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Aprendizaje Centrado en el Estudiante

Este documento describe los principios del aprendizaje centrado en el estudiante según la teoría de Piaget. Propone que los estudiantes deben ser el foco de la educación y que los profesores deben acompañarlos y estimular su pensamiento crítico en lugar de simplemente transmitir conocimiento. El aprendizaje se entiende como una reconstrucción activa del conocimiento por parte del estudiante a través de la experiencia y el diálogo con otros. Aunque desafiante, este enfoque puede mejorar los resultados educativos al empoderar

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Aprendizaje Centrado en el Estudiante

Este documento describe los principios del aprendizaje centrado en el estudiante según la teoría de Piaget. Propone que los estudiantes deben ser el foco de la educación y que los profesores deben acompañarlos y estimular su pensamiento crítico en lugar de simplemente transmitir conocimiento. El aprendizaje se entiende como una reconstrucción activa del conocimiento por parte del estudiante a través de la experiencia y el diálogo con otros. Aunque desafiante, este enfoque puede mejorar los resultados educativos al empoderar

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UNIVERSIDAD INTERAMERICANA DE EDUCACIÓN A DISTANCIA

DE PANAMÁ
(UNIEDPA)

VICERRECTORADO ACADÉMICO
COORDINACÍON DE INVESTIGACIÓN Y POSTGRADO

“APRENDIZAJE CENTRADO EN EL ESTUDIANTE, UN DESAFÍO


NADA FÁCIL PERO SÍ ALCANZABLE”

PRESENTADA POR:

TUTORA:

HUILA – COLOMBIA

2015
“El objetivo principal de la educación es crear personas capaces de hacer cosas nuevas, y

no simplemente repetir lo que otras generaciones hicieron”

Jean Piaget

Piaget es un conocido psicólogo, biólogo y epistemólogo suizo, el cual pasó a la historia

porque desarrolló sus tesis en torno al estudio del desarrollo psicológico en la infancia y la

teoría constructivista del desarrollo de la inteligencia, teniendo como punto de partida el

aprendizaje del estudiante, al que considera sujeto de la educación.

A pesar que son muchos los años transcurridos desde entonces, tiene vigencia sus

postulados, y en la actualidad, se remite al aprendizaje centrado en el alumno.

El proceso por el cual se llegó a este punto, tuvo que pasar por múltiples reflexiones

teóricas y postulados; sin embargo, el presente ensayo se enfoca en cómo este tipo de

modelo puede ser determinante para mejorar las etapas didácticas que definen el objeto de

la educación.

Al documentarse por el tema en cuestión, son incontables los artículos y libros producidos;

sin embargo, quienes estamos al frente de un aula con una población tan diferente y

expectante, la reflexión es mucho más profunda.

En tiempos de antaño, se pensaba en que el alumno adquiriera una serie de conocimientos

sino también que desarrollara procedimientos sin mayor reflexión. A este tipo de modelo,

se le conoció como modelo centrado en el profesor.


En el momento, se busca procesos autónomos de pensamiento; eso significa que desde la

reflexión y la indagación de su rol en su familia y sociedad, se genere una actividad

espontánea, que a la vez sea meta y punto de partida de la acción educativa.

No se trata de una educación para informar ni mucho menos para conformar

comportamientos, sino que busca formar al alumno y transformar su realidad.

El modelo educativo centrado en el estudiante, parte del postulado de que nadie se educa

solo sino que los seres humanos se educan entre sí mediatizados por el mundo; de esta

manera debe pensar y participar de su aprendizaje.

Si bien la educación se entiende como un proceso permanente en el que el educando va

descubriendo, elaborando, reinventando y haciendo suyo el conocimiento, se llega a la

significancia y la pertinencia del currículo.

Para tomar una posición frente al tema que nos atañe, hay que aclarar los principios que

rigen el modelo propuesto por la academia. En este orden de ideas, se promueve una

política donde aparece en un diálogo permanente en la que no hay educadores y educandos

sino educadores-educandos y educandos-educadores.

Al tomar un tiempo para reflexionar el párrafo anterior, podremos entrar en

correspondencia con una serie de relaciones donde la acostumbrada verticalidad se rompe y

da paso a la horizontalidad entre las relaciones de los actores del proceso.

El primer paso sería iniciar a reconocer el hecho que el profesor acompaña para estimular el

análisis y la reflexión, para facilitar ambos, para aprender con y del estudiante, para

reconocer la realidad y volverla a construir juntos.


Pareciera algo idílico, hasta romántico, pero las investigaciones adelantadas dan fe que es

posible.

Resultado del paso uno, se genera una pugna por un cambio de actitudes, pero no se basa en

el condicionamiento mecánico de conductas sino en el avance del alumno acrítico a un

educando crítico, con valores solidarios, con un rol de liderazgo.

El modelo propuesto por los pedagogos, parten de una didáctica que busque apoyar al

estudiante y lograr que aprenda a aprender, razonando por sí mismo y desarrollando su

capacidad de deducir, de relacionar y de elaborar síntesis.

La segunda etapa del proceso establece la función del educador; por lo tanto debe partir por

proporcionar instrumentos para pensar, para interrelacionar hechos y obtener conclusiones

y consecuencias válidas. Se basa en la participación activa del estudiante en el proceso

educativo y la formación para la participación en la sociedad, pues propone que solo

participando, investigando, buscando respuestas y problematizando se llega realmente al

conocimiento.

Conceptuando la teoría, es un modelo grupal, de experiencia compartida y de interacción

con los demás, donde el eje es el estudiante.

El profesor está para estimular, para problematizar, para facilitar el proceso de búsqueda,

para escuchar y asistir a que el grupo se exprese, aportándole la información necesaria para

que avance en el proceso.


El tercer paso sería distinguir a los padres, madres, maestros y miembros de la

comunidad ;son, según los autores, facilitadores del cambio que se está operando en la

mente del niño, pero no la pieza principal.

Esto es así porque, la mayoría de las personas no interpretan literalmente lo que les llega

del entorno, ya sea a través de la propia naturaleza o a través de las explicaciones de

maestros y tutores.

La teoría nos habla de una percepción de las propias vivencias que siempre está sujeta a los

marcos de interpretación y a las necesidades y expectativas del educando.

Si bien Piaget no es el autor exclusivo ni definitivo del modelo centrado en el alumno, cabe

reconocerle que empezó el camino que hoy transitamos.

Este autor entendió el aprendizaje como una reorganización de las estructuras cognitivas

existentes en cada momento; es decir, los cambios en nuestro conocimiento, esos saltos

cualitativos que nos llevan a interiorizar nuevos conocimientos a partir de nuestra

experiencia, se explican por una recombinación que actúa sobre los esquemas mentales que

tenemos a mano tal como nos muestra la Teoría del Aprendizaje de Piaget.

Como maestrante, puedo vislumbrar los desafíos que no solo como docente, sino también

como estudiante en formación postgrado, asumo y me compromete en la complejidad de la

construcción del conocimiento.

Aunque en teoría todo se ve alcanzable, la realidad afronta mayores retos, porque aparte de

educar a los estudiantes, se debe educar a la sociedad entera.


La familia (En construcción constante), el estudiante como núcleo del sistema, y las

políticas instauradas por profesionales ajenos a la educación, hacen parte del selecto grupo

de traspiés propios de nuestra profesión.

Estamos en las fronteras de vertientes dinámicas, de expectativas y necesidades propias de

una sociedad vertiginosa, donde el tiempo es relativo, donde las fronteras son imaginarias,

donde el miedo es propio de las tradiciones cuadriculadas.

Retomando el margen conceptual, se puede sintetizar que la actividad predominante del

profesor se resume en acompañamiento al estudiante, subordinando el hecho que el saber es

exclusivo de algunas personas, declarando la formación como un común denominador,

reconociendo al niño como un conocedor de su entorno, y dueño de un conocimiento en

deconstrucción.

De igual manera, se intenta personalizar el proceso de enseñanza y llegar al educando de

una manera concreta e individual.

Los grupos reducidos permiten una atención y un seguimiento más personalizado y una

comunicación con un mayor grado de individualización en la atención al discente, pero

lamentablemente eso no es una realidad escolar.

Los líderes de las instituciones educativas confunden el planteamiento anterior con

hacinamiento, haciendo que las aulas en lugar de ser laboratorios de saber, se conviertan en

mundos complejos y distantes, donde no se respeta las particularidades de los estudiantes.

La verdad es que existe una gran variedad de sistemas de enseñanza. Un esquema

tradicional es que el profesor proponga un tema o texto que le asigna a un alumno, el cual
debe trabajarlo y redactar un texto que somete a la crítica de los demás alumnos, para pasar

posteriormente a una discusión en una reunión coordinada por el profesor.

Una variante de este procedimiento consiste en asignar trabajos cuya elaboración se

encarga a un grupo de alumnos que deben realizar en común un informe que posteriormente

es discutido en un grupo presidido por el docente, que guía las discusiones.

Estos sistemas de trabajo mediante seminarios se desarrollan y alcanzan gran perfección a

principios de siglo en las universidades alemanas, siendo también las universidades

americanas precursoras de estos métodos; luego los países latinos como el nuestro,

empezaron a adaptar las estrategias hasta alcanzar una autonomía peligrosa en esencia.

Peligrosa porque generó un libertinaje pedagógico, donde sería fácil perderse en el mar de

modelos y enfoques que crecen conforme las investigaciones empiezan a trabajar en ello.

Hace poco leía un grafiti en la universidad surcolombiana de Neiva, cerca de los sitios de

recreación estudiantil, en la que se leía de manera clara: “Somos lo que hacemos y sobre

todo lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Eso es algo subversivo en esencia, un

llamado aparentemente inocente, pero bastante discente de una sociedad que clama

acciones más que discursos.

Todos los docentes tenemos un estilo y forma de ser propios. Dado esto, es oportuno que la

educación centrada en el estudiante no cristalice en una forma fija o tenga que incluir

necesariamente todos los atributos o prácticas de un cuestionario que determine si sabe o

no.
La práctica centrada en el estudiante tiene mucho que ver con un modo de ser, una

disposición, un lugar en el que se honre a los estudiantes, se responda a su individualidad y

singularidad, y se les aprecie y respete como seres humanos.

También puede suceder que los profesores adoptemos alguna o todas las prácticas y

estrategias que recomiendan los teóricos, actuando de forma que se podría considerar

centrada en el niño, pero sin poner el alma, la disposición mental y las creencias que deben

sustentar estas acciones.

¿Pero cuáles son esas acciones? Entre las que se destacan, se encuentra la elección por parte

del estudiante de sus propios proyectos, el respeto por su ritmo de aprendizaje, la

promoción del aprendizaje con tareas creativas, preservando la interculturalidad, la

exposición de sus puntos de vista, el respeto por tales ponencias, el trabajo en equipo y

desde el cooperativismo, la complementariedad con información de diferentes fuentes.

Ahora bien, pensar en una didáctica significa construir un nuevo currículo donde las

asignaturas estimulen el interés de los estudiantes y dialoguen sobre los problemas de su

realidad.

Las experiencias significativas también son una de las metas por parte de la propuesta

didáctica, ofreciendo oportunidades intrínsecas y explícitas, la autorregulación del

aprendizaje, la interdisciplinariedad, la participación de la comunidad y la integralidad de

los campos del saber.

Sin duda alguna, es un proceso en el que se descubre y se construye el significado a partir

de la información y las experiencias filtradas por las percepciones, pensamientos y

sentimientos únicos del niño.


Para lograr tales propósitos, donde los medios más que comunicar, incomunican, se

requiere motivar como primera medida, relacionar los temas con los problemas del entorno,

traer la teoría a la práctica.

La capacidad de pensar sobre nuestro propio pensamiento, o metacognición, se desarrolla

desde las primeras etapas de la vida hasta la mitad de la infancia. Los docentes que conocen

el papel que desempeña la metacognición en el aprendizaje no se limitan a ser conscientes

de ello sino que enseñan, crean modelos y dan a los estudiantes, consciente y

explícitamente, la oportunidad de concienciarse de sí mismos y de su pensamiento de

diversas maneras.

La citación anterior es fundamental porque consolida uno de los cimientos del aprendizaje

centrado en el estudiante. Y a partir de ello, se debe empezar por acotar que la frase anterior

traslada un proceso diferente porque para empezar, se habla de aprendizaje, no de

enseñanza, el centro es el estudiante, no el profesor, no se habla de alumno pero sí del

educando.

No se trata de un juego de palabras, se trata de una mirada mucho más íntegra, de una

existencia verdadera en un mundo real.

La enseñanza es algo más que buena programación y pedagogía. El mejor currículo o

lección no tendrán ningún valor en manos de docentes que no crean en lo que enseñan, no

respeten a sus estudiantes y no se relacionen con ellos.

La verdadera base de cualquier experiencia didáctica reside en la naturaleza de las

relaciones y la calidad del clima en la clase, el ambiente que se produce.


Aunque todos los docentes reconocemos la importancia de la calidad en la educación, y de

un clima de clase positivo, algunos sólo defienden estas ideas en palabra más no en acción.

La contienda de enseñar todos los contenidos del temario, se tiende sin querer a cubrir los

contenidos en lugar de dedicar tiempo a las relaciones y al clima que podrían hacer que los

estudiantes tuvieran más éxito en lo académico y en su vida cotidiana, la real.

Basta poco para verificar que la mayoría de los profesores se esfuerzan por llamar a cada

estudiante por su nombre e interesarse por sus familiares o sus intereses extraescolares,

pero cuando el agotamiento profesional se pone de manifiesto, incluso los docentes mejor

intencionados pueden olvidarse del efecto positivo del modelo, para pasar de nuevo al

tradicionalismo.

Las dimensiones del modelo de aprendizaje (Marzano y Pickering, 1991) subrayan la

importancia de las relaciones porque establecen la base de los procesos.

En ese modelo, estas relaciones forman parte de la primera dimensión, que se ocupa de las

actitudes y percepciones positivas. Una contribución interesante y fecunda de este modelo

consiste en considerar las actitudes y percepciones como un género de pensamiento,

permitiendo así influir en ellas y enseñarlas; los docentes podemos tanto influir en las

actitudes y percepciones de los estudiantes como enseñarles el modo en que ellos mismos

pueden hacerlo.

Esa visión revoluciona las prácticas del pasado, constituyen un avance y un punto de

encuentro entre el antes y el después.

Para atender lo mejor posible a las necesidades únicas y diversas de los estudiantes y para

evitar el riesgo de aislar a aquellos que pertenezcan a culturas distintas de la suya, los
docentes centrados en el estudiantes, se preocupan de conocer a los estudiantes y sus

pasados, e incorporan una variedad de formas mediante las que éstos pueden aprender y

demostrar o expresar ese aprendizaje. Otro sello distintivo.

Es un proceso constructivo que se ve optimizado cuando lo que se aprende es útil y

significativo para el niño. Es interesante recordar que una de las quejas más habituales de

los estudiantes es que lo que se les pide que aprendan no está relacionado con la vida real ni

resulta útil para su futuro.

A lo anterior, ahora se le llama pertinencia educativa.

En la clase centrada en el niño, los estudiantes participan con frecuencia en la selección y

planificación de las lecciones, las tareas e incluso las unidades didácticas. Del mismo

modo, se les otorga cierta responsabilidad al planificar, dirigir y realizar sus tareas. Esto

incluye algunos trabajos a largo plazo, que requieren y fomentan la capacidad de los

educandos para planificar, regular su propio comportamiento y actuar autónomamente.

También implica ayudar a los estudiantes a seleccionar y fijar sus metas, vigilar sus

progresos en la consecución de dichas metas y evaluar el proceso que han empleado para

alcanzarlas.

Otro elemento propio del modelo en cuestión, es la evaluación, la cual es variada en

esencia.

Se emplean los exámenes convencionales, cuando es oportuno, pero éstos no constituyen el

único método de evaluación. En la clase, se pueden emplear tareas de rendimiento, test,

encuestas y sondeos de autoevaluación del educando, evaluación por parte de los iguales,

diarios, registros, productos, proyectos y otras actividades basadas en el rendimiento.


Real resulta que de muchas clases de este país, salen estudiantes motivados para aprender, y

obtienen buenos resultados académicos.

Las clases en que esto ocurre se adaptarían, según nuestra propuesta, a lo que nosotros

llamamos modelo centrado en el estudiante, y muchos de sus profesores actúan de esa

forma de manera natural y, en cierto modo, intuitiva.

También se ha defendido que este modelo no tiene que ajustarse a una forma prefijada. No

todos los profesores con esta perspectiva creen o piensan exactamente del mismo modo o

emplean las mismas estrategias.

Hemos comentado reiteradas veces que el aprendizaje corresponde más bien un modo de

ser, un posicionamiento, independientemente de que se haga una cosa u otra, una

intencionalidad clara, consciente y trabajada.

En el aula se comparten algunas creencias, cualidades, características y prácticas

importantes, que durante décadas fueron desconocidas. Básicamente, actúan de acuerdo con

las premisas que se desprenden de los principios psicológicos, epistémicos, centrados en el

educando.

En suma, se pretende enfatizar más los momentos de aprendizaje que los de enseñanza

dando al estudiante un protagonismo creativo e incentivar de este modo su motivación.

En este marco nos planteamos un proceso didáctico basado en proyectos, orientado a los

estudiantes y con la voluntad de desarrollar competencias.


Esta visión pretende desplazar el centro de las relaciones de enseñanza-aprendizaje,

tradicionalmente enfocadas en el profesor y en las clases magistrales, y situarlo en los

estudiantes, de modo que puedan tener un papel más activo.

Consideremos que empezar explicitando algunos conceptos, como se ha venido haciendo

desde el comienzo del presente ensayo, nos permitirá situarnos, aunque sólo sea de manera

rápida, en relación con enfoques y polémicas recientes e importantes en el campo de las

teorías del aprendizaje.

De hecho, la idea misma del aprendizaje basado en el estudiante, que tanto éxito ha tenido y

que ha sido vista como uno de los ejes de reformas educativas y de los cambios para la

educación colombiana, y por qué no huilense, no deja de ser una elaboración compleja y

fruto de compromisos, y si se toman en bloque los principios rectores de este enfoque

apenas es posible ser consecuente con todos ellos.

De hecho, centrarse en la persona que aprende es lo que siempre debió hacer la enseñanza.

La organización de las actividades de aprendizaje está basada en varios enfoques

complementarios.

El hecho de permitir que los estudiantes se coloquen en una posición de productores de

conocimiento, demuestren sus competencias adquiridas y trabajen, en definitiva, en un

proyecto integrado (en el que las tecnologías no están alejadas formalmente de los

contenidos) es una concepción pedagógica que creemos interesante por el cambio de

metodología que supone, y es relativamente poco habitual en el aula.


Así, la innovación, si bien está próxima a la práctica, está relacionada con todo el proceso,

con perspectivas de globalidad, implicando cambios en el currículo, en las formas de ver y

pensar las disciplinas, en las estrategias desplegadas, en la forma de organizar y vincular

cada disciplina con otra, etc. La aplicación de las TIC a acciones de formación bajo la

concepción de enseñanza flexible, abren diversos frentes de cambio y renovación.

Los cambios en las prácticas, en la forma de desenvolverse de profesores y estudiantes en

estos nuevos espacios comunicativos pueden ser considerados como verdaderos cambios de

su rol en el proceso de aprendizaje.

Entendemos que el énfasis se traslada de la enseñanza al aprendizaje y esto supone nuevos

educandos que se caracterizan por una nueva relación con el saber, por nuevas prácticas de

aprendizaje que requieren que sean capaces de adaptarse a situaciones educativas en

permanente cambio.

Teniendo en consideración que la educación del siglo vigente requiere formar profesionales

de excelencia, competitivos, poseedores de conocimientos, habilidades, competencias,

actitud de liderazgo y comprometidos con su actualización permanente, los modelos

educacionales de nivel terciario establecen como principios de formación: Aprender a

aprender, lo cual consiste en promover la capacidad para adquirir los conocimientos en que

se sustentará la labor profesional.

Aprender a ser, que contempla la promoción de valores, actitudes y normas éticas que

orientarán el comportamiento e integración social, así como el desempeño laboral de los

estudiantes.
Aprende a hacer, que trata del desarrollo de habilidades para la aplicación de principios,

métodos y tecnologías de manera productiva a lo largo de su vida.

Aprender a convivir, lo que significa que se desarrollen habilidades y actitudes que apunten

a la tolerancia, flexibilidad de pensamiento para que así aprendan a vivir en sociedad;

aceptando las diferencias de credo, de raza y de género.

Las políticas nacionales, departamentales y locales, establecen en su discurso, la procura de

la gestión de calidad, la consolidación de la sociedad del conocimiento y la armonización

de sistemas educativos a través de los logros de aprendizaje y desarrollo de habilidades,

conocimientos y actitudes.

Tenemos entonces que esta posición atiende a los nuevos requerimientos que genera el

contexto en el que se desarrolla la educación actual, entre los cuales podemos citar los

criterios de calidad, globalización, flexibilidad, educación continua, entre otros. Todo lo

anterior en un contexto humanista e integral lo que se traduce en que el estudiante no sólo

debe desarrollar aquellas competencias específicas de su rol sino que, además, aquellas

competencia genéricas que asegurarán un actuar ciudadano tanto exitoso como socialmente

responsable.

Es así, que a través de un modelo de educación continua se permite a todo aquel individuo

que desee adquirir y o profundizar conocimientos, independiente de su origen y grupo

social, alcanzar metas y desafíos que le permitan incorporarse efectiva y eficientemente a la

sociedad.

El contexto mundial en el que el aprendizaje está ocurriendo, marcado por la llamada

“sociedad de la información” con sus implicancias de cambio vertiginoso en los métodos de


trabajo, y por ende, en los requisitos laborales, ha generado la necesidad de multiplicar

esfuerzos para otorgar a todos oportunidades de adquirir los conocimientos necesarios para

participar como ciudadanos activos en la sociedad de la información y en el mercado de

trabajo.

Ello hace que nuestras instituciones educativas estén cada vez más preocupadas por la

formación y educación de sus miembros como un medio imprescindible para promover la

cohesión social, la ciudadanía activa, la realización personal y profesional, la adaptabilidad

y la empleabilidad, aunque el estado no garantice las condiciones para cumplir con la tarea.

A manera de síntesis, se estima que es de vital importancia vincularse con el sistema

educacional en su totalidad; con lo cual proporcionará a los jóvenes estudiantes un

desarrollo de habilidades, conocimientos y actitudes que le sirvan como un instrumento no

tan sólo de éxito en la educación terciaria, sino también, relevantemente, en sectores

sociales y laborales.

El profesorado casi en su totalidad, comprende que debe adaptarse a una nueva realidad

sociocultural y laboral. Por lo tanto, está en una constante búsqueda de alternativas

innovadoras, acordes con lo que sucede a nivel mundial en educación terciara, donde se

asuman cambios y/o adecuaciones en sus programas formativos, programas con

compromiso de formación inicial como permanente, con esta nueva visión global e

integral.

Los territorios en los cuales se encuentra inmersa la educación, imponen grandes desafíos a

la educación en todos sus órdenes. Se obliga a asumir que la escuela se encuentra ubicada

en una zona limítrofe, así como también debido a la gran actividad económica de nuestra
región, su población está conformada por diferentes etnias y credos religiosos; por ello se

debe dar un mayor énfasis en el desarrollo de las habilidades de pensamiento superior tales

como: flexibilidad de pensamiento, aceptación de diferencias, tolerancia y

multiculturalidad.

Escuchaba hace poco en una conferencia, que en la educación se concentran los tres

poderes del estado y allí son tomadas las grandes decisiones económicas, pues existe mayor

capacidad de capital humano, y precisamente allí el presente modelo debe tener presencia.

En síntesis, debemos facilitar un aula abierta, donde se encuentren oportunidades flexibles

y amplias para ingresar y regresar cuando se necesite.

La formación entendida así, implica que se debe desarrollar la capacidad de pensar la

realidad social a partir de intereses locales, lo que implica la comprensión de las instancias

más próximas a la escuela; analizar la relación de tensiones y acercamientos entre el plano

local, nacional, internacional y global; donde participan actores cada vez más diversos…

¿Aceptas el reto?

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