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La decisión de realizar los Juegos Olímpicos

pese al COVID-19 es por las empresas, no por


los atletas
Opinión de Mike Wise
July 22, 2021 at 6:46 p.m.

* Mike Wise es un excolumnista deportivo de ‘The Washington Post’ y presentador de ‘The


Mike Wise Show’.

Ante la ceremonia de encendido de la antorcha de los Juegos Olímpicos de Tokio, al parecer


hay demasiado ímpetu y dinero en juego como para cancelar. ¿El estado de emergencia
declarado en medio de un nuevo brote de COVID-19? Solo es un contratiempo menor.
Una de las decisiones tomadas por dinero más descaradas y arrogantes contra la humanidad
en la historia del deporte moderno está a punto de concretarse en un país donde hasta hace
unas semanas solo cerca del 16% de la población estaba completamente vacunada, el 83%de
los ciudadanos dice querer que los Juegos Olímpicos sean cancelados o nuevamente
reprogramados, e incluso el emperador ha expresado su preocupación de que los Juegos
ayuden a propagar el coronavirus.

El Comité Olímpico Internacional (COI) se ha ganado la medalla de oro de la codicia,


mientras que NBCUniversal se ha llevado la de plata y los organizadores olímpicos japoneses
la de bronce. Su priorización de las ganancias financieras sobre una crisis de salud pública
será un tema recurrente de estos Juegos Olímpicos marcados por la pandemia.

Algunos afirman que la razón de seguir adelante con estos Juegos Olímpicos son las y los
atletas, quienes entrenaron, se sacrificaron y esperaron mucho tiempo para tener la
oportunidad de competir. No quiero ser irrespetuoso con los atletas cuando afirmo que esto
no se trata de ellos. Se trata de las personas que están en sus burbujas olímpicas
herméticamente selladas que ven las infecciones y las muertes causadas por el coronavirus
fuera de sus recintos como un mero aspecto incómodo de la realidad corporativa.

NBCUniversal pagó 7,500 millones de dólares para extender sus derechos de transmisión de
los Juegos Olímpicos en Estados Unidos hasta 2032. NBCUniversal es la gallina de los huevos
de oro del COI, su mayor fuente de ingresos. El dinero que la cadena recupera en dólares
provenientes de la publicidad y los ratings ya no se puede volver a posponer. Tokio no puede
perder ni un centavo más, sin importar que eso signifique el aumento de las tasas de infección
de la variante delta.
Al parecer, poco importó que la Asociación de Médicos de Tokio pidiera en mayo que los
juegos olímpicos fueran cancelados, tras advertir que no hay ni capacidad hospitalaria ni la
cantidad de profesionales médicos necesarios en caso de que ocurra un brote durante el
colosal evento multinacional.
Los gobiernos de las ciudades que albergan eventos fuera de Tokio no tienen camas de
hospital de sobra y se niegan a reservar instalaciones para los atletas cuando la población
local las necesita. Una petición de change.org titulada “Cancelen los Juegos Olímpicos de
Tokio para proteger nuestras vidas” ha recolectado más de 450,000 firmas. Tokio registró
950 nuevas infecciones, el sábado 10 de julio, marcando así el vigésimo primer día
consecutivo en que el número de infecciones fue mayor en comparación con una semana
antes.
Sin embargo, en el mundo de la burbuja del COI / Japón, los plebeyos no son importantes;
solo los poderosos cuentan.
Seiko Hashimoto, presidenta del Comité Olímpico de Tokio 2020, ha dicho que los Juegos
Olímpicos se realizaran “cueste lo que cueste”, como si ella fuera Winston Churchill y
estuviéramos en 1941.

Es tristemente irónico que los últimos Juegos Olímpicos realizados en Tokio hayan tenido
tanta relevancia política y mundial. En 1964, Japón se estaba abriendo al mundo nuevamente
tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial. El emperador Hirohito, quien nunca fue
procesado por crímenes de guerra, se puso de pie y aplaudió cuando el estadounidense Billy
Mills dio la sorpresa ganando los 10.000 metros planos en el estadio de Tokio, donde el
pueblo japonés le dio la bienvenida al mundo.
Contrastemos eso con los próximos Juegos Olímpicos, que se realizarán sin espectadores
debido a la continua amenaza del COVID-19.
Esa aura de “Juegos Olímpicos o nada” que impregna este evento es comparable a un grupo
de adolescentes que se prepara para ir al baile de graduación en un hotel que está en llamas.
En vez de que los adultos a cargo quiten y guarden las llaves del auto, en este escenario el COI,
la NBC y los organizadores japoneses están conduciendo a la gente directamente al infierno.
Tras haber tenido el privilegio de cubrir siete Olimpiadas, sé que el cliché de que los deportes
unen todos los sectores sociales por el bien común es una realidad en los Juegos Olímpicos.
He visto al famoso “tercer hombre” del podio de los Juegos Olímpicos de México 68 llorar
abiertamente por su compatriota —una aborigen australiana— cuando ganó la medalla de oro
en Sídney en 2000. He visto a una mujer afgana correr con un hiyab, desafiando a los
talibanes, y lograr milagrosamente llegar a Londres para competir en los 100 metros planos.
He entrevistado a los médicos de urgencias que atendieron a las víctimas del atentado
terrorista en el Centennial Park de Atlanta en 1996. Por lo general, he sido testigo de una
afirmación de vida y amor a la patria que me recuerda por qué decidí trabajar en esto.
Los atletas que llegan a Tokio merecen una medalla extra de coraje. Reorganizaron sus vidas
por dos años; superaron autorizaciones médicas, vuelos cancelados, cambiantes situaciones
de viviendas, y la enloquecedora sensación de nunca saber si iban a competir (o cuándo). ¿Y
cuál es su recompensa? Ni una sola madre, padre o hermano a la vista para celebrar o
consolarlos en el momento más importante de sus vidas deportivas. En casi todos los recintos,
exceptuando unos pocos fuera de Tokio, no habrá aficionados dando vítores, ni rostros
pintados con los colores de sus países, que los hagan sentir en casa durante esos últimos 50
metros en la piscina o en la pista.
Por supuesto cancelar los Juegos Olímpicos nunca ha tenido sentido. Lo correcto hubiera sido
posponer los juegos olímpicos de dos años para que Tokio 2020 se convirtiera en Tokio 2022,
y así dejar intactos los Juegos Olímpicos de París 2024 y Los Ángeles 2028. Esto hubiera
recompensado a los atletas mayores que esperaron dos años para competir y hubiera
garantizado las maravillas de no desperdiciar sus mejores momentos deportivos entre Río
2016 y París 2024.
Pero el COI, los directivos de cadenas televisivas y las autoridades japonesas están enfocados
en los ingresos. Y en el momento en que sopesaron esos miles de millones contra la
posibilidad de que los residentes y atletas contrajeran COVID-19 (y con gran parte del país
anfitrión deseando que eligieran la ética de la vida real en vez de la ganancia profesional), la
humanidad ya había perdido.

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