OCTUBRE 2014 LA BARCA

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REVISTA DE
CREACIÓN
DIGITAL LA
BARCA
Juan Enrique Soto
LITERATURA CINE FOTOGRAFÍA
Revista de Creación Digital La Barca
Editada por Juan Enrique Soto
LA BARCA
OCTUBRE 2014 LA BARCA
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Editorial
Se cumple un año más de andadura,
más bien de navegación, de esta
barca literaria fotográfica cinéfila. Y
ya van cuat r o. Cuat r o años
r ecor r i endo puer t os de t oda
hispanoamérica.
En esta ocasión con una buena dosis
de destacados mari neros que
tripulan la nave con total maestría,
quemando etapas i magi nari as,
recorri endo cami nos vi rtual es,
af rontando retos y aventuras,
trasl adándonos a mundos aún
desconocidos en los confines del
universo y de la poesía.
L o s p e r r o s l a d r a n , l u e g o
cabalgamos, que decía Don Qu!ote.
Es una de mis máximas y no quisiera
abandonarla nunca.
Seguimos remando, el viento hincha
nuestras velas y queremos cumplir
más ani versari os, mucho más.
Queremos seguir navegando y mirar
hacia donde señala la proa de esta
vuestra embarcación creativa.
¡Buena travesía!
El editor


PORTADA
Rosa, por José Ángel Santamaría
LITERATURA
Poesía: Siempre y nunca, por Carlos Serra
Uribe
Libro del mes: Casadas, monjas, rameras y
brujas, de Manuel Fernández Álvarez
Relato: Es azul, por Ana Muñoz Vélez
CINE
Libro-cine: El lobo de Wall Street, por Rafa
Montañés
FOTOGRAFÍA
Literafoto: Toallas incontables, por JES
Fotografía del mes: Puerto marinero, por JES
La Revista de Creación Digital La Barca es una
publicación de difusión mensual de carácter
gratuito editada por Juan Enrique Soto en formato
pdf.
El editor de esta publicación no comparte
ne c e s a r i a me nt e l a s opi ni one s de s us
colaboradores.
Cualquier sugerencia, crítica o propuesta de
colaboración será dirigida a la dirección de correo
electrónico jesoto@cop.es
Editada por Juan Enrique Soto en Griñón,Madrid.
ISSN: 2254-0539
OCTUBRE 2014 LA BARCA
Poesía

Siempre y nunca, por Carlos Serra Uribe




Siempre me gustaron los cuerdos de atar
que en su locura llevan la humildad,
los poetas sin nombre que ponen su alma de sinceridad,
las lágrimas del niño que no entiende la cruda realidad,
las musas respetadas, los castillos en el aire, las balas sin disparar,
los justos, los nobles, los rebeldes, los de piel curtida de sensibilidad,
los que generan soles con su mirada en verso,
los que acarician con el abecedario del corazón,
las sirenas que nadan en reinos de pasión,
los que abrazan a quien bebió del licor de la tristeza,
los que no hacen reverencias, con franqueza
las Campanillas y los Peter Pan

Siempre me gustaron los que se baten en duelo contra el olvido,
los que pelean por su dignidad,
los que sufren en una injusta soledad,
los que no entienden la fiereza de la necesidad,
los que se fajan su destino sin molestar,
los que amanecen sonriendo en libertad,
los que se equivocan por tratar de soñar,
los que sonríen para iluminar los desiertos,
los que dan noches de buenos besos,
los genios que perdieron su lámpara en naufragios,
los imperfectamente bellos por no ser plagios.





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Nunca me gustaron los tanto tienes tanto vales,
los pavos embuchados con corbata de falsas flores,
los que beben en copas de vanidad,
los que señalan con el dedo sin impunidad,
los que miran con la arrogancia de la superioridad
los que vendieron su alma a los diablos de la realidad,
los que no encuentran musas por su maldad,
los que golpean con el vil puño de la desigualdad,
los casanovas de saldo, los príncipes desencantados sin edad,
los que se dan golpes en el pecho por su falsa caridad

Nunca me gustaron los hábitos hipócritas de los elegidos
los que no entienden la palabra piedad,
los corruptos, los envidiosos, los halagadores de sombras,
los que se alimentan de desprecio,
los que no se acercan los suficiente si no es para matar,
los que se ríen a espalda de la bondad,
los doctos en insolidaridad,
los que tratan de domesticar,
los lobos que afilan sus dientes contra los vencidos,
sin darles la oportunidad ni de hablar.



Siempre y Nunca, utopías o triste realidad, piel o mezquindad,
fuego en el alma o sucia frialdad, corazón vivo o inhumanidad.
Siempre y Nunca
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Literafoto

Una foto sugiere un texto


Toallas incontables

Era un mundo ideal en el que solo había que desearlo y un sinfín de toallas aparecían
dispuestas para su uso, bien dobladas, perfumadas, limpias. se podían tomar de una en
una o de tres en tres; para apoyar la espalda, los pies, la cabeza en la tumbona, para
taparse del fresco de cubierta del barco o simplemente para sentirse arropado por el
cálido tacto del tejido.
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Eran válidas para un par de horas al sol o a la sombra o solo para cinco minutos, no
había problema de tiempo. como si solo se las quería usar para reservar sitio en primera
fila de piscina como en una de las cómodas colchonetas.
Disponibles para cualquier uso. Solo se precisaba tomarlas de su dispensario. no era
obligatorio devolverlas, pero sí aconsejable por la buena educación, que quedaba feo
dejarlas tiradas allá donde la estética del orden y la funcionalidad y el buen gusto son un
valor.
Casi invisibles, vestidos en tonos neutros, varios individuos serpenteaban entre las
piernas bronceadas, entre los cócteles a pie de tumbona, entre los libros a medio
adormilar, para recoger las toallas usadas para las funciones antes descritas. en carritos
insonorizados son transportadas a las entrañas del navío donde, territorio prohibido
para los visitantes, huéspedes, invitados, es decir, clientes, debían recibir el tratamiento
higiénico-sanitario preciso para volver a aparecer en el dispensador de toallas listas para
su reutilización.
Inacabables, pues, incontables, perfecta metáfora de un sistema pensado y creado para
el disfrute de unos seres afortunados que, previo pago de cierta cantidad de dinero, se
olvidaba de pensar en elementos tan triviales como el consumo de toallas, detergentes,
suavizantes, agua y demás zarandajas que precisamente para no pensar en ello se había
pagado tanto.
Así pues, esa parte del mundo afortunada, esos seres que disponen de tiempo y dinero
para gastar en viajes y atenciones lujosas, embelesados por el trato exquisito y esmerado
pueden llegar a perder la noción de la realidad, porque ni siquiera en esa fantástica
existencia las toallas son inagotables e infinito su número. No deja de ser una ilusión
que evidencia el enorme contraste que existe entre ricos y pobres, entre afortunados y
desafortunados, entre pertenecer y disfrutar de un mundo para unos y pertenecer y
soñar con disfrutar de ese mundo para otros.
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Libro-cine, por Rafa Montañés

El lobo de Wall Street, de Jordan Belfort y Martin Scorsese

“No importa lo que te haya ocurrido en el pasado, no eres tu pasado, eres los recursos y las capacidades
que hayas recogido de él. Y esa es la base para cualquier cambio.”

Autobiografía de Jordan Belfort,
personaje que llegó a convertirse en
multimillonario creando una empresa
de compr a- vent a de acci ones
bursátiles. Un relato preciso de sus
chanchul l os, sus desfases y en
definitiva, su magistral forma de saber
vivir al límite siempre.
Me gusta Scorsese, el director.
Difícilmente dirige algo mal y suelo
ver t odo l o que es t r ena. En
contraposición, Di Caprio no consigue
llenarme nunca. Siempre le veo esa
cara de niño bueno incapaz de romper
nunca un plato. Pues bien, estas dos
estrellas se juntan en esta película y no
hacen más que confirmar por enésima
vez mi opinión sobre ellos.
Buen film, a pesar del protagonista.
No, no me convence casi nunca, ni
como bróker, ni como polizón de transatlántico, ni de ¡¡¡¡negrero !!!, ni siquiera como
poli malote “infiltrado”. Esta vez, en un papel que parece hecho para su lucimiento, sin
ser de los peores, le falta madurez y le sobra histrionismo, en mi opinión. Pero no
estropea el ritmo alocado que sabe ponerle el afamado director de “Uno de los
nuestros”. Ritmo alocado acompañado por una banda sonora de “refritos“, cosa ya
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muy manida y que tanto puso de moda Tarantino. ¿Dónde van a quedar, a este paso
esas B.SO.’s tan trabajadas por músicos profesionales trabajando para la ocasión?
En el libro encontramos algo diferente. Un relato en primera persona ( Mucho más
personal que la voz en off empleada en el cine) con una descripción detalladísima al
milímetro del auge y caída del fenómeno “yuppie” en Wall street . Si bien siempre se
ha oído hablar de ese tipo de jóvenes convertidos en millonarios en poco tiempo
gracias al boom de las tecnológicas, reconozco que me he pasado páginas y páginas con
la boca abierta, leyendo las barbaridades que podían llegar a hacer, con todo el dinero
del mundo en sus bolsillos. Drogas por sistema, sexo descontrolado, derroche de
dólares sin fin… y Jordan Belfort, capitaneando a esa banda de descerebrados. Los
personajes son mucho más creíbles en el relato, sobre todo los secundarios. Mientras
que Scorsese nos pinta a los más íntimos del protagonista como cuatro tontos sin luces,
el escritor te los presenta como lumbreras a la altura de él, totalmente locos pero no
bobos. A medida que pasan los capítulos te vas encariñando del personaje,
perdonándole cada salida de pata de banco o cada desmelene, fruto de su consumo de
“qualuds” y otras sustancias, que le sirven para mitigar sus fuertes dolores de espalda,
tema, por cierto, que en pantalla grande tampoco se llega a mencionar, mostrándonos
un joven adicto sin más.
Llego a la conclusión de que, pese a mi devoción por el realizador que nos ocupa, he
disfrutado mucho más leyendo la novela. De esas ocasiones en que te quedas con
ganas de más al pasar la última página.
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El libro del mes

Casadas, monjas, rameras y brujas, de Manuel Fernández Álvarez

Ter mi né de l eer Casadas,
monjas, rameras y brujas, de
Manuel Fernández Álvarez.
Fantástico ensayo de uno de los
más importantes historiadores
españoles sobre el siglo XVI. En
él hace un recorrido sobre la
figura de la mujer en la España
del Renacimiento, con un rigor,
una erudición y un sentido del
humor encomiable. Da gusto
leer a alguien que sabe de lo que
habla y que, además, lo hace tan
bien, tanto que cada capítulo se
disfruta no solo por lo que
supone de conocimiento, sino
t a mbi é n por s u e nor me
capacidad de análisis y su
habilidad para transmitir sus
afirmaciones.
Alejado de la enumeración de
anécdotas, con una estructura
muy bien dispuesta, se apoya
Fernández en su gran experiencia investigadora no solo en documentos extraídos de
múltiples archivos sino de otras fuentes tan valiosas para estos menesteres como la
propia literatura de la época. Así, sus argumentos suelen ir acompañados de extractos
de sus fuentes de información, con una muy completa bibliografía para no perder
detalle.
Su tema es la mujer, el concepto que se ha tenido de ella en esas épocas históricas, en
gran medida, condicionante del concepto actual, por mucho que se haya avanzado en la
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consideración del papel que realmente le corresponde en igualdad de condiciones con
el hombre, algo aún lejos de lograr del todo. La idea de que, entendiendo qué sucedió y
porqué en el pasado, es fundamental para manejar el presente y proyectar el futuro es la
esencia de este libro.
Además, la amena pluma del autor, su gran sensibilidad artística, su fina ironía y su
elevado nivel de conocimientos hacen de la lectura un constante descubrimiento, una
sorpresa satisfecha con cada capítulo y un viaje en la historia verdaderamente
placentero.
Nos acompaña por la consideración de la mujer de la corte tanto como la del pueblo
llano, por las monjas, vocacionales o accidentales, por las mujeres casadas y las viudas,
por las madres solteras, por las adúlteras, por las esclavas, sirvientas, por las brujas y
hechiceras así como por las conversas judías o musulmanas. Un recorrido enorme,
completo, riguroso y fundamental para comprender muchas claves de nuestra
mentalidad social actual.
Así pues, un documento esencial a la vez que atractivo para una lectura interesada
expresamente como de disfrute únicamente literario.
Pero claro, todo esto no es sino una
opinión, mi opinión.
He leído la edición de 2002 de
Espasa Libros, de 352 páginas.




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Relato

Es azul (y II)

Ana Muñoz Vélez

Es t a ba e s pe r a ndo que
ocurriera algo. No lograba
comprender su situación, y
a q u e l l o s u p o n í a u n a
i ncer ti dumbre di fí ci l de
soportar. Necesi taba un
cambi o, un movi mi ento,
quizás un motivo. De pronto,
un destello respondió a su
secreta plegaria y aunque aún
estaba solo, se dio cuenta de
que había traspasado la
entrada sin morir en el
intento. O eso o finalmente, la muerte no era más que un estado simple de
continuación. Se levantó del asiento todavía aturdido, y no pudo evitar mirar a su lado,
donde antes hubiera estado su compañero. O su otro yo. Sorprendentemente esa
pregunta no tenía preferencia, al menos ahora, la sensación de que realmente habían
sido dos hasta llegar a la entrada se difuminaba muy rápidamente, como al despertar de
un sueño. Dicoun se dirigió a la salida, a cada paso más perturbado por la idea de estar
volviéndose loco. Nadie en el proyecto N.O.A.D. (Nobstrucción y olvido para la asimilación
direccional), le había hablado de un posible desdoblamiento de personalidad.
Lógicamente era entendible e incluso se asumía olvidar una parte de los recuerdos tras
la hipotética entrada, el traspaso de conocimiento no dejaba de suponer una puerta a
algún tipo de trauma aún desconocido para el ser humano, pero aquella duda lo había
transformado en una persona completamente diferente. Tal vez incluso en otro ser. Sus
últimos pasos se le hicieron interminables, pero acabó por abrir la compuerta. En
cuanto Francis…”Otra vez”, se dijo cansado. En cuanto él, pudo comprobar la
proximidad en el tiempo al planeta de entrada, procedió a cambiarse su túnica negra
por el traje espacial, sabía que no habría más oportunidades para hacerlo una vez
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llegado al destino. Si conseguía entrar, sería solo cuestión de tiempo que la aeronave se
desintegrara entre espasmos de irrealidad. Su cuerpo parecía intacto, pero al mirar hacia
atrás, el pasillo por el que antes se había desplazado comenzó a parpadear. Y aunque él
mantenía los ojos bien abiertos, observaba con fascinación como los instantes de
oscuridad del pasillo se prolongaban en contra de los visibles. Volvió la cabeza al frente,
y dio un último paso hacia algo...
La luz lo cegó momentáneamente, pero poco a poco pudo contemplar un paisaje de
tonos azulados. La atmósfera era liviana, lo podía notar a través del traje, el casco
filtraba el aire respirable, y este era como un soplo fresco, casi frío. Miró en derredor,
confundido. Pareció darse cuenta repentinamente, de que si los mensajes que habían
enviado los habitantes de ese planeta al suyo a través de ondas de ultrasonidos - y que el
equipo informático había interpretado como palabras - no provenían en realidad de
aquel mundo, iba a morir solo, y solo por una idea. Aquello tenía más sentido en la
Tierra. Qué diantres, allí aquello tenía sentido, ni más ni menos. Pero ahora, al verse tan
vulnerable, al encontrarse tan perdido,
su tiempo parecía adquirir la lógica de
una pesadi l l a. Su mente estarí a
trabajando en el asunto, interpretando
como fuera posible que no era real, que
en verdad él no se encontraba en aquel
planeta desconocido. ¿Dónde estaba
Francis? ¿Dónde? Ya no le importaba si
había sido una invención, lo echaba de
menos, lo necesitaba. ¿Acaso había
pasado tanto, como para entender su
soledad fuera de su cuerpo? No podía
saberlo. Siguió caminando, continuó en
pos de un desenlace.
En cierto momento, y tras andar lo que creyó fueron varios minutos, un volumen,
quizás un cuerpo, se abría paso desde abajo, como si surgiera de la tierra azul con
desesperación un arbusto cuya simiente no atendía al tiempo estipulado. Él se quedó
quieto, curioso, expectante. Aquella aparición no estaba del todo segura de la forma que
debía presentar, porque se redondeó, se cuadró, se alargó y se acortó justo después,
hasta que por fin se dispuso en forma humana. Dicoun entrecerró los ojos, esperando
que el ser emitiera algún sonido. Su microordenador lo procesaría como palabras, tal
como otros habían hecho en la plataforma N.O.A.D. Pero el ser no dijo nada,
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únicamente le señaló un camino que se insinuaba a su derecha. Tras girar la cabeza para
observar lo que le indicaba, Dicoun ya no pudo volver a ver al ser, así que prosiguió su
andadura. Al cabo encontró lo que parecía una especie de vehículo, se acercó despacio,
y se metió dentro del receptáculo, que tenía una capacidad para albergar dos personas,
lo que le recordó nuevamente a Francis. Tras introducirse, el vehículo se puso en
marcha deslizándose por la superficie, y como si no rozara nada, Dicoun notó el aire
frío a través del filtro produciéndole una sensación de alivio; parecía decirle: “Sí, estás
aquí porque tenías que estar…”
El transporte se detuvo a las puertas de una especie de cueva, y él supo que había
llegado a la ciudad. Era extraño que la llamaran así en el programa, cuando todo en su
apariencia asemejaba un lugar rústico, como si se tratara de hombres que vivían en
cavernas primitivas, más próximos al concepto homo que al de civilización propiamente
dicha. Se bajó y sin pensarlo dos veces se adentró en la oscuridad. Pero dentro poco
tenía que ver aquello con lo que aparentaba ser. De repente se topó con una puerta, tras
buscar algo con lo que llamar, hizo el gesto más sencillo que pensara haría en aquel
lugar, y llamó con los nudillos. La puerta se abrió silenciosa, dejándole ver al instante,
como para no prolongar más una dura espera, que efectivamente se trataba de una gran
urbe, una ciudad perfecta de un posible futuro en la Tierra, con luces suspendidas en el
cielo y vehículos desplazándose en masa sin apenas rozar el suelo. No le dio más
importancia a los motivos de la cueva de entrada, estaba fascinado. No supo cuánto
tiempo se había quedado allí, de pie, observando, hasta que uno de los vehículos se
paró al lado, y salieron dos seres de su interior. Tenían forma humana, pero los rostros
eran extraños, sin rasgos definidos, con dos círculos concéntricos en el centro, sin
pupila, sin iris. Mirándole.
-Sube. – El ordenador le tradujo aquel sonido, gutural y refinado a un mismo tiempo.
-¿Cuánto podré quedarme? – No sabía cuánto le estaría permitido permanecer en aquel
lugar, justo el tiempo que probablemente lograra sobrevivir, puesto que hacía mucho
que había asumido los riesgos de no poder volver. La entrada se llamaba así por ello.
-Ya lo veremos – dijo uno. Aquella pregunta no había podido ser respondida en el
N.O.A.D. Suponían que dependía de que les gustara quién llegara o quizás por qué lo
hiciera.
Fue conducido en el vehículo hasta un edificio que poco debía recelar de los actuales
rascacielos de la Tierra. Dicoun no tenía miedo a pesar de no haber respondido a su
pregunta, todo era diferente y no obstante, parecía ser una ventana hacia el futuro de su
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mundo. Le inquietaban un poco aquellos ojos concéntricos, pero antes de su viaje había
soñado varias veces con seres monstruosos al otro lado de la entrada, que ni siquiera
dejaban que llegara a pisar aquella tierra del color del cielo en el crepúsculo. Entró en
una nave de repostaje, dentro del edificio, y los tres bajaron del transporte en dirección
a una sala más pequeña, vacía. Los dos seres le dejaron esperando allí. Poco después
entró otro, aunque Dicoun
pensó que bien podría ser uno
de los anteriores, puesto que
llevaba la misma ropa, y dos
círculos concéntricos oscuros le
miraban de igual forma.
-Soy Drenese. – El ordenador
s e g uí a t r a duc i e ndo c a s i
simultáneamente – Estás aquí
porque tú y tus agentes lo
habéis decidido, por lo que no
podemos defraudar vuestro
contenido esperado. – Aquellas
palabras le resultaron ajenas,
como si estuviese hablando el
ordenador en vez de traducir.
De pronto, cayó en la cuenta de
que la imaginación de todos los
compañeros del N.O.A.D, así
como la suya propia, podría
haber errado en comprender
como seres humanos otro concepto de vida, quizás informático, tal vez ciencia sin
conciencia. Por primera vez desde que llegara al planeta, tuvo verdadero miedo. Intentó
apartarlo de su mente.
-He venido como observador, como contacto, ¿no os lo dijeron? – se veía compelido a
hablar, a marcar una pauta de entendimiento mutuo.
-Acabo de decirlo. – El ser, imperturbable, se mantuvo frente a él. - Quisimos
relacionarnos con formas de vida iguales, o similares. Pero en base a las propiedades de
vuestros organismos, poco después de encontraros os mantuvimos al margen. ¿No te
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lo dijeron? – Dicoun frunció el ceño, contrariado. ¿Qué era aquello? ¿Una pregunta
espejo?
-Ambos planetas estuvimos de acuerdo en que fuéramos nosotros los que viniéramos
hasta aquí. – Dijo con un tono de voz cada vez menos firme.
-Te equivocas, nosotros nunca estuvimos de acuerdo. – El ser parpadeó. Pero no, solo
era un síntoma de su miedo, necesitaba humanizar aquel rostro sin rostro.
-¿Cambia en algo el hecho de encontrarme ya aquí? – No pretendía seguir una
discusión que le dejaba en peor situación a medida que hablaba.
-El hecho es que estás aquí. No, no cambia Dicoun, seremos transigentes. Pero no
esperes nada más allá de eso. Acompáñame.
Lo siguió hasta el exterior, donde otro vehículo lo esperaba. Pensó fugazmente que qué
clase de vida le esperaba en un mundo donde nunca había sido aceptado, y quién
demonios se había equivocado con el acuerdo. Si aquellas criaturas no querían que él
estuviese allí, su vida pendía de un hilo, antes incluso de lo que pensaba. “Si hubiesen
querido ya estarías muerto”. Era Francis, pero tal vez tenía razón. ¿Le hacían dudar de su
mundo? ¿Qué propósito escondía renegar ahora del acuerdo? Quizás todo fuera una
especie de prueba, una pregunta que se hacían a su modo. Quiso gritarles a todos que
sabía lo que estaban tramando, que entendía aquella pregunta, que el recelo de otro
mundo tenía sentido, pero que no era necesario, porque tan solo se trataba de un
hombre. Como mucho dos… Maldita sea, cómo echaba de menos a Francis…

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La fotografía del mes

Jugando con la luz





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La Barca
© Juan Enrique Soto
Sugerencias y suscripciones en:
jesoto@cop.es
Juan Enrique Soto, nació en un pequeño pueblo cerca
de Frankfurt, Alemania, pero se crió en el popular barrio de
Vallecas, Madrid. Ha publicado la novela El silencio
entre las palabras con la Editorial Baile del Sol y La
Barca Voladora con Creápolis Impulsa.

Entre sus galardones literarios se destacan: ganador del
Primer Certamen de Relatos Himilce, finalista en el Tercer
Certamen Internacional de Novela Territorio de la Mancha
2005, ganador del I Concurso de Relatos de Terror
Aullidos.com y del Primer Premio de Poesía Nuestra
Señora de la Almudena, Valladolid. Ha sido finalista o
recibido mención en los certámenes V Hontanar de
Narrativa Breve, XVIII Concurso Literario de Albacete,
Primer Concurso Internacional de Cuente Breve del Taller
05 y Primer Certamen Literario Francisco Vega Baena.
Algunas de sus obras pueden encontrarse en diferentes
portales de la web.

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