La Bella Durmiente Del Bosque
La Bella Durmiente Del Bosque
El león y el ratón
Una vez, un león atrapó a un ratoncito. Lo tenía entre sus garras y abría
la boca para comérselo cuando el ratoncito suplicó:
- Por favor, león, rey de los animales, señor de la selva, ¡no me comas!
Apenas soy un bocadito. Si me dejas ir, algún día podré ayudarte.
El león lo miró asombrado y se echó a reír:
- ¿Ayudarme, una cosita tan débil y pequeña como tú? Me das tanta risa
que, por esta vez, no te comeré.
Y lo dejó en libertad.
Pasó el tiempo. Un día, el león, rey de los animales y señor de la selva,
cayó en una trampa que le habían tendido los hombres. Lo tapó una red
muy gruesa y allí quedó atrapado, rugiendo de rabia.
El ratoncito escuchó sus rugidos y corrió hasta él. Entonces, con sus
buenos dientes de ratón, empezó a roer la soga.
Mordisqueó, masticó y tironeó. Mordisqueó, masticó y tironeó hasta que
la soga se rompió. ¡Y el león pudo salir por el boquete y librarse de la
trampa!
Ese día, el señor de la selva, el rey de los animales, aprendió que todos,
hasta los más débiles y pequeñitos, pueden ayudarnos.
EL PASTORCITO MENTIROSO
El pastorcito tenía muchas ovejas. Las llevaba al campo para que comieran
pasto y las cuidaba por si aparecía el lobo.
Las ovejas comían y el pastor se aburría. Un día, para divertirse, se puso a
gritar:
- ¡El lobo! ¡Socorro! ¡El lobo!
Los campesinos lo escucharon y, dejando sus trabajos, corrieron a espantar al
lobo. Fueron con palos y palas, con horquillas y rastrillos.
- ¿Dónde está ese lobo? -preguntaron.
Entonces el pastorcito se echó a reír.
- Era un lobo de mentira -dijo-. ¡Era una broma!
Los campesinos, muy enojados, volvieron a sus campos.
Días después, el pastor volvió a gritar:
- ¡El lobo! ¡Socorro! ¡El lobo!
Cuando llegaron los campesinos, él les dijo, muerto de risa:
- ¡Era otra broma!
Pero un día, en el campo apareció… ¡el lobo! Un lobo negro que tenía muchas
ganas de comer ovejas.
- ¡El lobo! -gritó el pastorcito-. De veras, ¡vino el lobo!
"Otro lobo de mentira", pensaron los campesinos. Y nadie fue a socorrerlo.
El lobo se comió las ovejas más gorditas. Las otras, escaparon de miedo y el
pastor perdió todo su rebaño.
Había dicho tantas mentiras que, cuando dijo la verdad, nadie le creyó.
Al que acostumbra mentir, nadie le cree ni cuando dice la verdad.
EL ZORRO Y LA CIGÜEÑA
Había una vez un gato muy cazador que no dejaba en paz a los
ratones. Los ratones, del miedo, no salían de sus cuevas ni para ir a
comprar queso a los ratones queseros.
Un sábado por la noche, el gato se fue de parranda y los ratones
aprovecharon para reunirse.
- Tenemos que unirnos y luchar contra el enemigo gato -dijo un
ratoncito.
- ¡Vivimos con el corazón en la boca! -dijo otro.
Entonces, un ratón viejo y sabio propuso lo siguiente:
- A este gato hay que agarrarlo dormido y atarle al cuello una cinta
con un cascabel. Cuando oigamos ¡tilín! ¡tilín! Sabremos que se
acerca. Y cuando no oigamos ¡tilín! ¡tilín! nos pasearemos
tranquilos.
Era una idea genial. Todos la festejaron mucho. Pero… ¿quién le
ponía el cascabel al gato?
- Yo no sé poner cascabeles -dijo un ratón.
- Yo no sé atar cintitas -dijo otro.
Uno por uno, todos se disculparon. Y, a pesar de que habían
aplaudido al ratón sabio, nadie se atrevió a ponerle el cascabel al
gato. Porque es fácil decir: "Hay que hacer esto. Hay que hacer
aquello". Pero hacerlo es mucho más difícil.
La tortuga y los patos
Una vez, la zorra pasó junto a un parral y vio que, muy alto, colgaba un racimo de uvas
deliciosas.
En seguida, dio un salto para arrancar las uvas, pero no pudo alcanzarlas.
Tomó impulso, saltó más alto, y nada. Saltó muchas veces, como si hubiese tenido
resortes en las patitas.
Hasta que, por fin, miró las uvas con rabia y dijo:
- ¡Bah! ¿Quién las quiere? ¡Seguramente están verdes!
Y se fue caminando mientras repetía:
- ¡Están verdes!
Así hacen muchos cuando no saben alcanzar lo que quieren. Se conforman
contándose una mentirita. Diciendo "¡están verdes!".
Nunca. Nunca se había dado una fiesta tan hermosa. Todas las hadas del reino
habían sido invitadas para festejar el nacimiento de la princesita y cada una le había
llevado su regalo. Una le había regalado belleza; otra, bondad; otra, inteligencia; otra,
felicidad.
De pronto, enojadísima porque se habían olvidado de invitarla, apareció el hada Gris y
dijo:
- ¡Cuando la princesita cumpla quince años se pinchará el dedo con un huso y morirá!
Sólo el hada Melusina, que no había hablado todavía, podía cambiar estas palabras.
- Se quedará dormida -dijo-, pero no morirá.
- ¡Que se quemen todos los husos del reino! -ordenó el rey.
Y se quedó tranquilo.
Pasó el tiempo, y la princesita cumplió quince años.
Ese día, mientras todos preparaban la fiesta, la princesita subió a la torre del castillo.
¡Ay! Allí estaba el único huso que se habían olvidado de quemar.
La princesa se pinchó el dedo y se quedó dormida, y junto con ella quedó dormido
todo el castillo.
Ya hacía cien años que estaba así cuando, un día, llegó un hermoso príncipe
encantado.
- Es un castillo encantado. No entres -le dijeron todos.
Pero el príncipe entró y besó a la princesita. Y su beso la despertó. Entonces todo el
castillo se despertó con ella, y la fiesta que estaban preparando cuando todos se
quedaron dormidos se realizó para festejar la boda del príncipe y la princesita.
Caperucita Roja
Caperucita Roja vivía con su mamá en un pueblito de leñadores. Un día que fue a
visitar a su abuela, se encontró en el bosque con el lobo.
- Si te encuentras con el lobo -le había dicho su mamá- no le digas adónde vas y
vuélvete a casa.
Pero Caperucita se olvidó y le contó al lobo que iba a visitar a su abuelita.
Entonces el lobo corrió a casa de la abuela y se la comió. Después, se disfrazó de
abuelita y se metió en la cama.
Cuando Caperucita llegó, se encontró con una abuelita muy rara.
- ¡Abuelita, qué ojos tan grandes tienes! -exclamó.
- ¡Para mirarte mejor! -respondió el lobo disfrazado.
- ¡Abuelita, qué boca tan grande tienes!
- ¡Para comerte mejor! -contestó el lobo.
Y se la comió.
Por suerte, un leñador que entró a visitar a la abuela y vio al lobo comprendió todo lo
que había sucedido. Y después de abrirle la barriga al lobo, sacó de allí a Caperucita y
a su abuela. Las sacó enteritas, porque así es como el lobo se las había tragado.
Y mientras abrazaba a su abuela, Caperucita pensó: "Será mejor que otra vez no me
olvide de lo que me dice mamá".
Blancanieves
Había una vez una reina que tenía un espejito mágico, un espejito que contestaba
cualquier pregunta.
Pero la reina hacía una sola pregunta, que era:
- ¿No soy acaso la más hermosa del reino?
Y el espejito contestaba:
- No, la princesa Blancanieves es más hermosa.
- Quiero ser la más hermosa -dijo la reina.
Y mandó a Blancanieves al bosque para que se perdiera.
Pero Blancanieves no se perdió, porque tuvo la suerte de encontrar a los siete
enanitos. Y con ellos vivía muy feliz.
Hasta que, un día, la reina supo que la princesita no se había perdido. Entonces fue a
visitarla disfrazada y le convidó una manzana que estaba envenenada.
Cuando los enanitos llegaron y encontraron a Blancanieves tendida en el suelo,
creyeron que estaba muerta, y la pusieron en una caja de cristal para llevarla al
bosque.
¡Pobres enanitos! Estaban tan tristes que no vieron que un hermoso príncipe los
seguía. Hasta que el príncipe se acercó y les pidió permiso para acercarse a
Blancanieves.
¡Cuando la abrazó, ocurrió algo que nadie esperaba! Ocurrió que Blancanieves, que
sólo estaba desmayada, despertó de su desmayo. Y al ver al príncipe se enamoró al
instante de él. Como el príncipe también estaba enamorado, se casaron y vivieron
felices por siempre.
Cenicienta
La vida de Cenicienta era muy triste. Siempre limpiando y fregando la cocina. Siempre
viviendo entre cenizas.
Esa noche, sus tres hermanastras se habían ido al baile del palacio.
"¡Cómo me gustaría bailar con el príncipe!", pensó Cenicienta.
Entonces apareció un hada y dijo:
- Bailarás. Pero tendrás que volver con la última campanada de las doce.
Apenas lo dijo, Cenicienta se encontró vestida como una princesa y viajando en una
hermosa carroza.
En el baile, Cenicienta bailó toda la noche con el príncipe. Hasta que sonaron las doce
y tuvo que partir tan de prisa que, al bajar las escaleras, perdió uno de sus zapatos.
- Con este zapato la encontraré -dijo el príncipe-. Quiero casarme con ella.
Pero como el zapato era muy chiquito, los servidores del príncipe recorrieron el reino
sin poder encontrar a su dueña.
Cuando llegaron a la casa de Cenicienta, las tres hermanastras hicieron lo imposible
para calzar el zapato. Pero no pudieron, y tuvieron que llamar a Cenicienta.
¡Qué cara pusieron, al ver que ella era la dueña del zapatito! Una cara más agria que
el limón.
Pero el príncipe puso una cara más dulce que la miel y, al día siguiente, se casó con
Cenicienta.
El patito feo
Todos los patitos habían salido ya del huevo. Todos menos uno.
¡Por fin, salió! ¡Qué grande y qué feo era! No parecía un patito. Y todos se burlaron
tanto de él que Patito Feo, cansado de sufrir, decidió salir a recorrer el mundo.
- ¡Vete, eres muy feo! -le dijeron los patos silvestres cuando pasó nadando por el
pantano.
- ¡Vete, eres muy feo! -le dijeron las ocas cuando pasó nadando por el cañaveral.
Patito Feo siguió su viaje.
Un día, después de mucho tiempo, llegó a un jardín en el que había tres hermosos
cisnes.
- ¡Ah, si fuera como ellos! -suspiró. Y decidió acercarse porque estaba demasiado
triste para seguir viviendo solito.
Entonces, mientras nadaba, vio su imagen reflejada en el lago. ¡Y su imagen era la de
un cisne! ¿Cómo había ocurrido eso?
Era seguro que una mamá cisne había puesto, por error, su huevo en el nido de mamá
Pata. Sí, era por eso que tardó tanto en salir del cascarón; era por eso que no parecía
un patito; era por eso que había sido un Patito Feo.
- Quédate con nosotros -dijeron los cisnes.
Sí, podía quedarse. Ahora ya no era un patito feo: era un cisne, la más hermosa de las
aves.
Brujilerías
Todas las noches preparaba en su caldero pociones con patas de ciempiés, ojos de
caracol y cola de babosa.
La gente del pueblo venía a pedirle que les cure un callo del dedo gordo del pie, o una
verruga de la panza, o una uña encarnada y ella, siempre dispuesta, les regalaba sus
pociones.
A veces todo salía bien, pero otras ¡se metía en cada lío!
Un día la visitó Doña Eduviges, que era la chismosa del pueblo, para pedirle que
curara a su loro que se había quedado mudo y por más que ella le hablara, el loro no
decía ni una palabra.
Nuestra bruja piruja, biruja, decidió ayudarla y preparó esa noche una sopa con lengua
de mosquito y patas de gusano. El loro tomó la sopa... pero no habló.
Doña Eduviges muy furiosa visitó nuevamente a la bruja chiruja, miruja, para decirle
que su loro seguía mudo. Fue entonces cuando la bruja firuja, fruja, decidió usar todo
su poder y realizó un hechizo a la luz de la luna, lástima que esa noche hubo muchas
nubes, para que el loro de doña Eduviges hablara.
No sabemos si fue eso, o qué fue, pero el lorito comenzó a hablar, pero no para pedir
la papa sino para contar los chismes que decía Doña Eduviges, y aunque ésta trató
por todos los medios de callarlo, el loro hablaba y hablaba sin parar.
Así fue como la bruja piruja, maruja, liruja, biruja, chiruja... decidió dejar de hacer
hechizos y dedicarse al cultivo de rabanitos, que siempre le habían gustado en la
ensalada.
Mariana decidió mostrar sus poderes como hechicera y practicaba día y noche
pociones mágicas para convertir sapos en príncipes, arañas en princesas y lombrices
en... vaya a saber en qué, porque nunca ninguno de sus hechizos dio resultado y lo
único que logró fue llenar la casa de sapos que no dejaban dormir con su croar,
arañas que tejían muy tranquilas en todos los rincones y lombrices que corrían a
esconderse en las macetas del patio.
Por su parte, Marina, practicaba todo el día el vuelo con la escoba y se daba cada
golpe contra la chimenea de la casa, los árboles del patio o las palomas
desprevenidas que por allí pasaban.
En cambio Maruana, viendo los desastres de sus hermanas, se entrenaba en las artes
de la adivinación y perseguía a todos los que llegaban para practicar con ellos su
magia. Fue por eso que el cartero se negó a llevarle más cartas después de que
Maruana le pronosticara que se casaría con Eduviges, la chica más fea del pueblo, y
el lechero dejó de entregarle leche porque le anunció que sus vacas dejarían de darla
por siete años. Por supuesto que ninguna de sus adivinaciones dieron resultado, por lo
menos hasta ahora.
El día de la competencia, estaban presentes todas las brujas de la región y cada una
demostró sus habilidades, pero cuando le tocó el turno a Mariana, Marina y Maruana
todo fue un verdadero desastre. La gente del pueblo no podía parar de reírse con cada
una de las actuaciones y fue así como las hermanas no ganaron el premio de Bruja
Malosa, pero sí les dieron un premio y fue el de Brujas Chistosas, que ellas muestran
con orgullo a toda su familia.
Pompón*
Raquel M. Barthe
Se llamaba Pompón porque era chiquito, peludo, tibio y suave como un copo de
algodón.
Y si Pompón hubiera nacido conejo, su mamá habría estado muy orgullosa.
Pero Pompón... ¡era un sapito! Y cada vez que se metía en la laguna, había que
secarle el pelo con pétalos de margarita silvestre.
Y, a medida que fue creciendo, también el pelo le creció.
Y fue el único sapo con trenzas.
Y también fue el único sapo que nadaba con gorra de baño.
Verde, verde...*
Raquel M. Barthe
El Verde ya estaba aburrido de hacer siempre lo mismo: desde hacía seis meses que
trabajaba pintando el paisaje, mañana, tarde y noche, sin parar.
Entonces decidió tomarse vacaciones y le pidió a su amigo el Amarillo que lo pintara
en su lugar.
El Amarillo era un buen amigo y empezó con mucho entusiasmo, pero... a él nunca le
había gustado trabajar y pronto se cansó.
Se sentó a descansar y pensó qué fácil sería su trabajo si los árboles no tuvieran
hojas.
Llamó a su amigo el Viento y le pidió que soplara muy fuerte.
Y el Viento sopló y sopló; sopló tanto que todas las hojas salieron volando y los
árboles se quedaron desnudos.
Y, sin hojas para pintar, el Amarillo se fue a dormir la siesta y, ¡durmió durante seis
meses!
Hasta que volvió el Verde y lo despertó muy enojado:
-¡Qué hiciste! ¿Dónde están los colores? ¿Qué pasó con las hojas verdes...?
El paisaje estaba triste y descolorido.
-Y, ¿a dónde se fueron los pájaros y las mariposas? -siguió protestando el Verde.
Todos se habían ido al país de los Colores a pedir ayuda para volver a pintar el
paisaje.
Y, ¿qué creen que pasó? Sí, durante los siguientes seis meses, y con la ayuda de
todos, el paisaje volvió a llenarse de colores.
Hasta que el Verde volvió a cansarse y se fue nuevamente de vacaciones... y la
historia se repitió otra vez.
¿Hasta cuándo?
¡Hasta dentro de otros seis meses!
El célebre maquinista Dagoberto y la increíble historia de las vías del tren*
Raquel M. Barthe
Hace muchos, muchos años, los trenes no iban por la vía. Como no existían las vías,
los trenes podían ir por donde querían.
Los maquinistas eran los encargados de manejar las locomotoras que arrastraban a
todos los vagones.
Estos expertos maquinistas sabían muy bien cuál era la ruta a seguir y,
continuamente, iban y venían por el mismo camino. Siempre igual. Día tras día,
durante meses y meses y hasta, ¡por años!
Pero un día Dagoberto se aburrió de recorrer tantas veces el mismo camino y se fue
con su tren, lleno de pasajeros, a la playa.
Pasaron un día muy lindo y nadie protestó por no haber llegado a destino en el horario
correspondiente.
Ya muy tarde, subieron a los vagones para seguir viaje y, como era una noche sin
luna, estaba muy oscuro y Dagoberto no pudo encontrar el camino y se perdió.
Cuando salió el sol el tren estaba en la punta de una montaña. El paisaje era tan lindo,
que los pasajeros le pidieron a Dagoberto que se detuviese un ratito. Entonces, todos
se bajaron a recoger flores y a correr un poco para estirar las piernas.
Y así fue como ese tren llegó a la estación con, ¡quince días de retraso!
Fue por eso que el maquinista Dagoberto se volvió célebre.
Y también fue por eso que los dueños del ferrocarril inventaron las vías: para que
nunca más un maquinista aburrido se fuese de paseo o se pudiera perder por el
camino.
Desde entonces, todos los trenes del mundo van por la vía.
*NOTA: Estos cuentos fueron publicados en el artículo "La importancia del cuento en
el jardín de infantes y primer año EGB- Cómo se relaciona el lector con el cuento, con
el libro, con la lectura" escrito por Raquel M. Barthe (Escritora, Bibliotecaria y Editora),
fasículo Nro. 6, año 2004 del Actualizador Docente (revista mensual de venta por
suscripción), Editorial A Construir. El texto del mismo incluye propuestas prácticas de
implementación en la sala. Más información: http://www.editorialaconstruir.com.
El hipopotamito
Diego Remussi
Pasaron de largo la jaula de los monos y de los leones. El papá había comprado
galletitas que tuvo que guardarse en el bolsillo. Intentó darle de comer a los patos pero
esto los demoraba y la nena quería llegar hasta el hipopótamo.
La estatua
Diego Remussi
Urraca flaca
María Alicia Esain
Ahora está un poco triste porque escuchó una conversación entre la tijereta
y el pájaro carpintero:
-¡Esa Urraca Flaca no presta nada!- cuenta la tijereta- Hace unos días le
pedí una tijera porque la mía estaba desafilada y me la negó. La necesitaba
para cortarle el penacho al cardenal. Soy peluquera. Miró para adentro del
nido y me dijo: "¡Qué macana, no tengo nada!"
Aparece una gaviota vieja a la que le falta un ojo de cuando era gaviota
pirata.
-¡Qué macana, no tengo nada!- dice la urraca casi sin pensarlo. Luego
recuerda sus momentos frente al espejo de papel de plata y cambia:- Miraré
qué tengo debajo de la cama ¡Venga mañana!- Lo piensa mejor, busca dentro del
nido, encuentra lo que la gaviota anda necesitando y se lo alcanza:
Infinito era muy pequeño y muy vago. Vivía en casa de su abuela Cero y lo único que
le gustaba hacer era formar palabras y construir castillos de letras. A Cuatro, un niño
tímido y serio, le caía muy bien Infinito y le parecía muy gracioso, tan chiquito y con el
nombre más grande del mundo. Al leer sus historias no podía evitar sonreír un poquito,
aunque le costaba mucho reírse.
Sin embargo, aquel día Infinito se perdió en el castillo de las letras, y fue tan gracioso
pensar en la A y la Z echándole la bronca que Cuatro no pudo evitar partirse de risa.
Tanto se partió que se deshizo y se convirtió en dos Doses. Esos dos Doses siguieron
riéndose y también se partieron. De pronto, donde había habido un Cuatro,
¡¡aparecieron cuatro pequeños Unos gateando por la habitación!!
Y así es como, por culpa de Infinito, los padres y los hermanos de Cuatro tuvieron que
criar a cuatro bebés Uno hasta que éstos fueron creciendo.
Realizadoras:
Fundamentación:
Dentro del quehacer escolar, el cuento presenta una ayuda ilimitada: enseña a
escuchar, a pensar y a ver con la imaginación.
Dado que la atención de los niños pequeños permanece por lapsos cortos, los cuentos
son breves. Una línea argumental simple, acompañada por un vocabulario de palabras
familiares le otorgan, además, calidez afectiva y sencillez, al tiempo que los temas
responden a las unidades didácticas generalmente utilizadas en el jardín.
Los cuentos aquí publicados permitirán captar, a través de los sentidos, una buena
cantidad de información e integrarla con el "yo", para que el niño pueda así asimilar y
proyectar. De este modo, se crea una interacción entre el niño y el medio, que no sólo
deberá establecerse en las clases de plástica, ya que un sistema educativo integral
debe apuntar a la formación de seres sensibles y creativos.
A cada cuento se adjunta una serie de preguntas e indicaciones motivadoras
destinadas a aumentar la experiencia que el niño tiene sobre el tema, es decir, ampliar
el marco de referencias, su pensamiento, sus sentimientos y percepciones.
Recordemos que, sólo en la medida en que el maestro se identifique con las
necesidades del niño, las mismas tendrán significado.
Esta transferencia de intereses puede hacerse a través de los materiales a utilizar.
Consideramos a las técnicas como muy importantes, pero nunca lo suficiente como
para convertirse en un fin por sí mismas, sino siempre como un medio.
Los materiales adecuados y el desarrollo de técnicas convenientes acompañan cada
cuento.
Objetivos:
Que el niño:
En la educación plástica:
En la comunicación oral:
Evaluación:
Una guía de evaluación permitirá observar los cambios que tienen lugar en la
expresión artística del niño, analizando el desarrollo de la representación gráfica y la
evolución del esquema corporal.
Para este proyecto en especial no deberán, junto a los cuentos, mostrarse láminas,
dibujos ni ningún elemento real que impida al niño tener libre su imaginación.
Solamente así podrá crear la escenografía del cuento.
Tiempo estimado:
El tiempo estimado para este proyecto es igual a la duración del ciclo lectivo, y
acompaña a las distintas unidades didácticas de la planificación anual.
ACTIVIDADES:
Preguntas de motivación:
- ¿Quiénes vivían con la abuela?
- ¿Qué cosas hacía la abuelita Rigoberta para entretener a sus nietos?
- Pero un día... ¿qué le ocurrió a la abuela?
- ¿Dónde publicó su aviso la abuelita?
- ¿Qué pasó con el aviso?
- ¿Qué decidió fundar Rigoberta?
Consignas:
Preguntas de motivación:
Consignas:
Preguntas de motivación:
Consignas:
Sala de 4 años: - Preparar témpera con poca agua. Mojar las yemas de los dedos y
estampar en la hoja.
Sugerencia: Se recomienda orientar al niño para que, en caso de producirse
superposiciones, éstas sean de colores primarios (rojo, azul, amarillo), evitando así las
mezclas grises o amarronadas (colores "sucios"). Sugerir, sin dar información de tipo
teórico.
Sala de 5 años: - Dibujar, con un clavo o punzón, alguno de los oficios de Zacarías.
Luego, pasar sobre el dibujo un trapo con pomada negra o marrón. Lustrar con trapo
de lana.
04. Cuento: El célebre maquinista Dagoberto y la increíble historia de las vías del tren
(hacer click para abrir, en otra página)
Unidad didáctica: "Los medios de transporte"
Preguntas de motivación:
Consignas:
Sala de 4 años: - Cortar papel de diario con tijera y pegar formando un tren.
Sala de 5 años: - Dibujar con lápiz una escena del cuento. Pintar con hisopo de
algodón mojado en anilinas al alcohol, de diferentes colores. Dejar secar y pasar por el
contorno de lo dibujado un marcador negro o tinta china negra con pincel.
Sugerencia: Para preparar las anilinas, colocar una cucharadita del polvo de color en
un recipiente con una cucharada de alcohol. Agregar agua en cantidad deseada.
Preguntas de motivación:
Consignas:
Sala de 4 años: - Dibujar con tiza blanca mojada en azúcar y leche sobre una hoja de
color oscuro.
Sala de 5 años: - Pintar la superficie de un vidrio con cola vinílica de color y pincel
ancho. Dibujar sobre la pintura con el cabo del pincel. Presionar el vidrio con fuerza
sobre una hoja de dibujo negra.
Preguntas de motivación:
- ¿Qué hacía la mamá de Margarita?
- ¿Qué pensaban, de Margarita, sus vestidos?
- ¿Qué planearon los vestidos?
- ¿Qué dijo Margarita sobre su nuevo vestido?
- ¿Cómo reaccionaron los vestidos de Margarita, ante su decisión?
Consignas:
Preguntas de motivación:
Consignas:
Sala de 4 años: - Elegir la parte del cuento que más le gustó y dibujarla con crayones.
Sala de 5 años: - Dibujar al personaje del cuento mientras realiza su trabajo. Pintar
con marcadores.
Preguntas de motivación:
Consignas:
Consignas:
Preguntas de motivación:
Consignas:
Sala de 4 años: - Dibujar la calesita de Don Teodoro con crayones de colores. Luego,
colocar otra hoja encima y planchar (la maestra). Separar las hojas.
Sala de 5 años: - Dibujar con lápiz la escena. Cortar una goma de borrar lápiz y untar
la superficie con témpera espesa. Estampar sobre el dibujo.
La abuelita Rigoberta
Fernando y Susana eran dos hermanitos que vivían muy felices con su papá, su mamá
y la abuelita Rigoberta.
¡Ah!... y qué lindo era vivir con la abuelita. No todos los chicos tenían esa suerte, pero
Fernando y Susana sí y la disfrutaban mucho porque Rigoberta era una abuela con
una enorme paciencia: narraba viejas historias y cuentos interesantes; sabía las
mejores canciones y los juegos más divertidos; cosía los vestidos de muñecas más
lindos y cocinaba las tortas y los dulces más ricos.
Pero un día, porque sí nomás y sin que nadie supiera por qué, la abuela Rigoberta
amaneció seria y preocupada.
Y no contó sus viejas historias ni cantó canciones, ni jugó con los chicos, ¡ni siquiera
cocinó una torta!
¡Nada!
Toda la familia se asustó: ¿Qué le pasaba a la abuela? ¿Estaría enferma?
A la mañana siguiente, cuando se reunieron para desayunar, se encontraron con que
la abuela ya lo había hecho muy tempranito y estaba sentada en su sillón favorito
leyendo el diario.
Y eso no fue todo. Cuando le preguntaron qué leía y si había alguna noticia
importante, la abuela contestó que sólo estaba buscando trabajo. Sí, tra-ba-jo.
Pero no pudo terminar de hablar, porque el papá, al oírla, se atragantó con la tostada;
la mamá se puso mermelada en los dedos; Susana derramó el café con leche y
Fernando se cayó de la silla.
Y la abuela Rigoberta, sin darse cuenta de los desastres causados, siguió leyendo
muy tranquila.
Finalmente dijo, cerrando el periódico:
-¡Qué barbaridad! No puedo encontrar el trabajo que busco; tendré que poner un aviso
ofreciéndome.
-¿Y cuál es el trabajo que estás buscando, abuelita? -preguntó Fernando.
-Justamente, de eso quiero trabajar, de "abuelita" -contestó Rigoberta y siguió
explicando que había muchos nenes que no tenían abuela y que eso era muy triste.
Entonces había pensado trabajar para esos chicos en su tiempo libre; es decir, cuando
Fernando y Susana estaban en la escuela.
A la familia le pareció una "idea genial", como todas las que se le ocurrían a Rigoberta.
Al día siguiente, el extraño aviso ofreciendo trabajo de abuelita, salió en el periódico y
mucha gente llamó por teléfono. Fueron tantos los pedidos, que era imposible cumplir
con todos. Y esto, por supuesto, preocupó a Rigoberta, que se encerró en su
dormitorio a pensar.
Y pensó… y pensó.
Pensó tanto, que ese día no almorzó ni cenó; sólo apareció cuando ya todos habían
terminado de comer el postre.
Entonces anunció muy contenta, que ya tenía la solución del problema: estaba
decidida a fundar la primera "Compañía de Abuelos Voluntarios".
Era, en verdad, una excelente solución porque también había muchos abuelos sin
nietos y eso era tan triste como nietos sin abuelos.
Pero gracias a la abuelita Rigoberta, la "Compañía de Abuelos Voluntarios" fue un
éxito y todos podían conseguir abuelos y nietos adoptivos a gusto.
Y la abuela Rigoberta ya no se preocupó más y se sintió muy feliz.
Y el que quiera un cuento contado por una auténtica abuelita, que llame por teléfono a
la "Compañía de Abuelos Voluntarios".
El hornero Serafín
El hornero Serafín puso un enorme cartel frente a su nido, que decía: "ARQUITECTO
SERAFÍN", construye su casa de medida.
Enseguida corrió la noticia entre todos los habitantes del bosque y sus alrededores.
Emilia, la nutria que vivía junto al río, fue la primera en encargarle una casa nueva
porque ya estaba cansada de que se le inundara la suya cada vez que crecía el río. Y
por eso le pidió a Serafín que le construyese otra mejor.
Serafín, que era un gran arquitecto, se puso a trabajar: primero hizo muchos cálculos,
después los planos y por último, ¡una casa junto al agua y a prueba de inundaciones!
Emilia estaba requetecontenta con su nuevo hogar: era de madera, sobre cuatro patas
y con una escalera.
Claro, con una vivienda tan alta, por más que creciese el río, ¡nunca podría alcanzarla!
También el puma Matías quiso una casa mejor porque, durante el invierno, la cueva
donde vivía era muy fría y húmeda.
Entonces Serafín le construyó una cabaña de lujo, al pie de las sierras, con paredes
de piedra, resistentes a cualquier tormenta y una estufa de leña con una chimenea,
para que las noches de invierno no fueran tan frías. Matías podría dormir tranquilo,
aunque cayera mucha nieve.
Y Serafín se hizo tan, pero tan famoso, que un día recibió una carta nada menos que,
¡del Polo Norte! Carolina la foca, le encargaba una casa.
Esta vez, el hornero tuvo que consultar un enorme libro, muy morrocotudo, para saber
cómo se edificaban las viviendas en lugares tan, pero tan requetefríos como el Polo.
Por suerte, la explicación era clara: tenían forma redonda, se hacían con bloques de
hielo y se llamaban "iglúes".
A Serafín le parecía muy extraño. Él había trabajado con ladrillos, piedras, madera y
también adobe, como en su nido, ¡pero nunca con hielo!
A pesar de todo, puso manos a la obra y construyó un bonito "iglú", igualito al de la
foto que mostraba el libro importante y morrocotudo.
También fabricó un cajón muy grande para meter adentro y enviar el iglú al Polo Norte.
Los amigos de Serafín lo acompañaron al puerto y todos juntos despacharon el gran
cajón, con una etiqueta que decida: Sra. Carolina la Foca; de parte de Serafín, el
hornero arquitecto.
El viaje fue muuuy largo y el barco pasó por lugares donde hacía muuucho calor. Y fue
por ahí donde el iglú se derritió... y el agua se escurrió entre las maderas del cajón... y
el cajón... ¡quedó vacío!
Por, eso, cuando Carolina la foca recibió el cajón vacío, exclamó entusiasmada:
-¡Pero qué moderno! ¡Un iglú cuadrado y de madera! -y muy contenta se instaló
adentro.
Todos los pingüinos y focas del Polo, fueron a admirar el raro iglú "último modelo" de
la foca Carolina.
Hace muchos, muchos años, los trenes no iban por la vía. Como no existían las vías,
los trenes podían ir por donde querían.
Los maquinistas eran los encargados de manejar las locomotoras que arrastraban a
todos los vagones.
Estos expertos maquinistas sabían muy bien cuál era la ruta a seguir y,
continuamente, iban y venían por el mismo camino. Siempre igual. Día tras día,
durante meses y meses y hasta ¡por años!
Pero un día Dagoberto se aburrió de recorrer tantas veces el mismo camino y se fue
con su tren, lleno de pasajeros, a la playa.
Pasaron un día muy lindo y nadie protestó por no haber llegado a destino en el horario
correspondiente.
Ya muy tarde, subieron a los vagones para seguir viaje y, como era una noche sin
luna, estaba muy oscuro y Dagoberto no pudo encontrar el camino y se perdió.
Cuando salió el sol el tren estaba en la punta de una montaña. El paisaje era tan lindo,
que los pasajeros le pidieron a Dagoberto que se detuviese un ratito. Entonces, todos
se bajaron a recoger flores y a correr un poco para estirar las piernas.
Y así fue como ese tren llegó a la estación con, ¡quince días de retraso!
Fue por eso que el maquinista Dagoberto se volvió célebre.
Y también fue por eso que los dueños del ferrocarril inventaron las vías: para que
nunca más un maquinista aburrido se fuese de paseo o se pudiera perder por el
camino.
Desde entonces, todos los trenes del mundo van por la vía.
Esta es la historia de Tomás el cartero: Tomás era cartero, igual que lo había sido su
papá, su abuelo y su bisabuelo… y quizá también el papá de su bisabuelo.
Todos los días repartía un montón de cartas, ¡una bolsa llena!
Las personas lo esperaban impacientes y cuando lo veían llegar, le preguntaban:
-Tomás, ¿hay algo para mí?
Y cuando recibían buenas noticias, hasta lo convidaban con caramelos.
Pero a Tomás le gustaba llevarle las cartas a doña Eulalia. Su casa quedaba al final
del recorrido, entonces, las suyas eran las últimas que repartía.
Doña Eulalia era una anciana afectuosa que le pedía que se las leyera porque no veía
bien.
Y a Tomás le encantaba hacerlo porque se las enviaba un nieto, que era capitán de un
barco y siempre estaba ando la vuelta al mundo. Era tan lindo leerlas...
Tomás se imaginaba que era él quien vivía todas esas aventuras y soñaba con países
lejanos. Pero lo que Tomás realmente deseaba, no era viajar, sino recibir una carta;
aunque fuese una sola, pero con su nombre en el sobre, ¡nunca, en toda su vida,
había recibido una! Pero, ¿cómo hacer, si todos sus amigos y parientes vivían cerca?
Cada día se lo veía más abatido y preocupado y la gente comenzó a asustarse cuando
lo veía llegar con esa cara triste. Todos le preguntaban alarmados:
-¿Qué pasa, Tomás? ¿Trae malas noticias?
Y como a nadie le gustaba recibir a un cartero con cara triste y, además, querían
mucho a Tomás, preguntaron y preguntaran hasta enterarse de qué era lo que lo
afligía tanto y luego comentaron:
-¡Qué barbaridad! ¿Vio? Nunca recibió una sola carta... ¡pobre Tomás! con razón
estaba tan triste.
Y por fin alguien dijo:
-¿Y por qué no le escribimos nosotros?
Era una gran idea y a todos les gustó. Entonces escribieron a Tomás las cosas que
nunca le habían dicho antes; es decir, cuánto lo apreciaban, cómo les gustaba verlo
llegar, y le daban las gracias por todo eso.
Al día siguiente, cuando Tomás fue al correo a buscar la correspondencia para
repartir, encontró que su cartera estaba más llena y pesada que de costumbre y;
¡¡¡gran sorpresa!!! su nombre y dirección estaba en casi todos los sobres.
Sí, eran para él; por fin su sueño se había hecho realidad.
Estaba tan contento y emocionado, que se puso a leerlas todas. Una por una. Y a
contestarlas todas y... leyéndolas y contestándolas, se le hizo tan tarde que cuando
terminó de hacer el reparto ya era de noche. Pero nadie se enojó y otra vez volvió a
ser un cartero alegre y feliz.
Lo llamaban así simplemente porque "mundo" rima con "Raimundo", pero no porque
fuese tan valiente. Más bien era tímido y pequeñito y de ninguna manera parecía uno
de esos héroes, intrépidos, valientes y audaces.
Sin embargo, Raimundo sabía cumplir muy bien con su deber y era el primero en
vestirse y subir al camión de bomberos cuando sonaba la alarma.
Todos creen que los bomberos sólo apagan los incendios, pero no es así: también los
llaman para resolver otro tipo de problemas.
Por ejemplo, los llamaron cuando el pero del Sr. González corrió al gato de doña
Etelvina y el animal se asustó tanto que se trepó al árbol más alto del vecindario.
Después no se pudo bajar y se pasó toda la noche maullando allá arriba. Y fue
Raimundo quien lo rescató.
Cuando el hijo de doña Ágata metió la cabeza entre los barrotes del balcón y se quedó
allí atorado, también llamaron a los bomberos y hubo que desarmar medio balcón para
sacar al travieso.
Y aquella vez que se rompió un caño en la casa de doña Eduviges y se inundó el
sótano, ¿a quienes llamaron? Sí, a los bomberos y fueron ellos quienes lo
desagotaron.
Lo mismo sucedió cuando el Sr. Galimbertti quedó atrapado en el ascensor, entre el
noveno y el décimo piso... por supuesto fueron los bomberos los que solucionaron el
problema y lo rescataron, ¡siempre los bomberos!
Raimundo, era un bombero cumplidor y servicial, siempre dispuesto a socorrer a quien
lo necesitara y no le gustaba que se rieran de él llamándolo "Raimundo, el bombero
más valiente del mundo". Era una burla porque después de todo no es necesario ser
un gigantón lleno de músculos para ser valiente. Y Raimundo esperaba poder
demostrarlo algún día.
Y ese día llegó sin que nadie lo esperase.
En el cuartel de bomberos recibieron una llamada urgente: ¡el circo se estaba
incendiando!
Era una situación realmente grave, las llamas eran enormes y todos trabajaban para
apagarlas y, para salvar a los animales, alguien les había abierto las jaulas. Las fieras
sueltas se habían escapado y andaban por toda la ciudad.
Alguien tenía que atraparlas, pero todos tenían miedo de hacerlo. Finalmente, el
capitán ordenó a Raimundo que se ocupara del asunto.
El momento de demostrar que era valiente de verdad, ¡había llegado! ¡Por fin una
situación bien difícil que necesitaba audacia y valentía!
Raimundo recordó haber oído que "la música amansa a las fieras" y corrió a su casa
en busca de su violín. Su única preocupación era que entre tantas fieras hubiese
alguna sorda, pero por suerte todas tenían buen oído.
Raimundo recorrió las calles tocando el violín y las fieras comenzaron a seguirlo para
escuchar su música.
Así llegó hasta el circo, cuando ya estaba apagado el incendio y pudieron hacer entrar
a cada animal en su jaula.
Al día siguiente la foto de "Raimundo, el bombero más valiente del mundo" estaba en
la televisión, los diarios y, ¡hasta en Internet!
Una calesita
Don Teodoro acababa de jubilarse. Ya estaba demasiado viejo para seguir viajando de
pueblo en pueblo con el circo. Durante más de cuarenta años había trabajado como
payaso, haciendo reír a chicos y grandes y ahora extrañaba mucho todo aquello; sobre
todo a los chicos... Entonces, don Teodoro resolvió comprar e instalar en el jardín de
su casa, ¡una calesita!
Trabajar de calesitero era más descansado que trabajar de payaso. Ni siquiera tendría
que moverse de su casa y estaría otra vez rodeado de chicos.
Buscó todos sus ahorros y salió en busca de una calesita, pero desgraciadamente, no
había ninguna en venta.
Volvió muy triste y desalentado y contó a su mujer lo sucedido.
Por suerte, doña Arcadia era una señora con mucha imaginación y que no se achicaba
ante ningún contratiempo y, muy decididamente, dijo:
-Si no podemos comprarla hecha, entonces la construiremos nosotros.
Y como era una buena idea, don Teodoro salió nuevamente, esta vez, a comprar los
materiales.
A1 día siguiente, un camión descargó en el jardín un montón de madera, hierros y
latas de pintura de todos colores.
Y don Teodoro, ayudado por doña Arcadia, trabajó, trabajó y trabajó... hasta que
finalmente la calesita quedó terminada.
Era la más hermosa que jamás se haya visto, a pesar de que le faltaban algunos
detalles tales como la música... y también el motor.
Claro que, según decía doña Arcadia, eran sólo "pequeños detalles sin importancia".
Don Teodoro sabía tocar muy bien el saxofón; lo había tocado durante años en sus
funciones de payaso de circo y también cuando Arcadia hacía su acto en el trapecio,
antes de jubilarse, entonces, ¿por qué no podía hacerlo ahora?
El único inconveniente era que, mientras don Teodoro tocaba el saxofón, no podría dar
1a sortija... pero de eso se encargaría doña Arcadia y entonces sólo quedaba por
solucionar el problema del motor.
Por suerte, un vecino le regaló un motor viejo de heladera, que tenía arrumbado en el
gallinero. Y don Teodoro, muy contento, lo limpió, lo arregló y lo conectó.
A1 principio todo parecía funcionar muy bien, hasta que surgió el primer contratiempo:
sí, el motor hacía dar vueltas la calesita, pero también producía frío y los chicos se
resfriaban y estornudaban tanto, que no podían sacar la sortija.
Una mañana, pasó un botellero llevando en su carrito una motocicleta toda desarmada
y se la cambió a don Teodoro por el motor de la heladera.
Don Teodoro, con mucha paciencia, le sacó el motor a la motocicleta, lo limpió, lo
arregló y lo colocó en lugar del anterior. El nuevo motor no producía frío, pero giraba
tan rápido que parecía de carrera y, por eso, los chicos tenían que usar cinturón de
seguridad y algunos hasta se mareaban. Además, con tanta velocidad, era imposible
sacar la sortija y, como si todo eso fuera poco, hacía tanto ruido, que no se podía
escuchar la música del saxofón.
Sin embargo, todo tuvo un final feliz, porque don Teodoro pudo conseguir finalmente
un motor adecuado y la calesita fue la más linda del barrio.
Estaba siempre tan llena de chicos, que había que hacer cola para poder dar una
vueltita.
Canción con brujita y escoba
María Hortensia Lacau
La brujita
salió sin permiso
a pasear en su escoba.
Voló por los aires
le sacó la lengua,
a una torre grandota,
le dio un gran pellizco
a la luna redonda,
y le dijo: -¡Fea!,
a la chimenea.
Se volvió a su casa,
desmontó su escoba,
y su mamá bruja,
por desobediente,
le pegó una soba.
La brujita llora
ya hace media hora,
y lloran la escoba
y el escobillón,
uno en el ropero,
la otra en el rincón.
Y todas las brujas
se ríen,
y hacen burbujas
de satisfacción.
Una ola
que estaba
triste y sola
se puso a cantar.
Y desde entonces
cantan todas
las olas del mar.
Yo soy
el Arbolito
Serafín.
Paseo
por el bosque
en mi patín,
me saludan
alegres
primaveras,
me chiflan
los silbidos
en los nidos,
y me lleno
de hojitas
volanderas.
Hojitas verdes
de malvón,
de rosa
y de laurel,
y también
hojitas blancas
de papel.
En el hueco de mi mano
cabe un rayo de sol tibio,
tu lugar para la ronda
y el saludo de un amigo.
La primera mariposa,
la invitación a quedarte,
los aromas del verano
y un secreto que pasarte.
Esta fabulilla,
salga bien o mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.
Cerca de unos prados
que hay en mi lugar,
pasaba un borrico
por casualidad.
Acercóse a olerla
el dicho animal,
y dio un resoplido
por casualidad.
En la flauta el aire
se hubo de colar,
y sonó la flauta
por casualidad.
De su madriguera
salió un compañero,
y le dijo: "Tente,
amigo, ¿qué es esto?"
En esta disputa
llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.
Se baña la nutria,
se baña el gorrión;
yo también me baño
con agua y jabón.
El pato su pico
limpia en agua fría;
yo, todos mis dientes,
toditos los días.
Crece el arbolito
al aire y al sol,
muy lindo, muy fuerte,
¡lo mismo que yo!
Un enanito inventor
inventó una gran cuchara:
aunque esté llena de sopa
tiene gusto a mermelada.
Un hada sabia inventó
un hermoso globo verde
que nunca nunca se pincha
ni se vuela ni se pierde.
Las hojas
"YALÍ" (1968)
Entre la neblina
de la mañanita
se viene el otoño
por mi callecita.
Si el viento se cansa
buscan otro juego:
juegan en la hoguera
a ser humo y fuego.
… y en la nochecita,
entre la neblina,
las mira el otoño
parado en la esquina.
La granja de juguete
"Beatriz" (1968)
En mi granja de juguete
se ven muchas maravillas:
un patito de latón
y arbolitos de puntilla.
Hay una yegüita sola
y dos lechones sin cola,
conejitos de algodón
con ojitos de botón,
En mi granja de juguete
las abejas de papel
fabrican, todos los días,
caramelitos de miel.
Sueño risueño
(enviado por Carolina Trapani)
Un gato regato
Llamado Renato
Hacía ron ron
de pie en un rincón.
Durmió, redurmió.
Soñó, resoñó,
que no era un gato llamado Renato.
Soñó, resoñó,
que era un ratón llamado Ramón.
¡Qué lío!
El gato regato llamado Renato
corría al ratón recontrarratón llamado Ramón.
Que no era un ratón recontrarratón llamado Ramón.
Era solo un sueño risueño de un gato regato llamado Renato,
que hacía ron ron de pie en un rincón.
¿Y Ramón? ¡Ah!, Ramón el Ratón.
Durmió, redurmió.
Soñó, resoñó,
que no era un ratón llamado Ramón,
soñó que era un gato llamado Renato.
¡Fue un Re papelón!
Bichito
Bolita
Ojitos de nuez
De tanta
ternura
que ríe mi piel
Bigotes
Pelito
Dulzura de miel
Mi amiga
Mi hermana
Mi sombra más fiel
Te quiero
y extraño
tu sabia vejez
Bichito
Bolita
Ojitos de nuez.
El barril
(Gracias, Nicoleta!)
(Gracias, Natalia!)
El perrito
El burrito
El burrito barrigón
ayer se dio un resbalón.
Por andar detrás de un carro
se cayó dentro del barro.
¡Qué burrito picarón,
el burrito barrigón!
Corre
(Gracias, Laura!)
Trabalenguas
El ratón
Trabalenguas
Pedrito
Pedrito clavó un clavito,
¿qué clavito clavó Pablito?
Los tigres
El ratón
La cuesta de Cuesta
A Cuesta le cuesta
subir la cuesta,
y en medio de la cuesta,
va, y se acuesta.
Perejil
Perejil comí,
perejil cené,
y de tanto comer perejil
me emperejilé.
Las copas
Quereres
Mi gata
Tenía una gata
ética pelética pelimplimplética,
pelada, peluda, pelimplimpluda,
que tenía gatitos
éticos, peléticos, pelimplimpléticos,
pelados, peludos, pelimplimpludos.
¡Si mi gata no hubiera sido
ética pelética pelimplimplética,
pelada, peluda, pelimplimpluda,
sus gatitos no habrían sido
éticos, peléticos, pelimplimpléticos,
pelados, peludos, pelimplimpludos!
Canciones de orden
Guardando, guardando
yo voy a ordenar
poniendo cada cosa
en su lugar.
Guardé y ordené
y ya me cansé,
la cola en el piso
yo voy a poner.
A guardar, a guardar,
cada cosa en su lugar.
Despacito y sin romper
que mañana hay que volver.
Hola, jardín,
ya estoy aquí
para jugar, para cantar,
para reír.
Otra opción: se reemplaza "chicos" cada vez por uno de los nombres, y el nombrado
debe responder (por ejemplo, "¡bieeeeen!").
El mono
Sube, sube
el mono a la palmera.
Sube, sube y no deja de trepar.
Desde arriba nos tira bananitas
y nos dice ¿hola nenes, cómo están?
Canguros
Allá en Australia
había canguros,
eran los varones,
les aseguro.
Y saltaban así, así, así,
saludaban, así, así, así,
les aseguro que yo los vi.
Allá en Australia
había canguros,
eran las nenas,
les aseguro.
Y saltaban así, así, así,
saludaban, así, así, así,
les aseguro que yo las vi.
El motorcito
Saludo con...
1- Si tu tienes
2-
Esta mano se fue a pasear,
se fue a pasear, se fue a pasear.
Y esta otra la fue a buscar,
la fue a buscar, la fue a buscar.
Le tiró de la orejita
Le hizo chas chas en la colita.
Las dos manitos se fueron a pasear,
se fueron a pasear, se fueron a pasear.
3-
4-
5-
2- La cola en el piso
yo voy a poner.
Me siento, como un indio,
y me porto bien.
3- Colitas en el piso, vamos a poner
Colitas en el piso, uno, dos y tres!
Muy bien.. muy bien.. muy bien! (para los que se sentaron) (Gracias, Lourdes!)
Cinco ratoncitos
Cocinero
Para la merienda
Para el trencito
Cuál es el animal
que tiene silla
y no se puede sentar?
(El caballo)
Zumbando y zumbando,
van y vienen sin descanso,
de la flor, polen buscando
y nuestra vida endulzando.
(Las abejas)
Verde es su cuerpo
y verde su cara.
Con grandes ojos,
alegre salta.
(La rana)
Sale de noche,
duerme de día.
Le gusta la carne
y la leche fría.
(El gato)
A la lechuga y la cebolla
acompaña en la ensalada,
tómate tu tiempo
para adivinarla.
(El tomate)
Blanco es,
la gallina lo pone,
en la sartén se fríe,
y por la boca se come.
(El huevo)
Yo vivo en el agua,
y tengo grandes dientes.
¡Mi aleta gris, llegando
espero no encuentres!
(El tiburón)
Te lo digo y Te repito,
y Te lo puedo avisar,
y por mas que Te lo diga
no lo vas a adivinar.
(El té)
Soy un palito,
muy derechito
y en la cabeza
tengo un mosquito.
(La letra i)