Dirección y maquetación

:
José Manuel Sanrodri.
Diseñador gráfico:
Roger Pereira Molina
Consejo de redacción:
Pere Vicente Agulló, Antonio Zapata
Pérez, Josep E. Rico Sogorb, José
Antonio Amorós y Eva María Palenzuela
Martínez.

Diseñadora de la Portada:
Marilen Pont Font.
Escritores:
Luis Eduardo Aute
Carlos Chaouen
Juan Carlos Mestre
Saray Pavón Márquez
Abel Bri Agulló
David Reche Espada
Remedios Álvarez
Francisco Lezcano Lezcano
José Manuel Sanrodri
Antonio Zapata Pérez
Eva María Palenzuela Martínez
Luis Pastor
Ana Belén Martín
José Antonio Navarro Ballesta
Raimon González
Javier Perales Valdes
Santiago Sevilla Vallejo
Conchi Izquierdo Marcos
Pere Vicente Agulló
Elisabeth Cándida Vivero Marín
Jesús Luis Muñoz
Josep Esteve Rico Sogorb
Alejandra Castejón
Juan B. Rodríguez Manzanares
María José Querens
José Olivier (Tremolán)
José Antonio Amorós
Harmoni Botella Chaves
Raquel Valera Álvarez
Adolfo Martínez Roca
Joaquín Gaitano Palacios
Ilustradores:
Josep Manel Sánchez
José Luis Palenzuela (Tranki)
Roger Pereira
Gloria Mariño
Miriam Frías Ferrer
Isabel Zapata Ivorra
Marylina Torres Ottado
Francisco Enrique Muñoz
Rosana Demichelis Lucena
Ana Beatriz Reina Rojas
Ana Fernandez Sánchez
Siilvia Orozco Torres (Irilien)
Luis Miralles Sangro
José Vicente Montenegro
Rodrigo Javier Medrano
Diego W. Abelenda Alonso
Daniela Edith Gallardo Zderich
Diana Camacho Briceño
Marquevich Ramiro
Eva Vázquez

Presentación
JOAQUÍN GAITANO PALACIOS

Para cualquier internauta al que, asociado a
las letras, le llegue el nombre de Picudo, automáticamente buscará a través de la red su significado….
¡Sorpresa… (Rhynchophorus ferrugineus )…!
“Açó no pot ser… Ni por asomo….No es lo
que me dijeron, algo más….Algo más….
¡Blanco! El…. La Revista de expresión creativa en la cultura decadente ¡Eureka….La
encontré!”
Año 2007, desde su creación. La coctelera:
poesía, relatos, ilustraciones, artistas; currantes de las letras que entretejen los sentimientos, las sensaciones, van depositando su
simiente sobre el asfaltado de las calles,
impregnando bordillos, los zócalos, escalando fachadas, colándose por las rendijas de los
ventanales, pulverizando fronteras….No hay
corriente, ni agua de lluvia, nada la destruye;
crece, su tallo se robustece, las ramas, la espesura, la frondosidad hace su aparición a los
cuatro vientos, se esparce su aroma… ¡La
Cultura!
Una época, año 2011, nuevo número de la
revista, no es sólo un número más; días de

cambio, atrás van quedando anteriores publicaciones, se remansan en los estantes, en los
recónditos rincones, su solera, el poso del
intelecto. Y sigue su peregrinaje: en la calle,
comercios, chiringuitos, por tierras de antigua
España de ultramar… La revista sigue, continúa retallando, cincelando el espigado cognitivo cultural, siguen las tertulias literarias de
los sábados.
Época de transición, años de paro, endeudamiento y cambios. El referente cultural también lo siente, lo percibe; navega en la tinta
con que la pluma se regocija, sobre el trazo en
el papel se deposita. Años vendrán, amanecen
nuevos días, hechizos y encantamientos sobre
los penachos altivos; entre los granados y palmeras, siguen cantando los rapsodas, escribiendo los poetas, pasada la turbulencia.
“Evocáis mi juventud, vosotras… Las saltarinas letras, vosotras… Campeonas de escondrijos y rincones. Sois letras de la primavera,
de los días vacacionales, sois los signos del
estío, también letras otoñales, luchadoras
aguerridas, solimanes de los folios, seréis
también las letras de invierno… ¡Compañeras
incansables!”
JOSEP MANEL SÁNCHEZ

ELPICUDOBLANCO @ GMAIL . COM

ISSN: 1887-973X
Patrocinio del
Institut Municipal de Cultura

2

“Poemigas”
PUÑOS Y PUÑETAS
Se aguantó
para no darle
un guantazo.

LUIS EDUARDO AUTE

EL CIRCULO HORIZONTAL
Paradójicamente,
sigue siendo horizonte
el que vamos dejando
atrás.

GANARÁS EL PAN CON EL
SUDOR DE TU MENTE
Hijo- Padre, quiero ser filósofo.
Padre- Eso no es trabajar, hijo,
ahí no se suda.
Hijo- Pues, según me dicen,
eso de ser filósofo
es cosa muy se suda,
padre.

LA RAZÓN DEL ABSURDO
Nada más sometido
al imperio de la Razón
que el Absurdo.

RECUENTO
Es época de hacer
arCHIVOS
EXPIATORIOS.

3

JOSÉ LUÍS PALENZUELA (TRANKI)

Noches Heladas
CARLOS CHAOUEN

Noches heladas en los témpanos de aire
sólo el roncanrol preserva las razones en que fuimos
ángeles oscuros fieras siendo niños.
Algunas mamadas escasas de viento
los hilos verdes torpes del sudor de los estanques
la fuerza con que tachas los días del almanaque
las voces y los fuegos
y los juegos y los roces
y la sangre derramada por los ojos que aterrizan
en un puerto de abandono sin billete de salida
en las manos tengo escrito con tinta del lamento
que la estrella es la luz y nosotros solo viento
el compás más valorado siempre tiene un contratiempo
en los ojos con que miro hay batallas cuerpo a cuerpo.
GLORIA MARIÑO

Aún podemos...
SARAY PAVÓN MÁRQUEZ

Aún podemos quemar la ciudad,
aunque las sienes se cubran de nieve
y acechen los últimos rayos de sol,
porque la vida es sólo aquello que queremos
que sea,
porque estoy cansada de versos amoratados
y líneas inútiles. Hoy podemos dejar las sombras
que se deforman en el suelo y descubrirnos
en los silencios y las palabras, ilusionarnos
cuando estamos una hora más cerca.
Aún podemos darle cuerda al reloj,
antes de que una gota emborrone
nuestros versos.

MIRIAM FRÍAS FERRER

4

La Casa Roja
JUAN CARLOS MESTRE

Alguien anda diciendo que en las afueras
de la ciudad hay una casa roja. Una casa
donde los cardenales negros sacrifican
papagayos a la voz del diluvio. El diluvio
tiene las barbas blancas como el sauce de
la jurisprudencia un domingo de bodas.
Los predicadores aman la tempestad y
golpean con sus Biblias de nácar la erección de los guardiamarinas. Las familias
beben alcohol, se santiguan, recolectan
insectos. El niño de la lámina se masturba plácidamente con la transparencia. La
rosa de Jericó huele a vainilla. Alguien
anda diciendo que en las afueras de la
ciudad hay una casa roja. Una casa cuya
ilusión está llena de peces, el pez de San
Pedro, la conciencia del delfín encerrada
en el aro de la bahía desierta. Lorenzo de
Médicis tenía una casa roja, las maniquíes de Bizancio tenían una casa roja.
Mi corazón es una casa roja con escamas
de vidrio, mi corazón es la caseta de los
bañistas cuya eternidad es breve como
columna de lágrimas. El minotauro hace
rodar sus ojos por el acantilado de las
estrellas, la herida del anochecer hace su
nido en la arena. Yo hablo con alas, yo
hablo con lava de lo ardido y humo de
diamante. La geometría bebe veneno, en
el canto de los pájaros suena la armonía
del baile de los muertos. En la casa roja
hay una mesa blanca, en la mesa blanca
hay una caja de plata con la nada del
sábado. La intemperie gime contra los
muros, la tristeza gime contra los mármo-

5

ROGER PEREIRA

les. El profeta tuvo una casa de papiro a
la orilla del lago, la muchacha del ghetto
vivió en la casa de las preguntas. Mi
mano izquierda luce un anillo de agua, en
el camafeo de la supersticiosa brilla el
mercurio de la temperatura. Lo que canto
es lumbre, caballos lo que canto contra la
aritmética y los números. Alguien anda
diciendo que en las afueras de la ciudad
hay una casa roja, una casa bajo el índice
del cielo y el negro nenúfar de la amante
devota. El muchacho con ojos de ebonita
ama la enfermedad y el rubí de los reyes.
Las mujeres hermosas sueñan con acuarelas, sueñan con garzas y volúmenes y
súbitos prodigios sobre las alfombras de
lana. Yo vivo extraviado entre dos rosas
de sangre, la que tiñe la calamidad de
impaciente belleza, la que tiñe la aurora
con su astro eucarístico. Mi voluntad
tiene la cólera del orfebre, mi capricho
tiene el óxido de tu frente de hierro.
Nadie cruza los bosques malignos, nadie
sobre la yerba de la muerte escucha el
desconsolado discurso de las ceremonias
asiduas. Yo veo el arco iris, yo veo la
patria de los músicos y el olivo de los
evangelios. Mi casa es una casa roja bajo
la fibra de un rayo, mi casa es la visión y
la beldad de una isla. Aquí cabe la gala
del mandarín y la escrupulosa usura de
las edades antiguas. Esta casa mira al
norte hacia las lagunas de helechos, esta
casa mira al sudeste azotada por el aliento de los que piden limosna.

La huelga
ANTONIO ZAPATA PÉREZ

Fue cuando la huelga de monos azules y camales ahorcados.
Te llamé con un silbido breve desde la puerta de un bar de comidas para trabajadores, cerca, el polígono industrial a donde te dirigías languidecía en cierres salvajes, estertores productivos y reciclajes amarillos. Te invité a un
café, con las últimas monedas que carraspeaban en mis bolsillos, tratando de convencerte de que no asistieras al
trabajo, que te unieras a la huelga general que habíamos iniciado los metalúrgicos, que dejásemos las máquinas
huérfanas, mudas y sordas, para que el silencio fuera atroz en los oídos de la patronal.
-¡Estela, únete a nosotros! Si tus jefes quieren escuchar "la música de los esclavos", tendrán que bailar a nuestro
son, sin horas extras ni despidos arbitrarios. El polígono ha de ser un cementerio total -ya lo es a medias con tanto
despido libre- y si tenemos que pasar todos al paro y dejar los coches en la puerta, remendar pantalones y aguantar el hambre con pan y sal ¡lo haremos!Estela, esto se llama resistencia por la dignidad humana.
-¡Tengo dos hijos, Luis!, -me recordó con media lágrima en cada pupila- yo puedo pasar con pan y sal, pero
ellos…
-No podemos estar divididos, ¡por esta vez no! Si la huelga no es total y la unidad tiene fisuras, los dueños y señores de las máquinas y los empleos, lo serán todavía más de los empleados, que habrán asumido una derrota, sin
apenas lucha. El festín de despidos será apoteósico.¿Es eso lo que quieres ofrecerle a tus hijos?
Estela se tomó el último sorbo de café y se marchó en dirección al polígono. A su paso, los monos azules ondeaban colgados en alambres improvisados que llegaban hasta las fábricas, también había guardapolvos y batines de
trabajadoras. Es entonces cuando vio despojarse de su guardapolvo a una mujer, casi niña, de la edad de su hijo
mayor aproximadamente; y lo colgó con un osado orgullo de clase. Esa actitud, tenía toda la fuerza del futuro, el
que le pertenecía si no cedía un músculo de su cuerpo. Estela, al ver esa acción tan rotunda, se estremeció, advirtió cómo crecía su rabia; y lanzando su bata de rayas blancas y encarnadas contra la alambrada, masculló: “¡Ojalá
la sal de hoy traiga un mañana más dulce para mis hijos!”; y se abrazó a la valiente niña, frente a una hilera de
jóvenes soldados que apuntaban como marionetas verdes a la libertad. De pronto, las mujeres miraron atrás y vieron una muchedumbre de cientos, miles, millones de ciudadanos que avanzaba sin banderas ni pegatinas sindicales. Luis iba entre ellos, entrelazando brazos. Era una marea compacta, irrefrenable. Un soldado de ojos azules
bajó su arma y gritó: "¿ Si aquí está todo el pueblo, a quién defendemos…? Se escuchó un clamor unánime y fueron bajando los fusiles, haciendo caso omiso de las órdenes de los generales.

ROGER PEREIRA

6

Una noche de conclusiones
DAVID RECHE ESPADA
El Fin del Mundo parecía cerca. Mayo se deshacía perezoso en el calendario, como si el calor, sospechosamente palpable, fundiera las
horas en materia pringosa, reteniéndolas más tiempo de lo normal en cada uno de los últimos días del mes, como si fuera una mala idea
desaprovecharlas. La temperatura, social y termométrica, llenaba las calles de la ciudad con muestras heterogéneas de sus gentes: niñas
bien, modernos talluditos, señoras con cardados de rancia tradición castellana, municipales ociosos, hippies oliendo a buen rollo, parejas
insulsas, inclasificados con tatuajes y los jubilados de siempre. En mitad de aquella efervescencia espasmódica, con el Parlamento disuelto, el Santo Padre offside y las auroras boreales trastornando el espacio radioeléctrico del planeta; la Soberanía Popular se juntaba febril
y sin tapujos en la calle; presa de una desinhibición en la que todas hablaban con todos, los miedosos sacaban risas nerviosas a los milenaristas, los excéntricos sorprendían con sus peticiones a los Ayuntamientos, que apenas si controlaban la situación, los escépticos veían
extraterrestres y otros aprovechábamos que de noche todos los gatos eran pardos.
No preguntéis por qué me vi involucrado en el último grupo. Lo que es cierto es que una noche de jueves, calurosa y golfa, las copas de
más y un amigo en celo me condujeron tras un par de muchachas de ropa suelta y holgada, pelo enmarañado y sonrisa fácil, desenfadadamente felina. Acababan de instalarse en una nueva comuna autogestionada de las afueras que, según nos contaron en la plaza del
Ayuntamiento, se estaba preparando para vivir en la nueva Era. Querían depender mínimamente de los restos de la civilización que, al
parecer, se extinguía. El caso es que mi amigo más que en extinción pensaba en la reproducción, y la pelirroja sin sujetador y cara afilada, compañera del "objetivo" de mi amigo, tenía unos tatuajes que me despertaban cierta curiosidad, no desmentiré que morbosa. Así que
dejamos la asamblea de la plaza consistorial, donde no se decidía nada de provecho sobre qué hacer con la Alcaldesa, y las invitamos a
debatir en los bares.
Luego, aunque el depósito de mi coche estaba en la reserva, las llevamos a su comuna. El buen rollo en aquel sitio era tal que me emocioné, quizá presa de algunas de las típicas fases del exceso de ron. Y aún no sé cómo, terminé consolándome en una habitación a oscuras, con mis dedos explorando las formas caprichosas de los tatuajes de la pelirroja. Al otro lado de la puerta se oía el sonido de un didgeridoo mal afinado y la conversación pausada de los más fumados de aquella pacífica comunidad. Por la ventana entraba la brisa del
campo y la luminosidad de las auroras boreales. Cada vez que mis dedos se despistaban en sus pezones, los ojos le brillaban fantasmales
con el reflejo de las luces del cielo, dándole un aspecto morbosamente vampírico a sus rasgos duros y atractivos. Me tranquilizó el hecho
de que no me mordiera cuando hundió su cabeza en mi cuello. También ayudó que sus gemidos sonaran dulces cuando la sucesión atropellada de hechos aparcaron mis labios en sus otros labios. Su cuerpo menudo se estremeció sin complejos, y entonces comprendí que si
el mundo iba a acabarse, no importaba que los condones estuvieran olvidados en la guantera de un coche sin gasolina.

Vivir sin la “ll”
REMEDIOS ÁLVAREZ

Se llevaron la "ll"
de todas mis llaves,
por eso no las encuentro;
con aves en mis manos
volé hasta otros sitios donde habitar,
donde la "ll" es inútil porque
no hay llantos, ni ellos o ellas,
ni llaves, ni huellas.
Se llevaron la "ll"
por eso olvidé llamarte;
y quedó, como fino cristal
el labrado, sonoro: "amarte",
que perdura sin necesidad
de juicios, pruebas o edad.
Se llevaron la "ll" y olvidé llorar.
Ahora rezo como niña que cree
que Dios lo concede todo.

7

MARYLINA TORRES OTTADO

Redimensión
RAIMON GONZÁLVEZ

LUIS MIRALLES SANGRO

Invierno en la montaña
JOSÉ ANTONIO NAVARRO BALLESTA

Ha vuelto a nevar, a los árboles,
esqueletos vestidos de blanco
se les escucha el crujir de sus huesos
bajo el doloroso peso del invierno,
casi siempre es invierno en esta tierra.
No cantan los pájaros.
El cielo se ha solidificado en plomo
y amenaza con caerse de un momento a otro.
Sólo se oye el lamento del viento
que semeja el rezo de una procesión de muertos
que van pidiendo la tierra.

Enredado en la punta del alba,
luminoso como las estrellas del mar.
Danzando entre laberintos,
volando hacia los rayos del sol
que calientan y apaciguan
la dimensión de mi energía.
Sonriendo,
siempre enamorado de ti,
en el camino de mis sentidos.
Buscados en la noche
los enigmas de la vida,
sintiendo en mis poros
la pasión y el amor a la vida.
Sintiéndote y queriéndote.
Si, queriéndote a ti,
colectivo humano,
personas del mundo.
Si… Y andando, divagando
entre los puntos de las estrellas,
abierto mi ser al cosmos,
sólo eso.
Así es que al atardecer,
una paloma en mi tejado
se dejó caer, besó mis labios
que secos estaban de tanto desierto
y un mundo nuevo y sensual vino a mí;
sus abrazos, tiernos y fuertes, eran sublimes
como los besos y abrazos del alba a la Tierra.

JOSÉ VICENTE MONTENEGRO

8

El cronómetro elíptico
JOSÉ MANUEL SANRODRI

Cuando la apretada e intensa luz -podrida de impaciencia- disminuía, el día que
se iba apagando gradualmente para dejar
que otra luz postiza se esforzara en ocupar su lugar. Era entonces cuando tus
ojos se marchaban, desnudándose a la
iluminación que se vaciaba en mi alma.
No dormías nunca conmigo a pesar de
que tu respuesta satisfacía a mis ojos de
buhonero. Me hablabas de la palabra
amor, que se hacía diminuta entre tus
almohadillados labios. Yo me quemaba
con sólo mirar tus enormes ojos aceituna y tu larga melena de nuez que se clareaba con la arqueada luz. La misma
luz, que te traía y te llevaba como si
fueses la espuma de una ola.
Mi cuerpo de madera apenas salía de
casa, y si en alguna ocasión lo hacía,
veía grandes afluencias de gente venir
hacia mí, como si fuese el punto exacto
del universo al que hay que dirigirse.
Sus rostros -arrancados del infernal
hierro que modela su envoltura de
arena- y sus ojos -esferas de reloj cuyas
manecillas negras me miraban fijamente cuando se hallaban a la altura de mis
párpados- me hacían sentir la inquietud
de que me observaban sin tan siquiera
perderme de vista hasta que sobrepasaban mi cuerpo. Me daba vértigo mirar
hacia atrás, ya que cuando lo hacía,
percibía un paisaje de dibujos difuminados (fuera de esa realidad que todo ser
humano conoce), en el que no había ningún ser vivo y que este otro mundo, el
real, era distinto y se desvanecía frente a
mis ojos. Los enormes colosos de ladrillo se diluían en la luz, sentía pánico por
salir a la calle, pues no sabía en qué lugar
de mi fantasía me iba a encontrar.
La sensación de inestabilidad también la
fui viendo de manera gradual: la fruta
verde que se compra hoy, al día siguiente aparecía podrida; con unos "inquilinos" deshuesados y alargados que devoraban cada porción aciaga del alimento
corrompido. Los cambios ocurrieron
también en mi fisonomía: a pesar de que
solía afeitarme a diario, siempre llevaba

9

barba espesa y descuidada como si
hubiese estado un mes sin deslizar las
cuchillas hacia los ángulos de la barbilla
que rasura mi cuello de bestia indomable.
Los espejos se convirtieron en una de
mis tantas pesadillas, el miedo a mirarme había hecho que guardase todos los
cristales que reflejaran cualquier aspecto de mí, cada día que me observaba descubría algo distinto en mi rostro. Veía a
otra persona que no se parecía en nada a

ANA BEATRIZ REINA ROJAS

mí; por ese motivo muchos de los espejos los había guardado y otros los había
tirado.
Ella solía regañarme en más de una ocasión, decía que cada vez que no aparecía
en unos días se asustaba de ver mi figura cadavérica. Yo apenas entendía lo que
me decía pues estaba totalmente seguro
de que a ella la veía todos los días. Me
era imposible pensar que la ausencia de
su aroma inconfundible dejaba de olerlo
unos días sin yo darme cuenta.
Un día vino acompañada de otra chica,
me abrazó como si se despidiese de mí
para siempre. Me presentó a otra mujer
como mi próxima cuidadora, creí que
aquella parafernalia era una manera de

clavarme sarcásticamente unas púas en
el fondo de mi alma. A esa otra mujer la
veía como lo más parecido a una madre.
Sentí triturarse el aire a mi alrededor,
estaba despidiendo a una mortecina imagen que ya no volvería a tener delante de
mis ojos: ella.
Fue entonces cuando me di cuenta de
que mi memoria procesaba sus datos (al
mezclarse entre el calor de sus pupilas)
para que el pincel del viento copiase los
lienzos de un paisaje inexistente para mí.
Antes de marcharse insistió una y otra
vez en que me mirase a un espejo que
había sacado de un cuarto. Sus ojos
catadióptricos no dejaban de mirarme.
Ella esperaba con impaciencia que me
reflejase y al mirarme yo en aquel
espejo (que tenía como a un objeto del
diablo) me detuve a recordar cuales
habían sido los motivos que me llevaron a suprimir todas las lunas de mi
casa, entonces mi cara (hierática y desencajada) vio por última vez su rostro.
El infinito reflejo hizo morir a mi alma
dejando vivo solo mi cuerpo, apoyado
en la pared de una lágrima. Durante un
minuto pude reconstruir mis recuerdos
hasta que todo se desvaneció para
siempre.
El alma (ese títere armado con bisagras de acero, serrín y fragmentos de
trapo) va a su aire, no llega a ser un sujeto enfermo sino un muñeco de ojos de
madera que cruza, que traspasa su espíritu hacia el vacío que se ha grabado en la
placa de la memoria.
No paraba de ver la oscuridad en el interior de la tripa de un espejo. Algo me
decía que las hormigas se metían en una
trampa resignadas al olvido y que sólo
mis ojos, tan azules como el mar, iban
perdiendo las rayas del iris que circunda
toda su esfera, manchándose de una
sombra tan oscura como el petróleo. Ya
no parece que sean mis ojos. Ya no sé
qué es lo que soy ni qué es lo que reconstruye ese puzzle de una vida simulada.
Que no sé si es la mía, que no sé si es el
alma.

Poema propio
LUIS PASTOR

Vulnerable acudió la voz
al malicioso silbo del mundo,
con cien risas
como cien balas perdidas
y un colmenar abierto
a la miel del duelo.
Abrazadas las alas del ángel
en la noche crecida, inmensa,
labra la voz el aire,
la tierra que lo hace hombre
en el vientre de la hembra,
y queda cercada
en un puño abatido
y en la premonición de un sol apagado.
¿Quién apartará de las sombras
a aquella flor nacida
en el ojo de la calavera?

ROSANA DEMICHELIS LUCENA

Su belleza tiene por fatal sentencia
morir entre las manos de quien la llora…

Mi pecho
FRANCISCO LEZCANO LEZCANO

Mi pecho un libro...
Abierto sobre la tibia arena.
La duna y yo, vientre contra vientre;
mi sexo buscando el suyo.
Mis delirios de amor adolescente,
una efímera danza,
pero siempre retoñada.
Entre mis brazos,
su huidizo erotismo muriendo y renaciendo
como un agua torrente abajo.
Cuarenta años más tarde, hasta las rocas se han muerto.
Tubos, cloacas y desagües por las entrañas de la tierra.
De hastío han fenecido los cactos
y a las arenas le han brotado jeringas envenenadas…
FRANCISCO ENRIQUE MUÑOZ

10

Qué silencio
EVA MARÍA PALENZUELA MARTÍNEZ

Qué silencio aguarda
el jardín de la infancia
repleto de voces calladas.
Qué silencio esconde
cuando la adolescencia
compartía secretos
mientras se miraban.
El jardín ya no cree
en su antigua memoria
mas duda de su sensatez
mientras ve a dos enamorados
besándose en los labios.
El jardín se siente solo,
porque su vejez siempre
perpetua la condena a vivir
el amor de dos ojos inúltilmente cansados.
ANA FERNÁNDEZ SÁNCHEZ

Dijo
ANA BELÉN MARTÍN

Dijo:
Las fechas no me dan certeza de nada
pero, aunque frágiles,
siguen siendo asideras al mundo de los vivos.
Yo pernocto entre cantes y disfraces,
entre sádicos sonámbulos incurables;
yo me derramo en barras de madera carcomidas,
en luto de voluntades hago guardia;
yo me desapellido cada noche bajo un cielo travestido
con la excusa de carnavales.
No me fío de relojes ni de valientes,
(excedentes de cementerios),
a solas cada noche me pliego las carnes,
y me abro las sábanas
y brindo borracha por las temeridades
de las que sobria tuve miedo.
Mi madre la edulcora con su talento,
pero mi lengua nunca fue potra de jinetes ineptos.

11

Dije:
Te invito a un café largo, eterno.
A un café colgado de espumosos silencios,
de risas hilvanadas,
de ojos somnolientos en lo que pudo haber sido…
Pero se puso a escribir frenética acallando el mundo,
a cabalgar entre alucinógenos,
se despeñó a su antojo
por pieles que conocía de vista
y se murió sin tener miedo al silencio porque todos hablaban
de él.
Yo a veces quisiera hacerme chiquitito
para crecerme de nuevo,
y a veces infinito
de límites.
Es lo único que pienso;
y brindo borracho por ella,
y por las temeridades de las que sobrio tuve miedo.

ABEL BRI AGULLÓ

Imsomnio letal

Fue el mismo año en que cumplí los quince. Creí que mi madre se había vuelto loca. Llevaba semanas protestando por su insomnio.
También mi padre le echaba en cara lo inquietas que eran sus noches, cómo daba vueltas de un lado a otro, le pegaba patadas, resoplaba,
encendía la luz, salía al baño y gruñía. No le hacía yo a nada de esto demasiado caso, tenía asuntos más trascendentales en mente: el examen de Matemáticas o el escote de Edurne. Fue después cuando di importancia y grabé a fuego en mi memoria esas protestas nocturnas
como los albores de un final insospechado. Las paredes de casa se llenaron de cuadros de paisajes marinos, de acuarelas derretidas en blanquecinos reflejos de barquitas y anocheceres de lunas llenas mal trazadas. En concreto los cuadritos se amontonaban en los ladrillos que
cerraban el salón principal, de allí no escapaban. Permanecía incrédulo e impasible a cómo los cuadros empapelaban las paredes en un
mosaico laberíntico donde el mar se volvía protagonista y antagonista. Aquello debería haberme sugerido que algo invisible y enfermizo
se había colado en nuestras vidas, pero solo lo observaba con asombro. Mi padre consentía el imposible y yo no dejaba de preguntarme
cuándo pintaba mi madre aquellas nimiedades que por su volumen, persistencia e individualidad se volvían genialidades. Soplé quince
velas y tuvieron mis progenitores que cumplir la promesa de dejarme salir con los amigos hasta las dos de la mañana los sábados. Siempre
que regresaba mi madre me esperaba manchando lienzos. Pero ella no me esperaba. Descubrí que su falta de sueño la llevaba a pasar las
horas inmortalizando inexistentes paisajes hasta la madrugada. Llegaba borracho y me costaba un par de horas conciliar el sueño, me
levantaba cada veinte minutos a mear cerveza o calimocho, la luz de su estudio estaba siempre encendida. La
tomé por loca cuando los
cuadros escaparon del salón
y fueron invadiendo el pasillo. No eran ya barquitos de
pesca, ni veleros, ni reflejos
de cabañas a la orilla del mar,
sino oscuros y tétricos bosques, pantanos y ciénagas
paulatinamente más expresionistas, obsesivos y abstractos. Alguna noche me
asomaba al estudio y la veía
pegar brochazos como quien
apalea un perro, con rabia y
con gozo. Iba con la idea de
decirle: Mamá, ven a dormir,
descansa; y me mordía la lengua al verla abstraída, furiosa
y obsesionada. Las veces que ISABEL ZAPATA IVORRA
pregunté a papá sobre qué le
pasaba me huyó siempre que pudo, hasta que dejó de poder y me dijo que sí tenía problemas para dormir y había ido al médico. Aseguraba
que no era grave, pero su mirada me decía todo lo contrario. Cambió la personalidad de mamá, la falta de sueño le hacía decir barbaridades. Se despistaba y parecía dormida, pero ella en realidad nunca dormía. Lo supe después. Por fin durmió un mes antes de mi diecisiete
cumpleaños, sonrió antes de cerrar los ojos. Ese año no soplé ninguna vela. Toda esta serie de sucesos los he mantenido ocultos hasta el
año pasado. Como he explicado me preocupaban más las tetas de Edurne o el culo de Izaskun, que mi propia madre. En mi caso la muerte fue más llevadera por mi adolescencia y falta de empatía. Si acaso ver a la mujer en aquel estado me incomodaba más por egoísmo que
por amor. Temía que me llamaran el hijo de la loca, que me dejara en evidencia y le diera por decir cualquier sinsentido frente a una chica
o un amigo. Tengo treinta y cinco años, he cambiado y vuelvo a pensar en ella. No la recuerdo como una loca. Especialmente la recuerdo
en mi infancia. Hace un año que no paro de pensar en ella. Hace doce meses que empecé a mirar todas sus fotos. Hace 365 días que me
miro en el espejo y busco parecidos con ella, los ojos, el mentón, las aletas de la nariz, y me destroza el alma. He pasado casi toda mi vida
estudiando para tener un buen futuro. Tengo una doble licenciatura y sé tres idiomas. Hace dos años conseguí un buen trabajo. Hace una
semana estuve en casa de mis padres. Estuve mirando todos los cuadros del salón uno a uno. Me busqué de alguna manera en los brochazos y traté de entenderla a ella, de entenderme a mí. Llevo tiempo rememorando las voces de mis tías: Eres igualito a tu madre, tienes los
mismos ojos. Estoy orgulloso de parecerme a mi madre y lo odio y lo temo. Hace un año que no duermo. Siempre me lo ocultaron, ahora
sé que mi madre murió de insomnio, y que se hereda. Ella pintaba cuadros. Yo al principio bebía, veía películas, leía, lloraba, hacía deporte. Vivo solo y es mejor. Ahora escribo. Escribiré hasta que muera. He colgado esta página en la pared frente a la puerta de entrada. Seguiré
colgando las siguientes páginas de mi vida hasta llegar al salón, o hasta donde me quede. No creo que escriba tanto como ella pintó pero
tal vez las palabras me expliquen por qué ella dibujaba mares y bosques en tinieblas.

12

Luna, lunera
CONCHI IZQUIERDO MARCOS

Luna, Lunera,
amiga, confidente y compañera,
tú que me observas
con silente quietud,
desde la inmensidad
del infinito azul,
dime, ¿en qué piensas?
Tú que mueres con el alba
y renaces cada noche,
cual mitológico pájaro de fuego,
tú que conoces el ansiado secreto
de la eterna juventud,
¿por qué tu sonrisa escondes?
Tú, celestina experta
en amores clandestinos y quiméricos,
musa predilecta de poetas y trovadores,
dama entre las damas,
bella entre las bellas,
dime por qué nadie sabe más que tú,
de soledad y distancia.
Reinas en el firmamento
como Diosa indiscutible,
ajena a las exigencias y a las injusticias
de la vida terrenal,
¿no debería bastarte para ser feliz?
¿O es que acaso sueñas con un cuerpo de mujer
y el trémulo beso de unos labios?

DIEGO WALTER ABELENDA ALONSO

Inés tenía un sueño
SANTIAGO SEVILLA VALLEJO

RODRIGO J. MEDRANO

13

Le recordó a su criado que estuviese atento a la seña, entró por la puerta que le
había dejado abierta la sirvienta, cruzó el patio con sigilo, se encaramó a un
árbol y de ahí saltó a la alcoba. Inés estaba profundamente dormida, por lo que
no se dio cuenta de que Juan caminaba por la habitación observándola y se sentaba en la cama. Lo mejor era llevársela, pero antes le daría un beso. Eso sellaría la escapada. Antes de que tuviera ocasión de besarla vio que tenía una sonrisa dulce. Inés tenía un sueño alegre, uno de esos sueños propios de los niños
felices. Juan no quiso borrarle la sonrisa con su beso. No sabía si las mujeres
con las que había estado sonreían antes de conocerle, pero cuando estuvieron
con él desde luego que no sonreían como Inés. Dejó la rosa que traía para ella,
la miró de pie, saltó al árbol y se marchó.

PERE VICENTE AGULLÓ

Auxilio denegado

Abel sabe que no debe cometer ni un maletín semiabierto y repleto de dinero
error. Nada de derroches que llamen la del que sobresalían varios paquetes de
atención. Aún no es el momento de billetes. Su corazón bombeaba intensasustituir su viejo coche ni de comprar mente la sangre sin dejarle pensar. Los
otra casa, seguirá viviendo con sus momentos siguientes fueron relámpapadres. Se está documentando (con gos. Dudó entre auxiliar o ceder a la
libros y películas de casos como el tentación. Esa dualidad persistió en él
suyo) y, aunque su realidad no es como unos instantes… Fue, piensa, un acto
en la ficción, tiene claro al menos que reflejo. Se quitó la chaqueta y veloztodo cuidado es poco. No hará dispen- mente envolvió el maletín como quien
dios por más que el cuerpo y las cir- cubre con su ropa a un bebé para protecunstancias se lo pidan.
Ha pasado ya casi un año llevando
su secreto a cuestas. Hoy se excusa "no actuar no es lo mismo que
atacar a alguien, de haberlo hecho
(si hubiera actuado) quizás ahora
yo también estaría muerto y de
igual forma eso se habría destruido junto a nosotros. Pero lo que
me angustia es no poder contárselo a nadie. Ahora comprendo el
gran alivio de los confesionarios:
descargas tu secreto a otra persona
y encima se te absuelve del pecado; y vuelves a casa limpio (como
recién duchado) de toda culpa.
Pero yo no me fío de contárselo a
un cura, sería una indiscreción" se
dice a si mismo.
Abel vuelve atrás con la mente, a
aquel viaje en solitario y al regreso por la costa. Recuerda las
carreteras secundarias, el paisaje
cuajado de invierno, el tedio al GLORIA MARIÑO
volante de su utilitario. Sucedió
todo muy rápido: una retención tras la gerlo; subió a la loma y, desde allí, con
curva. Bajó del coche, caminó "un acci- vista panorámica (y oculto entre los
dente..Los del coche rojo estarán mal, arbustos cual fiera sigilosa) observó la
está más destrozado… Ya he telefonea- llamarada y explosión del coche.
do pidiendo ayuda" dijo alguien de Cesaron los quejidos. Silencio. Ningún
entre la gente. Abel, serenándose, vio testigo. Entonces vio alguien que, alerhuellas en el suelo, supuso que había tado por el humo, iniciaba el descenso
derrapado también otro vehículo. hacia el lugar. Por un atajo (para no
Siguió el rastro fuera de la carretera, toparse con quien bajaba) subió a la
bajó por una vaguada y lo encontró: un carretera, a la caravana, a su coche.
coche volcado, con gente atrapada den- Guardó "su codiciada presa" oculta en
tro que gritaba pidiendo auxilio y el maletero. Comprobó que habían
empezando a arder; al lado vio todas las pasado unos 15 vertiginosos minutos,
pertenencias desparramadas por el se oían ya sirenas de ambulancias. Se
suelo y… Algo que le nubló la vista: un mezcló de nuevo con los que rodeaban

a los heridos. Finalmente retiraron los
vehículos siniestrados y los policías
ordenaron reanudar la circulación. Abel
continuó su viaje.
Posteriormente leyó la noticia: "accidente de tres coches en la costa… Dos
muertos..Varios heridos…" "Nada
dicen del dinero" observó Abel.
Guardó la fortuna: los billetes divididos en tres escondites que enterró
lejos, en el monte. Tras una cauta espera , para averiguar si los
billetes estaban marcados,
regaló con disimulo alguno
de los grandes a mendigos y
también depositó en los
buzones del bloque de su
casa; todos los gastaron sin
problema. Así supo sin riesgos que eran válidos, oyendo a sus vecinos celebrar "el
regalo del anónimo millonario loco". Meses después
conoció a la chica de sus
sueños. Pensó que la suerte
seguía viniéndole de cara.
Abel regresa al presente
evocando aún aquel temblor
de piernas que sintió al pisar
el acelerador cuando se reanudó la marcha ante el agente de la Guardia Civil (que
parecía adivinar lo del maletero) mirándole fijo a los
ojos.
Ahora custodia con sigilo su
fortuna, "tal vez el dinero proceda del
narcotráfico o negocios similares"
supone. Le resulta extraño y paradójico
vivir austeramente siendo rico. Quizá
pronto irá gastando. Dirá a los suyos
que tuvo suerte en los juegos de azar.
El gran dilema de Abel es: si contárselo
o no a su novia. "¿Cuándo y cómo
hacerlo?¿Cómo Reaccionará Estefanía.
Me seguirá queriendo?" Duda. Pero en
el fondo él sabe que aún sufriendo, es
dueño de su silencio y que seguirá
callado... Tal vez hasta que reviente…
Y, de ser así, callará eternamente; con
su secreto enterrado a perpetuidad.

14

El viaje cotidiano
JESÚS LUIS MUÑOZ

Cada mañana, con puntualidad extrema, cogíamos
ambos ese autobús, el 21, que nos trasladaba al centro de
la ciudad. Silenciosa, volátil, hermosa, no dejaba de leer
su libro mientras se acomodaba en un asiento de segunda fila y yo, simulando, me situaba detrás de ella. Yo
también llevaba un libro entre las manos, lo abría, pero
mi vista no devoraba las páginas impresas sino que permanecía fija en aquella bella nuca con el cabello recogido que tenía delante. El trayecto duraba un cuarto de
hora. Cuando ella se alzaba, yo lo hacía a continuación.
Cuando ella bajaba, yo iba tras ella, así, día tras día,
durante meses, años, sin decirle nada, amándola en silen-

cio, imaginando lo que podría haber sido de mi vida, y
de la suya, si, luchando contra mi timidez, la hubiera
abordado.
El pelo de la nuca se ha tornado cano. Ahora lee otros
libros, no ya sesudos ensayos contraculturales, sino
novelas sentimentales de autores de moda. Quiero creer
que está sola, que nadie la abraza por las noches, aunque
quizá me equivoque.
Un día, después de tantos años, quise tocarla y mi mano
traspasó su cuerpo, como si mis dedos fueran aire.
Entonces supe quién era.

DANIELA EDITH GALLARDO ZDERICH

Madre matria
ELISABETH CÁNDIDA VIVERO MARÍN

A López Velarde.
Este país me duele
con sus tubas,
con sus secuestrados
que rebotan en vidrios negros.
El suelo me arde
lleno de granadas abiertas,
que se incrustan en los cuerpos,
en las paredes.
La Madre Matria me punza
porque pertenece a quienes amenazan,
a quienes amagan
con teléfonos en movimiento.
La pista de baile me desgarra
plétora de cabezas cercenadas
por la ira
de los Ak-47.
La tierra me explota
tan necesitada de maíz,
mas rebosante en coca
y mariguana.

15

El aire me pincha
colmado de silencio
que se destila por todas partes
durante inagotable tiempo.
El hambre me pica
por no poder saciarla
con los huecos de ignorancia
que tampoco la aminoran.
El olvido me rasguña,
el desconsuelo,
de tantos siglos
abundantes en injusticia.
Cada esquina me llueve
ácidamente
al extender sus manos
por un peso.
Así, quebrándome desde los pies,
me carcome,
me amorata,
me sangra,
por adentro
pues estoy desenraizada.

Chelsea
JAVIER PERALES VALDES

No se ha movido del mismo sitio desde hace más de cincuenta años, entre la Séptima y la Octava avenida. De hecho
es lo único que no ha cambiado en todo ese tiempo. Fue testigo de excepción de cada acontecimiento y cambio relevante, podría llenar estanterías enteras con volúmenes si pudiese hablar y contar todo lo que ha visto. Primero fueron
los trajes oscuros y las corbatas estrechas, los sombreros de ala corta. Seguido las chaquetas de pana, los jeans descoloridos. Más tarde hombreras y cardados. Los vio a todos arrastrarse, crecer, subir hasta la azotea y más allá para acabar chocando contra el suelo quedando aplastados e inermes como un chicle usado. Gafas de pasta de beatniks, pelos
revueltos de folkies, los vestidos de colores y las cintas en el pelo de los hippies y como no, también los zapatos negros
y toscos de los hombres del gobierno siempre detrás de todos ellos. Echa de menos los buenos tiempos en los que el
ritmo era veloz y todo era nuevo y estaba bien fuese lo que fuese. Famosos de portada desfilaban por el hall a diario
fijándose en ella, unos la miraban con desprecio, otros con miedo o simplemente la evitaban de cualquier forma, huían
de su presencia poderosa. La efervescencia de aquellos días se esfumaron como humo de incienso, igual que la suerte en una partida de cartas. Cambiaron el decorado para intentar atraer nuevas y viejas glorias, en vez de eso lo único
que consiguieron fue llenarlo todo de curiosos que coleccionaban trofeos en forma de foto, entraban por una puerta y
salían por la otra. Se fueron todos: escritores de medio pelo, estudiantes con sed de tesis y músicos trasnochados, aunque de vez en cuando la nostalgia les hace volver como turistas casuales. Ella siempre les recibe igual; erguida, sonriente. La estatua del diablo del Chelsea Hotel les sobrevivió a todos, porque el demonio siempre gana la partida.

JOSEP MANEL SÁNCHEZ

16

Canción para mi niño muerto
JUAN BENITO RODRÍGUEZ MANZANARES
Ese niño yerto en aquella caja,
clavó en mí su fría tez cual navaja.

El hijo que mi esposa en sus entrañas,
concibió y luego parió con sus mañas,

Destrozándome el pecho y el sentimiento,
y reavivando el viejo sufrimiento,
que pensaba llevado por el viento,
donde la voz nunca habla de lamento.

cuidó y amamantó con suma ternura,
mientras mi hijo con un pícaro guiño,
reía todas las pizpirigañas.

Donde en roca se torna el corazón,
tras una venda de gruesa aflicción.

Pensaba mi vida llena de dicha,
hasta que el cruel destino movió ficha,

Pero fue el acre olor de su mortaja,
o quizá fue su aspecto somnoliento,
quien golpeó sin tregua mi razón

y un drogadicto triste y tembloroso,
de muy mala ley y corazón buboso,
golpeó mi paz cual derribo y acoso,
llenándome de un vacío espantoso.

creando en mi recuerdo la figura,
de un pequeñín de cálida lisura,

Mi ánima llorosa gritaba herida,
y mi voz enmudecía aterida,

y piel blanca como la de un armiño,
al que todas las noches con cariño,
besaba sus mejillas con aliño,
pues ese tierno infante era mi niño.

ante la realidad de mi desdicha,
pues al cubrir de tristeza aquel foso
en él enterraba mi propia vida.

Del revés
MARÍA JOSÉ QUERENS
Del revés me volví
para ver las puntadas
que me dieron desde que nací.
Ahora sé lo que es vivir
conociendo cada uno de los hilos
con los que los demás han tatuado sobre mí
la hondura de su sentir.

Vareando almendros
JOSÉ OLIVIER (TREMOLÁN)
Labradores de madrugada
que al campo vais en silencio.
Vais al compás de las varas,
vais a trabajar almendros.
Procesión de Sol saliendo
sobre la senda escarchada;
que la noche ha ido fluyendo
diminuta, acompasada.

17

LUIS MIRALLES SANGRO
Almendros, esperáis quietos.
Estáticos troncos y ramas
que de almendra estáis repletos, Las varas danzan y bailan,
de aroma, de lluvia clara.
golpean al almendro quieto.
Espolsan sus tersas ramas
Bajo el almendro se posa
que se derrumban al suelo
un niño, una zagala,
en almendra que antes fue flor,
un hombre de enjuta ropa,
sudor, trabajo y escarcha.
una mujer casolana.
Ahora cuajado el gallón,
que sobre la tierra escampa...

MARQUEVICH RAMIRO

JOSEP ESTEVE RICO SOGORB

Recuerdos

Recuerdo como si fuera hoy,
tu esbelta figura,
con tu rosa falda acampanada.
Recuerdo como si ahora fuese,
las tardes de cine
amándonos a oscuras,
en secreto perdiendo el pudor.
Recuerdo, como si hoy fuera,
los poemas de Bécquer que compartíamos
llorándonos en la distancia.

Recuerdo, esos días de invierno,
con tu largo abrigo blanco,
con tu verde camisa aterciopelada
erizándose tus vellos a cada tacto.
Recuerdo, aquel viejo árbol del parque
que rubricamos cómplices
y las bellas palabras entre palmeras
bajo el cielo estrellado
que tus largos besos eclipsaban.

DIANA CAMACHO BRICEÑO

Recuerdo muy bien tu cuerpo
como si fuera hoy y ahora,
y ansiando recordarte…

¿Cuál es mi nombre?
ALEJANDRA CASTEJÓN

Busco en la penumbra un sobre
nada me dice si luz es una palabra o un recuerdo
no entiendo,
el torbellino mueve el piso y yo no pronuncio
cuál es mi nombre,
tu pálida voz extraña se llevó el inconciente deseo
de dormir sin la angustia de recordar mi nombre;
sin embargo ahora sin ti la locura nubla mis sentidos,
no recuerdo si soy algo,
mis ojos miran por primera vez el dolor de la carne
mezclados con la pasión que desborda mi corazón,
la sangre sube a la cabeza
no refresca una sola pista,
cuál es mi nombre.
Las lágrimas distorsionan las imágenes de la carretera
en la que pisé pintura fresca,
caminé sin rumbo hasta que caí;

SILVIA OROZCO TORRES (IRILIEN)

caí hasta esta puesta en escena,
una función incompleta de besos de amantes
de más de cuarenta.
Carnes casi interfectas
buscan robar un segundo a mis venas muertas
¿Cuál es mi nombre?

18

Tus ojos
HARMONI BOTELLA CHAVES

Tus ojos son dos sepulturas abiertas
donde se congregan los bramidos de los muertos
de la paz perdida, de la paz olvidada.
Tus ojos son la fosa de la mar agrietada
donde se hunden los barcos de la esperanza,
el tormento de los que surcan hacia el silencio.
Tus ojos son las cruces de los cementerios
donde no yacen los que creyeron
que volverían un día a su tierra herida.

Porción del destino
RAQUEL VALERA ÁLVAREZ

Anoche tuve una visión
las Moiras ví
miedo y emoción
es lo que pude sentir...
Cloto aganada hilaba,
Átropos en sus manos
con las tijeras cortaba
la vida de señores y amos,
a Láquesis le pregunté
cuál era el hilo de mi vida,
a la Nix y a la Ananké junté
y ví cuanto medía,
trémula busqué entre miles de hilos,
curiosamente encontré
el tuyo junto al mío,
y en aquel momento... Desperté.

19

ANA FERNÁNDEZ SÁNCHEZ

Tus ojos me deslumbran
ADOLFO MARTÍNEZ ROCA

¡Tus ojos!
¡Y qué ojos!
Cada vez que veo
unos ojos tan bonitos
me deslumbran
nada más verte.
Cada vez que nos vemos,
tus ojos me deslumbran
y tengo que ir
medio ciego
por esa belleza
que me cautiva.
¿Por qué eres

tan preciosa?
¿Por qué deslumbras
con esos ojos
que miran al corazón?
En cada momento,
con esa foto
que ya te hice,
veo que tus ojos
me deslumbran
por esa belleza
que irradia
tu personalidad.

EVA VÁZQUEZ

En el limbo
JOSÉ ANTONIO AMORÓS
Cuando D. Arturo Meneses se marchó de este jardín terrenal, dice la gente que en el jardín donde descansaba su persona se formó
una enorme mancha azul. Mi hermano, mucho mayor que yo, ese día, yacía en su regazo en coma profundo. Años más tarde me
confesó que en ese instante, estaba manteniendo una extensa charla con nuestro abuelo y que todo le parecía como una especie de
sueño del que no quería despertar.
Mi otro abuelo, Ignacio Aguirre, desapareció también en extrañas circunstancias. Según mi hermano, era un espíritu libre y comentó que llegado el momento desaparecería y que eso ocurriría en un día de viento y lluvia; y dijo también que renacería de nuevo
en la madre tierra, que su destino era ese y nadie podría cambiarlo. Y así fue. Un tormentoso lunes de enero desapareció, se esfumó
en el aire; hay gente que afirmó ver cómo desaparecía en una nube de polvo. "Tonterías" dijo mi padre cuando lo oyó. Esa misma
mañana mi madre bajó a la vivienda de mi abuelo, que estaba en la planta baja, a cerrar la ventana que andaba loca por los latigazos del viento y allí no encontró a nadie. Esa misma mañana nació un cerezo en el pequeño jardín de su casa, mi hermano dijo
que era él, aunque nadie le creyó. De mi abuelo nunca jamás se volvió a saber nada.
Para no desmerecer la tradición familiar, mi abuela, Dª Mercedes Esquitino, también se apuntó al misterioso asunto de pasar al otro
barrio dejando huella.
Mi padre, ferroviario de profesión, despidió aquella
mañana a su madre, que iba a hacer un corto trayecto en
tren; antes de irse, mi abuela aclaró que ese iba a ser un
viaje muy largo, "vamos mamá, si no son más que 20
minutos de tren", terció mi padre con una media sonrisa. Mi abuela no pronunció palabra alguna, ni siquiera
para despedirse, tomó asiento y ya nunca más se volvió
a levantar por su propio pie. El revisor conocía a mi
abuela y, sabiendo que mi padre era del mismo gremio,
no se molestó en pedirle el billete, pensando que estaba
dormida. Fueron pasando las estaciones, una tras otra,
hasta que finalmente llegó, su cuerpo, a Barcelona. Esa
misma noche localizaron a mi padre, que no daba crédito a lo sucedido. Al día siguiente nos desplazamos a la
capital catalana a traernos el cuerpo de mi abuela y darle
cristiana sepultura en nuestro pueblo. "Pero Doña
Mercedes, cómo nos ha podido hacer esto", masculló mi
madre para sí, mientra íbamos camino del cementerio.
Dicen que desde entonces mi hermano, Pablo, perdió un
poco el norte. Aseguraba que todas las noches hablaba
con nuestros santos difuntos. Mis padres lo llevaron a
distintos psicólogos y al final optaron por llevarlo a un
internado, evitando en lo posible cualquier divagación
mental que no conduciría a nada bueno.Lo eché de
menos, cómo no, todas esas historias de nuestros abuelos y toda su fantasía, poco a poco me fueron calando y
DIANA CAMACHO BRICEÑO
me convirtieron en una ferviente creyente del más allá.
Aún teníamos a mi abuela, Dª Dolores Casanova, le tenía mucho aprecio, y de mis antepasados fue al único que conocí en profundidad porque cuando mis otros abuelos faltaron, yo todavía era muy pequeña. Dª Dolores se pasaba horas hablando por teléfono
con mi hermano, igual que conmigo cuando venía del colegio. Mi abuela tenía mucho mundo, había pasado su infancia entre Argel
y Orán y sus conocimientos de francés eran ilimitados, en sus discursos siempre mezclaba palabras de país vecino, y su ortografía
en castellano era lamentable, nada que ver con su escritura en francés que era impoluta. Para quien no la conociera, podría pasar
como una persona arrogante y deslenguada pero al final te acostumbrabas a su timbre desafinado y sus palabras altisonantes; y sus
gestos, tenía un millón de gestos que le hacían sonreír a una. Aunque no lo pareciese, tenía su lado romántico; todas las mañanas,
cuado hacía sus trabajos domésticos, ponía en el tocadiscos canciones francesas que iba acompañando con su desafinada voz.
El día que nos dejó, yo ya lo sabía; estaba en clase y aquella mañana se despidió de mí en la distancia, fue un adiós muy lacónico,
le dije que por favor no lo hiciera, que era muy pronto, que todavía no la había conocido del todo, que me gustaría hacerle un millón
de preguntas que nunca me atreví a hacerle…"por favor, por favor, por favor.." pero ya era demasiado tarde, la decisión estaba tomada. Salí llorando a mitad de clase y cuando llegué a casa había un corrillo de vecinos en la entrada y un coche de la cruz roja en la
misma puerta. Mi madre me llevó a un cuarto aparte y, antes de que me dijese nada, le dije que ya lo sabía, mi madre enmudeció.
Esa misma noche, mis padres llamaron al internado donde estaba Pablo y, dijo mi hermano, antes de que mi padre hubiese pronunciado palabra alguna, que ya lo sabía. Mis padres enmudecieron.
20

Así los vi...
JOAQUÍN GAITANO PALACIOS
Algunos, los amigos moteros, se verán identificados.
Sobre las dos ruedas la sensación de libertad
despeja los negros nubarrones del acontecer diario.

"Así los vi, así los sentí"
Y ya van llegando…A la plaza,
los hidalgos que cabalgan
a los lomos de sus hierros,
relucientes, troquelados.

Y ríen, beben y cantan,
bajo la luna preñada.
Las guerreras en las motos
la cerveza en la garganta.

¡Ay…Que resplandece la Luna!
¡Ay…Que la noche me embarga!
¡OH! ¡Hileras perfiladas!

Cuales hileras sin fin…Aparcan,
nobles sus plantas,
sobre las milenarias piedras
por sudores cinceladas.
Y ríen, beben y cantan,
bikers de nueva templanza,
los cascos sobre sus motos,
la cerveza en la garganta.
Y van llegando…A la plaza,
más jinetes que cabalgan,
sus ropajes son de cuero
que de insignias se engalanan.
¡Las piedras se estremecen!
Curiosas las balconadas.
Cerca, muy cerca…los campos
roturados…
por enseres de labranza.
¡Ay, que ya el Sol me abrasa!
Sobre sus pieles…Tatuajes,
son símbolos que celebran,
largas rutas sobre el asfalto,
caminos y carreteras.
¡Ay tarde!
¡Que de atardecer refresca!
Torsos, brazos desnudos…
¡Y olivares de la sierra!

Y van llegando…Y acampan.
tiendas multicolores,
sobre el verdor del césped,
bajo las ramas…

21

Luminarias….Que en la noche,
recorren calles y plazas.
Cansados…Se retiran…Descansan
¡OH! Los cuerpos… Doloridos.
¡Sobre un verde de esperanza!
Y en la soledad, sin descanso
¿Un sueño?
¡Quizás a la ruta temprana?
Bajo las estrellas lanceras,
que mecen…Y atisban la madrugada.
¡Ay, que la luz me ciega!
¡Ay, que ya el Sol me abrasa!
¡Ay fiera! Que el regreso…
¡Viene ciego por la plaza!
Y salen…Ya marchan.
Los hidalgos que cabalgan,
Atrás quedan…Las milenarias piedras,
las curiosas balconadas.
Y ríen, beben y cantan….
¡Ay, que la tarde me embarga!
A los lomos, de sus hierros…
¡Y el retorno en las gargantas!

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