Veblen y el Institucionalismo
Veblen y el Institucionalismo
(Y LA CORRIENTE INSTITUCIONALISTA)
RESUMEN
SUMARY
The 150 th. Anniversary of Th. Veblen is a very good opportunity to remember the Veblen’s
thought. The work goes through the Veblen’s singular points of view, with the aid of the
reading guide of two of his principal books: “The Leisure Class” (like a true essay of
sociology) and “Theory of Business Enterprise” (an essay of economy). And, after that, we
walk quickly across the different paths of analysis that were opened by Veblen, such as the
old American Institutionalism (Commons, Mitchell, Ayres, Galbraith), the New Institutionalism
(Coase, North) and the very fresh Evolutionism (Nelson, Winter).
*******
§
El Dr. Alberto Figueras se desempeña en el Instituto de Economía y Finanzas de la Facultad de Ciencias
Económicas de la Universidad Nacional de Córdoba; en tanto el Lic. Hernán Morero en la Escuela de Graduados
de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Córdoba.
1
Es necesario aclarar que los adeptos a la teoría institucionalista (Mitchell, Veblen,
etc.) difieren en sus conceptos, así como también en cuanto a sus objetivos, contenido y
metodología. Las cuestiones que preocupan a los institucionalistas son tan diversas, que la
palabra “escuela” se debe emplear aquí no en un sentido estricto, sino más ligero y amplio.
Sin embargo, si bien los institucionalistas se abocan al estudio de una amplia diversidad
temática, siempre le dan importancia al problema de la organización y el control del sistema
económico. Es decir, le dan principal atención a la estructura de poder de la sociedad y al
sistema de creencias (belief system), como factores que, en última instancia, son los
elementos explicativos más importantes de los fenómenos sociales y, naturalmente, de los
económicos. Por decirlo de manera simplificada, todos consideran que la performance
económica es una “función”, inter alia, tanto de la tecnología, como de las instituciones, y
puede decirse que ello hace, en cierto modo, al corazón del paradigma institucionalista
(Samuels, 1987).
El líder del institucionalismo norteamericano fue Veblen, discípulo díscolo de John Bates
Clark (el “creador” de la solución distributiva de la teoría neoclásica, que agota el producto
total remunerando según las productividades marginales, bajo el supuesto de rendimientos
constantes a escala). Nacido Thorstein Bunde Veblen, en 1857, en Cato, Estado de
Wisconsin, de ancestros noruegos, estudió en la Carleton College, una escuela confesional
que le imprimió una serie de convicciones morales en ciertos aspectos (no en todos por
cierto, ya que se vio envuelto más tarde en escándalos “afectivos” con sus alumnas, lo que
le costaría el cargo en Chicago, cuando rondaba los 47 años). Pero su formación económica
la obtuvo en la John Hopkins University, en donde fuera discípulo de Clark. A los 27 años,
se doctoró en Yale; y unos 7 años después se incorporó a Chicago, en donde fue llamado a
organizar el departamento de economía y a ser editor del Journal of Political Economy y
donde permaneció hasta los escandaletes románticos. Tiempo después ocupó cargos en
Standford y en Missouri. Desde 1919, destinó los últimos años de su vida académica a la
radical New School for Social Research, y murió en agosto de 1929, en California, unas
semanas antes del inicio de la Gran Depresión de 1929. Pese a cierta fama al momento de
su muerte, su trayectoria académica es un buen ejemplo del “marginado” por lejanía con el
enfoque académico prevaleciente.
2
de ser del “consumo ostentoso” (este concepto será retomado luego en la sociología por R.
Merton, P. Bourdieu, y en cierto modo por Jean Braudillard). En cuanto al “cambio”, de
algún modo, en su estudio, intentó incorporar a las ciencias sociales un pensamiento de
rigurosa moda en su tiempo: el darwinismo (recordemos que el mismo A. Marshall realizó un
intento similar). Incluso aplicó a las instituciones económico-sociales, la metáfora de la
“selección natural” (aunque por otro lado, remarcó que sus proposiciones no avalaban un
darwinismo social al estilo de Spencer). Efectivamente, inspirado en una visión
evolucionista darwiniana, realizó una aproximación multidisciplinaria de la economía,
uniéndola con aspectos sociológicos y antropológicos (siempre con una actitud radical). Así
incorpora en su perspectiva epistemológica la filosofía pragmatista americana,
especialmente de Charles Peirce (1) y de William James (lo cual no deja de ser paradójico,
dada su crítica de la sociedad americana..., cuyos valores, hoy siglo XXI, queda ya
claramente manifestado, se han estructurado desde una visión precisamente pragmatista de
la vida).
Los fenómenos que más interesan a Veblen son las instituciones, entendiendo por
ellas un “conjunto de ideas”(2): estéticas, sociales, religiosas, etc. Es decir, que su
concepto de instituciones no encaja en la actual definición sociológica del término (aunque
esté contenida por ella). Podríamos decir que la institución para Veblen es una manera de
“hacer cosas” (las instituciones tecnológicas) o de “pensar cosas” (las instituciones
ceremoniales”). El centro focal de su obra se encuentra en la explicación del cambio,
digamos en la “evolución”, siendo el cambio tecnológico el motor principal. Pero ya
llegaremos a eso.
Primero apuntemos que fue un crítico del “modus operandi” de la teoría neoclásica
por demasiado estática y deductiva. Negó incluso validez a sus supuestos, base de la
deducción, como el postulado de “conducta racional”. Hasta puso en duda el campo de
estudio del economista: ya no serían las propiedades asignativas de los precios en
condiciones de equilibrio estático sino el impacto desestabilizador de las
transformaciones tecnológicas e incluso de los gustos, junto con el estudio de la
emergencia de un conjunto de instituciones y su efecto en la realidad social.
Veblen adopta, entonces, una perspectiva sicológica más abarcativa (¿sería en esto
un precursor de la economía del comportamiento o incluso de la neuroeconomía?). En su
visión, el hombre actúa más bien instintivamente que reflexivamente, guiado por cuatro
instintos: (a) el instinto natural del trabajo “artesanal” o eficiente(3) (workmanship
instinct) (algo similar había sostenido Smith en su “Teoría de los Sentimientos Morales” y
mucho antes M.T.Ciceron)(4); (b) el instinto de emulación, que es la tendencia a seguir las
conductas sociales del grupo de referencia; (c) el instinto de curiosidad inútil (idle
curiosity), que opera cuando se han cubierto las necesidades básicas. Lo que quiere
significar este extraño calificativo de “inútil” es la inclinación al conocimiento “per se” (esto es
alejado de propósitos utilitaristas, incluida la propia ganancia). El “no trabajo” llevaba
consigo desutilidad, pues Veblen sostenía esa “especie” de realización del hombre en el
trabajo eficaz. (d) el instinto de autoconservación, que es un símil si se quiere del
principio egoísta de la teoría ortodoxa.
1
En el plan metodológico de los institucionalistas se hace uso de la inferencia llamada “abducción”, elaborada por el filósofo
C.S. Peirce. Inferencia que puede conceptualizarse como un empirismo que parte de la causa para remitirse a los efectos.
Suele mencionarse como una forma típica de abducción ( backward induction) a la metáfora.
2
“Las instituciones son, en sustancia, hábitos mentales predominantes con respecto a relaciones y funciones particulares del
individuo y de la comunidad” (Veblen, 1899). Los hábitos mentales predominantes son convenciones y actúan como normas
de comportamiento, lo que queda incluido en la definición sociológica de institucionón, aunque ella sea más amplia. No toda
norma de comportamiento constituye hábitos predominantes de pensamiento (pueden ser producto de la mera coacción), pero
lo contrario sí puede ser cierto (y los hábitos predominantes de pensamiento actuar, de forma coactiva, como una norma).
3
También instinto hacedor o laborioso (o del trabajo bien hecho, como suele figurar en la literatura)
4
En este concepto de la teoría de Veblen, se vislumbra de alguna manera el peso del entorno “eficientista” americano.
3
Entonces, para ir delineando la perspectiva general del pensamiento de Veblen
(figura 1), señalemos que la raíz de las “instituciones”, que tanto le interesaban, está en los
instintos humanos, y el cambio (y los problemas sociales) son un juego entre instituciones.
El comportamiento humano está comandado, en distinta medida según el caso y tipo de
institución, por los tipos de instintos que hemos sintetizado y se manifiesta, dependiendo del
proceso socio-histórico que haya transcurrido, en determinados hábitos. Los hábitos
conforman colectivamente, digamos se cristalizan en las instituciones. Las cuales aparecen
para apoyar un conjunto determinado de circunstancias materiales. Este conjunto de
circunstancias materiales se apoya en las instituciones vigentes y, al mismo tiempo, las
limita, formando hábitos de pensamiento predominantes y las preconcepciones embebidas
en las instituciones. Es decir, las instituciones en un sentido amplio y una determinada
cosmovisión del mundo aparecen para apoyar un conjunto de circunstancias materiales y, a
través de la formación de propensiones colectivas o patrones sociales de comportamiento
afectan y conducen la conducta individual.
Entonces, son los instintos, por un lado, y las propensiones colectivas, por otro, en
cierto modo los determinantes del comportamiento individual, que no se presume
optimizador, sino ruticinado, a través de hábitos. Pero asimismo, y esto es lo fundamental de
su esquema conceptual, las instituciones que forman esas propensiones colectivas son
afectadas, son formadas por la conducta de los individuos. Estructura y agencia se co-
determinan, co-evolucionan.
4
Existencia de leyes naturales o mano invisible a la cual respondan los
fenómenos sociales
Veblen sostiene que tras la idea de un precio de equilibrio se esconde la idea de que
el mismo es un designio de orden natural. Considera esta idea de un orden natural como
“una tontería superficial”. Piensa que creer en la existencia de un orden natural es
determinista y que, por el contrario, los estadios finales del desarrollo social no pueden
predecirse con exactitud. Un institucionalista muy posterior a Veblen, decía sobre él:
Veblen no critica el uso del supuesto del móvil del egoísmo para al análisis de la
realidad social, sino a la importancia excesiva (a su ubicuidad en el análisis) que le ha dado
la economía ortodoxa. En consecuencia, Veblen trabaja con una multiplicidad de móviles
humanos, como hemos dicho: el móvil de la emulación, el workmanship instinct, la idle
curiosity y el instinto de autoconservación (símil del de egoísmo) o depredador. Según el tipo
y el foco del análisis, el teórico enfatizará más en uno o en otro.
5
desplazan un poco por todas partes, pero lo dejan intacto. No tiene pasado ni
futuro” (Veblen 1899).
De este modo, Veblen señala una importante limitación de la economía ortodoxa que
es considerar al hombre como sujeto a-histórico. Ni la historia lo cambia, ni él puede cambiar
la historia. Se trata de un calculado aislamiento de su contexto socio-histórico. El individuo
tan sólo reacciona como un autómata a cambios paramétricos en el ambiente.
Veblen sostiene que la economía ortodoxa tiene una visión primitiva del cambio, por
basarse en “analogías mecánicas”. La explicación ortodoxa, implícita en un análisis de
estática comparativa ordinario, es que los desplazamientos ocurren debido a fuerzas
exógenas y el análisis ocurre con aplicación de la cláusula protectora ceteris paribus. Por
tanto, ese cambio constante de los parámetros no permitiría conocer el punto final de
equilibrio en los análisis de estática comparativa, y hacerlo conmesurable con el estado de
equilibrio inicial. Veblen sostiene que, incluso bajo la cláusula ceteris paribus, los fenómenos
sociales no tienden al reposo, sino que poseen una dinámica continua (están en un
constante cambio). Desde su perspectiva, la economía ortodoxa tenía una visión simplista y
no explicativa del cambio (sino, cuanto mucho, de sus efectos) y, por su parte, prefirió
analizar el cambio en el sistema social como la co-evolución entre instituciones y hábitos,
como pasaremos a reseñar en la sección siguiente.
5
La dicotomía de Veblen es una variante especializada de la teoría instrumental del valor de J.Dewey, con quien Veblen
coincidiera en la Universidad de Chicago.
6
Figura 2: El cambio social como coevolución entre instituciones
7
la distinción valorativa entre las personas, moldean un conjunto de preconcepciones y
propensiones acerca de los hábitos de consumo individuales(6).
Una de las tesis de Veblen es la idea de que coexisten dos tipos de instituciones
o “hábitos de pensamiento”: las anticuadas, que mantienen la organización tradicional de
la vida económica; y las nuevas, que tienden a socavar los viejos modelos de organización
económica y por lo tanto conducen a cambios. A su vez, estas nuevas instituciones
6
Las preconcepciones están siempre, pero se destacan en un “estadio” particular de la tecnología. Así, el consumo opulento y
el ocio vacuo son preconcepciones que están siempre presentes, pero que se ponen de manifiesto en la actual etapa
tecnológica (incluso acallando el ocio vacuo al instinto de trabajo).
7
Bien es cierto que los evolucionistas miran la concepción marxista del sistema económico también como “evolucionista”, en el
sentido de ve el sistema económico como un “cuerpo” en constante cambio, a través de la dinámica de las fuerzas productivas
y las relaciones de producción. Sin embargo, esto en Marx es mecánico y no biológico, y así lo entiende el propio Veblen en
su crítica a Marx.
8
Algunos autores lo consideran un evolucionismo lamarckiano, antes que darwinista.
9
Veblen definió etapas históricas en su análisis. Distinguió el mundo prehistórico (“estado salvaje”) y el histórico (“sociedad
rapaz”). En esta última etapa, apuntó a su vez dos épocas: la “barbarie” (en la cual predomina el saqueo y la guerra como
principales y más lucrativas actividades) y la “edad pecuniaria”, que abarca todo el tiempo posterior al medioevo, cuando la
actividad belicosa se torna comparativamente menos lucrativa. Distingue dentro de este período pecuniario dos subperíodos:
la era “artesanal” (hasta el siglo XVIII) y la era de la “máquina” (desde fines del XVIII hasta hoy) (“The instinct of workmanship
and the state of the industrial arts”, N.York, 1914)
8
resultan de nuevas formas de actividad productiva, que son producto del cambio
tecnológico:
“La situación de hoy define las instituciones de mañana (...). Las instituciones, es
decir los hábitos de pensamiento, bajo cuya guía los hombres viven, son en este
sentido recibidas de tiempos pasados, más o menos remotos, pero en cualquier caso
han sido elaboradas y recibidas del pasado” (Veblen, 1899).
10
En la elaboración de este capítulo, contamos con la colaboración del Lic. Sebastián Alvarez, a quien agradecemos
profundamente por su participación.
11
Es importante aclarar que, como bien afirma Fernández López, la TCO no hace referencia a “quienes no hacen nada con su
tiempo, sino a quienes sólo hacen cosas destinadas a marcar su status en la sociedad, sin que ello represente ningún aporte a
la creación de bienes útiles” (Suplemento Cash, Página 12, 2005).
9
laboriosidad útil (12) que contrasta con la visión autómata del consumidor que impera en la
economía ortodoxa, bajo el supuesto de comportamiento optimizador de la utilidad en
condiciones de previsión perfecta (13). Para ello, Veblen estudia cómo a lo largo de la
historia de la humanidad han surgido diversos elementos de distinción valorativa de clase
junto con la distinción valorativa entre tareas (industriales y no industriales, tales como la
guerra o el gobierno).
12
Es decir Veblen considera que el individuo es un actor que, en la persecución de un fin “(…) tiene gusto por el trabajo eficaz
y disgusto por el esfuerzo fútil (…) un sentido del mérito de la utilidad (serviceability) o eficiencia y del desmerito de lo futil (…)”
(TCO, I) Ello constituye lo que llamó el instinto del trabajo eficaz o ‘workmanship instint’.
13
Veblen considera la teoría ortodoxa del consumidor inválida por tres razones: i) considerar preferencias dadas a los
individuos, es decir la exogeneidad –en el análisis– de las preferencias, ii) considerar que todo gasto genera una satisfacción
independiente de la satisfacción de los otros individuos, iii) considerar que la satisfacción que genera el consumo de un gasto
es independiente de la satisfacción que podría haber provocado cualquier otro. Atendiendo a estas falencias, procura estudiar
la emergencia de los hábitos de consumo, la formación de los gustos, su significación económica y su relación con la
emergencia de determinadas instituciones como la propiedad privada y una clase ociosa. En esto combina elementos
provenientes de la sociología, antropología, psicología y la economía en una teoría del consumo por emulación
(pecuniaria).
14
Hay que señalar aquí que lo que caracteriza el paso de una etapa a otra, no es la existencia, frecuencia o intensidad de los
actos de barbarie y conflictos entre los pueblos, sino que es la institución de una disposición mental belicosa; es decir, la
existencia de un perfil psicológico preponderantemente predatorio o guerrero en los individuos . Éste es el “carácter o espíritu
social” de la época.
10
En la Introducción (Capítulo I) a su obra, Veblen sostiene que la primera forma de
propiedad nace bajo la forma de hazañas y trofeos de guerras durante los estadios
culturales primitivos. Así, de la incautación de mujeres como trofeo de guerra, como forma
de poner en evidencia la fortaleza y como manera de mostrar ostensiblemente un resultado
perdurable de las hazañas, surge la primera forma de propiedad. La propiedad nació, desde
la perspectiva de Veblen, para poder hacer visible la distinción valorativa entre las personas
y los grupos.
Veblen señala que en los estadios superiores de la cultura bárbara que caracterizan
a la Europa feudal y al Japón feudal, ya la institución aparece perfectamente desarrollada.
La distinción de clases es clara y su importancia económica yace en la distinción de
tareas de cada clase. Las clases altas están exentas de toda ocupación “laboriosa” y se le
reservan las tareas que se consideran honoríficas (como la guerra o el gobierno). Las clases
inferiores están excluidas hasta de las actividades subsidiarias de ellas (como el cuidado de
armas) y su ocupación exclusiva es el trabajo manual, digamos todo lo relacionado a
consecución de los medios de vida.
15
Así lo que habitualmente llamamos economía de mercado (o capitalismo, en el vocabulario marxista) resulta ser una
“cultura pecuniaria”, en donde desaparece el “instinto de trabajo” (o de laboriosidad) y se va hacia una “cultura” del derroche
ostensible, por vía del ocio y el consumo opulento, como instituciones socialmente aceptadas.
16
Tal como sostiene el autor, esto no implica que ya no se obtenga estima por otras señales más directas de proeza, ni que la
agresión predatoria o las hazañas guerreras dejen de tener aprobación y admiración social, sino que “las oportunidades de
distinción por medio de la directa manifestación de fuerza superior son cada vez menos posibles y frecuentes (...) crecen en
número y posibilidad las oportunidades para la agresión industrial y para la acumulación de la propiedad por los métodos cuasi-
pacíficos de la industria nómada” (TCO, II).
11
luchar, lo que se hace extensible con el advenimiento del capitalismo y la modernidad. El
móvil de la distinción valorativa subyace esencialmente al consumo(17), porque:
“(…) tiende más y más a modelarse como esfuerzo para superar a los demás en los
resultados (…). El éxito relativo, medido por una comparación favorable con los
demás, se convierte en el fin del esfuerzo que se acepta como legítimo y, por tanto,
la repugnancia por la futilidad se coliga en buena parte con el incentivo de la
emulación. Viene a acentuar la lucha por la respetabilidad pecuniaria al extender a
todo fracaso (…), una nota de desaprobación” (TCO, II).
17
Si bien Veblen sostiene que “la propiedad surgió y se tornó una institución humana sin relación con el mínimo de
subsistencia” y que su “ incentivo dominante desde el comienzo fue la distinción odiosa ligada a la riqueza” (TCO, II), ello no
quiere decir que “(…) no haya otros incentivos para la adquisición y acumulación que este deseo de superar en situación
pecuniaria y conseguir así la estima (…) de los semejantes. El deseo de una mayor comodidad y seguridad frente a la
necesidad está presente en todos y cada uno de los estadios (…) en una sociedad moderna; aunque el nivel de suficiencia en
estos aspectos está afectado, a su vez, en gran medida por el hábito de la emulación pecuniaria. En gran parte esta emulación
modela los métodos y selecciona los objetos de gasto para la comodidad personal y la vida respetable.” (TCO, II).
18
La necesidad de subsistencia y el aumento del confort físico puede ser un incentivo poderoso y omnipresente de adquisición
para las clases pobres, pero no para las clases de mayor prestigio social. No obstante ello, el deseo de riqueza, al igual que el
instinto de comparación valorativa, por su propia naturaleza, nunca se extingue en ningún individuo, cualquiera sea su clase
social.
19
En otras palabras, el tiempo de ocio, es decir, aquel empleado en actividades no productivas, responde primeramente, a un
sentimiento de indignidad del trabajo productivo y, en segundo lugar, a la necesidad de demostrar la capacidad pecuniaria de
vivir una vida inactiva.
12
Por lo demás, el ocio debe ser puesto de manifiesto, a través de prácticas formales y
ceremoniales, como los modales y la buena educación. Estas prácticas cumplen la función
de hacer manifiesto que se ha dispuesto el tiempo para cultivarlas, por la posición pecuniaria
de la persona. Conjuntamente surge la necesidad creciente de que personas allegadas
dispongan también de una vida de ocio; tal es el caso del personal doméstico y los criados.
Ellos serán los encargados de practicar el llamado ocio vicario, es decir, aquel ocio
necesario al que están obligados ciertas personas independientes y libres, pero que no
atiende su propio confort físico sino el de quien sirven. El ocio vicario constituye en sí mismo
un acto de consumo conspicuo de servicios ajenos(20). Por otro lado, el ocio ostensible, es
decir, aquellos “comportamientos ociosos” (v.gr.: los modales en la mesa) moldean pautas
de consumo conspicuo (v.gr.: el uso de más de media docena de cubiertos por comensal),
que deben ostentar, asimismo, grados de derroche.
Surge así el consumo como otro instrumento de distinción valorativa entre los
individuos. Tanto ocio como consumo conspicuo representan medios equivalentes e
igualmente eficaces para demostrar la posesión de riqueza (potencialidad pecuniaria). La
utilidad de ambos para el fin de la buena reputación radica en el elemento de derroche como
esencia común: en un caso es derroche de tiempo y esfuerzo y, en el otro, de bienes. La
elección entre uno u otro dependerá de las tendencias y caracteres propios de cada
comunidad. Así, mientras en la etapa cuasi-pacífica el ocio era el elemento principal, en la
etapa moderna actual la tendencia va en dirección de aumentar el consumo más que el ocio
ostensible.
Por un lado, la estimación social e individual viene determinada por el tipo (y nivel)
de gasto que se puede alcanzar. Está, entonces, determinada por el nivel de consumo que
se puede lograr: “el tipo de gastos aceptado en la comunidad o en la clase a que pertenece
20
Veblen considera que se constituye de este modo una nueva clase ociosa subsidiaria o derivada, cuya función es el ocio
vicario a favor y provecho de la respetabilidad de la clase ociosa principal o legítima: “el consumo y el ocio de tales personas
representan una inversión que hace el señor o patrón con la finalidad de aumentar su reputación” (TCO, IV).
13
una persona determina en parte cuál ha de ser su nivel de vida.” (TCO, V). El ser humano
incorpora esta manera de valorarse así mismo directamente a través de la contemplación
del esquema general de la vida en que está inserto, pero también “de modo indirecto
mediante la insistencia popular en la necesidad de conformarse a la escala aceptada de
gastos como canon de regularidad, bajo pena de la desestimación y el ostracismo. Aceptar y
practicar el nivel de vida que está en boga, es a la vez agradable y útil” (TCO, V). De esta
manera, se incorpora este modo de existencia como natural y, así, “para la mayoría del
pueblo de toda comunidad moderna, el fundamento próximo del gasto (…) no es tanto un
esfuerzo consciente por destacarse en lo costoso de su consumo ostensible como un
deseo de vivir al nivel convencional de decoro (…)” (TCO, V).
Se desata, así, una carrera, una lucha “pecuniaria” por la estima propia sobre la base
del consumo. El consumo debe ponerse de manifiesto como indicador de capacidad de
pago, de acomodarse en la sociedad, donde además la ostentación del ocio es una
demostración de la fortaleza pecuniaria. Es decir, que el efecto de la carrera pecuniaria “(…)
sobre el consumo consiste en hacer que éste se concentre en las direcciones que son más
visibles para los observadores cuya opinión se busca (...)” (TCO, V). Pero como, asimismo,
pasa a ser la base de la estima propia, el consumo debe hacer ostensible el derroche
insumido en el mismo, hasta en la más estricta privacidad. Lo ostensible es una
característica de la mercancía y no, necesariamente, un sustrato de opulencia del
consumidor. De esta manera, todo acto de consumo exige que el mismo presente, en
mayor o menor medida, algún elemento de derroche ostensible como aspecto
decoroso u honorífico.
El consumo es la base tanto de la estima social, como de la individual y “una vez que
el individuo ha formado el hábito de buscar expresión dentro de una línea determinada de
gasto honorífico (…) no abandona tal gasto habitual sino con la máxima repugnancia” (TCO,
V). Sin embargo, se es proclive a que cualquier aumento en el ingreso se dirija a un
incremento del consumo en la dirección que se considere de mayor valoración. Es decir, “es
mucho más difícil retroceder de una escala de gastos una vez adoptada, que ampliar la
escala acostumbrada como respuesta a un aumento de la riqueza” (TCO, V). La razón de
ello radica en el hecho de que los patrones de consumo, por naturaleza, son hábitos; por lo
que la dificultad de abandonar un patrón ya establecido consiste en la dificultad de quebrar
un hábito ya formado.
El individuo tiene cierta propensión emulativa que “en una comunidad industrial (…)
se expresa en forma de emulación pecuniaria y, por lo que se refiere a las comunidades
civilizadas occidentales de hoy, esto equivale a decir que se expresa en alguna forma de
derroche ostensible” (TCO, V). Esta emulación pecuniaria se manifiesta en la intención y
práctica de imitar las clases sociales que están por encima de la propia, así:
14
(carrera pecuniaria). Es de esta forma como el patrón de consumo de una clase se
encuentra influenciado por el de la clase inmediata superior, siendo así como finalmente los
gustos y el consumo de toda la sociedad responden a los patrones que establece la clase
que se encuentra en la cúspide del escalafón social. Es desde esa posición que la clase
ociosa esparce los cánones convencionales de consumo y de respetabilidad hacia el resto
de la sociedad.
De modo tal que los usos y los hábitos mentales de la clase ociosa rica, definirían los
cánones de reputación, decoro y patrones de consumo. Patrones que las clases inferiores
pretenden imitar, como grupos de referencias(21), difundiéndose de esta manera a todo el
tejido social, lo cual se potencia a partir del desarrollo de los medios de comunicación.
Es decir, en definitiva, Veblen distingue dos tareas y, con ellas, dos grupos o
clases: la pecuniaria (o que sirve al interés económico valorativo) y la industriosa (o
que sirve al interés económico no valorativo). Elabora pues una teoría de estratificación
social, al presentar una clasificación jerárquica. Define una clase ociosa, designando de tal
modo un grupo o estrato que se configura como clase alta, que “está consuetudinariamente
exenta o excluida de las ocupaciones industriosas y se reserva para determinadas tareas a
las que se adscribe un cierto grado de prestigio (…) y que es expresión económica de su
mayor rango”. La clase ociosa es la pecuniaria, a la que asigna un carácter parasitario, con
fines pecuniarios y no productivos. Es esta clase la que, a su vez, determina los estándares
de lo que es decoroso a nivel social, los estándares de estima social, determinando al fin los
patrones de consumo del resto de la pirámide social, dada la propensión a la emulación (o
“efecto demostración”).
Esta idea, del “efecto demostración” de una clase, y el impacto que puede tener la
misma sobre la formación de los gustos de las clases subalternas ya estaba presente de
alguna manera en la obra de Cantillón. Asimismo, Veblen incorpora el “efecto
demostración”, por así decirlo, entre países: el consumo de la clase ociosa de un país es
condicionada por el ejemplo de la clase ociosa de otro. Así, por ejemplo, a principios del
siglo pasado Veblen reflexionaba que “(…) en los Estados Unidos los gustos de la clase
ociosa están formados en cierta medida sobre los usos y hábitos que prevalecen o que se
cree prevalecen en la clase ociosa de la Gran Bretaña” (TCO, VI). Abre así la teorización
sobre los grupos de referencia, que han sido de gran aplicación en Mercadotecnia
(modelo sicológico-social de Veblen), ya que la experiencia señala que los sectores
sociales más bajos tienden a imitar el “estilo de consumo” de los más altos. A este
fenómeno Veblen lo denominó “conspicuous consumption” (consumo demostrativo o
manifiesto), que debe manifestarse hacia el medio social.
15
mercado al por menor, los compradores se guían más por el acabado y la presentación de
las mercancías, que por cualquier marca sustancial de utilidad” (TCO, VI). Los aspectos
conspicuos de los bienes se entremezclan, así, con los relacionados a la utilidad y, a veces,
percibidos como un atributo de belleza o de sofisticación de los mismos, cuando en realidad
sirven meramente a una distinción valorativa entre personas.
A la larga, para que el consumidor pueda aceptar el consumo de un bien, éste debe
mostrar ostensiblemente el elemento honorífico:
“resulta de ello que los productores de artículos de consumo dirigen sus esfuerzos a
la producción de mercancías que satisfagan esta demanda del elemento honorífico
(…) dado que también ellos están dominados por el mismo patrón de valor de los
bienes (…)” (TCO, VI). Por ende, “las mercancías, para poderse vender, tienen que
ostentar signos visibles de que se ha empleado alguna cantidad apreciable de
trabajo en darles los signos del gasto decoroso, además de la necesaria para darles
eficacia para el uso material a que debe servir” (TCO, VI).
Esto no significa que existan bienes superfluos y bienes útiles; tal como sostiene
Veblen, “un artículo puede ser útil y superfluo al mismo tiempo, y su utilidad para el
consumidor puede contar de utilidad y superfluidad en las más variadas proporciones (...) los
bienes consumibles, y hasta los productivos, generalmente revelan los dos elementos
combinados” (TCO, IV)(22). Es así como para muchos bienes, el principio del gasto
conspicuo se erige como regla y norma rectora de su consumo y producción. De tal
modo, gran parte de los productos van componiendo su demanda en función de la moda
vigente y del prestigio que se les atribuye, mas que del servicio o la utilidad real que presten.
22
De esta forma, el consumo de un bien buscará satisfacer dos necesidades esencialmente diferentes: su componente
estrictamente útil irá a saciar las necesidades “físicas”, mientras que su elemento superfluo o conspicuo hará lo propio con las
llamadas necesidades “espirituales” o “superiores”.
16
“(…) un proceso de adaptación selectiva de temperamento y hábitos mentales
bajo la presión de las circunstancias materiales de la vida en común. La
adaptación de los hábitos mentales constituye el desarrollo de las instituciones”.
Y complementa la idea sosteniendo lo siguiente: “No sólo han cambiado los hábitos
de los hombres con las cambiantes exigencias de la situación, sino que esas exigencias han
producido también un cambio correlativo en la naturaleza humana” (TCO, IX). Es decir, el
hombre no es, como en la economía ortodoxa, socialmente inmutable. No obstante, existen
fuerzas que demoran y obstaculizan el cambio: tal es el rol de la clase ociosa. Veblen define
a la clase ociosa como la “clase conservadora”, por cuanto por su baja exposición a las
presiones económicas (que explican el cambio) y su interés material en dejar las cosas tal
como están, favorecen “la perpetuación del desajuste de instituciones que hoy existe e
incluso una reversión a un esquema general de la vida algo más arcaico” (TCO, VIII) (23).
Sobre esta vasta base conceptual Veblen lleva adelante estudios sobre la evolución
de los hábitos de consumo en vestimenta (Capítulo VII, El vestido como expresión de la
cultura pecuniaria), las modas, el servicio doméstico, el juego (Capítulo XI, La creencia
en la suerte); el consumos y las prácticas relacionadas a actitudes belicosas y deportivas
(Capítulo X, Supervivencias modernas de la proeza) y la educación superior como signo
de distinción valorativa (Capítulo XIV, El saber superior como expresión de la cultura
pecuniaria). Matizando, en el penúltimo capítulo de la obra, el Capítulo XIII, Supervivencia
del interés no valorativo, Veblen repasa aquellas actitudes no depredadoras, de tipo no
valorativo que han sobrevivido al advenimiento del capitalismo moderno.
23
“La función de la clase ociosa en la evolución social consiste en retardar el movimiento y en conservar lo anticuado” (TCO,
VIII).
17
moderno adquiere la disposición de un gran “proceso mecánico” (Instituciones
Tecnológicas), centrado en la máquina, donde “(…) los materiales se modifican a sí mismos
con la ayuda del aparato” (TEN, Capítulo II), y dónde todos los procesos industriales son
fuertemente interdependientes. Es decir, dónde el conjunto de ramas industriales se
interrelacionan de tal manera que en la consecución de un determinado nivel de producto,
dependen del ajuste con un gran conjunto de otras ramas productivas. Así, “(…) el concierto
total de las operaciones industriales debe ser considerado como un proceso mecánico,
constituido por procesos parciales entrelazados (…) [, es decir,] un complejo de
subprocesos, equilibrados más o menos cuidadosamente” (TEN, II).
18
desde el punto de vista del sistema industrial todo: “el objeto de los negocios es el beneficio
pecuniario” (TEN, III).
Sobre esta base, en el Capítulo VII, La Teoría del Bienestar Moderno, delinea los
aspectos salientes de su teoría de las crisis y los ciclos. Como afirma Hutchison, para
Veblen la causa central está en la organización moderna, orientada por el “lucro” (y no por
las necesidades), por las razones expuestas y por cierto desfasaje temporal en la valoración
financiera de los activos que sirven de garantía a los préstamos de las empresas. Así
Veblen escribe que en la “cultura pecuniaria”, “(…) las depresiones y recuperaciones no son
resultados de accidentes como la pérdida de una cosecha. Se originan en el curso normal
de los negocios, y tanto la depresión como la prosperidad se hallan unidas en cierta medida”
(TEN, VII). Estas fluctuaciones se deben al desajuste (inflación o deflación) excesiva de los
valores de capital con la capacidad real de generar ingresos de los activos físicos que esos
valores representan (“valores de la industria”). Es así que la caída de los beneficios por
debajo de los esperados inicia la depresión al profundizar la puja preexistente vía reducción
competitiva de precios.
Un período de auge, caracterizado por una ola alcista de los precios, “se origina en
alguna combinación especifica de circunstancias, y se desarrolla, a partir de cierto
desequilibrio favorable, en el curso de los negocios” (TEN, VII), cierta euforia o audacia
especulativa en la comunidad comercial o debido a una demanda elevada por parte del
gobierno con el objeto de crear ganancias diferenciales (v.gr.: el gasto en defensa). Durante
este período, la toma de créditos es extendida, pero lo más importante es que la valoración
financiera de los activos de capital de la empresa que pueden ofrecerse en garantía están
19
“inflados” por los niveles actuales de precios: “el sistema de relaciones de crédito existente
en ese momento se ha desarrollado sobre la base de una capacidad de ganancia,
transitoriamente acrecentada por una ola de ventajas diferenciales en los precios” (TEN,
VII).
“(…) una vez que esta ola [alcista] ha desaparecido, aun en el caso de que todavía
los precios se mantengan más alto en todas partes, la ventaja diferencial habrá
dejado de existir para la mayoría de las empresas. Las distintas ramas de industrias
(…) han ido alcanzando, sucesivamente, ventajas diferenciales en los precios, lo que
les ha producido, por lo general, una excesiva capitalización, y ha dejado a muchas
de ellas con un conjunto de obligaciones desproporcionado con su posterior
capacidad de ganancia” (TEN, VII).
Una vez alcanzada esta situación, “(…) lo único que se necesita para provocar una
catástrofe general es que algún acreedor importante descubra que la actual capacidad de
ganancia de su deudor probablemente no garantice la capitalización sobre la que se basado
su garantía” (TEN, VII). Luego, como “la secuencia de relaciones crediticias en una época
de prosperidad esta infinitamente ramificada a través de la comunidad comercial”, a través
de ella se propaga la crisis.
Veblen caracteriza la fase de declinación del ciclo como una fase de sobreproducción
o subconsumo (como Malthus, Sismondi o Keynes), que se acentuaba según conductas
ahorradoras (Ekelund y Hébert, 1992). Sin embargo, con sobreproducción no se refiere al
aspecto material del proceso mecánico, sino al pecuniario, es decir “(…) hay un exceso de
bienes o de medios para producirlos, por encima de lo conveniente desde el punto de vista
pecuniario, y sobre los cuales hay una efectiva demanda a precios que compensarán el
costo de producción de los bienes y dejarán (…) beneficio (…). Se trata de una cuestión
de precios y de ganancias” (TEN, III).
Por último, en la teoría de Veblen, los factores que pueden atenuar las crisis son la
creación de coaliciones comerciales o trusts de empresas, la emisión monetaria y la
extensión del crédito, o bien un flujo continuo y creciente de gasto improductivo que
mantenga en tendencia alcista los precios (en gasto militar, por ejemplo). Desde su
20
perspectiva, aunque una monopolización total del sistema productivo parece ser la única
manera de escapar totalmente de la tendencia crónica hacia la depresión, subsistirá “la
fricción competitiva entre los capitales comerciales reunidos, por una parte, y los
trabajadores unidos, por la otra” (TEN, VII), y la monopolización total no podrá alcanzarse,
como exigiría el proceso mecánico.
En suma, lo que Veblen demuestra a lo largo de toda esta obra y una de sus
principales tesis, es que “el ejercicio de la libre contratación y de las otras facultades
inherentes al derecho natural de la propiedad [subyacentes al comportamiento de la
empresa de negocios] son incompatibles con la moderna tecnología mecánica. La
discrecionalidad en los negocios se concentra por necesidad en otras manos (…)” (TEN,
VII). En ello descansa, fundamentalmente, su teoría de las crisis y de los ciclos. Su
preocupación por los ciclos será continuada por W. C. Mitchell. También dio el puntapié
inicial a la moderna “teoría de la captura” de G. Stigler (en 1971, con Theory of economic
regulation) con su idea de que los hombres de negocios intentarán “capturar” el aparato
regulador del gobierno (que debería jugar como un “poder compensador gubernamental”)
(Ekelund y Hébert 1992). Su preocupación en esta línea será continuada en lo inmediato por
J. R. Commons.
Uno de sus ejes de tratamiento fue lo que puede llamarse la “acción colectiva” y su
encauzamiento por vía de las “instituciones”. Pero ¿qué es para Commons una
institución? Una institución es “la acción colectiva en el control, la liberación y la expansión
de la acción individual” (Commons en “Legal foundations of Capitalism”, de 1924). Es decir
que las instituciones son la vía o el mecanismo por el cual la “acción colectiva” limita los
actos de los individuos, evitando el conflicto. Debe señalarse que ese control colectivo
puede provenir de instituciones existentes como el Estado; o bien puede surgir de hábitos y
costumbres no organizadas.
21
legislativa)”. De hecho, trabajó con tal fin con el gobernador de Wisconsin, Robert La Follette
(Ekelund y Hebert, 1992).
Su enfoque, más alejado que el promedio de los profesionales de entonces del mero
argumento conceptual, es justificado por él mismo en su discurso presidencial de 1925, en la
AEA (American Economic Association), citando a Marshall (a su vez citado por Pigou, en
“Memoria de Marshall”), cuando afirmó “el análisis cualitativo ha realizado ya la mayor parte
de la tarea”. Quizás Marshall haya tenido razón, y esto explicaría porque hoy más que
pensadores en economía se desarrollan y multiplican técnicos calculistas.
22
Brown y en Chicago. Luego, sustentado en esa “difusa” titulación que entregan los “estudios
de grado” en las universidades norteamericanas, enseñó filosofía desde los 26 a los 40 años
en Chicago, Amherst (donde conoció a Hamilton, un seguidor de Veblen) y en Reed; luego,
en 1930, pasó a la Universidad de Texas como profesor de economía, y la convirtió en la
sede de la “Escuela Institucionalista” en EEUU, hasta su retiro en 1968.
Esta es la punta del ovillo que da pie a su otra obra famosa, “La sociedad
opulenta” (1958). Allí sostiene lo de “opulencia privada, suciedad pública”, dada la gran
cantidad de desechos que genera nuestra civilización (en especial, la estadounidense) en
pos del consumismo. Además, como señalan Ekelund y Hebert (1992), remarca que la
rebelión de los jóvenes se explica porque “sus ídolos son los dudosos héroes de la televisión
y las películas, y no los docentes de las escuelas”. Lo cual también es fruto de la
tecnología.
Galbraith, sin dudas, ha sido un crítico robusto y agudo; y ha tenido pluma ágil para
plasmar numerosas hipótesis socioeconómicas, como los ejemplos enumerados; pero ha
sufrido las críticas de sus colegas, muchas de ellas justificadas, por evitar toda contrastación
de sus hipótesis, y a menudo caer en el “populismo” tan “à la mode” entre la burguesía
23
“liberal demócrata” de la costa este de EEUU, muy buena para criticar injusticias y muy mala
para repararlas.
IX. El Neoinstitucionalismo
Así es como, pese a su notorio declive después de los años 30, el Institucionalismo
americano sobrevivió en el país del norte, aunque fuera como una curiosidad que se
enseñaba en los centros educativos en razón de ser, por entonces, la única corriente de raíz
norteamericana. Pero desde los años setenta y ochenta, se ha producido una suerte de
rebrote, “mutante”, del institucionalismo, que se adentró en una ampliación del enfoque
ortodoxo tradicional. Uno de los claros reconocimientos a este nuevo intento de sumar
factores antes no considerados fue el Premio Nobel, otorgado a Ronald Coase en 1991...,
pero por un artículo publicado 54 años antes, en 1937, en donde remarcaba el papel de los
costos de transacción en su teoría de la empresa y de los costos sociales. Como se lee en
los considerandos del Nobel, éste se le otorga por “el descubrimiento y sistematización de
los costes de transacción y su implicación en el funcionamiento de las instituciones
económicas”. Apenas dos años más tarde, se dio otro reconocimiento a la nueva corriente,
que comenzaba a ser “mirada” por los economistas teóricos cuantitativos, que habían
siempre despreciado estos aspectos sociales del análisis. Así llega el Premio Nobel a
Douglas North, en 1993, por sus estudios acerca del gran papel de las instituciones en los
fenómenos del crecimiento, Al igual que Coase, reafirma la importancia de los costos de
transacción, que el enfoque neoclásico consideraba nulos.
Esta valoración internacional, vía dos Premio Nobel, hizo recapacitar a los
economistas acerca de la presencia de autores que venían sosteniendo la importancia de
las instituciones, como los derechos de propiedad, tales como Armen Alchian (a fines de
los años 50), el mencionado Coase y aún George Stigler (Premio Nobel 1982, por sus
“investigaciones de las estructuras industriales, funcionamiento de los mercados; y causas y
efectos de la regulación pública”)
En primer lugar, sostienen que los agentes buscan su propio interés (incluso Con
“comportamiento oportunista”) manteniendo un criterio de racionalidad optimizadora (o bien,
racionalidad limitada). Esto es, por un lado, el neoinstitucionalismo no se hace eco de la
crítica fundamental de Veblen a la concepción cerradamente hedonista de la naturaleza
humana en la economía ortodoxa, y, por otro lado, continúa tomando al individuo como
dado, es decir, con intereses, propósitos y preferencias dadas e independientes de las
instituciones. En cambio, el “viejo”(26) institucionalismo sostiene que las instituciones afectan
24
Aunque, “lo que North ha hecho es hacer exógenas una parte de la estructura institucional de la sociedad (las instituciones
de consenso) para explicar la estabilidad o el cambio de otra parte de esa estructura (instituciones concretas” ) (Rutherford;
1989).
25
De hecho, algunos autores (Hodgson, 1994) sostienen que el neoinstitucionalismo posee un “ala ortodoxa”, enraizada en la
economía neoclásica, y un “ala heterodoxa”, que incluiría a la economía autríaca que reconoce en su análisis la importancia de
los problemas de información en la toma de decisiones humana del mundo real, y que se abstiene de recurrir a modelos de
equilibrio para abordar los procesos económicos.
26
Vale aquí una aclaración del economista austríaco Rutherfort (1989): “el término viejo no debe ser tomado aquí implicando
que la tradición concernida [el institucionalismo original] haya dejado de tener vida”; sino más bien, para distinguirlo de la nueva
corriente más bien ortodoxa.
24
el comportamiento individual, no solamente en términos de restricciones de elecciones y de
información presentada a los agentes, sino también, y fundamentalmente, afectando las
preferencias de los mismos y moldeando su propia individualidad(27).
27
De hecho, La teoría de la clase ociosa, es una obra que dedica un gran esfuerzo a explicar la manera en que las
instituciones sociales condicionan las preferencias, y más precisamente, aquellas vinculadas a los hábitos de consumo.
Mientras las preferencias y la tecnología son variables endógenas para los institucionalistas originales, lo son exógenas para el
rebrote ortodoxo. La endogeneidad de las preferencias ha sido un tema persistente en el viejo institucionalismo y no solamente
en Veblen (Que ha sido desarrollado, por ejemplo, por Commons en relación a su análisis de las instituciones y las
transacciones, por Mitchell en su análisis del comportamiento del consumidor y el desarrollo de una economía monetaria,
extensamente por Veblen, e incluso, en los escritos de Galbraith y su insistencia en la “maleabilidad” de los gustos por la
industria y en su critica a la idea de soberanía del consumidor (Hodgson; 1994)).
28
Por su parte, los institucionalistas originales ostentan una metodología más bien holista aunque, como hemos podido
apreciar del análisis de Veblen, no descuida el nivel micro en el análisis (por su tratamiento de los instintos y las motivaciones
individuales). En este punto, los neoinstitucionalistas están mucho más cerca de los austríacos, y totalmente dentro de la
economía ortodoxa.
25
Sin embargo, como escribe Jeffrey Sachs, intentando poner un poco más de equilibrio en la
perspectiva “las instituciones son importantes, pero no para todo” (Sachs, 2003).
De este modo, Veblen fue uno de los pioneros de las analogías evolutivas dentro de
la disciplina. Ocho años más tarde Alfred Marshall publica sus Principios donde, a diferencia
de sus contemporáneos como Jevons y Walras, alzará la voz a favor de las analogías
biológicas, señalando en ediciones posteriores que “la Meca de los economistas puede
descansar más en la biología económica más que en la [mecánica newtoniana o] dinámica
económica”. Sin embargo se ha argumentado que la invocación de la analogía biológica
hecha por Marshall fue parcial e incompleta, por un lado; y mucho más inspirada en las
ideas de Herbert Spencer más que en las de Charles Darwin, por otro. Algunos autores
sostienen que la biología económica de Marshall fue más prometedora que substancial.
29
Incluso se sostiene que la mayor parte de la economía marxista es evolucionista, dado que define al capitalismo como un
sistema dinámico evolutivo en constante cambio (López, 1996).
26
Marshall comienza con un análisis de equilibrio de tipo estático donde la analogía mecánica
es adoptada explícitamente, procurando abordar un análisis dinámico (evolucionista) más
adelante. Empresa que nunca pudo alcanzar y que no fue continuada por sus seguidores
(Hodgson, G.; 1995; Gil Freixa, S., et al; 2002).
27
prosperidad. La naturaleza de los ciclos es aprehendida de una manera distinta en el
pensamiento de Veblen, tal como lo hemos presentado ya páginas atrás.
Pero n sólo atacó la línea principal, también fue su blanco a la Escuela Histórica, a
la cual le reprochó el buscar las leyes del desarrollo histórico, ya que cree que no
existen tales leyes. En Marx, como un clásico aunque heterodoxo, vio un adepto a la
“religión del progreso”, lo cual criticó, ya que entiende que nada obliga a tener fe en
un perfeccionamiento continuo de la humanidad. Sin embargo, igual que el marxismo,
Veblen verá en el Estado un instrumento de los grandes capitales. Pero para Veblen el gran
error en el análisis socialista reside en la suposición de que su movimiento responde
a ideales proletarios. Desde su visión, no existe tal ideal. Para Veblen, el conflicto
fundamental del capitalismo no era el que existía entre los obreros y los capitalistas (en el
30
Otros autores han remarcado otros factores: el biológico (Malthus, Spencer), el psicológico (G.Tarde), el geográfico (Ratzel,
Le Play) o el económico (Smith, Marx).
28
sentido marxista) sino el que oponía el impulso productivo al impulso de ganancia (o
pecuniario), y éste es propulsado y reforzado durante la modernidad, por la clase ociosa. La
línea divisoria debe buscarse no entre los que tienen y los que no tienen, sino entre los que
trabajan en la “industria” (donde se recluta la militancia socialista) y los que realizan
ocupaciones “pecuniarias”. Los protagonistas de la industria son los ingenieros, los
inventores y los obreros calificados, y muy detrás, la clase obrera industrial. Para él son los
intelectuales principalmente quienes en actitud elitista buscan y propugnan el
socialismo antes que el mismo proletariado (quizás, agreguemos nosotros, por que
pretenden la conducción de la sociedad, o de la historia, al estilo de los “filósofos” de
que hablara Platón y criticara Popper). Otro aspecto destacable que lo aleja del
socialismo es su perspectiva marcadamente pesimista del proceso histórico social.
Las instituciones tienen importancia porque el hombre obra siempre como miembro
de grupos; y además estas instituciones sancionan y premian el comportamiento (de
individuos y grupos). Precisamente este factor es el que la escuela neoclásica desatendió.
Es aquí donde cabe resaltar una debilidad de la corriente: dado que las instituciones
abarcan toda la vida social, los aspectos bajo los cuales los institucionalistas trataron
de comprender la vida económica son muy variados, y por lo tanto, debido a la
diversidad de aspectos a examinar, es muy comprensible que no desarrollen un
método uniforme (Stavenhagen, 1959).
29
Bibliografía
Alchian, A. (1950); “Uncertainty, Evolution and Economic Theory”; Journal of Political Economy, 58, Junio 1950.
Blaug, M. (1985); La teoría económica en retrospección, México: Fondo de Cultura Econ., 1985.
Denis, H. (1970); Historia del Pensamiento Económico; Ed. Ariel, Barcelona 1970.
Ekelund, R. y Hebert, R. (1992); Historia de la teoría económica y de su método; Madrid :McGraw-Hill, 1992.
Fernández López, M. (2004)l; "Clases Ociosas", Suplemento Cash, 14 de agosto de 2004.
Figueras, A. (2003); “¡Cómo olvidarnos de Marshall!”, Actualidad Económica, Nº 54, IEF, FCE, UNC; 2003.
Friedman, M. (1950); “W. Mitchell as a theorist”, JPE, dic.1950.
Galbraith, J. (1958); La sociedad opulenta; Planeta Agostini, España.
Gil Feixa, S. y Olleta Taña, J. (2002); “Enfoque evolucionista de la empresa e innovación tecnológica: el modelo
de R.R. Nelson y S.G. Winter”; comunicación en VIII Jornadas de Economía Crítica: Globalización, Regulación
Pública y Desigualdades; Valladolid, España; marzo de 2002.
Guerrero, D. (2004); Historia del pensamiento heterodoxo; EUMED.
Hodgson, G.; “Institutionalism”, en Hodgson, G.M., W.J. Samuels and M.R. Tool (1994); The Elgar Companion
to Institutional and Evolutionary Economics; Cheltenham:UK.
Hodgson, G. (1995); “Introduction”; en Hodgson, G. (ed.); “Economics and Biology”; GB; 1995.
Hutchison, T. (1967); Historia del Pensamiento Económico 1870-1929; Ed. Gredos S.A., Madrid 1967.
James, E. (1974; Historia del Pensamiento Económico, Madrid: Aguilar, 1974.
Johnson, B. (1992); “Institutional Learning”; en Lundvall, B. (1992), op. c
Leibenstein. H. (1950); “Bandwagon, snob, and Veblen effects in the theory of consumers demand”; QJE, 64.
List, F. (1841); The national system of political economy; 1841.
López, A. (1996), “Las ideas evolucionistas en economía: una visión de conjunto”, Fundación Cenit, Bs. As.
Lundvall, B. (1992); National Systems of Innovation: towards a theory of innovation and interactive learning;
Printer Ed., Lon.
Morero, H. (2007); “El Evolucionismo: una presentación de su temática, metodología y objetivos”;
Contribuciones a la Economía; Julio 2007; EUMED.
Nelson, R. y Winter, S. (1982); “An Evolutionary Theory of Economic Change”; The Belknap Press of Harvard
University Press, Cambridge; 1982.
Penrose, E. (1952); “Biological Analogies in the Theory of the Firm”, American Economic Review, XLII (5),
diciembre 1952.
Perez, C. (1985); “Microelectronics Long Waves and World Structural Change: New Perspectives for
Developing Countries”; World Development, Vol. 13. Nº. 3; Mar 1985.
Roll, E. (1978); Historia de las doctrinas económicas, México: Fondo de Cultura Econ., 1978.
Rutherford, M.; “What is wrong with the new institutional economics (and what still wrong with the old)?”, Review
of Political Economy, 1 (3), November 1989, pp. 299-318.
Sachs, J. (2003); “Institucions don’t rule: direct effects or geography on per capita income”; NBER, WP, 2003.
Samuels, W.; “Institutional Economics”, in The New Palgrave (1987) Entries on “Institutional Economics”, “Post-
Keynesian Economics” and “Austrian School of Economics”.
Schumpeter, J. (1971); Historia del Análisis Económico, Madrid: Ariel, 1971.
Stavenhagen, G. (1959); Historia de la Teoría Económica, Ed. El Ateneo, Bs.As.
Veblen, T. (1898); “"Why is Economics Not an Evolutionary Science?", QJE, vol. 12.
Veblen, T. (1899); The Theory of the Leisure Class: an economic study of institutions, 1899.
Veblen, T. (1900); "The Preconceptions of Economic Science", QJE, vol. 13.
Veblen, T. (1904); Theory of Business Enterprise, 1904.
Veblen, T. (1906); "Professor Clark's Economics", 1906, QJE.
Veblen, T. (1909); "The Limitations of Marginal Utility", 1909, JPE, vol. 17.
Veblen, T. (1914); The Instincts of Worksmanship and the State of the Industrial Arts, 1914.
Veblen, T. (1915); Imperial Germany and the Industrial Revolution, 1915.
Veblen, T. (1918); The Higher Learning In America: A Memorandum On the Conduct of Universities by
Business Men.
Veblen, T. (1919); "The Industrial System and the Captains of Industry", 1919, Dial.
Veblen, T. (1921); The Engineers and the Price System, 1921.
Veblen, T. (1923); Absentee Ownership and Business Enterprise in Recent Times: the case of America, 1923.
30