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Grupo 1

“Los torreones iluminados por la pálida luz de la luna, vislumbrados por entre las zarzas, se elevan en la oscura noche como los
puños cerrados de un impecable pero impávido y silencioso padre, y abajo, como un intruso, él penetra en el tierno terreno
anunciado por un suave y gélido entrechocar de tintineantes huesos. A diferencia de estos otros que adornan las zarzas, él ha
llegado oportunamente cuando el seto está en flor, o tal vez (prefiere creer) el seto ha florecido esta noche porque es él quien ha
llegado, sus seductoras caricias acogiéndole incluso cuando el frío castillo en lo alto repele, uno, una promesa y un señuelo,
indicándole el camino, el otro, la prueba que debe superar para alcanzar el objeto de su heroica búsqueda ¿Cuál? El honor. El
conocimiento (…) Si los viejos cuentos son ciertos, una princesa durmiente lo espera dentro. La imagina no distinta a este suave
muro húmedo de rocío por el que está penetrando sedoso y fragante y voluptuosamente receptivo. Si ella es el objeto simbólico
de su búsqueda, en su despertar hay una promesa de placeres pasajeros. Se dice de ella, después de todo, que es la más hermosa
criatura del mundo, justa y bondadosa, dotada musicalmente, delicada, virtuosa y agraciada y con la suave disposición de un
ángel, y a pesar de sus cien años y más, todavía una niña, pura y complaciente. Dolorosamente deseable. Y deseosa. Por
supuesto, también es la hija de una madre abrazada por una rana, y se ha hablado de ogros en la familia, de dominio de brujería
(…) Si hay algo de cierto en estos rumores centenarios, de tiempos sumidos en la ignorancia, esta aventura podría terminar, no en
el dulce delirio del amor, sino en su dolor, en su infame crueldad”.

“Claro, vieja bruja. Fea. Muchas gracias. ¿Se ha detenido a considerar, esa petulante durmiente, qué aspecto tendrá y cómo olerá
después de cien años yaciendo comatosa y desatendida en una cama que no se ha cambiado nunca? Un siglo de acumuladas
menstruaciones bastaría para dejar hacer tambalear al más lascivo de los príncipes. La maldición del hada mala, sí. Le ha
recordado esto en sus sueños a la olvidadiza criatura, ha descrito el inmovilizado y piojoso camastro en el que ella dormita
ociosamente y ha embrujado sus imágenes indelebles de decrepitud humana, le ha contado a ella las antiguas leyendas de santos
despertando de un sueño de cien años, vislumbrando con desazón los cambios que ha sufrido el mundo e inmediatamente
deshaciéndose en polvo (…) ella es hermosa tiene que serlo, la misma hada hará que así sea, está obligada a hacerlo, tiene que
refrescarle las carnes y limpiarle el trasero, disfrazarla y peinarla, barrer toda la morbosidad de la habitación y acomodarla para
él, que llegará en su lustrosa opulencia. Las fragancias a su disposición harían desvanecerse a un Papa y desechar la eternidad a
un santo después de haberse quitado los pantalones de montar (…)”. Zarzarrosa, Robert Coover.

Grupo 2

“Una cosa hay que decir del punzante dolor del pinchazo del huso. La sujeta, localiza un ser cuando todo lo demás en el sueño lo
desamarra y lo dispersa. Cuando un príncipe que pasa por allí pregunta quién es ella, ella contesta simplemente, al no tener
contestación otra que ofrecer, soy lo que hiere. Este príncipe –si es un príncipe, ¿y quién puede decir verdaderamente que lo sea
cuando él/ello se aleja a la deriva, cambiando de forma, sustancial como una niebla en el mar?- no es sino uno de los
innumerables príncipes que la han visitado en sus sueños, sus cien años de sueño, incesantes, sin ni siquiera un día de suspiro.
Ninguno recordado, naturalmente, ningún recuerdo en absoluto de sus sueños, cada uno olvidado en el mismo soñarlos como si
soñarlos fuera borrarlos Y sin embargo, tan a menudo sus sueños han vuelto a visitar fragmentos e imágenes de sueños soñado
antes, que una especie de arquitectura reconocible ha crecido en torno a ellos (…) Con excepción de una: una afectuosa vieja
bruja, horrorosamente fea y vagamente amenazadora, y sin embargo más querida de ella en sus sueños que cualquier príncipe,
incluso que los príncipes cortejadores”.

“Si bien él está orgulloso de la heroica tarea impuesta (superados todos los obstáculos, le enseñará quién es ella, y por su
descubrimiento ella lo amará y honrará para siempre sin condiciones) e impaciente con todos los impedimentos, sin embargo se
siente impedido, y no tanto por el denso abrazo de las embriagadoras flores como por la excitación que las aterciopeladas caricias
han despertado en él. Parecen indicarle que el premio que está dentro, que en efecto, su prueba está no delante de él sino
detrás, ya ha pasado, o más bien, la prueba no es de su fuerza o valor sino de su juicio: a saber, elegir un bien imaginado bien
futuro por encima de uno real y presente en representar el papel del proverbial bobo ¿no es así? Tal vez ese cuento que contó el
campesino que le llenó de ardor para emprender esta admirable aventura no fue sino una artimaña sutil para atraerle al seto de
zarzas y de este modo a este examen más profundo de su madurez y aplomo. A su alrededor, los bamboleantes restos de sus
anónimos predecesores tintinean y se ríen con risitas ahogadas a la luz de la luna como si se estuviesen burlando de la ingenua
arrogancia de su búsqueda”

“Sus fantasmagóricos príncipes han llegado hasta ella individualmente con picaduras y estrujones, con dedos tanteadores, con
bofetadas y cosquillas, la han pinchado con sus espadas, le han movido los muslos con ramas de zarzas, le han lamido su garganta
y orejas (…) y con sus curiosos labios la han besado de la cabeza a los pies, dentro y fuera, pero en esos falsos despertares no la
han aliviado nunca del dolor del huso. A menudo son hermosos, por lo menos al principio (…) pero otras veces son viejos
malolientes y estragados por la enfermedad, o se vuelve así cuando acercan a su camastro, una horrorosa transformación”.
Zarzarrosa, Robert Coover.
Grupo 3

“Bueno, todo el mundo podría haber vivido feliz por siempre jamás, contesta la vieja bruja, destripando un gallo desplumado, si
no hubiese sido por la esposa celosa. ¡¿Estaba casado…?! Naturalmente, cariño ¿qué te creías? Y ella era, como puedes imaginar,
una dama muy feliz, incluso si tal vez no era el ogro que todo el mundo decía que era, especialmente su marido. ¡Pero esto es
terrible! Pues no es lo peor, me temo. No sé si quiero oír el resto. Ella está en la cocina, que al principio parecía más el aposento
de sus padres o bien el cuarto de baño, escuchando allí a la vieja gruñona contando un cuento sobre una princesa que cayó en un
sueño encantado como niña y se despertó como madre. La princesa se llamaba la bella durmiente, si bien ése podría no haber
sido su verdadero nombre. ¿No ha oído este cuento antes? No se acuerda, pero le suena todo demasiado familiar, y está casi
segura de que algo malo está a punto de ocurrir. Pero sigue escuchando porque no puede hacer otra cosa. Así que ha esperado
hasta que su esposo saliera de caza o a otra de sus casas de recreo, prosigue la vieja bruja, arrancando los órganos internos del
gallo, y luego se dirigió a la casa de la Bella Durmiente y cocinó a sus hijos y ordenó al maestro de cocina que hiciese una gran
hoguera y quemase viva a la Bella, diciendo que era una puta cruel destructora de hogares y un pedazo de lo que ya sabes. La
bruja de la cocina, riendo socarronamente, aprieta un puñado de tripas de pollo, haciéndolos tirarse pedos (…) Mientras tanto,
como había esperado, el príncipe estaba regresando de donde hubiese estado y al oír chillar a la Bella, acudió corriendo, pero casi
sin darse cuenta se encontró en medio de una gigantesca extensión de zarzas. ¡Oh no! ¡O sí! Tuvo que abrirse paso con la espada,
redoblando sus esfuerzos a cada grito de su pobre amada, pero las zarzas parecían surgir en torno a él incluso cuando acababa de
cortarlas, y más chillaba ella y más cortaba él, más tupidas crecían ¡Sí, sí, puedo verlo! No, no puedes. Ha sido devorado
completamente por las zarzas. Una lástima, pero era demasiado tarde. ¡No! ¡Date prisa! ¡Estoy aquí! ¡No es demasiado tarde!”.

“Sus fantasmagóricos príncipes han llegado hasta ella individualmente con picaduras y estrujones, con dedos tanteadores, con
bofetadas y cosquillas, la han pinchado con sus espadas, le han movido los muslos con ramas de zarzas, le han lamido su garganta
y orejas (…) y con sus curiosos labios la han besado de la cabeza a los pies, dentro y fuera, pero en esos falsos despertares no la
han aliviado nunca del dolor del huso. A menudo son hermosos, por lo menos al principio (…) pero otras veces son viejos
malolientes y estragados por la enfermedad, o se vuelve así cuando acercan a su camastro, una horrorosa transformación”.
Zarzarrosa, Robert Coover.