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Dirección y maquetación:
José Manuel Sanrodri

Diseñador gráfico:
Roger Pereira Molina

Consejo de redacción:

Pere Vicente Agulló, Antonio Zapata
Pérez, Josep E. Rico Sogorb, José
Antonio Amorós y Eva María
Palenzuela.

Diseño de la Portada realizado por:

Isabel Zapata Ivorra
Escritores:
José Antonio Amorós Pascual
Joaquin Llorens Beltran de Heredia
Alejandro López Pomares
Walther Espinal
Antonio Zapata Pérez
José Arturo Gutierrez Román
Alicia Villares Frías
Alejandro Rebollo Roldán
José Oliver “Tremolán”
Conchi Izquierdo Marcos
José Manuel Sanrodri
Koldo Pla Larramendi
Jesús Granero Morales
Eva María Palenzuela Martínez
Francisco J. Gomez Rodríguez
Luis Buero
Irel Faustina Bermejo
Ernesto R. del Valle
Pere Vicente Agulló
Manuel Jorques Puig
Venus Maritza Hernández
Sebastián Fages Muela
David Reche Espada
Isabel Serrano Romero
Luís Pueyo García
Maribel Durán Martínez
Conchi Reina
Susana Aguad
Cristina Martínez Davó

Presentación
Jose antonio aMorós pascual

¿Por qué escribe usted?
Esta es una pregunta que admite un sinnúmero
de respuestas. Leí en una ocasión que es una
actividad placentera, como vivir, comer o convivir con mujeres. En mi caso es una liberación,
es un territorio libre, donde no hay normas y
puedes ir en dirección contraria, si te place,
apuñalar a un individuo infinitas veces o sentir
como propio un drama ajeno. En pocas actividades se dispone de tanta libertad como en la
creación literaria.
La inspiración, normalmente, viene por sí sola,
como el nacimiento de un río que debe dejarse
a su libre albedrío y no se debe cambiar su trayecto por un sitio que la naturaleza no ha previsto, no funcionará.
Lo importante es disfrutar del camino y si con
el tiempo, uno se convierte en escritor, mejor,
pero nunca al revés, uno nunca debe dedicarse
en la escritura pensado en el reconocimiento y
el éxito, no funcionará.
La creación literaria requiere tiempo y un
mucho de dedicación desinteresada a la lectura.
No espero encontrar a ningún Kafka, me conformo con que el público esté y colabore en el
proyecto.
Los textos recibidos en esta colección, que ya
son 9 números, son de lo más variado, desde
historias de intriga, futuristas, hasta poemas clá-

sicos; no hay un tema que predomine en la publicación. Los aspirantes a escritores o escritores consagrados se han dejado llevar, en su
mayoría, por ese río de motivación y el resultado es una composición muy diversa, en la que
el lector fácilmente puede encontrar algún tema
en el que se sienta identificado, todos tenemos
nuestros temas preferidos y, dada la variedad,
no será difícil conectar con el gusto del lector.
Ya hemos cumplido 9 años, somos niños crecidos, camino de una adolescencia certera, siguiendo un trabajo desinteresado, que ha
mejorado en calidad a lo largo del tiempo o, al
menos, eso pienso yo. En el “Consejo Editorial” mantenemos la misma ilusión del primer
día, en esta droga que nos engancha llamada literatura.
Todo es empezar, y creemos que esta publicación es un buen punto de partida para aquellas
personas que quieren dedicarse por entero a la
literatura o tomarlo como una afición cultural.
No me alargo más, decir que es un honor compartir ésta, mi afición, con la gente que tiene
esta misma inquietud, y contar además, con un
público lector.
Como dijo J.D. Salinger, “Nunca te inmiscuirás
en temas de arte, a no ser que te dediques a ello
monásticamente”.

Ilustradores:
Josep Manel Sánchez
Marilyna Torres Ottado
Isabel Zapata Ivorra
Javier Delestal
Saray Pavón Márquez
Francisco Lezcano Lezcano
Dora Crespo Pérez
Francisco Diaz Tripiana
Yoyita Margarita
Vicente Belmonte Navarro
Silvia Orozco Torres (Irilien)

ISSN: 1887-973X
Patrocinio del
Institut Municipal de Cultura

Josep Manel sánchez

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ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:39 Página 3

Tranquilidad Anhelada
Joaquin llorens Beltrán de heredia

Incluso antes de que comenzara la crisis, yo anhelaba la
tranquilidad laboral de la que gozan los funcionarios. Mi
carrera profesional siempre se había circunscrito al sector
privado y había sufrido tres despidos cuando, intuido en
los últimos meses, me llegó el cuarto. Pero esta vez casi
con cincuenta años. Me vi prematuramente jubilado pero
sin pensión. Las miradas de mi familia, aunque comprensivas, se me iban haciendo más y más ominosas según pasaban los meses. Y de pronto, por una casualidad, me salió
un nuevo trabajo.
Era en una empresa con sólida reputación y estaba muy
bien pagado. De hecho, más que a casi todos los que trabajaban en mi mismo departamento, pese a que la mayoría
llevaban en el puesto más de
una década. En poco tiempo
me transformaron el contrato
en fijo. Pero no me engañaba.
Sabía que era cuestión de
tiempo que me echaran y que
esa sería mi última oportunidad de tener un trabajo.
A los pocos meses despidieron
a un compañero del departamento. Un viernes a la una.
Dos horas antes de que terminara la jornada semanal. Pasé
a realizar su trabajo, aunque
cobrando más del doble de lo
que él cobraba. Aquello no
tenía sentido; no podía durar.
Cada vez que el jefe me llamaba a su despacho me temía
lo inevitable. En los dos meses
siguientes despidieron a dos
empleados más. Siempre lo
hacían un viernes; unas horas
antes de terminar la jornada. Así que, cada viernes que el
jefe me llamaba, me daba un ataque de pánico. Como si él
lo hubiera adivinado, y a pesar de que entre semana casi
nunca me convocaba a su despacho, el hacerlo los viernes
se convirtió casi en una rutina. Y yo cada vez me sentía
más nervioso. Sabía que cada semana estaba más cerca del
despido, por lo que mi nerviosismo y angustia se incrementaban exponencialmente. Comencé a tener pesadillas del
despido cada jueves. Luego también los miércoles. Adelgacé. Mis nervios estaban a flor de piel. En casa no podía
evitar estar irascible. No podía soportarlo más. Empecé a
percatarme de que me estaba volviendo loco. El jueves en

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que mi mujer, temerosa de mi posible reacción, me sugirió
ir al siquiatra, comprendí que aquello no podía seguir así.
Decidí que sería el último día de angustia. Tal y como preveía, el jefe me llamó a las doce y media. Me dirigí a su
despacho entre las miradas estupefactas de mis compañeros. Me deslicé dentro y me quedé de pie frente a él.
Cuando levantó la vista de los papeles que examinaba,
apreté el gatillo y le metí una bala en plena frente.
Entre una especie de nebulosa, recuerdo los gritos y las carreras de mis compañeros. En algún momento la pistola se
me debió caer de la mano. Yo me quedé allí de pie, petrificado. No sé cuánto tiempo. Así seguía cuando llegaron los

Josep Manel sánchez

policías y, tras esposarme, me llevaron a la comisaría.
El tribunal, tras mis explicaciones, entendió que había existido premeditación, así que me condenaron a la pena máxima: quince años. Mi mujer se divorció al cabo de un año,
así que no padezco por ella. Ya llevo tres en prisión y cada
día que pasa agradezco a Dios mi suerte. Procuro no hacer
nada que me reduzca la pena. Para cuando cumpla mi condena, tendré edad de jubilarme, con lo que cobraré la pensión. Soy feliz al saber que ya nunca tendré que temer
porque me despidan. Por fin tengo esa maravillosa seguridad que envidiaba a los funcionarios.

ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:39 Página 4

Entre dos latitudes que se pliegan, a la espera
aleJandro lópez poMares

Dime si no soy
yo, sola apariencia,
letra mojada,
en un vaciado de nombres en listas desplegadas,
un ahogado más en un océano de náufragos anónimos.
Dime si no es
tu lengua desgastada,
rapsoda devota,
la que rasga de las letras la música,
tornando mi figura, de tan viciada, incógnita inhumana.
Dime si no soy
yo, erigido de tus memorias,
trémulo castillo de papel,
incinerado,
como un desafortunado archivo de causas,
esfumado en su asombro mi aliento.
Dime ya, dime si no soy
yo, quieta alma en pena,
custodiando el pedestal que custodia
la plaza oscura de una ciudad subterránea,
esperando a que nadie lea, por ceguera,
el nombre grabado en la piedra que se desgrana.
Mejor no, mejor, no digas nada.

Marilyna torres ottado

Cadaverina
Walther espinal

Regreso a casa
después del velorio
y los cuadros colgados del clavo
son un surtidor de recuerdos
En qué galaxia despertará el muerto
un dios etílico
le enseña a mirar
al espejo inconsciente
el difunto
a mediodía durmiendo
convirtiéndose en león leopardo jabalí
a la puerta de su corazón llamo insistente
ahora que sus genitales se pudren

y el puente colgante de la vida
se desprende.
Cadaverina
flor de la noche
tu perfume impregna
el luto de mis huesos
huye en ramilletes
hacia los parientes de este cortejo.

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ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:39 Página 5

Valentina
antonio zapata pérez
A la memoria de mi madre

La noche la había penetrado antes de llegar a su casa. Una
luna gorda, anisada, bañaba su piel infantil, que iba estirándose hacia la edad adulta, tras doce calurosos veranos.
Valentina parecía no mostrar ninguna preocupación, a pesar
del inusual retraso, se sentía libre y gozosa portando un
mullido saco cargado a la espalda y sorteando como un riachuelo borracho, los matorrales secos y los cercados campestres.
Las vacaciones obligadas duraban más de la cuenta, y eso
le gustaba a ella. Nunca se había sentido tan dueña de su
tiempo y de sí misma; y no le importaban los horarios, ni
los lugares, por ignorados y remotos que fueran. Todavía
en la lejanía, ya se atisbaba la aldea, oscura a grandes trozos y chata, solo la torre de la iglesia se erguía como una
lanza.
Cansada y extenuada se plantó frente a la encalada fachada
de su casa, jalonada por dos pequeños balcones de barrotes
cuadrados, que reflejaban la luz mortecina de Selene. Va-

lentina, introdujo la mano derecha en el interior del bolsillo
de su bata color lila y extrajo una llave con los dedos entumecidos por el relente nocturno. La estrecha calle estaba
asolada por la oscuridad y tuvo que aguzar la vista para
poder introducir el dentado hierro en la cerradura.
Valentina ascendió por las escaleras al piso superior, despacio y con sigilo abrió la puerta y atravesó el reducido comedor, dirigiéndose a una de las dos pequeñas habitaciones
donde dormían acurrucadas sus tres hermanas menores. Valentina chistó varias veces hasta despertarlas, espetándolas
con inusitada alegría: “¡He traído naranjas!”
Sobre la tosca mesa de madera del comedor, Valentina
volcó el saco y las naranjas salieron como bolas de billar
chocando unas con otras, hermosas y relucientes. Las hermanas, sin apenas detener sus movimientos, las cazaron y
se las fueron comiendo a gruesos bocados, con piel y pólvora incluidas, en esa larga noche del hambre.
Frente a ellas, una foto: un hombre y una mujer abrazados
vestidos de milicianos y una fecha: 25 de julio de 1936.

Quédate poesía
Jose arturo Gutierrez roMán

Quédate conmigo, poesía.
Aliméntame las fuerzas. Invádeme
con el intenso ardor de tu alegría.
Bésame con tu tristísima dulzura.
Lléname el alma de temblores y de lluvias,
de luces claras y pájaros cantores.
Dale calidad a mi fuego. Incéndiame
los ojos, los abrazos, los besos, las palabras.
Quédate conmigo, poesía.
Te daré vida con la vida que tengo
y con la que he perdido.
Junto a ti he de vivir siempre, siempre, siempre.
Cada día en franca rebelión contra el olvido.

isaBel zapata ivorra

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ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:40 Página 6

Murciélago del extraradio
alicia villares Frías

La noche es un suburbio
donde no llega el metro y siempre es otoño.
Sé de liarme hojas
en las puertas de un garito y de beber
los besos de un hombre
compartiendo una rubia. Besos
de escalón y alas de murciélago extendidas,
colmillos como estrellas afiladas. La sangre negra
como los callejones contra la pared
o el cielo donde el quiróptero no llega.
Es conmovedor interpretar
el eco de la música que trae el universo
nocturno de guitarras
y esos dedos de uñas romas
intentando desgarrarme
las entrañas de vampiro, sin mirarte
en estos ojos de extrarradio
donde no llega el metro y siempre es otoño.
Josep Manel sánchez

Futuro
aleJandro reBollo roldán

El Fórmula Uno golpea violentamente,
el puñetazo ¡el ataque al corazón!
La fisión del aire.
¡Mueren a mordiscos los metales!
Somos cómplices de la velocidad
uno a uno de los cristales.
De la gran fábrica se respira el calor del acero,
la ciudad gris, los taxis,
y una aparición violenta del sonido.
Los ciudadanos escupen al pasar,
mientras los cementerios vivientes caminan cansados.
Un coche bomba, una mamada,
una bofetada en el culo de la mujer del vestido rojo.
Obscenidad paralela de Darwin
de la mosca volando sobre la ciudad de hierro.

La muerte bajo cuchillo,
el puño sobre la espalda,
y un golpe y otro golpe
y la brisa gime tras la ventana.
La velocidad del sonido
aplastando un cuerpo contra otro,
el insulto y el desprecio,
los colores de un ford estrellados contra las paredes,
la mirada en la risa
y la mirada en el blanco.

¡La aerodinámica del motor!,
¡el frenesí de la máquina!,
y el sudor contra el sudor,
resuelto en la la sombra
donde se estremecen los estómagos
y se atragantan los ojos.
Javier delestal

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ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:40 Página 7

La ruta tétrica
José oliver “treMolán”

El otro día, cuando ya cincuentón, venciendo la angustiosa
soledad que provoca el luto de un divorcio, decidí salir de
marcha, volver a retomar mi vida. Me encontré ante el difícil dilema del desfase. Aceptando la sugerencia de un
amigo sobre algo nuevo: La Ruta Tétrica. Una carretera
que ponían los sábados por la noche a partir de las doce
en la puerta del cementerio, que se perdía en la oscuridad.
Al poco de circular por ella, me encontré con un dantesco
complejo regido por muertos. Le pregunté a un cadáver
medio descarnado y lleno de gusanos qué había en la
puerta “Hay algunos bares de copas, aquello con tantas
luces es un club de alterne, un poco más allá está la Calavera Literaria; una reproducción del Café Gijón, versión
muerte. Llevado por mi afición a la escritura, me dirigí a
él. Me encontré a Quevedo apalancado a la barra frente a
una copa de vino. Supe que era él, porque aún llevaba en
saray pavón Márquez
las manos amarillento, casi deshecho, el ejemplar de “El
Buscón” con el que fue enterrado. “¡No sabes cuánto te envidio! -dijo- . Cómo me hubiera gustado vivir en tu tiempo, con la
corrupción que hay. El siglo XXI deja en pañales a la picaresca del Siglo de Oro. Habría disfrutado como un gorrino en un
charco. Este libro, el mismísimo Lazarillo de Tormes, se hubiera quedado a la altura del betún”. Dijo al tiempo que apuraba su
copa vertiendo el vino en el suelo. De pronto, me sobresaltaron los gritos de una acalorada discusión a mis espaldas, por un quítame allá esas comas, seguido de un golpe seco de navaja clavada en la mesa. “¡No te asustes hombre! No pasa nada -me tranquilizó Quevedo- . Son los de siempre: Azorín, Valle-Inclán , Unamuno... No se cansan de repetirlo. Así hasta la eternidad. Este
hecho, en su día, causó una gran conmoción en la Tierra. Pero aquí nadie hace caso. Si están muertos. Qué más da que se rematen”. En aquel momento se acercó a nosotros una mujer. Deduje lo que era por la coquetería de los velos con que cubría sus
huesos. “¡Ah! Te presento -hizo Quevedo los honores-, a Alfonsa de la Torre, dueña de este café”. También cubierta de velos,
la acompañaba Juanita, su compañera de vida y muerte. “¡Qué casualidad! - exclamé- . Ayer mismo llegaron a mis manos las
bases de un concurso literario en su honor. Destacan el centenario de su nacimiento. ¡Cómo me gustaría ver la cara de sus
paisanos cuando sepan que la he conocido, que he estado hablando con usted...!”

El mar enamorado
conchi izquierdo Marcos

Olvida sobre la arena
sus sandalias de cuero rojo
y su vestido de lino recién planchado,
y camina presurosa hacia mis brazos.
Yo la recibo con un beso tímido de espuma.
Su cuerpo se sumerge lentamente
en la inmensidad de mis aguas,
llenándome de amor y deseo,
sus ojos se confunden con la noche estrellada,
su sonrisa, con la Luna llena.
Nos fundimos en un beso apasionado
de labios imposibles,
en un abrazo etéreo.
El tiempo se detiene.

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Acaricio con mis dedos invisibles
cada milímetro de su piel desnuda,
ella me susurra al oído con voz queda,
que siempre estaremos juntos.
Engarzo caracolas en sus largos cabellos,
pulseras de corales en sus manos,
salpico de sal sus fabulosos senos
y los cubro con mis más hermosas perlas.
Ella se tiende sobre mi lecho de agua
y simplemente se deja amar.
Luego se marcha en silencio,
con los ojos repletos de nostalgia,
yo la sigo suplicante hasta la orilla,
hasta que deja de llorar y me promete,
que volverá mañana.

ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:40 Página 8

José Manuel sanrodri

La silueta a través del espejo

El tiempo se había detenido y sólo los grillos
se dedicaban a canturrear los minutos de un
silencio interrumpido por una voz que inquietó la tranquilidad de mi lectura de medianoche. En un primer momento pensé que
podría ser una voz de uno de los lugareños a
los que les cuesta susurrar por la noche para
no despertar a los seres diurnos que aprovechan la caída del día para poder descansar
sus cuerpos. De nuevo la voz cavernosa deshizo mis pensamientos abstractos, y desde
la ventana se podía escuchar un jadeo fuerte
que hizo que apagase de inmediato la luz del
flexo y, reflejada por la tenue luz de la luna,
se apreciaba una silueta de enormes dimensiones, aquella sombra en mitad de la noche
volvió a pronunciar una frase inteligible, terrorífica… como si aquella voz estuviese en
el fondo de un pozo. Me acurruqué entre el
edredón que había estado cubriendo mis
piernas, el frío se había introducido en mis
huesos, casi podía tocar aquella forma irreconocible de la que sólo nos separaba a
ambos el fino cristal de la ventana.
El miedo había petrificado a los iris de mis
ojos, cuando sin parpadear pude ver al otro
lado de la ventana cómo aquel ser iba cambiando su anatomía humana en lo más parecido a un lobo, el vaho de su boca empañó
el cristal con una espesa niebla circular, que
por un momento pensé que rompería el cristal y entraría dentro para devorarme y yo, indefenso, no tendría con qué defenderme; un
aullido espeluznante de aquella silueta en
forma de lobo me hizo envolverme por completo en mi edredón y cerré con fuerza los
ojos pensando que si iba a morir al menos
no quería ver la ejecución en manos de aquel
animal metamórfico.
El canto del gallo en la madrugada me despertó con el sobresalto de que, sin darme

Koldo pla larraMendi
“Aquí el verano se hiela”
Hsiung Hung

Te contemplo en el cuadro.
Pareces distraída en la distancia,
levemente posada sobre el aire,
tu vientre bajo el vientre de la mar
que se acerca en las olas hasta el borde
oblicuo de la arena
para besar la punta de tus dedos.

vicente BelMonte navarro
cuenta, me había dormido. Inspeccioné todo
mi cuerpo por si me faltaba algún pedazo, y
así pude comprobar que ni tan siquiera habían gotas de sangre esparcidas alrededor de
mi habitación. Me asomé a la ventana para
ver si aquel ser que inquietó mi noche seguía
afuera, y sólo se veía una sábana de niebla
dispersarse lentamente por el horizonte hasta
perderse por las montañas. Corrí hasta el armario y metí toda la ropa sin doblar en la
maleta lo más rápido que pude, sin darme
una ducha me vestí y sin desayunar fui a
buscar al dueño de la posada. Le conté lo
que me había sucedido la noche anterior y
él no le dio importancia a la historia que yo

le estaba contando, como si hubiera sido
fruto de un mal sueño o mi propia imaginación; tal vez tenía razón pero cuando pasé
por delante de la ventana había el contorno
de lo que podría ser la huella de un enorme
animal, quizás del lobo que precisamente vi
esa noche.
Un lugareño que había escuchado mi historia se acercó a mí y me dijo: “Eso ha sido un
ojáncano” y sin mediar más palabras conmigo se desvaneció en una distracción mía
por querer saber qué era ese ser que había
perturbado mi noche y que los lugareños sabían de qué o de quién se trataba.

Frío
La sombra vertical de las palmeras
me acoge. Late huérfano mi pecho
en los brazos marchitos de la higuera
que en vano se resiste ante la muerte.
Me acerco. Te requiero una vez más,
tomo la senda nítida del faro
subo las escaleras,
rodeo tu cintura,
me aproximo hasta el borde de tu
boca.

Una lágrima salta de tus ojos
a mi mano imprudente
transgrediendo los límites del óleo.
Es de hielo y me espanta.
Me alejo tiritando
por los fríos pasillos del museo.

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ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:40 Página 9

Desde fuera
Jesús Granero Morales

Pensar en Anne, recordar Frankfurt y sus tardes, de aquellos otoños que nos vieron juntos caminando por las calles mojadas. Pensar en Anne es pensar en su mirada, en sus caricias... Una parte
de mí quedó allí desparramada.
Frankfurt es hermoso en otoño, ya lo dije, lo disfruto, me gustan
la lluvia, las hojas caídas, chapotear y sonreír, ver los coches y
sus parabrisas moviéndose al ritmo de sus luces, los niños mojados, la gente emparaguada y sus abrigos y Anne, mi Anne...
Ella llegó cuando pensaba que ya no había futuro, cuando creía
que estaba todo perdido, que la soledad me iba a invadir para
siempre, pero su gesto y su buena voluntad hicieron que lo bueno
fuese posible. Curó todas mis heridas y me enseñó a vivir de otro
modo, a creer en las personas, ella me hizo ser el que soy ahora.
Vivíamos felices, el tiempo juntos fue maravilloso.
Siempre llegaba a casa hacia las cinco y media, yo la esperaba
para merendar café y tostadas con algo que lleva no se qué berry,
luego una ducha ligera, secador de pelo y salíamos a caminar. Era
una rutina, ya lo se, pero era nuestra rutina, la que nos unía cada
vez más, la que nos hacía crecer juntos día a día. Pero como todas
las cosas, un día se acaban y así pasó.
No se bien de qué manera, pero sucesos raros ocurrieron una
noche, otras personas entraron en casa y se llevaron cosas, nos
golpearon, Anne cayó tendida y herida, ellos huyeron. Intenté
ayudarla como pude, pero ya era tarde.

Al cabo de un tiempo llegaron una ambulancia y médicos y policías que hurgaron todo en busca de nada. Les intenté explicar lo
ocurrido pero no quisieron oírme, como si su profesionalidad se
comiera todo y mis palabras no significaran nada. Nos alejaron.
Parece que los sentimientos no importan, ellos imponen y uno
obedece así porque sí, dejando que el amor fluya más allá de este
mundo pero no dejándolo caer sobre sus manos, entre sus mejillas, ya que ni siquiera me pude despedir. No dejaron que hiciera
nada, me enjaularon como si yo fuera cómplice de mi propio mal.
A veces no se para qué me intento explicar si me ignoran, si ignoran mis lágrimas, mi hambre, mi dolor, mi sufrimiento. Su propia supremacía los lleva a manejar todo, hasta lo inalcanzable,
como si de un juego se tratara.
Todo aquel con más poder que uno, lo usa en beneficio propio,
así se rige el mundo que me rodea y yo sigo aquí sin aprender ni
comprender.
Ellos teorizan sobre Anne haciendo lo que otro con más poder
intuye que sucedió y mis palabras no importan.
Hablan de Derecho y de derechos como si realmente los hubiera,
se jactan de su profesionalidad y de todo lo que han logrado a lo
largo de una evolución, inútil diría yo. Me tratan como si fuera
escoria, como a un criminal.
Para que luego digan que los perros no tenemos sentimientos.
Cómo se nota que son humanos...

dora crespo pérez

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ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:40 Página 10

Tristes
eva María palenzuela Martínez

saray pavón Márquez

Inútil provecho
Francisco José GóMez rodríGuez

Deberías saber
que las cosas no son fáciles,
nunca lo han sido
desde los antiguos.
Debería ser
un hombre de provecho
a la altura de tus calendarios

Triste me envuelve noviembre entre sus brazos.
Tristes los puntos cardinales que hacen de su diferencia un
combate de naciones.
Tristes las religiones que bautizan sus credos en proyectiles de
odio entre sus feligreses.
Tristes las palabras que siembran tierras hostiles y estandartes
alzados al cielo.
Tristes las ideologías que convierten en epidemias cada palabra
impresa en papel aquejado.
Tristes los días que construyen lápidas cargadas con charcos
de sangre en avenidas polvorientas.
Tristes las noches donde el cielo se convierte en humo negro
callando a gritos el miedo.
Tristes los amaneceres donde la sed y el hambre te dejan
sin fuerzas en este baldío de aflicción.
Tristes las migraciones que huyen de sus hogares sin nada más
que la esperanza de hallar un lugar en sinónimo de paz.
Tristes las manos que no albergan entre sus dedos un pedazo
de amor para combatir el hambre que subyace en sus carnes.
Tristes cada una de las cosas que nos convierten en seres
inhumanos que observan sedentarios el infortunio del mundo.
Tristes cada lágrima que se derrama en el silencio de unas paredes cubiertas de tiranía apresando la libertad legada al nacer.

Sólo soy dueño de mis derrotas,
señor perdido en mis silencios.
Un hombre que no ha construido
nada sociológicamente aceptable.
Un hombre solo
que grita y grita
en mitad de la noche oscura y sin salida.
Un hombre que sabe
de soledad y desamor a manos llenas
(perdonad esta canción, trata de Elche street).
Nadie espera
para celebrar el último beso de la tarde.
Los niños no están
para contarles los últimos cuentos
y darles un beso de buenas noches.
No hay comidas dominicales con los suegros
ni tardes de fútbol y copas con cuñados obtusos.
El silencio y la soledad
son morada compañera de los días,
quién sabe si para los restos.
Debería ser un hombre de provecho.
Más bien soy un hombre socialmente desechable.

Francisco diaz tripiana

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ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:41 Página 11

Dos Almas
luis Buero

Cansado de tantas frustraciones amorosas, había decidido
no volver a interesarme por una mujer. Por culpa de la publicidad televisiva, las películas condicionadas y algunos
chistes verdes, me resultó imposible enfrentar yo solo, la
soledad..
Entonces, desde que Ella y Yo somos novios, encaro esta
relación de pareja de otra manera. Ella también ha sufrido
mucho y si bien tenemos caracteres totalmente opuestos,
ella ha dejado que determine el curso de nuestras vidas.
Sabiendo que el amor eterno dura, más o menos, dos años,
o treinta meses, no más, la técnica que utilizo para que
nuestra unión perdure es la del desencuentro. Por ejemplo,
un sábado la llamo por teléfono antes del mediodía y le
digo las palabras de amor más bellas que un humano pueda
imaginar. Con aire romántico, no olvido elogiar las partes
de su cuerpo que más venero, provocándole una gran ansiedad. Luego propongo encontrarnos en la
zona de Retiro, digamos, junto a la Torre de
los Ingleses, entre pajueranos y marineros.
Pero ella sabe, (sus venas y nervios lo
saben), que yo no iré, que investigaré en el
mapa de la ciudad cuál es el lugar geográficamente opuesto y desesperado, como si en
realidad fuera allí donde la cité, la rastrearé
por todas partes. Quedaré desolado.
Ella, por su parte, me esperará infructuosamente en el sitio indicado, y volverá amargada y tensa al hogar.
Otras veces le he dicho que voy a estar caminando por la avenida Rivadavia del 4200
al 5500, entre las seis y siete de la tarde. Si
quiere verme deberá caminar en el mismo
sentido o de manera inversa en ese horario.
Pero como supone que puedo haber entrado
en un bar o negocio, estar sentado en un gran
banco de la Plaza Lézica o recorriendo un
shopping nuevo, o paseando por las galerías
de José María Moreno, estará nerviosa y expectante todo el tiempo.
Ella, a su vez, me ha citado en calles sin
nombre y sin número, o cortadas tan pequeñas que ni figuran en los mapas, o frente a
un barco rojo o negro en el puerto de La
Boca, o frente a cierta tumba sin flores del
cementerio de Avellaneda.
Nos hemos intentado ver en los ascensores
de la firma Olivetti, en la tribuna popular de
Boca un domingo en pleno clásico, en los
pasillos del laberíntico Ministerio de Bienestar Social, en las salas de la Biblioteca Na-

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cional, en las escaleras de la Caja Nacional de Ahorro,
frente a la Casa Rosada un primero de mayo de aquellos
en los que todavía los presidentes convocaban a las masas,
durante una peregrinación a la Basílica de Luján y en la
estación Plaza Miserere a eso de las siete de la tarde,
cuando los hombres suben a los trenes como ovejas espantadas. Fijamos como fecha posible para nuestra boda, el día
en que vuelvan a juntarse Los Beatles.
Desde que empezamos el noviazgo, hace siete meses, solo
la he visto cinco veces, de las cuales dos son válidas y circunstanciales, pues de las otras tres, dos fueron reuniones
de familia y en la tercera hice trampa.
Pero en esas dos, en esas dos verdaderas, nos amamos hasta
la locura, nos mordimos las lágrimas y las manos, y juramos, entre besos, seguir buscándonos toda la vida.

Francisco lezcano lezcano

ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:41 Página 12

El laberinto
irel Faustina BerMeJo
“Todo el laberinto es tabla de salvación
para aquellos que tienen vocación de inmortales”
(Mario Benedetti)

Giro dentro de un laberinto
sitiado por las aguas
sucias y empantanadas.
Dibujo palabras y flores
en un intento de erigir contactos
con la vida más allá de la muerte.

Yo vuelo ya muy alto
pero sigo girando
sobre las tierras bajas
donde el mar se va adentrando con furia
en cada plenilunio
hasta cubrir los muros
del laberinto y ahogar
a todos sus cautivos.

Amontono las flores
sobre fosas abiertas
donde yacen los huesos
de los hombres malditos.
El laberinto me acorrala,
me caza y me mantiene
atrapado a sus túneles
y a sus húmedas galerías.
No veo la salida del laberinto.
Abro las alas y emprendo este vuelo
más allá de los límites,
escapándome de todas tus trampas.
El minotauro, con su ojo miope,
me observa todo el tiempo.

Josep Manel sánchez

Ocios elementales
ernesto r. del valle

Cuando se me escapan las palabras,
y ven que nunca las persigo
cuando se pierden envueltas y confusas
tras las nubes de la nostalgia,
pero ven que no voy a su rescate,
cuando ni siquiera se conoce de ellas
sino sus propias paradojas,
pragmatismos de un precoz
aburrimiento y notan
que no trato de entenderlas,
entonces canto.

Y la canción, sin yo saberlo
lleva el sabor de tan algo diferente
a la palabra, que callo un momento,
hago silencio para sentir dentro
del pentagrama de mi pecho
el aullido tribal de los insomnios...
Hoy sucede que no escribo ni canto,
que el amor no lo sacrifico en la quimera.
Voy hacia la rosa que me quema.

Hoy simplemente bebo mi vino
de esta copa que me sangra,
mirándome por dentro
para ver si me actualizo
en este ser, que en el espejo
me mira y no se reconoce...
Hoy sucede que nada o todo me sucede.
Y soy bestialmente feliz, hasta mañana.

12

ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:41 Página 13

Un noviembre distinto
pere vicente aGulló

Al amanecer, a la intemperie, les cayó encima noviembre con
premeditada dureza, cual granizo de una rara y despiadada tormenta que les lastimó el rostro y la sonrisa e incluso el tono
de voz.
Ellos, cariacontecidos de súbito, mientras trabajaban deprisa
con sus jóvenes manos, miraron de reojo el calendario colgado
en la pared del taller; lenta pero implacablemente había venido
el mes fatídico, con cierta alevosía, a reabrir heridas. Ese día
estaban parapetados en su hogar y algo más unidos para resistir
todo.
Él ya no estaba allí, mas todo funcionaba a la perfección: las
herramientas adaptadas a otras manos ya con cierta habilidad,
los materiales que no se desperdiciaban como al principio e
incluso los clientes que iban confiando en ellos; todo volvía a
fluir allí.
Habitaban aquella, su casa-taller, situada al final de un camino
de baches, intransitable en los escasos días de lluvia; se podía
llegar hasta allí después de atravesar abandonadas tierras con
matorrales dispersos y una casa-fantasma medio desmoronada;
desde el cielo se vería mitad tejas y mitad chapa metálica; la
arcilla rojiza y el gris metal del tejado supondrían la mezclada
división de trabajo y descanso de sus moradores.
Ellos en doce meses habían avanzado mucho, como dando un
salto vertiginoso sobre los años anteriores de
perezosa juventud a la sombra de él. Ya no habría
más sombra de él, sólo estelas de una fina nostalgia con tendencia, como la niebla matutina, a disiparse poco a poco. Habían aprendido la lección
cual aptos alumnos en la ausencia del profesor,
en la larga ausencia del maestro donde los alumnos buscan la ansiada libertad y al vivirla, al tomar
conciencia de ella, se les convierte en condena por
la pesada losa de responsabilidad que lleva adosada, por tener que crecer a solas y obligados de
súbito cual zapato que un calzador fuerza a estirarse a la medida del pie.
Ellos: los dos hermanos gemelos, estrenaban un
noviembre distinto, raro. Él, su padre, ya no estrenaría más madrugadas a su lado: partió. Un viaje
con billete sólo de ida. Estaban anclados en el segundo día de ese triste mes. Era el primer aniversario, mas... les quedaba aún toda una vida para
asimilarlo (en el bolsillo de uno de ellos, el más
sensible de los dos hermanos, había un papel que
su madre, aficionada a escribir sus sentimientos,
le acababa de dar).
Ella:
“Desfilan,
pasan por mi lado

los días, rememorándote;
aún flota hoy en mí el eco de tu voz
y el humo de tus cigarrillos, entre los míos,
en mi paisaje anterior, no en el mañana;
no queda mañana, no quedas tú. Estoy sola
y tú estás ya en mi cosecha de ausencias.
Quedas sólo en unas fotos clavadas en la pared,
junto a un calendario afligido
(como testigos de tu paso por mi vida)
papel que el tiempo amarilleará
y lágrimas rezagadas que la brisa real,
que el presente, debe secar.
Hoy, esta fecha, hace que me sienta
incierta,
como el pan al alba
que al salir del horno,
al enfriarse, camino de ser devorado,
va olvidando el verdor del trigo vivo que fue;
voy, camino, sonámbula, por entre mis días restantes sin ti.
Noviembre me aleja de ti, lentamente. Este vestigio de
dolor
intenta andar hacia atrás. Alejarse. Y promete ser más llevadero”.

silvia orozco torres (irilien)

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ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:41 Página 14

La cadete Miz
José antonio aMorós pascual

Año 2.201, el mundo se divide en dos bloques, a saber: la
confederación asiática y la confederación oeste, dentro de
un planeta Tierra expoliado y sin recursos naturales, por lo
que los intereses de las confederaciones se centran en el expolio de otros planetas. En Marte, Venus y Saturno se han
instalado importantes industrias.
La carrera espacial entre bloques es frenética. A la cadete
M.I.Z. se le encarga la misión de inspeccionar un satélite
de Saturno, con el prototipo JRS, pese al estado de gestación de la cadete, no puede rechazar la misión, la que sería
una mancha en la familia, de hecho su padre A.Z. era un
conocido comandante interplanetario.
Cuando se aborda una expedición
en estas circunstancias, la tripulante en estado, normalmente se
somete a una operación, donde se
le extrae una muestra de piel del
feto y se conserva en el banco de
criogenización de la confederación, dirigido por el eminente
científico P.V.A.
La confederación rival también
pretende explorar el asteroide, se
supone que hay un yacimiento de
platino y ambos bloques trabajan
a un ritmo frenético para lograr su
objetivo.
Todo está preparado, el trayecto
no suele ser muy complicado, con
la excepción de los agujeros negros, de los que es muy difícil
salir.
La cadete M.I.Z., sola con su prototipo JRS, inició el despegue de
forma brillante, sorteando en su
viaje nubes de asteroides y agujeros negros. Después de estar un
mes tripulando su nave, ya casi
había alcanzado el objetivo,
cuando entró en la órbita de un
agujero negro, y allí permaneció
4 meses girando a velocidad luz,
que era el equivalente a 20 años
en la tierra, por la relatividad del
tiempo.
El científico jefe de la unidad de
criogenización P.V.A., había ordenado que de la muestra del feto
de la cadete se creara genéticamente un ser vivo, cediendo a la

petición de su esposo el alférez J.M.S., ya que no se esperaba que la cadete volviese con vida.
Una nube de asteroides quiso que la suerte sonriera a la
joven aeronauta y debido al impacto de un meteorito consiguió abandonar la órbita donde estaba recluida y la maltrecha nave volvió rumbo al planeta tierra.
La joven, ante un atónito y espectacular recibimiento, descendió de su aeronave en avanzado estado de gestación y
al día siguiente ingresó en el hospital para dar a luz.
JMS y su hijo estaban en la sala de espera del hospital. La
cadete desconocía la existencia de su hijo, que en aquel instante esperaba el nacimiento de su padre biológico.

Francisco diaz tripiana

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ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:42 Página 15

Lo que pasa, René
Manuel Jorques puiG

Lo que pasa, René, es que tengo un don. Hace ya mucho
tiempo que prescindo de vivir, tú lo sabes. Apenas me levanto de la cama, no trabajo, malvivo como puedo con una
pequeña pensión del Estado. Bebo cantidades ingentes de
alcohol. Me drogo con saña. Quiero morir. Pero cómo
puede matarse uno, me pregunto. Cómo puede uno arrancarse esta vida maloliente que lleva a cuestas. Parece tan
fácil, tan simple rasgar el fino hilo que nos mantiene en el
mundo de los vivos. Son muchos los que lo consiguen. Los
hay que se tiran de un puente o de un acantilado o de un
rascacielos. Los hay que se cuelgan, se abren las venas, se
disparan en la boca o se intoxican con barbitúricos. Piensa
en cualquier manera de morir, René, desde la más elemental hasta la más sofisticada, y siempre hallarás a un suicida
haciendo equilibrios en la cuerda floja. Morir, René, esa es
la cuestión. Me he pasado la vida intentando morir. Me he
ahorcado, tirado al tren, despeñado, envenenado, desangrado, pero siempre, en el último momento, algo ha fallado.
Un alma caritativa se ha interpuesto en mi camino, un mé-

dico brillante ha obrado un milagro, el mismo azar me ha
mitigado caídas, hemorragias e impactos. Nada ha podido
parar mi corazón, que late y late con empecinada complacencia. Odio a mi corazón, René, a este corazón inmenso
que quiere seguir latiendo y que me hace inmortal. Mírame
ahora, René, soy un despojo humano, un trozo de carne que
transpira vida a borbotones, a empujones, a latidos. El
dolor, la pesadumbre, la desesperanza de estar vivo son mi
pan de cada día. Sólo una cosa me consuela. ¿Te acuerdas
de Marta?, sí, la Marta que tanto quise. La Marta que me
volvió el corazón del revés, mi Marta. A ella le debo el regusto a morir, René, esa sensación que tanto he buscado y
que ya espero con resignación. Nunca me sentí más muerto
que cuando ella me dejó. Ni huesos quebrados, ni pulmones encharcados, ni vísceras abiertas como flores me dolieron tanto, René. De Marta me acuerdo todos los días.
Ella es la que más cerca me puso de la frontera que quiero
franquear, la que me consuela con su dolor y me da la esperanza de morir un día.

Tornasoles
venus Maritza hernández

Se va, se va,
se va el recuerdo, entre humos y soles.
Se va y llega, y luego se va
en declives de arco iris tornasoles.
Yace, vive, y nace,
girones de sombras y tiempos.
Horas inexistentes, días ficticios, años en vano.
Ficción de vidas...

Francisco lezcano lezcano

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Nacer en sensaciones
crecer entre emociones
de inocentes luces.
Reír ante la noche,
saltar sobre el día lluvioso,
debajo de los chorros
que declinan su caída
deslumbrando intensidades.

ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:42 Página 16

Josep Manel sánchez

La cita
seBastián FaGes Muela

Tarde otoñal. Nos citamos por internet en un bar con historia de una plaza céntrica, con fotos de famosos en las paredes
y techos altos de bombos de cristal.
En el trayecto hasta allí las nubes se nimbaron de claroscuros.
Comenzó a llover. Por entre las cristaleras te vi llegar.
Ninguna trampa entre tú en persona y tus fotos en internet, pensé al verte traspasar la puerta del bar: chica joven, estilosa,
con un toque de distinción, morena, ojos aceitunados. ¿Qué pensaste de mí al verme? Besos de salutación, al reconocernos. Tus cabellos olían a menta. Buscamos un rincón apartado. Sobre el velador de mármol, unas cervezas. Tú y yo.
Brindamos por nosotros. La gente corría hacia los soportales para guarecerse de la lluvia. Unos pájaros sobrevolaron
por entre el grupo de palmeras en el centro de la plaza, cuyas hojas espejeaban de limpias; de las ramas, engarzadas,
colgaban bombillas de colores de las últimas fiestas. Un tranvía detuvo su marcha frente al edificio en una esquina de
la plaza; los raíles despedían destellos irisados, por el agua de lluvia; las puertas del tranvía se abrieron y vomitó y
engulló gente, y reinició la marcha dejando tras de sí el eco de un pitido de nostalgia.
Me hablaste de ti, de tu vida, de tus gustos, de tus proyectos; te hablé de mí, de mi mundo, de mis aprensiones, de mis
fobias y mis filias; nos quitábamos la palabra para hablar de cosas de la infancia, de pequeñeces que hacen placentera
la vida, de pecados que a menudo censuramos en los demás y de la ligereza con que nos absolvemos cuando los pecadores
somos nosotros.
El manto enlutado de la tarde cayó sobre la plaza. Las farolas alumbraron luces murientes.
Pedimos una copa de vino, explosión de aromas que al olerlos avivó mis sentidos. Envolví la copa entre mis manos y la
acaricié mientras te miraba a los ojos. La copa, redonda como tus pechos, inflamó mis venas. El vino, de esencias carmesíes, anticipó en mi boca el sabor de tus besos. Nos adivinamos. Sonreíste. Sonreímos. En un acto reflejo te llevaste
las manos a los cabellos y los ahuecaste, como si entre ellos buscaras las palabras que pensabas decir. Dejó de llover. El
lienzo del cielo se rasgó y dejó al descubierto el esbozo de una luna llena que tiñó de nácar las hojas de las palmeras.
Apuramos el último trago. Salimos a la noche, donde nuestros pasos ya sabían antes de echar a andar.
Pasaron unos años. Para evocar aquella nuestra primera cita, fuimos a tomar una copa al mismo bar; casi nada había
cambiado por dentro; por fuera, la misma plaza, los mismos soportales; de las palmeras que había en el centro de la
plaza, ni rastro: una plaga de picudo rojo había exterminado lo que era el señuelo de la ciudad, ante la desidia de los poderes públicos. La ciudad ya no era una ciudad singular, sino una ciudad cualquiera.

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ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:42 Página 17

Presentimiento
david reche espada

¿Conocen esa extraña sensación, más bien certeza, que se vertirse en una trampa mortal. Sin duda se ha producido un
tiene a veces de que algo malo ocurrirá en cualquier mo- apagón generalizado en toda la ciudad que incluso ha afecmento? ¿Sí? Pues con ese sentimiento me he levantado esta tado a los equipos de emergencia.
mañana, y no me lo quitaba de la cabeza mientras me ves- Me he embozado en la bufanda, a pesar del calor, y me he
tía, tomaba el zumo de naranja del desayuno y buscaba con centrado en auxiliar al herido más cercano, pero no lleváprisas las llaves de la moto que, como casi todos los días, bamos ni cinco minutos intentándolo cuando el rumor de
había dejado al azar en cualquier estantería del salón.
un griterío ha llegado desde la boca norte del túnel, cuya
Con cierta ingenuidad deseché esa impresión cuando enluz apenas se adivinaba decontré las llaves, pensando que el mal augurio se desvanetrás de la última curva.
cería en el momento en el que el ronroneo
La extraña sensación de
del motor de la Vespa me devolviera a la
alerta ha vuelto a mi carutina kamikaze de cada mañana en la
beza, e instintivamente
M-30. Pero algo en el color del cielo
he buscado con la mime exhortaba hacia lo extraordinarada la ubicación de las
rio. Sólo cuando me he introdusalidas de emergencia.
cido en el largo túnel del sureste
Mientras el rumor del
de Madrid, zambulliéndome
griterío aumentaba y los
en la lucha diaria contra
demás conductores centrael resto de automoban su atención en ese lado
vilistas, he dedel túnel, yo me he acerjado de lado
cado como un autómata a
esos sentiuna de las salidas. Cuando
mientos: la
los primeros ojos brillantes
supervivenhan aparecido tras la curva,
cia entre el
he abierto la puerta en sitráfico feroz
lencio, he entrado y la he
y salvaje de la cabloqueado desde dentro con
pital requiere dedicación exclusiva.
un extintor. Fuera han arreY de repente la luz se ha ido. Todos los focos del
ciado los gritos, seguidos de
túnel murieron en silencio, sin previo aviso ni suave
repente por un tumulto irafundido a negro, transformando la iluminación
cundo: golpes, pánico y chasuniforme en un juego de luces y sombras provoquidos de huesos. La puerta
cado por los faros e intermitentes de los coches.
apenas ha resistido el envite de
Lo demás ha ocurrido igual de rápido: alguquienes han intentado abrirla desde
nos conductores asustados por el cambio reel otro lado. Los lamentos eran despentino de iluminación han frenado de
esperados, pero yo me había sumido
golpe causando varias colisiones en caen un estado de impasibilidad tal que
dena. He estado a punto de ser barrido
toda mi bonhomía previa se ha esfupor un furgón de reparto, salvándome
mado cediendo el puesto a un
por medio metro de ser aplastado condeseo egoísta de supervivencia.
s
aray pavón Márquez
tra la pared del túnel. Reuniendo la poca sangre fría que
Estoy avanzando por la galería hacia
me quedaba, he auxiliado, junto con otros automovilistas, la escalera de salida a la calle, ayudándome de la luz del
a quienes habían quedado atrapados en sus vehículos. Ade- móvil, que también se ha quedado sin cobertura. Subo a
más del ruido de los motores, se escuchaba el zumbido tientas hacia la superficie y ya veo la rejilla que da a la
grave de los equipos de radio de los coches. Según me ha calle. Al otro lado vislumbro unos ojos brillantes que me
contado el chófer de un camión, la radio ha callado con el observan desde fuera.
apagón. Entonces he descubierto de que el monóxido de ¿Conocen esa extraña sensación, más bien certeza, que se
carbono de los tubos de escape comenzaba a acumularse tiene a veces de que algo malo va a ocurrir en cualquier
en el interior del túnel: los ventiladores de extracción de momento?
humos tampoco funcionaban y aquello iba camino de con-

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ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:42 Página 18

Superación, valentía y humildad
isaBel serrano roMero

Siento que caigo de una gran altura
y desato un ala para mantenerme,
la agito en el aire para no caerme
mantengo el equilibrio, con poca soltura.
Siento el vértigo y un miedo a la anchura
de manejarme sola y poder moverme,
y no sé si caigo ¡el ala se mueve!,
hasta que mi alma se siente segura.
Así me mantengo ¡y todo me asusta!,
a pesar de ello ¡estoy muy consciente!,
de mover la otra, que quiere moverse.
Y se va valiendo por sí, con holgura,
hasta que por fin ¡dos alas circulan
por el ancho cielo y muy libremente!
Con un poco de valor en los bolsillos
y un poco de aventura en la maleta,
yo prefiero ser yo misma, y despierta
al reflejo y la verdad que están conmigo.
No me aferro, ni rechazo, ni me aprieta,
vivo en paz porque a cada instante vivo,
solo intento no adherirme a lo nocivo

y expandirme con el aire, y ser cometa.
Solo quiero el amor como herramienta,
aprender de las piedras del camino
¡y llorar cuando vengan los problemas!,
¡y reír cuando el sol, me ha sonreído!
Y tirar del armario esa careta
y empezar a quererme como amigo.
Soy una más a morir encaminada
decidiendo sufriendo y su conjunto,
qué he de hacer con mi vida cuando sufro,
qué he de hacer con mi vida cuando calla.
En la Tierra caeré como si nada,
mi destino sé cuál es y mi futuro,
y vivir sin vivirla me descubro,
haciendo y sin hacer y con desgana.
Soy una más, no soy menos, soy maraña,
desmadejo cada hebra con recursos,
desenredo paso a paso lo que intuyo
enhebrando cada abismo, cada lágrima,
y voy formando un tesoro que reúno
de experiencias que acontecen con el alma...

Josep Manel sánchez

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ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:42 Página 19

El vuelo de la Gaviota
MariBel durán Martínez

Estaba al borde del precipicio, con las punteras de los zapatos ligeramente adelantadas a la inmensidad del abismo.
Miraba al frente y veía un horizonte azul claro, con nubes
de algodón descansando unas en otras.
Siempre le gustaron las emociones fuertes, esas que te
hacen ponerte del revés como si fueras un guante y te estremecen hasta la piel del alma.
Había decidido que ninguna muerte podría ir acompañada
de una sensación tan brutal, como volar sin alas por un
abismo donde no se divisaba su final.
Sabía que esta aventura sellaría una puerta que no podría
volver a abrir, pero su atracción era tal, que su obsesión fue
ganando terreno día a día a su sentido común.
Allí estaba ahora, disfrutando esos últimos instantes en su
pensamiento, reforzando esa obsesión tan vivida de lo que
de verdad tenía que experimentar cuando dentro de breves
momentos se lanzase.

Inclinó todo su cuerpo hacia adelante para tener y vivir una
mayor excitación antes de abandonarse al abismo que tenía
a sus pies.
En sus oídos llevaba unos pequeños altavoces prendidos
de un ipod, allí sonaba una canción de Neil Diamond: "El
vuelo de la gaviota" ahora estaba oyendo con todo su corazón esta melodía. La última que oiría y que le acompañaría en su caída libre a la eternidad.
Cuando oyó como Juan Salvador Gaviota deseó volar más
de lo que realmente sabía, decidió que esa era su señal.
Miró al cielo y después de llenar sus pulmones con una
gran bocanada de aire, se lanzó a vivir con toda la intensidad de que era capaz, esa sobrecogedora caída................
De pronto en la mesilla de noche un despertador comenzó
a sonar, eran las 7:00 horas de la mañana de un lunes, y el
ruido le sacudió como un impacto, haciendo que aterrizara
de su increíble aventura onírica.

Los azules del mar
conchi reina

Todos los azules guarda el Mediterráneo viejo,
que mezclados con el blanco
atenúa su color el agua en movimiento,
porque para mezclarlos con el negro
se lo dejo al Cantábrico o a los mares gallegos.
Todos los azules puso Dios
en el mar Mediterráneo
para deleitarnos mirándolos.
Son bellos azules posados
de sus largos veranos.
O bellos azules lánguidos del frío invierno.
Azules que cambian al mover el viento,
azules que cambian de tono
al posarse la luz en ellos.
Azules marinos del fondo,
azules verdosos del centro,
azul, añil o turquesa
y el azul celeste del cielo
que se une al horizonte
haciendo una línea en el cielo.
En su orilla el azul grisáceo
que se vuelve transparente
y como cristal
refleja mis pies al tocarlos sus olas yacentes.
Y azul azafata de las mañanas de invierno,
pero el que más me gusta es el azul rosáceo,
que en la ola se raya
cuando en los días grises el sol traspasa el agua.

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yoyita MarGarita

ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:43 Página 20

El sendero de atrás
luis pueyo García

Lucía caminaba muy lentamente por el sendero de atrás. Su
vida se tornó especial desde que quedó postrada en una silla
de ruedas, aquellos terroríficos golpes que machacaron sus vértebras. No pudo terminar los estudios, encerrada en casa provista de unos extraños adminículos que le permitían siquiera
sobrevivir, casi sin movilidad, levantándose ocasionalmente,
con la ayuda de Emma.
Alberto caminaba rápido por el sendero de
atrás. Su vida se tornó
especial desde que terminó la universidad.
Había aprendido varios
idiomas y había vivido.
Ahora era millonario y
su vida se circunscribía
a pasar media hora al día
desconectado de todo,
de la empresa, la familia,
su mundo. Por eso paseaba a la misma hora
por ese sendero. Un día
se cruzó con ella...Hola,
fue la única palabra que
pudo articular ante aquel
amasijo de extraños elementos. Lucía le respondió con una leve sonrisa.
Aquel encuentro fortuito
constituyó el inicio de
una relación extraña, oscura y enfermiza. Una
vez por semana coincidía aquel hola y aquella
sonrisa. Con el tiempo,
poco a poco quedaron
atrapados en un diario y
casual encuentro que
pronto comenzó a tornarse en obsesivo. Ella
tenía algo especial en la
mirada y él también. Sus
rostros reflejaban mejor que ninguna otra cosa sus almas insanas y perturbadas. Jamás necesitaron dialogar mucho más. Al
cabo del tiempo caminaban juntos, se cogían del brazo, se sustentaban en el sendero de atrás.
Para ellos aquel espacio tenía un sentido muy especial. Era su
mundo, su verdadero mundo, objetivo e irracional, inquietante.
Ella ya casi no dormía esperando el encuentro en el sendero

de atrás. Él lo había dejado todo: la familia, la empresa, su
mundo. Sólo quería regresar sin descanso al sendero de atrás.
En ocasiones lo recorría al alba, a media mañana o antes de la
comida, era un alma en pena por el sendero de atrás. Por la
tarde, hiciese calor o frío ,rondaba el camino, se agotaba. Era
consciente de que lo que hacía era enfermizo, de que estaba
dejando de vivir, pero algo extraño
y repugnante lo atraía hacia allí.
Lucía se engalanaba con sus mejores ropas e incluso comenzó a maquillar su magullada cara. Sin duda
alguna era una mujer bella pero no
había querido hacerlo desde aquella noche, cuando después de hacer
el amor descubrió el verdadero rostro de aquel que decía amarla. Sin
embargo su convicción era endeble: no quería volver a conocer a
nadie, solo quería permanecer
junto a Emma. No podía existir sin
Alberto.
Él siempre estaba allí, agotado y
exhausto esperando en vano su encuentro, con el rostro desencajado,
como enfermo, terminal. Verdaderamente, su cara era desagradable,
su nariz estaba torcida, sus pómulos eran horrorosos y sus ojeras terribles, mucho más marcadas si
cabe por la despigmentación de su
faz, como si estuviera quemada.
Había dejado de mirarse en el espejo hacía años, aquella terrible
dismorfobia lo había hundido anímicamente.
Algo indefinible marcaba aquellos
encuentros, su atracción era extraña y carente de lógica alguna.
Alberto era un tipo triste y abatido
marcado por un exitoso fracaso en
saray pavón Márquez su camino vital. Lucía era una
mujer hundida para siempre, destrozada por fuera y por dentro, que amaba a Emma y se había
jurado no acercarse nunca más a un hombre. Y sin embargo
no podía evitar a diario salir con sus muletas adaptadas y sus
herrajes incorporados a un cuerpo más artificial que natural.
Salía y no se sabía porqué necesitaba ver a aquel espantajo humano que le había dicho hola un día caminado por el sendero
de atrás.

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ElPicudoBlanco9_revista 10/01/16 16:43 Página 21

Crimen de Pietralata
susana aGuad

Miró la ventana a través de la cual había arrojado a su
mejor amigo hacía quince años.
Miró a sus hijos que ya eran grandes, y a su mujer, sentada
en el viejo sillón de mimbre, indiferente y retraída, con un
mechón de pelo blanco y dos orificios sin luz donde se
habían hundido sus hermosos ojos pardos.
¿Qué estoy haciendo aquí?, se preguntó sabiendo que extrañaba el silencio seguro de la cárcel.
Luego, calmándose, bajó por el ascensor cubierto de gruesos graffiti, más ominosos que aquellos que recordaba, o
más toscos y rudimentarios.
Caminó por las veredas sucias, pobladas por los muchachotes de los edificios que se juntaban a fumar en las esquinas. Los contenedores, abarrotados de bolsas de
plástico, esparcían un olor ácido que asfixiaba el aroma
dulce de la hierba.
Finalmente, bajó a las profundidades del subterráneo y allí
se sintió bien. El sabor ferroso del aire quieto estaba pegado
a las paredes, y se pegó a su ropa, oliente, también, a caverna oscura.
Y recordó entonces que en un domingo como ese, esperaba
en el andén a su amigo que venía de Piazza di Spagna.
Aquel domingo se agotaron los diarios. Le bastó con leer
un titular elefantiásico. Pier Paolo Pasolini había sido asesinado en Ostia. Estaba seguro de haberlo visto en Pietra-

lata filmando las calles oscuras y los muchachotes que se
reían siempre y se le pegaban como moscas. Andaba husmeando la muerte, se dijo, como sirviéndose en bandeja.
Su amigo no se enteró de la noticia, sólo quería ver el partido entre el Milán y la Juventus y beber, fumar, y contarle
chistes. Fumaron y se tranquilizaron. El empezaba a entristecerse con la muerte de Pasolini. Lo había visto más de
una vez en el barrio en medio de esos brutos. Pero ese recuerdo se borró rápidamente y enseguida su estado de
ánimo pasó de la melancolía a la furia. Se ponía furioso
con los goles del Milan mientras su amigo festejaba.
Discutieron. Su mujer se encerró con los chicos en el baño.
El otro lo insultaba, le daba cortos y dolorosos chirlos en
las mejillas. Él lo golpeó en la cabeza con los puños. Se
trenzaron como boxeadores en el ring hasta que él logró
desasirse de ese abrazo. Lo empujó con fuerza pegándole
con el puño cerrado en todo el cuerpo mientras retrocedía
para esquivarlo. Él era más fuerte, o al menos, más certero.
Le propinó un puñetazo en pleno rostro y luego un empellón que resultó ser el último. De tan fuerte, su cuerpo trastabilló al tiempo que el del otro desaparecía de su vista.
Y nadie pudo creer que no sabía ni el lugar que ocupaba la
ventana, ni que estuviera abierta, ni que aquel cuerpo enjuto podía pasar por la abertura sin producir otro sonido
que el golpe seco en la calle desierta.

En el día de su cumpleaños
cristina Martínez davó
Dedicado a mi amiga Conchi

Rutas, repechos, caminos, senderos,
veredas, montañas…
todo lo culminas con tu buen ánimo,
compañera de andanzas
como el señor Don Quijote.
Abruptas marchas conquistas con tu buen talante,
amiga del frío, del aire y del sol,
sin ninguna excusa te marcas tus rutas,
con muy buen talante dominas el paso.
Amiga de andanzas,
preguntas: ¿bebemos?,
y saciamos la sed de compartir marchas.
Me dices: “Cris, que no se diga de ti.”
Tardes de invierno, caminas conmigo.
No hay lluvia que te pare.

21

Salimos a andar,
en las paradas, de nuevo, bebemos el agua,
y una vez saciadas,
me das un golpecito de ánimo en la espalda,
transmitiéndome entusiasmo para reanudar
y poder respirar por la Peña de las Águilas,
que tan bien te conoces, de sombra a sol.
Qué puedo decir de ti Conchi,
si sólo tu marcha marcial y de compañerismo
ya expresa tu alma
por los arbustos y austeros caminos.
Conchi, andadora mía,
que compartes tus pasos entre piedras y barro.
“!Pozas!”, decimos la primera que la ve.

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