Está en la página 1de 92
1
1

LECTURAS PARA LA CONFORMACIÓN DE LA CULTURA CRISTIANA I

Recopilación por Heraclio Rivera

Sobre el recopilador:

Heraclio Rivera (Twitter: @heraclio_r) es cristiano, economista y comunicador social. Interesado en la transformación cultural de Latinoamérica con los principios del Reino de Dios, ha publicado además el manual Arquitectura de la Libertad bajo el auspicio de la Fundación para el Progreso y la Libertad, la cual también dirige. En la actualidad, trabaja en la divulgación del proyecto político de las 5 Reformas para América Latina y en la creación del Instituto para la Cultura Cristiana en Venezuela, con miras a preparar a las próximas generaciones para la reconstrucción cristiana del país.

Este material es editado y publicado por la Fundación para el Progreso y la Libertad (IG: @progresoylibertad). Se reconocen los derechos de los autores sobre cada uno de sus escritos.

Diciembre 2016

He preparado el siguiente material como acompañante en las jornadas de divulgación y promoción de

He preparado el siguiente material como acompañante en las jornadas de divulgación y promoción de las doctrinas cristianas necesarias para la transformación cultural de Venezuela, entre ellas la supremacía de Dios, la noción del gobierno limitado, la autoridad delegada, el rol de los magistrados menores, los cuatro tipos de gobiernos (autogobierno, familia, iglesia y civil) y el enfoque cristiano de la naturaleza humana, la educación, la moralidad y las leyes.

Desde que empecé a trabajar en las conferencias de La Cultura del Reino”, una serie de ponencias que buscan despertar la conciencia de los venezolanos en temas que resultan de por sí impostergables, pensé que debía complementar el mensaje de las conferencias con aquellos textos que, de forma escrita, pudiesen orientar a quienes se interesasen en profundizar sobre las nociones que allí he estado tratando. Lo mejor de estos extractos es que no solamente van en sintonía con el mensaje de estas charlas, sino que además tienen perfecta aplicación para la realidad americana.

Recojo en estas Lecturas los aportes de distintos pensadores cristianos, desde pastores y ministros, hasta historiadores y críticos sociales. La idea es hacer accesible, con bajo costo y contenido relativamente sencillo, el mensaje necesario para activar la restauración de Venezuela y Latinoamérica, tan sacudidas por los efectos de la religión estatista y el socialismo durante las últimas seis décadas. Además, intento que sean los mismos intelectuales cristianos quienes hablen a sus propios hermanos sobre las preocupaciones que nos conciernen y cómo debemos atenderlas.

El economista cristiano Gary North nos recuerda que no se puede vencer algo con nada. Lamentablemente, en los círculos cristianos se elaboran análisis sobre lo que está mal en el mundo lo

cual es bueno-, pero no se ofrecen alternativas o soluciones que puedan orientar a las personas para la acción restaurativa. Siendo así las cosas, estas Lecturas buscan precisamente marcar parte de la hoja de ruta, ese mapa necesario no solo para saber de verdad en dónde estamos en la actualidad, sino también cómo encaminarnos a un lugar mucho mejor en cumplimiento con la Gran Comisión de nuestro Señor Jesucristo de ir y discipular a todas las naciones. Y este mapa se integra con un proyecto político, el de las 5 Reformas, que nos permite encauzar la esperanza y el deseo de un cambio de manera efectiva hacia la cura de la patología cultural que sufren tanto Venezuela como gran parte de América Latina, en la que el socialismo ha infectado todas las áreas de vida, desde el propio individuo, hasta las familias, las iglesias y los gobiernos civiles, y ha causado pobreza, caos y destrucción económica y social.

Exhorto pues a todos aquellos que leerán este material a asumir un compromiso con la transformación cultural de nuestros países desde un enfoque de cosmovisiones, especialmente a los cristianos a aprender sobre la postura pietista, la cual es escapista y nos desensibiliza sobre los problemas de nuestro entorno más allá de la congregación, y la rechacen. Pero también animo a integrarse activamente con las plataformas o movimientos políticos que se manifiestan abiertamente contra el sistema estatista y la opresión y tiranía en nuestros pueblos de América Latina y de los cuales las 5 Reformas es el principal. En lo personal, pueden seguirme en mi cuenta de Facebook o en la cuenta de Instagram de @progresoylibertad para conocer más sobre las 5 Reformas y mantenerse al tanto de las conferencias que organizo y demás materiales que desde la Fundación publiquemos. Te saluda tu amigo,

Heraclio Rivera

1. Entrega incondicional, por Gary North 6 2. La naturaleza del Reino de Dios, por

1. Entrega incondicional, por Gary North

6

2. La naturaleza del Reino de Dios, por Gary North

13

3. La abolición de la verdad y la moralidad, por Francis

Schaeffer

20

4.

La doctrina de los magistrados menores, por Mathew

Trewhella (I)

31

5.

La doctrina de los magistrados menores, por Mathew

Trewhella (II)

35

6.

El papel del pueblo en la defensa de la doctrina de los

magistrados menores, por Mathew Trewhella

39

7. ¿Podemos legislar la moralidad?, por Rousas Rushdoony

45

8. La política y la educación, por Rousas Rushdoony

51

9. El socialismo como guerra social permanente, por Rousas

Rushdoony

57

10. El conflicto con la naturaleza y la Ley, por Guillermo Groen

van Prinsterer

63

1. Entrega incondicional, por Gary North

Toda mi vida he oído decir que tal iglesia o tal grupo o tal creencia no es una religión; es una forma de vida”. ¿No ha oído usted otro tanto? Piénselo. ¿Ha oído usted alguna vez de una religión que no sea una forma de vida? Por otra parte, ¿ha oído usted alguna vez de una forma de vida que no fuera básicamente una religión? Cada vez que oigo decir que el cristianismo es sólo una religión, pero, yo estoy buscando una forma de vida, comienzo a preguntarme cuánto conoce esa persona acerca del cristianismo o las formas de vida. El cristianismo es una religión. ¡Sobre esto no cabe duda! Tiene iglesia, y ministros, y fiestas, y misioneros, y platillos para recoger las ofrendas. Tiene grupos juveniles, estudios bíblicos, campamentos de verano, himnarios, seminarios e hipotecas. Tiene bautismos, matrimonios y funerales. Es una religión. Pero el cristianismo también es una forma de vida. Tiene un código moral. Tiene un sistema de cortes eclesiásticas. Tiene credos, doctrinas, y catecismos. Tiene miembros que comparten perspectivas similares sobre el significado de la vida y de la muerte, sobre el bien y el mal, la historia y el futuro, el hombre y la mujer. Dios y el hombre. Y como los cristianos piensan sobre estas cosas en maneras diferentes a cómo piensan los musulmanes, los budistas, los hindúes, y los ateos, los tipos de sociedades que los cristianos han edificado, o han influenciado, son muy distintos de las otras sociedades. En otras palabras, los resultados serán muy diferentes según lo que crea la gente. Sus ideas tienen consecuencias. Por lo general la gente no piensa profundamente acerca de su forma de vida. Dan casi todo por sentado. No hay suficiente tiempo en el día para analizarlo todo. No podemos examinarlo todo continuamente. Pero de vez en cuando una persona se detiene y se pregunta: “¿En qué clase de mundo vivo yo? ¿Por qué está en esta

condición? ¿Cambiará algún día? ¿Mejorará?” Tal vez se pregunte:

¿Quién soy yo? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué debo estar haciendo? ¿A dónde voy?” Entonces, si es un hombre típico del siglo XX, abrirá una cerveza, prenderá la televisión, y se olvidará de todas sus preguntas. La Biblia habla acerca del hombre que hace tal cosa. “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, este es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era” (Santiago 1:22-24). El hombre se hace a sí mismo unas preguntas muy buenas, y luego no hace nada para encontrar las buenas respuestas. ¿De qué valen las preguntas si uno nunca encuentra respuestas satisfactorias? No valen de nada. Tal vez usted se ha comenzado a hacer algunas buenas preguntas. Tal vez piensa que un librito como este lo puede ayudar a encontrar algunas respuestas a las buenas preguntas. Sea cual fuere su razón para haber leído hasta aquí, voy a intentar darle ayuda. Ningún libro de este tamaño le puede proporcionar todas las respuestas. La vida no es tan fácil. Pero le puede ayudar a encontrar algunas de las' respuestas, y tal vez puede darle unas ideas acerca de cómo encontrar muchas otras respuestas. Y cuando obtenga las respuestas, podrá comenzar a actuar. Pero primero se necesitan unas preguntas. Déjeme sugerirle unas cuantas. Cuando yo enseñaba en la universidad hace unos años atrás, enseñé a mis estudiantes un pequeño truco que podían usar para ayudarles a comprender la historia, el gobierno, y sus materias de sociología y economía. Les conté que podían preguntarse cuatro cosas acerca de cualquier sociedad, y si ellos podían encontrar respuestas

por breve que fueren, a estas cuatro preguntas, probablemente podían aprobar la materia. Aquí están las cuatro preguntas.

1. ¿Qué cree la sociedad acerca de Dios?

2. ¿Qué cree la sociedad acerca del hombre?

3. ¿Qué cree la sociedad acerca de la ley?

4. ¿Qué cree la sociedad acerca del tiempo?

Parecen bastante fáciles, ¿verdad? Bueno, las apariencias engañan. Un erudito serio podría pasar toda su vida escogiendo sólo una sociedad y estudiando sólo una de estas preguntas. Pero no disponemos de toda una vida para esto. Así que lo mejor que podemos hacer es mirar algunos libros o estudios y confiar que los escritores sabían algo acerca de lo que estaban escribiendo. Todos sabemos que los hombres no concuerdan unos con otros en todo, ni siquiera la gente de una comunidad pequeña. En realidad, a veces parece que la gente no se pone de acuerdo en nada. Pero de vez en cuando, podemos descubrir algo en lo que la gente sí se pone de acuerdo. Uno de los mejores momentos para encontrar lo que la gente realmente cree es cuando enfrentan una crisis de vida o muerte. Frente a la crisis, nos enteramos lo que la gente piensa que es realmente importante. A veces los hombres tienen que morir por sus creencias. Quizás haya una guerra, una revolución, o una grave crisis. ¿Por qué cosas está dispuesto a morir un hombre? ¿Por qué están dispuestos a morir muchos hombres en la sociedad? ¿Dios, la nación, la familia? ¿La fama y la fortuna? ¿El honor? Cuando forzamos a los hombres a decirnos qué es realmente lo que les importa, descubrimos realmente quiénes y qué son. Descubrimos quién les gustaría llegar a ser. Encontramos lo que esperan de la vida cuando enfrentan una situación que la amenaza. Esa es la religión del hombre. Piénselo. ¿Hay algo en su vida por lo cual realmente estaría dispuesto a morir? La mayoría de los padres dirían que estarían

dispuestos a morir por sus hijos. Pero, ¿y qué de una idea o una creencia? Si un enemigo estuviera apuntando su fusil a su cabeza, y le dijera que dispararía a menos que estuviera dispuesto a renunciar públicamente a cierta idea, ¿hay alguna idea tan valiosa que usted diría “Dispare”? Ahora sí, nos acercamos a su religión. Hace aproximadamente 1800 años, había gente en el Imperio romano que le dijo al emperador y a sus oficiales “Dispare. Desde luego, no había fusiles entonces. Pero había leones y circos. Tenían espadas para cortar cabezas. Tenían toda clase de torturas imaginables. El Imperio romano hizo la guerra contra los cristianos primitivos, y muchos de ellos se negaron a echar un trocito de incienso sobre un altar al emperador. ¿Fue para tanto? Ellos pensaron que sí. Ellos se resistieron, murieron, y después de trescientos años de persecución intermitente, ganaron la guerra. A partir del año 363, todos los emperadores del Imperio romano profesaron su fe en Jesucristo como el Dios viviente que gobierna la historia. Todo el que no hiciera esta profesión de fe no podía ser emperador. Tal vez no todos creyeron en Cristo, pero por lo menos afirmaron hacerlo. Los primeros cristianos creían que es importante lo que uno cree acerca de Dios. Ellos estaban dispuestos a morir por su fe. Ellos creían las palabras de Jesús: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganase todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mateo 16:25-26). Ellos creían que no se puede comprar la salida del infierno para entrar en el cielo. ¿Hay algo en la tierra tan importante para usted que estaría dispuesto a morir a fin de preservarlo o afirmar su compromiso? Si lo hay, entonces eso probablemente es su meta suprema, su posesión más preciada. Podríamos llamarlo su dios. No hay mejor manera de

identificar su dios. Si por ello está usted dispuesto a entregar su vida, debe ser muy importante para usted. Hay quienes afirman (refiriéndose al comunismo), “Mejor muerto que rojo. Otros no están de acuerdo: Mejor rojo que muerto, ya que siempre se puede luchar más tarde, o por lo menos esperar la caída del comunismo. Pero las dos posiciones se oponen una a otra. No se puede hallar un criterio armónico entre ellas. Hay otra gente que quiere una tercera opción: “Ni muerto ni rojo. Ellos quieren una opción positiva. No quieren el menor de dos males. Ellos saben lo que quieren, y están dispuestos a trabajar duro para lograr su meta. Esa es mi posición. Yo quiero una alternativa positiva. Mi lema en la vida es este: No se puede vencer algo con nada. Si no nos gusta lo que está pasando a nuestro alrededor, tratemos de cambiarlo. Si no nos agrada algo, ofrezcamos una mejor opción. Por eso escribí este libro. No me gustaron las demás. Me preocupa la condición del mundo de hoy; estoy convencido que la civilización occidental ha llegado a una encrucijada. Yo no quiero que los líderes del mundo libre tomen decisiones que significarán la destrucción de nuestra forma de vida, aunque hay muchas cosas que me gustaría que cambiasen. De hecho, estoy convencido que si no cambian, perderemos lo positivo de nuestra forma de vida por muchísimo tiempo. Yo no quiero tener que escoger entre el “Mejor rojo que muerto” y el “Mejor muerto que rojo. Mientras que hay tiempo todavía, me gustaría la tercera opción: ¡ni uno ni otro! Pero no se puede vencer algo con nada. Por eso me gustaría que usted me concediera el tiempo y el esfuerzo para analizar algunos problemas básicos. ¿Se enfrenta el mundo a una crisis de gran envergadura? ¿Hay algo que podamos hacer para solucionar las dificultades que estamos enfrentando? ¿Podemos encontrar dónde nos

equivocamos y hacer algo para corregirlo? ¿Hay algo que podamos hacer que hará una diferencia? Ese es el tema de este libro: hacer algomuchas cosas, en verdad que sin duda resultarán en una gran diferencia. Pero no podemos saber lo que hará una diferencia cuando no comprendemos la naturaleza de nuestro mundo, de nosotros mismos, y de nuestros recursos. Quisiera que usted reflexionase sobre eso. Tal vez no esté bien enterado de la historia del cristianismo en este último siglo. Una de las polémicas continuas tiene que ver con la legitimidad de la actividad social. Los que se inclinan a rechazar las doctrinas básicas de la fe la infalibilidad de la Biblia, la deidad de Cristo, la realidad del nacimiento de una virgen, la segunda venida de Cristo a juzgar, etc.han sido los proponentes de la acción social, especialmente la intervención política. Por el otro lado, los que defienden las doctrinas tradicionales se han inclinado a renunciar a la política. Ellos se han concentrado en la prédica, el evangelismo, las misiones extranjeras, las conferencias y estudios bíblicos, y otras cosas por el estilo. Ellos se han interesado en llevar el mensaje de la salvación personal un mensaje que no ha destacado o incluso ha negado la posibilidad de la reconstrucción social desde una perspectiva cristiana. Un lema que resume bien esta división es este: Los izquierdistas han creído en la historia pero no en Dios, mientras los conservadores han creído en Dios pero no en la historia. Lo que este libro destaca es la realidad tanto de Dios como de la historia. Los individuos se salvan, pero si dan fruto espiritual, darán también fruto cultural. Dios habla a este mundo, porque El hizo este mundo. El llama a las personas al arrepentimiento, pero es un arrepentimiento de pecados específicos, de formas de vida específicas, de actitudes específicas, de filosofías específicas, y de doctrinas económicas específicas. Dios habla al hombre en su totalidad, y por

lo tanto Él habla también al mundo en su totalidad. Por lo tanto hemos de predicar el consejo total de Dios, lo mismo que hicieron los profetas del Antiguo Testamento. Las religiones, cuando realmente son religiones, tienen consecuencias para este mundo. Toda verdadera religión es una forma de vida. Todo cristianismo que no es puesto en práctica, no es cristianismo. La acción no es de por sí cristiana, pero la acción por amor a Dios, y según las reglas reveladas por Dios, sí es el cristianismo. La pregunta es: ¿qué es el cristianismo? ¿Recuerda mis cuatro preguntas? ¿Las preguntas que podemos usar para descubrir las características más importantes de cualquier sociedad? ¿En qué clase de Dios creen los cristianos? ¿Cuál es su perspectiva del hombre? ¿Cuál es su perspectiva de la ley? Y por fin, ¿cuál es su perspectiva del tiempo? ¿Puede el cristianismo cambiar las cosas? La Biblia dice que sí. La historia nos muestra que sí lo ha hecho en el pasado. ¿Pero cambiará las cosas? ¡Esa es la pregunta! ¿Qué es el cristianismo? ¿Qué meta tiene? ¿De qué sirve preguntarnos si el cristianismo puede cambiar las cosas, si para empezar no sabemos lo que es? Hasta que sepamos las respuestas, no podremos aplicarlo a nosotros mismos, a nuestro mundo, ni a nuestro futuro.

2. La naturaleza del Reino de Dios, por Gary North

“Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero ahora mi reino no es de aquí.” (Juan 18: 36)

Pocos pasajes de la Biblia son hoy peor interpretados que este de Juan. El otro que parece rivalizar es el verso preferido de quienes resienten toda disciplina en la Iglesia, o todo tipo de disciplina impuesta en el nombre de Dios: “No juzguéis para que no seáis juzgados, Mateo 7:1. (¿Te imaginas tú cómo sería si un Departamento de Policía siguiera esta regla?). Hemos de saber qué cosa exactamente quiso decir Jesús con la palabra “Reino”. ¿Qué pasa con el Reino de Dios? ¿Tiene alguna jurisdicción o manifestación en esta tierra, o es nada más que celestial, y se limita al “corazón” del creyente? Siempre que se afirma que los cristianos tenemos una responsabilidad dada por Dios para trabajar en la edificación del Reino de Dios en la tierra, y excepto que se hable sólo de evangelismo personal o de enviar misioneros, siempre sale alguien a oponerse, y se opone con esta idea: “Jesús no vino a la construcción de un reino político, sólo estaba edificando su Iglesia, y su Iglesia no es un reino terrenal, después de todo: su Reino no es de este mundo”. Conviene descomponer este argumento mostrando las declaraciones implícitas, para ver de este modo si son o no verdaderas. (1) Jesús estaba y está en la construcción de su Iglesia. Esto es verdad. (2) Jesús también estaba, y está, en la construcción de su Reino; y esto también es verdad. (3) Y hemos de suponer que la Iglesia no es política. ¿Verdad? Claro que sí. Entonces, por tanto (4) Su Reino tampoco es político. Un momento: esta afirmación 4 es verdad, pero sólo si su Reino es idéntico a su Iglesia!

Aquí viene entonces la pregunta clave: ¿Su Reino es idéntico a su Iglesia?

Protestantes y católicos

Siempre me sorprende cuando escucho a protestantes citando Juan 18:36 para defender una definición estrecha del Reino de Dios en la historia. Hace cuatro siglos, esta definición angosta era la visión católica romana del Reino: los católicos romanos hasta hoy equiparan el Reino con la Iglesia, y la Iglesia con la de Roma. Y “el mundo” está fuera de la Iglesia, y por lo tanto, condenado. En lo que se refiere a eternidad, argumenta Roma, la Iglesia institucional (es decir: Roma) es todo lo que importa. Esta visión pone al Reino como equivalente y coextensivo a la “iglesia”, y al “mundo” en agudo contraste con la Iglesia-Reino, la cual nunca va a abarcar al mundo entero. En contra de esta visión, la Reforma protestante se basó en el postulado que definía a la Iglesia institucional como mucho más restringida que el Reino de Dios, el cual abarca todo el mundo creado y redimido por Dios. Los protestantes siempre argumentaron que el Reino de Dios es mucho más amplio en su alcance que la Iglesia institucional. Resumiendo: en la cosmovisión protestante, el Reino es más que la Iglesia, y la Iglesia es menos que el Reino. La doctrina protestante del sacerdocio universal de los creyentes, “cada cristiano es un sacerdote, se basa en la premisa de que el servicio de cada cristiano es una vocación santa, de Dios, y no sólo el llamado del sacerdote ordenado. Cada cristiano debe servir como un trabajador a tiempo completo en el Reino de Dios. Romanos 12:01: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. ¿Y qué Reino es este? Es todo un mundo de servicio cristiano, y no sólo de o en la Iglesia institucional.

Hoy día, los protestantes más fundamentalistas han adoptado sin saberlo la más vieja visión católica de la Iglesia y del Reino. El pastor bautista Peter Masters de Londres, predicador en el famoso Tabernáculo Metropolitano fundado por Spurgeon, es uno de los escritores que nos critica a los del Movimiento de la Reconstrucción Cristiana (RC). Nos acusa de “despreciar la actitud de los evangélicos tradicionales que ven a la Iglesia como algo tan completamente distinto y tan separado del mundo, que no buscan autoridad alguna sobre los asuntos del mundo”. La posición suya es en pro del aislamiento cultural de los cristianos. Dice que: El Reino de Dios es la Iglesia, tan pequeña como a veces pueda parecer; no es el mundo”. Definir el Reino de Dios como la Iglesia institucional, es la tradición católico-romana, y misma que en diversas oportunidades en la historia ha llevado a la “Eclesiocracia” o gobierno de la Iglesia, o sea de los clérigos: todo se pone bajo la autoridad de la Iglesia institucional, que en principio, lo absorbe todo.

¿Quién reina en este mundo?

Pero he aquí que por otra vía, esta misma definición de Iglesia igual a Reino, también puede llevar al otro extremo: la mentalidad de ghetto y el aislamiento cultural. Al vaciamiento de la idea de Cristiandad, pues el Reino se define en angosto, como equivalente la Iglesia institucional y más nada. La Iglesia institucional hoy día no está autorizada para controlar al Estado, esto es cierto, pero como “el Reino es idéntico a la Iglesia”, se dice, aunque esto es falso, entonces se llega a la conclusión, igualmente falsa, de que el Reino de Dios nada tiene nada que ver con lo que no sea pura y estrictamente eclesiástico. Esta es la opinión de nuestro crítico Peter Masters, y de muchos otros autores influidos por el pietismo. El pietismo ha separado bruscamente al mundo del Reino de Dios, al definir “Reino” en sentido muy estrecho: como Iglesia. Separar Iglesia institucional y mundo es necesario, pero separar el

Reino de Dios de este mundo, nos lleva a rendir este mundo al Reino de Satanás. No es una cuestión de reino terrenal versus no reino terrenal; la cuestión es ¿de quién es el reino terrenal, de Dios o de Satanás? Negar que el Reino de Dios se extiende a este mundo en la historia, al aquí y al ahora, es decir, por contrario sentido, que el dominio de Satanás sobre este mundo es legítimo, al menos hasta que Jesús venga otra vez. La RC dice: no, no es verdad, el Reino de Satanás no es legítimo, porque Jesús ya vino una vez, y resucitó, y nos envió en la Gran Comisión (Mateo 28:18) diciendo “Toda potestad me ha sido dada, en el cielo, y en la tierra”. Por tanto es deber de los cristianos contribuir al retroceso del Reino terrenal de Satanás en cuanto nos sea posible, lo cual es contribuir al adelanto del Reino terrenal de Cristo. Lo que dice la RC es que este principio reformado acerca del Reino de Dios en la historia, se ha ido abandonando por los protestantes, al menos desde 1660, en menoscabo del Evangelio en general, y del protestantismo en especial. La RC lo que pide es la recuperación y puesta en práctica de la más antigua visión protestante del Reino. Y la RC se ha hecho controversial porque los evangélicos de hoy no quieren renunciar a su definición estrecha del Reino, y resienten cualquiera que les proponga adoptar el punto de vista protestante original. Sus seguidores son totalmente inconscientes del origen medieval y católico-romano de la enseñanza de sus líderes.

El Reino de Dios

Hay muchas definiciones del Reino de Dios. Me quedo con la más simple y a la vez más amplia: la Civilización de Dios. Es toda la Creación: el área total bajo dominio legal del Rey del Cielo. Es toda el área que cayó bajo el Reino de Satanás en la historia, como resultado de la rebelión de Adán. Cuando el hombre pecó, todo el mundo creado cayó bajo la maldición de Dios, según Génesis 3:17-

19. La maldición llegó hasta donde llegó el reino del pecado: todo lo que había sido puesto bajo el dominio del hombre; y aún es así. Y las leyes del Reino se extienden tanto como el pecado: a todas y cada una de las áreas de la vida humana. Dios es dueño de todo el mundo: La tierra y su plenitud es del Señor, el mundo y los que en él habitandice el Salmo 24:1. Jesucristo, Hijo de Dios, y por tanto heredero legal, posee toda la tierra. Y la ha dado a su pueblo en locación, para ser desarrollada progresivamente en el tiempo, tal como se mandó hacerlo a Adán, como fiel administrador. Lo cual hizo, antes de su Caída, en el mundo entero bajo su dominio, según Génesis 1:26-28. Y por el triunfo de Jesús sobre Satanás en el Calvario, Dios ahora trae a juicio a todas y cada una de las áreas de la vida humana. ¿Cómo? Por la predicación del Evangelio, que es Su espada de dos filos para juicio, según Apocalipsis 19:15.

Reforma y Restauración

El Reino es también el escenario completo de la redención. Jesucristo “redimió” a toda la Creación; es decir, la recompró, la volvió a comprar, pagando el precio completo por el pecado del hombre: su muerte en la cruz. Toda la tierra ha sido así judicialmente redimida; se le ha dado "una nueva oportunidad de vida." El derecho de ocupación que Satanás ganó con la Caída de Adán, ha sido revocado; y ahora es Jesucristo, el segundo Adán, quien posee el título legal perfecto, a Su nombre. Pero el mundo no ha sido restaurado aun a plenitud en la historia, ni puede serlo, pues el pecado aún tiene sus efectos entre nosotros, y los tendrá hasta el Día del Juicio; pero es posible, que la predicación del Evangelio tenga sus efectos restauradores y sanadores, no de una sola vez, sino de manera progresiva en el tiempo. Para eso somos potenciados con el Espíritu Santo de Dios: así tenemos capacidad los redimidos para extender los principios de la restauración

y la sanación a todas las zonas bajo nuestra jurisdicción en la vida.

¿Cuáles? Todas: la iglesia, la familia, y el Estado. Todos los cristianos reconocemos que los principios de Dios pueden ser empleados para reformar a las personas individuales. Y que la familia también puede ser sanada, de acuerdo a la Palabra de

Dios. Y que la Iglesia es capaz de ser restaurada, de igual forma. Pero allí es que muchos se paran en seco. Les hablas de Gobierno y política

nada se puede hacer, el Gobierno y el Estado

y te dicen: ¡Nooo!

son intrínseca y permanentemente satánicos, y es un pérdida de tiempo trabajar por la recuperación del Estado!

El movimiento de la RC es el que hace la siguiente pregunta:

“¿Y por qué no?” Pero los pietistas nunca dicen por qué no. Nunca

apuntan a un pasaje de la Biblia que diga que el individuo, la Iglesia y

la familia pueden ser curadas por la Palabra y el Espíritu de Dios, pero

no el Estado, y por qué razón. Hoy en día, el mensaje distintivo de la RC es que el gobierno civil, al igual que el gobierno de la familia y el gobierno de la iglesia,

se encuentra bajo la ley de Dios revelada en Su Palabra que es la Biblia; y por tanto puede ser reformado, aunque no de cualquier forma sino de acuerdo a lo que establece la Ley de Dios. Esto significa que Dios ha dado a la comunidad cristiana una responsabilidad enorme en la historia, mucho mayor que predicar un Evangelio de salvación y sanación o restauración sólo individual. El Evangelio que se predica debe aplicarse a todos aquellos ámbitos de la vida que hayan caído en infracción por el pecado, y que por tanto hayan sufrido sus efectos letales.

O sea que la Iglesia y los evangelistas deben predicar el

Evangelio bíblico completo de redención integral, para la Creación entera, no sólo para “ganar almas” en lo personal y nada más. Porque dondequiera reine el pecado, el Evangelio tiene que estar allí operativo, transformando y restaurando. Hay una única área en la vida

humana fuera del alcance del poder restaurador del Espíritu Santo:

aquella que no haya sido afectada por la caída del hombre; o sea:

ninguna en absoluto.

Negando y rechazando la responsabilidad

Millones de cristianos, antes y ahora, niegan y han negado las obvias implicaciones y conclusiones de una visión del Reino terrenal de Dios, aunque muy pocos niegan sus premisas teológicas. O sea; les preguntas: ¿Qué área de la vida de hoy no está bajo los efectos del pecado?te dan la respuesta correcta: ninguna. E igual si preguntas:

¿Y qué área de esta vida de pecado va a estar fuera de la competencia y justicia de Dios en el Juicio Final?La misma respuesta: ninguna. Pero paran en seco a la pregunta: ¿Y qué aspecto de la vida de hoy está fuera de los poderes y efectos legítimos del Evangelio para transformar el mal en bien, o la muerte espiritual en vida?Y la respuesta correcta es la misma; pero para tenerla, los pietistas deberían dejar su reticencia pietista al campo de la política. ¿Qué es el pietismo? El pietismo es la predicación de una salvación limitada: sólo el alma individual, sólo la familia, sólo la Iglesia”. El pietismo es el rechazo del poder redentor integral del Evangelio, del poder transformador del Espíritu Santo, y de la responsabilidad integral de los cristianos en la historia. Es el rechazo a los efectos judiciales y políticos del Evangelio en la historia. Y el problema grave es que en este punto hay una plena coincidencia entre pietistas y humanistas; una alianza implícita. La RC se opone a esta alianza; y por eso los pietistas y los humanistas la rechazan.

3. La abolición de la verdad y la moralidad, por Francis Schaeffer

El problema básico de los cristianos en este país en los últimos ochenta años más o menos, en lo que respecta a la sociedad y en lo que respecta al gobierno, es que han visto las cosas en trozos y piezas en lugar de los totales. Se han vuelto gradualmente perturbados sobre la permisividad, la pornografía, las escuelas públicas, la desintegración de la familia, y finalmente el aborto. Pero no han visto esto como una totalidad cada cosa siendo una parte, un síntoma de un problema mucho más grande. No han podido ver que todo esto ha ocurrido debido a un cambio en la cosmovisión esto es, a través de una transformación fundamental en la manera general de pensar y ver el mundo y la vida en su conjunto. Este cambio ha estado lejos de una visión del mundo que era por lo menos vagamente cristiana en la memoria de la gente (incluso si no era individualmente cristiana) hacia algo completamente diferente una visión del mundo basada en la idea de que la realidad final es una materia impersonal o energía conformada en su forma actual por azar impersonal. No han visto que esta visión del mundo ha tomado el lugar de la que había dominado previamente la cultura europea del norte de Europa, incluido los Estados Unidos, que era por lo menos cristiana en la memoria, incluso si los individuos no eran individualmente cristianos. Estas dos visiones del mundo se hallan en su totalidad en completa antítesis la una de la otra en el contenido y en sus resultados naturales incluyendo resultados sociológicos y gubernamentales, y específicamente, en la ley. No es que estas dos visiones del mundo sean diferentes sólo en la forma en que entienden la naturaleza de la realidad y la existencia. También producen de manera inevitable resultados totalmente diferentes. La palabra clave aquí es inevitable.

No se trata sólo de que llegaran a traer diferentes resultados, sino que es absolutamente inevitable que se produzcan resultados diferentes. ¿Por qué los cristianos han sido tan lentos para entender esto? Hay varias razones, pero la central es una visión defectuosa del cristianismo. Esto tiene sus raíces en el movimiento pietista bajo el liderazgo de P.J. Spener en el siglo XVII. El Pietismo comenzó como una sana protesta contra el formalismo y un cristianismo demasiado abstracto. Pero tenía una deficiencia: la espiritualidad “platónica”. Fue platónica en el sentido de que el pietismo hizo una división tajante entre el mundo “espiritual” y el mundo “material”, a la vez que dio poca o ninguna importancia al mundo “material”. A la totalidad de la existencia humana no se le concedió un lugar adecuado. En particular, se rechazó la dimensión intelectual del cristianismo. El cristianismo y la espiritualidad fueron encajonadas, aisladas a una pequeña parte de la vida. La totalidad de la realidad fue ignorada por el pensamiento pietista. Permítanme decir rápidamente que en cierto sentido los cristianos deberían ser pietistas, ya que el cristianismo no es sólo un conjunto de doctrinas, incluso las doctrinas correctas. Cada doctrina tendrá de alguna manera un efecto sobre nuestras vidas. Pero el lado pobre del pietismo y su perspectiva platónica resultante ha sido realmente una tragedia no sólo en las vidas individuales de muchas personas, sino en nuestra cultura total. La verdadera espiritualidad abarca toda la realidad. Hay cosas que la Biblia nos dice como absolutos, como que son pecadores quienes no se ajusten al carácter de Dios. Pero aparte de esto, el señorío de Cristo abarca toda la vida y toda la vida por igual. No es sólo que la verdadera espiritualidad abarca toda la vida, sino que cubre todas las partes del espectro de la vida misma. En este sentido no hay nada en relación con la realidad que no sea espiritual. Relacionado con esto, me parece a mí, es el hecho de que muchos cristianos no quieren decir lo que quiero decir cuando digo

que el Cristianismo es cierto, o la Verdad. Son cristianos y creen en, digamos, la verdad de la creación, la verdad del nacimiento virginal, la verdad de los milagros de Cristo, la muerte vicaria de Cristo y su segunda venida. Pero se detienen allí con estas y otras verdades individuales. Cuando digo que el cristianismo es verdad quiero decir que es fiel a la realidad total, lo total de lo que es, a partir de la realidad central, la existencia objetiva del Dios personal-infinito. El cristianismo no es sólo una serie de verdades, sino la Verdad verdad sobre toda la realidad. Y sostener intelectualmente esa Verdad y después vivir sobre esa Verdad, la Verdad de lo que es, de alguna mala manera- trae no sólo ciertos resultados personales, sino también resultados gubernamentales y legales. Ahora vamos a ir al otro lado a los que sostienen el concepto de la realidad final de forma materialista. Ellos vieron la diferencia completa y total entre las dos posiciones más rápido que los cristianos. Estaban los Huxley, George Bernard Shaw (1856-1950), y muchos otros que entendieron hace mucho tiempo que hay dos conceptos totales de la realidad y que es una realidad total contra la otra y no sólo un conjunto de diferencias aisladas y separadas. El Manifiesto Humanista I, publicado en 1933, mostró con claridad cristalina su comprensión de la totalidad y lo que está involucrado. Fue para nuestra vergüenza que Julián (1887-1975) y Aldous Huxley (1894- 1963), y los otros como ellos, entendieron mucho antes que los cristianos que estas dos visiones del mundo son dos conceptos totales de la realidad que se colocan en antítesis el uno con el otro. Debemos estar completamente avergonzados de que esto es un hecho. Ellos entendieron que no sólo había dos conceptos totalmente diferentes, sino que iban a dar a luz dos conclusiones totalmente diferentes, tanto para los individuos como para la sociedad. Lo que debemos entender es que las dos visiones del mundo realmente traen

a luz con certeza inevitable no sólo diferencias personales, sino

también diferencias totales en relación con la sociedad, el gobierno y

la ley.

No hay manera de mezclar estas dos cosmovisiones totales. Son entidades separadas que no pueden ser sintetizadas. Sin embargo, hay

que decir que la teología liberal, en la misma esencia desde su inicio,

es un intento de mezclar las dos. La teología liberal trató de lograr una

mezcla poco después de la Ilustración y ha tratado de sintetizar estos dos puntos de vista hasta nuestros días. Pero en cada caso, cuando la suerte está echada, estos teólogos liberales siempre han encallado, tan naturalmente como un barco que entra en el puerto de origen, del lado del humanismo no religioso. Lo hacen con certeza porque lo que realmente es su teología liberal es el humanismo expresado en términos teológicos, en lugar de términos filosóficos o de otro tipo. Un ejemplo de este venir de forma natural al lado de los humanistas no religiosos es el artículo de Charles Hartshorne del 21 de enero 1981, en la revista The Christian Century, páginas 42-45. Su título es: “En cuanto al aborto, una tentativa de una visión racional”. Al comienzo, iguala el hecho de que el feto humano esté vivo con el hecho de que los mosquitos y las bacterias también están vivos. Es decir, empieza por asumir que la vida humana no es única. Luego continúa diciendo que, incluso después de que nace, el bebé no es totalmente humano hasta que se desarrollan sus relaciones sociales (aunque él dice que el bebé tiene algunas relaciones sociales primitivas, un feto no nacido no tiene). Su conclusión es: “Sin embargo, tengo poca simpatía con la idea de que el infanticidio no es más que otra forma de asesinato. Las personas que ya son funcionalmente personas en el pleno sentido tienen derechos más importantes incluso que los bebés”. Luego, lógicamente, da el siguiente paso: “¿Esta distinción se aplica a la muerte de una persona senil sin esperanza o a una en un estado de coma permanente? Para

mí, sí”. Ningún ateo humanista podría decirlo con mayor claridad. Es importante en este punto tener en cuenta que muchas de las denominaciones controladas por la teología liberal han salido, públicamente y con fuerza, a favor del aborto. El Dr. Martin E. Marty es uno de los portavoces teológicamente liberales más respetados. Él es editor asociado de The Christian Century y profesor distinguido Fairfax M. Cone en la escuela de divinidades de la Universidad de Chicago. A menudo es citado en la prensa secular como el portavoz de la “corriente principal” del cristianismo. En un artículo de Christian Century del 7-14 de enero, 1981 (páginas 13-17 con una adición en la página 31), tiene un tema titulado: “Queridos republicanos: una carta sobre el humanismo”. En él confunde con brillantez los términos “ser humano”, el humanismo, las humanidades y estar “enamorados de la humanidad”. ¿Por qué lo hace? Como un historiador, él conoce las distinciones de esas palabras, pero cuando uno se hace con estas páginas, el pobre lector que no sabe más se queda con la erradicación de la distinción total entre la posición cristiana y el humanismo. Admiro la inteligencia del artículo, pero lamento que en ella el Dr. Marty haya descendido al lado humanista no religioso, al confundir las cuestiones totalmente. Sería bueno en este punto destacar que no hay que confundir las cosas tan diferentes que el Dr. Marty confundió. El humanitarismo es ser amable y servicial a la gente, tratar a las personas humanamente. Las humanidades son los estudios de la literatura, el arte, la música, etc., esas cosas que son los productos de la creatividad humana. El humanismo es la colocación del Hombre en el centro de todas las cosas y haciéndole la medida de todas las cosas. Por lo tanto, los cristianos deben ser las más humanitarias de todas las personas. Y los cristianos, sin duda, deben estar interesados en las humanidades como el producto de la creatividad humana, que es posible porque las personas han sido hechas únicamente a la imagen

del gran Creador. En este sentido de estar interesados en las humanidades sería adecuado hablar de un humanista cristiano. Esto es especialmente así en el uso pasado de ese término. Esto entonces significa que un cristiano está interesado (como todos deberíamos estarlo) en el producto de la creatividad de las personas. En este contexto, por ejemplo, Calvino se podría llamar un humanista cristiano, porque él conocía las obras del escritor romano Séneca muy bien. John Milton y muchos otros poetas cristianos también podrían ser llamados así debido a su conocimiento, no sólo de su propio tiempo, sino también de la antigüedad. Pero en contraste con ser humanitario y estar interesados en las humanidades, los cristianos deben oponerse inalterablemente al falso

y destructivo humanismo, el cual es falso en cuanto a la Biblia e

igualmente falso en cuanto a lo que el Hombre es. Junto a esto hay que distinguir la “visión humanista del mundo” que

hemos estado hablando de la “Sociedad Humanista”, que produjo los Manifiestos Humanista I y II (1933 y 1973). La Sociedad Humanista se compone de un grupo relativamente pequeño de personas (algunos de los cuales, sin embargo, han sido influyentes John Dewey, Sir

Julian Huxley, Jacques Monod, B.F. Skinner, etc.). Por el contrario,

la

visión del mundo humanista incluye miles de adeptos y hoy controla

el

consenso en la sociedad, gran parte de los medios de comunicación,

gran parte de lo que se enseña en nuestras escuelas y gran parte de la ley arbitraria producida por los distintos departamentos del Gobierno. El término humanismo utilizado de esta manera más amplia,

más frecuente, significa que el Hombre comienza en sí mismo, sin conocimiento excepto de lo que él mismo puede descubrir y sin normas fuera de sí mismo. En este punto de vista el Hombre es la medida de todas las cosas, tal como lo expresó la Ilustración.

En ninguna parte los resultados divergentes de los dos conceptos totales de la realidad, el judeo-cristiano y la cosmovisión humanista han estado más abiertos a la observación que en el gobierno y la ley. Nosotros, los de Europa del Norte (y hay que recordar que los Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y así sucesivamente son extensiones del norte de Europa) damos por sentado nuestro equilibrio de forma-libertad en el gobierno como si fuera natural. Hay forma en el reconocimiento de las obligaciones en la sociedad, y hay libertad en el reconocimiento de los derechos del individuo. Tenemos la forma, tenemos la libertad; hay libertad, hay forma. Hay un equilibrio aquí que hemos llegado a tomar como algo natural en el mundo. Pero no es natural en el mundo. Somos totalmente insensatos si nos fijamos en el largo período de la historia y al leer las noticias de hoy en la prensa no entendemos que el balance en el gobierno de forma-libertad que hemos tenido en el norte de Europa desde la Reforma y en los países que se extienden de ella es único en el mundo, pasado y presente. Esto no quiere decir que nadie luchó con estas preguntas antes de la Reforma, ni que nadie produjo nada que valiera la pena. Se puede pensar, por ejemplo, del Movimiento Conciliar en la iglesia medieval tardía y a principios de los parlamentos medievales. Sobre todo hay que considerar el antiguo Derecho Común Inglés. Y en relación a la Ley Común (y todo el Derecho Inglés) está Henry De Bracton. Voy a mencionar más de él en un momento. Los que sostienen la energía material, el concepto de azar de la realidad, ya sean marxistas o no marxistas, no sólo no saben la verdad de la realidad final, Dios, sino que tampoco saben quién es el Hombre. Su concepto del hombre es lo que el hombre no es, al igual que su concepto de la realidad final es lo que la realidad final no es. Dado que su concepto del hombre está equivocado, su concepto de la sociedad

y de la ley es erróneo, y no tienen suficiente base ya sea para la sociedad o la ley. Han reducido el hombre a menos que su finitud natural al verlo sólo como un arreglo complejo de moléculas, hecho complejo por el azar ciego. En lugar de verlo como algo grande, que es significativo incluso en su pecado, ven al Hombre en su esencia sólo como un animal intrínsecamente competitivo, que no tiene otro principio básico de funcionamiento que la selección natural alcanzada por los más fuertes, los más aptos, y que termina en la parte superior. Y ven al Hombre actuando de esta manera tanto individual como colectivamente en sociedad. Incluso sobre la base de la finitud del Hombre tienen a personas jurando ante el tribunal en nombre de la humanidad, como algunos han defendido, diciendo algo como “Comprometemos nuestro honor delante de toda la humanidad”, lo que sería bastante insuficiente. Pero reducido a la visión materialista del hombre, es aún menos. Aunque muchas palabras bonitas se pueden utilizar, en realidad la ley constituida sobre esta base sólo puede significar la fuerza bruta. En este contexto, el utilitarismo de Jeremy Bentham (1748- 1842) puede ser y debe ser todo lo que la ley signifique. Y esto debe conducir inevitablemente a la conclusión de Oliver Wendell Holmes Jr. (1841-1935): “La vida de la ley no ha sido la lógica: ha sido la experiencia” 5 . Es decir, no hay ninguna base para la ley, excepto la limitada, finita experiencia del hombre. Y sobre todo, con el concepto darwiniano del Hombre, la supervivencia del más apto (que Holmes sostuvo) que debe, y lo hará, conducir a la conclusión final de Holmes:

la ley es “el voto mayoritario de una nación que podría barrer a todos los demás”. El problema siempre fue, y es, ¿cuál es la base adecuada para la ley? ¿Cuál es la base adecuada para que la aspiración humana por

la libertad puede existir sin la anarquía, y sin embargo, ofrecer una forma que no se convierta en una tiranía arbitraria? En contraste con el concepto materialista, el hombre está hecho en realidad a imagen de Dios y tiene real humanidad. Esta humanidad ha producido diversos grados de éxito en el gobierno, dando a luz a gobiernos que eran más que sólo el dominio de la fuerza bruta. Y los que están en la corriente de la cosmovisión judeocristiana han tenido algo más. La influencia de la cosmovisión judeocristiana puede ser tal vez más fácilmente observada en la influencia sobre el Derecho Británico de Henry De Bracton, un juez inglés que vivió en el siglo XIII y que escribió De Legibus et Consuetudinibus (1250). Bracton, en la corriente de la cosmovisión judeocristiana, dijo:

Y que él [el Rey] debe estar bajo la ley aparece claramente en la analogía de Jesucristo, pues es su vice-regente en la tierra, porque aunque muchos caminos estaban abiertos a Cristo por Su redención inefable de la raza humana, la verdadera misericordia de Dios eligió esta más poderosa manera de destruir las obras del diablo, y así no quiso usar el poder de la fuerza sino la razón de la justicia.

En otras palabras, Dios, en su poder absoluto, podría haber aplastado a Satanás en su rebelión con el uso de ese poder suficiente. Pero debido a su carácter, la justicia se presentó ante el uso del poder solo. Por lo tanto, Cristo murió para que la justicia, arraigada en lo que es Dios, fuese la solución. Bracton codificó esto: el ejemplo de Cristo, por causa de lo que Él es, es nuestro estándar, nuestra regla, nuestra medida. Por lo tanto, el poder no es primero, sino la justicia es lo primero en la sociedad y la ley. El príncipe puede tener el poder de controlar y gobernar, pero no tiene el derecho de hacerlo sin justicia. Esta fue la base del Derecho Común Inglés. La Carta Magna (1215) fue escrita dentro de los treinta y cinco años (o menos) de De Legibus

de Bracton y en medio del mismo pensamiento universal en Inglaterra en ese momento. La Reforma (300 años después de Bracton) refinó y aclaró esto aún más. Se deshizo de las incrustaciones que se habían añadido a la cosmovisión judeocristiana y aclaró el punto de autoridad, al hacer descansar la autoridad en la Escritura en lugar de la iglesia y la Escritura o el estado y la Escritura. Esto no sólo tenía un significado en lo que se refiere a la doctrina, sino que aclaró la base de la ley.

Esa base fue la Ley escrita de Dios, rastreada desde el Nuevo Testamento hasta la Ley escrita de Moisés; y el contenido y la autoridad de esa Ley escrita tiene sus raíces de nuevo en Aquel que es la realidad final. Así, ni la iglesia ni el Estado son iguales a, y mucho menos están por encima de la Ley. La base para la ley no está dividida,

nadie tiene el derecho de colocar cualquier cosa, incluidos el rey, el estado o la iglesia, sobre el contenido de la Ley de Dios. Lo que la Reforma hizo fue retornar más clara y consistentemente a los orígenes, a la realidad final, Dios; pero igualmente a la realidad del Hombre no sólo las necesidades personales del Hombre (como la salvación), sino también las necesidades sociales del Hombre. Lo que hemos tenido durante cuatrocientos años, producidos a partir de esta claridad, es único en contraste con la situación que ha existido en el mundo en las formas de gobierno. A algunos de ustedes se les ha enseñado que las ciudades-estado griegas tenían nuestros conceptos del gobierno. Simplemente no es cierto. Todo lo que hay que hacer es leer la República de Platón para atravesar esto con una fuerza tremenda. Cuando los hombres de nuestro Departamento de Estado, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, fueron por todo el mundo

y

a

tratar de implantar nuestro equilibrio forma-libertad en el gobierno

e

inculcarlo sobre culturas cuya filosofía y religión nunca lo habrían

producido, en casi todos los casos terminaron en alguna forma de totalitarismo o autoritarismo. Los humanistas empujan por la “libertad”, pero al no tener el consenso cristiano que la contenga, esa “libertad” conducirá al caos o la esclavitud bajo el estado (o bajo una elite). El humanismo, con su falta de base final para los valores o el derecho, siempre conduce al caos. Y, seguidamente, conduce de manera natural a una cierta forma de autoritarismo para controlar el caos. Después de haber producido la enfermedad, el humanismo da más del mismo tipo de medicamento como cura. Con su concepto equivocado de la realidad última, no tiene ninguna razón intrínseca para interesarse por el individuo, el ser humano. Su interés natural son los dos colectivos: el estado y la sociedad.

4. La doctrina de los magistrados menores, por Mathew Trewhella (I)

En el curso de la historia humana, el abuso de la autoridad por parte de los hombres a través del brazo del Estado no es una ocurrencia poco frecuente. La civilización occidental ha construido salvaguardias para ayudar a prevenir esto. Sin embargo, una ciudadanía debe permanecer vigilante y comprender tanto el propósito y las limitaciones del Estado. Si una ciudadanía no conoce el propósito y las limitaciones del Estado, entonces el gobierno civil puede hacer mal uso del poder porque la ciudadanía es incapaz de medir cuando está ocurriendo algo indebido. Para que exista alguna indignación hacia los actos de tiranía por parte del Estado, uno debe ser capaz de reconocer que la tiranía se está llevando a cabo. Aldous Huxley, en su libro, Un mundo feliz, escribió de una ciudadanía de esclavos a los que les encantaría su esclavitud. Huxley escribe:

Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el que el todopoderoso ejecutivo de jefes políticos y su ejército de gerentes controlen a una población de esclavos que no tienen que ser forzados, porque aman su servidumbre.

Sin saberlo, los americanos han aceptado el papel de sirvientes de Huxley durante décadas. Esto se debe en parte al hecho de que la gente ama la comodidad y tienden a evitar el conflicto. Sin embargo, la otra parte de la ecuación es que la gente ha perdido la vara con la que se deben medir los límites del gobierno. Como consecuencia de ello, nos hemos convertido en esclavos un pueblo con el gobierno

central que actúa más como un Maestro que como un siervo brindando justicia a las personas. Cuando vamos a cualquier edificio de un gobierno central, hoy en día no se puede dejar de notar que se ha convertido en una fortaleza. La naturaleza fuertemente fortificada del lugar me recuerda algo de lo que Platón dijo al tirano Dionisio cuando lo vio en las calles de Sicilia, rodeado de sus numerosos guardaespaldas: “¿Qué daño has hecho que necesitas tener tantos guardias?” En un sentido muy real, uno está en lo correcto al decir que nuestros gobiernos han hecho daño al pueblo americano. Revise las leyes federales actuales, las políticas y los trámites burocráticos, y no se puede dejar de ver que se ha causado mucho daño a las instituciones y tradiciones de nuestros pueblos. Es como si, en el transcurso del tiempo, hubiésemos sido atacados y saqueados. En el pasado, en los Estados Unidos, los púlpitos instruyeron a la gente en los fines, funciones y limitaciones del Estado. Muchos pastores predicaron todos los años lo que se conocía como los sermones de “artillería” y “elección. Estos sermones fueron predicados de forma rutinaria durante los primeros 100 años de esa nación. Los clérigos entendieron y enseñaron a sus congregaciones que la Palabra de Dios se dirigía a todos los asuntos de la vida, incluyendo los asuntos del gobierno civil. Hoy, sin embargo, la mayoría de los púlpitos no dicen nada acerca de la Palabra de Dios cuando se trata de un gobierno civil. De hecho, la mayoría sólo enseña la obediencia ilimitada al Estado, como si no existieran limitaciones a la regla del Estado. De forma predeterminada, se enseña que cualquier cosa que ordene legislativamente el gobierno civil es la voluntad de Dios. Este tipo de clérigos estuvo presente cerca de la época de la Guerra Revolucionaria. El Reverendo William Gordon, de Roxbury,

Massachusetts predicó con respecto a tales hombres en 1794, cuando declaró:

Aunque los partidarios del poder arbitrario censurarán libremente a ese predicador que habla con audacia a favor de las libertades del pueblo, van a admirar como una excelencia divina al pastor cuyo discurso sea todo lo opuesto y enseñe que los magistrados tienen un derecho divino para hacer el mal, que han de ser obedecidos de manera implícita; hombres que profesan el cristianismo, como si la religión del bendito Jesús les obligase a doblar su cuello ante cualquier tirano.

La autoridad del Estado tiene límites. Los púlpitos de América en la actualidad necesitan arrepentirse de sus puntos de vista con respecto a la idolatría estatal. El verdadero cristianismo produce libertad. Incluso quien odió a Cristo, el filósofo del siglo XVII, David Hume, tuvo que admitir:

Las chispas preciosas de la libertad fueron encendidas y preservadas por los puritanos en Inglaterra. Y a eso, a esta secta, cuyos principios parecen tan frívolos y cuyos hábitos tan ridículos, el inglés le debe toda la libertad de su Constitución.

Los púlpitos de las iglesias son el medio histórico por el cual las personas son instruidas, a partir de un fundamento teológico, en los fines, funciones y limitaciones del Estado. Cuando el punto de vista de una ciudadanía del Estado se conduce teológicamente, el Estado ya no puede salirse con la suya haciendo lo que considere en su fantasía. Esto se debe a una ciudadanía informada, una que reconoce la ley trascendente, una que es vigilante y no tolerará el abuso o la tiranía.

1 de Corintios 7: 23 exhorta: “No se conviertan en esclavos de los hombres”. Debido a la naturaleza humana, sin embargo, los hombres tienden a querer ser gobernados y “cuidados, en lugar de asumir la responsabilidad y apreciar la libertad. Debido a la naturaleza humana, la tiranía de vez en cuando levanta su espantosa cabeza. Debido a la naturaleza humana, los hombres soportan una larga serie de abusos y usurpaciones. Sin embargo, los hombres soportan una larga serie de abusos y usurpaciones sólo hasta cierto punto. Cuando el gobierno civil continúa asaltando los derechos y libertades de los hombres a través de leyes inconstitucionales, injustas o inmorales, políticas o decretos burocráticos, los hombres honrados con el tiempo se cansan de él y comienzan a tomar una posición. Estos hombres que comienzan a estar de pie, sin embargo, quieren estar seguros de que sus esfuerzos son legítimos y adecuados. Afortunadamente, los fundadores de Estados Unidos establecieron tres “cajas” bien conocidas por las cuales podemos preservar la libertad y resistir a la tiranía. Estas son: la urna, la tribuna del jurado y la caja del cartucho. La urna ofrece la oportunidad de remover gobernantes injustos a través del voto. La tribuna del jurado otorga a los ciudadanos no sólo el derecho de juzgar los hechos en un caso, sino a juzgar la ley misma. El jurado puede determinar si está siendo mal aplicada una ley o puede encontrar una ley injusta o inmoral por completo. El jurado puede absolver en cada caso, independientemente de lo que dice el juez o las instrucciones al jurado. La caja del cartucho se refiere a una ciudadanía armada. Los fundadores de los Estados Unidos sabían que una ciudadanía armada no sólo ayuda a repeler una fuerza extranjera invasora, sino que

también actúa como un freno contra la tiranía de nuestro propio gobierno. Pero una herramienta menos conocida, que los propios fundadores emplearon, es la doctrina de los magistrados menores. La doctrina de los magistrados menores es el mejor medio para frenar a una autoridad superior que ha rechazado sus limitaciones. La doctrina de los magistrados menores tiene sus raíces en la Escritura y se halla en toda la historia de la humanidad. La doctrina ofrece una gran esperanza para una nación de personas que gimen bajo el yugo de la conducta tiránica por el Estado.

5. La doctrina de los magistrados menores, por Mathew Trewhella (II)

En el 39 d.C., Publio Petronio, que era gobernador romano de Siria y Palestina, recibió una orden de su superior, Calígula, el emperador de Roma. Calígula, que estaba convencido de su propia divinidad, ordenó a Petronio dirigir la mitad de su ejército e instalar una imagen de sí mismo en el templo judío en Jerusalén. Petronio tenía la estatua del emperador hecha en Sidón, y preparó a sus tropas mientras pasaban el invierno en Tolemaica. Para los judíos, una estatua del emperador en el templo era una ofensa grave a su religión. Por lo tanto, enviaron numerosas delegaciones durante este tiempo para protestar ante el gobernador en relación con esta ley del emperador. Petronio estaba tan profundamente movido por el razonamiento de sus protestas que escribió a Calígula que no iba a cumplir su orden, y suplicó al emperador que la anulara. Cuando el emperador Calígula recibió la carta del gobernador Petronio, se indignó y ordenó a Petronio suicidarse. Poco después, sin

embargo, Calígula fue asesinado por sus guardias pretorianos. Afortunadamente para Petronio, el barco que transportaba la orden para que se suicidara llegó después del buque que transportaba la noticia del asesinato del emperador. La estatua nunca fue colocada en el templo. Aunque el gobernador Petronio no había sabido que, como tal, estaba practicando lo que luego los reformadores como Juan Calvino, Christopher Goodman, y John Knox denominaron la doctrina de los magistrados menores. Lo llamamos una doctrina porque es una doctrina cristiana primeramente formalizada por los pastores de Magdeburgo, Alemania. La palabra magistrado es un viejo término que se refiere a cualquier en el gobierno civil con autoridad, ya sea elegido o designado. La doctrina de los magistrados menores declara que cuando la autoridad civil superior o más alta hace leyes o decretos injustos/inmorales, la autoridad civil menor o de inferior clasificación tiene el derecho y el deber de negarse a obedecer a esa autoridad superior. Si es necesario, las autoridades menores, incluso, tienen el derecho y la obligación de resistir activamente a la autoridad superior. Por ejemplo, si el Congreso, el Presidente, o el Tribunal Supremo de un país hacen una ley o decreto injusto o inmoral, una legislatura estatal o un gobernador podrían hacer caso omiso de esa ley o decreto injusto y negarse a obedecer o ponerlo en práctica. Esos magistrados menores podrían, de hecho, oponerse activamente a una ley o decreto de esa naturaleza. Incluso un ayuntamiento o alcaldía podrían desafiar apropiadamente una ley injusta o un decreto emitido por una autoridad superior. Una declaración memorable que sirve como resumen de la doctrina de los magistrados menores procede de un magistrado superior. El emperador romano Trajano, al designar a una autoridad subordinada, le entregó una espada y le dio esta instrucción: “Utiliza

esta espada en contra de mis enemigos si doy órdenes justas; pero si doy órdenes injustas, úsala contra mí”. Históricamente, esta doctrina se practicaba antes del tiempo de Cristo y el cristianismo. Pero fueron los hombres cristianos los que la formalizaron e incrustaron en sus instituciones políticas a lo largo de la civilización occidental. Por ejemplo, los nobles que estaban en el campo de Runnymede en Inglaterra para frenar la tiranía del rey Juan en el año 1215 eran hombres cristianos. Estos magistrados menores obligaron al rey tirano a firmar un tratado que reconocía ciertos derechos para con los hombres. La Carta Magna se situó en desafío a la tiranía y la opresión, y dejó claro que el estado tiene limitaciones y que todos están sujetos a la ley, incluso los funcionarios del gobierno. Ese gran documento la Carta Magna - fue el producto de una cultura cristiana. La Carta Magna jugó un papel importante en el proceso histórico que desembocó en el estado de derecho constitucional en el mundo de habla inglesa. Ciertas acciones injustas e inmorales del rey Juan, junto con su tiranía fiscal a través de los impuestos y las tasas, hizo que los nobles, que funcionaban como magistrados menores, desafiaran su autoridad jerárquica. El rey Juan firmó ese documento en el que daba al pueblo de Inglaterra sus más apreciados derechos sólo por las espadas combinadas de los magistrados menores que se reunieron para exigir su firma. Calvino habló de la doctrina de los magistrados menores en su Institución de la Religión Cristiana. Sorprendentemente, no recurrió a la Escritura en apoyo a la misma, sino que recurrió a ejemplos históricos paganos. Sin embargo, otros reformadores dieron el fundamento bíblico de la doctrina. John Knox por ejemplo, en 1558 escribió a los nobles de Escocia en su Apelación más de setenta pasajes de la Escritura para apoyar la doctrina. Knox insistió en que los nobles, como magistrados menores,

eran responsables de proteger a los inocentes y de oponerse a los que hicieran leyes o decretos injustos. La enseñanza de los cristianos sobre el magistrado menor, la soberanía de Dios, el pacto, la naturaleza del hombre, y el gobierno de la iglesia dio forma a los puntos de vista de la civilización occidental que dieron a luz a los gobiernos constitucionales. En lo que se convertirían los Estados Unidos, la doctrina del magistrado menor tuvo un gran impacto en el pensamiento de los fundadores, y sobre el pueblo en relación con el gobierno y la ley. Hoy en día, sin embargo, ni los jueces, ni la gente en Estados Unidos conocen esta doctrina porque los púlpitos, infectados por el pietismo, han estado durante mucho tiempo en silencio con respecto a ella. Si alguna vez las naciones tienen que entender la doctrina del magistrado menor es ahora. Los ataques a la ley de Dios son feroces e implacables. El no nacido es asesinado y la sodomía ha proliferado. Los edictos inmorales e injustos son comunes. El asalto a nuestra libertad y nuestras libertades parece ser una tarea diaria de quienes ocupan los altos cargos. Pero una cosa no ha cambiado; el magistrado menor tiene el deber ante Dios de defender el bien, independientemente de las nuevas definiciones de “Leycreadas por el Estado. Históricamente, la práctica de la iglesia ha sido que cuando el Estado ordena lo que Dios prohíbe o prohíbe lo que Dios manda, los hombres tienen el deber de obedecer a Dios antes que a los hombres. La Biblia enseña claramente este principio. El magistrado menor está para aplicar este principio en su cargo de magistrado. Cuando un decreto injusto es dictado por una autoridad superior, el magistrado menor debe optar por unirse al juez superior en su rebelión contra Dios, o ponerse de pie con Dios en oposición al decreto injusto o inmoral.

La doctrina del magistrado menor se basa claramente en la Escritura y es vista en la historia y se ejerce de forma activa en nuestros días. En un capítulo posterior, vamos a ver cómo los magistrados menores están utilizando su autoridad contra la tiranía central en nuestras naciones hoy en día, así como tratar la necesidad de nuevas medidas por parte de los magistrados menores con el fin de controlar a un gobierno central que ha rechazado sus restricciones constitucionales.

A medida que nuestras naciones siguen hundiéndose en la

rebelión, la inmoralidad y la depravación, la doctrina del magistrado

menor necesita ser explicada, tanto para los propios magistrados como para el pueblo.

6. El papel del pueblo en la defensa de la doctrina de los magistrados menores, por Mathew Trewhella

Protesta es una palabra arcaica que rara vez se utiliza hoy en día. Pero es exactamente lo que se supone que la gente hace con el fin de cumplir con su papel en la lucha contra la tiranía. Protestar significa presentar argumentos fuertes en contra de un acto, medida, o cualquier curso de procedimientos. Webster dice que esto se puede hacer en público o privado. Comenta: “Cuando se dirige a un organismo público, un príncipe o magistrado, podrá ir acompañada de una petición o súplica por la eliminación o prevención de algún mal”.

La protesta del pueblo jugó un papel importante en la historia de

Petronio y Calígula. Cuando Petronio decidió pasar el invierno en Tolemaica antes de marchar sobre Jerusalén en la primavera siguiente,

los judíos aprovecharon la oportunidad para venir a protestar delante de él.

Josefo nos dice que decenas de miles de judíos hombres, mujeres y niños- llegaron a Tolemaica para pedir ante el gobernador Petronio que no erigiera la estatua de Calígula en el templo. Ellos le informaron que primero morirían antes de conformarse a una violación tan flagrante de la ley de Dios. Petronio se enojó con el pueblo (como todos los magistrados menores tienden a hacer, deseando la ausencia de conflicto) y declaró:

Si, efectivamente, yo mismo fuese emperador, y estuviese en libertad de seguir mi propia inclinación, y luego hubiese determinado actuar de este modo, estas, sus palabras, habrían sido justas para mí; pero ahora César ha enviado a mí, y estoy en la necesidad de estar subordinado a sus decretos, porque desobedecerlos traería una destrucción inevitable. Petronio se mantuvo firme y continuó con la intención de obedecer la ley y la orden de Calígula. Sin embargo, los judíos solicitaron más. Terminaron diciendo:

Si debemos someternos a ti, seremos grandemente vituperados por nuestra cobardía, por mostrar a nosotros mismos la transgresión de nuestra ley; e incurriremos también en la gran cólera de Dios quien, siendo en sí mismo juez, es superior a Calígula.

Petronio nuevamente les rechazó, pero él se conmovió tanto por sus motivos y al ver a decenas de miles de judíos protestando delante de él, que él mismo se retiró a la ciudad de Tiberíades para examinar más a fondo lo que debía hacer. Petronio vaciló; no quería tomar medidas para erigir la estatua, ni marchar hacia el templo. A continuación, decenas de miles de judíos siguieron a Petronio a Tiberíades. Ellos protestaron de nuevo la maldad de colocar la

estatua en su templo. Ellos le informaron que no estaban en condiciones de hacer guerra contra Roma, y luego demostraron poderosamente la pasión de su oposición tendiéndose en el suelo, y dejando al descubierto el cuello ante Petronio, la oferta de que los matara allí, diciendo: “Vamos a morir antes de que veamos nuestras leyes transgredidas. Los judíos permanecieron en Tiberíades durante cuarenta días protestando ante Petronio. Los judíos también enviaron una delegación de los hombres principales, incluyendo Aristóbulo, el hermano del rey Agripa, para reunirse con Petronio de forma privada. Señalaron la determinación del pueblo y se le pidió a Petronio escribir a Calígula para rescindir su ley de instalar la estatua. Petronio se tomó el tiempo para pensar sobre estos asuntos después de que los judíos se habían marchado. Más tarde se les llamó de nuevo a Tiberiades. Cuando llegaron, Petronio había reunido dos legiones de soldados 12.000 hombres. Los soldados estaban en un lado, y los judíos se alinearon frente a ellos. Los judíos no sabían si todos iban a morir, como lo habían sostenido al mostrar sus cuellos en suelo en su última visita. Petronio replanteó la ley emitida por Calígula. Luego pasó a informarles que “la orden de Calígula sería, sin demora, ejecutada sobre los que tenían el coraje de desobedecer lo que había mandado, y que sería inmediatamente”. Petronio luego dio un paso entre los soldados y los judíos e hizo su famoso discurso, en el que dio a conocer su acto de interposición en nombre de los judíos como magistrado menor. Concluyó su discurso diciendo:

y que Dios sea su asistente, porque su autoridad está más allá de todo el artificio y el poder de los hombres; y pueda Él procurar la

preservación de sus antiguas leyes, y no sea privado, sin vuestro consentimiento, de sus honores acostumbrados. Pero si Calígula se irrita, y opta a la violencia de su furia sobre mí, yo pondré todo el peligro y la aflicción que puede venir sobre mi cuerpo o mi alma, en vez de ver a tantos de ustedes perecer mientras ustedes están actuando de manera tan excelente. Por lo tanto, cada uno de ustedes, siga su camino sobre sus propias ocupaciones, y vayan al cultivo de la tierra; yo voy a enviar a Roma, y no me negaré a servirles en todas las cosas, tanto por mí como por mis amigos.

El impacto que las personas tuvieron sobre el gobernador Petronio es evidente. Observe que decenas de miles protestaron ante él. Las personas tienen el deber de protestar la ley injusta o inmoral. El papel del pueblo en la aplicación de la doctrina del magistrado menor es de protestar ante el magistrado menor y reunirse detrás de él cuando toma una posición. Los magistrados menores a menudo no actuarán hasta que el pueblo se sume a su causa y los magistrados están seguros de su apoyo. Fue el propio pueblo quien se interpuso en nombre del Pastor Tokes en Rumania. Después de que las personas tomaron acción, muchos magistrados menores se unieron a la revolución, negándose a obedecer las órdenes de Ceausescu. Cuando las personas no entienden la importancia de su papel en ver la doctrina del magistrado menor ejercida, o creen la canción común de que tienen que tener obediencia ilimitada al gobierno civil, los resultados son desastrosos. Un ejemplo de cómo salen las cosas mal cuando las personas no llegan a reunirse detrás del magistrado menor se ve en lo que sucedió con el juez Roy Moore, el Juez Presidente del Tribunal Supremo de Alabama. En agosto de 2001, el juez Moore sostuvo un monumento de los Diez Mandamientos colocado en la rotonda del edificio judicial

del estado. La Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) denunció inmediatamente las acciones del juez Moore diciendo:

Nuestros tribunales deben hacer cumplir la ley secular, no la ley de Dios”. Moore fue atacado por el gobierno federal a través de sus tribunales. Condenaron sus acciones y ordenaron que los Diez Mandamientos fuesen retirados del edificio. La gente no se reunió detrás del juez Moore quien estaba realizando claramente un acto de interposición como magistrado menor. Por el contrario, la mayoría de las personas, por años de dogma estatista inculcado a través del sistema educativo y los medios de comunicación estadounidenses, creyeron que los tribunales tienen la última palabra y tuvieron que simplemente conformarse y adaptarse a lo que los tribunales federales dictan. Se sentaron en silencio, o en realidad, condenaron al juez Moore. Muchos líderes cristianos, inmersos en la falsa enseñanza de que los cristianos siempre deben obedecer al gobierno, abandonaron a Moore y hablaron contra él. Al final, los propios jueces compañeros de la Corte Suprema de Alabama se volvieron contra Moore, al igual que un sinnúmero de otros magistrados inferiores. Se le ordenó pagar cientos de miles de dólares a los abogados ateos y fue removido de su cargo. El presidente de EE.UU. en el momento, George W. Bush, honró vergonzosamente al mayor antagonista de Moore, el fiscal general de Alabama, Bill Pryor, con una judicatura federal. El juez Moore fue derrotado en su esfuerzo para apuntalar la Ley de Dios como fundamento de la ley en el estado de Alabama (y toda la civilización occidental) porque la gente falló rotundamente en reunirse detrás de un magistrado menor valiente. Es importante tener en cuenta que el magistrado menor no necesita la mayoría de la gente para apoyarlo antes de que pueda actuar. Algunas de las acciones más importantes y necesarias a través de la historia fueron hechas sin una mayoría. De hecho, la naturaleza

humana es tal que la mayoría por lo general sólo tiene un interés en su propio bienestar y los medios de vida. En verdad, el magistrado menor no necesita ningún apoyo de las personas con el fin de actuar. Él puede y debe actuar cuando está justificado porque él tiene el derecho y el deber ante los ojos de Dios de hacerlo. Sin embargo, la gente debe (y tiene que) por su acción o inacción- jugar un papel de gran importancia cuando se trata de la eficacia de la interposición de los magistrados menores contra la tiranía.

7. ¿Podemos legislar la moralidad?, por Rousas Rushdoony

A menudo se dice que no podemos legislar la moralidad. Se nos dice que es fútil y hasta erróneo promulgar ciertos tipos de leyes porque es tratar de hacer que las personas sean morales por ley, y esto, insisten, es imposible. Cuando varios grupos tratan de implementar reformas, se encuentran con aquello de que «uno no puede legislar la moralidad». Tenemos que reconocer que hay algo de verdad en tal declaración. Si se pudiera lograr que las personas fueran morales por ley, bastaría con que la junta de supervisores o el Congreso decretaran que todos los individuos fueran morales. Eso sería salvación por la ley. Los hombres y las naciones a menudo han recurrido a la salvación por la ley. Pero solo ha resultado en mayores problemas y caos social. Podemos entonces estar de acuerdo en que las personas no pueden salvarse por la ley, pero una cosa es tratar de salvar las personas por la ley y otra es que haya una legislación moral, o sea, leyes sobre la moralidad. Decir «No se puede legislar la moralidad» es una media verdad y hasta una mentira, porque toda legislación tiene que ver con la moralidad. Cualquier ley en los libros de regulaciones de cualquier gobierno civil es un ejemplo de moralidad decretada o es instrumental para la misma. Nuestras leyes son leyes morales que representan un sistema de moralidad. Las leyes contra el homicidio involuntario y el asesinato son leyes morales, un eco del mandamiento «No matarás». Las leyes contra apoderarnos de lo ajeno son mandamientos contra el robo. Las leyes sobre la difamación y el libelo, contra el perjurio, establecen el mandato de «No dirás contra tu prójimo falso testimonio». Las leyes del tráfico son también leyes morales; sus propósitos son proteger vidas y propiedades; una vez más reflejan los Diez Mandamientos. Las leyes concernientes a la

actuación de la policía y los tribunales tienen también un propósito moral: proteger la ley y el orden. Cada ley en los libros de leyes tiene que ver con la moralidad o con los procedimientos para la aplicación de la ley, y toda ley tiene que ver con la moralidad. Podemos no estar de acuerdo con la moralidad de una ley, pero no podemos negar el propósito moral de la misma. La ley tiene que ver con lo correcto y lo incorrecto; castiga y restringe el mal y protege el bien, y eso es moralidad. Es imposible tener ley sin tener una moralidad que la respalde, pues toda ley no es sino moralidad decretada. Pero hay diferentes tipos de moralidades. La moralidad bíblica es una cosa, y la moralidad budista, hindú y musulmana son sistemas morales radicalmente diferentes. Algunas leyes morales prohíben comer carne porque lo consideran pecado, por ejemplo, el hinduismo; y otras declaran que matar infieles puede ser una virtud, como en la moralidad musulmana. Para la moralidad de Platón, ciertos actos de perversión eran formas nobles de amar, mientras que la Biblia considera que quienes los practican merecen la pena de muerte. La cuestión es esta: toda ley es moralidad decretada y presupone un sistema moral, una ley moral, y toda moralidad presupone una religión como fundamento. La ley descansa sobre la moralidad, y la moralidad sobre la religión. En cualquier momento o lugar en que se debiliten los cimientos religiosos de un país o pueblo, se debilitará también la moralidad, y se socavarán los cimientos de sus leyes. El resultado es un colapso progresivo de la ley y el orden, y la descomposición de la sociedad. Esto es lo que estamos experimentando hoy. La ley y el orden se están deteriorando porque los cimientos religiosos, los tribunales y el pueblo están rechazando los cimientos bíblicos. Nuestro sistema de leyes ha descansado en cimientos de leyes bíblicas, en la moralidad bíblica, y ahora estamos cambiando los cimientos bíblicos por

cimientos humanistas. Desde los tiempos coloniales hasta la fecha, la ley norteamericana ha defendido la fe y la moralidad bíblica. Como han sido bíblicas, nuestras leyes no han tratado de salvar a las personas por medio de la ley, sino de establecer y mantener ese sistema de ley y orden que es el que mejor conduce a una sociedad piadosa. Hoy en día nuestros decretos, tribunales y legisladores cada vez más humanistas, nos están dando una nueva moralidad. Nos dicen, a medida que cancelan leyes que se apoyan en cimientos bíblicos, que la moralidad no se puede legislar, pero lo que ofrecen no solo legisla moralidad sino salvación por la ley, y ningún cristiano puede aceptarlo. A dondequiera que miremos, ya sea con respecto a pobreza, educación, derechos civiles, derechos humanos, paz y todo lo demás, vemos leyes promulgadas para salvar al hombre. Creen que estas leyes van a conducir a una sociedad libre de prejuicios, ignorancia, enfermedades, pobreza, crímenes, guerras y todo lo demás que consideramos malo. Estos programas legislativos equivalen a una cosa: salvación por la ley. Esto nos lleva a una diferencia determinante entre la ley bíblica y la ley humanista. Las leyes que se apoyan en la Biblia no tratan de salvar al hombre ni de iniciar un nuevo mundo audaz, una gran sociedad, paz mundial, un mundo libre de pobreza, ni ningún otro ideal. El propósito de la ley bíblica, y de todas las leyes cimentadas en una fe bíblica, es castigar y frenar el mal, proteger la vida y la propiedad y que haya justicia para todos. El propósito del estado y la ley no es cambiar al hombre. Esa es una cuestión espiritual y le corresponde a la religión. El hombre solo puede cambiar por la gracia de Dios a través del ministerio de la Biblia. Al hombre no se le puede cambiar con leyes del gobierno; no se puede decretar que su carácter cambie. La perversa voluntad o corazón de un hombre se puede restringir con leyes porque este teme las consecuencias de la

desobediencia. Todos aminoramos la velocidad cuando vemos una patrulla de carretera, y siempre tenemos presente los límites de velocidad. El hecho de la existencia de la ley y la aplicación estricta de la misma frenan las inclinaciones pecaminosas. Pero si bien se puede frenar al hombre con una ley y un orden estricto, no se le puede cambiar con una ley; no se le puede salvar con una ley. El hombre solo puede salvarse por la gracia de Dios a través de Jesucristo. La ley humanista tiene un propósito diferente. Aspira a salvar al hombre y recomponer la sociedad. Para el humanismo, la salvación es por la acción del estado. Es el gobierno civil el que regenera al hombre y la sociedad y coloca al hombre en un paraíso terrenal. Por eso, para el humanismo la acción social lo es todo. El hombre debe establecer leyes correctas, porque su salvación depende de eso. Cualquiera que se oponga al humanista en su plan de salvación por ley, de salvación por acción del gobierno civil, es por definición un hombre malo que conspira contra el bien de la sociedad. Hoy la mayoría de los hombres en el poder son intensamente morales y religiosos, muy interesados en salvar al hombre mediante la ley. Desde una perspectiva bíblica, desde una perspectiva cristiana, su programa es inmoral e impío, pero desde su perspectiva humanista, no solo son hombres de gran dedicación sino de una seria fe y moralidad humanista. Como resultado, hoy nuestro problema básico es que tenemos dos religiones en conflicto, el humanismo y el cristianismo, cada una con su propia moralidad y las leyes de esa moralidad. Cuando el humanista nos dice que «no podemos legislar la moralidad», lo que quiere decir es que no debemos legislar una moralidad bíblica, porque quiere legislar una moralidad humanista. La Biblia está religiosamente prohibida en las escuelas, porque estas tienen otra religión: el humanismo. Los tribunales no reconocen el cristianismo como el cimiento del derecho común en la vida norteamericana y el gobierno

civil porque ya han establecido el humanismo como el cimiento de la vida en el país. Porque el humanismo es una religión, aunque no cree en Dios. No es necesario que una religión crea en Dios para ser una religión. Es más, la mayoría de las religiones del mundo son esencialmente humanistas y antiteístas. Los nuevos Estados Unidos de América que están tomando forma en derredor nuestro son bien religiosos, pero su religión es el humanismo, no el cristianismo. Son una nación con intenciones

morales, pero su ética es la nueva moralidad, que para el cristiano no es más que la vieja inmoralidad. Este Estados Unidos nuevo, revolucionario humanista, tiene también una mentalidad misionera. El humanismo cree en la salvación por las obras de la ley; como resultado estamos tratando como nación de salvar al mundo con leyes. Con vastas concesiones de dinero y trabajando con ahínco estamos tratando de salvar a todas las naciones y razas, a toda la Humanidad de todo problema, en la esperanza de crear un paraíso en la tierra. Estamos tratando de traer paz a la tierra y buena voluntad entre los hombres por intervención del estado y las leyes, no por Jesucristo. Pero San Pablo escribió en Gálatas 2:16: «Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por

la

fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de

la

ley nadie será justificado». La ley es buena, correcta e importante en su debido lugar, pero

no puede salvar al hombre ni rehacer al hombre ni a la sociedad. La función básica de la ley es refrenar (Romanos 13:1-4), no regenerar,

y cuando se hace que la función de la ley deje de ser refrenar la maldad

y pase a ser regenerar y reformar al hombre y la sociedad, la ley

empieza a quebrantarse, debido a la increíble carga que se le echa

encima. Hoy, porque se espera demasiado de la ley, cada vez obtenemos menos resultados de la ley porque se le ha dado un uso

indebido. Solo cuando volvemos a tener la Biblia como cimiento de la ley volvemos a ver justicia y orden bajo la ley. «Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican» (Salmo 127:1).

8. La política y la educación, por Rousas Rushdoony

A principios de 1967, durante una manifestación de los

estudiantes de Berkeley contra la posibilidad de que hubiera que pagar por la matrícula, algunos estudiantes acuñaron una excelente frase:

Dejen la política fuera de la educación. Ya es hora de que demos una seria consideración a este principio. Tenemos que mantener la política

fuera de la educación. El estado no tiene más derecho a manejar las escuelas que a manejar las iglesias, ni tiene más base para financiar la educación que para financiar las iglesias. Lo que se necesita con urgencia es la desnacionalización de las escuelas, la separación de la escuela y el estado.

La Educación no es una función del estado, es una función de

los educadores. Un abogado, un barbero, un clérigo, un geólogo petrolero o un ganadero operan sin los beneficios de subsidio de

ninguna rama del gobierno. Sobreviven porque, primero, se necesitan sus servicios, y segundo, porque sus servicios son mejores que los de sus competidores. Los subsidios destruyen la calidad al no permitir que se pague el precio de haber fallado, ni que por sus errores un negocio cierre sus puertas. Como el subsidio permite que los fallos continúen, mantiene viva la incompetencia y la coloca por lo menos al nivel de la competencia.

Sí, la Educación es necesaria en la sociedad, pero las iglesias

son también muy necesarias, y lo mismo los médicos, los abogados, los mecánicos y la mayoría de las profesiones y negocios. ¿El que sean necesarios los hace merecedores de subsidio? Un subsidio es una forma de nacionalización; también es una manera de capturar. Cada vez que un gobierno financia algún tipo de actividad, tiene un derecho legal y moral de controlar esa actividad. Si el estado financia las iglesias, tiene el derecho de controlarlas. Si financia las escuelas,

los institutos y las universidades, tiene el derecho y el deber de controlarlos. Sin embargo, algunos dirán que no todo el mundo puede costearse los estudios. La respuesta es que antes que el estado comenzara a subvencionar la educación en los Estados Unidos, todos

los niños norteamericanos recibían educación. Los hijos de los pobres

y de los inmigrantes estudiaban con las sociedades misioneras

educativas. Además, es un error pensar que no pagamos por nuestros estudios cuando el estado los subvenciona. No solo pagamos, sino que pagamos más. Hace poco se construyeron dos escuelas en una comunidad para el mismo número de chicos, pero la escuela cristiana costaba la mitad de lo que costaba la escuela pública y daba una educación mejor. Se debe añadir que la carga de impuestos para la educación que pagaba el pobre es mucho más pesada que cualquier cuota en una escuela cristiana; el pobre paga ese impuesto directa o indirectamente cada vez que da una vuelta. La educación que mantiene el estado es una educación

totalitaria. La esencia del totalitarismo es simplemente esta: que dice que el estado tiene todas las respuestas en la vida, y que casi todas las esferas de la actividad humana deben estar reguladas por el estado. El totalitario cree que la educación, la economía, el comercio, la familia,

el bienestar infantil, el bienestar de los ancianos, la medicina, la

ciencia y todo lo demás necesita el control y la mano orientadora del estado. Hay diferentes tipos de totalitarismo marxista, democrático, fascista, fabiano y otros por el estilo, pero sus diferencias no son

básicas, aunque sí sus similitudes. Algo común a todas las formas de

totalitarismo es el concepto del control estatal de la educación. Desde

el anteproyecto de Platón de un estado comunista al presente, la

planificación totalitaria ha contado mucho con el control de la

educación.

El liberalismo cristiano se opone a la política en la educación. Tampoco está a favor de la iglesia en la educación. La escuela es una agencia tan libre ante Dios como la iglesia y el estado. Ni la iglesia ni el estado tienen derecho a controlar al otro, ni a la familia, la economía, la agricultura, el arte ni ninguna otra esfera de la actividad humana. Ninguna institución tiene el derecho de ser el dios y guardián de las demás instituciones de la sociedad. El que una institución afirme tener este derecho es totalitarismo. La familia no pertenece a la iglesia ni al estado; cada una responde a Dios por aparte. De igual manera, la escuela tiene derecho a una existencia libre y separada. Es un campo independiente, con una función marcadamente distinta de las de la iglesia y el estado. La función de la escuela y el maestro es enseñar, educar. Si el estado o la iglesia controlan la escuela, esta tiene que cumplir con los propósitos del estado o la iglesia. La propaganda empieza a regir a la educación. En vez de realizar la función de la escuela o universidad, el maestro cumple con los propósitos del estado o la iglesia que ejercen el control. Además, la calidad de la escuela sufre, porque la escuela entonces subsiste gracias a otra institución, no porque esté haciendo un buen trabajo. Una escuela que de verdad tiene éxito es aquella cuyos propósitos y enseñanzas satisfacen tanto a cierto grupo de personas que voluntariamente la sostienen, pagan sus matrículas y sienten que su existencia es tan importante que hay que promoverla. Bajo el sistema de escuelas libres sin subsidioalgunas escuelas enseñarán conforme a la fe cristiana, otras conforme al humanismo, pero todas dependerán de sus méritos y del respaldo popular para seguir adelante. Así es como subsisten las iglesias y no nos quedamos sin ellas. Así subsisten los negocios: satisfaciendo las demandas del público con un producto superior que de veras se vende.

La educación que no es estatal es el movimiento social de mayor crecimiento en los Estados Unidos. Cada año se establecen más escuelas cristianas y privadas, y muchas tienen una larga lista de espera. Estas escuelas no representan solo a las clases más pudientes. Algunas de las mejores escuelas que he visitado están en pueblos pequeños, y la mayoría de los niños son de familias obreras, casi todas de ingresos modestos. Estas escuelas las están estableciendo porque los padres están demandando una educación que satisfaga sus requisitos, no los del estado. Hoy entre el 25 y el 30 por ciento de los niños de todos los grados no están en escuelas públicas, sino en escuelas privadas, parroquiales y cristianas. El 10 por ciento de todos los estudiantes de bachillerato están en escuelas que no son estatales. El porcentaje aumenta rápidamente. Esta es la más importante revolución social de nuestros días, pero los periódicos apenas la mencionan. Desde 1950, el ámbito de la educación ha visto un gran alejamiento de las escuelas estatistas en las escuelas primarias y superiores, pero pocos están conscientes de esa realidad revolucionaria. Al ritmo de crecimiento presente, a finales de siglo la escuela pública habrá desaparecido y las escuelas independientes habrán tomado su lugar. La consigna Mantengamos la política fuera de las escuelas es buena y necesaria. La educación necesita libertad para sobrevivir. Por demasiado tiempo el mundo académico ha sido refugio para los inadaptados que se desarrollan en un mundo subsidiado. Hoy en día el profesor promedio no es un erudito. Está dispuesto a estudiar más si es necesario para que lo asciendan. Cuando ya está fijo como profesor, no le interesa seguir estudiando, porque su mundo su mundo es más un refugio para no aprender que un lugar para aprender. Pocos profesores están bien capacitados; no tienen suficiente interés en la enseñanza ni en la erudición para esforzarse en progresar. Karl Jaspers, un filósofo existencialista y profesor universitario, ha

reconocido que la universidad moderna básicamente es anti- intelectual y hostil a la excelencia. Debido a que es el refugio de hombres mediocres, dice Jaspers, «Los excelentes son excluidos instintivamente por miedo a la competencia». En las ciencias, aunque todos los años se invierten millones en las escuelas de postgrado y centros de investigación de nuestras universidades, los resultados son bien pobres. Los principales avances en las investigaciones provienen de laboratorios privados, de hombres cuya producción debe ajustarse al mercado. Las ciencias no progresan más cuando las subsidian, sino cuando tienen la necesidad de competir para obtener ganancias. La educación subsidiada es productiva, no con respecto a las necesidades del mundo en general, sino con relación a las demandas de los políticos. La escuela se enfoca en las necesidades del estado, no en las del mundo trabajador. El resultado es una creciente incompetencia en la educación pública. Mientras más se desarrolla según los propósitos que dicta el estado, más incompetente se vuelve. Cuando la política se impone en la educación, la política es la ganadora y la educación es la perdedora. La educación ha declinado porque el control de la política sobre ella ha aumentado. La decadencia es real, porque las escuelas están orientadas hacia la política y no hacia la educación, y el problema aumentará con más rapidez en los próximos años. Las escuelas independientes están ganando terreno con celeridad porque ofrecen una educación superior. En vez de mejorar la calidad de la educación que ofrecen, algunos educadores estatales han expresado la opinión de que el estado debe prohibir o intervenir las escuelas independientes. Esta es la respuesta totalitaria a los problemas: prohíbase la competencia. En 1925, en el Caso Oregón, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos determinó: «La teoría fundamental de la libertad en la cual descansan todos los gobiernos en

la Unión excluye cualquier autoridad del estado para estandarizar a los muchachos forzándolos a recibir instrucción solo de maestros públicos». En otras palabras, una educación independiente es vital para la libertad norteamericana. Pero John L. Childs, profesor emérito de la Escuela Normal de Columbia, cuestionó esta decisión declarando: «A menos que las prácticas educacionales de la iglesia que se suponen aprobadas por esa histórica decisión del Tribunal Supremo se examinen y revisen, el futuro de la escuela ordinaria no promete mucho». Contra esta actitud debemos insistir con firmeza:

saquemos la política de la educación; apoyemos la separación del Estado y la escuela.

9. El socialismo como guerra social permanente, por Rousas Rushdoony

El socialismo y el comunismo suponen que su sistema representa el verdadero orden de las épocas y la solución a los problemas del hombre. Esta suposición asume que los problemas del hombre no son espirituales, sino materiales; no el pecado sino el ambiente. Cambiémosle el ambiente y lo estaremos rehaciendo. La solución a los problemas del hombre no es la regeneración espiritual que produce Jesucristo, sino la reorganización de la sociedad en un estado socialista científico. Algo esencial en la teoría del socialismo científico es su concepto de la infalibilidad. Todo sistema ideológico tiene un concepto de infalibilidad, pero pocos se dignan reconocerlo. Una suprema, definitiva e inerrante autoridad se inserta en el sistema como árbitro fundamental y seguro de la verdad o realidad. El Estado socialista científico ve el socialismo científico como la infalible verdad de la historia; su aplicación asegura un perfecto orden social. Si algo falla en un estado socialista científico, no es culpa del socialismo científico, que por definición es infalible y verdadero, sino de las personas hostiles, remanentes de la clase capitalista o miembros traicioneros del partido. Como el estado socialista científico no se puede acusar a sí mismo, debe librar una guerra civil contra alguna parte de sí mismo. Así que, primero, la reacción socialista a cualquier problema es la guerra civil. Cualquiera tiene la culpa, menos el socialismo. Los ejemplos son muchos. La Unión Soviética enfrentó una situación de continuas purgas. Las purgas de la década de 1930 fueron más dramáticas que las de rutina. Cada crisis en la Unión Soviética demandó un chivo expiatorio, y se libró una guerra contra algunos segmentos del partido, la burocracia o las masas.

En la China comunista, según un informe del viernes 24 de marzo de 1967, se desató una gran epidemia, y muchas enfermedades contagiosas se difundieron por todo el país. La reacción del régimen comunista a una crisis ya de por sí seria fue amenazar a los médicos de China con una purga. Los médicos tenían la culpa, declaró Radio Shanghai, «porque habían ignorado las políticas sanitarias de Mao». Las consecuencias de esa política, la purga de doctores en un país con una seria escasez de médicos, agravó la ya precaria situación, pero cualquier cosa era preferible a reconocer que el socialismo podía cometer errores y ser una teoría errónea. En los Estados Unidos, la inflación se debe a que el gobierno federal se ha apartado de las normas de moneda sólida, de oro a papel,

y también a su endeudamiento o el financiamiento del déficit. En

esencia, el gobierno federal tiene la culpa de la inflación. Pero los funcionarios federales culpan al sector privado (pues la fuerza laboral

crea inflación al demandar salarios más altos, y los negocios son inflacionarios porque ponen precios más altos a los productos) y amenazan con imponer regulaciones de precios y salarios. Las

demandas del capital y la fuerza laboral son, claro, los resultados de

la inflación y las medidas para protegerse contra esta, pero la política

del socialismo en las crisis es achacarle toda la culpa al pueblo y toda

la sabiduría al estado.

En estos y otros casos, la respuesta sigue siendo la misma: el estado socialista está en guerra con el pueblo. Cada vez que el estado socialista científico comete un error, el pueblo sufre. El segundo aspecto de este estado de guerra socialista es que es una guerra civil perpetua debido a los constantes fracasos. El socialismo no puede resolver ningún problema que enfrente en la esfera económica. Como sus premisas son falsas y totalmente erróneas, sus conclusiones siempre están equivocadas. Pero, como el socialismo es por definición la respuesta científica a los problemas de

la sociedad, no se puede echar la culpa a sí mismo. Por lo tanto, libra una constante guerra civil como respuesta a un fracaso perpetuo. Tercero, la consecuencia de este estado de guerra civil perpetuo es una crisis que se profundiza cada vez más. La propaganda trata de disfrazarlo. Siempre se nos dijo que la Unión Soviética estaba progresando económica e industrialmente y que la dictadura se estaba suavizando, pero la realidad es que iba de una crisis a la otra con una creciente escasez de alimentos como tributo a la incompetencia. Los otros socialismos del mundo tienen problemas similares. El pequeño estado socialista fabiano de Gran Bretaña se hunde cada vez más en las consecuencias económicas de sus políticas, y otros estados fabianos enfrentan una creciente crisis monetaria y económica. El socialismo nunca es la vía de escape del socialismo, y más bien garantiza un callejón económico sin salida. Cuarto, este estado perpetuo de guerra civil puede y va a terminar en la muerte del estado, y quizá también de la civilización. Es destructor de los recursos públicos y privados del estado; el estado socialista puede a veces construir monumentos y edificios, pero no puede perpetuar la vida del orden social; solo puede matar el orden del cual se apodera o hereda. A menudo se ha visto que cuando una civilización está moribunda comienza a construir monumentos. Antes de ese momento, se preocupa más por vivir que por demostrar. Por tanto, no podemos malinterpretar la predisposición del socialismo a las construcciones monumentales como una señal de vida. Es una construcción de mausoleos. Quinto, la guerra civil perpetua se libra en ciertas formas de violencia perpetua o represión, y como resultado, el empleo del terror no solo es aceptado sino que a veces lo justifican y exaltan. Se defiende el terror y se tiene como necesario para acabar con los enemigos del pueblo y para evitar la destrucción del estado. Jean-Paul Sartre, en su Crítica de la razón dialéctica, habla del terror como «los

vínculos mismos de la fraternidad». El terror lo convierten en un principio moral y una inevitable necesidad de la historia. Por eso, el «terror total» se practica como una inevitable necesidad del socialismo científico. Una increíble brutalidad, barbarie, salvajismo y degeneración se convierten en productos del socialismo científico. Luego entonces, la guerra civil perpetua que el estado socialista científico libra contra su pueblo es también una forma de guerra total. Es más radical que la guerra total porque una guerra total normal es por un período determinado de hostilidades, mientas que la guerra civil socialista y su guerra total terrorista nunca acaban. Es una perpetua amenaza contra el pueblo, y en diferente medida se practica continuamente. Mientras más se acerque el estado a un socialismo total, más se acercará al terror total y a la guerra civil total. Es este aspecto del estado de guerra total perpetua lo que ha hecho que socialistas como George Orwell, autor de 1984, se aparten horrorizados del socialismo sin creer de veras en otra cosa. Lo de estos no es conversión, sino aversión al terror. Tal situación, por supuesto, despoja a los ciudadanos del deseo de trabajar y el deseo de vivir. La esperanza de escapar o de que termine el régimen socialista se irá desvaneciendo poco a poco, y se producirá la mayor disminución de la producción agrícola e industrial. Este descenso de la productividad crea una gran crisis, y los líderes socialistas deben darle al pueblo alguna razón para creer que hay esperanza de un cambio, una disminución del terror y la opresión socialista. Después de todo, una vaca no va a dar leche si no la alimentan, y las masas, como ganado humano, recibirán suficiente forraje para volver a ser productivos. Los sufrimientos anteriores se achacarán a malos subalternos, y a malos administradores. Stalin, por ejemplo, culpó a funcionarios menores demasiado ansiosos de alcanzar un socialismo perfecto de la noche a la mañana. Al hablar de la colectivización forzosa de las granjas en una declaración en Pravda

del 3 de abril de 1930, Stalin señala que era una medida «voluntaria», pero que, tristemente, algunos funcionarios estaban empleando amenazas y presiones. Fue después de esta declaración que millones murieron de hambre por resistirse a la colectivización, pero Stalin había negado de antemano toda responsabilidad y había alentado a los que fueran hostiles a que se pronunciaran. Kruschev también dio promesas de reblandecimiento, pero luego lanzó una sanguinaria campaña de terror en Hungría y contra los cristianos. El propósito de esos breves deshielos y respiros es estratégico:

sirven para dar a la población la esperanza de un cambio. Esto entonces es solo un sexto aspecto de la guerra civil del socialismo contra su pueblo. El deshielo produce una desviación de la política socialista solo con el propósito de reforzar dicha política. Esto nos lleva sin duda a un séptimo aspecto de la guerra civil perpetua del socialismo: la verdad es siempre la víctima principal. Como no hay verdad separada del estado socialista científico, cualquier artificio, cualquier mentira, cualquier estrategia que promueva el experimento socialista es válida. La mentira se dice para engañar a las masas y al enemigo; los pronunciamientos no tienen como propósito expresar la verdad, sino servir a la dictadura del proletariado como un arma de guerra. Por eso la semántica es de gran interés para el socialismo. Hay que emplear el lenguaje; es un arma formidable. Ciertas palabras tienen un enorme significado para muchos hombres, y una manera de utilizar la mente de los hombres contra sí mismos es usar mal las palabras que tienen un significado especial para ellos. Esperar que el lenguaje tenga el mismo significado para un socialista que para un cristiano es iluso. Para el socialista, el lenguaje es un instrumento; es una herramienta de la revolución. En vez de ser un medio para comunicar una verdad objetiva, el lenguaje es para ellos un instrumento de poder. Para el estado socialista, el

descuidar el uso del lenguaje como instrumento de poder es ser culpable de albergar sentimientos e ilusiones burgueses. Luego entonces, la guerra civil perpetua es el curso de acción que requiere el Estado socialista científico para mantener su apariencia de infalibilidad. Esta perpetua guerra civil es consecuencia de su alejamiento de Dios y su socialismo. Es un rumbo suicida, rumbo que nuestro Señor describió desde la antigüedad cuando declaró: «El que peca contra mí, defrauda su alma; todos los que me aborrecen aman la muerte» (Proverbios 8:36).

10. El conflicto con la naturaleza y la Ley, por Guillermo Groen van Prinsterer

Nota del Recopilador: Cuando van Prinsterer habla de la “doctrina de la libertad”, se refiere a la idea de la libertad autónoma, a la posibilidad de que el ser humano actúe sin límites y destruya toda noción de autoridad divina, bien sea que se refleje sobre la familia, la iglesia o el gobierno civil. Esto solo conducirá a la anarquía. No debe confundirse con la idea de la libertad como valor, que es la posibilidad de actuar en el marco de la ley, es decir, de poder hacer aquello que se quiere siempre que no atente contra la vida, la propiedad y las libertades de los demás.

La teoría de la Revolución, una vez que ha sido aceptada por todos, cobra un inmenso poder. Sin embargo, no es todopoderosa. Al entrar en conflicto con la naturaleza y la historia se enfrenta con dificultades cada vez más difíciles de remontar o, simplemente, insuperables. El renunciar a la verdad inmutable no transforma la verdad en falsedad. Negar a Dios no significa destruirlo; así como el negar la depravación de la humanidad no significa lograr la perfección humana. Uno puede denunciar como error y prejuicio el surgimiento histórico de los estados y el crecimiento orgánico de las sociedades, el origen sagrado de la ley y de la autoridad, la supremacía de Dios sobre los gobiernos terrenales, la necesaria relación entre la iglesia y el estado. Sin embargo, estos continúan siendo los pilares fundamentales de la ley constitucional universal. De manera que la doctrina de la revolución siempre permanecerá opuesta a la conciencia del hombre y a las necesidades reales del hombre, en oposición a la realidad de las formas de gobierno existentes y de las libertades y de los derechos adquiridos.

¿Cuál es el resultado? Se produce una reacción que se manifiesta en contra de la Revolución, que modifica su progreso natural y desvía su curso. El curso de una corriente no sólo depende de la fuerza del agua que fluye, sino también de las montañas y las rocas que producen las curvas y recodos. Así como para tener mayor conocimiento de las plantas y de los animales es necesario conocer el terreno y la atmósfera; así también, si queremos conocer la historia natural de la doctrina de la incredulidad, tenemos que observarla en el contexto de la atmósfera de la realidad, que no puede sino modificarla. En consecuencia, para poder predecir la acción histórica de la doctrina de la Revolución a partir de su germen teórico, debemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿cómo se comportará la incredulidad al confrontarse con la verdad y con la ley? Pero antes una palabra acerca de la religión, para luego referirme en extenso a la política. ¿Cuál será el resultado de la supremacía de la razón, no en sentido lógico ni abstracto, sino en relación a la disposición humana? Una vez que desaparece la fe en el Dios viviente, lo natural es que de inmediato prevalezca la incredulidad sobre los restos inertes de la doctrina tan cuidadosamente preservada en los tratados teológicos. A pesar de los esfuerzos de quienes se gozan en rescatar la mitad de la verdad, ésta será total y exitosamente exterminada: ¡No más misterios, no más Cristo, no más Biblia, no más Revelación, no más Dios! Bajo el rótulo común del “pietismo” se despreciará de igual modo al cristianismo, al judaísmo y al deísmo (tal como se ha hecho ahora últimamente en Alemania). Pero el corazón humano no se puede conformar con esto. Sin embargo, dada su renuencia e incapacidad de volverse a Dios, el corazón humano está destinado a hundirse aún más y más en el abismo, lo cual se da en dos formas distintas. En primer lugar, tratará de librarse de toda noción relacionada con lo divino. El hombre, cansado de la interminable batalla de las

opiniones y los sistemas y convencido, un tanto por los argumentos del escepticismo y otro tanto por los sofismas de la irreligión, ya no busca la verdad. Igualmente insensible a la verdad y al error, se entrega a los intereses temporales y a los placeres sensuales, tolerándolo todo, en tanto no interfiera en la prosecución de los bienes y la paz terrenales. La época del entusiasmo por la incredulidad ya pasó. No me sería posible terminar si quisiera presentar todos los pasajes chocantes del Essai sur l’indifférence en matière de religion de Lamennais, en los cuales describe con tanta elocuencia la enfermedad de la época, la anestesia del sentido de religión y verdad. Por eso pudo escribir con propiedad en la primera página: “La época más decadente no es la época apasionadamente interesada en el error, sino la época que olvida y desdeña la verdad. Aún hay fuerza, y por lo tanto esperanza, hay movimiento; pero, ¿qué puede esperar uno cuando se ha extinguido todo vestigio de movimiento, cuando el pulso ha cesado de latir, cuando el corazón se ha detenido por enfriamiento? ¿Qué puede esperar uno, sino una inminente e inevitable disolución?”. Una segunda reacción apunta a la superstición y a la idolatría. “Hagamos dioses que vayan delante de nosotros”. La gente dice lo mismo que Voltaire: “Si Dios no existiera, uno tendría que inventarlo”. Pero, ¿cómo sería esa deidad inventada, ese ídolo no hecho de madera ni de piedra, sino a partir de la vana imaginación, del intelecto corto de vista, del corazón corrupto y de las emociones lujuriosas? Lichtenberg, un astuto estudiante de filosofía de fines del siglo pasado, afirmó que “el mundo alcanzará tal nivel de sofisticación que creer en Dios será tan ridículo como creer en los fantasmas”, agregando en forma muy cáustica: “Vendrá el día en que sólo creeremos en los fantasmas”. De hecho, en la actualidad, los hombres en filosofía han llegado así de lejos. Una vez que han negado al Dios de la Revelación, se inclinan ante los fantasmas de la mente filosófica, ante innumerables quimeras: ante el misticismo, donde buscan refugio

luego del naufragio de su fe; ante el panteísmo, al que Bautain llama “la verdadera herejía del siglo XIX”; ante la arrogante filosofía de Hegel, según la cual la deidad es el producto final y la máxima autoperfección del espíritu autoconformado del mundo. Tal sabiduría monstruosa será siempre el producto de la ingenuidad humana cuando

se rehúsa a reconocer al Dios que se ha dado a conocer en su doble

revelación, en el ámbito de la naturaleza y en el ámbito de la gracia. Por eso las palabras del apóstol son doblemente pertinentes: “Pues

habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios se hicieron necios,

y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de

imagen…” —hoy día esta imagen no está hecha con las manos, sino que está formada por la corrupta razón, de modo que en la creación de esta imagen ellos se adoraban a sí mismos “antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos”. Tal es el resultado final de la teoría de la incredulidad en cuanto

a la religión: la práctica de la religión, al ser contradicha por el corazón, se disipa en el completo olvido de Dios o en las representaciones más absurdas de la Deidad. ¿Es que ya no hay salvación para este hombre que se ha alejado de Dios? Sólo si a Dios

le place iluminar con una gran luz a los hombres que caminan en la

obscuridad. Esto es imposible para los hombres, pero todo es posible para Dios. Durante el resto de este tiempo quiero referirme a la política.

¿Cuáles son los resultados de la teoría de la libertad y la igualdad cuando los hombres tratan de ponerla en práctica? Me gustaría

demostrarles, aparte de la historia presente, y con sólo examinar cómo

se desarrolla la teoría y cómo levanta sus objeciones, que su carrera

consistirá inevitablemente en una secuencia regular de períodos o fases, siempre con el mismo carácter revolucionario, y en una batalla

constante de su principio fundamental en contra de los decretos inmutables de Dios.

1. Debe haber un periodo de preparación

Debe haber un período de preparación, durante el cual la teoría de la Revolución gane terreno y se establezca en las mentes de los hombres como un fait accompli. No pasará mucho tiempo antes de que se asiente la idea de que todo estado emana de la asociación de los hombres libres e iguales, siendo el gobierno su mandatario y la ley la única expresión de su voluntad soberana. Los hombres asumen estas falacias anárquicas con un respeto sin límites y las consideran principios eternos. Esta confesión debe ser vivida. Esta carta de la Humanidad, grabada en las almas de los hombres por el propio dedo de la naturaleza, debe ser una Charte-vérité en la formación y la organización de todo estado.

2. La segunda fase: el desarrollo

Luego viene una segunda fase, un tiempo de desarrollo. La teoría, el señor de los corazones, luego de enseñorearse derivará en la práctica. ¿Tendrá éxito? Si vosotros dudáis de su éxito, recordad que, en contraste con la debilidad de la oposición, la fuerza de la teoría es inmensa. El triunfo de esta doctrina siempre irá precedido de un período de terrible decadencia. Las formas de gobierno habrán sido corrompidas y la verdadera ley constitucional confundida con un deplorable absolutismo. Se habrán acumulado resentimientos, impulsándose un cambio urgente, dado que el status quo es francamente insostenible. Mientras tanto, la nueva doctrina por su misma naturaleza dará paso al libre reinado de las pasiones, llevando el orgullo a su expresión máxima, abriendo camino a las expectativas más atractivas para la codicia y la ambición, y prometiendo libertad, iluminación, refinamiento cultural y todas las demás bendiciones. En el momento

en que suplanta a la Revelación, alcanza la influencia de una nueva religión de la humanidad, encendiendo en el corazón de sus confesantes un fanatismo que no se detiene a considerar los medios para alcanzar sus fines. ¿Creen ustedes que en esta situación los pocos amigos indecisos de una verdad que ha llegado a ser desconocida, despreciada y odiosa, quienes abogan por una religión y una ley constitucional desacreditadas como superstición y tiranía, y quienes se oponen y son odiados y perseguidos en nombre de la iluminación, podrán llegar a influenciar de un modo apreciable el progreso de las ideas o la marcha de los sucesos? En estas condiciones, será muy difícil ofrecer una resistencia antirrevolucionaria genuina. Así es como se desencadenará la lucha. ¿Cómo? La simpatía hacia los principios y la convicción de que serán puestos en práctica son universales. Pero, ¿de dónde viene la lucha? Del seno mismo de los revolucionarios, como lo veremos más adelante. Porque la lógica no es la única guía de la raza humana. No sólo la exactitud o la inexactitud del razonamiento lógico producen discordia. Las diferencias se producen incluso donde los hombres construyen sobre el mismo fundamento. Hay diferencias en la capacidad de razonar. No todo el que acepta las premisas está suficientemente entusiasmado para subirse al tren de la lógica y seguirlo hasta sus últimas consecuencias. Hay diferencias de intereses. Hasta cierto punto, la aplicación parece beneficiar a todos, pero un paso más adelante y una persona lo pierde todo, mientras otra lo gana todo. El conflicto de opiniones es reforzado por el conflicto de intereses. Finalmente, hay diferencias de carácter. Una persona retrocederá ante la confusión y las atrocidades que ve o vislumbra, mientras que otra considerará esto como una insignificancia en comparación con el gran fin que se prevee.

Está claro, entonces, que la lucha con seguridad no se deriva ni de la factibilidad ni de la solidez de la teoría, sino de la naturaleza, el alcance y la pertinencia de la praxis. No habrá una lucha entre revolucionarios y antirrevolucionarios, sino entre las diferentes partes dentro del círculo revolucionario. Algunos querrán continuar incondicionalmente, otros sólo hasta donde sea compatible con su concepción de la justicia y el orden, el bien de la nación, o sea compatible con su interés personal. De manera que surgen dos partidos, acertadamente rotulados le mouvement y la résistance, el partido progresista y el partido de la resistencia. La inevitable batalla sólo puede aumentar en intensidad. Los campeones del progreso, enfrentados a los obstáculos aparecidos inmediatamente después de los sucesos iniciales, se sentirán todos obligados a continuar con la aplicación como un remedio para todas las dificultades. En primer lugar, su meta es la reforma gradual, es decir, el reavivamiento de lo que asumieron como artículos fundamentales de la constitución original. Luego se darán cuenta de que la misma naturaleza de las instituciones constituye un obstáculo; que el cambio deseado no consiste en poner pedazos de un género nuevo en una prenda vieja; que el estado y la sociedad no requieren de una reforma, sino de una revolución. Siguiendo ideas progresivamente más radicales, los hombres querrán forzar su paso a través de cualquier obstáculo. Cada vez que se supera un obstáculo se enfrenta un nuevo obstáculo, transformándose cada decepción en otra razón para que ellos concluyan que continúan fracasando debido a que la aplicación aún es incompleta. Por otra parte, la vehemencia del asalto determinará la violencia de la resistencia. Lo natural es que con cada avance de la Revolución haya más gente que se oponga a su aplicación incondicional. Lo que al principio dañó a unos pocos pronto golpeará a muchos. Poco a poco se conculcarán más derechos, se pasará a afectar más intereses, se

victimizará a más personas, se perpetrarán más infamias. Después de cada victoria el partido progresista se enfrentará a una multitud más numerosa que la ya conquistada. Por un largo tiempo esto irá en favor de los progresistas los hombres del “movimiento”. Sólo ellos son consistentes, no demandando sino la aplicación de lo que cada uno ha reconocido con entusiasmo como la norma. Son fuertes porque están respaldados por el principio reconocido. Sus oponentes son débiles porque están en un conflicto patente con lo que profesan. Los gobernantes nominales serán encauzados, quiéranlo o no, por la senda revolucionaria y, en cuanto opongan resistencia, ya habrán sido suplantados por otros, quienes, al hacer el mismo intento, sufrirán el mismo destino. Es una constante decadencia desde lo malo a lo peor, una proclamación de la anarquía cada vez más espantosa, no sólo porque una persona una vez que está suelta halla todos los límites insoportables, sino también porque la libertad revolucionaria como tal deriva de un principio de disolución. Al mismo tiempo, y con el objeto de presionar con estas ideas, se hace continuamente necesario regular el caos, reemplazar la autoridad con la fuerza; es decir, organizar la anarquía: esto es, instaurar una dictadura, antes de que su inhumano reino del terror ceda o perezca. Finalmente, he aquí otro rasgo distintivo de este período. Dada la conexión de la religión y la moral con la política, el celo por destruir la autoridad será acompañado por el ansia de destruir la fe. La Revolución será animada, entonces, por un espíritu del infierno cuando persiga a la religión y a la virtud.

3. La tercera fase: la reacción

Tras la fase del desarrollo vendrá una fase de reacción. El triunfo del “movimiento” no durará para siempre. El torrente que ha sobrepasado las compuertas y los diques ha de ser detenido en algún lugar.

De hecho, pareciera que el fanático se acerca a su meta, pero cada paso que da sólo revela con claridad la imposibilidad de alcanzarla. A cada momento la teoría se torna doblemente rigurosa en sus demandas, hasta que, por el mismo alcance de sus desastrosos triunfos, sucumbe ante la reacción de las olas de su propio mar. No está claro hasta dónde llegará el error sistemático, pero es seguro que la Revolución será detenida. Tarde o temprano, la simpatía por su aplicación incondicional decaerá, dado que ésta sólo significa aflicción. Una minoría pequeña puede mantenerse en el poder por un largo período, pero llegará el día en que ya no le será posible ir en contra de las consecuencias de la Revolución, y la fuerza de la destrucción cederá ante el grito de autopreservación. ¿Cuáles serán los rasgos distintivos del triunfo de la reacción? ¿Repudiará ésta la doctrina revolucionaria, para optar por la ley constitucional? No existe ni el más mínimo asidero para concebir tan repentino cambio en sentido inverso. Al contrario, puede que se haya desacreditado el asalto violento, pero no la doctrina misma. Ésta sigue siendo, incluso para el partido de la reacción, la sana y verdadera doctrina, la única fuente de libertad y felicidad. Sólo se da una diferencia en la aplicación. Según los más radicales, la Revolución no ha ido lo suficientemente lejos, mientras que los moderados se quejan de que ya ha llegado demasiado lejos: continuar avanzando se torna muy peligroso. ¿Qué se debe hacer para salvar al estado? Desde luego que afirmar que ya se ha alcanzado el punto exacto de desarrollo. Entonces ya no es necesario avanzar más; ni tampoco retroceder. El estandarte de la Revolución ha sido izado en el punto decisivo. Cualquiera que quiera ir más allá es un extremista, un enemigo de la Revolución. De esta forma el partido que ha emergido hasta la superficie es doblemente inconsistente. Porque si la dirección revolucionaria ha sido tan acertada, ¿quién está calificado para detenerla

deliberadamente? Sin embargo, si la reacción se justifica, ¿por qué permanecer en el error? ¿Por qué no impulsar el retorno? ¿Por qué no tomar en cuenta las esperanzas, los intereses y los derechos de aquellos que interiormente intentaron una reacción en términos similares? Se ha tomado una decisión. ¿Quién dio el permiso para elegir a nombre de los demás? El punto de detención es claramente arbitrario. De modo que la reacción está bajo la presión de ambos sectores, los contrarrevolucionarios y los ultrarrevolucionarios,

quienes invocan los mismos principios profesados por el partido en turno en el poder. Es durante esta fase, más que en cualquier otro momento, que el gobierno ha de hacer suyo este lema: Sic volo, sic jubeo, stet pro ratione voluntas yo gobierno como quiero, dejad que

mi voluntad reemplace a mi razón. Por consiguiente, los nuevos hombres en el poder son impelidos,

a pesar de ellos mismos, a tomar las medidas más coercitivas.

Seguramente la facción autodenominada “partido moderado” habla con mucha seriedad de practicar la moderación y fomenta el orden,

por el cual aboga ofreciendo una generosa cuota de libertad. Así como

el partido del progreso deseaba el orden pero antes que eso la libertad,

los amigos de la reacción desearán la libertad pero antes que eso el orden. Olvidan que en el terreno revolucionario el orden sólo se puede

asegurar sacrificando la libertad. La fuerza bruta es ahora por lo menos tan indispensable para los inconsistentes como lo era antes para los consistentes. Con una carencia total de principios, sólo pueden apelar

a las circunstancias, a la necesidad; pero la experiencia nos enseña que

en esta suprema corte de apelaciones el veredicto varía de una opinión

a la otra. Antes que nada ellos desean estar de acuerdo pero, donde no hay unanimidad de principios e ideas, allí debe operar de cualquier modo la unidad por consenso; allí el orden debe originarse en la

conformidad, en la sumisión común de todas las partes al gobierno existente. Uno se puede imaginar qué capacidad de gobernar se

precisa para alcanzar tales objetivos: una política que ya está condenada ante el tribunal de sus propios dogmas, que sólo busca su fuerza en los expedientes físicos, que fija sus intereses por sobre sus principios, que retiene las formas y se vale de las doctrinas que las vitalizan sólo en tanto le sean útiles, vilipendiando el resto de ellas como “teorías” inútiles; y, finalmente, que trata de asegurarse frente a la lógica por medio de la autoestima, frente a las ganancias deshonestas por medio de la intriga, frente a la agitación por medio de la diversión, y frente al entusiasmo revolucionario irritante por medio de la coerción. Pero, ¿cuál ha de ser el resultado? Seguramente un nuevo conflicto, un conflicto proporcionalmente tan vehemente como es de insoportable el contraste entre la teoría y la práctica. Incluso en esta lucha, la arbitrariedad también aparecerá y prevalecerá. El mismo horror de un reino del terror, que primero dio lugar a la reacción, lleva ahora la rendición incondicional ante todas las medidas necesarias para mantenerlo. Hasta el más mínimo residuo de libertad es sacrificado para evitar cualquier reaparición de fricción o colisión. Al igual que en el pasado los hombres se inclinaron por un despotismo enraizado en la supremacía del pueblo soberano, así ahora los hombres serán capaces de optar por una autocracia que encadena al pueblo soberano con el fin de protegerlo frente a una eventual reaparición de la anarquía. Me critican, diciendo que he trabajado a partir de las características de la dictadura de Napoleón. No lo niego. Hace poco me propuse analizar las semejanzas en detalle. Por mi parte, sólo me quedaría afirmar que tal dictadura, lejos de ser un fenómeno accidental, es la continuación por el contrario, de la línea revolucionaria. Demasiadas libertades populares dan paso a la tiranía. Podría señalar la historia de Grecia y de Roma, si es necesario. Ustedes están familiarizados con las espléndidas páginas de La

República de Platón, en las que describe la sucesión natural de los gobiernos. No obstante, esto involucra mucho más. Ninguna anarquía republicana se compara con la demolición revolucionaria de todo vínculo social, ninguna tiranía republicana puede compararse con el reinado revolucionario de la fuerza bruta y, si mi afirmación acerca de la inminencia de la espantosa coerción es desacreditada como “una profecía posterior al hecho”, recuerden que el maestro de moda, Rousseau, profetizó lo siguiente sobre su propia obra: “Este es el gran problema a resolver por la política: hallar un sistema de gobierno que sitúe a la política por sobre el hombre. Si no se puede hallar ese sistema y confieso honestamente que creo que no se puedeme parece que debemos irnos al otro extremo y situar al hombre lo más arriba posible, por sobre la ley, y luego instaurar un despotismo lo más arbitrario posible. Yo esperaría que el déspota fuera un dios. En síntesis, no veo mayor diferencia entre la más austera de las democracias y el más completo hobbesianismo. Porque el conflicto entre los hombres y las leyes, que enreda al estado en una guerra civil sin fin, es la peor de todas las condiciones políticas”. De hecho, donde se ignora el origen divino de la autoridad, no hay opciones intermedias entre los extremos de la anarquía y de la esclavitud.

4. La cuarta fase: nueva experimentación

La reacción también ha de llegar a su fin. Uno no puede destruir los principios cuya acción ha intentado suprimir temporalmente. El gobierno de la reacción, para protegerse, no puede administrar con justicia. A medida que aumenta la energía de su fuerza coercitiva, aumenta también la aversión, la amargura, el rencor y el odio violento y mortal contra él. El soporte del opresor se quebrará. Al parecer la libertad retorna nuevamente. ¿Será la verdadera libertad? ¿Se alejarán los hombres de las concepciones erradas que tanto daño han causado cuando restituyan el estado? ¿Serán los verdaderos principios de la ley los que guíen al gobierno y al pueblo?

¡Por supuesto que no! ¿Creen que las épocas de anarquía y despotismo son especialmente propicias para un estudio serio de las ciencias políticas? ¿Creen que el solo desastre lleva a las naciones a la conversión de los corazones, donde yace la mayor fuerza antirrevolucionaria? Consideremos sin prejuicios cómo se puede imaginar uno el estado de la mente pública en el momento de amanecer el nuevo día. La ley constitucional genuina será ajena para la mayoría de los hombres, será vilipendiada y, en el mejor de los casos, recibirá una mención honrosa en el catálogo de las antigüedades. Más aún, la causa de la Revolución no se deteriorará durante la fase de represión, sino que saldrá ganando: revivirán el delirio por sus promesas, antes extinguidas en el tiempo de las atrocidades de la fase de desarrollo. Pero pongámonos en el lugar de los que quieren erigir el edificio del estado. Éste será su razonamiento básico: “La teoría es buena. Sólo ella es consistente con la excelsa dignidad del hombre. Mas sus frutos son la anarquía y la esclavitud. Pero, ¿cómo es posible esto? ¡Ah!, esto es lo que nos ha enseñado la amarga experiencia de los horrores que sufrimos. La aplicación no fue correcta. Hubo exageración y excesos. El fanatismo y la ambición personal prevalecieron por sobre la prudencia y el espíritu público. No neguemos la excelencia de la doctrina sólo porque los hombres se han equivocado. Más bien, suscribamos con entusiasmo las ideas liberales, pero con una cuota de precaución que ha sido tan necesaria para ambos extremos. Procedamos con mente fría, esquivemos con eficacia las rocas de la anarquía y del despotismo, para que al ritmo de nuestras teorías alcancemos el cielo, donde nos espera la abundancia de bendiciones”. Ese es su razonamiento. Pero, ¿qué tipo de obra realizarán? Resucitarán las viejas formas de un modo que los anime y les infunda un nuevo espíritu. Recogerán lo que antes se desechó trasplantándolo desde el abonado terreno histórico al fértil terreno revolucionario. Sin

renunciar a la reconciliación de la Revolución con el desarrollo nacional del pasado y con los venerables recuerdos ancestrales, se retomará el hilo cortado de la historia, para apropiarse del elemento histórico, consistente en formas externas y en rótulos tradicionales, y para ejecutar su política de moderación consistente en la fría aplicación de sus ideas. Así es como se engañan unos a otros con meras pretensiones. Porque las realidades de la Revolución sólo le imponen fantasías a la gente entusiasmada. Este será un cuarto período, una fase de nueva experimentación. Sin embargo, este juste milieu, en que se ha confinado la lucha política, cuanto más sea posible, al ámbito de las instituciones representativas, tiende hacia una oscilación perpetua, en la cual jamás se hallará el equilibrio deseado. Tal estado de cosas precisa de una estabilidad total. El mero maquillaje no satisface las ansias de libertad, sino que las aumenta; y, frente a este recrudecimiento de las demandas de libertad, se hace tremendamente necesario reforzar el brazo de la autoridad. Mientras persistan las ideas de la Revolución, la oposición se tornará cada vez más temeraria y más ambiciosa, a medida que el gobierno, inseguro de sus derechos, se vuelva más débil y más indulgente. Entonces, cuando la situación comience a tornarse grave, y cuando los recursos legales resulten insuficientes, uno de los lados se verá forzado a reunir a ciertos medios relacionados con la teoría revolucionaria: ya sea un coup d’état, garantizado por la urgencia, o al más sagrado de los deberes populares: la insurrección. De manera que se encaminan hacia agitaciones que acabarán con la libertad o bien harán que se derrumbe al tambaleante poder del gobierno. Mientras más violentas sean esas convulsiones, con más desesperación deseará el pueblo el fin de la constante inconstancia, esta vez incluso a costa del ídolo teórico.

5. La quinta fase: resignación desesperanzada

¿No es extraño? El entusiasmo que se ha mantenido encendido durante tanto tiempo finalmente se enfría. Cuando se convoca con demasiada frecuencia a la gente en nombre de los principios, ésta se torna suspicaz frente a todo lo que se denomine principio. El materialismo será el fruto de las sucesivas decepciones en política. Hoy en día, con el pretexto de ser sabiamente precavidos, de haber evitado los extremos y de haber logrado finalmente el juste milieu perfecto, los hombres tampoco tendrán otro plan que preservarlo todo, sin discriminar entre lo bueno y lo malo; procurarán mantener ciegamente el status quo, no importando su naturaleza: un sistema estacionario que teme a todo “movimiento”, o un sistema conservador que evita cualquier tipo de cambio. El miedo a lo peor y la necesidad de conservar la tranquilidad harán que se silencie todo dictado superior y toda aspiración noble. El estado sólo se preocupará de satisfacer los intereses materiales. En la medida en que las energías mentales de los hombres se paralicen a causa de la desesperación de no ser capaces de conjugar la libertad con el orden, o se dediquen exclusivamente al ganancioso fomento del comercio y de la industria, será cada vez menos necesario establecer algo superior al mundo material, para aplacar a uno u otro miserable agitador que todavía quisiera alcanzar el cielo de la perfección. Las cadenas tendrán que ser holgadas puesto que el esclavo es dócil. Así es la quinta fase; en ella dominan la desesperanza por la libertad y la indiferencia por la justicia. Me abstengo de ofrecer más caracterizaciones. No quiero que se piense que estoy haciendo alusiones satíricas acerca de lo que podemos ver sobre nosotros mismos. Habré logrado mi propósito si he logrado demostrar que, cualquiera que sea el principio revolucionario que se adopte, uno puede esperar encontrar allí las fases de preparación, desarrollo, reacción, experimentación renovada, y resignación desesperanzada.

Antes de presentar la secuencia de estas fases a partir de un análisis histórico, quisiera hacer un breve paréntesis, como una forma de concluir con esta conferencia, y destacar, ahora que ya hemos visto los diferentes rasgos de estas fases, cuán similares son en su carácter y cuán idénticas son en su naturaleza y su temor. Todos los cambios y las transformaciones del principio revolucionario están unidos por un hilo común. Creo que el gran punto de semejanza se halla en la persistencia del despotismo del estado revolucionario. Ustedes recordarán el Leviatán de Hobbes y El contrato social de Rousseau. Hay libertad e igualidad, un convenio social, un estado cuya unidad y cuya fuerza descansan en la omnipotencia de la voluntad general. ¿Cómo se forma y cómo se conoce esa voluntad? La buena voluntad de los ciudadanos individuales se canaliza desde abajo hacia arriba por medio del voto, concentrándose en un punto, a partir del cual el estado soberano, que encarna la soberanía popular en el poder legislativo y en el poder ejecutivo impone su autoridad omnipotente, en el nombre del pueblo, sobre el pueblo, reprimiendo toda oposición. Es a partir de este punto que el estado se vuelve omnipotente. Cualquier otro derecho debe rendirse y someterse a su derecho. El estado es además indivisible. Las diferencias de las partes que lo componen son disueltas y mezcladas en un todo. No hay instancia independiente que esté por sobre el estado. La glorificación del estado se basa en la “pasividad de sus departamentos” —meros distritos electorales, meras subdivisiones para facilitar la administración. El estado lo abarca todo. No hay materia alguna que no pertenezca al ámbito de la voluntad general, ni tampoco algún asunto que no sea asunto del gobierno. El estado empuña su cetro incluso sobre los asuntos de conciencia. La iglesia y la escuela son instituciones estables. Los ciudadanos pertenecen al estado en cuerpo

y alma, y no pueden exigir ningún tipo de independencia, excepto la que les conceda el estado temporal y condicionalmente. Por lo tanto, el estado es autocrático. Es el único señor de la vida y la propiedad. Tal como lo señaló abiertamente Odillon Barrot a principios de 1830: “La Revolución puede disponer del último hombre y del último centavo”. El estado es absoluto. El estado, que da la ley, está por sobre la

ley.

El estado es ateo. La religión es tolerable sólo bajo ciertos límites, y se le debe proteger en cuanto sea útil e indispensable, pero el estado mismo no está sujeto a su autoridad. La expresión la loi est athée, la ley es atea, es el eslogan de la autoridad pública. Por lo tanto, existe una idolatría con respecto al estado. No sólo en teoría, sino también en la práctica. Pues, si el estado así lo exige, incluso hasta lo más sagrado y estimado debe ser sacrificado por el interés del estado, conocido también como el bien común, el bienestar de las personas, la felicidad de la nación. ¡El bienestar general es supremo! Uno debe obedecer a los hombres antes que a Dios; el derecho a obedecer a Dios permanece íntegro mientras su voluntad no entre en conflicto con los preceptos del estado. Tal es la naturaleza del estado revolucionario y de su autoridad. Vosotros os preguntaréis: ¿Cómo es posible que se proclame a los cuatro vientos que esta doctrina, que da origen a tantas arbitrariedades, sea una teoría de la libertad? Porque, ¿qué impide que esta concentración de poder, esta hegemonía, que se exalta a sí misma por sobre todo lo que se llama Dios, no sea utilizada con fines opresivos? ¿Qué garantías? Cada apologista de la Revolución se lo dirá. El sistema en sí es un complejo de garantías. Nótese el origen popular de todos los poderes, por ejemplo. Después de todo, es de la totalidad de los ciudadanos que procede el estado; ella es la que ejerce la autoridad estatal; la que se gobierna a sí misma; su libertad y su autonomía

constituyen el principio vital del estado; su buena voluntad constituye la ley suprema; en tanto que todo poder que quiera usar la influencia que se le confía para “cercenar” los derechos de la soberanía popular es fiscalizado por las elecciones, la libertad de prensa y la opinión pública. Es más, si es necesario, se reprimirá su criminal oposición y se le castigará. Estas afirmaciones abundan en sonidos encantadores. Sin embargo, nótese que la fuerza de todas estas garantías descansa en la suposición de que de hecho será posible llegar a un consenso y unificar la voluntad general una hipótesis que a su vez se basa en dos premisas muy débiles. La primera es que el hombre por naturaleza es bueno, de modo que el rompimiento de sus ataduras le permitirá de inmediato alcanzar el estado de perfección al cual está destinado, también con respecto a la sociedad política. La segunda es que se puede delimitar el marco al cual las personas más malévolas se vean forzadas a conformarse. Según el célebre Kant, una constitución política debe entrelazar tan bien los intereses privados con el bienestar de todos que el interés personal iluminado asegure, “incluso en una sociedad compuesta totalmente de demonios”, la perfección de orden, la tranquilidad y la armonía angelical. Pero, cuando abandonamos el ámbito seductor de las hipótesis arbitrarias para viajar por el terreno más seguro de la verdad positiva, de inmediato se hace evidente la imposibilidad de cumplir estas promesas. Ya sabemos que la forma procede de la esencia y no la esencia de la forma, de manera que incluso la mejor de las formas políticas depende siempre de los principios que la activan y la animan. Los hombres hablan de la soberanía popular. Pero, ¿qué es lo que resulta de ella? Se invierte el orden existente, se pisotea el derecho, se desmantela la sociedad, se crea una maquinaria de estado con un aparejo de tubos y embudos para encauzar la voluntad general hacia

arriba en el centro. Pero esto no se hace con una convicción unánime, sino que es forzado por el poder superior y la fuerza bruta. Lo primero que hay que hacer bajo la presión del movimiento es ir tras aquellos que reclaman ser los voceros, los defensores y los ejecutores de la voluntad general De este modo se revertirá rápidamente la situación. Nadie tiene ningún tipo de derecho frente al derecho que emana de todos. La soberanía del pueblo reside por turnos con la fracción que detenta el poder para ponerse por sobre el pueblo soberano. El gobierno no inquiere, sino que anuncia cuál es la voluntad general. Esa voluntad, en vez de ser comunicada hacia arriba en el centro, es dispensada desde arriba hacia abajo. El poder centralizado, en vez de ser el órgano de la libertad, es una gran reja de acero sobre toda la población, una red de mil hebras que alcanza a todos los ciudadanos, para hacer trotar y danzar a cada miembro honorable de la sociedad en el gran baile de marionetas al ritmo del gobierno central. El pueblo tiene comisionados, es cierto; pero estos mandatarios, bajo el ambiguo nombre de representantes, proceden como si se les hubiera traspasado la soberanía la propiedad a los mayordomos. Así actúa cada partido que controla la legislatura, cada gobernante que suprime el poder legislativo, cada déspota que saca ventajas de los conflictos de la administración y del anhelo de orden para apoderarse del poder supremo. Todos se consideran autorizados y obligados a hacerlo en virtud de la presión de las circunstancias, en nombre de la preservación del principio revolucionario, o para acabar con la confusión existente. Ese es el fruto fragante y nutritivo que crece en el árbol de la libertad. Pero permítanme que discuta esta materia tan importante para la propia comprensión y apreciación de nuestro tiempo, destacando con mayor énfasis este despotismo de la doctrina de la libertad, este absolutismo de estado, bajo los siguientes encabezados:

a. Destruye la libertad civil.

b. Destruye la libertad política.

c. No conoce límites.

d. Es contrario a los intereses del país y de la nación.

e. Es indestructible en

Revolución.

tanto

no

se

erradique la doctrina de la

a. Destruye la libertad civil El estado revolucionario destruye la libertad civil por derecho propio, a causa del principio aceptado. La asociación civil misma, por el hecho de haberse formado en la filosofía falsa, pasa a ser su tumba. El estado adquiere un dominio incondicional sobre todo hombre. Todo lo que él posee es un préstamo; la vida y la propiedad pasan a ser una concesión condicional. Puede haber goce de libertad, pero no existe el derecho a la libertad. Puede que al amo le plazca alivianar el peso de las cadenas, pero sigue habiendo una condición legalizada de esclavitud. Para ver claramente cuán inherente es a la teoría liberal la destrucción de la libertad, os invito a revisar brevemente la proclamación que resume los principales principios de todas las políticas revolucionarias, aquel compendio y catecismo de la Ilustración, la Declaración de los Derechos del Hombre y los Ciudadanos. Quiero que se fijen en cada artículo de esta ley fundamental de las leyes fundamentales; la fuerza de cada promesa está viciada por la sola forma en que se formuló. El perspicaz publicista genovés Etienne Dumont hablará por mí. Éste es un hombre que estuvo muy familiarizado con la Revolución Francesa. Él os demostrará a vosotros, con respecto a la igualdad, la libertad, la propiedad, la libertad de prensa, y la libertad de religión, cómo la Declaración, en la declaración misma de cada derecho, eliminó la fuerza y la importancia del derecho en cuestión.

Igualdad. —“Las diferencias sociales sólo se pueden basar en el provecho general. Este es un paso atrás, una retractación fraudulenta. Los legisladores estaban vagamente conscientes de que habían establecido la igualdad en toda su plenitud. ¿Qué están haciendo ahora? Empiezan a hablar de ‘distinciones sociales’, olvidando que habían abolido todas las distinciones”. Libertad. —“Los límites del goce de los derechos naturales sólo pueden ser determinados por la ley. ¡Límites! Hubo un momento en que estos derechos eran ilimitados e irrevocables. Vosotros me habláis de una libertad que fue mi derecho natural, y ahora me decís que sólo la ley puede regular mi goce de ella. Me habéis dado demasiado, y ahora me quitáis demasiado. Empezasteis estableciendo mi independencia absoluta, y ahora me hacéis volver a una dependencia total”. Propiedad. —“Por ser un derecho sagrado e inviolable, nadie puede ser privado de su propiedad, excepto los casos en que la necesidad pública… claramente lo requiera. Está claro que en tales casos es más un asunto de conveniencia que de necesidad”. Libertad de prensa. —“Todo ciudadano tiene derecho a hablar, escribir, y publicar libremente, sujeto a su responsabilidad por el mal uso de esta libertad. ¿Qué entendéis vosotros por ‘mal uso de la libertad’? Eso es lo que precisamente hay que redefinir. Hasta que se haga, yo no sé qué es lo que se me garantiza. Vosotros ni siquiera os conocéis a vosotros mismos. Cualquier ejercicio de libertad que desagrade a los que están en el poder será un mal uso ante sus ojos. ¿Qué seguridad ofrecéis, entonces, a la nación contra futuros legisladores? Vosotros decís: aquí hay un límite que no pueden traspasar, pero al mismo tiempo declaráis que es tarea de ellos fijar los límites”. Libertad religiosa. —“Nadie puede ser molestado a causa de sus opiniones, incluyendo las religiosas, en tanto que la manifestación de

ellas no perturbe el orden público como lo establece la ley. Lo que aquí se concede no es concedido sino bajo una condición que puede continuamente anularlo. ‘Perturbar el orden público’—. ¿Qué significa eso? Luis XIV no habría dudado en admitir una cláusula con tal redacción en su código. Durante su reinado la ley prohibió estrictamente el ejercicio de cualquier otra aparte de la suya, y prohibió la publicación de cualquier escrito que favoreciera a la religión protestante. ¿Podría haber uno violado la ley sin ‘perturbar el orden público’?”. Ese es el destino de los “derechos sagrados, inviolables e imprescriptibles”. Supuestamente más allá del alcance del gobierno, son el juguete de cada régimen que esté en el poder. Lo que se da con una mano, se quita con la otra. Las libertades son exhibidas, pero no conferidas. Se permite todo, con una restricción fatal: todo hasta donde al estado, el déspota colectivo, le plazca otorgar. No quisiera que se me malentienda. No me ofende la restricción a los derechos; ello es inherente a todo derecho. Lo que me molesta es que los derechos, que solían estar circunscritos y confirmados por las inmutables leyes y ordenanzas de Dios, ahora dependan de la buena voluntad del estado; es decir, de la voluntad de los cambiantes hombres, y por tal razón estén destinados por definición a perecer. El estado revolucionario otorga la libertad hasta donde sea posible, útil, o deseable; hasta donde lo permitan los intereses del estado; hasta donde se considere compatible con las circunstancias; hasta donde haya concordancia con los intereses y las demandas y los deseos y los caprichos y los antojos de los que están sobre ustedes. La promesa es libertad, libertad total, libertad sin restricciones, y al final no hay libertad sin restricciones, sino restricciones sin restricciones. Ahí está la libertad perfecta, con una restricción, sólo una; pero una restricción que revoca todo lo prometido. La libertad perfecta, sujeta a la perfecta esclavitud.

Autores como Benjamin Constant y Guizot, han buscado una promesa en la “doctrina del individualismo”, argumentando que hay derechos de tanto peso, tan sagrados y tan íntimamente ligados con la naturaleza y el destino del hombre, que deben ser extraídos o apartados del poder supremo del estado. Totalmente de acuerdo; pero desafortunadamente no han dicho cómo es posible arrancar esos derechos al estado una vez que éste se ha apoderado de ellos. Cualquier recurso es vano frente a la necesaria relación entre consecuencia y principio. Sólo el corazón y la conciencia están fuera del alcance del estado; y todo argumento sobre la justicia y la inviolabilidad de los derechos y las libertades encallará en la simple proposición de Rousseau por la que el estado revolucionario carece de toda estabilidad o existencia pacífica; a saber, que hubo una ocasión en que se produjo la total alienación de los ciudadanos al estado. Los liberales se ufanan como si esta doctrina del individualismo hubiera introducido una modificación significativa en el sistema. “Se contrapusieron los derechos del individuo, a menudo sacrificados por la sociedad, con los derechos del hombre, a los cuales se invocó en la antigüedad para atacar la corona. La más profunda de las doctrinas del individualismo llegó a ser la base de la nueva política racional. En un sentido, el individuo se transformó en la célula viviente de la sociedad civil, obedeciendo las leyes que ésta le ha impuesto, pero sin reconocer a ninguna de ellas como absoluta, excepto las que considera justas; y sometiéndose a toda autoridad soberana, pero sin aceptar a ninguna de ellas como legítima, salvo la razón”. Pero Lamennais responde: “En tanto las autoridades humanas mantengan la resistencia privada bajo control, los individuos están ciertamente obligados a someterse a las leyes y a las soberanías establecidas. Pero el punto central es si existe una soberanía que tenga el derecho de exigir obediencia.

Porque, según la filosofía de la época, no existe soberanía legítima alguna, salvo la de la razón. Luego, dado que esta filosofía no reconoce otra soberanía que la de la razón, y por lo tanto otra soberanía que la individual, cada uno es, entonces, su propio soberano, en el sentido absoluto del término. Su razón es su ley; su verdad, su justicia. Cuando se le impone un deber que él no se ha impuesto por su propia mente y voluntad, se está violando el más sagrado de sus derechos, el que sintetiza a todos los demás; se comete un crimen de lesa majestad. Por lo tanto, ninguna legislación ni autoridad es factible y, en consecuencia, la misma doctrina que produce la anarquía de las mentes produce también una anarquía política sin remedio, subvirtiendo así a la sociedad humana en sus fundamentos”. La separación de poderes tampoco constituye una garantía de libertad contra el arma mortal de la omnicompetente soberanía popular. La libertad será destruida por cualquier forma de principio revolucionario que detente el poder. Estoy de acuerdo con Benjamin Constant cuando afirma: “Donde se establezca que la soberanía popular es ilimitada se estará inyectando un grado de poder a la sociedad que, como tal, será demasiado grande y siempre será un mal, sea que se le confíe a la monarquía, a la aristocracia, a la democracia, a un sistema mixto o al sistema representativo. Lo que fallará será el grado de poder, no su depositario. Ninguna organización política podrá remover el peligro. La separación de poderes es inútil: si la suma de los poderes es ilimitada, estos poderes sólo tienen que formar una coalición para que el despotismo sea inevitable. No basta con que los agentes del ejecutivo precisen de la autorización del legislativo; lo que se precisa es que el legislativo no pueda autorizar su acción, excepto dentro de su legítima esfera de competencia. Es decir, que el ejecutivo no obtenga autorización para actuar, a menos que esté habilitado por una ley, si es que no hay limitantes establecidas para los creadores de la ley”.

b. Destruye la libertad política

¿Se compensará la pérdida de la libertad civil con una ganancia de libertad política? Dudo que tal compensación sea adecuada o factible. Yo creo que es preferible un estado que asegure las libertades civiles, antes que una situación que abunde en derechos políticos, mientras que no se permite vivir libre en los demás ámbitos. Pero, dejando a un lado los valores relativos examinemos con más detalle el valor de esta libertad política. Todo ciudadano es un corregente, parte integral de la soberanía popular. Éste es un gran honor pero, cada vez que uno pertenece a la minoría, los privilegios son modestos. Éste es un tipo extraño de libertad, que consiste en someterse al despotismo de la mayoría. Por otra parte, esto es inevitable. La voluntad general no es la voluntad de todos. Es inconcebible que haya un consenso perfecto y permanente. El motor del gobierno será la voluntad de la mayoría. ¿Será esto un motivo de satisfacción y una garantía de felicidad para la mayoría? Benjamin Constant nuevamente tiene la razón cuando afirma: “El consentimiento de la mayoría por ningún motivo es suficiente para legitimar sus acciones: hay acciones que nada puede sancionar. Cuando un gobierno realiza tales acciones, importa poco la fuente que invoque para legitimar su autoridad, o si tal fuente es un individuo o una nación. Si consiste en toda la nación menos el ciudadano oprimido, ya no será legítima”. Pero yo voy más lejos, y pregunto: ¿Está la mayoría siempre, o por lo general, en posesión de la autoridad que, según la concepción revolucionaria, legítimamente le pertenece? No totalmente. Hay más de una disputa entre los dos partidos mayoritarios, el radical y el progresista moderado, toda vez que cada partido está dividido en segmentos, en diferentes corrientes de opinión y propósito. La población está tan dividida por sus convicciones políticas que, cuando

se ventilan todas las opiniones, es imposible lograr una mayoría. Se producirá una anarquía de minorías, idéntica a la incapacidad de formular un punto de vista común, que últimamente han exhibido muchos cuerpos representativos. Porque en cada asunto diario hay una minoría que somete a las demás minorías a su dominio físico o moral. Tales minorías forman, a veces, una vasta mayoría al asociarse. Por lo tanto, siempre es un segmento, una facción, un grupo, un individuo poderoso, un “hombre fuerte” quien reemplaza a la soberanía popular. A pesar de los cambios de gobiernos y gobernantes, la soberanía misma (la gente, cuya libertad e independencia se dicen objetivas) estará permanentemente coartada por los dos lazos de la brida: las constituciones revolucionarias y los gobiernos revolucionarios.

c. No conoce límites

Este despotismo no conoce límites. En el viejo orden, el poder supremo estaba limitado por las

corporaciones y los estados, por la limitación de sus propios recursos;

a la larga, por la imposibilidad de exigir excesivos sacrificios a los súbditos. En el estado revolucionario todas estas restricciones se desvanecen. Tocqueville señaló que “hemos destruido los poderes

independientes, cada uno de los cuales ha luchado contra la tiranía, y

es el gobierno el que ha heredado todas las prerrogativas arrebatadas

a las familias, las corporaciones y la personas individuales”. La

verdadera resistencia se acabó. La mayoría de las veces, hasta los regímenes más inestables, débiles y de corta vida, no importando cuánto tiempo llevan en pie, poseen una fuerza incalculable, como resultado de la destrucción de la estructura histórica de la sociedad. Todo lo que ayer, por su prominencia o estabilidad, proveía un punto de apoyo y equilibrio para la debida defensa de los derechos y las libertades, ha sido totalmente rasgado o talado hasta el suelo. A diferencia del poder legítimo, el estado revolucionario tiene una gran cantidad de medios a la mano. Después de todo, dispone de

todo el pueblo, las personas y la propiedad. El estado está centralizado; se concentra en el gobierno, quienquiera que esté en el poder. Un gobierno revolucionario puede afirmar con propiedad:

L’Etat c’est moi, puesto que a quienes estén al alcance de su poder no

se les reconocerá ningún estatus independiente, o derecho, o libertad,

o su propia voluntad.

d. Es contrario a los intereses del país y de la nación

Este despotismo es contrario a todos los intereses del país y de la nación. Ciertamente, si la doctrina de la Revolución posee una fuente de la abundancia, de la cual emana una plenitud de promesas, es una que engendra una plenitud de decepciones y desastres. La promesa siempre está en el primer plano pero su cumplimiento angustiosamente lejos. Nunca hubo tanta opresión y tanta persecución, sino desde que la libertad y la tolerancia están a la orden del día. Las palabras nación y país se usan a diario. Pero, ¿qué es lo que se entiende por nación o por país, cuando se han destruido los vínculos creados entre los ancestros y los descendientes por la historia, la religión, la moral, las costumbres y los principios comunes? No sirve de nada el calificar como “patrióticos” o “nacionales” los principios revolucionarios, los intereses revolucionarios, las libertades revolucionarias y el espíritu público revolucionario. Se hablará de iluminación nacional cuando la religión se repliegue hacia el fondo, el crepúsculo ensombrezca las mentes, y la oscuridad los corazones. Sólo de nombre se reconocerá al pueblo como el verdadero soberano,

y del mismo modo se le rendirá homenaje a la opinión pública, la voz

del pueblo, el clamor del pueblo. Considerando lo anterior, ¿qué es entonces la nación, ahora que se ha desintegrado la sociedad? Cierto número de almas. ¿Qué es el país? Cierta cantidad de metros cuadrados. ¿Y qué es entonces el estado? Es el pays légal, el estrecho círculo de aquellos que tienen el voto. El derecho al voto es la base de

sustento de la sociedad burguesa y, ahora que han desaparecido las relaciones supremas, su único cemento es el dinero. La población se dividirá en votantes y no votantes, ricos y pobres, acomodados y proletarios. La sola apelación a “las masas” será señal de un arrogante desprecio. Aun cuando el término no es incorrecto: los rangos y las clases constituyen la estructura básica de la sociedad; y si esto se trastoca, ¿qué más queda, sino una masa sin vida, una tropa de pagadores de impuestos y conscriptos a disposición del gobierno? Desde luego que aquí también se debe afirmar que la teoría revolucionaria es una poderosa tentadora cuando lisonjea con sus labios: “Camino al Seol es su casa, que conduce a las cámaras de la muerte”.

e. Es indestructible en tanto no se erradique la doctrina de la Revolución

Finalmente, este despotismo es indestructible, dado que no hay un retorno a la supremacía de Dios, sólo en la cual se halla la garantía de la libertad. La Revolución precisa de un ordenamiento despótico para evitar la anarquía. Los defensores de la doctrina de la revolución sostienen que la fuerza y la coacción son indispensables, ya sea para acelerar, moderar o detener el progreso de la Revolución. El ordenamiento despótico es temporal, provisional, sólo por un período de transición,

hasta que la teoría funcione plenamente, hasta que

Pero, como no es

posible que funcione plenamente, se concluye que el momento para un ordenamiento más regular deberá esperar hasta “mañana”. Pero el mañana nunca llegará, el feliz momento nunca llegará, y el despotismo “provisional” se hará permanente. Puede haber muchas revoluciones políticas: traspasos de autoridad, ascensos al poder, modificaciones formales. Mas una revolución social requiere de una restauración social, lo que es impensable, a menos que se parta reconociendo la soberanía de Dios.

He aquí un ejemplo de lo que se puede deducir, a partir del análisis teórico de la doctrina de la Revolución, con el fin de describir sus consecuencias. Si lo he logrado por medio de esta conferencia, ahora sólo resta confirmar la demostración lógica. Esto será más sencillo, puesto que ya se demostró lo que seguramente sucederá, y lo que de hecho ya ha sucedido.

Lista de obras utilizadas para este material:

1. Entrega incondicional, por Gary North, de su libro Entrega incondicional

2. La naturaleza del Reino de Dios, por Gary North, de su libro Manual

de Reconstrucción Cristiana

3. La abolición de la verdad y la moralidad, por Francis Schaeffer, de

su libro Manifiesto Cristiano

4,5 La doctrina de los magistrados menores; 6. El papel del pueblo en la defensa de la doctrina de los magistrados menores, por Mathew Trewhella, de su libro La Doctrina de los magistrados menores

7. ¿Podemos legislar la moralidad?; 8. La política y la educación; 9.

El socialismo como guerra social permanente, por Rousas Rushdoony, de su libro Libertad y Ley

10. El conflicto con la naturaleza y la Ley, por Guillermo Groen van Prinsterer, de su libro Incredulidad y Revolución.

Sigue a la Fundación para el Progreso y la Libertad en Instagram (@progresoylibertad) y solicita el manual Arquitectura de la Libertad, ideal para entender muchos de los problemas que aquejan al país y al mundo en general hoy en día y cómo darles solución.

para entender muchos de los problemas que aquejan al país y al mundo en general hoy