SEPTIEMBRE 2014 LA BARCA

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REVISTA DE
CREACIÓN
DIGITAL LA
BARCA
Juan Enrique Soto
LITERATURA CINE FOTOGRAFÍA
Revista de Creación Digital La Barca
Editada por Juan Enrique Soto
LA BARCA
SEPTIEMBRE 2014 LA BARCA
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Editorial
Cuanto cuesta seguir con un mínimo
de optimismo adelante en unos
tiempos, estos que nos toca vivir,
donde la desgracia, la maldad, el
delito y la deslealtad a los valores
más básicos parecen campar a sus
anchas.
Sin entrar a listar la de problemas
que nos asaltan como sociedad,
porque no deseo contri bui r al
desánimo, es cierto que este se ha
instaurado en el espíritu de los
ciudadanos, provocando el efecto de
pensar en términos egoístas.
¡Sálveme yo primero! podría ser el
eslogan de hoy en día.
Por ello, y contra ello, debemos más
que nunca pensar en que superar los
obstáculos nos hace más fuertes,
aumenta nuestra confianza genera
ilusión por el futuro, esa cosa
incierta, a veces pegajosa, que nos
espera por siempre.
La cultura puede ser un camino para
lograrlo y uno de los buenos además.
Una sociedad culta es crítica y ante
la crítica la manipulación tiene
menos poder.
Yo voto por la cultura.
¡Buena travesía!
El editor
La Revista de Creación Digital La Barca es una
publicación de difusión mensual de carácter
gratuito editada por Juan Enrique Soto en formato
pdf.
El editor de esta publicación no comparte
ne c e s a r i a me nt e l a s opi ni one s de s us
colaboradores.
Cualquier sugerencia, crítica o propuesta de
colaboración será dirigida a la dirección de correo
electrónico jesoto@cop.es
Editada por Juan Enrique Soto en Griñón,Madrid.
ISSN: 2254-0539
PORTADA
Rupit, Gerona, por José Ángel Santamaría
LITERATURA
Poesía: Conversaciones con Octavio (extracto),
por JES
Contigos, por Carlos Serra
Libro del mes: Hojas de hierba, de Walt
Whitman
Relato: El no retorno (y III), por Ana Muñoz
Vélez
CINE
Libro-cine: La diligencia, por Rafa Montañés
El Yin y el Yan: Bajo la misma estrella
FOTOGRAFÍA
Galería del mes: Varadas, por JES
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Poesía
Conversaciones con Octavio (extracto, y II), por JES

VI.
¿El espejo
guarda en su memoria
los reflejos?
VII.
Tiempo, tiempo, tiempo,
danza infinita
en espacios cercados
por piel,
por promesas,
por fechas memorables,
por testamentos,
por recuerdos.
VIII.
Veo los ojos del moribundo
que buscan en los otros ojos
un asidero.
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Veo los ojos de los que le sobreviven,
ven en aquellos otros ojos
un adiós.
Veo los ojos de aquél, que lloran
como lloran los otros ojos,
alicaídos.
Yo veo los ojos
y los ojos se cierran
y encierran
las últimas lágrimas
que se secan
al morir los ojos.
IX.
Hablan de agonías solitarias,
de callados pesares,
mis flores negras que describen
unos ojos y un talante
esquivo, arisco,
buscado.
No desprenden aroma
mis flores negras
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mas mis ojos
provocan un gesto torcido
y la tristeza en otros ojos.
X.
Anhelo saber qué me mueve por la tierra,
qué me dice la tierra,
cuáles de mis palabras escucha,
si tiene sentido la frase que me vive,
la oración que soy,
si está bien pronunciada,
si puntué con corrección.

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Contigos, por Carlos Serra
Los Contigos en una sola almohada
Los Contigos En los pasillos de la madrugada
Los Contigos Con reloj de arena,
Los Contigos Con cantos de sirena
Los Contigos Como dos fieras,
Los Contigos A la luz de las velas
Los Contigos Sin versos tachados
Los Contigos Sin sueños olvidados
Los Contigos Con el arsenal de tu desnudez
Los Contigos Nos dieron las diez
Los Contigos De gata con gato
Los Contigos De repito plato
Los Contigos En alfombras de toda a cien
Los Contigos En sabanas de franela o satén

Los Contigos En los abismos,
Los Contigos En los seísmos
Los Contigos Con besos de buenas noches,
Los Contigos Con noches de buenos besos,
Los Contigos Con vals sin velo
Los Contigos Junto al cabo de la esperanza de tu pelo
Los Contigos En las orillas de las chimeneas,
Los Contigos En sube y baja las mareas.
Los Contigos con fotos en blanco y negro
Los Contigos Con carretes a color,
Los Contigos Con lámparas y genios
Los Contigos de deseos eternos.
Los Contigos En las tempestades,
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Los Contigos En las soledades
Los Contigos Con tatuajes en tu piel
Los Contigos Con lunas de miel
Los Contigos en barcos sin timón
Los Contigos Con los remos del corazón,
Los Contigos en el antes,
Los Con tigos en el después,
Los Contigos sin despedidas de estación,
Los Contigos Con canción.
Los Contigos Sin gobiernos ni oposición
Los Contigos, conmigo
Los Contigos Sin mi
Los Contigos Sin ti.
Los Contigos, Con el café de mañana
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Libro-cine, por Rafa Montañés
La diligencia, de John Ford; Last stage to Lordsburg, de Ernest
Haycox
“ Si el hablar fuera dinero, tú serías mi mejor cliente”
Escritor prolífico el tal Haycox,
quien llegó a escribir más de
trescientos relatos cortos para
periódicos y magazines y una
cuantas novelas.
La trama en la que nos detenemos
este mes nos muestra una diligencia
que se dirige a la localidad de
Lordsburg con una seri e de
personajes curiosos viajando en ella.
Un viaje que resultaría cómodo
(Dentro de lo cómodo que debía
resultar viajar en esos carruajes) si no fuera por el acecho de los apaches, comandados
por el famoso Jerónimo.
Dicen las malas lenguas que “se inspiró” en el corto “Bola de sebo” de Guy de
Maupassant y trasladó la historia al lejano oeste. Lo cierto es que poco tienen en común
los dos textos, excepto a la prostituta protagonista en los dos casos. Al parecer, el
escritor combatió en Francia en la primera guerra mundial y ahí fue donde se empapó
de la literatura gala, cosa que lleva a pensar en esa “inspiración”.
A pesar de que los personajes del relato corto no coinciden demasiado con los de la
película de Ford, se nota la mano del escritor en el guión cinematográfico. Da la
sensación de haber plasmado en el cine lo que no le llegó a caber en las treinta escasas
páginas escritas. La novela es muy básica y sin demasiada “chicha”, una más del género
western que tanta fama le dio a Zane Grey o, más cercano, a Marcial Lafuente
Estefanía. Cualquiera de ellos dos podía haber firmado este texto.
El film de Ford es otro cantar. Llevaba ya muchos westerns a sus espaldas y unos
cuantos años sin rodar ninguno, pues el género no estaba en su mejor momento. Si a
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eso le añades que sus cuatro Oscars, todos en esa época, fueron por títulos de temática
totalmente apartada del lejano oeste, la combinación nos deja a un productor con muy
pocas ganas de filmarla. Después de unas cuantas peleas, entre ellas la cabezonería, por
parte de la productora, de hacerle tragar con una pareja de actores para los papeles
principales ( Gary Cooper y Marlene Dietrich) en lugar de los ya apalabrados John
Wayne y Claire Trevor, o de filmarla a todo color, John Ford no cedió y consiguió sacar
a delante con sus propios mimbres esta obra maestra del cine clásico. Y es que John
Wayne ahora todos lo vemos como el rey de ese género, pero pese a lo joven que se le
ve en pantalla, llevaba ya 80 largometrajes y era considerado un segundón sin visos de
llegar a ser nadie en el mundillo. ¡ Menudos visionarios !
“La diligencia” está conducida magistralmente, nunca mejor dicho. Mostrándonos en
un espacio reducido las columnas básicas de nuestra sociedad encarnadas en un doctor,
una prostituta, la mujer de un militar, un banquero, un jugador y un comerciante. Se le
une más tarde un sheriff y Ringo Kidd, un pistolero protagonizado por J. Wayne, que
se dirige a ajusticiar a dos hermanos.
Es un master en dirección de cine lo que nos enseña, en vastos paisajes y en reducidos
habitáculos, sin olvidarse de las persecuciones famosas de indios tras los vaqueros. En
mi opinión, una de las mejores escenas entre vaqueros e indios del séptimo arte. El
asedio a la diligencia es espectacular.
Film que un cinéfilo debe revisar una vez al año por lo menos y a buen seguro seguirá
encontrando detalles nuevos y apasionantes.
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El Yin y el Yan
Bajo la misma estrella
El Yin
Hay películas como "El club de los
poetas muertos", "Love Story",
"Ghost", "Mi Chica" o "Memorias
de África" que marcan a ciertas
generaciones. La mayoría no son
obras maestras pero consiguen
hechizar al público apuntando
directamente al corazón con
fórmulas ya vistas pero que tienen
algo que las distingue del resto. Los
adolescentes de ahora seguramente
c r e a n q u e p e l i s c o m o
"Crespúsculo" o "3 metros sobre el
cielo" son lo más pero con los años
se darán cuenta que no pasaron de
modas pasajeras. Por suerte creo
que ha aparecido la película que
realmente les marcará más allá del
éxito temporal (ha arrasado en los
Teen Choice Awards) y que cuando
vuelvan a verla sentirán que su vida
sigue reflejada en ella. Esta película
es "Bajo la Misma Estrella".
Una historia de adolescentes
enamorados con enfermedad terminal podía haberse convertido en una película
empalagosa, con tópicos mil veces vistos y situaciones sonrojantes. Pero no. Se produce
la magia. Durante las dos horas que dura se oscila entre la carcajada, la sonrisa, la
emoción y la lágrima con una facilidad pasmosa sin hacerte sentir en ningún momento
engañado. Gran parte del mérito se la llevan los geniales actores protagonistas, que
interpretan a una pareja con encanto con los que resulta fácil simpatizar, pero
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secundarios como el divertido amigo o la tan bien perfilada madre no hacen más que
enriquecerlos.
Pero todo esto estaría de más sin el guión, que nos lleva de una emoción a otra sin prisa
pero si pausa, mostrándonos el lado bueno y malo de la vida, y entremezclando
reflexiones y frases para el recuerdo. Y por supuesto hay que destacar la labor del
director, MINISPOILER que funciona a la perfección en todo el momento llegando a
ofrecer escenas tan bien rodadas como la de la casa de Ana Frank. FIN DE
MINISPOILER
A todo esto añadirle elementos imprescindibles como una buena banda sonora o una
cuidada fotografía.
¿Y qué tiene de malo? pues nada, por eso le pongo un 10, porque es una película
sencilla que funciona a la perfección, que sabe a qué público se enfoca pero atrae
perfectamente a todo aquel que tenga un mínimo de sensibilidad. Yo reí. Yo lloré.
Como hizo el resto de la sala.
Repito no es una obra maestra pero a mi me ha parecido una película perfecta, que da
lo que promete con creces.
JAVIER BELTRAN
El Yan
No me ha gustado. Llamadme insensible si queréis, pero me ha dado la sensación de
estar viendo una película para gente 30 años más joven que yo, tipo CREPUSCULO,
pero en lugar de tratar sobre vampiros “gusiluz”, trata sobre el cáncer en la
adolescencia. Y de una forma muy para adolescentes , porque al fin y al cabo, es una
historia de amor ñoña.
Las interpretaciones están muy bien cuidadas, destacando la aparición de Willem
Dafoe, en un papel donde su primera intervención destaca, pero la segunda al final del
film se la podían haber ahorrado , pues aporta más bien poco y estropea un poco la
magia.
Me cansa que me quieran vender películas sobre enfermos terminales y que intenten
hacerme creer que no van a forzar la máquina de la lágrima fácil. Porque cuando llevas
unas cuantas escenas ya ves venir que volverá a caer en los mismos errores que LOVE
STORY, ELEGIR UN AMOR o tantas otras. Claro, que solté alguna lagrimilla, pero es
que las escenas son tan forzadas y se ven venir tan claramente que van a
aprovecharse…no, no me gusta este tipo de cine.
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Mención especial negativa a la música. Una vez más, grupos actuales pisoteando
escenas de amor, escenas de coche, escenas de campo… ¿Tan difícil es preparar una
banda sonora para un film ?
No, Javier, lo siento, no me ha gustado y te aseguro que le tenía ganas, pero no le veo
yo las 10 estrellas que le pones por ningún lado. Con 5 va más que sobrada.
RAFA MONTAÑÉS

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El libro del mes
Hojas de hierba, de Walt Whitman

Iconos de la literatura norteamericana, tanto
el autor, Walt Whitman, poeta, periodista y
humanista, como la obra, Hojas de hierba, a
pesar de que en sus comienzos no tuvo una
gran acogida por culpa de su abierta
sexualidad.
He encontrado en sus versos libres una
potencia y una expresividad sin igual:
Un niño preguntó: ¿qué es la hierba?, mostrándome
con sus manos colmadas;
¿Qué podía responderle? Yo ignoro, como él, qué es
la hierba.
Supongo que debe ser la bandera de mi índole,
urdida con la verde sustancia de la esperanza.
Su obra es una explosión de vitalidad, un
verdadero canto a la vida, incluso cuando
habla de la muerte:
Y en cuanto a ti, Muerte, tú, amargo beso de la inmortalidad, es inútil que intentes alarmarme.
Whitman nos hace a todos iguales, él el primero. Es posible que esas sean sus hojas de
hierba, que todos y cada uno de nosotros seamos esas hojas, ninguna más importante
que otra, todas iguales, todas vitales, nacidas para crecer a lo alto, hacia el sol, hacia la
plenitud y la felicidad:
Como el aire me alejo, sacudo mi blanca cabellera hacia el sol declinante;
Entrego mi carne a los remolinos, y la dejo marchar a la deriva entre crestas de encajes.
Me entrego al barro para renacer en la hierba amada;
Si todavía me amas, búscame bajo la suela de tus zapatos.
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Y cuando en sus versos enumera es como si hubiera descubierto el escondite del aleph
de Jorge Luis Borges y lo empleara a cada momento para describir y compartir el
mundo entero y simultáneo que ven sus ojos de poeta.
No es de extrañar que en cierto modo su obra se haya convertido en canon para
autores posteriores. Y no solo por la calidad de su obra en general sino por su modo de
ofrecer y ofrecerse a su país, Estados Unidos de América, país del que está enamorado
y del que quiere enamorarnos a todos.
Hacia todos vosotros, en nombre de América,
levanto perpendicularmente la mano, yo hago la señal,
a fin de que permanezcáis viéndome
siempre
desde todos los hogares y refugios del
hombre.
Y la sexualidad, presente, abierta,
explícita, viril, desvergonzada,
como fue él, sincero, auténtico, un
poco creído, quizá, también,
humilde pero orgulloso, generoso y
entregado.
Leer Hoj as de hi erba me ha
fascinado, motivado y alegrado,
todo un premio de lectura y deleite.
Pero claro, todo esto no es sino una
opinión, mi opinión.
He leído la edición de Visor, de
2008, de 1136 páginas.
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Relato
El discinss (y III),
Por Ana Muñoz Vélez
Había pasado varias semanas observando a aquellos seres. Le habían dejado
relativamente en paz, aunque bien pudiera ser una suposición: tal vez los extraterrestres
disponían de ojos en la nuca, y aunque pareciera que se daban la vuelta ante sus
pesquisas, en realidad siguieran vigilándolo. Después de hablar unas cuantas noches con
Francis, ambos habían llegado a la conclusión de que la respuesta a su desconfianza era
simple: probablemente tenían miedo de Dicoun. El avance en la ciencia no era nada
comparado con el temor de no poder comprender lo desconocido. A pesar del
contacto verbal que ambos mundos habían mantenido durante dos años (de una forma
o de otra), no había sido suficiente para un estudio en profundidad de las dos
civilizaciones, ni mucho menos. Dicoun no entendía aquel comportamiento que le
resultaba errático, siempre yendo grupos de a dos en vehículos, de un lado al otro de la
ciudad, de un lado al otro de los subterráneos; y lógicamente ellos no comprendían su
atenta mirada, sus anotaciones en el microordenador, su aparente pasividad, ni siquiera
su forma de alimentarse con aquel conducto gástrico. Al menos supuso un alivio para
Dicoun confirmar que en aquel planeta había alimentos reciclados que su estómago
toleraba bastante bien. De pronto, se encontró con Drenese.
-Hola Dicoun. ¿Cómo va tu estancia?
-Bien, gracias. – Carraspeó, pero el ordenador no lo tradujo - He pensado que quizás os
pueda ayudar en algo. No quiero estar aquí solo para observar, me gustaría poder
trabajar con vosotros – Necesitaba acercarse más a ellos, que les resultara alguien útil,
próximo, tal vez así acabaran por aceptar su intromisión.
-No necesitas hacerlo.
-Lo sé, pero desearía ayudaros. – Un brillo extraño relampagueó en los ojos
concéntricos de Drenese, antes de que respondiera:
-Veré qué puedo hacer.
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Hacía ya un par de días que aquella criatura le hablaba como un ser humano, como si lo
conociera. Al verlo alejarse en el vehículo, repasó la breve conversación y pensó que se
había tratado de un simple formulismo que no significaba nada. Pero por lo menos lo
había intentado.
Pasó el tiempo, y él seguía como al principio, observando. Comenzaba a sentirse más
extraño incluso que al llegar, porque cada día los seres le recordaban que le permitían
estar ahí tan solo debido a que nadie sabía si podría volver. Por cortesía, por formalidad.
Aún no había concluido que se tratara en verdad de un sentimiento de culpabilidad, y ni
siquiera si ellos podían llegar a sentir aquel motivo. Se había percatado en las últimas
semanas, de que unos cuantos de ellos dedicaban muchas horas a trabajar en una suerte
de minas subterráneas, pero de nuevo, desconocía el porqué.
Un día, se encontró a la puerta de su casa (o la sala que habían habilitado para que
descansara) a una de aquellas distantes criaturas. Estaba de pie ante la puerta esperando
a que saliera, ellos no llamaban nunca, al menos que él supiera, así que Dicoun
preguntó afable:
-¿Sí? ¿Querías algo?
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-Necesito tu ayuda – el ojo tembló. ¡Estaba seguro de que lo había hecho!
-¿Qué…? – aquella petición le dejó bloqueado durante unos segundos.
-Las ménfines… Las minas, tienen…algo – la criatura parecía a punto del colapso, lo que
a él le dejaba cada vez más anulado. – Yo no puedo… pero tú…
-¿Yo? ¿Cómo podría ayudarte? ¿Qué es lo que tienen? Pero… pasa, por favor. - El ser
dudó, también eso lo había podido ver, pero finalmente entró.
Durante unos minutos nadie dijo nada. Dicoun esperaba paciente, aquello suponía
cercanía real en sus relaciones con ellos, y no quería estropearlo.
-Tranquilo. Dime, ¿qué ha pasado? – El ser se quedó mirándolo, y por un momento
aquel ojo no le pareció del todo redondo. No del todo perfectos círculos concéntricos.
En el fondo, ni siquiera observó un ojo…
-El mineral que recubre nuestros auvens… Nuestros cerebros, sería en tu caso, se ha
desestabilizado abajo, en las minas. – Aquella frase lo devolvió a la fuerza al mundo
real, lo que hizo que dejara de pensar en el fondo de ese ojo, y analizó con el
microordenador unas cuantas combinaciones de interpretación. No tenía ni medio
claro a qué se refería.
-¿Dices el mineral? ¿En las minas extraéis algún tipo de mineral? ¿Para vuestro…
cerebro?
-Lo alimenta. Nosotros también comemos, ¿sabes? – sonrió con amargura, lo supo por
la forma en que abría la boca, con asombro, para después alargarla. Así sonreían, y así
también, lloraban. Fue de esta manera como él supo que las emociones existían en
aquel mundo. - Pero ha cambiado, hay gente muy enferma.
-Espera… Si os alimentáis de mineral, ¿para qué tenéis el reciclado de alimentos? No
puede ser solo por mí. – El extraterrestre bajó la cabeza, parecía aturdido.
-Es una variante del discins, lo cultivamos por si las cosechas del discins se echaran a
perder. Ha pasado alguna vez.
-¿Lo cultiváis?
-Nuestras minas, sí.
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Pensó en otro concepto de cosechas, en cultivos subterráneos donde la luz no podía
llegar, pero tampoco otros fenómenos atmosféricos que debieran preocupar al
agricultor. Era una idea interesante… Sacudió sus pensamientos, de forma interior,
como solía hacer en la Tierra. El ser parecía avergonzado de que le dieran a él otra
variante. ¿Por qué?
-¿Le pasa algo a la variante que estoy tomando? ¿Y qué le sucede al discins?
-Se puede decir que es como comer… Comida basura, lo llamaríais vosotros. – A
Dicoun se le revolvió un poco el estómago, pero se sobrepuso, era de esperar que no le
dieran ninguna delicatessen, sobre todo teniendo en cuenta que no era tan bienvenido
como habría creído en un principio.
-¿Y por qué ha enfermado la gente?
-El discins está vivo, sigue vivo dentro de nosotros, pero desde hace poco ha empezado
a atacar a los más jóvenes. – Dicoun agradeció que la criatura se esforzara tanto en
hablar a su manera. Dedicó solo un momento a preguntarse cómo sabía tanto de sus
expresiones.
-¿Y qué puedo hacer yo?
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-Tú no has enfermado, la variante también está viva dentro de ti. – Dicoun se llevó la
mano al vientre instintivamente. – Y según nuestros cálculos eres más joven que
algunos de los que han enfermado. Puede deberse al factor humano, o puede que
alimentar el estómago en vez de al cerebro, sea lo suficientemente diferente para no
dejar que alguien caiga enfermo. En cualquier caso, van a intentar reparar los daños que
ha causado el discins, pero con la variante que han utilizado contigo.
Dicoun sintió un fuerte golpe en su cabeza, como si alguien le diera con un mazo. Él
había dicho “la variante que han utilizado contigo”. O sea que sí les había ayudado
después de todo, pero sin saberlo. Un involuntario. ¿Había sido el sujeto experimental?
Le costó aceptar lo poco que le había importado tras el primer golpe, al fin y al cabo,
aún estaba vivo, podrían haberle dejado morir de hambre o simplemente, podrían
haberle dejado morir, de lo que fuera. Ellos tenían el poder para hacerlo, el poder de
decidir sobre su vida. Y en ese instante, él decidió que ayudaría como fuera a que ellos
sobrevivieran.
-¿Qué tengo que hacer?
-Debes intentar regresar. – Dicoun lo miró boquiabierto. Desde luego no se esperaba
eso.
-¿Qué? – empezaba a sentirse pesado, repetitivo. Y limitado.
-Creemos que el discins ha detectado vida diferente en este planeta, que ha notado tu
presencia. Sabemos que se comunica con la variante, es posible que prefieran estar
dentro de un humano, que de alguna manera les resulte más beneficioso estar en tu
estómago en vez de en nuestras…mentes. – Dicoun seguía con la boca abierta. Cuando
se dio cuenta de ello, la cerró con tanta fuerza, que casi se muerde la lengua.
-¿Estás diciendo que tengo que irme para que al discins no le quede más remedio que ser
solo vuestro alimento?
-Sí.
-Pero yo…no sé si podré regresar. Las instrucciones para construir el transporte de
emergencia os fueron enviadas antes de que yo llegara, pero no sé cuánto tiempo
llevará…
-Ya está construido, desde antes de que llegaras – Lo miró sin dar crédito. ¿Todo este
tiempo? ¿Lo habían tenido apartado para no contaminar “su muestra”? Todo parecía
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una demencia demasiado difícil, demasiado retorcida. Y al mismo tiempo, demasiado
absurda.
-¿Y eso es todo? ¿He venido porque alguien tenía que probar vuestra variante? ¿Y para
qué? ¿Acaso no ha resultado un fracaso? – Se sentía dolido.
-Debías probarla para confirmarnos que el mineral y su variante se comunican.
Nosotros ya la probamos, pero necesitábamos saber si serviría para alimentar a más
seres vivos, diferentes a nosotros. No sois los únicos que nos habéis contactado, pero sí
has sido el único que ha decidido por sí mismo venir solo. – Dicoun lo miraba sin
comprender – Era asumible perder a uno, pero no a varios equipos y mucho menos a
toda una civilización.
Ahora lo entendía. Había habido muchas otras llamadas a ese planeta, quizás de
mundos vecinos que habían pedido viajar hasta él, pero sus habitantes habían decidido
que sin la confirmación de alimentos para su supervivencia, no permitirían que
vinieran. El peligro de que uno muriera de hambre ya era bastante. Tras su despedida,
aquel mundo quedaría cerrado para los demás, al menos durante mucho tiempo, pues
aunque la variante funcionaba para él, si se quedaba, pronto enfermaría la mayoría de la
población, y su subsistencia quedaría algo más que comprometida. Debía irse para
salvarlos, para que el discins no supiera de otras opciones que residir en las mentes de
ellos. Debía regresar. Pero… ¿cómo?
-¿Y si no puedo regresar?
-¿Acaso no te habías planteado la posibilidad de que tus alimentos se terminaran y de
que al final no pudieras alimentarte con los nuestros?
-Sí… Pero tras los análisis de vuestras fórmulas, los químicos concluyeron que el
porcentaje de ese riesgo era muy bajo.
-Pero posible, al fin y al cabo. Bien, pues piensa que se terminaron Dicoun. – El ser lo
miró con dureza.
-¿Pero y si no pudiera…?
-Te estoy pidiendo que no nos hagas tomar una decisión sobre tu código moral. Te
estoy pidiendo que lo hagas tú. Nosotros no tenemos otra elección: o te vas, o te vas. –
Dicoun tuvo muy claro el sentido de aquel último “te vas”. Tragó saliva. ¿Pero por qué
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diantres le estaba pidiendo que tomara una decisión cuando en realidad era una
obligación?
-No me lo estás pidiendo, ¿verdad?
-Claro que sí. Pero los otros no lo harán, y yo no quiero que esto nos cambie.
Era extraño, poderosamente extraordinario, que aquel extraterrestre necesitara que
fuera él quien eligiera irse, quien no le obligara a decidir sobre su muerte, cuando
Dicoun no había podido captar una evidente conciencia ética en todo ese tiempo. Pero
entonces pensó en las primeras palabras que le dirigió Drenese, en lo importante que
había sido que él eligiera venir solo (Francis, pensó de repente sin remedio), y todo
cobró sentido. Así que sí, volvería. O al menos lo intentaría…
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La foto del mes
Tendiendo la ropa

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La Barca
© Juan Enrique Soto
Sugerencias y suscripciones en:
jesoto@cop.es
Juan Enrique Soto, nació en un pequeño pueblo cerca
de Frankfurt, Alemania, pero se crió en el popular barrio de
Vallecas, Madrid. Ha publicado la novela El silencio
entre las palabras con la Editorial Baile del Sol y La
Barca Voladora con Creápolis Impulsa.
Entre sus galardones literarios se destacan: ganador del
Primer Certamen de Relatos Himilce, finalista en el Tercer
Certamen Internacional de Novela Territorio de la Mancha
2005, ganador del I Concurso de Relatos de Terror
Aullidos.com y del Primer Premio de Poesía Nuestra
Señora de la Almudena, Valladolid. Ha sido finalista o
recibido mención en los certámenes V Hontanar de
Narrativa Breve, XVIII Concurso Literario de Albacete,
Primer Concurso Internacional de Cuente Breve del Taller
05 y Primer Certamen Literario Francisco Vega Baena.
Algunas de sus obras pueden encontrarse en diferentes
portales de la web.

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