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Taller de Lectura, Escritura y Oralidad I

Profesora: Sandra Sánchez

25-09-2018

Niemand, Mariano Andrés

ENSAYO

¡ATORRANTES!

Me considero una persona interesado en la etimología de las palabras en general y del


lunfardo en especial. Hay una expresión que siempre suscitó mi atención: “atorrante”.

Pude advertir que esta tiene un carácter polisémico que dificulta establecer un solo
sentido.

Es posible escuchar en varios contextos una alusión peyorativa en referencia a los


beneficiarios de los planes sociales: “¡Choriplaneros “atorrantes” vayan a laburar!”, o con
una connotación picaresca: “Cuando era pibe era un ¡atorrante!, salía de mi casa el viernes
a la tarde y no volvía hasta el lunes”.

Sin embargo, hay una tercera acepción que, en realidad, podríamos decir que condensa a
las dos anteriores y que despertó mi curiosidad: la que asocia al “atorrante” con un
transgresor. ¿Por qué un “atorrante” sería un transgresor? Esta pregunta surge a partir de
que las otras dos definiciones refieren a que es un vagabundo o un sin vergüenza, pero la
asociación de la palabra “atorrante” a la de transgresión me invitó a reflexionar sobre esta.

El origen de la palabra “atorrante” es incierto, a pesar de las muchas teorías que tratan de
explicarlo. Una de ellas, es la que fue incorporada al Diccionario de la Real Academia
Española y define “atorrante” como un americanismo cuyo significado es malandra,
callejero y generalmente sin domicilio, que vive de pordiosear. Otras interpretaciones lo
relacionan con el verbo torrar, es decir, dormir, reforzando lo señalado por la RAE.

En otro orden de cosas, aparece un rastro en el Diccionario del Argot de Juan Manuel
Olive donde dice que los viejos de los torrados (lugar donde tostaban café) que ya no
podían realizar trabajos habituales, vendían de manera ambulante algo llamado “torrados”
(garbanzos tostados) y otros tipos de frutos secos. Se dice que, por entonces, iban de
pueblo en pueblo y ofrecían sus productos en todos los almacenes de pueblo pero por su

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aspecto físico generaban el espectáculo de un sujeto desalineado. En estos lugares los
comenzaron a llamar “atorrantes”. A esto se suma que el “atorrante” no es solo un vago
ocioso, sino que se define como una persona que se las rebusca para sobrevivir.

Hasta acá llegamos con la analogía de la palabra. Es en este punto donde aparece lo más
interesante: el mito, quizá la teoría más arraigada y la que más difusión tuvo. La que lo
vincula con la supuesta marca de caños A. Torrent o A. Torrant utilizados en las obras
sanitarias de la Ciudad de Buenos Aires. Los tubos que se usaban en el tendido de la red
de aguas corrientes y que apilados en el "Bajo de las Catalinas", daban albergue a muchos
vagabundos o, en otras palabras, personas en situación de vulnerabilidad que dormían en
ellos y eran llamados “atorrantes”. Con esta expresión, se denominaba a un tipo particular
de marginal que habitaban en ese momento la ciudad.

Sin embargo, esta teoría se va por la borda y queda más que nada como anécdota puesto
que no se logró probar hasta hoy la existencia de caños que llevaran impresos la marca
comentada.

No obstante, es una inquietante posibilidad que expongo sin ninguna certidumbre,


aunque, innegablemente, abre un nuevo camino para la investigación.

Entonces es interesante que, de este último relato, que como decía anteriormente quedó
muy arraigado, se desprende una nueva acepción de “atorrante”. Esa persona que dormía
en los caños se consideraba un sujeto pobre, totalmente particular, diferente al mendigo
o al vago. Bajo esta expresión se lo describía como un individuo que no dependía de nada,
ni nadie, era autosuficiente. No robaba, debido a que su principal objetivo era conseguir
su alimento y carecía de límites relacionados a la vergüenza. El “atorrante” pensaba
puramente en comer, y luego, en dormir. Esta significación del “atorrante” excluía la idea
de que era un ladrón o un mendigo.

Hasta aquí la palabra “atorrante” consigna a un sujeto astuto, en vista de que se las
rebuscaba y sobrevivía, sin tener pudor respecto a las formas en la que conseguía su
alimento. De esta manera, sintetizamos las dos definiciones anteriores: el “atorrante” es
un vago, callejero, que se las rebusca para sobrevivir y siempre sale exitoso. En este punto
de la pesquisa llegamos casi a la definición moderna del “atorrante”.

Pongo como ejemplo el tango “atorrante” con letra de Alberto Vacarezza que data de
1929 que define con este vocablo a una persona que “la va de gran señor”, un

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“desfachatado” que da vueltas en la “milonga” con actitud de que nada le importa. Así,
nos acercamos a otro sentido coloquial contemporáneo del término.

El tiempo fue transformando la definición de este sujeto marginal del tango “atorrante”
que lo define como un individuo, lo que quiero decir es que recupera su carácter
desvergonzado, astuto, quien traiciona frente a sus propios intereses y siempre consigue
lo que se propone. En atención a lo cual, se le agrega una connotación picaresca y
simpática.

En ambas acepciones encontramos algo común: “atorrante” significa una cualidad que
refiere a la capacidad de ir más allá de las reglas de la sociedad en beneficio propio y
sinvergüenza que va por la vida sin tener en cuenta códigos preestablecidos. En virtud de
ello, el “atorrante” es un transgresor que siempre se sale con la suya y logra sus objetivos
y su supervivencia. Significa un individuo que renunció a ser uno más de la multitud. Esto
último, habilita los dos sentidos que describí al comienzo: uno peyorativo y que usa la
palabra “atorrante” como una persona que abandona las formas correctas, se dedica a ser
un vago y vive de arriba o del Estado con los planes sociales. La otra connotación es
positiva. Se admira a aquel que se atreve, que quebranta lo establecido y siempre se sale
con la suya. En ambos casos, la palabra que se esconde detrás es la transgresión.

Estas interpretaciones despiertan nuevamente mi curiosidad y me llevan a preguntarme


¿qué es la transgresión? Hay mucho material sobre este tema, pero se aleja de lo
etimológico y se acerca más a un plano sociológico/filosófico, pero todo esto es ya otra
consigna.

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