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Pedro Calderón de la Barca. La vida es sueño. Edición crítica de las dos versiones
del auto y de la loa. Ed. Fernando Plata Parga. Autos sacramentales completos. Vol. 79. Kassel:
Reichenberger, 2012, 294 pp. ISBN: 978-3-944244-01-3.

Fernando Plata vuelve a participar en la colección Autos sacramentales completos de Calderón con una
excelente edición crítica de las dos versiones del auto titulado La vida es sueño y de la loa que acompañó la
representación de la versión más tardía en las celebraciones del Corpus madrileño de 1673. El interés que siguen
despertando estos textos es innegable, no sólo por el valor intrínseco de cada uno de ellos, sino porque,
además, el debate sobre las posibles relaciones de estas piezas entre sí y con la comedia del mismo título todavía
sigue abierto. Así lo demuestra la reciente publicación de un artículo de Donald T. Dietz, “La vida es sueño,
Autos and Comedia: God, Segismundo, and Calderón” en el volumen 64 del Bulletin of the Comediantes (año
2012). Por lo tanto, todos los estudiosos de Calderón agradecerán la oportuna publicación de esta cuidada
edición filológica que les permitirá trabajar con textos fiables y disfrutar de tres piezas de indudable calidad
artística.
La edición de los textos en sí viene precedida por una extensa introducción, una bibliografía actualizada y la lista
de abreviaturas empleadas en el estudio introductorio y las notas. Rematan el volumen el registro de las variantes
y el índice de notas. Partiendo de la base de que se trata de uno de los autos de Calderón que, según Valbuena
y Prat, recrean la historia sagrada de la humanidad en tres movimientos – creación, caída y redención-, Plata
inicia el estudio introductorio describiendo cómo se representan cada uno de estos movimientos en la segunda
versión del auto, e inserta en su descripción las principales interpretaciones críticas de la alegoría, dándole
particular relevancia a la lectura hecha por Parker en 1983. Además, incluye comentarios que van rastreando
algunas de las coincidencias existentes entre el texto comentado, la primera versión del auto, y la comedia. En el
siguiente apartado, Plata elabora un estado de la cuestión de los distintos acercamientos críticos que han
intentado dilucidar la relación de ambos autos sacramentales entre sí y su mayor o menor vinculación con la
comedia, deteniéndose particularmente en los análisis de Valbuena y Prat (1942), Dietz (1977), Bertini (1981),
Parker (1983), y en el más completo y reciente de Rull (2004). Plata se adhiere a aquel sector de la crítica que
considera que, aunque existen conexiones innegables entre los autos y la comedia, las diferencias que los
separan tienen un mayor peso específico, y que, por lo tanto, cada una de las piezas debe ser leída e
interpretada de forma independiente. Por último, pasa revista a algunas lecturas que van más allá de la
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comparación de los autos entre sí y de los autos con la comedia: Ginard de la Rosa (1881), Regalado (1995) y
Díaz de Balsera (1997).
Pero la sección más lograda de la introducción y en la que Plata brilla como filólogo es el estudio bibliográfico y
textual de las dos redacciones del auto. Plata comienza por la primera versión, que es la más breve (1.404
versos), y rechaza con Valbuena las tesis de González Pedroso (1865), quien problematizaba la autoría al
postular que podría ser o bien una refundición del auto impreso de Calderón llevada a cabo por otro dramaturgo
o una pieza de autor desconocido en la que se inspiraría Calderón para escribir su auto. En cuanto a la fecha de
composición, se hace eco de los estudios de Valbuena (1924) y Reichenberger (1981) y la sitúa con cautela en
los años que siguieron a la primera edición de la comedia, que aparece en 1635. A continuación, Plata describe
en detalle los diez testimonios que se conservan, siete manuscritos de fines del XVII o principios del XVIII, y
tres impresos, todos posteriores a 1924. El cotejo de los siete manuscritos no detecta variantes significativas,
todos transmiten un texto muy semejante. Además ninguno parece tener mayor autoridad textual, ya que no
existe un autógrafo o apógrafo ni un manuscrito más antiguo que los demás. Por lo tanto, Plata renuncia a
intentar establecer una filiación entre ellos para elaborar un estema, y elige como texto base el manuscrito 16281
de la Biblioteca Nacional (Mb) por ser el que contiene menos variantes y errores propios, asumiendo que se
trataría del testimonio más cercano al arquetipo.
En cuanto a la segunda versión del auto, más tardía (1673) y extensa (1923 versos), se conservan, además de la
princeps de 1677, dos manuscritos del XVIII y un buen número de ediciones antiguas y modernas. La collatio
de los testimonios revela que todos siguen con mayor o menor fortuna el texto de la princeps, publicada en vida
de Calderón con la voluntad autorial de eliminar erratas y errores. De ella dependen, incluso, los dos únicos
manuscritos que se conservan. Plata actualiza los estudios de Wilson sobre la princeps al cotejar tres ejemplares
no idénticos de la misma que sugieren la existencia de dos emisiones del texto de la primera edición no
detectadas por el mencionado especialista. En efecto, el cotejo revela que alguien corrigió los ejemplares a
medida que se estaban imprimiendo. Como estas correcciones son relevantes para el establecimiento del texto
crítico, Plata elige como texto base de su edición un ejemplar de la segunda emisión conservado en la Biblioteca
Nacional con la signatura Ti.5, y abre camino a nuevos trabajos de investigación al señalar la necesidad de llevar
a cabo un estudio bibliográfico sistemático de la princeps. Para facilitar la labor de futuros investigadores, aporta
una lista de los veintitantos ejemplares que ha podido localizar, algunos de ellos desconocidos para la crítica
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especializada. A la hora de fijar el texto, además de utilizar los manuscritos y las ediciones antiguas, emplea
aquellas ediciones del los siglos XIX y XX realizadas con rigor filológico y no con fines comerciales. Por otro
lado, excluye del aparato de variantes aquellas que carecen de valor textual.
Una vez finalizado el estudio bibliográfico y textual de ambas versiones del auto, Plata se centra en distintos
aspectos de la representación de la segunda en el Corpus madrileño de 1673. Sabemos que lo representó la
compañía de Félix Pascual y Plata proporciona la lista de actores con los que contaba esta compañía para
ponerlo en escena. Aunque no sabemos a ciencia cierta qué papel representó cada uno de estos actores, Plata
reconstruye parcialmente el reparto basándose, por ejemplo, en el registro de los trajes que se confeccionaron
para cada uno de ellos. Por ejemplo, se sabe que a Agustín Manuel se le pagaron 1.300 reales para que se
hiciera un traje de peregrino, que es el traje que lleva la Sabiduría al final del auto. A continuación, Plata
reproduce el texto de las memorias de las apariencias, que se conserva en el legajo 2-197-20 del Archivo de la
Villa de Madrid. Aunque no es la primera vez que se reproduce este texto, es un acierto incluirlo en la
introducción para que el lector de esta edición pueda visualizar el complicado montaje escénico de los carros
sobre los que se representó la alegoría. Inserta también en este apartado una descripción de otros espectáculos
que también se integraron en la fiesta sacramental de 1673: los consabidos gigantes y tarasca, algunas danzas y
una mojiganga.
Particularmente interesante es el estudio de la loa que Calderón utilizó en la representación de dos autos, La
vida es sueño y La semilla y la cizaña, y que comienza con el verso “Dios por el hombre encarnó.” Plata
justifica su estudio y publicación junto a las dos versiones del auto por la existencia de pruebas irrefutables de
que llegó a representarse en el Corpus de 1673 junto con el auto que nos ocupa, y aborda el problema de
crítica textual que plantea el hecho de que existan dos versiones de la misma loa, utilizada cada una de ellas en la
representación un auto diferente. Hasta ahora, ningún crítico ha intentado dilucidar para qué auto escribió
Calderón la loa en primer lugar. Plata resuelve esta incógnita basándose en unos versos que aluden de forma
metafórica a la familia de Felipe IV, y concluye que la loa se escribió originalmente para La semilla y la cizaña
en 1651. La versión representada con La vida es sueño en 1673 no sería más que una reelaboración ampliada.
Plata edita el texto incluido en la princeps porque cuenta con la aprobación autorial, consignando, además, las
escasas variantes que aparecen en otros testimonios. Completa este apartado un análisis del contenido doctrinal
y alegórico de la loa, centrada en demostrar la incapacidad de la mayoría de los sentidos para aprehender el
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misterio de la transubstanciación, con la excepción del oído, que es el sentido de la fe y no de la razón.
Plata revisa también otras representaciones del auto La vida es sueño posteriores a 1673. Según Plata, en el
siglo XVII sólo volvió a representarse en el Corpus de 1695. Tres veces pudo verse en escena en el siglo
XVIII. Hay que esperar al siglo XX para que La Barraca de Lorca lo incluyera en el repertorio representado en
distintos pueblos de España de 1932 a 1936, interpretando el mismo Lorca el papel de la Sombra. La última
representación se produjo en 1944, en plena posguerra, a cargo del Teatro Español Universitario. La
participación de Modesto Higueras tanto en la producción de la Barraca como en la del Teatro Español
Universitario le sirve a Plata para defender con García Ruiz la existencia de ciertos vínculos entre el teatro
vanguardista de la preguerra con el auspiciado por la Falange en los años posteriores al conflicto. Completa el
estudio introductorio un análisis de la métrica de los tres textos que se editan, además de la bibliografía y lista de
abreviaturas a las que ya he aludido.
En cuanto a la edición de los textos en sí, Plata sigue los criterios propios de la colección tal y como los fijaron
Arellano y Cilveti en la introducción a El divino Jason, pp. 7-56 y a estas páginas remite al lector. La loa
antecede, claro está, a las dos versiones del auto, de las cuales se le da preeminencia a la segunda, por ser la
única de la que se conserva una edición corregida por Calderón. De hecho, Plata solo anota de forma exhaustiva
la loa y la segunda versión del auto, mientras que las notas de la primera versión se limitan a aclarar aquellos
pasajes no anotados en el texto de la segunda. Me gustaría resaltar también la calidad de las anotaciones que,
además de explicar y justificar determinadas decisiones de tipo ecdótico, facilitan la interpretación y
comprensión de los textos en sí. En efecto, Plata, en sus notas, no sólo justifica las decisiones tomadas a la hora
de fijar el texto, sino que, además, rastrea las fuentes de determinados pasajes en la Biblia, la patrística y
escritores del mundo antiguo, interpreta otros a la luz del dogma católico y de la doctrina de la Iglesia, señala
paralelos entre ciertos versos del auto y otros de la comedia, aclara oscuras metáforas barrocas, explora topoi
literarios propios de la época, revela el simbolismo de objetos y animales, despeja dudas de tipo léxico y dialoga
con otras interpretaciones previas de los textos.
Por todo lo dicho, es indudable que esta edición crítica es una aportación de gran relevancia para los estudios
calderonianos, sobre todo si tenemos en cuenta que se trata de un auto sacramental vinculado en mayor o menor
mediada a una de las comedias más importantes del Siglo de Oro, La vida es sueño. Plata pone a disposición
del lector especialista unos textos cuidadosamente fijados y los acompaña de un elaborado aparato crítico que
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facilita su comprensión y análisis, a la vez que abre camino a nuevos trabajo de investigación.
Carmen Saen-de-Casas
Lehman College, CUNY