0% encontró este documento útil (0 votos)
404 vistas26 páginas

Poemas de Izara Batres

Este poema resume varios poemas del libro "El fuego hacia la luz" de la autora Izara Batres. El primer poema describe a un poeta y el tiempo que se persiguen erráticamente hasta morir por exceso de amor a la vida. Otro poema describe recuerdos de paseos por Manhattan, como Greenwich Village y el puente de Brooklyn al atardecer. Un tercer poema habla sobre un país lejano donde rugían las olas y se entendió que el dolor había perdonado su alma.

Cargado por

valeria
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
404 vistas26 páginas

Poemas de Izara Batres

Este poema resume varios poemas del libro "El fuego hacia la luz" de la autora Izara Batres. El primer poema describe a un poeta y el tiempo que se persiguen erráticamente hasta morir por exceso de amor a la vida. Otro poema describe recuerdos de paseos por Manhattan, como Greenwich Village y el puente de Brooklyn al atardecer. Un tercer poema habla sobre un país lejano donde rugían las olas y se entendió que el dolor había perdonado su alma.

Cargado por

valeria
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Izara Batres

/ Poemas

I.
 

Y cómo vivir...
si la daga nítida
hiere hasta el origen del grito,
cómo se sostiene esta muerte continua,
este fin del mar.
Dios, flor de calor, núcleo infinito de las esencias,
me abrazas en este túnel, me llevas,
y yo no veo, pero creo en ti.
 

II.
 

Desbordada de mí, madre


rota por mi herida;
con una cruz en el rostro,
que te siega las mejillas y la luna,
los ojos de noches sin luz y sin sueño,
la vida en las manos,
pidiéndote oración
por tu niña que se marchita;
avanzas extenuada,
batallando, con tu voz rota,
contra el adiós fulminante,
trayéndome de nuevo a este mundo
en un parto sin fin,
donde siempre nazco bella y firme
para después romperme en cristales;
me traes, me llamas, me recuerdas el tiempo,
reclamas mi luz.
Me abrazas, me abrazas,
abrazas a la hija que fui,
a la niña que un día perdió
su mirada de estrellas.
Quiero que dejes de consumirte, madre,
quiero quitarte las ojeras
y el peso,
y que tu piel vuelva a ser tu piel,
y que resplandezcan tus ojos
hundidos de lágrimas.
Quiero verte, madre,
verte sin mi dolor en tus pupilas,
verte sin la alerta del miedo y de la herida;
quiero sangrar yo sola,
quiero abrazar el cuerpo que me has entregado
hasta la última gota,
las palabras con las que serenas mi alma
cada noche, para que pueda dormir,
para que pueda respirar.
Quiero abrazarte, madre,
pero está el nido de agujas,
está el ovillo nebuloso
que me recuerda que ya no soy la misma,
que ya no estoy,
y debo volver a hacer la catarsis,
debo volver a nacer,
desde el amor,
para mirarte y recordarte como eras antes,
cuando el dolor no existía,
y gritarte ¡no llores, madre!,
desde lo que queda de mí,
no llores más.
 

III.

El poeta y el tiempo
 

Una esfinge,
sobre el milagro nocturno
de la tierra azul,
baja sus párpados de infinito y arena.
Se suceden los instantes, las liras.
Despacio, el tiempo cierra el libro
de la luz y la belleza.
Algún deseo lejano, de medianoche,
volando hacia la inmensidad del fuego,
se derrama en versos.
El poeta y el tiempo,
como en una persecución errática,
mueren de suicidio,
por exceso de amor a la vida.

IV.
 
Recordad los días de luz,
mientras el mar conserve su latido
y las aves vuelen contra la brisa,
hacia el origen de las mareas.
Cuando el cosmos deje de filtrarse por el agujero
del sueño,
el bramido de la nada
ensordecerá la tierra.
Pintad los nuevos alfabetos centenarios
en el rigor de la pausa de un zumbido
de abeja.
Escribid, en la fusión del cielo y el suelo,
la tempestad cristalizada,
donde una coma es mañana, el libro y la hoguera,
y las tres de la tarde, y un tacto de anís sin tregua,
y la caricia de la piel
escondida en la otra piel.
Recordad el relámpago que hizo temblar la teoría,
elevándose por encima de otro vendaval de arena.
Y cómo, desde el tiempo abierto,
se escribió poesía,
accediendo, entre sílabas,
al suceso esponja.
Regresad la belleza desnuda de aquellos días.
Dibujad la imagen que nadie verá,
la pasión, la región infinita
de donde brotan la verdad y el dolor
que buscamos sin tregua.
Ya no queda ese amor, al final
de las avenidas.
No olvidéis.
No dejéis a la polilla entrar.
Recordad los días de luz,
cuando el soñador inventaba el tejido,
porque la fibra seca del hormigón
no tiene porosidad.
 

V.

Juega con tu tristeza, chiquillo.


Ovíllate en un claroscuro, fuera del mundo.
Coge el calor y la rabia,
la furia de tus cenizas,
y abre la herida.
Pinta con sangre en las paredes de los que no te verán,
para quitarte del rostro esa luna ahogada y vieja.

Haz pedazos los relojes, los olores, los recuerdos.


No volverán para arreglar lo que hicieron.
Pero tú no te marcharás jamás.
 

VI.
 

Don Quijote

El mundo te hizo parecer un loco estupendo, Quijote.


Tú ya lo sabes.
En esa cabeza otoñal de molinos gastados,
y libros antiguos;
de sueños y ausencias,
tus ojos veían más allá del tiempo.

Allí donde los relojes se deshacen


hasta tocar el infinito del absurdo.
Allí donde mueren, entumecidas,
las raíces de una historia degenerada,
buscaste el sentido.
Buscaste un sentido.

Querías encontrar la belleza y plasmarla,


fijarla en un molde, y mantenerla.
Qué incorrección, pensabas,
creer que no era posible.

Y lo intuías,
el tiempo dibujaría al loco estupendo.
En tu mirada infinita creías saberlo,
como una voz mínima susurrando,
desde la verdad del ser:
“Es el mundo el que va al revés, Don Alonso Quijano.
No es usted”.

VII.

Hoy he creído en ti
Te he dado la mano
y, en silencio,
las almenas más altas de la cordura
han entonado sus mantras más tiernos.
Hoy hemos crecido
y algo ha cambiado
porque estamos desnudos.
Y no nos hallamos próximos
al espejismo.

VIII.
 

Crearé una fuente salvaje,


una fuente elástica y blanda,
y el agua saldrá a raudales,
despertando a los títeres que se mueven bajo las cuerdas.
Será una fuente oblicua que despedirá gaviotas
y dibujará un intersticio en el gris uniforme.
Recuperaré mis libros,
pintaré sobre ellos el amanecer de nuevas letras
para nuevos oídos,
romperé las páginas muertas,
la letra muerta, la sangre muerta,
mira cómo nace, eclosionando desde la azucena,
un prodigio de tinta, un latido esencial que nutrirá
nuestra transición de elementos.
Ya estoy escribiendo, sobre las hojas, sobre el aire,
en la cúpula invisible del cielo.
 

(Estos poemas pertenecen a los libros Avenidas del tiempo, El fuego hacia la luz,
Tríptico, y Sin red).

EL FUEGO HACIA LA LUZ

ALGUNOS POEMAS DEL LIBRO

I
El poeta y el tiempo

Una esfinge,
sobre el milagro nocturno
de la tierra azul,
baja sus párpados de infinito y arena.
Se suceden los instantes, las liras.
Despacio, el tiempo cierra el libro
de la luz y la belleza.
Algún deseo lejano, de medianoche,
volando hacia la inmensidad del fuego,
se derrama en versos.
El poeta y el tiempo,
como en una persecución errática,
mueren de suicidio,
por exceso de amor a la vida.

II.

Manhattan Blues

Dame la mano.

Ven conmigo para que te explique la fina trama de la ironía.

¿No es verdad que, a punto de la noche,

cuando el cielo se convierte en un océano de luces

bajo la ciudad de Nueva York,

tú enciendes un cigarro y respiras,

y dejas que las cosas bailen al compás de algún viejo blues?

¿Es cierto que, todavía, en Central Park

se desintegran los cometas,

y, más tarde, caminando por la Quinta Avenida,

los árboles son de otoño?

Tú nunca me contaste el secreto invisible

para hacer de esta distancia lo que hicimos;

para que, una vez, desde la ventana de uno de esos rascacielos

le dieras la vuelta a mi vida.

Es gracioso que recuerdes los paseos por Greenwich Village

entrelazados con la sutil fábula de niñez.

Y el puente de Brooklyn,

como un gigantesco caballo épico,

dorado y llameante,

cabalgando sobre las aguas de fuego, al atardecer.

La noche es una descomunal alfombra de versos


que has desnudado y tendido a nuestros pies

infinitas veces,

con un solo gesto de tus dedos.

Un solo brillo infinito con el que admirabas

los objetos de las tiendas antiguas,

y esa febril emoción

de las hermosas tardes de primavera frente al lago,

suspendidas en el tiempo.

Pero aquella pastelería,

en la que fuimos unos deliciosos chalados

en busca del aroma blando y caliente, al amanecer,

se ha confundido, absurdamente,

con el hormigón,

silenciada, como una estructura sin ojos.

Y nosotros…

¿nos hemos perdido?

Cuéntame esa pequeña inconsistencia

que te convierte en lo que me ayuda a respirar.

Me pareces de brisa cuando te imagino

con una copa elegante en la mano,

música jazz en tu apartamento de Frank Lloyd Wright,

el cuerpo esbelto, la gabardina,

y una mirada de miel, infinita, a través del cristal,

derramando melancolía

sobre las calles y los ritmos de Nueva York.

Memorias agridulces de los días felices,


del frenético esplendor en las avenidas,

y la sucesión de lunas y esfinges

que habitan las noches de la gran ciudad.

¿Crecerán, esta vez, las flores de primavera en Little Italy?

¿Regresarás a ese laberinto de imágenes

que es Broadway con la 42?

Escríbeme un verso y yo te regalo

la mejor de mis sinfonías.

Tal vez así lleguemos al acuerdo perfecto;

ése que no divide nuestros tiempos y nuestras vidas.

Y quizá yo esté ahí;

quizá yo llegue a mirarte desde la risa cálida,

bajo las ramas floridas o desnudas de los árboles,

en una de las cuatro esquinas.

Quizá esté enfrente, esperando,

con un ramo de flores, y el cuello de mi abrigo largo

desplegado, al modo de un dandi,

mientras los coches pasan,

y las mujeres bajan las escaleras con sus tacones.

Y entonces, tal vez, te recordaré con esa sonrisa tímida,

pero súbitamente turbadora,

el viento de Manhattan revolviéndote el cabello,

y, al fondo, el Hudson, y la antigua melodía del puerto.

Tus manos sobre el abrigo, mientras corres,

sólo una imagen fugaz,

juego de luces, los cables del puente,


algún turista en pinceladas,

yo diría estupideces;

y tus ojos sonreirían, con esa particular forma de contención

que abarca el mundo.

Ignoro si aquel aroma de hibisco sigue perfumando

el trozo de parque que nos prometimos,

mientras sonaba la vieja canción de jazz.

Pero déjame decirte que, una vez, tuvimos…

Quizá, una vez tuvimos

ese irónico, leve destello

que anuncia la eternidad.

marzo 12, 2014

IV.

Era en otro país.

Eran los tigres, de noche,

y las estrellas, en el tambor, a lo lejos.

El barco de coral inundaba el cielo,

cargado de risas.

Rugían las olas.

Un latido, en el aire, golpeó,


salvaje como el universo.

Y entendí

que, al fin, el dolor

había perdonado a mi alma.

V.

Tiene que estar ahí,

entre el telón y la espuma

y la baba amarilla de la luz eléctrica.

Tiene que estar más allá del circuito

que nos deshace y nos traza

bajo el licor urbano de las mareas.

Tiene que ser algo más que un lunes

tras el domingo,

algo más que la m-40;

tiene que estar deshipotecado,

desacontecido,

escindido de la madeja.

Tiene que ser dorado y pasaje,

la suma oblicua de ayer y selva,

tiene que desplegarse,


como el milagro de una edad encendida,

sobre el muro del opio,

los trámites y los enemas,

sobre las cifras, sobre el amor dormido,

sobre el magnífico absurdo

de la burocracia ciega.

Tiene que desplegarse,

con las alas enfebrecidas,

hasta tocar el vértigo de las esencias.

Y cuando ruja, con su profundo corazón celestial

incendiado de cólera y ternura,

sabremos que no era un sueño.

 VI.

Fabrícame con tus ojos la existencia

de un lugar en armonía con el fuego,

haz una barca con los extremos del día,

pon en el centro una urna y un sitar,

yo seré la golondrina.

Crearemos, en el viraje, un boceto

de lo que debe ser la eternidad;


después, ataremos hilos de colores.

Haremos un pastel para desinfectar

el tuétano del coloso,

lo limpiaremos de billetes

y de nada;

proclamaremos el estado

de ingravidez.

Haremos cera, como las abejas,

la volcaremos sobre los huecos,

sobre la sucesión de instantes,

hasta que el mástil gire.

Será la percusión de un increíble

amanecer almendra.

Una vez que el viaje haya comenzado,

no mires atrás,

no dejes que tu pelo se detenga,

sé cómplice del ritmo;

déjate acariciar

por el viento en el que se mecen las aves,

por el enloquecido ciclón imaginario

que barrerá las calles de felpa,


y dibujará cascadas y óleo

desarticulado,

y hermosos caballos-cisne,

donde, hoy,

hay plazas de piedra.

Mira más allá de las olas que acarician

el vientre infinito;

escucha,

sólo un segundo, un átomo, una centésima…

En la llama del verso hacia la luz

alguien ha dejado un mensaje:

«Amad hasta la muerte».

VII.

Yo he visto atardeceres nubosos como el halo del deseo

en una fugaz respiración de invierno.

He contemplado cómo una mirada puede ensordecer

la ira del clima.

Y tus manos han acariciado numerosas veces

esta pátina del olvido

que ofrece un vulgar otoño.


O el primer recodo del frío, al final de una calle de Nueva
York.

Te quiero porque te vuelves rojo cuando el aire ha exhalado

el último hilo de niebla,

cuando ya no quedan heridas,

y el cielo apaga el vendaval del mar,

tras la búsqueda.

He amado muchas veces tu espléndida frente recia

que no naufraga;

el nuevo estallido de las espinas.

Por esto y por otras cosas,

porque he visto caer el telón

sin que el mundo se despierte y pueda ver la obra,

amo tu sinfonía al vaivén del fragor desordenado.

Cuando la última estrella ha puesto en el rosado crepúsculo

un poco más de fantasía.


CANCIÓN DE CUNA

Luz de la nube sin fin.

Desde mi cama

veo pasar las nubes del cielo y el tiempo.

La luz entra por el balcón y derrama

su dulce hilo trágico de recuerdos.

Tal vez, la cuna sigue meciéndose.

No lo hago yo. No puedo.

No me muevo de esta cama

y de esa nube.

Nuestro precioso, precioso niño sin dientes…

Hace tiempo que no le oigo llorar.

Antes, venían esas mujeres

con abrigos negros;

y le mecían, y hablaban tan alto.

Y yo quería que se fueran,

que nos dejaran solos,

que nos dejaran dormir.

Las grietas en las paredes

se abrían como heridas,

se tragaban el aire,

encendían el llanto extenuado, hambriento,

el chillido de los pájaros,

posados en el balcón,
en los amaneceres de ceniza y de hielo.

Escombros de naturaleza caliente.

Gritos,

rompiéndose,

en los oídos, en las entrañas,

en todo el universo,

mientras se confundían los ángulos

del espacio y del tiempo.

Oía la cuna moverse,

muy despacio,

con un gemido lento y amargo.

Y quería levantarme a mecerlo.

Quería levantarme.

La noche era una garganta infinita

que crujía bajo el suelo.

Nos dejaron dormir.

Ahora me miras desde el gris triste del papel,

los ojos hechizados de estrellas.

Me susurras…

viejos sueños, viejos recuerdos

que se perdieron como líneas de luz dibujadas

un instante en la niebla.

Mi amor, no te sientas triste;

sus sábanas rotas lo arrullan en silencio.

La luna febril se asoma a la ventana,

enferma de amor y de sangre.


Pero ya no trae gritos,

sólo una noche herida de abismo,

tan sigilosa, que duele.

Antes me ovillaba para protegerme,

cantaba muy bajito;

cantaba esa canción del gramófono, ¿recuerdas?

¿Recuerdas cuando bailábamos?

y te reías,

y yo me ponía ese vestido blanco…

La música era leve, la escucho

cada día, cada minuto, en mi cabeza.

Cada segundo.

Le cantaba a esa cuna rota.

Y él levantaba sus bracitos

y sonreía.

Si le hubieras visto, parecía un ángel.

Yo le cantaba canciones hermosas,

los sueños que escribiste para él.

Hacía frío…

(¿Recuerdas el vestido blanco?).

Cuando ocurrió, hacía frío.

Entraron esos pájaros

después del último estallido.

(¡La música, aquella música, aquella música hermosa!).

Y ya nada pudo evitar el aullido del cilantro,

ni la bestial geometría del cuervo, ni el hedor,


ni la gélida pulsación que decapitó los días.

Una hiedra lenta pudrió los muebles,

la nube se instaló en el salón, se dislocaron

las notas confusas que componían la belleza

y la alternativa, una sola daga rígida

dividió la sangre.

La cuna dejó de moverse.

Ya no tenía frío.

Pero seguí meciendo la cuna,

seguí cantando, para que pudiéramos dormir,

para que pudiéramos respirar.

Cantaba y mecía la cuna.

Ahora, sólo tengo sueño.

Huele a humedad,

como si hubiera llovido durante siglos

sobre la tierra.

El sol encharca, otra vez, la habitación,

con trazos de luz y de sombra;

susurra, desde el crepitar diminuto,

su ruido de polvo sobre la luz,

su murmullo perverso e interminable.

No se va, aunque apriete fuerte.

No quiere irse.

Pero eso ya no importa…

Le meceré, le daré de comer,

y volverá a sonreír,
y jugará con el caballito.

¿Dónde está ese caballo blanco de cartón?

No estés triste, mi vida, ni por un instante.

Son días hermosos. Días felices,

para nuestro precioso, precioso niño

que ya no llora.

AVENIDAS DEL TIEMPO

Por: Izara Batres

La luna está creciendo, con la nítida irrealidad

de un globo onírico.

Tiene un asombroso resplandor febril

que inunda la tierra.

Cuando cesa el rumor de su eco destrozado,

el mar se convierte en piedra.

Las calles,

las inmensas circunferencias que gravitan

cerca del núcleo,

vuelan en pedazos.

Y la ceniza de hielo baña la superficie;

su luz es blanca.

La muerte de una sonrisa exangüe.

Como en las mejores puestas de sol,


el aire tiene, entonces, una claridad distinta.

Lo que sentimos, lo que creemos;

todo lo que hemos visto, lo que hemos escrito

conforma una gigantesca burbuja de sentido.

Oscila, igual que el universo, en el inquietante juego

del azar,

junto al frío del invierno,

por los senderos malditos, elevados

como gotas suspendidas

en un instante de eternidad.

Y es, simplemente, como el primer día

y el primer destello,

naciendo, en su lujo impertinente,

del dolor y del fuego.

Ese crepitar del infinito que vienen a ser,

absurdamente,

las avenidas del tiempo.

ALGUNOS POEMAS DEL LIBRO

I
El poeta y el tiempo

Una esfinge,
sobre el milagro nocturno
de la tierra azul,
baja sus párpados de infinito y arena.
Se suceden los instantes, las liras.
Despacio, el tiempo cierra el libro
de la luz y la belleza.
Algún deseo lejano, de medianoche,
volando hacia la inmensidad del fuego,
se derrama en versos.
El poeta y el tiempo,
como en una persecución errática,
mueren de suicidio,
por exceso de amor a la vida.

II.

Manhattan Blues

Dame la mano.

Ven conmigo para que te explique la fina trama de la ironía.

¿No es verdad que, a punto de la noche,

cuando el cielo se convierte en un océano de luces

bajo la ciudad de Nueva York,

tú enciendes un cigarro y respiras,

y dejas que las cosas bailen al compás de algún viejo blues?

¿Es cierto que, todavía, en Central Park

se desintegran los cometas,

y, más tarde, caminando por la Quinta Avenida,

los árboles son de otoño?

Tú nunca me contaste el secreto invisible

para hacer de esta distancia lo que hicimos;

para que, una vez, desde la ventana de uno de esos rascacielos

le dieras la vuelta a mi vida.

Es gracioso que recuerdes los paseos por Greenwich Village

entrelazados con la sutil fábula de niñez.

Y el puente de Brooklyn,

como un gigantesco caballo épico,


dorado y llameante,

cabalgando sobre las aguas de fuego, al atardecer.

La noche es una descomunal alfombra de versos

que has desnudado y tendido a nuestros pies

infinitas veces,

con un solo gesto de tus dedos.

Un solo brillo infinito con el que admirabas

los objetos de las tiendas antiguas,

y esa febril emoción

de las hermosas tardes de primavera frente al lago,

suspendidas en el tiempo.

Pero aquella pastelería,

en la que fuimos unos deliciosos chalados

en busca del aroma blando y caliente, al amanecer,

se ha confundido, absurdamente,

con el hormigón,

silenciada, como una estructura sin ojos.

Y nosotros…

¿nos hemos perdido?

Cuéntame esa pequeña inconsistencia

que te convierte en lo que me ayuda a respirar.

Me pareces de brisa cuando te imagino

con una copa elegante en la mano,

música jazz en tu apartamento de Frank Lloyd Wright,

el cuerpo esbelto, la gabardina,

y una mirada de miel, infinita, a través del cristal,


derramando melancolía

sobre las calles y los ritmos de Nueva York.

Memorias agridulces de los días felices,

del frenético esplendor en las avenidas,

y la sucesión de lunas y esfinges

que habitan las noches de la gran ciudad.

¿Crecerán, esta vez, las flores de primavera en Little Italy?

¿Regresarás a ese laberinto de imágenes

que es Broadway con la 42?

Escríbeme un verso y yo te regalo

la mejor de mis sinfonías.

Tal vez así lleguemos al acuerdo perfecto;

ése que no divide nuestros tiempos y nuestras vidas.

Y quizá yo esté ahí;

quizá yo llegue a mirarte desde la risa cálida,

bajo las ramas floridas o desnudas de los árboles,

en una de las cuatro esquinas.

Quizá esté enfrente, esperando,

con un ramo de flores, y el cuello de mi abrigo largo

desplegado, al modo de un dandi,

mientras los coches pasan,

y las mujeres bajan las escaleras con sus tacones.

Y entonces, tal vez, te recordaré con esa sonrisa tímida,

pero súbitamente turbadora,

el viento de Manhattan revolviéndote el cabello,

y, al fondo, el Hudson, y la antigua melodía del puerto.


Tus manos sobre el abrigo, mientras corres,

sólo una imagen fugaz,

juego de luces, los cables del puente,

algún turista en pinceladas,

yo diría estupideces;

y tus ojos sonreirían, con esa particular forma de contención

que abarca el mundo.

Ignoro si aquel aroma de hibisco sigue perfumando

el trozo de parque que nos prometimos,

mientras sonaba la vieja canción de jazz.

Pero déjame decirte que, una vez, tuvimos…

Quizá, una vez tuvimos

ese irónico, leve destello

que anuncia la eternidad.

II

El secreto de la naturaleza

Ella tiene la calma del mar y su furia serena.

Un océano de luz la separa del globo febril de tierra.

En sus ojos se cruza el sentido con la virtud de los amantes,

la densidad y las melodías.

Su cuerpo es la sabiduría de la mujer deidad;

esconde abismos de curvas y trazos aritméticos.


Sus palabras son peces llenos de luz, nadando hacia el núcleo

del caos y del equilibrio.

No tiene trabas, no ha aprendido a odiar los rudimentos de la convención y su óxido.

Vive ajena a la lucha por la nada, a la supervivencia del instinto.

Está desnuda.

Pero no toquéis, campanas estentóreas, no hagáis ruido todavía.

La pureza está, aún, enamorada de su alma.

Ella lo sabe.

Y, también, que no se lo perdonarán jamás.

III

Tenías la mirada eterna,

como las sirenas que invento en sueños.

Me preguntabas si amaba la noche

y te derramabas en luces.

Era en otro país.

Eran los tigres de noche,

y las estrellas en el tambor, a lo lejos.

El barco de coral inundaba el cielo,

cargado de risas.

Rugían las olas.

Un latido en el aire, golpeó,

salvaje como el universo.

Y entendí

que, al fin, el dolor

había perdonado a mi alma


TODA LA INFO DE ACÁ:

Blog de Izara Batres | Avenidas del tiempo | Página 3 (wordpress.com)

Izara Batres
/ Poemas
I.
 
Y cómo vivir...
si la daga nítida
hiere hasta el origen del grito,
cómo se sostiene esta muerte co
Quiero verte, madre,
verte sin mi dolor en tus pupilas,
verte sin la alerta del miedo y de la herida;
quiero sangrar yo sola,
Recordad los días de luz,
mientras el mar conserve su latido
y las aves vuelen contra la brisa,
hacia el origen de las mareas
Pinta con sangre en las paredes de los que no te verán,
para quitarte del rostro esa luna ahogada y vieja.
Haz pedazos los re
las almenas más altas de la cordura
han entonado sus mantras más tiernos.
Hoy hemos crecido
y algo ha cambiado
porque estamos
El poeta y el tiempo,
como en una persecución errática,
mueren de suicidio,
por exceso de amor a la vida.
II.
Manhattan Blues
que has desnudado y tendido a nuestros pies
infinitas veces,
con un solo gesto de tus dedos.
Un solo brillo infinito con el q
del frenético esplendor en las avenidas,
y la sucesión de lunas y esfinges
que habitan las noches de la gran ciudad.
¿Crecerá
algún turista en pinceladas,
yo diría estupideces;
y tus ojos sonreirían, con esa particular forma de contención
que abarca e
salvaje como el universo.
Y entendí
que, al fin, el dolor
había perdonado a mi alma.
 
V.
Tiene que estar ahí,
entre el telón

También podría gustarte