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COMENTARIO BIBLICO DEL CONTINENTE NUEVO

Hechos I

por

Raúl Caballero Yoccou

Editor General de la obra:

Dr. Jaime Mirón

Asesor Teológico

Rvdo. Raúl Caballero Yoccou

I por Raúl Caballero Yoccou Editor General de la obra: Dr. Jaime Mirón Asesor Teológico Rvdo.

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Junta de Referencia

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Presidente: Luis Palau

Raúl Caballero Yoccou (Argentina), H. O. Espinoza (Mexico), Olga R. de Fernández (Cuba), Pablo Finkenbinder (EE.UU.), Sheila de Hussey (Argentina), Elizabeth de Isáis (Mexico), Guillermo Milován (Argentina), Carlos Morris (España), Emilio Núñez (Guatemala), Dory Luz de Orozco (Guatemala), Patricia S. de Palau (EE.UU.), Héctor Pardo (Colombia), Aristómeno Porras (México), Asdrúbal Ríos (Venezuela), Randall Wittig (Costa Rica).

Publicado por

Editorial Unilit

Miami, Fl. EE.UU.

Todos los derechos reservados

© 1992 Asociación Evangelística Luis Palau

Este volumen ha sido escrito con la colaboración del

Dr. Jaime Mirón y Letica Calçada.

Versión utilizada de la Escritura: Reina Valera (RV) 1960.

© Sociedads Biblicas Unidas

Otras citas marcadas BLA, Biblia de las Américas

© 1986 The Lockman Foundation

Usado con permiso.

Producto 498642, Tomo I rústica

ISBN 0-56063-989-X

EX LIBRIS ELTROPICAL

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PREFACIO DEL EDITOR GENERAL

Cuando por primera vez pensamos en la necesidad de una obra como ésta, una de las necesidades que advertimos—al margen de que el material fuera original en castellano—fue que sirviera para llenar una gran necesidad del liderazgo iberoamericano. La mayoría de los obreros del Señor en Latinoamérica no cuen- tan con los privilegios educacionales ideales ni con las posibilidades para lograrlos. Es por eso que, recu- rriendo a hombres de Dios y excelentes maestors bíblicos del continente americano y de España, acordamos realizar esta obra.

Este Comentario Bíblico está especialmente dirigido al obrero, líder o pastor que recién se inicia o bien que presiente no contar con preparación académica adecuada por falta de tiempo o de medios. Esta obra no está dirigida a los expertos o eruditos puesto que estos hermanos ya cuentan con suficiente material.

Este Comentario Bíblico expositivo no analiza la Escritura versículo por versículo ni menos palabra por palabra. Por lo general se toman las ideas por párrafos y se extrae el contenido esencial. No intentamos, en esta obra, aclarar toda duda o contestar toda pregunta que pueda tener el maestro, predicador o estudioso de la Biblia. Lo que sí deseamos hacer es estimular al predicador y ayudarle a aplicar y predicar el pasaje bíblico.

A pesar de que hay menciones ocasionales al original griego, como parte de la filosofía editorial la Junta de Referencia pidió a los autores no ser exhaustivos en las explicaciones técnicas ni eruditos en la presenta- ción.

Quiera el Señor añadir su bendición a este Comentario del Epístola a los Filipenses a fin de que los líderes del pueblo de Dios sean edificados y, a su vez, el cuerpo de Cristo crezca en conocimiento y sabiduría para gloria de Dios.

Dr. Jaime Mirón

Editor General

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Prefacio del editor general Prólogo Introducción

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[p 5]

ÍNDICE DE HECHOS

1.

El mundo del Nuevo Testamento

2.

El autor y sus escritos

3.

El objetivo de Hechos

I.

El comienzo de una nueva comunidad

1.

Las enseñanzas del Señor Jesucristo

2.

Los primeros síntomas de la comunión

3.

La primera evidencia de la comunión

4.

El día de Pentecostés

5.

Los fundamentos espirituales de la nueva comunidad

6.

El surgimiento de la oposición

7.

El diablo pone en funcionamiento otras estrategias

II.

Los primeros pasos hacia la extensión

8.

El ministerio de Esteban

9.

La defensa de Esteban

10.

El martirio de Esteban

11.

Felipe predica fuera de Jerusalén

12.

Felipe y el eunuco etíope

13.

Saulo se convierte al evangelio

14.

Cornelio recibe al Señor Jesús

15.

Los esparcidos predican en Antioquía

16.

La iglesia de Antioquía envía socorro a otras iglesias

17.

Herodes encara una oposición sangrienta: Dios lo juzga

5

[p 9]

PRÓLOGO

El libro que nos proponemos estudiar cubre un breve espacio de tiempo en la historia de la iglesia, sólo alrededor de treinta años. Sin embargo, dudamos que en toda la historia del mundo hayan existido tres déca- das con tanto contenido social, cambios religiosos y culturales, sin guerra y sin derramamiento de sangre.

El Señor Jesús, que es su figura central, es también la fuente de la vida en todos los acontecimientos del si- glo I. Por medio de él se rehabilitaron los genuinos sentimientos de patriotismo vinculados con la vigencia de la ley de Moisés. Por medio de él se volvieron a refrescar las Escrituras con respecto a Israel y el mundo que habían profetizado los hombres más destacados del AT.

Cuando ascendió al cielo no dejó mandamiento alguno sobre el método o sistema para formar la iglesia. Tampoco dio instrucciones directas de cómo reunir a los creyentes de todas las naciones y razas en una co- munidad fraternal. Con su partida al cielo dejó un gran suspenso en sus discípulos que convertidos en após- toles tenían que esperar instrucciones más precisas por parte del Espíritu Santo para operar la voluntad de Dios.

El libro casi naturalmente se divide en una serie de círculos concéntricos que marcan las distintas etapas de la expansión de la iglesia. Cada nueva circunferencia incluye lo ya sucedido y marca las etapas sucesivas del desarrollo de la iglesia en todos los sentidos: territorial, étnico, moral y espiritual, con creciente número de adherentes.

Tal como lo hemos de estudiar más adelante, Lucas es el autor de la narración que va desde el nacimiento del Señor Jesús hasta la llegada del evangelio a Roma. Trabajó en dos documentos que inicialmente no estu- vieron relacionados con ninguna iglesia en [p 10] particular, sino que circularon entre el público lector gen- til para quienes habían sido escritos. La amplia circulación entre las iglesias tuvo como virtud la consolida- ción de las labores apostólicas al final del siglo I. Al comienzo del siglo II cuando ya se habían reunido los cuatro evangelios y circulaban como cuatro libros separados, la historia de Lucas también se dividió en dos partes, con el objetivo de seguir sus respectivos propósitos. El libro de Hechos tomó entonces una importancia tal que algunos escritores lo consideran un libro clave para la comprensión de la historia y la doctrina del NT. Muestra el nacimiento y progreso del evangelio a lo largo de la ruta desde Jerusalén hasta Roma. Nos explica cómo un movimiento que nació en el seno del judaísmo, en pocas décadas pasó a ser una religión esencialmente gentil. Nos explica cómo una creencia que surgió en Asia, se convirtió con los siglos en el de- sarrollo de la civilización europea. Fue en esta región del mundo donde se produjeron los debates teológicos más encarnizados sobre el contenido del NT y desde donde también se promocionaron los viajes misioneros similares—o no—a los encarados por Pablo.

Para nosotros, el estudio de Hechos plantea un desafío actual que se renueva constantemente. Clarifica el valor histórico y doctrinal de la ascensión del Señor Jesús y la venida del Espíritu Santo. Son los aconteci- mientos centrales de toda la historia. Nosotros que tenemos a disposición el poder de lo alto, necesitamos ejercitar nuestro ser interior para obedecer las indicaciones de extender el evangelio tal como Lucas lo narra.

Para encarar mejor nuestro estudio del libro, lo hemos dividido en dos partes. En la primera, hemos de tener en cuenta los acontecimientos en Jerusalén desde la resurrección del Señor Jesús hasta la muerte de Herodes (1:1–12:24). En este período los hechos o actividades están principalmente relacionados con la igle- sia en Jerusalén. Pedro es el personaje central con Juan, su amigo y acompañante leal.

En la segunda parte, hemos de estudiar las actividades misioneras que tienen a Pablo como motor princi- pal y a la iglesia de Antioquía como su centro espiritual. Ponemos especial atención en no descuidar detalles que a simple vista parecen secundarios pero que en muchas oportunidades son vitales para comprender lo que el Espíritu Santo desea enseñarnos. Esta característica dilata el [p 11] comentario y hace necesario que debamos dividirlo en dos tomos, teniendo en cuenta, precisamente, las partes que mencionamos. Así que, el tomo I abarca los primeros doce capítulos y el tomo II los restantes.

Hemos también procurado agregar notas adicionales y un buen número de cuadros explicativos para ayudar a la comprensión de algunos temas, y proveer al lector—especialmente a pastores y líderes—de bos- quejos que les permitan utilizar las enseñanzas para su labor ministerial.

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Finalmente, anhelamos honrar a Dios y glorificarlo por la bendición que significa comentar, aunque sea superficialmente, su palabra. El autor disfruta de momentos muy cálidos en su presencia escribiendo estas páginas. Gracias a Dios por su ayuda, y a tantos hermanos que por medio de sus libros o sus consejos han enriquecido estas páginas.

[p 12]

RAÚL CABALLERO YOCCOU

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INTRODUCCIÓN

1. EL MUNDO DEL NUEVO TESTAMENTO

a. Judíos

A. Los poderes civiles

Después de las conquistas de Pompeyo (año 63 AC), el Imperio Romano afrontó tres serias disputas dinás- ticas para ocupar Jerusalén y anexar Palestina a la provincia de Siria. Pompeyo designó al sacerdote Hircano II para gobernar Galilea, Samaria, Judea y Perea. Este a su vez, trajo a Antipáter, un descendiente de Esaú (idumeo) muy astuto que logró que sus hijos Herodes y Fascal ocuparan puestos claves en la corte.

Herodes no pudo dominar las luchas internas y huyó a Roma para obtener más respaldo del emperador Octavio (posteriormente Augusto César). Volvió entre los años 38 a 36 AC, con más autoridad pero menos independencia. Durante 34 años hizo una administración pro–romana. Construyó el puerto de Cesarea y un templo a Augusto en Samaria. Ganó el favor de los judíos (que lo odiaban por ser descendiente de Esaú) edifi- cándoles un lujosísimo templo (Jn. 2:20) que congregó por muchas décadas a miles de hebreos de todo el mundo.

b. Romanos

Roma trató de gobernar Palestina por medio de reyes títeres con gobernadores obedientes alternativos, poco capaces e indiferentes a las necesidades del pueblo. Comenzando con Coponio (6 a 9 DC) [p 14] hasta Flaro (64 DC), alrededor de 15 procuradores (gobernadores) ocuparon el sitial. Para nuestro estudio tres son los que más interesan:

(1)

Poncio Pilato (26–36 DC). Caracterizado por arrogancia mezclada con cobardía. Esto provocó que en su carrera cometiera errores inexplicables. Pilato no supo manejar su influencia y permitió que la aristocracia por una parte y los saduceos por otra provocaran al pueblo con temas como la pobreza o la religión.

El ajusticiamiento de Jesús, pese a que aparentemente fue una victoria religiosa, produjo muchas friccio- nes entre los poderes civiles y religiosos, sobre todo después de la resurrección de Jesús. El sanedrín (el más alto tribunal de los religiosos judíos) se sintió muy incómodo y presentó sus quejas al imperio.

Por otra parte, ciertos sectores influyentes de la sociedad también hicieron lo mismo, llegando a ser una seria advertencia para Roma. Pilato fue llamado por el emperador, pero antes de llegar el monarca murió y no se supo más de él.

(2)

Antonio Félix (52–60 DC). Se caracterizó por el desgobierno, la corrupción y la violencia. En Palestina crecía el deterioro de las instituciones y se preparaba el camino para la sublevación, cosa que sucedió en el año 66 DC. El caos reinante se demuestra en el simple hecho de la formidable custodia que el comandante local se vio precisado a prepararle a Pablo para salvarlo de la turba (Hch. 23:23–35).

(3)

Porcio Festo (60–62 DC). Se hizo cargo de la situación e hizo lo mejor que pudo para lograr la reconcilia- ción. De ahí, el exagerado respeto por Agripa (Hch. 24:27; 25:13–24) y su vacilación en tomar cartas defini- tivas en el tema de Pablo. El apóstol viendo tan comprometida la situación y la manera en que se manejaba la justicia, pese a la decisión de los magistrados locales decidió apelar a César. Tenía mucho más confianza a la corte romana.

B. Las sectas religiosas

Al iniciar la historia de los evangelios hacía ya cuatrocientos años que los israelitas no oían la voz de los profetas. La religión que profesaban estaba seca, fría y sin respuestas para el pueblo.

a. [p 15] El templo

El humilde templete construido por Zorobabel, después que el pueblo volvió de Babilonia, fue reemplaza- do por el que construyó Herodes (el Grande). Se comenzó en el año 19 AC y la estructura principal se termi- nó en el 9 DC, aunque las labores continuaron hasta el 64 DC (poco antes de ser destruido por Tito).

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Era hermoso y tan lujoso que despertó la admiración de todos. Abarcaba un área extensa con un complejo de edificios que aun los discípulos de Jesús no cesaban de admirar al verlo construir. Se practicaban sacrifi- cios y se celebraban fiestas. Era un lugar tumultuoso de reunión donde nunca cesaba de subir el humo de los sacrificios. El imperio vigilaba todos los movimientos desde la torre Antonia (Hch. 21:31).

En el atrio de los gentiles (el cual ningún gentil podía traspasar sin sufrir la pena de muerte—Hch. 21:28–29) estaba el mercado de animales y las mesas de dinero donde se realizaban los cambios de monedas.

El templo era el lugar donde se podían reunir para oír la enseñanza de cualquier maestro.

b. La sinagoga

Se creó cuando Israel estaba en el exilio, y era independiente del templo. Tenía funciones complementa- rias especialmente para fortalecimiento mutuo. La tradición judía insiste en afirmar que la sinagoga nació en los días de Esdras, pero de ello no hay información. Posiblemente lo hagan para destacar su trascendencia fuera del territorio palestino. El templo era uno solo, pero cada comunidad tenía su sinagoga dentro y fuera del territorio de Israel. Solían tener tres cultos religiosos semanales: sábado, lunes y jueves, y a menudo tam- bién tres en un mismo día. Al principio se leía la ley en hebreo con una breve explicación en arameo.

Con el propósito de finalizar las disputas con otros grupos sobre el modo de celebrar las fiestas, la lectura incluía también otros textos. Fue en la sinagoga donde se comenzó a leer los targumes (que son una paráfra- sis en aramaico del texto hebreo de la ley). Al principio la traducción fue muy engorrosa, pero posteriormen- te mejoró.

El Señor Jesús estaba familiarizado con el servicio religioso de la sinagoga y fue allí donde comenzó su la-

bor en Nazaret [p 16] (Lc. 4:14–30). Asimismo Pablo tenía relación con este centro de reunión donde concu- rría para predicar a Cristo.

El término “sinagoga” aparece unas 54 veces en los evangelios (ver Mt. 4:23; 9:35; 12:9; etc.) y significa

“reunión de personas”. Hasta el presente la sinagoga es un lugar muy querido por el pueblo judío y un factor

importante en la educación de la familia.

c. La ley y sus efectos

Fue al pueblo hebreo al cual Dios encargó que representara la santidad a Jehová. Con frecuencia trataban de conservar las formas pero no vivían la santidad misma. Después que volvieron de Babilonia renovaron su interés hasta niveles no alcanzados desde los días de Moisés. El verbo qiddesh que usaron por siglos, pasó a ser yiddish, que para nosotros es el idioma de los judíos aislados en Europa y que se habla hasta el presente. Significa “los separados o puestos aparte”.

Con el propósito de diferenciarse de los gentiles, los judíos en los días del Señor Jesús adoptaron ritos muy severos—especialmente relacionados con el día sábado. Querían demostrar el amor a Dios y a su ley (Jn. 5:10; 9:16). Así que escribieron y reglamentaron sus ritos, compilando todo el material para formar la pri- mera parte del Talmud que se denomina Mishnah (siglo II DC). La otra parte denominada Gémara son co- mentarios de la Mishnah producidos por los rabíes.

A esta reglamentación se la denomina “tradición de los ancianos” (Mt. 15:3, 6), algunas de las cuales es-

taban referidas a la entrada al reino de los cielos que ellos aseguraban era privativa de los que observaban la ley tal como ellos la interpretaban. Una de las restricciones que habían impuesto era no caminar en sábado más que nueve o diez cuadras (Hch. 1:12).

d. Sectas judías

Había varias; algunas dependían de la influencia de los gobiernos de turno.

(1)

Fariseos. Grupo religioso que apareció a principios del siglo II AC y se lo conocía como hasidim (fieles a Dios). El nombre fariseo comenzó a relacionarse con los asmoneos (descendientes de [p 17] los macabeos) buscando el prestigio que tenían para llevar las prácticas religiosas a extremos ridículos. Fariseo puede ser una preservación del aramaico perishaya o del hebreo perushim, que significa “los separados”. Esta secta quería estar al margen del pueblo, pero por otro lado luchaba por ganar adeptos (Mt. 23:15). Eran celosos de la ley, pero en su afán por preservarla se fijaban más en la letra que en el espíritu de su contenido. Estaban

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espiritualmente vacíos y a causa de ello recibieron severas condenas por parte del Señor Jesús (Mt. 12:1, 8; 23:1–33; Lc. 6:7).

Al caer Jerusalén en manos romanas, quisieron conservar el espíritu religioso en el pueblo, fijando estric- tas normas de ética. Escribas era el nombre del grupo más destacado—entre los fariseos—por su estudio de la ley. Trataban de enseñar e interpretar el texto y eran de gran estima. El Señor Jesús los denunció públicamen- te por quitarle valor a la Palabra de Dios al mezclarla burdamente con las tradiciones (Mt. 15:1–9).

(2)

Saduceos. Se cree que el nombre deriva de Sadok, el sumo sacerdote en tiempo de Salomón (1 R. 2:35). Pertenecían a la clase aristocrática y se distanciaban mucho de la doctrina de los fariseos. Les ofendía que éstos creyeran ser los defensores de la ley, y trataban de ponerlos en ridículo, pero cada vez perdían más in- fluencia.

Sólo aceptaban la ley de Moisés, pero no creían en los profetas ni tampoco aceptaban la tradición oral de los ancianos. Negaban la existencia de espíritus, la resurrección del cuerpo y la inmortalidad del alma. No les interesaban las promesas mesiánicas, de modo que cuando perdieron la ciudad prácticamente se quedaron sin auditorio.

Sumaron su oposición a los demás tanto contra el Señor Jesús como también cuando se inició la iglesia. En los días en que Pablo fue juzgado ocupaban un lugar importante en el Sanedrín (Hch. 23:6–10).

(3)

Zelotes. Fue una secta fundada por un tal Judas, el Galileo, quien produjo una subversión contra Roma precisamente en el tiempo en que Augusto decretó el censo. Tuvo un buen número de seguidores— especialmente entre los que se oponían a pagar tributo porque lo consideraban una traición al verdadero Rey [p 18] de Israel. Se los denominó zelotes porque siguiendo el ejemplo de Matatías (padre de los macabeos) y sus hijos, manifestaron mucho celo por la ley de Dios (comp. Nm. 25:11) Eran los revolucionarios del pueblo hebreo (comp. Hch. 5:36–37). Uno de los apóstoles del Señor Jesús había sido zelote o cananita (Hch. 1:13).

(4)

Esenios. Este partido religioso se conoció a raíz del descubrimiento de los rollos del mar Muerto (1947 DC). Estos rollos pertenecieron a la comunidad Qumran, una secta que vivía junto a las costas del Mar Muer- to. Eran similares a los zelotes y posiblemente continuadores de su cultura. Surgieron en el siglo II (AC) y aunque separados, compartían con los fariseos el horror de tener que honrar al emperador. Los esenios tení- an votos de celibato, pero adoptaban niños y los educaban en sus creencias. Tenían todas las cosas en común. No compraban ni vendían entre ellos y tenían un fondo común administrado por mayordomos elegidos. También escogían al sacerdote que debía cocinar y ofrecían sus propios sacrificios. Eran muy estrictos en la recepción de gente nueva.

(5)

Herodianos. Era una secta de carácter político porque seguían a Herodes y en consecuencia gozaban el beneplácito del Imperio. Se oponían a cualquier cambio político, en consecuencia, veían a Cristo como un revolucionario (Mr. 3:6; 12:13; etc.) Apoyaban a los fariseos en el tema de dar tributo a César porque impli- caba una forma de nacionalismo.

(6)

Galileos. Era un partido político con formas religiosas que habían seguido a Judas de Galilea, pero no concordaban con los zelotes. Eran políticos muy fanáticos y luchaban por sus derechos territoriales. Choca- ron con Pilato (Lc. 13:1–3), y los enemigos trataron de identificar a Jesús y los doce con esta secta (Mt. 26:69; Mr. 14:70).

(7)

Samaritanos. Era una raza mezclada de judíos con otras étnicas que vivían en la provincia de Samaria. Cuando Sargon II (722 AC) la tomó cautiva para Asiria juntamente con otras tribus de Israel, la dejó pobre y débil. Posteriormente con la invasión de los caldeos se profundizó la mezcla. Se convirtieron en hombres muy idólatras y alejados de Dios. Al construirse el segundo templo—pequeño edificio levantado por los que retor- naron del exilio en [p 19] el 535 AC—los samaritanos ofrecieron su ayuda (Esd. 4:1–3) pero fueron rechaza- dos. Esta circunstancia ahondó la enemistad ya existente. Notamos el antagonismo muy especialmente en los evangelios (Mt. 10:5; Jn. 4:9), aunque también en Hechos. Algunas experiencias tienen gran resonancia a causa de la actitud del Señor Jesús con ellos (Lc. 17:16) y también de Felipe (Hch. 8:1–10).

(8)

La diáspora. Esta expresión aparece tres veces en el NT (Jn. 7:35; Stg. 1:1; 1 P. 1:1) y se forma con dos términos griegos: speir, esparcir, y el prefijo dia, a través. De modo que en realidad quiere decir los esparci- dos. Moisés había dicho a Israel que si dejaban la ley serían desparramados por las naciones (Lv. 26:33–37; Dt. 4:27–28; 28:64–68). Así ocurrió desde la invasión asiria (722 AC) y posteriormente con la transmigra-

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ción de Babilonia. La gran masa del pueblo no retornó a Palestina y se asentó en otros lugares. En el siglo VI AC se notó cómo crecía el pueblo, a tal punto que alrededor de diez años después solamente en Egipto había alrededor de un millón de judíos.

C. La preparación del mundo para el evangelio

Leemos en los evangelios que el Señor Jesús es el Salvador del mundo (Jn. 3:15). También leemos que el mandato que recibieron los apóstoles fue ir “al mundo y predicar el evangelio” o “hacer discípulos a las na- ciones” (Mr. 16:15; Mt. 28:19–20). Ninguno de ellos comprendió la magnitud de la propuesta, en parte qui- zás por lo grande que les pareció. Pero fue un hecho muy impactante y una evidencia de que Dios no se con- dicionaba a forma alguna de religión existente ni a las dificultades que pudieran surgir.

Nada de lo que habría de ocurrir fue el resultado de la improvisación sino parte del desarrollo progresivo del propósito de Dios. Por esta causa creemos conveniente hacer un breve repaso de la manera en que las cosas se consumaban para culminar con el cumplimiento de la palabra dicha.

a. La dispersión del pueblo hebreo

En el prólogo ya hemos mencionado algo acerca de este fenómeno. En los alrededores del siglo VIII AC comenzó la emigración de grandes multitudes de hebreos. Parte del pueblo se [p 20] movió hacia el oriente, cautivos de los asirios, y parte a otros lugares. Durante siglos anduvieron de acá para allá, a veces por la fuerza y otras voluntariamente.

En los días del profeta Jeremías, se levantó una parte del pueblo contra el gobernador instalado por el rey de Babilonia. Fueron amenazados si no deponían su actitud, pero ante la negativa fueron aplastados. Mu- chos—temiendo lo que habría de ocurrir—emigraron a Egipto (ver Jer. 41–44). Siglos después, al comenzar la dominación griega, el movimiento de gente se incrementó especialmente por la fundación de nuevas ciu- dades y el aumento de los privilegios en ciertos lugares. Muchos hebreos se hicieron a la aventura de coloni- zar zonas de Siria y posteriormente Asia Menor, ingresando en Europa (comp. Jn. 7:35; Stg. 1:1; 1 P. 1:1).

Para el tiempo en que comenzó la iglesia, la diáspora hebrea había cubierto el mundo conocido, espe- cialmente trabajando en centros comerciales. Un dato ilustrativo lo proporciona la cantidad de países men- cionados en Hechos 2 en ocasión de la fiesta de Pentecostés (vv. 9–11). El historiador Josefo asegura que los judíos habían invadido cada ciudad y era difícil hallar un lugar donde no estuvieran ubicados en un puesto clave. Menciona que Agripa, escribiendo al emperador Calígula, hace referencia a las colonias judías en Egipto, Fenicia, Siria, Panfilia y casi toda Asia Menor, llegando a Bitinia y Ponto. También había colonias hebreas en Europa, al norte y sur de Grecia, el Peloponeso, Chipre y Creta (Josefo: Ant. XI, V:2).

Las piezas arqueológicas como monumentos o pirámides llevan inscripciones que son credenciales para detectar la importancia de la comunidad hebrea que rodeó el Mediterráneo. Muchos creyeron que podrían afianzarse fuera de su territorio natural y trataron de fortalecerse. Alejandría—capital de Egipto en ese mo- mento—estaba dividida en cinco partes que se distinguían por letras del alfabeto. Dos de éstas eran conside- radas hebreas, aunque las restantes estaban mezcladas. Roma por su parte era una importante colonia judía, acrecentada por los cautivos de Pompeyo, colonia que fue creciendo hasta convertirse en baluarte de la fe ancestral (o de los padres); pujó por ser reconocida como autónoma pero fracasó (Hch. 18:1–2).

[p 21] A los judíos de la dispersión se los conocía como helenistas, que a mediados del siglo I sumaban cerca de tres millones. Estos realizaban constantes peregrinaciones a Jerusalén especialmente para las gran- des fiestas y para pagar el tributo anual por el templo. Reconocían a la santa ciudad como su verdadero lugar de adoración aunque guardaban gran respeto para los países donde habían nacido siguiendo el mandato del profeta: “Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz” (Jer. 29:7). Por esta causa crecieron en influencia en los países donde habían na- cido y ganaron a muchos paganos para su fe. Naturalmente que tanto los gobernantes como otros vieron esta influencia como perjudicial. En parte, porque no trabajaban los días sábados, pero mayormente porque cada siete años realizaban un paro por un año completo. También consideraban ridículos y absurdos los ritos que celebraban (Josefo: Contra Apión 2:7). No obstante, el pueblo ganó estima por la trascendencia de su fe, y hombres en posición encumbrada como el eunuco de Candace, reina de los etíopes, Arizo rey de Emesa, Po- lemo rey de Cilicia y muchos otros que abrazaron la creencia de los hebreos (Josefo: Ant. XX–VII:1, 3).

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Esta dispersión tan importante, que para Israel podría parecer una desgracia, fue utilizada para la difu- sión del evangelio. Los predicadores eran judíos y la misión (tal como había ocurrido con el Señor Jesús) no fue descartar la antigua fe sino proclamar su cumplimiento. Fue una ventaja indiscutida que dondequiera que fueran había auditorio interesado en escuchar el mensaje, aunque posteriormente reaccionara en contra.

En cada ciudad que visitaban inmediatamente podían dirigirse a la sinagoga y comenzar a predicar segu- ros de que serían escuchados (Hch. 9:20; 13:5; 13:14; 14:1; 17:1–3, 17; 18:4, 19; 19:8; 28:27, 23; Ro. 1:16). Por lo general el auditorio se dividía en tres sectores: a) los que discutían acaloradamente y mantenían viva la atención; b) los que se retiraban sonrientes, mostrando una indiferencia presuntuosa y c) los que realmente aceptaban a Cristo y se unían a los mensajeros. Así se salvaron miles y miles de almas.

b. [p 22] Las conquistas realizadas por los griegos

Los primeros misioneros tuvieron a su disposición un mismo idioma para todos los lugares donde predi- caban. Les fue ventajoso hablar griego y saber que nunca se verían aislados por una mala comunicación a ese nivel.

La ambición de Alejandro el Grande y sus sucesores fue vincular a todo el mundo con la obligatoriedad de hablar griego y adoptar sus costumbres. Querían ser supremos sobre todos los demás y no perdieron tiempo en manifestarlo. El idioma griego era común en todos los pueblos que rodeaban el Mediterráneo, salvo en regiones remotas donde la nueva civilización helénica no pudo penetrar. Ningún pueblo abandonó su lengua madre, sino que también adoptó la de los conquistadores para entonces convertirse en bilingües. Los predica- dores podían proclamar en griego tal como Pablo en Listra (Hch. 14:7–11), pero cuando el auditorio quería expresarse lo hacía en el idioma propio de ellos. En Jerusalén se hablaba el griego popular (Hch. 21:37), pero cuando Pablo quiso tranquilizar a la turba lo hizo en aramaico (que era un dialecto hebreo), aunque el tri- buno le pidió que lo hiciera en griego, que también era el idioma aceptado en Egipto. Los epigramas contra la persecución de Nerón hallados en las cuevas estaban escritos en griego.

Cabe aquí una oportuna acotación. Como latinoamericanos, no hemos quizás agradecido a Dios, ni to- mado en cuenta la gran ventaja que significa que Él haya querido que desde México hasta Argentina hable- mos una misma lengua. Tampoco hemos advertido que Brasil—con su enorme población y potencial—hable un idioma similar al nuestro. Son provisiones de Dios para la extensión de la palabra.

c. La dominación del Imperio Romano

La instalación del Imperio Romano fue un vehículo magnífico para el progreso del evangelio. Mucho del aparato instalado se debió a la mente de estadista de Augusto César. Sus seguidores se enorgullecían diciendo que halló a Roma como una ciudad de adobes y ladrillos, y la elevó a una metrópolis de mármol. No obstante, lo mayúsculo de este emperador fue su capacidad para trascender al mundo. El triunfo de los romanos esta- bleció la “Pax [p 23] Romana” que fue la joya sin precio aun para las razas o pueblos donde llegaba el ejérci- to imperial. Es verdad que lamentaban la pérdida de la independencia, pero también es verdad que festejaban la desaparición del pillaje, pirataje y todo otro tipo de forma guerrillera de lucha.

Avanzó la civilización y el derecho, floreció el comercio y se conocieron los principios sobre la justicia de los acusados, jamás practicados antes en los foros de los pueblos. Comenzaron a construirse caminos, de mo- do que todo el imperio estuviera interconectado. Estas rutas que partían desde la capital llegaban hasta cual- quier frontera avanzando en pocos años sobre la declinación que habían padecido por siglos. Es verdad que los trazados de rutas fueron inicialmente preparados para el transporte de tropas, pero también es cierto que sirvieron para desarrollo de los pueblos así conectados. Favorecieron el tránsito de personas, uniendo y re- conciliando pueblos que jamás se habían visto.

El Asia Menor gozaba de una situación muy singular debido a su estrategia militar y ciudadana de una si- tuación muy singular. Los caminos la atravesaban de este a oeste por varias rutas, siendo la principal la que unía Éfeso con el Éufrates. Esta interconectaba distintos caminos transversales que la vinculaban con el Mar Adriático a través de Ilírico, Macedonia y la Tracia. También tenía conexiones con varios puntos del Medite- rráneo. El mar limpio de atentados pudo ser surcado por barcos cargados de mercadería que—salvo en in- vierno cuando la navegación estaba suspendida—podían navegar con toda tranquilidad. Los caminos que se constituían en acceso alternativo, donde era factible fueron transitados y custodiados por fuerzas imperiales. En consecuencia, los predicadores disponían en consecuencia de los medios para viajar con seguridad (para aquellos días) y no tenían dificultad alguna para llevar el mensaje a todos los rincones del imperio. Lo hacían

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protegidos por la ley, y en el caso de Pablo la ciudadanía era de incalculable valor. (Comp. Hch. 18:12–16; 19:35–41; 21:27–29).

La imparcialidad de la ley imperial se interpuso más de una vez para salvar a Pablo de la furia del popu- lacho, tanto de origen pagano como hebreo. No nos resulta extraño que Pablo enseñara entonces que las au- toridades puestas por Dios son para beneficio de los hombres, y encomendara a los creyentes que la obede- cieran [p 24] (Ro. 13:1–7; 1 Ti. 2:1–4). Reconocía en las leyes romanas una fuerte valla en contra de las fuer- zas de iniquidad, y una advertencia a la posibilidad de vivir en cualquier momento una crisis catastrófica.

La inquietud de los pueblos y la falta de sabiduría de los religiosos hebreos eran para Pablo serios indicios de que el imperio en cualquier momento haría valer su fuerza y sus leyes. Todo el tiempo que Pablo ministró tuvo a los romanos como sus protectores, aun contradiciendo las mentes estrechas de los de su propia nación hebrea.

d. La intrascendencia de la religión

Al comparar las religiones del AT (2 R. 17; Dn. 3:1–7) con lo que vemos en los evangelios y Hechos, di- ríamos que el paganismo estaba en franca decadencia. La mitología griega que había dado origen a la reli- gión griega no tenía ya vigencia y el pueblo no se guiaba por los poemas de Homero u otros.

El aumento de la filosofía por una parte, y la valorización de la persona por otra, crearon escuelas de pensamiento distintas a la de los ancestros (Hch. 17:15–19) produciendo así situaciones insostenibles para los antiguos mitólogos. Empezaron a crear sistemas de teología que sólo algunos podían captar y admitir. La de los poetas era una mezcla de dioses con fábulas inmorales. Los dioses recibían todo lo que el hombre es, acompañado de ritos y placeres de los más aberrantes.

Por su parte, la teología de los filósofos se basaba en “principios” que variaban de acuerdo al pensador. Así, para uno era el fuego (Heráclito), para otro eran los números (Pitágoras), para otros los átomos (epicú- reos), etc.

Debemos tratar de imaginar el sentir popular frente a todas estas maneras de pensar mezcladas y en pug- na unas con otras. A esto deberíamos añadir la teología del pueblo, es decir la religión que ellos fabricaban, haciendo también sus mezclas entre lo que sentían y las ceremonias que partían de los religiosos.

No obstante, podríamos pensar que los religiosos judíos basados en la ley de Moisés enseñaban los méto- dos bíblicos para la adoración. Pero no fue así, sino que ellos mismos disentían entre sí sobre temas claves del AT, y la gente desorientada e ignorante no [p 25] encontraba la religión que pudiera satisfacer sus inquietu- des y necesidades espirituales.

Era un verdadero caos porque los filósofos no creían en la religión y los magistrados tampoco, pero echa- ban mano de ella para su beneficio. Mientras tanto el pueblo esperaba.

e. La búsqueda de Dios

Como seres humanos nacemos con ansia por lo trascendente. Aunque los paganos del Imperio Romano vieron morir su antigua fe, no declinó el anhelo que tenían por hallar la verdad. Ya sabemos lo que le sucedió a Pablo en Atenas y cómo su “espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría” (Hch. 17:16). El mundo clamaba por lo real; y la religión cargando a la gente con más altares, hacía derretir aun más los co- razones y disipar toda esperanza de paz.

Los “guías espirituales” vivían en la imaginación, mojando sus ropas con las lágrimas del pueblo cargado de culpas. Pero también ellos se sentían culpables y plantaban altares a dioses “no conocidos” (Hch. 17:23). Esto también tenía su origen en la mitología de la pestilencia que había azotado a Atenas en el siglo VI AC. Según esa versión, el mal se detuvo cuando los habitantes ofrecieron sacrificios propiciatorios a todos los dio- ses que conocían.

En su desesperación convocaron al poeta cretense Epiménides para que les ayudase (comp. Tit. 1:12). Éste arreó un rebaño de ovejas al Areópago para sacrificarlas a los dioses conocidos y a los otros. La tradición dice que fue todo un éxito porque apaciguó la ira de deidades que ellos habían descuidado. De ahí en más, y por todo el mundo griego se erigieron altares sin nombre fijo o deidad conocida para ellos. Lo que creyeron una solución engendró en los habitantes una zozobra aun mayor, dejándolos a expensas del miedo, la ignorancia

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y el desamparo. Era una confesión abierta a la incapacidad de las religiones y la necesidad de una revelación más amplia que involucrara sus voluntades y solucionara la angustia de sus corazones.

Paulatinamente, las mentes desorientadas se volvían más y más a las creencias orientales cuya mística les afectaba en su interior. Comenzaron a proliferar formas de adoración que combinaban [p 26] cultos a Cibe-

les (la madre frigia de los dioses) con los mithras de los persas. De todas las creencias orientales, únicamente

el judaísmo no ingresó en el sincretismo que asolaba a occidente. 1

Pero esta separación no fue agradable a los emperadores romanos—algunos de los cuales intentaron re- primir la religión judía y también la egipcia por considerarlas cultos extraños a su pueblo.

Fue la confusión por una parte, y la ética espiritual monoteísta hebrea por otra, lo que atrajo la atención de la gente culta de la sociedad con trasfondo griego. Esta gente no compartía la deificación del hombre en medio de un ambiente desorientado como el que vivían, ni tampoco aceptaban la adoración de los animales que propiciaban los egipcios. Estaban preparados para apropiarse de un Dios que, sobrepasando las limita- ciones de sus intelectos, produjera la satisfacción interior que no podían hallar ni en los “principios” griegos ni en las otras formas de creencias. Aunque creían que era mejor, tampoco el judaísmo les convencía total- mente porque el mismo pueblo hebreo vivía en el desencanto. Las leyes ceremoniales les resultaban desagra- dables y no querían someterse a ellas. Sólo el pensamiento de la circuncisión ya los mantenía lejos. Sin em- bargo, la gente admiraba la presencia definida de un Dios viviente. Tanto judíos como gentiles observaban que el Señor Jesús ofrecía y daba ayuda, benevolencia y constante protección.

El centurión de Capernaum (Lc. 7:4–5) o el de Cesarea (Hch. 10:1–4) se habían inclinado a la devoción verdadera, aunque no habían aceptado ser prosélitos hebreos. Lo importante está en que representaban una tendencia difundida. Buscaban respuestas para sus inquietudes y algo veían en el judaísmo que les parecía muy bueno, aunque esperaban más. Veían que el Dios de los hebreos podía presentarse de otra manera y darles satisfacciones plenas. Esta expectativa generó un ambiente propicio para la llegada del evangelio. Pa- recería que todo desembocaba en lo mismo, en la necesidad de creer en algo trascendente y transformador. Toda la gente esperaba otro mensaje.

[p 27] Aunque los apóstoles no comprendieron al principio el alcance del propósito de Dios (Mt. 15:16– 17) y se entretuvieron en disputas domésticas (Mt. 20:20–28), los planes estaban firmes. Aun el hecho de que los mismos discípulos no entendieron lo que estaba en juego, indicaba la necesidad de la llegada del Espí- ritu Santo con su luz y su poder.

Cuando el Señor les mostró el mundo, también les dijo que debían comenzar en Jerusalén, formando cír- culos de testimonio que incluyeran Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra (Lc. 24:47; Hch. 1:8). Pero todo esto, después que recibieran el poder de lo alto que los convertiría en testigos.

Al principio los apóstoles recibieron con gozo el mandato, pero no repararon en la magnitud del testimo- nio. No estaban dispuestos a desprenderse del templo y sus visitas diarias a las “tres de la tarde”. ¿Cómo salir al mundo si todos los días tenían una cita en el templo? Imposible.

Sobrevino una persecución y Felipe realizó la primera salida fuera de Jerusalén, que continuó con otras por parte de Pedro (Hch. 9:32–11:18). Ninguno de los doce apóstoles sobrepasó los límites de Palestina. Las regiones más lejanas fueron Lida, Jope y Cesarea, en las cuales solamente los hebreos oyeron la palabra. Pe- dro nunca hubiera intentado salirse de esos límites si no hubiese recibido un llamado especial, y con un en- trenamiento también singular que le quitó de la mente la acepción de personas.

Cornelio, quien clamaba a Dios por el mensaje de la vida (Hch. 10), no era tampoco un gentil común sino una persona temerosa de Dios. No obstante, su ingreso y el de toda su familia a la comunidad de los santos fue gradualmente resistido por la iglesia en Jerusalén (Hch. 11:2; Gá. 2:12), especialmente por la importan- cia que algunos atribuían a la circuncisión como rito de iniciación. Los que bregaban por la circuncisión sostenían que ésta era complementaria de la fe en Cristo.

No obstante, la expectativa del mundo no radicaba en mezclar el evangelio con el pasado, sino más bien emanciparse de aquello para vivir plenamente la provisión de la gracia de Dios. Esta fue la experiencia de los predicadores que ocuparán nuestra atención en el estudio que iniciamos.

1 Sincretismo es el sistema que trata de conciliar doctrinas diferentes u opuestas.

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[p 28] 2. EL AUTOR Y SUS ESCRITOS

Lucas escribió dos libros. El primero es el evangelio que lleva su nombre y que él denomina “el primer tratado” (Hch. 1:1), y el otro es el que estamos estudiando. Ninguna crítica contra la autoría de Hechos por medio de Lucas ha prevalecido porque los argumentos se fueron desvaneciendo con el tiempo.

Ambos escritos fueron dedicados a una persona desconocida llamada Teófilo (significa “amante de Dios”). Tanto el lenguaje como el estilo de los dos escritos nos guían en un mismo sentido, es decir, a explicar la veracidad de la vida del Señor Jesús, su amor por todas las almas, su interés por los gentiles y la seguridad de que el autor está convencido de estar diciendo la verdad. Además, de la lectura del texto surge que no está pensando en dos libros o escritos separados sino en uno solo. En verdad, este segundo es la continuación del primero.

A. El escritor es un compañero de Pablo

Pese al escepticismo de los críticos sobre la veracidad de lo que Lucas escribe, tenemos buenas razones para creer en su honestidad. En principio él mismo lo dice: “Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas … me ha parecido también a mí, des- pués de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden …” (Lc. 1:1–

4).

“Escribir en orden” significa tomarse tiempo para ubicar hechos y personas de un modo tal que Dios pueda utilizar todo el trabajo para beneficio de muchos por medio del Espíritu Santo. Es el estilo que emplea para preparar Hechos, pasando de la tercera persona singular (cuando él no está presente) a la primera per- sona plural (cuando forma parte de la comitiva). Es un detalle que especialmente se ve en los viajes con Pa- blo. La primera ocasión está en el capítulo 16:10–17, referida al llamado que recibieron para visitar Mace- donia. Dice el texto: “Cuando [Pablo] vio la visión en seguida procuramos partir para Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio”, etc. Las otras son 20:5–21:18; 27:1–

28:16.

No sabemos cuándo ni dónde Lucas se añadió a la expedición, pero está claro que fue durante el segundo viaje misionero. Acompañó a [p 29] Pablo, Silas y Timoteo para visitar Filipos, y fue de gran ayuda para Ti- moteo, mientras Pablo y Silas sufrían los horrores de la cárcel. Por lo que leemos después de 16:18, no los acompañó cuando abandonaron Filipos.

Lucas se incluye en el cap. 20 donde precisamente dice: “Y nosotros, pasados los días … nos reunimos con ellos en Troas, donde nos quedamos siete días” (v. 6). En esa oportunidad, finalizando ya su tercera gira misionera, Pablo decidió navegar a Jerusalén para llevar la ofrenda de las iglesias gentiles levantada espe- cialmente para ayudar a los pobres de la iglesia madre (20:16; Ro. 15:25–27).

No sabemos si Lucas se quedó todo el tiempo en Filipos o si realizó algunas giras por los lugares aledaños. Sabemos que acompañó a Pablo y sus compañeros hasta la ciudad de Jerusalén (21:17), pero no se ven sus huellas hasta que Pablo después de dos años en Cesarea fue remitido a Jerusalén. El modo en que Lucas des- cribe la navegación a Italia (27:1) y los detalles con que matiza la travesía muestran su talento de escritor preciso y cuidadoso.

Aunque él solamente se incluye en tres porciones de su escrito, esto no significa que no haya compartido otras experiencias. Sobre todo porque demuestra ser un profundo conocedor de todo lo que escribe.

Por ejemplo, cuando menciona el llamado y ministerio de Felipe, no dice que él estuvo presente, pero cuando escribe nuevamente sobre el tema dice: “Al otro día, saliendo Pablo y los que con él estábamos, fui- mos a Cesarea, y entrando en la casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, posamos con él”. Dis- tinguió a Felipe como alguien bien conocido; incluso al enfatizar “que era uno de los siete” quiso distanciarlo del otro Felipe apóstol de Jesús (1:13). Estos detalles no habrían hecho falta si no hubiera habido otras perso- nas con el mismo nombre cuando escribía los primeros capítulos de libro.

Además, Lucas disponía de testigos que podían confirmar sus conclusiones. Al estar cerca de Pablo tenía a mano todo el material atesorado necesario para que el Espíritu pudiera trabajar por medio de él.

[p 30] B. El autor es una persona culta

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El nombre Lucas es de origen latino (comp. Col. 4:9–11) y podría ser una derivación de Lucio (13:1; Ro. 16:21). La tradición afirma que era de Antioquía de Siria, y poseía un buen conocimiento de idiomas, espe- cialmente arameo, griego, latín y otros de carácter vernáculo.

Por su parte, Pablo dice que era el “médico amado” (Col. 4:14). De por sí esa profesión es exigente, aun para aquellos días. No era fácil llegar a la medicina y eran escasos los centros que la cultivaban. Algunos hermanos se han ocupado en preparar listas de términos para demostrar la vasta cultura médica del autor. Pero esto no convence a la vasta mayoría que afirma que se trata simplemente de la forma “instintiva” en que Lucas se expresa. 2 Lo mejor es pensar que aunque observamos muchos términos médicos en sus escritos, ello no prueba de por sí que Lucas sea el autor.

Sí muestra, en cambio, que el autor está bien compenetrado de lo que escribe. En los primeros tiempos de la iglesia era más perceptible porque ambos libros (Lucas y Hechos) formaban una misma obra. Al separarlos para agrupar la parte de la vida del Señor Jesús con los evangelios recibió el agregado de “según San Lucas”.

No solamente es importante lo que escribe sino lo que ignora. No es que sus relatos se interrumpan casi abruptamente a veces porque no conozca lo que sucedió, sino que no estaba en el propósito de Dios que Lu- cas dijera todo lo que sabía.

Por el modo en que está seleccionado el material y por lo incompleto de algunas narraciones, parecería que además de lo que dice tenía presente otro motivo que posiblemente no surge a primera vista. Entendemos que la historia de Hechos tiene un propósito filosófico general que no podemos desconocer. Inicia una histo- ria y la interrumpe. Al principio parece que quiere describir el testimonio de los doce (Matías incluido) pero luego sólo se ocupa de tres de ellos (Pedro, Jacobo y Juan), posiblemente por ser los coordinadores de todo el grupo.

[p 31] Cuando nos interesamos por ver cómo salió el evangelio desde Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra, nos tropezamos con lo breve de algunas descripciones y lo irregular del avance del men- saje. Se ve cómo la palabra avanza hacia el norte y el oeste, entrando en Europa, pero poco o nada dice de otras partes. Parecería que el mundo termina en Roma.

Pedro y sus compañeros desaparecen fugazmente de la escena, y Pablo se levanta como una estrella bri- llante iluminando los territorios gentiles. La iglesia en Jerusalén ocupa una atención especial; en cambio, la fundación de Antioquía (11:20–26), Tesalónica (17:1–4) y Corinto (18:5–11) tienen poco espacio en las des- cripciones, aunque trasunta mucha labor. Estos y otros detalles nos hacen pensar que Dios estaba usando a su siervo para escribir con un propósito especial. A nuestro entender la filosofía del escritor es hacer que escri- biendo a un personaje desconocido a quien muy diplomáticamente trata de “excelentísimo” (Lc. 1:3), todos supieran al menos algo sobre tres importantes temas:

a. La reacción del Imperio Romano ante la extensión del evangelio

Tal como ya lo mencionamos los romanos no entendían de religión. Los procuradores querían ver a un pueblo sumiso. Para ellos, Pentecostés era una fiesta hebrea que congregaba gran cantidad de fieles y lo que Pedro dijo era parte de la celebración. Lucas no menciona a los romanos en todos los movimientos produci- dos en Jerusalén, pero señala que los oficiales fueron amigos de los cristianos. El impacto que hizo en ellos la conducta de los creyentes, insidió en Cornelio (10:1–2) y Sergio Paulo, el gobernador de Chipre (13:7).

Los mismos que no habían hallado falta en Jesús, tampoco la vieron en los creyentes. Los romanos veían que la gente que creía en el Señor Jesús, tenía un estilo de vida diferente a la de los religiosos y era amable con el pueblo. Por todas partes corrían los buenos informes y los magistrados amparaban a los predicadores. En Filipos castigaron a Pablo y Silas, pero informados de que eran ciudadanos romanos les pidieron disculpas (16:35–39). En Corinto, el procónsul Galión expulsó a los judíos acusadores no queriendo [p 32] ser juez en temas de religión (18:12–16). Una actitud similar asumió el escribano de Éfeso (19:35–41).

Lucas destina buen espacio de su narración a lo sucedido en Cesarea y la comparecencia de Pablo ante Fé- lix, Festo y Agripa. Éstos, después de escuchar a distintos tiempos la defensa del apóstol, llegaron a la conclu- sión de que era inocente: “Ninguna cosa digna ni de muerte ni de prisión ha hecho este hombre” (26:31) (comp. Lc. 23:4, 14, 22). Los romanos estaban convencidos de que el evangelio predicado por Pablo era más

2 William Barclay: Los Hechos de los Apóstoles.

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puro que la religión que practicaban los judíos. No tuvieron ninguna duda, sobre todo después de la defensa que presentó ante el rey Agripa (26:1–29) que concluyó con la pregunta clave: “¿Crees, oh rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees” (v. 27). El rey, turbado, contestó con una evasiva para él, pero al mismo tiempo una confirmación para todos: que el cristianismo tiene su base en el AT, y Jesucristo es el cumplimiento de las promesas hechas a los profetas.

b. Los efectos del evangelio en los pueblos paganos

Aunque el cristianismo comenzó en Jerusalén, Lucas destina bastante espacio para mostrar los efectos en tierras religiosamente incultas. Los detalles sobre las predicaciones en Chipre, Iconio, Listra y Derbe (13:6– 12; 14:1–23) nos muestran el interés del autor para que se conociera el poder transformador del evangelio entre gente sin cultura religiosa alguna.

Desde el capítulo 16 ingresamos en otras culturas con resultados similares. La conversión de Lidia y el carcelero (Filipos); las mujeres de Tesalónica (17:4) y los filósofos de Atenas oyeron mensajes conmovedores con resultados diferentes. Pero en todos los lugares quedaron almas salvadas.

La única manera en que los seguidores podían animarse a tomar la delantera para plantar la semilla del evangelio en el mundo, era viendo los efectos alcanzados por los primeros predicadores.

c. La declinación del judaísmo

Lucas puntualiza en varias oportunidades el triste espectáculo que produjeron los judíos instando a la gente a castigar a los predicadores. El discurso de Pablo en Antioquía de Pisidia está envuelto en un manto de cariño para el pueblo de Israel. Cuando [p 33] quiso advertirles el peligro que corrían les citó a los profetas (Hab. 1:5) como lo había hecho para respaldar todos sus argumentos. Pero ¿cuál fue el resultado? Que “mu- chos de los judíos y de los prosélitos piadosos siguieron a Pablo y a Bernabé, quienes hablándoles, les persua- dían a que perseverasen en la gracia de Dios … pero viendo los judíos la muchedumbre, se llenaron de celos, y rebatían lo que Pablo decía, contradiciendo y blasfemando” (13:43–45).

Delicadamente Lucas se ocupó en mostrar cómo fue en aumento la oposición (13:50) y cómo en cada lu- gar que Pablo visitaba nacían crueles focos de oposición (14:19) que estaban decididos a terminar con el evangelio (17:13) y su predicador. La expulsión de los judíos de Roma (18:1, 2) debió haber sido una adver- tencia sobre las persecuciones que el Imperio Romano estaba dispuesto a tomar, pero los hebreos no hicieron caso. Al contrario, aumentaron la forma y cantidad de los motines (19:13–15), sin lograr ser oídos.

Lucas dedica también bastante espacio al alboroto que protagonizaron frente al templo y el complot para eliminar a Pablo aun cuando estaba bajo protección romana (21:30–31; 23:12–30). Lo hace para que obser- vemos cuán difícil es luchar contra los propósitos de Dios y cuán dañino resulta para el testimonio del evan- gelio la lucha entre facciones delante del mundo que no conoce la verdad.

C. El escritor es historiador y teólogo

Lucas inicia su trabajo diciendo: “Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas … me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para que co- nozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido” (Lc. 1:1–4).

Pone en orden datos genealógicos conocidos o fáciles de conocer, con detalles del nacimiento de Juan el Bautista que no están en los otros evangelios. Algo similar hace con la descripción del nacimiento del Señor Jesús, pero en este caso mostrando cómo Dios movilizó al imperio para llevar a cabo su propósito (Lc. 2:1).

[p 34] Aunque está generalizada la opinión de que este escritor escribió para el pueblo de origen gentil, Lucas es cuidadoso en mostrar la sensibilidad de los piadosos cuando aparecieron los síntomas de la llegada del Mesías (comp. Lc. 1:39–80). Además de Augusto César, menciona a otros gobernantes romanos (Lc. 3:1) para puntualizar el momento histórico y el estado del mundo político cuando irrumpió el mensaje del evan- gelio.

A pesar de que la nación tenía sus sumos sacerdotes (Anás y Caifás), “la palabra de Dios” vino a Juan (Lc. 3:2). Fue el origen de la proclama que tuvo a Juan por heraldo. El krygma (mensaje) que Juan proclamó te- nía—según dice Lucas—el objetivo de que la gente se arrepintiera y confesara sus pecados. Utilizó el texto

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bíblico de Isaías para respaldar su ministerio (Lc. 3:4–6) y la convicción de que tenía el mensaje de Dios ade- cuado para movilizar a los oyentes. Después de describir la genealogía de Jesús y su triunfo contra Satanás en el desierto, menciona el krygma del Señor Jesús, que es fundamental para lo que posteriormente informaría a Teófilo en su segundo libro (Hechos).

Estos relatos han dado a Lucas el apodo de “teólogo de la salvación”. 3 El énfasis del historiador es mostrar que: (1) Dios es el origen de la salvación; (2) Cristo es el único Salvador; (3) el Espíritu Santo es quien aplica el mensaje; (4) los creyentes son los testigos y (5) todas las personas son destinatarias del evangelio.

Tanto lo que incluye como lo que omite es muchas veces extraño, pero la cronología (especialmente en la segunda parte de Hechos) tranquiliza a cualquier lector. Los primeros capítulos del libro contienen momen- tos del desarrollo de la iglesia que parecen haber sido seleccionados cuidadosamente para mostrar las tentati- vas del enemigo en derribar el edificio que comenzaba a edificarse. Todo está bajo el amparo de la inspira- ción, incluso las historias truncas o los episodios narrados con minuciosidad como la navegación del capítulo

27.

[p 35] Lucas menciona Filipos, Tesalónica y Berea pero no para narrar la fundación de las iglesias sino más vale para destacar el costo de la predicación del evangelio. Lucas no escatima espacio para repetir tres veces la conversión de Pablo (9:1; 22:3; 26:4–5), dos veces la de Cornelio, y tres veces lo decidido en Jerusa- lén (15:20, 29; 21:25). Nos muestra el énfasis que desea poner a la conversión de los gentiles, y que en Cristo Jesús todos los salvados tienen el mismo derecho sobre la base de que “Dios no hace acepción de personas”

(10:34).

Los discursos que no pueden considerarse aisladamente del resto del libro tienen distintas características. Los que pronuncia Pedro ante una audiencia judía (cap. 2:3; 4 y 5) son esencialmente de reproche. Contie- nen el mensaje del evangelio fundamentado en la resurrección de Cristo anunciada por los profetas. Vale para mostrar la supremacía del propósito de Dios sobre los restos incoherentes de la tradición hebrea.

También hay discursos evangelísticos, especialmente el de Pedro en la casa de Cornelio (cap. 10) y el de Pablo a los judíos piadosos en la sinagoga de Antioquía de Pisidia (cap. 13), con las diferencias que pueden existir entre un auditorio totalmente gentil y otro totalmente hebreo. También son evangelísticos—aunque a auditorios distintos—los discursos que Pablo pronuncia en Listra (14:15) y en Atenas (17:22).

Pero además hay otros también dignos de destacar: mensajes explicativos (1:16), como el pronunciado por Pedro antes de elegir a Matías o en el llamado concilio de Jerusalén (15). También tienen carácter similar el de Esteban (cap. 7) ante el sanedrín, o el de Pedro comentando lo sucedido en casa de Cornelio (11:4). Son esencialmente defensivos o apologéticos los de Pablo ante las autoridades en los distintos lugares donde debió dar razón de sus trabajos (22:1; 23:1; 24:10; 25:8; 26:1; 28:17). En cambio, el de Troas (20:18) es más vale persuasivo porque procura demostrar—y esto por única vez en su ministerio—la metodología que podría librar a la iglesia en Éfeso de la herejía que se cernía sobre ella (20:17–38).

En los discursos se destaca la cantidad de referencias al AT, la confirmación del Espíritu Santo a las predi- caciones apostólicas, y la seguridad de que Dios estaba visitando las naciones.

[p 36] 3. EL OBJETIVO DE HECHOS

Si en el “primer tratado” (el evangelio) Lucas se abocó a mostrarle a Teófilo lo que Jesús comenzó “a hacer y a enseñar”, en este segundo se propone describirle lo que hizo después de su ascensión.

(1)

Se destacan tres temas principales:

El cumplimiento de la promesa (Lc. 24:49; Hch. 1:5), que ocurrió en Pentecostés (2:1) y les permitió explicar las maravillas de Dios “en otras lenguas”. Desde ese momento el Espíritu Santo estuvo por todas par- tes guiando, fortaleciendo, impidiendo o respaldando con señales y prodigios el testimonio valiente de los predicadores. El Espíritu formó el cuerpo de Cristo (1 Co. 12:13) y ubicó a los miembros en su lugar para que pudieran recibir constantemente el suministro de Dios (Ef. 4:16). Lucas muestra con pruebas abundantes la significación de la presencia de Dios por medio del Espíritu Santo.

18

(2)

El modo de defender el evangelio implantado. Especialmente desde el capítulo 3 en adelante, los religiosos quisieron intimidar a los líderes (Pedro y Juan) pensando que pronto todo ese proceso religioso quedaría des- baratado. Pero como esa estrategia no dio resultado en Jerusalén, ensayaron otras antes de proceder drásti- camente como en el caso de Esteban. Podemos mencionar como ejemplos el fraude de Ananías y Safira (cap. 5) y la murmuración étnica entre las hermanas (cap. 6).

Quedaba aún una traba grande para la expansión. Era la reverencia y visita diaria que debían hacer al templo (5:42). Los apóstoles mismos trataron de unir la extensión del evangelio con “la hora de la oración” (3:1), limitando, en principio, el propósito de Dios al pueblo israelita de Jerusalén. Si esto hubiera seguido así, el mensaje nunca hubiera salido de la capital de Israel. Pero esta costumbre también cesó después del valiente discurso de Esteban. Tal como lo hemos de ver más adelante, este mártir se propuso demostrar la omnipre- sencia de Dios, el valor de los documentos históricos para mostrarlo operando en todo el mundo conocido, y la traba que un edificio significaba para la expansión del conocimiento suyo por medio del evangelio (7:47–

48).

[p 37] Ya hemos señalado cómo el Imperio Romano defendió a Pablo en sus muchas peripecias, porque Dios preparó las cosas así. El mensaje salió por todas partes y llegó a la corte de Nerón (Fil. 4:22).

(3)

Mostrar cómo se produce la extensión del evangelio. Las palabras “que se predicase en su nombre el

arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lc. 24:47), señalan cuál era el propósito de Dios, pero no indican cómo iniciar el trabajo y menos aun cómo se desarro- llaría.

A causa de la persecución en los días de Esteban el evangelio salió por todas partes, pero por la manera en que Lucas retoma la explicación de la extensión en 11:19, advertimos que su interés está en el mundo gentil y en dirección a la capital del Imperio.

La elección de Saulo y Bernabé por el Espíritu, la predicación en Galacia, el llamado macedónico y la pre- dicación en Europa, son todos episodios ligados uno al otro para que el evangelio se anunciara en el corazón del imperio. Pablo alcanza ese objetivo cuando estando preso puede testificar en Cesarea y posteriormente en la cárcel. Trata de que todos sepan el valor de sus cadenas, y cómo por ese medio tan extraño el evangelio resuena ante las autoridades judiciales (Fil. 1:13) de lo cual el escritor sabe bien porque es testigo ocular.

Es quizás una de las causas por las que Lucas termina su escrito con Pablo en la cárcel. Habiendo llegado el evangelio a Roma, su carta a Teófilo está también llegando a su fin. No sabemos el alcance del ministerio del apóstol en esa ciudad donde “permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin im- pedimentos” (28:30–31). Pablo logró instalar un centro evangelístico en Roma y operar con la custodia del Imperio. Lucas, repetimos entonces, da por cumplido su propósito.

[p 38]

19

[p 39]

PARTE I

EL COMIENZO DE LA NUEVA COMUNIDAD

(1:1–6:7)

[p 40]

20

[p 41]

CAPÍTULO 1

(1:1–8)

Ya hemos mencionado que Lucas habla de dos libros, haciendo del segundo la continuación del primero. Tuvo a su disposición mucha información para certificar la veracidad de sus afirmaciones. Además, por lo menos tres personas—según nosotros podemos observar—podían serle de mucha ayuda: Marcos, Pedro y Pablo. Éstas son claves, sobre todo en los trayectos de los viajes de Pablo. Además, había muchas otras fuentes de información que estaban disponibles, algunas conocidas y otras ni siquiera insinuadas en el libro, pero que conocían la historia desde sus comienzos (21:16).

Las enseñanzas del Señor Jesucristo (1:1–8)

1 En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, 2 hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; 3 a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios. 4 Y es- tando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. 5 Porque Juan ciertamente bautizó con agua, más vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días. 6 Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿res- taurarás el reino a Israel en este tiempo? 7 Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; 8 pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.

[p 42] Al leer cuidadosamente lo que Lucas quiere explicar a Teófilo nos encontramos de inmediato con las dos etapas del ministerio de Cristo. En el primer tratado habló acerca de lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar. Ahora, le seguirá mostrando lo que realizó como Cristo ascendido y glorificado. Miremos el cuadro que sigue.

 

ESCRITOS DE LUCAS

EVANGELIO

A

HECHOS

“las cosas que Jesús comenzó a hacer y a en- señar …”

S

“hasta el día que fue recibido arriba …”

E

EN EL CIELO

EN LA TIERRA

N

EN RELACIÓN CON EL E.S.

EN RELACIÓN CON EL PADRE

S

(TRABAJA POR MEDIO DE LOS TESTIGOS)

I

(TRABAJÓ EL

Ó

MISMO)

N

El cuadro señala la continuidad del ministerio del Señor Jesucristo tal como lo muestran los dos libros, dándole a la ascensión una posición trascendente. En el Evangelio está el principio y fin de su trabajo en Pa- lestina. En Hechos describe el comienzo y desarrollo de la obra mundial.

Desde el siglo II, y a causa de esto, el título tradicional del libro ha sido “Hechos de los apóstoles”, y en al- gunos casos “Los hechos de los apóstoles”. Sin embargo, preferimos decirle simplemente “Hechos”, como parece que fue la tendencia en algunos manuscritos antiguos. Debido a la relación que tiene con el Espíritu Santo, tal como lo señalamos en el cuadro, muchos otros preferirían denominarlo “Los hechos del Espíritu Santo”. La base para esto último radica en las muchas maneras en que el Espíritu opera a lo largo de todo el escrito que abarca aproximadamente unos treinta años de historia.

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[p 43] Si somos equilibrados en nuestro juicio veremos que todas estas alternativas son ciertas. Si nos de- tenemos a ver los trabajos de Pedro y Juan (cap. 1–8), las giras de Pedro (cap. 10–12), Santiago—o Jacobo— en Jerusalén (cap. 15) y las extensas actividades de Pablo (cap. 9, 13–28), probablemente optemos por “Los hechos de los apóstoles”; pero si pensamos en los muchos otros que sin serlo (en el sentido de los doce o Pa- blo) fueron y vinieron llevando el evangelio, nos quedaremos sorprendidos. De modo que en un sentido sus- tancial es el Espíritu Santo quien opera, pero en otro, lo hace por medio de testigos y enviados que obedecen aun a riesgo de sus vidas.

Es por esta razón, reiteramos, que hemos preferido referirnos a este libro simplemente con el nombre de Hechos.

Los primeros dos versículos tratan de explicar los hechos del Señor Jesús “por medio del Espíritu Santo”, y muestran la vitalidad del evangelio a diferencia de lo que enseña cualquier religión. Para dichas creencias, los hechos de sus iniciadores son pasados. Todas las prácticas se relacionan con los años en que ellos vivie- ron.

En nuestro caso, tal como Lucas lo desea expresar, la vida del Señor fue solamente un comienzo. La pre- posición “hasta” con que comienza el v. 2 abre un capítulo inmenso para la historia del cristianismo que el mismo Lucas no pudo ver, ni aun millones y millones después de él.

Lo que se inició con la resurrección del Señor Jesús y su ascensión, sobrepasó la vida de todos los historia- dores, porque constantemente el Espíritu ha revitalizado el ministerio de los hombres que levanta. Las leccio- nes que aprendemos del Jesús histórico se ensanchan con las del Jesús “kerygmático” (el Cristo proclamado), y se convierten en la fuerza transformadora del evangelio.

A. Los mandamientos

El texto dice que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo. Es decir

que los apóstoles recibieron instrucciones muy expresas sobre el futuro que comenzarían a vivir. Al leer nue- vamente sobre la relación entre Jesús y ellos, nos damos cuenta de la importancia de ser apóstol.

a. [p 44] Los apóstoles habían sido escogidos por él

Al relatar la elección de los doce, Lucas dice que Jesús había pasado “la noche” orando a Dios. A la ma- ñana “llamó a sus discípulos [seguidores], y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles” (Lc. 6:12–13). La multitud estaba animada por tener un profeta hacedor de milagros, pero él tenía los ojos pues- tos en ese puñado de hombres a quienes enviaría a discipular las naciones.

Necesitaba sacarlos y prepararlos para que miraran a las gentes y aprendieran a identificarse con sus ne- cesidades. Lucas dice que después de nominados, Jesús descendió con ellos del monte y “se detuvo en un lu- gar llano, en compañía de sus discípulos y de una gran multitud de gente”. Al escribir Hechos, Lucas utiliza por segunda vez el verbo eklego̅(separar, seleccionar, elegir) cuando los hermanos eligen a dos personas para ocupar el espacio dejado por Judas. Oraron diciendo: “Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál de estos dos has escogido” (1:24). La tercera vez que utiliza esta palabra es en el incidente de la conversión de Saulo y la resistencia de Ananías a asistirlo. El Señor le dijo a Ananías: “Ve, porque instrumen- to escogido me es éste, para llevar mi nombre” (9:15) (comp. 22:14–15).

De modo singular, Lucas describe una característica básica del propósito del Señor, que sus apóstoles fue- ran todos llamados al ministerio por él o por su expreso deseo, evitando interferencia extraña en el mensaje.

b. Los doce habían recibido una revelación especial

Marcos dice que el Señor “llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él. Y estableció a doce para que estu- viesen con él, y para enviarlos a predicar” (Mr. 3:13). La doble intención que señala el escritor fue que tuvie- ran un mensaje basado en una relación con Jesús y no simplemente con datos pasajeros o una información tradicional.

Desde un comienzo Jesús quiso preparar testigos y no solamente comunicadores. Lucas dice que su escri- to es para documentar cosas que eran “ciertísimas” entre ellos. Los predicadores del evangelio son embajado- res y no sólo informantes. Los discípulos [p 45] no componían la masa de seguidores desvinculados de la rea-

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lidad, sino que eran un grupo selecto a quienes él les daría la oportunidad de conocerlo íntimamente para que posteriormente fueran sus testigos.

Los doce eran el fundamento de la nueva comunidad. Sabían cosas del Señor que nadie había oído (Mt. 13:11) y conocían secretos sobre su muerte y resurrección que nadie sabía. El candidato a ocupar el lugar de Judas debía saber tanto como lo que el traidor sabía, es decir, haber estado con Jesús “comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba” (1:22).

Era necesario que todos por igual tuvieran evidencias de que la persona resucitada era la misma que habían visto crucificar. Tanto los evangelistas (Ej. Pablo—1 Co. 15:2–7) como los demás tenían que conocer el poder de la resurrección. Tenían que saber con claridad que había tenido entrevistas con varias personas y tanto su amor como su ética era la del Jesús que los había llamado. 1

Ya vemos cuán importante era que tuvieran más que una simple información sobre lo sucedido. Es la pre- sencia de Cristo lo que destruye las dudas y pone las cosas en su lugar. Durante sus apariciones (en distintas circunstancias y a diferentes personas) por cuarenta días, les fue dando muestras de su poder y comunicando nuevas dimensiones de sus propósitos.

Lucas dice que les habló acerca del “reino de Dios”. Como este asunto ya lo había abordado durante los tres años anteriores, es justo pensar que ahora con “las pruebas indubitables” en sus manos podía enseñarles algo más sobre el tema, especialmente en lo relacionado con la predicación del evangelio (8:12; 28:23, 31). 2

[p 46] Lo trascendente de todo lo que oyeron de él es que pudieron aprender y aplicar algunas lecciones que no habían entendido antes. Lucas mismo dice que cuando les predijo su muerte y de su resurrección “ellos nada comprendieron de estas cosas” (Lc. 18:34). Pero también dice que el día que resucitó les abrió el entendimiento a los dos que iban a Emaús “para que comprendiesen las Escrituras” (Lc. 24:45). Posiblemente ésta sea la prueba más indubitable para los once (Jn. 2:22; 12:16), porque pudieron asociar lo que les repetía ahora con algunas enseñanzas que habían olvidado.

c. Les dio un mandato distinto (v. 4)

Antes de morir les había dicho: “que os améis unos a otros” (Jn. 13:34; 15:12). Ahora los mandamientos o instrucciones se extienden a otros campos. El v. 4 dice que “estando juntos” (posiblemente en una de las habituales comidas) les mandó que no se ausentaran de Jerusalén, es decir que no pusieran en actividad su propio programa de extensión del reino de Dios, sino el que estaba establecido (comp. Lc. 24:17).

La primera fase del programa era esperar el cumplimiento de la promesa. Ésta era la venida del Espíritu Santo (Lc. 24:49), del cual muchas cosas les había explicado la noche en que fue entregado (Jn. 14:26; 15:26; 16:7–13). Como es el Espíritu de verdad, necesitaban ser guiados por él para caminar el camino de la verdad.

Para ellos esperar era quedarse “dando vueltas” por Jerusalén. Este verbo (en gr. perimeno̅) que se utiliza aquí por única vez, les daba a entender el valor que tenía para el Señor la observación de las circunstancias, mucho más que simplemente “dar vueltas”. El Señor los invita a mirar alrededor, observar los detalles y ver la [p 47] manera de actuar de Dios. Todo lo que se mueve a nuestro alrededor es una demostración de que Dios está en actividad.

B. La promesa (vv. 4–5)

La “promesa del Padre” tenía siglos de vida (Is. 32:15; Jl. 2:28). Los grandes profetas creían que algún día Dios visitaría a su pueblo. Los que vivieron en el exilio (como Ezequiel por ejemplo) esperaban que Dios les

1 Podríamos señalar algunas entrevistas del Señor resucitado con: a) María Magdalena (Mr. 16:9; Jn. 20:11–18); b) las demás mu- jeres (Mt. 28:8–10); c) Pedro (Lc. 24:34; 1 Co. 15:5); d) dos en el camino a Emaús (Lc. 24:13–35); e) los diez (Lc. 24:36–43); f) los once (Jn. 20:24–29); g) siete en el mar de Tiberias (Jn. 21:1–23); h) quinientos hermanos (1 Co. 15:6); i) Jacobo (1 Co. 15:7); j) los once en su ascensión (Hch. 1:3–12). 2 Los evangelios nos enseñan que con la venida del Señor Jesús se acercó el “reino de Dios” (Mr. 1:15). Al anunciar los hechos relacionados con su vida, muerte y resurrección, los predicadores proclamaban la gracia de Dios que ponía al alcance de todos las bendiciones del reino (Hch. 20:24–25). Con la resurrección de Cristo y el descenso del Espíritu, esas bendiciones forman la esencia del nuevo estilo de vida (Ro. 14:17; 1 Co. 4:20; Col. 1:13). Esperamos aún la plena manifestación del reino cuando el Señor Jesús vuelva (2 Ti. 4:1; He. 1:8; Ap. 12:10).

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mostrase cuándo ocurrirían los grandes cambios en los corazones de la nación (comp. Ez. 36:27) porque observaban que el pueblo no entendía la voz del Señor (Zac. 12:10). El Señor Jesús les había anticipado que el cumplimiento de la promesa estaba cerca (Lc. 24:49). Él mismo sería el medio para que se cumpliese: “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros …” El “derramamiento” de Joel 2:28 es como un “vestido” en los labios del Señor Jesús. La promesa los investiría con poder (Ro. 13:14. Comp. 1 P. 3:3–4) y los uniría en un grupo.

Lucas volvió a repetir lo que ya había escrito en su primer tratado con el fin de enfatizar los puntos bási- cos. Dos temas sobresalientes ocuparon la atención de los cuarenta días: el reino de Dios y el cumplimiento de la promesa. No tenemos ningún síntoma de cómo relacionó a los dos, pero en el curso de nuestro estudio observaremos que el poder del Espíritu actuando de varias maneras era fundamental para la extensión del reino. Por esta razón sigue explicando “la promesa”.

Lo que en principio parecía ser un vestido es ahora similar a un bautismo. Juan había confirmado que su mensaje no admitía personas neutrales. Los que lo aceptaban tenían que bautizarse en señal de arrepenti- miento y confesión. Los que no lo hacían, aunque demostraron estar de acuerdo, de hecho no aplicaban lo que oían. El bautismo de Juan dividió a su audiencia en dos: los que aceptaban y los que rechazaban.

Con el cumplimiento de la “promesa”, y el recibimiento del “don”, también tendría lugar el “bautismo en el Espíritu Santo”. Los que sabían cómo había sido con Juan, no podían evitar reconocer el “antes y el des- pués” del bautismo en el Espíritu Santo que ocurriría “dentro de no muchos días” (1:5). Era el momento en que serían vestidos “con poder de lo alto”.

[p 48] “Los que se habían reunido” (v. 6) interrumpieron la enseñanza con la misma duda que los había

acompañado durante todo el tiempo que estuvieron con él. Lucas inicia el nuevo párrafo con una modalidad que utiliza a lo largo de todo su escrito. Nuestra versión la traduce como “entonces”, “así que” o “pero los que”, etc. (1:8; 2:41; 5:41; 8:4, 25; 9:31; 11:19; 12:5; 13:4; 15:3, 30; 16:5; etc.)

La duda era profunda y no se había disipado con las explicaciones que les había dado. Ellos querían saber si lo que habían oído era el mecanismo para la restitución del reino a Israel. De modo que la pregunta podría formularse así: La restitución del reino a Israel ¿viene juntamente con el Espíritu Santo o es un hecho aislado?

El término “restituir” significa volver a poner en su lugar (He. 13:19). De modo que lo que querían saber en realidad era: “Señor ¿volverás a reponer el rey sobre Israel? ¿lo hará el Espíritu Santo?” El Señor no con- testó la pregunta formulada en estos términos porque se hubiera apartado de los objetivos presentes del reino de Dios (comp. 1 Ts. 5:1; Tit. 1:2).

Les respondió algo así como: “no es competencia de ustedes saber lo que Dios ha reservado para sí” (comp. Dt. 29:29). Les habló de “los tiempos” como el espacio que mediaba entre ellos y el día que espera- ban; 3 y las “sazones” como a los sucesos que habían de acaecer durante ese tiempo. Si pusiéramos esa res- puesta en el idioma de hoy diríamos: “no les corresponde a ustedes saber cuánto tiempo hay entre este mo- mento y la venida del rey, ni tampoco cuáles serán los hechos que lo caracterizarán (comp. Mt. 24:36). La instauración del reino de Israel es algo futuro por lo cual no deben luchar ahora”. Es un tema que el Padre “ha determinado por su propia autoridad” (comp. 17:26).

Sin embargo, los apóstoles estaban aún equivocados porque confundían el reino de Israel con el reino de Dios. Lo que el Señor les respondió está relacionado con el reino de Dios para la promoción del cual les había preparado.

[p 49] Convendría dejar aclarados algunos detalles:

a. El reino de Dios es actualmente espiritual

Lucas señala cómo el pueblo anhelaba ardientemente la venida del Mesías libertador (Lc. 2:25, 38; 23:51). Durante su ministerio, el Señor Jesús proclamó la “entrada” al reino por medio del arrepentimiento y la fe. El término aramaico malkuth es más propiamente “soberanía”, es decir un estilo de gobierno más que un espacio territorial. “Buscar primeramente el reino y su justicia” es preparar el camino para el gobierno de Dios y esperar que por su medio venga todo lo demás (comp. Mt. 6:33). En Marcos 10:23–24 leemos de la reacción del Señor Jesús al rechazo del joven rico. Dijo que era muy difícil que entraran al reino los que con-

3 Gr. cronos.

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fían en sus riquezas. Mas adelante al leer el v. 30, advertimos que para él (Cristo), entrar en el reino de Dios es igual a entrar en la vida eterna.

Según Lucas mismo lo explicó, en Jesucristo el reino se presentó como un mensaje de poder, respaldado por milagros y prodigios. Al narrar la gira de los setenta, dice que el Señor les dio instrucciones precisas so- bre las labores: “Sanad a los enfermos que en ella haya, y decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de Dios”. Si eran rechazados cometían el grave pecado de despreciar el reino: “Sabed, que el reino de Dios se ha acercado a vosotros” (Lc. 10:9–11). Al volver, los setenta dieron un informe triunfalista de la gira, señalando que hasta los demonios se les sujetaban en el nombre de Cristo. Fue una buena ocasión para que Jesús les recordara que no debían regocijarse sólo por esto sino más bien porque podían agradecer la procedencia de la autoridad con que se manejaban y administraban (Lc. 10:20).

Ahora nuevamente estamos en vísperas de una labor misionera y otra vez se plantea el tema del poder y autoridad. Pero es diferente. El poder (gr. dynamis) que recibirían cuando viniera el Espíritu Santo es resis- tente y no temporal, como en el caso de la gira. Habría de operar en ellos una inmediata transformación por- que los convertiría en testigos habilitados para dar sus vidas por el nombre de Cristo.

El reino no necesitaba espadas o armaduras humanas para la conquista; necesitaba testigos con poder in- terior que demostraran [p 50] con sus vidas la potencia transformadora del Cristo resucitado (comp. 2:32; 3:15; 5:32; 10:39; 13:31; 22:15).

b. El reino de Dios no está vinculado a un solo pueblo

La explicación del propósito de Dios que habían recibido era distinta a lo que imaginaban. No debían confundir el reino de Israel con el reino de Dios, porque este último hacía que cada súbdito fuera testigo “hasta lo último de la tierra”. El Señor les trazó los círculos de actividad comenzando desde Jerusalén donde “el reino” había sido rechazado, y desde allí seguirían avanzando (13:47). Algunos creen que para aquellos días “lo último de la tierra” era llegar a Roma. Si así fuera, Lucas cumple su propósito trabajando hasta que Pablo llegó a la capital del imperio.

El libro se puede dividir en: (1) Jerusalén (caps. 1–7); (2) Judea y Samaria (8:1–25); (3) “hasta lo último de la tierra” (8:26–28:31).

Cada lugar es un nuevo descubrimiento, cada persona un desafío distinto. Judíos, samaritanos, griegos, religiosos, paganos, siervos, libres, varón o mujer, etc., todos ingresan al reino cumpliendo los mismos requi- sitos. Para evitar la separación que podrían provocar los nacionalismos o los intentos étnicos de superioridad, Dios estableció que “nuestra ciudadanía está en los cielos” (Fil. 3:20) y no en el Imperio Romano o en algún otro lugar de la tierra.

Componemos una comunidad de salvados. Estamos dentro del reino de Dios y el reino está dentro de no- sotros. Esto nos lleva a otro tema que el Señor Jesús también explicó.

c. El reino de Dios está delante de nosotros como una misión

La pregunta de “los que se habían reunido” no tenía relación alguna con la expansión del mensaje del evangelio. En cambio, la respuesta concordaba con lo que habían oído en Cesarea de Filipo acerca de las “lla- ves del reino” (Mt. 16:19). Se trataba de que la nueva comunidad fuera testigo de Dios abriendo puertas para muchos corazones sedientos.

Por siglos ya, desde aquellos días el reino ha vivido la expansión, algunas veces visible y otras veces invi- sible. Pero la manera en que se extendió fue extraordinaria. Si pensamos en que [p 51] eran sólo ciento veinte los reunidos cuando vino el Espíritu (1:5) y en Pentecostés se agregaron como tres mil más (2:41), nos damos cuenta del rigor con que Dios comenzó a operar. Pero a esto le sumamos cinco mil más algunos días después

(4:4) y la sorpresa de las autoridades religiosas por la conmoción. Las cosas siguieron adelante (4:32–6:1, 7)

y después de la persecución en los días de Esteban, Samaria recibió el mensaje (8:14) y los que habitaban en

Lida y Sarón se convirtieron al Señor (9:35). También muchos en Jope (9:42) oyendo el mensaje eran salvos,

y los esparcidos por la persecución en los días de Esteban salieron por todas partes, algunos de los cuales lle- garon a Siria. En Antioquía una multitud recibió al Señor (11:21). No sabemos qué ocurrió con los que fue- ron en otras direcciones.

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Posteriormente, Saulo y Bernabé salieron a predicar por Galacia y esparcieron el mensaje por toda la re- gión (13:48–49). Desde Antioquía de Pisidia y por toda el Asia Menor se extendía el evangelio en numerosas iglesias que aumentaban constantemente en número (16:5). Pero el mensaje ingresó también en Europa, y los puntos más duros de Grecia se conmovieron por la predicación (Filipos, Tesalónica, Berea y Corinto—16:10; 17:4, 12; 18:10) y desde allí a muchos otros lugares hasta llegar a Roma (Ro. 15:19; Hch. 19:2; 28:24).

Miles y miles de personas de diversas lenguas, culturas y dialectos entraron en el reino de Dios alabando por la gracia de la vida eterna.

Hemos podido constatar que en el propósito de Dios “hasta lo último de la tierra” no es Roma sino el mundo entero. La historia sigue mostrando que todo el mundo está bajo el ojo de Dios. Él se encarga de pre- parar y enviar a sus siervos a los lugares más remotos para que se cumpla el mandato: “Id y haced discípulos

a las naciones”. A medida que los embajadores caminan, aprenden nuevas verdades sobre el poder de Dios.

Así llegamos hasta nuestro día. Como aquellos discípulos nosotros también solemos abandonar nuestra responsabilidad de ser testigos. Nos acostumbramos a ser ciudadanos de nuestras patrias terrenales y nada más. Pero es posible que al estudiar estos versículos, también aprendamos a recrearnos en lo que debemos hacer, [p 52] y no a tratar de seguir buscando argumentos para permanecer paralíticos.

C. La misión (v. 8)

Para confirmar la misión el Señor les anunció que recibirían poder del cielo cuando viniera sobre ellos el Espíritu Santo.

Para nosotros, como seres humanos, nada es más estimulante que poseer fuerza. No la podemos crear, pe- ro nos encanta reunirla de todos modos y dominar. Son los elementos que hacen posible que seamos grandes

y los demás nos sirvan. No obstante, aquí el Señor Jesús no les está prometiendo poder físico como el de San-

són o el del ejército romano, posible de ser controlado por los hombres. No, les anuncia la venida del poder de Dios que los controlaría a ellos. Es el poder proveniente de la unión vital con el Dios eterno. En ese mo- mento quedaría totalmente cumplida la promesa que tendría siempre evidencias frescas y renovadas.

El Espíritu los capacitaría de tal modo que podrían vivir y explicar a otros las maravillas de Dios. Los seres humanos que no conocían la verdad serían impactados por el modo de reprochar del Espíritu y se convertirí- an al Señor.

Para los apóstoles en aquella hora como para nosotros ahora, la presencia del Consolador cambia todas las cosas. La enseñanza y la guía a toda la verdad (Jn. 16:13) son una garantía para el ministerio en terreno desconocido y lleno de adversidad. Su sabiduría y su poder son también una evidencia de la presencia de Dios. El es el Morador permanente que abre el sentido y santifica las conciencias para hacer la voluntad de Dios.

a. Todos serían ordenados como testigos

La venida del Espíritu no sólo sería una prueba de la fidelidad de Dios en cumplir su promesa. Sería ade- más una preparación para esparcir el evangelio al mundo. El soplo (gr. pneuma) de Dios que podía unirlos en un cuerpo, también los constituía en testigos competentes (2:32; 3:15, etc.) Una de las características de estas personas es la valentía para decir lo que han visto y oído. Exponer ante el juez en presencia de los acu- sadores la verdad de lo que está en curso y demostrar que no solamente hablan sino que también viven lo que dicen.

b. [p 53] Todos deberían operar bajo el poder del Espíritu

El poder les había sido necesario para subsistir hasta ese presente. Pero el que habrían de recibir era la credencial del evangelio (4:33; 6:8) para vivir la victoria. El Señor Jesús dejó bien claro los principios de au- toridad con que se manejaba el reino de Dios. Operamos bajo esos principios y cumplimos los estatutos que agradan a sus planes.

c. Todos tenían que transmitir el conocimiento de Cristo

“Me seréis testigos” significa mucho más que simplemente ser “testigos míos”. Significa más vale que “ustedes son los testigos que yo pongo para que me representen”. No se limitarían únicamente a una cere- monia forense o judicial sino a hablar en todas partes lo que Jesucristo era y había hecho. Así como un buen

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cuadro es el mejor testimonio para un artista, o un buen libro para un autor; los santos son los mejores testi- gos del Señor. Tales testigos saben y hablan de Cristo y para Cristo, con experiencias personales de su amor y poder.

d. Todos tenían que moverse en un campo amplio de labor

Era muy difícil el servicio que el Señor Jesús les proponía. Ser testigos en Jerusalén era casi imposible bajo las condiciones imperantes después de lo acontecido con el Señor Jesús.

Sin embargo, las condiciones cambiarían muy pronto. El testimonio sería difícil pero no imposible, y mu- chos opositores se convertirían al evangelio: Jerusalén sería el lugar para la recepción del Espíritu y también el sitio donde los testigos comenzarían a actuar. La promesa se cumplió en la tierra prometida y allí también se vivió por primera vez la plenitud del gozo. Posteriormente, otros lugares blancos para la siega (Jn. 4:35) tuvieron la experiencia de los hebreos, y así se expandió la obra misionera tal como lo veremos más adelante.

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[p 54]

CAPÍTULO 2 LOS PRIMEROS SÍNTOMAS DE LA COMUNIÓN (1:9–14)

9 Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. 10 Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, 11 los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis miran- do al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo. 12 Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte que se llama del Olivar, el cual está cerca de Jerusalén, camino de un día de reposo. 13 Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hermano de Jacobo. 14 Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos.

PRIMEROS EFECTOS DE LA PARTIDA DEL SEÑOR

1. El robustecimiento de la fe al ver cumplida su palabra: (a)

había venido del cielo (Jn. 6:38, 51, 61, 62); (b) volvería al

cielo (Jn. 14:1–3, 19; 16:5, 16) y cumplió.

2. La confirmación de la esperanza al ver la manifestación

de su señorío todopoderoso. Verlo ir, es también ver cómo pue- de volver. Su ida es la primera fase del retorno. Donde él está nosotros también iremos. El es “las primicias”, después noso- tros los que somos de él en su venida.

3. La inflamación del amor. Necesitaron una visión personal

del Señor glorificado para que salieran juntos, y fuertemente

unidos en el amor mutuo (Lc. 24:52–53). La lección no ha cambiado.

[p 55] Esa visión fue la base para formar y consolidar la comunión. Hasta ese presente los que no sabían el significado de la unidad podían “estar juntos” pero no eran uno. Fue necesario que vieran a Cristo ascen- dido para que todos comenzaran a tener la misma visión, y en consecuencia la misma motivación. Para ser testigos tenían que hablar lo mismo, y vivir lo mismo.

Aunque el término koino̅nia no es frecuente en el libro, 1 la actividad de la comunión es esencial para el desarrollo de la iglesia. Tal como lo estudiaremos más adelante, tiene la función de establecer una unidad vital entre Dios y nosotros (1 Jn. 1:1–3) que no comienza con actividades o labores por nobles que fueren sino con la presencia del Señor resucitado.

Entonces, aparte de haberle oído por cuarenta días, ahora tenían que comprobar algo más.

A. Una misma visión

El cielo es el granero de Dios. Allí está la meta de sus planes tal como se los había mostrado el Señor Jesús (Jn. 14:25). A ese lugar apuntan todos los propósitos de los siglos (Jn. 17:24). ¿Por qué tiene tanta importan- cia que lo hayan visto ir?

En primer lugar, por el cumplimiento de sus palabras. Durante el ministerio público Jesús lo había insi- nuado varias veces (Jn. 6:62; 20:17). Había hablado y trabajado en función de su regreso al cielo. Al princi- pio, los doce no lo entendieron, pero ahora lo ven con claridad. Se dan cuenta de la importancia de las pro- mesas cumplidas. Se dan cuenta de que así como Cristo prometió, debían hacerlo ellos. Lo que desde ese mo- mento en adelante dijeran, representaba las palabras de Cristo. Como él había cumplido, ellos también tenían que hacerlo (2 Co. 1:20).

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En segundo lugar, porque una misma visión tenía que producirles un mismo sentir; ésta es la estructura de la comunión (1 Co. 1:10). La visión de la victoria de [p 56] Cristo es fundamental para el servicio (Ef. 1:9– 23). Sin visión no hay victoria y es imposible subsistir frente a las fuerzas del mal (7:55–57). La iglesia que estaba en gestación, tuvo este principio en su estructura: once hombres instruidos y comisionados mirando la ascensión del Señor Jesús.

En tercer lugar, porque tenían que saber que la vida que iniciaban era distinta a la anterior. Hasta ese momento, de una u otra manera habían trabajado en función de los dichos de los fariseos o del resto de la gente. Ahora no sólo tenían la versión correcta de lo que había sucedido con Jesús, sino que además poseían el método para hacerlo saber a los demás.

La ascensión es un milagro y la predicación de ese milagro genera otros milagros en transformación y consolación. Lo que hace no es momentáneo ni ficticio, es real (Col. 3:1) y duradero.

B. Una misma explicación

Después de haberles hablado con claridad, Jesucristo dio por concluida su misión en la tierra, indicando con esto que la vida cristiana también tiene sus etapas. El ministerio no finaliza, pero no siempre es el mismo. El había concluido su labor en la tierra; ahora iniciaba otra en el cielo (Jn. 17:4).

La bendición impartida (Lc. 24:50–51) es el sello de un trabajo bien terminado a su tiempo. No fue apu- rado ni incentivado por las circunstancias. Simplemente había sido planeado, prometido y ahora cumplido (comp. Lv. 9:22). Todos por igual entienden lo mismo, viven lo mismo y se disponen a hacer lo mismo. Habí- an visto y pasado por aflicciones, y ahora comprenden su valor. Se dan cuenta de que en las manos de Dios el dolor termina en gloria.

 

[p 57] LA ASCENSIÓN DE CRISTO

1.

Las circunstancias: “viéndolo ellos”

a.

dirigido al cielo

el poder de la resurrección (Mr. 16:19) (Fil. 2:9–10)

b.

recibido por una nube

la aprobación de Dios (Lc. 9:34, 35) (Ex. 13:21; 16:10;

 

40:38)

2.

Los beneficios:

a.

formación de la comunión (2:1)

 

b.

seguridad de la venida del Espíritu (Jn. 16:7)

c.

confirmación de la intercesión (Jn. 14:16)

3.

La conclusión:

a.

estímulo para el futuro (v. 11)

 

b.

preparación para las tareas (v. 12)

“FUE ALZADO, Y LE RECIBIÓ UNA NUBE”

1. Como la conclusión de la primera etapa de su ministerio

(3:21; Ef. 4:10)

a. Entró al mundo en humildad (Gá. 4:4)

29

b.

Salió de él gloriosamente (1 Ti. 3:16)

2.

Como anticipo de la venida del Espíritu (Jn. 16:17)

a.

Tenían que quedar solos para aprender a confiar

b.

Tenían que vivir juntos para practicar la comunión

c.

Tenían que decidir responsablemente para saber actuar

3.

Como la manera de cambiar la visión de los apóstoles

a.

De mirar para atrás a ver el futuro

b.

De mirar para abajo a esperar en el Señor

c.

De mirar hacia lo terrenal a sentir el poder de Dios

[p 58] C. Una misma expectativa

Una escena muy extraña se produjo sobre el monte de los Olivos adonde con seguridad Jesucristo los había llevado después de vivir en Betania (Lc. 24:50). Era el lugar indicado para la despedida. El texto dice que “estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba” dos personas con vestiduras blancas se pusieron junto a ellos.

Había miles que esperaban en aquellos días la “redención de Israel”, pero solamente unos pocos (v. 10)pudieron contemplar o confirmar al Redentor.

Unos años atrás, mientras los judíos miraban los movimientos de Herodes, y otros contemplaban las cam- pañas conquistadoras de César, los ángeles contemplaban, anunciaban y alababan el nacimiento de Jesús; le ministraron en el desierto; lo asistieron en Getsemaní; montaron discreta guardia sobre la tumba en el huer- to. Pero ahora todo había cambiado. La labor de los “seres celestiales” era confirmar la fe de los fieles y ayu- darles a mirar el futuro que se avecinaba. Pero sigamos lo que dice el texto:

a. Los mensajeros: “se pusieron junto a ellos dos varones”.

¿Serían los mismos que habían quitado la piedra del sepulcro? (Lc. 24:4). No lo sabemos. Quienesquiera que fueran, vinieron para dar testimonio de lo que estaba a punto de ocurrir. Lo hicieron para honrar la des- pedida y animar a los apóstoles. Se pusieron “junto a ellos” como verdaderos paracletos a fin de realizar una doble actividad. Primero, de cariños o reproche, “¿por qué estáis mirando al cielo?” Que es como decir: “No es necesario que lamenten lo que ya es una bendición. Todo lo necesario para el bienestar de ustedes está cumplido y ahora se va para que ustedes sean de bendición a muchos”.

Si tuviéramos que aplicar estas palabras a nuestra vida diríamos que en toda partida de seres queridos hay desconsuelo y desasosiego. Hay preguntas sin responder y miradas que muestran incomprensión o asom- bro. El vacío es, al parecer, imposible de llenar. Pero aunque esa situación sea difícil, hallamos sentido des- pués que podemos oír la voz del Paracleto (comp. Sal. 126:5–6).

Segundo, un anuncio reconfortante. Ni ellos (los dos varones) se quedarían en ese lugar, ni los once. La comisión que tenían [p 59] y las promesas recibidas necesitaban otras condiciones para desarrollarse. Co- menzarían a pensar en todas estas cosas a partir de la ascensión del Señor Jesucristo. Ahora el retorno es una realidad. Más que seguirle con los ojos mientras se iba, tendrían que comenzar a esperarle cumpliendo sus palabras.

b. El mensaje: “Este mismo Jesús …”

Fue poco lo que les dijeron, o posiblemente Lucas haga un resumen del mensaje. Lo que sacamos en esen- cia es lo siguiente: En primer lugar, la persona que volverá es la misma que se fue. Ningún acontecimiento de la historia ni otro incidente podría ser el complemento de esa promesa. Vuelve él mismo. Vuelve el Amigo, el Consejero, el Señor poderoso. En segundo lugar, “así vendrá”. Así como vino a Belén irrumpiendo en un mundo confuso y totalmente desorientado, así regresaría, pero a diferencia de aquella primera venida, ven- drá inesperadamente para muchos, pero con gloria para los que lo esperan (He. 9:28). Era necesario que se comprometieran con la segunda venida del Señor para que sus ministerios fueran humildes, santos y desinte-

30

resados en ellos mismos. Tenían que saber que en cualquier momento habría de volver. Esa vuelta por mu- chas razones es el incentivo para ellos y para nosotros.

 

PROPÓSITOS DE LA SEGUNDA VENIDA

1. Ser glorificado en los santos (2 Ts. 1:10)

2. Aclarar lo oculto de los corazones (1 Co. 4:5)

3. Reunir a su iglesia (1 Ts. 4:15–17)

4. Juzgar a los santos y también al mundo (2 Co. 5:10; Mt.

 

25:31)

5.

Recompensar a cada uno por su labor y fidelidad (Ap.

22:12)

6.

Establecer su reino de justicia y paz (Is. 24:23)

7.

Mostrar su identidad, “Este mismo Jesús” (Ef. 4:9–10)

 

[p 60] NUESTRA REACCIÓN HACIA LA SEGUNDA VENIDA

1.

Vivir su inminencia (Ro. 13:12; Fil. 4:5)

2.

Santificar nuestro estilo de vida (Mt. 24:44, 46)

a.

Más santidad (1 Ts. 3:12, 13)

b.

Más sinceridad (Fil. 1:10)

c.

Más vitalidad (1 Co. 1:8)

d.

Más hermandad (1 Co. 4:5)

e.

Más paciencia (Stg. 5:7–8)

3.

Amar ese acontecimiento como único (2 Ti. 4:8)

4.

Esperar que ocurra mientras servimos a otros (Fil. 3:20; 1

Ts. 1:10)

5.

Tener valor para que no nos distraiga el enemigo (Mt.

24:42; Lc. 21:36)

6.

Tener paciencia hasta verla (2. Ts. 3:5)

Además, las palabras “como le habéis visto ir al cielo” no pueden referirse a la venida del Espíritu Santo ni a la comunión espiritual entre Cristo y los suyos (Mt. 28:20), sino a un acontecimiento futuro y singular mucho más significativo que los dos anteriores, sin quitarle a ninguno su gloria. La iglesia del siglo I esperaba ardientemente que el retorno se produjera en esos días (1 Ts. 4:17). Al pasar el tiempo y observar que las cosas no se daban como lo habían diagramado, la expectativa se enfrió. Sin embargo, Dios no posterga su venida; más vale quiere que todos conozcan sus propósitos (2 P. 3:9). Volver a reiterar la necesidad de re- crear en nosotros el estilo de vida que tiene la “presencia” (gr. parousia) como expectativa: “Así vendrá como le habéis visto ir al cielo”.

[p 61] D. Una misma reacción

Para aquellos apóstoles la partida del Señor en la manera en que había sucedido y la explicación que los dos varones habían dado tenían valor permanente. No necesitaban quedarse por más tiempo en ese lugar. Todo estaba claro. En su interior ya tenían presente cuáles eran las primeras etapas en el propósito de Dios.

31

 

FUNCIONAMIENTO DEL PLAN

1.

Unidad en el retorno de

– Visión de la ascensión

Cristo

2.

Unidad en el mensaje de los

– Confirmación de la fe

ángeles

3.

Unidad en el testimonio de

– Retorno juntos a la ciudad

victoria

4.

Unidad en la espera del Es-

– Todos esperan Pentecostés

píritu Santo

5.

Unidad en el testimonio que

– Todos reunidos para alabar al Señor

tenían que dar

Ni el Señor Jesús les dijo ni los dos varones les explicaron cuánto tiempo habría entre su partida y el re- torno anunciado. Pero lo que vivieron fue suficiente para volver gozosos. Caminaron el kilómetro que los separaba desde Jerusalén, no tan ansiosos de que el Señor volviera en ese momento, como sí de poder cumplir con las normas trazadas. Intencionalmente el Señor los había dejado cerca de la ciudad para que pudieran volver a los suyos sin quebrantar las disposiciones de los fariseos. La norma de andar “camino de un sábado” (1, 2 km.) era para evitar que la gente abandonara los contornos de la ciudad en un día de reposo.

a. [p 62] Separados del mundo: “se volvieron a Jerusalén”

Lo hicieron no para iniciar las luchas de los últimos tiempos, sino para comenzar en el reino de Dios la nueva etapa a la que habían sido llamados. Iniciaron una nueva manera de pensar porque habían cambiado de mente, habían dejado de pensar en el reino de Israel (cosa temporal) para volcarse al reino de Dios (vida espiritual en un territorio nacional). ¿Qué hicieron?

(1)

Se fueron al aposento alto (comp. Jn. 20:19) La separación solamente y por sí misma no tiene sentido. Necesita también orientación. Es dejar algo para ir a un lugar, a un destino. Así lo hicieron ellos. Estaban uni- dos a Cristo pero necesitaban mostrar esa unión entre sí. Salieron apresuradamente del monte de los Olivos y se dirigieron al lugar de la comunión. La visión del Señor resucitado era fundamental para concretar la co- munión práctica o efectiva entre ellos. Y anduvieron gozosos el kilómetro de distancia tratando de reunirse en un lugar tranquilo para meditar (comp. 10:9; 20:7–9).

(2)

Se reunieron todos. Todos están presentes porque reconocen que una misma cabeza solamente puede formar un solo cuerpo (comp. 1 Co. 12:12). En forma deliberada Lucas menciona a los once y a las mujeres, pero con seguridad había muchos más. La lista recuerda, además, cómo el evangelio es capaz de congregar a personas de distintos trasfondos. Si la unión fuera humana, alcanzaría sólo a los que “piensan como noso-

tros”. Pero aquí hay un objetivo superior. Es la labor de Dios que crea en los corazones el triunfo de la gracia

y que los hace crecer en la fe. Tomás no es más incrédulo, ni Pedro el avasallador del conjunto. Todos han alcanzado una evidente maduración al comprobar la importancia del Cristo resucitado.

b. Unidos en oración

A este espíritu de paz y unidad se agregó el sentimiento de limitación personal. La suficiencia es contraria

a la dependencia. No hay maestros judíos, ni filósofos griegos; hay únicamente hermanos esperanzados en que Dios les dé la salida a los temas pendientes y ponga a cada uno en su lugar para poder cumplimentar el propósito de ser testigos.

[p 63] La inauguración de la iglesia precedida por una reunión de oración durante diez días (aunque quizás no todo el tiempo), nos demuestra el modo agradable a Dios para esperar el cumplimiento de su pala-

32

bra. Los grandes momentos de avivamiento están precedidos de celosos espacios vividos en gozosa oración (4:23–31; 12:12; 16:13) (comp. Is. 6:8; Mt. 18:19; Jn. 16:23, 24).

Es el modo de preparar el corazón para lo inesperado que vendría de Dios. Estaban seguros de que no se- ría igual a lo que ya conocían sino de acuerdo a lo prometido.

Lucas vuelve a repetir la lista de los que “moraban” en el lugar donde probablemente se había celebrado la última pascua. Aparte de confirmar a los “doce” (que son once) con Pedro en primer lugar, dos detalles encantan al leerla.

(1)

La mención de Simón el Zelote, que había pertenecido a una secta fanática guerrillera que luchaba por la independencia política del pueblo hebreo. Josefo asegura que fue un partido fundado por Judas que se levan- tó contra los romanos en el año 6 DC, pero no sabemos más. Tampoco es de interés hablar de los zelotes, sino de la conquista que el Señor había logrado. Es a este discípulo a quien Mateo y Marcos denominan el canani- ta (es decir, alguien que sigue un cierto canon o patrón de vida) (Mt. 10:4; Mr. 3:19). El celo de Simón con- vertido al evangelio, es necesario para la verdadera transformación de la nación.

(2)

La presencia de las mujeres incluyendo las que acompañaron a Jesús desde Galilea (Lc. 8:2) y las que presenciaron la crucifixión y sepultura (Mt. 27:55–56; Lc. 24:10; Jn. 19:25). Estaban también María la ma- dre de Jesús, mencionada por última vez, y asimismo los hermanos del Señor Jesús (1 Co. 9:5). La presencia femenina en un encuentro tan selecto demuestra la honra que el Señor había conquistado para la mujer en general y para la oriental en particular. La igualdad ante Dios que más tarde observábamos en las enseñanzas apostólicas es vital para el desarrollo del cuerpo de Cristo. Cabe agregar que los hermanos de Jesús (hijos de José y María) (Mt. 13:55; Mr. 6:3) no creían en el Señor Jesús antes de su muerte (Jn. 7:5), pero ahora están todos juntos. Jacobo tuvo una entrevista personal con el Señor después de la resurrección (1 Co. 15:7) y Judas probablemente es [p 64] el escritor de una epístola. Ambos con una actuación destacada (12:17; 15:13; 21:18; Jud. 1).

Esta diversidad de personas se habían unido para perseverar en la oración unánime (2:42; 2:46; 6:4; etc.). La prioridad de esperar la respuesta del Señor los desvinculó de los posibles desencuentros entre los distintos pareceres que pudieran tener. Habían aprendido a ordenar las prioridades.

LOS APÓSTOLES EN JERUSALÉN

1. Es un período de transición—de seguidores a testigos.

– Entre la obra completada de Cristo y la no iniciada del Es- píritu.

2.

Es un período de expectativa—de discípulos a predicado-

res.

No tenían claro cómo iniciar sus labores

No sabían cuál era el mensaje que debían dar

No conocían cuándo ni cómo llegaría “la promesa”

3.

Es una oportunidad para orar—de soluciones diarias a

dependencia constante.

Muchas incógnitas por develar

Muchas respuestas por confirmar

4.

Es una oportunidad para confraternizar

Aprender a respetar el liderazgo de Pedro

Saber decidir sobre los temas más necesarios

Comprender que para predicar a otros tenían que ser “do-

ce”

33

[p 65]

CAPÍTULO 3 LA PRIMERA EVIDENCIA DE LA COMUNIÓN (1:15–26)

15 En aquellos días Pedro se levantó en medio de los hermanos (y los reunidos eran como ciento veinte en número), y dijo: 16 Varones hermanos, era necesario que se cumpliese la Escritura en que el Espíritu Santo habló antes por boca de David acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús, 17 y era contado con nosotros, y tenía parte en este ministerio. 18 Este, pues, con el salario de su iniquidad adquirió un campo, y cayendo de cabeza, se reventó por la mitad, y todas sus entrañas se derramaron. 19 Y fue notorio a todos los habitantes de Jerusalén, de tal manera que aquel campo se llama en su propia lengua, Acéldama, que quiere decir, Campo de sangre. 20 Porque está escrito en el libro de los Salmos: Sea hecha desierta su habitación, y no haya quien more en ella; y: Tome otro su oficio. 21 Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, 22 comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con noso- tros, de su resurrección. 23 Y señalaron a dos: a José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y a Matías. 24 Y orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál de estos dos has escogido, 25 para que tome la parte de este ministerio y apostolado, de que cayó Judas por transgresión, para irse a su propio lugar. 26 Y les echaron suertes, y la suerte cayó sobre Matías; y fue contado con los once após- toles.

Aunque Pedro lidera el grupo no toma una actitud de dominio. Más vale, asume la posición de liderazgo pensando en el pastoreo [p 66] de las ovejas frente a una decisión difícil. El texto dice que “se levantó en me- dio de sus hermanos” y no sobre ellos. Habían vivido tiempos de intensa oración, lo suficiente como para que Dios creara en él una inquietud particular por solucionar un problema grave. Todos sabían que Jesús tenía doce apóstoles, pero con lo sucedido a Judas quedaron solamente once.

A. Pedro utiliza la Escritura

Son muchos los que creen que el apóstol se adelantó cuando debió haber esperado. Pero nosotros no nos atrevemos a juzgar. Es más provechoso observar el modo en que propuso al grupo de hermanos la solución del problema.

Comienza explicando cómo se había cumplido la profecía. Notemos el modo en que explica la inspiración del texto, señalando: “La Escritura en que el Espíritu Santo habló antes por boca de David”. Es el Espíritu quien anuncia la apostasía de Judas. Recordemos que después de su resurrección, el Señor Jesús abrió el en- tendimiento de los once para que comprendiesen las Escrituras (Lc. 24:25, 27, 32, 45, 49). Desde ese mo- mento pudieron entender cómo había sido compuesto el AT y el valor que tenía para poder aplicarlo con pre- cisión en la vida de la iglesia.

Pedro se basó en dos salmos que sorpresivamente combinó para obtener la conclusión. El primero es el 69, del cual no extrajo las varias referencias al Señor Jesús que cita el evangelio de Juan (2:17; 15:25), sino otras.

El apóstol aplica a Judas el trozo de una oración en la que David pide el juicio para los inicuos. “Sea su palacio asolado; en sus tiendas no haya morador” (v. 25). A esta frase le agrega parte del v. 8 del Salmo 109:

“Tome otro su oficio”. Aunque parecería que el texto autoriza a que “otro” ocupe el lugar vacante, no hay aprobación para elegir al reemplazante. Como tampoco la hay para llenar posteriormente la vacante de Jaco- bo (12:1–2).

B. Pedro explica el caso Judas

Lucas inserta una explicación sobre la ética de Judas y los últimos momentos de su vida tal como la narró el apóstol Pedro. La aparente discrepancia entre Mateo 27:3–5 donde dice que “se ahorcó” y nuestro texto:

“cayendo de cabeza, se reventó por la mitad, y [p 67] todas sus entrañas se derramaron” (1:18), armoniza si pensamos que Mateo únicamente dice lo que Judas hizo, pero en nuestro caso cuenta lo que sucedió después.

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Como en otras ocasiones (comp. 2 Cr. 25:12) pensamos que el hecho pudo haber sucedido a mucha altu- ra y la cuerda utilizada no resistir el peso y se romperse. Hay quienes creen que para terminar con el espec- táculo alguien cortó la cuerda, y Pedro narró a los reunidos el final del ex apóstol.

La segunda nota que necesita explicación es la compra del campo. Mateo dice que Judas cargado de culpa devolvió el dinero, y al no ser aceptado por los sacerdotes, el mismo Judas lo arrojó dentro del templo. Poste- riormente los fariseos con ese importe compraron el campo. Pero nuestro texto dice: que “con el salario [di- nero] de su iniquidad [Judas] adquirió un campo”. ¿Quién fue finalmente el comprador? Lo más correcto es decir que con el dinero de Judas (que los sacerdotes nunca aceptaron para sí) los religiosos compraron el campo que naturalmente era de Judas. A ese campo del alfarero en aramaico se lo llamaba Acéldama porque fue comprado con dinero de sangre, incluyendo la misma de Judas (Mt. 27:6).

 

EL PECADO DE JUDAS

1. Le gustó convivir con la avaricia

(Jn. 12:6)

2. Se ocupó de la murmuración

(Jn. 12:4–5)

3. Permitió que Satanás dirigiera su

(Lc. 22:3)

 

mente

4. Reveló sus planes a los enemigos

(Lc. 22:4–5)

5. Rehusó oír la amonestación del Señor

(Jn. 13:26–27)

6. Pervirtió la manifestación de afecto en

(Mt. 26:47)

traición

7.

Cayó en la desesperación y se dirigió a

(Mt. 27:3–4)

la religión

8.

Se suicidó

(Mt. 27:5)

[p 68] C. Pedro propone una solución para la vacante

El escritor continúa dando espacio al discurso de Pedro, ahora para cubrir la vacante dejada.

a. Tenía que ser una persona del grupo

La persona a elegir tenía que poseer una relación familiar con todos y con el Señor Jesús. Estar juntos “to- do el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía” indica que se necesitaba alguien que hubiera gustado la vida de hogar junto con ellos. “Salir y entrar” (comp. Sal. 121:8) es una manera de expresar libertad, sujeción y comunión (Jn. 10:9). El ministro del Señor no es un improvisado solitario surgido de la noche a la mañana, sino que debe conocer y haber practicado la convivencia (comp. Dt. 31:2).

b. Tenía que poseer una experiencia completa

El candidato para cubrir la vacante debía poseer un “desde” y un “hasta”. Es lo que denominamos un “hombre completo”. Tenía que haber palpado el comienzo del ministerio del Señor (10:37), bautizándose para sujetarse al propósito de Dios y “cumplir toda justicia” (Mt. 3:15). Tenía que ser alguien entrenado en estar bajo dependencia del Padre, en santidad y amor para los perdidos. El apóstol necesitaba encarnar la ética de Cristo y hablarle a otros con experiencia de su comunión. Haber sido testigo presencial de la resu- rrección era un ingrediente fundamental (2:32; 3:15; 5:32; 10:39; 1 Co. 9:1; 15:8) pero no suficiente; ade- más debía haber vivido la experiencia de la ascensión.

35

También tenía que conocer sus responsabilidades. Pedro las denominó diakonia (ministerio) y apostole̅ (apostolado), que unidos a martyr (testigo) componen lo que el Señor había determinado. Durante nuestro estudio observaremos el modo en que estas características se concretaron.

c. Tenía que tener la aprobación de Dios

Con sumo cuidado en un ambiente de oración y unanimidad (1:14) repasaron los nombres de los ciento veinte, y sólo hallaron a dos que reunían todos los requisitos. Se enfrentaron con la primera prueba de sus limitaciones a fin de reconocer a una persona para el [p 69] ministerio. Pudieron avanzar hasta lo que sabían pero no quisieron avanzar dentro del terreno de Dios que es quien “conoce los corazones” (15:8). Si también hubieran podido hacer este análisis, habrían actuado como Dios. La sabiduría espiritual está en saber hasta dónde llega la responsabilidad humana y allí parar.

Detenidos en su limitación se remitieron al Señor 1 (2:36; 7:59) pidiendo específicamente en una oración especial que mostrase su elección (comp. 1 S. 16:7). De inmediato “echaron suertes” basándose seguramente en el método legislado en el AT (comp. Lv. 16:8; Nm. 26:55; Jos. 7:14; Pr. 16:33, etc.), utilizado aquí por úl- tima vez. Notemos que fue antes de Pentecostés. El Señor mostró su voluntad y Matías fue “contado con los once apóstoles”. Hay muchos que discrepan con el método utilizado y aun con la persona elegida. El autor de este libro cree que habiéndose cumplido con tanta prolijidad la sujeción al Señor, es peligroso emitir juicios.

Están ya preparados para esperar la promesa del Señor. Tres experiencias básicas confirman esta presun- ción: (1) Estuvieron con Cristo y recibieron sus instrucciones; (2) recibieron la bendición y lo vieron ir; (3) completaron el número de los doce, necesario para el testimonio en Pentecostés (2:14). Pudieron cubrir la vacante de Judas, pero no pueden hacer lo mismo con la del Señor Jesús. Tienen que esperar.

 

[p 70] TIEMPO DE ESPERA

1. Tiempo de transición

* Entre la obra completada por Cristo en la tierra y la apertura de la labor del Espíritu.

Se había terminado el capítulo de la encarnación que concluyó en la cruz. Ahora estaba por iniciarse otro.

*

2.

Tiempo de necesidad

*

Los apóstoles convertidos en testigos, sin comprender lo que significaba.

*

Necesitaban aclarar sus pensamientos y recibir entendimiento.

3.

Tiempo de expectativa

*

Tenían que esperar la “promesa del Padre” aunque no entendían el significado.

4.

Tiempo de oración

*

Para incentivar la unidad

*

Para acrecentar la perseverancia

*

Para vivir la dependencia

5.

Tiempo de tomar decisiones

1 Gr. Kyrios.

 

36

*

Observar al verdadero líder

Pedro

*

Tener fundamento para de- cidir

la Escritura

Emplear un sistema sano para persuadir

*

sabiduría

*

Buscar un candidato a pastor

oración y condiciones espirituales

37

[p 71]

CAPÍTULO 4 EL DÍA DE PENTECOSTÉS (2:1–41)

Lucas inicia esta sección del material volviendo al tema del Espíritu Santo que ya había mencionado en su primer escrito (Lc. 3:21–22; 4:1, 14, 18). Ahora muestra su actividad en muchos, y no sólo en algunos. Lucas observa que la venida del Espíritu es la promesa (2:33), el don (2:38), el bautismo (1:5), el poder (1:8) y la plenitud (4:31) en muchas personas.

A. La elección del día

Un poco de historia nos puede ayudar a conocer las causas por las cuales Dios eligió ese día. El había or- denado al pueblo de Israel que celebrara ciertos acontecimientos con mucha prolijidad, especialmente cuan- do se trataba de dar valor a la libertad conseguida y los medios para conseguirla.

Pentecostés marcaba la finalización de la cosecha que comenzaba con el primer corte del grano (Dt. 16:9–10) y el ofrecimiento de la gavilla mecida (Lv. 23:11). Por esta razón recibió también otros nombres como “fiesta de la cosecha” (Ex. 23:16) o “de las primicias” (Nm. 28:26), que en sí muestran el gozo del pueblo por ver el resultado de la bendición de Dios y que los estimulaba a ofrendar jubilosamente. Dios la denominó “santa convocación”, porque todos venían a presentarse a él, libres del dominio de otro dios (Lv. 23:21). Era tiempo de gran gozo (Dt. 16:15) por lo recibido y la oportunidad de disfrutar la presencia de Dios (Jer. 5:24).

[p 72] El pueblo del pacto podía evaluar los propósitos divinos y recibir ánimo para el futuro (Dt. 16:12). Podríamos resumir la fiesta, entonces, de la siguiente manera:

a. Se celebraba cincuenta días después que la hoz hubiera cortado el grano. El recuerdo de la obra de

Cristo.

b. Recordaba que el israelita había sido esclavo en Egipto. Cristo había dado la verdadera libertad (Jn.

8:32).

c. Anunciaba el comienzo de la cosecha. Los anuncios de lo que sucedería con la venida del Espíritu (Ex.

23:16).

d. No debían sujetarse a otro señor (Lv. 23:11). Donde está el Espíritu allí hay libertad (comp. 2 Co. 3:12).

En la pascua se mecía la primera gavilla (Lv. 23:10), trigo que únicamente puede fructificar. En Pentecos- tés están ya los panes. Cristo es el grano de trigo que fue cortado, nosotros somos los “panes” (uno hebreo y otro griego) que al final nos transformamos en un “solo pan” (1 Co. 10:17), el cuerpo de Cristo.

La historia cuenta que debido a los problemas para viajar (comp. 27:9) y al momento del año en que su- cedió, Pentecostés se convirtió en la fiesta que atraía mayor número de personas. Fue para Pentecostés que Pablo visitó Jerusalén más de una vez (18:21; 20:16) durante sus labores en Grecia y Asia.

B. La narración del suceso

Después de la elección de Matías la expectativa se acrecentó. Pero no de cualquier modo sino en sólida comunión: “todos unánimes juntos”. Se cumplió el tiempo desde la Pascua y tal como ya lo señalamos los festejos que la ley indicaba estaban a punto de iniciarse.

a. El modo en que ocurrió (2:1–4)

1 Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. 2 Y de repente vino del cielo un es- truendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; 3 y se les apa- recieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose [p 73] sobre cada uno de ellos. 4 Y fueron todos lle- nos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.

La presencia tiene cumplimiento. El verbo “llegar” es symplêroô que significa en el vocabulario de Lucas “un tiempo de conclusión o maduración”. Así como Cristo había venido en el cumplimiento del tiempo (Gá. 4:4), ahora con el Espíritu también ocurría lo mismo.

38

Pero notemos que el momento sorprendió a todos unánimes juntos. Habían aprendido las bases de la co- munión por medio de una preparación lenta y eficaz. Todos rodeando al Señor, oyéndole y viéndole ir. Habí- an encontrado un buen fundamento para estar juntos y esperar unánimemente. La preparación había sido lenta, pero necesaria para esperar el avivamiento. Como humanos que somos, nos cuesta creer que la comu- nión con Cristo y unos con otros es previa a la manifestación de Dios.

Aunque no sabemos con seguridad si la experiencia ocurrió en el “aposento alto” (1:13) o en algunos de los recintos del templo (Lc. 24:53), el énfasis está en que ocurrió el día de Pentecostés. Por lo que explicamos más arriba, la fiesta celebraba la terminación de las cosechas y se realizaba cincuenta días después de la Pas- cua.

Por otro lado, está la versión de que los rabinos enseñaban que cincuenta días después de la salida de Egipto los israelitas recibieron la ley en el monte Sinaí. De modo que para aquellos hermanos tenía por lo menos dos recuerdos importantes: (1) la dádiva de la ley; (2) la verificación de las cosechas.

Al tratar de buscar un significado para nosotros, podríamos decir que con la dádiva de la “promesa” es- taba a punto de iniciarse una nueva cosecha de pueblo para Dios. “De repente” vino el Espíritu produciendo un fenómeno triple que pudieron ver, oír y hablar.

Todos se vieron incluidos en la nueva experiencia:

1. Vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, que nos recuerda la petición de

Ezequiel sobre los huesos secos (Ez. 37:9). El estruendo “como viento” muestra la soberanía y magnificencia de Dios (comp. Jn. 3:8).

[p 74] 2. Se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos.

Nuevamente nos hallamos frente a una experiencia muy particular. Los que estaban sentados sintieron algo como fuego pero que no era tal, y poseía efectos purificadores, penetrantes, iluminadores y santificantes. El fuego del calor despertaba en ellos una nueva relación con el Señor.

3. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas [idiomas de algún

origen], según el Espíritu les daba que hablasen. Como símbolo de la universalidad del evangelio, las lenguas

muestran que Dios previó alcanzar el mundo con su mensaje de poder. Necesitaban la plenitud de Dios para ser testigos de Jesucristo.

Para concluir esta introducción diremos que el Espíritu como viento recio simboliza el poder prometido (1:8); la apariencia de fuego, la santidad purificadora; y la manifestación de otras lenguas, la universalidad

del evangelio.

PRIMERAS OBSERVACIONES DE PENTECOSTÉS

1. Se inicia una nueva comunidad: 120 hebreos (1:15)

2. Comienza una verdadera nueva era: la dispensación del

Espíritu (11:15)

3. Se confirma la iniciación de los “últimos días” (2:17)

(comp. He. 1:2)

b. La diversidad de observadores (2:5–13)

5 Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. 6 Y hecho es- te estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. 7 Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? 8 ¿Cómo pues, les oímos [p 75] nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? 9 Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, 10 en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, 11 cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. 12 Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto? 13 Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto.

39

Lucas no explica más detalles del suceso estruendoso. Con lo que escribe anhela que ante todo Teófilo se entere y luego todos los demás, es decir la cantidad variada de lectores. Lo que realmente sucede en Pentecos- tés no es fácil de explicar, pero en Jerusalén hay una gran cantidad de residentes (v. 5) que de distintas re- giones del mundo se habían radicado en la capital de Palestina. Es posible que el dicho: “bajo el cielo” sea una hipérbole, aunque es muy extensa la región que Lucas abarca. Menciona unos quince lugares, lo que muestra la extensión de la dispersión hebrea. Como si fuera a vuelo de pájaro, Lucas da una mirada al Impe- rio Romano. Comienza por los partos, que pertenecían a un imperio enemigo situado al sudeste del Mar Cas- pio; después los medos, quienes como los persas habían tenido mucho que ver con los judíos exiliados por Nabucodonosor, rey de Babilonia. Siempre dentro de territorio vecino menciona a los elamitas, antigua civili- zación ubicada al norte del Golfo Pérsico (Gn. 10:22). (Algunos siguiendo la Septuaginta la mencionan como Persia.)

Como si le llamara la atención también menciona a residentes procedentes de la Mesopotamia (hoy Irak), donde muchos residentes de la cautividad aún estaban bajo regímenes extranjeros muy severos. Pasando por el sur (Judea puede ser el nombre genérico para un vasto territorio ocupado por judíos) ingresa en Capado- cia, el corazón del Asia Menor (hoy Turquía), y desde allí recuerda algunas provincias claves para lo que ocurriría con la extensión del evangelio.

Desde Ponto en la costa norte va a la provincia proconsular de Asia de la cual Éfeso era la capital. Desde allí un poco hacia el [p 76] oeste—siempre dentro del Asia Menor—a la provincia vecina de Frigia y desde allí al sur a Panfilia.

Cruzando el Mediterráneo pasó por Egipto a Cirene, que por haber sido parte del imperio de los Ptolo- meos tenía muchos residentes hebreos (Mr. 15:21; Hch. 11:20), algunos judíos y otros prosélitos 1 (comp. Hch. 6:9).

Lucas cruza nuevamente el mar para ingresar en la capital del imperio: Roma. Como si fuera un apéndice que estaba a punto de olvidar, menciona a Creta y Arabia omitidas previamente. Arabia posiblemente no sea el territorio que hoy conocemos como Arabia Saudita sino una franja al norte de ese territorio cuya capital Petra había sido el centro de una cultura que habitó entre Damasco y Gaza, donde vivía mucho pueblo judío.

No sabemos las razones por las cuales no están representadas Siria, Cilicia, Chipre, Bitinia, Macedonia, Acaya, España, etc., pero es posible que Lucas mencione solamente las zonas principales, o las únicas que en ese momento están presentes.

Los observadores del fenómeno se sorprendieron al oír sus idiomas y dialectos de los lugares donde ellos habían nacido, hablados por personas de la provincia norteña de Galilea—caracterizada por la mezcla de razas y por la ignorancia del pueblo despreciado por los hebreos (Jn. 7:52).

El Espíritu Santo tuvo una bienvenida dispar. Algunos querían saber y otros directamente juzgaron que los ciento veinte estaban borrachos. De modo que no fue sólo burla lo que recibieron, sino también una dura sentencia de reproche. En todos los tiempos los procederes misteriosos de Dios han tenido la misma suerte, y con frecuencia los juicios apresurados de lo que no se comprende bien ha menoscabado la bendición (comp. Sal. 73:11; 78:20; 1 S. 1:13–14; Mr. 3:21).

c. [p 77] La pregunta clave: ¿Qué quiere decir esto?

La pregunta era natural porque toda mente se rebela contra lo inexplicable. Queremos hallar sentido a todo lo que ocurre, y sobre todo ver la aplicación que pudiera tener para la vida. Aprendemos y nos desarro- llamos cuando en lugar de dar prontas respuestas a temas desconocidos esperamos que Dios nos explique lo que acontece. Parte de aquel auditorio dio una respuesta al fenómeno y se apartó.

Antes de considerar el discurso de Pedro es bueno que tratemos de ver cuál es la enseñanza que brinda esta primera reacción. Lo primero que Pedro hizo fue refutar a los burladores. No pudo tolerar que la opera- ción del Espíritu fuera comparada con el descontrol avergonzante del alcohol. Una de las operaciones carac-

1 El prosélito era un extranjero que había aceptado las obligaciones y los derechos otorgados por la ley de Moisés. Para ser prosélito eran necesarios tres requisitos: (1) circuncisión; (2) bautismo para la purificación y (3) sacrificio expiatorio. Debido a la traba que significaba la circuncisión, era más fácil que las mujeres tomaran la decisión de unirse al judaísmo (comp. 10:2; 13:16; 17:17).

40

terísticas del Espíritu es la sobriedad, el equilibrio y el dominio propio (Gá. 5:22–23; 2 Ti. 1:7). Es una ma- niobra diabólica comparar la obra de Dios con la actividad disoluta de las tinieblas (Ef. 5:18).

Otro dato interesante es que se trataba de “idiomas hablados” (2:4, 6, 8, 11) con su contenido específico. “Otras lenguas” significa idiomas diferentes al hablado en Jerusalén. Además del aramaico, griego y latín, algunos hablaban los dialectos de otras regiones, que fue precisamente el fundamento del asombro (2:8). Lucas utiliza el mismo vocabulario para explicar otras experiencias similares (10:46; 19:6) según veremos más adelante.

Pudiera suceder que el lector se formulara la pregunta sobre la diferencia entre estas lenguas y las de 1 Co. 12 y 14. Al respecto aconsejamos leer detenidamente el pasaje bíblico y luego cotejar la explicación que damos sobre el tema en nuestro comentario de 1 Corintios correspondiente a esta serie. Hasta el presente los criterios no son uniformes. Quienes piensan que son distintos, tienen en cuenta al menos dos cosas: 1. Ámbito diferente. En Hechos fueron habladas en público para demostrar la venida del Espíritu y anunciar las maravi- llas de Dios. En 1 Corintios, en cambio, fueron en privado (14:2) y para edificación. 2. Origen diferente. En Hechos eran idiomas que al menos un sector de los presentes entendía cada uno el suyo. En cambio, en 1 Co- rintios se [p 78] habla de interpretación. Quien hable en otro idioma tiene que ser interpretado, para benefi- cio de todos. 2

EL SIGNIFICADO DE LAS LENGUAS

1. Que Cristo había ascendido y cumplido su palabra.

2. Que ninguna labor se podía realizar sin la instrumenta-

ción del Espíritu.

3. Que el poder de Dios rompe todas las barreras.

4. Que la operación de Dios no siempre es entendida por

todos.

C. El discurso de Pedro (2:14–36)

Lucas incluye en su tratado no menos de diecinueve discursos en especial pronunciados por Pedro y Pa- blo, que forman aproximadamente el 25% de todo el libro. Por cierto no podemos pensar que todos están completos, sino más vale nos inclinamos por la idea de que son una síntesis de discursos o conferencias mu- cho más largas (2:40). Sin embargo, lo que contienen es suficientemente preciso como para que conozcamos las bases doctrinales sobre las que los primeros cristianos fundamentaron su fe.

Nos permiten conocer cómo realizar una defensa ante los opositores y cómo hacer que la iglesia conozca el modelo de pastor que Dios busca (20:18ss; ver introducción). Los contemporáneos de Lucas en cambio, escribían componiendo dramas o imaginando posibles episodios que, aunque interesantes como literatura, [p 79] estaban carentes de la inspiración de Dios. Esta razón nos hace dedicar especial atención al contenido de lo que Lucas escribe.

a. La referencia a Joel (2:14–21)

14 Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. 15 Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. 16 Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: 17 Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profeti- zarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; 18 y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán. 19 Y daré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y vapor de humo; 20 el sol se convertirá en tinieblas, y la luna

2 El debate sobre las lenguas como “señal” o como “don” está fuera de nuestro tema, teniendo especialmente en cuenta la abundan- cia de material existente que explica el asunto desde todo punto de vista. Debemos mantenernos libres de prejuicios a fin de estar preparados para oír la voz del Espíritu Santo (2 Co. 3:17–18).

41

(1)

en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y manifiesto; 21 Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. Pedro asume el liderazgo

Es la primera vez que estos hombres de Galilea enfrentan un auditorio tan variado y además dividido. Desde un punto de vista, Pedro tenía que explicar el origen de esta nueva Babel, que era totalmente distinta incluso en sus propósitos. Se puso en pie con los once como si una pequeña columna se levantara en medio de los escombros de la confusión de la gente. Tiene una palabra precisa que en primer lugar sirve para unir a los doce, y mostrarlos ante la gente como un baluarte del poder de Dios.

Al verlos, todos comprendían que eran los apóstoles de Jesús. Viven lo mismo, sienten lo mismo y ahora también testifican lo mismo. Pedro habló en hebreo o quizás en arameo. No se dedicó a explicar la escena tratando de mostrar algún poder especial sino la gracia de conocer la Escritura con exactitud como si una revelación especial de Dios se la hubiese mostrado.

Vive el poder y la libertad del Espíritu, interpretando lo que en los versículos anteriores hemos denomi- nado la descripción [p 80] de Lucas. Comenzó dando una explicación a la crítica, sin darle mucha importan- cia porque eso no era lo esencial. Más importante era ver a Pedro presidiendo el grupo.

(2)

La confirmación de “los postreros días”

En su explicación, Pedro tomó la profecía de Joel, que posiblemente citó de memoria, diciendo que lo que ocurría en ese momento ya estaba profetizado. Con la primera venida de Cristo se iniciaron los “postreros días” (He. 1:2; 1 P. 1:20; 1 Jn. 2:18). En Belén se vieron los prodigios no solamente con la encarnación sino también con la refulgencia del cielo. Los días del Mesías son los finales. No habrá otra dispensación de la gra- cia, y aunque no sabemos el tiempo que durará, estamos seguros de que es para la salvación de los que crean al evangelio entre las dos venidas de Cristo.

El texto dice que con el derramamiento ocurrirían cambios en las personas y como consecuencia tendrían ministerios muy específicos para cumplir. Los vv. 17–18 han generado varias escuelas de pensamiento acer- ca del modo en que se desarrollan los fenómenos descritos. Es decir, si el derramamiento del Espíritu, las pro- fecías, las visiones y los sueños tienen carácter de experiencias constantes durante los “últimos tiempos”, si sólo ocurren algunas veces, o si sucedió una única vez.

Algunos creen que Pedro, al poner tanto énfasis en la universalidad del “derramamiento” sobre “toda carne”, sin mirar a quién, y sin distinción de sexo, estado civil o edad, parece indicar que el hecho ocurrió por única vez en Pentecostés y no debemos esperar repetición alguna. A este respecto, J.R.W. Stott dice: “De- bemos ser cuidadosos de no volver a citar la profecía de Joel como si aún estuviéramos esperando su cum- plimiento o que su cumplimiento haya sido parcial … Porque no es ésta la manera en que Pedro entendió y aplicó el texto”. 3 Otros creen que en aquel Pentecostés [p 81] no se cumplió todo el contenido de la profecía, y que en consecuencia debemos esperar otro.

Joel menciona “prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra”, también habla de las cosas que ocurrían “antes que venga el día del Señor grande y manifiesto”. Los que observan estos detalles como anun- ciando “otro Pentecostés”, también destacan que este párrafo tiene como contexto una segunda mención del derramamiento del Espíritu.

Campbell Morgan señala: “¿Dónde, entonces, estamos ubicados ahora? La aurora ha pasado. El día está en progreso. Las tinieblas están aún por venir. La aurora es: ’derramaré mi Espíritu sobre toda carne’; el día:

’y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños … sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos día derramaré de mi Espíritu y profetizarán’. Fi- nalmente, la oscuridad en ’… el día del Señor grande y manifiesto … el sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre’. Esto no ha ocurrido aún. La enseñanza profética nos debería hacer cesar de hablar del día de Pen- tecostés. Pasó la aurora, pero ¿quién lamenta la aurora cuando el sol está en el meridiano …? No creemos que esta dispensación es la última actividad de Dios para este mundo. Nuestra esperanza está también en los movimientos que están detrás de ella. En el hecho que reunirá Judá a Jerusalén, e Israel a sí mismo …” 4

3 The Message of Acts, pág. 73. 4 The Acts of the Apostles, pág. 46.

42

Aparte de este argumento que “Pentecostés no ha terminado” usado por Morgan (y del que participan otros muchos teólogos), también están las promesas del derramamiento del Espíritu sobre Israel para trans- formar sus corazones, reconocer al Mesías y vivir la ética de pueblo santo (Is. 32:15; 44:3; Zac. 12:10; Ez. 36:27; 37:14).

Hay quienes afirman que si en Pentecostés comenzó la era del Espíritu, es él quien regula los tiempos y también “las [p 82] lluvias”. Así que, Dios puede manifestarse según su soberanía en cualquier momento y época de la historia del mundo. 5

Aunque lo que estudiamos no es fácil de explicar, podríamos dar a los lectores algunas pautas sin ence- rrar la operación del Espíritu dentro de nuestro pensamiento limitado y pasajero:

1. En Pentecostés vino el derramamiento del Espíritu que dio origen a la iglesia. En este sentido esta

experiencia es singular. Pero el libro de Hechos además registra otros derramamientos con la intención visi- ble de producir la unidad del cuerpo de Cristo entre otras cosas (10:44; 11:15; 19:6). En consecuencia, el

mismo NT demuestra la existencia de más de un derramamiento.

2. Por otro lado, ni en Pentecostés ni en el curso de la historia de la iglesia se produjeron los fenóme-

nos en el sol, la luna y la tierra que menciona el profeta Joel. Tampoco hubo cambios en el sentir de Israel, ni

arrepentimiento alguno por el enfrentamiento a Dios. Esta circunstancia favorece el pensamiento de que aún hay un “derramamiento” de carácter universal que está por venir. Reiteramos que Dios puede obrar manifes- taciones cuando él lo quiere hacer (comp. Jn. 3:8; 1 Co. 2:9–12).

[p 83] 3. Con frecuencia tratamos de interpretar “vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán” como la actividad incentivada de predicar. Pero dado el alcance del verbo profetizar, tenemos que admitir que no está solamente circunscripto a la función de predicar sino también a la de publicar. Es una labor que observamos profundizada en este tiempo (1 Co. 14:3).

4. Quizás, contrariamente a lo que hubiéramos esperado, Pedro no da explicaciones largas sobre el

tema del Espíritu. Se dedica más vale a exponer el alcance de: “todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo”. Desarrolla este asunto en su discurso para que los oyentes comprendieran los objetivos del pro- pósito de Dios. La cláusula del profeta incluye por lo menos tres ingredientes:

(i)

El reconocimiento de la necesidad: “Todo aquel”.

(ii)

La espontaneidad de la entrega: “Invocar el nombre del Señor”.

(iii)

El efecto concreto: “Será salvo”.

TODO AQUEL QUE INVOCARE EL NOMBRE DEL SEÑOR SERÁ SALVO

1. La naturaleza del nombre: “el Señor”

Conquistador

Libertador

2. La condición para sentirlo: “invocar”

5

Hay variadas tendencias acerca del derramamiento del Espíritu, tanto para el presente como para el futuro, que no son nuestra responsabilidad investigar ahora. Aparte de aconsejar la lectura de otros autores, también incluimos un pensamiento del escritor pentecostal J. T. Nicol que nos parece importante tener en cuenta. El dice que después de la Segunda Guerra Mundial aparecieron grupos pentecostales “independientes”. Después de mencionar cinco de los más representativos agrega: “Muchas de estas nuevas divisiones surgieron porque el liderazgo creyó que las iglesias más grandes y antiguas habían modificado o abandonado muchas de las prácticas pentecostales que habían sido prominentes durante el principio del avivamiento … Para remediar esta falta, una or- ganización llamada New Order of the Latter Rain (nuevo orden de la lluvia tardía) se creó en 1947. Las reuniones se publicitaron como un nuevo derramamiento (es decir la lluvia tardía) del Espíritu Santo sobre un movimiento que se había convertido en seco y estéril”. (Pentecostalism, pág. 237–238). Además aconsejamos leer: (a) Los dones del Espíritu, Harold Horton, (Vida); (b) El libro de los Hechos, Stanley Horton, (Vida); (c) El Espíritu Santo, Charles Ryrie (Portavoz).

43

Sentirse necesitado

Saber que él tiene poder

Confiar que anhela hacerlo

3. El alcance: “cualquiera”

Pobres y ricos

Ignorantes e instruidos

Malos y buenos

Varón y mujer

Blancos y negros

b. [p 84] La explicación de la vida y obra del Señor Jesús (2:22–24)

22 Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; 23 a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por mano de inicuos, crucificándole; 24 al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era im- posible que fuese retenido por ella.

Pedro no se preocupa por sacar a la gente de la confusión procurando explicar el pasaje de Joel 2. Sim- plemente lo cita. Su deseo es hacer comprender al auditorio el alcance del pasaje “todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo”.

Tomando esto como fundamento inicia la explicación. En tres versículos menciona la vida, la muerte y la resurrección del Señor Jesús. Lo hace en forma resumida porque su propósito está más allá de la vida históri- ca del Señor Jesús. Con todo, notemos lo que dice:

(1)

Jesús fue un hombre diferente: “Jesús nazareno, varón aprobado por Dios”

Se dirigió a la multitud como “varones israelitas” (comp. 1:15) convencido de que todos estaban intere- sados en el cumplimiento de las promesas de Dios para la nación. El título “Jesús nazareno” 6 utilizado en 6:14; 22:8; 26:9 (comp. 3:6; 4:10) está inspirado en la inscripción que Pilato puso sobre la cruz que había causado mucha polémica entre los religiosos (Jn. 19:19; comp. Mt. 26:71).

[p 85] Hablar abiertamente de Jesús nazareno, protagonista del escándalo de la cruz, podría haber provo- cado una confusión aun mayor entre la multitud. Pero Pedro no teme consecuencia alguna, sino que utiliza la oportunidad para dar la versión exacta de lo ocurrido. Todos escuchan con atención cómo Dios “designó” o “destinó” a Jesús (10:42) para realizar la redención. Lo acreditó hablando con él (Mt. 3:17; 12:18; 17:5) (comp. Lc. 20:13) y mostrando a través de él una santa compasión por la gente.

(2)

Jesús poseía credenciales diferentes “Dios hizo … prodigios … por medio de él”.

Los tres modos de los fenómenos naturales son “maravillas” o poderes 7 que denuncian la potencia de Dios; “prodigios” que son capaces de provocar asombro, y “señales” que muestran el origen del poder. Los judíos dijeron que ese origen era Satanás (Mt. 12:24); Jesús en cambio afirmó que hacía las obras del Padre (Jn. 5:36). Así quedó confirmado que sus milagros eran de Dios (Jn. 3:2; 7:31; 14:10; 15:24) para confirmar la presencia “de los postreros días” (comp. He. 6:5).

Pedro no desaprovechó la oportunidad para recordarles que ellos sabían que los milagros eran de Dios, aunque lo negaran.

(3)

Jesús murió una muerte diferente: “entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios”.

6 Aunque algunos teólogos dicen que “nazareno” viene de la raíz hebrea nazir (que da origen al vocablo “nazareo” (Jue. 13:5), no creemos que es lo que Pedro dice. Nazareno significa “de Nazaret” (Mr. 1:24; 10:47; 14:67, etc.) el lugar donde Jesús se crió. Utili- za este epíteto despreciativo para indicar el cumplimiento de la profecía (Mt. 2:23; 21:11).

7 Gr. dynameis.

44

Aunque fue entregado por Judas, e indignos representantes del Imperio Romano lo ajusticiaron, lo que ocurrió fue de acuerdo al propósito de Dios. Las expresiones “determinado consejo” y “anticipado conoci- miento” aclaran el carácter preestablecido que tiene la muerte de Cristo. Dichas expresiones sirvieron para que los creyentes confirmaran su fe (4:28) y los predicadores pudieran mostrar la diferencia entre la muerte de cualquier persona y la de Cristo (3:18; 17:3; 26:23).

Las profecías cumplidas en él y por él son las credenciales objetivas de nuestra fe (Sal. 22:16–17; Zac. 12:10) y el testimonio del [p 86] Espíritu la subjetiva (5:32). Por una parte saber que murió y resucitó para cumplir el propósito de Dios, confirma nuestra fe en la palabra profética; y por otra, el que haya ocurrido desafiando la amenaza de los hombres nos estimula al desafío y denuncia del pecado.

Cristo tuvo una muerte violenta para que fuera un sacrificio a Dios (Dn. 9:26; Is. 53:8); si hubiera sido de otra manera ya no sería una ofrenda.

(4)

Jesús volvió a vivir de un modo diferente: “al cual Dios levantó…”

Fue una acción que solamente Dios puede realizar (comp. 3:15; 4:10; 5:30; 10:40; 13:30). Se puede lle- gar a la muerte por enfermedad; y a la tumba, por medios humanos, pero restaurar la vida venciendo la muerte y rompiendo toda forma de ligadura es privativo de Dios, que es el autor de la vida. Lo que ocurrió con Cristo es singular porque la muerte dependía de él y nunca se sometió a ella (Jn. 10:17–18).

ALGUNAS RAZONES PARA LA RESURRECCIÓN DE CRISTO