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Poemas de Fredy Yezzed

ES CLARO QUE DIOS SE ESCAPÓ DE MI CRÁNEO. Que se fue dejando una estela de sangre.
Una gotita que un gorrión pisa y esparce sobre el piso blanco.

Escuchaba yo una llanura de carneros, los oía arrancar con sus quijadas las raíces. Ese ruido
cuando arrancamos la hierba, ese mismo ruidito cuando arrancamos una rosa como un cabello.

Tal vez quise decir que escuchaba voces. Un susurro inesperado al cruzar la calle. Volteo y
miro alrededor y no hay nadie, pero alguien que no está me mira desde la esquina. Solo.
Inquietante.

Fue el viento, me digo.

Fue sólo el viento, me repito.

EL ÚNICO RECUERDO QUE TENGO DE MI MADRE es el de aquellas mañanas de otoño


cuando me llevaba de la mano a la escuela. Miraba la calle tapizada de hojas secas. Me abstraía
pisándolas, quebrándoles los huesos de color pardo. Arrastrándose de un lado para otro como un
vagabundo con los ojos en un sueño. Haciendo su ruido de semillas que se quiebran.

Yo sólo veo las hojas secas gritando bajo mis pies y las pantorrillas de ella un paso más
adelante. El tacón negro de sus zapatos como clavando una espina en la pared. Unas medias
veladas. Unos huesos tan extraños como el sabor del agua.
Hay un instante oscuro. Algo que se ha perdido como un mordisco en la mente. Ahora la
veo alejarse desde el quicio de la escuela. La merienda en la lonchera. Esa sensación de ser vidrio y
sentir que te abandonan.

Sólo veo su espalda alejarse.

Una mujer más bajo la lluvia de las hojas.

HE PINTADO EL AMOR CON MIERDA sobre las paredes de mi celda. He trazado algo que no
conocía. Un barro amorfo de palabras. Una red de adivinanzas. La conjetura de la noche y el
silencio.

He dicho sobre algo que no conocía. He mirado hacia algo que no diré.

He pintado con las vísceras mis propias almas. Lo que hay dentro de mí repugna y enferma.
Destruye y miente. Grita una verdad como una hoja que se pudre. Dice del lamentable estado del
hombre en mi jardín interior. Avisa de una manzana con gusanos que cae y rueda. He pintado el
amor con mierda sobre las paredes. Al mundo le parece repugnante, a mí una bella mañana que se
salva.

HE HABLADO CON UNA MUJER QUE PARECE NORMAL en el jardín del hospital. Me ha
narrado la siguiente historia con una tranquilidad agria: Estaba sentada en un banco de madera en
el parque Lezama hace unos meses. Acababa de salir del trabajo. Estaba abrigada y pensaba en sus
dos hijos en Lima. Dijo que los árboles del invierno eran el reflejo de su espíritu y que todo
trascurría en calma. En los juegos de madera vio cómo un niño se cayó contra el pavimento y se
abrió la cabeza. Ese grito, más allá del aire, dijo. Entonces corrió y alzó al pequeño y, abstraída, se
lo llevó a su casa y lo curó. Pasó la tarde acariciándole el rostro. Sólo las paredes humildes que la
rodeaban saben las cosas buenas que pensó junto al niño. Al anochecer golpearon a su puerta las
autoridades y los padres del niño que lloraban de angustia. Dijo que se aferró a la criatura como a
sus huesos. Hubo golpes, gritos, puertas clausuradas. El invierno que la metía a una celda.

Las enfermeras dicen que en las noches llora y abraza un muñeco de trapo. Las enfermeras
no saben que hay una ciudad de Lima sucia y llena de nostalgia. Las enfermeras no saben que sus
hijos pronuncian su nombre antes de acostarse.

LE HE DICHO A LOS PSIQUIATRAS que si he decidido hablar no es para reparar las cosas.
Tampoco deseo que busquen el problema en el andamiaje peligroso de las teorías. Se los he
explicado muchas veces, pero parecen no entenderlo. Y si no lo entienden es porque tal vez no
existe el problema o sencillamente el problema no tiene solución.

Les parece imposible que yo no desee saber más de mí. Ese barco que se hunde dentro de
mis costillas. Le temo a saber más. Más sería entender menos. Entre menos sepa de este mundo,
mejor podré pasearme por el mío. Esa casa que se incendia conmigo adentro.

Dios, ¿qué estoy diciendo?

Yo sólo deseo ordenar las cosas aquí adentro.

Y marcharme algún día.


VOY POR EL MUNDO CON UN AGUJERO DE BALA en el pecho. El aire me atraviesa de frío.
Los niños juegan a asomarse de un lado y otro. Por allí, la única mujer se me fugó y la única
orquídea que sembré no quiso echar raíces.

Voy con esa música de violín perforada. Con ese delirio de insomnio.

Voy caminado por las calles con un agujero de bala en el pecho. Represento muy bien mi
papel de muerto. La gente no se asombra de verme malherido y distante. Los hombres meten su
dedo índice comprobando que no es un engaño. Creen meter el dedo en un sueño. Y la pérdida es
que despierto y la herida sigue sangrando.

Es un sueño que me sostiene de los hilos del mundo.

Es un agujero de bala donde me cabe todo el mundo.

HAY UN TERRIBLE ABISMO ENTRE PALABRA Y PALABRA, cuyo fondo es lo que no puedo
nombrar. Ellas mienten como las sirvientas que ocultan el vaso quebrado del día. Ellas ocultan por
ese miedo a desnudarse, a mostrarse en público con el rostro que no tienen. Las palabras trafican
con el desencanto, me alejan del jardín exacto, de lo que aún no ha naufragado. Las palabras me
vendan los ojos, me tientan a caminar en la oscuridad, me empujan por las escaleras. Creemos en
ellas porque sólo entendemos el pequeño ensueño que arrojan de sus puños. Caen como un polvo
en la noche. Suenan como un cuerpo desnudo contra el piso. La impotencia de inventar una
palabra que me nombre. La felicidad está en lo que nunca dirán. Las palabras: sogas hechas a la
medida de nadie, cordones que no alcanzan a atar, agua que no sacia. Ni la tortura ni la espera
paciente ni el caso omiso las conmueve. Quisiera saber toda la sangre que corre por la palabra
alma. Quisiera, por un instante, asomar la punta de la nariz al jardín de la palabra noche. Quisiera
por un milagro y, entonces, decir de este dolor la verdad.
Tapa La sal de la locura

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(versión en francés)

7 poemas de La sal de la locura (2010)

de Fredy Yezzed

IL EST CLAIR QUE DIEU S’EST ÉCHAPPÉ DE MON CRÂNE. Qu’il est parti en laissant une
traînée de sang. Une goutte qu’un moineau écrase et éparpille sur le sol blanc.

Moi, j’entendais une plaine de béliers, je les entendais arracher les racines avec leurs
mâchoires. Ce bruit quand on arrache l’herbe, ce même petit bruit quand on arrache une rose
comme si c’était un cheveu.

J’ai peut-être voulu dire que j’entendais des voix. Un murmure inespéré en traversant la
rue. Je me retourne et regarde autour de moi et il n’y a personne, mais quelqu’un qui n’est pas là
me regarde depuis le coin de la rue. Seul. Inquiétant.

C’était le vent, me dis-je.

Ce n’était que le vent, pensé-je.


LE SEUL SOUVENIR QUE J’AI DE MA MÈRE est celui de ces matinées d’automne, quand elle
m’accompagnait à l’école en me tenant par la main. Je regardais la rue tapissée de feuilles sèches.
Je m’abstrayais en les écrasant, en rompant leurs os de couleur brune. Se traînant d’un côté et de
l’autre comme des vagabonds aux yeux perdus dans un rêve. Faisant leur bruit de graines qui se
cassent.

Moi, je voyais seulement les feuilles sèches criant sous mes pieds et ses mollets ayant un
pas d’avance. Le talon noir de ses chaussures comme clouant une épine sur le mur. Des bas de
soie. Des os aussi étranges que le goût de l’eau.

Il y a un moment obscur. Quelque chose qui s’est perdu comme une morsure dans l’esprit.
Maintenant je la vois s’éloigner depuis le seuil de l’école. Le déjeuner dans le sac. Cette sensation
d’être de verre et de sentir qu’on t’abandonne.

Je vois seulement son dos s’éloigner.

Une femme de plus sous la pluie des feuilles.

J’AI PEINT L’AMOUR AVEC DE LA MERDE sur les murs de ma cellule. J’ai tracé quelque chose
que je ne connaissais pas. Une boue amorphe de mots. Un réseau de devinettes. La conjecture de
la nuit et le silence.

J’ai dit quelque chose que je ne connaissais pas. J’ai regardé vers quelque chose que je ne
dirai pas.
J’ai peint avec les viscères mes propres âmes. Ce qu’il y a en moi me répugne et me rend
malade. Détruit et ment. Crie une vérité comme une feuille qui pourrit. Dit l’état lamentable de
l’homme dans mon jardin intérieur. Prévient d’une pomme véreuse qui tombe et roule.

J’ai peint l’amour avec de la merde sur les murs. Les gens trouvent cela répugnant, pour moi, c’est
une belle matinée qui se sauve.

J’AI PARLÉ À UNE FEMME QUI A L’AIR NORMALE dans le jardin de l’hôpital. Elle m’a raconté
cette histoire avec une tranquillité âpre : elle était assise sur un banc de bois dans le parc Lezama il
y a quelques mois. Elle venait de sortir du travail. Elle était bien couverte et pensait à ses deux
enfants à Lima. Elle a dit que les arbres de l’hiver étaient le reflet de son esprit et que tout était
calme. Soudain, elle vit un petit garçon tomber sur le pavé depuis les jeux en bois et s’ouvrir la
tête. Ce cri, plus loin que l’air, a-t-elle dit. Alors elle courut et souleva l’enfant et, distraite,
l’emmena chez elle et le soigna. Elle passa l’après-midi à lui caresser le visage. Seuls les murs
humbles qui l’entouraient savent les belles choses auxquelles elle pensa en compagnie de l’enfant.
À la tombée de la nuit, les autorités, accompagnées des parents de l’enfant qui pleuraient
d’angoisse, frappèrent à sa porte. Elle dit qu’elle s’était attachée à l’enfant comme à ses propres
os. Il y eut des coups, des cris, des portes claquées. L’hiver qui la mit en cellule.

Les infirmières disent que la nuit elle pleure et serre dans ses bras une poupée de chiffon.
Les infirmières ne savent pas qu’il y a une ville de Lima sale et emplie de nostalgie. Les infirmières
ne savent pas que ses enfants prononcent son nom avant de se coucher.

J’AI DIT AUX PSYCHIATRES que si j’ai décidé de parler, ce n’est pas pour réparer les choses.
Je ne souhaite pas non plus qu’ils cherchent le problème dans le dangereux échafaudage des
théories. Je le leur ai expliqué plusieurs fois, mais ils ne semblent pas le comprendre. Et s’ils ne le
comprennent pas, c’est peut-être parce que le problème n’existe pas, ou simplement parce que le
problème ne possède pas de solution.

Cela leur semble impossible que je ne désire pas en savoir plus sur moi. Ce bateau qui
plonge entre mes côtes. J’ai peur d’en savoir plus. En savoir plus serait comprendre moins. Moins
j’en saurai de ce monde, et plus je pourrai me promener dans le mien. Cette maison qui brûle et
où je suis enfermé.

Mon Dieu, que dis-je ?

Je souhaite seulement ordonner les choses ici à l’intérieur.

Et partir un de ces jours.

JE VAIS DE PAR LE MONDE AVEC UN TROU DE BALLE dans la poitrine. L’air froid me traverse.
Les enfants jouent à s’y pencher d’un côté et de l’autre. Par là, la seule femme que j’ai connue
s’est enfuie et la seule orchidée que j’ai semée n’a pas voulu prendre racine.

Je vais avec cette musique de violon perforée. Avec ce délire d’insomnie.

Je marche dans les rues avec un trou de balle dans la poitrine. Je joue très bien mon rôle de
mort. Les gens ne s’étonnent pas de me voir gravement blessé et distant. Les hommes y mettent
leur index pour vérifier que ce n’est pas une escroquerie. Il croient mettre le doigt dans un rêve. Et
le résultat, c’est que je me réveille et que la blessure saigne toujours.

C’est un rêve qui m’accroche aux fils du monde.

C’est un trou de balle où entre le monde entier.


IL Y A UN ABÎME TERRIBLE ENTRE UN MOT ET UN AUTRE, dont le fond est justement ce que
je ne puis nommer. Ils mentent comme les domestiques qui cachent le verre cassé de la journée.
Ils cachent par peur de se dénuder, de se montrer en public avec le visage qu’ils n’ont pas. Les
mots trafiquent avec le désenchantement, ils m’éloignent du jardin exact, de ce qui n’a pas encore
fait naufrage. Les mots me bandent les yeux, m’incitent à marcher dans l’obscurité, me poussent
dans les escaliers. Nous croyons en eux parce que nous comprenons uniquement le petit rêve
qu’ils nous jettent avec leurs poings. Ils tombent comme de la poudre au milieu de la nuit. Ils
sonnent comme un corps nu sur le sol. L’impuissance à inventer un mot qui me nomme. Le
bonheur est dans ce qu’ils ne diront jamais. Les mots : des cordes faites à la mesure de personne,
des lacets qui n’arrivent pas à attacher, de l’eau qui n’apaise pas la soif. Ni la torture, ni l’attente
patiente, ni le fait d’être ignorés ne les ébranle. Je voudrais savoir tout le sang qui coule dans les
veines du mot âme. Je voudrais, pour un instant, pointer le nez dans le jardin du mot nuit. Je
voudrais un miracle, et, alors, dire de cette douleur la vérité.

*(Bogotá, Colombia, 1979). Después de un viaje de seis meses por Suramérica, se radicó en
Buenos Aires, donde estudia el género del poema en prosa argentino. Como investigador literario
escribió los estudios Párrafos de aire: Primera antología del poema en prosa colombiano (Editorial
de la Universidad de Antioquia, Medellín, 2010) y La risa del ahorcado: Antología poética de Henry
Luque Muñoz (Editorial de la Universidad Javeriana, Bogotá, 2015). Libros de poesía: La sal de la
locura (Premio Nacional de Poesía Macedonio Fernández, Buenos Aires, 2010-Editorial
Universidad Nacional de Colombia, 2014) y El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein
(Ediciones Del Dock, Buenos Aires, 2012).

**(París, Francia, 1984). Licenciada en Español y Master en Literatura Francesa del siglo XX de la
Universidad de La Sorbona, París. Sus trabajos de tesis se titulan: Risas sin alegría: estudio de la
relación entre risa y desesperación en las obras de Céline, Michaux et Beckett y Risas de
Lautréamont, risas de Michaux: parecidos, influencias, discrepancias. Ha vivido en Concepción en
Chile y Buenos Aires, Argentina. Actualmente está radicada en Arequipa, Perú, donde se
desempeña como profesora de francés en la Alianza Francesa. Tiene inédita la traducción al
francés del libro Espantapájaros de Oliverio Girondo.