Señor Del Mundo - Robert Benson
Señor Del Mundo - Robert Benson
1907
Traducción por
Miguel Martínez-Lage
2
ÍNDICE
Prœmio ......................................................................................................... 4
Prólogo ....................................................................................................... 12
LIBRO I........................................................................................................ 24
EL ADVENIMIENTO ............................................................................... 24
LIBRO II .................................................................................................... 100
LA CONFRONTACIÓN ......................................................................... 100
LIBRO III ................................................................................................... 225
LA VICTORIA......................................................................................... 225
3
PRŒMIO
R. H. BENSON: EL GENIO OLVIDADO
por Joseph Pearce
5
de su fe en una época hostil y mortífera. Pocas novelas han conseguido re-
vivir el pasado con tanto éxito y potencia.
Quizá la prueba más clara del genio de Benson se encuentra en la fa-
cilidad con la que mezcló géneros literarios. Aparte de las novelas históri-
cas, se sintió cómodo con novelas ambientadas en su propio tiempo, como
The Necromancers (una historia aleccionadora sobre los peligros del espi-
ritismo), o con ficciones futuristas como Señor del Mundo (Lord of the
World). Esta novela es verdaderamente notable y merece un lugar junto a
Un mundo feliz y 1984 entre los clásicos de la distopía de ficción. De
hecho, aunque las obras maestras de Huxley y Orwell sean equiparables en
valor literario, son claramente inferiores en valor profético. Los dictadores
políticos que daban a la novela-pesadilla de Orwell su siniestra potencia ya
tuvieron sus días. Hoy su fábula aleccionadora sirve simplemente de opor-
tuno recordatorio de lo que ha sido y podría ser otra vez si los avisos de la
Historia no son escuchados. La novela-pesadilla de Benson, sin embargo,
se está haciendo realidad ante nuestros propios ojos.
En el planeta descrito en Señor del Mundo, el secularismo rastrero y
el humanismo sin Dios han triunfado sobre la religión y la moral tradicio-
nal. Es un mundo donde el relativismo filosófico ha triunfado sobre la ob-
jetividad; un mundo donde, en nombre de la tolerancia, la doctrina religio-
sa no es tolerada. Es un mundo donde la eutanasia es practicada amplia-
mente y la religión, escasamente. El señor de este mundo de pesadilla es
un político de apariencia benigna que ambiciona el poder en nombre de la
«paz» y busca la destrucción de la religión en nombre de la «verdad». En
un mundo así sólo una pequeña y encogida Iglesia permanece resuelta con-
tra el demoníaco «Señor del Mundo».
Si la producción literaria de Benson abarca múltiples temas de ficción
—histórica, contemporánea, futurista—, también se desvía hacia otras áre-
as con gran facilidad. Sus poemas, publicados póstumamente, muestran
una profunda y árida espiritualidad, expresada formalmente en una fe fir-
memente enraizada, aunque en ocasiones reseca. La misma profunda y ári-
da espiritualidad es evidente en Spiritual Letters to One of his Converts
(también publicada póstumamente), que ofrece una tormentosa in-
trospección en su hondo intelecto. Una serie de sermones, predicados en
Roma en la Pascua de 1913 y posteriormente publicados bajo el título The
Paradoxes of Catholicism, ilustra por qué Benson era tan popular como
predicador, atrayendo a grandes audiencias siempre que hablaba. Espe-
cialmente notables son sus Confessions of a Convert, que se sitúa a la altu-
6
ra de la Apología pro Vita Sua de John Henry Newman y A Spiritual Ae-
neid de Ronald Knox como un clásico intemporal de la literatura de con-
versión.
En A Spiritual Aeneid Knox confiesa con franqueza que la influencia
de Benson fue crucial en su propia conversión: «Siempre le he visto como
un guía que me condujo a la verdad católica (no sabía entonces que él solía
rezar por mi conversión)». La otra gran influencia en la conversión de
Knox fue G. K. Chesterton y quizá no sorprenda que Benson fuera asi-
mismo un gran admirador de Chesterton. El biógrafo de Benson, el jesuita
C. C. Martindale, que era también converso, escribió que sus Papers of a
Pariah eran «notables» por su «calidad chestertoniana»: «El señor G. K.
Chesterton nunca se cansa de decirnos que no vemos lo que estamos mi-
rando, que el único planeta sin descubrir es la Tierra... y Benson leyó bue-
na parte de la obra de Chesterton, que le gustaba, aunque no sin reservas».
Más pruebas de la influencia de Chesterton en Benson pueden encon-
trarse en su admiración por Heretics. «¿Has leído —preguntaba por carta a
un amigo en 1905— un libro de G. K. Chesterton titulado Heretics? Si no
lo has leído, mira a ver qué te parece. A mí me parece que el espíritu que
subyace es espléndido. No es católico, pero tiene el espíritu. Hacía tiempo
que no me conmovían tanto. Es un verdadero místico de una extraña espe-
cie».
Chesterton no era católico en 1905, pero Heretics fue la primera
prueba de que, como dijo Benson, «tenía el espíritu». El «espíritu» de
Chesterton fue tan influyente como el de Benson durante los primeros días
del «Resurgimiento Literario Católico», pero mientras que Chesterton está
siendo redescubierto, Benson sigue tristemente olvidado. Es hora de que
Mons. Robert Hugh Benson, el genio olvidado del «Resurgimiento Litera-
rio Católico», experimente su propio resurgimiento.
8
SEÑOR DEL MUNDO
9
CLAVI DOMVS DAVID
10
Soy plenamente consciente de que éste es un libro
tremendamente sensacionalista, abierto por tanto a innu-
merables críticas por esa razón, así como por muchas
otras. Sin embargo, no he tenido otra forma de expresar
los principios que deseaba transmitir (y en cuya verdad
creo de manera apasionada), salvo llevando el argumento
hasta un extremo sensacional. Sin embargo, he procurado
no desgañitarme de un modo impropio, y también he que-
rido conservar en la medida de lo posible el respeto y la
consideración por las opiniones ajenas. Que haya tenido
éxito en esa empresa es harina de otro costal.
ROBERT HUGH BENSON
Cambridge, 1907
11
PRÓLOGO
12
El padre Percy Franklin, el mayor de los dos sacerdotes, era un hom-
bre de planta llamativa. No tenía más de treinta y cinco años, pero ya pei-
naba canas abundantes; sus ojos grises, bajo las cejas negras, eran de una
brillantez peculiar, casi apasionada, aunque su nariz y mentón prominen-
tes, junto con la muy marcada determinación de su boca, daban a quien lo
observara sobradas muestras de su fuerza de voluntad. Quien no lo cono-
ciera casi siempre lo miraba dos veces y conservaba después un recuerdo
imborrable.
En cambio, el padre Francis, sentado en una silla, al otro lado de la
chimenea, rebajaba la media, pues si bien tenía unos ojos castaños, gratos
de ver, cargados de patetismo, no afloraba la fuerza en sus facciones, e in-
cluso se le notaba una tendencia a la melancolía femenina en las comisuras
de la boca, en la llamativa caída de los párpados.
El señor Templeton era un hombre de muy avanzada edad, de rasgos
fuertes, arrugas marcadas, afeitado tan a fondo como el resto del mundo, y
ahora se encontraba tendido sobre unos cojines de agua, con el cobertor
sobre los pies.
Por fin tomó la palabra, mirando primero a Percy, a su izquierda.
—Bueno —dijo—, es sumamente costoso recordarlo todo con preci-
sión, pero así es como yo lo planteo. En Inglaterra, nuestro partido vivió
los primeros síntomas de alarma grave al constituirse el Parlamento Labo-
rista de 1917. Aquello nos mostró cuán hondo había calado el herveísmo,
hasta qué punto impregnaba todo el tejido social. Antes ya hubo socialis-
tas, por descontado, pero ninguno como Gustave Hervé en sus años de ve-
jez. Al menos, no hubo uno solo que tuviera tanto poder. Quizá hayan leí-
do ustedes que predicaba el materialismo y el socialismo absolutos, des-
arrollados hasta el final de sus lógicas consecuencias. El patriotismo, dijo,
era mero vestigio de la barbarie; el disfrute sensual era el único bien indu-
dable para el hombre. Como es natural, todo el mundo se rió de él. Se dijo
que sin religión no podría existir un motivo adecuado en las masas, una
aspiración siquiera al orden social más simple. Pero parece ser que estaba
en lo cierto. Después de la caída de la Iglesia de Francia a comienzos de
siglo y las masacres de 1914, la burguesía se dispuso a organizarse, y ese
extraordinario movimiento comenzó muy en serio, con el impulso de la
clase media, sin patriotismo, sin distinciones de clase, prácticamente sin
ejército. Obviamente, todo estuvo orquestado por la francmasonería. Esto
se extendió a Alemania, donde la influencia de Karl Marx ya entonces...
13
—Sí, señor —interrumpió Percy hábilmente—, pero... ¿y qué fue de
Inglaterra, si no le importa?
—Ah, ya; Inglaterra. Bien, en 1917 el partido laborista se hizo con
las riendas y comenzó de verdad el comunismo. Eso sucedió mucho antes
de lo que mi memoria alcanza, claro está, pero mi padre solía fecharlo en-
tonces. Lo único que llama la atención es que todo esto no sucediera mu-
cho más deprisa. Supongo que aún debía de quedar bastante levadura con-
servadora por fermentar. Además, los siglos por lo común pasan más des-
pacio de lo que se espera, sobre todo cuando han arrancado con impulso
notable. Sin embargo, lo cierto es que el nuevo orden comenzó entonces, y
los comunistas nunca han sufrido un revés importante, salvo el del año 25.
Blenkin fundó «El Pueblo Nuevo», el Times tuvo que dejar de publicarse,
pero la Cámara de los Lores no vivió su definitivo eclipse, curiosamente,
hasta el 35. La Iglesia Oficial había desaparecido por fin en el año 29.
—¿Y qué efecto religioso tuvo eso? —preguntó Percy con sutileza,
ya que el anciano se había callado para toser y se acercaba a la boca el in-
halador. El sacerdote estaba descoso de ceñirse al asunto en cuestión.
—Eso fue más bien un efecto —dijo el otro—, no una causa. Dese
cuenta de que los ritualistas, que así los llamaban, tras un intento a la des-
esperada por entrar en la corriente del laborismo, pasaron a formar parte de
la Iglesia después del Sínodo del 19, cuando se renunció al Credo de Ni-
cea; al margen de ellos, no existía un entusiasmo real. En la medida en que
tuviera algún efecto la pérdida del rango de oficialidad por parte de la Igle-
sia, creo que fue más bien que los restos de la Iglesia del Estado se fundie-
ron con la Iglesia Libre, y la Iglesia Libre, a fin de cuentas, no era más que
sentimiento. Tras los recrudecidos ataques de los alemanes en la década de
los veinte, se renunció por completo a la autoridad de la Biblia; la Divini-
dad de Nuestro Señor, según el entender de algunos, había desaparecido
nominalmente a comienzos de siglo. De eso se ocupó la teoría kenótica, o
doctrina de la limitación del Logos. Hubo entonces, o tal vez antes, un ex-
traño y reducido movimiento entre los miembros de la Iglesia Libre, cuan-
do los pastores que se limitaban a seguir la corriente, los más susceptibles
de ahogarse, por así decir, abandonaron sus antiguas posiciones. Es curio-
so que la historia de la época indique que se les llegó a considerar pensa-
dores independientes. Eso es justamente lo que nunca fueron... A ver, ¿por
dónde iba? Ah, ya... Bueno, eso nos despejó bastante el terreno, y la Igle-
sia hizo avances extraordinarios durante un tiempo. Extraordinarios, claro
está, a tenor de las circunstancias, porque deben ustedes recordar que las
14
cosas eran muy distintas que diez o veinte años antes. Quiero decir que,
grosso modo, había comenzado la disgregación de las ovejas y los carne-
ros. Las personas de inclinación religiosa eran prácticamente todos católi-
cos e individualistas. Las personas carentes de sentimiento religioso recha-
zaban de plano lo sobrenatural, y eran todas a una materialistas y comunis-
tas. A pesar de todo, hicimos progresos gracias a que tuvimos algunos
hombres excepcionales, como Delaney, el filósofo, o McArthur y Largent,
filántropos, entre algunos más. Llegó a dar la impresión de que Delaney y
sus discípulos podrían apechugar con todo lo que se les pusiera delante.
¿Recuerda usted su Analogía? Sí, claro, está todo recogido en los manua-
les... En fin, con la clausura del Concilio Vaticano, que se había convoca-
do aún en el siglo xix y que nunca llegó a disolverse, perdimos a muchos
fieles a raíz de las definiciones finales. El «Exodo de los Intelectuales», lo
llamó el mundo...
—Las decisiones bíblicas —apuntó el sacerdote más joven.
—En parte fue eso. En parte, fue debido a todo el conflicto que co-
menzó con el auge del modernismo a comienzos de siglo, pero mucha más
importancia tuvo la condena de Delaney, y del nuevo trascendentalismo en
general, como era entonces entendido. Murió fuera de la Iglesia, como sin
duda sabrán. Luego se produjo la condena del libro de Sciotti sobre reli-
giones comparadas... Después, los comunistas avanzaron a pasos agiganta-
dos, aunque no muy rápidos. A ustedes les parecerá extraordinario segu-
ramente, pero no se pueden ni imaginar la excitación colectiva que produjo
la aprobación de la Ley de Oficios Necesarios en el 60. Mucha gente dio
en pensar que se paralizarían las empresas, ya que eran muchas las profe-
siones nacionalizadas. Lo cierto es que no fue así. Tuvo el pleno respaldo
de la población.
—¿En qué año se aprobó la Ley de la Mayoría por Dos Tercios? —
preguntó Percy.
—¡Oh! Mucho antes. Al año o a los dos años de la caída de la Cáma-
ra de los Lores. Fue necesaria, creo yo. De lo contrario, los individualistas
habrían enloquecido... En fin, la Ley de Oficios Necesarios fue algo inevi-
table: la población había empezado a saberlo ya en la época en que se mu-
nicipalizaron los ferrocarriles. Durante un tiempo hubo un estallido en la
producción artística, porque todos los individualistas que pudieron se dedi-
caron al arte (entonces se fundó la escuela de Toller), pero pronto volvie-
ron a ser empleados estatales y funcionarios de todo tipo. A fin de cuentas,
15
el límite del seis por ciento que pesaba sobre la empresa individual no era
demasiado tentador, y el Gobierno pagaba buenos salarios.
Percy meneó la cabeza.
—Sí, pero no consigo entender la situación actual. ¿No ha dicho us-
ted que las cosas se desarrollaron despacio?
—Así fue —dijo el anciano—, pero debe usted tener presentes las
Leyes de Pobres. Eso sirvió para establecer a los comunistas en el Estado
ya para siempre. Braithwaite desde luego que sabía muy bien lo que se tra-
ía entre manos.
El sacerdote más joven miró inquisitivamente.
—La abolición del viejo sistema de asilos, cuyos internos debían tra-
bajar para pagarse la manutención —dijo el señor Templeton—. Para uste-
des todo eso será Historia antigua, naturalmente, pero yo lo recuerdo como
si hubiera sido ayer. Fue aquello lo que acabó con lo que aún se llamaba la
monarquía y las universidades.
—Ah —dijo Percy—. Do eso sí me gustaría oírle hablar.
—Ahora mismo, padre... Ríen, veamos qué hizo Braithwaite. Con el
sistema antiguo, a todos los indigentes se les consideraba por igual. Y eso
molestaba. Con el nuevo sistema se instauran los tres grados en la escala
de pobreza que tenemos ahora, y la emancipación de los dos superiores.
Sólo los pobres de solemnidad pasaban a formar parte del tercer grado, y
se les trataba más o menos como a los delincuentes, bien es verdad que
tras un cuidadoso examen. Luego se produjo la reorganización de las pen-
siones de vejez. ¿No se da cuenta de la fortaleza que todo eso dio a los
comunistas? Los individualistas, a los que aún se llamaba conservadores
cuando yo era un niño, no han tenido desde entonces ni una sola posibili-
dad de prosperar. Ya no son ni sombra de lo que fueron en los buenos
tiempos. La totalidad de la clase obrera, con lo cual me refiero a noventa y
nueve de cada cien, se puso completamente en contra de ellos.
Percy alzó la mirada, pero el otro siguió hablando.
—Luego llegó la Ley de Reforma de las Prisiones, introducida por
MacPherson, y la abolición de la pena de muerte; por último, la Ley de
Educación del 59, con la que se estableció el laicismo dogmático, la
práctica abolición de la herencia con la reforma de los impuestos mortis
causa...
—Disculpe, he olvidado qué era el sistema antiguo —dijo Percy.
16
—Parece increíble, pero el sistema antiguo consistía en que todos pa-
gaban lo mismo. En primer lugar se introdujo la Ley ele Herencias, y lue-
go el cambio por el cual el patrimonio heredado pagaba el triple que los
demás ingresos, lo que condujo a la aceptación de las doctrinas de KarI
Marx en el 89... En fin, pues todas esas cosas mantuvieron a Inglaterra al
mismo nivel que el resto del continente europeo. Así estaba justo a tiempo
de unirse al sistema definitivo de Libre Comercio Occidental. Ese fue el
primer resultado, como recordarán, de la victoria de los socialistas en
Alemania
—¿Y córner nos pudimos mantener al margen de la Guerra de Orien-
te? —preguntó Percy con un punto de angustia.
—¡Oh! Esa es una larga historia; en dos palabras, América nos impi-
dió entrar en liza, de modo que perdimos tanto la India como Australia.
Creo que ése fue el momento más difícil para los comunistas desde el año
25. Sin embargo, Braithwaite salió con inteligencia del atolladero al lograr
el protectorado de Sudáfrica de una vez por todas. Entonces ya era un
hombre viejo.
El señor Templeton se detuvo para toser de nuevo. El padre Francis
suspiró y cambió de postura.
—¿Y América? —preguntó Percy.
—¡Ah! Eso sí que es complicado. América siempre supo cuál era su
fuerza, y se anexionó Canadá en el mismo año. Fue nuestro momento de
mayor debilidad.
Percy se puso en pie.
—¿Tiene usted un atlas comparado, señor? —preguntó.
El anciano señaló uno de los anaqueles.
—Allí hay uno —dijo.
Percy estudió las hojas durante unos minutos, en silencio, abriéndolas
sobre sus rodillas.
—Efectivamente, todo es mucho más sencillo —murmuró, contem-
plando primero la antigua y compleja coloración de las naciones a comien-
zos del siglo xx, después las tres grandes manchas del siglo XXI.
Desplazó el dedo sobre Asia. El rótulo IMPERIO DE ORIENTE
atravesaba la extensión amarilla clara, desde los montes Urales, por la iz-
quierda, al estrecho de Bering, por la derecha, rizándose en letras gigantes-
cas al pasar por India, Australia y Nueva Zelanda. Echó un vistazo a la
17
mancha roja, considerablemente más reducida aunque todavía importante,
y pensó que abarcaba no sólo Europa propiamente dicha, sino también to-
da Rusia hasta los montes Urales y Africa por el sur. La REPÚBLICA
AMERICANA, en azul, abarcaba la totalidad de ese continente, y desapa-
recía por la izquierda del hemisferio occidental en una cascada de chispas
azules, esparcidas sobre el blanco mar.
—Sí, es mucho más sencillo —dijo el viejo tajantemente.
Percy cerró el libro y lo dejó junto a su silla.
—¿Y ahora? ¿Qué sucederá ahora?
El viejo estadista conservador sonrió.
—Sabe Dios —dijo—. Si el Imperio de Oriente decide actuar, no po-
dremos hacer nada. La verdad es que no sé por qué no ha actuado todavía.
Supongo que se debe a las diferencias religiosas.
—¿Y Europa no se dividirá? —preguntó el sacerdote.
—No, no. Ahora ya sabemos dónde está el peligro. Y América sin
duda nos ayudaría. A pesar de todo, que Dios nos asista, o más bien deber-
ía decir que les asista a ustedes, si el Imperio actúa. Ahora sabe bien cuál
es su punto fuerte.
Se hizo el silencio durante unos instantes. Una tenue vibración re-
tumbó en la sala subterránea, al pasar alguna máquina de grandes dimen-
siones por el ancho bulevar.
—Haga una profecía, señor —dijo Percy de pronto—. Me refiero a la
religión.
El señor Templeton realizó una prolongada inhalación con su instru-
mento. Y reanudó su discurso.
—Muy sucintamente —dijo—, existen tres fuerzas distintas: el cato-
licismo, el humanitarismo y las religiones orientales. De éstas no puedo
hacer ninguna profecía, aunque supongo que los sufíes se alzarán con la
victoria. Podría pasar cualquier cosa. El esoterismo avanza a pasos agigan-
tados, y con eso me refiero al panteísmo. Por otra parte, la fusión de las
dinastías chinas y japonesas desbarata todos nuestros cálculos. Sin embar-
go, en Europa y en América no cabe duda de que la pugna se ha entablado
entre las otras dos. Todo lo demás no tendría por qué importarnos. Asi-
mismo, si quiere que le diga lo que pienso, pienso que hablando en térmi-
nos humanos el catolicismo decrecerá con gran rapidez. Es perfectamente
cierto que el protestantismo ha desaparecido. Los hombres sí reconocen,
finalmente, que una religión de lo sobrenatural requiere una autoridad ab-
18
soluta, y que el juicio privado en materia de fe no es nada más que el co-
mienzo de la desintegración. También es muy cierto que como la Iglesia
Católica es la única institución que afirma tener derecho incluso a la auto-
ridad sobrenatural, con toda su lógica despiadada, vuelve a contar con la
lealtad de prácticamente todos los cristianos que aún sigan creyendo en lo
sobrenatural. Todavía quedan algunos partidarios de otras modas pretéri-
tas, sobre todo en América y aquí, pero son muy pocos. Eso está muy bien;
por otra parte, debe usted recordar que el humanitarismo, contrario a las
expectativas de todas las personas, va convirtiéndose poco a poco en una
auténtica religión, aunque de sesgo contrario a lo sobrenatural. Es el pan-
teísmo. Desarrolla ciertos rituales de corte litúrgico de común acuerdo con
la francmasonería. Tiene un credo propio: «Dios es el Hombre», amén de
todo lo que concurre con esta idea. En cierto modo, tiene, por tanto, verda-
dero alimento que ofrecer a quien tenga anhelos de religión. Idealiza, pero
no plantea exigencias de ninguna clase sobre las facultades espirituales del
ser humano. Además, puede hacer uso de todas las iglesias, salvo de las
nuestras, y de todas las catedrales. Y ahora por fin empieza a fomentar los
sentimientos. Enseguida podrá hacer despliegue de sus símbolos, y noso-
tros no podremos. Creo que estará legalmente establecido en un plazo
máximo de unos diez, años, se lo aseguro.
Entre tanto, somos nosotros, los católicos, los que llevamos las de
perder. Téngalo muy en cuenta. Llevamos más de cincuenta años perdien-
do progresivamente todo. Supongo que nominalmente nos corresponde
más o menos la cuadragésima parte de América, resultado del movimiento
católico de principios de los años veinte. En Francia y en España ya no
somos nadie; en Alemania, menos aún. Hemos conservado nuestra posi-
ción en Oriente, desde luego, pero es que tampoco allí llegaremos a ser ni
siquiera uno entre cada doscientos, al decir de las estadísticas. Estamos di-
seminados. ¿En Italia? Bueno, volvemos a tener Roma para nosotros, pero
nada más. Aquí tenemos la totalidad de Irlanda y tal vez la sexagésima
parte de Inglaterra, Gales y Escocia, pero es que hace setenta años éramos
uno de cada cuarenta. Por otra parte, hay que tener en cuenta ese enorme
progreso de la Psicología, radicalmente en contra de nosotros desde hace al
menos un siglo. Primero, dense cuenta, fue el materialismo puro y simple,
que fracasó en mayor o menor grado, por ser demasiado tosco, hasta que la
Psicología acudió en su auxilio. Ahora, la Psicología afirma su derecho al
resto del terreno. El sentido de lo sobrenatural parece despachado. Esa es
la exigencia. No, padre: llevamos las de perder, y seguiremos llevando las
19
de perder. Creo que deberíamos estar listos para asumir una catástrofe en
cualquier momento.
—Pero... —empezó a decir Percy.
—Ya veo lo que piensa: piensa que todo esto no es más que la debili-
dad del viejo que se halla al borde de la tumba. En fin, yo le he dicho lo
que pienso. No creo que haya esperanza. Más bien pienso que podría suce-
demos cualquier cosa, y que podría sucedemos muy pronto. No, no creo
que haya esperanza hasta...
Percy lo miró de súbito.
—Hasta que vuelva Nuestro Señor —dijo el anciano estadista.
El padre Francis suspiró una vez más y se hizo el silencio.
—¿Y la caída de las universidades? —preguntó por fin Percy.
—Mi querido padre, fue exactamente igual que el desplome de los
monasterios durante el reinado de Enrique VIII. Idéntico resultado, idénti-
cos argumentos, idénticos incidentes. Eran las fortalezas del individualis-
mo, tal como eran los monasterios las fortalezas del papismo. Y se les con-
sideraba con idéntico respeto, idéntica envidia. Comenzaron a correr en-
tonces los rumores de costumbre acerca de la cantidad de vino de Oporto
que se consumía en ellos, y de pronto la gente dio en decir que ya habían
cumplido con su cometido, que los frailes estaban confundiendo los fines
con los medios, y había abundantes razones para decir tales cosas. A fin de
cuentas, si se tiene en mente la presencia de lo sobrenatural, las casas de
religión son una consecuencia natural, pero el objeto de la educación laica
es más bien, digo yo, la producción de algo visible, ya sea el carácter, ya la
competencia, y pasó a ser de todo punto imposible demostrar que las uni-
versidades dieran lugar a lo uno ni a lo otro, al margen de lo que valiera la
pena tener. La distinción entre la ó griega y la fi griega no es una finalidad
en sí misma, como tampoco lo es la sutileza de la filología; y la clase de
persona a la que dio lugar el estudio de dicha distinción no era precisamen-
te la más atractiva para Inglaterra en el siglo xx. Ni siquiera estoy muy se-
guro de que a mí me resultara atractiva, y eso que siempre he sido un indi-
vidualista recalcitrante, salvo por la faceta del patetismo.
—¿No me diga? —dijo Percy.
—Oh, era más que patético. Las Facultades de Ciencias en Cambrid-
ge y el Departamento Colonial de Oxford eran ya la última esperanza, y al
cabo también desaparecieron. Los viejos profesores rondaban sigilosos con
sus libros, pero nadie quería que siguieran allí. Eran demasiado teóricos.
20
Unos dieron en los asilos, en calidad de internos de primer o segundo gra-
do; algunos fueron tomados al cuidado de sacerdotes caritativos. Hubo un
intento de concentrar fuerzas en Dublín, pero fracasó, y la gente en general
los olvidó bastante pronto. Los edificios, como sabrá usted, se destinaron a
toda clase de usos. Oxford pasó a ser por un tiempo un centro de ingenier-
ía; Cambridge, una especie de laboratorio del Gobierno. Yo estaba en
King’s College, no sé si lo sabía usted. Todo era tan horrible como podía
de hecho ser, aunque debo decir que me alegro de que se conservara la ca-
pilla abierta, así fuera en calidad de museo. No era nada agradable ver el
coro lleno de muestras anatómicas. De todos modos, tampoco era peor que
ocupar los sitiales con calentadores y sobrepellices.
—¿Y qué fue de usted?
—¡Oh! Yo fui miembro del Parlamento desde muy pronto, aunque
disponía de un poco de dinero propio. En cambio, a muchos de ellos les
resultó muy duro. Tenían muy exiguas pensiones, al menos aquellos que
ya no estaban en edad de trabajar. Pasaron a ser poco más que pintorescos
supervivientes, ya sabe usted. Y ni siquiera contaban con la gracia de una
fe religiosa.
Percy volvió a suspirar, mirando el rostro humorístico del anciano
sumido en sus recuerdos. De pronto volvió a cambiar de tema.
—¿Y qué hay de eso del Parlamento europeo? —dijo.
El anciano se sobresaltó.
—Pues... yo creo que saldrá adelante —repuso—, si es que se en-
cuentra al hombre idóneo para ponerlo en marcha. Todo este siglo pasado
ha sido un camino hacia esa realidad, como bien se ve. El patriotismo ha
ido desapareciendo a pasos agigantados, aunque tendría que haber desapa-
recido, al igual que la esclavitud y tantas cosas, bajo la clara influencia de
la Iglesia Católica. Lo cierto es que todo ese trabajo se ha llevado a efecto
sin el concurso de la Iglesia, a resultas de lo cual el mundo comienza a
apostarse en firme contra nosotros: se trata de un antagonismo organizado,
una suerte de movimiento contrario a la Iglesia Católica. La democracia ha
logrado lo que tendría que haber hecho la Monarquía Divina. Si se aprueba
la propuesta, creo que podemos contar con que se produzca de nuevo algo
parecido a las persecuciones de la Antigüedad... Aunque también es posi-
ble que una invasión de Oriente venga en nuestro auxilio, caso de que lle-
gue a producirse. No lo sé...
Percy permaneció inmóvil unos momentos y se puso en pie de repen-
te.
21
—Señor, debo marcharme —dijo recurriendo de nuevo al esperan-
to—. Ya pasan de las diecinueve horas. Muchas gracias. ¿Viene usted, pa-
dre?
El padre Francis también se puso en pie. Vestía el traje oscuro permi-
tido a los sacerdotes. Tomó el sombrero.
—En Un, padre —dijo el anciano—, vengan a verme algún día de
éstos, si es que no les he resultado demasiado prolijo. Supongo que aún
tendrá usted que escribir esa carta...
Percy asintió.
—He escrito la mitad esta mañana —dijo—, pero me pareció que me
sería muy útil una nueva visión a ojo de pájaro, antes de entenderlo como
es debido. Le estoy sumamente agradecido por habérmela proporcionado.
I/a verdad es que es una tarea ingente esta carta diaria para el Cardenal
Protector. Estoy pensando seriamente en renunciar a ocuparme de ello, si
es que se me lo permite.
—Mi querido padre, no lo haga. Si me permite decírselo a la cara,
creo que tiene usted una mentalidad muy sagaz. Y a menos que en Roma
dispongan de información equilibrada, no podrán hacer nada de nada. No
creo yo que sus colegas se esmeren tanto como usted.
Percy sonrió, alzando sus cejas oscuras en un gesto de reprobación.
—Vamos, padre —dijo.
Los dos sacerdotes se despidieron en las escaleras que daban al pasi-
llo, y Percy permaneció durante unos minutos contemplando la conocida
escena otoñal, tratando de comprender qué significado tenía todo aquello.
Lo que había oído en el subsuelo parecía iluminar de un modo extraño esa
visión de prosperidad espléndida que se abría ante sus ojos.
El aire tenía la luminosidad de lo diurno. La luz solar artificial había
arrasado a tal extremo que Londres ya no conocía la diferencia que hubo
entre luz y tinieblas. Se encontraba en una suerte de claustro vidriado, cu-
yo suelo estaba hecho de una gruesa preparación de caucho en la cual no
emitían ruido los pasos. Más abajo, al pie de las escaleras, manaba una in-
agotable fila de a dos, separada una de la otra mediante un tabique. Las
personas se encaminaban a la derecha y a la izquierda sin hacer más ruido
que el tenue murmullo del esperanto, que resonaba de un modo tan ince-
sante como el discurrir de los viandantes. A través del cristal reforzado del
pasaje público se llegaba a ver el ancho de una carretera negra, con bóveda
nervada, fruncida en el centro, y significativamente desierta. Sin embargo,
22
allí de pie resonó una nota a lo lejos, desde Westminster, cual si fuera el
zumbido de una colmena gigantesca, que aumentaba de volumen al acer-
carse. Instantes después un objeto transparente pasó a gran velocidad, emi-
tiendo destellos en todos sus ángulos, y la nota derivó de nuevo en zumbi-
do y en silencio al pasar el gran automóvil gubernamental, procedente del
Sur, con rumbo Este, cargado de correo. Era una carretera privilegiada,
sólo para el uso de los vehículos estatales, que alcanzaban velocidades su-
periores a los 160 kilómetros por hora.
El resto de los ruidos se amortiguaban por sí solos en esta ciudad fo-
rrada de caucho. Los andenes de los pasajeros distaban un centenar de me-
tros, y el tráfico subterráneo circulaba a una profundidad excesiva para de-
jarse sentir de veras, salvo en forma de mera vibración. Precisamente para
suprimir esa vibración, para reforzar el silencio, el murmullo de los vehí-
culos normales, los expertos del Gobierno llevaban veinte años trabajando
al máximo de sus posibilidades.
Una vez más, antes de ponerse en marcha, le llegó un grito prolonga-
do desde lo alto, sorprendentemente bello, penetrante, y en cuanto levantó
la mirada de las aguas del río, las únicas que se habían negado en redondo
a ser transformadas por la mano del hombre, vio en el cielo, recortado so-
bre las nubes fuertemente iluminadas, un objeto esbelto, resplandeciente,
atenuado, que volaba con rumbo norte y desaparecía al cabo con las alas
extendidas. Ese grito musical, se dijo, era la voz de una de las líneas euro-
peas de voladores que anunciaba su llegada a la capital de Gran Bretaña.
«Hasta que vuelva Nuestro Señor», reflexionó. Por un instante, la
tristeza de antaño le traspasó el corazón. Qué difícil era concentrar la mi-
rada en aquel horizonte lejano, cuando este mundo ocupaba todo el primer
plano, tan atractivo, en toda su fuerza, en todo su esplendor. Desde luego,
había discutido con el padre Francis, una hora antes, en el sentido de que el
tamaño no era lo mismo que la grandeza, e hizo hincapié en que la insis-
tencia de lo exterior no basta para excluir un interior sutil. Y había dicho
justamente lo que creía, si bien persistía en su ser la duda, hasta que la
acalló por medio de un gran esfuerzo, clamando en su seno al Pobre de
Nazaret para que mantuviera su corazón puro como el de un niño.
Comprimió los labios, preguntándose durante cuánto tiempo sopor-
taría el padre Francis la presión, y comenzó a bajar las escaleras.
23
LIBRO I
EL ADVENIMIENTO
24
Capítulo I
26
sobre la mesa sin decir palabra y se volvió para salir de la sala. Oliver alzó
la mano para reclamar su atención, accionó una palanca y tomó la palabra.
—¿Y bien, señor Phillips? —dijo.
—Hay noticias de Oriente, señor —repuso el secretario.
Oliver miró de reojo y apoyó la mano sobre los papeles recién entre-
gados.
—¿Algún mensaje completo? —preguntó.
—No, señor; ha vuelto a cortarse. Aparece el nombre del señor Fel-
senburgh.
Oliver no pareció prestar atención. Levantó las hojas endebles, mal
impresas, con un movimiento repentino. Comenzó a ojearlas.
—La cuarta hoja, empezando por arriba —dijo el secretario.
Oliver sacudió la cabeza en un gesto de impaciencia. El otro se
marchó, como si ésa fuera la señal convenida.
La cuarta hoja empezando por arriba, impresa en rojo sobre verde,
pareció absorber del todo la atención de Oliver, quien la leyó de corrido,
dos o tres veces, arrellanándose en el sillón, inmóvil. Entonces suspiró y
volvió a mirar por la ventana.
Se abrió de nuevo la puerta y entró una muchacha de considerable es-
tatura.
—¿Qué hay, cariño? —dijo nada más entrar.
Oliver meneó la cabeza a la vez que comprimía los labios con aire de
contrariedad.
—De momento, nada definitivo —dijo—. Incluso menos que de cos-
tumbre. Escucha.
Tomó la hoja verde y comenzó a leer en voz alta mientras la mucha-
cha tomaba asiento a la izquierda, junto a la ventana.
Era una criatura encantadora, alta y esbelta, de ojos serios, ardientes,
grises y bello porte en la cabeza y en los hombros. Había atravesado des-
pacio la estancia mientras Oliver tomaba el papel, y ahora estaba sentada
con un vestido de color castaño, en actitud muy elegante y decorosa. Pa-
recía atender sus palabras con una suerte de paciencia intencionada, pero
en sus ojos titilaban el interés y la curiosidad.
—«Irkutsk—14 de abril—Ayer como siempre—Pero se rumorea que
haya habido una defección por parte de las tropas del partido sufí-
Continúan reuniéndose—Felsenburgh pronunció una alocución ante una
27
muchedumbre budista—Atentado contra el Lama el viernes pasado obra
de anarquistas—Felsenburgh viaja a Moscú como estaba dispuesto...» Esto
es todo, no hay más —concluyó Oliver con desánimo—. Está interrumpi-
do, como siempre.
La muchacha comenzó a balancear un pie.
—No entiendo nada —dijo—. A fin de cuentas, ¿quién es ese Fel-
senburgh?
—Hija mía, eso mismo es lo que el mundo entero se está preguntando
en estos momentos. No se sabe nada, salvo que se le incluyó en la delega-
ción americana a ultimísima hora. El Herald publicó una nota biográfica la
semana pasada, pero ya se ha refutado su inexactitud. Lo que es cierto es
que es bastante joven, y que hasta ahora era un perfecto desconocido.
—Bien, pues a lo que parece ha dejado de serlo —observó la mucha-
cha.
—Desde luego, parece ser quien lleva las riendas de todo el asunto.
Nunca se dice ni una sola palabra de los demás. Es una suerte que milite en
el bando de los buenos.
—¿Y tú qué piensas?
Oliver miró por la ventana con una mirada perdida en el espacio.
—Creo que no nos queda más remedio que esperar a ver qué pasa —
dijo—. Lo único de verdad llamativo en todo esto es que prácticamente
nadie parece darse cuenta de nada. Es algo que excede hasta la mayor ca-
pacidad de imaginación, creo yo. No cabe duda de que Oriente se ha pre-
parado a fondo para caer sobre Europa con toda su fuerza, lo ha hecho du-
rante estos últimos cinco años. Si algo se lo ha impedido hasta ahora ha
sido América, y éste viene a ser el último intento por impedirlo. En cam-
bio, por qué es Felsenburgh el que da la cara en todos los frentes... —
calló—. En cualquier caso, debe de tratarse de un espléndido lingüista. Es
la quinta vez que pronuncia un discurso ante una multitud, siempre en la
lengua de la nación en que se halle. No sé, quizá sólo sea el intérprete
americano. ¡Dios! La verdad es que daría cualquier cosa para saber quién
es.
—¿No se le conoce por otro nombre?
—Su nombre de pila es Julián, según tengo entendido. Se menciona-
ba en uno de los mensajes.
—¿Cómo ha llegado este despacho?
28
Oliver meneó la cabeza.
—Por una empresa privada —dijo—. Las agencias europeas han de-
tenido el trabajo por completo. Cada estación de telégrafos está vigilada
día y noche. Hay abundantes voladores estacionados en todas las fronteras.
El Imperio ha resuelto zanjar este asunto sin contar con nosotros.
—¿Y si las cosas se tuercen?
—Mi querida Mabel... Si el infierno desencadenara sus fuerzas... —
alzó las manos en un gesto de impotencia.
—¿Y qué está haciendo el Gobierno a este respecto?
—Trabajan día y noche. E igual sucede en el resto de Europa. Si se
declara la guerra, esto será el Apocalipsis.
—¿Qué posibilidades te parece que existen?
—Yo solamente veo que haya dos —dijo Oliver espaciando sus pala-
bras—: una, que tengan miedo de América, y que se abstengan de hacer
nada precisamente por miedo. Otra, que tal vez se abstengan de hacer na-
da, pero por caridad. Si se les pudiera hacer entender que la cooperación es
la única esperanza que aún le cabe al mundo... Pero es que esa maldita re-
ligión que profesan...
La joven suspiró y miró de nuevo a la amplia llanura de tejados que
se extendía desde el pie de la ventana.
La situación, en efecto, no podía ser más delicada. El inmenso Impe-
rio de Oriente, que constaba de distintos Estados confederados bajo el ma-
tulo del Hijo del Cielo (cosa posible solamente gracias a la fusión de las
dinastías china y japonesa y a la caída de Rusia), había logrado consolidar
poco a poco sus fuerzas y había tenido conciencia de su enorme poder a lo
largo de los últimos cinco años; desde entonces, de hecho, había puesto sus
delgadas y amarillas manos en Australia y en India. Así como el resto del
mundo había aprendido la dura lección que representaba la locura de la
guerra, desde la caída de la República de Rusia a raíz del ataque conjunto
de las razas amarillas, éstas, en cambio, habían comprendido cuáles eran
sus posibilidades reales. Ahora daba la impresión de que la civilización del
siglo pasado estuviera a punto de ser borrada una vez más por el influjo del
caos. No era que la muchedumbre de Oriente tuviera un especial interés en
tal cosa; eran en cambio sus dirigentes los que habían comenzado a despe-
rezarse después de un letargo casi eterno, y era difícil imaginar de qué mo-
do sería posible detenerlos una vez llegados a ese punto. Había algo senci-
llamente espantoso en el rumor de que el fanatismo de religión se hallaba
29
tras ese movimiento, y en el hecho de que Oriente, siempre paciente y so-
segado, por fin se hubiera propuesto hacer prosélitos mediante los moder-
nos equivalentes del fuego y la espada entre quienes habían dejado al mar-
gen toda creencia religiosa, con la excepción de la creencia en la Humani-
dad. Para Oliver, era algo simplemente enloquecedor. Mirando por la ven-
tana la vasta extensión de Londres, apaciblemente tendida ante sus ojos,
ampliaba su imaginación a todo el resto de Europa y veía por doquiera que
el triunfo del sentido común, la victoria de la realidad sobre los cuentos de
hadas que pregonaba de cristianismo, era lisa y llanamente imposible, y se
le antojaba intolerable que cupiera incluso la menor posibilidad de que to-
do aquello pudiera ser barrido una vez más en el bárbaro tumulto de las
sectas y los dogmas, ya que ése, nada menos, sería el resultado final si
Oriente ponía las manos sobre Europa. Incluso reviviría el catolicismo, se
dijo; volvería a cobrar fuerza esa extraña fe que tantas veces había res-
plandecido con fuerza redoblada siempre que la persecución se había aba-
tido sobre sus fieles precisamente para apagarla. De todas las creencias re-
ligiosas, a juicio de Oliver, el catolicismo era la más grotesca, la más es-
clavizadora. Y toda esta perspectiva sinceramente le turbaba mucho más
que la idea de la catástrofe física y el derramamiento de sangre que sobre-
vendría en toda Europa con la llegada de Oriente. No cabía, por el lado de
la religión, más que una sola esperanza, como le había dicho a Mabel una
docena de veces, y no era otra que el panteísmo quietista que a lo largo de
todo un siglo había hecho grandes avances tanto en Oriente como en Occi-
dente, entre mahometanos, budistas, hindúes, confucianos y todos los de-
más, y que debiera servir de freno ante el frenesí de lo sobrenatural, que
hacía las veces de fuente de inspiración para los fieles esotéricos. El pan-
teísmo, a su recto entender, sin duda era su creencia; para él, «Dios» era la
suma compuesta por toda la vida creada, y la Unidad impersonal era la
esencia de Su ser; la competencia, así pues, era la gran herejía que había
enfrentado a los hombres y había aplazado el progreso. A su juicio, el pro-
greso consistía precisamente en la fusión del individuo en la familia, de la
familia en el bienestar común de la sociedad, de la sociedad en el continen-
te, y del continente en el mundo. Por último, el mundo en sí no era, en un
momento dado, más que un estado anímico de la vida impersonal. Era, de
hecho, la idea católica en su esencia, pero dejando a un lado todo lo sobre-
natural, la unión de las fortunas terrenales, un abandono completo del in-
dividualismo por un lado y de lo sobrenatural por el otro. Era un delito de
alta traición apelar del Dios Inmanente al Dios Trascendente; no existía un
30
Dios Trascendente. Dios, en la medida en que era posible conocerlo, era
sólo un hombre.
Sin embargo, los dos, marido y mujer a la postre, al menos en cierto
modo —pues habían contraído ese vínculo que el Estado reconocía de una
manera explícita—, distaban mucho de compartir el grosero embotamiento
de los meros materialistas. Para Oliver y Mabel, el mundo latía como late
una vida única y ardiente en la flor, en el animal y en el hombre, un torren-
te de vigor y de belleza que emanaba de una fuente profunda y que irrigaba
todo lo que se moviera, todo lo que tuviera capacidad de sentir. La poesía
de semejante concepción era comprensible para las mentalidades que de
ella misma brotaban. Encerraba misterios, desde luego, aunque eran miste-
rios que realzaban su encanto en vez de restarles brillantez; no en vano
desplegaban nuevas glorias con cada descubrimiento que el hombre pudie-
ra hacer. Incluso los objetos inanimados, el fósil, la corriente eléctrica, las
estrellas lejanas, eran partículas de polvo arrojadas por el Espíritu del
mundo, fragantes gracias a Su Presencia, elocuentes por Su Naturaleza.
Por ejemplo, el anuncio que hizo Elein, el astrónomo, veinte años antes,
para confirmar que era hecho contrastado que algunos planetas estaban
habitados por seres vivos: de qué manera tan superlativa había alterado la
concepción que de sí mismos tenían los hombres. Sin embargo, la única
condición del progreso, de la construcción de Jerusalén en el planeta que
tal vez por puro azar poblaba el hombre, era la paz, no la espada que trajo
consigo Jesucristo ni la espada que blandía Mahoma: era la paz que brota-
ba de la comprensión, la paz que emanaba de un conocimiento claro de
que el hombre era todo, de que el hombre era capaz de desarrollarse úni-
camente mediante la simpatía plena de sus congéneres. Para Oliver y su
esposa, el último siglo era prácticamente una revelación; poco a poco, las
viejas supersticiones habían perecido, la nueva luz se había ensanchado; el
Espíritu del Mundo se había hecho patente, el sol había asomado por el
Oeste. Ahora, con espanto, habían visto congregarse las negras nubes de
tormenta una vez más precisamente allí donde toda superstición había na-
cido.
Mabel se levantó en ese momento y se dirigió a su marido.
—Cariño —le dijo—, es preciso que no te desanimes. Tal vez todo
esto pase como ya pasó otra vez. Es gran cosa que al menos los orientales
estén prestando oídos a América. Y ese tal Felsenburgh parece claramente
del lado de los buenos.
Oliver le tomó la mano y se la besó.
31
II
32
diez minutos antes de que esté lista la cena. La cosa se arreglará por sí so-
la, basta con que sepan esperar un poco.
—¿Eso piensas decírselo?
—¿Que son unos tercos? Por descontado.
Mabel miró a su marido con un brillo de placer en los ojos. Sabía per-
fectamente bien que su popularidad era debida sobre todo a su franqueza.
Al pueblo llano en el fondo le gustaba que le regañase un hombre de ge-
nio, osado, capaz de gesticular con una furia de veras magnética. A ella
misma le agradaba.
—¿Cómo piensas ir? —le preguntó.
—En volador. Tomaré el de las dieciocho en Blackfriars; la reunión
es a las diecinueve, de modo que estaré de vuelta a las veintiuna.
Atacó con apetito el plato que tenía delante. Su madre lo miró con
una sonrisa paciente, de anciana.
Mabel comenzó a tamborilear con los dedos, suavemente, sobre el
damasco que cubría la mesa.
—Por favor, querido, date prisa —le dijo—. He de estar en Brighton
a las tres.
Oliver se zampó el último bocado, empujó el plato hasta rebasar la
línea, contento de ver que todos los platos estaban allí, y alargó la mano
bajo la mesa.
En el acto, sin ruido ninguno, la pieza central de la mesa desapareció.
Los tres aguardaron sin ninguna preocupación a que llegase de abajo el
ruido de la vajilla.
La anciana señora Brand era una señora de aspecto venerable, de tez
sonrosada aunque arrugada, con la mantilla que se llevaba sobre la cabeza
cincuenta años antes, aunque también a ella se la veía un tanto decaída de
ánimo esa mañana. El entrante no tuvo una gran aceptación, se dijo; los
nuevos alimentos no estaban a la altura de los antiguos. Resultaban algo
arenosos. Ya se encargaría ella de ponerle remedio en la medida de lo po-
sible. Se oyó un ruido de platos, un sonido suave, y el centro de la mesa
volvió a encajar en su sitio, ofreciendo una imitación admirable de faisán
asado.
Oliver y su esposa volvieron a quedarse a solas un minuto o dos des-
pués del almuerzo, antes de que Mabel echase a caminar para tomar el tren
subterráneo de grado 4, a las catorce treinta.
33
—¿Qué le pasará a mi madre? —dijo él.
—¡Ah! Pues tiene que ser otra vez la comida. Jamás se acostumbrará.
Dice que no le sienta bien.
—¿Tú no crees que le pase algo más?
—No, cariño, estoy segura. Ultimamente apenas dice ni palabra.
Oliver observó a su esposa emprender el camino, y se quedó tranqui-
lo. Había estado un tanto contrariado una o dos veces de un tiempo a esta
parte, debido a tal o cual palabra fuera de tono que había oído pronunciar a
su madre. Ella se educó en el cristianismo durante unos cuantos años, y
daba la impresión de que eso le hubiera dejado huella. Existía en su fuero
interno un antiguo «jardín del alma» que ella deseaba mantener y conser-
var, aunque siempre protestaba, dándoselas de desdeñosa, de que todo eso
no eran más que tonterías. Con todo, Oliver habría preferido que lo hubiera
quemado: la superstición, cualquiera que fuese, era pura desesperación por
conservar la vida, y a medida que el cerebro se debilitaba, no sería de ex-
trañar que se reafirmase más si cabe. El cristianismo era al tiempo un des-
atino y un aburrimiento, se dijo: un desatino por su obviedad en lo grotes-
co, por su manifiesta imposibilidad; un aburrimiento por estar absoluta-
mente desgajado del fluir jubiloso de la vida humana. Sigiloso, avanzaba
entre el polvo sin moverse, y él lo sabía, en las iglesucas de aquí y allá. Era
puro desgañitarse de histérica sentimentalidad en la catedral de Westmins-
ter, donde había entrado una vez y lo había presenciado con una rara mez-
cla de repugnancia y de furia. Era puro farfullar extraño, repleto de pala-
bras falsas para los incompetentes, los ancianos y los disminuidos. Sería
sencillamente espantoso que su madre volviera a mirarlo con buenos ojos.
En lo tocante al propio Oliver, y desde que alcanzaba a recordar, hab-
ía sentido una violenta oposición a las concesiones hechas a Roma e Irlan-
da. Era lisa y llanamente intolerable que esos dos lugares estuvieran tan
del todo entregados a esa tontería traicionera y disparatada: ambos eran
criaderos de sedición; lugares arrasados por la plaga que asolaba la faz. de
la tierra. Nunca estuvo de acuerdo con aquellos que afirmaron que era pre-
ferible que todo el veneno de Occidente estuviera recogido y bien concen-
trado, en vez de estar disperso. En cualquier caso, así eran las cosas. Roma
había sido entregada del todo a ese vejestorio de blancos ropajes, a cambio
de todas las parroquias y todas las catedrales de Italia; de ese modo, se so-
breentendía que la tenebrosidad medieval allí reinaba sin que nadie le to-
siera. Irlanda, tras beneficiarse de la autonomía concedida treinta años an-
tes, había declarado su profesión de fe en el catolicismo, y así había abier-
34
to los brazos al individualismo en sus formas más virulentas. Inglaterra se
había limitado a reír con aquiescencia, pues de ese modo se había ahorrado
no pocos brotes de agitación gracias a la partida inmediata de la mitad de
su población católica rumbo a la isla. Con plena coherencia con su política
comunista y colonial, había cedido toda clase de facilidades para que el
individualismo en esta isla se redujera al absurdo. Allí ocurrían toda clase
de cosas bastante graciosas; Oliver había leído con una mezcla de amargu-
ra e irrisión las noticias acerca de las apariciones de una Mujer de Azul, en
honor de la cual se alzaron relicarios allí donde había puesto los pies, pero
en modo alguno le divertía Roma, pues el desplazamiento a Turín del Go-
bierno italiano había privado a la República de no poco prestigio, así fuese
en lo sentimental, y había envuelto la antigua tontería religiosa de todo el
punto meretriz que pudiera tener la estrecha relación con la historia. Sin
embargo, era a todas luces evidente que la cosa no podía durar mucho más.
El mundo por fin comenzaba a comprender.
Pasó unos instantes en el umbral de la casa después de que su esposa
se marchase, embebiéndose de la tranquilidad que le infundía la gloriosa
visión del sentido común que se extendía ante sus ojos: los tejados prodi-
gados hasta el infinito, las altas bóvedas acristaladas de los baños y gimna-
sios públicos, las cúspides de las escuelas en donde a la ciudadanía se le
enseñaba lo elemental todas las mañanas, las grúas como arañas, y los an-
damios, que se alzaban por doquiera, e incluso los contados rascacielos,
que no le desconcertaban. Así se extendía el paisaje hacia la espesa bruma
que cubría Londres, con auténtica belleza, aquella colmena inmensa de
hombres y mujeres que habían aprendido al menos la primera lección del
Evangelio: que no existía Dios, sino que existía el hombre; que no había
sacerdotes, sino políticos, que no eran tales los profetas, sino maestros de
escuela.
Regresó entonces a proseguir con la redacción de su discurso.
También Mabel estaba un tanto pensativa cuando se sentó con el pe-
riódico sobre las rodillas, en el vehículo rápido que circulaba por la auto-
pista rumbo a Brighton. Las noticias de Oriente eran más desconcertantes
para ella de lo que dio a entender a su marido. A pesar de todo, le seguía
pareciendo increíble que existiera un verdadero peligro de invasión. La vi-
da en Occidente era sensata y apacible. La gente caminaba con firmeza,
con los pies en la tierra, y era sencillamente impensable que se les pudiera
obligar una vez más a arrastrarse por las llanuras embarradas: era total-
mente contrario a las leyes mismas del desarrollo humano. Sin embargo, a
35
la fuerza reconocía que la catástrofe, en cualquiera de sus formas, era uno
de los métodos propios de la madre Naturaleza...
Iba sentada muy tranquila; miró un par de veces las escuetas noticias
y leyó el editorial que trataba sobre ello, cuya consternación le pareció
significativa. Dos hombres charlaban en el semicompartimento precisa-
mente de esa misma cuestión. Uno comentaba las obras de ingeniería del
Gobierno, que había ido a visitar; hablaba de la prisa sin aliento que domi-
naba las obras. El otro hacía preguntas e interrogaciones. Poco consuelo
iba a encontrar en ello. No había ventanillas por las cuales pudiera mirar al
exterior. En las principales líneas de transporte, la velocidad era excesiva
para los ojos. El compartimento alargado, e inundado de luz suave, era el
límite de sus horizontes. Contemplaba las molduras del techo blanco, los
cuadros magníficamente enmarcados en madera de roble, los asientos mu-
llidos, los globos de tenues tonalidades que vertían una luz radiante, pero
no hiriente. Y miraba a una madre con su hijo, que iban sentados en diago-
nal con respecto a ella. Resonó entonces un gran acorde, la tenue vibración
se incrementó de manera casi inapreciable. Al instante, se abrieron las
puertas automáticas y salió al andén de la estación de Brighton.
Cuando bajaba las escaleras que daban a la plaza de la estación, se
fijó en un sacerdote que iba delante de ella. Parecía un hombre de edad
avanzada, de gran estatura, robusto, pues a pesar de su cabello blanco ca-
minaba con paso firme. Al pie de las escaleras se detuvo y se dio la vuelta
a medias. Con gran sorpresa, vio que tenía un rostro juvenil, de rasgos fi-
nos, fuerte, las cejas negras y los ojos grises y muy luminosos. Siguió ade-
lante y procedió a atravesar la plaza, camino de la casa de su tía.
En ese momento, sin el más mínimo aviso, con la excepción del agu-
do chillido que sonó en lo alto, sucedió una serie de cosas.
Una gran sombra ocultó la luz del sol volando como un torbellino.
Algo desgarró el aire. Sonó un ruido como el suspiro de un gigante. Al de-
tenerse, atónita, como si acabasen de estallar miles de calderas reventadas,
algo inmenso se despanzurró contra el pavimento de caucho delante de
donde ella estaba. Ocupaba la mitad de la plaza, agitaba las alas largas en
la parte superior, aleteando de hecho como un monstruo extinto y pavoro-
so, del cual salían gritos humanos. Aquello cobró vida casi en el acto.
Mabel a duras penas supo qué era lo que había ocurrido, aunque ins-
tantes después se vio propulsada por una especie de fuerza violenta que la
empujaba por detrás, y así se encontró temblando de la cabeza a los pies,
ante el cuerpo destrozado de un hombre que gemía tendido a sus pies. En-
36
tre tantos gritos, emitía palabras articuladas. Ella captó con toda nitidez los
nombres de Jesús y María. Una voz le chistó repentinamente en el oído.
—Permítame pasar. Soy sacerdote.
Ella permaneció donde estaba todavía unos momentos más, aturdida
por lo súbito de lo ocurrido, y contempló casi sin entender qué sucedía al
joven sacerdote de cabellos grises, que se había arrodillado, se había abier-
to el abrigo y había sacado un crucifijo; lo vio inclinarse aún más, mover
la mano en un gesto rápido, y le oyó murmurar en una lengua que no co-
nocía. Acto seguido estaba de nuevo en pie, sosteniendo el crucifijo ante
sí, y entonces lo vio avanzar por el centro del pavimento encharcado de
rojo, mirando a un lado y a otro, como si buscara una señal. Por las escale-
ras del gran hospital que se hallaba a su derecha aparecieron a la carrera
varias figuras, sin sombrero, cada una de ellas portando lo que parecía una
anticuada cámara de fotos. Sabía bien quiénes eran, y el corazón le dio un
brinco de alivio. Eran los administradores de eutanasia. Sintió que alguien
la sujetaba por el hombro y la obligaba a apartarse, y de inmediato se en-
contró en primera fila de una muchedumbre que clamaba y desesperaba,
tras una hilera de policías y civiles que habían formado un cordón para
contener la presión del gentío.
III
38
—Querida mía, ha tenido que ser aterrador. ¡Si todavía estás tem-
blando!
—No, pero escucha... Estaba pensando que si yo hubiera sabido qué
decir, habría podido decirlo. Estaban todos delante de mí, todos se estaban
muriendo. Me pregunté qué podría decir, y supe que no lo sabía. No podría
haberles hablado de la Humanidad, claro.
—Cariño, todo esto es muy triste, pero sabes de sobra que en realidad
no importa. Ya todo ha terminado.
—¿Y todo ha terminado para ellos? ¿No les queda nada?
—Así es.
Mabel apretó un poco los labios, y luego suspiró. Había tenido una
agitada meditación en el tren de regreso. Sabía perfectamente que era mero
producto de los nervios, pero todavía no era capaz de superar la impresión.
Tal como había dicho, fue la primera vez que presenció la muerte de una
persona.
—¿Y ese sacerdote... ese sacerdote no cree que todo termine así?
—Cariño, te diré en qué cree ese sacerdote. Cree que el hombre al
que mostró el crucifijo, el hombre al que dijo esas palabras, está vivo en
alguna parte a pesar de que su cerebro esté muerto. No está muy seguro de
su paradero, pero una de dos: o está en una especie de fundición donde lo
están quemando lentamente o, si ha tenido mucha suerte, y ese pedazo de
madera surtió efecto, está en algún lugar más allá de las nubes, frente a
Tres Personas que son Una Sola aunque son Tres. Cree que allí tiene que
haber bastante más gente, una Mujer de Azul, muchos otros vestidos de
blanco, con las cabezas sujetas bajo el brazo, y muchísimos más con la ca-
beza al lado. Cree que todos tienen arpas y liras y cantan sin cesar, cantan
sin cesar, y caminan sobre las nubes, y todo aquello les encanta, cómo no.
También piensa que todas esas personas tan agradables perpetuamente mi-
ran desde las alturas la ya citada fundición, y que alaban a las Tres Gran-
des Personas, que son quienes las han construido. Eso es lo que cree el sa-
cerdote. Tú, claro está, sabes que es poco probable. Sabes que todo eso
quizá esté muy bien, pero que no es cierto.
Mabel sonrió apaciblemente. Nunca había oído una explicación tan
clara a ese respecto.
—Claro que no, cariño, tienes toda la razón. Esas cosas no son cier-
tas. Lo que sigue extrañándome es que el sacerdote las creyera. ¡Parecía un
hombre inteligentísimo!
39
—Querida, si estando tú aún en la cuna yo te hubiera dicho que la lu-
na era un queso azul, y si te lo hubiera repetido a machamartillo desde en-
tonces, día a día, te aseguro que ahora mismo estarías prácticamente con-
vencida de que así es. En el fondo de tu corazón sabes que los administra-
dores de eutanasia son los auténticos sacerdotes. Por supuesto que lo sa-
bes.
Mabel suspiró con satisfacción y se puso en pie.
—Oliver, eres único cuando se trata de disipar las aprensiones de la
gente. Cuánto me gustas. ¡Bueno! He de ir a mi habitación, todavía estoy
un poco temblorosa.
A mitad de la sala se detuvo y se quitó un zapato.
—Por qué... —comenzó a decir con un hilillo de voz.
En el zapato había una curiosa mancha de color óxido. Su marido la
vio palidecer. Se levantó bruscamente.
—Querida —dijo—, no seas tonta.
Ella le miró, adoptó una forzada sonrisa de valentía y salió de la es-
tancia.
Cuando se hubo marchado, él permaneció sentado un rato allí donde
lo había dejado. ¡Ay de mí! ¡Qué gran complacencia la suya! No le agra-
daba pensar en cómo habría sido la vida sin ella. La conocía desde que era
una niña de sólo doce años, y el año pasado habían acudido al oficial del
distrito para formalizar su contrato. Ella había pasado a ser alguien real-
mente necesario para él. El mundo, cómo no, podía seguir su curso sin
ella, y él suponía en el fondo que tampoco le sería imposible seguir adelan-
te sin ella, pero ni siquiera le apetecía intentarlo. Sabía perfectamente bien,
pues ése era su credo del amor humano, que existía entre ambos un afecto
doble y correspondido, tanto espiritual como físico; sabía de sobra que no
existía nada más, si bien él amaba sus raudas intuiciones, y oír sus propios
pensamientos en forma de eco perfecto. Eran como dos llamas que se
hubieran sumado para formar una tercera más alta que las dos. Una de las
llamas, cómo no, podía arder sin la otra —de hecho, llegado el día, una
tendría que arder sin la otra—, pero hasta entonces el calor y la luz de am-
bas a la par era motivo constante de júbilo. Sí, estaba encantado de que ella
se hubiera librado, bien que por poco, del volador que se precipitó contra
el suelo.
No volvió a pensar en la exposición que había hecho del credo cris-
tiano. Para él era un lugar común que los católicos creyeran en semejantes
40
cosas. A su entender, no era más blasfemo describirlo en estos términos de
lo que sería mofarse a carcajadas de un ídolo de las islas Fidji con los ojos
de madreperla y una peluca de crin de caballo; era lisa y llanamente impo-
sible tomárselo en serio. El también se había preguntado una o dos veces a
lo largo de su vida cómo era posible que los seres humanos pudieran creer
tales patrañas, pero la Psicología le había servido de ayuda, y a estas altu-
ras sabía que la sugestión puede hacer prácticamente cualquier cosa. Y era
esta razón tan aborrecible la que durante tantísimo tiempo puso trabas al
movimiento en pro de la eutanasia, a pesar de la misericordia espléndida
que comportaba.
Se le enarcaron las cejas un poco en el momento en que recordó la
exclamación de su madre, aquel «¡Por favor, Dios mío!», pero se sonrió
acto seguido de la pobre anciana, de su puerilidad patética, y volvió a con-
centrarse en su mesa, pero pensando a su pesar en la vacilación de su espo-
sa en el momento en que vio la salpicadura de sangre en su zapato. ¡San-
gre! Sí, ésa era una realidad como cualquier otra. ¿De qué manera iba a
afrontarla? Estaba claro: con el credo glorioso de la Humanidad, ese
espléndido dios que murió y resurgió miles de veces, que moría a diario,
como el viejo y descerebrado fanático de Saulo de Tarso, desde que el
mundo era mundo, y que a diario resurgía no una sola vez, como el Hijo
del Carpintero, sino con todos y cada uno de los niños que nacían en el
mundo. Esa era la respuesta. ¿No era más que suficiente?
El señor Phillips entró una hora más tarde con otro fajo de papeles.
—No hay más noticias de Oriente, señor —dijo.
41
Capítulo II
43
una familia católica de antigua raigambre, los Wargraves de Norfolk, junto
con su capellán, Micklem, quien parece que llevaba algún tiempo afanán-
dose en este sentido. El diario Epoch lo proclama con evidente satisfac-
ción, debido a las particulares circunstancias del caso. Por desdicha, tales
acontecimientos no son infrecuentes... Reina una gran desconfianza en el
estamento laico. Siete sacerdotes de la diócesis de Westminster nos han
abandonado a lo largo de los últimos tres meses; por otra parte, me com-
place deciros, Eminencia, que esta mañana ha recibido la comunión católi-
ca Su Excelencia el ex obispo anglicano de Carlisle, junto con media do-
cena de clérigos de su séquito. Se esperaba ya desde algunas semanas. Ad-
junto recortes del Tribune, del London Trumpet y del Observer, junto con
mis comentarios al respecto. Su Eminencia verá con qué gran conmoción
se ha contemplado este último acontecimiento.
«Recomendación. Convendría que la excomunión formal de los War-
graves y de esos ocho sacerdotes se publicara solamente en Norfolk y en
Westminster respectivamente, evitando así que se extienda la noticia.»
Percy dejó la hoja, recogió otra media docena de papeles que conten-
ían sus notas y comentarios sobre la marcha, firmó la última e introdujo el
conjunto en un sobre ya impreso. Tomó el birrete y se encaminó hacia el
ascensor.
En el mismo instante en que llegó a la sala de puertas acristaladas,
vio que se había desencadenado la crisis, en el supuesto de que no estuvie-
ra ya resuelta. El padre Francis parecía enfermo, alicaído, aunque también
se le notaba un curioso endurecimiento en las facciones, en los ojos y en la
boca, mientras lo esperaba de pie. Sacudió la cabeza con brusquedad.
—He venido a despedirme, padre. Ya no lo soporto más.
Percy puso cuidado en no mostrar emoción ninguna. Indicó uno de
los sillones y tomó asiento.
—Todo ha terminado —dijo el otro con una voz perfectamente fir-
me—. No creo en nada. Hace ya un año que no tengo fe ninguna.
—Querrá decir que no siente nada —dijo Percy.
—Es inútil que se tome la molestia, padre —siguió diciendo el otro—
. Le digo que no me queda nada. Ni siquiera voy a sentarme a discutir. He
venido sólo a despedirme.
Percy comprendió que no tenía nada que decir. Había conversado con
ese hombre a lo largo de ocho meses, desde el día en que el padre Francis
le confió que estaba empezando a perder la fe. Entendía perfectamente la
44
tensión que ello le supuso; sentía una ciega y amarga compasión por aquel
ser que se había visto atrapado en el remolino triunfante de la Nueva
Humanidad. Las realidades visibles eran en esos momentos de una poten-
cia espantosa; la fe, salvo para quien hubiera aprendido que la voluntad y
la gracia son todo cuanto cuenta, y que la emoción no vale nada, era como
un niño chico que gatease entre los engranajes de una máquina inmensa:
tal vez sobreviviera, tal vez no, pero exigía unos nervios de acero para no
perder el temple. Era difícil precisar a qué podría achacarse la culpa, si
bien la propia fe de Percy le indicaba que en alguna parte tenía que estar la
causa de todo ello. En épocas de fe, cualquier religiosidad meramente ex-
terna puede tener algún valor, pero en aquellos tiempos de búsqueda afa-
nosa sólo los humildes y los puros podrían soportar las duras pruebas du-
rante mucho tiempo, a no ser, claro está, que les protegiera el milagro de la
ignorancia. La alianza de Psicología y materialismo parecía en efecto, al
menos desde determinado punto de vista, la explicación meridiana de todo.
Se necesitaba una robusta percepción sobrenatural para comprender la in-
suficiencia de ambos factores en la práctica. Y en lo tocante a la res-
ponsabilidad personal del padre Francis, no podía dejar de tener la clara
impresión de que había permitido que los aspectos meramente ceremonia-
les desempeñaran un papel excesivo en su religiosidad, sin dejar lugar
apenas a la oración. En él, lo exterior había absorbido por completo la inte-
rioridad del hombre.
Por todo ello, se guardó de mostrar ninguna simpatía, ni siquiera en el
brillo de sus ojos.
—Usted considera que es culpa mía, naturalmente —dijo el otro de
un modo cortante.
—Mi querido —dijo Percy, inmóvil en su asiento—, sé que es culpa
suya. Escúcheme. Usted dice que el cristianismo es absurdo, que es impo-
sible. De todos modos, ¡sabe usted muy bien que eso no puede ser! La re-
ligión católica podría en todo caso, y a lo sumo, ser falsa. Dejo a un lado
este punto, a pesar de que soy consciente de que tiene su razón de ser. Pero
no puede, en cambio, ser algo absurdo, al menos en la medida en que haya
personas educadas y virtuosas que la profesan. Decir que es absurda es
simplemente pecar de soberbia. Equivale a descartar de un plumazo a to-
dos los que creen en ella; no sólo es un craso error, sino que es una clara
falta de inteligencia.
45
—En tal caso, muy bien —le interrumpió el otro—. Suponga que lo
retiro. Suponga que le digo simplemente que no me parece que la religión
católica contenga la verdad.
—Usted no lo retira —continuó Percy con gran serenidad—. Usted
sigue creyendo que es absurda: usted me lo ha dicho una docena de veces
con esas mismas palabras. Bien, le repito que peca de soberbia, lo cual es
más que suficiente para explicarlo todo. Lo que importan son las actitudes
morales. Pudiera haber, claro está, otras razones...
El padre Francis lo miró con brusquedad.
—¡Ah, ya! ¡La vieja historia de siempre! —dijo en son de chanza.
—Si me asegura por su palabra de honor que no hay una mujer en-
vuelta en este caso, ni tampoco un determinado programa de pecados que
usted se haya propuesto llevar a cabo, le creeré. Pero es una vieja historia,
desde luego.
—Le juro que no hay nada de eso —exclamó el otro.
—¡Pues demos gracias a Dios! —dijo Percy— Son menos los obstá-
culos que encontrará en su camino para retornar a la senda de la fe.
Se hizo el silencio durante unos instantes. Percy, en realidad, no tenía
más que añadir. Le había hablado anteriormente de la vida interior, se lo
había repetido a menudo. Le había dicho que es en la vida interior donde
se ve qué cosas son verdaderas, que es ahí donde se ratifica la fe. Le había
apremiado para que practicase la oración y la humildad hasta que casi
llegó a cansarse de decirlo; se había encontrado una y otra vez con la mis-
ma réplica, a saber, que todo aquello era como si le aconsejase practicar la
autohipnosis. Había terminado por desesperar de aclarar a quien no era ca-
paz de verlo por sí solo que, si bien el amor y la fe pueden ser tachados de
autohipnosis desde un determinado punto de vista, desde otro eran realida-
des tan tangibles, por ejemplo, como las facultades artísticas de algunas
personas, y que por eso mismo requieren idéntico cultivo; no en vano ge-
neran la convicción de que son convicciones, y sirven para manejar y pa-
ladear algunas cosas que, cuando se manejan y se paladean, resultan más
reales y más objetivas que todas aquellas que se perciben por medio de los
sentidos. Pero las pruebas de nada parecían servirle a este hombre.
Así pues, permaneció en silencio. Estaba en el fondo acongojado por
lo patente de esa crisis, y miraba sin ver la llanura, el salón en que se
hallaba, las altas ventanas, la alfombra que cubría parte del suelo, cons-
ciente sobre todo de la tremebunda falta de esperanza en que se hallaba
46
sumida esa alma humana, ese hermano suyo, que tenía ojos, pero que no
sabía ver, y tenía oídos, pero era sordo. Ojalá, se dijo, me dijera adiós y se
despidiera. Ya no quedaba nada que hacer.
El padre Francis, que había permanecido en una cierta lasitud, pare-
ció adivinar sus pensamientos y se incorporó de pronto.
—Se ha cansado usted de mí —dijo—. Me marcho.
—No me he cansado de usted, querido padre —dijo Percy con toda
sencillez—. Sólo lo lamento profundamente. Ya ve usted que sigo plena-
mente convencido de que es verdad todo cuanto usted rechaza.
El otro lo miró con gravedad.
—Tanto como yo sé que no lo es —repuso—. Es muy hermoso, eso
sí. Ojala pudiera creerlo. No creo que vuelva a ser feliz nunca más. Pero es
lo que hay.
Percy suspiró. Le había dicho muy a menudo que el corazón es un
don tan divino como la inteligencia, y que descuidarlo en la búsqueda de
Dios es tanto como buscarse la ruina, pero este sacerdote apenas había
comprendido la hondura de esa verdad, y no había sabido aplicársela ni
por asomo. Había respondido con los viejos argumentos psicológicos de
que las sugestiones a que nos sujeta la educación son la explicación de
cuanto nos suceda.
—Supongo que no querrá usted mantener ninguna relación conmigo
—dijo el otro.
—Es usted quien se despide —dijo Percy—. No puedo yo seguirle, si
a eso se refiere.
—Pero... ¿no podemos seguir siendo amigos?
Un calor repentino abrasó el corazón del sacerdote de mayor edad.
—¿Amigos? —dijo—. ¿Es que la sentimentalidad es cuanto entiende
usted por amistad? ¿Qué clase de amigos podríamos ser?
Al otro le cambió el semblante.
—Ya me lo parecía.
—¡Francis! —exclamó Percy—. De esto se tiene que dar cuenta, no
me diga que no . ¿Cómo vamos a fingir nada cuando usted no cree en
Dios? No en vano le hago yo el honor de pensar que ése es el caso.
Francis se puso en pie de un brinco.
—En fin —dijo—. Habría sido mucho suponer. Me marcho.
47
Se encaminó hacia la puerta.
—¡Francis! —dijo Percy de nuevo—. ¿De veras va a marcharse de
esta manera? ¿Es que no va a estrecharme la mano?
El otro se dio la vuelta. Tenía el rostro sombrío y colérico.
—¡Pero si acaba de decirme que no puede ser amigo mío!
A Percy se le abrió la boca involuntariamente. Entonces comprendió
y se sonrió.
—Ah, eso es lo que usted entiende por amistad, ¿no es eso? Le ruego
me disculpe. Desde luego, podemos mantener una elemental cortesía,
cómo no.
Seguía tendiéndole la mano. El padre Francis se la miró durante unos
instantes. Le temblaba el labio. Una vez más, se volvió en redondo, y esta
vez salió sin decir palabra.
II
49
Así dejó que pasaran unos momentos, absorto y reposado.
Se restituyó a la conciencia y comenzó a decir:
—Señor, heme aquí en Tu presencia. Te conozco. No hay nada más
que Tú y yo... En Tus manos pongo todas las cosas. También a este sacer-
dote que ha hecho apostasía, Tu pueblo, el mundo, todo mi ser. Todo lo
presento ante Ti.
Hizo una pausa y se concentró en el acto de la oración, hasta que todo
cuanto pensaba quedó extendido cual llanura que se otea desde una cum-
bre.
—Yo también me pongo en tus manos, Señor. Si no fuera por Tu
gracia, andaría perdido en las tinieblas y en la penuria. Eres Tú quien me
preserva de todo. Prosigue, acaba Tu obra en mi alma. No me dejes vacilar
siquiera un solo instante. Si retirases Tu mano, caería en la más absoluta
nada.
De ese modo dejó su alma en suspenso unos instantes, con las manos
tendidas en ademán de súplica, desamparado y confiado al mismo tiempo.
Titiló la voluntad entonces en la linde de la conciencia, y repitió su profe-
sión de fe, esperanza y caridad, con el objeto de reafirmarla en su propósi-
to. Respiró hondo una vez más, notando el fluir de la Presencia que se agi-
taba en su ser. Y comenzó de nuevo.
—Señor, dígnate contemplar a Tu pueblo. Son muchos los que caen
de Tu gracia. Ne in aetemum irascaris nobis. Ne in aetemum irascaris no-
bis...1 Me uno a todos los santos y a los ángeles y a la Virgen María, Reina
de los Cielos. Contémplalos a ellos y a mí, y oye nuestras plegarias. Emitte
lucem Tuam et veritatem Tuam2. ¡Tu luz y Tu verdad! No nos encomien-
des cargas más pesadas de las que podríamos sobrellevar. Señor, ¿por qué
no hablas?
Se agitó en su seno una pasión de deseo expectante, y oyó el chasqui-
do de sus músculos tensos en el esfuerzo. Una vez más se relajó, y co-
menzó de nuevo el intercambio veloz de actos sin palabras que, bien lo
sabía, formaban el corazón mismo de la oración. Los ojos de su alma revo-
loteaban por aquí y por allá, desde el Calvario hasta el Cielo, y vuelta a
empezar en las tribulaciones y afanes de la tierra. Vio a Cristo morir de de-
solación mientras la tierra temblaba y gemía; vio a Cristo reinar en condi-
ción de sacerdote sobre Su Trono, investido en ropajes de luz; vio a Cristo
1
No te irrites contra nosotros.
2
Envíanos Tu luz y Tu verdad.
50
paciente e inexorablemente callado dentro de las especies sacramentales. Y
en cada momento volvía los ojos hacia el Padre Eterno.
Aguardó entonces la venida de las comunicaciones espirituales, que
llegaron a su debido tiempo, tan tenues y delicadas como las sombras pa-
sajeras. Y su voluntad penó, entre lágrimas y sudores de sangre, en el es-
fuerzo preciso para captarlas y fijarlas en el deseo de corresponder...
Vio el Cuerpo Místico en su agonía, tendido sobre el mundo como si
fuera una cruz, callado en su dolor aciago; lo vio y vio el nervio que se tor-
sionaba, hasta que el dolor se le ofreció cual si fuera disfrazado de deste-
llos de color. Vio la sangre de la vida caer gota a gota de Sus sienes y Sus
manos y Sus pies. El mundo se había congregado a mofarse a Sus pies.
«Ha salvado a los otros, pero no puede salvarse a Sí mismo... Que Cristo
descienda de la Cruz, y entonces sí le creeremos.» A lo lejos, tras los ar-
bustos, ocultos bajo el suelo, los amigos de Jesús vislumbraban la escena
entre sollozos. María guardaba silencio, atravesada por siete espadas. El
discípulo amado no encontraba palabras de consuelo que les reconfortaran.
También comprendió que ninguna palabra sería pronunciada en el
Cielo. Los ángeles obedecían la orden de mantener las espadas envainadas,
de aguardar la paciencia eterna de Dios, pues la agonía apenas había co-
menzado; habían de sucederse horrores a millares antes de que llegara el
fin, el trance espantoso de la crucifixión. Tenía que esperar y tenía que ob-
servar, contentarse con seguir allí de pie sin hacer nada, y la Resurrección
debía antojársele a lo sumo una esperanza tan sólo soñada. Aún estaba por
llegar el sábado, mientras el Cuerpo Místico debía yacer en su sepulcro,
lejos de toda luz, e incluso la dignidad de la Cruz le sería despojada, sin
que perdurase aún la certeza de que Jesús pudiera vivir. Ese mundo inter-
ior, cuyo camino de acceso había aprendido mediante esfuerzos inagota-
bles, estaba encendido en la agonía. Era amargo como la hiel, era de esa
pálida luminosidad que es el producto absoluto del dolor. Resonaba en sus
oídos como una nota que ascendiera al borde del alarido. Le oprimía, le
traspasaba, le descuartizaba... Y de ese modo su voluntad enfermó y cayó
en un malestar insufrible.
—¡Señor! ¡No puedo soportarlo!
En cuestión de instantes retrocedió de nuevo, exhalando suspiros de
hondísima pena. Se pasó la lengua por los labios y abrió los ojos ante el
ábside oscurecido. Había callado el órgano, el coro estaba desierto, las lu-
ces apagadas. La coloración del crepúsculo también había desaparecido de
los muros, desde donde le miraban los rostros adustos y fríos. Volvió a la
51
superficie de la vida. La visión se desdibujó. A duras penas supo qué era lo
que había visto.
Pero era su deber recoger los hilos y, mediante un esfuerzo incondi-
cional, absorberlos por completo. Debía cumplir su deber con el Señor que
se revelaba no sólo mediante los sentidos, sino también en el cultivo del
espíritu interior. Por eso, se puso en pie, envarado, entumecido, y pasó a la
Capilla del Santísimo Sacramento.
Al salir entre la aglomeración de las sillas, alto y muy erguido, con el
birrete de nuevo sobre sus cabellos canos, vio a una mujer de edad avanza-
da que lo observaba sin perder detalle. Vaciló, preguntándose si no sería
una penitente, y en su vacilación fue ella quien hizo ademán de abordarle.
—Disculpe, señor —comenzó a decir.
Así pues, no era una católica. Se quitó el birrete.
—¿Puedo servirle en algo? —le preguntó.
—Disculpe, señor, pero me preguntaba si estuvo usted en Brighton
cuando tuvo lugar el accidente, hace dos meses.
—Allí estaba, sí.
—¡Ah! Ya me lo parecía: mi nuera lo vio entonces.
Percy tuvo un escalofrío de impaciencia. Empezaba a estar harto de
que se le identificase por el cabello blanco y rasgos juveniles.
—¿También estaba usted allí, señora?
Ella lo miraba dubitativa y curiosa a la vez. Al cabo se rehízo.
—No, señor, estuvo mi nuera. Le ruego me disculpe, pero...
—¿Sí? —preguntó Percy, tratando de que no se le notara la impa-
ciencia.
—¿Usted es el arzobispo, señor?
El sacerdote sonrió mostrando sus blancos dientes.
—No, señora, yo solamente soy un pobre sacerdote. El arzobispo es
el doctor Cholmondeley. Yo soy el padre Percy Franklin.
Ella no dijo nada, pero sin dejar de mirarlo hizo un gesto a la antigua
usanza, una especie de reverencia, y Percy pasó a la espléndida capilla a
terminar allí sus devociones.
52
III
Aquella noche fue muy animada la charla que durante la cena mantu-
vieron los sacerdotes sobre la extraordinaria difusión que estaba teniendo
la francmasonería. No era una novedad, la secta se ampliaba desde años
antes, y los católicos ya reconocían perfectamente todos sus peligros, pues
la profesión de la masonería se había demostrado durante siglos incompa-
tible con la religión; no en vano la Iglesia la había condenado sin paliati-
vos. Cualquiera tendría que escoger entre la masonería y su fe. Los aconte-
cimientos se habían desarrollado de una manera extraordinaria a lo largo
del último siglo. Primero tuvo lugar el ataque organizado contra la Iglesia
de Francia. Lo que los católicos siempre habían sospechado terminó por
ser una certeza total en las revelaciones de 1918, cuando el padre Gerome,
dominico y ex masón, dio a conocer sus secretos acerca de los marcmaso-
nes. Había empezado a ser evidente que los católicos estaban en lo cierto,
y que la masonería, al menos en sus grados más elevados, había sido res-
ponsable en el mundo entero de ese extraño movimiento en contra de la
religión. Sin embargo, el P. Gerome falleció poco después por causas natu-
rales, y esto impresionó mucho al público en general. Hubo muy generosas
donaciones en Francia y en Italia, destinadas a los hospitales, orfelinatos y
demás. De nuevo fueron desapareciendo las suspicacias. A fin de cuentas,
a lo largo de setenta años, e incluso más, había dado la sensación de que la
masonería solamente era una inmensa sociedad filantrópica. Ahora co-
menzaban a rebrotar las dudas de antaño.
—Tengo entendido que Felsenburgh es masón —comentó Monseñor
Macintosh, administrador de la catedral—. Gran Maestro de la Orden, o
algo así.
—Pero ¿quién es ese tal Felsenburgh? —preguntó un sacerdote jo-
ven.
Monseñor frunció los labios y sacudió la cabeza. Era una de esas per-
sonas humildes, que se sienten tan orgullosas de su ignorancia como otras
de sus saberes. Se jactaba de no haber leído nunca los periódicos ni tampo-
co un solo libro que no contara con el imprimatur correspondiente; era
cometido del sacerdote, señalaba a menudo, presentar la fe, y no lo era, en
cambio, amasar conocimientos del mundo. Percy alguna vez había envi-
diado su punto de vista.
53
—Es un misterio —dijo otro sacerdote, el padre Blackmore—, pero
parece que está despertando un gran entusiasmo. Hoy se vendía su biograf-
ía en los puestos callejeros.
—He conocido a un senador americano —intervino Percy—. Hace
tres días me dijo que ni siquiera allí se sabe nada de él a ciencia cierta, con
la excepción de su extraordinaria elocuencia. Hasta el año pasado no había
hecho ninguna aparición. Parece poseer un prestigio fuera de lo común.
Además, es un gran políglota; ésa es la razón de que lo hayan enviado a
Irkutsk.
—Volviendo a los masones —dijo Monseñor—, creo que el asunto es
muy serio. En este último mes me han arrebatado a cuatro de mis peniten-
tes.
—La admisión de las mujeres ha sido un golpe magistral —refunfuñó
el padre Blackmore, sirviéndose una copa de clarete.
—Es extraordinario que hayan tardado tanto —observó Percy.
Otros dos de los comensales confirmaron lo dicho. Se dio el caso de
que también ellos habían perdido penitentes de un tiempo a esta parte, de-
bido a la ampliación de la masonería. Se rumoreaba que estaba preparán-
dose una pastoral sobre este asunto.
Monseñor sacudió la cabeza en un gesto de desagrado.
—Hará falta bastante más que eso —dijo.
Percy señaló que la Iglesia había dicho la última palabra al respecto
varios siglos antes. Había impuesto la excomunión a todos los miembros
de las sociedades secretas, y en realidad poco más podía hacer.
—Salvo recordar a los fieles esas condenaciones cuantas veces sea
preciso —dijo Monseñor—. Predicaré sobre esta materia el próximo do-
mingo.
Percy pergeñó una nota en cuanto llegó a su aposento, decidido a de-
cirle algo sobre la cuestión al Cardenal Protector. Había mencionado la
francmasonería con bastante frecuencia, pero parecía momento oportuno
para otro comentario. Abrió entonces las cartas, pasando primero a la que
le había parecido procedente del Cardenal.
Una curiosa coincidencia, se dijo mientras leía la serie de interroga-
ciones que contenía la carta del Cardenal Martin: una de ellas versaba so-
bre esta cuestión, y decía así:
54
«¿Qué hay de la masonería? Se dice que Felsenburgh es masón. Re-
coja toda la información que le sea posible acerca de esta persona. Envíe-
me cualquier biografía, sea inglesa o americana. ¿Siguen perdiendo uste-
des fieles por influjo de la masonería?»
Repasó el resto de las preguntas, que hacían sobre todo referencia a
comentarios suyos manifestados con anterioridad, aunque en otras dos
ocasiones aparecía el nombre de Felsenburgh.
Dejó el papel sobre la mesa y se puso a pensar.
Era muy curioso, se dijo, que el nombre de este hombre anduviera en
boca de todos, a pesar de lo poco que se sabía de él. Había comprado en la
calle, por pura curiosidad, tres fotografías en las que se aseguraba que fi-
guraba este extraño personaje, y aunque una de las tres posiblemente fuera
auténtica, era imposible que las tres lo fueran. Las sacó de un casillero y
las dispuso ante sus ojos.
En una aparecía un hombre de aspecto fiero, barbudo, como un cosa-
co, con los ojos saltones y la mirada fija. No; semejante mamarracho no
podía ser el hombre que tanto le intrigaba. Si acaso, de ese modo se lo
habría representado una tosca imaginación, por el convencimiento de la
gran influencia que parecía tener en Oriente.
La segunda mostraba un rostro más bien grueso, de ojos pequeños y
una perilla. Podría ser auténtica, desde luego. Le dio la vuelta y al dorso
encontró el nombre de una empresa de Nueva York. Pasó entonces a la
tercera: un rostro alargado y bien afeitado, con quevedos, innegablemente
inteligente, pero con pocas trazas de ser fuerte. Y Felsenburgh era obvia-
mente un hombre de gran fortaleza.
Percy se sintió inclinado a pensar que la segunda era la más probable,
aunque las tres resultaban poco convincentes. Las volvió a juntar y las dejó
en el casillero.
Apoyó los codos en la mesa y se puso a pensar.
Trató de recordar qué le había dicho el señor Varhaus, el senador
americano, a propósito de Felsenburgh, pero no le pareció suficiente expli-
cación de los hechos. Por lo visto, Felsenburgh no había recurrido a ningu-
no de los métodos habituales en la política moderna. No controlaba perió-
dicos, no vituperaba a nadie, no defendía a nadie; no tenía esbirros ni sub-
alternos, no empleaba sobornos, no se alegaba ni un solo delito en contra
de su persona. Parecía más bien que su originalidad se debiera a la lim-
pieza de sus manos y a su pasado inmaculado. Y a lo magnético de su
55
carácter. Era esa clase de figura que pertenecía más bien a la época de las
hazañas caballerescas: una personalidad pura, atractiva, como la de un ni-
ño radiante. Había tomado a la población por sorpresa, surgiendo como
una visión fantástica de las negras y cenagosas aguas del socialismo ame-
ricano, aguas fieramente sujetas y refractarias a toda tormenta desde la ex-
traordinaria revolución social que se produjo con los discípulos de Hearst,
hace ya un siglo. Ese había sido el fin de la plutocracia. Las famosas leyes
de 1914 hicieron salir a la superficie algunas de las burbujas más hedion-
das de la época, y los estatutos de 1916 y 1917 impidieron que volvieran a
formarse con la fuerza que tuvieron anteriormente. Había supuesto la sal-
vación de América, sin ningún género de dudas, aun cuanto esa salvación
fuese más bien tediosa, y sobre todo falta de inspiración. Ahora, de ese lla-
no territorio socialista, igualitario al máximo, había surgido esa figura
romántica, completamente distinta de todo lo que la precedió... Al menos,
eso había insinuado el senador... A Percy se le antojó demasiado compli-
cado en esos momentos, y prescindió de tenerlo en consideración.
Era un mundo tedioso, se dijo, a la vez que se concentraba en el pa-
norama que tenía más cerca. Todo parecía condenado a la falta de esperan-
za, a la ineficacia. Procuró no reflexionar sobre sus colegas los sacerdotes,
pero por quincuagésima vez no pudo dejar de percibir que no eran los
hombres idóneos para enderezar la situación actual. No es que se prefiriese
a sí mismo; sabía perfectamente que él también era un incompetente: ¿no
lo había demostrado en el caso del pobre padre Francis, en el caso de de-
cenas de personas que quisieron asirse a él en su agonía de los últimos diez
años? El propio arzobispo, con toda su santidad, con su fe algo pueril...
¿era el hombre indicado para conducir a los católicos y confundir a sus
enemigos? No parecía que hubiera gigantes ya en la tierra. ¿Qué era lo que
se podría hacer? Ocultó el rostro entre las manos.
Sí, lo que se necesitaba en la Iglesia era una orden nueva; las antiguas
estaban demasiado sujetas por sus propias normas, aunque no fuera culpa
de nadie. Se precisaba una orden sin hábito ni tonsura, sin tradiciones ni
costumbres; una orden en la que sólo hubiera devoción completa y rendi-
da, sin soberbia, sin orgullo siquiera por los privilegios más sagrados, sin
una historia pasada en la que pudiera hallar refugio complaciente. Tenían
que ser sus integrantes los francotiradores del Ejército de Cristo, como los
jesuitas, pero sin su pésima reputación, que tampoco era debida a una cul-
pa suya... Tenía que haber un fundador. ¿Y quién podría ser, en nombre de
56
Dios? Un fundador nudus sequens Christum nudum...3 En efecto: sacer-
dotes, obispos, laicos y mujeres convertidos en francotiradores, con los
tres votos de rigor, y una cláusula especial que prohibiera taxativamente y
para siempre la propiedad de riqueza corporativa. Todas las dádivas habr-
ían de ser entregadas al obispo de la diócesis en la que se hubieran hecho,
y con ello dispondría el obispo de lo necesario para vivir y viajar. ¡Oh!
¿Qué prodigios no podría llevar a cabo una orden como ésa? Estaba arre-
batado de entusiasmo.
Reaccionó al cabo y se reprochó su presunción. ¿No era acaso un
proyecto tan antiguo como las colinas eternas, y no menos inservible en la
práctica? ¡Si había sido el sueño de todos los hombres celosos de su fe, ya
desde el primer año de la salvación!
Una vez más, volvió a pensarlo todo de punta a cabo.
Seguramente era eso lo que se necesitaba en la lucha contra los ma-
sones. Y la colaboración de las mujeres, claro está. ¿No se habían venido
abajo todos los proyectos porque los hombres olvidaban una y otra vez el
poder de las mujeres? Fue esa falta la que arruinó el empeño de Napoleón:
confió en Josephine, y ella le falló; por eso no volvió a confiar en ninguna
mujer. En la Iglesia Católica tampoco a las mujeres se les había encomen-
darlo una tarea activa, salvo las puramente domésticas o las relacionadas
con la educación: ¿acaso no había espacio de sobra para otras actividades?
En fin: era inútil pensar en ello. No era de su incumbencia. Si el Papa An-
gelicus que a la sazón reinaba en Roma no lo había pensado, ¿por qué iba a
ponerse manos a la obra un estúpido y pretencioso sacerdote de Westmins-
ter?
Se dio un golpe en el pecho y tomó el breviario.
Terminó el oficio en media hora y volvió a sentarse a pensar, aunque
esta vez fue el pobre padre Francis quien ocupó sus pensamientos. Se pre-
guntó qué estaría haciendo en esos momentos, si en efecto habría prescin-
dido del alzacuello con que se identifican los esclavos familiares de Cristo.
Pobre diablo... ¿Y hasta qué punto era él, Percy Franklin, responsable?
Cuando llamaron a la puerta y se presentó el padre Blackmore para
charlar un rato antes de acostarse, le contó lo ocurrido.
El padre Blackmore sacó la pipa y soltó un hondo suspiro.
—Ya me lo veía venir —dijo—. En fin...
3
Siguiendo desnudo a Cristo desnudo.
57
—Ha sido muy sincero —explicó Percy—. Hace ya ocho meses me
dijo que estaba atribulado.
El padre Blackmore fumaba con gesto pensativo.
—Padre Franklin —dijo—, la situación en verdad es muy grave. Está
ocurriendo esto mismo en todas partes. ¿Qué es lo que nos está pasando?
Percy hizo una pausa antes de responder.
—Yo creo que estas cosas se producen por oleadas —dijo.
—¿Por oleadas? No me diga... —repuso el otro.
—¿De qué otro modo iba a suceder?
El padre Blackmore le lanzó una mirada cargada de intención.
—A mí me parece más bien una encalmada —dijo—. ¿Se ha visto
alguna vez en medio de un tifón?
Percy negó con un gesto.
—Bueno —siguió diciendo—, pues lo más espantoso de todo es la
encalmada que lo precede. El mar parece de aceite, uno se siente medio
muerto, no puede hacer nada. Y entonces estalla la tormenta con toda su
fuerza.
Percy lo miró con interés. Nunca había visto al sacerdote con ese es-
tado de ánimo.
—Antes de todo cataclismo sobreviene esta calma. Así sucede tam-
bién en la Historia. Así fue antes de que estallase la Guerra de Oriente; así
fue antes de la Revolución francesa, y antes de la Reforma. Se produce una
especie de hinchazón oleaginosa. Todo es languidez. Así ha sido todo en
América, también, desde hace más de ochenta años. Padre Franklin, mu-
cho me temo que algo esté a punto de suceder.
—Siga, siga —dijo Percy, y se inclinó hacia delante.
—Bueno, yo vi a Templeton una semana antes de que muriese, y fue
él quien me metió la idea en la cabeza... Mire, padre. Tal vez se trate de
que todo el asunto de Oriente se nos viene encima, pero no sé por qué no
termino de creer que sea eso. Es en la religión donde va a suceder algo. Yo
al menos así lo creo. Padre, por los clavos de Cristo, ¿sabe usted quién es
ese Felsenburgh?
Percy se llevó tal sobresalto al oír el nombre, que se quedó unos mo-
mentos en blanco.
En el exterior, la noche de verano estaba totalmente en calma. Había
una tenue vibración de vez en cuando procedente del ferrocarril subterrá-
58
neo que pasaba a veinte metros de la casa en que se encontraban, pero en
las calles de los alrededores de la catedral reinaba una tranquilidad absolu-
ta. De vez en cuando se oía un bocinazo, como si una ominosa ave de paso
surcara el espacio entre Londres y las estrellas; en una ocasión se oyó el
grito de una mujer, agudo, lejano, procedente del río. Por lo demás, sólo se
percibía el zumbido solemne, bajo, que no cesaba ni de noche ni de día.
—Sí, Felsenburgh —dijo el padre Blackmore una vez más—. No
consigo quitármelo de la cabeza. Sin embargo, ¿qué es lo que sé de él?
¿Qué es lo que se sabe de él?
Percy se pasó la lengua por el labio antes de responder e inspiró hon-
do. Le latía con fuerza el corazón, aunque no alcanzaba a imaginar el por-
qué de esa excitación. A fin de cuentas, ¿iba a darle miedo el viejo Black-
more? Lo cierto es que Blackmore siguió hablando sin darle tiempo a decir
nada.
—¡Vea cuánta gente abandona la Iglesia! Los Wargrave, los Hender-
son, sir James Barllet, lady Magnier, todos esos sacerdotes... Lo más grave
es que ninguno es persona de mal vivir. Ojalá fuera el caso; sería mucho
más fácil de abordar. ¡Sir James Bartlet, el mes pasado! Se trata de un
hombre que ha gastado la mitad de su fortuna en la Iglesia, y ni siquiera
ahora siente el menor resentimiento. Dice que tener cualquier religión es
mejor que no profesar ninguna, pero que él personalmente es incapaz de
seguir creyendo. Me pregunto, de veras, qué significa todo esto... Y le sigo
diciendo que algo va a suceder. ¡Sabe Dios qué será! Además, no logro
quitarme a Felsenburgh de la cabeza... Padre Franklin...
—Sí, dígame.
—¿Ha reparado en la escasez de grandes hombres que padecemos?
No es como hace cincuenta o incluso treinta años. En aquel entonces ten-
íamos a Mason, a Selborne, a Sherbrook y a otra media docena. Y estaba
Brightman en condición de arzobispo: ahora, en cambio... es desalentador.
Y ese mal es extensivo a los comunistas. Braithwaite murió hace quince
años. Era un gran hombre, sin duda, aunque siempre hablase del futuro,
nunca del presente. Dígame qué gran hombre han tenido en sus filas desde
entonces. De pronto, aparece este hombre nuevo, al que nadie conoce bien,
que cobró importancia en América hace unos meses. Su nombre corre en
boca de todos. No sé qué pensar.
A Percy se le arrugó la trente.
—No estoy seguro de haber comprendido bien —dijo.
59
El padre Blackmore sacudió la pipa antes de contestar.
—Pues se trata de lo siguiente —dijo poniéndose en pie—. No puedo
dejar de pensar que Felsenburgh va a hacer algo. No sé qué podría ser, no
sé si será a favor de nosotros o en contra de nosotros. Pero se trata de un
masón, no lo olvide... Bien, yo diría que me estoy comportando como un
viejo que desvaría. Que tenga buenas noches.
—Un momento, padre —dijo Percy—. ¿Qué pretende decir? ¡Dios
del Cielo! ¿Qué pretende decir? —calló de pronto, mirando al otro.
El viejo sacerdote le aguantó la mirada con los ojos encendidos bajo
sus cejas espesas. A Percy le pareció que también él tuviera miedo de algo,
a pesar de la facilidad con la que había hablado. Pero no dijo nada más.
Percy permaneció completamente inmóvil unos momentos cuando se
cerró la puerta. Acto seguido, se dirigió a su reclinatorio.
60
Capítulo III
62
bajo el repentino redoblar de los tambores que preludiaba el himno masó-
nico.
No cabía ningún género de dudas: los londinenses sabían cantar. Fue
como si una voz gigantesca tararease la sonora melodía y alcanzara el en-
tusiasmo a la espera de que la música de las muchas bandas congregadas la
siguieran tal como sigue una bandera al mástil que la ostenta. El himno se
compuso diez años antes, y toda Inglaterra lo conocía al dedillo. La ancia-
na señora Brand alzó mecánicamente la hoja de papel impreso para llevár-
sela a los ojos, y vio las palabras que tan bien conocía:
«El Señor que habita en mar y tierra...»
Ojeó los versos, que desde el punto de vista de los humanitarios eran
un prodigio de destreza y de ardor. Tenían un cierto deje de religiosidad:
los cristianos menos inteligentes podrían cantarlos sin sentir el menor repa-
ro, si bien el sentido era clarísimo: el viejo credo humano de que el hom-
bre era cuanto existía en la tierra. Se citaban incluso unas palabras de Cris-
to. El reino de Dios, se decía, se encontraba dentro del corazón de los
hombres, y la mayor y principal de todas las virtudes era la caridad.
Miró de reojo a Mabel y vio que la muchacha cantaba a pleno
pulmón, arrebatada de entusiasmo, con los ojos clavados en la oscura si-
lueta de su esposo, a un centenar de metros, insuflando en su cántico toda
su alma. De ese modo, también la madre comenzó a mover los labios a co-
ro con el inmenso volumen del sonido.
Al irse apagando las últimas notas del himno, y antes de que comen-
zara de nuevo el griterío, el anciano señor Pemberton ya se encontraba al
borde de la tarima, y su voz aguda y metálica desgranó una o dos frases
por encima del tintineo de las fuentes que le quedaban a la espalda. Dio
entonces un paso atrás y fue Oliver quien se adelantó.
Estaba demasiado lejos para que ninguna de las dos oyera lo que dijo,
si bien Mabel deslizó un papel, a la vez que dedicaba una sonrisa trémula,
a la anciana señora. Ella sí se adelantó un poco para aguzar el oído.
La anciana señora Brand miró el papel a sabiendas de que era un aná-
lisis del discurso de su hijo, consciente a la vez de que no iba a poder oír
sus palabras.
Había un exordio inicial, en el que felicitaba a todos los presentes por
la ocasión de honrar al gran hombre que desde aquel pedestal presidía la
celebración de tan gran aniversario. Luego se adentraba en una retrospec-
tiva, en la que comparaba el estado de Inglaterra hace años y el de la actua-
63
lidad. Cincuenta años antes, dijo el orador, la pobreza seguía siendo una
deshonra, pero ya no era así. Precisamente en las causas conducentes a la
pobreza se hallaba la deshonra o el mérito. ¿Quién se negaría a honrar a un
hombre que se agotara prestando servicio a su país, o que al final se viera
desbordado por circunstancias contra las cuales sus esfuerzos nunca habr-
ían servido para nada? Enumeró las reformas aprobadas cincuenta años an-
tes, en ese mismo día, gracias a las cuales la nación de una vez por todas
declaró la gloria de la indigencia y la necesaria simpatía que ha de mostrar
todo hombre con los infortunados.
De ese modo, dijo que se disponía a cantar los elogios de la pobreza
paciente y de las recompensas que depara. Aventuró que eso, junto con
unos cuantos avances en la reforma de las leyes penitenciarias, conformar-
ía la primera mitad de su discurso.
La segunda parte iba a ser un panegírico en loor de Braithwaite, en el
transcurso del cual lo trataría como precursor del movimiento que ahora
había comenzado.
La anciana señora Brand se recostó en su asiento y miró en derredor.
La ventana ante la que se encontraban estaba expresamente reservada
para ellas. Dos sillones colmaban el espacio, aunque inmediatamente
detrás había otras personas ahora en completo silencio, que alargaban el
cuello y trataban de ver, con los labios entreabiertos por la expectación; un
par de mujeres y un hombre de edad avanzada tras ellas, otras caras apenas
visibles en tercera fila. Se hallaban todos tan absortos que la anciana seño-
ra sintió una cierta vergüenza por su distracción, de modo que volvió a
contemplar resueltamente la plaza.
El orador arrancaba en esos momentos el panegírico. Su figura, dimi-
nuta, era negra. Se había acercado un poco más a la estatua a medida que
hablaba. Cuando lo estaba mirando, alzó la mano y trazó un círculo mien-
tras señalaba al frente, momento en el cual los aplausos ahogaron mo-
mentáneamente su voz resonante. Volvió a adelantarse y se agazapó lige-
ramente, no en vano era un actor de talento innato. Una tormenta de risas
sacudió las cabezas apiñadas de los asistentes. La anciana señora Brand
oyó que alguien o algo chistaba en algún lugar a sus espaldas. Acto segui-
do, oyó la exclamación de Mabel. ¿Qué había ocurrido?
Se oyó un chasquido seco, y la minúscula figura que gesticulaba en la
tarima dio un paso atrás como si se tambaleara. El hombre ya mayor que
permanecía sentado a la mesa se levantó como un resorte y se plantó a su
lado. Simultáneamente, estalló entre el gentío una violenta conmoción,
64
como una ola que engulle una roca, concentrándose en un punto próximo a
la balaustrada de separación, frente a la tarima.
La señora Brand, aturdida, desconcertada, se encontró de pie sin dar-
se cuenta, asida al borde de la barandilla, mientras la muchacha la sujetaba
y gritaba algo que no acertó a entender. Un gran rugido colmó toda la pla-
za; unos y otros miraban aquí y allá, como un extenso maizal mecido por
un viento racheado. Oliver volvió a adelantarse; señalaba algo y clamaba.
Ella lo vio gesticular de nuevo. Se sentó enseguida con el corazón alboro-
tado, la sangre veloz por sus arterias viejas, con palpitaciones en el cuello.
—¡Hija, hija! ¿Qué ha sido? —preguntó a punto de sollozar.
Mabel también se había levantado, y aguzaba la vista para ver mejor
a su marido. El rápido rumor de las conversaciones y las exclamaciones
procedentes de la plaza se hizo audible a pesar del gran tumulto que atro-
naba en toda ella.
II
65
—Oliver, ya sé que esto te parecerá una estupidez por mi parte, pe-
ro... pero ojalá, me digo, no lo hubieran asesinado.
Oliver le sonrió. Era conocedor de esa ternura tan suya.
—Habría sido mucho mejor que no pereciera —añadió ella. Calló y
se recostó en el sillón.
—¿Por qué habrá disparado justo en ese momento? — preguntó poco
después.
Oliver volvió la mirada hacia su madre, a la que encontró tranquila-
mente ocupada en sus labores de punto.
Y respondió subrayando con intención cada una de sus palabras.
—Acababa de decir que Braithwaite había hecho más por el mundo,
en uno solo de sus discursos, que Jesucristo y todos sus santos —notó que
las agujas de la calceta callaban unos momentos, y que luego seguían co-
mo si tal cosa—. De todos modos —siguió diciendo—, es evidente que lo
había preparado a conciencia.
—¿Cómo se ha sabido que era católico? —preguntó la muchacha.
—Llevaba un rosario encima. Y tuvo el tiempo justo para invocar a
su Dios antes de morir.
—¿Y no se sabe nada más?
—Nada más. Iba bien vestido, eso sí.
Oliver se recostó con una cierta fatiga y cerró los ojos. El brazo aún
le dolía bastante, y la palpitación era intolerable. Pero en el fondo estaba
muy contento. Ciertamente, le había herido un fanático, pero no lamentaba
tener que soportar el dolor por esa causa, además de ser evidente que todas
las simpatías de Inglaterra estaban de su parte. El señor Phillips estaba en
esos momentos ajetreado en la habitación contigua, contestando los tele-
gramas que entraban en masa y continuamente. Caldecott, el primer minis-
tro, Maxwell, Snowford y otra docena de personalidades habían enviado
de inmediato sus congratulaciones, y de todos los rincones de Inglaterra
seguían afluyendo los mensajes. Fue un inmenso golpe de suerte para los
comunistas; su portavoz había sido víctima de un atentado en pleno cum-
plimiento de su deber, cuando defendía los principios del partido. Las ga-
nancias políticas iban a ser incalculables, al tiempo que supondrían graves
pérdidas para los individualistas, entre otras cosas porque los confesores
no iban a estar todos en un mismo bando. Las enormes pancartas que cubr-
ían medio Londres comunicaron el suceso en esperanto cuando Oliver
tomó el tren de vuelta a casa con las primeras luces del crepúsculo.
66
«Oliver Brand herido... Atacante católico... Indignación en todo el
país... Destino merecido para el homicida frustrado.»
También le complacía que con toda honestidad hubiera hecho cuanto
estuvo en su mano por salvar al hombre. Incluso en esos momentos de re-
pentino y agudísimo dolor, había clamado para que se respetara su derecho
a un juicio justo, pero fue demasiado tarde. Vio los ojos despavoridos, la
cara colorada, la mueca espantosa cuando las manos de los asistentes al
mitin le sujetaron por el cuello. La cara desapareció en esos momentos y
comenzó el pisoteo de la muchedumbre. Quedaba, desde luego, tanta pa-
sión como lealtad entre los habitantes de Inglaterra.
Su madre se puso en pie en ese momento y salió sin decir palabra.
Mabel se volvió hacia él y le puso la mano sobre la rodilla.
—¿Estás demasiado fatigado para conversar, cariño?
El abrió los ojos.
—No, cielo, claro que no . ¿De qué se trata?
—¿Cuáles crees que serán los efectos de lo ocurrido?
Se enderezó un poco, contemplando como siempre por las ventanas
oscurecidas la asombrosa panorámica que le ofrecían. Por doquiera res-
plandecían las luces, un mar de lunas encima de las casas, por debajo del
misterioso manto azul oscuro de la noche de verano.
—¿Los efectos? —dijo—. Solamente pueden ser positivos. Ya iba
siendo hora de que algo ocurriese. Querida, a veces me siento muy abati-
do, esto ya lo sabes. Bien, pues quiero que sepas que no creo que vuelva a
sentirme así. A veces he tenido miedo de que estuviéramos perdiendo
nuestro entusiasmo, de que los viejos conservadores tuvieran razón al me-
nos en parte cuando profetizaron qué iba a suceder con el comunismo.
Después de esto...
—¿Sí?
—Verás: hemos demostrado que también podemos derramar nuestra
sangre por la causa. Ha ocurrido en el momento preciso, en plena crisis.
No quisiera exagerar. Ha sido por los pelos y todavía es poca cosa, pero
resulta sumamente oportuno, y cargado de dramatismo. Ese pobre diablo
no pudo escoger peor momento para sus intereses. La gente no lo olvidará
así como así.
A Mabel le brillaron los ojos de contento.
—¡Pobrecito mío! —le dijo—. ¿Te duele mucho?
67
—No, no demasiado. Además... ¿qué me iba a importar? Ay, si ahora
al menos terminara ese infernal asunto de Oriente...
Era consciente de hallarse un tanto febril, irritable, e hizo un gran es-
fuerzo por aplacarse.
—Cariño —siguió diciendo, sonrojándose un poco—, si no fueran
tan rematadamente estúpidos... No lo entienden, es que no lo entienden.
—Dime, Oliver.
—No son capaces de entender las excelencias del ideal que propone-
mos, no se dan cuenta de que es gloriosa la Humanidad, la vida, la verdad
por fin, la muerte de la estulticia. ¿Acaso no lo he dicho ya una y mil ve-
ces?
Ella lo miraba con los ojos encendidos. Le maravillaba verlo de ese
modo, ver su cara de plena confianza en sí mismo, su arrebol, el entusias-
mo que despedían sus ojos azules, y tener conciencia del dolor que sin du-
da sentía daba a su sentimiento una pasión añadida. Se inclinó a besarlo de
repente.
—Querido mío, qué orgullosa me siento de ti. ¡Oh, Oliver!
El no dijo nada, pero ella pudo ver en él lo que tanto le agradaba ver,
una respuesta directa a sus sentimientos más íntimos, y de ese modo per-
manecieron en silencio, a medida que el cielo iba tiñéndose de oscuridad, y
el tableteo de la máquina de escribir en la habitación contigua les indicaba
que el mundo seguía vivo, y que tenían una participación activa e impor-
tante en él.
Oliver se desperezó.
—¿No te ha llamado la atención, cariño, lo ocurrido en el momento
en que mencioné a Jesucristo?
—Sí, tu madre dejó de tricotar durante un momento —repuso la mu-
chacha.
El asintió.
—Así, pues, te has dado cuenta... Mabel, ¿tú no crees que tal vez está
en vías de tener una recaída?
—¡Oh! No creo, sólo es cosa de la edad —dijo la muchacha a la lige-
ra—. Es natural que rememore el pasado.
—¿Y no te parece que sería espantoso?
Ella negó con un gesto.
68
—No, no, querido. Lo que pasa es que ahora estás excitado y fatiga-
do. Oliver, yo no creo que sea conveniente decir esas cosas delante de ella.
—Pero si ahora las oirá por todas partes...
—No, no es así. Recuerda que apenas sale de casa. Además, es algo
que detesta. Al fin y al cabo, recibió una educación católica.
Oliver asintió y volvió a recostarse, mirando por la ventana con ojos
ensoñados.
—¿No te parece asombroso el modo en que perdura toda esta suges-
tión? Es algo que no puede quitarse de la cabeza. En fin, estemos al tanto
de lo que le pase, ¿te parece? Por cierto...
—¿Sí?
—Han llegado más noticias de Oriente. Se dice que Felsenburgh está
ya al frente de toda la cuestión. El Imperio lo envía a todas partes: To-
bolsk, Benarés, Yakutsk... A donde sea. E incluso ha estado en Australia.
Mabel se incorporó con un gesto de brusquedad.
—¿No te infunde esperanzas?
—Supongo que sí. No cabe duda de que los sufíes tienen todas las de
ganar, aunque está por ver cuánto ha de durar esa situación. Por otra parte,
las tropas no se dispersarán.
—¿Y Europa?
—Europa ha procedido a armarse a toda la velocidad que le ha sido
posible. Tengo entendido que la semana que viene habrá en París una reu-
nión de todas las potencias. Es preciso que asista.
—¿Y tu brazo, querido?
—Pues mi brazo tendrá que venir conmigo. Espero no tardar en repo-
nerme.
—¿Y qué más noticias hay?
—Nada más. Pero no me cabe ningún género de dudas de que esta-
mos en un momento crítico. Si fuera posible persuadir a Oriente de que
ahora se abstuviera de levantar la mano, muy probablemente ya nunca lo
haría. Eso comportará la implantación del libre comercio en el mundo en-
tero, creo yo, y todas esas cosas tan necesarias. Pero si no fuera así...
—Dime...
—Si no fuera así, se producirá una catástrofe tal como jamás se ha
imaginado. La totalidad del género humano estará en guerra, y bien Orien-
69
te, o bien Occidente, serán simplemente borrados del mapa. Los nuevos
explosivos fabricados por Benninschein no dejan lugar a dudas.
—¿Y se sabe con total certeza si Oriente ya dispone de esos explosi-
vos?
—Con total certeza. Benninschein los vendió simultáneamente a
Oriente y a Occidente; luego murió. Tuvo suerte en eso.
Mabel ya había oído con anterioridad esa clase de observaciones, pe-
ro su imaginación se negaba en redondo a asimilarlas. Un duelo a muerte
entre Oriente y Occidente, en esas nuevas condiciones, se le antojaba lisa y
llanamente inconcebible. No se había producido una sola guerra en Europa
en lo que su memoria alcanzaba a recordar, y las guerras orientales del si-
glo pasado se habían dirimido en las condiciones de antaño. En la actuali-
dad, caso de dar credibilidad a lo que se contaba, sería posible destruir
ciudades enteras con una sola bomba. Las nuevas condiciones eran senci-
llamente imposibles de comprender en toda la extensión. Los expertos mi-
litares habían hecho extravagantes profecías, contradiciéndose unos a los
otros en cuestiones de vital importancia. Todo el proceder de la guerra era
mera cuestión teórica, pues no existían precedentes con los cuales fuera
posible establecer una comparación. Aquello era como si los arqueros de
antaño discutiesen sobre los resultados del uso de la cordita. Sólo había
una cosa innegable: que Oriente disponía de todas las modernas invencio-
nes, y que, en lo referente a la población masculina, constituía por sí sola
la mitad ele la población total del planeta. La conclusión que cabía extraer
de tales supuestos no era ni mucho menos tranquilizadora para Inglaterra.
Pero la imaginación lisa y llanamente se negaba en redondo a decir
nada. Los periódicos incluían a diario un breve artículo, cuidadosamente
redactado, sobre la base de las contadísimas noticias que salían de las reu-
niones concertadas en la otra cara del mundo. El nombre de Felsenburgh
aparecía más a menudo que nunca. El comercio no parecía afectado por el
momento. Por lo demás, era como si un velo de silencio lo cubriese todo.
Nada se resentía demasiado. El comercio seguía su curso, los stocks euro-
peos no habían descendido de manera apreciable, se seguían construyendo
casas, la gente seguía casándose, y tenían hijos e hijas, seguían con sus
trabajos, iban al teatro, por la mera razón de que ningún sentido tenía hacer
otras cosas distintas. Ni podían salvar la situación ni tampoco la podían
precipitar; eran cosas que se producían a una escala desmesurada. De vez
en cuando, la gente enloquecía: gente que había logrado engañar su imagi-
nación llevándola a un extremo desde el cual podía accederse a una míni-
70
ma visión de la realidad. El ambiente que prevalecía era de tensión. Pero
eso era todo. No se hicieron muchos discursos al respecto, pues se descu-
brió que no era aconsejable hacerlos. A fin de cuentas, lo único que cabía
hacer era esperar y armarse de paciencia.
III
75
—Pues ven de inmediato. Va a ser el momento más trascendental de
la Historia. No se lo digas a nadie. Ven antes de que comiencen los atas-
cos. En media hora estarán las comunicaciones en suspenso.
—Oliver.
—¿Sí? Deprisa.
—Tu madre está enferma. ¿Es preciso que la deje así?
—¿Enferma? ¿Cuánto de enferma?
—No corre peligro inmediato. El médico ya la ha visto.
Se hizo un silencio momentáneo.
—Pues sí, ven cuanto antes. Ya regresaremos esta misma noche. Eso
sí, dile que volveremos tarde.
—De acuerdo.
—Sí, es preciso que vengas. Felsenburgh estará presente.
76
Capítulo IV
77
—Bueno, señor —dijo con premura—. Al menos, ¿me promete que
no dirá nada hasta que la haya visto? Eso sí me lo podrá prometer...
—¡Oh! Desde luego —repuso el sacerdote.
—Bien, señor. Es mejor que no sepa usted mi nombre. Así las cosas
nos resultarán más fáciles a los dos. Y, si no le importa, señor, resulta que
la dama está enferma. Es preciso que venga hoy mismo, aunque hayamos
de esperar a primera hora de la noche. ¿Le resulta conveniente venir a las
veintidós?
—¿Adonde hay que ir? —preguntó Percy bruscamente.
—Está cerca de la estación de Croydon. Le anotaré la dirección, si le
parece. ¿Podrá esperar hasta las veintidós, señor?
—¿Y por qué no ir ahora?
—Porque es posible que estén los demás. En cambio, a las veintidós
no habrá nadie. Lo sé con total certeza.
Resultaba un tanto sospechoso, se dijo Percy. Tenía noticia de otras
tramas urdidas para desacreditar a sacerdotes. Pero no podía negarse a una
cosa así.
—¿Por qué no prefiere esa dama que la visite el sacerdote de su pa-
rroquia? —preguntó él.
—Porque no sabe quién es, señor. En cambio, a usted lo ha visto una
vez en la catedral, y le preguntó su nombre. ¿No la recuerda? Es una seño-
ra de edad avanzada...
Percy recordaba vagamente una cosa así, tal vez uno o dos meses an-
tes, pero no podía estar seguro, y así se lo dijo.
—Bien, señor. ¿Vendrá? ¿Sí o no?
—Es preciso que lo hable con el padre Dolan —dijo el sacerdote—.
Necesito contar con su permiso.
—Le ruego en tal caso que el padre... el padre Dolan no sepa su
nombre. ¿No se lo dirá?
—No podría decírselo, pues todavía no lo sé —dijo el sacerdote son-
riendo.
El desconocido se recostó en el respaldo bruscamente y frunció el ce-
ño.
—Bien, señor. Permítame decirle una cosa antes. El hijo de esta an-
ciana señora es mi jefe. Es un comunista muy destacado. Ella vive con él y
78
con su esposa. Esta noche, ninguno de los dos estará en la casa. Por eso le
estoy pidiendo este favor. ¿Vendrá usted?
Percy lo miró intensamente durante unos instantes. Efectivamente, de
ser una conspiración, los que la habían tramado no eran demasiado sólidos
en sus planteamientos.
—Iré, señor. Se lo prometo. Ahora, dígame su nombre.
El desconocido volvió a pasarse la lengua por los labios con idéntico
nerviosismo. Miró con timidez a uno y otro lado. Entonces pareció armar-
se de valor. Se adelantó y habló en un susurro.
—La anciana señora se apellida Brand, señor. Es la madre del señor
Oliver Brand.
Por un instante, Percy se quedó atónito. Era demasiado extraordinario
para ser verdad. Conocía perfectamente el nombre del señor Oliver Brand,
no en vano era él quien, con permiso de Dios, estaba haciendo en Inglate-
rra más que nadie contra la causa de los católicos, y era él precisamente el
hombre al que el incidente de Trafalgar Square había dado tan gran popu-
laridad. Y de pronto, he aquí que su madre...
Se volvió con resolución hacia el visitante.
—No sé quién es usted. Desconozco si cree en Dios o no, pero ¿está
dispuesto a jurarme por su honor y por su religión que todo esto es cierto?
Con ojos tímidos le miró a la cara y flaqueó, pero fue la flaqueza de
la debilidad, no de la traición.
—Se... se lo juro, señor. Por Dios Todopoderoso.
—¿Es usted católico?
El hombre negó con un gesto.
—No, pero creo en Dios —dijo—. O eso me parece, vaya.
Percy se detuvo a tratar de averiguar qué significaba exactamente to-
do aquello. No tuvo ninguna sensación de triunfo; esa emoción no se con-
taba entre sus debilidades. Sí tuvo cierta clase de miedo difícil de precisar,
y notó excitación, y desconcierto. Por debajo de todo ello, tuvo la satisfac-
ción de que la gracia de Dios fuera tan soberana. Si era capaz de alcanzar a
esa mujer, ¿quién podría estar tan lejano que no acusara sus efectos? Se
dio cuenta entonces de que el otro lo miraba con gran ansiedad.
—¿Tiene miedo, señor? No fallará a su promesa, ¿verdad?
Así se dispersó un poco la nube de dudas que le envolvía, y Percy
sonrió.
79
—¡Oh, no! —repuso—. Estaré allí a las veintidós, se lo prometo. ¿Se
espera que muera de un modo inminente?
—No, señor; sólo ha sido un síncope. Esta mañana estaba bastante
recuperada.
El sacerdote se pasó la mano sobre los ojos antes de ponerse en pie.
—Bien, pues allí estaré —dijo—. ¿Me estará usted esperando?
El otro negó con un gesto a la vez que se ponía en pie.
—Es preciso que esté con el señor Brand, señor. Esta noche habrá
una reunión importante, pero de esto no debo decirle nada. No, señor. Pre-
gunte por la señora Brand, y diga que ella le está esperando. Le llevarán
inmediatamente al piso de arriba.
—Supongo que no debo decir que soy un sacerdote, claro.
—En efecto, señor. Se lo ruego.
Extrajo una libreta del bolsillo interior, garabateó unas líneas, arrancó
la hoja y se la dio al sacerdote.
—He aquí la dirección. ¿Tendrá la amabilidad de destruir ese papel
cuando la haya copiado? Es que... no deseo perder mi empleo, señor, si es
que puedo evitarlo.
Percy acarició el papel durante unos instantes.
—¿Por qué no es usted católico? —preguntó.
El hombre negó con la cabeza sin decir nada. Tomó el sombrero y se
encaminó a la puerta.
Percy pasó la tarde en un estado de gran excitación.
A lo largo de los últimos dos meses habían sucedido pocas cosas que
le dieran ánimos. Había dado cumplida información de otra media docena
de apostasías significativas, mientras que apenas se había producido una
sola conversión de relieve. No cabía ninguna duda de que las tornas se es-
taban volviendo cada vez más en contra de la Iglesia. El enloquecido aten-
tado de Trafalgar Square había causado un daño incalculable la semana
pasada. Se decía más que nunca, tanto en la calle como en la prensa, que la
confianza de la Iglesia en lo sobrenatural era traicionada por todos y cada
uno de sus actos públicos. «Bajo cada católico hay un asesino», decía uno
de los artículos destacados en Pueblo Nuevo, y al propio Percy le dejó bo-
quiabierto la estupidez del atentado. Era cierto que el arzobispo había re-
pudiado formalmente tanto el acto en sí como su motivo en una homilía
pronunciada desde el pulpito de la catedral, aunque dicha condena sólo
80
sirvió como ocasión que aprovecharon los periódicos principales para re-
cordar la política de la Iglesia, que se revestía de violencia al tiempo que
repudiaba a los violentos. La espantosa muerte del hombre no había basta-
do para aplacar la indignación popular; ni siquiera escaseaban las insinua-
ciones de que al hombre se le había visto salir de la casa arzobispal una
hora antes de que se produjera el intento de asesinato.
Y ahora, en un contraste llamativamente dramático, acababa de reci-
bir el mensaje de que la madre del héroe estaba deseosa de la reconcilia-
ción con la Iglesia que había tratado de asesinar a su hijo.
Una y otra vez, a lo largo de la tarde, al emprender viaje al norte para
visitar a un sacerdote en Worcester, y luego al sur, cuando ya lucían las
lámparas a primera hora de la noche, Percy se preguntó si no se trataría de
una trama para tomar represalias, de un intento por hacerle caer en la
trampa. Sin embargo, había prometido que no diría nada, y que acudiría a
ver a la señora.
Terminó su carta diaria después de cenar, como de costumbre, aun-
que con una curiosa sensación de fatalidad. Escribió la dirección y le puso
el sello. Bajó en su traje de calle a la habitación del padre Blackmore.
—Padre, ¿quiere oírme en confesión? —le dijo sin previo aviso.
II
81
Se sentía sosegado después de haberse confesado, acto con el que so-
bre todo quiso tener certeza de su alma, si bien no contaba con encontrar
ningún peligro concreto. Con su traje gris y su sombrero flexible, en modo
alguno hacía pensar en su condición de sacerdote (las autoridades habían
dado permiso para vestir de ese modo cuando la ocasión lo requiriese).
Como la amenaza de muerte no era inminente, tampoco había llevado con-
sigo el Viático. El padre Dolan le indicó que podría recabar los instru-
mentos para impartir la extremaunción en St. Joseph’s, parroquia cercana a
la estación. Sólo llevaba en el bolsillo la estola de color morado que tenía
costumbre de llevar cuando visitaba a los enfermos.
El vagón se deslizaba sin sobresaltos. Iba con la vista clavada en la
butaca de enfrente, sin ocupar, y trataba de mantener un estado de ánimo
apacible cuando el vagón se detuvo bruscamente. Perplejo, miró fuera y
vio por los cristales de la ventanilla el esmalte blanco del túnel. La deten-
ción podía deberse a causas muy variadas, de modo que no se alarmó de-
masiado, tal como tampoco se alteraron los demás pasajeros. Tras unos
instantes de silencio, oyó que se reanudaban las conversaciones en el com-
partimento contiguo.
Llegó entonces, repercutiendo en las paredes del túnel, una serie de
gritos mezclados con bocinazos y otros acordes, que fueron haciéndose
más fuertes. Cesaron las conversaciones. Oyó que alguien abría una venta-
nilla; acto seguido pasó un tren en sentido contrario, a toda velocidad.
Había que averiguar qué estaba ocurriendo, pensó Percy: algo tenía que
estar sucediendo, sin duda, de modo que se levantó y atravesó el compar-
timento hasta la ventanilla del otro lado. Le llegó de nuevo un griterío, las
mismas señales de antes, y volvió a pasar otro vagón, seguido de inmedia-
to por otro más. El tren dio una sacudida. Percy se tambaleó y cayó en un
asiento en el momento en que el vagón comenzó a desplazarse marcha
atrás.
Se oía un clamor encendido en el compartimento de al lado, Percy
atravesó la puerta en dirección al ruido, y se encontró con media docena de
hombres asomados por las ventanillas, que no prestaron ninguna atención
a sus preguntas. Permaneció en donde estaba, consciente de que los demás
no sabían más que él mismo, y que todos esperaban alguna explicación.
Era deplorable, se dijo, que cualquier avería pudiera desorganizar tan por
completo las líneas de comunicación.
82
En dos ocasiones se detuvo el vagón. Volvió a desplazarse las dos
veces tras unos bocinazos, y por fin terminó en el mismo andén del que
había partido, aunque unos cientos de metros más allá.
Era evidente que algo había tenido que ocurrir. En el instante en que
se abrió la puerta le llegó a los oídos un gran rugido. Nada más saltar al
andén y mirar al extremo de la estación, comenzó a comprender.
De derecha a izquierda en el interior de la estación, en todos los an-
denes, se había formado un enorme gentío que se arremolinaba y alborota-
ba. Las escaleras, de veinte metros de anchura, utilizadas sólo en caso de
emergencia, recordaban una catarata negra y gigantesca de casi sesenta
metros de altura. Cada uno de los vagones, nada más llegar, descargaba
cantidades ingentes de hombres y mujeres que corrían como las hormigas
hacia sus semejantes. El ruido era indescriptible, el griterío de los hom-
bres, los chillidos de las mujeres, los bocinazos de las máquinas, y en tres
o cuatro ocasiones unos trompetazos nítidos, en cada ocasión en que se
abrían las puertas de emergencia y una nueva muchedumbre lograba salir a
la calle. Tras un solo vistazo, Percy dejó de mirar a la gente. En lo alto,
justo bajo el reloj, en el tablón de anuncios del Gobierno, se habían encen-
dido unas monstruosas letras de fuego, anunciando en esperanto y en
inglés el mensaje del cual Inglaterra estaba harta. Lo leyó una docena de
veces antes de ponerse en marcha, con los ojos como platos, como si estu-
viera ante una visión sobrenatural que denotase el triunfo bien del Cielo o
bien del Infierno.
«CLAUSURA DE LA CONVENCIÓN DEL ORIENTE.
PAZ, NO GUERRA. SE ESTABLECE LA HERMANDAD UNIVERSAL.
FELSENBURGH EN LONDRES ESTA NOCHE.»
III
Tuvieron que pasar dos horas hasta que Percy se encontró de pie ante
la casa, pasada la estación de Croydon.
De nada le sirvió discutir, argumentar, amenazar a los funcionarios,
que se portaron como si estuvieran poseídos. La mitad había desaparecido
en la ciudad, pues a pesar de las precauciones del Gobierno se había filtra-
do la noticia de que el Templo de Pablo, antes conocido como catedral de
San Pablo, iba a ser escenario de la recepción de Felsenburgh. Los demás
parecían dementes. Un hombre murió en uno de los andenes debido al ago-
83
tamiento nervioso, pero no pareció que a nadie le importara. El cuerpo
permaneció ante uno de los bancos del andén. Una y otra vez se vio Percy
desplazado por el tumulto de las masas, en busca de un vagón que pudiera
llevarle a Croydon. Le pareció durante un rato que iba a resultarle im-
posible. Había vagones inservibles que se iban acumulando como desper-
dicios en los andenes, mientras que otros llegaban de la periferia cargados
de hombres frenéticos, delirantes, que desaparecían como el humo en los
tablones forrados de caucho blanco. Los andenes estaban completamente
llenos. Faltaba media hora para la medianoche cuando por fin comenzaron
a salir de la ciudad.
Por fin había llegado a su destino, sin sombrero, exhausto, y contem-
plaba las ventanas oscuras de la casa.
No supo formarse con precisión un juicio sobre todo lo que había
ocurrido. La guerra, por descontado, era una catástrofe terrible. Y una gue-
rra como la que estaba avecinándose habría sido tan terrible que incluso
resultaría difícil de imaginar. Sin embargo, según el entender del sacerdo-
te, había otras cosas aún peores. ¿Cuáles podían ser las consecuencias de
una paz universal, una paz, claro está, forjada por métodos muy distintos
de los de Cristo? ¿O acaso estaba Dios detrás de todo aquello? Sus interro-
gantes no iban a hallar respuesta.
Felsenburgh... Era él quien lo había logrado, claro está. Era algo in-
dudablemente mucho mayor que cualquier acontecimiento laico que hubie-
ra conocido la civilización. ¿Qué clase de hombre era? ¿Cuál era su carác-
ter, sus motivaciones, sus métodos? ¿Qué uso iba a dar a tan gran éxito?
Las interrogaciones volaban ante sus ojos como si fueran un chorro de cen-
tellas, todas ellas capaces por igual de prender fuego al mundo entero. En-
tre tanto, allí le esperaba una mujer de edad avanzada, deseosa de reconci-
liarse con Dios antes de morir.
Llamó de nuevo al timbre, tres o cuatro veces, y aguardó. Se encen-
dió entonces una luz y comprendió que por fin le habían oído.
—Me han hecho llamar —dijo a la atónita doncella que le abrió la
puerta—. Tendría que haber llegado a las veintidós, pero me lo impidió el
alboroto.
Ella balbuceó una pregunta.
—Sí, es cierto lo que se dice, eso tengo entendido — repuso—. Es la
paz, no la guerra. Tenga la bondad de conducirme al piso de arriba.
84
Recorrió el pasillo con una curiosa sensación de culpa. Estaba, así
pues, en casa de Brand, del poderoso orador, tan amargo en su elocuencia
contra Dios; allí estaba él, un sacerdote, que había entrado clandestinamen-
te y protegido por la noche. No era, en el fondo, asunto de su responsabili-
dad.
Ante la puerta de una habitación la criada se volvió hacia él.
—¿Es usted médico, señor? —le preguntó.
—En efecto —repuso Percy, y abrió la puerta.
Un grito, más bien un gemido, le llegó desde la esquina antes de que
tuviera tiempo de cerrar la puerta.
—¡Oh! ¡Gracias a Dios! Ya pensaba que me había olvidado. ¿Es us-
ted sacerdote, padre?
—Soy sacerdote. ¿Recuerda usted nuestro encuentro en la catedral?
—Sí, sí, señor. Le vi a usted rezar, padre. ¡Oh! ¡Gracias a Dios, gra-
cias a Dios!
Percy la contempló durante unos momentos: la cara anciana y enroje-
cida bajo la cofia de dormir, los ojos hundidos y brillantes, las manos
trémulas. No cabía ninguna duda de su autenticidad.
—Hija mía, dígame —le dijo.
—Deseo confesarme, padre.
Percy extrajo del bolsillo la estola de color morado, se la colocó so-
bre los hombros y se sentó en la cama.
Después de la confesión, ella no dio señales de dejarlo marchar.
—Dígame, padre. ¿Cuándo me va a traer la Sagrada Comunión?
El vaciló antes de responder.
—¿Debo entender que el señor Brand y su esposa no saben nada de
todo esto?
—Así es, padre.
—Dígame: ¿está usted muy enferma?
—Lo desconozco, padre. No me lo quieren decir. Anoche creí que iba
a morirme.
—¿Cuándo desea que le traiga la Sagrada Comunión? Lo haré cuan-
do me lo indique.
—¿Podría ser dentro de un día o dos? Padre, ¿cree usted que debería
decírselo?
85
—No está obligada a ello.
—Si debiera, lo haría.
—Bueno, piénselo despacio, y hágamelo saber... ¿Sabe usted lo que
ha pasado?
La anciana asintió, pero sin dar muestras de interés. Percy fue cons-
ciente de una cierta compunción. A fin de cuentas, la reconciliación de un
alma con Dios era algo mucho más grande que la reconciliación de Oriente
y Occidente.
—Puede ser muy importante para el señor Brand, claro está —dijo—.
Ahora será un hombre muy importante.
Ella seguía mirándolo en silencio, sonriendo un poco. A Percy le
asombró la juventud que denotaba el rostro de la anciana. Pero en ese mo-
mento cambió de expresión.
—Padre, no debo retenerle más tiempo, pero dígame una cosa...
¿Quién es ese hombre?
—¿Felsenburgh?
—Sí.
—Nadie lo sabe. Mañana sabremos algo más. Esta noche estará en la
ciudad.
Puso una cara tan extraña que por un momento Percy creyó que era
víctima de un ataque. Fue como si se le relajasen las facciones por alguna
extraña emoción, en parte de astucia y de miedo.
—¿Y bien, hija mía?
—Padre, tengo un poco de miedo cuando pienso en ese hombre. No
podrá perjudicarme, ¿verdad? ¿Ahora estoy a salvo? ¿Soy católica?
—Hija mía, por supuesto que está a salvo. ¿Qué sucede? ¿Cómo
podría lastimarle ese hombre?
El gesto de terror seguía presente en ella. Percy se acercó un paso.
—No debe usted dar pie a imaginaciones sin sentido —le dijo—.
Tenga plena confianza en Nuestro Señor. Ese hombre no podrá hacerle da-
ño.
Le habló igual que se habla a un niño, pero no sirvió de nada. La bo-
ca de la anciana seguía contraída, y la mirada se proyectaba en las tinieblas
de la habitación.
86
—Hija mía, dígame de qué se trata. ¿Qué sabe usted de Felsenburgh?
¿O es que ha tenido algún sueño?
La anciana asintió de pronto con gran energía, y Percy por vez prime-
ra notó un sobresalto de aprensión. ¿Acaso no estaba la anciana en sus ca-
bales? ¿Por qué le resultaba ese nombre tan siniestro también a él? Re-
cordó entonces que el padre Blackmore una vez también habló en esos
mismos términos. Hizo un esfuerzo por dominarse y volvió a tomar asien-
to.
—Dígame con claridad —le dijo—. Ha tenido un sueño. ¿Qué sueño
ha sido ése?
Ella se incorporó un poco en la cama, mirando de nuevo en derredor.
Extendió la mano ensortijada la anciana para que él le diera la suya. Y así
lo hizo, con extrañeza.
—¿Está cerrada la puerta, padre? ¿No nos oye nadie?
—No, hija mía. ¿Por qué tiembla usted? No debe caer en supersticio-
nes.
—Padre, se lo voy a decir. Los sueños son estupideces, ¿no es cierto?
Bien, al menos esto es lo que he soñado. Estaba en una casona muy gran-
de, no sé bien dónde. Era una casa que no he visto nunca en mi vida. Era
una casa antigua, estaba muy oscuro. Yo era una niña, estaba asustarla por
algo... Los corredores estaban oscuros, yo lloraba en las tinieblas en busca
de una luz, pero no había ninguna. Y entonces oí una voz que hablaba a lo
lejos. Padre...
La mano de ella le apretó la suya con más fuerza, y volvió a mirar en
derredor.
No sin gran dificultad, Percy reprimió un suspiro. Pero no osó aban-
donarla en ese momento. La casa estaba en silencio. Sólo de fuera llegaba
a veces el traqueteo de los vagones que atravesaban la campiña a gran ve-
locidad, alejándose de la ciudad congestionada. Y una vez les llegó un
gran griterío. Se preguntó qué hora podía ser.
—¿No es mejor que me lo cuente ya? —preguntó, hablándole todavía
con la mayor paciencia, con gran sencillez—. ¿A qué hora regresarán?
—Todavía no —susurró—. Mabel dijo que no llegarían antes de las
dos. ¿Qué hora es ahora, padre?
Extrajo del bolsillo el reloj con la mano que tenía libre.
—Todavía no es la una —repuso.
87
—Muy bien. Escuche, padre.... Yo estaba en esa casa. Oí hablar a lo
lejos. Corrí por los pasillos hasta ver una rendija de luz debajo de una
puerta. Me detuve. Acérquese, padre.
Percy estaba un tanto abrumado, muy a su pesar. La anciana de pron-
to hablaba en susurros, y con los ojos parecía sujetarlo de una manera ex-
trañísima.
—Me detuve, padre; no me atreví a entrar. Oía la voz que hablaba,
veía la luz. Padre, era Felsenburgh quien estaba en aquella habitación.
De abajo les llegó un portazo y luego un rumor de pasos. Percy vol-
vió la cabeza con brusquedad, y en ese momento oyó que la anciana toma-
ba aliento.
—¡Silencio! —dijo—. ¿Quién es?
Dos voces conversaban abajo, en el vestíbulo. La anciana relajó la
mano con que apretaba la suya.
—Yo... yo creí que era él —murmuró.
Percy se puso en pie. Se dio cuenta de que ella no entendía la situa-
ción.
—Sí, hija mía —le dijo con sosiego—, pero ¿quiénes son ahora?
—Mi hijo y su esposa —contestó, y volvió a cambiarle la cara—. Por
qué, padre, por qué...
Se le apagó la voz en la garganta en el instante en que se oyeron pa-
sos a la entrada. Por un instante hubo un silencio total; luego, un susurro,
bien audible, en la voz de una muchacha.
—Tiene la luz encendida, Oliver. Ven, pero no hagas ruido.
Giró el picaporte.
88
Capítulo V
89
—¡Y se atreve a venir a mi casa! —exclamó el hombre. Aún dio un
paso más, aunque se contuvo—. ¿Me jura que es un sacerdote? —
insistió—. ¿Y lleva aquí toda la noche?
—Estoy aquí desde las doce.
—Y no es usted un... —volvió a callarse.
Mabel se interpuso entre los dos.
—Oliver —dijo todavía con ese aire de excitación a duras penas con-
tenida—, es preciso que no armemos una escena. La pobre está demasiado
enferma. ¿Quiere acompañarnos a la planta baja, señor?
Percy dio un paso hacia la puerta y Oliver se apartó ligeramente. El
sacerdote se detuvo, se volvió y alzó la mano.
—Que Dios la bendiga —dijo con sencillez hacia la figura que gemía
en la cama. Salió y esperó junto a la puerta.
Oyó que hablaban dentro en voz baja. Oyó el compasivo murmullo
en la voz de la muchacha. Oliver apareció a su lado. Temblaba de los pies
a la cabeza, estaba blanco como la ceniza, e hizo un gesto silencioso al pa-
sar delante de él y descender las escaleras.
Todo aquello se le antojaba a Percy en aquellos momentos una espe-
cie de sueño increíble. Era todo tan inesperado como opuesto al curso
normal de la vida misma. Tuvo conciencia de la vergüenza enorme, de la
sordidez del caso. Al mismo tiempo, fue consciente de haber cometido una
temeridad desesperada. Lo peor ya había pasado; halló consuelo en el des-
empeño de su misión junto al lecho de la enferma.
Oliver abrió una puerta, apretó un botón y atravesó una estancia de
súbito iluminada, seguido por Percy. Todavía en silencio, señaló un sillón.
Percy tomó asiento. Oliver permaneció ante la chimenea, con las manos
hundidas en los bolsillos de la chaqueta, ligeramente vuelto hacia el lado
contrario.
La concentración sensorial de Percy le permitió tomar conciencia de
todos los detalles de la sala: la alfombra verde y mullida, suave al contacto
con los pies; las cortinas de seda con sus pliegues; la media docena de me-
sas bajas, en las que abundaban las flores; los libros que tapizaban literal-
mente una de las paredes. En la estancia pendía el pesado aroma de las ro-
sas, aunque estaban abiertas las ventanas, y la brisa de la noche agitaba
continuamente las cortinas. Era una estancia femenina, se dijo. Miró al
hombre que tenía delante, una figura ágil, tensa, erguida. El traje gris oscu-
ro no era muy distinto del suyo. Tenía una hermosa curva de mentón, la tez
90
clara, pálida incluso, la nariz fina, una curva de idealismo sobre los ojos, el
cabello oscuro. Era un rostro de poeta, se dijo, y toda su personalidad era
de gran viveza. Se volvió un poco y se puso en pie cuando entró Mabel,
cerrando la puerta a sus espaldas.
Fue derecha hacia su marido y le posó una mano en el hombro.
—Siéntate, cariño —dijo—. Es preciso que hablemos. Por favor, se-
ñor, le ruego que se siente.
Los tres tomaron asiento, Percy a un lado, el marido y la mujer en un
sofá de respaldo recto, frente a él.
La muchacha comenzó de nuevo.
—Esto hay que remediarlo de inmediato —dijo—, pero es preciso
que no haya ninguna tragedia. Oliver, ¿lo entiendes? No debes hacer una
escena. Déjalo en mis manos.
Hablaba con una curiosa alegría. Con gran asombro por su parte, Per-
cy comprendió que era sincera, que no había en ella ni un ápice de cinis-
mo.
—Oliver, cariño —dijo de nuevo—, no te pongas así. Todo está en
orden. Yo me encargo de resolver este asunto.
Percy vio que el hombre le miraba con los ojos llenos de odio. La
muchacha también se dio cuenta de la mirada descompuesta de su esposo.
Le puso la mano sobre la rodilla.
—Oliver, atiende. No quiero que mires a este caballero con tan malos
ojos. No ha hecho ningún daño.
—¡Ningún daño! —susurró el otro.
—Absolutamente ninguno. ¿Qué importará lo que piense la pobreci-
lla allá arriba? Veamos, señor: ¿le importaría decirnos cuál es el motivo de
que haya venido aquí?
Percy respiró hondo. No se había esperado ese interrogatorio.
—Vine para recibir a la señora Brand en el seno de la Iglesia —
respondió.
—¿Y lo ha hecho?
—Lo he hecho.
—¿Tiene algún inconveniente en decirnos cómo se llama?
Percy vaciló, pero decidió hacerle frente.
—Por supuesto. Me llamo Franklin.
91
—¿El padre Franklin? —preguntó la muchacha, dando un tenue tono
de burla al pronunciar la primera palabra.
—Sí, el padre Percy Franklin, de la Casa Arzobispal de Westminster
—dijo el sacerdote con firmeza.
—De acuerdo, padre Percy Franklin. ¿Puede explicarnos el motivo de
su visita? Quiero decir... ¿quién lo ha mandado buscar?
—La señora Brand.
—Ya, pero ¿de qué manera?
—Eso no debo decírselo.
—Ah, muy bien... ¿Podemos saber entonces qué bien se deriva de ser
recibida en el seno de la Iglesia»?
—Cuando uno es recibido en el seno de la Iglesia, el alma se reconci-
lia con Dios.
—¡Ah! Oliver, estate callado. ¿Y cómo se hace eso, padre Franklin?
Percy se puso en pie bruscamente.
—Esto no nos lleva a ninguna parte, señora. ¿De qué nos sirven todas
estas preguntas?
La muchacha lo miró asombrada, con los ojos muy abiertos, todavía
con la mano posada sobre la rodilla de su marido.
—¿De qué nos sirven, padre Franklin? Es bien sencillo: nosotros que-
remos saberlo. Y no hay una sola ley de la Iglesia que le prohíba decírnos-
lo, ¿verdad?
Percy volvió a vacilar. No entendía ni por asomo qué se había pro-
puesto la muchacha. Comprendió entonces que les daría a los dos una gran
ventaja en el caso de que perdiera la cabeza, de modo que volvió a sentar-
se.
—Desde luego que no. Si desean saberlo, se lo explicaré. He oído a la
señora Brand en confesión y le he dado la absolución.
—¡Ah! Ya. Y así queda hecho, ¿no? ¿Y qué sucede después?
—Tendría que recibir la Sagrada Comunión, así como la extremaun-
ción, caso de que corra peligro de muerte.
Oliver hizo una súbita mueca.
—¡Lo que nos faltaba! —susurró.
—¡Oliver! —exclamó la muchacha encareciéndole que callara—. Por
favor te lo pido, deja que de esto me ocupe yo. Es mucho mejor así. Su-
92
pongo, padre Franklin, que usted querrá darle todas esas cosas a mi madre,
¿no es así?
—No son absolutamente indispensables —dijo el sacerdote, sintien-
do, sin saber por qué, que llevaba todas las de perder.
—Ah, ya veo. No son indispensables. Pero a usted le gustaría termi-
nar lo que ha empezado, ¿verdad?
—En caso de que sea posible, lo haré. Pero lo necesario ya está
hecho.
Le hizo falta toda su fuerza de voluntad para mantener la calma. Era
como un hombre que se hubiera armado con una coraza de acero, y que
entonces había descubierto que su enemigo tenía la forma de un sutil va-
por. Lisa y llanamente, no sabía qué hacer a continuación. Habría dado
cualquier cosa por que el hombre se pusiera en pie y se le arrojase con las
manos al cuello, pues la muchacha era más astuta que cualquiera de los
dos.
—Sí —dijo con voz pausada—. Bien, comprenderá usted que no cabe
esperar que mi marido le dé permiso para venir nunca más, pero me alegro
mucho de que haya hecho lo que estimara indispensable. A buen seguro
será una satisfacción para usted, padre Franklin, y para la pobre anciana
del piso de arriba. En cambio, a nosotros —apretó la rodilla de su mari-
do—, a nosotros no nos importa en absoluto. Ah, queda una cosa más.
—Tenga la bondad —dijo Percy, preguntándose para sus adentros
qué era lo que le esperaba.
—Ustedes los cristianos, y discúlpeme si digo alguna descortesía, us-
tedes los cristianos tienen reputación de contar las cabezas y de hacer tan-
tos conversos como sea posible. Le estaremos muy agradecidos, padre
Franklin, si nos da su palabra de que no dará publicidad ninguna a lo que
ha sucedido aquí. Sería peligroso para mi esposo, y nos causaría infinidad
de complicaciones.
—Señora Brand... —comenzó a decir el sacerdote.
—Un momento... Ya ve usted que no le hemos tratado mal. No ha
habido violencia. Le prometemos que no haremos ninguna escena con mi
madre. ¿Promete usted no divulgar este sucedido?
Percy tuvo tiempo de pensarlo, y respondió en el acto.
—Desde luego. Se lo prometo.
Mabel suspiró con satisfacción.
93
—Pues está muy bien. Nos sentimos muy agradecidos... Y creo que
podemos anunciarle que tal vez después de la debida consideración por
parte de mi marido, tal vez pueda ver la manera de permitirle venir otra
vez a darle la comunión y... lo otro, o como se diga.
Un temblor le sobresaltó al hombre que estaba a su lado.
—Bueno, ya lo veremos. En cualquier caso, conocemos su dirección,
de modo que podremos hacérselo saber llegado el caso. Por cierto, padre
Franklin, ¿regresa a Westminster esta noche?
Asintió.
—¡Ah! Espero que pueda hacer el viaje. Encontrará en Londres una
gran excitación. Tal vez ya sepa que...
—¿Felsenburgh? —dijo Percy.
—Sí. Julián Felsenburgh —dijo la muchacha de nuevo con voz pau-
sada, de nuevo con esa extraña excitación que de súbito le iluminaba los
ojos—. Julián Felsenburgh —repitió—. Está aquí, no sé si lo sabe. Y se
quedará en Inglaterra de momento.
Percy volvió a sentir el ligero toque de temor que le producía la sola
mención de ese nombre.
—Entiendo que habrá paz —dijo.
La muchacha y su marido se pusieron en pie.
—Sí —dijo ella casi con un alarde de compasión—. Habrá paz. Paz
por fin —dio un paso hacia él, y el rostro se sonrojó —. Vuelva a Londres,
padre Franklin, y véalo con sus propios ojos. Lo verá, seguro que lo verá, y
verá muchas más cosas —le vibraba la voz más de lo normal—. Así, segu-
ramente entenderá por qué le hemos tratado de esta manera, por qué ya no
les tenemos ningún miedo, por qué estamos deseosos de que mi madre
haga lo que le plazca. Lo entenderá, padre Franklin, si no esta noche, ma-
ñana mismo; si no mañana, seguro que lo entenderá en breve.
—¡Mabel! —exclamó su marido.
La muchacha se volvió en redondo y se arrojó a los brazos de su ma-
rido, besándolo en los labios.
—No tengo ninguna vergüenza, Oliver, cariño. Que se vaya y lo vea
con sus propios ojos. Buenas noches, padre Franklin.
Al dirigirse a la puerta de salida, oyendo el repicar de la campana que
alguien tocó en la habitación, a sus espaldas, se dio la vuelta una vez más,
aturdido y perplejo, y vio a los dos, marido y mujer, de pie, iluminados por
94
la suave luz de la estancia, como si estuvieran transfigurados. La mucha-
cha tenía el brazo sobre el hombro de su marido, y estaba erguida, radiante
como una columna de fuego. En el rostro del hombre ya no quedaba ni
sombra de ira. Sólo se le notaba un orgullo casi sobrenatural, una inmensa
confianza en sí mismo. Los dos sonreían.
Percy se alejó sumido en la suave noche de verano.
II
95
Westminster, el Mall y Hyde Park, estaba totalmente atestada de gente. A
uno y otro lado se encontraban los hoteles y las «salas de fiestas», cuyas
ventanas estaban encendidas de luz intensa, solemnes, triunfales, como si
quisieran dar la bienvenida a un rey. A lo lejos, recortado contra el cielo,
se veía el monstruoso palacio perfilado de fuego, iluminado por dentro al
igual que todas las demás edificaciones a la vista. El ruido era ensordece-
dor. Era imposible distinguir un sonido de otro. Voces, bocinas, tambores,
el paso de un millar de pies sobre los pavimentos de caucho, el sombrío
rodar de las ruedas en la estación, unido todo ello en un resonar abrumador
y solemne, surcado por notas más agudas.
Era imposible dar un solo paso.
Se encontró de pronto en una posición sumamente ventajosa, en lo
más alto de las anchas escaleras que desembocaban en la antigua plaza de
la estación, ahora una explanada que se unía a la izquierda con la ancha
avenida que iba al palacio, y a la derecha con Victoria Street, por donde
apareció entonces una vivida perspectiva de luces y cabezas en movimien-
to. Por la derecha ascendía el remate del campanario de la catedral, tam-
bién profusamente iluminado. Le pareció como si lo hubiera visto todo ello
anteriormente.
Se desplazó mecánicamente uno o dos pasos a la izquierda, hasta su-
jetarse a una columna. Allí decidió esperar sin intentar analizar sus emo-
ciones, contento con experimentarlas tan sólo.
Poco a poco se dio cuenta de que aquel gentío no se parecía en nada a
ninguna masa humana que hubiera visto con anterioridad. A su parecer, le,
le pareció que poseía una unidad incomparable a ninguna otra. Había un
magnetismo insólito en el aire. Se tenía la sensación de que estuviera en
marcha un proceso creativo en virtud del cual miles de células individuales
se fueran fusionando de manera cada vez más perfecta, a cada instante, pa-
ra formar un único y descomunal ser viviente dotado de una única volun-
tad, una sola emoción, una cabeza nada más. El griterío parecía significa-
tivo sólo en la medida en que equivalía al desperezarse de ese poder crea-
dor, que había querido expresarse de ese modo. Allí reposaba aquella
Humanidad gigantesca, estirando ante sus propios ojos sus extremidades
vivas, pero tan lejos que se veían por doquiera, a la espera, expectantes, a
falta de una suerte de consumación; se estiraba, en efecto, por todas las ca-
lles de la ciudad inmensa, y su cansado cerebro era capaz de apreciarlo en
toda su extensión.
96
Ni siquiera se preguntó qué era lo que esperaba la muchedumbre. Lo
sabía, aunque no supiera en cambio explicárselo. Sabía que estaban todos a
la espera de una revelación, de algo que coronase las aspiraciones de to-
dos, algo que las fijara y satisficiera para siempre.
Tenía la intensa sensación de haberlo presenciado todo con anteriori-
dad. Al igual que un niño, comenzó a preguntarse cuándo podía haber ocu-
rrido, y así estuvo hasta que recordó que una vez había soñado con el Jui-
cio Final, el día en que la Humanidad toda se congregase a los pies de Je-
sucristo... Jesucristo! ¡Ah! Qué minúscula se le antojaba en esos momentos
su figura, qué remota. Real, desde luego, pero insignificante para él en
esos momentos, completamente desgajada de aquella vida tumultuosa.
Alzó la vista hacia el campanario. Sí, allí había un pedazo de la Vera Cruz,
¿no? Un pedacito de la madera sobre la cual había muerto un pobre hom-
bre, con mansedumbre, veinte siglos atrás... Qué lejos quedaba de todo.
No llegó a comprender qué le estaba ocurriendo. «Jesús mío, no seas
conmigo un Juez, sino un Salvador», musitó para sus adentros, sujeto a la
columna de granito, y momentos después supo qué fútil era su plegaria.
Desapareció como un soplo en la vasta, vivida atmósfera que poblaba el
ser humano. Había dicho misa aquella misma mañana, con sus vestimentas
blancas. Sí, había creído en todo ello a la desesperada, pero con toda hon-
radez, y ahora, en cambio...
Contemplar el futuro era tan inútil como entretenerse en sondear el
pasado. No había futuro, no había pasado. Era todo un instante eterno, pre-
sente, definitivo...
Prescindió del empeño y volvió a verlo todo con sus propios ojos, de
vuelta a la realidad corporal.
Asomaba en el cielo el claror del alba, un abrillantamiento suave y
constante, que en toda su majestad parecía poca cosa por comparación con
la brillante luz que inundaba las calles. «No necesitamos el sol —susurró,
y sonrió de lástima—, ni el sol ni la luz de una candela. Tenemos luz en la
tierra. La luz que alumbrará a todos los hombres.»
El campanario se le aparecía más lejano que nunca en el fantasmagó-
rico resplandor del alba, más y más desvalido a cada momento que pasaba
por comparación con la belleza rutilante de las calles.
Aguzó entonces el oído para captar todos los sonidos, y le pareció
como si en algún lugar, muy a lo lejos, por Oriente, comenzara algo silen-
cioso. Sacudió la cabeza en un gesto de impaciencia; un hombre, a sus es-
paldas, comenzó a decir algo a gran velocidad, de una manera harto confu-
97
sa. ¿Por qué no se callaría, por qué no dejaría que se oyese el silencio? El
hombre calló entonces, y en lontananza estalló una especie de rugido, tan
suave como el movimiento de las olas en verano. Pasó en su dirección por
la derecha, ensordeciéndole en un instante. Ya no existía una sola voz in-
dividual: era la respiración del gigante que acababa de nacer, y que lloraba.
No acertó a saber qué era lo que decía, aunque supo con toda certeza que
no podía estar callado. Sus venas y sus nervios parecían embriagados de
vino, encendidos, y a medida que contemplaba la calle en toda su exten-
sión, oyendo el inmenso llanto que se alejaba de él, que se desplazaba
hacia el palacio, supo por qué había llorado, por qué había clamado, por
qué callaba ahora.
Un objeto esbelto, con forma de pez, blanco como la leche y fantas-
mal como una sombra, y tan bello como el alma, apareció a medio kilóme-
tro de distancia según avanzaba hacia él, flotando al parecer sobre la mis-
ma oleada de silencio que había generado a cierta altura sobre la ciudad,
por la calle alargada, en curva, con las alas extendidas a menos de seis me-
tros por encima de la muchedumbre. Se oyó un suspiro descomunal y vol-
vió a reinar el silencio.
Cuando Percy recuperó el dominio de sí mismo, ya que su voluntad
era capaz de esforzarse y trabajar solamente a empellones, aquel objeto ex-
traño y blanco estaba mucho más cerca. Se dijo que había visto en centena-
res de ocasiones aquella misma clase de objeto; en ese mismo instante su-
po que era distinto de todos los demás.
Se acercaba, flotaba lentamente, como una gaviota que planeara so-
bre el mar. Acertó a ver el morro esbelto, el parapeto bajo, la cabeza in-
móvil del piloto. Acertó a oír incluso el suave rotar de la hélice, y fue en-
tonces cuando vio aquello que estaba esperando.
Colocada sobre el centro del aparato había una silla también envuelta
en tela blanca, con alguna insignia visible en el respaldo. En la silla se veía
la figura de un hombre sentado, inmóvil y solitaria. No hizo ninguna señal
según se aproximaba. Su traje oscuro destacaba sobre la blancura del fon-
do. Iba con la cabeza bien alta, y la volvía con dulzura a uno y otro lado.
Se acercó todavía más en medio de una profunda calma. Volvió la
cabeza y por un instante fue visible del todo su rostro, iluminado por una
luz radiante y suave.
Era una cara pálida, de rasgos muy marcados, como la de un joven,
con cejas negras y arqueadas, los labios finos, el cabello blanco.
98
Volvió la cara una vez más, el piloto hizo un gesto y la bella forma
del aparato, ligeramente escorado, dobló la esquina y avanzó hacia el pala-
cio.
Se oyó en algún lugar un grito histérico, angustiado, y de nuevo es-
talló el tempestuoso gemido de millares de voces con redoblada intensi-
dad.
99
LIBRO II
LA CONFRONTACIÓN
100
Capítulo I
101
«Fue una elección excelente que el señor OLIVER BRAND oficiara
como el primero de los oradores. Con el brazo todavía en cabestrillo, el
atractivo de su planta y la pasión de sus palabras dieron con gran acierto la
nota explícita de la velada. En otra columna de este periódico se encuentra
un resumen de su discurso. Por su parte, el PRIMER MINISTRO, el señor
SNOWFORD, el MINISTRO DEL ALMIRANTAZGO, EL SECRETA-
RIO DE ASUNTOS ORIENTALES, así como LORD PEMBERTON,
pronunciaron breves parlamentos para corroborar la extraordinaria noticia.
A las veintitrés menos cuarto, el ruido del griterío en el exterior anunció la
llegada de los delegados americanos procedentes de París, que ascendieron
uno a uno a la tarima por la puerta sur del coro. Cada uno habló cuando le
correspondió el turno. Es imposible apreciar con justicia las palabras que
se dijeron en un momento de tanta trascendencia, pero tal vez no sea baladí
mencionar al señor MARKHAM, el orador que por encima de todos los
demás supo apelar a quienes tuvieron el privilegio de oírle en vivo y en di-
recto. Fue también él quien nos dijo explícitamente lo que los demás tan
sólo habían mencionado de pasada, en el sentido de que el éxito de los es-
fuerzos americanos se debía íntegramente al señor JULIAN FELSEN-
BURGH. Por el momento, el señor FELSENBURGH no había llegado,
pero en respuesta al rugir de las preguntas el señor MARKHAM anunció
que el caballero en cuestión no tardaría más que unos minutos en estar pre-
sente. Procedió a describirnos entonces, en la medida de lo posible y en
unas cuantas frases, los métodos por los cuales el señor FELSENBURGH
había logrado culminar lo que probablemente sea la tarea más asombrosa
en la historia de la Humanidad. A juzgar por lo que dijo, el señor FEL-
SENBURGH (cuya biografía, en la medida en que la conocemos, queda
reproducida en otra columna) probablemente sea el más grande orador que
jamás se haya visto, y empleamos estas palabras con todo convencimiento.
Todas las lenguas las domina por igual; no dejó de pronunciar discursos a
lo largo de los ocho meses que se dilató la Convención de Oriente, en no
menos de una quincena de lenguas distintas. De su manera de hablar
haremos enseguida algunos comentarios. También ha demostrado, al decir
del señor MARKHAM, un conocimiento asombroso no sólo de la natura-
leza humana, sino también de todos los rasgos bajo los cuales se manifies-
ta esa cualidad tan divina. Parecía conocedor de la historia, los prejuicios,
los temores, las esperanzas, las expectativas de todas las innumerables sec-
tas y castas de Oriente a las que por obligación tuvo que dirigir la palabra.
De hecho, y según el señor MARKHAM, es probablemente el primer pro-
ducto perfecto de esa nueva creación cosmopolita hacia la cual ha tendido
102
el mundo entero a lo largo de su historia. En no menos de nueve localida-
des —Damasco, Irkutsk, Constantinopla, Calcuta, Benarés y Nanking en-
tre ellas— se le saludó como al Mesías por parte de una multitud mahome-
tana. Por último, en América, que es donde ha surgido esta figura extraor-
dinaria, todos hablan bien de él. No se le tiene por culpable de ninguno de
los delitos —nadie le echa en cara un solo pecado— propios de la prensa
amarilla, la corrupción, el abuso comercial o político, que han hecho del
continente hermano lo que es a día de hoy. El señor FELSENBURGH ni
siquiera ha formado un partido político. Es él, sin la ayuda de ningún sub-
alterno, quien ha conquistado el mundo. Quienes estuvieran presentes en el
Templo de Pablo en esta señalada ocasión sin duda nos entenderán cuando
digamos que el efecto de estas palabras fue indescriptible.
«Cuando el señor MARKHAM tomó asiento, se hizo un silencio se-
pulcral. Con objeto de acallar la creciente excitación de los presentes, el
organista atacó los primeros compases del himno masónico. Se entonó la
letra, y no sólo resonó en el interior del edificio, sino también en los alre-
dedores, de modo que la ciudad de Londres se tornó por unos minutos todo
un templo del Señor.
«Así llegamos, en efecto, a la parte más complicada de nuestro come-
tido. Es mejor confesar de antemano que todo lo que se asemeje a la des-
criptividad del estilo periodístico ha de quedar a un lado. Las cosas más
grandes se cuentan mejor con las palabras más simples.
«Hacia el final de la cuarta estrofa, una figura con un sencillo traje
oscuro ascendió las escaleras de la tarima. Por un instante no atrajo la
atención de nadie, aunque al comprobarse que un repentino movimiento se
producía entre los delegados, el cántico comenzó a titubear, y cesó por
completo en el momento en que la figura, tras una leve inclinación a dere-
cha e izquierda, recorrió los últimos pasos que la separaban del estrado. Se
produjo entonces un curioso incidente. El organista al principio no pareció
reparar en lo ocurrido y siguió tocando, pero estalló entre el gentío un
acorde como un gemido dolorido, y en ese momento dejó de tocar. Ahora
bien, no se oyeron los vítores de costumbre. Se adueñó de la multitud un
profundo silencio; mediante algún extraño magnetismo, el silencio se co-
municó a quienes se hallaban fuera del edificio, y cuando el señor FEL-
SENBURGH pronunció sus primeras palabras, lo hizo en una quietud tal
que parecía un ser vivo. Dejamos la explicación de este fenómeno a los
expertos en Psicología.
103
»De todo cuanto dijo no tenemos nada que decir. Por lo que alcanza-
mos a saber, ningún periodista tomó notas en el acto. El discurso, en espe-
ranto, fue muy sencillo y muy breve. Constó de un breve anuncio sobre la
gran realidad de la Fraternidad Universal, una felicitación a todos los que
estuvieran vivos para testimoniar esta consumación de la Historia y, al fi-
nal, la recomendación de orar al Espíritu del Mundo, cuya encarnación ya
era una realidad.
»Hasta ahí, lo que podemos afirmar. En cambio, nada podemos decir
acerca de la impresión que causó su personalidad allí de pie. En apariencia,
el hombre parece tener unos treinta y tres años. Va bien afeitado, muy er-
guido, con el cabello blanco y los ojos oscuros. Permaneció inmóvil, con
ambas manos sobre la barandilla; hizo un solo gesto que indujo una espe-
cie de sollozo en el gentío y habló con lentitud, con claridad, con distin-
ción y voz alta. Luego, permaneció a la espera.
«No hubo más respuesta que un suspiro que resonó en los oídos in-
cluso de la última persona que lo oyera cual si el mundo entero acabara de
tomar aliento por primera vez. Acto seguido volvió a reinar ese extraño
silencio, tan conmovedor. Eran muchos los que lloraban en silencio, miles
de personas movían los labios sin emitir ni una sílaba, todos los rostros es-
taban vueltos hacia esa figura de tan gran sencillez, como si en ella se con-
centrasen las esperanzas de todas las almas. Del mismo modo, si hemos de
creer lo que se cuenta, hace muchos siglos se concentraron las miradas de
tantos en quien hoy conoce la Historia con el nombre de JESÚS DE NA-
ZARET.
»E1 señor FELSENBURGH permaneció de ese modo durante unos
momentos, y entonces bajó las escaleras, atravesó la nave y desapareció.
»De lo que tuvo lugar en el exterior hemos recibido la siguiente rela-
ción por parte de un testigo ocular. El volador blanco, bien conocido por
parte de quienes se hallaran en Londres en esa noche, había permanecido
estático en el exterior, cerca de la puerta sur del pasillo del coro, posado a
unos seis metros del suelo. Poco a poco se hizo saber a la multitud, en esos
contados minutos, quién era el que había llegado a bordo del aparato, y
con la reaparición del señor FELSENBURGH resonó el mismo gemido
extraordinario a lo largo del cementerio de Pablo, seguido por el mismo
silencio. Descendió el volador; su ocupante ascendió y el aparato recuperó
una altitud de unos seis metros sobre el suelo. Se creyó en un principio que
se iba a hacer algún discurso, pero no pareció al final necesario; tras una
pausa de unos momentos, el volador reanudó su magnífico desfile, que
104
Londres nunca olvidará. A lo largo de la noche, el señor FELSENBURGH
circunvoló cuatro veces la metrópolis, aunque sin decir palabra, y en todas
ellas le precedió el misino gemido, si bien a su paso se hizo siempre el si-
lencio más absoluto. Dos horas después del amanecer, el aparato blanco
ascendió sobre Hampstead y desapareció con rumbo norte; desde entonces
no se ha vuelto a ver a la persona a la que, con arreglo a la verdad, llama-
mos el Salvador del Mundo.
«¿Qué es lo que nos queda por decir?
«Todo comentario de nada serviría. Baste señalar, en una frase breve,
que ha comenzado una nueva era, a la cual profetas y reyes, y los que su-
fren, los moribundos, todos los que se esfuerzan, y los que sobrellevan pe-
sadas cargas, han aspirado siempre en vano. No sólo ha dejado de existir
toda rivalidad intercontinental, sino que también han cesado las disensio-
nes internas. De quien ha sido heraldo y ha inaugurado esta era, nada te-
nemos que decir. Sólo el tiempo nos habrá de decir qué es lo que le resta
por hacer.
»No obstante, lo que ya se ha cumplido es lo que sigue. El peligro de
Oriente ha quedado ya por siempre disipado. Ahora se sobreentiende, tanto
entre los fanáticos y los bárbaros como entre las naciones civilizadas, que
ha concluido el reinado de la guerra. «No la paz, sino una espada», dijo
Cristo, y amarga ha sido la verdad de esas palabras. «No una espada, sino
la paz» es la réplica, por fin expresada con toda claridad, de aquellos que
han renunciado del todo a las exigencias de Cristo, y de aquellos que nun-
ca las habíamos aceptado. El principio del amor y de la unión, aprendido a
trancas y barrancas en Occidente a lo largo de todo el pasado siglo, por fin
viene a ser asumido también en Oriente. No habrá más apelación a las ar-
mas, sino a la justicia; se acabaron los gritos que claman por un Dios que
se esconde, y ahora arrecian los gritos que claman por un hombre que ya
es sabedor de su propia divinidad. Lo sobrenatural ha muerto definitiva-
mente; más bien sabemos por fin que nunca estuvo vivo. Lo que queda por
hacer es la puesta en práctica de esta nueva lección: poner todos nuestros
actos, trabajos y pensamientos al servicio del amor y la justicia. Esa será,
sin duda, tarea de muchos años. Es preciso subvertir todos los códigos, es
necesario que se unan unos partidos con otros; hace falta derribar todas las
barreras, aunar un país con otro, aglutinar a los continentes. Se acabaron el
miedo al miedo, el pavor al más allá, la parálisis de las luchas. El hombre
ha gemido y se ha quejado tiempo más que suficiente en los dolores del
parto. Su sangre se ha vertido como si fuera agua en sus propios desatinos,
105
pero a la larga ha entendido el hombre quién es, y por fin se encuentra en
paz.
»Que al fin se vea que Inglaterra no se halla detrás de las demás na-
ciones en este magno trabajo de reforma. Que no haya aislamiento nacio-
nal, orgullo de raza, embriaguez de la riqueza que la obliga a no poner las
manos en esta tarea descomunal. La responsabilidad es incalculable, pero
la victoria es segura. Vayamos con paso pausado, humillados en el saber
de nuestros delitos en el pasado, confiados en la esperanza de los logros
que nos aguardan en el futuro; vayamos hacia esa recompensa que por fin
ya queda a la vista, la recompensa que durante tanto tiempo nos ha oculta-
do el egoísmo de los hombres, el oscurantismo de la religión, la lucha de
las lenguas; vayamos hacia la recompensa que nos promete quien no sabía
qué dijo, quien negó lo que afirmaba: benditos sean los mansos de corazón
y los hacedores de la paz, los misericordiosos, porque ellos heredarán la
tierra, serán los hijos de Dios y hallarán misericordia.»
Oliver, pálido de emoción, con su esposa ahora arrodillada a su lado,
volvió la página y aún leyó otro breve párrafo, concebido como noticia de
última hora.
«Se sabe a ciencia cierta que el Gobierno está en contacto con el se-
ñor Felsenburgh.»
II
106
Se volvió a levantar, evidentemente intranquila. Atravesó la estancia
y se arrodilló de nuevo junto a su marido, tomando su mano entre las su-
yas.
—Cariño —dijo—, te aseguro que no es un sueño. Es realidad, por
fin es realidad. Yo también estuve presente, ¿recuerdas? Tú me esperaste
cuando todo hubo terminado. Y cuando él salió, los dos lo vimos juntos, tú
y yo. Los dos le escuchamos, tú desde el estrado, yo desde la galería. Lo
vimos pasar por la avenida de la orilla del río cuando estábamos entre la
muchedumbre. Y luego llegamos a casa, te recuerdo, y nos encontramos
con el sacerdote.
Se le había transfigurado el rostro mientras hablaba. Era como una
persona que hubiera tenido una visión divina. Hablaba con voz muy sose-
gada, en voz baja, sin apasionarse, sin asomo de histeria. Oliver la observó
durante unos momentos. Luego se inclinó y la besó con suavidad.
—Sí, cariño, todo esto es verdad. Pero ardo en deseos de oírlo una y
mil veces. Vuelve a contarme qué es lo que viste.
—Vi al Hijo del Hombre —dijo ella—. Te aseguro que no hay otra
manera de decirlo. Es el Salvador del Mundo, ya lo dice el periódico. Lo
reconocí en lo más profundo de mi corazón nada más verle, igual que nos
sucedió a todos, en cuanto se puso en pie y se sujetó a la barandilla antes
de pronunciar palabra. Tenía como un halo de gloria en torno a la cabeza.
Ahora lo comprendo todo. Era él a quien tanto tiempo hemos esperado, y
ha llegado, trayéndonos la paz y la buena voluntad en sus propias manos.
Cuando habló, lo volví a saber con toda certeza. Su voz era... era como el
sonido del mar, así de sencillo, así de afable, así de poderoso. ¿O es que no
te diste cuenta?
Oliver inclinó la cabeza.
—Yo confiaría en él durante el resto de mis días —siguió diciendo la
muchacha con gran suavidad—. No sé en dónde está, no puedo saber
cuándo volverá ni sé tampoco qué hará. Supongo que es mucho lo que tie-
ne por hacer, antes al menos de que se le conozca en toda su plenitud. Le-
yes, reformas... Y de eso te ocuparás tú, querido. Y todos los demás
habremos de esperar, y amarnos, y estar contentos.
Oliver volvió a levantar la cara y la miró.
—Mabel, cariño...
107
—¡Oh! Ayer mismo lo supe con toda certeza—dijo—, pero en reali-
dad no supe que lo sabía hasta que hoy desperté y recordé todo lo vivido.
He soñado con él durante toda la noche... Oliver, ¿dónde estará ahora?
El negó con un gesto.
—En efecto, sé dónde se encuentra —comentó—, pero estoy obliga-
do por juramento a no decir ni palabra.
Ella asintió y se puso en pie.
—Claro. No debería habértelo preguntado. En fin, nos contentaremos
con esperar.
Se hizo el silencio durante unos momentos. Fue Oliver quien lo rom-
pió.
—Cariño, ¿a qué te refieres cuando dices que todavía tendrá que dar-
se a conocer?
—Pues eso es exactamente lo que quiero decir —repuso—. Todo el
mundo solamente sabe qué es lo que ha hecho, pero nadie sabe aún quién
es ni qué es, aunque eso también llegará a su debido tiempo, seguro que sí.
—Entre tanto...
—Entre tanto, tú tienes mucho que hacer. Lo demás llegará cuando
tenga que llegar. ¡Ay, Oliver! ¡Tienes que ser muy fuerte, tienes que ser
muy leal!
Lo besó rápidamente y salió sin decir nada más.
Oliver siguió sentado sin moverse, mirando, como tenía por costum-
bre, a través del amplio ventanal. El día anterior, a esa misma hora, salía
de París siendo ya sabedor de los hechos, pues los delegados habían llega-
do una hora antes, aunque sin conocer todavía al hombre extraordinario.
Ahora ya lo conocía; mejor dicho, ahora ya lo había visto, y estaba encan-
tado con su personalidad. No era todavía capaz de explicarse nada más de
lo que se podía explicar el resto de la gente, con la posible excepción de
Mabel. Todos los demás se encontraban igual que él: abrumados, desbor-
dados, aunque al mismo tiempo estaban reconfortados en lo más profundo
de sus almas. Todos se hallaban presentes —Snowford, Cartwright, Pem-
berton y los demás— en las escalinatas del Templo de Pablo, todos ellos
siguiendo a aquella extraña figura. Todos tenían la firme intención de decir
algo, pero se quedaron sin palabras en cuanto vieron aquel océano de caras
blancas, en cuanto oyeron el gemido y el silencio subsiguiente, y en cuanto
experimentaron esa irreprimible oleada de magnetismo que crecía como
108
algo físico y palpable en el momento en que el volador levantó el vuelo e
inició su indescriptible trayecto.
Una vez más volvió Oliver a ver a Felsenburgh, cuando se encontraba
junto a Mabel en el puente del barco eléctrico que los llevaba hacia el Sur.
La blanca nave aérea había pasado por encima de ellos, con lisura y con
firmeza, por encima de las cabezas de la muchedumbre, y en ella viajaba
aquel que, en caso de que alguien tuviera derecho a ostentar el título, era
sin lugar a dudas el Salvador del Mundo. Fue entonces cuando regresaron
a casa y se encontraron con el sacerdote.
También ese encuentro le supuso un sobresalto, pues a primera vista
tuvo la sensación de que ese sacerdote era el mismísimo hombre a quien
había visto subir al estrado tan sólo dos horas antes. Obviamente, Mabel
no había reparado en el parecido, pues sólo vio a Felsenburgh desde una
gran distancia; él mismo no tardó en quedarse tranquilo. En cuanto a su
madre... era más que terrible; de no haber sido por Mabel, la noche ante-
rior se habría llegado a la violencia. ¡Qué reposada, qué razonable estuvo,
y con qué tacto supo actuar! Por lo demás, en lo tocante a su madre, por el
momento no le quedaba más remedio que dejar las cosas como estaban. A
medio plazo quizá fuera posible hacer algo. ¡El futuro! Eso era lo que lo
tenía obsesionado, el futuro, y el poderío de absorción irresistible que po-
seía la personalidad bajo cuyo dominio cayó rendido la noche anterior.
Todo lo demás ahora le parecía insignificante, incluida la deserción de su
madre, y también su estado de postración. Todo palidecía y perdía color
ante aquel nuevo amanecer de un sol desconocido. Y en el transcurso de
una hora aumentaría su saber, no en vano estaba convocado en Westmins-
ter a una reunión plenaria de la Cámara. Era preciso formular las propues-
tas que harían a Felsenburgh; estaba en el aire la intención de ofrecerle un
cargo de gran importancia.
Era, desde luego, como había dicho Mabel: ése era ahora su cometido
y el de sus colegas, llevar a efecto el nuevo principio que sin previo aviso
se había encarnado en aquel joven americano de cabellos blancos, el prin-
cipio de la Fraternidad Universal. El trabajo pendiente de realizar era sen-
cillamente ingente. Todas las relaciones internacionales habrían de ser ob-
jeto de reajustes: el comercio, la política, los métodos de gobierno... Todo
exigía una remodelación radical. Europa ya gozaba de una organización
interna sobre la base de la protección mutua, pero esa base acababa de des-
aparecer como por ensalmo. Se había terminado la necesidad de protec-
ción, porque ya no existía ninguna amenaza. También era enorme el traba-
109
jo que aguardaba al Gobierno en otras direcciones. Era preciso redactar
con urgencia un Libro Blanco, un informe exhaustivo de las negociaciones
sostenidas con Oriente, junto con el texto del tratado de paz y cooperación
que se les había presentado en forma de borrador en París, con la firma del
emperador de Oriente, de los reyes feudales, de la República de Turquía,
contrafirmado a su vez por los plenipotenciarios americanos.... Por último,
también la política interior exigía una drástica reforma: la fricción propia
de la antigua pugna entre el centro y los extremos tenía que cesar de una
vez por todas, pues era preciso que existiera un partido único y que estu-
viera además a plena disposición del Profeta... Iba en aumento su perpleji-
dad a medida que contemplaba las nuevas perspectivas, a medida que veía
con mayor claridad cómo había cambiado el mundo entero, cómo la fun-
dación misma de la vida occidental necesitaba un reajuste en profundidad.
Era una revolución, sin duda; un cataclismo más sensacional incluso de lo
que habría sido la invasión, pero en realidad se trataba de la conversión de
las tinieblas en luz, del caos en orden.
Respiró hondo y siguió sumido en sus meditaciones.
Llegó Mabel media hora después, cuando él almorzaba temprano an-
tes de marchar a Whitehall.
—Tu madre está más sosegada —le dijo—. Hemos de tener mucha
paciencia, Oliver. ¿Has decidido ya si darás tu permiso para que el sacer-
dote venga de nuevo a visitarla?
Sacudió la cabeza.
—Soy incapaz de pensar en nada más —dijo— que en lo que me
compete ahora. Es preferible que lo decidas tú, querida. En tus manos lo
dejo.
Ella asintió.
—Hablaré con ella de inmediato. Creo que ahora es capaz de enten-
der muy poco de lo ocurrido. ¿A qué hora crees que estarás de vuelta en
casa?
—Esta noche probablemente no vendré. Estaremos reunidos toda la
noche.
—Claro, querido. ¿Qué quieres que le diga al señor Phillips?
—Yo le telefonearé por la mañana... Mabel, ¿recuerdas lo que te dije
acerca del sacerdote?
—¿A propósito de su parecido con el otro?
110
—Sí. ¿Tú qué piensas?
Ella sonrió.
—Pues no me parece nada llamativo. ¿Por qué no iban a parecerse?
El tomó un higo de la fuente y se lo comió de un bocado. Se puso en
pie.
—A mí sí me parece muy curioso —apuntó—. En fin, buenas noches.
III
112
mar al sacerdote. Era ridículo, era absurdo. Ella se sentía inundada por una
paz extraordinaria. La propia muerte había dejado de parecerle algo terri-
ble, ya que... ¿no había quedado la muerte engullida por la victoria? Con-
trastó el individualismo egoísta del cristiano, que sollozaba y se acobarda-
ba ante la muerte, o que en el mejor de los casos consideraba la muerte el
umbral de su propia vida eterna, con el libérrimo altruismo del nuevo cre-
yente, que se limitaba a pedir que el hombre viviera y creciera, que el
Espíritu del Mundo triunfara y se revelara, al tiempo que, en condición de
mera unidad, se contentaba con hundirse de nuevo en esa reserva inmensa
de energía de la cual extraía la vida misma. En esos momentos habría esta-
do dispuesta a soportar cualquier cosa, y habría afrontado la muerte con
ánimo sereno. Contemplaba a la anciana del piso de arriba con auténtica
compasión. ¿No era lastimoso que la proximidad de la muerte no bastara
para hacerla entrar en la realidad de las cosas?
Se sentía la joven embriagada del espíritu de las nuevas ideas. Era
como si un espeso velo de conocimiento se hubiera corrido por sí solo para
mostrar por fin un paisaje dulcísimo, eterno, una tierra de paz sin sombras,
en donde el león se tendía pacíficamente con el cordero, y el leopardo con
el cabrito. Ya no habría más guerras: el espectro de la sangre había muerto
para siempre, y con él había desaparecido el germen del mal que vivía a su
sombra: la superstición, el conflicto, el terror, la irrealidad. Los ídolos es-
taban aplastados, las ratas había echado a correr despavoridas. Había caído
Jehová; el soñador enloquecido de Galilea estaba ya en su tumba; había
terminado el reinado de los sacerdotes. En su lugar surgía una figura mis-
teriosa, tranquila, de enorme poder indómito, de ternura infinita... El, a
quien ella había visto con sus propios ojos, era el Hijo del Hombre, el Sal-
vador del Mundo, tal como ella misma lo acababa de llamar. Quien tales
títulos ostentaba había dejado de ser una figura monstruosa, a medias Dios
y a medias hombre, que reclamaba ambas naturalezas y no poseía ninguna:
uno a quien tentaba la ausencia de tentación, uno que conquistaba sin
mérito, como dijeron sus partidarios. En cambio, allí estaba otro a quien
ella podía seguir con entera tranquilidad, un dios sin duda, un hombre
también: dios por ser humano, y humano por ser divino.
No dijo más a lo largo de la noche. Echó un vistazo a la habitación de
la enferma y vio dormir a la anciana. Tenía la mano envejecida sobre el
cobertor, y entre sus dedos asomaba aquella absurda ristra de cuentas. Ma-
bel atravesó con cuidado la habitación en penumbra y trató de arrebatárse-
la, pero los dedos arrugados y nudosos aferraron con fuerza las cuentas y
un murmullo asomó a sus labios entreabiertos. Qué lástima le inspiraba.
113
Qué penuria, se dijo la muchacha, que un alma volara hacia tales tinieblas
sin fondo, reacia en cambio a realizar ese gesto de generosidad suprema,
esa rendición necesaria para entregar la vida cuando la vida misma se la
exigía.
Luego se marchó a su dormitorio.
Los relojes daban las tres, y la luz grisácea del alba iluminaba las pa-
redes, cuando despertó y se encontró a su lado a la mujer que había velado
a la enferma durante la noche.
—Señora —le dijo—, venga ahora mismo; la señora Brand está mu-
riéndose.
IV
114
—Sí, sí —dijo—. Dejémosla en paz. No se lo quitaría yo por nada del
mundo. ¿O acaso no era su juguete preferido?
La muchacha lo miró sin disimular su asombro.
—También nosotros podemos ser generosos —dijo—. Por fin tene-
mos el mundo entero. Y ella... ella no ha perdido nada. Era demasiado tar-
de.
—Hice todo lo que pude.
—Sí, cariño, e hiciste bien. Pero era demasiado anciana. Era imposi-
ble que entendiera.
Salió un momento.
—¿Y hubo eutanasia? —añadió cariñosamente en voz baja.
Ella asintió.
—Sí —dijo—, en cuanto comenzó la agonía final. Se resistió, pero yo
sabía que ése era tu deseo.
Hablaron durante una hora, paseando por el jardín, antes de que Oli-
ver acudiera a su despacho. En seguida le contó todo lo que había ocurri-
do.
—Lo ha rechazado —dijo—. Le ofrecimos la creación de un puesto
especial para él. Iba a nombrársele consultor del Gobierno, pero lo ha re-
chazado. Todavía no hace ni dos horas. No, no puedo decirte de ninguna
manera dónde se encuentra. Pronto regresará a América, o al menos ésa es
nuestra impresión, pero no por eso nos ha de dejar. Hemos esbozado un
programa que se le ha de enviar ahora. Lo hemos aprobado por unanimi-
dad, sí.
—¿Y ese programa?
—Se refiere a las relaciones internacionales, a las Leyes de Pobres y
de Comercio. De momento no te puedo decir nada más. Fue él en persona
quien sugirió los puntos más relevantes. Lo malo es que todavía no esta-
mos seguros de entenderlo plenamente.
—Pero querido...
—Sí, es algo sencillamente extraordinario. Yo nunca he visto una co-
sa así. Prácticamente no medió una sola discusión.
—¿La gente entiende algo?
—Yo así lo creo. Tendremos que estar precavidos en contra de una
reacción. Dicen que los católicos seguramente corren peligro. Esta mañana
había un artículo en el Era. Nos enviaron antes las pruebas para recabar
115
nuestra sanción. Lo que sugiere, a grandes rasgos, es que se tomen las me-
didas pertinentes para proteger a los católicos.
Mabel sonrió.
—No deja de ser una extraña ironía —dijo—. Pero a fin de cuentas
tienen derecho a existir. Otra cuestión muy distinta es que tengan derecho
a participar en el Gobierno. Eso nos lo habremos de plantear en el plazo de
dos semanas.
—Háblame más de él.
—En realidad, no hay nada nuevo. No sabemos nada, salvo que él es
la fuerza suprema del mundo. Francia se agita en un estado de ebullición.
Le ha ofrecido la dictadura, que también ha rehusado. Alemania le ha
hecho la misma propuesta que nosotros. Italia ha hecho lo mismo que
Francia, le propone nombrarlo tribuno perpetuo. América aún no ha hecho
nada. En España reina la división.
—¿Y Oriente?
—El emperador le ha hecho constar su agradecimiento, pero nada
más.
Mabel respiró hondo y se quedó mirando la neblina producida por el
calor de la mañana, que envolvía la ciudad. Eran cuestiones de tanta mag-
nitud que no era capaz de asimilarlas en su totalidad. Para su imaginación,
Europa era como una colmena en plena actividad, un enjambre de abejas
bulliciosas que revolotearan bajo el sol. Imaginó la azulada extensión de
Francia, las ciudades de Alemania, los Alpes, los Pirineos, las tierras de
España calcinadas por el sol, y en todas partes imaginó a todas las perso-
nas pendientes de una misma cuestión, es decir, de captar en toda su pleni-
tud a esa figura pasmosa que se había alzado sobre el mundo entero. Ingla-
terra, en su sobriedad, también ardía en el fuego do esa misma aspiración.
Todos y cada uno de los países estaban deseosos de que ese hombre, y na-
die más, los gobernase. Y él había dado su negativa a todos ellos.
—¡Los ha rechazado a todos! —repitió asombrada.
—Sí. a todos. Creemos que es posible que espere a saber algo de
América. Todavía ostenta un cargo público, claro está.
—¿Cuántos años tiene?
—No tendrá más de treinta y dos o treinta y tres. Sólo ha estado unos
meses en el cargo. Antes, vivía en Vermont. Presentó su candidatura al
Senado, pronunció un discurso o dos, fue nombrado delegado, aunque al
116
parecer nadie se ha dado cuenta del gran poder que tiene. Lo demás ya lo
sabes tan bien como yo.
Y sacudió la cabeza con un gesto meditabundo.
—No sabemos nada —dijo—. ¡Nada de nada! ¿Dónde ha aprendido,
por ejemplo, todas las lenguas que domina?
—Se supone que ha viajado a lo largo de muchos años. Pero nadie
sabe nada con certeza. El no ha dicho nada.
Se volvió rápidamente hacia su marido.
—¿Y que significa todo esto? ¿En qué consiste su poder? Dímelo
Oliver.
El le sonrió volviendo la cabeza a un lado.
—Bueno, Markham dijo que radicaba en su total carencia de corrup-
ciones y en sus dotes oratorias, pero eso no explica nada.
—No, no explica nada —dijo la muchacha.
—No es más que una cuestión de personalidad —siguió diciendo
Oliver—. Al menos ésa es la manera de etiquetarlo. Pero no pasa de ser
una etiqueta, ojo.
—Sí, una simple etiqueta. Pero no hay otra manera de decirlo. Todos
lo sentimos con toda claridad en el Templo de Pablo, y después en las ca-
lles. ¿Tú no lo experimentaste?
—¡Experimentarlo! —exclamó con los ojos relucientes—. ¡Yo estar-
ía dispuesto a dar la vida por él!
Volvieron entonces a la casa, y hasta alcanzar la puerta ninguno de
los dos dijo una sola palabra acerca de la difunta.
—La están amortajando —dijo Mabel con voz queda—. Voy a dar
algunas órdenes.
El asintió con gravedad.
—Es mejor que sea esta misma tarde —dijo—. Me queda una hora
libre a las catorce. ¡Ah, por cierto! Mabel, ¿tú sabes quién transmitió el
mensaje al sacerdote?
—Creo que sí.
—Sí, fue Phillips. Lo vi ayer por la noche. No volverá por aquí.
—¿Lo confesó?
—De una manera prácticamente ofensiva. Cínica.
117
Pero el rostro de Oliver se suavizó al hacer un gesto a su esposa, al
pie de la escalera, mientras se decidía a ver por última vez a su madre.
118
Capítulo II
II
124
sede de las oficinas del «Papa Rojo», y las embajadas pasaron a ser enor-
mes seminarios. El propio Vaticano, con la excepción de la planta supe-
rior, se destinó al alojamiento del Sacro Colegio Cardenalicio, los altos
dignatarios que rodeaban al Sumo Pontífice como los planetas al sol.
Era una ciudad extraordinaria al decir de los arqueólogos, el único
ejemplo todavía vivo de los viejos tiempos. Allí se podían presenciar las
incomodidades de antaño, los horrores de la falta de salubridad, la encar-
nación de un mundo entregado a los ensueños. También volvía a estar en
boga la antigua pompa y boato de la Iglesia. Los cardenales volvían a des-
plazarse en coches sobredorados; el Papa recorría la ciudad a lomos de una
mula blanca; el Santísimo Sacramento recorría las calles malolientes
acompañado con el repicar de las campanas y la luz de los faroles. Una vi-
vida descripción de todo ello había sido de gran interés para el mundo civi-
lizado, pero sólo por espacio de cuarenta y ocho horas. Aquella abrumado-
ra regresión al pasado aún se empleaba de vez en cuando como texto para
urdir violentas denuncias por parte de los que tenían una peor educación.
Las personas bien educadas habían dejado de hacer nada al respecto, salvo
pensar que la superstición y el progreso eran enemigos irreconciliables.
Con todo y con eso, y a pesar de lo que había entrevisto a su paso por
las calles, al venir de la estación de voladores que se hallaba fuera de la
Puerta del Pueblo, esto es, a pesar de los atuendos de los campesinos a la
antigua usanza. de las carretas de vino pintadas de azul y rojo, de las alcan-
tarillas obturadas por los despojos de las coles, de las ropas húmedas que
aleteaban en los tendederos, de los caballos y las mulas. Percy había halla-
do un extraño alivio en toda su contemplación. Todo aquello había pareci-
do servir para recordarle que el hombre era humano en lo más hondo, y no
divino, como el resto del mundo parecía empecinado en proclamar, y por
tanto era descuidado, era individualista, y precisamente por ser humano
tenía un indudable interés en asuntos distintos de los relacionados con la
velocidad, la limpieza y la precisión.
La estancia en la que se encontraba, sentado junto a las ventanas pro-
tegidas por persianas, pues el sol ya daba un calor notable, parecía regresar
todavía más a los tiempos de ciento cincuenta años antes. Habían desapa-
recido los antiguos tapices adamasquinados y los adornos sobredorados
que suponía encontrar, y la ausencia de todo ello reforzaba la impresión de
una gran severidad. Había una ancha mesa de madera de pino que recorría
todo el largo de la sala, con sillas de madera, de respaldo recto, enfrentadas
a ella. El suelo era de azulejo rojo, salpicado de esterillas donde reposar
125
los pies. Las paredes, de una tonalidad blancuzca algo descolorida. sólo
tenían por adorno un par de cuadros viejos. Un gran crucifijo flanqueado
por sendos cirios presidía un altarcillo junto a la puerta más lejana. No
había más muebles que ésos, con la excepción de un escritorio entre ambas
ventanas, sobre el cual se hallaba una máquina de escribir. Viéndola, se
alteró su sentido de la propiedad, cosa que no dejó de extrañarle.
Terminó la última gota de café que le quedaba en la taza de bordes
gruesos y se arrellanó en el sillón que ocupaba.
Sentía ya un mayor alivio en su corazón al tiempo que le asombraba
la rapidez con que se produjo el cambio. Allí, la vida parecía más sencilla:
el mundo interior poseía peso específico; ni siquiera era objeto de debate.
Su presencia era imperiosa y objetiva, y si bien centelleaban a los ojos del
alma, las figuras de antaño habían terminado por quedar envueltas por las
prisas de las circunstancias mundanas. La sombra misma de Dios parecía
descansar allí mismo. Había dejado de ser imposible caer en la cuenta de
que los santos vigilaban e intercedían, de que María ocupaba su trono, de
que el disco blanco en el altar era Jesucristo mismo. Percy aún no estaba
del todo en paz, pues solamente llevaba una hora en Roma. El aire, carga-
do no en demasía de gracia plena, poco más podía hacer por su espíritu.
Pero lo cierto es que se sentía más en calma, menos desesperado y ansioso,
más como un chiquillo, más contento de descansar sobre una autoridad que
se afirmaba sin explicación, y que afirmaba que el mundo, en realidad, es
taba hecho como estaba hecho, y no de otra manera: quedaba demostrado
por pruebas tanto internas como externas. Sin embargo, había hecho uso
de aquellos artilugios que en el fondo detestaba. Había salido de Londres
doce horas antes, y ahora se encontraba sentado en un lugar que era un re-
manso de vida estancada en el pasado, o bien la corriente misma de la vi-
da. Aún no podía estar seguro.
Oyó pasos fuera. Se giró el picaporte. Hizo acto de presencia el Car-
denal Protector. Percy no lo había visto desde cuatro años antes. Por un
momento, apenas lo reconoció.
Era un hombre de avanzada edad el que vino a recibirle, encorvado,
frágil, la cara llena de arrugas, coronada por un cabello muy fino, muy
blanco, y un solideo de un intenso tono escarlata. Vestía el hábito negro de
los benedictinos, con una sencilla cruz abacial sobre el pecho, y caminaba
con vacilación, ayudándose de un bastón negro. La única señal de vigor se
encontraba en el brillo de los ojos estrechos, hendidos, tras unos párpados
entrecerrados. Sonriente, le tendió la mano, y Percy se acordó a tiempo de
126
que estaba en el Vaticano, por lo cual se inclinó y rozó con los labios la
amatista del anillo.
—Bienvenido a Roma, padre —dijo el anciano, hablando con inespe-
rada rotundidad—. Me dijeron que ha llegado hace media hora. Me pare-
ció oportuno dejar que se aseara y tomara un café.
Percy murmuró algo.
—Sí, está usted cansado, sin duda —dijo el Cardenal, y arrimó una
silla.
—Le aseguro que no, Eminencia. He dormido espléndidamente.
El Cardenal le indicó el asiento con un gesto.
—Pero debo hablar un momento con usted. El Santo Padre desea ver-
le a las once en punto.
Percy se sobresaltó un poco.
—En estos tiempos que corren hemos de proceder con rapidez, pa-
dre... No hay tiempo que perder ¿Entiende usted que por el momento habrá
de permanecer en Roma?
—He tomado todas las disposiciones necesarias, Eminencia.
—Eso está muy bien... Nos reconforta tenerle con nosotros, padre
Franklin. El Santo Padre se ha llevado una honda impresión a partir de sus
comentarios. Ha sabido usted prever el curso de los acontecimientos de
una manera notable.
Percy se sonrojó de placer. Ese fue, sin duda, el primer indicio de
aprobación que había recibido. El cardenal Martin siguió hablando.
—Me permitirá decirle que se le considera nuestro corresponsal más
valioso, desde luego en Inglaterra, Por eso se le ha convocado. Su cometi-
do es ayudarnos en el futuro; será usted una especie de consultor, una per-
sona capaz de relacionar los hechos unos con otros, de entenderlos e inter-
pretarlos. Parece usted muy joven, padre. ¿Qué edad tiene?
—Tengo treinta y tres años. Eminencia.
—Las canas le dan otro aire. Bien, padre; ¿quiere usted acompañarme
a mi despacho? Son las ocho en punto. Estaré con usted sólo hasta las nue-
ve. Entonces podrá descansar un poco, y a las once lo acompañaré a ver a
Su Santidad.
Percy se puso en pie con una extraña sensación de alborozo, y corrió
a abrirle la puerta al Cardenal
127
III
128
Cuando llamó por segunda vez a la puerta del Cardenal, éste salió y
lo tomó del brazo sin decir palabra. Juntos, acudieron a la entrada del as-
censor.
Percy se aventuró a hacer un comentario cuando subían, sin hacer un
solo ruido, hacia los aposentos papales.
—Me sorprende el ascensor. Eminencia, y la máquina de escribir que
vi en la sala de audiencias.
—¿Por qué, padre?
—Pues porque parece que, salvo en esos detalles, Roma haya hecho
una regresión al pasado.
El Cardenal lo miró con aire de desconcierto.
—¿De veras? Supongo que sí, ahora que lo dice. Pero nunca lo había
pensado.
Un soldado de la Guardia Suiza abrió la puerta del ascensor, los sa-
ludó marcialmente y avanzó por delante de ellos, recorriendo el sencillo
corredor de losas en dirección a un compañero suyo. Saludó de nuevo y
regresó. Un chambelán pontificio, vestido sombríamente de negro y púrpu-
ra, con gorguera a la española, se asomó desde la estancia y se dio prisa en
franquearles la entrada. Parecía de veras inconcebible que siguieran exis-
tiendo cosas así.
—Un momento, Eminencia —dijo en latín—. ¿Querrá Su Eminencia
esperar aquí?
Era una sala pequeña y cuadrada, con media docena de puertas, abier-
ta a las claras en uno de los grandes salones de antaño, pues los lechos eran
de una altura inmensa, y la cornisa sobredorada desaparecía directamente
en dos sitios, fundiéndose a las altas y blancas paredes. Los tabiques parec-
ían delgados, pues cuando ambos hombres tomaron asiento, oyeron un
murmullo de voces tenues, pero audibles, así como los pasos en el corre-
dor, y el eterno tableteo de una máquina de escribir, del cual Percy confia-
ba haber huido. Estaban solos en la estancia, amueblada con la misma
simplicidad que la del Cardenal, dando una curiosa impresión en la que se
mezclaban la pobreza ascética y la dignidad suntuosa, las losas rojas del
suelo, las paredes blancas, el altar, los dos candelabros de bronce macizo,
de pie, que descollaban en el estrado y no disimulaban su valor incalcula-
ble. También allí estaban cerradas las persianas. Nada distrajo a Percy de
la emoción que se centuplicaba en esos momentos tanto en su corazón co-
mo en su cerebro.
129
Estaba a punto de ver al Papa Angelicus, al asombroso anciano que
fue nombrado secretario de Estado cincuenta años antes, cuando sólo tenía
treinta, y Papa nueve años antes. Era él quien había llevado a cabo la ex-
traordinaria política de ceder las iglesias de toda Italia al Gobierno, a cam-
bio del señorío temporal de la ciudad de Roma. Era él quien a partir de
aquel momento se propuso convertirla en una ciudad poblada por los san-
tos. Al parecer, poco o nada le importó qué pudiera opinar el mundo al
respecto. Su política, en la medida en que pudiera considerarse como tal,
consistía en el fondo en algo sumamente sencillo: encíclica tras encíclica
había proclamado que el objeto de la Iglesia no era otro que glorificar a
Dios mediante la siembra y el cultivo do las virtudes sobrenaturales en los
hombres, y que nada en absoluto tenía la menor importancia, ni el menor
significado, en comparación con ese objeto supremo. Había sostenido in-
cluso que, siendo Pedro la Roca, la ciudad de Pedro era la capital del mun-
do, y por eso debiera dar ejemplo de su fidelidad, cosa que no sería posible
a menos que el propio Pedro gobernase en la ciudad, y en razón de esa idea
sacrificó todas las iglesias, todos los edificios eclesiásticos del país, con tal
de alcanzar esa finalidad. Entonces ejerció con mano firme el gobierno de
la ciudad. Había dicho que, en conjunto, los descubrimientos e invenciones
más recientes de los hombres manifestaban una clara tendencia a desviar a
las almas inmortales de la contemplación de las verdades eternas, dando a
entender no que tales descubrimientos e invenciones fueran perniciosas en
sí mismas, ya que a fin de cuentas permitían captar mejor las leyes maravi-
llosas de Dios, pero sí que en la actualidad eran demasiado excitantes para
la imaginación de los hombres. Por eso suprimió los tranvías, los volado-
res, los laboratorios, las fábricas, diciendo que había espacio de sobra para
todo ello fuera de Roma, y permitió de hecho que prosperasen en los alre-
dedores de la ciudad. En su lugar, construyó santuarios, casas de religión,
capillas y calvarios. Y se esforzó por atender aún mejor las almas de sus
súbditos. Como Roma tenía una extensión más bien limitada, y más aún
por ser el mundo fuente de corrupción si no se le aplicaba la sal adecuada.
no permitió que ningún hombre menor de cincuenta años viviera dentro de
las murallas durante más de un mes al año, con la excepción de quienes
recibieran su permiso especial. Podían residir, cómo no, inmediatamente
extramuros (y eran decenas de miles quienes de ese modo vivían), pero era
preciso que comprendieran que de ese modo pecaban contra el espíritu, si
bien no contra la letra, de los deseos del Padre. Dividió entonces la ciudad
en barrios por naciones, diciendo que como cada nación posee sus propias
virtudes, cada una debía hacer que su luz iluminase sus pasos en el lugar
130
adjudicado. Los alquileres se dispararon casi en el acto, de modo que
aprobó una legislación para impedirlo, reservando en cada uno de los ba-
rrios un determinado número de calles cuyas casas se alquilaban a un pre-
cio fijo, y promulgó la excomunión en el acto para quienes vulnerasen esta
norma. El resto se dejó en manos de los millonarios. Conservó la Ciudad
Leonina a su entera disposición. Luego restableció la pena capital, con tan-
ta serenidad y tanta gravedad como la que le granjeó la irrisión del mundo
civilizado en muchos otros asuntos, afirmando que si bien la vida de los
seres humanos era sagrada, la virtud de los seres humanos era aún mucho
más sagrada, y al delito del homicidio añadió los del adulterio, la idolatría
y la apostasía, haciéndolos merecedores del máximo castigo al menos en
teoría. No obstante, no llegaron a efectuarse más que dos ejecuciones en
los ocho años de su pontificado, ya que los criminales, con la excepción de
los creyentes más devotos, inmediatamente se alejaron a los alrededores,
donde ya no se encontraban bajo su jurisdicción.
Peto no se limitó a eso. Envió una vez más embajadores a todos los
países del mundo, e informó a cada uno de los Gobiernos de su llegada. No
se prestó ninguna atención a esto, más allá de la mera irrisión, a pesar de lo
cual él siguió impertérrito, reclamando sus derechos, a la vez que recurría
a sus legatarios de cara a la importante obra de difundir sus planteamien-
tos. Aparecían periódicamente encíclicas en todas las ciudades, con las
cuales quiso sentar los principios de las aspiraciones papales con tanto
aplomo como si en todas partes fueran de hecho reconocidos. La franc-
masonería fue constante objeto de sus denuncias, al tiempo que puso en
solfa las ideas democráticas de todo tipo. Apremió a los hombres para que
tuvieran presente su alma inmortal y la Majestad de Dios, y para que re-
flexionaran sobre el hecho de que en cuestión de pocos años todos ellos
serían convocados para dar cuenta de sus actos ante el Creador Supremo y
Gobernador del Mundo, cuyo Vicario en la tierra era Juan PP. XXIV, cuyo
nombre y sello se adjuntaban a cada comunicado.
Fue una línea de actuación que tomó al mundo entero por sorpresa.
La gente contó con que se dieran muestras de histeria, discusiones, y las
exhortaciones más apasionadas, y se supuso que proliferarían los emisarios
disfrazados, las tramas, las protestas. No hubo nada de eso. Fue como si el
proceso aún no hubiera comenzado, como si no estuvieran inventados aún
los voladores, como si el mundo entero no hubiera dejado de creer en Dios
y no hubiera descubierto que el mundo mismo era Dios. El anciano, algo
abotargado, hablaba en sueños, balbuceaba cosas sobre la Cruz, sobre la
vida interior y el perdón de los pecados, exactamente igual que sus prede-
131
cesores, dos mil años antes. Era un nuevo síntoma de que Roma había per-
dido no sólo su poder, sino también el sentido común. Empezaba a ser
hora de hacer algo al respecto.
Y ése era el hombre, pensó Percy, el Papa Angelicus, al que iba a ver
en cuestión de minutos.
El Cardenal puso la mano sobre la rodilla del sacerdote en el momen-
to en que se abrió la puerta y apareció un prelado que los saludó con una
reverencia.
—Sólo una cosa más —le dijo—. Compórtese con una absoluta fran-
queza.
Percy se puso en pie con un estremecimiento. Acto seguido siguió al
Cardenal hacia la puerta correspondiente.
IV
132
con ambas manos aferraba los brazos repujados del sillón. Era su aparien-
cia de una dignidad grande y estudiada. Sin embargo, fue la cara lo que
más le llamó la atención, aunque hubo de bajar la mirada tres o cuatro ve-
ces, cuando los ojos azules del Papa se clavaron en él. Eran unos ojos ex-
traordinarios, que le vinieron a recordar lo que decían los historiadores so-
bre Pío X. Los párpados trazaban unas líneas rectas que le daban el aire de
un halcón, aunque el resto del rostro parecía en abierta contradicción con
ellos. Carecía de aristas. No era un rostro grueso, ni delgado, sino bella-
mente modelado, con un óvalo perfecto. Los labios eran finos, y tenían un
deje de pasión en las comisuras; la nariz era aquilina y elegante, rematada
en unas ventanas nasales finamente esculpidas. El mentón era firme, hen-
dido, y toda su cabeza denotaba una extraña juventud. Era un rostro de una
gran generosidad, de gran dulzura, a caballo entre el desafío y la humildad,
aunque eclesiástico en todas sus dimensiones. Tenía la frente ligeramente
comprimida en las sienes; bajo el blanco solideo asomaban las canas. Fue
objeto de risas y burlas en los teatros, nueve años antes, cuando se pro-
yectó sobre una pantalla un rostro hecho con la superposición de los rasgos
de varios sacerdotes afamados, junto a la imagen del Papa recién nombra-
do, pues uno y otro eran casi indistinguibles.
Percy hizo a su pesar un esfuerzo por resumir la impresión, pero no
se le ocurrió otra cosa que la palabra «sacerdote». Eso era todo, y punto.
¡Ecce sacerdos magnus! Le dejó pasmado la juventud de aquella cara, no
en vano pronto cumpliría el Papa ochenta y ocho años. Sin embargo, tenía
el porte erguido, los hombros rectos, la cabeza igual que la de un atleta, y
sus arrugas eran a duras penas perceptibles a la media luz. ¡Papa Angeli-
cus!, dijo Percy para sus adentros.
El Cardenal puso punió final a sus explicaciones e hizo un gesto. Per-
cy tensó todas sus facultades y se dispuso a responder a las preguntas que,
como bien sabía, iban a formularle.
—Le doy la bienvenida, hijo mío —dijo con una voz suavísima y re-
sonante.
Percy hizo una inclinación de cabeza.
El Papa entrecerró de nuevo los ojos, tomó un pisapapeles con la
mamo izquierda y estuvo jugando con él, dándole vueltas, mientras charla-
ba.
—Hijo mío, es momento de que nos haga un breve discurso, le pro-
pongo tres encabezamientos: qué ha sucedido, qué está sucediendo, qué
sucederá. Y un somero apunte sobre lo que debería suceder.
133
Percy respiró hondo, se recostó en el respaldo, cruzó los dedos de
ambas manos y miró con firmeza la cruz que adornaba el zapato rojo que
tenía enfrente. Y comenzó. Ese discurso lo había ensayado al menos un
centenar de veces.
Primero sentó la proposición siguiente: que todas las fuerzas del
mundo civilizado iban concentrándose en dos bandos enfrentados, a saber,
el mundo y Dios. Hasta el momento presente, las fuerzas del mundo hab-
ían sido más bien incoherentes y espasmódicas, rompiéndose de maneras
diversas: las revoluciones y las guerras habían respondido a los movimien-
tos de una muchedumbre indisciplinada, incapacitada, descomedida. Para
hacer frente a ello, también la Iglesia había actuado poniendo en juego su
catolicidad, optando más por la dispersión que por la concentración: se
opusieron unos francotiradores a otros francotiradores, pero a lo largo del
último siglo hubo no pocos indicios de que la metodología de esa guerra
iba a cambiar. Europa, en cualquier caso, se había cansado de las luchas
intestinas. Las uniones de los sindicatos primero, después del capital, y por
fin de los sindicatos con el capital, eran buena ilustración de este hecho en
la esfera de la economía; la participación pacífica de Africa era un buen
equivalente en la esfera de la política, y la difusión de la religión humani-
taria era su contrapartida en la esfera de lo espiritual. En contra de ello era
preciso colocar la cada vez mayor centralización de la Iglesia. Gracias a la
sabiduría de sus pontífices, legislados por Dios Todopoderoso, se habían
trazado unas líneas cada año más exhaustivas. Pero, por ejemplo, la aboli-
ción de las costumbres locales, incluidas las que durante tantos años hab-
ían sido esenciales en Oriente; asimismo, la creación de los protectorados
cardenalicios en Roma, la fusión obligatoria de todos los frailes en una so-
la orden, si bien conservando sus apelativos, bajo la autoridad de un gene-
ral supremo. Por otra parte, todos los monjes, con la excepción de cartujos,
carmelitas y trapenses, pasaron a formar parte de otra orden, mientras, las
tres excepciones formaban una tercera. Del mismo modo, se había optado
por la clasificación de las monjas de acuerdo con ese mismo plan. Por aña-
didura, comentó algunos de los decretos más recientes, en los que se esta-
blecía la firme decisión del Vaticano sobre la infalibilidad, la nueva ver-
sión de la Ley Canónica, la inmensa simplificación que había tenido lugar
en el gobierno eclesiástico, la jerarquía, las rúbricas y los asuntos de los
países misioneros, con los nuevos y extraordinarios privilegios otorgados a
los sacerdotes de las misiones. Llegado a ese punto notó que había remiti-
do toda posible cohibición, y comenzó, mediante gestos comedidos, levan-
134
tando el tono de voz, a perorar sobre el sentido de los acontecimientos de
los últimos meses.
Todo lo ocurrido hasta ahora, dijo, apuntaba a lo que ahora había
ocurrido en realidad, esto es, la reconciliación del mundo sobre una base
distinta de la Verdad Divina. Era intención declarada de Dios y de Sus Vi-
carios reconciliar a todos los hombres en Cristo Jesús, pero esa piedra an-
gular de todo el edificio había vuelto a ser rechazada, y en vez del caos que
los piadosos habían profetizado entró en juego una unidad tal como jamás
se había visto a lo largo de la Historia universal. Esta realidad era tanto
más perjudicial debido al hecho de que contenía no pocos elementos real-
mente positivos. La guerra, al parecer, era una posibilidad radicalmente
excluida, pero no por efecto del cristianismo. La unión se consideraba infi-
nitamente mejor que la desunión y la discordia, y esa era una lección que
el mundo había aprendido al margen de la Iglesia. A decir verdad, las vir-
tudes naturales del hombre habían alcanzado de pronto un apogeo sin pre-
cedentes, mientras que las virtudes sobrenaturales eran objeto de total des-
precio. La amistad había ocupado el lugar de la caridad, la satisfacción el
lugar de la esperanza, el saber el sitio de la fe.
Percy calló unos instantes, consciente de que estaba predicando una
especie de sermón.
—Sí, hijo mío —dijo la voz amable—. ¿Y qué más?
¿Qué más? Bien —siguió diciendo Percy—, movimientos de tal índo-
le no pueden menos de producir hombres, y el hombre de los últimos cam-
bios, de todo ese movimiento, era Julián Felsenburgh. Había forjado una
obra que, al margen de Dios, parecía un verdadero milagro. Había destrui-
do la división eterna entre Oriente v Occidente, procedente como era del
único continente en el que sería posible hallar tales poderes. Se había im-
puesto mediante la mera fuerza de su personalidad sobre los dos tiranos
supremos del fanatismo religioso y del gobierno partidista. Su influencia
sobre los ingleses, de ordinario tan impasibles, era otro milagro, si bien
había prendido asimismo la yesca en Francia, Alemania y España. Percy
describió en este punto una o dos de las escenas que presenció, comentan-
do que había sido como ver a un dios, y citó libremente algunos de los títu-
los que habían otorgado a ese hombre algunos de los periódicos más so-
brios y menos propensos al histerismo. A Felsenburgh se le llamaba el
Hijo del Hombre, por ser un cosmopolita de pura raza; el Salvador del
Mundo, porque había acabado con la guerra y había sobrevivido al empe-
ño; se le llamaba incluso, y aquí a Percy le tembló la voz, Dios Encantado,
135
por ser el más perfecto representante del elemento divino que reside en el
hombre.
El apacible, sereno rostro sacerdotal que lo contemplaba no hizo una
mueca siquiera, no se movió apenas. Siguió su perorata.
La persecución, dijo, era más o menos inminente. Ya se habían pro-
ducido algunos altercados. Pero la persecución no debiera ser motivo de
temores. Sin duda causaría bastantes apostasías, como siempre había sido,
aunque fueran deplorablemente atribuibles a los apóstatas individuales.
Por otra parte, esa situación renovaría la fuerza do los fieles, y serviría de
purga para eliminar de la Iglesia a los menos convencidos. En tiempos
muy lejanos, el ataque de Satán se produjo por el flanco corporal, con láti-
gos, fuego, bestias; en siglo XVI se produjo por el lado intelectual; en el
siglo XX por los resortes de la vida moral y espiritual. En esos momentos
daba en cambio la impresión de que el ataque llegaba por los tres planos al
mismo tiempo. Sin embargo, lo que sí debía ser, sin duda, motivo de te-
mor, era la influencia positiva del humanitarismo: sobrevenía, como el re-
ino de Dios, revestido de un gran poder; aplastaba a los imaginativos, a los
románticos; asumía, más que afirmar, su propia verdad incontestable; api-
sonaba y sofocaba, no hería, y ganaba terreno con el estímulo del acero o
de la polémica. Parecía abrirse paso de una manera casi objetiva en el
mundo interior. Personas que apenas conocían su nombre ya profesaban
sus dogmas; los sacerdotes lo habían absorbido, igual que absorbían a Dios
en la Comunión. Reseñó los nombres de algunos apóstalas recientes. Los
niños bebían su jugo como si fuera el cristianismo mismo. El alma «de na-
turaleza cristiana» parecía estar convirtiéndose en «el alma de naturaleza
infiel». La persecución, clamó el sacerdote, había de ser recibida como si
fuera la salvación, y era conveniente rezar para que se produjera, y era pre-
ciso asimilarla, si bien tenía miedo de que las autoridades fueran demasia-
do astutas, y supieran deslindar el antídoto del veneno. Podrían darse algu-
nos martirios de individuos —de hecho, los habría, no iban a ser pocos—,
pero se darían a pesar del Gobierno laico, no por su culpa. Por último, con-
taba con que el humanitarismo llegara a revestirse con la vestimenta de la
liturgia y el sacrificio, y una vez hecho esto la causa de la Iglesia, si no
mediase una intervención de Dios, habría concluido para siempre.
Percy se recostó en el respaldo. Estaba temblando.
—Sí, hijo mío. ¿Y qué piensa usted que hemos de hacer?
Percy abrió ambas manos.
136
—Santo Padre... La misa, la oración, el rosario. Esto por encima de
todo. El mundo insiste en negarles sus poderes, y es en esos poderes en
donde los cristianos han de hacer todo hincapié. Restaurar todas las cosas
en Jesucristo, en primer y último lugar. Ninguna otra medida servirá de
nada. Es él quien ha de hacerlo, ya que nosotros no podemos.
La blanca cabeza se inclinó y se irguió de nuevo con gran efecto.
—Sí, hijo mío... Pero mientras Jesucristo se digne a contemplarnos,
es preciso que seamos útiles en sus manos. Él es el Profeta y el Rey, amén
de Sacerdote. También nosotros hemos de ser el profeta y el rey. amén de
ser sacerdotes. ¿Qué hay de la profecía, qué hay de la realeza?
La voz traspasó a Percy como si fuera un clarín.
—Sí, Santidad... En cuanto a la profecía, prediquemos la caridad; en
cuanto a la realeza, reinemos sobre las cruces. Hemos de amar y padecer...
—exhaló un suspiro rayano en un sollozo—. Su Santidad siempre ha pre-
dicado la caridad. Que la caridad, así pues, se traduzca en buenas obras.
Destaquemos en las buenas obras; comprometámonos con honestidad en el
comercio, en la vida de familia con castidad, en el gobierno con derechura.
En cuanto a los padecimientos... ¡Ay, Santidad!
Su viejo plan, que tanto le ilusionaba, volvió a aparecérsele, y se le
antojó tan convincente como imperioso.
—Adelante, hijo mío; hable con toda claridad.
—Santidad... es una idea tan antigua como la propia Roma. Todos la
hemos acariciado: se trata de una nueva orden. Santidad, una nueva orden
—balbució.
La mano blanca del Pontífice dejó el pisapapeles. El Papa se inclinó
hacia adelante, mirando con gran intensidad al sacerdote.
—Diga, hijo mío.
Percy se hincó de rodillas.
—Una nueva orden, Santidad Sin hábitos, sin insignias. Sujeta a Su
Santidad tan sólo. Con más libertad que los jesuitas, con más pobreza que
los franciscanos, con más mortificación que los cartujos: hombres y muje-
res por igual, sometidos a los tres votos y con la firme intención del marti-
rio; el Panteón para su Iglesia; que cada obispo sea responsable de su
sostén en su diócesis. Un lugarteniente en cada país... Santidad, bien sé
que es un pensamiento desquiciado, la idea de un loco... Y Cristo Crucifi-
cado por santo patrón de la orden.
137
El Papa se levantó bruscamente, tanto que el cardenal Martin también
se puso en pie casi de un salto, presa de aprensiones, de temores inconcre-
tos. Le pareció que ese joven se había excedido en sus atribuciones.
Entonces, el Papa volvió a sentarse y extendió la mano.
—Dios le bendiga, hijo mío. Tiene permiso para marcharse. ¿Querrá
Su Eminencia quedarse unos minutos?
138
Capítulo III
141
alto ascendía una ancha alfombra escarlata, custodiada por sendas hileras
de soldados.
Percy se apoyó contra la persiana y comenzó a meditar. Allí estaba
cuanto quedaba de la realeza. Había visto sus palacios con anterioridad,
sitos en los diversos barrios de la ciudad, con sus estandartes al viento y
los lacayos de libreas rojas en las escaleras de entrada. Se había despojado
del sombrero un millar de veces al pasar a su lado paseando por el Foro.
Había visto las flores de lis de Francia y los leopardos de Inglaterra pasar
juntos en solemne desfile por la colina del Pincio. Había leído de vez en
cuando en los periódicos, a lo largo de los últimos cinco años, que una fa-
milia real tras otra habían ido acudiendo a Roma, tras serle otorgado el re-
conocimiento al Estado pontificio. El Cardenal le había dicho, la noche an-
terior, que Guillermo de Inglaterra, con su consorte, había aterrizado en
Ostia por la mañana, con lo cual estaba completa la representación de to-
das las potencias. Sin embargo, nunca había caído en la cuenta del abru-
mador y tremendo hecho de la congregación de la realeza del mundo ente-
ro a la sombra del Trono de Pedro, ni del peligro inmenso que esa presen-
cia constituía en medio de un mundo democrático.
Ese mundo, él bien lo sabía, fingía reírse de la estupidez, de la pueri-
lidad propia de toda monarquía, de la desesperación implícita en la repre-
sentación o comedia incluso de un Derecho Divino por parte de las fami-
lias caídas en desgracia y ya despreciadas de todos, pero ese mismo mun-
do, bien lo sabía él, aún no había perdido todo su afecto, y si ese afecto se
volviese en resentimiento...
Aflojó un poco la presión que la aglomeración causaba. Percy salió
del rincón en que se hallaba y se sumió en la procesión que avanzaba len-
tamente.
Media hora después se encontraba en su lugar, entre las autoridades
eclesiásticas, a medida que la procesión papal salía a través de la penum-
bra rutilante de la capilla del Santísimo Sacramento hacia la nave de la
enorme iglesia, pero antes incluso de entrar en la capilla oyó el rugir del
reconocimiento y el clamor de las trompetas que saludaban al Sumo Pontí-
fice cuando éste salía, cien menos por delante, portado en la sedia gestato-
ria, con los grandes abanicos tradicionales detrás de él. Cuando por fin sa-
lió Percy, cinco minutos después, envuelto por su amplio capisayo, y vio
lo que le esperaba, recordó con un repentino palpitar aquel otro espectácu-
lo que había presenciado en Londres, en un amanecer de verano, tres me-
ses antes...
142
A lo lejos, como si se abriese camino entre las cabezas apiñadas del
gentío, como la proa de un barco de la Antigüedad, una carabela incluso,
se desplazaba el dosel bajo el cual iba sentado el Señor del Mundo, y entre
él y el sacerdote, como si fuera la estela de ese mismo barco, procedía el
cortejo majestuoso: protonotarios apostólicos, generales de las órdenes re-
ligiosas, etcétera, formando una avenida de blanco, oro, escarlata y plata
entre las riberas vivas que la flanqueaban por ambos lados. Encima pendía
la espléndida bóveda de la basílica, y a lo lejos se vislumbraba el cobijo
del divino altar encaramado sobre sus enormes columnas, bajo las cuales
ardían siete estrellas que eran como los faroles del puerto de la santidad.
Era una visión pasmosa, aunque tan vasta y tan desconcertante que nada se
podía hacer; no en vano oprimía a cualquier espectador y le inculcaba la
conciencia de su propia futilidad. El grandioso recinto, las estatuas gigan-
tescas, los techos apenas visibles, de tan lejanos; el indescriptible concierto
de los sonidos, el movimiento de los pasos, el murmullo de las diez mil
voces, la música del órgano con zumbido de innumerables moscardones, la
fina música celestial, el tenue y sugerente olor a incienso, a cuerpos huma-
nos, y el aroma de las ramas de mirto y laurel, aunque por encima de todo
reinase el vibrante ambiente de la emoción humana, cargada de aspiración
a lo sobrenatural, en tanto Esperanza del Mundo, el virrey de la Divinidad
atravesó el pasillo de camino a su lugar entre Dios y los hombres, todo lo
cual afectó a los sacerdotes como si fuera una droga que a un tiempo
adormece y estimula, que ciega y otorga una nueva capacidad de visión,
que ensordece a la vez que abre los oídos, que exalta si bien se precipita en
nuevos abismos de la conciencia. Así las cosas, allí quedaba formulada de
pronto otra respuesta al problema de la vida. Las dos ciudades de San
Agustín estaban ante él para que él escogiera. La que pertenecía al mundo
originado en sí mismo, organizado por sí mismo, autosuficiente, interpre-
tado por hombres como Marx y Hervé, socialistas, materialistas y hedonis-
tas. se resumía al fin y a la postre en Felsenburgh. La otra se desplegaba en
el panorama que tenía ante sus propios ojos, y le hablaba de un Creador y
de una Creación, de una intención divina, de una redención, de un mundo
transcendente y eterno, del cual emanaba todo y hacia el cual tendía todo.
De los dos, Juan y Julián, uno era el Vicario de Dios y el otro una caricatu-
ra de Dios... Y por centésima vez el corazón del sacerdote eligió entre las
dos banderas contrarias con una sacudida de convicción indubitable.
Pero aún no había llegado el momento culminante de la festividad.
143
Cuantío Percy salió por fin de la nave central, bajo la cúpula, camino
de la tribuna situada más allá del trono papal, tomó conciencia de un nuevo
elemento.
Se había despejado un gran espacio en torno al altar y el presbiterio,
extendiéndose, por lo que alcanzaba a ver al menos por su parte, hasta el
punto en que se hallaba la entrada al transepto. En ese punto, se había re-
señado un amplio espacio que llegaba, según pudo percibir, hasta una ba-
laustrada que corría de una parte a otra, continuando las líneas de la nave.
Más allá de esa barrera se hallaba una gradería de colgaduras rojas, pobla-
da de rostros blancos e inmóviles. Se limitaba por una zona de acero bri-
llante, y en la parte superior, a un tercio de la distancia entre ella y el tran-
septo, se alzaba una serie de magníficos doseles de color escarlata, como
los baldaquinos cardenalicios, rematados todos ellos por gigantescas ar-
maduras empavonadas. sostenidas por monstruos heráldicos, terminadas
en coronas. Debajo de cada uno de los doseles había sólo uno, a lo sumo
dos personajes en espléndido aislamiento, y en los espacios intermedios se
veía un confuso talud de rostros humanos.
Se le aceleró el ritmo del corazón en presencia de aquel conjunto. Al
mirar en derredor vio, como en un espejo, la réplica que el ala izquierda
del transepto oponía a la de la derecha. Fue entonces cuando vio a los soli-
tarios supervivientes de aquella extraña compañía que, sólo medio siglo
antes, habían sido regentes en calidad de virreyes temporales de Dios con
el consentimiento de sus súbditos. Ahora nadie los reconocía; nadie salvo
El, de quien habían obtenido la soberanía; pináculos apiñados y colgados
de una cúpula, de la cual se habían retirado todos los muros. Eran hombres
y mujeres que habían sabido a ciencia cierta que el poder es algo que viene
de arriba, y que su derecho a gobernar procedía no de sus súbditos, sino
del Gobernador Supremo de todos los pastores sin rebaño, de todos los ca-
pitanes sin soldados a su mando. Era lastimoso, horriblemente lastimoso, y
sin embargo era una fuente de inspiración. Aquel acto de fe era sublime, y
a Percy se le aceleró el corazón a medida que lo iba entendiendo. Aquellos
hombres y mujeres iguales que él no se avergonzaban de apelar desde su
condición humana a Dios, de asumir las insignias que el mundo con-
sideraba meros juguetes, pero que para él eran los emblemas del compro-
miso sobrenatura. ¿No se reflejaba allí, se preguntó, alguna remota sombra
de Uno que cabalgo a lomos de un asno entre las burlas de los grandes y
los aplausos de los niños?
144
Todavía le impresionó más vivamente ver, a medida que progresaba
la misa, a los soberanos principales abandonar sus sitiales y prestar servi-
cio ante el altar, yendo y viniendo desde él a su trono, ante el cual se mos-
traban descubiertos, en actitud noble, recogida, silenciosa. El rey de Ingla-
terra, en otro tiempo Fidei Defensor, y de nuevo lo volvía a ser, desempe-
ñaba sus funciones en lugar del anciano rey de España, quien, con el em-
perador de Austria, era único entre la soberanía de Europa, si bien todos
ellos habían conservado la continuidad de la fe. El anciano yacía postrado
en su reclinatorio, murmurando las plegarias, llorando a veces, prorrum-
piendo en jaculatorias llenas de fervor, siguiendo el ejemplo del anciano
Simeón cuando gozó de la vista de su Salvador. El emperador de Austria
en dos ocasiones sirvió el Lavabo; el soberano alemán, que a la par que su
trono lo había perdido todo, menos la vida, a raíz de su conversión, acaeci-
da cuatro años antes, en virtud de un privilegio especial que al electo se le
había concedido, quitaba y ponía el cojín, a medida que su Señor se arrodi-
llaba ante el Rey y Señor de ambos. Escena por escena, de este modo se
fue representando el gran drama. El murmullo de la concurrencia se extin-
guió de pronto, y dio lugar a un silencio solemne en el que las oraciones
mandaban, y es que en aquel momento el minúsculo disco blanco se elevó
entre las blancas manos del celebrante, y el coro de voces angélicas entonó
la música que repicaba en toda la cúpula. Todos se sentían en presencia de
quien era la única esperanza de los creyentes, tan poderoso y tan humilde a
la vez como en el pesebre de Belén. Sólo Dios sería capaz de luchar por
ellos y defenderlos de sus enemigos. Ciertamente, si la sangre de los hom-
bres y el llanto de las mujeres carecieran de eficacia para sacar de su silen-
cio impasible al Supremo Juez y Observador, no debía suceder lo mismo
con la muerte incruenta de su único Hijo, que una vez en el Calvario había
entenebrecido los cielos y había hecho retemblar la tierra, y por eso inter-
cedía ahora rodeada de tan triste magnificencia sobre el islote de la fe, en
medio de un mar de burlas y de odios. ¿Podría dejar de ser así?
Percy había tomado asiento, fatigado de tan largas ceremonias, cuan-
do se abrió la puerta bruscamente y el Cardenal, todavía con su atuendo de
ceremonia, entró cerrando la puerta de inmediato.
—Padre Franklin —dijo con voz extraña, sin resuello—, se ha recibi-
do la peor de las noticias. Felsenburgh ha sido nombrado presidente de Eu-
ropa.
145
II
146
ruina, y por dónde se adivinaba, era algo que ni sabia ni le importaba. So-
lamente era sabedor de que había de producirse.
A estas alturas conocía relativamente bien su propio temperamento, y
volvió la mirada bacía su interior para estudiarse con amargura, como
podría hacer un médico que hubiera contraído una enfermedad mortal, y
que con terrible complacencia diagnosticara sus propios síntomas. Le su-
puso un alivio alejarse del monstruoso mecanismo del mundo para ver en
miniatura a un ser humano sin esperanza ninguna. Por su religión ya no
tenía temor. Sabía, con la misma certeza con que puede un hombre saber
de qué color tiene lo ojos, que estaba asegurada, que era inamovible. Du-
rante esas semanas en Roma se había despejado la corriente nublada y el
cauce era de nuevo visible. Mejor aún, la vasta construcción del dogma, la
ceremonia, la costumbre y la moral dentro de la cual se había educado, y
que había estudiado a lo largo de toda su vida (tal como podría un hombre
contemplar un cuadro que nunca deja de aturdirlo), viendo ahora un deste-
llo de luz. ahora otro, que se encendían y se apagaban en las tinieblas, po-
co a poco había reanimado su fe, que se había revelado en un asombroso
resplandor de fuego divino capaz de explicarse por sí solo. Principios in-
mensos, en su día pasmosos, e incluso repelentes, volvían a ser luminosa-
mente evidentes por sí misinos. Veía, por ejemplo, que si bien la religión
de la humanidad se esforzaba por abolir el sufrimiento, la religión divina
lo asimilaba de tal modo que los ciegos aguijonazos incluso de las bestias
formaban parte de la voluntad y del plan trazado por el Padre, o que si bien
desde un punto de vista cualquier color del vasto tejido de la vista era visi-
ble y material, o intelectual, o artístico, desde otro no muy distinto lo so-
brenatural era lo eminentemente obvio. La religión de la humanidad sólo
podía ser verdadera si al menos la mitad de la naturaleza del hombre, sus
aspiraciones y sus penas, se pudiera olvidar del todo. El cristianismo, por
otra parte, al menos los incluía y los tenía en cuenta, si bien no terminaba
de explicarlos. Esto... y aquello... y lo otro... formaban parte de una totali-
dad perfecta. Resultaba la fe católica más verdadera para él que la existen-
cia misma de su ser: era algo vivo, palpitante, real. Quizá se condenara,
pero Dios era el rey. Podría enloquecer, pero Jesucristo era la deidad en-
carnada, como había demostrado con su muerte y resurrección. Y Juan era
su Vicario en la tierra. Esas cosas eran prácticamente los huesos del Uni-
verso, hechos más allá de toda duda. Si no eran verdad, nada podía ser sino
un sueño.
¿Dificultades? Desde luego, habían sido más de diez, mil. Ni por
asomo podía entender por qué había hecho Dios el mundo tal como era, ni
147
tampoco que el Infierno pudiera ser una creación del amor; no podía aspi-
rar a entender que el pan se transubstanciaba en el cuerpo de Cristo. De to-
dos modos, así eran las cosas. Había viajado a lejanos lugares, había em-
pezado a ver, a partir del antiguo estatus de su fe, a partir del momento en
que creía que las verdades divinas se podían demostrar en términos inte-
lectuales. Había aprendido va (y no sabía cómo) que lo sobrenatural cla-
maba a lo sobrenatural; el Cristo exterior al Cristo interior. Sabía que la
pura razón de los hombres ni por asomo podía contradecir, ni menos aún
demostrar de una manera concluyente, los misterios de la fe, salvo sobre
una serie de premisas visibles únicamente para quien recibe la revelación
como un hecho consumado. Era sabedor de que es el estado moral, mucho
más que el intelectual, el que recibe las palabras del espíritu de Dios con
mayor gratitud. Aquello que había aprendido, y lo que había enseñado, era
lisa y llanamente que la fe, al tener, al igual que el hombre, un cuerpo y un
espíritu, una expresión histórica y una verdad interior, habla ora con una,
ora con la otra. El hombre cree porque ve, acepta la Encarnación o la Igle-
sia a punir de sus credenciales, pero otro hombre. al percibir que esas co-
sas son realidades espirituales, se pliega por entero al mensaje, a la autori-
dad de la que lo profesa por sí sola, así como a la manifestación que sobre
ambos se produce en el plano de la Histona, y en las tinieblas se acoge a su
brazo y se deja guiar. Mejor aún: como ha creído, ahora puede ver.
Así pues, contempló con una suerte de indolencia interesada otros
rasgos de su naturaleza.
En primer lugar, su intelecto, desconcertado de manera indescriptible,
deseoso de saber por qué, por qué, por qué, cómo era posible concebir que
Dios no interviniera, y que el Padre de todos los hombres permitiera que su
palabra de caridad fuera esgrimida en su contra. ¿Qué era lo que se pro-
ponía hacer? ¿O es que no iba jamás a quebrarse ese silencio eterno? Esta-
ba muy bien para quienes estuvieran en posesión de la fe, pero ¿y los in-
contables millones que se iban asentando en la blasfemia autosatisfecha?
¿Acaso no eran también hijos suyos, ovejas de su propio rebaño? ¿A qué
estaba destinada la Iglesia Católica, si no a convertir al mundo? ¿Por qué
había permitido el Dios Todopoderoso que menguara por un lado y, por
otro, que el mundo encontrase la paz lejos de Él?
Sopesó sus emociones, pero en ellas no encontró ni consuelo ni estí-
mulo. Ah, sí, aún tenía la oración, llevada a cabo por un frío acto de la vo-
luntad, y su conocimiento de la teología le indicaba que Dios la aceptaba
148
tal cual. Podría decir: «Adveniat regnum tuum... Fiat voluntas tua»4. Podr-
ía decirlo cinco mil veces al día, si es que Dios lo deseaba, pero no había
en ello un aguijonazo, un contacto real, una vibración verdadera en las
cuerdas que su voluntad tendía bacía el Trono de los Cielos. ¿Qué era,
pues, lo que Dios deseaba que hiciera en el mundo? ¿Bastaba con repetir
las fórmulas, con yacer en calma, con abrir los despachos, con escuchar el
teléfono, con el sufrimiento?
En cuanto al resto del mundo... era una locura que se había apoderado
de todas las naciones. Las asombrosas historias que ese día se difundieron:
por ejemplo, entre los hombres de París, que, enfebrecidos con un furor
dionisiaco, se habían desnudado en la plaza de la Concordia y se habían
apuñalado en el corazón, habían clamado en medio de aplausos atronado-
res que la vida era demasiado apasionante para poder resistirla por más
tiempo. O la mujer que la noche anterior cantó hasta enloquecer en Espa-
ña, y cayó entre risas y espumarajos en un auditorio de Sevilla. O la cruci-
fixión de los católicos, aquella misma mañana en los Pirineos, y la apostas-
ía de tres obispos en Alemania... Y otro suceso, y otro más, y otro millar
de horrores: espeluznantes, permitidos sin que Dios diera muestras de de-
cir una sola palabra.
Llamaron a la puerta, y Percy se levantó al ver que entraba el Carde-
nal.
Parecía terriblemente agotado. En sus ojos destacaba una brillantez
apagada, un indicio de la fiebre. Hizo una indicación a Percy para que to-
mara asiento, y él se sentó en el sillón, algo tembloroso, recogiendo los
pies bajo la casulla de rojos botones.
—Tiene que perdonarme, padre —dijo—. Estoy ansioso por la segu-
ridad del obispo. Tendría que haber llegado ya.
Se refería, recordó Percy, al obispo de Southwark, que había salido
de Inglaterra a primera hora de la mañana.
—¿Viene directamente aquí, Eminencia?
—Sí. tendría que haber llegado a las veintitrés. Y ya pasa de la me-
dianoche, ¡no es cierto?
Mientras hablaba, las campanas dieron la media.
Estaba todo casi en silencio. Durante el día, el aire estuvo poblado de
sonidos. Las muchedumbres se habían manifestado por los barrios de los
4
Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad.
149
alrededores, las puertas de la ciudad quedaron cerradas a cal y canto, aun-
que todo ello no fue sino mero indicio de lo que cabía esperar cuando el
mundo se diera cuenta de la nueva situación.
El Cardenal pareció recobrarse tras unos minutos de silencio.
—Parece cansado, padre —le dijo con amabilidad.
Percy sonrió.
—¿Y Su Eminencia? —dijo.
El anciano también sonrió.
—Desde luego que lo estoy, así es —dijo—No es mucho lo que a mí
me queda de vida, padre. Entonces le llegará a usted la hora del padeci-
miento.
Percy se incorporó de pronto, vivamente sobresaltado.
—Así es —dijo el Cardenal—. El Santo Padre ha tomado las disposi-
ciones. Será usted mi sucesor. No hay porqué guardarlo en secreto.
Percy exhaló un largo suspiro.
—Eminencia... —empezó a decir lastimeramente.
El otro alzó la mano muy delgada.
—Comprendo lo que me quiere decir —dijo con voz especialmente
afable—. Su deseo es morir, ¿no es cierto? Morir y quedar en paz. Son
muchos los que eso mismo desean. Pero primero hemos de pasar padeci-
mientos. Et pati et mori5. Padre Franklin, debe usted aceptar la prueba sin
vacilaciones.
Se hizo un dilatado silencio.
La noticia, de puro improvista, le resultó tan pasmosa que no transmi-
tió al sacerdote nada más que un horrible sobresaltó. Nunca se le había pa-
sado por la cabeza que un hombre como él, menor de cuarenta años, pudie-
ra ser candidato a suceder a un prelado tan sabio y tan paciente como el
anciano. En cuanto al honor, Percy a la sazón se encontraba muy por en-
cima de tales cosas. Sólo se abría ante él una única panorámica, un camino
que ascendía por la montaña, y que tendría que recorrer con un pesado far-
do sobre los hombros, tan pesado que quizá no fuera capaz de soportarlo.
A pesar de todo, reconocía que era algo inevitable. Se le anunció el
hecho» como algo necesario. Así habría de ser, no había más que decir al
respecto. Sin embargo, fue como sí un nuevo abismo se abriese a sus píes,
5
No sólo sufrir, sino también morir.
150
y quedó contemplándolo sumido en un horror enfermizo, incapaz de decir
nada.
El Cardenal rompió el silencio.
—Padre Franklin —dijo—, hoy he visto una fotografía de Felsen-
burgh. ¿Sabe usted por quién lo tomé al principio?
Percy sonrió con amargura.
—Sí, padre —siguió diciendo—. Lo tomé por usted. Dígame: ¿qué
opina de esto?
—No comprendo bien, Eminencia.
—¿Cómo que no ? —dijo el anciano, que cambió repentinamente de
tema—. Hoy se ha producido un asesinato en la ciudad. Un católico apu-
ñaló a un blasfemo.
Percy volvió a mirarlo.
—Así es —siguió diciendo—, y ni siquiera trató de huir. Está en pri-
sión.
—En tal caso...
—Será ejecutado. Mañana comienza el juicio. Es muy penoso. Es el
primer asesinato que se produce en el plazo de ocho meses.
La ironía de la situación era evidente para Percy, que permanecía sen-
tado en silencio, a la escucha de la noche que iluminaban fuera las estre-
llas. Pensaba en la pobre ciudad, fingiendo que no pasaba nada grave, em-
peñada en administrar su despreciada justicia tranquilamente, cuando allá
fuera las fuerzas decididas a ponerle fin iban uniéndose y aumentando sin
cesar. No le inspiró ninguna pasión el pensamiento del espléndido despre-
cio de las cosas materiales, del cual aquélla no era más que una pequeña
muestra, ni tampoco le dijo nada el coraje a la desesperada, ni la intrepidez
de los incautos. Se sintió como quien observa una mosca que se limpia la
caca en el cilindro de un motor, cuando el acero poderoso se desliza de
pronto y el pistón aplasta aquella vida minúscula. En un instante más todo
habría concluido, a pesar de lo cual el espectador nada puede hacer por
impedirlo. Lo sobrenatural, así pues, conservaba su vida perfecta, aunque
era inconmensurablemente enana. Fuerzas enormes se habían puesto en
movimiento, el mundo iba cobrando impulso, y en manos de Percy sólo
estaba el contemplarlo con el ceño fruncido. Sin embargo, como ya se ha
dicho, no pasaba una sola sombra en su fe. La mosca era a su entender
mucho más grande que el motor, debido a su superioridad en el orden de la
vida. Si quedara aplastada, la vida no sería la que padeciera sufrimientos
151
en definitiva. Eso lo sabía, aunque no supiera ni de lejos cómo era posible
tal cosa.
Estaban los dos inmóviles cuando alguien llamó a la puerta. Se
asomó un criado.
—Su Señoría ha llegado, Eminencia —dijo.
El Cardenal se puso en pie trabajosamente, apoyándose en la mesa.
Se detuvo como si acabara de recordar algo. Rebuscó en uno de sus bolsi-
llos.
—Vea esto, padre —dijo, y deslizó sobre la mesa un pequeño disco
de plata en dirección al sacerdote—. No, cuando me haya ido.
Percy cerró la puerta y volvió para tomar en la mano el pequeño obje-
to,
Era una moneda recién acuñada. Por una cara ostentaba la conocida
guirnalda, con la palabra «cinco» en el centro, y el equivalente en esperan-
to debajo. En la otra cara se veía el perfil de un hombre y una inscripción.
Percy la volvió y leyó:
«JULIAN FELSENBURGH
LA PREZIDANTE DE UROPO»,
III
152
Percy no tenía idea precisa sobre lo que se iba a decir. No era conce-
bible que sólo se comentaran vaguedades y generalidades, si bien ¿qué otra
cosa podría decirse, a la vista de lo muy dudosa que resultaba la situación?
Todo lo que esa mañana se sabía era que la presidencia de Europa era una
sólida realidad. La pequeña moneda plateada que había visto era testimo-
nio de ello. Se había producido además una erupción de persecuciones, re-
primida con severidad por las autoridades locales. Asimismo, Felsenburgh
iba a comenzar ese misino día una gira por las diversas capitales. Se le es-
peraba en Turín a finales de la semana. De todos los centros católicos del
mundo entero habían llegado mensajes que imploraban consejo. Se había
dicho que las apostasías iban en aumento sin cesar, que la amenaza de la
persecución estaba presente en todas partes, que incluso los obispos co-
menzaban a ceder.
En cuanto al Santo Padre, todo era un mar de dudas. Quienes estaban
al corriente no decían nada; sólo se había difundido el rumor de que era
posible que hubiera pasado la noche entera orando ante la tumba del Após-
tol.
El murmullo de la sala cedió a un leve cuchicheo y éste dio paso al
silencio. Se vio un colectivo agachar de las cabezas, en muestra de reco-
gimiento, a lo largo de los asientos; entonces se abrió la puerta contigua al
dosel, y un momento después apareció en su trono Juan, Pater Patrum.
En un primer momento, Percy no entendió nada. Se limitó a contem-
plar la polvorienta luz del sol que entraba a raudales por las ventanas, las
líneas escarlatas a derecha e izquierda, el inmenso dosel también escarlata,
la blanca figura que allí aparecía sentada. A buen seguro, los sureños en-
tendían a la perfección el poder del efectismo. Era algo tan vivido, tan im-
presióname como una exposición do la Sagrada Forma en una dorada cus-
todia de pedrería fina. Todos los pormenores eran suntuosos: la techumbre
elevada de la estancia, el color de los trajes, el brillo de los collares y las
cruces, que convergían en una totalidad de matices y adornos sobre la si-
lueta de blancura mate, en la que los fastos y el esplendor terrenales se
agotaban y eran impotentes a la hora de expresar su propio secreto. Los
tonos escarlata, púrpura y oro sentaban bien a los que se hallaban en las
gradas, y eran necesarios para resaltar su representación, aunque el supre-
mo jerarca de la corte de altos dignatarios no requería del esplendor mate-
rial en su persona. La pompa y circunstancia de la tierra moría a los pies
del Vicario de Dios. Ahora bien, ¡qué expresión tan adecuada en aquel ros-
tro oval, en aquella cabeza erguida sobre los hombros con augusta digni-
153
dad, en aquellos ojos de mirada brillante y dulce a la vez, imperando sobre
unos labios de corte fino, prontos a servir a las indicaciones del pensa-
miento con una palabra firme y poderosa! No se oía un solo ruido en la sa-
la, ni un susurro, ni una respiración. Y fuera del recinto reinaba el mismo
silencio. EI bullicio del mundo parecía suspendido durante unos momen-
tos, para permitir que lo sobrenatural expusiera con tranquilidad su defen-
sa, antes de ser condenado entre protestas clamorosas.
Percy hizo un violento esfuerzo para reprimirse. Apretó las manos y
escuchó.
—... Puesto que es así, hijos míos en Jesucristo, a nosotros nos toca
responder... No luchamos, como nos enseña el Doctor de los Gentiles, con-
tra la carne y la sangre, sino contra las potestades y poderes, contra los
gobernantes del mundo de las tinieblas, contra los espíritus de maldad en
los altos lugares. Por consiguiente, sigue diciendo, revestíos de la ar-
madura de Dios; y aún añade que la naturaleza de esta armadura es el
cinturón de la verdad, la coraza de la justicia, el calzado de la paz, el es-
cudo de la fe, el yelmo de la salud y la espada del Espíritu.
»—Por lo tanto, la palabra de Dios nos exhorta a combatir, pero no
con las armas de este mundo, de donde no es tampoco su reino, y ahora
recordad los principios de la guerra que acabamos de recomendaros y con
los que os convocamos a Nuestra Presencia.
Hizo un alto y resonó un suspiro a lo largo de los asientos. Luego
continuó en un tono algo más elevado.
—Siempre fue sabia norma de nuestros predecesores, como era su
deber, guardar silencio en determinadas circunstancias y manifestar libre-
mente en otras la palabra de Dios. De este deber no debemos apartarnos
por el conocimiento de nuestra debilidad e ignorancia, sino confiar en que
Aquel que nos ha colocado en su trono se digne hablar por nuestros labios
y servirse de nuestras palabras para mayor gloria Suya.
»—Así las cosas, en primer lugar es indispensable dar a conocer
nuestra opinión sobre el nuevo movimiento, como lo llaman los hombres,
que recientemente han puesto en marcha los gobernadores de este mundo.
»—En modo alguno desconocemos o despreciamos los beneficios de
la paz y de la unión, y menos aún echamos al olvido que la aparición de
tales cosas sobre la faz de la tierra ha sido fruto de muchos males, que
hemos condenado en su día. Esta falsa apariencia de paz es la que ha sedu-
cido a miles de infelices, llevándolos a dudar de la promesa del Príncipe de
la Paz, único y verdadero camino por el que tenemos acceso al Padre. Esa
154
paz verdadera, a la cual aspiramos con pleno conocimiento, no se refiere
sólo a las relaciones de los hombres entre sí, sino también a las que nos
unen con Nuestro Hacedor, y precisamente en este punto tan necesario es
donde se echan en falta los esfuerzos del mundo. En verdad, nada tiene de
extraño que un mundo olvidado de Dios haya olvidado a su vez esta cues-
tión esencial, Los hombres, pervertidos por predicadores de falsas doctri-
nas, han llegado a creer que la unión de las diversas naciones constituía el
mayor de los bienes de esta vida, olvidando la palabras de Nuestro Sal-
vador, quien dijo que no vino a traer la paz, sino una espada, y que el reino
de Dios padece violencia, de modo que sólo mediante muchas tribulacio-
nes podremos entrar en Su reino. Por tanto, en primer lugar, es preciso es-
tablecer la paz del hombre con Dios, y tras eso la unidad del hombre con el
hombre vendrá por sí sola. Buscad ante todo, dijo Jesucristo, el reino de
Dios, que todo lo demás os será dado por añadidura.
—Así pues, condenamos y anatematizamos una vez más las opinio-
nes de los que creen y enseñan lo contrario de lo que acabamos de expo-
ner, y renovamos una vez. más todas las condenaciones estipuladas por
Nos y por nuestros predecesores, en contra de aquellas sociedades, orga-
nizaciones y comunidades que se han formado con el fin de establecer la
unidad sobre otras bases distintas de las sentadas por Dios, y recordamos a
nuestros hijos en todo el mundo que les está prohibido ingresar en estas
corporaciones, o ayudarlas, tal como se las nombra en las condenaciones.
Percy cambió de postura, consciente de una cierta impaciencia... El
estilo era soberbio, reposado, suntuoso como un gran río, pero la materia
de la intervención le parecía un tanto banal. Volvía a darse la antigua re-
probación de la francmasonería. y se repetía con lenguaje en modo alguno
original.
—En segundo lugar —siguió diciendo con firmeza—, deseamos dar a
conocer nuestros deseos de cara al futuro, y en este punto hemos de pene-
trar en un terreno considerado peligroso.
Volvió a oírse el rumor de antes. Percy vio que más de un cardenal se
adelantaba y se llevaba la mano al oído para captar mejor las palabras. Era
evidente que se avecinaba algo de importancia.
—Son muchos los puntos que no creemos oportuno tratar en este
momento, unos por la reserva misma que impone su propia naturaleza,
otros porque exigen mayor espacio del que podríamos dedicarles. Lo que
aseveramos aquí se lo decimos a todo el mundo. Como los ataques de
155
nuestros enemigos son tanto abiertos como secretos, también han de serlo
nuestras defensas. Esa es nuestra intención.
El Papa volvió a callar y alzó, una mano mecánicamente para llevár-
sela al pecho, donde asió la cruz que sobre él pendía.
—Si bien el ejército de Cristo es uno, consta de muchas divisiones,
cada una de las cuales tiene su propia función y objeto. En tiempos pretéri-
tos, Dios ha suscitado la compañía de sus siervos para la realización de tal
o cual finalidad particular: los hijos de San Francisco para predicar la po-
breza, los de San Bernardo para laborar en la oración, y lo mismo hicieron
tantas comunidades de santas mujeres que se consagraron a este propósito.
Asimismo, la Compañía de Jesús libró no pocos combates en defensa de la
fe, y produjo siempre legiones de educadores de la juventud, de misioneros
para la conversión de los paganos junto con tantas otras órdenes religiosas
cuyos nombres son de sobra conocidos por el mundo entero. Cada una de
estas instituciones religiosas surgió en la ocasión en que su acción era más
necesaria, y cada una de ellas respondió noblemente a su vocación divina.
Gloria especial de todas ellas ha sido la renuncia a las ocupaciones, buenas
en sí, que pudieran desviarlas de su empresa, a la cual Dios las había lla-
mado, cumpliendo así las palabras de nuestro Redentor: Toda rama que
llevare fruto yo la limpiaré a fin de que pueda dar más todavía. En el mo-
mento presente Nos creemos que todas las órdenes existentes, a las que
una vez más alabamos y bendecimos, no se adaptan, por las condiciones de
sus reglas respectivas, a las exigencias y necesidades de los tiempos que
corren. Nuestra batalla no se libra contra la ignorancia, ni siquiera la de los
paganos a quienes no ha llegado aún la luz del Evangelio, ni contra aque-
llos cuyos predecesores la han rechazado. No luchamos contra las engaño-
sas riquezas del mundo, ni contra la falsedad de la ciencia. ni contra nin-
guna de las fortalezas de la infidelidad que en siglos anteriores hemos si-
tiado sin tregua. Hoy, más bien, parece haber llegado la hora de la que
hablaba el Apóstol cuando dijo que el gran día no vendrá hasta que se
haya producido una gran apostasía y se manifieste el Hombre de Pecado,
el Hijo de Perdición, que se opone y se exalta por encima de todo lo que
llamamos Dios. No es preciso, así pues, combatir contra tal o cual fuerza
en concreto, sino contra la inmensidad de ese poder desenmascarado, cuyo
tiempo nos ha sido predicho y cuya destrucción de antemano está prepara-
da.
Volvió a callar unos instantes. Percy se asió a la balaustrada para di-
simular el temblor de sus manos. No se oía ni un susurro. Era total el si-
156
lencio, profundo y solemne. El Papa respiró hondo, volvió la cabeza a de-
recha e izquierda, y siguió con más entereza y resolución que nunca.
—A nuestro humilde juicio, parece por tanto oportuno que el propio
Vicario de Cristo invite por sí mismo a los hijos de Dios a entablar este
nuevo combate. Es nuestra intención alistar bajo la Orden de Cristo Cruci-
ficado los nombres de todos los que quieran ofrecerse para este supremo
servicio. Haciéndolo así, Nos no ignoramos la novedad de nuestra acción
ni el desprecio con que tales precauciones, tan necesarias, se han contem-
plado en el pasado. En esta cuestión sólo recibimos consejo de Aquel en
cuya asistencia e inspiración creemos con fe inquebrantable.
»—Desde luego, decimos que si bien todos los miembros de la nueva
orden deberán prestar voto de obediencia, nuestra intención primordial al
instituirla no es otra que poner la confianza en Dios antes que en los hom-
bres, apelando al socorro del infinito poder que reclama nuestros sacrifi-
cios, más que al concurso de los no dispuestos a ofrendarlos, y dedicar una
vez más, por un acto formal e intencionado, nuestras almas y nuestros
cuerpos a cumplir la voluntad del único que tiene derecho a exigir de noso-
tros semejante abnegación y una entrega total, dignándose a la vez a acep-
tar nuestra pobreza.
»—Sucintamente, Nos establecemos sólo las siguientes condiciones.
»—Nadie podrá ingresar en la orden si no ha cumplido los diecisiete
años.
»—No llevará distintivo, hábito ni insignia que la distinga.
»—La regla de la orden se fundará sobre los tres votos evangélicos de
pobreza, obediencia y castidad, a los cuales añadimos una cuarta intención,
esto es, recibir la corona del martirio con la resolución y el propósito de
abrazar los tormentos y la muerte, si se diera la ocasión de sufrirlos por Je-
sucristo.
»—Los obispos de todas las diócesis, en caso de que ingresen en la
orden, serán los superiores dentro de los límites de su propia jurisdicción,
y sólo ellos estarán eximios de la observancia estricta del voto de pobreza
por el tiempo que conservare su sede. Los prelados que no se sientan con
vocación de ingresar en la orden conservarán sus sedes en las condiciones
ordinarias, pero no tendrán autoridad sobre los religiosos de Cristo Cruci-
ficado.
157
»—Además, Nos anunciamos nuestra intención de ingresar en la or-
den en calidad de prelado supremo, de hacer nuestra profesión en el plazo
de unos cuantos días.
»—Asimismo, declaramos que durante nuestro propio pontificado no
será investido de la dignidad del Sacro Colegio Cardenalicio ninguno que
no perteneciere a la orden, y en breve dedicaremos la basílica de los Após-
toles San Pedro y San Pablo iglesia central de la orden, en la cual elevare-
mos a los altares sin demora a todas las almas bienaventuradas que hubie-
ren sacrificado la vida terrena en aras de la vocación a que libremente se
consagraron.
»—De esa vocación es innecesario añadir aquí nada más, con la sal-
vedad de que puede proseguirse bajo cualquier condición establecida por
los respectivos superiores. En lo tocante a los noviciados, publicaremos sin
demora las instrucciones necesarias a su fundación y requisitos. Cada su-
perior diocesano tendrá todos los derechos que pertenecen de ordinario a
los superiores religiosos, y gozará de las facultades para emplear a sus
súbditos en cualquier ocupación que a su juicio pueda contribuir a la gloria
de Dios y a la salvación de las almas. Es nuestra intención emplear a nues-
tro servicio solamente a quienes hayan profesado en la orden.
Alzó la mirada una vez más, en apariencia sin emoción alguna, y pro-
siguió:
—Tal es lo que nos ha parecido conveniente estipular. Respecto a
otros asuntos, estamos prontos a escuchar el parecer de personas respeta-
bles y expertas, pero es nuestro deseo que cuanto ahora acabamos de decir
se comunique al mundo entero, para que sin dilación sea universalmente
conocido lo que Cristo, por medio de Su Vicario, pide a todos los que pro-
fesan su fe. Nos no ofrecemos recompensa, excepto las que Dios ha pro-
metido a los que la aman y sacrifican la vida por El. No prometemos otra
paz que la bienaventuranza eterna, ni otra morada que la celestial, ni más
honor que despreciar las honras del mundo, ni otra vida que la escondida
con Cristo en Dios.
158
Capítulo IV
159
—Supongo que sí —dijo—. El decreto se ha sometido por tercera vez
a discusión. Como usted sabrá, está previsto que el presidente haga un dis-
curso esta misma noche.
—¿Y no la votará?
—Suponemos que no. En Alemania le ha dado visto bueno.
—Así es —dijo el señor Francis—. Y si aquí da su asentimiento, su-
pongo que la ley entrará en vigor de inmediato.
Oliver se apoyó sobre la mesa y extrajo el papel de color verde que
contenía la propuesta de ley.
—Esto sin duda lo tiene, claro... —dijo—. Bueno, pues entrará en vi-
gor de inmediato, y la primera festividad que se observe será el primero de
octubre.. La Paternidad, ¿no es así? Sí. la Paternidad.
—Pues habrá una confusión notable —dijo el otro con severidad—.
Sólo falta una semana.
—No tengo ninguna relación con ese departamento — dijo Oliver, y
dejó el papel sobre la mesa—. Pero tengo entendido que el ritual ya se
habrá puesto en práctica en Alemania. No hay razón para singularizarnos
en ese sentido.
—¿Y se dará uso a la abadía?
—Si, claro
—Señor —dijo el señor Francis—, como es natural estoy al corriente
de que la comisión del Gobierno lo ha estudiado en profundidad, y sin du-
da tiene sus propios planes, pero me da la sensación de que querrán apro-
vechar toda la experiencia de que dispongan.
—Sin duda.
—Pues verá usted, señor Brand. La sociedad a la que represento
consta única y exclusivamente de hombres que fueron en su día sacerdotes
católicos. Somos cerca de doscientos sólo en Londres. Si me lo permite, le
dejaré un folleto en el que se resumen nuestros objetivos, nuestra constitu-
ción y todo lo demás. Hemos pensado que nuestra pasada experiencia
podría ser de utilidad al Gobierno. Las ceremonias católicas, como usted
bien sabe, son sumamente complejas, y algunos de nosotros las estudiamos
en profundidad en tiempos pasados. Entonces se decía que los maestros de
ceremonias nacen, no se hacen, y son bastantes los que se cuentan entre
nosotros. Como es natural, todo sacerdote es en gran medida un ceremo-
nialista.
160
Hizo una pausa.
—¿Sí, señor Fruncís?
—Estoy seguro de que el Gobierno es consciente de la inmensa im-
portancia que tiene el hecho de que todo vaya como la seda. Si el servicio
divino fuera algo grotesco o caótico, sería en gran medida una derrota de
sus propias finalidades. Por eso se me ha encargado que venga a verle, se-
ñor Brand, para sugerirle que existe una corporación de hombres, calculo
que al menos veinticinco, que tienen una honda experiencia en esta clase
de asuntos, y que están perfectamente listos para ponerse a disposición del
Gobierno.
Oliver no pudo disimular un asomo de sonrisa. Había en todo el asun-
to una malsana ironía, se dijo, pero no dejaba de ser lo más aconsejable.
—Creo que le entiendo, señor Francis. Me parece una sugerencia
muy razonable. El señor Snowford...
—Sí, señor, lo sé. Pero su discurso del otro día ha sido para todos no-
sotros una fuente de inspiración. Dijo usted exactamente lo que se hallaba
en el fondo de nuestros corazones: que el mundo no puede vivir sin el cul-
to, sin la adoración, y ahora que Dios por fin ha sido encontrado...
Oliver hizo un gesto con la mano. Detestaba toda muestra de adula-
ción.
—Es muy amable por su parte, señor Francis. Hablaré con el señor
Snowford, puede estar seguro. Entiendo que se ofrecen ustedes como ma-
estros de ceremonias, ¿es así?
—Sí, señor, y como sacristanes. He estudiado el ritual alemán con
gran cuidado, es bastante más elaborado de lo que había pensado. Se exige
no poca habilidad para realizarlo en público. Imagino que querrá al menos
una docena de ceremoniarios en la abadía, y cuando menos harán falta
otros tantos sacristanes.
Oliver asintió con brusquedad y miró con curiosidad el rostro severo
y patético del otro. Había en él algo indefinible, esa máscara sacerdotal
que había visto en otros. Era evidente que se trataba de un devoto,
—¿Son todos ustedes masones? —preguntó.
—Pues sí, señor Brand. Naturalmente.
—Muy bien. Hablaré con el señor Snowford hoy mismo, si logro en-
contrarle en buen momento.
Echó un vistazo al reloj. Aún les quedaban dos o tres minutos.
161
—¿Ha visto usted el nuevo nombramiento de Roma...? —siguió di-
ciendo el señor Francis.
Oliver negó con un gesto. Roma no era lo que más le interesaba en
esa tesitura.
—Ha muerto el cardenal Martin. Murió el martes. Su puesto ya tiene
nuevo designado.
—¡No me diga!
—Sí. El nuevo prelado fue en otro tiempo amigo mío. Se llama Percy
Franklin.
—¿Cómo?
—¿Que sucede, señor Brand? ¿Lo conoce?
Oliver lo miraba con aire tenebroso, algo pálido.
—Sí, lo conocí en su día —dijo con tranquilidad—. Eso creo, vaya.
—Estaba en Westminster hasta hace un par de meses.
—Sí. sí —dijo Oliver sin dejar de mirarle—. ¿Y usted lo conocía, se-
ñor Francis?
—Así es.
—Bien, en tal caso me gustaría que algún día hablásemos de él.
Calló. Sin embargo, deseaba apurar la entrevista hasta el último mi-
nuto.
—¿Y eso es todo? —preguntó.
—Este es el motivo de mi visita, señor —respondió el otro—, pero
rengo la esperanza de que me permita decir cuánto apreciamos lo que ha
hecho usted, señor Brand. No creo que a nadie le sea de veras posible, sal-
vo a nosotros, apreciar lo que ha supuesto la pérdida de la adoración. Al
principio era muy extraño...
Le tembló la voz y calló. Oliver se sintió interesado, y se detuvo
cuando estaba a punto de ponerse en pie.
—¿Sí, señor Francis?
El otro volvió hacia él sus melancólicos ojos.
—Era una ilusión, por supuesto. Eso bien lo sabemos, señor. Pero en
cualquier caso yo me atrevo a confiar en que no fuera en balde. Me refiero
a nuestras aspiraciones, nuestras penitencias y oraciones. Nos habíamos
equivocado con respecto a nuestro Dios, si bien los sacrificios realizados
han llegado a El a pesar de todo. Y lo han encontrado en el Espíritu del
162
Mundo. Nos ha enseñado que el individuo no es nada, que El lo es todo.
Ahora...
—Sí, señor—dijo el otro con blandura. Estaba conmovido.
Abrió por completo sus ojos tristes.
—Y ahora se ha producido la venida del señor Felsenburgh —tragó
saliva—. ¡Julián Felsenburgh! —Todo un mundo de pasión repentina
asomó en la suave voz del otro, y el corazón de Oliver respondió en con-
sonancia.
—Lo sé, señor —repuso—, sé qué quiere decir.
—¡Oh! ¡Tener por fin al Salvador! —exclamó Francis—. Alguien a
quien se puede ver, a quien se puede palpar, a quien se puede alabar en su
presencia. Es como un sueño que se hubiera hecho realidad.
Oliver echó un vistazo al reloj y se puso en pie tendiéndole la mano
al otro.
—Disculpe, señor, pero debo marcharme. Me ha conmovido usted en
lo más hondo. Hablaré con Snowford, descuide. ¿Esta es su dirección?
Indicó los papeles.
—Sí, señor Brand. Una última pregunta.
—Debo marcharme, señor —dijo Oliver, y negó con un gesto.
—Sólo un instante. ¿Es cierto que la adoración será obligatoria?
Oliver asintió mientras recogía sus papeles.
II
163
Se había operado un gran cambio con el repique de la campana. En
los escaños forrados de piel marrón, los diputados cambiaban de postura y
adoptaban una pose de mayor decoro, descruzando las piernas o deslizan-
do los sombreros bajo los asientos. Según miraba, vio que en ese momento
se levantaba el presidente de la Cámara y dejaba libre su asiento, pues ser-
ía otro quien lo ocupara en cuestión de minutos.
La sala estaba llena hasta los topes. Entró un diputado que llegaba
con retraso, siguiendo la claridad procedente de la puerta sur. Miró afano-
so en derredor, buscando la vacante que le correspondía. Las galerías de
invitados estaban también repletas. Allí no pudo encontrar ella un sitio li-
bre. Sin embargo, a pesar de la apiñada presencia en la sala, no se oía nada
más que algún susurro; en los corredores, a sus espaldas, oyó que repicaba
la campana a medida que se despejaban los vestíbulos. Fuera, en la plaza
del Parlamento, resonaba el murmullo más denso del gentío, que había si-
tio inaudible por espacio de veinte minutos. Cuando cesara, sería la señal
de que había llegado.
Que extraño, qué magnífico era encontrarse allí precisamente esa no-
che, cuando el presidente tomara la palabra... Un mes antes había dado su
aprobación a una ley similar en Alemania, y había pronunciado un discur-
so sobre el mismo tema ya en Turín. Al día siguiente le tocaba en España.
Nadie sabía a ciencia cierta dónde había pasado la semana. Se corrió el
rumor de que se había avistado su volador sobre el lago de Como, aunque
en el acto fue desmentido. Nadie sabía tampoco qué era lo que iba a decir
esa noche. Podrían ser lo mismo tres palabras que veinte mil. Había algu-
nas cláusulas en la nueva ley, sobre todo las relacionadas con la obligato-
riedad de la adoración instituida como nuevo culto, que tal vez le merecie-
ran objeciones y que incluso podría vetar. En tal caso, habría que rehacer
la ley por completo, y volver a aprobarla, a menos que la Cámara adoptara
sus enmiendas en el acto y por aclamación.
La propia Mabel se inclinaba a favor de las cláusulas. Se proveía en
ellas que si bien el culto debía celebrarse en todas las iglesias parroquiales
de Inglaterra a partir del primero de octubre, no sería obligatorio para toda
la ciudadanía hasta Año Nuevo. En cambio, en Alemania, donde se aprobó
la lev un mes antes, había entrado en vigor de inmediato, obligando así a
todos los católicos practicantes a abandonar el país sin dilación, o a expo-
nerse al castigo consiguiente. No se trataba de castigos crueles ni exa-
gerados: la primera falta se penaba con una semana de cárcel; a la segunda,
un mes de prisión mayor; a la tercera, un año; a la cuarta, cadena perpetua
164
hasta que el delincuente cediera en su rebeldía y se retractase. Era una im-
posición razonable, ya que ni siquiera la cárcel implicaba más que el con-
finamiento y el trabajo en obras y fábricas del Gobierno. No se trataba de
un horror al estilo medieval, al tiempo que el acto de adoración exigía muy
poco. Se trataba meramente de la pura presencia física en la iglesia o cate-
dral en las cuatro festividades: la Maternidad, la Vida, la Subsistencia y la
Paternidad, que se conmemoraban el primer día de cada trimestre. La ado-
ración, a buen seguro, iba a ser asunto voluntario.
No alcanzaba ella a entender cómo podía negarse nadie a rendir tal
homenaje. Esas cuatro conmemoraciones hacían referencia a hechos re-
ales, a manifestaciones de lo que ella llamaba Espíritu del Mundo, y otros
llamaban Poder Divino, si bien esos hechos siempre deberían ser conside-
rados dignos y merecedores de la debida adoración; en tal caso, ¿cuál era
el problema? No se trataba de que al cristiano la adoración no le estuviera
permitida, a tenor de las regulaciones al uso. Los católicos aún podían se-
guir yendo a misa. No obstante, en Alemania aparecieron síntomas amena-
zadores de persecución violenta. No menos de doce mil personas habían
huido a Roma, y se rumoreaba que otras cuarenta mil se negarían a rendir
tan sencillo homenaje en cuestión de pocos días. A ella le desconcertaba y
le encolerizaba pensar en una cosa así.
Para ella, la nueva adoración era la coronación del triunfo de la
Humanidad. Había anhelado de todo corazón que sucediera una cosa como
ésa, una profesión pública y corporativa de lo que todos creían en el fondo
de su ser. Mucho le había dolido la rudeza intelectual del pueblo, inclinado
por su propia naturaleza a proceder sin considerar el origen y fundamento
de las cosas. Ese instinto suyo no podía engañarla. Su aspiración era
hallarse con sus congéneres en un lugar solemne, consagrado no por los
sacerdotes, sino por la voluntad del hombre, y tener por inspiración la dul-
zura de los cánticos y la música del órgano; confesar sus penas con miles
de congéneres a su lado, junto a su propia debilidad de inmolación ante el
Espíritu del Todo; cantar a voz en cuello las alabanzas de la gloria de vivir,
y ofrecer en sacrificio y en el incensario un homenaje emblemático a
Aquel del que ella sentía que procedía su ser, y al cual un día tendría que
entregárselo. Los cristianos, desde luego, habían sabido entender la natura-
leza humana. Se lo había repetido una y mil veces: era cierto que la habían
degradado, habían oscurecido la luz, habían envenenado el pensamiento,
habían pervertido el instinto, pero habían sabido entender que el hombre
debe profesar la adoración. De lo contrario, se hunde en el cieno.
165
Había tomado la resolución de acudir al menos una vez por semana a
la pequeña iglesia, a menos de un kilómetro de su casa, a arrodillarse ante
el santuario bañado por la luz del sol, a meditar sobre aquellos dulcísimos
misterios, a presentarse como obsequio ante Aquel que tanto anhelaba
amar, y beber, si tal fuera posible, nuevos sorbos de vida y de poder.
Pero antes era preciso que se aprobase la ley. Se asió con nerviosismo
a la balaustrada y clavó la mirada en las hileras de cabezas que aparecían
en los escaños de la representación nacional; contempló los pasillos, la
gran maza sobre la mesa presidencial, y oyó el murmullo del gentío, los
susurros en el interior, el propio latir de su corazón.
No podría verle desde donde estaba. Felsenburgh llegaría por una
puerta de la planta baja, reservada para el uso exclusivo del presidente Se
dirigiría derecho al asiento especial, colocado bajo un dosel. En cambio,
contaba con oír su voz. Y con eso se daba por satisfecha.
Reinaba ya el silencio en el exterior, se había extinguido el rugir de
las voces, y en la Cámara se había apagado el murmullo de antes. Por fin
había llegarlo. Con los ojos afanosos vio las hileras de cabezas que se al-
zaban delante de ella, al ponerse en pie los delegados, y con los oídos es-
tremecidos oyó el rumor de muchos pies al cambiar de postura. Todos los
rostros miraban un mismo punto. Los miró como si fueran un espejo que
reflejara su presencia. Le llegó un tenue sollozo de algún lugar inconcreto:
¿el suyo, el de otros? Se oyó el ruido de la puerta al girar sobre sus goznes.
La dulce resonancia de una campana llenó el local en sucesivas pulsacio-
nes, que vibraron por tres veces. En un instante, por toda la extensión po-
blada de blancos rostros, pasó una oleada de emoción, una racha de pasión
hizo retemblar las almas de los presentes. Se produjo un cierto revuelo en
algunas zonas, una voz completamente desapasionada pronunció media
docena de palabras en esperanto, sin que ella llegara a ver la boca de las
que salieron:
—Ingleses, doy mi aprobación a vuestra ley de Adoración.
III
166
EI señor Francis, que en ese momento le fue presentado, parecía un
hombre bastante inofensivo, poco e incluso nada interesante, se dijo, aun-
que parecía entusiasmado con la nueva ley. Hasta casi terminar el almuer-
zo no llegó ella a entender quién era.
—No te vayas, Mabel —dijo su marido cuando ella hizo ademán de
levantarse—. Esto es algo que te gustará saber, creo yo. Mi esposa está al
tanto de todo lo que yo sé —añadió.
El señor Francis sonrió e hizo una inclinación.
—¿Me da su permiso para contárselo, señor? —volvió a decir Oliver.
—Desde luego, con mucho gusto.
Supo ella entonces que había sido sacerdote católico hasta pocos me-
ses antes, y que el señor Snowford mantenía con él consultas en torno a las
ceremonias que tendrían lugar en la abadía. Se dio cuenta de que sentía un
intenso y repentino interés.
—¡Oh! Cuénteme, se lo ruego —dijo—. Deseo enterarme de todo a
este respecto.
Por lo visto, el señor Francis había visto al nuevo ministro de la Ado-
ración Pública esa misma mañana, y había recibido el encargo definitivo
para hacerse cargo de las ceremonias del primero de octubre. Dos docenas
de sus colegas iban a participar en calidad de ceremoniarii al menos de
manera provisional; tras el acontecimiento, emprenderían una gira para dar
charlas y conferencias que sirvieran para organizar el ritual de la adoración
en todo el país.
—Obviamente, las cosas al principio han de ser un tanto zafias —dijo
el señor Francis, pero para el Año Nuevo se tenía la esperanza de que todo
estuviera ya en perfecto orden, al menos en las catedrales y en las principa-
les ciudades.
—Es importante —dijo— que esto se lleve a cabo con la mayor cele-
ridad. Es absolutamente necesario causar una buena impresión. Son milla-
res las personas que poseen el instinto de la adoración, y que no saben
cómo satisfacerlo.
—Eso es muy cierto —dijo Oliver—. Lo he percibido desde hace
mucho tiempo. Supongo que debe de ser el instinto más profundo del
hombre.
—En cuanto a las ceremonias... —siguió diciendo el otro dándose un
cierto aire de importancia. Hizo con los ojos un movimiento en redondo;
167
acto seguido, se llevó la mano al bolsillo de la pechera y extrajo un delga-
do libro de tapas rojas.
—He aquí la orden de la adoración para la festividad de la Paternidad
—dijo—. He intercalado apuntes y he tomado unas cuantas notas.
Comenzó a pasar las páginas. Mabel, con considerable emoción,
acercó un poco la silla para oírle mejor.
—Muy oportuno, señor —dijo el otro—. Léanos un poco.
El señor Francis cerró el libro dejando un dedo dentro, apartó el plato
e inició su discurso.
—Primero —dijo—, hemos de recordar que éste es un ritual basado
casi por completo en el de los masones. Tres cuartas partes del servicio
quedarán ocupadas con esto. En esto, dicho sea de paso, los ceremoniarii
no han de interferir, al menos más allá de comprobar que las insignias se
hallen en los vestíbulos y que todos las lleven debidamente puestas. Los
oficiales más idóneos conducirán el resto del rito. De eso no creo que sea
necesario decir nada. Las complicaciones comienzan en la última cuarta
parte del servicio.
Hizo una pequeña pausa, y pidiendo disculpas con la mirada co-
menzó a disponer los tenedores y los cuchillos ante sí, sobre el mantel.
—Aquí —dijo—, supongamos que tenemos el antiguo santuario de la
abadía. En lugar del tabernáculo y el altar de la comunión se erigirá un al-
tar de gran tamaño, como indica el ritual, con una escalinata que conduzca
a él desde el suelo de la nave. Tras el altar, y extendiéndose casi hasta el
antiguo santuario del confesor, se ha de hallar el pedestal sobre el cual se
sitúe la figura emblemática. Según entiendo, habida cuenta de la falta de
instrucciones precisas, cada una de esas figuras había de permanecer en su
sitio hasta la víspera de la siguiente festividad trimestral.
—¿Y qué clase de figuras son ésas? —preguntó la muchacha.
Francis miró de reojo a su marido.
—Tengo entendido que se ha consultado al señor Markenheim —
dijo—. Él es el encargado del diseño y la ejecución de las mismas. Cada
una de ellas ha de representar el símbolo de la festividad. La que corres-
ponde a la Paternidad…
Volvió a callar
—¿Sí, señor Francis?
—Esta, según tengo entendido, será la figura de un hombre desnudo.
168
—Una especie de Apolo... o de Júpiter, querida —comentó Oliver.
Sí, parecía oportuno, se dijo Mabel. El señor Francis siguió hablando
con premura.
—En este punto, tras el discurso, entra en escena una nueva proce-
sión —dijo—. Y esto es lo que ha de requerir mayor dominio por parte del
maestro de ceremonias. Me temo que no será posible realizar un ensayo.
—Será muy difícil —dijo Oliver sonriendo.
El maestro de ceremonias suspiró.
—Era de esperar. En tal caso, hemos de imprimir unos folletos de
instrucciones muy precisos. Quienes tomen parte en la procesión habrán de
retirarse, me imagino, durante el himno, habrán de dirigirse a la antigua
capilla de la Santa Fe. Es lo que me parece mejor.
Indicó dónde se encontraba la capilla.
—Tras la entrada de la procesión, todos habían de ocupar su lugar en
los dos laterales, aquí y aquí, mientras los celebrantes y los sagrados mi-
nistros...
—¿Cómo?
El señor Francis se permitió esbozar una mueca. Se sonrojó ligera-
mente.
—El presidente de Europa... —calló—. Esa es la cuestión. ¿Tomará
parte el presidente? Esto no está estipulado en el ritual
—Pensamos que sí —dijo Oliver—. Pero es preciso abordarle.
—Bien. En caso contrario, supongo que el ministro de Adoración
Pública será quien oficie el rito. Junto con sus ayudantes, llegará al pie del
altar. Recuerden que la figura aún está cubierta por un velo, y que las velas
se han encendido cuando se acercaba la procesión. Siguen entonces las as-
piraciones impresas en el ritual con que él responde; las entona un coro, y
yo creo que será sin duda impresionante. El oficiante entonces asciende
solo al altar, y, de pie, declama la alocución que así se llama. Al cierre de
la misma, esto es, en el punto que viene señalado con un asterisco, los turi-
ferarios abandonan la capilla. Son cuatro en total. Uno asciende al altar,
dejando a los demás en el acto de balancear los incensarios al pie del mis-
mo. Entrega su incensario al celebrante y se retira. Al sonar una campana,
se retiran los cortinajes, el oficiante inciensa en silencio y por cuatro veces
a la imagen expuesta, cada vez con un doble balanceo. Acabada la incen-
169
sación, el coro entona la antífona correspondiente. Lo restante es sencillo,
no vale la pena detenerse en ello.
Agitó ambas manos
A juicio de Mabel, también las ceremonias anteriores parecían muy
sencillas, pero no se dejó engañar.
—No tiene usted idea, señora Brand —siguió diciendo el ceremonia-
rius—, de las complejidades propias incluso en una cuestión tan sencilla
como ésta. La estupidez del pueblo es algo prodigioso. Preveo una gran
cantidad de trabajo, y muy duro, que hemos de resolver todos nosotros...
¿Quién será el encargado de pronunciar el discurso?
Oliver negó con un gesto.
—No tengo ni idea —dijo—. Supongo que el señor Snowford se en-
cargara de seleccionarlo.
El señor Francis lo miró con aire dubitativo.
—¿Qué opinión le merece todo este asunto, señor? — preguntó.
Oliver calló un momento.
—Creo que es algo necesario —empezó a decir—. No se clamaría de
este modo por la adoración si no fuera una verdadera necesidad. Yo tam-
bién lo creo, desde luego. Creo que, en conjunto, el ritual es impresionan-
te. No veo que se pudiera mejorar, la verdad.
—¿Sí, Oliver? —dijo su mujer a modo de interrogación.
—No, no hay nada, salvo... salvo que espero que el pueblo lo com-
prenda.
El señor Francis le interrumpió.
—Mi estimado señor, la adoración entraña algo de misterio. Esto es
algo que debe tener presente. La falta de ese elemento es la causa de que
fracasaran las celebraciones del Día del Imperio en el último siglo. Perso-
nalmente, creo que es admirable. Obviamente, es mucho lo que debe de-
pender del modo en que se presenta. Veo que son muchos los detalles que
en la actualidad están por decidir: el color de los cortinajes, sin ir más le-
jos. Sin embargo. el plan maestro es sencillamente magnífico. Es simple,
es impresionante y, sobre todo, es inconfundible en cuanto a su lección
principal.
—¿Y cómo la interpreta usted?
—Entiendo que se trata de un homenaje que ofrecemos a la Vida —
dijo muy despacio—. La vida en cuatro de sus aspectos: la Maternidad co-
170
rresponde a la Navidad y a la fábula de los cristianos. Es la fiesta del
hogar, del amor, de la fe. La Vida misma se aborda en primavera, con su
bullicio, su juventud, su pasión. La Subsistencia se celebra en verano:
abundancia, comodidad, plenitud, con lo que en cierto modo corresponde
con el Corpus Christi de los católicos. La Paternidad, la idea protectora,
generadora, maestra, se celebra con la proximidad del invierno. Tengo en-
tendido que es un pensamiento de origen alemán.
Oliver asintió.
—Si —dijo—. Y supongo que el orador deberá explicar todo esto.
—Así lo entiendo. Me parece mucho más sugerente que el plan alter-
nativo: ciudadanía, trabajo, etcétera. A fui de cuentas, son aspectos subor-
dinados a la vida.
El señor Francis hablaba con un extraordinario entusiasmo, a duras
penas contenido, y su aire sacerdotal era más evidente que nunca. Saltaba a
la vista que de todo corazón era una de las personas que exigían la institu-
ción de un culto.
Mabel unió las manos en un gesto repentino.
—A mí me parece hermosísimo —dijo suavemente—, y además re-
sulta muy real.
El señor Francis se volvió hacia ella con los ojos resplandecientes.
—En efecto, señora. Así ha de ser. No media en esto la fe. como sol-
íamos llamarla, sino la pura visión de los hechos, de la realidad misma, de
la cual nadie puede dudar. Y el incienso proclama la divinidad inigualable
de la Vida, así como su propio misterio.
—¿Y qué hay de las figuras? —dijo Oliver.
—Por el momento es imposible una imagen tallada en piedra, natu-
ralmente Tendrá que ser de arcilla. El señor Markenheim se pondrá a tra-
bajar de inmediato. Si se aprueban las figuras, luego podrán ejecutarse las
esculturas en mármol.
Mabel volvió a tomar la palabra con suave gravedad.
—Me parece que eso es de vital importancia. Es muy difícil mantener
nuestros principios con la debida claridad. Es preciso que se encarnen, que
dispongan de una expresión muy concreta.
Hizo una pausa.
—¿Sí, Mabel?
171
—No quiero decir —prosiguió— que algunos no puedan vivir sin
ella, pero son muchos los que la necesitan. Los que carecen de imagina-
ción precisan las imágenes concretas. Tiene que darse una manera de cana-
lizar sus aspiraciones, para que fluyan como es debido. Ay, no sé bien qué
digo...
Oliver asintió con lentitud. También parecía hallarse algo meditativo.
—Si —dijo—. Y esto, creo yo, servirá para modelar también los pen-
samientos de los hombres, para mantener a raya todo peligro de supersti-
ción.
El señor Francis se volvió bruscamente hacia él.
—¿Qué opina de la nueva orden religiosa del Papa, señor?
A Oliver se le puso una expresión adusta.
—Creo que es el peor paso que ha dado nunca.. Quiero decir que es
el peor para él. O bien se trata de un verdadero esfuerzo, en cuyo caso pro-
ducirá una inmensa indignación, o es todo ello una gran falsedad, que ter-
minará por desacreditarlo. ¿Por qué me lo pregunta?
—Me estaba preguntando si no cabe la posibilidad de que se produz-
can disturbios en la abadía.
—En tal caso, lo sentiría mucho por los perturbadores.
Sonó un timbre en la hilera de las etiquetas del teléfono. Oliver se le-
vantó y fue a contestar. Mabel le vio pulsar un botón, le oyó dar su nombre
y acoplar el oído a la abertura.
—Es el secretario de Snowford —dijo bruscamente a los dos, que es-
peraban algún indicio—. Snowford quiere... ¡Ah!
Volvió a dar su nombre y quedó a la escucha. Le oyeron una o dos
frases que a ambos les parecieron significativas.
—¡Ah! ¿Con que es cierto? Lo lamento... Sí... ¡Oh! A pesar de todo,
siempre será mejor que nada... Sí; está conmigo... Desde luego. Muy bien,
trataremos el asunto de inmediato con usted.
Miró el tubo, pulsó de nuevo un botón y volvió a la mesa con ellos.
—Lo lamento —dijo—. El presidente no tomará parte en la festivi-
dad. Pero aún no se sabe si estará o no presente en el acto. El señor Snow-
ford desea vernos cuanto antes, señor Francis. Markenheim está con él-
Aunque Mabel se sintió decepcionada, pensó que él estaba de un
humor más grave de lo que la propia decepción podría justificar.
172
Capítulo V
173
por medio del telégrafo, así como de la discusión que había formado el
principal propósito de su reciente entrevista con el Santo Padre.
No había, claramente, ninguna noticia adicional. Ya dejaba el perió-
dico en la mesa auxiliar cuando reparó en un nombre.
«Se sobreentiende que el señor Francis. el ceremoniarius (al cual es
preciso agradecer su reverencia y su celo en la celebración, no menos que
su destreza en los ritos), en breve viajará a las ciudades del norte para im-
partir charlas acerca del ritual. Es interesante reflexionar sobre un aspecto:
que este caballero hace tan sólo unos meses oficiaba en un altar católico.
En sus funciones contó con la ayuda de veinticuatro cofrades, todos ellos
provistos de la misma experiencia previa que él.
—¡Válgame Dios! —dijo Percy en voz alta. Y entonces dejó el pe-
riódico.
Sus pensamientos, ahora bien, pronto dejaron atrás al renegado, para
repasar una vez más el sentido de toda la cuestión, a la vez que el consejo
que había creído que era su deber dar en la planta de arriba.
Muy sucintamente, no tenía el menor sentido poner ya en tela de jui-
cio el hecho de que la inauguración de esa nuera adoración panteísta había
tenido un éxito sin precedentes en Inglaterra y en Alemania. Francia, por
cierto, aún estaba demasiado ocupada con el culto de los individuos, de
modo que aún no había desarrollado ideas más ambiciosas.
Inglaterra, en cambio, había hecho mayores progresos; de un modo u
otro, a pesar de la profecía, toda la cuestión se había llevado a cabo sin el
menor deje de patetismo rayano en lo grotesco. Se había dicho que Inglate-
rra era demasiado sólida, que no carecía de sentido del humor. Sin embar-
go, hubo escenas extraordinarias el día anterior. Un gran murmullo de puro
entusiasmo reverberó en la abadía de punta a cabo, al tiempo que los
espléndidos cortinajes se descorrían para desvelar una enorme estatua
masculina, majestuosa y abrumadora, coloreada con una exquisita maestría
artística, que se erigía sobre el resplandor de las velas, delante de la alta
pantalla que envolvía el santuario. Markenheim había sabido realizar su
trabajo; el apasionado discurso del señor Brand había preparado bien a la
mentalidad popular de cara a la revelación. Había citado en su perorata va-
rios pasajes de los profetas hebreos, en los que hacían referencia a la Ciu-
dad de la Paz, cuyos muros se alzaban ahora ante los ojos de todos.
«Levántate y brilla, que tu luz ha venido y la gloria del Señor se alza
ante ti... Porque he aquí que yo creo nuevos cielos y una nueva tierra, y de
los de antaño no quedará recuerdo... Nadie volverá a oír mentar la violen-
174
cia en tus dominios, ni la desolación ni la ruina arrasarán jamás tus fronte-
ras. ¡Oh, tú, la por tantos siglos afligida, azotada por el látigo de la tempes-
tad, nunca consolada! Abre los oídos y escucha. Yo sentaré tus piedras con
hermosos colores y pondré zafiros en tus cimientos... Yo haré de ágata tus
ventanas, y de carbunclos tus puertas, y todos tus lindes y fronteras de pie-
dras preciosas. Levántate y brilla, porque tu luz ha venido.»
Al resonar en el silencioso recogimiento de la multitud las cadenillas
metálicas de los incensarios, se hincaron todos de rodillas, y así permane-
cieron mientras el humo ascendía en espirales de manos del apóstata. Tro-
naron de pronto los robustos acordes del órgano y la nutrida masa coral,
semioculta en el transepto, rompió a entonar el himno. Se oyó un grito de
cólera, proferido por algún católico enloquecido. Pero fue silenciado en un
instante.
Era increíble, absolutamente increíble, se dijo Percy. Pero por increí-
ble que fuera, había acontecido, e Inglaterra encontraba de nuevo la adora-
ción, esta vez la culminación necesaria de una subjetividad sin impedimen-
tos. De provincias habían llegado noticias análogas. En una catedral y en
otra se produjeron las mismas escenas. La obra maestra de Markenheim,
ejecutada en sólo cuatro días, tras la aprobación de la ley, había sido re-
producida por la maquinaría al uso. y miles de repicas fueron despachadas
a todos los centros de importancia. Los informes telegráficos inundaron los
periódicos londinenses con la noticia de que el nuevo movimiento había
sido recibido por aclamación: el instinto de los hombres por fin había en-
contrado expresión adecuada. Si no existiera un Dios, medite Percy con
nostalgia, habría sido necesario inventarlo. Estaba también asombrado ante
la destreza con que se precisaron las líneas del nuevo culto. No se puso en
juego ningún punto dudoso. No existía la posibilidad de que las distintas
tendencias políticas lo desbarataran, no se hizo un excesivo hincapié en la
ciudadanía, el trabajo y demás consideraciones, ni se exigió demasiado de
quienes fueran en secreto individualistas y perezosos. La vida era la única
fuente, el centro de todo aquello, investida de gloriosos ropajes, fin de la
más antigua adoración. Era evidente que fue idea de Felsenburgh, aunque
también se mencionara el nombre de un alemán. Era una cierta variante del
positivismo. un catolicismo carente de su esencia cristiana, la adoración de
la humanidad hábilmente divinizada. No era el hombre quien pasaba a ser
directamente objeto de culto. sino el concepto abstracto de la naturaleza
humana, aunque privada de todo principio sobrenatural. También el sacri-
ficio formaba parte de los ritos admitidos, aunque sólo como tendencia ins-
tintiva de oblación, carente de las exigencias propias de la innata culpabi-
175
lidad del hombre que impone la santidad trascendente. De hecho, se dijo
Percy, era tan inteligente como el demonio, y tan antiguo como Caín.
El consejo que acababa de dar al Santo Padre era el consejo de un
desesperado, o de plena esperanza, no acertaba a saber muy bien cuál de
las dos. Le había apremiado para que se promulgase un edicto que prohi-
biera severamente todo acto de violencia por parte de los católicos. Había
que animar a los fieles a que fueran pacientes, a que se abstuvieran por
completo de la adoración impuesta, a que no dijeran nada a menos que se
les interrogase, a que sufriesen con resignación la situación actual. Junto
con el cardenal alemán, había sugerido que ambos regresaran a sus países
respectivos a final del año, con la idea de reforzar la fe de los indecisos,
pero se le respondió que su vocación le obligaba a permanecer en Roma, a
menos que sucediera algún imprevisto.
En cuanto a Felsenburgh, apenas había noticias. Se dijo que se encon-
traba en Oriente, pero todo detalle al respecto era secreto. Percy entendía
muy bien que no estuviera presente en la adoración, al contrario de lo es-
perado. En primer lugar, había sido difícil decidir entre los dos países que
habían instaurado el nuevo culto; además, era un político demasiado bri-
llante para arriesgarse a que se asociara un posible fracaso con su persona;
en tercer lugar, urgía resolver algo en Oriente.
Esta última cuestión era más difícil de entender, pues aún no se había
explicitado, pero parecía que el movimiento del año anterior no hubiera
recorrido todavía la distancia prevista en principio. Era indudablemente
difícil explicar las constantes ausencias del nuevo presidente, lejos a me-
nudo de su continente de adopción, a menos que hubiese algo que exigiera
su presencia en otros lugares. Pero la extrema discreción de Oriente, y las
exquisitas precauciones que tomó el Imperio, imposibilitaban que se cono-
cieran todos los detalles. Aparentemente, era algo relacionado con la reli-
gión: corrían los rumores de portentos, de profecías, de éxtasis y visiones.
En el propio Percy había sobrevenido un sutil cambio que él mismo
empezaba a reconocer. No sentía ya el júbilo de la confianza plena, pero
tampoco se hundía en la desesperación. Decía misa a diario, leía su volu-
minosa correspondencia, meditaba estrictamente y, aunque no sentía nada,
lo sabía todo. No manchaba su fe ni la más mínima sombra de la duda, pe-
ro tampoco tenía la emoción de antaño. Era alguien que faenaba en las pro-
fundidades de la tierra, aplastada incluso la imaginación, si bien era cons-
ciente de que los pájaros trinaban, de que brillaba el sol, de que corría el
agua. Entendía más que de sobra su propio estado, y percibía que había
176
llegado a una realidad de la fe que le resultaba novedosa, pues era la fe en
estado puro, la plena aprehensión de lo espiritual, sin los peligros y sin las
alegrías de las visiones imaginativas. Lo expresaba para aclarárselo di-
ciendo que eran tres los procesos mediante los cuales Dios conducía al al-
ma: el primero era la fe externa, que asiente ante todas las cosas que se le
presentan mediante la autoridad de costumbre, practica la religión y no tie-
ne intereses ni dudas; el segundo sigue al despertar de las facultades emo-
cionales y perceptivas del alma, y se manifiesta en las consolaciones, los
deseos, las visiones místicas, los peligros; es en este plano donde se toman
las resoluciones y se fundan las vocaciones y se experimentan los naufra-
gios; el tercero, misterioso e inexpresable, consiste en la representación en
la esfera puramente espiritual de todo lo que la ha precedido (tal como una
representación teatral sigue a los ensayos), en la cual se comprende a Dios,
aunque no se lo experimenta, se absorbe la gracia divina de manera in-
consciente e incluso con cierto desagrado, y poco a poco el espíritu interior
se conforma con las honduras de su ser, en lo más interno de las esferas de
la emoción y la percepción intelectual, a imagen y ánimo de Cristo.
Se arrellanó en el sillón, pensando a fondo, envuelto en su manto de
púrpura, contemplando la ciudad pontificia, velada por la neblina de sep-
tiembre. ¿Durante cuánto tiempo se prolongaría aún la paz? A sus ojos, in-
cluso el horizonte se oscurecía por momentos.
Alargó la mano a la campanilla del escritorio.
—Tráigame el último informe del padre Blackmore —dijo cuando
compareció su secretario.
II
178
El desarrollo de la Orden de Cristo Crucificado había seguido adelan-
te de una manera casi milagrosa. Había sido todo un éxito, la apelación
emitida por el Santo Padre a lo largo y ancho de la Cristiandad había sido
como el fuego en los rastrojos. Dio la impresión de que el mundo cristiano
hubiera alcanzado precisamente el punto de tensión que se necesitaba en
una nueva organización de tal naturaleza, y la respuesta había sorprendido
incluso a los más optimistas. Prácticamente la totalidad de Roma y las
afueras, tres millones en total, acudieron a las oficinas de alistamiento en
San Pedro como si fueran hombres hambrientos que acuden a donde hay
alimento, cual flotilla necesitada de hallar abrigo ante la tempestad. Día
tras día, el Papa en persona presidió las ceremonias entronizado bajo el al-
tar del Trono. Era una figura gloriosa, radiante, blanquísima, fatigada a la
hora del atardecer, que impartía su bendición con una señal callada a cada
uno de los individuos que formaban parte de la vasta congregación arre-
molinada entre las barreras, limpios gracias al ayuno y la Comunión, que
acudían a arrodillarse ante su nuevo superior y a besar el anillo pontificio.
Los requerimientos de la profesión se aplicaron con la premura que las cir-
cunstancias exigían. Cada postulante estaba obligado a hacer confesión
con un sacerdote especialmente autorizado, el cual examinaba en profun-
didad los motivos y la sinceridad del candidato, y sólo un tercio de los so-
licitantes fue aceptado. No era una proporción demasiado alta, señalaron
las autoridades para regocijo de los adversarios, pero había que tener pre-
sente que la mayoría de los que se presentaron ya habían padecido cuando
menos el destierro por causa de su fe, prefiriendo vivir en lugares desco-
nocidos, despreciados, pero a la sombra de Dios, antes que en el desolado
resplandor de sus países infieles.
En la quinta tarde de la recepción de novicios se produjo un incidente
asombroso. El anciano rey de España (hijo segundo de la reina Victoria),
que ya se hallaba al borde de la tumba, acudió con paso vacilante a la pre-
sencia de su Señor; pareció por un instante a punto de desplomarse, pero el
Papa en persona, con un movimiento repentino, se levantó y lo sujetó entre
sus brazos y lo besó. Aún de pie, extendió los brazos y pronunció un fervo-
rino como jamás se había escuchado en la historia de la basílica.
—¡Benedictus Dominus!—exclamó con el rostro vuelto hacia lo alto
y los ojos resplandecientes—. Bendito sea el Dios de Israel, que se ha dig-
nado visitar y redimir a su pueblo. Yo, Juan, Vicario de Cristo, Siervo de
los Siervos de Dios y pecador entre los pecadores, os ordeno en nombre
del Todopoderoso que tengáis buen ánimo y confortéis vuestro espíritu.
Por aquel que fue colgado en la Cruz, os prometo la vida eterna a todos los
179
que perseveren en Su orden. El mismo ha dicho: Al que venciere yo le
daré una corona de vida. Hijos míos, no temáis a los que quitan la vida
corporal. Nada más pueden hacernos. Jesús y Su Madre están entre noso-
tros.
En esos términos siguió el Pontífice su improvisada alocución, enfer-
vorizando a la muchedumbre y hablándole de la sangre que ya se había de-
rramado en el lugar mismo en que se encontraban, del cuerpo del Apóstol
que yacía sepulto a menos de cincuenta metros. Apremió a los presentes,
los animó, les dio inspiración. En adelante, quedaban vinculados por sus
votos incluso a morir, si tal fuera la voluntad de Dios; si no, la intención
contaría como un hecho. Se hallaban ligados por la obediencia. Sus volun-
tades habían dejado de pertenecerles y eran ya de Dios. Por el voto de cas-
tidad también estaban atados; gracias al voto de pobreza, suyo era el reino
de los cielos.
Termino con una grandiosa bendición, en silencio, de la ciudad y el
mundo; no faltó media docena de fieles que creyeron haber visto una silue-
ta blanca en forma de ave suspendida en el aire mientras él hablaba con la
blancura de la neblina, con la transparencia del agua.
Las escenas que se sucedieron en la ciudad y en los suburbios de los
alrededores no tuvieron parangón, pues fueron miles las familias que de
consuno disolvieron los lazos que las unían. Los maridos hallaron el cami-
no a las grandes casas del Quirinal, a ellos destinadas; las esposas acudie-
ron al Aventino, mientras que los niños, con la misma sosegada confianza
que sus padres, acudieron como un enjambre a las Hermanas de San Vi-
cente, que recibieron por órdenes del Papa el regalo de tres calles enteras
donde darles alojamiento. Por todas partes, el humo de las hogueras as-
cendía en las plazas en que la propiedad inmobiliaria, considerada inservi-
ble debido a los votos de pobreza, se consumía en las llamas prendidas por
sus antiguos propietarios; a diario salían largos trenes de la estación situa-
da extramuros, cargados de viajeros jubilosos, los despachados por el Papa
para actuar en calidad de delegados y ser la sal de los hombres, la levadura
que fermentase en los páramos y los yermos del mundo pagano. Y ese
mundo pagano acogía su llegada con risas y muestras de ira.
Del resto de la Cristiandad llegaban en tropel las noticias del éxito.
Se habían tomado las mismas precauciones que en Roma, pues las instruc-
ciones que se dieron fueron bien precisas, exhaustivas, y a diario llegaban
largas listas de los miembros admitidos en la orden por los superiores dio-
cesanos.
180
A lo largo de los últimos días también llegaron otras listas infinita-
mente más gloriosas. No sólo se recibieron informes acerca de que la or-
den había iniciado ya sus esfuerzos, acerca del restablecimiento de comu-
nicaciones anteriormente rotas, de que los devotos misioneros se hallaban
en pleno proceso de organización, de que la esperanza volvía a brotar en
los corazones de los más desesperados sino que, mejor incluso que todo
esto, llegó la buena nueva de la victoria en otra esfera. En París, cuarenta
de los miembros de la orden recién alumbrada habían perecido en la
hoguera, y aquello sucedió en un solo día en el barrio latino, antes de que
el Gobierno interviniese. Desde España, Holanda y Rusia llegaron noticias
de sucesos análogos. En Düsseldorf, dieciocho hombres y muchachos fue-
ron sorprendidos cuando cantaban la hora prima en la iglesia de San Lo-
renzo, y fueron arrojados uno a uno a las cloacas de la ciudad, entonando
todos ellos, al desaparecer, el «Christi, Fili Dei vivi, miserere nobis». Y
desde las tinieblas del subsuelo llegaba esa misma canción, hasta que fue
silenciada a pedradas. Entre tanto, las cárceles de Alemania se iban llenan-
do con la llegada de los cristianos rebeldes a las nuevas ordenanzas. El
mundo se encogió de hombros, afirmando que era culpa de ellos mismos,
al tiempo que deploraba la violencia de las masas y requería de las autori-
dades una mayor atención en la represión decidida de esta nueva conspira-
ción de supersticiosos. Y dentro de la catedral de San Pedro los operarios
no daban abasto y se afanaban en las largas hileras de nuevos altares, ad-
hiriendo a los dípticos de piedra los nombres, forjados en bronce, de aque-
llos que habían muerto en cumplimento de sus votos y se habían ganado su
corona eterna.
Era la primera palabra de Dios en respuesta al desafío del mundo.
A medida que se acercaba la Navidad, se anunció que el Soberano
Pontífice cantaría la misa el último día del año en el altar papal de San Pe-
dro, precisamente en nombre de la orden. Comenzaron los preparativos.
Iba a ser una suerte de inauguración pública de la nueva institución.
Con gran asombro de todos, se comunicó a los integrantes del Sacro Cole-
gio Cardenalicio, esparcidos por todo el inundo, la orden de personarse en
Roma el 31 de diciembre, a menos que se lo impidiera alguna enfermedad.
Daba la impresión de que el Papa estuviera decidido a que el mundo en-
tendiera la declaración de guerra en toda regla, pues aunque la orden no
iba a entrañar que ningún cardenal estuviera ausente de su provincia du-
rante más de cinco días, sin duda podrían surgir múltiples inconveniencias.
Sin embargo, así se dijo, y así se había de hacer.
181
Fue una extraña celebración de la Navidad.
A Percy se le ordenó asistir al Papa en su segunda misa, por lo que se
apresuró a celebrar cuanto antes la de las tres en su oratorio particular. Por
primera vez en toda su vida, vio aquello de lo que tan a menudo había oído
hablar, la maravillosa procesión pontificia a la antigua usanza, a la luz de
las antorchas, por las calles que iban de San Juan de Letrán a Santa Anas-
tasia, donde en los últimos años el Papa había restablecido la antigua cos-
tumbre, olvidada durante casi un siglo y medio. La pequeña basílica estaba
reservada, como es natural, para los más especialmente privilegiados, pero
las calles de los alrededores, y las de la ruta papal, así como los otros dos
lados del triángulo, eran también una densísima masa de cabezas en si-
lencio, de antorchas encendidas. El Santo Padre fue recibido en el altar por
los soberanos de costumbre; desde su lugar, Percy contempló el drama ce-
lestial de la Pasión de Cristo, representada mediante el velo de su Nativi-
dad en manos de su anciano y angélico Vicario. Fue difícil percibir allí la
presencia del Calvario; era en cambio inequívoco el aire de Belén, la Luz
celestial, no tanto las tinieblas sobrenaturales, que resplandecían en torno
al sencillísimo altar. Era el niño llamado por antonomasia el Admirable,
que allí yacía bajo las manos del anciano, y no tanto el Varón de los Dolo-
res.
El coro entonó Adeste fideles desde la tribuna. «Venid, rindamos el
homenaje de nuestra adoración antes que el de nuestras lágrimas; rego-
cijémonos, alegrémonos, seamos puros e inocentes, y ya que El por noso-
tros se ha hecho niño, hagámonos niños por El. Revistámonos con las
prendas de nuestra infancia, pongámonos los zapatos de la paz, porque el
Señor ha reinado, está vestido de belleza, el Señor se ha armado de fortale-
za y se ha ceñido para el combate. Ha establecido con firmeza el mundo,
que no se ha de mover, y su trono está preparado desde hace tiempo. Exis-
te desde la Eternidad. Regocíjate, pues, grandemente, hija de Sión; pro-
rrumpe en gritos de júbilo, hija de Jerusalén, pues he aquí que tu Rey ya
llega a ti, el Unico Santo, el Salvador del Mundo. Llegará entonces la hora
de los sufrimientos, cuando el príncipe de este mundo aparezca y se en-
frente al Príncipe de los Cielos.»
Así meditaba Percy en su fuero interno, algo apartado del resto, con
su espléndido atavío, esforzándose por ser pequeño y sencillo. ¡Nada era
de veras difícil para Dios! ¿No podría su místico nacimiento una vez más
obrar lo que había obrado antes, llevar a cabo el sometimiento mediante la
fuerza de su debilidad de todos los orgullosos que se exaltan por encima de
182
lo que se tiene por Dios mismo? Había bastado para atraer a los reyes más
sabios y hacerles atravesar el desierto, así como abandonar sus rebaños a
los pastores. En otro tiempo tuvo ante sí a reyes arrodillados al lado de los
pobres, de los locos: Reyes que habían dejado a sus pies sus coronas, que
le llevaron el oro de su lealtad, la mirra del martirio voluntario, el incienso
de la fe pura. ¿No era, pues, posible que las repúblicas también dejaran a
un lado su esplendor, que las muchedumbres se domeñaran, que el egoís-
mo se negara por sí solo, que la presunta sabiduría confesara su ignoran-
cia?
Se acordó entonces de Felsenburgh, y el corazón le dio un vuelco de
espanto.
III
184
cardenales de entonces no eran más que cincuenta y tres en total, y cuatro
no confirmaron su asistencia.
Entonces oyó voces en la antesala de su despacho, un paso apresura-
do, una frase en inglés, en tono de súplica vehemente. Que curioso, se dijo.
—Su Eminencia —oyó decir— ha de vestirse ahora; es imposible lo
que usted pretende.
La respuesta fue cortante. Hubo un ruido más brusco, y alguien trató
de asir el pomo de la puerta por el otro lado. Percy no quiso aguantar se-
mejante impertinencia, de modo que se plantó en tres pasos ante la puerta
y la abrió de golpe.
Se encontró con un hombre al que en un primer momento no recono-
ció. Estaba pálido y agitado.
—¿A qué viene...? —comenzó a decir Percy, pero calló—. ¡Señor
Phillips! —dijo en cambio.
El otro tendió las manos hacia el Cardenal.
—Soy yo, señor... digo Eminencia. He llegado en este instante. Es
cuestión de vida o muerte. Su asistente me dice que...
—¿Quién le envía?
—El padre Blackmore.
—¿Trae buenas o malas noticias?
El hombre miró al criado, que estaba a su lado con gesto de gran mo-
lestia. Percy lo entendió.
Puso la mano sobre el brazo del otro, llevándoselo al otro lado del
umbral.
—Llame a la puerta dentro de dos minutos. James —dijo.
Atravesaron juntos la estancia. Percy fue a su lugar de costumbre,
junto a la ventana. Se apoyó en el marco antes de hablar.
—Dígame en una sola frase, señor, qué sucede —dijo al recién llega-
do.
—Hay una conjura entre los católicos. Se proponen destruir la abadía
mañana mismo con explosivos. Yo pensaba que el Papa...
Percy le hizo callar con un solo gesto.
185
Capítulo VI
186
de treinta siglos; tenues columnas de humo ascendían bien visibles sobre el
cielo del atardecer. El rumor que emitía la madre de todas las ciudades
comenzaba a acallarse en esos momentos, pues el aire frío obligaba a sus
habitantes a permanecer en el interior, y la paz vespertina descendía al
tiempo que cerraba otro día y un año mas. Debajo, en las callejuelas, Percy
avistó minúsculas figurillas que se apresuraban como hormigas afanosas.
Le llegó el restallar de un látigo, el grito de una mujer, el llanto de un niño,
que ascendían en esa inmensa elevación cual si fueran los detalles de un
murmullo venido de otro mundo. Pronto también esos aspectos habrían ca-
llado, y la paz sería total.
La solemne pulsión de una campana llegó desde lejos, y la ciudad
adormecida paso a murmurar las buenas noches a la Madre de Dios. Desde
un millar de torres, la tenue melodía que flotaba sobre los glandes espacios
del aire se propagaba en un millar de acentos, el bajo solemne de San Pe-
dro, la voz de tenor de San Juan de Letrán, la aspereza desgarbada de una
iglesia de los suburbios, el grato tintineo de los conventos y las capillas,
yodo ello suavizado y más místico aún gracias al aire aquietado del atarde-
cer, al maridaje de un sonido delicado con una luz nítida. Por encima, la
naranja liquidez del cielo; por debajo, la dulzura aquietada y extática de las
campanas.
—Alma Redemptoris Mater—susurró Percy, con los ojos humedeci-
dos por las lágrimas—. ¡Santa Madre del Redentor, puerta abierta del cie-
lo, estrella del mar, tened piedad de los pecadores! El ángel del Señor
anunció a María, y concibió del Espíritu Satino. Derrama, Señor, Tu gracia
en nuestros corazones. Haz que los que conocemos la encarnación de Cris-
to alcancemos por los méritos de su Pasión y su cruz la gloria de la resu-
rrección por el mismo Cristo Nuestro Señor.
Repicó otra campana mucho más cerca, sacando a Percy de su devota
ensoñación y devolviéndolo a la tierra, a la triste realidad. Se dio la vuelta
y vio el volador inmóvil, convertido en un deslumbrante foco de luz. y
también a los dos sacerdotes que seguían al Cardenal alemán por la pasare-
la.
Los hombres habían escogido el compartimento de la parte posterior
y, cuando vieron que el anciano se hallaba cómodo, Percy se dirigió al pa-
sillo central para ver todavía el panorama de Roma.
La puerta de salida ya estaba cerrada, y cuando Percy se encontraba
en la ventanilla del otro costado, viendo la alta pared que en cuestión de
segundos desaparecería de su vista, en la totalidad del delicado aparato
187
comenzó a resonar la vibración del motor eléctrico. Se oía el murmullo de
las voces de mando, se estremeció el piso, volvió a resonar una campana
dos veces y se oyó un grato acorde como de instrumentos de metal. Volvió
a resonar, cesó la vibración, y el remate de la alta pared contra la que se
recortaba el cielo color cobre, en el que había clavado la mirada, se hundió
de repente como una barrera derribada de un golpe. Se tambaleó en donde
estaba. Instantes después volvió a surgir la cúpula, y a su vez se hundió
con toda la ciudad. un pespunte de torres. Una masa de tejados festoneados
de luces que giraron en un remolino a la vez que las estrellas, como pie-
dras preciosas, rotaban a un lado y al otro en el momento en que, con otra
exhalación, la máquina prodigiosa se enderezaba con el batir de sus alas e
iniciaba el vuelo con el acompañamiento de un zumbido en el aire, hasta
alcanzar un punto de silencio vibrante y emprender así el largo viaje al
Norte.
Cada vez más a lo lejos quedó la ciudad, convertida ya en una man-
cha gris sobre la negrura de la noche. El cielo pareció ampliarse como si
todo lo abarcara, a la vez que la tierra se sumía en las tinieblas de la noche.
Resplandecía como una cúpula descomunal de cristal maravilloso, y se iba
tiñendo de negro en su resplandor. Cuando por última vez Percy dejó caer
la mirada por encima de la barquilla. la ciudad no era más que una línea y
una burbuja, una hinchazón, y luego nada.
Respiró hondo y volvió con sus compañeros de viaje
II
188
para ellos, es un hombre dotado de conciencia, que sabe pensar por sí
mismo, y que entiende que cualquier intentona de este tipo sería la gota
que colmara el vaso de la tolerancia. Eminencia, ¿se da usted cuenta de
cuán violento es el sentimiento que hay en contra de nosotros?
El anciano asintió con un gesto de lástima.
—Demasiado bien lo entiendo —murmuró—. ¿Y están mis alemanes
en la conjura? —murmuró—. ¿Tiene usted certeza?
—Eminencia, la conjura es de enormes proporciones. Se viene fra-
guando desde hace meses. Han tenido reuniones semanales. Y han sabido
conservar el secreto de una manera espléndida. Sus alemanes sólo han
aplazado el golpe para que los dos atentados coincidan y tengan un doble
efecto. Mañana por la mañana... —Percy hizo un gesto de desesperanza.
—¿Y el Santo Padre?
—Hablé con él en cuanto concluyó la misa. Retiró toda oposición y
mandó llamaros. La resolución tomada es nuestra única posibilidad, Emi-
nencia.
—¿Y creéis que nuestro plan podrá evitar la catástrofe?
—Es difícil predecirlo, pero no tenemos otra opción. En cuanto lle-
gue a Londres, visitaré al arzobispo para contárselo todo. Llegaremos, creo
yo, a las tres en punto, y usted estará en Berlín a eso de las siete, hora lo-
cal. La función está prevista para las once. Y a esa hora habremos hecho
todo lo que sea posible. El Gobierno lo sabrá, a la vez que sabrá que en
Roma somos inocentes. Imagino que se hará anunciar la presencia del
Cardenal Protector y del arzobispo, con sus coadjutores, en las sacristías.
Doblarán todas las guardias, pondrán voladores en circulación, y entonces.
bueno, entonces estaremos en manos de Dios.
—¿Cree que los conspiradores están resueltos a la intentona?
—No tengo ni idea —dijo Percy con sequedad.
—Tengo entendido que disponen de planes alternativos.
—Puede ser. Pero si no hay moros en la costa, creo que tienen la in-
tención de dejar caer el explosivo desde el aire. De lo contrarío, al menos
tres hombres se han ofrecido a sacrificarse introduciéndolo ellos mismos
en el interior de la abadía... ¿Y usted, Eminencia?
El anciano lo miró con fijeza.
189
—Mi programa es idéntico al suyo —dijo—. Eminencia. ¿ha consi-
derado usted el efecto tanto en uno como en otro caso? Si no sucediera na-
da al final...
—Si no sucediera nada, nos acusarán de fraude, o de tratar de darnos
publicidad. Si sucede algo... bueno, habremos de comparecer juntos en
presencia de Dios. Ruego a Dios que suceda lo segundo —añadió con ve-
hemencia.
—Será desde luego más llevadero —comentó el anciano.
—Le ruego me disculpe, Eminencia. No debiera haberlo dicho —
añadió.
Se hizo el silencio entre los dos. No se oía nada más que la tenue y
nada fatigosa vibración de la hélice, y la tos repentina de otro viajero en el
compartimento contiguo. Percy apoyó la cabeza en la mano y miró por la
ventana.
La tierra estaba envuelta por la negrura, un vacío inmenso; arriba, la
inmensidad del cielo que todo lo engullía aún dejaba ver una cierta lumi-
nosidad, y en medio de la bruma de las altitudes por las que se desplazaban
brillaban las estrellas de vez en cuando, a medida que el aparato se mecía y
daba la cara al viento.
—Hará frío cuando lleguemos a los Alpes —murmuró Percy. Y es-
talló—. Y resulta que no tengo ni una hilacha de evidencia, nada que de-
muestre nada. No tengo más que la palabra de un hombre.
—Sin embargo, ¿está usted seguro?
—Completamente.
—Eminencia —dijo el alemán de pronto, mirándolo a la cara—, debo
decirle que el parecido es extraordinario
Percy sonrió con inquietud. Estaba cansado de que se lo señalaran.
—¿Y qué saca usted en claro? —insistió el otro.
—Me lo han preguntado muchas veces —dijo Percy— No tengo una
respuesta clara.
—A mi me parece que Dios ha querido darnos algo a entender —
murmuró el alemán con pesadez., sin dejar de mirarlo fijamente.
—¿Y bien, Eminencia?
—Me parece que viene a ser una suerte de antítesis. El reverso de la
medalla. Pero no lo sé, claro.
190
Volvió a reinar el silencio. Un capellán se asomó por la puerta acris-
talada, un alemán de ojos azules, al cual despidieron en el acto.
—Eminencia —dijo bruscamente el anciano—, sin duda hay más co-
sas de que hablar. Hay planes que trazar.
Percy negó con un gesto.
—No hay ningún plan que trazar —dijo—. No sabemos nada, salvo
la cosa en sí. No sabemos nombres, nada. Somos como los niños en la jau-
la de un tigre. Y uno de nosotros acaba de hacer un gesto delante de las
fauces del tigre.
—Supongo que tendremos que estar en comunicación.
—Si no sucumbimos en el trance.
Era curioso el modo en que Percy tomaba la iniciativa. Había vestido
la púrpura cardenalicia sólo tres meses antes; su compañero, a lo largo de
doce años. Sin embargo, era el joven quien dictaba los planes y disponía
las cosas. Apenas era consciente de esta extrañeza. Desde que recibió la
pavorosa noticia por la mañana, como si explotara una nueva mina bajo la
iglesia temblorosa, había contemplado el suntuoso ceremonial, el esplen-
dor, los movimientos dignos y reposados del Papa y toda su corte, con un
secreto que le ardía en el corazón y en el cerebro. De manera muy especial
desde la rápida entrevista en la que los planes de antaño se invirtieron del
todo y se tomó una sorprendente decisión, y se dio y se recibió la bendi-
ción correspondiente, y también desde que ni siquiera medió una palabra
de despedida, hecho todo ello en menos de media hora, todo su ser se hab-
ía concentrado en esa única y decidida fuerza, como un muelle tensado al
máximo. Notaba el poder que le cosquilleaba en las yemas de los dedos, y
notaba al tiempo el peso de una sombría desesperación. Se habían venido
abajo todos los puntales; todas las defensas quedaban desmanteladas; él
mismo, la ciudad de los papas, la Iglesia Católica, lo sobrenatural, parecían
pender de una sola cosa, del dedo de Dios. Y si eso fallara... bien, en tal
caso ya nada tendría nunca más la menor importancia.
Se encaminaba en esos momentos hacia dos desenlaces posibles: la
ignominia o la muerte. No quedaba una tercera posibilidad, a menos, claro
está, que los conspiradores fueran de hecho apresados con las armas enci-
ma. Pero eso era imposible. O bien se abstendrían de cometer el atentado,
a sabiendas de que los ministros de Dios iban a caer con ellos, con lo cual
se difundiría la ignominia de un fraude probado, o bien llevarían a cabo un
miserable intento por ganar credibilidad. O tal vez no se abstendrían, cir-
cunstancia en la que la muerte del Cardenal y unos cuantos obispos les pa-
191
recería un precio asequible que pagar por su venganza. En ese caso no les
quedaría más que la muerte y el Juicio Final. Pero Percy ya no tenía mie-
do. Ninguna ignominia podía ser mayor que la ya soportada, la ignominia
de la soledad y el descrédito. Y la muerte no podía sino ser dulce; al me-
nos, sería el conocimiento y el reposo. Estaba dispuesto a arriesgarlo todo
por Dios.
El otro, disculpándose con un gesto, tomó su breviario y comenzó a
leer.
Percy lo miró con inmensa envidia ¡Ah! Si al menos fuera así de vie-
jo... Podría aguantar uno o dos años de esa penuria, pero no cincuenta más,
pensó. Era una panorámica punto menos que inacabable la que se abría an-
te él, incluso en el dudoso supuesto de que las cosas salieran bien; una pa-
norámica de pugna incesante, de autorrepresión, de energía malgastada, de
malentendidos y maltratos por parte de sus enemigos. La Iglesia perdía por
momentos su prestigio e influencia en el mundo. ¿Y si ese nuevo espasmo
de fervor no fuera sino la llamarada postrera de una fe que agonizaba?
¿Cómo podría soportal una cosa así? No le quedaría más remedio que ver
cómo alcanzaba cada vez. mayor altura la oleada del ateísmo triunfante,
pues Felsenburgh le había dado un ímpetu cuyo fin era impredecible. Nun-
ca había estado en manos de un solo hombre el poder de la democracia.
Una vez más volvió a considerar el día que le esperaba por delante. ¡Ay, si
al menos terminase con la muerte! Beati mortui qui in Domino moriuntur!6
No sirvió de nada. Era una cobardía pensar en esos términos. A fin de
cuentas, Dios era Dios. De una sola mirada Dios convierte montes en
abismos.
Percy también sacó el breviario, halló el rezo de la hora prima y a
San Silvestre, se persignó y se dispuso a rezar. Minutos más tarde los dos
capellanes volvieron al compartimento y se sentaron. Todo quedó en silen-
cio, salvo la palpitación de la hélice, y el extraño susurro del aire al correr.
III
6
Bienaventurados los difuntos que mueren en el Señor!
192
—Se servirá la cena dentro de media hora, caballeros —dijo en espe-
ranto, como era norma en los viajes internacionales—. Esta noche no
hacemos parada en Turín.
Cerró la puerta y salió, y el ruido de las puertas se propagó por el pa-
sillo a medida que fue haciendo el mismo anuncio en cada compartimento.
Así pues, no había pasajeros con destino a Turín, reflexionó Percy.
Sin duda, se había recibido un mensaje por radio, indicando que tampoco
allí nadie iba a subir a bordo. Buenas noticias: dispondría de más tiempo
en Londres. De ese modo, tal vez el cardenal Steinmann pudiera tomar an-
tes el volador de París a Berlín, aunque no estaba seguro de que la co-
nexión fuera posible. Era una lástima que el alemán no hubiera podido to-
mar el de las trece, directo de Roma a Berlín. Esos cálculos hizo, con una
suerte de insensibilidad superficial.
Se puso en pie para estirarse. Recorrió el pasillo para ir al lavabo a
lavarse las manos.
Le fascinó la panorámica cuando se hallaba ante el lavabo, en la parte
posterior del aparato, pues en esos momentos pasaban por encima de
Turín. Era una mancha de luz., tan vivida como bella, que resplandecía por
debajo de él en medio de la anchura de las tinieblas, a la vez que se des-
plazaba hacia el Sur según el aparato ganaba velocidad rumbo a los Alpes.
Vista desde arriba, pensó, qué pequeña parecía aquella gran ciudad; sin
embargo, qué poderosa era. Desde aquel núcleo de resplandor, ya casi diez
kilómetros atrás, se regían los destinos de Italia; en una de esas casas de
muñecas que sólo logró entrever se sentaban los hombres para decidir lo
relativo a las almas y los cuerpos de los ciudadanos, una vez abolido Dios,
y se reían de Su Iglesia. Y Dios lo permitía, sin dar ninguna señal. Allí
había estado Felsenburgh uno o dos meses antes. Felsenburgh, su doble.
Una vez más surgía en su ánimo el puñal del pensamiento que desgarraba
su corazón de parte a parte.
Minutos más tarde, los cuatro eclesiásticos se hallaban sentados en
torno a una mesa redonda, en un pequeño compartimento del comedor, en
la zona de proa. Fue, como siempre, una cena excelente, preparada en la
cocina situada en las entrañas del volador, subida plato a plato por medio
de un ascensor al centro de la mesa. En el lugar de cada comensal había
una botella de vino tinto, y tanto la mesa como las sillas se acompasaban
con facilidad al balanceo de la nave. Pero no fue de notar la conversación,
pues para ambos cardenales sólo un tema era posible, y los capellanes aún
no estaban del todo al tanto del secreto
193
Arreciaba el frío, y ni siquiera los calefactores bastaban para contra-
rrestar la glacial temperatura del aire en las cercanías de los Alpes, hacia
los cuales se acercaba la nave con una cierta inclinación. Era necesario as-
cender al menos nueve mil pies a partir del nivel habitual para atravesar la
frontera por el Mont Cenis con una mínima seguridad; al mismo tiempo,
era necesario ralentizar algo la marcha al sobrevolar los Alpes, debido al
extremo enrarecimiento del aire y a la dificultad de que la hélice girase a la
velocidad idónea para paliarlo.
—Esta noche estará nublada —dijo una voz clara y precisa en el co-
rredor, cuando la puerta se entreabrió debido a un vaivén del aparato.
Percy se levantó a cerrarla.
El Cardenal alemán se sintió indispuesto al término de la cena.
—Me retiro —dijo al fin—. Voy a abrigarme.
Su capellán lo acompañó dejando la cena sin terminar, y Percy quedó
a solas con el padre Corkran, su capellán inglés, recién llegado de Escocia.
Se terminó el vino, comió un par de higos y se quedó contemplando
la vidríela de proa.
—¡Ah! —dijo—. Por fin llegamos a los Alpes.
El salón de proa constaba de tres divisiones, en el centro de las cuales
se encontraba el piloto con las manos sobre el timón y la mirada fija al
frente. A uno y otro lado, separados de el por un tabique de aluminio, se
abrían sendos compartimentos estrechos, con una larga ventana curvada a
la altura de los ojos, por medio de la cual era posible acceder a una pa-
norámica espléndida. A uno de los dos se dirigió Percy, y por el camino
vio a otros grupos de viajeros todavía cenando o tomando vino. Accionó el
muelle de la puerta y entró.
Había cruzado los Alpes tres veces a lo largo de su vida, y bien re-
cordaba el efecto extraordinario que la travesía tuvo en él, sobre todo una
vez en que en un día muy claro vio el eterno, inconmensurable mar de hie-
lo blanco, roto aquí y allá por elevaciones y arrugas, quebradas y depre-
siones que desde abajo eran cumbres intimidantes; más allá se veía la cur-
va de la esfera de la Tierra, difuminándose en la neblina a partir de la cual
se abría un espacio indescriptible. Sin embargo, esta vez le resultó más
pasmosa que nunca, y contempló la cordillera con el interés de un niño en-
fermizo.
Ascendía la nave rápidamente hacia el paso de montaña que salvaba
las laderas revueltas, las quebradas, las inmensas moles de nieve, esparci-
194
das aquí y allá de materiales de desecho, abandonados en una construcción
ciclópea. Desde tan gran altitud eran relativamente insignificantes, pero al
menos daban idea de la formidable magnitud de los bastiones a los que
servían de estribo. Al darse la vuelta, Percy vio el cielo, que no iluminaba
la luna, tachonado de gélidas estrellas, y comprobó que lo tenue de la ilu-
minación daba a la escena mayor realce; sin embargo, cuando se volvió
hacia el otro lado se produjo un cambio. La vastedad del aire que lo en-
volvía parecía percibirse a través de un cristal es escarchado. La negrura
aterciopelada de los pinares se había disuelto en un gris oscuro, el pálido
cabrillear del agua y el hielo desaparecían por momentos, y a todo ello su-
cedía el reflejo mate de los ventisqueros, la parda desnudez de los picos
monstruosos, las laderas de roca viva, que parecían levantarse contra la
nave, aunque, vencidas por ésta, resbalaban y se precipitaban hacia los
abismos de ambos lados. Producía el conjunto la impresión confusa de las
formas sin perfiles ni tonos definidos, que se esfumaban, se fundían en la
inmensidad de un fondo blancuzco. Percy tendió la mirada a derecha y a
izquierda de aquella región superior, y un estremecimiento involuntario lo
sacudió por entero al ver avanzar hacia él masas inmensas de roca, en tor-
no a las cuales surgía un tropel de formas abigarradas que corrían arremo-
linándose y se ocultaban en el seno de una nube, visible apenas por la osci-
lante radiación que proyectaban los faros del aparato. Los reflectores eléc-
tricos giraron en ese momento, volviéndose contra la niebla y perforándola
con sus tentáculos luminosos hasta dejar al descubierto las crestas ocultas
bajo la gasa de los vapores. La velocidad aún menguó a una cuarta parte al
penetrar en la nebulosidad que envolvía las tinieblas de la franja más ele-
vada. Se irguió de pronto sobre la superficie erizada de las cimas un agudo
picacho que se hundió en seguida, tomando la forma de una espada en alto,
y se desvaneció al fin a miles de pies de profundidad. Las sacudidas de la
nave empezaban a ser insoportables por el triple movimiento de ascensión,
avance y balanceo. A la distancia de unos veinte metros se oyó el rugido
salvaje de un torrente de montaña, que enmudeció poco después, las boci-
nas del aparato emitieron una triste resonancia, que se propagó en aquellas
soledades heladas como un cúmulo de gemidos de espíritus errabundos. Y
cuando Percy, aterrado, enjugó la humedad que empañaba el cristal de su
observatorio y miro de nuevo al exterior, creyó que flotaba inmóvil en una
atmósfera incolora, suspendida en el espacio infinito, de una soledad abso-
luta, helada, perdida en una región de infernal desolación.
Súbitamente, una monstruosa forma blanca avanzó hacia el aparato y
se deslizó por debajo del mismo, dejando a la vista una pendiente lisa, es-
195
cindida por un núcleo de rocas negras que remedaban las manos de los
náufragos, alzadas sobre una ola en demanda de auxilio. La sirena de la
nave vibró de nuevo con un tono lastimero, y un grito contestó a corta dis-
tancia, seguido de otros; luego se oyó el tañir de varias campanas, forman-
do un coro armonioso de señales, y el aire se lleno de rumores y aleteos.
IV
197
rumbo sur. El nombre de Felsenburgh acudió a sus mientes. ¿Y si ese
hombre siniestro estuviera detrás de tan secretos designios?
—Eminencia —volvió a decir el anciano, pero en ese instante arrancó
a volar el aparato.
Sonó una campanada, retembló una vibración en el piso, y con la
suavidad de un copo de nieve la gran embarcación comenzó su ascenso, un
movimiento perceptible sólo por el repentino descenso y la desaparición de
la aguja de roca, a la que Percy seguía mirando. Despacio, también el
campo de nieve, y una negra hendidura pasó rápidamente de derecha a iz-
quierda. y desapareció de nuevo por abajo, cuando el aparato parecía sus-
penso en el aire, en la blancura del espacio, como si ascendiera una rampa
por la que se hubiera precipitado antes. Una vez mas, el acorde del viento
desgarró la atmósfera, y la respuesta fue en esta ocasión tenue, lejana, co-
mo una respuesta enviada desde otro mundo. Se avivó la velocidad a la
que viajaba la nave, y el constante palpitar de la hélice fue sustituyendo el
movimiento vacilante de las alas. Volvió a oírse un bocinazo, que se pro-
pagó por las desiertas soledades de las paredes de roca, ya más abajo, y
con renovado impulso tomó altura el aparato. Trazaba amplios círculos,
cauteloso como un gato, en constante ascenso, sondeando el aire a ciegas,
en busca de nuevos peligros. Volvió a aparecer una vasta ladera de blancu-
ra indescriptible, iluminada por el resplandor de las ventanas, y se hundió
más veloz que nunca, remitiendo, acercándose, hasta que por un momento
sonrió una línea dentada, de rocas, como dientes en la niebla, que descen-
dió y se perdió de vista, y con un clangor de campanas y un último bocina-
zo de aviso, el palpitar de la hélice pasó de un rumor callado a una nota
aquietada, a la vez, que la nave, franqueados por fin las de los picos de la
frontera, emprendió vuelo con su zumbido inequívoco en el anchuroso es-
pacio. Fuera lo que fuese, había quedado atrás en la noche espesa.
Se oía el rumor de las conversaciones en el interior de la nave, voces
presurosas, inquietas, interrogantes, punteadas por las exclamaciones, re-
matadas por la autoritaria voz del conductor. Se oyeron pasos en el pasillo,
y Percy se puso en pie de un brinco para hacer frente a lo que fuera, si bien
en cuanto puso la mano en el picaporte, se abrió la puerta desde el otro la-
cio, Para su desconcierto, el guardia inglés entró acto seguido, cerrando la
puerta.
Se quedó en silencio, mirando con extraña expresión a los cuatro sa-
cerdotes, con los labios comprimidos y una mirada de ansiedad.
—¿Y bien? —exclamó Percy.
198
—De acuerdo, caballeros. Pero tengo la impresión de que deberían
bajar de la nave en París. Sé quiénes son ustedes, y si bien no soy católi-
co...
Volvió a callar.
—Le ruego que continúe, caballero —dijo Percy.
—¡Oh! Pésimas noticias, caballeros. Nos hemos cruzado con dos-
cientas naves que viajan hacia Roma. Se ha descubierto en Londres una
conjura de los católicos.
—¿De que se trata?
—Tienen la intención de volar la abadía por los aires. Por eso, ellos
van...
—¡Ah!
—Sí, señor. Van a borrar Roma del mapa.
E inmediatamente se fue.
199
Capítulo VII
Eran casi las dieciséis de ese mismo día, el último día del año, cuan-
do Mabel entró en la iglcsuca de su barrio.
Caía la noche despacio, capa a capa, y en los tejados, hacia el Oeste,
ardía el fuego en ascuas del crepúsculo invernal. El interior de la pequeña
iglesia era un cúmulo de luces moribundas. Por la tarde, había dormido un
poco en el sillón, y había despertado con un extraño límpido sentido del
espíritu, y de la mente, como a veces se tiene tras una siesta reparadora.
Más tarde se preguntó cómo había podido conciliar el sueño en un momen-
to semejante y, sobre todo, cómo era posible que no hubiera percibido ni
de lejos esa nube de miedo y de furia que se precipitaba y envolvía ya to-
dos los países por igual. Recordó después un ajetreo insólito en las amplias
calles, al mirar por las ventanas, y un inaudito clamor de campanas, tim-
bres y bocinas, pero no le dio mayor importancia, y pasó de largo camino
del templo en donde tenía sus ratos de oración.
El sosiego del lugar le atraía cada vez más, y acudía con frecuencia
para afirmarse en sus convicciones y concretar sus pensamientos en la sig-
nificación oculta bajo la superficie de la vida, esto es, en los grandes prin-
cipios sobre los cuales vivían todos, las realidades verdaderas. Semejante
devoción, sin duda, empezaba a estar reconocida casi plenamente entre de-
terminadas clases sociales. Se predicaban sermones de vez en cuando y se
publicaban libros que funcionaban como guías de la vida interior y que cu-
riosamente recordaban los antiguos libros católicos sobre la oración y la
meditación.
Acudió ese día a su sitio de costumbre. Cruzó las manos, contem-
plando durante unos minutos los muros de piedra del viejo santuario, la
blanca imagen que se erguía en el altar, la decreciente claridad de la venta-
na. Cenó entonces los ojos y se puso a pensar, de acuerdo con el método
que ella seguía.
Primero concentró toda su atención en sí misma, desgajándose de to-
do lo que era meramente externo y transitorio, retirándose a su interior, ra-
200
da vez más adentro, hasta que encontró la centella secreta que, por debajo
de todas las fragilidades, de todas las actividades, la convertía en miembro
sustancial de la divina especie de la Humanidad.
Ése era el primer paso.
El segundo consistía en un acto del intelecto, seguido por otro de la
imaginación. Todos los hombres estaban en posesión de esa misma chispa,
reflexionó... Puso en marcha su capacidad de intelección, barrió con una
mirada mental el mundo bullicioso y encrespado, y atinó a ver bajo la luz y
las tinieblas los dos hemisferios, los incontables millones de seres huma-
nos, los niños que venían a este mundo, los ancianos que lo abandonaban,
las personas maduras que lo disfrutaban y disfrutaban el tiempo de su fuer-
za. Tendió la mirada a lo largo de las eras de la Historia, a través de los si-
glos de crímenes, de ceguera, a través de los cuales la especie humana sa-
lió del estado salvaje, de la superstición, para conocerse a sí misma; siguió
camino por las edades venideras, a medida que una generación sucedía a la
anterior, rumbo a un clímax cuya perfección, se dijo, no era capaz, de
comprender del todo, pues no formaba parte de ella. Sin embargo, volvió a
decirse, ese clímax ya había nacido. Los dolores del parto habían termina-
do. ¿No vivía ya en la tierra el heredero del porvenir?
Fue entonces cuando mediante un tercer acto, vigoroso donde los
hubiera, cayó en la cuenta de que en todo existía una unidad, un fuego cen-
tral del cual era cada chispa una radiación más, un ser divino de vastedad
inconmensurable, que se hacía realidad a lo largo de los siglos, uno entre
muchos, al que los hombres habían llamado Dios, y ya no conocido, sino
reconocido como la totalidad transcendente de los hombres: Aquel al cual
ahora, con el advenimiento del nuevo Salvador, se había despertado del
letargo y se había mostrado como el único dueño y señor de positiva esen-
cia.
Y así continuó un buen rato, sumida en la contemplación de su espíri-
tu, desgajando ora esta virtud, ora la otra, para tratar de asimilarlas de ma-
nera más particular, o abundando en sus defectos, viendo en la totalidad el
cumplimiento de sus aspiraciones, la suma de todo aquello que esperaban
los hombros, eso Espíritu de la Paz durante tanto tiempo desterrado del
mundo por las propias pasiones de los hombres, a pesar de lo cual pugnaba
eternamente por ser gracias a la energía de cada vida individual, cumplién-
dose en cada latido, sereno, manifiesto, triunfante. Así siguió, perdido del
todo el sentido de su propia individualidad, fundiéndose en un largo y sos-
201
tenido esfuerzo, puro acto de la voluntad, embebiéndose, creía, en largos
tragos del Espíritu de la Vida y el Amor.
Algún ruido desconocido, supuso más tarde, vino a sacarla de su en-
sueño, y a la postre abrió los ojos, y ante si encontró la quietud del pavi-
mento, resplandeciente en medio del crepúsculo, y los escalones que as-
cendían al santuario, el pedestal a la derecha, el espacio apacible del aire
oscurecido en torno a la blanca figura de la Madre, sobre la tracería del an-
tiguo ventanal. Allí mismo los hombres se habían rendido en la adoración
de Jesús, aquel Varón de los Dolores ensangrentado, que según su propia
confesión había venido al mundo no para traer la paz, sino la espada. Y los
hombres se habían arrodillado, los ciegos y encallecidos cristianos. ¡Ah!
¡Qué penoso sentimiento le infundía todo ello, la desesperada aceptación
de cualquier credo que paliara las penas, la desatinada adoración de cual-
quier Dios que afirmase sufrirlas.
Y volvió a llegarle el mismo ruido, que vino a chocar contra la sere-
nidad de su paz, aun cuando no acertase a comprender por qué.
Se hallaba más cerca, y se dio la vuelta, asombrada, para contemplar
la nave en tinieblas, para ver de dónde provenía.
Llegaba de fuera un extraño murmullo que ascendía y decrecía mien-
tras ella aguzaba el oído.
Se puso en pie con el corazón desbocado. Sólo en una ocasión ante-
rior había oído una cosa parecida, una vez, en una plaza, en donde los
hombres se desgañitaban en torno a un andén.
Se levantó con temor del asiento, recorrió el pasillo, retiró las corti-
nas que cubrían la puertaventana del oeste, levantó el pestillo y salió.
La calle, desde el punto en que se encontraba, ante la balaustrada de
la entrada de la iglesia, parecía insólitamente desierta y oscura. A derecha
e izquierda se prolongaban las hileras de las casas, y en lo alto teñía el cie-
lo una intensa coloración rosácea, pero daba la impresión de que los en-
cargados del alumbrado público hubieran olvidado cumplir su cometido.
No se veía ni un alma.
Había extendido la mano para abrir la cancela y salir, pero un repen-
tino rumor de pasos la llevó a titubear. Acto seguido, una niña apareció co-
rriendo sin aliento, aterrada, con las manos tendidas hacia ella.
—Ya vienen, ya vienen —sollozó la niña al ver que la miraba. Se
aferró a los barrotes y lanzó una mirada de espanto por encima del hom-
bro.
202
Mabel abrió la cancela en un visto y no visto. La niña entró de un sa-
llo, corrió hacia la puerta y. dándose la vuelta, se apretó contra ella. Mabel
cerró la cancela.
—Ya está, ya esta —dijo—. ¿Quiénes vienen? ¿Qué sucede?
Pero la niña escondía la cara en su falda acogedora, y en ese preciso
instante le llegó el rugido, las voces, los pasos apresurados.
No tardaron siquiera unos segundos en pasar los primeros heraldos de
la siniestra procesión. Primero llegó a la carrera una escuadrilla de chiqui-
llos que reían, aterrorizados o fascinados, o ambas cosas al tiempo, vol-
viendo la cabeza atrás, con uno o dos perros aullando entre ellos, y unas
cuantas mujeres que avanzaban a hurtadillas por las aceras. Mabel vio el
rostro de un hombre, pálido y ansioso, en una de las ventanas de enfrente,
seguramente un inválido que trataba de ver qué estaba ocurriendo. Un gru-
po —un hombre bien vestido, con traje gris, más un par de mujeres con sus
bebés y un adolescente de rostro solemne— se detuvo ante ella, al otro la-
do de la balaustrada. Todos hablaban al tiempo sin que ninguno escuchara.
y también ellos volvieron la mirada hacia la izquierda, por donde a cada
instante crecía el clamor y el alboroto. Pero no fue capaz de preguntar na-
da. Se le movieron los labios, sin que de ellos saliera una sola sílaba. Era
pura aprensión encarnada. Frente a la intensa inmovilidad en que se halla-
ba pasaron imágenes sin importancia. Oliver tal como estuvo durante el
almuerzo, su propio dormitorio con el suave color en las paredes, el oscuro
santuario, la blanca figura a la que acababa de contemplar.
Llegaban y eran más numerosos, una tropa de jóvenes cogidos del
brazo, todos ellos hablando o gritando a voz en cuello, sin que nadie escu-
chara a nadie, todos ellos por el medio de la calle, y a sus espaldas el nu-
trido gentío, como una ola que batiera el canal vallado por la piedra, los
varones apenas discernibles de las mujeres debido a lo apiñado de las ca-
ras, bajo un cielo que se iba tomando negro por momentos. Con la excep-
ción del ruido, en el que Mabel apenas reparaba, de puro estruendoso, de
puro incesante, pues tan intensa era su concentración en el sentido de la
vista, con esa sola excepción podría haberse tratado de una irrupción tan
repentina, y tan desbordante de fuerza, que bien podría pasar por una ban-
da de fantasmas que de pronto asomaran del mundo espiritual, visible a
través de un amplio espacio, a punto de desvanecerse de nuevo en la densa
oscuridad. La calle desierta estaba completamente llena por ambos lados, y
hasta donde la vista alcanzaba; los jóvenes habían desaparecido a la carre-
ra, al paso, no acertaba a decirlo, volviendo la esquina a la derecha, y todo
203
el espacio en su campo visual era un flujo incesante de cabezas, de caras,
apretadas a tal punto que el grupo de la balaustrada se vio desgajado del
sitio, como las algas, y tuvo que dejarse llevar por la masa, de lado, por
más que se aferrase a los barrotes, a merced de una corriente imparable. Y
en todo momento la niña siguió sujeta a su falda, dándole tirones.
Empezaron a aparecer por encima de las cabezas de la multitud algu-
nos objetos que al principio no supo distinguir por la luz menguante, si
bien luego vio que eran pértigas, varas, retazos de tela que recordaban los
estandartes y que se movían como si tuvieran vida propia, oscilando de un
lado a otro, alzados por los transeúntes.
Los rostros de la masa, distorsionados por la pasión, la contemplaban
de vez en cuando a medida que iban pasando, y las bocas abiertas al
máximo parecían proferir gritos contra ella, aunque apenas las veía. Con-
templaba aquellos extraños emblemas flotantes, forzando la vista en la
media luz, tratando de distinguir las formas apenas visibles a la vez que
intentaba dar con una suposición, aunque le diera pánico suponer de qué se
trataba.
De pronto, de las lámparas ocultas bajo los aleros de las casas, broto
luz abundante, la luz de sobra conocida, engendrada por la maquinaria gi-
gantesca de los subterráneos, hasta entonces olvidada por los hombres su-
midos en la ciega pasión de un día de catástrofe, y en cuestión de un se-
gundo todo cambió, y la turba de fantasmas pasó a ser una inmisericorde
realidad de vida y muerte.
Ante ella se alzaba, sostenida por el gentío, un asta con una figura en
lo alto, de la cual pendía un brazo sujeto por la mano clavada, balanceán-
dose al pasar. Una tela fina corría tras ella, con la velocidad del movimien-
to.
Y acto seguirlo vio el cuerpo desnudo de un niño, empalado, blanco,
ensangrentado, la cabeza vencida sobre el pecho, los brazos inertes.
Y luego vio la figura de un hombre colgado por el cuello, vestido con
una especie de sotana negra, y una capa, cuya cabeza pendía de la cuerda.
II
Esa misma noche, Oliver Brand llegó a casa una hora antes de la me-
dianoche.
204
Los sucesos que le fueron referidos, o los que tuvo ocasión de con-
templar a lo largo riel día, estaban demasiado próximos, o eran demasiado
inminentes, para juzgarlos con cierta frialdad. Había visto desde su venta-
na en Whitehall la plaza del Parlamento repleta de gente, una turba tan
numerosa como no se había visto en Inglaterra desde los tiempos del cris-
tianismo, una turba enfebrecida, furiosa, que difícilmente podía tener ori-
gen salvo en fuentes situadas más allá ríe toda sensatez. Tres veces, a lo
largo de las horas que siguieron a la publicación de la conjura de los cató-
licos y al estallido de la ira popular, había tenido comunicación con el pri-
mer ministro, preguntándose si no era posible hacer nada para aplacar a las
masas; las tres veces recibió la dudosa respuesta de que lo que se pudiera
hacer se haría, de que el uso de la fuerza era inadmisible al menos de mo-
mento, de que la Policía estaba haciendo todo lo humanamente posible.
Al considerar la expedición de los voladores con rumbo a Roma,
asintió en silencio, tal como hizo el resto del Consejo. Dijo Snowford que
era algo necesario, un acto punitivo, pero judicial, lamentable, y sin em-
bargo necesario. La paz, en tal situación, no se podía garantizar si no era
en estrictos términos de guerra, o, más bien, siendo la guerra algo ya obso-
leto, en términos de pura y dura justicia. Los católicos se habían revelado
como enemigos jurados de la sociedad. De acuerdo, la sociedad tenía que
defenderse, al menos en una situación así, haciendo uso de la fuerza. El
hombre seguía sujeto a la condición humana. Y Oliver escuchó todo esto
sin decir palabra.
Al sobrevolar Londres en uno de los voladores del Gobierno, a su re-
greso a su domicilio, tuvo ocasión de ver bastantes ilustraciones de lo que
acontecía por debajo de él. Las calles estaban iluminadas como en pleno
día, sin una sola sombra, limpias, inundadas de luz blanca, y todas las vías
públicas eran una serpiente que reptaba. Desde allá abajo le llegaba el
constante griterío, suave y almohadillado, interrumpido por gritos cortan-
tes. De aquí y allá ascendía el humo de las quemas, y en una ocasión, al
sobrevolar una de las grandes plazas sitas al sur de Battersea, llegó a ver lo
que parecía un escuadrón de hormigas en persecución de algo, o presa del
pánico. Bien se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. A fin de cuentas, el
hombre nunca había sido un ser perfectamente civilizado.
No le agradaba pensar en lo que podría estar esperándole cuando lle-
gase a casa. Cinco horas antes, había escuchado la voz de su esposa por
teléfono, y lo que le contó a punto estuvo de llevarlo a dejarlo todo y a co-
rrer a su lado. Pero mal preparado podía estar para lo que se encontró.
205
Nada más entrar en la sala de estar vio que no se oía otra cosa que el
rumor lejano que llegaba de las calles, mucho más abajo. La estancia se le
antojó extrañamente oscura, y fría, pues la única luz que entraba en ella
llegaba por una de las ventanas, cuyas cortinas estaban abiertas, y siluetea-
da contra el luminoso ciclo vio la figura erguida de una mujer, que lo mi-
raba y escuchaba.
Accionó el mando de la luz eléctrica y Mabel se volvió despacio
hacia él. Vestía un traje de paseo, con un manto que pendía sobre sus
hombros, y su rostro parecía poco menos que el de una perfecta descono-
cida. Estaba absolutamente incolora, con los labios comprimidos, los ojos
repletos de una emoción que él no supo interpretar. Podría haber sido, por
igual, cólera, terror o desolación. Permaneció inmóvil, bañada por la luz.,
mirándole de lleno.
Por un instante, él no se atrevió a decir palabra. Se acercó a la venta-
na, la cerró, corrió las cortinas. Tomó entonces a la rígida figura de su es-
posa por un brazo.
—Mabel —dijo—, Mabel.
Ella se dejó conducir hacia el sofá, pero sin dar respuesta ninguna a
su contacto. El tomó asiento y la miró con una mezcla de aprensión y de-
sesperación no disimuladas.
—Cariño —dijo—, estoy exhausto.
Ella no dejó de mirarle. En su pose había esa rigidez que los actores
simulan, si bien él era consciente de que en su caso era muy real. Había
visto ese mismo silencio en ella una o dos veces antes, ante un momento
de horror, o. al menos, ante una salpicadura de sangre en su zapato.
—Cariño, al menos siéntate —dijo.
Ella le obedeció mecánicamente; tomó asiento y siguió mirándolo fi-
jamente. En el silencio que de nuevo los invadió volvió a oírse una vez
más. antes de morir, el tumulto del mundo invisible, más allá de las venta-
nas. Allí dentro estaba todo en calma, una calma tan perfecta que dos cosas
pugnaban en el interior de ella: la lealtad que profesaba por su fe y el odio
que le inspiraban los desmanes cometidos en nombre ríe la justicia. Mien-
tras él la miraba, se dio cuenta ríe que ambas fuerzas estaban enzarzadas
en una lucha a muerte, y vio que el odio tenía todas las trazas de alzarse
con la victoria, y que ella era en esos momentos poco más que un campo
de batalla, sumida en la pasividad. Entonces, cual aullido de lobo largo
tiempo contenido, se alzaron y callaron las voces de la muchedumbre no
206
muy lejos de allí, y estalló la tensión... Ella se arrojó hacia él, él la tomó
por las muñecas, y de ese modo quedó inmóvil, sujeta por sus brazos, con
la cara y el pecho sobre sus rodillas y el cuerpo entero traspasado por la
emoción.
Durante un largo minuto ninguno de los dos dijo nada. Oliver se hac-
ía cargo de la situación, aunque por el momento no tuviera palabras. La
atrajo un poco más hacia sí, la besó en el cabello dos o tres veces, se dis-
puso a abrazarla, y mentalmente ensayó lo que debía decir cuanto antes.
Ella alzó la cara arrebolada hacia él, aunque sólo fuera un instante,
Lo miró con verdadera pasión, agachó de nuevo la cabeza y comenzó a so-
llozar y a decir palabras entrecortadas.
Él, sólo atinó a captar alguna palabra suelta, a pesar de lo cual bien
sabía lo que ella le estaba diciendo.
Se habían arruinado todas sus esperanzas, sollozaba con desconsuelo;
era el fin de su religión. Prefería morir, morir, con tal de que aquello aca-
bara. Lo había perdido todo, todo lo había barrido aquella pasión asesina
que llévala en volandas al pueblo de su propia fe... No eran mejores que
los cristianos; a fin de cuentas eran tan feroces como los hombres de los
que habían querido vengarse, eran tan siniestros como si el Salvador, Ju-
lián, jamás hubiera venido a ellos. Todo se había echado a perder... La
guerra, la pasión, el asesinato habían vuelto al cuerpo del que ella creyó
erradicados para siempre. El saqueo de las iglesias, la persecución de los
católicos, los tumultos por las calles que ella había visto a lo largo del día,
los cuerpos del niño y del sacerdote clavados en sendas estacas, la quema
de iglesias y conventos... Todo brotó de su interior con absoluta inco-
herencia, interrumpido por sollozos, detalles de espanto, lamentos, repro-
ches, e interpretado por la agitación de su cabeza y de sus manos. El hun-
dimiento era absoluto.
Él volvió a tomarla en brazos y la hizo levantarse. Estaba agolado de
tanto trabajar, a pesar de lo cual su misión era sosegarla. La cuestión era
más grave que cualquier crisis anterior. Sin embargo, era consciente de
que ella poseía una gran capacidad de recuperación.
—Siéntate, mi amor —le dijo—. Eso es... Dame las manos. Y ahora
escúchame.
Hizo en verdad una defensa admirable, pues dijo lo mismo que lleva-
ba repitiéndose a lo largo de todo el día. Los hombres no eran perfectos,
dijo. En las venas de los hombres corría la misma sangre que a lo largo de
veinte siglos había latido en los corazones de los cristianos. Era necesario
207
no desesperar. La fe en el hombre era la esencia misma de la religión, la fe
en lo mejor que el hombre es capaz de dar, en lo que puede llegar a ser, y
no en lo que es en el momento presente. Se hallaban en el comienzo mis-
mo de una nueva religión, no en su etapa de madurez; ha de ser agrio el
fruto todavía joven... Le pidió, además, que considerase la provocación,
que recordarse el delito abrumador que los católicos habían contemplado.
Se habían propuesto atacar la nueva fe en su mismo corazón.
—Querida —le dijo—, los hombres no pueden cambiar en un instan-
te. ¿Y si esos cristianos se hubieran salido con la suya? Condeno todo lo
ocurrido con la misma contundencia que tú. Esta misma tarde he visto dos
periódicos que son tan perversos como la intentona de los cristianos. Se
alborozaban los dos ante estos delitos. Esto es algo que nos hará retroceder
diez años... ¿Tú de veras crees que no hay miles de personas como tú, que
detestan en lo más profundo toda esta violencia? ¿Y qué significa la fe,
salvo saber que la bondad y la misericordia al final han de prevalecer? La
fe, la paciencia, la esperanza: ésas son nuestras armas.
Habló con apasionada convicción, los ojos clavados en los de ella, en
un fiero empeño por devolverle a ella la confianza, por apaciguar los restos
de las muchas dudas que a él mismo le embargaban. Era muy cierto que él
odiaba lo que ella odiaba, si bien era capaz de ver cosas que ella no veía...
bueno, en fin, dijo para sus adentros: debía ante todo recordar que era una
mujer.
Poco a poco fue disipándose la mirada de espanto y de delirio que se
había pintado en sus ojos, y dejó lugar a una agudísima tristeza mientras él
le hablaba, mientras una vez más su personalidad comenzó a dominar la de
ella. Pero aún no había terminado todo.
—¿Y la escuadra de voladores? —clamó ella—. ¡Los voladores! Eso
es algo intencionado. Eso no es obra de la muchedumbre.
—Querida, no es más intencionado que lo otro. Somos humanos, so-
mos inmaduros. Sí, el Consejo lo ha permitido. Lo ha permitido, fíjate
bien. También el Gobierno alemán tuvo que ceder. Hemos de domeñar po-
co a poco a la naturaleza. De lo contrarío, la romperíamos.
Volvió a perorar durante unos minutos y repitió sus argumentos de
manera sosegada, devolviéndole la confianza, dándole ánimos, y él vio en-
tonces que comenzaba a imponerse su criterio. Pero ella volvió de pronto a
una de las palabras que él había dicho.
—¡Que lo ha permitido...! ¡Y tú lo has permitido!
208
—Cielo, yo no dije nada, ni a favor ni en contra. Te aseguro que si lo
hubiéramos prohibido, habrían sido más numerosos y crueles los asesina-
tos. Y el pueblo habría perdido a sus gobernantes. Preferimos la pasividad,
ya que nada podíamos hacer al respecto.
—¡Ah! Pues habría sido preferible morir... ¡Oh, Oliver, deja al menos
que yo muera! ¡No soy capaz de soportarlo!
Tomándola por las manos, que él aún tenía entre las suyas, la atrajo
hacia sí.
—Cariño —dijo con gravedad—, ¿es que no puedes confiar en mí si-
quiera un poco? Si pudiera contarte todo lo que ha pasado hoy, lo enten-
derías. Confía en mí, no soy un descorazonado. ¿Y qué me dices de Julián
Felsenburgh?
Por un instante, vio una chispa de vacilación en sus ojos. Su lealtad
hacia él y su aborrecimiento de todo lo acontecido libraban una lucha sin
cuartel en su interior. Volvió a prevalecer la lealtad, el nombre de Felsen-
burgh tuvo más peso que todo lo que hubiera colmado en el otro platillo de
la balanza, y la confianza volvió a sus ojos anegándolos en lágrimas.
—Oh, Oliver —dijo—, sé bien que en ti confío. Pero soy débil, y to-
do esto es tan terrible... Y El, por su parte, es fuerte y es misericordioso.
¿Estará mañana cotí nosotros?
Sonaron las campanadas de la medianoche en la torre del reloj a un
kilómetro de distancia cuando aún estaban sentados, conversando. Ella to-
davía estaba trémula, tras librar tan dura pugna en el terreno de sus emo-
ciones, pero lo miraba sonriente, todavía asida a sus manos. El pudo ver
que la reacción por fin había hecho mella con todas sus consecuencias.
—El Año Nuevo, esposo mío —dijo, y se puso en pie al decirlo,
llevándoselo consigo—. Te deseo un feliz año. Y no dejes de ayudarme,
Oliver.
Lo besó y se apartó de él, pero sin soltarle las manos, mirándole con
los ojos brillantes, húmedos aún por la estela de las lágrimas.
—Oliver—volvió a exclamar entonces—, hay algo que debo decirte.
¿Sabes qué llegué a pensar antes de que tú entraras?
Él negó con un gesto y la miró con un punto de codicia inocultable.
¡Qué dulce le resultaba! Notó que ella apretaba la tensión con que se suje-
taba a sus manos.
—Pensé que no podría soportarlo —susurró—. Pensé que debía po-
ner fin a todo. Creo que sabes a qué me refiero.
209
A él se le encogió el corazón nada más oírla, y la estrechó contra su
pecho.
—¡Todo ha terminado! ¡Todo! —exclamó ella—. No me mires así. Si
no lo pensara, no le lo diría.
Al encontrarse de nuevo los labios de los dos se oyó la tenue vibra-
ción de un timbre eléctrico en la habitación de al lado, y Oliver, sabedor de
lo que significaba, notó en ese instante que un temblor le atenazaba el co-
razón. Se soltó de las manos de ella, pero sin dejar de sonreírle.
—¡El timbre! —dijo con un destello de aprensión.
—Pero... ¿vuelve a estar todo bien entre nosotros?
En el rostro de ella se asentaron la lealtad y la confianza.
— Todo está en orden —dijo él—, y de nuevo resonó el timbre con
impaciencia.
—Ve, Oliver, que yo te espero.
El volvió momentos después. con un extraño gesto en la cara, los la-
bios comprimidos. Se dirigió en seguida hacia ella, tomándola de nuevo
por las manos y mirándola con intensidad a los ojos. En los corazones de
ambos la resolución y la fe sujetaban a duras penas una emoción todavía
no conclusa. El soltó un suspiro.
—Sí —dijo él con voz imperturbable—, ha terminado.
Ella movió los labios sin querer, y una mortal palidez cubrió sus me-
jillas. El tuvo que sujetarla con firmeza.
—Escucha —dijo—. Debes afrontarlo, ha terminado todo. Roma ya
no existe. Ahora hemos de construir juntos algo aún mejor.
Sollozando. ella se arrojó a sus brazos.
210
Capítulo VIII
Mucho antes de que amaneciera el primer día del Año Nuevo, las in-
mediaciones de la abadía estaban ya repletas, bloqueadas. Victoria Street,
Great George Street, Whitehall e incluso Millbank Street estaban llenas
hasta los topes, de modo que era imposible pasar. El Refugio Ancho, divi-
dido por una pista de automóviles protegida por muretes bajos, estaba cor-
tado en grandes bloques, en triángulos de asistentes, debido a los caminos
que la Policía mantenía abiertos para el tránsito de los personajes de im-
portancia, y el patio del Palacio se mantenía rigurosamente libre de ocu-
pantes, y ocupado por un estrado que, a su vez, estaba lleno de punta a ca-
bo. Todos los tejados y parapetos desde los que se disponía de una buena
vista de la abadía eran asimismo una única masa de cabezas. Por encima
de todas ellas, cual si fueran lunas solemnes, ardían las blancas lámparas
de las farolas eléctricas.
No se sabía exactamente a qué hora había tomado el tumulto un
propósito definido; si acaso, lo sabían los fatigados controladores de los
tornos que se habían erigido la noche anterior. Una semana antes se había
anunciado que, en consideración de la enorme demanda de entradas y de
autorizaciones, y siguiendo las instrucciones emitidas por la Policía, cual-
quiera que estuviera presente habría cumplido con sus deberes de ciudada-
no, y se hizo saber a los cuatro vientos que era intención del Gobierno que
repicara la gran campana de la abadía al comienzo de la ceremonia, cuan-
do se incensara la imagen, periodo durante el cual el silencio debía mante-
nerse a toda costa, al menos entre quienes alcanzaran a oír sus tañidos.
Londres había enloquecido por completo cuando se anunció la conju-
ra de los católicos durante la tarde anterior. Se había difundido el secreto
hacia las doce horas, minutos después de que la conjura llegase a conoci-
miento del señor Snowford, y prácticamente toda actividad comercial cesó
en el acto. A las quince treinta las tiendas estaban cerradas, al igual que la
Bolsa y los establecimientos del West End: debido a un impulso irresisti-
ble se suspendieron todos los negocios, y en el plazo de dos horas, pasado
el mediodía, hasta casi la medianoche, cuando la Policía recabó los refuer-
211
zos deseados para lidiar con la situación, bandas e incluso batallones de
hombres, escuadrones de mujeres a voz en grito, tropeles de jóvenes fre-
néticos habían desfilado por las calles, denunciando a los traidores, asesi-
nando a los sospechosos. Se desconocía aún cuántas muertes se produje-
ron, pero apenas había una sola calle que no presentara las huellas de la
devastación. La catedral de Westminster había sido saqueada, todos los al-
tares destruidos, y en ellos se llevaron a cabo indignidades difíciles de des-
cribir. Un sacerdote desconocido a duras penas fue capaz de recibir el
Santísimo Sacramento antes de ser apresado y pisoteado por la turba; el
arzobispo, once sacerdotes y dos obispos habían sido ahorcados en el ábsi-
de norte de la iglesia, y se habían arrasado un total de treinta y cinco con-
ventos, al tiempo que la catedral de San Jorge ardió por completo; según se
había informado, al menos en los periódicos vespertinos, se creía que por
vez primera desde la introducción del cristianismo en Inglaterra no queda-
ba un solo tabernáculo en pie en treinta kilómetros a la redonda de la abad-
ía. Londres —explicaba Pueblo Nuevo con glandes titulares— por fin ha
quedado limpio de oscurantismo fanático.
Se supo más o menos a las quince treinta que al menos setenta vola-
dores emprendieron vuelo con rumbo a Roma, y que media hora después
Berlín reforzó la flota con otros sesenta. A medianoche, por fortuna a una
hora en la que la Policía ya se había hecho con el control de las masas, y
había restablecido el orden, la noticia se difundió en las nubes y en los ta-
blones eléctricos por igual, y se supo que el trabajo más arduo ya estaba
hecho, que Roma había dejado de existir. Los periódicos de la mañana
añadieron unos cuantos detalles, señalando, cómo no, la coincidencia de la
caída de la ciudad con el fin del año, y refiriendo cómo, debido a una ca-
sualidad pasmosa, prácticamente todos los representantes mayores de la
jerarquía del mundo entero se hallaban reunidos en el Vaticano, que fue el
primer objeto del ataque. También se dijo que, presa de la desesperación,
todos ellos se negaron a abandonar la ciudad cuando por telegrafía inalám-
brica se recibió la noticia de que la fuerza de castigo iba camino de ella.
No quedo en Roma un solo edificio en pie. La totalidad de la orbe, desde
la Ciudad Leonina hasta el Trastevere, así como los alrededores, volaron
por los aires. Los voladores, suspendidos a una altura inalcanzable, habían
parcelado la ciudad con sumo cuidado antes de dar inicio al sembrado de
explosivos, y cinco minutos después de los primeros estallidos, con las
primeras columnas de humo, con las esquirlas que salían despedidas, aque-
llo terminó como había empezado. Los voladores se habían dispersado en-
tonces en todas las direcciones, siguiendo a los vehículos terrestres y a los
212
ferrocarriles por los que la población procuró escapar tan pronto se supo la
magnitud de la catástrofe, y por lo visto eran nada menos que treinta mil
los fugitivos aniquilados gracias a esta previsión. Era cierto, según decía el
Studio, que se habían destruido muchos tesoros de valor incalculable, aun-
que se consideraba un precio asequible a cambio de una definitiva y total
exterminación de la peste de los católicos. «Llega un punto —se decía en
el periódico— en el que la destrucción es la única curación posible para
una causa infestada por los gérmenes más venenosos», y pasaba a reseñar
que el Papa con todo el Colegio Cardenalicio, y todas las testas coronadas
de Europa, así como todos los religiosos realmente fanáticos, que habían
decidido residir en la «Ciudad Santa», habían desaparecido de la faz de la
tierra de un solo plumazo, de tal modo que no había por que temer que se
recrudeciera la superstición en ningún rincón del mundo. Sin embargo, era
preciso tomar precauciones ante un exceso de confianza. Los católicos (en
caso de que alguno tuviera la osadía de intentarlo) debían acatar la prohibi-
ción de tomar parte en ninguna actividad de la vida civil, en ningún país
del mundo. Por todos los mensajes recibidos de otros países, el coro de
aprobación era unánime ante lo que se había hecho.
Muy contados periódicos lamentaron el incidente, o más bien el espí-
ritu con que se había llevado a cabo. No parecía de rigor que los humanita-
rios hubieran recurrido a la violencia, si bien nadie pudo dar en suponer
que se pudiera sentir algo distinto del más sincero agradecimiento ante el
resultado conseguido en general. También era preciso meter en cintura a
Irlanda; en este sentido, se llegó a pedir que se la apercibiera de inmediato.
Alboreaba el nuevo día, ya a una hora próxima al amanecer, y al otro
lado del río, en medio de la tenue neblina del invierno, ardían una o dos
franjas carmesíes. Todo estaba, no obstante, maravillosamente en calma,
ya que la muchedumbre, fatigada por la vigilia nocturna, acosada por el
frío recrudecido, atenta a lo que le espetaba en adelante, no disponía de
energía para acometer esfuerzos inútiles. Sólo en la plaza y en las calles
atestadas resonaba un hondo y constante murmullo, como el rumor del mar
no lejano, interrumpido a veces por los bocinazos y el estruendo de los
vehículos en su paso con rumbo este, por la plaza circular que llevaba al
Refugio Ancho, desvaneciéndose camino de la ciudad. Y se ensanchaba la
luz, y los globos eléctricos parecían al tiempo tornarse enfermizos, y la
bruma iba despejándose y mostraba no el límpido azul que tanto se había
anhelado desde el frío de la noche, sino una bóveda elevada e incolora. una
techumbre de nubes bañada de grises y rosas tenues a medida que salía el
sol, un bruñido disco de cobre, por encima del río.
213
A las nueve en punto subió enteros la impaciencia y la excitación del
gentío. Entre Whitehall y la abadía, desde sus puestos elevados a lo largo
de la ruta, donde mantenían la vigilancia y controlaban las vallas de alam-
bre, los policías dieron muestra de una cierta actividad, y minutos después
un coche policial atravesó la plaza y desapareció entre las torres de la
abadía. Hubo murmullos e inquietud cuando aparecieron los coches con
las insignias del Gobierno, que desaparecieron en la misma dirección. Los
funcionarios, según se dijo, iban camino de Dean's Yard, de donde partiría
la procesión.
A eso de las diez menos cuarto, el gentío situado al oeste de Victoria
comenzó a levantar la voz y a entonar cánticos, y cuando hubieron termi-
nado, resonaron las campanas de las torres de la abadía, al tiempo que
corría el rumor de que Felsenburgh iba a estar presente en la ceremonia.
No se supo a ciencia cierta ni en esos momentos ni después; de hecho, el
Evening Star proclamó que había sido un nuevo ejemplo del asombroso
instinto que guía a los seres humanos cuando forman una masa compacta,
ya que hasta una hora más tarde ni siquiera el Gobierno tuvo conciencia de
las cosas. De lo que no pudo caber duda fue de que pasadas las diez y me-
dia seguía resonando un rugido continuo, en alza, que apagaba incluso el
estrepitoso clamor de las campanas, cuyos ecos llegaban a Whitehall y a
las aceras apiñadas del puente de Westminster, exigiendo la presencia de
Julián Felsenburgh. No obstante, no se tenían noticias del presidente de
Europa desde quince días antes, más allá de la noticia, absolutamente in-
fundada, de que se encontraba en algún lugar de Oriente.
Mientras, los automóviles iban congregándose en la abadía proceden-
tes de todas direcciones, y desaparecían sin cesar por el arco de entrada de
Dean’s Yard, transportando a los afortunados que habían tenido acceso a la
iglesia misma. Se repetían las aclamaciones para saludar a los hombres de
mayor proyección pública: lord Pemberton, Oliver Brand y su esposa, el
señor Caldecott, Maxwell, Snowford, los delegados europeos e incluso el
melancólico señor Francis, el ceremoniarius del Gobierno, que despertó
muestras de simpatía. Pero a las once menos cuarto, cuando cesó el repicar
de las campanas a la vez que la llegada de los vehículos, se retiraron las
vallas que impedían el paso de los carruajes y la muchedumbre se derramó
por todo el espacio de la avenida. Comenzó el clamor recrudecido que
pedía a gritos la presencia de Julián Felsenburgh.
El sol estaba ya más alto, todavía un disco de color cobrizo, por en-
cima de la torre de Victoria, aunque algo más pálido que una hora antes; la
214
blancura do la abadía, el gris oscuro del Parlamento, los diez mil tintes de
los tejados, las cabezas, los barcos, las pantallas, comenzaron a revelarse
en toda su intensidad.
Una única campana repicó cuando faltaban cinco minutos para la
hora, y fueron escurriéndose los segundos hasta que por fin calló también
la campana solitaria, y a oídos de quienes no estaban lejos de las grandes
puertas del ala oeste llegó el estallido del órgano inmenso, reforzado por
un coro de trompetas. Cayó un silencio tan repentino y tan profundo como
el silencio helado de la muerte.
II
217
sente, acallaría en el acto todas las dudas: las oleadas de malhumor desapa-
recerían ante su llamamiento de paz y las nubes perezosas se levantarían
del todo, así como el sordo rumor dejaría paso al silencio. Pero estaba le-
jos, lejísimos, dedicado a alguna empresa desconocida. No era cuestión de
preocuparse, pues El conocía bien cuál era su trabajo. Seguramente muy
pronto volvería a sus hijos, que tan terrible necesidad tenían de Él.
Tuvo la buena suerte de hallarse a solas en medio del gentío. Su veci-
no, un hombre de cabello gris e hirsuto, un anciano al que flanqueaban sus
hijas, era su único acompañante, y era un desconocido. A su izquierda se
alzaba la barricada cubierta de rojo, por encima de la cual alcanzaba a ver
el santuario y la cortina. Su localidad en la tribuna, a dos metros y medio
sobre el nivel del suelo, la alejaba de toda posibilidad de entablar conver-
sación. Por eso se sentía agradecida, pues no deseaba hablar con nadie.
Sólo aspiraba a controlar sus propias facultades en silencio, y reafirmar
plenamente su fe, y contemplar la muchedumbre nutridísima, reunida en
homenaje al gran Espíritu al cual habían traicionado entre todos, así como
renovar su propio coraje y su fidelidad. Se preguntó qué diría el predicador
en la ceremonia, y si le daría un sesgo para cargar las tintas en la peniten-
cia. La maternidad era el tema de su intervención, un aspecto sumamente
benigno de la vida en términos universales: la ternura, el amor, la pasión
apacible y receptiva, protectora, el Espíritu que apacigua más que inspira,
que se afana con tareas de paz, que enciende las luces y los fuegos de los
hogares, que concilia el sueño, que alimenta, que acoge...
Dejó de repicar la campana, y en ese instante comenzó a sonar la
música, que Mabel oía alta y clara por encima del murmullo, del rugir del
gentío que se apiñaba fuera, que insistía en exigir una manifestación de su
Dios. Con gran estrépito comenzó a reverberar la música del órgano, tras-
pasado por el llanto de las trompetas y el enloquecedor redoble de los tam-
bores. No hubo un preludio de elemental delicadeza, no hubo un lento des-
pertar de la vida que se alzase en medio de los laberintos del misterio hacia
el clímax de la visión. Más bien fue como entrar en la luz plena del día, en
la luz cegadora del saber y del poder, en la primavera en su apogeo, en el
amanecer que irrumpe en el centro del cielo. Se le desbocó el corazón a la
hora de recibir todo aquello, y su confianza rediviva, convaleciente aún,
ser desperezó y sonrió con los tremendos acordes que resonaban en lo alto,
y que hablaban a las claras de un triunfo absoluto. Dios era el hombre, a
fin de cuentas: un Dios que la noche anterior fracasó por espacio de una
hora, pero que volvió a ponerse en pie en aquella mañana de un nuevo año,
destrozando la bruma, dominante sobre sus pasiones, inapelable, amado
218
por todos. Dios era el hombre, y se había encarnado en Felsenburgh. Sí.
eso era lo que de debía creer. ¡Y creía en ello!
Vio entonces que la larga procesión comenzaba a avanzar por debajo
del biombo sus pendido del techo, y gracias a una iluminación impercepti-
ble vio que crecía la vividez de la estampa y ganaba en belleza. Llegaban
uno a uno los ministros de una adoración pura, hombres graves que ahora
bien sabían cuál era su credo, y que si bien no parecían en esos momentos
apasionados de sentimiento (no en vano sabía que su marido no se hallaba
en ese estado de ánimo), creían pese a todo en los principios de esta adora-
ción y reconocían su necesidad de expresarse ante la mayoría de la Huma-
nidad. Llegaban despacio en fila de a dos, o de uno en uno, conducidos por
ujieres, ascendiendo por las escaletas para emerger de nuevo en la colorea-
da luz del sol con la majestuosidad y la valentía de sus delantales masones,
con sus insignias y sus joyas. Sin duda que había sobrados motivos para
estar tranquila.
El santuario permanecía en esos momentos casi vacío. Una de las
contadas figuras en él era la del preocupado señor Francis, con sus ropajes
de gala, que bajó valiente por las escaleras a aguardar la llegada de la pro-
cesión dirigiéndola con gestos casi imperceptibles e indicando a sus satéli-
tes, que parecían flotar por los pasillos, adónde dirigirse, y así encauzaba
el flujo que hacia él llegaba. Las localidades más al Oeste comenzaban a
llenarse, cuando de pronto ella reconoció instintivamente que había ocu-
rrido algo imprevisto.
En esos momentos, el inmenso murmullo de la multitud, fuera, había
provisto una suerte de bajo continuo a la música del interior, imperceptible
en todo, salvo en el subconsciente, si bien era a las claras discernible
cuando se manifestó su ausencia, y su ausencia era ya un hecho.
Al principio, ella pensó que era la señal de que la adoración los había
acallado. Entonces. con una emoción indescriptible, recordó que en lo que
su memoria alcanzaba sólo una cosa había bastado, una sola vez, para aca-
llar a un gentío revuelto. Pero no estaba del todo segura, pues podría ser
mera ilusión. Tal vez la muchedumbre siguiera profiriendo rugidos, tal vez
ella se hallara ensordecida por la música, pero ese éxtasis cercanísimo a la
agonía lo volvió a percibir en el murmullo de las voces en el interior del
edificio, que había cesado del todo, si bien con una renovada ola de emo-
ción se agitaron las láminas, las pendientes de rostros que tenia delante de
ella, tal como se ondula el trigo con el viento. Instantes después se había
puesto de pie y se había sujetado a la balaustrada, con el corazón como un
219
motor excesivamente revolucionado, latiéndole con furia insistente, cosa
que notaba en todas las arterias. Con un gran movimiento ascendente que
sonó como un suspiro inmenso, por encima incluso del tumulto triunfal,
toda la congregación se puso en pie.
Pareció que una repentina confusión rompiera el orden de la proce-
sión. Vio al señor Francis adelantarse muy de prisa, y lo vio gesticular co-
mo a un revisor. A una señal suya, toda la larga hilera se hizo a un lado,
retrocedió, volvió a avanzar al paso de antes, quebrándose en veinte arro-
yuelos que manaron entre los asientos adjudicados a ellos y los llenaron en
cuestión de segundos. Los hombres corrían, se empujaban; aleteaban los
delantales; las manos llamaban imperiosas, todo sin una sola palabra que le
diese coherencia. Hubo ruido de pasos, de una silla volteada por azar, Co-
mo si un dios pidiera silencio alzando la mano, cesó la música, que se pro-
pagó en un eco descarriado y murió al cabo de unos instantes, dejando sitio
a un denso silencio. A la luz del sol reverberante de colores que inundaba
toda la longitud de la nave central, abierta de Este a Oeste, en el punto más
lejano se vio avanzar a una sola figura.
III
Lo que vio y oyó Mabel desde las once en punto hasta media hora
más tarde en aquella primera mañana del año nuevo nunca lo pudo recor-
dar con precisión. Por el momento perdió la conciencia de su propio ser, el
poder de reflexionar, pues aún estaba débil tras su pugna de la noche ante-
rior, y carecía entonces de ese proceso gracias al cual se acumulan y clasi-
fican los acontecimientos, se etiquetan y se graban. Fue poco más que un
ser que todo lo observaba cual si fuera un larguísimo acto, a través del cual
las consideraciones restallaban a intervalos inciertos. Los ojos y los oídos
parecían dueños de sus únicas funciones, cual si se comunicaran directa-
mente con un corazón henchido.
Ni siquiera sabía en qué punto le indicaron sus sentidos que se trataba
de Felsenburgh en persona. Era como si lo supiera desde antes de que en-
trase en la nave, y así lo contempló, sumida en un silencio absoluto cuando
él avanzó por la alfombra roja, en soberbia soledad, salvando los peldaños
de la entrada del coro, atento sólo a su camino. Iba ataviado de rojo y ne-
gro, a la manera de los jueces de Inglaterra, pero ella apenas reparó en su
atuendo. Para ella, en esos momentos no existía nadie más que él. La vas-
tedad de la congregación había desaparecido, transfigurada en un vibrante
220
ambiente de inmensa emoción humana. No había nadie en ninguna parte;
sólo se encontraba ante ella Julián Felsenburgh. La paz y la luz ardían co-
mo una aureola de gloria a su alrededor.
Durante un instante, después de pasar, desapareció tras la tribuna del
orador, y en el instante en que volvió a hacer acto de presencia ascendió
por las escaleras. Llegó a su lugar natural; ella veía con nitidez su perdil,
puro y liso como la hoja de un cuchillo, ligeramente a su izquierda, algo
más abajo, rematado por su cabello blanco. Alzó una manga enfundada en
piel blanca, hizo un solo gesto, y con un rumor concertado tomaron asiento
las diez mil personas presentes. Hizo un nuevo gesto y, con un rugido re-
pentino, espontáneo, estaban todas en pie.
Volvió a reinar el silencio. Se hallaba inmóvil, de pie, con las manos
apoyadas en la balaustrada, la mirada fija al frente; daba la impresión de
que quien había concitado todas las miradas, quien había acallado todos
los ruidos, estuviera esperando a que su dominio fuera completo, a que
sólo existiera una única voluntad, un único deseo, y a que ambos se halla-
ran bajo su mano. Sólo entonces tomó la palabra.
Al llegar a este punto, tal como percibió después, Mabel se hallaba en
tal estado de ánimo que no quedó en ella un registro verbal, o preciso, de
todo lo que pudo percibir. No hubo siquiera un proceso consciente median-
te el cual recibiera, probara o aprobara incluso cuanto oyó. La imagen más
próxima bajo la cual pudo después describir sus emociones, al menos para
sus adentros, tiuque cuando El tornó la palabra fue como si en realidad
fuese ella quien hablaba. Sus propios pensamientos, inclinaciones, predis-
posiciones, así como sus penas y decepciones, su pasión, sus esperanzas,
todos esos actos interiores del alma a duras penas llegaran a resultarle co-
nocidos siquiera a ella misma, y menos aún en sus más minuciosos torbe-
llinos, en los flujos y reflujos del pensamiento, pues todo ello resultó en un
visto y no visto elevado, limpiado, encendido, satisfecho y proclamado.
Por vez primera en toda su vida fue plenamente consciente de lo que en
realidad significaba la naturaleza humana, pues su propio corazón atravesó
el aire aquietado de la nave, sostenido por aquella voz inmensa. Una vez
más, al igual que va le sucedió durante breves instantes en el Templo de
Pablo, le pareció que la creación, gimiente durante tanto tiempo, hubiera
sido capaz por fin de articular palabras nítidas, hubiera crecido de hecho,
hubiera alcanzado un pensamiento coherente y un discurso perfecto. Con
todo y con eso, aquella vez El habló a los hombres, mientras que esta vez
era el hombre mismo, en su más pura esencia, quien hablaba. No es que
221
fuera un hombre el que tomó la palabra: era el hombre esencial, consciente
de su origen, de su destino, del peregrinaje que mediaba entre ambos pun-
tos, el hombre que recupera la cordura tras una noche de demencia, y que
es sabedor de cuál es su fuerza, que declara su ley, que se duele con una
voz tan elocuente como contenida, instrumento de su propio fracaso, del
no saber estar a la altura. Fue más un soliloquio que una oración. Roma
había sido destruida, las calles de Inglaterra y de Italia se habían manchado
de sangre, el humo y las llamas habían ascendido al cielo, porque el hom-
bre por unos breves instantes había caído en picado y había vuelto a ser
una bestia animal. Pero ya estaba hecho, clamaba la voz, y había termina-
do, de modo que ningún sentido tenía el arrepentimiento; una vez hecho lo
hecho, el hombre habría de penar y de enrojecer hasta la raíz de los cabe-
llos de pura vergüenza cada vez que lo recordase y supiera que una vez,
una sola vez, había dado la vuelta a la luz regeneradora.
No hubo especial apelación a lo escandaloso ni pintó una sola imagen
de los palacios que habían caído hechos pedazos, de los fugitivos a la des-
esperada, de las explosiones, los temblores de tierra, la muerte de los con-
denados. Más bien se puso de parte, sin que apenas se sintiera, de los que
gritaban acalorados en las calles de Inglaterra y Alemania, de los ofendi-
dos en el aire invernal de Italia. Eran las pasiones más bajas lo que allí se
trataba de abatir, tal como los voladores habían caído sobre sus estaciones,
con un espíritu de venganza que con creces cumplieron, pagando a la con-
jura con la moneda de la conjura, y a la violencia en especie. Allí mismo,
clamaba la voz. se encontraba al hombre como el hombre había sido, aba-
tido en un instante a la crueldad del pasado, antes de aprender quién era,
qué era, por qué era así.
No existía el arrepentimiento, volvió a decir, aunque sí existía algo
mejor. Y al fundirse su tono endurecido, restallante, en el aire, los ojos se-
cos de la muchacha se llenaron en el acto de lágrimas de vergüenza. Había
algo aún mejor, insistió: el conocimiento de los crímenes de los que el
hombre era todavía capaz, y la decidida voluntad de utilizar ese conoci-
miento. Roma había desaparecido, lo cual era una vergüenza lamentable;
Roma había desaparecido. sí, pero se respiraba un aire mucho más dulce
por eso mismo. En un instante, cual ave que alza el vuelo, se encontró en
las regiones más altas, lejos del horrible abismo al que acababa de asomar-
se, lejos de los fragmentos de los cuerpos calcinados, lejos de las casas
destrozarlas y de todas las señales de la desgracia, de la deshonra humana,
transportado en un instante a la franja más pura y soleada del aire, a la cual
debía el hombre volver el rostro. Sin embargo, en esa maravillosa huida se
222
llevó consigo el rocío de las lágrimas, el aroma de la tierra. No se ahorró
palabras con las cuales azotar el corazón desnudo del ser humano, pero
tampoco se las ahorró para enaltecer a los que sangraban, a aquellos seres
encogidos, y darles consuelo con la divina visión del amor.
En términos puramente cronológicos, estuvo unos cuarenta minutos
en el estrado, antes de volverse hacia la imagen aún envuelta que presidía
el altar.
—¡Oh! ¡Maternidad! —clamó—. Madre de todos nosotros...
En ese instante, para quienes le estaban escuchando, aconteció el su-
premo milagro... Dio la impresión inequívoca de que ya no era un hombre
quien estaba hablando ante la congregación, sino alguien que se hallaba en
la escena de un plano sobrehumano. Se desgarró la cortina cuando alguien
tiró de ella, jadeando, y allí, o eso al menos se creyó por parte de los pre-
sentes, cara a cara ante todos ellos se dejó ver la Madre sobre el altar, in-
mensa, blanca, protectora, y con ella estaba el Niño, la apasionada encar-
nación del amor, que lloraba vuelto a ella y apartado de la tribuna.
—¡Oh! ¡Madre de todos nosotros, Madre mía!
La ensalzó mirándola a la cara, la llamó sublime principio de la vida:
proclamó sus glorias, su fuerza, su Maternidad Inmaculada, sus siete espa-
das de angustia, que le traspasaban el corazón con la Pasión y las locuras
de su hijo. Le prometió grandes sucesos, el reconocimiento de sus hijos
incontables, el amor y la servidumbre de los aún no nacidos, la bienvenida
de quienes ya oían su corazón latir en el útero, la llamó Sabiduría del Altí-
simo, la que con dulzura pone en orden todas las cosas; la llamó Puerta del
Cielo, Casa de Marfil, Consuelo de los Afligidos, y ante los ojos delirantes
de quienes la miraban con embeleso fue como si aquella cara de gravedad
manifiesta le sonriera sin límite.
Un gran jadeo, como el de una vida monstruosa, comenzó a colmar el
aire a medida que la muchedumbre se balanceaba tras él, conmovida por el
torrente incesante de su voz. Las sucesivas oleadas de emoción alcanzaban
cada vez más alto; se oían sollozos, llantos desconsolados, los alaridos de
un hombre que había perdido el control, y algunos más en los asientos, así
como el estrépito de un banco al romperse, de otro, de otro más, y los pasi-
llos se llenaron de golpe, pues El había dejado de conminarlos a la pasivi-
dad de los que escuchan, y los animaba a realizar un acto de fe suprema.
La marea era imparable, los rostros miraban no ya al hijo, sino a la Madre.
La muchacha de la galería se aferró a la balaustrada y se hincó de rodillas
sollozando. Por encima de todo el tumulto contenido, la voz seguía reso-
223
nando en sus prédicas, y las finas manos, blanquísimas, salían de las blan-
cas y suntuosas mangas como si quisieran extenderse por todo el santuario.
Había pasado a referir una nueva historia, y todo lo hacía en honor y
gloria de la Madre. Estaba recién llegado de Oriente, ya todos lo sabían,
tras algún triunfo inenarrable. Se le había saludado como a un rey, se le
había adorado como a un ser divino, tal como convenía a una persona co-
mo El, el humilde superhombre que era hijo de una Madre Humana, que
no traía una espada, sino la paz. y no una cruz, sino una corona. Al menos,
eso parecía decir, aunque nadie llegó a saber si lo decía o lo callaba, si la
voz lo proclamaba o eran sus corazones los que le daban pleno asentimien-
to. Se hallaba en las escaleras del santuario aún con las manos extendidas,
vertiendo palabras sin cesar, y el gentío se acercaba a El con el rumor de
veinte mil pasos, con el suspiro de diez mil corazones entregados... Se en-
contraba en el altar. Volvió a oírse un último quejido. La muchedumbre
quiso apiñarse en los primeros peldaños. El saludó entonces con gran reve-
rencia a su Reina y Madre.
Llegó el final en cuestión de instantes, veloz, inevitable. Por un mo-
mento, antes de que la muchacha de la galería se prosternara cegada por
las lágrimas, vio a aquella pequeña figura también hincada de hinojos ante
la gran figura, ante sus manos expectantes, callada, transfigurada en un
resplandor lumínico sin precedentes. La Madre, a todas luces, había encon-
trado por fin a su Hijo.
Por un instante vio Mabel las columnas enhiestas, los sobredorados,
todos los colores, las cabezas bamboleantes, las manos en alto. Era todo un
mar el que bullía a sus pies, y las luces se encendieron y se apagaron, a la
vez que el rosetón parecía comenzar a girar, se llenaba el aire de presen-
cias, el cielo resplandecía a lo lejos, retemblaba la tierra de puro éxtasis.
En aquella luz celestial que todo lo envolvía, con el estrépito de los tambo-
res, por encima del chillido de las mujeres, del rumor de los pasos, en una
atronadora y melódica declamación, la adoración de diez mil voces lo sa-
ludó como auténtico Señor y Dios en la Tierra.
224
LIBRO III
LA VICTORIA
225
Capítulo I
226
El cuerpo central del libro trataba sobre su vida, o más bien sobre los
dos o tres años que conocía de sobra el mundo entero, a partir de su ruti-
lante ascenso en la política americana y su mediación en Oriente, hasta el
acontecimiento de cinco meses atrás, cuando en velocísima sucesión fue
tomado por mesías en Damasco, objeto de adoración formal en Londres y,
por último, elegido por abrumadora mayoría para ser el Tribuno de las dos
Américas.
El Papa leyó con rapidez todos esos hechos objetivos, no en vano los
conocía ya de sobra, y en esos momentos estudiaba en cambio con suma
atención el resumen de su carácter, o, más bien, y al decir sentencioso del
autor, la cifra y suma de su personal manifestación al mundo. Leyó la des-
cripción de sus dos rasgos principales, su capacidad de aprehender los
hechos y las palabras: «Las palabras, hijas de la tierra, se hallan engastadas
en la apreciación de este hombre a los hechos mismos, hijos del cielo, y el
superhombre no es sino cría natural de unas y otras». Otros rasgos suyos
de menor envergadura se comentaban despacio, como su afán de leer lite-
ratura, su memoria asombrosa, su desbordante conocimiento de las len-
guas. Estaba en posesión, al parecer, tanto de una mirada telescópica como
de una mirada microscópica; discernía tendencias y movimientos a escala
mundial, a la vez que tenía una apasionada capacidad de análisis de los
menores detalles. Eran diversas las anécdotas que ilustraban todos estos
comentarios, y se registraban no pocos aforismos de especial fortuna: «No
hay hombre que perdone —decía— el pecado que tan sólo entiende».
Asimismo, «hace falta una fe suprema para renunciar a un Dios trascen-
dente». «Un hombre que cree con firmeza en sí mismo es casi capaz de
creer por entero en su prójimo.» En ese punto saltó a la luz una frase que a
ojos del Papa fue sumamente significativa del sublime egotismo que es ca-
paz de hacer frente al espíritu: «Perdonar una maldad es igual que la con-
donación de un delito». Y, también, «el fuerte me resulta accesible, pero
todos somos accesibles a él».
En todo ese despliegue de citas se notaba una pomposidad chocante,
aunque era más bien debida, y el Papa lo vio muy bien, no a quien las vert-
ía, sino al escriba que las había recogido. A quien hubiera visto al orador
tenía que resultarle clarísimo cómo se habían pronunciado esas palabras,
no con una solemnidad pontificia, sino arremolinadas en un feroz torrente
de elocuencia imparable, o declamadas incluso con esa extraña y conmo-
vedora simplicidad que había dado forma a su primer asalto contra Lon-
dres. Era viable odiar a Felsenburgh, y también tenerle miedo y respeto,
pero no lo era, en cambio, tomarle por objeto de burla.
227
A las claras, lo que mayor placer causaba al autor era enhebrar la ana-
logía entre su héroe y la Naturaleza. Tanto en uno como en otro se daba la
misma aparente contrariedad, la combinación de una ternura absoluta con
la más absoluta crueldad. «El poder sanador de las heridas es el que tam-
bién las inflige. Lo que reviste las montañas de estiércol de hierba y de flo-
res también arde en llamaradas y hace temblar la tierra. Lo que lleva a la
perdiz a dar la vida por sus polluelos también crea el alcaudón destinado a
devorarla. E igual sucede con Felsenburgh; quien lloró amargamente por la
destrucción de Roma, un mes más tarde habló del exterminio como ins-
trumento que incluso ahora podría ponerse judicialmente al servicio de la
Humanidad. Semejante remedio había de emplearse con deliberación, no
con pasión.»
Aquella aseveración suscitó un interés extraordinario, ya que parecía
una paradoja difícil de aceptar en quien predicaba la paz y la tolerancia.
Hubo discusiones en el mundo entero. Pero más allá de imponer la disper-
sión de los católicos irlandeses, y tras decretar la ejecución de unos cuan-
tos individuos, semejante pronunciamiento no se llevó a efecto. Sin em-
bargo, el mundo parecía haberlo aceptado en su totalidad, e incluso ahora
estaba a la espera de que llegara su cumplimiento.
Tal como señalaba el biógrafo, el mundo encerrado en su propia natu-
raleza física debería dar la bienvenida, con los brazos abiertos, a quien se-
guía al pie de la letra sus propios preceptos, a quien era en verdad el pri-
mero en introducir a propósito, y de manera confesa, en los asuntos de los
hombres, leyes tales como la de la supervivencia de los más fuertes y la de
la inmoralidad del perdón. Si existía un misterio en uno, era el misterio del
otro. Era preciso aceptarlos tal cual en caso de que el hombre pudiera en
verdad desarrollarse.
Y el secreto de todo esto al parecer radicaba en su personalidad. verle
era creer en El, o más bien aceptar que Él era verdad ineludible. «No ex-
plicamos la Naturaleza, no huimos de ella mediante pesares sentimentales.
La liebre grita al morir con el llanto de un niño, el ciervo herido derrama
lágrimas, el pelirrojo da muerte a sus padres. La vida existe sólo con la
condición de la muerte, y estas cosas suceden así por más que nos empe-
ñemos en idear teorías que no explican nada. Hay que aceptar la vida en
sus propios términos. No podemos equivocarnos si obramos al igual que la
Naturaleza. Al contrario, aceptarla es hallar la paz. Nuestra madre sólo re-
vela sus secretos a quienes la toman tal cual es. E igual sucede con Fel-
senburgh.» «No nos corresponde a nosotros discriminar: su personalidad
228
es de una clase que no lo admite. Es un ser completo en sí mismo, sufi-
ciente para quienes en El confían, deseosos de padecer, y es en cambio un
enigma hostil y odioso para quienes no lo están. Hemos de prepararnos pa-
ra el resultado lógico de esta doctrina. La sentimentalidad no debe tener
permiso para dominar a la razón.»
Por último, el autor mostraba que este hombre era merecedor de to-
dos aquellos títulos que anteriormente se habían adjudicado con generosi-
dad a los seres supremos de tipo imaginario. En preparación de su llegada
habían aparecido esos tipos en el reino del pensamiento, y habían influido
en la vida de los hombres.
Era el Creador, pues a Él quedaba reservado el dar al ser la perfecta
vida de unión por la que el mundo hasta entonces había clamado en vano.
A su propia imagen y semejanza había creado al hombre.
Pero era también el Redentor, pues esa semejanza en cierto modo
había siempre subyacido al tumulto de los errores y los conflictos. Había
sacado al hombre de las tinieblas y de las sombras de la muerte, guiando
sus pasos por el camino de la paz. Era el Salvador por ese mismo motivo,
el Hijo del Hombre, pues sólo Él era perfectamente humano. Era el Abso-
luto, pues era el contenido de los ideales; el Eterno, pues había existido
siempre en la profunda raíz de lo potencial de la Naturaleza, asegurando
con su ser la continuidad de ese orden; el Infinito, pues todas las cosas fi-
nitas no llegaban a la suprema excelencia de su naturaleza trascendente.
Así pues, era alfa y omega, el comienzo y el fin. el primero y el últi-
mo. Era Dominus et Deus noster (como ya lo fue Domiciano, reflexionó el
Papa). Era tan simple y tan complejo como la vida misma: simple en su
esencia, complejo en sus manifestaciones.
Por último, la prueba suprema de su misión radicaba en la naturaleza
inmortal de su mensaje. No había nada que añadir a lo que El había traído
a la luz, pues sólo en El confluían todas las líneas divergentes, y en El
hallaban origen y fin. En cuanto a que pudiera demostrar su inmortalidad
personal, éste era un pensamiento irrelevante por completo. Sería sin duda
inoportuno, al decir del biógrafo, discutir si gozaría o no de tal prerrogati-
va, aunque pareciera natural que el principio de la vida revelara por boca
de Felsenburgh sus últimos secretos. Su Espíritu ya se hallaba en el mun-
do; el individuo ya no estaba alejado de sus congéneres; la muerte no era
más que una arruga que llegaba y marchaba sobre el mar inviolable. El
hombre por fin había aprendido que la raza lo era todo, que el yo no era
nada. La célula había descubierto la unidad del cuerpo. Hasta los grandes
229
pensadores proclamaban que la conciencia del individuo había cedido el
título de la personalidad a la masa corporativa de los hombres, y la inquie-
tud de la unidad había cedido a la paz de una Humanidad común a todos,
ya que nada, sino esto, valdría para explicar el cese de las guerras intesti-
nas y la competición nacional. Y esto, por encima de todo, había sido obra
de Felsenburgh.
«Sabed que siempre estoy con vosotros —citaba el autor en una apa-
sionada perorata—, incluso ahora estoy en la consumación del mundo. En-
tre vosotros está quien da consuelo. Yo soy el Umbral, el Camino, la Ver-
dad y la Vida, el Pan de la Vida y el Agua de la Vida. Mi nombre es Por-
tento, el Príncipe de la Paz, el Padre Eterno. Soy yo el Deseado de todas
las naciones, el más hermoso entre los hijos de los hombres, y mi Reino no
tendrá fin.»
El Papa dejó el libro y se recostó a la vez que cerraba los ojos.
II
En cuanto a él, ¿qué tenía que decir a todo ello? Un Dios trascendente
que se había escondido, un Divino Salvador que tardaba en llegar, un Con-
suelo que ya no se dejaba escuchar en el viento ni se dejaba ver en el fue-
go.
En la habitación contigua había un pequeño altar de madera, y enci-
ma una caja de hierro forjado, y dentro de la caja una copa de plata, y en la
copa... algo. Fuera de la casa, a un centenar de metros, se veían las cúpulas
y los techos enjalbegados de una aldea llamada Nazaret. El monte Carmelo
se hallaba a la derecha, a dos o tres kilómetros de distancia, y el Tabor a la
izquierda, la llanura de Esdrelón al frente. Detrás, Cana y Galilea, y el lago
apacible, y Hermón. A lo lejos, al Sur, Jerusalén.
A esa mínima franja de tierra santa había acudido el Papa, a la tierra
en la que brotó la fe dos mil años atrás, allí donde, a no ser que Dios
hablase desde el Cielo con palabras de fuego, sería exterminada y cortada
de raíz. Fue por allí, en aquella tierra material, donde caminó Aquel al que
todos los hombres consideraban el hombre capaz de redimir a Israel. En
aquella aldea había ido a sacar agua del pozo, allí construyó mesas y sillas,
y en el lago fue donde caminó sobre las aguas. En la elevación que tan cla-
ra se veía había ardido en toda su gloria. En el monte bajo y liso, al Norte,
había proclamado que benditos fueran los mansos de corazón, porque ellos
heredarían la tierra. Allí proclamó que los hacedores de la paz eran los
230
hijos de Dios, y dijo que los que padecieran hambre y sed se verían colma-
dos.
Ahora, todo había quedado en nada: el cristianismo se había extin-
guido por completo en Europa, como el sol que se pone en las cumbres os-
curas. Roma, Ciudad Eterna, era un montón de escombros; en Oriente y en
Occidente por igual un hombre había ocupado el trono de Dios, había sido
aclamado por su divinidad. El mundo había dado un gran salto adelante;
las ciencias sociales eran incontestables; los hombres habían aprendido
una nueva coherencia; habían aprendido, asimismo, las lecciones sociales
del cristianismo, pero al margen del Divino Maestro. Más bien, según se
decía, las habían aprendido a pesar de Él. Quedaban tal vez tres, puede que
cinco, a lo sumo diez millones. Era imposible de precisar, pero no serían
más en todo el globo los que aún adoraban a Jesucristo y lo tenían por
Dios. Y el Vicario de Cristo se hallaba sentado en una habitación blan-
queada, en Nazaret, vestido con la misma sencillez que su maestro, a la es-
pera del fin.
Había hecho cuanto estuvo en su mano. Hubo una semana, cinco me-
ses antes, en la que dudó incluso de que se pudiera hacer nada. Quedaban
con vida tres cardenales: él mismo, Steinmann y el Patriarca de Jerusalén.
Todos los demás habían perecido bajo las ruinas de Roma. No existía pre-
cedente que les indicara cómo obrar. Los dos europeos emprendieron ca-
mino a Oriente, y él acudió a la localidad en la que aún reinaba la tranqui-
lidad. Con la extinción del cristianismo en Grecia también desaparecieron
los últimos residuos de las guerras intestinas en el seno de la Cristiandad.
Por medio de un consenso tácito del mundo, a los cristianos se les había
permitido gozar de una modesta libertad en Palestina. Rusia, país que se
hallaba en dependencia de otros poderes, tuvo el sentimiento suficiente pa-
ra no molestar a los cristianos. Cierto, los lugares sagrados se habían pro-
fanado, y existían sólo en condición de puntos de interés por su anti-
güedad. Los altares habían desaparecido, pero los lugares aún estaban dig-
nificados. Aunque ya no era posible decir misa, allí se sobreentendía que
los oratorios privados no estaban prohibidos del todo.
En tales condiciones los dos cardenales europeos encontraron la Ciu-
dad Santa. No se creyó oportuno distinguirse con insignias de ninguna cla-
se al menos en público. Era prácticamente seguro que el mundo civilizado
desconocía la existencia de ambos, pues a los tres días de su llegada el an-
ciano Patriarca falleció, aunque no sin que antes fuera elegido Percy
Fránklin, bajo las circunstancias más extrañas que jamás se habían dado,
231
Supremo Pontífice. Todo se resolvió en cuestión de minutos, junto al lecho
de muerte del anciano. Los dos hombres de mayor edad habían insistido en
que así fuera. El alemán recurrió una vez más al extraordinario parecido
que existía entre Percy y Julián Felsenburgh, y murmuró una vez más sus
comentarios acerca de la antítesis, acerca del dedo de Dios. Percy, maravi-
llado ante esa superstición, había aceptado. La elección se consumó.
Adoptó el nombre de Silvestre, el último santo del año, y fue el tercero en
ostentar ese nombre. Se retiró entonces a Nazaret con su capellán. Stein-
mann regresó a Alemania, y pereció ahorcado en un alboroto popular.
Había que ocuparse del nombramiento de nuevos cardenales, que fue
comunicado con infinitas precauciones a un total de veinte personas. Nue-
ve declinaron el ofrecimiento. Se hizo un tanteo con otras tres, de las cua-
les sólo una lo aceptó. Así las cosas, en ese momento había doce personas
en el mundo que constituían el Sacro Colegio Cardenalicio: dos ingleses,
de los cuales uno era Corkran; dos americanos, un francés, un alemán, un
italiano, un español, un polaco, un chino, un griego y un ruso. A ellos se
les habían confiado vastos distritos en los que su jurisdicción era suprema,
sujeta sólo al Santo Padre.
En lo tocante a la propia vida del Papa, poca cosa habría que decir. A
su juicio, en sus circunstancias externas recordaba la de hombres como
León Magno, aunque sin su importancia mundana ni su pompa. Teórica-
mente, el mundo cristiano se hallaba sujeto a su dominio. En la práctica,
los asuntos de los cristianos los administraban las autoridades locales. Por
un centenar de razones, a él le resultaba imposible hacer lo que habría de-
seado en el intercambio de comunicaciones. Se había creado un complejo
sistema en clave, y se había organizado una emisora privada de mensajes
telegráficos en su casa, comunicada con otra en Damasco, donde había fi-
jado su residencia el cardenal Corkran. Desde aquel centro se difundían
ocasionalmente los mensajes a las autoridades eclesiásticas del mundo en-
tero. Lo cierto es que poca cosa se podía hacer. El Papa, sin embargo, tenía
la satisfacción de saber que, con increíbles dificultades, y a despecho de un
millar de contratiempos, se habían hecho algunos progresos hacia la reor-
ganización de la jerarquía en todos los países. Se consagraban obispos li-
bremente; eran no menos de dos mil en total. Los sacerdotes alcanzaban
una cifra desconocida. La Orden de Cristo Crucificado era una obra exce-
lente, y había llegado a Nazaret noticia de no menos de cuatrocientos mar-
tirologios en los dos últimos meses, casi siempre debidos a la turba incon-
trolada.
232
En otros sentidos, además de ser objeto primordial de la orden exis-
tente (esto es, brindar a todos los que amasen a Dios una oportunidad para
que se dedicasen a El de manera aún más perfecta), los nuevos religiosos
estaban llevando a cabo buenas obras. Las tareas más peligrosas —la co-
municación entre los prelados, las misiones ante personas de dudosa inte-
gridad—, o todos los cometidos que en realidad entrañasen un grave riesgo
para los agentes, se confiaban única y exclusivamente a los miembros de la
orden. Desde Nazaret se emitieron instrucciones tajantes para que ningún
obispo se expusiera sin necesidad. Todos ellos debían considerarse el co-
razón de su diócesis, lo más preciado, lo que era necesario proteger a toda
costa, salvo poniendo en tela de juicio el honor cristiano, y a raíz de ello
cada uno se había rodeado de un grupo de nuevos religiosos, hombres y
mujeres por igual, que con extraordinaria generosidad y obediencia em-
prendían tareas peligrosas, las que fueran capaces de llevar a cabo. Era ya
evidente que, de no haber sido por la orden, la Iglesia habría quedado por
completo paralizada en las nuevas condiciones.
Se confirieron abundantes facultades extraordinarias en todas instruc-
ciones. Todo sacerdote que perteneciera a la orden recibía jurisdicción
universal sujeta sólo al obispo, si acaso, de la diócesis en la que se hallara;
se podía celebrar la misa de las Cinco Llagas, o de la Resurrección, o de
Nuestra Señora, en cualquier día del año; todos ellos tenían el privilegio de
los altares portátiles, que ya podían estar hechos de madera. Se relajaron
otros requisitos del ritual; podía decirse misa con cualquier recipiente váli-
do de cualquier material susceptible de ser destruido, como el cristal o la
porcelana; era posible emplear panes de todo tipo; no era obligatorio el uso
de ninguna vestimenta, salvo el fino escapulario que representaba la estola;
las luces no eran esenciales, el uso del hábito clerical quedaba suprimido, y
el rosario, incluso sin cuentas, era siempre permisible para reemplazar los
rezos de los oficios.
De este modo, los sacerdotes gozaban de grandes facilidades para
administrar los sacramentos y ofrecer el santo oficio corriendo muy pocos
riesgos. Este relajamiento ya había demostrado tener grandes beneficios en
las cárceles de toda Europa, donde eran muchos los miles de católicos que
sufrían las penalidades impuestas por negarse a la adoración del nuevo cul-
to.
La vida privada del Papa era tan sencilla como la habitación en que
se encontraba. Disponía de un sacerdote sirio por capellán, y dos sirvientes
sirios. Decía misa todas las mañanas, vestido él mismo con prendas nor-
233
males, con el hábito blanco por debajo, y después oía la misa de su cape-
llán. Tomaba entonces un café y, tras ponerse la túnica y el albornoz típi-
cos del país, dedicaba la mañana al trabajo. Almorzaba a mediodía, dormía
una siesta y salía a caballo por el campo, que debido a su posición inde-
terminada vivía sumido en la sencillez de cien años atrás. Regresaba al
atardecer, cenaba y trabajaba hasta entrada la noche.
Eso era todo. Su capellán enviaba los mensajes que fueran necesarios
a Damasco; sus criados, que ignoraban la dignidad de su señor, se encar-
gaban de los asuntos de la vida laica en la medida en que fuera preciso, y
lo máximo que sabían de él sus contados vecinos era que residía en la casi-
ta de un jeque difunto, en lo alto de la colina, un europeo excéntrico que
disponía de servicio de telégrafo. Sus criados, que eran católicos devotos,
llegaron a suponer que era un obispo, pero nada más. Se les dijo tan sólo
que aún había un Papa, que estaba vivo. Con eso y con los sacramentos se
daban por contentos.
Resumiendo, por lo tanto, el mundo católico sabía que su Papa vivía
protegido bajo el nombre de Silvestre, y sólo trece personas, de toda la po-
blación de la Tierra, estaban al tanto de que antes se había llamado Fran-
klin, y de que el Trono de Pedro se encontraba de momento en Nazaret.
Como había dicho un francés cien años antes, el catolicismo sobre-
vivía, pero nada más.
III
234
líneas se habían de encontrar en la eternidad, no en el tiempo. Además,
creía firmemente en ello.
En este mismo orden de ideas, a veces se encontraba con otros esta-
dos de ánimo cuyo desplazamiento y oscilaciones no obedecían a su con-
trol. En sus momentos de exaltación, que le sobrevenían como rachas de
brisa llegadas del Paraíso, el trasfondo era brillante gracias a la esperanza;
se veía a sí mismo y veía a sus compañeros cual si fueran Pedro y los após-
toles, o como sin duda éstos se vieron, al proclamar por todo el mundo, en
los templos, los arrabales, los mercados y las casas particulares aquella fe
que iba a retemblar en el mundo e iba a transformarlo. Habían estado en
contacto con el Señor de la Vida, habían visto el sepulcro vacío, le habían
asido las manos traspasadas y sabían que era su hermano y era su Dios.
Era una verdad radiante, aunque ni un solo hombre la creyera; la enormi-
dad del peso de las negaciones y la incredulidad no podían alterar un
hecho que era tan cierto como el sol mismo en el cielo. Por si fuera poco,
la desesperada situación de la causa era su fuente de inspiración. No había
tentaciones que se asieran al brazo de la carne, ya que nadie luchaba por
ellos, nadie salvo Dios mismo. Su desnudez era su armadura, sus torpes
lenguas su persuasión, y su debilidad era exigencia de la fuerza de Dios,
que de hecho había hallado. Con todo, persistía una cierta diferencia, que
era además significativa. Para Pedro, el mundo espiritual había sido inter-
pretación y garantía que había presenciado en calidad de testigo en los
acontecimientos externos. Había tocado al Cristo Resurrecto, de modo que
lo externo era corroboración de lo interno. Pero para Silvestre no era ése el
caso. Para él era necesario, para aprehender las verdades espirituales en la
esfera de lo sobrenatural, que los acontecimientos externos de la En-
carnación quedaran demostrados, en vez de servir de prueba a la certidum-
bre de sus aprensiones espirituales. En términos históricos, y sin duda al-
guna, el cristianismo era verdad, cosa demostrada por la Historia misma, si
bien, para entenderlo, era necesaria la iluminación. Aprehendía el poder de
la Resurrección, y Cristo, por tanto, había resucitado.
A veces se encontraba en un estado anímico más lúgubre, y las cosas
eran muy distintas. Había fases, que algunas veces duraban incluso varios
días seguidos, en que se sentía con el ánimo nublado nada más despertar, o
medio ahogado cuando procuraba dormir, días en que se apagaba el sabor
mismo del sacramento y la emoción de la preciada sangre; había veces en
que la negrura se hacía tan insufrible que incluso los objetos más sólidos
de la fe se atenuaban y se adelgazaban en la sombra, en los que la mitad de
su naturaleza era ciega no sólo a Cristo, sino también a Dios mismo, y la
235
realidad de su propia existencia e incluso su misma dignidad se le antoja-
ban la insignia de un bufón. ¿Y era acaso concebible siquiera, quiso saber
su mentalidad terrenal, que él y su Colegio Cardenalicio, con sus doce
miembros, y sus contados millares de seguidores, estuvieran en el buen
camino, cuando la totalidad consensuada del mundo civilizado estaba en-
tonces sumida en un craso error? No era tanto cuestión de que el mundo no
hubiera sabido oír el mensaje del Evangelio; de hecho, lo había oído du-
rante poco más de dos mil años, pero ahora lo daba por falso, falso en sus
credenciales externas y falso, por tanto, en sus reclamaciones espirituales.
Esa era una causa perdida por la cual era grande su padecimiento. No era
el último de una línea augusta, sino más bien el pábilo humeante de una
vela hecha de la cera de las bufonadas. Era, a lo sumo, la reductio ad ab-
surdum de un ridículo silogismo basado en premisas imposibles. Ni siquie-
ra valía la pena proponerse asesinarlo a él y a los suyos, meros dementes,
una compañía de memos coronados a juicio de la escuela del mundo. La
cordura estaba aposentada en los sólidos bancos del materialismo. Y esta
pesadez de sentimiento se tornaba a veces tan siniestra que llegaba a per-
suadirse prácticamente de que su fe había desaparecido. Eran tan estruen-
dosos los clamores de su mente que cualquier susurro del corazón pasaba
sin ser atendido, y eran tan intensos los deseos de que reinara la paz en la
tierra que las ambiciones sobrenaturales quedaban acalladas. Era tan densa
la tristeza que, tensa la esperanza en contra de toda posibilidad razonable,
y creyendo en contra de lo que sabía, y reforzado en el amor en contra de
la verdad, clamaba igual que clamó Aquel otro en un día semejante: «¡Eli,
Eli, lama sabachthani!» Eso, al menos, era algo que nunca dejó de clamar.
Una sola cosa le daba el ánimo preciso para resistir, al menos en lo
referente a su conciencia, y era la meditación. Había hecho un largo reco-
rrido en la vida mística a partir de sus agónicos esfuerzos. Ahora ya no re-
curría a un descenso deliberado en el mundo espiritual: se cubría, por así
decir, la cabeza con las manos y se dejaba caer en una total ausencia de es-
pacio. La conciencia lo haría ascender, como un corcho, a la superficie,
pero él repetía la acción hasta lograr el cese de toda actividad, que es la
suprema energía, y flotar en el reino crepuscular de la transcendencia; allí.
Dios se ocuparía de él, ya mediante una frase: articulada, ya mediante la
espada del dolor, ya mediante una bocanada de aire que era como el alien-
to vivificante del mar. A veces, después de comulgar, le invitaba Dios a
hacerlo; otras veces era al dormirse; y otras en pleno torbellino del trabajo
diario. No obstante, su conciencia no parecía retener durante demasiado
236
tiempo esas experiencias, ya que a los cinco minutos volvía a pugnar con
los fantasmas sensibles de la mente y del corazón.
Se encontraba en su silla, revolviendo las blasfemias intolerables que
acababa de leer. Su blanco cabello caía sobre sus sienes morenas. Sus ma-
nos eran como las manos de un espíritu, y su rostro juvenil estaba contraí-
do por la pena. Sobresalían sus pies descalzos bajo la túnica raída, y su al-
bornoz viejo, marrón, yacía en el suelo, a su lado.
Pasó una hora antes de que se levantara, y para entonces el sol había
perdido la mitad de su fiereza. Resonaron en el patio empedrado los cascos
de los caballos. Se incorporó, se calzó, tomó el albornoz del suelo y en ese
momento se abrió la puerta. Un sacerdote delgado y quemado por el sol
entró por ella.
—Los caballos, Santidad —dijo el hombre.
El Papa no dijo una sola palabra en toda la tarde hasta que los dos
llegaron, con el sol poniente, al sendero que une el Monte Tabor y Nazaret.
Habían hecho la ronda de costumbre por Caná, ascendiendo a un cerro
desde el cual se podía columbrar el espejo alargado que formaban las
aguas de Genesaret, y siguieron adelante, siempre hacia la derecha, hasta
que se prolongó la sombra del Tabor y la llanura de Esdrelón se extendió
bajo ella como una alfombra de un gris verdoso, un vasto círculo, de trein-
ta kilómetros de anchura, salpicada por grupos de chozas de paredes y te-
chos blancos, desde donde era visible Naín al otro lado, al tiempo que el
Carmelo hendía su largo perfil a lo lejos, más a la derecha, y Nazaret se
recogía a dos kilómetros, en la meseta que acababan de atravesar.
Era un panorama extraordinariamente apacible, que parecía un ex-
tracto de algún antiguo libro de estampas, diseñado siglos atrás. No se api-
ñaban los tejados por ninguna parte, no existía la presión de la Humanidad
febril y acalorada, no había terribles muestras de civilización, de fábricas,
de esfuerzos tan denodados como estériles. Unos cuantos judíos fatigados
habían llegado a aquellas tierras de paz como regresan los ancianos a su
tierra natal, no con la esperanza de renovar su juventud, de hallar de nuevo
sus ideales, sino con una suerte de sentimentalidad que a menudo prevale-
ce sobre los motivos más lógicos, y unas cuantas casas al estilo de los ba-
rracones se habían agregado aquí y allá a las aldeas. Pero todo seguía de
modo muy similar a como estaba cien años antes.
La llanura estaba a medias a la sombra del Carmelo, y a medias en-
vuelta por una polvorienta y dorada luz. Arriba, el despejado cielo aparecía
por el Este arrebolado de matices rojos, la misma coloración que había
237
mostrado a Abrahán, a Jacob y al hijo de David. Surgía del mar, como la
mano de un hombre, la blanca nubecilla del profeta, cargada de promesas y
terrores. No resonaban en tierra las ruedas de los carruajes, no formaban
una visión celestial los caballos, que un joven había visto treinta siglos an-
tes en ese mismo cielo. Sólo coexistían la tierra decrépita y el cielo ancia-
no, intactos, imposibles de cambiar; la primavera, paciente en su regreso,
había estrellado la tierra fina de flores de Belén, y de lirios gloriosos, que
bien podrían compararse con la vestimenta plateada de Salomón. No ema-
naba del Trono un susurro, como sucedió cuando San Gabriel se detuvo en
aquel mismo aire para saludar a quien fue bendecida entre todas las muje-
res. No soplaba un aliento de esperanza más allá del que Dios envía con
todos y cada uno de los movimientos de su ropaje dador de vida.
Al detenerse los dos jinetes, mirando los caballos con sus ojos inqui-
sitivos a la inmensidad de la luz y del aire, se oyó una tenue voz, y un pas-
tor pasó más abajo, por la falda de la colina, arrastrando su sombra alarga-
da, seguido por el tintineo de las esquilas de su rebaño, una tropa de ovejas
obedientes y de cabras tercas, paciendo y avanzando, paciendo y avanzan-
do camino del redil, llamadas a voces por quien tan bien las conocía, que
prefería guiarlas en vez de conducirlas. Se fue apagando el tintineo, la
sombra del pastor se alargó hasta rozar casi los cascos de los caballos
cuando coronó el altozano, y desapareció de nuevo al iniciar el descenso.
Dejaron de oírse sus voces.
El Papa se llevó la mano a los ojos y se la pasó por la cara.
Señaló con un gesto una mancha de blancas paredes que rebrillaba en
medio de la neblina violácea del crepúsculo.
—Aquello, padre —dijo—, ¿cómo se llama?
El sacerdote, sirio miró hacia donde le indicaba.
—¿Aquella aldea entre las palmeras, Santidad?
—Sí.
—Es Megiddo —dijo—. Algunos la llaman Armagedón.
238
Capítulo II
7
¿Por qué se amotinan las gentes? Contra el Señor y tu Ungido.
240
pus, illic congregabuntur el aquilae8. De otras interpretaciones más sutiles
de la profecía no tenía mayor conocimiento. Para él, las palabras eran co-
sas, no meras etiquetas pegadas sobre las ideas. Lo que Cristo y San Pablo
y San Juan habían dicho... así había de ser. Gracias sobre todo a su aisla-
miento del mundo, había huido de la vastísima expansión de las ideas de
Ritschle, que a lo largo del pasado siglo habían sido responsables de la de-
serción de tantos de cualquier credo inteligible. Para otros, ésa fue la pug-
na suprema, la dificultad extrema de decidir entre los hechos y las palabras
que no eran siquiera cosas, a pesar de que las cosas que representaban eran
en efecto objetivas. En cambio, para ese hombre bañado por la luz de la
luna, atento al lejano golpetear de los cascos de los caballos al otro lado de
la colina, por si llegase el mensajero de Caná, la fe era algo tan simple co-
mo la ciencia. Allí había descendido Gabriel con sus alas de plumas, desde
el Trono de Dios, allende las estrellas, y allí el Espíritu Santo había dado
su aliento en un rayo de luz inefable, de manera que el Verbo se hizo carne
cuando María cruzó los brazos e inclinó la cabeza ante el decreto de lo
Eterno. Allí, una vez más, creía, o adivinaba, o suponía si acaso, aun cuan-
do ya creyera que el ruido de los carruajes era manifiesto, que el tumulto
de las huestes de Dios al congregarse en torno al campo de los santos...
Creía que allende los barrotes de las tinieblas Gabriel se había llevado a
los labios la trompeta de la hora de la condenación, y creía que el Cielo era
agitación total. Tal vez se equivocara en su apreciación, tal como otros lo
estuvieron en otras ocasiones, pero ni él ni ellos podrían estar por siempre
en el error, y algún día tendría que llegar en el que todo terminara, en el
que se agotara la paciencia de Dios, aun cuando esa paciencia emanase de
la misma eternidad de Su naturaleza. Se puso pie al ver que a la pálida luz
de la luna, a un centenar de metros, llegaba una pálida figura, un jinete so-
litario, que cabalgaba con una valija de cuero sujeta al cinto.
II
243
Se hizo una pausa momentánea. El sacerdote procedió a leer los
nombres recién llegados.
—Además de los tres cardenales cuyos nombres envié, los arzobispos
del Tíbet, El Cairo, Calcuta y Sydney han preguntado si la noticia estaba
confirmada, y han pedido instrucciones en caso de que sea cierta; además,
lo mismo han hecho otros cuyos nombres podría comunicar si me da per-
miso para abandonar la mesa unos instantes.
—Adelante —dijo el Papa.
Hubo una nueva pausa. Comenzaron a llegar nuevos nombres.
—Los obispos de Bucarest, las islas Marquesas y Terranova. Los
franciscanos de Japón, los frailes cruzados en Marruecos, los arzobispos de
Manitoba y Portland, y el cardenal arzobispo de Pekín. He despachado a
dos miembros de Cristo Crucificado a Inglaterra.
—Díganos cuándo llegó la noticia, y cómo.
—Ayer, hacia las veinte de la noche, fui convocado al instrumento.
El arzobispo de Sydney deseaba saber, por medio de nuestra emisora en
Bombay, si la noticia era cierta. Repuse que no había sabido nada en ese
sentido. En menos de diez, minutos llegaron otras cuatro preguntas en
idéntico sentido; tres minutos después, el cardenal Ruspoli envió la noticia
confirmada desde Turín. A ésta acompañó un mensaje similar del padre
Petrovski, en Moscú. Entonces...
—Alto. ¿Por qué no lo comunicó el cardenal Dolgorovski?
—Lo comunicó tres horas después.
—¿Y por qué no lo hizo en seguida?
—Su Eminencia no estaba al tanto de lo acontecido.
—Averigüe a qué hora llegó la noticia a Moscú. Ahora no. A lo largo
del día.
—Lo haré.
—Adelante.
—El cardenal Malpas la comunicó a los cinco minutos del cardenal
Ruspoli, y el resto de las indagaciones llegaron antes de la medianoche.
China informó a las veintitrés.
—Entonces... ¿cuándo supone usted que se hizo pública la noticia?
—Al principio, sin ningún género de dudas, fue un secreto del con-
greso de Londres, celebrado ayer a eso de las dieciséis según nuestro huso
horario. Los plenipotenciarios parece que lo firmaron a esa hora. Después
244
se comunicó a todo el mundo. Aquí se publicó pasada media hora de la
medianoche.
—¿Felsenburgh estaba entonces en Londres?
—No estoy seguro. El cardenal Malpas me dice que Felsenburgh dio
su consentimiento provisional el día anterior.
—Muy bien. ¿Eso es todo cuanto sabe?
—Hace una hora tuve nueva comunicación con el cardenal Ruspoli.
Me dice que teme que se desate una revuelta en Florencia. Dice que sólo
será la primera de numerosas revoluciones.
—¿Ha pedido algo?
—Tan sólo instrucciones.
—Dígale que le enviamos la bendición apostólica, y que le haremos
llegar instrucciones en el plazo de dos horas. Seleccione a doce miembros
de la orden para prestar servicio de inmediato.
—Lo haré.
—Comunique también ese mensaje, tan pronto hayamos terminado,
al Sacro Colegio Cardenalicio, y pídales que lo transmitan con toda discre-
ción a todos los metropolitanos y obispos. Que tanto los sacerdotes como
los fieles sepan que los tenemos en nuestro corazón.
—Lo haré, Santidad.
—Dígales, por último, que esto lo habíamos previsto hace mucho
tiempo. Que los encomendamos al Padre Eterno sin cuya providencia no
hay gorriones que caigan a tierra. Indíqueles que mantengan la calma y la
confianza, y que no hagan nada más que confesar su fe cuando se les inte-
rrogue. El resto de las instrucciones serán transmitidas de inmediato a sus
pastores.
—Lo haré. Santidad.
Volvió a hacerse una pausa.
El Papa hablaba con absoluta tranquilidad, como si reposara en un
agradable sueño. Tenía los ojos clavados en el papel, y todo el cuerpo tan
inmóvil como una imagen. Sin embargo, al sacerdote que le escuchaba, y
que despachaba los mensajes en latín, para leer acto seguido las respuestas
en voz alta, le daba la impresión de que, si bien la noticia recibida era más
bien poco inteligible, algo tan extraño como sensacional era inminente. Se
tenía una peculiar sensación de tensión en el aire, y aunque no extrajo de-
ducciones del hecho de que, en apariencia, todo el mundo católico estaba
245
en frenético contacto con Damasco, recordó sus meditaciones de la noche
anterior, mientras esperaba la llegada del mensajero. Era como si las po-
tencias terrenales hubiesen considerado dar un paso más, cuya naturaleza
no le preocupaba demasiado.
El Papa tomó la palabra con su tono de voz natural.
—Padre —dijo al cardenal Corkran—, lo que voy a decirle ahora es
como si se lo dijera en confesión. ¿Comprende?
—Perfectamente.
Tomó de nuevo la palabra.
—Eminencia, diremos la misa del Espíritu Santo dentro de una hora,
una vez finalizada, habrá usted de procurar que todo el Sagrado Colegio
Cardenalicio esté en comunicación con usted, y es mi deseo que espere
nuestras órdenes. Es poco probable que esta nueva decisión cuente con
algún precedente. Sin duda lo comprende. Tenemos dos o tres planes posi-
bles en mente, aunque todavía no estamos seguros de qué es lo que Nues-
tro Señor desea. Después de la misa, comunicaremos cuál es el que El nos
ha mostrado de acuerdo con Su voluntad. Le rogamos que también usted
diga misa en el ínterin, de inmediato, en atención a nosotros. Lo que haya
que hacer habrá que hacerlo deprisa. La cuestión del cardenal Dolgorovski
podemos dejarla para más adelante. Pero es nuestro deseo recibir comuni-
cación del resultado de sus indagaciones, sobre todo en Londres, antes de
mediodía. Benedicat te Omnipotens Deus, Pater et Filius et Spiritus Sanc-
tus.
—Amén —murmuró el sacerdote, leyéndolo en la hoja.
III
9
Entre ponerse y quitarse el abrigo; «poco tiempo».
247
Ese día fue como cualquier otro, pero en la comunión el sacerdote
alzó de pronto la mirada en el momento de la consumación de la Sagrada
Forma, con la impresión de que un sonido, o tal vez un gesto, le invitaba a
hacerlo, y según miraba, se le desbocó el corazón de una manera casi con-
vulsa en la base del cuello. Sus ojos no percibían nada insólito. La figura
seguía en pie, con la cabeza inclinada, el mentón apoyado en las yemas de
los dedos, el cuerpo absolutamente erguido, con una curiosa ligereza, co-
mo si no descansara su peso sobre sus pies. En cambio, en su percepción
interior se aparecía algo que el sirio ni de lejos era capaz de formular, aun-
que después flexionó y supo que había contado con algo, una manifesta-
ción visible o audible. Fue una impresión que cabía describir en términos
de luz o de sonido. En cualquier instante, esa fuerza delicada y vivida que
a los ojos del alma ardía bajo el rojo de la casulla, bajo el blanco del alba,
podría henchirse de pronto con la apariencia de un imparable torrente de
luz radiante, que diera plena luminosidad no sólo a la carne blanca y mo-
rena que se veía bajo el cabello cano, sino también a la textura de las telas
raídas, algo sucias, que envolvían el resto de su cuerpo. El bien podría
haberse manifestado en un prolongado acorde de instrumentos de cuerda o
viento, como si la única mística del alma delicada con la divinidad inefable
y la humanidad de Jesucristo generasen esa sonoridad a medida que fluye-
ra incesante en el río de la vida, emanando del Trono del Cordero. O bien,
asimismo, podría haberse manifestado en forma de un perfume, la esencia
misma del cual fuese la dulzura destilada: un aroma como el que, al ema-
nar del tabernáculo de un cuerpo santificado, resulta a quienes lo observan
como el hálito de las rosas del Paraíso.
Pasaron los momentos en aquel silencioso éxtasis de pureza y de paz.
Fuera, se oía el ir y venir de algunos sonidos, el traqueteo de una carreta a
lo lejos, el canto de la cigarra entre la hierba, a veinte metros de la tapia. A
espaldas del sacerdote alguien respiraba de un modo un tanto jadeante,
como si estuviera sujeto a la presión de una emoción intolerable, y sin em-
bargo la figura seguía de pie, inmóvil, sin un solo movimiento, sin nada
que quebrase la quietud forjada de los pliegues del alma. Cuando por fin
procedió a descubrir la Preciada Sangre, a poner las manos sobre el altar y
postrarse en adoración, fue como si una estatua acabara de cobrar vida. El
criado a duras penas reprimió un grito.
De nuevo, una vez apurado el cáliz, esa primera impresión volvió a
afirmarse, Lo humano y lo externo desaparecieron en el abrazo de lo divi-
no y lo invisible, y una vez más el silencio cobró vida y resplandor. Y una
248
vez más, al regresar la energía espiritual a su origen, Silvestre alargó el
cáliz.
Con las rodillas temblorosas y los ojos como platos, el sacerdote se
puso en pie, se inclinó y acudió a la credencia.
Era costumbre, tras la misa del Papa, que el propio sacerdote ofrecie-
ra el Sacrificio en su presencia, pero ese día, tan pronto quedaron los ropa-
jes en uno de los robustos y toscos arcones de la sacristía, Silvestre se vol-
vió hacia el sacerdote.
—Ahora es mi deseo —dijo en voz queda—, padre, que suba de in-
mediato a la azotea e indique al cardenal que esté listo. Subiré dentro de
cinco minutos.
Iba a ser, en efecto, un día de siroco, pensó el sacerdote al subir a la
azotea. En el cielo, en vez del azul claro que era propio de esa hora mati-
nal, se tendía una piel amarilla que iba oscureciéndose incluso y viraba al
ocre hacia el horizonte. El monte Tabor, ante sus ojos, parecía lejano y en-
sombrecido, visto a través de la atmósfera impalpable y arenosa, y al otro
extremo de la llanura, cuando se dio la vuelta, más allá de la franja blanca
de Naín no se veía nada más que el tenue perfil de los cerros difuminado
en el cielo. A esa hora matinal ya reinaba un calor sofocante, aliviado sólo
al levantarse a rachas una brisa del Suroeste que, soplando a través de infi-
nitas extensiones de arena, más allá del lejano Egipto, recogía todo el calor
de un continente inmenso, sin agua, y lo vertía, sin añadir apenas una brisa
marina que suavizara su malignidad, en esa pobre franja de tierra. También
el Carmelo, como vio al darse la vuelta, estaba bañado en la niebla hasta la
mitad de su altura, a medias seca, a medias húmeda, por encima de la cual
asomaba la mole de la cima, desafiante sobre el cielo del Oeste. La misma
mesa, nada más tocarla, le resultó seca y caliente. A mediodía, el contacto
con el acero sería intolerable.
Accionó la palanca y esperó. Apretó de nuevo y volvió a esperar.
Llegó el tintineo de la respuesta, y envió a través de más de un centenar de
kilómetros de aire un mensaje para indicar que se requería de inmediato
que compareciera Su Eminencia. Transcurrieron unos minutos hasta que
tintineó de nuevo la campanilla y una luz se encendió sobre la hoja en
blanco.
—Estoy aquí. ¿Es Su Santidad?
Notó una mano en el hombro y se volvió para ver a Silvestre, enca-
puchado, blanco, tras el respaldo.
249
—Dígale que sí. Pregunte si hay novedades.
El Papa se dirigió a la silla y tomó asiento. Un minuto después, con
creciente excitación, el sacerdote leyó la respuesta.
—Están llegando los resultados de las investigaciones. Son muchos
los que esperan que Su Santidad responda con un desafío a las provocacio-
nes. Mis secretarios han estado ocupados desde las cuatro. La ansiedad re-
inante es indescriptible. Algunos niegan que tengan un Papa. Es preciso
hacer algo de inmediato.
—¿Es todo? —preguntó el Papa.
El sacerdote volvió a leer la respuesta
—Sí y no . La noticia está confirmada. Entrará en vigor de inmediato.
A menos que demos un paso ahora mismo, cundirá por todas partes la re-
solución y serán incontables las apostasías.
—Muy bien —murmuró el Papa con su voz oficial—. Escuche con
atención, Eminencia —calló unos momentos, con los dedos unidos bajo el
mentón, igual que en la misa. Y tomó la palabra—. Hemos de ponernos sin
reservas de ninguna clase en manos de Dios. La prudencia humana ya no
debe apartarnos de nada. Ordenamos, así pues, que con toda la discreción
que sea posible, se comuniquen estos nuestros deseos a las siguientes per-
sonas, en el más estricto de los secretos, y ordenamos que nadie más los
conozca. Para este servicio se habrán de emplear mensajeros tomados de la
Orden de Cristo Crucificado, dos por cada mensaje, que bajo ningún con-
cepto se pondrá por escrito. Se trata de los miembros del Sacro Colegio,
doce en total; de los metropolitanos y patriarcas del mundo entero, que son
veintidós; de los generales de las ordenes religiosas: la Compañía de Jesús.
los frailes, los monjes ordinarios y los monjes contemplativos, en total de
cuatro. Estas personas, treinta y ocho en total, además del capellán de Su
Eminencia, que habrá de actuar en calidad de notario, y el mío, que será su
ayudante, así como nosotros, cuarenta y uno en total, habremos de estar
presentes aquí, en nuestro palacio de Nazaret, a más tardar en la víspera de
Pentecostés. Nos sentimos reacios a tomar las decisiones que es preciso
tomar con referencia al nuevo decreto, y preferimos escuchar con anterio-
ridad la opinión de nuestros consejeros, dándoles asimismo la oportunidad
de que se comuniquen libremente entre sí. Estas palabras, tal como las
hemos pronunciado, habrán de hacerse llegar a todas aquellas personas a
las que hemos nombrado. Su Eminencia les informará más adelante de que
nuestras deliberaciones no deberán prorrogarse por más de cuatro días. En
lo tocante a las cuestiones de aprovisionamiento y hospedaje del consejo, y
250
demás asuntos de esa índole, Su Eminencia despachará hoy mismo al ca-
pellán del que hemos hablado, quien junto con mi propio capellán iniciará
de inmediato los preparativos. Su Eminencia lo seguirá cuanto antes, de-
signando que el padre Marabout actúe como es debido en su ausencia.
Por último, a todos los que hubieran pedido instrucciones explícitas
ante este nuevo decreto, comuníqueseles tan sólo esta frase, y nada más:
«No perdáis la confianza, que habrá de hallar recompensa con un eterno
galardón. Tras un breve lapso de tregua, el que ha de venir vendrá, y no ha
de tardar. Silvestre, obispo, Siervo de los Siervos de Dios».
251
Capítulo III
253
universal de intereses, toda la situación cambiaba por completo. La singu-
lar personalidad de la especie humana había reemplazado a la incoherencia
de las unidades divididas, y con esa consumación, que bien podría compa-
rarse con la madurez misma, entraba en vigor todo un nuevo conjunto de
derechos. Ea especie humana era ya una única entidad, con una suprema
responsabilidad para consigo misma. Ya no existían derechos particulares,
como sin duda habían existido en la antigüedad. El hombre era ahora due-
ño y señor de todas las células que componían su cuerpo místico, y en caso
de que una de las células quisiera afirmarse en detrimento del cuerpo, los
derechos de la totalidad quedarían abolidos.
Y era una sola la religión la que afirmaba la igualdad de derechos en
una única jurisdicción universal, a saber, la religión católica. Las sectas de
Oriente, si bien habían conservado sus características propias, habían
hallado en el Hombre Nuevo la encarnación de sus ideales, y habían jura-
do, por tanto, lealtad a la autoridad de todo el cuerpo, cuya cabeza era El.
En cambio, la esencia misma de la religión católica suponía una traición en
toda regla de la idea misma del hombre. Los cristianos rendían pleitesía a
un presunto ser sobrenatural que no sólo se hallaba, según decían, fuera de
este mundo, sino que sin duda lo transcendía. Los cristianos, así pues, de-
jando a un lado la enloquecida fábula de la Encarnación, que bien podría
sucumbir a su propia estupidez, intencionalmente se desgajaban de ese
cuerpo único, del cual por la misma generación humana eran miembros.
Eran como extremidades anquilosadas que se prestaban al dominio de una
fuerza exterior, en vez, de obedecer a la fuerza y a la pulsión interna que
era su única vida. Y con ese acto ponían en grave peligro a la totalidad del
cuerpo. Esta locura, así las cosas, era el único delito que aún merecía ser
llamado así. El asesinato, el latrocinio, la violación, la anarquía misma
eran faltas de poca monta en comparación con ese pecado monstruoso,
aberrante, ya que si bien todos ellos lesionaban al cuerpo, no golpeaban
directamente en su corazón. Los individuos sufrían las consecuencias de
esos delitos, cuyos autores merecían, pues, el castigo, pero nunca se ponía
en peligro la vida misma. En cambio, en el cristianismo había un veneno
en verdad mortal. Todas y cada una de las células que se infectaran afecta-
ban y perjudicaban a las fibras que la ataban a la fuente de la vida. Sola-
mente ése era un crimen de alta traición contra el hombre. Nada, salvo su
total extirpación del mundo, podría servir de remedio adecuado.
Tales, así pues, eran los argumentos principales que se expusieron a
esa sección del mundo que aún se abstenía de aceptar el decreto de Felsen-
burgh. Y el éxito cosechado fue muy notable. La lógica empleada, en sí
254
misma indiscutible, había adoptado diversos disfraces y diversos re-
vestimientos retóricos, imbuidos todos ellos de pasión, y había cumplido
con su cometido de tal manera que, a medida que transcurría el verano,
Felsenburgh anunció en privado su intención de promulgar una ley en vir-
tud de la cual se llevara hasta sus últimas conclusiones lógicas la política
de la que había hablado.
Este designio ya se había cumplido plenamente.
II
255
Por su semblante se dio cuenta de que ella lo sabía todo, y le dio un
vuelco el corazón al ver la pálida rigidez que había adoptado. No había en-
furecimiento en ella. No había más que blancura, desesperación, una de-
terminación inmensa. Sus labios formaban una línea recta. Los ojos, bajo
el sombrero veraniego, se le habían contraído en gran medida. Se quedó en
donde estaba, cerró la puerta con un gesto mecánico y no hizo ademán de
adelantarse hacia él.
—¿Es cierto? —dijo ella.
Oliver respiró hondo y volvió a sentarse.
—¿Que si es cierto el qué, cariño?
—¿Es cierto —dijo de nuevo— que se va a interrogar a todos los
ciudadanos acerca de si creen o no en Dios, y que se les va a asesinar si lo
confiesan?
Oliver se pasó la lengua por los labios resecos.
—Cariño, te expresas con una crudeza injustificada —dijo él—. El
asunto es más bien si el mundo tiene derecho a...
Ella hizo un brusco gesto con la cabeza.
—Así pues, es cierto. ¿Y tú lo has firmado?
—Cariño, te ruego que no me hagas una escena. Estoy muy cansado.
Y no te responderé mientras no hayas oído lo que tengo que decirle.
—Adelante.
—Siéntate.
Ella negó con un gesto.
—Muy bien, como prefieras. Veamos. La cuestión es que el mundo
es ahora una única entidad, y no está dividido en muchas. El individualis-
mo ha desaparecido. Murió cuando Felsenburgh fue nombrado presidente
del mundo. Sin duda te haces cargo de que las nuevas condiciones que
ahora se imponen... jamás se había producido una situación así. Todo esto
lo sabes tan bien como yo.
Ella volvió a dar muestras de impaciencia.
—Haz el favor de escucharme —dijo él dando muestras de fatiga—.
Los acontecimientos han impuesto una nueva moralidad. Es exactamente
como si un niño hubiera llegado a tener pleno uso de razón. Se nos obliga,
por lo tanto, a poner todo esmero para que el proceso siga adelante, para
que no haya retrocesos. Para que no se necrose ningún miembro, para que
todas las extremidades gocen de buena salud. Si tu mano te ofendiere,
256
córtatela, dijo Jesucristo. Pues eso mismo es lo que decimos nosotros...
Que ahora alguien diga que cree en Dios, y yo dudo mucho que haya al-
guien que de veras tenga esa creencia, o que entienda incluso lo que signi-
fica... En fin, que alguien lo diga representa ahora el peor de los crímenes
que se pueden cometer, es alta traición. Pero no habrá violencia. Todo se
llevará a cabo con paz y con misericordia. Tú siempre has visto con bue-
nos ojos la eutanasia, igual que todos nosotros. Ese es el procedimiento
que ha de emplearse, y...
Ella volvió a hacer un gesto con la mano. Por lo demás, estaba in-
móvil como una estatua.
—¿Tú crees que servirá de algo? ¿En serio lo crees? —preguntó.
Oliver se puso en pie. No podía soportar la aspereza con que ella
hablaba.
—Mabel, cariño...
A ella le temblaron los labios durante un momento. Luego, volvió a
lanzarle una gélida mirada.
—No necesito súplicas ni explicaciones —dijo ella—. No sirven de
nada. Entonces... ¿lo has firmado?
Oliver sintió una desesperación inenarrable al mirarla a los ojos.
Habría preferido, con creces, una reprimenda, una llorera.
—Mabel... —volvió a exclamar.
—¿Lo has firmado, sí o no ?
—Lo he firmado —dijo al fin.
Se giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta. El salió tras ella.
—Mabel, ¿adonde vas?
Por primera vez en su vida, ella mintió a su marido con plena inten-
ción y conocimiento.
—Voy a descansar un rato —dijo—. Luego nos vemos, a la hora de
la cena.
El aún vacilaba, pero ella le miró a los ojos con tal sinceridad que él
aceptó la resolución.
—Muy bien, cariño... De todos modos, Mabel, trata de entender...
Bajó a cenar media hora más tarde, armado de lógica e incluso ani-
mado por la emoción. El argumento ahora le parecía absolutamente con-
257
vincente. Habida cuenta de las premisas que ambos aceptaban, compartían
y encarnaban en su vida, la conclusión era lisa y llanamente inevitable.
Aguardó unos minutos y por último llamó a los criados.
—¿Dónde está la señora Brand? —preguntó.
Hubo un instante de silencio, y recibió entonces la respuesta.
—Salió de la casa hace media bota, señor. Pensé que estaba usted al
corriente.
III
262
—Y usted, señor Francis, usted se educó en esta creencia. ¿No le
vuelve nunca a la memoria?
Sonrió.
—Jamás —dijo él—, salvo en sueños.
—¿Y cómo se lo explica? Si todo es pura autosugestión, usted ha vi-
vido treinta años sumido en ella.
Calló un momento. El titubeó a la hora de contestar.
—¿Cómo se lo explicarían sus antiguos correligionarios? —insistió.
—Dirían que he renunciado a la luz, que la he abandonado, y que la
luz se ha alejado de mí.
—¿Y usted? ¿Qué diría?
El volvió a callar.
—Yo diría que me he impuesto una autosugestión mucho más pode-
rosa, precisamente a la inversa de aquélla.
—Entiendo... Buenas noches, señor Francis.
No quiso ella que el ceremoniario la acompañase en el ascensor, de
modo que cuando él vio que el camarín caía lentamente y sin hacer ruido a
un nivel interior, volvió a su maqueta de la abadía y a sus figurillas. Pero
antes de comenzar de nuevo a moverlas por el recinto, permaneció unos
minutos sentado, con la mirada perdida en el vacío.
263
Capítulo IV
265
humanos que, con las mismas intenciones que albergaba ella en su seno, se
habían desgajado del mundo y se habían recluido en casas privadas dedica-
das a la eutanasia, personas a las que se aplicaba un gas que suspendía, no
detenía, la vida... Pero también esos recuerdos pasaron a otro plano con la
nueva luz del día. Tales cosas eran de todo punto inconcebibles con el nue-
vo sistema, al menos en Inglaterra. Se abstuvo de poner fin a sus días en
algún lugar del continente por esa misma razón. Allí, donde el sentimiento
era más débil, y la lógica más imperiosa, el materialismo tenía mayor con-
sistencia. Como los hombres no eran ni mucho menos animales, la conclu-
sión era inevitable.
Sí hubo una molestia grave de orden puramente físico, el calor intole-
rable que se sufría de día y de noche. Daba la impresión, al decir de los
científicos, de que se había generado una nueva ola de calor completamen-
te inesperada. Corrían docenas de teorías al respecto, la mayor parte de las
cuales eran mutuamente excluyentes. Era humillante, pensaba, que los
hombres que aseguraban haber tomado a su cargo el destino de la Tierra
estuvieran tan absolutamente desconcertados. Las condiciones meteoroló-
gicas habían coincidido con una serie de desastres naturales: hubo terremo-
tos de pavorosa virulencia, un maremoto destruyó no menos de veinticinco
ciudades en América, habían desaparecido una isla o dos y el imprevisible
Vesubio parecía estar preparándose para echar lava en cualquier momento.
Pero nadie sabía en realidad cuál era la explicación. Un hombre había lle-
gado al extremo de asegurar que un cataclismo había tenido lugar en el
centro de la Tierra... Al menos, eso había oído ella decir a su enfermera,
aunque en realidad no le interesaban gran cosa todas esas conjeturas. Era
fatigoso no poder caminar mucho por el jardín. Tenía que contentarse con
permanecer en su habitación, bastante fresca, de la segunda planta.
Sólo había preguntado con cierto interés por otra cuestión, a saber, el
efecto del nuevo decreto, pero la enfermera no parecía estar muy al tanto
de ese asunto. Al parecer, se habían producido una o dos ejecuciones, pero
la ley aún no se había aplicado en toda su extensión. Una semana era poco
tiempo, por más que el decreto hubiera tenido efecto inmediato, y los ma-
gistrados ya habían instruido las diligencias para que se levantase el nuevo
censo.
Despierta y aún en cama, contemplando el techo pintado, le pareció,
y mucho más al salir de la pequeña habitación, que el calor era peor que
nunca. Por unos instantes creyó que debía de haber dormido más de la
cuenta, pero en cuanto tocó el reloj de repetición vio que apenas eran las
266
cuatro. Bueno, tampoco podría haberlo soportado mucho más tiempo.
Creyó que a eso de las ocho sería buena hora para ponerle fin. Aún le que-
daba por escribir una carta a Oliver, aún le quedaban por tomar unas últi-
mas disposiciones.
En lo referente a la moralidad de lo que tenía previsto hacer, esto es,
la relación que el acto guardaba con la vida común de los hombres, no le
cabía ni un asomo de duda. Tenía la certeza, como la tenía todo el mundo
humanitario, de que así como el dolor corporal ocasionalmente era justifi-
cación de sobra para poner fin a la vida, también lo era el dolor mental.
Existía un grado determinado en el desasosiego ante el cual el individuo
dejaba de ser necesario para sí y para el mundo. Ese era el acto más carita-
tivo que se podía llevar a efecto. Pero en los viejos tiempos nunca había
pensado que ese estado pudiera ser el que ella alcanzara. La vida había si-
do demasiado interesante. Sin embargo, a ese punto había llegado, no hab-
ía ni que ponerlo en duda.
Tal vez una docena de veces a lo largo de la semana había vuelto a
pensar en su conversación con el señor Francis. Fue a verle de una manera
más bien instintiva; tan sólo deseaba saber cómo era el parecer desde el
otro ángulo, es decir, si el cristianismo era en el fondo una ridiculez tan
desmesurada como ella había creído. Le pareció que no era ridículo. A lo
sumo, de un patetismo terrible. Era en el fondo un sueño maravilloso, una
poesía exquisita. Sería una delicia sin par creer en sus premisas, pero no
era su caso. Un Dios trascendente era algo inimaginable, aunque no tanto
como un hombre meramente inconmensurable. En cuanto a la Encarna-
ción... en fin, más valía ni pensarlo.
No parecía que existiera una solución posible. La única religión acep-
table era la del humanitarismo. El hombre era Dios, o al menos era su ma-
nifestación más elevada, pero el hombre era un Dios con el que ella no de-
seaba tener nada más en común. Ese tenue instinto, novedoso, en pos de
algo distinto del intelecto y de la emoción, no pasaba de ser, y ella bien lo
sabía, más que un refinamiento de la emoción misma.
Había pensado mucho en Felsenburgh, y estaba asombrada ante sus
propios sentimientos. Era, sin ningún lugar a dudas, el hombre más impre-
sionante que ella había visto nunca. Era de hecho muy probable que fuera
lo que afirmaba ser, la encarnación del hombre ideal, el primer producto de
veras perfecto que había dado la Humanidad. Pero la lógica de su postura
era demasiado para ella. Ahora comprendía que era perfectamente lógico,
que no había ni la menor incoherencia en su denuncia de la destrucción de
267
Roma una semana después de haber hecho su famosa declaración. Era la
pasión de un hombre contra la de otro, eso había denunciado: el enfrenta-
miento de un reino con otro, de una secta contra otra, porque ese en-
frentamiento perpetuo era suicida para la especie humana. Denunció tam-
bién la pasión misma, no las acciones judiciales. Por tanto, ese nuevo de-
creto era tan lógico como El mismo: era un acto judicial por parte de un
mundo unido, en contra de una minoría que amenazaba el principio mismo
de la vida y de la fe, y había de aplicarse de inmediato y con un grado ex-
tremo de misericordia. No había en ello ni venganza, ni pasión, ni espíritu
de partido. Tampoco es un hombre vengativo, apasionado ni partidista, se
decía, cuando se amputa una extremidad enferma. Oliver la había conven-
cido de ello.
Sí, era una medida lógica y sólida. Y precisamente por ser así no pod-
ía ella soportarlo... ¡Ay, qué hombre tan sublime era Felsenburgh! Era una
alegría recordar siquiera sus discursos, su personalidad. Le habría gustado
volver a verlo en alguna otra ocasión. Pero de nada servía pensar en ello.
Era mejor terminar con todo de la manera más tranquila que fuera posible.
Y el mundo debía seguir su camino sin ella. Estaba demasiado hastiada de
la realidad.
Se adormiló de nuevo, y parecía que apenas habían pasado cinco mi-
nutos cuando alzó la mirada y vio un rostro amable y sonriente, una en-
fermera de cofia blanca delante de ella.
—Son casi las seis, querida. La hora que me indicó. ¿Quiere que le
traiga el desayuno?
Mabel soltó un largo suspiro. Se incorporó de pronto, y se dispuso a
levantarse.
II
***
Permaneció sentada mientras leía la carta, con los ojos aún humede-
cidos por las lágrimas. Sin embargo, todo cuanto decía era completamente
cierto. Era mucho más feliz de lo que podría ser en el supuesto de reanudar
su vida anterior. La vida le parecía un perfecto vacío. La muerte era una
fuga evidente, y su alma la anhelaba, tal como el cuerpo anhela el sueño
reparador.
Puso las señas en el sobre con mano perfectamente firme, lo dejó so-
bre la mesa y miró una vez más el desayuno, que ni siquiera había proba-
do.
270
De pronto, comenzó a pensar en su conversación con el señor Fran-
cis, y mediante una extraña asociación de ideas recordó la caída de aquel
volador en Brighton, el comportamiento expeditivo del sacerdote, las cajas
de la eutanasia.
Cuando Anne, la enfermera, llegó minutos más tárele, se quedó
asombrada ante lo que vio. La muchacha estaba agazapada ante la ventana,
con las manos sujetas al antepecho, contemplando el cielo con una actitud
de espanto innegable.
Anne entró rápidamente en la habitación, dejó algo sobre la mesa al
pasar y tocó a la muchacha en el hombro.
—Cariño, ¿qué sucede?
Se oyó un largo sollozo apenas contenido, y Mabel se volvió a la vez
que se ponía en pie, sujetando a la enfermera con una mano a la vez que
señalaba algo con la otra.
—¡Mira! —le dijo—. ¡Allí, mira!
—Bueno, cariño, ¿de qué se trata? Yo no veo nada. Está un poco os-
curo.
—¡Oscuro! —dijo la otra—. ¿A eso lo llamas oscuro? ¡Si está negro
como la boca de un lobo!
La enfermera la arrastró con dulzura hacia la mesa, alejándola al
mismo tiempo de la ventana. Se dio cuenta de que era un ataque de ner-
vios, de miedo, pero nada más. Mabel logró desasirse, y de nuevo se vol-
vió en redondo.
—A eso lo llamas oscuro... ¡Mira, hermana, mira!
Pero no había nada destacable que ver. Allí delante pendía la copa
frondosa de un olmo, las ventanas cerradas al otro lado de la calle, el teja-
do, el cielo de la mañana, cierto que algo cargado, nublado, como si se
avecinara tormenta, pero nada más.
—Bien, cariño, ¿de qué se trata? ¿Qué es lo que ves?
—Mira, mira... ¡Mira! ¡Y escucha eso!
Un remoto redoblar, tal vez el paso de un carruaje, tan tenue que
podría ser un mero engaño auditivo. Pero la muchacha se había llevado las
manos a los oídos, y su rostro era una máscara blanca en la que se pintaba
el pavor. La enfermera decidió abrazarla.
—Cariño —le dijo—, te trastorna la excitación. No es nada más que
un trueno, una tormenta ligera. Siéntate, anda, estate tranquila.
271
Notó el temblor de la muchacha bajo sus manos, aunque no opuso re-
sistencia cuando la arrastró hacia la silla.
—¡Las luces! ¡las luces! —sollozó Mabel.
—¿Me prometes que vas a estar sentada y tranquila?
Asintió. La enfermera atravesó la habitación sonriéndole con gran
ternura. Había presenciado con anterioridad situaciones semejantes. Ins-
tantes después, inundó la habitación una exquisita luz solar tan pronto ella
accionó el mando. Al darse la vuelta, vio que Mabel también se había
vuelto en redondo y que contemplaba el cielo, en lo alto, a la vez. que en-
trelazaba ambas manos, si bien se la notaba ya algo más tranquila. La en-
fermera se acercó y le puso la mano en el hombro.
—Es puro nerviosismo, cariño. Créeme, sé bien lo que digo... No tie-
nes nada que temer. Sólo es un momento de excitación nerviosa. ¿Quieres
que baje la persiana?
Mabel volvió la cara hacia ella. Sí, era cierto que la luz la había tran-
quilizado. Aún tenía la cara muy blanca, y era patente su desconcierto, pe-
ro poco a poco volvía la firmeza a sus ojos, aunque ahora, cuando habló,
aún se le fueron una vez más a la ventana.
—Anné —le dijo con más sosiego—, te ruego que vuelvas a echar un
vistazo y me digas si no ves nada. Si me dices que no hay nada, tal vez
piense que me estoy volviendo loca. No, no toques la persiana.
No, no había nada de particular. El cielo estaba un tanto oscurecido,
como si se avecinase una galerna, pero apenas era más que un velo de nu-
bes altas, y la luz tenía un leve tinte tenebroso. No era más que el cielo que
antecede a una tormenta de verano. Se lo dijo con toda claridad.
A Mabel se le recompuso el semblante.
—Muy bien, Anne. Entonces...
Se volvió a la mesita en donde la enfermera había dejado aquello con
lo que vino a la habitación.
—Enséñamelo, por favor.
La enfermera titubeó.
—¿Estás segura de que no te va a vencer el miedo? ¿Quieres que te
traiga alguna cosa?
—No tengo nada más que añadir —dijo Mabel con firmeza—. Ensé-
ñamelo, por favor.
La enfermera se volvió con resolución hacia la mesa.
272
Sobre ella reposaba una caja de esmalte blanco, delicadamente deco-
rada de flores pintadas a mano. De la caja emergía un tubo blanco, flexi-
ble, con una ancha boquilla, a la cual se adosaban dos asas de acero forra-
das de cuero. De un lateral de la caja asomaba un pequeño mango de por-
celana.
—Veamos, cariño —comenzó a decir la enfermera con voz afectuo-
sa, mirando a la otra a los ojos, que había vuelto hacia la ventana—. Te
sientas aquí tranquilamente, igual que estas ahora. Con la cabeza bien er-
guida, por favor. Cuando estés lista, te colocas esto en la boca, con las asas
por detrás del cuello. Funciona de manera muy sencilla. Una vez hecho es-
to, giras el mango todo lo que puedas. Y eso es todo.
Mabel asintió. Había recobrado el dominio de sí misma y entendía las
instrucciones con toda claridad, aunque en cuanto abrió la boca se le fue-
ron los ojos a la ventana.
—Eso es todo —dijo—. ¿Y después?
La enfermera la miró unos momentos sin saber qué decir.
—Lo he entendido perfectamente —dijo Mabel—. ¿Y después, qué?
—Después ya no hay nada más. Respira con toda naturalidad. Te sen-
tirás soñolienta casi en el primer momento. Cierras los ojos y eso es todo.
Mabel dejó el tubo sobre la mesa y se puso en pie. Volvía a ser dueña
de sí.
—Dame un beso, hermana —le dijo.
La enfermera sonrió, asintió y le hizo un gesto de confianza desde la
puerta, pero Mabel apenas pudo verlo, pues miraba hacia la ventana.
—Volveré dentro de media hora —dijo Anne.
Vio en ese momento un cuadrado blanco sobre la mesa.
—¡Ah! ¡La carta! —dijo.
—Sí —repuso la muchacha sin prestar atención. Llévatela, por favor.
La enfermera la tomó en una mano, echó un vistazo a la dirección y
miró de nuevo a Mabel. Seguía vacilante.
—Dentro de media hora —repitió—. No hay prisa ninguna. Sólo se
tarda cinco minutos. Adiós, querida mía.
Pero Mabel seguía mirando por la ventana, y no le dio respuesta al-
guna.
273
III
Mabel se quedó quieta en la misma posición hasta que oyó que se ce-
rraba la puerta y giraba la llave en la cerradura. Una vez más, volvió a la
ventana y se aferró al antepecho.
Desde el punto en que se encontraba, le resultaba visible el primer
patio interior, con un césped cuidado, con un par de árboles, todo muy
sencillo a la brillante luz que ahora fluía de su ventana. Asimismo, sobre
los tejados veía una dilatada y espantosa mancha negra, ribeteada de un
débil tinte rojizo. Era tanto más terrible por el contraste. La tierra, parecía,
era capaz de brillar con luz propia, mientras la del cielo se había extingui-
do para siempre.
También daba la impresión de que reinaba una calma extraña. El asi-
lo, por lo común, estaba en silencio a esas horas: los habitantes de ese lu-
gar no estaban de humor para ningún bullicio, pero ahora estaba más que
tranquilo. Estaba mortalmente quieto. Reinaba tal silencio como el que
precede a un repentino estallido de la artillería celestial. Sin embargo, pa-
saban los segundos y no se producía ese estallido, sino que seguía reinando
un solemne aquietamiento, todo lo cual resultaba tanto más impresionante,
pues a oídos de la muchacha parecía entreverarse la calma con el murmu-
llo de innumerables voces, que fantasmalmente se alejaban mezcladas con
aplausos. Luego, volvió a adueñarse de todo una calma inamovible.
Había empezado a entender. Aquella oscuridad, aquellos ruidos no
eran para los ojos y los oídos de todos. La enfermera no había visto ni oído
nada extraordinario, y el resto del mundo tampoco veía ni oía nada espe-
cial. Para ellos, no era más que el aviso de una tormenta inminente.
No intentó siquiera distinguir entre lo subjetivo y lo objetivo. Poco o
nada le importaba que las visiones y los sonidos estuvieran generados por
su propio cerebro, o que, al contrario, los percibiera mediante una facultad
hasta ese momento desconocida. Le parecía hallarse al margen del mundo
que había conocido y habitado hasta esos momentos, y que se alejaba de
ella o, más bien, aun cuando seguía en donde siempre había estado, se iba
fundiendo, se transformaba, pasaba a otro modo de existencia. La extrañe-
za de todo ello no resultaba en el fondo tan extraña, o no más que, por
ejemplo... la caja esmaltada y pintada que esperaba encima de la mesa.
Sin apenas saber qué hacía, sin dejar de contemplar aquel cielo abru-
mador, comenzó a hablar sin siquiera darse cuenta.
274
—¡Oh, Dios! —dijo—. Si de veras estás ahí, si es cierto que existes...
Le falló la voz, y se sujetó al antepecho. Vagamente se preguntó por
qué hablaba de ese modo, pues no era ni el intelecto ni la emoción lo que
la inspiraba. A pesar de lo cual continuó.
—¡Oh, Dios, yo sé que no estás ahí! Claro que no. Pero si estuvieras
ahí, sé muy bien qué te diría. Te diría cuán desconcertada y cuán fatigada
estoy. No, no, ni siquiera tendría que decírtelo, pues Tú ya lo sabrías, pero
no dejaría de decirte que siento mucho todo esto. ¡Oh! Eso también lo
sabrías, por descontado. ¡Dios! Ni siquiera sé qué es lo que deseo decirte.
Me gustaría que cuidaras de Oliver, claro, y de todos tus pobres cristianos.
¡Oh! Qué mal lo van a pasar... Dios... ¿Tú lo entiendes, verdad?
Volvió a resonar un trueno lejano, un bajo solemne compuesto por un
millar de voces, Parecía que se acercase, pensó. Nunca le habían gustado
las tormentas ni el griterío de una muchedumbre. Siempre le causaban do-
lor de cabeza.
—Bueno, bueno —dijo—. Adiós a todo, me despido.
Y se acomodó en la silla. Lo primero era la boquilla del aparato, sí,
eso era...
Se enfureció al ver que le temblaban las manos. En dos ocasiones, las
asas escaparon de su nuca, protegida por los rizos de su cabello. Por fin las
pudo colocar. Y como si una brisa fresca la acariciara, recuperó el sentido.
Descubrió que era capaz de respirar con facilidad, sin alterarse. Nada
se le resistía, todo era comodidad. No habría ni la menor sensación de as-
fixia. Llevó la mano izquierda al mango, consciente no tanto de la repenti-
na frialdad del metal cuanto del calor insufrible que hacía en la habitación.
Oyó el tambor con que se le manifestaba el pulso en las sienes, el rugir de
las voces. Palpó el mango y con las dos manos desgarró el envoltorio blan-
co que había colocado esa misma mañana.
Sí, le resultó más fácil. Podía respirar mejor así. Tentó el mango de la
caja, pero el sudor caía a chorros entre sus dedos, y por un momento no
fue capaz de girar el pomo. De pronto, cedió a su fuerza.
Por un instante, un olor lánguido y dulzón repercutió en su conciencia
como un aldabonazo, pues supo que era el aroma de la muerte. Entonces,
la firme voluntad que la había llevado hasta tan lejos se reafirmó en ella, y
colocó las manos blandamente en el regazo, respirando hondo y sin alte-
rarse.
275
Había cerrado los ojos en el momento de accionar el mango, pero los
volvió a abrir, curiosa como estaba por ver el aspecto del mundo que se
desdibujaba ante ella. Había decidido hacerlo así durante la semana ante-
rior: al menos, no echaría nada de menos en esa última y definitiva expe-
riencia.
Al principio le pareció que no se producía ningún cambio. La rama
del olmo seguía ante la ventana, igual que el tejado emplomado de enfren-
te, el terrible cielo que lo cubría todo. Se fijó en una paloma, blanca sobre
la negrura, que alzaba el vuelo y volvía a caer en un instante.
Y entonces se sucedieron las siguientes impresiones.
Hubo primero una súbita sensación de éxtasis y de ligereza en todas
sus extremidades. Trató de levantar una mano y comprendió que era impo-
sible, pues ya no le pertenecía. Trató de bajar la vista y alejarla de la ancha
franja de cielo violáceo, pero tampoco estuvo a su alcance. Comprendió»
entonces que ya no estaba en contacto con su cuerpo, que el mundo des-
moronadizo se había alejado y se hallaba a la distancia del infinito, y eso
era algo que en el fondo esperaba, aunque lo que no dejaba de atribularle
era que su mente siguiera aún activa. Era cierto que el mundo que ella hab-
ía conocido se había alejado del dominio de la conciencia, al igual que su
cuerpo, con una única salvedad, que era el sentido del oído, aún extraña-
mente alerta. Sin embargo, persistía en ella la memoria suficiente para te-
ner constancia de que existía semejante mundo, de que había otras perso-
nas en esa existencia, de que los hombres seguían afanados en sus asuntos,
sin saber nada de lo acontecido. En cambio, las caras, los nombres, los lu-
gares, todo había desaparecido como por ensalmo. De hecho, tenía con-
ciencia de sí misma de una manera completamente distinta a cualquiera
que le fuera conocida, y le parecía que había penetrado al fin en uno de los
rincones más recónditos de su ser, que hasta la fecha sólo hubiera visto a
través de un cristal empañado. Era muy extraño, si bien era al tiempo su-
mamente familiar. Le parecía que hubiera llegado al centro, que hubiera
terminado de trazar la circunferencia en que había consistido su vida ente-
ra. Y ese centro era más que un punto. Era un espacio distinto, amurallado,
cerrado... En ese mismo instante supo que tampoco tenía ya la facultad del
oído.
Sucedió entonces algo asombroso, algo que tuvo la sensación de sa-
ber siempre que iba a ocurrir, aun cuando su mente jamás lo hubiera ex-
presado. He aquí lo que aconteció.
276
Ese recinto se fundió con un ruido de quebradura, y se vio en un es-
pacio infinito, distinto a todo lo que conociera, y vivo, vivo y palpitante.
Era algo tan vivo como su propia respiración, como vivo estaba su cuerpo
jadeante, evidente por sí mismo, inapelable, único, al tiempo que era mu-
chos. Era inmaterial, a la par que era absolutamente real, real en un sentido
que jamás había soñado, una realidad inaudita...
No obstante, también eso era familiar, como uno de esos lugares que
a menudo visitamos en sueños. Y sin previo aviso algo que semejaba el
sonido o la luz, algo que supo en un instante que era único, lo atravesó to-
do de golpe.
Entonces vio y comprendió.
277
Capítulo V
279
—Eso es lo malo. Dice que no puede ni negar a Dios ni afirmarlo.
Así que era su secretario, ¿eh?
—En efecto. Tenía inclinaciones hacia el cristianismo. Por eso tuve
que librarme de él.
—He ordenado que se le recluya por espacio de una semana. A lo
mejor así puede entrar en razón.
La conversación dio un nuevo giro. Aparecieron otros dos o tres altos
cargos, todos los cuales miraron a Oliver con cierta curiosidad. Se había
difundido la historia de que su esposa lo había abandonado. Y todos de-
seaban saber cómo se lo había tomado él.
Cinco minutos antes de la hora sonó un timbre y se abrió la puerta
que daba al pasillo.
—Vamos, caballeros —dijo el primer ministro.
La Cámara del Consejo era una larga sala, de techos muy altos, en la
primera planta. Del suelo al techo, las paredes estaban repletas de libros.
Una alfombra de caucho insonoro cubría todo el suelo. No había ventanas;
la sala contaba con permanente luz artificial. Una mesa alargada, rodeada
de sillones con brazos, recorría todo el suelo. Cabían diez consejeros por
flanco. El sillón presidencial, elevado en un estrado, ocupaba la cabecera.
Cada uno de ellos se dirigió a su sillón en silencio, y permaneció de-
lante de su sitio, a la espera.
En la sala reinaba un frescor notable a pesar de no tener ventanas, lo
cual constituía un grato contraste frente a la calurosa noche en las calles,
por la que la mayoría de los presentes habían pasado. También estaban
perplejos ante la sorprendente climatología, y más de uno se había sonreí-
do ante el conflicto de lo infalible. Sin embargo, en esos momentos no
pensaban en tales cosas: la llegada del presidente era siempre un asunto
que acallaba incluso a los más locuaces. Por si fuera poco, todos habían
comprendido que esta vez la cuestión era más grave que de costumbre.
Cuando faltaba un minuto para la hora, respiró de nuevo el timbre,
cuatro veces, y cesó el sonido. En cada una de las señales, todos los pre-
sentes se volvieron instintivamente hacia la alta puerta corredera, situada
tras el sillón presidencial. Se había hecho un silencio absoluto tanto dentro
como fuera. Las inmensas dependencias del Gobierno estaban lujosamente
provistas de aparatos que amortiguaban todos los sonidos, de modo que ni
siquiera el runrún de los inmensos motores, que resonaban a menos de cien
metros, causaban una mínima vibración en las capas sucesivas de caucho
280
que revestían las paredes. Sólo un ruido podía penetrar en ellas, y era el ru-
mor del trueno. Los expertos estaban trabajando para impedirlo.
Una vez más, el silencio pareció ahondarse otro tanto. Se abrió en-
tonces la puerta y entró una figura de paso solemne, seguida por otra vesti-
da de escarlata y negro.
II
281
su viaje de regreso haciendo escalas en España, el norte de Africa, Grecia
y los Estados del Sureste.
Esa era la fórmula habitual en tales discursos. El presidente hablaba
poco de un tiempo a esta parte, pero ponía gran cuidado en la información
que se había de impartir a sus súbditos en ocasiones como ésta. Sus secre-
tarios estaban perfectamente adiestrados, y el orador de turno lo hizo en
consonancia. Hizo una breve pausa y continuó.
—La cuestión es la siguiente, caballeros. El pasado jueves. como
sabrán ustedes, los plenipotenciarios firmaron la Ley de juramento en esta
misma sala, y así se comunicó de inmediato a todo el mundo. A las diecis-
éis en punto, Su Honor recibió un mensaje de un hombre llamado Dolgo-
rovski. Se sobreentiende que es uno de los cardenales de la Iglesia Católi-
ca. Al menos, eso dijo. Tras las indagaciones pertinentes, se vio que era
cierto. La información confirmó lo que ya se sospechaba, esto es, que hay
un hombre que dice ser el Papa, que ha creado (la expresión es suya) otros
cardenales poco después de la destrucción de Roma, y luego de que tuviera
lugar su elección en Jerusalén. Parece ser que ese Papa, con no poco cono-
cimiento de las materias de Estado, ha preferido que su nombre y su lugar
de residencia sean un secreto incluso entre sus propios seguidores, con la
sola excepción de los doce cardenales. Asimismo, parece que ha hecho un
gran trabajo, por medio del instrumento de uno de sus cardenales en parti-
cular, y mediante la nueva orden en general, de cara a la reorganización de
la Iglesia Católica. Parece ser que en estos momentos vive completamente
al margen del mundo, y que goza de total seguridad.
»—El Honorable lamenta profundamente y se echa en cara no haber
tenido la perspicacia necesaria para recelar de que algo así pudiera produ-
cirse, engañado, según cree, por la convicción de que, de haber existido un
Papa, se habrían tenido noticias suyas por distintos flancos, ya que la tota-
lidad de la estructura de la Iglesia Cristiana descansa sobre él cual si fuera
una roca. Por si fuera poco, el Honorable entiende que debieran haberse
realizado indagaciones precisamente en el lugar en el que, según se cree,
reside este nuevo Papa.
»—El nombre del cual, caballeros, es Franklin.
Oliver tuvo un sobresalto incontrolable, pero volvió a tranquilizarse
ante la brillantez y la inteligencia de la mirada que le lanzó el presidente
durante un momento, devolviéndole la atención y la docilidad.
—Franklin —repitió el secretario—, y reside en Nazaret, donde,
según se dice, pasó su juventud el fundador del cristianismo.
282
»—Caballeros, el pasado jueves tuvo el Honorable conocimiento de
esto. Indicó que se realizaran las investigaciones pertinentes, y el viernes
por la mañana recibió de Dolgorovski nuevas informaciones, en el sentido
de que este Papa había convocado en Nazaret una reunión de sus cardena-
les, y de otros altos funcionarios de todo el mundo, con el fin de considerar
qué pasos debían darse a la luz de la nueva Ley de Juramento. Este indicio
lo toma el Honorable como muestra de una extremada falta de maestría
política, que difícilmente casa con su acción anterior. Estas personas han
recibido la convocatoria por medio de mensajeros especiales, y han de re-
unirse el sábado próximo. Comenzarán sus deliberaciones tras algunas ce-
remonias cristianas a la mañana siguiente.
»—Sin duda, querrán ustedes conocer los motivos de Dolgorovski
para revelar todo esto. El Honorable se da por satisfecho al saber que la
información es auténtica. El hombre había perdido la creencia en su reli-
gión; de hecho, ha terminado por entender que esa religión es el obstáculo
supremo que se interpone en el camino de la consolidación de la especie.
Ha estimado que es su deber, por tanto, poner toda la información disponi-
ble ante el Honorable. Es interesante, en tanto paralelismo histórico, re-
flexionar sobre que ese mismo incidente que supuso el ascenso del cristia-
nismo definirá, según se cree, su extinción definitiva. Hago referencia a
que se informe por parte inherente del paradero y método de uno de los
líderes, a raíz de lo cual el personaje principal podrá ser abordado de la
mejor de las maneras. También, es sin duda, significativo que la escena de
la extinción del cristianismo sea idéntica a la de su inauguración.
»—Bien, caballeros, la propuesta que extiende el Honorable es como
sigue, a tenor de la declaración que todos ustedes conocen y avalan. Se tra-
ta de conformar una fuerza que debe proceder para llegar durante la noche
del próximo sábado a Palestina, y que el domingo por la mañana, cuando
estén reunidos todos esos hombres, ponga fin con agilidad y misericordia
al empeño que los poderes le han encomendado y han puesto en sus ma-
nos. Por el momento, la opinión de los Gobiernos consultados ha sido uná-
nime, y poca duda puede haber de que el resto esté igualmente de acuerdo.
El Honorable entendió que no podía actuar en un asunto de tamaña grave-
dad bajo su única responsabilidad. No es una cuestión local, sino una ad-
ministración de justicia católica, y tendrá resultados más amplios de lo que
ahora es sensato profetizar.
»—No hará falta entrar en detalle en las razones del Honorable. Ya
les son de sobra conocidas a todos ustedes. Antes de pedirles su opinión,
283
desea que yo les indique lo que él piensa respeto del método de acción, en
el supuesto de que den ustedes su visto bueno.
»—Se propone que cada Gobierno tome parte en la empresa final,
pues se trata en cierto modo de una acción simbólica; de cara a su realiza-
ción, se entiende que cada uno de los tres departamentos del mundo deben
prestar voladores en una cantidad acorde con el número de Estados consti-
tuyentes, hasta un total de ciento veintidós, para llevar a cabo la tarea. Es-
tos voladores no tendrán un punto de encuentro común, pues en tal caso la
noticia llegaría sin duda a Nazaret, ya que se entiende que esa nueva Orden
de Cristo Crucificado cuenta con una red de espionaje sumamente organi-
zada. La cita, por lo tanto, habrá de ser precisamente en Nazaret. La hora
del encuentro tendrá que ser a las nueve, según el huso horario de Palesti-
na. Sin embargo, todos estos detalles podrán decidirse y serán comunica-
dos tan pronto se tome la determinación en lo referente al programa.
»—Con respecto al método exacto para llevar a cabo la operación fi-
nal, el Honorable se inclina a pensar que será más caritativo no entablar
negociaciones con las personas concernidas. Habría que dar una oportuni-
dad a los habitantes de la aldea, para que huyan si ese es su deseo, y acto
seguido, gracias a los explosivos que transportará la fuerza aérea, el final
será prácticamente instantáneo.
»—El Honorable se propone estar allí en persona, e iniciar Él mismo
la descarga de los torpedos, que comenzará desde su aparato. Parece ade-
cuado que el mundo que ha tenido la bondad de elegir al Honorable a la
Presidencia actúe por medio de sus manos. Y esta intervención será una
muestra de respetuosa distinción a una superstición que, por infame que
sea, es todavía la única que tiene capacidad de resistirse al verdadero pro-
greso de la especie humana.
»—El Honorable les promete, caballeros, que en el supuesto de que
este plan se lleve a cabo, habrán terminado todos los problemas que plan-
tea el cristianismo. El efecto moral de la Ley de Juramento ya ha sido pro-
digioso. Se considera que por decenas de miles los católicos, y cuento en-
tre ellos incluso a los miembros de esta nueva y fanática orden religiosa,
han renunciado a sus estupideces en estos pocos días. Un golpe definitivo
ahora en el corazón y en la cabeza de la Iglesia Católica, que elimine de
hecho el cuerpo por medio del cual toda la organización subsiste, hará que
su resurrección sea lisa y llanamente imposible. Es bien sabido que si se
extingue la línea sucesoria de los papas, junto con quienes son necesarios
para su continuidad, dejará de ser viable, incluso para los más ignorantes,
284
que las promesas de Jesús tengan razón de ser, o sean siquiera posibles. La
orden que ha aportado el tejido necesario para este nuevo movimiento
también debe perecer.
»—Dolgorovski, por supuesto, constituye una dificultad de peso,
pues no es seguro que un único cardenal pudiera considerarse suficiente
para la propagación de la línea sucesoria. Aunque a regañadientes, el
Honorable se siente obligado a sugerir que, cuando todo concluya, Dol-
gorovski, que no estará naturalmente con sus compinches en Nazaret, sea
caritativamente eliminado, a fin de impedir el peligro de una recaída.
»—Así pues, el Honorable les solicita que brevemente estipulen su
punto de vista respecto a todo lo que he tenido el privilegio de desglosar.
Calló aquella voz monótona.
Había hablado en todo momento tal como comenzó, con los ojos ba-
jos, la voz tranquila y contenida. Su desempeño había sido admirable.
Hubo un silencio instantáneo, y todas las miradas se concentraron en
la figura inmóvil, de rojo y escarlata, y en su rostro marfileño.
Oliver se puso en pie. Estaba blanco como el papel, con los ojos bri-
llantes y dilatados.
—Señor —dijo—, no me cabe duda de que somos todos de la misma
opinión. No será preciso que añada nada más, salvo que en calidad de por-
tavoz de mis colegas anuncio nuestro asentimiento a la propuesta, y deja-
mos todos los detalles en manos del Honorable.
El presidente alzó los ojos y recorrió la hilera de rostros vueltos hacia
él.
Sin aliento, habló por primera vez con una voz extraña, tan carente de
pasión como las aguas de un río helado.
—¿Hay alguna otra propuesta?
Corrió un murmullo de asentimiento en la sala cuando todos se pusie-
ron en pie.
—Gracias, caballeros —dijo el secretario.
III
Poco antes de las siete de la mañana del sábado, Oliver salió del
vehículo que le había llevado a Wimbledon Common, y comenzó a subir
las escaleras del antiguo muelle de voladores, abandonado unos cinco años
285
antes. Se había considerado preferible, a la vista del extremo secreto que
era preciso guardar, que los representantes de Inglaterra en la expedición
partiesen de un punto relativamente desconocido, y ese viejo muelle, ya
sin utilidad, salvo para probar algunas veces las máquinas nuevas del Go-
bierno, había sido el punto escogido. Ni siquiera existía ya el ascensor, de
modo que fue necesario subir los ciento cincuenta peldaños a pie.
Muy en contra de su voluntad aceptó su lugar entre los cuatro delega-
dos, pues nada se sabía de su esposa, y le resultaba terrible abandonar
Londres cuando aún estaban envueltos en dudas su paradero y destino. En
general, estaba menos inclinado que nunca a aceptar la teoría de la eutana-
sia. Había conversado con dos o tres de sus amigas, todas las cuales afir-
maron que nunca había sugerido semejante posibilidad. Una vez más, aun-
que era muy consciente del margen de los ocho días que prevalecía en es-
tos casos, aun cuando ella hubiera optado por dar ese paso, no había mane-
ra de saber siquiera si estaba en Inglaterra; de hecho, era más probable que
para llevar a cabo tal acción hubiera viajado al extranjero, donde las con-
diciones eran más laxas. En breve, parecía que no serviría de nada quedase
en Inglaterra, y la tentación de estar presente en el acto de justicia final que
tendría lugar en tierras de Oriente, así como el hecho de que fueran a des-
aparecer de la faz de la tierra sus enemigos, y Franklin entre ellos —
Franklin, esa burda caricatura del Dueño y Señor del Mundo—, sumado
todo ello a la opinión de sus colegas en el Gobierno, y a una curiosa sensa-
ción que ahora ya no le abandonaba, en el sentido de que la aprobación de
Felsenburgh era algo por lo que valía la pena morir si fuera necesario, todo
ello al final inclinó la balanza. Dejó en casa a su secretario, con instruccio-
nes de que no se escatimaran gastos a la hora de comunicarse con él si se
tuviera alguna noticia de su esposa durante su ausencia.
Era una mañana terriblemente calurosa, y cuando llegó al final de las
escaleras, vio que el monstruo, en su red, ya estaba provisto de la carcasa
de aluminio, y que los ventiladores del salón y del pasillo estaban en fun-
cionamiento. Entró para buscar un asiento en el salón, dejó el bolso de via-
je y, tras cambiar un par de frases con el guardia, que aún no tenía cono-
cimiento del destino del volador, sabedor de que los otros aún no habían
llegado, salió al andén a tomar el fresco y a meditar en paz..
Londres estaba extraño aquella mañana, pensó. Allí abajo se hallaba
la pradera del común, agostada a trozos por el recrudecido calor de la se-
mana pasada, aunque todavía con franjas de hierba espesa. Entre los árbo-
les de intenso follaje se veían los tejados de las viviendas, también envuel-
286
tos por el verdor. Más allá se veían las líneas aserradas de las casas, una
tras otra, interrumpidas en un punto por el resplandor del río. Y desdi-
bujándose hasta donde la vista alcanzaba se repetía la misma configuración
urbana. En cambio, lo que le sorprendió fue la densidad del aire, que pa-
recía la misma que se describía en los libros de antaño, en los tiempos del
humo. No había ni el menor amago de frescor, ni traslucidez en el ambien-
te matinal. Era imposible señalar en ninguna dirección para dar con la
fuente de aquel velo de penumbra, pues por los cuatro puntos cardinales
era igual. El propio cielo carecía de su azul característico; parecía pintado
con un pincel sucio, y el sol derramaba el mismo tinte de un rojo tenue y
apagado. Sí, así era, se dijo con cansancio; parecía una acuarela de muy
dudosa calidad. No se apreciaba el menor misterio en una ciudad velada,
sino más bien una cierta irrealidad. Las sombras carecían de definición, los
perfiles y las agrupaciones de coherencia. Era preciso que se desatara una
tormenta, u otro temblor de tierra en la otra cara del mundo, que a modo de
magnífica ilustración de la unidad del globo diera alivio a la presión que se
sufría en este lado. En fin: el viaje valdría la pena aunque sólo fuera por
observar los cambios climáticos, aunque el calor sería sofocante, musitó,
cuando llegaran al sur de Francia.
Sus pensamientos volvieron entonces a la tristeza que lo corroía.
Pasaron otros diez minutos antes de que viera el vehículo motor rojo
del Gobierno, con los alerones abiertos, deslizarse sobre la carretera en di-
rección a Fulham. Y aún pasaron otros cinco antes de que aparecieran los
tres hombres con sus criados: Maxwell, Snowford y Cartwright, todos con
la misma vestimenta, como Oliver, de lona blanca de los pies a la cabeza.
No dijeron una sola palabra acerca de su misión, pues los empleados
y los guardias iban de un lado a otro, y era aconsejable protegerse incluso
contra la menor posibilidad de sufrir una traición. Al guardia se le dijo que
se precisaba un volador para un viaje de tres días, y que era preciso abaste-
cerse para ese lapso, y que el primer punto al que se dirigirían se hallaba
en las montañas del sur del país. No habría escalas técnicas al menos du-
rante un día y una noche.
La mañana anterior se habían recibido nuevas instrucciones del pre-
sidente, pues para entonces había terminado su ronda de consultas, y había
recabado el asentimiento de todos los consejos de emergencia del mundo
entero. Snowford se lo comentó en voz baja, y añadió unas palabras a los
detalles mientras los cuatro contemplaban la ciudad.
287
En breve, el plan era el siguiente, al menos en lo tocante a Inglaterra.
El volador debía acercarse a Palestina procedente del Mediterráneo, po-
niéndose antes en contacto con Francia, a su izquierda, y España a su dere-
cha, cuando se hallaran a veinte kilómetros de la punta oriental de Creta.
La hora aproximada del encuentro estaba señalada a las veintitrés (hora de
Oriente). En ese punto debía enarbolar la bandera nocturna, una franja es-
carlata sobre fondo blanco. En el supuesto de que no avistara a sus veci-
nas, debía trazar un círculo a una altitud de ochocientos pies, hasta que las
otras dos se reunieran con ella o se recibieran nuevas instrucciones. En ca-
so de cualquier emergencia, el volador del presidente, que finalmente haría
su entrada por el sur, iría acompañado por un ayuda de campo, capaz de
alcanzar una gran velocidad, cuyas señales habrían de tomarse como si
procedieran del propio Felsenburgh.
Una vez, completado el círculo, que tendría por centro Esdrelón, con
un radio de setecientos kilómetros, los voladores debían avanzar y reducir
la altitud paulatinamente, hasta situarse en una franja inferior a los qui-
nientos pies, y disminuir la distancia que los separaba unos de otros a par-
tir de los cuarenta kilómetros a que se encontrarían en el momento inicial,
y agruparse tanto como las normas de seguridad lo permitieran. De este
modo, y avanzando a una velocidad de setenta kilómetros desde el mo-
mento en que el círculo estuviera dispuesto, avistarían Nazaret más o me-
nos a las nueve de la mañana del domingo.
Llegó el guardia ante los cuatro cuando guardaban silencio.
—Estamos listos, caballeros —dijo.
—¿Qué pronósticos tenemos sobre el tiempo? —preguntó Snowford
bruscamente.
El guardia frunció los labios.
—Es de suponer que tendremos alguna perturbación. Tal vez tormen-
tas, señor —repuso.
Oliver lo miró con curiosidad.
—¿Nada más? —preguntó.
—Podría darse alguna tormenta, insisto —observó sucintamente el
guardia.
Snowford se volvió hacia la plancha de acceso.
—Bien, pues lo mejor será despegar. Más adelante, si es preciso, po-
dremos perder tiempo.
288
Pasaron otros cinco minutos hasta que todo estuvo listo. De la popa
de la nave llegaba el olor de la cocina, pues el desayuno se iba a servir de
inmediato. Un cocinero con el gorro blanco asomó un instante para hacer
una pregunta al guardia. Los cuatro tomaron asiento en el espléndido salón
de proa. Oliver guardaba silencio, los otros tres conversaban en voz baja.
Volvió a pasar el guardia por el compartimento, hacia su puesto en la proa,
comprobando al pasar que todos estuvieran sentados. Un instante después
se oyó el clangor de la señal. A lo largo de la nave, que era la más veloz de
las que poseía Inglaterra, se sintió el taladro in crescendo de la hélice que
ganaba revoluciones. Al mismo tiempo, mirando por la ventanilla lateral,
Oliver vio precipitarse la balaustrada y ascender de pronto la larga línea de
Londres, pálida bajo el cielo tintado. Atisbo a un grupo de personas que
miraban fascinadas desde tierra cómo levantaba el vuelo el aparato, pero
también desaparecieron en medio de un torbellino. Con un destello de un
verde polvoriento, la pradera del común desapareció, y los tejados comen-
zaron a sucederse como si los llevara un río poderoso, al igual que las lar-
gas calles a un lado, que giraban como los radios de una rueda gigantesca.
Una vez más se diluyó esa vista, apareció de nuevo el verde, como si se
hallase salpicado de adoquines. También desaparecieron esas edificaciones
aisladas y todo fue campo abierto allá abajo.
Snowford se puso en pie con paso inseguro.
—Ahora puedo comunicárselo al guardia—dijo—. Así no tendrán
que volver a molestarnos.
289
Capítulo VII
290
la delicadeza de una miniatura, se veía la cabeza y los hombros de un
hombre que estaba escribiendo. Y en el círculo de luz había otras figuras,
pálidas, en diversas posturas. Se veía un mástil, dos, erigidos con la idea
de levantar después una tienda; un montón de bolsos de viaje cubiertos por
una lona. Más allá del círculo de luz, otras siluetas y perfiles que se desdi-
bujaban en la negrura impenetrable.
El hombre que estaba escribiendo movió entonces la cabeza, y una
sombra monstruosa se desplazó por el suelo. Un aullido, como el de un pe-
rro estrangulado, resonó a sus espaldas, y al darse la vuelta, se encontró
con una figura que gemía sentarla en la azotea, sollozando al despertar.
Otra se movió al oírlo. Con un suspiro, el primero cayó pesadamente con-
tra la pared. El sacerdote regresó entonces a su puesto, dubitativo aún de la
realidad de todo cuanto veía, y el silencio impenetrable volvió a caer como
un paño que todo lo cubriese.
Despertó de nuevo sin haber tenido sueños, y vio que se había produ-
cirlo un cambio. Desde su rincón, nada más alzar los ojos, se encontró con
un resplandor que se le antojaba insoportable. Según miraba en derredor,
el resplandor se resolvió en la llama de una vela, y más allá una manga
blanca, por encima de la cual columbró un rostro blanco. Comprendió y se
levantó algo aturdido. Era el mensajero que venía a recogerlo tal como
habían convenido.
Al atravesar la azotea, miró en derredor y le pareció que estaba a pun-
to de rayar el alba, pues el abrumador celaje que todo lo cubría por fin em-
pezaba a ser visible. Una bóveda inmensa, del color del humo, aunque
opaca, parecía curvarse a lo lejos, estirándose hasta los horizontes espec-
trales por cualquiera de los lados, donde las colinas lejanas se perfilaban
como recortes de papel. El Carmelo se alzaba ante él; al menos, dio en
pensar que era eso, una mole inmensa y unas laderas ensanchadas, que
terminaban en un brusco descenso por ambos lados. Más allá, el cielo ruti-
lante. No había nubes, no había perfiles que quebrasen la cúpula descomu-
nal, polvorienta, crepuscular, bajo el centro de la cual parecía encontrarse
la azotea. Ante el parapeto, por el otro lado, cuando miró hacia la derecha
antes de bajar las escaleras, se extendía Esdrelón, envuelta en colores tris-
tes y sombríos, hasta una lejanía metálica. Era todo tan irreal como una
imagen fantástica, pintada por alguien que nunca hubiera visto la luz del
sol. El silencio era completo, profundo.
Bajando entre las sombras movedizas, tras la cabeza encapuchada de
blanco que le guiaba por las escaleras, recorriendo el pasaje, y tropezando
291
una vez. con los pies de alguien que dormía con las extremidades extendi-
das, como un perro fatigado, notó que los pies se recogían mecánicamente,
y que un gruñido se propagaba entre las sombras. Siguió su camino, pasó
por delante del sirviente que se hizo a un lado, y entró.
Allí estaban reunidos seis hombres en total, figuras calladas, blancas,
alejadas unas de las otras, a la vez que el Papa entró simultáneamente por
la puerta frontera. Todos se volvieron a él con absoluta atención. Los reco-
rrió con la mirada al detenerse, esperando tras la silla de su señor. A dos
los conocía, pues los había visto la noche anterior: el cardenal Ruspoli, de
cara muy morena, y el magro arzobispo de Australia, junto al cardenal
Corkran, de pie ante su silla a la propia mesa del Papa, con los papeles ya
preparados.
Silvestre tomó asiento, y con un gesto indicó a los demás que hicie-
ran lo propio. Comenzó a hablar con esa voz cansina que su sirviente co-
nocía muy bien.
—Eminencias, creo que estamos todos reunidos. Es preciso que no
perdamos más tiempo. El cardenal Corkran tiene algo que comunicarles —
se volvió hacia él—. Padre, siéntese, por favor. Esto puede llevarnos un
rato.
El sacerdote se dirigió al asiento de piedra situado junto a la ventana,
desde donde veía bien al Papa a la luz de las dos velas que se hallaban en
la mesa, entre él y el cardenal-secretario. Este comenzó, mirando sus pro-
pios papeles.
—Santidad, es preciso que me remonte algo más atrás. Sus Eminen-
cias no conocen todos los detalles como es debido. El viernes de la semana
pasada recibí en Damasco preguntas llegadas de diversos prelados, de dis-
tintos puntos del mundo, en cuanto a las medidas reales tocantes a la nueva
política de la persecución. Al principio no pude decirles nada definitivo,
pues hasta pasadas las veinte de la noche no pudo informarme el cardenal
Ruspoli, desde Turín, de hechos concretos. El cardenal Malpas los con-
firmó minutos más tarde, y el cardenal arzobispo de Pekín hizo lo propio a
las veintitrés. Antes del sábado a mediodía recibí confirmación definitiva
de mis mensajeros en Londres.
»—Me sorprendió en un primer momento que el cardenal Dolgo-
rovski no se hubiera puesto en contacto con nosotros, pues prácticamente a
la vez que el mensaje de Turín llegó otro de un sacerdote de la Orden de
Cristo Crucificado, desde Moscú, al cual, obvio es decirlo, no presté de-
masiada atención. (Tenemos por norma, Eminencias, tratar de ese modo
292
las comunicaciones que carecen de la debida autorización.) Su Santidad,
no obstante, me indicó que llevara a cabo las pesquisas pertinentes, y supe
por medio del padre Pelrovoski y de otros que los tablones de anuncios del
Gobierno habían publicado la noticia a las veinte horas. Por tanto, era
cuando menos curioso que el cardenal no la hubiera conocido. Si la conoc-
ía, su deber era comunicarla de inmediato.
»—Desde entonces, sin embargo, se ha sabido lo siguiente. Queda es-
tablecido más allá de toda duda que el cardenal Dolgorovski recibió a una
visita en el transcurso de la noche. Su propio capellán, quien como tal vez
sepan, Eminencias, ha tenido un papel destacado en Rusia por sus obras a
favor de la Iglesia, me informa de esto en privado. No obstante, el cardenal
asegura, para explicar su silencio, que estuvo solo durante esas horas, y
que había dado órdenes expresas de que nadie lo visitara si no era por cau-
sa de fuerza mayor. Esto confirma la opinión de Su Santidad, pero recibí
órdenes de El para actuar como si nada hubiera ocurrido, y ordenar la pre-
sencia del cardenal, aquí, junto con el resto del Sacro Colegio. A esto re-
cibí confirmación de que estaría presente. Ayer, poco antes de mediodía,
recibí un nuevo mensaje para hacerme saber que Su Eminencia había teni-
do un pequeño accidente, a pesar de lo cual esperaba llegar a tiempo para
estar presente en las deliberaciones. Desde entonces, no se ha sabido nada
mas. Se hizo un silencio terrible.
El Papa se volvió hacia el sacerdote sirio.
—Padre —dijo él—, fue usted quien recibió los mensajes de Su Emi-
nencia. ¿No tiene nada que añadir a esto?
—No, Santidad.
Se volvió de nuevo.
—Hijo mío —dijo—, infórmenos públicamente de lo que nos ha in-
formado en privado.
Un hombre menudo, de ojos brillantes, salió de las sombras.
—Santidad, fui yo quien transmitió el mensaje al cardenal Dolgo-
rovski. Al principio se negó a recibirme. Cuando pude hallarme en su pre-
sencia y le comuniqué la orden, guardó silencio. Luego, sonrió, y me dijo
que transmitiera el mensaje de que obedecería sin dudarlo.
El Papa volvió a guardar silencio.
El alto australiano se puso en pie de pronto.
—Santidad —dijo—, en otro tiempo tuve una relación muy estrecha
con ese hombre. En parte, gracias a mí buscó que se le recibiera en el seno
293
de la Iglesia Católica. De esto hace nada menos que catorce años. Por en-
tonces, la buena estrella de la Iglesia parecía hallarse en una fase de pros-
peridad... Nuestras relaciones de amistad concluyeron hace dos años, y
puedo decir que, por lo que sé de él, no me resulta difícil creer...
Se le quebró la voz por la pasión con que hablaba. Silvestre alzó la
mano.
—No deseamos recriminaciones de ninguna especie. La propia evi-
dencia ya de nada sirve, pues lo que había que hacer ya está hecho. Por
nuestra parte, no tenemos dudas acerca de la naturaleza de lo que se preci-
sa... A ese hombre dio Cristo el bocado, por medio de nuestras propias
manos, diciendo: Quod facis, fac citius. Cum ergo accepisset ille bucce-
llam, exivit continuo. Erat autem nox10.
De nuevo reinó el silencio, y en esa pausa se oyó un suspiro proce-
dente de la puerta. Iba y venía a medida que el durmiente cambiaba de
postura, pues el corredor estaba lleno de hombres agotados. Y sonaba igual
que el suspiro de un alma que hubiera pasado de la luz a las tinieblas.
Silvestre tomó de nuevo la palabra. Al hablar, mecánicamente co-
menzó a hacer pedazos un papel en el que estaban anotadas las listas de los
nombres.
—Eminencias, pasan tres horas desde el alba. Dentro de otras dos di-
remos misa en vuestra presencia, y daremos la Sagrada Comunión. Duran-
te esas dos horas, os encargamos que comuniquéis esta nueva a todos los
que están aquí reunidos, y conferimos a todos los presentes una ju-
risdicción aparte de toda normativa previa de tiempo y de lugar. Concede-
mos indulgencia plenaria a todo el que se confiese y comulgue en este día.
Padre... —se volvió hacia el sirio—, padre, es hora de exponer el Sagrado
Sacramento en la capilla, tras lo cual irá usted a la aldea e informará a los
habitantes de que, si desean salvar la vida, es preferible que marchen de
inmediato. De inmediato, entiéndalo bien.
El sirio despertó de su aturdimiento.
—Santidad —balbució, tendiendo la mano—, ¡las listas, las listas!
(Pues había visto que eran las listas lo que rompía en pedazos.)
Silvestre sólo sonrió al arrojar los pedazos de papel sobre la mesa. Y
se puso en pie.
10
Lo que vas a hacer, hazlo pronto. Aquél, después de tomar el bocado, salió al
instante. Era de noche.
294
—No tienes por qué preocuparte, hijo mío... Estas ya no nos harán
falta. Eminencias, una última consideración. Si en el corazón de alguno de
los presentes aún cabe la duda o anida el temor, debo decir una palabra
Hizo una pausa, con una intencionalidad de extraordinaria sencillez,
y miró los tensos rostros que lo miraban.
—He tenido una visión divina —dijo con llaneza—. Ya no me guía la
fe, sino la certeza de la visión.
II
11
Dios, que en el día de hoy…
297
dimiento de estas palabras. Cum complerentur dies Pentecostes... Cuando
se cumplió de pleno el día de Pentecostés, todos los discípulos estaban jun-
tos en el mismo lugar, y allí vino de los cielos repentinamente un gran rui-
do, como de viento impetuoso, y llenó toda la casa donde estaban con-
gregados.
Recordó entonces y entonces comprendió. ¡Era el día de Pentecostés!
Con el recuerdo, recuperó una mínima capacidad de reflexión. ¿Dónde, así
pues, estaba el viento, dónde la llama, dónde el temblor de la tierra, dónde
la voz secreta? El mundo guardaba silencio, envarado en un último esfuer-
zo por reafirmarse: no había temblor a la hora de mostrar que Dios recor-
daba; no había un punto real de luz, si bien acababa de romper la agobiante
bóveda de tiniebla que pendía sobre tierra y mar, y de revelar que El ardía
por siempre en la eternidad, trascendente, dominante, sin ser siquiera una
voz, y de ese modo aún entendió más. Percibió que ese mundo, cuya
monstruosa parodia se le había presentado en sueños la noche anterior, era
bien distinto de lo que él había temido, pues era dulce, y no terrible, era
amistoso, y no hostil, era claro, y no agobiante, era el hogar, y no el exilio.
Allí se percibían presencias, pero no eran las monstruosidades de glotone-
ría y de lujuria que se le habían antojado la noche anterior... Agachó la ca-
beza y la ocultó entre las manos, de nuevo avergonzado, a la par que con-
tento; de nuevo se hundió hasta las profundidades donde rebosaba resplan-
deciente la paz interior.
Ya no volvió a tener constancia, durante un buen rato, de lo que per-
cibía, de lo que pensaba, de lo que sucedía tan sólo a cinco metros de él.
Una vez pasó una ondulación sobre un mar de cristal, una ondulación de
fuego y de furia como una estrella fugaz que parpadea en una línea por en-
cima del lago durmiente, cual fino hilo de vibración que sale lanzado des-
de una cuerda temblorosa y atraviesa la quietud de una noche ahondada, y
percibió por un instante, como si fuera en un espejo sin forma, que una na-
turaleza inferior acababa de unir su existencia con la Naturaleza Divina. Y
no hubo más, salvo un silencio inmenso que todo lo abarcaba, la sensación
de lo más profundo en el corazón de la realidad, hasta que se vio arrodilla-
do ante la balaustrada y tuvo conocimiento de la Única Existencia verda-
dera sobre la tierra, que se acercaba a él con la rapidez y la sutileza del
pensamiento, con la ardiente vehemencia del Amor Divino.
Terminada la misa, cuando alzó su alma pasiva y dichosa para recibir
la postrera dádiva divina, se oyó un grito, un clamor repentino en el corre-
298
dor, un hombre que en el umbral mascullaba espeluznado palabras en ára-
be y daba la voz de alarma.
III
12
Oh Hostia Salvadora, que abres la puerta del cielo…
299
pequeña capilla resonaban cuarenta voces, y la vastedad del mundo palpi-
taba al difundirse ese cántico de maravilla.
Cantando aún, el sacerdote vio el velo tendido como por un fantasma
sobre los hombros del Pontífice. Hubo un movimiento, una aparición de
figuras o de sombras, en medio de la sustancia.
... Uni Trinoque Domino...13
Y el Papa permaneció erguido, él mismo pura palidez en el corazón
de la luz, con espectrales pliegues de seda que se derramaban desde sus
hombros, sus manos envueltas en ellos, su cabeza inclinada y oculta por la
custodia plateada y Aquello que exponía...
... Qui vitam sine termino
Nobis donet in patria...14
Los asistentes se movían en esos momentos, y el mundo de la vida
misma oscilaba con ellos, de eso estaba bien seguro. Se encontraba en el
corredor, entre los rostros blancos y frenéticos que contemplaban absortos
la visión, silenciados al fin por el trueno repentino del Pange lingua, y por
el fulgor de quienes ingresaban en la vida eterna. Ya en la esquina, se vol-
vió por un instante para ver las seis llamas pálidas que se desplazaban a lo
largo de doce metros, como las cabezas de lanza que custodian a un rey, y
en medio de los rayos de plata se hallaba el Blanco Corazón de Dios... Y
salió al exterior, donde se avecinaba la batalla.
Aquel cielo que una hora antes contempló había pasado de las tinie-
blas festoneadas de luz a la luz cargarla de tinieblas. Había pasado de la
noche resplandeciente al Dies irae. Y la luz era de un rojo vengativo.
Desde detrás del Tabor, a la izquierda, hasta el Carmelo, muy a la de-
recha, por encima de los cerros, a unos treinta kilómetros, reposaba una
enorme bóveda de color. No había graduaciones del cénit al horizonte; to-
do era de un carmesí intenso, oscuro, como el resplandor del hierro al fue-
go. Era del color que los hombres podrían ver en las puestas del sol tras la
lluvia, mientras las nubes, más traslúcidas a cada instante, transmitían la
gloria que ya no podían contener por más tiempo. También allí se hallaba
el sol, blanco como la Sagrada Forma, enmarcado como una frágil lámina
de pan sobre el monte de la Transfiguración, y allí, muy a lo lejos, por el
13
…Dios Uno y Trino.
14
…que Él nos otorgue vida sin término en la patria.
300
Oeste, donde los hombres una vez clamaron a Baal en vano, pendía la hoz
de la luna blanca. Pero todo ello no era más que la luz manchada que pen-
de sobre una piedra labrada.
... In suprema nocte coena,
entonaban no ya cuarenta, sino miríadas de voces,
Recumbens cum fratribus
Obsérvata lege plena
Cibis in legalibus
Cibum turbae duodence
Se dat suis manibus...15
Vio entonces, suspendidas en el aire como partículas de polvo en un
rayo de luz, extrañas criaturas pisciformes, blancas como la leche, salvo en
los instantes en que el resplandor del cielo las pintaba de púrpura, aladas
como las polillas, las libélulas, de tamaños tan variados como las más
minúsculas hasta los monstruos que se encontraban ya a menos de quinien-
tos metros, y a medida que las miraba sin dejar de cantar, comprendió que
el círculo se estrechaba en torno a él, y que los tripulantes de las naves se-
guían haciendo caso omiso del secreto.
Verbum caro, panem verum
Verbo carnem efficit...16
Estaban ya mucho más cerca, y a sus pies se deslizó por el suelo la
sombra de un ave monstruosa, pálida, indefinida, al pasar entre el sol ma-
cilento y él y surcar el aire para remontar la colina. Volvió sobre su traza-
do y esperó.
Et si sensus deficit
Ad formandum cor sincerum
Sola fides sufficit...17
Se había detenido y se dio la vuelta, yendo hacia el centro de sus
compañeros, oyendo, le pareció, un intenso aleteo, y el palpitar de los tam-
bores celestiales. Los seis cirios se desplazaron entonces por el espacio,
15
Fu la noche de la última cena, recostado a la mesa con los hermanos, cumplidas
las reglas sobre la comida legal, se da con sus propias manos...
16
El Verbo encarnado transforma, con sus palabras, el verdadero pan en su carne...
17
Y aunque fallen los sentidos, baste sólo la fe para confirmar el corazón recto..."
301
como si fuesen a cortar el acero en esa sensacional suspensión entre cielo y
tierra. En el centro, la gloria de rayos plateados, la blancura inigualable del
Dios hecho Hombre.
Con un descomunal rugido se oyó de nuevo el trueno, que retumbaba
más allá del círculo de las Presencias, Tronos y Potestades, que eran para
el mundo como la sustancia a la sombra, y que no eran sino sombras bajo
la cúspide del ser, dentro del círculo de la Deidad Absoluta... El trueno re-
tumbó entonces e hizo estremecerse la tierra, al fin en el trance supremo de
su disolución.
TANTVM ERGO SACRAMENTVM
VENEREMVR CERNVI;
ETANTIQVVM DOCVMKNTVM
NOVO CE DAT RITVI18.
¡Ah! Sí, era próxima la llegada del que Dios mismo esperaba en Su
eternidad: llegaba el que muy por debajo de la temblorosa sombra de la
cúpula, que no era sino el penoso centro de un esplendor sólo imaginario,
aparecía en su veloz carruaje ciego a todo, salvo a aquello en lo que había
clavado la mirada desde antaño, sin ser consciente de que su mundo se
había corrompido del todo en torno a él, su sombra desplazándose como
una nube pálida sobre la llanura en donde Israel había ya combatido contra
Senaquerib. Hacía mero alarde de su poderío infundado. La llanura se en-
cendía en resplandores cada vez más vivos, a la vez que el cielo, envuelto
en la gloria de una llama espiritual más intensa, aún contenía el poder, cu-
yo destino se hallaba unido al alivio de la revelación final, y por última vez
las voces entonaron...
PRÆSTET FIDES SVPPLEMENTVM
SENSVVM DEFECTVI...19
Llegaba, pues, más veloz que nunca, el heredero de las edades tempo-
rales, el desterrado de la Eternidad, el miserable Príncipe de los rebeldes,
la criatura alzada contra Dios, más ciego que el sol que palidecía, que pa-
recía presentir la catástrofe postrera, menos sensible que la tierra sacudida
por agónicos estremecimientos. Acercándose, al pasar aún por el último
estado de la materia, que se reducía a la sutileza de una creación espiritual,
18
Veneremos, pues, inclinados tan gran Sacramento; y la antigua figura ceda el
puesto al nuevo rito.
19
Supla la fe la incapacidad de los sentidos.
302
el círculo de las naves que flotaban en el aire rodeaba como aves fan-
tasmagóricas a un monstruo no menos fantasmagórico. Llegaba, acudía al
cumplimento de su fatídica» destino, a la par que la tierra se desgarraba y
gemía en la lucha de enconados homenajes.
Llegaba, y ya la sombra barría del todo la llanura y se desvanecía, y
las pálidas alas se alzaron en una contracción, y retumbó la gran campana,
y emitió un acorde dulce y prolongado, poco más que susurros en medio
del trueno retumbante de la eterna alabanza.
... GENITORI GENITOQVE
LAVS ET IVBILATIO
SALVS HONOR VIRTVS QVOQVE
SIT ET BENEDICTIO
PROGEDENTI AB VTROQVE
COMPAR SIT LAVDATIO.
Y una vez más,
PROGEDENTI AB VTROQVE
COMPAR SIT LAVDATIO...20
Así pasó entonces este mundo, y toda su gloria quedó en nada.
FINIS
20
Al Padre y al Hijo sean dadas alabanza y júbilo, salud, honor, poder y bendición;
una gloria igual sea dada al que de Uno y de Otro procede.
303
IN PRINCIPIO ERAT VERBVM
EN APXHI HN O AOГOΣ
304