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La revista de expresión creativa en
la cultura decadente

Dirección y maquetación:
José Manuel Sanrodri.
Subdirección y maquetación:
Manuel Valero Gómez.
Consejo de redacción:
Pere Vicente Agulló, Antonio Zapata
Pérez, Miguel Salinas, Vanessa Diez
Tarí y Josep E. Rico Sogorb.

Diseño de la Portada:
Ana Beatriz Reina Rojas.
Escritores:
Francisco Lezcano Lezcano
Nicolas Zimarro Brawo
Antonio Zapata Pérez
Candida E. Vivero Marín
Manuel Valero Gómez
Jesús Zomeño
José Manuel Sanrodri
Oscar Martín Centeno
Edith Checa
Pere Vicente Agulló
Harmoni Botella Chaves
Rodrigo Verdugo Pizarro
Yamila Greco
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Tomás Moreno Millán
Ana Esmeralda Piña R.
Francisco J. Gómez R.
Joaquin Gaitano
Paula Osorio Pomares
Miguel Salinas
Abel Bri Agulló
Aleqs Garrigóz
Everardo A. Torres González
Marcela Predieri
Maria Eugenia Caseiro
Ilustradores:
Josep Manel Sánchez
Raquel Orjuz
Silvia Orozco Torres (Irilien)
Marylina Torres Ottado
Marquevich Ramiro
Isabel Zapata Iborra
Nestor Zerdá
Luís Martínez Tortosa
Diana Camacho Briceño
Mari Paz García Córdoba
Marilen Pont Font
Juan F. Ponseti Espineta
Angelica Cordero
Lourdes Lacalle Marijuan
Iris Moreno Cuesta
Roger Pereira
María T. Valenzuela Escalona
Pablo Valero Gómez
Gloria Mariño
Rosana Demichelis Lucena
Rodrigo Javier Medrano
Daniel Delgado Femenía
Diego W. Abelenda Alonso
Ícaro Maiterena Vallejo
Adolfo Martínez Roca

Presentación
MANUEL VALERO GÓMEZ
Predilecciones o tentativa del fracaso.
Interrogar al lenguaje es esfuerzo inútil.
Cabe preguntarse ante conversaciones
ociosas, cuando el aburrimiento asoma y
la desidia habita la palabra, qué sostiene
al silencio. Diréis algunos sobre la poesía, os escucharé exaltados vuestra boca
repleta de sílaba y satisfechos de oíros y
ser oídos. Otros, pensaréis en la plata,
afanando con otro nombre y otro rostro la
que ha de ser una sonrisa irremediablemente en la sombra. Sabed, os repudio.
Aún así pensáis, ¿por qué un poeta ha
dejado de escribir?, ¿por qué evita las

multitudes? El silencio entonces. Y sin preámbulos muere la literatura desde las manos
hasta la boca…esa boca que más que una
boca es un sucio jardín anegado por carmines y ripios. Pere Gimferrer en su conferencia Jorge Luis Borges: un destino literario
(leída en la Biblioteca Nacional a fecha de 4
de diciembre de 1986) apuntaba la siguiente
respuesta de Jaime Gil de Biedma ante la
pregunta de ¿por qué ahora no escribía?: "La
pregunta pertinente es porqué escribí. Al fin
y al cabo, lo normal es leer". Avanzad en la
página, es tiempo de leer.

JOSEP MANEL SÁNCHEZ

RAQUEL ORJUZ

ELPICUDOBLANCO @ GMAIL . COM

ISSN: 1887-973X
Patrocinio del:
Ayuntamiento de Elche.

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La calle olvidada
FRANCISCO LEZCANO LEZCANO

La calle olvidada
calle de oscuros recovecos
para desamores sin camino,
el martillo de su ritmo
nada cuenta.

Las aceras son
como fósiles de tiempo epiléptico;
palabras, petrificadas
en sonrisas de calaveras de nadie,
navegan por los desagües.

Negra serpiente en recodos,
piel de asfalto,
quisiera moderse la cola
pero no la tiene.

De losa en losa,
todo lo que anda o repta,
ha hecho insólitas caligrafías
para iniciados fuera de todo censo.

Negra la calle de bautismo olvidado.
La mano escultora de su nombre
ya no existe.
En el agua de las horas caídas,
las palabras son un terrón de silencio.

Calle negra,
de negros desertores
amparados por esa invisible ameba
que hiede a rata húmeda
y a pingajos en agua vieja.

Negra calle de bautismo olvidado,
lo inconfesable
en sus rincones de eterno mal aliento.

Calle de blancos,
letárgicos en colchones de agujas hipodérmicas,
tiene arrugas de pirámide.

Entre bidones,
tripones miedos con olor a orín
tienen voz de gato.
Los gatos silenciosos
temen a su propia sombra.
Codo con codo danzan,
en torbellinos de papel sucio,
miserias sin nombre
en perpetuo coito con ellas mismas.
(El Mal es andrógino).

Calle donde una hoja muerta parece viva
y una flor viva se marchita.

3
JOSEP MANEL SÁNCHEZ

SILVIA OROZCO TORRES (IRILIEN)

NICOLAS ZIMARRO BRAWO

Ha muerto

La veía todas las noches. Siempre se mostraba igual: en
pose de objeto y sola. Languidecía sentada en un banco,
esperando a que alguien la mirara para ofrecerle en las
manos en bandeja unos labios de neón luminiscente.
Bebía los vientos por aquella mujer de labios agraces,
sensual y rutilante. Estaba poseído por ella. Sus ojos, la
cabellera, la boca y sus formas voluptuosas lo colmaban.
Era omnipresente e imperiosa: sentirla en su interior,
repasar a placer sus contornos, recrearse en su belleza y
participar de su eterna sonrisa constituían el único amparo y consuelo que le restaba para enajenarse de la misérrima vida que le había tocado en suerte. Y nada en este
mundo era comparable a contemplarla en todo su esplendor sentada en aquel banco, aunque tuviera que hacerlo
desde la distancia y el anonimato, con los ojos nocturnos
y el espíritu abatido de un pobre mendigo. Reconocía
que no era nadie para acercarse a aquel rayo de sol hecho
mujer, ni mucho menos para coger sus manos y besar sus
labios ígneos, y a pesar de ello hacía varios días que la
idea de abordarla se había convertido en una obsesión.

Constantemente la imaginaba bailando en medio de una
constelación de labios de plástico y enviándole besos
pintados con carmín sangre que prometían saciar su sed
febril, y fantaseaba que sorteaba aquellos besos fósiles
suspendidos en el aire para salir a su encuentro y morder
los fresones de lujuria con los que le obsequiaba la
mujer. En ese momento la tenía enfrente, en la otra
acera,, magnífica e insinuante, y no se pudo reprimir.
Todo sucedió en unos minutos: cruzó la calle, desencajó
la tapa de la alcantarilla más próxima, y con la pieza de
hierro rompió la cristalera del escaparate de la boutique
donde lucía su hermosura; con un salto ágil se introdujo
en el interior de la vidriera, corrió hacia el banco, se acomodó junto a ella, le rodeó la cintura con un brazo y la
atrajo hacia sí. Había llegado el instante sublime que tantas veces soñara. Pero inopinadamente, cuando se disponía a besarla, la cabeza de la mujer cayó rodando al
suelo. La soltó horrorizado, y el cuerpo decapitado que
acababa de abrazar se desplomó al parqué. Sintió vértigo, y hubo de agarrarse al asiento del banco.
Observaba atónito el cuerpo tendido a sus pies y la cabeza separada de él unos cuantos metros. Carecían de vitalidad, ni tan siquiera palpitaban. Aquel tronco y sus
extremidades eran aglomerado de madera, y la testa cartón piedra, el pelo fibra de nylon, los labios carne de
látex y los ojos albercas heladas de cristal.
No comprendía qué había ocurrido. La mujer de sus
anhelos yacía descabezada en el entarimado del expositor hecha una piltrafa. En un segundo El corazón de su
vida, su alegría y su delirio se habían convertido en una
ilusión desvanecida. Y desolado, lloró en silencio la tragedia. Permaneció en el lugar hasta que llegó la policía.
Cuando los agentes se le acercaron quedaron impresionados por su deplorable aspecto. Apático, con los ojos
vidriosos y la tez cadavérica, musitó con voz trémula:
"Ha muerto".

MARILYNA TORRES OTTADO
DANIEL DELGADO FEMENÍA

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ANTONIO ZAPATA PÉREZ

Me aburren las esperas, por eso siempre que me acuerdo improviso un
libro de mi biblioteca y lo adoso a mi
riñonera, para hacer más apacible su
tránsito por estas amplias salas del
consumo. Y leo páginas desazonadas,
llenas de orfandad existencial. La
gente está sola, como nace y muere.
Igual que esas cabezas huecas que
sólo son miradas clavículas
abajo, máscaras sin carne.
¿Cómo entrará el mundo por
sus vacíos ojos?
Aguardo y sigo atento este
libro de un tal Francisco,
libro al que le di escasa
importancia cuando lo repasé
en su día. Tal vez no era el
momento apropiado para
leerlo, porque ahora, en este
instante de solaz reposo -sentado sobre tiras paralelas de
madera que aún huelen a chamusquina de bosques en llamas- leo con atención .! Son
buenos estos relatos! ¿Por
qué no lo advertí antes?¿Será
verdad que todo libro tiene su
momento y su lugar?
El gentío me distrae, cierro el
libro, las cabezas huecas tras
los enormes cristales, no
cambian sus expresiones
vacías, con sus cromatismos
de quita y pon, como frescos de escasa calidad, accesibles a cualquier diletante o novicio de los pinceles.
Suenan besos, muac, muaacc, son
jóvenes afectados por las modas, pantalones a media raja y besos onomatopéyicos escandalosos.. son las
"modas".Todos somos esclavos de
ellas, de su presente, un presente que
tampoco tiene cara para mirarlo, porque sólo ves una nuca que se aleja
perdiendo sus perfiles.
Vuelvo a la lectura de este tal
5 Francisco, me están gustando sus

Bitácora I
neuras, agota los pebeteros y las esencias más afirmadas, sus protagonistas
naufragan en las letras y convergen en
el embudo de cada página, rellenando
la memoria de los lectores. Alguien se
ha sentado a mi lado, mirándome desconfiado con ojos de tiburón, cansado
de dar aletazos a la vida y al amor
evanescente, fatuas pirotecnias, de

llenas de viento: nadie sabe qué va a
pensar esa hermosa calavera dentro
de cinco segundos. Episodios de la
vida telúrica que deja en sus pisadas
sus misterios, para ser grabados en el
pergamino de una mente que fabricará historias.
¡Ay amigo!, que razón tienen tus
letras, que ahora se han apoderado de
ti, para presentarte a mi vereda
fría como un ectoplasma de
tinta, con la angustia antigua
ISABEL ZAPATA IVORRA
de los incomprendidos, los que
sufren la inquisición de la indiferencia y la cuchufleta, burlas, que siempre ha caracterizado a los zafios con ínfulas
cancerosas. No temas por tus
escritos, están a buen recaudo
esta noche. Puedes desaparecer y devolverme las palabras
que portas tatuadas por todo el
cuerpo. No me dejes el libro
en blanco y descansa tranquilo, que siempre habrá una persona en su garita, aguardando
a alguien, ya sea su prole, su
novia, su mujer o su querida; y
leyendo con atención "Los
días sin ti." Puedes marcharte
orgulloso, no me aparezcas
más como un vampiro de tus
letras, éstas, ya no te pertenecen.¿No lo entiendes? El libro
cortas pasiones y desengaños largos. ya no es tuyo, es mío, y su lectura
Como estas mujeres que pasean ante también.
mí por dos viales: uno, imaginario, el
En ese instante desapareció de mi
que dio vida Francisco en el papel, el lado, con un chasquido blanco. Las
otro, el que discurre mirando las páginas del libro recobraron sus
caprichosas prendas que portan las entresijos y tribulaciones humanas.
eunucas de plástico; contraste y Continué leyendo atento a las paginas
observación literaria que hace más y confundido con los traseros almidoamable mi lectura de coronado padre, nados que habían invertido sus pauguardián por los hijos, herederos tam- tas.
bién de estos muladares de escoria y
propaganda. El libro de Francisco es
la almadia que me salva del naufragio, en este mar de seres con cabezas

En la memoria

NESTOR ZERDÁ

CÁNDIDA ELIZABETH VIVERO MARÍN

Nacer habiendo muerto, parido con
un esfuerzo ajeno. Nunca de mí se
dirá que cumplo años, pues no he
venido al mundo con los ojos abiertos. Corazón que ya no late, que se
ha quedado mudo, y sólo por el
silencio, se le reconoce el cansancio prematuro.
Nacer, o mejor dicho, ser expulsado
en medio de un llanto amargo, que
anuncia recibimiento sin ilusión.
Estar: cuerpo vacío, acurrucado
bajo miradas atónitas: cómo imagi-

nar un alma que se ha negado a permanecer temporalmente.
Estar aquí, sólo por unas cuantas
horas, a merced del escalpelo.
Tendrán que decidir si hoy he fallecido, aun cuando no viva. Esperar,
contenido en un pequeño envase:
receptáculo que no exhibe lo mínimo que soy: mis cenizas comparten
el espacio con las de objetos varios.
Después morir, por segunda vez, en
la memoria.

Soneto de la palmera
MANUEL VALERO GÓMEZ

De entre los cielos emerge la siega
con voz, cuerpo y vestido de palmera.
¡Sacude marrón y verde palmera,
todos saben de tu sangre labriega!
¿Quién, pero dime quién, desasosiega
tus altos quehaceres de bandera?
¿Oh falo indómito bañado en madera
quién a tus pies niebla te anula y ciega?
Alza tus joyas al éter reñidas
mientras dormida aparentas al sueño
cabellos de hiedra recién enredados.
Despierta y abriga ancianos los cuidados
que de la muerte ninguno es el dueño
ebrias tus raíces de una y mil vidas.
LUÍS MARTÍNEZ TORTOSA

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JESÚS ZOMEÑO

Poesía cuántica

Este revólver se carga con seis balas.
La primera es la bala que lleva el nombre de la calle donde
me caí al suelo. Estaba frío y alguien había escupido antes.
La segunda bala brilla como la sonrisa de alguien a quien
han empujado desde el ático de un rascacielos con un martini en la mano. Se pregunta, mientras cae, si tendrá tiempo de escupir el hueso de la aceituna que lleva en la boca.
La tercera no tiene nombre, es como esas balas que uno se
encuentra en el suelo del supermercado cuando acaban de
atracar al dueño y le han volado la cabeza. Te ves abrazado a la bolsa de papel llena de latas en oferta con comida
para gatos y le sonríes a la cámara de seguridad intentando mantener una actitud digna por si reproducen después
la secuencia en televisión.
La cuarta bala es la bala de la suerte, cuando han fallado
todas las demás y aún tienes delante las llaves del coche
para irte a otra parte, para no llegar a casa, para no tener
que apartar al perro de una patada cuando casi te hace

MARÍ PAZ GARCÍA CÓRDOBA

caer al suelo, para no tener que fingir que sabes dar
besos en la mejilla y para no tener que soportar al
vecino que mira por la ventana al otro lado de la calle.
La quinta es la peor de todas, es la barra del bar y el
chiste fácil a la chica de al lado, es la colilla que
aplastas en la frente del camarero, es el grito de la cerveza caliente y el paño sucio con que limpia el camarero la barra del bar dos veces cada minuto, cuatro
veces cada dos minutos, seis veces cada tres minutos,
ocho veces cada cuatro minutos... mientras no tienes
otra cosa mejor que hacer que seguir contándolas.
La sexta es una bala de fogueo, es aquella con la que
me disparo a la sien cada día.
Sobrevivo, parece que eso es lo importante en esta
ciudad.

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7

DIANA CAMACHO BRICEÑO

Con voz cansada y ronca
JUAN FRANCISCO PONSETÍ ESPINETA

OSCAR MARTÍN CENTENO

Conservo entre mis párpados
cada leve mirada, y sobre ellas
el oleaje de la decepción, el asco amargo
de mi debilidad,
y aquel largo silbido
que me prendía el diablo sobre el pecho
para intentar salvarme.
Porque apagas el mundo
cada vez que me miras, cada vez
que arañas la memoria para hablarme
y empujas mis palabras
río arriba en las barcas del poniente.
Allí aprenden a aullar y a sonreír
en un largo sollozo que de noche
te pone en sueños
un vestido de besos y arañazos
y la piel de gallina a las estrellas.
Cuando después el vino
celebra entre el recuerdo de tus piernas
la larga cacería,
recito a voces,
totalmente borracho,
los versos que encontré bajo la carne.
Y hago llorar a solas,
con voz cansada y ronca,
la blanca soledad de las paredes.

EDITH CHECA

Lograste ser águila para otear

Lograste ser águila para otear
el rumbo de mis pasos bajo las nubes.
Pequeños pasos que tan sólo perduran
como las ondas de la lluvia al caer
en un estanque plateado por el tiempo.
Pasos acompasados por el ritmo
de un poema
tan oscuro como un bosque
donde a la luz no le dan permiso de entrada.
Pídeme el silencio,
el secreto de la corteza de este árbol
que contiene la melodía de la respiración
de los duendes.
Pídeme la muerte
en los flancos del aire y del recuerdo,
que escribo ebria de sombras y simas

en las hojas del libro interminable.
Pídeme la sabia de mi pluma que dibuja
los contornos de los párpados sorprendidos
de alba y de crepúsculo.
Pídeme el silencio
y la amnesia de un torbellino de anulaciones.
Pídeme el tiempo, y mis anhelos,
y mi ansias de ternura,
y esta sonrisa de hierbas,
y estos ojos de girasol
que persiguieron tu sombra.
Pídeme que desmaye la utopía
sobre tu roca y la hamaca de tu siesta.
Pídeme que olvide o que recuerde.
Pídeme la luna...
Que sólo te daré mis versos.

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Unas últimas palabras
JOSÉ MANUEL SANRODRI

Llevaba ya un tiempo, que la llave
de mi buzón le costaba abrir su
cerradura y después de varios intentos por fin conseguía que aquella
cancelita chapada se abriera para
poder hurgar en su interior. Había
varias cartas, ojeándolas todas una
me llamó mucho la atención, no
existía por ningún lado el remite.
Pensé que podría ser esa carta publicitaria en la que te venden alguna
cosa, o te dicen lo que deberías de hacer, pero por más que
miraba el sobre de arriba
abajo y de abajo arriba, no
había ningún logotipo de
empresa, ni una marca que
orientase la sospecha de
quién podría ser el autor de la
misma.
Apreté el botón del ascensor a
la vez que rasgaba la parte
superior del sobre para sacar
la hoja de su interior. Cuando
llegó el ascensor abrí la puerta, me introduje dentro y
apreté el número cinco, así
aprovechaba la subida para
comenzar su lectura que estaba escrita con las teclas de
una máquina de escribir, tal
vez una olivetti.
“Cuando leas esta carta
entenderás por qué vamos a
suicidarnos…” Un hedor
recorrió todo mi cuerpo, los
pelos de mis brazos y piernas
se erizaron, aquellas primeras letras
eran escalofriantes. El ascensor paró
en la planta, abrí la puerta metálica y
me detuve en el portal de mi casa
con la intriga de saber quién iba a
morir…
“…Saber que has estado junto a
nosotras y derivamos de lo que tú
eres…”, ¿de lo que soy yo?, no

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comprendía a qué se refería y continué leyendo, “…posiblemente te
estemos confesando nuestro suicidio
porque cada vez te preocupas menos
de nosotras…” No entendía aquella
carta y empecé a hacer memoria de
todas las chicas con la que había
mantenido relaciones más o menos
convulsas, pero no me vino a la
mente ninguna que me pudiese gastar aquella broma, “…lo que real

unos veinte minutos y pausadamente
le das la vuelta a esta misiva que
estás leyendo ahora.”
La curiosidad hizo que le diese la
vuelta en ese mismo instante pero
detrás no había nada escrito. La carta
evidentemente debía de ser una inocentada, no había una firma ni un
nombre. Mientras abría la puerta de
mi casa curioseaba la carta por
delante y por detrás sin encontrarle
sentido a todo aquello, ni
siquiera podía imaginar quién
me había mandado aquella
carta tan inquietante o de tan
mal gusto. La dejé encima del
recibidor y me fui a dar una
ducha y ponerme ropa cómoda. Después cogí la carta del
recibidor mirando sus letras,
supuse que habría pasado más
de media hora o un poco más,
le volví a dar la vuelta pero
seguía sin haber nada escrito
y cuando quise volver a leerla, la hoja estaba en blanco
completamente, me senté en
el sofá del salón a reflexionar
sobre aquella carta sin encontrar explicación de cómo
había podido quedarse en
blanco, recordé que años atrás
había sido un buen lector y
devoraba libros a diario y
ahora eran sus letras quienes
intentaban llamar mi atención, pues junto a mí había un
MARILEN PONT FONT libro abierto por una de sus
páginas y aleatoriamente remarcadas
mente lees son las últimas letras, una en negrita para que destacase sobre
forma de remover tu conciencia a las demás letras podía leerse: “No
este manifiesto. Si por casualidad nos abandones y regresa a nuestros
fumas, enciende un cigarro y hasta mundos que también son los tuyos,
que no se consuma del todo no le des porque así volveremos a sentir esa
la vuelta a esta carta, para que no te complicidad que nos llena de vida
resulte violento lo que puedas pre- existiendo en el recuerdo de nuestras
senciar, y si ya no fumas, espera historias”.

Se le paró el corazón de parado
PERE VICENTE AGULLÓ

Fue en una mañana radiante, soleada de promesas. No
para él, que por no sentir no sentía nada: ni frío ni calor
ni ilusión.
Se hallaba hacinado en la cola de espera de la desesperanza.
Tenía un creciente malestar en el pecho, adquirido
meses atrás. Cuando dejó de ser útil para el engranaje de
su, entonces, "cadena perpetua" y la tensión empezó a
acribillarle. Era comprensivo, entendió la necesidad del
"reajuste" para que el resto de la empresa pudiera continuar. Como el sacrificio de soldados de vanguardia: en
decisivas batallas daban su vida para salvar a los demás;
todo por la victoria. Pero en tiempos de paz no habría
héroes para la historia y la muerte por miseria es más
lenta y anónima que la de aquellos camicaces, pensaba
mientras avanzaba hacia los, para él, temidos hornos
crematorios de las ventanillas administrativas.
Lorenzo López Ramos, ese era su nombre, ya inscrito en
los modernos archivos de la apatía burocrática . Estaba
en la mitad de la cola del paro, en la mitad (relativa) de
su vida, en el centro de gravedad de su sensación de estar
de sobra en todo. Ya nadie lo necesitaba. Para unas labores, le decían, demasiado viejo y para otras, no lo suficiente. Sintió el avispero fatal de su mente "tal vez sólo

MARILYNA TORRES OTTADO

sea éste para mi un mal día, o un mal año.. o toda una
mala vida", difícil parar la gris tela de araña que se le
enredaba hasta empañar su mirada futura. Sus islas de
optimismo prefabricado eran invisibles .
El tedioso día de oficina tenía hambre de sensaciones
extraordinarias, Lorenzo en esa atmósfera parecía nadar
incómodo esquivando las miradas de sus semejantes,
derrotados y expulsados del paraíso como él.
Los minutos le parecían horas atrasadas, horas como
aquellas tan eternas y manchadas de cansancio que
ahora, cómo es la vida, añoraba.
Finalmente la muchedumbre avanzó con lentitud.
Alguien se sintió mal y cayó al suelo. Era Lorenzo. El
funcionario que iba a atenderle, desde la ventanilla, al
ver el incidente, dijo, con voz de robot: "que pase el
siguiente".
Lorenzo murió a los pocos minutos en el frío suelo de
la Oficina de Indiferencias.
Ni se inmutó la mañana primaveral por este simple suceso (que ocupó dos líneas de letra pequeña en el diario
local).
Al día siguiente, en los dígitos del ordenador principal
del Ministerio, había una cifra de un número menos en
el cómputo global de desempleados.

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Puta
HARMONI BOTELLA CHAVES

Puta. Me llaman Puta
y nací virgen, incauta y sensible.
Mis auroras eran primaveras,
mi vida era dura pero honesta.
El hambre me expulsó de mi tierra
y llegué a un mundo llamado paraíso.
Paraíso para los demás, no para mí.
La hambruna se apoderó de mi alma
y marcó con un látigo a mis hijos indefensos.
La calle, la calle fue la única solución.
Destellos rojizos y plateados
engalanaron mi cuerpo flácido.
Mis ojos vacíos se adornaron
de tonos agresivos y hechiceros
que escondieron la amargura de mi mirada.
Soy mujer de la noche.
Mis labios incandescentes y bermejos
llaman al cliente furtivo.
Mis manos afiladas, de uñas carmesí
acarician la espalda de los transeúntes
mi yo artificial sucumbe con repulsión
al fervor asqueroso de la bestia en celo.
Cuerpo y alma lacerados, violados,
heridos y explotados.
Este es mi destino.
Destino de puta.

11

DIANA CAMACHO BRICEÑO

ANGÉLICA CORDERO

Entre latitudes
RODRIGO VERDUGO PIZARRO

Se saca el día la envoltura del espacio
quedan encrucijadas, perfiles dibujados en las paredes
tú y yo y nuestro préstamo de cenizas
tú y yo que desentrañamos la noche.
Alguien hablaba de nacer o morir
mientras dejábamos un solo murmullo
en la formación de las agujas.
Le dábamos su totalidad al ángel que se quemó
los ojos con opio y con semen.
Éramos los únicos que sabíamos que el centro de la tierra
sólo aparece al contacto de una boca.
A nuestro alrededor pasaban noches encargadas por las espinas.
Se daban inagotables los remolinos convidados a los miembros.
Una venganza de latidos aparentaban las olas.
Ahora lo que guardo de ti es un soplo que sobrevive
en las costas.
Siempre advienes con eso que le rapta la noche a la sangre
pero no es lo único.
La voz del cielo pasa por ti y sin volverse mineral
te deja caer para mis hilos mortales.

YAMILA GRECO

Hematuria

Desperté y me preparé algo caliente. Creo que era leche,
también era café, quizás era esperma. Lo tomé de un
trago, luego apoyé la taza sobre mis piernas. Mi necesidad de calor afecta a los objetos. A causa de esto, sufrí
varios accidentes. Cuando voy a depilarme, la chica que
me atiende no puede creer el estado en que se encuentran
mis piernas. Un día me preguntó a que se debía.
Supongo que es la pava, le dije. Me miró como si yo
estuviera vulgarmente loca. Esto no es realmente importante si se toma en cuenta que la que va a depilarse no
soy yo, ni la que toma un taxi, ni la que busca trabajo, ni
siquiera la que mis amigos quieren.
Era viernes. Me invitaron a una fiesta. Yo hubiera preferido asistir a un velorio, así que, después de pensarlo
unos minutos, acepté. Hacía frío y mi tumor sangraba.
-Soy hija de desaparecidos -comencé a decir.
-Pero sos igual a tu papá.
-¿Ah, sí?

Creo que la melancolía que me supone no poder desprenderme de la infancia me lleva a la invención. Mi
nariz sangraba y mis vestimentas me hacían sentir incómoda. Alguien me obligó a cambiarme; murmuré tres o
cuatro veces por ahí y, yo, acepté. No existe ropa con la
que me sienta verdaderamente cómoda. Desnuda me
siento peor.
Regresé a casa junto a mi hermano.
-Esto es el infierno.
Intenté abrazarlo, pero cuando lo hice no sentimos nada.
Nos acostamos. Comenzó a mearme. Me meó durante
horas mientras decía que me amaba. Yo comencé a decir
te quiero como si fuera dueña de treinta y cinco almas.
Nos mirábamos pero nada se incendiaba.
Quise gritarle:
-¡No funciona! -pero había en el ambiente un acuerdo
tácito.
Creo que fue el momento más romántico de mi vida.

El sueño
ÁNGELES GARRIDO LUNA

Ya se cierran los párpados del mundo.
Presumido, el sol, marcha a otras laderas.
Se abre la verja de un jardín profundo
poblado de césped y enredaderas.
La verja chirría, llena de orín.
Avisa que el sueño, llega por fin.
Todos los temores desaparecen
cuando las raras flores se iluminan
en formas geométricas que parecen
extraños laberintos, que culminan
en la nada más profunda del jardín.
Y... ya no chirría...la verja...de orín...

LOURDES LACALLE MARIJUAN

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JENIFER DÍAZ RUÍZ

Toni

Fue mi madre sobre todo la que se encargó de mi
boda: no de los preparativos ni de los invitados. No.
Del novio. Se encargó de buscarlo y de encontrarlo
sin importarle lo que yo pudiera pensar o sentir. Por
suerte, dio con Toni. Me acuerdo de cuando mi
madre apareció con él por la puerta de casa, mientras
yo, con unos pantalones de dormir cortos, tendía la
ropa en el patio. Vino mi hermana pequeña corriendo a avisarme. Me dijo: y quítate esos pantalones
que va a pensar que eres demasiado fácil. Y yo
pensé, aunque no se lo dije, que qué más daba lo que
pensara de mí y que cómo no le iba a resultar fácil si
todo estaba acordado sin mi consentimiento. Más
fácil que eso, dime tú qué hay, ni unos pantalones
cortos ni nada. De todas formas, me fui a cambiar
porque sabía que ese comentario nos nacía a todas de
dentro por la educación que nos ha dado mi madre,
IRIS MORENO CUESTA
más que porque mi hermana lo pensara de verdad.
Me cambié y me puse una falda larga y ancha hasta el suelo. Se me olvidó cambiarme la parte de arriba del pijama,
así que, cuando llegué, él me miró aguantándose la risa. Es guapo, pensé, y cuando sonríe parece un niño pequeño.
Desde que en casa se hablaba de mi boda que yo andaba baja de moral. No me podía creer que fuera a abandonar mi
casa y fuera a vivir con un desconocido con el que seguramente tendría que dormir y tener hijos y hasta fingir que
me gustaba. Pero apareció Toni y sonreí por dentro, pensando que, al final, la cosa no iba a ser tan cruel. Mi padre,
en cambio, cuando vio a Toni, cuando le tuvo cara a cara, suspiró como diciendo: se acabará enamorando de ti, me
la robarás. Se organizó la boda para una semana más tarde. En aquella semana yo podía ver a Toni sólo en compañía
de nuestras familias. Además teníamos que hacer varias ceremonias antes. Una en la que mi madrina, que fue mi hermana mayor, tenía que hacer un baile para todos en mi honor. Otra en la que la madre de Toni me invitaba a su casa
y me entregaba el anillo con el que ella se casó. Otra en la que tenían que comprobar que yo era virgen. Cuando me
dijeron aquello, me fui a hablar con mi padre. Le dije: tienes que ayudarme. Me dijo, llorando, que no podía. Que
además era yo quien tenía que ayudarle a él porque lo estaba pasando muy mal, que estaba sufriendo mucho por culpa
de Toni. No pude contar con él y, no sé por qué, me sorprendí de que así fuera. En aquel momento, cuando mi padre
me negó su ayuda, crecí. Fue en un segundo, o en menos, crecí, me hice mayor, comprendí. Un día en el que no había
ceremonia de nada, le pregunté a mi madre qué les pasaba a aquéllas que no habían llegado vírgenes al matrimonio.
Me dijo: toda su familia y la del novio, el que iba a ser el novio, porque la boda se suspende, todos, le tiran piedras.
Después me dijo: pero tú no te preocupes, ni siquiera has tenido novios. Y tenía razón. Por un momento me tranquilicé: no había tenido novios. En esas reuniones en las que Toni y yo nos veíamos con la compañía de nuestras familias, imaginaba cómo sería mi vida con él. Se lo dije. Le mandé un papel y le dije: me pregunto qué tal esposa seré.
Y él me miró y me sonrió como un niño pequeño y decidí que le quería. Fue igual de rápido que cuando crecí. Horas
antes de la boda, se hizo la ceremonia de la virginidad. Mis hermanas, con una sábana blanca y grande, me rodeaban.
Entraba conmigo el padre del novio, de Toni, que tenía que meterme los dedos en la vagina para comprobar si era
pura, como oí decir una y otra vez. Noté cómo el padre de Toni metió sus dedos dentro de mí y cómo los movía como
si buscara algo que se le hubiera perdido. No puedo decir que aquella sensación fuera nueva para mí, hacía tiempo
que había descubierto qué se siente al ser penetrada, pero aquella vez fue diferente. El padre de Toni no buscaba
darme placer. Se notaba. Tocó y después yo sólo sentí gritos y más gritos. No sé qué pasó. Yo tenía los ojos cerrados,
estaba pensando en esa leve diferencia. Mi madre vino, me miró a los ojos, después me abofeteó. Toni lloró en silencio, mirándome muy serio. Después me llevaron al patio de mi casa, me pusieron contra la pared, desnuda. Me tiraron piedras. Todos. Una vez que miré, vi a mi madre loca, desesperada, tirándome las piedras más grandes, Toni tenía
una en la mano que apenas le cabía. Me tiraron todos piedras. Todos. Menos mi padre. Allí, solo, ajeno. Arrepentido,
13 quizás.

Als meus temps joves
TOMÁS MORENO MILLÁN

Als meus temps joves, quan encara no m'havien atacat les arrugues i la ciàtica, un bon dia anava jo caminant pels camps taciturn i embadalit; quan
vaig topar en un ribàs amb una jove ufanosa i alegre, morena de pèl i clara
de cutis, amb ulls penetrants i boca de mel. Em vaig torbar de sobte, se'm
va accelerar el cor i se'm va posar la carn de gallina. La vaig mirar i vaig
creure haver pujat als cels, que els peus ja no em tocaven terra i que les
meues ínfimes llums havien finit davant tanta bellesa. Em vaig acostar a
ella i, sense èxit vaig pretendre articular paraula; la mudesa em va atacar i
els meus ulls es van eixir de les òrbites i, no responent-me els sentits, vaig
optar per fugir espantat.
Després de set hores corrents sense mirar enrere, amb els peus en carn viva,
enfitat i confós, vaig parar. El meu escàs enteniment i les meues poques forces van fer la resta; em vaig encomanar a un vellet que em va arreplegar i
junt amb una dona torta i barbuda em van acostar al convent, allí vaig estar
dormint en una cel·la, quaranta dies i quaranta nits, sense menjar ni beure,
sense moure un múscul. Em vaig alimentar de pensaments, del record d'una
trobada celestial.
El dia quaranta-un, vaig despertar embolicat en una manta infecta entre
suors freds i somnis calents. Nu i desorientat em vaig posar a caminar, em
vaig dirigir al passadis i vaig mirar al meu voltant: un immens mur rodejava el recinte, un silenci només trencat pels cants dels pardals i el vent suau
fregant les copes dels arbres. Llavors vaig descobrir que jo hi estava en el
meu lloc, que allí acabaria els meus dies, i que mai no tornaria a menjar ni
beure, doncs el meu aliment seria per sempre aquella cara dolça i graciosa,
perquè, jo ja no era d'aquest món.

14
ROGER PEREIRA

La pena de Samira
ANA ESMERALDA PIÑA RECUENCO

Todo el mundo en el lugar
sabe de la pena de Samira.
Cada amanecer baja a la
playa, para ver si hoy por
fin regresa Omar, su joven
amado. Él marchó una
mañana al alba, en un
pequeño cayuco. Corrían
malos tiempos en el poblado. El tifus y la malaria
habían devastado a más de
la mitad del clan familiar, y
Samira y él habían huido
hacia la costa. Allí había
construido una pequeña
cabaña de adoquines, y
unas tablas de madera. En
ese lugar había planeado
que debía aguardar ella
hasta su regreso, al menos
así tendría un techo en
donde cobijarse. Prometió
volver antes del nacimiento

15

del pequeño Mohamed, con
algo de dinero para poder
hacer frente al duro invierno.
Omar partió al amanecer
una mañana de primavera.
Atrás quedó ella, deshecha
en llanto. Mientras se alejaba de la costa, hay quien
dice que se escuchó llorar
de pena al mismo sol, que
brillaba inmisericorde la
mañana de su partida.
Omar no dejaba de sonreír,
al tiempo que su alma y su
corazón se hacían añicos
sobre las aguas. La joven
destrozada por la pena al
verle partir, acariciaba su
vientre como quien se aferra al más preciado talismán.
De repente llegó la soledad

y el miedo a la desesperanza; tan sólo horas después
de dejar su alma rota, junto
a su mujer, en aquella fatídica playa. Cayó la noche y
después la mañana; y con
ello el frío y el miedo a perder. Trató de abrigarse con
dulce recuerdos, y con los
últimos resquicios de su fe.
La luna le tendió su manto
de estrellas, pero el destino
no tardó de mostrar su lado
más cruel. Dicen que le vieron clamar piedad al cielo,
cuando con fuerza empezó
a llover. Se desató sobre la
barcaza el más feroz de los
castigos, en forma de tormenta atroz. La muerte
irrumpió frente a él, rompiendo cada uno de sus sueños y anhelos. Entonces

ADOLFO MARTÍNEZ ROCA

supo que jamás iba a volver. Jamás encontraron su
cuerpo, tal vez la noche se
lo llevó con él.
Un mal día alguien le dijo a
Samira que Omar jamás
llegó a su destino.
- Omar prometió que volvería, tal vez hoy le vuelva
a ver- Se limitó a responder
Cuentan los ancianos del
lugar que Omar teje para
ella bellos sueños, que él
mismo le trae al llegar el
anochecer; y es su alma
quien le abriga, cuando ella
ya sueña con verle otra vez.

GLORIA MARIÑO

PABLO VALERO GÓMEZ

Padre
FRANCISCO J. GÓMEZ RODRÍGUEZ

Padre, te veo cada día un poco más mayor,
observo tu elegante y silenciosa decadencia,
los surcos coronan tu frente y rostro,
ríos de vida que culminan tus 71 preciosos años
y me duele, de verdad me duele.
Veo tu mano temblar, tu pulso vacilar
me duelen tus retrocesos, aunque tu hijo
tampoco puede hablar mucho
cuarenta y dos tacos, caminito de los 50
y no soy un hombre precisamente de provecho
como tal vez tú quisieras
pero callas en silencio de padre que acepta
a su hijo como es, sin más.
Cuentas tus batallas una y otra vez
como si cada relato fuera nuevo;
el campo, el pueblo, la mili, el trabajo
se convierten en relucientes espejos de tu paisaje.
Padre, te veo cada día más concentrado
contigo mismo, en tu soledad de hombre bueno
en el espacio de la casa que es tu centro;

he conocido tu fortaleza, tu valentía,
tu determinación de salir adelante.
Habitas pechos de amor y comprensión
desde tu almena oteas la dureza
del mundo y sus habitantes
que te condenan al anonimato
y a la detestable indiferencia.
Pero quiero que sepas
que tu hijo te quiere, te querrá
siempre, tal y como eres
como el hombre imperfecto y limitado
que eres, que yo mismo soy.
Nunca olvidaré los mares que has navegado,
las historias que has vivido;
tu rostro, escenario de mil batallas,
tu bondad de hombre que ríe las gracias
de su nieto desde tu dentadura clareada.
El mundo es más hermoso y humano
porque tú habitas su reino.

16
16

ROSANA DEMICHELIS LUCENA

JOAQUIN GAITANO

Una pulga,
de frío aterida,
salta y salta
de mata en retama,
desolada,
al dios de las pulgas clama:
“Hoy he de morir,
si pronto
no encuentro abrigo,
colchón donde dormir,
o pelo
donde haga el nido”.
Atinó, por allí a pasar,
un perro,
del hambre todo aburrido,
sin casa
a la que guardar
y, de los humanos,
se quejaba ofendido:
“Cuantas manos he lamido,
y heme flaco, aquí,

17

La pulga y el perro
¿Qué pecado he cometido…?
Días hace que comí”.
Más ligera que el viento,
al escuchar tal lamento,
la pulga,
a su rabo se encarama,
poder de tal fortuna,
¡alborozada clama: !
¡Yo seré tu consuelo,
pues al rascarte,
de tu hambre,
podrás olvidarte…!
El perro, resignado,
aceptara el pacto:
Que puesto a morir de hambre,
mejor hacerlo acompañado.
Moraleja:
“De los débiles y desahuciados,
consuelo será,
sufrir acompañados”.

PAULA OSORIO POMARES

Sobre la arena

Las nubes cubren el cielo, amenazando lluvia, y el frío
hiela los huesos de aquellos que se aventuran a salir a
la calle. Y, a pesar de todo, el recinto está a rebosar,
como siempre. Hombres que han dejado a sus mujeres
en casa, esposas acompañadas de sus maridos e incluso
familias con niños pequeños que van a ver el espectáculo por primera vez, todos ellos se encogen en sus
asientos, intentando conservar un poco de calor, y esperan con impaciencia a que los primeros hombres aparezcan sobre la arena.
El prisionero, atrapado en su celda, oye los gritos y
aplausos con los que el público recibe a los guerreros.
Es la primera vez que está allí, pero sabe lo que va a
pasar. Todos lo saben, aunque ninguno de sus compañe-

ros ha vuelto nunca para contarlo. Así que cuando se
abre la puerta que lo mantiene encerrado, sabe que
tiene que salir y enfrentarse a ellos. Y lo hace. Sale y
corre y esquiva las armas, pero no puede evitar los
picotazos, los golpes y las heridas que poco a poco le
van quitando las fuerzas. Oye los aplausos cada vez
que su sangre tiñe la arena y los gritos que celebran
cada tropiezo, cada traspiés. Y tiene ganas de llorar y
de gritar, de preguntar por qué debe morir para que los
demás se diviertan, por qué lo torturan y lo humillan de
esa manera. Pero no hay respuesta, y cuando por fin
acaba su sufrimiento, lo único que queda sobre la arena
es el cuerpo del toro sin vida.

RODRIGO JAVIER MEDRANO

18

MIGUEL SALINAS

Te llevaré flores negras

“…como las flores que mienten en las lápidas”
Félix Grande.
Te llevaré flores negras,
besos negros, negras velas,
pintaré de gris el cielo
cuando recorra el camino
de cipreses
hacia tu nicho,
y en mis nublados ojos
lluevan gotas negras.

Le lloraré lágrimas negras
a las golondrinas suicidas
que anidan el panteón
de tu recuerdo estulto.
Te llevaré flores negras,
te querré muerta,
como yaces,
muerta,
esperando a que florezcan las rosas negras
que plantaste en mí,
y al abrir sus pétalos bruñidos al son de la guadaña,
no volveré a recorrer
el camino de cipreses
que nos separa.

Te enviaré versos negros
escritos con la tinta de mi sangre podrida;
le cantaré lamentos a tu
lápida maltrecha.

De los caminos al silencio
MARCELA PREDIERI

La distancia cree que el día le abrirá las puertas
hace dibujos desde el fin hacia afuera
descubre que nunca llegará.
No es un secreto
-la profecía ya viajó tres veces por la historiael mundo no tiene espacio para ella
alega que es posesiva y violenta
que sucumbirá
difícil y pública
a la tentación de lo razonable.
Pero es necesario someterse al riesgo
más concretamente
jugar un rol clave
minucioso.
La tarea no es fácil.
Puede producirse la posibilidad de elegir
-mezquina bisagra contra lo cierto-

RAQUEL ORJUZ

19
MAQUEVICH RAMIRO

ABEL BRI AGULLÓ

Temblor de piernas

Como alambres retorcidos las piernecillas le colgaban temblorosas sobre el vacío. Las curiosas pupilas se asomaban al
borde del párpado y se deleitaban en el horrendo amasijo de escombros, muebles, azulejos y muertos enroscados aleatoriamente en torno al agujero que se lo había zampado todo. El primer meneo lo había atribuido a los vecinos que
saltaban con cada gol del Barça, tambaleando hasta las lámparas. Con el segundo temblor se le disiparon las dudas de
que se trataba de un seísmo. Ramón se había cerciorado de que las ruedecillas de su silla estaban firmemente asentadas en las baldosas, más le inquietaba en cambio lo endeble del suelo que se había quedado sin cimientos. Su fachada
se veía a la distancia como el número 13 de la Rue Percebe. Había comprobado cómo a lo lejos unos cuantos se habían agrupado mirándole curiosos por su inestable posición, incluso había detectado en ellos sonrisas, apuestas, y la
mofa, sobre cuál sería su destino. El propio Ramón era
cada vez más pesimista en torno a su devenir, el acceso
parecía imposible para cualquier grúa, dado el estado del
suelo y los escombros, y se preguntaba cuánto podría
mantenerse en esa posición. Atardecía y nada parecía
variar, salvo su disposición. Ramón había asimilado plenamente la idea de su inminente y más que probable
muerte ante un buen número de espectadores. En estos
instantes inclinaba su cuerpo hacia el suelo, estirando la
mano y los dedos, no para tratar de ubicarse en suelo
firme, sino para alcanzar un folio. Las ruedecillas de la
silla avanzaron dos centímetros más hacia su muerte,
pero se mostró Ramón satisfecho de haber logrado el
ansiado folio. Sacó un bolígrafo del bolsillo y apoyado en
el muslo escribió con una inspiración casi divina. Todos
los sábados por la mañana había escrito Ramón una carta
al director a una publicación diferente cada vez, cambiando en cada una su firma y su dirección de correo. En ellas
vertía toda la mala uva que le corroía por los muchos años
de contemplar los vicios de la sociedad humana, la sinvergonzonería de la clase política, de los funcionarios, de
los empresarios, de los vagos obreros, de los rateros, de
los banqueros y maestros y de todo hijo de vecino en
general. Sus cartas habían sido siempre de una precisión,
una mordacidad y una crueldad tal, que nunca un periódico había rechazado publicarlas. Con ellas había configurado todo un álbum de recortes de diario que secretamente guardaba. Esta vez en cambio había escrito una carta
DIEGO WALTER ABELENDA ALONSO
diferente, un texto que tenía definido en la mente desde
hacía años. Hasta ahora siempre sus opiniones habían sido destructivas, hirientes, demoledoras. Esta en cambio estaba llamada a cerrar un ciclo. Por primera vez ofrecía soluciones a los problemas, abría una puerta a la esperanza, al
optimismo, a la confianza en la condición humana, y estaba escribiendo con tal inspiración y acierto de vocabulario
que le sorprendía, siendo además la situación tan crítica como la suya. Una vez finalizado el texto derramó una lágrima, orgulloso. No habría en la historia testamento más digno y memorable. Firmó con su nombre entero por vez primera y plegó la hoja dando origen a un perfecto avión de papel que lanzó aprovechando una brisa de levante. El avioncillo planeó juguetón entre la destrucción y las ruinas hasta posarse a los pies de un simpático niño rubio. El pequeño
tomó el folio, lo desplegó y lo leyó. Ahí está mi eternidad, mi gran historia, pensó Ramón. De pronto el niño mostró
una sonrisa amplia, estrujó el papel hasta formar una pelota que pateó brevemente. Luego se cansó de ella y la dejó en
los escombros, condenada al olvido, a la destrucción. Ramón intentó llamar su atención, gritarle, se abalanzó al frente
intentando agarrar al lejano niño, trataba de obligarle a coger de nuevo el papel, no podía dejarlo ahí. Los curiosos le
vieron caer al vacío. Uno de ellos sonrió y le dijo al otro, "Yo gano, al final se ha suicidado".

20

La soledad
ALEQS GARRIGÓZ
ÍCARO MAITERENA VALLEJO

La soledad es una sombra gris, casi negra,
que extiende su mancha impalpable
sobre la monotonía de nuestras horas.
La soledad ocupa los cuartos, las habitaciones,
y alguna vez habla.
A través de las grietas de un muro viejo
donde crees reconocer caras, animales imposibles,
árboles de un jardín imaginario,
escucharás su voz.
Y tendido en rigidez, como sobre una plancha de hospital,
exclamarás -¿Quién eres?, y ella contestará:
-Soy tu soledad. Hemos estado juntos desde tu nacimiento;
pero a veces miras las nubes, encuentras a un amigo,
te embriagas, te olvidas de mí.
Pero siempre voy pegada a tu cuerpo como una capa.
Siénteme; reconoce en mi voz tus íntimos pensamientos,
tus versos, tu asfixia rutinaria.
Entonces, nos levantamos precipitados de espanto
como un muerto que resucita en el lecho;
y en el espejo nos inspeccionamos
lo mismo que un médico a un enfermo Terminal,
volviendo a caer en la cuenta de que somos uno,
sólo uno, solo uno,
contra el mundo,
contra todo lo demás.

21
ÍCARO MAITERENA VALLEJO

Las flores nacían en tus manos
EVERARDO ANTONIO TORRES GONZÁLEZ

Y el viento llevaba el perfume
hasta la bandada de sueños
en lluvia de trinos llevaba
los pétalos de tus manos tibias.
Tus manos de tierra
bañada de otoño.
Las flores nacían en tus pechos
parcela inundada con la melodía
de la luna eterna...
Y toda la noche
miraba tus flores aromando sueños
sacudiendo a ratos las ramas
y el vuelo de un pájaro.
Eran como estrellas
color de los labios incendiando auroras.
Eran...tan pequeñas
como las caricias del viejo rocío
cuando nace el viento.
Eran como besos nacidos al alba
en tu ser dormido
en tus ojos tímidos
en tus pechos pájaro.

MARÍA EUGENIA CASEIRO

MARÍA TERESA VALENZUELA ESCALONA

De la perpetuidad de enarbolarte

“La eternidad ignora las costumbres.”
Eliseo Diego
El árbol de tus huesos con sus cuernos afilados
resonó en el hambre como música extraña
creció en el ala de la sombra
atravesado de pájaros y capiteles con sus sierpes
de niños huérfanos con el talón hendido en el reloj
con la sonrisa fija en el pasado
con la mirada torva y la inocencia incólume.
Crecimos sobre él los que te amamos
los que sin perder el hábito
de atesorar lo que de sobra sabemos sin regreso
arracimamos el cariño como aves rapaces
apartando en capítulos las tardes con sus vueltas
los mundos entramados de azogue y aserrín
las pantallas de vulnerabilidad…

Atamos las aristas del pasado
con colores ampulosos y prolíficos
por los cuatro pasajes del amor sin tiempo,
para no claudicar
para no salirnos del empalme de tu árbol
con la inercia trepidante por las oscilaciones
aguzando el oído cerca de la escarcha
en el ligero trino de lo que no vuelve,
abrimos el libro de las estaciones
que se coagula en lo alto;
tú, yo, los tejados amarillos vistos desde Dios
con las chimeneas de trompas de elefante
con sus gatos floreados cascabeleando
con tejones de azúcar y sus canalones
esperando la lluvia de los tiempos.

22

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