Está en la página 1de 61

Miguel Ildefonso

Las Ciudades Fantasmas


A mi madre,
Yolanda,
en el cielo.

He gave it to me. I turned, hiding muy tears.


A pack of cigarettes had dropped from my pocket.
There was nothing they wanted, nothing I could given them
But this thing I have called “The Light of the World”.
Dereck Walcott. The Light of the World, 1987
Mi Propio País

Las nubes escribiéndome en millones de lágrimas,


las luces que aún permiten reconocer los besos finales del mundo,
los ángeles columpiándose en el parque vacío,
los años que dejé abandonados en las esquinas,
recogerán mi cuerpo.
Y no habrá ningún poema que me hable de ti.

Mi oración de esta mañana es el frío que carcome los fierros.


Mi oración está en el lugar más perdido de este poema:
palabras escondidas entre silencios
que vienen como vientos a dictarme su inutilidad.

Abrazo la sombra del Paraíso


mientras espero que cambie la luz del semáforo, sea cualquier ocaso.
Abrazo un retorno, aunque no sea otoño, y voy al jardín abandonado
de donde nunca se han movido nuestras almas.

Hay en los edificios una mirada - a lo lejos -


que tiene mucho de divino, puesto que ya no le interesa el tiempo
que se demore en aprender a volar.

Abrazo a los árboles que se mueven conforme


a las estrellas más lejanas, sea cualquier noche.

Las aves no dejan de cantar el nacimiento del moho


en las paredes vacías de las casas.
Las ratas no dejan de chillar en los subterráneos,
exiliados de luz como yo.

Ah este andar por las calles sin que a nadie le importe,


este vivir prisionero del cuerpo. Cómo no envidiar
tus aguaceros, Maestro,
tus rimados jueves y tus frágiles huesos húmeros.

Y aun con toda esta rabia, me preocupo como tú,


Vallejo, qué será del que no fue, qué mirará el que creyó,
qué es del que espera ver lo que aún no tiene palabras.

El único propósito de escribir poemas es el de no tener propósito.


Por eso yo presiento en algún lugar de mi existencia
la existencia del país.
Yo presiento que existen horas que miden el tiempo,
pero fuera del tiempo, y desde allí nos dictan los abrazos.
Mi oración es una antena oxidada en el techo de cualquier casa.
Un pájaro se posa en la antena
y se pone a mirar el crepúsculo
sin entender nada o tal vez sabiendo
que así termina el día y así empieza la noche.

- Yo buscaba un refugio en la poesía _ dije_,


lamentablemente ese refugio estaba copado de vacío.
- Un refugio es también un diálogo _ respondió.
El Extraño Camino de la Poesía de Abel

Si la poesía dijera algo


quiero entonces que diga:
“o reche modo to edire de za tau dari do pradera coco”,
que en español peruano dice algo así como:
“oh saudade un viento azul se lleva nuestras angustias”.

Si la Poesía hablara, yo sabría hacia dónde va este poema.


Sé que hay ríos, ciudades, Heráclitos y Dantes
por donde Uno pasa a veces como un extraño.
También edificios, de El Porvenir, por ejemplo,
por donde se pasa obligatoriamente todas las tardes,
colgado de una corbata o de los audífonos,
como un albatros sucio
mismo el extraño de pelo largo.

Si la Poesía comunicara sería un puente.


Por eso existen puentes en mi ciudad natal:
Santa Rosa, sobre el río Rímac, donde el Infinito
es un despliegue de colores o un cuadro de Humareda
que sale del hambre de los que lo habitan.
Puente México, sobre la Vía Expresa,
donde el Infinito nada en la neblina que vuela
entre edificios inertes
y un polvo gastado que no sabe adónde ir como el Amor.
Puente Quiñones (el más nuevo), sobre la Av. Javier Prado,
donde el Infinito se pasea como un satélite espía
leyendo todo tipo de anuncios luminosos de la Modernidad.
Por todos esos puentes el alma, el corazón, el sexo,
todo se pasea como un extraño animal que ha escapado de su jaula.
Entre Ayacucho y Andahuaylas,
pueblos andinos del Perú (perdonen la tristeza), hay precipicios
donde hasta la Vida misma pasa como algo extraño,
y las vísceras y las uñas y el carro en que se viaja
pertenecen a una nueva Metafísica.

Si la Poesía fuese como una mujer (como decía Bécquer)


y estuviera callada (como le gustaba a Neruda)
no dejaría de ser Poesía, los Románticos me aplaudirían,
me dirían que la siga hasta el final, sí,
porque ella de cualquier forma es la luz del mundo.
Definiciones Lingüísticas

Una lluvia que no es de Lima se arroja en el césped


de un tiempo fuera del tiempo;
es decir, en el casillero vacío de la gramá-tica.
Aunque Yo viera cualquier ciudad impoluta, desconocida
o polisémica este poema se escribiría siempre igual
a la manifestación del pasado.
La lluvia de la memoria se entrega blandamente al olvido.
Las oscuras golondrinas bruscamente cambian de rumbo.
Vuelven. Ah si en mí siempre lloviera, en trocaicos o dactílicos,
mi infancia en Apolo: sus granados, sus moras, su pino,
su eucalipto y aquel árbol que no sé cómo se llama,
llamaría eternamente a todo esto: saudade. ¡Oh saudade!
Pero la lluvia ya cesó.
Y ahora una vereda que no es de Lima me entrega
la exhalación de una metáfora cursi: la forma de un país pobre
como si brotara repentinamente de una vereda oculta en el corazón.
Y esto podría llamarse en términos poéticos: el desasosiego.
La poesía es una mirada divina y fugaz
- decían los viejos poetas ciegos -; porque, así como duele
El-Paso-De-Un-Día sobre una espera de siglos,
la poesía te revela entre sueños,
por ejemplo, en el tránsito detenido, una caricia tan sólo aplicable
a tu silencio.
Por eso no temas a los dioses.
Aunque a esto último podríamos calificarlo de nostalgia:
nostalgia por los dioses.
El Fantasma del Vaquero

En cualquier esquina de la ciudad


está el fantasma del vaquero, fumando
a la hora en que el sol se pone rojo sobre los cerros.

Especialmente alza su sombrero para ver


las líneas blancas que dejan los aviones en el cielo,
tiene un agujero en el pecho por donde cruza el viento
y los chamizos.

Los gatos se espantan al verlo,


otros fantasmas también se espantan.
Especialmente se para en las esquinas
para molestar a las buenas personas.
Ya lleva cuatro horas y nadie lo puede mover de allí,
nadie se atreve.

Un niño se le acerca, el fantasma se arrodilla,


el niño mira por el hoyo de su pecho, no encuentra nada
y se va.
El niño era un fantasma.

Después viene un indio viejo, traza un círculo en la tierra


alrededor de él, hace una danza, pero luego se va acongojado.

A la media hora viene hacia él una mujer desnuda.


Se dan un beso tierno.
El fantasma silba y entre el polvo aparece un caballo blanco.
Sólo eso esperaba, que por fin acabara la película
y que no sólo su corazón lo comprenda.
Martín Apolo Blues

Nunca pudo abrir los ojos, nunca pudo salir de su cuarto


sin tropezar con el aroma perdido de una rosa
de papel.
Por eso le aburría escribir:
escribir que es querer morir con su propio veneno,
escribir que es un movimiento universal movido
por unos cuantos músculos como el corazón,
escribir que es pensar en qué se va a hacer mañana
cuando ya no se tenga que escribir,
escribir que es sentirse inseguro de cruzar una avenida
y recordar otra avenida donde se dejó de soñar.
Y por eso le dolía escribir más allá de los edificios,
más allá de los anuncios de neón, más allá de las estrellas.
Hasta que solo, un adolescente de 31 años, sobre un puente
que surgió de la noche como un deseo, viajó al infinito
donde la palabra se distiende en alas.
Entonces supo que la poesía tiene otros ojos,
y entre el puente y él sólo hay una lágrima
que es como haber perdido el peso del cuerpo
y ser todo.
Allí radica la distancia entre todas las cosas, pensó
mientras pedía una copa para Betty, una misma distancia
entre la belleza estática a su lado y sus solitarias ganas
de hacer el amor.
Sintió sus alas,
frotó la contemplación de la palabra en sus oídos,
luego lamió la angustia en una minúscula gota de agua
bajo los verdes ojos de Betty.
Si la hubiese tocado más, todo lo efímero ya sería eterno.
Ciego Apolo ahora busca la noche, ha visto la calle
en otro tiempo.
Rimbaud Salió de Charleville

“El deseo es una forma de brazo”, le dijo a Ofelia al llegar al riel.


“La noche envuelve dos cuerpos gemelos,
un algo animal y plata / roca y agua”, soñó.
Desaparecido todo pensamiento, todo sueño,
el odre rosa se balanceó con un lánguido recuerdo,
el viento negro besó lo abyecto,
“hasta aquí vendrá el ave fénix y me llevará”, gritó.

“Heme aquí - dijo en París (14 Rue Nicolet) - sotos entre los dedos,
el calor de las tronchas, el humo de las matas,
deliberando con Verlaine, azul
el altramuz entre las calles por donde va nuestra noche,
nuestro destino esquilmando los carteles
bajo la garúa por doquier.”

Como un coro griego las endibias tocaban su música de cardo,


trojes en los cristales por donde se reflejaba su ira:
“Sí - se dijo esta vez, después de ser disparado por Verlaine -
heme aquí tan sólo tan solo.”

Su ira recóndita se postraba en las bancas,


entre los mirtos y los lotos,
abriendo sus alados ojos con un rumor de preces
y sonoros lotus en los bordes de su piel.
Sobre la yerba los días pasaban
extendiendo floreados cielos, cruzaban soles
y lunas con sus pies desnudos.
Las sombras caminaban entre las ribas
y su ira se prolongaba implacablemente por toda la avenida.

Las tetas arrugadas del cielo gris lo alimentaban,


las yerbas pisadas de los parques
lo cubrían junto con las hojas,
hasta que ebrio, con los ojos en tantas cosas fugaces,
determinó el ángulo del tiempo,
midió el tiempo de la torre
con los segundos en cada rostro que venía para escupirlo.

“Mi sabiduría es ir solo a ninguna parte”, pensó.


Entonces se fue otra vez raspando el dulce musgo
de las columnas cenagosas,
escribiendo su nombre en las inermes paredes de barro,
tratando de alcanzar un tiempo más para prolongarse.
Lejos, el ocaso aún lanzaba su grito de cemento,
abría calles sucias para devolver las podridas frutas de los años,
muchos llegaban a los linderos, rasguñaban las murallas verdes,
mordían el pasto amarillo escuchando el rugido del mar;
algunos le enseñaban la costra del río,
el trozo de camino muerto en altas horas donde ya no había nadie.
“En este reino no tarda la noche - le dijo un bengalí -
llega el ejército a tomar por asalto la serena melodía,
llora el crepúsculo.”
“¿Ya estoy lejos para dormir?, le preguntó al bengalí,
“Las últimas calles han quedado en la otra orilla”, respondió.

Rimbaud quedó dormido y en el sueño vio a Ofelia:


“Voy pisando las lorigas del breñal de cemento, le decía
casi susurrando, acechando la inerme distancia de lo no recorrido,
un tiempo como un campo de musgo cenagoso,
árboles por donde pierdo el destino de ir solo,
el badajo de luces sobre tu sombra que atronaba, ¿recuerdas?,
todavía vuelvo a nacer de mi propia costilla,
tú me miras bajo el gris sedimento
y me enseñas el lenguaje de los cuerpos élitros,
sonantes, quietos como las rocas,
así vuelvo a tus brazos entre los páramos,
vuelvo a nacer en cada esquina que me aproxima a ti,
entre el alarde de los semáforos,
camino en ti porque en ti he nacido,
mústiase la noche tremebunda para alcanzar
el sentido último de las cosas.”

Fue la última vez que vio a Ofelia,


estaba anocheciendo en Harar
cuando el amor derramó sus réprobos errores,
altas constelaciones de los nacimientos cayeron
en una ignominiosa mezquita donde se revolcaban
como en el atrio del mundo;
eran dos blasfemias burlescas, temerarias,
todavía los lirios los apuntan por error.

Despertó en Abisinia. Ardieron los epitalamios y con ello


las palabras toda la noche,
y él amaneció despierto sin poder distinguir qué era aquello
que devoraba sus piernas.
La espuma metálica del agua se elevaba en sus delirios,
la bocina de los pájaros voraces marcaban las horas,
y ese licor áureo carcomido por el sueño
ya no lo consolaba más.
“Hacia ese mar caminaré con mis pies de arena
y hundiré mi historia en esa agua que me retorna”,
repetía sin cesar el 10 de noviembre de 1891
mientras su madre y su hermana le secaban el sudor.
El Corazón de Dante

Aquella noche de 1987 la luna subía por las esferas


de las lágrimas de Beatriz.
El sentido de caracol que habitaba en sus huesos
guiaba a Dante hacia un bar.
Fuera del bar se había producido un choque entre dos autos.
Vidrios demolidos en la pista negra brillaban
como las dulces lágrimas de Beatriz.
Dante se sentó en la barra y pidió una cerveza.
Del bolsillo de su saco cogió un papel viejo, casi amarillo,
y lo desdobló sobre la barra.
La música no mataba las intenciones ni las escondía,
todo lo contrario, más bien las almas bailaban pegaditas
por las esferas de Beatriz.
La mesera rubia se apoyó en la barra,
mostrándole el nacimiento de sus senos preguntó a Dante:
“¿Estuvo de viaje?”.
El hombre le respondió afirmativamente, guardó el papel,
pero se quedó pensando en lo del viaje,
puesto que no era cierto que hubiera viajado.
Avanzada la noche los bailarines cansados
y casi transparentes tan sólo bebían,
hablaban de terribles combates como si se tratara
de carreras de caballos;
más tarde cuando uno decía algo gracioso
los otros lo festejaban;
así era hasta que terminaban todos por llorar.
Dante fue al baño por tercera vez, se lavó la cara,
pero no volvió a la barra.
Se dirigió a la mesa más cercana a la puerta,
sin mirarla cogió de la mano a Beatriz, era pálida
como las gaviotas
y trémula como un bote perdiéndose en la fría noche.
Sin decir nada salió casi arrastrándola:
eran dos cuerpos en uno o el mito de Platón
por las calles mojadas del Infierno.
La Canción de Duncan

Duncan encuentra un sol incaico en la puerta de su cuarto


junto a un periódico doblado de hace semanas.
Entre el dolor de cabeza y la náusea recuerda lo que pasó ayer,
en realidad muy poco, pero eso ya no importa.

Duncan sale tarde de su sórdido cuarto,


somnoliento dobla la esquina de Randolph
y por el camino agrietado de los que penan
va mirando las casas pobres del desierto.

Duncan lleva un jean viejo, camisa blanca, zapatos negros,


tal como lo retrataron alguna vez en el Central Park
para que le roben su cuerpo.
El aire seco de este mundo le seca una lágrima muerta.
En los jardines blancos se esculpen flores rojas
que le indicarían donde poner el latido de su corazón,
si tuviera.
El recuerda otras flores, obviamente el gozo de una ciudad
a muchos kilómetros de este desierto.

La sequedad del viento combinada, paradójicamente,


con el fuerte aroma de las flores, le dan a Duncan
una perspectiva clara de lo marginal
y un motivo de agradecimiento.

La tarde ya se perdió, lo mismo que su sol perdido.


Cruza un puente invisible y sordo, y llega a la vieja plaza.
Saluda al lagarto y a la lagarta bajo la luna verde.
Su padre era un pescador
y su mamá la amiga del pescador. Mas apenas los recuerda.

Duncan ahora entra a un bar, ya se siente mejor.


Apenas puede ver por la poca la luz del bar, pero se siente bien.
Sabe que poco a poco esa luz le dará la razón.
Como hace años, no existe destino.
_ Ah, sí, ese pinche Destino _ dice,
mientras pone la misma canción de ayer.
El Regalo de los Dioses

Entre Hawthorne y Rim, el viento me trae un regalo:


es una lata vacía de cerveza de raíz, marca Lariat,
subtitulada Soda de Cerveza de Raíz,
y un alias que dice Premium.
Esta lata contenía 355 ml. de la seguramente deliciosa
bebida que, al acercar mi nariz en su orificio,
puedo constatar que efectivamente era una rica soda
acaramelada, entre agria y dulce más bien,
o como el olor de un chocolate que se le acabara de caer
a una niña en la yerba mojada.

Ese olor seduce y aun embriaga.


Pero mejor leo la lata - en el cuerpo, digamos,
de esa bebida ausente, el cuerpo del olor -.
Las palabras y las cifras que cito se pueden obviar,
pero es mejor que no haya misterio:
era un Root Beer con agua carbonatada,
jarabe de maíz con alto contenido de fructosa,
caramelo de color,
saboreadores naturales y artificiales,
ácido cítrico y Benzoato de Sodio.
Y en esferas más elevadas e invisibles, otros elementos:
Sodium 38 mg., Azúcares 45 g., proteínas O, etc.
Todo dicho en inglés
y español para remarcar aún más mi existencia en la frontera.

De tanto darle vuelta la lata ya está tibia y callada.


Si me fijara más en los juegos de luz invernal
sobre su superficie
podría decir que hasta tiene algo de femenino:
el contraste y la variación incesante que provoca la luz.
Además podría hasta asegurar que es de una raza antigua:
del color de la tierra.
Pero ya, ya.
Los dioses me piden que lo recicle. Les ruego a ustedes
también que hagan lo mismo con este poema.
La Virtud de Diógenes o Dios (es)cri(a)tura

Por dónde vas, Diógenes de Sinope,


¿hacia qué depósito de las eternidades?
Sólo ruinas quedan de las magnas formas de la historia.
¿A qué eres igual o diferente, Diógenes perro?
Una lámpara nos dirá de la blanca flema de la guerra
pegada en la pantalla del televisor.
Allí te podrás ver calculando la diferencia
entre el tiempo y el amor.

Borges que todo lo vio te encontró en su única pesadilla,


yo también te busco, pero en mi único sueño,
el que todavía no llego a soñar,
el que todavía no conoce la partida de la muerte.

De la destrucción hablaremos, Diógenes,


mientras lo sólido se desvanece en el aire,
y el aire es un veneno que pulula los anversos
de los versos regidos por la apariencia
de una época cristalina.
Este momento deslizándose como un avión
por el cielo no descrito por la historia
de estos reinos líquidos traza en el polvo un paralelo
a la realidad, andamios que nos permiten ser uno
y diluirnos en ese ámbito de silencio
donde la palabra soporta la rigidez y la indiferencia
que rigen al universo,
haciendo de este obscuro cielo una mirada divina
una cualidad del ser transparentado en lo divino
y desarticulado fuera de las focalizaciones
que por el abuso del lenguaje se pierde
como aherrojados cuerpos en el infierno que es el papel,
porque con la escritura se busca el otro infierno
que es estética,
átomos desconocidos sin miedo a caer.

La historia que encontraste está en un frasco


lleno de formol,
las sombras y los mares flotan en este universo
que sonríe mudo.
Adónde ibas, Diógenes, desde la última guerra
de cruzadas en un viaje sin ganas.
Te bajas del microbús y corres para mear en un puente
sembrado de coliflores.
Arriba el letrero electrónico es todo el cielo imposible,
el mismo cielo de Orfeo,
y una muy rígida garúa que rompe el cierzo
llena de estruendo las cenefas
y moja la piel de los muros donde ladran tus perros.
Entrevés el caos que refulge con penas.
Atraviesas la noche costeando la noche
y la bordadura geométrica de las calles.
Desciendes con el látigo de los arcos,
atronadores, oscilantes, callados.
Levantas falsas compuertas,
hundiéndote en un común de abismos,
suspiros de asesinatos mimoseándose
bajo sucios plafones,
bajo inscripciones asesinas de semen y sangre.
En las aceras, Diógenes, encuentras tu Infierno.
El Corazón de Rilke o el de Ewald Tragy

¿Quién soñaría igual que tú


la soledad
de una calle extraviada?

La magnolia es estar con la duda de ir al infierno


o al purgatorio o al paraíso
o a tirarse del puente de una vez por todas.
También podría ser que la muchacha que nunca viste
llegara a verte de pronto
y te dijera te acompaño, pero no sigas escribiendo
huevadas, por favor;
se marcharan juntos como si fueran viejos amantes ya,
y subieran agarraditos a un hostal barato,
incluido IGV y baño propio.
Si eso o cualquier cosa sucediera
igual dejarías de escribir algún día.
Sería maravilloso ver a la magnolia
convertida en lo que en verdad es: una cosa fácil
de explicar y sin más misterio
que la transfiguración
del día en noche,
de la noche en día,
del día en lágrima,
de la lágrima en una garúa
que va mojando la calle
donde sigues esperando
que anochezca.
Contra la Musa (I)

The answer, my friend, is blowin' in the wind


Bob Dylan

Oí que la poesía ayudaba a vivir,


oí que la poesía era como respirar.
Escuché miles de canciones de Bob Dylan
en los micros
cuando miraba por la ventana
la avenida de edificios,
y nada me decía
que la poesía podrías ser tú,
tú que no estás en ninguna parte.

Llegaba a mi casa dormido,


una cuerda apretaba mi cuello
y caía en el sueño de la ingravedad.

Oía que la poesía era un compromiso social,


oía que la poesía tenía que comunicar.
Desperté muchas veces en medio de la noche
con algo en los ojos.
Cada ser humano recurre a su próximo sueño.
Por eso, abría mi ventana una vez por semana
y el cielo de mi maldita ciudad
entraba como una extraña enfermedad,
recordaba entonces,
añoraba entonces.
La enfermedad se hizo mi musa.
El Milagro de Paul

Esa tarde, mientras el viento oraba


con el polvo rancio de la frontera,
Paul caminaba hacia su departamento labrado
en las rocas altas de un profundo sueño.
En la esquina de Hawthorne con Carlos A. Sacco,
su sombra y su sombrero se desprendieron
del cuerpo, buscó protegerse bajo un árbol y dejó
que su alma caminara libremente.
Su cuerpo se sentó en el borde de la vereda,
se puso los audífonos,
sintonizó una vieja canción llamada Duncan
y alzó la vista al vacío.
Entre las montañas una nube negra se colocó encima
de una nube blanca,
como si Dios hubiera colocado su mano
en la frente de un cadáver.
Nadie resucita antes de morir, pensó, ni después
de muerto. Levántate,
se dijo a sí mismo, camina hasta tu casa
y no salgas jamás.
Entonces marchóse el cuerpo, bebió de la lluvia,
se hizo Otro; es decir,
fue como un pájaro, quiero decir, bebió el crisol
de los ángeles y echóse a andar.
Un Relámpago de Pólvora

Ya cesó de llover.
Pero no ha vuelto la luz, caramba.
Un chiste sudamericano dice algo así:
Dios sale de su casa
y apunta la cámara hacia un argentino
(casa número 1428 junto a River por ejemplo),
y flash!...
Por eso, che, antes que la lluvia se borre de mi memoria
estoy seguro que un último relámpago cruzará el espejo,
clavará tu imagen en la pared, beberá la sal de mis ojos.

Pienso en vos, Borges: para muchos tus poemas


no son mejores que tus cuentos.
Pero eso dicen los compadritos que no leen poesía.
Y como vos sabés, poesía es magia.
Y sabiduría no es rimar por rimar, ¿viste?

Entonces, dime nomás, dónde quieres que te ponga.


Como un chamán puedo hacer un relámpago para vos.
(Si reconstruyera el relámpago, empezaría de las cenizas.
Luego abriría la puerta, vería la lluvia volver al cielo,
los rayos salir de la tierra, y entre las nubes,
con un fósforo, daría luz al relámpago, macanudo.)

Mientras lo piensas pondré un disco de Pink Floyd,


haré un poco más de mate y me pondré a leer
un libro de Blake.
No me mires así, viejo, o más bien, mírame.
No te hizo gracia el chiste, ¿verdad? Calmáte, che;
porque antes que la lluvia se borre de mi memoria,
antes que se apague la última vela,
un relámpago me volverá ciego,
igual que a vos, arrancará todos mis dones,
me pondrá contra la pared.
Y cuando crea que ya no hay más que hacer,
dejará su luz en un poema donde no habite nadie.
Al Viejo Bukowski (Contra la Musa II)

La nada era mi ciudad,


la ciudad era mi nada.
La nada mataba al arte,
la ciudad mataba al arte.
Y yo paraba saliendo
de mi sueño para angustiarme
en una estrecha vereda.
Mi sueño era un papel
lleno de palabras;
una noche me envolví
con la frazada y no pasó nada,
a la noche siguiente
me volví a envolver
con la misma frazada
y tampoco pasó nada.
De pronto ella - Bella - me dijo
eres una droga.
Me quedé, unos segundos, mudo.
Le pregunte qué droga:
¿blanda como las nubes
o dura como el camino?
Eres una droga, me volvió a decir.
No le quise lastimar,
pero le insistí, hay muchas:
Lsd crak heroína cocaína mariguana
anfetamina opio y uno muy peligroso
que va directo al centro del corazón
y le llaman Poiesis.
Eso, eso, me dijo. MALDITA POESÍA.
El Reposo del Vaquero (Versión Japonesa del Western)

Al lado del camino me senté y estuve catorce años


mirando desde la montaña el dulce transcurrir de las nubes
sobre la llanura de los chopos.

El viento dibujaba ciudades en el desierto


cuando una lagartija salió bruscamente de una roca.
Ven, ¿por qué me temes?, le dije. Pero al parecer no me oyó.
Sólo fue una silueta delgadita y gris que atravesó el camino.
La puerta de su alma se cerró entre unos cactus
erguidos como cementerios. ¡Vieja moraleja!
El silencio crece como un cáncer,
me dijo mentalmente el pequeño animal
desde su nuevo escondrijo al otro lado del camino.

Yo seguía sentado, tal como me dejaron,


muy cansado por el viaje, catorce años mirando lo mismo,
cuando sucedió otra cosa.
La roca que había sido el hogar del animalito se desprendió,
se vino abajo sin que nadie lo hubiera forzado,
cayó lentamente hacia la llanura de los chopos.
Era un sonido interior, un temblor interior como un corazón
que rodaba y rodaba.
La lagartija no volvió a salir de su nuevo hogar,
o quizás esperó a que yo me fuera para salir.

En aquel entonces yo todavía llevaba una bala en el pecho.


Bus 16

Estas palabras - que no son mías -


las dejo caer de mi bolsillo.
La noche es un hueco sin sonido.
Toco el cuerpo invisible de la noche,
la mano que teje el color de mi voluntad,
un cielo de diamantes
y el desierto blanco y caliente
bajo el techo triangular del bus.

La noche sólo existe para evadir-se.


Si abro la ventana tal vez sea cierto
aquello de que no sólo de poesía vive el poeta,
pero hay un lugar al que pertenezco
y no tiene nombre.

Veo un parque donde los niños muertos corren.


La naturaleza se espesa en sus manos,
por eso suave es el sueño de un niño que llora
reposado en su luz profunda.

El cuerpo es la nieve, pero caliente y negra.


Truenos, relámpagos, alientos tenues
humedecen sus labios.
No podría enumerar todo el cuerpo.
No podría contar toda la noche.

Cuando se tiene un dolor


y se viaja en un bus con el dolor,
la velocidad, los postes afuera, la neblina afuera,
la gente que entra es también el dolor.
El viaje entonces es dedicarse a escribir el poema.

Un sueño es algo que está fuera del bus


y la realidad, una anciana aferrada a sus bolsas
comiendo patatas.
Transitar infinitas veces por una vereda
es ya no querer saber más del dolor,
y el aire se ahoga en su propio nombre
porque sólo existe lo que se nombra,
y por eso nada existe fuera del bus.
Sólo la anciana que habita en mi corazón
y mi corazón que habita en la poesía
bajarán del bus.
La noche se puede partir en dos pa-labras
cruz-adas y lace-radas
se transforman en una mujer.
Ella llora en tu cuerpo soñado de mucho pesar,
niega el nombre del amor, arroja su armadura,
en la punta del ojo su lengua se sumerge,
ha perdido todo significado,
hela aquí, ela-da
noche, el oscuro nombre,
el sonido evaporado de la noche,
el dolor,
la ausencia del amor que detiene la caída,
las palabras, los gritos,
todavía ese ardor en las hojas muertas de los niños,
todavía el vaso de luz,
la poesía,
el viaje
que ha dejado su sombra.
Un Viejo Bar en la Border

La muchacha que toca el acordeón tiene como ciento ochenta años.


Me mira y sonríe. Yo hago lo mismo, casi enamorado,
mientras bailo con una mujer de vestido rojo,
de unos doscientos y tantos.
Esta rola es de los años sesenta, como la anterior de Santana
y la mujer de magia negra que lo transforma todo en fucsia.
Todos hemos bailado
miles de canciones en diferentes guerras.
Todos hemos hecho el amor en la parte trasera de un bar.
Los más ebrios son los que mejor bailan.
Esa alegría es parte de la luz tenue, de los sigilos y los gritos,
de las marcas de neón junto al ventilador; proviene de un mandato
superior, casi invisible.
Criaturas inermes en la danza.
Criaturas de la noche que la muerte ha abandonado con una sonrisa.
“Mis nietos están en Los Ángeles” _ me dice
una mujer de noventaicinco,
mientras uno de los cantantes de color negro me alcanza una cerveza.
Esta vez una cumbia.
Muchachos norteños, vaquerazos y rockeros.
La muchacha de Los Ángeles me suelta la mano
(¿por qué? - me pregunto-, no me dejes fuera de tu danza),
pero es para moverse más a su gusto.
Sus caderas son dos playas de arena donde desembarcará mi ejército.
Ella quiere guerra, como la que tuvo ochenta años atrás.
Ella quiere que la seduzca con mis alas venenosas.
Yo sólo quiero complacerla.
Efectivamente es un bar donde se han dejado de amar las cosas
pasajeras de la vida.
Todo permanece.
La belleza es algo que no existe.
El Lugar Secreto del Desierto (1804)

Todo un bosque de tristeza es una frase aplicable


al sentimiento de nadie.
Pero podría suceder que Hölderlin caminara
en esta orilla plateada bajo el rumor del bosque.
Muchos sueños vendrían como bestias
a consolar sus mejillas,
al igual que la mirada extraña que habita
por encima de los techos.

En la orilla de un árbol,
luz y sombra son significados
que han abarcado su inmensidad, solo no,
acompañado
en el abierto campo de los pájaros hechos de palabras.

Hölderlin se acuesta en los tensos bordes de la noche


que no alcanza a tocar en el sueño,
porque el sueño tiene otro borde como dedos
o ramas de sangre de donde cae una hoja seca
que ha perdido la carrera.

Aquí lo vemos sonriendo en la fotografía de un jardín,


que a su vez es la fotografía de muchos pájaros.
Los cactus ya no pueden con el ruido,
aguardan el paso de cualquier sombra
y piden que se los lleven.

Describir este jardín ya no es mitología,


los años que rajan el cemento dieron a los árboles
un hogar sencillo.
Se oscurecen las ventanas, se abren las puertas.
Y en la otra orilla llueven nuestras viejas palabras
y hay una luz al fondo para los que se detienen
a contemplar el silencio.

Hölderlin se adentra al fuego del bosque perpetuo,


y no hay lugar para su sombra.
Del eclipsado sopor de las cosas se abre la rosa
de los vientos.
Ciego, como un árbol, el anciano se cierra el abrigo,
tose y se introduce en su propio centro.
Una dama se desnuda de lágrima en la otra orilla
y su follaje de oro se disuelve en el agua.
Empédocles

El poeta es un fingidor, decía Fernando,


finge amar eternamente, algo así.
Por eso, observa, en el río de mi ciudad fluye lo eterno
(que no conocemos porque nada es eterno).
Y el enmarañado viento de la costumbre
se introduce en el sinuoso silencio de su cauce,
inclina la hierba, así como el tiempo nuestras vidas
(que tampoco conocemos).

Los ojos de las gaviotas podrían sospechar


hacia dónde fluye lo eterno.
Ellas viven para no saber, y en eso se acercan al río,
no como nosotros que sólo estamos en la orilla,
ensayando palabras.
Por eso sólo deberían hablar las piedras,
la yerba del otoño,
las nubes que veo fuera de mi pensamiento.

No debería existir el poeta.


La poesía debe existir sin que necesitemos llamarla poesía.
Si las piedras hablaran no dirían te amo, amarían.
Si la yerba del otoño hablara o si las nubes negras que veo
fuera de mi pensamiento hablaran, no dirían te amo:
amarían.
Si yo hablara este papel te estaría amando ahora mismo
entre las ramas que tocan el suave curso de mi río,
o en los bordes donde el corazón siente, no lo eterno,
sino el lamento de un ciervo que sueña con lo transparente,
el susurro de una semilla negra.

Y con las formas del crepúsculo en tus ojos,


creyendo en las sombras de los pájaros que arrancan nubes,
más allá del último reflejo del río amarillo de mi ciudad,
te amaría como un ciervo que sueña en una semilla negra
el susurro de lo transparente,
el suicidio de los pájaros que sienten llegar la noche.

Ahora finjo ser poeta; finjo mirar desde la ventana


de un hospital las torres de luces del estadio,
los edificios torpes en el universo,
los hostales donde murmuran las cucarachas,
hijas santas del amor.
La neblina y el sol pasajero secretan un extraño recuerdo.
Pero no hay palabras, nunca hay palabras.
En Busca del Epitafio

Una noche sentí la muerte en mi mejilla izquierda.


Todos los edificios de Lisboa se transformaron en árboles
donde me perdí convertido en un ciervo,
como Nietzsche al terminar el siglo XIX
o como Li Po borracho persiguiendo a la luna.

Podía haber sido diferente, pero tenía que ser como siempre
cuando sucede lo peor, tarde, sí, hasta que todo es tarde
para volver.
Por eso, quizás por la resignación, no tuve miedo.
El ciervo pasaba por el mismo lugar todas las noches,
su llanto era pesado en el invierno, no decía una palabra,
nadie lo conocía en Berlín.

Las ventanas sucias de Praga brillaban con la desaparición


de su rostro cuando alguien le gritó Franz,
pero al voltear para ver de quién provenía esa voz
sólo vio carros llenos de cucarachas que se mofaban
de su fealdad.

El que no va a ninguna parte encuentra una luz entre los rieles,


o entre los sucios puertos, o en el fondo de una cantina.
Baudelaire se apoyó en la pared repleta de sonetos y grafitis,
su vaso de vocales ácidas le dijo vete antes que te mate
el aire de la madrugada,
antes que te enteres que bajo la espalda de Jean Duval
hay un tatuaje con otro nombre.

La mirada agónica hacia la luna del ciervo se confundía


con el gemido ignorado del camino de Granada aquella noche
justo en el preciso momento en que sonaron las balas
y cayó Lorca.

Ya todo estaba escrito en sangre.


La neblina envolvía calientes nombres del cementerio.
Y era eterna la sensación circular del vacío.
Yo moriré en los brazos de los dioses.
Li Po

Si muero - decía - enterradme bajo cualquier cosa.


Bajo el mar, bajo el cielo, bajo algún sueño tuyo
- decía. Pero no me dejes morir, si muero.

Yo le hablaba a las nubes,


a los pájaros sobre los cables eléctricos,
a los maceteros secos, a la quimera.
Yo me hablaba y giraba mi cabeza
a ver si ella venía.
El sol sin dios venía como un sueño en la vereda,
y Silvia que no venía
ni por el cerro ni por el cielo
ni por el mar detrás del árbol de mora.
Yo escuché mi voz una mañana nublada
y desde entonces perdí el conocimiento.

Entonces amaba
a mi corazón encerrado en mis costillas,
amaba el transporte de la música,
las nubes, el sol, la caída del agua del caño.
Amaba cualquier cosa,
porque en mí estaba la soledad de la soledad
de la soledad de la soledad.
En mis costillas mi corazón amaba al que escribía,
y los ríos verdes y azules llegaban
al corazón del corazón
que es el morir,
y mis uñas amaban más que las aves
en las ramas en un cielo vacío y quemándose
como un papel sin fin.

Ahora, cuando cae la noche,


las aves en las antenas
sólo ven acabada su existencia.
Esto significa que en un día está la vida
y en un día está toda mi vida.
Yo duermo o me emborracho pensando soñar
para siempre, y las ramas que rompo para mi lecho
caen en el charco.
Ya de noche veo las estrellas, la luna llena
cuando hay luna llena y si quiero ver la luna
llena conmigo.
Si algo conozco de mí, sólo es mi ausencia,
Si algo conozco de mí, es sólo mi angustia.
Aquí, bajo los ficus, entierro mis zapatos,
me inundo de blancas hojas y negras raíces.
Como es tarde me cuelgo de mi tórax,
relajo mis pies de barro,
me alboroto en el silencio de la luna.
Ya amanecerá. Lo sé.

Yo siempre podía vivir en ninguna parte,


amar la sola
existencia de una nube pasajera
esperando los poemas.
Romancero de Lima, 1993 (Breve Historia de Amor y Chicheros)

1. El Mercado Mayorista (para Mañuco)

Cuando cae la garúa en La Parada


no sólo se mojan los choclos
y la hierbaluisa,
también se parten las piedras de San Pedro.

Y yo, que soy peruano


como la Coca, también me mojo los pelos,
también se me parte un poco de alma.
Cuando cae la garúa en La Parada.

2. Avenida México (para Elsa)

La avenida a esta hora arde con tus manos


de magnolias,
y la música del parlante se desliza sobre
tus siemprevivas trenzas.

Pero hay una sombra en la esquina


donde una cucaracha se esconde de toda
la humanidad que transita.

Tú miras al horrible insecto


y quisieras que al besarlo se convierta
en un príncipe.

Así como si no hubiese que trabajar para vivir


ambos se miran hasta que la noche los una.

3. Las Aves son Hijas del Paraíso (para Moisés)

En La Parada nadie espera que el gallo cante


para empezar a trabajar.
Sin embargo, los peladores esperamos que el sol
suba hasta la punta del cerro,
y que el agua sea como el infierno para estas almas
que sacrificamos todos los días.

A mí me enseñaron a rezar y a matar los pollos


desde pequeño.
Agarrarlos de las alas y de las patas,
darles un golpe de puño en la cabeza
y abrirles el cuello es cosa de pan y no de la tentación.

Así formé a mi familia que vive en San Cosme,


mi mujer que está gestando
y mis dos hijos que también aprenderán a resistir
el infierno, sus plumas, el sudor
y más que el propio sudor, la sangre.

Cuando ya hemos pelado a todas las aves


y éstas se exhiben como falsos trofeos para su venta
y mis dos hijos corren tras un polluelo
que se ha escapado de la jaula,
recuerdo que yo también corrí mucho,
mucho antes que el gallo cante en La Parada.

4. Cantogrande (para Pepe)

En la fiesta de Nélida
se toma y se baila muy bien.
Unos entran,
bailan un rato,
toman un rato y se van.
Otros como José
toman y bailan hasta morir.
Éstos son los más bravos.

5. El Señor de Nuestro Camino (para Édgar)

Señor de Nuestro Camino, llévame a mi casa


o la Gruta de El Pino.
Esta luz que alumbra la noche
no sabe que el viento es azul sobre mi pecho rojo.

Bajo la Cruz de Yerbateros pasan sin oírme


las voces de mis hermanitos.
De amor es el amor y la luz es de la noche.

El aire es un bus cargado de plateadas voces.


La iglesia es una rosa en el camino de un ciego
que toca su violín para mí.
Llevo una fría luna dentro de mi pecho
y mis vidriosos ojos divisan un horizonte extraño
que no dan ganas de ir por ahí.
Señor de Nuestro Camino, llévame a mi casa
o a la Gruta de El Pino.

6. Velatorio (para Héctor)

Hace tiempo quiero decir que aquí la vida no vale nada,


ni pan para remojar en té.
Una se pasa viendo y viendo cómo se van apagando
las velas del Señor.
¡Oh dichosa aventura!

Aquí nadie (ni César) tiene vela en este entierro.


Pero toditos tienen sed, Cruz de Yerbateros, hueso roto,
y hablan como una maldición.
Ya no quiero ver caras de sapos borrachos,
ya no quiero resignación.
Porque hoy después de tantas y tantas palabras
me ha dado una rabia,
una rabia que se ha abierto como un foso.

Hoy por ejemplo no ha venido la luna,


sólo han entrado las moscas atraídas por los lirios
y la oreja del perro.
¿Pero a qué viene tanto silencio amor?, ese ventarrón.
Las tripas roncan como la puerta y la ventana,
y yo ya no tengo lágrimas por lo menos
desde hace veinte años.
Hoy es té, mañana será llantén.
Y esta casa que es muy vieja será más vieja que yo.

Todo, Señor, menos ver cómo se va apagando


la última vela,
así como se apagó la vida de mi hijo.
La Mirada de Ángela

La guerra ha terminado.
Es un amanecer húmedo.
Ángela se tiende en la cama
con silicuas dormidas en un brazo,
con siluetas de libreas
de añadas quejas al leño estremeciéndose en corolas.

La guerra ha terminado.
El enterrado sol en sus cabellos pinta los poemas,
follajes de terracota y encinas,
la faz como su cuerpo ardido.

La guerra ha terminado.
La desesperada luz entre los troncos
pinta íconos reverberados en la estación
donde esperan los migrantes partir.

Acunándose entre su vulva de diamantes,


Ángela se hace de espectros, de puentes y despojos,
voces antiguas, versículos ya muertos
y muy altos sueños que se confunden con sus lamentos.
El Exprimido Cielo ha Abortado a Todos sus Ángeles

Alguna vez estuvo mi alma echando sangre por la nariz.


Veía un ángel y atrás un cerro de flores,
atrás miles de trabajadores llevando una caja negra.
Alguna vez se estrelló el sol en el centro de mi cara,
no sabía nada, pero sentí como aletazos del ángel
llevándome al cielo.
Luego me dejó. Dolía lo bello terriblemente.
Pero esa noche la encontré al borde del río,
bajo el puente.
Era una noche de invierno, había mucha niebla,
hacía mucho frío.
Ella parecía estar viendo el agua, reflejando las luces,
mirando correr toda esa sinfonía.
¿Cómo un ángel puede meditar?, me pregunté.
Si ella conoce todos los misterios que yo no conozco.
Si ella es el Misterio.
Si ella sabe lo que va a pasar y lo que no va a pasar.
Pensé, a lo mejor me está esperando.
Por último, me dije, cómo puede estar un ángel sentado
en esta ribera pestilente, mirando el sucio río de mi ciudad
a estas horas en que la noche no tiene cielo.
Entonces fue cuando ella volteó
y me dijo que también ella desconocía el Misterio:
“Puedo estar horas y horas haciendo lo mismo,
el tiempo lo mido con las palabras,
el amor con la muerte.”

Repito entonces: en el centro de la desgracia se posó


candorosamente un ángel.
Ella estaba tan ebria como yo,
sin embargo, se elevó sola hacia la ciudad,
dejándome una luz de sueños sucios en un espejo,
pinchándome la aureola de su amor
ennegrecido en el preciso momento en que se rompió
mi hueso y sangró el alma
que no se podía arrancar.

Ella volvió con una bandada de ángeles sedientos,


arrollando mi alma pegada a los huesos,
mojando la eternidad del fuego en las espumas del paraíso.
El vacío era una calle vacía,
era lo que rodeaba a la calle vacía, que también estaba vacío.
Si sólo le hubiese hecho entender que en su corazón
hablaba el amor, pero el amor no dice nada.
Ella podía hacer lo que quisiera conmigo;
sin embargo, no le dio la gana.
Pudo simplemente acercarse y encenderme un cigarrillo.
Lo que ella siempre hacía era sólo fumar.
Mas todo esto ahora no es nada
comparado a haber perdido el paraíso.
Poema de la Soledad en The University of Texas at El Paso

Una luna me arrancó de adentro de la tierra.


Me desnudó. Mi desnudez era como la sombra de mi ropa,
pero luego me hizo ver lo contrario:
mi desnudez era yo; mi ropa, una marca fuera de moda.

Desnudo el alma se había quedado en el grass toda la noche


para ser devorado por los vampiros,
por el rumor del freeway al amanecer,
por ese sol perdido que aparecía y desaparecía
como si tuviera vergüenza de comer del alma.

Por la tarde una muchacha de girasoles y sirenas


empezó a rondar por el jardín,
hija de la doble naturaleza del amor,
estrechaba un libro de Cortázar contra su pecho.
Yo dejaba que las hormigas subieran por mi espalda
y entraran a mí por las cuevas de mis ojos,
mientras el viento buscaba sus propios caminos
para entrar al corazón del corazón (que es el morir).

Toda la noche llovió tan fuerte que despertaron esas rosas


que habían muerto pegadas en las ventanas.
Caminé hacia el freeway,
abrigando sus labios en mis bolsillos,
llevando cada parte de ella en mis labios,
borrando nuestras huellas hasta el fin del desierto.

Ahora la muchacha es de mariposas.


Pronto, yo también seré un fantasma.
Casa Abandonada

Desde esta ventana veo el techo,


la pared, otras ventanas,
unas plantas con flores rojas, cables eléctricos,
ropas tendidas, un tanque de agua,
pájaros que ahora vienen a leer estas líneas,
pájaros que vienen a comer el corazón que habitó
el ilimitado tiempo de nuestra casa.

Te decía: ¿Adónde te ibas


sin que pudieras producir la sospecha
de quien te amaba?
Pero las nubes que crecen entre la yerba
más un trino sediento en la rama,
son cosas de la poesía, algo como del s.XIX tal vez.

Junto a la sombra del árbol estoy esperando


una metáfora que te descifre.
Podría tomar otro lugar para recibirla,
ampararme en el sol que alumbra el alma
de mi perro que desfallece
en un rincón del invierno.

¿Será la poesía un estar aferrado al aire,


morir cada vez que te vas?
¿Será la poesía lo que se muere en este invierno,
la luz que traspasa tu dolor?
Tu dolor es no saber
lo que has amado en la solitaria noche.
Y perdiste un grano de vida
en plena vida, muy cerca al mar
y a tu cuerpo.

La poesía, entonces, es no saber


si es tuyo el dolor
o si sólo has amado.

Si no existiera la metáfora,
entonces quién comprendería tu tristeza
que mira siempre desde una ventana cerrada,
mientras afuera el mundo se oxida
como un viejo instrumento sin aire.
Alguien seguiría tus pasos
que se borran antes de llegar a cualquier lugar.
Alguien, seguramente alguien como tú,
se dedicaría a mirar los edificios
con el frío de los ojos,
con el fuego salado del sol,
con la noche iluminada por las falsas luces.
El tiempo se volvería un don del espíritu,
y la poesía, antigua y virgen como los sueños,
ya no sería más una mentira.
En Florencia una Vez

Sales al aura que cuelga de semáforos y nubes,


la soledad es un deseo que carga su fulguración de herrajes
en hilos con una marejada de vientos al unísono movimiento.
Sales al rumor perdido de caracolas donde cuelga el cuerno
de un sueño con escamas, las lejanías aguzan tus mejillas
escarchadas de alas, y lanzan papeles y husos por el cielo,
y en la otra acera la raedura de un alto verso cruza
tu luz fugaz como un fantasma.
Sales por arrecifes, encinas de arces de un poema convertido
en tus ojos de un otoño con abetos en tu garganta.
La tristeza en los bordes de la neblina con diques en los postes
descansa ahora donde se oxidan los versos y las rampas
de los que no oyen tu silencio.
Sales con un arreo de rosas erizadas en las lanas de cemento,
con un bisonte en una oreja y crines
tras el cristal de la perfumería con forma de cárabo y tirsos
que aligeran el diamante herido de tu sombra que se detiene.

“Ésta es la ciudad?” _ Te pregunto, pero tú no me respondes.

Sales con lágrimas de ónice y ancilares palabras


que cuelgan de tu seno, con pulpos en las vitrinas de tus dedos,
cuando el agua suelta una campana de bayas y serbas,
cuando la ciudad te dice adiós, Beatriz, y no te vuelve a ver
junto a este mar tendido de naufragios,
en una plaza bombardeada, ensortijada de siquieras y nuncas.
Musa en Nueva York

Contrario a la razón de la Musa, ¿será el mundo


la cosa perdida, aquella de migraciones
y fábricas prendidas toda la noche
y desiertos en los edificios
donde un lecho nos espera para olvidar lo que fuimos?

¿Qué fue de todos esos fuegos de la poesía


o esos vastos poemas que todo lo decían?
Y aquí sigues tan aburrida, en esta ciudad muda
de las boreales alucinaciones
y de las auroras.
"Me metí a una calle.
Una lencería respiraba una jirafa viva.
En el muro estaba escrito tu nombre, pero no quise
saber quién lo había escrito."

La mañana va borrando la oscuridad


que se refugia en ciertas almas.
Así ya se puede mencionar una historia más:
Luisa quemó las cartas de su amado.
Corrió a las calles, se enfermó.
Al final al mar se lo llevó la noche.

¿Entonces qué embalsamaron los banqueros


o qué hicieron los generales a todo esto?
“El hierro de un cuculí templado
clavó mi tráquea tallada con un ámbar de años.”
Luisa se recogía los cabellos ante un espejo
mientras el cuerpo del amado yacía en la cama
desnudo y oscuro.
Y esto sucedió en el año en que empezó de la barbarie.

Ahora no entiendo nada _ me dices.


¿Por qué no me cuentas todo ordenadamente?
_ La barbarie nos fragmentó,
aquello nos marcó hasta el hartazgo,
rompió el hilo de esta pasión muerta
como un potro que exulta un relapso de quimera.

Tu imagen se borra
con la contumaz alegría de los postes en una elevada
pendiente que nace desde la ventana.
"Luz; ¡más luz!"
Dijo Goethe antes de morir,
porque los versos que mojaban sus últimos sueños
ya no tenían significado.

Todo aquello que no sabe de ti ahora se llama “ciudad”,


y sólo porque ya no estás donde siempre te esperaba
(Vita Nova. Cap. XXIX),
y la poesía está muerta.
Cartas desde el Tren Transiberiano

No hay ningún mundo que sea sólo sueño:


“Por eso las tropas se retiraban arrepentidas
y dejaban la ciudad para nosotros dos.”
Esto lo soñé y te lo escribí mientras viajaba
junto a Pablo en el tren transiberiano
al encuentro de escritores.
Un fantasma amarillo, bien recuerdo,
en el asiento de enfrente
no dejaba de mirarme.

Ostras silenciosas dejaban pasar el rumor de las balas


sobre tu pecho desnudo cuando desperté.
Y lo mismo ahora, tu ausencia en arrecifes de versos
me manda a seguir soñando.
Observa esta visión, cómo la ciudad se aleja de nosotros
sobre los rieles helados:
el viento elevando tu cabellera en palabras,
mientras el alba es negro husmeando
colinas en tu cuerpo árido
de las constelaciones muertas, el bosque
donde tú misma te extraviaste…
Todo esto ahora bien puede encajar en una postal,
¿pero adónde te lo enviaría?

¿Ah? ¿Qué será de esta ciudad


cuando ya no halla ni una sola línea o una ruta
en el mapa de los trenes que nos vuelva a unir?

El amor es un tren que pasa todos los días, que no se ve,


pero que nos recuerda que la vida es un viaje.
Por eso una estación o algo más
extraño dejaste en mí, en las guerras tras las primaveras.
Y entre Hawthorne y Yandell dormí
como un pasajero por siempre (de ti).

El fantasma cogió su periódico y cubrió su rostro.


Se asustó cuando le clavé los ojos con azufre
y le dije ¿por qué no hablas?, por qué no me dices
qué son esos cantos que nos acompañan en la noche,
y muy solo,
y muy solo como hidras invisibles en la noche,
y muy solo que da náuseas, y muy solo...
Tu Cuerpo es un País

Podría ser que estuviera en ti esta ciudad


que ya no habitamos,
y los caminos fueran a través de tu imago.

Toda soledad es un espectáculo maravilloso.


Tu cuerpo es un papel que saco de la nada
para acariciar tu blanda letra, releyéndote ante todos,
un acto verdaderamente de magia.

Toda alma sale también de aquel rincón de la ciudad,


muy cerca de la noche cuando abres el cielo de tu cuarto
y te nace la certeza de que ya no la habitas.
“El viento soplaba fuerte en el puerto.
Algo tuyo se detuvo cuando desperté,
tus manos me estrecharon y me dijiste que no temiera,
que tu corazón es la tierra
que siempre habitaré.” (Cap. IX de un libro aún no escrito.)

Todo tiempo nos destierra del aliento,


nos abandona en una estación desconocida.
Una noche, mientras esperaba la salida del siguiente tren
con destino a Dublín, encontré tu corazón sobre la nieve
al mirar hacia la calle, los lugares inexistentes.
Lo miré toda la noche,
lo dejé cantar y reír toda la helada noche;
después se detuvo y desapareció sin decir nada.
Fue el último acto de magia, los últimos aplausos que oí.

Todo poema se repite en el reflejo de la lluvia


como en un film expresionista.
Por eso, algo de los dos se deletrea ahora en color sepia
a través de este poema. En realidad, estás aquí.
Siempre estás aquí.
Pronúncialo y verás.
No son las Correspondencias de Baudelaire

Un silencio pesado de cretáceas sílabas


arrastra mis zapatos hasta la noche.
Y sólo por pensar en ti, verte con tus flamencos de vulvas,
camino por cafés y fiestas muertas, con las ganas de verte
oreando la soledad de estos malditos corazones.
La desmigajada silueta de un tanque arruma al invierno
en los bosques que yacen bajo el cemento.
Escamas rotas de los templos dejan escapar vivas voces
por las calles donde vuelvo solo con las volvas
que amanecerán muertas.
“Cómo unir el invierno a mi deseo?”, dice un albatros turco.
“O cómo hacer de este viejo tema un nuevo lenguaje?”
Llevo un sepulcro en Montparnasse
y eriales en mi casaca negra.
Con batientes alas voy dispersando esas voces que besan
ahora la noche de un muy silencioso lamento.

Tú salías como una escritura entre las ramas,


letreros con nombres raros, cines lluviosos entre los arcos.
Todos sabían que besabas lo oscuro de esta ciudad
a cada instante.
Y era como habitar el desgano, por eso mirabas
la luz del semáforo esperando que cambie.
Hasta que, por tus caderas, una mañana cuando ibas
hacia el metro, en el filo de una escalera,
y entre los destellos de tus cabellos en las rampas,
todo lo Innombrable bajo bandeletas estalló en tu mejilla
como un beso de muerte, arrojó sus móviles metales bajo
las chirriantes ruedas de la escritura que decía:
Beatriz, ¿no tienes conciencia que así me desesperas?
Amor, amor, amor, ¿por qué me has dejado solo?
La Canción del Llanero Solitario (Versión Italiana del Western)

Por querer vivir en ti todo este tiempo,


cartas, fuegos, llamadas, racimos y ardides,
me robé del viento seco de este desierto,
que sucumbía en un chasquido, las imponentes palabras
que cargaban los jinetes.

Y por desenredar mi inercia en los bares más miserables,


tomé tu tristeza de astilla y cabalgué hacia la intemperancia
de los polvos hasta llegar al filo
de un río púrpura.

Quise dejar mi pandilla, quise ser bueno como me pedías,


pero los versos perdí,
por eso mis cantos no vieron tu nacimiento
y la eclosión de tu lengua, y todo volvió al silencio.

Me enfrenté a la acrimonia de los puentes


- donde el alma se suspende y ve caer al cuerpo
en un último intento por alcanzar
esa ilusión que viene de las entrañas del desierto - y doquiera
mi bravante caballo se levantaba entre el polvo que me decía
de los pólipos de tu lengua.

Desde entonces sólo te esperé en los vacíos con un pañuelo


cubriéndome el rostro.
Y por eso perdí los versos en las hulleras de un deseo,
y ese deseo era un reino que se borraba con el brillo
de las tormentas donde la época ya
no moraba las artes.

En el río púrpura una arboladura se fundía en tu tristeza


cuando mis viejos cantos se marchaban por la carretera
y por la luna que seguía tras la luna.
El País de Nunca Más (Heráclito)

El río es el consuelo de los dioses,


dioses que nunca han conocido la fugacidad.
A través del río el hombre también conoce lo eterno.
Yo los miro a ambos (río y hombre) y me río,
me río porque al descubrir esto simplemente me río.

Ahora introduzco mi mano de barro en el río


y con ella se va mi idea de las cosas.
Si otros quisieran hacer lo mismo,
entonces el río volvería a cumplir la misma
función de antes.
En el tiempo de los poetas, es decir cuando había poesía,
un muchacho sentía una pena de amor o de cualquier cosa,
y se iba a matar al río.
Pero poco a poco el río se fue convirtiendo en un camino
fácil al paraíso y después el paraíso dejó de existir.

El río no tiene dos orillas,


sólo es una en un río que va de izquierda a derecha.
Igual sucede con los extremos del puente,
sólo hay un extremo.
Una orilla y un extremo en cada cosa.
Por eso es que estoy parado en el lado tranquilo del río,
esperando mirarme desde la otra orilla que no existe.

Lo que no sé es si el río viene o se va.


Si en caso de que viniera, por más que trato de detenerlo
con mis manos se me escapa entre los dedos.
Cuando veo que se va (rápidamente al voltear)
tengo la impresión de que nunca ha estado aquí.
Entonces me largo y dejo de pensar en el río,
y así pasan días, noches, años,
y todo se va convirtiendo en un gran río,
todos vienen y se van,
y me pregunto si yo también vengo o me voy.
Un Barco Fantasma

Donde hay un fin,


sólo existe la espera
y una avenida donde estás sola.
Desde un derruido borde
o bajo tus labios,
ves lo que has soñado.
Una lágrima de tus ojos
es imposible, pero una lágrima
de tus ojos es el mundo
o un barco en la distancia que te espera
cerca al puente, y es como lo soñado.
Yo te amaba desde la esquina,
el mundo, lágrima
de tus ojos era el mundo.
Yo te amaba desde la esquina,
el mundo, sí, nuestro mundo,
pero nada.
Llegó el invierno, era increíble,
también hacía frío, entré a un cuarto
y vi el mar por medio de las olas
y me convertí en un cangrejo
destrozado en las rocas.
Yo te amaba,
sin saber que te ibas,
sin saber que te llamabas
igual que todas las cosas
pero eterna.
Cinco Faros del Mar

1. De Alberti

…Un caracol
guardaría el tiempo como pasos en la arena
que es materia y olvido… las gaviotas
serían signos que se escriben en el aire
de un sueño sin redes…
El bote que se adentra por mi ventana
llamándome a mi cama…
ah mi muerte segura detrás de tus labios…
mi muchachita roja en mi verde habitación
donde escribo esto… sí… una despedida... sí
para volver al tiempo del caracol
al poema que habla del amor
y el amor que rima con dolor que es devolver
al mar su caracol…
que es caminar en la arena… un amor
como el primer dolor…
como el amor que tiene del mar
el ruido de los cuerpos…

(Yo que me confundí entre los caracoles… que amanecí entre las piedras de una playa
sedienta… soñé que todo tenía lenguaje… vi cómo los caracoles hablaban con el aire…
con el sol… con mi dolor y la sombra de mi dolor... vi cómo las piedras cantaban borrachas
con los cangrejos… y en medio de todo ello me vi muy callado…como si oír fuera lo mismo
que ver o respirar o morir)

2. De Elytis

Oye los cantos que guardan las caracolas,


la balada inmersa en la botella de mar
o esa melodía en la rockola de los bares soleados.

Mira el sol rojo que te llama con un grito,


pero no le des tu señal.
Mira los botes con la panza desnuda hacia arriba,
las gaviotas te señalan que habrá un día.

Imagina que ayer has llegado de la isla


y que eres nuevo en esta playa.
Camina por la orilla y cuéntales a los cangrejos.
Escucha el lamento de las olas y dales tu señal.
Otro sol brilla por tu espalda.
Pronto lo habrás de ver.

3. De Manrique

El crujido de las hojas ha llegado a tocar su sueño… ha visto la nube de lagartos


nadando en el río de su cuerpo… un cuerpo de azules olas y trenes que se
marchan antes de caer la noche… La ciudad pretende crucificar sus labios… pero
una mariposa surge de la noche para detener el Apocalipsis… Ya es hora de
buscarla (piensa mientras la mariposa desaparece entre sus manos y brilla una
luna redonda y mentirosa) … Vuelve a tocar las calles… los lagartos negros que
descienden hasta el mar… Y entre lo que queda y lo que susurran las aguas él
piensa que a lo mejor ella lo buscó antes.

4. De Schiller

(El temblor del mar a través de mi vieja ventana… el amor a la distancia el amor… o lo
que es lo mismo… las palabras que van solitarias a la mar)

Ya suenan
las figuras
del crepúsculo…
el sol se ahoga
en la extensión del vacío
y es la hora…
Ya escucho
los sonidos áureos…
los claroscuros…
y no soy nada
bajo las claras
nubes de enero…
Ah la noche avanza…
sube por mi espalda…
un seco murmullo…
pero arriba
todavía cruzan
los caballos salvajes
tras un barco anaranjado…
Una bella muerte
al terminar la jornada…
5. De Homero

Extático rumor de sinuosidades… volutas de sirenas tendidas en una roca…


largas olas venidas de aceros y tropiezos de maderas dibujadas en cretáceos
horizontes…
El agua es un tipo de ahogo con un fondo de islas… un silbo a través de corrientes
y poros alelados ya alejados de la noche… naufragios de la fuente herida en sus
costados y helechos sedientos de distancia…
El agua tiende al sol destejido en laberintos de suspensión… caída de cangrejos
por su espalda de arena… un tendido mar pero semidormido… y su desesperado
eco guardado en caracolas cabalga en la orilla de farolas… vientos sacuden las
vísperas y los adioses…
celebran el movimiento de su cómputo marino… como en la fragua de la sirena
al decir todavía no te vayas Ulises… un mundo y el equilibrio están en tu obra…
Abajo del agua todo fluye y en el contacto resuenan como en otro movimiento
las pestañas… los ocasos… sus dedos tocan las algas que arrancan los ahogos…
los suspiros… los métodos y las ciencias definitivas…
Y sobre la punta más alta del agua… que aparentemente se precipita pero dura…
el ciego nombre de Homero escribe hexámetros para que Penélope no espere más
y desenrede sus suspiros…
Ya no puedo saber qué nos mueve más allá de la duda o el dolor… ya no sé si tú
eres el silencio o el dolor… todo es agua más agua enamorada.
El Mensaje del Angelus Novus que se Extravió

La noche desploma silbantes versos en los arrecifes.


Estas luces prendidas
que por metáfora o temor
llamamos arrecifes
iluminan mis pasos entre lunas y recodos,
pasos altos que perdí con el silbo aun cuando te sentía.

La noche avanza dispersando balizas, anclas


y sueños miliares en las estelas,
es un puñado de materia bajo todas las cosas,
es una escritura donde se desespera la mariposa
de tu lengua.

Has de saber que una avenida es sólo lo que nadie ama,


las falsas luces,
la permanencia de uno mismo,
la insistencia de uno mismo.
Pero una avenida es algo sucio y huele a orina.
El que espera a que se enciendan las luces,
sólo espera olvidar su dolor.
Por eso tú mirabas el cielo como si fuera algo
del otro mundo;
después viste la tierra (tu calle, el parque)
como si también fuera del otro mundo.
Así comprendiste que tú eras el otro mundo.
Y volaste de entre las ruinas de los versos.

Te sentía como abeja o gaviota,


gaviones se abrían a lo desesperado
y eran cerradizos en un coro de algas
trepando en tu tráquea (la palabra en movimiento libre)
y como para no volver más, empalizadas las manos,
los detritos de la acera y sus raíces orientándose
como brillantes de tu belleza humana,
como tu pecho saliendo de la tierra,
y los poemas con muleros que convocaban a los trinos
de la ventana,
dormidos para que por fin la noche despliegue tu nombre
sobre mi morada verja,
y los poemas sean así de perennes.
Una Breve Historia (Estilo Forrest Gump)

Yo era un chico malo - decía,


que se tiraba boca arriba
a contar las nubes, a hablar con el vacío.

El vacío me respondía
con su voz de hojas secas en otoño,
con su voz de brisa marina en verano.

Yo era un chico malo


que se perdía en la basura
para jugar con otros chicos malos.

Una vez me encontró llorando una chica,


una chiquilla muy mala también.
Preguntó por qué lloraba.
Yo le dije que el vacío ya no me hablaba.
No importa, Micky, me dijo,
desde ahora yo hablaré contigo.

Fuimos a la escuela.
La escuelita quedaba en medio de un desierto.
Nunca nos soltábamos las manos.
Nunca dejamos de hablar.
Pero un día se fue. Yo no supe por qué.
Volví a tirarme boca arriba.
Conté mil trescientas nubes.
Hasta que el vacío volvió a hablar,
sólo dijo ya volverá.

Mi cuerpo creció. Ya no era tan chico.


Ya no era tan malo.

Una noche, al final del desierto,


me encontró llorando una mujer.
Preguntó por qué lloraba.
Yo le dije no sé.

Ella me miraba.
Yo la miraba también.
¿Me amas? me preguntaba.
Yo le decía riendo que no sé.

Nuestros cuerpos crecieron juntos.


Y de su cuerpo, un día, salió otro cuerpo.
¿Tú me amas?, le pregunté.
Ella respondió no sé.

Le escribí un poema.
Un poema muy malo.
Ella reía de mi poema.
Ya, ya, pues, ¿por qué te ríes?
Es que te amo, decía.
Yo le dije que yo también,
pero todos los poemas de amor
me salen muy malos.
Girasoles de Van Gogh

A Sonia y Amelita

Caída de soles
sobre una tela sombría.
Cinco niñas tristes,
a las que tan sólo les espera la noche.

La vida es un recipiente
donde se adivina la ausencia.
La noche entra a los colores.
¿De qué se han puesto tristes?

Tristeza amarilla,
tristeza roja con lágrimas verdes,
y gemidos violetas
en una estación azul marrón.

Caída de los ojos


sobre la estación muerta.
Partículas de lo mismo
en juegos ya olvidados.

Trazos duros
que han perdido la gracia.
Pétalos marchitos
sin olor ni dolor ni rencor.

Las niñas de los ojos


caen del columpio impío.
El cielo les soltó las manos.
Las abandonaron.
Las dejaron en la tierra.

Ya no habrá sol ni mañana


para la ilusión.
Pero las palabras niñas,
las palabras lilas,
las palabras giran
y miran
al sol.

Mamá llevaba siete corazones


y un sol cuando la conocí.

Esto sucedió por el año 1970, tres años más quizás.


Mamá tenía brazos blandos, suaves y fuertes.
En su fortaleza, poco a poco, fui escudriñando.

Mamá enseñaba.
Ella me enseñó a oír el silencio de las estrellas.

Un día ella me golpeó en la cara, junto a la nariz.


Obviamente, yo Yoré.
Pero aprendí que la vida es un largo camino
hacia la contemplación.

Mamá me hablaba de un pueblo pasado.


Las historias las iba tejiendo como un manto
que nos iba cubriendo en los inviernos.

El tiempo pasado no tenía un monumento


en la plaza del pueblo.
Pero los niños hacían figuras
con el barro arcilloso del río.
Mamá nos hizo de ese barro, y nos dejó volar
hacia el pasado muchas veces.

¿Qué diría ella, ahora


que me encuentro lejos de todo
y he perdido las alas?

Mamá me llevaba a la feria.


Yo Yoraba de todo.
Por eso ella me llevaba a jugar con los niños
que no lloraban.

Una tarde me perdí entre los cajones de frutas.


Pasé la barrera de los pájaros.
Yo escuchaba un tema de los Beatles.
Me perdí entre los mendigos.

Cuando estaba a punto de salirme de mi cuerpo


oí la voz de mamá.
Me sujetó de una mano. Y camino a casa,
yo comprendí que bajo la luz del mundo
no había nada que temer.

Vamos al sol, decía.


O si no, de noche, vamos a tomar aire.
El tiempo pasado ya estaba escrito en las estrellas.
Y la casa crecía mientras subíamos a la azotea.

Pasaron años.
Muchas explosiones veíamos desde la azotea.

Madre, déjame ver las explosiones, le decía.


Si vas, hijo, se apagará la luz en un segundo.
Madre, si no voy la luz me enceguecerá.
Pero si vas, tal vez ya no querrás volver.

Mamá lloró en sus siete corazones.


Por cada corazón un Ave María.

El tiempo pasado se apoderó del presente.


Los niños que no lloraban ya no jugaban en la feria.
Tiempo después ya no hubo feria tampoco.

Mamá trataba de hallarme desde la azotea.


Con tanto ruido yo no podía oír su voz.
Perdí la luz.
Perdí el camino.
Por eso ahora escribo este poema.
Presentación de los libros ganadores del Premio Copé de Poesía 2001. Están la
poeta Ana María García, el maestro Luis Jaime Cisneros, el poeta Jimmy
Marroquín y las autoridades de Petroperú.
Miguel Ildefonso en El Paso, Texas, año 2000. Año en que se concibió
Las ciudades fantasmas.