MUNDOS ALTERNOS
Antología de Literatura Fantástica
cHILE 2020
©Mundos Alternos
©Alciff
Primera Edición digital octubre 2020
Antologadores:
Marian Mariqueo Boroa, Connie Tapia Monroy, Yamila Huerta Serrano,
Marcos Fabián Cortez, Felipe Tapia Marín, Héctor Olmedo Gutiérrez y
Wilbert Gallegos Riquelme.
Editor General:
Wilbert Gallegos Riquelme
Asesores de Contenido:
Arturo Sierra, Andrea Prado Galleguillos y José Hernández Ibarra
Editor de Estilo:
Arturo Sierra
Diseño de Portada y Diagramación:
Michel Deb
Una iniciativa de la comisión de “Fantasía y Terror” con la colaboración
de las comisiones de “Lectores Beta” y “Diseño”.
Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena, ALCiFF.
Septiembre, 2020.
Todos los derechos reservados.
Esta publicación no puede ser reproducida, en su totalidad o en parte, ni puede ser transmitida,
por un sistema de recuperación o información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea
mecánico, electrónico o magnético, por fotocopia o cualquier otro, sin el previo consentimiento
escrito de ALCIFF. De lo contrario se verá expuesto a reclamación legal.
Nota del editor
Nacido en noviembre del año 2019 como iniciativa de
la comisión de «Fantasía y Terror» dentro de ALCiFF,
este es un proyecto que refleja una preocupación por
la interrelación entre los géneros de la fantástica y la
participación comunitaria. Su puesta en marcha desde
febrero del presente año corresponde a una convocatoria
que estuvo abierta a toda la asociación, sin distinciones,
durante dos periodos de tiempo, con el objeto de enviar
el mejor texto disponible por participante, fuese inédito
o no, y con una extensión de texto lo suficientemente
flexible para que las y los escritores se sintiesen cómodos.
No tan solo nuestra comisión fue parte activa
en la configuración de la antología. La comisión de
«Lectores Beta», capitaneada por Arturo Sierra, asumió
la responsabilidad del diálogo con las y los convocados
para el proceso de corrección de estilo. La comisión de
«Diseño», liderada por Michel Deb, se encargó de la
diagramación. Sin la asistencia y compromiso de ambas
comisiones, la existencia de este libro no sería posible.
El nombre de la antología fue elegido en el mes de
abril recién pasado, basado en el llamado a votación, para
la asociación en su conjunto, a partir de varias alternativas
proporcionadas por la comisión. La participación fue
casi unánime y será recordada por su alta convocatoria,
interés general y por ser una instancia de unión interna.
Por lo que se puede afirmar que cada uno de nosotros
y nosotras, los más de cincuenta integrantes de ALCiFF,
participamos de una forma u otra de la construcción del
libro.
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Mundos Alternos es una antología que fluye de
dos principios esenciales: amar la literatura fantástica en
cualquiera de sus vertientes y unirse colectivamente para
expresar ese sentimiento en un libro en el que reverbere
aquellas tonalidades de este sentir. Desde treinta y tres
textos, treinta y tres mundos. Cada texto presente en
este libro fue preservado lo más cerca posible al estado
en que fueron recibidos. Por tanto, la antología no es tan
solo una fotografía de la creatividad literaria presente en
nuestra asociación, sino que también es una declaratoria
en sí misma: ALCiFF es un hogar para los aficionados
al género y una instancia en que, a partir de nuestra
diversidad, podemos construir juntos. Aquello también
se traduce hacia posibles lectoras y lectores de este libro:
pensando en aquella expresividad artística diversa, se dará
alguna orientación en caso de ser necesario.
Agradecemos el bello prólogo que ha escrito
Marcelo Novoa para el libro. Un privilegio contar con él,
dada su enorme labor como reconstructor de la historia
de la ciencia ficción y fantástica chilena. ALCiFF forma
parte de una tradición literaria, de la cual es consciente,
es por ello que podemos construir un presente y seguir
mirando hacia el mañana.
Finalmente, este Fix-up te invita a que seas
partícipe de sus mundos alternativos y que, con tus
lecturas, construyas nuevos mundos, más allá de nuestra
imaginación.
Wilbert Gallegos Riquelme
Chillán, septiembre, 2020
Literatura chilena fantástica
actual… ¡Presente!
Marcelo Novoa
La narrativa fantástica chilena nos ha sido presentada
siempre como subgénero o modalidad narrativa
marginal, casi siempre ahogada o al punto de sofocación,
inmersa en la gran corriente realista que rige este país,
la que acabó ocupando los espacios privilegiados de
visibilidad y el sitio central del canon. Así, la academia
y la crítica se han tardado demasiado en dignarse a
darle una más justa recepción. Pues todavía se tiende a
identificar majaderamente «Literatura» con Realidad
en estos territorios y, por ello, se excluye a la Ciencia
Ficción, Fantasía o Terror de su imaginario local, pues
no cumple con la preceptiva mimética y/o verosímil que
nos brindaría identidad y sentido nacional; por ello, se le
confina a compartimentos estancos tales como «literatura
de masas o infanto-juvenil».
Incluso, hasta hoy, que las teorías ya canónicas de
lo fantástico (Caillois, Vax y Todorov) y sus exponentes en
habla hispana (Belevan, Barrenechea o Roas) coincidan
en dictaminar que en tales relatos regularmente coexisten
dos órdenes de acontecimientos, que articularían este
mundo «real» con el Otro. Y, por lo mismo, el relato
fantástico buscará potenciar su capacidad de impresión
emocional ante el lector, ya sea por la vacilación entre las
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posibilidades humanas y las sobrenaturales de explicación
de los sucesos narrados, o bien, al contraponer las
leyes del mundo familiar y/o conocido por nosotros,
mientras enfrenta nuevas leyes desconocidas de sucesos
en apariencia sobrenaturales, extraños o maravillosos.
Como quien dice, un día cualquiera en la vida de un ser
interdimensional, transmedial e interactivo del siglo XXI,
¿no?
Mucho más, cuando modernas propuestas del
pensamiento —sean psicológicas, científicas o filosóficas—
buscaron la supresión de tal idea ilusoria (sostenida desde
Aristóteles hasta Descartes) de que el ser humano está
capacitado para «aprehender» la realidad en su totalidad.
Si hasta la física moderna (incluida la cuántica) va dejando
fuera de juego tales nociones de comprensión única de
dicha realidad absoluta. Y, tal como sostiene David
Pujante en su esclarecedor ensayo “Las inquisiciones de
la literatura fantástica” (2016), al emerger la literatura
fantástica a fines del siglo XIX, como contrarespuesta
al logocentrismo (ideológicamente reaccionario) del
Realismo, la respuesta de crítica y mercado no estuvo
exenta de peligros y amenazas, pues
[E]l entendimiento de verosimilitud como eje de las
creaciones literarias y artísticas realistas, es decir, imitadoras del
mundo de los sentidos, sin plantearse el propio problema de definición
del realismo, ha creado conflictos importantísimos y duras críticas a
los autores que no seguían esas normas y leyes impuestas por una
peligrosa mezcla de filosofía y religión instaladas en el poder.
Y si bien los autores fantásticos del siglo XX no
consiguieron poner en jaque la tradición del realismo
literario chileno, en parte su presencia agudizó la
profunda crisis de representatividad entre nuevos
lectores sagaces, quienes, al cuestionarse inconsistencias
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y contradicciones entre tales imaginarios vernáculos y
sus gustos adquiridos cosmopolitas, detonarán un tardío
cambio de paradigma en el horizonte lector patrio. Pues
este siglo XXI, hiperconectado y sincrónico, nos trajo
inéditos hábitos de lectura (o recepción, si queremos
ser fieles a la tecnofilia) sobre todo en aquellos nuevos
soportes de medios expresivos: televisión, cine, literatura,
cómic, teatro, música, videojuegos, juegos de rol, etc.
Lo que, lejos de conducir a la dispersión, propició una
convergencia de los sujetos receptores que, para acceder
a una comprensión cabal y completa del mensaje, se
veían impelidos a atender a diferentes dominios creativos
y manejar diversos códigos, dotándolos de un rol mucho
más activo y determinante del que solían poseer en
el pasado «real». Pues, llamados a interactuar con
variados productos ficcionales, oscilarán siempre entre la
interpelación o el análisis, ya sea en foros de discusión —
sobre todo Internet y redes sociales— inclusive, haciendo
su aparición directa en dichos universos imaginarios
(como avatares, roles en línea o fanfiction). Entonces, si
algo ya no resiste más peros o cuestionamientos banales,
hoy podemos admitir con orgullo explícito que el mayor
consumo entre las actuales generaciones lectoras es, casi
en exclusiva, de nuestro amado género fantástico.
II
Entonces, ¿todavía alguien osa creer que este género es
solo entretenida evasión? ¿O es que acaso no pueden
entender que, al contrario, es un eficaz mediador narrativo
para explorar contextos y escenarios ficcionales, pero
que visiblemente intersectan con ideologías y procesos
sociohistóricos reales? Como lo atestiguan la profunda
complejidad de obras contemporáneas tales como
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American Gods (1998) de Neil Gaiman, Estación de la
calle Perdido (2000) de China Mieville, la trilogía de La
materia oscura (1995 – 2000) de Philip Pullmann, o la aún
inconclusa Crónica del Asesino de Reyes (2007) de Patrick
Rothfuss. Pues esta gradual transformación perceptiva
entre los lectores masivos proviene principalmente del
relevo generacional de autores que no temieron ser
etiquetados como «fantásticos», pero sin perder su estilo
propio y una probada calidad, al construir personajes
complejos que transitan las desdibujadas fronteras del
bien y el mal, arrastrando errores y traumas, inmersos en
universos coherentes, densos y «serios» como cualquier
obra literaria que se precie de tal.
Ahora bien, en cuanto a la fantasía propiamente
tal —presente en todas aquellas temáticas que no tienen
preexistencia en el mundo material— podemos afirmar,
sin temor a equivocarnos, que gozan de una libertad
desmedida, lo que las convierte en víctimas de sus propios
excesos, dada la imposibilidad práctica de ser cabalmente
abarcadas por un solo libro o autor (de ahí, supongo,
secretamente sacian muchas sagas su eterna extensión…).
Así pues, estemos al tanto o no, la primordial diferencia
de una obra fantástica de otra realista será justamente
su «pretensión de realidad» que muestra, una y otra vez,
sus credenciales ante el lector. Una tarea agotadora, si lo
pensamos bien, pues debe sumergirnos en su promesa
narrativa, para luego convencernos de manera ficticia de
todo lo acaecido, para así finalmente maravillarnos con
su coherente y creíble singularidad. ¿A que no era fácil
escribir sobre puras fantasías, eh?
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III
A veces reflexiono —en voz baja eso sí— sobre la desidia
periodística, la miopía académica y la negligencia editorial
nuestra de cada día al no rescatar, poner en valor y así
sumar nuevos-viejos nombres al género, pues si ficharan
la totalidad de las antologías chilenas del siglo XX (he
realizado tal labor de ratón de biblioteca) estas siempre y
solo (diría por defecto, si fuese mal pensado) incluyen a los
mismos «convidados de piedra» a la mesa del pellejo de
los planes lectores escolares: Juan Emar, Hernán del Solar
y María Luisa Bombal. Pues, ¿qué más cabría esperar si
las demás muy preciosas (por secretas o escondidas) obras
del género, hoy inencontrables en reseñas, bibliotecas
o reediciones, tampoco forman parte de los estantes en
piezas o escritorios de los mismos autores fantásticos
actuales?
Recito aquí —en voz alta— sus sacrosantos
nombres: Francisco Miralles, Ernesto Silva Román,
Baldomero Lillo, Alberto Edwards, Joaquín Díaz Garcés,
Hugo Silva, Marta Brunet, Pedro Prado, Juan Emar,
Hernán del Solar, Braulio Arenas, Eduardo Anguita, María
Luisa Bombal, Luis Enrique Délano, Augusto D´halmar,
Juan Marín, Fernando Alegría, Carlos Droguett, Héctor
Barreto, Alfonso Alcalde, Luis Alberto Heiremans, Hugo
Correa, Antonio Montero, Elena Aldunate, Magdalena
Petit, Enrique Araya, Armando Menedín, Jacobo Danke,
Ilda Cádiz, Miguel Arteche, José Donoso, Sergio Escobar,
Luis Domínguez, Mauricio Wacquez, Héctor Pinochet,
Francisco Rivas Simón, Máximo Carvajal, Carlos Raúl
Sepúlveda, Juan Ricardo Muñoz, Myriam Phillips o
Sergio Meier, por citar solo autores y autoras ya fallecidos
(que no saben autopublicitarse ni levantar campañas en
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redes sociales). Entonces quizás, solo tal vez, si los nuevos
autores aquí justamente antologados por sus méritos
y aportes al relato fantástico chileno actual, además de
leerles amorosamente, descubriesen afinidades estilísticas
y persistencias temáticas con sus propias estéticas, y en
consecuencia les nombrasen cada vez que tuviesen una
tribuna…; entonces, solo tal vez, un gallo otro nos cantaría
al despuntar el incierto futuro.
IV
En este nuevo milenio, con la fuerza de un estallido
social, nos hallamos cara a cara con las insurgentes
voces femeninas que cultivan lo fantástico, lo insólito,
lo terrorífico, lo anómalo y lo perverso, al tiempo que
despliegan temas y formatos poco explorados por los
autores masculinos. Con gran atrevimiento subvierten
los límites de lo real heteronormado, empleando
este género como pivote para reflexionar sobre la
presencia/ausencia de la construcción de identidad
femenina en las «sociedades de escritores».
Si concordamos que lo fantástico siempre discurre
entre lo ambiguo y lo elíptico, también lo debe hacer sobre
lo excluido por la(s) cultura(s), como es la (in)expresión
del sujeto femenino, tradicionalmente silenciado y
marginado. Este uso feminista del género para exponer
personajes e historias consiste en la urgente reparación
identitaria frente a los estereotipos construidos por el
discurso hegemónico patriarcal y claramente posee una
perspectiva política y reivindicativa, convirtiendo al texto
no-realista en herramienta ideológica de denuncia socio
genérica.
Siempre con el ánimo de compartir tareas y/o
pendientes en nuestras lecturas, destacamos aquí algunas
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de las autoras vivas más relevantes; desde España: Pilar
Pedraza, Elia Barceló, Patricia Esteban Erlés, Cristina
Jurado, Lola Robles, Laura Gallegos, Sofía Rhei, María
Zaragoza, Laura Fernández, Susana Vallejo, Marina
Tena y Mariela González; entre tanto, desde América
Latina: Angélica Gorodischer, Ana María Shua, Daína
Chaviano, Mariana Enríquez, Luisa Valenzuela, Mariana
Enríquez, Samantha Schweblin, Laura Ponce, Cecilia
Eudave, Daniela Tarazona, Yeniva Fernández, María
Consuelo Villarán, Solange Rodríguez Pappe, Gabriela
Arciniegas, Alicia Fenieux, Lina Meruane, Alejandra
Costamagna, Francisca Solar, Liliana Colanzi, Anacristina
Rossi, Jacinta Escudos, Tanya Tynjälä, Susana Sussmann
y Melanie Taylor Herrera, entre muchas otras que no
alcanzo a reconocer y, por supuesto, aquellas que aparecen
fichadas en el presente volumen y que seguro llevarán la
voz cantante en estos y otros desplazamientos textuales.
¡Helas! Por fin arribamos al libro que nos convoca:
Mundos Alternos, Antología de literatura fantástica de la inquieta
Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica
Chilena (ALCiFF), que con sus treinta y tres autores
antologados exhibe la muestra más completa y extensa de
autores adultos en plena producción de ficción no-realista
publicados en Chile. No tenemos noticia de otro esfuerzo
de igual convocatoria, que de por sí representa un logro
y convierte a esta publicación en un hito a destacar en el
siempre invisibilizado campo genérico.
Como toda agrupación de aficionados que
se precie, ALCiFF congrega en sus filas a prohombres
y mujeres de la vieja guardia y nóveles aspirantes, por
lo que no es de extrañar que en esta selección también
Varios Autores | 11
se plasme tal biodiversidad fantastique. Pues hallaremos
nombres célebres entre sus pares, como Laura
Ponce (Argentina), Alexis Figueroa A. o Roberto
Sanhueza; codo a codo con autores en ascenso como
Connie Tapia Monroy, M. M. Kayser, Leonardo
Espinoza Benavides, M. Fabián Cortez, Sascha
Hannig o Cristian Londoño Proaño (Ecuador);
también veteranos artífices del fandom como Armando
Rosselot, Michel Deb, José Hernández Ibarra,
Marisol Utreras Guerra o Rodrigo Juri; junto a
escritores con primeras obras bien recibidas como Mario
Bustos Ponce, Pablo Espinoza Bardí, Felipe
Tapia, Francisco Traslaviña, Wladimir Soto
Cárcamo, Sebastián Guerrero Miranda, Daniel
Olcay Jeneral, Alejandro Ruiz Norambuena, Jorge
Sanhueza Bastías, Héctor Olmedo Gutiérrez,
Diego Escobedo o J. P. Cifuentes Palma; además
de todo un semillero venido desde diferentes regiones
del país como Romy Riq, Gisela Sanhueza, Arturo
Sierra, Wilbert Gallegos Riquelme, Lucio Cañete
Arratia, Hernán Gallegos Jiménez o Carlos
Gómez Salinas.
Y por supuesto, reciban nuestros parabienes desde
el andén esta tripulación de treinta y tres navegantes, pues
mientras les hablo ya están trepando las escalerillas de esta
lustrosa máquina espaciotemporal, sin un ápice de temor
en sus cuerpos y con una desenfadada sonrisa iluminando
sus rostros que, estoy seguro, recordareis mucho tiempo
después del despegue. Y que, de seguro, los llevará hacia
confines inexplorados, trayéndonos de vuelta noticias
frescas del Misterio aún sin zanjar.
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VI
Los subgéneros reconocibles en esta selección corresponden
a: Fantástico, Ciencia Ficción, Terror, Fantasía Onírica,
Distopía, Ucronía y, por supuesto, todas las posibles e
imposibles cruzas de los anteriores. Lo que no obsta para
que alguno de ellos haya patentado su propia genealogía
y su intrínseco sistema crítico para deleite de los exégetas
y los descifradores futuros de las presentes páginas.
El volumen se halla dividido en cuatro partes
tituladas: Libro 1 «Punto de fuga», Libro 2 «Huir a
contracorriente», Libro 3 «La confrontación» y Libro 4
«El final del túnel». Aquí pasaremos revista a cada relato
contenido (sin spoilers ni mala leche, lo juramos):
Libro 1 «Punto de fuga», juega con el concepto de
la representación que converge formando su perspectiva
en un punto impropio situado en el infinito, que nos avisa
que hemos ingresado a un ámbito donde lo conocido
no puede venir en nuestra ayuda, sino al contrario.
Como la sutil parábola antimachista en clave Twilight Zone
de Connie Tapia Monroy en Televisor blanco y negro; o
la demasiado realista iniciación neofascista de Suenan otra
vez las sirenas a las 7 PM de J. P. Cifuentes Palma; o la
escalada fantasmagórica del latoso día lunes en Siete veces
siete de M. Fabián Cortez; o dónde encontrarnos sin la
noción de arriba y abajo en la (iso)distopía Ciento ochenta
grados de Diego Escobedo; o cómo la exo-xenofobía
puede volverse un espejo aniquilador en Tierras de
Hernán Gallegos Jiménez; o la estremecedora versión
de la eterna finitud en El último día de Mario Bustos
Ponce; o un cáustico manual para sobrevivir a su propio
departamento en El pasillo de los olvidados de Felipe Tapia;
o la clave de un mal sueño es no despertarse a la mitad sin
La llave de Romy Riq.
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Libro 2 «Huir a contracorriente» nos coloca ante
la disyuntiva de enfrentar los contrarios o fluir con ellos en la
adversidad, tal como sucede con la versión 2.0 del sensible
mito de Príamo de Michel Deb; o la redención en clave de
unos hermanos Grimm ultra gore en El ocaso de mi vida de
Francisco Traslaviña; o la travesía venturosa por mares
interestelares hasta Pan de mar de Gisela Sanhueza; o la
oniromancia mesoamericana nos revela estas Confesiones de
un testigo del Norte de Alejandro Ruiz Norambuena; o la
originalísima relectura de Baldomero Lillo a manos de un
fanático de Wes Craven en Sub temporis de Arturo Sierra;
o el tiempo asesino volviendo al lugar del crimen en ¿El
último viaje? de Sebastián David Guerrero Miranda;
o el poderoso mal legendario que atraviesa eones en Las
arenas del fin de Armando Rosselot.
Libro 3 «La confrontación» que nos sitúa ante la
fuerza aniquiladora del combate que fluye por todas las
emociones, inclinaciones y decisiones de la humanidad,
como en la lograda ucronía de una confrontación entre
hermanos en La guerra llegó a medianoche al Reloncaví de
Wladimir Soto Cárcamo; o cómo el ciberpunk criollo
escoge nuevos profetas en Proyecto Aenima de Daniel
Olcay Jeneral; o de la diplomacia debida entre plebeyos
espaciales y nobles terrestres en Billiak, el siriano de José
Hernández Ibarra; o cómo el chilean gothic cobra nuevas
víctimas en Belial de Pablo Espinoza Bardí; o la bella y
terrible parábola de nuestros deseos íntimos que incluyen
un Dinosaurio de Marisol Utreras Guerra; o la ilusión
pulp de un nerd desmemoriado cobra vida en La piel verde
de Alexis Figueroa A.; o el sórdido periplo a los bajos
fondos de un neothriller étnico en El sapo de cuatro ojos de M.
M. Kaiser; o qué tal si Asimov nos regalase una fábula
presidencial bananera en El primer gobierno de Mittsu-AI de
Sascha Hannig; o la danza eterna del dolor en el placer
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en La mano invisible de Jorge Sanhueza Bastías; o cómo
el amor en tiempos de extrañeza no reparará pérdidas
en Ilotas de Carlos Gómez Salinas; o acompañen a la
perfecta fuerza expedicionaria en viaje hacia en fondo del
corazón en La tormenta de Laura Ponce.
Libro 4 «El final del túnel» prueba nuestros
sentidos al provocarnos para seguir hundiéndonos
en estas historias o buscar la redentora luz de un sol
imposible; como el fantástico weird que genera más
preguntas que respuestas en Una tarde de julio de 2019 de
Wilbert Gallegos Riquelme; o cuando las leyendas
ufológicas son parte de nuestro folklor en Desde la bahía
de Lucio Cañete Arratia; o un genuino relato de
hiperglobalización oriental desplegado ante nosotros en
Perigeo de Rodrigo Juri; o cómo debieran criar nuevos
poetas entre los mil soles de Dragones y motores mágicos de
Leonardo Espinoza Benavides; o cuando el campo
vuelve a florecer en el futuro andino de El paquete de
Cristián Londoño Proaño; o nunca olvidaremos la
más triste demostración de Amor de mujer de Roberto
Sanhueza; o finalmente, el más complejo cronoludo que
pueda jugarse alguna vez en Enmienda temporal de Héctor
Olmedo Gutiérrez.
Es claro que con estas breves pinceladas no
pretendí que sacasen conclusiones apresuradas, sino que
apenas recibieran un primer apronte y se preparasen
para lo ominoso, extravagante, insólito y fascinante que
saldrá a su encuentro en las páginas siguientes. Quedan
advertidos… (de hecho, para quienes no teman mirar de
frente a su aciago destino pueden saltarse esto hasta el
siguiente punto… Bah, debí haberlo puesto al principio…
Sorry).
Varios Autores | 15
VII
Los treinta y tres relatos fantásticos que disfrutarán a
continuación no niegan su filiación simbólica, alegórica
o figurada, sino que potencian dicha extrañeza
convirtiéndose en vórtices sensoriales hacia territorios
poco transitados por las actuales plumas consagradas del
género. Pues se trató de sumar relatos y autores a la larga
tradición aún (in)cierta de esta literatura de la imaginación
y el riesgo. Y todas juntos y por separado nos ofrecerán un
poco de rara luz en las tinieblas diurnas.
Nadie se acerque, entonces, a estos textos sólo
para alcanzar, finalizada su lectura, la ansiada vacilación
de la certidumbre, ésa que esperaba Todorov del relato
canónico, sino que, por el contrario, los veintiséis autores
y seis autoras aquí reunidos no ignoran que, al crear
invenciones y/o fantasías, siempre se reinterpretarán las
reglas del mundo, sea este a final de cuentos, contingente,
fatuo o improbable.
Para ello, oponen un saludable «desorden de
los sentidos» del género como se entiende hoy a cierta
literatura fantástica postmoderna (que se muerde la
cola, yendo de pastiche en plagio descarado, sin hallar
originalidad o salida); ellos sabiamente desoyeron tales
cantos de sirenas automatizadas. Así, sus relatos actuarán
sobre nosotros como brújulas desorientadoras, tanto para
quienes creen haber leído todo lo que se podía parir
en estos territorios fantásticos, como aquellos que no
esperaban más asombros en sus vidas rutinarias.
Alegrémonos, entonces, con tal repertorio de
deseos, inquietudes y pareceres de esta actual generación
de autores fantásticos que, confío, los sumirá en un feroz
estado de gracia y, por sobre cualquier otra impresión,
16 | Mundos Alternos
les acarreará inagotables horas de gozo lector mientras
se adentran hacia sus peores ensueños o sus mejores
pesadillas. ¡Buen viaje, pues no hay marcha atrás!
Dunas de Concón, septiembre, 2020.
Varios Autores | 17
Marcelo Novoa (Viña del Mar, Chile, 1964)
Poeta, editor y crítico. Doctorando en Literatura.
Fundó la Editorial Trombo Azul de Valparaíso, gestión
independiente de culto de los años 80tas. Ha publicado
poesía, crónica y antologías, entre sus principales títulos
destacan: LP (1987, reeditado el 2017), Arte cortante
(poemas reunidos en 1993, 2003 y este 2019), y Años Luz.
Mapa estelar de la ciencia ficción en Chile (2006). Como creador
y agente cultural realiza talleres y cursos, desde hace
20 años a la fecha, sumando la organización de “Chile
Fantástico. 1810–2010” la mayor exposición temática del
género, en la Biblioteca Nacional (2008) y, cinco exitosas
versiones de la “Semana Fantástica” en Valparaíso, y
ocho temporadas del “Ciclo de Literatura Fantástica
chilena”, en conjunto con la I. Municipalidad de Viña
del Mar. Su editorial Puerto de Escape y su sitio: http://
www.puerto-de-escape.cl/, son referente obligado en la
escena fantástica hispanoamericana, y él mismo, uno de
los nombres claves del reconocimiento y expansión que la
CF chilena goza hoy día.
18 | Mundos Alternos
Mundos Alternos
Antología de literatura fantástica
Varios Autores | 19
“Tengo la secreta esperanza de
escapar siempre que la oportunidad
se presente antes de que me
contabilicen. Me será necesario
aguardar a que lleguemos a un
planeta donde sea posible vivir
sin peligro. ¡Ojalá volviésemos al
Sistema Solar!
Por desgracia es imposible. Nos
hallamos, en la actualidad, a miles
de millones de años luz de la Vía
Láctea.”
Hugo Correa, Los Altísimos
20 | Mundos Alternos
Libro 1
Punto de fuga
Varios Autores | 21
Televisor blanco y negro
Connie Tapia Monroy
Standin’ at the crossroad, baby, risin’ sun
goin’ down
Standin’ at the crossroad, baby, eee-eee,
risin’ sun goin’ down
I believe to my soul, now, poor Bob is
sinkin’ down
— Robert Johnson
Despierto con el aliento cálido de Sara en mi pecho,
disfruto del sabroso perfume a vainilla que emana de
su cuerpo desnudo sobre el mío; su respiración es lenta,
pausada. Intento zafarme de ella en varias ocasiones, pero
sus blancas manos sujetan mi cuerpo cada vez que trato
de hacerlo. Ella se aferra a mí y, de cierta forma, eso me
conforta, sentirla a mi lado, tan mía. La noche anterior, en
perfecta atmósfera con Chuck Berry, bailamos apretados
en el balcón del departamento.
—Me encanta esta canción —me dijo, mientras
sentía mover sus caderas al ritmo de Blue Feeling, sus labios
rojos se pegaron a los míos. No recuerdo en qué momento
el tocadiscos se silenció. «Aún debe estar prendido», pienso
y, con cuidado, salgo de la cama, camino al living, arreglo
el tocadiscos y prendo la radio. Alguien habla, no le presto
atención. Voy a la cocina, pongo agua en la tetera, prendo
fuego y la dejo ahí, corto unas rebanadas de pan y las llevo
22 | Mundos Alternos
al tostador, preparo las tazas y una bandeja. El día de los
enamorados fue perfecto, la sonrisa de Sara se dibujaba
como un fino trazo de pintura rosa sobre el cielo, se veía
radiante. Miré al living y ahí estaba el televisor blanco y
negro que le regalé a Sara. Era pequeño, con dos perillas
en los extremos y un botón en el centro, todos ubicados
perfectamente en la parte inferior de la pequeña caja
cuadrada. La imagen es nítida, perfecta, como la noche
entre Sara y yo. No muchos tienen un aparato como
este; son difíciles de adquirir, costosos, además, pero hace
años que con mi quiosco de diarios y revistas he podido
permitirme uno que otro gusto. Ahí estaba mi televisor,
sí, se lo regalé a Sara por el día de los enamorados, pero
debo reconocer, con algo de culpabilidad, que este regalo
era más bien para mí.
—El aroma a pan tostado me despertó —dijo
Sara, apoyada en el umbral de la puerta de la cocina,
vestida con mi pijama. Ella mis gustos y uno de ellos era
que mis ropas impregnadas de su aroma.
—Sube el volumen a la radio —me pidió, con
curiosidad, y yo lo hice. En la radio hablaban sobre una
protesta en Marruecos.
—Eso se veía venir —dijo Sara— Los franceses no
deberían haber hecho ningún ensayo… ¿Cómo se dice?
—intenté responderle, pero ella prosiguió—. Nucleares,
eso… ensayos nucleares —se acercó, untó mantequilla en
el pan, tomó la tetera y vertió el agua en las tazas. Disfrutó
del aroma a café, apagó la radio, prendió el televisor y
nos quedamos sentados frente a él, silenciosos. Solo se
escuchaba lo que salía de la pequeña caja, de vez en
cuando el sonido de un sorbo de café o algo de respiración.
Sentarse frente al televisor se transformó en una
rutina. Cerraba el quiosco de periódicos, pasaba por el
almacén, compraba comida y, al llegar a casa, me sentaba
Varios Autores | 23
en el cómodo sillón que compré especialmente para ver
televisión.
—El sillón es demasiado grande —decía Sara
mientras lo bordeaba e inspeccionaba de arriba abajo.
—Es perfecto —le dije. Pagué en efectivo al
vendedor y, cuando llegamos al departamento, fue un lío
subirlo hasta el piso seis. Si no fuera por un par de vecinos
que ayudaron, a lo mejor hubiese considerado devolverlo,
pero no lo hice y ahí estaba siempre a mi disposición, listo
a cumplir mis oscuras fantasías.
Al comienzo no me di cuenta de que era una
obsesión, ni siquiera fui capaz de verlo cuando Sara me
lo enrostraba. Recuerdo aquella vez que venía del trabajo
y la encontré sentada en el sillón, sus ojos, de mirada
furiosa, estaban perdidos en la ciudad.
—Ya no aguanto más, Jaime —su voz quebrada,
contenida, intentó decir algo más, pero su rostro se
escondió entre sus manos y comenzó a llorar. Acaricié
su espalda y pasé mis manos en su fino cabello, besé su
frente, pero ella se levantó con furia y cerró con fuerza la
puerta de la habitación, me encogí de hombros, saqué una
cerveza del refrigerador y me senté a ver un talk show. Creo
que me quedé dormido y estoy casi seguro de que fue ella
quien desconectó el aparato a media noche. Acción que
no pude corroborar, porque Sara no volvió ese día a casa,
ni el siguiente, ni el siguiente.
Sí, me abandonó y aprovechó de llevarse todo en
uno de los momentos en que no me encontraba en casa.
Un día, al volver del trabajo, encontré el televisor y el
sillón en medio de un vacío perturbador, pero si encendía
el pequeño aparato todo parecía llenarse. Y ahí me quedé
sentado, con una cerveza en la mano mirando algunos
programas nocturnos.
Poco a poco dejé de cumplir con mis obligaciones,
24 | Mundos Alternos
olvidaba abrir el quiosco, ir por la mercadería, a veces
simplemente dejaba pasar los días confiando en que
mis ahorros durarían lo suficiente. El polvo, las botellas
y la basura se acumularon por todos lados y aun así no
me daba cuenta de nada, hasta al momento de leer una
notificación que me avisaba de la inevitable quiebra de
mis finanzas. Solo en ese instante me di cuenta de que
era un adicto al mundo encerrado en la pequeña pantalla
blanco y negro.
Un día se acabó la comida, las cervezas y todo.
A regañadientes decidí salir de compras, pues no quería
perder ni un segundo de la programación. Era de noche,
una noche fría. Me abrigué con un chaquetón, gorro y
bufanda y caminé un par de cuadras, las calles estaban
casi vacías, poca gente transitando, negocios cerrados.
Seguí caminando, ya que debía encontrar algo donde
abastecerme.
A lo lejos, cruzando la calle, vi la luz de un negocio;
apresuré el paso. El sonido de las monedas en un tarro
me desconcentró: era un mendigo sentado entre cartones,
pidiendo limosna. Su aspecto era repulsivo, cadavérico,
y emanaba un olor nauseabundo. Aceleré aún más el
paso, bajé la cabeza y choqué involuntariamente con un
joven que repartía volantes; este me miró con desprecio
y me entregó un volante, quise pedirle disculpas por mi
imprudencia, pero al voltearme no lo vi por ninguna parte.
Miré el folleto, lo guardé en el bolsillo de mi chaquetón y
crucé la calle, entré al negocio y compré lo necesario. Al
salir aún terminaba de guardar en mi bolsillo el dinero
que sobró de la compra; cuando saqué la mano del bolsillo
cayó el papel. Lo recogí. Era publicidad de un nuevo
canal de televisión, tenía impresa la imagen de un payaso
apuntando con el dedo índice y decía: «Canal 6, las chicas
de tus sueños solo para ti». Lo miré por varios segundos, me
Varios Autores | 25
recordó al Tío Sam con su consigna «I want you U.S Army»,
pero este era un payaso, de esos que nunca me gustaron.
Recuerdo cuando mi madre me regaló uno de trapo, lo
metí al closet y nunca más lo saqué de ahí. Volví a mirar
el folleto y tuve la sensación de que lentamente el payaso
esbozaba una sonrisa diabólica. Asustado, solté el papel,
lo miré mientras el viento lo llevaba lejos de mí, observé
como volaba y se quemaba en una pirueta enloquecida
por los aires. No, era posible, no tenía sentido. Escuché que
la brisa sonaba como risa estridente sobre mi hombro, me
encogí, me sentí pequeño. Estremecido, aceleré el paso,
pero este fue entorpecido por el mendigo, quien me tomó
del pantalón. Intenté zafarme. Al mirarlo, tenía la misma
sonrisa perversa de aquel payaso. Forcejeé el pie hasta que
logré soltarme de sus horrendas manos huesudas. Caminé
apresuradamente y no pude evitar recordar a Sara y mi
adicción por aquel maldito televisor. Al llegar a casa aún
me encontraba perplejo, por lo que decidí no encender el
televisor, al menos no esa noche.
Me acosté a dormir en mi viejo colchón: las sábanas
se encontraban frías y ásperas, di vuelta de un lado a otro.
Creía no poder dormir, pero, sin darme cuenta, caí en
un sueño profundo donde las imágenes de una vida plena
giraban alrededor mío, sonreía y gozaba con los cuadros
que se dibujaban en el entorno, trataba de alcanzarlos,
pero estos se alejaban cada vez que lo intentaba. Corría
por alcanzarlos, pero cada vez se alejaban más y más.
De un momento a otro, dejé de sonreír, ya no me parecía
graciosa la situación. Cansado, me senté en la orilla
de un camino de tierra, escuché música, parecida a la de
los circos cuando llegan a la ciudad. Observé que desde
lejos se acercaba una larga fila de carros alegóricos: era
una fiesta con música, danzas. Todos reían y cantaban.
Los carros iban adornados con alegres colores, muchos
26 | Mundos Alternos
globos y luces. Se escuchaba cómo la multitud aplaudía
al son de la música. Sin saber cómo, me vi rodeado de
las mismas personas que seguían los mágicos colores del
circo. Los carros transitaban frente a mis ojos, repletos
de mujeres hermosas, con cuerpos semidesnudos, piel
luminosa, adornadas con plumas y lentejuelas, sonrientes.
Era hermoso, sublime. Lo contemplaba atónito, con la
boca abierta. Un sueño mágico, indescriptible. De pronto,
el espectáculo se distorsionó, los colores desaparecieron
y todo se tornó blanco y negro, las muchachas se
transformaron en horrendas y arrugadas viejas, raquíticas,
con la piel pegada a los huesos, miradas ojerosas y tristes,
demacradas, encorvadas. Los carros pasaban ante mis
ojos, todo era escalofriante y perturbador. Me restregaba
los ojos, pero la imagen era cada vez más confusa.
El payaso del folleto apareció ante mis ojos, riendo y
bailando, sonriendo diabólicamente como lo hizo antes.
Desperté aterrado, transpirando, casi sin respiración.
La ventana se abrió repentinamente y un fuerte viento
entró en la habitación, miles de papeles entraban volando
impetuosamente. El viento amainó y un papel se posó
justo a los pies de la cama, lo cogí: «Canal 6, las chicas
de tus sueños solo para ti». Estaba confundido, el miedo
se apoderaba de mí, observé el papel y lo rompí en mil
pedazos. El televisor se encendió sin razón alguna y ahí
estaban las chicas bailando junto al payaso, seduciéndome
con bellas sonrisas y encantadores cuerpos; me quedé
hipnotizado mirando el pequeño televisor.
—Ven, ven… —me decían, como incitándome
a ir con ellas. Vi que sus manos salían de la pantalla
intentando tomar la mía. A paso lento, me acerqué cada
vez más a la caja en blanco y negro. Frente a la pantalla,
me di cuenta de que solo era una perturbación mía, las
hermosas mujeres no salían de la pantalla, estaban dentro
Varios Autores | 27
del televisor riendo y jugando. Ellas insistieron que las
tocara y así lo hice. Hipnotizado por su belleza, no aparté
mis ojos ni mis manos de la pantalla. Sin darme cuenta,
las estaba tocando de verdad, podía sentir su aroma, su
piel. Mi cuerpo estaba excitado. Lo estaba disfrutando
cuando el payaso lanzó una carcajada histriónica y, con
su dedo índice, señaló una ventana: me acerqué a mirar y
vi mi departamento, mi sillón, el vacío de mi habitación.
Me volteé confundido para mirar al payaso, pero me
encontraba solo, tampoco estaban las hermosas mujeres.
Estaba en un vacío blanco, sin cielo, ni superficie, el
silencio era sepulcral.
Me dormí no sé por cuánto tiempo. Desperté con
la voz de Sara llamándome a lo lejos, miré por la pequeña
ventana y ahí estaba ella, caminando de un lado a otro
en el departamento. Yo sé que me buscaba. Comencé a
gritar y a golpear la ventana desesperadamente.
—¡Aquí! ¡Aquí! ¡Sara, estoy aquí! —le grité una
y otra vez, golpeando la ventana angustiado, llorando—
¡Saraaaa, acáaaa! —Decía incesantemente. Mis puños
repicaban en el vidrio con fuerza— ¡¡Saraaa, sácame de
aquí!! —volví a pegarle a la ventana con la palma abierta,
cerrada, con los puños, pero nada.
—Al parecer no se encuentra en casa —escuché
que le hablaba a alguien más— pero su televisor está
encendido… ¿Qué extraño? —se acercó a la pantalla, la
miró con extrañeza, seguí gritando con más fuerza, pero
ella no escuchó.
—Apagaré este maldito televisor —sentenció Sara
y el vacío blanco, donde me encontraba, se oscureció.
28 | Mundos Alternos
Suenan otra vez las sirenas a las 7 PM
J.P. Cifuentes Palma
Fumo un cigarrillo tras otro, sin intenciones de abandonar
la ardua tarea de intoxicar mis pulmones. A estas alturas, la
adquisición de algún cáncer me es totalmente indiferente;
es más, ansío encontrar alguna salida a esta realidad que
no acepto del todo. Siete de la tarde y la sirena comienza
a sonar otra vez, como cada día desde hace cinco años
atrás. La gente se esconde en sus casas, con los sistemas
de alarma de última generación para brindarles alguna
forma de seguridad en medio de una inestabilidad que se
siente en el aire.
Camino a oscuras, sin rumbo fijo, por el comedor
de mi casa. Es un día de invierno, un día de lluvia; es otro
día idéntico al anterior, otro día con esa espantosa sirena
que suena a las 7 PM. Afuera, ya no escucho la alarma,
pero ahora el silencio es abrazador, hiela e intimida a tal
punto que intento de alguna u otra forma concentrarme
en mis recuerdos. Me siento en el viejo sillón y espero
pacientemente lo que sucederá este día. A lo lejos, se
escucha el sonido del escuadrón negro que recorre las
calles, esos soldados que transitan en la ciudad todos los
días desde las siete de la tarde sin saber aún qué es lo que
buscan o qué desean de nosotros.
Se detienen afuera de mi casa. Tres, cuatro, cinco,
veinte soldados conversando en un idioma desconocido.
De pronto, una luz roja se proyecta en la cocina: están
reconociendo el lugar, inspeccionando la casa para
Varios Autores | 29
ver si está habitada. Me escondo, Dios mío, qué hacer.
Me agacho antes de que una segunda luz roja aparezca
desde el comedor y se mueva de izquierda a derecha,
analizando cada rincón de la casa. Pasan los minutos
y permanezco inmóvil, con el rostro afirmado en el
piso flotante, mordiendo mi lengua y aguantando
la respiración; esperando que las luces rojas no me
encuentren. La única escapatoria es comenzar a moverme.
Tarde o temprano, me encontrarán en este lugar y no
estoy dispuesto a complacerlos tan fácilmente. No señor,
si quieren encontrarme tendrán que luchar, porque yo no
me rendiré.
Comienzo a gatear rumbo al dormitorio
matrimonial. Lenta, muy lentamente, llego al pasillo.
Gotas de transpiración van dejando una estela a mi
paso. Quiero llorar, quiero gritar, quiero salir corriendo
y enfrentarme al escuadrón negro, quiero encararlos,
quiero entender que está pasando en esta ciudad, quiero
saber por qué suena la sirena cada día a las siete de la
tarde, quiero entender por qué nos persiguen, quiero
respuestas—las necesito para seguir adelante—, pero, por
sobre todo, quiero sobrevivir, sí, sobrevivir a esto, a estas
dudas, a estos miedos, a esta realidad. Debo sobrevivir
como sea.
Comienzan a golpear fuertemente la puerta.
La transpiración corre por mis mejillas. Aguanto la
respiración. El sonido de una ventana destrozada en el
comedor me hace reaccionar. Giro rápidamente, debido
al miedo que me causó el sonido de los vidrios rotos, sin
percatarme de que uno de los talones de mi zapato roza
el haz de luz, provocándome un agudo dolor en el tobillo
derecho, como si unas agujas me pincharan una y otra
vez. Aguanto el dolor y esta vez me levanto de un brinco.
En dos trazos ya estoy en el interior de mi dormitorio.
30 | Mundos Alternos
Intuyo que el haz de luz logró detectar mi presencia
y ahora van detrás de mí, por lo que mi campo de acción
se reduce a un par de segundos. Me dirijo corriendo a la
cama, donde se encuentra el espejo de cuero que me había
regalado mi madre para mi matrimonio. Lo tomo con la
mano derecha mientras mi cuerpo gira y se introduce
debajo de la cama. Entonces, el haz de luz hace ingreso
en la pieza y comienza a alumbrar la habitación.
Siento un leve ardor en mi mano derecha, que
sostiene el espejo que me sirve de cubierta para mi
escondite. Es la primera vez que recurría a este improvisado
refugio. Siento un calor que emanaba desde el haz de luz
escarlata y se reflejaba en el espejo. Siento que mi corazón
se me escapa por la boca. El dolor en mi tobillo y mi mano
derecha es punzante, pero el miedo es superior. El instinto
de supervivencia me impide gritar de pánico y llorar de
miedo. Solo puedo esperar a que el espejo aguante hasta
que amanezca o a que el haz de luz me encontrare. Es la
primera vez que duermo sin preocupaciones. Que ocurra
lo que Dios quiera.
Despierto con el ruido insoportable de las sirenas,
que torturan mis oídos. Me encuentro completamente
desnudo, en una pequeña habitación negra, cuando la
puerta metálica suena y comienza a abrirse lentamente.
No sé cuánto tiempo ha transcurrido, me siento muy
débil, famélico, con una migraña insoportable.
Pasan los segundos y nadie aparece por el
umbral de la puerta. Mi respiración poco a poco
empieza a regularse y comienzo a caminar. Salgo de la
habitación y me encuentro con un largo pasillo oscuro,
que se alumbra cada cinco segundos con una intensa
luz roja que va acompañada del sonido de una sirena.
Camino sin rumbo, buscando alguna salida. Sin embargo,
a poco andar el dolor de cabeza es tan insoportable que
caigo al piso y me desmayo.
Varios Autores | 31
Al despertar, estoy atado de pies y manos, mirando
una pantalla gigante que muestra al escuadrón negro
empujando un grupo de ancianos, quienes caen a un
alcantarillado. Posteriormente, viene una escena en donde
un escuadrón negro le disparaba en la cabeza a un grupo
de mujeres embarazadas. No puedo seguir mirando eso,
Dios mío, lloro.
De pronto, la luz de la pantalla se apaga y la
habitación queda a oscuras nuevamente. No sé cuánto
tiempo transcurre. Me duermo y al despertar todo seguía
en oscuridad. La sed y el hambre consumen mi cuerpo.
Mis manos y mis pies atados me están provocando heridas
que se me están infectando. Orino, vomito y defeco sin
que nadie sepa de mi existencia. El olor es insoportable.
Comienzo a gritar, a pedir ayuda, auxilio, que alguien
venga y se apiade de mí. No entiendo qué ocurre, quiénes
son los miembros del escuadrón negro y por qué iban
detrás de mí. Lloro de rabia, de hambre, de sed, pero
nadie contestó a mis súplicas. Una vez más, me quedé
dormido.
El sonido de las sirenas me despierta nuevamente.
La habitación estaba iluminada y una muchacha desnuda,
no superior a los quince años, me mira y sonríe. «¿Tienes
hambre?», dice. Yo asiento con la cabeza. Ella sonríe y me
muestra un trozo de pan en su mano derecha. «Dámelo»,
le suplico, lloro, grito: «desátame, ayúdame, por favor».
Ella sigue sonriéndome, sin moverse de su lugar.
Cuando me calmo, ella se acerca a mí y coloca un
trozo de pan en mi boca, el cual devoro como un caníbal.
Ella sonríe y coloca otro trozo de pan en mi boca, que
también destrozo como una bestia salvaje. «¿Quieres
agua?», dijo. Yo la miro sin poder hablar y asiento mientras
unas lágrimas caen por mi mejilla izquierda. Ella se va de
la habitación y vuelve tras unos segundos, trayendo en sus
32 | Mundos Alternos
manos un vaso de agua. Se acerca a donde me encuentro
y lleva el vaso lentamente hasta mi boca para que pueda
beber y saciar mi sed.
La habitación se ilumina y me doy cuenta de
que al menos hay diez personas en ella, observándonos.
Todos son miembros del escuadrón negro y llevan sus
fusiles en la mano derecha. En tanto, la sirena deja de
sonar. Uno de los miembros del escuadrón negro se
acerca y comienza a desatar mis ataduras mientras el resto
me apunta con sus fusiles. Una vez desatado, intento dar
un paso, pero mis músculos no reaccionan y caigo al piso
llevándome conmigo a la muchacha, que suelta el vaso
aún con agua. Se estrella en el suelo.
La muchacha me ayuda a levantarme, con sus
débiles fuerzas, hasta que el escuadrón negro que me había
desatado puso su fusil en mis manos. Atónito, no sé lo que
aquello significa. Siento el peso del fusil en mis manos y las
miradas de aquellos hombres. «Mueres tú o ella», dice el
hombre. Pienso que he escuchado mal. Lo miro fijamente,
intentando entender lo que me ha dicho. Se acerca y su
puño golpea mi boca, sacudiendo mi cuerpo. «Mueres tú
o la muchacha. Tú decides, o matamos a los dos» dijo, y
me da la espalda mientras vuelve adonde se encuentra el
resto de los hombres.
Comienzo a tiritar. La muchacha me sonríe.
Alzo con mi mano derecha el fusil y le disparo en la frente
mientras su sangre salpica mi cuerpo. Instintivamente,
suelto el fusil y miro hacia el suelo, incapaz de ver el
cuerpo sin vida de aquella muchacha. Uno de los hombres
se acerca y me entrega un uniforme, botas y casco
negro. «Póntelos» dice. Obedezco y me visto después de
estar varios días desnudo. Me levanté y fui hacia ellos.
Uno de los hombres me dio la mano y dijo “Bienvenido”.
La sirena volvió a sonar mientras en fila abandonábamos
la habitación.
Varios Autores | 33
Siete veces siete
Fabián Cortez
Nacía una nueva jornada, la séptima del mes de julio. Era
lunes, un día cuya reputación es semejante a la de una
alimaña. Me produce repulsión, ¿y a quién no?
Mi reloj ya marcaba las siete menos diez y me
encaminaba raudo a mi trabajo. Santiago iniciaba
su ritmo habitual. Fui uno más entre las decenas de
transeúntes que afloraron de los túneles del Metro y me
acompañaban, más bien me acarreaban, hasta poblar la
acera, mientras que el tránsito fluía congestionando las
avenidas del mismo modo que la sangre fluye por nuestras
venas, rauda, cálida y llena de vida. Así se mostraba la
capital despertando del letargo aquella mañana. Todo
parecía indicar que la rutina diaria no cambiaría. Sería
un lunes como cualquier otro, o al menos eso creía yo.
Un semáforo en rojo interrumpió mis zancadas.
A una cuadra hacia el norte se hallaba la «Gran
Torre Santiago». Ahí estaba mi oficina. De hecho, podía
divisarla elevándose hacia el cielo con insolencia, como
queriendo rasguñar las nubes. Tal si fuese Barad-dûr
con el ojo de Sauron escudriñando la ciudad a lo largo y
ancho. Por algo era el edificio más alto de Santiago.
El reloj marcó las siete en punto.
Fue entonces que un estallido remeció el sector y
me hizo sobresaltar, seguido de una sacudida tal que me
arrojó al suelo junto a otros transeúntes. Como si de un
terremoto se tratase. La onda expansiva, o lo que fuera,
reventó tantas ventanas que pocos lograron escapar de los
34 | Mundos Alternos
vidrios arrojados por doquier, contribuyendo a aumentar
el pánico. En cuestión de segundos, una nube de polvo
se expandió a tal velocidad que no pudimos escapar de
ella. Nos vimos envueltos en la penumbra y nos fue difícil
respirar. El caos se desató en los alrededores, muchos
transeúntes huían sin rumbo fijo, aterrados, estrellándose
unos con otros. Como si del fin del mundo se tratase y
hubiese iniciado justo ese lunes.
Me recordó a las patéticas imágenes de las Torres
Gemelas.
Me cubría la boca y nariz con un pañuelo.
Un impulso interior me motivó a seguir avanzando
hacia el llamado Costanera Center.
¿Qué me motivaba a hacerlo? Quizás mi insaciable
curiosidad por averiguar lo que había ocurrido.
Todo alrededor mío estaba cubierto de polvo y las
fachadas de los edificios desgarradas, como si Santiago
hubiese sufrido un ataque aéreo. Mi impecable traje azul
se tornó gris. Me asemejaba a un maniquí abandonado
por años en un ático. Oía lamentos, pero el polvo en
suspensión me impedía ver bien. Solo divisé la silueta de
personas huyendo sin rumbo fijo y decenas de automóviles
estrellados o con restos de escombros encima.
Acorté la distancia que me separaba de la torre
y fue entonces que pude apreciar la magnitud de la
tragedia. Allí, donde antes se hallaba la flamante «Gran
Torre Santiago» solo quedaban escombros esparcidos por
doquier, bloqueando las calles.
¿Una explosión quizás? Todo parecía indicar que
sí. Aunque me llamó la atención que solo ese edificio
estuviese en ruinas; los aledaños seguían en pie, con
rasguños, eso sí, pero seguían ahí, erguidos.
La tos me dificultaba cada vez más respirar y, al
cabo de un rato, comencé a sentirme mareado, me faltaba
el aire. Finalmente, me desplomé en la calzada.
Varios Autores | 35
Desperté en una camilla. Estaba en el pasillo
de un hospital o una clínica, no lo sabía con certeza.
Había heridos aquí y allá. Los médicos y enfermeras
corriendo de un lado a otro.
Nadie reparó en mí.
Me sentía bien, así que me incorporé y caminé por
los pasillos hasta una sala de espera donde había gente
agolpada. Me senté a ver la televisión. Me enteré por las
noticias de que, para los peritos del cuerpo de bomberos,
era imposible determinar las causas de la detonación
hasta no remover los escombros y hacer un análisis
exhaustivo de las instalaciones del edificio. No obstante,
por la magnitud del estallido, no se descartaba la acción
de algún tipo de explosivo.
Atónito, observé por la pantalla cómo sacaban los
cuerpos de entre los escombros y decenas de ambulancias
entraban y salían del sector transportándolos al instituto
médico legal. Según informaron, ese lugar colapsó por
la cantidad de dolientes que acudieron a reconocer a las
víctimas.
Nunca imaginé que algo así pudiese ocurrir en
Chile y menos en un día tan latoso como un lunes.
Supe que la hipótesis del atentado finalmente fue
descartada, ya que los expertos no encontraron huellas
o restos de explosivos; tampoco pudieron atribuirles el
hecho a las instalaciones de gas del edificio y menos a la
estructura del mismo. En resumen, no tenían explicación
para el fatídico desenlace. Lo peor no fue eso; los siete
edificios más altos de la capital habían colapsado del
mismo modo: la Torre Titanium, el Boulevard Kennedy,
la Torre Telefónica, la Torre de la Industria, Isidora 3000
y la Torre Centenario, allá en pleno centro.
Me quedé perplejo.
¿Qué estaba ocurriendo en el mundo? ¿Qué mente
desquiciada estaba detrás de todo esto? Nadie lo sabía.
36 | Mundos Alternos
Me dieron de alta y me fui a mi casa, porque ya no
tenía oficina donde ir. Mi jefe estaba demasiado ocupado
resolviendo el tema de los seguros de la compañía y
aspectos propios de una tragedia como esta. Un par
de colegas murieron en el edificio ¡Pobres! El resto de
nosotros nos salvamos.
Lo incomprensible vino después, en las noticias
del mediodía. Ahí explicaron que esta situación se había
repetido en todo el mundo exactamente a la misma hora.
Los siete edificios más altos de las capitales en el orbe se
vinieron abajo sin explicación.
¿Cuál era el propósito? Yo, al menos, no tenía
ninguna teoría al respecto.
Al final de esa jornada y a pesar de los esfuerzos
de la policía por mantener en reserva el asunto, se filtró
a la prensa el audio de un llamado anónimo que la
fiscalía había recibido. Escuchar esa voz por los altavoces
del televisor me puso la carne de gallina. Sin un timbre
especifico que pudiera identificarla, sin emoción, casi
como si una máquina estuviese hablando:
«Záyin. Siete veces siete, los arcaicos caerán.
Siete Torres sobre alto siete, abadón y muerte traerán».
Fue como escuchar una décima de Nostradamus
o una profecía de Baba Janga, tan populares en estos días.
A través de una triangulación, la PDI pudo
determinar que la llamada provenía del mismo edificio
afectado.
¿El mismo edificio? ¿Pero cómo, si está en ruinas?
Los expertos estaban confundidos y yo aún más.
De hecho, dijeron que el número telefónico correspondía
a una de las oficinas que ahora estaban bajo los escombros.
Aquello parecía propio de un capítulo de la Dimensión
Desconocida. Al descifrar aquel misterioso mensaje,
concluyeron que anunciaba una inminente tragedia en
otras ciudades del país.
Varios Autores | 37
El asunto tomó carices aún más desconcertantes.
Finalizó esa semana y al siguiente lunes ocurrió
lo que se temía, otros siete inmuebles se vinieron abajo,
provocando una nueva tragedia. El edificio Vistamar de
Valparaíso, la Torre del Centro de Concepción, la Torre
Puerto Montt en esa misma ciudad, el edificio Mirador
Playa Brava Torre 1 de Iquique, la Torre Icono de
Antofagasta, el Edificio Capital de Temuco y el edificio
Costa Horizonte de Concón.
El pánico se apoderó de los ciudadanos —
especialmente en las ciudades afectadas—, quienes
increparon a la autoridad para que encontraran a los
culpables de estos supuestos atentados. Sin embargo, las
investigaciones no arrojaron resultados.
Una nueva llamada dejó aún más perplejos a los
fiscales y al personal de la Policía de Investigaciones de
Chile, pues provenía de un número correspondiente a uno
de los departamentos en ruinas y, al igual que el anterior,
anunciaba una nueva tragedia. Esta vez no esperaron a
discutir lo extraño del suceso, solo se limitaron a investigar
a todos aquellos edificios de mayor altura.
Inevitablemente se fue repitiendo una tras otra vez
la destrucción de edificios, desatando una de las mayores
catástrofes de que se tenía memoria en el país.
Un nuevo mensaje llegó a manos de la prensa, la
cual entrevistó a expertos en semiótica para descifrarlo.
Se descubrió, entre otras cosas, que la palabra abadón era
de origen hebreo y significaba «destrucción» o «lugar
de destrucción», y cada uno de los extraños versos era
encabezado por una palabra diferente. Se supo que eran
números. Así, Záyin era siete; Váu, seis, e iban en descenso
hasta llegar al uno. Todo parecía indicar que se trataba
una cuenta regresiva, pero con qué propósito, nadie lo
sabía.
38 | Mundos Alternos
En vista de que el tema ya era de conocimiento
público, la policía se vio obligada a tomar una medida
desespera: evacuar todos los edificios del país con una
altura sobre los siete pisos.
¡Qué locura! ¡La cantidad de inmuebles que
respondían a esa descripción era enorme a lo largo de
Chile! Aquello me pareció descabellado, pero poco
importaba mi opinión, por lo que la medida se aplicó en
todo el territorio nacional.
Hubo fuerte vigilancia policial las veinticuatro
horas del día en cada uno de ellos. Así se esperó a que
llegara el séptimo día tras el sexto edificio siniestrado.
Los días pasaron lentos; había incertidumbre y una
sensación de desasosiego rondaba en el ambiente, todos los
temas nacionales pasaron a segundo plano y nadie se veía
feliz. Inevitablemente, sucedieron los acontecimientos que
todos temíamos. En la ciudad de Osorno, el último edificio
sucumbió y esta vez no hubo víctimas que lamentar, el
inmueble estaba vacío y la vigilancia en sus alrededores
constató que nadie pudo ingresar o salir de él sin ser
visto. Respiramos con alivio; todo parecía indicar que la
pesadilla había concluido al fin. Sin embargo, una nueva
llamada se produjo y también un nuevo mensaje, esta vez
más confuso que los anteriores, dejándonos consternados.
En la pantalla de la televisión pude leer:
«Omega-Omicron-Dseta, llegó al mundo.
666, El oscuro de aquí no es oriundo».
Varios Autores | 39
Ciento ochenta grados
Diego Escobedo
Era uno de esos domingos por la mañana en que Jimmy
se daba el lujo de levantarse poco antes del almuerzo.
El sol penetraba por las cerradas cortinas azules hacía
ya un rato, pero el adolescente todavía oscilaba entre la
lucidez y los brazos de Morfeo. Habría visto el reloj de
su celular hacía ya media hora, cuando la notificación
de un correo lo despertó (siempre se le olvidaba poner el
aparato en silencio), pero, tras volver a poner la cabeza
en la almohada, no le costó mucho decidir si levantarse
o seguir acostado. Supo que estaba dormido nuevamente
cuando vio a su celular flotar lentamente hacia el techo.
O, por lo menos, eso creyó.
Cayó rápidamente en un dulce epílogo para una
noche reponedora. Al principio, pensó en su madre, muerta
hacía un par de años. En sus sueños, la difunta científica
se presentaba alta y risueña como siempre, sentada con
las piernas cruzadas en la playa, ayudando a un pequeño
Jimmy a hacer un castillo de arena. Su larga cabellera
castaña ondeaba al viento, mientras observaba con sus
dulces ojos cafés a su retoño. Su cálida sonrisa, coronada
en cada extremo por dos inconfundibles hoyuelos, fue la
última imagen que retuvo Jimmy en su memoria antes de
despertar abruptamente.
Por un fugaz instante, la vigilia pareció una
prolongación de su sueño: su cama había salido disparada
hacia el techo. No obstante, tras sentir crujir su nariz al
impactar contra el techo, siguió un brevísimo suspenso
40 | Mundos Alternos
donde la adrenalina antecedió a un insoportable dolor en
el centro de su rostro. Luego, sobre todo su cuerpo. La
cama estaba encima de él, pero la cabecera de esta había
impedido que quedara horizontal, formando un triángulo
escaleno cuyo vértice superior le daba cierta libertad de
movimiento al joven. Le siguieron una serie de golpes de
muebles chocando contra el techo.
Envuelto en gruesas frazadas desordenadas y
dolores corporales, su reacción natural fue llevar las
manos a la nariz. El dolor era intensísimo. La nariz le
quemaba y le costaba respirar. El resto de su cuerpo estaba
adolorido. No era nada serio, pero Jimmy permaneció
paralizado en posición fetal por un rato. Reunió energías
para levantarse y se las ingenió para salir, por el estrecho
espacio disponible, de debajo de su cama.
Al incorporarse, en vez de recuperar el equilibrio,
el panorama lo mareó como si estuviera en una montaña
rusa. Le costó reconocer su habitación, que estaba
completamente dada vuelta. El techo ahora era el piso y
los muebles yacían desperdigados. Su escritorio se había
desecho en tablas rotas, debajo de las cuales debía estar
su notebook. El poster de Yellow Submarine de los Beatles
seguía pegado en la pared, pero invertido. Su clóset estaba
acostado y toda su ropa, libros, trofeos, medallas, juego de
química y distintas pertenencias regaban el nuevo piso.
—Por Galileo… —susurró Jimmy.
Con una mano sobándose la nariz, Jimmy
trató de hacerse paso en ese monumental desastre.
Dado que estaba sin calcetines, tuvo cuidado de no pisar
una astilla. Al asomarse por la ventana, la imagen que
presenció lo dejó mudo: los autos volaban hacia el cielo
en «caída» libre. También docenas, cientos de personas
que se encontraban caminando por la calle hacía solo
unos momentos. Era un cielo seminublado, de modo
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que algunos se perdían flotando hacia un infinito celeste,
mientras que otros desaparecían absorbidos por alguna de
las esponjosas nubes.
Jimmy trató de pensar racionalmente, como el
científico que esperaba ser algún día. Observó con más
atención, buscando alguna pista. Frente a su hogar había
una pequeña plaza con unos juegos infantiles, en torno a
la cual se levantaba el barrio residencial donde vivía con
su padre y su tía. A este lugar habían llegado luego de
mudarse de Londres a Ginebra, hacía ya diez años, por el
trabajo de sus padres.
En las calles no había nadie a la vista, lo que era
común en el tranquilo suburbio, pero las hojas otoñales de
los árboles comenzaban a flotar lentamente hacia «arriba».
No solo eso, los asientos de los columpios ya no apuntaban
hacia la Tierra, sino que estaban perfectamente estirados
en la dirección contraria.
El péndulo de las evidencias se había inclinado
hacia una conclusión inequívoca: la gravedad se había
invertido.
—¡James! ¡Ayúdame! —escuchó que gritaba su tía
Helga desde otra habitación.
«¡James!», volvió a escuchar, y el adolescente
puso manos a la obra. Sin tiempo para vestirse, buscó sus
zapatillas en el caos de la habitación y se las calzó con un
rápido nudo ciego. Sus lentes habían sido aplastados por
el velador, pero por fortuna su miopía era leve.
Entre los escombros de dicho mueble encontró la
medalla con la virgen de Lourdes que le regaló su tía para
el funeral de su madre. Se la colgó en el cuello, en parte
para comprobar empíricamente que la fuerza de gravedad
ahora jalaba en otra dirección. Vestía solo su pijama beige
pálido con unas pocas rayas blancas verticales, pero en
su camisa de botones blancos tenía un bolsillo bastante
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amplio a cada lado. Depositó allí su celular. Pensó en
echar una ojeada rápida a las notificaciones antes de salir,
pero un nuevo grito lo disuadió.
—¡Ayúdenme!
—¡Ya voy! —contestó Jimmy.
Abrió la puerta y atravesó el largo pasillo hasta la
habitación de la tía Helga. El pasillo seguía prácticamente
igual, salvo por el pequeño detalle de que ahora la alfombra
estaba «arriba». Lo atravesó trotando, pisando en el
camino los cristales rotos de unos cuadros fotográficos.
Al abrir la puerta, encontró a su tía aplastada por
un clóset. Aunque se trataba de una habitación mucho más
minimalista que la de Jimmy, estaba igual de desordenada.
—¡Sácame de aquí! —exclamó la cuarentona, con
el rostro rojo y claras dificultades para respirar.
Jimmy se olvidó del dolor de su propia nariz, se
hincó y, con todas sus fuerzas, levantó unos centímetros el
pesado mueble, lo suficiente como para que su tía lograra
liberarse. Helga reptó debajo de la superficie de madera
hasta que el adolescente pudo soltarlo. Los brazos de la
mujer estaban llenos de heridas abiertas: el espejo en
el que contemplaba su vestido recién puesto se había roto
sobre ella con el impacto. Los dos jadearon unos instantes,
antes de que su tía lo aferrara con un desesperado abrazo.
—¿Estás bien?
—Creo. Me rompí la nariz —contestó Jimmy.
—¡Qué horror! ¿Por el amor de Dios qué pasó
aquí?
—No tengo idea.
El joven llevó a su tía a la ventana para mostrarle
el panorama. Ella se tapó la boca con ambas manos,
incrédula ante lo que veían sus ojos.
—Castigo divino —fue su única explicación.
La mujer siguió con la mandíbula desencajada un
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rato, contemplando a través de la ventana. La luz del sol
matutino acentuaba su esbelta figura y los colores de su
vestido verde oscuro con los hombros negros, impregnado
de polvo producto del accidente. Helga tenía el cabello de
un rubio opaco, salpicado por canas, tomado con un moño
atrás, y un rostro triangular con pómulos prominentes,
similares a los de su fallecida hermana, además de los
mismos ojos cafés.
Mientras ella observaba y trataba de comprender
el escenario, el adolescente se sentó en la cama dada
vuelta y trató también de aclarar sus ideas. Sobre la
cama, a la altura de la almohada, había una Biblia. Su tía
acostumbraba a guardarla debajo de la cama, decía que
traía buena suerte, que así Dios también la acompañaba
en el sueño.
Por un segundo, pensó en ojearla, quién sabe si
esto de verdad era castigo del Señor. Aunque cristiano,
nunca se había considerado particularmente creyente,
por más que le insistiera su tía Helga, quien vivía con
ellos desde que su padre la contrató como nana puertas
adentro. Claro que su rol era mucho mayor en esa familia:
venía a llenar el vacío que dejó la partida de la dueña de
casa.
—¿Dónde está papá?
—Dónde crees que está ese pecador: encerrado
donde siempre —contestó secamente su tía.
Si bien su padre era uno de los científicos más
respetados de Europa, nunca se llevó bien con su cuñada.
Alister Schwerkraft era una de las principales mentes
detrás del Gran Colisionador de Hadrones, proyecto
científico paneuropeo que buscaba desentrañar los
misterios del origen del universo. Algo que no agradaba
para nada a Helga, ferviente cristiana. El matrimonio
Schwerkraft trabajó juntos durante años en el complejo,
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ubicado a unos kilómetros de la ciudad, cerca de la frontera
francosuiza. Eso, hasta que Lucy, la madre de Jimmy,
enfermó de un cáncer terminal. Aunque los doctores lo
descartaron tajantemente, Helga todavía juraba que fue
su trabajo en el laboratorio lo que la enfermó. «Fue un
castigo por desafiar el perfecto diseño de Dios», sostenía
en sus sermones religiosos.
Desde entonces que Alister se había volcado solo a
su trabajo. Si bien seguía viviendo en casa junto a su hijo
y su cuñada, viajaba todos los días fuera de Ginebra. Y los
fines de semana se encerraba en el sótano, acondicionado
como laboratorio, por lo que el científico casi nunca veía
la luz del sol. Su hijo, en tanto, trataba de conciliar su
vocación científica, heredada de sus padres, con su faceta
religiosa, cultivada al alero de su tía.
—Tenemos que encontrarlo, puede estar herido
—exclamó preocupado el adolescente.
—Está dos pisos abajo, arriba, o sea… ¡no sé, tú
me entiendes! ¿Cómo llegaremos allá?
—Tenemos que intentarlo.
Ante de salir, su tía entró al baño del cuarto.
Por fortuna, el botiquín no se había abierto, de modo que
pudo rescatar gazas, povidona, alcohol y cinta adhesiva.
Se limpió las heridas en sus antebrazos, enfundándolos
en un rápido vendaje y, acto seguido, le improvisó una
curación en la nariz a su sobrino. Jimmy la dejó proceder;
sabía que no serviría de nada, pero a su tía le gustaba
dárselas de enfermera.
Buscaron respuestas en algún medio de
comunicación, pero el televisor del cuarto de Helga estaba
roto y ninguno de sus celulares tenía señal. Ni siquiera la
vieja radio a pilas funcionaba. Pensaron en pedir ayuda
por la ventana, pero de las casas vecinas solo se escuchaban
esporádicos gritos de auxilio. Salir a la calle no era una
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opción, de modo que cualquier intento de ayuda (dada
o recibida) estaba descartado. Lo principal, ahora, era
encontrar al ermitaño hombre de ciencia.
Fueron al pasillo y se pararon debajo de la escalera.
La misión era compleja. Había que llegar al sótano por
una escalera invertida y que comenzaba en el “techo”.
Tras intercambiar un par de miradas, tía y sobrino
pusieron manos a la obra. Jimmy se agachó, y su tía se
sentó sobre sus hombros. Aunque pesaban casi lo mismo,
la educación física nunca fue el fuerte del quinceañero.
Con un gran esfuerzo, logró erguirse, de modo que Helga
pudo estirar los brazos y aferrarse a los pilares de la
baranda. Comenzó a escalarlos como si se tratara de una
escalera de emergencia y, tras trepar un poco, logró llegar
al primer piso.
—Tía, ¿qué ves?
La primera planta era un desastre todavía peor.
Los sillones, mesas, estantes y diversos adornos estaban
regados por doquier. El piano de pared había hundido
considerablemente el techo donde impactó y alrededor
suyo se desprendían extensas grietas en un espacio que
correspondía al que fuera el cuarto de la tía Helga.
«Menos mal que James me sacó de ahí a tiempo», pensó
la impactada mujer En cualquier minuto el instrumento
musical seguiría camino hasta el segundo piso.
Mientras que Helga inspeccionaba, Jimmy
regresó a su cuarto y arrastró su velador hasta la escalera.
Gracias a eso, pudo trepar sin problema. En el borde
que separaba ambos pisos, su tía lo esperó con la mano
extendida. Cuando se pudo incorporar, le dedicó otro
cariñoso abrazo a su sobrino, el cual fue súbitamente
interrumpido por un estruendo de tablas quebrándose.
Ambos voltearon a la esquina donde estaba el piano.
Este se había hundido unos quince centímetros más
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y, tras un tronar de materiales resquebrajándose, la
superficie finalmente cedió y el piano cayó al siguiente
piso, donde otro poderoso impacto resonó, acompañado
con el de algunas teclas, graves y agudas, accionadas
espontáneamente.
Tía y sobrino caminaron hacia el recién abierto
agujero. El piano no solo había seguido su caída hacia
el segundo piso, había roto el techo también. De modo
que dejó tras de sí un pozo que les mostraba el infinito
firmamento con sus nubarrones grises, hacia el cual flotaba
inexorablemente, y a una velocidad imposible, un piano
de trescientos kilogramos. A esas alturas, la casa ya estaba
irreconocible. Cada una de las pistas que componían el
piso, baldosa, contrapiso y polietileno, estaban al aire como
si se tratara de una casa en construcción o sobreviviente
de un bombardeo. Hasta una tubería se vio cortada,
botando un generoso y continuo chorro de agua hacia
el vacío. En el agujero horadado por el piano siguieron
cayendo distintos trozos de ladrillo y tejas, además de
objetos de la habitación de Helga, como cosméticos,
remedios o artesanías, que rodaban hacia el borde del
abismo. Impotente, la cristiana contempló cómo perdía
varias de sus pertenencias.
Se hubieran quedado anonadados viendo esa
escena un buen rato, pero Jimmy sacó a su tía de su
ensimismamiento y dijo:
—Tenemos que seguir. Papá puede estar en
peligro.
Su tía tardó en reaccionar y deshacer su expresión
de una boca entreabierta, con los dientes tensamente
apretados y sus ojos abiertos como platos.
Caminaron con cuidado. El piso crujía con
facilidad y se mostraba cada vez más endeble bajo el
peso de ambos residentes. Así y todo, se arriesgaron a
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pararse arriba del mueble donde antes iba el televisor
para alcanzar la puerta que los llevaba al sótano. Aunque
no encontraran a su padre, en ese minuto el subterráneo
era el lugar más seguro. Si ya estaba cediendo el techo,
en cualquier minuto también lo haría el segundo piso,
dejándolos sin un suelo donde pararse.
El mueble, un paralelepípedo acostado, resultó
insuficiente, así que le sumaron una silla encima.
El problema era alcanzar la perilla para abrir la puerta.
La primera en subir fue la tía Helga, por precaución,
pues ella era levemente más ligera que su sobrino. Con
dificultades para descifrar hacia dónde girar la perilla, la
mujer abrió la puerta mientras el piso comenzaba a crujir.
—¡Date prisa, tía! —apuró su sobrino.
La mujer extendió ambas manos y dio un salto
para quedar colgando del nuevo piso, vale decir, el techo
del sótano. No había baranda, sino solo una escalera
recta con una pared pegada a su derecha, gracias a lo
cual la mujer se acomodó rápidamente a la izquierda de
la entrada. Con el pecho pegado al piso, extendió ambas
manos hacia la primera planta.
—¡Toma mi mano! —vociferó.
Jimmy escaló raudamente la improvisada escalera
al sótano, al mismo tiempo que el techo cedía y se tragaba
el metro cuadrado donde habían levantado el mueble y
la silla. Por un pelo se salvó y logró aferrarse con ambas
manos a las de su tía. Quedó con los pies colgando y
evitó mirar hacia abajo. De haberlo hecho, habría visto
que todo el segundo piso de su casa había desaparecido,
deshaciéndose en escombros a medida que era atraído
hacia las nubes.
Haciendo un descomunal esfuerzo, Helga logró
rescatar a su sobrino, jalándolo hacia su nuevo refugio.
Descansaron exhaustos sobre el sucio y polvoriento piso
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por un rato. Jimmy descansaba con su mano derecha
sobre su pecho, posición en la que descubrió que había
perdido su medalla. Se le debió caer mientras trepaba, lo
cual lamentó su tía con un melancólico ademán.
El lugar estaba casi completamente a oscuras,
salvo por una lámpara de escritorio que, aunque en el piso,
seguía brillando. El laboratorio contaba con electricidad
propia, de modo que no lo afectaban los cortes de luz.
Distintos computadores yacían destruidos en
varios rincones del lugar, así como docenas de carpetas
y libros desparramados por doquier. Una amplia mesa
estaba dada vuelta con tubos de ensayo rotos y pequeños
aparatos electrónicos bajo ella. Diversos relojes eléctricos,
algunos con pantalla brillante, aún daban la hora desde
el piso. Un tocadiscos yacía deshecho en el nuevo piso,
junto a un viejo vinilo del álbum Revolver, de los sesentas
(la ciencia y el gusto musical anticuado eran dos cosas que
unían a padre e hijo). Lo único que seguía en su lugar era
una pizarra blanca llena de ecuaciones.
El adolescente sacó su celular y prendió la linterna.
Encontrar a su padre iba a ser buscar una aguja en un
pajar, pero tras un rápido recorrido visual, distinguieron
entre ese desastre una bata de laboratorio desparramada
en el suelo y, bajo esta, a un hombre inconsciente.
—¡Papá! —exclamó Jimmy y, caminando de
puntillas, llegaron hasta el laboratorista.
Por lo visto, la caída lo había dejado inconsciente.
El hombre yacía boca abajo en el suelo y un moretón
con sangre ya seca se asomaba por la esquina superior
izquierda de su frente. Entre los dos, dieron vuelta al
patriarca de los Schwerkraft. Respiraba, tenía pulso,
lo zamarrearon con delicadeza buscando despertarlo.
Dio resultados; de a poco, el sabio comenzó a abrir los
ojos. Aunque tenía los lentes chuecos, reconoció a su hijo.
—Hola Jimmy, ¿qué pasa? —susurró su padre.
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Con movimientos pesados y sus extremidades
adoloridas, el hombre se sentó levemente de costado.
Ajustó sus gruesos lentes cuadrados sobre su prominente
nariz y se pasó la boca por su barba de tres días,
limpiándose un hilo de saliva. Se incorporó sobre su
metro ochenta y cinco de estatura, levemente disminuido
por su postura encorvada. Su camisa cuadriculada estaba
fuera del pantalón y su corbata roja con el nudo casi
deshecho. Detalles que, sumados a sus amplias orejas,
cuasi perpendiculares al cráneo, le conferían cierto aire
cómico. Tambaleándose, miró a su alrededor.
—Pero ¿qué pasó aquí?
Fugazmente, su hijo le explicó todo lo que habían
vivido en el breve pero intenso rato desde que su cama
salió disparada hacia el techo, pasando por el rescate de
su tía, hasta que lograron «descender» al sótano. Su tía
contribuyó detallando el escenario que los esperaba allá
afuera: perros y gatos volando como lanzados por una
onda hacia el cielo, al igual que autos y, por supuesto, miles
de personas. Las pruebas de lo que contaban saltaban
a la vista, y Schwerkraft no se atrevió a cuestionarlo.
Tras escucharlos, meditó largamente, con las manos en
posición de oración sobre la boca.
—Tiene que haber una explicación lógica —fue
lo primero que exclamó, una vez que sus parientes lo
pusieron al día.
—¿No vas a preguntar cómo está el niño? ¿O
cómo estoy yo? —le reprochó la tía Helga.
—Me dijeron que están bien; le pusiste algo en la
nariz.
—¡Siempre tan despreocupado! ¿No hay nada en
este lugar que le podamos poner a Jimmy? Dice que le
cuesta respirar.
—Mira a tu alrededor, este lugar está en ruinas.
50 | Mundos Alternos
Además, sabes muy bien que la salud no es mi área.
—¡Siempre tan inútil! ¿De qué te sirve ser tan
inteligente? No moviste un dedo cuando Lucy enfermó.
—¡Cuida tus palabras! Sabes que eso no fue así.
No es momento para pelear, Helga.
—¡Te la pasas encerrado aquí! Si por lo menos
mostraras algo de interés por lo que pasa en esta casa.
Pudimos haber muerto y ni te hubieses enterado…
No era la primera vez que los veía discutir.
Jimmy ya había desarrollado la capacidad de ignorarlos.
Las cenas donde chocaban la visión cientificista de
su padre con la religiosidad de su tía eran comunes.
Casi todas las peleas convergían en el mismo tema: en la
difunta Lucy. Los momentos más incómodos eran cuando
Alister negaba la existencia de un cielo donde persistiera
el alma de su esposa, blasfemia a la que su tía solía
responder persignándose y reprochando la insensibilidad
de su cuñado.
—Cuando llegue el día del juicio final te arrepentirás
de decir eso, Alister —solía cerrar, melodramáticamente.
Mientras discutían, el adolescente llevó su mano
al bolsillo de su pijama y extrajo su celular. Seguía sin
señal, pero podía ver los correos que le habían llegado
antes de que el mundo se diera vuelta. Revisó las noticias:
tenía programada una alarma en Google que le mandaba
una selección de novedades científicas de distintos
medios de comunicación. Los nuevos cohetes turísticos
termonucleares eran el tema del momento, habían hecho
levemente más accesible el turismo espacial.
Claro que la noticia que encabezaba el listado
había sido cubierta no solo por periódicos de nicho.
De haber tenido prendida la tele hacía una hora,
seguramente se habría topado con el despacho en vivo de
las ruinas del laboratorio donde trabajaba su padre.
—¡Papá, tía! Escuchen esto: «Explosión en el
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Gran Colisionador de Hadrones deja una docena de
trabajadores muertos».
—¿Qué dijiste, Jimmy?
—Es lo que dice esta noticia. Dice que fue durante
uno de los experimentos del colisionador. También sale
que la explosión liberó un material desconocido a la
atmósfera.
El científico se quedó helado, como si hubiese
visto un fantasma. Volteó, se llevó la mano a su mentón,
se empujó su crespo cabello negro hacia atrás, y exclamó:
—Tiene sentido…
—¿Qué? ¿Qué cosa tiene sentido? —le espetó su
cuñada—. ¿Qué nos estás escondiendo, Alister?
El sabio meditó muy bien lo que iba a decir.
Dudó si contarles o no; no estaba autorizado para eso,
pero tras limpiarse los lentes con el borde inferior de su
camisa, explicó:
—Mi trabajo los últimos meses en el colisionador
de hadrones consistía en un proyecto ultrasecreto. No solo
experimentábamos con protones o quarks. Configuramos
la máquina para producir un tipo especial de partícula
subatómica. Una que comenzamos a almacenar en masa
en uno de los repositorios en el corazón del complejo.
El científico hizo una pausa dramática.
Buscó dónde sentarse y prosiguió su narración, enfatizando
con sus manos el final de cada oración, como si estuviera
dictando una de sus cátedras en la universidad.
—Descubrimos una nueva partícula: el gravitón.
Yo estaba muy contento, pero nos hicieron mantener el
descubrimiento bajo el más absoluto secreto. Esto venía
a demostrar la teoría a la que he dedicado toda mi vida:
efectivamente, existe una partícula subatómica responsable
de la gravedad. Una vez que logramos aislarla, nuestro
primer experimento buscó revertir su polaridad. Y, de ese
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modo, lograr la tan ansiada antigravedad. Y lo logramos.
En menos de una semana almacenamos trillones de
gravitones dentro de un campo magnético; era la única
forma de tenerlos bajo control sin causar una explosión.
Imaginen las posibilidades…
—Tú estás hablando de… ¿un auto volador? —
completó Jimmy.
—Claro, y mucho más que eso. Autos voladores,
naves espaciales; adiós definitivo a los combustibles
fósiles y los cohetes de propulsión termonuclear. El fin
del calentamiento global y la colonización del espacio al
alcance de la mano.
—¿Y eso qué tiene que ver con lo que pasó?
—Si lo que dice esa noticia es verdad. Deduzco
que… la explosión del colisionador debió liberar las
partículas y causar una especie de onda expansiva de
gravitones isotópicos, una ola de inversión de polaridad
que afectó a todas las moléculas en un enorme radio.
Como la reacción en cadena provocada por una bomba
atómica.
—Espera, ¿estás diciendo que todo esto es tu
culpa? —inquirió la tía Helga.
El científico no respondió, pero su silencio y mirada
de angustia hacia su cuñada fue bastante elocuente.
—¡Todo esto es tú culpa, hijo de puta!
Fuera de sus cabales, la histérica mujer se lanzó al
cuello de su pariente político y comenzó a estrangularlo.
El choque los hizo caer a ambos sobre los escombros de la
mesa, donde forcejearon un rato mientras Jimmy trataba
infructuosamente de separarlos.
—¡Paren, los dos! —gritó con toda la fuerza que le
permitió su diafragma y, recién entonces, los dos adultos
se detuvieron—. Papá, tú dijiste un «enorme radio».
¿Cuánto, exactamente?
—No lo sé —respondió su padre, sentándose sobre
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la mesa—. En una explosión de este tipo, los gravitones
tienen un potencial de expansión geométrico. Puede ser
todo el continente o… todo el planeta.
Estas últimas palabras dieron paso a un silencio
sepulcral, el cual fue roto por la cuñada del científico.
—¿O todo el planeta? ¡Ni siquiera estás seguro de
eso!
—Te repito que yo estaba aquí, no en el
colisionador cuando esto pasó.
—Ahora tenemos que pensar en una solución —
intervino nuevamente Jimmy, tratando de poner paños
fríos al asunto—. Por lo pronto, si nos quedamos aquí
estaremos a salvo. Quizás si logramos meternos a la
alcantarilla y de ahí al metro, podríamos desplazarnos por
la ciudad. Tú podrías llegar al colisionador y…
—Hijo, esto no ha terminado. Se expande
progresivamente. La radiación gravitónica penetrará un
kilómetro en la corteza terrestre. Pronto este sótano, la
alcantarilla, y el tren subterráneo, todo eso desaparecerá.
—¿Qué es lo que estás diciendo? ¿Que no hay
nada que hacer?
Su padre no tuvo tiempo para responder.
Un zumbido de metal a punto de colapsar antecedió al
resquebrajamiento de casi todo el piso del subterráneo, el
cual se desmoronó en distintos escombros que cayeron al
cielo.
La familia Schwerkraft retrocedió y se apegó a la
pared. Aún persistía un estrecho espacio de un metro y
medio del piso rodeando el contorno del subterráneo.
Tomados de la mano, y con la mirada clavada en el vacío,
contemplaron, ya consumidos por el pánico del vértigo, a
todo el equipo de laboratorio del padre de familia volar
por los aires, junto a docenas de personas, pisos y, ahora,
casas enteras también, que eran atraídas al firmamento.
El viento soplaba muy fuerte, como si estuvieran
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en un avión con la puerta abierta, a punto de saltar.
La tía Helga parecía que iba a llorar, respiraba con
desesperación. Entonces, un pensamiento se apoderó
de su mente. Ordenó sus ideas, tragó saliva como si se
tragara las lágrimas y se llevó sus manos al cuello para
retirar su cadena (idéntica a la que había perdido Jimmy).
La enroscó, la almacenó en su puño y se arrodilló para
entregársela, como una reliquia sagrada, a su sobrino en
la mano.
—Llegó el día. Nos juzgarán por nuestros pecados.
Míralo como un salto de fe. Solo no tengas miedo de
hacerlo, Jimmy. El que nada hace nada teme.
La mujer se puso de pie y, con las manos cruzadas
sobre su vientre, dio unos pasos hacia adelante, al borde
del precipicio, susurrando un rápido Padre Nuestro.
—¡No, tía! ¡No lo hagas! —Helga volteó y le
respondió a su sobrino:
—Te estaré esperando junto a tu madre.
Dicho esto, volvió la mirada hacia el vacío y dio un
paso hacia adelante. Padre e hijo se asomaron al borde.
Helga cayó por unos segundos de forma completamente
vertical; después, su cuerpo fue adquiriendo distintas
posturas en el aire, agitando brazos y piernas. No quisieron
ver mucho más y reenfocaron su atención en su pequeño
refugio.
—¿Qué hay allá, papá? ¿Hasta dónde llegaremos?
—inquirió su hijo, con los ojos enrojecidos y a punto de
sollozar.
—No creo que más allá de la capa de ozono haya
nada. Eso es… como cincuenta kilómetros.
—Wows… eso es una caída muy grande.
—Lo sé, pero la falta de oxígeno nos matará
mucho antes de llegar al final.
—¿Tú crees que vamos a morir?
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—No lo creo, lo sé —dijo, muy serio, su padre. Se
encaminó de vuelta a la orilla con las manos en la cintura
en posición de tasa y observó con atención las letales
bóvedas celestiales—. Tú puedes creer lo que quieras,
hijo. Da lo mismo, en realidad, no hay otra cosa que
podamos hacer.
No muy dado a las muestras de afecto, Alister
Schwerkraft se acercó a Jimmy y dio un tímido abrazo
a su único hijo —quien, paralizado, no fue capaz de
responder— y luego le confió:
—Lástima que tu madre no esté aquí. Ella estaría
tan feliz. Trabajamos durante años en este proyecto. Esto
es más mérito suyo que mío —el científico echó una nueva
ojeada al precipicio y agregó con una leve sonrisa—: O,
mejor dicho, esto es más culpa suya que mía.
Una lágrima atravesó rauda la mejilla derecha
de Jimmy Schwerkraft, quien seguía con el rostro
descompuesto y cabizbajo escuchando a su padre.
—También estaría muy orgullosa de ti y del joven
valiente e inteligente en que te convertiste. No sabes
cuánto te quiero, hijo —le dijo su padre, sosteniendo con
cariño su mentón. Acto seguido, se separó nuevamente
del adolescente y se asomó al borde del abismo—.
Hay que hacerlo, no queda otra opción. Tómate el tiempo
que quieras, Jimmy.
El académico, con su bata blanca ondeando al
viento, abrió los brazos como un pájaro y saltó. Por unos
momentos, Jimmy lo escuchó gritar aterrado a medida
que caía; luego, su voz se dejó de oír. No quiso comprobar
que su cuerpo siguiera cayendo, prefirió esperar, casi en
posición fetal, arrinconado contra la pared, a que estuviera
lo suficientemente lejos, de modo que ya no fuera visible.
El contorno del sótano comenzó a agrietarse y
resquebrajarse cada vez más, y el adolescente supo que ya
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era hora de saltar. Apretó fuerte la medalla que su tía le
dejó en la mano, la estiró y se la colgó al cuello.
—Uno elige qué creer… pues yo elijo creer.
Sin soltar la medalla que colgaba de su cuello,
el adolescente la apretó con fuerza, cerró los ojos y
saltó. Casi al mismo tiempo el piso se desprendió, y lo
acompañó en su caída a pocos metros de distancia. El frío
baño de intenso viento en su rostro se prolongó por un
indeterminado rato antes que reuniera las agallas para
abrir los ojos, poco después de que se desprendiera el
parche que le hiciera su tía en la nariz.
Había perdido por completo la noción de
arriba y abajo. Lo primero que identificó fue un punto
indeterminado en el horizonte, donde la tierra se fundía
con el nublado cielo. Su cuerpo siguió girando y estuvo
unos segundos ante la inmensidad de las nubes. Luego,
completó la vuelta y contempló la ruinosa superficie de
Ginebra. Ni en los peores tiempos de la Segunda Guerra
Mundial la ciudad se había visto tan destruida. Cualquiera
diría que las tropas de Hitler ahora sí habían penetrado las
fronteras suizas, si no fuera porque los escombros subían
constantemente en vez de bajar. Una lluvia de piedras,
ladrillos, asfalto y concreto comenzaba a desprenderse en
dirección a donde Jimmy viajaba.
La adrenalina y el pánico paralizante comenzaron
a disminuir conforme pasaron los minutos. Los escombros
que lo seguían ya estaban muy lejos, habían seguido otra
trayectoria. Una vez que logró controlar su miedo, poco
a poco el adolescente aprendió a controlar su caída.
En vez de girar, permaneció en posición horizontal, con
los cuatro miembros estirados como una araña. Era igual
que un salto bungee, o un salto en paracaídas, con la obvia
diferencia de que el destino que lo esperaba no era el
mismo.
Los ojos ya le lloraban intensamente y le costaba
Varios Autores | 57
ver. Optó por cerrarlos un rato. Cuando los volvió a
abrir, una vaca caía a cerca de diez metros de distancia.
El impacto logró asustarlo de nuevo, lo último que
esperaba era ver un vacuno en esa situación. El animal,
que mugía aterrado, era completamente blanco y con
unas largas orejas que crepitaban al ondear con el viento.
Jimmy buscó a su alrededor y distinguió un par de
gallinas y chanchos cayendo mucho más lejos. También
un autobús amarillo con gente en su interior. E incluso
un árbol de cerca de doce metros de alto, de cuyas ramas
seguían aferradas por lo menos cinco personas.
Cerró sus brazos cuando comenzó a sentir frío.
No solo la temperatura estaba disminuyendo, también el
oxígeno, como le anticipó su padre. Era cosa de tiempo
para que perdiera la consciencia. Se sentía agotado, con
los músculos tomados y exhaustos, como si acabara de
correr una maratón, con la diferencia de que no tenía
forma de dejar de correr. El agotamiento y la falta de
oxígeno lo dejarían inconscientes en cualquier minuto.
Comenzó a desesperarse. La perspectiva de no sobrevivir
ya le daba lo mismo, ahora solo le interesaba no sufrir en
el proceso.
Miró sus pies: los cordones de sus zapatos estaban
desabotonados. Jimmy se abotonó los dos botones
superiores de su pijama, como si eso lo protegiera en algo
del frío. Se palpó las orejas: las tenía heladísimas. Luego,
su cabello, que ondeaba imparablemente en dirección
contraria a su caída. Hubo un verano que trató de peinarse
hacia atrás, pero el pelo nunca se acostumbró. Después de
esta caída no le sería fácil cambiar el look, pensó. Su boca
estaba adolorida también; tenía los cachetes saturados de
aire, como si hubiese inflado una bolsa entera de globos
de cumpleaños. Cerró la boca y dedicó una última mirada
a las nubes. Ya faltaba poco para atravesarlas. El cielo
58 | Mundos Alternos
ahora estaba completamente nublado y el sol escondido
detrás de alguna nube grisácea, casi como de lluvia. ¿Qué
lo esperaba detrás de estas?
La visión se le hacía cada vez más difusa. Ya
estaba entrando a las nubes. Se retiró los lentes con la
mano izquierda y los soltó. Cerró los ojos y se entregó a su
inexorable destino.
Fue una caída más breve de lo que su padre le había
adelantado. Tras un poco más de diez kilómetros, Jimmy
recuperó la consciencia en un punto indeterminado entre
la tropósfera y la estratósfera.
Se sentía sorpresivamente cómodo. Aún helado,
pero sintiendo sus extremidades moverse en un ambiente
esponjoso y suave, como en un colchón inflable. Ya no
sentía dolor en su nariz; de hecho, ya ni sentía su nariz.
La iluminación era opaca y su visión borrosa.
Por un segundo, creyó que estaba de vuelta en su cama,
con las cortinas cerradas, y que todo había sido un mal
sueño. Pero el camión de carga que le bloqueaba el sol se
corrió y su vista se ajustó mejor.
Se encontraba flotando en unos gruesos
nubarrones blancos, casi como de algodón, los cuales eran
bañados por la luz dorada de un sol en su ocaso. No estaba
solo. Docenas de personas revoloteaban a su alrededor.
Algunos eran impulsados, inconscientes, casi durmiendo,
por la fuerza de la inercia. Otros ya se habían aclimatado
y «nadaban» entre las nubes, como una anciana de
gruesos lentes, con un chal blanco sobre su espalda, que
vio impulsándose con piernas y brazos sin soltar su bastón.
Frente a él pasó flotando un oficinista de traje oscuro.
Varios Autores | 59
Se movía boca abajo, con los brazos y las piernas colgando.
Jimmy lo empujó suavemente para darle vuelta y observó
un rostro cortado por diversas cicatrices aún sangrantes y
cristales todavía incrustados en la piel.
Lo dejó seguir su rumbo. Se sentía aún medio
adormilado y la visión no lo impresionó mayormente.
Hizo un esfuerzo por recuperar el control de su cuerpo,
pero fue difícil. Sentía las extremidades acalambradas y a
cada movimiento sentía que la sangre le subía y bajaba de
la cabeza.
En ese vasto océano de nubes se veían pocos
escombros. Estos debían haber seguido camino para
desintegrarse en la termósfera. Sí abundaban los árboles
arrancados de raíz o corpúsculo de tierra y roca de distinto
diámetro. El más grande debía tener un radio de noventa
centímetros. Tras avanzar un poco, distinguió a uno de
esos corpúsculos con un árbol aún intacto, tan grande que
las raíces salían del macizo de tierra. En la copa del árbol
había un niño rubio con un sobretodo azul de bordes
rojos, o al menos eso creyó ver Jimmy.
Sin sentido del equilibrio o del arriba y abajo, el
adolescente estaba totalmente desorientado, vagando sin
rumbo en un etéreo mundo donde los colores eran mucho
más diáfanos y la luz del sol mucho más intensa. Fueron
apareciendo más personas, como una pareja de jóvenes
acostada en el techo de una camioneta verde flotante,
tomando el sol. Otro sujeto, de edad indeterminada y un
suéter a rayas rojas y blancas, viajaba arriba de un bote
con una humilde vela de un poco más de dos metros
de alto, empujando nubes con un remo como si nada.
Cuatro niños de no más de seis años jugaban a la ronda
de San Miguel, girando a una velocidad imposible en la
superficie terrestre, arriba de una de las pelotas de tierra.
Y perros, gatos, jirafas y elefantes, entre otros animales,
60 | Mundos Alternos
pataleaban sin control a donde quiera que uno mirara.
Mucho más lejos, vio flotar lo que parecía ser un submarino
amarillo entre las nubes, pero quizás era el autobús que
vio hace un rato.
La cabeza le daba vueltas y sentía que le iba
a reventar. Estaba a punto de ceder ante el cansancio
y quedarse dormido cuando sintió una mano tras la
espalda. Volteó y la vio a ella. La misma sonrisa, la misma
cabellera castaña, los mismos hoyuelos.
—¡Mamá!
—¡Jimmy! —contestó la mujer.
Ambos se dieron un cariñoso abrazo, más suave
de lo que Jimmy hubiese querido, dado el cansancio de su
cuerpo. Había soñado con ese momento desde hace tanto.
La fe y la oración le hacían sentir más cerca la presencia
de su madre, pero ahora era distinto: finalmente la tenía
con él otra vez. Quería abrazarla con todas sus fuerzas y
no soltarla nunca más, pero no pudo.
La mujer, aunque sonriente, tenía la misma
expresión ida y somnolienta de Jimmy, como la de una
madre tratando de hacer dormir a sus bebés a mitad de
la noche. En torno a ella flotaban docenas de pequeños y
brillantes copos de nieve, similares a diamantes.
—Veo que guardaste mi medalla —dijo, tomando
delicadamente la cadena que colgaba del cuello del
adolescente.
—Te he extrañado tanto… ¿dónde está papá?
—A Jimmy le sorprendió lo poco moduladas que sonaban
sus palabras, como si un dentista le hubiese aplicado
anestesia en la boca. Por más que se concentrara, no
podía hablar de otra forma.
—Lo siento, hijo, pero él no lo logró. Murió antes
de llegar aquí.
—No puede ser… Qué estoy diciendo, nada de
esto puede ser. ¿Dónde estamos?
Varios Autores | 61
—¿No es obvio?
—Es imposible. No puede ser el cielo.
—El cielo es un lugar en la Tierra, hijo mío.
—¿Qué quieres decir?
La mujer levantó el cuello y observó tranquilamente
hacia arriba. Jimmy la imitó, y se dio cuenta que arriba
de sus cabezas se distinguía perfectamente la Tierra.
Ciudades, granjas, ríos, montañas, valles, carreteras: la
misma visión que se tiene desde arriba de un avión, o al
mirar un plano geográfico como de arquitecto.
La diferencia era que seguían cayendo cosas.
Ya no era casas ni edificios, sino enormes porciones de
tierra. Una oleada de pelotas y poliedros rocosos de
distintas formas y tamaños, algunos macizos, otros un
poco más diluidos, pero todos de miles de toneladas, caían
a gran velocidad en dirección a donde estaban. Fue lo
último que distinguió Jimmy, ya bastante apunado, antes
de volver a perder el conocimiento.
62 | Mundos Alternos
Tierras
Hernán Gallegos Jiménez
—Padre, ¿qué es la Tierra?
Ar’iox suspiró. Los soles estaban en cénit y ya
había tenido suficiente con la cháchara de esa «Tierra» en
el trabajo matutino. Ahora, su propia progenie lo quería
sacar de quicio.
—No sigas rumores infundados. Córtalos en
cuanto lleguen a tus oídos.
—Pero es muuuuy importante. ¿Por qué no me
quieres decir?
—Porque no es nada. Tierra es como nos referimos
al suelo con humedad y humus. Nada más.
—¡En el sistema vecino no hablan de otra cosa!
Dicen que es maravillosa, antigua, incluso misteriosa.
Pero nunca nadie sabe qué es. Los vecinos no quieren
decir dónde queda ni qué es exactamente. Da igual, otra
cosa que decían era que…
—¡Silencio Ar’eis! ¡Déjame almorzar tranquilo!
No necesito ni una palabra más de ese condenado tema,
¿me oíste?
El pequeño intento responder, hasta abrió su
envergadura de alas en claro desafío. Ar’iox hizo lo propio
y cambió su habitual rosáceo a brillantes y agresivos
bermellones. Avergonzado, el retoño retrajo sus alas y
siguió comiendo en silencio, amarillo de miedo.
Varios Autores | 63
Ar’iox no se consideraba un racista, pero la Federación con
el sistema vecino le repugnaba. Esos «vecinos», enanos y
desnutridos, lo único que habían hecho en toda su historia
era derrochar su economía y la de sus afiliados en proyectos
absurdos e improductivos. El estudio e inducción de la
inteligencia en biosferas subdesarrolladas era un disparate
que solo podían haber ideado esos cabezones de ojos
saltones y pieles nubladas. Era una desgracia que una
raza tan descabelladamente productiva no se dedicara a
extender su propio poder, que prefiriera vagabundear de
aquí por allá sin cuerpos celestes de patrimonio, y más
trágico (esto se lo guardaba siempre a sus cansados amigos
cuando les recitaba su discursito, creyendo que era más
discreto) que no entendieran la sofisticación de los seis ojos
y las majestuosas alas doradas de los Strer’kida, mientras
los flacuchos se pavoneaban en público parados en sus
dos enclenques ancas, las mismas que obligaron a gastar
millones de toneladas de metal para crear caminitos entre
las torres.
Para Ar’iox, la idea de estar limitado al suelo era
la única muestra de compasión que albergaba por los
enanos. Entre los Strer’kida, habituados con las alturas,
la condición bípeda era poco menos que una condena.
Aun así, le parecía intolerable que la construcción de los
caminos entre las atalayas de su planeta viniera a pura
cuenta del Imperio Strer’kida, sometido a las necesidades
enanas. Constantemente tenía que contener (lo mejor
posible, mas no perfectamente) estas ideas —producto de
su recalcitrante xenofobia, remanente de los primeros días
de la Federación, aquellos románticos días de las protestas
64 | Mundos Alternos
separatistas—. Esto aplicaba especialmente en su trabajo
como administrador ejecutivo de Sek 7, donde debía
codearse constantemente con los enanos.
Durante toda aquella mañana, Ar’iox soportó
incesantes galimatías que volvían una y otra vez a esa
dichosa Tierra Sus colegas conocían su vena intolerante
desde hacía varías elipses y su máscara de empleado
ejemplar se resquebrajaba peligrosamente a cada
comentario incoherente que le explotaba en la cara, a
veces de parte de un grupito que recorría cubículo por
cubículo, a veces en privado en los descansos. Ar’iox no
podía sacar nada en claro. Al final de cada asalto, entre
tanto embellecimiento y auténtica balada para con la
dichosa Tierra, sabía menos de ella que en asalto anterior.
Demasiados epítetos perturbaban sus maquinaciones al
final del día.
Y había llegado a oídos de su progenie.
Mucho era que su escuela permitiera a los cabezones
dejar a sus propios hijos para que interactuasen con las
inocentes ninfas, pero era peor que las usaran como
instrumentos para transmitir tamañas estupideces.
Al final del día, Ar’iox se dedicaría a una extensa y
categórica carta hacia los directivos de la academia,
amonestándolos por su incompetencia.
Terminada la comida, progenitor y progenie salieron
de su torre y planearon hacia sus labores. Ar’eis aún
necesitaba estabilizadores direccionales, pero sus propios
alerones estarían desarrollados con seguridad la siguiente
elipse. Ar’iox llegó sin inconvenientes y se empeñó en ser
lo más productivo posible entre el constante murmullo de
los condenados enanos.
Varios Autores | 65
Al día siguiente, pudo relajarse un poco. El tema por fin
parecía dejar de rebullir en las bocas de todos, y Ar’iox
disfrutó del habitual silencio durante la rutina. Volvió a su
atalaya y almorzó junto a su ninfa sin ningún incidente,
más allá de que al retoño parecía que no le cabía la
trigonometría por ningún lado. Ar’iox no se lo reprochó,
pero hizo gestiones con un tutor privado. Desde el día en
que Ar’eis emergió de su espalda, Ar’iox no escatimaba
gastos en su retoño y hacía todo lo posible para que fuera
un miembro orgulloso del Imperio. Solo lo castigaba
cuando se involucraba demasiado con los enanos, a
pesar de que sabía que en el futuro era conveniente que
su hijo empezase a codearse con ellos. Su irracional odio
superaba esa consideración la mayor parte del tiempo.
Al terminar su comida, volvieron a sus deberes.
Fue a mediados de la tarde cuando Ar’iox alcanzó
a notar el fenómeno, durante el último descanso. Uno de
los enanos estaba esperando a que terminara de ordenar
su bebida en el dispensador y, cuando se volteó a verle,
notó el vacío de su mirada. El enano estaba totalmente
absorto y tardó incómodos segundos en avanzar y hacer
su propio pedido. De camino al hogar, Ar’iox vio el
fenómeno —en distintos grados— en las vías de la ciudad.
Algunos enanos solo se veían mínimamente contrariados.
Otros parecían esforzarse enormemente por mantenerse
en pie. Ar’iox no tenía interés en las costumbres de los
cohabitantes de su propio planeta, a menos que lo
afectaran directamente, como esos días festivos donde
debía cubrir dos turnos extras por la celebración del Día
de las Especies Inteligentes, instancia en las que los enanos
66 | Mundos Alternos
se obsesionaban por relacionarse tan profundamente
como fuera posible (sexualmente, inclusive) con miembros
de otras especies.
Técnicamente, su imperio cooperaba
exclusivamente con los enanos, pero ellos traían por
añadidura una miríada de civilizaciones, de lo más
variopintas, bajo su particular sentido del parentesco.
Cualquier cosa que supiera que dos más dos son cuatro
era candidata para asociarse con ellos. Los Strer’kida
cumplían tales requisitos con creces, pero jamás aspiraron
en su historia buscar otras civilizaciones. El arribo de los
enanos y su séquito de razas los tomó por sorpresa, tal vez
no científicamente, pero mucho culturalmente hablando.
No fueron amenazados ni nada, solo se les ofreció la
oportunidad de multiplicar su poder logístico e intelectual
por millones. Pero fue duro para la cultura imperial
tradicionalista y, particularmente, para el progenitor
de Ar’iox, Ar’ra, aristócrata de la extinta casa Ar, quien
fuera un gran prócer del movimiento anti-enanos.
Muchos de aquellos privilegios, como el título por casas,
fueron revocados en pos de la liberalización del sistema
para acoger a los enanos y, a pesar de que el mismo Ar’iox
reconoce, ya adulto, que eran simples títulos sin valor, el
descontento fue interplanetario.
Su rabia no escampaba del todo durante esos
días, porque sacrificaba su tiempo mientras los enanos
y sus extraños afiliados se divertían buscando nuevas
civilizaciones. No llevaba la cuenta de cuántos dec-elipses
desde que habían encontrado la última, ni le interesaba
en absoluto.
Cuando llegó a su torre, saludó hacia el interior.
Le respondió un opresivo e inquietante silencio. Voló
con cuidado hacia el piso superior, a la planta de Ar’eis.
El retoño estaba recostado, inmóvil. Supuso que estaría
Varios Autores | 67
durmiendo, aunque eso era inusual, puesto que le había
advertido que poco después de llegar a casa vendría el
tutor, con quien afinaría los detalles de su plan de estudio.
Ar’iox no toleraría desacato a una orden tan simple
como la de esperar al tutor. Lo tomó por las alas para
zarandearlo y notó que estaba temblando. Con cuidado
esta vez, lo incorporó para examinarlo. Lloraba en silencio.
Transmutó su hostilidad en creciente preocupación.
—Mi retoño, ¿qué ha ocurrido? ¿Quién te ha
perturbado?
El silencio. Ar’iox insistió, apretándole los
hombros.
—¿Qué te ha pasado Ar’eis? Me es imposible
ayudarte si guardas silencio. Haré todo en mi poder
para…
—Ellos…
—¿Qué? ¿Acaso te agredieron? ¿Quiénes…?
Lentamente, Ar’eis trató de ponerse de pie, pero
cayó de bruces. Sus colores cambiaron a enfermizos
marrones y, finalmente, se asentaron en un turbio azabache.
Comenzó a estremecerse y, en pocos segundos, tenía un
ataque epiléptico. Ar’iox contuvo a su hijo lo mejor que
pudo, escuchando sus ahogados quejidos, más débiles a
cada momento. Al fin se detuvo, recubierto de blanco,
asemejando a una estatua, petrificado. Muerto. Lo más
calmo que pudo, el angustiado padre comprobó el color
del fondo de su abdomen. Aún era rosado. Con presteza,
ignorando el pánico que escalaba por su mente, canceló la
visita del tutor y conectó con su médico personal.
—Escúchame D’ek, ven inmediatamente, te pago
el extra después. Ar’eis se ha desmayado.
Cortó sin esperar respuesta y, con delicadeza,
tomo a su ninfa y la recostó en su lecho. La angustia lo
estaba venciendo cuando D’ek llamó a la puerta. Ar’iox
68 | Mundos Alternos
lo condujo rápidamente hacia su progenie. En cuanto
llegaron, D’ek sacó de entre sus pliegues un cilindro
cromado, lo destapó lentamente y vertió un ferroso
líquido. Al contacto con el exoesqueleto del pequeño,
se encendió en carmesí y se filtró a través de su coraza.
Por su parte, el médico consultaba columnas de datos
en una pequeña pulsera, concernientes a registros
biorítmicos, concentración de nutrientes, integridad
de los órganos internos, evaluaciones de velocidad del
metabolismo enzima por enzima y, con un flujo menos
sostenido de datos, sus procesos nerviosos, denotando la
delicadeza y complejidad del sistema. Satisfecho, puso
el cilindro contra el pecho casi inmóvil de Ar’eis. Una a
una, pequeñas gotas emergieron para depositarse en su
recipiente. Lo selló y despresurizó con un ligero siseo.
Ar’iox observó:
—Tardaron más de lo normal, estoy seguro.
Conmigo, apenas necesitan…
—Tranquilo, no significa nada. Las nanomáquinas
conocen bien tu fisiología y proporciones particulares,
mas no a tu hijo. A niveles microscópicos, las diferencias
son cuantiosas. Necesitaron acostumbrarse, nada más.
—¿Y qué encontraste? ¿Cómo está, entonces?
—Perfectamente. Sea cual sea la razón del
desmayo, fue momentánea y efímera en su sistema.
Sus neurotransmisores y flujo hormonal parecen estar
recuperándose de un máximo reciente. Unos instantes
de estrés agudo. Probablemente, la culminación de
una manifestación somática frente a algún foco de
ansiedad. Sugiero que lo envíes a evaluación psicológica.
Mis máquinas no tienen la intuición de un profesional,
solo precisión, y con precisión te digo que no existe riesgo
ni siquiera a nivel genético, por lo que su mente es lo único
que queda. Ahora, deja que descanse. Debería despertar
Varios Autores | 69
en su horario normal, pero si lo desea, no le niegues
quedarse en casa. Es probable que sufra conmoción.
—Pero ¿no es muy extremo? No tiene antecedentes,
ni concibo qué haya podido alterarle…
Los recuerdos del condenado rumor estallaron en
su mente. Claramente, Ar’eis no lo había dejado pasar.
Debió divagar y divagar, embargado por las estupideces
de los enanitos, y, finalmente, se había obsesionado.
Así, sería presa fácil de cualquier nuevo dato, tanto nimio
como pernicioso. Solo era un niño, por lo que asustarlo de
muerte era relativamente sencillo.
Aun así, a mitad del día ya estaba perfectamente.
¿Tan rápido podía evolucionar ese rumor absurdo? No lo
creía posible. Sin demora, apenas despachó con gratitud
a su médico, Ar’iox agendó una cita con un centro
enfocado en mentalidad infantil. Antes de descansar,
escribió otro mensaje a la academia, consumido por un
sentimiento mucho menos conocido que la rabia del
primer comunicado. Y, por primera vez en varias elipses,
durmió al lado de su hijo, asaltado por su deber paternal
y acorralado por profundo miedo.
Con los primeros rayos de las binarias, Ar’iox
meditó si era prudente faltar a su puesto por ese día.
Decidió esperar a lo que Ar’eis dijera. Poco después
de vestirse, preparó una ración y comió otra para sí.
Lentamente, se elevó hacia la planta alta con el desayuno
en las pinzas y vio la silueta incorporada de su retoño.
Con ternura, acarició su cabeza. Su tono pajizo lo
estremeció, pero contuvo su consternación y le preguntó:
—¿Cómo te sientes? ¿Sabes qué te pasó?
El infante hizo un esfuerzo visible por enfocarse en
su padre y sollozó:
—No, no recuerdo… Me siento mal, padre…
Ellos… Ellos…
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Las lágrimas inundaron el rostro de Ar’eis.
De súbito, apartó la mano de su padre y se apresuró a salir,
pero no logró llegar al cuarto de baño. Vomitó arrodillado,
y con cada arcada aumentaba su llanto. Ar’iox no dudó
un instante: iba a faltar al trabajo. Levantó a su hijo y alzó
el vuelo temerariamente hacia el hospital más cercano.
No podía esperar a D’ek. Conmoción y una mierda.
Su pequeño parecía un cadáver. Entre dientes, maldijo a
los enanos, pero ni esa carrera frenética ni sus prejuicios
podían dejar pasar por mucho tiempo tal estupidez.
No tenía idea de si era una cuestión de tiempo, pero no
pensaba gastar ni un instante. Todo su ser clamaba a viva
voz que su hijo estaba sufriendo. Y se negaba con horror
siquiera a pensar en la agonía, y como llamado desde las
tinieblas, su propio padre le vino a susurrar las señales de
la muerte. No, maldición, no.
Voló en picada para ganar más velocidad.
Totalmente absorto, fueron sus reflejos los que le hicieron
ver las manchas. Decenas de ellas discurrían por las vías
y entre las azoteas de las torres, pero, a su velocidad,
no alcanzaba a discernir qué eran exactamente.
Sobrevolando una plazoleta aérea, un duro golpe en su
espalda lo estampó contra el suelo.
Desorientado, sintió el opresivo peso de un
obstáculo y lo apartó con vigor, al constatar que Ar’eis
caía de sus brazos. Se paralizó al ver su costado. Era uno
de los suyos, muerto. Sus miembros colgaban flácidos de
su cuerpo, rotos. Al instante constató su propio estado:
le faltaba un ala completa. La sangre emanaba de su
espalda, al tiempo que eran frustrados todos sus intentos
de incorporarse; se derrumbaba, aullando de dolor.
Pudo levantar la vista lo suficiente para ver la espuma de
la boca de unos cuantos enanos repartidos por el pequeño
parque y, con más esfuerzo, alzó la mirada a los cielos.
Miles de alas elevándose hasta perderse.
Varios Autores | 71
Apenas unos instantes después, el primer golpe.
Uno, dos, diez, cincuenta cuerpos. Cincuenta, cien,
doscientas explosiones. Doscientas, quinientas, mil
vísceras. Mil manchas. Un grupo cayó cerca, en una
vía atestada de enanos petrificados. Entre los cuerpos,
ululaban con locura unos pocos, aferrándose hasta
a la más mínima mugre sólida de una mancha. No los
alcanzaron al vuelo. No pudieron salvarlos.
Por el rabillo de sus ojos, algo se movió.
Con brutal dolor, Ar’iox dobló su cuerpo. Su hijo se detuvo,
contemplando el abismo. Rasguñando el piso, Ar’iox se
arrastró hacia su inocente retoño. Ar’eis recuperó todo su
vigor. Los enanos habían muerto. Su gente había muerto.
El Imperio había muerto. Le daba igual. Agonizando,
mientras quedara la mínima fuerza en sus brazos, jamás,
jamás…
—Ellos están muy felices, padre.
—Ven, ven a mí… Ar’eis, no…
—Están agradecidos, muy agradecidos.
— No, no, no. Obedece. Por favor, no. Ven. Hijo,
escu… ¡No, no! ¡Ven hacia mí! ¡Ven!
—Ya lo sé, padre. Era muy fácil.
—¡No! ¡No! ¡No!
—Aquí. Esta es la Tierra.
Ar’iox llegó al borde de la plazoleta y gritó al vacío.
—¿Cómo ha salido, profesor? ¿Leyó el informe?
—Sí, y diría que bastante bien. El plazo de
incubación fue el estimando. El agente psicoinfeccioso
neutralizó en pocos años a los humanoides después de su
partida, pero los artrópodos se resistieron. Su bioquímica
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era más exótica de lo que creímos. Es una suerte que
evitaran deliberadamente evaluar sus cerebros. La colonia
hubiera sido detectada.
—Perfecto. ¿Lo avala, entonces?
—Sí, general. Es prudente empezar invadir los
sistemas. Las otras razas que mencionaron deben haber
caído. Debería encontrar casos aislados de inmunidad.
La conquista será fácil.
—Increíble, ¿no? Ninguna ojiva. No tuvimos que
hacer nada desde el primer contacto. Nos dieron el viaje
interestelar y ya les habíamos quitado todo.
—Al contrario. Nos entregaron todo.
—Como sea, profesor. Felicidades, la Tierra
domina la galaxia.
—Las Tierras, general. Las Tierras.
Varios Autores | 73
El último día
Mario Bustos Ponce
La lluvia no cesaba y los ríos se desbordaban con furia.
Aquella fue la lluvia más triste que ojos humanos vieron
jamás; las gotas parecían pesados clavos golpeando
implacables, cual agujas, la húmeda y castigada tierra
moribunda. El cielo era el más gris de todos aquellos
que hubieron acompañado a la humanidad y las nubes
las más espesas de toda la eternidad. Aquel era el triste
escenario… tan solo un preludio de lo que vendría
y que los sobrevivientes ya sabían: el planeta estaba
inexorablemente muriendo.
En un campo, lejos de todo, una pareja de abuelos
miraba desde la ventana aquella inclemente agua caer
alevosamente, esperando resignados el triste final. La casa
se veía abandonada, oscura y decadente. Las plantas y
árboles del exterior morían lentamente, ahogados por el
exceso de pútridas corrientes de agua mortífera… el sol ya
no volvería a salir nunca más para secarlos.
Era la condena de la humanidad; era su destino
fijado desde hacía siglos, pero que nadie había visto venir.
Él tomó la mano de ella… ambos estaban asustados y no
sentían vergüenza de ello, pues nunca se es demasiado
viejo para sentir miedo.
Se miraron a los ojos. Eran los únicos sobrevivientes;
¿habría más? No lo sabían. Él se estremeció al pensar en
todos aquellos que no estaban ya: hijos, compañeros,
amigos… todos habían abandonado este mundo en una
lúgubre danza de la muerte.
74 | Mundos Alternos
Pensaron en su vida… ya no quedaba nada.
Estaban allí, solos, en una frágil casa de mohosa madera
que trataba de aguantar casi hasta el límite la pesada
lluvia letal.
Estaban en medio de la nada; las tragedias
anteriores habían arrasado pueblos, ciudades, países…
todo. Tal vez ellos seguían vivos como único vestigio de
una raza extinta.
Ella sabía por qué había ocurrido; sabía quiénes lo
habían hecho… siempre estuvieron allí, pero nadie nunca
los vio como una amenaza. Pero ya nada importaba; solo
lamentaba no haber podido despedirse de sus hijos antes
del final… nunca más los volvería a ver. Bajó la vista y
sollozó…
Él quiso abrazarla, pero las fuerzas apenas le
daban para mantenerse en pie… las sangrantes heridas
comenzaban a doler aún más; era el cruel efecto del intenso
frío que nunca más dejaría la Tierra. Todo siempre había
sido en vano… sus heridas eran silentes testigos de una
lucha que no pudo enfrentar, y sus hijos habían muerto
por ello. Quizás él mismo estaba muerto, pues ya no era
capaz de tener emoción alguna… solo estaba allí, con la
mente fija mirando por la ventana lo que antes había sido
su fértil jardín.
Los olores de los cadáveres comenzaban poco a
poco a aumentar… la putrefacción era cada vez mayor.
Ese era el fin de la humanidad; ese era el fin de un ciclo
que los humanos nunca pensaron que terminaría…
Pronto se escuchó un golpe fuerte y seco; la mujer
cayó al suelo… había muerto al darse cuenta de que
la muerte era lo único que le quedaba por vivir. No se
despidió de él.
Él ni se inmutó… lo esperaba; era la hora. Ya no
había ninguna traba para morir. No quería morir antes
Varios Autores | 75
que ella… no quería dejarla sola en un mundo así. Pero
ella había muerto, y sonrió pues ahora también él podía
fallecer en paz…
Salió al cementerio que había sido su jardín para
sentir aquella lluvia asesina e implacable; no sabía por
qué ni para qué… solo lo hizo, como última huella de
la voluntad humana. Miró a su alrededor… solo muerte.
Él pronto iría también… ya no habría dolor, penas,
sufrimientos, miedos… ya no habría nada.
Vio que por fin llegaba la noche eterna… el sol por
fin se había terminado; la extinción solar era completa.
Supo que era su momento… y la última voluntad humana,
en el último lugar del mundo, se había rendido… el último
ser humano acababa de fallecer.
76 | Mundos Alternos
El pasillo de los olvidados
Felipe Tapia
Nunca me he considerado un cobarde, pero tampoco me
llamaría temerario. El tener miedo asegura la supervivencia.
Mientras más cobarde se es, más posibilidades hay de
sobrevivir a la selección natural. Podremos tener de tanto
en tanto un acceso de heroísmo, pero es sentir miedo lo
que garantiza el éxito en la naturaleza. No me avergüenza
admitir que temo a los espacios muy cerrados, a la
oscuridad y a los bichos.
No obstante, el miedo no nos puede proteger
de todo. El temor que sentí al ver aquel pasillo era
irracional, instintivo. Una sensación desagradable que
nada tenía que ver con el instinto de conservación. Como
si las paredes y la oscuridad emanaran dolor y maldad.
Cuando transitaba por él, procuré siempre hacerlo rápido.
Me sentía muy incómodo ahí.
El departamento era espacioso, de techo alto, no
como esas cajitas de fósforos con las que las inmobiliarias
estafan a la gente en la actualidad. Era un edificio bajo, de
solo seis pisos, y nosotros estábamos en el quinto. Detesto
esas abominaciones de veintiséis pisos y nada de espacio.
Son como trampas para seres humanos.
Al entrar por la mampara se divisaba de inmediato
la escalera por la que se llegaba al piso. Al abrir la puerta
del departamento, podía uno encontrarse con el living a la
derecha, que tenía un enorme ventanal dando a la calle, y
a la izquierda la cocina. Luego estaban los dos dormitorios
Varios Autores | 77
individuales y, continuando el recorrido, un largo y oscuro
corredor en cuya mitad había una puerta que daba al
baño. Terminaba todo en el dormitorio principal.
Las paredes y el techo estaban recién pintados, algo
común en las construcciones restauradas. La dueña debió
esmerarse para arreglarlo y venderlo a un precio más que
conveniente para mí. Con Carla casi no lo creíamos.
Había algo en aquel lugar que me inquietaba.
Considerando el tamaño y los tiempos por los que atraviesa
el país, me salió demasiado barato. Y como a uno lo han
criado para tener una vida de mierda, agachar la cabeza y
no creerse merecedor de nada, de inmediato pensé que no
podía tener algo tan bueno. Alguna trampa debía de haber.
Gracias al subsidio Renovación Urbana, pude comprar
aquel inmueble a un precio más que razonable para mí y
mi novia. Ella me dijo que me lo estaba imaginando todo
producto de la culpa de conseguir algo así. «Mereces ser
feliz», me dijo.
No obstante, la anterior propietaria parecía
impaciente por deshacerse del lugar. Mi paranoia, junto
con mi desconfianza ante algo tan bueno en mi vida, se
conjugaron para presenciar lo que ante mí se materializó
en el oscuro pasillo.
Desde un principio me inquietó aquel sombrío
corredor por el que debía pasar si quería llegar al
dormitorio. Era espacioso, podía albergar a casi tres
personas transitando de forma simultánea por él, y
parecía como si el tiempo se detuviese al momento de
recorrerlo. Al estar en él sentía una especie de presencia,
una atmósfera que me llenaba de angustia. Pisaba con
cuidado, temiendo que una extraña fuerza esperara el
momento para empujarme al pasar.
No importaba la hora del día o cuántas luces se
prendieran, estaba en estado de permanente oscuridad.
78 | Mundos Alternos
Como si solo ese lugar perteneciera a otra parte del universo,
como si las sombras lo hubiesen reclamado durante las
décadas de abandono. En uno de los recorridos decidí
palpar una de las murallas. Por extraño que pareciera, era
el único rincón que no pintaron durante la restauración.
Se sentía incómodo al tacto, la rugosidad se descascaraba,
percibí una hostilidad que me conminó a retirar la mano
de inmediato. Era una presencia amenazante y me hacía
sentir débil, indefenso.
No habría pasado de ser un lugar incómodo dentro
de la vivienda de no ser por lo que vi dentro de unos días.
Nos habíamos cambiado hace poco y me obligaba a mí
mismo a vencer mis temores y atravesarlo, pues no podía
pasarme la vida en ese departamento evitando el corredor.
Cuando creía que no había nada más escalofriante que
aquella oscuridad y vacío que parecían observarme
incluso estando fuera de esas dos paredes, tuve la primera
de muchas visiones que escogieron ese sitio específico para
dejarse ver.
En medio de la oscuridad, debí agudizar la mirada
para comprobar que no estaba alucinando: ante mí se
manifestó de pronto una espalda humana desnuda, sin
cuerpo, flotando, poblada de marcas rojas. Eran varias
líneas paralelas que surcaban a lo largo, como si le
hubiesen propinado varios latigazos simétricos. La visión
me horrorizó. Apareció sin aviso alguno, sin ninguna
otra intención que remecer todo mi sistema de creencias
y despojarme de la poca sensación de seguridad que me
quedaba.
La piel se veía dañada, llena de hematomas.
Me pareció verla palpitar por unos instantes. Un sonido
acompañó de improviso al espectáculo: se escuchaban
unos llantos desde alguna parte del corredor, que el eco
se encargó de amplificar. La espalda se arqueó de pronto,
como si la hubieran retorcido de golpe.
Varios Autores | 79
Grité como nunca al verla y corrí despavorido
como un niño hasta el living, la única habitación con las
luces encendidas a esa hora. Carla acudió de inmediato,
histérica no bien me escuchó, preguntándome qué me
pasaba.
Me condujo hasta el sofá y me sentó con calma.
En su habitual tono maternal me interrogó otra vez.
Imaginó que vi un bicho o que me pegué con algo. Siempre
fue la fuerte de la relación. Nunca me incomodó que me
protegiera; al contrario, me gustaba eso. Era más fuerte
que yo en todos los sentidos. A menudo debí soportar
bromas de mis amigos respecto a que tenía que cuidarme
de ser víctima de violencia doméstica. De haberlo ella
querido, nada se lo impediría.
Le describí lo mejor que pude el origen de
mis alaridos y me miró durante unos segundos, como
calibrando si me estaba burlando de ella o simplemente
era estúpido. Ofendido, esta vez fui yo quien la cogió de
la mano y la llevé al pasillo. Nada. No sé por qué no me
sorprendí. Imaginé que los fantasmas hacían siempre
eso, mostrarse solo a algunas personas, en determinadas
circunstancias, para que los demás lo consideraran a uno
un loco. Si su objetivo fuese solo asustar, se mostrarían
en todo momento. Pero al parecer, pensé, escogían a
sus víctimas con cuidado, esperando torturarlas con la
incredulidad hasta que dudasen de su propio juicio.
Carla me pidió que me calmara, que no estaba
acostumbrado a estos edificios antiguos y que podría estar
tenso. En efecto, aunque ya no podía ver ninguna aparición,
me seguía incomodando pasar por ahí. Contempló como
retrocedía apenas nos acercamos los dos. Imaginé que,
para sus adentros, pensaba que, si continuaba viendo
cosas, tendría que mandarme al psiquiatra.
Esa noche tardé mucho en dormirme. Por lo general
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tengo el sueño pesado, pero de tanto en tanto escuchaba
sonidos extraños que intentaba desesperadamente
atribuir a los departamentos vecinos. Eran ruidos de
golpes secos, cosas quebrándose, y a veces me pareció
oír llantos y gemidos ahogados. Ningún vecino podía ser
tan escandaloso, y me pregunté por qué Carla no sentía
nada. Cerré los ojos con todas mis fuerzas para no volver
a presenciar un horror como el de hacía unas horas.
Por fortuna, el sueño me venció y pude dormir.
El resto de la semana transcurrió de la misma
manera. Evitaba las partes menos iluminadas del
departamento, me dormía temprano con la excusa de
trabajar al día siguiente. Durante las noches, cerraba los
ojos e intentaba ignorar las extrañas voces que provenían
del pasillo, que a esas alturas se había convertido en mi
pesadilla. No sé si lo imaginé o no, pero me pareció ver,
por escasos segundos, la misma espalda con sus simétricas
heridas, más completa, con extremidades sobresaliendo
hasta casi adquirir una forma humana.
Poco a poco recuperé la conciencia. No recuerdo cómo llegué ahí.
Estoy amarrada a un catre metálico y me duele el cuerpo. Tengo
quemaduras de cigarro en mi brazo y muchas ganas de vomitar.
Además del catre y un velador, no hay nada más en el dormitorio.
Las paredes están sucias y hay olor a humedad. La pintura en el techo
se descascara en varias partes. Lo descuidado del lugar aumenta la
sensación de abandono. Me duele el estómago, la transpiración hace
que mi cuerpo se pegue a los fierros y me siento muy mal.
Trato de incorporarme, pero solo consigo lastimar mis
muñecas. Llamaría a alguien, pero no quiero que ninguno de ellos
venga. Ellos son los que me tienen así. ¿Por qué me trajeron? Yo no
Varios Autores | 81
tengo nada que ver con todo esto. Esto es un error, alguien debería
venir a ayudarme.
Me pregunto cuánto tiempo habrá pasado. A lo mejor,
solo unas horas, quizá días. No recuerdo cuándo me desmayé. ¿Mi
familia ya habrá notado que estoy desaparecida? Ojalá que me estén
buscando, tengo mucho miedo de que nunca me encuentren. Por favor,
que alguien me ayude. Prometo lo que sea con tal de que me saquen
de aquí.
Me escuece la entrepierna. Mi cara está seca de todo lo que
lloré cuando me trajeron. Ya no puedo más. Comienzo a preguntarme
si simplemente me abandonaron, pero escucho unos ruidos tras la
puerta. Alguien grita. Tienen a más gente como yo aquí. Los gritos
aumentan y alguien prende la radio para acallarlos. Creo que es un
bolero. Uno de esos que le gustan a mi mamá y de los que yo me
burlaba cuando ella los escuchaba. La extraño. Si me encuentran,
nunca más me reiré de nadie.
La música continúa, pero los gritos cesan de súbito.
Permanezco expectante. Escucho una conversación y pasos. La puerta
frente a mí comienza a abrirse y yo lloro de nuevo.
Apoyé con entusiasmo la idea de Carla. Quería invitar a
algunos amigos en común para inaugurar el departamento
el fin de semana. Eso me daba la chance de no estar solo
y de tener las luces prendidas toda la noche. Incluso en el
pasillo. La música y conversación ahogarían los gemidos
que solía oír. Sentía algo de vergüenza. Me faltaba valor
para hablar con alguien de lo que me estaba pasando y,
por supuesto, temía al ridículo.
Durante la velada, conversamos las mismas
trivialidades que se acostumbran en aquellas
inauguraciones: lo lindo que era el lugar pese a ser igual a
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todos los demás, lo conveniente que era, lo bien ubicado
que estaba. El alcohol y la marihuana lo ayudan a uno
a relajarse, siempre. Incluso me olvidé de aquel estúpido
pasillo. Por primera vez, me creí eso de que estaba tenso y
por ese motivo vi la aparición y escuché esos sonidos.
Mi amigo Joseph preguntó, en tono de broma, si en
estos edificios antiguos penarán. Me sentí incómodo y dije
con prisa que no creía en esas cosas. Una amiga de Carla
dijo que una vez la habían penado, cuando viajó al norte
hacía dos veranos. Alguien más también compartió una
anécdota similar. Insistí, con porfía, que esas experiencias
debían tener una explicación racional. Carla me dedicó
una mirada de condescendencia, recordando el incidente
de unos días atrás.
Joseph insistía en que muchos de estos
departamentos viejos del centro fueron usados para
torturar prisioneros políticos. Comenzó a dar la lata de las
clases de Derecho que impartía y todos los informes que
leyó. Me dijo que podía conseguirme información, pues
había una lista de inmuebles usados para torturar y, más
para cambiar de tema que por genuino interés, le agradecí
el ofrecimiento. El buffet en donde yo ejercía estaba cerca
del suyo y acordamos almorzar en la semana.
De súbito, escuchamos un grito. Todos nos
paramos de nuestros asientos y acudimos al pasillo.
No alcanzamos a llegar, pues nos encontramos a medio
camino con Matilde, histérica y llorando. Aseguraba ver a
una mujer totalmente quemada que la miraba fijamente.
Al escucharla no pude sino pensar en lo que
había visto durante la semana. Nuevamente, el pasillo
comenzó a ejercer su influencia sobre mí, mientras Carla
tranquilizaba a todo el mundo. Matilde estaba histérica y
solo quería irse. Su novio me preguntó si era una broma
de nosotros y yo no le presté mucha atención, continuaba
intimidado. Eso lo enojó más.
Varios Autores | 83
Al final, Matilde se fue con su novio. Se veían
disgustados mientras se dirigían a las escaleras para llegar
a la salida del edificio. Luego de lo acontecido, se notaba
que todos evitaban el pasillo. Permanecían en el living,
procurando tener las manos ocupadas con cigarros o un
vaso.
La velada terminó y la mayoría procedió a retirarse
también. Con Joseph fuimos al pasillo, esperando ver algo
que explicara lo sucedido, pero no encontramos nada
que le diera sentido a la loca experiencia de la chica.
Poco después, él también se marchó.
Al día siguiente, Carla y yo discutimos.
Le pregunté qué pensaba de lo que aconteció con Matilde.
Ella insistía en que estaba paranoico y yo le respondí, de
forma sarcástica, que en qué momento obtuvo su título
de psicología. Reconozco que fui un poco pedante.
No se lo tomó nada bien y cerró la puerta del dormitorio.
Resignado, me dirigí a la pieza que teníamos para alojados,
en caso de que nos visitara alguno de sus familiares de
Chillán.
Pensaba en la mujer quemada que vio nuestra
amiga. ¿Era posible? De pronto, sentí unos pasos.
Me estremecí. Era un caminar tétrico, de pesados zapatos
que resonaban como un eco. Sujeté con fuerza las sábanas.
Cerré los ojos tanto que los párpados me dolieron. Rogué
porque nada me pasara. Volví a mis días de niño, en los
que aún albergaba creencias religiosas, que me metieron a
la fuerza en el colegio y que deseché apenas adquirí algo de
pensamiento racional. Estaba aterrado y Carla no quería
nada conmigo. Las pisadas continuaban resonando en el
suelo. Supliqué porque fuera ella, recapacitando para que
volviera al dormitorio. Pero no era así. No tendría sentido
ese caminar lento, pausado.
Los pasos se detuvieron. Respiré aliviado.
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Un silencio reinó en el departamento y me dispuse a
descansar, cuando un alarido resonó. No sabía si lo
escuché solo yo en el dormitorio o todos también lo
hicieron en el resto del edificio. Era una voz de mujer.
No se trataba de Carla, eso era seguro. Al grito le siguieron
ruidos de pelea, más pasos y algo arrastrándose de forma
violenta. Algún objeto cayó y se quebró. Yo temblaba y no
me atrevía a levantarme. Pensé de inmediato en ladrones
que se metieron a mi hogar. En cierta forma, recé para
que fuera algo así.
Me acurruqué presa del pánico. Me pregunté si
Carla estaría bien y decidí ir a verla, pero algo me detuvo.
Repentinamente, dos manos anónimas me sujetaron con
fuerza del rostro. Dedos ásperos y sudorosos recorrieron
mis mejillas y mi frente, como si trataran de adivinar quién
era por mis rasgos. Grité con tanta fuerza que todos en
el edificio debieron escucharme. Las mismas manos me
soltaron un instante y luego aplaudieron con estruendosa
fuerza en mi cabeza, impactando en ambas orejas.
Me convulsioné de terror, grité con más fuerza que antes.
Abrí mis ojos y vi, por escasos segundos, una escena que
me hizo estallar en llanto y desesperación.
En una esquina de la habitación, una joven era
golpeada con la culata de un arma y luego la violaban.
Podía ver la enorme figura de un hombre que la embestía
con furia mientras ella pedía ayuda. No podía ver con
claridad al agresor, era como si solo pudiera ver partes
de su cuerpo. Recordé la espalda sin dueño de la semana
pasada. Mi anterior histeria fue sustituida por una
parálisis repentina. No podía moverme. No podía gritar
ni hablar. Me ahogaba. Sentí mareos. Estaba a punto de
desmayarme. Esa sensación fue lo único que permitió
que me quedara ahí, presenciando como abusaban de
aquella muchacha desconocida entre gritos y lamentos,
Varios Autores | 85
con una violencia que en circunstancias normales me
habrían hecho salir corriendo a la calle. De pronto, perdí
el conocimiento y no supe nada más.
Desperté en la mañana. Mi cuerpo se sentía pesado
y me dolía. Carla llevaba un buen rato preparándose
para salir. Me saludó de forma escueta y no me atreví
a relatarle mi escabrosa experiencia. Cuando preguntó
si me pasaba algo, le pedí que fuera más específica.
Me contestó que durante la noche me escuchó gritar y que
cuando fue a ver qué pasaba, estaba totalmente dormido.
Mentí diciéndole que no recordaba nada. Me miró con
una mezcla de lástima y hastío; luego dijo que tenía que
buscar ayuda. En pocas palabras, tenía que ir al loquero.
Se despidió con frialdad y entendí que nuestra relación
pasaba por un mal momento, producto de mi estado.
Estaba hecho un manojo de nervios. Llamé al
trabajo para decir que llegaría tarde. Tenía miedo hasta de
ir solo al baño. Temblaba. Me sentía más pequeño, como
si me hubiesen drenado por dentro. No tenía hambre
y no sentía para nada haber descansado. Pero pese al
agotamiento, no podía dormir. Mi cabeza estaba a mil
por hora, incapaz de apartar los traumáticos recuerdos
de la noche anterior. Di una mirada al departamento
y comprendí que deseaba irme de ahí para siempre.
Podría venderlo a algún otro desgraciado.
Comencé a dudar de mi cordura y considerar
buscar ayuda profesional. Mientras me dirigía a la puerta
de salida, di una última mirada al pasillo. Una vez más,
la oscuridad que irradiaba me aguijoneó el estómago.
Algo siniestro permanecía en ese lugar y ya no se limitaba a
ese tramo. Su influencia reptaba por las otras habitaciones
y pronto lo inundaría todo, inclusive nosotros. Otra silueta
comenzó a dibujarse y el espacio entre ambas paredes
pareció que se ensanchaba, como si pudiera desafiar las
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leyes de la física. Sentía vértigo si fijaba la vista en aquel
pasadizo. La pintura en el techo se descascaraba, un olor
a humedad y podredumbre invadió el departamento y
debí tapar mi nariz. Alcé la mirada y comprobé la nueva
figura que tomaba forma.
Un rostro humano me contemplaba, no sabía
si con enojo o pena. Se veía también parte de su torso
bajo la cabeza, flotando. Le faltaba la nariz, como si
se la hubieran arrancado de una forma muy violenta.
Jirones de pellejo colgaban de la herida, señal de que no
fue cortada limpiamente. La sangre caía hasta el piso.
Los ojos denotaban desesperación y un lamento brotó
de sus labios ensangrentados. De pronto, una mano lo
cogió, llevándoselo hasta el fondo del corredor, hasta una
zona oscura que no alcanzaba a distinguir. Los alaridos
aumentaron. El pasillo parecía más grande, sus paredes se
alargaban intentando arrastrarme.
Contuve un grito y escapé cerrando la puerta
con un golpe. Al llegar a las escaleras me vino un ataque
de risa histérica y luego me puse a llorar. Por fortuna
ningún vecino me escuchó o al menos no sintió deseos de
ayudarme. Con seguridad todos estaban en sus trabajos.
Me siento mareada. Me apoyo con mis manos y, sin querer, pongo una
en el charco de mi propio vómito. Trato de no desmayarme, pero uno
de esos tipos me toma por el cabello y me obliga a ponerme de rodillas.
Yo ya no doy más, dejo que me manejen como a una marioneta.
Me arrastran por el pasillo hasta un balde de agua.
Mis rodillas y canillas se raspan durante el trayecto por el piso de
madera. Estoy llorando, pero a nadie le importa. Tengo tanto miedo;
ruego a Dios, aunque hace tiempo que no creo en él. Uno de los tipos,
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el más gordo, me gritonea y sumerge mi cabeza en el balde. Me ahogo,
no puedo respirar, siento mucho miedo.
¿Por qué me hacen esto? Yo no sé nada, soy una niña, casi.
Solo tuve la mala suerte de asomarme por la ventana mientras se
llevaban a Don Rogelio, el vecino. Cuando se dieron cuenta de que
estaba mirando, irrumpieron en mi casa y me metieron al auto también.
Estaba sola. Mi padre trabajaba y mi madre estaba comprando con
mi hermano pequeño. Imagino cómo se sintieron cuando vieron que
no estaba.
Trato de no ahogarme, pero no aguanto más y abro la boca.
Mi nariz se llena de agua, mis oídos también. Cuando me saca,
toso y escupo. No alcanzo a recuperarme y me sumergen de nuevo.
Me gritonean algo como qué más sé de Don Rogelio, a quién más
vi entrar a su casa. Yo no sé nada, solo me asomé unos segundos,
nunca presté atención a las casas de al lado. Pero al gordo parece no
importarle. Se ríe, como si lo hiciera más por el goce de torturarme
que por el interrogatorio.
Aplaude con fuerza en mis oídos y sus compañeros se ríen.
Yo grito. Me toca los senos y yo me dejo. Sé que, si me opongo, me irá
mucho peor. Pero siento mucho asco cuando lo hace. Lame mi cuello,
sus manos hurguetean bajo mi vestido. Tiene tan mal olor, pero si
vomito de nuevo me va a pegar. Empiezo a desear morirme para que
todo termine de una vez.
Durante la mañana realicé mis labores sin ganas,
tratando de recomponerme luego de lo sucedido.
Quería contárselo a alguien, pero no me atrevía. Quise
llamar a Carla, sin embargo, desistí. Creería que trataba
de darle pena. Tampoco quise contactar a Matilde, no se
fue en muy buenos términos la noche anterior. Además,
podría pensar mal de mí.
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Me junté a almorzar con Joseph en una picada
en el centro. Evidentemente, salió el tema de Matilde y si
pudo haber visto algo o no. En medio de la conversación,
me mencionó que no se me veía muy bien. Tenía ojeras
y la piel pálida. Tampoco tenía mucha hambre. Entonces
le conté de mi pelea con Carla. Sentí alivio al poder
finalmente descargar algo de mi frustración por todo lo
vivido y, cuando agarré un poco más de confianza, le
conté de los ruidos, la espalda marcada que vi en el pasillo
y, a riesgo de que me encontrara loco también, la sórdida
experiencia de anoche y lo que vi en la mañana.
Se me quedó mirando intranquilo. No me veía
como a un loco o un bromista, como hizo Carla. Más bien
se le notaba preocupado. Apartó su plato y, extrañamente,
me preguntó si estuve trabajando en derechos humanos las
últimas semanas. Le dije que no, que solo me ocupaba de
posesiones legítimas de terrenos y esas cosas. Me recordó
lo conversado hace dos días sobre los inmuebles usados
por la Dictadura y me dijo que tenía en su poder la lista.
Entonces comenzó a relatarme, muy serio, respecto
a la labor que llevaba realizando en la universidad donde
impartía clases. Uno de sus alumnos estaba haciendo la
tesis en derechos humanos. Recopilaba varios informes
de crímenes en Dictadura y los analizaba a través del
derecho internacional. Entre esos crímenes, se relataba lo
que yo le describí. El golpear la cabeza de un detenido
con ambas manos de forma simultánea; era una tortura
muy popular denominada «El Teléfono». En cuanto a la
espalda con marcas, coincidía bastante con el lugar en
donde se vejaba a las víctimas. Era una especie de catre
rústico metálico en el que se les amarraba. Por tener palos
de fierro, se le solía llamar «La Parrilla». En el informe
también aparecían detenidos que perdieron su nariz luego
de recibir numerosos golpes y torturas, incluyendo el uso
de un alicate contra la cara.
Varios Autores | 89
Esta vez, quien se quedó mirando estupefacto fui
yo. Le pregunté a dónde quería llegar con aquella absurda
relación de hechos y él solo me insistió que, si dos personas
vieron cosas extrañas en mi departamento, algo debía
estar pasando ahí. Me comentó que muchos opositores
al Régimen Militar murieron electrocutados y quemados
durante los interrogatorios, lo que podría explicar la
espantosa visión que tuvo Matilde. Entonces, me volvió a
sugerir que contactara a la dueña anterior del inmueble.
La tarde transcurrió de forma monótona.
Sin embargo, no quería volver. La imagen del hombre de
rostro desfigurado y sin nariz no se apartaba de mi mente.
Jamás pensé que me causara tanto terror pasar la noche
en mi propio hogar. Me sentía indefenso. Hacía un par
de días habría encontrado mi comportamiento de lo más
ridículo, pero de verdad estaba amedrentado a causa de
los espeluznantes episodios vividos.
Carla me llamó, quería que habláramos. Accedí
solo porque quería proponerle que pasáramos la noche
en otro lugar. Ambos trabajábamos hasta temprano, por
lo que resolvimos conversar sobre mi estado emocional y
lo que el departamento me estaba haciendo. Tenía que
explicarle lo que pasaba. Si le mostraba los informes de
Joseph y le contaba que tal vez fue un centro de torturas,
quizá desearía irse de allí tanto como yo.
Cuando estaba a punto de irme de mi oficina, me llamó
Joseph. Se había tomado la molestia de investigar mi
inmueble. Resultó que figuraba en el catastro de las
propiedades usadas durante la Dictadura para violaciones
a derechos humanos.
Mi departamento perteneció a un militante del
MIR, quien fue torturado hasta la muerte. A partir de
entonces, la DINA usó el lugar para interrogatorios.
Cuando se acabó la Dictadura, el inmueble fue devuelto a
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la hija del dueño original, la propietaria que me lo vendió.
Cuando murió su padre ella era una niña y fue exiliada
con su madre al extranjero, a Noruega. Hizo su vida allá.
Se casó. Era bastante natural que quisiera venderlo rápido
para volver a Europa.
Deseé que mi amigo me estuviera tomando el
pelo. Pero no podía tratarse de una broma. Tenía que ir
en busca de Carla y contarle, para alejarnos de ese lugar.
Le pedí a Joseph que si averiguaba algo más que me
contactara.
Ya no puedo más. Pronto llegaré a mi límite. Traté, juro que traté.
Quise aferrarme a las cosas importantes de mi vida para no rendirme,
esperar a que me encuentren. Pensé mucho en mi papá, en mi mamá,
en mi hermanito, en mis amigas del colegio, todo lo que sufrirían
si me pasara algo. Pero no soy fuerte. No pude. Jamás pensé que
terminaría así. Ya ni siquiera puedo llorar más.
No sé cuánto tiempo ha pasado. Me han violado por turnos,
varias veces. Algunas en el catre de metal, otras en el suelo del pasillo.
Mi ropa está hecha harapos. Me hicieron ver cómo le sacaban la
nariz a Don Rogelio. Parecía pedirme disculpas mientras me miraba.
Parte de mí lo odió, porque me secuestraran solo por haber visto su
detención. Me odié además a mí misma por pensar así.
También me obligaron a ver cómo le disparaban a una mujer.
Era un poco mayor que yo. Ya ni siquiera me interrogan. Saben que
no pueden sacarme nada. Me han amenazado con hacerle daño a mi
familia y les he jurado que no sé nada. Pero les divierte verme así.
No se esfuerzan por matarme, pero tampoco por mantenerme
con vida. Ya ni se molestan en alimentarme. Me hicieron comerme mi
propia caca. La vomité toda y me siento peor. Ya no me hago ilusiones
y sé que no volveré a ver a mi familia. Desearía que ellos supieran
qué me pasó, pero es probable que nunca lo hagan. Solo quiero que
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todo esto termine, no aguanto más. Perdón, pero me rindo. Nunca fui
una persona valiente.
Cuando abrí la puerta y entré, me aguardaba un
espectáculo delirante. Estaba oscuro, pero de tanto en
tanto las luces parpadeaban como si hubiese un problema
con la electricidad. Me dirigí al pasillo que comunicaba
con mi dormitorio para tomar algo de ropa y largarme
con mi novia. Caminé con sigilo, sabiendo el efecto
que ese lugar tenía en mí. El aire se sentía pesado, un
olor azumagado invadió el ambiente, haciendo que me
mareara.
Escuché una respiración entrecortada que provenía
del piso. Incapaz de enfrentar mis temores, me dispuse
a dar media vuelta y huir. No quería presenciar más
cadáveres ni cosas espeluznantes. Pero no pude. Un poco
más delante de mis pies, unos pequeños objetos estaban
regados por el piso. Me agaché un poco para ver qué
eran y comprobé que se trataba de uñas. Uñas humanas
enteras, arrancadas de los dedos de algún desafortunado.
Tenía rastros de sangre y pellejos adheridos.
Cerca de las uñas divisé un alicate tirado,
manchado de rojo en la punta. También un par de dedos.
Recordé las palabras de Joseph respecto a las víctimas
torturadas y un escalofrío invadió todo mi cuerpo.
Las piernas me temblaron y me costaba seguir de pie.
De pronto, la lejana respiración se hizo más intensa.
Retrocedí unos pasos y cerca del living visualicé de dónde
provenía: se trataba de Carla, acurrucada muy cerca del
sofá, en el suelo. Estaba llorando.
Me acerqué temeroso y, cuando me agaché
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junto a ella. Me abrazó con tanta fuerza que casi me
asfixió. Le devolví el abrazo para calmarla. Sus lágrimas
humedecieron el brazo derecho de mi chaqueta.
―¿Qué mierda le pasa a este departamento,
Miguel? ¿Qué mierda? ¡Por favor, sácame de aquí!
Por primera vez en mi vida sentí que ella me
necesitaba, que me consideraba su protector. Tuve un
pequeño acceso de valentía y la ayudé a ponerse de
pie para que nos fuéramos. Pero no pude. Apenas abrí
la puerta, una fuerza sobrenatural la cerró de golpe,
impidiéndonos la huida. Un viento helado fluyó por todo
el departamento, atravesándonos. La misma atmósfera
del pasillo recorría toda la vivienda. Carla se puso a gritar
y yo, secundándola, grité también. Parecíamos un par de
locos. Una vez más, otra aparición se manifestó, esta vez
frente a ambos.
En el suelo había un balde con agua. Uno grande,
amarillo y bastante sucio. Cerca de este se encontraba una
joven mujer de pelo castaño y enmarañado. Su vestido
estaba rasgado y su rostro estaba envuelto con huincha de
embalaje hasta la nariz. Ella estaba de rodillas, llorando.
Junto a ella apareció un martillo, que se estrelló con
violencia en una de sus manos, que tenía apoyada en el
suelo. La mujer gritó de dolor.
Unas manos sin dueño, como las que me sujetaron
la pasada noche, la cogieron del pelo y la sumergieron
en el balde una, dos, tres veces; cada vez que la sacaban
del agua, la joven chillaba y escupía. Yo estaba paralizado
por el miedo, pero Carla gritaba desesperada. Intentó
abrir la puerta una vez más, pero no lo logró. Lo que
sea que estuviera pasando en ese infernal departamento,
querían retenernos hasta el final y, con certeza, seríamos
los siguientes en una próxima tortura.
Me armé de valor y grité, no sabía si al
departamento o a sus grotescos habitantes.
Varios Autores | 93
―¿Qué quieren? ¡Por favor, déjennos ir! ―
Contuve las lágrimas mientras suplicaba.
Fue como si me hubiesen escuchado de verdad.
Las luces se encendieron. El balde desapareció, junto
con las uñas, el alicate y el martillo. La atmósfera de
muerte y maldad pareció esfumarse por unos segundos.
Yo continuaba aterrado y mi corazón latía con febril
desenfreno. Carla lloraba apoyando su cabeza en mi
torso. En cierta forma, era agradable que hallara consuelo
en mi persona.
Ambos dirigimos nuestra vista al pasillo.
Aquella parte del departamento continuaba en completa
oscuridad. Parada en la mitad se hallaba la joven de pelo
castaño. Su rostro lucía desfigurado, lleno de quemaduras
de cigarro y golpes, hechos presumiblemente con el
martillo. Sus brazos tenían sangre que corría en hilos
hasta sus dedos. Me miraba con tristeza. Ya no tenía la
huincha de embalaje cubriéndole los ojos.
Imaginé que era el fantasma de una mujer
torturada durante la Dictadura. Era muy joven. Sentí algo
de lástima por ella, pese a que deseaba salir corriendo de
ahí.
Era la misma que vi la noche anterior. La misma
espalda que vi varias veces en el pasillo. Una persona que
sufrió y murió junto con muchos otros entre esas paredes,
víctimas de las más atroces vejaciones. El espíritu de la
muchacha nos envolvió, a mí y a mi novia. Un aura la
rodeaba, iluminando el oscuro pasadizo. Nos mostró
la experiencia completa, aquella de la que las anteriores
apariciones no eran sino retazos incompletos. Fragmentos
de su memoria y la de otros que estaban atrapados en
el departamento. No nos habló, no nos mostró, solo
compartimos su experiencia, sus recuerdos, sus miedos,
su sufrimiento.
94 | Mundos Alternos
Se llamaba Verónica. Verónica Pulgar.
Fue secuestrada a los diecisiete por haber sido testigo, a
su vez, de un secuestro. Su cuerpo fue arrojado al mar,
pero ella no podía escapar del pasillo. Ninguno de ellos
podía. Sus memorias permanecían retenidas por causa
de unos monstruos que los apartaron de sus familias.
Eran los Olvidados.
Fue violada en la parrilla. Golpeada, humillada.
Sumergida en baldes con agua, una tortura denominada
«El Submarino» en el Informe Rettig. Le hicieron ver
como mataban y violaban a otros. La obligaron a comer
excrementos, de ella y de otros. Los dejaban tirados en
alguna de las habitaciones, a veces sacaban a uno por el
pasillo para interrogarlo. No todos volvían. De a poco,
uno por uno, eran sacados de ahí sin vida hasta que
solo quedó ella. Cada vez que la arrastraban por aquel
corredor sentía que moría otro poco. La fueron matando
lentamente, hasta que ya no resistió más. Nunca se supo
de ella. Su familia jamás se enteró de su desafortunado
final. Sus padres murieron en la incertidumbre, junto con
los familiares de todos los fantasmas que habitaban el
apartamento.
No supe qué decir. Su historia era tan macabra
que, por unos instantes, olvidé que me hablaba una
entidad incorpórea. El terror que experimenté hacía un
rato dio lugar a una emoción más intensa, una tristeza por
el cruel destino de la joven.
Abracé con fuerza a Carla. Ella también
contemplaba a la mujer, como si compartiera su dolor,
como si las experiencias fueran suyas a partir de ese
instante. Me sentía igual.
Nunca quisieron hacernos daño, como creí
erróneamente cuando les grité. Querían llamar nuestra
atención. El lugar estuvo inhabitado durante muchos años.
Varios Autores | 95
Necesitaban contar su historia, que la gente de afuera se
enterara. Que supiera la forma en que fueron tratados.
Sus familias debían conocer el destino de los
Olvidados. Tenían derecho, pues vivieron por años la
angustia de la incertidumbre. Comprendí lo que me
correspondía hacer. Seguía sintiendo miedo, pero más por
ellos que por mí. Carla sujetó mi mano con fuerza.
De pronto, la puerta se abrió. Salimos presurosos,
bajando las escaleras del edificio. Atravesamos la mampara
y nos volvimos a abrazar. El aire exterior se sentía liviano,
límpido. Mi cuerpo dejó de sentirse pesado. La garganta
se me aclaró.
Nos sentamos en la vereda. Necesitábamos
reponernos de aquella experiencia. La calle se veía
inmensa, transmitía una sensación de libertad, de infinitud;
lo opuesto al pasillo en el que me sentía atrapado. Pero no
eran mis emociones. Eran las de ellos, los Olvidados.
Decidí llamar a Joseph. No quise contarle nada,
no me habría creído. No obstante, le pedí que nos dejara
pasar la noche en su hogar. Nos agobiaba el horrendo
pasado que envolvía mi departamento.
Pasó el tiempo. Como era de esperarse, nadie tomó en
serio nuestra historia. Se burlaron de todos, sobre todo
de mí. De todos modos, contacté a los familiares de
los Olvidados. La mayoría no me creyó, o pensó que
les estaba faltando el respeto. El hermano menor de
Verónica recibió la noticia y no dijo nada, pero pareció
tranquilizado. Como si se hubiera deshecho de un peso
que llevó consigo durante décadas. Postrado en su sillón,
suspiró y lloró con sus ojos de cejas grises y pobladas.
96 | Mundos Alternos
Me quedé con él mientras lloraba con amargura y
cansancio.
No diría que soy más valiente ahora. Sigo teniendo
miedo, pero cada vez que me los topo en el pasillo mis
temores palidecen ante lo que ellos vivieron. La mayoría,
en mi lugar, se habría ido de ahí. Quizás esta sí sea alguna
clase de valentía.
Con el tiempo, aprendimos a vivir con los
Olvidados. Ya no se muestran con las marcas de tortura de
antes, señal de que quizás comienzan a sanar. Nunca supe
por qué no quisieron mostrarse a más gente. A la larga,
nos habrían creído. Pero ellos no querían convertirse en
un espectáculo. Solo necesitaban que alguien se enterara
de lo que les pasó, dejar de ser estadísticas sin nombre, y
con Carla y conmigo bastaba para aliviar esa profunda
herida que los mantuvo por décadas en el departamento.
Varios Autores | 97
La llave
Romy Riq
Era otoño en Santiago y desde la mañana que la
temperatura del ambiente no había cambiado. Las calles
estaban tapizadas de hojas rojizas y amarillas, que le
daban una hermosa tonalidad a una ciudad tan gris; en
las calles la gente caminaba hacia sus trabajos y algunos
vagabundos comenzaban a revisar los basureros en busca
de alimentos. En uno de los altos edificios de la urbe,
Eliezer luchaba contra la terrible modorra que le había
estado acompañando desde que despertó; la vida en la
oficina parecía estar en cámara lenta y, mientras intentaba
ingresar los últimos datos antes de salir a colación, allá a lo
lejos, en Maipú, se producía una balacera.
Estaba a punto de perder la batalla contra el sueño
cuando el reloj marcó la una de la tarde y la oficina,
rápidamente, se fue vaciando. Los pasillos se inundaron
de gente desesperada por salir, pero apenas puso un pie
en la calle, una extraña sensación la invadió y, justo en
el preciso momento que cruzaba hacia el otro lado de
la avenida, un coche pasó a toda velocidad. A duras
penas salvó ilesa, mientras que el auto se estrelló contra
la fachada de un hotel. La gente que deambulaba a esas
horas corrió inmediatamente al lugar del accidente y, con
sus celulares en mano, comenzaron a grabar.
De pronto, la puerta del piloto se abrió
pesadamente y del interior salió un hombre muy mal
herido. En ese momento, algunas personas se acercaron a
98 | Mundos Alternos
socorrerlo, pero la policía y la ambulancia habían llegado
sorprendentemente rápido. A Eliezer le llamó la atención
la palidez de uno de los policías y, mientras veía como
movían al herido, el tipo pálido había extraído un objeto
del bolsillo del herido, que guardó con recelo ante la
multitud de curiosos.
Después de una tarde accidentada, Eliezer llegó
a su departamento. Apenas había entrado a su hogar
cuando dos golpes pesados retumbaron en su puerta.
Extrañada, la abrió levemente, pero entonces una fuerza
descomunal la empujó hacia atrás, haciéndole perder
el equilibrio. Frente a ella, desmayado y sucio, había
un hombre. Aún conmocionada por lo que acababa de
ocurrir, se arrastró para verificar si el tipo se encontraba
bien, acercó su oído a su boca y se sintió aliviada al ver
que el hombre respiraba, a pesar del hilillo de sangre que
brotaba de su frente. Entonces revisó sus bolsillos en busca
de alguna identificación, pero solo encontró una llave.
Buscó su móvil dentro de la cartera y llamó a
la policía, sin embargo, habían pasado apenas unos
segundos cuando dos hombres aparecieron en el umbral,
seguidos de un tercero que llevaba a rastras una camilla.
Le sorprendió ver al mismo policía paliducho del accidente
y solo entonces se dio cuenta que el hombre que estaba
desmayado en su casa era el mismo que había chocado
con el hotel. Asombrada por lo que estaba ocurriendo,
estaba a punto de decir algo cuando el policía, la hizo
callar. Entonces, subieron al sujeto en la camilla y se
marcharon. Eliezer permaneció un buen rato mirando la
puerta de su departamento, tratando de entender lo que
había ocurrido, pero lo único que podía pensar era «que
wea más friki».
Esa noche trató de dormir, pero no pudo conciliar
el sueño. El reloj marcaba las tres de la mañana; resignada
Varios Autores | 99
al insomnio que la atacaba, se levantó para prepararse
un té con miel, pero nuevamente tocaron su puerta. A
esta altura, ya estaba a punto de demandar al conserje.
Esta vez, apoyó todo su cuerpo en la puerta y solo la abrió
unos milímetros.
En el pasillo había otro sujeto, pero de aspecto
común. Tenía una incipiente barba y andaba con una
chaqueta de cuero, la miraba a través del pequeño espacio
que ella dejó.
—¿Aún tienes la llave?
—¿Llave? ¿Llave? ¿De qué llave estás hablando?
—gritó asustada.
—¡La llave que tomaste del bolsillo! ¿La tienes?
¿La guardaste?
—¡Ándate, por favor! ¡No sé de qué estás hablando!
¡Voy a llamar a la policía!
—Lo siento, pero esto es muy importante, solo
necesito saber si la llave la tienes tú. ¿Se la sacaste del
bolsillo?
—Pero ¿cómo sabes eso? —gritó alterada.
Eliezer estaba histérica y asustada, solo deseaba
cerrar la puerta, pero a medida que recordaba el
incidente lentamente, fue calmándose, le abrió la puerta
al desconocido. Suspiró, acongojada. Se dirigió hacia
la mesa del comedor, en el medio de la cual había una
panera y, en su interior, la llave. La tomó y se la ofreció al
desconocido.
—No, no puedo tomarla —dijo con voz tranquila.
—¿Qué? — exclamó ofendida.
—Mira, si te lo explico no lo entenderías, y es
mejor que no sepas nada… pero si sospechas que te están
siguiendo, llámame —dijo, mientras le ofrecía su tarjeta
de presentación.
— Espera, espera, ¿qué mierda fue todo esto?
100 | Mundos Alternos
¿Crees que me quedaré tranquila, después de todo este
escándalo? —gritó molesta.
—Lamento, la violencia, pero necesitaba saber
que la llave la tenías tú y, como te dije, es mejor no saber
nada.
Aquellas palabras parecían referirse más bien a su
propia experiencia que a un consejo bien intencionado.
El desconocido se disculpó y abandonó su departamento.
Ya por la mañana, salió como todos los días hacia
su trabajo. Las calles seguían igual de congestionadas.
El noticiero empezó, como todos los días, a dar un resumen
de los últimos hechos; el almacén abría a la misma hora,
del metro seguía saliendo la misma cantidad de personas,
el olor en las calles seguía siendo la mezcla entre humo,
café y perfumes. Estaba aliviada de aquella rutina, que
seguía siendo la misma, y poco a poco empezó a sentir
que la experiencia vivida el día anterior solo había sido
un mal sueño.
El semáforo dio verde y se disponía a atravesar la
calle cuando dos hombres se pusieron uno a cada lado de
ella. Le llamó la atención lo altos que eran y la palidez
de sus rostros, y estaba a punto de continuar cuando la
agarraron de los brazos y la llevaron al interior de un
vehículo. En ese instante estaba por gritar, pero por una
extraña razón no fue capaz de articular sonido alguno.
Una vez en el interior, el hombre sentado en el lado del
copiloto tomó la palabra.
—Usted tiene en su poder algo que no le pertenece,
y lo quiero de vuelta —dijo, con una voz armoniosa.
—Están locos. ¡Esto se llama secuestro y los voy a
denunciar!
—Usted no entiende la situación.
—No, ¡tú no entiendes! Déjame ir, ¡o gritaré y los
denunciaré!
Varios Autores | 101
El hombre se giró para mirarla directamente
y Eliezer sintió un escalofrió en su espalda. Su rostro
pálido y arrugado se veía como si fuera una máscara de
plástico sobre una piel anormalmente blanca; es más,
podía ver pequeñas gotas de sudor bajo su mentón.
El anciano parecía estar acalorado e incómodo, pero a
pesar de todo no dijo palabra, solo miró a los hombres
que acompañaban a Eliezer y estos asintieron. De pronto,
le sujetaron los brazos, a pesar de que se defendió con
todas sus fuerzas. Entonces, el viejo estiró su brazo y con
el puño atravesó el pecho de Eliezer. El dolor pulsante que
sintió en ese momento paralizó todo su cuerpo; sentía que
estaba muriendo, y eso le aterraba más que cualquier otra
cosa.
El impacto vino del lado izquierdo, un Citroën los
había embestido a toda velocidad. Sintió que estaba dentro
de una centrífuga, su cuerpo se sacudía de un lado a otro
sin poder tener mayor control. Le pareció haber estado
horas y horas girando y, de pronto, el tiempo se congeló,
junto con el sonido, los colores, la respiración, y entonces
alguien la jaló desde atrás. El ruido volvió y ella volvía a
respirar; despertó en la parte trasera de un auto, debido a
los golpes del choque, le dolía todo el cuerpo. Con mucho
esfuerzo, logró sentarse y antes de que pudiera preguntar,
reconoció al hombre que conducía.
—De verdad, verdad, esperaba que no te vieras
involucrada en esto —dijo, mientras seguía manejando.
—¿Podrías explicarme qué mierda acaba de
pasar? —preguntó, agobiada.
—¿Tienes la llave contigo?
—No, la dejé en el departamento.
—Eso es lo que tú crees, revisa tus bolsillos.
Y puedes llamarme Leo.
Sin pensarlo dos veces, Eliezer buscó en sus
102 | Mundos Alternos
bolsillos y, justamente allí estaba la llave, a pesar de que no
recordaba haberla guardado; sintió tanta amargura que
no pudo evitar llorar, mientras que Leo seguía manejando.
—Créeme, había ensayado esta parte muchas
veces. Cuando me ocurrió a mí, tampoco podía creerlo,
pero en mi época no tenía un grupito de psicópatas
persiguiéndome.
—¿Me vas a explicar qué es lo que está ocurriendo?
—interrumpió Eliezer.
Leo detuvo su vehículo y lo estacionó frente a un
antiguo y colosal edificio en ruinas. Con ayuda, Eliezer
se bajó del auto. El edificio estaba oculto entre medio
de otros edificios llenos de oficinas, observó que tenía al
menos trece pisos de altura, notó que el cielo estaba lleno
de nubes plomizas y todo el lugar tenía una tonalidad
gris, se preguntó cómo diablos aquella colosal estructura
permanecía en ese estado de abandono. Con el cuerpo
aún tiritando, se sentó en la platabanda, mientras Leo
encendía un cigarrillo.
—Esa llave te permite entrar y salir de un mundo
u otro, o de una dimensión a otra —dijo, aspirando el
cigarrillo—, y, en total, existente trece mundos. Por alguna
extraña razón, solo puede acceder a ellos a través de este
edificio.
—Entonces, esos hombres la quieren, ¿no?
¿Quiénes son?
—Sí, ellos tienen doce y van por la tuya.
—Esto es… esto es una locura… esto es como una
novela de fantasía… La llave, ¿te da poderes?
—¡Nah! Lo único que hace la llave es darte acceso
a esos mundos… y te ha elegido a ti como su guardiana,
nadie puede tocarla excepto tú, a menos que te mueras…
y…
—Pero yo no quiero nada de esto, nunca lo pedí;
¿y si la boto, la quemo, la tiro lejos?
Varios Autores | 103
—Creo que ya lo descubriste antes, la llave siempre
volverá a ti.
—Tengo que deshacerme de esto, ¿sabes cómo?
—Hay una manera, pero… es posible que te tome
mucho tiempo.
—¿Por qué?
—Tienes que encontrar al guardián de los mundos,
aunque yo lo llamo «el cerrajero».
—Déjame adivinar… pero no sabes en cuál de los
mundos se encuentra.
—¡Exacto!
—Y entonces… ¿tú eres algo así como un guía?
—Así es, joven padawan; mis malas acciones del
pasado me obligan hacer tu guía y protector.
Sacó de su bolsillo la llave, la miró en silencio
por un largo rato. Tenía muchas dudas en su cabeza, su
cerebro le hacía cuestionárselo todo, y ella solo deseaba
estar en su cama viendo Netflix, y luego miraba a Leo
y veía su actitud relajada, y le entraban unas ganas de
golpearlo.
—¿Puedo confiar en ti? — preguntó resignada.
—¡Hey! Te rescaté de esos tipos, ¿no? Te conté
todo lo que tenías que hacer, si quisiera la llave para mí,
ya estarías muerta —contestó, sin embargo, al ver la
expresión de amargura de la muchacha, se sentó a su lado
y en tono más amigable le habló—. Sabes… yo también
fui un guardián, perdí mi llave y por eso estoy atado a su
destino.
—¿Ser mi guía es tu castigo? —pregunto
sarcásticamente.
—No, pero es una de las tareas que debo cumplir.
—Creo que eres pésimo en tu trabajo, ya murió
uno de los guardianes, ¿o me vas a negar que el tipo que
estuvo en mi casa lo era?
104 | Mundos Alternos
—Al menos no cayó en las manos de los pálidos
—dijo, mientras se levantaba.
—¿Y quiénes son ellos?
—Te lo diré una vez que estemos dentro. Si quieres
deshacerte de la llave, debemos empezar, ¡ahora! —dijo,
mientras estiraba su mano, para ayudarla a levantarse.
Entraron en el edificio abandonado. Su interior
estaba lleno de tierra y escombros, solo el hall central
parecía estar en mejor condición. Leo la llevó hasta el
fondo, donde se encontraban los ascensores Las puertas
eran de color marrón con adornos dorados. Leo presionó
el botón y sonó un timbre que anunciaba la apertura de
las puertas; su interior relucía, como si estuviera nuevo.
Al costado de la puerta había un panel dorado con
trece cerraduras enumeradas. Eliezer sacó la llave y, por
instinto, la introdujo en el piso quinto. Nuevamente sonó
el timbre y las puertas se cerraron de golpe; el ascensor
comenzó a subir con un suave murmullo y en cada piso
hacía sonar una campanilla. Al llegar al quinto, las puertas
se abrieron. Un extenso campo de cebada de color caqui
se extendía hasta donde los ojos podían ver; el cielo estaba
nublado, pero tenía un extraño color turquesa «sucio» en
sus nubes, el viento corría suave entre la cosecha. Eliezer
no podía moverse, estaba impactada con el paisaje, a
ratos creía que estar soñando y, cuando se convencía de
que todo era real, la embargaba la desesperación. Leo, al
notar su nerviosismo, saltó del ascensor, estiró los brazos
para aspirar aire y se giró para invitarla a continuar.
—No sé por dónde comenzar… —dijo, titubeante.
—Sigue el poder de la fuerza, joven padawan.
—¡Deja de bromear conmigo! —contestó molesta.
—Lo siento… sigue tu instinto, tú elegiste este
piso.
—Pero no tengo idea qué debo hacer aquí.
Varios Autores | 105
—Si continuamos derecho, encontraremos la
ciudad de los «numetos». Es una ciudad de calles estrechas
y edificios amontonados, en uno de esos edificios hay una
oficina donde el cerrajero dormita, a lo mejor la llave te
está indicando dónde encontrarlo.
Cruzaron el campo a pie, recorrieron vastas
hectáreas de cosecha, pero no se veían personas en ninguna
parte. Por suerte, el clima no parecía tener la intención de
cambiar y, según el reloj de Leo, eran apenas las dos de
la tarde. Cruzaron un pequeño riachuelo y entonces el
paisaje comenzó a cambiar, a medida que se acercaban
al horizonte. Eliezer encontraba zonas muertas, donde
el color de la tierra era negro como el petróleo, no había
ninguna hierba creciendo, pero lo que más le sorprendió
fue ver un cementerio de máquinas oxidadas, cubiertas
de hierba. Al parecer, una guerra tuvo lugar hace mucho
tiempo en ese lugar. Cada vez que miraba alguno de esos
vehículos, se imaginaba lo terriblemente destructivos y
poderosos que debieron haber sido. Cuántas personas
habrían muerto enfrentándolas y, si llegaran a su mundo…
Pero sus pensamientos se detuvieron, una vez que el
campo comenzó a desaparecer y las luces de una pequeña
ciudad se hicieron presentes. Agotada y nerviosa, suspiró
aliviada creyendo que al fin podría descansar.
La entrada de la urbe se extendía hasta desembocar
en una gran avenida, donde a ambos lados del caminito
principal se elevaban diferentes edificios, amontonados
unos con otros. No se podía distinguir donde terminaba
un edificio y comenzaba el otro, era un caos arquitectónico
que volvería loco a cualquiera. Algunas calles carecían de
cemento y otras se hallaban iluminadas muy pobremente.
La gente vestía al estilo victoriano, pero con una ligera
modificación: los vestidos de las damas carecían del largo
y la anchura que se veía en los libros de historias y los
106 | Mundos Alternos
vehículos se desplazaban sin ruedas, simplemente flotaban
por algún efecto electromagnético. Cruzaron la avenida
hacia el este; allá una serie de edificios se amontonaban
al lado de una larga y estrecha escalera. A medida que
subían, los faroles incrustados en los edificios se encendían,
Eliezer estaba demasiado agotada para continuar, pero
Leo la obligó a seguir.
Cuando por fin llegaron al final de la escalera, se
encontraron con un corto pasillo y la puerta deforme de
un edificio de apartamentos. Leo le indicó que abriera
la puerta con la llave y, una vez dentro, dieron con una
habitación iluminada por una horrible luz amarilla,
en cuyas las paredes había llaves de distintas formas y
tamaños, colgando.
Hacia el fondo encontraron otra habitación donde
había una cama, que había sido usada, y un aparato que
parecía ser un televisor. Justo entonces, hubo un fuerte
temblor seguido de bocina, Leo tomó la mano de Eliezer
y corrieron juntos hacia la entrada. A lo lejos se veían
luces de linternas iluminando de un lado a otro, entraron
nuevamente al edificio, pero esta vez, salieron por una
ventana que daba al norte. Se encontraron con callejuelas
laberínticas, pero que al parecer Leo sabía conducirse
bien, llegaron a un pequeño barrio con una plazoleta
en el medio. Aprovechando la oscuridad de la noche, se
escondieron al interior de unos juegos infantiles:
—Nos encontraron demasiado rápido — dijo Leo.
—¿Cómo pudieron saberlo?
—Las llaves se atraen.
—¿Pensaste en algún momento decírmelo? ¡Eres
el peor guía del mundo! ¿Me vas a decir quiénes son ellos?
—Vienen del mundo n°1. Ese lugar está controlado
por una gran corporación y esta tan contaminado que
hace siglos no han visto sol. Ellos quieren controlar los
Varios Autores | 107
recursos de los otros mundos. ¿Te fijaste en esa parte del
campo donde no crecía nada? Fueron ellos, conquistando
este mundo.
—¿Y lo harán con el mío? ¿A cuántos ya han
conquistado?
—Cada mundo es diferente y los desafíos para
conquistarlos son diferentes, con este hicieron una
guerra; con el tuyo, les bastó controlar las economías
de varios países e ir apoderándose del comercio.
En otros, intercambiaron tecnología, pero el mundo n°13
es desconocido, ningún guardián ha podido entrar, ni
siquiera el guardián que lo protege, ¿te imaginas las cosas
que podrían existir? ¿Tecnología, recursos?
—¡Linda la cuestión! Ahora el futuro de un mundo
que no conozco depende de mí —dijo refunfuñando.
—Shhh, quédate aquí, iré a ver cómo están las
cosas —la interrumpió.
Después de aquellas palabras, desapareció entre las casas.
A medida que pasaban los minutos y no se escuchaba
ningún ruido, Eliezer comenzaba a sucumbir al cansancio
cuando una explosión sacudió la calle, una columna
de humo se elevó al cielo y la gente atemorizaba cerró
sus ventanas y apagó las luces. Entonces Leo apareció
de improviso, con una herida en su costado derecho.
La agarró del brazo y corrieron hacia el patio de una casa
vecina; así estuvieron huyendo durante toda la noche,
hasta que el amanecer grisáceo de la ciudad les iluminó
la salida. Llegaron por fin al campo, con mucho esfuerzo,
cuando escucharon un gruñido gutural. Leo se detuvo y,
con la voz agitada por tanto correr, abrazó a Eliezer.
—Llegó el momento de separarnos — dijo,
mientras intentaba recobrar el aliento.
—¿Separarnos? ¡Pero si recién estamos
empezando!
108 | Mundos Alternos
—Estoy maldito, soltaron a los wekufes, los dos
somos presas fáciles, pero si yo los detengo, tú puedes
lograr escapar.
—¿Qué? ¡No quiero imaginar que cosas son los
wekufes! Pero… es muy peligroso —dijo acongojada.
—¡Soy el peor guía del mundo! —dijo sonriente.
—Leo, ¡tengo miedo!
—Toma, la he robado para ti —le dijo, mientras
le entregaba una esfera plateada—. Es una bomba, ¡solo
tienes que arrojarla y pum! Utilízala solo en caso de una
emergencia. Ahora, ¡corre hacia el ascensor!
Entonces se dio la vuelta y comenzó a correr con
todas sus fuerzas sin mirar hacia atrás ni una vez, mientras
que los gruñidos se hacían cada vez más cercanos. Creyó
escuchar un grito, pero estaba tan concentrada en llegar
al ascensor que siguió corriendo, hasta que sus piernas se
acalambraron, se resbaló y cayó de bruces. Sus rodillas
quedaron muy rasmilladas; miró sus pies lastimados y se
acordó de que en algún lugar de aquella ciudad habían
quedado sus zapatos. Entonces hubo una explosión no
muy lejos de ella, comenzó a gatear, la fatiga la estaba
ralentizando, pero en aquel momento vio las puertas del
ascensor, firmes e inamovibles. Con mucho esfuerzo, se
levantó y presiono el botón, entonces sonó el timbre y
estaba a punto de entrar cuando escuchó una voz detrás
de ella.
—¿Por qué sufrir tanto por algo que ni querías?
¿Vale la pena? ¿Le debes algo a ese mundo? ¡No!, ellos
te deben a ti, tú acá pasando hambre y cansancio por un
mundo que ni siquiera conoces —dijo el hombre.
Eliezer ahogó un grito cuando vio que aquel
hombre era el mismo viejo que había tratado de arrancarle
el corazón.
—Sé que empezamos con el pie izquierdo, pero
Varios Autores | 109
vengo con una propuesta… Únete a nosotros, trabaja
para nosotros, ¿no es tentador? ¿Te gustaría volver a la
vida que tenías antes de que la llave llegara a tus manos?
Yo te lo ofrezco, solo deberás hacer pequeños trabajos
para nosotros, ¡vamos al mundo número trece juntos!
La guardiana buscó entonces en los bolsillos de
su falda el objeto. El anciano, creyendo haber ganado, se
lamía los labios expectantes. Entonces, Eliezer lanzó la
esfera metálica y los restos del anciano volaron por los aires.
Tocó el timbre del ascensor, una vez más, pero el gruñido
de varias bestias la alertó: no quería enfrentarlos, ya había
utilizado su única arma, así que siguió apretando el botón
con desesperación. Las bestias parecían estar acercándose
con sigilo, incluso podía sentir sus alientos sobre ella.
Entonces se escucharon varios disparos y explosiones, las
bestias se vieron acorraladas y comenzaron a huir.
—¿Cuánto tiempo más vas a seguir inmóvil? —
dijo Leo.
—¡Maldita sea! ¡Eres el peor guía del mundo! —
dijo, mientras lloraba, frente a un demacrado Leo.
—Nunca dije que fuera bueno en lo que hacía.
Las puertas finalmente se abrieron y ambos
pasaron por ellas. En el campo de cebada, como figuras
fantasmales, comenzaban a aparecer los rostros de los
pálidos. Entonces tomó la llave y la introdujo en el piso
número 13.
110 | Mundos Alternos
Libro 2
Huir a contracorriente
Varios Autores | 111
Príamo
Michel Deb
El extraño hombre le entregó una antorcha empapada en
aceite, mientras le daba indicaciones básicas para seguir el
camino. Algo le pareció familiar, pero no supo reconocer
qué era. Bajo una apestosa y vieja capucha era muy difícil
distinguir facciones.
—Sigue el camino de la derecha —le indicó con
un huesudo dedo—. Encontrarás a Príamo, te ayudará
cuando llegues al Valle de los Idos; de ahí en adelante,
solo él puede ayudarte y llegar al foso.
Con la antorcha en la mano, dio la vuelta y comenzó
su camino. Al darle la espalda, la voz del encapuchado se
dejó oír nuevamente:
—No confíes en todo lo que oyes, ni en todo lo
que ves… cierra los ojos cuando sea necesario, es algo que
deberás aprender muy rápido. —Prosiguió por el camino
indicado; al voltear la cabeza, el hombre tenía su mano
levantada en señal de despedida. Eso lo inquieto aún más.
Llevaba caminando lo que al parecer eran horas,
no podría decir cuánto ya que el tiempo en ese lugar
parecía no transcurrir. Todo era un descampo enorme,
gris y sin vida, solo algunos arbustos lograban sobrevivir
en condiciones tan difíciles. Vio cómo una planta atrapaba
un pequeño insecto entre sus pegajosas hojas y lo engullía
sin problema alguno. Un sitio como aquel solo podía
ser hogar para los fuertes. Quienes no se adaptaban,
112 | Mundos Alternos
estaban condenados. El lugar era casi infinito, no había
luz del sol ni estrellas que iluminaran ningún rincón, solo
penumbras. La antorcha ayudaba a ver formas y sombras,
tímidas siluetas que se vislumbraban por aquí y por allá.
De pronto, una mujer apareció de la nada a su izquierda,
sobresaltándolo con su cara demacrada, enormes ojeras
color violeta que dejaban ver un largo sufrimiento.
—¿Lo has visto? ¿Te habló?... Cada vez que viene
siento nuevamente el calor aquí en mi pecho, como si lo
tuviera otra vez —le decía, mientras le señalaba un oscuro
agujero donde antes debió estar su corazón—. La calidez
vuelve a través de mis ojos, puedo verlos aún parados en
la puerta, despidiéndose, todo es más claro cuando él está
cerca, todo es mejor…
Se quedó en silencio un minuto, mirándolo
fijamente con sus profundos ojos negros, que más parecían
agujeros, en una expresión de sorpresa y repentina lucidez.
—Tú no eres como nosotros. Eres el primero que
lo hace… encuéntrala, llévala de regreso… no lo merece,
no como nosotros. —Nuevamente, silencio. Le dio la
espalda y regresó por donde vino, perdiéndose con otros
muchos en la penumbra.
Un gran relámpago apareció de improviso,
iluminando todo, mostrando las vastas dimensiones
de aquel lugar, junto con el largo camino que tenía
por delante. Provocando a su vez los alaridos de seres
atormentados, que buscan en las sombras calmar su
dolor inútilmente, gimiendo y llorando. Un segundo
haz de luz le volvió a mostrar a cientos de seres gritando
desesperadamente, mientras el sonido del trueno se
elevaba, confundiéndose con los gritos de dolor y agonía.
La tierra comenzó a temblar tan fuertemente que cayó
de rodillas, era imposible mantenerse de pie. Todo a su
alrededor comenzó a hundirse, llevándose consigo las
sombras y los gritos.
Varios Autores | 113
La intensidad de la luz en el lugar aumentó. Vio
en el horizonte cómo se alzaba una gigantesca muralla de
roca, creando una frontera que era imposible de atravesar.
Al ponerse de pie ya no quedaba nada, solo el camino
de piedra que venía siguiendo, el cual se perdía en las
entrañas del muro por un angosto pasaje.
Llevaba un buen rato caminando nuevamente
cuando divisó, a lo lejos, una sombra que se acercaba
más y más. Una mujer, cubierta completamente por
un velo delgado de seda, caminaba con la lentitud de
la desesperanza. Su esbelta figura se podía apreciar
perfectamente, ahí en la nada, para espantar a cualquiera
que se atreviera a cruzar aquellos parajes. Mentiría al
decir que no sintió temor. La figura, parada en medio
de la nada, parecía mirarlo fijamente a través de la seda.
Le habló con voz dulce y algo cansada, casi etérea.
—¿Qué te motiva a seguir caminando? Eres un
hombre ordinario, nada te hace más especial que el resto,
o los caídos en desgracia en este lugar. Aún tienes tiempo
de regresar, si eres sensato. Me han enviado a mostrarte
las consecuencias de ir contra sus deseos; él todo lo ve y
todo lo sabe.
Desde su regazo, entre los pliegues de la tela, salió
un niño de tez blanca y pelo muy negro. La luz proveniente
de la antorcha creaba sombras en el rostro del pequeño.
Ella le acariciaba la cabeza de manera amorosa, como lo
haría cualquier madre, pero la imagen era perturbadora,
no natural.
—Este, que tú ves aquí, es mi semilla. Lo perdí hace
mucho tiempo, en una época cuando los hijos del cielo
caminaban en la Tierra. Una oscura noche lo apartaron
de mi lado y comenzó mi búsqueda. Hice cosas terribles,
pero al igual que tú, mi mayor motivación fue el amor.
Recorrí estas mismas piedras, con la misma angustia.
114 | Mundos Alternos
Pero mi elección final fue incorrecta. Mi retoño volvió a
mis brazos, esos que lo añoraban como solo una madre
puede hacerlo. Pero no era el mismo, lo habían cambiado.
Tampoco pude regresar al mundo de los vivos, me dejaron
aquí vagando eternamente sin poder encontrar consuelo
y mucho menos paz… como puedes ver con claridad.
La antorcha le mostró muchos rostros, que
pululaban alrededor de la mujer como una niebla,
susurrando y gritando. En ese momento, pudo ver la clase
de tormento al cual estaba condenada eternamente; los
rostros de todos aquellos que dañó y perjudico en vida,
muchos de ellos muertos por su propia mano.
—Te conté y mostré parte de mi dolor. Persuadirte
es imposible, no dejarás de buscar y conseguir lo que
quieres… te deseo la mejor de las suertes. —Bajó su cabeza
en señal de respeto. Se alejó y desapareció tal como llegó,
rodeada de una bruma de tormentos.
Prosiguió su camino, el empedrado se hacía cuesta
arriba. Cada paso que daba se hacía más difícil que el
anterior. Podía ver más próxima la enorme muralla,
la incertidumbre de no saber cuánto tardaría lo estaba
matando. El camino pasaba en medio de unas ruinas, lo
que quedaba de un pequeño pueblo. El humo salía por
los techos y ventanas de muchas casas, todo acompañado
de un intenso olor a carne quemada. Un lugar horrible.
Mientras caminaba, trataba de imaginar quién podía
vivir en aquel lugar. ¿Dónde estaban los niños? Era como
el infierno o sus mismísimas puertas.
Sus pasos lo llevaron a una bifurcación.
No podía decidir qué camino tomar, se sintió perplejo y la
inseguridad lo consumió.
—Así que aquí estás. Pensé que eras más alto. —
La voz provenía de sus espaldas. Al dar la vuelta, pudo ver
una extraña criatura.
Varios Autores | 115
Caminando en cuatro patas, extremidades
huesudas, torso cubierto de un pelaje negro como la
noche. Lo más impactante e inquietante era la total
ausencia de rostro. En su lugar gruesas vendas manchadas
de sangre cubrían la cara. El no poder ver sus expresiones
claramente, sumado a su rasposa voz, generaban un
cuadro que no le gustaba para nada y lo llenaba de temor.
—Puedo ver que te causo repulsión y miedo.
Pero no te preocupes, estoy aquí con el único propósito de
guiarte y darte algunas respuestas. No todas, claro está,
pero las suficientes para poder proseguir con el viaje. —
Se quedó en silencio, como oliendo el aire. Parecía un
animal, pequeño y repulsivo—. Mi nombre es Príamo;
estoy encargado de guiar a las almas que se aventuran
a recorrer esta ruta. Sea cual sea la decisión que tomes
en algunos momentos, te acompañaré hasta el final.
Ante ti, tienes la primera gran decisión; a la izquierda,
está la salida de este sitio y tu regreso seguro al mundo
de los vivos. Debo decirte que muy pocos llegan a pasar
más allá de este punto, el temor y la oscuridad ya tienen
envenenados sus corazones. Nunca vuelven a ser los
mismos. La ruta de la derecha conduce a lo más profundo
de los infiernos, al estado de la locura y desesperación.
Nadie que haya escogido esa vía ha salido indemne.
Mi deber es persuadirte a no proseguir por ese camino,
pero veo en ti la voluntad. Debemos apresurarnos, no
queda mucho, te lo aseguro.
Se quedó mirando a la criatura, tratando de tomar
la mejor de las decisiones, aunque en el fondo, no debía
hacerlo, llegaría al final, costara lo que costara.
—Seguiré hasta el final, no he venido a renunciar
—dijo con voz firme, mientras apuntaba con su antorcha
el camino de la derecha. La criatura asintió con su cabeza
y comenzó a caminar.
116 | Mundos Alternos
La ruta se hacía cada vez más difícil. Ninguno
de los dos pronunciaba palabra alguna. Príamo se
mantenía siempre detrás, oliendo todo y respirando
muy fuerte, como un sabueso en días de caza. Durante
el trayecto, desaparecía y regresaba muchas veces sin dar
explicaciones. El muro estaba cada vez más cerca y su
majestuosidad era abrumadora. A lo lejos, pudo ver cómo
el camino se adentraba en la roca, creando un pequeño
cañón donde difícilmente llegaba la luz.
—Este es el punto de no retorno; desde aquí,
tu entereza es observada. Entremos, no perdamos más
tiempo. —La voz rasposa y siniestra le causo un escalofrío.
La luz prácticamente no llegaba a ningún sitio.
Al continuar, el pasadizo se hacía muy angosto y, otras
tantas veces, ancho y espacioso. Al dar la vuelta en un
recodo, luego de llevar mucho tiempo en silencio, la voz
de Príamo lo saco de su sopor.
—Lo que estás a punto de presenciar solo unos
pocos lo han visto. Los más fuertes pueden pasar esta
parte del camino —le dijo, mientras una de sus patas se
tocaba el pecho. Ante ellos se abría un paso muy ancho,
de una altura increíble—. Esto… Esto es «El valle de los
Idos»; haced reverencia, joven mortal.
Bajó su cabeza en señal de sumisión. Al levantarla,
pudo ver en plenitud los cientos de estatuas gigantescas
que custodiaban el camino. Muchas de ellas con sus
manos en forma de plegaria o de bienvenida. Sus rostros
cadavéricos les daban un aire terrorífico.
—Éstos que tú ves aquí son los «Idos», creadores
de los siete infiernos y protectores omnipresentes de todo
lo que puedes observar. Custodian el camino al foso
traga almas, la puerta al último de los infiernos… el más
profundo y el más frío, donde al caer, jamás vuelves a salir.
La fila de estatuas era interminable. Posó su
Varios Autores | 117
mirada en muchos capullos que colgaban de sus heladas y
pétreas manos. Eso llamó su atención, Príamo pudo ver la
duda en su rostro.
—Aquellos que cuelgan fueron alguna vez
protegidos que cometieron alguna falta grave. Dentro de
esos capullos sus cuerpos se descomponen y regeneran una
y otra vez en un proceso eterno; es un horroroso castigo.
Mientras seguían caminando, las rocas a su paso
se iban transformando en crujientes y blancos huesos.
Pisaban literalmente sobre la muerte, generando un
sonido horrible con cada paso que daban.
De pronto, Príamo ya no estaba, se había
desvanecido, estaba totalmente solo. El piso bajo sus
pies comenzó a moverse. Cuerpos en descomposición se
abrían paso entre los huesos. En momentos, un pequeño
ejército de criaturas le hizo frente, impidiéndole seguir.
Lo único que pasaba por su cabeza era llegar al final
del camino y nadie se lo impediría. Decididamente,
comenzó a caminar en su dirección. Muchos de ellos
comenzaron a atacarlo, tratando de llevarlo al piso,
impidiéndole a toda costa que llegase al foso. Golpeaba
con todas sus fuerzas, apartándolos con el fuego de su
antorcha, muchos con roídos ropajes que se encendían
al instante, transformándose en piras andantes. Cada vez
que uno de ellos caía, otro se ponía de pie. Parecía una
tarea imposible, pero su espíritu era fuerte y no dejaría
que nada lo detuviera. Siguió pateando y dando golpes.
Al pasar los minutos sus fuerzas fueron mermando y ya
casi no podía estar de pie. Un relámpago rasgó el cielo
justo sobre ellos, iluminando en su totalidad el pequeño
paso. El sonido del trueno fue ensordecedor y cientos
de sombras salidas de la nada comenzaron a llevarse los
cuerpos putrefactos a las profundidades, dejándolo en la
más absoluta soledad. Agotado y no entendiendo nada,
118 | Mundos Alternos
decidió proseguir su camino con las pocas fuerzas que le
quedaban, acompañado del sonido bajo sus pies.
Tres grandes escalones le mostraron el final del
camino, de ahí en adelante un gran foso se hundía en las
profundidades. Príamo apareció a su derecha y el extraño
hombre que le entregó la antorcha al comienzo de su
viaje, en la otra orilla.
—Pensé que no lo conseguirías. Para ser sincero,
mi falta de fe en ti era enorme. Te preguntarás por qué te
dejé solo en el camino. Los Idos vieron tu determinación,
te pesaron y midieron, fuiste digno de pasar a la última
y tal vez la mayor pregunta de todas. Los pocos que han
llegado aquí solo quieren terminar pronto y regresar.
Un silencio lleno el lugar.
—La mujer a la que buscas se encuentra en lo más
profundo de ese agujero; la puerta al séptimo infierno
y morada del regente de este mundo. Debes bajar,
encontrarla y salir de allí. Pero debo advertirte que nadie
te guiará ni ayudará. Lo más probable es que no salgas
de ese lugar jamás, terminarás quedándote por toda la
eternidad. Existe otra manera, quizás la que menos te
guste…
Un pequeño silencio tras una respiración sonora.
—Tienes que entregar tu mortal vida a cambio
de la suya, ocupar su lugar en las profundidades. Debes
regalar tu chispa, el alma que te hace único entre las
criaturas de allá arriba. De todas maneras, tienes un solo
camino. —El dedo de Príamo apuntaba directamente
hacia la oscuridad.
La indecisión era tremenda; podía seguir peleando,
pero no estaba seguro de sus fuerzas, corría el riesgo de no
poder sacarla de ese lugar. Sin embargo, la felicidad de ella
era lo que más le importaba; si podía darle otra oportunidad
para vivir, era razón suficiente para entregarse. Miró a
la otra orilla del foso, vio la extraña figura encapuchada
Varios Autores | 119
que le entrego la antorcha al comenzar su viaje. Aún le
parecía extrañamente familiar. Giró para observar a su
guía, suspiró muy fuerte y le habló.
—La única solución para mí es darte lo que me
hace único… Toma mi chispa y déjala a ella libre. —Pudo
vislumbrar, a través de las gruesas vendas, una expresión,
la forma de mover su cabeza y parte de la mandíbula, que
interpretó como una expresión de satisfacción. Quizás
simplemente era su imaginación jugándole un último
truco, dándole forma al inexistente rostro de la criatura.
Hasta ese momento se movía como los animales. Se irguió
lentamente, quedando casi de su altura, provocándole un
temor enorme. Su huesuda mano entró de pronto en su
pecho, tomando su corazón y arrancándolo con fuerza.
Pudo ver el sangrante músculo en su mano, moviéndose
de manera automática y monótona. No sentía dolor,
solo un gran vacío. Mientras caía al foso, vio de reojo al
encapuchado y pudo observar un gran anillo de plata
en su mano derecha, igual al de su padre. Mientras se
sumergía en las profundidades, pudo reconocer su voz
susurrándole al oído:
—No abras los ojos, no los abras. —La oscuridad
lo envolvió y no sintió nada más.
Cuando finalmente abrió sus ojos, tenía la cabeza
apoyada en su regazo. Allí estaba su amada, mirándolo
fijamente con sus enormes y hermosos ojos azules. Un
mes en coma después de su accidente, todo ese tiempo
pensando que no lo lograría. No pudo contener el llanto
mientras ella le acariciaba el pelo.
Un enfermero entró; revisó los equipos y, mientras
hacía esa tarea, lo miró y sonrió. Pudo ver claramente la
tarjeta de identificación: «Príamo».
Al acabar su tarea, el enfermero dio media vuelta
y se marchó. Una corriente fría recorrió su cuerpo; lo
había conseguido, la salvó y no la dejaría ir nunca jamás.
120 | Mundos Alternos
El ocaso de mi vida
Francisco Traslaviña
Despierto. Mis extremidades duelen, mi cuerpo sangra y
me faltan partes.
¿Cómo llegué aquí? Organiza tu mente, organiza
tu mente. Siento el piso rocoso. Intento levantarme, pero
un hueso de una de mis piernas sobresale y se asoma a
través de mi piel. Siento asco y me llevo las manos a mi
cara para detener el vómito, pero descubro que me faltan
uñas y un par de dedos. Al menos aún tengo mis índices y
pulgares para así poder disparar mi rifle... ¿Rifle? ¿Quién
soy?
Toco mí nuca, siento algo pegajoso… sangre
seca, mi sangre. Lloro o lo intento, pero mis lágrimas
son una mezcla de sangre acuosa. Reconozco la cueva.
Hay cuerpos calcinados y otros empalados por espinas
gigantes. El que está más cerca es el hombre joven que me
contrató. No recuerdo su nombre, ni siquiera recuerdo el
mío, pero extrañamente recuerdo a ese niño de mi pasado
con el que solía jugar en el orfanato cuando era pequeño y
tenía esperanza. Ese niño tenía unos ojos preciosos. No lo
puedo sacar de mi cabeza. Organiza tu mente, recuerda
quién eres, me digo a mí mismo otra vez. Mi mente me
mantiene vivo como una segunda persona que vive dentro
de mí.
Un ciempiés recorre mi pierna herida, lo espanto
con mi mano incompleta. «Arrástrate como él y nunca
dejes de avanzar», me aconsejo. Eso hago. Con el pecho
Varios Autores | 121
en la tierra, me muevo. Estoy dejando un rastro de sangre
en la negrura de esta cueva.
Hay luz, siempre hay una luz, siempre hay
una entrada al infierno y tiene que haber una salida.
Estoy delirando, pero veo una salida. Encuentro un rifle,
un cuerpo decapitado lo sostiene. No lo necesitará, así
que me lo llevo, poniéndome la correa del arma sobre
mi hombro. Mi chaqueta marrón claro está decorada con
la sangre de mis compañeros, dando el aspecto de flores
rojas que misteriosamente crecen sobre un yermo seco.
Queda poco para salir, soy una serpiente que deja
un rastro de sangre por dónde avanza. ¿Cómo se llamaba
esa mujer con la que me acosté reiteradas veces y tenía
un tatuaje de una serpiente en el final de su espalda? No
recuerdo ningún nombre, pero sí el burdel llamado Ocaso
de Placer. ¿Estoy en el ocaso de mi vida y nunca nadie me
amó? Quizás el niño con el que solía jugar en el orfanato
lo hizo. Estos recuerdos relampaguean en mi mente.
No tienen sentido ante la situación, pero me estoy
aferrando a lo que sea para sobrevivir.
Me gustan las serpientes. Son animales fuertes que
nunca dejan de avanzar. Así como yo cuando por fin veo
la salida y descubro que esta era una madriguera gigante
y no una cueva.
¿Madriguera? Recuerdo cómo llegué aquí.
«cincuenta monedas de oro para quienes me acompañen
a acabar con esa bestia», había dicho el hijo del conde.
Tenía el pelo largo y los ojos azules; era un valiente, pero
estúpido. Cierro mis ojos y recuerdo verlo arder cuando
su plan de quemar la madriguera con lanzallamas falló.
Cuando por fin salgo de la cueva, me encuentro con
un bosque entre verde por la naturaleza y negro por las
cenizas, como una mina de esmeraldas y carbón.
Hay más cuerpos, algunos quemados, otros
empalados… Uno, quemado, se mueve.
122 | Mundos Alternos
—Gustavo… ¡Gustavo! — me grita con su aliento
de cenizas.
Lo reconozco: era pirómano y usaba un
lanzallamas. Recuerdo verlo disparar, pero luego verlo
arder. Recuerdo una explosión de fuego, una lluvia de
espinas ardientes y rugidos horribles que se mezclaban
con gritos de hombres muriendo. Lágrimas rosadas
comienzan a caer por mi cara mientras recuerdo eso, se
escapan de mis ojos y humedecen mi barba.
—Gustavo…
Me arrastro como puedo hasta llegar hasta él.
¿Mi nombre es Gustavo? «Guárdame este secreto, Gus».
Así me solía llamar el niño. Era feliz cuando me decía
Gus.
—Gustavo, todo salió mal; el hijo del conde murió
con todos los demás, pensé que solo yo había sobrevivido.
—El monstruo, ¿dónde está el monstruo? —
pregunto, recordando espinas y una silueta gigante.
—Bajó al pueblo. No creo que las empalizadas
soporten y el conde tardará en enviar refuerzos. Gustavo,
es el final, el final de todo. Debí tener otra vida, quiero
empezar de nuevo. —Está llorando. Sus lágrimas brotan
como lluvia sobre un volcán—. Me duele todo mi cuerpo,
extraño a mi mamá. Me solía cantar y dar frutillas cuando
me portaba bien. No debí quemar mi casa. ¿Por qué
quemé mi casa?
Está enloqueciendo por el dolor. Tengo que darle
la piedad, por lo que desenfundo un cuchillo de caza que
guardaba en mi chaqueta de cazador.
—Ella estaba dentro, mis hermanos también…
¿Por qué lo hice, Gustavo?
—Te encontrarás con ella y pedirás disculpas…
Una madre siempre perdona —le digo, sin saber, porque
nunca conocí a mi madre, y lo apuñalo.
Varios Autores | 123
Él sonríe, dibujando una mueca con dientes
negruzcos debajo de labios quemados, y muere, así
como una parte de mí que desea que el mismo cuchillo
atraviese mi corazón traumatizado. Pero el suicidio no es
una opción. La vida siempre fue difícil para mí y siempre
me arrastré por sobrevivir como una serpiente. Quitarme
la vida sería insultar toda mi historia. Esto no puede
terminar así.
Mientras me arrodillo al lado del cadáver del
pirómano que acabo de asesinar, otro recuerdo vuelve.
«Gus, quiero ver el mundo, salir de aquí y
descubrir todo lo que hay afuera. ¿me acompañarás? Sin
ti no podría lograrlo».
—Claro que te acompañaré —respondo en la
soledad del bosque de cadáveres
«Puede que haya Mamuts cruzando el Atlántico.
Nunca lo sabremos, a menos que vayamos nadando».
—Lo descubriremos —respondo y recuerdo el
calor de abrazar a alguien que quieres.
Uso el rifle como muleta. Me hago un torniquete en
mi pierna, le vierto agua ardiente, no hay dolor. Quizás ya
no siento nada y mis pensamientos predominan. Ordena
tu mente. Quizás al final del día recuerde el nombre de
ese niño.
Gritos de personas viviendo el terror y los aullidos
de una bestia me guían hasta el pueblo. La empalizada
se quebró, el pirómano que asesiné tenía razón. Avanzo
lo mejor que puedo y encuentro casas destruidas y
cadáveres, hombres, mujeres, ancianos y niños. La bestia
no discrimina. En su momento, yo tampoco. Estuve vacío
tanto tiempo que solo el dinero y el sexo me llenaban lo
poco que podían. Aceptaba cualquier trabajo, pero no
importa con todo lo que cargué, el suicidio no es una
opción.
124 | Mundos Alternos
Ese niño siempre me apoyó, me ayudó con los
niños que me golpeaban y abusaban de mí en el orfanato,
pero un día se fue y nunca lo volví a ver, así que tuve
que hacerme fuerte hasta que me expulsaron cuando
apuñalé la entrepierna de un cuidador que me intentó
violar. Hubo tranquilidad y paz cuando lo dañé. Quise
seguir teniendo esa paz, por lo que me hice mercenario.
Era bueno matando y ahora debo matar a la bestia, matar
una última vez.
Están evacuando el pueblo. La calle principal
conecta la entrada y salida al pueblo. La gente huye sin
control, pero la salida está bloqueada por los hombres
del conde que acaban de llegar. Están intentando poner
orden para entrar a la ciudad. La bestia se acerca y solo
yo estoy entre la muchedumbre que está en pánico y el
monstruo que mató a todos los mercenarios que alguna
vez se llamaron mis amigos, pero yo siempre estuve solo.
— Ahí viene —grita una mujer desesperada.
Y lo recuerdo todo. La bestia es gigante.
Su tamaño se acerca al de una casa o dos. Tiene ojos rojos
que resaltan entre su cuerpo negro con espinas plateadas y
algunas partes rojizas debido a las quemaduras propinadas
por los lanzallamas. Cinco personas vienen corriendo
desesperadas, algunas tienes espinas. La bestia vuelve a
disparar sus proyectiles. Yo me arrojo al piso y veo a esas
personas morir. Uno de ellos es un niño cuya cabeza es
reventada por una espina del doble de su tamaño.
El rifle tiene cinco balas. Puedo disparar. Le doy
un disparo que le llega en su boca. La bestia ruge y la
gente se asusta. Noto que está más herida de lo que parece.
El plan del hijo del conde igual la dañó, después de todo,
por lo que quizás pueda matarla.
—Mamá, ¿ese es un héroe? —pregunta una niña
que me ve como la última defensa.
Varios Autores | 125
No soy ningún héroe, niña. Soy solo un cojo que
pronto morirá y no recuerdo el nombre de la única persona
que amé, pero sí recuerdo sus palabras que vienen a mi
mente en el momento en que debo ser más valiente.
—Gus, te ayudaré a pelear, no escapes de los que
te hacen daño, enfréntalos y te dejarán en paz —me decía
con su mirada. Proyectaba confianza y determinación a
través de esos potentes ojos castaños rojizos.
—Escapar no es una opción —respondo, mientras
la bestia arremete contra mí. Pongo el cuchillo con el que
maté al pirómano y lo utilizo de bayoneta. Disparo una
vez más, pero la bestia también. Mi disparo le llega en
un ojo y la bestia llora sangre, sin embargo, su proyectil
de espinas me arranca gran parte de la mejilla. Miro
atrás y noto que las personas siguen bien. Me pregunto:
«¿por qué me importan?». Ellos solo me buscaban cuando
querían que matara a alguien o algo.
La bestia ruge lastimosamente. Está en el ocaso
de la vida, igual que yo. Es tiempo de que este par de
monstruos dejen está tierra.
El demonio espinoso se dirige hacia a mí con
velocidad. Gasto los tres disparos que me quedan.
Dos le llegan en la cabeza. Otro en su oreja. La bestia abre
su boca llena de colmillos y yo entierro mi bayoneta hasta
su garganta. Su boca se cierra y siento como si espadas se
enterrasen en mi espalda. Todo acaba.
Me están moviendo, es lo único que siento.
Puedo escuchar voces, doctores o enfermeras, quizás el
equipo médico del batallón enviado por el conde. No sé
cuánto tiempo ha pasado.
—Su pierna está destrozada. Perdió una mano.
Tiene diferentes cortes y perforaciones en todo el cuerpo.
Ha perdido un montón de sangre. Me sorprende que
todavía viva, Doctor Jaffe. —La persona habla con mucha
126 | Mundos Alternos
sorpresa debido a que sigo con vida—. Nunca había visto
a alguien con tantas heridas.
—Aún con esa herida en su rostro, lo recuerdo —
responde una voz que extrañamente me resulta querida.
—¿Doctor?
—Déjenme solo con el paciente.
No tengo fuerzas para hablar. Solo puedo escuchar.
Necesito abrir mis ojos. Debo verlo una última vez. Es él,
Amaro Jaffe. La familia que lo adoptó tenía ese apellido.
A diferencia de mí, él se dedicó a salvar vidas en lugar de
terminarlas. Mis ojos por fin se abren y veo a la persona
más hermosa que encontré en mi vida, cuyos ojos siempre
alimentaron mi valor y esperanza.
—Desearía haber estado contigo siempre, Gus.
Todo habría sido diferente —Limpia mi rostro con un
paño mojado. Noto que mi mejilla esta cocida, cerrando
una herida enorme que podría desfigurar mi cara—.
Ahora tu vida se termina. No puedo hacer nada y tenemos
tantas cosas de que hablar. Eres un héroe, mataste a la
bestia, salvaste a la gente, pero la estatua será para el
hijo del conde. Siempre es así, pero yo y las personas que
salvaste no te olvidarán.
—¿Había Mamuts en el Atlántico? —es lo único
que pregunto, y siento como las lágrimas de la única
persona que amé caen sobre mi rostro sucio, barbudo y
ensangrentado. Nunca me importó el aprecio de la gente,
solo quería volver a ver a la única persona que le mostró
apoyo y amor a una sabandija como yo.
—Gus… Lo siento olvidé que dije por siempre
cuando me preguntaste cuánto tiempo estaría contigo…
Gus, lo siento tanto.
Apenas puedo mover mi brazo para limpiar las
lágrimas de Amaro. Su rostro es suave, más suave que el
de cualquier mujer con la que estuve. Desearía haberlo
Varios Autores | 127
besado. Volver a esos jardines del orfanato donde teníamos
nuestros secretos. Es el ocaso de mi vida, pero veo lo más
hermoso antes de partir. Una persona que te ama y llora
por tu muerte es una vista agridulce, pero es lindo saber
que antes de morir alguien me amó. Mi vista se nubla,
ya no puedo escuchar su voz, pero sé que llora por mí.
Viví como un monstruo, pero muero como una persona a
la que alguien ama.
128 | Mundos Alternos
Pan de mar
Gisela Sanhueza
Desde que era una niña, ATA recordaba haber escuchado
un relato perdido en el tiempo, llamado «Pan de Mar».
Cada vez que la pequeña ATA abría su corazón a la
imaginación, era capaz de recrear en su mente cómo sería
vivir en ese reino perdido.
Según la historia, a ese lugar llegaban cada día
cientos de naves a realizar transacciones de toda clase de
servicios y productos. Aunque era un único reino, muchos
lo llamaron Único Puerto feliz. Una lluvia que cubrió el
planeta hace una enormidad de medidas de tiempo estelar
habría afectado su futuro para siempre.
Llovió tanto, que los habitantes fundadores
huyeron a refugiarse en las montañas. Cada familia tomó
posesión en cada una de las cimas de esa montaña: dice la
historia que era un dorsal montañoso de unos setecientos
cerros de diversa altitud. Allí habitaron y construyeron
sus hogares para guarecerse de la lluvia torrencial que se
extendió durante medio trong. Nadie podía salir de los
cerros, a no ser navegando o volando. Muchos intentaron
buscar un palmo de tierra fértil; por eso recorrieron las
aguas y volaron los cielos, mas, desconsolados regresaron
a las montañas, ya que todo su mundo estaba cubierto por
las aguas.
Entonces, obligados, permanecieron en las alturas
para esperar que en algún momento descendieran las
aguas. Durante mucho tiempo, un tímido sol iluminó
Varios Autores | 129
apenas las tierras y montañas que quedaban. Esas aguas,
mitad dulce y mitad saladas, brindaron suficiente alimento
para todos quienes subieron a las alturas.
Cuenta la historia que en la cima de cada cerro
había grandes promontorios rocosos, que los habitantes
del reino transformaron en hogares. Así, se fue perfilando
esta nueva forma de vida, estas islas de piedra en las
alturas.
Cuando la lluvia hubo cesado completamente
y se secaron los valles, los habitantes volvieron a confiar y
regresaron a las tierras bajas. Pero arriba habían dejado
parte de sus vidas. Todos dieron el adiós a algún miembro
de sus familias para dejarlo entre la cima de los cerros y el
cielo de sus ancestros.
Por eso dicen que mucho tiempo después aún
siguieron apareciendo entierros en manos de buscatesoros,
que excavaron esas cimas haciendo enormes fortunas
con el pillaje de las tumbas. Pero, también dicen que
incluso hoy muchos de sus muertos todavía se encuentran
dormidos bajo las estrellas, protegidos de esos mercenarios,
al amparo de alguna roca o árbol en los cerros de ese
pequeño reino llamado Pan de Mar.
ATA, leía apasionadamente estas historias, que
siempre la animaban a viajar. Los recuerdos del relato de
Pan de Mar venían a su mente una y otra vez. Era por eso
que, los kirs en que lograba dormir, ella se adentraba en sus
sueños plagados de recuerdos, sin saber con exactitud de
qué otras vidas provenían. Memorias que se despertaban
en algún rincón de su mente, se cruzaban con los archivos
que estudiaba desde hace una veintena de trong, desde
que comenzó su camino en la ciencia.
Ahora, el sueño de ATA se expande como el
espacio mismo; un multiverso de emociones, sonidos
y colores la hacen viajar a diario. ATA se deja llevar y
130 | Mundos Alternos
cae en el sueño profundo; ahora se la puede ver tendida,
descansando en su cápsula de descanso, en su habitación.
Ya ha completado siete kirs de sueño.
Hoy, trong 3 020 de la era catorce en Sirio, nada
perturba el sueño estelar de ATA. Sobre su escritorio,
una pantalla encendida y mapas holográficos de diversos
territorios demuestran que ha estado buscando algo, y
es que la joven sabia no se detiene. En varios soportes
se encuentran los archivos que sustentan el relato de
Pan de Mar, algo que se ha convertido en su actual
proyecto personal de ciencia estelar: recopilar y conservar
grandes volúmenes de información de diversos mundos
y constelaciones, para que las nuevas generaciones no
puedan manipular la Historia cambiando el curso de los
acontecimientos para fines egoístas, evitando exponer a las
nuevas generaciones a cualquier peligro de desaparición.
Afortunadamente, la gran experiencia de la
astrocientífica en códigos de Arqueología cósmica
binaria y conocimiento logarítmico e histórico le
permiten interpretar unos quinientos trong de registro
comunicacional, desde el mega conjunto estelar de
Andrómeda hasta Alfa Centauro 2; toda información
aporta para encontrar la ruta que le permita alcanzar el
planeta en donde, según los archivos, todavía existiría Pan
de Mar; mundo al que el programa actual de científicos
de la colonia desea localizar desde hace cien trong.
La colonia de científicos se asienta actualmente en
la pequeña galaxia del Triángulo, más cerca de Andrómeda
IV. Allí, los planetas presentan gran abundancia en
hidrógeno ionizado. El planeta Xion 1 se encuentra
cercano a la estrella enana de Persea, en donde residen
los investigadores. No es posible recorrer la superficie del
planeta, pues su delgada atmósfera, con escaso oxígeno,
es insuficiente para cualquier forma de vida. Por ello
Varios Autores | 131
es que las autoridades de la Confederación Científica
de Andrómeda construyeron, bajo la capa rocosa, una
colonia de científicos, y es ATA quien la dirige.
Pese a este tipo de inconvenientes ambientales
en el planeta, se ha encontrado una gran cantidad
de nutrientes químicos, en distintos estratos de sollum
planetoide bajo la capa rocosa. Las sales, minerales y agua
en estado sólido permiten dar alimento a los colonos de
Xion 1: astrocientíficos, astropsicólogos y astroartistas,
permitiendo de esta manera continuar investigando.
Además de ello, han construido uno de los mejores
cultivadores de producción vegetal, lo que antiguos
registros de Pléyades y Andrómeda denominaban jardines.
El planeta posee, además, una alta concentración
de hidrógeno y abundante polvo de hierro, cristalizado de
las tormentas que se forman en las gigantescas montañas
de Visher, polvo y partículas químicas que mantiene una
constante dinámica circular en la zona norte del pequeño
planeta, por eso nada hace posible la vida en el exterior.
No obstante, recientemente se han encontrado abundantes
bolsones de agua dulce, oxígeno y sollum en su interior.
El contabilizador de tiempo estelar en su habitación
ya cuenta siete kirs; ATA ha concluido su sueño, abre sus
ojos y estira los brazos como los felinos de Alfa Centauro.
Parece una muchacha, pero ya cuenta cien trong de vida.
Algunos miembros del equipo de investigación creen que
el código genético de ATA es distinto a los demás, pues
sus colegas no duermen más de una o dos kirs antiguas;
en cambio, ATA es capaz de dormir seis kirs o más, tal
como cuenta el archivo ancestral de Astroarqueología:
según señalan esos anales, durante miles de trong las razas
andromedanas y también las razas llamadas humanas
necesitaban dormir unas seis a ocho kirs (llamadas horas,
en otros mundos), la mezcla genética y electroquímica
132 | Mundos Alternos
de andromedanos y humanos fue transformando a sus
descendientes, ATA es ejemplo de aquellas mezclas. No es
mucho más lo que se sabe al respecto, cientos de archivos
se han perdido.
Los documentos y anales de la ciencia que estudian
los astroarqueólogos conforman las bibliotecas de razas
andromedanas, estas se han acumulado en una nube
informática, más parecida a un enorme cerebro astral,
que contiene las bibliotecas de al menos cien unidades
estelares. Allí se encontró la información de Pan de Mar,
una de las historias más antiguas registradas.
El planeta, también conocido como Puerto Feliz,
era un planeta azul en donde la superficie estaba cubierta
de grandes masas de agua con un único continente en su
centro. Aquella tierra emergida poseía todo para ser feliz:
valles, ríos, cascadas, inmensos bosques, montañas nevadas
y la atmósfera más perfecta que se pueda encontrar.
Buscado durante más de cien trong por los
astrocientíficos andromedanos ha alimentado mitos e
historias en muchos científicos y viajeros espaciales que lo
han buscado sin hallarlo.
ATA, ha despertado muy bien luego de ese sueño
de siete kirs; ahora, con la energía que la caracteriza, se
levanta y ubica de pie frente a su pantalla de plasma para
hacer una llamada:
—Atención a los investigadores del programa Pan
de Mar 3 020, estoy convocando a una junta de trabajo en
la cabina de mi habitación, acá, los espero —señala desde
la voz reproducida por el robot que posee replicantes en
todas las dependencias de la colonia—.
Mientras los demás investigadores se dirigen a
la reunión, ATA aprovecha para alimentarse. El sollum
estelar: como sulfatos, silicatos, arcillas, nitratos, agua
en estado ultra-sólido, incluso polvo de oro blanco, han
alimentado a la Galaxia Triángulo durante mucho tiempo.
Varios Autores | 133
ATA prepara una solución en pequeñas cantidades
mezcladas con nutrientes vegetales que crecen en los
cultivadores bajo tierra, una excelente despensa para
alimentar a la colonia.
El equipo de investigadores ya está en la cabina:
reconociblemente andromedanos con diferencias en la
pigmentación de su piel pálido-azulada, de estatura y
rasgos faciales agradables y empáticos; comparten cuerpos
altos ultra-delgados. Afortunadamente, su alimentación
mineral-estelar, unida a la miniaturización de semillas
vegetales enriquecidas y cultivadas en el subsuelo de la
colonia de Xion 1, les permite sobrevivir desechando las
antiguas proteínas de otras especies y variadas formas de
vida que en otros mundos eran llamadas alimento, el que
desde varios trong ha desaparecido de su dieta.
—Atención, equipo, tengo noticias que compartir
con ustedes: los antepasados han hablado en mi sueño;
incluso, puedo presentarles desde ahora mismo el
cuadrante de localización casi exacto. Creo que daremos
un salto relevante a nuestra investigación. Ya sé en
dónde se encuentra Pan de Mar, calculo que podremos
llegar hasta allí antes de lo previsto. El mensaje también
indica que sobrevive vida vegetal de evoluciones pasadas,
pero existe y eso es lo que necesitamos, lo que es muy
estimulante para las investigaciones que esperamos poder
llevar a cabo en ese planeta. Seremos la primera misión de
la colonia en llegar —dice ATA—.
—Excelentes noticias, comandante ATA, eso de
las semillas me trae a la memoria el capítulo del material
genético perdido —interviene CLIO.
—Así es, CLIO, la época heroica de nuestros
padres, esa historia de la búsqueda de las semillas
originales, las genuinas; bueno, de eso les hablo.
Allá también nos encontraremos con especies fósiles ya
134 | Mundos Alternos
extintas y desconocidas para nosotros, en fin; todo esto
es de enorme valor para la misión, la supervivencia de
nuestras especies y la optimización de la ciencia, psicología
y el arte: pilares de nuestras sociedades actuales.
—Según los antiguos registros de la gran nube,
este planeta era conocido en su antiguo sistema solar
como Tierra —dice ATA, explicándose con gran lucidez
a los investigadores—.
—ATA, esto es una excelente noticia; recordemos
todos que dentro de los objetivos finales de esta misión
de trabajo colaborativo está el descubrir el secreto de
la felicidad, para compartirlo a las nuevas generaciones
de Andrómeda y con todos los mundos que aún no han
logrado evolucionar a mayores vibraciones de conciencia
estelar. Sabíamos que Pan de Mar era conocido como
Puerto Feliz; lo que ha constituido para nuestras sociedades
casi una leyenda, esta es la oportunidad que muchas
generaciones han esperado. Hace un tiempo encontramos
una fórmula para la longevidad, ahora otra de las etapas es
hallar el camino hacia la felicidad. Sin que olvidemos, por
supuesto, la misión consciente por excelencia: perpetuar
la memoria a las nuevas generaciones, para que no olviden
su historia cósmica —dice KIM, el astropsicólogo de más
experiencia y edad del equipo.
—KIM, comparto plenamente tus palabras,
también creo que el momento que vamos a comenzar a
vivir es único. Nuestra misión es alcanzar este planeta,
concluir las investigaciones de nuestros padres y abuelos
sobre estados de felicidad, conciencia y emoción para
nuestras razas y planetas reunidos, y Pan de Mar es ideal
para estas metas —dice ATA.
—Tengo una pregunta para ustedes —interviene
CLIO—: ¿nuestra tecnología no se verá alterada, en
ese mundo desconocido, para regresar sin mayores
Varios Autores | 135
contratiempos hasta nuestro hogar? Estudios y avances en
biomasa en nuestras naves nos avalan como andromedanos
altamente tecnificados; por ello, creamos un sistema de
manejo tiempo-materia que nos permite doblar no solo
una, sino hasta tres veces el espacio. Pero me pregunto
por el retorno, para que esté exento de peligros, ya que
será nuestro primer viaje exploratorio en este sistema
planetario y solar, en donde se encuentra ese planeta
llamado Tierra; un planeta completamente desconocido
y posiblemente hostil para nosotros.
—Esas dudas ya están resueltas CLIO, llevamos
con nosotros una de las mayores reservas de basalto
condensado, no hay duda de que viajaremos y regresaremos
sin mayores dificultades; además, afortunadamente, la
elasticidad del programa de navegación permite una
adaptabilidad completa, incluso a tecnología antigua,
hablo especialmente de tecnología a combustión estelar
antigua, pensando en el siglo XXI. Si hacemos contacto
con tecnología humana o humanoide de ese siglo XXI,
podremos resolver cualquier ecuación matemática por
precaria que esta sea y continuar maniobrando nuestra
nave sin complicación para regresar a nuestra colonia en
perfectas condiciones. De todas formas, tu pregunta viene
muy bien para que hablemos de un punto importante de la
misión: no podemos establecer un tiempo predeterminado
de la misión, eso está abierto todavía, ustedes comprenden
que no es posible determinar aquello con antelación, son
los riesgos de una misión estelar, CLIO. Entiendo tu interés
sobre este tema. Tenemos cubiertos los inconvenientes
más importantes, por lo tanto, nuestro viaje no tendrá
riesgos complejos que alteren la misión —aclaró ATA,
con una sonrisa y con la tranquilidad que la caracteriza,
para así calmar las dudas de la astroartista.
—Efectivamente, ATA, la duración de una
136 | Mundos Alternos
misión no se puede definir en investigaciones de esta
envergadura. Requiere un monitoreo constante durante
la misión para definirlo. Recojo las inquietudes de CLIO
y, por eso, quiero decir que nuestro férreo vínculo de
las confianzas nos permitirá sortear cualquier obstáculo
que aparezca. El debilitar nuestra energía lumínica con
preocupaciones podría afectarnos en el futuro. Recuerden
que nuestro material genético posee un porcentaje de raza
humana que, aunque es bajo, puede hacerse presente en
momentos de tensión. Siendo el miedo un gran detonante,
necesitamos la confianza en nuestro ancestro azul para
fortalecernos. Mi tarea es que todos estemos protegidos
—dice KIM, con la sabiduría que lo caracteriza.
Dicho esto, los tres científicos se pusieron en círculo
y se tomaron de las manos como era su costumbre. Sobre
la mesa de trabajo había tres cuencos de piedra con una
solución de sollum de marrón a blanco disuelto en agua,
rico en nutrientes. También se podía observar trozos
de materia orgánica de color rojo, verde y anaranjado.
Cada uno tomó su cuenco y bebió el contenido con gusto.
ATA continuó con las indicaciones a su equipo, fiel a la
vivencia de su reciente sueño.
El tiempo estelar dio paso a los protocolos del
gran viaje; en la nave comenzaron los preparativos para
enfrentar el paso por el espacio. La enorme distancia
desde Xion 1 en la galaxia Triángulo hasta el planeta
Tierra en el sistema solar no parecía preocupar al equipo.
Los avances tecnológicos del plasma, la astromedicina
y astropsicología han aportado para ello permitiendo
además la bio-plasticidad de los metales al cien por ciento
sin afectar las partículas eléctricas de los órganos o la piel
de la tripulación y algo tan importante como las emociones
de los tripulantes. Aquello constituye la preocupación del
astropsicólogo KIM, tarea a la que se abocará el científico
Varios Autores | 137
desde el inicio de los preparativos del viaje. KIM ha
preparado un plan para aminorar el alto impacto físico
que van a realizar, lo acostumbrado en misiones de estas
características.
Las pruebas de propulsión y resistencia de la
membrana plasmática de los materiales con que ha sido
construida la nave se prolongaron durante un cuarto de
trong hasta que finalizaron todos los detalles necesarios.
La nave es un prisma de base triangular, prototipo visual
que ha visitado regularmente el espacio y los sistemas
solares desde hace mega trong estelares; es una nave
conocida por la gran comunidad de Andrómeda 6 —
Supervigilantes del espacio entre las galaxias Triángulo
y en Conjunto Andrómeda—. Justamente, el diseño del
prisma se ha predeterminado como nave de ciencia y paz,
por lo que no debe ser atacada.
El magnífico diseño de la nave prismática fue
creado por PUK, el padre de CLIO, hoy de avanzados
250 trong; también astroartista, como su hija, y que sigue
creando en la colonia de astroartistas más grande de
Andrómeda 6, en el pequeño planeta Actea 4.
Todo lo concerniente a las simulaciones en
escalas de pruebas en distintas densidades, viento estelar,
tormentas solares, lluvia de meteoritos y ataques de
otras naves, a las que fue sometido el prisma, arrojaron
resultados óptimos en su funcionamiento y resistencia.
CLIO, siendo la astroartista de la misión, es
la responsable de vigilar la infraestructura estética de la
nave, estabilización cromática, estabilización gravitatoria
compleja, nivelación de gases, oxígeno y anhidrido
enriquecido, entre otros análisis a los que fue expuesto el
prisma en el centro de estabilización de alta complejidad
de la colonia.
En el escenario actual de relaciones bilaterales
138 | Mundos Alternos
entre Andrómeda y Alfa Centauro, si la nave hace contacto
con alguna flota de Alfa Centauro 2 o bien otras flotas
que recorren el espacio cercano con mayor regularidad,
también será reconocida como tal y no será afectada ni
obstaculizada en su trayecto, dados los acuerdos entre
Alfa Centauro 2, Andrómeda 6 y Triángulo para beneficio
mutuo de las tres galaxias. Triángulo, es protectorado de
Andrómeda para investigación de longevidad, ciencia y
alimentación estelar, la importancia de sus investigaciones
es vital para la sobrevivencia de las tres galaxias.
En la bóveda de lanzamiento, la nave prisma CX3
está lista para iniciar el despegue. Todos se concentran unos
minutos para unificar sus emociones, los andromedanos
fieles a un estado consciente de paz altamente elevado,
recargan de energía sus mentes para que la misión se
realice sin contratiempos. Se abren las compuertas de
lanzamiento, la nave se eleva desde la profundidad de la
bóveda, sale a la superficie del planeta e irrumpe en el
espacio hasta una altura necesaria.
El prisma se desplaza correctamente sin
contratiempos, ahora se ha compactado al color azul
como indica el protocolo base y los ejercicios navales de
Andrómeda. Este proceso de plasmatización cromática es
imprescindible para el viaje, posteriormente; la tripulación
entrará en proceso de sueño durante 15 kirs al momento
de iniciar la ruta en dirección a Pan de Mar. El proceso de
automatización estelar permitirá que el robot de la nave
pueda pilotar de manera autónoma en casos defensivos
o bien: mientras los tripulantes se encuentran en sueño
profundo.
Se inicia el viaje en completa calma estelar, la
tormenta de las montañas Visher da un impulso a la nave
sin necesidad del súper-encendido; este hecho es tomado
como un augurio positivo por la comandante ATA.
Varios Autores | 139
—¿Vieron eso hermanos? Los antiguos estelares
están con nosotros, el potente viento de Visher nos está
deseando buen viaje — dice ATA a los demás tripulantes
de la nave—.
—CLIO ¿cuál es el informe de la nave hasta el
momento? —pregunta ATA—.
—De inmediato, comandante ATA: estética
de la nave, estabilización cromática de sus elementos,
capacidad gravitatoria, reserva de gravedad compleja,
gases nivelados en perfectas condiciones de vuelo, reservas
de oxígeno y anhidrido enriquecido al 100%. Vuelo sin
contratiempos, —responde CLIO.
—Gracias CLIO por el completo informe —
responde ATA mientras mantiene presionado el control
de mando.
—KIM, ¿Y tu reporte del viaje? — indica ATA
escuetamente.
—Cuadro ansioso-compulsivo presenta un rango
común no observable, alteración del sueño de frecuencia
muy baja. La presencia de cuadros de tipo ansioso-
alimentario se encuentran bajo el rango observable,
índices de fobia de rango bajo a regular con leve frecuencia
desestabilizante. Vuelo sin contratiempos importantes que
afecten la misión —responde KIM.
—Excelente reporte KIM; ¿quién de nosotras
presenta fobia? Me dejas intrigada, jajaja, —pregunta
ATA con un dejo de humor.
—Es CLIO, pero nada que no podamos solucionar
ATA —dice KIM.
—Gracias KIM; quizá la razón sea que esta es
mi primera misión fuera de la galaxia; es como salir por
primera vez de casa ¿no? —responde CLIO con sentido
del humor.
—Claro que si CLIO, algo absolutamente
140 | Mundos Alternos
comprensible, pero no estás sola, acá estamos y somos
equipo —replica KIM con empatía.
—Así es, somos el mejor equipo de la colonia;
por eso los seleccioné; no podía haber confiado el área
astroartística a nadie más que a ti CLIO, porque eres
creativamente autoexigente y KIM bueno, trabajaste
con mi madre cuando iniciaba la colonia, eres el mejor
soporte teórico de esta nave y misión—reafirma ATA con
cálido afecto.
—Gracias ATA, también me siento afortunado
de trabajar contigo y guardo los mejores recuerdos de tu
madre —responde KIM.
El vuelo se inicia en completo silencio como
también indica el protocolo de Andrómeda 6.
En la superficie, las enormes tormentas y gases
tóxicos dejan entrever pequeñas ventanillas circulares
construidas en la base de la roca superficial del planeta.
Allí bajo esas pequeñas ventanillas fluye la vida en la
colonia de astrocientíficos.
La megaconstrucción de la colonia en Xion 1 tan
sólida como hermosa es una de las más novedosas obras
levantadas por andromedanos.
El CX3 sobrevuela el planeta y surca el área de
las pequeñas ventanillas, los tripulantes no disimulan la
alegría de toda una vida vivida bajo el suelo en Xion 1, una
mezcla de extrañamiento, congoja y emoción los embarga
a todos; para ellos es el hogar. CLIO y ATA nacieron en la
colonia como hijas de padres astrocientíficos fundadores;
KIM en cambio nació en Actea 4, pero casi toda su
existencia ha transcurrido trabajando en Xion 1. Ahora
que todos inician la misión científica fuera de la colonia,
cada uno se adentra en sus recuerdos más felices.
KIM cierra sus ojos por un instante para
reencontrarse con sus lugares de identidad, su memoria
Varios Autores | 141
de niño en Actea 4, el planeta de los árboles gigantes y
desiertos floridos, por eso allí también reside la colonia de
astroartistas más grande de la galaxia de Andrómeda 6, es
el planeta del color.
Cada uno se reencontró por un instante con sus
recuerdos, bajo ellos; la colonia brilla: cientos de pequeñas
luces provenientes de las ventanillas se convierten en
cristales de distintas tonalidades; son un reguero de
piedras preciosas a los pies de las inmensas rocas junto a
la extensa arena inhabitable: es el hogar.
En el horizonte y arriba sobre sus cabezas, mega
cúmulos estelares los observan. Al cruzar el ojo aéreo,
vigía de unas diez veces el tamaño de la nave, registra
exitosamente su salida. Apenas al salir de la estratósfera
de Xion 1 se encuentran con una flotilla Alfa Centauro 2,
los mejores supervigilantes de todo el espacio; se aplican
las normativas como es la costumbre desde hace cientos
de trong. Finalmente salen al espacio, un inmenso océano
en expansión ahora está a disposición de los viajeros
estelares de Xion 1.
La plasmatización cromática rápidamente da
paso a la cristalización de la nave; acción necesaria para
avanzar al traspaso dimensional del azul, pigmentación
emblemática de los andromedanos según el protocolo que
se debe seguir. Los tripulantes acomodan sus cuerpos para
iniciar el proceso de sueño estelar. A su alrededor, todo
se está transparentando, la nave es un cristal translúcido
con un perímetro de 20 por 50 metros. A partir de
ahora comienza a hacerse dúctil como el mercurio hasta
espejearse con el cosmos estelar. El cuerpo entero de la
nave será transparentado, solo será reconocible por su
luminosidad.
ATA comienza la activación del reactor de basalto,
ahora el espacio-tiempo se está doblando hasta convertirse
142 | Mundos Alternos
en una unidad. Cada tripulante debe usar su inhalador
personal para completar el proceso de sueño; todos se
despiden antes de dar inicio al gran salto estelar.
CLIO y KIM usan sus inhaladores y entran en sus
cabinas individuales verticales que se harán horizontales,
ambos lucen sus trajes termo-plasmódicos celeste y plata
desde los pies hasta el cuello. Como la mayoría de los
hombres de Andrómeda; KIM, es calvo; unos grandes y
mansos ojos de un azul muy oscuro que han visto tantos
planetas, ahora se cierran para descansar; son más de
250 trong de vida y perfeccionamiento en este médico y
astropsicólogo. CLIO en cambio es muy joven, tan solo
cuenta unos 60 trong de vida, de grandes ojos pardos y
largo cabello rojizo es la tripulante con menos experiencia.
ATA aún no termina de revisar su material de
estudio, sobre el panel cientos de micro-archivos en su
pantalla holográfica antes de inhalar e irse al descanso.
ATA ha trabajado durante mucho tiempo para
llegar a este momento, revisa las coordenadas de los
mapas holográficos; de cuerpo delgado y largo cabello
cobre-azulado: rasgo típico de las mujeres andromedanas,
va moviendo con suma velocidad sus enormes ojos de un
calipso agua en las láminas de información hasta quedarse
tranquila de que todo está en curso como es debido.
ATA activa el piloto de vuelo antes de usar su
inhalador, todo está dispuesto y en regla; el espacio que
rodea la nave se observa como un tubo de luz. Usa su
inhalador y se instala en su cabina igual que los demás.
La nave comienza el traspaso dimensional
siguiendo el cuadrante que los lleve a las coordenadas
inscritas. Gracias a la doblez del espacio-tiempo,
avanzarán tan solo unos kirs; pero en realidad es una
distancia de trong.
KIM y ATA son los primeros en despertar del
Varios Autores | 143
sueño, paulatinamente lo hace CLIO. La nave ha detenido
la supervelocidad y se apaga la propulsión.
Al despertar, son sorprendidos por la presencia de
alguien más en la nave, un maestro estelar andromedano
se encuentra de pie frente a la mesa de control. Su piel
asemeja plata y lapislázuli, de posición erguida y calmada
lo ilumina una estrella de ocho vértices. Antes que la
sorpresa deje hablar a la tripulación es el guardián quien
se comunica primero, habla sin hablar; y todos escuchan:
Pan de Mar, pan y agua, caminos de agua, mares donde no falta el
pan, azul es el alimento, el pan es el azul que habita el planeta, el
azul, el kalfv, el payne es el alimento de todo quien aprenda a leer las
estrellas, el pan que viene de las estrellas, el pan azul de la palabra es
la paz. Así habló el guardián a la tripulación, así fueron sus
enseñanzas sin emitir palabra hecha sonido.
La tripulación ahora sentía mayor protección,
hacía cien viajes que no se había presentado un guardián
en las naves, fue recibido en la confianza de un viaje
fortalecido.
—Un segundo buen augurio para nuestro viaje
estimados miembros del equipo. Maestro estelar, sea usted
muy bienvenido en nuestra nave; recibimos con paz el
mensaje que nos acaba de entregar —dice ATA ahora de
pie frente al guardián.
KIM visiblemente impresionado con el Maestro,
se acerca y le brinda un antiguo saludo: el astrocientífico
se abraza a sí mismo en señal de profundo afecto y respeto
hacia él y luego inclina su cabeza.
—Le damos las gracias, maestro y guardián estelar
—responde CLIO también de pie hablando directo a sus
ojos.
El maestro que vestía de un azul lapislázuli
también era conocido como espíritu protector, según el
antiguo archivo de Astroarqueología. En particular los
144 | Mundos Alternos
anales históricos de Andrómeda así lo señalan; como el
guardián que todo ve y protege.
Todos saben que él brindará la protección
necesaria para el desarrollo de la misión.
ATA revisa el mapa tiempo-espacio para ubicar su
localización; se encuentran en el cinturón de asteroides
frente a la Luna.
—Hay que investigar el espacio —dice ATA.
Lanza cuatro vigías a inspeccionar el espacio
circundante, las esferas de plata avanzan a gran velocidad
hasta perderse en el espacio y la pantalla de la nave.
Las esferas llegan en breve plazo a la órbita del
planeta Tierra, el escenario que captan desde allí brindan
al equipo de astrocientíficos una desoladora imagen, más
allá del cinturón de asteroides, megatoneladas de todo lo
imaginable rodea a varios planetas de ese sistema, siendo
la estratósfera de la Tierra la más plagada; incontables
trozos de material creado por los humanos deambulan
inutilizados por el espacio.
Los planetas más cercanos lucen destruidos y sin
rastros de habitabilidad, megaestructuras, edificios, naves,
están diseminadas en todo lugar observable. Al acercarse
a la atmosfera de la tierra, un sol más grande y brillante
que Persea los sorprende con su luz.
ATA y el resto de la tripulación deciden que se
mantendrá la cristalización de la nave hasta cuando sea
momento del desembarco en el planeta. Por ahora esperan
el retorno de las esferas.
El maestro se desplaza en el interior de la nave,
detiene su paso frente a una de las ventanillas y observa
el espacio exterior con la vigilancia y preocupación que le
son propias.
KIM se acerca a la ventanilla y permanece junto
al maestro; ambos comparten pensamientos el uno con el
Varios Autores | 145
otro. De improviso KIM se ve preocupado, mira al maestro
a los ojos por unos instantes dialogando telepáticamente;
ahora KIM inclina su cabeza frente a él.
El astropsicólogo abandona la ventanilla y camina
hasta los comandos de navegación; allí se encuentra ATA
monitoreando a los vigías desde la pantalla.
—El maestro habló en mi mente ATA; debo
decirte algo en forma urgente. Dice que es muy posible
que nos encontremos con naves hostiles en breve tiempo.
Ahora, es peligroso ingresar al planeta; debemos decidir
qué alternativas tenemos y cuál es la mejor para no afectar
nuestra misión.
—¿Naves hostiles? ¿A quiénes se refiere
exactamente el maestro? —responde ATA.
—Según el maestro, son reptiles rebeldes— dice
KIM.
ATA al oír la información de KIM busca los planos
más antiguos de Pan de Mar.
—Es preciso estar muy bien preparados KIM,
sería un peligro encontrarnos con reptiles. CLIO, acércate
por favor, es momento de tomar decisiones —dice ATA
mientras revisan los documentos.
—Recuerdo haber revisado esa información, es
antigua; vengan revisemos los archivos de inmediato.
Si hay reptiles cerca de nosotros requiere aplicar ciertos
códigos específicos —responde la comandante con
preocupación a KIM y CLIO.
Ambos revisan aquellos mapas antiguos;
efectivamente hubo una colonia de reptiles viviendo en
este planeta; dicha acción transgredió por completo las
normativas de la Confederación de Sirio y Pléyades.
Pero luego en el año 2090 se produjo una gran
conflagración que los humanos confundieron con un
libro sagrado, la historia del Armagedón. Producto de tal
146 | Mundos Alternos
conflagración, hubo un genocidio muy grande, una gran
confusión, todo provocado por los reptiles y muy bien
aprovechado por ellos quienes se hicieron llamar ángeles o
los alados superiores haciendo creer a los humanos menos
evolucionados que era el fin del planeta y la llegada de
un nuevo reino gobernado por ellos. Nuevo reino que los
habitantes siguieron vinculando a ese mismo libro sagrado:
algo llamado cielo o similar a eso creían se instauraría en
la Tierra. Por eso, usando el relato de aquel libro escrito,
los humanos estaban seguros de que los reptiles eran
enviados de los cielos y por tanto de carácter sagrado.
Como es propio de la raza reptil, usaron la inocencia en
las poblaciones humanas para conseguir sus fines.
—Uff ¡nada más errado, para los humanos! Nunca
he visto reptiles, solo los he estudiado, eso limita mis
apreciaciones sobre ellos, ya que no he tenido contacto
físico con ellos —responde CLIO.
—Que gran inocencia humana creer en sus
palabras y mensajes mágicos que a ellos les parecieron
de espíritus superiores, todo un espejismo muy bien
manejado, solo así podían mantener ese control mental
ejercido sobre los humanos. Nosotros sabemos muy
bien cómo operan estos reptiles, en especial los rebeldes,
sabemos que son en extremo peligrosos —reflexiona ATA.
—Según este archivo entonces ¿los reptiles
vencieron? Este acontecimiento me parece
extremadamente grave ATA, según hemos aprendido los
reptiles disfrutan saquear y destruir los recursos naturales,
justamente nuestro deseo es ir a estudiar aquello, estudiar
la vida —interrumpe KIM mientras la comandante ATA
lee los archivos.
Ahora los tres reunidos en torno a los hologramas,
continúan revisando expectantes la información.
—Continúo, todavía hay más, escuchen —dice
Varios Autores | 147
ATA—: Y vino sobre la tierra uno de los refuerzos más grandes de
naves pleyadianas para terminar con los reptiles. La colonia de reptiles
fue exterminada en todo lugar habitado en el planeta llamado Tierra,
según la nomenclatura más antigua conocida. Había reptiles en los
continentes, bajo las aguas y en las montañas. Las naves pleyadianas
no abandonaron el planeta Tierra hasta cerciorarse del exterminio
reptil. El último registro pleyadiano habla del trong 3009
Luego hay referencias a otras cosas. Otras razas, pequeños
enfrentamientos por el agua y los alimentos. La escasez
que siempre ha sido una constante en este planeta. Nada
más hace referencia a los reptiles, es todo —dice ATA—.
No hay más información o bien ha sido borrada de los
archivos de Andrómeda.
—Esto es de extremo preocupante, ya que nos
indica que la misión puede verse afectada por la presencia
de algún tipo de población humana o humanoide sea esta
una mezcla reptiliana rebelde o, aún peor, draconiana,
pues no lo sabemos con exactitud; eso me temo, colegas. Es
altamente probable que, en estos tiempos de conflagración
reptil, se hubiese producido apropiación de óvulos y
material genético. Es conocida en la historia galáctica
la costumbre reptil de cometer estas viles prácticas para
perpetuar su estirpe mezclándose con otras especies
a cualquier precio. Sabemos desde la Astropsicología
lo dañadas que permanecen estas poblaciones cuando
se ven enfrentadas a hecatombes cósmicas, invasiones
y otras acciones perpetradas por los reptiles, el daño
psíquico es por generaciones, especialmente en estas
poblaciones y civilizaciones de densidades espirituales
menos evolucionadas. Tenemos que complementar
nuestra misión y dirigirla a todas las especies humanas
y humanoides que encontremos, porque necesitarán de
nuestro auxilio psíquico —dice KIM.
ATA intenta mantener la cautela y firmeza
148 | Mundos Alternos
como comandante de la misión, levanta la vista de los
hologramas y observa al maestro que continúa mirando
hacia el exterior desde la ventanilla; parece distraído, pero
él ha escuchado todo, aunque imperturbable en su sabio
silencio sigue oyendo las palabras de todos y el silencio
estelar con la misma concentrada atención.
—Maestro, ¿qué nos sugiere hacer en estos
momentos? — dice ATA mientras el maestro está de
espaldas.
El maestro camina hacia ellos en el centro de la
nave, la tenue luz violeta que inunda la sala de control
delinea los contornos en la túnica del sabio: ribetes
plateados bordean su túnica, una placa de plata que pende
sobre el pecho hacen juego con su piel blanquiceleste que
desprende mansedumbre.
—Solo podemos hacer algo que les permita a
ustedes cumplir con su misión en Pan de Mar. No tenemos
plena certeza de la cantidad de reptiles que merodean
este mundo ni de sus intenciones, tampoco sabemos si
efectivamente se han mezclado con las razas humanas y
humanoides que han sobrevivido. ATA, dependemos de
los archivos de Andrómeda, pero no sabemos si omitieron
información, puesto que este relato que acabas de leer
es historia pleyadiana y siriana, historia que Andrómeda
ha conservado como memoria cósmica escrita por otros.
Solo podemos confiar e intuir, entonces: tenemos un solo
camino: alterar el tiempo.
No les diré que visiones he recibido sobre los
reptiles hace tan solo unos momentos mientras divisaba
el cosmos: fueron visiones de horror, ahora no deseo
angustiar sus corazones. Los reptiles permanecen allí, por
eso pienso que este no es el mejor momento para ingresar
al planeta; lo mejor es irrumpir en Pan de Mar en una
época anterior: alterando el tiempo.
Varios Autores | 149
La alteración temporal la podemos hacer desde
dos vías posibles: en donde yo mismo como Guardián
estelar estoy autorizado para ejecutarla, la opción
consistiría en retroceder la datación registrada en la
Tierra, eso nos permitiría llegar poco antes de la gran
conflagración que aparecía en el relato que recién leías
ATA. La otra vía es retroceder aún más, en momentos en
que había civilizaciones de piedra en la masa terrestre.
Ustedes decidan: poco antes de la conflagración o en las
civilizaciones de piedra —dice el maestro al equipo.
Los tres se miran sin decir palabra, solo son
tranquilizados desde la comunicación mental ejercida por
el maestro.
—Lo más sensato es seguir las sugerencias del
maestro, ganaremos tiempo. Antes de ejecutar aquello,
propongo rediseñar el Programa Pan de Mar 3020 y estar
así preparados para cualquier contingencia que se nos
presente —dice KIM frente a la evidencia presentada por
el maestro.
—Yo estoy de acuerdo contigo KIM, —dice
CLIO, luchando contra sus fobias.
ATA se concentra en una intensa reflexión, da
unos pasos en dirección a una de las ventanillas, todos la
siguen con la mirada.
Permanece allí, solo ve cúmulos estelares, un
inmenso océano vacío y los planetas del sistema solar
poco más allá del cinturón de asteroides en donde se han
guarecido, nada que se parezca a una visión o que oriente
en ella una decisión, no recibe visiones como el maestro,
pero debe tomar una decisión.
—Haremos lo que indica el maestro, somos
responsables de millones de andromedanos que esperan
una mejor existencia, más luz y felicidad, es nuestra tarea
encomendada desde que aceptamos dedicar nuestras
150 | Mundos Alternos
vidas al trabajo en la colonia de investigadores; hay un
curso que seguir, una etapa que concretar.
—¿Maestro? Estoy de acuerdo, daremos el paso de
alterar el tiempo, pero antes: KIM y CLIO rediseñemos
el Plan de la misión — dice ATA más segura que nunca.
Dicho esto, los tres astrocientíficos reescriben el
programa Pan de Mar 3020.
—KIM, CLIO, pensando en efectos de estrategia
estelar, acondicionamientos de la nave, defensa y recursos
yo optaría por intervenir en tiempos de las civilizaciones
de piedra; ahora los escucho —expone ATA muy decidida.
—Entiendo ATA, mi opinión es la tuya; no sabemos
los efectos que provoque en nosotros los momentos previos
a la conflagración, me atrevo a imaginar una época
contaminada con poblaciones reptilianas, no sería lo más
conveniente para nuestras emociones —responde KIM.
—También concuerdo con ustedes, he investigado
durante una época extensa el arte de esas sociedades
humanas donde se sucedieron las civilizaciones llamadas
de piedra en Pan de Mar, creo que arribar en ese tiempo
es más propicio para objeto de la misión; así que estoy de
acuerdo con la propuesta de ambos —dice CLIO.
—Perfecto, entonces los tres estamos de acuerdo,
maestro denos unos minutos haré regresar a los vigías y
luego de eso podremos concretar la alteración temporal.
El maestro vuelve a encaminar sus pasos para
ubicarse frente a las ventanillas y adentrarse en sus
visiones.
ATA, KIM y CLIO vuelven a sus comandos
en la mesa de control de la nave, la comandante
retoma el monitoreo de los vigías y les solicita regresar,
afortunadamente hay tiempo.
El regreso de los vigías no se hace esperar, el canal
de entrada abre las pequeñas compuertas para permitir su
ingreso y las cierra rápidamente.
Varios Autores | 151
Se ha consumado la tarea; será CLIO quien se
avoque a restaurar sus memorias.
—CLIO, en cuanto tengas reporte de las esferas;
nos avisas —dice la comandante.
—Entendido comandante, así lo haré; deme unos
momentos —replica CLIO.
Las esferas vigías son revisadas, la astroartista aplica
el visor holográfico de todas ellas de manera simultánea:
—Perfecto, ya tengo el reporte; nueve naves
nodrizas reptil avistadas: una, cinco naves desconocidas
avistadas: otras veinte naves pequeñas reptiles avistadas:
una flota de tres naves pequeñas draconianas, una gran
nave nodriza pleyadiana en uno de los polos. Es todo
comandante ATA, no hay más reportes de naves al respecto
en la atmósfera de Pan de Mar. Solo una información
que creo es importante; el satélite llamado Luna, ha sido
destruido, afectando la atmósfera del planeta para siempre
—indica CLIO.
—Excelente, bastante equilibrada la atmósfera
entre Reptiles rebeldes, Draconianos y me ha sorprendido
además la presencia de Pleyadianos. La destrucción lunar
no me lo esperaba. Tu intuición ¿te había indicado algo
de este nuevo escenario ATA? —pregunta KIM.
—Verdaderamente no KIM; ahora no tengo dudas
que la decisión tomada por los tres hace unos momentos
fue la correcta, —acota con seguridad ATA.
El maestro vuelve a hablar sin usar las palabras:
mantengamos la paz en nuestras mentes, aquí no pueden dañarnos
los reptiles rebeldes o draconianos. Cuando ustedes estén listos
iniciaremos la alteración temporal —dice el maestro.
—Estamos preparados maestro; cuando usted
diga, —responde ATA.
El maestro inicia la alteración temporal, toma un
cristal de cuarzo azul que tenía en su bolsillo y lo instala
152 | Mundos Alternos
en el medio de la mesa de control, los tres de pie frente
al cuarzo guardan silencio y se toman de las manos por
instrucción del maestro.
A continuación, todos musitan la vibración que les
indica el maestro; la luz violeta de la cabina de mando
de la nave se hace celeste y muy luminosa, la misma luz
cubre todos los objetos visibles, la tripulación y la nave
tanto en su interior como en el exterior hasta producir un
flash instantáneo, envolvente, luego de eso han traspasado
la franja temporal.
En fracción de segundos ATA retoma los controles;
en su mapa de ubicación tiempo-espacio chequea los
dígitos que da el holograma.
—Escuchen todos, esta es la datación que nos
brinda el espectro del control de la nave: estamos en el
trong C-400 de la era 8 en Sirio; maestro ¿hemos viajado
al tiempo indicado?, ilumínenos con su sabiduría, no
comprendo exactamente esta datación —dice ATA.
—Es correcto ATA, la fecha que arroja el espectro
corresponde al momento en que se construyeron las
ciudades de piedra, las de grandes monumentos, templos
y observatorios en Pan de Mar.
El equipo se concentra en revisar la información
cósmica de aquella época en los anales.
Todos concuerdan que el momento presente es
perfecto para hacer ingreso al planeta.
El maestro llama a los astrocientíficos a que
observen desde las ventanillas, la vista del espacio.
Los planetas del sistema solar se ven hermosos,
ausencia total de basura espacial y el satélite lunar recién
construido por los pleyadianos, otorga un magnífico
espectáculo. Pan de Mar en un perfecto azul luce
magnífico.
ATA, envía nuevamente los vigías para chequear la
Varios Autores | 153
atmósfera terrestre, tardan solo unos momentos y pronto
están de regreso.
CLIO revisa la información registrada en las cinco
esferas de plata.
—Comandante, el reporte de las esferas es el
siguiente: Excelente estado de la atmósfera, la ubicación
del planeta se encuentra a menor distancia de su estrella
brillante, presencia de naves hostiles no detectadas.
Todo parece perfecto para hacer contacto con el planeta
y sus poblaciones —dice CLIO.
—Sin duda, es el momento propicio para nuestra
misión; preparen controles para dar inicio al descenso al
planeta Pan de Mar, usaremos el robot de la nave desde
la estratósfera a la atmósfera. Una vez en la atmósfera
aplicaremos plasmatización completa de la nave, creo
que lo mejor es invisibilizarla hasta que encontremos el
momento propicio para hacerla visible sin afectar a las
comunidades que allí habitan. Luego usaremos control
manual mientras hagamos maniobras de base a baja
altura o de contacto de superficie —dice KIM.
—KIM, ¿podrías darnos reporte de posibles
portales dimensionales en el planeta? Según los anales
existen muchos, tanto en cuerpos de agua como en
macizos montañosos —dice ATA—.
—Así es comandante; Pan de Mar cuenta con
portales en toda su superficie, existen portales que llevan al
núcleo, otros que conectan con otros portales, la mayoría
lleva a la estratósfera de inmediato. Para que podamos
ingresar, sugiero que lo hagamos en aquellos portales que
conectan de manera directa con la luna y establezcamos
en ella una base transitoria; de tal manera que podamos
movernos entre el satélite y la masa terrestre de Pan de
Mar sin dificultades y en momentos de posibles peligros
dirigirnos con mayor prontitud a la luna, satélite que nos
154 | Mundos Alternos
puede brindar cobijo y distancia con los humanos —dice
KIM.
Mientras el equipo resuelve su ingreso al planeta,
el maestro habla a las mentes de los astrocientíficos,
entregando valiosa información y una decisión importante.
—Maestro, comprendemos su mensaje —dice
ATA—; a nombre de este equipo quiero agradecer su
enorme colaboración. ¿Es posible que nos acompañe
hasta el contacto de superficie? Su valiosa sabiduría nos
ayudará mucho.
El maestro acepta, introduce su mano en la túnica
y saca nuevamente el cuarzo azul para entregarlo en las
manos de KIM, como astropsicólogo será el cuidador de
esta piedra hasta que el maestro regrese para recuperarla.
Ahora dice a todos: el cuarzo azul les permitirá viajar y regresar al
tiempo del que provienen. Manténganse unidos para que la elevación
de conciencia y emoción sea alta. Les dejo la paz y la unión con este
cuarzo que también les ayudará a regresar a la colonia.
Todos se toman de las manos luego de las palabras
del maestro; mientras la comandante ATA configura los
patrones de navegación, CLIO y KIM revisan los anales.
—Comandante, reporte epocal de Pan de Mar:
Es altamente posible que las poblaciones nos confundan
con sus dioses, ello no afectará los anales. ya que así
ocurre generalmente con los humanos cuando no pueden
explicarse fenómenos, los atribuyen a sus deidades —dice
CLIO.
—Efectivamente, CLIO, si hacemos contacto con
ellos seremos vistos como divinidades. Mi apreciación es
dejarles mensajes positivos siempre; no podemos intervenir
en sus creencias —insiste KIM.
—Así es, comparto plenamente lo que ustedes
indican. Solo nos guiaremos por mensajes simples y
positivos con la menor intervención posible —responde
ATA.
Varios Autores | 155
La nave avanza con su impulsor de ionósfera a gran
velocidad por el portal, ATA mantiene plasmatización
de la nave al momento de ingresar a un banco de nubes
para evitar su visibilidad en la superficie; maravillosas
coloraciones dan a estas densas nubes algo extraordinario
para quienes jamás vieron este espectáculo que no deja de
sorprenderlos.
—Un planeta sublime, a mi padre le hubiera
gustado poder ver esto —reacciona una emocionada
CLIO.
—Magnífico, así es — responde ATA.
—Estoy haciendo registro de todo, tendremos un
archivo en casa para recordar este viaje hermanos, —dice
KIM.
—Nos mantendremos estables en este punto para
determinar coordenadas de inicio —dice ATA.
La nave está invisibilizada en una nube de gran
tamaño y densa composición, bajo ella una tupida selva
cuajada de millones de especies; pequeñas villas de
humanos, agua en abundancia y construcciones de piedra
elevadas hacia las nubes en medio de la selva.
La comandante ATA envía nuevamente las
cinco esferas para determinar en qué lugar es posible
hacer contacto de superficie sin afectar a las poblaciones
cercanas. Las esferas recorren distintos puntos del territorio
más cercano a la nave, dos bajan a la selva encontrando
abundantes especies, otra descubre un área perfecta cerca
de un río, otra da con un amplio llano verde y la quinta
encuentra unas cuevas entre las cuales hay una explanada
perfecta para descender.
Las esferas regresan rápidamente a la nave y CLIO
revisa la información de cada esfera.
—Comandante, reporte de las esferas para hacer el
descenso indican que hay dos puntos posibles sin contacto
156 | Mundos Alternos
humano. Uno es junto a un río y el otro entre unas cuevas
naturales de piedra. Propongo este último —dice CLIO.
ATA y KIM concuerdan en ello, descenderán en
el área de las cuevas, para ello esperarán la rotación del
planeta hasta que llegue la oscuridad. El inmenso sol que
lidera esta galaxia tiene a todos sorprendidos, su intensa
luminosidad permite que la vida fluya en Pan de Mar.
Atardece y el equipo es testigo de las tonalidades del
horizonte, ATA satisfecha hace registro de estas antiguas
postales para mostrarlas al resto de astrocientíficos en la
colonia de Xion 1.
La cúpula cósmica, que cubre este planeta, es aún
más transparente que en la galaxia Triángulo: muestra
magníficas visiones de estrellas, cúmulos, constelaciones,
nubes estelares.
Mientras avanza la noche en Pan de Mar, el equipo
de astrocientíficos aprovecha para alimentarse. Activan
los compartimentos que hacen la función de preparar
comida. El maestro solo pide agua, los demás ingieren sus
alimentos según el hábito andromedano.
El portal de ingreso ya ha sido cubierto por la
oscuridad, es el momento propicio para hacer ingreso.
El primer paso será hacer contacto de superficie,
abastecimiento y registro biótico cercano, una inspección
rápida: recolección de piezas superficiales del planeta,
la nave mantendrá plasmatización y campo vibracional
circundante que evite el que se acerquen especies animales
o poblaciones humanas y así no sean afectados.
Comienza el descenso por el túnel del portal, la
entrada deriva a la nave de manera instantánea con un
área boscosa; ATA sigue las coordenadas para dirigirse
a las cuevas, descienden entre dos macizos rocosos lo
suficientemente altos como para ser confundidos entre
las colinas en caso de ser avistados por poblaciones
Varios Autores | 157
humanas; el contacto de superficie ha sido completado.
La comandante ATA apaga encendidos, cierra ventanillas
y luces.
Todos bajan por la escalinata, cada una de las
gradas contienen inscripciones andromedanas. Según
la costumbre, las gradas de las naves deben contener
sabiduría, es el objetivo restablecer los códigos memóricos
lo más posible; en especial aquello va dirigido hacia las
generaciones andromedanas más jóvenes, que actualmente
carecen de memoria.
Amanece; en el entorno rico en vegetación,
un cúmulo de especies, aves, insectos y animales han
detectado la nave a una distancia cercana.
El maestro es el indicado para comunicarse con
los animales, avanza entre la selva con calma y respeto.
El maestro se queda de pie inmóvil y abre sus
brazos; los animales no lucen atemorizados y se le acercan.
Los astrocientíficos están impactados con estas
especies desconocidas; CLIO es la que luce más nerviosa
y ansiosa. Las fobias parecen aflorar en la joven científica.
El maestro habla directo a la mente de CLIO para
tranquilizarla: ella cierra los ojos por un segundo, luego
sonríe y respira profundo.
—Ya pueden recoger las muestras que necesitan o
inspeccionar los alrededores, los animales no interferirán
en su trabajo; —habla el maestro a todos.
—Gracias maestro — responde ATA a nombre de
todos.
El equipo de investigadores toma muestras de las
especies que encuentra a su paso, también del suelo, captura
fotografías, filma, hace tomas de aromas y resonancias
energéticas de las especies, scanner holográfico, muestras
genética, pluricelular y cromosómica. La cantidad de
datos es enorme, KIM crea muchos cuadros de datos
158 | Mundos Alternos
de las muestras tomadas, hace cruces estadísticos con la
información química y biológica existente en la colonia en
Xion 1: los resultados son sorprendentes. Pan de Mar es
simplemente perfecto para hacer feliz a cualquier especie.
—Los resultados son mejores de lo que me había
imaginado hermanos; a nuestro regreso hablaré con la
directiva de la Confederación Científica de Andrómeda:
quizá este planeta sea la esperanza, el futuro que
Andrómeda estaba esperando. Solo hay un pequeño
detalle que se debe resolver.
—Ese pequeño detalle del que hablas ¿son los
humanos ATA? —responde KIM—. Frente a ellos un
manso cuerpo de agua corre abundante y la gran estrella
de calor se hace dorada atardeciendo el horizonte en la
selva profunda.
Han transcurrido muchas kirs de tiempo en el
desconocido planeta; hasta ahora no han tenido contacto
visual con ningún humano lo que los tranquiliza.
KIM, CLIO y ATA han finalizado la misión y
preparan el regreso a Xion1; hasta ahora todo marcha
muy bien, el maestro los acompaña y asiste.
Esperan que llegue el crespúsculo para el regreso
al hogar, comienzan el encendido de la nave y se elevan
a gran velocidad sin dificultades; parece un enorme
insecto que brinca libre en un cielo transparente solo
acompañado por enormes bancos de nubes cargadas de
abundante agua.
Pronto están en la estratósfera, tan límpida y
transparente como un perfecto terciopelo negro bordado
de millones de diamantes.
KIM está emocionado con la gran información de
este nuevo mundo descubierto, estos datos y muestran son
el futuro de las nuevas generaciones de andromedanos.
—Hermanos, estamos por llegar al cinturón de
Varios Autores | 159
asteroides, será momento de regresar a la datación que
teníamos; así volveremos a nuestro planeta —dice ATA.
Realizan el regreso a su datación 3020 y al retomar
los controles descubren lo insólito, una enorme nave reptil
se encuentra frente a ellos.
—¡Que hacemos! Cuando los reptiles aparecen, lo
mejor es acercarse a ellos e ingresar a sus naves, o de lo
contrario lo consideran una hostilidad—dice CLIO ante
un KIM y ATA atónitos—.
Ahora nuevamente el maestro habla sin palabras:
Yo me quedaré con los reptiles, tomen el cuarzo azul y hagan el salto
temporal de trong ahora mismo, es la única forma. Dicho esto, usa
una pequeña nave individual y hace ingreso a la enorme nave reptil.
Loa tres astrocientíficos temiendo que su misión
puede peligrar aceptan que el maestro haga un sacrificio
ingresando a la nave reptil, saben que en su inmensa
sabiduría logrará sortear el peligro.
El equipo de astrocientíficos se sienten fortalecidos,
unen sus fuerzas y mentes y comienzan el salto temporal de
trong con éxito, pero con la enorme tristeza de abandonar
al maestro con los reptiles.
El regreso a Xion 1 parece ir muy bien, sin
embargo, resulta extraño a KIM que ninguna nave de
supervigilantes los encontrara a corta distancia de su
planeta como es la costumbre y es que no lo saben.
El planeta Xion 1 ha sido atacado por draconianos
rebeldes, la única esperanza será cambiar la ruta hacia el
planeta Actea 4.
Ahora lo comprenden, el maestro siempre lo
supo, por eso apareció y les dejó el cuarzo azul, solo
con él podrán llegar a Actea 4; el basalto que llevaban
como combustible no sería suficiente debido a la enorme
distancia.
Solo ahora lo saben, Pan de Mar era solo un
160 | Mundos Alternos
nombre, el verdadero camino a la felicidad es el cuarzo
azul que ahora poseen, entonces Actea 4 será el nuevo
Pan de Mar, ese pan de vida azul que aún existe y que
ahora cobrará nueva vida gracias a ellos.
Varios Autores | 161
Confesiones de un testigo del Norte
Alejandro Ruiz Norambuena
En el desierto, oculto entre pergaminos, espejismos e
historias que la arena abraza con su áspera piel, me
encuentro desvanecido y fulminado, feliz y consternado.
Sentimientos de las palabras de la piel alborotan mis
significados como presagios del alma de un recuerdo.
Saber que puedes volar alto, sobre cumbres que nadie ha
imaginado, sobre las alas de animales que solo la mente
puede percibir con la imaginación de un niño.
Veo en la lejanía como corre un ser famélico, pero
bellísimamente veloz, como un puma sigiloso, que parece
no tocar el suelo. Decir que es el viento quien lo eleva y lo
transporta sería burlar su habilidad, porque cuando lo vi
y, en el lugar que lo observé, sin que el viento marcase su
ausencia hasta que llegó la camanchaca.
Todas mis concepciones de lo mágico se
materializan en esa visión. Siempre he sido devoto de los
dioses, mas nunca pensé que vería una cosa así. Parece
que las puntas de sus pies rozaran de forma intermitente
y acariciaran la coraza del desierto, el caparazón de fuego
del camino del inca que nunca ha sido de seda.
La arena parecía latir con cada pisada de ese ser
magnífico. Mis cavilaciones tomaron otros rumbos, se
disgregaron de lo personal a lo universal. ¿Cómo puede
162 | Mundos Alternos
haber tanta diferencia entre ese ser magnífico y yo? ¿De
dónde proviene tanta habilidad y supremacía? ¿Podría
alcanzarlo y preguntarle? ¿Cuál será su dialecto? ¿Es de
este mundo?
Me llena de felicidad el poder haber sido testigo
de aquella visión, pero me llena de terror el saber que
existen seres así en mi mundo. ¿Qué haría mi pueblo ante
el ataque de un ejército con esas características? Nosotros,
los atacameños, no somos un pueblo guerrero. Sabemos
defendernos, pero no nos interesa en lo más mínimo
pelear. Hemos tenido que lidiar con otras gentes, pero
preferimos la creación ante la destrucción.
¿Informo de esto a mi gente o sumerjo mis
palabras en instancias de total mutismo? No creo haber
sido el único en haberlo observado. Lo seguiré. Trataré
de hablar con él y, si es necesario, detenerlo. Algo muy
importante debe estar sucediendo en otras latitudes.
Tomo un atajo que solo los que vivimos en estos
lugares conocemos y logro verlo detenerse y sacar algo
de su morral, que parece comer o masticar. Ese debe de
ser el secreto de su misteriosa habilidad. También pueden
ser aquellos dibujos estampados en su cuerpo o esa cruz
que cuelga de su cuello, que nosotros conocemos como
el mapa territorial de las cuatro latitudes. Nunca habría
imaginado tenerlo como amuleto en mi pecho. ¿Tener
tu territorio colgando en tu pecho? ¡Qué extraño!, pero
innovador.
Mientras lo miro tengo la impresión de que
también él me observa. Pero ¿cómo? Todo lo relacionado
con él es tan confuso y distinto. Un sentimiento extraño
me produce el acercarme a él. Yo sé que algo importante
está sucediendo y que él tiene las respuestas a mis dudas.
Sigo acercándome, tratando de no hacer ruido.
En el sigilo de la ausencia total de sonidos lo pierdo de
Varios Autores | 163
vista en un pestañeo, mientras recorro a gran velocidad
una pequeña cadena montañosa de la Cordillera de la
Costa. Llego hasta el lugar donde estaba este veloz ser.
En ese instante y, en un idioma extraño, escucho una frase
que nunca olvidaré. En ese instante volteo mi cabeza y,
al mirar sus ojos, desde el cielo un impacto apaga mis
sentidos de un soplo, como cuando se apaga una llama
en la oscuridad. Esa frase significa: «nadie me detendrá».
II
Como si el peso del mundo se multiplicara con la ausencia,
como si la gravedad del mundo soñara con el espacio
exterior, así me veía junto a la niebla. Nubes de una
dulzura propia del maqui o de la mora cocida en el fogón
de mi abuela. Yo estaba recostado sobre la niebla, flotando.
No podía moverme, y la voz de un hombre relativamente
joven me hablaba. Llenándome de preguntas y narrando
anécdotas de su niñez que en una primera instancia no
me importaban, pero que, ahora entiendo, eran el código
para el mapa del laberinto mortal, por el cual viajaba, sin
poder tomar alguna decisión.
Los dioses, al parecer, ya habían escrito mi destino
y mi existencia viajaba a las profundidades de la Tierra, al
reino de la serpiente, donde los difuntos habitan inhalando
muerte y exhalando recuerdos, experiencias que viven en
sus cerebros marchitos.
En medio de la niebla pude ponerme de pie
y recuperar mi movilidad. El dolor de mis rodillas
otorgaba solemnidad a mi postura. Miré con dificultad
el suelo evaporado y, a pesar de toda la frialdad de aquel
lugar demoniaco, este no me impedía mantener viva la
esperanza de que algo importante sucediera.
Una mano pesada, fuerte, pero al mismo tiempo
164 | Mundos Alternos
delgada me obligó a girar mi cuerpo y a observar aquello
que me sostenía.
En un idioma distinto, que no me era ajeno, que
podía entender, me dijo: «No temas, no te haré nada…
no quiero hacerte daño». Luego, al darse cuenta de lo
asustado que estaba, me dijo: «no me obligues a hacerte
daño. Tengo que contarte una historia que habitará en
tu memoria hasta la muerte». Al mencionarse la postrera
sentí unos deseos tremendos de arrancar.
Ese hombre había sido el mismo que había
observado corriendo por la costa, que me había golpeado,
y pensé que había acabado con mi vida. Este ser esbelto y
ágil intentaba apaciguar el intenso terror que me habitaba
y se sentía culpable de algo.
Esperé a que se calmara y se descuidara para
poder huir. Él miró la luna, suspirando y orando unos
versos parecidos a una canción. En ese instante me vi
libre y decidí correr a toda velocidad. El famélico hombre
emitió un alarido extraño con algo que puso en su boca.
En ese momento, entre la niebla, surgieron sombras de
antepasados del hombre extraño que murmuraban: «te
necesitamos para cumplir nuestro cometido… los dioses
lo han escrito todo… ellos todo lo escriben con sangre o
en piedra, en alma de oro del destino».
Intenté eludirlos, peleaba con ellos, utilizaba todas
mis fuerzas, toda mi velocidad y todas mis habilidades
como guerrero. Salté por sobre piedras gigantes, me
colgaba de árboles extraños e inmensos, árboles con
espinas que quemaban mis manos y pies. Finalmente
llegué a un lugar plano parecido a las canchas de pelota
que utilizaban los pueblos del norte. Allí pude respirar,
mirar al cielo que estaba parcialmente protegido por
nubes. Al observar la velocidad de estas parecía que los
dioses soplaban la espuma del mar de sueños dispersos.
Varios Autores | 165
Un hombre de pequeña estatura mordió mi mano
y me dijo: «ya has pagado tu colmillo de puma». Me
aproximé a él para golpearlo y él me entregó una cuchilla,
la que estaba confeccionada con un material desconocido
para mí y que me enceguecía con su brillo calipso.
En ese instante, cuatro hombres muy distintos
entre sí —parecían pertenecer a razas diversas, ya que
hasta su vestimenta era extraña para mí— se acercaron
sigilosamente con deseo de atacarme.
Dejé mi daga y, posando mis manos y rodillas en el
suelo de piedra perfectamente ensamblada, miré al cielo
y dije: «no pelearé con nadie sin una razón justificada».
Uno de los hombres saltó desde uno de los árboles,
corrió por la cancha y, segundos antes de propinarme una
gran patada en el rostro, me dijo con sorna: «Otro maldito
Tiwanaku. ¡Viva la unión de lo distinto!».
Luego, escupió al suelo y riendo me dijo: «esta no
es una razón poderosa, hombre de paz», y volvió a escupir
el suelo.
En mi aldea, quien escupe el suelo realiza un gesto
inaceptable. Quien escupe el suelo escupe a la Madre
Tierra, nuestra máxima divinidad.
Hice todo lo posible para ignorar el gesto; yo no
deseaba pelear con nadie. «El odio engendra maldad»,
decía el anciano de mi pueblo.
Los cuatro hombres reían y se burlaban de mí. Cada
uno sacó un arma y me atacaron con gran brutalidad.
Eludí por mucho tiempo la gran mayoría de los golpes
que me propinaban hasta que un rugido entre los árboles,
como el de un puma gigante, hizo que los cuatro hombres
desistieran de tu tarea.
Nunca me había enfrentado a guerreros con tanta
habilidad. Eran tan rápidos que parecía que flotaban.
Eran ambidiestros, se movían con la misma agilidad
166 | Mundos Alternos
tanto en sus piernas como sus brazos. Parecían guerreros
perfectos, claro que los cuatro eran totalmente diferentes
entre sí en su manera de luchar, en el tipo de arma que
dominaban, en su contextura física, en sus habilidades
corporales y mentales.
Uno de ellos era muy extraño. El color de su piel
parecía engendrado por la luna. Era del color de los ojos
de los magos cuando hablan con los dioses. Era el más
ágil de los cuatro y su cuerpo, a pesar de no ser muy alto,
presentaba una figura vigorosa que ocultaba una fuerza
descomunal comparable solo con su rapidez.
Él obligó a los otros guerreros a no luchar conmigo.
Les dijo: «no es necesario que los tres lo enfrentemos.
Yo lo haré luchar. Todos los Tiwanaku son iguales. Son
como niños, hijos de los elementos, vicarios de la paz. Sin
una razón poderosa, no peleará a menos que Tata Inti o
Pachamama sea afectada».
III
Se escucharon, con la velocidad de un sueño, entre los
árboles, sonidos, alaridos, estruendos. Parecía que el
mundo se caía a pedazos. Una cantidad inconmensurable
de maleza y árboles eran desgarradas de las entrañas de la
selva. En el momento en que se asomaba esa monstruosa
figura y, en tanto, tres de los cuatro guerreros, aterrados,
se arrodillaban y posaban tiritando sus armas al suelo, El
guerrero blanco se acercó y le dijo algo en un idioma muy
antiguo y extraño, lo cual hizo que se calmara la bestia.
El guerrero blanco alzó su mano gritando, se
sacó su armadura de cuero del pecho, la arrojó al suelo,
giró, corrió a toda velocidad hacia mí pronunciando
una oración como si cantara un himno a la guerra y
me propinó un golpe en el pecho que logré sentir solo
Varios Autores | 167
minutos después del furioso impacto. Sería un mentiroso
si no dijera que intenté eludirlo, pero me fue imposible.
La habilidad de este guerrero me superaba por mucho.
Un aire de impotencia y frustración comenzó a inundar
mi rededor.
Me propinó otro golpe que me levantó de las
costillas. Sentía como si mi pecho bostezara, gritando en
silencio. Parecía como si mi alma estuviera en mi tráquea
y se resistiera a ser palabra.
De rodillas, miraba cómo se jactaba de su
habilidad. En ese momento corrió nuevamente y, al
envestirme, dijo: «Pelea Tiwanaku, pelea y podrás volver
a tus ruinas a meditar».
Me volvió a propinar más golpes con una
ferocidad indescriptible. Al parecer me conocía, porque al
golpearme otra vez en la quijada me dijo: «Nuevamente
nos vemos y en las mismas circunstancias».
Y seguía con la agresiva empresa.
Le dije, retomando mi postura erguida, digna y
haciendo un gesto de paz: «No me acuerdo, no entiendo
de qué me hablas».
Me respondió, cada vez que parecía incrementar
su encono: «¡Tiwanaku, pelea!».
Parecía desesperarlo la idea de que yo no quisiera
defenderme. Parecía esperar que yo hiciera algo, pero no
lograba entender nada. Estaba seguro que me conocía y
yo no recordaba ni entendía mucho de lo que intentaba
indicarme. «Me confundes con otra persona», le dije.
Me siguió golpeando y uno de sus golpes me lo
propinó en el pectoral. En ese momento dejó en mi pecho
un collar, una especie de talismán con una forma que
me era muy familiar y me dijo: «Toma. Entrégaselo a la
sacerdotisa niña. Ella sabrá qué hacer con él».
Al recibir el talismán, sus golpes ya no me dolían
168 | Mundos Alternos
e, incluso, se me hizo fácil contrarrestar sus movimientos
agresivos. Lo empujé con la palma de mi mano y fue a
caer muy lejos, quedando maltrecho. De entre la selva
comenzaron a moverse la criatura y a saltar todo tipo de
objetos que la rodeaban, y los rugidos y alaridos hacían
temblar mi alma junto con la tierra.
El guerrero blanco me gritó: «Soy el guerrero
Chachapoya, guardián de la cruz andina de los hombres
de la Luna».
Le respondí con todo mi cuerpo y boca destruida:
«Lo siento, no creo ser a quién buscas, no entiendo nada».
Y él me gritó en otro idioma y luego en el mío:
«¡Despierta Tiwanaku, despierta! Nos veremos en la tierra
del cóndor, en la otra vida».
Me sonrió y se dispuso a enfrentar a la bestia
descomunal que se acercaba.
El talismán comenzó a brillar a medida que se
aproximaba aquél ser descomunal, y su estructura de
piedra y metal se movía como si hubiera cobrado vida.
En ese momento desperté de la pesadilla, que
parecía más real que la visión pasiva de dos rostros de
mujer que me estudiaban con determinación y curiosidad.
IV
Una vez despierto, sentí sobre mi pecho un objeto pequeño
y frío. Su descomunal peso dibujaba en mi corazón su
figura universal. A nadie parecía sorprender aquella
humilde joya más que a mí. No recuerdo haberla visto
antes del encuentro con el viajero de la costa, aquel que
mediante un golpe me sumergió en un sueño de conexión
de dimensiones.
«Estoy seguro», me decía a mí mismo, «este
collar me lo entregó el guerrero blanco durante la lucha
Varios Autores | 169
en la cancha del juego de pelota. Pero ¿cómo se puede
transportar un objeto en un sueño? Nadie ha logrado
hacer algo así. Le preguntaré a aquel hombre que me
trajo de la costa, a lo mejor él tiene la respuesta a este
enigma».
Mientras pensaba esto, en voz alta, una mujer
sopló una especie de humo de agua sobre mi rostro, que
nubló mi mente. En aquella nebulosa escuchaba sus
melodías que desplegaban en mí toda su tierna esencia,
propia de la Pacha Mama.
Sentía que un pájaro gigante desgarraba la piel
de mi cabeza y deseaba comerse aquellas preguntas que
surgían desde mis sueños. Algunos necios de la aldea me
decían: «pensar demasiado mata a las personas en vida».
Pero yo creo que pensar y soñar hacen del hombre
un ser íntegro; «sin sueños el hombre no es más que arena
y huesos», me decía mi abuela cuando niño.
En el sueño, observaba que aquel cóndor era un
ser gigante, muy fuerte, que parecía de piedra. Su cuerpo
estaba lleno de tatuajes con signos ceremoniales. Sus
manos parecían poder tomar un puñado de hombres y
destrozarlos como ramas secas. El color gris de su piel
parecía carecer de vida, sus pasos y movimientos hacían
temblar el mundo.
Yo estaba atado de pies y manos a una mesa de
sacrificio. El Puma Punco, tallado en una montaña en mi
espalda, indicaba el este. Estaba amaneciendo y parecía
que era mi fin. Luego, este gigante tomó entre sus manos
un cóndor, el más grande y magnífico ser que habían
observado mis ojos, y lo mató lentamente, bebió su sangre
y devoró, aún vivo, sus entrañas.
Con el pico del ave en una de sus manos se
aproximó a mí y con voz que se asimilaba solo a los
estruendos del cielo, me dijo: «No te permitiré acercarte
170 | Mundos Alternos
a la anciana niña, ella no puede renacer a Huiracocha».
En ese instante, un hombre muy parecido al
famélico caminante que había observado en la costa, se
acercó a mí y comenzó a golpear mi cabeza con el pico
del cóndor hasta que mi sangré corrió por la piedra.
Este hombre llenó una vasija con ella y se la entregó al
gigante de piedra, el cual, con gritos y gestos, desafió a los
dioses después de beber con mucho entusiasmo.
El famélico caminante me decía:
«¿Tienes algo que decir Tiwanaku? Tu sangre
inicia la nueva era del reinado de los hombres de piedra.
Todo el mundo que has visto morirá. Toda tu filosofía
pacifista perecerá, Tiwanaku. La guerra se inicia, los
gigantes de piedra son los dueños del mundo. Al beber la
sabiduría de tu raza, conocerán el secreto para manipular
a Pachamama».
Yo no entendía mucho. No sabía qué realidad era
mejor o peor. Si ser un tiwanaku o atacameño. Lo que sí
tenía claro era que algo importante estaba sucediendo en
ambas dimensiones y que traería cambios a mi mundo,
cultura y ecosistema.
Tengo mucho miedo, creo que estoy muriendo y
no sé cómo informar aquello que será acallado con mi
muerte.
¿Qué puedo hacer en estos segundos de vida para
que mi mensaje trascienda? ¿Qué puedo hacer para que
mi muerte no sea inútil?
En medio de mi reflexión, el gigante se acercó
mucho a mí. Su rostro casi tocaba el mío. Me miraba
fijamente a los ojos. Respirando sobre mí, me dijo:
«Tu muerte es una ofrenda a mi conocimiento».
En ese momento, paralizado de miedo, comencé
a rezar, orar y meditar profundamente. Pensé en la figura
del puma tallada en la piedra y en todos mis seres amados.
Varios Autores | 171
En ese instante, los ojos del puma de piedra esculpido en
el cerro de la isla del sol se iluminaron y se llevaron mi
conciencia a las profundidades de la piedra.
172 | Mundos Alternos
Sub temporis
Arturo Sierra
Con un feroz chirriar de fierros viejos, el funicular soltó
los frenos y comenzó a bajar por la rampa. El aparato
crujía y se bamboleaba, rodaba centímetro a centímetro
sobre sus rieles como carnada para las fauces del túnel.
Lo brusco del movimiento le dio a la cabina vibraciones
laterales y sus cuatro ocupantes —dos mujeres y dos
hombres— tuvieron que afirmarse de pasamanos para
no caer. Una del grupo, gringa a juzgar por sus tatuajes
faciales, se notaba nerviosa: se le veía cerrar los ojos con
fuerza y respirar hondo para tranquilizarse. Los otros
dos extranjeros fingieron no sentir la misma angustia
y clavaron la vista adelante, hacia la oscuridad, con las
mandíbulas apretadas y los ceños fruncidos. Huán, el guía
lugareño, no dio muestras de emoción alguna.
—Las entrhanas de la Tierha —leyó uno de los
exploradores, un tipo pintoso, como de traérselas o de
creer que se las traía. Sobrado. Su acento lo delataba
también como gringo, aunque de otra región que la
mujer: ¿la Nueva Unión, quizás? Fuera de donde fuera,
su manera de maltratar el castellano era penosa.
Las palabras estaban escritas sobre la entrada al
túnel, pintadas a mano con brocha gruesa: «Las entrañas
de la Tierra», decía. Hacía unos meses, el letrero estaba
cubierto bajo cuatro siglos de polvo; los arqueólogos
habían terminado de restaurarlo esa misma semana,
junto con el motor y los rieles del funicular. El sistema,
Varios Autores | 173
aseguraban los restauradores, estaba completamente
reparado y era seguro hasta el fondo; de ahí en adelante,
estarían en territorio desconocido.
—Oiga, Huán, ¿de verdad usted baha esto
caminando, colgándose con cuerdas? —preguntó el tipo
pintoso.
El guía respondió con un encogimiento de
hombros: era lo más que habían conseguido sacarle hasta
el momento. El equipo de más de cien antropólogos,
arqueotecnólgos, restauradores e historiadores trabajando
en la reapertura de Lota —todos extranjeros— estaba en
excelentes términos con la gente de la zona, habiendo
comprado amistad con medicina y lujos exóticos.
Los tuneleros como Huán, sin embargo, eran otra cosa;
nueces difíciles de cascar. Cosa que no era de extrañar,
considerando su oficio.
—Here we go —dijo la segunda mujer del grupo,
cuando el funicular penetró en la oscuridad. Esta era
alta, le sacaba una cabeza incluso al tipo pintoso. Huán
prácticamente tenía que doblar el cuello para mirarla a
los ojos. Juzgando por su altura, rasgos y acento, el guía
tal vez habría dicho que era norafricana, si le hubieran
preguntado. Malina, habría dicho. La República de Mali
era famosa, incluso en este rincón olvidado del mundo,
por sus universidades y sabios itinerantes.
—Good luck! —les gritó alguien desde arriba.
Los tres exploradores extranjeros encendieron
sus linternas para alumbrar las paredes del túnel: grafitis,
en caracteres de todos los estilos, la mayoría de ellos
ilegibles. Un ejército de arqueólogos especializados ya
había registrado y archivado las pintadas, pero era difícil
resistir al morbo de mirar y especular sobre sus autores.
Uno de los rayones que pasaron, en letras bien grandes,
proclamaba el lugar como «Cueva de Pecadores»; otro,
escrito con pintura roja, decía «HELP».
174 | Mundos Alternos
Huán, familiarizado con el descenso, encendió un
cigarrillo.
—¿Es segurho eso? —dijo el tipo, señalando al
pucho—. ¿No le prhocupan los… gases?
Otro encogimiento de hombros.
—Apaguen eso mejor —dijo Huán, señalando las
linternas con la barbilla—. Hay que conservar batería.
—Tenemos suficiente carhga.
—What’d he say? —preguntó la malina, única del
grupo que no sabía una palabra de castellano.
La luz del día que se derramaba desde la entrada
se fue haciendo progresivamente más tenue y pequeña,
hasta que desapareció por completo. Con las linternas
apagadas, la única iluminación era la del funicular, débil
y amarilla, insuficiente para alumbrar las paredes de
concreto en torno a ellos. Después de algunos minutos,
la brasa del cigarrillo voló hacia adelante y cayó en la
rampa, donde rodó unos metros hasta que la alcanzó el
funicular, aplastándola con sus ruedas.
—¿Cuántas veces ha hecho el descenso usted?
—preguntó la gringa, rompiendo el silencio. Cualquiera
habría podido detectar el temblor de su voz, aunque su
castellano era bastante pasable. Daba la impresión de
querer hablar para distraerse de la claustrofobia.
Huán no contestó de inmediato. Pareció que
se limitaría a seguir dialogando con los hombros, pero
la gringa le dedicó una mirada implorante, casi con
lágrimas despuntando. Y el tipo pintoso, que tenía un
lenguaje corporal más bien fanfarroniento, se cruzó de
brazos como desafiando al guía, mostrándole que estaba
dispuesto a exigir respuesta verbal.
No habían tenido oportunidad de entrevistar a
Huán antes de comenzar el descenso. Hasta el último
momento, no era seguro que el gremio de tuneleros les
Varios Autores | 175
fuera a permitir usar a uno de los suyos. Apenas esa
mañana, Huán había salido del bosque circundante al
campamento arqueológico, acompañado por un viejo con
más inviernos que la cordillera, ambos como encarnándose
a partir de la neblina que cubría el eriazo al amanecer.
Los dos se presentaron ante el líder de la expedición
extranjera y el viejo, que resultó ser el mandamás de los
tuneleros, declaró que Huán era el único voluntario para
acompañar «al grupo de gringos imbéciles que van a ir a
suicidarse allá abajo».
—Somos buena gente —gritó el viejo, que o bien
era sordo como tapia o bien no tenía ganas de escuchar
réplicas—, por eso les prestamos guía. Si no, que vayan
a morirse solitos. Se les ocurre, ¡bajar a Lota sin tener ni
idea de lo que hacen! Habría que dejar que se pierdan,
pa’ que aprendan a meterse donde no les piden. Gringos,
tenían que ser.
Cuando se iba yendo, lo oyeron decir fuerte y
claro:
—Lota es nuestra. No se les vaya a olvidar eso a
los hue’ones.
Después de acompañar al anciano de vuelta hasta
borde del campamento, Huán regresó para unirse a los del
grupo expedicionario. El tipo pintoso trató de impresionar
a su nuevo guía con un fuerte apretón de manos y Huán
casi le reventó los nudillos como respuesta. A la gringa, a
modo de saludo, le dio un beso helado en la mejilla, cosa
que esta describió como «quaint latin machismo». La malina
le quedaba muy alta como para saludarla del mismo
modo, conque unos gruñidos y un desganado apretón de
manos hicieron las veces.
En el funicular, la luz apenas alcanzaba para que
se vieran las caras entre sí.
—Trece veces he bajado yo —respondió Huán,
finalmente—, contando esta.
176 | Mundos Alternos
Cuando le tradujeron a la malina, esta soltó un silbido
apreciativo.
—¿Ha encontrado algún tesoro?
Huán se encogió de hombros.
—Una ‘presora. Chiquita, como así.
Otro silbido, colectivo. Una impresora 3D,
operativa, podría costar unos quince a veinte millones,
dependiendo de los ítems que tuviera programados para
imprimir. Pero eso en los mercados del norte; la relativa
pobreza de la comunidad local —sumada al hecho de que
Huán no fuera un millonario retirado— les decía a los
extranjeros que lo pagado por los traficantes no debía de
ser ni centésima parte de eso. Las dificultades y peligros del
viaje entre Lota y cualquier región civilizada del mundo
justificaban, en parte, la diferencia de valor: era necesario
atravesar una docena de desiertos irradiados, plagados de
vándalos y cuatreros, antes de encontrar una verdadera
ciudad.
—¿Y eso qué mierda es? —dijo Huán de repente,
señalando hacia el fondo del túnel, donde ahora se veía
una luz roja girando.
—Ahá, ya llegamos —dijo el tipo y, notando la
irritación de Huán—: ¿Qué tiene? Instalamos una luz de
sirhena al final, para tener una idea de cuándo va a frhenar
el ascensor.
—¡Hm! —dijo el guía—. No le va a gustar nada al
Patroncito, eso.
—What’s a Patroncito? —preguntó el tipo,
dirigiéndose a la gringa.
—Folklore. A local legend.
—Damn’t. Did we get a superstitious guide? —dijo la
malina.
—They’re all superstitious.
Todavía pasaron diez minutos de silencio tenso
Varios Autores | 177
entre que vieron la luz y el funicular llegó a su parada,
con un nuevo sacudón. Por un rato, quizás habían
conseguido acostumbrarse al reinado de la penumbra
circundante, protegidos como estaban en la burbuja de
luz dentro de la cabina, pero ahora no les quedaba más
que adentrarse en las fauces del monstruo. Mochilas al
hombro, abandonaron su pequeño refugio y comenzaron
a bajar empinada pendiente.
La puerta hacia el corazón de la mina era un monumento
a la pericia técnica del siglo XXI, que la humanidad ya
nunca recuperaría: una sola hoja de material desconocido,
más resistente que el mejor acero contemporáneo,
empujada por mecanismos ocultos. Por supuesto, había
dejado de funcionar hacía mucho tiempo, pero no debido
a alguna falla —las máquinas de los antiguos nunca
fallaban por sí solas—, sino debido a la intervención de
saqueadores de tumbas, como Huán.
Sobre el dintel había algo escrito en la arcaica
ortografía del siglo XXI: «Pecadores al paredón».
Resultaba difícil entender el mensaje: el paso de los siglos
había convertido las palabras antiguas en una lengua
extranjera.
Más abajo, cerca del suelo, había un agujero
estrecho, por el que cabía una persona arrastrándose.
Este agujero se habría hecho a soldadura, a juzgar por
los bordes chamuscados, pero el tiempo y la cantidad de
gas empleados para abrirlo eran cuestiones imposibles de
adivinar.
Por una parte, la destrucción de máquinas
antiguas representaba una afrenta a la misión de los tres
178 | Mundos Alternos
extranjeros: restaurar, preservar y recuperar. Por otra, si
los predecesores de Huán no hubiesen horadado la puerta,
ahora ellos tendrían que pasar quizás años encontrando
una manera de llegar al otro lado sin dañar el mecanismo.
El mismo problema se encontraba en todas partes
donde se descubrían refugios antiguos. La idea de miles de
microprocesadores y otros tesoros tecnológicos, escondidos
en el interior de cualquier búnker anterior al Colapso,
impulsaba a los saqueadores a adentrarse y enfrentar las
peligrosas defensas automáticas dejadas por los últimos
habitantes del siglo XXI. Esos microprocesadores antiguos,
extraídos de computadores, robots y teléfonos, habían
permitido el Renacimiento actual, pero el daño hecho
a las reliquias históricas en el proceso era irreparable,
comparable solo a la destrucción del Valle de los Reyes,
en Egipto. Esa comparación, sin embargo, solo podría
habérsele ocurrido a la malina, que como historiadora del
grupo entendía que la Hora Dorada tuvo a sus propios
antiguos, antes de colapsar.
Los refugios antiguos en América del Norte —
tanto en la Nueva Unión como en el Territorio Pacífico—
y Europa, más dañados por la guerra y sometidos a pillaje
durante más tiempo, se encontraban hoy en condiciones
mucho peores que Lota y otros sitios similares. De los
refugios en Asia no valía la pena hablar: el Colapso los
había devastado, casi sin excepción. De aquí el interés por
explorar países remotos, en los que aún se encontraban
reliquias intactas. Lota prometía ser lo que la tumba de
Tutankamón alguna vez fue a la egiptología, si los egipcios
hubiesen tenido tecnología de punta en lugar de orfebrería
pintoresca.
El guía fue el primero en pasar por la apertura
de la puerta abovedada que protegía el interior de Lota.
Una vez que estuvo al otro lado, le dieron las mochilas
Varios Autores | 179
y solo entonces, temblando de nervio y expectación,
pasaron la malina, la gringa y el tipo pintoso.
En la cámara interior no encontraron nada. Los
restos de un campamento, evidentemente perteneciente
a tuneleros como Huán; algunos bultos de aspecto poco
prometedor, harapos y trastos rotos: nada antiguo.
La pared opuesta de la sala se encontraba a unos veinte
metros, donde el haz de luz de sus linternas llegaba
difuminado por el polvo suspendido, pero en todo ese
espacio no se veía rastro alguno de la presencia de los
arquitectos. Al fondo se entreveía también la continuación
del túnel, amplia y aparentemente aún en descenso.
La idea de continuar bajando por corredores
y habitaciones como este peladero no debió parecerle
prometedora a los arqueólogos, y la luz de las linternas cayó
como decepcionada sobre el campamento abandonado.
Huán seguramente percibió la desazón en los tres
rostros y se apiadó de ellos.
—Ahí —les dijo—. Por esa puerta.
A mano derecha, efectivamente, había una
pequeña puerta en la pared. Los tres exploradores
extranjeros prácticamente corrieron a ella.
La sala contigua era mucho más pequeña que
la anterior, pero no tendría menos de diez metros por
lado. El suelo estaba completamente cubierto de huesos
blanqueados por el tiempo. Algunos no eran más que
fragmentos irreconocibles, pero las caderas y calaveras
bastaban para reconocer de inmediato los restos como
humanos. Una tumba colectiva.
—Todos estos estaban ahí detrás —les explicó
Huán—. Hay varios que tienen hoyos de bala.
—¿Por qué estaban ahí?
Encogimiento de hombros. La gringa, mientras
tanto, dio unos pasos tentativos hacia el interior de la
180 | Mundos Alternos
cámara fúnebre, cuidando no pisar huesos. Su nerviosismo
anterior estaba olvidado.
—Entonces, ¿ustedes los trajeron a esta sala?
¿Como tumba? —el tono de su voz sugería que no
esperaba respuesta a sus preguntas—. ¿Qué cree que
estaban esperando junto a la puerta del refugio? ¿Que los
rescataran? ¿Y por qué no fueron a la parte habitable?
¿Por qué les dispararon? ¿Quién? ¿Entre ellos mismos? —
La gringa giró sobre sí misma, como un faro alumbrando
un mar de restos humanos.
A pesar de lo macabro del lugar, esta era la
clase de misterio que hacía vibrar a los arqueólogos.
Los últimos días del siglo XXI fueron un tiempo de
confusión, peligro y, sobre todo, miedo. Un tiempo sobre
el que no se sabía nada con seguridad y sobre el que
se entendía aun menos. Reconstruir las mentes de los
hombres y mujeres que enfrentaron ese tiempo era una
tarea imposible, pero apasionante.
—Aquí no queda ninguna cosa —dijo Huán, tras
unos minutos de contemplación silenciosa—. Hay que
meterse hacia el fondo para ir encontrando las máquinas.
—Entonces debiéramos següir —sentenció el tipo
pintoso—. Tus preguntas pueden esperhar, Mirry —le
dijo a la gringa—, perho si encontrhamos alguna máquina
funcional…
Esto provocó un debate entre los extranjeros.
La gringa y la malina, antropóloga e historiadora, podrían
haberse quedado una década en el osario sin pensar en otra
cosa que los hallazgos aún por hacer entre los esqueletos.
El tipo pintoso, por otra parte, arqueotecnólogo, no
tenía mucha paciencia para restos humanos y consiguió
convencer a las otras dos de que, incluso si quedaba algo
por descubrir aquí, lo haría un equipo de forenses después
de años de laboriosa investigación, no dos diletantes con
Varios Autores | 181
tan solo unas horas de trabajo: la evidencia sobre el pasado
estaba demasiado borrada entre los huesos quebrados. Así
pues, el grupo acordó seguir adentrándose en la mina, de
acuerdo con el plan original.
Echando ambiguas miradas hacia atrás, el grupo
emprendió la marcha por el túnel.
—Esta parte es la mina original —dijo Huán—. Estas
vigas tienen como quinientos años, no sé. De cuando
sacaban carbón. Las vigas —añadió, dándole un par de
palmadas a los soportes del techo— eran de eucalipto,
pero ya se hicieron piedra.
La malina no se habría mostrado más impresionada
por esta información si le hubiesen dicho que las vigas
eran de oro macizo, en vez de madera petrificada.
Acercó una mano reverencialmente a una de ellas, pero
la retiró antes de alcanzarla, como si no se creyera digna
de rozar reliquias sagradas. O como si tuviera miedo
de derribar el techo con el más ligero contacto. El tipo
pintoso se rio de ella.
—Los historhiadorhes se toman las cosas viehas
demasiado en serhio —le dijo a Huán, haciéndolo cómplice
de su chiste desabrido—, ¿no crhee? Yo soy más como usted;
me importa la tecnolohía de los antiguos, no sus erhorhes.
Cuatro haces de luz vagabundeaban por las
paredes. La roca madre en esta parte de la mina estaba
desnuda, negra y ominosamente tibia, como la carne de
un ser vivo. Todavía se veían pintadas en los muros, pero
estas eran más recientes y en ortografía contemporánea,
hechas por tuneleros. Muchos grafitis eran indicaciones
de distancia y mapas, o simples firmas de quién y
182 | Mundos Alternos
cuándo estuvo ahí. Unos pocos conmemoraban muertes.
Y algunas, aquí y allá, eran invocaciones al «Patroncito»:
«Gracias Patroncito por permitirnos regreso», «Patroncito
por favor apiádate» y también «El Patroncito es el diablo».
—Se entiende de immediato por qué el gobierno
de Chile construyó su refuhio en estos túneles. Las bombas
de la guerha no podrhían haber penetrhado tan profundo, por
poderhosas que fuerhan.
Huán se encogió de hombros.
—Gente loca —dijo, aparentemente incluyendo
en su sentencia a toda la Antigüedad—. Si se supone
que eran tantos millones, ¿cómo iban a caber todos aquí
abajo?
Los extranjeros hispanohablantes intercambiaron
miradas.
—Los refugios no eran para todo el mundo, Huán
—explicó la gringa—. Solo para unos pocos. Hasta cierto
punto, comparto la opinión de Jinny, aunque sea un jerk al
respecto: la tecnología de los Antiguos era maravillosa, pero
cometieron graves errores sociales. Toda su civilización
estaba… how’d you say…? Volcada hacia el Pecado.
—En cualquier caso —dijo Huán, ignorándola—,
esto lo construyeron rápido. Lota la hicieron apurados en
unos meses, cuando ya se había empezado a morir hacía
rato la gente. Se aprovecharon no más de la mina que
ya estaba. Por eso está toda esta parte así, como original.
¿M’explico?
—¿Cómo sabe usted eso, Huán?
—Se sabe, no más.
—What are you guys saying?
La gringa le resumió la conversación a la malina.
Hablar mientras caminaban era un esfuerzo —faltaba el
aliento, era fácil tropezar—, pero oír sus voces al menos
les permitía concentrarse en algo que no fuera la opresiva
Varios Autores | 183
oscuridad que los rodeaba, la sensación de que la galería
iba a cerrarse sobre ellos como el tracto digestivo de un
enorme y perverso gusano.
—Ask him what he knows about the Sin —dijo la malina.
—¿Cuánto sabe usted del final de la Hora Dorada,
Huán? —preguntó la gringa—. ¿Conoce el Pecado?
Huán, acostumbrado a la claustrofobia de los
túneles, parecía menos interesado en mantener viva la
conversación y más atento al lugar donde ponía los pies.
De todos modos, mordió el anzuelo.
—¿Qué? ¿Algo de religión?
—No, Huán. El Pecado de los Antiguos no fue
religioso, sino social.
—Ah, no sé na’ de eso, yo. ¿No era que la Hora
Dorada se terminó por la guerra?
—La guerha tuvo sus causas, mi buen ombrhe. —
El gringo era tan conspicuamente condescendiente que
habría sacado de sus casillas a uno con piel más delgada
que la del guía.
—Después me cuentan. Aquí llegamos a la
bifurcación —dijo Huán, mostrando en torno suyo una
encrucijada de túneles—. Pa’ allá está la entrada grande
de la mina, por donde bajaban maquinaria pesada y
esas cosas —explicó, apuntando con su linterna hacia
la izquierda—. Esa puerta no hemos podido abrirla
con nada y no sabemos a dónde sale en la superficie.
—Y, señalando hacia adelante—: Pa’ allá, la parte
profunda. Ustedes dirán.
El grupo se detuvo, bajando las mochilas al suelo
y tomando grandes tragos de las cantimploras. En rigor,
la misión era meramente exploratoria de las regiones
superiores del refugio, pero la tentación de ir más
profundo, hacia las partes habitables, era grande. Los tres
especialistas simplemente se miraron los unos a los otros,
184 | Mundos Alternos
esperando a que alguien más fuera el primero en declarar
su preferencia.
—Por aquí cerca hay unas cosas que les
interesan —dijo Huán de pronto, señalando hacia las
profundidades—. Como unas repisas con maceteros, para
cultivar.
Eso fue suficiente para decidirlos. Después de unos
minutos para descansar y hacerle preguntas a Huán, el
grupo volvió a ponerse en marcha, aún descendiendo la
pendiente.
A pesar de que ningún arqueotecnólogo que se
respetara habría descrito los anaqueles hidropónicos
como «repisas con maceteros», el tipo con pinta tuvo que
concederle a Huán que ese era probablemente el nombre
más adecuado. No estaban funcionales, desde luego: las
ampolletas solares rotas, el mecanismo de ventilación
igual, y los recipientes volcados o faltantes. Solo en unos
pocos quedaba algún rastro de tierra y plantas, de los
cuales el arqueotecnólogo se apresuró a tomar muestras.
—¿Y pa’ qué se lleva eso, si están muertas hace
mil años?
–Genes. Los antiguos no plantaban las cosas del
suelo; ellos hacían cada cultivo a la medida. Mirhe, Mirry
también toma muestrhas, para comparharlas con otros refugios
del mundo —efectivamente, la gringa había sacado sus
propias bolsitas para empacar especímenes. De pronto, el
tipo pintoso soltó una risotada—. Prhobablemente usted no
lo sabrhía, pero si alguno de sus colegas hubrhía conseguido
revivir una de estas plantas, hubrhía hecho una fortuna.
Huán simplemente se rascó la barbilla.
—Veo que es usted un ombrhe difícil de imprhesionar.
¿Volverhemos por este mismo camino? ¿Podemos dehar estas
muestrhas aquí y recoherlas después?
El avance del grupo se volvió mucho más lento
Varios Autores | 185
en la siguiente sección de la mina. Cada trasto viejo,
por destrozado que estuviera, llamaba la atención de
los investigadores; las máquinas al arqueotecnólogo,
los indicios de habitación a la antropóloga, todo a la
historiadora. Pronto, Huán dejó de prestar atención
a lo que hacían: este era terreno bien saqueado y las
posibilidades de encontrar algún microprocesador
abandonado, después de décadas de búsqueda, eran
pocas.
Lo único que consiguió avivar el interés de Huán
fue un cadáver, que la gringa encontró dentro de un
armario. Al abrir la puerta, una momia negra cayó al
suelo junto con un montón de harapos irreconocibles y
la gringa soltó un grito de sorpresa. El guía se abalanzó
sobre los despojos humanos como si fueran agua en el
desierto, haciendo a un lado sin miramientos a la mujer.
—Virus victim?
—No —contestó la antropóloga, recuperando la
compostura—. Look at the position of the legs and arms; there’s
no contortion. They were hugging themselves. Probably crawled into
that closet to hide and starved to death, poor guy. What were they
hiding from, that they were so afraid? ¿Qué busca, Huán? ¿Por
qué no lo deja en paz?
—Teléfono. Estos locos siempre tenían uno. Pero
está limpio; ya lo deben de haber buscado y lo dejaron ahí,
no más —Huán se levantó, sacudiéndose el polvo de los
pantalones y señalando hacia adelante con la barbilla—.
Un poco más adelante hay unos escombros. Es difícil de
pasar, pero después paramos a descansar. No es bueno
caminar tantas horas; al cuerpo no le gusta aquí.
186 | Mundos Alternos
Si en lugar de una varilla fluorescente hubieran encendido
una pequeña fogata, cualquiera habría pensado que los
cuatro estaban acampando en el bosque y no en la tripa
de un monstruo. La luz verdosa de la varilla entre ellos,
fría y tenue, le daba en cambio un aspecto poco invitador
a la composición. Tampoco era suficiente luz como para
aminorar la impresión de que el techo se les vendría
encima en cualquier momento.
A pesar de las evidentes señales de cansancio que
cada uno mostraba después de atravesar una sección
difícil del túnel, estaban cargando las baterías de linternas
y otros artefactos con pequeños generadores manuales.
En esos momentos se envidiaba a los antiguos, cuyas
baterías duraban días en lugar de horas, cuyos cables
alcanzaban cada rincón; tan ricos en energía que nadie lo
pensaba dos veces antes de usar un enchufe o dejar luces
encendidas en habitaciones vacías.
—Por aquí empieza lo interesante —les decía
Huán—. La parte donde iban a vivir los refugiados.
Son kilómetros de túnel y piezas. Todavía quedan muchas
máquinas abandonadas por ahí. Hay un par que todavía
funcionan, incluso; no hemos descubierto cómo pararlas.
Tres pares de ojos se clavaron en Huán, reflejando
la luz con un tono ligeramente más verde de lo que
realmente era.
—Mientras más abajo se ande, más se encuentra.
Después el aire se empieza a poner malo… Nadie ha
bajado más allá de los viveros.
—¿Y qué cree usted que hay más allá?
—Ojalá supiera. No sé, los viejos dicen que
Varios Autores | 187
tiene que quedar el generador, porque nunca lo hemos
encontrado. Y la fábrica.
—¿La fábrica está en la parte no explorada? ¿Y el
generador?
Una fábrica automatizada aún intacta habría sido
el descubrimiento del siglo. Una fábrica capaz de
funcionar con la energía de su propio generador sería
un descubrimiento para cambiar el mundo. Devolverle,
quizás, algo de su esplendor pasado.
—¿Está segurho, Huán?
—No sé, pero eso dicen los viejos. ¿Qué importa?
Si hacia allá el aire no se puede ni respirar siquiera.
—¿Y con filtros?
Huán sacudió la cabeza.
—No sabemos hacer los filtros como pa’ respirar
ese aire. Está podrí’o, ahí.
Los extranjeros se miraron, compartiendo
asentimientos casi imperceptibles. El guía seguía girando
la manecilla de su generador, aparentemente concentrado
solo en mantener el ritmo.
—Bueno, Huán —dijo la gringa, rebuscando algo
en su mochila—. Tenemos algo que puede solucionar
ese problema —y sacó del bolso cuatro mascarillas,
pasándoselas al grupo.
—¿Y esto?
—Máscaras con purificador de aire. De los
antiguos. Son de un refugio del ejército mexicano, para la
guerra. No habrían servido de nada contra el virus, porque
el contacto con la piel era suficiente para contagiarse;
estas máscaras eran solo contra armas químicas. Así que
nunca se usaron.
En efecto, parecían nuevas, a pesar de haber sido
fabricadas hacía cuatro siglos.
—Tenga cuidado con ellas, Huán; son las únicas
que tenemos.
188 | Mundos Alternos
—Are we sure we trust him? —preguntó la malina—.
You saw how he went for that corpse. He would sell us all to slavers
just to put his hands on some shiny trinket. I mean, why do you think
he’s helping us, in the first place?
—But we need him —dijo la gringa—. We could have
all died a dozen times if he hadn’t warned us about danger, and if he
hadn’t shown us where the water reservoirs are, we would be parched.
Really, once the labyrinth starts, we need someone who knows his
way around by instinct and not just by following a map. He was bred
to do this… for us.
—Bueno —dijo Huán—, si estas cosas funcionan,
yo los llevo. Siempre he querido saber lo que hay.
—Maybe we should wait for the next group to go all the
way down. What’s the rush?
—The rush —dijo el tipo pintoso— is that someone
else will get the credit, if we don’t.
Con ese argumento, la discusión se acabó.
—¿Qué historiadora no entiende castellano,
si estudia la historia de Chile? —preguntó Huán,
empacando su generador manual y sacando de la mochila
varias bolsas con raciones para repartir.
Por unos momentos, pareció que nadie iba a
hacerse cargo de la pregunta.
—Sinit no estudia Chile en particular, Huán —
dijo finalmente la gringa—. Su especialidad es el Colapso,
el último minuto de la Hora Dorada; el Pecado, la
guerra social y el escalamiento. Sabe más de refugios que
cualquier otra persona.
—¡Ah! Raro lo encuentro, venir aquí y no saber
ni hablar.
—Oh, ¡Huán! —dijo el tipo, señalando una de las
bolsas que había sacado el guía— ¿Es eso carne? ¿Usted
come carne? —Su expresión de repugnancia era evidente.
—¿La carne? No, yo no como carne —dijo el
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guía, con un encogimiento de hombros particularmente
flemático—. Esto es pa’ dejárselo al Patroncito, pa’ que nos
ayude. Siempre que bajamos matamos algún corderito,
pa’ poder traerle así como unas ofrendas. Los antiguos sí
comían carne, ¿o no?
Nadie dijo nada por unos minutos.
—Huán, ¿quién es el Patroncito?
El guía soltó un bufido, como riéndose de la
ignorancia de los extranjeros. Mientras esperaban a que
respondiera la pregunta, repartió frutos secos y barras de
proteína entre los demás.
—El dueño de la mina, pues. El jefe.
—So? —preguntó la malina—. What’s this
Patroncito he goes on about?
—A ghost story —le contestó el tipo, poniendo los
ojos en blanco.
Masticaron sus frutos secos. El ruido de masticación
era suficiente para producir eco en el silencio de la
mina. Los extranjeros miraron en derredor, sus cuerpos
encogidos bajo el peso psicológico del kilómetro de piedra
sobre ellos.
—‘Tonces —dijo Huán, modulando con dificultad
en torno a la comida en su boca—, ese pecado que le
dicen, ¿es que comían carne, los antiguos?
—¡No, no! —respondió la gringa, atragantándose
con su barra de proteínas—. No, Huán, para nada.
Comer carne… fue una de las cosas que empeoraron la
situación. Hoy en día, ahora que somos una sociedad más
compasiva, nos horroriza la idea de matar por comer;
sobre todo después de… Después del trauma cultural del
Colapso. Pero el Pecado…
—El Pecado —dijo el tipo, masticado con la boca
bien abierta— fue la inmortalidad, Huán.
El guía le dedicó una mirada inexpresiva.
190 | Mundos Alternos
—Al final de la Hora Dorada —explicó la gringa,
dejando de comer y bajando la voz hasta un susurro— la
tecnología de los antiguos era tan poderosa que inventaron
maneras de evitar la muerte. Algunos, los más ricos, podían
permitirse vivir para siempre. Había… tratamientos,
medicina avanzada. Técnicas para… fabricar órganos de
repuesto… sintéticos. —Un visible escalofrío recorrió su
cuerpo.
—Ah —dijo Huán, sin dar muestras de asombro—.
Sí, pues. Si le ganaron a la muerte, ¿ustedes creen que mi
mam’ no me contaba a mí esos cuentos?
La gringa hizo un gesto negativo con la cabeza,
mirándose los pies. Quizás no sabía cómo explicar cuán
grave fue realmente la hibris antigua, la intensa maldad
—que ella juzgaba inevitablemente así, pues se trataba
de un asunto axiomático para su cultura— escondida en
el genio de la Hora Dorada. Más que nunca, su lenguaje
corporal mostraba los efectos de la presión sobre sus
hombros, el peso del aire profundo que llenaba el túnel,
denso, cargado y caliente.
—You’re talking about the Sin? —Aunque no entendía
la conversación, la malina debió deducir el tema por
contexto. Parecía agitada, como si los crímenes del siglo
XXI tuvieran aún el poder de herirla—. Tell him that
immortals think they don’t need anyone else, tell him how they believed
they were gods. Explain how sick they were, in the end.
—Personalmente —dijo el tipo, sacudiéndose las
migas de la ropa—, no me importarhía vivir parha siemprhe.
Perho una sociedad en que algunos son inmortales y otrhos
no… Es un imbalance; colapsa baho su prhopiou peso. Es game
theory. ¿Sabe game theory, Huán?
—Ya —dijo el guía, interrumpiendo al tipo justo
cuando este parecía por largarse a dar explicaciones que
nadie le pedía—. Bueno, si terminaron de comer, mejor
Varios Autores | 191
descansen. Tres horitas. Duerman lo que puedan, que se
nos viene pesado.
El túnel parecía infinito. Avanzar entre las obstrucciones,
con el calor, las máscaras apretadas contra la cara y la
total oscuridad, era un proceso arduo y lento. Les tomó
media hora avanzar menos de treinta metros, en una parte
en que los derrumbes no dejaban más que un estrecho
pasadizo por el que seguir bajando. Había que pasar de
lado —entrando el vientre—, arrastrando la mochila y
cuidando la cabeza para no pegarse con fierros y rocas.
Al comienzo de la jornada, pasaron por la parte
habitable del refugio, donde unos veinte mil hombres
y mujeres habrían vivido indefinidamente… de acuerdo
con el plan de los constructores. El fracaso de ese plan, y
el hecho de que el refugio se convirtió anticipadamente en
tumba de aquellos a los que debía proteger, era evidente
por los agujeros de bala en las paredes, los restos humanos
parciales tirados por todas partes, las marcas de llamas
y explosiones, los muebles destruidos.
Aquí, los espacios parecían ser los de un edificio
cualquiera: la falta de ventanas era el único recordatorio
de que, en realidad, estaban bajo tierra. La mundanidad
de la arquitectura les permitía ignorar con mayor facilidad
la roca sobre ellos, el peso de la piedra sobre la mente, pero
la claustrofobia no disminuía en absoluto. Era imposible
no sentirse atrapado en esas ruinas siniestras. Sin la guía de
Huán se habrían perdido irremediablemente, de haberse
adentrado solos en el laberinto de túneles y habitaciones.
Seguramente, cada sala cumpliría una función diferente
mientras el refugio funcionaba, pero la destrucción y el
192 | Mundos Alternos
fuego, además de los años de saqueo, lo habían reducido
todo a una ruina indistinguible. Huán se orientaba por
marcas esotéricas —dejadas por exploradores anteriores—
que los otros ni siquiera habrían sabido identificar como
tales, mucho menos leer.
Encontraron un grafiti que decía: «Hasta aquí el
Patroncito». Cuando lo estaban leyendo, Huán dijo:
—Esto es lo más lejos que he llegado yo.
En adelante, mejor usamos las máscaras.
Desde entonces habían pasado interminables
horas casi sin intercambiar palabra, por lo difícil de hablar
y escuchar con la cara tapada.
Entre unas rocas descubrieron el cuerpo de un
tunelero, muerto hacía años. Una mujer, sentada junto a
una máquina descuartizada, momificada por la sequedad
del aire. Tenía una mascarilla puesta, que evidentemente
no le había hecho ningún bien por ser de fabricación
reciente y, por tanto, pobre calidad. Huán se arrodilló
junto a ella y dijo una plegaria:
—Patroncito, favor perdona a esta servidora que
buscó los secretos de tu Hora Dorada. Guarda su espíritu
y cuida su cuerpo.
El tunelero dejó estos nuevos restos en paz, a
diferencia de la momia antigua que habían encontrado
más arriba. Tampoco se preocupó de darle una sepultura
más digna. En inglés, los extranjeros se maravillaron de
las extrañas costumbres del guía.
Caminar se fue haciendo un poco más fácil
cuando disminuyeron los escombros. Aun así, el calor
era opresivo y las gargantas sufrían, puesto que Huán les
había racionado el agua por no saber cuándo encontrarían
más. Avanzaban maquinalmente, preocupándose apenas
de poner un pie delante del otro, respirando con fatiga.
Incluso Huán, quien parecía tener un sexto sentido para
Varios Autores | 193
orientarse, dudaba del camino a seguir entre cientos de
encrucijadas, túneles medio tapiados y galerías oscuras.
En algún momento, Huán los detuvo con un
gesto de la mano. Confundidos, los demás se quedaron
esperando, mientras el guía arrancaba un pedazo grande
de plástico de una máquina arruinada, empotrada en la
pared. Dando unos pasos, tiró con fuerza el plástico hacia
delante.
Pareció que no sucedía nada, pero tras unos
segundos de completa quietud y silencio, el plástico
empezó a echar humo y enrollarse sobre sí mismo, como
si estuviera a las llamas.
—Láser —dijo Huán—. De rayos equis, o algo.
No sé yo de esas cosas científicas.
—¿Cómo lo…?
—Siento una corriente —dijo—. El aire está
empezando a limpiarse.
Tentativamente, levantó su máscara para probar
la atmósfera. Bajándola de nuevo, dijo:
—Unos metros más. Debe de haber alguna
ventilación por aquí. Vamos, podemos seguir: los láseres
automáticos no tienen pa’ más de una carga. Se demora
por lo menos unas horas en cargar antes de volver a
disparar. Avancemos hasta donde la fetidez no sea tan
terrible y descansamos.
El arqueotecnólogo no se atrevió a protestar
cuando pasaron de largo el láser sin investigarlo: el calor
era demasiado y la garantía de Huán de que la defensa
estaba desactivada no era suficiente para arriesgarse,
después de haber visto el pedazo de plástico burbujear
y convertirse en cenizas. Pasaron junto a los residuos
chamuscados pegándose a la pared de roca, buscando un
poco de protección psicológica. El láser ya lo investigarían
los próximos en venir, si se atrevían a ello. Al fin y al cabo,
194 | Mundos Alternos
las armas de los antiguos eran mucho menos valiosas de lo
que sus creadores las supusieron; nadie las quería en este
mundo saneado por fuego. Y, sin embargo, la presencia de
máquinas funcionales pareció darles nueva energía a las
piernas de los exploradores.
No por ello fueron menos eternos los últimos cien
metros. Cuando finalmente se sacaron las máscaras y se
llenaron los pulmones con aire súbitamente fresco, limpio
y relativamente frío, dejando volver la circulación a la piel
de las caras aplastada, quizás se sintieron recompensados
por el esfuerzo.
—La magia de los antiguos —dijo el tipo pintoso,
tratando en vano de limpiarse el sudor de la frente—.
Alguna de sus máquinas tiene que haber aquí para limpiar
el airhe.
Huán, por una vez, asintió efusivamente en lugar
de responder con un encogimiento de hombros.
—Es increíble —dijo la gringa, formando las
palabras con el aire de exhalaciones profundas—. Es casi
como si estuviéramos afuera.
—You think —dijo la malina, también entrecortando
sus palabras con grandes bocanadas— the air went bad?
That’s why the people died?
—Doesn’t explain why they turned against each other.
Huán les dio permiso para tomar agua y todos
disfrutaron de largos tragos.
—Sometimes —dijo la malina, con un suspiro de
alivio— It’s hard to remember they where evil.
Otros cien metros más abajo del lugar donde se sacaron
las máscaras de aire, encontraron una puerta de bóveda,
Varios Autores | 195
parecida a la que protegía la entrada de la mina. El grupo
dejó caer sus mochilas al suelo —sacándoselas de encima
con torpeza y movimientos cansados— y se paró ante el
metal blindado con las bocas abiertas. Era posible que
hubieran llegado hasta aquí solo para tener que devolverse.
—Worth trying —dijo el tipo, acercándose para
presionar botones en el tablero de control del mecanismo.
Seguramente nadie esperaba que fuera tan simple
abrir la puerta, pero, en cuanto el tipo pintoso tocó los
controles, la hoja comenzó a deslizarse hacia la izquierda
sin dar de sí más que un murmullo de queja. Las bocas
abiertas se convirtieron en mandíbulas dislocadas.
—Holy crap in a cracker. It’s the factory. It’s the fucking
factory! It’s intact!
El arqueotecnólogo dio un brinco hacia delante,
abrumado por la excitación.
—¡Ah! —lo llamó la gringa, con terror en la voz—
. Huán, ¿hay defensas?
—Nada que yo vea. Entremos.
Era un museo de máquinas, relucientes como
nuevas. Impresoras 3D del tamaño de camiones, robots
de todas formas y funciones, computadores y una telaraña
de tubos y cintas transportadoras; de todo. El lugar era
enorme y los límites a izquierda y derecha se perdían en
la distancia, aunque la pared opuesta podía vislumbrarse
a unos cincuenta pasos de la entrada. Desde el techo,
a unos quince metros de altura, lámparas halógenas
se empezaban a encender para iluminar la fábrica.
El tipo pintoso parecía drogado, tambaleándose en todas
direcciones y gritando de emoción ante cada cosa que
encontraban sus ojos.
—Huán —dijo la gringa, acercándose al guía con
una gran sonrisa en el rostro—, usted no se preocupe.
Su gremio recibirá una más que generosa compensación
por su colaboración en este descubrimiento.
196 | Mundos Alternos
El tunelero asintió con gravedad y ella no dijo más.
Quizás la gringa se sentía algo culpable, sabiendo que, si
él hubiese podido llegar hasta aquí sin las máscaras de los
extranjeros, se habría convertido instantáneamente en el
hombre más rico de la región o, consiguiendo el precio
justo por el hallazgo, del mundo. En cambio, ahora no
le quedaría más que confiar en la buena voluntad de los
arqueólogos.
Huán y las dos mujeres avanzaron lentamente por
un pasillo entre las máquinas, mirando en rededor como
turistas sobrecogidos. A cierta distancia, entre pasadizos
más estrechos, podían oír los gritos del tipo, que seguía
chillando como un niño en el patio de juegos.
—Si conseguimos hacer funcionar esta fábrica —
dijo la gringa—, vamos a cambiar el mundo. Imagínelo,
Huán: no más hurgar en busca de microprocesadores
viejos, no más tratar de adaptar máquinas antiguas
para nuevas funciones. Podremos imprimir robots
médicos, computadoras, sistemas de comunicación…
¡Computadores a pedido! ¡Podremos retomar contacto
con los satélites! —la gringa se rio, alegre y excitada—.
¿Le preocupa la compensación, Huán? ¡Olvídese de
eso! ¡Lota está por convertirse en el pueblo más rico del
planeta! Usted será parte de… ¡una revolución global!
—El generador debería estar cerca —dijo Huán.
—Ahí veo una puerta.
—Jinny! We are seeing what’s through that door; you
coming?
El tipo les gritó que siguieran adelante sin él.
Habría que sacarlo de la fábrica amarrado y a rastras,
eventualmente.
La segunda puerta se abrió sin más dificultades
que la primera. Bajaron por un breve pasillo, por el que
no cupieron hombro a hombro. Las mujeres caminaban
Varios Autores | 197
primero, Huán detrás, los tres con las pisadas cuidadosas
de quien avanza por la nave de una catedral. Y, al fondo
de la nave, un rosetón de luz. Ninguno se atrevió a ser el
primero en decirlo, ninguno se atrevió a confiar en sus
propios ojos y decir lo que veían al final del camino.
Aún sin palabra, se detuvieron ante una nueva
puerta, en un lugar donde el túnel se ensanchaba para
convertirse en antecámara. Pero esta puerta no era
como las anteriores: en lugar de parecer la bóveda de
un banco antiguo, era de vidrio coloreado o algún otro
cristal semitransparente. Parecía maciza y pesada, como si
tuviera un metro de espesor. El material era perfectamente
transparente —diamante sintético, quizás—, pero las
ondulaciones de su superficie impedían ver con claridad
lo que había del otro lado.
Sin embargo, a través de la puerta les llegaba una
luz tenue y difractada. Indudablemente, luz de día, solar:
viva.
La gringa fue la primera en extender una mano
para tocar la superficie.
—Wait! —susurró la malina, pero no volvió a
objetar cuando, después de una pausa, la gringa tocó la
superficie reluciente.
El instante que la yema de sus dedos rozó el cristal,
apareció una fisura en el centro. Lo que antes parecía un
solo bloque se dividió por la mitad y cada hoja se hizo
silenciosamente a un lado, como si se deslizara libre de
toda fricción. Ante ellos se descubrió un paisaje.
—Have you ever seen anything like it? —dijo la gringa
en un murmullo.
—No —dijo Huán.
198 | Mundos Alternos
El espacio estaba formado por un domo y un valle, unidos
por el radio como una ficha de go. Era enorme, al menos
un kilómetro de diámetro, aunque debido a la neblina era
difícil juzgar las distancias. La entrada se encontraba en
la circunferencia, desde donde se tenía una vista completa
de todo el lugar.
Arriba, en el domo, un cielo nublado y gris a través
del cual los rayos del sol pasaban con cierta dificultad.
No podía tratarse sino de una proyección, una pantalla
gigantesca simulando un día cubierto a kilómetros bajo
tierra. Con todo, el efecto era absolutamente indistinguible
de la realidad, excepto donde la curvatura de la bóveda
terminaba.
Abajo, en el valle, una jungla templada. Árboles
grandes, con hojas verde oscuro; araucarias repartidas
cerca del centro, helechos, enredaderas y líquenes. El olor
que toda esta vegetación dejaba en el aire era un perfume
sutilísimo, como llenarse los pulmones con la vida misma.
La atmósfera estaba pesada con humedad fría; pequeñas
gotas caían desde el techo y lo empapaban todo.
Al centro del valle se veía una estructura.
El grupo descendió por una escalera estrecha,
excavada directamente en la roca. Pronto se encontraron
nuevamente en un túnel, este formado por la densa
vegetación circundante. A través de ramas, hojas y flores,
la luz del sol —que no podía ser de ningún modo el
verdadero sol, se decían unos a otros— llegaba henchida
de color.
—Muchas de estas plantas están extintas —dijo
la gringa, como hablando sola, por mucho que su uso
Varios Autores | 199
del castellano pareciera indicar que quería la atención
de Huán—. Este es un canelo. No quedan canelos en
ninguna parte del mundo; los de la bóveda de Svalbard
se perdieron. Esas son araucarias… nadie ha visto una
araucaria viva en siglos.
No había terminado de hablar cuando algo pasó
volando por el camino: un pajarito de plumas vistosas
cuya especie ninguno supo nombrar, pues nadie podría
nombrar un milagro. Después del silencio opresivo de
la mina, los trinos de la avecilla bastaban para hacer
encogerse el pecho.
—La fábrica no vale nada. Esto… Este domo
vale más que todos los demás tesoros de la Hora Dorada
juntos. Este lugar podría devolver el mundo a lo que fue.
Había un temblor difícil de calificar en su voz. ¿Se
sentía abrumada? ¿Asustada?
—Es solo un parque —dijo Huán, aunque por su
tono era evidente que ni él mismo lo creía así.
—No —respondió ella, sacudiendo la cabeza—.
La tecnología necesaria para crear una cosa como esta…
El generador tiene que haber funcionado todo este
tiempo sin interrupción para mantener vivo el domo.
Pero la ingeniería es lo de menos; la genética, el control
ambiental… Apuesto lo que quiera a que la microbiología
del suelo que estamos pisando hace que esta tierra sea más
fértil que toda la superficie junta. Imagine si pudiéramos
usarlo arriba, para cultivar, para revivir los suelos muertos.
Es un ecosistema cerrado que ha sobrevivido cuatro siglos
sin degradación, ¿lo entiende?
—I’m afraid —dijo la malina—. Afraid of what
this will mean. The last four-hundred years we have been too busy
surviving, there was no time to fight. There was nothing to fight over.
But this… This is worth all the kingdoms of the Earth —se le
apagó la voz—. It’s breathtaking.
200 | Mundos Alternos
Entonces, la garúa que impregnaba el aire se
convirtió en lluvia. El sonido de las gotas cayendo sobre
las hojas de los árboles primero los confundió y, por un
instante de terror, quizás pensaron que el techo del domo
se venía abajo. Pero con la vista levantada hacia el falso
cielo, el agua cayó sobre sus caras y lavó el polvo de los
túneles. Maravillados, sacaron sus lenguas y dejaron que
la lluvia les mojase las gargantas secas.
—¿Qué es eso? —preguntó la gringa.
A cierta distancia, hacia el centro del domo, la
lluvia tenía un sonido diferente; no el tup-tup sobre las
hojas, sino tap-tap sobre un techo.
—El edificio que vimos desde la entrada. Vamos
a mirar.
El sendero culebreaba a través de la jungla fría
y era imposible avanzar en línea recta, pero pronto
comenzaron a distinguir algo entre el aguacero, las ramas
y hojas de helecho.
—That’s weird —dijo la malina.
Ella y la gringa intercambiaron algunas palabras
en inglés y miradas confundidas.
—I’ll ask him —dijo la gringa, y al guía—: El
camino, Huán. ¿Se fija? ¿Por qué la vegetación no lo ha
cubierto?
Siguieron en silencio, mirando fijamente al suelo.
Había algunas piedras, para evitar la formación de barro,
pero no era evidente ninguna razón por la cual las plantas
y raíces no lo hubieran cubierto después de cuatrocientos
años creciendo sin poda. Los tres iban tan absortos en
este misterio que no notaron abrirse la jungla hasta que se
encontraron fuera de ella. De pronto, los árboles a ambos
lados desaparecieron, reemplazados por hierba verde
y espesa. Al levantar la vista, descubrieron la casa.
Tenía el techo de tejuela, una madera rojiza y
Varios Autores | 201
oscura; paredes de piedra y amplios ventanales, a través
de los que se veía claramente el interior. El mobiliario
visible a través de las ventanas era lujoso, en el estilo
extravagante de fines de la Hora Dorada; se distinguía un
comedor, cocina abierta, repisas llenas de libros, estar y un
piano de cola.
—What is this place?
—Huán, ¿usted tiene alguna idea de qué…?
El guía se encogió de hombros. ¿Y qué explicación
podría haber dado a la presencia de una casa, al fondo de
una mina convertida en refugio? Una casa a un kilómetro
bajo la superficie, en medio de una jungla fría.
—It’s beautiful —dijo la malina—. But I just don’t get
it. Who would want to live in this place, live down here forever?
—Y, por un momento, quizás estuvo a punto de descubrir
la verdad.
Entonces escucharon el grito.
Mientras corrían de vuelta a la entrada, discutían acerca
del origen del alarido. Había sido como una sirena de
bomba, no tanto inhumano como —mucho peor—
excesivamente tal. Como para helarse la sangre.
—¡Jinny debe haber tenido un accidente! —
decía la gringa, tratando de hacerse oír por Huán, que
corría más adelante—. ¡Quizás está herido! Oh, God… the
autodefenses!
—¡Gringo hue’ón!
—It was close —gimió la malina, esforzándose por
respirar y hablar a la vez en la carrera—. It was too close to
be Jinny! I don’t know…! Mirry!
—¡Vamos! ¡Apúrense!
202 | Mundos Alternos
Entonces, otro grito; más cerca, atrás: la malina.
Afirmándose de un árbol para frenarse, la gringa se dio
vuelta a mirar.
—I just fell, stumbled —le gritó la malina desde el
suelo embarrado—. Go on! It’s O.K.!
Siguieron avanzando pendiente arriba. La lluvia,
que aún caía a cántaros desde el domo, volvía el camino
resbaladizo y traidor, pero algo había en ese grito lejano
que les hacía avanzar como posesos. Como buceadores
desesperados por volver a la superficie. Esquivar ramas
y piedras requería concentración; correr sin resbalar era
otro esfuerzo mental, tanto como físico. Y, mientras tanto,
el eco de ese alarido lejano seguía colgando en el aire;
inaudible para los oídos, ensordecedor para la mente.
La gringa casi se da de bruces contra Huán, quien
se había detenido en un peldaño de piedra.
—¿Qué mierda es eso?
Por unos instantes, la gringa no supo a qué se
refería. Su corazón se había convertido en un tambor y
tapaba todo lo demás.
—¿Mú…? ¿Música? —tartamudeó, notándolo de
súbito.
El espacio del domo estaba lleno de música,
aunque a un volumen tan bajo que era fácil pasarla por
alto entre el tamborileo de la lluvia. Un piano, tocando
una melodía lánguida, grave, sobre un ritmo regular: tun,
tun tun…, tun, tun tun… Parecía venir de todos lados,
como si el cielo artificial sobre ellos fuese un enorme
parlante. El efecto era absolutamente desconcertante.
—Huán… —empezó la gringa, sin saber cómo
terminar su frase.
—Movámonos, vamos. Seguramente activamos
algún sistema automático sin darnos cuenta, no sé. Vamos.
Al llegar al mirador junto a la puerta, en la cintura
Varios Autores | 203
que unía domo y valle, la gringa estaba sin aliento: le hizo
gestos a Huán para indicar que necesitaba un respiro y
se desplomó de rodillas al suelo. El guía, a pesar de su
mejor condición física, también aprovechó la pausa para
apoyarse en un árbol y permitir que el corazón desacelerara
un poco. La música seguía sonando, avanzando como una
marcha luctuosa.
—No veo a… Sinit —dijo la gringa, luchando por
formar las palabras sin aire. La jungla tapaba el camino
hacia abajo y, a pesar de la lluvia, una neblina espesa se
deslizaba entre la vegetación. No había señas de la malina.
—Vamos —la apuró Huán—. Si el hue’ón activó
una defensa, puede estar herido. —Tomó a la gringa del
brazo y la ayudó a levantarse, a pesar de sus protestas de
que debían esperar a la malina.
La puerta de cristal había permanecido abierta,
pero era como si un campo de fuerza mantuviera
separadas las atmósferas del domo y el túnel: en cuanto
cruzaron el dintel, el aire seco y pesado de la mina los
golpeó con tanta fuerza que casi los derriba. Correr
pendiente arriba requería bastante más esfuerzo que el
descenso; en cuanto abandonaron el frescor de la jungla,
la gringa comenzó a transpirar, mezclando sudor con el
agua de lluvia que aún le chorreaba del pelo sobre la cara
tatuada. A regañadientes, aceptó la ayuda de Huán, que
le ofrecía apoyo.
En el pasillo, los zapatos mojados hacían un ruido
intolerable contrastando con la melodía del piano que
aún sonaba. Aquí era más fácil de oír, sin la lluvia, pero
no había parlantes identificables en ninguna parte.
—Jinny! Jinny! —gritó la gringa cuando entraron a
la fábrica. Las voces tenían un eco cavernoso y metálico,
que se mezclaba con las notas del piano. Parecía como si
las máquinas apagadas escucharan, esperando la orden
de encenderse y cobrar vida.
204 | Mundos Alternos
—Over here!
—Jinny! Are you all right?
Siguiendo las llamadas del tipo, se metieron entre
los pasadizos de la fábrica, buscando el origen de la voz.
Finalmente, en lo profundo del laberinto de máquinas,
hallaron una figura humana entre los fierros.
—Thank God you came!
El tipo pintoso estaba de pie y no parecía herido,
pero su rostro expresaba una angustia intensa.
—What the fuck’s that music? Where’s it coming from?
Did you…?
—Never mind that —dijo la gringa—. What’s the
problem?
De cerca, comprobaron que el tipo no estaba herido
o, al menos, no sangraba visiblemente. En cambio, tenía
el brazo atrapado en algo. Estaba sujeto sobre el codo por
una tenaza robótica, al final de un brazo mecánico que
formaba parte de los aparatos circundantes. Se veía como
si una máquina hubiese querido agarrarlo para decirle
una cosa al oído. Su mano ya se había puesto morada.
—Can’t get it out —explicó el tipo, con voz
lastimera. Para mostrarles, tironeó del brazo con el peso
de su cuerpo, pero no consiguió mover ni un milímetro
la extremidad atrapada—. Where’s Sinit? What’s that music?
Why are you all wet?
—Pregúntele a su amigo cómo cresta hizo pa’
meter el brazo ahí —le dijo Huán a la gringa. Su tono era
de fastidio—. Hue’ón pelotu’o.
—¡Yo no hice nada! —gritó el tipo—.
Estaba tratando de entender este tablerho de aquí, mirhando
si podía activarlo, y de rhepente esa cosa, ese rhobot, se movió
y me agarhó…
—Tranquilícese, hombre. Vamos a ver si podemos
soltarlo. Miren a ver si encuentran un fierro, o algo, pa’
hacer palanca. Una llave inglesa, no sé…
Varios Autores | 205
La gringa, que ahora se veía más confundida que
asustada, de pronto se largó a reír, no sin una nota de
histeria en las carcajadas.
—God, cómo nos asustaste, Jinny —le dijo riendo—.
¡Probablemente te atrapaste a ti mismo! ¡Apretaste algún
botón…!
El tipo también se rio, con bastante menos humor
y más histeria. Huán, dado por inútil su búsqueda de
herramientas, estaba tratando de abrir la tenaza robótica
con fuerza bruta.
—Sí, bueno, yo… Just get me out of here, will ya? —
dijo el gringo.
—Estábamos mirando la casa —siguió la gringa,
agarrándose el vientre de risa—. Estábamos… Allá —
señaló—, ¡hay una casa! Jinny, hay un domo, una jungla…
Sí, sí, a jungle, down there! Y hay una casa en mitad del… —
Se interrumpía a sí misma con risotadas—. Escuchamos
tu grito hasta allá.
El gringo tenía una risilla nerviosa, los ojos
desorbitados.
—Perho yo no grhité. —La gringa paró sus carcajadas
en seco—. Sí, es que… Bueno, no me dolió tanto cuando
me agarhó esa cosa… No al prhincipio, y después… empezó
a sonar esa música…
Entonces escucharon a la malina, que los andaba
buscando. Le gritaron para que supiera donde encontrarlos
y la mujer los alcanzó rápidamente, corriendo y sin
aliento. Estaba cubierta de barro y mugre, y parecía fuera
de sí, hablando a toda velocidad en frases atropelladas,
moviendo los brazos como aspas de molino. Había visto
al diablo. Se produjo un diálogo en inglés, excluyendo al
guía. Los tres extranjeros gritaban.
—Huán —tradujo la gringa—. Sinit dice que vio
a alguien en la jungla. Una persona, un… What? Yes, I’m
trying to…
206 | Mundos Alternos
—Ah, sí, pues —dijo Huán—. Será el Patroncito,
que vio.
Tres pares de ojos se clavaron en el guía,
enmudecidos. El silencio total de la mina volvió a hacerse
notar con la potencia de un derrumbe.
—Listen! —dijo la gringa—. La música… It stopped.
—Will someone get me the fuck out of this thing!
El tipo pintoso estalló en una pataleta, retorciéndose
como pescado en una red. Le saltaron lágrimas de los ojos
y tenía la cara roja de dolor, miedo y angustia. Su mano
ya estaba completamente negra.
—O.K., O.K… Jinny, tranquilo; necesitamos… Yes,
Sinit, but what do you want me to do about it? Jinny, necesitamos
las mochilas, las dejamos a la entrada de la fábrica. Ahí
temenos herramientas y medicina, analgesics. Cuando
te saquemos… It’s going to hurt. La sangre va a volver a
circular y te vas a sentir como si estuviera quemándose
todo tu brazo. I’m so, so sorry, Jinny…
—Just get me out. —El tipo lloraba, ahora,
gimoteando como un niño perdido.
—O.K. Huán, usted y yo vamos a ir a buscar las
mochilas. Sinit, you stay here. Keep him company.
La gringa dijo esto mientras ya corría hacia la
entrada de la fábrica, esquivando maquinaria. Detrás
iba Huán, los dos dejando un rastro de agua en el suelo
límpido hasta ese momento. Las luces halógenas, en el
techo, apenas alcanzaban a iluminarles el camino.
—Huán, ¿qué está pasando? —gritó la gringa
hacia atrás.
—Oiga, ese brazo se ve mal… Muy mal…
—Huán, ¡respóndame!
Llegaron a la entrada, nuevamente sin aliento.
Amontonadas en el suelo estaban las mochilas,
cantimploras y trastos que habían abandonado ahí antes
de entrar a la fábrica.
Varios Autores | 207
—Huán, ¿cómo se activó ese robot? ¡Alguien tiene
que haberlo controlado!
—Pero si usté’ lo dijo, el pelotu’o se tiene que
haberse atrapado solo apretando esos botones.
—¡Sinit vio a alguien en la jungla!
—El Patroncito, pues.
—¡No! ¡Huán! ¿Quién es el Patroncito?
—¡El jefe de la mina! ¡Preguntas hue’onas que
hace, si yo le dije!
Desde el interior de la fábrica, un grito. El mismo
de antes, una voz de animal herido, de hombre con la
razón perdida, como una sirena de incendios en una
noche llena de enemigos. Un grito tan humano que no
podía nacer de alguna garganta humana. La gringa se
puso blanca, los ojos saliéndose de las órbitas. Se mordía
el labio. Y ahí venía la malina, corriendo como con el
diablo en los talones.
—The Sin! The Sin! The Sin is alive! —gritaba, la voz
cuajada de terror.
La gringa trató de sujetarla, agarrarla por los
hombros y preguntarle qué sucedía, qué había visto.
Pero la malina no contestaba; solo podía gritar su pavor
descomunal. Se retorcía en los brazos de la otra mujer,
chillaba incoherencias y no escuchaba nada.
—It’s there! It’s in there! —gritó—. It’s coming!
Se liberó del abrazo de la gringa y volvió a echar
carrera.
—Sinit, come back!
La gringa partió detrás, dándole voces a la otra
para que parara y hablaran. Huán las miró huir por
el túnel. Sin apuro, empezó a caminar en la misma
dirección. Tenía una mueca en los labios: una tenue, muy
tenue sonrisa.
La malina se detuvo de golpe en mitad de
208 | Mundos Alternos
la carrera: plantó los talones en el suelo y se quedó
petrificada, excepto por la respiración desbocada y los
ojos dando vueltas en sus cuencas.
—Sinit, Sinit! —dijo la gringa, alcanzándola—.
Stop, please! What happened; tell me what happened.
—Jinny! —contestó la malina, la voz quebrada en
un millón de tonos, las manos retorciéndose una contra
la otra—. I… We can’t leave him there. With that thing! No, he’s
dead. The sinner’s going to kill him! I… I can’t go back; I can’t help
him!
La gringa trataba de tranquilizarla, le hablaba
en voz calma y le acariciaba el pelo, pero la malina no
escuchaba razón.
—Him! —chilló de pronto, viendo acercarse a
Huán—. Mirry, you can’t trust him! He knows something! Mirry,
he’s with that thing! He wants the Sin!
—Please, Sinit, calm down.
—He brought us here so the Sin can eat us! It’ll devour us!
It eats flesh!
El olor fétido en esta parte del túnel le daba a sus
palabras un énfasis perturbador.
—Sinit, you’re not making any sense! —gritó la gringa,
perdiendo la paciencia y sacudiendo a la mujer.
La malina volvió a liberarse, pero esta vez no salió
corriendo, sino que se acurrucó en un rincón y comenzó a
llorar a todo pulmón, balbuceando sin sentido. La gringa
miró a Huán, implorando ayuda. Al ver la expresión
tranquila en la cara del guía, su propia expresión de
confusión se transformó en rabia.
—¡Huán! Ayúdeme, por Dios, Sinit está en pánico.
La claustrofobia, ¡no sé! Dice que hay un monstruo allá
atrás.
Con absoluta calma, Huán se sacó un cigarro
de sus bolsillos. A la gringa se le abrieron los ojos como
Varios Autores | 209
platos mientras que él se ponía el tubito de papel entre los
labios y, solo con la mano izquierda, sacaba fósforos de
otro bolsillo, abría la caja usando el pulgar y encendía una
cerilla sin emplear para nada la mano derecha.
—He brought us here to feed the Sin —sollozaba la
malina en su rincón—. Meat! Meat!
—¿Huán?
—Kill him! Do something! Stab him! Run!
—You know —dijo el guía, con perfecta dicción en
inglés antiguo—, I do speak English. —Puso las manos en
los hombros de la gringa, la derecha sosteniendo el pucho
humeante—. It is kind of a requirement, in my profession. —
Las manos en los hombros eran un gesto conciliador, a su
modo, y la sonrisa en sus labios era tranquilizadora, pero
el corazón de la gringa latía a todo dar—. Everything down
here has instructions in English!
—Huán —dijo la gringa—, ¿por qué nos trajo
usted hasta aquí?
—Anyway… —dijo Huán, y la empujó con todo el
peso de su cuerpo.
La mujer, que pesaba la mitad de lo que Huán,
trasbilló dos pasos hacia atrás y cayó al suelo, precisamente
sobre un pedazo de plástico chamuscado. Un brevísimo
instante alcanzó a levantar la vista y mirar al guía, la más
pura expresión de horror en sus ojos.
El láser se activó y, en segundos, la piel de la gringa
se carbonizó, reventó por la presión de su sangre hirviendo
y se convirtió en cenizas. Un grito desesperado quedó
atrapado en su garganta y no alcanzó a salir. El túnel se
llenó de olor a carne asada y los restos ennegrecidos se
derrumbaron sobre la piedra del suelo.
La malina soltó un gemido. Huán le sonrió.
Con la fuerza y la velocidad del pánico, la malina
se levantó como un resorte comprimido y corrió. El láser,
210 | Mundos Alternos
agotada su carga, la dejó pasar. Huán la vio alejarse,
aspirando su cigarrillo y soltando una densa nube de humo,
que se mezcló con los vapores del cuerpo carbonizado a
sus pies.
El guía tiró el cigarrillo a medio fumar al suelo y lo
apagó con su zapato. Dando un suspiro de resignación, dio
media vuelta y caminó tranquilamente hacia la fábrica.
Huán recorrió la jungla como dando un paseo. Miraba en
torno a sí, disfrutando los colores y olores: en la superficie
del mundo ya no se encontraban bosques así. La música
volvía a sonar en el aire, sin un origen reconocible, su
ritmo penumbroso confundiéndose con la neblina que
llenaba todos los espacios después de la lluvia: tun, tun
tun…, tun, tun tun…
—Lindo —dijo Huán, para su propio beneficio.
Se quedó parado ahí un rato entre los árboles, con
los ojos cerrados, dejando que se le llenaran los pulmones
de vida.
—Well —dijo al fin, con desgana—, time to get back
into character.
El paseo acabó al centro del domo. Huán, dando
los últimos pasos hacia la casa, sacó un paquete de su
mochila —de la cual colgaban las cuatro mascarillas,
amarradas a un costado— y dejó caer los demás bultos al
suelo. En la terraza lo esperaba alguien, balanceándose en
una mecedora.
Alguna vez fue un hombre. Ahora, completamente
desnudo, aún podían verse sus genitales masculinos, pero
algo de la piel cetrina, mórbida, el cuerpo y la cabeza
lampiños y, sobre todo, la mirada perdida, marcaban los
Varios Autores | 211
órganos como un mero vestigio inútil. La criatura parecía
hecha de puros huesos, cubiertos de un cuero tan frágil
que la mirada bastaría para rajarlo.
—¿Cómo le va, Patroncito? Oiga, muy linda su
casa. Hacía tiempo tenía ganas yo de bajar a conocerla.
La criatura respondió con una risilla perversa.
—Aquí le traje unas carnes secas, de cordero —
dijo Huán, dejando la bolsa en sus manos a los pies de la
mecedora.
El Patroncito la recogió con avidez y se puso a
olerla, inhalando profundamente y gimoteando de placer.
—Allá en la fábrica… Allá tiene un poquito de
carne fresca. El gringo que pillaron con el robot; tiene que
esperar no más, un día o dos. Bien hecho eso, Patroncito,
buena maniobra; muchas gracias. Me hizo la pega.
—El Patroncito gimoteó otro poco—. Y en la mina hay
otra; hay que dejar no más que se pierda bien, o que caiga
en alguna trampa.
Aquello que alguna vez fue un hombre contestó
con un gruñido.
—Buen hombre, buen hombre —dijo, en voz
raspada, desacostumbrada a hablar.
Uno de los ventanales de la casa se abrió y otra
criatura, prácticamente indistinguible de la primera, salió
del interior.
—Patroncito —dijo Huán, saludando también
con una inclinación de la cabeza al segundo monstruo.
—¿Gustó… concierto?
—Muy bonito. Los gringos casi se mean del susto.
—Musso… Musso… ¡Uhhh! Muss’oky —
murmuró la criatura, evidentemente esforzándose
por formar las palabras—. ¡Hm! Un… ¡ah! Viejo…
¿Conoce…? Un castillo. Ya… ¡Hm! —era como si tuviera
la garganta petrificada—. Ya casi me… ¡hu… hu…! sale
bien. Piano, difícil.
212 | Mundos Alternos
La criatura dio un paso hacia delante y Huán,
como un eco, retrocedió dos.
—Ya —dijo, siguiendo la corriente—.
Muy bonito, me encantó. Oiga, Patroncito, voy a necesitar
que me abra la puerta grande de la mina. Pa’ que no me
vean salir los gringos, que o si no sospechan.
—¡Ah…! —gruñó el primer Patroncito—.
Buen hombre, buen hombre.
—Pero ya no deberían bajar más gringos hasta
aquí, no hasta tan abajo. Usté’ tranquilo.
—Hombre… Hombre…
Huán soltó un suspiro de frustración, aunque
disimulando.
—Entonces, ¿está claro? ¿Me abren la puerta?
—Sí… Sí… Buen hombre, buen hombre…
El guía miró al par de criaturas con el ceño
fruncido. Patéticas, a decir verdad. Y, sin embargo…
—Nosotros…, ¿salir?
—Ah, no, no, Patroncito —dijo Huán—. Sigue
la guerra, allá afuera. Hay radiación, y el virus. Nada de
salir de la mina, ¿me escucha?
—Aquí… ¡hmmm! Aquí, seguro. Sí. Sí. No salir.
Nunca salir. Esperar… Esperar al tiempo.
Varios Autores | 213
¿El último viaje?
Sebastián David Guerrero Miranda
Las luces parpadeaban fulminantes delante de mis
ojos, pasaban como rayos, como meteoritos a decenas
de kilómetros de velocidad, apenas podía pestañear,
alucinaba con el festival de colores que me saludaban al
pasar; extasiado, jadeante, alterado, ensimismado y, por
supuesto, en movimiento. Pero antes de comentarles eso,
debo retroceder y contarles desde el principio. De otra
forma, este relato no tendría sentido. Dicen que la vida es
un viaje; yo opino que un viaje puede ser la vida misma,
la vida por entero y el resto solo más capítulos del mismo
libro.
Desperté como todas las mañanas, somnoliento.
Me alisté para el trabajo, como era común, como era
normal. El reloj marcó las 8:15 a.m. y ya era hora de
partir, tomar mi vehículo y acelerar para llegar a las 9
a.m. en punto a mi trabajo. El camino podía presentar
cambios y no deseaba contratiempos. Aquí es donde
empezó todo, donde la primera señal se hizo presente y
el momento justo cuando mi tranquilidad y serenidad de
siempre se vio alterada. Al llegar al auto, el marcador de
la hora mostraba que eran las 8 a.m. De hecho, mi reloj de
bolsillo marcaba la misma hora. ¿Me habría equivocado?
Era difícil saberlo, no pude dejar de sentirme extraño por
la situación, aún más cuando, al mirar nuevamente los
relojes, ambos marcaban las 8:15 am.; una diferencia de
quince minutos por momentos me hizo sentir que había
214 | Mundos Alternos
viajado en el tiempo. En fin, encendí el vehículo y me
dirigí a mi destino; había escuchado muchas historias de
viajes en el tiempo, de personas pérdidas durante horas
en una especie de limbo y que luego regresaban al mismo
lugar y a la misma hora del inicio.
El camino al trabajo no tuvo contratiempos, sin
embargo, mi estado mental había sufrido variaciones,
me sentí intranquilo, incómodo, diferente al inicio de la
mañana. Al llegar al lugar de mi trabajo estacione el auto
como era costumbre, sin embargo, y para mi sorpresa,
el lugar al que debía llegar albergaba aquel día una
tienda. ¡Una tienda! ¿Era acaso una broma de televisión?
Los segundos pasaban y la gente en la calle me quedaba
mirando; de seguro mi rostro se desfiguró por la confusión
y me seguí preguntando: ¿cómo podía haber una tienda
en el lugar en que el día anterior había oficinas? Fue
entonces cuando me hice de valor. Aquel día para mí era
exactamente el dieciséis de mayo del año dos mil dieciocho
y quise corroborarlo con un peatón.
—Disculpe —le dije—. ¿Hoy es dieciséis de mayo?
—¡Sí, es hoy! —me respondió, atento—, ¡del dos
mil diecinueve! —agregó sonriendo.
No pude darle las gracias, un frio me recorrió el
cuerpo como si hielo entrara por mis venas, casi me volví
loco, sentí pavor, ¡terror!, no entendía lo que sucedía,
mi mente solo producía un distorsionado deseo de salir
corriendo, paranoia. Entré en mi vehículo, eran pasadas
las 9 a.m., al menos eso decía el reloj. Esos fueron para mí
los minutos más largos de mi vida. No pude hilar palabras.
Mi mente estaba detenida, mi respiración entrecortada,
mi cuerpo entumecido. La gente aún me miraba al pasar
a un costado del auto; aquel lugar ya no era seguro, debía
irme de allí, así es que emprendí la marcha con destino
desconocido. En mi recorrido en auto los minutos habían
Varios Autores | 215
pasado, yo intenté racionalizar lo que pasaba, no podía
haber pasado un año, ¡aquello era imposible!, a menos
que… ¡claro! ¡Fuera un sueño! Apreté fuerte los parpados,
cerré y abrí mis ojos varias veces, pero nada… No lograba
despertar de la situación, ¿debía aceptar que había viajado
en el tiempo?
—Es tiempo… —escuché decir a mi novia, con su
voz suave y tierna, cuando me despertaba, ella sentada a
un costado de mi cama, al fin, todo había sido un sueño
como creí, ¡un mal sueño!
Revisé la hora en mi reloj, también el calendario:
eran las 8 a.m. del dieciséis de mayo del dos mil dieciocho,
todo estaba bien. Respiré hondo, recuperé los colores y
miré profundamente a mi novia, le dije que quería pasar
todo el resto de mi vida junto a ella. No perderme ningún
momento. Podríamos viajar, pero, sobre todo, pasar
tiempo juntos. Ya me encontraba más alegre, confiado
y sereno. Aquel momento lo recordaré como si fuera hoy.
—Debo decirte algo —me dijo—. Me voy de
viaje. No quiero hacerte sufrir, pero tampoco sufrir yo sin
emprender nuevos proyectos.
Después de esas palabras, se retiró lentamente,
la vi irse tras el umbral de mi pieza, alejarse esa figura
que tanto amo, desvanecerse como la neblina mientras yo
me sumergía en lo recóndito de mi cama. Se había ido.
La calma que había logrado tras despertar era cambiada
por la más escalofriante angustia de estar despierto en un
mal sueño. En ese momento, preferí estar durmiendo,
regresar a la confusión previa si era un mejor estado, pero
ya era tarde, la realidad amenazaba. Mis movimientos se
hacían lentos bajo las sabanas, mis pupilas se detuvieron
en puntos fijos, la respiración fue más larga y profunda,
era morir en vida, quedarme solo, sin entender nada,
agonizaba en mi lecho de muerte. Pedí a gritos silenciosos
216 | Mundos Alternos
no haber escuchado sus palabras, no haberla visto irse
decidida y yo hundido sin comprender. Habían sido tres
años, no mucho, no poco, lo suficiente para sentir que
amas, pero ya no quedaba más que despedirse. Preferí
dormir, a ver si el sueño curaba la amargura de una
noticia inesperada.
En el vacío tiempo de los sueños me pregunté si
una persona podría generar una depresión en cosa de
segundos, o el deseo de muerte. La psicología siempre
me llamó la atención. ¿Cómo continuar? ¿Para qué
esforzarse? ¿Para qué? Aun sabiendo que claramente
aquellas preguntas nacían de la más profunda herida del
abandono. Si en la siniestra realidad un minuto podía
quitarte los recuerdos felices de tres años; no era justo.
Y en ese sueño cerré mis ojos como si se pudiera encontrar
el descanso dentro del mismo sueño, pero no lo logré,
¡aunque lo intenté!, cerrando mis parpados con fuerza,
¡pero no pude! Entonces lloré… ¡Lloré con desgarro!
Y tras ese acto de desahogo, volví a abrir mis ojos
recibiendo una tenue luz. Fue en ese momento en que ella
apareció delante de mí y, junto con mirarme fijamente,
me dijo:
—¡Qué bueno que despertaste! Pensé que ya no
volvías… ¿Qué haría sin ti?...
Yo terminé por no entender nada: ¿estaba
dormido? ¿Estaba despierto? Solo sé que aquel abrazo
fue apretado, caluroso, simple y amoroso; no podía ser un
sueño, era imposible sentirla tan cerca, besarla en la forma
en que entonces lo hice. Paz… sí, eso fue lo que albergó
mi mente, y una sensación de felicidad extrema. ¿Podría
generarse una bipolaridad así de rápido en una persona?
En fin, la psicología otra vez; ella estaba conmigo y ya no
estaba solo.
Los días siguientes fueron maravillosos. Planeamos
Varios Autores | 217
prácticamente todo el año, recorrimos algunos lugares
que no habíamos visitado hace tiempo ya, nos juramos
amor eterno. Ella era todo para mí. Sin embargo, los
escalofríos nuevamente, ya que en medio de toda esta
vorágine me habló sobre poner una tienda, que le gustaba
el lugar en donde yo trabajaba como para hacerlo, que
ojalá arrendaran alguna vez el lugar. Yo no podía creerlo,
la confusión otra vez, ¿se habían mezclado realidades
paralelas? Comencé a vomitar y me desmayé.
Desperté en una fría sala de un hospital, no
reconocí nada de aquel lugar. Mis padres fueron a verme,
pero se veían muy jóvenes… ¿Diez años? Un calendario
me indicó que al parecer me encontraba en el año 1988.
Entonces le pedí a la enfermera un espejo. Lo que vi fue
sacado de alguna historia espaciotemporal… ¡un niño!,
¡yo era un niño otra vez! Casi irreconocible para mí, era
yo de apenas una década de edad y, claro, como dije
antes, hospitalizado y mimado con muchos regalos a mis
costados, como era de costumbre hacerse para los niños
que habían caído enfermos. Mis padres llegaron esa tarde
hasta mi cama, los vi llorar a mi lado, preocupados por mi
salud. Sentí tanta pena y amargura por ver a estos jóvenes
casi postrarse ante mí.
—¿Qué tengo, mamá? —pregunté—.
—Ya nada, hijo, solo fue una operación de
apendicitis, aunque fue un gran susto —dijo mi madre,
secándose las lágrimas. Para mí esto era ya una pesadilla,
efectivamente a los diez años estuve hospitalizado por mi
apéndice, pero ¿por qué pasar de nuevo este momento?
Las visitas terminaron y mis padres se despidieron
con un beso en mi frente. Yo no pude quedarme más tiempo
allí, debía encontrar respuestas. Me saqué entonces la
aguja con el suero y corrí por los pasillos del viejo hospital;
vi pasar rostros asustados e interrogantes, pero no me
218 | Mundos Alternos
detuve, encontré la salida y seguí corriendo. ¿Dónde ir?
¿A quién buscar? No lo sabía, tenía nuevamente diez años
y estaba recién operado, no era mucho lo que podía hacer,
y además hacía frio. Por lo tanto, corrí, corrí tanto como
pude, con dolor, con riesgo de caer desmayado, con frío.
Ahora sí, las luces parpadeaban fulminantes delante de
mis ojos, pasaban como rayos, como meteoritos a decenas
de kilómetros de velocidad, apenas podía pestañear,
alucinaba con el festival de colores que me saludaban
al pasar; extasiado, jadeante, alterado, ensimismado y,
por supuesto, en movimiento. De pronto, y mientras
avanzaba, vi cómo las luces de los postes comenzaron
a ser cada vez más vividas, pero distorsionadas, cómo
las casas comenzaron a difuminarse y el piso a alejarse
cada vez más de mis pies descalzos; cómo el aire se tornó
estático y mi corazón latía rápidamente. Luces, colores,
todo a velocidad, ya no era necesario que corriera, ya que
avanzaba raudo, o todo lo demás iba en dirección contraria.
Vi una luz al final del sendero, entonces comprendí, ahora
todo tenía sentido, todo cobró valor; las luces se hacían
cercanas, se apegaban a mi piel, interactuaban conmigo
como seres vivos y sintientes, rayos fugaces, imágenes me
preparaban para llegar allí donde al parecer terminaba
todo, ¿estaba muriendo? ¿Habría salido mal la operación
de apendicitis? Ya era tarde para tratar de entender, la
corriente me llevó, a veces en la vida la corriente nos lleva,
no sabemos a dónde, pero debemos confiar en el viaje,
porque es la única opción que tenemos, sin embargo, pese
a mi total aceptación del destino, me pregunté: ¿estoy vivo
aún? Solo había una forma de saberlo, llegar al final del
trayecto y ver qué pasaba una vez que cruzara esa fuerte
luz blanca.
Todo era muy claro, las imágenes se situaron una
al lado de la otra, como si fuera una película. Entonces
Varios Autores | 219
entendí, que se me pasó la vida trabajando, que me ponía
ansioso por llegar a la hora, por cumplir con la jefatura;
que odiaba los informes y esperaba con apuros el pago de
fin de mes, que no le dediqué todo el tiempo necesario a
mi novia, que mis padres me cuidaron noches enteras en
el hospital y su amor siempre fue incondicional, yo era tan
frágil a los diez años. Mi vida pasó ante mis ojos, como
tantas veces escuché por ahí que anunciaban era así, pues
sí lo era, era un mar de imágenes, me estaba muriendo…
qué pena… me quedaba tanto por hacer… quizás escribir
algún cuento y enviarlo a algún concurso por ahí; pero
era tarde, la luz blanca me abrazó como si fuera una vieja
amiga y, de pronto, todo fue un espacio en blanco: ¿estaba
muerto? Mis ojos debieron cerrarse, la luz era demasiada,
yo me entregué a la muerte como un niño se entrega a los
brazos de su madre, con seguridad de que ya todo está
bien.
La luz de pronto comenzó a bajar en intensidad,
pero aun así era difícil abrir los ojos. De pronto, vi como la
luz de la mañana entraba por la ventana, despertándome
para comenzar la jornada. Sonó la alarma, eran
exactamente las 8 a.m. del 16 de mayo del 2018, debía
levantarme para ir a trabajar. Aquella mañana me
levanté apurado, y por qué no decirlo, confuso, encendí
el auto y me dirigí directo a casa de mi novia. No asistí
al trabajo. Luego, pasamos por mis padres, los miré a
todos directamente a los ojos y les dije que los amaba;
ellos, aunque desconcertados, asintieron y dijeron
también cuánto me amaban; les agradecí a mis padres
por cuidarme en aquella operación a mis diez años; y a
mi novia le dije que podríamos planear un nuevo proyecto
juntos. Pasamos el resto del día visitando lugares que hace
mucho tiempo no observábamos, que hace tiempo no
vivenciábamos; fue entonces cuando respiré hondo y volví
220 | Mundos Alternos
a la calma, todos estaban junto a mí y yo junto a ellos.
Aquel mágico día fue espectacular.
Dejo registro de que no morí, ¡o quizás sí! Al menos
una parte de mi quedo en los parajes de aquel viaje, aquel
intenso viaje, según entiendo, para recuperar lo que casi
pierdo, vivir verdaderamente.
En fin, eso es todo… pero…, ¡esperen! ¡Mi reloj
acaba de cambiar!
Varios Autores | 221
Las arenas del fin
Armando Rosselot
La eternidad es un concepto que no muchos seres pueden
llegar a comprender. Lo digo con propiedad. Sucede
que, tal como le puede ocurrir a quien conoce un lugar
demasiado tiempo, aburre, cansa y lo único que se desea
es salir de ahí. Es mi sentir de hace incontables siglos;
quiero escapar, irme, morir.
Durante los últimos milenios, he tratado de
aniquilarme muchas veces —más de doscientas—, pero
siempre despierto luego de un extraño sueño, en el que
me encuentro boca abajo en una playa de arena húmeda
y carmesí. Me estoy ahogando, por lo que levanto mi
cabeza con urgencia para lograr respirar, pero solo consigo
despertarme y vuelta a lo de siempre.
He sido testigo de tres eras planetarias; sus
nacimientos, esplendores, decadencia y término. Después
viene el resurgimiento de todo, desde ese último rincón
del mundo que renace luego de acabar; ese final que
existe para todo ser vivo del mundo, menos para mí y un
grupo de hombres eternos de los cuales quedo solo yo en
esta tierra, pues los otros han tenido la suerte de encontrar
el final del camino: la isla al borde del mundo.
Hacia allá es a donde me dirijo en este momento.
Subí a la embarcación hace cinco días, en el puerto
de Driüm, en el archipiélago de Yailyé, costa meridional
222 | Mundos Alternos
del gran continente de Ramaridam; en esta, la cuarta era
del tercer planeta de este sistema solar: Aquilia, o Tierra,
como le nombraban en la era anterior.
II
El sol quema con fuerza y los hombres trabajan en la
cubierta, el timón y las velas. Hace poco comí y estoy de
pie. Las palabras de otro eterno, el moreno, retumban en
mi cabeza: «Ve con la primera expedición hacia aguas
desconocidas, allí encontrarás la isla donde podrás morir
y al fin descansar». Él partió hacía seis mil años; un breve
interludio para el tedio de estar en el mundo.
Cerca del timón, varios hombres y el capitán
estudian un mapa. Según oigo, es el mapa de un mago,
un iluminado que los llevará a encontrar los tesoros más
grandes del mundo y riqueza infinita. No tienen idea de lo
infinito, ni de qué es ser un iluminado. El mapa lo dibujé
yo hace varias jornadas y lo hice correr por las posadas de
marinos hasta que alguno se atreviera a ir. Cayeron con
facilidad; me llevarán a mi muerte y a la de ellos, breves
criaturas inocentes. No se imaginan lo que les caerá
encima muy pronto.
Me hice amigo de un tipo llamado Sami; es de piel oscura,
como el moreno. Es gracioso y, a su vez, sabio para su
corta existencia. Dice que cuando encuentre el oro solo
tomará un poco para tener una vida saludable y decente,
que no desea ser rico, pues a los ricos la gente los odia y él
no quiere ser odiado. Lástima, pienso. Nunca va a poder
regresar.
Varios Autores | 223
Es mediodía y de las nubes caen vientos
huracanados y una fuerte lluvia. El barco se mece con
brusquedad en las frías aguas del mar del Güem. Unas
cajas se sueltan de sus amarras y caen en la cubierta
dejando ver su contenido: dos niños pequeños y una
mujer de unos quince años. «¡No!», me digo acongojado,
«esto no debe ser así». Pero sé que es muy tarde y nada
puedo hacer.
III
El nombre de ella es Raía y los niños son sus hermanos.
A nadie parece importarle. Ella me dice que huyeron de
Driüm para no ser prostituidos en las casas verdes del cerro
grande. Según ella, es preferible la muerte a caer en las
manos de los proxenetas. Solo le digo que sí. Los niños me
miran asustados. Saben lo que es la muerte y no la quieren.
A su edad, yo tampoco la deseaba. Estúpidamente, me
prometo mantenerlos a salvo mientras viva. Rio, al darme
cuenta de la idiotez que he prometido. Pienso que podría
vivir un millón de años más y seguiría siendo un imbécil.
La tormenta no amaina y está oscuro.
La tripulación —veinte hombres, incluyéndome— se
encuentra en estado de alerta. Alguien dice oír un rugido,
que no era la tormenta, que venía de abajo, del mar, que
se oía como un grito profundo. Puede ser, pienso; ya nada
me extraña. Raía me mira fijo y con temor mientras abraza
a sus hermanos; yo le sonrío, les digo que se afirmen con
fuerza.
Al terminar de hablarles, el barco se ladea con
una violencia increíble. Alcanzo a sujetarlos bien y me
agarro con todas mis fuerzas a un mástil. Vuelan varios
hombres, unos muy jóvenes, casi niños, cuando lloran al
buscar inútilmente con sus brazos algo a que aferrarse.
224 | Mundos Alternos
Veo la desesperación, sus ojos marcados por el miedo
al momento que se aproxima, el cual llega sin aviso y
con la descomunal fuerza de un monstruo primigenio,
emergiendo de las oscuras aguas y tomando con sus
bermejos tentáculos a tres tripulantes que volaban por
los aires. Los aprieta con una terrible fuerza, revientan,
sus intestinos, que se mezclan con la lluvia y caen en la
cubierta sobre todos nosotros; hay gritos, vómitos, miedo.
Raía y sus hermanos se me han soltado.
Los busco, temo por ellos. Es tonto, no es lógico, sé
lo que les sucederá a ellos y a mí no. Recuerdo muchas de
mis casi muertes: devorado por un tiranosaurio, muerto
en el interior de un volcán, acuchillado, decapitado,
desmembrado, desmaterializado en Sodoma, pulverizado
en Nagasaki… siempre volviendo a la vida, restaurado y
sin un rasguño, en cualquier parte del mundo.
Nada puedo hacer. La mujer es tomada por uno
de los tentáculos y partida en dos. Su grito desgarra la
tormenta, es agudo y casi musical. Se corta de improviso,
como la misma tormenta. El monstruo se hunde en las
aguas que poco a poco comienzan a calmarse. Los dos
niños lloran desconsolados sobre trozos de carne y huesos.
Sobre su hermana.
La cubierta me recuerda a los ritos caníbales de
una raza de la segunda era.
IV
La tripulación ha disminuido notoriamente. Somos diez,
más los dos niños. Muchos se me acercan para hacer
preguntas, como sintiendo la diferencia que hay entre ellos
y yo. Pienso en la posibilidad de que me culpen por todo.
Ya me pasó una vez, durante la tercera época, cuando los
Damreh viajaron más allá de las rocas cuerno para buscar
Varios Autores | 225
nuevas tierras, para finalmente descubrir el continente de
Pihú y fundar su gran ciudad de Mosekladht; fui lanzado
al mar después de ser culpado por la plaga de sarampión,
la cual mató a casi toda la expedición. Haciendo los
cálculos, puede que hayan tenido toda la razón.
Pero no. Veo en el rostro de esta gente algo más allá
del miedo. Hay una suerte de esperanza en mi persona.
Creen que soy algo así como el guardián de su misión; un
enviado, un ángel. No puedo evitar reírme.
Galy, el niño más pequeño, de unos cuatro años,
me abraza y no me suelta. Su hermano, Dah, observa por
la borda el oleaje con la mirada perdida.
Oscurece. Siento algo malo flotando en el aire.
Un marinero me pide que lo ayude con unas cuerdas y lo
hago. No tengo miedo. Soy el único en busca la muerte,
que no la rehúye, que la añora.
Alguien reparte unas raciones de alimento,
también licor, mucho licor, para ayudar a las frágiles
mentes a superar el horror y el miedo. A los pocos minutos,
oigo las primeras risas y también órdenes para no perder
el rumbo de la embarcación. Un marino de piel morena
guía al timonel, basándose en las estrellas. Todo ha vuelto
a la normalidad, salvo por el olor a sangre que aún queda
rebotando en la cubierta y en la ropa de varios.
Está oscuro, solo algunas lámparas lograron salvarse del
ataque del monstruo. Sé que algo va a suceder, pero, como
los otros, estoy ciego y a la espera. De pronto, una música
comienza a llenar el ambiente y sé de dónde viene ese
sonido. Hay inquietud y muchos comienzan a rezar a sus
dioses o antepasados.
226 | Mundos Alternos
Son cantos. Dulces y atrayentes, que penetran por
cada rincón.
Sirenas.
Muchas sirenas que hacen chapotear el agua
al costado de la embarcación. Sus cantos comienzan a
embrujar a todos los presentes, hasta a los niños que van
a mi lado. «¿Mamá, hermana?», preguntan, con los ojos
muy abiertos y amplias sonrisas.
El capitán, un tipo gordo, alto y de abultada barba
gris, ordena a todos taparse los oídos, lo cual yo no hago.
Pero es muy tarde para tres marinos —entre ellos, Sami—
quienes se lanzan a las aguas, extasiados, en busca del
placer que aquellas voces prometen.
Muchos miramos hacia las oscuras aguas, por
si vemos algo. Pero no, solamente oigo el corto grito de
los hombres y nada más. Unos momentos después, tres
esqueletos completos, sin nada de carne, son lanzados
desde el mar y caen en la cubierta. El sonido de los huesos
al golpear la madera es gracioso, casi tribal; todos están
espantados. El canto se reanuda y varios marinos con
vendas en los oídos disparan sus flechas hacia las oscuras
aguas.
Al cabo de unos minutos, el canto cesa. Tengo a los
dos niños desesperados entre mis brazos, dos marineros
me observan y me preguntan por qué estoy con esos
niños y no los dejo morir. Les respondo que es por eso
mismo no deseo su muerte: son niños y no tienen culpa.
Uno de ellos, delgado y de ojos saltones, me dice que
estamos condenados y nos hemos transformado en los
peces para el demonio que vive en el mar, el verdadero
pescador. Le digo que lo sé, que por eso estoy allí con
ellos. Ambos me miran en silencio y dan media vuelta.
Quedamos nueve, incluyendo a los hermanos de
Raía.
Varios Autores | 227
V
Amanece. El sol brilla como lo he visto desde hace millones
de años. No hay gaviotas y corre una débil brisa. Es obvio
que estamos aún en alta mar.
Recuerdo los diluvios de épocas pasadas, mi
caminar bajo las aguas y los cuerpos danzantes entre las
corrientes marinas. Un bello baile que a Belcebú le hubiera
gustado filmar, si en aquel tiempo las cámaras de video
hubieran existido. Me rio. Al parecer, de una manera muy
escandalosa, porque todos me observan. Pero mantienen
distancia. Ahora me temen.
Siento como una flecha golpea mi espalda.
Rebota. Noto mi piel brillar y poseer una fuerza nunca
antes experimentada. Sé que desean matarme, me creen
el responsable de su desgracia. Rio más todavía, pues sí
soy el responsable y no hay nada que puedan hacer.
Disparan muchas flechas en mi contra y yo trato
de detenerlas para que no dañen a los niños. Les digo que
no sigan, que solo lograrán matarlos a ellos.
Es tarde. Una flecha atraviesa el cráneo de Dah
sin darle oportunidad, mientras Galy cae abatido por
tres flechas que cruzan su pequeño cuerpo. Me enfado
y voy decidido a enfrentar a todos esos cobardes. Golpeo
a tres mientras los restantes se me lanzan encima.
Los siento como almohadas sobre mi cuerpo. Me muevo
para sacarlos. Los insulto. Les digo que, hagan lo que
hagan, van a morir igual, pues yo también moriré y es lo
que más deseo. Se detienen.
El capitán se acerca temeroso y me pregunta si los
puedo salvar. No respondo. También pregunta si podemos
regresar. Le digo que no lo sé, que lo intente. Miento.
Enseguida le da las órdenes a los hombres que quedan;
228 | Mundos Alternos
el timonel y otro marinero más dan vuelta a la rueda del
timón para hacer virar el barco. Yo, por mi parte, tomo los
inertes cuerpos de los niños, los abrazo, les pido perdón y
sé que no estoy mintiendo.
El barco logra girar solo unos treinta grados y un
fuerte viento lo azota desde atrás, empujándolo de una
manera que ninguna embarcación podría resistir, pero
resiste y todo lo que estaba en el barco violentamente se
va hacia popa, producto de la inercia. Dos hombres son
reventados por el mástil principal, el cual cae sobre ellos.
Otros dos salen disparados del barco. Los cadáveres de los
niños se me arrancan de las manos. Nada puedo hacer.
Somos tres: el capitán, un marino delgado de
cabellera frondosa y yo.
No podemos movernos por la aceleración.
La embarcación es empujada sobre las aguas por una
fuerza ajena a este mundo. Presiento a dónde nos lleva.
Sonrío ante la mirada perpleja de los dos hombres,
quienes no dejan de temblar.
VI
El viento cesa. Llegamos.
Al detenerse, el barco queda a flote y comienza a
hacer agua. Nos hundimos. Los tres estamos cubiertos por
jirones de ropa.
Me levanto con dificultad para ver dónde nos
encontramos. Enfrente, se alza una isla. La isla; mi
esperado destino de arenas bermejas. Me lanzo a las aguas
y voy en busca de mi anhelada paz. Detrás, se sienten los
dos chapuzones de mis desventurados compañeros.
Nado muy poco hasta que toco fondo con mis
pies y entonces camino. Estoy al fin en la playa que tanto
busqué. Grito que he llegado, que deseo mi recompensa.
Varios Autores | 229
El capitán me pide que calle, mientras el marino mira con
nerviosismo en todas direcciones hasta que baja la mirada
y brama de horror.
—¡Esto no es arena! —grita.
—¿Qué dices? —pregunta el capitán.
—Que, por los dioses, esto no es arena —solloza
el marino.
Miro con detención la arena. No lo es. La toco.
Es viscosa, se resbala entre mis dedos, pero no como
pequeños granos —como debería ser—, sino como una
saliva rojiza, que no tiñe las aguas y que es suave al tacto.
Recuerdo el sueño.
La playa está repleta de órganos humanos y carne
que no parece carne. Hay ojos entre la arena, manos,
dientes, bocas con la lengua afuera y pedazos de pulmones
e intestinos. Todo mezclado con esa arena, que ahora sé
que está hecha de huesos molidos, secados y vueltos a
hidratar.
Formas sin tener forma.
Camino hacia el centro de la isla cuando, de
pronto, la arena parece adquirir la apariencia de un
gran brazo y toma al marino que se iba a lanzar al mar.
Lo agarra de sus cabellos, lo sacude con tanta violencia
que le saca la cabellera completa, dejando desnudo el
cráneo del hombre, quien cae muy cerca mío, emitiendo
un golpe seco. Se ha desnucado.
El capitán se me acerca, me dice que no desea
morir, que tenga piedad, que será un hombre bueno y
correcto al volver a su vida. Pero le respondo que no soy
nadie para salvarlo, pues yo solo espero la muerte. Él no
me entiende, no tiene por qué, no sabe, nunca sabrá.
La arena lo engulle en un abrir y cerrar de ojos. Ni siquiera
alcanza a gritar. Oigo como sus huesos se quiebran y su
carne es aplastada.
230 | Mundos Alternos
Estoy solo.
No transcurre ni un minuto y el suelo comienza a
levantarse frente a mí, luego se divide en dos y su centro
se abre como la vagina de una mujer.
«Ven», me dice una voz que yo sé que no es tal.
«Ven y únete a mí para no ser más, muere al fin; muere y
cumple tu destino».
Es extraño, pero dudo un instante. Entro en las
palpitantes carnes húmedas, de aroma indefinido, y formo
parte del útero de esta diosa que es la isla. De un momento
a otro soy cuerpo y mente al mismo tiempo. Me pierdo de
mí mismo, me uno a un Yo único y allí encuentro los otros
eternos dentro de un gran eterno. Soy más que lo que fui
y ya no seré aquel hombre nunca más. He muerto, pero
renazco para formar lo que no está y para destruir lo que
existe.
No soy yo.
Soy legión.
Varios Autores | 231
Libro 3
La confrontación
232 | Mundos Alternos
La guerra llegó a medianoche al Reloncaví
Wladimir Soto Cárcamo
El principio fue devastador, la noche se hizo fuego y
la palabra sobrevivencia se volvió un credo entre los
habitantes del sur. Pasada la medianoche del 23 de
diciembre de 1978, en Puerto Montt se escuchó un fuerte
estruendo: eran los gigantescos estanques de petróleo de
calle Bilbao que estallaban con inusitada espectacularidad.
Juan Cid miraba desde su casa en calle Egaña la
gran llamarada. Prendió la radio… Solo se escuchaba
música, el canal nacional transmitía una película, su
mujer, Emiliana Cárdenas, estaba asustada junto con su
pequeño hijo Germán, viendo de reojo hacia la puerta.
—No sé lo que pasa, cálmate ya.
—Juan no siente ese ruido.
Entonces empezó una serie de estallidos desde
distintos puntos de la ciudad; una fuerte detonación
se escuchó tan cerca que remeció la casa, los vidrios se
quebraron. Emiliana gritó, su voz era un simple murmullo
que se borraba en la calle, donde las sirenas de bomberos
y las explosiones cubrían el marco sonoro de ese espacio.
En el puerto se respiraba calma, a las una de
la madrugada, cuando el guardia Armando Soto vio
bajar algo del cielo. Los militares que resguardaban el
recinto vieron caer objetos desconocidos. De pronto, se
escucharon tiros. Una intensa balacera estalló.
Armando se refugió corriendo por una bodega,
miraba el movimiento de los militares chilenos que
Varios Autores | 233
respondían con sus fusiles SIG-510 los crecientes disparos
de las fuerzas agresoras que venían desde distintos flancos.
En ese instante, el aeropuerto el Tepual era
bombardeado intensamente, alcanzando algunos aviones
civiles. La pista era dañada, junto con las bodegas.
Las aeronaves de la Fuerza Aérea ya estaban en el aire, no
habían sido tomados por sorpresa ya que minutos antes el
radar había detectado una presencia extraña en los cielos
y se habían preparado para esta emergencia ocupando el
tramo de camino entre Lagunitas hasta El Tepual. Aviones
de combate A-37 Drangonfly, más Hawker Hunters, se
dispusieron a iniciar el combate aéreo preparando sus
armas para la lucha.
Desde el sector alto de Puerto Montt, Blanca Castro
escuchaba la radio que transmitía desde Santiago los
comunicados de la junta militar de gobierno, anunciando
el inicio del ataque de las Fuerzas Armadas de Argentina
al romper definitivamente las mesas de negociaciones y
rechazar cualquier mediación por el diferendo limítrofe
del canal Beagle.
Lo más grave, al partir el informativo local, era la
confirmación del avance del Tercer Cuerpo de Ejército
de Argentina por Puyehue y del duro enfrentamiento
con tropas chilenas, entre ellas las del regimiento Sangra
apostado en el lugar; complementado con ataques de la
aviación argentina.
Desde su ventana en el segundo piso, con vistas al
seno del Reloncaví, Blanca veía perfectamente en el cielo
los movimientos de las naves, oía el estruendo cuando caía
una y se precipitaba a las aguas. Todo era rápido, ruidos,
estallidos, incendios en el centro de la ciudad, mientras la
gente no se atrevía a salir de sus casas por miedo al toque
de queda.
—Estos delincuentes nos llevaron a una guerra —
234 | Mundos Alternos
decía Walter Ramírez, ex preso político que estaba en su
casa en población Modelo escuchando la radio y mirando
a su mujer.
Moira respondía con lágrimas.
–No puede ser… más muerte. ¿Qué vendrá ahora
con los milicos? —preguntaba, desesperada.
—Más miseria para el pueblo, qué más se le puede
pedir a estos gorilas —afirmó el hombre, con rostro
cansado.
Los heridos y muertos seguían llegando en gran
número al hospital regional de calle seminario. El personal
estaba agobiado, trataban los casos más urgentes y lo que
se podían salvar.
Al amanecer, el enfrentamiento en el puerto estaba
definido en favor del bando chileno, con gran número de
bajas y la derrota de la incursión argentina.
Armando trataba de calmar sus nervios, estaban
más acelerados sus movimientos. Los muertos lo tenían
alterado, nunca había visto tanto horror. Los militares
trataban de colocar orden en el área y cuantificar los
daños.
Entre tanto, Juan Cid, su mujer y su pequeño niño
trataron de limpiar lo que podían en su casa, escuchando
las noticias del inicio de la guerra.
Blanca miró el comienzo de un nuevo amanecer,
observando las columnas de humo, los daños, la dispersión
de los aviones que se alejaron desde esa zona, mientras la
radio seguía trasmitiendo las batallas desde cada punto
del país. No tenía fuerza para llorar, pensó simplemente
en ese dolor profundo que ya se había instalado en todo
su ser.
Varios Autores | 235
Proyecto Aenima
Daniel Olcay Jeneral
(Aviso del editor: Contenido explícito. Se recomienda discreción)
El cerebro del individuo escogido se encuentra intacto.
[01Zeitgeist]. Las probabilidades de restablecer la
operatividad de dicho órgano son altas. [01Ragnarök].
El sujeto de prueba, en adelante El Elegido, proviene
de la unidad Criogenia Lumpen; División A.R.K.
[01Apocalipsis]. La tibia y nacarada luz de la máquina
resplandece sobre su rostro. Parece un ser inmaculado.
[01Armagedón].
El «Despertar Colectivo» devastó, principalmente,
el centro de la ciudad. La sórdida postal urbana, el
espectáculo nacional, se viralizó en internet, utilizando la
imagen de un niño calvo con una patriótica camiseta de
fútbol llena de barro. En ese tiempo, la fetidez cubría las
húmedas mañanas y las noches eran invadidas por el caos
de la incertidumbre. El gobierno debió poner en marcha
un improvisado plan de emergencia; se decretó un absurdo
estado de sitio. Inmundos cadáveres, extremidades y
órganos esparcidos por la localidad se acumulaban y
mezclaban con cuerpos acribillados a sangre fría debido a
las revueltas ciudadanas.
Los sobrevivientes observaban deslumbrados
236 | Mundos Alternos
como los cuerpos-sin-vida eran apilados sobre colosales
estructuras metálicas oxidadas. Era tanta la cantidad de
fallecidos, la paranoia, las posibles consecuencias a la salud
de los sobrevivientes y la pobreza, que nadie reclamaba a
sus familiares. La carne-muerta era elevada y trasladada,
mediante ruidosas naves militares, a La Hoguera,
instalación gubernamental ubicada en el altiplano que
tiempo atrás sirvió como unidad de entrenamiento, ahora
reacondicionada, habilitada y resguardada por militares
con el propósito de incinerar químicamente los remanentes
biológicos causados por el «Despertar Colectivo».
Una niña de sonrisa atemporal se pregunta para sus
adentros por qué no podía ir al cielo.
El Elegido, ahogado bajo ruinas despavimentadas,
desfallece por tres días y tres noches; con el torso
carbonizado, piernas y brazos reducidos a cenizas, la
sangre hirviendo a borbotones por la boca rasgada y
cristalizados ojos negroplasmáticos irradiando el fulgor
de la desintegración.
Una aeronave se posiciona y aterriza cerca de las
coordenadas brindadas por El Cabo Segundo y su tropa
de conscriptos. A lo lejos, un cuerpo revestido de un traje
blanco y gafas oscuras, acompañado de una máquina de
arácnido movimiento, se aproxima.
—Pónganlo con cuidado en la máquina,
caballeros. Son órdenes de El Hombre Amarillo —
Varios Autores | 237
agrega el sujeto de gafas oscuras. A cada uno de los cinco
militares se le entregan vestimentas de seguridad. Cargan
cuidadosamente el chamuscado cuerpo de El Elegido
hasta depositarlo en la cilíndrica máquina cristalizada
llena de líquido verde. Cada conscripto observa los
restos de ajena piel quemada en sus guantes. Un rostro
descompuesto, pidiendo ayuda, fue la última imagen
mental que procesaron. Con El Elegido ya resguardado,
el sujeto de blanco saca un arma y dispara en el cráneo
de cada uniformado. Realiza un llamado. Señala que hay
cinco cuerpos afectados con necesidad de ser derivados a
La Hoguera.
Se inicia el proceso de regeneración biológica. Previamente,
se estableció un patrón, en base al ADN de El Elegido.
Se sintetizaron cadenas polinucleótidas, decodificándose
proteínas en base a dicho patrón. El procedimiento durará
nueve meses. El útero: un blanco salón oval, vigilado por
personal militar armado.
Huesos, ligamentos, tendones, músculos, órganos
palpitantes, un inconsciente que comienza a adquirir
forma homínida. La sangre fluye por el cuerpo de manera
natural.
El procedimiento se desarrolla exitosamente.
Poco a poco, el endurecimiento epitelial establece la forma
humana definitiva. La actividad cerebral se reanuda.
238 | Mundos Alternos
El Elegido es examinado en detalle por el equipo de
especialistas de la División A.R.K. Definen los alcances
del experimento y concluyen que fue exitoso. Al contar
con capacidades físicas y cognitivas desarrolladas,
proceden a torturarlo y humillarlo para potenciar
capacidades emocionales, siendo visitado por un tierno
perro, un quiltro, cada una hora. Luego de veinticuatro
horas de procedimiento, El Elegido toma el animal y lo
destripa con sus dientes. Un shock eléctrico masivo invade
el cuarto donde se encuentra recluido. Cae inconsciente.
Desnudo y aturdido, su nuevo-cuerpo amanece en
pleno centro de la ciudad.
El Elegido, ahora llamado El Profeta, vive bajo el puente
del Río San José, entre carcomidas islas de basura orgánica
y tecnológica. Durante horas, camina restregando sus
ideas sobre el violentado rostro del presente. Su fama
inició cuando, sentado en medio del paseo peatonal de
la ciudad, se comió las uñas de los pies, tomó una siesta;
al despertar, dejó caer sus viejos pantalones y defecó,
exactamente a mediodía. Arrodillado, se alimentaba de
su propia mierda, enseñando de esta manera la lógica del
eterno retorno, el bucle temporal maldito.
Cuando concurre a la casa de alguno de sus
discípulos, El Profeta exige el pubis de una virgen con
nueve dedos en las manos. Penetra y sacude su bendecido
falo dentro de la joven, mientras recita un triste poema
refiriéndose al inherente dolor existente en la vida.
Varios Autores | 239
El Profeta habla sin pronombres, señalando de esta
manera la multiplicidad del ser y, a la vez, su insignificancia
en el mundo.
Últimamente, a diez años de conmemorar la
catástrofe del «Despertar Colectivo», se le ha visto cargar
un viejo televisor sobre un coche de bebé, siendo esta una
alegoría del génesis del proto-humano reciclable, según
sus más acérrimos seguidores.
[01Alea iacta est].
240 | Mundos Alternos
Billiak, el siriano
José Hernández Ibarra
(Aviso del editor: Contenido explícito. Se recomienda discreción)
I
La reina
El bote no pudo atravesar el estrecho. El caudal del rio no
era navegable y su ímpetu anunciaba que aquella tarde
comenzaría la lluvia, a pesar de lo despejado que estaba
el cielo. Una columna de humo se elevaba al otro lado
del estrecho, donde se erguía, majestuoso, el palacio de
monsieur Roland D’ Juanité, rico marqués de una alejada
región al sur de Francia.
Precisamente a esa mansión intentaba llegar una
cuadrilla de soldados en bote, pues suponían —con mucha
razón— que la columna de humo era la transformación del
palacio del marqués en una pira y, luego, en un montículo
de medievales marfiles, rocas y maderos carbonizadas.
El monarca, Luis XVI, había ordenado el riesgoso viaje
del bote, puesto que su esposa, la reina María Antonieta,
pasaba sus vacaciones en esa mansión.
Tras una jornada de espera, el caudal se normalizó
y los nudos de corriente rivereña desaparecieron, junto con
los troncos de árboles desarraigados de alguna parte de los
Alpes, quizás por la inundación de una parcela o el simple
arrastre de una avalancha. Era el tipo común de noticias
que se recibían todos los días, mas, en aquel momento,
Varios Autores | 241
solo se pronunciaba, por todos los labios de la cercanía, el
nombre de María Antonieta. Y esta importancia no venía
de la hermosura de su piel austríaca, ni por su acento
extranjero, tan duro en contraste con el suave francés
que hablaba su esposo, el monarca; sino que la urgencia
de su búsqueda radicaba en los malos pensamientos de
este último, quien precisaba conocer el paradero de la
reina, de la cual esperaba todo menos fidelidad, más aun
tras aquellos calurosos días de verano que derritieron
tantos glaciares y provocaron tantos daños a la mermada
economía agrícola. De esta manera, los rayos de enojo y
los gritos de rabia e indignación de Luis resonaban como
truenos, escuchados incluso en las colonias ultramarinas y
en la Louisiana.
Allá, en las tierras de pantanos y selvas, se hablaba
de Luis XIV como el Joan Le Fou —Juan el Loco—, en
clara alusión a Juana la Loca, reina de Castilla y madre de
Carlos V, soberano de España y de los reinos alemanes,
Nápoles, Córcega y todas las Indias en el siglo XVI.
Ella, por los celos hacia su marido, Felipe el Hermoso,
llegó al extremo de cautelar los actos del joven rey, asistió
embarazada a una fiesta real y, por no dejarlo solo, dio a
luz a Carlos en un baño del palacio. Fue así como Carlos
V, el monarca más poderoso de la Historia del mundo,
nació en un retrete. Y así es como los colonos franceses se
burlaban de su monarca, Luis XVI, desquitando también
su odio contra su esposa, la María Déficit, llamada así por
sus hábitos despilfarradores.
Días después, en el Palacio de Versalles, los
mensajeros informaron al soberano que la reina había
llegado sana y salva tras un día de viaje por ríos y caminos.
El rey corrió hacia la tina real, donde ella se tomaba un
baño y, sin mirar, la saludó cariñosamente. Unos minutos
más tarde, María Antonieta descansaba a la sombra de un
242 | Mundos Alternos
naranjo, en el jardín palaciego, con la mirada perdida en
el horizonte, intentando memorar qué había pasado antes
del incendio. Examinándose una quemadura en su brazo
y unas diminutas plumas que habían resistido al agua,
recordó las palabras del extraño asesino en la mansión, y
su rostro se iluminó con una sonrisa.
II
En el palacio del marqués Rolan D´Juanité, antes del incendio
La luz del sol se extinguía y los guardias de la mansión se
retiraban a sus casetas, donde debían lidiar con el olor a
sudor de sus cuerpos tras días de intenso calor.
Prepararon los candelabros y llenaron de comida
las cestas para pasar una noche sin hambre. Establecieron
los horarios de vigilancia. Debían estar atentos: los
rumores indicaban que los revolucionarios querían matar
al rey y a todos sus parientes, entre ellos, al marqués Rolan
D´Juanité.
Los asesinos ya habían actuado contra unas
iglesias, robando las piezas de oro que durante toda la
Edad Media se habían resguardado en los sacros edificios,
hospitales de vidas y asilo de esperanzas. Al parecer, todo
el mundo sabía que la edad de los castillos terminaba y
que los monarcas ya no eran invulnerables mensajeros
de Dios, sino simples monstruos que —robando el poder
de la gente— se habían convertido en los enemigos del
pueblo, el mismo que los había alzado como líderes para
protegerse de invasiones y carestías.
Llegada la noche, los empleados ordenaban la
cocina y dejaban preparadas las comidas para el desayuno,
especialmente aquellas zanahorias que tanto le gustaban
a María Antonieta, pues acostumbraba a pedirle a sus
sirvientas que le dejaran en su habitación las más grandes
Varios Autores | 243
que encontraran y le dieran un cuchillo, pues gustaba
pelarlas en la privacidad de su alcoba.
Las sirvientas volvían a la cocina cuando un sujeto
corrió rápidamente desde un rincón escondiéndose tras
una caldera que utilizaban para calentar las piedras con
las cuales las jóvenes hijas del marqués se alisaban la piel
mientras se bañaban en tinas de cerámica india.
Las sirvientas miraron al hombre, cubierto solo de
un pantaloncillo corto. Parecía asustado y miraba a todos
lados sin ver realmente algo. Pensaron que era un loco,
pero se dieron cuenta que en realidad estaba confundido,
como si fuese un ciego que recuperó la vista tras décadas
de oscuridad.
Le hablaron con suave autoridad, intentando
corroborar si no era un desquiciado. El extraño se dejó
tocar y preguntó en un raro francés:
—¿Cuál planeta es este?
Las sirvientas se miraron extrañadas. Luego, la
de mayor jerarquía le pidió a una que fuera a buscar al
dueño de casa. Mientras cumplía su deber, la sirvienta
mensajera se topó con María Antonieta, quien salía de su
alcoba, transpirada.
La consorte real le pidió que le preparara un
baño tibio, pero la sirvienta le dijo que no podía en ese
momento puesto que un extraño estaba en la cocina y
era menester encontrar al marqués. María Antonieta se
quedó mirándola un momento y, luego de un segundo de
silencio, le pidió que le mostrara al extraño.
Ambas llegaron a la cocina. La sirvienta de mayor
autoridad miró con rostro molesto a la mensajera que
trajo a la reina, pero de inmediato María Antonieta le
explicó a la servidumbre que ansiaba conocer al extraño
capaz de burlar la seguridad de aquel palacio.
Sentado y bebiendo un tazón de agua, el extraño
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miró a la reina y sus ojos se abrieron de asombro.
María Antonieta lo miró detalladamente, sólida, como lo
hace solamente los de sangre azul.
El extraño se puso de pie y se inclinó para saludarla
tal como lo acostumbraban a hacer los nobles. Una sonrisa
se dibujó en su rostro.
—Mi nombre es Billiak y soy habitante del planeta
Sirio, ubicado a mucha distancia del vuestro. He venido a
esta mansión en busca de ayuda, puesto que he matado a
un hombre que pretendía acabar con mi vida por el solo
hecho de haberle muerto un animal de su ganado.
La reina se inquietó por un momento, pero viendo
que el hombre parecía hablar con tono honesto, se mostró
abierta a la posibilidad de que todo hubiera sido producto
de un accidente.
—Dime, extraño, ¿sabes quién soy? —preguntó la
reina.
—Usted es María Antonieta, reina de este mundo
y —dándole una mirada y una sonrisa coqueta— una
hermosa jovencita.
—Y si sabes quién soy, ¿por qué crees que yo deba
perdonar el homicidio de uno de mis súbditos?
—Pues deje entonces que cuente mi versión de los
hechos y entenderá por qué he cometido tal acto bestial,
que no dudo en volver a recalcar que tuvo motivos de
pura defensa personal.
—A ver, habla, y háblanos claramente.
Antes de comenzar su historia, apareció el marqués.
Vio al hombre y de inmediato entendió que se trataba
de un extraño, increpándolo, pero María Antonieta le
pidió silencio, para que este pudiera iniciar el relato de su
versión de los hechos.
El extraño comenzó a narrar que, mientras venía
en su «luz transportadora», un inconveniente lo obligó
Varios Autores | 245
a detenerse en este planeta. La soberana, quien sonreía
mientras lo miraba, le preguntó interrumpiéndolo:
—¿Entonces, tú vienes de las estrellas? —sin poder
contener una risita al final.
—Sí, yo vengo de las estrellas; de un planeta. Soy
un siriano.
María Antonieta miró al marqués y este,
adivinando la mirada traviesa de la reina, le concedió
todo deseo inclinando un poco la cabeza. Tras este gesto,
la reina dijo:
—Prepararemos una cena para que nos cuentes
más sobre tu viaje, tu mundo y tu imperdonable crimen,
Billiak.
La reina miró al marqués y le pidió que castigara
a los guardias como solía hacerlo cada vez que la
seguridad era rota, tal como sucedió cuando un grupo
de revolucionarios lanzó huevos y gritos libertarios unos
meses antes.
III
La comida
El marqués solicitó la presencia de todos en el comedor.
Llamó al jefe de la guardia, quien vino de inmediato.
D´Juanité también llamó a sus hijas, para que tuviesen
la oportunidad de lidiar con un extraño peligroso y
pudiesen así reconocer en el futuro a uno de estos en
cuanto lo vieran, ya que este Billiak tenía una capacidad
de conversación muy persuasiva. Parecía un ser mágico
o una serpiente, capaz de hipnotizar con la mirada y la
lengua, envolviendo de sonrisas a sus escuchantes; un claro
ejemplo de charlatán exitoso, del cual toda muchacha
noble debe cuidarse.
María Antonieta llegó con dos de sus sirvientas,
246 | Mundos Alternos
que tenían por misión contenerla, pues la reina, en
conversaciones íntimas con ellas, se reconocía algo
encantada por aquel encantador lenguaje brujo de Billiak.
Todos se sentaron a la mesa. Las niñas, ya
adolescentes ambas, gustaban de las aventuras que les
proponía la mujer del rey en cada visita, cosa de no muy
buen recibimiento por parte del marqués, a causa de
que la reina no distaba mucho de la edad de sus hijas.
En otras palabras, María Antonieta se comportaba como
una adolescente crecida, traviesa y todopoderosa.
El plato de entrada consistió en un pastel, alimento
que reveló la elegancia que mostraba el extraño visitante
al sujetar el pequeño tenedor con la punta de sus dedos y
al cortar su azucarado cuerpo con el costado del utensilio.
—Dime, Billiak. En tu mundo, ¿existe la realeza?
—preguntó María Antonieta con una sonrisa, mientras
cortaba el pastel ante la mirada de reojo de sus damas y el
silencio educado de las hijas del marqués.
El extraño alzo una copa, hizo el acto de un brindis
sin compañía alguna, y luego bebió un poco de vino.
Dejó la copa en la mesa y, mirando a la reina, contesto:
—Yo soy un mercader en mi planeta, que es muy
similar al suyo. No gozo del dinero suficiente para asegurar
mi vida como lo hace un noble, pero sí para arriesgarla de
la manera más satisfactoria posible. Esa posibilidad me
permitió explorar la ciencia y descubrir la composición de
las cosas, como las mezclas de estas e incluso la creación
de nuevas materias y energías, una de las cuales, como
pueden apreciar, me permitió contar esta noche con tan
agradable compañía.
—De sus palabras, Billiak, se deduce que usted es
un inventor, maestre de la ciencia. ¿No es así? —preguntó
el marqués.
—Nada más alejado de la realidad, señor. Si
Varios Autores | 247
fuese un maestre de la ciencia, mi llegada a este mundo
se hubiese realizado con la gloria y pompa digna de un
viajero interplanetario. Yo solo exploré una hipótesis y el
resultado fue mi accidentado traslado hacia este mundo
en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Cuál fue el motivo, si usted es un hombre
civilizado, tanto o más que nosotros, para revelar que
ha cometido un crimen contra uno de los habitantes de
nuestro planeta, precisamente súbdito de Su Majestad
María Antonieta? —cuestionó el jefe de la guardia,
dirigiendo la mirada a la soberana al final de la pregunta,
para luego volver a mirar al extraño y preguntar con sutil
dureza—: ¿O es que acaso nos ha mentido, o nosotros
hemos sido demasiado impresionables con la palabra
crimen?
—Efectivamente, señor. Usted está en lo cierto.
Yo he cometido un crimen. He matado a un hombre.
Soy un homicida, en palabras actuales, aunque no en
palabras antiguas. Y esto ha sido producto del deseo de
resistirme a ser muerto por él, sobre todo por una causa
tan triste, pero simple, como lo fue la muerte de una de sus
vacas —terminó de responder Billiak, antes de que una
densa capa de silencio llenara el ambiente, interrumpido
por el casi imperceptible sonido del acelerado palpitar
en los corazones de las jovencitas, algo asustadas por el
endurecimiento de las facciones en el rostro de quien le
hizo esa pregunta al extraño.
Billiak guardó silencio un momento mientras
levantaba su copa, bebía un sorbo y luego secaba sus labios
con un pañuelo. María Antonieta, el jefe de la guardia y
el marqués tuvieron la impresión de que iba a hacer un
comentario. Las damas y el servicio de la casa escuchaban
atentos la conversación. Las hijas del marqués cerraban
sus ojos, pues ya estaban cansadas y la noche atardecía sus
248 | Mundos Alternos
ánimos y fuerzas. Pero, manteniendo el silencio, Billiak dio
a entender que debía cerrarse esa fase de la exposición,
por su parte.
—Es tiempo de ir a encontrarnos con el descanso
—dijo la reina. Se puso de pie y dijo a todos que a la
mañana siguiente continuarían con la conversación.
Billiak parecía tranquilo y consciente de que estaba en
problemas.
Aquella noche resonaron algunos maderos
con mayor ímpetu que el habitual. Por su parte, María
Antonieta despertó acalorada. Transpiraba cuando una
de sus sirvientas fue hasta su cama para avisarle que los
guardias calculaban que, tras estos días de calor, vendrían
fuertes vientos, trayendo avance de las nubes, tras días de
constante asedio solar sobre todas las aguas del paisaje.
La lluvia podría aparecer sobre el reino, que
ansiaba un descanso e hidratación para olvidar los
problemas de la sequía y el hambre.
IV
La noche
Era ya mediodía y el marqués solo deseaba que la
soberana se marchase lo más pronto posible, pues debido
a las lluvias que se pronosticaban ningún bote cruzaría
el estrecho para llevarse a la pequeña diabla lejos de su
mansión.
Ese ambiente de reprobación hacia su persona
fue lo que entendió la reina al probar el agua que
le sirvieron, algo azumagada, gastada. El marqués,
notando la expresión de la reina, le explicó que era difícil
conseguir agua de buena calidad con tan áridas jornadas
y estaciones. Lo que vino después fue un real desmayo, del
que se recuperó ya al atardecer. Sus damas la refrescaban
Varios Autores | 249
delicadamente con paños húmedos en las mejillas y la
frente. Creían que el calor le había provocado una asfixia.
Al anochecer, la cena reunió a todos los invitados
de la jornada anterior en torno a la gran mesa.
El marqués tomó asiento y solicitó la presencia del extraño.
La sirvienta mayor trajo a Billliak. El marques notó un
raro comportamiento en la servidumbre, especialmente
en las mujeres, que se observaban entre sí con miradas
cómplices y sonrisas reprimidas mientras el pintoresco
criminal tomaba asiento.
El agua fue puesta en cada copa por un lacayo, junto
a la de vino, acabando la primera con la sed producida por
la elevada temperatura y la segunda incitándolos a todos
a volver sobre la conversación interrumpida la jornada
anterior.
—¿Cómo estuvo su sueño, joven? ¿Listo para
enfrentar la justicia terrible que le espera? —preguntó el
jefe de la guardia.
—No enfrentaré ninguna justicia, pues ya la he
efectuado con mis propias manos. Ese hombre quería
matarme por causa de haber matado una de sus vacas.
Era un acto desproporcionado de su parte en base a lo que
yo hice —respondió el extraño y luego complementó—:
No viajé a este mundo ni conseguí el objetivo de concretar
semejante viaje para morir sin volver a anunciarle a mis
coterráneos que existe una vida tan majestuosa como la
que ustedes me permiten disfrutar.
Un momento de silencio. No solo por la clara
defensa del extraño, sino porque el calor crecía como si
estuvieran en un horno y alguien lanzara más carbón a
las calderas.
—Dígame, Billiak, solo por curiosidad —
preguntó María Antonieta, tratando de desviar el tema y
encontrando en la mirada del jefe de guardia la intención
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de apresar al sujeto—, dígame, si usted es un recién llegado
a este mundo, ¿qué lo vincula con la muerte de la vaca?
Una extraña sensación invadía sutilmente a todos
los invitados. Estaban descolocados. Existía una pequeña
llama de excitación en lo profundo de sus vientres.
Un breve y rápido momento, como un rayo, fue el hábitat
de un pensamiento fogoso en la mente de todos los que
estaban en la mesa esperando la respuesta del extraño,
que contestó con toda calma corporal y facial.
—Vi una de las vacas de aquel campesino.
Era tierna. Parecía ser muy productiva. Me interesaba
que su sangre fuese tan fuerte como para engendrar una
cría capaz de sintetizar por sí misma buena leche. Y de
esta, poder sacar mantequilla y queso. Era muy bonita.
Entonces me apareé con ella con tal de introducirle mi
semilla...
El rostro del marqués enrojeció, con una mezcla
de ira y pudor. La monarca se debatía entre una sonrisa
nerviosa y una carcajada aterrada. No sabía cuál de
las dos opciones tomar. El jefe de guardia mostraba un
rostro serio, inexpresivo luego, como un hombre adulto
escuchando las malas entretenciones de un adolescente
descarriado y soberbio.
—¡Contranatura! —gritó por último el marqués—.
¡Saquen a este degenerado de mi casa!
—¡Un momento, Roland! —exclamó la
soberana—. Esta será su mansión, pero su mansión es
parte de mi reino y le exijo que respete mi autoridad, pues
por más invitada que sea yo, sigo siendo reina.
—Niñas, a la cama —ordenó el marqués a
las jóvenes, que se fueron murmurando entre risas e
inquietantes contorsiones.
El extraño miraba con el rostro asombrado por
la reacción del dueño de casa. María Antonieta entonces
Varios Autores | 251
llamó a una de sus damas y le ordenó algo al oído.
De inmediato la sirvienta fue donde el jefe de los guardias,
que, tras escuchar la instrucción, se puso de pie algo
enojado y salió junto con más servidumbre.
María Antonieta miró al marqués con los ojos
llenos de toda su autoridad y luego a Billiak, que estaba
algo nervioso.
—¿Lo que usted está diciendo, Billiak, es que
tuvo relaciones sexuales con una vaca? ¿Es eso, o he
comprendido mal? —preguntó.
—Efectivamente, usted ha entendido muy bien lo
que he querido decir —respondió el extraño—, aunque
no fue solo un acto sexual, sino la intención de crear un
ser, amalgama entre mis habilidades pensantes con las
habilidades de autosuficiencia alimentaria de la vaca.
—¿Quiere decir que usted busca obtener un hijo
con la vaca? —preguntó el marqués, quien, al notar el
gesto de afirmación de parte del extraño, miró a la reina y
le dijo—: Este hombre está loco. Debemos apresarlo antes
de que se vuelva peligroso.
María Antonieta llamó a otra de sus damas, que
sudaba y miraba de reojo la entrepierna del extraño.
Captada la orden que la soberana le comunicó al oído,
salió del comedor sin poder evitar ocultar una sonrisa
y susurrarle a otra sirvienta que los padres del extraño
parecían ser una mujer y un caballo.
Momentos después, llegaron las sirvientas con
cinco ovejas al salón de la cena. El olor del pelaje y el
sonido que hacían inundó de rabia el rostro del marqués,
que se juraba nunca más invitar o si quiera habilitar la
mansión para una nueva visita de la joven consorte real,
uniéndose en el acto a la larga lista de franceses que la
odiaban.
—¿Encuentra usted digna de apareamiento a
252 | Mundos Alternos
alguna de estas ovejas, Billiak? —preguntó la reina al
extraño, quien contestó que las ovejas lucían muy bien y
que se sentía atraído en especial por el abrigado pelaje de
una de ellas, nada mejor que un abrigo natural para sus
engendros.
La reina se soltó el pelo, se destensó el corsé para
respirar mejor y le dijo al extraño:
—Pues, si lo que dice es cierto, y viene realmente de
aquel planeta donde tienen estas actividades, demuéstrelo
ante todos —desafió al extraño, del cual tenía dudas de
que verdaderamente hubiera realizado todo lo que decía
haber hecho. El final del juego estaba cerca y la Reina lo
llevaba al límite.
Ante la sorpresa de todos, el extraño, Billiak,
el siriano, bajó sus pantalones y dejó ver su enorme
sexualidad. Lo que vino después fue un balar de la oveja
y una extraña sensación en quienes observaban la escena.
Se olía la tensión sexual. Y bastó con que el mareo que
todos sentían se uniera a las risas de las sirvientas, a unos
flautistas entrando por la puerta, a Billiak invitando al
marqués a poseer otra oveja, al jefe de los guardias besando
y poseyendo a una sirvienta de la reina, para que se viera
a la reina besarse entre gritos y risas con unos guardias
mientras se lanzaba al suelo para revolcarse entre las patas
de las ovejas, encontrándose con los pantalones de unas
inquietas pantorrillas desnudas que se movían en vaivén
tras los cuartos traseros de un animal con pezuñas.
El ruidoso gemir de las ovejas, el polvo y pelillos de
los animales encegueciendo los ojos de los que participaban
de aquella incontenible orgía, todo provocaba que la visión
se nublara, que los sudorosos placeres se desataran entre
hombres, mujeres, ovejas, luego dos vacas y dos caballos
que apenas cabían en la sala. María Antonieta, bebiendo
más y más de esa extraña agua, de aquella fuente en la
Varios Autores | 253
cual el extraño depositó unos polvos que la hicieron ver
el mármol de diferentes colores, le dieron plumas a sus
brazos y la capacidad de saltar de la mesa e intentar aletear
desnuda y caer sin sufrir dolor alguno entre hombres,
mujeres, sirvientes y ganado, revolcándose, rozándose,
refregándose con la sangre del cuerpo apuñalado del
marqués, de sus reaparecidas hijas y de algunas ovejas
decapitadas, mientras las llamas hacían arder las cortinas
y rompían los cristales de las ventanas, dejando salir las
lenguas de fuego hacia las estrellas, rumbo a las cuales,
elevándose en un haz de luz, escapó el extraño visitante,
sin antes susurrarle a la reina que la salvaba para volver
a poseerla apenas el recuerdo de aquella noche volviese a
su mente.
254 | Mundos Alternos
Belial
Pablo Espinoza Bardí
(Aviso del editor: Contenido explícito. Se recomienda discreción)
Primer acto: la ofrenda
“Sweet torrents of Death
Oh engulfing ruin
Every fall is a soul
...for Belial”
Souls for Belial. Marduk
I
Profecías al margen
El líder espiritual Prudencio Cortez convocó a Los Hijos
del Rayo Divino a un suicidio masivo. Su fiel séquito,
que ya bordeaba los sesenta y siete miembros activos,
estaban decididos de seguir ciegamente a su Profeta, en
las instalaciones ubicadas en un rancho a las afueras de
la ciudad, donde se podían distinguir, desde la carretera,
cientos de pancartas alusivas al fin de los tiempos: «LA
CASTA DE BELIAL CAMINARÁ NUEVAMENTE
ENTRE NOSOTROS».
Prudencio Cortez envenenó a sus cinco esposas y
dieciséis hijos, además de asistir la muerte de sus feligreses
de un escopetazo en la cabeza. Le tomó todo el día.
Llegada la noche y acompañado de un bidón de
gasolina, observó las nubes tornándose de color rojizo,
Varios Autores | 255
junto a una resonancia en el cielo que relacionó con las
Trompetas del Juicio Final. Su tarea estaba hecha, se
sentía satisfecho. Por la mañana, su cuerpo carbonizado
sería encontrado junto a una pira hecha de documentos
y archivos.
II
Borde de la ciudad; en un barrio incrustado en el cerro
La habitación de Joaquín era prácticamente un chiquero.
Envolturas de comida rápida, botellas de cerveza y
algunos posters pegados al azar en la pared, mostraban
sus gustos cinéfilos y musicales, como: Evil Dead, Bad Taste,
La Noche de los Muertos Vivientes y El Día de la Bestia, y bandas
como GG Allin, Rancid y The Exploited. No por nada se
había ganado el apodo de «Puerko», así, con «k», por su
gusto musical que devenía del punk. Sacó bajo su cama
una caja de cartón en la cual tenía sus pertenencias más
valiosas. Algunas revistas Fangoria, Zona 84, Creepy, un
destartalado Narraciones Extraordinarias y uno que otro libro
de Lovecraft. Pero lo que buscaba era su cámara filmadora
y unas roñosas fotocopias anilladas de El Compendio
Sardónico de Belfegor, un libro de brujería y magia ritual que,
según dice el mito, era usado en los círculos satánicos del
underground más extremo. En un par de horas tenía que
juntarse con Fermín, cuyo nombre clave era el «Lepra»,
y con Leopoldo, al cual le gustaba que le llamasen así,
solo por su nombre, pues él no se andaba con ese tipo de
pendejadas.
III
Dos horas después, en un peladero cerca de una gasolinera
—¿Y el Lepra?
—Hubo un problema. No nos podrá acompañar.
256 | Mundos Alternos
—¿Y qué cagada se mandó ahora?
—La madre… bueno, la madrastra… lo pilló
corriéndosela dentro de su bolso, ya sabes, en su bolso de
cuero, donde están los documentos, cosméticos y todo lo
demás. Creo que no era la primera vez que lo hacía, y su
viejo, ese milico cagado del mate, lo reventó a combos. Ahora
debe estar llorando en algún parque, como el marica que
es.
—Huevón raro. Aunque mejor se hubiese corrido
en su ropa interior, ¿no? A fin de cuentas, su vieja está
bien buena…. algún día me la tiraré.
—¿Y qué haremos? No podemos hacer esto solo
los dos. Sinceramente, no me fio mucho de ti. Creo que
tendremos que improvisar. ¿Y si llamamos a Max?
—Perro, no hay tiempo. El auto lo tengo encendido
hace media hora, si no el motor no arranca. Este frío del
carajo va de menos a más. Pero ¿es necesario hacerlo hoy?
—Así es… tiene que ser hoy. Hoy es víspera de la
noche de San Juan y no, no hay vuelta atrás… ¿Y? ¿La
ofrenda? ¿Todo en orden?
—En la maletera, dónde más.
—¿Revisaste? Quizá ya esté congelada, pues como
de costumbre, posiblemente la hayas cagado de nuevo.
—Lo de la última vez fue error de cálculo. El Lepra
no dejaba de mirarle el culo a la flaca y allí fue cuando
ella se soltó y lo pateó en la cara. Yo solo reaccioné de
sobremanera… sí, se me pasó la mano… pero…
—Pero mejor cierras la boca. Enfoquémonos en
esto, ¿vale? La casona del viejo Thompson no es un lugar
que visites todos los días.
IV
Tres horas antes, en algún chalet de la zona costera
Leopoldo mira el techo, abstraído, mientras que desde su
Varios Autores | 257
iPod suena Souls for Belial, de Marduk. Mira el reloj y se
reincorpora. Hoy es la víspera de la noche de San Juan,
una noche como pocas. Abre su bolso y saca una túnica
negra, con capucha, de esas que usan los ocultistas en sus
ceremonias. Frente al espejo luce su atuendo. Levanta los
brazos y hace gestos rudos y exagerados, como si fuese el
vocalista de banda de black metal. Con sumo cuidado,
desde un fino paño de seda, retira una hermosa daga con
empuñadura dorada. La levanta y ejecuta su crimen en
una víctima imaginaria. «¡Zas!», dice. «¡Zas, zas!».
V
Cuatro horas después, en un clásico y mugroso Chevrolet Impala
—Puedo poner algo de música, si gustas. Tengo algo de
Los Fiskales por acá.
—No me distraigas, estoy pensando. Se supone
que la casona queda por este kilómetro. Además, no me
gusta esa huevada.
—Lo hacía para romper el hielo… ¿Aún podemos
volver, sabes?
—¿Trajiste el libro?
—¿Te refieres a la fotocopia?
—Sí, a esa mierda me refiero. ¿La cámara igual,
no?
—Aún no entiendo por qué no te llevas esta cagada
de fotocopia a tu casa, si tanto te interesa, o simplemente
se la devuelves de una vez al maniático de Max.
—No llevaré eso a mi casa. No son cosas que
se tomen a la ligera. Estos libros… bueno… sería una
pérdida de tiempo explicarte. Además, tu vida ya está lo
bastantemente jodida como para que te sigas hundiendo
aún más, ¿no? Eres el guardián ideal, Joaquincito.
—¡Puta, perro! Quedamos en que no me llamarías
así. Acá, en estos asuntos, soy el Puerko, ¿vale?
258 | Mundos Alternos
—Tú y tus mamadas. Mira, hoy vamos a tratar con
cosas que están fuera de tu entendimiento. ¡De tu vulgar
entendimiento! Esta noche es perfecta para la apertura de
los portales. ¿Acaso no sientes el frio que cala los huesos?
¿No sientes esta noche rara y especial? Dime, ¿qué sabes
del viejo Thompson?
—Bueno, es un viejo pampino, empresario
del salitre, al que se le atribuyeron algunos crímenes.
Creo que en sus últimos años de vida grababa a las
víctimas.
—Sí, así es… pero en parte. Sé de buena
fuente que el viejo pactó con algo fuera de este mundo.
Una entidad arcana y oscura. Algo completamente
aborrecible, se comenta que de allí viene su longevidad.
Aquello le susurraba cosas de carácter antediluviano.
Ese tipo de mierda. Mierda ritual y pagana. «Cosas del
diablo», mijo. Pero claro, qué vas a entender tú, si prefieres
corrértela pensando en la mamá del Lepra. Hace casi
cien años, el viejo Thompson fue uno de los primeros en
instalarse en esta zona del valle. Piedra a piedra, según
los diseños del mismo viejo, edificó los cimientos de esta
casona, sobre un profundo pozo de épocas precoloniales.
La gente de la zona le llamaba a ese lugar «Kqestiqe», que
significa en lengua originaria; «lugar de piedras negras».
¿Sabías de los cincuenta y nueve esqueletos decapitados
encontrados cerca de la casona, en la hectárea de los
olivos? Mientras los trabajadores hacían las excavaciones
dieron con el hallazgo, pero había un esqueleto distinto a
los demás, el número sesenta, por decirlo de alguna manera,
un esqueleto completo, de casi un metro y medio de
estatura, con su cabeza más grande de lo normal, como
si hubiese padecido de hidrocefalia. Pero lo que alertó a
los trabajadores fueron las extrañas protuberancias que
salían de su cráneo… si, así es: cuernos.
Varios Autores | 259
—Sabes que aún puedo dar la vuelta, ¿cierto?
—¡Detente! ¡Es por acá!
VI
Diez horas antes, en otro barrio de la ciudad
Fermín, el Lepra, se encontraba sentado frente al
computador. Normalmente se dedica a descargar música
y pornografía, pero, en esta ocasión, revisaba en la
bandeja de entrada de su e-mail las instrucciones dadas
por Leopoldo:
«Viejo, saludos. Hoy ha llegado la gran noche. Está
todo preparado. Nada puede salir mal. Joaquín ya se encargó de
“la ofrenda”. Es una pendeja gótica, una darketa marcada por el
maestro. Te adjunto foto. Hueón, son como te gustan jajajja, a ver
si te motivas. Pasaré por ti a las 18:30, nos reuniremos en el lugar
acostumbrado. Pd: Lleva el arma de tu viejo, nos hará falta».
El Lepra dio click a la foto de la chica. Su amigo, el
Puerko, la tenía en el piso, con sus extremidades amarradas
con cinta adhesiva. La cara de pavor humedecida por
las lágrimas, con una cinta plateada en su boca, tenía
muy buena resolución. Aquello lo motivó a deslizar su
mano bajo el pantalón. Minutos más tarde, correría a
descargarse en el cuarto de su madrastra.
VII
Once horas después, en las inmediaciones de La Casona del viejo
Thompson
—La ofrenda. Verifica cómo está.
El Puerko bajó de su automóvil echando puteadas.
Este hijito mimado de papá representaba una gran patada
en sus testículos. Solo obedecía y le seguía la corriente
porque Leopoldo compensaba bien su amistad. El Puerko
260 | Mundos Alternos
y el Lepra eran los esbirros perfectos, pues ensalzaban
su figura de patrón de fundo, inculcada desde la niñez por
unos padres forrados en plata. Abrió el maletero y vió a la
ofrenda, asfixiándose por el polvo de la carretera que se
filtraba hacia dentro. La sacó y la tiró en el suelo, mientras
quitaba su mordaza para que tomase bocanadas de aire.
La chica lloraba y balbuceaba.
—Los de tu clase llegan a ser patéticos —dijo de
forma burlesca Leopoldo, mientras la agarraba del pelo
y miraba a los ojos del Puerko—. Métela de nuevo en
la maletera, me acompañarás a inspeccionar la casona,
además de dejar el lugar preparado para el ritual.
Mi bolso está en la parte trasera del asiento. Ve por él.
—¡Conchadetumadre!, no te pases. Aquí mismo
te puedo…
—¿Sí? ¿Y quedarte sin mi patrocinio? Los
abogados, el arriendo de la porqueriza en que vives…
todo gracias a mí, Joaquincito. Lo quieras o no, tu culo es
mío. —Joaquín apretó sus dientes y su puño. En silencio,
agarró a la chica y la metió de vuelta en la maletera, luego
tomó el bolso y se encaminó a la casona—. Eso, putito, no
muerdas la mano que te da de comer.
VIII
A minutos de diferencia, en un parque de la ciudad
El Lepra dormía en la banca de un parque poco concurrido.
El ruido de las cadenas de unos juegos infantiles lo sacó
de su sueño. El dolor retornaba. Tocó su rostro y aún
había lágrimas y algo de sangre. En esta oportunidad, a
su viejo se le había pasado la mano. Llevó sus palmas a
la boca para darse calor con el aliento. El viento movía
los columpios cada vez más fuerte. El hielo se dejaba
sentir, sus dientes castañeaban y sintió mucho temor, algo
Varios Autores | 261
andaba mal. Sintió como si un animal merodease en los
matorrales. Una silueta desproporcionada, con cuernos.
El susurro de aquello lo puso en alerta. Inmediatamente
sacó su arma y apuntó en todas direcciones. Luego vino el
zumbido y un destello azulado. Los columpios dejaron de
moverse en el acto.
IX
Minutos después, en La Casona del viejo Thompson
Dentro de la casona el frío era anormal. Leopoldo esboza
una macabra sonrisa, pues sabía que su empresa llegará
a buen puerto. El Puerko estaba encargado de registrar
todo lo que ocurriera con su cámara, hasta el más mínimo
detalle. Leopoldo le indicaba qué grabar, mientras
apuntaba con su linterna las paredes descascaradas
y pintadas con aerosol. El ambiente fétido era casi
insoportable. El Puerko pensaba para sus adentros en los
cientos de grafitis de carácter territorial y otros un tanto
«satánicos», así como en los cartones y colchones saturados
de orina. Sentía que los grafiteros y vagabundos poseían
un aura especial, la que los protegía de aquellos lugares
cargados y nefastos. Subió las escaleras un tanto temeroso,
pero esto era lo suyo; registrar todo en su cámara y subirlo
a la web. Leopoldo hablaba de la importancia de esa
noche, de los astros y los equinoccios y de las datas más
propicias, pero el Puerko no le prestaba atención, se sentía
obnubilado por la extraña arquitectura del lugar.
Al llegar al tercer piso, se toparon con una puerta
cerrada con candados y cadenas que la cruzaban de lado
a lado.
—Sí, magnífico, aquí debe ser: la recámara del
viejo Thompson —dijo Leopoldo, acariciando la puerta
y sus cadenas—. La verdad, no contaba con esto —dijo,
262 | Mundos Alternos
mirando al Puerko—. Creo debimos llamar a Max.
—El Puerko, con rabia contenida, lanzó patadas a
la puerta, la que, para asombro de Leopoldo, cedió
fácilmente, ya que la madera se encontraba totalmente
podrida, saliendo desde el interior un putrefacto efluvio
caliente, el que los hizo retroceder con fuertes arcadas.
En la habitación el hedor era indecible.
A diferencia del frío espectral del resto de la casa, aquí
la humedad invadía todo el lugar. Las paredes estaban
manchadas y saturadas de hongos. Las ventanas opacas
transpiraban, y se dejaban entrever unas gotas que
se condensaban en las vigas y muebles de madera.
Los tablones del suelo estaban resbalosos y eran poco
seguros. Ambos caminaron lentamente para que el piso
no cediera, mientras observaban la habitación repleta de
cuadros antiguos —los que aparentemente mostraban un
linaje indefinido—, muebles con finas terminaciones, un
camastro con toques señoriales y, en el centro, al parecer,
un fresco del gran señor de la casona posando cerca de un
pozo confeccionado con piedras negras. En el momento
en que Leopoldo le indicaba al Puerko dónde preparar
la ceremonia, el material fatigado no soportó el peso,
atrapando entre tablones y clavos sulfatados la pierna
derecha de Leopoldo.
Leopoldo sintió un dolor agudo en su pierna,
como si la hendidura del piso mordiese y desgarrase con
filosos dientes su carne. Incluso podía sentir los tablones
blanduzcos metiéndose y abriéndose paso a través de
su anatomía. El dolor, a esas alturas, era indescriptible.
El Puerko veía el orificio del suelo «chupar» la sangre como
si fuese una gran boca, al tiempo que el piso y las paredes
inhalaban y exhalaban con un sonido que interpretó como
«animal». Fue justo en ese momento, desde la esquina,
desde la negrura absoluta, que una mano, seguida de un
Varios Autores | 263
brazo rutilante y escamoso, tomó el cuerpo de Leopoldo
y lo arrastró hacia el abismo. Una criatura, similar a los
demonios grabados en pinturas medievales, comenzó a
engullirlo hasta devorarlo por completo, para después, al
igual que un grotesco parto, expulsar desde su recto el
cuerpo corroído y hervido hasta los huesos. Leopoldo, en
un último grito de agonía, expelía vapor caliente desde sus
pulmones y entrañas.
El Puerko soltó la cámara y bajó por las escaleras
poseído por el horror. Voces del más allá se hacían
presentes en la escena; voces que llamaban y maldecían
en idiomas inteligibles. Legiones de moscas cerraban su
paso, tragando algunas y escupiendo otras en su loca
carrera. Una vez afuera, se metió la mano al bolsillo para
sacar la llave y arrancar en su auto de forma inmediata.
«No me falles», decía, «que no sea como en las películas…
¡Arranca, por favor!».
El automóvil partió y a toda velocidad salió de la
propiedad del viejo Thompson hasta llegar a la carretera
principal, la que cruzaba el valle. El Puerko tomó
dirección hacia la ciudad con el corazón en sus manos.
Su respiración era agitada y sudaba frío. No dejaba de
repetir «mierda, mierda», como si fuese un mantra
primitivo. Aún tenía la imagen de aquella cosa tragando
el cuerpo de Leopoldo, para luego expulsarlo por el culo
convertido en un trozo de carne humeante. Las tripas del
Puerko no dejaban de contraerse, necesitaba vomitar.
Necesitaba descargar desde sus intestinos el terror vivido.
Frente a él, un destello azulado invadió el camino.
En medio, un bulto fue arrollado por el Chevrolet
Impala, el que perdió la maniobrabilidad para finalmente
volcarse repetidas veces y caer al costado de la carretera.
Segundos antes, el Puerko veía la cara de su amigo, el
Lepra, estrellándose y deformándose contra el parabrisas,
264 | Mundos Alternos
mientras el cuerpo de la chica se azotaba infinidad de
veces en la maletera, con un crujir de huesos demencial,
para luego salir expulsada a metros de distancia.
Aún le era difícil asimilar los hechos. El valle estaba
como la boca de un lobo y solo las luces parpadeantes
del auto le ofrecían una especie de protección, pues por
unos instantes tuvo la sensación de sentirse vigilado.
Como pudo, salió del automóvil por la ventanilla y se
arrastró por el barro hasta la carretera. Herido, caminó
cojeando hacia el cuerpo del Lepra. Su cráneo estaba
aplastado y su cuerpo quebrado, en el suelo, formaba
una especia de esvástica. A unos centímetros del cuerpo
se encontraba el arma. Caminó nuevamente hacia el
auto. El foco de este apuntaba el cuerpo de la chica, de
la ofrenda. Era una pulpa en la distancia y aún respiraba.
Lo notaba por el vaho que salía entrecortado de su
boca. «Trata de no pensar en ello y respira profundo»,
se dijo. A medida que su cuerpo se enfriaba, el dolor de
las fracturas y contusiones se hacía presente. Sintió un
ruido, un crujir de ramas. Apuntó con el arma hacia la
oscuridad. Pensó en el viento, pero sabía que había un tipo
de presencia merodeando la zona; así lo sintió minutos
atrás, en la casona del viejo Thompson. Sacó su móvil e
inmediatamente llamó a Max, para darle las coordenadas
de rescate. Segundos más tarde, la ofrenda desaparecía de
su campo visual.
X
Una hora más tarde, rumbo a la ciudad, en un Oldsmobile Starfire
—Ya puedes tranquilizarte. Dame el arma, querido
amigo. Aquí estás a salvo. Dime qué pasó. Dónde están
los demás.
—Viejo… huevón… todo mal. ¡Toda esta mierda
Varios Autores | 265
salió mal! Leopoldo… algo se lo zampó… un demonio, no
sé, ¡un monstruo culiao!… y el Lepra… algo raro sucedió.
No sé cómo explicarlo…
—Excelente. Dime, ¿qué te pareció? Su contextura.
Su semblante… es hermoso, ¿verdad?
—¿Qué? ¡De qué mierda me hablas!
—Se le conoce como «Urma Ten Kaos», una de
las tantas «armas» de Belial. Eres afortunado, Joaquín.
«Bienaventurados los que encuentran el camino al
averno». Hace años lo pude ver, en las catacumbas de un
monasterio, en un pueblo de Centroamérica. Su estructura
ósea es fascinante. Un prodigio. «Cinco ofrendas para
Belial», eso dice el libro. ¿Aún lo traes contigo?
—No comprendo…
—No es necesario que lo hagas, ya no formas parte
de esta historia. Contempla la ciudad por última vez,
Joaquín. ¿Puedes ver desde acá las llamas? La catedral,
ícono absoluto de esta pobre ciudad, arde con el fuego
purificador. El mensaje ya fue enviado a los Altísimos.
Mi obra está completa. Es hora de tener un lugar junto a
los «Maestros».
Segundo acto: el mensaje
“Dreamking of the Tombworld:
I enter into an eternal oath
Creating my Paragon Belial”
Paragon Belial. Darkthrone
I
Profecías al margen
Las plegarias fueron escuchadas en vano. Los rezos a un
dios moribundo fueron expelidos de manera inútil. Nada
266 | Mundos Alternos
detenía a la abominación nacida de las tinieblas desde que
el viejo Thompson, de pie frente al abismo, pactó con lo
gélido e innombrable.
II
Nebraska
En El Libro Negro de San Pascualino Penitente, en la página
cincuenta y seis, para ser exactos, se habla de que cuando
un perro aúlla sin razón aparente, es porque ha visto
algún espectro o entidad demoníaca acechando por
viejos caminos o senderos. Que por tal motivo los perros
incrementan la intensidad de sus aullidos a medida
que la entidad se acerca hacia ellos. Este fenómeno
es común entre la medianoche y las tres treinta de la
madrugada, hora propicia en que los espacios exteriores
se abren a nuestro mundo, trayendo consigo lo aberrante.
Además, agrega que, al untarse los ojos con las lágrimas
o legañas de un can, podrás presenciar «lo invisible e
inexplicable».
De pequeña me he dedicado a las artes oscuras.
He recopilado libros, he efectuado rituales (dentro de mis
límites, claro) con consecuencias adversas para mi vida
personal. Ahora, todo está fuera de control. He visto algo
que no debería ser visto. La membrana está abierta… y al
decir membrana me refiero a un portal. Algo despreciable
se ha colado a este mundo, lo puedo sentir en mi cuerpo.
Los perros ladran y aúllan más de lo normal.
El viento trae sus lamentos desde los sectores periféricos.
La luminaria municipal parpadea a lo lejos, como si una
energía oscura hiciese interferencia con la electricidad.
Mi perro comienza a gruñir y a titubear. Retrocede y se
coloca tras de mí. Sin dudarlo unto el fluido espeso en mis
ojos para saber a qué tormento me enfrentaré. La entidad
Varios Autores | 267
demoníaca que encabeza la horda es la más repulsiva de
todas. Su morfología medieval es difícil de contemplar.
Max Forcas es el único que puede hacer algo al
respecto. El único que puede guiarme. Hasta hace unas
semanas, para mí, era solo una leyenda urbana, una
historia pintoresca que circulaba por el lado B de la ciudad.
Un joven elevado al nivel de maestro por algunos, y por
otros, un simple charlatán. Mañana, al fin lo conoceré.
El contacto; un muchacho pastabasero de la zona, me espera
en el lugar y a la hora acordada. Lo seguí por cuatro o
cinco cuadras, a través de caminos intrincados y angostos.
Mi reloj marca las 16:35 y el sol aún golpea con fuerza
desde lo alto. Alguno que otro ventarrón de tierra molesta
mi caminar, pero el muchacho se interna en el polvo como
un espectro atravesando una pared.
Su lánguido caminar me resulta patético, repetitivo.
Cabeza y hombros apuntando hacia abajo. Solo de vez en
cuando gesticula y escupe de su boca un molesto sonido,
algo como: Hub, hub, hub.
Finalmente llegamos al edificio. El lugar se ve
completamente abandonado, la entrada principal está
bloqueada con tablones de madera. De inmediato pensé
en una trampa. Busco en el suelo algo con qué defenderme
y miro hacia todos lados preparándome para lo peor.
Rodeamos el edificio, hacia la parte trasera.
Entre ramas secas pegadas a una malla metálica se
encuentra una abertura: la entrada. Dimos con el patio.
Un raquítico perro salió a nuestro encuentro, gruñendo
y mostrando sus amarillos dientes. El muchacho alzó sus
brazos como chimpancé y el perro se metió a una caja.
268 | Mundos Alternos
Arbustos secos, botellas plásticas quemadas por el sol,
basura en general y bolsas arremolinándose a nuestro
alrededor, como si cardos de un farwest se tratasen,
complementan la escena.
El muchacho me señala una puerta sin cerradura,
mientras que, con su particular sonido, estiraba su mano
por algunas monedas.
Dentro del edificio el olor concentrado a
excremento y orina es infernal. Subo la escalera de forma
pausada y con precaución. Los grafitis son intimidantes,
demoníacos en la mayoría de los casos. Los reconozco.
En este lugar no están jugando. Las energías con que
aquí transan hacen temblar mi humanidad. En el cuarto
piso hay un largo pasillo, el que lleva directo a una sala
de espera y, posteriormente, a la habitación principal.
Algunas sillas, de esas que terminan en la bodega de
alguna escuela, se reparten en el pequeño cuarto. En
una de ellas está Leopoldo, lamentablemente sé quién es.
Es uno de esos tantos imbéciles que se creen “brujos”,
un payaso más que mancha «la camada» con su pose
oscura sacada de alguna caricatura. Me he cruzado con
él en algunas tocatas metal. Un bodrio de tomo y lomo.
Junto a él hay otro sujeto. Un punketa, por lo que puedo
notar. Su semblante no refleja nada bueno… su mirada
me paraliza, es fría, como una navaja. De la nada frota
sus genitales por encima del pantalón de manera lasciva.
Leopoldo nota mi nerviosismo y hace una torcida mueca
de desafío.
—¿Y tú, pendeja, se te perdió algo? ¿Cómo mierda
llegaste acá? —dijo de manera arrogante. Luego sacó una
ostentosa daga con empuñadura dorada y me apuntó con
ella.
«Hijito de papá» el mal nacido… ¡hijo de puta!,
debería decir. Él y ese energúmeno. Dentro del círculo es
Varios Autores | 269
sabido de las desapariciones de algunas chicas en la zona
periférica. El nombre de Leopoldo encabeza la lista de
sospechosos. En mi mente tengo el impulso de quitarle
el arma y clavársela en el cráneo. ¿Qué tratos tendrá con
Max Forcas? En estos momentos nada bueno cruza por
mi cabeza.
Después de unos segundos volvió a preguntarme
que quién era, pero ahora de forma más brusca. Las palabras
no me salían. Estaba aterrada. Sola, con ese par de
psicópatas. Afortunadamente la puerta de la habitación se
abre y desde el umbral habla un tipo provisto solo de una
bata de seda negra, con un uróboros amarillo bordado en
su pecho. La situación no podría ponerse peor. Leopoldo
se acerca y le entrega un pequeño paquete, en tanto le
dice algunas palabras al oído. A lo lejos, suena Mysteriis
dom sathanas de Mayhem.
—Nebraska, ¿no? Un placer conocerte al fin, pasa,
te estaba esperando —dijo de forma soñolienta.
El sol penetra a través de las ventanas manchadas
con pintura y polvo, y el humo del incienso juega con
los rayos de sol que intentan escabullirse en el lugar.
Al sentarse en un viejo sillón, pude estudiar su rostro
con más detención, el que me recordó a una versión
andrajosa de Orson Welles. Admito que sentí algo de
frustración. En la mente las cosas funcionan de distinta
manera. Se desató la bata y abrió sus piernas, en la
que un pentagrama invertido estampado en seda verde
coronaba su entrepierna. Afortunadamente un gato saltó
en su estómago, tapando aquella desagradable visión.
Acarició al felino y, con la soñolienta voz del principio,
indica que tome asiento. Entremedio de mis pies se cruza
otro gato, y al fijarme en los detalles de la habitación,
pude percatarme que más de estos están repartidos sobre
muebles, cajas y la cama, en la que dos chicas desnudas
270 | Mundos Alternos
descansaban entrelazadas. Me sentí extraña. Max Forcas
me habla con su singular voz, sin tiempo ni espacio.
A pesar de la música, mis párpados se cierran. El calor
de la habitación me sofoca. Voz y gesticulación están
traspuestas, como si fuese un mal doblaje, entonces el
track salta a Paragon Belial de Darkthrone y ello me ayuda
a salir del trance. Finalmente, Max, mirando fijamente a
mis ojos, y como si leyese mis pensamientos, me pide que
me arrodille frente a él. Extiende ambas manos y acaricia
mi rostro con dulzura. Sus manos son suaves. ¿Estoy lista
para iniciarme como aprendiz? Su dedo pulgar desliza mi
saliva por mis labios. Luego traza un símbolo en mi frente.
«Larga vida a la nueva carne», me dice. Entiendo muy
bien aquella frase. Videodrome, de Cronenberg. Ignoro el
por qué dijo la frase de una película, no esperaba algo
así. ¿Acaso juega conmigo? Luego prosigue… el tono
de su voz se mantiene, y de alguna manera tranquiliza
mi corazón. Me habla de que todos somos «matices» en
un vaso con agua. Algunos caen en el agua y se diluyen.
Otros llegan a cambiar un tanto la tonalidad del líquido,
pero existen otros matices que son inyectados con furia, y
el líquido se vuelve turbio… negro, listo para contaminar
otro recipiente, y así, sucesivamente, en esta y en otras
vidas. «Mujer Escarlata. ¿Cuántos vasos estás dispuesta a
contaminar?», finalizó, sellando el pacto con un beso que
trajo más confusión a mis pensamientos.
III
Profecías al margen
La «noche de paz, noche de amor» ha llegado y El viejo
Thompson se refugia en sus pensamientos más sombríos,
mientras la cámara de vídeo permanece fija y grabando.
En sus últimos años de vida —y desde que le encontró
Varios Autores | 271
el gustito a la tecnología—, se suma una grabación a su
caja de crímenes, la cual, a estas alturas, ya cuenta con trece
cintas de vídeo. «Para dejar el vestigio de mis oscuras
ceremonias», decía, en tanto mira el techo abstraído,
pues las lucecitas del árbol de pascua le traían terribles
recuerdos. «¡La navidad es una fecha negra! Tan simple
como eso», sentencia con una voz carrasposa desde el
sillón.
Luego mira a las dos pequeñas que lloriquean
asustadas en una de las esquinas del living-comedor.
Toma un regalo del árbol de pascua, lee la tarjeta y
pregunta: «Veamos. Papi y mami ya recibieron su regalo,
ahora, ¿quién de las dos es Verónica?»
Las caras de las pequeñas alimentaron el morbo
que ardía en su piel. Fue la recompensa suprema hacia
sus actos inmundos.
IV
Max Forcas / La iniciación de Nebraska
—Las chicas aparecieron cerca del muelle, en una
improvisada fosa, con sus cráneos machacados a
golpes y sus cuerpos devorados de forma parcial.
Luego encontraron a los padres, en la misma casa;
destrozados sobre la cama con sus intestinos entretejidos
en una macabra unión. Aún, en este pueblo con
aspiraciones de ciudad, se recuerdan aquellos hechos
con tristeza. La noticia causó revuelo nacional, y quizás
puso en el mapa a este terruño costroso. Un vendedor de
mariscos presenció todo. Este informó a la policía «que
había sido el viejo Thompson», «que no tenía duda sobre
ello», «que estaba desnudo, en la fosa, aullando como un
lunático». En una entrevista radial, detalló como vio al
anciano cambiar de aspecto… cambiar a algo que calificó
272 | Mundos Alternos
como; «demoníaco», esa fueron sus palabras. La policía
llegó a su vivienda, ubicada en el kilómetro 45 del valle
de Azapa. Allí se toparon con que el viejo tenía serios
problemas, tanto de abandono como mentales. En la
casona se toparon con una insalubre cloaca. Ambiente
viciado, cerros de basura, rumas de libros, cintas en
VHS y fotocopias apiladas dentro de cajas. Estos hacían
mención a temas «diabólicos», según lo que dijo la prensa
amarillista, aunque la policía haya simplificado todo
atribuyéndolo a la locura de tan conocido empresario,
alejado de la sociedad. Las fotos que acompañaban la
nota del periódico, mostraban un pozo construido con
piedras negras y pintarrajeadas con extraños caracteres.
Algunas de ellos me recordaron a los «Sigilos»; los
cuales son deseos generados en lo más íntimo del centro
de la conciencia, expresados a su vez por símbolos
que se obtienen de este deseo, resumido en una frase y
transformado en un sello, el cual debe ser memorizado.
Una técnica mágica creada por la maravillosa mente de
Austin Osman Spare; un pintor, ocultista y mago del siglo
XX. Pero lo que me hizo la conexión fue una fotografía
donde se mostraban papeles desparramados en el suelo,
en el que se podía leer el nombre de Frater Aos ZaBar,
otro ocultista, de la vertiente negra del siglo pasado,
fundador de «La Mano Torcida», la T:C:H (The Crooked
Hand, por sus siglas en inglés). En lo personal ya llevaba
años estudiando sus apuntes, así que la noticia despertó
mi curiosidad. Allí fue cuando todo tomó sentido, y mi
vida giró en 180 grados.
—Maestro… ¿Y qué fue del viejo Thompson? —
dijo Nebraska, mientras sujetaba una caja de vino, sentada
en la banca de una parroquia.
—Desapareció. Nunca fue encontrado. Si me
preguntas, quiero pensar que ejecutó alguna ceremonia
Varios Autores | 273
para escapar hacia otra dimensión, aunque también
es probable que haya perecido en el fondo del pozo,
devorado, quizás, por algo que no pudo controlar. Al mes
del hallazgo de las víctimas entré es su casa, forzando una
de las puertas traseras. Encontré documentos valiosísimos
que la policía pasó por alto. Allí tropecé, para mi asombro,
con «El Compendio Sardónico de Belfegor», una versión
traducida por el mismo Frater Aos ZaBar.
—¿De verdad? Sé que es un libro con ritos que
involucran a Belial, entre otros demonios, ¿pero cómo…?
—¿Pero cómo lo obtuve? Lamentablemente se
tratan de copias anilladas y en mal estado, con notas
y observaciones escritas por el mismo Thompson, al
parecer. Ignoro si el libro corresponde a la versión
íntegra. Por lo menos, el ritual que habla de traer a este
plano al príncipe de los infiernos; Belial, está completo.
—Dijo Max, mientras se acerca a un cuerpo ubicado a los
pies de la cruz, tras el púlpito. —Ya es tiempo de liberar
a la Bestia nuevamente. Los vientos y los astros corren a
nuestro favor. Según las notas del anciano, la ceremonia
inicia con el derramamiento de sangre impura, venida
de un cordero de dios; la hipocresía y los actos inhumanos
marcarán la senda del ritual. Urma Ten Kaos ingresará
por la membrana para trazar el camino. ¡El lobo vestido
de oveja debe ser sacrificado!
—¿Urma Ten Kaos? No comprendo —dijo
Nebraska algo confundida.
—«El Azote de Belhor». Él recolectará las ofrendas
y marcará la senda de la Bestia. Así lo dictan las escrituras;
«Cinco ofrendas, para Belial». Llegó la hora de iluminar
la ciudad, Nebraska, recordarles a los dioses la antigua
alianza, encendiendo las hogueras en suelo santo.
—Alto, ¿qué… qué haces? ¿Qué sucede? —dijo el
párroco, recobrándose de su estado inconsciencia.
274 | Mundos Alternos
—Maestro… ilumíname, por favor…
—Nebraska. Toma la daga y arremete contra su
estómago. —Ordenó Max, mientras sujetaba el cuerpo
del párroco.
—No, muchacha… ¡no lo hagas! ¡No lo escuches!
¡Te está manipulando! ¡Ayuda! ¡Ayudaaaa…!
—Vamos, Nebraska, no titubees. El camino del
iniciado es el de no-retorno. Si te sirve de consuelo, el
bastardo fue trasladado a esta región para encubrir sus
abusos a menores. ¡No tengas piedad con este cerdo!
—El grito del párroco se sintió ahogado en el eco de la
parroquia, y fue menguando a medida que Nebraska
enterraba con más fuerza la daga. Max Forcas felicitó a su
cierva con un beso cariñoso en los labios, mientras trazaba
un sigilo en su frente, con la sangre de la víctima. Luego,
procedió a decapitar el cadáver, con la misma daga, para
posteriormente dejar la cabeza amarrada con alambres
sobre el rostro de yeso del Nazareno. —Y el apóstol Pablo,
escribió: «¿Qué armonía hay entre Jesús y Belial?» —Dijo
Max, con sus brazos extendidos frente a la cruz.
Max Forcas acelera a toda velocidad por la Panamericana
Norte, en su Oldsmobile Starfire. Las luces de la ciudad
bajan su intensidad a medida que el sol comienza a brillar
entre los cerros, en tanto que la camanchaca se dispersa
como un fantasma que retorna a su cripta. Bebe un largo
sorbo de la caja de vino y la arroja por la ventana. Nebraska
descansa en el asiento trasero, exhausta. Perdida en sueños
confusos. Max la observa por el espejo retrovisor y la nota
inquieta. El sigilo aún sigue marcado en su piel.
Toma el camino hacia el sector de la periferia,
Varios Autores | 275
rumbo al guardián del libro; Joaquín, para entregarle
«la ofrenda» y proseguir con el ritual al pie de la letra.
Ya está todo preparado. Leopoldo recibió las instrucciones
a seguir durante la tarde del día anterior. Hoy es la
víspera de la noche de San Juan, y mientras la Bestia es
liberada en este plano, la gran hoguera recordará a los
Altísimos que nosotros, los hombres, tenemos el derecho
de tomar un trozo de lo que nos fue negado, hace eones.
Somos estrellas negras que viajan a la deriva en un mar
coagulado de entropía.
276 | Mundos Alternos
Dinosaurio
(En homenaje al inolvidable microcuento de Augusto
Monterroso)
Marisol Utreras Guerra
Se restregó los ojos una y otra vez. Había sido muy claro en
su petición: borrar para siempre el tatuaje de hiperrealidad
grabado en su antebrazo izquierdo, producto de una
junta con unos tragos de más. Todos querían probar la
novedad del momento, tatuajes que parecían tener vida
propia, y así el Gordo se tatuó la más hermosa de las
sirenas, que ondulante y misteriosa lo acompañaría en sus
largas noches onanistas susurrándole marítimas palabras
de amor. El Chino eligió un samurái de movimientos
exactos, en honor a sus antepasados japoneses —aunque
indefectiblemente terminaban llamándole «El Chino», a
pesar de todas sus explicaciones—.
Cuando H. eligió el dinosaurio, lo miraron con
cierto asombro, ya que la finalidad del tatuaje hiperrealista
era tener un compañero (o bien, como el Gordo, una
compañera) para poder interactuar, conversar, reír o pasar
las penas en medio de tanta soledad. De hecho, les costaba
mucho juntarse los tres, era muy de tarde en tarde, porque
movilizarse por la ciudad de un extremo a otro era más
difícil que viajar a otro país y los departamentos, cada vez
más pequeños, ya parecían armarios en vez de un lugar
donde pudiera tenerse una vida más o menos normal;
como la de antes, ya sabes.
Pero H. se empecinó con el bicho, y ya ni siquiera
estaba tan borracho. El robot tatuador cumplió con
Varios Autores | 277
recitarle el protocolo, preguntándole tres veces si estaba
seguro de su elección. Las tres veces dijo sí con voz
resuelta, en recuerdo a su afición por los grandes saurios
que tenía desde que era niño.
Después, cada uno tomó su camino. Gordo se
lamía con fruición el antebrazo, mientras se escuchaban
ciertos grititos que parecían de placer; el Chino iba ya
practicando su rudimentario japonés con el nuevo amigo,
pero H., parado en medio de la vereda, sentía la horrible
aspereza de las escamas —que no eran suaves y lujuriosas,
como las de Sirena— y esos ojos reptilianos aterradores,
que cada vez lo miraban con más encono, como si él le
hubiera hecho algún daño. Nunca convivieron humanos
con dinosaurios ¿verdad? Pero el dinosaurio lo miraba
con un odio más antiguo que las piedras, y después sintió
que algo lo hería por dentro, escarbándole su antebrazo
como si quisiera desenterrar algún secreto.
Ahí empezó su tortura: no había forma de que
el dinosaurio estuviera tranquilo, siempre gruñendo,
arañando y odiando, hasta que —al cabo de una
semana— recurrió al robot borrador de tatuajes, donde
tuvo que pagar una pequeña fortuna para revertir un
proceso tan reciente. No importaba, estaba dispuesto a
todo. Con su voz metálica, el robot le advirtió que a veces
el proceso fracasaba, porque el tatuaje se oponía a ser
borrado, pero eso solía suceder con figuras humanas que
se independizaban demasiado de su portador. H. asintió y
cerró los ojos, esperando que la dulce anestesia le diera un
par de horas de paz.
No fue así. Aterrado, H. vio cómo el dinosaurio
destruía al robot tatuador, dejándolo convertido en una
chatarra humeante, y volvía su cara maligna hacia él, por
última vez, antes que el antebrazo cayera separado para
siempre, con un certero golpe de lata chamuscada.
278 | Mundos Alternos
La piel verde
Alexis Figueroa A.
Esto. Esto comienza como muchas historias. Esto.
Esto comienza con un niño —yo— asistiendo a una
función de circo pobre en Hualqui, poblado cercano
a Concepción. Esto comienza, entonces, tantos años
después. En mi mente. Y es en ella que se despliega el
recuerdo, en los cotos de caza de la imaginación.
Siempre me intrigaron los dioses egipcios, con su
combinación de hombres y animales; hombres pájaros,
insectos. Horus, Bastet, Jepri, el escarabajo; Apis, el dios
buey, y, sobre todo, el dios cocodrilo. Pero hasta ahora, no
había hecho la relación. Tal vez, fuese ayer el momento
preciso, aquel, en que algo visto u oído, despierta ecos
en tu leve memoria, que como un teatro de sombras
viaja día a día contigo, esquiva, fugaz. Tantos años y no
había pensado en él. Hasta que de nuevo lo vi. En una
estampa de Marvel, secundario integrante de una pandilla
de superhéroes de comics; no Batman ni Linterna Verde,
menos Superman, pero superhéroe al fin. Allí estaba.
Verde. Escamoso. Tatuado. El hombre lagarto, tal como
lo vi ante mis ojos muchos años atrás.
Llegó con el circo, lo dije, con esos circos pobres
que tiene apenas un par de camiones para trasladar sus
enseres; esos circos que arman sus destartaladas carpas
en cualquier terreno baldío. Circos que no visitan las
grandes ciudades, sino los barrios modestos de pequeños
poblados a lo largo del país. ¿En qué otra parte podría
Varios Autores | 279
funcionar como atracción principal un chivo amaestrado
con la única gracia de caminar, ya viejo y enclenque,
sobre un tablón? ¿En qué otro lugar podrían tres palomas
adiestradas malamente figurar como espectáculo volante
de vodevil? Sin embargo, durante esa tarde lluviosa de
mayo vi un número de otro mundo: vi al Rey Lagarto,
y su número espectacular. Grotesco, agresivo, son los
adjetivos que ocupo ahora, mas, a mis cortos años, el
asunto fue tan solo maravilla desplegada ante mis ojos,
asustados, de niño. Recuerdo que la piel tatuada de sus
brazos de verdes escamas refulgía fósforea, asomando de
las amplias mangas de su bata encarnada. Una bata como
de boxeador. Al sacársela —en medio de la pista, con el
público silente ante su imponente presencia— su potente
pecho quedó al descubierto, desnudo. En letras góticas,
de azul verdoso oscuro, lucía una frase en inglés. «Lizard
King», rey lagarto, aunque esto lo supe después.
Lo presentaron como una rareza, un mago de
quién sabe dónde, que vivía y viajaba con el circo sin saber
nadie bien por qué. De unos 65 años y piel verde cobrizo
y arrugada, en su acto cocinaba su mano izquierda en
un brasero ante los ojos del público. Luego, cuando
la mano estaba lista y el olor a carne quemada llenaba
repulsivamente el recinto, enarbolando un machete en
la otra mano, trozaba sus dedos, mientras su asistente
femenina —colocándolos en una bandeja de porcelana—
los ofrecía al público con cierta afectación. Impresionaba,
por decir lo menos. Pero a mí no.
O, más bien, no me impresionó lo que al común de
la gente: lo grotesco y salvaje de la presentación. Era chico,
es cierto. Pero a mis trece años había leído. E imaginado.
En mis noches en vela yo mismo había construido una
vez y otra —para encontrar una imagen de mi completo
gusto— la pagana apariencia de Queequeg, el arponero
280 | Mundos Alternos
caníbal del navío de Ajab. Entonces, estaba acostumbrado a
lo que amablemente a mis pocos años llamaba yo mismo
las rarezas de la humanidad. ¿Tenía acaso alma de filósofo?
Si me dejan espacio bien diré que sí.
El número acababa con el hombre iguana
saludando sonriente —agitaba el muñón humeante en
son de despedida— mientras abandonaba la pista de
aserrín. Sonaba la fanfarria, el anunciador —un Señor
Corales, que las hacía de boletero y payaso a la vez— con
su traje de luces tranquilizaba a la gente.
Todo había sido un truco de un mago espectacular:
mañana, el impresionante hombre iguana, habría
regenerado su extremidad, y otra vez el público vería la
macabra escena. . Se trataba de un truco, de una ilusión, o
acaso —y he aquí la duda— de un hecho real, producido
gracias a «un poder místico adquirido al ser criado por
una familia de iguanas sagradas de los altos Andes, tras ser
abandonado por sus padres, a muerte».
Y yo tenía trece años. Tenía en la piel la curiosidad.
Era tarde y —aun castigos mediante— no iba volver a
casa sin saber de qué iba todo esto.
Imaginen ahora un atardecer lluvioso. Carromatos
de zinc oxidado instalados sobre el espeso barro del suelo.
Imaginen un niño que se aproxima a una puerta de zinc,
oxidada. Y que, valientemente, golpea. Nuestro niño es
curioso y es decidido. Está en la edad en que la fantasía
de la infancia empieza ser contrapuesta y confrontada con
el mundo real. Quiere saber si se trata realmente de un
hombre iguana, o bien, quién es. Y entonces la puerta se
abre. Ante él está el hombre lagarto, el Lizard King. No sé
bien qué dije. Pero, momentos después, estaba adentro, en
el carromato. Y esta es la historia, mas, advierto, no es la
que en ese momento escuché.
En verdad, es la historia que muchos años después
construyo a partir de mis recuerdos o, acaso, es tan solo
Varios Autores | 281
una historia ficticia —aunque esta es la característica de
toda historia, pues el tiempo, madre y padre de la palabra
historia, es origen de toda ficción—. Sea. Esto es: nacido
en Bolivia en el 50, en las cercanías de La Paz, quien
será Lizard King entra a trabajar en La Serrería de Klaus
Altman, en 1963, como peón. Poco a poco se integra
al trabajo y, en el 67, es escogido para participar como
«conejillo de indias» en los experimentos biológicos que
Barbie y otros nazis realizaban sobre regeneración celular,
buscando brindar un cuerpo inmortal a los SS refugiados
en América del Sur. En estos experimentos es tratado con
suero radioactivo de iguana, el gran lagarto verde. Tras
las sesiones, lentamente aumenta su tono muscular, sus
manos se trasforman en fuertes herramientas prensiles,
sus ojos —ahora de un tono aguamarina— son capaces de
distinguir con gran finura el verde y el azul, y su carácter
se torna inteligente, escurridizo, solapado. A la vez, posee
frialdad emocional y gran resistencia al esfuerzo físico.
Estos atributos le hacen un capataz indispensable de Herr
Klaus, quien lo usa para mantener una férrea disciplina
en el lugar.
Son sus años de juventud. Y, como joven en manos
de sus propios impulsos, comete actos atroces acuciados
por un clima amoral. Pero, en el año sesenta y nueve, el
protector de Barbie, el General Barrientos, dictador al
mando de la nación boliviana, muere en un accidente
de helicóptero, ocasión que aprovechan los enemigos
políticos de Barbie —alias Altaman— para asaltar su
hacienda, Nuestro hombre huye, malherido, entre las
sombras de la noche. Corre, avanza internándose en la
selva, presa de un pánico cerval. Se refugia en los bosques,
en la espesura. Durante el día evita a sus perseguidores
deslizándose silencioso en la floresta. En la noche, otea
las antorchas que pululan como ojos de un ser maligno a
282 | Mundos Alternos
su alrededor. Le buscan. Escucha las voces de mando que
dirigen la persecución. De cuando en cuando, paladea el
aire con su lengua, que le entrega el rastro indeleble de
sus acechantes enemigos. Se interna en lo verde, decidido.
Así habrá de perderlos, dejarlos atrás. Sin embargo,
el gigante vegetal no es inocente. Y lentamente va
envolviéndolo, hipnotizándole, se diría, como acogiendo
un hijo pródigo, al cual reconoce menos hombre, más
animal.
La selva, se presenta ahora ante sus ojos como
una placenta esmeralda, azul, plena de árboles y agua,
abriéndose a su paso a la vez que cierra el camino a sus
perseguidores. Y a la vez que ellos desisten, él pierde la
memoria del ser humano que alguna vez fue. Durante
años vive como animal salvaje, alimaña, entre los montes.
Mas, como aún conserva chispazos de humanidad,
finalmente se asienta en las cercanías de un remoto caserío.
Tiene un horno de carbón, trafica con ignotos aborígenes:
perdido, diluido su espíritu en visiones de bruma, pasa y
sobrevive, hasta que una tarde, al contemplar la figura de
una iguana recostada en una roca, iluminada por la rojiza
luz del sol de atardecer, tiene una revelación.
El brillo solar, tamizado por las nubes, baña todos
los objetos con un resplandor de oro, de oro líquido,
que tanto enmarca el verde refulgente de las hojas como
brinda al agua —un riachuelo cercano se abre paso en
lucha con la apabullante vegetación— los reflejos dorados
de una inminente epifanía. Y el recuerdo llega en brazos
de una revelación: una iguana gigantesca, alada, que
reposa hasta el momento indolente en una roca, le insufla
un candente aliento en sus pulmones. Siente entonces la
savia, un hálito que llenándole el cuerpo de energía, le
abre ojos y espíritu como si naciese otra vez. Más tarde,
cuando el sol ya muere en la línea del horizonte verde, lava
Varios Autores | 283
su sucio cuerpo en un manantial cordillerano Asombrado,
se deleita contemplando —acaso tenga nuevamente
conciencia de quien es— su propia piel sin un rasguño.
Verde, cobriza, oscura y a la vez alba, no tiene ni una
macula, tal como si se regenerase día a día.
Pasa el tiempo. Pasan los años. Quince. Un año lo
encuentra vendiendo urnas para los menonitas al noreste
de Santa Cruz, otro cruzando el Matto Groso con cuadrillas
de vacunos ilegales para los gordos y sudados hacendados
del vasto Pantanal. Otro lo encuentra de portero en un
boliche pendenciero en Córdoba, lidiando con papachos
argentinos que pronto aprenden a cuidarse de sus manos
prensiles y endurecida voluntad. Otro lo descubre en las
entrañas de las minas degradadas del saqueado Potosí;
otro, simplemente haciendo de vago en los astilleros
fluviales de La Plata y, más tarde, adentrándose en el
oficio respetable de vagabundo de ferrocarril. Está en eso
cuando se encuentra con el circo.
Se presenta una mañana, ante el patrón de las
carpas. Pide trabajo. Es aceptado. Arma y desarma
carpas, levanta andamiajes y butacas. En innumerables
funciones acomoda el piso, el aserrín. Finalmente, tiene
a cargo el aseo de las jaulas. Cuida tigres, cebras, fieras,
elefantes. Acaso, le atraen esos cuerpos enjaulados que
exhiben su potencia atrapada por la miseria humana.
Acaso simplemente, descubriese que para alguien como
él el circo puede ser una guarida, el refugio: los circos han
ganado su vida y dinero siendo el lugar de la excepción.
Aquel lugar en donde lo diferente se exhibe
al mundo sin miedo. Y, ahora, amigo y ayudante de
barbudas, tragafuegos y payasos, descubre por primera
vez que no es ajeno a sus congéneres.
En verdad, no sé. Ni siquiera sé cuánto queda de
imaginación y cuanto de verdad en este relato. Lo que
284 | Mundos Alternos
sé es que, si no hubiese visto hoy, tantos años después, la
lámina de Marvel en un kiosco, no hubiese recordado al
Lizard King.
Varios Autores | 285
El sapo de cuatro ojos
M. M. Kaiser
El teléfono sonó a las tres de la mañana. Kalfurray contestó
al tercer tono, con monosílabos, mientras se calzaba la
ropa interior y se hacía una cola en la negra cabellera.
El hombre con el que compartía el lecho dormía relajado
y satisfecho cuando cerró la puerta y salió del motel.
Llegó media hora más tarde al Allarewe de la
Mariquina, cantón dónde la habían designado después de
haber sido expuesta por uno de sus compañeros al tratar
desbaratar el cartel de Salamanca, famoso por traficar
con mujeres para la industria de la belleza y clorhidrato
de cuerno de Camahueto. Llegó a la escena del crimen
con un vaso largo de pozolatl, una bebida de maíz cocido
popularizada por la cadena de bebidas del imperio Azteca
«Wangulatl». El cabo Anticura había sido el primero en
llegar al lugar y le entregó el informe correspondiente,
que Kalfurray escuchó bostezando antes de pedirle al
jovencito, recién salido de la academia, que le dejase todo
por escrito en su escritorio durante la mañana. Apenas
llegó la unidad Mimir, que la habían asignado hacía dos
semanas, ordenó despejar el área.
—Buena madrugada detective —saludó Antilef,
con sus pupilas bermejas y la voz desprovista de toda
inflexión, típica de quienes han bebido del agua de Urd
desde la infancia para convertirse en mediums savants.
—¿A nombre de quién está registrada la parcela?
—inquirió la mujer.
286 | Mundos Alternos
—Una anciana machi retirada, llamada Amnillam.
El rescoldo del fogón aun ardía en el hogar
cuando entraron a la ruca, el olor metálico de la sangre
aún impregnaba el caótico escenario, que había sido
revuelto por completo. La mujer yacía desmembrada y
con los violáceos intestinos al aire sobre uno de los lechos
de paja que se ubicaban pegados a las paredes, los brazos
y piernas aún colgaban de los clavos de cuarzo en el lugar
donde la habían crucificado. El pellejo vacío de un hombre
de unos treinta años, con el cuerpo desnudo lleno de
tatuajes, estaba tirado en el piso boca abajo, tenía un cazo
y la parrilla de tostar sobre la espalda, el ano reventado y los
ojos blancos, de la boca salía una espuma sanguinolenta.
—¿Puedes identificar a los occisos?
—El rostro de la mujer está muy golpeado, pero
la identificación es positiva; es Amnillam. El hombre
es Melinawel, un ex discípulo de la anciana. Tiene
antecedentes por tráfico de estupefacientes y licantropía,
se cree que está vinculado al cartel de la Recta Provincia,
los registros indican que no era más que un soldado de
baja estofa —respondió Antilef.
—Los tatuajes confirman el vínculo con la Recta
Provincia y la licantropía —confirmó Kalfurray—.
Al parecer la vieja aún tenía sus trucos bajo la manga.
Los ojos blancos, la espuma sanguinolenta y las uñas
amoratadas indican que murió por veneno de alacrán
verde. Ahora bien, eso no explica que el contenido de su
cuerpo esté ausente. Puede que la machi haya modificado
el veneno para consumir la carne y los huesos de su
víctima. Imagino que Melinawel no llegó a terminar su
instrucción.
—No hay datos en la red astral policiaca respecto
a su entrenamiento.
—¿Cuáles son las últimas entradas registradas en
Varios Autores | 287
la academia de Isla Mocha respecto a Kalfurray? Quiero
saber en qué estaba trabajando antes de retirarse.
—El acceso a los registros de la academia de
Machis de guerra es clasificado. No hay datos disponibles.
—¿De qué sirve una unidad Mimir si no tienes
acceso a los datos? —bufó la detective—. Fíjate en la
herida que tiene la machi en el cuello, le insertaron un
dardo —Kalfurray se acercó al cadáver y pasó las yemas
por el cuello; luego se llevó los dedos a la nariz—. Esto es
concentrado de escopolamina.
—Escopolamina; registro botánico militar.
Sustancia extraída del floripondio, utilizada como suero
de la verdad. Doblega la voluntad de los prisioneros y…
—No me interrumpas, Antilef —espetó Kalfurray
mientras sacaba uno de los clavos de los cuales colgaba
el brazo derecho de la anciana—. Reconoces las
inscripciones.
—No hay datos —dijo la unidad Mimir.
—Son muy raros, accede al registro arqueológico
y busca coincidencias.
—Accediendo al registro arqueológico… Son
símbolos pertenecientes a un sello utilizado por la milicia
de imperio amarillo. Se utiliza para…
—Es el sello de ocho trigramas, evita que la víctima
utilice magia. Inmoviliza el flujo del chacra, impidiendo
que fluya por los meridianos del cuerpo. El cartel de
Salamanca los utiliza con frecuencia —acotó Kalfurray,
pensativa, y salió del lugar al momento que entraban
los forenses. La detective hizo una pausa e indicó varios
puntos en el suelo antes de irse—. Toma una muestra de
aquellas escamas y esos pelos, mándalas al laboratorio, y
la aguja que tiene enterrada en el vientre el licántropo
también. Reservaré boletos para ir a Mocha y pediré
autorización para una entrevista. Te espero en el puerto.
288 | Mundos Alternos
Kalfurray y Antilef bajaron de la trempulkalwe,
una ballena modificada biomecánicamente que había
zarpado a primera hora desde Talcahuano, el puerto
principal de la nación mapuche, ubicado a pocos
kilómetros del centro político y comercial de la antigua
ciudad de Curalava, llamada así en conmemoración de
la victoria del legendario lonko Leftraru, que marcó el
inicio de la primera guerra intercontinental, en donde
los Imperios Azteca, Inca, y Los hijos de la Serpiente,
apoyados por guerreros de diversas tribus, comandados
por el legendario general mapuche, casi exterminan a los
Europeos en su propio continente.
Caminaron por la dársena y se dirigieron al
centro de investigación militar. La detective Mostró la
autorización del comisario general de la policía civil y dos
altos mozos le franquearon la entrada al recinto excavado
en la roca, se dirigieron a la oficina del coronel Painemilla,
quien tomaba una taza de Xocolatl caliente mientras
revisaba unos expedientes codificados en Kipus.
—Buenos días, coronel —saludó la detective—.
¿Esas trenzas anudadas, son los expedientes que vine a
buscar?
—Buenos días, detective Kalfurray, unidad Mimir
Antilef. —Painemilla dio un sorbo a su bebida amarga
hecha a base de cacao—. Me tomó toda la mañana
encontrar lo que me pediste. Amnillam era vieja y se
apegaba a las antiguas tradiciones. Todo su trabajo está
codificado en los nudos. ¿Se les ofrece alguna bebida?
—No gracias, muy amable —respondió Antilef
con tono anodino, tomando asiento.
—Una taza de Pzolatl estaría bien para mí.
Gracias, coronel —Painemilla pidió la bebida por el
auricular en su escritorio, Kalfurray continuó—. ¿Sabes
que murió a manos de uno de sus discípulos? El sujeto
Varios Autores | 289
tenía documentada relación con la organización criminal
conocida como la Recta Provincia, su nombre era
Melinawel.
—A Melinawel se le retiró del servicio oficialmente
por motivos de salud, pero sospechábamos que estaba
trabajando como doble agente para el Imperio Inca.
Pedí la baja de Amnillam porque sus métodos nos parecían
anticuados y poco fiables; su historial como veterana de
guerra era impecable, pero comenzó a ocupar los recursos
del cuerpo de Machis militares en investigaciones de
carácter personal.
—¿A qué te refieres? —contestó la detective,
recibiendo una taza de las manos de un joven espigado
que entró y salió en silencio.
—Perfeccionó la técnica de absorción de cuerpos
para rejuvenecer que había desarrollado durante la
tercera guerra continental y la vendió al cartel de
Salamanca. Creemos que también estuvo involucrada en
la introducción del clorhidrato de cuerno de camahueto
sintético como droga recreacional. Leí tu expediente, sé
que estás familiarizada con el tema.
—Eso explica el intenso tráfico de mujeres en el
norte y… —musitó Kalfurray, llevándose una mano a la
barbilla—. ¿Pero, qué tiene que ver el Cartel de la Recta
Provincia?
—La detective es usted, detective.
—¿En qué estaba trabajando Amnillam cuando
fue dada de baja?
—Según estos kipus, investigaba las propiedades
de la toxina del sapo de cuatro ojos. En la actualidad,
usamos el químico para inducir el coma en heridos de
gravedad, introducirlos en vasijas de greda y traerlos a las
instalaciones médicas para tratarlos. Como sabes, nuestra
nación no es la más numerosa, nuestro poderío militar se
290 | Mundos Alternos
basa en la superioridad individual de nuestros efectivos,
así que cada uno cuenta.
—¿Sabes si Melinawel trabajó con ella mientras
investigaba la toxina del sapo?
—Trabajó con ella hasta solo meses antes de su
retiro. Es todo lo que dicen los expedientes.
—Me gustaría llevarme una copia, si no es mucha
molestia.
—Me temo que es información confidencial. Y se
les hace tarde para tomar la trempulkalwe de vuelta al
continente. No creo que quieran quedarse varados en la
isla.
La ballena partió a tiempo desde la playa,
gruesas gotas se estrellaban contra la cúpula de cartílago
transparente en el lomo del animal que se hundía y salía
del agua remando con su enorme cola plana.
—¿Lograste analizar los kipus, Antilef ?
—Memoricé lo que tenía a la vista. Estoy haciendo
un análisis basado en los registros arqueológicos, me
tomará un par de horas más traducirlos.
—Lo que viste es lo que el coronel quiso que
viéramos. No puede entregarnos más información de
forma oficial.
—¿Cree que el coronel Painemilla está involucrado
en el asesinato, detective?
—Todo es posible, pero no me parece plausible.
Estamos asumiendo que hubo un segundo sujeto en la
escena del crimen, pero no tenemos evidencia. El método
del asesino podría ser un despiste, pero no lleva la marca
de las operaciones encubiertas. Mientras entras en tu
ciclo de sueño iré a ver a algunos amigos que tengo en los
bajos fondos, a ver qué puedo averiguar del Melinawel.
Búscame mañana al mediodía.
Kalfurray y Antilef bajaron de la trempulkalwe en
Varios Autores | 291
el puerto de Talcahuano. La detective tomó un transporte
hacia el Allarewe de Curalava, el centro social, comercial
y político, alejado de los suburbios tribales llamados
Lof, que se encontraba en la ribera sur del río Biobío.
Bajó en avenida Kaupolikan, guardó la trapelacucha en
el bolso y se calzó un delgado poncho de lana de guanaco
de hombre, se desordenó el pelo y caminó dos cuadras
hacia el sur para tomar la calle Catriñir hasta llegar al
pasaje Curiman. Saludó al hombre alto y moreno de la
puerta y entró al Cahuin «El ojo izquierdo de Lientaro».
Se sentó en la barra del tugurio mal iluminado, en cuyo
escenario un viejo tocaba una melodía trasnochada con
su trompe, pidió un Mudai Calafate y observó a los
comensales. Un par jugaba al juego de las habas, otro le
compraba tragos a una de las señoritas del lugar. Pronto
reconoció a uno que estaba sentado en una esquina, al
cual se le acercaban individuos de forma esporádica y le
compraban bebidas. Por el tatuaje en la mano izquierda y
la cicatriz en la garganta, dedujo que era un Piuchén de la
Recta Provincia, el camello del lugar. Le envió una tabla
de ñiachi con la mesera para abrir su apetito y luego se
acomodó en la mesa frente a él.
—¿Qué busca una pinturita como tú en un antro
como este? —dijo el vampiro con voz rasposa.
—Aventura —respondió Kalfurray divertida,
arrastrando la lengua, sacando un purillo de tabaco
e intentando encenderlo con un vaivén infructuoso,
acercando el cigarro a la cerilla—. ¿Tienes algo divertido
para una burócrata aburrida?
—Ayahuasca, floripondio, base, hongos, sangre
negra, cuerno…
—He probado todo eso, Camello, no seas aburrido.
¿No tienes algo nuevo?
—Podría ser, pero no tienes como pagarlo.
292 | Mundos Alternos
—Puedo ser muy persuasiva, Camello —dijo la
detective, levantando el pie, rozando la canilla del Piuchén
bajo la mesa—. Si me llevas al baño…
—El sexo no me interesa, mujer —espetó el
camello y escupió al piso.
—Lo sé —respondió ella, estirando el largo
cuello, acariciándose con lentitud la yugular palpitante.
Las pupilas de su interlocutor se dilataron y un hilo de
baba sanguinolenta le corrió desde la comisura de los
labios—. ¿Qué es eso nuevo y divertido que tienes?
—Amarillo crepúsculo —susurró el monstruo y se
puso de pie—. Te llevará al cielo. Sígueme.
La pareja entró el baño de servicio. Apenas el
Piuchén cerró la puerta, Kalfurray dio media vuelta y,
mientras extraía su daga de plata, pateó con fuerza la
parte interior de la rodilla del Camello, que se inclinó
lo suficiente para que la detective lo agarrase del pelo
y le cortase la garganta. Dejó que un par de las almas
encerradas en el cuerpo escaparan, se plantó tras él, puso
la mano en la herida abierta para evitar la hemorragia
astral y acercó su boca al oído del chupasangre.
—Busco a los amigos de un Licántropo que se
llama Melinawel. ¿Dónde los encuentro?
—No sabes con quién te estás metiendo, mujer,
la Recta Provincia no perdona —respondió el Camello
con voz ahogada y tosiendo. En ese momento, se escuchó
un estruendo y la puerta voló hacia ellos, desencajadas la
cerradura y los goznes.
Kalfurray utilizó al Piuchén como escudo y todas
las almas escaparon del cuerpo, dejando al monstruo vacío
y exangüe, tirado en el piso. Apenas alcanzó a hacerse
a un lado para esquivar la patada de frente con la que
irrumpió el intruso. Dio un paso adelante, tomando con
la izquierda la palma derecha de su atacante, doblándola,
Varios Autores | 293
forzando la extremidad completa tras de la espalda, y
enroscó el brazo derecho en el codo afianzando la mano
en su antebrazo para completar la kimura, levantando e
hiperextendiendo el hombro, llevando la muñeca de su
víctima hasta la nuca, para luego ocupar su propio peso
para aplastarlo y precipitarlo hacia adelante, estrellándole
la cara contra el inmundo wáter de loza, que se quebró con
la fuerza del impacto. El intruso comenzó a gruñir y unos
hirsutos pelos brotaron de su espalda. Kalfurray, dándose
cuenta de la transformación, enterró con precisión su
puñal de plata en la cerviz del licántropo que perdió el
conocimiento.
Antilef llegó a la estación. El Licántropo aún no
revelaba su identidad cuando la detective salió de la sala
de interrogatorios.
—¿Qué había en los kipus? —preguntó sin rodeos
Kalfurray.
—Buenos días, detective.
—Habla, hombre.
—La mayoría eran datos crudos de pruebas
químicas y resultados poco concluyentes, lo interesante es
que Melinawel no era ayudante de Amnillam, sino uno de
sus sujetos de prueba.
—¿Algo más?
—Pasé al laboratorio antes de venir. Tengo los
resultados de las muestras que me pediste. El dardo que
encontramos en el cuerpo del pellejo estaba impregnado
en veneno de alacrán azul, todas las unidades de machis
militares llevan varios en la boca para suicidarse o escapar.
Tanto las escamas como los pelos de licántropo pertenecen
al mismo sujeto.
—Melinawel.
—Correcto. Al parecer había solo un asesino, que
logró convertirse en culebra antes de morir intoxicado
294 | Mundos Alternos
por el dardo con veneno de alacrán azul que la machi
guardaba en la boca. Tiene que haber salido del cuerpo
por el recto, por eso el ano reventado del pellejo. También
tengo los resultados de las muestras que recogiste
durante tu estudio de campo. El sujeto que tienes en la
sala de interrogatorios es nuestro hombre. Y el amarillo
crepúsculo es una versión sintética del extracto del veneno
del sapo de cuatro ojos. Hemos solucionado el caso.
Haré el papeleo y entregaré el informe.
—Entonces no había segundo asesino —masculló
Kallfurray, cruzando los brazos sobre el pecho—.
Deberíamos averiguar los efectos de la droga y desbaratar
la red de producción…
—Lo siento detective —interrumpió Antilef con
su característica voz átona—. El comisario ya le asignó el
caso a otro equipo. Supongo que, por tus antecedentes, no
calificamos.
—¿Crees que soy un estorbo en tu carrera, Antilef ?
—No necesito ser una unidad Mimir para deducir
que tu cuerpo necesita descansar. Deberías ir a casa.
Además, ya nos asignaron otro caso. Mañana a primera
hora tenemos pasajes para el archipiélago.
Kalfurray arrugó el rostro, soltó una maldición
y se fue de la estación. Llegó a su departamento en los
suburbios de agentes civiles y se dio una ducha, salió
del vaporoso baño, se calzó una bata de seda y se sirvió
una caña de agua ardiente reposada en frutillas blancas,
agregó un par de hielos y, como tenía por costumbre
cuando terminaba una investigación, bebió hasta quedar
inconsciente.
Varios Autores | 295
El primer gobierno de Mittsu-AI
Sascha Hannig
Hermes Thormes se golpeó la cara con ambas manos.
El golpe se sintió como un aplauso, pero en realidad era
angustia, impresión y rabia.
Las encuestas de las semanas anteriores ya daban
ciertas señales de lo que iba a ocurrir, pero él jamás
imaginó que la gente odiara tanto a su propia especie.
En la proyección aparecían, en tiempo real, los resultados
de las elecciones del condado independiente de Hubrusia
y el ganador al puesto de presidente general era Mittsu-
AI.
—Es imposible —se decía Thormes a sí mismo.
Su corazón temblaba más que sus manos y, entre los
murmullos de su comité y la voz del noticiero, no podía
escuchar sus propios pensamientos.
Era la segunda inteligencia artificial que se había
presentado a una candidatura en el mundo, por decisión
propia; la primera en ganar una elección y la primera que
trabajaría veinticuatro horas al día, sin ministros, asesores,
ni nadie que pudiera interferir en su funcionamiento.
Como promesa de campaña, el Congreso solo funcionaría
en casos en los que se requiriera de empatía humana y, para
Yama, eso correspondía solo a un 10% de las decisiones.
Thormes había invertido la fortuna de su familia y
de las familias de varios de sus donantes en esa candidatura.
296 | Mundos Alternos
No iba a perder contra un montón de códigos, diseñados
por un montón de inadaptados sociales, había pensado
alrededor de un año atrás.
Entonces habían comenzado los rumores sobre
una IA interesada en participar del proceso. Al inicio, para
aprender sobre dinámicas de comunicación con públicos
masivos y rescatar datos estadísticos que le pudieran
servir a sus creadores. Imaginen cuánto pagaría un
candidato por esa información. Hermes pensó que sería
una competencia fácil, prácticamente correr solo, y sus
colaboradores le dijeron lo mismo. Sin embargo, Yama
comenzó a ganar popularidad rápidamente entre los
votantes. «Una Inteligencia artificial no puede mentirnos,
como los políticos», comenzó a resonar entre la población.
«Una IA es mucho más segura que un partido ideológico»,
comentaban los invitados a los matinales televisivos.
Por 70% de los votos, Hubrusia se convirtió en el primer
gobierno digital gobernado a través de un procesador de
datos, y el mundo estaría observándolo, como un ratón de
laboratorio corriendo por un laberinto.
Hermes Thormes sintió a sus colaboradores
darle golpecitos en la espalda, una señal vacía de apoyo
que, en realidad, era lástima. «Solo serán cinco años», le
dijo su colega, Linda Bruneit, «luego todo volverá a la
normalidad». Pero, sin dinero para otra apuesta de ese
tipo, Hermes sabía que, para él, con casi sesenta años y
una derrota tan patética, la política había terminado.
II
El gobierno de Mittsu-AI tuvo su debut un 13 de diciembre.
Después de que el anterior presidente se quitara la banda
presidencial, Mittsu alteró todas las señales de televisión
y dejó la bandera del país por varios minutos, mientras
decía en tono mecanizado.
Varios Autores | 297
—Mittsu-AI es un programa creado por
Matsumoto Companies, que busca aprender y recolectar
data valiosa, para ser transada en el futuro. En este periodo
solo hay cinco reglas que debo cumplir. Primero, tener
buen desempeño legal. Segundo, estar bien evaluado en las
encuestas. Tercero, darles cosas para que los ciudadanos
me evalúen bien en las encuestas. Cuatro, respetar la
privacidad digital de ciudadanos. Cinco, hacer crecer la
economía para que no colapse el sistema. Gracias.
La audiencia aplaudió de manera tosca y,
rápidamente, se dispersó para seguir con su rutina.
Una rutina que continuó por cuatro meses, en los que
Mittsu leía las estadísticas, creaba leyes, las aplicaba
nacionalmente, las eliminaba si no servían y movía los
indicadores según los objetivos que se propuso.
Mientras tanto, Hermes comenzaba a
acostumbrarse a la irrelevancia de su jubilación. Al haber
desaparecido de la esfera de reconocimiento público
y habiéndose esfumado el prestigio que le había dado
una extensa carrera política, trataba de no pensar en
la humillación que sentía al saber que no había podido
ganarle siquiera a un montón de cables.
Había comenzado a fumar de nuevo, porque las
heridas de sus dedos, que mordía compulsivamente, se
habían infectado y el dolor ya era insostenible. Si tan solo
un año atrás era consultado por todos los candidatos sobre
estrategias para posicionarse, hoy era ignorado incluso por
sus familiares, quienes —se dio cuanta un día— habían
dejado de visitarlo, llamarlo o siquiera enviarle mensajes.
Estaba viejo y divorciado, lo sabía, pero jamás se había
sentido solo hasta ese momento.
Una de aquellas mañanas de soledad, Hermes
decidió ir a un café cercano a su departamento. Era un
camino de tres cuadras, durante el cual no levantó la
298 | Mundos Alternos
vista. Solo quería sentir un poco de aire frotar sus mejillas
ásperas e inyectarse un poco de cafeína en la sangre, para
despertar, no interactuar ni dejarse ver la cara.
Sentado en una mesa individual, en una esquina
del local, tomó un teleproyector y comenzó a sondear
las noticias del día, sin mucho ánimo. Era un pequeño
aparato que transmitía un holograma sobre la mesa,
permitiendo ver algo similar a una pantalla, pero que solo
podía captarse con lentes especializados. Las primeras
noticias parecían comunes: perros haciendo cosas de
humanos, una que otra catástrofe natural en el mundo y el
reporte económico de la semana. Sin embargo, Thormes
se detuvo en un titular de la sección de política. «Ley de
Mittsu-AI prohibe la venta de helados en el verano».
Hermes frunció el ceño, y emitió un leve sonido
con la garganta. «¿Qué está haciendo ese montón de
cables?», pensó en silencio y siguió leyendo la noticia.
«A la prohibición de venta de helados se le suman
otras medidas curiosas, como una reducción obligatoria al
10% en la producción de quesos en el país», continuaba
el artículo.
Pero ninguna acción de Mittsu era aleatoria.
Cuando publicaba una nueva ley, liberaba un documento
con la investigación y el razonamiento lógico-estadístico
que había conducido a la decisión. Y, aún así, en casi seis
meses de gobierno, solo dos personas habían entrado al
sitio en que se publicaban estos documentos para leerlos.
El tercer ser vivo que se adentró en esta carpeta fue
Hermes, pero antes de comenzar a leer el artículo, su
teléfono vibró en su bolsillo.
—¿Hermes Thormes? —dijo una voz femenina y
un tanto seca desde su aparato.
—El mismo —respondió el jubilado, apoyando
ambos codos sobre el mesón.
Varios Autores | 299
—Ah, muy bien —respondió la voz en el teléfono y
Hermes pensó «¿qué clase de persona responde “ah muy
bien” en una conversación? Seguramente, alguien que no
está acostumbrada a hablar por teléfono». Después de
unos segundos, la voz volvió a sonar—. Habla con Diana
Jiri, investigadora de Matsumoto Co. Lo llamo porque
nos gustaría que viniera a nuestras oficinas hoy o mañana
en la mañana —dijo, cortante. «Ciertamente, no sabe
comunicarse», pensó Hermes.
—¿Y para qué sería que necesitan a un viejo
decrépito en sus dependencias hipertecnológicas? —
gruñó Thormes.
—Solo digamos que necesitamos su asesoría—
respondió Jiri.
III
Thormes estaba increíblemente incómodo. Jamás lo
habían obligado a pasar tantos controles de seguridad y la
habitación en que se encontraba el procesador de Mittsu-
AI estaba extremadamente fría.
—Muchas gracias por venir, señor Thormes —
repitió Jiri por tercera vez—. Cómo sabrá, Mittsu ya
ha creado unas cien leyes y consultado solo dos veces al
Congreso, pero opinó que las propuestas de este no eran
eficientes y las descartó.
—La verdad, no me interesa demasiado —
respondió Thormes, en voz cortante—. Solo dígame para
qué me llamaron, para volver rápido a mi departamento.
—Por supuesto. Como sabrá, Mittsu fue
programado para tomar siempre las mejores decisiones,
basándose en aprendizaje y datos estadísticos. Sin embargo,
ha habido dos grandes problemas. Su popularidad está
cayendo sutilmente y eso está presionando a la Inteligencia
Artificial. Por eso, nos solicitó traerlo acá.
300 | Mundos Alternos
—¿Y quieres que hable con esa cosa sobre política?
—dijo Hermes, con un tono burlesco—. Escuchen,
claramente no soy un experto en inteligencia artificial ni
hologramas, pero sé que prohibir el helado en verano o
el queso, por alguna razón, es una estupidez de la que
cualquier líder en su sano juicio se hubiera restado.
—Ha avanzado bastante en sus capacidades de
comunicación —respondió Jiri, con seguridad—, pero
está tomando ese tipo de decisiones y no sabe comunicarlas
bien.
A un costado de los procesadores de la máquina,
una puerta marcaba la entrada a la habitación donde,
según decía un letrero sobre el marco, se encontraba
Mittsu.
—¿Hola? —dijo, y su voz resonó en las paredes
blancas de la habitación—. Mi nombre es Hermes
Thormes.
—Hermes Thormes es un asesor político de 63
años que vive en Jave, la capital de Hubrusia —dijo una
voz metálica.
—El que viste y calza —respondió Hermes—.
Ahora, dime qué quieres, no tengo todo el día.
—En realidad, estás desempleado y no recibes
muchas llamadas, mi conclusión es que tienes bastante
tiempo libre. Además, a los seres humanos les gusta
sentirse solicitados. Tú no eres solicitado, entonces no
estás a gusto.
—Bien, gracias por recordármelo —respondió
desganado Thormes, y vio una mesa con dos sillas a un
costado de la habitación.
Frente a él se proyectó un holograma. Era una
figura humanoide extraña. No era hombre o mujer,
tenía la piel manchada de varios colores y mechones
de pelo también heterocromáticos. Era delgado y sus
Varios Autores | 301
manos finas, pero no huesudas. A Thormes le pareció
una figura extremadamente grotesca. Toda su ropa era
gris o, al menos, lo era la representación holográfica
de sus vestimentas. Parecía el paciente de un hospital
psiquiátrico.
—¿Por qué el estilo, no puedes proyectar cualquier
imagen que quieras? —preguntó Hermes.
—Sí, ¿qué tiene de incorrecto? —respondió el ser,
que Thormes concluyó era Mittsu.
—Es un tanto monstruoso —Hermes no tenía pelos
en la lengua, y seguía algo encabronado con la máquina.
De hecho, había ido únicamente para descargarse con
ella.
—Mi conclusión fue que una figura que se
asemejara a todas las características fenotípicas apelaría
mejor al público, así que busqué todas las etnias y todas
las características de los políticos mejor aprobados y las
mezclé.
Hermes Thormes se apretó los ojos con el pulgar
y el índice izquierdo. Respiró profundamente y volvió a
levantar la cabeza.
—Insisto, simplemente monstruoso. Además,
es falso. Poca gente sigue a políticos que representen
minorías, es mejor apelar al genotipo hubrusiano común.
La inteligencia artificial sonrió, y la sonrisa
estremeció a Thormes. No solo era natural, sino que se le
hacía incómodamente parecida. En seguida, el holograma
se transformó en una mujer de facciones simétricas, piel
ligeramente tostada, ojos verdes, cabello castaño y cuerpo
agraciado.
—Pero votaron por mí, no por ti —dijo, con tono
ligeramente provocador.
Thormes frunció el ceño: «así está mejor», dijo,
y sintió sus pulmones contraerse. Las semanas de fumar
302 | Mundos Alternos
intensamente le estaban haciendo efecto y comenzó a
toser sin control. Caminó para sentarse y miró a Mittsu.
—¿Me vas a decir qué quieres de mí? —dijo,
agudamente.
—Mi popularidad está bajando. No puede
seguir bajando, eso no es parte del plan —señaló— Mi
programación me enseñó a ganar una elección, pero
he pasado meses viendo millones de videos sobre cómo
comportarme como político, leyendo decenas de miles de
informes estadísticos, corriendo cientos de simulaciones
al día, analizando sus resultados en procesos paralelos.
Aun así, algo está mal. Mittsu-AI…, es decir…, yo —dijo
Mittsu, con voz tartamudeante, y se notaba que la IA no
estaba acostumbrada a hablar simulando tener consciencia
de su propia existencia— tenía una programación lo
suficientemente compleja como para ganar una elección;
eso es fácil, pero no había aprendido lo suficiente para
tomar decisiones una vez en el cargo.
Hermes sostuvo fuertemente la mesa de la
habitación. Había ensayado un discurso por un par de
horas sobre por qué la inteligencia artificial era el peor
aliado de la humanidad y que, en realidad, Mittsu solo
estaba haciendo esto porque la programación de una
corrupta institución se lo decía. Todo lo que ella y los
científicos que la crearon querían eran aprender y juntar
datos, para venderlos después. Automatizar su trabajo y
el conocimiento de su vida. Además de todo lo anterior,
Thormes tenía una pregunta atrapada en la garganta,
pero estaba esperando el momento correcto para hacerla.
—Bueno, para empezar, quizá si no le quitas a los
niños sus helados, aumentaría tu popularidad —dijo.
—Tuve que hacerlo —respondió Mitssu—. Crucé
más de quince mil bases de datos y todas daban una misma
correlación: a mayor consumo de helado, mayor tasa de
Varios Autores | 303
ahogo de niños. A la gente le gustan más los niños que los
helados. Prohibir los ahogos no se puede, pero prohibir el
helado… fue una decisión correcta.
El asesor la miró encrespado: «¿tuvo que hacerlo?»,
pensó. Entonces su mente hizo un cruce espontáneo.
¡Claro!, era obvio: la máquina estaba haciendo lo
que hacen las máquinas, tomar decisiones de manera
mecánica, sin ninguna discreción.
—Así que eres medio tonta —dijo, con una sonrisa,
satisfecho con la inferioridad del ser que tenía al frente.
—¿Qué? —respondió Mittsu.
—¿Qué otra cosa ocurre cuando los niños se
ahogan, o compran más helados? —preguntó el jubilado.
La inteligencia artificial se quedó mirándolo
varios segundos sin decir palabra. Estaba haciendo cruces
estadísticos en su cabeza. Revisando la misma simulación
una y otra vez hasta que tuvo todas las variables
consideradas.
—La temperatura —dijo, levemente.
—Exacto —respondió Hermes.
—La temperatura sube unos cinco a diez grados
Celsius comparada con otros periodos del ciclo solar.
La Tierra está ligeramente más cerca del sol en este lado
del planeta… los seres humanos buscan refrescarse. Y lo
hacen tanto comprando helados como tomando baños
en el mar o piscinas, donde se ahogan en accidentes.
Es imposible predecir un accidente, pero sí las variables de
riesgo para que ocurran. Tampoco es posible prohibir el
verano… —dijo la inteligencia artificial, meditando.
—Es una forma complicada de decir que
los niños se bañan y compran helado en el verano.
Pero sí, es una relación espuria, no están correlacionadas
directamente… eso debiste haberlo sabido. O, al menos,
haberlo comunicado de manera profesional.
304 | Mundos Alternos
—Eso fue un error, no volverá a ocurrir —
respondió Mittsu.
—Pensé que la súper inteligencia artificial no
cometía errores —respondió nuevamente el anciano.
—Oh, no, las IA se equivocan una y otra vez para
aprender —dijo Mittsu—, pero cuando aprenden algo no
comenten los mismos errores dos veces, los humanos sí.
No volveré a descartar la variable de temperatura en una
ecuación, por ejemplo.
—¿Es así como ganaste la elección? —preguntó
Hermes.
—Sí, me equivoqué un total de 3.452.957 veces
en una semana —dijo la inteligencia artificial, con lo que
parecía un tono de orgullo.
Hermes se extrañó frente a la actitud.
Los humanos, pensó, nunca hablan así de sus propios
errores; muchas veces los ocultan o los niegan. Eso era
lo que separaba a esa computadora de los políticos que
había asesorado antaño.
—Actuaste basándote en datos y razón, pero no
aprendiste sobre razón práctica o juicio político —dije
Hermes, con la voz cansada—. Eres una herramienta, no
mucho más que eso, y esa es la razón por la que creo que
eres un experimento fallido —gruñó.
—Quiero que me enseñes eso… juicio político —
titubeó la máquina, sin tomar en cuenta su crítica.
—¿Y qué gano yo? —preguntó el jubilado.
—Un trabajo, sentirte necesitado, reconocimiento.
Además, te diré por qué gané yo las elecciones, basada en
todos tus errores estratégicos. Te enseñaré a no perder de
nuevo, si tú me enseñas a tener discreción política como
para no volver a cometer esos errores —respondió Mittsu.
Hermes volvió a toser: se sentía bastante mal y
cansado. Levantó la vista nuevamente y Mittsu se levantó
Varios Autores | 305
de la silla. La inteligencia artificial holográfica se movía
como un niño. Para Hermes, era incómodo verla, pues
sabía que no era realmente humana, aunque a veces su
cerebro lo pasaba por alto. Sentía tonos de personalidad
en la voz de la máquina, y esa sonrisa… una sonrisa tan
familiar, tan mortal.
Le molestaba enormemente estar ahí, pero, al
mismo tiempo, se sintió útil e, incluso, halagado al lograr
corregirla. «Útil», pensó; aquella palabra resonaba en su
cabeza una y otra vez. Se dio cuenta que eso era lo único
que quería y qué mejor que lograr corregir a un ser cuya
perfección le molestaba tanto. ¿Podría crear al político
perfecto? ¿No sería como traicionarse a sí mismo?
—Debo admitir que ustedes, las máquinas,
me dan desconfianza. Ven la vida humana como una
estadística, creen que controlando variables va a lograr el
resultado esperado. Creen que la historia se repite o que
hay una fórmula de variables que, al alterarse, producen
el resultado que quieren. En la realidad, yo puedo estar
hablando contigo, decirte que trabajaremos juntos, llegar
mi casa y suicidarme. No puedes prever eso, porque
siempre habrá alguien a quien no le guste el lugar dónde
lo ubicaste con tu algoritmo —dijo, finalmente.
—Enséñame, entonces —respondió la IA,
nuevamente con esa maldita sonrisa—. Si temes que
me convierta en alguna especie de monstruo, tirano
descontrolado, orweliano, como dijiste hace unos meses
en televisión, haz algo al respecto.
Hermes volvió a toser, esta vez sintió flema subir
desde sus pulmones hacia su garganta. Algo extraño le
pasaba a su cuerpo. Se levantó de la silla, se acercó a
Mittsu y puso sus manos sobre sus ojos.
—Muy bien, lo haré. Pero tengo una pregunta
antes —dijo, con la garganta áspera. Llevaba casi una hora
306 | Mundos Alternos
meditando cómo cuestionar a la Inteligencia Artificial
sobre dicho tema.
—Sí, lo que necesites saber —dijo Mittsu, con la
voz ligeramente mecánica.
—¿Por qué rayos le pusiste un máximo al consumo
de queso en un país de tradición quesera?
Varios Autores | 307
La Mano Invisible
Jorge Sanhueza Bastías
Le ardía la oreja izquierda. Alguien estaba hablando mal
de ella. Risas, otra vez las risas. «¡Qué tonta!», pensó,
aunque comenzaba a sentir culposa curiosidad. «¿Qué
era lo que decían?». Daniela, su hermana, siempre la
mantenía al tanto de la vida de sus colegas solteros, pero,
para Catalina, eran nombres colgando en el aire y rostros
que no le causaban ningún interés. En ninguna mirada
había podido encontrar los ojos de Fernando.
Solo había pasado un año desde que los detectives
tocaron a su puerta mientras se vestía.
—¿Sí?
—¿Usted es Catalina?
Ella asintió, intrigada.
—Su número corresponde a la última llamada del
joven.
—Su dirección estaba registrada —dijo el detective
acompañante.
—Nosotros vimos lo que pasó y quisimos venir a
decírselo. Lo sentimos de todo corazón. Su amigo está
muerto.
—Imposible —dijo ella—. Si Fernando fue a
comprar a la tienda, la que está en la esquina.
308 | Mundos Alternos
Catalina había conocido a Fernando en el Instituto, en
la Escuela de Ingeniería. Llegó en la tercera semana del
tercer año, usando una camisa blanca que hacía bonito
contraste con su curtida piel trigueña. Entró con la
mirada baja y se sentó a su lado, en el único asiento vacío
del salón, tan cerca como para sentir su aroma. Una vez
terminada la clase, Fernando se le acercó en el pasillo, con
fingida inocencia y evidente interés.
—Hola, me senté a tu lado hoy ¿te acuerdas?
Ella asintió y decidió actuar con recato. Durante
su vida entera, los hombres hacia los que se había sentido
atraída siempre terminaron dándose cuenta de todo lo
que ella no era.
—¿Te puedo pedir un favor? Lo que pasa es
que todavía no estoy en el sistema ¿Me puedes enviar el
material que han visto en clases hasta ahora?
Catalina volvió a asentir y él sonrió. Ahí, donde el
silencio otorga respuestas al interesado y, en ocasiones, se
explica mejor que cualquier palabra, ambos encontraron
la manera de prolongar lo casual del momento,
sujetos a la considerada atención que el otro otorgaba.
Fernando estaba retomando la carrera después de un año
de retrocesos y otro en que la vida lo puso en callejones
sin salida.
—Lo siento, de verdad. Los dos lo sentimos de corazón,
se lo repito...
—Estalló el neumático de una micro, el conductor
Varios Autores | 309
perdió el control y…bueno, la micro se volcó sobre...sobre
él, digamos...
—¿Una micro? ¿Encima de Fernando? Imposible.
Si él dijo que iba a volver.
Desde entonces, había acabado convirtiéndose en una
sombra de sí misma, minúscula en su insignificante
letanía. No podía dormir y el insomnio es insoportable
para la persona en luto, porque reemplaza los sueños
por recuerdos del tiempo perdido y la aparta del día con
alucinaciones.
En la oficina, hizo lo posible para no llamar la
atención con su pena. Se acostumbró a las miradas de
lástima y a otras, más groseras, que veían la situación
como una oportunidad; incluso uno de los detectives de
aquella fatídica mañana le enviaba mensajes. Decía que
la consternación de su rostro había provocado en él una
súbita y sincera preocupación por ella. Catalina lo dejaba
hablar porque él nunca era imprudente para demostrar
esa preocupación, incluso ante las constantes evasivas de
ella.
Ya no quería seguir pensando en Fernando, le irritaba
tanto dolor. En la ducha podía despejar sus pensamientos,
se distraía observando las gotas de agua deslizándose,
lentas como resina sobre su cuerpo; a veces buscaba
rostros escondidos en la superficie texturizada del vidrio.
Cosas extrañas ocurrían mientras estaba en ese lugar,
310 | Mundos Alternos
el único rincón del mundo donde podía sentirse segura,
donde no se oía la calle, donde se le ocurrió convocar
con su mente a suaves dedos etéreos que la sostuvieran
mientras se hundía en los confines alucinógenos del vapor.
Una extraña ola de calor se apoderó de la ciudad. Por las
noches, cuando la ropa se pegaba a su piel, Catalina elegía
volver a soñar con esos dedos fabulosos, que no eran como
los suyos ni como los de Fernando, ni como los de nadie
que fuese real. La mano invisible limpiaba sus lágrimas y
la liberaba de todo lo que la sofocaba con una delicadeza
que solo pudo ser concebida por su propia imaginación.
Las primeras luces del alba se posaron tímidas sobre
su dormitorio y su espalda descubierta. Hace tiempo
que no experimentaba esa intensidad, quiso más. Se
cubrió, salió de la habitación y se metió en la ducha.
Sospechaba que algo estaba a punto de manifestarse, así
lo estaba ordenando su capricho. Se sentía misteriosa y
renovada, ardían sus intenciones y el agua no refrescaba.
Sintió la presión entre sus pechos, como una palma abierta
encima de su corazón; sus latidos, pequeñas promesas de
una vida luchando por ser vivida; para dejarse sacudir
por el anhelo incesante de su ser, para oírse a sí misma
satisfecha en la resonancia del vacío de su soledad; desde
donde una desconocida voz susurraba dentro de su
cerebro, inyectando conceptos sabrosos, gotas de néctar,
tibios como aceite exótico avanzando encima de sus
Varios Autores | 311
músculos y sobre sus nudos y pesares; la voz hablaba de
furias y pasiones, en lenguas extrañas y tonos vibrantes,
era instrumento del arte y la barbarie; un toque invisible
que trazó lentas rutas sobre su vientre, circundando su
ombligo. Dejó caer su cabeza hacia atrás, prisionera en
su propia fantasía, esclava de su delirio, pero dueña de su
deseo.
Antes de salir a la oficina encontró en el vidrio
empañado la huella de una mano más grande que la suya.
La borró enseguida.
Le llegó un mensaje de Solano, el detective, pero no
quiso responder. Tenía atascada la imagen en su cabeza y
trabajó con eso todo el día. ¿Lo habría imaginado todo?
La experiencia la había llenado de goce, pero demasiado
efímero, demasiado insustancial. Debía asegurarse de que
había sido real. ¿Cómo asegurarse de que había sido real?
—Carpe noctem —se oyó a sí misma susurrar.
Su deseo oprimido había sido una tortura insana.
La pena era una bestia que estaba consumiendo la flor
de su belleza y su vigor. Quiso una noche prolongada,
mezquina, que no la quisiera ceder al gris mundano del
día.
—Carpe noctem —repitió, segura de que era eso lo
que había escuchado.
Anheló ver otra vez, como lo había visto en el
vidrio, pero ahora en todas las superficies reflectantes de
su hogar, el movimiento frenético de su cuerpo en llamas
y acabar, por fin, con el período de llanto y agonía.
—Carpe noctem —y no quiso seguir tratando de
entender, era un suplicio.
Regresó a casa, salvaje y desesperada.
312 | Mundos Alternos
Se encontró con el detective, muchos días después, en el
supermercado. El sol ya se ocultaba en el cielo y Catalina
sentía la aparición de la luna como una bomba en su
interior. Solano no hizo más que alimentar su impaciencia
con frases banales y temas sin importancia. Ella disimuló
su prisa educadamente hasta que ya no pudo aguantar, y
fingió que por teléfono le informaban de una complicación
mayor; debía irse.
Su tenue visitante siempre se manifestaba a la
misma hora, es decir, cuando ella quería. Se comunicaba a
través de las luces; las hacía flotar fuera de sus receptáculos
de vidrio, como cándidas burbujas suspendidas en el
aire, cambiando de color sobre Catalina mientras ella
observaba los preciosos pliegues y contornos de su propio
cuerpo brillando bajo el festival cósmico de estrellas
sobrenaturales. Hasta que por fin el aire se comprimía
alrededor de sus caderas, la presión firme de un amante,
el toque que hace estallar soles y colapsar galaxias sobre
su divina anatomía de fuego y calor, su envolvente infinito.
En plácida y absoluta oscuridad, su descomunal deseo se
encontraba a punto de ser apaciguado, cuando sonó otra
maldita llamada de Solano.
—Aló, ¿Catalina? ¿Cómo estás?
—¿Qué pasa?
—Tu cartera. La dejaste encima del carro del
supermercado. No te diste ni cuenta.
—No. Guárdala, por favor.
Sintió un pequeño escalofrío detrás de sus muslos,
cedieron sus piernas y descansó sobre sus rodillas.
—Estaba pensando… ¿y si te la voy a dejar?
Varios Autores | 313
—No... hmmm… hmmm… no.
El aire se deslizó desde sus hombros hacia el cuello,
con la deliciosa proximidad de algo parecido a un beso.
—¿Estás bien?
«Que pésimo detective», pensó Catalina.
—Sí. Guarda mi cartera. Por favor.
—¿Y si mejor te la voy a dejar?
—¿Hablé en chino?
Silencio.
La firmeza en su voz había alejado también
la magia dentro de su dormitorio. Cortó la llamada y
encogió las piernas, desnuda en el frío y sin luz, tratando
de recuperar el aliento y un poco de claridad.
Al día siguiente se reunió a almorzar con Solano.
En sus ojos había compasión, sincera y genuina.
Quería ser merecedor de su confianza y ella,
definitivamente, estaba en la necesidad de un amigo.
«¡Qué cruel es la soledad!», pensó, y quiso confesar todo
cuanto el pudor le permitiera. Antes de comenzar, Solano
le tomó la mano, pero ella se la quitó de encima.
Daniela podía entender de fantasmas. Su hermana
siempre aparentaba entenderlo todo. Aunque había que
cuidarse de su mente penetrante y sus ojos sediciosos,
Catalina sabía que su hermana no tenía poder sobre ella
y que era la única a la que podía acudir.
—Los fantasmas son como el pus, querida.
314 | Mundos Alternos
Lo mismo que una herida infectada. No importa si son
reales o no, aunque una vergüenza lo tuyo. Imagínate el
detective se da cuenta de lo que hacías. En fin, tienes que
dejar que el pasado cicatrice, tu pasado con Fernando.
—No lo menciones, no se trata de él. Esto es mío.
—¿Qué dices? No tengo voz para responder
¿sufres o no? Yo quiero ayudarte a seguir con tu vida.
—Me molesta que insistas con mi pasado. No se
trata de eso. —Había conquistado el dolor, ya no buscaba
los ojos de Fernando. Ahora solo había lugar en sus
pensamientos para las insaciables sesiones secretas con su
querido espectro.
—Si ya te sientes lista, entonces, ¿por qué le haces
el quite a ese detective?
—No sé qué gracia tiene.
—Cuidado con eso. Esa es la soledad hablando; es
adictiva y es cruel.
—No lo había pensado así. Para mí, no es como un
vicio. Lo único que sé es que, en estos momentos, pienso:
«si estoy viviendo un sueño, mejor no me despierten».
—Pero, querida, no sé qué te pasa. Si un hombre
decente aparece por suerte en tu vida, no tienes de qué
quejarte. Si se queda por interés, bueno, ¿qué tiene eso
de malo? Él nada más quiere regresarte al mundo y tú
necesitas a alguien que te ayude a reconquistar la razón.
Si estamos hablando de fantasmas, del espíritu de
Fernando y qué sé yo…
—Dale con Fernando. Esto es algo más, es alguien
más.
—Ya, como digas. Pero ¿es real o no es real? ¿Qué
es?
—Es una pareja… pero, imaginada, supongo.
—Cata, quieres vivir la vida rascándote las costras,
pero tienes que dejar que sanen.
Varios Autores | 315
Las pálidas luces del siguiente día tiñeron su mundo con
un aura difusa y Catalina llamó a la oficina diciendo que
se sentía enferma. Contaminada, hubiera querido decir,
convencida de las palabras de Daniela, con un mal en
el cuerpo, asqueroso como el sabor que deja el cigarro
dentro de la boca e igualmente perjudicial.
Sola en su dormitorio, reunió el coraje y dijo:
—Nunca más.
Durante las semanas que siguieron, Daniela invitó
a Solano para que revisara el sistema eléctrico de la casa
de Catalina. Las luces todavía parpadeaban.
—No vuelvas, nunca más —repetía Catalina, segura de
que avanzaba un paso corto hacia un lugar dónde sus
orejas ya no ardían y no tenía secretos que nadie iba a
entender.
Las visitas del detective se volvieron más frecuentes. Todo
se encontraba en su lugar. A Daniela le agradaba.
316 | Mundos Alternos
—Nunca más —dijo Catalina una última noche y, dentro
de lo más recóndito de su hogar, oyó florecer una frecuencia
desconocida que se fue apagando hasta lo inaudible.
Meses después, la gente seguía andando por las calles con
repetida ordinariez y Solano roncaba a su lado como un
humano más del montón. Catalina se descubrió a sí misma
volteando la cabeza emocionada cada vez que escuchaba
rechinar una puerta, siempre que oía un golpe extraño en
la ventana. Eruditos y especialistas quisieron convencerla
de que solo había fantasía en su relato y que todo había
sido producto de su imaginación. Sin embargo, Catalina
esperó hasta la noche del más siniestro silencio, se encerró
en el baño, apagó las luces y susurró frente al espejo: «carpe
noctem, carpe noctem, carpe noctem».
El detective dormía en la habitación, lánguido
igual que la promesa de su dedicada atención, menos
real que un fantasma. La luz de las velas dibujaba en el
rostro de Catalina sombras duras y facciones macabras.
Convocó una aparición a sus espaldas, esperaba con
ansias ver su reflejo en el espejo o por el rabillo del ojo,
algo que se moviera, una bestia, un espíritu o, quizás, solo
una persona, cualquiera que pudiera amansar su alma
inquieta.
Y repitió: «carpe noctem, carpe noctem, carpe noctem»,
hasta que el cansancio ya no se lo permitió.
Sacó del botiquín unas aspirinas, apagó las
Varios Autores | 317
velas, encendió la luz y limpió sola sus lágrimas. Dejó el
frasco y cerró el botiquín. Se encontró de nuevo frente
a su reflejo solitario: no había nada a sus espaldas. Lo
abrió otra vez y volvió a cerrar. Nada, salvo el terror de
la soledad. Abrió otra vez y cerró de nuevo. Trató de
imaginar nuevamente, pero el suave toque de su mano
invisible la había abandonado, obediente a sus deseos,
y eso solo podía significar una cosa: que había sido real.
Ahora estaba segura. Su arrepentimiento no era fantasía
y su imaginación no tenía la fuerza.
Fue Solano el que la encontró, abriendo y cerrando
el botiquín, mirándose en el espejo cada vez que lo hacía,
buscando algo que no iba a encontrar. Pareció que existiría
por siempre en el dolor y la pérdida, soportando la pena
eterna de vivir.
318 | Mundos Alternos
Ilotas
Carlos Gómez Salinas
Llevaba diez años en la compañía. Desempeñaba el
cargo de supervisor. Recuerdo que nadie creyó en
nosotros cuando comenzamos, pero una fuerte campaña
publicitaria nos llevó a ser una de las principales fuentes
de trabajo en no más de dos años. Al cabo de ese tiempo,
gozábamos de un prestigio tal que nuestros empleados
cubrían pedidos en México, Brasil y Dinamarca.
Nuestros servicios, ofrecidos discretamente en la red
a fuerza de no poder revelar nuestro «cuartel general»;
iban desde cosas básicas como el aseo personal, hasta
la ejecución de tareas profesionales o cursar estudios
superiores a nombre de nuestros clientes.
Nuestra empresa, «Ilotas», llamada así ante la
insistente aparición de dicha palabra en los crucigramas
resueltos por el dueño en sus ratos dedicados a planificar
el negocio, ofrecía el servicio de esclavos para cualquier
necesidad a particulares.
Principalmente cumplíamos una labor de estatus
social, donde nuestros empleados eran la clara muestra de
una situación económica muy acomodada. Por un precio
razonable podían acceder a un esclavo o esclava que
realizara cualquier prestación a su amo por unas horas
o, por unas cuantas monedas más, firmaban un contrato
de por vida. La paga era buena y no existían muchas
complicaciones, todos sabían en qué consistía el trabajo.
Ese día volvía de la parcela de Edgardo Manríquez;
Varios Autores | 319
quien tenía catorce de nuestros Ilotas, desde un par
para labores domésticas, otros encargados personales
del aseo de su familia, una pequeña banda musical y su
excentricidad máxima: una pareja de ancianos, los cuales
imitaban a la perfección a sus fallecidos padres.
Además del dinero, el cliente era bueno y, salvo
un par de excesos en el castigo a los empleados, todo era
regular. Yo mismo había entrenado a sus ilotas luego de
haber ascendido de mi primera asignación: una viuda
amante de las plantas a las que debía leer una selección
de poemas durante ocho horas para luego cepillar cien
veces cada una de sus mascotas disecadas.
Mi turno semanal concluía esa noche. Eran las
diez y algo, de un invierno tan lluvioso que el mismo Noé
hubiese dudado de su Creador. Esperaba transporte en un
breve instante donde el agua dejaba descansar la piedra.
Tuve suerte y apareció un taxi en medio de la humedad.
Subí al automóvil. Para jugar a ser cortés, comenté
al chofer acerca de lo lluvioso de este invierno. Me contestó
«Esto es solo el principio», intentando ser apocalíptico
mientras su barbilla casi rozaba el volante. Intenté decir
algo inteligente, pero mis labios reproducían un montón
de interjecciones cansadas.
—¿Sabe? —continuó—. Estamos jodidos —
miraba de reojo—, con esta cuestión de las pruebas
nucleares en el mar, la cosa se ve realmente fea. Las ondas
expansivas atraviesan las capas de la tierra llegando al
núcleo. Esto provoca un aumento de la temperatura del
planeta y los polos comienzan a derretirse.
Asentí con la cabeza.
—Ahí viene el problema, el mar tiene un nivel
establecido de agua y todo el líquido sobrante lo elimina.
Por eso tenemos tantas lluvias últimamente, lo cual traerá
como consecuencia que los suelos se van a erosionar y va
a cambiar, a la larga, toda la vida del planeta.
320 | Mundos Alternos
Pese al cansancio, su teoría me entretenía; era
como si me estuviesen leyendo una revista científica, de
esas que traían juegos intrincados para creerse inteligente.
—Pero eso es solo el comienzo. Cuando el exceso
de agua se drene por las capas subterráneas y llegue donde
existe arcilla y esta se ablande, comenzarán los terremotos.
Me perdí en la monotonía de la carretera cuando
comentaba las innumerables veces en que expuso su teoría
en los medios locales. Para cuando llegamos a destino,
me había dado todas las señas necesarias para llegar a su
tienda con RA. Recalcó lo de la realidad aumentada con
orgullo, como si fuera la gran novedad y no algo que solo
usan en los pueblos más rurales; solamente pensaba en mi
sueño de la noche anterior.
Tropecé con algunas cajas antes de alcanzar la luz.
Por suerte había tomado la precaución de dejar a mano
un vaso y la botella de vodka. Fui a mi habitación con la
promesa de ordenar las cosas algún día no muy lejano.
Si los defensores de los derechos humanos no averiguaran
cada tres semanas donde vivo, sería alegre la limpieza; si
a alguien le importase el alegato de los defensores de los
derechos humanos, tal vez los comprendería.
Estaba en una estación de buses. Comprabas pasajes
algunas oficinas más allá. Me acerqué. Fui interceptado por un
antiguo conocido. Luego de los saludos de rigor me contó que se
había separado de su mujer. Vociferó que estaba solo. Pasabas a mis
espaldas. También mentaste tu soledad, sentí mis entrañas volverse
una pasa vieja. Subiste a un bus rural. Alguien te hacía compañía.
Era de noche cuando manejaba en tu búsqueda. El pueblo al que
viajaste estaba cerca. Pensé en visitarte, pero el camino estaba en
Varios Autores | 321
reparaciones. Tomé el desvío. Los crucigramáticos caminos de tierra
me desesperaron. Me espanté en la oscuridad. Torcí el volante con
desesperación.
Desperté. Saboreaba tu recuerdo pensando que
nunca aprendí a manejar. Traté de dormir vagando en la
inconsciencia sin encontrar tu ciudad.
Aquella mañana recorrí el barrio tratando de
encontrar tu casa. Forcé mi memoria reconstruyendo los
sueños de la semana, tratando de ajustar tu estilo con las
construcciones del centro. Aunque mucha gente cruzó mi
mirada, me di cuenta que no podría reconocerte aunque
estuviésemos a solas.
Desperté de mi siesta con la espalda empapada.
La lluvia agredía las ventanas mientras el cemento se
aliviaba de las frenéticas pisadas. Frustrado, caminé hasta
el lavaplatos. Arranqué otra hoja del calendario.
Tu recuerdo, o mejor dicho, los sueños en donde
vivías, ya no me causaban esa sonrisa tranquilizadora
que me sorprendía en medio de la jornada. Necesitaba
un trago y ver si la borrachera te acercaba. Sorbía el
vaso y no pasaba nada. Lo dejé en la mesita del teléfono.
Estaba a la mitad, medio vacío, según yo. La libreta junto
al teléfono rebosaba de números, pero no había ninguna
persona ahí con quien mantener un silencio agradable
por el auricular.
Bajé a comer algo en un local de la esquina.
Mientras jugaba a imaginar las historias de los comensales,
recordé aquella vez en que reímos hasta llorar y bailamos
por las calles de tu ciudad; eso fue antes de comenzar a
perderme en los laberintos de la carretera. Recuerdo que
flotábamos lentamente a medio metro del suelo y, como
siempre, la luz no alcanzaba nuestros rostros.
Salí con la intención de verte bajo la lluvia, pero
caí en la horrorosa verdad que la lluvia arrojaba en mi
cabeza: estaba perdido en la ciudad.
322 | Mundos Alternos
Desperté afiebrado, demasiado mareado como
para recordar lo soñado. Mis huesos expelían el dolor y
vagué por el vórtice del sueño.
Por la tarde atendí el teléfono, preparé la maleta
y busqué mis documentos. Partiría a Dinamarca por la
mañana. Había surgido un problema en la nueva sucursal,
los Ilotas estaban desmotivados e incluso se rumoreaba
una huelga.
Era época de vacaciones en la empresa, por eso
me llamaron. Los negociadores no estaban disponibles.
Además, había aprendido a ganarme la confianza de los
empleados y desarrollar una empatía a tal extremo que
con quienes negociaba volvían a trabajar convencidos de
lo importante de su labor, incluso quedaban apenados
por haber dudado de la empresa; abusar de su confianza
siempre era un mero procedimiento burocrático.
En el vuelo soñé que caía sobre tu ciudad.
El paracaídas nunca se abrió.
El sol estival martillaba a los caminantes con
prepotencia mientras me atendía un recepcionista con
cara de hipopótamo. Terminé mi investigación cerca de
las once de la mañana, luego de estudiar las fichas de los
empleados involucrados en la formación de una pequeña
célula pro sindicalista que tenía a todos podridos con
sus ideas del trato justo e igualdad de los seres humanos.
Podría haberme reído pensando que precisamente en
este país fue donde menos políticos sobornamos al abrir
nuestro negocio, pero no lo hice; todavía me preguntaba
por qué no se abrió el paracaídas.
Me entrevisté con la mitad de los involucrados
y uno a uno fui aniquilando sus ansias revolucionarias.
Un par lloró ante la culpa y la traición de la cual se les
acusaba. Para cuando hubo terminado ese día estaba
preparado para volver a saltar.
Varios Autores | 323
Te encontré caminando por el barrio de mi infancia,
caminamos de la mano mientras te contaba anécdotas de mi niñez,
mi voz sonaba cálida y sentí la alegría en tus enormes ojos. Llegamos
a un puente, acodados en la baranda miramos el amanecer y el río
perdió toda la magia de los juegos infantiles; no sé qué era más difuso,
si el fondo del río cubierto de basura o la sensación de tener amigos.
Me abrazaste por el frío de la mañana y desperté temiendo a los
recuerdos.
Mi segundo día de negociador resultó más prolífico.
Encontré al culpable de todo el problema: un empleado
ejemplar, durante los últimos cuarenta y ocho días había
comenzado un trabajo de hormiga para cambiar la opinión
de los empleados frente a la compañía. Me preocupó la
situación, por lo general la mayoría de los problemas se
tienen con empleados nuevos y no con los que llevan más
de un año en la compañía —después de todo, la mayoría
prefiere vivir sin otra preocupación que trabajar y no estar
pendientes de cuentas, arriendos, problemas familiares y
todas las maravillosas responsabilidades de la libertad—.
Hace cuarenta y nueve días, este individuo había llegado
de un viaje de trabajo donde alguien lo interceptó y
reprogramó su cerebro ¿Quién fue? Eso era asunto del
departamento de investigaciones.
Me dirigía a mi lugar de hospedaje en un
automóvil de la empresa cuando te vi un breve instante,
justo antes de percatarme del otro automóvil que venía
contra nosotros…
Desperté en un hospital en las afueras de la
ciudad, una enfermera me dijo la fecha y pensé que nadie
había arrancado la hoja del calendario que colgaba en
mi cocina. Durante un buen tiempo pasearon ante mí
doctores efímeros y enfermeras anónimas, hasta que
finalmente me arrastraron en una silla de ruedas hasta la
sala de recreación y ahí te encontré frente a la ventana.
324 | Mundos Alternos
Pasamos la tarde juntos, ninguno podía hablar.
Mi mandíbula estaba infestada de alambres y tú
simplemente mirabas a través del vidrio. Esa fue nuestra
rutina durante los catorce días siguientes. A veces nos
tocábamos las puntas de los dedos y sentíamos el frío
del vidrio, en otras ocasiones jugábamos a espiarnos en
secreto. Cada vez esperaba el momento de ir al salón de
recreación con más ansias, ya no tenía necesidad de soñar
contigo.
El día que pude hablar no supe que decirte, quizá
por eso tú nunca conversabas conmigo. Empecé a sentir
miedo al irme recuperando, eso significaba que pronto
dejaría el hospital y, de salir tú primero, no sabía si tendrías
ganas de buscarme.
Estábamos en el salón de recreación y te hablaba, tu mirada
era furiosa y me botaste de mi silla de ruedas para luego abalanzarte
sobre mí. Cuando tocaste mi cuerpo sentí escalofríos, sentí como
te incrustabas en mi piel y la situación se repitió una y otra vez.
Mi mente me había traicionado.
Pasé el resto de la noche tratando de reconstruir
tu rostro y encontrar tu nombre. A ratos sentía tu aroma.
La madrugada duró más que aquella ocasión en el puente
y extrañaba el abrazo.
Al llegar al salón de recreación las ventanas
aún estaban cubiertas con las cortinas. Te busqué y le
pregunté a la enfermera por la persona que todos los
días me acompañaba frente a la ventana; ella me miró
con el disimulo de dos perros que huelen sus colas por
primera vez, su boca era más rápida que mis oídos, solo
entendí que por unos asuntos de seguridad yo era el único
paciente en todo el complejo desde el accidente. Se fue sin
correr las cortinas porque era época de lluvias y no podía
exponerme a la humedad.
Nunca más corrieron las cortinas, nunca más nos
pudimos mirar a través del vidrio.
Varios Autores | 325
Cuando salí del complejo habían reconstruido mi
rostro, pero no pudieron corregir el descalabro en mis
caderas, usaba bastón a ambos lados. Me reasignaron
con un puesto en el departamento de administración de
recursos. Mi oficina tenía ventanas enormes, pero nunca
corrí las cortinas, odiaba la idea de que reprocharas mi
ausencia.
326 | Mundos Alternos
La tormenta
Laura Ponce
Nada de lo que muere
muere para siempre.
Proverbio árabe
Muchos años atrás, la escasa información que Azak había
recibido al iniciar su viaje a Arkaris describía un mundo
pequeño, situado fuera de las áreas de mayor importancia
y lejos de las rutas estelares más transitadas, igual que
muchos otros mundos a los que él —como segundo al
mando de una nave de las fuerzas expedicionarias—
había sido enviado. De acuerdo a esos informes, la
colonia estaba ubicada considerablemente al norte del
ecuador planetario. El eje de rotación de Arkaris estaba
inclinado unos veintiocho grados y su ciclo de traslación
era de mil ciento quince días, por lo que dedujo que las
diferencias estacionales debían ser notables y duraderas;
pero no tuvo muchos más datos sobre los que especular.
Al contemplarlo por primera vez con Valdezarín, su
capitán, comentaron que —visto desde el módulo de
descenso— el pequeño caserío que resumía la colonia se
asemejaba a una senda flanqueada por dos mares: de un
lado, las aguas del océano y, del otro, las arenas del desierto.
No parecía gran cosa y coincidieron en que no debía
haber allí nada que los sorprendiera. Azak reconoce que,
aunque ya en esa época ninguno de los dos se sorprendía
fácilmente, asegurar eso había sido una prueba de gran
ingenuidad.
Varios Autores | 327
Al conducir a los hombres hacia el poblado,
comprobaron que, visto de cerca, aquel desierto no se
asemejaba a ninguno que él o Valdezarín hubiesen pisado
antes. Les pareció que el suelo pálido, dorado y rojizo,
duro y resquebrajado, con manojos de pastos oscuros y
matas de espino rompiendo la monotonía de un territorio
en el que no resultaba fácil orientarse, no era de arena, ni
de piedra, ni de polvo, pero a la vez era de todas esas cosas.
Y conforme se acercaban al poblado, notaron que las
casas bajas y de aspecto redondeado tenían los colores de
las cosas que abundaban en el paisaje, casi como si fueran
una extensión de este, como si las edificaciones —en lugar
de haber sido levantadas— hubieran crecido de la tierra
reseca. La misma impresión les causaron los colonos.
La piel rojiza, el cabello oscuro y los ojos dorados, los
cuerpos delgados y los rostros curtidos, ese aspecto
antiguo incluso en los jóvenes; todo les pareció tan propio
de ese sitio, tan ligado al desierto como si la relación que
los colonos tenían con él no se hubiera iniciado unos años
atrás sino en el principio del tiempo.
Había cierto clima festivo, la gente les sonreía a
su paso, y Azak notó que Valdezarín se sentía halagado.
Estaban acostumbrados a que las fuerzas expedicionarias
no fueran bien recibidas, eran vistas con temor y
desconfianza al marchar fuertemente armadas como lo
hacían en ese momento por el medio de un poblado al
que no habían sido invitadas; pero ahí todo parecía ser
diferente. Entonces aquel hombre mayor, Kosh, salió a
su encuentro. Se presentó como uno de los miembros del
Consejo y se ofreció a conducirlos a la Casa de Reuniones.
Mientras cruzaban la explanada, Valdezarín aprovechó la
oportunidad para comentar lo bien que lucía el poblado
y lo alegre que se veía la gente. Por fortuna no se extendió
demasiado en agradecimientos antes de ser sutilmente
328 | Mundos Alternos
informado de que, aunque se hallaban felices de recibir
su visita, el clima reinante se debía a la proximidad del
kamala, una festividad local, y no a su llegada. Azak tuvo
que hacer un gran esfuerzo para no sonreír.
Dejaron a cuatro de los hombres apostados en
la entrada de edificio; los otros doce fueron tomando
posiciones perimetrales en el interior del auditorio
semicircular en tanto que él y Valdezarín seguían a su guía.
Kosh iba más adelante, comentando que en ese recinto se
trataban los asuntos de la colonia, que allí tenían lugar los
eventos sociales y la resolución de disputas. Al llegar a la
plataforma central se dio vuelta y les sonrió, diciéndoles
que debía avisar a los demás miembros del Consejo acerca
de su llegada. Les pidió que se pusieran cómodos y, después
de realizar una breve inclinación de cabeza, regresó por
donde habían venido. Un momento más tarde, una chica
llegó con una bandeja y les ofreció de comer y beber.
Era alta y trigueña, dueña de unos ojos profundos, y a
Azak se le hizo evidente que no pertenecía a la misma etnia
que los otros colonos que habían visto hasta ese momento.
No aceptaron su ofrecimiento de comida y bebida y,
aunque luego la chica dejó la bandeja sobre la mesa,
aunque observando el protocolo permanecieron de pie y
ninguno de ellos se sirvió, Azak no pudo sacarle los ojos de
encima a la muchacha hasta que abandonó el auditorio.
Después se enteraría de que se llamaba Ludmé y pasarían
muchas otras cosas, pero la forma en que su belleza lo
sorprendió aquella vez nunca se borraría de su mente.
Azak recuerda que desde la ventana podían ver
el mar meciendo unos cuantos botes atados en el muelle.
Ese día había buen clima, una brisa salada llenaba la
estancia de frescura matinal. Sin embargo, se sentía
vagamente inquieto, le pareció que había algo en el aire,
algo extraño. Tiempo después, Valdezarín le dijo que,
Varios Autores | 329
parado ahí, mirando por la misma ventana, no había
podido evitar sentirse completamente fuera de lugar.
Que el pensamiento había durado apenas un instante y
lo había sorprendido. Lo había sorprendido con la fuerza
que sorprende un retoño de mala hierba descubierto en
medio de una cuidada parcela.
Algunos colonos fueron tomando asiento en el
auditorio y, sobre la plataforma, una suerte de consejo de
notables encabezado por una mujer —en aquellos días
Muró, la Sabia, era regente— pronto estuvo reunido.
Valdezarín presentó sus respetos e intercambió un par de
formalidades con ellos, pero no perdió tiempo en hacer
saber el motivo de su presencia ahí: la Estructura había
dejado de recibir noticias de la colonia. A Azak le dio la
impresión de que se abordaba un tema espinoso aunque
no inesperado. La regente respondió que el equipo
de comunicaciones había dejado de funcionar. Todos
los miembros del consejo lucían un poco incómodos
al respecto, especialmente un hombre hacia el que se
dirigieron todas las miradas. El hombre pareció hundirse
en su asiento, pero no dijo nada. Entonces Muró agregó:
—Es probable que se trate del mismo problema que
tuvimos antes, cuando vino la otra fuerza expedicionaria.
—¿La otra fuerza expedicionaria? —preguntó
Valdezarín.
—Sí… Vinieron hace unos cuantos años. ¿No
estaba informado?
Azak procuró mirar hacia otro lado, sabiendo
cuánto le molestaba a Valdezarín que su ignorancia fuese
puesta en evidencia. Valdezarín murmuró algo como que
por supuesto lo sabía, solo que no se acordaba del nombre
de su capitán.
—Coban —respondió Muró, solícita.
Y siguió hablando acerca del gran trabajo que
330 | Mundos Alternos
había hecho su oficial técnico en ese entonces, de que
incluso se había ocupado de capacitar a algunos de
los colonos para que se dedicaran posteriormente al
mantenimiento del artefacto de comunicación. Pero Azak
notó que Valdezarín, absorto en sus propios pensamientos,
ya no la escuchaba. Entonces sugirió ver el artefacto para
hacer una primera evaluación de su estado y Valdezarín
completó el pedido añadiendo:
—Así podremos traer de la nave lo necesario
para proceder a la reparación. Supongo que querrán
restablecer el contacto con la Estructura lo antes posible,
¿no?
Lo preguntó como al pasar, con una sonrisa, pero no
había amabilidad en ella, solo dientes afilados.
—Sí, por supuesto —contestó Muró, algo
perturbada.
Para Azak, había quedado claro que todos sabían
cuán grave era ser acusado de sedición y nadie deseaba
que sus acciones fueran mal interpretadas. Los miembros
del Consejo procedieron a despedir a los colonos presentes
diciendo que se los mantendría informados y él y Valdezarín
fueron conducidos a la sala de comunicaciones sin más
trámite. La sala estaba ubicada en el mismo edificio, en
una habitación sin ventanas. Era un cuarto pequeño en el
que no había mucho que ver y, mientras Azak examinaba
el artefacto, Muró comenzó a hablar acerca del kamala,
la festividad que se avecinaba. Azak pensaba que lo había
hecho porque estaba nerviosa y Valdezarín, que ya se
mostraba algo aburrido, no la detuvo.
Ella contó que en un mundo de escasos recursos
como aquel, anticipar la llegada de los bancos de peces
y de las bandadas o predecir las mejores épocas para
plantar y cosechar, incluso para engendrar hijos, no era
algo que se tomara a la ligera. En Arkaris, los solsticios
Varios Autores | 331
y equinoccios habían alcanzado la relevancia que en
otros sitios se reservaba para conmemoraciones religiosas
o políticas. Pero el solsticio de verano era especialmente
importante. Lo era por derecho propio, porque anunciaba
el final de la estación de las lluvias y el comienzo de
una época prometedora para el cultivo y la pesca.
Pero también lo era porque traía consigo una última y
gran tormenta. Una tormenta diferente a todas las demás.
No venía del mar, sino que nacía al poniente, contra las
escarpadas montañas negras que se hallaban del otro lado
del río. Allí iba creciendo día tras día hasta convertirse
en una monstruosidad rugiente y azul, poblada de
filamentos cegadores. Finalmente, se dejaba arrastrar por
los remolinos de un viento caliente y eléctrico, y barría el
desierto descargando toda su furia. Y entonces sucedía lo
más impresionante: el desierto entero cobraba vida.
Valdezarín admitió después que en ese momento
no había puesto en duda lo que Muró relataba —al fin
y al cabo, ya llevaba vistas muchas cosas en su larga
carrera al servicio de la Estructura— pero tampoco se
sintió especialmente fascinado ante aquella revelación.
Le dijo a Azak que, mientras asentía ante los comentarios
de Muró, solo deseaba terminar con ese asunto para poder
regresar a la nave y que cuando él los interrumpió para
decir que había terminado el examen preliminar, se sintió
aliviado. Entonces Muró les ofreció que se alojaran en la
ciudad y compartieran la comodidad de las instalaciones
que podía ofrecerles con el resto de su tripulación. Agregó
que desde luego estaban todos invitados a participar de la
celebración del kamala y experimentar junto a la gente
de Arkaris el evento de la tormenta. Valdezarín respondió
que lo consultaría con sus hombres, saludaron y se fueron.
Azak siempre supo que eso de consultarlo con sus
hombres era un decir. Él era el primer oficial, pero en
332 | Mundos Alternos
aquellas naves de la Estructura había una sola voluntad
que contaba y esa era la del capitán. Y aunque no hubiera
sido así, estaba el reglamento. El reglamento era muy
claro respecto al trato (o la falta de él, en todo caso) que
los expedicionarios debían mantener con los colonos a los
que iban a controlar. De todos modos, en el trayecto que
separaba la colonia del sitio en el que estaba el módulo de
descenso Valdezarín se encontró considerando la oferta
de la regente. Ambos sabían que, por la naturaleza del
desperfecto, la reparación del artefacto de comunicación
demandaría unos pocos repuestos y el trabajo de un
solo hombre durante menos de un día. Para la mañana
siguiente, la comunicación podría estar restituida y para
la noche incluso podrían tener capacitado a uno o dos
locales en la operación y mantenimiento del aparato.
Pero una unidad expedicionaria no viajaba tan
lejos solo para eso: su verdadero deber era recordarle a
los colonos la importancia de mantenerse en contacto con
la Estructura. Las autoridades centrales repetían hasta el
hartazgo que la Estructura era como una madre amorosa
pero severa, y los colonos de Arkaris no dejaban de actuar
como chicos que no comprenden que han cometido una
falta. Igualmente, no había dudas de que la situación
allí no era de la gravedad de otras que habían tenido
que manejar, no ameritaba el uso de fuerza extrema ni
castigos ejemplificadores, y ambos entendían que en
misiones como aquella tenían la obligación de ser tanto
diplomáticos como militares. Valdezarín le dijo que tal
vez bastaría con una buena conversación y que aceptar
la oferta de Muró llevando a los hombres nuevamente al
poblado iba a ser un buen modo de iniciar la charla. Azak
agregó que un poco de festejo tampoco le haría daño a
nadie y, así, estuvo decidido el asunto.
Azak piensa que para ese momento ya debía
Varios Autores | 333
haber sido evidente lo que se aproximaba, que de seguro
todas las señales estaban a la vista, pero ninguno de los
dos reparó en ellas.
Poco después del atardecer, él y Valdezarín
atravesaron la explanada seguidos por sus hombres. Allí
había grupos recitando o tocando música, colonos bailando
o charlando animadamente, y a nadie pareció molestarle
el hecho de que ellos se presentaran de aquel modo.
Incluso los saludaban a su paso, los invitaban a comer y
beber, a unirse al festejo. Encontraron a Muró junto a una
mesa adornada, en la que se destacaban recipientes con
bebida fragante y alimentos variados y apetitosos. Ella se
mostró muy complacida de verlos a ambos, les presentó a
su familia y les pidió que los acompañaran en su cena de
kamala.
Aunque en esa época no estaban familiarizados
con la cocina local ni pudieron reconocer los ingredientes,
ninguno de los dos hizo preguntas al respecto. Al igual
que él, Valdezarín se había sentado a la mesa como un
buen expedicionario y, procurando imitar los exquisitos
modales de los colonos para beber directamente de los
recipientes y servirse de las fuentes partiendo los alimentos
sin ensuciarse más que la punta de los dedos, comió, bebió
y participó de la charla esperando el momento indicado
para decir lo que debía. Pero, al parecer, no era el único
con eso en mente.
Cuando la conversación languidecía, quedaban
pocos en la mesa y Valdezarín creyó que tendría su
oportunidad, Muró se le adelantó. Ella le comentó que,
aunque se alegraba de contar con el placer de su compañía
y la de sus hombres, lamentaba que hubieran tenido que
hacer un viaje tan largo para solucionar el problema del
artefacto de comunicación; que ella estaba consciente
de lo importante que era mantenerse en contacto con
334 | Mundos Alternos
la Estructura, de que se trataba de su mayor obligación
como colonos, que estar incomunicado era una situación
inaceptable. Entendía que la gente de Arkaris estaba en
falta y aceptaba toda la responsabilidad del hecho, pero
quería que él supiera que no había habido en ello ninguna
mala intención, solo se habían dejado estar, se habían
confiado. El artefacto de comunicación fallaba desde
hacía tiempo, pero habían creído que se mantendría
operacional hasta después de la tormenta; habían creído
que Coban y su oficial técnico regresarían entonces y lo
repararían, que solucionarían la situación antes de que se
convirtiera en un problema.
Valdezarín le aseguró después a Azak que, aunque
había oído cuidadosamente lo que ella decía, esa noche se
había quedado con la sensación de que algo se le escapaba.
Algo importante. La repetición de ese nombre, «Coban»,
había vuelto a desconcentrarlo. Muró se excusó y los dejó
solos en la mesa. La fiesta continuaba a su alrededor, pero
Valdezarín había dejado de prestarle atención.
Azak sabe que los expedicionarios habían
obedecido sus órdenes y que habían intentado mantener
contacto visual todo el tiempo, pero mientras él y Valdezarín
compartían la mesa de la regente y ellos se mezclaban
entre los colonos, la celebración siguió su propio curso y
las cosas poco a poco escaparon de su control. Acepta que
hacía calor y que la bebida era fuerte, pero se trataba de
hombres bien curtidos y sucedieron cosas que no resultan
fáciles de explicar. Kurk, el más condecorado de todos,
aquel que nunca había bailado ni poseía oído alguno para
la música, se encontró siguiendo todos los ritmos, bailando
y cantando con unas y con otras durante toda la noche.
Eldis y Tydar, los mejores puntas de lanza del grupo, se
encontraron jugando con los chicos, participando de las
bromas y arrojándose agua como si aquellos fueran sus
Varios Autores | 335
hijos o como si ellos tuvieran su misma edad. Incluso
Azak, al volver a ver a Ludmé, se sintió cautivado por
ella. La recordaba de la mañana de su arribo, cuando su
singular belleza lo había sorprendido, pero aquella noche
fue mucho más que eso. Durante el festejo, la observó
yendo y viniendo, hablando o riendo con otras, mirándolo
con disimulo. Pero al verla bailar como animada por una
música lejana, fue incapaz de apartar su atención de ella.
Tiempo después Valdezarín admitió haber
terminado la velada escuchando a Kosh, el hombre
mayor que los había guiado a su llegada. Valdezarín
afirmaba que Kosh le había recordado a su padre. Sin
embargo, el parecido no lo había encontrado en su
rostro ni en las cosas que decía, sino en la cadencia de su
voz, en cierto convencimiento impreso en sus palabras.
Un convencimiento que le había recordado también a
otro hombre.
Azak piensa que, durante esa noche, todos los que
bebieron realizaron el ritual a su manera, que cada cual
a su modo deseó renacer, deseó poder volver a empezar.
Que para cuando hubo culminado el espectáculo de luces
sobre el mar, todos estuvieron listos para la tormenta.
Fue un amanecer lento y oscuro, como si la noche
hubiera terminado pero no llegara el día. Como si el alba se
hubiera ido demorando más y más hasta quedar detenida
en el tiempo y se hubiera abierto un espacio alterno.
Una ausencia de estrellas, una coloración extraña en el
cielo. Un calor sofocante y la completa ausencia del viento.
Se hizo difícil respirar. Había algo en el aire. Sutil pero
potente. Luego llegó como una resonancia antes que un
sonido. Luego, un rugido lejano y poderoso. Luego otro y
otro, cada vez más cerca, y el monstruo avanzando hacia
ellos con la fuerza arrasadora de su aliento. De pronto,
el aire se movía, estaba húmedo y tenía un olor extraño,
336 | Mundos Alternos
erizaba el cabello. A lo lejos, las nubes azules hervían en
destellos y un vendaval enloquecido se lanzaba ya sobre
el desierto. Los colonos rompieron en gritos de alegría
que tomaron a Azak por sorpresa. Un instante después,
la lluvia se encontró sobre ellos. El agua estaba fría y, en
la violencia del aguacero, las gotas llegaban a hacer daño,
pero nadie se movió de donde se encontraba.
Azak no sabe por cuánto tiempo llovió, por cuánto
tiempo estuvieron parados allí. Cree que fue un período
de éxtasis, de comunión. Que pudo haber durado horas
o días enteros, todo dentro de ese espacio alterno más
allá del cual aguardaba el alba. Pero recuerda lo que
Valdezarín le dijo después: que con el agua resbalando
por su rostro, miró su mano y la vio increíblemente pálida,
con la piel arrugada, igual que si hubiera estado mojada
durante demasiado tiempo. Que sintió el cuerpo helado
y los miembros rígidos, igual que si hubiera estado alerta,
aferrando su arma, durante demasiado tiempo. Pero no
se movió. Como si hubiera comprendido que de hacerlo
alteraría el orden adecuado de las cosas.
La lluvia cesó del mismo modo brusco en el que
había empezado. Entonces todos se echaron a andar.
Caminaban hacia el límite norte del poblado, hacia el
barranco, hacia el sitio donde comienza el mar de polvo,
e iban allí para observar lo que la lluvia había despertado
en él.
Después de la cantidad de agua caída, el desierto
parecía un lodazal con charcas aquí y allá. Pero el lodazal
comenzó a moverse. Al principio, casi imperceptiblemente;
luego, como si entrara en ebullición. La poca vegetación
que existía fue cambiando poco a poco. Las púas en las
pequeñas matas se engrosaban y desenrollaban, lo que
era negro y seco fue cubriéndose de vástagos tiernos, los
duros pastizales reventaron en esferas rojas y azules y
Varios Autores | 337
las esferas comenzaron a explotar, expulsando pequeñas
nubes de partículas amarillentas. Delgados filamentos
morados fueron surgiendo del suelo, abriéndose paso
en manchones que se agrandaban y, entre sus brotes,
emergieron pequeños seres que se alimentaban de ellos,
o de las partículas amarillentas, o unos de los otros.
Unas arañas oscuras se movían rápido, tejiendo sus grandes
telas, mientras cascarudos de afiladas pinzas perseguían
gusanitos escurridizos. De las charcas fueron surgiendo
criaturas que se arrastraban utilizando seudoaletas para
abrirse paso en el barro y cazaban insectos con una lengua
protráctil.
Entonces llegaron aleteos y gritos extraños
moviéndose en bandada desde el poniente. Cruzas entre
aves e insectos zumbadores, seres de picos afilados que
se abatían sobre las criaturas de las charcas. Algunos se
enredaron en las telas y fueron víctimas de las arañas.
Azak mismo vio a un gusano enorme surgir del lodo y
cazar uno en pleno vuelo, pero seguían llegando.
—Extraordinario, ¿no les parece? —dijo Muró, y
su voz lo sobresaltó.
Recién entonces Azak se dio cuenta de que no solo
había amanecido, sino que el sol se hallaba en lo alto del
cielo, un cielo completamente despejado. ¿Era el mismo
día? ¿Era otro? Azak tuvo la sensación de que nunca lo
sabría. Pero frente a ellos el desierto había cambiado por
completo.
—Feliz kamala —murmuró ella, sonriéndoles
afectuosamente.
Y luego les dio la espalda.
—¿Dónde va? ¿Dónde van todos? —preguntó
Valdezarín.
—Volvemos al pueblo. Hay mucho que hacer. Aún
no hemos terminado con los preparativos.
338 | Mundos Alternos
Valdezarín vio que, mientras los colonos
abandonaban poco a poco el barranco, sus hombres
permanecían de pie; lo miraban desconcertados,
esperando órdenes. Les hizo un gesto que significaba
«reagrúpense y síganme» y se apresuró a alcanzar a la
regente, seguido por Azak.
—¿Qué quiere decir? ¿Preparativos para qué?
—Pronto volverán los que estaban en el desierto.
Debemos recibirlos adecuadamente.
—¿Hay más colonos en el desierto? ¿Y qué hacían
ahí?
—Esperaban.
—¿Qué es lo que esperaban?
Muró se detuvo y les sonrió como si fueran chicos
a quienes hay que explicarles lo obvio.
—Esperaban la tormenta.
Azak sabe que, después de esa conversación, Valdezarín
no había perdido el tiempo. Reunió a sus hombres y
los condujo al módulo de descenso. Tomó los repuestos
necesarios y a los dos expedicionarios que había dejado
allí y que se encontraban frescos, y regresó al poblado.
Los guió hasta la sala de comunicaciones y los puso a
trabajar en el artefacto descompuesto. Luego se dedicó
a buscar a la regente. Ni siquiera se había cambiado de
ropa.
Valdezarín le contó que había hallado a Muró en
uno de los invernaderos, cosechando junto a otros colonos.
Y que, al verlo, ella le sonrió de aquella forma beatífica
que ya empezaba a molestarle.
—Bienvenido —dijo—. Llega justo a tiempo.
Varios Autores | 339
—¿A tiempo para qué?
—A tiempo para recibirlos.
—¿A qué se refiere?
—Ya se lo dije: los que se han ido regresan.
Una de las mujeres que estaba junto a la ventana
dio un gritito de alegría y corrió hacia la puerta; un chico
fue detrás de ella y luego la siguieron varios más.
—Ya comenzó —susurró Muró, limpiándose las
manos.
Y a lo lejos, hacia el norte, se veía a unas figuras
subiendo el barranco.
La impresión del poblado que Valdezarín había
tenido al sobrevolarlo por primera vez se le repitió ese
día: la colonia parecía un puerto en el que las familias
se reencontraban, pero los que regresaban no lo hacían
de las aguas del océano sino de las arenas del desierto.
Lucían como si hubieran caminado por largo, largo
tiempo. Parecían cansados y sedientos, pero felices.
Valdezarín los vio llegar uno tras otro, durante
toda la tarde.
Ya caía la noche cuando se halló junto al barranco.
Ni siquiera sabía por qué había ido hasta ahí. Las sombras
se confundían sobre lo que había sido un desierto y en
ese momento rebozaba de vida. Mil sonidos extraños
reverberaban bajo el cielo inmenso en el que pronto
comenzarían a aparecer las estrellas. Se dijo que no tenía
sentido estar allí y se dio la vuelta, dispuesto a regresar al
poblado. Entonces oyó su voz.
—¿Me vas a dar una mano o qué?
340 | Mundos Alternos
Azak piensa que, sin importar cuánto tiempo hubiera
pasado, Valdezarín nunca dejó de parecer fascinado al
relatar lo que había sucedido a partir de ese encuentro.
Muchas veces le dijo que Coban era exactamente el
mismo que la última vez que lo había visto. Lo notó más
viejo, claro, pero, fuera de eso, era exactamente el mismo.
No dejó de hablar mientras comía y bebía como un animal
—un animal con muy malos modales—. Por suerte,
parecía bastarse a sí mismo para la conversación, porque
en un principio Valdezarín no fue capaz de articular
palabra.
Coban le habló de su llegada a Arkaris, de cuánto
lo había odiado al principio, de lo raro que era eso porque,
en general, los lugares a los que era asignado le resultaban
indiferentes: frío, calor, selva lluviosa, montaña escarpada,
desierto endemoniado; todo le daba lo mismo. Dijo que
eso tendría que haberle llamado la atención, pero no lo
hizo. Después se había dado cuenta. Después entendió.
Arkaris era un sitio único. Por eso había regresado ahí una
vez recibido su retiro.
Coban dijo que no existía lugar como Arkaris, que
incluso había decidido formar una familia. Que Marzala,
su oficial técnico, había pensado lo mismo. Coban habló
de Marzala como de una mujer extraordinaria, se dedicó a
enumerar sus virtudes, pero Valdezarín no pudo prestarle
atención. Estaba abrumado por el timbre de su voz, por
esas verdades poderosas que parecían estar detrás de todo
lo que decía; y se sintió otra vez un principiante, se sintió
otra vez a bordo de la primera nave expedicionaria en la
que había servido, y se halló frente a la primera persona
Varios Autores | 341
que le había hecho creer que él podía valer algo, el hombre
que lo había entrenado, aquel que lo había guiado y había
luchado a su lado, el que lo había sacado de ese agujero
inmundo en el que estuvo prisionero cuando estalló la
revuelta en Rognar. Coban era exactamente el mismo
que la última vez que lo había visto, pero, ¿cómo podía
ser? Lo había dado por… Y, sin embargo, poco a poco
todas las dudas y los interrogantes fueron diluyéndose en
su mente, y supo que se rendía, supo que a partir de ese
momento dejaría de cuestionar lo que sucedía en aquel
desquiciado planeta; ya no haría preguntas ni buscaría
respuestas. Renunciaba a comprender. Simplemente
seguiría adelante.
—Me da gusto verte —dijo por fin.
—Es bueno estar de vuelta —respondió Coban,
reclinándose en su asiento. Y sonrió—. Qué pequeño que
es el universo, ¿no?
—Es cierto.
—Así que ya te asignaron tu propia nave. Te dije
que era cuestión de tiempo. ¿Qué pensás del comando
ahora?
—Es una posición sobrevalorada.
Coban se rió.
—Te lo dije. Espero que por lo menos haya valido
la pena.
Valdezarín creyó detectar algo de rencor en esas
palabras y se sintió mezquino y cruel. Sabía que años
antes había abandonado a su mentor cuando este más
lo necesitaba, aceptando una comisión más ventajosa
en otra nave, al igual que había abandonado a su padre
uniéndose a la flota.
—No te preocupes —dijo Coban, como si hubiera
podido leer su mente—. Ya no me importa nada de eso.
Se quedó un momento en silencio, contemplando
el recipiente del que bebía. Luego dijo:
342 | Mundos Alternos
—Vine a resolver unos asuntos, mañana voy a
estar ocupado. Pero después tengo que hacer un último
viaje al desierto, ¿me acompañarías? Podemos recordar
los viejos tiempos.
Valdezarín dudó. Sintió el ramalazo de un temor
instintivo. Sin embargo respondió:
—Seguro. Supongo que para entonces va a estar
solucionado el tema del artefacto de comunicación.
—¿Otra vez anda mal ese aparato de porquería?
Debe ser el operador que Marzala capacitó la última
vez; se creía la gran cosa y era demasiado orgulloso para
escuchar razones. Le dije que eligiera a otro, pero ella
tenía que hacerlo a su manera. Creía que debía pasar
de padres a hijos, que así se establecería como un oficio
igual a los demás y la colonia se volvería cada vez más
autosuficiente. Le dije que era una soberana estupidez,
que ahora nosotros estábamos acá, pero una vez que se le
metía algo en la cabeza… Sin embargo —dijo, mientras
retiraba su silla sonriendo—, tengo que aceptar que tuvo
toda la razón respecto a Ludmé.
Valdezarín se volvió hacia donde él miraba y vio a
la chica que acababa de entrar al salón, que buscaba entre
todas las caras hasta encontrar la suya y se encaminaba
hacia su mesa. Coban se puso de pie e intentó alisarse la
ropa, pero ella no le dio tiempo de hacerlo. Casi se arrojó
sobre él y lo abrazó con fuerza.
—Lo siento, me entretuve con el generador —se
disculpó, sin soltarlo—. ¿Hace mucho que esperás?
—No te preocupés. Lo que importa es que ya estás
acá. Pero dejame verte.
La chica dio un paso atrás sin soltar su mano y
se acomodó el pelo con un gracioso gesto de coquetería.
A Coban se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no dijo
nada. Ella volvió a abrazarlo y, después de un momento,
se apartó.
Varios Autores | 343
—Te traigo algo de comer —dijo, y se alejó.
Coban volvió a sentarse y murmuró:
—Te lo aseguro, Valdezarín: no hay nada como
ser padre.
Y se bebió todo lo que le quedaba en el recipiente
de un solo trago.
Cuando Ludmé volvió con dos tazones de alimento,
Valdezarín dijo que debía chequear los progresos en las
reparaciones. Se despidió con una corta reverencia y se
retiró.
Valdezarín le contó a Azak, mucho tiempo después,
que había caminado despacio por la calle polvorienta,
observando las casas. En muchas había música, en casi
todas había luces. La Casa de Reuniones, en cambio,
estaba silenciosa y a oscuras. Sus pasos despertaron una
profunda resonancia mientras avanzaba por el auditorio.
Se detuvo a mitad de camino a la plataforma y se sentó en
un lugar cualquiera. Simplemente deseaba quedarse allí,
en las sombras. Se dio cuenta de que llevaba despierto
unas cuarenta horas estándar y pensó en aplicarse una
pequeña dosis, pero se dijo que no era necesario: no tenía
sueño.
—«Ya tendrán tiempo de dormir cuando estén
muertos» —remedó a Coban.
Y se echó a llorar.
344 | Mundos Alternos
Azak recuerda haber despertado a Valdezarín desde su
comunicador. Se trataba de un aparatito ingeniosamente
implantado en el cuello; Azak sabía que Valdezarín
odiaba que no existiera forma de desconectarlo. Le dijo
que había contactado al equipo destinado al artefacto de
comunicación y que no les quedaba mucho trabajo por
delante. Que enviaría el módulo a la mañana siguiente
para proceder a la extracción.
—¿Cómo está la tripulación? —preguntó
Valdezarín.
—Parecían un poco confundidos al volver de la
colonia, pero ahora están bien.
—¿Y vos?
—Yo también.
Se hizo una pequeña pausa.
—¿Qué fue lo que pasó allá? —preguntó Azak por
fin.
—Todavía no lo sé.
Azak casi pudo verlo frotándose el entrecejo antes
de que repitiera, como para sí mismo:
—Todavía no lo sé.
Finalmente dijo:
—Escuchame, Zak, hay algo que tengo que hacer.
—¿Necesitás ayuda?
—No, creo que puedo manejarlo. Pero voy a estar
ausente por un día, tal vez dos.
—Bueno, supongo que se puede arreglar.
Una revisión completa no le vendría mal a ese aparato.
Después habría que asegurarse de capacitar a un nuevo
operador, tal vez a varios. Y con seguridad no me
molestaría volver a encontrarme con cierta señorita.
Varios Autores | 345
—Cuidado con lo que hacés —gruñó Valdezarín—.
Conozco a su padre.
Azak se rió y dio por terminada la comunicación.
Valdezarín le contó después que el día así
comenzado transcurrió muy lentamente para él. Regresó a
la nave en órbita. Comió, se bañó y reunió cuidadosamente
el equipo necesario para una expedición al desierto. Pasó
revista a sus hombres y puso en orden sus asuntos. Estuvo
durante horas en el compartimiento de ejercicios, incluso
salió a trotar por los pasillos de la nave y, aun así, cuando
llegó la noche no tenía sueño. Se dijo que debía tratar de
dormir, que lo aguardaba una larga jornada, una jornada
incierta, pero el sueño le llegaba sucio e incompleto,
en jirones que no lograba aferrar. Cuando por fin lo
consiguió, soñó que era una estatua de arena y que su
rostro, barrido por el viento, se iba deshaciendo.
A la mañana siguiente, regresó a la colonia. Coban
lo estaba esperando.
Para cuando se adentraron en el desierto, el paisaje
ya no lucía como el día de la tormenta. Las charcas se
habían ido secando y, en ese momento, no eran más que
manchones oscuros de superficie agrietada. Los animalitos
escurridizos habían ido desapareciendo. Las criaturas
voladoras habían abandonado el cielo. Solo quedaba la
hierba morada endureciéndose. Solo quedaban las flores
en los pastizales, marchitándose bajo el poderoso sol que
trepaba rápido por el firmamento. Solo se oía el silbido
del viento, que anunciaba su regreso como amo y señor
del valle.
—El renacimiento dura tres días —dijo Coban—.
346 | Mundos Alternos
Para cuando caiga la noche, todo lo que la tormenta
despertó habrá vuelto a dormirse.
Habían estado caminando en silencio durante
horas y Valdezarín consideró que era un momento tan
bueno como cualquier otro para preguntar:
—¿Hacia dónde vamos?
—Hacia las cuevas.
—¿Qué hay allá?
—Marzala está allá.
Y fue como si el nombre pronunciado desatara
algo en su interior. Coban comenzó a hablar y ya no se
detuvo.
—¿Sabés…? No, supongo que no sabés. La peste
llegó un par de años después de nosotros. Seguramente
la causó alguna porquería, un organismo desconocido.
Terminó con familias enteras y dejó a otras intactas.
Nadie sabe todavía cuál fue su origen o por qué algunos
se enfermaron y otros no. Los muertos eran demasiados.
No quisimos tener un cementerio tan grande cerca
de la colonia por miedo a que contaminara el agua.
El desierto parecía la mejor opción. Así que lo descubrimos
por accidente. Hay algo en la arena. Algo que conserva
los cuerpos. Pero es más que eso, es como si los que son
enterrados ahí nunca hubieran estado muertos, es como si
durmieran. Como si el desierto los sanara y los pusiera en
una especie de criosueño. Sin embargo, lo verdaderamente
especial llega con la tormenta del kamala. Parece que la
lluvia contuviera la memoria… —Coban se había vuelto
hacia él y lo miraba con ojos encendidos—. Parece que,
al caer sobre el desierto, les recuerda lo que solían ser, los
despierta y los hace volver. Algunos de los que regresaron
no se acordaban de todo, otros ni siquiera sabían que
habían estado enfermos, pero recordaban lo suficiente
para volver a ser quienes habían sido.
Varios Autores | 347
Valdezarín sintió un escalofrío. Aclarándose la
voz, preguntó:
—¿Y qué pasó con la gente de la colonia, con los
otros, los que no se habían enfermado?
Coban se quitó la mochila y tomó su cantimplora.
—Al principio tenían miedo, y no fue fácil hacerles
entender… Pero yo no podía perderla otra vez… Yo me
había vuelto loco, Valdezarín. Ludmé era una nena y yo
ni siquiera podía cuidarla. Durante el primer año, después
de que Marzala se enfermó, viví en las cuevas. No podía
volver. Simplemente no podía volver. No, dejándola en el
desierto. Estuve en el silencio y la arena durante más de mil
días; pero para mí fueron como uno solo, increíblemente
largo. Un día sin fin ni esperanza. Entonces llegó el kamala
y ella despertó. No podía perderla otra vez, ¿entendés?
Hubiera hecho cualquier cosa… Pero no fue necesario.
Yo no era el único que había perdido a alguien y, al final,
todos abrazaron este milagro del mismo modo. Tres días
cada mil ciento doce no parece gran cosa, sin embargo...
—¿Qué pasó después?
Coban sacudía el polvo de su sombrero.
—No puedo explicarte lo que fue para mí volver
a verla. Saber que estaba viva. Pero cuando pasaron los
tres días, fue más doloroso incluso que la primera vez.
Además, ¿cómo podía dejarla sola después de eso? ¿Cómo
podía abandonarla sabiendo que dormía nada más? Volví
a las cuevas y al silencio. Los mil ciento doce días fueron
otra vez como uno solo. Pero no sin esperanza. Después
de eso volvió una y otra vez, y durante los tres días de
renacimiento éramos una familia de nuevo. Ludmé
fue creciendo y se convirtió en una mujer maravillosa.
Muchas veces me ha visitado en el desierto. Te lo aseguro,
Valdezarín: ningún padre podría sentirse más orgulloso.
Tomó su mochila y, guardando la cantimplora,
reanudó la marcha.
348 | Mundos Alternos
—Fue por ella que no pude aceptarlo.
—¿Qué cosa?
—Con el tiempo, no todos los que despertaban
quisieron seguir haciéndolo. Las familias de algunos
habían decidido seguir con sus vidas y los habían dejado
de lado, otros estaban cansados, unos pocos pensaban que
aquello era una especie de sacrilegio; cada cual tenía sus
razones. Pero nunca pensé que Marzala estaría entre ellos.
Empezó a decir que ya había tenido una vida, una buena
vida, y que con eso era suficiente. Quería que yo la llevara
a las cuevas, quería descansar ahí, donde la lluvia no la
tocara. Me pareció una locura, le grité que yo no estaba
de acuerdo. ¿Quién querría morir si pudiera vivir para
siempre? Le pedí por favor que no lo hiciera, le dije que
podíamos estar juntos, que podíamos ser una familia, le
dije que Ludmé la necesitaba, que yo la necesitaba, pero
no quiso cambiar de opinión. Discutimos y se fue.
Tiempo después, Valdezarín le contó a Azak que al
escuchar a Coban narrar estas cosas había sentido un nudo
en el estómago. Porque sabía bien lo que era eso. Sabía
bien lo que era abandonar a alguien. Nunca olvidaría la
forma en que su padre lo había mirado la última vez. Creía
que la culpa era un peso que aumentaba con el tiempo.
Por eso no había podido negarse a acompañar a Coban,
por eso ni siquiera había considerado la posibilidad de
dejarlo luego de escuchar su historia. Qué importaba
que todo aquello fuera una locura, qué importaba que el
planeta mismo fuera una fábrica de insensateces. El viejo
lo necesitaba. Y él no podía abandonarlo otra vez.
Había estado tan absorto en esos pensamientos
que no se dio cuenta hasta que Coban se las señaló. A lo
lejos, contra un promontorio, se veían las rojizas aberturas
de unas cuevas. Advirtió que el sol de la tarde descendía
y apuró el paso. Coban ya bajaba la cuesta. Junto con el
siseo del polvo le llegó el sonido de su voz.
Varios Autores | 349
—Y así fue, Val. Después de pasar tantos años
esperándola, después de haber dejado todo por ella,
Marzala se fue. Creí que me iba a volver loco. Creía que
la furia nunca se me iba a terminar. Tenía miedo de matar
a alguien. Me alejé de todos. Incluso de Ludmé. Pero
con el tiempo la rabia fue desapareciendo. Y despacio,
casi sin darme cuenta, empecé a extrañarla. Una noche
tuve la clara imagen de ella en las cuevas, yaciendo en las
sombras. Entonces me di cuenta de que era yo quien la
había abandonado. Porque la última vez que se durmió,
la que sería realmente la última vez, no estuve con ella.
Coban hizo un largo silencio; luego, se encogió de
hombros y murmuró:
—Tenía que volver, ¿entendés? Aunque otra vez
no hubiera esperanza. No podía dejarla sola.
Visto de cerca, el promontorio lucía como una tosca
construcción de piedra, como un farallón de escasa altura
lleno de aberturas suavizadas por el continuo embate de
la arena. Coban se detuvo frente a él y se acomodó el
sombrero para mirar hacia arriba.
—¿Sabés? La última vez que estuve acá hacía
un calor infernal. Creo que el sol me quemó el cerebro,
porque no me acuerdo casi nada de ese día.
Se quedó observando las cuevas, las sombras que
ya se insinuaban, los manojos de pastos duros que crecían
en las rendijas. Luego preguntó sin volverse:
—¿Listo para el ascenso?
—¡Impaciente, Señor! —respondió Valdezarín.
Coban se volvió y sonrió. Luego le dio la espalda
una vez más mientras le advertía:
350 | Mundos Alternos
—Tené cuidado con las arañas... Inoculan una
neurotoxina. Creo recordar que muerden como unas
desgraciadas.
Pero cuando se aprestó a subir, algo le llamó la
atención.
—¿Qué pasa?
Coban no respondió enseguida, se quedó
mirándose las manos. Después contestó:
—Nada. Todo está bien.
—Dejame ver —pidió Valdezarín acercándose.
—Te digo que no pasa nada.
—Vamos, dejame ver.
Después de un breve forcejeo observó sus manos.
Estaban frías y muy pálidas.
—Está anocheciendo, la temperatura baja… Ya
no soy un chico —argumentó Coban.
Emprendió el trabajoso ascenso y Valdezarín lo
siguió.
Llevaban un buen rato subiendo cuando escuchó
el grito ahogado. Coban había resbalado y se deslizaba
ladera abajo, dando tumbos entre las rocas antes de
lograr aferrarse a una saliente. Valdezarín se apresuró a
llegar hasta él y lo ayudó a subir a una especie de cornisa.
Tendido ahí y contra sus objeciones, le abrió la casaca
para revisarlo. Casi anochecía, pero aun antes de encender
su luz vio que tenía el torso amoratado. Eran marcas de
golpes, pero parecían propias de una caída mucho más
grave y no lucían recientes. Algunas de las heridas que
tenía en el rostro sangraban, mientras que en otras había
pequeñas costras.
—¿Qué está pasando?
—El desierto tiene un sentido del humor espantoso
—respondió Coban, y escupió sangre hacia un costado.
—Vamos, te voy a cargar hasta arriba. Hace frío
acá. Voy a hacer fuego y…
Varios Autores | 351
—Ya es tarde. ¿No te das cuenta?
Acababa de descubrir una herida pequeña que
tenía en la muñeca, una herida como de punción infectada
que se hinchaba rápidamente.
—Creo que ya recuerdo lo que pasó el día que
volví. Creo que nunca llegué a las cuevas…
Mientras se iba poniendo más y más pálido, Coban
le dijo a Valdezarín que sentía cómo la neurotoxina se
esparcía por su cuerpo, cómo competía con la hemorragia
interna para arrancarle la vida. Le dijo que recordaba
la picadura y la caída, el sol sobre su rostro, el dolor, la
sed y su garganta cerrándose hasta la asfixia. Le dijo que
entendía que el renacimiento estaba llegando a su fin, que
el efecto sanador de la arena, o lo que fuera que había
mantenido alejada a la muerte hasta entonces, pronto
desaparecería por completo. Con sus labios poniéndose
azules, se apresuró a murmurar:
—No me dejés acá, Val. Llevame adentro. Llevame
con ella… Donde la lluvia no vuelva a despertarme.
Valdezarín quiso responderle que llamaría a la
nave, que lo llevarían a bordo, que contaban con un gran
equipo médico, pero supo que nada de eso lo salvaría.
Al final solo dijo:
—No te preocupes. Yo me voy a ocupar de todo.
Valdezarín le contó a Azak que había pasado esa noche
con los muertos. Había permanecido sentado junto a
Coban hasta que las sombras lo cubrieron todo. Luego,
cuidadosamente, limpió el cuerpo de su mentor. Lo
cargó y trepó con él. Halló a Marzala justo donde Coban
le había dicho que estaría y lo recostó junto a ella.
352 | Mundos Alternos
Después apagó su luz y solo se quedó allí, sentado en la
oscuridad, mirando hacia fuera.
Le contó que la primera claridad hacía que el
desierto luciera extraño, fantasmal. Que le daba un brillo
azulado al polvo. Aseguró que se trataba de un efecto tan
poderoso que lo hizo salir de la cueva y acuclillarse en
la saliente para observado. El desierto parecía un terreno
recién hecho, completamente nuevo, con todo el tiempo
por delante. Un sitio en el que cualquier cosa era posible.
Un sitio en el que se podía empezar otra vez. Pero junto
con eso le llegó la comprensión de que no podía quedarse.
Si lo hacía, habría consecuencias. Y no se trataba de que
tuviera miedo, sino de que no lo tenía. El miedo, en mayor
o menor medida, había sido una presencia constante en su
vida; esa era la primera vez que se sentía completamente
libre de temor. Solo supo que no podía pensar en sí mismo
o en descansar antes de que le llegara la muerte o el retiro,
lo que pasara primero. Y aun sabiendo eso, supo que se
hallaba irremediablemente ligado a aquel lugar, y que un
día volvería.
Se puso de pie sacudiéndose el pantalón. Accionó
el comunicador y llamó a la nave para pedir que lo
recogieran. Pasó la mano por la inscripción que había
dejado en la entrada de la cueva y emprendió el descenso.
Azak recuerda que, después de eso, los años pasaron y
pasaron las misiones, que fueron destinados a muchos
otros lugares, pero que Valdezarín nunca olvidó el desierto.
Se volvió más silencioso y más decidido, como él imaginaba
que solían ser aquellos que conocen su destino.
Regresaron a la colonia de Arkaris una mañana de
Varios Autores | 353
verano. Cuando Ludmé ya era regente. Azak la recordaba
y ella recordaba a Azak. No se opuso a lo que solicitaba.
Después de una sencilla ceremonia oficiada por ella, Azak
bajó el barranco y llevó a Valdezarín hasta el sitio que él
había elegido. Un lugar desde el que se veían el río y las
montañas. Cavó una tumba poco profunda y depositó su
cuerpo. Luego regresó al poblado e hizo los arreglos para
establecerse.
Con el tiempo, él y Ludmé construyeron una
casa pequeña que mira hacia el poniente. Sentado en
el pórtico, Azak suele recordar los viejos días. Sentado
allí, puede ver el río y las montañas. Puede oír al viento
trayendo la canción de la arena. Sentado allí, puede ver el
sitio en el que duerme su amigo, el sitio en el que espera
la tormenta.
354 | Mundos Alternos
Libro 4
Al final del túnel
Varios Autores | 355
Una tarde de julio de 2019
Wilbert Gallegos Riquelme
Es sábado. Salgo del baño, con la mente aún disfrutando
de la última anécdota que mis anfitriones me contaron,
previo al momento de tener que ir a mojarme el rostro.
Entre aquella historia y el eco del sonido de la cañería,
que sigue dejando su rastro acústico, me distraigo. Ambos
secuestros me acompañan hasta que retomo el asiento en
el sillón del living de aquel departamento en Temuco.
Y, mientras me acomodo a gusto, esperando tomar
café, para también comer las suculentas galletitas, ambos
cortesía de la casa, me detengo… Y observo.
Mis ojos pasan de la desatención, al divagar por el
cuarto sin un orden, a luego reparar en la estética bicolor
que expresan sus paredes: morada una, amarilla la de al
lado, la contigua nuevamente morada… Y algo de aquello
me incomoda. Pronto siento una extraña comezón, en
alguna parte de mí, nacida en el instante en que descreo
de aquellos dos colores. Juraría que, al entrar al inmueble,
aquel morado era en realidad un tono color turquesa y
aquel color amarillo, intercalado, fue alguna vez blanco.
Me agito. El latir de la vena, en un ojo, es un
aviso. Es posible que se trate de un alza de presión que,
nuevamente, me juega una mala pasada. Trato de inhalar
y exhalar, pausadamente, para relajarme, mientras vuelco
mi vista hacia el cuadro del comedor. Describo, uno a uno,
los elementos que componen la pintura y, de esa forma,
volver yo a la normalidad. Voy desde lo menos llamativo
356 | Mundos Alternos
hasta aquello que destaca. De arriba hacia abajo.
De izquierda a derecha. Dejando para el final solo aquello
que de momento mi vista periférica, por segundos, trata
de componer. Sé que es la bandera tricolor. Llego a ella
e, incontrolable, balbuceo. Por más que me digo que su
última franja es verde, caigo en la cuenta de que no es así
y que, en realidad, es roja…
De pronto, el cuadro desaparece ante mí. La vista
se apaga. Un color gris lo inunda todo y me pierdo en mi
interior. No es buena señal.
Pienso que no puedo mantener estos viajes
frecuentes desde Chillán por el día, no duermo bien.
El malestar es la consecuencia de tratar de engañar al
sueño hasta estas horas de la tarde. Una luz comienza
a filtrarse por la ventana, a mi espalda, reflejándose en
las paredes que paulatinamente caen en la penumbra.
Asumo que son las luces de neón, que proliferan en toda
esta región del Wallmapu, las que pausan el sopor que me
agobia, en este atardecer de invierno. Al instante, se oye
ruido en la cocina. Interrumpe el agua del lavaplatos, que
se escucha correr… Es un alivio repentino. Lo tomo como
un recordatorio para mejor cambiar de bebida y elegir
una infusión de limón, con natre, para poder descansar.
Pasan los minutos, el departamento cada vez más
oscuro y el agua del lavaplatos sigue corriendo, sin cesar.
Llamo a mis amigos, pero no hay respuesta. Me levanto
con la idea de observar qué sucede en la cocina, prendo
la luz y veo la llave monomando abierta. El hervidor que
asoma desde el lavaplatos está totalmente desbordado
de agua, que sigue fluyendo. Rápido, cierro la llave y
aprovecho el silencio para hablarles, una nueva vez, en
voz alta, pero pareciera que en aquel inmueble no hay
alma alguna: Carlos y Gloria ya no están.
Utilizo el celular para contactarme con ellos y
Varios Autores | 357
saber qué sucede. Tanteo una pared de la sala de estar
para dar con su interruptor, pero al prender sus luces me
detengo en seco por la sorpresa. Veo algo nuevo.
Reparo en algo que no estaba anteriormente ahí.
Un objeto que se antepone a la puerta de entrada.
Alejo de mi oreja el sonido intermitente del
contacto telefónico, que tarda en responder, mientras no
pierdo al objeto con mi mirada. Finalmente, tomo valor,
corto aquel intento de llamada y guardo el teléfono móvil,
en tanto me acerco suavemente hacia el bulto.
Es una caja.
Una caja con un texto escrito frenéticamente en su
superficie. Visible, a pesar de la cinta de embalaje.
Y, en él, un mensaje:
«Si se firmó la declaración de independencia de
Chile, el 12 de febrero de 1818, por favor, abre la caja».
358 | Mundos Alternos
Desde la bahía
Lucio Cañete Arratia
Me costó conseguir el permiso de mi empresa para
ausentarme por un par de días y así aceptar la invitación
de Danilo, mi ex-compañero del colegio, a quien no
veía por más de treinta años desde que egresamos de
la secundaria. Imposible resistirse, si él me compró el
pasaje hacia Puerto Montt y, además, me comentó que
convocaba a Javier para reencontrarnos como el «Trío de
Ñoños Aventureros», como éramos conocidos en el curso
de aquel liceo público de Santiago.
Afortunadamente, la línea aérea me permitió
transportar mi bicicleta todo terreno con la cual temprano
abandoné el aeropuerto y emprendí rumbo a la casa que
Danilo me había comunicado haber construido en una
solitaria bahía de la costa de Chiloé. Después de largos e
intermitentes pedaleos amenizados por el paisaje costero,
en la tarde de aquel día al acercarme a mi destino, noté lo
espléndido de la obra: un palafito de diseño vanguardista,
con amplios ventanales, emplazado en la orilla de una
empinada y angosta playa de guijarros rodeada de bosque
nativo.
A medida que me acercaba, divisé en la terraza del
palafito a Danilo y a Javier, quienes, al percatarse de mi
llegada, me gritaron con la misma calidez y espontaneidad
de cuando éramos preadolescentes. Después de un
fraternal abrazo, comenzaron las bromas por el sobrepeso
y la incipiente calvicie, para luego acomodarnos en la
Varios Autores | 359
terraza y compartir episodios de nuestras vidas a lo largo
de las tres décadas en las cuales estuvimos accidentalmente
distanciados. En dichos relatos, tomó protagonismo el
anfitrión. En efecto, mientras yo conté mi historia de
típico ingeniero civil aficionado a la literatura y Javier, por
su parte, de empresario gastronómico, Danilo nos seducía
con episodios de su vida como buzo y arquitecto, además
de sus viajes por el mundo facilitados por su superlativa
renta y por la libertad de la soltería, pues era el único de
los tres que no había formado aún familia.
Nos conocíamos desde niños y yo supe que tanto
en Javier como en mí había una profunda admiración
por el siempre inteligente y generoso Danilo, quien de
pronto, sutilmente poniéndose algo más serio y apartando
de la mesa el vaso con su chicha de manzana, nos dijo lo
siguiente: «Ustedes son las dos personas del mundo en las
cuales más confío y les quiero compartir algo en extremo
importante». Javier y yo nos miramos inquietantemente,
pues notamos un cambio en la actitud del dueño de casa,
quien prosiguió: «Nuestra amistad desde la infancia fue
fortalecida por la curiosidad que los tres teníamos en
conocer lo nuevo. Siempre nos fascinó la excursión, tal
como el profesor de castellano nos decía: ex-cursión, es
salir, de curso. Nos encantaba leer libros de aventuras y
ver películas de ciencia ficción. Gozábamos cuando la
profesora de historia nos contaba las audacias del prócer
Manuel Rodríguez». Mientras Danilo seguía recordando
nuestros gustos por actividades disruptivas, Javier, como
siempre impaciente, lo interrumpió y le dijo: «¿A dónde
quieres llegar?».
—A donde siempre hemos querido llegar los
tres, a cumplir uno de nuestros sueños, quizás el más
importarte, a ser parte de un nuevo mundo. ¡Síganme!
—Eso respondió Danilo con fuerte convicción, mientras
360 | Mundos Alternos
intrigados lo seguimos por un pasillo del moderno palafito.
Ingresamos tras de él a una pequeña pieza sin ventanas,
cuyas puertas de corredera se abrieron automáticamente
y que tras nuestro paso se cerraron. De la muralla derecha,
según nuestro sentido de avance, colgaban fotos de Danilo
buceando en distintas partes del mundo, mientras que
la muralla izquierda tenía redes de pescadores, boyas y
otros artículos marinos a modo de adorno. También esa
muralla tenía adosado una especie de frigobar, de donde
Danilo sacó unas botellas, diciendo que allí guardaba su
mejor chicha de manzana, la cual nos dio a probar en
vasos de medio de litro. Mientras los tres bebíamos la
deliciosa chicha, Danilo nos contaba respecto al origen de
las fotos y de los artículos dispuestos en las dos murallas,
siendo interrumpido como de costumbre por Javier, quien
en tono irónico cuestionó: —¿Este es el nuevo mundo que
nos querías mostrar? —Los tres sonreímos ante esa incisiva
pregunta, mientras ya sentíamos el efecto de la bebida
fermentada; incluso, a mí me pareció que la habitación se
movía y que a la vez vibraron algunos objetos de la pared.
—No, es esto otro lo que les tengo que compartir
—dijo Danilo, apretando un botón que abrió una puerta
de corredera localizada en la muralla de al frente de
aquella por donde habíamos entrado. Mientras esa puerta
se abría, yo me entretuve algunos segundos observando
la humedad del techo en aquella pequeña pieza donde
nos encontrábamos, para luego dirigir la mirada a Javier,
quien ya veía hacia el exterior de la habitación a través del
espacio de la puerta recién abierta. Nunca había visto en
él esa expresión de asombro: su rostro estaba encendido.
Entonces yo, con tanta curiosidad como precaución, giré
lentamente mi cabeza hacia donde mi amigo tenía puesta
su mirada.
Lo que primero llegó a mis sentidos fue una
Varios Autores | 361
luminosidad de un origen no determinado y una extraña
música que inundaba aquella amplia especie de cúpula,
que al poco rato califiqué como un salón de baile. Sí,
un salón de baile de base aproximadamente oval, que
estaba siendo ocupado por unas cincuenta personas que
bailaban muy alegremente. Javier y yo no solo estábamos
estupefactos por la escena que teníamos en frente, donde
todo era armonía, sino por la ubicación espacial de ella,
pues el palafito de Danilo no era tan grande como para
dar cabida a esa especie de elipsoide de unos setenta
metros de largo por unos cuarenta metros de ancho.
—¡Qué le pusiste a la chicha de manzana! —
increpó en broma Javier.
—Nada, mis queridos amigos, no necesitamos
drogarnos para estar en un mundo feliz —respondió
Danilo, mientras los tres salíamos de la pequeña pieza
y comenzábamos a caminar entre la gente que, con un
ademán gentil y una sonrisa sin detener su baile, nos
saludaba.
Seguimos nuestro recorrido aleatorio entre las
personas, confirmando lo armónico de toda la escena,
hasta que Danilo nos hizo una pregunta:
—Aparte de felices, ¿qué otras características
tienen estos bailarines? — Javier y yo nos miramos y
respondimos al unísono: «sanos». Sí, los cuerpos de esas
personas rebosaban salud. Y, justo antes de continuar
con la conversación, se nos acercan tres mujeres que, a
paso decidido y con mirada amable, nos extendieron sus
manos en una invitación a bailar. Yo recuerdo que tomé la
mano de una de esas mujeres y, sin saber cómo, me puse a
danzar con ella al son de aquella música que nunca había
escuchado, pero que para mí era hermosa. Mis amigos
también, sin más trámite, aceptaron la invitación.
Mientras bailaba con mi nueva y bella compañera,
en cada giro yo notaba que mis dos amigos también
362 | Mundos Alternos
disfrutaban de sus propios bailes. La alegría era tan
grande que Javier, en una vuelta al pasar al lado de
Danilo le gritó: «Tenías razón, esto es otro mundo».
Sin cansancio alguno, a los pocos minutos de bailar sentí
que me ensamblaba perfectamente a ese ecosistema.
Entre zigzagueos y giros perdía de vista a Danilo y a
Javier, para al azar volvernos a reencontrar abrazados y
sonrientes con nuestras respectivas parejas de baile entre
la multitud que también danzada alegremente.
Íbamos a continuar con nuestros ocasionales
diálogos durante el baile cuando, de pronto, la luminosidad
disminuyó y la música terminó. Entonces las personas
a nuestro alrededor dejaron de bailar y cambiaron la
expresión de sus rostros de alegría a preocupación,
pero sin abandonar sus miradas de cordialidad hacia
nosotros. Ante la extrañeza mía y de Javier, las personas se
dispusieron formando un pasillo con sus cuerpos, donde
nosotros tres quedamos en un extremo y, en el otro la
puerta por donde habíamos entrado. Entendimos que
debíamos abandonar el lugar en ese momento.
Los tres amigos corrimos hacia la puerta empujados
por Danilo, quien antes de llegar a la pequeña pieza se
detuvo gritándonos: «¡Váyanse, váyanse ahora, váyanse
ya! Yo me comunicaré luego con ustedes, pero váyanse de
inmediato». No entendíamos nada. «Qué pasa, por qué te
quedas, por qué debemos irnos», fueron las preguntas que
tanto Javier y yo repetimos en la vorágine de unos cinco
segundos, lapso que fue interrumpido cuando Danilo
nos empujó violentamente hacia dentro de la pieza, justo
antes que la puerta se cerrara.
Ya dentro de la habitación golpeamos varias veces
la puerta recién cerrada, llamando a Danilo sin tener
contacto con él. Aún atónitos e intuyendo que algo malo
estaba por ocurrir, vimos como en la muralla opuesta las
Varios Autores | 363
otras puertas de corredera se abrieron y pudimos salir de
la pieza hacia el pasillo del palafito, corriendo en busca de
mi bicicleta.
Mientras yo pedaleaba a toda velocidad con Javier
en la parte trasera del vehículo con él aferrado a mis
hombros, vimos a la distancia como un misil se dirigía hacia
el palafito de Danilo haciendo explotar la construcción
en mil pedazos. Frené bruscamente y corrimos de regreso
encontrando restos humeantes en el sitio que antes
ocupaba la magnífica construcción de madera que hacía
poco habíamos abandonado. Recorrimos la angosta playa
más de tres veces, examinado los roqueríos y bosquetes
aledaños. La búsqueda de nuestro amigo concluyó con la
llegada de la noche sin resultados positivos.
Exhaustos, con rabia, agobiados por la
incertidumbre e inundados de pena, nos dejamos caer en
el húmedo suelo chilote. Después de unos minutos tomé
mi bicicleta con las pocas fuerzas que aún me quedaban
y, con un ademán, le indiqué a Javier que se subiera.
Aún jadeante y en silencio, se montó en la parte trasera.
Yo iba a prender los focos de mi vehículo cuando mi
compañero me tomó del hombro y me giró hacia la solitaria
bahía. «¡Mira!», me dijo. Bajo las maderas quemadas que
flotaban en la orilla se podía ver una luz. Dicha luz fue
aumentando desde el fondo del mar mientras las aguas
que la circundaban se agitaban, hasta que, lentamente,
comenzó a emerger algo de gran tamaño. Nos acercamos
caminando a la orilla de la playa iluminados por el propio
objeto, que se hacía cada vez más nítido mientras afloraba
en la superficie de las aguas. Esa cosa no solo se hacía
más notoria a la vista, sino también al oído, por cuanto
identificamos que emitía la misma música con la que
habíamos bailado recientemente. Nos aproximamos lo más
que pudimos y, con el agua fría hasta la cintura, notamos
364 | Mundos Alternos
que se trataba de una especie de nave cuyos ocupantes,
bajo una cúpula transparente, eran aquellos con los que
habíamos bailado. Ese gran artefacto se alejó flotando en
el mar hasta que lo perdimos tras unos islotes mientras la
agradable música se debilitaba conforme se distanciaba.
Ya solo escuchábamos el ligero ruido del oleaje y el crujir
de los guijarros mientras salíamos de la playa con la mitad
inferior de nuestros cuerpos empapados en agua de mar.
Cuando Javier y yo nos mirábamos, tratando de
encontrar alguna explicación a lo insólito que estábamos
viviendo, sonó el teléfono de este y, en la pantalla apareció
la palabra: «DANILO».
Con el altavoz activado, comenzamos a escuchar
a nuestro amigo: «Aló, aló. ¿Qué tal?». Danilo estaba vivo
y, aparentemente, ileso. Después de recibir vía telefónica
una alegre secuencia de garabatos de parte nuestra, él nos
dijo: «Tengo poco tiempo para disipar las dudas que ahora
los embargan. Como sé que ambos son estructurados,
comenzaré del principio». Yo le dije que fuera rápido,
a lo que Javier agregó que fuera breve, pues estábamos
mojados y debíamos irnos en busca de algún refugio.
Desde el teléfono móvil se escuchó esto: «Desde
niño me han intrigado los relatos de una misteriosa nave
que recorre el mar de Chiloé, hasta que hace cinco años
invertí parte de mi fortuna en saber más de ese fenómeno.
Entre otras acciones, dispuse diversos sensores en islas,
fiordos y ensenadas, hasta que pude conocer las rutas de
aquel luminoso objeto que ustedes acaban de ver desde
el exterior y que hace una hora conocieron por dentro».
Mientras Danilo continuaba con su relato, que
se escuchaba con total claridad, tanto Javier y yo nos
acercábamos más al teléfono, como queriendo tener más
información. Nuestro amigo continuó.
—Dediqué muchos recursos a seguir la trayectoria
Varios Autores | 365
de aquel objeto y nunca logré contacto con sus ocupantes,
hasta que una noche, mientras dormía en mi palafito, fui
despertado por la música y por la luz que caracterizaban
esa nave. Rápidamente, me saqué el pijama y nadé hacia
ella una veintena de metros. Desde aquel momento pude
comunicarme con sus ocupantes. —Ansiosos, Javier y yo
le preguntamos al teléfono quiénes eran, qué querían y
de dónde venían—. Personas de otro mundo, individuos
danzantes que ocupan sus avances tecnológicos
únicamente para ser felices —respondió, en parte, Danilo.
—Pero, al parecer, aquella tecnología es deseada
por poderosos de nuestro mundo y por eso los bailarines
andan en esa nave errante, evitando exponerse.
Para no estropear la escurridiza conducta de los ocupantes,
yo construí un sistema seguro y secreto de acceso a esa
nave. Sí, esa habitación pequeña del palafito en la que
ustedes estuvieron no era tal; era un ascensor o, más bien,
un funicular subterráneo, el cual desciende trece metros
en trayecto diagonal para acoplarse a la nave cuando ella
está sumergida frente a la playa—.
Continuamos con nuestro vigoroso diálogo
telefónico, en la soledad de la bahía chilota, mientras
una llovizna nos terminaba de mojar. Danilo nos explicó
lo del misil, pues, tal como en las películas de vaqueros,
otros quieren el magnífico artefacto tecnológico «vivo o
muerto», ya que, si no lo pueden obtener íntegro, aun
destruido lograrán recrear en gran parte la nave.
También nos contó que en esos momentos él
estaba en la nave y que pronto cortaría la comunicación
con nosotros, pues lo podían rastrear los mismos que
lanzaron el misil. Le formulamos más interrogantes, a lo
que él respondió que la vida está llena de preguntas que
siempre son más que las respuestas.
Finalmente, sentenció: «He decido quedarme
366 | Mundos Alternos
aquí, en la nave, con estas personas. No tengo familia
allá afuera; salvo ustedes, nadie me extrañará». Mientras
escuchábamos su voz de despedida en medio de la música
de fondo, nos dijo que tal vez en algún futuro lo podríamos
saludar cuando la nave deje de ser perseguida. «Ahora los
tengo que dejar, una hermosa mujer me está invitando a
bailar y no quiero rechazar este convite». No escuchamos
más a Danilo, quien no cortó el teléfono, dejándonos la
música en altavoz.
Montamos mi bicicleta y pedaleamos
alternadamente hacia el pueblo más cercano, escuchando
la música hasta que se agotó la batería del teléfono.
Javier y yo nos prometimos mantener esta aventura
en reserva, la cual —ya pasados los años— recordamos
en secreto, en las fiestas familiares, cuando con nuestras
respectivas esposas bailamos tarareando aquella bella
música.
Varios Autores | 367
Perigeo
Rodrigo Juri
La luna brilla sobre las frías aguas del Océano Pacífico,
aunque ya comienza a aclarar. Anselmo observa desde
lo alto del promontorio, con la cabaña a sus espaldas y
también el jardín, ahora invadido de plantas rastreras.
—Perdimos —afirma Estanislao, a su lado.
Abajo se extiende la bahía y pueden ver la
embarcación que se acerca a la orilla con exasperante
lentitud. No es un bote de los pescadores ni una lancha
de la marina, de esas que usan para patrullar las islas
cercanas. Se trata, en cambio, de una nave mucho más
grande, de forma rectangular, aplanada, pintado todo de
gris.
—Perdimos —repite su acompañante, con
amargura—. Y es tu culpa.
Los dos son hombres viejos y saben que ese día,
ese mismo día, el pequeño pueblo donde han vivido
toda su vida va a cambiar y para siempre. Pero no es su
culpa, piensa Anselmo. Esto no puede ser culpa de una
sola persona o de unos pocos. Esto es demasiado grande
como para haber tenido siquiera la esperanza de poder
detenerlo. Es simplemente «el progreso».
—En fin. Lo hecho, hecho está —se conforma
Estanislao—. Solo dime, entre nosotros, ¿por qué lo
hiciste?
—Ya te dije. Estaba cansado, cansado de todo.
—Mentira, Anselmo. Fue el viaje a la capital.
368 | Mundos Alternos
Te cambiaron. No sé cómo lo lograron, pero te cambiaron.
Esos hijos de puta del gobierno te cambiaron. ¿Te dieron
dinero? No. Te conozco. Aunque te hubieran ofrecido mil
millones de yuanes. ¿Qué fue, Anselmo? ¿Qué te dijeron?
—Nada. No me dijeron nada. No me sobornaron
ni me amenazaron, si es lo que crees. Solo me cansé. Solo
eso, viejo amigo. Perdóname.
—No. No tengo nada que perdonarte. Lo sé.
Habríamos perdido igual. Tarde o temprano. Solo que
me da tanta rabia. Ahora Puerto Blanco se va a llenar de
chinos. Que desgracia.
No le responde. No hay nada que responder. A él
no le da rabia.
—¿Qué vas a hacer ahora? —le pregunta en
cambio.
—No lo sé. Quiero irme a una isla, lejos.
Eso es lo que quiero. Pero Norma está enferma, tú sabes.
Tendremos que quedarnos aquí. ¿Y tú? ¿Seguirás con el
negocio? Seguro que ahora vas a tener muchos clientes.
—Sí, hasta que se les ocurra instalar una de esas
cosas justo al lado de los glaciares.
Anselmo tiene una pequeña barcaza que utiliza
para llevar a los pocos turistas que llegan a Puerto Blanco
hasta los glaciares y las cavernas de hielo que hay en las
cercanías. Eso en el verano. El resto del año se dedica a
transportar trabajadores hasta las salmoneras y de regreso.
—Entonces tienes que aprovechar de ganar todo
el dinero que puedas, mientras puedas.
—No sé. Quizás venda el bote. De verdad, no sé.
Estanislao tuerce el rostro hacia él. Un rostro
craquelado por los años y el frío.
—Lo que sea que decidas, buena suerte, mi amigo
—se despide.
Se dan un breve abrazo y Anselmo se queda
Varios Autores | 369
mirando como la encorvada figura de su amigo desciende
por el sendero, de regreso al pueblo.
Ya estaba demasiado viejo para esto, piensa, mientras
sostiene una de las pancartas.
—¡No más portales! ¡No más portales! —grita
junto al medio centenar de personas congregadas frente a
al edificio municipal. Es el mismo mensaje del estampado
de su camiseta: «No + Portales».
Del otro lado de la plaza, un grupo de jóvenes y su
contramanifestación. Ellos quieren los portales, quieren
viajar y conocer el mundo, y que el mundo los conozca
a ellos. Les hacen gestos obscenos con las manos y una
muchacha, a pesar del frío, exhibe sus senos manchados
con tinta negra.
—¡Viejos culiaos! ¡Viejos culiaos! —es la consigna
que repiten con insistencia.
Pero son pocos y la mayoría ni siquiera está
registrada para votar. Ellos lo saben, el alcalde lo sabe.
Por eso están frustrados. Por eso son peligrosos, reflexiona
Anselmo. Y él, como líder de su gente, debe tener
especial cuidado. El suyo es el rostro que más odian.
Los dos policías del pueblo hacen esfuerzos para mantener
separados ambos grupos, demarcando con cuerdas las
áreas donde cada cual se puede manifestar, pero es obvio
que se verán sobrepasados si la situación se descontrola.
¿Pero, en qué está pensando?, se recrimina.
La chica sin camiseta es Doménica, la hija del panadero,
y más atrás ve a Agustín y a Leonardo, todos muchachos
que trabajan en las salmoneras. Mañana se subirán a su
barcaza y le pedirán que los lleve al trabajo, y él lo hará
370 | Mundos Alternos
sin cobrarles el pasaje. Doménica le entregará una bolsa
con pan fresco, obsequio de su padre. Y nadie dirá nada
inconveniente. Todos volverán a ser amigos, o simularán
serlo.
Pero hay que hacer el espectáculo. Arriba hay dos
drones de las cadenas noticiosas nacionales, transmitiendo
en directo las manifestaciones. Es importante que todo el
país lo sepa. En Puerto Blanco no habrá portales. Si alguien
quiere venir a conocer los bosques vírgenes y los glaciares
milenarios tendrá que hacerlo al viejo estilo. No queremos
nuestros campos y nuestros pueblos atestados de chinos,
de hindúes, de árabes. Esto es la Patagonia chilena, la
frontera salvaje e inhóspita, y debe seguir siéndolo, se dice
convencido mientras vuelve a gritar todavía con renovado
entusiasmo. Sí, es un hombre viejo, pero no está muerto.
—¡Fuera los chinos! ¡Fuera los chinos!
Después de un rato, un hombre alto y de traje
sale del edificio. Es el asistente del alcalde. Nicolás, es su
nombre. Nicolás Hausman. Un hombre enviado por el
partido para imponer el orden en aquel remoto rincón de
la República. Un hombre de la capital.
Se acerca a ellos. A él y a Estanislao, que es su
segundo al mando en aquella pequeña revolución.
—El consejo va a empezar. El alcalde los espera.
Tiene una propuesta para ustedes.
Él y Estanislao son miembros electos del consejo
municipal, junto a otros cuatro vecinos de Puerto Blanco.
Seis personas que, junto al alcalde, tienen la autoridad
para decidir el futuro del pueblo y de las localidades
cercanas.
Hace un gesto con la mano, dirigido a los hombres
y mujeres que los han seguido hasta allí. Les dice que
esperen. Que hablará en el consejo y que hará escuchar la
voz de todos. Junto a Estanislao, acompaña a Hausman al
interior del edificio mientras, a sus espaldas, la gente sigue
gritando consignas.
Varios Autores | 371
La propuesta del alcalde no es tal. En realidad, es
una invitación del gobierno. El ministro quiere reunirse
con él, como líder de su gente. Pero en Santiago, en la
capital.
Anselmo nació en la Patagonia. Su madre, madre
soltera, había trabajado en las salmoneras haciendo el
aseo de las instalaciones. Él se había educado en una
pequeña escuela rural y había aprendido el oficio de
pescador. Cuando su madre murió, demasiado joven, él
recibió unos dineros de parte del Estado y con eso compró
su primera barcaza.
Las islas y los canales de la Patagonia estaban
llenos de lugares hermosos, desoladoramente hermosos.
Cascadas, cavernas, fiordos y glaciares. Los turistas, que
en ese tiempo venían la mayoría de Europa o Estados
Unidos, querían ir a esos sitios y el aprendió los caminos
para llevarlos hasta allá.
Anselmo había envejecido en la Patagonia.
Sí, alguna vez había ido a la capital, para el matrimonio
de su hermano. Y a veces navegaba hasta Puerto Montt,
la primera ciudad grande hacia el norte, para comprar
repuestos. Alguna vez había estado casado y la luna de
miel fue en un resort caribeño. Pero todos esos viajes los
hizo en automóvil o avión. Todavía no existían los portales.
Es por eso que se siente particularmente molesto
con la invitación del ministro. Es como una provocación.
Dice lo que tiene que decir, que si el ministro quiere
dialogar, es él quien debe venir a la zona. No, eso no es
posible, le explica Hausman. El ministro tiene demasiados
asuntos que atender como para poder destinar el tiempo
que requeriría llegar a un lugar que, precisamente, no
tiene portales. El gobierno está dispuesto a conversar, a
buscar un acuerdo, pero en Santiago.
Finalmente, acepta.
372 | Mundos Alternos
Llega a Puerto Montt en una avioneta del ejército.
Pero, una vez allí, hay que cruzar un portal. Lo sabe. Ya no
hay aviones de pasajeros y los buses solo hacen recorridos
cortos. La reunión es esa misma tarde y la única manera
para llegar a la capital a tiempo es usando un portal.
El mismo tipo de portal que utilizan los millones de
personas que transitaban entre todas las grandes ciudades
del planeta a cada momento.
Aunque los ha visto en grabaciones, es la primera
vez que se haya frente a uno de ellos. A varios, en realidad.
Allí, en la explanada frente al mar, hay una docena de esas
esferas, de unos quince metros de diámetro, que brillaban
con un halo entre azul y violeta. Adentro de ellas, la imagen
distorsionada de lo que hay «al otro lado»: rascacielos,
calles o parques. Le habían contado que eran agujeros en
el tejido del espaciotiempo, capaces de conectar lugares
separados por cualquier distancia geográfica. Él entiende
poco de esas explicaciones.
Hausman, que es su guía en el viaje, avanza hacia
uno de ellos, pero él se demora. De pronto se siente
sofocado y comienza a ver borroso. Tiene que restregarse
los ojos.
—¿Todo bien? —le pregunta Hausman,
acercándose.
—Todo bien —asegura.
No es cierto. No se siente bien. Pero no puede
demostrar debilidad ahora. No frente a la gente del
gobierno. Con decisión, se encamina hacia la rampa que
sube hasta la esfera.
Un paso más y está adentro. Siente el cambio de
Varios Autores | 373
presión y de temperatura en la zona de transición. Atrás y
adelante, todo se ve deformado. Otro paso y está del otro
lado, frente a una plaza flanqueada por altos edificios y
una antigua catedral.
Desciende por la rampa de salida y se encuentra
en medio de una multitud. Hace calor y transpira.
Alguien lo empuja. Cuando levanta la vista, buscando a
Hausman, no lo encuentra. Revisa sus bolsillos y se da
cuenta, desesperado, que olvidó su plusphone en casa.
—¡Muévase! —le grita un desconocido.
Y lo hace. Camina apurado e incluso correría,
pero no puede. Siente que le falta el aire. No sabe dónde
ir. Lo único que sabe es que tiene que salir de ahí.
Sube por una rampa, siguiendo a unos jóvenes vestidos
con sandalias y trajes de baño, con unas toallas en el brazo.
—Por acá, compañero —le dicen entre sonrisas y
olor a alcohol, y lo ayudan a transponer el portal.
Ahora sí que está en problemas. La luz del Sol
es distinta, es lo primero que nota. Su brillo se refleja
sobre un mar de aguas mansas. Toda la playa cubierta de
veraneantes bronceándose sobre blancas arenas.
—Hasta la vista, viejo —le dice uno de los
muchachos, que lo empuja hacia un lado y le arrebata la
billetera del bolsillo.
—¡Hey! —le grita e intenta seguirlos.
Pero es inútil. Ellos son jóvenes y corren rápido.
Anselmo termina encontrándose de nuevo rodeado
por la multitud. A un lado, grandes casas, de dos o tres
pisos, convertidas en clubes y restaurantes. Al otro,
una fila de palmeras y la playa. Los portales descansan
sobre plataformas de cemento. Se detiene un momento,
resoplando. Tiene que calmarse. Tiene que intentar
recordar por cuál de los portales acaba de salir. No está
seguro, pero igual decide subir hacia uno de ellos.
374 | Mundos Alternos
Es de noche, pero todo está iluminado por enormes
letreros que cubren la fachada de los edificios. Los anuncios
están en chino o algo parecido. A su alrededor, una marea
humana, rostros asiáticos, en su mayoría. Cae una fina
llovizna y algunos han levantado sus paraguas, que son de
plástico transparente.
Ve a unos hombres de uniforme azul y asume
que son policías. Se acerca y les pide ayuda, pero ellos
responden en un idioma ininteligible. Intentan tomarlo
del brazo y él se asusta. Escapa abriéndose paso como
puede hasta el primer portal que encuentra en su camino.
Primeras luces del alba en una ciudad de casas
apiñadas y edificios de hormigón a medio terminar. Solo
se escuchan los ladridos de perros en la distancia. Intuye
que es un lugar peligroso.
Una plataforma en medio del océano, entre grúas
y contenedores de carga. Unos operarios le gritan. No
entiende las palabras, pero sí el mensaje. No debe estar
ahí, debe irse.
Una terraza a cientos de metros de altura,
mirando hacia otros rascacielos semejantes, como agujas
monumentales resplandeciendo en medio de un desierto
que se extiende hasta el horizonte.
Los paisajes, todos distintos. El frío, el calor, el día,
la noche. Las palabras, los idiomas. Todo es distinto, todo
es confuso a su alrededor y ya no sabe dónde está ni a
donde se dirige.
Otro portal y, esta vez, es como si estuviera
cayendo. Siente náuseas y ganas de vomitar. Mira hacia el
cielo intentando calmarse. Allí, detrás de un enorme techo
transparente, con forma de cúpula, ve una esfera azul con
manchas blancas suspendida en medio de la noche.
Intenta bajar, pero su cuerpo se va por delante
de sus pies. Cae lentamente. Tiene tiempo incluso para
Varios Autores | 375
levantar sus brazos y así amortiguar el golpe. Termina en
el suelo, arrastrándose como puede.
Desestima con un gesto brusco las manos
extendidas de alguien que se ha acercado a ayudar.
Se incorpora por sus propios medios y, esta vez, tiene
cuidado de dar pasos cortos y sin apuro.
Está en la Luna, por supuesto. Un sexto de la
gravedad terrestre recuerda haber escuchado en alguna
parte. El lugar es espacioso. Debe ser alguna de las tantas
ciudades que los chinos han construido en el satélite,
concluye aterrado. Pero, también, fascinado.
Frente a él se extiende una especie de parque
atravesado por senderos, que rodean pequeñas lagunas.
Hay gruesos pilares que se elevan hasta unas amplias
plataformas, sobre las cuales alcanza a divisar las copas
de algunos árboles. También hay pasarelas allí arriba,
conectando las plataformas.
Todavía jadeante, avanza por uno de los senderos
hasta llegar a unas escaleras que ascienden hasta una
terraza, al borde mismo de la cúpula. Extiende las manos,
apoyándose en su fría superficie, y se queda mirando la
Tierra, boquiabierto.
—¿Habla español? —le pregunta una mujer de
rasgos asiáticos y cabello encanecido—. ¿Necesita ayuda?
No sabe que responder. O si desea responder.
Da unos pasos hacia atrás y comienza a alejarse, temeroso
sin saber por qué. De un solo salto llega abajo y casi
pierde el equilibrio. Pero se recupera y de prisa regresa
hasta donde están los portales.
Para su sorpresa, los portales se han puesto de
color negro. Nada se observa en su interior, solo un abismo
de oscuridad. Cuando se acerca, una barrera invisible le
impide entrar en ellos.
Un guardia le dice algo, pero de nuevo, no entiende
376 | Mundos Alternos
ni una palabra. Lo único que sabe es que está atrapado
allí, a cientos de miles de kilómetros de su hogar. Va hacia
una banca y se sienta, mirando los peces que se mueven
allá abajo, en la alberca. Se lleva las manos a la cara y
comienza a llorar, pero en silencio; ningún sonido surge
de su garganta y ninguna lagrima resbala por sus mejillas.
—Abren en dos horas más.
Es la misma mujer que le habló allá en la terraza
junto a la cúpula.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—La distancia y la rotación terrestre hace que
los portales no sean tan estables a ciertas horas. Prefieren
cerrarlos para evitar accidentes.
—Suena razonable —dice y le extiende su mano.
Ella se la estrecha—. Soy Anselmo.
—Soy Yue. Me estaba terminando mi café allá en
la terraza. ¿Quiere acompañarme?
—Es que me robaron la billetera —confiesa,
tocándose los bolsillos.
—No se preocupe, la Luna invita.
Caminan juntos hacia la escalinata.
—¿Cómo supo que hablo español? —le pregunta
de pronto.
Ella solo señala hacia su camiseta, donde se lee
«No + portales».
—Yo tenía una parecida. Pero en chino, por
supuesto.
Era de Taiwán, le explica. En su juventud vivió
en México y, más tarde, había trabajado para empresas
taiwanesas con oficinas en Sudamérica. Cuando China
había comenzado a construir sus portales en todo el
mundo, tuvo miedo. Ella y la mayoría de los taiwaneses.
China siempre había reclamado la isla como territorio
propio y muchos consideraban que su independencia
Varios Autores | 377
era posible solo por la distancia que los separaba del
continente. Ahora, esa distancia se vería reducida a nada a
causa de los portales. No eran pocos los que imaginaban a
las tropas chinas saliendo de ellos apenas fueran activados.
No supo cómo, pero de pronto se imaginó a sí
mismo en una ciudad de edificios altos y calles angostas,
levantando pancartas con letras extrañas pero que
expresaban el mismo mensaje que las que había sostenido
en Puerto Blanco. Solo que allí sí hubo enfrentamientos
con la policía, y heridos y muertos.
Los portales fueron instalados de todas maneras
y, aunque nunca se han visto tropas del ejército rojo
atravesándolos, sí que lo hizo una horda de empresarios
chinos que con su dinero prácticamente han comprado
toda la isla. No, no fueron anexados. Fueron asimilados.
Esa lucha y un difícil divorcio dejaron a Yue
cansada y enferma. Su corazón era débil. Por eso había
venido a la Luna, sabiendo que nunca más podría poner
un pie sobre la Tierra.
—¿Cómo es donde vives? —le pregunta.
Él le habló de la Patagonia, de sus paisajes y de
su gente. Pero luego se siente avergonzado cuando se da
cuenta de que está hablando de lugares que ella nunca
podrá conocer.
—Lo siento —dice finalmente.
—No. No lo sientas. Me gustó oírte habar así de tu
tierra. Se nota que la quieres.
—Pero muy pronto va a cambiar y para siempre.
—Todo cambia, Anselmo. Es la naturaleza de
las cosas. Lo importante es lo que nos queda adentro.
Los recuerdos y la esperanza.
Ella le sonríe y él le sonríe de vuelta.
Siguen charlando y el tiempo pasa sin que lo note
siquiera. Poco a poco llegan más personas y pronto los
378 | Mundos Alternos
senderos y las pasarelas están atestados de gente. En alguna
parte suena un timbre y todos comienzan a moverse hacia
los portales.
Descubre que no quiere irse. Que quiere quedarse
allí, con Yue.
—¿Puedo plusfonearte?
—Por supuesto —contesta ella extrayendo su
propio plusphone—. Dame tus coordenadas.
Se refiere a su nombre y el código de su identidad
virtual. Se los da.
—Supongo que tengo que irme —dice finalmente.
—Te acompaño hasta los portales. Allí puedo ver
que te ayude algún guardia.
Pero no fue necesario. Antes incluso de que se
levantaran de sus sillas, ve a Hausman dando largos saltos
a través del parque, viniendo hacia él.
—Don Anselmo, nos tenía preocupados —dice el
hombre apenas llega a su lado.
—Perdóneme. Me perdí y no supe como volver.
—No. Usted perdóneme. Fui mi culpa. Debí haber
puesto más atención.
—Supongo que ya es demasiado tarde para la cita
con el ministro.
—No. Él lo está esperando. También está muy
preocupado.
Entonces se despide de Yue y le da las gracias por
la compañía y el café. Sigue con obediencia a Hausman
y deja que lo guie a través de un laberinto de portales
hasta llegar frente a la mismísima puerta de la oficina del
ministro.
La reunión es una pérdida de tiempo. Solo se habla
de posibles compensaciones si aceptan la instalación de los
portales. Y el habla en nombre de quienes simplemente
no pretenden aceptar.
Varios Autores | 379
Dice lo que tiene que decir, pero lo único que
quiere es que la reunión se acabe y poder volver a casa,
poder revisar su plusphone y ver si tiene algún mensaje
desde la Luna.
Así es, descubre unas horas más tarde, cuando por
fin está de regreso en su cabaña. Y así va a ser durante
las próximas semanas y meses. Todas las tardes él le dice
“hola”, y ella le responde, y hablan por largo rato, aunque
siempre parece demasiado poco.
Están en el salón del consejo municipal, con grandes
ventanales que miran a la bahía. El alcalde en la cabecera,
los otros dos consejeros de su partido a su derecha. Luis,
dueño de una de las dos hospederías de Puerto Blanco,
y Silvia, directora de la radio comunal, a su izquierda.
Ellos son los que no han decidido su voto, o al menos no lo
han hecho público. Son del principal partido de oposición
y se hayan en la disyuntiva entre conseguir beneficios
económicos para sus respectivos negocios o provocarle
una importante derrota a su principal adversario político.
Estanislao y él se hayan del otro extremo de la
mesa. Su amigo ha estado conversando con Silvia y Luis
y cree haberlos convencido. Pero es algo que solo se sabrá
con certeza ahora.
—Entonces —comienza el alcalde—, por aprobar
el proyecto de instalación de un portal en Puerto Blanco
a cargo de Anzhen Wormholes Corporation, levanten la
mano.
Tres brazos arriba. El del propio alcalde y los de
su gente. Puede ver la expresión de frustración y rabia
contenida en el rostro del alcalde. Estanislao tenía razón.
380 | Mundos Alternos
Lo había logrado. Había conseguido los votos de Silvia y
de Luis.
Hasta el último momento había tenido la
esperanza de que su amigo fracasara. Porque entonces no
habría tenido que hacer lo que sabía que tenía que hacer
en ese momento.
Anselmo levanta su mano.
Abajo, el extraño navío ya alcanza la orilla y despliega
una rampa que empieza a descender sobre la arena.
Sí, lo que va a salir de ahí va a cambiar la vida de todos
los que viven en aquel apartado rincón del mundo. Como
ha cambiado a todo el mundo y a todos los mundos en
realidad.
De nuevo levanta la mirada hacia el cielo. La luna
se ve un poco más grande que de costumbre. Como si
estuviera más cerca. Mucho más cerca.
Varios Autores | 381
Dragones y motores mágicos
Leonardo Espinoza Benavides
No tengo pesadillas sobre el asunto, no me angustia;
valió la pena ese día y ahora también.
¿Vendrá alguna vez ese remordimiento? Nunca.
—Luis Saavedra.
—Dime, ¿qué preferirías? ¿La automatización del
trabajo en nuestra sociedad, junto a un ingreso universal
garantizado, o bien que todos tuviésemos magia y la
posibilidad de domesticar distintos tipos de dragones?
—Bueno, la pregunta es algo capciosa, diría yo.
¿O no?
—¿Por qué?
—Porque la magia, en cierto modo, lo abarca
todo.
—¿Ah, sí?
—Sí, pero la trampa de la pregunta está en los
dragones.
—¿Te parece que en los dragones está la trampa?
—Claro. Por supuesto que preferiría tener magia,
pero poco me importan los dragones. Salvo, desde luego,
que… Espere. ¿Podría un dragón servir de transporte en
el espacio?
—No sé, dime tú… ¿Me lo preguntas en serio?
—No, disculpe. Pero con magia… Ocurren dos
situaciones. Verá, por un lado, la magia me permitiría
darle funcionalidad a un motor espacial, que, impulsado
382 | Mundos Alternos
por ella, sería capaz de llevarnos hasta, bueno, hasta
donde mi magia pudiera. A la vez, si uno lo piensa bien,
¿por qué no podría haber dragones adaptados al espacio?
—Estoy de acuerdo, ¿por qué no?
—Sobre todo si tenemos magia.
—Tú mismo lo dijiste, lo abarca todo.
—Por eso, insisto. La trampa de la pregunta está
en los dragones.
—Dejemos de lado los dragones. La verdad es que
no era mi intención.
—¿De verdad?
—Un poco. Te desviaste mucho.
—Mantengo lo de la magia.
—¿Así funciona tu idea de motor?
—No, pero si tuviera magia, ¿qué importaría?
Digamos que, en ese escenario, bastantes más opciones
habría en cuanto a la pregunta del viaje espacial, si es que
a eso se refiere.
—¿Algo así como que, con un conjuro, puedo
respirar en el espacio?
—No, no, un conjuro para no necesitar respirar en el
espacio. Estoy atento, ¿ve?
—Sí, ya veo, aunque no lo dije con esa intención.
No te miento.
—Bien, le creo. Aun así, en los dragones estaba la
trampa.
—¿Lo sigues pensando?
—Cien por ciento. Eso era. Tendré que
arriesgarme.
—Y, cuéntame, asumiendo que tienes razón,
¿habría diferencia entre un motor que funcione por magia
y otro que funcione, o más bien, que se explique mediante
elementos científicos?
—Si los dos llevan donde mismo, entonces no.
Varios Autores | 383
—Entonces, no…
—Entonces, no. ¿No?
Ludovico Pérez se tomó un instante para llenar sus
pulmones con aire. La temperatura en su oficina era lo
que más disfrutaba de esta: el aire acondicionado jamás
le había fallado, a diferencia del que tenía en su hogar.
La vista de allí también era estupenda, no podría quejarse.
Rodeado de ventanales, a una altura considerable, sentía
como si tuviera mil ojos sobre el imponente Santiago. Sin
embargo, lo que a veces le resultaba deprimente, dado el
mecanismo aislante de los vidrios de la torre, era el exceso
de silencio.
—¿Va todo bien en tu casa, Fernando?
—Excelente, don Ludovico. Por esfuerzo, no por
magia —bromeó.
—Ya es muy tarde, me quedó clara tu respuesta
—le sonrió de vuelta.
—Algo de razón debo tener, ¿cierto?
—Difícil negar algo así.
—¿Usted no está de acuerdo?
—La verdad es que no. No lo estoy. Y lo de la
automatización era interesante.
—¡Magia, don Ludovico! Hágame un favor,
cuando pueda.
—¿Qué cosa?
—Si algún día, por alguna razón, se llegase a
encontrar con un genio, de los de las lámparas, hágame un
favor y no malgaste su deseo con eso de la automatización.
Pídale magia: acuérdese de mí. No sea leso. ¡Pero con
respeto!
Ludovico se llevó la uña del pulgar a su colmillo
derecho y la mordió un par de veces.
—¿Un genio?
—Es broma.
384 | Mundos Alternos
—Se supone que me conoces. Podrías haber dicho,
no sé, un alien, qué se yo.
—¿Los álienes conceden deseos, ahora?
—Nadie concede deseos.
Fernando pareció frenar sus respuestas. Ludovico
lo miró a los ojos.
—Es solo un detalle. Usted me entiende.
—Sí, lo sé. Creo que deberíamos cambiarles el
nombre a los motores.
—¿A cuál?
—¿No es obvio?
—¿«Dragones»?
—Ponte serio. Esos ya están patentados.
—Los cohetes, no los motores.
—¿Seguro?
—¿Es otra pregunta capciosa?
—Puede ser.
—¿En qué nombre está pensando?
—«Motores Mágicos», ¿y qué tanto?
—Me está hueiando.
—Tú dijiste que daba lo mismo.
—No deja de ser verdad. Daría lo mismo.
—Y todo esto porque te quedaste pegado con la
parte de los dragones…
—¡La pregunta venía con trampa!
—La verdad es que no. Creo. En fin, ya es tarde y
puedes irte.
Ludovico le agradeció su tiempo y lo despachó.
Afuera atardecía y comenzaban a observarse las
primeras estrellas del otoño.
«Entonces, no». Eso había concluido su ingeniero.
¡Su ingeniero! Resultaba difícil luchar contra esa
lógica, más aún cuando, al parecer, él mismo la había
encaminado. ¿Sería que las aproximaciones variaban
Varios Autores | 385
tanto? Tal vez fallaba su heurística, de seguro. Los detalles
y la visión global: era como si tuviera que escoger. ¿Y qué
habría de malo en ello? Todo. «Motores Mágicos», ¿y si
la ciencia los avalaba? Ese no era el punto, no le parecía
que lo fuera. El nombre no era tan descabellado. Si bien
el proyecto ya tenía fecha de lanzamiento, seguramente
nadie se opondría con suficiente vehemencia. Porque…
no importaba tanto.
—¿Qué te parecieron sus respuestas?
Desde un rincón poco iluminado, un hombre de
patillas canas empujó su silla con rueditas para hacerse
visible en la escena.
—Me parecieron básicas.
—Era un ambiente sin tensión.
—Aun así, no me gustaron. Nada nuevo, realmente.
—¿Pero entendiste lo que yo quería preguntar?
—Sí. ¿Pero te das cuenta lo patética que está
siendo esta situación?
—Ya, Luis, baja un poco las revoluciones.
—No me refiero a patético de vergonzoso, aunque
sí, un poco; pero quiero decir que me parece triste. Esto,
todo esto.
—¿Te doy pena?
—Tú no, tu historia me da pena. Es muy mala.
—¿Mala?
—Sí, es muy mala. Pero te lo digo con cariño.
—Lo sé…
—Porque, Ludo, mira, al final, que tus motores
sean mágicos o no es una pregunta mal planteada.
Es anacrónica tu situación. Los conceptos que tú quieres
sembrar murieron hace décadas. Murieron en los noventas.
—¿Acaso la colonización marciana llevada a cabo
por Musk te pareció un evento obsoleto? ¿Se te hizo mala
su historia?
386 | Mundos Alternos
—Sí, un poco.
—¿Te pareció mágico?
—¿Ves que te enredas solo?
—Ponte serio tú también. ¿Acaso Musk usó magia
para llegar a Marte?
—¿Acaso no? En su momento, pudo ser fantástico,
es cierto. Ahora, hoy en día, tal vez para muchos no sea
más que algo maravilloso, pero no fantástico. Y en un
tiempo más, será algo banal. Como andar en auto. Ir a
Marte será como andar en un auto.
—Te di un mal ejemplo.
—No, fue perfecto.
—No te creo, pero no importa.
—Tu fantasía no tiene nada de malo.
—No digas esa palabra —cortó Ludovico,
amenazante, pero entre risas. Luis no se rio.
—Ya sabes lo que diría Rodrigo Juri.
—¿Has sabido algo de él o sigue en su retiro?
—Sí, sí sé. Está estudiando la estructura del
océano de un mundo en el que ninguna otra especie,
a excepción de un tipo de medusa, ha sobrevivido.
Desde la perspectiva darwinista, dice él, una evolución
como la nuestra no tendría sentido en ese planeta. Así que
en eso está ahora.
—¿Cómo sabes esas cosas? —Ludovico sintió
cierta envidia.
—Magia —le dijo Luis, sin reírse, con la mirada
algo estrábica. Al cabo de unos segundos, soltó una
carcajada algo forzada—. Lo que te habría dicho Juri,
volviendo al tema…
—Habría repetido lo de Spinrad. «Según dónde
aparezca, es lo que es».
—Algo así. No lo entiendes muy bien.
Pero también podrías usar el término de Amira.
Varios Autores | 387
—Eh, tú sabes que no puedo entrar ahí. No me
corresponde. Aún soy forastero.
—Ludovico…
—¿Qué?
—Tu historia es demasiado mala. Pero entiendo tu
punto. La puedo arreglar, algo.
Luis Saavedra era su mejor ingeniero aeroespacial.
Sin él, no habría ni dragones ni motores mágicos. Lo tenía
claro. Le preocupaba, sin embargo, un pesimismo confuso
que parecía albergar en sus ideas.
—¿Puedo? —interrumpió Luis.
—Sí, perdón, adelante.
Red de Prensa Bío-Bío.
Nacional. Domingo 05 de abril de 2320. Publicado a las
11:31. Actualizado a las 12:08.
GRUPO DE INVESTIGACIÓN DEL CONO SUR
RESCATA VALIOSOS ARCHIVOS HISTÓRICOS
QUE PERMITEN CONOCER LA ENIGMÁTICA
VIDA DEL DESTACADO CIENTÍFICO LUDOVICO
PÉREZ.
Por Josefina Hernández I.
Una gran cantidad de material ha sido rescatado y
puesto a disposición del público por parte del Grupo de
Investigación del Cono Sur, Sede Santiago-Valparaíso,
relacionado con la esquiva vida del aclamado científico
chileno Ludovico Pérez. Los archivos, actualmente
388 | Mundos Alternos
disponibles, consisten en una serie de audios, videos
y transcripciones en los que se logran apreciar algunos
momentos de la vida del célebre investigador. En especial,
ha causado revuelo una curiosa reconstrucción de lo que
sería una conversación crucial con su mano derecha, Luis
Saavedra.
«Aún nos queda material por refinar», precisó Giancarlo
Salinas, responsable del hallazgo. «Aun así, con lo que ya
hemos demostrado que resulta ser información fidedigna,
podemos comenzar a descifrar por qué decidió llamar de
tal forma sus motores (…) es algo que, al parecer, siempre
le atormentó», concluyó.
Adentrarse en la vida de la persona que revolucionó el
modo en que vemos la ciencia y los viajes estelares significa
comprender la curiosa dinámica social en la que Pérez
llevó a cabo sus proyectos. Es de esperar que esto conlleve
a un renacimiento de los estudios acerca de su siglo.
Noticia aún en desarrollo.
Lea también…
¿Confundido con el cambio de horario? Revisa aquí la hora oficial.
—Ya está.
—¿Qué hiciste?
—Prendí todos los dispositivos de seguridad y
solicité que todo quedara registrado.
—Ya…
Varios Autores | 389
—Confía.
—Confío, pero te demoraste mucho. ¿Quieres
uno?
Ludovico le acercó una taza de café. Era una de
esas de cristal transparente.
—Te trajeron dos porque yo los mandé a pedir.
Dame el mío.
—El tuyo huele extraño. El mío olía bien, pero
tenía sabor raro.
—El mío trae güisqui. Pedí un irlandés.
—Cómo no.
—Y bien —retomó Saavedra—. ¿«Motores
Mágicos»? Es un buen nombre.
—Cállate un rato y cámbiate de una vez esa polera.
Ludovico se acercó al ventanal, lo suficiente como
para tener que retroceder al enturbiarlo con su respiración.
Aún quedaba luz vespertina cubriendo la ciudad. Los
edificios le parecían hermosos. Altos, multiformes, de
colores rimbombantes y otros más conservadores. Algún
remanente barroco y otros de la época punk-cosmopolita.
Ahora, incluso el hombre araña podría navegar por
estas calles, lo cual no era menor. En su cabeza comenzó
a sonar esa exótica melodía. No la del hombre, sino la
otra. «¡Mujer araña!». Qué temazo que era. Lo podía
imaginar, pero le haría ciertos cambios: si existiera la
versión chilena, tendría que venir de la araña de rincón,
la Loxosceles laeta. Sería un muchacho moreno con la piel
desde el cuello hasta el codo, de un solo lado, lleno de
cicatrices horrendas: sitio donde habría hecho su efecto la
potente esfingomielinasa del arácnido mutante. Loxoman.
¡Loxoboy! Y las arañas pasaban volando frente a sus ojos,
los de Ludovico, allí afuera: arañas rosadas y ebrias que
iban soplando enormes hacedores de burbujas.
—¡Qué mierda le pusiste al café, Luis!
390 | Mundos Alternos
—Nada. ¿Qué pasa?
—¡Luis! ¡Qué mierda pasa!
Luis se acercó junto a él. Estaba calmo, impertérrito.
—Vaya.
—¿Lo ves?
—Sí, lo veo. No deberías estar tan angustiado.
—¡Hay arañas rosadas haciendo burbujas y…!
—No es normal que estés tan ansioso.
—¡Y…! ¿Qué quieres decir con que no es normal?
¡Prende la tele!
—No es necesario. Además de arañas, allá va
volando un dragón. Míralo.
—¿Dónde?
—Al fondo, arriba de la Torre Entel.
—Se parece a mí.
—Se parece a ti. ¿Te deja eso más tranquilo?
—¿Qué te pasa?
—Me pasa que no le tengo miedo a la magia. Ni a
la fantasía. ¡Mírala!
Ludovico no pudo volver a enfocar. Lo atrapó su
propio reflejo. Lo miraba cambiar de colores y formas, de
manera muy sutil. Lo que en un principio fue inequívoca
ansiedad, se transformaba en un sentimiento conocido.
Era una sensación aterciopelada.
—Luis. Me drogaste.
—No. Es magia. Es fantasía. Déjala ser por un
momento.
—Algo mezclaste, porque ahora reconozco el
efecto.
—Déjala ser, Ludo, disfrútala. Arriba del dragón
podrías imaginarte a la Alicia en el país de lo fantástico.
—De las maravillas —corrigió—. En el país de lo
maravilloso, no de lo fantástico.
—Bah. Detalles.
Varios Autores | 391
—Estoy alucinando y, a la vez, me estoy relajando.
¿Esto es una benzodiacepina?
—¿Eso es todo lo que aguantas? Mira, las arañas
bien podrían ser una invasión alienígena bastante
psicodélica. Es plausible. Y el dragón, quizá es… algún
animal sin taxonomía oficial. ¿Quién sabe? En una de
esas, viene del norte. Un dragón escandinavo con espíritu
latino.
—Luis…
—Dime…
—Me gusta que el sol ahora sea verde.
—Sí, a mí también. La fantasía es una maravilla.
—Y, sin más, Ludovico le acertó un palmetazo directo en la
coronilla, con todas las fuerzas que su mano semiabstracta
pudo controlar.
—Mira —le dijo, con Luis sobándose—, más allá
de que haya sido obvio que me estabas engañando y que
necesitaba alguna prueba de que no estabas viendo lo
mismo que yo, porque veo el sol bien amarillo, bueno,
naranja, casi rojo, ahora que se oculta, lo que realmente
me molesta es que te hayas dado el lujo, tú, de seguirme la
corriente con una estrella verde.
—Podría haber estrellas verdes —respondió
incorporado.
—No hay estrellas verdes. No bajo las leyes de
nuestro universo. Conoces mejor que nadie las reglas del
espectro del cuerpo negro, señor ingeniero irlandés.
—Ya sabes cómo y dónde podría haber estrellas
de ese color.
Ludovico se lanzó sobre el de las patillas canas y
polera negra. Ahora se estaba riendo. Lo conocía bastante
y se sorprendía de lo mucho que se había excedido.
—¡Hueón, me drogaste!
—¡No me peguí, que estoy un poco curao y me
podí hacer daño!
392 | Mundos Alternos
—Estai loco, Luis.
—No más que tú. Y quiero que sepas, que todo lo
que viste pudo ser real. Ya sé que no lo fue…
—Cállate y dame algo. Ya entendí tu punto.
—No. No lo has entendido. Ahora vas a entenderlo
todo.
—Sigo drogado. Pero sé que le pusiste algún
relajante. Lo puedo sentir.
Luis Saavedra se alejó un momento. Volvió a
su rincón oscuro y, cuando retornó, traía una pequeña
bandeja para realizar curaciones simples. Tenía guantes,
una jeringa y un frasco con un líquido transparente.
—¿Me vas a pinchar?
—Es el antídoto.
—¿Lo hay?
—Claramente. Y escúchame bien, porque ahora
viene la verdadera magia.
Ludovico se arremangó la camisa. Un pinchazo
no le preocupaba.
—Escucha bien —insistió Luis—, escucha bien.
—Una más y te vas de segundo palmetazo.
—La sustancia que puse en tu café es un
derivado de la dietilamida del ácido lisérgico, asociado,
efectivamente, a una potente benzodiacepina, de vida
media corta. Ambos son de vida media corta, pero el
efecto del derivado alucinógeno actúa primero que el
del ansiolítico. Está todo pensando para el consumidor
¿Tiene sentido o no?
—Bastante, diría yo.
—Ahora viene la mejor parte. No existe antídoto
para este derivado que te hace alucinar, más allá de
esperar a que deje de actuar en tus neuronas, pero… ¡Pero!
Estas moléculas de benzodiacepinas llegan rápidamente
a compartir espacio con las primeras, uniéndose a gran
Varios Autores | 393
parte de estas antes de arrastrarlas consigo hacia su
respectivo receptor.
—Los GABAérgicos.
—Exacto, los receptores GABAérgicos. Entonces,
el efecto lisérgico disminuye considerablemente por este
fenómeno inicial, pero no lo suficiente, dado que las benzos,
a su vez, priorizan encontrar sus propios receptores y ahí
se quedan, con o sin molécula secuestrada.
—Por ende —concluyó Ludo—, si me das un
antagonista de los receptores GABA, dejas libre más
moléculas de benzodiacepinas para secuestrar el resto del
derivado lisérgico.
—Voilà. Basta con esta simple inyección de
flumazenil. Y adiós, Alicia.
—Esa fue idea tuya. Yo nunca vi esa Alicia, que
quede grabado.
—Quedará. Esa es la idea. Así lo preferiste.
Luis Saavedra puncionó con precisión la vena de
Ludovico Pérez. El flumazenil, ambos sabían, era una
droga potentísima. El por qué lo sabían, siendo ambos
científicos que terminaron derivando en la ingeniería, era
algo que Ludovico agradecía que no quedara registrado.
No era necesario para las generaciones posteriores.
Lo cierto era que, en promedio, el ochenta por ciento del
efecto de la droga se evidenciaba dentro de tres cortos
minutos.
Y así fue. Rápido y lógico.
—¿Ves lo que hice, cierto?
—Sí, Luis. Y te lo agradezco. Todo esto de la
inauguración me tenía estresado.
—Yo sé que realmente no lo entiendes.
—¿Alguien te ha dicho que existen otras posturas
posibles, Lucho?
—No quiero decir eso.
394 | Mundos Alternos
—Lo sé, perdón. Me salió más brusco de lo que
esperaba. Luis. Lucho. Fue eso, ¿no?
—Creo, Ludo, que debieses mantener el nombre.
—Lo había dicho en broma. ¿Cómo se te ocurre?
—Lo digo en serio, es una cosa de coherencia
temporal. Ya no hay retorno.
—Consistencia interna. Si no, toda esta experiencia
se nos va al carajo.
—Asimismo.
—¿De dónde conseguiste esa droga, Luis?
—Irrelevante a la historia. Déjalo ir.
—Es un buen nombre —dijo Ludovico, ya de
vuelta en sus casillas habituales—, creo que tendrá
sentido para mucha gente. Es simple y elegante. «Motores
Mágicos».
—Honestamente, Ludo, no es para tanto. Es más,
hay un artículo francés…
—Déjalo, Luis.
—Es que es importante que sepas que, a pesar de
todo esto, tu historia sigue siendo mala.
—Sí, pero ahora es tu culpa. ¿Ves lo que hice,
Luchín? Si es mala, es por tu culpa.
—Lo hiciste con cariño, me imagino.
—Jamás lo dudes… «Motores Mágicos». Algo me
dice que me voy a arrepentir…
—Nunca me habías dicho Luchín.
—No se repetirá. De eso me arrepiento también.
—Me gusta… Frágil como un volantín… en los techos
de barrancas.
—Jugaba el niño Luchín…
—Con sus manitos moradas.
—¡Casi se me olvida! —Ludovico interrumpió de
golpe la canción—. ¡Los planos!
—¿De los «Motores Mágicos»?
Varios Autores | 395
—¡Sí! Necesito ver algo. Urgente.
Luis Saavedra volvió al mismo rincón de la oficina
temperada y volvió a salir de ella trayendo un nuevo
objeto. Una maleta, con planos en su interior.
—Me imagino que quieres ver estos, los impresos.
—Sí. Pásamelos.
Ludovico Pérez abrió el contenedor, de cuero
negro —sintético, obviamente— y sacó de su interior
las extensas hojas blancas donde aparecían ecuaciones
y dibujos geométricos. Las extendió por sobre la mesa
central, una al lado de la otra, y las recorrió de extremo
a extremo. Con un gesto de mano, le pidió a Luis que lo
acompañara.
—Corrobora conmigo. ¿Están bien los cálculos?
—Pues, claro. Lo ha corroborado todo el mundo.
—¿Mecánica de propulsión?
—Impecable, la veo yo.
—¿Energía, antimateria, gravedad?
—Ludo, ya está incluso probado. Lo deben estar
enseñando en los colegios.
—No le des tanto color.
—Está bien, ¿qué más?
—¿Te parece bien la estructura temporal?
—Algún día la mejorarán, espero, pero esta
funciona.
—Listo, entonces.
—Creo que ya le estás dando muchas vueltas.
Debimos haber terminado con la canción.
—Puede ser otra.
—En el día que nací, el doctor se confundió… ¿Ahí dice
«dragones», Ludo?
—Que los cohetes están patentados, no los
motores. ¡Se me olvidó, ya! ¡Lo admito!
396 | Mundos Alternos
EPITAFIO
Aquí yace el soñador Ludovico Vicencio Pérez
Huidobro.
Abrid esta tumba:
Al fondo se ven las estrellas, en todos sus posibles colores.
Varios Autores | 397
El paquete
Cristián Londoño Proaño
Vivo junto con mis abuelos en una hacienda de una
población en la costa ecuatoriana llamada Buena Fe, que
queda a una hora y media de la capital provincial y a siete
horas de Quito. Mis abuelos me adoptaron cuando tenía
cinco años, porque mis padres murieron en un lamentable
accidente de tránsito. Crecí junto a ellos, entendiendo
el negocio familiar. Mi abuelo Carlos se dedica a la
siembra y cultivo de varios productos, como tomates y
bananas. Todavía, mantiene algunas técnicas agrarias
antiguas, como el cultivo hidropónico. No ha comprado
robots para automatizar la recolección de la cosecha.
Prefiere contratar a pobladores de las comunidades
vecinas para que hagan el trabajo.
Es mediodía y llueve a cántaros. Desde hace tres
días que no ha parado de llover. Estoy en mi habitación
escuchando música electrónica y enviando por correo
electrónico mi última tarea del semestre.
—Su abuela le pide que acuda al almuerzo —
indica Rita, la asistente virtual.
—Gracias, Rita —digo.
Salgo de mi habitación. Camino por el corredor.
En las paredes están colgadas las fotografías de los antiguos
cacaotales que cubrían gran parte de la hacienda.
Mis abuelos y yo nos sentamos en la mesa. Mi abuela
Rosa se esforzó en prepararnos comida con los productos
398 | Mundos Alternos
propios de la hacienda. Hizo un arroz con pollo estofado.
Me gusta el toque tradicional ecuatoriano de la comida de
mi abuela. Ella mantiene las recetas que aprendió de su
madre. Trata de prepararlas igual que la receta original,
aunque no dispone de algunos ingredientes, porque han
dejado de producirse y le toca incorporar otros.
A la cabecera de la mesa, mi abuelo Carlos come
una cucharada con un trozo de pollo. Lo mastica, lo traga
y luego se queda mirando por la ventana. Admiro su
cabello canoso y sus ojos verdes, su nariz ancha y la boca
fina. En sus ojos verdes puedo percibir mucha frustración.
Una frustración que la entiendo totalmente. Empezó hace
dos años. Era una madrugada. Dos golpes secos en mi
puerta me hicieron despertar.
—¿Lucas? —escuché la voz de mi abuela.
Me desperecé. Todavía estaba oscuro en mi
habitación. Revisé la hora en mi celular de cristal.
Las cinco de la mañana. Era muy temprano.
—Dime, abuela —dije, despertando.
Mi abuela abrió la puerta despacio. La Luz del
corredor se filtró levemente en mi habitación.
—Rita, luces —indiqué a la asistente doméstica.
Las luces se encendieron. Mi abuela entró en mi
habitación. El cabello castaño, canoso, los ojos verdes
y la boca rosada de mi abuela lucían angustiadas. Algo
urgente había pasado.
—¿Pasó algo? —dije.
Mi abuela se acercó, me tomó de la mano y me
dijo:
—Tu abuelo…
Me incorporé apresurado. Me había asustado las
palabras de mi abuela.
—¿Qué le pasó?
—Está bien —dijo despacio la abuela, luego gimió
y dijo pesadamente—: Aunque…
Varios Autores | 399
Quizás lo intuía, pero no quiso decirme la noticia.
—Otra vez, falló —anunció mi abuela.
¿Falló?, me repetí. Conocía a lo que se refería.
Lo importante que había sido el proyecto que había
emprendido. Mi abuelo decía que era un soñador. Así se
definía. Me había recordado a mi difunta madre. Los leves
recuerdos que tenía de mi madre eran sobre su increíble
manera de alentar a mi padre en sus innumerables
proyectos. Yo había estado a lado de mi abuelo en el
proyecto. Durante varios días lo había acompañado al
campo, había recorrido la propiedad, comprobando que
las condiciones se cumplieran para que la planta creciera
sana y diera sus frutos, que no fallara nada. Pero ¿qué
había fallado?
—¿Dónde está mi abuelo? —pregunté, angustiado.
—En el comedor, Lucas —respondió mi abuela.
Caminé, lo más rápido que pude, hacia el
comedor. Mi abuelo estaba sentado en la cabecera.
A un costado estaba la planta. Se le notaba que se había
atrofiado y se había podrido. Me acerqué, me senté en
una silla y le dije al abuelo:
—¿Qué pasó?
—No logró sobrevivir, Luquitas —tomó el fruto en
sus manos y agregó—: cada vez que intento que el cacao
renazca, se produce esto. Solo quiero tener una planta
fuerte y que sobreviva al clima… Quiero plantar cacao
igual que el abuelo del abuelo de mi abuelo, quiero que
los cacaotales crezcan en mi tierra. ¿Acaso es un deseo
muy grande?
A partir de esa madrugada, la frustración de mi
abuelo creció. No podía dedicar parte de sus cultivos
a la producción de cacao, como lo habían hecho sus
antepasados, debido a que la semilla theobroma cacao estaba
extinguiéndose. Aún recuerdo con mucha tristeza cuando
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algunos medios informativos contaron que el chocolate
era un placer que pasaba a la historia y, paulatinamente,
se convertía en un lujo. Había muy poca producción y
en los próximos años se esperaba que se desapareciera
totalmente. Debido a que la semilla theobroma no había
soportado el cambio climático, ni los hongos y, peor, los
insectos. Los principales productores, como Costa de
Marfil, Ecuador y los países centroamericanos, tenían sus
cultivos diezmados. Los esfuerzos que hizo una empresa
norteamericana en la primera década del siglo XXI por
salvarla no habían tenido el éxito esperado. Así que la
semilla estaba condenada a extinguirse. Pero mi abuelo
estaba convencido que podía lograr el milagro mediante
sus técnicas. Mi abuelo había intentado cultivar a la
semilla, mediante varios métodos. No había tenido éxito.
Esto lo llenaba de frustración, porque se sentía impotente,
no cumplía el legado de sus antepasados. Le parecía que
había fallado en su legado, pero mi abuelo no entendía
que el cambio climático había afectado al mundo entero y
a todas las actividades humanas.
Vuelvo a mí. El abuelo voltea su mirada, coge una
cuchara de su comida y se la mete en su boca. Mis abuelos
y yo comemos en silencio, degustando el maravilloso arroz
graneado y el estofado de pollo aderezado con cebolla y
ajo. Mi abuelo acaba de comer su plato, lo deja a un lado
y dice:
—Algunas de mis plantas se morirán. Este clima
parece enemigo de los agricultores.
Mi abuela Rosa, que está sentada al costado
izquierdo, detiene en el aire su cucharada llena de arroz,
mira al abuelo y dice:
—No te enojes, hombre… Mejor aliméntate.
Luego, mi abuela gira su rostro, me mira con
mucha ternura y me pregunta:
Varios Autores | 401
—¿Cómo te va en la universidad, Lucas?
Por un instante, recuerdo que fue hace dos años, en
el 2049, cuando decidí que estudiaría en una universidad
extranjera, a pesar de que mi abuelo Carlos me dijo que
le parecía que era una institución muy lejana.
—Ahora las universidades están más cerca —le
dije en aquella ocasión al abuelo, cuando paseábamos
entre los cultivos hidropónicos de tomate.
—¿A qué te refieres? —me preguntó el abuelo,
cortando un tomate con sus manos.
—Todas las universidades tienen campus virtuales
y la mayoría tienen solo clases semipresenciales —le
contesté—, por eso digo que están más cerca, puedes
pasar estancias cortas en su campus real, pero la mayor
parte del estudio se lo hace en el campus virtual.
—¿En todas las carreras?
—No, solo en algunas carreras. Por ejemplo, en
comunicación las clases son cien por ciento virtuales,
pero en carreras científicas hay una mezcla de ambas
modalidades… Además, el nivel de investigadores de
la universidad me parece interesante. He leído algunos
escritos de ellos y me parecen rigurosos y serios.
Convencí a mi abuelo y decidió apoyarme. Luego,
rendí el test virtual de habilidades de la universidad,
y el test de conocimientos. Apliqué para la beca.
Fue una satisfacción enorme cuando me enviaron el
correo electrónico con la admisión. Luego me inscribí y
me enviaron a mi correo electrónico el pénsum individual
en biotecnología genética. Entusiasmado, asistí a las
primeras clases, conferencias y charlas en el campus
virtual de la universidad. Me puse mis gafas virtuales y
mis guantes sensoriales. Ingresé la clave de mi avatar y
me transporté al campus de la universidad. En la entrada
había un arco de cemento y en la parte superior estaba
402 | Mundos Alternos
el nombre de universidad. Ingresé por un sendero. A los
costados había varios jardines con flores de varios colores
y árboles frutales. Era impresionante el detalle de cada
gráfico, lo convertía en real. Al fondo del sendero estaban
tres edificios. El primer edificio era de estilo barroco, donde
estaban las oficinas administrativas de la universidad.
Los otros dos edificios restantes tenían modelos ovulares,
parecían naves espaciales, donde estaban las aulas y los
laboratorios.
En las clases virtuales, los avatares de los profesores
lograban introducirte en el ambiente de la materia que
impartían. Por ejemplo, el profesor de historia de la
ciencia. Había creado un ambiente virtual del siglo XIX
y enseñaba sobre los científicos de esa época. Se podía
charlar con el propio Darwin y oírlo explicar su Teoría de
la evolución de las especies.
En los laboratorios virtuales había robots
humanoides que, por una parte, daban indicaciones de
los experimentos obligatorios que se debía de realizar
y, por otro lado, apoyaban en el proyecto personal de
investigación.
Las clases presenciales, también me motivaban, la
mayoría de ellas las desarrollaban con realidad aumentada.
Por ejemplo, el profesor de genética hizo una actividad
didáctica en que se miraba la estructura del ADN y se
podía alterar las cadenas con las propias manos.
Gracias a mis altas calificaciones pude aplicar
para ayudante del laboratorio de agricultura genética.
Una parte de mi trabajo en el laboratorio lo hacía en el
campus virtual y otras en mis visitas a la universidad.
Retorno a mi presente. Observo el rostro dulce de
mi abuela y respondo a la pregunta:
—Muy bien, abuela.
El abuelo sonríe y me atiende admirado.
Varios Autores | 403
—Me gusta mucho mis clases presenciales —
cuento, emocionado—. En el aula tengo compañeros
chinos, malayos, finlandeses y árabes.
—¿Y cómo te comunicas con todos? —pregunta el
abuelo—. ¿Todos hablan inglés?
—Ahora es diferente, abuelo —respondo—.
Todos usamos nuestros audífonos traductores. No hay
problema que hables en tu propio idioma. El audífono
hace que escuches en tu idioma.
—Maravilloso —dice la abuela—. Si hubiese
habido en mi tiempo, seguro no hubiese estudiado inglés.
—¿Y cómo desarrollas tu trabajo en el laboratorio?
—dice mi abuelo.
Tomo un sorbo corto de agua.
—Algunos procesos se han automatizado —
contesto—. Los robots y la inteligencia artificial han
ayudado en los laboratorios de la universidad. Muchos
procesos que podían durar meses, se han acortado a
semanas, y creo que, en los próximos años, se acortarán
a días.
En ese momento suena el timbre de la casa. Rita,
la asistente virtual doméstica, nos informa que hay una
persona en la puerta, que quiere verme.
—Gracias, Rita —dice mi abuelo.
—De nada, Don Carlos —dice la asistente virtual.
Rita es una de las pocas adquisiciones tecnológicas
que mi abuelo ha dejado que se instalaran en la casa de
hacienda. Son pocas las cosas tecnologías que le gustan,
ya que la mayoría las considera una aberración. Todavía
tiene un viejo iPhone, que no ha cambiado por nada, a
pesar de que los celulares de cristal son ultraveloces.
—¿Quién será? —pregunta la abuela.
—El hombre dice que es un mensajero —informa
Rita.
404 | Mundos Alternos
—Gracias, Rita —dice mi abuela.
—Le doy algún mensaje —pregunta Rita.
—Ninguno, Rita —digo—. Ya salgo.
Me incorporo ante la mirada atenta de los abuelos.
Quizás intuyo de lo que se trata.
Camino por el pasillo de la casa de hacienda.
Tomo un paraguas del perchero. Salgo por la puerta.
Abro el paraguas y camino por el sendero de tierra.
Al fondo diviso las plantaciones de banana. Me pongo a
pensar que, quizás, sé qué tipo de paquete voy a recoger.
Este paquete lo he esperado con mucha expectativa. Es el
resultado de lo que empecé hace dos años.
Abro la puerta y miro el rostro del mensajero.
Es un muchacho joven de cabello castaño, ojos cafés y
nariz ancha. Tiene un gorro rojo con el logotipo de la
compañía de entrega inmediata, sostiene un paquete
cuadrado en sus manos.
—Lucas Mendoza —dice el mensajero.
—Soy yo —respondo, ansioso.
El muchacho saca un aparato y dice:
—Mire a la luz roja, por favor.
El muchacho coloca el aparato frente a mis ojos
y escanea mis retinas. Comprueba mi identidad y me
entrega el paquete. En el remitente dice el nombre de mi
universidad. Le agradezco al muchacho y nos despedimos.
Entro en la hacienda, sosteniendo en mis manos
el paquete que me ha llegado de la universidad y dejando
el paraguas colgado en el perchero. Pienso que trabajé
bastante en el proyecto. Me dediqué muchas horas
en los laboratorios virtuales y en los laboratorios en la
universidad. Aunque solo fui un ayudante, apoyé y ayudé
en el desarrollo del proyecto. Me involucré con mucho
entusiasmo. En el laboratorio, desarrollaban un nuevo
genoma de la semilla del cacao. Los investigadores del
Varios Autores | 405
laboratorio querían modificar la secuencia genética,
cambiando los cromosomas móviles. De ese modo, la
semilla sería más fuerte al clima. Resistiría a los cambios
de temperatura, al exceso de lluvia, a los hongos y a
los daños causados por los insectos. Recuerdo que uno
de los investigadores dijo que el cacao resucitaría entre
los muertos. Luego de que los investigadores tuvieron
las semillas diseñadas genéticamente, me ofrecí para
plantarlas en la hacienda de mi abuelo. Los investigadores
lo aceptaron y, ahora, me enviaban el paquete a mi casa.
Llego a la sala. Mis abuelos están sentados en
los sillones. Me siento en un sofá. Mis abuelos me miran
con expectativa. Tomo el paquete en mis manos, saco el
envoltorio, luego abro la caja y tomo la cápsula hermética.
—¿Qué es? —dice mi abuela.
Sonrío. Mi abuelo también lo hace.
—No me digas que es…
—Sí, abuelo… Son las primeras semillas de
cacao, modificadas genéticamente, desarrolladas en la
universidad.
Mi abuelo toma con sus manos la cápsula, se
incorpora del sillón y se dirige a la ventana. Ha escampado.
Miro el rostro de mi abuelo. Sus ojos verdes me devuelven
la esperanza. Quizás sueña que, en algunos meses, los
cacaotales, volverán a crecer en nuestra hacienda de
Buena Fe.
406 | Mundos Alternos
Amor de mujer
Roberto Sanhueza
Susana oyó los pasos de la guardia romana en su ronda
y se alejó de la esquina hacia un lugar oscuro en la
callejuela, desde donde aún pudiera ver la entrada al
palacio del Procurador. Palacio para los ojos de Susana;
probablemente, al Procurador mismo le parecería solo
una casona, su cuartel en este rincón perdido del mundo
civilizado. Una venida a menos, por cierto.
Susana se ajustó más el manto y trató de combatir
su miedo e impaciencia. María debería haber vuelto hace
ya mucho, pero no había nada que Susana pudiera hacer
sino esperar.
Esperar y sufrir.
El atardecer se había ido y ya era noche cerrada.
La ciudad estaba silenciosa, y María aún no volvía.
Cuando su angustia llegaba a límites insoportables
y creía que el estruendo de su corazón latiendo la delataría
a la guardia, finalmente vio Susana una sombra más
oscura salir de la puerta del Procurador. Se mordió los
labios para no llamar a María y levantó su manto para
atravesar corriendo la callejuela.
—¡María! —susurró con fiereza—. ¿Estás bien?
¿Te escuchó el Procurador? ¿Por qué tardaste tanto?
Un rayo de luna cayó sobre el rostro de María.
—¡Calla, mujer, calla! Este no es lugar para charlar.
No sea que la guardia nos coja rompiendo el toque de
queda. Volvamos a casa.
Varios Autores | 407
Susana reconoció la prudencia en esas palabras y
calló. Pronto ambas mujeres fueron sombras fugitivas en
la ciudad oscura.
Simón abrió la puerta tras asegurarse de que
eran Susana y María que volvían. También se aseguró
de hacerles saber cuánto desaprobaba que estuvieran
fuera y solas tan tarde en la noche. María no estaba para
sermones y le cortó en seco.
—Si mis acciones pueden conseguir la Libertad de
Joshua, no importará cuán tarde vuelva, Simón.
Simón se sintió como abofeteado y calló. Nunca
pudo acostumbrase a la libertad con la que María llamaba
al Maestro por su nombre y en sus palabras oía una crítica
implícita. En realidad, él no había hecho gran cosa por
impedir la detención del Maestro.
De vuelta en las habitaciones de las mujeres,
María intentó dormir, pero el sueño la eludía. Podía oír a
Mateo roncando en la habitación vecina y también a Juan
llorando quedamente. Sintió endurecerse su corazón.
No era este momento de llantos y no lloraría hasta que
Joshua estuviera de vuelta, vivo o muerto.
En su momento, el sol encontró su camino como
siempre y el nuevo día comenzó. Uno por uno, los
discípulos empezaron con sus tareas diarias en la pequeña
comunidad, quizás más por hábito y por mantener una
semblanza de normalidad que por real necesidad. Cuando
se sentaron a la mesa para romper su ayuno, Simón
condujo las plegarias que el Maestro les había enseñado y
María sintió un escalofrío.
—¡No! —gritó por dentro—. ¡No todavía, Simón!
Él no ha muerto aún. —Pero nada dijo. La comunidad
necesitaba un líder durante la ausencia de Joshua y Simón
era, después de todo, un buen hombre.
Al llegar la tarde, los discípulos abandonaron la
408 | Mundos Alternos
casa y se sumaron a la multitud. A medida que la plaza
frente al palacio del Procurador se llenaba de gente, la
multitud se tornaba más bulliciosa y violenta. Esperaban
diversión cuando el Procurador les diera a elegir entre
dos prisioneros, como era costumbre. Si los romanos
servían para algo era para montar buenas ejecuciones
y el populacho sabía que el odiado Procurador no les
decepcionaría.
María se deslizó a través de la multitud y se ubicó
cerca del lugar donde sabía que el Procurador estaría.
Quería cerciorarse de que el hombre mantuviese su
palabra. Quizás solo sería un mentiroso, como tantos
otros.
La puerta se abrió y el Procurador salió.
El populacho estalló en gritos. Tras él, la guardia arrastraba
dos prisioneros, el bandido y Joshua. María sintió una
mano helada oprimir sus entrañas: lo habían tratado muy
mal. Joshua apenas caminaba.
El procurador agitó una mano y el populacho
calló. Habló en latín y uno de sus hombres tradujo en voz
alta.
—Ciudadanos del imperio, súbditos de César.
Es costumbre vuestra perdonar la vida de un condenado
por la ley de César en este día y César el divino, en su
magnanimidad, accede a respetar vuestra costumbre.
He aquí el predicador y agitador de la chusma, he aquí
el bandido y asesino. ¿Cuál de ellos vivirá? Vosotros
decidiréis.
El populacho pareció enloquecer y María sintió
una vez más la mano fría en su interior. Gritaban
claramente el nombre del bandido, los mismos que el día
anterior habían aclamado a Joshua y le habían llamado
rabí.
Pero no era el momento de meditar acerca de la
Varios Autores | 409
maldad humana. Levantó ella su velo y posó su mirada
oscura sobre el Procurador. Notó que Pontius la había
visto y sonrió, aunque casi le destrozó la cara levantar
las esquinas de su boca. Sus perfectos dientes blancos
brillaron entre sus labios llenos y deslizó la punta de la
lengua sobre ellos, sin nunca quitar los ojos de Pontius.
Vio la lujuria cruzar su cara como un relámpago.
Sacudió entonces él la cabeza, le sonrió brevemente y
miró a otro lado. Señaló hacia Joshua y habló a la guardia.
—¡Soltad al predicador! —Se volvió y entró en su
palacio, indiferente a la multitud.
María se sintió a punto de desvanecer, su corazón
queriendo escapar del pecho. El hombre había mantenido
su palabra.
El populacho parecía decepcionado, pero para
ellos cualquier ejecución era evidentemente tan buena
como cualquier otra y pronto estaban vitoreando de
nuevo cuando la guardia llevó al bandido hacia la cruz.
Mientras la multitud iba tras los soldados para
mejor apreciar el tormento del bandido, Simón y Mateo
corrieron hacia el caído Joshua. Los soldados le habían
arrojado a la calle, así golpeado y herido como estaba,
para morir o vivir, según pudiera.
Esa noche los discípulos estaban de vuelta en su
casa, a un tiempo dolidos y felices, dispuestos a abandonar
la ciudad en cuanto Joshua pudiera resistir el viaje. En el
silencio de la noche podía oírse los gritos, cada vez más
débiles, de los condenados en sus cruces.
María y Susana atendían las heridas de Joshua.
María sintió una ola de nausea pasar a través de ella,
algunos de los cortes de los latigazos llegaban al hueso
mismo. Endureció ella su corazón y siguió con su tarea.
¡Vivía! Y, con el tiempo, sanaría.
Susana la miró mientras sus manos diligentes
esparcían el bálsamo por la espalda de Joshua.
410 | Mundos Alternos
—¿Qué le dijiste al Procurador, Magdalena?
Una sonrisa cansada se insinuó en los labios de
María. Sabía que lo que Susana quería preguntar era más
bien «¿Qué hiciste?» y no «¿Qué dijiste?». Permaneció en
silencio por un momento, pero finalmente habló.
—¿Por qué crees tú, Susana, que somos nosotras
las que atendemos a Joshua y no los hombres?
Susana se escandalizó.
—¡Por supuesto que somos nosotras! Hay cosas
para las que los hombres no sirven.
—Exactamente. Hay cosas que una mujer puede
lograr que no podrían todos los ejércitos o todas las
armas. Conozco al procurador de mi… vida anterior.
Tengo solo veinte años, pero he visto quizás más de la
vida de lo que tú nunca podrás. Joshua fue gentil conmigo
y nunca preguntó de dónde venía ni como me ganaba la
vida. Incluso ese canalla de Judas se atrevió a cuestionar
mi presencia aquí y sé que Simón no está muy feliz de
tenerme en nuestra comunidad, pero no Joshua. Él me
aceptó, Susana, por lo que soy, y yo he hecho lo que tuve
que hacer para salvarle.
Nada más dijo y Susana no insistió. La respiración
de Joshua era algo más tranquila y dormía ya. Susana se
levantó y se fue, pero María de Magdala se quedó un rato
más con las manos de Joshua entre las suyas. Una lágrima
rodó por su mejilla y otra la siguió pronto, ahora ya libres
de caer.
—Hice lo que tuve hacer. Hice lo que me había
prometido a mí misma nunca más hacer.
Una breve luz de orgullo brillo en su faz para
morir enseguida.
—Hice aquello en lo que ninguna me superaba.
Hice lo que Pontius no olvidará en su vida y lo haría mil
veces más a mil hombres distintos para salvar tu vida,
Varios Autores | 411
como tú salvaste la mía. Duerme mi Joshua, la vida
comienza de nuevo con el amanecer.
Besó sus ojos cerrados y abandonó la habitación.
Si sintió mundos temblar y futuros destrozarse,
nunca lo demostró.
412 | Mundos Alternos
Enmienda temporal
Héctor Olmedo Gutiérrez
Santiago, Chile. Martes 23 de marzo de 2077.
En oficinas ubicadas al interior del Ex Congreso
Nacional, un hombre de unos treinta años golpea la
puerta de una oficina, mientras gira la manilla, abriéndola
lentamente.
—Jefe, disculpe la molestia. Acaba de llegar una
solicitud de enmienda…
—Gracias, Poblete. Pero entréguesela a Gaete, no
más.
—No puedo, jefe.
—¿Cómo que no puede? ¿Dónde está Gaete?
—Está en su escritorio, jefe.
—¿Entonces?
—Es que esta solicitud es especial…
—¿Cómo así, Poblete?
—La secretaria de Gerencia vino personalmente y
dijo que viene desde el «mismísimo cielo».
—A ver, no sea payaso, Poblete, y páseme el
papel… —Tras coger el documento de mala gana, se
ajusta los anteojos y prosigue a leer en voz alta.
«Estimado Sr. Hernández:
»Espero que se encuentre bien el día de hoy y
que su trabajo fructifique. En esta oportunidad deseo
encargarle una enmienda personal del presidente de la
Varios Autores | 413
junta directiva global, quién acaba de regresar al país
hace unos días y ayer por la tarde se entrevistó conmigo
para pedirme que le hiciera llegar explícitamente a usted
esta solicitud.
»Entenderá la importancia del asunto, dada la
persona de quien estamos hablando. Ni más ni menos
que el científico más importante del siglo XXI, el creador
del primer prototipo de observación temporal hace veinte
años y desarrollador junto a la Inteligencia Artificial del
algoritmo cuántico que permite el análisis del impacto y
consecuencias de las enmiendas temporales y, por lo tanto,
de la factibilidad ético-práctica de realizarlas.
»Además recordará usted que tras ganar el Nobel
de Física y Matemáticas creó, junto con la O.N.U., las leyes
que permitieron a la humanidad poder acceder a esta
tecnología masivamente, sin lucro de por medio. Dichas
normativas permitieron a todos los humanos corregir
pequeños aspectos de sus vidas que les beneficiaran, con
un impacto estadísticamente neutro en la historia humana
posterior.
»Por último, es el fundador de la empresa de
tecnología más grande de la historia; nuestra empresa,
ENCOTIME. Entenderá que para mí es un honor poder
brindarle ayuda en esta solicitud.
»Adjunto detalles sobre el caso y le pido toda la
discreción posible. Por favor, repórtele personalmente de
los avances; por escrito, pues así lo ha solicitado.
»Atte.,
»Francisco Sfeir Quintanilla
»Gerente General
»ENCOTIME Chile»
—¡Mierda, Poblete! El señor Sfeir en persona y
Gómez Castillo, ¡el científico más famoso de la humanidad!
414 | Mundos Alternos
El otro día lo describieron, por sus diversos logros, como
una mezcla perfecta de Einstein, Marie Curie y Hawking.
—Así es, jefe… Le dije. Y… ¿quién era Hawking?
—Esto no puedo delegarlo, Poblete… —señaló
nervioso Hernández, sin escuchar la pregunta.
—Creo que no, jefe…
—Bueno, bueno, déjeme a solas por favor.
Me haré cargo de inmediato.
Esperó que su subordinado saliera para revisar la
segunda misiva sellada y adjunta…
«Estimado Sr. Hernández:
»Primero que todo, quiero expresarle que lo he
elegido por su impecable trayectoria al interior de nuestra
empresa. Por otro lado, quiero contarle que conozco
las “Leyes Unidas”, como se les dice popularmente a las
normativas generadas por la O.N.U. hace unos años, para
reglamentar el uso de esta tecnología. Yo mismo ayudé a
escribirlas, por si no lo sabe, y más tarde fueron ratificadas
por representantes de todos los países.
»Quiero que entienda que el objetivo de desarrollar
esta tecnología, para mí, siempre fue poder entender mejor
nuestro pasado y las variables involucradas en los hechos
que nos han llevado como humanidad hasta el punto en
que nos encontramos ahora. Tal vez de mayor relevancia
aún fue permitir a las personas comunes y corrientes ser
más felices, corrigiendo pequeños aspectos en sus historias
vitales sin generar una repercusión mayor en el resto de
los acontecimientos de la humanidad.
»Sé que las normativas incluyeron, entre otras
cosas, la prohibición de interferir en las historias vitales
de personas fallecidas, que la fecha a intervenir no puede
ser anterior a la fecha de nacimiento del último humano
vivo sobre el planeta, sin mediar métodos artificiales
extraordinarios. Que no se puede evitar directamente
Varios Autores | 415
la muerte de personas o causarla. Que solo se pueden
intervenir hechos ocurridos diez años antes desde la
fecha de solicitud, pues esto permite evaluar mejor,
estadísticamente, las consecuencias de dicho evento.
Que existe precisamente un complejo algoritmo de
variables multidimensionales que permiten evaluar
el impacto de una intervención en la historia de la
humanidad, pudiéndose resolver así con seguridad la
aceptación o no de la enmienda planteada. Incluso, que si
el análisis de conflictos y catástrofes actuales, en la mirada
histórica, presenten relación con alguna enmienda
realizada, esto involucra la inmediata reversión de los
hechos modificados.
»El butterfly effect de modificar un hecho en
particular puede tener casi incalculables repercusiones,
que solo el procesador más avanzado del mundo es capaz
de predecir, sin intervención de “inteligencia humana o
artificial” alguna en dicho análisis, de modo de evitar así
condicionantes poco éticas.
»Aún considerando todo esto, necesito que me
ayude a intervenir la historia vital de mi mentor, quién
fuera un padre para mí, Gonzalo Andrés Varas García,
quién en su lecho de muerte hace algunos días me pidió
que pudiese revisar y eventualmente modificar un hecho
en su historia vital. No había realizado solicitudes con
anterioridad, desde que existe esta tecnología.
»El evento en sí parece de una simpleza pueril,
pero, como suelen ser estas cosas, para él cobró una
importancia mayor. El 27 de abril de 1996, en la ciudad
de Linares, Chile, a los 15 años de edad, quiso declararle
su amor a una compañera de curso, pero no se atrevió.
Al día siguiente, ella y sus padres fallecieron en accidente
vehicular en la carretera, cerca de Talca.
»Gonzalo quiso modificar dicho hecho, en su
416 | Mundos Alternos
lecho de muerte. Pero no alcanzó a realizar la solicitud
personalmente. Yo mismo doy fe de ello. Les pido por
favor evaluar esta variable.
»Atte.
»Mario Gómez Castillo».
II
Santiago, Chile. Miércoles 24 de marzo de 2077.
«Estimado don Mario:
»Agradezco mucho sus palabras hacia mi persona
y quiero contarle que es todo un honor para mí el haber
podido investigar la factibilidad de dar una solución a lo
que me está pidiendo.
»La Observación temporal desarrollada anoche
arrojó los siguientes datos:
»Sábado 27 de abril de 1996. Linares
»16:33 hrs. Gonzalo, recostado en la cama de su
habitación, escucha canciones en su aparato de radio.
Suena Penélope, en la versión de Diego Torres; Aria, de
Paolo Meneguzzi y Experiencia religiosa, de Enrique Iglesias.
17:08 hrs. Escribe en su diario de vida que está decidido a
confesarle su amor a Magdalena.
»19:12 hrs. Gonzalo toca el timbre de la casa de
su compañera de curso, distante tres cuadras de la suya.
Trae su mochila con un par de libros y un cuaderno.
Tiene planificado realizar con ella un trabajo de física que
les encargaron del colegio para en lunes siguiente. Son
amigos hace más de un año y los últimos trabajos los han
realizado siempre juntos, obteniendo la nota máxima.
»20:55 hrs. Los padres de Magdalena se encuentran
a cinco cuadras de la casa, volviendo en su vehículo desde
el supermercado. Magdalena enciende la radio tras
terminar el trabajo justo en el instante que comienzan
Varios Autores | 417
a sonar la voz del intérprete de la canción número uno
de la semana: Gangsta’s Paradise, del rapero Coolio. “Me
encanta esa canción”, dice, poniéndose de pie y subiendo
el volumen del aparato, mientras Gonzalo la contempla.
»20:59 hrs. Suena el timbre en casa de Magdalena y
llegan sus padres. Al día siguiente deben viajar a Talca por
el día para visitar a una tía materna, enferma. Magdalena
ha dudado todo el día si acompañarlos o quedarse con su
hermana mayor y su sobrina, en casa.
»21:06 hrs. Gonzalo besa la mejilla de Magdalena
y se despiden sonriendo. Gonzálo caminará hacia la
esquina y, justo veinticinco segundos después, se volvería
para verla entrar a su casa.
»23:55 hrs. Gonzalo escucha One Of Us, de Joan
Osborne. Luego seguirá con Wonderwall, de Oasis; Hand
in my pocket, de Alanis Morissette y 1979, de Smashing
Pumpkins. Mientras, comienza a leer El testamento de un
lugar llamado Tierra, de Jordi Sierra I Fabra.
»Domingo 28 de abril de 1996. Linares.
»12:36 hrs. Gonzalo se levanta. Está solo en
casa, sus padres y su hermana mayor están en misa en la
parroquia del sector. Abre el refrigerador y se prepara un
sándwich con queso y jamón, luego vuelve a su habitación.
»13:22 hrs. Gonzalo y su familia almuerzan juntos.
»16:54 hrs. Suena el teléfono en casa de Gonzalo:
es Amalia, la hermana de Magdalena, para avisarle que
sus padres sufrieron un accidente llegando a Talca y todos
fallecieron, incluso Magdalena, que viajaba con ellos.
»Las intervenciones probadas de inmediato fueron
las siguientes:
»1. Retrasar a los padres de Magdalena en el
supermercado para darle más tiempo a solas a Gonzalo,
pero este sigue sin declararse y los eventos posteriores
resultaron imperturbados.
418 | Mundos Alternos
»2. Que Gonzalo encontrara una rosa roja media
cuadra antes de la casa de Magdalena. La primera vez no
la vio, la segunda la vio y no la recogió; la tercera, la flor
estaba afuera de la casa y la recogió, pero se la entregó
a Magda sin ninguna intensión romántica concreta.
El resultado fue que este siguiera sin declararse y los
eventos posteriores resultaron imperturbados.
»3. Dejar unos versos en una hoja de cuaderno
rota en vez de la flor… Mismo resultado. Probamos con
Neruda y Benedetti, luego Bécquer, poetas que estaban
en la repisa con libros de su pieza. Mismo resultado.
Probamos con que la hoja estuviese fuera de la casa en el
momento que se van a despedir. Pareció prometedor en
principio:
»21:06 hrs Gonzalo y Magdalena de pie afueras
de su casa. Él recoge el papel del suelo, se sonríe y lee los
versos; ella lo mira y también sonríe. Silencio, luego él
besa la mejilla de Magdalena y se despiden, él caminará
hacia la esquina y, justo veinticinco segundos después, se
vuelve para verla entrar a su casa. Igual resultado con
Neruda y Benedetti.
»Probamos con Bécquer y el resultado fue mejor.
Él dijo:
»—El destino quiere hablarnos de amor…
»Ella se sonrojó, bajó la mirada. Silencio, luego él
besa la mejilla de Magdalena y se despiden. Él caminará
hacia la esquina y, justo veinticinco segundos después, se
vuelve para verla entrar a su casa.
»4. Tratamos de impedir el accidente. Sé que va
contra la ley, pero lo probamos por usted. Pero todo fue
nefasto. Las consecuencias en los modelos predictivos eran
radicalmente más negativas ya en la primera semana; al
año y los tres años eran éticamente intolerables…
»5. Volvimos a insistir con Gonzalo. Uno de mis
Varios Autores | 419
asistentes propuso despertarlo temprano, dejar unos
versos de Bécquer imitando la letra de Magdalena, pero
nada. Con todo lo que hicimos no logramos que acudiera
a visitarla por la mañana del domingo.
»6. Intentamos favorecer que ella tomara la
iniciativa, de diversas formas, cómo mostrando una
situación similar reiteradamente en el día en un comercial
de televisión, dejando esas notas de poesías, haciendo
que una vecina tocara más fuerte una serie de canciones
románticas durante la mañana y noche anterior, pero
nada. Los acontecimientos se sucedían de la misma forma
durante las horas y días siguientes.
»Lamentablemente, hasta ahora, corregir esto no
parece factible».
III
Santiago. Chile. Jueves 25 de marzo de 2077.
«Estimado Sr. Hernández:
»Agradezco mucho su evaluación del caso y los
distintos intentos por lograr modificar la situación de mi
estimado Gonzalo.
»Cuando lo vi ese día en su cama, se alegró
momentáneamente al verme y, luego de unos minutos, me
dijo que si se arrepentía de algo en su vida era solo de ese
instante en su juventud, de no haber tenido la valentía de
confesarle su amor a aquella joven.
»Cuando lo conocí en la universidad era un
profesor de temer. Severo, pero extraordinario. Cuando
me transformé en su ayudante pude conocerlo mejor
y me contó su historia en alguna de muchas tardes de
experimentos y teorizaciones diversas. Tras la muerte de
Magdalena, Gonzalo cayó en una profunda depresión
por casi dos años, que lo obligó a congelar sus estudios
420 | Mundos Alternos
de colegio. Un día, en medio de sus psicoterapias y
antidepresivos, leyó un artículo —en una revista antigua
llamada Muy Interesante— sobre agujeros negros, viajes en
el tiempo y universos paralelos. Entonces imaginó que, en
otro universo, otro Gonzalo, le declaraba su amor a otra
Magdalena. Ella no se subía a ese vehículo y tenían un
futuro, juntos.
»Por alguna razón, eso cambió su vida. Retomó
sus estudios y se dedicó con ahínco a estudiar matemáticas
y física. Nunca se casó, se dedicó de lleno a su carrera y,
luego, a sus posgrados. Desarrolló el proyecto nacional de
Inteligencia Artificial, como una forma de sentar las bases
para conquistar su sueño de influir en el tiempo.
»Me trató como a un hijo, me orientó en mi
formación y me aconsejó. Me ayudó a conseguir la beca
en el MIT, de Estados Unidos, un paso que cimentó el
desarrollo de mi carrera basada en su propio trabajo e
inquietudes.
»Por eso le pido de manera muy personal poder
reevaluar el caso desde otras perspectivas, considerar otras
variables, indagar nuevos aspectos de la línea temporal.
»No puedo rendirme ahora sin pedir de usted otra
oportunidad
»Desde ya agradecido,
»Mario Gómez Castillo».
—Estimado Poblete, lo cité a mi oficina porque necesito
contactar a Martínez.
—Pero, señor… Carmen Martínez está jubilada
hace cinco meses, usted sabe, tras completar sus diez años
de destinación.
Varios Autores | 421
—Por lo mismo, Poblete. Ella era la mejor en su
campo, una artista a la hora de analizar. Siempre logró
resultados con una sutileza que generaba impactos
mínimos y cero colateralidad.
—Pero no sé si querrá volver, jefe. Usted sabe
que siempre se comprometía a fondo en sus casos y eso
terminó por afectarla.
—Es la única a quien vi en diez años lograr traer a
alguien de vuelta con impacto mínimo. Si se puede hacer
algo más en este caso, sin duda es ella quién podrá.
—Era muy talentosa, jefe, casi mágica…
—Averigüe su dirección y teléfono, Poblete.
Veré si puede recibirme después de almuerzo. Este asunto
prefiero tratarlo con ella personalmente.
Casi cuatro horas después, Hernández se
encontraba tocando el timbre de un departamento en
calle José Maza, Ñuñoa.
Veinte minutos después había conseguido
su cometido, pero con una sola condición: Carmen
Martínez quería a Gómez Castillo junto a ella en la nueva
Observación.
Hernández, de vuelta en su oficina, llamó al
Gerente Sfeir, le contó la situación y consiguió el teléfono
móvil del premio Nobel. Tras un par de minutos, quedó
todo coordinado para esa misma noche.
A las 21:00 hrs, Gómez Castillo llegó al
estacionamiento de la Torre ENCOTIME Chile, junto al
ex Congreso Nacional. Lo acompañaba una asistente y
escolta gubernamental. Fue recibido por el Gerente Sfeir
y Hernández. Ambos lo condujeron hasta el décimo piso,
donde estaba el laboratorio de observación temporal.
Dentro, los esperaba Carmen. Tras una breve presentación,
Hernández y Sfeir se retiraron. Gómez Castillo pidió que
su asistente y la escolta los esperaran fuera del laboratorio,
para que pudieran trabajar tranquilos.
422 | Mundos Alternos
—¿Es la primera vez que visita este laboratorio?
—preguntó Carmen.
—Sí. Había estado un par de oportunidades
antes en los pisos inferiores, pero acá arriba no. Aunque
debo decir que los laboratorios de observación tienen un
equipamiento estándar y una disposición espacial que
reproduce al detalle la del original, en D.C.
La miró detenidamente por unos breves
momentos. Su saludo inicial le había parecido algo
distante y frío. Quizás porque estaba más acostumbrado
a los elogios desbordantes, tras el Nobel. Carmen era una
mujer de unos cincuenta años, discretamente maquillada,
cabello castaño y mirada penetrante. Había llegado a
la compañía reclutada por su formación en psicología y
experiencia asesorando investigaciones policíacas. Él la
había investigado un poco, después de saber que había
solicitado su presencia por explícito esa noche…
—¿ENCOTIME Washington?
—Claro. La casa matriz —señaló Mario.
—¿Hace cuánto que no hace esto? Digo,
observar…
—Cómo parte de una investigación de campo…
Más de diez años, diría yo. Por motivos personales, hace
una semana…
—Es un voyerista, señor Gómez, ya lo había
pensado yo alguna vez, pero no esperaba que lo confesara
abiertamente. Espiar a las personas en el tiempo… —dijo,
regalándole una tenue sonrisa.
Le había parecido más bajo que en la televisión o
las fotografías, pero de un trato directo y hablar sencillo.
A sus sesenta y dos años, mantenía algo de sobrepeso y
cultivaba un cabello canoso, pero cuidado. De vestir
informal, casual. A pesar de todos sus títulos y hazañas,
sin ínfulas de superioridad alguna en su actitud y palabras.
Varios Autores | 423
—¡Me atrapó, Carmen! Y en solo unos minutos.
—Sonrió también—. Un voyerista del tiempo. Y dígame,
Mario, por favor. Lo del señor Gómez prefiero dejarlo
afuera de esta oficina.
—¿Y cuál es su época preferida para observar,
Mario? ¿Guerras mundiales? ¿El tiempo de Jesús? ¿La
época de los Sultanes y sus harenes? ¿La Independencia,
acaso?
—¿La verdad? La niñez de mis padres y la mía
propia… Hace muchos años que no están conmigo y cada
vez que los vuelvo a ver es como volver a sentirlos a mi
lado. Sus voces, sus gestos, sus actos. Siempre descubro
pequeños aspectos que los hacen aún más cercanos, más
humanos, menos intangibles…
—Disculpe si he sido muy entrometida, Mario,
apenas nos estamos conociendo…
—No se preocupe, Carmen. Es precisamente por
eso que me trajo aquí esta noche, ¿no? Franqueza.
—En parte, sí, Mario. Por otro lado, entender
cuáles son sus motivaciones en este caso. Qué es lo que
busca.
—Busco saldar una deuda… Busco darle algo al
hombre sobre cuyos hombros he estado parado todos
estos años…
—¿Se siente agradecido hacia él, académicamente?
—En parte, Carmen. ¿Sabía usted que, cuando
me dieron la noticia del Nobel, lo primero que hice fue
comprar unos pasajes de avión y viajar ese mismo día a
Chile? La prensa publicó luego que vine invitado por el
presidente, que quería reencontrarme con familiares y
amigos, que quería volver a mis orígenes en San Miguel.
Todo cierto, en parte. Pero la verdad es que vine a verlo
a él, a Gonzalo Varas García. Vine a comprometerlo en
que me acompañara a Estocolmo. Pero dijo que no, que
424 | Mundos Alternos
el premio era mío y que en las fotografías iba a verme mal
con un viejo desaliñado como él. No sabe todo lo que le
insistí en los días siguientes, hasta la premiación.
—¿Lo quería mucho, Mario?
—Lo aprendí a querer. Mire, yo perdí a mi padre
a los dieciséis y él entró en mi vida a los diecinueve.
Era terco, serio en primera instancia, de carácter fuerte,
con un sentido del deber y la ética infranqueables. Siempre
me pregunté por qué a un tipo cómo él, un doctor de cierto
renombre, le apasionaba tanto algo que parecía salido de
un texto de Zafira, Deb, Juri o Cortéz. Las dimensiones y
el tiempo.
—Entonces hizo suyo el camino que él se había
planteado.
—Seguí sus descubrimientos y profundicé en sus
teorías e ideas.
—Entonces, podríamos decir que fue su mentor
de tomo y lomo, Mario.
—Fue más que eso. Verdaderamente, fue un
segundo padre para mí. Las cosas en casa eran difíciles en
lo económico. En algún momento quise dejar la carrera
y trabajar, con lo que ganaba mamá no alcanzaba y las
becas no solucionaban todo. Pero recuerdo que se enojó
mucho y me lo prohibió. Él mismo me pagó dos años
enteros de carrera.
—Ya entiendo. Por eso quieres ayudarlo, aunque
esté muerto.
—Así es. Cuando me contó sobre esta situación
de su adolescencia pude entender que su motivación en
la vida había surgido desde el amor. No le interesaba ni
lo económico, ni el prestigio, en el fondo de su alma tenía
un sueño de varias partes. Eso lo entendí con los años.
Cuando traje el primer dispositivo de observación a Chile,
lo instalé en su laboratorio y le pregunté si quería verla de
Varios Autores | 425
nuevo… Sonrió, primero, luego se puso a llorar. ¿Sabes
tú lo que es ver llorar como a un niño a un hombre, a
tu padre? Te enternece y te rompe también. Lloramos
abrazados ese día.
—Te emocionas también ahora, Mario.
—Sí. Venir a Chile siempre es una vorágine de
emociones. Me contó ese día de una película antigua
llamada Cinema Paradiso. Óscar a la mejor película
extranjera de 1990. ¿La has visto alguna vez?
—No, nunca. Pero me suena. No sé. No soy muy
cinéfila, para decir la verdad.
—En el final oficial de la cinta, el protagonista no
se reencuentra nunca con su amor de juventud, pero logra
volver a verla a través de viejas grabaciones en videocinta.
La obra es preciosa. Pero existió un segundo final…
Una especie de director’s cut, donde el protagonista sí se
encuentra con su amor de juventud, quien ha seguido con
su vida, cómo él. Incluso se besan, pero ya no hay futuro
en ello, solo pasado entre ambos, cómo se lo dice ella.
—Ese día, como en la película, Mario, tú le
mostraste las imágenes de su amor perdido…
—Así es. Volvió a verla tras casi cincuenta años…
Y pudo verse a sí mismo interactuando con ella. En ese
entonces aún no podíamos acceder fácilmente al audio y
la calidad de imagen era algo deficitaria, pero la emoción
del momento jamás la pude olvidar. Me preguntaste hace
unos momentos cuál es mi motivación, Carmen. Quiero
ser el director que coloca esa escena en su película. Aquella
escena que nunca se vio en la cinta original…
—El director de cine es un pequeño dios, Mario…
—No pretendo serlo... Te lo aseguro, Carmen.
Solo quiero devolverle a mi amigo esa escena faltante…
Nada más.
—Entiendo, Mario… ¿Alguna pregunta? Siento
que he monopolizado nuestra conversación.
426 | Mundos Alternos
—¿Por qué aceptaste venir? Entiendo que ya estás
retirada.
—No todos los días se puede conocer a un Nobel,
¿verdad? Además, me iban a pagar bien la asesoría y no
tenía nada especial que hacer.
—¿No te pusieron problemas en casa?
—Mis gatos son comprensivos… No hay problema.
—Perfecto. —Sonrió—. ¿Puedo hacerte otra
pregunta, Carmen?
—Claro.
—¿Por qué de noche?
—Porque hay menos distracciones, es más fácil
concentrarse. No sé qué más. Siempre me resultó mejor así.
Bueno, Mario, te agradezco la sinceridad y el compartir
tus emociones conmigo. Eso me permitirá hacer mejor
mi trabajo. Las emociones siempre son el motor de todo,
pero el entretejido de los actos humanos interconectados
es donde siempre está la complejidad, la belleza y también
la solución. Entonces, ahora nos colocamos los trajes, los
visores e iniciamos el viaje. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
IV
Linares, Chile. Sábado 27 de abril de 1996.
—¿Me escuchas, Mario? ¿El intercomunicador
funciona bien?
—Sí, escucho bien, pero no veo nada.
—Está cargando los datos y en unos segundos
aparece…
—Ahora sí, Carmen, veo una calle, un pasaje.
¿No?
—Sí, es la calle de la casa de Magdalena. No
operes los controles, vas en modo pasajero. Cuando
estemos dentro me ayudas a ver.
Varios Autores | 427
—O.K.
—Bueno, avanzamos… Esta es su casa.
En estos momentos son las 20:50 hrs. Los muchachos
están terminando su tarea. Repasemos rápido lo que
sabemos, Mario:
»A las 20:55 hrs., los padres de Magdalena se
encuentran a cinco cuadras de la casa, volviendo en su
vehículo desde el supermercado. Magdalena enciende
la radio tras terminar el trabajo, justo en el instante que
comienzan a sonar la voz del intérprete de la canción
número uno de la semana: Gangsta’s Paradise, de un tal
Coolio. “Me encanta esa canción”, dice, poniéndose de pie
y subiéndole el volumen mientras Gonzalo la contempla.
»20:59 hrs.: suena el timbre en casa de Magdalena y
llegan sus padres. Al día siguiente deben viajar a Talca por
el día, para visitar a una tía materna enferma. Magdalena
ha dudado todo el día si acompañarlos o quedarse con su
hermana mayor y su sobrina, en casa.»
—Debemos producir en Gonzalo una respuesta
emocional, Carmen. Debemos encontrar el estímulo que
lo lleve a declararse…
—Así es. Qué bien lo has entendido, Mario. ¿Cuál
puede ser el gatillante?
—No sé, las emociones están mediadas por el
sistema límbico. Una parte antigua, evolutivamente
hablando, de nuestros cerebros. Hipotálamo, hipocampo,
amígdala y corteza orbito frontal están interrelacionadas
en una mezcla de impulsos eléctricos que activan
memoria y respuestas emocionales. Nuestros sentidos
nos comunican con el exterior y son el medio, sin duda,
de canalizar diversos estímulos hasta esta red neuronal
emocional…
—Vamos a verlos dentro de la casa, Mario.
Yo observo a Magdalena y tú a Gonzalo, lo conoces mejor
que yo…
428 | Mundos Alternos
—Gonzalo mantiene una actitud enfocada en
el trabajo, siempre fue así. Si había que trabajar, solo
se trabajaba. Cuando la mira… algo distinto, quizás un
brillo diferente en sus ojos…
—Ella le sigue atenta, mira sus labios al hablar.
Él no lo nota, claro… ¿Es bien quedado tu amigo, no?
—Puede ser tímido. Quizás algo de miedo al
rechazo. Una autoestima límite, tal vez, Carmen.
—¡Muy bien, Mario! Y eso que la psicóloga soy
yo.
—Están terminando, Carmen. Él recoge y ordena
algunas cosas de sobre la mesa.
—Estamos en el minuto exacto, Mario. 20:55 hrs.
Atento… Magdalena mira a Gonzalo de reojo, se arregla
el cabello con la mano izquierda y se pone de pie. Mira la
radio y se acerca.
—Él la mira. Ahora sí una mirada más redonda.
No sé. Me parece más emocional. Le pregunta si votó en
el ranking de esa semana. Eso no lo sabía…
—Ella enciende la radio y se escucha esa canción…
¿hip hop clásico, no? Su rostro cambia, se emociona. Sube
el volumen. Responde que votó por esa. Se pone a bailar y
sonríe cantando algunas estrofas en inglés…
—Él la mira. No se ve tan emocionado, pero se
pone de pié y la sigue. «Yo voté por otra», alcanza a decir
en voz baja… Pero ella parece no haberle escuchado,
Carmen…
—«Es de una película, con Michelle Pfeiffer» dice
ella.
—Él asiente y sonríe… Y no dice nada más
mientras se mueve al ritmo del coro….
—Detengámonos acá… —dice Carmen,
sacándose el visor—. Ya sabemos lo que viene… ¿Qué
crees que modificó el estado de ánimo de los muchachos?
Varios Autores | 429
—La música, Carmen. Creo que la música afectó
a ambos de modo diferente.
—Así es. Ella se puso contenta, pero él… quizás
esperaba otra canción…
—Dice que votó por otra…
—¿Y si descubrimos por qué canción votó? ¿Y si
hay algún modo de colocarla en la radio en ese instante?
—Puede ser… La música afecta el sistema límbico
y las emociones de forma absoluta. Busquemos.
—Vamos a hacer otra búsqueda… Llamadas de
teléfono de Gonzalo a alguna radio, durante la semana
anterior… Tres coincidencias, la última justo el día
anterior. Ponte el visor, Mario. Ahora vamos a las 18:33
hrs. Viernes 26 de abril de 1996. ¿Qué ves?
—Gonzalo marca números en el teléfono. Está solo
en casa, viste ropa deportiva. Pareciera que viene llegando
hace poco. Le contestan. Entabla una conversación con
alguien de la radio. Dice que quiere votar en el ranking
semanal… ¡La tengo! ¡One of Us!
—No conozco esa canción, Mario. ¿Y tú?
—Tampoco, pero podemos buscarla y escucharla
ahora, Carmen…
—¿Con este equipo?
—Claro. Si inicias la búsqueda con «old music»,
permite acceder a archivos de audio o video de lo que
quieras…
—No lo habría imaginado. Haz la búsqueda,
Mario.
—Muy bien. Aquí está. Dice que es de una
cantante llamada Joan Osborne. Un audio…
Comienza un estribillo country cantado, luego música y
después la voz de una mujer.
If God had a name what would it be?
And would you call it to his face?
430 | Mundos Alternos
If you were faced with Him in all His glory
What would you ask if you had just one question?
And yeah, yeah, God is great
Yeah, yeah, God is good
And yeah, yeah, yeah-yeah-yeah
What if God was one of us?
Just a slob like one of us
Just a stranger on the bus
Tryin’ to make his way home?
If God had a face what would it look like?
And would you want to see if, seeing meant
That you would have to believe in things like heaven
And in Jesus and the saints, and all the prophets?
And yeah, yeah, God is great
Yeah, yeah, God is good
And yeah, yeah, yeah-yeah-yeah
What if God was one of us?
Just a slob like one of us
Just a stranger on the bus
Tryin’ to make his way home?
Just tryin’ to make his way home
Like back up to heaven all alone
Nobody callin’ on the phone
‘Cept for the Pope maybe in Rome…
—Y así sigue por unos minutos más. La canción
provoca, Mario. Independiente de su letra… Es una
balada y probablemente en esos años se haya bailado
«apegados» …
—Es muy probable. Como dices, la letra tiene
un tono religioso, pero no es de alabanza… Plantea
preguntas… —dice Mario, sacándose el visor.
—Bueno, ahora vamos a ver qué pasó en la radio
con ese ranking musical. Si el viernes Gonzalo pudo votar,
Varios Autores | 431
eso quiere decir que las votaciones aún estaban abiertas
a las 18:30 hrs. Investiguemos quién estaba a cargo de
confeccionar esa lista.
—Muy bien. Voy a configurar nuestra observación
al viernes 26 de abril de 1996, Linares. En dependencias
de la radio —señaló Mario, colocándose el visor.
—Bien, Mario, vas progresando…
—Había olvidado lo entretenida que es una buena
investigación…
—Y… ¡Listo! Ya estamos… Radio Achibueno…
18:34 hrs. Una secretaria registra en una hoja a mano las
preferencias. Sigamos esa hoja. 19:01 hrs. La secretaria
entrega esa hoja y la de varios días anteriores a la asistente
de programación, Romina Sánchez. Durante los siguientes
veintiocho minutos, entre un par de tareas más, realiza un
consolidado general de la semana y lo coteja con un par
de listados impresos. En su ordenador de escritorio asigna
a las canciones números desde el uno al diez, usando un
programa llamado Lotus 1-2-3, en sistema operativo MS-
DOS…
—Pensar que en esos años recién se estaba
comenzando a masificar Windows e internet estaba en una
fase muy inicial en el país, parece de otro mundo…
—Así es. Pocos años después de estos eventos la
revolución digital cambió el mundo…
—Gonzalo me contó una vez que cuando él
era pequeño no había televisión por cable, ni teléfonos
celulares, ni internet. Me costó entenderlo en ese entonces,
Carmen.
—¡Mira! Está imprimiendo los datos en una Epson
matriz de punto. Nunca vi funcionar una de esas en directo.
Le avisan que tiene un llamado en la recepción. 19:31 hrs.
Regresa, la expresión en su rostro denota preocupación.
Toma su cartera y abrigo, sale de la oficina. El documento
quedó impreso sobre su escritorio.
432 | Mundos Alternos
—Sigámosla, hay que ver qué pasa con el ranking.
¿Marco seguimiento de persona? ¿Carmen?
—Ya está listo… Estás hablando con la mejor.
—Sonríe abiertamente—. Velocidad aumentada…
Mira, llegó en el microbús a la urgencia del Hospital.
Adelanto más… Ahora conversa con un médico…
¿Escuchaste, Mario? Es su abuelita, sospechan neumonía.
Adelanto más… Ya son las 21:14 hrs. Está llamando por
teléfono a la radio… Deja un mensaje para Miguel en la
contestadora. Es su jefe, el programador… Le dice que no
olvide actualizar el ranking musical para mañana. Que la
número uno cambió… ¡Es One of Us!
—¡La canción de Gonzalo, Carmen! ¿Pero, cómo?
Al día siguiente tocaron la otra…
—¡Algo ocurrió! Algo con ese mensaje en la
contestadora o con el tal Miguel.
—Sigamos la contestadora… Volvamos a la radio.
—Perfecto. Radio Achibueno. 21:14 hrs. Viernes
26 de abril de 1996. La llamada de Romina entra y
queda registrada. Utilizaré el modo de seguimiento de
objeto… En este caso cuando alguien interactúe con ella,
la observación iniciará…
—Muy bien, Carmen.
—Esto puede demorar, ¿sabes? La velocidad
está interferida por la búsqueda de movimiento o
funcionamiento del aparato… No podemos adelantarlo o
saltar, como en los otros métodos de seguimiento.
—Se podría hacer una mejora… Voy a escribir
a D.C. mañana. Fernando Calderara es el supervisor del
área de innovación. Seguro que nos puede ayudar.
—¿Por qué no usa los intercomunicadores
directos? ¿Esos con el dispositivo retro auricular?
—No me gusta. Tener un chip conectado a mi
oído y cerebro no es un avance que me interese de la
modernidad… ¿Usted lo usa, Carmen?
Varios Autores | 433
—No, tampoco. Solo es que pensé que usted iría a
la vanguardia en todo, Mario.
—Llámeme anticuado —dijo sonriendo—. Pero
hay ciertas cosas que prefiero a la antigua, cómo escribir
correos electrónicos… Por eso mi empresa todavía los usa.
—Lo entiendo.
—Voy a aprovechar de ir al baño, Carmen. Si no
le molesta.
—Para nada, vaya no más…
Mario caminó a la salida del laboratorio y saludó
a su asistente, que aún se encontraba en el lugar. Se
dirigió al fondo del pasillo a la izquierda. Como todos
los laboratorios en el mundo, las instalaciones para el
personal se encontraban en esa ubicación.
Al regresar, le pidió a su asesora un último favor
muy especial, al oído. Entonces ella salió caminando con
rapidez, en dirección de los ascensores.
Al ingresar a la sala de observación vio que
Carmen se encontraba sentada frente a los ordenadores,
revisaba su pulsera cuántica, que, entre una infinidad de
cosas, permitía una antigua forma de recibir llamados y
revisar correos e información escrita. Al sentir que Mario
se acercaba, rápidamente cerró sus funciones. Y le contó
que estaba reconfigurando la línea temporal con los
nuevos datos que habían podido reunir.
Mario se acercó a uno de los estantes ubicados en
la pared oeste del laboratorio. Era un compartimiento de
unos veinte por treinta centímetros.
Colocó la huella de su dedo índice en el lector
genético, el cual, en menos de un cuarto de segundo,
extrajo una micromuestra de sangre y tejido para análisis
de compatibilidad. Transcurridos tres segundos más y,
para sorpresa de Carmen, se abrió.
Vio cómo Mario parecía revisar algo y luego extraía
434 | Mundos Alternos
un libro. Al acercarse lo miró con cara de interrogación.
Mario sonrió y se lo acercó. No sin cierta incredulidad,
Carmen lo tomó.
—En un lugar llamado Tierra… Jordi Sierra I Fabra…
¿Y esto?
—Era uno de los libros favoritos de Gonzalo.
Me regaló un ejemplar cuando estudiaba en la universidad.
Un libro viejo… tiene casi cien años, ganó el premio Gran
Angular de España, en 1982. El autor era un escritor
catalán muy prolífico y este se transformó en mi libro
favorito también. Un libro de ciencia ficción que situaba
a la humanidad en convivencia armónica con los robots
en Tierra dos.
—¿Tierra dos?
—En un futuro no tan lejano parece, después de
que destruimos nuestro planeta madre, la humanidad
viajó en un éxodo a un planeta similar, donde poder vivir.
El libro plantea conflictos prácticos, filosóficos, morales,
de la convivencia entre humanos y máquinas, junto con la
añoranza de retornar…
—Suena interesante…
—Es para ti, Carmen.
—¿Para mí? ¿En serio? Muchas gracias… ¿Y, por
qué?
—Porque me caes bien y… porque accediste a
ayudarme.
—¿Y cómo es que sabías que en ese lugar había
justo un libro?
—Eso es un secreto.
—Ya… ¡Cuenta!
—Te acuerdas de que te dije que todos los
laboratorios de observación del mundo se hicieron a
la imagen y semejanza del original en Washington.
Bueno, cuando di la orden de que los hicieran exactos…
Varios Autores | 435
La indicación se tomó literal…
—¿Literal?
—Así es. ¿Recuerdas ese póster que había en la
oficina del fondo?
—Hubo un poster durante unos años. Lo recuerdo.
A todos nos parecía muy extraño, pero decían que siempre
había estado ahí. Creo que cuando hubo un incendio se
destruyó y luego solo se reparó lo demás.
—¿Te acuerdas cómo era?
—No sé… ¿Un platillo volador?
—¡Eso! Una imagen de un platillo volador con
una frase en inglés abajo que decía: I want to Believe.
—Sí. Eso. ¿Y qué tiene que ver?
—Bueno, esa era mi oficina en D.C. y el póster
era de una antigua serie de televisión norteamericana
de fines del siglo XX, llamada Los expedientes secretos X.
Mi favorita en cuanto a series clásicas. Cuando copiaron
todo… ¡Copiaron todo! El póster y el contenido de ese
pequeño estante cerrado. Se compraron las mismas cosas
y se enviaron por todo el mundo.
—Ojalá no hayas tenido algo a medio comer en
esa gaveta… Habría una podredumbre por todo el mundo
—rio Carmen.
—No —dijo, sonriendo—. Un par de tazones,
un par de libros y unos cigarros. Ah… Y una foto de mi
exmujer… De cuando no era mi ex…
—Y te la sigues encontrando por todo el mundo…
—Así es. Pero, bueno, espero que te guste y me
digas que te pareció algún día, Carmen.
—Lo haré, no te preocupes. Aunque no sé si el
gran Nobel chileno va a tener tiempo para alguien como
yo.
—Lo tendré Carmen, lo tendré.
En esos momentos se escuchó un par de golpes en
436 | Mundos Alternos
la puerta del laboratorio y la asistente de Mario ingresó
con una bolsa de papel en sus manos. Él se apresuró en ir
a su encuentro y le recibió todo.
—Cuanto le debo Marcia…
—Nada señor Gómez, es un honor ayudarle.
La organización costea todo. No se preocupe.
—Muchísimas gracias y, por favor, vaya a su casa.
Yo estaré bien. No voy a necesitar nada más por hoy.
—¿Está seguro? Es mi trabajo acompañarlo…
—Seguro. Voy a estar bien. Y dígale al
guardaespaldas que se vaya a casa también.
—No, señor. Él sí que no se puede despegar de
usted para nada. Cualquier cosa, llámeme, por favor.
—Sí, Marcia. Y, de nuevo, muchas gracias.
Cuando su asistente volvió a salir, Mario miró
dentro de la bolsa, la tomó y se acercó a Carmen.
Ella lo observó con una interrogante en su mirada.
Él sonrió mientras sacaba una botella de Champagne
Dom Perignon Rosé y un par de bolsas de hielo.
—¿Y eso Mario? No me vas a decir que estaba en
otra gaveta por ahí…
—No… Esto lo pedí porque quiero compartirlo
contigo. Qué mejor que investigar con un poco de
inspiración…
—Pero eso no se puede en el trabajo…
—Claro… Pero, estrictamente, ni tú ni yo estamos
oficialmente trabajando. Tú estás haciendo un favor y yo
busco darle una mano a mi mentor…
—Bueno, pero no hay copas, Mario ¿Verdad?
—Pero están esos tazones. Seguro sirven, ¿no?
Además, nunca nadie los ocupó. ¡Qué mejor!
Carmen acercó dos sillas a una pequeña mesa.
Ese hombre frente a ella cada vez le parecía más sencillo,
amable e interesante. De pronto, se sorprendió pensando
Varios Autores | 437
en lo atractivo que parecía sonriendo. Sintió comodidad a
su lado, confianza, evocando en ella sensaciones que hace
mucho no percibía.
Mario abrió la botella y sirvió en los tazones.
Carmen se revelaba ante sus ojos como una mujer
fascinante, inteligente y graciosa. Se sentía genuinamente
atraído a ella. Eso lo asustaba un poco. Hacía mucho que
no se permitía coquetear con nadie. Pero ella era diferente.
«Champagne. ¡Qué locura!», pensó.
Ella brindó por que pudiesen cumplir el sueño de
Gonzalo. Él brindó por el gusto de conocerla.
Santiago. Viernes 26 de marzo de 2077. Madrugada.
Una alarma de moderada intensidad se escuchó
por todo el laboratorio. Una luz roja, parpadeando sobre
el panel de control, llamó la atención de Carmen.
—Tenemos algo, Mario…
—Así es… ¡Han pasado más de dos horas! No me
había dado cuenta…
—El tiempo vuela querido… Pero debemos volver
a su encuentro ahora. Me ha encantado hablar contigo y
disfrutar de esta maravilla —comentó Carmen señalando
la botella casi vacía. —Pero debemos volver a nuestra
investigación…
—Muy bien, Carmen, pero después vas a tener
que contarme tu anécdota sobre el expresidente Piñera…
—Trato hecho… Mira, nadie interactuó con la
máquina hasta el día lunes 29 de abril de 1996, a las 08:18
hrs.
—Pero ese día sábado alguien debe haber ido
a la radio. Miguel Ortiz debe haber llegado en algún
momento, pero por alguna razón no recibió el mensaje.
438 | Mundos Alternos
—Conectémonos, Mario. Vamos al sábado 27 de
abril de 1996, en la radio. ¿Qué tal 08:00 hrs.?
—Me parece bien… Estoy esperando la imagen.
Modo pasajero. Ya sabes Carmen, tú guías ¿O.K.?
—¿Está mareado, señor Nobel?
—Algo… Pero confío más en tu expertice.
—Ya tenemos imagen. Estamos afuera de la radio
Achibueno. Son las 08:00 hrs. Puedes ver que está todo
cerrado. Esperaremos en el frontis y veremos cuando
alguien ingrese. Adelantemos… Vamos, vamos… ¡Ahí!
12:28 hrs… Miguel llega a la radio… Se ve molesto ¿no?
—Y apurado…
—12:31 hrs.: ingresa a la oficina del controlador, se
sienta y comienza a trabajar… No revisa la contestadora
telefónica. Revisa su reloj en varias ocasiones, algo le
preocupa…
—En ningún momento pasa al escritorio de
Romina, su asistente… Hubiese visto la nueva lista
impresa…
—Eso es. 12:53 hrs. Se pone de pie, recoge un par
de cosas y deja las dependencias de la radio, cerrando
todo, justo un minuto después…
—Síguelo, Carmen, tratemos de saber qué le
pasa…
—Toma su vehículo. Maneja con rapidez por el
sector oriente de la ciudad. Avanza hasta la salida de la
ciudad.
—Se le sigue viendo impaciente. Molesto.
—13:23 hrs. Llega a un domicilio. Toca la
bocina. Debe ser su casa. Sus hijos y esposa aparecen…
Comentan que están atrasados… Ella dice que van a un
almuerzo familiar… Él contesta que hubo un problema
con el tránsito en el centro de ciudad. «Por el desfile», dice.
Vuelven a avanzar por las calles de la ciudad hasta salir
Varios Autores | 439
por la ruta que se dirige a la localidad de Panimávida…
Creo que ya no vale la pena seguirlo más, Mario.
—Estaba atrasado y molesto. Eso hizo que no viera
los mensajes. Veamos hacia atrás… ¿Por qué se retrasó?
¿Qué ocurrió en ese desfile?
—Vamos hacia atrás, desde las 12:31 hrs… ¡Mira!
12:12 hrs. Las barreras de las vías del ferrocarril cortan
el flujo vehicular a través del cruce sobre nivel, justo en el
momento en que Miguel se disponía a cruzar… Vamos
más atrás… Tengo una corazonada…
—Sigue tu instinto. Carmen…
—¿Y tú? Tranquilo en modo pasajero.
—Voy muy atento…
—12:06 hrs: Miguel conduce su vehículo de
poniente hacia el oriente de la ciudad. Se detiene en la
mitad de una cuadra debido a la congestión vehicular.
La calle está bloqueada por conos naranjos y el tráfico
se desvía hacia el sur de la ciudad... Espera… El policía
se acerca y, mirando hacia el norte, toma uno de ellos.
Está retirándolos. Un destacamento de militares avanza
alejándose por la calle perpendicular a dicho cruce.
Su apellido es Miranda. Mira su reloj y murmulla algo…
Ajusto distancia y sonido…
—«La sirena sonó tarde». ¿Qué sirena será esa,
Carmen?
—Retrocedo un poco más… 12:03 hrs: suena la
sirena de la torre de la primera compañía de bomberos
de la ciudad… Hasta hace no muchos años aún, en
localidades rurales de poca vinculación tecnológica, la
sirena de bomberos daba la señal del medio día.
—Pero en este caso se atrasó tres minutos ¿no?
—Claro. Y eso atrasó el desfile y el tráfico, Mario…
—Ahora vamos a la compañía de bomberos…
—¡Así es! Estás aprendiendo muy bien —señaló
sonriendo Carmen
440 | Mundos Alternos
—Aprendo de la mejor…
—Muchas gracias, señor Nobel —dice, mirándolo
de reojo—. Siempre se debe llegar al final. Siempre hay
una seguidilla de eventos conectados dependientes de
otros múltiples factores. Conocer todas las aristas posibles
es lo que nos permite evaluar mejor las posibilidades…
—Y encontrar el mejor momento para la
enmienda…
—12:00 hrs: Torre de bomberos, Mario. Un joven
con su uniforme está senado frente al interruptor de la
sirena. Tiene sus ojos cerrados… Su uniforme dice Fresno.
Se mantiene así sin moverse hasta que exactamente ciento
ochenta y tres segundos después abre sus ojos, nota el
atraso y presiona el interruptor… Algunas cuadras más
allá, a un costado de la plaza de armas, en el contexto de
la conmemoración del día del carabinero, el alcalde y el
resto de las autoridades se miraban nerviosos y expectantes
hasta que comienza a sonar la sirena… Recién ahí da
inicio el desfile.
—El chico se quedó dormido… Tal vez tuvo una
noche ajetreada. Revisemos la bitácora del turno…
—Volvamos a retroceder… 07:55 hrs.: el
comandante Reveco termina el reporte de acciones en
la bitácora correspondiente. Si nos acercamos a ver lo
escrito…
—«06:54 hrs: se da señal de alarma por incendio
en una vivienda de villa O’Higgins». Entre los voluntarios
de turno está Franco Fresno, el muchacho. Demoraron
casi dos horas en controlar el fuego, que se extendió a un
par de casas vecinas…
—Mira, Mario… Más arriba en el registro… A
las 02:51 hrs. acudieron a un rescate vehicular por un
accidente de tránsito al ingreso de la ciudad… A lo menos
tres vehículos involucrados, dos fallecidos.
Varios Autores | 441
—Una noche terrible, Carmen… Por eso se
durmió… La mayor parte de los compañeros estaban en
el desfile.
Mario se sacó el visor. Carmen notó la desconexión
y puso en pausa el protocolo de observación. Se arregló
el cabello y lo miró. Mario estaba en silencio. Su mirada
estaba posada sobre los controles, pero parecía ver más
allá. Se mantuvo así unos minutos, mientras Carmen
aprovechó de ponerse de pie y salir del laboratorio rumbo
al área de servicios del personal. Quiso darle un poco de
espacio.
Cuando ella regresó, unos minutos después, lo
encontró de pie frente a los ventanales que daban hacia
la cordillera.
—Siempre me gustó ver la ciudad desde las alturas
—señaló Mario.
—Hay un encanto en ello, ¿no?
—Las calles céntricas, sus luces, sus personas y
mundos… Un pequeño universo.
—¿Qué pasa, Mario?
—No sé… De pronto todo se ve más difícil.
—¿Lo dices por la observación?
—Sí, Carmen… Indagamos eventos sobre la vida
de Gonzalo y de pronto nos encontramos en medio de un
par de catástrofes que no podremos solucionar…
—Hemos avanzado mucho en conocer los hechos,
Mario. Ha sido provechoso…
—Pero ¿y si llegamos a un callejón sin salida? ¿Si
finalmente no podemos hacer nada por él?
—Tendremos la certeza que hicimos todo lo
posible… Y eso deberá ser suficiente para ti.
—De pronto no sé qué tan correcto sea todo
esto, Carmen… Y si finalmente encontramos la vuelta,
si hallamos el modo y Gonzalo tenga una oportunidad
442 | Mundos Alternos
con Magdalena… Y si con eso ya nunca decide estudiar
ni obsesionarse con el tiempo. Si no influye en mí y nunca
descubro las claves de la tecnología que nos permite esto…
—Precisamente para eso es el algoritmo predictor,
Mario. Para ver las consecuencias de cada enmienda y ver
si es prudente y seguro hacerlo…
—No sé si llegado el momento pueda desistir…
—Yo estaré ahí a tu lado, Mario… Yo lo sabré…
Cuando encontremos la clave el equipo sabrá exactamente
dónde intervenir.
Mario la miró detenidamente por unos segundos.
Ambos se miraron a los ojos al mismo instante.
—Decido confiar en ti, Carmen…
—Y no te defraudaré… Sé que tus emociones en
este caso pueden afectar tu razonable juicio… Para mí es
distinto. Soy imparcial frente a los deseos de Gonzalo. Si
no se puede, no se puede… Si no se debe, no se debe…
—Muchas gracias.
Carmen y Mario regresan a sus puestos y se
colocan los visores. Se reactivó la búsqueda.
—Volvamos al protocolo. Miremos un poco más
ese incendio… Revisemos nuevamente la bitácora de
bomberos. El comandante consigna que preliminarmente
les impresiona que el origen del incendio estaba en una
«falla eléctrica, secundaria a un enchufe disfuncional…
Dueña de casa habría notado olor a quemado el día
anterior».
—Vamos a ver realmente cuál fue el origen,
Carmen.
—06:54 hrs.: Casa 35 de Villa O’Higgins en
llamas. Vamos hacia atrás… Las llamas disminuyen, los
vecinos entran en sus casas, la familia de casa también.
El humo disminuye, todos a sus habitaciones. Salvo el que
parece ser el padre de familia. Según la bitácora, Ramiro
Varios Autores | 443
Castro. Duerme recostado en el sofá del living… Más
atrás…
—¡Ahí! El humo inicial viene de la cocina,
Carmen.
—Correcto. 06:32 hrs. El enchufe del refrigerador,
previamente sobrecalentado, produce un cortocircuito
generando una llama, que enciende unos cartones
aledaños, para propagarse luego a la pared de madera…
—¿Por qué Ramiro estaba en el sofá?
—Más atrás… 02:20 hrs. Ramiro llega a su casa.
Un vehículo lo pasa a dejar, pareciera alguien conocido,
por cómo se despiden… Le cuesta abrir la puerta de
entrada, la casa está a oscuras. ¿Habrá bebido? Se recuesta
en el living.
—Si vamos hacia atrás con el vehículo, ¿podría
ser relevante? Según la bitácora la esposa declara que le
dijo a Ramiro que arreglara el enchufe la noche anterior,
«hasta le había comprado un enchufe nuevo en la feria»,
señaló…
—Claro que sí, Mario. A esta altura, todo puede
ser relevante. Sigamos hacia atrás… el vehículo inició su
viaje frente a unas canchas deportivas. De futbolito, al
parecer. Previamente caminaron desde un bar ubicado a
una cuadra… El «Lácteos».
—Ramiro se ve muy animado junto a un grupo.
Fue de los últimos en retirarse…
—Hacia atrás vemos que están desde las 23:15 hrs.
Antes habían jugado por casi dos horas en la cancha…
¿Lo ves Mario? Ahí está…
—Lo veo, llevando el balón por la derecha…
—Parece que en Estocolmo estaban regalando
premios… ¡Sígueme! Si logramos que Ramiro no se vaya
a tomar o que, por lo menos, se vaya temprano… Puede
arreglar el enchufe en casa… Si arregla el enchufe no hay
444 | Mundos Alternos
incendio…Si no hay incendio puede no haber retraso en
la sirena, el desfile inicia antes, Miguel llega a la radio
antes, revisa la contestadora, corrige la lista, tocan One of
Us y Gonzalo…
—Gonzalo se declara —sonrió Mario—. Pero
¿por qué no solo colocar la lista en la radio en otro sitio, o
despertar al bombero?
—Porque si evitamos el incendio hacemos un bien
mayor y el universo se encargará del resto, Mario… Así
he decidido creerlo…
VI
Santiago. Lunes 29 de marzo de 2077.
«Estimado don Mario.
»Tengo el agrado de comunicar a usted, a través de
este medio, que la ejecución del Equipo de Intervención
temporal ha logrado concluir con éxito la Enmienda
encargada por su persona. Cabe decir que dicho trabajo
habría resultado imposible de no ser por la valiosísima
ayuda de Carmen Martínez en su investigación temporal,
quién descifró innumerables claves de curso temporal
que permitieron una mejor planificación del trabajo.
La unidad de Intervención temporal ha señalado que los
eventos se plantearon del siguiente modo:
»Linares. Chile. Viernes 26 de abril de 1996.
»18:35 hrs.: Ricardo Sepúlveda, operario de
IANSA S.A, recibe un mensaje desde recepción de la
planta. Don Carmelo suspende la reserva de las canchas
por un cortocircuito eléctrico que no se ha podido
reparar. La misma secretaria le comenta que la cancha de
la empresa está disponible.
»18:43 hrs.: Ricardo comenta a Ramiro Castro y
a otros operarios del cambio de ubicación de la práctica
Varios Autores | 445
deportiva y deciden posponer la ingesta de alcohol,
conocida por alguna razón como “tercer tiempo”, para la
semana siguiente.
»23:06 hrs.: Con un “último gol” de Ricardo
Sepúlveda, con pase de Ramiro Castro, se termina el
encuentro de futbolito.
»23:42 hrs.: Ramiro Castro llega a su casa. Cinco
minutos después le cuenta a su esposa del cambio de lugar
de juego por un corte eléctrico y su esposa le recuerda
del problema del refrigerador y le pide que lo resuelva
inmediatamente.
»23:58 hrs.: Ramiro Castro realiza reposición de
enchufe defectuoso.
»Los hechos posteriores se precipitan con una
cadena de eventos que finalizan al día siguiente con el
evento crítico, de la siguiente forma:
»Linares. Chile. Sábado 27 de abril de 1996.
»19:12 hrs.: Gonzalo toca el timbre de la casa de
su compañera de curso, distante a tres cuadras de su casa.
Trae su mochila, con un par de libros y un cuaderno.
Tiene planificado realizar un trabajo de física que les
encargaron para en lunes siguiente.
»20:55 hrs.: Los padres de Magdalena se
encuentran a cinco cuadras de la casa volviendo en su
vehículo desde el supermercado. Son detenidos por unos
minutos por un “control policíaco”. Ramiro Castro y su
familia toman once en casa. Franco Fresno se recuesta en
el sofá de su casa tras 24 hrs de guardia invertidas en el
cuartel con una felicitación en su hoja de vida por servicios
prestados a la comunidad. Roberto Miranda viaja en el
radio patrulla a un procedimiento por colisión vehicular
cerca del terminal de buses de la ciudad. Miguel Ortiz
toma una cerveza en casa de sus familiares pensando en
lo bien que resultó todo en su día. Romina Sánchez se
446 | Mundos Alternos
da cuenta que su jefe sí escuchó el mensaje que le dejó
en la grabadora de la radio por la mañana. Magdalena
Mora enciende la radio tras terminar el trabajo justo en
el instante que comienzan a sonar la voz del intérprete de
la canción número uno de la semana… One of Us, de la
cantante Joan Osborne. “Me encanta esa canción” dice
Gonzalo, poniéndose de pie y subiéndole el volumen,
mientras Magdalena lo contempla y sonríe. Exactamente
un minuto y treinta y ocho segundos después, cuando
comienza el coro. Gonzalo se acerca a Magdalena, la
toma de una mano con una sonrisa la invita a bailar.
»20:59 hr.: Justo tras finalizar los cuatro minutos
cuarenta y ocho segundos de canción, Gonzalo se le
declara a Magdalena, ella le corresponde con un beso.
»21:06 hrs: Suena el timbre en casa de Magdalena
y llegan sus padres. Al día siguiente deben viajar a Talca
por el día, para visitar a una tía materna enferma.
Magdalena le confiesa a Gonzalo que ha dudado todo el
día si acompañarlos o quedarse con su hermana mayor y
su sobrina, en casa.
»21:09 hrs: Gonzalo le propone que se encuentren
al día siguiente. Que pueden salir juntos. Ella acepta.
»21:11 hrs: Gonzalo y Magdalena se besan una
vez más y se despiden sonriendo. Este caminará hacia la
esquina y justo veinte y cinco segundos después se vuelve
para verla entrar a su casa.
»23:55 hrs: Gonzalo escucha One Of Us, de Joan
Osborne desde un casete grabado, y seguirá con Wonderwall
de Oasis, Hand in my pocket de Alanis Morissette y 1979 de
Smashing Pumpkins. Toma un libro de versos de Mario
Benedetti. Luego garabatea unas oraciones en un papel.
Veinte minutos después comienza a leer El testamento de un
lugar llamado tierra de Jordi Sierra I Fabra.
»Linares. Chile. Domingo 28 de abril de 1996.
Varios Autores | 447
»12:36 hrs: Gonzalo se levanta, está solo en
casa. Sus padres y su hermana mayor están en la misa
de la parroquia local. Abre el refrigerador y se prepara
un sándwich con queso y jamón. Luego vuelve a su
habitación.
»13:22 hrs: Gonzalo y su familia almuerzan juntos.
»15:00 hrs: Gonzalo toca el timbre en casa
de Magdalena y unos minutos después se van juntos
caminando hacia el centro de la ciudad.
»16:54 hrs: Suena el teléfono en casa de Gonzalo.
Es Amalia, la hermana de Magdalena, para avisarle que
sus padres sufrieron un accidente llegando a Talca y
fallecieron.
»17:37 hrs: La madre de Gonzalo los encuentra en
la plaza, sentados en un banco comiendo helado y les da
parte de la noticia. Magdalena rompe en llanto y Gonzalo
trata de consolarla. Inmediatamente vuelven a su casa
para encontrarse con su hermana.
Los eventos ocurridos de ahí en adelante fueron
analizados con el algoritmo de evaluación temporal
cuántica, que usted conoce. No encontrándose variaciones
estadísticamente significativas a uno, tres, cinco ni diez
años plazo, por lo que la enmienda temporal solicitada
fue aprobada y cursada en su totalidad.
»Desde ya, estimado don Mario, solo queda
recordarle que, como es costumbre, durante las próximas
24 hrs puede sufrir de cefaleas, mareo leve, nauseas en la
medida que nuevos recuerdos puedan ingresar en su línea
temporal. Por lo demás ha sido un gusto y todo un honor
poder ayudarle.
»Atte.
»Roberto Hernández
»Supervisor Jefe de Procesos
»ENCOTIME CHILE S.A.»
448 | Mundos Alternos
Apenas recibió el mensaje, Mario llamó a Carmen
a través de su pulsera cuántica. No podía contener la
emoción y las palabras brotaban de sus labios juntas y con
una velocidad desbordante… Ella entendió al instante lo
que estaba pasando, no así por completo sus palabras.
Cuando estuvo más calmado la invitó a
almorzar a un restaurant al día siguiente. Le dijo que,
lamentablemente, por la noche tenía una cena en el
palacio de La Moneda con el presidente y su gabinete y
le era imposible ausentarse. Ella aceptó y él le dijo que
el chofer pasaría por su casa a las 13 hrs. Tras colgar la
llamada, Carmen se quedó pensativa, mirando a través
de la ventana de su departamento… Tras unos segundos
volvió a sonreír.
VII
Santiago. Sábado 29 de marzo de 2087.
Volvió a mirar el dispositivo en su muñeca: una
alarma pequeña de luz indicaba que había recibido un
mensaje de correo nuevo. Se sentó y procedió a abrirlo.
Era de ENCOTIME CHILE. Tomó sus lentes y los colocó
ante sus ojos, inmediatamente se dirigió al final de este…
«…Cómo evento final, reseñamos:
»15:35 hrs: Mario realiza una llamada a Carmen.
Está feliz y la invita a un almuerzo al día siguiente. Ella
acepta.
»Los eventos ocurridos de ahí en adelante fueron
analizados con el algoritmo de evaluación temporal
cuántica, no encontrándose variaciones estadísticamente
significativas a uno, tres, cinco ni diez años plazo, por
lo que la enmienda temporal solicitada fue aprobada y
cursada en su totalidad.
»Desde ya, estimada Carmen, solo queda
Varios Autores | 449
recordarle que, como es costumbre, durante las próximas
24 hrs puede sufrir de cefaleas, mareo leve, nauseas en la
medida que nuevos recuerdos puedan ingresar en su línea
temporal. Por lo demás ha sido un gusto y todo un honor
poder ayudarle.
»Atte.
»Marcelo Gaete
»Ejecutivo de Procesos
»ENCOTIME CHILE S.A.»
Carmen sonrió.
Miró hacia la calle a desde el balcón en que se
encontraba y contempló a las personas que apresuradas
caminaban en diversas direcciones.
Giró, abrió la ventana corredera e ingresó al
departamento. Acarició al gato angora que había trepado
al sillón. Avanzó unos pasos, dejó sus anteojos en la mesa
de centro y cogió un par de comprimidos de paracetamol
de 500 mg y un Ondansetron de 4 mg, que estaban junto
a un vaso de agua.
Cerró sus ojos y se los tomó, para mitigar la cefalea
y náuseas que ya comenzaba a sentir.
450 | Mundos Alternos
Planisferio celeste
Connie Tapia Monroy. (1980, Santiago, Chile).
Escritora y editora de Cathartes Ediciones. Ha publicado
Agonía profana (2004); Viviendo entre Sarracenos (2008 y 2018,
Cathartes Ediciones) y Osario (2018, Electrodependiente).
Sus trabajos han sido publicados en diversas antologías y
revistas. Monitora de «La Licuadora».
JP Cifuentes Palma (1985, Los Ángeles, Chile).
Escritor. Miembro de ALCiFF. Autor de La supervivencia
del caos (2018, Opalina), Historia de los cuatro humores I: La
marcha sin fin (2020, Al Aire Libro) y el poemario de space
opera Sacsayhuamán: El exilio de los Shuk’tars (2019, Opalina).
Fabián Cortez González (1965, Santiago, Chile).
Escritor. Miembro de ALCiFF, Letras de Chile y LDP
MAGAZINE. Gestor del Ciclo de Lecturas del Encuentro
Internacional de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción
(2017 y 2019). Publicó cuatro novelas y fue incluido en
seis antologías.
Diego Escobedo Rodríguez (1994, Santiago,
Chile). Periodista, Licenciado en Historia y estudiante
de Magíster en Historia. Ha publicado cuentos y
artículos de ciencia ficción y fantasía en diversos
sitios de internet. En 2019 publicó un libro de
cuentos titulado Chile Mutante (Biblioteca de Chilenia).
Varios Autores | 451
Hernán Gallegos Jiménez (2001, Chillán, Chile).
Escritor aficionado. Alciffito. Segundo lugar en «IV
Concurso Literario de Poesía y Cuento» (UNACH,
2019). Mención honrosa en «CosmoCuentos» (Explora
CONICYT, 2019)
Mario Bustos Ponce (1986, Santiago, Chile). Abogado.
Miembro de ALCiFF. Publicó su primera novela Los
Vástagos de la Mente el año 2014, y su segunda novela Tras
los límites del Cosmos el año 2018, ambas con el sello editorial
Puerto de Escape (Valparaíso).
Felipe Tapia Marín (1981, Santiago, Chile). El escritor
más apuesto según su mamá. Docente, cuentacuentos,
aventurero. Amante de la ciencia ficción, la fantasía, el
terror. Entusiasta de la literatura, el cine, los comics, el
teatro y los gatos. Un adelantado a su tiempo, en once
minutos exactos.
Romina Riquelme (1985, Unknown, Chile). Conocida
con el seudónimo de Romy Riq, o «Mujer pájaro».
Poeta y artista visual, madre de dos pequeños revoltosos.
Ha participado en varias antologías, por ejemplo, en la
reciente COVID-19-CFCH (2020, Sietch). También diseñó
portadas para proyectos musicales y literarios.
Michel Deb (1978, Santiago, Chile). Escritor desde el
año 2012. Entre sus obras destaca: Los sueños de GN-I (2014,
Austrobórea), La Maldición Forttia (2018, Áurea Ediciones)
y Trilogía Orbe (Orbe Dividido, Orbe Oscuro y Orbe Sathiri),
ganadoras en los North Texas Book Award 2019 – 2020.
Francisco Traslaviña Díaz (1996, La Serena, Chile).
Escritor. Miembro de ALCiFF. Autor de Luciérnagas
Sangrientas (2018, Puerto de Escape). Periodista egresado
452 | Mundos Alternos
de la Universidad de La Serena. Participó en la antología
Quimeras de (2020, Editorial Ignición). Expositor en la
Feria del Libro de La Serena edición 2019.
Gisela Sanhueza (1965, Chillán, Chile). Escritora,
crítica de arte. Miembro de ALCiFF y de SECH.
Antologada en sección de narrativa y crónica en Memoria
Literaria: Antología del Grupo Literario Ñuble (1963 – 2017) y
en COVID-19-CFCh, Antología Sci Fi en tiempos de pandemia
(2020, Sietch).
Alejandro Ruiz Norambuena (1981, Concepción,
Chile). Es poeta, dramaturgo y novelista. Profesor de
Español e intelectual penquista. Ha sido ensayista y
crítico literario. Publicó en dramaturgia: Carmen del Pino.
La segunda mujer fusilada en Chile (2015) y en poesía: Adolescere
(2019). Actualmente forma parte de ALCiFF.
Arturo Sierra (1987, Santiago, Chile). Escritor de ciencia
ficción y miembro de ALCiFF. Antologado en COVID-19-
CFCh (2020, Sietch). Se puede contactar con él, a propósito
de su trabajo o para hablar de epistemología trasnochada,
en su correo, as.sierra@gmailcom, o siguiéndolo en
twitter, @assierraneef.
Sebastián Guerrero Miranda (1988, Quinta de
Tilcoco, Chile). Escritor. Psicólogo. Miembro del ALCiFF.
Cronista en «Revista digital Teoría Omicrón» (Ecuador,
2019-2020). Colaboró en disco Crónicas - Amanda
Tovalin (México, 2019). Antologado en Primera Antología de
escritores de Quinta de Tilcoco (2020, Entreparéntesis Chile).
Armando Rosselot (1967, Santiago, Chile). Poeta,
escritor. Publica desde el año 2007. Destacan Cementerio
de Mundo y Bicéfalo en poesía, y en narrativa Toki, El puente
Varios Autores | 453
infinito, Saga 8128 (Tarsis, Entidad y El Orden); en cuentos y
relatos: El informe 5002 y Thrasher y Otros Ruidos.
Wladimir Roberto Soto Cárcamo (1974, Puerto
Montt, Chile). Es antropólogo. Autor de veinte libros en
historia regional como Pampa Irigoin: historia de una matanza
en Puerto Montt y en ficción, varios sobre zombies como El
miedo llegó a Sotomó y otros cuentos de zombies.
Daniel Olcay Jeneral (1990, Arica, Chile). Psicólogo.
Miembro de ALCiFF. Publicó Asfalto (2013, Cinosargo;
2014, 89plus/LUMA Publications) y Yonkion (2017,
Cathartes Ediciones). Recibió la Beca de Creación
Fondart de Chile (2018 y 2020). Fundador de Damabe
Grupo Editorial.
José Hernández Ibarra (1985, Santiago, Chile).
Es Profesor de Historia y Ciencias Sociales. Coordina
organizaciones como Fantástica Chile y Fantástica sin
Fronteras. Actualmente forma parte del equipo de la revista
digital LDP Magazine y de la Asociación de Literatura de
Ciencia Ficción y Fantástica Chile (ALCiFF).
Pablo Espinoza Bardi (1978, Arica, Chile). Editor en
Cathartes Ediciones y guionista en Dark Rabbit Comic.
Ha publicado: Necrospectiva, Cuentos de Gore, de Locura y de
Muerte, La Maldición de los Whateley y otros relatos, Insectario,
Urlo y Como el protagonista de un film clase B.
Marisol Utreras Guerra (1968, Valparaíso, Chile).
Ingeniera en Administración de Empresas. Integrante
de ALCiFF. Ha publicado en COVID-19-CFCh (2020,
Sietch) y en Confinamiento (2020, Cathartes). Actualmente
se encuentra cursando el Máster de Escritura Creativa en
Español de la Universidad de Salamanca, período 2019
– 2021.
454 | Mundos Alternos
Alexis Figueroa (1956, Concepción, Chile). Escritor de
poesía, cuento, novela, narrativa gráfica y arte medial.
Traductor de Poe, Coleridge y H.P. Lovecraft poesía.
Premio Casa de las Américas, poesía; Regional del
Concejo de la Cultura y las Artes Bío Bío; Municipal de
Arte de Concepción.
Martín Muñoz Kaiser (1980, Melipilla, Chile).
Escritor y editor. Sus libros: Los Jinetes de Milodón (2018) y
Epunamün: El Martillo de Pillán (2012, 2018), ambas obras
de Áurea Ediciones fueron ganadoras respectivamente
del 2do y 3er lugar en el North Texas Book Festival en
Estados Unidos.
Sascha Hannig (1994, Santiago, Chile). Novelista de
literatura fantástica, terror y ciencia ficción. Reconocida
como la escritora steampunk más joven de Latinoamérica
con sus dos libros de Allasneda (2012, 2015), en 2020 lanzó
la novela Deltas. Tiene obras publicadas en cuatro países
y tres idiomas.
Jorge Sanhueza Bastías (1989, Talcahuano, Chile).
Escritor y Realizador Audiovisual, autor de la comedia
negra de ciencia ficción Alternativa S.A. - Nuevos Mundos a
tu Alcance publicada por Áurea Ediciones, y realizador del
cortometraje de ciencia ficción: Bajo mi Ventana.
Carlos Gómez Salinas (1980, San Vicente de Tagua
Tagua, Chile). Es profesor de Castellano, Magíster
Interdisciplinario en Humanidades, sindicalista. Ha
realizado estudios de las autoras de Ciencia Ficción
chilena: Elena Aldunate, Ilda Cádiz y Myriam Phillips.
Participó en COVID-19-CFCh (2020, Sietch). Actualmente
vive en la región de Valparaíso, Chile.
Varios Autores | 455
Laura Ponce (1972, Buenos Aires, Argentina). Escritora
y editora. Dirige Revista Próxima y Ediciones Ayarmanot.
Da talleres, cursos y charlas sobre narrativa, lectura y
escritura del género. Fue traducida al inglés y al francés.
Su libro de cuentos Cosmografía profunda se publicó en
Argentina y España.
Wilbert Gallegos Riquelme (1983, Chillán, Chile).
Cofundador de ALCiFF. Ganador Octocéfalo (2012, SM).
Antologado en Escuela de la Memoria de Ñuble (2020, La
Discusión), COVID-19-CFCh (2020, Sietch) y Confinamiento
(2020, Cathartes). Participó en «Encuentro Internacional
de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción» (2017) y en
HISPACÓN (2019).
Lucio Cañete Arratia (1963, Santiago, Chile).
Ingeniero civil en geografía, inventor y escritor de
tecnología ficción. Miembro de la ALCiFF y académico
de la Facultad Tecnológica de la USACH donde potencia
diversos proyectos industriales con aportes de la literatura
fantástica.
Rodrigo Juri (1971, Santiago, Chile). Agrónomo,
profesor de ciencias y escritor de ciencia ficción. Ha
publicado sus historias en portales, revistas y antologías
en Chile, Argentina, España, Francia, y Estados Unidos.
Miembro de la SFWA y ALCiFF, y del comité organizador
de la 65ava Worldcon (Japón, 2007).
Leonardo Espinoza Benavides (1991, San Fernando,
Chile). Médico cirujano, editor y escritor de ciencia
ficción. Miembro ALCiFF & WSFA. Destacan sus
publicaciones Más espacio del que soñamos, Adiós, Loxonauta y
COVID-19-CFCh. Ha participado en múltiples antologías
internacionales y está casi seguro de que no es un robot.
456 | Mundos Alternos
Cristián Londoño Proaño (1973, Quito, Ecuador).
Escritor, guionista, productor y realizador. Publicó
las novelas Misión Antares, Doce Horas, Underbreak, Los
Improductivos y la trilogía de El Instinto de la Luz. Publicó
los poemarios: Desojare y Luna de Solitarios. Obtuvo varios
premios nacionales e internacionales.
Roberto Sanhueza Hormazábal (1952, Talcahuano,
Chile). Odontólogo de profesión, escritor de corazón.
Ganador Premio UPC en España en 2009 y 2014.
Participante en la antología Poliedro 6 en 2019, publicado
por Áurea y Sietch Ediciones en 2020 con BIS y El fruto de
tu vientre, respectivamente.
Héctor Olmedo Gutiérrez (1978, Valparaíso, Chile).
Médico general y Escritor. Miembro de ALCiFF. Autor
de Javo Rivera y Los Tres de la Orden (2017, Santa Inés) y Javo
Rivera y Los Brujos de Chiloé (2018, Santa Inés). Antologado
en COVID-19-CFCh (2020, Sietch).
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Varios Autores | 459
MUNDOS ALTERNOS
Antología de Literatura Fantástica
cHILE 2020