Está en la página 1de 7

GRAN ENCICLOPEDIA RIALP, EDICIONES RIALP S.A.

, 1991

A. GARCÍA-MORENO.

Reino de Dios
Concepto. Es uno de los conceptos más importantes de la Revelación.
Puede describirse diciendo que es la soberanía de Dios sobre la creación entera y de modo
particular sobre un pueblo que elige de entre todas las naciones. Esto explica el hecho de que los
términos que designan el R. de D. ( «malkut hasahamayim, malkut Yahwéh; basileía tou Theou,
basileía ton ouranon» ) sean de los más usados en la terminología bíblica. Esta importancia
capital se deduce también del puesto preeminente que la doctrina sobre el R. de D. tiene en la
predicación cristiana.

Efectivamente, cuando S. Juan Bautista comienza su ministerio exhorta a la penitencia porque


«el Reino de los cielos está cerca». Decir Reino de los cielos en lugar de R. de D. no es más que
un modo de hablar propio de los judíos, que evitaban así el pronunciar el nombre sagrado de
Dios. También las primeras palabras de Jesucristo hablan de que «se acerca el Reino de los
cielos» (Mt 4,17). Más tarde, cuando envía a sus discípulos para la primera misión, les manda
que digan: «El Reino de los cielos se acerca» (Mt 10,7). Al final, cuando deja a los suyos, los
envía por todo el mundo para que prediquen el Evangelio a todos los hombres (Mc
16,15), «el Evangelio del Reino» (Mt 9,35; 24,14); misión que llevan a cabo los enviados de Cristo
(Act 8,12; 19,8; 20,25). Bien puede afirmar el Catecismo de S. Pío V que «el Reino de los cielos,
que pedimos en la segunda petición (del Padrenuestro), es de tal naturaleza, que a él se refiere y
en él termina toda la predicación del Evangelio» .El Señor dirá
expresamente que ha sido enviado por el Padre para anunciar el R. de D.
(Lc 4,23).

I. ANTIGUO TESTAMENTO.
a. Soberanía universal de Dios. La persuasión de que Dios es el Rey del universo estuvo
siempre presente en los autores inspirados. Así desde el principio se habla de que Dios es el
creador de cuanto existe, el dueño absoluto del orbe que dispone del dominio de todas las cosas y
la entrega al hombre (Gen 1,28-30; 2, 15-17). Luego se hablará de que Yahwéh es el Rey que está
por encima de todos los dioses, y de que su poder se extiende desde lo más profundo de la tierra
hasta lo más alto de los cielos, es dueño de la tierra y el mar (Ps 95,3-5). Los. cielos son el trono
de Yahwéh, desde donde abarca toda la tierra y escudriña hasta lo más íntimo del hombre (Ps
11,4; 139,2-12).
Como vemos los salmos cantan con frecuencia la realeza de Yahwéh, el Altísimo, el Terrible, el
gran Rey de todo el universo (Ps 10,16; 24,8.10; 47,3-9; 103,19).

En todos estos pasajes podemos afirmar que se habla más de la soberanía de Dios que de su
condición de soberano o rey. El R. de D.
viene considerado como el ejercicio del poder divino y de su providencia sobre los hombres,
como la realización de su plan de salvación. Esta idea del R. de D. como salvación hay que
tenerla siempre en cuenta, pues pertenece a las líneas esenciales del concepto.

b. Rey de Israel En el monte Sión está la ciudad del gran Rey (Ps 48,3). Precisamente por ser
dueño absoluto de todo lo que existe ha escogido como su propiedad personal al pueblo de Israel
(Ex 19,5) (v.
ELECCIÓN DIVINA). Su liberalidad y su amor le han llevado a tal elección, y no el valor o los
méritos de los israelitas (Dt 7,6-8). A través de toda la historia de la salvación se va viendo cómo
Dios actúa con un total dominio y soberanía, con libertad plena y nunca condicionado por nadie.
Desde todos los tiempos es el Señor quien toma la iniciativa al llamar o escoger al hombre. Así
con Noé, con Abraham, con Moisés, con Saúl, con David, con los Apóstoles, con S. Pablo, etc.

Yahwéh será el rey de su pueblo, el que le guíe y le proteja siempre llevado por su fidelidad y
misericordia (Ps 135; 116), el que le conceda la Alianza (v.), ese pacto por el que se compromete a
cuidar de su pueblo, y éste a serle fiel en el cumplimiento de su Ley (Ex 19, 3-6; 24,3-11).

Cuando el pueblo llegue a la tierra prometida sentirá el influjo de los pueblos vecinos y querrá
tener un rey. El Señor considera este deseo como un rechazo de su soberanía sobre ellos. Samuel
les hace ver, de parte de Dios, los inconvenientes de la monarquía. Pero el pueblo sigue
suplicando un rey. Dios accede por fin a su petición y les concede un rey a través de Samuel, su
profeta. En toda la narración de la elección se ve con claridad que Dios actúa con plena libertad y
soberanía, escogiendo a quien le parece. Saúl pertenece a la tribu menor de Israel, y a la familia
menor de esa pequeña tribu (1 Sam 9,21). En el caso de David se repetirá la misma idea. Así el
más olvidado y el menor de los hijos de Isaí será el elegido para rey de su pueblo (1 Sam 16,12).

Estos reyes y los que vendrán después reciben la unción de manos de un enviado de Yahwéh.
Aunque el pueblo aclama al rey (2 Reg 9,13; 11,2), no es quien le elige. La elección la hace Dios a
través del que le unge.
Esta idea de dominio y realeza de Yahwéh seguirá presente en todo rito de unción (v.), que hace
sagrada a la persona ungida (1 Sam 26,9-23; 19,22).
Es importante subrayar que ungido equivale a Mesías (v.). Como muestra de esa dependencia de
Dios tenemos el que el trono del rey judío se llamará
«el trono de la realeza de Yahwéh sobre Israel», o simplemente «el trono de Yahwéh» (1 Par
28,5; 29,23). Los salmos que se cantan en la ceremonia de entronización aluden con claridad a la
realeza de Dios, de la que participa el nuevo rey (Ps 2; 23; 72; 110).

c. Decadencia de la monarquía israelita. Predicación profética. Las previsiones que hizo


Dios cuando la elección del primer rey se fueron cumpliendo. Aquellos reyes olvidaban a
menudo su dependencia de Yahwéh.
Eran rebeldes a sus mandatos (2 Sam 12,1-12; 24,10-17), se alejaban de Dios (1 Reg 11,1-4; 12,32-
33), rompían la Alianza.

Los profetas, impulsados por el Espíritu de Dios, se enfrentaron decididos contra esa actitud de
los reyes con duras y enérgicas amenazas (1 Reg 17,1; 22,19-23; Is 28,1-4; Ier 8,1-7). Sus palabras
se cumplieron y los reyes de Israel y de Judá serán deportados (2 Reg 17,22-23; 25,6-12). El
pueblo rechazó la realeza de Yahwéh. Ahora, en el exilio, sufrirá las consecuencias de tan nefasta
elección.

Pero la bondad de Dios sigue en pie. Los profetas dejaron entrever siempre la luz serena de una
esperanza de salvación (Is 29,17-24; Ier 5,18; Os 11; Ez 16,59; 17,22): Al fin de los tiempos vendrá
el verdadero rey de Israel, el Hijo de David, que regirá por siempre a su pueblo. Así
se hablará de un nuevo éxodo (Is 40,1-11), de una nueva Alianza (Ier 31,31-33; Ez 36,25-29), de
una conquista, de un nuevo reinado en el monte santo (Is 2,3-5). El tiempo transcurre y tras la
breve historia de los Macabeos (v.) viene de nuevo la depresión. Con Herodes y sus
descendientes se llega al punto álgido de la degradación, pues el trono está ocupado por
idumeos, hombres que no pertenecen al pueblo santo de Dios. Los ánimos se enardecen cada vez
más: Las sucesivas derrotas y humillaciones han llevado las esperanzas y los anhelos de
salvación hasta su punto máximo. Todos piensan ydesean la llegada «del que ha de venir».
Todos ansían su presencia salvadora.
Pero en la mayoría de los judíos esas esperanzas mesiánicas son interpretadas con un sentido
fuertemente nacionalista y político (v.
MESIANISMo). Todos soñaban con la vuelta del esplendor de la edad de oro de la monarquía de
los tiempos de David. Todas las profecías de universalismo tendrán su cumplimiento con el
triunfo del Mesías, el Ungido de Yahwéh, el Rey de Israel.

2. NUEVO TESTAMENTO.
a. La llegada del Rey. Un acontecimiento turbó por unos momentos la vida de Jerusalén. En
el palacio del rey Herodes el Grande se presentaron unos personajes que, procedentes de lejanas
tierras, preguntaron por el recién nacido rey de Israel, para rendirle pleitesía. Los rabinos
respondieron a la pregunta del rey, que, receloso de perder el trono, intentó matar a ese niño.
Pero el acontecimiento se quedó sólo en un hecho esporádico que se borró con el tiempo (v.
EPIFANíA). Herodes murió antes de que ese recién nacido hiciera su aparición por tierras de
Palestina.

Muchos años después un nuevo personaje volvió a despertar el ansia y la esperanza de los
israelitas. La austera figura de Juan Bautista (v.), su palabra recia y encendida, su mensaje
exigente, su bautismo de penitencia, todo ello atrajo a las muchedumbres. En las orillas del
Jordán la voz de Juan el hijo de Zacarías resonó con fuerza y claridad: «
¡Arrepentíos, el Reino de los cielos está cerca! ». Es el Precursor del Rey de Israel, el amigo del
Esposo, la voz que clama en el desierto para abrir el camino al que viene: ese que es antes que él,
la Luz verdadera, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el Mesías esperado, el Hijo
de Dios, el Rey de Israel. Su testimonio es valiente, decisivo (Mt
3,1-15 y par.; lo 1,19-36).

Ese hombre que vino de Nazareth, tan sencillo, fue señalado por el Bautista. Juan y Andrés
fueron los primeros discípulos; después Pedro y Felipe. Luego será Natanael, que se resiste a
reconocer a Jesús como el Mesías, pero que acabó rindiéndose y confesándole como «el Rey de
Israel»
(lo 1,35-51).

El Rey de Israel ha llegado. Este rumor corre de boca en boca. Las muchedumbres le siguieron
esperanzadas, aliviadas por el consuelo de sus palabras, remediadas en sus dolores y
enfermedades. Pero los fariseos recelaban de Él, le envidiaban. En unos despertaba entusiasmo y
en otros odio. Jesús no era un guerrero, un hombre avezado a la lucha, no tenía la pretensión de
escalar el poder. Pero era persuasivo. Sus palabras llegaban al alma de sus oyentes, sus milagros
confirmaban su doctrina, su misericordia atraía poderosamente, su valentía al hablar, su
serenidad.
Había dicho que el «Reino de Dios está cerca» y esto abría los corazones a la esperanza en las
grandes promesas de los profetas.

b. La predicación del Reino de Dios. El primero de los grandes discursos que nos
transmite S. Mateo es el sermón de la montaña (Mt 5-7).
Los exegetas han llamado a este sermón la «Carta Magna» del R. de D.
Efectivamente, en estas perícopas tenemos el núcleo central de toda la doctrina de Jesús.
Comienza con las bienaventuranzas (v.). En la primera se habla de los pobres de espíritu que son
bienaventurados precisamente porque de ellos es el Reino de los cielos. La última
bienaventuranza, dedicada a los que padecen persecución por ser justos, habla también de que
ellos son los poseedores del Reino de los cielos. Con esta inclusión, tan del estilo semita, se está
recalcando una idea determinada, la de que el R. de D. es el premio de los bienaventurados, la
salvación divina.
En todo ese sermón está presente de algún modo la Ley del antiguo reino de Yahwéh. Esa Ley es
como el punto de arranque para llegar a la nueva situación en la que el orden antiguo se renueva,
lo anunciado se cumple, lo prefigurado se culmina y perfecciona. Aquella soberanía de Dios que
se identificaba con su voluntad salvífica viene expresada con un lenguaje nuevo que pone el
acento en la Providencia de Dios, ese Padre que cuida de los hombres con más esmero que cuida
de los lirios del campo o de los pajarillos de poco precio (Mt 6,25-32). Soberanía de Dios que vela
por las necesidades de los suyos, de tal forma que no es admisible la inquietud por el mañana, la
preocupación por el alimento o el vestido.
Sólo es necesaria una cosa: buscar el R. de D. y su justicia y lo demás se nos dará por añadidura
(Mt 6,34).

A lo largo de su predicación Jesús va proclamando la salvación, la llegada del R. de D. con sus


exigencias y con las grandes promesas que lleva consigo. De nuevo será Mateo, justamente
llamado el evangelista del Reino, quien agrupe las parábolas relacionadas con nuestro tema, y
que los demás evangelistas las colocan en un contexto diverso, o las omiten.
Jesús aclarará a los suyos el misterio del Reino de los cielos (Mt 13,11)
que a los demás les está oculto. Les explica cómo la semilla del sembrador de la parábola es la
palabra del Reino, que unos aceptan y otros rechazan, que en unos fructifica y en otros se seca.
Hablará de la acción del enemigo que nunca duerme, de la cizaña que nace junto a la buena
hierba. Del grano de mostaza que simboliza el humilde comienzo del Reino que un día será un
frondoso árbol, cuyas ramas alcancen los confines de la tierra y cobijen a todos los hombres del
universo. La levadura, el tesoro escondido, la perla maravillosa, la red barredera.
Fuerza expansiva del R. de D. que irá penetrando con su poder fermentador en todos los
entresijos del tiempo y del espacio. Bien único por el que vale la pena el sacrificio total. R. D. que
ha de pasar por una fase terrena, en la que buenos y malos vivan mezclados, hasta el momento
definitivo en el que Cristo venga como Rey con gran poder y majestad, sobre las nubes, para
juzgar a vivos y muertos (Mt 25,31-46), para dar el Reino a los que fueron fieles y para rechazar
eternamente a los que no lo fueron.

c. Un Rey inesperado. Jesús continuó hablando a los hombres del R.


de D., recordándoles su proximidad, su presencia ya actual en medio de ellos (Lc 17,21). Sus
palabras iban acompañadas de grandes signos, obras extraordinarias que sólo quien tiene a Dios
consigo, o el que es el mismo Dios, podía realizar. Pero por otra parte la actitud de Jesús
desconcierta al pueblo. Su modo de entender el R. de D. difiere totalmente del modo de pensar
de los judíos de su época. Así ante el dominio de los romanos bajo el imperio del César, Jesús no
toma una postura de repulsa, ni tampoco de aceptación. Él se niega a tomar parte en la vida
política de su tiempo. Cuando, para tentarle, le preguntan sobre la licitud de pagar el tributo,
Jesús les da la célebre respuesta que entraña todo un programa de vida: «Dad al César lo que es
del César, y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 15-22). En otra ocasión también intentan mezclarle
en una cuestión meramente temporal. A esos herederos que no llegan a un acuerdo en el reparto
de la herencia y que acudieron a Jesús para que resolviera la cuestión, Jesús les contestó que no
había venido a resolver semejantes litigios (Lc 12,13).

Es más, hay una etapa en su vida en la que rehúye que se le conozca como Mesías, como el Hijo
de David. Y así recomendaba con insistencia a los que le siguen que nopropaguen sus milagros.
Hablaba de sí y de su misión en un tono un tanto misterioso bajo el título de Hijo del Hombre,
poco conocido para sus oyentes. Es cierto que habló de un triunfo y de una glorificación, de una
exaltación; pero ese acontecimiento futuro lo relaciona con una cruz, con un padecer y morir.
Ante la incredulidad de los judíos, Jesús llega a decir que cuando sea levantado en alto entonces
le conocerán (lo 8,28). El mismo evangelista S. Juan refiere cómo ante la inminencia de la
terrible hora de la pasión Jesús se turba hondamente.
Pero en seguida se repone tras la voz del Padre que habla de su glorificación. Entonces Jesús
afirma que cuando sea levantado sobre la tierra atraerá a todos los hombres hacia sí (lo 12,32).
Pero hasta que llegue ese momento Jesús huyó del entusiasmo de las muchedumbres que se
empeñaban en hacerlo rey. Ante este impulso de la multitud Jesús se marcha solo al monte (lo
6,15). Pero antes obliga a los discípulos a que suban a la barca y se alejen de allí (Mc 6,45), como
temeroso de que también ellos se sumen al entusiasmo enardecido del pueblo.

Jesús no habla de lucha violenta contra los opresores de Israel, como solían hacer los falsos
mesías que surgían de cuando en cuando (Act
5,35-37); Jesús no habla de odio. Él habla de amor a todos los hombres, incluidos los mismos
enemigos (Mt 5,43-48); enseña la renuncia de uno mismo, la necesidad de coger la cruz y de
caminar tras sus pasos si se quiere ser discípulo suyo (Lc 9,23).

d. Un Reino que no es de este mundo. Una vez que Cristo ha dejado bien claro en qué
consiste su reinado y de cuáles son las condiciones para entrar en él, entonces reconoce su
condición de Rey. Entonces los suyos habrán comprendido, aunque sólo sea en parte, que su
Reino está lejos de lo que pensaban los dirigentes de Israel, habrán olvidado en algún modo sus
ansias de poder y dominio. En esa etapa de la vida de Cristo, ya la última, Jesús no duda en
entrar triunfalmente en Jerusalén, aclamado por la gente, vitoreado por los niños, acompañado
con palmas y ramos de olivo. La profecía de Zac 9,9 se cumple en ese momento en el que el Rey
avanza, sereno y sencillo, montado sobre una humilde bestia de carga (Mt 21,4-11). Y luego,
cuando le tengan maniatado, cuando la multitud le desprecie a grandes gritos, no dudará en
reconocer su propia realeza.

En la pasión el Maestro hace ejemplo vivo esa doctrina de renuncia que había predicado, de
fidelidad heroica a los planes de Dios. Así, cuando el pueblo grita que no tiene otro rey que el
César, el Señor dirá
ante Pilato que Él es Rey. En lo 18,36 Cristo afirma categóricamente: «Mi reino no es de este
mundo; si de este mundo fuera mi reino, mis ministros habrían luchado para que no fuese
entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí». Con una construcción literaria de inclusión
y de concatenación se subraya con fuerza la idea de que ese reino no es de este mundo. Su reino
es el reino de la Verdad, y sólo los que son de la Verdad escucharán su voz, pertenecerán a su
Reino (lo 18,33-37).

La pasión de Cristo relatada por S. Juan viene a ser como un recorrido triunfal del gran Rey que
camina majestuoso hasta el elevado trono de la cruz, dando así el primer paso de su camino
ascensional hacia la cumbre de su gloria. Levantado como la serpiente de bronce en el desierto es
el signo de salvación para todos los que lo miren con ojos de fe (lo 3,14; Num 21,8 ss.), será el
centro de atracción para los dispersos que constituyen el resto de Israel (Ier 31,3-8; lo 12,32).
Jesús clavado en la cruz es el Cordero degollado que con su sangre redime al mundo entero (Apc
5,6; lo 1,35), el Rey de reyes (Apc 17,14), el signo definitivo que muestra a los hombres el infinito
amor del Padre por el mundo (lo 3,16; 1 lo 4,9-10). Creer en ese Rey crucificado es participar en
el R. de D. En el Calvario hubo un hombre que supo descubrir a través de la desastrosa
apariencia de un ajusticiado la realeza grandiosa del Rey de Israel. «Acuérdate de mí cuando
estés en tu Reino», le dijo. y ese Rey extraño pero imponente le responde con majestad: «En
verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,42).

e. Los ciudadanos del Reino. Un hombre entra en el Reino, un ladrón que se arrepiente de
sus pecados y que suplica con humildad. El hecho está en perfecta consonancia con la doctrina
de Jesús, con las frecuentes situaciones que vivió en su vida pública. Efectivamente, él era amigo
de publicanos y de pecadores, se reunía con ellos ante el escándalo manifiesto de los fariseos. A
éstos, los orgullosos, los engreídos, les llega a decir que los publicanos y las rameras les
precederán en el Reino de los cielos (Mt 21,36). Con estas palabras indica Jesús la necesidad de
la contrición, de la penitencia, de la compunción del corazón para entrar en el R. de D. En otras
ocasiones también apuntará a lo mismo, aunque desde un punto de vista distinto. Así pone a un
niño en medio de los apóstoles que discuten acerca de quién será el primero en el Reino. Ante
esas ambiciones, el Maestro les asegura que sólo el que se hace como un niño entrará en el R. de
D. y añade que el que quiera ser el primero que sea el último, el servidor de todos (Mt 20,27).
Los pobres de espíritu, los que no ponen su confianza en las riquezas, los que sólo se apoyan en
Dios, los que sufren y lloran, los que saben perdonar, los que se esfuerzan hasta violentarse a sí
mismos (Mt 11,12), los que sepan descubrir a Cristo tras el hombre necesitado (Mt 25,31-46),
esos serán los que entren en el Reino de Dios.

Los otros no entrarán: los que no perdonaron (Mt 18, 21-35), los que despreciaron a los demás
(Lc 18,9-14), los ricos que se olvidaron de los pobres (Lc 16,19-31), los que no cumplieron los
mandamientos. «No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los
afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni
los rapaces poseerán el Reino de Dios» (1
Cor 6,16). En el mismo sentido se pronuncia el Apóstol en Gal 5,21 y Eph 5,5.

f. Reino de Dios e Iglesia. El R. de D, está proclamado. Una nueva etapa de la soberanía de


Dios se vislumbra, la etapa de la restauración auténtica del verdadero Israel. Un nuevo término
aparece en el evangelio de S. Mateo: Iglesia, ekklesía en griego. Término por otra parte que se va
a ir imponiendo, sobre todo a partir de los escritos paulinos. Y así
del silencio casi absoluto de los evangelios, se pasa a la abundancia de referencias, especialmente
en las epístolas paulinas de la cautividad.

El vocablo ekklesía ya fue utilizado por la versión griega de los Setenta, que traducían así el
término hebreo qahal. Por tanto, en esta dimensión del qehal Yahwéh del A. T. hay que ver el uso
del vocablo ekklesía en S. Mateo. Así se nos presenta a la Iglesia de Cristo como el nuevo pueblo
de Dios, el anunciado por )os profetas, el que nacería del «resto de Israel» que había
permanecido fiel a la Alianza (v.).

Respecto a la relación que existe entre el R. de D. y la Iglesia los autores se dividen. Unos se
inclinan por la identificación total o parcial, mientras que otros hablan de una diferencia
absoluta o parcial.
Para solucionar la cuestión es necesario ver antes la relación que se daba en el A. T. entre el
antiguo pueblo de Dios y el R. de D., para de este modo ver la relación entre el nuevo pueblo de
Dios y ese mismo Reino.

Al estudiar el R. de D. en el A. T. vimos que Dios venía presentado como el dueño absoluto de


cuanto existe, con una potestad soberana sobre todas las criaturas. Veíamos también como esa
soberanía se ejercía de forma particular sobre el pueblo escogido, sobre Israel, que viene a ser el
R. de D. Según los profetas ese Reino extendería sus fronteras hasta los confines más remotos
del universo. Así llegaría un momento en que el R. de D., entendido como reinado de Dios o
aceptación rendida de ese dominio, sería universal.

Pues análoga relación se da entre el R. de D. y la Iglesia (v.). El nuevo Rey de Israel ha fundado
su Iglesia, su pueblo, a través de la cual el reinado de Dios se irá extendiendo a todos los
hombres, para que así
se salven. Por tanto, llegará un momento en que todo quedará sometido a Cristo (1 Cor 15,24;
Apc 12,10). Entonces toda la creación será partícipe de esa salvación y surgirán «los cielos
nuevos y la tierra nueva en que tiene su morada la justicia, según la promesa» (2 Pet 3,13; cfr.
Rom 8,22).
g. Fase escatológica del Reino de Dios. En la predicación del R. de D. se apunta a veces a su
fase definitiva. Pero también está muy claro que el triunfo de Cristo, la llegada del R. de D., es ya
una realidad actual que los justos que mueren en el Señor están ahora gozando (Apc
14,13; 18,20). Ya vimos cómo Jesús en la cruz promete al buen ladrón la entrada inmediata en su
Reino (Lc 23, 43). No podemos olvidar que junto a la Iglesia peregrinante ya la purgante, está la
Iglesia triunfante, es decir , la porción del pueblo de Dios que ya ha llegado a la tierra prometida
y que disfrutan actualmente los bienes definitivos del Reino.

Así, pues, se habla de que los tiempos se han cumplido (Mc 1,15) y de que el R. de D. está cerca
(Mc 13,29; Lc 10,9; 12,54), incluso de que ya está presente (Lc 17,21). En algunos momentos se
tiene la impresión de que la Parusía (v.) es algo inminente (Lc 21,32 y par.). Pero por otra parte
Jesús habla de que esa hora sólo es conocida por el Padre (Mc 13,32
y par.; Act 1,8). Se da, pues, una aparente contradicción. Para resolverla unos dicen que son
expresiones correspondientes a distintos estados de ánimo de Jesús. Otros opinan que los
pasajes referentes a la inminencia son del Señor, mientras los que hablan de un futuro lejano e
incierto son interpolaciones de la comunidad. Ninguna de esas soluciones es convincente. Más
bien hay que pensar en la intención de poner en sobreaviso a los cristianos de la llegada del R. de
D. Por una parte insistiendo en su inminencia, incluso en su presencia actual como fase
intermedia, y por otra parte hablando de la Incertidumbre del último momento. Con todo esto se
da una poderosa razón para vivir en actitud vigilante, con el anhelo de quien espera la llegada del
esposo, con la pronta disposición del criado bueno y fiel (Mt 24,42-51 ; 25,1-12). Ese deseo se
concreta en la segunda petición del Padrenuestro, que implora la llegada del R. de D. (Mt 6,10).

Con esa esperanza ha de vivir el creyente, en un continuo adviento que le recuerde siempre la
promesa de la venida del Reino. Los primeros cristianos expresan esa actitud de espera vigilante
en esta breve jaculatoria: Marana tha, ven Señor (1 Cor 16,22). Así en medio de las persecuciones
viven serenos, confían oír al séptimo ángel que anuncie la llegada del R. de D., la soberanía
universal de Cristo (Apc 11,15; 12,10).

A. GARCÍA-MORENO.

BIBL.: R. ScHNACKEMBURG, Reino y reinado de Dios, Madrid 1970; I.


BoNSIRVEN, Le regne de Dieu, París 1957; M. BUBER, Konigtum Gottes, Heidelberg 1956; I. DE
FRAINE; L'aspect religieux de la royauté
israélite, Roma 1954; I. M. CASCIARO; Iglesia y pueblo de Dios en el Evangelio de S. Mateo, en
XIX Semana bíblica española, Madrid 1962; O.
KARRER, El Reino de Dios hoy, Madrid 1963; W. PANNENBERG, La teologia e il Regno di Dio,
Morcelliana 1971; I. M. CASCIARO, Jesucristo y la sociedad política, Madrid 1972; M.
MEINERTZ, Teología del )Nuevo Testamento, Madrid 1963, 25-66.