blanca ojos azules y su cabello que en su juventud había
sido rubio era ahora de un color blanco platino.
Su cabellera seguía siendo tupida pues a pesar de su edad no
presentaba calvicie.
Se lo veía pasar todas las mañanas rumbo al puesto de diario donde
recogía el diario matutino.
Con andar lento, bastón en manos (cuando no se lo olvidaba por
salir renegando con Uma) su perra, que su hija había encontrado en la
calle la había castrado y se la había dejado argumentando que se la
llevaría ni bien consiguiera un remís.
212 | Purapalabra
Pasaron los días los meses y Uma se fue ganando el corazón de
aquél viejo solitario y le apenaba saber que aquél animal, abandonado
antes a la suerte en la calle estaba tan sola como lo estaba él.
Uma era ahora su única compañía en ese departamento tan grande
ahora, con sus habitaciones vacías. La hija nunca apareció con el remís,
Luis sabía que todo había sido una estrategia de su hija para que él no
estuviera tan solo.
Don Luis alegraba las mañanas de sus vecinos con sus chistes y
anécdotas de su vida de colectivero, allá en tiempo lejano joven y buen
mozo ,cuándo en varias oportunidades en su fama de Don Juan le
había sido infiel a su esposa, La Polaca como el la llamaba al recordarla
y con quien había tenido tres hermosas hijas.
Hacía tres años que ella había fallecido luego de una larga en-
fermedad, su retrato adornaba la mesa de luz de Luis.
Luis la recordaba con vehemencia, en aquél departamento solo
había recuerdos colgados en la pared y sobre los pocos muebles algunos
portarretratos que conservaban las imágenes congeladas de algunos
momentos felices, de lo que alguna vez fuera su familia.
Don Luis vivía sonriendo pero en el fondo los años le pesaban y esa
era una forma de sobrellevar, la espera de aquél final que él sabía
llegaría pronto. Al volver al departamento el fantasma de la soledad lo
acechaba el vacío y el silencio de su hogar volvía a recordarle que ya
nada quedaba del ayer, solo recuerdos…
Encendía el televisor sentado en aquél viejo sillón agujereado que
cada vez perdía más su relleno con Uma a la par.
Así eran sus días no existía diferencia todos eran iguales, vivía el día
a día esperando que Dios se decidiera a llevarlo con su amada, con su
gran amor, La Polaca.
Purapalabra | 213
Mónica Wainer
El misterio a las tres
Maniatado por el miedo no podía ni moverse, debajo de la
frazada. Sintió que el corazón se le salía de la boca. Ya hacía tres
noches que escuchaba ruidos raros: golpes en la ventana, se prendía la
luz del palier, le parecía escuchar ruidos en los pasillos…
Durante el día se olvidaba de esos episodios y no preguntó a sus
vecinos si le pasaba lo mismo.
Esa noche se acostó como siempre después de ver una serie y se
durmió. Un timbrazo lo despertó a las tres de la mañana. Otra vez el
miedo lo paralizó y titubeó: no sabía si abrir o no. Prefirió dejarlo
pasar. Ni se acercó a la puerta a preguntar ni llamó al portero por el
interno.
Al día siguiente acostarse a dormir fue casi dramático: tenía
miedo. No pudo dormir.
A las tres de la mañana volvió a sonar el timbre. Esta vez hizo un
gran esfuerzo y se levantó. Fue hasta la puerta, preguntó y no obtuvo
repuesta otra vez, preguntó de nuevo ¿Quién es? y tampoco obtuvo
respuesta. Tenía que vencer el miedo y abrir… Bueno, respiró…
–Hola vecino –le dijo Pedro, completamente borracho–, a veces
me equivoco de timbre.
La silla fantasma
Justo la encontró en el rincón. La silla era de terciopelo rojo, pero
algo raro había en ella. Pensó que ya era hora de mudarse. Estaba
214 | Purapalabra
cansada de la misma mesa, las mismas ventanas, las mismas paredes…
¡Pero la silla no!
Era una cosa diferente y se la llevaría con ella a cualquier lado
porque había descubierto que cuando se sentaba en ella, empezaban
a dar vuelta alrededor de ella los fantasmas de su niñez.
Los fantasmas se le hacían reales y entonces el tiempo, ese im-
placable caminante, se detenía por un momento y ella volvía a ser
ella.
Los árboles en la pared
Cuando los árboles tejen penumbras a mí me dan ganas de
caminar por el parque.
El parque queda a un costado de mi casa y los árboles pre-
cisamente tejen penumbras en la pared de mi casa. Y eso me gusta. A
veces entre las penumbras se escurre un vagabundo que cae justo en
la ventana de mi cuarto.
Eso, cuando hay sol. Pero cuando está nublado y a punto de
llover espero allí mismo en el parque para ver como resbala plateada
la lluvia en el vidrio, en el vidrio de la ventana de mi cuarto.
Cuando pasa todo esto me acuerdo de él y me viene el amor a los
labios…
Cómo lavarse los dientes
sin mancharse el piyama
1. Abrir un ojo, preferentemente el derecho.
2. Abrir el otro.
3. Prender la luz si ya no la prendió.
4. Localizar en el botiquín la pasta de dientes, blanqueadora, con
flúor, para dientes resplandecientes, para conquistar y enamorar.
Purapalabra | 215
5. ¡No equivocarse! Puede agarrar otro tubo que sea pomada para
hongos.
6. Localizar el cepillo, ¡ojo, no equivocarse! Con el peine, la bigo-
tera, el cepillo para el pelo o la lima de las uñas.
7. Colocar la pasta en el cepillo del lado de la cerda.
8. Inclinarse levemente hacia adelante, sin tocar el lavatorio moja-
do con el piyama.
9. Abrir la boca bien grande para no pegarse en los dientes.
10. Comenzar.
11. Cepillar cuatro veces de cada lado.
12. Escupir con delicadeza para que no llegue hasta el espejo.
13. Enjuagarse la boca delicadamente.
14. Cerrar la boca.
15. ¡Terminar la operación con una gran sonrisa!
Corazones estériles
La luz era tan mansa al mediodía que parecía un atardecer. Juan se
disponía alegremente, aunque estaba casi oscuro, a hacer las compras.
Anotó en su anotador verde, el de las compras y no el azul, el de la
ropa, manzanas, papas, queso, leche y manteca.
Puso el anotador en la mochila para no olvidarse de nada. Si no
anotaba todo él se olvidaba. Se puso su campera de jean y las botas,
porque le parecía que esa luz mansa auguraba lluvia como si fuera un
oráculo.
Fue en bicicleta, no le asustaba la lluvia. El alboroto del mercado
lo aturdió y le hizo pensar que no había sido buena idea ir en la bici-
cleta.
Buscó en la mochila su libreta verde de las compras, la abrió y vio
con sorpresa que no había nada anotado, buscó ansiosamente por
216 | Purapalabra
todas las páginas y en la última decía con letras negras “la muerte está
a la vuelta de la esquina”
Salió rápidamente del mercado y miró hacia todas las esquinas. Se
subió a la bicicleta, cuando ya habían caído las primeras gotas.
Empezó a llover despiadadamente, y Juan corría con su bici en ese
desorden de gente que parecía un naufragio.
Llegó empapado, de su cabello caía una catarata de lluvia como si
fuera de luz, una rubia catarata.
Cuando llegó volvió a abrir su mochila y allí estaba la libreta
verde, la de las compras. La revisó de punta a punta y no encontró el
mensaje agorero de su muerte. Quiso creer que se había equivocado.
Pero no, lo había leído.
Guardó esta historia en el fondo de sus recuerdos, en el arcón de
las cosas que no pueden pasar, muy adentro de su fantástica me-
moria.
Pasó mucho tiempo. Y un día lo contó a sus amigos en la reunión
previa al partido de fútbol, sin demasiado detalle, pero su prudencia
cayó en corazones estériles.
Pensó, “peor para ellos” y la volvió a guardar.
Purapalabra | 217
Patricia Castillo
Dolo
Supe que habitabas en mí antes de tener certeza, anidaste en mi
vientre y para siempre en mi vida. Imaginé tu rostro, tu sonrisa, tus
manos. Te susurré canciones y te conté historias.
Nueve lunas y soles te esperé con amor, preparé tu cunita, tu
ropa, tu lugar. Y una tarde en septiembre se produjo la magia, el
milagro de amor, ¡te dí a luz!
Indescriptible sentir que salís de mis entrañas, que fui tu hogar, tu
alimento, tu aire.
Te tomé entre mis brazos con temor, ¡eras tan chiquita y tan
grande! Tu mirada selló para siempre mi amor incondicional y
verdadero, sin lugar a dudas, el más puro y sincero, el que se da sin
reparos, sin medidas.
Y empecé a vivir la aventura de ser madre, tu mamá, hija querida.
No hay en mi vida un día más maravilloso que aquel día de
septiembre en que llegaste al mundo, a mi mundo.
Qué emoción verte dar luego tus primeros pasos, escuchar tu
primer ma-má, tu primer ratón Pérez, tu primer día de Cole, tus
caprichos, tus logros.
Hoy me conmueve y me llena de orgullo verte convertida en toda
una mujer, con convicciones, defectos y virtudes. Con certezas y du-
das, pero siempre adelante con fuerza y empuje.
No pude ni puedo evitarte tristezas o desencantos, sólo traté de
sembrarte principios y de preparar tus alas para tu propio vuelo.
218 | Purapalabra
Sé que seguramente cometí errores, pero quiero que sepas que
siempre tomé mis decisiones pensando que era lo mejor para vos, tal
vez algún día puedas entenderlo.
Debo confesar también que crecí a tu lado. No es fácil poner
límites o decir no, a veces duele, hija, pero es necesario.
Sin ninguna duda volvería a andar este camino con la certeza de
ser tu mamá siempre.
Fuiste y sos mi sol, aún en nuestros desencuentros. Daría mi vida
por tu felicidad. Sólo deseo puedas experimentar esta maravillosa
sensación de plenitud, para que puedas entender ese amor sin condi-
ciones que te cuento y que solo se comprende cuando se lo vive.
Y al final, cuando me llegue la hora de partir, poder ver tus ojos y
sentir tu mano apretada en la mía.
Mi abrazo siempre tuyo.
Te quiero.
Instrucciones para soñar
Intente abstraerse y pensar en un lugar sin tiempo, cierre los ojos,
suelte la imaginación, esa que lleva años prisionera de las convencio-
nes y cautiva de las costumbres, rompa las ataduras que lo ligan a lo
cotidiano. Déjese llevar por la emoción, silenciosa compañera con-
tenida, despliegue esas alas plegadas por falta de uso y dispóngase a
volar, a alcanzar sus deseos. Conéctese con viejos anhelos y pasiones
dormidas y así, casi sin darse cuenta, alcanzará su sueño. Tómelo y
disfrute la alegría del sueño cumplido.
Partir
El sol se esconde allá, a lo lejos,
la brisa mece la copa de los árboles.
Purapalabra | 219
Hacia adelante
inmensidad, temor, incógnita.
Miro hacia atrás
pasado, horror, certeza.
Una lágrima agridulce me recorre, me duele.
Es el momento de decir adiós,
de desprenderme, de partir…
Dejar atrás lo que algún día fue
lo que hoy no es.
Ya es tarde, el tiempo no me espera.
Ya no existe el pasado, ya no cuenta.
Es tiempo de partir.
Otra vez miro hacia atrás,
un manojo de recuerdos hecho añicos
… y un tremendo deseo de volver.
Todo fue mejor así
Y quizás todo fue mejor así,
nuestro horizonte, desteñido,
ya sin luz agonizaba en su ocaso lentamente.
La costumbre nos mató las ilusiones.
La rutina nos gastó la impaciencia de esperarnos,
la ansiedad de extrañarnos,
la alegría de sentirnos.
Se nos llevó ese mundo infinito y pequeño
pero nuestro,
aquél que construimos juntos, con amor,
con deseo, con pasión,
aquél que hoy se nos va de entre las manos.
220 | Purapalabra
Por eso, en nombre de lo que ayer fue,
es mejor este adiós,
callado, mudo.
No hacen falta las palabras
Aún nos quedan las miradas
¡Adiós amor!
Todo fue mejor así..
Ser feliz
Para poder ser feliz yo necesito,
mi libertad, mi amor, mis ilusiones
mi verdad,
también mis decepciones.
Necesito en mi mano la firmeza,
desterrar de mis ojos la tristeza,
recobrar mis afectos perdidos.
Enterrar los momentos sufridos,
recuperar mis fuerzas vencidas,
levantar mi cabeza caída
y volver a creer en la vida.
Purapalabra | 221
Pablo Rubio
Textos
Gloriosos textos de un escritor que le quería regalar secretos al
mundo. Incompetentes personas, ignorantes del conocimiento, que
terminaron matando al escritor por quemar sus obras, dejándolo sin
ganas de escribir y ni siquiera lo recordarán por sus gloriosos textos.
Pesadillas
Caminando piedra tras piedra, mientras el sol me golpeaba con
sus látigos de fuego, trataba de encontrar a la mujer de mi amigo. Tras
quitar varias piedras la encontré ilesa, cubierta por un campo de ener-
gía, le tomé la mano y la abracé para terminar de rescatarla.
Siempre la amé desesperadamente, tuve millones de oportuni-
dades, pero nunca supe actuar. Mi mejor amigo la eligió para su vida,
no pude hacer nada porque nací con un defecto, en ambos hemisfe-
rios de mi cabeza rigen por separado la moral y la pasión son ellas las
que deciden lo que debo hacer y yo sólo soy su instrumento.
El día del rescate intenté besarla pero, como siempre, actuó la
moral y me imposibilitó hacerlo. A los pocos días mi cabeza entró en
conflictos. Por momentos sentía que era capaz de manejar mi cuerpo
y por otros actuaba por sí solo. En todo ese proceso lastimé a muchas
personas y decaí socialmente.
Estoy en mis últimos, días tras cuatro paredes blancas porque soy
un peligro para la sociedad. Sólo aquí pude saber el origen de mi de-
sequilibrio. Tras varios sueños supe que desde el momento que la
222 | Purapalabra
mujer que amo tuvo ese accidente, fue la barrera que dividía mi mo-
ral y mi pasión, era el campo de energía que la había salvado. Mien-
tras en mis pesadillas sólo veo mis manos llenas de sangre, tratando de
sostener su rostro, que se quede conmigo y siempre la dejo que se
vaya, sin poder decirle que la amo.
De ultratumba
De mil intentos solo he acertado un solo dardo, es que es muy
difícil porque estoy acostado sobre mi cama. Vuelvo a hacer otros mil
intentos y sólo acerté uno.
Historia para contar no tengo porque tengo todo el cuerpo
inmóvil desde aquel accidente y solamente quedó intacta mi mano
derecha y el único pasatiempo que tengo es tirar los dardos y mirar
un solo canal de TV –que no lo puedo cambiar porque es unos de los
viejos que para cambiar el canal tenías que levantarte–.
Estoy en pleno contacto con la muerte y la vida, porque ese
accidente me produjo el efecto secundario de tener dos vidas
distintas. Acá, en donde estoy, apenas vivo y con muchas molestias y
cuando voy al infierno me encuentro totalmente saludable, es como
que el inframundo es el cielo y vivir fuera el averno.
Historia de ultratumba quisiera contar pero el mismísimo diablo
no me lo permite, o si no tendría que ir al otro infierno. Así que
tendré que hablar del otro. Había dicho que historia no tenía para
contar, pero la hay. Además de ese pasatiempo puedo desconectarme
de mi alma por un lapso de tiempo a través del dardo que acierto. En
esos lapsos intento conectarme con alguna persona para que venga a
rescatar, pero ellos me ignoran con mucho desprecio. Sin embargo,
hay un caso muy especial, una adolescente de 17 años que pasa todo el
tiempo chateando y realiza actos sagrados. Por medios de ellos puedo
Purapalabra | 223
comunicarme con ella, que al principio no creía mis historias. Con
ella sólo estaba muy poco porque cuando el diablo me precisaba iba
para arriba y quitaba el dardo para que volviera con él porque allí soy
su mano izquierda.
Alexia al final terminó convencida de mis historias, y terminé
siendo un ente de confianza que a menudo me contaba un sueño que
atravesaba una puerta con agujeros y encontraba el amor de su vida,
pero no sabía quién era la persona.
A medida que pasaba el tiempo con Alexia mi estadía se alargaba
cada vez más, mi cuerpo se iba recuperando, pero cuando se recuperó
totalmente impedía que ingresara en él y ahora mi estadía es aquí con
ella.
Mi objetivo ahora es poder entrar en mi cuerpo y encontrarlo, ya
que tengo tan mala memoria, pero la gran mala noticia que Alexia
está enferma y no puede ayudarme en este momento. Me siento
decaído y solo “qué va ser de mí”, pienso.
Ha faltado colegio y la madre la está tratando de curar por medio
de las indicaciones del médico y cada vez se fue mejorando, pero
había algo que impedía que se curara del todo. En este momento, al
lado de ella, de la nada me puse a llorar y mis lágrimas se canalizaron
como una fuente de energía que va hacia su cuerpo. En un momento
la energía desapareció y de repente se levantó, me miró a los ojos y me
dijo: “Sé en dónde te encuentras”. Cuando terminó de hablar volvió
a su cama y se quedó dormida y yo estaba muy contento por su
estado y por mí.
En una noche de media luna siento unos pasos, me doy vuelta, la
tenía al lado mío, muy contenta: “Vamos que te llevo”. Salió
corriendo de la habitación y como no había remedio la seguí.
Mientras íbamos al lugar rescate de todo lo que me dijo que encontró
224 | Purapalabra
el lugar por medio de un sueño, pero no sabía la habitación. Ya en el
sitio, que estaba abandonado, ubicado en la calle Collard al 766,
presentí que era mi turno.
Entramos. Recorriendo el tercer piso empiezo a sentir en una
sensación extraña, me sentía atraído por una puerta. La atravieso,
pero Alexia tarda al entrar. Al final termina ingresando, veo que mira
la cama y se desmaya, pasa media hora y se despierta un poco
mareada, pero pronto se recupera. Saca algunos objetos de su saco y
empieza a realizar un rito. Cuando terminó todo fue un gran silencio
y en un instante se produce un gran temblor. Luego para y mi cuerpo
empezó a absorberme.
Ya finalizado el acto intento mover el cuerpo y con éxito me
encuentro en el mundo de los vivos, la busco y la encuentro
levantándose, nos miramos y nos abrazamos y se me ocurre decirle:
“Por qué te detuviste en la puerta”. Mira para bajo y con voz tenue
me dice “es la puerta que vi en sueño”. Tomé el dardo clavado y
fuimos para la casa.
Ya en el cuarto, feliz, me dice: “Eres el que había esperado tanto
tiempo y no lo puedo creer”.
La tomé de la mano y no sentamos en el balcón. “Tus palabras me
conmueven” le dije. Cuando me levanté de la cama y la miré, sentí
una sensación que nunca había sentido. Ella de repente dice “No
hables más” y con delicadeza desliza su mano sobre mi cuello y su
rostro se acercó al mío y sin preguntar me roba un beso y le robé otro
beso.
Y ese fue el comienzo de un romance que nació de la muerte y que
nunca debe ser olvidado y el diablo aceptó mi romance con ella
porque mi alma es dueña de mi compañera.
Purapalabra | 225
Silvia Noemí Irusta
Tristeza
Todo es agua. Mucha agua. Llueve igual que el martes 12 del mes
pasado. No son las mismas gotas. Las del mes pasado eran redondas y
cariñosas.
Las de hoy son finitas y caen de a montones. Si atrapas una en ese
segundo anterior al que algo, cualquier cosa, se las devore, verás que
no son idénticas.
Las de hoy huelen a otoño. Huelen a abril y a hojas amarillas. A
espanto. A despojo de un tiempo miserable sin nada de flores vivas.
Te moja. Lo acepto. Mojada es la misma.
Ahora, si cruzas la calle y un auto te pasa al lado salpicándote, ése
agua, esa mojadura de alma, no es la misma que la del mes pasado.
Después de hoy vendrán otras lluvias pero ninguna se parecerá a
este jueves 15. Tampoco ésta se parece a aquella u a otra.
La lluvia moja tu foto ubicada sobre la mesa ratona del living,
mientras por el amplio ventanal llora el patio de la casa.
No importa ya si es igual a la de ayer o a la de mañana total la
tristeza de los cuartos vacíos no cambia. Me mira y aún no le digo la
verdad.
Ese cajón inmundo
Una porquería viejo. Eso es mi vida. Margarita no es la misma.
Cuando ella cantaba, por más que afuera lloviera a cántaros,
adentro iluminaba el sol.
226 | Purapalabra
No hay caso, anda como alma en pena dando vueltas.
A veces llena la casa de flores y se tira en la cama, parece una
muerta. Muerta en vida, porque bien viva que está.
Le dije que nos fuéramos unos días donde ella decida. Yo voy
adonde se le antoje. No quiere. Pone excusas para todo. No sé qué le
pasa a esta mujer. Pensar que yo adoro el suelo que ella pisa con esos
pies tan delicados y pequeños, al igual que su cuerpo. Lo que más me
gusta es su mirada color esmeralda.
Aunque –la has visto viejo– ahora es un estanque abandonado.
Ni quieras ver su cabello –su cabello que era mío– blanco por com-
pleto, nada queda de su negro primitivo. Su tristeza es tan honda que
no me deja respirar.
Antes pintaba –casi puedo verla– sentada atrás en el fondo de ésa
casa lúgubre donde vivía. La verdad, no sé cómo pintaba las cosas
más bellas que puedas imaginar. De dónde se le ocurrían esas cosas, si
para donde vos mirabas en ese patio suyo, sólo había mugre y pobre-
za, mucha pobreza.
Ya me decía Juan Pablo:
–Déjala, si no molesta a nadie. Por ahí, quién te dice, vende un
cuadro y se compra un castillo en el medio del pueblo.
Juan Pablo… Un hermano, un amigo. Tan pobre como Margarita.
Yo, en cambio viejo, siempre bien empilchado, de fiesta en fiesta, el
mejor auto. Bueno, vos lo sabés.
Cuestión viejo que mientras yo despilfarraba –bien sé que todavía
tenemos mucho–, Margarita y Juan Pablo la luchaban esperando que
la vida les diera una oportunidad. Juan Pablo me acompañaba a to-
dos lados menos a las fiestas, se volvía a su casa. No le gustaban las
diversiones insanas –según él– que yo solía tener.
–No, no te preocupes viejo, ya no.
Purapalabra | 227
Estaba recordando nomás, de pura melancolía. Se ve que hoy que
te veo acá, en éste cajón inmundo que he pagado muy caro me han
bajado esas ganas de decirte que te extraño.
Vos siempre diciéndome lo que está mal y lo que está bien, Juan
Pablo también tenía ese don para conmigo.
En cambio Margarita no me dice nada. Ni blanco, ni negro, ni
gris. No le saco palabra alguna.
Y mirá viejo, que conmigo se sacó la grande. La hice una reina. Le
compré la mejor casa, los mejores costureros del pueblo le hacen sus
vestidos, no sé para qué, si nunca los usa. Anda con esos trapos suyos
llenos de pintura, pintura vieja.
Ya te dije que no pinta más... Sí, ya te lo dije.
Estoy más viejo que vos. Debería ser yo el que esté en ese cajón
total para vivir así. Sin Juan Pablo, sin Margarita –tenerla así es no
tenerla– y ahora vos.
Juan Pablo, ese sí que era flor de tipo. Carente de todo menos de
su buen humor. La última sonrisa que se me quedo en la memoria
fue la del día en que hicimos la venta grande de novillos, justo cuan-
do el gobierno dio rienda suelta a los precios nosotros la pegamos.
Nos compramos un buen vino. Mejor dicho, yo me compré un
tinto, Juan Pablo se tomó un café con leche y medias lunas, le encan-
taban.
Me parece verlo atorado con las facturas y tomando sorbos de café
con leche para bajarlas. Siempre se le escapaba algún hilo por la co-
misura de los labios. Ni se percataba, parecía un chico. Era feliz con
poco Juan Pablo.
Ese día lo convencí de que me acompañara a la casa de Ramona,
donde conseguías de todo, mujeres también, en tanto fueras con pla-
ta y ese día, teníamos plata.
228 | Purapalabra
Ahí nomás me pedí un vino y otro más. Juan Pablo al tercero se
pidió uno y después no sé cuántos más pedimos. Si me acuerdo que
yo le llevaba dos de ventaja a Juan Pablo. Vino va, palabra viene, de
un momento a otro estábamos fuera del bar de Ramona. Creo, no
estoy seguro, que alguien nos llevó afuera porque habíamos levanta-
do el tono de voz. No sé cómo ni porqué.
Hablábamos del dinero cobrado, de la pobreza de Juan Pablo. Y
yo, te confieso abiertamente, más pensaba en Margarita. Me habían
entrado unas ganas locas de ver a Margarita –eso no se lo dije a Juan
Pablo–. Lo acusé aquel día que ya era noche sin fundamento alguno,
más que mi embriaguez, de que me seguía a todos lados para robarme
toda la plata.
–¡Vos estás loco! –me gritaba.
Juan que nunca tomaba había tomado –estaba mareado– más
quería dormir que discutir conmigo. Yo en cambio borracho acos-
tumbrado.
–¿Cómo te digo esto? –Juan se calmó. Yo me hice el calmado. Me
aproveché de su inexperiencia.
Caminamos como pudimos hacía donde dejamos la camioneta
estacionada. Le dije que iba a orinar por ahí –no habrán sido más de
unos metros– me agaché para buscar la navaja esa que vos me regalas-
te, te acordás. La muy desgraciada estaba filosa y sin uso alguno.
–Por cualquier cosa, mi hijito –me dijiste la mañana que me la
obsequiaste.
–No sé viejo. Estas cosas no me gustan –te dije.
Pero no te quise faltar y me la puse en la media. Sólo me la sacaba
para bañarme o acostarme. Juan me observaba.
–Che, no te vas a caer –me gritaba.
Yo sacaba la navaja al mismo tiempo que me orinaba los pantalo-
Purapalabra | 229
nes. Se vino por si necesitaba ayuda y no sé por qué carajo otra vez,
Margarita.
Margarita con su risa, con sus cuadros, con su voz melosa ponien-
do la mesa. Y no necesité más. El vino, hizo el resto.
Le clavé la navaja justo en el corazón. Sin pensar viejo en nada ni
en nadie solo en Margarita. Desde que se había casado con Juan Pa-
blo no pude ni quise… dejar de desearla.
Soledad
Ramón salió de su casa en dirección a su oficina. Caminó con pa-
sos firmes y largos. Su trabajo le quedaba a quince cuadras. El mis-mo
recorrido por años. Sin embargo, ese día se le antojó diferente, dife-
rentes las baldosas de las veredas, diferente el señor que sirve el café, el
del kiosco, las plantas, el cielo y la vida.
La vida de Ramón, luego de aquella tarde en que, al regresar a su
casa, le dio ganas de correr y corrió fuerte, muy fuerte, y dobló la es-
quina a toda la velocidad de sus piernas y entonces sintió que algo co-
mo el sol de enero, al rozar el agua del charquito que dejó la lluvia de la
noche, dulce noche en que conoció a Romanella y el café, al doblar la
esquina, Romanella derramó sobre su camisa celeste su taza de café.
Nada ha sido igual desde ese día. Ramón no ha sido el mismo
desde aquel día. Desde ese día guarda su camisa celeste con la mancha
de café y el perfume de Romanella arañando su corazón.
Romanella nunca sabrá que Ramón pone la cafetera sólo para
que el olor le traiga sus ojos, y esa boca suplicándole que le perdone.
Que no lo vio. Romanella nunca sabrá que por siempre, la mancha
de café, quedará en el alma de Ramón.
Ramón nunca sabrá que Romanella ha muerto en soledad.
230 | Purapalabra
Un mal día
El ruido de la pava hace sentir las manos más hábiles para trabajar.
Celina es la cebadora oficial de mate pero este sábado de lluvia se pre-
senta difícil, complicado y abrumador.
Marcos –el hijo del dueño– detesta todo lo que lo rodea, incluida
Celina, a quien ya le ha gritado en lo que va de la mañana unas ocho
veces.
El mate, aturdido entre los papeles, se enfría. Celina está intentan-
do calmarse. No puede hacer demasiado, Marcos por fin ha logrado
sacarla definitivamente de su carácter tan afable.
Celina observa a sus compañeros desde su silla y se da cuenta que
no tiene nada más en su vida. Tiene su trabajo, sus compañeros y una
caramelera llena de caramelos y chocolates.
El teléfono que no para de sonar, junto con los comisionistas que
entran y salen, y todo a los gritos. Realmente insoportable. Y Raquel,
la señora que limpia, no para de hablar. Marcos grita que le ayude a
bajar un programa –Celina odia que le griten– y que le lleve un mate
con medialunas –más lo odia– pero Celina sabe que es el hijo de los
dueños.
Marcos vuelve a gritar acusándola de que va a tardar toda una vida
en cebarle un mate. Celina, entonces, se levanta, lo mira como toro
enloquecido, cruza el espacio divino entre ella y él, dándole vuelta el
mate al revés –tibio por supuesto– se lo deja en el escritorio. Marcos
la mira desconcertado y arremete contra ella.
–Celina ¿qué sucede contigo?
–No me sucede nada –contesta ella.
–Creo que buscas un despido –dice él.
–Eso quiere usted –responde Celina.
Purapalabra | 231
El tono de voz de ambos va subiendo poco a poco, sin poder
disimular la bronca en sus rostros.
–¿Crees saber todo del negocio? –pregunta Marcos.
–No creo saber todo. Usted es un necio, bueno para nada –replica,
ya harta Celina.
–Y tú, una vieja aburrida y presumida –increpa Marcos.
–Ahí está, eso te molesta. Te molesta que sea vieja.
–Claro que me molesta –responde Marcos.
–No tiene más que despedirme –dice Celina.
–Listo. Que no se hable más –responde Marcos.
–Perfecto –asiente Celina.
La tensión en el salón se acentuaba más y más. Los demás com-
pañeros comienzan a incomodarse. Y ese enloquecedor olor a aceite
que dejan los repuestos en cada venta, más el bullicio de las ocho
computadoras, ni hablar de lo que nadie soportaba de Marcos, sus
malditos cigarrillos negros. Y la lluvia. Tanta agua. Tanta agua en los
ojos de Celina.
Celina se abandona entonces en su silla y totalmente agotada com-
prende que evidentemente hoy, no es, un buen sábado. Marcos toma la
llave de la camioneta y se despide de todos, hasta el lunes. Celina junta
sus pertenencias, muy cansada como para poder hablar. El lunes habrá
tiempo de hablar. Yojalá parase la lluvia, todo cambia, sin lluvia.
El pobre Pérez
Me pregunto qué estoy haciendo acá sentada. Sentada en esta
estúpida silla al lado de otro muerto. Digo otro muerto porque me
cae a la memoria que hace veinte años atrás estaba yo aquí, justo en esta
silla. Inmóvil e inservible. El muerto es otro. Eso lo tengo claro. Este es
bastante mayor y espantosamente horrible. En cambio el otro, el que
232 | Purapalabra
murió de un ataque al hígado hace veinte años atrás, era muy joven y
bien parecido decían las señoras.
El que murió hoy es Pablo Pérez. Pobre Pablo, morirse un do-
mingo al mediodía y llevar el apellido Pérez. Uno entra a buscar de
qué Pérez es hijo pero con tantos Pérez va igual al velatorio por las
dudas. Por ejemplo: yo vine hoy porque mi mamá me dijo que era
hijo de la señora aquella que me cuidó cuando yo era chiquita. En
cambio el que está sentado al lado mío me dice que vino porque sir-
ven buen café y le parece que el muerto, el tal Pablo, es amigo del
hermano de su mejor amigo que a su vez no pudo venir por otro ve-
lorio.
Y sí. El pueblo es chico pero cuando se le da por morirse se mue-
ren de a dos. Y el pueblo entonces se reparte. Un poco para cada ve-
lorio. Algunos se van del otro muerto. Yo me quedo en el de Pablo
Pérez. Pobre Pérez. A mí también me gusta el café. Antes, en el vela-
torio aquel, el del muerto de hace veinte años atrás no hubo café, hu-
bo sí, ginebra y vino.
Don Julio se llamaba el muerto aquel, el de antes. Don Julio no
imaginó jamás en su vida lo que su muerte le haría a una joven como
yo veinte años después. Es que yo no era tan joven. Yo tenía apenas
cuatro años. Y me sentaron ahí. O mejor dicho acá. En esta maldita
silla en la que me siento hoy. Y todos pasaban llorando. Yo no llora-
ba. Mi mamá sí lloraba. Yo le quería preguntar porque tantas lágri-
mas pero no me animé. No me animé ese día pero hoy antes de venir
al velatorio le pregunté. Le pregunté y me escondió los ojos. Le dije
que no me los escondiera. Ella igual buscó refugio en la cocina. Siem-
pre le gustó cocinar a mi mamá. A mí no. No me gusta nada la
cocina. La seguí como los perritos y le pedí que me lo dijera. No me
lo dijo. Estúpida silla. Y más estúpida yo. Don Julio era mi papá. Pero
Purapalabra | 233
no de esos papás de verdad. De los de mentira. De esos que no valen
nada. Igual que ganas de llorar.
Y acá estoy en el velorio de Pablo Pérez. Lloro tanto que también
me dan las condolencias. Para que explicarles que no conozco a Pablo
Pérez. Explicarles que soy hija de Don Julio. Para qué explicar.
Me acomodo en esa misma silla, aprieto los pies y te despido viejo,
te despido papá. A vos Don Julio. A vos te despido veinte años des-
pués. Sí, me doy el gusto de despedirme de vos.
Y sí, Pablo Pérez, de vos, de vos también me despido y casi tengo
que agradecerte. Sí, te agradezco y me voy.
Gracias Pablo Pérez por devolverme el recuerdo de mi papá a qui-
en nunca conocí.
Despedida
Llegó la noche. La noche más negra que hubiese visto él. De tan
negra le pareció azul. Azul el cielo. Azul la noche.
Siguió caminando y el azul de sus ojos se encontró con ella.
Ella traía un vestido de fondo blanco con lunares azules. El la miró
con esa mirada agua de mar que invadió el territorio, de ella, de un
azul contento de verla. El territorio, de ella de la luna.
El no pudo soportar su abandono.
Su soledad estúpida. Como vacía su vida.
Y le pareció y estaba seguro, que su despedida fue tan azul como esta
noche negra. Tan negra como el azul de sus ojos.
236 | Purapalabra
a la intemperie
mi álbum de fotos.
Mudanza
Las horas quietas
mi casa
totalmente ausente.
La nada
Caminé hasta el adiós
buscando refugio
pero el invierno
no me dejó seguir.
Purapalabra | 241
Susana Della Bianca
Misterios de Buenos Aires(*)
A Manuel Mujica Lainez, que indagó
como nadie en la "Misteriosa Buenos Aires"
Purapalabra | 251
Las cosas se aclaran hablando
–Llego tarde, disculpame –dijo ella respirando agitada.
–No es nada. Traje algo para leer porque sabía que no ibas a llegar
a la hora en que quedamos.
–¿Por qué lo decís? Nunca, o casi, llego tarde.
–Esta debe ser la primera vez entonces –dijo Estela cerrando el libro.
–Bueno, al grano. Me llamaste y vine. Aquí estoy. Decime lo que
pensabas. Lo que querías decirme –dijo Adela mientras le hacía señas
al mozo para que le trajera un café.
–Bueno –dijo Estela– ¿Es cierto o son todas mentiras?
–Vos sabés que es cierto. Por eso vine. Para terminar de una vez
con esta historia.
–Lo sabía –dijo Estela– pero necesitaba oírtelo decir. Ahora todo
va a ser más fácil.
–¿De dónde sacaste que todo va a ser más fácil? –dijo Adela–. Yo
tengo la impresión de que nos vas a hacer la vida imposible.
–No lo creas. Ahora que dejaste de inventar y me dijiste que no
son inventos de la gente me quedo más tranquila.
–Vamos Estela. ¿Por qué? ¿Vas a dejar de espiarnos ahora? ¿De
hacernos seguir? ¿De pagar detectives?
–Sí, seguramente sí. Y voy a dejar de gastar plata inútilmente
–dijo Estela mientras abría su cartera.
–¿Qué hacés? –gritó Adela antes de caer.
El tiro que disparó Estela había dado exactamente en el blanco.
Cae la lluvia
Cae la lluvia
melancólica y suave
252 | Purapalabra
en la primera hora de la noche.
Voy andando y el aroma del fuego
evoca un paisaje ajeno.
El verde de los campos
se convierte de pronto en el azul de las aguas
y el recuerdo de otro cielo
camina a mi lado infatigable.
Un color nuevo surge de una luna lejana
y yo siento el reflejo de tus ojos en los míos.
Purapalabra | 253
Thalia Olivarez
Sentencia fueguina
El día no parece terminar nunca, tanta luz, tantas sombras
ahogadas evidenciando la superioridad de lo que habita bajo el mar
fueguino. El escucha las olas cada vez más cerca de donde yace,
levanta la mirada por encima de su cabeza y observa el frío paisaje que
lo aprisiona entre las rocas de la bahía. El paisaje lo rodea y lo asfixia
poco a poco. Con una dolorosa respiración atrapa el salado aire con-
gelado y lo suelta con la angustiosa certeza de estar dejando ir sus últi-
mos suspiros. Suplica que llegue el último de ellos mientras las lágri-
mas se le congelan una y otra vez sobre las comisuras de los ojos. Reza
por ya no sentir el roce del ardiente frío a través de la piel, por no ne-
cesitar la lastimosa incursión del aire hacia sus pulmones, por dejar de
oír la marea infinita de la que ahora es prisionero. Reconoce que el
dolor de las sangrientas llagas en los pies ha cedido o al menos ya no
es capaz de sentirlo. Las emociones agolpadas lo consumen lenta-
mente pero los reclamos de su cuerpo son ya tan constantes que cede
a su definitiva rendición. Sólo un inmenso deseo de perdón inunda
ahora su ser.
Suplicante, mezcla su lenta agonía con el recuerdo de la balandra
zarpando desde Punta Arenas con cuatro loberos a bordo. Recuerda
como al inicio intentaron surcar las fuertes y heladas corrientes
fueguinas pero a los pocos días se descubrieron entrando a Bahía De-
solada sin habérselo dispuesto. Invadidos por el hambre, la frustra-
ción del pobre botín de pieles y el intenso frío reñían a la menor pro-
254 | Purapalabra
vocación. No puede recordar quién de los cuatro advirtió la pequeña
canoa de madera que en su interior se encontraba iluminada por el
usual fuego destinado a ceder un poco de calor a los tripulantes;
indios yámanas, dueños y habitantes de esas inhóspitas tierras del sur.
Fue fácil para los cuatro loberos invadir la burda embarcación y
hacerse de las pieles que los indios intentaron proteger inútilmente.
El recuerdo de su embriaguez de poder al tomar del brazo a la india
más joven lo desquició. Mientras los otros dos indios eran detenidos
por sus compañeros de rapiña, él la arrastro a la balandra y con una
ínfima demostración de fuerza la tumbo sobre la fría madera para ca-
llarla. Siguieron su recorrido hasta las últimas roquerías del archi-
piélago fueguino, consiguiendo más pieles de nutria y saciándose una
y otra vez de aquella india yámana.
Como cuchillos cortándole la piel le recorrió un escalofrío al no
poder recordar cuánto tiempo pasaron navegando por el fin del
mundo. Nuevas lágrimas ardientes se le congelan en el rostro al pen-
sar en la silueta de la joven india mezclándose con la oscuridad de la
noche mientras ellos cuatro se alejaban lentamente de la bahía en la
seguridad de su balandra. Deseó inútilmente haber sido consciente o
al menos haber sentido temor por la ironía del destino que hoy se
encarga de regresarlo a ese mismo desierto oceánico donde él abando-
nó a la india yámana cinco años atrás. Haciendo que ahora fueran sus
ojos los obligados a ver una balandra alejarse lentamente de la bahía,
que ahora fuera su cuerpo el que se desgarraba a cada grito desespe-
rado, que ahora fueran sus pies los obligados a caminar sobre filosas
piedras heladas por horas sin capacidad para admitir que fue aban-
donado en una prisión de hielo. Ahora, rendido y con la espalda in-
sensible al áspero suelo sobre el que yace, percibe entre el viento in-
vernal los gritos iracundos de la india, exigiéndole piedad. Distingue
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la desesperación en el aire de forma tan clara que con sus últimas
fuerzas mira en todas direcciones con la completa seguridad de
encontrar a la india a la orilla de la bahía lanzando blasfemias y per-
jurios al cielo de nubes blancas replegadas que la condenó a una
muerte lenta y dolorosa. Pero como un condenado a muerte que es,
encuentra únicamente su soledad fatal y meritoria. Paga poco a poco
con su vida agonizante, entregándose a las rocas del mar chileno que
se agita con furor entre las más remotas playas de la tierra fueguina.
Aires
Llegué a tus calles marcando mis pasos con el sonido de una pluma.
Me mimetizo día a día con el perfume de tus jardines y con el silencio
de tu río. Como viejos conocidos, lleno mi copa con la historia que tienes
y con la que te falta.
Mi mente sólo se calma momentáneamente hasta que, como siem-
pre, la invitas a romper algún argumento.
En esta inquietud que me inspiras me asomo en el pozo de la expe-
riencia que me darán los nuevos atardeceres; los que no estallaran tan
anaranjados sobre las cumbres y me convenzo de recordarte por siem-
pre como mi inspiradora Buenos Aires.
Uno nueve cero nueve
El día que vayas a México seguramente serás capaz de percibir los
colores y sabores que lo inundan. Sus paisajes, historia y vitalidad son
difíciles de ignorar. Pero el día que vayas a México, ojalá seas de los
pocos capaces de notar y apreciar su verdadera esencia. Algunos no lo
notarán porque no lo conocen y otros no lo apreciarán porque no
creen necesitarlo y les es despreciable. No creen necesitar esa empatía
por el ser humano adyacente, paralelo, con necesidades, dolores y
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temores como los de uno. Esa expansión de los sentidos más allá del
propio ser, que conecta la sangre que corre por el cuerpo de todos,
como un solo inmenso túnel de historias, amores, orgullo, duelos, heri-
das y esperanzas compartidas. Todo y todos son en realidad uno solo.
Por eso yo te siento México. Yo te anhelo México. Yo te cielo México.
El brebaje de la sirenita
–Sé perfectamente lo que quieres –dijo la bruja del mar– es una
gran tontería de tu parte, pero de todas maneras se hará tu voluntad.
Quisieras deshacerte de tu cola para que el joven príncipe se enamore
de ti y tener, con él, un alma inmortal.
–No –interrumpió la sirenita– lo que vengo a buscar es una cura,
quiero un brebaje que me alivie de la curiosidad ajena, que me impi-
da aceptar que otro tenga que verme diferente de lo que soy para que
poder amarme. Quiero que encienda en mi corazón y en mi mente la
plenitud de un ser que no necesita ser complementado.
–Pero has de saber que eso te producirá tanto dolor como si den-
tro de ti se incendiara una hoguera.
–¡Sí! –dijo la sirenita con voz temblorosa.
Magia
Los tacones en el pasillo suenan al ritmo de la señora de la casa.
No la ves porque estás en el cuarto viendo tele con tus primos y tu
hermano pero sabes que ella está ahí. Haciendo a su mente bailar la
danza de la inquietud con la elegante armonía de sus pies y manos. La
abuelita entra a una habitación, sale de la otra y la envuelven los
olores y sabores que con su magia son transformados en la cocina.
Magia que extiende por bordados de tantos o más colores de los que
plasma sobre tela con pinceles. Sabes que ahí no termina la magia,
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sabes que puede transformar una madeja de hilo encerado en bellas
carpetas y que incluso le alcanza para tejer y deshilar manteles. Cierras
los ojos y aprecias con agradecimiento que ni siquiera en la quietud
de una tarde de sábado su magia deje de fluir entre los hijos y nietos
sentados al atardecer en los sillones contiguos al de ella. Fluyendo
entre todos esa nube de colores, inquietudes y sabores mágicamente
creada por ella.
Instrucciones para
comer comida mexicana
1. Observe. Lo que tiene enfrente sobre le plato no sólo es un con-
junto de ingredientes condensados, sazonados y transformados a través
de la historia. Lo que tiene al frente reposando con toda su magia y
pureza es el regalo que los dioses le han dado al hombre y sin el cual no
pueden vivir. El maíz y el hombre dependen como muestra de la per-
petuidad espiritual que da el valor a la vida y a la naturaleza.
2. Prepare. No se deje engañar por el aspecto tentador y condimen-
tado del platillo, a la comida mexicana siempre se le debe preparar pre-
vio a la degustación. Este es un acto declarativo que depende del temple
de cada comensal. Tremendo ingrediente. Habrá quienes sólo le agre-
guen limón, habrá quienes le agreguen más o menos verdura, habrá
quienes elijan de la salsa verde y siempre está el valiente que elije la roja
que es en ocasiones la más picante. En cualquier caso, la sentencia que
se hace en esta etapa es muestra fiel de la personalidad de cada uno.
3. Enchílese. Usted lo sabe, sabe que pasará así que no tema, deje
que el calor invada su boca, deje que explote y suavemente encienda
todos y cada uno de los colores y sabores del platillo. Es sólo calor, es
sólo ese calor que la comida mexicana te da. Calor que se disfruta, se
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valora y se consume en la boca sin temor. Es ese calor que al arder no
quema, más bien rejuvenece.
Nota: Lo dulce no quita lo enchilado, apague su calor interior con
un buen tequila, limón y sal.
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Adolescentes
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262 | Purapalabra
Alejandro Schebor
Capitulo 1: Un crimen
"Ha sido hallado muerto en la localidad mendocina
Los Penitentes el diputado demócrata cristiano
y precandidato presidencial, Vicente Sandoval.
Ampliaremos".
David Maldonado era el periodista de policiales del noticiero
nocturno de TVN. El hombre de 46 años de piel morena, se encon-
traba divorciado y con un hijo de 8 años. Si bien hacía varios años
dedicándose al periodismo policial, no había tenido muchos casos
relevantes y era la primera vez que podría realizar un trabajo atrapan-
te de verdad. Cuando le fue encargado investigar el caso, dudó mu-
cho aunque terminó aceptando. Muy amablemente, decidió ayudar a
su ex esposa en un juicio contra su actual pareja, por violencia de
género y el además no quería descuidar a su hijo. Llevaba una vida
muy tranquila hasta ese momento.
En el canal chileno TVN informaron sobre la muerte de Sando-
val el 20 de junio de 2017 a la madrugada. Andrés Besa, el director de
contenidos del canal, envió a Maldonado a entrevistar al secretario de
Sandoval, llamado Carlos Farías. El encuentro con el hombre no re-
sultó como él esperaba, ya que no estaba de acuerdo con dar informa-
ción y si bien le contó algo muy importante, le pidió que no revele
información ante la prensa.
Ya habían pasado tres años de cuando Roberto Torres se retiró del
Purapalabra | 263
Ejército con el rango de teniente coronel. Ahora era el dueño de una
cerrajería donde era ayudado por su hijo de 28 años. Además de su
hijo, tenía cuatro empleados más. Era un jefe estricto pero muy
querido por sus trabajadores, ya que les pagaba bien y era bueno con
ellos, solamente era exigente.
Llevaba varios meses bastante molesto porque muy poca gente
concurría a su local, pese a eso, su mujer lo apoyaba en todo y el trató
de persuadirla, pero no lo logró. Jugaba muy seguido al ajedrez con
su hija de 33 años. Aunque ella vivía en Capital Federal y él en La
Plata, pasaban todos los fines de semana juntos. Debido a su gran
inteligencia comprendía temas que muy pocas personas conocían.
Era fanático de Frank Sinatra.
La mañana del 20 de junio, mientras atendía a un cliente, escuchó
por radio Belgrano sobre la misteriosa muerte de Sandoval. Tras ter-
minar con la persona, Yamila, su esposa, lo llamó y le dijo que vea la
televisión. Se sentó en el sillón de su hermosa casa, luego de servirse
un vaso de cerveza se puso a ver A24, donde hablaban de la muerte
del peligrosísimo narcotraficante Ismael Orozco. El canal de televi-
sión decía que se encontraba huyendo de la justicia argentina y que
había sido abatido por la policía mendocina.
Torres sospechaba mucho porque Orozco llevaba escapando hacía
muchos meses y era raro que recién ahora informen de su muerte
muchos meses después de hablar de su supuesta huida de una cárcel.
Cuando el noticiero fue a un corte, llamó a Octavio Zacateas, su
mejor amigo, que era científico forense. Zacateas, prudentemente, le
dijo que también lo había visto y que algo sospechaba, pero que no
estaba seguro si debían investigarlo.
Mientras ambos hombres decidían que hacer, David, por pedido
del noticiero, fue enviado con un equipo a entrevistar nuevamente a
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Farías. Tocó la puerta de la casa y como nadie contestaba, le pidió
ayuda al camarógrafo para forzarla y poder ingresar. Lograron abrir la
puerta pero no encontraron al tipo y decidieron subir la escalera para
ir al segundo piso. Ya arriba, vieron un camino de sangre y lo siguie-
ron hasta una habitación. Abrieron la pesada puerta con mucho es-
fuerzo y encontraron a Farías muerto, con un cuchillo clavado en el
corazón. En la mesa de luz había una carta escrita en una hoja de pa-
pel que decía: “No voy a decir quién mato a Sandoval, eso muere
conmigo y espero que nadie, absolutamente nadie, piense que lo
hago por su familia, sino que lo hago por mí. El murió porque
sabía que algo le pasaría tarde o temprano y quiero que quede claro
que su muerte traerá grandes consecuencias”.
En ese momento llegó la polícia al lugar donde encontraron a
Maldonado y les pidieron que se retiren del lugar. Cuando llegaron al
canal, su jefe le comunicó que al cuerpo de Sandoval le realizaron una
autopsia. El hombre moreno no sabía qué decir, así fue que pidió si
lo dejaban ir a su casa, lo cual le fue permitido.
Pasaron un par de días en los cual la situación comenzó a ser bas-
tante tensa entre los integrantes del gobierno chileno. El Congreso de
ese país acusó al gobierno argentino de asesinar a Sandoval, debido a
que sabían de su parecido con el narco y no les importó.
El presidente argentino Mauricio Macri fue entrevistado por un
diario argentino que le preguntó sobre el caso, él menciona que sabe
que el diputado sigue vivo y que sí fue asesinado el peligroso hombre.
El Presidente argentino estaba seguro que su gobierno no estaba
vinculado con la muerte de Sandoval, aunque sospechaba algo y
había decidido llamar a la presidenta del país vecino.
En Chile, la presidenta Michelle Bachelet habló ante el Congreso
para informarles que el gobierno de Argentina no estaba vinculado
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en la misteriosa muerte. Cuando faltaba una semana para que se
cumpla un mes del asesinato, el 13 de julio la mandataria habló al país
para tranquilizar las cosas. Su discurso fue ignorado por gran parte
del pueblo, mencionó que las elecciones del presente año serían can-
celadas hasta que la situación se calme. Dos diputados, Fidel Espinoza
y Claudio Arriagada, presentaron un proyecto para destituirla,
acusándola de asumir un poder absoluto con autoritarismo. Gracias
al apoyo mayoritario de la unión democrática independiente y de
gran parte del partido socialista, se aprobó. En la Cámara de
Diputados se votó el proyecto con un resultado de 90 votos a favor,
15 en contra, 10 ausentes y 5 abstenciones.
Muy preocupado, David supo que la situación estaba mal, le pi-
dió a su ex esposa y su niño que dejen el país, pero ellos se negaron.
En TVN seguían investigando la muerte de Sandoval hasta que la
justicia chilena les comunicó que ya estaba en sus manos. Enojado
David reclamó poder seguir investigando, lo cual es rechazado. El
sabía que había algo más. Tras pensarlo bien, decidió seguir investi-
gando el caso.
La Cámara de Senadores votó la destitución de Bachelet, con un
resultado de 20 votos a favor, 15 en contra y 3 abstenciones.
Fidel Espinoza asumió el cargo de la Presidenta destituida.
Mientras tanto, Torres ya estaba preparado con Octavio para
viajar a Mendoza a investigar, cuando se enteró de la situación polí-
ticamente tensa en Chile.
Ya en el aeropuerto de Capital Federal, los dos hombres tuvieron
problemas y fueron llevados a la comisaría. Ahí les dicen que no
podían viajar por portar armas, a lo que Zacateas enojado les respon-
dió que era mentira y que revisen bien sus bolsos. Desconfiando de
su amigo, Torres no le cree a su amigo pero cuando los policías abren
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las pertenencias y ven que no había ningún arma preguntaron qué
ocurrió. Le susurró que mientras que los llevaban escondió las pisto-
las en el bolsillo interior de su campera. El sujeto charló diplomáti-
camente con su interrogador, quien se asustó con lo que le dijo y de-
cidió soltarlos. Una vez liberados, escondieron las armas debajo de la
ropa y los libros, y tomaron su avión.
Durante el viaje conversaron sobre su vida, hasta que al cabo de
dos horas llegaron a Mendoza, donde se ubicaron en el hotel Carollo
e instalan una oficina de investigación.
Mientras Torres y Zacateas comenzaban a investigar en Mendoza,
la situación fue totalmente diferente para Maldonado. Debido a la
destitución de Bachelet, en su lugar de su trabajo comenzaron a des-
pidir a las personas partidarias a la ex Presidenta y él mismo apareció
en las listas. Gracias a la intervención de su jefe no fue echado. El
sospechaba mucho sobre la muerte de Sandoval. De regreso a los
estudios de TVN, recibió un mensaje que decía que le habían dejado
algo en su casa. Agotado por su largo día en el trabajo, llegó un rato
más tarde y en la puerta de su casa encontró una caja con un mensaje
que decía: “Cuando abras esta caja, vas a encontrar muchas cosas
que te van a ayudar a resolver el caso. Luego tenés que llamar al
numero 15 7319 4462”.
Entró a su casa, dejó las llaves de su auto en una pequeña mesita y
llevó la caja al living. Se sentó en el cómodo sillón y la abrió. Quedó
impactado por las cosas que había adentro. Miró nuevamente el
número del mensaje y lo marcó.
Menos de 20 segundos pasaron, cuando una voz le dijo:
“¿Estas preparado para la acción?”
Purapalabra | 267
El cielo azul fue testigo…
El cielo azul fue testigo de cómo México temblaba con mucha
fuerza. Hoy las tierras se movieron, al igual que hace exactamente,
también hoy, 32 años y la gente tiene miedo por sus familias.
Una pareja vio desde su departamento cómo la capital mexicana
se llenaba de humo y le pareció superfluo agarrar su computadora.
Edificios de todo el país se cayeron a pedazos, la gente fue testigo y
vieron con horror la destrucción, por lo que el gobierno los mandó a
buscar un refugio seguro.
En algunos lugares las ventanas se quebraron o en otros se rom-
pieron. La situación en el país hermano es desesperante.
¡Fuerza México!
En la penumbra leve de la tarde…
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Kiara Campo
Tantos pajaritos y ninguno sabía volar
La desesperación conlleva grandes decepciones y conflictos socia-
les. Digamos que en mi época no se estilaban ni remedios ni psiquia-
tras. Sólo la esperanza y la buena voluntad, de la cual en ciertos mo-
mentos carecía, no por mala vida o malos tratos (bueno, en realidad
algunos nomás), que generalmente ronda a la gente depresiva como
lo era yo, en ese entonces.
A lo largo de la vida hay grandezas y bajezas, lo cual comprendí
antes de poder “curarme”, por así decirlo. Pero que tuviera este
problema, no significaba que no me haya querido pasar cobardemen-
te de viva en grandes circunstancias, como por ejemplo humillar a al-
guien débil y sin tantos recursos emocionales:
Por ejemplo, un día, al estar tan aburrida a la hora de formar fila
en el colegio para luego irme a mi casa (y digo aburrida porque en ese
entonces me aislaba mucho del mundo escolar), decidí “entretener-
me” un poco y al ver a un compañero mío que tenía características
como las que relaté en parte del segundo párrafo, tomé mi nueva
cámara Polaroid Instant Camera, que me habían comprado especial-
mente para mi cumpleaños. La había llevado en secreto al colegio,
aunque pronto no fue tan secreto, debido a la fotografía que le tomé,
y en circunstancias totalmente humillantes, tanto que mejor ni des-
cribirla.
Entonces, al no haber en esos momentos redes sociales ni nada se-
mejante, decidí hacer decenas de fotocopias en blanco y negro obvia-
Purapalabra | 269
mente, y las empecé a pegar en puertas de casas y árboles de todo el
barrio (qué basura, ¿no?).
Justamente, esa misma tarde, dos chicas de mi curso paseaban en
bicicleta por esa zona y quedaron pasmadas de ver semejante imagen.
Sabían perfectamente que fui yo quien la había tomado y pegado, ya
que el barrendero de esa misma calle me había visto pasar de puerta
en puerta, de árbol en árbol. Como también él estaba sorprendido
por esa fotografía, les gritó desde una esquina:
–No se maten investigando quién fue. Yo la vi, ¡fue Kiaraaa! –y
ahí les cayeron todas las fichas de lo cobarde que era.
Al día siguiente todos estaban en mi contra y me llamaban cobar-
de y sin corazón. Podrían tener tanta razón como culpa sobre ese
tema. Quiero decir, que ellos tampoco habían sido muy cordiales y
verdaderos conmigo. Sólo me tenían con coronita cuando yo les
daba algo. Además, tampoco habían sido muy valientes al meterse
anteriores circunstancias conmigo, sabiendo que yo no tenía tanto
carácter.
Lo que quiero decir, es que estar depresivo y en esos momentos
aburridos es algo que no nos convierte en víctimas como para
descargar el dolor y la vergüenza de uno mismo en imágenes sobre
otras personas, que tal vez no son tan fuertes de carácter como este
amable chico, alguien que jamás había hecho nada malo a nadie, al-
guien que tan sólo se defendía de las fieras del bullying –que de ver-
dad eran varias en ese entonces–, y que por más maltratado que pudo
haber sido este chico, él nunca bajó los brazos en el misterio de la vi-
da. De un segundo a otro, algo nos puede cambiar, tanto para mejor
como cuando uno se va haciendo más fuerte, o para peor como
cuando uno baja los brazos a los obstáculos y decisiones que lleva la
vida.
270 | Purapalabra
Marta
Recostada en la camilla junto a sus dos nietitas, su hija y su dulce
marido, Marta les impregna un fuerte beso de despedida, debido a
que la esclerosis pudo con ella y con los años restantes de su vida.
Su nieta mayor y su hija lloran ríos húmedos y tristes, salvo la
menor y su esposo, que logran comprender que... que lo único que
podían hacer en ese momento era dejar que su alma se eleve, pudien-
do dejar que se vaya a un lugar sin enfermedades ni angustias, cuidan-
do a sus seres queridos, y Dios sabe quién más.
Ella había sido un ser con una personalidad querible y buena...
Van pasando los minutos y sus parientes amados se encuentran tristes
pero esperanzados, observando la máquina desconectada, pero aún
siguen contemplando su liberación como la de Marta al irse, dejando
de sufrir por lo que era su desgracia.
De repente su hija, su hija siente como un vientito y una leve voz
en sus oídos y su nuca..., hay algo en su interior, algo tan leve con las
palabras, pero a su vez poderoso, por cómo lo siente la voz espiritual
de esa alma libre y protectora, por así decirlo, le hace saber que estará
en sus corazones y en sus mentes, (si es que se lo permiten). Y por
último les hace saber nuevamente y les recuerda que pronto, algún
día, volverán a encontrarse.
Finalmente, al cabo de unos meses, su familia la sigue extrañando,
pero aún así logran mantener en ellos el sentimiento de que la vida
sigue y que todavía les falta mucho que recorrer, aprendiendo con
mucha sabiduría que la partida de alguien, por más tremenda y espe-
luznante que resulta al principio, no tendrían por qué ponerle fin a
los buenos momentos que Marta espera que ellos puedan aún vivir.
Por eso mismo, uno podría entender –con la suficiente madurez–
Purapalabra | 271
que cualquiera que pueda contemplar la vida y la muerte como un
aprendizaje, sin darse por vencido, aún vencido, equivaldría a ser
fuerte y no decaer en la angustia cuando se pierde algo. No porque
hayamos hecho algo mal o nos hayamos equivocado, sino por la vida
misma que uno mismo jamás podría predecir.
Mirar hacia adelante
Mirar hacia adelante, mirar hacia los costados, podría ser una
aventura. Pero mirar hacia el punto de nuestras angustias y preocupa-
ciones, ahogarnos en la bronca de esas cosas que te lastiman, hasta la
más mínima, resulta ser un decaimiento profundamente abismático,
con esa sensación carente de carácter, donde los sueños y las esperan-
zas parecieran defraudarte al no formar parte de una realidad visible.
Rosa china
¿A dónde has ido pequeña Kiara?, tu hermosa rosa china sigue en
pie. Recuérdame antes de volver a dañarte, una vez más y caerás, te
juro que sí.
Ahora explícame y revíveme de la horrorosa reacción que has
tenido. Busca un momento de paz, has sido muy despreciativa en-
cerrándote en tu propio triángulo.
Dime ahora qué harás con la lluvia de tu corazón. ¿A dónde has
ido a parar, rostro angelical? ¿acaso se ha dormido en la rosa china?
Recuerda que no todo está perdido, te lo asegura mi mente sabia.
Ya empezó
Ya empezó, ya surgió esa tarde tan soleada como luz en tu mirada.
Yo estaba y nunca quedó olvidada, como mi fijación de arriba a abajo,
como flor en tu atajo. Te irás como estrella en la grandeza, pero yo te
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seguiré otra vez como un giro al revés. Es así, es así pero no te perdí.
Es tan intenso y sangriento, que me detengo y titilo en tu viento.
Y así será como de a poco te arrepentirás de una forma tan fugaz,
por más que de a ratos no te sientas capaz.
Te mantendré viva en mis manos tan idas, en las cuales jamás me
olvidas. Mi promesa en la más noble, junto a tu mirada tan torpe.
De a poco la mentira se oxida y se hace maldita.
Paso a paso, te entrego un regalo que te hace un fogonazo en tus
ojazos. Si me voy, mantente tanto en pie como un ciempiés.
¡Y que cálidos son tus brazos cansados!
Purapalabra | 273
Lola Díaz
La manera de describir
A mí siempre me dicen que yo describo demasiado, hasta el más
mínimo detalle, que resulta cansador.
Una vez, la profesora me dijo que describir era como acariciar un
objeto, y eso me quedó. Si queremos poner un ejemplo de cómo sería
describir, tendríamos que elegir un objeto como una roca y decir
cómo se ve. Es gris y es una roca, de una manera superficial, pero si
quisiéramos saber cuán pesada es, tendríamos que tomarla para sen-
tirla, liviana o pesada, en nuestras manos, cálida o fría, lisa o áspera, si
la acariciamos. Mirarla detenidamente, nos permite conocer su tono
de color. Será gris viejo o un brillante plateado, también podremos
encontrar pequeños gramos de arena adheridos a ella. Con la luz
correcta, un pequeño iris de colores se formará. Pero lo más impor-
tante de la descripción es eso que no se puede oír, ver, tocar o sabo-
rear, sino sentir.
¿Qué es lo que la piedra te hace sentir? ¿te dan ganas de encontrar
un lago cercano y tirar la piedra a ver si rebota? ¿recolectar algunas?
¿o más bien lanzársela a los pájaros o personas que andan por allí?
Las cosas son como son. No son buenas o malas. Cuando una
persona describe un objeto, habla más de sí misma que del objeto.
Podemos ver si demostró interés, si es detallista o si en realidad ese
objeto pertenece a una persona especial o le recuerda a alguien espe-
cial.
274 | Purapalabra
Eso es lo que se logra al describir; convertir un objeto ordinario en
uno extraordinario.
El cuadro que se convirtió en ventana
Inspirado en los cuadros surrealistas,
y en “Alicia en el país de las maravillas,
de Lewis Carrol
Un día como cualquier otro, en un pequeño pueblo de veraneo,
en una pequeña casita, en una pequeña habitación, había un cuadro.
Ese cuadro era de una playa con el mar turquesa y el cielo celeste. Un
barquito de madera navegaba por las tranquilas aguas.
Camila pasaba la mayor parte de su tiempo admirando el cuadro
de su habitación. Tanto que no se dio cuenta que un día puedo
apoyarse sobre él y asomar la cabeza para sentir el fresco y salado
viento marino que corría por su cabello.
Adelante y atrás; las olas se movían como si estuviesen jugando.
Adelante y atrás; pequeñas gotas dejaban un charco en los pies de
Camila.
Adelante y atrás; el charco se agrandaba hasta que Camila se vio
obligada a patalear cuando el agua le llegó a la cintura.
Adelante y atrás; la habitación se seguía llenando de agua hasta
que los objetos más livianos flotaban.
Adelante y atrás; el agua seguía entrando como si se llenase una
bomba de agua hasta llegar a su máxima capacidad, explotando la
bombita; abriendo la puerta de par en par, dejando en la superficie lo
que el agua desechó.
Purapalabra | 275
Globos
Imagínense si todos viviésemos en el cielo, flotando con globos.
Es decir, tu casa levita con globos, tu perro levita con globos, vos le-
vitás con globos.
Si pudiésemos tocar las nubes para sentir su textura y sabor o si
el tránsito pudiese ser la culpa de las palomas.
Imagínense todo el día flotando, siendo tan livianos como plu-
mas.
Imagínense si todo lo que quisiésemos estuviera al alcance de
nuestras manos.
276 | Purapalabra
Octavio Plá
La joven bonita
Un domingo, en la playa de una ciudad costera, en el estado bra-
sileño de São Paulo, se encontraba Juan caminando por la arena,
cuando se sorprende al cruzarse con una linda joven morena que
parecía una muñeca Barbie de color. Flaquita y de muy buenas curvas
era su cuerpo. Al chocarse, él le preguntó su nombre. Julia Oliveira se
llamaba, y se despidieron como si nunca se hubieran cruzado.
Se quedó tan encandilado con esa muchacha que desde ese mo-
mento decidió seguirla para poder seducirla, a pesar de que él no
parecía guapo, más bien era un hombre como el promedio, común y
corriente.
El lunes encontró a Julia en la misma playa en la que se cruzaron
por primera vez. Ella estaba sentada en la barra de un bar en la playa
con una caipiriña en sus manos en un rincón del bar. El se pidió una
caipiroska para justificar su presciencia, cuando apareció un joven
musculoso, cual si fuera físico culturista, que fue acercándose a la chica.
Luego de unos gestos cariñosos, descubrió que era su pareja. Frus-
trado, los observó como si estuviera espiándolos, hasta que ellos salie-
ron juntos, cosa que él también hizo, y los fue siguiendo, caminando
y observándolos a la vez.
El martes, con un sombrero Fedora blanco, para no llamar su
atención de manera irrespetuosa, la siguió desde cierta distancia para
saber qué hacía Julia con el grandote de su novio. Durante la camina-
ta, el tipo le compró una flor roja, tan bonita como ella, en una flore-
Purapalabra | 277
ría de la cuadra. El pensaba que ese gesto romántico era un poco su-
perficial, y que el hombre escondía algo, ya que pensaba que un tipo
como él tendría a varias mujeres persiguiéndole como policías a un
fugitivo, y en su mente el presentía que algo pasaría con la pareja.
El miércoles los siguió como el día anterior. Oculto tras su Fedora
blanco, los vio desde el otro lado de la cuadra en la calle que daba a la
playa, jugando voley. A Juan le llamó la atención que la chica jugara
bien aquel deporte, y eso le dio una buena impresión de ella mientras
los veía entre golpes a la pelota y gestos cariñosos con su novio des-
pués del partido. Mientras tanto, él seguía rezando para que algo le
ocurriera a esa pareja, para que en ese instante la muchacha pueda
estar disponible para que Juan se acerque a ella y se enamore perdida-
mente de él para toda vida.
El jueves, caminando otra vez por la calle que daba a la playa, la
encontró con un grupo de personas que escuchaban a unos músicos
de bossa nova, tuvo la imagen de que ella era de buenos gustos mu-
sicales, y eso a él le impresionó bien, porque también era fan de la
música brasilera. Después de verla, se pasó todo el día caminado por
la ciudad con la carita de Julia incrustada como un clavo en su mente.
El viernes, caminado por esa misma calle, la encontró en un salón
de belleza haciéndose retoques para embellecer su rostro aún más de
lo bello que era. Juan se quedó congelado mirando a la chica, sintién-
dose más atraído y, tal vez, excitado cuando la vio salir del salón.
Más tarde, sentado en la playa, la vio meterse al mar con el hermo-
so traje de baño con un estampado de selva, que permitía apreciar su
atractivo y hermoso cuerpo. Se quedó mirándola nadar en el agua y
luego verla acostada sobre su toalla tomado sol. Así, hasta que ella
tomó sus cosas y se fue de la playa, cosa que él también hizo, ya que se
estaba haciendo de noche y comenzaba a hacer frío en el ambiente.
278 | Purapalabra
El sábado, mientras caminaba por la misma calle, la vio en una pe-
queña tienda de ropa desde la vidriera, mientras ellas elegía que
prendas se compraría. Juan la veía como una chica con buen gusto con
la ropa, lo que la embellecía más de lo que ya era, y se asombró de lo que
la joven podía hacer con su belleza. El descubrió la alegría que ella
mantuvo durante todos estos días de aquella semana, mientras la
seguía de lejos, oculto con su Fedora blanco, sin que la chica se diera
cuenta.
El domingo en la noche, caminado por la arena de la playa mientras
tarareaba una bossa nova para sí, empezó a escuchar un llanto a lo lejos.
Era Julia. Estaba sentada y se cubría la cara con las rodillas, lloraba des-
consoladamente. Juan le preguntó el motivo para llorar de esa manera,
Julia le dijo que encontró a su pareja con otra mujer en la cama. Juan
comprendió que tenía razón con respecto a aquel tipo, había una o más
mujeres detrás de él.
En ese preciso instante, como forma de consuelo, le empezó a
hacer masajes en los hombros y a susurrarle palabras de afecto al oído,
para lograr que Julia deje de llorar.
Con el paso de los minutos, la joven comenzó a relajarse y le pidió
que pasara sus manos por todo su cuerpo, y Juan, haciéndole caso, así
lo hizo, sintiéndose internamente como un ganador. Comenzó por
los senos de la chica, debajo de su camiseta, ella empezó a excitarse
cuando él pasaba sus manos por su cuerpo. Después ella se dio vuelta
y le dio un beso extremadamente pasional.
Esa noche hicieron el amor de una manera sensual e intensa. A la
mañana siguiente, Juan y Julia se despertaron de aquella gran noche
y, a medio vestir, caminaron abrazados por la playa, como si los dos se
dirigieran hacia un futuro próximo en el que vivirían juntos eter-
namente.
Purapalabra | 279
Muchas gracias por
haber compartido este 2017,
la Profe.