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II

v artículos

- Ensavos

FERLOSIO

SANCHEZ

RAFAEL

«El criterio de esta selección no ha sido

el del acuerdo actual por parte

tor con cada una de sus páginas. Y no se trata de que sobre cualquiera de ellas tendría siempre aun otra palabra que decir, sino de que textos cuyas conclu­ siones podría hoy discutir y hasta alte­ rar han sido conservados por creer que ello no quita la utilidad de la argumen­ tación. M ás todavía; aun dentro de la propia selección se hallarán sentires en­

contrados o al menos divergentes. C ua­ tro lecturas y cuatro ideas propias están detrás de casi todos los textos recogi­ dos; de ahí que la “tem ática” sea m u­ cho menos extensa que intensa. En cuanto al juicio de valor, el autor no puede permitirse más que remitirlo al

del au ­

hecho

m ismo

de

haber dado

a

la

im­

prenta

esta

recolección,

como

indicio

de que, ni con modestia ni sin ella, esti­

ma su aparición justificada y conve­ niente su lectura.»

El volumen 11 de los Ensayos y artículos

de Rafael Sánchez Ferlosio integra los trabajos de mayor extensión del autor, inéditos algunos y otros publicados ya en libros o revistas.

ROBERTOKLES ROSANAE FECIT

Rafael Sánchez Ferlosio

Ensayos y artículos

Volumen II

Ensayos / Destino

«Rafael Sánchez Ferlosio, hijo de padre español y madre italiana, nació el 4 de diciembre de 1927 en la ciudad de Roma.

A la edad de catorce años, en el

texto de literatura española de Guillermo Díaz-Plaja y en la

frase en la que el autor, retratando al infante Don Juan

M anuel, decía literalmente:

“Tenía el rostro no roto y recosido por encuentros de lanza, sino pálido y demacrado por el estudio”, conoció cuál era su ideal de vida. N o obstante, ha sido siempre demasiado perezoso para llegar a empalidecer y dem acrarse en medida condigna a la de su ideal em ulatorio, y su m áxim o título académico es el de bachiller. Habiéndolo emprendido todo por su sola afición, libre interés

o propia y espontánea

curiosidad, no se tiene a sí mismo por profesional de

nada.»

Ensayos/Destino

1 .

Rafael Argullol

El fin del mundo como obra de arte

z.

Eugenio Trías

Lógica del límite

3. Emanuele Severino

El parricidio fallido

4. Karl Reinhardt

Sófocles

5. M ario Benedetti

La realidad y la palabra

(Serie Letras)

6. George Steiner

Presencias reales

7 . Peter Szondi

Estudios sobre Hölderlin

8. Rafael Sánchez Ferlosio

Ensayos y artículos I

II

y artículos

- Ensayos

FERLOSIO

SANCHEZ

RAFAEL

Ensayos / Destino

Rafael Sánchez Ferlosio

Volum en II

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

ENSAYOS Y ARTÍCULOS

Volum en II

Colección dirigida por Rafael Argullol, E nrique Lynch,

F em ando

Savater y Eugenio Trías

Dirección editorial: Felisa Ramos

No se perm ite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistem a informático, ni su transm isión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros méto­ dos. sin el perm iso previo y por escrito de los titulares del copyright.

Diseño de la colección: Ramón Herreros

O Rafael Sánchez Ferlosio

Textos de Las semanas del jardín, © 1974.

Textos de «El ejército nacional», © 1986. Textos de «Mientras no cambien los dioses nada ha cambiado»,

© 1986.

Textos de «La homilía del ratón», © 1986. Para los textos aparecidos en la prensa y no incluidos en los volúmenes anteriores, el © es el del año de publicación que se indica a pie de página. Textos inéditos: «Músculo y veneno», © 1991; «Las azoteas de Damasco», © 1991; «Apunte sobre la Wiedervereinigung»,

© 1991.

© Ediciones Destino, S.A., 1992

Conseil de Cent, 425. 08009 Barcelona Primera edición: mayo 1992 ISBN; Depósito legal:

Impreso por Limpergraf, S.A. Carrer del Riu, 17. Ripollet del Vallès (Barcelona) Impreso en España - Printed in Spain

índice

P

rim e r a

p

a r te

E

n s a y o

s

v ie jo s

 

Personas y anim ales en una fiesta de bautizo

11

Sobre la transposición

47

Sobre el Pinocchio de Collodi

86

La predestinación y la narratividad

97

Apéndice: El caso Dimna

135

El llanto y la ficción

138

Apéndice: El caso

José

141

El caso M anrique

186

S

e g u n d a

p a r te

 

I d io t é t ic a

 
 

Discurso de Gerona

1

2

3

4

245

Apéndice n.°

279

Apéndice nP

284

Apéndice n.°

285

Apéndice n.°

287

Tal para cual

290

Apunte sobre la W iedervereinigung

298

T e rc e ra p arte

E n

s a y o s

n u e v o s

 

O

Religión o H istoria

 

311

M ientras no cam bien los dioses, nada ha cam biado

352

Corolarios

435

Apéndice: La m entalidad expiatoria

455

Cuando la flecha está en el arco, tiene que p artir

475

C uarta

parte

 

E

s a s

Y n d ia s

e q u iv o c a d a s

y

m a l d it a s

Texto

517

Notas

1, 2,

3, 4,

5 y

6

569

Apéndice I

 

589

Apéndice II

596

Apéndice III

 

607

Apéndice IV

 

752

Apéndice V

792

P rim era p arte

E nsayos viejos

Personas y anim ales en una fiesta de bautizo

MARCO • S» G • ANNIS • IV • PATRVVS • IN • MEMORIAM

Repara en el enojo tan fuera

de m edida que te pro­

ducía esta tarde esa chica que se com placía en men­ ta r una y otra vez por nom bre propio al casi recién nacido niño de su amiga. ¿Se recreaba realmente en

hacerlo m uchas veces o te lo ha parecido a causa

que cada vez que lo hacía te producía la m ism a gri­

ma que el chirrido de la tiza reseca en la pizarra? Te dirán que eres hipersensible para lo que gustan

de llam ar «mera cuestión de palabras», con ese m á­ gico empleo del «mero» o el «no es más que», que es como un pase de pecho con el que uno puede sa­

carse de encim a cualquier

de darles ni quitarles la razón a tus hum ores: haz­ los objeto de tus reflexiones. A la m uchacha, inclu­ so, le harás, en este caso, m ás justicia si en vez de envenenarte en repetir «es una cursi» —acción tan

toro; pero tú no te cuides

de

infecunda como cualquier sentencia inapelable—■, m iras a ver de esclarecer la cualidad de aquello que autom áticam ente has detectado como cursilería y

afectación. ¿Qué hay de afectado, qué hay de im per­ tinente en m entar por su nom bre de pila a una cria­ tura que todavía no tiene el don de la palabra ni atiende por su nombre, y qué impulso secreto pue­ de mover a una persona a prodigarse en semejante tratam iento? «¿Pero por qué no dice el niño?, ¿por qué no dice

el niño?», me repetía con rabia para mis adentros, y en ello me parecía erigirm e en defensor de los fue­

ros m ás su cuna

ción contigua. D ictam inar «mera cursilería» es dar­ le un carpetazo a la cuestión, carpetazo que servirá para clasificarla y archivarla, pero que no resuelve nada. ¿No ha sido bautizado?, ¿no ha sido inscrito en el registro?, ¿no he com partido yo m ismo esta tar­ de la tarta bautism al, para revolverme ahora contra la civil intención de concederle, desde hoy en ade­ lante, estatuto de persona? Enhorabuena que se le considere persona de derecho; no era eso, sea de ello lo que fuere, lo que me sublevaba, sino que fuese ipso facto concebido como persona de hecho, como si el solo derecho se bastase para sacarnos de la natura­ leza e introducirnos en la hum anidad. Esto debía de ser lo que, en mi irritación, venía advirtiendo en la desenfadada, en la más que tem eraria fam iliaridad de la m ención con nom bre propio, que hería mis oídos como una falta de respeto, como un allana­ miento de morada, como una villanía. ¿Villanía en denotar a una criatu ra por el nom bre propio, que le concede rango de persona, y respeto en m entarla por medio del común, que la m antiene en la fungible im­ personalidad de lo animal? Pues sí, en efecto; así mis­ mo lo sentía. Entre los nom bres propios se distinguen, en prin­ cipio, dos clases principales: topónim os y prosopó- nimos; es decir, nombres de lugar y nom bres de persona. Digo «en principio» porque después la cosa

genuinos del recién nacido que dorm ía en —¡y cuán profundam ente!— en la habita­

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es bastante más compleja: así el nom bre propio «Roma», que en contexto geográfico es un nom bre de lugar —«ver Roma», «dejar Roma»—, en contex­

nom bre de persona

—«m achacar a Roma», «levantar a Roma»— (aunque

este «a» no se pueda definir, en rigor gram atical, a

p artir del concepto de persona, con todo, uno de sus

efectos de significación es el que redunda en indicio

de un trato personal); y esto no hay que inscribir­ lo en el equívoco capítulo que se llam a «lenguaje fi­ gurado», como algo que ocurriese solam ente en el seno de los nombres, porque no sólo pasa que el nom­ bre de Roma se convierte en un nom bre de persona,

sino que Roma m ism a se

lo haga en nom bre de su nom bre— realm ente como tal, ni m ás ni menos que cualquier o tra persona hu­

mana, a todos los efectos form alm ente exigibles, es decir, como una unidad de responsabilidad, ya que unitariam ente, como un solo hombre, responde de sí m ism a ante Cartago. No es necesario, pues, acu­

d ir a la retórica —como sí lo sería, por ejemplo, en

el caso del Tíber o en el del Tirreno— para justifi­ car semejante personificación: basta la realidad. De la naturaleza, no poco interesante, de tales realida­ des ya trataré otra vez con la delicadeza que merece; aquí sólo quería quedarm e con la vinculación etim o­ lógica de «responsabilidad» con «responder», de «responder de las acciones» con «responder a las pa­

pone a funcionar —aunque

to político se convierte en un

labras» o «responder a una llamada», y de la de «pro- sópon» y «persona» con el papel teatral, es decir, con el interlocutor. Una persona es un interlocutor, es un hablante o por lo m enos alguien que pueda hacerse, de algún modo, parte —siquiera sea asim étrica— del comercio verbal; alguien que atienda por su nombre:

un perro es, rigurosam ente hablando, una persona,

aunque lo sea tan

m edida en que es capaz

de asum ir uno de los dos papeles —el de receptor— en la función apelativa. Respecto de ella hay tres cla­

sólo en la

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ses de animales: los que no se llegan a dar por alu­ didos a ninguna señal de voz hum ana —un niño re­ cién nacido, una to rtu g a—; los que gregariam ente

acuden a llam adas específicas —los gatos («ps-bs- bs»), las gallinas («pita-pita»)—; los que singularm en­

te atienden por su nom bre individual

adulto, los bueyes de una yunta. Sólo a esta últim a clase es pertinente la imposición y empleo de pro-

sopónimos

carro o del arado es donde más estrictam ente se ejer­ ce la función, pues hay que estar apelando de conti­ nuo ora a uno ora a otro buey, si se retrasa o si hay que dar la vuelta, y ellos han de saber a quién habla en cada caso el labrador o el carretero. No creo que habría mayor dificultad para enseñar

a los caballos a responder a un nombre propio —res­

ponder con la acción, se sobreentiende—■, pero el tra­ to y el em pleo que se les suele d a r —dado que se gobiernan con la brida— no ofrecería la ocasión de usarlo, de modo que sería un nombre apelativamen­ te ocioso; lo que pretendo dejar por definido es que los nom bres de persona, como categoría gram atical, quedan prim ariam ente vinculados a la función ape­ lativa. Y que esta función es la determ inante en el caso general se m anifiesta en el hecho de que de ella

dependa el que

en el m undo rural no se les pone nom bre a los caba­

llos, y cuando hay que m entarlos

te «la yegua torda» o «el caballo blanco». En cuanto

a la costum bre de ponérselo —otra com plicación—

en el artificioso m undo del caballo de carreras (el mundo está lleno de mundos), está bien claro que res­

ponde a una función exclusivamente clasificatoria

y no ya apelativa —para hablar de y no para hablar

a— y en una pluralidad lo suficientem ente grande de individuos como para que no pueda ser abarcada

m ediante la diacrisis de la determ inación común; de

suerte que los nom bres de los caballos de carreras

—un perro

o nom bres de personas. En los bueyes del

se ponga nom bre o se deje de poner:

se dice sim plem en­

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no han de equipararse a nuestros nom bres de pila,

conjunto de nom bre y apellido (donde, por

cierto, el instrum ento apelativo pasa a funcionar como p rim er m iem bro —prim ero en el orden, aun­ que últim o en la determ inación— de la fórm ula cla­ sificatoria), com o lo prueba el que a m enudo se jueguen las iniciales como índices patronímicos, que inscriben al caballo en el correspondiente pedigrí, y el que las hom onim ias se subsanen como las de los reyes: «Sirio III», «Trafalgar II», e incluso, aunque no estoy seguro de ello, el que se form en series su- prafam iliares por medio de grupos homogéneos de nombres: nombres de estrella, nom bres de batalla, etc. Todo esto se refiere al valor gram atical de sem e­ jantes denominaciones; de otros aspectos, no menos interesantes, habla tan bella como agudam ente Lévi-

Strauss en La pensée sauvage\ si bien, atento exclusi­ vamente a los sistem as clasificatorios —que es el asunto de su libro—, descuida, a mi entender, la fun­

ción apelativa, tan prim aria en el origen de los nom ­

que a m enudo interfiere con la otra

y acaso alguna vez la condicione de modo decisivo. Al tra tar de nom bres propios no puede dejarse a un

lado un fenómeno lingüístico tan fundam ental como

el de que una m ism a palabra sea —cuando lo sea, que no siem pre lo es— la que se emplea para hablar a una persona y para hablar de ella; incidencia que por lo menos da lugar, por lo que entiendo, a la curiosa aparición del artículo determ inado en los apodos y en algunos empleos del nombre bautismal. Y un ejemplo de esto último, no poco interesante para la sociología, es el artículo segregador y secundaria­ mente infam atorio que se antepone al nom bre de las mujeres públicas. Para echar yo tam bién mi cuarto a espadas y apuntar un terreno interesante en la sociología del

sino al

bres propios, y

lenguaje —dem asiado ceñida, por

canza, a lo sem ántico y olvidada de lo gram atical—,

cuanto se me al­

15

voy a ser m ás preciso en este punto: un hilo conduc­ tor para ilustrar cum plidam ente la form a de actua­ ción de dicho artículo, junto a la concepción que lo acom paña, nos lo puede ofrecer la expresión caste­ llana «ser una cualquiera» —donde una no vale por pronom bre sino por artículo, y por lo tanto cualquie­ ra se trueca, funcionalm ente, en sustantivo—, refe­

rida, también, a las m ujeres públicas, o a quien con ellas se intenta com parar. En efecto, a la que es con­ cebida como una cualquiera, a la que ha dejado de ser alguien, a la que ya no es nadie —porque no es de nadie, porque nadie quiere reconocerla como suya en tanto que persona, lo que tiene por correlato el ser de todos como puro objeto, pura mercancía— el nom­ bre propio se le vuelve por fuerza advenedizo. Pero

ser alguien?, ¿en

qué aspecto específico de la categoría de persona, de aquello que el nombre propio nos confiere? Nos lo dirá el artículo antepuesto. Éste —basta escuchar­ lo: «la Luisa», «la Esperanza»— opera sobre el nom ­ bre al que antecede como una especie de supposi- tio materialis, como si lo pusiese entre com illas o como si dijese «la llam ada Esperanza». No es, pues, Esperanza, tan sólo se la llama, porque ser Esperan­ za es serlo de derecho, es ser reconocida como tal con todos los atributos de persona: el nom bre pro­ pio es, socialmente, como un documento, como un certificado de ciudadanía; si precedido del artículo equivale a decir «la llam ada Esperanza», he aquí que el artículo funciona sobre él exactam ente como una anulación. Al decir «la Esperanza», extendemos ya anulado el documento que concede el estatuto de persona, libramos un documento que circula de he­ cho —porque Esperanza m ism a continúa, con todo, circulando, para su desventura, por este m undo ab­ yecto que la engendra, la usa y la m antiene, al tiem ­ po que la niega, la infam a y la abom ina—■, pero que ya no tiene vigencia de derecho; Esperanza, por tan­

¿dónde ha dejado form alm ente de

to, es aceptada como hablante de hecho, como inter-

locutora m eram ente

da como hablante de derecho, excluida del núm ero

de los que cuentan, segregada de aquellos a quienes se tributan honores de persona, a quienes se reco­ noce voz y voto en el llam ado concierto social. (Ya que hom bre alguno ha urdido tal cosa en su cabe­ za —nada que sea formal, en el lenguaje, puede ja ­

hom bres

concretos—, se echa de ver cuán refinadam ente des­ piadado sabe ser cuando quiere el inconsciente y suprapersonal espíritu de la hum ana sociedad.) Por lo demás, el artículo antepuesto a nom bres propios no tiene siem pre este efecto de significación; ante el apodo, por ejem plo —incluso ante el apodo de uso apelativo, es decir, el m ote—, actuando de forma gra­

m aticalm ente idéntica, o sea equivaliendo a «el lla­ mado», tom a distinto valor significante: no se le niega aquí al m entado el rango de persona, sino al

apodo

que el instinto lingüístico tiende tal vez, aunque no estoy seguro de ello, a señalar gráficam ente poniendo

con m ayúscula el artículo, que quedaría así integra­ do al propio apodo en su empleo no apelativo: «El rubio» (o «El Rubio»), «El Zaragoza». Ante nom bres de ríos no se trata siquiera de la m ism a función gram atical. En cuanto a la función del artículo an­ tepuesto a legítimos nom bres de pila, sin ninguna connotación infam atoria, como se oye usar en m u­ chos pueblos de lengua castellana, no he consegui­ do todavía averiguar de qué se trata; para ello sería preciso determ inar las situaciones exactas de su em­

el carácter de nom bre verdadero —diferencia

más deberse a consciente invención de

interina y eventual, pero nega­

pleo, que acaso se relacionen con el hecho de que los nombres de pila tengan por campo de funcionamien­ to diacrítico —al m enos en nuestras lenguas— el área fam iliar; dicho regulativamente: que su única ley de im posición sea la de que no pueda repetirse

el m ismo nom bre en dos herm anos del m ism o o de

distinto sexo.1 ¿Dependería en principio el mencio­ nado empleo del artículo de la circunstancia —consi­ guiente a dicha ley— de que el valor del nom bre propio sea diferente en situaciones verbales intrafa-

m iliares y extrafam iliares? De ser así, ¿cuál es o cuá­ les son, de las cinco situaciones com binatorias que pueden producirse —a saber: parientes hablando de pariente, parientes hablando de extraño, extraños ha­ blando de pariente del hablante, extraños hablando de pariente del oyente y extraños hablando de extraño—, la o las que lo hace o hacen aparecer? Ave­ riguándolo podrían conocerse la función y el valor de dicho artículo, aunque, fundado en mis someros escarceos, mucho me temo que no pueda encontrar­ se la deseada regularidad y que el sistem a, si es que efectivamente se vincula a estos supuestos, se halle ya en franca descomposición, como parecería darlo

a entender tam bién el hecho de que haya fenecido

en las ciudades. Comoquiera que sea, todo esto po­ dría aclarar cuál es el m ecanism o gram atical ori­ ginario del artículo antepuesto al nom bre de las

m ujeres públicas; su aparición se podría referir

correctam ente al hecho de que, teniendo, como he apuntado, los nom bres de pila el área fam iliar por contexto diacrítico propio, al transferirse su empleo, en el caso de las m ujeres públicas, a un campo ex­ traño y trascendente a ella, tom asen el artículo pre­ cisam ente como explicitador genérico de ese nuevo contexto en que funcionan; y el caso sería entonces gramaticalmente idéntico al que he propuesto supo­ ner para el artículo sin nota infam atoria. En gene­ ral la tendencia a señalar ese cam bio de contexto

1. AI menos hasta el siglo xv esta ley no era como hoy: el mis­

mo nombre del santoral podía repetirse en hermanos de distinto sexo; así Fernando V de Aragón e Isabel I de Castilla bautizaron a dos de sus hijos, Juan, el malogrado príncipe heredero, y Jua­

na, la desventurada reina loca, con el mismo nombre. (Nota del 28 de diciembre de 1991.)

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se observa en toda clase de menciones que habilitan, tomándolos en prèstito, los instrum entos de la ape­ lación; así sucede tam bién con el apelativo fam iliar común: m ientras en el seno de la fam ilia la mención se hace con la m ism a form a que se em plea para el vocativo, «papá» —y nótese que esta form a implica

el tú, la segunda persona, y quedará excluida allí don­ de los hijos traten a su padre de usted—>en el mo­ mento en que se sale de ella se dice «mi padre», por

de que en ese m om ento ha dejado

de ser unívoca la form a apelativa —«papá» para mí,

pero no para ti—; alternancia que no puedo por me­ nos de relacionar con fórm ulas como la de «mi Ju­ lián», usual en algunas regiones españolas, en boca de una m adre que habla a un extraño de su propio

hijo. N aturalm ente «Julián» no dice, sem ánticam en­ te, relación fam iliar alguna, pero es sentido, sin duda, como funcionando en esa relación. Es curioso obser­ var, por otra parte —y en este m ism o terreno de las interferencias entre mención y apelación—, en cuán­ tas fórm ulas distintas se despliega una m adre de fa­

m ilia para m entar a su único esposo: con los hijos, «papá»; con las cuñadas, «Paco»; con los amigos, «Francisco»; con los subordinados del marido, «Don Francisco»; con la vecina, la desconocida, o la que

no conoce a su marido, «mi m arido»; con la criada,

«el señor»

nes en la que se atiende siem pre a la relación del

m entado con el oyente, donde, adem ás,

la sencilla razón

—¿no quedan m ás?—; baraja de m encio­

la posición

jerárquica se manifiesta, divertidamente, en el carác­

ter irreversible del sistema: el inferior no m ienta nunca al superior según su relación con el oyente;

si un día la criada o el subordinado dicen «su m ari­

do» o el hijo «tu marido», ello es para la señora el más seguro indicio de una sublevación, de un fran­ co pronunciam iento sedicioso, que rompe de una vez con el acatam iento de sem ejante jefe, señorito o pa­ dre. Volviendo al caso de las mujeres públicas, re­

19

sultará, pues, que el artículo al indicar el cam bio de contexto de sus nom bres propios connotará también

la índole formal de ese nuevo contexto en que fun­

cionan y se les volverá, por consiguiente, especifica-

dor. El artículo saca, en efecto, sus nom bres —y con ellos a ellas— de una com unidad y los inscribe en una especie, en una ralea; el artículo está a indicar que el nombre individualiza especímenes y ya no per­ sonas. La persona pertenece a una pluralidad finita

y estructurada, a una com unidad; una especie se

cumple en un núm ero indefinido de individuos —no

la afecta ese núm ero—, m ientras que una com uni­

miem bros no de una

especie); la especie puede predicarse de sus indivi­

duos, pero la com unidad no puede predicarse de sus miembros; de ahí que la persona sea, en cuanto tal —contra la pretensión de Duns Escoto—, el ser sin

dad se com pone de un núm ero finito de (se forma parte de una com unidad, pero

notas, el ser absolutam ente individuado

y absolu­

tam ente no caracterizado; y por eso, el

efecto de

especificación se corresponde con el de despersoni­ ficación: adem ás de «una cualquiera» se oye decir «una individua» y aun «una de esas», con el caracte­ rístico énfasis especificador del dem ostrativo ese.

Reabsorbiendo de nuevo estas derivaciones, para

volver a los nom bres de los caballos de carreras, he de añadir que su sistem a clasificatorio se podría com parar, en razón de un aspecto decisivo, mucho

m ás con el de los topónim os o nom bres de lugar que

con el de los nom bres de persona; aquellos, en efec­

to, a diferencia de los prosopónim os, constituyen un

sistem a universal de los hablantes, y

logos a ellos los nom bres de los caballos de carre­ ras, bien que restringidos a la m onom aníaca y pintoresca com unidad de los turf-men. Por otra p ar­ te, no sólo a los caballos de carreras se les ha pues­ to nom bre propio: ¿quién no recuerda a Babieca y

y unívoco para toda la com unidad

en esto, justam ente, serían aná­

20

a Bucéfalo? Pero los caballeros (¿cómo se le escapó

esto a Don Quijote?) le ponían nom bre

a la espada: Tizona, Durandal; si bien se mira, no deja

de ser lógico que se le ponga nom bre a lo que ha de

significa «lo que

ha de dar qué hablar». Y en alas de la fam a —no siempre necesariam ente honrosa— nos llega, de aún

m ás lejos, el nom bre de Incitatus, el caballo de Calí- gula. Se conoce que la cursilería es tan antigua como la civilización occidental. Hoy la cursilería se ensaña, por ejemplo, en los ci­ clones; y así, se dice «el ciclón Daisy», en lugar de

decir sencillam ente «el ciclón del

—fecha que habrá que añ ad ir de todos

do haya que entenderse, ya que con «Daisy» no se ha dicho nada. Pero hay sin duda un movimiento mági­ co en tal denom inar, como lo hay tal vez detrás de cualquier cursilería; un gesto de exorcismo muy se­ mejante al que puede reconocerse, a mi entender, como función prim ordial de los refranes. El refranero es, en verdad, un cajón de sastre en que convergen o del que divergen varias cosas no poco heterogéneas; a reserva de lo que pueda escla­ recerse no del m ero hojear —que es lo que he hecho yo por el m om ento—, sino de un tan deseable como prom etedor estudio clasificatorio desde el punto de vista funcional, o sea, el del cómo y para qué pue­ den usarse los refranes, se me presenta alguna ob­

servación que contradice su interpretación más

parte hay m uchísimos refra-

tópica y usual. Por una

propio hasta

ser famoso, que etim ológicam ente

14

de febrero »2 modos cuan­

2. Me ha dicho un amigo que esto está equivocado, pues parece

ser que e! ciclón es un ente ubicuo y duradero, que abarca mu­ chas fechas y que no ofrecería criterios muy estables para ser coor­

dinado a una de ellas, inicial o crítica que fuese. De todos modos ya podían escoger para su denominación otras palabras más dignas y discretas al efecto, más asépticas (e incluso palabras in­ trínsecamente clasificatorias, tales como cifras) que no esos ani- místicos nombres de mujer.

21

nes que no pueden tener nada de consejo, que no pue­ den entrar más que post factum, como meros comen­ tarios con los que se responde a posteriori a un hecho recurrente, como indica de modo indiscutible

su fórm ula introductoria prototípica, su mise en scène: «Ya lo dice el refrán»; verbi gratia, «El conejo ido y el consejo venido», refrán que podría aplicarse

a su vez perfectam ente a esta clase de refranes. Para el capítulo de los que obedecen en efecto a la idea más corriente en torno al refranero, se pueden se­

p arar nítidam ente las sentencias m orales positivas,

las cuales no pueden ser más que consejos. Y final­ mente queda un inmenso acervo de refranes que, for­ malmente, pueden tener m ás o menos aspecto de consejos o bien de previsiones, pero que hacen sos­ pechar muy fuertem ente que antes que guías para la acción o avisos de lo que cabe esperar de los indicios que enuncia su premisa, para obrar en con­ secuencia, son, en verdad, fórm ulas mágicas, exor- cizadoras, para tener respuesta, para al menos no quedarse con la p alabra en la boca, frente a lo ine­ luctable. Su tema son fenómenos que el hombre no gobierna, especialm ente la climatología. No hay duda de que en rigor podrían usarse como guías para

la acción, pero no es ese su designio ni creo que na­ die se confiase a ellos como se entrega a su experien­ cia propia y percepción actual; servirán a lo sumo para complementarlas. Cuando se trata realmente de actuar, el hom bre no suele andarse con refranes, usa

al cielo y se dice

directam ente la experiencia: m ira

«amenaza torm enta; sacaré el paraguas»; los refra­ nes se quedan de reserva para cuando no cabe otra acción que la palabra. Su función no es guiar la ac­ ción del hombre: el refrán mismo es la acción con que él se enfrenta a aquello a lo que no puede opo­ ner más que palabras; acción mágica al fin, si es que la magia se define como la pretensión —sea cual fue­ re el creer concom itante— de alterar de algún modo

el mundo real m ediante la palabra. En esta interpre­ tación abunda el hecho de que el refranero especia­ lizado más copioso sea, con mucho, el del m ar; es en el m ar precisam ente donde el m ortal se ve m ás desvalido y m ás amenazado, más a merced de la na­ turaleza —«juguete de los elem entos», como gustan algunos de decir— y, por lo tanto, m ás propenso y circunscrito, en zozobras sin cuento, a una respues­ ta puram ente mágica. Y el exorcismo más prim ario

es «¡a ti ya te conozco!». Para prestarse a oficios se­ mejantes, el refrán cum ple tam bién, estrictam ente, el requisito form al característico de la palabra m á­ gica: ha de tratarse de fórm ulas, es decir, de m ode­ los verbales acuñados de una vez para siempre,

literales e

lo, el solo don capaz de responder al cielo; mas no es preciso creer, en modo alguno, en su eficacia con­ tra los elementos, para que sea eficaz en las carnes

y en el

lo profiere; esta eficacia

—y no aquella creencia, si es que ha tenido alguna vez auténtico vigor— es lo que sobrevive, con m alig­ nos efectos para la mente humana, en la superstición. Supersticioso igualm ente es el im pulso que rige la costum bre de poner nom bre propio a los ciclones; nadie cree que con ello se amansen sus furores, pero el im pulso se alim enta de aquel m ism o sentir irre­ flexivo —por otra parte no siem pre infundado— que hace que el verbo «controlar» pueda usarse, de modo

anfibológico, para las ideas de registrar, vigilar y go­ bernar. Y, reanudando finalm ente la hebra tan lar­ go tiempo interrum pida, ¿han de entenderse como

comportam iento mágico los actos,

dos, de poner nom bre propio, sin intenciones clasi- ficatorias, a un animal que no atiende por su nombre

y de m entar por el nom bre bautism al a una criatura

aún del todo extraña al uso del lenguaje y carente, por tanto, del rango de persona, supuesto que éste, que no es ficción jurídica o retórica, sino condición

inm ém ores de origen como el don del cie­

ánim o de aquel que

arrib a contempla­

real, se encuentra vinculado a la función apelativa? Si es que, en efecto, hay magia, no basta haber m os­ trado la im propiedad lingüística del hecho, sino que hay que decir por qué y de qué manera, con tales ac­ tos mágicos, se pretende afectar lo que se nom bra. Bien entendido que la m agia se atribuye al im pulso original y no es preciso suponerla en cada uno de los casos singulares, donde a m enudo puede no que­ dar más que inerte y gratuita imitación de sus mo­ delos, en m era función lúdica, que es cuando cabe decir más propiam ente «simple cursilería». Como a la vista del peligro el avestruz esconde la m irada en la arena del desierto, así el hom bre la en­ turbia en el espesor de la palabra. No era, a mi en­ tender, sino el oculto miedo a tener que reconocer como naturaleza al que, sum ido en im penetrable al-

teridad, dorm ía en aquella cuna, el miedo a aventu­ rar, para alcanzarlo, la m irada más allá de los límites

de lo inm ediatam ente

tatuido y familiar, lo que im pulsaba a la joven casa­

dera a echarle encim a el arnés de un nom bre propio, para ahogar la inquietud de lo apenas vislum brado

en el profundo ensim ism am iento de su sueño. lum brado era la naturaleza perteneciéndose a

ma en su absoluta alteridad, en su extrañeza, en su

soberanía irreductible. ¿Cómo ha de operar, por tan­ to, el exorcismo? No hay que dejarle al niño que sea naturaleza, es necesario conjurar su autonom ía ex- trahum ana, su indeterm inación: se actuará supri­ miendo la distancia —un suprim ir que no es más que ignorar. Precisam ente el nom bre propio, el nom bre de persona, en cuanto se vincula a la función apela­

tiva y, por lo tanto, al

uso m ismo del lenguaje —ya

que nos m ienta como interlocutores—, es la palabra que resuena en el propio corazón de esa distancia, el conjuro que salta justam ente sobre aquello que media entre hum anidad y naturaleza: el don de la pa­ labra.

com prensible, del m undo es­

Lo vis­ sí m is­

Pero es propio del miedo, apenas ahuyentado, re­ volverse en olímpica jactancia: resplandecía toda ella en un gesto sonriente y desenvuelto —lleno de afec­ tación por lo dem ás— y pronto desplegó un com por­ tamiento ardientem ente penetrado de complicidad intrafemenina, en el que se ponía, toda experta y ha­ cendosa, en un mismo nosotras con la madre, haciendo su gran papel frente a los hom bres y como riéndoles llena de indulgencia una torpeza nunca comprobada —«vosotros no entendéis»—, y acudió, tan solícita como insolicitada, a m udarle al neonato los pañales, hablándole sin tregua con una voz dulzastra y depor­

de persona

mayor frente al mocoso —«sé cómo hay que tratar­ te»—, como hacia algo tan dócil, tan sencillo, tan fá­ cil de manejo, que ni siquiera es posible tom arlo demasiado en serio, que requiere actuar como jugan­ do (no pudiendo ya más de rabia, de dentera y de ver­ güenza ajena, abandoné violentamente la fiesta en aquel punto). Así el recién nacido, exorcizado en su naturaleza, venía a colocarse, no en la pasividad so­ lamente relativa de un ser sin duda impotente para valerse por sí mismo, pero dotado, con todo, de la autóctona, incesante y progresiva actividad de un or­ ganismo vivo, sino en la inerte y total pasividad de una muñeca. De suerte, pues, que el tratam iento me­ diante nom bre propio, presuntam ente respetuoso y dignificador —por concederle rango de persona—, caía sobre él, por el contrario, con su grotesca ficción de humanidad, como una m áscara de escarnio, como un objetivador y despiadado precinto de control, me­ diante el cual el bloqueo de la sociedad constituida venía a organizársele ya en torno de la misma cuna. Lanzando sus artejos con larga antelación, la socie­ dad trata así de defenderse contra la amenaza de lo indeterminado, de abortar in nuce aquello que cada nuevo nacimiento puede traer de posibilidad, de ori­ ginalidad capaz de confundirla y desbordarla.

tiva y un adem án de tierno menosprecio,

Y en este punto es justo señalar cómo las lenguas

germ ánicas, en casi

dan, sin embargo, un ejemplo adm irable de cultura en el em pleo del neutro para el niño, uso que, lejos de resultar reificador, viene a constituir, por contras­ te con lo nuestro, el m ás sabio y delicado acto de respeto hacia su indeterm inación sexual. Alguien po­ drá pensar «¡cuestión de formas!, ¿qué im portancia

tiene?»; otros, dispuestos a reconocérsela en el caso de que las víctim as perciban el tratam iento que se proyecta sobre ellas, se la negarán, en cambio, a he­ chos como el de que, por ejemplo, la dualidad sexual se señale ya en los recién nacidos con colores distin­ tos en las ropas —rosa para las hembras, azul para los varones—, dado que, efectivamente, parece vero­ símil suponer que los lactantes son del todo insen­ sibles a sem ejante discrim inación. Pero el respeto no tiene que entenderse, cualesquiera que sean las circunstancias, y conforme a prejuicios harto difun­ didos, como un ocioso protocolo cortesano sin con­ secuencias en la realidad; vendrá a tener, por el contrario, tantas consecuencias cuantas pueda tener nuestra disposición cognoscitiva, que tan estrecha­ mente depende del respeto: guardar celosamente las distancias con las cosas, reconocer su inconmovible alteridad, es la prim era condición de todo conocer.

todo inferiores a las neolatinas,

Así, una doble afrenta, una doble villanía cognos­

citiva —y, por tanto, real, en la misma m edida en que

interfiere en nuestra relación con lo real— se perpe­ tra, de un golpe, en el allanam iento del enorm e hia­ to que separa a la naturaleza de la hum anidad; allanam iento que redunda en una m ism a violencia para am bas y que rem ite a la obsesión centrípeta de una humanidad acobardada y capitidisminuida, que aborrece asom arse a la intem perie de cuanto la re­ basa, que pugna sin descanso por echar sus ten­ táculos sobre cuanto am enaza desm andársele —ya natural, ya hum ano que ello sea—, para aherrojarlo

26

en

en cuanto quiere ella m ism a suplantarla, en cuanto

quiere hacerse pasar por «natural», o sea, por defi­

nitiva e inamovible; al par que, cam uflando los lími­ tes en que se circunscribe, escam oteando el solar sobre el que se halla edificada, logra ignorarse y mix­ tificarse. Quien mienta, pues, por nombre propio a un niño que no habla no sólo afrenta a la naturale­ za, sino tam bién y en igual grado a la propia hum a­ nidad, pues al considerar irrelevante, para hacerlo, que hable o que no hable, presupone una ahistórica

el cerco de lo propio. Y m ixtifica a la naturaleza

y total continuidad entre el anim al de hoy y el hu­ mano de mañana, estim a que nada hay por decidir

ni por crear en el anfibio y peregrino desarrollo que

separa lo uno de

un mero desarrollo, es decir, como una simple, ex­ pedita ejecución de algo ya prefigurado y program a­

do sin residuo en el presente. Si hoy se le puede ya tener por el m ism o de m añana (huelga decir, que el nombre propio y la idea de persona se aparejan tam ­ bién a la noción de identidad), su futuro no es ya un futuro histórico, sino un futuro «natural», al que no

le faltaría determ inarse,

un libro en blanco, sino un libro ya escrito, solamente pendiente de lectura. Así, al echarle encim a antes de tiem po —antes de todo tiem po concebible— la red de un nom bre propio, de un nom bre de persona, la sociedad se adelanta a exorcizar en él precisam ente lo que ese m ism o nom bre podría representar: la li­ bertad, la historia, em peñada en ganarlas por la mano; arrodillada a la vera de la cuna, parece su­

sino sólo advenir; no, pues,

lo otro, pensándolo sin m ás como

su

rrarle

«date preso: el nom bre propio soy yo quien

te

lo da» —donde, por otra parte, y al m argen de tan

torvas intenciones, tam poco se podrá decir que

m iente—, acudiendo a encajarlo en un modelo, a fi­

jarlo en un destino, frente al cual no podrá ofrecer

sorpresas; y de este modo, aunque imposible sin ella en todo caso, el don de un nom bre propio —que no

27

anuncia, a la postre, sino el don de la palabra— deja ipso facto de ser un don gracioso y sale ya gravado de antem ano con la expresa restricción que lo des­ nuda de cuanto no revierta en el estrecho interés de la donante. (No obstante, por virtud de su propia in­

tegridad, el don llega a heredarse intacto y renovado,

fenómeno en sus fundam entos, en su significado y consecuencias.

Se reconozca o no un com portam iento propiam en­

te mágico en el acto de im ponerle nom bre

un anim al que no atiende por su nombre, lo cierto

propio a

es que se trata en todo caso de una actitud que no

a

despecho

de cualquier disposición testam entaria

puede dejar de rem itirse a funciones bastardas, la­

y,

m adurando y reventando como un fruto en las ma­

terales, del lenguaje, ya que no puede ser justificada

nos de los hijos, puede im pulsarlos a alzarse con la

en

las instrum entalm ente pertinentes. (Hablo, pues,

hacienda de la m adre y a denunciar su ambiguo tes­

de

los casos en que el nom bre aparece com pletam en­

tamento.)

 

te

ocioso en su papel lingüístico, es decir, cuando no

Pero no ha de im portarnos

demasiado llam ar «má­

sólo falta una función apelativa, sino que tampoco

gico» o no, «supersticioso» o no, a tal o cual com por­

la

clasificación o la mención pueden d ar suficiente

tamiento. Justam ente porque la actitud m ágica se encuentra perm anentem ente agazapada en los alre­

razón de su presencia.) Esa función bastarda es, se­ gún creo, la de ahuyentar el desconcierto y la zozo­

dedores de cualquier palabra y dispuesta a impreg­ nar y oscurecer la transparencia de su empleo significante, hemos de precavernos contra ella tam ­ bién en el m anejo de esos mismos predicados, m á­

bra que la naturaleza puede producirnos, superar la inquietud frente a lo que podría poner en duda, y por ende en movimiento, la inerte convicción de lo inme­ diato: urge, en una palabra, «humanizar» al animal.

xime porque, precisam ente por estar cargados, de

Y

aunque me ofenda y me llene de rubor, he de ci­

modo tópico e inmediato, de prestigio negativo en los oídos de la civilización, se prestan al abuso de for­

tar, por m ucho que me cueste, el caso m ás escanda­ loso que, por mi m ala estrella, he podido llegar a

ma peculiar: a que su m era aparición confiera auto­

presenciar, toda vez que ha sido la experiencia sin­

m áticam ente autoridad al texto que los saca a relucir

con adem án condenatorio, como cuando se dice «¡Magia! ¡Superstición! ¡Con eso ya está dicho todo!»; y es justam ente en cuanto se pretende que está dicho todo cuando no queda nada de lo dicho, pues toda palabra nubla y pierde su significación desde el m om ento en que se queda sola, en que se absolutiza e hipostasía en la opacidad de un guaris­ mo irreductible —y eso es, exactamente, una pala­ bra mágica. No querría, por lo tanto, abusando de cargas de valor, convertirm e en agente de tan im pro­ ductivo terrorism o verbal, por el placer de hallar una aquiescencia tan fácil como vana; se trata, por el con­ trario, de ab rir alguna efectiva lucidez, proponien­ do una vía interpretativa para el esclarecim iento del

gular que ha dado nacimiento a estas mis sospechas; aquí está, pues: a cierto camaleón se le había impues­

to nada menos que el nom bre de Currito. Nunca he

visto criatura más dolorosam ente envilecida; me pa­ recía que, a un tiempo, de la naturaleza y de la cien­ cia, de las anónim as oscuridades de las selvas como

de la espesura de las páginas de Linneo, Buffon, Cu-

se levantaba ai unísono un

clam or y un llanto airado ante tam aña afrenta. Bien podría ser que en el m ismo hecho concreto de seme­ jante imposición de nombre no hubiese más que iner­

te imitación de una costum bre difundida —aunque

se precisaba una gran falta de sensibilidad para seguirla—, o sea, que los resortes que la fundan no estuviesen directam ente vivos en aquellos fautores

vier, Lamarck, Darwin

singulares; pero al socaire de sus individuales inten­ ciones yo sentía actualizarse el anónim o instinto ge­ neral, que no podía soportar por un m omento la presencia de aquel dios fascinador, de aquel parsi­ monioso, absorto, inescrutable anim al de ojos inde­ pendientes, de color mudable, cola prensil y lengua cazadora y, no obstante, tan dócil, tan im pávido en sus manos. (Un anim al que huye a nuestra vista nos causa menos inquietud que otro que, sin fam iliari­ dad alguna con el hombre, se deja desde el prim er instante abordar y apresar tan dócilmente.) Y si en el acto singular no recurrían de modo originario los

motivos, la m ism a falta de

bre ¿no venía a atestiguar que el exorcismo había alcanzado ya en ellos plenam ente sus efectos, consi­ guiendo borrar de sus m iradas el últim o residuo de extrañeza, la postrera vislum bre de lo Otro? Ya he dicho que lo m aligno de las supersticiones, lo que asegura su perduración, no es la ilusoria efi­ cacia —m uy pronto desm entida— de la palabra so­ bre el mundo, sino su reflejo real sobre los hombres; no es el error, sino la m ala fe —siem pre m ás re­ sistente que el erro r— lo que en ellas sobrevive: la

voluntad de autoobnubilación, la sistem ática obs­ trucción de la experiencia. (Esta actitud se puede proyectar, por lo demás, sobre cualquier doctrina, incluso sobre las inicialm ente nacidas de una acti­ tud científica genuina; de ahí que no sea una doctri­

na en sí, sino el modo de hallarse recibida en nuestra mente, lo que decide de su fecundidad.) Visto a través

del prism a de

ese nom bre que no quiero repetir, fiso-

nómicamente interpretado al trasluz de esa m áscara impostora, de ese papel de farsa antropom órfica, no quedaba de él, sino el contraste, la fricción, entre su personalidad postiza y su imagen real; figura y mo­ vimientos venían a ser leídos bajo la ficticia inten­ cionalidad que se les atribuía, bajo la significación de un rostro, una actitud y un gesto humanos, y la

resistencia a la costum ­

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admirable criatura se eclipsaba del todo ante los ojos de los espectadores, reducida al denigrante papel de mero actor de aquella m iserable pantomima. Otro espectáculo de este mismo jaez es el que cotidiana­ mente puede presenciarse delante de la jaula de los monos; allí, en virtud de su sem ejanza con el hom ­ bre, ni siquiera es precisa la mediación de un nombre propio para operar la mixtificación: risas desenca­ jadas, chillidos de m ujeres, celebran la agitada ac­ tuación de los bufones, que, antropom órficam ente interpretados, aparecen como una especie de hum a­ nidad degenerada y caricaturesca. ¡Jamás darán un solo paso en la experiencia y en el conocim iento de la naturaleza quienes se entregan a tan sádica e in­ digna hilaridad! Los monos, y en especial m anera el benigno chim ­ pancé (recuérdese cómo se le viste y se le hace sen­

tarse a com er en torno

de una mesa), son blanco

favorito de todas las afrentas; y no hay que pensar que semejante preferencia se deba únicam ente a que se presta a ello más que ningún otro animal, sino que,

a mi entender,

el de que, por su semejanza con el hombre, sea tam ­ bién el que de modo m ás urgente reclam a el exor­ cismo. Es el extraño próximo, si se me adm ite la expresión, el testim onio fronterizo estratégicam en­ te situado en el lugar preciso en que la naturaleza puede volvérsenos inquietante y agresiva; pues poco hay que tem er m ientras lo Otro pueda presentarse como definitiva e indiscutiblem ente otro, lo malo es que comience a revelarse no tan otro, o dicho inver­ samente, que lo Uno (perdón por esta jerga) se des­ cubra m ás otro de lo que se pensaba, m enos uno de cuanto desearía furiosam ente ser; pues, vuelvo a re­

petirlo, el m iedo a la naturaleza se funda sobre todo

que de rechazo

en el conocim iento de la hum anidad

podría provocar. ¿Cómo salir al paso de tan desagra­ dable semejanza? Poniéndola en ridículo —visto que

concurre otro motivo m ás profundo:

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se

resiste a ser negada—, m ediante el expediente de

cuestión es que todo, y en especial la humanidad, sea

adelante—■,

acogerla como una pretensión de identidad, y des­ plazando arteram ente la comparación, del terreno biológico —en que se lo com pararía con el hom bre como especie anim al— al ilegítimo terreno en el que queda contrastado con un hombre histórico concre­ to —precisam ente aquel que como «el hom bre» se

idéntico a sí mismo, que cada cual se esté en su pues­ to, que no haya am bigüedad. (En lo que al niño se refiere, la m anipulación de su imagen en el conoci­ miento del adulto se com penetra, form ando una uni­ dad inextricable, ya con la m anipulación de sus

pretende absolutizar—■,como un hombre vestido, ves­

conocimientos —adonde iré a p arar m ás ya con la m anipulación del niño mismo,

asunto que

tido, incluso, según la últim a moda. En tan sangrien­

110 es de este lugar.) En fin, se trata siem pre de esca­

ta burla de sus supuestas pretensiones, acaso pueda

hablarse de una «afrenta» tam bién en el sentido sub­ jetivo e intencional; parece que hay una verdadera punición: «¿De modo que tú eras el que quería pare­ cerse a los hum anos? Pues yo te voy a enseñar, de una vez para siempre, el bonito papel que vas a ha­ cer» y, como colocándole el INRI encim a de la fren­ te, se lo presenta así al espectador: «¡Mirad: uno que quería ser como nosotros!». Pero esta actitud podría parecer contradictoria con las que he señalado m ás arriba; se hablaba allí, en efecto, de un im pulso a ignorar la alteridad de la na­

turaleza, de una obsesión centrípeta em peñada en allanar toda distancia, m ientras que aquí se diría que

m ás bien se pretende exorcizar la cercanía; convie­

ne, por tanto, detenerse en algunas precisiones: la al­ teridad que se quiere violentar es la alteridad como

mera resistencia, cualquiera que sea su signo en cada caso, la alteridad de lo que es como ello quiere, de lo que se rebela a recibir definitivam ente un puesto

en la llam ada arm onía universal; y cuando se habla de falta de respeto, de rom per las distancias, se en­ tiende la m anipulación cognoscitiva del objeto, sea cual fuere el sentido de semejantes manipulaciones. En el caso del niño se tratará de negar la disconti­ nuidad, con la indeterm inación que ésta supone —y que aparejaría, a su vez, la posibilidad de hum ani­ dades diferentes—; en cuanto al chim pancé, es la se­

m ejanza lo que se trata de poner fuera de juego; la

caer en extrañe-

za, cuanto pueda m ostrarse resistente a nuestros estatutos, y por ende invalidarlos o al menos soca­ varlos.

Un atentado total contra estos estatutos, contra sus mismos fundam entos, es la experiencia crucial y te­ merosa, rara vez alcanzada, de que el cosmos se

m uestre de pronto de verdad como el dueño de sí

mismo, de que, como a la luz de un relámpago, se nos descubra por un instante otro de su imagen, de esa tupida red de predicados en la que, como en un tapiz ad usum Delphinis, lo pretendíam os ya tener borda­ do para siempre; esta experiencia de desidentifica­

ción —auténtico choc perceptivo y epistemológico—

m otear cuanto am enace hacernos

es la naturaleza la que puede ofrecerla especialm en­

de

la legítima y fecunda pretensión cognoscitiva de ta­

les predicados en su adem án intencional hacia su objeto; sí, en cambio, de su eco en nuestro oído, de su reflejo en nuestros ojos. Tampoco es necesario, ni seria resistible, vivir constantem ente en la tensión de esa experiencia, pero es acaso indispensable ha­ berla tenido alguna vez, para fundam entar en su re­ cuerdo el abstracto respeto que la sustituye, como un lugarteniente, y le sabe guardar fidelidad y nos aparta de manipulaciones. La idea m anipuladora por esencia, la m anipulación de m anipulaciones, la m a­ nipulación como sistem a, es la idea de la Armonía Universal. Ese es el exorcismo Urbi et Orbi, el exor­

te. No he de ser yo, ciertam ente, quien reniegue

cismo solemne y general que term ina con todos los

demonios. Como la naturaleza por sí misma, frente a la m i­ rada —ingenua o cultivada— que sepa serle res­ petuosa y se sepa ser leal, confuta de rechazo la presunta arm onía del m undo humano, será preciso m anipular su imagen, condicionar y em botar esa mi­ rada ya desde la infancia. Habiendo evolucionado, en este últim o siglo, el sistem a de las ideologías des­ de la ideología que podríam os llam ar dogm ática o de contenido hacia procedim ientos ideológicos que apuntan directam ente a los procesos, a las formas, del propio conocer, no es de extrañar que la ideolo­ gía para la infancia, antaño un mero apéndice de la confeccionada para adultos, se haya convertido hoy en objeto de una auténtica especialización (más aún, podría decirse que todos o casi todos los recursos ideológicos m odernos —como puede observarse sin más en las m arcadas tendencias infantiles del dibu­ jo publicitario— bajan hoy a beber en los veneros de esta especialidad, beneficiándose de sus hallaz­ gos, lo que podría d ar razón de la característica in- fantilización de nuestro mundo). Se trata, en efecto, de una ideología «educativa», que no atiende ya tan­ to a lo que m uestra, cuanto a la propia m anera de

o hacia

m ostrar; ya no dirige la m irada hacia esto

lo otro, sino que prefiere proyectarse sobre aquello hacia lo cual con interés m ás espontáneo se halle ya vuelta la m irada: «¿Te gustan los anim ales. Pues yo te los voy a enseñar». La historia natural, y en espe­ cial la zoología, es el terreno de elección para m ani­ pular las mentes infantiles. Walt Disney, con el dos veces doble frente de la fo­ tografía y el dibujo, del argum ento y el docum ental, nos ofrece de ello el paradigm a m ás completo. No es de este lugar —ni podría ser faena de mi agrado— em prender un análisis concreto de sus obras; me quedaré, por tanto, en señalar la dirección a mi en­

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tender más relevante en sus mixtificaciones. ¿Pue­ de m ixtificarse en lo que hoy gustan de llamar, tan pomposa como autoritariam ente, «documentos foto­ gráficos»? Todos sabem os ya que sí, y yo no tengo la culpa de que lleven valor peyorativo —anterior o posterior— en el lenguaje cotidiano las palabras con que el lenguaje técnico contesta sobre el cómo: «la truca» y «el montaje». En cuanto al «objetivo», está muy lejos de serlo lo bastante como para que la m a­ nipulación no pueda comenzarse ya en la toma; des­ pués, los trozos de película rodada se cortan y se

barajan a voluntad del jugador, y, gracias a la frag­

m entación de la escena en planos parciales sucesi­

vos, los docum entos se pueden hacer corresponder en el relato a situaciones diferentes a las que había realm ente en el momento de la toma: un anim al que

huía puede ahora convertirse en un animal persegui­ dor. De este modo, se confecciona un argumento, se organiza una sucesión lineal de acciones, con un sen­ tido infinitam ente m ás coherente y unitario del que pudiera tener lo retratado; se da una dirección se­ gura y perm anente a los designios y se crean verda­ deros personajes, es decir, unidades unívocas y

unidim ensionales de conducta por lo demás, ya m entirosa con

nos, pues un hom bre podrá tener designios, incluso

a veces obsesivos, pero —a despecho de todos los es­

fuerzos que desde tiempo inm em orial viene hacien­

do en tal sentido la ideología entrañada en la form a

m ism a de la épica y de la historiografía— una exis­

tencia no es nunca, por fortuna, una función argu- mental), que, por su sola naturaleza estructural, nos

llevan de la mano al agonism o y

diatam ente una tom a de partido —y hay siem pre un solo partido que tom ar—, toma que hasta nos pue­ de ser recom pensada, haciendo que el malvado re­

sulte al final puni par les évenem ents.

antropom orfización estructural la naturaleza se

y de intención (cosa, respecto a los hum a­

nos sugieren inm e­

Ya con esta

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vuelve perfectam ente congruente e inm ediatam en­

te inteligible; no es necesario dar un solo paso para

comprenderla: viene ya totalm ente interpretada; con eso, acreditado por la suprem a autoridad de la foto­ grafía, queda excluida, por lo pronto, cualquier in- certidum bre, cualquier curiosidad intempestiva.

Pero a esto, p o r si no fuera bastante, se le añade to­ davía, con el concurso de la palabra y de la música,

el contenido moral de la lección, el «mensaje» de la

naturaleza; o sea, que, no contentos con presentár­

nosla dopada y disfrazada, se la hace incluso hablar

—a ella, que es el

tras, en tal pasaje, la m úsica no dejará de subrayar, con sublim es acentos y coros celestiales, la ternura de la fiera para con sus cachorros, la del ave para

con sus polluelos, la del

prolongando con puntos suspensivos la serie incon-

cluida, para que el propio espectador, de m anera autom ática, la complete en su mente con el hombre, en tal otro m om ento la voz en off se cuidará de enfa­ tizarse, con épicas y filosóficas palabras, en torno

a la dura ley de la selva, a la struggle for Ufe, para,

del mismo modo, ratificar y perpetuar, con la pre­ sunta sanción de la naturaleza, la violencia im peran­ te en la jungla de asfalto. En este m ismo sentido, que induce a la capitulación y a la conform idad, es sig­ nificativo el título de un libro de anim ales destina­ do a los niños, publicado en Francia: C’est la vie. Se trata, aquí y allí, de poner por testigo a la naturale­ za —un testigo com prado y aleccionado ya hemos visto cómo— sobre la afirm ación de que esta, la pre­ sente, es la verdadera hum anidad, la única hum ani­

dad que puede haber; en una palabra, de que hay «tiempo de am ar y tiempo de morir», de que «la vida es así». En cuanto a los dibujos, aparte su propio espíritu —que no es de este lugar— y al m argen de que nos vuelven a traer (y de m anera realmente vomitiva —no

silencio por antonom asia. Mien­

ofidio para con sus c ría s -

puedo contenerm e de decirlo—) sobre el asunto de la cursilería, hay que decir que su m anipulación de la naturaleza se produce sobre todo en el campo per­ ceptivo: com oquiera que sus personificaciones de

anim ales no

van por el registro simbólico o esque­

mático, sino por el plástico, expresivo y descriptivo

y sem ejantes, m ás que

en la serie Mickey, Donald & Co.), resulta de ello esa

extraña falsificación naturalística —si se me adm i­ te la antinom ia— cuyo carácter fundam ental es la hiperfisonom ización; se saturan, por una parte, los rasgos fisonóm icos característicos del anim al —ver­ bigracia: los incisivos y el rabo en el conejo—, por otra, se le m ultiplican los m úsculos faciales hasta alcanzar la com plejidad, la riqueza de juego, de los del rostro humano. Es una doble manipulación, en la que la exageración de los rasgos propios del ani­ mal, su hipercaracterización, com pensa los efectos desnaturaiizadores de su hum anización expresiva y la hace aceptar como legítima; el anim al conserva el parecido, sin darse cuenta de haber sido asesina­ do en su condición fundam ental: en su silencio. Por esas circunstancias peculiares, la inmediatización es capaz de interferir y de condicionar la percepción en vivo de la naturaleza, supeditando la experiencia

a la interposición de sus antropom órficos modelos

interpretativos. Los resultados son análogos a los que, operando en el público otra de las grandes atro­ fias cognoscitivas, producen, en su terreno, las pelí­ culas históricas (renuncio aquí a decir de qué

manera); en efecto, por el procedim iento de «adap­ tar», de hacernos inm ediato lo distante, lo m ediado

a través de un testim onio (siniestram ente revelador

de ese subjetivo y centrípeto objetivismo que, al me­ nos desde Roma, viene siendo una de las peores ten­ dencias de Occidente y que hoy toca sus extremos, es el que con «historia» se designe a la vez, am bigua­ mente, tanto el acontecer como sus testimonios), se

(estoy pensando en «Bambi»

obstruyen los cam inos —ya de suyo tan difíciles— para la imaginación de lo remoto: la imagen cinem a­ tográfica se apresura a ocupar ese lugar vacío y ya

es casi imposible destronarla e impedirle que aplas­

te, por

gen del pasado —allanam iento que, por lo demás, ya se prefiguraba, antes del cine, en las ilustraciones de los textos escolares. Tanto en el caso de los caríoons

como en el de las películas históricas se trata de una sistem ática inmunización contra el conocim iento de lo extraño. Y en lo que se refiere a la obra de Walt Disney no se puede dejar de encarecer la circunstan­ cia de que el m undo contra el que vuelve su atenta­ do, el m undo de los anim ales, viene a ser para los niños el lugar fundam ental en que se cuaja y se p er­ fila la prim era llam ada a un interés centrífugo, la prim era experiencia de lo Otro. Al hab lar de la an- tropom orfización de la naturaleza, de su «hum ani­ zación» con m iras a ratificar y hacer pasar por «natural» el m undo humano, no se podía dejar de lado la figura de quien, por la enorm e abundancia y difusión de sus repugnantes producciones, debe ser considerado como el m áximo corruptor de menores

de este m edio siglo. No es necesario pensar en oscuras intenciones; por el contrario, se trata justam ente de tendencias iner-

las

propias circunstancias de lo dado, y pensar en de­ signios sería hacerles dem asiado honor; es lo que se conduce por sí mismo, lo que ya está apuntado y

sugerido en la cadencia m ism a de las cosas, en su sistema de reproducción, del que los propios agen­ tes son pacientes; precisam ente el mito del malvado —con la concomitante práctica mágica del holocaus­ to de chivos expiatorios— es un típico m ito exorci­ zados es la tinta de calam ar tras de la cual pretenden, puestas entre la espada y la pared, zafar­ se y sobrevivir las anónim as tendencias, de las que

superposición, la fugitiva e inacabada im a­

ciales, autom áticas, centrípetas, dim anantes de

nadie es en verdad sujeto y que precisan, como del

aire, justam ente

es lo mismo, de nuestra buena conciencia, o senti­ miento de imperfectibilidad) para poder sostenerse

y perdurar: les urge la inocencia universal. Ante la

buena conciencia de sus propios fautores, ese anó­ nimo im pulso m anipulador reviste las figuras m ás ingenuas; así, puede presentarse, por ejemplo, como «necesidad de adaptare 1 objeto a la m ente infantil». Empezando por la segunda cosa subrayada, diré que esa presunta mente infantil es una mente imagina­ da por el m undo adulto a la m edida de su cobardía, aparte de una verdadera afrenta para los abnegados hijos de los hom bres; la acción que se camufla, en

de nuestra inconsciencia (o, lo que

realidad, detrás de ese «adaptar el objeto a la m ente infantil» es la de adaptar esa mente al modelo para ella concebido, a través de un objeto m anipulado ad hoc para su horma. Sería preciso escribirlo en las paredes, por obvio que ello sea: no hay una mente infantil ni una mente femenina, no hay más que una sola m ente hum ana; la infantilidad es un invento de

la

misma ralea que el de la feminidad y estrecham en­

te

coordinado a éste: los niños y las m ujeres son, por

antonom asia, «los que se quedan en casa». La idea de adaptación es una idea centrípeta por excelencia, que piensa el conocer como asimilación de los obje­ tos; y asim ilarlos, fam iliarizarlos, hacerlos semejan­ tes a lo propio, es despojarlos justam ente de cuanto en ellos había por conocer; se diría, pues, que se trata de desvirtuar la actividad cognoscitiva, suplantán­ dola por su fingimiento.

Cuando aludía de pasada, más arriba, al eco y al reflejo sobre el hom bre de la red de predicados que éste lanza sobre el cosmos, pretendía referirm e a la actitud que viene a interpretarlos como «la respuesta de las cosas» —una respuesta, por cierto, que se re­ cibe como unívoca, que se absolutiza respecto de cualquier pregunta— y, por lo tanto, como el rostro

de las cosas mismas; pues bien, esta allanadora con­ cepción es la que yace im plícita debajo de la idea de adaptación. En efecto, solam ente en el caso de que la significación no sea un movimiento hacia las co­ sas, sino su propio rostro, revelado y fijado para

siempre, se

un viaje de retorno, en que el viajero —la palabra— adaptase a la lim itada com prensión de los paisanos, por referencia a lo propio y fam iliar, la visión de lo exótico y desconocido. Pero si, como ocurre en rea­ lidad, la significación no es el punto de llegada, sino el viaje mismo, o sea, el irreversible movimiento de la mente hacia las cosas (un movimiento, en cuanto tal, es siem pre irreversible; solam ente un cam ino —es decir la objetivación de un movimiento— pue­ de ser reversible), entonces no es posible poner a

puede im aginar como legítimo y posible

otros sujetos en relación con ellas más que hacién­ dose acom pañar consubjetivam ente en ese mismo movimiento centrífugo —lo que, a la postre, no quie­ re decir, sino que todo proceso intelectivo ha de ser, por esencia, actividad; no puede ser pasiva recep­ ción. Y toda adaptación, siendo un viaje de retorno, lo que pretende hacer es justam ente invertir el sen­ tido de sem ejante movimiento, es desandar la signi­ ficación, desvirtuándola de hecho en cuanto pueda tener de referencia intencional hacia las cosas —es decir, de real conocim iento— y suplantando a éstas por la imagen del propio movimiento objetivado y, por lo tanto, convertido, por su parte, en cosa. La

significación se entenebrece y muere, deja de ser sig­

instante m ism o en que la palabra se

detiene, en que deja de ser un movimiento, para cua­ jarse en cosa. Quien cree que puede adaptar las sig­ nificaciones (usando «otro lenguaje más sencillo y asequible», como si lo m ás sim ple fuese capaz de expresar lo m ás com plejo y como si la significación

perm aneciese —al igual que una cosa— idéntica a sí misma, y toda diferencia de lenguaje no fuese sino

nificante, en el

40

distintos receptores) se com porta con

ellas como si fuesen cosas y a la vez las cosas a las que se refieren. De ahí que el respeto a las palabras,

el saber conocerlas como tales, coincida exactamente con el respeto hacia las cosas, a las que por principio

no cabe trib u tarles

adecuación a

—como he dicho m ás a rrib a —

más que un respeto abstracto, es decir, tram itado a través de las palabras.

Al proceder con la significación como si fuese una especie de alam eda, por la que uno pudiese pasear­ se para adelante y para atrás, la adaptación la des­

naturaliza y desvirtúa de todo su poder cognoscitivo,

y muy a menudo en nombre de una comunicación

a ultranza, que no repara en destruir su propio con­

tenido —la referencia hacia las cosas— ni en trai­ cionar, del mismo golpe, su propia condición fundam ental. Esta no es, en efecto, sino la partici­ pación consubjetiva en el m ovimiento de la signifi­

cación, frente al cual, la com unicación sí que es, o debe ser, en cambio, un cam ino reversible: una reci­ procidad de las dos partes en cuanto a los derechos

de em isor y receptor. La adaptación,

al hacer reversible —aniquilándolo— el movimiento

de la significación, convierte en irreversible —destru­ yéndolo igualm ente— el tráfico de la comunicación, que justam ente no debería serlo, y en cuyo nom bre se cree justificada. Al despachar por cosas —opacas

curiosamente,

y por lo tanto irreductibles— las significaciones, la

adaptación convierte el noble tráfico de la com uni­

cación en una acción unilateral y autoritaria, term i­ nando de traicionar con ello, en todos los terrenos,

la

santa libertad de la palabra. He aquí, pues, cómo

al

socaire de los ya tópicos clam ores en favor de una

comunicación a ultranza —clam ores

sin restricciones, por m oneda dem ocrática, sin que nadie se tome el cuidado de sonarla— puede am pa­

rarse y prosperar, del modo más artero, el dogma­ tismo autoritario. Que estas no son suspicacias de

que corren hoy,

41

palurdo lo sabe bien cualquiera que contemple el pa­ norama del tinglado cultural, con sus poderosísimos medios de difusión, en los que llega incluso a m ate­ rializarse la irreversibilidad de la sedicente com u­ nicación, sobre una inm ensa grey de exclusivos receptores, al par que, contra la propia evidencia de los sentidos corporales, se insiste cada vez m ás en designarla como «diálogo», y «medios de comunica­ ción social» a sus unilaterales instrum entos, em pe­ cinados, con un ardor digno en verdad de m ejor causa, en m eternos en casa el universo entero. Una significación adaptada a un receptor determ inado ya no es una verdadera significación, es —aparte de un instrum ento autoritario— un vil sucedáneo, vacío de toda virtud cognoscitiva y bueno solamente para aplacar y reprim ir las impertinentes y peligrosas cu­ riosidades del Delfín. Poner el mundo en casa es la m anera de lograr que jam ás se acceda a él; dando de la naturaleza una ima­ gen «adaptada», y por ende inm ediata y asequible, es justam ente como se la hace inaccesible a la expe­ riencia, como se la defiende contra el conocimiento:

«el universo al alcance de la mano» ya no es tal uni­ verso. «Animales dañinos» se titula cierto álbum para niños que circula por mi casa. ¿Qué habría sido de las ciencias naturales si se hubiesen querido or­ ganizar sobre la base de sem ejantes criterios de cla­ sificación? Clasificar los anim ales por la dicotomía «útiles/dañinos» es rep artir el zoo universal según su relación con el sujeto cognoscente; estos puntos de vista subjetivos, pragm áticos, utilitarios, y por lo tanto esencialmente anticientíficos, caracterizan un tipo muy frecuente de adaptación de la naturaleza a las mentes infantiles. Reduciendo el objeto a la cen­ trípeta inmediatez de su relación con el sujeto, con­ cretándolo en un puro papel, en una m era función contextual —y de un contexto en que el sujeto sea él mismo p arte—, se lo sustrae a la actitud catego-

42

rial en que se asienta la experiencia: ocupado el lu­ gar del anim al por el papel que le ha sido asignado, polarizado p o r ese sentido, se desaloja de él toda eventual consideración distante y objetiva, se desvía de él toda atención m ediata y circunspecta, todo po­ sible interés centrífugo. Huelga decir que la prim era distancia y el prim er respeto que ha de tom ar cual­ quier conocimiento que pretenda tildarse de cien­

es deponer toda actitud pragm ática —que,

tífico

aparte su im productividad para la ciencia, se halla siem pre abocada a realizarse como saber lo que con­ viene, siem pre expuesta a cum plirse como voluntad de ignorar. Pero m ientras todo el esfuerzo de la cien­

cia, desde que se conoce como tal, se ha concentra­

do justam ente en el ejercicio de la epojé, en la difícil

ascesis epistemológica de

aquí que para iniciar a los niños en el espíritu cien­ tífico se los viene a orientar precisam ente en el sen­ tido inverso, en el de la actitud pragm ática —y por ende subjetiva— frente a los objetos; y aun se racio­ naliza de m anera explícita la tendencia inercial que a ello se dirige —que no es sino la de m antener a los niños, m ientras estén a tiempo de ofrecer sorpresas, en la triste clase de «los que se quedan en casa»— con la fam osa ideología de que para que los niños se interesen por las cosas de este m undo es necesa­ rio referirlas de algún modo a su propia persona, darles sentido en el circuito de sus inmediateces. ¡Si al menos fuera cierto! ¡Si tan anticientífico criterio iniciador estuviese justificado por lo menos por ha­ ber observado en los niños el predom inio privativo de una polarización centrípeta de su interés! Pero esto es com pletam ente falso, y sólo es cierto para ese niño títere, para esa mente infantil prefabricada, a cuyos represivos estatutos se querrían ajustar y so­ m eter las m entes de los niños verdaderos, en los cua­ les, y particularm ente en lo tocante a su interés por la naturaleza, resplandece precisam ente lo contra­

la tom a de distancia, he

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rio. Según la ideología susodicha, prim ero habría que interesarlos en las cosas de cualquier forma que fuese, para hacerles acceder más adelante a una ac­

indudablem ente decisiva colaboración con las m a­ nipulaciones arrib a contem pladas, en la infantiliza- ción de las inteligencias.

titud científica objetiva; pero, siendo la mente de los niños ya la mente hum ana —la única que hay—>cua­ litativam ente idéntica a la de los adultos en punto

Y

así, por todas partes se observan los efectos de

semejante proceder: junto al enorm e prestigio de la Ciencia —beaterío tan fideísta como incondicional—

a

su actitud, se encuentra ya dispuesta por

sí m is­

pueden reconocerse en la actitud de jóvenes y adul­

ma a la actitud categorial que con la ciencia se con­

tos hacia sus pom pas y sus obras, las huellas de una

viene, y toda reversión de ese interés centrífugo en la infancia tan sólo redundará en com prom eter de forma decisiva su futuro. Compenetrada con esta m a­ nipulación que se perpetra en el terreno de sus co­

niñez m anipulada y perpetuada, m anifiestas en las más ñoñas y acientíficas tendencias infantiles —lla­ m ando así no a inclinación alguna que los niños de­ finan por su presunta esencia, sino a la configurada

nocimientos, y m aestra de ella, la m anipulación del

por el triste papel que se les quiere a todo trance ha­

niño m ism o p o r parte de los padres le

proporciona

cer representar. Pues ¿en qué otro capítulo habría

al

pedagogo la más eficaz de las ayudas, a veces hasta

de inscribirse el entusiasm o por las desm elenadas

el

punto de que para cuando el niño cae en sus m a­

invenciones de la ciencia-ficción?, ¿qué son éstas sino

nos ya se ha hecho casi verdadero el torvo m ito de

una visionaria y agonística inversión del escéptico,

la infantilidad. Desde el día m ism o en

que los niños

lúcido, prudente —y no por eso exento de pasión—

se empiezan a mover físicam ente se desata sobre ellos el flagelo de las tácticas y de las técnicas para

espíritu científico? La necia superchería de los pla­ tillos volantes —am pliam ente acreditada con docu­

que se estén quietos —cosa, por lo demás, que siem ­ pre, y m ás tarde ya no en sentido físico tan sólo, se va a querer de ellos. Este manejo, m ás que m anipu­ lación, despliega sobre el trato con los niños, de

mentos fotográficos— es buen índice de la puerilidad interpretativa que domina en la colectividad, y pone de manifiesto hasta qué punto el persistente furor por escam otear la imagen de lo extraño acaba por

modo sistemático, la astucia y la mentira, la com pra­ venta y el chantaje —que la víctim a aprende, cierta­ mente, muy pronto a devolver— y erige la deslealtad como sistema. Junto a la deslealtad, como herm ana gemela, surge la ñoñería; un lenguaje, una voz, una sintaxis para pobres tontos (y los niños imitan la pro­ pia imitación). De m anera pareja a lo que ocurre en la relación del poder con los vasallos, este trato prag­

hacer que, cuando se lo pretende imaginar, la fanta­ sía ya no tenga m ás recurso para ello que el de un mero desplazam iento de lugar, que el de una simple trasposición antropom órfica; lo nuevo, lo posible, lo distinto, tan sólo le es concebible en otro sitio, al par que guarda el m ism ísim o rostro de lo dado. La falta de respeto y de sorpresa hacia lo nuevo, el afán por echarle anticipadam ente la red de lo fam iliar y es­

m

ático que se usa con los niños evoluciona tam bién

tatuido («alunizar»), la sordidez, la sesuda tristeza

desde las antiguas formas autoritarias hacia formas

burocrática ante el cosmos, por parte de la técnica

democráticas, cuanto más dulces tanto más deslea­

oficial —con ese am biente paleto y jactancioso al

les y m ás profundam ente inm unizantes y

confor­

mismo tiempo, como de chiste de marcianos, en que

madores. No se podía om itir la referencia a estos

se circunscribe— descorazonan de todos los porten­

m

anejos —aunque no fuesen de mi asunto—, por su

tos. ¿Qué ilusión nos podría quedar por ellos y por

las novedades que pueden ser capaces de alcanzar,

si al

está elaborando para ellos un «derecho espacial»?

Por lo demás, esta actitud tam poco es nada nuevo:

haber sido descubierta, salió de Santa Fe ya em paquetada,

inventariada, am ojonada e inscrita en el catastro de Doña Isabel: y, por cierto, tam bién aquella vez el tris­

te allanam iento tomaba su ocasión de una mezqui­ na rivalidad entre dos Estados, que eran, en aquel caso, Castilla y Portugal.

propio tiempo vemos que previsoram ente ya se

tam bién América, sin de las Capitulaciones

Madrid, abril de 1962 y noviembre de 1965; publicado en Revista de Occidente, junio de 1966

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Sobre la transposición1

A una niña de cinco años le oí en cierta ocasión em plear la palabra «afluente» —que se le había en­ señado exclusivamente en relación con el asunto de los ríos— para aplicarla a la idea de una relación de «bocacalle», concretam ente en la frase «no sabía que esta calle era afluente de la calle tal» (esta segunda calle era una avenida m ucho más larga, ancha y tran-

1. Este artículo había sido publicado como uno de los «comen­

tarios del traductor» en la traducción castellana del libro Les en- fants sauvages, de Lucien Malson, profesor de psicología social en el Centre National de Pédagogie de Beaumont, que recogía tam­ bién, en apéndice, la «Mémoire sur les premiers développements de Víctor de l’Aveyron» (1801) y el «Rapport sur les nouveaux dé­ veloppements de Víctor de l'Aveyron» (1806), ambos de Jean Itard. Pero habiendo habido un disgusto, justamente por culpa de la ex­ cesiva longitud de tales «comentarios del traductor», entre el autor y el editor franceses, de una parte, y el editor español, de la otra, al respecto de dicha traducción, y habiendo sido ésta, consiguien­ temente retirada de la venta y condenada a la guillotina, el tra­ ductor y tal vez un tanto prolijo comentarista culpable de tal desaguisado ha rogado a la Revista de Occidente que quiera dar acogida a la presente reflexión, única, entre sus desventurados

comentarios, que sigue estimando no del todo merecedora de caer bajo el tajo implacable de la cuchilla jacobina.

47

sitada que la prim era); lo m ás notable es que lo dijo con la m ás espontánea y autom ática naturalidad, es

decir, sin la más mínima

o de metáfora. Igualmente y por aquella misma épo­ ca, pelando yo para ella una m anzana y com o nos hubiésem os planteado la cuestión de si tendría o no gusano, volvió a sorprenderm e con la siguiente fra­ se: «Si tuviese gusano tendría que verse alguna tube­ ría». (La frase está reproducida aquí no aproxim ada sino literalm ente, puesto que la apunté en el acto y tengo la anotación ante mis ojos.) Tampoco en este

caso se detuvo un solo instante a buscar la expresión, como si ésta estuviese ya del modo más inm ediato a su disposición, para aplicarla a sem ejante asunto,

ni dio el m ás leve indicio de un sentim iento de me­

conciencia de im propiedad

do la autonom ía y la firm eza de la figura ideal que habían conseguido convocar, dibujar y separar. Quie­ ro insistir aquí en esa impresión tan clara como in­ definible que suscitó en mí el modo de emisión de aquellas frases, en esa inevitable y súbita evidencia del sentir y del pensar que me hizo decirme: «Aquí

no

ta, autóctona, del concepto vivo, aún no sujeto a de­

term inación y restricción de esfera: no hay una m anufactura deliberada, reflexiva, electiva y secun­ daria de un ingenio lingüístico personal, sino una obra espontánea y natural de la palabra misma; no hay un producto individual del hablante, sino un im­ personal y anónim o producto de la lengua». La me­ táfora del adulto, la m etáfora propiam ente dicha,

hay metáfora, sino una acción directa, inm edia­

táfora. Fue para mí realmente un gran placer lingüís­

implica —según la fórm ula de Karl Bühler— una

su­

tico escuchar la palaba «tubería» en contexto sem e­

perposición de «esferas m ateriales» o «campos

se­

jante, con la notable felicidad analógica que suponía tan original transposición, donde hay que subrayar

mánticos» y, por lo tanto, la conciencia de que se pone en juego un elemento léxico perteneciente a una

la

precisión de elegir justam ente «tubería» y no ya

esfera intrusa, una palabra ajena al acervo propio del

«tubo», pues «tubería» nom bra la resultante funcio­

contexto en cuestión. Esta licencia o autodispensa

nal del tubo ya ubicado en las entrañas de los opa­ cos muros; no es ya la m anga de plomo sino el vacío

ocasional de las reglas de juego del tráfico lingüís­ tico, o, m ejor todavía, este recurso eventual a reglas

de

sección

circular que ésta determ ina, concebido

de emergencia, que, como tales, se encuentran a otro

en la función de conducto, de vía circulatoria que corre por el interior de una m asa sólida, que al pare­ cer lo m ism o podía ser cal y ladrillo que carne de manzana, al igual que, por lo visto, el ser que la re­ corre lo m ism o podía ser agua que gusano. El vivo numen del lenguaje se me representó resplande­ ciente en toda su fecunda libertad. Soberanam ente abstraíble de su asunto de origen —de su contexto- situación de aprendizaje— se me m ostraron aquellas dos palabras —«afluente» y «tubería»—, para apli­ carse del modo más afortunado a la aprehensión y expresión —no literaria, lúdica, sino rigurosam ente funcional— de dos contenidos extraños a la esfera

nivel de convención y de legalidad (al igual que esos dispositivos de seguridad, igualmente reglamentados en las constituciones del Estado moderno, que se lla­ man expresamente «estados de excepción»), tiene in­ cluso en la emisión oral de la palabra su propio signo indicador, que consiste en una no por leve menos ine­ quívoca inflexión en el tono de voz, acom pañada casi siem pre de una pausa de valor relativo doble, que precede inm ediatam ente a la palabra m etafórica, como indicando el cambio de nivel significante a que el oyente tiene que atenerse para la correcta inter­ pretación del texto; señal que concurre m ás inde­ fectiblemente todavía cuando la intención de la

m aterial en que habían sido aprendidas, confirm an­

metáfora es puram ente funcional, comunicativa, que

cuando es expresiva, lúdica, ornam ental o literaria. Es como un guiño de la voz que advierte y anuncia al que escucha el especial plano de ficción en que sus entendederas se han de colocar para seguir la intención referencial presente de tal palabra intru­ sa, para acertar con el modo de referencia según el cual, a despecho de su origen, se integra en el con­ texto dado con un preciso rendim iento significativo (y no estará de m ás reconocer en el expediente de la metáfora improvisada y sobre todo en su rápida com­ prensión por parte del oyente el recurso a aquella m ism a capacidad general que perm ite el em pleo de señas o señales m im éticas ocasionales: la m etáfora im provisada está con el léxico «propio», y aún con las «figuras» socialm ente sancionadas, en la m ism a relación que la seña ocasional —el ideograma mimé- tico, o pictogram a— con las señas, señales o signos convenidos y codificados). En el lenguaje escrito esta advertencia de cam bio de nivel dispone de toda una baraja de expedientes, desde las m eras comillas —equívocas, en principio, a este respecto, por reu­ nir una m ultiplicidad de funciones diferentes— has­ ta fórm ulas tan explícitas como «por así decirlo», «si se me adm ite la expresión» o «valga la m etáfo­ ra»; fórm ulas que nos dicen por sí m ism as hasta qué

punto la m etáfora propiam ente dicha es —sin dejar de ser un recurso normal y reglamentado del lengua­ je hum ano— un producto consciente y deliberado del hablante y no ya una moción propia y autom ática de la lengua misma; algo, en fin, de algún modo m ás he­ cho con la lengua, que por la lengua. Ni el m ás m íni­ mo indicio de cosa sem ejante pude reconocer en la veloz, segura, inm odulada y absolutam ente seria elo­ cución por parte de aquella niña al em itir la frase:

«Si tuviese gusano tendría que verse alguna tubería»; nada en su voz, ni siquiera en su rostro, delataba la

más rem ota de que la palabra «tubería»

entrase allí desde una esfera extraña al contexto en

conciencia

50

cuestión y funcionase a otro nivel de significación, o sea teniendo que entenderse conforme a un modo de referencia diferente, desde otra posición signifi­ cante, frente a los que valían para las dem ás pala­

bras de la frase y del contexto entero. Esto fue lo que me hizo concebir la fortísim a sospecha de que no ha­ bía habido en verdad m etáfora ninguna, sino una

inmediata, autom ática y absolutam ente

propia del concepto de «tubería» tal como estaba configurado en su m ente a la sazón. Esto, de ser ver­ dad, querría decir lo siguiente:

Que el contexto de aprendizaje —sin excluir de ello lo inexpreso de la situación o asunto concreto res­

una

palabra— no compromete necesariamente al concep­ to allí configurado, en el sentido de restringir la per­

tinencia de su aplicación a la m ateria de que se trate, sino que, por el contrario, la vocación prim aria del concepto sería la de sustraerse inmediatamente a un monopolio semejante y librarse abstractivam ente a un grado de generalidad respecto del cual el contex­ to de aprendizaje no sería sino un ejemplo, el caso particular accidentalm ente constituido en modelo originario. (O, dicho con palabras mayores, que la «generalidad» sería lo prim ario y la especialización lo derivado.) Así la hidrografía, que para nosotros

pecto del cual se oye por prim era vez aplicar

aplicación

la esfera m aterial exclusiva en que la palabra

«afluente» funciona en sentido propio, no habría sido para aquella niña otra cosa que ía m ateria ocasio­ nal en que se modeló para ella la figura de relación formal puramente predicativa del concepto dicho, sin que ese contexto de aprendizaje tuviese que signifi­ car para ella ningún «contrato en exclusiva», ni aun provisional, que hiciese su aplicación al sujeto «ca­ lle» m ínim am ente m enos propia y legítim a que su aplicación al sujeto «río». Quiero decir que si para la experiencia y conciencia lingüística del adulto el asunto «hidrografía» —o m ás exactam ente el sujeto

es

51

«río»— tenía la vigencia de una esfera m aterial que retenía en exclusiva para sí la aplicación propia de

la palabra «afluente», haciéndole sentir, correlativa­

mente, como translaticias, m etafóricas o figuradas todas las eventuales aplicaciones extrañas o exterio­

res a esa concreta esfera, para el niño, en cambio, el

hecho de oír precisam ente en tal contexto por pri­

m era vez la aplicación de esa palabra no tenía por

qué constituirse en modo alguno ni siquiera provi­

sionalmente en indicio de un contrato en exclusiva con el asunto en cuestión, es decir, en indicio de una

esfera m aterial que sujetase el uso del

«afluente» a nada semejante a ese límite singular que en la conciencia lingüística del adulto separa más

o menos nítidam ente los dos modos de referencia —o

posiciones de cum plim iento significativo— que co­ nocemos como «sentido propio» y «sentido figura­ do». La ordenación del léxico en esferas, o sea, las restricciones de uso a una materia determ inada que caracterizan lo que llam aríam os «palabras especia­ lizadas» —frente a la abstractiva libertad de apli­ cación de las «palabras generales»— no es una tendencia prim aria del concepto en el acto del apren­

dizaje, sino, por el contrario, el resultado de una ex­ periencia secundaria y positiva que reobra después restrictivamente, recortando, como la imposición de una vigencia de hecho, aquel prim er impulso origi­ nario y espontáneo del concepto a trascender inme­ diatamente, en su capacidad de aplicación, el asunto de aprendizaje. Para aplicar esto a nuestros ejemplos diré que la prim era configuración en la mente del niño de dos conceptos como los de «afluente» y «tubería» no tendría, en principio, por qué incluir necesariam ente, en modo alguno, entre sus determ i­ naciones específicas, ninguna clase de vínculo exclu­ sivo con los sujetos o asuntos que presiden su

contexto de aprendizaje.

«afluente» se dice propiam ente tan sólo de los ríos,

El conocim iento de que

concepto de

52

es decir, la vinculación especializada del predicado

«afluente» al solo sujeto «río», eso es lo que puede ser resultado únicamente de un aprendizaje secun­ dario y positivo, pues que tan sólo positivas —es

decir, vinculadas

crónica— son las convencionales vigencias de uso de

a una determ inada facticidad sin­

un

acervo semántico, como lo dem uestra

sin más, en

la

evolución «filogenética» de un léxico, el incesan­

te

trasiego de los usos sem ánticos desde el

estatuto

de

«figurados» (aunque ya la m era publicidad o so­

cialización de una «figura» constituye un estadio dig­

no de ser tenido en cuenta para distinguir bien tales

«figuras» de las ocasional e individualm ente im pro­ visadas) al estatuto de acepciones «propias». (Y hay que decir que, a este respecto, los diccionarios, em ­ pezando por el de la Real, suelen tener un retraso

a veces secular en cuanto a elim inar la anotación de «fig.» —«figurado»— que puede preceder a los usos secundarios que dan de una palabra, de tal suerte que la inm ensa mayoría de las significaciones que

en

el diccionario de la Real aparecen precedidas de

la

abreviatura

«fig. y fam.» muy a m enudo no son

ya

en absoluto «fam.» y casi nunca siguen teniendo

lo

más m ínim o de «fig.», sino que son puras y pin­

tas acepciones; en tanto que las verdaderas «figu­ ras», todavía vigentes bajo el solo estatuto de tales figuras en la conciencia lingüística social, apenas si hacen aparición allí, ya que como para incluirlas se espera a verlas definitivamente asentadas y fijadas

en

el habla, el resultado es que para cuando al fin

se

las incluye ya han abandonado, en realidad, des­

de

hace tiempo, el estatuto transitorio de «figuras»

auténticas «acepciones».) De esta,

siquiera relativa, positividad de la ordenación del lé­

xico con arreglo a esferas m ateriales, que daría, a

mi entender, a las vigencias del uso sem ántico el ca­

rácter de fenómenos de hecho —o sea, extraños en alto grado a las leyes de necesidad interna de la len­

para p asar al de

53

gua, y superpuestos a ellas como determinaciones jurisprudenciales— he de dar todavía una ilustra­

ción empírica: ¿qué fuero interno de necesidad lin­

podría nadie

encontrar para dar razón del hecho de que m ientras

la palabra «afluente» mantiene su sentido propio pri­

vativamente adscrito a la esfera m aterial «hidrogra­ fía» y al papel predicativo en frases presididas por el grupo de sujetos «río», «ribera», «arroyo», etc., siendo sentida como m etafórica, figurada, transla- ticia, su aplicación predicativa al sujeto «calle», en cambio una palabra tan próxim a a ella, y aun tan es­ trecham ente articulada a su núcleo conceptual, como «confluencia» haya llegado a extender su apli­ cación, con entera propiedad, a una y otra esfera? ¿Cabe pensar que el investigador de la palabra en cuanto tal pueda encontrar para esto alguna vez algo que como ley lingüística de necesidad interna fuese otra cosa que un artificio ad hoc\ algo capaz de disi­ par de veras la im presión de irreductible gratuidad que, en cuanto hecho lingüístico, suscita una incon­ gruencia semejante? ¡No! Este, como hecho que afec­ ta a unas palabras, tiene que ser aceptado como un

güística en la evolución sem ántica

hecho «de la lengua», pero no, en modo alguno, como un hecho «de lengua», porque sus causas saltan in­

m ediatam ente fuera de su historia propia; es, en una

palabra, para ella, un hecho absolutam ente padeci­ do, y, como tal, absolutam ente gratuito y arb itrario con respecto a su interna autoconsecuencia causa­ tiva. La lengua —y de form a extraordinariam ente más inerme y acusada en su dimensión sem ántica—

se presenta como un blanco constante de acciones que son naturalm ente gratuitas al respecto de su congruencia y causatividad internas. Su evolución sintáctica o más aún su historia fonológica son infi­ nitam ente m ás inm unes a la historia exterior —ya sea por cuanto la falta de transparencia se convier­ te en gran parte en inm unidad, ya sea por cuanto in­

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cluso las acciones que las alcanzan encuentran en ellas organismos mucho más capaces de integrar, re­ ducir, reabsorber y asim ilar rápidam ente a su pro­ pia congruencia causativa el cuerpo extraño que alojan en su seno, ya, en fin, y acaso sobre todo, por cuanto las únicas acciones exteriores que pueden pa­ decer no son sino las que proceden de otras lenguas. Por el contrario, el léxico es, por naturaleza, inm e­ diatam ente vulnerable a la acción de infinidad de agentes no lingüísticos; está constantem ente bom ­ bardeado desde fuera por los acontecim ientos. Pen­ semos, por ejemplo, en lo exterior y lo circunstancial de una etim ología com o la de fait-divers: en la pá­ gina del periódico en que se notificaban los acciden­ tes se hizo habitual el encabezam iento faits divers (= sucesos varios), com o en España se ha hecho el de «sucesos», y de ahí un fait divers pasó a signi­ ficar tout court «un accidente», o «un hecho cruen­

to». La positividad o facticidad del reparto del léxico en esferas m ateriales de significación no tiene, pues,

a

la vista de estas consideraciones, por qué consti­

tu

ir el m ás pequeño motivo de perplejidad. La propia posibilidad de distinguir uno del otro

como tales —y aun de reconocerlos inm ediatam en­

te— el uso llam ado «propio» y el uso llam ado «figu­ rado» o «metafórico» de tal o cual palabra demuestra ciertam ente, ya sin más, la m arcada vigencia de la efectiva y nada latente ordenación y distribución del léxico en esferas: si éstas no existiesen o sim plem en­ te obrasen bajo una form a de latencia, es evidente que todos los empleos habrían de parecem os igual­ mente «propios» o —lo que entonces no haría dife­ rencia de sentido— igualm ente «figurados»; pero, a su vez, la m era posibilidad de la m etáfora como re­ curso referencial capaz del más completo rendimien­ to significativo despeja inmediatamente, haciéndola

de

saltar afuera del más íntim o núcleo conceptual

la palabra, esa m isma condición de pertenencia en

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que consiste su

fera; con lo que la ordenación del léxico en esferas m ateriales queda como una circunstancia de la que

no depende en absoluto, de modo decisivo, la produc­

tividad sem ántica esencial de una palabra, queda como el nivel más exterior, la determinación m ás res- cindible, de cuanto constituye su capacidad signifi­ cativa. El núcleo activo, negativo, diferencial, de la palabra es lo que sobrevive a la neutralización de las esferas, o sea, precisam ente aquello que la metáfora

conserva. Tan vasto y m ultiform e es, sin embargo, el univer­ so de las palabras, de los conceptos y de las referen­ cias, que para decir qué es ese presunto «núcleo»,

al que el niño dar fidelidad,

derogable, trascendible, exterior, del contexto-

situación de aprendizaje —respecto del que, según

mi hipótesis, el concepto del niño m antendría a me­

nudo una determ inada libertad de aplicación— se­

ría precisa una investigación em pírica caso por caso,

necesita— g u ar­ por el m omento

adscripción a una determ inada es­

sabe —y aun tal vez y qué puede tenerse

esto es, palabra por palabra. Con todo, de una cala estadística abundante y cualitativamente avisada de la variedad form al de las posibles situaciones del

aprendizaje de palabras, podría esperarse el esbozo

de unas directrices o tendencias generales a que se

sujeta la línea de dem arcación que separa entre los elem entos dados en el contexto-situación de apren­ dizaje los que son entendidos por el niño como fac­ tores ocasionales y sustituibles (es decir, los que

constituirían propiam ente contexto) de los que lo son como factores necesarios (es decir, lo que entiendo como «núcleo conceptual interno» de una palabra; aquello de ella que obliga a la fidelidad). Y aun el propio estudio de la m etáfora propiam ente dicha, o sea, de la metáfora de adulto, que implica la concien­

cia de la esfera de pertenencia y de la transposición,

podría ilustrar (interpretando sus resultados con

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toda la prudencia que pueda exigir la extraordina­

ria libertad literaria que en este punto se ha llegado

a alcanzar) de reflejo sobre aquello, pues tal vez la

metáfora tienda predom inantem ente a volver sobre las m ism as líneas a las que se atiene la libertad con­ ceptual originaria. Donde la pregunta sería: ¿qué es lo que la m etáfora tiende a conservar y qué lo que

a dejar de cuanto comprende el llamado «sentido

propio»? Por tom ar un ejem plo tópico de la precep­ tiva literaria clásica, llam ar «rubíes» a los labios de

la am ada implica conservar del rubí

de su esfera propia (un puro «género» en este caso:

el de «piedras preciosas» —«género» en cuanto co­ lección clasificatoria transversal, frente a los grupos metonímicos o longitudinales, como «pluma y tinte­ ro y papel», regidos por un verbo de acción: «escri­ bir»—) tal vez el precio, la rareza: todos los labios son rojos, pero sólo los de la am ada son, en su rojez, «rubíes», por cuanto su rojo es tan único y precioso, como único y precioso es el rubí entre todos los mi­ nerales rojos. La idea de precio, de rareza, de unici­ dad, que pertenece a la voluntad encarecedora,

encom iástica, de la m etáfora en

cuestión —dejando

aparte el mal gusto que supone el criterio que rige esta form a de encomiar, es decir, el criterio del va­

sólo el color y

lor de cam bio—, es lo que decide la elección de la esfera «piedras preciosas»; este es, pues, un m omen­ to m etafórico conservado no del elem ento «rubí», sino de su propio género o esfera. Pero ¿qué repre­

senta el otro momento metafórico, o sea la rojez, que

sí se toma ya de la propia especie «rubí»? Represen­

ta precisam ente el atributo diferencial de esta pie­ dra entre las dem ás piedras preciosas (y no se puede objetar la legitimidad de la dimensión «color», como criterio diferencial fundam ental y probablemente único entre las piedras preciosas de la lengua común, alegando como más «esencialmente» diferenciales propiedades fisicoquímicas, que, por lo demás, eran

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todavía totalm ente desconocidas cuando ya el rubí estaba h arto de circular por el m ercado m aterial y lingüístico, como algo absolutam ente diferenciado); significa su núcleo conceptual negativo y especifi­ cados el predicado que lo singulariza en el seno de la colección com puesta por «diamante», «esm eral­ da», «zafiro», etc. El rojo es, pues, el momento más inalienable del núcleo conceptual de la palabra «rubí», aquel al que ningún uso m etafórico (siempre que quiera seguir siendo lingüísticam ente rentable, es decir, accesible al oyente sin necesidad de ningún inseguro y enojoso acto de desciframiento) debería traicionar, pues pertenece a la nota «color», que es la única dim ensión diferencial interna de la esfera de donde se toma. Con todo esto sólo he querido dar un ejemplo de jerarquía entre los momentos concep­

tuales, y de la tendencia de la m etáfora a sujetarse

a esta jerarquía. Pero volvamos a los niños. Cuando el niño del herrero visite por prim era vez

la carpintería es casi seguro que no ha de quedarse

la escofina,

sino que inm ediatam ente cuajará en sus labios la pa­ labra «lima»; y, recíprocam ente, cuando el niño del

carpintero visite, por su parte, por prim era vez, la fragua, tampoco es probable que no sepa de qué

viendo al herrero m anejar la

lima, sino que como un rayo se dibujará en su boca la palabra «escofina». Tanto uno como otro ven y sa­ ben que en uno de los talleres se trabaja el hierro

y en el otro la m adera; ven que en el uno no se m ane­ ja el fuego y en el otro no se hace uso de la cola, y apreciarán, en fin, toda una m ultitud de diferencias

más; y esto no obstante, cada uno de ellos reconoce­ rá inm ediatam ente la lim a o la escofina de su padre

hom bre del otro taller,

mudo al ver al carpintero m anejando

modo pronunciarse

en la escofina o la lima del

siquiera el observar al­

guna diferencia entre los instrum entos respectivos, como la de que la superficie erosiva del que se apli­

y para ello no les arred rará

ca al hierro es rayada, m ientras que la del que se aplica a la m adera es escamosa; los respectivos asun­ tos de aprendizaje han sido lo bastante generosos como para no detener siquiera en tales diferencias de figura descriptiva el trascendente impulso apre­ hensivo del concepto que han sabido librar. Observación com plem entaria: una de las acepcio­ nes castellanas —no precisam ente especializada, pero sí en algún grado restringida todavía al m edio ru ral— de la palabra «mano» es la de «extremidad delantera de un cuadrúpedo» y particularm ente «del caballo»; pues bien: este em pleo de «mano» —que es sin lugar a dudas una auténtica acepción y no con­

serva

tipo de transposición en el que, en cambio, jam ás de los jam ases incurriría, a mi entender, un niño. (Esto,

naturalmente, al igual que el ejemplo de los niños del herrero y del carpintero, es pura suposición gratui­ ta mía, y no pretendo despacharla como argum ento probatorio de una tesis, sino como simple ilustración de algo que no quiere trasp asar los límites de hipó­ tesis, dada la insuficiencia probatoria de los únicos hechos em píricos que hay aquí, o sea, de los dos ca­ sos de la niña referida, de la cual alegaré todavía otros dos más adelante.) Proponiendo la hipótesis de que un niño no haría jamás, espontáneamente, una transposición así, observem os ahora en prim er lu­ gar y a m ayor abundam iento la enorm e diferencia que media, en cuanto a la m agnitud del salto de m a­ teria, entre una transposición como la que apareja el empleo de «afluente» para una relación de calles, o más aún como la que apareja el empleo de «tube­ ría» para la galería o el túnel del gusano en la m an­ zana, y la que apareja, en cambio, la aplicación de «manos» para las patas delanteras del caballo: al ca­ ballo ya se le han reconocido, en estricta y legítim a propiedad, cabeza, cuello, ojos, boca, dientes; y tan inmediata, estrecha, evidente y espontánea ha sido

el m ás lejano asom o de figura— com porta un

la correspondencia establecida entre su cuerpo y el

rio de errabunda condición, reúne ya, por lo visto,

del hom bre que casi no ha lugar a

pensar que esas

todas las circunstancias legítim am ente exigibles en

palabras hayan tenido que salvar la m ás mínima dis­ tancia para ser aplicadas al caballo. ¡Cuánto no es,

estricto derecho conceptual para atraer inm ediata­ mente sobre sí, al igual que el platino llam a al rayo,

en cambio, lo que ha habido que q u itar de en m edio

el instantáneo haz de luz de la palabra «tubería».

lo que ha habido que saltar para p asar del asunto

o

de aprendizaje «instalación del agua» al asunto de aplicación «m anzana con gusano»! Y, sin embargo, es lo segundo, justam ente, lo que, conform e a la ley constitutiva originaria del concepto, a sus particu­ lares principios de fidelidad, sería lo más directo y

le im portaría al prim ario m andato de fidelidad que

¿Qué clase de traición a ese supuesto fuero origina­ rio del concepto, qué infracción de los principios fundam entales que forman la im prescriptible Cons­ titución de aquella república cuyos súbditos serían las palabras, es la que, por el contrario, se com ete­ ría, al menos en principio, en una transposición

accesible. No habría, pues, que proceder por crite­

como la que apareja

llam ar «manos» a las patas de­

rios de proxim idad práctica, como lo es el del con­ cepto de «esfera», para encontrar qué es lo que le im portaría —según mi hipótesis— y qué lo que no

preside la configuración conceptual de una palabra en la mente del niño que la aprende. Nada le im por­

lanteras del caballo, acepción con la que incluso un oído relativam ente acostum brado al léxico rural como es el mío no term ina de avenirse sin reservas, suscitando, a despecho de toda la sanción fáctica del habla, una sensación de rechazo o repugnancia, bien extraña, por cierto, a ese sim ple entendim iento de

 

taría

que la «lima-escofina» se aplique sobre m ade­

un cam bio de nivel de referencia que constituye el

ra, por el carpintero y en la carpintería, o sobre hierro, por el herrero y en la fragua: nada le im porta­ ría que su figura descriptiva presente en su dibujo de erosión una form a rayada o una form a escamosa: lo

sentimiento de metáfora? La respuesta ya ha sido im­ plícitam ente anticipada por la propia m archa argu- m entatoria de esta hipótesis: la «impropiedad» de la palabra en uso m etafórico se refiere fundam ental­

que le bastaría es que siga haciendo lo mismo en uno

mente a la esfera de aplicación; en tanto que esta otra

y

otro taller, funcionando del m ism o modo en unas

im propiedad se referiría a determ inaciones concep­

u

otras manos, produciendo el m ism o efecto sobre

uno u otro m aterial; nada le im portaría que sea agua o sean, en cambio, coches y personas lo que dis­ curre por aquella «vía» que en virtud de su rela­ ción de subordinación respecto de otra m ás ancha, larga y principal merece unívocamente el nombre de «afluente»; nada le im portaría, finalmente, que sea

tuales internas a la esfera misma. Puesto que he pre­ tendido m ás arriba ilustrar la idea de ese núcleo con

el ejemplo de la palabra «rubí» en un uso m etafóri­ co y por referencia a su propia esfera material, el «gé­ nero» «piedras preciosas», voy a atenerm e a ello para fundam entar mi acusación, explicando, por estricta analogía, cómo entiendo que se produciría aquí ese

pared o carne de m anzana la m asa m aterial por la

presunto delito de allanam iento o de infidelidad,

esa

que discurre y gusano y no agua el ser que lo recorre aquello que, únicam ente en nom bre de su índole de «vía» practicable, como dicen los escenógrafos tea­ trales, de sección circular, y abierta en las entrañas de una m ateria opaca a beneficio de cualquier usua­

traición a los fueros constituyentes del concepto. Si queremos, pues, aplicar aquel mismo criterio a la pa­ labra «mano», para buscar la nota predicativa que, como la rojez para «rubí» constituiría el m omento más íntimo y m ás inalienable de su prim ario núcleo

conceptual (a fin de ver si efectivamente ha sido ho­ llada en la acepción que aquí se impugna), hemos de proceder de fuera a dentro, buscando, en prim er lu­ gar, los opuestos inm ediatos de la palabra en cues­ tión, es decir, las palabras que ocupan con respecto

a ella, en el seno del acervo, un lugar equivalente al que respecto de «rubí» ocupaba, conform e se ha su­

puesto, el grupo de nom bres que

ro «piedras preciosas», para proceder a discernir

seguidam ente la dimensión diferencial interna con arreglo a la cual se contraponen —a la vez que se

articulan— entre

presunto grupo de palabras. Los opuestos inmediatos de «rubí» eran, como se ha dicho, «diamante», «za­ firo», «esmeralda», etc. ¿Cuáles son los de «mano»? La pregunta no resiste tan siquiera un instante de vacilación: si preguntam os a la lengua con qué se agrupa y a qué se opone «mano», apenas será preci­ so que la palabra llegue del todo al pensamiento, puesto que casi desde la misma m otricidad parece precipitar, ciega, autom ática e instantáneam ente, la respuesta: ¡a «pie»! (Si se recuerda que no se trata aquí ni aun m ediatam ente de objeto alguno que po­ dría ser propio de la fisiología, la anatom ía, la bio­ logía o cualesquiera otras ciencias parecidas, y por

sí los diferentes m iem bros de ese

constituye el géne­

lo tanto no de cosa prensible ni indicable con el

índice extendido, sino de la palabra en la lengua co­

otras caracterizaciones enciclopédicas serían noti­

cias que no pintarían

los de las

piedras preciosas, respectivamente.) Tenemos, pues, en este caso, un único elem ento como opuesto inm e­ diato de la palabra «mano». Encontrada la pareja «mano-pie», aparece en seguida la dim ensión dife­ rencial interna, la cual, a diferencia de lo que ocurría con el género de las piedras preciosas, ya no es una cualidad descriptiva estática como el color, sino la función. M ientras el fundam ento para agrupar la mano con el pie es su semejanza anatóm ica —ambos están situados en lugares homólogos del cuerpo, am ­ bos form an parejas sim étricas, am bos tienen «de­ dos» y «uñas», etc.— y por lo tanto una semejanza estructural, fisonómica, descriptiva, en cambio en su

tudio de los nom bres de color o en el de

absolutam ente nada en el es­

dimensión diferencial interna domina, a mi enten­ der, el criterio funcional; las diferencias de forma son reabsorbidas tras la dualidad de funciones: coger y andar. Podría objetarse que la noción de función que hay que aplicar para reunir en una sola dimensión

y «andar» es dem asiado laxa, que le falta

«coger»

aquella hom ogeneidad estrecha que se da en la se­ rie «rojo-verde-azul», etc., o bien en una serie funcio­

nal como «ver-oler-oír», etc., pero para funcionar como dimensión en el sentido que aquí puede im por­ ta r basta con que am bas funciones se reúnan en el

m ún en cuanto tal, y se com prende

a fondo y recta­

género «mano-pie», justificado por las antedichas se­

resolvería en

conform idad con este esquema:

mente lo que esto significa, se entenderá hasta qué punto el referido autom atism o, lejos de ser —como sí lo sería sin duda alguna en esas otras ciencias— radicalm ente nulo e inadm isible como indicio o cri­

mejanzas descriptivas, y se repartan, excluyéndose m utuam ente, entre sus miembros, como lo hacen en la m ano y en el pie del hombre. El grupo, pues, se

terio de verdad, tom a aquí, en cambio, toda la auto­ ridad de una suprem a garantía. Y recíprocamente,

coge

(no coge)

la determ inación de los colores en térm inos

gitudes de onda de la luz, o la reordenación clasifi- catoria de las piedras preciosas con arreglo a sus respectivas naturalezas quím icas o a cualesquiera

de lon­

M ANO

(no anda)

PIE

anda

El coger y el andar definen, respectivamente, la

m ano y el pie del hom bre —objeto y m odelo induda­

ble de la fijación de am bos conceptos— y el concep­ to de «coger» sería para el de «mano» lo que el de «rojo» es para el de «rubí» y el de «verde» para el de «esmeralda», o sea el momento íntimo e inalie­ nable del concepto, el que ninguna traslación tende­ ría, en principio, a traicionar. En la acepción según la cual se designan como «manos» las patas delan­ teras del caballo no se respeta ni conserva otra cosa que la determ inación topològica de «extrem idades

más próxim as a la cabeza», de modo que la acepción se pondría en flagrante contradicción con la que he supuesto como nota predicativa diferencial más ín­ tima del concepto en cuestión. Esa traslación, de fun­ dam ento exclusivamente topològico, com porta, al mismo tiempo, otra infidelidad que, por el contra­ rio, no tendría en modo alguno el carácter de trai­ ción a lo que llamo núcleo conceptual interno del concepto; es la siguiente: hablando en térm inos de «patas», usam os las determ inaciones «delanteras»

y «traseras», que, al menos al respecto de la coordi­

nación del cuerpo del caballo con el del hombre, no son topológicas sino topográficas, toda vez que en el hom bre —y esta vez no en la lengua común sino en la ciencia— se habla de «extrem idades superio­ res» y «extrem idades inferiores». Nada hay de obje­ table ni de extraordinario, sin embargo, en que la discutida acepción de la palabra «mano» opere so­ bre el reconocim iento de la correspondencia topo­ lògica —es decir de la referencia de las partes del cuerpo a su propia disposición espacial relativa—, neutralizando el sistem a de referencias topográfico —o sea el que tiene por coordinadas las de la grave­ dad, conform e al cual se oponen entre sí las dim en­ siones «delantero-trasero»//«superior-inferior»— haciendo, en nom bre de la topología, respectivamen­ te equivalentes «delantero» y «superior» como igual

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a «más próximo a la cabeza», y «trasero» e «inferior» como igual a «más distante de ella». Lo correcto aquí —es decir, en la coordinación de partes entre dos es­ tructuras anatóm icas anim ales— viene a ser preci­ sam ente la prim acía del criterio topològico (esto es, el que se atiene al orden interior del espacio relati­ vo configurado por los cuerpos) sobre el criterio to­ pográfico (esto es, el que se atiene a las coordenadas absolutas del espacio exterior). No hay aquí atrope­ llo alguno, sino todo lo contrario, ni desde el punto de vista de la lengua ni desde el de la anatomía. Cosa bien distinta es, en cambio, tam bién desde los dos puntos de vista, hacer predom inar ese mismo crite­ rio topològico, no ya sobre el topográfico, sino so­ bre el funcional, como sucede cuando, en nombre de una pura correspondencia relativa de lugares, se si­ gue llam ando «mano» a algo que no sólo es incapaz de coger sino que, por añadidura, se dedica de modo

expreso y positivo a hacer justam ente lo otro, esto es,

a andar. Pero he aquí que a esta m ano que no coge y,

sin embargo, sigue recibiendo el nom bre de «mano» se le adjudica, paradójicam ente, una «rodilla». Vea­ mos cómo la aplicación de la palabra rodilla al cuer­

po del caballo da lugar a una situación exactamente

inversa a la que se produce al encontrar algo que lla­

m ar «mano» en ese m ism o cuerpo. En efecto, cuan­

do a la lengua común, al pasar la m irada desde el cuerpo del hom bre al del caballo, se le antoja estar viendo una rodilla en el carpo del segundo está ha­ ciendo una doble traslación con respecto a las corres­ pondencias de la anatom ía com parativa. Una de

atrás adelante, o sea de las extrem idades inferiores (traseras) a las extremidades delanteras (superiores), en cuanto que no se habla de «codo» sino de «rodi­ lla»; y otra de arrib a abajo con respecto a la serie articulada de la propia extrem idad, en cuanto que

lo que llama «rodilla» no lo sitúa sobre el nivel codo-

rótula sino sobre el nivel carpo-tarso. (Esta segunda

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traslación refleja, por lo demás, el desplazam iento vertical que padece la fisonom ía genérica de los ver­ tebrados al pasar de un esqueleto de im plantación plantígrada a un esqueleto de im plantación ungulí- grada.) Sin embargo, esta doble traslación que hace llam ar «rodilla» a loque una lengua obediente a las averiguaciones de la anatom ía com parada no debe­ ría llam ar sino «muñeca» tiene una profunda justi­ ficación fisonómica y funcional: ¿no es como nuestra rodilla un punto de articulación cuyo movimiento re­ lativo —hacia adelante y hacia a rrib a — queda ins­ crito en un plano vertical —o sea paralelo al vector gravitatorio— y a la vez paralelo a la dirección de la m archa? ¿No es —y de nuevo como nuestra ro­ dilla— el vértice de giro de dos radios móviles cuyo ángulo se m antiene también en ese mismo plano ver­

tical y paralelo a la dirección de la m archa, a la vez

que se cierra en el sentido de ésta —a diferencia del corvejón, que se cierra, como el codo en la posición más fácil, en el sentido inverso? ¿No es lo que preci­ samente en la función locomotriz es sometido a un movimiento alternativo hacia arriba y hacia adelan­ te, hacia abajo y hacia atrás, en su posición relativa

al resto del cuerpo? ¿No es lo que se presenta, al igual que la rodilla hum ana (si nos im aginam os el espacio desde el suelo al nivel de nuestras ingles como el agua en la que navega nuestra nave corpo­

ral, y como su obra viva, por lo tanto, toda la parte que baja desde aquéllas hasta la planta de los pies —y válgame esta metáfora náutica, en nombre de que

patas del caballo),

como la doble y alternante proa que va rompiendo, al frente del caballo todo, la resistencia del espacio, la densidad de la distancia, la espesura del monte,

en la locomoción? Caballo u hom bre que sea quien viene cam inando por el monte, siem pre es lo que en el uno y en el otro quiso la lengua poner sin distin­ ción —rótula o carpo que ello fuere— bajo el nom ­

tam bién se llam a «remos» a las

bre de «rodilla» lo que, apartando con su im pulso

a uno y otro

va abriendo cam ino a todo el cuerpo. Nada, a mi modo de ver, m ás irreprochable, para la atención fi­ sonómica, pragm ática, funcional, propia de la len­ gua común, que esta resolución terminológica por la que, al p asar del cuerpo del hom bre al del caba­

lado los apretados tallos de las m atas,

llo, se lleva al carpo de éste —a través de lo que para la anatom ía com parada supone un doble desplaza­

m iento— el nom bre de «rodilla».

Lo que se respeta­

ba al aplicar la palabra «mano» al cuerpo del caballo

(pues no había en ello ni traslación de las extrem i­ dades inferiores [traseras] a las extremidades supe­

en la

cadena articulada, toda vez que la «mano» del ca­

ballo incluye el m etacarpo) se traiciona en la aplica­ ción de «rodilla» al carpo del caballo, y lo que allí se traicionaba —la función, la fisonomía funcional— se respeta, por el contrario, rigurosam ente, aquí. De ese doble desplazam iento queda tan sólo el vertical —o sea el corrim iento de lugares a lo largo de la cadena articulada— cuando se alaba el «juego de muñecas» de un caballo; aquí, en efecto, falta la tras­

lación desde las

las superiores (delanteras), pero se mantiene, en cam ­

riores [delanteras] ni corrim iento de lugares

extrem idades inferiores (traseras) a

bio, el corrim iento de eslabones interior a la suce­ sión articulada: el mismo corrim iento de lugares que ha hecho bajar el nom bre de «rodilla» del nivel codo- rótula al nivel carpo-tarso (o que ha subido el carpo del escalón «tobillo»-«muñeca» al escalón «rodilla»- «codo», según queram os tener por móvil o por fijo uno u otro de los dos grupos coordinados) es el que, como en un partido de béisbol, desaloja del carpo

la palabra «muñeca» y lo hace correr m etacarpo aba­

jo hasta la siguiente articulación, o, para mayor exac­ titud, hasta las dos siguientes, puesto que lo que se

alaba como buen «juego de muñecas» de un caballo es una gracia que consiste en hacer funcionar de un

modo afectado y refitolero el juego com binado de la articulación del m etacarpo con la prim era falange y la de ésta con la segunda; de modo que por «m u­

en cam bio lo está la de «rodilla» (que no sería, a mi

m uñecas de un bailarín (no hay m ás que ver los clá­ sicos caracoleos de paseíllo de una jaca de rejonea­ dor para apreciar hasta qué punto todo el efecto de

ñeca» del caballo se entendería ahí todo el conjunto

«gracia»

buscado y conseguido en

el «juego de m u­

funcional de la prim era falange con sus articulacio­ nes superior e inferior. Como quiera que sea, la apli­ cación al caballo de la palabra «muñeca» no está asentada en modo alguno en la lengua común, como

entender, ni siquiera una acepción, sino un uso in­ mediato para cualquier cuadrúpedo ungulado, al igual que los de «cabeza», «ojos», «boca», etc., para cualquier vertebrado por lo menos) y pertenece sólo

ñecas» reside en una expresividad vicaria o delega­ da, en un momento mimètico antropom orfo que tiene por térm ino de referencia la muñeca del bailarín, cosa que. ciertam ente, el anim al ignora, pero que sí estaba presente de uno u otro modo en el criterio se­ lectivo de su domador); ya ellas m ism as se fingen, pues, muñecas, y no hay más m etáfora en designar­ las como tales que en m entar como «Segismundo» ;i quien bajo el supuesto de tal identidad hace y ha­

Me he extendido sobre estas tres aplicaciones

al

léxico de un sector de hablantes más restringido

bla ahí delante dentro de la escena. En la m etáfora

todavía que el de los que tiene relación directa con caballos: al sector especial de los caballos de osten­

tación y las jacas de rejoneo, es decir al sector en que deliberadamente se enseñan y cultivan gracias seme­ jantes; lo que no quiere decir sino que solam ente la consideración estética y, por lo tanto, expresiva, de tales m ovimientos atrae sobre esa parte de la pata

la ficción la hacen las palabras; cuando la ficción ya está fuera de ellas no ha lugar a tener por m etafóri­ cas las aplicaciones léxicas que se atengan a los sen­ tidos propios de lo representado.

(«mano», «rodilla» y «muñeca» del caballo) para entreabrir el panoram a de los criterios y de las di­

delantera del caballo el recuerdo de la

m uñeca hu­

mensiones de reajuste que pueden presidir la trans-

mana: se ve ahí una m uñeca sólo porque se le ha atri­ buido una función de hombres, la función expresiva

|H>sición de las palabras de un sujeto a otro (bajo la suposición, por consiguiente, de que en el caso de

de un bailarín. La aplicación se encuentra, pues, en

estas tres el sujeto de origen —el contexto de fija­

 

una

situación curiosa: en el momento m ism o

en que

ción— es el cuerpo humano), sin preocuparm e de­

uno se dispone a inscribir la expresión «juego de m u­ ñecas», aplicada a un caballo, entre las expresiones

masiado el que «muñeca» no pertenezca en absoluto, en su aplicación al caballo, a la lengua común, ya que

m

etafóricas, su sentido lingüístico vacila de repen­

ello no dism inuye su utilidad de ejemplo, y en cam ­

te

y se detiene: el obstáculo no es una oscuridad, sino

bi«» me resultaba ventajoso por la circunstancia de

una evidencia: «¡Pero si la m etáfora está ya hecha de antem ano con el caballo mismo!». En efecto, si la expresión se funda en la caprichosa circunstan­ cia de que el caballo haya tomado el papel de baila­ rín, no hay absolutam ente m etáfora ninguna en designar como «juego de muñecas» el movimiento de las falanges de sus patas delanteras, porque esas falanges están representando ahora justam ente las

presentar una transposición que tiene el m ismo su­ jeto de origen y el mismo sujeto de destino —y aun, dentro de este último, el m ism o sector de aplica­ ción— que las de «rodilla» y «mano» aquí conside­ radas; y esta homogeneidad de asunto m aterial en los elem entos ofrecidos a la com paración sustrae desde el principio la determ inación de diferencias ni peligro del equívoco, peligro tan difícil de esqui­

var, en cambio, cuando la diversidad de la m ateria obliga a sustentar la yuxtaposición com parativa so­ bre la fe de una nunca segura coordinación analógi­ ca de las series en cuestión; aquí la necesidad de analogías ha quedado elim inada desde el m omento en que no entra en juego más que un único grupo

al que pertenecen

(más atrás no fue así, ya que para discernir el nú­

cleo conceptual de «mano» entró en consideración,

aunque tan sólo en funciones de modelo, el grupo «piedras preciosas», enteram ente heterogéneo res­ pecto del de «partes del cuerpo», y ¿qué seguridad

cabe tener de que fuese, en verdad,

miento el que, a la luz de puras presunciones analó­ gicas, confiadas tan sólo a la circunspección del buen

sentido, vino a aplicarse a la palabra «mano»?); el

caballo, y, m ás estrictam ente

trem idades delanteras, son el sujeto exclusivo, la m a­

teria homogénea, el grupo único, que sobre sí recibe la diversa moción designante de los tres actos de de­ nominación que se comparan. El hecho de que al desplazar nuestra m irada des­ de el cuerpo del hom bre al del caballo la dualidad privativa de funciones (coger/andar) que distingue en el prim ero los dos pares de extrem idades entre sí de­ saparezca en beneficio de una sola de ellas (andar) tiene el efecto jurídico de convertir en térm ino no extensible el p ar de extremidades definido en el hom­ bre por la función que en tal desplazam iento se su­ prim e y en térm ino extensible el definido por la que se conserva; la m anifestación concreta de este efec­ to en el tráfico de las palabras afectadas será la extensibilidad o translatividad de aplicación al tér­ mino no extensible (esto es, a las extrem idades de­ lanteras del caballo) de las que procedieren del par de extrem idades que retiene en el hom bre la función adscrita al térm ino extensible (esto es, de sus extre­ midades inferiores) y la inextensibilidad e intrans-

todos los elem entos com parados

el m ism o trata­

todavía, sus solas ex­

70

latividad de aplicación a este m ism o térm ino (esto es, a las extremidades traseras del caballo) de las que procedieren del par de extremidades que retiene en el hom bre la función adscrita al térm ino no extensi­ ble (esto es, de sus extrem idades superiores). Dicho de otra m anera: la homogeneización funcional de las cuatro extrem idades del caballo en la exclusiva fun­ ción locom otriz, con la consiguiente pérdida de la

función prensora («pérdida» quiero decir precisa­ mente, ya que la historia que se sigue aquí no es la de la evolución de las especies, sino la de la propa­ gación del valor de las palabras y de los conceptos:

si el hom bre es el prim er sujeto de aplicación de los nombres del grupo «partes del cuerpo», la ulterior proyección de la m irada sobre el nuevo sujeto, el ca­ ballo, experim enta com o pérdida el reconocim iento de la ausencia en éste de la función prensil), da lu­ gar a una situación en que puede esperarse un des­ plazam iento de palabras coincidente con el sentido de avance de la función que prevalece, es decir, una invasión por parte de los nom bres afectos a sus pri­ mitivos titulares sobre el antiguo territorio de la fun­ ción desaparecida; si la función locom otriz se ha apoderado de los m iembros de la función prensora,

elim inándola del todo, ya no hay

dades locomotrices y las dos últim am ente anexiona­

das tenderán a atraer sobre sí,

circunstancia, la representación ya configurada por sus predecesoras, y con ella los nom bres en los que se sustenta. Cualquier palabra propia de las extre­ midades inferiores (traseras) puede extenderse a las superiores (delanteras) y hacerse única e indistinta para las cuatro extremidades; pero lo inverso no pue­ de absolutamente suceder. No parece imaginable que «muñeca» o «codo», oriundas de las extrem idades superiores (delanteras), extiendan a las inferiores (traseras) su designación, y en verdad que a la pata trasera no le falta un lugar cuyo dibujo se preste

m ás que extrem i­

por esa m ism a

71

a ser im aginado como un codo: el corvejón; pero

¿quién podría jam ás pensar en codos a propósito de lo que tan poderosa, tan tensa y tan flexiblemente balancea, con ese m ínim o m argen de flexión que le basta a lo que tiene todo el vigor de la ballesta, trans­ mitiendo constantem ente al casco im plantado con­ tra el suelo la descarga de un peso que la finísim a, inclinada caña parece absolutam ente desmentir, y

que tan sólo el aplastante cuño de la huella perm ite

adivinar? M ientras «muñeca» tiene el camino

to­

talm ente cerrado para hacerse extensivo a la

a r­

ticulación correspondiente de las patas traseras,

concebimos sin la m enor dificultad la aplicación

«tobillo» a las cuatro extrem idades; «pies» ya ha te­ nido cuatro el caballo m uchas veces; «manos», si es que de veras se conforma con tener algunas, no ten­

drá nunca más que dos y sólo podrá ser en las extre­

m idades delanteras. He aquí, por el contrario, que

se le señalan tan sólo dos rodillas, pero no se le re­ conocen atrás, sino delante; nada hay atrás que pue­ da tom ar representación y nom bre de rodilla; la rótula se oculta recogida en la altura y en la profun­ didad de los ijares; y allí donde nos la habríam os es­

perado encontram os una articulación exactamente inversa, una articulación que vuelve hacia el vientre su concavidad; es, según los criterios de la anatom ía com parada, nuestro propio talón. En honor a la verdad, hay que reconocer, por últi­ mo, que m ientras en el caso del rubí el atributo «rojo» es el único posible como cualificación últim a para dejarlo determ inado en el seno del género «pie­ dras preciosas», en cambio, en el caso de la mano, la definición puram ente topològica de «última par­ te de las extrem idades m ás próxim as a la cabeza» sería, en rigor, tan suficiente como el predicado «coge» y aun m ejor que éste si se piensa en los pri­ mates, que tienen un pie tan capaz de coger como la mano. Pero tam bién para el rubí resultaría más

de

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segura la definición quím ica y, no obstante, de nin­ gún modo pueden ni necesitan confiarse a ella ni la lengua común ni la especializada del joyero. Y ade­ más en el caso de la pata delantera del caballo nos encontram os con una «mano» en la que no sólo se

el andar, como lo

prueba, sin más, el hecho de que el extrem o inferior de esa presunta mano del caballo sea llamado, en contradicción con toda congruencia léxica con esta aplicación de «mano», precisam ente «pie», al igual que su parte homologa en las extremidades traseras. Comoquiera que sea, para que valga «mano del ca­ ballo» como ejem plo de lo que puede ser una cha­ puza de transposición léxica bastan esos empleos sim ultáneos de «rodilla» y de «pie», en los que ha prevalecido el criterio funcional; y en cuanto a la su­ posición de que los predicados «coge» y «anda» cons­ tituyan, como yo creo, la dimensión diferencial que decide del grupo «mano-pie», form ando por lo tan­ to el núcleo interno de los dos conceptos, puede que­ dar como un supuesto ad hoc, sin que por ello el caso pierda la eficacia ilustrativa que se busca en el ejem­

niega el coger, sino que se afirm a

plo. Pienso que la función, cuando la hay, tiende a apoderarse del lugar de nota predicativa que consti­ tuye el núcleo del concepto, subsum iendo las notas diferenciales descriptivas que pueda, incluso nece­ sariamente, aparejar; pero tampoco es obligatorio que lo haga, como lo probaría tal vez el hecho de que incluso entre los nom bres de los instrum entos (ob­ latos funcionales, si los hay) junto al gran núm ero ile ejem plos en que la palabra que los nom bra se loma directam ente del verbo que designa la función, como en «raspador», no falten ejemplos de nombres descriptivos, com o «plomada», si bien esto no afec­ ta más que al criterio usado en el acto originario de denom inación y hoy, de hecho, cuando junto a «plomada» existen derivados como «aplomo», «aplo­ mar», «desplomarse», no es en absoluto ese momen­

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to descriptivo de la etimología, patente aún en el so­ nido (que nos perm ite reconocer en el nom bre de la plom ada el sonido del nom bre de la m ateria de que estaba hecha), el que dom ina en el núcleo del con­ cepto, sino, sin duda alguna, la función de señalar

la

vertical. Si uno se acuerda fácilm ente del plomo

al

contem plar en ocio la palabra «plomada», ¿quién

se acordará de él al proferirla en el m anejo práctico

del objeto m ism o? ¿Y, quién, en

mente indefectiblem ente el rojo cada vez que hable

de rubíes? Así pues, si el criterio funcional no tiene por qué

ser siem pre el dom inante en la

nota m ás íntim a del concepto, y, entre otras cosas, porque no siem pre existe una función o porque a ve­ ces se trata de discrim inar entre objetos de función

idéntica, sí que al menos parece que cuando ésta existe tiende generalm ente a dom inar sobre las cua­ lidades diferenciales descriptivas. Pero, descriptivo

o funcional que sea, parece que ha de ser casi siem ­

pre ese últim o predicado diferenciador el que cons­ tituya la nota m ás inalienable del concepto, el que ningún empleo translaticio o metafórico tendería, en principio, a traicionar. Digo «en principio», porque este es sólo un respeto prim ario y espontáneo de la lengua, pero no una constricción que no se vea ven­ cida de hecho en el arbitrio secundario y delibera­ do de la actitud lúdica o literaria, y porque incluso en la lengua común hay ejem plos de traición: así no puede caber duda de que el núcleo conceptual de la palabra «sierra» es la función que desem peña, y, sin embargo, es, por el contrario, la fisonomía descripti­ va lo que se ha tom ado para llam ar «sierra» a una cordillera; aunque tam bién hay que advertir que ha sido justam ente el rasgo fisonómico más estrecha­ mente vinculado a la función, la característica efi­ caz —esto es, no el bastidor, no el torniquete, no la hoja, sino la dentadura de dientes triangulares— lo

cambio, no verá irt

determ inación de la

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que ha ido a conservarse en la transposición. Por lo demás, puesto que las cordilleras carecen de función, la determ inación funcional de la sierra del carp in ­ tero es ignorada pero no contradecida. Esto no qui­ ta para que incluso entre las m etáforas de la literatura sea raro ver aparecer una aplicación, si no que ignore, sí, al menos, que contradiga ese últim o predicado que constituiría el presunto núcleo del concepto. Cuando Unamuno dice «rubí encendido en la divina frente», usando «rubí» no para unos labios, sino para un astro, sigue conservando del rubí pre­ cisam ente el momento predicativo de «rojo» —pues­ to que Aldebarán es una estrella de color rojizo—, m ientras que de su «género», el de «piedras precio­ sas», no conserva el de «valioso», sino el de «reful­ gente». Ahora bien, habida cuenta de que durante una época, m ás o menos larga, de la relojería se han usado rubíes —y no por capricho estético, sino por una pura razón técnica— para form ar los cojinetes de los ejes del reloj, nada habría tenido de extraño que hoy, aun cuando el rubí hubiese sido sustituido totalm ente —cosa que ignoro— en esa m ism a fun­ ción por otros m ateriales de otro color, nos hubiése­ mos encontrado con la palabra «rubí» para designar los cojinetes en el léxico de los relojeros. Al menos no otra cosa es lo que en la lengua común le ha ocurrido realmente a la palabra «pluma». Pero en tal caso ese «rubí» idéntico a «cojinete de reloj» esta­ ría totalmente expatriado de su grupo originario —el de «piedras preciosas»— y habría recibido plena ciu­ dadanía en el grupo «piezas del reloj», teniendo en­ tonces exclusivamente por predicado imprescriptible de su núcleo conceptual el que define la función que «•litre estas piezas se le asigna. Así, en efecto, hoy no podemos considerar «pluma (de escribir)» como una acepción de una única palabra «pluma» que inclu­ yese tam bién la de «pluma (de ave)», sino como un puro homófono de esta otra palabra. No queda ras­

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tro, que no sea el etimológico, de ligazón alguna entre los dos conceptos, y no ha lugar ya, por lo tanto, a hablar siquiera de acepciones. Todo esto es conocido y está de sobra tratado en m uchas partes y sólo sirve aquí para indicar las precauciones con que hay que tomar en este asunto cualquier alegación etimológica:

La hipótesis era, pues, la de que m uchas aplica­ ciones de palabras por parte de los niños que sue­ nan en los oídos del adulto como usos m etafóricos no tienen, en el sentido subjetivo, ningún carácter de metáforas, esto es, no son figuras buscadas y en­ contradas, con mayor o m enor fortuna, por un acto

actual de referencia, sino un reflejo indirecto en que

hay, por lo menos, cuatro cosas que tienen, en diver­ sa medida y de distinto modo, algo que ver entre sí, pero que no deben mezclarse sino según los límites de sus verdaderas relaciones; 1: las metáforas ocasio­ nalmente improvisadas por un hablante singular, 2:

reflexivo de la fantasía pictórica, sino aplicaciones directas, inm ediatas, propias, del concepto tal como vive en esos m om entos en la mente; acciones prim a­ rias y autóctonas de la palabra m ism a y no m anu­ facturas secundarias y deliberadas de un ingenio que

los «sentidos figurados» de una palabra m ás o me­ nos consagrados en el público consenso, 3: las acep­ ciones de una misma palabra —en las que se habrá perdido o no habrá habido nunca un sentimiento de

ha aprendido a m anejarla y a servirse de ella, por así decirlo, desde fuera; pues la m etáfora no es un rayo directo que la lengua proyecte sobre el objeto

figura— y 4: las aparentes metáforas con que nos en­

el

hablante tiene que intervenir de m anera conscien­

contram os en la etimología (caso de «pluma»). Digo «aparentes» porque en el acto originario de denom i­ nación que dio lugar a la actual palabra «pluma (de escribir)» no se hizo absolutam ente ninguna metáfo­

te

pias manos el espejito m ediador. La metáfora, como su propio nom bre indica, supone una traslación; pero sólo puede trasladarse aquello que ya está en

y deliberada, sosteniendo y dirigiendo con sus pro­

ra lingüística: la m etáfora

la hizo la plum a

m ism a al

un lugar determ inado, lo que para una palabra quie­

pasar del ala del ganso al escritorio de su amo y de la función de volar a la de escribir y la rem ató la téc­

nica de la escritura al reem plazar la pluma de ganso

por un aparato de punta m etálica en el lugar instru­ mental de esta última función. Aquí no ha habido más que un trasiego de cosas y funciones, y una metáfora es un trasiego de palabras. Por eso dudo incluso de que la relación que lo que se num era con el 4 pueda guardar con lo que se num era con el 1, el 2 y el 3 sea, de algún modo, una realidad capaz de ofrecer otro in­ terés lingüístico que no sea el de la mera precisión de límites que introduce cualquier discriminación ne­ gativa. Lo que propongo yo aquí con todo esto es aña­

cuatro cosas (o sólo a las tres prim eras,

si es que la cuarta ha de ser discriminada) una quinta (o cuarta) cosa que pretendo distinta de las otras: la para mí presunta metáfora improvisada de los niños.

dir a estas

re decir estar explícitamente adscrito a una deter­

m inada esfera m aterial; la m etáfora propiam ente

dicha, esto es, la del adulto, presupone una clara cla­

sificación, especialización y distribución del instru­

mental: «Estas son las herram ientas del herrero, estas las del carpintero, estas las del albañil, etcéte­

llam ará «escofina»

tanto a la escofina de su padre como a la lima del herrero de una m anera semejante a como nosotros llamamos «circulación» tanto a la de la sangre como

ra». Pero el niño del carpintero

a la de los autom óviles. «Circulación» no es, por lo

menos a este nivel, una palabra adscrita a ninguna

esfera m aterial determ inada y ninguno de esos dos empleos puede llamarse metafórico, o al menos más

m etafórico que el otro, en cuanto que tal palabra no

exclusiva ni con la

tiene firm ado ningún contrato en

esfera de la fisiología ni con la del tráfico rodado.

En estos casos de «circulación» no se trata, por tan­

to, de empleos figurados, pero sí de acepciones;2 así pues, la com paración vale tan sólo para distinguir de las m etáforas los discutidos usos «impropios» de los niños, y no debe llevar a equipararlos a las acep­ ciones; éstas son usos recibidos en la lengua y san­ cionados en el público consenso, m ientras que aquéllos serían aplicaciones improvisadas y novedo­ sas y, en este sentido, estarían objetivam ente m ás próximos a las m etáforas ocasionales del adulto.

niña de los dos ejem ­

plos del principio, en una edad todavía más tem pra­ na —antes de los tres años—, entrando en la casa de fieras por prim era vez y nada más franquear con la m irada los barrotes de la prim era jaula, en la que se hospedaba precisam ente el tigre, se pronunció al instante sin titubear: «un gato». Por otros testim o­ nios he sabido que esto de llam ar espontáneam ente «gato» a algún felino no es cosa insólita en los ni­ ños. Yo, por mi parte, no corregí el «error» y aún sigo pensando que no hay que lam entarse sino congratu­ larse ante un reconocim iento semejante. En efecto, esta identificación inm ediata no revela sino la vita­ lidad, la carga predicativa, del concepto, su capaci­ dad de atracción y de anexión y, aunque a prim era vista parezca lo contrario, la fuerza de discernim ien­ to de que goza en la mente de esos niños la figura secreta vinculada a la palabra «gato». Sólo es apa­ rentemente paradójico el que una anexión pueda ser demostrativa del poder de discernimiento de un con­ cepto; pero basta pensar que un grado bajo de inten­

Penúltimo ejemplo: la m ism a

2. Quizá tampoco «acepciones», pues la idea de acepciones pa­

rece sugerir dos o más especializaciones y no, como parece el caso «circulación», falta de cualquier esfera material de aplicación determinada. Compárese, sin más, con el uso que acabo de hacer de «aplicación» y el empleo de esta palabra cuando hablamos de la «aplicación» de un estudiante; aquí sí hay una genuina acepción.

(Nota del 29 de diciembre de 1991.)

sión («comprensión» de los escolásticos) no puede confundirse con falta de actividad o de firmeza por parte de las notas que comprenda: baja intensión quiere decir tan sólo escaso núm ero de notas, pero no debilidad o vacilación por parte de las mismas; el concepto no es como un ejército que es tanto más fuerte cuanto mayor sea el núm ero de soldados. Todo acto colector por parte del concepto com porta siem­ pre un acto selector. Sacrificar en aras de la riqueza léxica y de la «propiedad» esa segura y fecunda ca­ pacidad de aprehensión de un reducido grupo de ca­ racteres fisonóm icos abstraíbles, y por lo tanto activos como espoletas prontas a saltar ante solici­ taciones m ás débiles que la originaria —es decir, a despecho de variantes insólitas e innovadoras respec­ to del m odelo de aprendizaje— sería tal vez inhibir una capacidad cognoscitivamente irreemplazable, d estru ir la transparencia del concepto, atom izando lo dado y lo posible en una opaca pluralidad unidi­ mensional. El discernim iento clasificatorio que im ­ plica la aplicación al tigre de la palabra «gato» es tal vez m ucho m ás im portante para el conocim iento que cualquier cosa que pudiese aportarle el cultivo

de la riqueza de

en la taxonomía clásica de los naturalistas puede en­ contrarse m ultitud de ejemplos en que el nombre vul­ gar del antiguo conocido ha sido habilitado como nombre titu lar de toda la fam ilia (de suerte que para designar al así erigido en epónim o se ha acudido al recurso de repetir dos veces —una como determ ina­ do y otra como determinante— aquel nombre vulgar:

«lynx lynx», «rattus rattus», «dama dama»). Si yo di­

vocabulario. Por lo demás, tam bién

jese «el caballo rayado», ¿quién no me entendería? La prim itiva figura secreta del gato se ha perfilado en un grupo muy restringido de anim ales y se com­ pone solamente de los rasgos que le bastan para iden­ tificarse en m edio de ese grupo: la esfera m aterial de los anim ales domésticos. La figura secreta del

gato, su imagen conceptal, es una fisonom ía sintéti­ ca constituida exclusivamente por los datos diferen­ ciales decantados por las discrim inaciones que han sido necesarias para una identificación a suficien­ cia en el seno de esa esfera. Así pues, lo que ha deci­ dido cuál tenía que ser el conjunto de rasgos que ha venido a form ar la originaria figura secreta del gato ha sido la composición concreta de la nóm ina «ani­ males dom ésticos», el repertorio finito de los carac­ teres fisonóm icos que de hecho funcionan en el reconocim iento de cada uno de los personajes ins­

critos en sem ejante dram m alis

cunstancia de hecho de que en ese reparto no figure ningún otro felino es a lo que se debe el que la figu­ ra secreta del gato no contenga más rasgos que los comunes a todos los felinos y venga a coincidir prác­ ticamente con la imagen virtual, con la fisonomía ge­ nérica, de la felinidad; si en dicha nóm ina hubiese figurado otro felino, es muy posible que el concepto de gato resultante no habría tenido entonces la ca­ pacidad de ser solicitado a la vista de un tigre, de atraer y anexionarse su imagen sensorial. Último ejemplo: la m ism a niña, y unos m eses an­ tes del ejemplo precedente, al ver una entrada de to­

ros encim a de la m esa

(todavía los duros eran de papel, y ella llam aba «du­ ros» indistintam ente a todos los billetes de dinero cualquiera que fuese su valor). Lo interesante de este ejemplo es que perm ite añadir al anterior la obser­ vación com plem entaria de que m ientras por una parte la tolva de entrada de una identificación fiso- nómica es siem pre m ás ancha que los límites dados por los modelos de aprendizaje, pues la figura secre­ ta del «duro» era capaz de atraer hacia sí especím e­ nes nuevos, aberrantes de la imagen positiva de los originarios, no impedía que saltase a la vista, al mis­ mo tiempo, el carácter fronterizo, por así decirlo, de este nuevo ejemplar, como si su distancia del centro

dijo: «¡Qué duro m ás raro!»

personae. A la cir­

/

fuese una especie de tensión, de tirantez, que, a des­ pecho del reconocimiento, no dejaba de poder ser re­ gistrada. Un duro, sí; pero raro; la facultad de identificar no entorpecía la de extrañar. En mi opi­ nión lo últim o que habría que tem er de la pobreza léxica de un niño es que pueda em bolar su discerni­

m iento perceptivo; y cuando dice «gato» ante la jau ­ la del tigre o del leopardo no hay que concluir que

su m irada está aplicando la m ás torpe y m ás basta

de las lentes, sino que su concepto de gato se encuen­

tra todavía en un nivel más alto de generalidad, un

escalón o dos

En todo lo que antecede no hay m ás cosa segura que la m era certidum bre de hecho de los cuatro ejemplos tomados del natural; el resto, todo el con­ junto de consideraciones que a p artir de ellos se

organiza, podría estar equivocado. Pero de ser apro­

ximadamente cierto parece que vendría a contrade­ cir, en lo que al aprendizaje de los niños se refiere,

la form ación de los

conceptos como un proceso de generalización por abstracciones sucesivas, como un despliegue paula­ tino desde lo p articu lar hacia lo general, a través de

la audición de la m ism a palabra en contextos siem ­

en

la conclusión de que la idea de la generalización no

parece sostenible sería, por una parte, atribuir de­

masiado alcance a unas observaciones que no se ale­ jan m ucho de lo experim ental, y, por otra, d ar

—como suele decirse— a toro m uerto gran lanzada, puesto que esa opinión ha sido ya desacreditada por otros con más elaborados y fiaderos argumentos. Co­

m oquiera que sea, la presunción de que las aparen­

tes m etáforas de los niños no son tales, sino aplicaciones inm ediatas del concepto, conduciría a reconocer el carácter de generalidad como una con­ dición nativa del concepto desde el prim er instante de su alum bram iento, al menos limitándome a en­

m ás arrib a que el nuestro.

la opinión

de los que conciben

pre nuevos. Sin embargo, detenerm e ahora aquí

tender por «generalidad» algo bastante em pírico y modesto: virtualidad predicativa, esto es, franquía de aplicación respecto de un compromiso restricti­ vo con el sujeto m odelo definido por el contexto- situación de aprendizaje. Esta franquía podría lla­ marse «predicatividad» o «actividad predicativa» de un concepto, sin que im portase el usarla tam bién para los sustantivos, ya que el nom bre común im pli­ ca notas explicitables como predicados, y el que su función en la frase no sea en principio la de predi­ car sólo es cuestión sintáctica. Lo que se entiende aquí por «predicatividad» lo ilustrará un ejemplo ne­ gativo del lenguaje adulto: una palabra como «tacho­ nado» tendría actualmente, en castellano, una carga cero de predicatividad, pues, en efecto, la recurren­ cia actual de esta palabra en el habla de los hablan­ tes castellanos se reduce exclusivamente al contexto

«el cielo tachonado de estrellas». Que solam ente esta expresión concreta sea capaz de suscitarla indicaría el grado extrem o de indigencia predicativa que su­

palabra. Indigencia que sería im prudente

fre esta

meterse a identificar sin más con riqueza de inten­ sión («comprensión» de los escolásticos), por cuan­ to im plicaría desconocer la diversidad de planos en que se habla de una u otra cosa. En el cielo del léxico, «tachonado» sería como un astro muerto, totalm en­ te apagado, sin luz propia alguna. Si «tachonado» sólo puede estarlo el cielo y solam ente puede ser de estrellas, esa palabra no añadiría, en verdad, el más pequeño complemento informativo o descriptivo a

una expresión que la omitiese, como «el cielo estre­ llado» o «el cielo con estrellas». Redundante, lo es tam bién cualquier epítesis, pero la redundancia de «tachonado» no tiene tan siquiera el valor de lo epi- tético: si «blanco» en «la blanca nieve» tampoco aña­

tiene, no obstante, el valor

de enfatizar la presencia sensible de la nieve, median­

te el gesto explícito de señalarnos su blancura ha­

de inform ación alguna,

ciendo resonar en ella todas las cosas blancas; pero como «tachonado» carece totalm ente de otra cosa cualquiera que hacer resonar en el cielo con estre­ llas hasta esa función de aspaviento expansivo de la epítesis, suponiendo que fuese la buscada, vendría a frustrarse en este caso. Podría alegarse que «blan­ co» en «la blanca nieve» alcanza casi esta m ism a situación, supuesto que la nieve ha llegado a conver­ tirse en paradigm a de lo blanco, pues no sólo se ha establecido la expresión «blanco como la nieve», sino que se ha form ado el adjetivo «niveo», que vale casi lo que vale «blanco»: decir «el niveo cisne» viene a ser casi tanto —o tan poco— como decir —«el blanco cisne»; pero en el casi está lo decisivo: los plomos de esa especie de instalación lum inotécnica que la función epitética sería se nos funden de pronto, como

en un cortocircuito, si, cerrando el circuito por el otro extremo, se nos ocurre decir «la nivea nieve». ¡Y me­

nudo chasquido, m enudo chispazo,

brazo, en nuestro delicado sentido de la lengua! La generalidad, al menos en el sentido de activi­ dad predicativa, sería una condición o vocación ori­ ginaria del concepto ya presente en el acto de su prim era recepción, y la restricción a esferas de apli­ cación determ inadas (con el desdoblam iento consi­ guiente en la m odalidad de intervención de una palabra en un contexto dado; desdoblamiento que los adultos reconocen en la dualidad «uso propio»-«uso metafórico») sería precisam ente lo que viene des­ pués, por la experiencia fáctica del habla, como una especialización con carácter de mera norm a positi­ va, jurisprudencial, superpuesta a la prim itiva fran­ quía del concepto. Una norm a que será, ciertamente, susceptible de infracción, como nos lo dem uestra el

uso m etafórico propiam ente dicho, pero sin que ello sea como un retorno a la generalidad originaria, ya que funcionará bajo el supuesto y la conciencia de un cam bio de nivel o de m odalidad en su actuación

m enudo calam-

significante y en la capacidad de rendim iento signi­ ficativo. Con todo, si ni siquiera la m etáfora ocasio­ nalmente improvisada por un hablante singular es sentida por nadie como un puro expediente de for­ tuna, como un anárquico atentado a las institucio­ nes del lenguaje y a los convenios de la comunicación (ya que, si fuese así, resultaría, entre otras cosas, to­ talm ente inexplicable su rendim iento significativo,

su com prensión por parte del oyente

esto es, el que

tan sólo a efectos de fijar el núcleo interno del con­ cepto, su predicado m ás inalienable, pero no en modo alguno a efectos de retener el monopolio de sus apli­ caciones; por el contrario, en este aspecto actuaría con una extrema generosidad, prestándose a servir de auténtica ram pa de lanzam iento desde la que el concepto es inm ediatam ente proyectado al exterior, liberado como una virtualidad activa y vigilante, siempre pronta a ser provocada y despertada a una

no dependa de nada parecido a la resolución del enig­ ma de la Esfinge ni a la interpretación del oráculo

nueva epifanía.

dad prim aria del concepto resultaría de que éste no

La gran am plitud de tal proyectivi-

de Delfos),

sino como un recurso de em ergencia re­

recibe del contexto-situación de aprendizaje más que

conocido y regular, tal vez no se deba a otra cosa que

las notas mínimas suficientes que precisa en su seno;

al

hecho de fundarse a fin de cuentas en el preceden­

por eso es sólo aparentem ente paradójico el hecho

te

de aquella

de que el concepto deba su generalidad precisam en­

ro decir que

prim itiva franquía de aplicación. Quie­ la m etáfora de los adultos podría ser,

te a la particularidad y a la lim itación del asunto o

en tal sentido, como una luz retrospectiva sobre la

del contexto-situación de aprendizaje, en cuanto que

situación y la

naturaleza prim aria del concepto y

el reducido núm ero de discernim ientos que allí den­

tam bién sobre la índole

de su capacidad cognosciti­

tro ha necesitado establecer le perm ite m antenerse

va. Y con una m etáfora va a ser, precisam ente, con lo que voy a explicar cómo lo entiendo: cualquier

en un grado muy laxo de determ inación. Si la figura secreta del perro no estuviese com puesta solamen­

constelación de conceptos realmente fecunda para

te de las escasas notas que precisa en el reducido

el

conocimiento no habrá de ser como una colección

campo diferencial que form a el grupo de los anim a­

de llaves para otras tantas puertas predeterm inadas,

les domésticos ¿cómo cabría com prender la extraor­

por num erosas que sean, sino como un tal vez pe­ queño juego de ganzúas capaz de abrir siempre nue­ vas e ignotas cerraduras. Toda com paración suele hacer agua por alguna parte, y esta no iba a salirm e

m ejor encarenada: en efecto, una colección de llaves

diferentes es al fin y al cabo una pluralidad que ad­ mite ser clasificada en tipos y subtipos, según la dis­ tribución de los dientes y las mellas, y que implica,

por tanto, virtualm ente, el juego de ganzúas; no obs­ tante, es justam ente esta misma condición la que sal­

la asem ia a los conceptos especializados del

va de

adulto. El contexto-situación de aprendizaje actuaría a se­ mejanza de una esfera m aterial o campo semántico

84

dinaria variedad de especímenes nuevos que, a partir de apenas unas pocas muestras, es capaz de atraer y anexionar?

Revista de Occidente, enero de 1975

85

Sobre el Pinocchio de Collodi

1. Lenguajes adaptados. Cuando los colonizadores

dicen que los colonizados no están «m aduros para la autodeterm inación», juzgan la cosa sobre el canon de sus propias m aneras de existencia; pero, aun dan­ do por bueno ese criterio y suponiendo que respec­ to de él sea cierto el veredicto, no hay que perder de vista hasta qué punto éste se ha dictado desde el he­ cho de la propia colonización y a la luz de las rela­ ciones por ella establecidas. Como con los anim ales

domésticos, se juzga la inteligencia del colonizado principalm ente por su capacidad para entender al colonizador, para com unicarse con él. Pero ya que la lengua es el medio en cuyo seno tiene que m edir­

prim er lugar qué

se

es lo que pasa con la lengua que corre entre uno y

otro;

pieza por fijar esa lengua —que es la suya— en un

estadio de aprendizaje absolutam ente

mental, pues, en efecto, en lugar de decirle al colo­ nizado «Si fuera usted tan am able de conducirm e a

Bulawayo, estaría dispuesto a pagarle hasta diez li­ bras rodesianas», lo que le dice es «Mtombo llevar

tal capacidad, hay que ver en

y lo que pasa es que el propio colonizador em ­

grosero y ele­

86

Hombre Blanco Bulawayo y Hombre Blanco dar dinero Mtombo». Yo no diré que haya en tal com por­ tam iento una deliberada y maligna segunda inten­ ción de bloquear al colonizado en su insuficiencia para pasar los exámenes de m adurez pertenecientes al discutible criterio arriba mencionado; posible­ mente no se trata más que del involuntario resulta­

do de un puro egoísm o práctico según el cual lo único que le im porta de Mtombo al Hom bre Blanco es que le perm ita llegar lo m ás pronto posible a Bu­ lawayo, y para conseguir a ultranza este propósito es no sólo suficiente sino incluso más expedita y efi­ caz esa deform e lengua: «¡Pues si cada vez que uno tiene que ir a alguna parte tuviese que pararse a dar

lecciones de gramática

!».

los colonizadores vuelven a suspender una y otra vez

a los colonizados en sus exámenes de m adurez se ol­ vidan de que han sido ellos mismos quienes los han

fijado en

que ellos m ismos han decidido que hay que aprobar

para que un pueblo se las gobierne por su cuenta,

entre las que destaca como prim era y

asignaturas

principal la de «Capacidad para entender al Hom­

bre Blanco». Lo que me im porta señalar aquí es que para fijar las jergas coloniales no bastaría la acción unilateral del habla defectuosa de los colonizados cuando están aprendiendo la lengua del colonizador; ese habla defectuosa desaparecería prontamente, como un mero estadio de aprendizaje, y no llegaría

a cuajarse y perpetuarse en jerga colonial, si el pro­ pio colonizador no la corroborase y sancionase al

im itarla cuando

coloniales son el producto de una acción recíproca, bilateral, com parable con un juego de espejos. Se dirá que desde este mismo origen florecieron las

m agníficas lenguas neolatinas —en un principio je r­

gas coloniales del latín—, pero tam poco hay que ol­ vidar que tardaron mil años en hacerlo. Para la

Lo cierto es que cuando

el grado más elem ental de las asignaturas

habla con el colonizado. Las jergas

87

comparación que me interesa no hacen al caso cau­ sas o motivos —egoísm o o lo que fuere—, sino tan sólo el fenómeno de ese juego de espejos m ediante el cual se cuajan en general las infralenguas y las

jergas especializadas no según el asunto, sino según

el receptor. Sólo el asunto tiene derecho a especiali­

zar la lengua común, y toda adaptación al receptor es una perversión lingüística y un acto de despre­ cio, al m enos objetivo, hacia ese receptor. Así como hay un lenguaje para colonizados, hay un lenguaje para masas, un lenguaje para mujeres, un lengua­

je para niños; en ninguno de ellos tiene cabida una

palabra leal. El Pinocho es un ejem plo de cómo un lenguaje y una intención pueden echar a perder la m ás afortu­ nada de las invenciones; porque felicísim os son los hallazgos del m adero parlante y del niño m arione­ ta, y verdaderam ente bien traídas están, junto con algunas otras, las fúnebres imágenes del caracol con

una vela encendida en la cabeza y de los cuatro co­ nejos negros llevando el ataúd. Sin duda a ellas debe

el Pinocho, a pesar de los pesares, su universal for­

tuna; y esta m isma fortuna ha de ser la que me ex­

cuse aquí de detenerm e en las alabanzas que pueda

m erecer y que no harían más que sum arse a las de

un ya antiguo y num eroso coro, para poder cen trar­ me, en cambio, en los «pesares», que son dos: el len­ guaje —del que ya voy hablando— y la intención, que será objeto del próxim o parágrafo. ¡Qué herm oso li­ bro habría sido éste (suponiendo que fuese lícito ha­

blar así, que no lo es) si el autor hubiese osado dejar

a solas su imaginación, limpia de otra intención que

no fuese la propia del narrar, que es evocar y trans­

m itir lo acontecido, y se hubiese atrevido a escrib ir­

lo no para los niños, sino exclusivam ente para sí, lo que equivale a decir para quienquiera!

Cuando yo era m uchacho y tenía perros, en el an­ sia de hacerm e com prender m ejor por ellos, me

88

echaba a cuatro patas y trataba, en la voz y en el mo­ vimiento, de perrificarm e como Dios me daba a en­ tender; pero mi madre, al sorprenderm e una vez en semejante tesitura, me dijo con sorna:

—¿Sabes lo que e s ta rá n p en san d o ah o ra los

perros?

—No. ¿Qué estarán pensando? —Pues estarán pensando: «¿Pero qué es lo que hace este cretino?».

Por desventura, no creo que aquellos bondadosos cachorrillos llegasen a concebir un pensam iento así, pero al punto reconocí que era precisam ente lo que tendrían que haber pensado, y la lección tuvo un efecto radical. Desgraciadamente, tam poco los no menos tolerantes hijos de los hom bres suelen llegar

a pensar algo semejante de quienes creen que reme­

dándoles el habla alcanzan una mayor y más honda

com prensión, pero no dejaría de ser,

del mismo

modo, lo m ás ju sto que podrían pensar.

El pretendi­

do lenguaje infantil —en la m edida en que esta ex­ presión quiera sustantivarlo en vez de concebirlo tan sólo como una serie móvil de m omentos adjetivos y transitorios en el proceso de aprendizaje de una len­

gua única— es una imitación de una imitación, pro­ ducida y fijada por el mismo juego de espejos que

cu ajar las jergas coloniales: el niño no sólo rei-

m ita del adulto elementos más o menos oriundos de

su habla, sino tam bién elem entos que el adulto le

atribuye sin fundam ento alguno, reincorporando en

su habla no sólo sus propias torpezas, sino tam bién

las de la

rir, parece que resultaría bastante desoladora una investigación por esos colegios de Dios acerca de la influencia que sobre el gesto y el habla de los niños tienen las películas de dibujos de la televisión (no habladas, sino «maulladas», como expresivamente dice Fernando Quiñones) y sobre todo ese siniestro num erito cotidiano de «un lecado de paite de la tele».

hace

m ism a im itación. Por cuanto he oído refe­

89

Por lo demás, tam poco es necesario esto, pues m u­ chas veces se bastan los papás y las m am ás para fi­ jar a un niño en esa jerga durante mucho más tiempo de cuanto podría pedir el más completo desarrollo de sus facultades articulatorias y constructivas, como lo dem uestra el caso harto frecuente de los ni­ ños «bilingües», que, según las conveniencias del mo­ mento, echan mano ya de esa babosa jerga, ya de la lengua común perfectamente desarrollada. Sin duda en el caso de los padres con los hijos m edia el am or —cosa que no ocurría, por cierto, en el de las colo­ nias—>y el egoísmo, si es que lo hay, cobrará, en todo caso, un color bien diferente; es verdad que los imi­ tan, igualmente, bajo la comezón de suprim ir dis­ tancias (con lo que, de modo sólo aparentem ente paradójico, no se hace más que reafirm arlas), pero tam bién porque les hace gracia el habla de sus hi­ jos, aunque tal vez tam poco falte en ello un adem án de superioridad, de donde, aun a despecho del amor, vuelve a salir de nuevo, al menos objetivamente, el menosprecio. Lo que se hace con la lengua con la que se les habla es algo que se está haciendo con los hom­ bres mismos, y si las jergas coloniales indican la rela­ ción que m edia entre colonizadores y colonizados, la jerga para las m asas revela lo que se quiere que los pueblos sean, la jerga de las revistas femeninas lo que se quiere que sean las m ujeres o lo que se pretende que son, la jerga de los círculos only men, clubs o tabernas, expresa el triste modelo social de los varones. Tres cuartos de lo m ism o es lo que ocu­ rre con el lenguaje para niños, que es preciso distin­ guir muy bien del habla de los niños. No quiero yo decir, ni m ucho menos, que el autor del Pinocho haya llegado a caer tan bajo como algu­ no de los ejem plos anteriores (aparte de que en la palabra escrita no se ha llegado todavía, que yo sepa, a la reproducción fonética de la jerga infantil), pero sí que es cierto que apunta ya en él un movimiento

90

de palabra claramente teñido de ese condescendiente retintín con que el adulto viene a abajarse al presun­

to nivel de com prensión

tores. Estam os en 1883:

se va avispando.

de sus pequeños interlocu­ la ciencia de la pedagogía

2. Literatura moral.

A mí me im porta poco que la

anterior objeción y en parte tam bién esta que viene ahora pongan en cuestión la posibilidad m ism a de una literatura para niños como un tipo específico y bien diferenciado. Si no puede existir, pues que no exista; no hay sino que regocijarse de que no exista algo cuya existencia sólo es posible en la degrada­ ción. La intención era, así pues, el segundo de los pe­ sares del Pinocho. La literatura m oral, esto es, la literatura que tiene por intención la de llevar una de­

term inada convicción a la conducta, tiene ya desde

antiguo sus propios géneros, desde las éticas de los filósofos hasta los libros de máximas o de aforismos,

pasando

por los de reflexiones o m editaciones acer­

ca de este m undo y sus postrim erías; pero no pocas veces se han intentado habilitar otros géneros para ese m ism o objeto. El teatro, la poesía o la narración con intención moral no son nada insólito, m as no por eso dejan de ser la m áxima inm oralidad literaria. La narración debe ser am oral, como lo es su propio ob­ jeto: la evocación de un acontecer; toda otra inten­ ción que no sea esta es advenediza y bastarda en sus entrañas. Claro está que esto no es m ás que un prin­ cipio y, como todos los principios, puede ser tran s­ gredido; m as para transgredir sin m enoscabo del producto resultante, para hacer una gran obra espú­ rea, se requiere un destello de talento excepcional. Collodi no lo tuvo en modo alguno.

La novela m oral es literariam ente inm oral en la medida en que la intención bastarda se interfiere con la intención legítima; esto es, en la m edida en que para servir a la ejem plaridad siempre se manipulan,

91

quiérase o no, de uno u otro modo, los acontecim ien­ tos. Se dirá que el Pinocho es una narración fantás­ tica y que, por lo tanto, no ha lugar a hablar respecto de ella de m anipulaciones. Poco entiende del arte y de la fantasía quien piense que lo fantástico no puede ser m anipulado por ser ya ello mismo, enteram ente, puro producto de m anipulación. La obra fantástica, exactamente igual que la naturalista, tiene sus pro­ pios fueros de coherencia, más estrechas, si cabe, que los de ésta, en virtud de su propia libertad. Y aquí que nadie me provoque desplazándom e ad hoc la imagen del manipular, porque entonces diré que aun

en ese caso,

otro producto de m anipulación. Pero que la novela no deba ser moral no implica, en modo alguno, que no pueda tener por tema pro­ pio los conflictos m orales de los hom bres; antes por el contrario, este es precisam ente uno de sus más grandes tem as y casi el único que a mí personalm en­ te me interesa. Tema es, no hay por qué decirlo, algo enteram ente distinto de intención. El modelo más ca­ racterizado de las novelas que tienen por tem a un conflicto moral es el de las que podríam os llam ar «novelas de redención». Arquetípicas son entre ellas el Crimen y castigo de Dostoievski y el Lord Jim de Conrad; en am bas encontram os el esquem a puro: un pecado original como punto de partida y, como de­ sarrollo, el largo cam ino hasta la redención. En el Pinocho falta un claro pecado original (a no ser que se lo considere sim bolizado en el nacim iento a par­ tir de un pedazo de madera), pero no hay duda de que entra perfectam ente entre las novelas de reden­ ción. Si ahora com param os entre sí las dos prim e­ ras, quedará m anifiesto lo que es m anipular: en el Lord Jim obra y funciona exclusivam ente la moral de Lord Jim y él solo es el responsable y el agente de su propia redención, m ientras que en el Crimen y castigo la redención de Raskolnikov es algo a todas

la llam ada realidad es ya ella misma,

luces querido y dirigido por la m ano y la voluntad de Dostoievski. Esto hace que el Crimen y castigo, a despecho de los estupendos diálogos con el juez, no pase de ser un mediocre folletón, en tanto que el Ijord Jim es una obra maestra. Pero en el Pinocho encontram os, adem ás de la ma­ nipulación de los hechos en aras de la ejem plaridad,

algo peor todavía: la inclusión

les mondos y lirondos. Véase un ejemplo:

«En este mundo los verdaderos pobres, merecedo­ res de asistencia y compasión, no son más que aque­ llos que por razones de vejez o enfermedad se ven condenados a no poder ganarse el pan con el trabajo de sus manos.»

En la lectura se echará de ver hasta qué punto la inserción de frases como esta —aunque artificiosa­ m ente puestas, en otros casos, en boca de los perso­ najes— rajan com pletam ente el espacio y el tiempo narrativos, com o si de improviso el propio autor sa­ case la cabeza desgarrando el papel de la página para espetarnos, casi oralmente, tal admonición.

de enunciados m ora­

3. Im venganza del arte. Pero con la m anipulación

de los hechos el autor del Pinocho ha tenido un fra­ caso casi tan sonado como el de Jorge M anrique con sus fam osas Coplas. Y es que la m usa se venga del que pretende violentarla imponiéndole intenciones extrañas a la del arte. De la m anera m ás explícita pretenden ser las Coplas una adm onición para que apartem os nuestro deseo y nuestra m irada de lo pe­ recedero y los volvamos hacia lo perdurable. Pero el demon del arte quiso que el puñado de estrofas que, en medio de versos m ediocres y hasta lamentables, alcanzan el hechizo fuese precisam ente el que tañe el fantasm a de lo perecedero. H asta las dos figuras con que se ilustra la caducidad con el propósito de

que m enospreciem os lo perecedero y apartem os

de ello nuestra querencia y nuestro corazón tienen una delicadeza y un encanto que no hacen sino en­ carecérnoslo del modo más arrebatador: «¿qué fue­ ron sino verdura de las eras?», «¿qué fueron sino

rocíos de los prados?». El lector sale de la lectura del poema absolutam ente dispuesto a dar la Eterni­

dad a cam bio de que

la rendija de una p u erta las fiestas de los Infantes

de Aragón, poder escuchar, fuese tan sólo desde el último rincón de las caballerizas, «las m úsicas acor­ dadas que tañ ían ».1 Pero si a Jorge M anrique el arte se le volvió en contra en el terreno de la intención, inviniendo diam etralm ente en su poem a el preten­ dido efecto de encarecer lo perdurable y minusvalo- rar lo perecedero (en lo que al fin no fue tan cruel la venganza de la m usa, pues, aunque fuese en con­ tra de sus intenciones pedagógicas, le dejó al m enos esas em briagadoras estrofas que son el m ás encen­

de la

le fuese dado ver siquiera por

dido canto a lo que está m arcado por el sino

caducidad), a Collodi se le revolvió, en cam bio (y sin

un consuelo análogo), en el registro de la credibi­ lidad. Las m etam orfosis son peligrosas. Collodi quiso

hacer de la del muñeco de m adera en niño de carne y hueso corona y prem io de la redención de su cria­ tura. Observemos que ese niño de carne y hueso que aparece al final no es más que un niño, un espe- cimen del Bambino Qualunque, nivelado en anóni­ mos caracteres por el rodillo de la pedagogía; y la

prueba de la intencionalidad

jante m etam orfosis está explícita en el hecho de que el autor, en lugar de decir «un niño de carne y hue­ so», diga siem pre un bam bino perbene, esto es «un niño como es debido». Pero las m etamorfosis son pe­

ligrosas. En los cuentos encontram os un sinnúm ero

1. Esta fue la primera expresión de lo que más tarde desarro­ llaría extensamente en el ensayo «El caso Manrique», que puede leerse más abajo en págs. 186-241.

pedagógica de sem e­

94

de ellas, pero tan sólo de las dos clases siguientes:

o bien —como cuando el propio Pinocho se transfor­ ma en borriquito— la m etam orfosis es un estado transitorio de desfiguración del aspecto sensible ver­ dadero, que al final se recupera, o bien es un castigo para siempre. El paso de peor a m ejor es siem pre una segunda metamorfosis que deshace otra anterior y, por lo tanto, un retorno, un rescate, una liberación; el paso de m ejor a peor es siempre, eterno o transi­ torio, un castigo. La concepción de la identidad que se halla im plícita en la ley del arte prohíbe una metamorfosis de peor a m ejor que no opere como retorno a la figura verdadera desde el estado subsi­ guiente a una m etamorfosis anterior. La pérdida del sem blante verdadero es un estado de ocultación, y el verdadero sem blante tiene que haber sido sensi­ ble antes alguna vez; no se puede alcanzar por vez prim era. El rostro no es el espejo del alma, sino el alm a misma. El que lo pierde la ha perdido, el que lo recupera la ha redimido. Pinocho nace muñeco de madera; esa es su prístin a y, por lo tanto, auténtica figura. De que la pierda, herm osa o fea —sea por ci­ rugía estética o por cirugía pedagógica—>jam ás po­ drá hacerse un premio. (Incluso a propósito de las metamorfosis de rescate recuerdo la indignación que me produjo el final de una, por lo dem ás herm osa, película francesa que, sobre un guión de Cocteau, re­ cogía el cuento de La bella y la bestia. Era algo absolutamente intolerable cuando al final aquel mag­ nífico, hum eante, doliente, lúbrico gatazo, tan in­

de

finitam ente hum ilde en su desesperado am or

monstruo, se transform aba escandalosam ente ante nuestros ojos en la rayante y olím pica figura del be­ llo Jean Marais.) Contra los fueros del arte no sirve querer. En la magia, para lograr una m etam orfosis no basta la vo­ luntad de producirla: hay que saber el arte. En la li­ teratura tres cuartos de lo mismo: no bastan los más

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voluntariosos

arte. En vano el buen Collodi porfiará en decirnos que ese niño de carne y hueso que aparece al final

sigue siendo Pinocho, porque replicaremos: «Bueno, esto lo escribe usted porque le da la gana, pero no es así». El autor miente: ese niño no es Pinocho, ¡qué lo va a ser!, ese niño es un vil sustituto, un impostor. La m usa no ha consentido que se logre y se cum pla el villano atropello pedagógico de sem ejante m eta­ morfosis: nadie se la cree. No ha habido ninguna me­ tam orfosis, sino la más burda de las sustituciones, el más chapucero de los escam oteos. Si fuera de los dom inios del arte la pedagogía logra a m enudo el allanamiento, uniformación e integración del que no es según el m undo quiere, el arte se ha negado a ha­ cerse cómplice de la discrim inación, segregación, ex­ pulsión o destrucción del niño diferente, implícita en esa m alograda metamorfosis; haciéndola fraca­ sar del modo más estrepitoso, sus fueros se han rebelado a la im posición y a la im postura de la pe­ dagogía, y Pinocho sigue siendo aceptado, acogido,

celebrado y am ado

rencia y su singularidad, en toda su auténtica iden­

tidad de verdadero niño de madera.

em peños del autor: hay que saber el

entre nosotros, en toda su dife­

Escrito y publicado como prólogo del libro Las aventuras de Pinocho, de Cario Collodi, versión castellana de M.a Esther Benítez Eiroa, Alianza Editorial, Madrid, 1972

La predestinación y la narratividad

I. No es a una revisión del juicio de valor —desfa­

vorable ya desde un principio— a lo que me ha lle­ vado hoy la rem emoración de la película Revuelta en

Haití, que vi en los tiem pos en que aún iba al cine. Ir al cine, como una acción muy caracterizada, no

es ver

trario. En lo segundo, por débiles que sean los funda­

mentos de la decisión —no pocas veces simplem ente un título—, se trata siem pre de una acción intencio­ nalm ente positiva, dirigida a un objeto específico dado, al que se liga, en un mismo movimiento, la pro­

cine, m ientras que en lo

prim ero tal determ inación queda como un momen­ to previo y separado, que proyecta ante sí un lugar

vacío, para el que, en un segundo acto, se elige —y con frecuencia ni esto tan siquiera— una película de­

term inada; la cual, por eso mismo, queda

da de su especificidad, al subsum irse en el sim ple papel de im plem ento ocasional para un vacío prees­ tablecido en una decisión enteramente independiente de ella. Ir al cine es lo que con tan cínica y am arga lucidez acertaron a caracterizar aquellos novios co­

pia determ inación de ir al

esta película, sino casi precisam ente lo con­

desposeí­

nocidos míos, cuando, al encontrárm elos por la ca­ lle una tarde de domingo, me dijeron: «No encontra­ mos un cine donde ahorcarnos». Y así como no parece verosímil suponer que haya sido el hallazgo de un árbol determ inado, por herm oso que fuese, lo

que haya promovido

carse, así tam bién el que se elija con mayor o m enor grado de exigencia —expediente, a menudo, para di­

sim ularse a sí m ism o el carácter

de la acción— o se deje del todo de elegir es algo que no tiene relevancia alguna una vez que la acción de ir al cine se ha configurado y definido enteram ente al margen de su posible contenido concreto y singular, como una acción genérica a la vez que intransitiva, respecto de la cual cualquier película, por herm osa

que sea, se transm uta —como

inerte y gratuito

alguna vez la decisión de ah o r­

el árbol del ahorca­

do— de objeto en instrum ento y se convierte en un

ente fungible e indefinido; pasa

«una película cualquiera». Por lo demás, sem ejante actitud intransitiva, como inversión form al de los

contextos, se halla tan difundida en las acciones de los hombres, que es con frecuencia la que adoptan hasta para casarse. ¿Qué otra cosa sucede cuando se

«busca esposa»? El proyecto y la

m atrim onio anteceden entonces a la propia ap ari­ ción de la persona —y el papel de esposa se lanza por delante como un lugar vacío, o vacante a cu­

b rir—, la cual, por esta m ism a circunstancia

naria, difícilmente llegará, en los largos años de vida conyugal, a aparecer del todo como persona en sí a los ojos del esposo —en tanto que otras, presunta­ mente m ás afortunadas, que no fueron buscadas en

principio (y observa la incongruencia de este predi­ cado: si no se me conoce, no se me busca a mí) se busca un hombre) en la dem anda de tal plaza vacan­

a ser, justam ente,

determ inación del

origi­

la acción corrosiva del contexto, van borrando sus

rasgos personales bajo el vitriolo del papel de espo­ sa. La diferencia, pues, entre las dos acciones con­ templadas —la de ir al cine y la de ver esta película —, positivísticamente indiscernibles pero completamen­ te opuestas en su sentido real, da lugar a dos form as totalmente distintas de vigencia de una misma pelí­ cula en el ánim o del espectador, en cuanto que se tra­ ta de m aneras inversas de ponerse en relación con ella. Pero la form a de vigencia que resulta de ir al

cine —actitud infinitam ente m ás frecuente que la

opuesta— repercute a su vez, de m anera decisiva, en la propia producción, dejando al m argen la cuestión

de si a la postre es el consum o el que se ha configu­

rado en un principio como su reflejo, pues en fenó­ menos circulares como éste no tiene m ucho sentido, en lo que aquí interesa, decidir qué fue antes, si el

huevo o la gallina, siempre que se distinga, claro está, entre las condiciones económ icas de la producción

y el consum o cinem atográficos en

es lo único de que aquí se habla, y las condiciones económicas generales de los espectadores. Al orien­ tarse fundam entalm ente la producción de películas conform e a la dem anda de los espectadores del tipo de ir al cine, ya la propia invención es suscitada no

ya por el objeto —de la tierra, del cielo o del infier­ no— al que hagan referencia, sino por el lugar vacío que las reclama, y se plasm a conforme a sus princi­ pios de genericidad y de fungibilidad: el repertorio iia de ser am pliam ente intercam biable, y todos los ingredientes se vuelven implementos para lugares va­ cíos invariantes y preestablecidos, como se manifies­ ta en las fórm ulas usuales: «Ella es una chica tal y

cual

», llegará así a

cuanto tales, que

«Él es

»,

«el bueno

»,

«el malo

»,

etc. Se

productos extrem adam ente incapaces

te,

ni elegidas para ella, sino halladas sim plem ente

de sustentar la otra función —la que les correspon­

en

la plena y abierta indeterm inación contextual de

dería en el contexto de ver esta película—, alcanzan­

la persona, desaparecen, a su vez, rápidam ente, por

do con ello la aplastante uniform idad de la industria

cinem atográfica.1 Producción y consumo convergen

y se condicionan m utuam ente

cío en que se encuentran y que podría tal vez sim bo­ lizarse por el precio de la localidad. El que pretenda saber lo que es el cine y conocerlo en sus posibilida­ des tendrá, pues, que enfrentarse en prim erísim o lu­ gar con estas evidencias, sin apartarse al idílico y vano panoram a de quienes piensan en él como si fue­

se una form a cultural antes que un

fenómeno social,

como si fuese un arte antes que un comercio. Pero volvamos a Revuelta en Haití. La evocación, decía, de tal película, que sin propósito y por mero enca­ denam iento asociativo se me ha venido a las mien­

tes esta tarde, no me ha conducido a revocar ningún dictam en favorable (todavía está por la prim era vez que revoque uno adverso, lo cual no ha de achacarse

a la especial acedía de mi carácter, sino al carácter

siem pre crítico de tales revisiones), sino a caer en

a través del lugar va­

la cuenta de un

te adscrito al mero orden de sucesión expositivo o

narrativo, al m argen de la cualidad

hechos narrados en sí mismos, y que se liga a la convención de concebir la narración como un todo completo y unitario: se trata, en una palabra, del

intrínseca de los

preciso valor de sentido tácitam en­

fenómeno, por todos espontáneam ente asum ido y acatado —aunque no reflexivamente postulado ni

m edido en sus alcances—, de que una sim ple inver­

1. Desde hace unos diez o doce años, época en que mi asisten­

cia al cine ha ido disminuyendo conforme venia creciendo mi irri­ tación contra el género y mi irritabilidad ante sus engendros singulares, me ha dado por reparar en la inmensa cantidad de pe­ lículas (acaso superior a un 60 o 75 por ciento) que empiezan —a

menudo con la simultánea superposición

vehículo, generalmente un automóvil, en movimiento hacia el lu­ gar donde va a empezar la acción. Ningún testimonio más deso­ lador que este de la cobardía, la falta de imaginación y la sepulcral banalidad y nulidad de tal pretendido «séptimo arte». (Nota del

30 de diciembre de 1991.)

de los letreros— con un

sión de dicho orden sea capaz de provocar una total revolución del contenido intencional.

II. La película, como su propio título sugiere, tra­

taría de la liberación de Haití, la prim era república de América del Sur, la cual, con una gran mayoría de negros y m ulatos y —paradójicam ente— a los acordes de la M arsellesa, arrancó, como es notorio,

definitiva independencia justam ente de

manos del naciente poder de Bonaparte. (No se en­ tiende muy bien, por consiguiente —cosa que se me ocurre sólo ahora—, por qué el título habla de «re­ vuelta» y no francam ente de «revolución». ¿Tal vez porque «revuelta» se inscribe más en la ahistorici- dad de las historias de aventuras —«no turbem os al pueblo con la Historia»— y perm ite m ejor las espon­

táneas sugestiones épicas en el alm a de los especta­ dores?) Pero esos acontecim ientos están contados y enfocados desde la anécdota del consabido anglosa­

al lugar por la invisible m ano del

destino, se ve de pronto arrebatado en el torbellino de la situación y acaba jugando en ella un papel ac­ tivo y relevante; o, m ejor todavía, están habilitados para simple m arco de su peripecia, usados como mera ocasión de sus hazañas. Pues bien, al recorrer, no recuerdo con qué preci­ so cometido, las selvas de la isla, levantada en armas, nuestro héroe venía a tener dos encuentros decisi­

jón que, llevado

su plena y

vos, uno al comienzo y otro al fin de su odisea —la

cual abarca la m ayor parte

mero de ellos era con un m ulato abyecto y sangui­

nario, que, para toda suerte de desmanes,

una cuadrilla de idóneos forajidos (si escribo «ab­ yecto», «forajidos», etc., no es porque yo acostum bre a usar estas palabras para nadie en este mundo, sino porque así se lo tenía escrito en la frente —m ediante una serie de rasgos fisonómicos, gestuales o de acti­ tud que m ás adelante designaré como «índices es-

m andaba

de la h istoria—: el p ri­

catológicos»— el propio director de la película), y de cuyas garras logra el protagonista escabullirse, gra­ cias a su astucia, quedando, sin embargo, tan mal im­ presionado como es de suponer al respecto de tal revolución; el segundo de los encuentros era, en cam ­ bio, con un austero y venerable negro de barba y pelo blancos, que no resulta ser sino el mismísimo, his­ tórico, Toussaint Louverture —o sea, el Máximo Gó­ mez, como quien dice, de la segunda Antilla—,

tópicam ente pintado como el tipo del patriota maz- ziniano, iluminado, virtuoso y patern al,2 con la in­ tención, tam bién en este caso, de indicar sin equívoco posible qué es lo que hay que pensar y sentir respec­ to de él desde el instante m ism o en que aparece; y quede aquí tam bién para el final hablar de este que podría denom inarse «calvinismo cinem atográfico»

y aun épico en general. El punto que me interesa es

el siguiente: que la «verdadera» revolución es enton­

ces autom áticam ente, y tanto para el protagonista

cuanto para el espectador, la representada por el se­

gundo personaje, y esto únicam ente por el hecho

haberse m anifestado en últim o lugar; es decir, que

el valor intencional de la película depende exclusi­ vamente de un factor de sucesión, o, dicho en len­ guaje técnico, de un elem ento de montaje. Y aun, a mayor abundam iento, conviene señalar que si la re­

lación ordinal entre los dos encuentros pertenece, para la peripecia del protagonista, al orden n arrati­ vo, resultaría corresponder, en cambio, a un orden

m eram ente expositivo

el punto de vista de la situación ambiente, toda vez

que ambos personajes

te presentes en su seno, como representantes de la

de

si los considerásem os desde

se hallan ya sim ultáneam en­

2. En los mismos días de 1991 en que, al cabo de tantos años,

repaso este texto ha sido recibido en Madrid, con todos los hono­ res, Nelson Mandela, quien al prestigio de sus casi tres decenios de prisión añade una figura de anciano negro de extremada be­ lleza y dignidad que me ha recordado al Louverture de la película.

revolución, y sólo se suceden en el orden de conoci­

miento

contingentem ente dispuesto por los hados

para el protagonista y el espectador, de suerte que este factor, deliberadam ente m anejado desde fuera

a efectos de determ inar el sentido de la historia, se

viene a disfrazar precisam ente de lo m ás interno, de la m ás azarosa —y por ende, a la vez, m ás nece­ saria— facticidad. Si se invirtiese, en fin, ceteris paribus, el orden relativo de los dos episódicos en­ cuentros, la «verdadera» revolución pasaría a serlo entonces la del feroz mulato, una revolución pura­ mente rapaz y destructiva, y, por tanto, una «falsa» revolución —dado que como falso se suele descuali­ ficar cuanto por bueno no es tenido—, a la que, na­ turalmente, nuestro héroe negaría todo apoyo y adhesión; en tanto que, por su parte, el buen Tous­ saint vendría a trocarse en un pobre visionario, en un hom bre de paja, en un santón, lleno sin duda de nobles ideales, pero completamente desbordado por la realidad, en su incapacidad para ver lo que hay debajo, y su revolución sería una vana apariencia ine- sencial, un fenómeno de superficie: como tal se re­ velaría al protagonista —y a los espectadores— en el encuentro ulterior con el mulato, que tom aría va­ lor de desengaño y representaría la aparición de la verdad.

III. ¿Cuál es la convención tácitam ente im plicada

en todo esto? Se trata de un esquem a formal auto­

m áticam ente proyectado por la actividad interpre­

tativa de los espectadores, de una clave herm enéutica preestablecida y no por irreflexiva menos arbitraria

que cualquier otra convención. Por supuesto que todo género literario —y aun el lenguaje m ism o— se constituye como convención y desarrolla incluso, en el interior de su sistema, convenciones especiales. (Tal era, por ejemplo, el aparte del teatro, que con­ sistía en ab straer absoluta o relativam ente —o sea,

con respecto a todos o sólo a algunos de los perso­ najes presentes en escena— la audibilidad de una de­ term inada frase, en hacerla «no oída» —como era no

oído ni visto, para los personajes de la acción, el na­

el cual se hallaba, sin embargo, físicam ente

en escena, pero como en otro plano de existencia, que

no era tampoco el de los espectadores—; para lo cual se servían los actores de determ inados signos de puntuación, que, como tales, se apoyaban en otra convención suplem entaria, según la cual no eran en­ tendidos como gestos del personaje, sino leídos como señas del actor: volver la cara hacia los espectado­ res —sólo para el aparte absoluto— o rodear la boca

con la m ano en

el dorso o en la palma, form as que acaso hayan ten­ dido, a su vez, a especializarse para el aparte abso­ luto y el relativo respectivamente. Y es digno de notar cómo esta seña recuerda justam ente la figura del pa­ réntesis, el cual tal vez no sea sino su descendiente gráfico. Hoy los autores han dado en repudiar tan inocentes artificios, cual si no fuese artificio el tea­ tro todo.) No será, pues, la convencionalidad por sí

arco vertical —con la concavidad en

rrador,

m ism a la que pueda hacer ilegítimo un recurso, sino

su form a y lugar de interferencia; el que aquí nos ocupa ejerce en las entrañas del relato una función solapada y paradójica, y su precisa convención pue­ de ser form ulada como sigue: «Entiende lo prim ero en el orden como la superficie y lo segundo en el o r­ den como el fondo (A); entiende la superficie como

la apariencia y el fondo com o la verdad (B); y por lo

tanto, lo prim ero en el orden como la apariencia y lo segundo com o la verdad (C); de suerte que si en­ cuentras contradicción entre lo prim ero y lo segun­ do, deberás atenerte a lo segundo (D)». Podría, de hecho, en lo que aquí interesa, haberm e lim itado a las dos últim as cláusulas —C y D—>ya que contie­ nen la convención que basta, pero ello habría sido hacer las cosas m ás a rb itrarias aún de lo que son;

104

( no es arbitraria por sí misma, sino que surge con­ gruentemente como producto o consecuencia de A

v de B, que en realidad la justifican y sustentan, al

par que nos perm iten descubrir una m anera

típica

v

universal de concebir la narración. Por otra parte,

H

debería figurar quizás en prim er lugar, por ser la

convención realm ente extrínseca y prim aria; si le he

antepuesto A, ha sido en nom bre de que sólo ésta vie­ ne a ponernos directam ente en contacto con el m e­ dio narrativo.

IV. Según la prim era cláusula, la narración sería

concebida como una suerte de penetración en las en­ trañas de algo organizado en form a de cebolla: así como el cuchillo que corta una cebolla toca prim e­ ro las capas más externas y después las más inter­

nas, así tam bién

serán interpretados como contactos con la superfi­ cie, y los postreros como contactos con el fondo. Aun suponiendo que semejante configuración fuera correc­ ta, de hecho —com o he indicado—, en el caso de Revuelta en Haití, fondo y superficie resultan de una organización m eram ente episódica de la m ateria, esto es, no de una penetración por su espesor, sino de una excursión por su extensión: lo prim ero es so­ lamente lo prim ero que se ha encontrado y hecho reaccionar. Pero al hablar de fondo y superficie es­ tam os im plicando que se trata de una sola cosa; al mismo tiem po se supone que una sola cosa no pue­ de tener m ás que una única verdad. Por otra parte, lo concebido como una sola cosa no es la historia narrada —a la que, por supuesto, tam bién se la con­ cibe como un a—, sino el objeto por cuyas entrañas se imagina esa historia penetrar; de la naturaleza y la unidad de objeto sem ejante —un objeto que pue­ de estar compuesto de hechos contradictorios entre sí— sería casi imposible decir directam ente algo pre­ ciso; tan sólo nos será dado aventurar acerca de él

los prim eros episodios del relato

105

la conjetura de que su presunta unidad no sea al fin sino un reflejo de la unidad de la propia narración. Pero la proyección no parece producirse a través de la unidad contextual o argum ental de la historia na­ rrada, sino a través de la narración como decir com­ pleto y acabado: a la unidad de sentido de esa acción en cuanto acción lingüística se atribuye la unidad de sentido de los decires lógicos, y con ella, igual­ mente, la unidad de verdad propia de éstos. ¿Acaso

decir que un n arrad o r

se contradice, no ya en lo tocante a circunstancias

tan fam osas del Quijote—, sino

precisamente en cuestiones de sentido? ¿Sería enton­ ces la unidad de intención que —con toda justicia, al parecer— se atribuye al narrador la que postula­ ría la unidad de sentido y de verdad que se atribuye a la narración y a lo narrado? De ser así, tendrem os que invertir la relación, más arriba form ulada, en­ tre la unidad del objeto y la de su verdad, en el sen­ tido de que sería justam ente esta segunda —la unidad de verdad que se remite a la unidad de in­ tención del narrador— la que haría concebir el ob­ jeto entendido como uno. La totalización sería, por ende, un acto de lenguaje.

vez

no hemos oído alguna

de hecho —como las

V. No parece, sin embargo, ilegítimo, en principio,

el que una narración sea concebida como una pau­ latina revelación de la verdad, como una epifanía des­ plegada por el tiempo, ya cuando se pretende que sea la acción en sí la que lleve en su seno esa virtud re­ veladora, ya cuando, como en Edipo rey, la propia averiguación en cuanto tal es erigida en argumento. Entre uno y otro extremo se da una m ultitud de gra­ dos intermedios: piensa en esas novelas en que el pro­ tagonista no es propiam ente un averiguador de la verdad, sino un hom bre entregado a la acción y a la pasión, pero que va proyectando, como sobre la m ar­ cha, una atención reflexiva sobre la existencia, la cual

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acaba al fin por descubrirle la verdad; en otras no

es

a la reflexión del personaje a lo que la verdad se

m

anifiesta, no a él como sujeto cognoscente, sino

más bien en él como conducta: lo encontrado se dice que es, entonces, la horm a de su zapato, su destino. (Aprender a salir de un laberinto o encontrar sim­ plemente la salida es algo diferente, y aun a veces opuesto, a levantar su plano: el plano puede ser veraz

sin

ble para d a r con la salida; en cuanto a lo justificado

de llajnar «verdad» a lo prim ero, con

m ática e individualista que supone, es asunto que

aquí no entra en cuestión, pero yo, por mi parte, ha­

blaría en tales casos —trátese del

tese del ingreso en una orden religiosa o en un partido político extremista, o de cualquier otra for­ ma de «incorporación»— de «encontrar un ajuste», un «acomodo», de sistemarsi, como suelen decir los italianos, lo que, vistas las cosas con la oportuna tru ­ culencia, vendría m ás bien a ser, desde el punto de vista de las disposiciones subjetivas, perfectam ente lo contrario de cualquier relación con la verdad, la cual, para serlo, necesita, en todo caso, no ya que se la posea ni se le pertenezca, sino que se la mire; lo

otro pertenece al pensam iento mágico que piensa que puede haber con la verdad relaciones individua­ les, personales, esto es, corporales y táctiles; mas toda relación con ella ha de quedar cegada en la mis­ ma m edida en que abandone la m ás estricta im per­ sonalidad.) Este segundo tipo —el de la verdad encontrada en la conducta— se debe distinguir de aquel tercero en el que nadie encuentra su camino

ésta perm anece ente­

ram ente extrínseca tanto al conocimiento como a la conducta de los personajes, los cuales no perm iten entonces, en principio, ninguna suerte de participa­ ción. En otro extrem o estaría finalm ente el degene­ rado género de las novelas policíacas, en las cuales,

ser completo, o sin ser individualm ente utiliza-

la visión prag­

m atrim onio, trá ­

ni da con la verdad, sino que

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como en Edipo rey, la m ism a averiguación es con­

vertida en argumento, pero para rendirle un culto de­ portivo, o sea, para com placerse en la averiguación por la averiguación. En todos estos tipos, lo intere­ sante para los esquem as es el distinto grado en que un determinado personaje puede, como sujeto agente

o cognoscente, despegarse del m undo del relato y

quedarle contrapuesto, casi como del lado del lec­

tor; lo que tam poco lo hace

ta, pues un protagonista podría, en principio, no ser

sino el

idéntico al protagonis­

catalizador de la reacción m anifestante y es­

tar tan proyectado en el lado del objeto como el m un­ do que por su acción se nos revela. Com oquiera que sea, «verdad» se dice, en cada uno de estos tipos, de cosas formalm ente diferentes y que guardan distin­

ta relación con lo narrado. Pero ¿por qué la verdad

está en el fondo?, ¿qué esquem a fundam enta un pre­ juicio sem ejante? Probablem ente es la figura objeti­ vada y generalizada del proceso de disección de fuera a dentro de un objeto, que se erige en la imagen pro- totípica de todo conocer; al concebir la verdad so­ bre ese objeto como un conjunto de datos que se van

com plem entando o,

to final de todos ellos, se viene a dar, irreflexivamen­

te, al últim o encontrado una posición de privilegio con respecto a los demás, puesto que sólo él —como la gota de fenolftaleína que enrojece de golpe toda la solución y nos revela espectacularm ente su na­ turaleza— desencadena y redondea la plena epifa­ nía de la verdad; este poder de revelarla de pronto

ante los ojos lo hace no sólo el productor de la ver­

dad, sino tam bién su portador, la clave del enigm a.3

m ejor todavía, como

el produc­

3. Es curioso observar cómo la imagen capaz de representar un

modo de concepción contrario nos la ofrece precisamente el ma­ rido de la cebolla, o sea, el ajo: en éste, en efecto, en lugar de es­ tratos concéntricos, nos encontramos una rueda de gajitos, o mejor de dientes —como se los llama—, ninguno de los cuales está más próximo ni más distante que otro del corazón o de la superficie. Son, evidentemente, dos *concepciones del mundo» totalmente inconciliables.

Este orden en el conocim iento es proyectado como organización del propio objeto y hace surgir la aso- ladora idea del núcleo o del meollo; lo cual me hace

pensar que la pareja «fondo/superficie», acaso, en úl­ tima instancia, se rem ita a la experiencia temporal de sucesión («superficie» = «lo que se topa antes» «fondo»=«lo que se topa después»), de suerte que la autónom a im agen espacial y descriptiva sería lo de­ rivado, y lo prim ario la imagen narrativa. Pero he aquí que el esquem a ha hecho fortuna y se ha abs­ traído y absolutizado a tal extrem o que hasta el pre­ dicador y el o rador forense —todo aquel cuyo oficio es convencer— han de aplicarlo indefectiblemente

a la organización de su discurso, echando prim era­

mente por delante, de m enor a mayor fuerza, las opi­ niones y los argum entos de sus contradictores, para

arrojar, por últim o —tras una breve pausa en la que

se estremece todo el pathos del conflicto—, como una resonante catarata, el rutilante caudal de la verdad:

es la llegada del general Blücher al cam po de Wa- terloo (debates lógicos, com bates corporales, verdad, victoria final, felicidad final, todo ello es revuelto

y refundido en este esquem a de tan vasto alcance).

El orden por sí mismo ha tom ado aquí fuerza de argumento, al par que nos hallam os lejos de verda­ des parciales que m utuam ente se relativizan y co- circunstancian: ya no hay datos complementarios, sino opiniones autosuficientes y en contradicción. Conviene recordar, por último, cómo el esquema obli­ gatorio de toda fábula cuyo argum ento consista en un certam en exige siem pre poner en últim o lugar la actuación del vencedor: «El sol y el viento se desa­

fiaron a ver quién de ellos tenía m ás poder sobre el hombre, quién de ellos era capaz de despojarlo de su capa. El viento se puso a soplar y soplar, pero el hom bre se apretó cada vez más, con am bas manos, la capa contra el cuerpo. Entonces el sol se puso a calentar y calentar, hasta que el hombre, viendo que

sudaba, se resolvió a quitársela». ¿Qué sería de esta vieja fábula, cuya intención es, evidentemente, la de representar la superioridad de la convicción sobre

la fuerza, si la actuación del sol precediese a la del viento? Pues, simplemente, que no funcionaría en ab­ soluto. La actuación del perdedor se vuelve totalm en­ te ociosa e inoperante si sucede a la del vencedor.

Por lo demás, el m ism o sentir parece ser que

ra en algunos certám enes no narrados: así, como buscando el m ism o efecto —dado que aquí, obvia­ mente, no puede ser im puesto—, en las etapas contra reloj del Tour de France, la salida de los corredores se da en el orden inverso al de la clasificación gene­ ral, y el m aillot am arillo sale, por lo tanto, en últi­ mo lugar.4

im pe­

VI. Retornando a la épica, resulta que así como