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Araneda Azul Arratia Nicole Caliva Ana

Reseña sobre “La guerra en los comienzos del antiguo Egipto” – Marcelo Campagno y
Augusto Gayubas; y “Los proto-estados del Alto Egipto y la unificación del valle del Nilo” –
Marcelo Campagno.

Marcelo Campagno y Augusto Gayubas realizan una reflexión en su artículo “La guerra en los
comienzos del antiguo Egipto” basándose en los estudios antropológicos de Pierre Clastes.
Clastes enuncia que “las sociedades primitivas son sociedades sin estado porque el estado es
imposible allí”, debido a que las sociedades “primitivas” no solo no carecen de prácticas políticas,
sino que en ellas el poder político, al no estar monopolizado por un órgano, habita en la totalidad
del cuerpo social y estas comunidades autónomas e indivisas impiden que el poder político se
separe del cuerpo social.
Es allí donde este concepto que nos brinda Clastes, tomado por Campagno y Gayubas, nos explican,
según la evidencia arqueológica encontrada, como las poblaciones humanas en el valle del Nilo
(Paleolítico tardío hasta el periodo predinástico) comienzan a subsistir entre sí; donde la guerra
tiene un papel importante en el sostenimiento de la autonomía e indivisión de estas comunidades no
estatales.
En las ya mencionadas sociedades, el parentesco opera como el dispositivo que produce y
reproduce el lazo social. Las prácticas sociales se expresan y articulan en función de su
compatibilidad con los principios en los que se basa, la existencia de liderazgos no es impedida en
donde el parentesco es la lógica social dominante sino que la condición diferencial de los jefes no
estatales en sus sociedades no se basa en el poder sino el en prestigio. Pues, la lógica del parentesco
establece un límite que impide el monopolio de imposición y excluye la posibilidad de que se
estructure una diferenciación sociopolítica fuerte en el interior de las sociedades no estatales, es
decir que la dominancia del parentesco impide la aparición de la lógica estatal.
El parentesco no extiende su red de relaciones positivas más allá del ámbito comunal, la relación de
una comunidad con el exterior es una relación sostenida en la desconfianza del otro donde con los
extranjeros solo se mantienen relaciones de hostilidad (una no-relación o un estado de guerra
permanente, se realice o no una guerra real). El estado de hostilidad mantiene a todas las
comunidades en su respectiva diferencia, y la guerra contribuye a la reproducción del nosotros
autónomo e indiviso. Así mismo, la guerra puede ser entendida como una práctica que garantiza el
orden social comunal.
Los autores Campagno y Gayubas nos señalan con evidencias arqueológicas la presencia de
prácticas de guerra en el valle del Nilo desde fines del periodo Paleolítico hasta el periodo
Predinástico, que coinciden con los indicios de sociedades no estatales organizadas según los
parámetros parentales. Donde la desigualdad de los ajuares funerarios, la presencia de cetros o
mazas de empleo no utilitario, iconografía que desataca algunos personajes y los indicadores para
identificar los patrones de guerra en los registros arqueológicos (hallazgos de restos óseos con
lesiones y puntas de proyectil incrustadas, patrones defensivos de asentamientos e indicios del
empleo de fortificaciones, vestigios de armas de piedra y de sílex) nos dan indicios que los primeros
asentamientos en el valle del Nilo eran sociedades no estatales.
Pero la pregunta que nos hacemos es: ¿Cuáles fueron las razones puntuales para tales guerras? Los
autores dicen que si nos apoyamos de analogías etnográficas podemos establecer que las
motivaciones de justificación (ya sean de venganza, obligaciones familiares, búsqueda de prestigio,
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defensa territorial) se basan en una percepción mutua de amenaza entre los grupos que hace de cada
contacto una posibilidad para el conflicto. Se trata de guerras de ataque y retiradas que no redundan
en cambios significativos en el seno de las comunidades, sino que contribuyen a la autoafirmación
de los grupos de parientes mediante el sostenimiento de la diferencia con aquellos que no lo son.
Luego, se nos presenta durante la fase Nagada II (3600- 3300 a.C.) que se documentan algunos
cambios significativos en los registros arqueológicos e iconográficos del valle del Nilo que
permiten proponer la aparición de un tipo de lógica radicalmente nueva basada en los principios de
la imposición estatal, o como la presenta M. Campagno los proto-estados en su artículo “Los proto-
estados del alto Egipto y la unificación del valle del Nilo”.
Marcelo Campagno nos expone que los primeros indicios estatales se advierten decididamente en el
sur en torno de unos 3400 -3300 a.C., que parecen surgir en un clima de recurrentes conflictos en
pos de acaparar los bienes de prestigio procedentes de regiones lejanas. La supremacía militar de
unas comunidades sobre otras podría haber instituido los primeros vínculos de dominación y la
perduración de estos podría haber desembocado en la consolidación de los primeros lazos de índole
estatal.
El autor destaca tres entidades sociopolíticas en el Alto Egipto en las que se registran una serie de
transformaciones más o menos simultáneas, ellas son Hieracompolis, Nagada y Abidos que ofrecen
características que los distinguen de otras localidades de la región.
Hieracompolis: Se advierte la existencia de una compleja división de trabajo y de una elite cuyos
miembros eran enterrados en tumbas sensiblemente diferenciadas del resto de las sociedades, se
encuentra evidencia que presuponen la presencia de un artesanado especializado, un recinto que
podría interpretarse como un gran complejo ceremonial, evidencias funerarias que constatan la
construcción de tumbas de elite.
Nagada: Se destacan construcciones (un muro y un conjunto de grandes casas donde reside la elite),
impresiones de sellos sobre fragmentos de arcilla que dan la posibilidad de actividades de índole
administrativa, en cuanto a la evidencia funeraria se encuentra una necrópolis con tumbas de
mayores dimensiones y con ajuares más elaborados para la posible elite diferenciada del resto de la
población.
Abidos: Se encuentran tumbas de alta complejidad, con objetos relacionados con lo “espiritual” que
permiten imaginar la importancia de ellos en las tumbas.
La situación que parece haberse constituido en el Alto Egipto en el transcurso de la fase Nagada II
es la de una pluralidad de sociedades de jefatura que habrían quedado subordinadas a tres núcleos,
mediante lo que Campagno y Gayubas llaman “guerras de conquista”; donde las elites que se
constituyen en núcleos urbanos con capacidad para movilizar un grupo numeroso de seguidores
estarían en mejores condiciones para someter a las aldeas periféricas. Algunas comunidades podrían
haber sido rápidamente englobadas bajo la potencia expansiva de aquellos proto-estados y otras
podrían haber preservado su autonomía por mayor tiempo.
La expansión del estado reafirmaría y multiplicaría la corriente de bienes de prestigio hacia la nueva
elite estatal; la extensión de la práctica estatal hacia nuevas latitudes podía ser entendida como la
afirmación del mandato divino, como la imposición del orden querido por los dioses en las tierras
únicamente habitadas por las fuerzas del caos.
Hacia comienzos de Nagada III la región del Alto Egipto se unificaría políticamente bajo el
predominio de Hieracompolis.

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Campagno nos manifiesta que los efectos de la expansión de la cultura altoegipcia hacia el norte
comienzan a evidenciarse por la existencia de asentamientos con las características típicas de la
cultura del Alto Egipto, todos los sitios preexistentes del Bajo Egipto ingresan en un periodo de
sensibles transformaciones. La adopción de la cultura procedente del Alto Egipto se habría dado de
forma paulatina, sin la necesidad de alguna forma de ruptura.
El contexto en el que surge el estado egipcio estaba caracterizado por la existencia de unos
conflictos intercomunitarios ligados a la competencia por los bienes de prestigio procedentes del
exterior, la emergencia inicial de núcleos estatales en el Alto Egipto potenciaría aún más la demanda
de bienes suntuarios para los miembros de esas elites estatales. La nueva capacidad operativa de la
sociedad estatal podría estar en correlación con la posibilidad de emprender políticas más agresivas
para la obtención de tales bienes, mediante algún tipo de ataque a regiones lejanas o estableciendo
sitios dependientes en áreas estratégicas para la obtención de los bienes provenientes del exterior.
Casi en el final de su artículo, “Los proto-estados del Alto Egipto y la unificación del valle del
Nilo”, Campagno plantea la pregunta de “¿Por qué el estado del Alto Egipto habría llevado a cabo
semejante política expansiva hacia el sur y el norte? “Y nos dice que debemos contemplar dos
elementos. En primer lugar, la emergencia de la práctica estatal en el Alto Egipto durante Nagada II
pudo haber sucedido en más de un centro; con la conformación de un proto-estado global en el Alto
Egipto podría haberse alcanzado cierta estabilización política del área, lo cual permitiría dirigir la
fuerza político-militar de ese estado hacia otras regiones. En segundo lugar, la propia concepción
egipcia del faraón como rey-dios, garante de maat y enemigos del caos, que ejerce sus cualidades de
guerrero en pos de afianzar el orden cósmico, en consonancia con el plan trazado por las
divinidades. Tal concepción pudo ser una de las razones básicas para la unificación política del Alto
Egipto.
A partir de esta percepción egipcia del mundo todas esas regiones podrían haber sido vislumbradas
ahora como territorios pasibles de ser incorporados a la órbita del orden faraónico, la expansión
política del estado del Alto Egipto hacia todos los espacios considerados de algún modo como
“egipcios” implicaba la extensión del cosmos sobre las regiones sumergidas en el caos. Es posible
que muchos de los centros que se sumaban ahora a ese estado en expansión, lo hicieran sin
necesidad de ser conquistados por la vía militar; la llegada del estado sureño podría haber sido vista
como el despliegue de un plan que los propios dioses habían decidido para Egipto.
En el final de la fase Nagada II implica no solo la época de la mezcla de los proto-estados iniciales
en un único proto-estado en el Alto Egipto sino también la expansión suprarregional de la cultura
proto-estatal, en Nagada III sería la culminación del proceso de homogenización cultural y política
del valle y el delta del Nilo. En el umbral del III milenio a.C. (inicio de la Dinastia I) el impulso
expansivo comenzaría a cesar.
Para finalizar, Campagno y Gayubas en su artículo “La guerra en los comienzos del antiguo
Egipto”, llegan a la conclusión de que la guerra garantiza el orden no estatal, incide en el proceso de
cambio, esto podemos verlo de manera más exhaustiva en el artículo de “Los proto-estados del Alto
Egipto y la unificación del valle del Nilo” de Campagno; y se constituye en fundamento del orden
estatal.