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DON JUAN TENORIO (José Zorrilla) El mito de don Juan es suficientemente expansivo para que no intentemos dar su historia

completa. Pero he aquí que el don Juan de Zorrilla ocupa una nueva situación en la evolución de nuestras ideas sobre el arte y la literatura. Ya no es preceptivo en nuestras costumbres que este drama romántico se represente cíclicamente por la fecha penitencial de los Santos y los Difuntos. Pero esa sacralización ritual de un mito a través de una obra dramática hace del poeta Zorrilla, a nuestros ojos, un raro fenómeno literario y social, del que debemos hacer exégesis a la vez que análisis. El mito de don Juan “padece” bajo el tratamiento de Zorrilla de una evolución que lo conduce conceptualmente a un entibiamiento, bajo capa de salvación, de su patente de gran transgresor o de condenado por su propio gusto. Mas el drama de Zorrilla es un producto romántico decantado y genial, algunos de cuyos efectos desmañados son en realidad una forma casi onírica de síntesis dramática y de un mundo propio expresado con pasmosa ligereza y facilidad. Buscando la máxima simplificación expondremos aquellos aspectos formales –o informales- que en algún sentido no han cambiado en el drama de Zorrilla y le confieren su entidad. Pero veamos primero qué material interior maneja el autor de DON JUAN TENORIO para componer su nuevo drama. Para algunos figura como primer caso, en el teatro español, la Comedia del Infamador, de Juan de la Cueva, estrenada en Sevilla en 1581. El protagonista, Leucipo, sería el pre-don Juan. Mira de Amescua también pertenece a la prehistoria teatral del mito, cuyo origen es todo español. En El negro del mejor amo Amescua inicia situaciones que se repetirán. En tod Lope abundaron los pasajes de intención donjuanesca. Diríamos que todos estos precedentes teatrales surten de un léxico a Zorrilla. En su DON JUAN TENORIO hay muchos dichos, muchas frases que había elaborado el donjuanismo español latente y la conciencia cristiana barroca, llena de fulgores de gloria y de culpa. Esto excita a Zorrilla al máximo, porque pone en sus manos un foco de inspiración en los instintos más arcaicos que hubiera envidiado el propio Byron. El primer valor que sostiene y se mantiene en el drama de Zorrilla, como artefacto dramático, es su capacidad visionaria. La obra de arte es visionaria por naturaleza. Tengamos, pues, en cuenta el “automatismo” que preside la redacción del drama de Zorrilla. Hagamos comparación con otros donjuanes anteriores y veremos que una cierta sequedad teológica se impone a lo sensual en el lenguaje. Es fácil ver que Zorrilla soñaba y jugaba a escribir un don Juan “de su cosecha” en el estado que traduce, aun en formas artificiosas, el flujo de un sueño. Si bien Zamora ya salvó a su don Juan, la salvación que le depara Zorrilla era más deseada y aún esperada. Ello quiere decir que, aun condenado por la convención religiosa del siglo XVII, ya en el XIX tan simpático y atractivo personaje merecía un generoso perdón, evidente –pero matizable- desculpabilización impuesta por las costumbres. Se ha despojado del “espanto”. Marañón, que todavía creía en don Juan en cierto sentido, en su empeño de “dotarlo” de monstruosidad, intuyó esta derivación culpabilizadora epigonal y es evidente que en un determinado aspecto, de postura frente a la pretendida desmesura del tipo y del mito, acertó.

(by pako)