Historia de mi colonia.
Nací en un hospital del Distrito Federal. Crecí en la colonia Atlampa, una colonia
en la que no cualquiera puede vivir ya que si ser chilango es un don de Dios, ser
de Atlampa es el precio que algunos debemos pagar por ser parte de esta ciudad.
Mi colonia es una de las colonias más antiguas de la Ciudad de México, cuyo
nombre recuerda el pasado lacustre de la urbe, ya que su nombre significa “Lugar
donde se bifurcan los ríos. En este caso, los ríos Tlalnepantla y Azcapotzalco.
Cuerpos de agua que se mantienen en los nombres de las avenidas, corriendo
impertérritos bajo el concreto de la avenida Río Consulado, permaneciendo en los
recuerdos de los más antiguos vecinos que se asentaron en esta parte de la
ciudad allá por los años 30. Ríos de agua cristalina en los que se podía nadar y
lavar la ropa.
Atlampa, una colonia que existe desde antes de que se construyera el complejo
habitacional de Tlatelolco. Colonia aledaña que es lo opuesto a lo que ha sido este
barrio y que hoy se repite en el límite sur, ahí en la avenida Ricardo Flores Magón,
espacio donde se están construyendo nuevos edificios habitacionales que en nada
benefician a los atlampeños pues son edificios pensados para otro tipo de gente,
no para los que aquí vivimos.
No para los que tenemos que ir viviendo al día. Soñando desde nuestras viviendas
al costado de las vías del tren, en casas levantadas con tablones, cartón, polines
y todo el esfuerzo por sobrevivir que tenemos los habitantes de aquí, de que algún
día podremos tener un hogar como esos. La realidad nos dice que somos gente
que ya no cree en las promesas de campaña de toda esa bola de vividores que
son los diputados y gobernadores, esos que solo se acuerdan de nosotros cuando
se vienen los tiempos de elecciones. Puras promesas. Incluso puedo decirte que
si tenemos servicios básicos es por nuestro trabajo, nosotros hemos sido los que
hemos adaptado nuestro hogar para que sea más tolerable el sobrevivir aquí.
Mis vecinos también me han contado que ellos llegaron a jugar en el puente de
Nonoalco, el primer puente a desnivel del Defectuoso, construido para conectar el
norte con el sur sin interrumpir el paso del tren. Dicen que ellos se deslizaban
desde lo alto por las tardes, cuando el aún inexistente tráfico de la ciudad se los
permitía.
Hablando del tren y de los recuerdos, no puedo olvidar mencionar el pasado fabril
de la zona. Tiempo pretérito del que quedan los vestigios de algunas fábricas de
las que solo quedan las fachadas, cómo la de la textil La Maravilla, hoy una simple
bodega. Edificios si no imponentes por su diseño si por su tamaño. Edificios
abandonados en los que nadie vive, edificios que solo traen recuerdos de tiempo
en qué el aire se mezclaba con el olor del pan de la fábrica Bimbo, la menta de la
fábrica de chicles Adams o la de la cerveza de La Central. Hoy, por las tardes
podemos oler el chocolate que se factura en la Bremen, pero ya no es lo mismo.
Recuerdos de días que no me tocaron. Yo soy parte de la generación que vive
bajo el estereotipo de ser habitante de una colonia peligrosa. Siempre que
conozco a alguien, al llegar a la típica pregunta ¿Dónde vives? En cuanto
respondo que en Atlampa, indudablemente me dicen “Ah, eres del Nopal ¿No?”
Aunque yo no vivo en esos callejones, el barrio jamás se niega. Mucho menos
cuando tengo los recuerdos de los bailes anuales que se celebran en esa calle.
Cómo olvidar al sonidero Cotoyo o al Mickey. De verdad que esos bailes son la
pura alegría. El mero deporte local. Regresando a lo de la mala fama, no diré que
no hay hijos de la chingada que nomás están viendo cómo joder al prójimo, incluso
aunque seas de aquí. Pero creo que somos más los atlampeños que buscamos
acabar con esta mala fama.
Trabajamos día tras día, año tras año, por terminar con esta idea. Somos
nosotros, los pobladores los que nos organizamos para sacar adelante nuestra
identidad como gente de esta colonia. Claro, hay personas que destacan, cómo el
Doctor Fidel, que sin ser de estos lares, es una figura reconocida por la mayoría
del barril, por todo lo que si esfuerzo por mantener la salud de los que aquí
vivimos. También he escuchado, aunque nunca lo he visto por aquí, que en una
azotea de está colonia allá por los ochentas, salió Superbarrio, el luchador social
del pueblo. Sin embargo, creo que los que vivimos aquí somos los verdaderos
protagonistas de la historia de está colonia. Nosotros somos los que le hemos
dado vida, los que mantenemos el recuerdo de lo que fue y los que estamos
haciendo lo que será nuestro hogar. Nosotros somos los que aguantamos el olvido
de las autoridades, los que sufrimos las fragmentación del barrio con el
surgimiento del suburbano, una construcción que aprovecho el tendido de vías
férreas que ya existía pero que no trajo beneficios para los que aquí vivimos, con
su llegada nos quitaron rutas de transporte, nos separaron de vecinos de otras
colonias. Ahora para cruzar por ejemplo hacia Tlatelolco, debemos pasar por
puentes que la verdad no son fáciles de cruzar para la mayoría de las personas,
ya que si antes podíamos solo atravesar las vías, en la actualidad es un martirio.
Aún con todo esto que cuento, no podemos quejarnos del todo, al final de cuentas
pertenecemos a la ciudad de México y eso ya es una diferencia notable respecto a
nuestros vecinos del Estado de México, ahí si que están peor que nosotros pero
eso ya es otra historia.