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Hombre de celuloide

Del cliché y la Tendresse

Es que los franceses tienen formas de decir las cosas que, no sé. La palabra cliché, por ejemplo,

le va tan bien a esta película, El encanto del erizo, porque está llena de clichés que, sin embargo,

saben bien cuando escuchamos el diálogo final. Hay en Le Hérisson, violines, cine en el cine,

amor de viejos y una niña de once años que, todo un cliché, va rica y aburrida por el mundo.

Hecha una joven Agnès Varda, Paloma documenta su vida para dar sentido a la muerte que es su

obsesión.

Paloma tiene una madre que cree en el psicoanálisis, una hermana frívola y un padre que,

político de izquierdas, no puede fumar en su propia casa. Ella, claro sufre el mal de vivre de una

joven Baudelaire que vive encantada con placeres exóticos y como Werther, lleva el diario de su

suicidio, pero coup de théâtre es otra forma de decir francesa: las cosas no pueden nunca ser lo

que parecen cuando, con todo y sus lugares comunes, asistimos a un filme armado con esta

finura. Como la protagonista, nos descubrimos sonriendo por la forma extraña en que las cosas

comienzan a suceder y entendemos, como Paloma, cuál es el encanto del erizo, esta mujer que

guarda en su covacha un gato gordo y una biblioteca especializada en autores rusos y japoneses.

El erizo ha dejado de ser la niña, se ha transformado en la portera. Mona Achache tiene el

virtuosismo de hacer transitar la voz narrativa de un personaje al otro de forma que pareciera

haber dos protagónicos que un día se abrazan cuando una de ellas se descubre llorando sin saber

por qué. Y como todo aquí es referencia u homenaje, vale decir que si la pequeña Paloma es la

versión de once años de Agnès Varda, la vieja portera parece salida de una novela de García
Márquez, deliciosa en sus vicios de carácter y con muchas ganas de amar; Renée Michel, nuestro

erizo/portera, puede tener el cuerpo de una comadrona, pero adentro es Ana Karenina.

A estas dos exóticas bellezas (niña y vieja) hace falta un galán. Y como esto es una película

francesa, el amor se da por descontado. El galán es japonés. Se llama Ozu en honor de Yasujirô

Ozu. Y el apellido de este tercer punto en el triángulo sólo sirve de pretexto para organizar una

cita tomando té, galletas y viendo Las hermanas Munekata.

Así, lleno de referencias, el guión de El encanto del erizo corre con el ritmo acelerado de

esta niña que, conocedora del arte japonés, ha visto en el suicidio un acto de suprema libertad.

Pero lo hermoso en Le Hérisson no son los clichés ni los golpes de teatro. Lo importante en la

historia de este encuentro es esa otra palabra que suena bien en francés: tendresse. Conmueven

estos viejos mirando películas japonesas de los años cincuenta, conmueven las animaciones que

irrumpen con la belleza de aquel Zéro de conduite de Jean Vigo y sobre todo conmueve el deseo

de morir de la niña Paloma. Y es que ver en una película que una niña quiere morir, es inevitable,

da ternura. Debe ser verdad que en el fondo, ternura es siempre el duelo por el niño que en

nosotros ha muerto.

El encanto del erizo (Le Hérisson). Dirección, Mona Achache. Guión, Mona Achache. Fotografía, Patrick Blossier.
Música, Gabriel Yared. Con Josiane Balasko, Garance Le Guillermic y Togo Igawa. Francia, Italia, 2009.

Fernando Zamora

@fernandovzamora

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