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TEMA 29 INTERVENCIÓN EN REDES

Javier Ortega Allué


Escola de Teràpia Familiar
Sant Pau de Barcelona

1. Red Familiar y Red Social


2. Trabajo en Red y contextos de Colaboración
3. Teoría y desarrollo de las Terapias de Red: de Speck a Sluzki

1. RED FAMILIAR Y RED SOCIAL

El concepto de “red” tuvo su origen en la antropología anglosajona,


utilizándose para referirse a grupos de individuos vinculados entre sí por
relaciones que tenía un alto grado de proximidad e intimidad, aunque no
eran necesariamente de parentesco.

Uno de los primeros antropólogos que la definió fue el americano J. Barnes


(1954) y, desde entonces, se ha revelado como un concepto importante en
ámbitos tan diferentes como el de la salud mental o el estudio de las
sociedades, la sociolingüística o la psicoterapia....

La teoría de la redes sociales se centra en estudiar la estructura social como


un conjunto de vínculos que unen a un conjunto de actores (tanto
individuales como colectivos) de la sociedad. Barnes señaló que “Cada
persona está, por así decir, en contacto con cierto número de otras
personas, algunas de las cuales están en contacto directo entre sí y otras
no (...) Creo conveniente denominar “red” a un campo social de este tipo.
La imagen que tengo es la de una red de puntos de los cuales algunos están
unidos por segmentos de recta.” (Speck-Attneave, 1973)

Como modelo teórico, el paradigma de red ha enriquecido la observación


del clínico y del terapeuta y ha tenido como consecuencia una triple
expansión en sus trabajos:

1. Expansión de la capacidad descriptiva, ya que ha permitido observar


procesos que hasta el momento no habían sido tenidos en
consideración.

2. Expansión de la capacidad explicativa, al permitir la emergencia de


nuevas hipótesis sobre las variables que influyen en el
mantenimiento de ciertas situaciones.
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3. Expansión de la capacidad terapéutica, puesto que este paradigma


orienta nuevas intervenciones tanto preventivas como trasformativas.

Es evidente que la red es un artificio creado por el observador, al trazar


unas fronteras arbitrarias sobre la realidad que analiza. Cada individuo y
cada colectivo está relacionado directamente con muchos otros, a veces de
manera estable y otras de manera provisional. Pero este artificio es
operativo y se ha revelado útil para leer ciertas situaciones y actuar sobre
ellas de una manera más eficaz. Como señala C. Sluzki (1996), el modelo
de red permite desalinear al individuo y a la familia, y también al terapeuta
en su práctica profesional.

Con dicho modelo se pone en evidencia que los recursos internos y


externos se hallan estrechamente vinculados y sólo son separables de forma
artificial. La familia o el individuo no se apoyan sólo sobre sus propios
recursos internos, sino que el sistema está enlazado como el nodo de una
red con otros sistemas más amplios, que influyen y son a su vez influidos
por éste.

Cada sujeto tiene unos vínculos que no se limitan a la familia nuclear o


extensa. Tales vínculos forman lo que llamamos red social personal y
conforman una estructura intermedia entre el sistema familiar y otras
estructuras sociales más amplias. La red social fue teorizada por numerosos
autores del ámbito de la psicología social: Kurt Lewin con su teoría del
campo social o Jacob L. Moreno, el padre del psicodrama e inventor del
sociograma con el que se elaboran mapas de relaciones entre grupos y
comunidades. Algunos autores han estudiado detenidamente las redes
informales que se crean en los grupos (J. Barnes) y que incluyen tanto a los
componentes de la familia como a las relaciones extrafamiliares
significativas. En 1957, Elisabeth Boot, en su estudio sobre las familias
urbanas en Inglaterra, diferenció entre la composición de la red, estructura
de la red y contenidos de las interacciones, abriendo nuevos caminos a la
investigación sobre este concepto.

Erich Lindemann, en 1979, estableció una relación entre la posición del


individuo en la red y los efectos a corto y medio plazo de las situaciones de
crisis.

Desde el campo contracultural, Ross Speck y Carolyn Attneave (1973),


trabajaron el concepto de red y retribalización aplicado a las crisis de las
personas que acuden a solicitar ayuda clínica, y centrando su trabajo sobre
la necesidad de tales personas de elaborar y reestablecer los vínculos

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sociales que se fueron diluyendo por el imparable proceso


desindividualizador de la sociedad moderna.

La red social personal no es sino la suma de todas las relaciones


significativas que el individuo percibe y que contribuyen de un modo
especial a su propio reconocimiento y al mantenimiento de la imagen de sí
mismo (Sluzki, 1996). Estos nexos significativos los suelen componer:

a. La familia
b. Las amistades
c. Los compañeros de trabajo o estudio
d. Las relaciones comunitarias (pertenencia a partidos políticos,
organizaciones, clubes, etc)

En esta red, el sujeto mantiene relaciones de carácter íntimo con un núcleo


reducido de personas, con las que el grado de compromiso resulta siempre
alto; una amistad social -con un menor grado de compromiso- con un
círculo intermedio de la red; y una vinculación ocasional con el grupo de
conocidos, sin apenas compromiso. Estos tres círculos conforman el mapa
de la red social de cada uno de nosotros, según muestra la figura 1. En ella
vemos en azul el círculo íntimo, el más interior; el círculo rayado, que
representa las relaciones intermedias y finalmente, en blanco, el círculo
externo de los conocidos y las relaciones ocasionales

Fig. 1

También Bronfenbrenner ha propuesto un mapa semejante para hablar de


los procesos evolutivos del niño, indicando que hay un círculo interior
microsistémico, que se corresponde con la familia; un círculo intermedio o
mesosistémico, que equivale a la red social personal; y un círculo externo o

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macrosistémico, que se corresponde con la sociedad, sus valores


dominantes, el poder político y económico, etc.

La frontera de la red social informal es sin duda más borrosa que la de la


red familiar, en la medida en que para los vínculos que se establecen en
esta última disponemos de nombres (padre, tío, sobrino...), mientras que no
los hay para hablar de relaciones sociales más fluctuantes.

¿Cuáles son las características más destacadas de una red? Sucintamente,


la red se evalúa estructuralmente por su:
1. Tamaño: las redes pequeñas suelen ser poco efectivas cuando la
situación de tensión y sobrecarga es excesiva o de larga duración.
2. Densidad: es la conexión entre los miembros. Si es muy elevada, se
favorece la conformidad al grupo por presión social; si el individuo
se desvía, la densidad de la red favorece los procesos de exclusión y
marginación.
3. Composición: proporción de individuos en cada área (profesional,
familiar, etc).
4. Dispersión o distancia geográfica, que afecta a los procesos de
comunicación entre sus componentes.
5. Homogeneidad o heterogeneidad demográfica y/o social: grado en
que se dan las diferencias de clase social, sexo, nivel cultural etc
6. Atributos de los vínculos específicos: duración de la vinculación
intensidad de la misma, etc.

La red social personal tiene unas funciones, definidas por el tipo de


intercambio entre sus miembros. Algunas de estas funciones son:

• La compañía social
• Brindar apoyo emocional y consejo
• Servir de modelo de interacción
• Funcionar como reguladora del control social, neutralizando
desviaciones de comportamiento entre sus miembros o disipando la
violencia o conteniendo la frustración.
• Elaboración de rituales sociales que favorezcan la retribalización de
los individuos.
• Brindar ayuda material y de servicios
• Permitir el acceso a nuevos contactos y relaciones sociales

2. TRABAJO EN RED Y CONTEXTOS DE COLABORACIÓN

El campo de intervención mental revela, con el trabajo en red, la


multidimensionalidad del marco de trabajo en el que los profesionales se

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deben mover. Éstos no pueden ignorar que una buena parte de su labor no
se puede ceñir al individuo identificado como paciente ni tan sólo a la
familia, sino que a menudo desborda ese estrecho ámbito para incluir en él
el contexto interaccional significativo y el entorno social en que los
problemas adquieren su propia legitimidad.

Hemos de tener en cuenta que el perfil de la red es variable y hay


constancia que la red social personal difiere bastante según tratemos con la
población en general o lo hagamos con personas psiquiátricamente
consideradas problemáticas.

Así, la red del “neurótico” tiene un alcance de seis a doce personas, a


menudo muy alejadas geográficamente entre sí, o incluso difuntas, aunque
en este caso la vinculación crea responsabilidades recíprocas; la red del
psicótico todavía es más frágil, aunque sus lazos sean más estrechos, y
mucho más dependiente. Algunos autores han demostrado que la red de
personas que han solicitado ayuda psiquiátrica suele estar dominada por la
familia más próxima, y entre sus miembros hay pocos que cumplan una
función ejecutiva utilitaria (Elkäim, 1987).

Aunque la sociología ha explorado el concepto de red con mucha precisión,


para el trabajo psicoterapéutico sus reflexiones resultan interesantes aunque
poco operativas. Es por esta razón que Erickson (1984)propuso una
tipología ligada a la trabajo con problemas de salud mental. Habría, según
este autor, tres niveles de redes técnicas con tres subclases, a saber:

1. Red Personal Extensa: que incluye con un tamaño variable a la


familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo y profesionales que
el paciente puede nombrar.

2. Red Personal Disponible: que estaría formada por todas las personas
que interactúan con el paciente.

3. Red Personal Efectiva: sería el conjunto de personas que están


implicadas en el momento de afrontar una dificultad.

Las subclases serían:

a. Red de Acción Temprana: que queda definida por las personas


que interactúan con el paciente antes de que se genere la
“crisis”. Su participación es muy activa en la definición del
problema y suelen sugerir alternativas que “alivien” la
situación, ofreciendo apoyo moral, informativo o instrumental.

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b. Red de Acción en Crisis: estaría formada por los profesionales


implicados en la entrada del paciente en el circuito de la
atención especializada. Está compuesta por los trabajadores
sociales, maestros, jueces, policía, etc.

c. Red de Tratamiento: la componen las personas implicadas


directamente en el tratamiento del paciente y son un recurso
para los profesionales, ya que es en este ámbito donde se
deben conformar los llamados contextos de colaboración.

El trabajo en red se centra, en su forma más clásica, en conseguir tres


importantes objetivos:

1. Construcción de la Red: se usa cuando el paciente está deprivado de


vínculos sociales o su red es escasa, por ejemplo, en casos de
migración, situación de divorcio, enfermedad crónica o
excarcelación. Se trata de volver a ligar al paciente a una red de
vínculos significativos para él.

2. Potenciación de la Red: Se busca reorganizar la red ya existente del


paciente, para conseguir incrementar el Apoyo Social que la red
puede brindarle. Son intervenciones guiadas en situaciones definidas
como de “crisis”, cuando el sistema parece haber perdido el control y
los profesionales intentan evitar ingresos.

3. Modalidad de prevención: se trata de intentar dentro de la propia red


comunitaria la detección temprana de los problemas, buscando
medidas de contención dentro de la propia red, para evitar así la
derivación hacia profesionales especializados.

Como podemos observar, la intervención en red propugna ampliar la


mirada del profesional sobre los fenómenos sociales que pueden estar
influyendo en el mantenimiento de los problemas. Se trata de:

• modificar la posición de los pacientes en su red o


• cambiar su función o, finalmente,
• ayudar a una revinculación diferente y nueva.

Estos objetivos no son, por supuesto, excluyentes entre sí. Rodríguez


Abellán (Navarro Góngora, Beyebach, 1995) resume los objetivos de la
terapia de redes en los siguientes puntos:

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• Resolver un problema individual o familiar grave cuando las


alternativas del sistema familia terapeuta son insuficientes o han
fracasado
• Facilitar los procesos de comunicación entre redes familiares,
sociales y asistenciales.
• Evitar situaciones de confrontación de instituciones asistenciales que
trabajan sobre una misma situación.
• Acelerar los procesos de resolución de crisis agudas en sistemas con
alta incidencia social o institucional.
• Plantear nuevas alternativas asistenciales en situaciones de
cronicidad clínica
• Prevenir etapas de alto riesgo en sistemas familiares con problemas
crónicos.
• Optimizar los recursos terapéuticos y asistenciales de determinados
contextos (clínico, asistencial, educativo...)
• Evitar disfunciones relacionales en el seno de las instituciones
• Aplicar programas de salud mental en instituciones asistenciales de
alto riesgo profesional

Estas funciones, que se pueden agrupar en cuatro grandes apartados:


Control, Desarrollo de relaciones, Coordinación y Prevención.

Precisamente a la coordinación y a la prevención nos vamos a referir ahora


al hablar de los llamados contextos de colaboración.

Muy a menudo los profesionales trabajan en contextos donde la


colaboración y la cooperación resultan esenciales, ya sea porque abordan el
mismo caso desde perspectivas diferentes, ya porque realizan su trabajo en
una estructura claramente jerarquizada. La coordinación, en estos casos, es
una necesidad de cara a obtener los objetivos que se persigan.

El contexto de colaboración es, como señala C. Lamas (Colleti y


Linares,1997) un contexto prácticamente universal. En estas situaciones,
varios profesionales y técnicos tiene que trabajar de manera coordinada con
un mismo caso. Por esta razón deben fijar claramente cuáles son sus
objetivos particulares y de qué forma pueden hallar apoyo en otros técnicos
que estén trabajando sobre la misma situación. Una forma importante de
conseguirlo es tener claros cuáles son también los objetivos de los otros
profesionales y ofrecer la colaboración con ellos como un recurso para su
trabajo.

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En los contextos de colaboración, la relación interprofesional es simétrica.


El éxito o fracaso de las intervenciones es compartido, porque la
responsabilidad es de la red.

Aunque el objetivo de la red es común, no hay que pensar por ello que la
colaboración de todos los profesionales está garantizada.

Por otra parte, hay que pensar que hay contextos en los que los
profesionales no trabajan en el mismo tiempo sincrónico, sino en tiempos
diferentes, aunque lo hagan sobre el mismo caso. Es lo que encontramos en
los contextos de derivación, en los que resulta necesario cooperar en la
creación de espacios de intercambio de información y ayuda. En este caso,
la responsabilidad de cada profesional recae sobre quien está llevando el
caso en esos momentos.

En estos contextos de trabajo, la creación de una red técnica de


profesionales por la que circule la información pertinente es tan necesaria
como útil. De esta forma, se pretende gestionar de forma más adecuada los
recursos profesionales, en vistas a la eficacia.

Véase Ilustración 1: Navarro Góngora, J. (1992)

Ilustración 1

3.TEORÍA Y DESARROLLO DE LAS TERAPIAS DE RED: DE


SPECK A SLUZKI.

Una buena parte de la historia de la terapia de red coincide con la historia


de la terapia familiar sistémica, superponiéndose su nacimiento con la
aplicación del modelo cibernético y otros modelos que han quedado
aparejados a la emergencia de la epistemología sistémica: Teoría General
de Sistemas, la Teoría de la Comunicación y la Teoría del Juego.

Con el tiempo, la terapia de red se ha visto enriquecida por las aportaciones


de los modelos narrativos y también por la cibernética de segundo orden.
Necesitamos, pues, hacer un breve recorrido por estos modelos, para
comprender de una manera más clara la emergencia del modelo de red.

La Cibernética fue formulada a finales de la década de los 40 por Norbert


Wiener. El modelo cibernético estudiaba, a partir de la noción central de
retroalimentación negativa, los procesos que permiten a los seres vivos y a
las máquinas regularse. La retroalimentación negativa permite corregir las

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desviaciones de un sistema y mantener su homeostasis. Es un proceso


dirigido al equilibrio y a la estabilidad.

Unos años más tarde, apareció una nueva noción complementaria, la de


retroalimentación positiva, que serviría para estudiar los procesos de
desviación del equilibrio de un sistema cualquiera y su nueva
reorganización tras la desestabilización. Los teóricos había desarrollado,
así, los conceptos de mosfostasis y cismogénesis, que tan buenos resultados
dieron en la descripción de los sistemas humanos.

Este nivel de análisis fluctuante entre el equilibrio y la desestabilización fue


conocido después como Cibernética de los sistemas observados o
Cibernética de primer orden.

A partir de ciertas nociones de la Física cuántica se llegó a la necesidad de


elaborar un modelo más complejo, en el que se tuviera en cuenta al
observador, ya que la observación afecta a lo observado (Sluzki,1996), al
organizar éste aquello que observa. La objetividad neutral del observador
es un imposible teórico y práctico. Los modelos de conocimiento del
mundo surgen de acuerdos descriptivos de la realidad, que emergen en la
conversación, ámbito en que se validan y consensúan los conocimientos.
El nuevo modelo, que tuvo a Von Foerster como uno de sus más
importantes adalides, recibió el nombre de Cibernética de los sistemas
observantes o Cibernética de segundo orden.

Todos estos descubrimientos tuvieron un fuerte eco en el estudio de los


sistemas humanos, haciendo germinar nuevas aplicaciones en la práctica.
Para quienes no encontrar acomodo en los dos grandes paradigmas de la
psicoterapia de los años 50, el conductista y el dinámico, estás ideas fueron
el germen de una nueva forma de actuar con las familias y otros sistemas
humanos. Durante la década de los 50 apareció una terapia centrada en
ayudar a las personas a comunicarse mejor, que recibieron el nombre de
terapias de comunicación, con autores tan señeros como Virginia Satir.

A finales de esa década y comienzos de los años 60 los terapeutas pioneros


empezaron a hacer abordajes que conocemos bajo la rúbrica del modelo
interaccional y estratégico (Jackson, Haley, Madanes y Watzlawick), cuya
idea central era que la forma como la gente trataba de solucionar sus
dificultades era el problema.

La terapia estructural (Minuchin)tiene también su origen en la influencia de


la cibernética y en algunos elementos de la antropología estructural de
Claude Lévi-Strauss, centrándose en los equilibrios de la organización, en

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las fronteras entre subsistemas, etc. Los autores estructurales crearon


poderosos instrumentos terapéuticos para describir y actuar sobre los
sistemas familiares y extrafamiliares, como los mapas estructurales, con los
que se podía “leer” las dinámicas del sistemas. Pronto esta metodología fue
aceptada y aplicada en los trabajos en red, que recibieron un fuerte impulso
desde este modelo.

El paradigma sistémico fue evolucionando y al final de la década de los 70


la Escuela de Milán abordó los juegos intergeneracionales para explicar y
justificar los problemas que presentaba un sistema.

La influencia de la segunda cibernética hizo que decayera el interés por el


sistema o la red, para centrar la atención en el terapeuta y en la
construcción del sistema terapéutico. Esto afectó notablemente al trabajo en
red, al situarse en primer plano del foco de atención teórica lo que sucedía
durante la sesión.

Durante la década de los 90 la introducción de los modelos narrativistas


(Goolishian, White, etc), con los que se adoptó una nueva unidad de
análisis de los procesos sistémicos, hizo girar la atención teórica hacia la
construcción de las historias compartidas por los miembros de la familia o
los grupos sociales. Para estos autores, el problema reside en la descripción
del problema. El foco de atención y trabajo ya no es el individuo o el
sistema, tampoco la red, sino las historias que habitan el espacio virtual de
la conversación.

Durante esos últimos años, el trabajo en red no fue el centro de atención de


los terapeutas, aunque no ignorasen que las historias no surgen en ausencia
de contextos determinados y que por tanto había que contar con el entorno,
habiendo, así, una ecología de historias que abarca tanto el sistema familiar
como el más amplio sistema cultural que avala y ratifica las historias que
cada uno cuenta.

Sin embargo, en la práctica los modelos de corte construccionista


permitieron, en el trabajo pragmático con individuos o con sistemas,
organizar la descripción de la red que ambos traían consigo, haciendo
posible el trabajo con los llamados sistemas pertinentes, es decir, la red
significativa.

Para ilustrar este proceso evolutivo paralelo de la terapia familiar y del


trabajo con la red vamos a ejemplificar dos casos extremos: por un lado, el
modelo diseñado a comienzos de los 70 por Speck; por otro lado, la
propuesta narrativista de Sluzki.

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El trabajo de Speck y colaboradores (Speck, 1973- Elkäim, 1989) fue el


resultado de la profunda insatisfacción que a éste le producía el trabajo con
ciertos enfermos psicóticos. Tras fracasar en varios “tratamientos” e
inspirado en una lectura que le indicó Erving Goffman, Speck leyó una
obra de Elizabeth Bott, titulada Familia y red social y se inspiró para lo que
él llamaría después trabajo de red o de tribu. En 1966 ya había
reconstituido la primera red social de un esquizofrénico, convocándola
cada semana con el fin de aligerar las crisis crónicas y el sentimiento de
angustia que generaban en la red. Para Speck, la red social es un grupo de
personas, miembros de la familia, amigos y otras personas, capaces de
aportar una ayuda y un apoyo tan reales como duraderos a un individuo o
a una familia. Aunque se trata de una definición harto ambigua, en la
práctica Speck trabajó tanto con el individuo, con su familia nuclear, su
familia extensa y todos aquellos que podían considerarse miembros
“significativos”, capaces de brindar apoyo y ayuda en algún momento:
vecinos, compañeros de trabajo, amigos y profesionales implicados en el
tratamiento.

Ross Speck colaboró con Carolyn Attneave, mestiza de madre Delaware, y


no por casualidad llamó a su técnica trabajo de tribu. Según el autor, las
sociedades tribales, más simples y primitivas que la nuestra, se ocupaban
de resolver los problemas existenciales de sus miembros. Su trabajo,
basado en esta idea, se desarrolla por fases:

1. Retribalización: consiste en un procedimiento para crear vínculos


emocionales entre los componentes de la red, por medios a menudo
no verbales. La finalidad es convertir a la multitud reunida en un
grupo activo.

2. Polarización: se trata de activar los puntos de vista y las posiciones


antagónicas que existen en el seno de la red, formando así
subgrupos, con el fin de elevar el nivel emocional de toda la red en
torno a los problemas que se van a tratar.

3. Movilización: cuando el tono emocional es alto, se trata de canalizar


esta energía para que la “tribu” explicite sus objetivos y sus planes.

4. Resistencia- depresión: en esta fase la intervención del equipo pasa


por realizar pequeñas reuniones de subgrupos para animar y alentar a
los componentes de la red que pueden estar resistentes. Los
miembros que entonces crean soluciones nuevas son alentados para

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que las expongan y de esa forma el grupo supere el desaliento y la


depresión.

5. Avance: tras el paso anterior, el grupo en su conjunto puede haber


alcanzado los objetivos previstos por la red y tener la sensación de
que se ha avanzado un paso y se han roto antiguas formas de actuar
y los bloqueos que impedían el cambio.

6. Agotamiento, plenitud y entusiasmo: en la última fase el grupo


siente una sensación de logro, que va seguida de un agotamiento
natural, con lo que la sesión debe darse por concluida hasta un nuevo
encuentro.

Estas son las fases por las que atraviesa cada sesión de trabajo en red,
secuencia que Speck considera siempre inalterable. Conforme el trabajo
terapéutico avanza, el acento emocional y de trabajo recae paulatinamente
sobre una de estas fases, desplazándose longitudinalmente, aunque en cada
sesión se deben dar todas. Como consecuencia de esta experiencia, Speck
señala que el grupo ha quedado entrelazado en una especie de sistema
cohesivo como consecuencia de la experiencia compartida. (Speck, 1973).
Esa red funcional deberá estar formada, nos señala en otro lugar, por entre
quince y cien personas y consistirá en el conjunto de relaciones humanas
que tienen para el individuo una importancia duradera (Elkäim, 1989)

La base de esta intervención se encuentra en el potencial que ofrece el


apoyo social, entendiéndolo como “la información o consejo verbal y/o no
verbal, ayudas tangibles o acciones que son realizadas por personas íntimas
o por su presencia y que tienen un efecto emocional o conductual benéfico
en quien lo recibe” (Gottlieb, 1983).

Carlos Sluzki, algunos años más tarde y desde una perspectiva narrativista,
dio un giro a la conceptualización de las redes señalando no sólo su
potencial de Apoyo Social, sino la relación que existe entre éstas y la
“construcción del problema” y la propia construcción de la identidad de los
individuos.

Para Sluzki, “la red social contiene, sostiene y es generada por las historias
que constituyen la identidad de sus miembros, legitima la posición social
de los participantes, es generadora a la vez que depositaria de la existencia
simbólica de sus miembros (...) esta red social personal es una estructura
laxa cuyo centro es arbitrario, flotante y circunstancial. Así, estar presentes
en la vida de los otros constituye un proceso sin fin de construcción del self
y de los otros-en-relación, de retención y reconstrucción del pasado, el

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presente y el futuro individual y colectivo de sus miembros, tejiéndose a sí


misma hasta constituir el cuerpo de nuestro mundo social” (Sluzki, 1996).
Para él, una visión sistémica de la familia y de la propia red social
significativa implica tener en cuenta, pues, que tanto la una como la otra
son un sistema fluido, cuyas fronteras son móviles y no siempre claramente
definidas, y que se encuentra en evolución constante. Será el observador
quien realice un recorte arbitrario para definir lo que es la red del individuo
y focalizar sobre éste el trabajo, creando así un sistema más definido o una
red más nítida.

Bibliografía

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