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Claude Lévi-Strauss (2011) “El fin de la supremacía cultural de Occidente”, en Lévi-Strauss,

Claude (2011) La Antropología frente a los problemas del mundo moderno, Buenos Aires: Libros
del Zorzal, pp. 15-75. EDICIÓN: Laura Zapata

Sobre la civilización occidental:

“Desde hace casi dos siglos, la civilización occidental se ha definido a sí misma como la
civilización del progreso. Congregadas en torno al mismo ideal, otras civilizaciones creyeron que
debían tomarla como modelo. Todas compartieron la convicción de que la ciencia y la tecnología no
dejarían de avanzar, procurando al hombre más poder y felicidad; de que las instituciones políticas,
las formas de organización social que surgieron a finales del siglo XVIII en Francia y Estado
Unidos y la filosofía que las inspiraba darían a todos los miembros de cada sociedad una mayor
libertad en la conducción de su vida personal y más responsabilidad en la gestión de los asuntos
comunes; de que el juicio moral, la sensibilidad estética, en pocas palabras, el amor por lo bueno, lo
bello y lo verdadero, se propagarían mediante un movimiento irresistible y coparían toda la
superficie de la tierra poblada.

“Los acontecimientos que tuvieron por escenario al mundo en el transcurso del presente siglo
desmintieron estas previsiones optimistas. Se difundieron ideologías totalitarias y, en varias
regiones del mundo, aún se siguen difundiendo los hombres se exterminaron en cantidad que
ascienden a millones, se entregaron a pavorosos genocidios. Y una vez la paz reestablecida, ya ni
siquiera les resulta cierto que la ciencia y la técnica sólo aporten beneficios, ni que los principios
filosóficos, las instituciones políticas y las formas de vida nacidas durante el siglo XVIII
constituyan soluciones definitivas a los grandes problemas que plantea la condición humana.

“La ciencia y la técnica han ampliado de manera prodigiosa nuestro conocimiento del mundo físico
y biológico. Nos han dado un poder sobre la naturaleza que nadie hubiera podido sospechar hace
tan sólo un siglo. Sin embargo, estamos comenzando a sopesar el precio que hemos debido pagar
para obtenerlo. Se está planteando cada vez más la necesidad de saber si dichas conquistas no han
tenido efectos deletéreos. Éstas han puesto a disposición del hombre medios de destrucción masiva
que, aun cuando no se utilicen, con su mera presencia amenazan la supervivencia de nuestra
especie. De forma más insidiosa pero real, esta supervivencia también se ve amenazada por la
escasez o contaminación de los bienes más esenciales: espacio, aire, agua, riqueza y diversidad de
recursos naturales.

“En parte gracias a los adelantos hechos por la medicina, la cantidad de seres humanos no ha dejado
de incrementarse, a tal punto que en varias regiones del mundo ya no es posible satisfacer las
necesidades elementales de poblaciones presas del hambre. En otros lugares, ya en regiones capaces
de asegurar su propia subsistencia, un desequilibrio de igual tenor se manifiesta en el hecho de que
para dar trabajo a cantidades de individuos cada vez mayores es menester producir cada vez más.
De tal modo, nos vemos arrastrados hacia una productividad creciente en una carrera sin fin. La
producción llama al consumo, el cual exige aún más producción. Fracciones de población cada vez
más masivas se ven como aspiradas por las necesidades directas o indirectas de la industria y
terminan concentrándose en enormes aglomeraciones urbanas que les imponen una existencia
artificial y deshumanizada. Por su parte, el funcionamiento de las instituciones democráticas, las
necesidades de la protección social acarrean la creación de una burocracia invasiva, que tiende a
parasitar y a paralizar el cuerpo social. Así, uno llega a preguntarse su las sociedades modernas
basadas en este modelo pronto no correrán el riesgo de convertirse en ingobernables.

“Por consiguiente, la creencia en un progreso material y moral condenado a no interrumpirse jamás,


que durante largos años constituyó un acto de fe está atravesando su crisis más seria. La civilización
de tipo occidental ha perdido el modelo que ella misma se había dado, y ya no se atreve a ofrecer
este modelo a los demás. ¿No conviene, entonces, mirar en otras direcciones, ampliar el marco
tradicional dentro del cual se encerraban nuestras reflexiones sobre la condición humana? ¿No
debemos integrar a él experiencias sociales distintas de las nuestras y más variadas que aquellas en
cuyo estrecho horizonte nos hemos recluido durante tanto tiempo? Desde el momento en que la
civilización de tipo occidental ya no encuentra en su propio fondo u medio para regenerarse y
adquirir un nuevo impulso, ¿puede aprender algo acerca del hombre en general, y acerca de sí
misma en particular, a partir de esas sociedades humildes y durante tanto tiempo despreciadas que,
hasta una época relativamente reciente, habían escapado a su influencia? (pp. 17- 22)
(…)

“Durante tres siglos, el pensamiento humanista habría nutrido e inspirado la reflexión y acción del
hombre accidental. Mas hoy comprobamos que se ha mostrado impotente a la hora de evitar
masacres a escala planetaria que fueron las guerras mundiales, la miseria y la sublimación que
azotan de manera crónica a una gran parte de la tierra habitada, la contaminación del aire y del
agua, el saqueo de los recursos y las bellezas naturales, etcétera.” (pp. 64-65)

El presente: “un mundo donde la humanidad se encuentra abruptamente confrontada a


determinismos más duros, aquellos resultantes de su elevadísimo índice demográfico, de la cantidad
cada vez más limitada de espacio libre, aire puro, agua no contaminada de que dispone para
satisfacer sus necesidades biológicas y psíquicas”.

Sobre la “sociedad primitiva”

“¿Cuáles son, entonces, esas sociedades que prefieren estudiar los antropólogos y que, a causa de
una larga tradición, nos hemos acostumbrado a calificar de ‘primitivas’, término que muchos
recusan en la actualidad y que, en todo caso, sería necesario definir con precisión? Por lo general,
así se designa a agrupamientos humanos que difieren de los nuestros, sobre todo, por la ausencia de
escritura y medios mecánicos, pero de los cuales es conveniente no olvidar algunas verdades
primeras: esas sociedades ofrecen el único modelo para comprender la forma en que los hombres
vivieron juntos durante un período histórico que corresponde, sin duda, al 99% de la duración total
de la vida de la humanidad y, desde un punto de vista geográfico y hasta una época aún reciente, en
las tres cuartas partes de la superficie habitada del planeta.

“La enseñanza que nos aportan dichas sociedades no radica en el hecho de que podrían ilustrar las
etapas de nuestro pasado remoto. Más bien ilustran una situación general, un denominador común
de la condición humana. Vistas dentro de esta perspectiva, son las altas civilizaciones de Occidente
y Oriente las que constituyen excepciones.

“En realidad, los avances en las investigaciones etnológicas nos convencen cada vez más de que
esas sociedades consideradas atrasadas, ‘dejadas de lado’ por la evolución, relegadas en regiones
marginales y destinadas a la extinción, constituyen formas de vida originales. Son perfectamente
viables, siempre y cuando, no se vean amenazadas desde el exterior.

“Intentemos, entonces, delimitar mejor sus contornos.

“En definitiva, consisten en pequeños grupos que abarcan entre decenas y centenas de personas.
Están separados entre sí por varios días de viaje a pie, y la densidad demográfica se sitúa alrededor
de 0,1 habitante por kilómetro cuadrado. La tasa de crecimiento es muy baja, netamente inferior al
1% de manera que el aumento de la población compensa de alguna forma las pérdidas. Por
consiguiente, la cantidad de habitantes no varía mucho. Esta constancia demográfica se asegura, de
modo consciente o inconsciente, por medio de diversos procedimientos: tabúes sexuales posteriores
al parto, lactancia prolongada que retrasa en la mujer el reestablecimiento de los ritmos fisiológicos.
Resulta sorprendente que en todos los casos observados un incremento demográfico no incite al
grupo a reorganizarse en torno a nuevas bases. Cuando se vuelve más numeroso, el grupo se escinde
y da origen a dos pequeñas sociedades del mismo tamaño que la anterior.

(…)

“Cabe añadir que las especies vegetales y animales son muy diversas en medios ecológicos
complejos, como aquellos donde viven los pueblos cuyas creencias y prácticas apuntan a preservar
los recursos naturales, y que nosotros cometemos el error de tomar por supersticiones”. (…)

“En lo que atañe a las enfermedades no infecciosas, por lo general, brillan por su ausencia por
varias razones: gran actividad física, régimen alimentario mucho más variado que el de los pueblos
agricultores, compuestos de unas cien especies de animales y vegetales, a veces más, pobre en
grasas, rico en fibras y sales minerales, lo cual les asegura un aporte suficiente en proteínas y
calorías. De ahí la ausencia de obesidad, hipertensión y trastornos circulatorios”.

(…)

“Esas experiencias extraídas de sociedades que escogemos por ser las más distintas de las nuestras
nos procuran el medio para estudiar a los hombres y sus obras colectivas, para tratar de comprender
cómo la mente humana funciona en las situaciones concretas más diversas, allí adonde la historia y
la geografía la han colocado”.

“Las sociedades que estudian los antropólogos imparten lecciones tanto más dignas de ser
escuchadas cuanto que mediante todo tipo de reglas que, como he dicho, sería un error tildar de
meras supersticiones, han sabido conseguir un equilibrio entre el hombre y el medio natural que
nosotros ya no sabemos garantizar”.

“Hoy en día, sabemos que algunos pueblos designados como ‘primitivos’, que ignoran la
agricultura y la ganadería, o que tan sólo practican una agricultura rudimentaria, a veces sin
conocimiento de alfarería ni tejido y que, principalmente, viven de la caza, la pesca y la recolección
de productos silvestres, no están atenazados por el medio a morir de hambre y la angustia de no
poder sobrevivir en un medio hostil”.

“Su escaso índice demográfico, su prodigioso conocimiento de los recursos naturales les permiten
vivir en lo que seguramente dudaríamos en calificar como abundancia. Y sin embargo, como quedó
demostrado con una serie de estudios minuciosos realizados en Australia, América del Sur,
Melanesia y África, de dos a cuatro horas de trabajo cotidiano bastan sobradamente a sus miembros
activos para asegurar la subsistencia de todas las familias, incluyendo a niños y ancianos, que aún
no participan o ya han dejado de participar en la producción alimentaria. ¡Qué diferencia con el
tiempo que nuestros contemporáneos pasan en una fábrica o en una oficina!

“Sería incorrecto, pues, creer que esos pueblos son esclavos de los imperativos del entorno. Muy
por el contrario, gozan de una mayor independencia respecto de él que los cultivadores y criadores
de ganado. Disponen de más actividades de ocio que les permiten dar gran cabida al imaginario,
interponer entre ellos y el mundo exterior, como un cojín amortiguador, creencias, ensoñación, ritos,
en pocas palabras, todas las formas de actividad que llamaríamos religiosas o artísticas”.

Sobre la Antropología como ciencia occidental


“una civilización no puede pensarse a sí misma si no dispone de una o varias otras que le sirvan
como término de comparación. Para conocer y comprender la propia cultura, hay que aprender a
mirarla desde el punto de vista de otra”.

“… los pensadores del Renacimiento nos enseñaron a poner nuestra cultura en perspectiva, a
confrontar nuestras costumbres y creencias con aquellas de otros tiempo y de otros lugares. En
pocas palabras, crearon las herramientas de lo que podríamos llamar una técnica del exilio”.
“Al comienzo del Renacimiento, el universo humano está circunscripto por los límites de la cuencia
mediterránea. Del resto, sólo se sospecha su existencia. Pero ya se ha entendido que ninguna
fracción de la humanidad puede aspirar a prenderse sino por referencia a otras”.

“Para penetrar en sociedades de difícil acceso, la antropología debe colocarse muy por fuera (…) y
también muy por dentro, a través de la identificación del etnólogo con el grupo con quien comparte
la existencia y de la importancia que debe atribuir – a falta de otros medios de información- a los
mínimos matices de la vida psíquica de los indígenas”.

“Al buscar inspiración en el seno de las sociedades más humildes y durante largos años desdeñadas,
la antropología proclama que nada de lo humano puede ser ajeno al hombre”.

“me gustaría destacar una contribución de la antropología que, por ser modesta, al menos ofrece la
ventaja de ser cierta; ya que uno de los beneficios de la antropología – a fin de cuentas, acaso sea su
beneficio esencial- es el de inspirarnos cierta humildad y el de enseñarnos cierta sabiduría a
nosotros, miembros de civilizaciones ricas y poderosas”.

“Los antropólogos están para dar testimonio de que el modo en que vivimos, los valores en los que
creemos no son los únicos posibles; que otros tipos de vida, otros sistemas de valores han permitido
y permiten aún a algunas comunidades humanas alcanzar la felicidad. La antropología nos invita,
pues, a atemperar nuestra vanagloria, a respetar otras formas de vivir, a cuestionarnos a través del
conocimiento de otros usos que nos asombran, nos chocan o nos repugnan….”.

“La atención y el respeto que el antropólogo presta a la diferencias entre las culturas, así como
aquellas propias de cada una, constituyen la esencia de su enfoque. Así, el antropólogo no busca
establecer una lista de recetas de la cual cada sociedad iría a extraer algo según su humor toda vez
que percibe que en su interior una imperfección o una laguna. Las fórmulas pertenecientes a cada
sociedad no son extrapolables a cualquier otra.

La antropología sólo invita a cada sociedad a no creer que sus instituciones, costumbres y creencias
son las únicas posibles; la disuade de imaginarse que por el hecho de creelas buenas, esas
instituciones, costumbres o creencias están inscriptas en la naturaleza de las cosas y uno puede
imponerlas con impunidad a otras sociedades cuyo sistema de valores es incompatible con el
propio”.

“Como primera lección, la antropología nos enseña que cada costumbre, cada creencia, por más
chocante o irracional que pueda parecernos al compararlas con las nuestras, forma parte de un
sistema cuyo equilibrio interno se fue asentando con el paso de los siglos, y de ese todo no se puede
suprimir un elemento sin correr el riesgo de destruir el resto”.