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SUICIDIO CUÁNTICO

El 28 de enero de 2014, Gabriel, un alto ejecutivo de JP Morgan, se lanzó al vacío


desde la azotea de la sede corporativa en Londres. Este hecho, en sí mismo, no
llamó demasiado la atención de los medios y fue considerado un caso más dentro
de una significativa oleada, a nivel global y en pocos meses, de hasta 18 suicidios
en la esfera de los negocios.

Semanas más tarde, su ex pareja reveló a los investigadores que Gabriel era una
persona inteligente en grado extremo pero con un lado oscuro. Alguien tendente
a estados depresivos y fuertemente obsesionado con una idea peligrosa. Una
idea que mezcla conceptos de física moderna con una alta dosis de misticismo y
que acabó ocupando toda su cabeza: el suicidio cuántico.

(CARETA)

Visto desde un prisma teórico, hipotético o infinitesimal, estamos en disposición


de conquistar logros realmente sorprendentes.

En este sentido, no es una locura asegurar que el ser humano ha viajado en el


tiempo. Y no es una afirmación basada en la burda idea de viaje temporal por el
hecho de envejecer, no. Hay cierto respaldo científico.

Ateniéndonos a términos de relatividad espacial, es un hecho que el cosmonauta


Sergei Avdeyev viajó al futuro. Concretamente, 0,02 segundos. Y lo hizo
orbitando la Tierra a 27.000 kilómetros por hora durante los 748 días que
permaneció en la estación espacial MIR.

Desde este mismo prisma hipotético, hay quien piensa que el suicidio cuántico es
una vía para la inmortalidad. O para ser consciente de ella. Al menos, la
inmortalidad en un sentido puramente cuántico.

La teoría

Pero, ¿dónde nace esta teoría? El suicidio cuántico experimento mental


formulado a finales de los años 90 y para comprender su funcionamiento es
necesario articular, combinar, el experimento del gato de Schrödinger con la
teoría de los multiversos de Hugh Everett.

Imagina que quieres llevar a cabo un suicidio cuántico. Para ello, has diseñado un
arma de fuego cuyo detonador funcionará -o no- dependiendo del sentido de
rotación de una partícula subatómica.

(cargando arma)

Te apuntas la sien, o introduces el cañón en tu boca. Y aprietas el gatillo.

(disparo y cuerpo desplomándose)


El hecho de accionar el gatillo dará lugar a un desdoblamiento del universo. Este
hecho, denominado decohesión, implica que el arma se disparará y no se
disparará, al mismo tiempo. En una de las realidades, la rotación de la partícula
subatómica hará que la pistola funcione y, por tanto, morirás y dejarás de existir.

Pero en la otra realidad…

(rewind, clic y jadeos de ansiedad)

…seguirás vivo. Y tu consciencia seguirá contigo.

Ahora imagina que repites el experimento infinitas veces. Al final, acabarás


quitándote la vida infinitas veces… bueno, no es cierto, ocurrirá todas las veces
menos una.

Porque siempre habrá una versión de ti, en uno de los universos posibles, que
sobreviva a infinitos intentos de suicidio. Por tanto, podría decirse que adquieres
la inmortalidad desde un punto de vista cuántico.

Variantes

A partir de esta teoría, salieron a flote otras variantes que, desafortunadamente,


se pusieron en práctica. Por ejemplo, dos estudiantes norteamericanos diseñaron
un sistema que les proporcionaría una inyección letal basado en un número. Es
decir, en el caso de que el resultado de la lotería no se correspondiese con el
número del boleto que habían comprado. Así, aplicando los mismos principios,
sus consciencias acabarían en un universo donde no solo sobrevivirían a tal
invento, sino que además se asegurarían de ser millonarios.

Conclusiones

Las conclusiones que se extraen de este experimento mental son muy diversas.
En primer lugar, según el biocentrismo de Robert Lanza, la muerte, como tal, no
existiría. Al menos, no como algo definitorio, sino como un elemento parcial.
Colateral. Como una ilusión, tal vez.

Pero desde un punto de vista individual, también podemos deducir algo más
aterrador. Y es que, en un escenario donde cada decisión contempla todas sus
variantes posibles, seríamos seres sin una identidad definida. Si, como siempre
se nos ha dicho, somos nuestras decisiones, y las ramificaciones -las
permutaciones que tenemos ante nosotros- son infinitas, podemos acabar
convertidos, sin dejar de ser nosotros mismos, en personas radicalmente
distintas.

O ser unos absolutos desconocidos.